© Libro N° 11177.
¿Cómo Aprendemos? Dehaene,
Stanislas. Emancipación. Mayo 6 de 2023
Título original: ©
¿Cómo Aprendemos? Stanislas Dehaene
Versión Original: © ¿Cómo Aprendemos? Stanislas Dehaene
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
¿CÓMO APRENDEMOS?
Stanislas Dehaene
¿Cómo
Aprendemos?
Stanislas
Dehaene
CONTENIDO
Este
libro (y esta colección)
Introducción
a las ciencias del aprendizaje
Parte I.
¿Qué es aprender?
1. Siete
definiciones del aprendizaje
2. Por
qué nuestro cerebro aprende mejor que las máquinas actuales
Parte II.
Cómo aprende nuestro cerebro
3. El
saber invisible: las sorprendentes intuiciones de los bebés
4. El
nacimiento de un cerebro
5. Lo que
adquirimos
6.
Reciclen su cerebro
Parte
III. Los cuatro pilares del aprendizaje
7. La
atención
8. El
compromiso activo
9. El
error es productivo y dar un buen feedback es garantía de mejores aprendizajes
10. La
consolidación
Conclusión
Agradecimientos
Bibliografía
Créditos
de material gráfico
Este
libro (y esta colección)
Adorable
puente se ha creado entre los dos.
Gustavo Cerati, “Puente”
Un primer
saber […] necesario para la formación docente, desde una perspectiva
progresista [:] Enseñar no es transferir conocimiento, sino crear las
posibilidades para su propia producción o construcción.
Paulo Freire, Pedagogía de la autonomía
Cuanto
más estudio el cerebro humano, más me impresiona.
Stanislas Dehaene, en este mismo libro
En muchas
universidades del mundo existen facultades o escuelas de Ciencias de la
Educación; por supuesto, siguen las líneas clásicas y las más renovadoras de
los últimos siglos en cuanto a pedagogía y otras disciplinas sociales y
humanas. Pero a veces da la sensación de que dejaron en suspenso algunas
ciencias y que, pasados ya los tiempos de Piaget, hubo cierto divorcio con el
trabajo de laboratorio. ¿Qué fue de los experimentos, las evidencias y los
conocimientos que la psicología cognitiva, la computación y, muy especialmente,
las neurociencias aportan para mejorar nuestras experiencias de aprendizaje y
de enseñanza? Mientras vemos naufragar programas educativos, mientras nos
quedamos con más errores o mitos que pruebas, nos llegan noticias de los enormes
avances de los estudios acerca de nuestra conciencia, el procesamiento de la
información en el cerebro o la plasticidad neuronal que deberíamos aprovechar
cuanto antes en las aulas. Al otro lado del río, el estudio del cerebro viene
prometiendo una revolución en nuestro conocimiento de cómo y por qué hacemos lo
que hacemos y hasta cómo mejorar nuestro desempeño en diversos órdenes de la
vida. Así, aunque los frutos son muy recientes, la tentación de vincular la
investigación con el mundo educativo siempre ha sido importante. Pero el pasaje
nunca es tan simple y la expectativa es tan grande que esas promesas se exponen
al riesgo de resultar engañosas. Lo cierto es que durante muchos años los
grandes logros de los laboratorios neurocientíficos se quedaban allí… en el
laboratorio y, aunque supiéramos cada vez más sobre la memoria, la motivación o
el alerta, las consecuencias no se veían en las aulas. Quizá por esto mismo, en
la década de 1990 –ayer nomás– apareció un trabajo de John Bruer llamado
“Neurociencias y educación: un puente demasiado lejos”. La respuesta llegó ya
avanzado este siglo, con investigaciones que respondían “es tiempo de construir
el puente”, delineando cómo por fin la escuela podía considerarse un campo para
aplicar los frutos de la cerebrología. Uno de los constructores del puente es
Stanislas Dehaene, sin duda uno de los más importantes neurocientíficos
contemporáneos. Con un rigor y un carisma a toda prueba, nos convence de que si
existe un destino para los humanos, es el de aprender, tanto con lo que traemos
de fábrica como con ese acelerador de mentes que llamamos escuela. Pero allí,
en esa escuela, debemos considerar también el funcionamiento de la memoria
(necesaria aunque no goce de la mejor prensa), el rol de la atención, la importancia
del sueño y hasta de una buena alimentación. Y, también, explorar ciertas
patologías del desarrollo como ventanas abiertas que nos permiten contemplar y
comprender las funciones cerebrales. Si de aprendizaje se trata, no podemos
dejar de lado a las máquinas, que prometen (o amenazan con) entender procesos
cada vez más complejos e incluso enseñarse a sí mismas, configurando modelos
del mundo que se acercan a la realidad y que algunos agitan como un fantasma.
Sin embargo, el autor nos tranquiliza recordando que –al menos por ahora–
detrás de toda gran máquina hay siempre un gran ser humano. Y que ese mismo ser
humano procesa datos, aprende y resuelve problemas mil veces más rápido que
cualquier inteligencia artificial que quiera hacerle sombra. Y es que, en el
fondo, ¿por qué aprendemos? ¿Tenemos un instinto de aprendizaje? Podemos
considerar las investigaciones clásicas sobre el canto de los pájaros para
proponer que sí, lo tenemos. Muchos pajaritos suelen aprender sus músicas de
otros tutores a los que imitan, para luego agregar un toque personal que les
permitirá desempeñarse mejor en la Ópera entre los árboles. Cual pajaritos, los
bebés parecen venir de fábrica con ese instinto, lo que los lleva velozmente a
hablar, cantar, comer caramelos o desarmar los juguetes. Las investigaciones de
Dehaene y sus colegas demuestran inequívocamente que el cerebro de los bebés ya
cuenta con herramientas aritméticas, lingüísticas y con un GPS muy refinado: el
bebé es, desde el comienzo, una máquina de aprender. Crecer es, quizá,
exagerarse a uno mismo, poner en práctica ese plan innato que se va
enriqueciendo a lo largo de la vida. Como en el Aleph de Borges, el cerebro en
desarrollo puede ser “uno de los puntos del espacio que contienen todos los
puntos” (algo que Dehaene nos aclara cuando encuentra en la teoría de Thomas
Bayes la posibilidad de pensar al niño como a una suerte de estadístico). Uno
de los hallazgos prácticos de este libro es la propuesta de los cuatro pilares
del aprendizaje, que permiten mejorar de verdad la educación. Ya los conocerán
en detalle, pero vale la pena al menos enumerarlos para que esos principios
virtuosos empiecen a abrirse camino en sus neuronas:
·
la atención, ese mecanismo que nos permite darle
importancia y amplificar ciertas señales e ignorar otras,
·
el compromiso activo, o curiosidad, que nos obliga
a tener cerebros exigentes y motivados en el aula,
·
la detección y corrección de errores (el buen feedback que
se aleja diametralmente del castigo frente al error) y
·
la consolidación, esto es, la puesta en marcha de
los diversos pasos en la formación de las memorias.
Con esos
cuatro jinetes del aprendizaje, y desplegando la evidencia empírica que funda
cada una de sus afirmaciones, Dehaene pone a la vista cuáles son las
consecuencias prácticas de sus investigaciones. Por si fuera poco, luego de
este extraordinario paseo por los recovecos del cerebro que aprende, también
conoceremos a otro Dehaene, el que se calza el traje de hacedor –no por nada es
el presidente del primer Consejo Científico del Ministerio de Educación de
Francia– y recuerda que la educación pública debe ser siempre una de las
primeras prioridades del Estado. Así, en la conclusión nos regala trece
recomendaciones para optimizar el potencial de los niños en el proceso de
enseñanza y aprendizaje. Del laboratorio y la mente del autor al aula y a
nuestras casas, sin escalas. Adorable puente se ha creado entre las
neurociencias y la educación. Stanislas Dehaene es ese puente. Este libro es
ese puente. Podemos cruzar tranquilos.
La Serie
Mayor de Ciencia que ladra es, al igual que la Serie Clásica, una colección de
divulgación científica escrita por científicos que creen que ya es hora de
asomar la cabeza por fuera del laboratorio y contar las maravillas, grandezas y
miserias de la profesión. Porque de eso se trata: de contar, de compartir un
saber que, si sigue encerrado, puede volverse inútil. Ciencia que ladra… no
muerde, sólo da señales de que cabalga.
Diego
Golombek
Para
Aurore, que acaba de nacer, y para todas aquellas y todos aquellos que fueron
bebés alguna vez
Introducción
a las ciencias del aprendizaje
En
septiembre de 2008, el encuentro con un niño fuera de lo común me forzó a
revisar mis ideas sobre el aprendizaje. Estaba visitando uno de los hospitales
de la Rede Sarah de Brasilia, esos centros de salud de arquitectura blanca que
desarrolló João Filgueiras, inspirado en la estética de Oscar Niemeyer. Esa red
de nueve unidades se especializa en la “rehabilitación” neurológica; desde hace
unos diez años mi laboratorio (NeuroSpin, dependiente del Inserm)[1] sostiene
proyectos en colaboración con ella. Su directora, la destacada psicóloga y
neurocientífica Lúcia Braga, me propuso conocer a uno de los pacientes: Felipe,
un niño de 7 años que había transcurrido la mitad de su vida en el hospital.
Según me explicó Lúcia, a los 4 años este niño había recibido una bala perdida
(por desgracia, en Brasil no es algo tan infrecuente). El proyectil le seccionó
la médula espinal, de modo que lo dejó casi completamente paralizado en los
cuatro miembros, es decir, cuadripléjico. La bala también arrasó con las áreas
visuales de la corteza: Felipe quedó ciego. Para ayudarlo a respirar, se le
hizo una traqueotomía en la base del cuello. Desde hace tres años, vive en una
habitación del hospital, encerrado en su cuerpo inerte.
En el
pasillo que me lleva a su habitación, me preparo mentalmente para enfrentarme a
un niño con una gran discapacidad. Y me encuentro con…
Felipe,
un pequeño como todos los de 7 años, con el rostro lleno de vida, conversador y
de una curiosidad inagotable. Habla a la perfección, con un vocabulario rico, y
me pregunta con picardía sobre las palabras de mi lengua materna, el francés.
Descubro que es un apasionado de los idiomas y que nunca pierde la ocasión de
enriquecer su vocabulario trilingüe (portugués, inglés y español). Si bien es
ciego y está inmovilizado en la cama, viaja con su imaginación y se distrae
creando sus propios cuentos; el equipo del hospital lo alienta en la tarea. En
pocos meses, Felipe aprendió a dictar sus historias a un asistente y luego a
escribirlas con ayuda de un teclado conectado a una terminal informática y a
una placa de sonido. Los pediatras y los terapeutas del lenguaje de esa
institución, deslumbrados, se turnan junto a la cama de Félipe para transformar
esos relatos en verdaderos libros táctiles ilustrados con imágenes en relieve
que él palpa con orgullo, con la poca sensibilidad de que dispone. Sus libros hablan
de héroes y heroínas, de montañas y de lagos que jamás volverá a ver, pero con
los que sueña como cualquier otro niño pequeño.
El
encuentro con Felipe me conmocionó y al mismo tiempo me persuadió a optar por
una exploración de lo que, sin lugar a dudas, es el mayor talento de nuestro
cerebro: la capacidad de aprender. En efecto, este niño plantea a la vez una
hermosa lección de esperanza y un desafío para la neurociencia.
¿Cómo
puede ser que las facultades cognitivas resistan a una alteración tan grande
del entorno? ¿Por qué Felipe y yo podemos compartir los mismos pensamientos,
aunque tengamos experiencias sensoriales tan diferentes?
¿Cómo
logran distintos cerebros humanos converger en los mismos conceptos, sin
importar cómo ni cuándo los aprendan?
Muchos
neurocientíficos son empiristas: consideran, como John Locke, que el cerebro
obtiene sus conocimientos de su ambiente. Según ellos, la principal propiedad
de los circuitos corticales es la plasticidad, la capacidad de adaptarse. En
efecto, las células nerviosas ajustan permanentemente sus sinapsis en función
de la información de entrada que reciben. Pero en este caso, dado el
impedimento del ingreso de información visual y motriz, Felipe debería haberse
convertido en un ser profundamente diferente. ¿Por obra de qué milagro logró
desarrollar facultades cognitivas estrictamente normales?
El caso
de Felipe está lejos de ser un hecho aislado: todos conocen las historias de
Helen Keller o de Marie Heurtin, las dos fueron sordas y ciegas de nacimiento
que, tras duros años de aislamiento social, aprendieron lengua de señas y
lograron desarrollarse como pensadoras y escritoras brillantes.[2]
A lo
largo de estas páginas, ustedes y yo tendremos otros encuentros que, según
espero, cambiarán por completo sus ideas sobre el aprendizaje.
Conocerán
a Emmanuel Giroux, ciego desde los 11 años, eximio matemático especializado en
geometría. Parafraseando al zorro de El Principito de
Saint-Exupéry, Emmanuel afirma convencido: “En geometría, lo esencial es
invisible a los ojos; solo se puede ver bien con la mente”. ¿Cómo llega este
hombre ciego a pasearse ágilmente por los abstractos espacios de la geometría
algebraica, a manipular planos, esferas y poliedros, sin haberlos visto
siquiera una vez? Descubriremos que utiliza los mismos circuitos cerebrales que
otros matemáticos, con la única salvedad de que su corteza visual, lejos de
permanecer inactiva, se recicló también para hacer matemáticas.
Además,
les presentaré a Nico, un joven pintor que, durante una visita al museo
Marmottan-Monet de París, logró hacer una excelente copia del famoso cuadro de
Monet Impresión, sol naciente (figura 1). ¿Qué tiene esto de
excepcional? Nada, excepto que su cerebro no posee más que un solo hemisferio,
el izquierdo: ¡cuando Nico tenía 3 años le fue extirpada casi la totalidad del
hemisferio derecho! Su cerebro, entonces, aprendió a alojar en un solo
hemisferio todos sus talentos: el habla, la lectura y la escritura, el dibujo,
la pintura, la informática e incluso la esgrima, deporte del que es campeón
internacional en silla de ruedas. Por favor, olviden todo lo que crean saber
acerca de los respectivos roles de los dos hemisferios, porque la vida de Nico
prueba que es completamente posible convertirse en un artista sin ayuda del
hemisferio derecho: la plasticidad cerebral parece obrar milagros.
En
nuestra travesía visitaremos también los siniestros orfanatos de Bucarest donde
se tenía a los niños en un estado de cuasiabandono desde su nacimiento. Al
ampliar un poco nuestro rango de observación, notaremos que tiempo después,
pese a todo, algunos de ellos, que fueron adoptados antes de cumplir 1 o 2
años, tuvieron una trayectoria escolar casi normal.
Figura 1. La plasticidad neuronal a veces logra compensar déficits
impresionantes. Desde sus 3 años, el joven pintor Nico no posee más que un
hemisferio de su cerebro, el izquierdo. Esto no le impidió volverse un artista
consumado, capaz de pintar excelentes copias (abajo, su versión de Impresión,
sol naciente, cuadro de Manet) y obras propias (arriba).
Todos
estos ejemplos revelan la extraordinaria resiliencia del cerebro humano: ni
siquiera un trauma grave como la ceguera, la pérdida de un hemisferio o el
aislamiento social logra extinguir la chispa del aprendizaje. El lenguaje, la
lectura, las matemáticas, la creación artística: todos estos talentos
singulares de la especie humana, que ningún otro primate posee, resisten un
daño masivo como la pérdida de un hemisferio, de la vista o de la motricidad.
Aprender
es un principio vital, y el cerebro humano tiene un enorme potencial para la
plasticidad: para modificarse por sí solo y adaptarse. Pero en este itinerario
descubriremos también contraejemplos trágicos, casos en los cuales el
aprendizaje parece congelarse. Tomemos el ejemplo de la alexia pura, la
imposibilidad de leer la mínima palabra. Investigué en persona qué les sucedía
a muchos adultos, excelentes lectores, a quienes un minúsculo accidente
cerebrovascular, limitado a una región muy pequeña del cerebro, volvió
incapaces de descifrar incluso palabras tan simples como “pez” o “mar”.
Recuerdo a una mujer brillante, trilingüe, lectora fiel del diario Le
Monde, que se afligía porque, luego de su lesión cerebral, cada página del
diario parecía escrita en hebreo. Su motivación para reaprender a leer estaba a
la altura del desasosiego que había soportado. Sin embargo, dos años de
esfuerzos no le permitieron superar el nivel de lectura de un niño de primer
grado, que vocaliza letra por letra y tiene dificultades con cada palabra. ¿Por
qué ya no podía aprender? ¿Y por qué algunos niños disléxicos, discalcúlicos o
dispráxicos sienten la misma desesperanza radical al encarar la adquisición de
la lectura, el cálculo o la escritura, mientras que otros transitan esos campos
sin problema?
La
plasticidad cerebral parece caprichosa: a veces se repone de déficits enormes y
a veces deja con una discapacidad permanente a niños y adultos por demás
motivados e inteligentes. ¿Depende de circuitos específicos? Y esos circuitos,
¿pierden su plasticidad a lo largo de los años? La plasticidad, ¿se puede
reactivar? ¿Cuáles son las reglas que la gobiernan? ¿Cómo hace el cerebro de
niñas y niños para ser tan eficaz desde el nacimiento y a lo largo de la
infancia? ¿Qué algoritmos implantados por la evolución permiten que nuestros
circuitos cerebrales elaboren una representación del mundo?
¿Comprender
esos algoritmos nos garantizaría aprender mejor y más rápido?
¿Podríamos
inspirarnos para construir máquinas más eficaces, inteligencias artificiales
que nos imiten o incluso nos superen? Estas son algunas de las preguntas a las
cuales este libro intenta dar respuesta, desde una perspectiva decididamente
multidisciplinaria, valiéndose de los hallazgos recientes en los campos de las
ciencias cognitivas y de las neurociencias, pero también de la inteligencia
artificial y de la educación.
§. ¿Por
qué el aprendizaje?
Es más que lógico tomar como punto de partida la indagación de por qué debemos
aprender. La existencia misma de la facultad del aprendizaje nos plantea una
serie de preguntas. ¿No sería mejor que nuestros hijos supieran hablar y
reflexionar desde el primer día, como Atenea, de quien cuenta la leyenda que
salió del cráneo de Zeus provista de una armadura completa, casco y lanza,
dando un grito de guerra? ¿Por qué no nacemos precableados, con un software programado
de antemano y dotado de todos los conocimientos necesarios para nuestra
supervivencia? En la lucha por la supervivencia que describe Charles Darwin, un
animal que naciera maduro, con mayor conocimiento que los otros, ¿no debería al
fin y al cabo ganar y propagar sus genes? Y entonces, ¿por qué la evolución
habrá inventado el aprendizaje?
Mi
respuesta es muy sencilla: el precableado completo del cerebro no es posible ni
deseable. ¿De verdad es algo imposible? Sí, porque si nuestro ADN debiera
especificar todos los detalles de nuestros conocimientos, simplemente no
dispondría de la capacidad de almacenamiento necesaria.
Nuestros
23 cromosomas incluyen 3.000.000.000 de pares de “letras” A, C, G, T: las
moléculas adenina, citosina, guanina y timina. ¿Qué cantidad de información
implica esto? La información se mide en bits: una decisión binaria, 0 o 1.
Visto que cada una de las cuatro letras del genoma codifica 2 bits (podemos
codificarlos como 00, 01, 10 y 11), esto da un total de 6.000.000.000 de bits.
A primera vista, parece un número importante, pero atención: en las
computadoras actuales contamos en bytes, que son secuencias de 8 bits. El
genoma humano se reduce, entonces, a cerca de 750 megabytes: ¡el contenido de
una pequeña memoria USB! Y este cálculo elemental ni siquiera contempla la gran
cantidad de redundancias que tienen cabida en nuestro ADN.
A partir
de esta modesta dote de informaciones heredadas de millones de años de
evolución, nuestro genoma –inicialmente reducido a una sola célula, el óvulo
fecundado– logra organizar todo el cuerpo, cada molécula de cada una de las
células del hígado, los riñones, los músculos, y por supuesto, el cerebro:
86.000.000.000 de neuronas, billones de conexiones, sí, miles de miles de
millones… ¿cómo podría definirlas una por una? Si damos por sentado que cada
conexión solo codifica 1 bit –lo cual es, por cierto, una subestimación–, la
capacidad de nuestro cerebro está en el rango de los 100 terabytes (alrededor
de 1014 bits), es decir, unas 15.000 veces más que la información contenida
dentro del genoma humano. Nos vemos ante una paradoja: ¡el fabuloso palacio que
es nuestro cerebro tiene capacidad para almacenar al menos quince mil veces más
detalles que los planos del arquitecto que se usaron para construirlo! No veo
más que una explicación: la estructura general del palacio se construye según
las líneas rectoras del arquitecto (nuestro genoma), mientras que los detalles
se dejan a cargo del contratista que los adapta al terreno (el entorno).
Precablear un cerebro humano en todos sus detalles sería rigurosamente
imposible; por ende, el aprendizaje debe prolongar la obra de los genes.
Este
simple argumento contable, sin embargo, no es suficiente para explicar por qué
el aprendizaje está universalmente extendido en el mundo animal. En efecto,
hasta los organismos simples y desprovistos de corteza, como la lombriz, la
mosca de la fruta o los pepinos de mar, aprenden una buena cantidad de sus
comportamientos. Tomemos por ejemplo el Caenorhabditis elegans, el
pequeño gusano del grupo que llamamos “nematodos”. En los últimos veinte años,
este animalito de pocos milímetros se volvió una estrella de los laboratorios,
en parte porque su arquitectura posee un increíble determinismo biológico y
puede ser analizada hasta en sus menores detalles: la mayor parte de los
individuos cuenta con un total exacto de 959 células, de las cuales 302 son
neuronas. Todas sus conexiones son conocidas y reproducibles. Y sin embargo,
aprende (Bessa y otros, 2013; Kano y otros, 2008; Rankin, 2004). En un
comienzo, los investigadores lo consideraban una suerte de autómata solo capaz
de nadar hacia delante o hacia atrás, pero luego notaron que poseía al menos
dos formas de aprendizaje: por habituación y por asociación. La habituación
significa que el organismo se adapta a la presencia repetida de un estímulo
(por ejemplo, una molécula en el agua) y finalmente ya no responde a él. La
asociación, por otro lado, consiste en describir y retener en la memoria qué
elementos del ambiente predicen las fuentes de alimento o de peligro. Quedó
comprobado que este gusano es un campeón de la asociación, capaz de recordar
que en el pasado determinados gustos, olores o temperaturas estaban asociados
al alimento (bacterias) o a moléculas repulsivas (el olor del ajo), y de
utilizar esa información para elegir un camino óptimo a través de su ambiente.
Con tan
pocas neuronas, el comportamiento de este gusano bien podría haber estado
precableado por completo. Si no lo está, es porque adaptarse a las condiciones
específicas en que vive resulta ventajoso para su supervivencia. Incluso dos
organismos genéticamente idénticos no nacen siempre en el mismo ecosistema. En
el caso del nematodo, la capacidad de adaptar rápidamente su comportamiento a
la densidad, la química y la temperatura del lugar donde está le permite ser
más eficiente. Por lo general, todos los animales deben adaptarse con rapidez a
las condiciones imprevisibles de su existencia efectiva. Desde luego, la
selección natural, el algoritmo increíblemente eficiente de Darwin, logra
adaptar cada organismo a su nicho ecológico, pero lo hace con una lentitud
desoladora: antes de que una mutación favorable pueda aumentar la
supervivencia, hace falta que varias generaciones mueran en el intento. La
facultad del aprendizaje, por su parte, actúa mucho más rápido: puede modificar
el comportamiento en unos pocos minutos. Y es esto lo interesante del
aprendizaje: la posibilidad de ajustarse, lo más rápido posible, a condiciones
imprevisibles.
Por todos
esos motivos, hubo una evolución en el aprendizaje. A lo largo del tiempo, los
animales provistos de una capacidad siquiera rudimentaria de aprender tuvieron
mayores oportunidades de supervivencia que aquellos que tenían conductas
inamovibles. Además, eran más propensos a transmitir la información a la
generación siguiente, que para entonces ya disponía de algoritmos de
aprendizaje. Con esto, la selección natural propició el surgimiento del
aprendizaje. De por sí, los algoritmos implican el descubrimiento de un buen
recurso: es útil dejar que ciertos parámetros cambien enseguida para acomodarse
mejor a las condiciones más variables de su ambiente.
Algunos
factores de la física del mundo son estrictamente invariables: la gravitación
es universal y la propagación de la luz o de los sonidos en el aire no cambian
de un día para el otro, y he aquí por qué –¡afortunadamente!– no tenemos
necesidad de aprender a hacer crecer las orejas, los ojos, o los laberintos del
sistema vestibular que miden la aceleración de nuestro cuerpo: todas estas
propiedades se codifican genéticamente. En cambio, muchos otros parámetros como
el espacio entre los ojos, el peso y la longitud de brazos y piernas o el tono
de la voz, varían, y por ese motivo el cerebro debe aprenderlos. Nuestro
cerebro es resultado de una solución de compromiso: mucho de innato (heredamos
de la larga historia evolutiva gran parte de la circuitería responsable de
codificar las grandes categorías intuitivas con las cuales subdividimos el
mundo en imágenes, sonidos, movimientos, objetos, animales, personas, causas…),
pero quizá todavía más de adquirido, gracias a ese sofisticado algoritmo que
nos permite refinar esas competencias precoces en función de nuestra
experiencia.
§. Homo
docens
Con todos esos elementos a nuestro alcance, si hiciera falta resumir en una
sola palabra el talento que caracteriza a nuestra especie, optaría por el verbo
“aprender”. Más que ser integrantes de la especie Homo sapiens,
formamos parte de Homo docens, la especie que se enseña a sí misma.
Lo que sabemos del mundo, en su mayor parte, no es algo que se nos haya dado:
lo aprendimos del ambiente o del entorno. Ningún otro animal pudo descubrir
como nosotros los secretos del mundo natural. Gracias a la extraordinaria
flexibilidad de sus aprendizajes, nuestra especie logró salir de su sabana
natal para cruzar desiertos, montañas, océanos y, en apenas varios miles de
años, conquistar las islas más remotas, las grutas más profundas, los hielos
marinos más inaccesibles e inhóspitos, y hasta la luna. Desde la conquista del
fuego y la fabricación de herramientas hasta la invención de la agricultura, la
navegación (marina, aérea y extraplanetaria) o la fisión nuclear, la historia
de la humanidad no es otra cosa que una reinvención constante. La fuente
secreta de todos estos logros es una sola: la extraordinaria facultad de
nuestro cerebro de formular hipótesis y seleccionarlas para transformar algunas
de ellas en conocimientos sólidos acerca del ambiente.
Nuestra
especie hizo del aprendizaje su especialidad. En el cerebro, miles de millones
de parámetros son libres de adaptarse al medio, la lengua, la cultura, los
padres, la alimentación… Esos parámetros son elegidos cuidadosamente: dentro
del cerebro, la evolución definió, con precisión, qué circuitos están
precableados y cuáles están abiertos al ambiente. En nuestra especie, la
incidencia del aprendizaje es particularmente vasta, porque la infancia se
prolonga muchos años. Gracias al lenguaje y a las matemáticas, nuestros
dispositivos de aprendizaje tienen la posibilidad de transitar amplios espacios
de hipótesis que se incrementan en una combinatoria potencialmente infinita,
incluso si siempre se apoyan sobre bases fijas e invariables, heredadas de la
evolución.
En fecha
más reciente, la humanidad descubrió que esta notable capacidad de aprendizaje
puede verse aún más fortalecida con ayuda de una institución: la escuela. La
pedagogía activa es un privilegio de nuestra especie: ningún otro animal se
toma el tiempo de enseñarles nuevos talentos a sus hijos, deliberadamente,
prestando atención a sus dificultades y errores. La invención de la escuela,
que sistematiza la instrucción informal presente en todas las sociedades
humanas, supuso un incremento significativo en el potencial cerebral.
Comprendimos que necesitábamos aprovechar esta pródiga plasticidad del cerebro
del niño para inculcarle un máximo de informaciones y talentos. A lo largo de
los años, las posibilidades de la escolarización no dejaron de ganar eficacia:
comenzaron cada vez más temprano, desde el jardín de infantes, y se extendieron
cada vez más. E incluso cada vez más mentes se benefician de una enseñanza
superior en la universidad, auténtica sinfónica neuronal en que los circuitos
cerebrales ponen a tono y potencian sus mejores talentos.
Hoy en
día, la educación puede considerarse el principal acelerador de nuestro
cerebro. Su lugar privilegiado, que recuerda por qué debe situarse entre los
primeros puestos de las inversiones del Estado, se justifica fácilmente: sin
ella, los circuitos corticales serían diamantes en bruto. La complejidad de las
sociedades contemporáneas debe su existencia a las múltiples mejorías que la
educación aportó a nuestra corteza: la lectura, la escritura, el cálculo, el
álgebra, la música, las nociones de tiempo y espacio, el refinamiento de la
memoria… ¿Sabían, por ejemplo, que la capacidad de memoria de corto plazo de un
analfabeto, la cantidad de sílabas o de cifras que puede repetir, es casi una
tercera parte de la de una persona escolarizada?
¿O qué
medidas tales como el coeficiente intelectual se incrementan varios puntos por
cada año adicional de educación y alfabetización?
§.
Aprender a aprender
La educación multiplica las ya considerables facultades del cerebro, pero
¿podría ser incluso mejor? En la escuela, la universidad o el trabajo, forzados
a adaptarnos cada vez más rápido, hacemos malabares con nuestros algoritmos
cerebrales de aprendizaje. Sin embargo, ese despliegue espectacular sucede de
modo intuitivo, sin jamás haber aprendido a aprender.
Nadie nos
explicó las reglas que hacen que el cerebro memorice y comprenda o, por el
contrario, olvide y se equivoque. Es una pena, porque los datos abundan. Un
excelente sitio inglés, el de la Education Endowment Foundation (EEF), aporta
largas listas de las más exitosas intervenciones pedagógicas.[3] Y
una de las más eficaces, según ellos, es la metacognición, vale decir, el hecho
de conocer mejor el funcionamiento cognitivo. Saber aprender es uno de los
factores más importantes del éxito escolar.
Por
suerte, hoy en día sabemos mucho acerca de cómo funciona el aprendizaje. A lo
largo de los últimos treinta años, la investigación en las fronteras de la
ciencia de la computación, la neurobiología y la psicología cognitiva, permitió
comprender los algoritmos que utiliza el cerebro, los circuitos involucrados,
los factores que modulan su eficacia y los motivos de su tan excepcional
eficiencia en los humanos. El funcionamiento de la memoria, el papel que
desempeña la atención, la importancia del sueño son descubrimientos igualmente
ricos en consecuencias para todos nosotros. Me ocuparé de cada una de estas
cuestiones a lo largo de estas páginas. Por eso, espero que cuando cierren este
libro sepan mucho más sobre sus propios procesos de aprendizaje. Me parece
fundamental que cada niño, cada adulta, tenga plena conciencia del potencial de
su propio cerebro y también, por supuesto, de sus límites. Al realizar una
disección sistemática de los algoritmos mentales y los mecanismos cerebrales,
las ciencias cognitivas contemporáneas recuperan y actualizan la célebre máxima
de los Siete Sabios, inscripta en el Oráculo de Delfos: “Conócete a ti mismo”.
Hoy en día, ya no es cuestión de practicar la introspección, sino de conocer
mejor la refinada mecánica neuronal que da lugar a los pensamientos, para así
dominarla mejor y ponerla al servicio de nuestras necesidades, metas y deseos.
La
emergente ciencia del aprendizaje es de especial importancia para quienes hacen
de la enseñanza su actividad profesional: docentes y educadores. Tengo la
profunda convicción de que no podemos enseñar de una manera conveniente sin
poseer un modelo mental de lo que ocurre dentro de la cabeza del niño: cuáles
son sus intuiciones, correctas o erróneas, cuáles son las etapas por las que
debe pasar en su avance y qué factores lo ayudan a desarrollar sus capacidades.
Si bien
las neurociencias cognitivas no tienen todas las respuestas, gracias a ellas en
la actualidad sabemos que todos los niños comienzan la vida con una
arquitectura cerebral similar: un cerebro de Homo sapiens, que
difiere radicalmente de los de otros simios. Desde luego, no niego que los
cerebros varían: tanto las peculiaridades de nuestros genomas como las
excentricidades de nuestro desarrollo cerebral aseguran distintas fuerzas y
velocidades de aprendizaje. Con todo, el bloque básico de circuitos es el mismo
en cada cual (y otro tanto sucede con la organización de los algoritmos de
aprendizaje). Entonces, hay principios fundamentales que cada modalidad de
enseñanza, si pretende ser eficaz, debe respetar. En este libro, daremos
numerosos ejemplos. Las habilidades que los niños muy pequeños tienen para el
lenguaje, la aritmética, la lógica o la estimación de probabilidades demuestran
la existencia de intuiciones precoces y abstractas sobre las cuales debe
apoyarse la enseñanza. Todas ellas se potencian si se enfoca la atención, se
adopta un compromiso activo, se reconocen y rectifican los errores (lo que se
conoce como feedback) y se practica un ciclo de experimentación
durante el día y de consolidación a la noche. Esos son para mí los cuatro
pilares del aprendizaje, porque, como veremos, los encontramos desde que se
echan los cimientos del edificio del algoritmo universal del aprendizaje
humano, presente en todos los cerebros, tanto en la infancia como en la edad
adulta.
Al mismo
tiempo, nuestros cerebros presentan variaciones individuales, y en algunos
casos extremos puede aparecer una patología. La realidad de las patologías del
desarrollo como la dislexia, la discalculia, la dispraxia o los trastornos de
atención ya está confirmada por completo, y hay estrategias para detectarlas y
compensarlas. Uno de los objetivos de este libro es dar mayor difusión a estos
conocimientos, en busca de que cada docente, así como cada familia, pueda
derivar las consecuencias y adaptar su manera de enseñar. Por supuesto, hay
variaciones muy grandes entre lo que los distintos niños saben, pero eso nunca
significa que dejen de tener los mismos algoritmos de aprendizaje. Así, los
recursos o “trucos del oficio pedagógico”
que
resultan más efectivos con todos los niños son aquellos que tienden a serlo
también con quienes tienen déficits de aprendizaje: solo hay que aplicarlos con
mayor enfoque, paciencia, sistematicidad y tolerancia al error.
El último
factor es decisivo. Si bien la detección del error y la consiguiente respuesta
son indispensables, muchos niños pierden confianza, motivación y curiosidad
porque en vez de una corrección reciben un castigo. Hay que prestar mucha
atención para desvincular por completo error y castigo (y todavía queda mucho
por decir acerca del triste papel que desempeñan las distintas instancias
escolares en la perpetuación de esta confusión). Las emociones negativas
aplastan el potencial de aprendizaje de nuestro cerebro, mientras que un
entorno que haya desterrado el miedo y la amenaza puede reabrir las puertas de
la plasticidad neuronal. No habrá un verdadero progreso en el campo de la
educación si a la vez no se integran las facetas cognitiva y emocional del desarrollo
del cerebro, dos ingredientes indispensables desde la perspectiva de la
neurociencia cognitiva actual.
§. El
desafío de las máquinas
Hoy en día, la inteligencia humana se enfrenta a un nuevo desafío: ya no es la
única que sabe aprender. En todos los campos del saber existen algoritmos que
desafían a nuestra especie, porque aprenden a reconocer los rostros o las
voces, a transcribir el habla, a traducir las lenguas extranjeras, a controlar
las máquinas, e incluso a jugar al ajedrez o al go (y muchas veces aprenden
todo eso mejor que nosotros). Los algoritmos de machine learning nutren
una industria multimillonaria que, cada vez más, se inspira en el cerebro
humano.
¿Cómo
funcionan estos algoritmos artificiales? ¿Sus principios pueden ayudarnos a
comprender qué es el aprendizaje? ¿Lograron ya imitar el funcionamiento de
nuestro cerebro o todavía les queda mucho por aprender?
Si bien
los avances actuales de la informática son fascinantes, sus límites son claros.
Los algoritmos convencionales de deep learning no hacen otra
cosa que imitar una pequeña parte del funcionamiento del cerebro: la que
corresponde a las primeras etapas del tratamiento sensorial, los famosos 200 o
300 milisegundos (ms) durante los cuales el cerebro opera de un modo no
consciente. Eso no quiere decir que este tratamiento sea superficial: en una
fracción de segundo, nuestro cerebro puede reconocer un rostro o una palabra y,
en este segundo caso, además asociarla a un contexto, comprenderla e integrarla
a una pequeña frase… Sin embargo, este proceso todavía es estrictamente
ascendente – bottom-up en inglés–, vale decir, sin una
verdadera capacidad de reflexión. Solo en una segunda etapa, tanto más lenta,
consciente y reflexiva, nuestro cerebro logra desplegar todas sus capacidades
de razonamiento, de inferencia, de flexibilidad que las máquinas actuales
todavía están lejos de igualar. Incluso las arquitecturas informáticas más
avanzadas están muy por debajo de la capacidad de las crías humanas a la hora
de construir modelos abstractos del mundo.
Aun
dentro de su dominio preferencial, el reconocimiento veloz de las formas, los
algoritmos actuales chocan con un segundo problema: son mucho menos eficaces
que el cerebro humano. Y en el estadío que alcanzó en la actualidad, el machine
learning consiste en poner a funcionar procesadores en millones, e
incluso miles de millones, de pruebas de práctica. Esa modalidad pierde de
vista la economía de los datos, ya que considera que machine learning es
sinónimo de big data: sin una enorme cantidad de información, los
algoritmos no consiguen extraer conocimientos abstractos generalizables a
situaciones nuevas. En síntesis, no hacen el mejor uso de los datos.
Y en este
virtual certamen, el bebé más pequeño se lleva las palmas sin mayores esfuerzos
de su parte; no necesita más que una o dos repeticiones para aprender una
palabra nueva. Su cerebro saca el mayor provecho de una porción extremadamente
escasa de datos, capacidad que todavía resulta elusiva para los procesadores de
última generación. Los algoritmos neuronales de aprendizaje suelen alcanzar un
cómputo cercano al óptimo. A menudo, consiguen extraer la verdadera esencia aun
de una observación ínfima. Si desean alcanzar el mismo desempeño, los
investigadores en informática deben inspirarse en los numerosos trucos del
aprendizaje que la evolución integró en nuestro cerebro: la atención, por
ejemplo, que nos permite seleccionar y amplificar una información pertinente; o
bien el sueño, un algoritmo mediante el cual el sistema nervioso central hace
la síntesis de los aprendizajes del día. Comienzan a ver la luz máquinas
provistas de estas propiedades, y su desempeño no deja de crecer. Sin duda,
serán ellas las que, mañana, competirán con nuestra mente.
Una
teoría emergente, llamada “teoría del cerebro estadístico”, explica que el
cerebro humano todavía es superior a las máquinas porque actúa como un
estadístico; constantemente atento a probabilidades e incertidumbres, optimiza
su capacidad de aprendizaje. Un teorema matemático lo verifica: solo la
manipulación de probabilidades –es decir, de las incertidumbres sobre lo que
aprendimos–, permite obtener el máximo provecho de cada información. Parece que
a lo largo de su evolución nuestro cerebro descubrió este truco que consiste en
tener un registro constante de la incertidumbre asociada a cada información, y
actualizarlo durante cada aprendizaje.
Numerosos
datos experimentales respaldan esta hipótesis. Hasta los bebés comprenden las
probabilidades, y estas parecen profundamente inscriptas en los circuitos
cerebrales. Cada niño actúa como un pequeño científico en ciernes: a sus
espaldas, su cerebro formula hipótesis, verdaderas teorías científicas que cada
experiencia pone a prueba. El razonamiento sobre las probabilidades –también
inconsciente, pero con fuerte arraigo en la lógica de nuestros aprendizajes–
permite rechazar gradualmente las hipótesis falsas y conservar solo las teorías
que funcionan. A diferencia de otras especies animales, los seres humanos
parecen poseer algoritmos muy particulares para formular teorías del mundo
exterior. Solo el Homo sapiens logra generar de manera
sistemática pensamientos simbólicos abstractos y actualizar su plausibilidad
ante nuevas observaciones.
En la
actualidad, nuevos algoritmos –llamados “bayesianos” en honor al reverendo
Thomas Bayes (1701-1761), quien bosquejó esta teoría ya en el siglo XVIII–
comienzan a formalizar e implementar esta visión del aprendizaje. Apuesto a que
van a revolucionar el machine learning; de hecho, veremos que ya
son capaces de obtener información abstracta con una eficacia próxima a la de
un científico humano.
* * * *
Ya
podemos levar anclas y explorar juntos lo que hoy en día comprendemos del
aprendizaje. Les propongo un viaje en tres etapas.
En la
primera parte, titulada “¿Qué es aprender?”, analizaremos las teorías actuales
del aprendizaje a la luz de su implementación concreta en las computadoras.
Será el momento de formalizar lo que significa aprender. Y la idea es sencilla:
aprender es configurar, en los circuitos de silicio o neurales, un modelo
interno del mundo que nos rodea. Cuando uno camina por una ciudad desconocida,
arma en su mente un mapa de su aspecto externo, un modelo en miniatura de sus
calles y pasajes. Lo mismo sucede cuando una niña empieza a aprender a andar en
bicicleta y perfila en sus circuitos neurales una simulación inconsciente a
propósito del modo en que las acciones ejercidas sobre los pedales y el
manubrio afectan la estabilidad de la bicicleta misma. Y de un modo similar, un
algoritmo informático de aprendizaje de reconocimiento facial adquiere
plantillas de rasgos posibles respecto de ojos, narices, bocas y sus
combinaciones.
Pero
¿cómo generamos un modelo mental adecuado? Como veremos, la mente de quien
aprende puede compararse con una máquina gigantesca con millones de parámetros
regulables, cuyos valores de ajuste definen en conjunto qué se aprende (por
ejemplo, qué calles pueden llegar a figurar en el mapa mental del barrio). En
el cerebro, los parámetros son sinapsis (las conexiones entre neuronas, que
pueden variar en potencial); en la mayoría de las computadoras actuales, son
los “pesos”, vale decir, las probabilidades ponderables de cada hipótesis
factible. Así, tanto en los cerebros como en las máquinas, aprender requiere
buscar la combinación óptima de parámetros que, una vez reunidos, definen cada
detalle del modelo mental. En este sentido, el del aprendizaje es un problema
de búsqueda a gran escala. Por eso, analizar cómo operan los algoritmos en las
computadoras actuales puede ser de gran ayuda para entender cómo funciona el
aprendizaje en el cerebro humano.
Mediante
la comparación de los desempeños de los algoritmos informáticos con los de
nuestro cerebro, in silico versus in vivo, comenzaremos a entrever
cómo el aprendizaje, para ser óptimo, debe apoyarse sobre un uso razonado de
las probabilidades y de las estadísticas. Por supuesto, los matemáticos y los
especialistas en ciencia computacional no consiguieron (todavía) diseñar algoritmos
tan poderosos como los del cerebro humano. Sin embargo, empiezan a destinar
cada vez más atención a pensar cuál es el algoritmo de aprendizaje de
eficiencia óptima para su uso en cualquier sistema. Entre los modelos del todo
innato y el todo adquirido, emerge uno nuevo: el del cerebro bayesiano, un
verdadero estadístico neuronal. Esta teoría postula una clara división del trabajo
entre naturaleza y crianza. Nuestros genes, en el seno del cerebro en
desarrollo, establecen vastos espacios de hipótesis a priori, así
como los mecanismos que permiten adaptarlos a los inputs del
mundo exterior, y el ambiente selecciona, entre estas hipótesis,
las que mejor se corresponden con ese mundo. Así, el repertorio de hipótesis
está especificado genéticamente, mientras que su selección depende de la
experiencia.
¿Esta
teoría se corresponde verdaderamente con el funcionamiento del cerebro? ¿Cómo
se implementa el aprendizaje en nuestros circuitos biológicos? ¿Qué se modifica
en el cerebro cuando adquirimos nuevas habilidades? En la segunda parte, “Cómo
aprende nuestro cerebro”, pondremos proa hacia la psicología y las
neurociencias. El foco del catalejo quedará sobre la cuna del bebé humano, una
auténtica máquina de aprender, muchas veces imitada pero jamás igualada. Los
datos recientes demuestran que el niño es este estadístico en ciernes que
predice la teoría bayesiana. Sus intuiciones fulgurantes en los ámbitos del
lenguaje, de la geometría, de los números o de las estadísticas confirman que
no existe algo como una pizarra en blanco, una tabula rasa. Desde
el nacimiento, los circuitos neuronales del niño están bien organizados y
proyectan hipótesis sobre el mundo exterior.
Pero
también poseen un considerable margen de plasticidad, que se traduce en una
permanente ebullición de cambios a escala celular. Dentro de esta máquina
estadística, lo innato y lo adquirido, lejos de oponerse, se combinan, dando
como resultado un sistema estructurado pero plástico, capaz de autorrepararse
en caso de una lesión cerebral tanto como de reciclar sus circuitos para
aprender a leer o a hacer matemáticas.
En la
tercera parte, “Los cuatro pilares del aprendizaje”, detallaré algunos de los
trucos que hacen del cerebro el dispositivo de aprendizaje más eficaz que
conocemos en la actualidad. Cuatro mecanismos esenciales modulan masivamente
nuestra capacidad de aprender. En primer lugar, la atención: un conjunto de
circuitos neuronales que seleccionan, amplifican y propagan las señales a las
que damos importancia, y multiplican por cien o por mil su representación en la
memoria. En segundo lugar, el compromiso activo: en los hechos, un organismo
pasivo aprende poco y nada, porque el acto de aprender exige del cerebro la
generación activa de hipótesis, con motivación y curiosidad. En tercer lugar, y
como complemento natural del compromiso activo, la detección y corrección de
errores, en un buen feedback: cada vez que nos sorprendemos porque
el mundo contradice nuestras expectativas, las señales de error se propagan por
todo el cerebro y se ocupan de corregir los modelos mentales, eliminar las
hipótesis inadecuadas y estabilizar las más pertinentes. Por último, el cuarto
factor es la consolidación: con el paso del tiempo, el cerebro compila lo
adquirido y lo transfiere a la memoria de largo plazo, con el objetivo de
liberar los recursos para otros aprendizajes. La repetición desempeña un papel
esencial en esta consolidación, y también el sueño, que, lejos de ser un
período de inacción, constituye un momento privilegiado durante el cual el
cerebro repite y recodifica las adquisiciones del día. Estos cuatro pilares del
aprendizaje tienen validez universal. No importa si somos bebés, niños o
adultos: los desplegamos a cualquier edad.
Por este
motivo debemos aprender a dominarlos; solo así podemos aprender a aprender.
En la
conclusión, revisaré las consecuencias prácticas de los avances científicos.
Cambiar las prácticas en la escuela, la familia o la oficina no es
necesariamente tan complicado como pensamos. Existen algunas ideas muy
sencillas acerca del juego, el placer, la curiosidad, la socialización, la
concentración o incluso el sueño que pueden consolidar aún más lo que ya es el
mayor talento de nuestro cerebro: la capacidad de aprender que ejercemos y
ejercitamos constantemente.
Parte I
¿Qué es aprender?
La
inteligencia puede considerarse como la capacidad de convertir información en
bruto en conocimientos útiles y explotables.
Demis Hassabis, fundador de la empresa de IA DeepMind (2017)
¿Qué es
aprender? Este verbo posee la misma raíz latina que “aprehender”: tomar,
atrapar, asir. Aprender, entonces, es asir con el pensamiento: llevarse una
porción de realidad, un modelo de la estructura del mundo. Como bien dice Demis
Hassabis (gerente general de la empresa inglesa DeepMind, filial de Google, y
uno de los investigadores más activos en inteligencia artificial), aprender
consiste en transformar la información que recibimos en un conjunto de
conocimientos útiles y explotables. Gracias al aprendizaje, los datos en bruto
que impactan nuestros sentidos se convierten en ideas abstractas, refinadas y
lo suficientemente generales como para que podamos explotarlas en situaciones
novedosas: en ciencias cognitivas, esos conjuntos de ideas reciben el nombre de
“modelos internos”.
En las
páginas siguientes, revisaremos lo que la inteligencia artificial y las
ciencias cognitivas nos enseñaron acerca del funcionamiento de estos modelos
internos, tanto en máquinas como en cerebros, y de la forma en que la
representación de la información se transforma con el aprendizaje.
Comenzaremos
por examinar las redes de neuronas convencionales, modelos informáticos
inspirados en el cerebro humano. ¿Cómo hacen para ajustar sus parámetros para
modelar el mundo exterior? Veremos que, pese a su éxito, de momento no logran
asir más que una fracción de las capacidades del cerebro humano. Como por
encanto, al reseñar los distintos trucos de que se valieron los ingenieros para
propiciar que poco a poco las máquinas aprendiesen, haremos aparecer una imagen
más nítida de los fabulosos cómputos que los niños deben realizar mientras
aprenden a ver, hablar o escribir. El lenguaje y las matemáticas requieren
mucho más que una red de neuronas: necesitan una verdadera lengua interior,
capaz de combinar los conceptos y de seleccionar entre estas combinaciones en
función de su plausibilidad estadística. La perspectiva que emergerá de allí es
la de un cerebro estadístico, que formula hipótesis como un científico y las
adopta o rechaza en función de los datos que recibe. Y en los hechos, como
veremos, el cerebro del niño no cede la delantera: pese a sus logros, los
algoritmos de aprendizaje actuales solo abarcan una fracción de las capacidades
del cerebro humano. Al entender con exactitud dónde deja de funcionar la
metáfora del machine learning y en qué instancia incluso un
cerebro infantil supera a la computadora más potente, delinearemos con claridad
qué significa “aprender”.
Capítulo
1
Siete definiciones del aprendizaje
Contenido:
§.
Aprender es ajustar los parámetros de un modelo mental
§. Aprender es aprovechar la explosión combinatoria
§. Aprender es minimizar los errores
§. Aprender es explorar el espacio de lo posible
§. Aprender es optimizar una función de recompensa
§. Aprender es acotar el espacio de investigación
§. Aprender es proyectar hipótesis a priori
Retomo y
reitero la pregunta: ¿qué significa “aprender”? Como definición inicial y más
amplia, sostengo que aprender es construir un modelo interno del mundo
exterior. Incluso si no nos damos cuenta, nuestro cerebro es portador de miles
de esos modelos internos (desde una perspectiva metafórica, equivalen a
maquetas, modelos a escala, más o menos fieles a la realidad que representan).
Tenemos todo en la cabeza: por ejemplo, un plano de nuestro barrio o un mapa
mental de nuestra casa u oficina, podemos cerrar los ojos y verlos con el
pensamiento. Por supuesto, nadie nació con este mapa mental, sino que cada cual
tuvo que adquirirlo mediante el aprendizaje.
La
riqueza de estas representaciones mentales –en su mayoría, inconscientes–
supera la imaginación. Disponemos, por ejemplo, de un amplio modelo mental de
la lengua castellana, que en este momento les permite comprender las palabras
que leen y adivinar que “platsovski” no es una palabra de su idioma, mientras
que “sextante” sí lo es y “blascón” podría serlo. Nuestro cerebro también
alberga muchos modelos del cuerpo propio: se vale de ellos para codificar dónde
están sus miembros, cómo dirigirlos, a qué velocidad moverlos, cómo mantener el
equilibrio… Otros modelos mentales representan el conocimiento de los objetos y
de nuestras interacciones con ellos: cómo sostener un lápiz, escribir o andar
en bicicleta. Otros nos traen las mentes de los demás, un enorme catálogo
mental de las personas que nos son próximas, de su aspecto, su voz, sus gustos
y sus tics.
Estos
modelos mentales pueden generar simulaciones hiperrealistas del universo que
nos rodea. ¿Alguna vez notaron que el cerebro suele proyectar los más
auténticos reality shows virtuales (valga la supuesta
paradoja), en los cuales es posible caminar, moverse, bailar, visitar lugares
nuevos, tener conversaciones brillantes o sentir emociones profundas? ¡Esos son
sus sueños! Es fascinante tomar conciencia de que todos los pensamientos (a
menudo muy complejos) que nos llegan durante los sueños son solo producto del
libre funcionamiento de los modelos internos del mundo.
Pero
también soñamos la realidad cuando estamos despiertos: nuestro cerebro proyecta
permanentemente sobre el mundo exterior hipótesis, marcos de interpretación que
le dan sentido al flujo de datos que nos llega por los sentidos. Por eso, sin
que lo sepamos, cada imagen que aparece en nuestra retina es ambigua: cada vez
que vemos un plato, por ejemplo, la imagen es compatible con una cantidad
infinita de elipses. Si vemos el plato como redondo, incluso a pesar de que por
los datos sensoriales en bruto nos presentan la figura de un óvalo, se debe a
que nuestro cerebro aporta datos adicionales: aprendió que la silueta circular
es la interpretación más pertinente. Entre bastidores, las áreas sensoriales
constantemente computan a partir de probabilidades, y solo el modelo más
probable logra acceder a la conciencia. En última instancia, lo que da sentido
al flujo de datos que llega a nosotros desde las percepciones son las
proyecciones obradas por el cerebro.
Si no
existiera un modelo interno, estos datos en bruto serían ininteligibles.
El
aprendizaje permite que el cerebro atrape una porción de la realidad que antes
le era ajena y la use para construir un nuevo modelo del mundo. Puede ser una
porción de la realidad exterior, si es cuestión de aprender historia, botánica
o el plano de una ciudad, pero también de la realidad interna, ya que buscamos
aprender a coordinar los gestos y a concentrar los pensamientos con el objetivo
de tocar el violín. En estos dos casos, nuestro cerebro internaliza un
aspecto nuevo de la realidad: ajusta sus circuitos con intención de apropiarse
de un campo que antes no dominaba. Desde luego, esos ajustes tienen que ser muy
ingeniosos. La fuerza del aprendizaje reside en su capacidad de acomodarse al
mundo externo y de corregir en caso de error; pero el cerebro de quien aprende
¿de qué modo “sabe” cómo actualizar su modelo interno cuando, digamos, se
desorienta en su barrio, se cae de su bicicleta, pierde una partida de ajedrez
o chapurrea la palabra “anfractuosas”?
§.
Aprender es ajustar los parámetros de un modelo mental
Ajustar un modelo mental a veces es muy sencillo. ¿Cómo hacemos, por ejemplo,
para tender la mano y alcanzar un objeto que vemos? Ya en el siglo XVII, René
Descartes lo había presentido: debemos aprender a transformar la información
visual en órdenes musculares (figura 2). Pueden experimentarlo ustedes mismos
en pocos segundos: intenten tomar una varilla mientras llevan puestos los
anteojos de otra persona (de ser posible, una muy miope).
Mejor
todavía, si pueden, consigan anteojos con lentes prismáticos o, sin más,
prismas, que desplacen la visión una decena de grados hacia la izquierda, e
intenten tomar un objeto. Verán que su primer intento es completamente fallido:
a causa de los prismas, su mano aterriza muy a la derecha del palo que, sin
embargo, ustedes ven. Poco a poco, adecuan sus movimientos, desplazándolos
hacia la izquierda. Con un proceso de ensayo y error, sus movimientos se
vuelven cada vez más exactos: su cerebro ha aprendido a compensar el desajuste
de los ojos. Ahora quítense los anteojos y tomen la varilla: ¡los sorprenderá
ver que su mano se dirige al lado equivocado, demasiado a la izquierda!
¿Qué
ocurrió? Durante este breve aprendizaje, el cerebro ajustó su modelo interno de
la visión. Un parámetro de este modelo, que corresponde al desfase entre la
escena visual y la orientación del cuerpo, fue recalibrado. El cerebro se
comportó como un tirador de élite, que primero realiza un disparo de prueba y
luego ajusta la altura de su mira para así lograr mayor precisión.
Este
aprendizaje es muy rápido: bastan algunos ensayos para corregir el desfase
entre el movimiento y la visión. Sin embargo, la nueva regulación no es
compatible con la anterior; de aquí proviene el error sistemático que todos
cometimos cuando nos quitamos los prismas y volvimos a tener una visión normal.
Es
innegable que este aprendizaje es un poco particular, porque no requiere
ajustar más que un solo parámetro: el ángulo de visión. Por este motivo es tan
rápido. La mayor parte de los aprendizajes son tanto más elaborados y demandan
el ajuste de varias decenas, centenas y hasta miles de millones de parámetros
(cada una de las sinapsis que determinan la actividad de nuestros circuitos).
Sin embargo, el principio siempre es el mismo: todo consiste en investigar,
entre un sinfín de regulaciones posibles del modelo interno, aquellas que mejor
se corresponden con el estado del mundo exterior.
Consideremos
ahora el aprendizaje de un idioma como el japonés. Cuando el cerebro de un bebé
japonés aprende su lengua materna, ajusta gradualmente su modelo de la lengua a
las características del idioma japonés.
Intenten
imaginar una máquina dotada de millones de regulaciones en todos los niveles.
Algunas de estas regulaciones, en el nivel de la entrada auditiva, determinan
el inventario de consonantes y de vocales que utiliza el japonés, y las reglas
que permiten componerlas.
Figura 2. Aprender es ajustar los parámetros de un modelo del mundo.
Aprender a señalar con el dedo, por ejemplo, consiste en ajustar el desfase
entre la visión y la acción: cada error permite corregir la puntería. En la red
neuronal artificial el principio es el mismo, pero los ajustes son
infinitamente más numerosos. Reconocer qué número está presente en una imagen
requiere ajustar millones de conexiones. También en este caso, todos los
errores – aquí, un incremento de la activación del número 8– permiten corregir
su valor y, de este modo, mejorar el desempeño en el siguiente intento.
El bebé
que nace dentro de una familia japonesa debe descubrir qué categorías de
sonidos son utilizadas en esa lengua, y dónde ubicar las fronteras entre ellas.
Uno de los parámetros, por ejemplo, concierne a la distinción entre los sonidos
/R/ y /L/: esta es crucial en castellano, pero no en japonés, que no hace
diferencia alguna entre una “elección” y una “erección”… Cada bebé, entonces,
debe fijar un conjunto de parámetros que, colectivamente, precisan qué
categorías son pertinentes para su lengua materna.
Un
procedimiento de aprendizaje similar se reproduce en todos los niveles: desde
los patrones de sonido hasta el vocabulario, la gramática y el significado. El
cerebro está organizado como una estructura de modelos de la realidad anidados
–uno dentro del otro, como las muñecas rusas; y aprender significa utilizar la
información que ingresa para fijar los parámetros en cada nivel de esa
estructura jerárquica. Tomemos un ejemplo de un nivel superior: la adquisición
de las reglas de la gramática. Otra diferencia entre el japonés y el castellano
que el bebé debe aprender está relacionada con el orden de las palabras. En una
oración bimembre canónica, con un sujeto, un verbo y un objeto directo, la
lengua castellana sitúa primero el sujeto, luego el verbo y, por último, su
objeto directo: “Juan come una manzana”. En japonés, en cambio, el orden más
usual es sujeto, luego objeto, luego verbo: “Juan manzana come”. El orden se
invierte también para las preposiciones (que, lógicamente, se llaman
posposiciones), los posesivos y muchos otros grupos de palabras. Así, la
oración “Mi tío visita museos en París” se convierte en una que puede
parecernos un galimatías digno del venerable Yoda, de La guerra de las
galaxias: “Tío mi París en museos visita”, lo que tiene mucho sentido para
un hablante japonés.
Todas
estas diferencias no son independientes unas de otras. Ciertos lingüistas
piensan que se originan en un solo y mismo parámetro llamado “posición del
núcleo”: la palabra que otorga su categoría a un grupo –es decir, su núcleo– se
sitúa siempre en posición inicial en español ( en París, mi tío, visita museos)
pero en último lugar en japonés (París en, tío mi,
museos visita). Por cierto, este parámetro binario marca
distinciones entre muchas lenguas, incluso sin vínculo histórico entre ellas
(por ejemplo, el apache, que es una de las lenguas “atabascanas”, sigue las
mismas reglas que el japonés).
Así, con
el fin de adaptarse al castellano o al japonés, es suficiente con que el niño
ajuste el parámetro “posición del núcleo” en su modelo interno de la lengua.
§.
Aprender es aprovechar la explosión combinatoria
¿Es verosímil que el aprendizaje de las lenguas se reduzca a la selección de
algunos parámetros? Si eso nos parece difícil de creer, es porque no imaginamos
la extraordinaria cantidad de posibilidades que se abren cuando se incrementa,
siquiera un poco, la cantidad de parámetros ajustables. Esto se denomina
“explosión combinatoria”: el aumento exponencial que se produce cuando se
combina apenas un puñado de posibilidades. Supongamos que la gramática de las
lenguas del mundo pudiera describirse con algo así como cincuenta parámetros
binarios, según postulan algunos lingüistas. Eso da como resultado 250
combinaciones, es decir, ¡más de mil billones, o un 1 seguido de quince ceros!
Las reglas sintácticas de las tres mil lenguas del mundo caben con facilidad en
este gigantesco espacio de las lenguas posibles. Sin embargo, en nuestro
cerebro no hay cincuenta parámetros ajustables, sino una cantidad
sorprendentemente mayor: 86.000.000.000 de neuronas, cada una de ellas provista
de una decena de miles de contactos sinápticos con fuerzas que pueden variar.
El espacio de representaciones que se abre es poco menos que infinito.
Las
lenguas humanas aprovechan estas posibilidades de combinación en todos los
niveles. Tomemos el ejemplo del léxico mental, es decir, el conjunto de las
palabras que conocemos y cuyo modelo llevamos con nosotros. Cada cual aprendió,
en su lengua materna, alrededor de 50.000 palabras con los significados más
diversos. Es un número grande, cierto, pero parece escaso frente a las
cantidades prodigiosas que ofrece la combinatoria.
Si
consideramos que estas 50.000 palabras en promedio tienen 3 sílabas, cada una
formada por alrededor de 2 fonemas, tomados entre los 24 fonemas del
castellano, la codificación binaria de todas esas palabras requiere menos de
2.000.000 de elecciones binarias elementales (los bits, a los cuales se asigna
el valor de 0 o 1). Digámoslo de otro modo: todo nuestro conocimiento del
diccionario podría almacenarse en un pequeño archivo informático de 250
kilobytes (cada byte corresponde a 8 bits). A continuación, sería posible
comprimir este léxico mental en un tamaño tanto menor si tuviéramos en cuenta
las numerosas redundancias que rigen a las palabras. Si tomamos seis letras al
azar para lograr una cadena como “xfdrga”, estas no forman una palabra del
castellano. Las palabras reales están compuestas por una pirámide de sílabas
que se ensamblan de acuerdo con reglas estrictas. Y esto es así en todos los
niveles: las frases o las oraciones son combinaciones regulares de palabras
que, a su vez, son combinaciones regulares de sílabas que, a su vez, son
combinaciones regulares de fonemas. En cada nivel, las combinaciones son
simultáneamente amplias (porque elegimos entre varias decenas o centenas de
elementos) y acotadas (porque solo determinadas combinaciones están permitidas).
Aprender una lengua es descubrir los parámetros que rigen esas combinaciones en
todos los niveles.
En
conclusión, el cerebro humano segmenta el problema del aprendizaje mediante la
construcción de un modelo jerárquico de múltiples niveles. Esto es más que
obvio en el caso de la lengua –desde los sonidos elementales hasta la oración e
incluso el discurso–, pero el mismo principio de análisis jerárquico se
reproduce en todos los sistemas sensoriales. Determinadas áreas cerebrales
captan las regularidades de bajo nivel: ven el mundo a través de una ventana
temporal y espacial muy pequeña, y analizan las regularidades más nimias. Por
ejemplo, en el área visual primaria, la primera región de la corteza en recibir
los estímulos visuales, cada neurona no analiza más que una porción muy pequeña
de la retina. Solo ve el mundo a través del ojo de una aguja y, como resultado,
descubre las regularidades de muy bajo nivel, como la presencia de una línea
oblicua en movimiento. Millones de neuronas hacen el mismo trabajo en
diferentes puntos de la retina, y sus outputs se convierten en
los inputs del nivel siguiente, que entonces detectará
“regularidades
de regularidades”, y así sucesivamente. En cada nivel, la escala aumenta: el
cerebro busca las regularidades en rangos cada vez más amplios, tanto en el
tiempo como en el espacio. En las sucesivas instancias de esta jerarquía emerge
la capacidad de detectar objetos o conceptos cada vez más complejos: una línea,
un dedo, una mano, un brazo, un cuerpo humano…
No, dos…
Son dos personas que se miran cara a cara, es un apretón de manos… ¡Es el
primer encuentro entre Charles Chaplin y Buster Keaton!
§.
Aprender es minimizar los errores
Los algoritmos informáticos que llamamos “redes de neuronas artificiales” se
inspiran directamente en la organización jerárquica de la corteza. Al igual que
ella, organizan una pirámide de capas sucesivas: cada una intenta descubrir
regularidades más profundas que la capa previa. Debido a que estas capas
consecutivas organizan la información entrante de forma cada vez más profunda,
también se las llama “redes profundas”. Cada capa, por sí misma, solo puede
descubrir una parte extremadamente simple de la realidad exterior (es del tipo
de problemas que las matemáticas califican como “linealmente separables”; en
este caso, cada neurona solo puede separar la información en dos categorías A y
B trazando una estricta división entre ellas). En cambio, si se unen muchas de
esas capas, se obtiene un dispositivo de aprendizaje sumamente robusto, capaz
de descubrir estructuras complejas y de ajustarse a problemas muy diversos. Las
redes de neuronas artificiales de última generación, que cuentan con el avance
de los microchips, también son profundas, en el sentido de que incluyen decenas
de capas sucesivas –cada vez más alejadas de la entrada sensorial, y más
astutas– capaces de identificar en sus inputs propiedades cada
vez más abstractas.
Tomemos
el ejemplo del algoritmo “LeNet”, creado por el pionero francés de las redes
neuronales, Yann LeCun (figura 3; véase LeCun y otros, 1998).
Desde los
años noventa, esta red de neuronas alcanza desempeños notables en el
reconocimiento de caracteres manuscritos. Durante años, el correo canadiense lo
utilizó para el procesamiento automático de los códigos postales. ¿Cómo
funciona?
Figura 3. Aprender es construir una estructura de representaciones
apropiadas al problema planteado. En la red GoogLeNet, que aprende a reconocer
imágenes, millones de parámetros se ajustan para que cada nivel de la
estructura detecte determinado factor de la realidad. En el nivel más bajo, las
neuronas artificiales son sensibles a los patrones y a las texturas. A medida
que se asciende en la jerarquía, las neuronas responden a formas más complejas.
El
algoritmo recibe como input, en forma de píxeles, la imagen de un
carácter escrito y propone, como output, una interpretación
tentativa: uno de los diez dígitos o de las veintiséis letras posibles. La red
artificial posee una jerarquía de unidades de procesamiento que se parecen un
poco a las neuronas y que forman capas sucesivas. Las primeras capas están conectadas
directamente a la imagen: aplican filtros que reconocen fragmentos de rectas y
curvas.
Cuanto
más se avanza en la jerarquía, mayores y más complejos se vuelven estos
filtros. Las unidades más elevadas aprenden a reconocer porciones cada vez más
amplias de la imagen: la curva de un 2, el remate de una O, o las líneas
paralelas de una Z… hasta llegar, a la salida, a neuronas artificiales que
responden a un carácter con independencia de su posición y de las
peculiaridades de sus trazos. Todas estas propiedades no están impuestas por un
programador: son resultado de millones de conexiones entre las unidades.
Una vez
ajustadas por un algoritmo automatizado, estas conexiones definen el filtro que
cada neurona aplica a sus inputs: hacen que una neurona responda al
dígito 2 y otra al 3.
¿Cómo se
ajustan estos millones de conexiones? De la misma manera que en el caso de los
anteojos con lentes prismáticos: en cada prueba, la red da una respuesta
tentativa, constata que ha cometido un error e intenta ajustar sus parámetros
para reducirlo en la prueba siguiente. Cada respuesta errónea provee
información valiosa. Por su signo (como un gesto muy a la derecha o muy a la
izquierda), el error indica lo que en verdad hacía falta realizar para tener
éxito. Si nos remontamos a la fuente de ese error, la máquina es capaz de
descubrir cómo debía (y debe) establecer los parámetros para evitar
equivocarse.
Volvamos
al ejemplo del deportista que ajusta la mira de su rifle. El procedimiento de
aprendizaje es elemental. El tirador dispara y constata que ha enfocado unos
centímetros (más exactamente, 5) a la derecha. Ahora tiene una información
esencial, tanto sobre la amplitud (5 cm) como sobre el signo del error
(demasiado a la derecha). Esta información le permite corregir el tiro. Si es
un poco avispado, sabe en qué dirección debe realizar la corrección: si la bala
se desvió hacia la derecha, hace falta mover la mira un poco a la izquierda.
Incluso si no es tan astuto, puede hacer intentos al azar y constatar que, si
mueve la mira hacia un lado, el error aumenta, mientras que si la mueve hacia
el otro, disminuye. Así, por prueba y error, el tirador puede determinar cómo
reducir la magnitud del error. Al ajustar la mira para afinar su puntería,
nuestro eximio deportista –tal como Monsieur Jourdain, el burgués gentilhombre
de Molière, que al hablar “hacía” prosa sin saberlo– está aplicando un
algoritmo de aprendizaje sin siquiera conocerlo. Está calculando implícitamente
lo que los matemáticos llamamos la “derivada” o el “gradiente del sistema”, y
hace lo que denominamos un “descenso del gradiente”: aprende a mover la mira de
su rifle en la dirección más eficiente en busca de reducir la probabilidad de
cometer un error.
La
mayoría de las redes neuronales que se utilizan en la inteligencia artificial
actual –y más allá de sus millones de inputs, outputs y
parámetros ajustables– funciona de la misma forma que nuestro tirador: observa
sus errores y los aprovecha para ajustar su estado interno en la dirección que
considera mejor para disminuir el error. En muchos casos, ese aprendizaje está
totalmente guiado: por un lado, le decimos con exactitud a la red qué respuesta
debería haber activado en la salida (“es un 1, no un 7”); por otro lado,
sabemos con precisión en qué dirección ajustar los parámetros si hay un error
(un cálculo matemático permite saber exactamente qué conexiones ajustar cuando
la red activa demasiado el output “7” en respuesta a una
imagen del dígito “1”). En el lenguaje del machine learning esto
es conocido como “aprendizaje supervisado” (porque alguien, a quien podríamos
llamar el supervisor, conoce la respuesta correcta que debe dar el sistema) y
“retropropagación de errores” (porque los errores se reenvían a la red con el
objetivo de modificar los parámetros). El procedimiento es sencillo: intento
dar una respuesta, me dicen lo que debería haber respondido, mido mi error y,
en busca de reducirlo, corrijo todos mis parámetros. En cada etapa, doy apenas
un pequeño paso, hago una pequeña corrección en la dirección correcta. Debido a
este proceso el machine learning puede resultar increíblemente
lento: aprender una actividad compleja, como jugar al Tetris, exige aplicar
determinada receta miles, millones e incluso miles de millones de veces. En un
espacio que abarca una multitud de parámetros ajustables, descubrir el ajuste
óptimo de cada tornillo y de cada bulón puede insumir mucho tiempo.
Ya en la
década de 1980 el funcionamiento de las primeras redes de neuronas artificiales
se basaba sobre este principio de corrección gradual de los errores. Los
progresos de la informática permitieron extender esta idea a redes neuronales
gigantescas, que incluyen centenas de millones de conexiones ajustables. Estas
redes neuronales profundas están integradas por una sucesión de etapas que, a
cada paso, se ajustan al problema planteado. A modo de ejemplo, la figura 3
muestra el sistema GoogLeNet, derivado de la arquitectura LeNet propuesta por
Yann LeCun, que ganó una de las más importantes competencias internacionales en
reconocimiento de imágenes.
Expuesto
a miles de millones de imágenes, este sistema aprendió a separarlas en casi mil
categorías distintas: rostros, paisajes, barcos, autos, perros, insectos,
flores, señales viales, etc. Cada nivel de su jerarquía se ajustó a una faceta
útil de la realidad: las unidades de nivel bajo responden selectivamente a
rasgos o a texturas, y a medida que se sube en la jerarquía, las neuronas
responden más selectivamente a formas complejas: figuras geométricas (círculos,
curvas, estrellas), partes de objetos (bolsillo de pantalón, asa de una taza,
par de ojos…), e incluso objetos enteros (edificios, rostros, arañas…; Olah y
otros, 2017).
En un
intento por minimizar los errores, el algoritmo de descenso del gradiente
descubrió que esas formas son las más útiles para la categorización de las
imágenes. Pero si la misma red hubiera estado expuesta a textos o a partituras
musicales, habría sido ajustada de un modo diferente y habría aprendido a
reconocer palabras, notas musicales o cualquier otra forma recurrente en este
nuevo entorno. La figura 4, por ejemplo, muestra cómo se autoorganiza una red
de este tipo cuando se le pide que se especialice para el reconocimiento de
miles de dígitos manuscritos (Guerguiev y otros, 2017).
En el
nivel más bajo, los datos están mezclados: existen formas muy parecidas, como
un 3 y un 8, que pese a todo haría falta diferenciar, y, a la inversa, existen
formas muy diferentes, como varias versiones del 8 con el bucle de arriba
abierto o cerrado, que sin embargo habría que agrupar. En cada etapa, la red
artificial de neuronas progresa en abstracción, hasta agrupar correctamente
todos los ejemplares de un mismo dígito. Gracias al procedimiento de reducción
de errores, se descubrió una jerarquía de índices que resuelve el
reconocimiento de cifras manuscritas. Y ciertamente es muy notable que con solo
corregir los errores propios se pueda descubrir una jerarquía completa de
claves adecuadas para el problema en cuestión.
Figura 4. ¿Cómo aprende a categorizar los dígitos manuscritos una red
neuronal profunda? Este tema es difícil, porque un mismo dígito puede
escribirse de cientos de maneras diferentes. En el nivel más bajo de la
jerarquía neuronal (abajo a la derecha), todos los dígitos están mezclados, y
aquellos que se parecen entre sí, como los 9 y los 4, se confunden.
A medida
que se asciende en la jerarquía, las neuronas logran agrupar todas las imágenes
de un mismo dígito y separarlas con límites claros.
Hoy en
día, el concepto de aprendizaje por retropropagación de los errores reside en
la base de una gran cantidad de aplicaciones informáticas. Sobre él se asienta
la capacidad de nuestros smartphones de reconocer su voz, o el
novedoso talento de los autos inteligentes para distinguir a los peatones de
las señales de tránsito; así, podemos colegir la posibilidad de que nuestro
cerebro use una versión de este. Sin embargo, la retropropagación o feedback del
error viene en varias presentaciones, pensadas para cada usuaria o usuario. El
área del aprendizaje artificial progresó enormemente en treinta años, y los
investigadores descubrieron gran cantidad de trucos que facilitan el
aprendizaje. Sin darles un orden de prioridad, pasemos revista a algunos de
ellos; veremos que nos dicen mucho sobre nosotros mismos y sobre el modo en que
aprendemos.
§.
Aprender es explorar el espacio de lo posible
Uno de los problemas con el procedimiento de corrección de errores que acabo de
describir es que puede quedar atrapado en un conjunto de parámetros que no es
el mejor. Imaginen una pelota de golf que rueda sobre el césped, siempre
siguiendo la línea con la pendiente más pronunciada: es posible que quede
bloqueada en una pequeña depresión del suelo, sin alcanzar necesariamente el
punto más bajo de toda la superficie, el óptimo absoluto. Del mismo modo, a
veces el algoritmo de descenso del gradiente se ve trabado en un punto del cual
no puede salir. Eso es lo que llamamos un “mínimo local”, un pozo en el espacio
de los parámetros, una trampa de la cual el algoritmo no logra salir porque le
parece imposible hacerlo mejor. En ese momento, el aprendizaje se estanca,
porque todos los cambios parecen contraproducentes: cada uno de ellos aumenta
la tasa de error. El sistema estima haber aprendido todo lo que podía aprender.
Ignora que en realidad existen, un poco más lejos en el espacio de los
parámetros, otras combinaciones mejores. El algoritmo de descenso del gradiente
no los “ve”, porque se niega a subir la pendiente una vez más para volver a
descender mejor del otro lado del hoyo. Como un miope, apenas ve a una corta
distancia de su punto de partida y, por lo tanto, puede perderse
configuraciones distantes pero mejores.
¿Este
problema les parece demasiado abstracto? Piensen en una situación concreta:
ustedes van a hacer las compras al mercado, donde pasarán algo de tiempo
buscando los productos más baratos. Avanzan por un sector, pasan al primer
vendedor, que les parece que está fuera de precio, evitan al segundo, que
siempre es muy caro, y finalmente se detienen en el tercer puesto, que
decididamente tiene mejores precios que los precedentes. Pero ¿quién les dice
que en el pasillo de al lado, o tal vez incluso en el pueblo de al lado, los
precios no serían todavía más interesantes? Detenerse en el mejor precio local no
garantiza encontrar el mínimo global.
Como
enfrentan a menudo esta dificultad, los informáticos emplean una serie de
trucos. La mayor parte consiste en introducir una dosis de azar en la búsqueda
de los mejores parámetros. La idea es simple: en vez de buscar solo en un
sector del mercado, paseamos de modo aleatorio; en vez de dejar que la pelota
de golf descienda suavemente por la pendiente, le damos algo de efecto, que
reduce sus posibilidades de quedarse bloqueada en un hueco. En ciertas
ocasiones, los algoritmos de búsqueda estocástica[4] operan
con una configuración distante y parcialmente aleatoria, de modo que, si existe
una solución mejor, tengan la posibilidad de encontrarla. En la práctica,
podemos introducir una porción de esas fluctuaciones de varias maneras:
configurar o actualizar los parámetros al azar, diversificar el orden de los
ejemplos, agregar un poco de ruido a las entradas del sistema, o incluso
utilizar solo una fracción aleatoria de las conexiones. Todas estas ideas
mejoran el ímpetu del aprendizaje.
Algunos
algoritmos de machine learning se inspiran también en el
algoritmo darwiniano que rige la evolución de las especies: durante la
optimización de los parámetros, incluyen mutaciones y cruces aleatorios de las
soluciones descubiertas previamente. Tal como en biología, la tasa de estas
mutaciones debe ser controlada con sumo cuidado para así explorar nuevas
soluciones sin perder demasiado tiempo en intentos precarios y riesgosos.
Otro
algoritmo se inspira en las fraguas, donde los obreros aprendieron a optimizar
las propiedades del metal al “refundirlo”. Cuando se quiere forjar una espada
excepcionalmente dura, el método del refundido consiste en cocerla muchas
veces, a temperaturas cada vez más bajas, para aumentar las posibilidades de
que los átomos se dispongan en una configuración regular.
En la
actualidad este procedimiento se extrapoló a la informática: el algoritmo de
recocido simulado introduce cambios aleatorios en los parámetros, con una
temperatura virtual que decrece gradualmente. La posibilidad de un evento
fortuito es elevada al principio, pero se reduce poco a poco hasta que el
sistema alcanza una regulación óptima.
Los
informáticos descubrieron que todos estos trucos son muy eficaces, por lo que
no debería sorprendernos que algunos de ellos se hayan internalizado en nuestro
cerebro a lo largo de la evolución. La exploración al azar, la curiosidad
estocástica y la generación aleatoria de descargas neuronales desempeñan un
papel primordial en el aprendizaje en el Homo sapiens. Tanto
cuando tocamos rock, jugamos a piedra, papel o tijera, improvisamos sobre
un standard de jazz o pensamos posibles soluciones para un
problema matemático, el azar es un ingrediente esencial de la solución. Como
veremos más adelante, mientras el niño está en modo “aprendizaje” –es decir,
mientras juega–, explora decenas de posibilidades con una buena dosis de azar;
y durante la noche, su cerebro continúa haciendo malabares con las ideas, hasta
encontrar la combinación óptima. En la tercera parte de este libro, retomaré la
cuestión del algoritmo semialeatorio que gobierna la extraordinaria curiosidad
de los niños, así como la de los pocos adultos que supieron preservar su
espíritu infantil, y comentaré lo que sabemos al respecto.
§.
Aprender es optimizar una función de recompensa
¿Recuerdan la red de Yann LeCun, que reconocía la forma de los números
arábigos? Para aprender, este tipo de inteligencia artificial necesita que le
demos las respuestas correctas. Para cada imagen que ingresa, necesita saber
cuál de las diez cifras le corresponde. La red solo logra corregirse calculando
la diferencia entre la respuesta correcta y su propio intento. Este
procedimiento es conocido como “aprendizaje supervisado”: un supervisor, por
fuera del sistema, conoce la solución e intenta enseñársela a la máquina.
Es
eficaz, pero hay que reconocer que los aprendizajes de este tipo, en los que
conocemos la respuesta correcta con anterioridad, no suelen abundar.
Cuando un
niño aprende a caminar, nadie le dice exactamente qué músculos contraer; nos
contentamos con alentarlo una y otra vez, hasta que deja de caerse. Los bebés
solo aprenden sobre la base de una evaluación del resultado: “Me caí”, o bien,
por el contrario, “¡Finalmente logré caminar de ese lado a este lado de la
habitación!”.
La
inteligencia artificial enfrenta el mismo problema del “aprendizaje no
supervisado” . Cuando una máquina aprende a jugar a un
videojuego, por ejemplo, lo único que sabe al principio es que debe intentar
obtener el mejor puntaje. Nadie puede anunciarle por anticipado qué acciones
específicas debe realizar para lograrlo. Pero ¿cómo consigue descubrir por sí
sola el modo correcto?
En
respuesta a este desafío, los investigadores inventaron el “aprendizaje por
recompensa”, en el que no le damos al sistema todos los detalles de lo que debe
hacer (porque no los conocemos), sino una “recompensa”, una evaluación en forma
de puntaje cuantitativo (Mnih y otros, 2015; Sutton y Barto, 1998). A veces,
incluso, el puntaje se da luego de un largo tiempo, mucho después de la acción
evaluada. Sobre la base de este modelo, la empresa DeepMind creó una máquina
que juega al ajedrez, a las damas y al go. Pero existe un enorme problema: la
máquina recibe su puntaje, una sola señal –precisamente, la “recompensa”– que
le indica si ganó o perdió, pero solo una vez concluida la partida. Mientras
juega, el sistema no recibe devolución alguna, con la única excepción de que
tiene relevancia el jaque mate. ¿Cómo es posible, entonces, que el sistema
descubra qué hacer en cada momento dado? Y una vez que recibe el puntaje final,
¿cómo puede evaluar retrospectivamente las decisiones que tomó?
El truco
que encontraron los informáticos consiste en aprender dos cosas al mismo
tiempo: a (re)accionar y a autoevaluarse. La mitad del sistema, que llamamos
“el crítico”, aprende a predecir el resultado final. A cada instante, esta red
artificial de neuronas evalúa el estado del juego e intenta predecir la
recompensa final: ¿estoy más cerca de ganar la partida o de perderla? ¿Mi
equilibro es estable o estoy a punto de caerme? Gracias a la crítica que se
produce en esta mitad, el sistema puede evaluar sus actos constantemente, no
solo al final de la partida. La otra mitad de la red, “el actor”, puede
entonces utilizar esta evaluación para corregirse: “¡Atención! Será mejor que
evite tal o tal otra acción, porque el crítico piensa que aumenta las posibilidades
de perder”.
De
intento en intento, el actor y el crítico progresan juntos: uno aprende a
reaccionar oportunamente, enfocándose en las acciones más eficaces, mientras
que el otro aprende a evaluar, de manera cada vez más refinada, las
consecuencias de estos actos. Al final –como ese tan citado personaje de
Vincent Cassel en la película La Haine [ El odio]
de Mathieu Kassovitz, el paciente que mientras cae desde lo más alto de un
rascacielos no deja de repetir: “Por ahora, todo va bien”–, la red
actor-crítico queda dotada de una notable previsión, la habilidad de anticipar,
de entre océanos de partidas-que-todavía-no-están-perdidas, cuáles le prometen
llevar las de ganar (y también cuáles van solo por la ruta perdedora, hacia un
desastre previsible).
La
combinación actor-crítico es una de las estrategias más eficaces de la
inteligencia artificial contemporánea. Cuando se la adosa a una red jerárquica
de neuronas, hace maravillas. Ya a finales de los años setenta, posibilitó que
una red neuronal ganara el campeonato mundial de backgammon. En fecha más
reciente, le permitió a DeepMind crear una red de neuronas multifunción, capaz
de aprender a jugar a videojuegos de todo tipo, en una variedad que va de la
galaxia Super Mario al Tetris.[5] Simplemente
le damos al sistema los píxeles de la imagen como input, las
acciones posibles como output y el puntaje del juego como
función de recompensa. La máquina aprende lo demás. Cuando juega al Tetris,
descubre que la pantalla está tramada de formas geométricas, que la forma que
cae es más importante que las otras (ya estables), que las acciones durante la
caída pueden modificar la posición y la orientación de la figura en cuestión, y
así sucesivamente, hasta converger en un jugador artificial de una eficacia
formidable. Y cuando juega a alguna de las versiones de la “familia” Super
Mario, el cambio de input y de recompensa le hace aprender
otros factores: qué píxeles forman la imagen de Mario, cómo se desplaza, dónde
están los enemigos, los muros, las puertas, las trampas, los puntos extra… y
cómo reaccionar ante cada una de sus configuraciones. Al ajustar estos
parámetros, es decir, los millones de conexiones que ligan las capas entre sí,
la red misma logra adaptarse a todo tipo de juegos y aprende a reconocer las
formas del Tetris, del Pac-Man o de Sonic.
¿Qué
interés podría tener una empresa como Google por enseñarle a una máquina a
jugar a videojuegos? Apenas dos años después de iniciada esa experiencia, los
ingenieros de DeepMind le pedían a la misma red de neuronas que aplicara lo
aprendido a la resolución de un problema económico de interés vital: ¿cómo
optimizar la gestión del parque informático de Google y sus distintos
servidores? La red de neuronas era la misma; solo cambiaban el material sobre
el cual se trabajaba (la cantidad de personas conectadas a cada servidor, día y
hora, el estado del tiempo, eventos internacionales, solicitudes de búsquedas,
etc.), la acción prevista (encender o apagar tal o cual servidor en los
distintos continentes) y la función de recompensa (consumir menos energía). El
resultado inmediato fue una disminución del consumo eléctrico. Google ahorró
cerca de un 40% de energía y decenas de millones de dólares, y eso tiempo
después de los miles de intentos de ingenieros especializados en ese mismo
sentido. La inteligencia artificial alcanzó niveles de desempeño verdaderamente
capaces de revolucionar la industria entera.
DeepMind
no deja de cosechar triunfos. Como tal vez ya todos sepan, logró vencer
dieciocho veces al campeón mundial Lee Sedol en el juego de go, que hasta hace
muy poco se consideraba el Everest de la inteligencia artificial (Banino y
otros, 2018; Silver y otros, 2016). Este juego se desarrolla sobre un damero
grande (un go-ban) de 18 casilleros por lado, es decir, 18 × 18 =
324 lugares donde pueden disponerse las fichas blancas y negras. La cantidad de
combinaciones es tan grande que resulta imposible explorar sistemáticamente las
intrincadas ramificaciones de jugadas posibles que se ofrecen a cada jugador. Y
sin embargo, el aprendizaje por recompensa posibilitó que el software AlphaGo
reconociera las combinaciones favorables o desfavorables mejor que cualquier
jugador humano. Uno de los numerosos trucos consistió en hacer jugar al sistema
contra sí mismo, exactamente como un jugador de ajedrez se entrena jugando a la
vez con las piezas blancas y las negras. La idea es sencilla: al final de cada
partida, el programa que gana refuerza sus acciones, mientras que el perdedor
las debilita, pero los dos aprendieron a evaluar mejor sus jugadas.
Nos
reímos a carcajadas del barón de Münchhausen, quien, en sus legendarias Aventuras,
llamativamente lograba salir de un pozo tirando de sus propios cabellos (otra
versión, más divulgada en inglés, insiste en que las víctimas del tironeo
fueron los cordones de sus botines, bootstraps, término que ahora
nos resulta útil). Sea como fuere, en inteligencia artificial, la desaforada
locura del buen Münchhausen dio nacimiento a una estrategia bastante astuta,
el bootstrapping: poco a poco, y a partir de una arquitectura
mínima, desprovista de conocimientos, una red de neuronas puede convertirse en
campeona mundial tan solo jugando contra sí misma, sin perder pelos, mañas ni
botines.[6]
La idea
de aumentar la velocidad del aprendizaje al generar la colaboración entre las
dos redes o, por el contrario, al hacerlas combatir entre ellas, no deja de
redundar en avances muy importantes para la inteligencia artificial. Una de las
ideas más recientes, llamada “aprendizaje adversarial” (esto es, contra un
adversario; Goodfellow y otros, 2014), consiste en entrenar dos sistemas: uno
que aprende a clasificar y atribuir correctamente, por ejemplo, los cuadros de
Van Gogh en comparación con los de otros pintores, y otro cuyo único objetivo
es hacer fracasar al primero, creando cuadros falsos. El primero obtiene la
recompensa cuando, ya alcanzado el nivel de connoisseur, detecta
los cuadros auténticos de Van Gogh, mientras que el segundo gana créditos
cuando logra engañar al ojo aguzado del primero. El resultado es que el
algoritmo hace emerger no una, sino dos inteligencias artificiales: una,
especialista mundial en Van Gogh, apasionada por el detalle más nimio que
permita autentificar un genuino cuadro del maestro –práctica que desde el siglo
XIX es distintiva de los mejores críticos y peritos–; y otra, consumada
farsante, con talento para producir falsificaciones y pastiches capaces de
burlar a los más distinguidos tasadores y autentificadores. Este tipo de
entrenamiento también podría compararse con la preparación para un debate
presidencial: un candidato puede afilar su oratoria si contrata a un buen
imitador de su contrincante, uno que se mimetice con sus tics y sus réplicas
más efectivas.
¿Podría
aplicarse este enfoque al funcionamiento del cerebro humano?
Nuestros
dos hemisferios y numerosos núcleos subcorticales también albergan a una
vociferante asamblea de expertos que luchan, se coordinan o se evalúan entre
sí. Algunas de las áreas cerebrales aprenden a simular lo que hacen las otras:
nos permiten anticipar e imaginar el resultado de nuestras acciones, a veces
con un grado de verdad digno de los más consumados actores. La memoria y la
imaginación nos pueden hacer ver la ensenada donde nos bañamos el verano pasado
o el picaporte que queremos accionar a oscuras. Otras áreas aprenden a criticar
a las demás; todo el tiempo evalúan nuestras capacidades y saben predecir las
recompensas o los castigos que podríamos obtener: nos impulsan a reaccionar o a
quedarnos tranquilos.
Veremos
también que la metacognición, esta capacidad de conocernos, de autoevaluarnos,
de simular mentalmente qué pasaría si reaccionáramos de tal o cual manera,
tiene un papel fundamental en los aprendizajes humanos. La opinión que nos
forjamos de nosotros mismos nos ayuda a progresar o, al contrario, nos encierra
en el círculo vicioso del fracaso. Por lo tanto, no es desacertado pensar el
cerebro como una tumultuosa reunión de expertos que compiten o colaboran entre
sí.
§.
Aprender es acotar el espacio de investigación
La inteligencia artificial contemporánea se enfrenta a un problema importante.
Cuanto más rico en parámetros es el modelo interno, más difícil se vuelve
encontrar la forma de ajustarlo al medio. Y en las redes de neuronas actuales,
el espacio de investigación es inmenso. Los informáticos, por lo tanto, tienen
que lidiar con una colosal explosión combinatoria: en cada etapa, millones de
opciones son factibles, y sus combinaciones son tan amplias que resulta imposible
explorarlas todas. Como resultado, el aprendizaje a veces es excesivamente
lento: hacen falta miles de millones de intentos para orientar al sistema en la
dirección correcta dentro de esta inmensa comarca de posibilidades. Y si bien
la magnitud de los datos es más que considerable, se vuelve exigua en relación
con las gigantescas dimensiones de ese espacio. Estas secuencias poco
simpáticas son conocidas como “maldición de la dimensionalidad” (o, en términos
más neutros, “efecto Hughes”): el aprendizaje puede llegar a ser una tarea muy
ardua cuando el tablero de opciones disponibles tiene millones de teclas.
La
inmensa cantidad de parámetros que ponderan las redes de neuronas suele
acarrear una segunda dificultad, que los anglosajones llaman overfitting,
el sobreajuste. El sistema dispone de tantos grados de libertad que le resulta
más fácil memorizar todos los detalles de cada ejemplo que dar con una
propiedad general que permita explicarlos todos.
Como dijo
John von Neumann, uno de los “padres fundadores” de la informática y la ciencia
de la información, “con cuatro parámetros, puedo reproducir la forma de un
elefante, y con cinco, puedo hacer que mueva la trompa”. Esto significa que
disponer de demasiados parámetros libres puede equivaler a una maldición: es
muy fácil sobreajustar cualquier información si se memoriza cada detalle; pero
eso no significa que el sistema resultante logre percibir algo significativo.
En efecto, pueden ajustarse los parámetros del perfil del paquidermo sin
comprender en profundidad dato alguno sobre los elefantes como especie.
Disponer de demasiados parámetros libres perjudica la abstracción. El sistema
aprende sin dificultad, pero es incapaz de aplicar lo aprendido a situaciones
nuevas a las cuales no fue expuesto. Sin embargo, en esta facultad de
generalizar reside la clave del aprendizaje.
¿Cuál
sería la utilidad de una máquina que pudiera reconocer la imagen de un elefante
exclusivamente en el caso de que ya la hubiese visto o que tan solo ganara las
partidas de go que ya hubiese jugado? Desde luego, el verdadero objetivo es
reconocer cualquier imagen y ganar frente a cualquier jugador, sin importar si
las movidas son conocidas o novedosas.
Una vez
más, los informáticos están investigando varias soluciones posibles a estos
problemas. Una de las intervenciones más eficaces, que puede acelerar el
aprendizaje y, al mismo tiempo, mejorar la generalización, consiste en
simplificar el modelo: al reducir al mínimo la cantidad de parámetros que
ajustar, se fuerza al sistema a encontrar soluciones generales.
Fiel a
este principio, Yann LeCun inventó lo que llamó “redes neuronales
convolucionales”, un dispositivo de aprendizaje artificial que se volvió
omnipresente en el campo del reconocimiento de imágenes (LeCun y otros, 1998;
LeCun, Bengio y Hinton, 2015). La idea es sencilla: para reconocer los
elementos de una imagen hace falta casi el mismo trabajo en todos lados. En una
foto, por ejemplo, no hay reglas que estipulen en qué lugar pueden aparecer
rostros. Para reconocerlos, es suficiente entonces aplicar en cada punto el
mismo algoritmo (buscar un óvalo, un par de ojos, etc.). Así, no es necesario
aprender un modelo diferente para cada punto de la retina: lo que aprendemos en
un lugar puede reutilizarse en los restantes.
A lo
largo del aprendizaje, las redes convolucionales de Yann LeCun transcriben en
el conjunto de la red los aprendizajes que realizan en determinado entorno, y
realizan esta operación en todos los niveles, a escalas cada vez mayores.
Aprenden una cantidad acotada de parámetros: el sistema apenas tiene que
sintonizar esporádicamente un solo filtro que se aplica en todos lados, en vez
de un sinnúmero de conexiones diferentes para cada sector de la imagen. Este
simple truco mejora a escala masiva los desempeños y, en especial, la
generalización a nuevas imágenes. El algoritmo que se aplica a una imagen nueva
beneficia una experiencia inmensa, la de todos los puntos de todas y cada una
de las fotos vistas hasta entonces.
Acelera
también el aprendizaje, porque la máquina solo explora un subconjunto de
modelos de la visión. Incluso antes de aprender, ya sabe algo importante sobre
el mundo: que el mismo objeto puede aparecer en cualquier lugar de la imagen.
Este
truco se generaliza a muchas situaciones similares. Reconocer el habla, por
ejemplo, consiste en hacer abstracción de la voz del hablante. Esto se logra si
se fuerza a una red de neuronas a utilizar las mismas conexiones en diversas
bandas de frecuencias –lo que suele conocerse como “registros” o “timbres”–,
sea la voz grave o aguda. Reducir el número de parámetros que aprender asegura
una mayor velocidad y también una mejor generalización a voces nuevas: el
beneficio es doble; y de ese modo nuestros smartphones responden
a nuestras respectivas voces.
§.
Aprender es proyectar hipótesis a priori
La estrategia de Yann LeCun es un buen ejemplo de una noción mucho más general:
la explotación de los conocimientos innatos. Si las redes convolucionales
aprenden mejor y más rápido que otros tipos de redes neuronales, es porque no
aprenden todo. Incorporan en su propia arquitectura una hipótesis fuerte: lo
que aprendo en un lugar puede generalizarse luego en los restantes.
El
principal problema del reconocimiento de imágenes es la invariabilidad: debo
reconocer un objeto, sean cuales fueren su posición y su tamaño, incluso si se
mueve a la derecha o a la izquierda o si se aleja. Es un desafío, pero también
es una restricción muy aguda: espero que los mismos indicios permitan reconocer
un rostro en cualquier punto del espacio. Al repetir el mismo algoritmo en
todos lados, las redes convolucionales sacan gran provecho de esta restricción,
ya que la integran dentro de su propia estructura. De forma innata, antes de
cualquier aprendizaje, el sistema ya “sabe” esta propiedad clave del mundo
visual. No aprende la invariabilidad: la supone verdadera a priori y
la utiliza para reducir el espacio de aprendizaje. ¡Cuánta sagacidad!
La
moraleja de esta historia es que la naturaleza y el aprendizaje (lo que en
inglés se conoce como nature y nurture) no deben
oponerse: se hace y se nace. El aprendizaje solo, en ausencia de cualquier
restricción innata, simplemente no existe. De una u otra manera, cualquier
algoritmo de aprendizaje incluye un conjunto de hipótesis previas acerca del
ámbito al cual se lo aplica. En vez de intentar aprender todo de cero, es mucho
más eficaz apoyarse sobre hipótesis por default, que delimiten
claramente el campo de investigación e integren en su propia arquitectura las
leyes que lo gobiernan.
Cuantas
más hipótesis innatas haya, más veloz será el aprendizaje (¡con la previsible
condición de que estas hipótesis sean correctas!). Esto es verdadero y tiene
alcance universal. Sería falso, por ejemplo, creer que el programa AlphaGo
Zero, que de tanto jugar contra sí mismo se convirtió en campeón de go, partió
de la nada: su representación inicial incluía, entre otros, el conocimiento de
las simetrías del juego, lo que divide por ocho la cantidad de estados que
estudiar.
Nuestro
cerebro también está lleno de hipótesis de todo tipo. Pronto veremos que, desde
el nacimiento, el cerebro de los bebés está muy organizado y ya conoce de
antemano muchas cosas sobre el mundo exterior: de manera implícita, sabe que el
mundo está hecho de objetos sólidos que se mueven solamente cuando se los toca
y que en condiciones normales nunca se incrustan unos en otros; también sabe de
otras entidades más extrañas, que se desplazan por sí solas en función de
intenciones y de creencias, y que hablan (sí, se trata de las personas). Los
bebés no tienen que aprender todo acerca del mundo, ya que su cerebro está
lleno de hipótesis innatas. Así, solo deben adquirir los parámetros específicos
que varían de manera impredecible (como la forma del rostro, el color de los
ojos, el tono de la voz o los gustos personales de quienes los rodean).
Por
supuesto, si desde el comienzo nuestro cerebro conoce cosas tan abstractas como
la diferencia entre las personas y los objetos, eso quiere decir que no las
aprendió durante las pocas semanas de su corta vida, sino a lo largo de las
eras de su evolución. La selección darwiniana es, de hecho, un algoritmo de
aprendizaje, un programa increíblemente poderoso que ha estado funcionando
durante miles de millones de años al mismo tiempo sobre millones de millones de
máquinas: cada ser vivo (Dennett, 1996). Somos los herederos de una sabiduría
infinita: por obra del método de prueba y error darwiniano, nuestro genoma
asimiló el saber de las generaciones ancestrales que nos precedieron. Estos
conocimientos innatos son de una índole diferente a la de los hechos que
aprendemos mediante la experiencia: son tanto más abstractos, porque confieren
a nuestras redes de neuronas los sesgos que facilitan el aprendizaje de las
leyes de la naturaleza.
En
síntesis, durante el embarazo, nuestros genes dictan una arquitectura cerebral
que, al acotar las dimensiones del espacio de investigación, facilita y acelera
los aprendizajes posteriores. En la jerga de los informáticos, se dice que los
genes configuran los llamados “hiperparámetros” del cerebro: las variables de
alto nivel que especifican la cantidad de capas, el tipo de neuronas, la forma
general de sus interconexiones, si están duplicadas en algún punto de la retina
(LeCun tomó como modelo la visión humana y sus sistemas de células), y así
sucesivamente. En nuestro cerebro, estas variables forman parte del genoma
humano, no necesitamos aprenderlas, ya que la especie misma las internalizó
durante el transcurso de su evolución.
Ante los
estímulos sensoriales, entonces, el cerebro nunca se propone la sumisión simple
y pasiva. Muy por el contrario, desde el principio dispone de un conjunto de
hipótesis abstractas heredadas de su evolución, que proyecta sobre el mundo
exterior. No todos los científicos están de acuerdo con esta idea que considero
crucial: la ingenua filosofía empirista, que sirve de base a una gran cantidad
de redes de neuronas actuales, está equivocada. Lisa y llanamente, no es verdad
que nazcamos con circuitos desorganizados por completo, vírgenes de cualquier
forma de conocimiento, que luego reciben la impronta de su ambiente. Aprender,
tanto en personas como en máquinas, siempre tiene como punto inicial un
conjunto de hipótesis previas que se proyectan sobre la información recibida, y
de las que el sistema selecciona aquellas que mejor se adaptan al entorno. Como
dice Jean-Pierre Changeux en El hombre neuronal (1983),
“aprender es eliminar”.
Capítulo
2
Por qué nuestro cerebro aprende mejor que las máquinas actuales
Contenido:
§. Lo que
aún le falta a la inteligencia artificial
§. Aprender es inferir la gramática de un dominio
§. Aprender es razonar como un buen científico
Los
éxitos recientes de la inteligencia artificial pueden hacernos creer que por
fin logramos comprender cómo imitar e incluso superar el aprendizaje y la
inteligencia de la especie humana. De acuerdo con algunos autoproclamados
profetas, las máquinas estarían a punto de superarnos. No existe afirmación más
falsa que esta. De hecho, aunque la mayoría de los investigadores en ciencias
cognitivas admira los progresos actuales de las redes neuronales artificiales,
saben muy bien que estas máquinas todavía tienen grandes limitaciones. A decir
verdad, la mayoría de las redes neuronales artificiales implementan apenas las
operaciones que nuestro cerebro realiza de manera inconsciente, en dos décimas
de segundo, cuando percibe una imagen: la reconoce, la categoriza y accede a su
significado (Dehaene, Lau y Kouider, 2017). Sin embargo, el cerebro va mucho
más lejos: es capaz de explorar la imagen de manera consciente, con mucha
atención, punto por punto, durante varios segundos, y formular representaciones
simbólicas y teorías explícitas del mundo que podemos compartir con otras
personas por medio del lenguaje.
Las
operaciones de este tipo (lentas, razonadas, simbólicas) aún son privativas de
nuestra especie. Los algoritmos actuales de machine learning las
plasman de manera muy precaria. Si bien hay un progreso constante en los
ámbitos de la traducción automática o el razonamiento lógico, una crítica que
solemos hacer a las redes neuronales artificiales es que intentan aprender todo
al mismo nivel, como si, sin excepción, los problemas pudieran reducirse a una
cuestión de clasificación automática. Para quien no posee más que un martillo,
¡todo se parece a un clavo! El cerebro, en cambio, es mucho más flexible. Logra
jerarquizar la información con gran velocidad y, cuando es posible, extrae de
ella principios generales, lógicos y explícitos.
§. Lo que
aún le falta a la inteligencia artificial
Es interesante intentar una enumeración de lo que aún le falta a la
inteligencia artificial, porque permite definir, con la mayor precisión
posible, lo que hay de exclusivo en nuestra propia capacidad de aprendizaje.
Aquí propongo una pequeña lista –por supuesto, incompleta– de las funciones que
hasta un niño muy pequeño posee y que hacen fallar lastimosamente a la mayor
parte de las redes actuales.
El
aprendizaje de conceptos abstractos
La mayoría de las redes neuronales artificiales solo logra generar modelos
adecuados del primerísimo período del tratamiento de la información: menos de
un quinto de segundo, lapso en que las áreas visuales analizan una imagen.
Estos
algoritmos de aprendizaje profundo están lejos de ser tan profundos como
afirman. En realidad, de acuerdo con uno de sus inventores, Yoshua Bengio,
estas redes tienden a aprender regularidades estadísticas superficiales a
partir de los datos, en vez de conceptos abstractos de alto nivel (Jo y Bengio,
2017). Para reconocer la presencia de un objeto, se apoyan en elementos
anecdóticos de la imagen, como el color o la forma. Si estos detalles varían,
su desempeño se desploma: las actuales redes neuronales convolucionales son
absolutamente incapaces de reconocer qué constituye la esencia de un objeto y
de concebir que una silla sigue siendo una silla ya sea que tenga cuatro patas
o una, o bien esté hecha de vidrio, de metal doblado o de plástico inflable.
Esta tendencia a no prestar atención más que a la superficie de las cosas causa
que las redes puedan cometer errores muy importantes. Hay una amplia
bibliografía sobre la forma de hacer que una red neuronal se equivoque: tomen
una banana, modifíquenle algunos píxeles o péguenle una etiqueta muy
particular, ¡y la red neuronal pensará que es una tostadora!
Es cierto
que si se le muestra una imagen a una persona durante una fracción de segundo,
muchas veces comete el mismo tipo de errores que la máquina, y puede confundir,
por ejemplo, un perro con un gato (Elsayed y otros, 2018). Pero si le damos un
poco más de tiempo, el cerebro ya no se equivoca.
A
diferencia de la máquina, los humanos tenemos la capacidad de cuestionar
nuestras creencias y volver a prestar atención a aquellos elementos de la
imagen que no se corresponden con nuestra primera impresión. Este segundo
análisis, consciente e inteligente, recurre a las capacidades generales de
razonamiento y abstracción. Las redes neuronales artificiales descuidan un
factor esencial: el aprendizaje humano no es solo un filtro de reconocimiento
de formas, sino la formación de un modelo abstracto del mundo. Al aprender a
leer, por ejemplo, adquirimos un concepto abstracto de cada letra del alfabeto,
que nos permite reconocerla bajo cualquier tipo de ropaje o con cualquier
adorno posible, así como generar nuevas variantes: Douglas Hofstadter,
informático e investigador en ciencias cognitivas, dijo una vez que el
verdadero desafío para la inteligencia artificial consistía en reconocer la
letra A… Una humorada, por supuesto, pero una humorada profunda. En efecto,
incluso en esta situación trivial, los humanos desplegamos una habilidad
incomparable para la abstracción. Esta hazaña está en la base de una ocurrencia
divertida de la vida cotidiana: el captcha, esta pequeña cadena de letras que
algunos sitios de internet nos piden que reconozcamos para probar que somos
seres humanos y no máquinas.
Durante
años, los captcha se les resistieron a las máquinas. Pero la informática
evoluciona rápido: en 2017, un sistema artificial logró reconocer los captcha
casi tan bien como un humano (George y otros, 2017). No sorprende que este
algoritmo imite a nuestro cerebro en varios aspectos. Lo que hace es una
verdadera proeza: extrae el esqueleto de cada letra, la esencia de la letra A,
y utiliza todos los recursos del razonamiento estadístico para verificar en qué
medida esta idea abstracta es compatible con la imagen actual. Sin embargo,
este sofisticado algoritmo informático solo se aplica a los captcha. El
cerebro, en cambio, utiliza esta facultad de abstracción para tratar todas las
variables de la vida cotidiana.
La
eficiencia del aprendizaje
Todo el mundo está de acuerdo en que las redes neuronales actuales aprenden con
gran lentitud: les hacen falta miles, millones, incluso miles de millones de
datos para adquirir la intuición en determinado ámbito. Tenemos pruebas
experimentales de esta lentitud. Por ejemplo, hacen falta más de novecientas
horas de juego para que la red neuronal diseñada por DeepMind alcance un nivel
razonable en una consola Atari, ¡mientras que un ser humano alcanza el mismo
nivel en dos horas! (Lake y otros, 2017).
Otro
ejemplo: el aprendizaje del lenguaje. El psicolingüista Emmanuel Dupoux estima
que en la mayoría de las familias francesas, un niño oye entre quinientas y mil
horas de habla por año, lo que le resulta suficiente para aprender el dialecto
de Descartes, incluidas sus peculiaridades, estrictamente “idiomáticas”. Se
trata por cierto de una sobrestimación, dado que entre los chimanes, una
población indígena de la Amazonía boliviana, los niños no oyen más que sesenta
horas de habla por año, lo que no les impide volverse excelentes hablantes de
chimán. En comparación, los mejores sistemas informáticos actuales de Apple,
Baidu o Google necesitan entre veinte y mil veces más datos para lograr una
mínima competencia lingüística. En el ámbito del aprendizaje, la eficiencia del
cerebro humano todavía es inigualable: las máquinas están ávidas de acumular
datos, mientras que los humanos son eficientes en su utilización. En nuestra
especie, el aprendizaje sabe extraer lo mejor del dato más pequeño.
El
aprendizaje social
La especie humana es la única que voluntariamente comparte la información: por
imitación o gracias al lenguaje, aprendemos muchísimo de otros seres humanos.
Al menos por el momento, esta capacidad queda fuera del alcance de las redes
neuronales. Entre ellas, el conocimiento está encriptado, diluido entre los
valores de cientos de millones de pesos sinápticos. En esta forma oculta,
implícita, es imposible extraerlo y compartirlo selectivamente con otros. En
cambio, en nuestros cerebros, la información del nivel más alto, que accede a
la conciencia, puede enunciarse de modo explícito a otros. El conocimiento
consciente va a la par de la posibilidad de informarlo verbalmente: cada vez
que entendemos algo con suficiente claridad, en nuestro lenguaje de pensamiento
resuena una fórmula mental (y podemos usar las palabras de nuestro idioma para
informar al respecto). La extraordinaria eficacia con la cual logramos, en
pocas palabras, compartir el conocimiento con otros (“Para llegar a la panadería,
doble a la derecha en la callecita que está detrás de la iglesia”) todavía no
tiene igual en el mundo animal ni en la informática.
El
aprendizaje en un solo intento
Un caso extremo de esta eficacia se verifica cuando aprendemos algo nuevo en un
solo intento. Si utilizo un nuevo verbo, por ejemplo, “vualar”, solo una vez,
ya es suficiente para que ustedes lo conozcan. Por supuesto, algunas redes
neuronales también son capaces de almacenar un episodio específico.
Pero lo
que las máquinas todavía no hacen bien, y el cerebro humano puede hacer de
maravillas, es integrar esta nueva información dentro de una red de
conocimientos. Ustedes logran instantáneamente no solo memorizar el verbo
“vualar”, sino también conjugarlo, derivar formas nominales e insertar todos
estos ítems en otras frases: “¿Vualamos este tango?”, “¿Si usted pudiera,
vualaría?”, “La vualatud es un problema muy actual”, etc. Cuando yo les digo
“Vengan a vualar un rato con nosotros”, ustedes no solo aprenden una palabra,
sino que también la insertan en un vasto sistema de símbolos y de reglas: es el
infinitivo de un verbo que sigue el paradigma de la primera conjugación regular
(yo vualo, tú vualas, etc.). Aprender es lograr insertar los conocimientos nuevos
dentro de una red existente.
La
sistematicidad y el lenguaje del pensamiento
Las reglas de la gramática no son más que un ejemplo del particular talento del
cerebro para descubrir las reglas generales que se esconden detrás de los casos
específicos. En temas de matemáticas, lengua, ciencia, música, el cerebro
humano logra derivar principios muy abstractos, reglas sistemáticas que puede
volver a aplicar en contextos muy diversos. Tomemos el ejemplo de la
aritmética: nuestra capacidad de sumar dos números es extremadamente general,
una vez que aprendemos el procedimiento con números bajos, podemos
sistematizarlo a números altos. Además, a partir de ellos hacemos inferencias
de una generalidad extraordinaria. Una gran cantidad de niños y niñas, a la
edad de 5 o 6 años, descubre que a cada número n le
sigue n + 1, y, por lo tanto, que la secuencia de los números
enteros es infinita: no existe un número mayor en sentido absoluto. Todavía
recuerdo con emoción el momento en que tomé conciencia de lo que en realidad
era mi primer teorema matemático. ¡Qué extraordinario poder de abstracción!
¿Cómo es que nuestro cerebro, con su cantidad finita de neuronas, alcanza a
conceptualizar el infinito?
Hoy en
día, ninguna red neuronal sabe representar conocimientos tan sistemáticos como
“a cada número le sigue otro”. Los valores de verdad absoluta no son su fuerte.
La sistematicidad, esta capacidad de generalizar sobre la base de una regla
simbólica más que sobre la de un parecido superficial, escapa todavía a los
modelos actuales (Fodor y Pylyshyn, 1988; Fodor y McLaughlin, 1990).
Paradójicamente, los autoproclamados algoritmos de aprendizaje profundo todavía
son por completo incapaces de alcanzar semejante profundidad.
Además,
nuestro cerebro parece tener una fluida habilidad para crear fórmulas en una
suerte de idioma mental. Por ejemplo, puede expresar el concepto de conjunto
infinito porque posee una lengua interna dotada de funciones abstractas como la
negación o la cuantificación (infinito = no finito = más
que cualquier número). El filósofo estadounidense Jerry Fodor
(1975) teorizó sobre esta facultad al postular que el pensamiento humano
consiste en símbolos que se combinan de acuerdo con las reglas de un “lenguaje
del pensamiento” (véase también Amalric y otros, 2017). Su peculiaridad
consiste en ser recursivo: cada objeto creado como nuevo (en este caso, el
concepto de infinito) puede reutilizarse de inmediato en combinaciones
inéditas, sin límites. ¿Cuántos infinitos existen? Esta es la absurda cuestión
que indagó el matemático Georg Cantor, y que lo llevó a formular una de las
teorías matemáticas más innovadoras del siglo XX. La capacidad de hacer “un uso
infinito de medios finitos”, según la hermosa fórmula de Wilhelm von Humboldt
(1767-1835), caracteriza al pensamiento humano.
Algunos
modelos de ciencia computacional intentan alimentarse con la adquisición de
reglas matemáticas en niñas y niños; pero para hacerlo tienen que incorporar
una forma de aprendizaje muy diferente, una que involucra reglas y gramáticas y
que además se las arregla para optar por la más simple y probable entre ellas
(Piantadosi, Tenembaum y Goodman, 2012, 2016).
Desde
esta perspectiva, el aprendizaje se parece a la programación: consiste en
seleccionar, de entre todas las fórmulas internas disponibles en el lenguaje
del pensamiento, la más sencilla que se ajuste a los datos.
Hoy en
día, las redes neuronales son incapaces de representar la gama de frases,
fórmulas, reglas y teorías abstractas con las cuales el cerebro del Homo
sapiens construye modelos del mundo. Sin dudas, esto no ocurre por
casualidad: hay allí algo profundamente humano, que no encontramos en el
cerebro de otras especies animales y que las neurociencias contemporáneas
todavía no lograron resolver, una auténtica singularidad de nuestra especie.
Entre los
cerebros de los primates, el humano parece ser el único que dispone de un
conjunto de símbolos que se combinan de acuerdo con una sintaxis compleja y
arborescente.[7] Mi
laboratorio, por ejemplo, demostró que el cerebro humano no puede evitar oír
una serie de sonidos ( bip bip bip bup) sin derivar de inmediato, a
partir de ellos, una teoría de su estructura abstracta (tres sonidos idénticos
y luego un sonido diferente). En la misma situación, los monos detectan una
serie de tres sonidos, oyen que el último es diferente, pero no parecen
integrar estos conocimientos parciales en una sola fórmula.[8]
Llegamos
a saber esto porque, al sondear la actividad cerebral, vemos que se activan
distintos circuitos para el número y para la secuencia; pero nunca observamos
el patrón de actividad integrada que encontramos en el área del lenguaje humano
conocida como “área de Broca”.
Del mismo
modo, hacen falta decenas de miles de intentos para que un mono aprenda a
invertir el orden de una secuencia (pasar de ABCD a DCBA), mientras que cinco
ensayos son suficientes para cualquier niño o niña de 4 años (Jiang y otros,
2018). Incluso un bebé de pocos meses de vida ya codifica el mundo externo
mediante reglas abstractas y sistemáticas, una capacidad por completo ajena a
las redes neuronales convencionales tanto como a otras especies de primates.
La
composición de los conocimientos
Tan pronto como aprendí, digamos, a sumar dos cifras, esta destreza pasa a
formar parte de mi repertorio de talentos: se pone inmediatamente a disposición
de mis demás objetivos. Puedo utilizarla en decenas de contextos distintos;
entre otros, cuando tengo que pagar mi cena en el restaurante o revisar mis
declaraciones de impuestos. Además, puedo combinarla con otras destrezas
aprendidas. No tengo dificultad, por ejemplo, para seguir un algoritmo que
requiere que tome un número, le sume 2 y decida si el resultado es mayor o
menor que 5 (Sackur y Dehaene, 2009; Zylberberg y otros, 2011).
Es
sorprendente notar que las redes neuronales actuales todavía no poseen esta
flexibilidad. Lo que aprenden permanece confinado en conexiones ocultas e
inaccesibles, lo que dificulta su reutilización en otras tareas más complejas.
La capacidad de componer las destrezas que se aprendieron en
un momento previo, es decir, de recombinarlas para resolver problemas nuevos,
está fuera de su alcance. De momento, la inteligencia artificial no resuelve
más que problemas extremadamente acotados: el programa AlphaGo, pese a su
corona de campeón mundial en el juego de go, es un experto limitado, incapaz de
generalizar sus habilidades a cualquier otro juego, siquiera un poco diferente
(incluido el juego de go sobre un tablero de 15 × 15 líneas en vez de uno de 19
× 19). Para nuestro cerebro, en cambio, aprender es casi siempre volver
explícitos los conocimientos de modo tal que podamos reutilizarlos y
recombinarlos con otros.
Una vez
más, nos vemos ante una característica singular del cerebro humano, ligada al
lenguaje y difícil de reproducir en una máquina. René Descartes ya lo había
constatado en 1637 en su célebre Discurso del método:
Si que
semejasen a nuestros cuerpos e imitasen nuestras acciones, cuanto fuere
moralmente posible, siempre tendríamos dos medios muy ciertos para reconocer
que no por eso son hombres verdaderos; y es el primero, que nunca podrían hacer
uso de palabras ni otros signos, componiéndolos, como hacemos nosotros, para
declarar nuestros pensamientos a los demás, pues si bien se puede concebir que
una máquina esté de tal modo hecha, que profiera palabras, […] sin embargo, no
se concibe que ordene en varios modos las palabras para contestar al sentido de
todo lo que en su presencia se diga, como pueden hacerlo aun los más estúpidos
de entre los hombres; y es el segundo que, [aunque] hicieran varias cosas tan
bien y acaso mejor que ninguno de nosotros, no dejarían de fallar en otras[;
así,] se descubriría que no obran por conocimiento, sino solo por la
disposición de sus órganos, pues mientras que la razón es un instrumento
universal, que puede servir en todas las coyunturas, esos órganos, en cambio,
necesitan una particular disposición para cada acción particular.
La razón,
instrumento universal… Las capacidades que menciona Descartes apuntan hacia un
segundo sistema de aprendizaje, jerárquicamente superior al precedente, y
basado sobre reglas y símbolos. En sus primeras etapas, nuestro sistema visual
posee vagas similitudes con las redes neuronales actuales: aprende a filtrar
las imágenes de entrada y a reconocer las combinaciones frecuentes, y eso es
suficiente para que reconozca un rostro, una palabra o una configuración del
juego de go. Pero a continuación, el estilo de procesamiento cambia de manera
radical: el aprendizaje empieza a parecerse a un razonamiento, una inferencia
lógica que intenta captar las reglas de un dominio. Crear máquinas que alcancen
este segundo nivel de inteligencia es el gran desafío de la investigación
contemporánea en inteligencia artificial.
Analicemos
dos elementos que definen lo que los humanos hacemos cuando aprendemos en este
segundo nivel y que suponen desafíos para los algoritmos más usuales de machine
learning).
§.
Aprender es inferir la gramática de un dominio
Es una característica de la especie humana: permanentemente intentamos derivar
de una situación específica reglas abstractas, conclusiones de alto nivel, que
luego ponemos a prueba en nuevas observaciones. Jerarquizar los conocimientos
de este modo, en un intento por formular leyes abstractas que den cuenta de
nuestras observaciones, es un método de aprendizaje de una extraordinaria
eficacia, ya que las leyes más abstractas son precisamente aquellas que se aplican
a la mayor cantidad de observaciones. Encontrar la ley correcta o la regla
lógica que explica todos los datos disponibles es la mejor forma de acelerar el
aprendizaje, y el cerebro humano domina a la perfección este juego.
Veamos un
ejemplo: imaginemos que les muestro una decena de cajas llenas de esferas de
diferentes colores. Tomo una caja al azar de la que hasta ahora no saqué nada,
meto la mano y saco una esfera verde. ¿Pueden deducir algo respecto del
contenido de esta caja? ¿De qué color será la siguiente esfera que saque?
La
primera respuesta que sin duda viene a la cabeza es: “No hay modo de saberlo.
Usted casi no dio información, ¿cómo podríamos tener idea del color de las
otras esferas?”. Sí, pero… ahora imaginen que, previamente, yo extraje varias
esferas de las otras cajas y que ustedes constataron la siguiente regla: en
determinada caja, todas las esferas son siempre del mismo color. En ese caso,
el problema se vuelve trivial. Cuando les muestro una nueva caja, les basta con
tomar una sola esfera verde para deducir que las restantes serán de ese mismo
color. Si cuento con esta regla general, se puede aprender en apenas un
intento.
Este
ejemplo demuestra que un conocimiento de alto nivel, que usualmente llamamos
“nivel meta”, puede guiar un conjunto de observaciones de nivel más bajo. Una
vez que se aprende la metarregla abstracta que dice que todas las esferas de
una caja son del mismo color, el aprendizaje se acelera muchísimo. Por
supuesto, la regla puede resultar falsa. Ustedes se verían muy sorprendidos
(debería decir “metasorprendidos”) si la décima caja que exploraran contuviera
esferas de todos los colores. En ese caso, deberían revisar su modelo mental y
replantearse la hipótesis de que todas las cajas son idénticas en eso. Tal vez
arriesgarían una hipótesis de un nivel todavía más alto, una metametahipótesis,
de acuerdo con la cual las cajas son de dos tipos: unicolores o multicolores,
en cuyo caso les harán falta por lo menos dos extracciones por caja antes de
llegar a alguna conclusión. En cualquiera de los casos, formular una jerarquía
de reglas abstractas les habrá hecho ganar un tiempo precioso.
Aprender,
en este sentido, supone administrar una jerarquía interna de reglas e intentar
inferir lo antes posible las reglas más generales, aquellas que resuman la
mayor cantidad de observaciones. Desde la infancia, nuestro cerebro aplica este
principio de jerarquía. Observen a un niño de 2 o 3 años que se pasea por un
jardín y a quien sus padres le enseñaron una palabra nueva, por ejemplo,
“mariposa”. A menudo, le basta oír la palabra una vez o dos… et voilà!:
su significado está memorizado. Esta velocidad de aprendizaje es increíble.
Supera todo lo que la inteligencia artificial de hoy en día logra imitar. ¿Por
qué es difícil el problema? Porque cada enunciado de cada palabra no acota por
completo su significado. La palabra “mariposa” se pronuncia cuando el niño está
inmerso en una escena compleja, llena de flores, árboles, juguetes, personas,
todos candidatos potenciales para el significado de esa palabra. Ni siquiera
hablo de significados menos evidentes: cada instante que vivimos está lleno de
ruidos, olores, movimientos, acciones, pero también de ideas abstractas dotadas
de sus propios nombres, que debimos aprender. Así, “mariposa” podría querer
decir “color”, “cielo”, “moverse” o “simetría”. El problema se plantea de modo
más desconcertante para las palabras abstractas. ¿Cómo aprende un niño las
palabras “pensar”, “creer”, “no”, “libertad” o “muerte”? ¡¿Cómo comprende lo
que quiere decir “yo”, si cada vez que oyó ese término sus interlocutores
hablaban de… ellos mismos?!
La
incorporación veloz de palabras abstractas es incompatible con los modelos
simplistas del aprendizaje, como el condicionamiento clásico de Pávlov o el
aprendizaje asociativo de Skinner. Las redes neuronales que intentan
simplemente correlacionar entradas con salidas, imágenes con palabras, por lo
general necesitan miles de intentos para comprender que “mariposa” designa ese
objeto colorido que está allí, en una esquina de la imagen…, y este principio
de correlación palabra-imagen nunca permitirá comprender términos desprovistos
de referencia fija, como “nosotros”, “siempre” y “olor”.
El
problema del aprendizaje de palabras plantea un inmenso desafío para las
ciencias cognitivas. Sin embargo, sabemos que una parte de la solución reside
en la capacidad de los niños de formular representaciones no lingüísticas,
abstractas, lógicas. Incluso antes de aprender sus primeras palabras, el niño
posee un tipo de lenguaje del pensamiento con el cual puede formular hipótesis
muy abstractas, y ponerlas a prueba. Su cerebro no es una tabula rasa,
y el conocimiento innato que proyecta sobre el mundo externo angosta el espacio
abstracto en que aprende. Es más, si un niño aprende tan rápido el significado
de las palabras, mucho más rápido que una red neuronal, es porque selecciona
entre el conjunto de hipótesis posibles y se deja guiar por una panoplia de
reglas de alto nivel: estas metarreglas aceleran enormemente el aprendizaje,
tal como vimos en el problema de las cajas de esferas de colores.
Una de
las reglas que facilitan la adquisición del vocabulario es la de privilegiar
siempre la hipótesis más limitada y más simple que sea compatible con los
datos. Por ejemplo, cuando un bebé escucha a su mamá decir “¡Ah, llegó el
perro!”, nada excluye que la palabra “perro” haga referencia a aquel perro
en concreto (Tobi), o, a la inversa, a cualquier mamífero, cuadrúpedo, animal o
ser vivo. ¿Cómo es que el niño descubre el verdadero significado de la palabra:
solamente los perros, pero todos los perros? Los experimentos sugieren que
razona como el buen lógico, que pone a prueba todas las hipótesis y opta por la
más simple que explique la frase que oyó. Entonces, cuando los humanos pequeños
oyen la palabra “Tobi” (o “Snoopy” o “Lassie”, según las épocas o las
geografías), siempre la oyen en un contexto específico, referida a determinado
animal, y el conjunto más pequeño compatible con los distintos elementos
observables está acotado a ese y solo ese perro. La primera vez que oye la
palabra “perro” en un contexto específico, puede creer temporariamente que esa
palabra solo se refiere a determinado animal; pero cuando la oye por segunda
vez, en un contexto diferente, puede deducir que se refiere más bien a una
categoría completa (figura 5). Un modelo matemático de este proceso predice que
son suficientes tres o cuatro ocurrencias para alcanzar el significado
apropiado (Tenenbaum y otros, 2011; Xu y Tenenbaum, 2007). Es el tipo de
inferencia que los niños hacen diez, cien, o mil veces más rápido que las redes
neuronales actuales.
Otros
trucos permiten que los niños aprendan a hablar en un tiempo récord, en
comparación con los sistemas actuales de inteligencia artificial. Una de estas
metarreglas expresa una perogrullada: por lo general, quien habla presta
atención a aquello de lo que habla. Una vez que adquiere esta regla, el bebé
puede acotar considerablemente su búsqueda del significado: no está obligado a
poner en relación cada palabra con todos los objetos presentes en la escena
visual, como haría una computadora, hasta obtener suficientes datos que le
prueben que cada vez que oye hablar de “mariposa” el pequeño insecto colorido
está presente. Le basta con seguir la mirada de sus padres o la dirección de
sus dedos para deducir de qué hablan: es lo que llamamos “atención compartida”,
un principio fundamental del aprendizaje del lenguaje.
Al
respecto, ya contamos con experiencias muy refinadas: si ustedes quieren
acompañarnos en esta aventura de investigación, pueden tener su propia
vivencia: tomen a alguna criatura de 2 o 3 años (siempre pidiendo permiso,
claro) y muéstrenle un juguete nuevo ante la mirada de una entusiasta persona
adulta que diga: “¡Ah, un wug!”. No hace falta más de un intento para que el
niño retenga que “wug” es el nombre de ese objeto.
Figura 5. Aprender es seleccionar el modelo más sencillo que se ajuste a los
datos. Supongan que les muestro la tarjeta que se reproduce aquí arriba, y les
digo que los tres objetos marcados con un contorno más oscuro son “tufas”. Con
esta pequeña cantidad de datos, ¿cómo hacen para encontrar las otras tufas? Su
cerebro construye un modelo de la manera en que se generaron esas formas, un
árbol jerárquico de sus propiedades, y selecciona la rama más pequeña del árbol
que sea compatible con todos los datos del problema.
Para
proseguir la puesta en escena científica, compongan el mismo escenario y la
misma situación, pero que el adulto, como en una obra de Jean Cocteau, se quede
mudo: ahora deleguen en un altavoz –que habrán situado en el techo– la tarea de
decir: “¡Ah, un wug!”. El niño no aprende cosa alguna, porque no logra
comprender la intención del hablante (Baldwin y otros, 1996). Un bebé no
retiene las palabras si no comprende la intención de quien habla. Esta
capacidad, de una abstracción notoria, le permite aprender las palabras
abstractas: para eso, debe literalmente ponerse en el lugar del locutor y
comprender a qué pensamientos hacen referencia las palabras que pronuncia.
La niña o
el niño de nuestra escena (al igual que sus colegas fuera de ella) utiliza
todavía más metarreglas para aprender palabras. Por ejemplo, saca el mejor
provecho del contexto gramatical: cuando oye: “Ey, miren la mariposa”, la
presencia del determinante “la” le garantiza que esta palabra desconocida es un
sustantivo. Esta es una metarregla que debe aprender: no nacemos con un
conocimiento innato de todos los posibles determinantes de todas las lenguas.
Sin embargo, la experiencia muestra que este aprendizaje es rápido: alrededor
de los 12 meses, las criaturas ya registraron y retuvieron los principales
determinantes y palabras funcionales de su lengua materna, y los utilizan para
guiar los aprendizajes posteriores (Cyr y Shi, 2013; Shi y Lepage, 2008).
Si logran
hacer esto, es indudablemente porque esas palabras son muy frecuentes y
aparecen en numerosas frases, casi siempre ante un sustantivo o un sintagma
nominal. El razonamiento puede parecer circular, pero en realidad no lo es:
alrededor de los 6 meses, el bebé comienza por aprender sus primeros
sustantivos, a menudo sustantivos ultrafamiliares como “taza” y “mesa”… Luego
nota que estas palabras suelen estar precedidas por una palabra muy frecuente,
el determinante “la”… de lo que deduce que, así escoltadas, todas esas palabras
forman parte de la misma categoría, “sustantivo”, y que a menudo refieren a
objetos de su entorno. Al fin y al cabo, esa metarregla le permite, cuando oye
un enunciado como “la mariposa”, buscar en primer lugar un significado posible
entre los objetos que lo rodean, en vez de tratarlo como un verbo o un
adjetivo. Luego, cada episodio de aprendizaje refuerza la regla, que a su vez
facilita los aprendizajes posteriores, en un vasto movimiento que se acelera
cada día. Los psicólogos del desarrollo afirman que niños y niñas confían en
el bootstrapping sintáctico: el algoritmo de aprendizaje del
lenguaje durante la infancia se las apaña para levantar vuelo por su cuenta[9],
gradualmente, al capitalizar una serie de pasos inferenciales. Pasos pequeños,
pero sistemáticos.
Hay otra
metarregla que el niño utiliza para acelerar el aprendizaje de palabras. Es el
supuesto de exclusividad mutua, que podríamos sintetizar en esta fórmula: un
solo nombre para cada cosa. En suma, esta regla dice que es poco probable que
dos nombres diferentes designen un mismo concepto. Una palabra nueva, entonces,
probablemente hará referencia a un concepto nuevo.
Al tener
presente este principio, cuando una niña oye una nueva palabra, puede acotar su
búsqueda de significado a las cosas cuyo nombre todavía no conoce. Y, desde los
16 meses, lo aplica con bastante astucia.[10] Intenten
realizar una experiencia. Tomen dos recipientes idénticos, uno de color azul,
común y corriente, y el otro de un color poco habitual, por ejemplo, verde
oliva; ahora díganle a un niño: “Dame el recipiente crapitado”. El niño les va
a dar el recipiente que no es azul (palabra que ya conoce); parece dar por
sentado que si ustedes hubiesen querido hablar del recipiente azul, habrían
usado, precisamente, la palabra “azul”; ergo… ustedes deben estar
refiriéndose al otro recipiente, menos conocido. Semanas más tarde, esa simple
experiencia habrá sido suficiente para que recuerde que ese color extraño se
llama “crapitado”.
Una vez
más, notamos que la metarregla acelera enormemente el aprendizaje. Pero sin
dudas hubo que aprenderla, o al menos consolidarla. En efecto, la observación
demuestra que los niños de familia bilingüe la aplican tanto menos que los
otros (Byers-Heinlein y Werker, 2009). Su experiencia bilingüe los hace darse
cuenta de que papá y mamá utilizan palabras diferentes para decir lo mismo. Los
niños monolingües, en cambio, se apoyan con más fuerza sobre la regla de
exclusividad mutua. Han descubierto que, cuando ustedes usan una palabra nueva,
es porque quieren que ellos aprendan un nuevo objeto o concepto. Si les dicen:
“Dame el fax”, y a su alrededor no hay más que objetos familiares, van a buscar
por todos lados, en un intento por encontrar ese misterioso objeto desconocido
que les piden, no se les ocurrirá que podrían referirse a alguno de los objetos
conocidos.
Todas
estas metarreglas explican lo que llamamos “bendición de la abstracción”: las
metarreglas más abstractas pueden ser la cosa más fácil de aprender, porque
cada palabra que las criaturas oyen les aporta material de prueba al respecto.
Entonces, una regla gramatical por el estilo de “las formas nominales suelen
estar precedidas por un determinante” bien puede incorporarse tempranamente y
guiar la subsiguiente adquisición de un amplio repertorio de sustantivos.
Gracias a la bendición de la abstracción, hacia los 2 o 3 años, en este
benemérito período bien llamado “explosión léxica”, el niño aprende entre diez
y veinte palabras nuevas por día, sin dificultad alguna, sobre la base de
tenues indicios que todavía hacen fracasar a los mejores algoritmos del planeta.
La
capacidad de utilizar metarreglas parece demandar una buena dosis de
inteligencia. Por lo tanto, ¿es exclusiva de la especie humana? No por
completo. Existen otros animales también capaces de dar muestras de
abstracción. Tomemos el caso de Rico, un perro pastor al que su dueña ha
adiestrado para que le acerque los objetos más diversos (Kaminski, Call y
Fischer, 2004). Es suficiente ordenarle “Rico, por favor: el dinosaurio” y el
animal entra en la sala de juegos para volver, algunos segundos más tarde, con
un dinosaurio de peluche en la boca. Los etólogos que lo investigaron
demostraron que Rico conoce cerca de doscientas palabras. Pero lo más
extraordinario es que también utiliza la regla de exclusividad mutua para
aprender palabras nuevas. Si le dicen “Rico, el sikirid” (una palabra nueva),
Rico se pone a buscar entre los objetos presentes, y solo regresa con un objeto
nuevo, cuyo nombre todavía no conoce. Él también utiliza metarreglas como “un
solo nombre para cada cosa”.
Matemáticos
e informáticos ya comenzaron a diseñar algoritmos que permiten que las máquinas
aprendan este tipo de jerarquía de reglas, de metarreglas e incluso de
metametarreglas, hasta un nivel arbitrario. En estos algoritmos jerárquicos,
cada episodio de aprendizaje restringe no solo los parámetros de nivel bajo,
sino también los conocimientos de nivel más alto, los hiperparámetros
abstractos que, a su vez, orientarán los aprendizajes posteriores. Si bien
todavía no logran imitar la extraordinaria eficacia del aprendizaje de la
lengua, a veces estos sistemas alcanzan notables desempeños. Por ejemplo, la
figura 6 muestra uno de estos algoritmos recientes, una suerte de científico
artificial que encuentra el mejor modelo del mundo exterior (Kemp y Tenenbaum,
2008). Este sistema dispone no solo de reglas abstractas, sino también de una
verdadera gramática que le permite, mediante la combinación de estas reglas
elementales, engendrar una infinidad de estructuras de alto nivel. El sistema
considera que una línea es un encadenamiento de puntos unidos el más próximo
con el más próximo, por la aplicación de la regla “cada punto tiene dos
vecinos, uno a la izquierda y uno a la derecha”, y así descubre por sí solo que
esa es la mejor manera de organizar los entornos naturales (una línea que va de
cero al infinito) o políticos (desde la extrema izquierda hasta la extrema
derecha). Una variante de la misma gramática engendra un árbol binario en que
cada nodo posee un padre y dos hijos. Esta estructura de árbol es la seleccionada
automáticamente por el sistema cuando le pedimos que represente seres vivos. La
máquina, como un verdadero Darwin artificial, redescubre de manera espontánea
el árbol de las formas de la vida.
Otras
combinaciones de reglas generan planos, cilindros y esferas y gracias a ellas
el algoritmo va descubriendo de qué modo estructuras como esas se aproximan a
la geografía local o global de nuestro planeta. Versiones más sofisticadas de
ese mismo algoritmo son capaces de expresar ideas aún más abstractas. Por
ejemplo, los informáticos estadounidenses Noah Goodman y Joshua Tenenbaum
concibieron un sistema capaz de descubrir el principio de causalidad, la idea
misma de que determinados acontecimientos causan otros (Goodman, Ullman y
Tenenbaum, 2011; Tenenbaum y otros, 2011). Su formulación es abstrusa y
matemática: “En un grafo direccional y acíclico que vincule diversas
propiedades entre sí, existe un subconjunto de propiedades de las cuales
dependen las demás”. No importa que esta expresión sea casi incomprensible, lo
que importa es que da cuenta del tipo de fórmulas internas abstractas que esta
gramática mental es capaz de expresar y de probar. El sistema pone a prueba
miles de fórmulas como esta, y solo conserva aquellas que se ajustan a los
datos. Como resultado, enseguida deduce el principio de causalidad (si en
efecto algunas de las experiencias sensoriales que recibe son causas y otras,
consecuencias).
Figura 6. Aprender es inferir la gramática de un dominio. En el MIT, dos
informáticos inventaron un algoritmo que por sí solo descubre la estructura de
un dominio científico. El sistema dispone de una gramática de reglas en que las
combinaciones generan estructuras nuevas de los tipos más variados: líneas,
planos, círculos, cilindros, árboles… Al seleccionar la estructura más
apropiada para los datos, el algoritmo realiza descubrimientos que a los
científicos les insumieron años de dedicación: el árbol de las especies
animales (de Charles Darwin, en 1859), la esfericidad de la tierra (Parménides
de Elea, hacia 600 a.C.), o incluso el espectro cromático (de Isaac Newton, en
1675).
Este es
otro ejemplo de la bendición de la abstracción: el hecho de ser capaces de
formular una regla de nivel alto permite acelerar enormemente el aprendizaje,
porque la regla acota en gran medida el campo de posibilidades entre las cuales
buscar. Gracias a esto, generaciones enteras de niñas y niños van en busca del
Santo Grial de las Explicaciones; para conquistarlo, recurren a una inagotable
reserva de preguntas y al omnipresente “¿por qué?”. Y así ponen a la especie en
el camino de la búsqueda del conocimiento científico.
De
acuerdo con este enfoque, aprender consiste en seleccionar, dentro de un gran
conjunto de expresiones en el lenguaje del pensamiento, aquella que mejor se
ajuste a los datos. Veremos que es un excelente modelo de lo que hace el niño:
en su condición de científico en ciernes, formula teorías y las confronta con
el mundo exterior. Esto supone que las representaciones mentales de los niños
son tanto más estructuradas que las de las redes neuronales artificiales de la
actualidad. Desde el nacimiento, el cerebro del niño dispone de dos
ingredientes esenciales: por un lado, la maquinaria que permite engendrar
fórmulas abstractas (un lenguaje del pensamiento, lenguaje que es
combinatorio); y, por otro lado, la capacidad de seleccionar estas ideas con
acierto, en función de su adecuación a los datos recibidos.
Ese es el
nuevo enfoque acerca del cerebro: un inmenso modelo generativo, enorme
arquitectura bien organizada, capaz de imaginar miles de reglas y estructuras
hipotéticas, pero que poco a poco se atiene a solo aquellas que se condicen con
la realidad.[11]
§.
Aprender es razonar como un buen científico
¿Cómo selecciona el cerebro la mejor hipótesis? ¿Sobre la base de qué criterio
acepta o rechaza un modelo del mundo exterior? Resulta que existe una
estrategia ideal para hacerlo. Esta estrategia constituye el nodo de una de las
teorías más recientes y más productivas del aprendizaje: la hipótesis de que el
cerebro se comporta como un científico en ciernes. Según dicho enfoque,
aprender es razonar como un buen estadístico que elige, entre muchas hipótesis,
aquella con mayor probabilidad de ser correcta, teniendo en cuenta los datos
disponibles.
¿Cómo
funcionan las teorías científicas? Cuando un científico formula una teoría, no
se contenta con exhibir fórmulas matemáticas; también establece predicciones.
La importancia de la teoría se juzga por la riqueza de las predicciones
originales que se derivan de ella. La verificación o la refutación de estas
predicciones acarrea la validación o la impugnación de una teoría. El
investigador aplica una lógica simple: enuncia varias teorías, despliega la red
de sus predicciones y elimina aquellas cuyas predicciones se ven invalidadas
por la experiencia. Por supuesto, rara vez es suficiente un solo experimento: a
menudo es necesario reiterarlo varias veces, en distintos laboratorios, para
desentrañar qué es verdadero y qué falso. En palabras del filósofo de la
ciencia, Karl Popper, la ignorancia retrocede constantemente a medida que una
secuencia de conjeturas y refutaciones permite ir refinando la teoría.
El lento
método de la ciencia se parece al modo en que aprendemos. En nuestras mentes,
vemos disiparse la ignorancia, que retrocede a medida que el cerebro formula
teorías más certeras del mundo exterior a partir de observaciones. Pero ¿esto
es apenas una metáfora imprecisa? No: en efecto, es un enunciado bastante
exacto acerca de lo que el cerebro debe de estar computando. Y hace ya unos
treinta años o más que las hipótesis que describen al niño como un científico
trajeron aparejada una serie de descubrimientos cruciales acerca del modo en
que niñas y niños razonan y aprenden.
Durante
mucho tiempo los matemáticos y los informáticos han teorizado sobre el
razonamiento ideal en presencia de incertidumbre. Esta sofisticada teoría es
llamada “bayesiana”, a partir del nombre de su primer descubridor, el reverendo
Thomas Bayes, un pastor presbiteriano y matemático inglés, que llegó a ser
miembro de la Royal Society británica. Pero tal vez deberíamos llamarla teoría
“laplaciana”, dado que debemos su primera formalización completa al gran
matemático francés Pierre-Simon, marqués de Laplace (1749-1827). Más allá de
eso, hubo que esperar a los últimos veinte años para que este enfoque ganase
prominencia y pasase a ser uno de los pilares de las ciencias cognitivas y
el machine learning, porque de por sí garantiza la extracción de un
máximo de información de cada dato. Aprender es ser capaz de hacer la mayor
cantidad posible de deducciones de cada observación, hasta de las más
inciertas, y precisamente eso está respaldado por la regla de Bayes.
¿Qué
descubrieron Bayes y Laplace? En pocas palabras: la forma correcta de hacer
deducciones, razonando con las probabilidades para remontar cada observación,
por tenue que sea, a su causa más plausible. Volvamos a los fundamentos de la
lógica. Desde la Antigüedad, la humanidad ha comprendido cómo razonar con
valores de verdad, “verdadero” o “falso”.
Aristóteles
introdujo las reglas de la deducción que conocemos como silogismos y que cada
cual aplica de manera más o menos intuitiva. Por ejemplo, la regla
llamada modus tollens (literalmente, “modo que niega”) dice
que, si p implica q y se verifica que q es
falsa, entonces p debe ser falsa.
Esta es
la regla que aplicó Sherlock Holmes en el famoso relato “Estrella de plata”,
que presenta el episodio conocido como “El curioso incidente del perro a
medianoche”:
—¿Existe
algún otro detalle acerca del cual desearía usted llamar mi atención?
—Sí, acerca del curioso incidente del perro a medianoche.
—El perro no intervino para nada.
—Ese es precisamente el incidente curioso.
Efectivamente
–razona Sherlock–, si el perro hubiera reparado en un
desconocido, entonces habría ladrado. Como no lo hizo, eso
quiere decir que el criminal era una persona familiar… un razonamiento que le
permite al célebre detective acotar la investigación y desenmascarar al
culpable.
¿Qué
relación tiene esto, me dirán ustedes, con el aprendizaje? Bueno, aprender es
también razonar como un detective: se trata siempre de volver a las causas
ocultas de los fenómenos para deducir de ellas el modelo que las rige. Pero, en
el mundo real, las observaciones pocas veces son verdaderas o falsas: son
inciertas y probabilísticas. Y es exactamente allí donde se sitúan las
contribuciones fundamentales del reverendo Bayes y del marqués de Laplace: la
teoría bayesiana nos dice cómo razonar con las probabilidades, qué tipos de
silogismos debemos aplicar cuando los datos no son perfectos, verdaderos o
falsos, sino probabilísticos. “La teoría de la probabilidad. La lógica de la
ciencia”: esa es la traducción posible del título de un libro fascinante del estadístico
E. T. Jaynes (2003) sobre la teoría bayesiana, en cuyas páginas se demuestra
que lo que llamamos “probabilidad” no es otra cosa que la expresión de nuestra
incertidumbre.
Con
precisión matemática, la teoría explica las leyes según las cuales la
incertidumbre debe evolucionar cuando realizamos una nueva observación.
Es la
extensión perfecta de la lógica entre la neblina de las probabilidades y las
incertidumbres.
Tomemos
un ejemplo, similar en espíritu al que el reverendo Bayes usó como base de su
teoría en el siglo XVIII. Supongamos que observo a alguien lanzar una moneda,
no trucada: tiene tantas posibilidades de caer sobre la cara como sobre la ceca
(un 50% en cada caso). A partir de esta premisa, la teoría clásica de las
probabilidades nos dice cómo calcular las probabilidades de observar
determinado resultado (por ejemplo, cuál es la probabilidad de obtener tres
caras y dos cecas). La teoría bayesiana nos permite realizar el camino inverso:
de las observaciones a las causas. Nos dice, con exactitud matemática, cómo
responder a preguntas del tipo “Si observo arrojar la moneda muchas veces,
¿debo revisar mi opinión sobre la moneda?”. La hipótesis por default es
que la moneda no está trucada… pero si la veo caer veinte veces sobre la cara,
debo revisar mi hipótesis: con seguridad la moneda sí está trucada. Mi
hipótesis de partida se volvió improbable. ¿Pero en qué medida? La teoría de
Bayes y Laplace explica precisamente cómo revisar nuestras creencias luego de
cada observación. A cada hipótesis se le asigna un número que corresponde a un
nivel de confianza. Luego de cada observación, ese número cambia en un valor
que depende del grado de improbabilidad del resultado obtenido. Al igual que en
las ciencias, cuanto más improbable es una observación experimental, más
contradice las predicciones de nuestra teoría inicial, y con más confianza
podemos rechazarla y buscar explicaciones alternativas.
La teoría
bayesiana posee una eficacia notable: no es muy conocida por el gran público
(entre otras cosas porque durante mucho tiempo fue un secreto militar muy bien
guardado), pero tuvo una primera y contundente aplicación durante la Segunda
Guerra Mundial, cuando el genial matemático y criptógrafo Alan Turing la
utilizó para descifrar el código Enigma. Las distintas variedades de la máquina
Enigma, que se utilizaban para encriptar todos los mensajes alemanes, estaban
compuesta por numerosos engranajes, rotores y cables eléctricos, conectados de
modo tal que sus combinaciones posibilitaban más de un millar de
configuraciones diferentes que cambiaban luego de cada letra. Cada mañana, el
responsable del código ubicaba la máquina en la configuración prevista para ese
día, tecleaba un texto y Enigma escupía una secuencia infernal de letras, que
solo el poseedor de la clave podía decodificar. Para cualquier otra persona, el
texto parecía perfectamente aleatorio. Pero aquí intervino la genialidad de
Turing: descubrió que, si dos máquinas habían sido configuradas de la misma
manera, eso inducía un ligero sesgo en la distribución de las letras; así, los
dos mensajes tenían algunas posibilidades más de parecerse. Este sesgo era tan
débil que ninguna letra aislada era prueba suficiente para sacar conclusiones
certeras; pero al acumular esas improbabilidades, letra tras letra, Turing
podía obtener mayor material probatorio de que la misma configuración había
sido utilizada dos veces. Sobre esta base, y con la ayuda de lo que llamaron
arbitrariamente “bomba” (un gran dispositivo electromecánico que prefiguró
nuestras computadoras), Turing y su equipo lograron quebrar (“crackear”) el
código Enigma, y así descifrar mensaje tras mensaje.
Una vez
más, ¿cuál es la relevancia de estos pormenores a la hora de contemplar nuestro
cerebro? El mismo tipo de razonamiento parece ocurrir dentro de nuestra
corteza.[12] Según
esta teoría, cada región del cerebro formula una o varias hipótesis y transmite
sus predicciones a las otras regiones. De esta manera, cada módulo cerebral
restringe las hipótesis del siguiente, mediante el intercambio de mensajes que
son predicciones probabilísticas sobre el mundo exterior. Esas señales se
llaman “descendentes” porque se inician en áreas cerebrales de alto nivel, como
la corteza frontal, y poco a poco se desplazan hacia las áreas sensoriales de
nivel más bajo, hasta, por ejemplo, la corteza visual primaria. La teoría dice
que estas señales expresan la nube de hipótesis que nuestro cerebro juzga
plausibles y desea poner a prueba.
En el
nivel de las áreas sensoriales, estas hipótesis entran en contacto con los
mensajes “ascendentes” provenientes del mundo exterior (de la retina, por
ejemplo). En ese momento, el modelo se confronta con la realidad. El enfoque
bayesiano supone que el cerebro debe calcular una señal de error: la diferencia
entre lo que el modelo predice y lo que se observó. El algoritmo bayesiano
luego indica cómo valerse de esta señal de error para ajustar el modelo interno
del mundo. Si no hay error, eso significa que el modelo es correcto. Si no, la
señal de error remonta la cadena de las áreas cerebrales involucradas y ajusta,
paso a paso y en todas ellas, las hipótesis del modelo.
Con mayor
o menor celeridad, el algoritmo converge en un modelo mental ajustado al mundo
exterior.
De
acuerdo con este enfoque acerca del cerebro, nuestro juicio de adultos se apoya
sobre dos tipos de conocimientos: el saber innato de la especie (que los
bayesianos llaman el a priori, la ponderación de los espacios de
hipótesis que heredamos de la evolución) y la experiencia personal (la
probabilidad a posteriori, la revisión de esas hipótesis, basada
sobre todas las inferencias que pudimos hacer en el transcurso de nuestra
vida). Esta división del trabajo disuelve el debate clásico entre lo innato y
lo adquirido: la organización del cerebro nos aporta un potente equipo inicial
y una máquina de aprendizaje igualmente poderosa. Cada conocimiento debe
apoyarse sobre los dos componentes: un juego de hipótesis a priori,
previo a cualquier interacción con el entorno, y la capacidad de organizarlas
conforme a su plausibilidad a posteriori, una vez que disponemos de
datos reales.
Podemos
demostrar matemáticamente que el enfoque bayesiano es la mejor manera de
aprender. Es la única forma de extraer la verdadera esencia de un episodio de
aprendizaje, y de obtener el máximo provecho. Unos pocos bits de información,
como las coincidencias sospechosas que Turing había detectado en el código
Enigma, nos bastan para aprender. Si el sistema los trata como haría un buen
estadístico, acumulando con paciencia las probabilidades, inevitablemente
terminará por obtener una cantidad suficiente de datos para refutar
determinadas teorías y validar otras.
¿Realmente
el cerebro funciona así? ¿Es capaz de generar, desde el nacimiento, amplios
espacios de hipótesis a priori entre las cuales aprende a
elegir? ¿Procede por eliminación, formulando hipótesis sofisticadas y
seleccionándolas en tanto y en cuanto los datos observables les sean favorables
o contrarios? ¿El bebé se comporta, desde la cuna, como el más astuto de los
estadísticos? ¿Es capaz de obtener el máximo de información posible de cada
episodio de aprendizaje? Hagamos primer plano en los datos experimentales
acerca del cerebro de los bebés.
Parte II
Cómo aprende nuestro cerebro
Esta
facultad, existente en el alma de cada uno, y el órgano con que cada cual
aprende, deben volverse, apartándose de lo que nace, con el alma entera, […]
hasta que se hallen en condiciones de afrontar la contemplación del ser.
Platón, La República (~380 a.C.)
El debate
entre lo innato y lo adquirido se ha prolongado durante milenios.
¿El bebé
se parece a una hoja en blanco, una tabula rasa, una botella vacía,
que la experiencia debe llenar? Ya en el siglo IV a.C., en La República,
Platón descartó de plano la idea de que nuestro cerebro viene al mundo
desprovisto de cualquier forma de conocimiento y afirmó que, por el contrario,
ya al nacer somos depositarios de dos enormes estructuras: “Esta facultad,
existente en el alma de cada uno” (que en otras versiones se interpretó como el
“poder del cerebro”) y “el órgano con que cada cual aprende”.
La
convergencia es notable. Como acabamos de ver, a esa misma conclusión llega
toda la investigación reciente en machine learning. El aprendizaje
es infinitamente más eficaz si disponemos, por un lado, de un amplio espacio de
hipótesis, un conjunto de modelos mentales con un sinfín de reglas entre las
cuales elegir; y, por el otro, de algoritmos sofisticados que ajusten sus
parámetros a partir de los datos recibidos del mundo exterior.
Como
decía uno de mis amigos, en el debate entre lo innato y lo adquirido,
¡hemos
subestimado a los dos por igual! Aprender requiere una arquitectura bifronte:
una inmensa cantidad de modelos generativos internos y algoritmos eficaces para
ajustar estos modelos a la realidad.
Las redes
neuronales artificiales lo hacen a su modo: encomiendan la representación de
los modelos mentales a millones de conexiones ajustables.
Sin
embargo, pese a que estos sistemas procesan bastante bien el reconocimiento
rápido e inconsciente de las imágenes o del habla, todavía no saben representar
hipótesis más abstractas, como las reglas de la gramática o la lógica de las
operaciones matemáticas.
El
cerebro humano parece funcionar de modo diferente: nuestro saber se incrementa
a partir de la gradual combinación de símbolos. Según la hipótesis del cerebro
bayesiano, venimos al mundo con una enorme cantidad de combinaciones factibles
de pensamientos potenciales. Este lenguaje del pensamiento, dotado de hipótesis
abstractas y de reglas gramaticales, preexiste a cualquier aprendizaje y
constituye un inmenso espacio de hipótesis que se pondrán a prueba. Para
hacerlo, el cerebro actúa como un científico: recolecta datos estadísticos y,
entre un gran conjunto de modelos generativos posibles, selecciona aquel que
mejor se ajusta al mundo exterior.
Esta
perspectiva sobre el aprendizaje puede parecer contraintuitiva. Sugiere que en
el cerebro de cada bebé ya anidan, en potencia, todas las lenguas del mundo,
todos los objetos, todos los rostros, todas las herramientas que podrá
encontrar, y también todas las palabras, todos los hechos, todos los
acontecimientos que podrá recordar. La capacidad de combinación del cerebro
debe ser tal que todos estos objetos del pensamiento ya estén a disposición
–como veíamos, en potencia– con sus probabilidades a priori y
con la capacidad de actualizarlas cuando la experiencia diga que deben ser
revisadas. ¿Así aprende un bebé?
Capítulo
3
El saber invisible: las sorprendentes intuiciones de los bebés
Contenido:
§. El
concepto de objeto
§. El sentido del número La intuición de las probabilidades
¿Existe
algo que parezca más indefenso que un recién nacido? ¿No parece completamente
razonable pensar, como Locke, que su mente es una tabula rasa que
espera recibir la huella del ambiente? Rousseau intentó resolver esta cuestión
en su tratado Emilio o De la educación (1762): “Nacemos con
capacidad para aprender, pero sin saber nada, sin conocer nada”. Cerca de dos
siglos más tarde, la hipótesis fue retomada por Alan Turing, padre de la
informática contemporánea: “Es verosímil que el cerebro del niño sea como una
libreta que acabamos de comprar en la papelería. Un mecanismo muy pequeño y un
montón de páginas en blanco”.
Hoy en
día sabemos que esto es falso. Las apariencias engañan: pese a su inmadurez, el
cerebro del recién nacido posee ya un amplio saber, heredado de su historia
evolutiva. Sin embargo, la mayor parte de este conocimiento permanece
invisible, ya que no se expresa en el comportamiento primitivo del bebé.
Hicieron falta avances metodológicos importantes en el dominio de las ciencias
cognitivas para poner en evidencia el extraordinario repertorio de capacidades
con que cada bebé llega al mundo. Objetos, números, probabilidades, rostros,
lenguaje… El alcance de los conocimientos innatos de los bebés está lejos de
ser despreciable.
§. El
concepto de objeto
Tenemos la intuición de que el mundo está hecho de objetos rígidos. En
realidad, está constituido por átomos, pero en la dimensión en que vivimos,
estos átomos se aglomeran y suelen comportarse como entidades coherentes que se
mueven juntas y que a veces se entrechocan sin perder su cohesión;
estos
grandes haces de átomos forman lo que llamamos “objetos”. La existencia de los
objetos es una propiedad fundamental de nuestro ambiente.
¿Tenemos
que aprender esto? No. Millones de años de evolución parecen haber integrado
este conocimiento en lo más profundo de nuestros cerebros.
Desde que
tiene unos pocos meses de vida, el bebé ya sabe que el mundo está formado por
objetos, que se mueven como un bloque, que ocupan espacio, que no pueden
desaparecer sin motivo, y que es imposible que dos de ellos ocupen un mismo
lugar (Baillargeon y DeVos, 1991; Kellman y Spelke, 1983). En cierto sentido,
su cerebro ya conoce las leyes de la física: espera que la trayectoria de un
objeto, tanto en el espacio como en el tiempo, sea continua, sin desapariciones
ni saltos repentinos.
¿Cómo lo
sabemos? Porque los bebés manifiestan sorpresa en situaciones experimentales
que violan las leyes de la física. Actualmente, en los laboratorios de ciencias
cognitivas, los investigadores se transforman en ilusionistas (figura 7). Usan
teatrinos especialmente creados para bebés y despliegan todos los trucos y las
materializaciones de consumados prestidigitadores; hay objetos que aparecen,
desaparecen, se multiplican, se disuelven… Cámaras ocultas monitorean los
experimentos y los resultados son claros: hasta los bebés de unas pocas semanas
son sensibles a la magia.
Ya poseen
intuiciones profundas acerca del mundo físico y, como todos nosotros, se quedan
estupefactos cuando estas se refutan o quebrantan. Al hacer zoom en
los ojos del niño, para así confirmar hacia dónde se orienta su mirada y
durante cuánto tiempo, los investigadores logran medir el grado de sorpresa y
deducir qué era lo que la criatura esperaba ver.
Les
propongo que escondan un objeto detrás de un libro y luego, con un golpe seco,
lo aplasten, como si ese objeto ya no existiera (en realidad, lo habrán hecho
salir por una pequeña puerta trampa), y entonces lo comprobarán: ¡los bebés se
quedan estupefactos! No logran comprender que algo sólido pueda evaporarse sin
dejar huellas. También se sorprenden cuando un objeto desaparece detrás de una
pantalla y reaparece detrás de otra, sin que lo hayan visto franquear el
espacio vacío entre las dos. Del mismo modo, los desconcierta que un pequeño
tren descienda por una pendiente y atraviese una pared rígida sin que esta lo
detenga. Esperan que un objeto forme un todo coherente: si ven dos extremidades
de una varilla moverse con coherencia de los dos lados de una pantalla,
imaginan que pertenecen a una sola varilla, y se muestran muy sorprendidos
cuando la pantalla se baja y deja ver dos varillas distintas (figura 8).
Figura 7. Lejos de ser pizarras vírgenes de conocimiento, los bebés poseen
amplios saberes en cuestiones de física, aritmética, probabilidad o geometría.
En el laboratorio, cuando se los somete a situaciones que violan las reglas de
estos campos, la medida de su sorpresa revela la sofisticación de sus
intuiciones acerca del mundo.
Figura 8. Para evaluar las intuiciones de los bebés, se determina si miran
durante más tiempo una escena sorprendente. Cuando en una caja hay mayoría de
objetos blancos, el bebé se sorprende cuando ve salir de ella un objeto negro
(intuición de los números y de las probabilidades). Si dos extremos de una
varilla se mueven de forma coherente, el bebé se queda anonadado cuando se pone
en evidencia que en realidad son dos objetos diferentes (intuición de los
objetos). Y si una esfera salta de forma espontánea por encima de un muro, el
bebé deduce que se trata de un ser animado dotado de una intención (en este
caso, la de moverse hacia la derecha) y se queda atónito al ver que la esfera
continúa saltando cuando el muro ya no está (intuición de la psicología: ¿para
qué debería saltar un obstáculo inexistente?).
Esto
demuestra que los bebés poseen un vasto saber acerca del mundo, aunque no
conocen todo desde el principio, ni mucho menos. Hacen falta algunos meses para
que los bebés comprendan cómo dos objetos se sostienen el uno al otro
(Baillargeon, Needham y Devos, 1992; Hespos y Baillargeon, 2008). Al principio,
ignoran que un objeto se cae cuando lo sueltan. Solo muy gradualmente toman
conciencia de todos los factores que causan que un objeto se caiga o no se
caiga. En un primer momento, se dan cuenta de que los objetos se caen cuando
pierden su apoyo, pero creen que es suficiente cualquier tipo de contacto para
mantenerlos quietos, por ejemplo, cuando ponemos un juguete al borde de una
mesa. Poco a poco, descubren que el objeto no solo debe estar en contacto con
la mesa, sino que es necesario que esté bien puesto ahí: ni debajo, ni al lado,
sino sobre la mesa misma. Y todavía les harán falta algunos meses para
descubrir que esta regla no es suficiente: lo que debe apoyarse arriba de la
mesa es el centro de gravedad del objeto.
Piensen
en esto la próxima vez que se desesperen al ver que su bebé deja caer, por
décima vez, la cuchara mientras almuerza. ¡Solamente está experimentando! Como
cualquier científico, necesita realizar una serie de experiencias para
rechazar, una tras otra, todas las teorías incorrectas que postulan que
1. los
objetos se sostienen por sí solos en el aire;
2. es
suficiente que se toquen con otro para no caerse; 3. es suficiente que estén
arriba de otro para no caerse; 4. la mayor parte del volumen del objeto debe
estar encima de otro para no caerse; y así sucesivamente.
Esta
actitud experimental no se extingue en la edad adulta. Nos encantan todos los
dispositivos que parecen desobedecer las leyes habituales de la física (globos
de helio, móviles en equilibrio, un móvil con un centro de gravedad
periférico…) y disfrutamos de los espectáculos de ilusionismo en que los
conejos desaparecen en un sombrero y las asistentes son cortadas en dos. Si
estas situaciones nos divierten, es porque violan las intuiciones que poseemos
desde el nacimiento y que hemos refinado durante el primer año de vida. Joshua
Tenenbaum, especialista en inteligencia artificial del Massachusetts Institute
of Technology (MIT), propuso la hipótesis de que los bebés tienen un motor
físico en la cabeza, un modelo mental del comportamiento de los objetos que se
asemeja al utilizado por los programas de videojuegos para simular mundos
virtuales. Al hacer funcionar esas simulaciones dentro de su cabeza y
compararlas con la realidad, los bebés descubren, muy temprano, lo que es
físicamente posible o probable.
§. El
sentido del número
Tomemos un segundo ejemplo: la aritmética. ¿Existe algo más evidente para
nosotros que el hecho de que un bebé lo ignora todo acerca de las matemáticas?
Y sin embargo, desde la década de 1980, existen experimentos que demuestran lo
contrario (Izard, Dehaene-Lambertz y Dehaene, 2008; Izard y otros, 2009;
Starkey y Cooper, 1980; Starkey, Spelke y Gelman, 1990).[13] En
uno de ellos, se presentan reiteradas veces ante los bebés imágenes que
muestran dos objetos. Después de un rato, se aburren… hasta que se les muestra
una tarjeta con tres objetos: con la atención renovada, se quedan mirando esta
nueva escena durante más tiempo, lo que pone de manifiesto que detectaron el
cambio. Al manipular la índole, el tamaño y la densidad de los objetos, podemos
probar que los niños perciben el número abstracto, el numeral cardinal del
conjunto, y no tal o cual parámetro físico.
La mejor
prueba de que poseen este abstracto “sentido del número” es que generalizan de
los sonidos a las imágenes: si escuchan tu tu tu tu, vale decir,
cuatro sonidos, se interesan en una imagen que también tenga cuatro objetos, en
lugar de prestar atención a una en que hay doce, y viceversa (Izard y otros,
2009). Los experimentos bien controlados, como este, abundan y demuestran que,
desde el nacimiento, los bebés tienen la capacidad de reconocer de manera
intuitiva un número aproximativo, sin contar, ya sea que la información
provenga del oído o de la vista.
¿Los
bebés también pueden calcular? Supongan ahora que un niño ve un primer objeto
desaparecer detrás de una pantalla, y a este lo sigue un segundo objeto. A
continuación, la pantalla se baja… ¡y resulta que hay solo un objeto! Los bebés
expresan su sorpresa mediante una prolongada investigación de la escena
inesperada (Koechlin, Dehaene y Mehler, 1997; Wynn, 1992). En cambio, si ven
los dos objetos esperados, no le dedican más que un breve vistazo. Este
comportamiento de “sorpresa cognitiva”, en reacción a la violación de un
cálculo mental, muestra que, desde los pocos meses de vida, el niño comprende
que 1 + 1 debería ser 2. Lo que ocurre es que el bebé construye un modelo
interno de la escena escondida, y sabe manipularlo agregándole o quitándole
objetos. Y eso funciona para 1 + 1 y 2 - 1, pero también para 5 + 5 y 10 - 5…
Siempre que el error es lo suficientemente grande, un bebé de 9 meses se
sorprende si la pantalla presenta un cálculo incorrecto: infiere que 5 + 5 no
puede ser 5, y que 10 - 5 no puede ser 10 (McCrink y Wynn, 2004).
¿Se trata
en efecto de una capacidad innata? ¿Pueden ser suficientes los primeros meses
de vida para que el niño aprenda el comportamiento de conjuntos de objetos? Si
bien no cabe duda de que, con el transcurso de los meses, el niño refina la
precisión con que percibe el número (Halberda y Feigenson, 2008; Piazza y
otros, 2010, 2013), los datos también demuestran con plena claridad que el
punto de partida no es una tabula rasa. Los recién nacidos perciben
los números desde que tienen pocas horas de vida, y lo mismo ocurre con los
monos, las palomas, los cuervos, las salamandras, los pollitos y hasta los
peces. En el caso de los pollitos, los científicos pueden controlar todos los
estímulos sensoriales desde el momento en que se rompe el huevo: el pequeño pollito
no ha visto un solo objeto… y, sin embargo, reconoce los números (Rugani y
otros, 2009, 2015).
Estos
experimentos demuestran que la aritmética forma parte de las competencias
innatas que la evolución otorga a numerosas especies, incluida la humana. Se
detectó un circuito cerebral para los números en el mono y también en el
cuervo. Sus cerebros albergan “neuronas numéricas” que se comportan de manera
muy similar: son sensibles a cantidades específicas de objetos. Algunas
neuronas prefieren ver un objeto, otras dos, tres, cinco o incluso treinta, y
estas células están presentes aun entre los animales que no han recibido
entrenamiento específico (Ditz y Nieder, 2015; Viswanathan y Nieder, 2013). Mi
laboratorio usó técnicas de imágenes del cerebro para poner en evidencia que en
ubicaciones homólogas del cerebro humano los circuitos neuronales incluyen células
similares especializadas en el cardinal de un conjunto concreto; además, en
fecha reciente, gracias a los avances en las técnicas de registro, se tomaron
imágenes directas de esas neuronas en el hipocampo humano (Piazza y otros,
2004; Kutter y otros, 2018).
De paso,
estos resultados echan por tierra una de las principales teorías del desarrollo
del niño, la del gran psicólogo suizo Jean Piaget, quien consideraba que los
bebés ignoraban la “permanencia del objeto” –el hecho de que el objeto continúa
existiendo cuando no lo vemos– y que esta capacidad recién aparecía hacia
finales del primer año. Pensaba también que el concepto abstracto del número
estaba fuera del alcance de los niños de escasos años de vida, y que lo
aprendían lentamente por obra de una gradual abstracción de las medidas más
concretas de tamaño, longitud o densidad. En realidad, es exactamente a la
inversa. Los conceptos de objeto y de número son características fundamentales
de nuestro pensamiento, forman parte del “núcleo de conocimientos” con que
llegamos al mundo y que, por sus combinaciones, nos permite formular
razonamientos más complejos (Spelke, 2003).
El
sentido del número es solo un ejemplo de lo que llamo “saber invisible” de los
niños, esas intuiciones precoces que poseen desde el nacimiento y que guían
todos sus aprendizajes. Veamos otros ejemplos de las competencias que los
investigadores demostraron que tienen los bebés de algunas pocas semanas de
vida.
§. La
intuición de las probabilidades
Del número a la probabilidad, no hay más que un paso… ¡que los investigadores
dieron recientemente al preguntarse si los bebés de pocos meses podrían
anticipar el resultado de un sorteo de lotería! En este experimento, se les
presenta a los bebés una urna transparente llena de bolillas que se mueven al
azar. La caja contiene cuatro bolillas: tres blancas y una negra (figura 8). En
la parte inferior, hay una salida. En un momento dado, un cartel esconde la
urna… y de allí sale una bolilla, o negra o blanca.
Frente a
esto, el nivel de sorpresa del niño está directamente relacionado con el grado
de improbabilidad de lo que ve: si lo que sale es una bolilla blanca, vale
decir, el acontecimiento más probable (dado que en la caja hay una mayoría de
bolillas de ese color), el bebé mira apenas un breve instante… En cambio, si se
presenta el evento improbable, la salida de una bolilla negra, que solo tenía
una posibilidad sobre cuatro de producirse, la mira durante mucho más tiempo.
Controles posteriores confirman que, en sus pequeñas cabezas, las niñas y los
niños ponen en juego una detallada simulación mental de la situación y de las
probabilidades asociadas. Así, si se introduce un panel que bloquea las
bolillas, o si se aleja más o menos las bolillas de la salida, o bien se hace
variar el lapso previo a la aparición de los objetos, el niño integra todos
estos parámetros a su cálculo mental de probabilidades. Como en el caso de los
objetos que desaparecían detrás de una pantalla, la duración de su mirada
atenta refleja la improbabilidad de la situación observada: los niños parecen
calcular esta improbabilidad sobre la base de la cantidad de objetos
involucrados.
Todas
estas competencias superan a las redes neuronales actuales. En efecto, la
reacción de sorpresa de los niños dista de ser una respuesta trivial: indica
que el cerebro fue capaz de hacer un cálculo de probabilidades y llegó a la
conclusión de que el acontecimiento observado tenía una ínfima posibilidad de
producirse. Si las miradas de los bebés presentan reacciones de sorpresa muy
elaboradas, se debe a que sus cerebros son capaces de realizar cálculos
probabilísticos. De hecho, hoy en día, una de las teorías más en boga sobre el
funcionamiento del cerebro lo considera un calculador probabilístico que
manipula las distribuciones de probabilidad y las utiliza para anticipar
acontecimientos futuros. Los experimentos revelan que los bebés están equipados
con este sofisticado calculador.
Una serie
de experiencias recientes demuestra que el bebé ya posee todos los mecanismos
para realizar inferencias probabilísticas complejas.
¿Recuerdan
la teoría matemática del reverendo Bayes, esta teoría de las probabilidades que
permite retrotraer una observación a sus causas probables? Bueno, un bebé de
apenas algunos meses parece seguir esta regla en su razonamiento (Xu y García,
2008). En efecto, no solamente sabe pasar de la caja de bolillas de colores a
las probabilidades correspondientes (un razonamiento hacia delante), como
acabamos de ver, sino también de sus observaciones al contenido de la caja (un
razonamiento en sentido inverso).
Un nuevo
experimento: muéstrenle a un niño una caja opaca, sin que pueda ver su
contenido. Después pídanle a una persona que, con los ojos tapados, extraiga al
azar una serie de bolillas. Estas aparecen de a una, y se observa que la
mayoría son rojas. ¿El bebé puede deducir que en caja hay una mayor cantidad de
bolillas rojas? ¡Sí! Y si luego abrimos la caja y le mostramos que contiene una
mayoría de bolillas verdes, se sorprende y se queda mirando durante mucho más
tiempo que si la caja contuviera mayoría de rojas. Su lógica es impecable: si
la caja está llena en mayor parte por bolillas verdes, ¿cómo se explica que la
extracción aleatoria esté dominada por bolillas rojas?
Esto
parece poco, pero involucra una extraordinaria capacidad de razonamiento
implícito, inconsciente, pero muy sofisticado, que funciona en los dos
sentidos: dada una muestra, los niños y las niñas pueden deducir las
características del conjunto del cual proviene; o, al contrario, dadas las
características del conjunto, pueden deducir a qué debería parecerse una
muestra aleatoria.
Existe,
desde el nacimiento, una lógica intuitiva. Numerosas variantes de esta
experiencia demuestran en qué medida el niño se comporta como un científico en
ciernes capaz de razonar como un buen estadístico, de eliminar las hipótesis
menos probables y de investigar las causas ocultas de los fenómenos (Gopnik,
2000; Gopnik y otros, 2004). Por ejemplo, la psicóloga estadounidense Fay Xu ha
demostrado que si un bebé de 11 meses ve a una persona que, con los ojos
destapados, extrae una mayoría de bolillas rojas de una urna, y luego descubre
que esa caja contiene en su mayoría bolillas amarillas, se sorprende, por
supuesto, pero también hace una deducción adicional: ¡que esa persona prefiere
las bolillas rojas! (Denison y Xu, 2010; Gweon, Tenenbaum y Schulz, 2010;
Kushnir, Xu y Wellman, 2010). Y si ve que una serie no es aleatoria, sino que
mantiene un patrón específico – digamos, la alternancia perfecta de una esfera
amarilla, una roja, una amarilla, una roja, y así sucesivamente–, llega a la
conclusión de que quien realiza la extracción es un humano, no una máquina (Ma
y Xu, 2013).
La lógica
y la probabilidad están estrechamente ligadas. Como bien decía Sherlock Holmes,
“cuando se ha eliminado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca,
debe ser la verdad”. En otras palabras, se puede pasar de la probabilidad a la
certidumbre cuando, por obra del razonamiento, se llega a eliminar determinadas
posibilidades. Si un bebé sabe lidiar con las probabilidades, debe dominar en
igual medida la lógica, porque el razonamiento lógico no es otra cosa que la
restricción del razonamiento probabilístico a las probabilidades 0 y 1 ( y
otros, 2018).
Exactamente
esto demostró el filósofo y psicólogo del desarrollo Luca Bonatti poco tiempo
atrás. Su experimento comienza así: esconde una flor y un dinosaurio detrás de
una pantalla. Luego uno de esos objetos sale de la pantalla, pero no sabemos
cuál, porque está parcialmente oculto en un recipiente, por lo que solo podemos
ver su parte superior. Más tarde, el dinosaurio sale del otro lado de la
pantalla, bien visible. En este momento, el niño puede efectuar un razonamiento
lógico: “Lo que estaba dentro del recipiente era o la flor o el dinosaurio. Sin
embargo, no es el dinosaurio, porque lo vi afuera. Entonces, es la flor”.
Incluso los bebés de 10 meses parecen ser capaces de hacer este razonamiento:
no se sorprenden si la flor sale del recipiente, sino solamente si aparece el
dinosaurio. La mirada traduce la intensidad del razonamiento lógico: al igual
que en los adultos, la pupila se dilata en el momento preciso en que la
deducción se vuelve posible. Como un buen Sherlock Holmes, el bebé parece
comenzar con varias hipótesis (es la flor, es el dinosaurio) y luego eliminar
algunas de ellas (no puede ser el dinosaurio), en un movimiento que va desde
las probabilidades hacia la certidumbre (debe ser la flor). “La probabilidad es
el lenguaje de la ciencia”, nos dice el físico estadístico Edwin Thompson
Jaynes, uno de los grandes sistematizadores de, precisamente, la probabilidad
bayesiana. Las experiencias más recientes demuestran que un bebé de unos pocos
meses, incluso antes de pronunciar sus primeras palabras, ya domina este
lenguaje no verbal, esta capacidad de manipular las probabilidades y de
combinarlas para extraer de ellas conclusiones refinadas. No solo no tiene
necesidad de aprenderlo, sino que, por el contrario, este conocimiento sirve de
base para los demás aprendizajes de la vida: el bebé se apoya sobre esta
habilidad porque la lógica y el sentido de las probabilidades le permiten
derivar las consecuencias lógicas de las observaciones que realiza. Experimenta
a cada instante, y así su cerebro de científico en ciernes acumula las
conclusiones de sus investigaciones.
El
conocimiento de los animales y las personas
Así como los bebés tienen una idea precisa del comportamiento de los objetos,
también saben que existe otra categoría de entidades que se comportan de un
modo muy diferente: los animales y las personas. Durante el primer año de vida,
comprenden que estas cosas animadas tienen su idiosincrasia: son autónomas y se
impulsan con su propio movimiento. Por eso, no necesitan esperar que otro
objeto las toque para moverse, como sucede, por ejemplo, con una bola de billar.
Su desplazamiento está motivado desde el interior, no es causado desde el
exterior.
Por eso,
los bebés no se sorprenden al ver a los animales desplazarse por sí mismos. De
hecho, para ellos, cualquier objeto que se mueve por su cuenta, incluso si
tiene la forma de un triángulo o de un cuadrado, queda etiquetado
inmediatamente como “animal” y, a partir de entonces, todo cambia. Un niño
pequeño sabe que los seres vivos no tienen que moverse necesariamente de
acuerdo con las leyes de la física, sino que sus desplazamientos están regidos
por sus intenciones y sus creencias.
Tomemos
un ejemplo: si le mostramos a un bebé una esfera que se desplaza en línea
recta, salta por encima de un muro y luego continúa su movimiento hacia la
derecha (figura 8), el niño de a poco se aburrirá de ella.
¿Simplemente
se habrá habituado a esta extraña trayectoria? No, en realidad comprenderá
mucho más: deducirá que se trata de un objeto animado dotado de una intención
definida: ¡quiere moverse a la derecha! Más aún, podrá decir que el objeto está
especialmente motivado, ya que no duda en saltar un muro para llegar allí.
Ahora,
quitemos el muro. En este caso, el bebé no se sorprende de ver que la esfera
cambia su movimiento y va hacia el objetivo en una trayectoria recta, sin
saltar; esta es simplemente la mejor manera de alcanzar la meta. Por el
contrario, el bebé abre los ojos de par en par si esta continúa saltando en el
aire, sin motivo específico, porque ya no hay un muro. Cuando el obstáculo está
presente, la trayectoria misma de la primera escena genera sorpresa en el bebé,
porque no comprende qué extraña intención podría tener la esfera (Gergely,
Bekkering y Kiraly, 2002; Gergely y Csibra, 2003; Warneken y Tomasello, 2006).
Otros experimentos demuestran que el niño infiere las intenciones y las
preferencias de las personas. En este caso específico, comprende que cuanto más
alto sea el muro, mayor deberá ser la motivación de la persona para saltarlo. A
partir de sus observaciones, los bebés pueden deducir no solamente los
objetivos y las intenciones de las personas que los rodean, sino también sus
creencias, sus capacidades y sus preferencias (Liu y otros, 2017).
Esta
noción que los niños tienen sobre los seres vivos no se detiene allí.
Alrededor
de los 10 meses, los bebés comienzan a atribuirles cualidades a las personas:
si ven a alguien arrojar a un niño por una ventana, por ejemplo, deducen que
tiene malas intenciones y se alejan de él. Desde luego, prefieren a una segunda
persona que ayuda al niño a levantarse (Buon y otros, 2014).
Mucho
antes de poder pronunciar las palabras “malo” y “bueno”, ya formulan estas
intuiciones en su lenguaje del pensamiento. Este juicio es refinado: los bebés
de 9 meses pueden distinguir entre alguien que hace el mal de forma intencional
y alguien que lo hace por accidente; o entre alguien que se niega a ayudar a
una persona y alguien que quiere ayudar pero no tiene la posibilidad de hacerlo
(Behne y otros, 2005). Como veremos más adelante, esta competencia social
desempeña un papel fundamental en el aprendizaje.
En
efecto, un niño de 1 año comprende si alguien tiene la intención de enseñarle
algo. Puede diferenciar entre una acción banal y una acción realizada con el
objetivo de enseñar algo nuevo. Posee, como afirma el psicólogo húngaro György
Gergely, un “sentido innato de la pedagogía”.
La
percepción de rostros
Una de las manifestaciones más precoces de esta competencia social es la
percepción de rostros. En el adulto, el indicio más nimio es suficiente para
desencadenar el reconocimiento: una caricatura, un emoticón, una máscara…
¡Algunas
personas hasta detectan la cara de Cristo en manchas de nieve o en los dibujos
del viento en la arena de la playa! Sorprendentemente, esta hipersensibilidad
está presente desde el nacimiento: un bebé de algunas horas de vida reacciona
más rápido frente a un emoticón que frente a una imagen similar puesta al revés
(incluso si el investigador se asegura de que el recién nacido jamás haya
tenido la posibilidad de ver un rostro). Es más, ¡el reconocimiento de rostros
parece comenzar in utero! Un equipo de investigación logró
presentar un patrón de luces a fetos a través de las paredes del útero (Reid y
otros, 2017). Para nuestra sorpresa, los resultados demostraron que tres puntos
dispuestos con la forma de un rostro
Muchos
investigadores piensan que esta atracción casi magnética hacia los rostros
desempeña un papel esencial en el desarrollo temprano del apego, sobre todo si
se tiene en cuenta que uno de los síntomas precoces del autismo consiste en no
mirar a las personas a los ojos. Un sesgo innato nos forzaría, llevando nuestra
mirada hacia los rostros, a reconocerlos desde los pocos meses de vida, y, de
hecho, desde esta edad, una región de la corteza visual del hemisferio derecho
comienza a responder a los rostros más que a otras imágenes, por ejemplo, a
paisajes (Adibpour, Dubois y Dehaene-Lambertz, 2018; Deen y otros, 2017;
Livingstone y otros, 2017). La especialización para los rostros es uno de los
mejores ejemplos de la colaboración armoniosa entre lo innato y lo adquirido.
En este ámbito, el bebé presenta competencias estrictamente innatas (la ya
mencionada atracción magnética ante los rostros, pero esta vez en
representaciones gráficas que son homólogas), pero también un instinto
extraordinario para incorporar las especificidades de la percepción
correspondiente. Precisamente la combinación de estos dos factores permite, en
poco menos de un año, superar la reacción absorta ante la mera presencia de dos
ojos y una boca, y empezar a establecer una clara preferencia por los rostros
humanos frente a los de otros primates como los gorilas o los chimpancés
(Morton y Johnson, 1991).
El don de
lenguas
La competencia social de los niños pequeños queda manifiesta no solo en la
modalidad visual, sino también en la audición: el habla llega a ellos con tanta
facilidad como la percepción de los rostros. Como señaló Steven Pinker, autor
del exitoso libro El instinto del lenguaje, los humanos estamos
innatamente preparados para el lenguaje, de modo tal que resulta tan
inconcebible quitarnos la capacidad de aprenderlo y usarlo como pretender que
no retiremos la mano ante una superficie caliente. Que esta afirmación no nos
llame a engaño: por supuesto, los bebés no nacen con un despliegue completo de
léxico y gramática, pero tienen una notable capacidad de adquirirlos en un
tiempo récord. Lo que está “cableado” en ellos no es tanto el lenguaje sino la
habilidad para adquirirlo.
En la
actualidad, contamos con mucha evidencia de esta observación. Ya desde el
nacimiento, un bebé prefiere escuchar su lengua materna que una lengua
extranjera (Mehler y otros, 1988), un hallazgo verdaderamente extraordinario,
que implica que existe un aprendizaje del lenguaje in utero.
En
efecto, desde el tercer trimestre de embarazo, el feto ya es capaz de oír. La
melodía del lenguaje, filtrada por la pared uterina, llega a los oídos del
bebé, quien comienza a retenerla. “Tan pronto como llegó la voz de tu saludo a
mis oídos, el niño saltó de alegría en mi vientre”, le dice Isabel, embarazada,
a María, que la visita (Lucas 1, 44). El evangelista no se equivocó: en los
últimos meses de embarazo, el cerebro en formación ya logra reconocer
determinados patrones auditivos y melodías, incluso si todavía no puede ser
consciente de eso.[14]
Por
supuesto, es más fácil estudiar esta capacidad innata en bebés prematuros que
en fetos. Una vez fuera del vientre, es posible equipar sus pequeñas cabezas
con pequeños receptores de electroencefalografía y sensores de flujo sanguíneo
cerebral, y observar qué sucede en sus cerebros.
Con este
método, mi esposa Ghislaine descubrió que hasta bebés prematuros, de 6 meses y
medio, es decir, nacidos dos meses y medio antes de término, responden a la
lengua hablada: sus cerebros ya reaccionan ante los cambios de las sílabas y de
las voces (Mahmoudzadeh y otros, 2013).
Durante
mucho tiempo pensamos que la adquisición del lenguaje no se desencadenaba hasta
el primer o segundo año de vida. ¿Por qué? Porque, como su nombre lo indica, el
infante recién nacido, in-fans, no habla y, por lo tanto, mantiene
ocultos sus talentos. Sin embargo, en el plano de la comprensión del lenguaje,
su cerebro es un verdadero genio de las estadísticas. Para demostrarlo, los
científicos tuvieron que desplegar una panoplia de métodos originales, incluida
la medición de la preferencia de los niños por los estímulos lingüísticos o no
lingüísticos, sus respuestas al cambio, el registro de su actividad cerebral…
Los resultados de esos estudios convergen y revelan lo mucho que los “infantes”
ya saben acerca del lenguaje. Desde el nacimiento, el bebé puede reconocer la
diferencia entre la mayor parte de las vocales y de las consonantes de todas
las lenguas del mundo. Las percibe ya como categorías. Tomemos, por ejemplo,
las sílabas /ba/, /da/ y /ga/: si bien el sonido de cada una de ellas varía
continuamente en cuanto a sus propiedades acústicas, el cerebro del bebé las
trata como categorías distintas, separadas por límites precisos, al igual que
lo hace un adulto.
Por
influencia del ambiente lingüístico, estas competencias precoces, innatas, se
especializarán a lo largo del primer año de vida. Muy rápidamente, el bebé
repara en que determinados sonidos no se utilizan en su lengua materna: para
los hablantes de español no existe la necesidad de diferenciar los sonidos [u]
y [y], que son relevantes para el francés; en Japón, no hay necesidad de
distinguir una “r” y una “l”. En unos pocos meses (seis para las vocales, doce
para las consonantes), el cerebro del bebé hace una clasificación a partir de
sus hipótesis iniciales y solo conserva los fonemas útiles para las lenguas que
lo rodean.
Pero esto
no es todo: muy pronto, el bebé comienza a aprender sus primeras palabras.
¿Cómo las identifica? En un principio, detecta las variaciones de prosodia, que
hacen que la voz del locutor suba, baje, se detenga… y así marca las fronteras
entre las palabras y las frases. Otro mecanismo consiste en identificar qué
grupos de sonidos siguen a otros. En este campo, otra vez, el bebé se comporta
como un estadístico en ciernes. Se da cuenta, por ejemplo, de que tras la
sílaba /ba/ suele ir /bero/. Un rápido cálculo de probabilidades lo lleva a
pensar que eso no puede ser resultado del azar: estas sílabas se siguen unas a
otras con una probabilidad demasiado alta, deben formar una palabra, “babero”.
Así es como esta palabra se suma al vocabulario del niño, y podrá, luego,
ponerse en relación con un objeto o concepto precisos (Hay y otros, 2011;
Saffran, Aslin y Newport, 1996).
Desde los
6 meses, el niño ya conoce las palabras que se repiten con mayor frecuencia en
su ambiente, como “bebé”, “papá”, “mamá”, “babero”, “pie”, “tomar”, “pañal”,
etc. Estas palabras se graban en su memoria en grado tal que, durante la edad
adulta, conservarán un estatus especial, y continuarán siendo procesadas con
mayor eficacia que otras palabras comparables en significado, sonoridad y
frecuencia, pero adquiridas en época más tardía.
Muy
rápidamente, el mismo análisis estadístico le permite al bebé detectar que
algunas palabras se repiten con más frecuencia que otras: son las pequeñas
palabras gramaticales, como los artículos (el, la, los, las…) y los pronombres
(yo, él, ella, nosotros…). Desde el final de su primer año, un bebé ya conoce
un buen número de estas palabras, y se vale de ellas para detectar las otras.
Si, por ejemplo, escucha a su mamá o a su papá decir: “Yo preparo unos
postres”, sabe desligar las pequeñas palabras conocidas, “yo” y “unos”, y, por
eliminación, descubrir que “preparo” y “postres” también son palabras. Ya
comprende que luego de “la” viene (a menudo) un sustantivo, y luego de “ella”,
un verbo, de modo que alrededor de los 20 meses se verá desconcertado si le
decimos frases falsas como “ella babero” o “los cucharos” (Bernal y otros,
2010).
Por
supuesto, el análisis probabilístico no es del todo infalible. Así es como
suele ocurrir, en cierta etapa, que los niños escuchan “un avión” e infieren la
existencia de la palabra “navión”. A pesar de estas fallas, y por sucesivas
aproximaciones, el niño logra superar el desempeño de cualquier algoritmo
actual de inteligencia artificial. Para el momento en que celebra su primer
cumpleaños, ya sentó las bases de las principales reglas de su lengua materna,
y lo hizo en todos los niveles, desde los sonidos elementales (los fonemas)
hasta la melodía (la prosodia), el vocabulario (el léxico mental) y las reglas
de la gramática (la sintaxis).
Ninguna
otra especie de primates presenta esta capacidad. El experimento se realizó
muchas veces: varias parejas de científicos adoptaron a un bebé de chimpancé,
lo trataron como a un miembro de su familia, hablándole en inglés o en lengua
de señas, o incluso con símbolos visuales… para darse cuenta, algunos años más
tarde, de que ninguno de estos animales dominaba un lenguaje digno de ese
nombre: a lo sumo, conocían algunas decenas o centenas de palabras (Penn,
Holyoak y Povinelli, 2008; Terrace y otros, 1979; Yang, 2013). Entonces, sin
lugar a dudas el lingüista Noam Chomsky tiene razón al postular que nuestra
especie posee lo que él denomina “dispositivo de adquisición del lenguaje”, un
sistema especializado que se activa de forma automática en los primeros años de
vida. Como ya decía Darwin en El origen del hombre, “ciertamente,
el lenguaje no es un instinto en el sentido específico de la palabra, porque
cada lenguaje debe ser aprendido”, pero es “una tendencia instintiva a adquirir
un arte”. Lo que es innato en nosotros es el instinto de aprender una lengua,
sea cual sea; se trata de un instinto tan irreprimible que el lenguaje aparece
de forma espontánea, en el transcurso de algunas generaciones, en los humanos
que carecen de él.
En las
comunidades de sordos, la lengua de señas aparece de forma espontánea y, desde
la segunda generación, ya posee características lingüísticas universales
(Senghas, Kita y Özyürek, 2004).
Capítulo
4
El nacimiento de un cerebro
El niño
nace con un cerebro inconcluso y no con un cerebro desocupado, como afirmaba el
postulado de la pedagogía antigua.
Gaston Bachelard, La filosofía del no (1940)
Contenido:
§. Desde
el comienzo, el cerebro del bebé está bien estructurado
§. Las autopistas del lenguaje
§. La autoorganización de la corteza
§. Los orígenes de la individualidad
La
existencia de las capacidades precoces del bebé refuta la hipótesis de que su
cerebro no es más que una pizarra virgen, una tabula rasa, una
página en blanco que solo es capaz de absorber la huella de su ambiente. Esto
desemboca en una sencilla predicción: si analizamos el cerebro del recién
nacido, podremos observar, desde el nacimiento o incluso antes, estructuras
cerebrales bien organizadas, que corresponden a cada uno de los grandes campos
del saber.
Hasta
hace una veintena de años, el cerebro del recién nacido era aún terra
incognita. Las imágenes cerebrales acababan de inventarse, todavía no se
habían aplicado al cerebro en desarrollo, y la perspectiva teórica predominante
era la del empirismo, la idea de que el cerebro nace virgen de conocimiento y
se somete a la huella de su ambiente. Solo con la llegada de refinados métodos
de imágenes por resonancia magnética pudimos por fin visualizar la organización
precoz del cerebro humano y descubrir que, conforme a lo que esperábamos, desde
el nacimiento, casi todos los circuitos del cerebro adulto ya están presentes
en el bebé.
§. Desde
el comienzo, el cerebro del bebé está bien estructurado
Mi esposa Ghislaine Dehaene-Lambertz y yo, junto con nuestra colega neuróloga
Lucie Hertz-Pannier, estuvimos entre los primeros en emplear la resonancia
magnética funcional (fMRI, por sus iniciales en inglés) en bebés de 2 meses
(Dehaene-Lambertz y otros, 2006; Dehaene-Lambertz, Dehaene y Hertz-Pannier,
2002). Por supuesto, nos basamos en la experiencia de los neuropediatras.
Quince años antes, los médicos consideraban la MRI como una prueba anodina y
sin dudar la utilizaban en pacientes de cualquier edad, incluso en bebés
prematuros; sin embargo, esos estudios eran puramente anatómicos, solo
apuntaban a detectar lesiones precoces. Hasta ese momento, nadie había
utilizado la fMRI en bebés sin patologías, para ver si desde esta edad los
circuitos del cerebro ya podían activarse de manera selectiva. Para lograrlo,
tuvimos que resolver una serie de dificultades: proteger al niño del ruido de
la máquina con un casco insonorizado, envolverlo dentro de una cuna con la
forma del resonador para mantenerlo inmóvil, tranquilizarlo para que se
acostumbrase a esta situación inusual, supervisar permanentemente al pie de la
máquina para asegurarnos de que se sintiese bien…
Valió la
pena, porque los resultados fueron espectaculares. Habíamos decidido estudiar
el lenguaje, porque sabíamos que los bebés lo aprenden muy rápido, desde su
primer año de vida. Y, efectivamente, observamos que a los 2 meses, cuando un
bebé oye frases de su lengua materna, ya activa las mismas regiones del cerebro
que un adulto (figura 9).
La
primera región en activarse es la corteza auditiva primaria, el punto de
entrada de toda la información auditiva a la corteza cerebral. Esta se enciende
no bien comienza la frase. Si bien esto puede parecerles evidente, no era una
certeza que ocurriera en las niñas y los niños de edad muy temprana. Hasta hace
muy poco tiempo, algunos investigadores suponían que las áreas sensoriales del
cerebro del bebé estaban tan desorganizadas que sus sentidos tendían a
fusionarse. Según ese enfoque, durante varias semanas, el cerebro del bebé
mezclaba la audición, la visión y el tacto, y le hacía falta tiempo para
aprender a separar estas modalidades sensoriales (Elman y otros, 1996; Quartz y
Sejnowski, 1997). Actualmente sabemos que esto es falso: desde el nacimiento,
la audición activa las áreas auditivas, la visión activa las áreas visuales y
el tacto las áreas táctiles, sin que haya necesidad de aprenderlo.
Esta
organización en territorios distintos para cada una de las modalidades
sensoriales nos viene dada por los genes, sucede en todos los mamíferos y su
origen se pierde en la noche de nuestra evolución (figura 10; Krubitzer, 2007).
Figura 9. Desde el nacimiento, el cerebro humano aplica operaciones
específicas en el campo del lenguaje. Cuando un bebé es sometido a una
resonancia magnética (MRI), y se lo hace oír frases de su lengua materna, se
constata que ya se activa una red muy específica de regiones cerebrales. La
actividad comienza en el área auditiva primaria y poco a poco se extiende a las
áreas temporales y frontales: exactamente como sucede en los hablantes adultos,
en el mismo orden. Estos datos refutan la idea de un cerebro inicialmente
desorganizado, simple tabula rasa sometida a la huella del entorno.
Pero
volvamos al bebé que oye una frase. La actividad de su cerebro de inmediato se
propaga tanto más allá de la región auditiva primaria. Una fracción de segundo
después, otras áreas se encienden en un orden fijo: las regiones auditivas
secundarias, vecinas de la corteza sensorial primaria; luego una sucesión de
regiones que se alejan gradualmente hacia la parte delantera del lóbulo
temporal, y, por último, el área de Broca, en la base del lóbulo frontal
izquierdo, al mismo tiempo que el extremo del lóbulo temporal. Esta
distribución sofisticada, lateralizada al hemisferio izquierdo, es
llamativamente similar a la de un adulto. Desde los 2 meses, el bebé activa la
misma jerarquía de áreas cerebrales fonológicas, léxicas, sintácticas y
semánticas que un adulto. En este caso también, cuanto más se avanza en la
jerarquía de la corteza, más lentas son las respuestas y en mayor medida
integran información de niveles cada vez más elevados (figura 9; Lerner y
otros, 2011; Pallier, Devauchelle y Dehaene, 2011).
Por
supuesto, un bebé pequeño todavía no comprende las frases que le decimos,
todavía no descubrió las palabras y las reglas de la gramática de su lengua
materna. Sin embargo, en su cerebro, la información lingüística ya se procesa
en circuitos altamente especializados, los mismos que en el adulto.
No cabe
duda: si un bebé aprende tan rápido a comprender y a hablar, mientras que los
demás primates son incapaces de hacerlo, es porque su hemisferio izquierdo ya
alberga una estructura de regiones especializadas en la detección de
regularidades estadísticas en todos los niveles: sonido, palabra, frase y
texto.
§. Las
autopistas del lenguaje
Si efectivamente todas estas áreas cerebrales se activan en cadena, debe
significar que están interconectadas. En el adulto, comenzamos a comprender qué
haces de axones conectan las regiones del lenguaje unas con otras. En especial,
hay un gran cable, formado por millones de fibras nerviosas, que llamamos
“fascículo arqueado”; vincula las áreas temporales y parietales con las áreas
frontales y, sobre todo, con la famosa área de Broca. De por sí, nos sirve como
indicador: en el 96% de los humanos es mucho más grueso en el hemisferio
izquierdo, que se ocupa del lenguaje. Esta asimetría solo existe en la especie
humana, no en otros simios, ni siquiera en el chimpancé.
Figura 10. El cerebro humano hereda su arquitectura de la evolución de los
mamíferos. Numerosas regiones especializadas (en este caso, las principales
áreas sensoriales) comparten su mapa de base con otras especies. Se van
posicionando durante la gestación, por acción de numerosos genes, y ya están
activas en el tercer trimestre del embarazo. El cerebro de nuestra especie se
caracteriza por tener áreas sensoriales proporcionalmente más pequeñas,
mientras que se observa una enorme expansión de las regiones cognitivas de la
corteza parietal posterior, temporal y, sobre todo, prefrontal. Estas regiones
albergan el lenguaje del pensamiento y nos permiten aumentar los conocimientos
durante toda la vida.
Una vez
más, esta característica anatómica no es resultado del aprendizaje: está
presente desde el vientre materno. De hecho, cuando se examinan las conexiones
del cerebro de un recién nacido, se descubre que desde el nacimiento no solo
está en su lugar el fascículo arqueado, sino también todos los grandes haces de
conexiones de la corteza y de las regiones subcorticales (figura 11;
Dehaene-Lambertz y Spelke, 2015; Dubois y otros, 2015).
Estas
“autopistas del cerebro” se construyen durante el tercer trimestre del
embarazo. Cada neurona excitatoria en formación envía su axón a explorar las
regiones que la rodean, como un Marco Polo del cerebro, a veces hasta una
distancia de varios centímetros.
La
exploración es guiada y canalizada por mensajes químicos, moléculas cuya
concentración varía de una región a otra y que entonces reaccionan como paneles
de señalización. La cabeza del axón olfatea, literalmente, este ambiente
químico, de origen genético, y deduce qué dirección debe seguir.
Figura 11. Durante las primeras semanas del embarazo, el organismo se
autoorganiza sobre una base genética. No hace falta aprendizaje alguno para que
los cinco dedos se formen y reciban una inervación específica. Del mismo modo,
la arquitectura elemental del cerebro se pone en funcionamiento sin
aprendizaje. Desde el nacimiento, la corteza ya está organizada, plegada y
conectada de una forma específica que es igual para todos los seres humanos.
Los detalles, sin embargo, están librados a la variación en función del
entorno. Desde el tercer trimestre de gestación, el cerebro del feto comienza a
adaptarse a la información que recibe del mundo exterior.
Con esto,
y sin intervención del mundo exterior, se pone en funcionamiento una red de
conexiones nerviosas cruzadas propia de la especie humana. Como veremos en un
instante, esta red será refinada más tarde por el aprendizaje, pero el
andamiaje inicial es innato, se construye in utero.
¿Deberíamos
sorprendernos por esto? Hace apenas un par de décadas numerosos investigadores
consideraban extremadamente improbable que el cerebro fuera otra cosa que una
masa desorganizada de conexiones aleatorias (Quartz y Sejnowski, 1997). No
podían imaginar que nuestro ADN, que no contiene más que una cantidad acotada
de genes, pudiese albergar el plan detallado de circuitos tan especializados
como los de la visión, el lenguaje o la motricidad. Pero ese era un
razonamiento erróneo: el genoma humano abarca todos los detalles del plan
corporal, sabe fabricar un corazón y sus cuatro ventrículos, dos ojos,
veinticuatro vértebras, un oído interno y sus tres canales perfectamente
perpendiculares; por añadidura, puede formar grupos de cinco dedos, con sus
falanges y hasta su inervación; todo con precisión extrema… Entonces, ¿por qué
no podría crear un cerebro dotado de múltiples subregiones especializadas?
Las
proezas de las imágenes cerebrales contemporáneas revelan que ya desde los dos
primeros meses de embarazo, cuando los dedos de la mano no son más que yemas,
están invadidos por tres nervios, el radial, el mediano y el cubital, que
apuntan hacia sendos blancos específicos (figura 11; Belle y otros, 2017). Esa
misma mecánica de alta precisión existe en el cerebro: así como la yema que
será la mano se escinde en cinco dedos, la corteza se subdivide en varias
decenas de regiones de enorme especialización, separadas por fronteras muy
definidas (figura 12; Amunts y otros, 2010; Amunts y Zilles, 2015; Brodmann,
1909). Desde los primeros meses del embarazo, numerosos genes se expresan de
manera selectiva en diferentes puntos de la corteza (Kwan y otros, 2012; Sun y
otros, 2005). Cerca de las 28 semanas de gestación, el cerebro comienza a
plegarse y se ven aparecer los principales surcos que caracterizan el cerebro
humano. En un feto de 35 semanas, ya están bien formados los principales
pliegues de la corteza y se ve asomar la asimetría característica de la región
temporal, que alberga las áreas del lenguaje (Dubois y otros, 2009; Leroy y
otros, 2015).
§. La
autoorganización de la corteza
El pliegue de la corteza y el crecimiento de sus conexiones continúa durante
todo el embarazo. Aparecen sucesivamente pliegues secundarios y terciarios,
pliegues sobre pliegues; su epigénesis se vuelve cada vez más dependiente de la
actividad del sistema nervioso. De acuerdo con la respuesta que el cerebro
reciba de los órganos de los sentidos, determinados circuitos se estabilizarán,
mientras que otros, ya inútiles, se degenerarán. Así, el pliegue de la corteza
motora no es exactamente el mismo en zurdos y diestros, mientras que los zurdos
contrariados, a quienes se forzó a escribir con la mano derecha, muestran una
suerte de solución de compromiso: la forma de su corteza motora es típica de un
zurdo, pero su tamaño presenta la asimetría típica de un diestro. Como
concluyen Sun y sus colegas (2012), autores de un estudio comparativo, “la
morfología de la corteza de un adulto refleja la acumulación de sesgos innatos
y de experiencias precoces durante el desarrollo”.
Si los
pliegues corticales emergen de manera espontánea en el cerebro del feto, es
porque deben su formación a un proceso de autoorganización bioquímico que
depende tanto de los genes como del entorno químico de las células, pero
requiere muy poca información genética, y no necesita ningún tipo de
aprendizaje (Lefèvre y Mangin, 2010).
Figura 12. La corteza del cerebro humano está subdividida en regiones
especializadas. Ya en 1909, el neurólogo alemán Korbinian Brodmann constató que
el tamaño y la organización de las neuronas varían de una región a otra. De
este modo, reconoce tres áreas (numeradas 44, 45 y 47) en la región de Broca,
que está involucrada en el lenguaje. Estas distinciones actualmente se ven
confirmadas y refinadas por las imágenes moleculares. La corteza está tapizada
de distintas áreas, cuyas fronteras están marcadas por considerables
variaciones de densidad de los receptores de neurotransmisores. Durante el
embarazo, algunos genes se expresan selectivamente en las diferentes regiones
de la corteza y contribuyen a subdividirla en módulos especializados.
Esa
autoorganización no es tan paradójica como parece; la notamos dondequiera que
miremos en la tierra. Podemos imaginar la corteza como una playa de arena donde
se forman ondas y charcos o canales, a múltiples escalas, según las mareas que
van y vienen. O como un desierto donde aparecen ondulaciones y dunas bajo la
acción implacable del viento. De hecho, en todo tipo de sistemas biológicos o
físicos surgen rayas, manchas y células hexagonales, también a diferentes
escalas, desde las huellas dactilares hasta la piel de las cebras o las manchas
del leopardo, las columnas de basalto en los volcanes o las nubes espaciadas
con determinada regularidad en un cielo de verano.
El
matemático Alan Turing fue el primero en explicar este fenómeno: es suficiente
con que exista una amplificación local y una inhibición a distancia.
Cuando
sopla el viento en una playa, la arena comienza a acumularse y se inicia un
proceso de autoamplificación: el pequeño bulto tiende a sumar cada vez más
granos de arena; mientras tanto, delante de él, el viento forma un torbellino y
se lleva parte de lo acumulado; en algunas horas, se ha formado una duna.
Cuando hay agitación local e inhibición a distancia, se ve aparecer una región
densa (la duna) rodeada por una región menos densa (el hueco), a la cual sigue
otra duna, y así ad infinitum. Según las circunstancias
específicas, de manera espontánea pueden surgir patrones de manchas, rayas o
hexágonos.
Este
mecanismo es omnipresente en la autoorganización del cerebro en desarrollo: la
corteza está llena de columnas, de rayas o de fronteras que constituyen una
cantidad de módulos especializados para procesar determinada información. En la
corteza visual, por ejemplo, aparece una alternancia de franjas especializadas
para procesar la información del ojo izquierdo y del ojo derecho: las “columnas
de dominancia ocular”. Pero el mismo mecanismo se produce en un nivel más alto,
no necesariamente en la superficie de la corteza, sino en un espacio más
abstracto. Uno de los ejemplos más espectaculares, que le ha valió el Premio
Nobel a sus descubridores, es la existencia de “células de grilla” [grid
cells], en las cuales las descargas forman hexágonos casi perfectos (figura
13).
Figura 13. Cuando un sistema físico (puede ser lava o cera de abeja) se
autoorganiza, no es extraño que se formen hexágonos. El sistema nervioso no es
una excepción: en una región de la corteza entorrinal, verdadero GPS del
cerebro, aparecen células de grilla que recubren el espacio con una suerte de
adoquinado hexagonal. Cuando una rata explora una sala de 1 m2, las
descargas neuronales solo se producen cuando el animal está en la cima de una
red de hexágonos. Este tipo de células de grilla aparece espontáneamente, un
día después de que la rata comenzó a moverse: el sentido del espacio reposa
sobre un GPS presente desde antes de nacer.
Las
células de grilla son neuronas localizadas en una región específica del cerebro
llamada “corteza entorrinal”. Sus notables propiedades geométricas fueron
descubiertas al tomar registros del cerebro de un ratón mientras se desplazaba
por una gran habitación (Banino y otros, 2018; Brun y otros, 2008; Fyhn y
otros, 2004; Hafting y otros, 2005). Ya sabíamos que en una región vecina, el
hipocampo, existen “células de lugar”, encargadas de “mapear” el espacio, es
decir, que solo se activarían si el animal estaba en un sector muy específico
del cuarto. El descubrimiento novedoso fue que las células de grilla no
respondían solo a un lugar de la habitación, sino a una serie de posiciones
diferentes. Además, estas localizaciones privilegiadas se distribuían regularmente
formando una red de triángulos equiláteros que se agrupaban para formar
hexágonos, ¡tal como las manchas sobre la piel de una jirafa o las columnas de
basalto que aparecen en la roca volcánica!
Cuando el
animal pasea sin rumbo fijo, cada célula de grilla le indica, con sus
descargas, en qué lugar está con respecto a una red de triángulos que abarca el
espacio completo. Con mucho acierto, el Comité Noruego del Nobel bautizó este
sistema como “GPS cerebral”, ya que proporciona un sistema de coordenadas
neuronales de una enorme fiabilidad que mapea el espacio externo y permite que
el animal sepa en cada momento, incluso en la oscuridad, dónde está.
Pero ¿por
qué las neuronas producen triángulos y hexágonos, en lugar de los rectángulos
que estamos acostumbrados a ver en nuestros mapas? Desde los tiempos de
Descartes, los matemáticos y los cartógrafos se basaron siempre sobre dos ejes
perpendiculares (abscisas y ordenadas, x e y,
longitud y latitud); entonces, ¿por qué el cerebro reacciona de otra manera?
Sin duda, porque las neuronas se autoorganizan durante el desarrollo, y las
formaciones en hexágono aparecen con toda la naturalidad del mundo en el momento
en que un sistema físico se estabiliza (figura 13). De hecho, varios modelos
matemáticos inspirados en las ideas de Turing dan cuenta de la aparición de las
células de grilla: esta organización en triángulos y en hexágonos es un
atractor espontáneo de la dinámica de la corteza entorrinal (Kropff y Treves,
2008; Shipston-Sharman, Solanka y Nolan, 2016; Widloski y Fiete, 2014; Yoon y
otros, 2013).
En la
actualidad, esta teoría de la autoorganización de los mapas cerebrales comienza
a ponerse a prueba. Una serie de experiencias extraordinarias demostró que, en
efecto, el GPS cerebral surge de forma muy precoz en el transcurso del
desarrollo. Dos grupos independientes de investigadores lograron la hazaña de
implantar electrodos en ratones muy pequeños, recién nacidos, incluso antes de
que comenzaran a caminar (Langston y otros, 2010; Wills y otros, 2010). También
pudieron rastrear si en la corteza entorrinal ya estaban presentes las células
de grilla y también las células de lugar (aquellas que responden a un solo
lugar), e incluso las células de dirección de cabeza –células de un tercer tipo
que todavía no mencioné; funcionan como la brújula de un barco: cada neurona se
activa cuando el animal se orienta en determinada dirección, por ejemplo,
noroeste o sur–. Este sistema es casi por completo innato: las células de
dirección de cabeza están presentes desde el inicio de los registros, y las
células de lugar y de grilla surgen apenas uno o dos días después de que el
ratón comienza a desplazarse. Y esto no causa sorpresa: no bien empieza a
moverse, es crucial que el pequeño animal sepa permanentemente dónde está para
poder encontrar el hogar donde lo espera su madre. La evolución, entonces,
encontró el modo de dotar a su cerebro de una brújula, un mapa y una memoria de
los lugares.
¿Qué
sucede con las humanas y los humanos? Por medios indirectos, sabemos que el
cerebro del adulto también incluye un mapa neuronal con una simetría hexagonal,
situado exactamente en el mismo lugar que en los ratones (Doeller, Barry y
Burgess, 2010; Nau y otros, 2018). Sabemos también que en la infancia, incluso
a edad muy temprana, ya poseemos un sentido del espacio. Hasta un niño ciego de
corta edad logra orientarse dentro de una habitación: si lo llevamos del punto
A al punto B y luego al punto C, sabe volver en línea recta desde C hacia A.
Entonces, las criaturas poseen, tal como el ratón, un módulo mental para la
navegación espacial (Landau, Gleitman y Spelke, 1981). Si todavía no logramos
ver sin más este mapa en el cerebro del bebé, es porque no están superadas las
extremas dificultades para obtener imágenes del cerebro en actividad a una edad
tan temprana (intenten realizarle una resonancia –MRI– a un bebé mientras
avanza en cuatro patas por el laboratorio…). Pero estamos casi seguros de que
lo lograremos cuando contemos con métodos de registro móvil de la actividad
cerebral.
Podría
multiplicar los ejemplos de otros módulos especializados en el cerebro del
bebé. Por ejemplo, sabemos que, desde los pocos meses de vida (si no desde el
nacimiento), una región de la corteza visual responde preferentemente a los
rostros, más que a las imágenes de casas (Deen y otros, 2017; Livingstone y
otros, 2017). Por cierto, esto es en parte resultado de un aprendizaje, pero
estrechamente encauzado, guiado y acotado por la conectividad cerebral para
aterrizar siempre en el mismo lugar, en un módulo específico de la corteza.
También sabemos que la corteza parietal del bebé muy pequeño responde a la
cantidad de objetos (Nieder y Dehaene, 2009), en la misma región que se activa
cuando un adulto realiza cálculos o un mono memoriza una cantidad de objetos.
El neurocientífico alemán Andreas Nieder consiguió la proeza de demostrar que
en el mono esta región contiene neuronas sensibles al número de objetos: hay
neuronas especializadas para un objeto, otras para dos objetos, tres objetos, y
así sucesivamente… Y estas neuronas están presentes aunque el mono nunca haya
recibido entrenamiento para realizar una tarea numérica. Se piensa, entonces,
que surgen de modo innato. Mis colegas y yo propusimos un modelo matemático de
gran precisión para la autoorganización de las neuronas detectoras del número,
esta vez basado en la propagación de actividad de un tipo de onda a lo largo de
la superficie de la corteza en desarrollo. Esta teoría puede explicar todos los
detalles de las propiedades de las neuronas detectoras del número. Según el
modelo, estas células terminan por formar una suerte de línea numérica, una
cadena lineal en que los números 1, 2, 3, 4… ocupan posiciones sucesivas y que
surge espontáneamente en el seno de una red de neuronas aleatorias (Hannagan y
otros, 2017).
La idea
de autoorganización difiere radicalmente del enfoque actual de la inteligencia
artificial, basada en big data. A diferencia de las redes
neuronales actuales, nuestro cerebro no parece necesitar millones de datos para
organizarse. Por el contrario, sus núcleos de conocimiento se desarrollan
espontáneamente, por estimulación interna. Son escasos los informáticos que,
como Joshua Tenenbaum, profesor del MIT, contemplan la posibilidad de copiar
esta autoorganización en una inteligencia artificial. Tenenbaum trabaja para
simular un bebé virtual que llegaría al mundo con la capacidad de generar, por
sí solo, millones de imágenes realistas. Estas le servirían de base para el
aprendizaje, sin que exista necesidad de algún otro dato. Según este enfoque
radical, incluso antes del nacimiento, los circuitos neuronales se entrenarían
con ayuda de una base de datos generada por ellos mismos (Lake y otros, 2016;
de paso, señalemos que es otro ejemplo del bootstrapping del
barón de Münchhausen). La mayor parte de su aprendizaje se produce de forma
interna, sin interacción con el exterior, y luego solo resta realizar algunos
ajustes en función de los datos suplementarios tomados del mundo real.
A partir
de todas estas investigaciones se va bosquejando la perspectiva de la potencia
de los genes y de la autoorganización en la puesta en marcha del cerebro
humano. Desde el nacimiento, la corteza del bebé está plegada casi como la de
un adulto, subdividida en áreas sensoriales y cognitivas especializadas que ya
están interconectadas por haces de fibras nítidos y reproducibles. Consiste en
un conjunto de módulos que, individualmente, proyectan sobre el mundo exterior
un tipo específico de representación. La corteza entorrinal, con sus células de
grilla, traza planos en dos dimensiones perfectos para codificar el espacio y
navegar por él. Como veremos más adelante, regiones como la corteza parietal
trazan líneas, excelentes para codificar las cantidades lineales como el
número, el tamaño o el tiempo que pasa; mientras que la región de Broca
proyecta árboles incrustados unos en otros, ideales para codificar las
estructuras del lenguaje. Heredamos de nuestra evolución un conjunto de reglas
fundamentales entre las cuales podremos, a continuación, seleccionar las que
mejor representen las situaciones y los conceptos que deberemos aprender
durante nuestra vida.
§. Los
orígenes de la individualidad
Al afirmar la existencia de una naturaleza humana universal, un circuito
cerebral innato establecido por los genes y la autoorganización, no pretendo
negar las diferencias entre los individuos. Cuando los contemplamos
exhaustivamente, todos y cada uno de nuestros cerebros tienen características
únicas, y eso se verifica incluso desde el vientre materno. Por ejemplo, los
pliegues corticales, al igual que las huellas digitales, se disponen antes del
nacimiento y varían de formas distintivas. Del mismo modo, la fuerza y la
densidad de las conexiones corticales de larga distancia, e incluso sus
trayectorias exactas, varían en gran medida y hacen que cada uno de nuestros
“connectomas” sea único.
Sin
embargo, es importante reconocer que esas variaciones se basan sobre un tema
común. Como cualquier buen standard de jazz, el diseño del
cerebro del Homo sapiens obedece a un esquema fijo, similar a
la sucesión de acordes que los músicos de jazz memorizan cuando aprenden una
canción. Solo en la parte superior de esta configuración humana universal los
caprichos de los genomas y las peculiaridades de los embarazos agregan sus
improvisaciones personales. Nuestra singularidad es real, pero no debe
exagerarse: cada uno de nosotros no es más que una variación de la línea
melódica del Homo sapiens. En cualquier individuo, blanco, negro,
asiático o nativo sud-, centro-o norteamericano, en cualquier parte del
planeta, la arquitectura del cerebro humano siempre es obvia. En ese sentido,
la corteza de cualquier humano difiere de la de su pariente vivo más cercano,
el chimpancé, tanto como cualquier improvisación sobre “My funny Valentine” se
aparta, digamos, de una sobre el tema de “My romance”, canción compuesta por la
misma dupla fundamental de los musicales y el jazz: Rodgers y Hart.
Debido a
que todos compartimos la misma estructura cerebral básica que nos hace humanos,
el mismo conocimiento central y también los mismos algoritmos de aprendizaje
que nos permiten adquirir talentos adicionales, tenemos acceso a los mismos
conceptos –ya sea en lectura, ciencias o matemáticas, sin importar que seamos
ciegos, sordos o mudos–, dado que está presente el mismo potencial humano. Como
ya en el siglo XIII observó el filósofo británico Roger Bacon, “el conocimiento
de las cosas matemáticas es casi innato en nosotros. Esta es la más fácil de
las ciencias, lo cual [resulta] obvio en el hecho de que ningún cerebro la
rechaza; en el hecho de que los legos y los analfabetos saben contar y
calcular”. Es evidente que lo mismo podría decirse del lenguaje: casi en ningún
niño está ausente el impulso poderoso e innato para adquirir el lenguaje de su
entorno, mientras que, como observamos antes, ningún chimpancé, incluso si es
adoptado por una familia humana desde su nacimiento, logra murmurar unas pocas
palabras ni componer algunos signos.
En
resumen, las diferencias individuales son reales, pero casi siempre son de
grado más que de tipo. Sin embargo, en los extremos de la distribución, las
variaciones neurobiológicas terminan marcando una verdadera diferencia
cognitiva. Cada vez más, los hallazgos de los nuevos estudios nos hacen pensar
que los niños con trastornos del desarrollo están en un extremo de la
distribución normal de la organización del cerebro. Sus cerebros parecen haber
tomado la curva equivocada en el camino del desarrollo que conduce desde la
herencia genética hacia la migración neuronal y la autoorganización del
circuito durante el embarazo.
La
demostración científica es cada vez más sólida en el caso de la dislexia, un
trastorno específico del desarrollo que afecta la capacidad de aprender a leer,
mientras deja intacta la inteligencia y otras facultades. Si usted es
disléxico, cualquiera de sus hermanos tiene un 50% de posibilidades de sufrir
también dislexia, lo que indica la sólida determinación genética de este
trastorno del desarrollo. Hasta ahora se detectaron al menos cuatro genes
implicados en la dislexia y, curiosamente, los cuatro afectan la capacidad de
las neuronas para migrar hacia sus ubicaciones finales en la corteza durante el
embarazo (Galaburda y otros, 2006). La resonancia magnética (RMI) a personas
afectadas por la dislexia también muestra anomalías profundas en las conexiones
que alojan la lectura en el hemisferio izquierdo de los lectores normales.
Resulta crucial que las anomalías se pueden encontrar desde el principio: en
niños con una predisposición genética a la dislexia, a los 6 meses de edad, un
déficit en la distinción de los fonemas del lenguaje hablado ya separa a
aquellos que desarrollarán esa condición de aquellos que se convertirán en
lectores normales (Lepanen y otros, 2002; Lyytinen y otros, 2004). De hecho, se
sabe que los déficits fonológicos son un factor importante en la aparición de
la dislexia, pero no la única causa: el circuito de la lectura es tan
complicado que hay muchos lugares donde puede fallar. Ya contamos con
descripciones de varios tipos de dislexia, incluidos los déficits de atención
que hacen que los pequeños mezclen las letras en palabras afines (Friedmann,
Kerbel y Shvimer, 2010) y los déficits visuales que causan las confusiones “en
espejo” (McKloskey y Rapp, 2000). La dislexia parece estar en el extremo de un
continuo de habilidades visuales, atencionales y fonológicas que adopta la
forma de una curva de campana y va desde la completa normalidad hasta el
déficit severo. Todos compartimos la misma composición de Homo sapiens,
pero diferimos ligeramente en la dosis cuantitativa de nuestra herencia, tal
vez debido a variaciones semialeatorias en el diseño temprano de los circuitos
neuronales (Shaywitz y otros, 1992).
Podríamos
contar casi la misma historia respecto de otros trastornos del desarrollo. La
discalculia, por ejemplo, se vio relacionada con déficits tempranos de materia
gris y blanca en los circuitos dorsal parietal y frontal (que en las niñas y
los niños sin dificultades alojan el cálculo y las matemáticas). Los niños
prematuros, que pueden sufrir infartos periventriculares en la región parietal
que alberga el sentido numérico, tienen mayores riesgos de discalculia. La
desorganización neurológica temprana puede causar discalculia al impactar
directamente en el conocimiento de los conjuntos y las cantidades, o al
desconectarlo de otras áreas involucradas en la adquisición de las palabras
numéricas y los símbolos de la aritmética. En cualquiera de esos casos, el
resultado es una predisposición a las dificultades para adquirir las
matemáticas durante la infancia. Es probable que esos niños requieran ayuda
específica para fortalecer sus débiles intuiciones iniciales para las
cantidades.
Muchas
veces se tiende a exagerar las consecuencias deterministas de los
descubrimientos científicos sobre las bases genéticas del aprendizaje. Al
respecto, cabe señalar que ningún gen involucrado en la dislexia, la
discalculia o cualquiera de los demás trastornos del desarrollo, como el
autismo o la esquizofrenia, tiene un determinismo del 100%. En el mejor de los
casos, inclinan drásticamente la balanza, pero el entorno también tiene una
gran participación en la trayectoria del desarrollo que finalmente seguirá
un infans. Mis colegas en educación especial son optimistas: con
suficiente esfuerzo, ninguna dislexia o discalculia es tan grave como para
quedar fuera del alcance de la rehabilitación. Ya es hora de que pasemos a este
segundo jugador importante en el desarrollo del cerebro: la plasticidad
cerebral.
Capítulo
5
Lo que adquirimos
Contenido:
§. ¿Qué
es la plasticidad cerebral?
§. El retrato de un recuerdo
§. Verdaderas sinapsis y falsos recuerdos
§. La nutrición, una pieza clave del aprendizaje
§. Posibilidades y límites de la plasticidad sináptica
§. ¿Qué es un período sensible?
§. Una sinapsis debe estar abierta o cerrada
§. Milagro en Bucarest
En las
páginas previas, insistí mucho en el aporte de la naturaleza a la construcción
de nuestro cerebro: la interacción de los genes y la autoorganización. Pero,
por supuesto, el aprendizaje es igual de importante.
La
organización innata del cerebro no permanece inalterada por mucho tiempo, sino
que se modifica y se enriquece con el efecto de la experiencia, que constituye
la otra cara de la moneda: ¿cómo modifica el aprendizaje los circuitos del
cerebro del niño? Para comprenderlo, necesitamos volver atrás más de un siglo,
hasta los descubrimientos fundacionales de Santiago Ramón y Cajal.
§. ¿Qué
es la plasticidad cerebral?
La labor
de un pianista es inaccesible para el hombre sin estudios ya que la adquisición
de nuevas habilidades requiere muchos años de práctica mental y física. Para
entender plenamente este complejo fenómeno, se hace necesario admitir, además
del refuerzo de vías orgánicas preestablecidas, la formación de vías nuevas por
ramificación y crecimiento progresivo de la arborización dendrítica y axonal.
Santiago Ramón y Cajal, Textura del sistema nervioso del hombre y los
vertebrados (1899-1904)
El gran
anatomista español Santiago Ramón y Cajal, uno de los héroes de las
neurociencias, fue el primero en mapear la microorganización del cerebro.
Dibujante
genial, produjo diseños a la vez realistas y simplificados que se cuentan entre
las obras maestras de la ilustración científica, apenas provisto de su
microscopio. Pero, sobre todo, supo pasar de la observación a la interpretación
y de la anatomía a la función con una seguridad de juicio impresionante. Si
bien su microscopio le permitía ver solo la forma general de las neuronas y de
sus circuitos, ese pionero supo llegar a deducciones atrevidas y a menudo
exactas sobre el modo en que funcionaban.
El mayor
mérito de Cajal fue su comprensión de que el cerebro está formado por células
nerviosas discretas (las neuronas), no por una red continua, un reticulum,
como se creía antes de él. También notó que estas células tenían una forma muy
particular: a diferencia de otras –como los glóbulos rojos, que son compactos y
casi redondos–, las neuronas presentan ramificaciones de una complejidad
increíble. Cada neurona despliega un inmenso árbol constituido por varios miles
de ramas cada vez más pequeñas, las dendritas (en griego, dendron significa
“árbol”). Las poblaciones de neuronas forman entonces un bosque inextricable de
arborizaciones neuronales.
Esta
complejidad no desanimó al neurobiólogo español. En un diagrama que se volvió
famoso, a partir de un maravilloso dibujo de la anatomía del hipocampo, Cajal
añadió algo muy sencillo y, sin embargo, iluminador y con un gran impacto
teórico: ¡flechas que indicaban la dirección en que circulaba el impulso
nervioso! Iban desde las dendritas hacia el cuerpo celular de la neurona y, por
último, a lo largo del axón (figura 14). Esto suponía una especulación audaz,
pero que resultó exacta. Cajal había comprendido que la forma de las neuronas
se corresponde con su función: con ayuda de su árbol dendrítico, una neurona
recolecta la información proveniente de otras células; todos estos mensajes
convergen en el cuerpo celular, donde se los compila para enviarlos reunidos en
uno solo, llamado “potencial de acción” o spike.
El
potencial de acción luego es transmitido por el axón, un tronco que sale del
cuerpo celular y se extiende en dirección de otros miles de neuronas, en
ocasiones a varios centímetros de distancia.
Cajal
también llegó a una tercera hipótesis muy importante: que las neuronas se
comunican entre sí por medio de las sinapsis. Fue el primero en comprender que
las neuronas constituyen células distintas unas de otras; pero su microscopio
también le reveló que estas células entran en contacto en algunos puntos, zonas
de unión que en la actualidad llamamos “sinapsis” (nombre que debemos al gran
fisiólogo británico Charles Sherrington). Cada sinapsis, entonces, es el punto
de encuentro de dos neuronas o, más exactamente, del axón de una neurona y la
dendrita de otra. La neurona que llamamos “presináptica” envía su axón muy
lejos, hasta encontrarse con una dendrita de una segunda neurona, la
postsináptica, a la cual se conecta.
Figura 14. Microcircuitos, neuronas y sinapsis son el soporte material de la
plasticidad del cerebro: se ajustan cada vez que aprendemos algo. El gran
anatomista Ramón y Cajal trazó los circuitos de la corteza y comprendió que las
neuronas son células individuales, cuyas arborescencias, las dendritas (arriba
a la izquierda), registran la información proveniente de otras neuronas y
envían mensajes a lo largo de su axón. Hoy en día, tenemos la posibilidad de
observar las neuronas con una precisión pasmosa, hasta el detalle de las
espinas dendríticas, los pequeños hongos que albergan las sinapsis, los puntos
de conexión entre dos neuronas. Todos estos elementos cambian durante nuestro
aprendizaje: la presencia, la cantidad y la fuerza de las sinapsis, el tamaño
de las espinas dendríticas, la cantidad de ramas de las dendritas y de los
axones (e incluso la aislación de los axones, gracias a una vaina de mielina,
que determina la velocidad de transmisión del impulso nervioso).
¿Qué
ocurre en una sinapsis? Otro premio Nobel, el neurofisiólogo Thomas Südhof,
centró todas sus investigaciones en esta cuestión, y llegó a la conclusión de
que las sinapsis son las unidades de cómputo del sistema nervioso, verdaderos
nanoprocesadores. Recordemos que en nuestro cerebro hay alrededor de catorce
mil millones de ellas: es una maquinaria de una complejidad sin igual. Todo lo
que puedo hacer aquí es resumir los detalles más sencillos del proceso (figura
14). El mensaje que viaja en el axón es eléctrico, pero la mayoría de las
sinapsis lo transforman en un mensaje químico. A escala de la sinapsis, el axón
termina en un botón que contiene vesículas, algo así como almohadillas rellenas
de una molécula que llamamos “neurotransmisor” (el glutamato, por ejemplo).
Cuando la señal eléctrica llega hasta un botón terminal, estas almohadillas se
abren y la molécula se difunde en el espacio sináptico entre las dos neuronas.
A este mecanismo se debe el nombre “neurotransmisor”: transmite el mensaje de
una neurona a la otra. En efecto, la molécula liberada se une a la membrana de
la segunda neurona, en puntos específicos llamados “receptores”. El
neurotransmisor obra sobre el receptor como una llave sobre una cerradura:
literalmente, abre un canal en la membrana postsináptica. Allí se difunden los
iones, átomos cargados positiva o negativamente, cuyo flujo genera una
corriente eléctrica en el interior de la célula blanco. El ciclo está cerrado:
el mensaje pasó de eléctrico a químico, de químico a eléctrico, y pudo cruzar
el espacio entre las dos neuronas.
¿Qué
relación tiene esto con el aprendizaje? Bueno, nuestras sinapsis se modifican
permanentemente a lo largo de la vida, y estas modificaciones reflejan lo que
aprendemos (Holtmaat y Caroni, 2016; Takeuchi, Duszkiewicz y Morris, 2014).
Cada sinapsis es una pequeña usina química, y numerosos elementos de esta usina
pueden cambiar durante el aprendizaje: la cantidad de vesículas, su tamaño, la
cantidad de receptores, su eficacia, el tamaño e incluso la forma de la
sinapsis… Todos estos parámetros afectan la fuerza con que un mismo mensaje
eléctrico, presináptico, se transmitirá a la segunda neurona, postsináptica, y
por lo tanto proveen un espacio de almacenamiento útil para la información
aprendida.
Además,
estos cambios no se producen al azar: tienden a estabilizar la actividad de las
neuronas al reforzar su capacidad de activarse unas a otras si ya lo han hecho
en el pasado. La regla básica es tan elemental que ya fue hipotetizada en 1949
por el psicólogo Donald Hebb. La podemos resumir en una fórmula sencilla: Neurons
that fire together, wire together, o, en castellano: “Coactivarse es
conectarse”. Cuando dos neuronas se activan en el mismo momento, sus
interconexiones se hacen más fuertes. Más exactamente, si la neurona emisora
(es decir, la presináptica) descarga y, algunos milisegundos más tarde, la
neurona receptora (postsináptica) entra también en actividad, entonces la
sinapsis se afianza: en el futuro la transmisión entre estas dos neuronas será
incluso más eficiente. Si en cambio la sinapsis no logra una comprensión
adecuada, de modo que la neurona postsináptica no se activa, entonces la
sinapsis se debilita.
Cada
cambio sináptico que sigue la regla de Hebb refuerza la probabilidad de que se
reproduzca la misma actividad. Gracias a la plasticidad sináptica, vastos
tapices neuronales formados por millones de neuronas se suceden en un orden
cada vez más exacto y reproducible. El ratón que recorre su laberinto por el
camino óptimo, la violinista que con sus dedos hace brotar un sinfín de notas o
la niña que recita una poesía despiertan una sinfonía neural en que cada
movimiento, nota o palabra están registrados en varias centenas de millones de
sinapsis.
Desde
luego, el cerebro no almacena todos los eventos de nuestra vida. Solo los
momentos que juzga más importantes se imprimen en las sinapsis. Por ende, la
plasticidad sináptica es modulada por las grandes redes de neurotransmisores
–sobre todo la acetilcolina, la dopamina y la serotonina−, que determinan qué
episodios tienen la importancia suficiente para ser recordados. La dopamina,
por ejemplo, es el neurotransmisor asociado a todas las recompensas: alimento,
sexo, droga… y, por si se lo están preguntando, ¡sí, también al rock and roll!
(Salimpoor y otros, 2013). Las descargas del circuito de la dopamina marcan
todo lo que nos gusta, y le muestran al resto del cerebro que el episodio en
curso es positivo, ya que está resultando mejor que lo previsto. Por otro lado,
la acetilcolina suele involucrarse en todos los momentos importantes. Sus
efectos son enormes. Si ustedes recuerdan tan bien qué estaban haciendo el 11
de septiembre de 2001, cuando se enteraron del atentado contra el World Trade
Center, es porque ese día un huracán de neurotransmisores desbarató sus
circuitos cerebrales – especialmente en la amígdala, localización de las
emociones fuertes– y sus sinapsis se alteraron en gran medida. La amígdala,
grupo subcortical de neuronas que se disparan sobre todo por emociones fuertes,
envía señales al hipocampo, que está muy cerca y almacena los episodios más
relevantes de nuestra existencia. Así, las modificaciones sinápticas priorizan
los hechos que los circuitos emocionales del cerebro consideran más significativos.
La
capacidad de las sinapsis para modificarse en función de la actividad de sus
neuronas pre- y postsinápticas se descubrió inicialmente en condiciones
artificiales: los investigadores tuvieron que “aturdir” a las neuronas
estimulándolas a un ritmo desenfrenado con una fuerte corriente eléctrica para
poder observar que la fuerza de sus sinapsis cambiaba. Después de esta
experiencia traumática, la sinapsis permaneció modificada durante varias horas,
fenómeno llamado “potenciación a largo plazo”, que parecía ideal para lograr
recuerdos muy perdurables (Bliss y Lømo, 1973; Lømo, 2018). Pero ¿era este
realmente el mecanismo utilizado por el organismo en condiciones normales para
almacenar información? Las primeras pruebas fueron aportadas por un molusco, la Aplysia
californica), conocida también como liebre de mar o babosa marina, que
tiene neuronas gigantescas. En sus ganglios nerviosos –porque este invertebrado
primitivo no tiene un cerebro propiamente dicho–, Eric Kandel, que obtendría el
Premio Nobel, detectó una serie de modificaciones sinápticas y moleculares que
se daban en cascada cuando se condicionaba al animal para que aprendiese a
esperar la comida, un poco como el célebre perro de Pávlov (Pittenger y Kandel,
2003).
A medida
que las técnicas de registro y visualización de las sinapsis progresaron, se
acumularon pruebas de que su plasticidad es responsable del aprendizaje. Las
modificaciones se producen precisamente en los circuitos que el animal utiliza
con ese fin. Cuando un ratón aprende a evitar un lugar porque allí recibió una
pequeña descarga eléctrica, se nota cómo cambian las sinapsis del hipocampo,
región responsable del sentido del espacio y de la memoria episódica (Whitlock
y otros, 2006): las conexiones entre el hipocampo y la amígdala registran el
episodio traumático. En cambio, si el ratón se ve aterrorizado por un sonido,
se modifican las sinapsis que ligan la amígdala con la corteza auditiva (Kim y
Cho, 2017). Por lo demás, estos cambios no son simplemente concomitantes con el
aprendizaje: parecen desempeñar un papel causal en él. La prueba es que si en
los minutos posteriores a un evento traumático se interfiere con los mecanismos
moleculares que permiten a las sinapsis someterse a los cambios del aprendizaje,
el animal no lo retiene en la memoria (Takeuchi, Duszkiewicz y Morris, 2014).
§. El
retrato de un recuerdo
¿Qué es, entonces, un recuerdo? ¿Y cuál es su base material en el cerebro? La
mayoría de los investigadores coincide con la siguiente explicación, que
distingue períodos de codificación y de recuerdo (Josselyn, Köhler y Frankland,
2015; Poo y otros, 2016).
Comencemos
por la codificación. Sin excepción, nuestras percepciones, acciones o nuestros
pensamientos dependen de que entre en actividad un subconjunto muy específico
de neuronas (mientras que las otras permanecen inactivas, o incluso se
inhiben). La identidad de las neuronas activas, distribuidas en numerosas
regiones del cerebro, define el contenido del pensamiento. Por ejemplo, cuando
veo a Ennio Morricone en la Arena de Verona, algunas neuronas (en la región
temporal inferior) responden a su rostro, otras (en la región temporal
superior) a su voz, otras (en la región del parahipocampo) a la distribución de
los sectores del auditorio, y así sucesivamente: cada neurona por separado
puede proveer cierta información, pero la memoria general siempre está codificada
por varios grupos de neuronas interconectados. Si me encuentro con la señora a
quien compro queso en el mercado, la activación de grupos de neuronas
ligeramente diferentes me permite, en principio, no confundirla con el gran
compositor y director de orquesta italiano.
Supongamos
ahora que mis sistemas emocionales consideran que esta experiencia tiene la
importancia suficiente para que mi memoria la almacene.
¿Cómo
hace mi cerebro para registrarla? Para consolidar el evento, los grupos de
neuronas que recientemente se activaron sufren cambios físicos importantes.
Modifican la fuerza de sus interconexiones, lo que aumenta el apoyo del grupo y
vuelve más probable que en el futuro estas neuronas se activen juntas. Algunas
sinapsis se hacen físicamente más grandes e incluso pueden llegar a duplicarse.
A veces las neuronas desarrollan nuevas espinas dendríticas, botones axonales o
dendritas. Todas estas modificaciones anatómicas implican la expresión de
nuevos genes, en el transcurso de varias horas o incluso días, y forman la base
concreta del aprendizaje: colectivamente, constituyen el sustrato de la
memoria.
Una vez
formada la memoria sináptica, las neuronas pueden descansar: cuando dejan de
descargar, el recuerdo permanece latente, inconsciente pero muy real, inscripto
en la anatomía misma de nuestros circuitos neuronales.
Más
tarde, gracias a estas conexiones, será suficiente un indicio externo (por
ejemplo, una foto aérea de la Arena) para producir una cascada de actividad
neuronal en el circuito original; poco a poco esto hará que el cerebro logre
recrear un patrón de descargas similar a aquel que ocurrió cuando se creó el
recuerdo y, por último, me permitirá traer al presente el rostro de Ennio
Morricone. Según esta teoría, cada recuerdo es una reconstrucción; recordar es
intentar reproducir en el cerebro las descargas neuronales asociadas a una
experiencia pasada.
Así, el
recuerdo no está localizado en una sola región del cerebro, sino distribuido en
la mayoría (o acaso en cada uno) de los circuitos cerebrales, porque todos
ellos son capaces de modificar su sinapsis en respuesta a una configuración
frecuente de la actividad neuronal. Sin embargo, no todos los circuitos tienen
la misma función. Pese a que la terminología todavía es confusa y continúa
evolucionando, los investigadores distinguen por lo menos cuatro tipos de
memoria.
·
Memoria de trabajo:
conserva una representación mental activa durante un lapso muy breve, digamos
unos pocos segundos. Depende principalmente de la descarga vigorosa de
numerosas neuronas en la corteza parietal y prefrontal, que a su vez estimulan
a las neuronas de otras regiones más periféricas (Courtney y otros, 1997;
Ester, Sprague y Serences, 2015; Goldman-Rakic, 1995; Kerkoerle, Self y
Roelfsema, 2017; Vogel y Machizawa, 2004). Esta memoria nos permite retener un
número de teléfono en la mente: durante el tiempo que nos insume marcarlo en
nuestro smartphone, las neuronas se respaldan unas a otras y así
conservan la información en estado activo. Este tipo de memoria se basa
principalmente sobre la preservación de un patrón sostenido de actividad,
aunque estudios recientes descubrieron que también implica cambios sinápticos
de corta duración, lo que permite que las neuronas pasen un breve período de
inactividad y enseguida vuelvan a su estado activo (Mongillo, Barak y Tsodyks,
2008). En cualquier caso, la memoria de trabajo nunca dura más que unos pocos
segundos: tan pronto como nos distraemos con algo más, el conjunto de neuronas
activas se desvanece. Es el búfer a corto plazo del cerebro, que solo tiene en
cuenta la información más reciente y actual.
·
Memoria episódica: el hipocampo –estructura
situada en la profundidad de los hemisferios cerebrales, debajo de la corteza–
registra los episodios de nuestra vida cotidiana a medida que se desarrollan.
Las neuronas del hipocampo parecen memorizar el contexto de todos los eventos:
codifican dónde, cuándo, cómo y con quién ocurrieron. Almacenan el episodio en
cuestión gracias a los cambios sinápticos, de modo que podamos recordarlo más
tarde. El célebre paciente H. M., quien había sufrido la extirpación del
hipocampo en una intervención quirúrgica bilateral destinada a controlar su
epilepsia, ya no registraba nada: vivía en un eterno presente, incapaz de
agregar el menor elemento nuevo a su biografía mental. Hoy en día, sabemos que
el hipocampo interviene en todo tipo de aprendizaje rápido. Siempre que la
información aprendida sea única, se trate de un acontecimiento particular o de
un descubrimiento digno de interés, las neuronas del hipocampo le asignarán una
secuencia de descargas específica (Genzel y otros, 2017; Lisman y otros, 2017;
Schapiro y otros, 2016; Shohamy y Turk-Browne, 2013).
·
Memoria semántica: los recuerdos no parecen
quedarse en el hipocampo para siempre; durante la noche, el cerebro los repasa
y los mueve hacia una nueva ubicación en la corteza. Allí, se transforman en
conocimientos permanentes: el cerebro extrae la información que está presente
en los episodios que vivimos, la generaliza y la integra en nuestra vasta
biblioteca de conocimientos del mundo. Luego de unos días, recordamos el nombre
del autor de la música de La Misión (sí, Ennio Morricone),
aunque no tengamos el menor trazo del lugar o del momento en que lo oímos por
primera vez: el recuerdo de la memoria episódica se tornó semántico. Lo que
inicialmente era un episodio único se convirtió en conocimiento duradero y su
código neural se desplazó desde el hipocampo hacia los circuitos relevantes en
la corteza (Kitamura y otros, 2017).
·
Memoria procedural: cuando
repetimos la misma actividad una y otra vez (atarnos los zapatos, recitar un
poema, calcular, hacer malabares, tocar el violín, andar en bicicleta…), las
neuronas de la corteza y de otros circuitos subcorticales terminan por
modificarse para que la información circule mejor en el futuro. Más rápida, más
reproducible, depurada de cualquier actividad parasitaria, la actividad
neuronal se desarrolla con la precisión de un mecanismo de relojería. Se trata
de la memoria procedural: el registro, inconsciente y compacto, de las
configuraciones de actividades rutinarias, que realizamos a intervalos
periódicos. En ella, el hipocampo ya no tiene función alguna, porque la
repetición del gesto es lo que transfiere el recuerdo hacia un soporte
implícito. A esto se debe que el paciente H. M., incluso desprovisto de
cualquier recuerdo consciente, todavía pudiese aprender nuevos procedimientos.
Los investigadores incluso le enseñaron a escribir a la inversa, observando su
mano en un espejo. Dado que no recordaba la cantidad de veces que lo había
practicado antes, H. M. se sorprendía al descubrirse tan bueno para lo que
creía que era un “truco” nuevo.
§.
Verdaderas sinapsis y falsos recuerdos
Hoy en día, el conocimiento de los investigadores acerca de los circuitos de la
memoria es tal que ya no estamos muy lejos de la fantasía de Michel Gondry en
la película Eternal Sunshine of the Spotless Mind [ Eterno
resplandor de una mente sin recuerdos u ¡Olvídate de mí! ]:
borrar del tapiz de la memoria, de forma selectiva, los recuerdos que nos
envenenan la vida −como el estrés postraumático de los soldados de la Guerra de
Vietnam−, o bien, bordar en su lugar una composición ilusoria, un recuerdo
falso.
El equipo
de otro premio Nobel, el profesor Susumu Tonegawa, ya realizó esas dos
manipulaciones en ratones. Primero les hizo vivir un pequeño trauma: ubicado en
una habitación, el ratón recibe pequeñas descargas eléctricas. Es fácil
asegurarse de que ese episodio está bien impreso en su memoria, ya que el ratón
evita el lugar donde se produjo.
A partir
de ese momento, podemos jugar con el recuerdo. En primer lugar, tenemos la
opción de registrarlo. Gracias a un microscopio sofisticado de dos fotones,
logramos visualizar la respuesta de las neuronas y constatamos que, en el
hipocampo, se activan neuronas diferentes para la habitación A, asociada a la
descarga eléctrica, y para la habitación B, donde no pasó nada.
Luego es
la hora de manipularlo: mientras el animal está en la habitación A, se le
envían descargas que activan, en su cerebro, la población de neuronas que
codifican la habitación B. Cuando regresa a la habitación B, el ratón se alarma
y se paraliza de miedo: es como si el mal recuerdo estuviera ahora asociado a
la habitación B, donde, sin embargo, nunca ocurrió nada (Ramirez y otros,
2013).
El equipo
de Susumu Tonegawa luego transformó el mal recuerdo en uno bueno: al reactivar
las mismas neuronas de la habitación B mientras se exponía a los ratones a la
presencia de compañeros del sexo opuesto –un buen momento garantizado–, los
investigadores lograron borrar la asociación con la descarga eléctrica. Para
entonces los ratones, lejos de evitar la habitación maldita, se ponían a
explorarla frenéticamente como si buscaran allí a los compañeros eróticos que
recordaban (Ramirez y otros, 2015).
Por ende,
¿podemos borrar un recuerdo traumático? Sí, es suficiente con volver a evocarlo
mientras se debilitan las sinapsis unidas a él en la memoria.
En los
días siguientes, el ratón ya no muestra la menor reminiscencia del mal momento
(Kim y Cho, 2017).
Siguiendo
esa misma línea, el investigador francés Karim Benchenane logró la proeza de
imprimir un nuevo recuerdo en el cerebro de un ratón durante el sueño. Para
esto aprovechó que, mientras dormimos, el hipocampo reactiva una huella de los
recuerdos de las horas previas, con especial énfasis en los lugares por los que
pasamos (retomaremos este tema en el capítulo 10). Cada vez que el cerebro del
ratón dormido evocaba determinado lugar de su entorno, el investigador le daba
una pequeña inyección de dopamina, el neurotransmisor de la recompensa.
Resultado: ¡tan pronto como se despertaba, el ratón se precipitaba hacia ese
lugar! Durante el sueño, lo que inicialmente era un lugar neutral había
adquirido un sentido muy especial en la memoria, tan adictivo como los dulces
de nuestra abuela o el primer lugar en el que nos enamoramos.
En un
intento por emular la vivencia de los humanos, algunas investigaciones con
animales comenzaron a imitar los efectos en el cerebro de los aprendizajes
escolares. ¿Qué sucede cuando un mono aprende las letras, los dígitos o el modo
de uso de una herramienta? (Iriki, 2005; Obayashi y otros, 2001; Srihasam y
otros, 2012). El investigador japonés Atsushi Iriki mostró que un mono podía
aprender a utilizar un rastrillo para acercar a su mano porciones de alimento
demasiado alejadas para agarrarlas.
Luego de
varios miles de ensayos, el animal se volvía tan experto como un crupier: no
necesitaba más que unas décimas de segundo para acercarse la comida tirando del
rastrillo con un gesto vivaz. ¡El mono también lograba utilizar un primer
rastrillo, de tamaño mediano, para trasladar otro, más largo, que le permitía
finalmente alcanzar un alimento que estaba incluso a mayor distancia! Este tipo
de aprendizaje desencadena una serie de cambios en el cerebro. El consumo de
energía aumenta en un área muy específica de la corteza, la región parietal
anterior, la misma que un ser humano utiliza para controlar los movimientos de
la mano, escribir, atrapar un objeto o utilizar un martillo o una pinza. Allí
se expresan nuevos genes, las sinapsis brotan, las arborescencias de dendritas
y de axones se multiplican y, en el animal experto, todas estas ramificaciones
suplementarias se traducen en un aumento del 23% del espesor de la corteza.
También vemos alterarse los haces de conexiones: los axones provenientes de una
región lejana, en la unión con la corteza temporal, se desarrollan hasta crecer
varios milímetros e invadir una porción de la región parietal anterior que
antes no estaba cableada por estas neuronas.
Estos
ejemplos explican en qué medida los efectos de la plasticidad cerebral se
extienden en el tiempo y en el espacio. Les propongo que repasemos juntos los
puntos fundamentales. Un conjunto de neuronas, que codifica un evento o un
concepto que deseamos memorizar, se activa en nuestro cerebro.
¿Cómo se
registra este recuerdo? En el principio es la sinapsis: un microscópico punto
de contacto entre dos neuronas que se refuerza cuando las neuronas que vincula
se activan juntas en breve sucesión: “Coactivarse es conectarse”, como rezaba
la famosa regla de Hebb. Una sinapsis que se afianza es como una fábrica que
aumenta su productividad: recluta más neurotransmisores del lado presináptico y
más moléculas de receptores del lado postsináptico. También, con el objetivo de
alojarlos, aumenta su superficie.
Cuando
una neurona aprende, su forma también cambia. Una estructura con forma de
champiñón, que llamamos “espina dendrítica”, se forma en el lugar de la
dendrita que alberga la sinapsis. De ser necesario, emerge una segunda sinapsis
que duplica la primera. Otras sinapsis distantes, pero que aterrizan sobre la
misma neurona, también se refuerzan (Fitzsimonds, Song y Poo, 1997).
De este
modo, cuando el aprendizaje se extiende, la anatomía misma del cerebro termina
por cambiar. Con los avances de la microscopia, y, muy especialmente, con la
revolución aportada por los novedosos microscopios de dos fotones, que se valen
del láser y de la física cuántica, puede verse, sin mediaciones, el crecimiento
de los botones sinápticos y axonales en cada episodio de aprendizaje, al igual
que se ve brotar un árbol en primavera.
Acumulados,
esos cambios pueden ser sustanciales, del rango de milímetros, y gracias a las
imágenes de resonancia magnética comienzan a ser detectables en los humanos.
Aprender a tocar música (Gaser y Schlaug, 2003; Oechslin, Gschwind y James,
2018; Schlaug y otros, 1995), a leer (Carreiras y otros, 2009; Thiebaut de
Schotten y otros, 2014), a hacer malabares (Draganski y otros, 2004; Gerber y
otros, 2014) o incluso a manejar un taxi en una gran ciudad (Maguire y otros,
2000, 2003) son experiencias que se traducen en aumentos detectables en el
espesor de la corteza o de la fuerza de las conexiones que vinculan las
regiones corticales: las autopistas del cerebro mejoran cuanto más las
utilizamos.
Si bien
la sinapsis es el epítome del aprendizaje, no es el único mecanismo que genera
cambios en el cerebro. Cuando aprendemos, el boom de nuevas
sinapsis fuerza a las neuronas a engendrar nuevas ramificaciones, tanto en los
axones como en las dendritas. Lejos de la sinapsis, los axones útiles se
recubren de una vaina de aislante, la mielina, que se parece al adhesivo que se
pone alrededor de los cables eléctricos para aislarlos. Cuanto más se utiliza
un axón, más vueltas tiene esta vaina. Así, lo aísla cada vez mejor y le
permite retransmitir la información con una velocidad cada vez mayor.
Las
neuronas no son los únicos jugadores en este juego. A medida que un aprendizaje
progresa, también cambia el entorno de las neuronas, incluidas las células
gliales, que las nutren y las cuidan, así como la red vascular de venas y
arterias que les aportan oxígeno, glucosa y nutrientes. Así, todo el circuito
neural y su estructura de soporte se transforman.
Algunos
investigadores cuestionan el dogma que hace de la sinapsis el actor
indispensable de cada aprendizaje. Según datos recientes, las células de
Purkinje (neuronas especiales del cerebelo) pueden memorizar un intervalo de
tiempo sin que este aprendizaje requiera la menor modificación de sus sinapsis;
el mecanismo parece ser interno a la célula únicamente (Johansson y otros,
2014; Rasmussen, Jirenhed y Hesslow, 2008). Es posible que la dimensión del
tiempo, que es una especialidad del cerebelo, se almacene en la memoria usando
un truco evolutivo diferente, que no dependa de la sinapsis.
Cada
neurona del cerebelo, por sí sola, sería capaz de almacenar varios intervalos
de tiempo, quizá por medio de modificaciones químicas estables de su ADN.
Por
cierto, aún no comprendemos cómo estos cambios inducidos por el aprendizaje,
sean sinápticos o no, implementan los tipos de aprendizaje más elaborados de
los cuales es capaz el cerebro humano, aquellos basados sobre el “lenguaje del
pensamiento” y la recombinación rápida de conceptos existentes. Según vimos
antes, las redes neuronales convencionales explican cómo millones de sinapsis,
al modificarse, nos permiten aprender a reconocer una cifra, un objeto o un
rostro. En cambio, no existe modelo alguno verdaderamente satisfactorio de las
redes neuronales que son soporte de la adquisición del lenguaje o de las reglas
matemáticas. Aun hoy, pasar del ámbito de la sinapsis a las reglas simbólicas
que aprendemos en la clase de matemáticas es un desafío. Tengamos la mente
abierta, porque estamos muy lejos de alcanzar una comprensión cabal del código
celular por cuyo intermedio el cerebro logra guardar nuestros aprendizajes y
recuerdos.
§. La
nutrición, una pieza clave del aprendizaje
Como vimos, cuando aprendemos se producen cambios biológicos enormes: no solo
se modifican las neuronas, con sus dendritas y axones, sino que también cambia
su entorno de células gliales. Todas estas transformaciones requieren tiempo.
Cada episodio de aprendizaje abre la compuerta a una cascada de modificaciones
biológicas que dura varios días. Numerosos genes especializados en la
plasticidad deben expresarse para que las células produzcan el andamiaje de
proteínas y membranas que van a constituir las sinapsis, las dendritas y los
axones. Este proceso absorbe mucha energía: el consumo del cerebro del niño
pequeño representa hasta un 50% del balance energético del cuerpo. Glucosa,
oxígeno, vitaminas, hierro, iodo, ácidos grasos, nutrientes de lo más diversos:
todos estos ingredientes son esenciales en el cóctel de una infancia exitosa.
El cerebro no se alimenta solo de estimulación intelectual; para hacer y
deshacer algunos millones de sinapsis por segundo, necesita una dieta
equilibrada, una buena oxigenación y ejercicio físico (Prado y Dewey, 2014;
Voss y otros, 2013).
Un triste
episodio deja en claro la extrema sensibilidad del cerebro en desarrollo y el
papel clave de una buena nutrición. En noviembre de 2003, un vergonzoso
desastre golpeó a los niños de Israel (Fattal, Friedmann y Fattal-Valevski,
2011). De un día para el otro, los hospitales pediátricos de todo el país
recibieron a decenas de bebés afectados por graves síntomas neurológicos:
letargo, vómitos, trastornos oculares y de alerta que alcanzaban incluso el
coma; para dos de ellos, significó la muerte. Desde luego, hubo una carrera
contrarreloj: ¿cuál era el origen de esta enfermedad hasta entonces
desconocida?
La
investigación derivó en el campo de la nutrición: todos los bebés enfermos
habían sido alimentados con la misma leche en polvo con base de soja. El
análisis de esta leche de fórmula confirmó los peores temores: de acuerdo con
la etiqueta, y conforme a las normas, debería haber incluido 385 mg de tiamina,
más conocida como vitamina B1. En realidad, no contenía siquiera un dejo de
este elemento. Al ser contactado, el fabricante admitió que había alterado la
composición de su leche a principios de ese año: por razones económicas, había
dejado de agregar tiamina, nutriente esencial del cerebro. Para empeorar las
cosas, dado que el organismo no almacena esa sustancia, cualquier desequilibrio
alimentario acarrea rápidamente una grave carencia.
Los
neurólogos ya sabían que en los adultos el déficit de tiamina causa problemas
neurológicos severos, un cuadro que llamamos “síndrome de Wernicke-Korsakoff” y
que la mayoría de las veces encontramos en los casos graves de alcoholismo. En
la fase aguda, esta deficiencia induce una enfermedad neurológica a veces
mortal, la encefalopatía de Wernicke.
Confusión
mental, problemas del movimiento de los ojos, incapacidad de coordinación y
déficit de alerta que podría llegar hasta el coma: estos síntomas se parecen
mucho a los de los bebés de Israel.
La última
prueba llegó con la intervención terapéutica. Tan pronto como se volvió a
incorporar esta vitamina esencial a la alimentación de los lactantes, su estado
mejoró en unos pocos días y pudieron volver a sus casas. Se estima entre
seiscientos y mil la cantidad de bebés israelíes que, en el transcurso de sus
primeros meses de vida, fueron privados de tiamina durante un lapso de dos a
tres semanas. En ese momento, se pensó que la recuperación de una alimentación
equilibrada los había salvado. Se ignoraba que, años más tarde, presentarían
serias dificultades en el lenguaje. La psicóloga israelí Naama Friedmann evaluó
a sesenta de estos niños a la edad de 6 o 7 años. Pese al tiempo transcurrido,
la mayoría todavía sufría déficits importantes de comprensión y de producción
de lenguaje. Su gramática era anormal: tras leer o escuchar una oración, tenían
problemas para decidir quién le había hecho qué a quién. En algunos casos les
resultaba difícil siquiera nombrar una imagen, como la de una oveja. En cambio,
su procesamiento conceptual parecía intacto: por ejemplo, eran capaces de
asociar la imagen de un ovillo de lana con la de una oveja antes que con la de
un león. En el resto de los parámetros, y muy especialmente el de la
inteligencia (el famoso CI), no parecían estar afectados.
Esta
triste historia –por fortuna, excepcional– esclarece los límites de la
plasticidad cerebral, base del aprendizaje del lenguaje: si cualquier bebé es
capaz de aprender todos los idiomas del mundo, desde los tonos del chino hasta
los clics o chasquidos de las lenguas bantúes de Sudáfrica, es porque su
cerebro cambia del modo adecuado en respuesta a la inmersión en una comunidad
específica. Pero esta plasticidad no es infinita ni mágica, sino un proceso
material estricto que requiere ciertas condiciones nutricionales y energéticas,
de modo que apenas algunas semanas de privaciones pueden implicar un déficit
permanente. Y debido a que la organización del cerebro es en gran medida
modular, bien puede ocurrir que este déficit esté acotado a un campo específico,
como la gramática o el vocabulario. Los estudios de casos pediátricos
sobreabundan en ejemplos similares; el más común es el síndrome de la
alcoholización fetal, causado por la exposición del feto al alcohol consumido
por la madre: este poderoso teratogénico causa malformaciones embrionarias del
cuerpo y del cerebro; como verdadero veneno para el desarrollo del sistema
nervioso, debe evitarse a lo largo del embarazo. Para que se extiendan los
árboles dendríticos, hay que aportar al cerebro todos los nutrientes que
necesita.
§.
Posibilidades y límites de la plasticidad sináptica
En casos de buena nutrición, ¿hasta dónde puede llegar la plasticidad cerebral?
¿Puede recablear nuestro cerebro? ¿La anatomía cerebral es pasible de
variaciones considerables en función de nuestras vivencias? La respuesta es no:
la plasticidad es una variable de ajuste, ciertamente fundamental en el
aprendizaje, pero limitada, y acotada por todo tipo de restricciones genéticas
que nos hacen lo que somos: la intersección entre un genoma fijo y experiencias
únicas.
Llegó el
momento de que les comente un poco más acerca de Nico.
Recuerden:
es el artista que les presenté en la introducción y que pinta cuadros
espléndidos con la sola ayuda de su hemisferio izquierdo (figura 1).
En
efecto, a los 3 años y 7 meses de edad, Nico perdió su hemisferio derecho.
Se expuso
a una intervención quirúrgica llamada “hemisferectomía”, que implica la
ablación casi completa de un hemisferio; en su caso, con la intención de
ponerle fin a una epilepsia devastadora.
Sin
embargo, apoyado por su familia, por sus médicos y por un investigador
argentino de la Facultad de Educación de Harvard, Antonio Battro, Nico logró
seguir una escolaridad elemental en Buenos Aires, y luego fue a la secundaria
en Madrid hasta los 18 años. Su lenguaje oral y escrito, su memoria y sus
competencias espaciales son excelentes. Incluso obtuvo un título universitario
en informática. Pero sobre todas las cosas, Nico presenta un talento notable
para el dibujo.
¿Es este
un buen ejemplo de la plasticidad cerebral en funcionamiento? Por supuesto que
sí, dado que Nico domina numerosas funciones que en una persona normal suelen
estar asociadas al hemisferio derecho: la capacidad de prestar atención a la
globalidad de una figura, de copiar un dibujo disponiendo de modo conveniente
los objetos en el espacio o hasta de comprender la ironía y los sobreentendidos
de una conversación y adivinar los pensamientos de sus interlocutores. Pese a
todo, si la misma lesión ocurriera en un cerebro adulto, estas funciones se
perderían sin remedio.
Pero la
plasticidad de Nico es limitada: quedó canalizada y confinada a ciertos
circuitos que son los mismos que los de todos los niños. Cuando tomamos
imágenes cerebrales mientras evaluábamos a Nico con una batería de pruebas,
constatamos que había logrado situar todas sus habilidades aprendidas en el
hemisferio izquierdo, pero sin que su organización habitual se viera alterada:
¡todas las funciones tradicionalmente lateralizadas a la derecha se habían
localizado en lugares del hemisferio izquierdo simétricos de su posición
habitual! Así, la región cortical que responde a los rostros y que en
condiciones normales se aloja en el lóbulo temporal derecho, en el caso de Nico
se situaba en el hemisferio izquierdo pero en un lugar exactamente simétrico
respecto de su localización habitual, y a menudo activado (con debilidad) por
los rostros en todos los niños. Eso equivale a decir que su cerebro se había
reorganizado, pero dentro de los límites de una organización preexistente,
común a toda la especie. Los grandes haces de conexiones que, desde el
nacimiento e incluso durante la gestación, ya pululan en el cerebro del bebé
habían confinado sus aprendizajes dentro de los límites estrechos de un mapa
cortical universal y compartido por todos los seres humanos.
La
potencia de la plasticidad, así como sus restricciones, jamás es tan evidente
como cuando nos enfocamos en las capacidades visuales. No nos sorprende que
Nico sea hemianópsico, lo que significa que su visión está cortada en dos: una
mitad derecha con la cual ve sin problemas (en sus dos ojos) y una mitad
izquierda con la cual es por completo ciego (también en sus dos ojos). En
efecto, con el cruce de las vías visuales, los estímulos que provienen de la
mitad izquierda de la retina, que usualmente aterrizan en el hemisferio
derecho, caen en un vacío y no son procesados. Veinte años de vida no le
permitieron compensar este fundamental problema de cableado: la plasticidad de
las conexiones visuales, demasiado modesta, se fija a una gran velocidad
durante la infancia temprana; en su caso, no pudo impedir esa ceguera para la
mitad izquierda del mundo.
Ahora,
examinemos a una pequeña de 10 años que conocemos solo por sus iniciales: A. H.
(Muckli, Naumer y Singer, 2009). Esta niña, como Nico, no posee más que el
hemisferio izquierdo, pero, a diferencia de él, sufrió una malformación
embrionaria que hizo que el desarrollo de su hemisferio derecho se detuviera
por completo antes de las 7 semanas de gestación. Por eso, todo su cerebro se
desarrolló sin que el hemisferio derecho estuviera presente. ¿La plasticidad
cambió todo su cerebro? No, pero le permitió ir un poco más lejos que Nico. En
efecto, ella ve un poco del lado izquierdo del campo visual, aquel que debería
proyectarse en el hemisferio derecho. Su visión está lejos de ser perfecta,
pero distingue la luz y el movimiento en una región cercana al centro de la
visión. Las imágenes cerebrales muestran que su cerebro se reorganizó
parcialmente (figura 15). En el nivel del occipucio, en la corteza occipital
que aloja la visión, notamos un mapa sin alteraciones en la parte derecha del
mundo, pero también de zonas muy pequeñas que responden a la parte izquierda.
Parecería haber axones provenientes de esta mitad de la retina que, en
condiciones normales, debería haber sido ciega, y que se reorientaron hacia el
otro lado del cerebro. Es un caso extremo de reorganización prenatal (y, aun
así, solo parcial, insuficiente para restaurar una visión normal). En el
sistema visual, las limitaciones genéticas dominan y la plasticidad actúa
únicamente dentro de sus estrechos límites.
Los
científicos quisieron saber hasta dónde podían llegar estos límites genéticos.
Un experimento consiguió gran celebridad: el de Mriganka Sur, investigador del
MIT, que logró transformar una corteza auditiva en corteza visual (Sur,
Garraghty y Roe, 1988; Sur y Rubenstein, 2005). Para lograrlo, mediante una
intervención quirúrgica practicada en fetos de hurón, cercenó los circuitos de
entrada que, desde la cóclea y luego de varios pasos en el tronco cerebral,
normalmente se dirigen hacia una región muy específica del tálamo y prosiguen
hacia la corteza auditiva. Resultado indefectible: los hurones quedaron sordos.
Sin embargo, se produjo una curiosa reorientación y las fibras visuales
comenzaron a invadir el circuito auditivo desconectado, como si se ocuparan de
reemplazar los circuitos auditivos faltantes. Así, un sector completo de la
corteza que debería haber sido auditivo se comportaba ahora como un área
visual. Notamos allí un mapa de neuronas sensibles a la luz y a la orientación
de las barras, como en cualquier otra corteza visual. Las sinapsis se adaptaron
a esta nueva configuración y empezaron a reflejar las correlaciones entre las
neuronas que estaban destinadas a la audición, pero que, recicladas, se
convirtieron en especialistas de la visión.
¿Estos
datos deben invitarnos a la conclusión de que la plasticidad cerebral es
“masiva” y que es la experiencia lo que “organiza la corteza”, como les
gustaría a los más ardientes defensores de la metáfora de la tabula
rasa? (Quartz y Sejnowski, 1997). Mriganka Sur jamás propondría esa tesis;
por el contrario, insiste en que esa es una situación patológica, y que la
reorganización está lejos de ser perfecta: en la corteza auditiva, los mapas
visuales nunca llegan a estar tan bien diferenciados como deberían. La genética
de la corteza visual la preparó para hacerse cargo de la visión.
Durante
el desarrollo normal, cada región cortical se especializa precozmente por
influencia de muchos genes del desarrollo. Los axones encuentran su camino
siguiendo pistas químicas predeterminadas que trazan protomapas.
Solo al
final del camino se someten a la creciente influencia de la actividad neuronal
entrante y se adaptan a ella. El tapiz neuronal es fijo; apenas algunos
detalles del bordado, pequeños aunque significativos, pueden cambiar.
Figura 15. La plasticidad sináptica permite que el cerebro se reconfigure
parcialmente cuando sufre alteraciones graves. La paciente A. H. (arriba) nació
con un solo hemisferio cerebral: desde la séptima semana de embarazo, el
hemisferio derecho de su cerebro dejó de desarrollarse. En un cerebro normal
(abajo), las áreas visuales tempranas del hemisferio izquierdo solo representan
la mitad derecha del mundo. Sin embargo, en el caso de esta paciente, regiones
muy pequeñas se reorientaron y comenzaron a responder a la mitad izquierda del
mundo (las señalamos con flechas blancas). Así, A. H. no es del todo ciega del
lado izquierdo, como lo sería un adulto que perdiera su hemisferio derecho. Sin
embargo, esta reorganización es modesta: la influencia de la genética predomina
sobre la de la experiencia.
Además,
es importante comprender que cuando las sinapsis se modifican, incluso
influidas por la actividad de las neuronas, lo que deja una huella en el
cerebro no es necesariamente el ambiente. Antes bien, el cerebro puede usar la
plasticidad sináptica para autoorganizarse: primero genera patrones de
actividad exclusivos desde dentro, en ausencia de cualquier input del
entorno, y usa esos patrones de actividad, en combinación con la plasticidad
sináptica, para conectar sus circuitos. Durante la gestación, incluso antes de
recibir el menor input sensorial, el cerebro, los músculos y
hasta la retina ya exhiben actividad espontánea (por eso el feto se mueve). Las
neuronas son células excitables: pueden reaccionar con espontaneidad, y sus
potenciales de acción se autoorganizan en ondas masivas que viajan por el
tejido cerebral. Incluso en el útero, ondas aleatorias de espinas neuronales
fluyen a través de las retinas del feto y, al llegar a la corteza, aunque no
llevan ninguna información visual en el sentido estricto del término, ayudan a
organizar los mapas visuales corticales (Goodman y Shatz, 1993; Shatz, 1996).
Con esto, la plasticidad sináptica actúa inicialmente sin necesitar ninguna
interacción con el mundo exterior. Recién durante el tercer trimestre de
gestación, la frontera entre lo innato y lo adquirido se borra de a poco, a la
par que el cerebro, ya bien formado, comienza a acomodarse al mundo interior y
exterior.
Incluso
en el momento del nacimiento, la corteza continúa transitada por descargas
aleatorias que se desarrollan sin relación con los inputs sensoriales.
Poco a
poco, esta actividad endógena, preorganizada, evoluciona por influencia de los
órganos de los sentidos. Este proceso es interpretable con precisión dentro del
marco del modelo del cerebro bayesiano o estadístico (Berkes y otros, 2011;
Orbán y otros, 2016). La actividad endógena inicial representa lo que los
estadísticos llaman el a priori, las expectativas del cerebro, sus
hipótesis previas a cualquier interacción con el entorno. Más tarde, estas
hipótesis se ajustan gradualmente a los datos del ambiente, de modo que a los
pocos meses de vida la actividad espontánea empieza a condecirse cada vez más
con las estadísticas del mundo real. El modelo interno del cerebro se refina a
medida que compila estadísticas de sus inputs sensoriales. Al
final hay una solución de compromiso, una selección del mejor modelo interno
entre aquellos ofrecidos por la organización previa.
§. ¿Qué
es un período sensible?
Acabamos de ver que la plasticidad cerebral es a la vez inmensa y limitada.
Todos los
grandes haces de conexiones pueden y deben modificarse a medida que vivimos,
maduramos y aprendemos, pero sin excepción están ya en su lugar desde el
nacimiento y son esencialmente idénticos en todos los seres humanos. Nuestros
aprendizajes son resultado de pequeños ajustes, sobre todo a escala de
microcircuitos, a menudo en el rango de unos pocos milímetros. A medida que las
neuronas crecen y sus ramas terminales desarrollan botones sinápticos en otras
neuronas, los circuitos que forman permanecen firmemente arraigados dentro de
los límites de su envoltura genética. En respuesta al entorno, las vías
neuronales pueden cambiar su conectividad local, su fuerza y también su
mielinización, al rodearse de una capa aislante de, precisamente, mielina que
acelera sus mensajes y, por lo tanto, facilita la transmisión de información de
una región a otra; sin embargo, no pueden reorientarse a voluntad.
Esta
restricción espacial sobre la conectividad a larga distancia se suma a una
restricción temporal: en numerosas regiones del cerebro, la plasticidad es
máxima solo durante un lapso de tiempo limitado, que llamamos “período
sensible”. Este período comienza en la infancia temprana, alcanza cotas máximas
y luego concluye, a medida que crecemos. El proceso completo insume varios años
y varía según las regiones del cerebro: las áreas sensoriales alcanzan su cota
máxima de plasticidad en torno a la edad de 1 o 2 años, mientras que las
regiones de mayor jerarquía como la corteza prefrontal alcanzan su máximo tanto
más tarde en la infancia o incluso en la adolescencia. Sin embargo, lo cierto
es que, con la edad, la plasticidad disminuye y el aprendizaje, aunque no es
imposible, se vuelve cada vez más difícil (Werker y Hensch, 2014).
Si a
menudo afirmo que el bebé es una auténtica máquina de aprender, es porque en
los primeros años de vida su cerebro es el lugar de una verdadera efervescencia
de plasticidad sináptica. Las dendritas de sus neuronas piramidales se
multiplican a gran velocidad. En el nacimiento, la corteza de los bebés se
parece a un bosque tras el paso de un huracán, cubierto solo por algunos
troncos de árboles desnudos. Los primeros seis meses de vida son una eclosión
primaveral para el cerebro del recién nacido: se multiplican las conexiones y
las ramificaciones hasta formar una fronda inextricable (figura 16; Conel,
1939; Courchesne y otros, 2007).
El
incremento de la complejidad de los árboles neuronales podría hacernos pensar
que el entorno deja su huella en el cerebro y lo obliga a crecer a la par de su
almacenamiento de datos. La realidad es mucho más compleja: en el cerebro
inmaduro, no hay una relación de proporcionalidad directa entre la cantidad de
aprendizaje que se produce y las sinapsis que surgen, sino que estas siempre se
generan en demasía, para luego, de acuerdo con su utilidad para el organismo,
ser conservadas o eliminadas gracias a la acción del ambiente. Durante la
primera infancia, la densidad de sinapsis aumenta hasta alcanzar el doble de la
de un adulto, y solo entonces disminuye con lentitud.
En cada
región de la corteza, a incesantes ondas de sobreproducción les sigue la
retracción selectiva de las sinapsis inútiles o, por el contrario, la
multiplicación de las sinapsis y de las ramas dendríticas y axonales que se
comprobaron útiles. Piensen en esto cuando miren a un niño o una niña: cada
segundo que pasa, en su cerebro se están creando y eliminando muchos millones
de sinapsis. Esta efervescencia explica, en gran parte, la existencia de
períodos sensibles. En la primera infancia, el conjunto de la base dendrítica y
sináptica todavía resulta muy maleable; a mayor maduración del cerebro, más se
confina el aprendizaje a modificaciones marginales.
Con todo,
es notable que las oleadas de sobreproducción sináptica no se producen en todas
las regiones en el mismo momento (Rakic y otros, 1986).
La
corteza visual primaria, como otras regiones sensoriales, madura tanto más
rápido que las áreas corticales de nivel más alto.
El
principio de organización parece ser estabilizar enseguida aquello que
constituye el input directo. Por eso, congela la organización
cortical en las áreas sensoriales tempranas, mientras que deja las áreas de
alto nivel abiertas para cambiar durante un lapso mucho más extenso. Así, las
regiones más elevadas en la jerarquía, como la corteza prefrontal, son las
últimas en estabilizarse: continúan modificándose durante la adolescencia e
incluso después de ella. En la especie humana, el máximo de sobreproducción
sináptica se termina cerca de los 2 años de edad para la corteza visual, de los
3 o 4 años para la corteza auditiva y entre los 5 y los 10 años para la corteza
prefrontal (Huttenlocher y Dabholkar, 1997). La mielinización sigue la misma
progresión (Dubois y otros, 2007, 2015; Flechsig, 1876).
Figura 16. Durante los primeros años de vida, las arborescencias de las
neuronas crecen y ganan exuberancia hasta formar un embrollo inextricable. En
el cerebro de un niño de 2 años, la cantidad de sinapsis es casi el doble que
en un adulto. Pero los árboles dendríticos no solo crecen, sino que también son
podados: por influencia de la actividad neuronal, las sinapsis útiles se
conservan y se multiplican, mientras que las otras son suprimidas.
En los
primeros meses de vida, las áreas sensoriales son las principales beneficiarias
de esto: su procesamiento de la información se acelera y la velocidad de
transmisión de una información desde la retina hasta las áreas visuales pasa de
un cuarto de segundo a una décima de segundo en algunas semanas (Adibpour,
Dubois y Dehaene-Lambertz, 2018; Dehaene-Lambertz y Spelke, 2015). Esta
aislación alcanza los haces que conectan la corteza frontal (sede del
pensamiento abstracto, la atención y la planificación) con mucha más lentitud.
Durante años, el niño es un ser híbrido: sus circuitos sensoriales y motores se
encuentran bastante maduros, mientras que sus áreas de mayor nivel continúan
operando de manera mucho más lenta, con una dotación de circuitos aún desmielinizados.
Como resultado, durante el primer año de vida, necesita hasta tres o cuatro
veces más tiempo que un adulto para tomar conciencia de una información
elemental, como la presencia de un rostro (Kouider y otros, 2013).
Estas
sucesivas oleadas de sobreproducción sináptica y de mielinización modulan la
plasticidad cerebral. Así, una serie de períodos sensibles se abren y se
cierran en momentos diferentes de acuerdo con las distintas regiones cerebrales
que deben desarrollarse. Las áreas visuales y auditivas están entre las más
propensas a perder su capacidad de aprender. El ejemplo mejor estudiado, tanto
en la especie humana como en animales, es el de la visión binocular (Epelbaum y
otros, 1993; Fawcett, Wang y Birch, 2005; Hensch, 2005). Para percibir la
tercera dimensión, el sistema visual fusiona la información proveniente de los
dos ojos. Esta “fusión binocular” exige que ambos envíen a la corteza inputs de
alta calidad durante un período bastante breve: algunos meses en el gato,
algunos años en el hombre. Si, durante este período, un ojo permanece cerrado,
envía una imagen borrosa o se sufre una difracción por culpa de un estrabismo
pronunciado, el circuito cortical de la fusión de los dos ojos no se pone en
marcha, y esta pérdida es permanente: el estrabismo del niño debe ser corregido
en los primeros años de vida, idealmente antes de los 3 años, o esto implicará
un déficit definitivo a escala de la corteza.
Otro
período sensible permite que dominemos los sonidos de nuestra lengua materna.
Los bebés son campeones del aprendizaje de las lenguas: cuando nacen, son
capaces de escuchar todos los fonemas de todas las lenguas, y donde sea que
nazcan, cualquiera sea su carga genética, es suficiente su inmersión en un baño
de lenguaje (sea de una, dos o tres lenguas) para que en algunos años se
conviertan en especialistas de la fonología de su o sus idiomas maternos. Como
adultos, ya perdimos esta notable capacidad de aprendizaje: como vimos antes,
un japonés puede pasar su vida entera en Francia sin llegar jamás a distinguir
los sonidos /R/ y /L/. Es posible que toda su vida confunda “glacial” y
“glaciar”, “promo” y “plomo”, “elección” y “erección”… Queridos lectores, no
experimenten ningún sentimiento de superioridad porque, nacidos y criados como
hablantes de castellano, ustedes nunca podrán distinguir ni las /T/ dentales y
retroflejas que cualquier hablante del hindi oye como algo evidente, ni las
vocales breves y largas del finlandés o el japonés, ni los cuatro o cinco tonos
del chino mandarín.
La
investigación demuestra que perdemos estas capacidades cerca del final del
primer año de vida (Dehaene-Lambertz y Spelke, 2015; Maye, Werker y Gerken,
2002; Peña, Werker y Dehaene-Lambertz, 2012; Werker y Tees, 1984). Cuando somos
bebés, compilamos de forma inconsciente estadísticas sobre lo que escuchamos, y
nuestro cerebro se ajusta a la distribución de los fonemas que se emplean en el
entorno. Alrededor de los 12 meses, algo se solidifica en el cerebro y perdemos
esta capacidad de aprender. Salvo en casos extraordinarios, ya jamás podremos
hacernos pasar por hablantes nativos de japonés, finlandés o hindi: nuestra
fonología está (casi) cincelada en piedra. Hace falta un esfuerzo inmenso para
que un adulto recupere la capacidad de discriminar sonidos de una lengua
extranjera. Solo a fuerza de una reeducación intensa y focalizada, que
comienza, por ejemplo, por amplificar las diferencias entre /R/ y /L/ para
volverlas audibles, y luego las va reduciendo, un adulto japonés logra
recuperar parcialmente la discriminación de estos dos sonidos (McCandliss y
otros, 2002).
Esto
motiva que hablemos de un período sensible en lugar de un período crítico: la
capacidad de aprendizaje se reduce, pero nunca llega a cero. En la edad adulta,
la capacidad residual de adquirir fonemas extranjeros registra variaciones
significativas entre las personas. Para la mayoría de nosotros, intentar hablar
correctamente un idioma extranjero en la edad adulta supone un esfuerzo
insondable. Sin embargo, algunas personas mantienen la capacidad de aprender la
fonología de lenguas extranjeras, y esta competencia se puede predecir
parcialmente por el tamaño, la forma y el número de conexiones de su corteza
auditiva (Golestani y otros, 2007). Estos afortunados cerebros en apariencia
estabilizaron un conjunto de conexiones más flexible, pero queda claro que son
la excepción más que la regla.
El
dominio de la fonología de una lengua extranjera es una de las primeras
competencias en decaer con la edad: al respecto, desde los años más tiernos, un
niño ya es mucho menos capaz que un bebé de unos pocos meses. La capacidad de
aprender la gramática de una lengua extranjera permanece disponible un poco más
de tiempo, pero de todas maneras termina por venirse abajo en las cercanías de
la pubertad. Lo sabemos por el estudio de los migrantes: un niño o una niña que
llega a un país extranjero puede descollar en su nueva lengua, pero siempre
presenta un leve acento extranjero y ocasionales errores sintácticos que
delatan su origen, y esta diferencia se acrecienta muchísimo en quienes migran
durante la adolescencia o la adultez (figura 17; Flege, Munro y MacKay, 1995;
Hartshorne, Tenenbaum y Pinker, 2018; Johnson y Newport, 1989; Weber-Fox y
Neville, 1996).
Un
estudio reciente recopiló datos de millones de estudiantes de una segunda
lengua en internet y los utilizó para modelar la curva promedio de aprendizaje
de idiomas. Los resultados sugieren que disminuye con lentitud durante la
infancia, pero mengua bruscamente alrededor de los 17 años (Hartshorne y otros,
2018). Debido a que lleva tiempo aprender, los investigadores recomiendan
comenzar antes de los 10 años. Además, enfatizan el valor adicional de una
estadía en el país de interés, porque nada supera la interacción social: el
éxito es tanto mayor si necesitamos hablar un idioma extranjero para conseguir
comida o para subir a un tren que si simplemente lo aprendemos en el aula o
gracias a series de televisión.
Renueva
su validez la máxima: cuanto más temprano, mejor; la plasticidad cerebral para
el aprendizaje de gramática parece sufrir una reducción drástica al final de la
pubertad (aunque esta caída no puede atribuirse exclusivamente a una pérdida de
plasticidad cerebral; es probable que desempeñen un papel importante otros
factores relacionados con la motivación y la socialización).
Figura 17. El aprendizaje de una segunda lengua o de lengua extranjera
revela la disminución de la plasticidad cerebral con la edad. Cuanto más tarde
se aprende una lengua, menos posible es llegar a practicarla correctamente, sin
acento extranjero o errores gramaticales (arriba). A la inversa, en las
adopciones internacionales se observa con nitidez que cuanto más tiempo pasa un
niño en su país de origen antes de ser adoptado, más conserva en su cerebro una
huella de su primera lengua (abajo), que permanece parcialmente impresa en
circuitos neuronales inconscientes.
De todos
modos, se trata de la segunda lengua. Si el aprendizaje decae con relativa
lentitud en el término de una decena de años, sin duda es porque se apoya, al
menos en parte, sobre un cerebro ya modelado por la primera lengua. ¿Qué
ocurriría si un niño estuviera privado de cualquier exposición al lenguaje
durante los primeros años de su vida? La leyenda cuenta que la pregunta fue
planteada por primera vez por el faraón Psamético I. Para responderla, le
habría confiado dos niños a un pastor, con la estricta prohibición de hablar
con ellos; pese a todo, parece que los niños hablaron…¡en frigio! De acuerdo
con la leyenda, este “experimento” habría sido repetido por el emperador
Federico II Hohenstaufen en el siglo XIII; por Jacobo IV, rey de Escocia, en el
siglo XV, e incluso por Yalaluddin Muhammad Akbar, el emperador mogol, en el
siglo XVI, y los niños, privados del habla, ¡se habrían muerto!
Por
desgracia, no es necesario difundir tales fábulas, dado que la experiencia
ocurre a menudo en todos los países del mundo: cada día nacen niños sordos y,
si no los ayudamos, permanecen prisioneros dentro de su burbuja de silencio.
Hoy en día sabemos que desde el primer año de vida es indispensable darles una
lengua: lo más natural es alguna de las lenguas de señas (los niños que las
hablan se desarrollan de forma completamente normal), o bien una lengua
hablada, cuando estos niños pueden beneficiarse de un implante coclear que
restaure en parte su audición. También en esos casos, la investigación muestra
que es necesario reaccionar muy rápido (Friedmann y Rusou, 2015): los niños
implantados luego de los 8 meses de edad, presentan déficits permanentes en el
dominio de la sintaxis y nunca logran comprender con fluidez frases en las
cuales los elementos estén desplazados, fenómeno conocido como “movimiento
sintáctico”. En la frase “¿Me mostrarías la niña a la que peina la abuela?”, no
es evidente comprender que el sintagma nominal “la niña”, aunque esté antes del
verbo “peinar”, no es su sujeto, sino su objeto. Los niños sordos, cuando son
implantados de forma muy tardía, son incapaces de comprender frases como esta y
de elegir entre una imagen en que la abuela peina a la niña y otra en la que la
niña peina a la abuela.
Así, la
infancia temprana es una etapa clave para el desarrollo del movimiento
sintáctico: en ausencia de interacciones lingüísticas, la plasticidad cerebral
para este aspecto de la sintaxis se cierra cerca del final del primer año de
vida. Recuerden a los niños de Israel: en 2003, unas semanas de privación de
tiamina en sus primeros meses de vida fueron suficientes para hacerles perder
definitivamente el sentido de la sintaxis.
Estos
resultados convergen con otros estudios llevados a cabo en niños salvajes, como
el célebre Víctor de Aveyron, o maltratados, como la pequeña niña
estadounidense llamada Genie y criada (o, más bien, degradada) en un armario
durante más de trece años, casi sin que se le hablara. Al volver al mundo luego
de tantos años, Víctor y Genie comenzaron a hablar y a adquirir vocabulario,
pero años más tarde su gramática todavía era rudimentaria.
La
adquisición del lenguaje provee entonces un excelente ejemplo de períodos
sensibles, tanto para la fonología como para la gramática. También es una buena
explicación de la modularidad del cerebro: mientras la gramática y los sonidos
del lenguaje se fijan, otras funciones, como la capacidad de aprender palabras
nuevas y su significado, permanecen abiertas durante toda la vida. Esta
plasticidad residual es precisamente la que nos permite aprender, a cualquier
edad, qué es un fax, un iPad o un meme, qué significa el verbo “googlear” o
incluso neologismos humorísticos como el adjetivo “deprimencial”, creado por
Julio Cortázar, o “satisfehaciente”, en la más epigramática Alejandra Pizarnik.
Afortunadamente, en relación con la adquisición de vocabulario, nuestro cerebro
adulto continúa gozando de un nivel de plasticidad similar al de los niños,
aunque se desconoce aún la razón biológica por la cual estos circuitos léxicos
no están expuestos a un período sensible.
§. Una
sinapsis debe estar abierta o cerrada
¿Por qué
se cierra la plasticidad sináptica? ¿Qué mecanismos biológicos la bloquean? El
origen de la apertura y el cierre de los períodos sensibles es un gran tema de
investigación de las neurociencias contemporáneas
(Caroni, Donato y Muller, 2012; Friedmann y Rusou, 2015; Werker y Hensch,
2014).
El cierre
del período sensible parece estar ligado al equilibrio entre la excitación y la
inhibición. En el niño, las neuronas excitatorias son eficaces en muy poco
tiempo, mientras que las neuronas inhibitorias se desarrollan de manera más
gradual. Algunas, aquellas que contienen la proteína parvalbúmina, terminan por
rodearse de una matriz dura, una suerte de red rígida que impide que las
sinapsis se muevan y crezcan. Si se liberara a las neuronas de este lastre, por
ejemplo, mediante la aplicación de un agente farmacológico como la fluoxetina
(más conocida con el nombre comercial Prozac), la plasticidad sináptica podría
regresar. Esta posibilidad es una inmensa fuente de optimismo para el
tratamiento de los accidentes cerebrovasculares, casos en que haría falta que
el paciente volviera a aprender a utilizar regiones preservadas.
También
entran en juego otros factores. Existe, por ejemplo, una proteína llamada Lynx
1: cuando está presente en una neurona, inhibe los efectos masivos de la
acetilcolina, que en condiciones normales señala los momentos de interés y
modula masivamente la plasticidad. Cuando hay circuitos adultos invadidos por
Lynx 1, se puede intentar restaurar la plasticidad, por ejemplo, aplicando una
corriente que despolariza las neuronas y las acerca a su umbral de activación
(Krause y otros, 2017). Esta incipiente terapia aporta también una esperanza
para quienes padecen una depresión profunda, casos en los cuales en ocasiones
es suficiente la aplicación de una pequeña corriente eléctrica transcraneal
para encaminarlos hacia el alivio.
Podríamos
preguntarnos por qué el sistema nervioso se obstina en bloquear de este modo su
propia plasticidad. Sin duda, en determinado momento comienza a ser ventajoso
dejar de modificar la estructura del cerebro. La simulación de las redes
neuronales deja en evidencia que, con mucha rapidez, las neuronas de nivel bajo
adquieren campos receptores simples y reproducibles, como detectores de
contornos en la corteza visual. No existe interés en continuar actualizándolas,
visto que este tipo de detector ya es casi óptimo: se ahorra así el costo
energético ligado al crecimiento de botones sinápticos y axonales. Además,
cambiar la organización de las áreas sensoriales primarias, la base sobre la
cual descansa la visión, conlleva el riesgo de que el andamiaje entero de las
áreas de nivel superior tambalee y pierda sus aprendizajes. Entonces, después
de determinado momento, vale más dejarlo intocado; no cabe duda de que por eso
la evolución construyó diversos mecanismos de cierre del período sensible y los
desencadenó antes en las áreas sensoriales que en las regiones corticales de
nivel más alto.
La faceta
positiva es que, como los circuitos se fijan, guardamos durante toda nuestra
vida una huella sináptica inconsciente de algunos aprendizajes precoces.
Incluso si estos se convierten en obsoletos, por ejemplo, porque volvemos a
aprender algo nuevamente, los circuitos cerebrales conservan una huella latente
de nuestros comienzos. Un ejemplo notable es el caso de los niños adoptados que
aprenden una segunda lengua materna. Expuesto a la problemática de numerosos
niños que viven en las calles, son víctimas de la guerra, de la separación o de
la miseria, Corea es uno de los países que recurrió masivamente a la adopción
internacional. Desde 1958, y durante un período de cuarenta años, cerca de
180.000 niños y niñas fueron adoptados.
De estos,
130.000 fueron adoptados fuera de su país y más de 10.000 llegaron a Francia.
Christophe Pallier y yo hicimos una evaluación de veinte de ellos durante su
edad adulta. Habían llegado a Francia entre los 5 y 9 años, y casi no tenían
recuerdos conscientes de su país natal, excepto por algunos olores.
En una
primera aproximación, su cerebro se comportaba como el de un niño nacido en
Francia (Pallier y otros, 2003)[15]: las
áreas del lenguaje, en el hemisferio izquierdo, respondían con fuerza a las
frases francesas, y ya no a las frases coreanas (en cualquiera de los casos, no
más que a otro idioma desconocido, como el japonés). En los niveles léxico y
sintáctico, entonces, la nueva lengua había suplantado a la antigua.
Y sin
embargo… los trabajos de otro equipo de investigadores demostraron que un grupo
de niños y niñas chinos adoptados en Canadá conservaban, en lo más profundo de
su corteza, una huella latente de los tonos de su lengua de origen (Pierce y
otros, 2014). Mientras un canadiense de nacimiento los procesa en el hemisferio
derecho como una vaga melodía, ellos los tratan como sonidos del lenguaje
dentro de una región fonológica del hemisferio izquierdo llamada planum temporal
(figura 17). Este circuito se graba con la primera lengua desde el primer año
de vida y, como resulta evidente, más adelante no se revierte.
No es el
único ejemplo posible. Como ya expliqué, el estrabismo infantil, si no se lo
corrige, modifica definitivamente los circuitos visuales. El etólogo y
neurofisiólogo Eric Knudsen estudió un modelo animal de este período sensible.
Crio lechuzas haciéndoles llevar lentes prismáticos que desplazaban el conjunto
del campo visual 20º hacia la derecha. Con estas lechuzas equipadas de vistosos
y coquetos anteojos, realizó los estudios más sagaces de los mecanismos
neuronales del período sensible (Knudsen y Knudsen, 1990; Knudsen, Zheng y
DeBello, 2000). Solo las lechuzas que habían llevado lentes durante la infancia
lograban ajustarse a este estímulo sensorial inusual: sus respuestas auditivas
se desplazaban para alinearse sobre la retina de modo de poder cazar
respaldadas por el oído y, en simultáneo, la visión nocturna. Las lechuzas
mayores, aunque llevaran los lentes durante semanas, no se acomodaban tan bien,
o, incluso, no lo hacían en modo alguno. Pero, por encima de todo, los animales
entrenados durante la infancia conservaban, para el resto de sus vidas, una
huella neuronal permanente de su experiencia precoz. Antes del aprendizaje, se
observaba un doble circuito: algunos axones de las neuronas auditivas, en el
colículo inferior, habían conservado su posición normal, mientras que otras se
habían reorientado en busca de alinearse en el mapa visual (figura 18). Cuando
se le quitaba el lente, el animal reaprendía a orientarse correctamente; pero
no bien se devolvían las lentes a su posición, se desplazaba 20º: con la misma
efectividad de un hablante bilingüe las lechuzas lograban hacer el pasaje de
una modalidad a la otra. Su cerebro había registrado, de una vez y para
siempre, dos juegos de parámetros que le permitían cambiar de configuración sin
sangre, sudor ni lágrimas, exactamente como los niños chinos adoptados en
Canadá conservan una huella cerebral de la sonoridad de su lengua de origen.
También
en nuestra especie los aprendizajes precoces dejan una huella permanente, ya
sea que se trate de la práctica del piano, de la visión binocular, o incluso
del léxico mental. Como adultos, siempre reconocemos con mayor velocidad las
palabras que escuchamos desde la infancia, como “babero”, “papá”, “pañal”,
todas aquellas que la plasticidad sináptica precoz ha grabado definitivamente
en nuestra memoria (Ellis, Ralph y Matthew, 2000; Gerhand y Barry, 1999;
Morrison y Ellis, 1995). La corteza juvenil registra casi todo sin esfuerzo, y
resguarda este saber en la memoria permanente de la geometría de sus axones y
de sus dendritas.
Figura 18. Las experiencias tempranas pueden imprimirse profundamente en los
circuitos neuronales. Una lechuza logra acostumbrarse a llevar puestos lentes
prismáticos que desfasan la visión, siempre que esta experiencia tenga lugar
durante la infancia. Sus neuronas auditivas, que localizan los objetos gracias
al minúsculo desfase entre los sonidos que llegan a los oídos derecho e
izquierdo, se ajustan con el objetivo de confluir con la visión. Esto se
traduce en un desplazamiento de los axones en el rango de una décima de
milímetro. Noten que el circuito preserva las dos opciones: desfasado o normal.
§.
Milagro en Bucarest
La intensa plasticidad cerebral durante los primeros años de vida les da la
razón a todos los progresistas: invertir en la primera infancia, y sobre todo
en educación primaria e inicial, es una prioridad, porque durante este momento
de gracia el cerebro del niño se transforma con mayor facilidad y de manera más
completa. Más tarde, con el cierre progresivo de los períodos sensibles, el
aprendizaje se volverá más complicado; pero no olvidemos que también gracias a
esta cristalización el cerebro conservará, a lo largo de su vida, la huella de
las modificaciones sinápticas que se realizaron durante la infancia.
Por
fortuna, el cierre de los períodos sensibles no es implacable como la caída de
una guillotina: la plasticidad no desaparece de un día para el otro.
Además,
depende mucho de las áreas cerebrales. En las áreas sensoriales, la plasticidad
se cierra luego de unos pocos años, pero en otras como la fonología y la
sintaxis de una segunda lengua se extiende por lo menos hasta la pubertad. En
algunas áreas –por ejemplo, el vocabulario o los conocimientos semánticos–, la
capacidad de aprender parece no disminuir nunca.
Si bien
hace falta apurarse para aprender, sería falso por completo llegar a la
conclusión de que todo se juega antes de los 3 años. El cerebro conserva su
resiliencia durante mucho tiempo. Pasado el bendito período de la primera
infancia, la plasticidad disminuye sin por eso desaparecer. Se atenúa con el
transcurso del tiempo, inicialmente en las áreas sensoriales periféricas, pero
en regiones como las áreas corticales de mayor jerarquía conserva toda su vida
el potencial de adaptación. Por eso, una intervención pedagógica a veces hace
milagros, sobre todo cuando obra de manera rápida e intensiva. Quizá no
restaurará todas las sutilezas del movimiento sintáctico o de la percepción de
los tonos del chino, pero logrará transformar al niño en riesgo en un adulto
pleno y responsable.
Los
huérfanos de Bucarest son un ejemplo desgarrador de la notable capacidad de
recuperación del cerebro en desarrollo. En diciembre de 1989, Rumania se rebeló
repentinamente contra el régimen comunista. En menos de una semana, el pueblo
sublevado echó al dictador Nicolae Ceausescu y a su esposa, que fueron
fusilados el día de Navidad. Desde el exterior, alarmados, descubrimos las
espantosas condiciones de vida de los habitantes de esta pequeña porción del
mundo.
Figura 19. Los traumas de la infancia dejan marcas en el cerebro, pero una
intervención precoz puede minimizar esas huellas. En los orfanatos de Rumania
bajo el régimen del dictador Ceausescu, los niños eran maltratados y privados
de interacción con los adultos. A los 8 años, estos huérfanos presentaban
enormes déficits en las habilidades sociales, incluso si habían sido recibidos
por familias adoptivas desde sus 20 meses. Sin embargo, los que habían sido
adoptados antes de esa edad lograban reponerse y mostraban avances
considerables.
Una de
las imágenes más insoportables fue la de estos niños pequeños, con cuerpos
demacrados y ojos mortecinos, abandonados en cerca de seiscientos orfanatos,
verdaderos asilos donde se hacinaban alrededor de 15.000 niños y niñas, casi
por completo librados a su (mala) suerte (figura 19). Convencido de que la
fuerza de un país reside en su juventud, el régimen de Ceausescu había
promulgado una delirante política natalista: impuestos para todos los solteros
y las parejas sin hijos, prohibición de la anticoncepción y del aborto, pena de
muerte para los abortistas… todo esto en busca de nacimientos por millares. Las
parejas que no podían asegurar la subsistencia de sus hijos debían confiarlos a
los entes estatales, lo que explica la existencia de estas centenas de
orfanatos que no alcanzaban a asegurar la higiene, la alimentación, la
calefacción ni el mínimo de calor humano y de estimulación cognitiva
indispensables para el pleno desarrollo de los niños. Esta política desastrosa
produjo cientos de niños desatendidos que presentaban enormes déficits
cognitivos y emocionales de todo tipo.
Luego de
la apertura del país, numerosas ONG se interesaron por esta catástrofe. En ese
contexto nació un proyecto de investigación muy particular, el Bucharest Early
Intervention Project (Almas y otros, 2012; Berens y Nelson, 2015; Nelson y
otros, 2007; Sheridan y otros, 2012; Windsor y otros, 2013). Bajo la égida del
secretariado de Estado rumano para la protección de la infancia, un
investigador de Harvard, Charles Nelson, decidió hacer un relevamiento
científico de las consecuencias de la vida en estos orfanatos, y de la
posibilidad de salvar a estos niños ubicándolos en familias adoptivas. Como en
Rumania no había programas de adopción dignos de ese nombre, creó su propio
sistema y logró involucrar a 56 familias voluntarias, interesadas en recibir a
uno o dos huérfanos en su hogar. Pero eso equivalía a una gota de agua frente a
los sombríos abismos de los orfanatos rumanos: solo 68 niños pudieron
beneficiarse del programa. Un artículo de Science describe en
detalle el momento dramático en que se reunió a 136 niños, identificados del 1
al 136, y se extrajeron números de un gran sombrero: 68 de ellos permanecerían
en el orfanato, mientras que la otra mitad finalmente sabría qué era formar
parte de una familia. Esta manera de proceder puede parecer chocante, pero
¿cómo hacerlo mejor? Dado que los recursos humanos eran limitados, el sorteo
era sin duda la solución más equitativa. Por cierto, el equipo continuó
recaudando fondos para sacar cada vez más niños de su miseria, y un segundo
artículo de Science juzgó irreprochables las condiciones
éticas del estudio inicial (Millum y Emanuel, 2007).
El sorteo
permitió plantear una pregunta rigurosa: frente a las mismas condiciones de
origen, ¿la ubicación precoz en una familia adoptiva permitió a los niños
restablecerse? La respuesta fue positiva, pero con gran dependencia de la edad:
solo los niños que fueron ubicados en una familia antes de los 20 meses de edad
mejoraron mucho más que aquellos que permanecieron en el orfanato.
Decenas
de estudios documentaron los efectos dramáticos del aislamiento afectivo y
social en el desarrollo cerebral, y el de Bucarest no fue la excepción: en
comparación con los niños nacidos en una familia promedio, todos los huérfanos
presentaban graves déficits de las funciones cognitivas e incluso de los
factores fundamentales del funcionamiento cerebral, como el metabolismo de la
glucosa o el volumen total de materia gris. Luego de la ubicación en una
familia, sin embargo, parte de estos índices evidenció grandes progresos. Seis
años más tarde, hacia los 8 años de edad, los niños y las niñas que habían sido
adoptados antes de alcanzar los 20 meses claramente habían progresado en
comparación con el grupo control y no presentaban diferencias con los niños que
se habían criado en una familia desde el nacimiento. La intensidad de las ondas
alfa en sus electroencefalogramas, que es un marcador de la atención, había
recuperado su nivel normal, y lo mismo había sucedido con las habilidades
sociales (figura 19). El vocabulario también había progresado
considerablemente.
Esos
avances espectaculares no deben hacer olvidar que persistía un déficit de
materia gris ni que los niños adoptados luego de los 20 meses de edad
continuaban estancados en varios problemas.
Nada
reemplaza verdaderamente veinte meses de amor perdido, y estos niños llevarán
siempre, en su cerebro, los estigmas de las graves privaciones que sufrieron.
Pero el
estudio de los huérfanos de Bucarest, como el de los niños adoptados de Corea,
destaca hasta qué punto la plasticidad del cerebro facilita la resiliencia y la
reversibilidad de los traumatismos precoces: mientras sean tratados, y cuanto
antes mejor, numerosos déficits están lejos de ser irreversibles.
Capítulo
6
Reciclen su cerebro
Contenido:
§. La hipótesis del reciclaje neuronal
§. Las matemáticas reciclan los circuitos del número
§. La lectura recicla los circuitos de la visión y de la lengua hablada
§. Divisiones, ecuaciones y rostros
§. Los beneficios de un ambiente enriquecido
Resumamos
lo visto hasta aquí. Todos los bebés llegan al mundo con un rico bagaje, un
conjunto de hipótesis universales. Al nacer, sus circuitos cerebrales están
bien organizados y esto les confiere intuiciones fuertes en todo tipo de
campos: objetos, personas, tiempo, espacio, números… Sus habilidades
estadísticas son notables: ya actúan como científicos en ciernes y su
sofisticada capacidad de aprender permite que paulatinamente converjan en los
modelos más apropiados del mundo.
Al nacer,
todos los grandes haces de fibras del cerebro ya están en su lugar.
Sin
embargo, la plasticidad cerebral puede reorganizar sus conexiones terminales.
Millones de sinapsis se modifican cada vez que adquirimos nuevos conocimientos.
Enriquecer el entorno de los niños, por ejemplo enviándolos a la escuela,
significa modificar profundamente su cerebro y dotarlo de habilidades que
mantendrán durante su vida entera. Sin embargo, esta plasticidad no es
ilimitada. Está acotada en el espacio, en el rango de unos pocos milímetros,
así como en el tiempo, dado que muchos circuitos comienzan a cerrarse después
de unos meses o años.
En este
capítulo, analizo el papel que desempeña la educación formal en el desarrollo
temprano del cerebro. De por sí, la educación nos presenta una paradoja: ¿por
qué el Homo sapiens puede tomar una tiza o un teclado y
comenzar a escribir o hacer cálculos? ¿Cómo es que la especie humana puede
expandir sus capacidades en direcciones novedosas, que no desempeñaron papel
alguno en su evolución genética? Que los monos logren aprender a leer o
calcular nunca debe dejar de sorprendernos. Lo expresó muy bien un personaje de
Vladimir Nabokov:
Estamos
absurdamente acostumbrados al milagro de unos pocos signos escritos capaces de
contener una imaginería inmortal, evoluciones del pensamiento, nuevos mundos
con personas vivientes que hablan, lloran, se ríen. […] ¿Y si un día nos
despertáramos, todos nosotros, y descubriéramos que somos absolutamente
incapaces de leer?
Durante
mucho tiempo, en zonas urbanas o rurales de Portugal y Brasil y hasta en la
Amazonía, estudié el cerebro de adultos analfabetos, personas que no tuvieron
la posibilidad de seguir estudios formales, porque su familia no podía
solventarlo o tan solo porque no había ninguna escuela cerca. Las
investigaciones demuestran que sus habilidades son, en algunos aspectos,
profundamente diferentes (Kolinsky y otros, 1987, 2011; Szwed y otros, 2012):
las letras escapan a su conocimiento, pero también muestran dificultades para
reconocer formas, para distinguir entre dos imágenes en espejo (Kolinsky y
otros, 1987, 2011; Pegado, Nakamura y otros, 2014), para prestar atención a una
parte de un rostro (Ventura, 2013) o para memorizar y diferenciar las palabras
habladas (Castro-Caldas y otros, 1998; Morais, 2017; Morais y otros, 1986;
Morais y Kolinsky, 2005). Con cierta inocencia, Platón creía que el aprendizaje
de la lectura, al permitirnos descansar en una memoria externa, la del objeto
que le sirve de soporte, iba a arruinar nuestra memoria interna. No podría
existir algo menos cierto que esa afirmación. El mito del bardo o del juglar
que, pese a ser iletrado, poseería sin esfuerzo una inmensa memoria, es tan
solo eso: un mito. Todos deberíamos ejercitar nuestra memoria, y concurrir a la
escuela y aprender a leer ayuda enormemente.
El
impacto de la educación es todavía más sorprendente en el ámbito de las
matemáticas (Dehaene y otros, 2006, 2008; Piazza y otros, 2013; Pica y otros,
2004). Un aborigen de la Amazonía que jamás fue a la escuela ni aprendió a
contar dispone, por cierto, de un conjunto universal de intuiciones aritméticas
y geométricas, el mismo con el que cuentan los niños muy pequeños: distingue
las formas geométricas básicas, comprende la organización del espacio, sabe
navegar en línea recta, percibe la diferencia entre cantidades como 2 y 4 (o 30
y 50), y sabe que podemos ordenarlas de izquierda a derecha. Todas estas
competencias innatas las heredamos de nuestra evolución y las compartimos con
otros animales tan diversos como el cuervo, el mono macaco o el pollito recién
nacido. Sin embargo, la educación nos permite superar ampliamente estas
habilidades iniciales. Gracias a ella comprendemos, por ejemplo, que existe la
misma distancia entre dos números sucesivos. Sin educación, nos habríamos
quedado con la idea inocente, infantil, de que 1 es mucho más diferente de 2 de
lo que 8 lo es de 9. La práctica de contar y la aritmética exacta, al
mostrarnos que a cada número n le sigue un n +
1, nos hacen comprender que todos esos números son equidistantes y forman una
escala lineal, la recta numérica; por el contrario, los animales, los niños muy
pequeños y los analfabetos consideran que esta recta se comprime, porque los
números grandes están más cerca unos de otros (Dehaene, 2003; Dehaene y otros,
2008; Siegler y Opfer, 2003).
Si solo
nos valiéramos del sentido aproximativo del número, como los otros animales, no
seríamos capaces de distinguir entre 11 y 12. La refinada precisión de nuestro
sentido numérico es algo que debemos a la educación, y sobre ella descansa la
construcción de las matemáticas. Sin educación, no se nos ocurriría diferenciar
un número par de un número impar, para no hablar de los conceptos de número
primo u objetos tan descabellados como √2, π, e, + ∞…
§. La
hipótesis del reciclaje neuronal
¿Cómo logra la educación revolucionar nuestras representaciones mentales para
convertirnos en primates lectores de Proust, Perec, Grothendieck o Einstein?
Como ya vimos, todo lo que aprendemos se debe a la modificación de los
circuitos cerebrales preestablecidos, en gran medida ya organizados al nacer,
pero capaces de cambiar en la escala de algunos milímetros. Toda la diversidad
de las culturas humanas se inscribe en ese recinto de restricciones que nuestra
naturaleza impone.
Para
resolver esta paradoja, propuse la hipótesis del reciclaje neuronal (Dehaene,
2005, 2014; Dehaene y Cohen, 2007). La idea es simple: pese a que la
plasticidad sináptica otorga una gran maleabilidad, sobre todo en la especie
humana, cuya infancia llega a durar unos quince años, nuestros circuitos
cerebrales están sometidos a fuertes restricciones anatómicas, heredadas de la
evolución. Por ende, cada nuevo objeto cultural que inventamos, como el
alfabeto o los números arábigos, debe encontrar su “nicho” neuronal: un
conjunto de circuitos cuya función originaria sea similar, como para adaptarse
al nuevo invento, pero también lo bastante flexible como para que pueda
reconvertirse a este uso hasta entonces inédito.
Cualquier
adquisición cultural novedosa solo será posible en la medida en que la sustente
una arquitectura neuronal preexistente, que esta innovación misma recicla. La
educación debe hacer su trabajo respetando los límites de los circuitos
neuronales, aprovechando su diversidad así como el extendido período de
plasticidad que caracteriza a la especie humana.
De
acuerdo con esta hipótesis, educarse entraña reciclar los circuitos cerebrales
existentes. A lo largo de los milenios aprendimos a crear cosas nuevas a partir
de lo viejo. Todo lo que aprendemos en la escuela reorienta un circuito
neuronal preexistente en una nueva dirección. Para leer o para calcular, los
niños y las niñas tienen el respaldo de estructuras que evolucionaron para otro
uso, pero que, gracias a su margen de plasticidad, logran reorganizarse y
especializarse para cumplir esta nueva función cultural.
Usamos
esta expresión extraña, “reciclaje neuronal”, porque se trata de un concepto
que une dos ideas que evocan lo que se produce en nuestro cerebro, vale decir,
la reconversión para una nueva tarea y la reutilización de un material dotado
de características propias:
·
Para una persona, reciclarse es recibir una
formación complementaria para adaptarse a la evolución de la profesión o
reconvertirse a una nueva actividad. Exactamente lo mismo se produce cuando
aprendemos a leer o a calcular. Cada aprendizaje cultural otorga a nuestra
corteza nuevas competencias, que escapan a la esfera normal de competencias del
cerebro de los primates. La educación recicla la corteza, al igual que un
trabajador se recicla cuando encara un nuevo empleo.
·
Para un material, reciclarse implica ingresar en un
nuevo ciclo de producción, con el fin de lograr un nuevo objeto. Pero esta
reutilización tiene sus límites: ¡es imposible construir una bicicleta con
hojas de árbol! Cada material posee cualidades intrínsecas que lo vuelven más o
menos apropiado para otros usos. Del mismo modo, desde el nacimiento cada
región de la corteza –por sus propiedades moleculares, sus circuitos locales y
sus conexiones de larga distancia – está dotada de características propias. El
aprendizaje debe lidiar con estas restricciones materiales.
Al
utilizar la expresión “reciclaje neuronal”, quise distinguir el aprendizaje
rápido de una función cultural novedosa de las demás situaciones en las cuales
la biología, durante un largo proceso evolutivo, elabora algo nuevo a partir de
algo viejo. En efecto, en el proceso darwiniano de evolución por selección
natural, la transformación de viejos materiales para propósitos innovadores es
algo común: la recombinación genética moderniza órganos antiguos para construir
elegantes máquinas de vanguardia. ¿Las plumas de los pájaros?: antiguos
reguladores térmicos convertidos en pestañas aerodinámicas. ¿Las patas de los
reptiles y de los mamíferos?: aletas antediluvianas. Como sostiene el premio
Nobel de Fisiología François Jacob, en el taller de la evolución, los pulmones
se vuelven un órgano de flotación, una articulación secundaria de los reptiles
se separa del maxilar inferior y se transforma en huesecillos del oído interno,
y hasta el gesto de contracción de la boca de un carnívoro hambriento se
convierte en la delicada sonrisa de la Gioconda.
El
cerebro no es una excepción. Los circuitos del lenguaje, por ejemplo, pueden
haber aparecido durante la hominización mediante la duplicación y posterior
reutilización de mapas corticales arcaicos (Chakraborty y Jarvis, 2015;
Fukuchi-Shimogori y Grove, 2001). Pero este tipo de modificaciones lentas, de
causa genética, no forman parte de mi definición de reciclaje neuronal. El
término apropiado para describir las evoluciones biológicas es “exaptación”, un
neologismo acuñado por Stephen Jay Gould, evolucionista de Harvard, a partir de
la palabra “adaptación”. “Exaptar” consiste en dar a un mecanismo antiguo una
nueva utilidad durante la evolución (así, se vuelve apto para otras tareas).
Debido a que se basa sobre la propagación de genes en una población, a escala
de especie, la exaptación ocurre a lo largo de decenas de miles de años. El
reciclaje neuronal, por su parte, actúa en un tiempo más bien corto, en
cuestión de días o, a lo sumo, pocos años. Reciclar un circuito cerebral
consiste en reorientar parcialmente su función en poco tiempo, sin que esto
implique una modificación genética, mediante el aprendizaje y la educación (y
nada más).
Formulé
la hipótesis del reciclaje neuronal con el objetivo de explicar el talento
singular de la especie humana para salir de su nicho ecológico. Los humanos son
únicos en sus capacidades para adquirir nuevas destrezas como leer, escribir,
contar, calcular, cantar, vestirse, cabalgar o conducir un automóvil. La
plasticidad cerebral extendida, combinada con nuevos algoritmos de aprendizaje
simbólico, nos dio una notable facultad de adaptación, y nuestras sociedades
han descubierto medios para ampliar aún más esas habilidades al administrar a
los niños, día tras día, el poderoso régimen de la escuela.
Por
supuesto, enfatizar la singularidad de la especie humana no significa negar que
el reciclaje neuronal también existe en otros animales, aunque a menor escala.
Las tecnologías recientes permitieron poner a prueba la hipótesis del reciclaje
en monos macacos a una escala sin precedentes. En efecto, se pudo registrar la
actividad de las mismas cien neuronas durante varias semanas, mientras los
monos adquirían una nueva habilidad. Estos experimentos respondieron a una
pregunta sencilla pero profunda de la teoría: ¿puede el aprendizaje generar un
cambio radical en el código neural de determinado circuito cerebral o, como
predice el concepto de reciclaje, únicamente lo reutiliza?
En esta
experiencia muy reciente, gracias a una interfaz cerebro-máquina, los
investigadores le pidieron a un mono que aprendiera a controlar su propio
cerebro. Le enseñaron que para que el cursor se moviese hacia la derecha debía
activar esas diez neuronas; y para que el cursor fuera arriba tenía que activar
otras diez, y así sucesivamente (Galgali y Mante, 2018; Golub y otros, 2018;
Sadtler y otros, 2014). Y este procedimiento funcionó: en pocas semanas, el
animal aprendió a modificar la actividad de una decena de neuronas elegidas
arbitrariamente para así mover un cursor de acuerdo con sus deseos. Sin embargo
–y allí está la clave– solo lograba hacerlo si las descargas neuronales que le
pedían que produjera no se separaban demasiado de las que su corteza ya
producía de forma espontánea antes del entrenamiento. En otras palabras: lo que
el mono aprendía ya debía pertenecer al repertorio de la corteza que le pedían
que reentrenase.
Para
apreciar lo que demostraron los investigadores, es importante tomar conciencia
de que la dinámica de la corteza está limitada. El cerebro no explora todas las
configuraciones de actividad a las cuales podría acceder. En teoría, en un
conjunto de cien neuronas, la actividad podría abarcar un espacio de cien
dimensiones, lo que implica una gigantesca cantidad de estados (si consideramos
que cada neurona podría estar activada o desactivada, este número excede el
resultado de 2100, que es más de un 1 seguido por treinta ceros). Pero, en
realidad, no es el caso: las neuronas verdaderas solo visitan una fracción de
este gran universo, por lo general restringida a una decena de dimensiones. Si
tenemos presente esta idea, nos resulta muy sencillo comprender la limitación
sobre el aprendizaje: si lo que le pedimos a la corteza “se sostiene” en este
espacio preexistente, el mono aprende sin dificultad; si le exigimos una
configuración de actividad que supere estos límites, no logra aprenderla. El
comportamiento que el animal aprende puede ser radicalmente nuevo en la
evolución (¡un primate controla un cursor en un monitor!); sin embargo, los
estados neuronales que lo implementan deben encajar en el espacio de los
patrones de actividad cortical disponibles. Este resultado valida directamente
una predicción clave de la hipótesis del reciclaje neuronal: la adquisición de
una habilidad nueva no requiere una reescritura radical de los circuitos
corticales, como si fueran una pizarra en blanco, sino tan solo una reutilización
de su organización anterior.
Poco a
poco resulta más claro que cada región del cerebro impone su propio conjunto de
restricciones. En un área de la corteza parietal, por ejemplo, algunas neuronas
se limitan a una sola dimensión, una línea recta (Chafee, 2013; Fitzgerald y
otros, 2013). Dado que codifican todos los datos en un eje que va de poco a
mucho, estas neuronas son ideales para representar cantidades y sus tamaños
relativos. Esta dinámica neuronal puede resultar extraordinariamente limitada,
pero lo que parece una desventaja podría ser beneficioso cuando se trata de
expresar parámetros como el tamaño, el número, la superficie o cualquier otro
que deba ordenarse de menor a mayor.
En cierto
modo, esta corteza está precableada para codificar las cantidades, y la
experiencia demuestra que su intervención es sistemática desde el momento en
que aprendemos a manipular cantidades en un eje lineal, ya sean los números o
cualquier otro elemento conceptualizable mediante magnitudes, como el estatus
social (quién está debajo de quién en determinada escala; Chiao, 2010).
Veamos
otro ejemplo: una región de la corteza temporal, la corteza entorrinal,
contiene las famosas células de grilla que trazan el espacio, que ya mencioné.
En esta región, el código neural es bidimensional: a pesar de que sean
millones, las neuronas no pueden evitar permanecer confinadas a un plano, vale
decir, un espacio de dos dimensiones (Yoon y otros, 2013).
Evidentemente,
esto es perfecto para formar un mapa del ambiente, como si se lo viera desde lo
alto (en efecto, esta región representa el GPS mental con el cual una rata se
orienta en el espacio). Sin embargo, investigaciones recientes demostraron que
esta misma región, y algunas otras, se encienden desde el momento en que
debemos aprender a representar cualquier tipo de datos en dos dimensiones,
incluso si los datos no son espaciales (Constantinescu, O’Reilly y Behrens,
2016). Puede tratarse, por ejemplo, de pájaros en los cuales el largo del
cuello constituya la primera dimensión y el de las patas la segunda. En un
experimento, una vez que los participantes humanos aprendieron a representar
este “espacio de aves” inusual, usaron su corteza entorrinal (y algunas otras
áreas) para navegar mentalmente.
La lista
podría continuar: la corteza visual representa conjuntos de trazos y de formas,
la región de Broca codifica los árboles sintácticos (Musso y otros, 2003;
Nelson y otros, 2017; Pallier, Devauchelle y Dehaene, 2011), etc. Cada región
posee una dinámica propia que casi no cambia. Cada una de ellas proyecta sobre
el mundo su espacio de hipótesis: una busca disponer los datos sobre una línea,
otras fijarlos sobre un plano o sobre un árbol… estos espacios preceden al
aprendizaje y, en cierto modo, lo tornan posible. Por supuesto, somos capaces
de aprender hechos novedosos, pero para lograrlo hace falta que encuentren su
nicho neuronal, un espacio de representación adaptado a su organización
natural.
Veamos
ahora cómo se expresa esta idea en el dominio de los aprendizajes escolares más
fundamentales: la aritmética y la lectura.
§. Las
matemáticas reciclan los circuitos del número
Tomemos primero el ejemplo de las matemáticas. Como expliqué en mi libro El
cerebro matemático (Dehaene, 2010), tenemos muchas pruebas de que la
educación matemática (como tantos otros aspectos del aprendizaje) no se imprime
en el cerebro como sobre una tablilla de cera. Por el contrario, se apoya sobre
una representación innata y preexistente de cantidades numéricas, que luego
extiende y refina.
Tanto en
humanos como en monos, los lóbulos parietal y prefrontal ya contienen un
circuito neural que representa los números de manera aproximada. Antes de
cualquier educación formal, este circuito ya incluye neuronas sensibles a la
cantidad aproximada de objetos en un conjunto concreto (Viswanathan y Nieder,
2013), una recta numérica mental espontánea. ¿Qué hace el aprendizaje? En
animales entrenados para comparar cantidades, se incrementan las neuronas
detectoras de números en el lóbulo frontal (Viswanathan y Nieder, 2015). Lo más
importante es que, cuando aprenden a confiar en los símbolos de los dígitos
arábigos, más que en la mera percepción aproximativa del conjunto, una fracción
de estas neuronas se vuelve selectiva para los números arábigos (Diester y
Nieder, 2007). Esta transformación (parcial) de un circuito para incorporar la
invención cultural de los símbolos numéricos es un buen ejemplo de reciclaje
neuronal.
Cuando
aprendemos a realizar operaciones aritméticas básicas (como la suma y la
resta), los humanos continuamos reciclando esa región, pero también los
circuitos de una zona contigua, el lóbulo parietal posterior, que se usa para
desplazar el foco de la atención. Parece que reutilizamos esa habilidad para
movernos en el espacio numérico: la suma activa los mismos circuitos que
desplaza la atención hacia la derecha, en la dirección de los números mayores,
mientras que la operación de la resta recurre a circuitos que llevan la
atención a la izquierda (Knops y otros, 2009; Knops, Viarouge y Dehaene, 2009).
Todos poseemos una suerte de recta numérica en nuestra cabeza, un mapa mental
del eje numérico en el cual hemos aprendido a movernos con precisión cuando realizamos
cálculos.
Por
complejos que sean, todos los objetos matemáticos, desde los topoi de
Grothendieck hasta los múltiples complejos o espacios funcionales, encuentran
sus raíces últimas en la recombinación de los circuitos neuronales elementales
presentes durante la infancia.
Recientemente,
mi equipo de investigación fue mucho más lejos: junto con Marie Amalric, joven
matemática convertida en científica cognitiva, nos preguntamos si estos mismos
circuitos continúan siendo utilizados para reflexionar sobre conceptos más
abstractos de las matemáticas (Amalric y Dehaene, 2016, 2017). Entonces,
reclutamos a quince matemáticos profesionales y escaneamos sus cerebros con
resonancia magnética funcional mientras les presentábamos expresiones
matemáticas abstrusas, que solo ellos podían entender, incluidas fórmulas como
o incluso
proposiciones como
toda
matriz cuadrada es equivalente a una matriz de permutación.
Figura 20. La educación consiste en reciclar circuitos cerebrales antiguos
para reorientarlos hacia actividades nuevas. Desde la primera infancia, cada
individuo posee circuitos de representación de los números y del cálculo
mental. Los matemáticos profesionales utilizan estos mismos circuitos cuando
reflexionan acerca de los conceptos más complejos de su disciplina. Dichas
redes neuronales responden inicialmente a los conjuntos concretos de objetos,
pero logran reciclarse para procesar conceptos más abstractos.
Como
habíamos predicho, estos objetos matemáticos de alto nivel continúan activando
la misma red cerebral que, desde la más tierna infancia, se activa cuando un
bebé ve uno, dos o tres objetos (Izard, Dehaene-Lambertz y Dehaene, 2008) o
cuando un niño aprende a contar (figura 20; Cantlon y otros, 2006; Cantlon y
Li, 2013). Todos los objetos matemáticos, por complejos que sean, desde
los topoi de Grothendieck hasta las integrales dobles o los
espacios funcionales, tienen sus raíces últimas en la recombinación de
circuitos neuronales elementales presentes en la infancia.
Todos
nosotros, en cualquier etapa de la construcción cultural de las matemáticas,
desde los estudiantes de primaria hasta los ganadores de la Medalla Fields,
refinamos continuamente el código neuronal de ese circuito cerebral específico.
Lo cierto
es que la organización de ese circuito está bajo fuertes restricciones
hereditarias, las de la composición genética universal que nos hace humanos. Si
bien el aprendizaje le permite acomodar muchos conceptos nuevos, su
arquitectura general sigue siendo la misma en todos nosotros,
independientemente de la experiencia. Mis colegas y yo obtuvimos sólidas
pruebas de ello cuando estudiamos la organización cerebral de los matemáticos
cuya experiencia sensorial, desde la infancia, había tenido diferencias
radicales: matemáticos ciegos (Amalric, Denghien y Dehaene, 2017). Por
sorprendente que parezca, no es raro que alguien ciego se convierta en un
excelente matemático. Quizá el caso más conocido sea Nicholas Saunderson
(1682-1739), quien perdió la visión a los 8 años, y era tan brillante que
terminó ocupando la Cátedra Lucasiana de Matemáticas en la Universidad de
Cambridge luego de su maestro y amigo Isaac Newton.
Saunderson
ya no está entre nosotros, disponible para someterse a un escaneo cerebral,
pero Marie Amalric y yo logramos contactar a tres matemáticos contemporáneos
ciegos, todos profesores universitarios en Francia. Uno de ellos, Emmanuel
Giroux, verdadero gigante de las matemáticas, es director de un laboratorio
integrado por sesenta personas en la École Normale Supérieure de Lyon. Ciego
desde los 11 años, es famoso sobre todo por su espléndida demostración de un
importante teorema de geometría de contacto. La existencia misma de estos
matemáticos ciegos refuta la visión empirista de Alan Turing (el cerebro como
una libreta en blanco que se empieza a llenar por influencia de los sentidos).
Figura 21. El aprendizaje de las matemáticas se apoya en conocimientos
universales, en gran parte independientes de la experiencia sensorial. En los
matemáticos ciegos, durante la reflexión matemática se activan las mismas
regiones de la corteza parietal, temporal y frontal que en sus colegas con
visión “normal”. Solo hay una diferencia: los ciegos también logran reciclar su
corteza visual para dedicarla a las matemáticas.
En
efecto, ¿cómo podría una persona ciega, con una experiencia tan diferente y
limitada, derivar los mismos conceptos que los matemáticos con visión “normal”,
a menos que contara ya con los circuitos capaces de generarlos? Al respecto,
Emmanuel Giroux parafrasea El Principito: “En geometría, lo
esencial es invisible a los ojos; solo se puede ver bien con la mente”. En
matemáticas, las experiencias sensoriales no importan mucho, son las ideas y
los conceptos los que hacen el trabajo pesado.
Si los
estímulos externos determinaran la organización de la corteza, un matemático
ciego que aprendió todo gracias al sentido del tacto debería activar áreas
cerebrales muy diferentes a las de otro sin esa condición a la hora de realizar
operaciones matemáticas. Por el contrario, la teoría del reciclaje neuronal
predice que los circuitos de los matemáticos son fijos. Y este último resultado
es el que observamos cuando estudiamos a los tres matemáticos ciegos. Como
esperábamos, cuando “ven” lo que significa un teorema de matemática, lo hacen
gracias a los mismos circuitos de los lóbulos parietales y frontales que
utiliza un matemático sin impedimentos visuales (figura 21). En nada incide la
experiencia sensorial: este circuito es el único capaz de reciclarse para hacer
operaciones matemáticas.
La única
diferencia es que cuando nuestros tres matemáticos ciegos piensan acerca de su
dominio predilecto utilizan también las áreas visuales de la corteza. Debemos
esta hipótesis a una intuición de Cédric Villani (otro matemático genial,
medalla Fields). Cuando discutimos acerca de esta experiencia, me dijo en
broma: “Emmanuel Giroux es un gran matemático, pero también tiene mucha suerte:
¡como es ciego, puede dedicar aún más corteza a las matemáticas!”. Tenía razón,
y advertía otro magnífico ejemplo del reciclaje. En las personas ciegas, la
corteza occipital, normalmente dedicada a la visión, no permanece inactiva: se
dedica a nuevas funciones, en especial al cálculo mental y a las matemáticas
(Amalric y otros, 2017; Kanjlia y otros, 2016). En los ciegos de nacimiento, la
reorganización es todavía más extrema, dado que observamos en su corteza visual
respuestas verdaderamente inesperadas a la gramática de la lengua hablada,
similares a las del área de Broca (Amedi y otros, 2003; Bedny y otros, 2011; Lane
y otros, 2015; Sabbah y otros, 2016).
La
presencia de respuestas arbitrarias en la corteza visual de las personas ciegas
todavía es objeto de debate teórico (Bedny, 2017; Hannagan y otros, 2015):
¿consiste en un verdadero reciclaje, o bien es una prueba extrema de
plasticidad que conduce a la reorganización total de la corteza? En mi opinión,
la balanza se inclina en favor de la hipótesis del reciclaje neuronal, porque
la organización preexistente de esta región no desaparece por completo, como
ocurriría en una pizarra que se expusiera a los borrones de un entorno muy
diferente. En efecto, la corteza visual de las personas ciegas conserva la
organización de sus conexiones y de sus mapas neuronales (Bock y otros, 2015),
siempre reorientados hacia otros dominios. Como esta corteza es muy amplia,
encontramos numerosas regiones “visuales” que responden no solo a las
matemáticas y el lenguaje, sino también a las letras y los nombres (presentados
en braille), a los objetos, los lugares y los animales (Abboud y otros, 2015;
Amedi y otros, 2003; Bedny y otros, 2011; Mahon y otros, 2009; Reich y otros,
2011; Striem-Amit y Amedi, 2014; Strnad y otros, 2013). En la mayoría de las
ocasiones, estas categorías se encuentran en lugares similares de la corteza,
sin importar si vemos o somos ciegos. La “caja de letras” del cerebro, por
ejemplo, está situada casi en el mismo lugar en un lector con visión “normal” y
en un lector ciego que aprendió braille: la función de esta región parece estar
determinada en gran medida por sus conexiones con las áreas del lenguaje, y lo
mismo ocurre, sin duda, con otras propiedades innatas (Bouhali y otros, 2014;
Hannagan y otros, 2015; Saygin y otros, 2012, 2013, 2016).
Para
regresar a las matemáticas, la hipótesis del reciclaje neuronal no se basa solo
en la idéntica localización en el cerebro de los conceptos elementales (1 + 1 =
2) y de las ideas matemáticas más avanzadas (e-iπ + 1 =
0). Otros descubrimientos, puramente psicológicos, indican que las matemáticas
que aprendemos en la escuela dependen del reciclaje de circuitos antiguos
consagrados a las cantidades aproximativas.
Piensen
en el número 5. En este mismo momento, su cerebro reactiva una representación
de las cantidades, la misma que compartimos con otros primates. Ahora, intenten
decidir si 5 es mayor o menor que 6. Los experimentos muestran que el
razonamiento es mucho más lento cuando los números están próximos, como 5 y 6,
que cuando están distantes, como 5 y 9.
Este
efecto de distancia (Dehaene, 2007b; Dehaene, Dupoux y Mehler, 1990; Moyer y
Landauer, 1967) es una de las huellas de la representación antigua de los
números que hemos reciclado cuando aprendimos a contar y a calcular.
La mente
intenta concentrarse en los símbolos, pero no puede evitar activar las
cantidades correspondientes, y estas se superponen mucho más cuando los números
son contiguos. Incluso para decidir si dos cifras como 8 y 9 son diferentes una
de otra, lo que debería ser inmediato, todavía influye la distancia que las
separa, y exactamente lo mismo ocurre con los monos que aprendieron a reconocer
los símbolos de los números arábigos (Dehaene y Akhavein, 1995; Diester y
Nieder, 2010).
Podría
abundar en ejemplos que ponen en evidencia la existencia del eje numérico
mental que utilizamos cuando comparamos cantidades y cuando hacemos cálculos.
El tiempo que nos toma restar dos números varía en proporción directa con el
tamaño del número restado (Groen y Parkman, 1972; Pinheiro-Chagas y otros,
2017). Todo sucede como si la mente tuviera que desplazarse para llegar a los
números grandes: cuanto más lejos nos vamos, más tiempo le dedicamos. Del mismo
modo, cuando pensamos en un precio, no podemos evitar atribuirle mayor grado de
imprecisión cuanto mayor es el número: los números más grandes son también los
más borrosos (Dehaene y Marques, 2002; Marques y Dehaene, 2004). Por este
motivo, en contra de cualquier racionalidad, cuando negociamos, no tenemos
problema en ceder algunos miles en el precio de un departamento y, el mismo
día, regateamos unos centavos en la cuenta de la panadera: el grado de
imprecisión tolerable es proporcional al número representado, tanto para los
seres humanos como para el mono macaco.
Y la
lista podría continuar: paridad, números negativos, fracciones… todos esos
conceptos se sustentan en la representación inicial de las cantidades.[16]
A
diferencia de una computadora digital, somos incapaces de manipular símbolos en
un plano abstracto. Siempre los anclamos en lo concreto de las cantidades. La
persistencia de efectos analógicos reales en un cerebro educado deja entrever
las antiguas ataduras de nuestro concepto del número.
El número
aproximativo es uno de los viejos pilares sobre los cuales se apoya la
construcción de las matemáticas. Sin embargo, la educación también lo
enriquece. Cuando aprendemos a contar y a calcular, esta aculturación
matemática introduce símbolos precisos allí donde la evolución se contentó,
durante millones de años, con cantidades borrosas. Es un poderoso factor de
cambio: todos nuestros circuitos aritméticos sufren modificaciones mínimas con
el fin de permitir la manipulación de los símbolos. De todos modos, este
sentido innato de las cantidades, incluso si, en tono jocoso, lo llamé “giba de
las matemáticas”[17], no es,
por cierto, su única base. Como ya vimos, heredamos de nuestra evolución un
sentido del espacio, con sus propios circuitos neuronales y sus células de
lugar, de grilla y de dirección. Poseemos también un sentido de las formas, que
permite que un niño pequeño reconozca un rectángulo o un triángulo. De un modo
que todavía no se comprende del todo, bajo la influencia de símbolos como las
palabras y los números, todos estos conceptos se reciclan cuando aprendemos
matemáticas.
El
cerebro humano los recombina, en un lenguaje del pensamiento, para formar
nuevos conceptos (Amalric y otros, 2017; Piantadosi y otros, 2012, 2016). Los
bloques de construcción básicos que heredamos de la evolución son como las
palabras de una lengua nueva, productiva, en la que los matemáticos escriben
cada día nuevas páginas.
§. La
lectura recicla los circuitos de la visión y de la lengua hablada
¿Qué sucede con el aprendizaje de la lectura? En mi segundo libro, El
cerebro lector (Dehaene, 2007a), describí en detalle los circuitos que
nos permiten aprender a leer. Es otra prueba del reciclaje neuronal: para leer,
reutilizamos un amplio conjunto de áreas cerebrales que inicialmente están
dedicadas a la visión y al procesamiento de la lengua hablada. Cuando
aprendemos a leer, reorientamos estos circuitos para que las regiones visuales
reconozcan las cadenas de letras y las envíen hacia las áreas del lenguaje. En
un buen lector, el resultado es que las palabras que se leen son tratadas
exactamente como palabras que se oyen: la alfabetización crea una nueva puerta
de entrada visual hacia los circuitos del lenguaje.
Figura 22. El aprendizaje de la lectura recicla una red de áreas cerebrales
involucradas en la visión y en el procesamiento del lenguaje hablado. En todas
las regiones que aquí están contorneadas, la actividad cerebral evocada por
frases escritas aumenta a medida que se incrementa el puntaje de los sujetos en
tareas de lectura, desde los analfabetos completos hasta los lectores expertos.
Se observa que la lectura tiene un doble efecto: por un lado, hace que se
especialicen las áreas visuales, sobre todo una región del hemisferio izquierdo
llamada “área de la forma visual de las palabras”; y por otro, activa las áreas
del lenguaje hablado a partir de la visión.
Mucho
antes de aprender a leer, cada niño dispone de un sistema visual sofisticado
que le permite reconocer y nombrar los objetos, los animales y las personas.
Reconoce una imagen (sin que importen su tamaño, su posición ni su orientación
en tres dimensiones) y sabe asociarla a un nombre. La lectura recicla una parte
de este circuito: la educación en la lectura desarrolla una región muy
especializada de la corteza visual, que junto con mi colega Laurent Cohen
denominamos “área de la forma visual de las palabras”, que se convierte en la
verdadera “caja de letras” de nuestro cerebro y nos permite reconocer las
palabras, cualquiera sea su tamaño, su posición, su CaJa
(MAYÚSCULA o minúscula) o su fuente (Dehaene y otros, 2001, 2004).
Gracias a
sus conexiones muy directas en dirección hacia las áreas del lenguaje (Bouhali
y otros, 2014; Saygin y otros, 2016), esta región de la corteza aprende a
traducir rápidamente la información visual en sonidos y en significados.
¿Qué
ocurriría si analizáramos el cerebro de una persona analfabeta a medida que
aprende a leer? Si la teoría es correcta, deberíamos ver sin ambages que la
corteza visual se reorganiza. La teoría del reciclaje neuronal sostiene que la
lectura invade una región de la corteza normalmente destinada a actividades
cercanas, y la reorienta hacia esta nueva tarea. La predicción es inmediata:
este aprendizaje debería entrar en competencia con las otras funciones
preexistentes de la corteza. ¿Podría ocurrir que perdiéramos determinadas
funciones heredadas de la evolución a medida que aprendemos a leer? ¿O, por lo
menos, que las reorganizáramos en gran medida?
Junto con
mis colegas, tuvimos ocasión de evaluar en una serie de experimentos esta
predicción que va a contrapelo de la intuición.
Comenzamos
por estudiar el cerebro de adultos analfabetos, en Portugal y en Brasil,
comparándolo con el de personas de los mismos pueblos pero que habían tenido la
oportunidad de aprender a leer en la escuela, ya fuera en la niñez o en la
adultez (Dehaene y otros, 2010; Dehaene, Cohen y otros, 2015; Pegado, Comerlato
y otros, 2014). Los resultados nos permitieron construir un mapa completo de
todas las regiones del cerebro donde la respuesta aumenta con el aprendizaje
(figura 22).
Figura 23. De acuerdo con la hipótesis del reciclaje neuronal, el
aprendizaje de la lectura entra en competencia con funciones que previamente
cumplía la corteza visual (en este caso, el reconocimiento de rostros).
Conforme mejora el puntaje en tareas de lectura, aumenta la activación evocada
por las palabras escritas en el hemisferio izquierdo y la activación evocada
por los rostros se desplaza desde el hemisferio izquierdo hacia el hemisferio
derecho.
Es un
resultado fácil de comprender. Primero, muéstrenle una frase, palabra por
palabra, a una persona analfabeta y verán que su cerebro no responde para nada.
Es evidente: no sabe leerlas, por lo que la actividad se detiene muy pronto, en
el nivel de las áreas visuales. Ahora, preséntenle la misma frase escrita a una
persona que aprendió a leer: un circuito cortical mucho mayor se enciende, de
forma directamente proporcional al puntaje que obtuvo en la lectura. Los
cambios se extienden desde las áreas visuales primarias, especializadas en el
reconocimiento de los caracteres (Chang y otros, 2015; Dehaene y otros, 2010;
Szwed y otros, 2014), hasta las regiones del lenguaje asociadas con la
comprensión de las frases, pasando por la famosa “caja de letras del cerebro”,
que se encuentra en la corteza témporo-occipital del hemisferio izquierdo.
Cuanto mejor sabemos leer, más se activan estas regiones ante las palabras
escritas y más se fortalecen sus conexiones: automatizar la lectura es hacer
más fluida la relación directa entre las letras y los sonidos del lenguaje.
Pero
también cabe plantear la pregunta en sentido inverso: ¿existen regiones que se
activen más en los malos lectores y en las que la actividad disminuya a medida
que se aprende a leer? Hemos descubierto que sí: las personas analfabetas
presentan mayor activación para el procesamiento de rostros.
Cuanto
mejor sabemos leer, más disminuye esta actividad en el hemisferio izquierdo, en
el lugar exacto en el que se instalan las palabras escritas. Todo parece
indicar que hay que hacer lugar en la corteza para las letras: la lectura
interfiere en una función mucho más antigua, la de reconocer rostros. Pero, por
supuesto, esta función no es desechada fuera de la corteza. Más bien, pudimos
observar que, con la alfabetización, la respuesta a los rostros se incrementa
del lado del hemisferio derecho. Al verse desplazados del hemisferio izquierdo,
que es la localización del lenguaje en la mayoría de las personas, los rostros
se refugian en el otro lado (figura 23; Dehaene y otros, 2010; Pegado,
Comerlato y otros, 2014).
En primer
lugar, hicimos esta observación en adultos alfabetizados y analfabetos, y luego
la replicamos en niños que estaban aprendiendo a leer (Dehaene-Lambertz,
Monzalvo y Dehaene, 2018; Dundas, Plaut y Behrmann, 2013; Li y otros, 2013;
Monzalvo y otros, 2012). Tan pronto el niño comienza a leer, el área de la
forma visual de las palabras se desarrolla en el hemisferio izquierdo y su
simétrica contraparte, en el hemisferio derecho, refuerza su respuesta a los
rostros (figura 24).
Figura 24. La resonancia magnética (MRI) permite seguir el desarrollo de la
lectura en el niño. Desde el momento en que un niño aprende a leer, se ve
aparecer una región que responde a las letras y a las cadenas de letras. La
lectura recicla una parte del mosaico de regiones que en todos los primates
sirven para reconocer los rostros, los objetos y los lugares.
El efecto
es de tal magnitud que, a una edad dada, con solo examinar la actividad evocada
por los rostros, un algoritmo logra decidir si un niño ya aprendió a leer o no.
Y si el niño sufre de dislexia, estas regiones no se desarrollan con
normalidad, ni a la izquierda, en el área de la forma visual de las palabras,
ni a la derecha, en la región del giro fusiforme especializada para el
reconocimiento de los rostros (Monzalvo y otros, 2012).
Figura 25. El aprendizaje es más fácil durante la infancia, cuando la
corteza todavía es maleable. Antes de que un niño pequeño vaya a la escuela,
determinadas regiones visuales de su cerebro ya se especializaron para el
reconocimiento de objetos, de rostros o de lugares, pero todavía quedan grandes
franjas poco o nada especializadas (simbolizadas por los hexágonos vacíos). El
aprendizaje de la lectura (P) invade estas regiones inestables e impide
el desarrollo de otras categorías de objetos. Si el niño no aprende a leer,
esta región se utiliza para el reconocimiento de los rostros y los objetos, y
pierde gradualmente su capacidad de aprender las letras.
La
actividad reducida de la corteza témporo-occipital izquierda frente a palabras
escritas es un marcador universal de las dificultades de la lectura en todas
las lenguas en que se la evaluó (Rueckl y otros, 2015).
Recientemente,
obtuvimos la autorización para realizar una investigación audaz. Queríamos ver
cómo emergen los circuitos de lectura en niños individuales, y para lograrlo,
convocamos a los mismos niños cada dos meses a nuestro centro de neuroimágenes,
con el fin de escanearlos al final del jardín de infantes y a lo largo de todo
el primer año de escuela. Los resultados estuvieron a la altura de nuestras
expectativas. Al principio, no había nada para señalar: cuando el niño, todavía
en jardín de infantes, no había aprendido aún a leer, su corteza respondía a
los objetos, a los rostros, a las casas, pero no a las letras. Luego de dos
meses de escuela, en cambio, vimos aparecer una respuesta específica a las
palabras escritas, en la misma posición que en el adulto: en la corteza
témporo-occipital izquierda. Muy lentamente, la representación de los rostros
se modificó: a medida que el niño se alfabetizaba, la actividad del
reconocimiento de los rostros aumentaba en el hemisferio derecho, en proporción
directa con el incremento de las habilidades en lectura. Una vez más, en
sintonía con la hipótesis del reciclaje neuronal, pudimos ver cómo la
adquisición de la lectura entraba en competencia con la función anterior de la
corteza, el reconocimiento visual de rostros.
Al
realizar este trabajo, nos dimos cuenta de que esta competencia podía
explicarse de dos formas diferentes. La primera posibilidad consiste en
el knock-out: desde el nacimiento, los rostros comienzan a
instalarse en la corteza visual del hemisferio izquierdo, pero la lectura los
desaloja de allí, como de un puñetazo. La segunda posibilidad es el bloqueo: la
corteza se desarrolla lentamente y poco a poco se especializa para reaccionar a
los rostros, los objetos o los lugares. Cuando las letras penetran en este
terreno en desarrollo, ocupan una parte del territorio y obturan la expansión
de las otras categorías visuales.
¿La
alfabetización hace que la corteza quede noqueada o bloqueada?
Nuestros
experimentos se inclinan por la segunda posibilidad: aprender a leer bloquea la
expansión de los rostros en el hemisferio izquierdo (figura 25).
Gracias a
los registros de MRI que realizamos cada dos meses, vimos crecer la
especialización de la corteza visual con mucha lentitud. A esta edad, cerca de
los 6 o 7 años, todavía está lejos de completarse. Existen, por supuesto,
territorios especializados para los rostros, los objetos o los lugares, pero
también muchas regiones corticales que todavía no se especializaron para
ninguna de estas categorías. Y las letras, precisamente, invaden algunas de
estas regiones no especializadas y las reciclan. Pero, en contra de lo que
pensábamos al comienzo de la investigación, no aplastan el área de los rostros,
sino que se instalan justo al costado, en una región vecina, de modo similar a
como un agresivo supermercado se instala justo al lado de un pequeño comercio.
La expansión de uno bloquea la del otro (Dehaene-Lambertz, Monzalvo y Dehaene,
2018).
En
síntesis, por supuesto, no es azaroso que aprendamos a leer en los primeros
años de la infancia. El aprendizaje de la lectura saca partido de este período
bendito en que la corteza visual todavía es lábil. Su arquitectura está lejos
de carecer de restricciones, pero ha evolucionado para aprender a reconocer
todo tipo de imágenes y adaptarse a su forma. Cuando la exponemos a miles de
palabras escritas, se adapta y se recicla para esta nueva actividad.
Con la
edad, muy paulatinamente, un número creciente de columnas corticales se fijan y
dejan de modificarse. Entonces, se vuelve cada vez más difícil automatizar el
reconocimiento de las letras y sus combinaciones. Junto con mis colegas pudimos
estudiar a dos personas que intentaron aprender a leer en la adultez: una de
ellas nunca había tenido la oportunidad de ir a la escuela y la otra había
sufrido un pequeño accidente cerebrovascular justo en el área de la forma
visual de las palabas, que la había vuelto aléxica, incapaz de leer una sola
palabra. Las evaluamos y las escaneamos periódicamente durante dos años (Braga
y otros, 2017; Cohen y otros, 2016). Sus progresos eran de una lentitud
increíble. La primera terminó desarrollando una región especializada para las
letras, pero sin que por eso se vieran afectados los rostros: lo que ya estaba
impreso no se movía más.
o
La
segunda no logró jamás hacer emerger una nueva “caja de letras” en su corteza
visual. Su lectura, aunque mejoraba, todavía era lenta y se asemejaba al
descifrado laborioso de un principiante.
§.
Divisiones, ecuaciones y rostros
La conclusión es simple: para reciclar en profundidad la corteza visual y
convertirnos en excelentes lectores, es necesario apoyarse sobre el período de
plasticidad máxima que ofrece la infancia. Nuestras investigaciones ofrecen
muchos más ejemplos. Tomemos el aprendizaje de la lectura musical: un músico
que aprendió a leer partituras a una edad temprana prácticamente duplica la
superficie de su corteza visual dedicada a los pentagramas, en comparación con
alguien que nunca ha aprendido música. Este crecimiento masivo y precoz ocupa
lugar en la superficie de la corteza, y parece desalojar de allí el área de la
forma visual de las palabras: en los músicos, la región cortical que responde a
las letras, la “caja de letras del cerebro”, se desplaza casi un centímetro en
comparación con su posición normal en quienes no se dedican a la música
(Mongelli y otros, 2017).
Otro
ejemplo: el reconocimiento de las ecuaciones matemáticas. Un matemático
consagrado debe saber analizar, a primerísima vista, expresiones tan
abscónditas como o con tanta facilidad como nosotros leemos una novela. Esa es
una pericia visual de alto nivel. Una vez asistí a una conferencia en que el
matemático Alain Connes (otro ganador de la Medalla Fields) exhibió una
ecuación que tenía veinticinco líneas de una extraordinaria densidad. Según
explicó, allí figuraba la expresión matemática de todos los efectos físicos de
todas las partículas elementales conocidas. Un segundo matemático levantó el
dedo y dijo: “¿No hay un error en la línea 13?”. “No”, respondió Connes de
inmediato sin perder la compostura, “porque el término compensatorio
correspondiente está justo en la línea 14”.
¿Cómo se
refleja en el cerebro de los matemáticos tamaña solvencia para las fórmulas?
Las imágenes cerebrales muestran que estos objetos matemáticos invaden buena
parte de las regiones occipitales laterales de ambos hemisferios; después del
entrenamiento matemático, estas regiones terminan por responder a las
expresiones algebraicas mucho más que en quienes carecen de esa práctica. Y,
una vez más, somos testigos de una competencia que decae y se contrae, como esa
piel de asno (o más precisamente, de zapa) que tanto dio que hablar a partir de
la novela de Balzac: en este caso, notamos que las áreas de la corteza
sensibles a los rostros se desvanecen en ambos hemisferios (Amalric y Dehaene,
2016). En otras palabras, mientras la alfabetización se limita a quitar los
rostros del hemisferio izquierdo y los obliga a moverse hacia el hemisferio
derecho, la práctica intensa con números y ecuaciones interfiere con su
representación en ambos lados, lo que lleva a una contracción global de los
circuitos de reconocimiento facial.
Resulta
tentador trazar un vínculo entre este hallazgo y el famoso mito del matemático
excéntrico, incapaz de interesarse por otra cosa que por las ecuaciones y que
no reconoce ya a su vecina, su perro o su reflejo en el espejo. Las anécdotas
sobre los matemáticos abundan, y dieron lugar a chistes como el siguiente:
“¿Saben cómo se reconoce a un matemático extrovertido? Es el que mira tus zapatos”.
En
realidad, todavía no sabemos si la reducción de la respuesta cortical para los
rostros en los matemáticos tiene una relación directa con su supuesta falta de
competencia social (mito, antes que realidad, dado que muchos matemáticos se
sienten maravillosamente a gusto en sociedad). La causalidad todavía debe
establecerse: ¿pasar la vida entre fórmulas matemáticas reduce la respuesta a
los rostros? O bien, por el contrario: ¿los matemáticos se sumergen en los
cálculos porque les resultan más sencillos que las interacciones sociales? En
cualquiera de los casos, la competencia cortical está demostrada y la
representación de los rostros muestra una notable sensibilidad a los
aprendizajes escolares, en grado tal que puede proveer un marcador confiable de
la educación que un niño recibió en matemáticas, en música o en lectura. Es
otra prueba del reciclaje neuronal.
§. Los
beneficios de un ambiente enriquecido
La principal conclusión es que, en las antípodas de la caricatura que sugiere
que todo es innato o que todo es adquirido, el cerebro del niño es
simultáneamente estructurado y plástico. Desde el nacimiento, está dotado de
una inmensidad de circuitos especializados que resultaron modelados por los
genes y seleccionados por decenas de millones de años de evolución. Esta
autoorganización le confiere intuiciones profundas en los grandes ámbitos del
saber: un sentido de la física que gobierna los objetos y su comportamiento, un
don para la navegación espacial, intuiciones sobre los números, la probabilidad
y las matemáticas, un apego a los otros seres humanos, e incluso, en nuestra
especie, un auténtico despliegue de genialidad para las lenguas. ¡Las metáforas
de la tabula rasa o la pizarra en blanco no podrían ser más
erróneas! Y, sin embargo, la evolución también dejó la puerta abierta a muchas
oportunidades de aprendizaje. No todo está predeterminado en el cerebro del
niño. Todo lo contrario: el detalle de los circuitos neuronales, en la escala
de algunos milímetros, exhibe una amplia apertura a las interacciones con el
mundo exterior.
Durante
los primeros años de la vida, los genes suscitan una exuberante superproducción
de circuitos neuronales: dos veces más sinapsis que las necesarias. Gracias a
algún mecanismo que todavía no comprendemos bien, esta sobreabundante
combinatoria abre una inmensa variedad de modelos mentales del mundo, un
verdadero lenguaje interior. Gracias a ella, el cerebro del niño está en plena
ebullición de posibilidades y explora un conjunto de hipótesis tanto más vasto
que el del adulto. Cada bebé está abierto a todas las lenguas, todas las
ortografías, todas las matemáticas posibles (por supuesto, dentro de los
límites que impone la genética de la especie).
Luego
intervienen poderosos algoritmos de aprendizaje para seleccionar las sinapsis y
los circuitos más útiles. En algunos años, el cerebro se especializa y se fija.
Las regiones sensoriales son las primeras en fijarse: desde el primer año de
vida, las áreas auditivas comienzan a converger hacia las vocales y las
consonantes de la lengua materna. En algunos años, a medida que se cierran
sucesivamente los diferentes períodos sensibles de la plasticidad cerebral, nos
convertimos, para siempre, en nativos de una lengua, de una ortografía, de una
cultura específica. Y si se nos priva de la estimulación en determinado ámbito,
porque somos huérfanos en Bucarest o bien analfabetos en los suburbios de
Brasilia, quedamos expuestos al riesgo de perder la fluidez mental en este
campo del saber –y quizá perderla para siempre–. La intervención siempre es
deseable, porque durante toda su vida el cerebro conserva parte de su
plasticidad, sobre todo en las regiones cerebrales de nivel más alto, como las
de la corteza prefrontal. Sin embargo, quedó demostrado que las intervenciones
más precoces también son las más eficaces: tanto para hacerle llevar lentes
prismáticos a un búho, como para enseñarle una segunda lengua a un niño, para
ajustarse a la sordera, a la ceguera o a la pérdida de un hemisferio cerebral
completo, cuanto más temprano se comience siempre será mejor.
Las
escuelas son instituciones concebidas para aprovechar al máximo la plasticidad.
La educación depende en gran medida de la espectacular flexibilidad del cerebro
del niño para reciclar algunos de sus circuitos y reorientarlos hacia nuevas
actividades como la lectura o las matemáticas.
Numerosos
experimentos demuestran que, cuando interviene de forma precoz, la
escolarización transforma la vida: luego de seguirlos durante décadas, se
observó que los niños provenientes de contextos desfavorecidos que participaron
en intervenciones precoces mostraban mejores indicadores en muy diferentes
ámbitos de la vida, como la salud, los ingresos promedio o la exposición a
infracciones penales.[18]
Pero la
escuela no es una panacea ni una píldora sintética que todo lo puede.
Las
familias y los cuidadores también tienen el deber de estimular el cerebro del
niño para enriquecer su entorno tanto como sea posible. Cada lactante es un
físico en ciernes que adora experimentar con la gravedad y la caída de los
objetos. Entonces, tenemos que dejarlo improvisar, construir, fracasar y
recomenzar, en vez de inmovilizarlo en una silla durante horas. Cada niño es un
matemático incipiente que adora contar, medir, trazar rectas y círculos,
ensamblar las formas, siempre y cuando le demos reglas, brújulas, papeles,
además de acertijos matemáticos atractivos… Cada bebé es un lingüista genial: a
partir de los 18 meses, aprende un mínimo de 10 a 20 palabras por día, pero
solo si le hablamos… La familia y los amigos deben alimentar este apetito por
el conocimiento y nutrirlo con frases bien formadas, sin dudar en utilizar un
léxico rico. El vocabulario que dominará a los 3 o 4 años dependerá de manera
directa de la cantidad de discurso que le hayamos dirigido, y no simplemente de
la exposición a las palabras del entorno (Shneidman y otros, 2013; Shneidman y
Goldin-Meadow, 2012).
Los
resultados de las investigaciones son convergentes: enriquecer el ambiente de
los niños muy pequeños es construir el futuro de su cerebro.
Cuando
alcance la edad de 4 años, la niña a quien le leen cuentos cada noche mostrará
en las neuroimágenes una activación superior que la de otras criaturas en las
regiones cerebrales para el lenguaje hablado, y más tarde precisamente estos
circuitos corticales fortalecidos le permitirán entender textos o formular
pensamientos complejos (Hutton y otros, 2015, 2017; véase también Romeo y
otros, 2018). Del mismo modo, el niño que tiene la suerte de nacer en una
familia bilingüe, y a quien sus padres le hacen el maravilloso regalo de
hablarle cada cual en su lengua materna, sin esfuerzo adquiere dos léxicos, dos
gramáticas y dos culturas (Bialystok y otros, 2009; Costa y Sebastián-Gallés,
2014; Li, Legault y Litcofsky, 2014). Conservará toda su vida una mejor
capacidad de análisis del lenguaje y de aprendizaje de una tercera o cuarta
lengua. Y cuando se acerque a la vejez, es probable que su cerebro resista
durante más tiempo a los estragos de la enfermedad de Alzheimer.
En
efecto, confrontar a los niños y las niñas desde la edad más temprana a
entornos estimulantes les permite conservar sinapsis más cuantiosas, dendritas
más vastas, circuitos más flexibles y más redundantes (Donato, Rompani y
Caroni, 2013; Knudsen, Zheng y DeBello, 2000; Van Praag, Kempermann y Gage,
2000; Voss y otros, 2013; Zhu y otros, 2014), como la lechuza que había
aprendido muy temprano a llevar lentes prismáticos, y por eso conservó toda su
vida axones más diversificados y una mayor capacidad de pasar de un
comportamiento al otro. Diversifiquemos el bagaje de aprendizajes tempranos de
nuestros niños: el florecimiento de sus cerebros depende, en parte, de la
riqueza de la estimulación que reciben de su entorno.
Parte III
Los cuatro pilares del aprendizaje
Acabamos
de ver que todos los aprendizajes dependen de que se modifiquen los circuitos
del cerebro durante un período sensible en que todavía son flexibles y poseen
un enorme margen de plasticidad, pese a estar parcialmente especificados por la
evolución. Sin embargo, la existencia de la plasticidad sináptica no es
suficiente para explicar el extraordinario éxito de nuestra especie. En efecto,
dicha plasticidad está presente en todo el mundo animal: incluso la mosca, el
nematodo o la babosa de mar poseen sinapsis modificables. Si nos hemos
convertido en Homo docens, si el aprendizaje se convirtió en
nuestro nicho ecológico y en la principal causa de nuestros logros planetarios,
es porque el cerebro dispone de una variedad de trucos adicionales.
A lo
largo de su evolución, el cerebro de los seres humanos consiguió y pulió cuatro
funciones de gran importancia que maximizan la velocidad con la cual extraemos
información del entorno. Las llamo “los cuatro pilares del aprendizaje”, porque
son indispensables para todas las construcciones mentales que realizamos: si
solo uno de estos pilares falta o es inestable, todo el edificio tambalea. A la
inversa, cada vez que necesitamos aprender, y aprender rápido, podemos confiar
en ellos para optimizar los esfuerzos. Estos pilares son:
·
La atención, que amplifica la información sobre la
que nos concentramos.
·
El compromiso activo, un algoritmo que llamamos
también “curiosidad”, y que incita al cerebro a evaluar constantemente nuevas
hipótesis.
·
La revisión o feedback a partir
del error, que compara las predicciones con la realidad y corrige los modelos
que elaboramos acerca del mundo.
·
La consolidación, que automatiza y vuelve fluido lo
que aprendimos, especialmente durante el sueño.
Lejos de
ser exclusivas de los humanos, estas funciones se comparten con muchas otras
especies animales. Sin embargo, gracias a nuestro cerebro social y a las
habilidades lingüísticas, las aprovechamos de manera más eficaz que cualquier
otro animal, especialmente en nuestras familias, escuelas y universidades.
Prestar
atención, involucrarse, poner a prueba lo adquirido y saber consolidarlo son
los secretos de un aprendizaje exitoso. Y estos componentes fundamentales de la
arquitectura cerebral se implementan con igual eficiencia en la familia y en la
escuela. El maestro o la profesora que logre movilizar estas cuatro funciones
en cada uno de sus alumnos sin duda maximizará la velocidad y la eficacia con
que aprenderá su clase. Todos deberíamos, entonces, aprender a dominarlas, y
con ese objetivo, necesitamos comprender bien cómo funcionan y para qué sirven.
Capítulo
7
La atención
Contenido:
§.
Alerta: el cerebro sabe cuándo prestar atención
§. Orientación: el cerebro sabe a qué prestar atención
§. Control ejecutivo: el cerebro sabe cómo procesar la información
§. Aprender a prestar atención
§. Presto atención si prestas atención
§. Enseñar es prestar atención a la atención del otro
Imaginen
que llegan al aeropuerto justo a tiempo para tomar un avión. Todo lo que hacen
revela la mayor concentración de la atención: con la mente alerta, buscan el
anuncio de las partidas y, sin dejarse distraer por la marea de pasajeros,
pasan rápidamente por las filas hasta notar cuál corresponde a su vuelo. Si
bien se abren camino por entre una sucesión de estridentes publicidades, casi
no las ven y avanzan en línea recta hacia el mostrador de facturación. De
pronto, se dan vuelta, porque en la multitud un amigo acaba de pronunciar su
nombre de pila. Este mensaje, que el cerebro evaluó como prioritario, se
apodera de la atención e invade la conciencia… por lo tanto, les hace olvidar
el número de ventanilla.
En unos
minutos, el cerebro pasó por la mayoría de los estados clave de la atención:
vigilancia y estado de alerta, selección y distracción, orientación y filtrado.
En las ciencias cognitivas, llamamos “atención” al conjunto de mecanismos
mediante los cuales el cerebro selecciona una información, la amplifica, la
canaliza y la profundiza. Son mecanismos antiguos en la evolución: el perro que
orienta sus orejas y el ratón que se queda inmóvil cuando oye un crujido
despliegan circuitos atencionales muy similares a los de los seres humanos
(Wang y Krauzlis, 2018).
¿Por qué
la evolución incorporó mecanismos atencionales en tantas especies animales?
Porque estos circuitos resuelven un problema muy específico: la saturación de
información. A cada instante, el cerebro recibe un bombardeo de estímulos: los
sentidos de la vista, el oído, el olfato, el tacto transmiten millones de bits
de información por segundo. Al comienzo, todos estos mensajes son procesados en
paralelo por neuronas distintas; pero enseguida se vuelve imposible tratarlos a
todos con la misma profundidad: los recursos del cerebro no son suficientes.
Por este motivo, una pirámide de mecanismos atencionales, organizados como un
filtro gigantesco, realiza una selección. En cada etapa, nuestro cerebro decide
qué importancia es conveniente otorgar a tal o cual estímulo, y asigna recursos
solo a la información que considera prioritaria.
Esa
selección es fundamental para el aprendizaje. En ausencia de atención,
descubrir regularidades en un cúmulo de datos se parece a buscar la legendaria
aguja en un pajar. Este es uno de los motivos de la lentitud de las redes
neuronales artificiales convencionales: pierden un tiempo considerable en
analizar todas las combinaciones posibles de los datos que se les proporcionan,
en lugar de clasificar la información y enfocarse solo en los bits relevantes.
Recién en 2014 dos investigadores, el canadiense Yoshua Bengio y el coreano
Kyunghyun Cho, expusieron cómo se puede integrar la atención a algunas redes
neuronales artificiales (Bahdanau, Cho y Bengio, 2014; Cho, Courville y Bengio,
2015). Su primer modelo aprendía a traducir frases de un idioma a otro. Al
dotarlo de una función atencional, lograron que el sistema aprendiera mejor y
más rápido, porque en cada paso de la traducción se concentraba solo en las
palabras pertinentes de la frase original.
En muy
poco tiempo, entre los estudiosos de la inteligencia artificial la idea de
aprender a prestar atención se esparció y expandió como un incendio en un
bosque. Los sistemas artificiales actuales logran describir una imagen (“una
mujer que lanza un frisbee en un parque”) porque canalizan la
información prestando atención a cada parte pertinente: en el momento de
describir el color del disco, la red se concentra sobre los píxeles de la
cabeza y aparta temporariamente todos cuantos corresponden a las personas o al
parque, para regresar a ellos más tarde (figura 26; Xu y otros, 2015). Un
ingeniero en inteligencia artificial sensato ya no conecta todas las entradas
con todas las salidas. Sabe que el aprendizaje será más rápido si en lugar de
una red simple, en que cada píxel de entrada tiene la posibilidad de predecir
cualquier palabra en la salida, creamos una arquitectura organizada donde el
aprendizaje se divide en dos módulos: uno que aprende a prestar atención y otro
que aprende a nombrar los datos filtrados por el primero.
Figura 26. La atención es el primer pilar del aprendizaje, un componente tan
crucial que está integrado a la mayor parte de las redes neuronales
artificiales contemporáneas. Aquí, una red aprende a encontrar las palabras
para describir una imagen. El aprendizaje se basa sobre un mecanismo de
atención selectiva que pone el foco en determinadas zonas de la imagen (que
tienden al blanco en las imágenes de la derecha). La atención selecciona una
zona y concentra allí, en un instante dado, todos los recursos.
La
atención es indispensable, pero trae aparejado un problema: si está mal
orientada, el aprendizaje puede atascarse (Ahissar y Hochstein, 1993). Si no se
presta atención al frisbee que la mujer está lanzando, el
procesamiento continúa como si esa parte de la imagen no existiera (y el disco
mismo queda borrado). Sus datos se descartan desde el comienzo y permanecen
confinados a las áreas sensoriales más tempranas. Los objetos desatendidos solo
causan una activación modesta que induce poco o ningún aprendizaje (Seitz y
otros, 2005; Watanabe, Nanez y Sasaki, 2001). Esto nada tiene que ver con la
extraordinaria amplificación que se produce en nuestro cerebro cuando prestamos
atención a un objeto y tomamos conciencia de él: las neuronas sensoriales que
lo codifican se amplifican y prolongan masivamente, y sus mensajes se propagan
hasta la corteza prefrontal, donde poblaciones enteras de neuronas se encienden
y permanecen activas durante mucho tiempo, mucho más allá del acontecimiento
originario, por ejemplo, la duración de la exposición de la imagen (Dehaene y
Changeux, 2011; Van Vugt y otros, 2018). Un aumento tan fuerte de la activación
neuronal es exactamente lo que necesitan las sinapsis para modificar su fuerza,
lo que los neurocientíficos llaman “potenciación a largo plazo”.
Cuando un
alumno presta atención consciente a, por ejemplo, una palabra en un idioma
extranjero que su docente acaba de presentar, permite que esa palabra se
propague profundamente en sus circuitos corticales, hasta la corteza
prefrontal. Así, esa palabra tiene muchas más posibilidades de ser recordada.
En gran medida, las palabras inconscientes o desatendidas permanecen confinadas
a los circuitos sensoriales del cerebro y nunca consiguen alcanzar las
representaciones léxicas y conceptuales más profundas que sustentan la
comprensión y la memoria semántica.
Por ese
motivo, cada estudiante debe aprender a prestar atención ¡y también los
maestros deben prestar más atención a la atención! Si los estudiantes no
atienden a la información correcta, es muy poco probable que aprendan algo.
El mayor
talento de un maestro consiste en canalizar y cautivar constantemente la
atención de los niños para guiarla hacia el objeto o el nivel adecuado.
La
atención desempeña un papel tan crucial en la selección de información
relevante que está presente en muchos circuitos diferentes en el cerebro. El
psicólogo estadounidense Michael Posner diferencia al menos tres sistemas de
atención principales:
1. El
alerta, que indica cuándo prestar atención y adapta nuestro
nivel de vigilancia.
2. La
orientación de la atención, que muestra a qué prestar atención
y amplifica cada objeto de interés.
3. El
control ejecutivo, que decide cómo procesar la información a
la que atendemos: selecciona los procesos que son apropiados para determinada
tarea y controla su ejecución.
Cada uno
de estos sistemas modula masivamente la actividad cerebral y puede entonces
facilitar el aprendizaje, pero también orientarlo en la dirección equivocada.
Los exploraremos uno por uno.
§.
Alerta: el cerebro sabe cuándo prestar atención
El primer sistema atencional, y tal vez el más antiguo en la evolución, nos
dice cuándo prestar atención. Envía señales de advertencia que
movilizan todo el organismo en caso de que las circunstancias lo exijan. Si se
acerca un predador o nos invade una emoción fuerte, una serie de núcleos
subcorticales decide de inmediato aumentar la vigilia y la vigilancia de la
corteza. Ordena la liberación masiva y difusa de neuromoduladores como la
serotonina, la acetilcolina y la dopamina (figura 27). Con axones de largo
alcance, dotados de numerosas ramas difusas como portavoces, estos mensajes de
alerta alcanzan casi la totalidad de la corteza. Allí van a modular la
actividad cortical y el aprendizaje, en grado tal que los investigadores hablan
de una señal now print, “imprimir ahora”, como si estos sistemas
directamente le ordenaran a la corteza que guarde en la memoria el contenido
actual de la actividad neuronal.
Un
conjunto de experiencias realizadas con animales muestra que, en efecto, la
descarga de los sistemas de alerta puede provocar alteraciones radicales en la
plasticidad de los mapas corticales (figura 27).
Figura 27. Las señales de alerta desencadenan el aprendizaje. Algunos
neuromoduladores como la serotonina, la acetilcolina y la dopamina nos dicen
cuándo prestar atención y parecen forzar el cerebro a aprender. En esta
experiencia, un sonido banal, de una frecuencia de 9 kHz, se asocia a la
estimulación del núcleo basal de Meynert (arriba), que libera una descarga de
acetilcolina en la corteza. Luego de algunos días de seguir este régimen, toda
la corteza auditiva se ve invadida por esta frecuencia y sus vecinas (abajo,
regiones marcadas con rayas).
El
neurofisiólogo estadounidense Michael Merzenich realizó numerosas experiencias
en las que se confunde al animal estimulando eléctricamente sus circuitos
subcorticales de la dopamina o de la acetilcolina. El resultado fue un cambio
masivo en los mapas corticales. Todas las neuronas que se activaron en ese
momento, incluso si no tenían importancia objetiva, estaban sujetas a una
amplificación intensa.
De este
modo, cuando un sonido –por ejemplo, un la sostenido o la# o A#, según la
notación que prefieran– se asocia sistemáticamente a una descarga de dopamina o
de acetilcolina, todo el mapa auditivo se modifica y termina invadido por esa
nota. El animal se torna cada vez más hábil para discriminarla, pero pierde la
capacidad de representar otras frecuencias (Bao, Chan y Merzenich, 2001;
Froemke, Merzenich y Schreiner, 2007; Kilgard y Merzenich, 1998).
Es
notable que esta plasticidad cortical inducida por el sistema de alerta tenga
lugar incluso en el animal adulto. El análisis de los circuitos implicados
revela que los neuromoduladores como la serotonina y la acetilcolina, en
especial por obra del receptor nicotínico (sensible a la nicotina, otro actor
importante en la vigilia y el estado de alerta), modulan la actividad de las
neuronas inhibidoras de la corteza, y afectan así el equilibrio entre la
excitación y la inhibición (Werker y Hensch, 2014). Recuerden que la inhibición
interviene en el cierre de los períodos sensibles para la plasticidad
sináptica. Al estar desinhibidos por las señales de alerta, los circuitos
corticales parecen recuperar su plasticidad juvenil: el período sensible se
reabre para las señales etiquetadas como críticas.
¿Qué
sucede en el Homo sapiens? Es tentador pensar que una
reorganización similar de los mapas corticales se produce cada vez que, llevado
por la pasión, un compositor o un matemático se sumerge en su ámbito
predilecto, sobre todo si esa pasión comienza a una edad temprana.
Un Mozart
o un Ramanujan tal vez estén tan exaltados, electrizados, por el fervor con que
su cerebro se ve literalmente invadido de modelos mentales de música o de
matemáticas. Con todo, tiendo a pensar que esto puede aplicarse no solo a los
genios, sino a cualquier persona capaz de apasionarse lo suficiente por su
trabajo, ya sea un alfarero o una científica que diseña transbordadores
espaciales. Al permitir que los mapas corticales se remodelen a escala masiva,
la pasión genera talento.
Pese a
que no todo el mundo es Mozart, los mismos circuitos cerebrales del alerta y de
la motivación están presentes en todos los cerebros. ¿Qué
circunstancias
de la vida cotidiana lograrían movilizarlos? ¿Hace falta esperar una situación
traumática o una emoción fuerte? Tal vez no. Algunos estudios sugieren que los
videojuegos, sobre todo los de acción, en los que se juega a la vida y la
muerte, entrañan un medio impetuoso de involucrar estos mecanismos
atencionales. Al movilizar los sistemas del alerta y de la recompensa, modulan
los aprendizajes con enorme eficacia. El circuito de la dopamina, por ejemplo,
se enciende cuando jugamos a un juego de acción (Koepp y otros, 1998). La
neurocientífica Daphne Bavelier demostró que esto se traduce en un aprendizaje
rápido (Bavelier y otros, 2011; Cardoso-Leite y Bavelier, 2014; Green y
Bavelier, 2003). Los juegos de acción más violentos parecen tener los efectos
más intensos: diez horas de juego son suficientes para mejorar la detección
visual, refinar la estimación rápida de la cantidad de objetos presentes en la
pantalla y fortalecer la capacidad de concentrarse en un objetivo sin dejarse
distraer por otros. Un jugador de videojuegos toma decisiones ultrarrápidas sin
comprometer su rendimiento.
Los
padres, las madres y los docentes se quejan constantemente de que los niños de
hoy en día, criados entre computadoras, tablets, consolas y otras pantallas,
cambian de una actividad a otra en permanente estado de distracción, pero esto
no es cierto. Lejos de disminuir la capacidad de concentración, los videojuegos
también pueden aumentarla. ¿Sabremos, en el futuro, volver a movilizar la
plasticidad sináptica en todos los niños? Dado que los videojuegos son un
poderoso estimulante, con el transcurso de los años mi laboratorio desarrolló
una serie de juegos para tablets basados en los principios de las ciencias
cognitivas.[19]
Pero los
videojuegos también tienen su costado oscuro: implican riesgos ya muy
conocidos, como el aislamiento social, la pérdida de tiempo y la adicción. Por
suerte, existen también muchas otras formas de desbloquear los efectos del
sistema de alerta sin dejar de aprovechar el sentido social del cerebro. Los
profesores que cautivan a sus alumnos, los libros que dejan absortos a sus
lectores, las películas o las obras de teatro que transportan a los
espectadores y los sumergen en experiencias de la vida real son, sin duda,
señales de alerta igualmente poderosas que estimulan la plasticidad cerebral.
§.
Orientación: el cerebro sabe a qué prestar atención
El segundo sistema atencional del cerebro decide a qué le
prestamos atención. Como un poderoso reflector enfocado en el mundo exterior,
este sistema de orientación selecciona, entre los millones de estímulos que nos
bombardean, aquello a qué adjudicarle recursos mentales, porque evaluamos que
es algo urgente, peligroso, atractivo… o simplemente relevante para nuestros
objetivos actuales.
El
gigante de la psicología estadounidense, William James, fue quien mejor definió
esta función de la atención; en sus Principios de psicología (1890)
sostuvo:
Millones
de elementos del mundo exterior se presentan a mis sentidos, pero nunca
ingresan en mi experiencia consciente. ¿Por qué? Porque no tienen interés
alguno para mí. Lo que percibo es aquello a lo que acepto prestar atención.
Solo los elementos que detecto afectan mi pensamiento; si no existe selección,
la percepción es un caos total. Solo el interés le da acento y énfasis, luz y
sombra, un segundo plano, un primer plano, en una palabra, una perspectiva
inteligible. La atención varía de una criatura a la otra, pero sin ella la
conciencia de cada criatura sería un desorden brumoso y sin discernimiento, que
es prácticamente imposible concebir.
La
atención selectiva obra en todos los ámbitos sensoriales, incluso en los más
abstractos. Por ejemplo, podemos orientar la atención a los sonidos que nos
rodean: los perros mueven sus orejas, pero en nosotros, integrantes de la
especie humana, lo que se mueve es solo un puntero interno que sintoniza con lo
que decidimos enfocar. En una fiesta ruidosa, podemos seleccionar una entre
diez conversaciones, sobre la base de la voz y el significado que nos
interesan. En la visión, la orientación de la atención suele ser más obvia: por
lo general, movemos la cabeza y los ojos hacia lo que nos atrae. Al desplazar
la mirada, llevamos el objeto de interés al centro de la fóvea, que es un área
de gran sensibilidad en el centro de la retina. Incluso sin mover los ojos,
podemos prestar atención a cualquier lugar o cualquier objeto, donde sea que
esté, y amplificar sus características (Posner, 1994). O hasta podemos
seleccionar uno entre varios dibujos superpuestos, al igual que una entre
varias conversaciones simultáneas. Y nada impide prestar atención al color de
una pintura, la forma de una curva, la velocidad de un corredor, el estilo de
un escritor o la técnica de un pintor. Cualquier representación en nuestro
cerebro puede convertirse en el foco de atención.
En todos
los casos, el efecto es el mismo: la orientación de la atención amplifica
aquello que está en su foco. Las descargas de las neuronas que codifican la
información a la cual se presta atención se incrementan, mientras se aplaca el
ruidoso parloteo de las otras. El impacto es doble: la atención hace que estas
neuronas se vuelvan más sensibles a la información que juzgamos pertinente,
pero, por sobre todas las cosas, aumenta su influencia en el resto del cerebro.
Los circuitos posteriores se hacen eco del estímulo que recibimos con el ojo,
el oído o la mente. Por último, grandes extensiones de la corteza se reorientan
para codificar cualquier información que esté en el centro de la atención
(Çukur y otros, 2013; Desimone y Duncan, 1995; Kastner y Ungerleider, 2000). La
atención actúa como un amplificador y un filtro selectivo.
El
ensayista Alain sostuvo: “El arte de prestar atención, que es el gran arte,
supone el arte de no prestar atención, que es el verdadero arte”. En efecto,
prestar atención implica también elegir qué elementos se pasarán por alto.
Para que
un objeto quede dentro del cono de luz proyectada por ese reflector que es la
atención, millares de otros deben permanecer en la sombra. Orientar la atención
supone elegir, filtrar. Esta atención selectiva amplifica la señal
seleccionada, pero también reduce drásticamente aquellas que se consideran
irrelevantes. La designación técnica para este mecanismo es “competencia
sesgada”: en cualquier momento, muchos inputs sensoriales
compiten por los mismos recursos, y la atención otorga una orientación a esta
competencia al fortalecer la representación del elemento seleccionado mientras
suprime los demás. Para entonces, la metáfora del reflector alcanza sus
límites: en busca de iluminar mejor una región de la corteza, el foco
atencional también reduce la iluminación de las restantes. El mecanismo se vale
de ondas que interfieren la actividad eléctrica: para suprimir un área, la
inunda con ondas lentas en el rango de frecuencia “alfa” (entre 8 y 12 Hz), que
parece utilizarse específicamente para inhibir un circuito y evitar que
desarrolle una actividad neuronal coherente.
Por lo
tanto, prestar atención consiste en suprimir la información no deseada; al
hacerlo, el cerebro se expone al riesgo de quedar ciego a lo que elige no ver.
¿Ciego, de verdad? Sí, de verdad. El término es completamente apropiado: una
experiencia célebre, la del “gorila invisible”, es un maravilloso ejemplo de la
ceguera que causa la falta de atención (Mack y Rock, 1998; Simons y Chabris,
1999). En este clásico experimento, se pide a los participantes que miren una
breve película en la que dos equipos de basquetbolistas, vestidos uno de blanco
y el otro de negro, se hacen pases. La propuesta consiste en contar el número
de pases del equipo blanco. Nada más fácil que esto –piensan los voluntarios–
y, de hecho, treinta segundos más tarde contestan de modo triunfal, con el
número correcto. Pero hete aquí que el experimentador hace una extraña
pregunta: “¿Viste al gorila?”. ¿El gorila?
¿Qué
gorila? Al rebobinar la cinta –sí, todavía son los años del VHS– oh, sorpresa:
aparece alguien que siempre estuvo ahí. Es un actor disfrazado de gorila que
ingresa en la escena, la cruza y, cual émulo de King Kong, se golpea el pecho.
Resulta imposible perdérselo, y hasta se puede probar que los ojos estuvieron
posados en él. Si no lo vieron, fue porque, al estar concentrados en los
jugadores del equipo blanco, estaban inhibiendo a los personajes vestidos de
negro… ¡gorila incluido! Su espacio de trabajo mental, ocupado con la tarea de
contar los pases, fue incapaz de tomar conciencia de este cuadrúmano
incongruente. El experimento del gorila invisible constituye un descubrimiento
fundamental de las ciencias cognitivas, muchas veces recreado en diferentes
condiciones: el simple hecho de focalizar la atención en un objeto del
pensamiento nos vuelve ciegos a otros estímulos. Por ejemplo, cuando se le pide
a alguien que juzgue si el tono de un sonido es alto o bajo, puede quedar
“ciego” a otro estímulo (por ejemplo, una palabra escrita que aparece en la
siguiente fracción de segundo).
Los
psicólogos conocen este fenómeno como “parpadeo atencional”: si bien los
párpados permanecen completamente abiertos, la mente “parpadea” durante un
lapso breve.
En
experimentos como ese, en realidad sufrimos dos ilusiones distintas. La primera
consiste en que no vemos la palabra o el gorila, lo cual es bastante malo
(otras investigaciones demuestran que la falta de atención puede llevarnos a
pasar por alto una luz roja o atropellar a un peatón, ¡lo que nos recuerda que
nunca debemos usar el teléfono cuando estamos al volante!).
Pero la
segunda ilusión es aún peor: no nos damos cuenta de nuestra propia
inconciencia; por lo tanto, ¡estamos absolutamente convencidos de que hemos
visto todo lo que había que ver! La mayoría de las personas que pasan por el
experimento del gorila invisible por primera vez no pueden creer su propia
ceguera. Piensan que se les jugó una mala pasada; por ejemplo, que les
cambiaron la película. Dicen: “¡Si hubiera un gorila en el corto, lo habría
visto!”. Por desdicha, esto es falso: nuestra atención es extremadamente
limitada y, a pesar de toda la buena voluntad, cuando los pensamientos se
concentran en un objeto, otros, por destacados, divertidos o importantes que
parezcan, pueden ser eludidos sin más y volverse invisibles. Los límites
intrínsecos de nuestra conciencia nos llevan a sobreestimar lo que somos
capaces de percibir.
La
experiencia del gorila realmente merece ser conocida por todos; en especial,
por las familias y los docentes. Cuando enseñamos, tendemos a olvidar qué
significa no saber. Pensamos que todo el mundo puede ver aquello que vemos. Eso
causa que a menudo nos cueste entender por qué, aun con las mejores
intenciones, un niño no puede ver, en el sentido más literal del término, lo
que estamos tratando de enseñarle. Sin embargo, la experiencia deja un claro
mensaje: para ver, hay que prestar atención. Si los estudiantes están
distraídos o no comprenden a qué deben prestar atención, permanecen por
completo ajenos al mensaje de su maestro; simplemente no lo ven; y lo que no se
ve no puede aprenderse (Leong y otros, 2017).
Contemplemos,
por ejemplo, una experiencia reciente del psicólogo estadounidense Bruce
McCandliss sobre la importancia de la atención en el aprendizaje de la lectura
(Yoncheva y otros, 2010). ¿Es mejor prestar atención a cada una de las letras o
a la forma global de las palabras? Para saberlo, los investigadores le
enseñaron a un grupo de adultos un sistema de escritura no habitual, formado
por elegantes curvas. Primero, los sujetos recibían un entrenamiento con
dieciséis palabras, y luego se les escaneaba el cerebro mientras intentaban
leer esas mismas dieciséis palabras y otras dieciséis palabras nuevas. Sin
embargo, sin que lo supieran, también se manipulaba su atención (figura 28). A
la mitad de ellos se les decía que hacía falta prestar atención a todas las
curvas, porque cada una de ellas, como en un carácter chino, correspondía a una
palabra. Al otro grupo se le explicaba que, en realidad, los conjuntos de
curvas estaban formados por letras superpuestas –las palabras eran de tres
letras– y que debían prestar atención a cada una de ellas.
Figura 28. La orientación selectiva de la atención modula enormemente el
aprendizaje. En esta experiencia, se simula el aprendizaje de la lectura de
acuerdo con el método global y de acuerdo con el método fónico. Un grupo de
personas presta atención a la forma global de las palabras. Luego de
trescientos ensayos, todavía no logran percibir que las palabras están formadas
por letras. La atención global orienta la lectura hacia un circuito inapropiado
del hemisferio derecho y les impide generalizar el aprendizaje a palabras
nuevas. Solo cuando se presta atención al nivel de las letras (aprendizaje
local y fónico) las personas logran descifrar el alfabeto y leer palabras
nuevas, utilizando el circuito apropiado del hemisferio izquierdo.
Por lo
tanto, el primer grupo prestó atención en el nivel de la palabra completa,
mientras que el segundo atendió a las correspondencias locales de letras y
sonidos que realmente se habían utilizado para escribir las palabras.
¿Cuáles
fueron los resultados? Los dos grupos lograron recordar las primeras dieciséis
palabras, pero la atención generó alteraciones radicales en su capacidad para
descifrar nuevas palabras. El segundo grupo, centrado en las letras, había
descubierto muchas de las correspondencias entre letras y sonidos y pudo leer
el 79% de las palabras nuevas. Además, un examen de sus cerebros reveló que
habían activado los circuitos de lectura normales, localizados en las áreas
visuales ventrales del hemisferio izquierdo. Por el contrario, en el primer
grupo, prestar atención a la forma global de las palabras obstaculizó por
completo la capacidad de generalizar a elementos nuevos, es decir, el
aprendizaje: estos voluntarios no lograban de ninguna manera leer palabras nuevas,
y activaban un circuito completamente inapropiado, situado en las áreas
visuales del hemisferio derecho.
El
mensaje es claro: la atención produce modificaciones drásticas en la actividad
cerebral. Prestar atención a la forma global de las palabras impide descubrir
el código alfabético y orienta los recursos del cerebro hacia un circuito
inadecuado. Para aprender a leer, solo el entrenamiento fónico, que concentra
la atención en las correspondencias entre las letras y los sonidos, activa el
circuito de la lectura y permite el aprendizaje. Cada docente de primer grado
debería conocer estos datos: comprendería cuán importante es dirigir la
atención de los niños hacia cada letra sucesiva, y lograr que aprendan a
decodificarla como sonido. Muchos datos convergentes demuestran de manera
convincente la superioridad del enfoque fónico por sobre la lectura de la forma
global de la palabra (Castles, Rastle y Nation, 2018; Dehaene, 2007a; Ehri y
otros, 2001; National Institute of Child Health and Human Development, 2000).
Cuando un niño contempla desde el nivel de letra –por ejemplo, siguiendo cada
una con su dedo, de izquierda a derecha–, el aprendizaje resulta tanto más
fácil. Si en cambio el niño no recibe pista alguna de atención y examina
ingenuamente la palabra escrita en su conjunto, sin prestar atención a su
estructura interna, no sucede nada, porque no nota qué estamos buscando
transmitirle. La atención es un ingrediente clave del aprendizaje exitoso.
Por eso,
y de modo primordial, una buena enseñanza requiere atención permanente a la
atención de los niños. Los maestros deben elegir con sumo cuidado hacia dónde
quieren dirigir la atención de los niños, porque solo los elementos que están
en el foco de atención se representan en el cerebro con la fuerza suficiente
para lograr un aprendizaje eficaz. Los demás estímulos (los perdedores de la
competencia atencional) causan poca o ninguna agitación dentro de las sinapsis
plásticas del niño.
§.
Control ejecutivo: el cerebro sabe cómo procesar la información
El tercer y último sistema atencional determina cómo se
procesa la información seleccionada. Lo designamos con el nombre de “ejecutivo
central” o “sistema de control ejecutivo”. Está conformado por un conjunto
complejo de procesos mentales que nos permite seleccionar un plan de acción y
atenernos a él (D’Esposito y Grossman, 1996; Koechlin, Ody y Kouneiher, 2003;
Rouault y Koechlin, 2018). Implica una estructura de regiones situadas principalmente
en la corteza prefrontal, esa masa de corteza detrás de la frente, que ocupa
casi un tercio de nuestros hemisferios cerebrales.
Comparados
con los de otros primates, los lóbulos frontales de los seres humanos son
gigantescos, están mejor conectados y albergan neuronas con arborescencias
dendríticas notoriamente más grandes y complejas (Elston, 2003; Sakai y otros,
2011; Schoenemann, Sheehan y Glotzer, 2005; Smaers y otros, 2017). De este
modo, nuestro dispositivo de supervisión cortical está mucho más desarrollado
que en los otros primates, especialmente en el nivel más alto de la jerarquía,
el que nos permite supervisar las operaciones mentales y tomar conciencia de
los errores: el sistema de control ejecutivo (Fleming y otros, 2010; Koechlin,
Ody y Kouneiher, 2003; Rouault y Koechlin, 2018).
Imaginen
que deben multiplicar mentalmente 23 × 8. El sistema de control ejecutivo es el
encargado de asegurar el correcto desarrollo de la serie completa de
operaciones mentales pertinentes, desde el principio hasta el final: prestar
atención a la cifra de la derecha (3) y multiplicarla por 8; luego almacenar el
resultado en la memoria (24); prestar atención a la cifra de la izquierda (2) y
multiplicarla también por 8 para obtener 16; recordar que en realidad se trata
de la columna de las decenas, por lo que el resultado es 160, y, por último,
sumar para obtener el resultado final: 160 + 24 = 184.
El
control ejecutivo funciona como un panel de mando: orienta, dirige y gobierna
los procesos cerebrales. Forma parte del sistema atencional porque, al igual
que el alerta y la orientación, obra como un mecanismo de selección, pero en
vez de cribar los estímulos que debemos procesar entre todos los que recibimos,
elige entre las operaciones mentales disponibles la más adecuada para tratar la
información. Así, la atención espacial y la atención ejecutiva se complementan.
Cuando hacemos aritmética mental, por ejemplo, la atención espacial es el
sistema que recorre la página del manual de matemáticas y pone el foco sobre el
problema 23 × 8, pero ese foco es guiado paso a paso por la atención ejecutiva,
que en primer lugar se concentra en el 3 y el 8, luego envía estas cifras hacia
los circuitos de la multiplicación, y así sucesivamente. La atención activa las
operaciones pertinentes e inhibe las acciones inapropiadas; supervisa
permanentemente que el programa mental se desarrolle sin inconvenientes y
decide cuándo es pertinente cambiar de estrategia. También es la encargada de
detectar, en un subcircuito especializado de la corteza cingulada, cuándo
cometemos un error o nos desviamos de la meta, para enseguida corregir el plan
de acción.
Hay un
vínculo estrecho entre el control ejecutivo y lo que llamamos “memoria de
trabajo”. Seguir un algoritmo mental y controlar su cumplimiento implica
conservar un recuerdo de todos los elementos del programa en uso: resultados
intermedios, etapas efectuadas, operaciones por realizar… En especial, la
atención ejecutiva controla las entradas y las salidas de lo que llamé “espacio
de trabajo neuronal global”: una memoria temporaria consciente, en la cual
podemos ingresar casi cualquier información que nos parezca pertinente (Dehaene
y Changeux, 2011; Dehaene y otros, 2006a; Dehaene, Kerszberg y Changeux, 1998;
Dehaene y Naccache, 2001). Se trata del router del cerebro, el
panel de mando que decide de qué manera y en qué orden enviar la información a
los diferentes procesadores incluidos en el cerebro. En este nivel, las
operaciones mentales son lentas y trabajan en serie: este sistema procesa una
porción de información por vez, ya que es incapaz de realizar dos operaciones
al mismo tiempo. En psicología, se habla de un “cuello de botella central”.
¿Realmente
somos incapaces de ejecutar dos programas mentales a la vez?
A veces
tenemos la sensación de que podemos realizar dos tareas distintas o de que el
pensamiento puede dividirse y seguir dos líneas distintas en simultáneo, pero
esto también es pura ilusión. Un experimento básico lo pone de manifiesto:
podemos asignar a una persona dos tareas muy simples, por ejemplo, presionar
una tecla con la mano izquierda siempre que oiga un sonido agudo y presionar
otra tecla con la mano derecha si ve la letra Y.
Cuando
los dos objetivos se presentan en simultáneo, la persona realiza la primera
tarea a la velocidad normal, pero la segunda se torna sumamente lenta, en
proporción directa con el tiempo que insumió tomar la primera decisión (Chun y
Marois, 2002; Marti, King y Dehaene, 2015; Marti, Sigman y Dehaene, 2012;
Sigman y Dehaene, 2008). En otras palabras, la primera tarea retrasa la
segunda: mientras el espacio de trabajo global está ocupado con la primera
decisión, la segunda tiene que esperar. Y el retraso es enorme: alcanza
fácilmente unos cientos de milisegundos. Si uno está demasiado concentrado en
la primera tarea, incluso puede perder por completo el segundo objetivo. Sin
embargo, para sorpresa de varios, no somos capaces de registrar este gran
retraso, lo cual resulta lógico, ya que, por definición, no podemos acceder a
la información que aún no ingresó en nuestro espacio de trabajo consciente.
Mientras el primer estímulo es procesado por la conciencia, el segundo tiene
que esperar ante las puertas hasta que el espacio de trabajo global esté libre.
Lo cierto es que no tenemos introspección de ese tiempo de espera; si se nos
pregunta al respecto, contestaremos con seguridad que el estímulo apareció
exactamente cuando terminamos con el primero, y que lo procesamos a una
velocidad normal (Corallo y otros, 2008; Marti, Sigman y Dehaene, 2012).
Una vez
más, notamos que no somos conscientes de nuestros límites mentales (de hecho,
sería paradójico si de alguna manera pudiéramos ser conscientes de nuestra
falta de conciencia). La única explicación de que nos creamos capaces de
realizar varias tareas en simultáneo es nuestra falta de conciencia acerca del
gran retraso que causa. Por lo tanto, muchos de nosotros seguimos enviando
mensajes de texto mientras conducimos, pese a todas las pruebas de que es una
de las actividades que más distracción causa.
El
atractivo de la pantalla y el mito de la multitarea forman parte de la
ideología más peligrosa de nuestras sociedades digitales.
¿Y si nos
entrenamos? ¿Podemos convertirnos en auténticos individuos multitarea que hagan
varias cosas a la vez? Quizá sí, pero solo con un entrenamiento intenso en una
de las dos tareas. La automatización libera el espacio de trabajo consciente:
si a fuerza de mucha repetición automatizamos una actividad, permitimos que se
realice inconscientemente y, por lo tanto, sin comprometer los recursos
centrales del cerebro. Gracias a la práctica, por ejemplo, una pianista
profesional puede hablar mientras toca, o un mecanógrafo logra copiar un
documento mientras escucha la radio. Sin embargo, estas son raras excepciones,
y los psicólogos continúan debatiéndolas, porque también es posible que la
atención ejecutiva cambie rápidamente de una tarea a otra de una manera casi
indetectable (Tombu y Jolicœur, 2004). La regla básica queda invariada: en
cualquier situación multitarea, siempre que debamos realizar múltiples
operaciones cognitivas bajo el control de la atención, al menos una de ellas
desacelerará o quedará suspendida por completo.
Debido a
este efecto severo de la distracción, aprender a concentrarse es un ingrediente
esencial del aprendizaje. No se le puede exigir a un niño o a un adulto que
aprenda dos cosas a la vez. Aprender exige dar prioridad a una tarea precisa. Y
por lo tanto enseñar requiere prestar atención a los límites de la atención.
Cualquier distracción lentifica o aniquila nuestros esfuerzos: si intentamos
hacer varias cosas a la vez, el ejecutivo central pierde con suma rapidez el
rumbo. Al respecto, los experimentos de ciencias cognitivas en el laboratorio
convergen muy bien con los hallazgos educativos. Por ejemplo, los estudios de
campo demuestran que un aula excesivamente decorada distrae a los niños y les
impide concentrarse (Fisher, Godwin y Seltman, 2014). Otra investigación
reciente demuestra que, cuando a los estudiantes se les permite usar sus
teléfonos inteligentes en clase, su rendimiento se ve afectado, incluso meses
después, cuando el examen se refiere específicamente al contenido trabajado ese
día. Para un aprendizaje óptimo, el cerebro debe evitar cualquier distracción
(Glass y Kang, 2018).
§.
Aprender a prestar atención
La atención ejecutiva se corresponde de manera aproximada con lo que conocemos
como concentración o autocontrol. Sin embargo, este sistema no se pone en
funcionamiento de inmediato en el niño: harán falta quince o veinte años para
que la corteza prefrontal alcance su plena madurez. El control ejecutivo surge
a lo largo de la infancia y la adolescencia, a medida que el cerebro, asistido
por la experiencia y la educación, aprende, con lentitud, de modo gradual, a
controlarse. Así, se requiere mucho tiempo para que el ejecutivo central del
cerebro logre seleccionar sistemáticamente las estrategias apropiadas e inhibir
las inadecuadas, mientras evita la distracción.
La
psicología cognitiva abunda en ejemplos en que el niño supera de a poco sus
errores, a medida que aumenta su capacidad de concentrarse y de inhibir las
estrategias inapropiadas. El psicólogo Jean Piaget fue el primero en notarlo:
los niños muy pequeños a veces cometen errores aparentemente tontos. Si, por
ejemplo, escondemos muchas veces un objeto en el lugar A y luego lo escondemos
en el lugar B, un bebé de menos de 1 año continuará buscándolo en el punto A
(incluso si vieron perfectamente lo que sucedió). Es el famoso error “A no B”,
que llevó a Piaget a la conclusión de que el bebé no domina la permanencia del
objeto: el conocimiento de que un objeto no deja de existir cuando está
escondido. Sin embargo, en la actualidad sabemos que esta interpretación es
incorrecta. El examen de los ojos de los bebés confirma que tienen clara noción
de dónde está el objeto oculto, por lo menos desde que tienen algunos meses de
edad. Su dificultad, en cambio, está en resolver conflictos mentales: en la
tarea A no B, la respuesta de rutina que aprendieron en ensayos anteriores les
dice que se dirijan a la ubicación A, mientras que su memoria de trabajo más
reciente les indica que, en ese mismo ensayo, deben inhibir esta respuesta
habitual y buscar en la ubicación B. Antes de los 10 meses, es el hábito lo que
prima. Alcanzada esa edad, lo que falta es el control ejecutivo, y no el
conocimiento del objeto. El error “A no B” desaparece alrededor de los 12
meses, en relación directa con el desarrollo de la corteza prefrontal (Diamond
y Doar, 1989; Diamond y Goldman-Rakic, 1989).
Otro
error típico de los niños es la confusión entre número y tamaño.
También
respecto de esta cuestión, Jean Piaget hizo un descubrimiento decisivo, pero se
equivocó en su interpretación. Notó que los niños pequeños, antes de los 3
años, tenían problemas para juzgar el número de un conjunto de objetos. En sus
experimentos clásicos de conservación del número, Piaget primero mostró a los
niños dos hileras iguales de canicas o bolitas, en correspondencia una a una,
de modo que incluso los niños más pequeños estarían de acuerdo en que tenían el
mismo número; más tarde, distribuyó una de las hileras colocando los objetos
más separados:
De manera
sorprendente, los niños pasaban a decir que los dos conjuntos ya no eran
iguales, y que la hilera más larga tenía mayor cantidad de objetos. A
diferencia de lo que pensaba Piaget, eso no significa que los niños de esta
edad no dominan la “conservación del número”: como ya vimos, los recién nacidos
poseen un sentido abstracto del número, independiente del espacio o incluso de
la modalidad sensorial. No, lo que sucede, una vez más, es que la dificultad
proviene del control ejecutivo. El niño debe aprender a inhibir una
característica destacada (el tamaño) y a amplificar un rasgo más abstracto (el
número). Incluso los adultos se equivocan en este ejercicio: no es fácil decir
que un conjunto de puntos tiene menos objetos, cuando esos objetos son particularmente
grandes y están desplegados en el espacio, y tenemos mucha dificultad para
elegir el número más alto entre 7 y 9. Lo que se desarrolla con la edad y la
educación no es tanto la precisión intrínseca del sistema numérico como la
capacidad de utilizarla con eficacia y concentración, más un filtrado de los
indicios no pertinentes, como la densidad o el tamaño (Borst y otros, 2013;
Piazza y otros, 2018; Poirel y otros, 2012). No cabe otra opción que repetirlo:
el progreso en tareas como estas no interrumpe su relación estrecha con el
desarrollo de las respuestas neuronales en la corteza prefrontal (Viswanathan y
Nieder, 2015).
Podría
multiplicar los ejemplos: en todas las edades de la vida, en todos los dominios
del saber (cognitivos o emocionales), la capacidad de control ejecutivo es la
que, al desarrollarse, nos permite evitar los errores (Houdé y otros, 2000;
Isingrini, Perrotin y Souchay, 2008; Posner y Rothbart, 1998; Sheese y otros,
2008; Siegler, 1989). Nombren, sin equivocarse, el color de la tinta (negra
o blanca) en que están impresas las palabras que siguen:
La
contundente desaceleración en la segunda mitad de la lista demuestra que entró
en escena el control ejecutivo, que debe aprender a inhibir la lectura de las
palabras para concentrarse en su color.
Ahora,
intenten resolver el siguiente problema:
María usa
veinticinco lápices, esto es, cinco más que Gregorio.
¿Cuántos lápices usa Gregorio?
¿Quién no
sintió la necesidad de luchar contra el impulso de sumar las dos cifras? El
enunciado del problema emplea la palabra “más” cuando es necesario restar; es
una trampa en la cual caen muchos niños, antes de lograr autocontrol y
reflexionar con mayor profundidad sobre el sentido de un problema matemático o
de lógica en busca de seleccionar la operación aritmética que corresponde.
La
atención y el control ejecutivo se desarrollan espontáneamente con la gradual
maduración de la corteza prefrontal, que sucede durante las primeras dos
décadas de nuestra vida. Sin embargo, este circuito, como los demás, es
plástico, y muchas investigaciones demuestran que su desarrollo se puede
acelerar con el entrenamiento y la educación (Diamond y Lee, 2011; Habibi y
otros, 2018; Jaeggi y otros, 2011; Klingberg, 2010; Moreno y otros, 2011;
Olesen, Westerberg y Klingberg, 2004; Rueda y otros, 2005). Dado que ese
sistema interviene en tareas cognitivas muy diversas, numerosas actividades
educativas, incluidas las más lúdicas, desarrollan el control ejecutivo.
Michael
Posner fue uno de los primeros en desarrollar software educativo
para mejorar la capacidad de concentración de los niños muy pequeños. Uno de
ellos, por ejemplo, los obliga a prestar atención a la orientación de un pez en
el centro de la pantalla. En la condición crucial, el pez objetivo está rodeado
por otros que miran en la dirección contraria. En el transcurso del juego, que
abarca muchos niveles de dificultad creciente, el niño aprende a evitar que los
peces contiguos lo distraigan, una tarea sencilla que enseña concentración e
inhibición. Esta es solo una de las muchas maneras de alentar la reflexión y
desalentar la respuesta inmediata, refleja.
Mucho
antes de que se inventaran las computadoras, la médica y pedagoga italiana
Maria Montessori ya había notado en qué medida una variedad de actividades
prácticas pueden desarrollar la concentración en niños pequeños.
Por
ejemplo, en las escuelas Montessori de hoy en día se le pide a un niño que
camine sobre una elipse trazada en el suelo, sin salirse de esa línea.
Cuando el
niño logra hacerlo, se aumenta la dificultad: se lo hace recomenzar con una
cuchara en la boca, luego con una pelota de tenis de mesa en la cuchara, y así
sucesivamente. Los estudios experimentales sugieren que el enfoque Montessori
tiene un impacto positivo en muchas facetas del desarrollo infantil (Lillard y
Else-Quest, 2006; Marshall, 2017). Otros estudios muestran los beneficios
atencionales de los videojuegos, de la meditación, de la práctica de un
instrumento musical… Para un niño pequeño, es difícil controlar el cuerpo, la
mirada, la respiración, coordinando sus gestos con los de los otros; por esto,
la práctica de un instrumento musical, desde la más temprana edad, tiene
efectos importantes en los circuitos atencionales del cerebro, incluido un
aumento significativo y bilateral del espesor de la corteza prefrontal (figura
29; Bermúdez y otros, 2009; James y otros, 2014; Moreno y otros, 2011).
El
entrenamiento del control ejecutivo puede incluso modificar el coeficiente
intelectual. Esto acaso resulte sorprendente, porque en los Estados Unidos, el
Reino Unido y varios otros países, suele considerarse que el célebre IQ o CI es
un factor determinante del potencial mental de los niños.
Sin
embargo, el coeficiente intelectual es solo una capacidad de comportamiento y,
como tal, está lejos de ser inmutable por la educación. Al igual que cualquiera
de nuestras habilidades, su base está conformada por circuitos cerebrales
específicos cuyos pesos sinápticos pueden modificarse mediante el
entrenamiento. Lo que conocemos como inteligencia fluida –la capacidad de
razonar y de resolver problemas nuevos– hace un uso masivo de los sistemas
cerebrales del control ejecutivo: ambos movilizan una red similar de áreas
cerebrales, en especial de la corteza prefrontal dorsolateral (Duncan, 2003,
2010, 2013). Sin embargo, las pruebas estandarizadas que miden la inteligencia
fluida se parecen a aquellas que evalúan el control ejecutivo: unas y otras
privilegian la atención, la concentración y la capacidad de pasar con rapidez
de una actividad a la otra sin perder de vista el objetivo global de la tarea.
De hecho, el entrenamiento de la memoria de trabajo y del control ejecutivo
produce un ligero aumento de la inteligencia fluida (Au y otros, 2015). Estos
resultados concuerdan con la constatación de que, aunque no carece de
determinaciones genéticas, la inteligencia crece con la misma fuerza en función
de los factores ambientales, especialmente de la educación.
Estos
efectos son enormes: el CI puede aumentar 20 puntos cuando un niño es adoptado
y criado en un entorno estimulante, y el incremento ligado a la educación se
sitúa entre 1 y 5 puntos por cada año de educación suplementaria (Duyme,
Dumaret y Tomkiewicz, 1999; Ritchie y Tucker-Drob, 2017).
Figura 29. La atención ejecutiva (es decir, la capacidad de concentrarse y
de controlarse) se desarrolla con la edad y la educación. La práctica de un
instrumento musical es una de las numerosas maneras de aprender a regular,
desde la edad más temprana, la concentración y el control de uno mismo. Cuando
se los compara con quienes no saben tocar un instrumento, en situaciones
iguales, los músicos presentan un aumento del espesor de la corteza prefrontal
dorsolateral, un área que desempeña un papel importante en el control
ejecutivo.
El
desafío de la investigación actual consiste en optimizar los efectos del
entrenamiento cognitivo y en volver más nítidos sus límites. ¿Cómo podría
aumentarse la duración de los efectos observados? Y, sobre todo, ¿cómo
asegurarnos de que no se vean limitados a la tarea específica que se entrenó,
sino que se expandan más allá de ella, y a lo largo de toda la vida? Ese es el
desafío al que nos enfrentamos, porque es cierto que, de por sí, el cerebro
tiende a desarrollar trucos específicos para cada tarea, caso por caso. La
solución probablemente radique en diversificar los aprendizajes; los mejores
resultados parecen ser los obtenidos por los programas educativos que estimulan
el conjunto de habilidades cognitivas que constituyen la memoria de trabajo y
la atención ejecutiva en una gran variedad de tareas y contextos.
Algunos
hallazgos me vuelven particularmente optimista. El entrenamiento precoz de la
memoria de trabajo, en especial si comienza desde el jardín de infantes, parece
tener efectos positivos sobre la concentración y el éxito en numerosos
dominios, incluidos aquellos de estricta pertinencia para la escuela: la
lectura y las matemáticas (Bergman-Nutley y Klingberg, 2014; Blair y Raver,
2014; Klingberg, 2010; Spencer-Smith y Klingberg, 2015).
Esto no
es para nada sorprendente, dado que sabemos, desde hace años, que la memoria de
trabajo es uno de los mejores predictores del éxito en matemáticas años más
tarde (Dumontheil y Klingberg, 2011; Gathercole y otros, 2004; Geary, 2011).
Los efectos de estos entrenamientos se ven multiplicados si se combina el
trabajo sobre la memoria con una enseñanza más específica del concepto de la
“recta numérica”, la idea esencial de que los números se organizan sobre un eje
lineal, y que sumar o restar consiste en moverse sobre esta línea (Nemmi y
otros, 2016). Todas estas intervenciones educativas parecen beneficiar sobre
todo a los niños que provienen de contextos desfavorecidos. Si se busca mitigar
los efectos de la desigualdad en las familias de nivel socioeconómico bajo,
intervenir lo más temprano posible, desde el jardín de infantes, y enseñar los
fundamentos del aprendizaje y de la atención puede ser una de las mejores
inversiones educativas.
§. Presto
atención si prestas atención
ὁ ἄ
νθρωπος φύσει πολιτικ ὸ ν ζ ῷ ον
[El hombre es por naturaleza un animal social]
Aristóteles (384-322 a.C.), Política
Todas las
especies de mamíferos y, por supuesto, todos los primates poseen sistemas
atencionales. Pero entre los seres humanos la atención presenta una
característica única que acelera aún más el aprendizaje: tiene en cuenta en
gran medida el contexto social. En el Homo sapiens más que en
cualquier otro primate, la atención y el aprendizaje dependen de señales
sociales: presto atención a lo que prestas atención, y aprendo de lo que me
enseñas.
Desde la
edad más temprana, el niño sigue al adulto con la mirada y mira su rostro.
Presta extrema atención a la región de los ojos de las personas con las cuales
interactúa. Tan pronto como se le dice algo, su primer reflejo no es explorar
la escena, sino cruzar la mirada de la persona que le habla. Recién cuando hay
contacto visual, el niño se vuelve en la dirección que examina el adulto. Esta
capacidad de compartir socialmente la atención, que denominamos “atención
compartida”, determina lo que el niño aprende.
Ya les
hablé de los experimentos en que se hace aprender a un bebé una palabra nueva
como “wug”: si el niño interactúa con la persona que habla y puede seguir su
mirada en dirección al objeto al que se refiere, no tiene dificultad alguna
para aprenderla en unos pocos intentos; pero si la misma palabra llega
repetidas veces de un altavoz, aunque el vínculo con el objeto sea directo no
se produce aprendizaje (Baldwin y otros, 1996). Lo mismo sucede con el
aprendizaje de las categorías fonéticas: un niño estadounidense que, hacia la
edad de 9 meses, interactúa con una niñera china durante algunas semanas,
aprende los fonemas del chino; pero si recibe exactamente la misma cantidad de
estimulación lingüística de un video de muy buena calidad, tampoco hay aprendizaje
(Kuhl, Tsao y Liu, 2003).
Los
psicólogos húngaros Gergely Csibra y György Gergely postulan que enseñar a
otras personas y aprender de otras personas son adaptaciones evolutivas
fundamentales de la especie humana (Csibra y Gergely, 2009; Egyed, Király y
Gergely, 2013). Como animales sociales, los ejemplares de Homo sapiens disponemos
de un “módulo pedagógico” que se pone en funcionamiento desde el momento en que
prestamos atención a aquello que los otros buscan enseñarnos. El buen éxito de
la especia humana a escala planetaria se debe, al menos en parte, a un factor
evolutivo específico: la capacidad de compartir la atención con los otros.
Debemos a los demás, antes que a nuestra experiencia personal, la mayor parte
de la información que aprendemos. Así, la cultura colectiva de los seres
humanos se eleva muy por encima de lo que cada uno puede descubrir por sí solo.
Esto es lo que el psicólogo Michael Tomasello llama el “efecto de trinquete”
[ ratchet effect] en la cultura: así como un trinquete evita que un
montacargas se caiga, el intercambio social evita que la cultura retroceda.
Cuando una persona realiza un descubrimiento útil, este se propaga rápidamente
al grupo entero. Gracias al aprendizaje social, es muy inusual que el
montacargas cultural vuelva a descender y que un invento importante caiga en el
olvido.
Nuestro
sistema atencional se adaptó a este contexto cultural. Las investigaciones de
Csibra y Gergely demuestran que, desde la edad más temprana, la orientación de
la atención del niño ya está muy en sintonía con las señales que le envían los
adultos. La presencia de un tutor humano, que mira al niño antes de hacer una
demostración específica, modula en gran medida el aprendizaje. No solo atrae la
atención del niño, sino que también señala que el adulto tiene intención de
enseñarle algo importante. Y a esto es inmediatamente sensible el bebé: el
contacto visual induce en él una “postura pedagógica” que lo alienta a
interpretar la información como importante y generalizable.
Tomemos
un ejemplo: una mujer joven se vuelve hacia un objeto A haciendo una mueca, y
luego hacia un objeto B con una gran sonrisa. Un bebé de 18 meses mira la
escena. ¿Qué conclusión deriva? Todo depende de las señales que el adulto y el
niño hayan intercambiado. Si sus miradas no se cruzaron, entonces el niño solo
recuerda algo puntual: a esta persona no le gusta el objeto A, prefiere el
objeto B. Pero si hubo contacto visual entre ellos, entonces el niño deduce
mucho más: retiene que el objeto A es malo, y que el objeto B es agradable, y
no solo para esa persona, sino para todas (figura 30). Los bebés prestan
extrema atención a los indicios de comunicación voluntaria. Si alguien envía
señales ostensibles de querer comunicarse con ella, una niña concluye que esa
persona busca enseñarle información abstracta, no solo sus propias preferencias
idiosincráticas.
Figura 30. En la especie humana, el aprendizaje es social: tiene una fuerte
dependencia de la atención y de la comprensión de las intenciones de las demás
personas. Un bebé de 18 meses comprende que, si se lo mira a los ojos, se busca
transmitirle información importante. Aprende, entonces, con mayor eficacia y
logra generalizar la información para utilizarla con otra persona; en cambio,
no lo hace si no se lo miró (arriba). Desde los 14 meses, un bebé ya interpreta
las intenciones de su entorno (abajo): luego de ver a una persona encender una
luz presionándola con la cabeza, va a imitar su gesto, salvo que la persona
tenga las manos ocupadas (en ese caso comprende que se puede simplemente
encender la luz con la mano).
Por
cierto, esto no se limita a la mirada: los niños también comprenden muy rápido
qué significa señalar con el dedo (mientras que en verdad los chimpancés jamás
lo logran). Incluso un bebé nota si alguien busca llamar su atención para
transmitirle información importante. Por ejemplo, si un bebé de 9 meses ve a
alguien que llama su atención y que luego apunta hacia un objeto, recuerda más
tarde la identidad de ese objeto, porque comprende que es información que su
interlocutor juzga importante; en cambio, si esa misma persona que tiende el
brazo hacia el objeto no entabla contacto visual con el bebé, él recuerda tan
solo la posición del objeto, no su identidad (Yoon, Johnson y Csibra, 2008).
Padres,
madres, docentes, por favor, tengan siempre en mente este hecho crucial: la
actitud y la mirada cambian por completo el mensaje que reciben cada niña y
cada niño. Captar su atención con el contacto visual y verbal garantiza que
compartirán su atención y multiplicará por igual las posibilidades de que
retengan la información que ustedes buscan transmitirles.
§.
Enseñar es prestar atención a la atención del otro
Ninguna otra especie animal sabe enseñar como la nuestra. El motivo es
sencillo: acaso seamos los únicos que poseemos una “teoría” de la mente de las
otras personas, la capacidad de prestar atención a la atención de los demás, de
imaginar sus pensamientos, incluido lo que piensan que los otros piensan, y así
sucesivamente, en una espiral infinita. Este tipo de representación recursiva,
incrustada una dentro de otra, es típico del cerebro humano y tiene un papel
esencial en la relación pedagógica. Los adultos que enseñan deben pensar todo
el tiempo en lo que sus alumnos no saben: adaptan las palabras y eligen los
ejemplos con el objetivo de transformar, cuanto antes, el conocimiento del
niño. A la inversa, los alumnos saben que su maestro sabe que ellos no saben:
una vez que están comprometidos con la “postura pedagógica”, interpretan cada
acto del docente como un intento de transferirles conocimientos. Y la espiral
continúa ad infinitum: el adulto sabe que el niño sabe que el
adulto sabe que él no sabe… esto permite que el adulto elija sus ejemplos
sabiendo que el niño intentará generalizarlos.
Esta
relación pedagógica solo existe en nuestra especie. En un artículo emblemático
publicado por la revista Science (Thornton y McAuliffe, 2006),
investigadores del área de la etología describieron con precisión una forma de
enseñanza en la suricata, pequeño mamífero de la familia de las mangostas que
vive en Sudáfrica (y actualmente célebre gracias a films documentales y de
animación); pero anticipo que, a mi entender, en ese estudio falla la
definición misma de enseñanza. ¿De qué se trataba? Del gran tema de las
familias: ¡aprender a prepararse la comida! La dificultad que enfrentan las
mangostas se debe a que consumen presas extremadamente peligrosas: escorpiones
con aguijones mortales que es indispensable quitar antes de comer. Sin embargo,
el artículo demuestra que las suricatas adultas ayudan a sus bebés
proponiéndoles alimentos “preparados”, es decir, escorpiones de los que las
adultas han quitado el aguijón. A medida que el pequeño crece, el adulto lo
provee de una proporción cada vez mayor de escorpiones vivos y, desde luego,
eso ayuda al pequeño a convertirse en un cazador autónomo.
Así, de
acuerdo con los autores del artículo, se cumplen tres criterios de la
enseñanza: el adulto realiza un comportamiento específico en presencia de los
niños; este comportamiento implica un costo para el adulto (y los niños se
benefician al adquirir conocimientos más rápidamente que si el adulto no
hubiera intervenido).
El caso
de las suricatas es impactante: la evolución logró instalar un mecanismo
singular que, a todas luces, facilita su supervivencia. Pero ¿se trata en
verdad de enseñanza? En el sentido en que yo la entiendo, no. Estos datos no
permiten llegar a la conclusión de que las suricatas en efecto les enseñan a
sus crías, porque falta un ingrediente crucial: la atención compartida. No hay
prueba alguna de que los adultos presten atención a lo que saben las crías o, a
la inversa, de que los ejemplares jóvenes tengan en cuenta la postura
pedagógica de los adultos. Las mangostas adultas se contentan con presentarles
a las pequeñas, en función de su edad, animales más o menos peligrosos, pero
nada prueba que le presten atención al conocimiento de sus cachorros. Por lo
que sabemos hasta ahora, podría tratarse de un comportamiento totalmente
previsto, especificado por el aprendizaje del consumo de escorpiones; una
conducta compleja, pero limitada, comparable a la famosa danza de las abejas o
al desfile nupcial de los flamencos rosados.
Las
mangostas y los escorpiones nos muestran, como en un espejo, lo que la
enseñanza posee de único y precioso en nuestra especie. Cualquier relación
pedagógica auténtica implica un vínculo mental fuerte entre el docente y el
alumno o la alumna. Una buena maestra se construye un modelo mental de sus
alumnos, de sus habilidades y de sus errores, y hace lo mejor que puede para
lograr que sus mentes progresen. Esta definición ideal excluye al docente
(humano o computadora) que se contenta con dar mecánicamente una lección
estereotipada, sin haberla adaptado a las expectativas y los saberes previos de
su auditorio; esta enseñanza unidireccional, sin sentido, no funciona. El
alumno, por su parte, sabe que el docente sabe y que hace lo mejor posible para
transmitir su saber. Cualquier relación pedagógica sana debe basarse sobre la
atención, la escucha, el respeto y la confianza, en los dos sentidos.
La
modesta pedagogía de las mangostas tampoco le hace justicia al rol que tiene la
educación en las sociedades humanas. “Cada hombre es una humanidad, una
historia universal”, decía Jules Michelet. Gracias a la educación, llevamos en
nosotros lo mejor de los pensamientos de miles de generaciones que nos
precedieron. Cada palabra, cada concepto que aprendemos, es una pequeña
conquista que nos trasmiten nuestros ancestros.
Sin
lenguaje, sin transmisión cultural, sin educación en colectividad, jamás
habríamos podido descubrir por nuestra cuenta las herramientas mentales de las
que se nos dotó en este presente.
Pero esa
dependencia del Homo sapiens respecto de la comunicación
social y la educación es una maldición tanto como es un don. La otra cara de la
moneda es que por su culpa se propagan con tanta facilidad en las sociedades
humanas las quimeras de los gurúes, los mitos de las religiones, las fake
news, los rumores infundados y demás fabulaciones. Desde la edad más
temprana, el cerebro absorbe ciegamente los cuentos, verdaderos o falsos, que
circulan a nuestro alrededor. En un contexto social, baja la guardia y deja de
comportarse como un científico en ciernes para convertirse en un loro
repetidor, un imitador irreflexivo.
Un
experimento célebre revela en qué medida, desde los primeros años de vida, el
aprendizaje puede convertirnos en esclavos del entorno social. Desde los 14
meses, los bebés imitan de forma servil las acciones de una persona, incluso si
no les parecen provistas de sentido (Gergely, Bekkering y Kiraly, 2002). Si ven
que alguien toca un botón con la cabeza mientras tiene las manos ocupadas, la
razón les dicta que es suficiente con apoyar la mano, y eso hacen. Pero si ven
a la misma persona apoyar la cabeza sin motivo específico alguno, ya que sus
manos están libres y a la vista, entonces parecen abdicar de cualquier
razonamiento y confiar ciegamente en el adulto: se ponen a imitar con fidelidad
la acción que acaban de ver, aunque esté desprovista de sentido (figura 30). En
la adultez, este conformismo social persiste y se amplifica: si los congéneres
tienen un juicio diferente del nuestro, aun en las situaciones perceptivas más
banales, revisamos a menudo nuestro juicio para sintonizarlo con el de ellos,
aunque esto vaya contra cualquier plausibilidad (véase, por ejemplo, Bond y
Smith, 1996).
En
síntesis, el cerebro del Homo sapiens dispone de dos modos de
aprendizaje: un modo activo, en el cual, como buenos científicos, ponemos a
prueba hipótesis sobre el mundo exterior; y un modo receptivo, en el cual, sin
verificación personal, absorbemos lo que otros nos transmiten. El segundo modo,
mediante la acumulación cultural, permitió la expansión de las sociedades
humanas desde hace cincuenta mil años. Pero sin la mente crítica que
caracteriza al primer modo, el segundo es vulnerable a la propagación de todas
las fake news habidas y por haber. La verificación activa de
los conocimientos, el rechazo del simple “decir que sí” y la construcción
personal del sentido son filtros esenciales para protegernos de las
supersticiones y de los gurúes. Es necesario, entonces, encontrar un punto
medio entre los dos modos: formar estudiantes atentos, que confíen en los
demás, pero que no dejen de ser autónomos, capaces de un pensamiento crítico,
protagonistas de su propio aprendizaje.
Y de
inmediato pasaremos a analizar este segundo pilar del aprendizaje: el
compromiso activo.
Capítulo
8
El compromiso activo
Contenido:
§. Un
organismo pasivo no aprende
§. Procesar en profundidad para aprender mejor
§. El fracaso de las pedagogías del descubrimiento
§. Sobre la curiosidad, y cómo despertarla
§. Saber qué y cuánto sabemos multiplica la curiosidad
§. Tres maneras de atentar contra la curiosidad en la escuela
Imaginemos
dos gatitos. El primero está sujeto con un collar y una correa. El segundo está
sentado en un carrito que le impide moverse a su voluntad. Por lo demás, los
dos están atados a un carrusel que asegura que los movimientos de uno y otro
están vinculados (figura 31). La idea es que los dos animales reciban estímulos
visuales idénticos, pero que uno este activo y el otro pasivo. El primero
explorará el entorno por su cuenta, mientras que el segundo se moverá
exactamente de la misma manera, pero sin poder controlarlo por sus medios.
Esta es
la clásica experiencia del carrusel que realizaron Richard Held y Alan Hein en
1963, ¡en una época en que la ética de experimentación con animales claramente
no estaba tan desarrollada como en la actualidad!
Durante
algunas semanas, los dos gatitos vivieron, tres horas por día, en un gran
cilindro tapizado por barras verticales. Los dos recibían idénticos estímulos
visuales; sin embargo, su desarrollo fue muy diferente. Esta experiencia tan
sencilla desembocó en un descubrimiento fundamental: la exploración activa del
mundo es esencial para el buen desarrollo de la visión (Held y Hein, 1963).
Pese a la pobreza de su entorno, constituido únicamente por barras verticales,
el gatito activo desarrolló enseguida una visión normal.
El gatito
pasivo, en cambio, perdió sus capacidades visuales, y, al final de la
experiencia, fracasó en pruebas elementales de exploración visual.
Figura 31. El compromiso activo es el segundo pilar del aprendizaje: un
organismo pasivo no aprende. En la experiencia clásica de Held y Hein (1963),
un gato explora activamente el mundo mientras el otro recibe de sus sentidos
tan solo la estimulación pasiva. Luego de varias decenas de horas, el animal
pasivo presenta importantes problemas para la exploración visual. Aprender con
eficacia entraña rechazar la pasividad, comprometerse, explorar con curiosidad,
generar activamente hipótesis y ponerlas a prueba.
En la
prueba del acantilado, por ejemplo, se situó al animal sobre un “puente” del
cual podía salir por un costado que desembocaba en un alto acantilado, o por un
costado poco profundo. El animal normal no dudó un segundo y saltó por el
costado fácil. En cambio, el animal criado en la pasividad eligió al azar.
Otras
pruebas demostraron que no percibía bien el espacio ni lo exploraba con la
pata, como hace cualquier felino.
§. Un
organismo pasivo no aprende
La experiencia del carrusel de Held y Hein funciona como metáfora del segundo
pilar del aprendizaje: el compromiso activo. Una gran cantidad de
investigaciones, de los campos más diversos, sugiere que un organismo pasivo
aprende poco o nada. Aprender con eficacia requiere rechazar la pasividad,
comprometerse, explorar, generar hipótesis activamente y ponerlas a prueba en
comparación y contraste con el mundo con el cual interactuamos.
Para
aprender, el cerebro debe, en un comienzo, formarse un modelo mental hipotético
del mundo exterior, y luego proyectarlo sobre su entorno y comparar sus
predicciones con lo que recibe de los sentidos. Esto implica una postura
activa, comprometida, atenta. La motivación es esencial: solo aprenderemos bien
si tenemos una idea clara del objetivo que queremos alcanzar y nos involucramos
plenamente.
Por
favor, no me malinterpreten: ¡la participación activa no significa que el niño
deba moverse todo el tiempo en clase! Un día visité un centro de formación en
que el director, con cierto orgullo, me explicó cómo aplicaba mis ideas: había
equipado todos los pupitres con pedales para que sus alumnos permanecieran
activos durante la clase de matemáticas… Esto nada tiene que ver con lo que
quiero decir, y aquí tocamos el límite de la metáfora de la experiencia del
carrusel. Estar activo y comprometerse no quiere decir que el cuerpo deba
moverse.
Es en la
cabeza, no en los pies, donde hace su trabajo el compromiso activo.
El
cerebro aprende bien únicamente si está atento, concentrado y en plena
actividad de generación de modelos mentales. Para digerir mejor lo que aprende,
un estudiante activo lo reformula permanentemente en sus propias palabras o en
sus pensamientos. Un estudiante pasivo (o, todavía peor, distraído) no
aprovecha ninguna clase, ya que su cerebro no actualiza sus modelos mentales
del mundo. En esto no incide que estén quietos o se muevan. Los dos estudiantes
pueden permanecer inmóviles, pero presentan diferencias radicales en el
movimiento interno del pensamiento: uno sigue activamente la clase, mientras
que el otro se desconecta.
La
experiencia demuestra que rara vez aprendemos si nos limitamos a acumular
pasivamente estadísticas de los estímulos que recibimos. Esto puede ocurrir,
pero solo en el nivel más bajo de los sistemas sensoriales o motores. Ya vimos,
por ejemplo, esas experiencias en las cuales un niño escucha cientos de sílabas
y termina por detectar la presencia de palabras como ba-be-ro; este
tipo de aprendizaje, que es implícito, parece persistir incluso mientras los
bebés duermen (Hay y otros, 2011; Saffran, Aslin y Newport, 1996; también
aportan material de prueba los trabajos actuales del equipo de G.
Dehaene-Lambertz sobre el aprendizaje en el lactante durante el sueño). Sin
embargo, esa es la excepción que confirma la regla: en la inmensa mayoría de
los casos, ya que el aprendizaje atañe a propiedades cognitivas de nivel alto,
como la memoria explícita del sentido de las palabras y no solo su forma, el
aprendizaje parece ocurrir si y solo si la o el aprendiz presta atención,
piensa, anticipa y presenta hipótesis con el riesgo de equivocarse.
Sin
atención, sin esfuerzo, sin reflexión profunda, la lección se desvanece sin
dejar mucho rastro en el cerebro.
§.
Procesar en profundidad para aprender mejor
Tomemos un ejemplo clásico de la psicología cognitiva: el efecto de la
profundidad del procesamiento de las palabras. Imaginen que presento sesenta
palabras a tres grupos de estudiantes. Al primer grupo le pido que decida si
estas palabras están escritas en minúsculas o en mayúsculas; al segundo grupo,
si riman con “silla”, y al tercero, si se trata de nombres de animales o no.
Luego, sin que se lo esperen, les hago realizar una prueba de memoria. ¿Qué
grupo recuerda mejor las palabras? La memoria resulta ser tanto mejor en el
tercer grupo, que procesaba las palabras en profundidad, en el nivel del
significado (un 75% de aciertos), que en los otros dos grupos, que se ocupaban
de los aspectos formales, es decir, más superficiales, uno en el nivel de la
letra (un 33% de respuestas correctas), y el otro en el de la rima (un 52% de
aciertos; Craik y Tulving, 1975; Jacoby y Dallas, 1981). Por supuesto, en todos
los grupos encontramos una débil huella implícita, inconsciente, de las sesenta
palabras: el aprendizaje dejó su rastro subliminal en los sistemas ortográficos
y fonológicos. Sin embargo, solo el procesamiento semántico en profundidad
indujo un recuerdo explícito, detallado, de las palabras percibidas.
El mismo
fenómeno ocurre en el nivel de las frases o las oraciones: los estudiantes que
hacen el esfuerzo de comprenderlas por sí solos, sin que el docente les dé la
solución, presentan una mejor retención de la información en la memoria (Auble
y Franks, 1978; Auble, Franks y Soraci, 1979). Es una regla general, que el
psicólogo estadounidense Henry Roediger enunció de este modo: “Hacer que las
condiciones de aprendizaje sean más difíciles, lo que requiere mayor esfuerzo
cognitivo por parte de los estudiantes, a menudo redunda en una mayor
retención” (Zaromb, Karpicke y Roediger, 2010).
Las
neuroimágenes comenzaron a esclarecer los orígenes de este efecto de
profundidad de procesamiento (Kapur y otros, 1994). Que el procesamiento
profundo deje una huella más fuerte en la memoria se debe a que activa áreas de
la corteza prefrontal, que están asociadas al procesamiento consciente de las
palabras, y porque estas regiones forman potentes bucles con el hipocampo, que
almacena la información en forma de recuerdos episódicos y explícitos.
En un
cortometraje que se convirtió en una película de culto, La Jetée (1962;
conocida en castellano como El muelle) del director francés Chris
Marker, una voz en off enuncia este aforismo que suena como
una verdad profunda: “Nada distingue los recuerdos del resto de los momentos:
solo más tarde se harán reconocibles, a partir de sus cicatrices”. Bello
adagio… pero falso proverbio, dado que, desde el momento de la codificación,
los acontecimientos de nuestra vida que permanecerán grabados en la memoria ya
son diferentes de aquellos que no dejarán huella alguna: fueron objeto de un
procesamiento más activo y más profundo. Cuando se escanea a una persona
mientras se la expone a una lista de palabras o de imágenes, se puede predecir
cuáles de esos estímulos serán olvidados y cuáles serán retenidos media hora
más tarde. La clave de la predicción consiste en verificar si esos inputs inducen
actividad en la corteza frontal, el hipocampo y las regiones vecinas de la
corteza parahipocampal (Brewer y otros, 1998; Paller, McCarthy y Wood, 1988;
Sederberg y otros, 2006; Sederberg y otros, 2003; Wagner y otros, 1998). El
compromiso activo de estas regiones, reflejo directo de la profundidad con que
las palabras y las imágenes viajaron dentro del cerebro, predice la fuerza del
recuerdo. Una imagen inconsciente puede entrar en las áreas sensoriales, pero
solo crea una onda de actividad muy pequeña en la profundidad de la corteza
prefrontal. La atención, la concentración, la toma de conciencia y el
procesamiento en profundidad transforman esa pequeña onda en un tsunami
neuronal que invade la corteza prefrontal y maximiza la memorización (Dehaene y
otros, 2001).
Tomemos
otro ejemplo muy diferente: el aprendizaje de la física en la universidad. Los
estudiantes deben aprender conceptos abstractos como los de momento cinético o
angular y par motor. Separémoslos en dos grupos: uno dispone de diez minutos de
experimentación con una rueda de bicicleta y el otro, de diez minutos de
explicaciones verbales y de observaciones del resto de los estudiantes. El
resultado no da pie a equívocos: el aprendizaje es tanto mejor en el grupo que
se beneficia de una interacción activa con los objetos físicos (Kontra,
Goldin-Meadow y Beilock, 2012; Kontra y otros, 2015).
Volver la
enseñanza más profunda, más atrapante, es una garantía de éxito.
Una
revisión reciente de más de doscientos estudios pedagógicos lo confirma: la
clase o lección magistral, en que el alumno permanece pasivo mientras el
docente despliega su peroración (o perorata) durante cincuenta minutos, es cosa
del pasado (Freeman y otros, 2014). Cuando comparamos la clase magistral
tradicional con las pedagogías que promueven el compromiso activo, el efecto es
evidente: en todas las disciplinas –desde las matemáticas hasta la psicología,
sin omitir la biología o la informática–, un estudiante activo tiene mayor
éxito. Con el compromiso activo, los resultados progresan en media desviación
estándar –como dirían los estadísticos–, lo que es una cantidad considerable, y
la tasa de fracaso disminuye cerca del 10%. Pero
¿cuáles
son las estrategias que más involucran a los alumnos? En esta cuestión no
existe un método único y milagroso, sino una generosa gama de actividades que
obligan (¡o invitan o incitan!) a las y los estudiantes a reflexionar por sí
mismos: actividades prácticas, discusiones en que cada cual interviene, trabajo
en pequeños grupos, o profesoras que interrumpen su clase para plantear una
pregunta difícil sobre la que dejan a los estudiantes reflexionar un largo
rato… Todas las soluciones son buenas, siempre y cuando inciten a renunciar al
apoltronamiento, a la cómoda e improductiva pasividad.
§. El
fracaso de las pedagogías del descubrimiento
Nada de esto es demasiado nuevo, me dirán ustedes, y muchos docentes ya aplican
estas ideas espontáneamente. Sin embargo, en el campo pedagógico, no podemos
confiar en la tradición ni en la intuición: necesitamos verificar con métodos
científicos qué herramientas realmente mejoran la comprensión y la retención de
los materiales del curso por parte de las y los estudiantes, y cuáles no. Y
esta es una oportunidad para aclarar una distinción muy importante. La visión
de que los niños deben participar de manera activa y atenta en su propio
aprendizaje, cuyos fundamentos son correctos, no debe confundirse con el
constructivismo clásico o con los métodos de aprendizaje por descubrimiento,
que son ideas seductoras pero, por desgracia, se demostraron ineficaces una y
otra vez. La distinción es elemental, aunque pocas veces se comprende, en parte
porque también estas últimas se dan en llamar “pedagogías activas”, lo cual es
fuente de numerosas confusiones.
Cuando
hablamos de pedagogías del descubrimiento, ¿a qué nos referimos?
A una
nebulosa de ideas que se remontan a Jean-Jacques Rousseau y que llegaron a
nosotros por obra de pedagogos como John Dewey, Ovide Decroly, Célestin
Freinet, Maria Montessori o, más cerca en el tiempo, Jean Piaget y Seymour
Papert. Jean-Jacques Rousseau en Emilio o De la educación nos
increpa con lograda retórica: “¿Me atreveré a exponer aquí la mayor, la más
importante, la más útil regla de toda la educación? No se trata de ganar
tiempo, sino, por el contrario, de perderlo”. Para Rousseau y sus sucesores,
siempre es mejor dejar que la niña o el niño descubra por su cuenta y que
construya su propio saber, con la libertad de perder horas andando a tientas,
explorando… Según ellos, este tiempo no está perdido: contribuye a formar un
espíritu autónomo, que piensa por sí mismo en lugar de engullir todo sin
reflexionar y que sabe resolver verdaderos problemas en lugar de aprender de
memoria soluciones ya elaboradas. Escuchemos otra vez a Rousseau: “Haced que
vuestro alumno esté atento a los fenómenos de la naturaleza, y enseguida despertaréis
su curiosidad, pero para sujetarla no os deis prisa a satisfacerla. Poned a su
alcance las cuestiones y dejad que él las resuelva”.
La teoría
es seductora… Pero, por desgracia, una serie de estudios, extendidos a lo largo
de varias décadas, demuestra que su valor pedagógico es cercano al ominoso
cero. Si se los deja solos, los niños pasan por las mayores dificultades para
descubrir las reglas abstractas que rigen un área del conocimiento, aprenden
tanto peor, y en ocasiones no aprenden cosa alguna.
¿Deberíamos
sorprendernos por esto? ¿Cómo podríamos imaginar que, en unas pocas horas y sin
orientación externa, el niño puede redescubrir lo que a la humanidad le llevó
siglos? Los fracasos de este método son rotundos en todos los campos (Hattie,
Brodeur y St-Cyr, 2017; Kirschner, Sweller y Clark, 2006; Kirschner y Van
Merriënboer, 2013; Mayer, 2004; Mottint, 2018):
·
En lectura: la simple exposición a las
palabras escritas entra en vía muerta si no se explica a las niñas y los niños
la presencia de las letras. Son pocos los pequeños que logran por sí solos
correlacionar el código escrito con el oral y descubrir que todas las palabras
que comienzan con el sonido /R/ incluyen, a su izquierda, el símbolo R o r.
Descubrir sin ayuda el principio alfabético sería una tarea desmesurada si el
docente no se tomara el trabajo de seleccionar con cuidado ejemplos, palabras
sencillas o letras aisladas que la simplifiquen.
·
En matemáticas: se dice que a los 7 años el
genial matemático Carl Gauss descubrió por sí solo cómo sumar rápidamente todos
los números del 1 al 100 (la solución está en la nota al pie).[20] Pero
lo que tal vez sea válido para Gauss no se aplica a las demás criaturas. La
investigación es inequívoca al respecto: en matemáticas, el aprendizaje
funciona mejor cuando el docente explica un ejemplo en detalle, antes de dejar
que el niño se enfrente a otros. Los niños a los que primero se les explica
cómo resolver un problema logran resolver mejor casos similares que aquellos
que descubrieron la solución por sí mismos.
·
En informática: en su libro Desafío a
la mente, el informático Seymour Papert explica por qué inventó el lenguaje
Logo (en el cual una suerte de tortuga dibuja y recibe órdenes de los distintos
programas). Su idea era dejar que los niños exploraran las computadoras por sí
mismos, sin enseñanza, poniendo las manos en la masa. La experiencia fue un
fracaso: luego de unos meses, los niños no sabían escribir más que programas
breves y elementales. Todos los conceptos abstractos se les escabullían, de
modo que en una prueba de resolución de problemas no obtenían mejores
resultados que otros niños sin entrenamiento: lo poco de informática que habían
aprendido no se generalizaba a otros ámbitos. Por el contrario, la
investigación demuestra que una enseñanza explícita, que alterne explicaciones
claras con su puesta a prueba, les permite desarrollar una comprensión mucho
más profunda del lenguaje Logo y de la informática.
Por mi
parte, vivencié la llegada de la primera computadora personal a mi casa, cuando
tenía 15 años. Por consiguiente, formo parte de la generación que aprendió a
programar en lenguaje Basic, sin profesor ni curso, aunque no sin ayuda: mi
hermano y yo sacamos jugo a todas las revistas, manuales, libros y ejemplos que
lográbamos conseguir. Me convertí en un programador razonablemente eficaz… Pero
cuando entré a la universidad, tomé conciencia de lo grandes que eran mis
lagunas en lo que hace al campo de la informática: improvisaba sin haber
comprendido la estructura lógica profunda de los programas ni las prácticas
correctas que los vuelven claros y legibles. Sin lugar a dudas, esto es lo peor
de la pedagogía del descubrimiento: deja a los estudiantes con la ilusión de
que dominan determinado tema, sin darles jamás los medios para acceder a los
conceptos profundos de la disciplina.
En
síntesis, el principio del compromiso activo enuncia que es crucial que el
estudiante esté motivado, activo, involucrado en el aprendizaje, pero de ningún
modo eso significa que deba quedar librado a su propia suerte. El fracaso del
constructivismo lo deja en claro: el docente debe responder a esta demanda
aportando un entorno de aprendizaje gradual, estructurado, explícito, concebido
para guiarlo lo antes posible hacia la cumbre. Las estrategias pedagógicas más
eficientes son aquellas que alientan a los estudiantes a asumir un compromiso
activo, pero que están guiadas de cerca por el docente. En palabras del
psicólogo Richard Mayer, el mejor desempeño se logra con “métodos de
instrucción que involucran actividad cognitiva en lugar de actividad conductual,
orientación instructiva en lugar de descubrimiento puro y enfoque curricular en
lugar de exploración no estructurada”. Dentro de este marco, las maestras y los
profesores proporcionan una secuencia clara y rigurosa que comienza por las
bases; evalúan constantemente el dominio de sus alumnos, y desde ese punto de
partida los guían para construir una pirámide de significado. Eso practican,
hoy en día y en su gran mayoría, las escuelas Montessori: no dejan a los niños
a la deriva sin hacer nada, sino que les proponen una serie de actividades
racionales, jerarquizadas, que fueron objeto de escrutinio minucioso por parte
del docente antes de ser realizadas por los niños de manera autónoma.
Compromiso, placer y autonomía acompañados por una pedagogía explícita basada
sobre un material estimulante: es la receta de un cóctel ganador cuya eficacia
ya quedó demostrada (Lillard y Else-Quest, 2006; Marshall, 2017).
La pura
pedagogía del descubrimiento, esa idea de que el niño puede autoeducarse, forma
parte de los mitos educativos, muchas veces denunciados, pero que curiosamente
todavía son muy populares. Pertenece a las leyendas urbanas que marcan el campo
educativo, pero no es la única; al menos otras dos ideas falsas están unidas a
ella (Kirschner y Van Merriënboer, 2013):
·
El mito del nativo digital: los
niños de las generaciones recientes, a diferencia de sus padres y sus madres,
serían campeones del mundo digital solo por estar rodeados de computadoras y
dispositivos electrónicos desde sus primeros años. Al estar sumergidos en la
informática, se habrían convertido en nativos digitales, destacados
ejemplares de Homo zappiens para quienes los bits y los bytes
ya no tendrían secretos. Esto es falso: el conocimiento que poseen de la
tecnología suele ser superficial. Solo los más educados saben hacer un uso
crítico de las fuentes de información de internet, y en ningún caso son mejores
para realizar varias tareas a la vez (como vimos, el cuello de botella central
que nos impide hacer dos cosas al mismo tiempo es una propiedad fundamental de
la arquitectura de nuestro cerebro).
·
El mito de los estilos de aprendizaje: cada
niño poseería su propio estilo de aprendizaje, por lo que sería natural dejarlo
aprender a su modo. Esto es falso: no existe prueba alguna que demuestre que
algunos niños son más visuales y otros más auditivos o más táctiles (salvo los
ciegos, desde luego, como nos señalaría Georges Brassens en su deliciosa
canción “La mauvaise réputation” [La mala reputación]). Lo cierto es que
algunas estrategias funcionan mejor que otras –por ejemplo, resulta más fácil
memorizar una imagen que una palabra–, pero esto es así para todos los niños.
No hay material o situación alguna que pruebe que existan subtipos de niñas o
de niños con estilos de aprendizaje radicalmente diferentes, de modo que los
niños de tipo A aprendan mejor con la estrategia A, y que los niños de tipo B
aprendan mejor con la estrategia B (Pashler y otros, 2008). Hasta donde
sabemos, todos los seres humanos compartimos el mismo algoritmo de aprendizaje.
“Pero
¿cómo…?”. Sí, ya mismo puedo escuchar las exclamaciones y las preguntas: “¿Qué
pasa con todos esos libros y software de educación especial
que dicen adaptar la educación a las necesidades de cada niño? ¿Acaso son
inútiles, sin más?”. No necesariamente. Deberíamos hacer un claro deslinde
entre la estrategia de enseñanza (visual, auditiva, basada sobre recompensas contra
castigos, etc.) y los contenidos de una lección. Por supuesto, hay una enorme
variación entre los contenidos adquiridos a determinada edad. En primer grado,
por ejemplo, el 10% de los niños, el que está en la parte superior de la curva
de rendimiento, lee más de 4.000.000 de palabras por año, mientras que el 10%
en la parte inferior de la misma curva, lee menos de 60.000, con obvias consecuencias
en su dominio del vocabulario sofisticado y las estructuras gramaticales. En el
caso extremo de una dislexia, es posible que lisa y llanamente no sean capaces
de leer y que durante unos años más sigan sin lograrlo. Los déficits de
desarrollo, como la dislexia y la discalculia, pueden presentarse con
diferentes perfiles, e indudablemente vale la pena diagnosticar al detalle la
índole exacta de la discapacidad para poder adaptar el contenido de las
lecciones. Todos los niños se benefician de las intervenciones pedagógicas
cuyos contenidos se adaptan a sus dificultades específicas. Por ejemplo, muchos
niños, incluso en matemáticas avanzadas, no entienden cómo funcionan las
fracciones, en cuyo caso es bastante útil volver a este punto (todos los niños se
benefician de la metáfora de la recta numérica, que explica, por ejemplo, cómo
puede ser visualizado 5⁄6 al fragmentar un segmento en seis partes iguales y
luego extraer cinco de esas porciones). Pero esta obviedad no resta valor a la
afirmación, también correcta, de que todos aprendemos esos hechos, contenidos o
metáforas con la misma maquinaria básica: una que prefiere la atención
concentrada en vez de la doble tarea, el compromiso activo en vez de la lectura
pasiva, la corrección detallada de errores en vez del elogio falso, y también
la enseñanza explícita antes que el constructivismo o el aprendizaje por
descubrimiento.
§. Sobre
la curiosidad, y cómo despertarla
πάντες
νθρωποι το εδέναι ρέγονται φύσει
[Todos los hombres tienen naturalmente el deseo de saber]
Aristóteles, Metafísica (~335 a.C.)
No tengo talento especial alguno, sino que tan solo soy apasionadamente
curioso.
Albert Einstein, en carta a Carl Seelig, 11 de marzo de 1952
Una de
las bases del compromiso activo es la curiosidad, el deseo de aprender, la sed
de conocimiento. Estimular la curiosidad de los niños significa haber ganado ya
la mitad del partido. Una vez que su atención se moviliza y su mente está en
busca de una explicación, no queda otra opción más que guiarlos hacia allí. En
igualdad de condiciones, desde el jardín de infantes, los alumnos más curiosos
son quienes tienen mejores resultados en lectura y en matemáticas (Shah y
otros, 2018). Lograr mantener la curiosidad de los niños, entonces, es uno de
los factores clave de una educación exitosa.
Pero ¿qué
es exactamente la curiosidad? ¿A qué necesidad darwiniana obedece? ¿A qué tipo
de algoritmo corresponde?
Jean-Jacques
Rousseau escribió en Emilio o De la educación: “Solo somos curiosos
en la medida en que somos instruidos”. También en eso se equivocaba: la
curiosidad no es un efecto de la enseñanza, una función que debamos adquirir.
Está presente desde la edad más temprana y forma parte integral de nuestra
biología de hombres neuronales; es uno de los ingredientes de nuestro algoritmo
de aprendizaje. No esperamos, sin más, de forma pasiva, que nos llegue la
información nueva, como hacen, con su característica necedad, todas las redes
neuronales actuales, simples funciones de entrada-salida sometidas a su
entorno. Como señalaba Aristóteles, los seres humanos nacemos con una pasión
por conocer y buscamos permanentemente la novedad, mediante la exploración
activa del entorno para descubrir cosas que podamos aprender.
La
curiosidad es un recurso fundamental del organismo: una fuerza propulsora que
nos hace reaccionar, al ifgual que el hambre, la sed, la necesidad de seguridad
o el deseo de reproducirnos. ¿Qué función cumple la curiosidad en la
supervivencia? Las especies como la nuestra (y gran parte de los mamíferos,
además de numerosos pájaros y peces) se interesan por explorar el ambiente para
así manejarlo mejor. Sería peligroso instalar el nido o el lecho sin antes
dominar un mapa del entorno. En un universo inestable, poblado de predadores,
realizar periódicamente un reconocimiento del terreno, verificar si el ambiente
se modificó, investigar el origen de un ruido inesperado puede hacer toda la
diferencia entre la vida y la muerte. La curiosidad es la determinación que
empuja a los animales a salir de su zona de confort para adquirir conocimiento.
En este sentido, cualquier información posee valor en la moneda propia de
Darwin: la supervivencia.
Prosigamos.
La curiosidad se parece a la búsqueda de alimento o de parejas sexuales, pero
está motivada por un valor inmaterial: la adquisición de información nueva. De
hecho, las investigaciones en neurobiología demuestran que en el cerebro humano
el descubrimiento de información antes desconocida conlleva su propia
recompensa: activa el circuito de la dopamina. Recuerden que este circuito se
enciende en respuesta al alimento, las drogas o el sexo. Sin embargo, en los
primates, y acaso en todos los mamíferos, este circuito ya no responde solo a
las recompensas materiales, sino también a la información nueva. Algunas
neuronas dopaminérgicas señalan la cantidad de información que vendrá, como si
el incremento de la información nueva aportara su propia gratificación
(Bromberg-Martin y Hikosaka, 2009). De este modo, una rata puede ser
condicionada no solo por la droga, sino también por la novedad: podemos
inducirla a preferir un lugar por el solo motivo de que allí suele haber
objetos novedosos, de modo que encontrará algo para satisfacer su curiosidad
(Bevins, 2001). Los seres humanos no actuamos distinto cuando nos trasladamos a
una gran ciudad con el objetivo de encontrar nuevas distracciones o cuando,
ávidos de la última comidilla de la farándula o de nuestros amigos y enemigos,
consumimos frenéticamente Facebook o nos volvemos visitadores seriales de
Twitter.
También
en nuestra especie el apetito de saber pasa por el circuito de la dopamina,
incluso cuando se trata de una curiosidad puramente intelectual.
Imaginen
que están tumbados en un resonador magnético y se les hace una pregunta al
estilo de juegos como Preguntados o Trivial Pursuit, por ejemplo:
“¿En qué
año se jugó el primer Mundial de Fútbol?” (Gruber, Gelman y Ranganath, 2014;
véase también Kang y otros, 2009). Antes de aplacar la curiosidad, se les
pregunta con qué grado de exactitud quieren conocer la respuesta. ¿Resultado?
El grado de curiosidad que ponen de manifiesto predice la actividad del núcleo
accumbens y del área tegmental ventral, dos regiones esenciales del circuito
cerebral de la dopamina. A mayor curiosidad, más se encienden estas regiones.
Eso no es todo: sus señales se desencadenan por anticipación. Incluso antes de
conocer la respuesta, el simple hecho de saber que pronto van a acceder a ella
excita sus circuitos dopaminérgicos y aporta su propia recompensa. Y todas
estas señales de la curiosidad son útiles porque permiten predecir el
aprendizaje: retendrán mejor los hechos que suscitaban su curiosidad. Incluso
recordarán otros elementos anecdóticos, por ejemplo, el rostro de alguien que
estaba presente o de la persona que les enseñó esa información que tanto
deseaban conocer. La avidez por saber determina la profundidad con que se
procesará en la memoria.
Por obra
del circuito de la dopamina, la satisfacción de nuestro apetito por aprender, o
incluso de anticipar que vamos a hacerlo, constituye una recompensa en sí
misma. El aprendizaje posee un valor intrínseco para el sistema nervioso. Lo
que llamamos “curiosidad” no es otra cosa que la explotación de ese valor. Una
vez alcanzada esta instancia, la especie humana es singular, porque, más que
cualquier otra, posee la capacidad de aprender.
Durante
el transcurso de la hominización, nuestra capacidad de representación del mundo
cambió. Somos acaso los únicos animales con capacidad de construir teorías
formales del mundo en un lenguaje del pensamiento. La ciencia se convirtió en
nuestro nicho ecológico: el Homo sapiens es la única especie
que no tiene un hábitat específico, pero que, gracias al aprendizaje, logra
adaptarse a casi cualquier ambiente.
Junto con
esta extraordinaria expansión de la facultad del aprendizaje, la curiosidad
humana parece haberse multiplicado por diez. A lo largo de la evolución,
adquirimos una forma extendida de curiosidad que llamamos “curiosidad
epistémica”: el puro deseo de saber, en todos los campos, incluidos los más
abstractos. Como otros mamíferos, jugamos y exploramos, pero no solamente al
movernos, sino también al pensar. Del mismo modo en que otros animales exploran
el espacio que los rodea, nosotros exploramos los conceptos. Y nuestra especie
siente emociones epistémicas específicas, vale decir, destinadas a guiar la sed
de conocimiento. Nos regocijamos, por ejemplo, ante la simetría y la belleza
puras de las estructuras matemáticas: un magnífico teorema puede conmovernos
tanto más que una tableta de chocolate. La risa también parece ser una de esas
emociones sociales que guían el aprendizaje. En efecto, muchas veces se
desencadena cuando, de pronto, descubrimos que una de las hipótesis implícitas
es falsa, lo que nos obliga a revisar nuestro modelo del mundo. De acuerdo con
el filósofo Daniel Dennett, la hilaridad sería una señal social contagiosa que
compartimos con las demás personas para así llamar la atención sobre cierta
información inesperada que, de pronto, nos hace notar que debemos revisar
nuestras creencias (Hurley, Dennett y Adams, 2011). Y, efectivamente, en
igualdad de condiciones, el simple hecho de reír durante el aprendizaje aumenta
la curiosidad y mejora la memoria (Esseily y otros, 2016).
§. Saber
qué y cuánto sabemos multiplica la curiosidad
Varios psicólogos intentaron definir con precisión a qué algoritmo corresponde
la curiosidad humana. En efecto, si lográramos comprenderlo, no solo
dominaríamos mejor esta variable esencial para el aprendizaje, sino que también
podríamos reproducirla en una máquina que imitara a la especie humana: un robot
curioso.
Este
enfoque algorítmico comenzó a dar sus frutos. Los psicólogos más importantes,
desde William James hasta Jean Piaget o Donald Hebb, especularon sobre la
índole de las operaciones mentales que sostienen la curiosidad. Para ellos, la
curiosidad es la expresión directa de la motivación de los niños para
comprender el mundo y para intentar construir un modelo de él (Loewenstein,
1994). Se desencadena cada vez que el cerebro detecta un desfase entre lo que
ya conocemos y lo que nos gustaría conocer, una zona de aprendizaje potencial.
A cada instante y entre las acciones que tenemos a disposición, elegiríamos
aquellas con más posibilidades de reducir esa brecha de conocimiento y
permitirnos adquirir información útil. La curiosidad funcionaría entonces como
un pequeño sistema cibernético, parecido al famoso regulador de Watt que, en
las locomotoras a vapor, abre o cierra una válvula de escape para así conservar
una presión de vapor constante. En el caso de la curiosidad, se trataría de un
regulador que permanentemente busca preservar determinada presión de
aprendizaje. La curiosidad nos guía hacia lo que nos parece que podemos
aprender, mientras que nos aleja de aquello que ya sabemos, o de las áreas que,
según dicta nuestra experiencia, ya nada tienen para enseñarnos.
Así, la
curiosidad no tiene una relación directa con el grado de sorpresa o de novedad,
sino que traza una curva de campana (Kang y otros, 2009; Kidd, Piantadosi y
Aslin, 2012, 2014; Loewenstein, 1994). No sentimos curiosidad alguna por
aquello que ya vimos mil veces. Tampoco sentimos ni una brizna de atracción por
las cosas demasiado nuevas y confusas, cuya estructura resulta inasible:
presentan una complejidad tal que nos disuade. Entre la monotonía de lo
demasiado simple y el rechazo de lo demasiado complejo, nuestra curiosidad nos
orienta naturalmente hacia los ámbitos nuevos y accesibles. Pero esta atracción
cambia a cada instante. A medida que los dominamos, perdemos interés en los
objetos que nos parecían atractivos, y reorientamos la curiosidad hacia otros
desafíos novedosos. Así, una beba que inicialmente se apasiona por las cosas
más triviales (jugar con los dedos del pie, cerrar los ojos, esconderse detrás
de la mano…), porque todo le resulta una fuente potencial de aprendizaje, una
vez que absorbió todo el saber posible de estas experiencias, pierde el
interés. Por ese mismo motivo ya ningún científico reproduce las experiencias
de Galileo: lo conocido se vuelve aburrido.
Pero el
algoritmo mismo explica también que a veces nos desviemos de un campo que nos
atraía pero que luego se revela demasiado difícil: el cerebro evalúa la
velocidad de aprendizaje y la curiosidad se extingue si detecta que no
avanzamos lo suficiente según nuestras expectativas. Por eso, un niño puede
ingresar a una orquesta en alas de su pasión por el violín para alejarse
semanas más tarde, cuando nota que aprender a tocarlo no es algo que se logre
en cuestión de días.
Dos
especialistas en robótica franceses, Frédéric Kaplan y Pierre-Yves Oudeyer,
lograron concretar estas ideas en un robot (Gottlieb y otros, 2013; Kaplan y
Oudeyer, 2007), mediante un algoritmo que abarca varios módulos.
El
primero es un sistema clásico de inteligencia artificial, que permanentemente
intenta predecir el estado del mundo exterior. El segundo, más innovador,
evalúa el desempeño del primero: mide la velocidad del aprendizaje reciente y
la utiliza para predecir en qué campos el robot asimila más información nueva
por segundo. Por último, el tercer módulo es un circuito de recompensa, que
asigna más valor a las acciones que, según se supone, deben llevar a un mejor
aprendizaje. Resultado: de por sí, el sistema se orienta hacia los campos en
que estima que aprenderá más, lo que constituye la definición misma de la
curiosidad según Kaplan y Oudeyer.
Figura 32. La curiosidad es un ingrediente esencial del algoritmo de
aprendizaje que emplea nuestro cerebro. Actualmente se lo reproduce en las
máquinas. Aquí, un pequeño robot explora una manta para bebés. Lo guía una
función de recompensa que a cada instante le hace elegir la acción que maximiza
el aprendizaje. Tan pronto como el robot domina un parámetro, una porción del
mundo, esa zona pierde su interés y él reorienta su atención hacia otro lugar.
Cuando se
lo posa sobre una manta, este robot curioso, provisto de este algoritmo, se
comporta exactamente como un niño pequeño (figura 32).
Durante
algunos minutos, se apasiona por un elemento en especial y, por ejemplo, pasa
todo su tiempo levantando la oreja de un elefante de tela. Pero a medida que
aprende a utilizarlo, su curiosidad disminuye. En un momento, se desvía y busca
activamente otras fuentes de estimulación. Luego de una hora, deja de explorar
la manta: aparece una forma digital de aburrimiento, ya que el robot considera
que todo lo aprendible le resulta conocido.
La
analogía con un niño pequeño es impactante. Incluso los bebés de pocos meses se
orientan hacia los estímulos de complejidad intermedia, ni demasiado sencillos
ni demasiado complejos, pero lo suficientemente estructurados como para que
puedan aprenderlos (lo que fue descripto como “efecto Ricitos de Oro”; Kidd,
Piantadosi y Aslin, 2012, 2014). Para maximizar su aprendizaje, será necesario
enriquecer a cada instante el ambiente con objetos novedosos, lo bastante
estimulantes como para que no resulten desalentadores. Es responsabilidad de
los adultos proporcionarles una jerarquía pedagógica bien concebida, que los
conduzca de modo sostenido y gradual hacia la cumbre, incentivando
constantemente su apetito por el saber y la novedad.
Este
enfoque lleva a una predicción interesante: para ser curiosa, una criatura debe
ser consciente de lo que no sabe, y, según Kaplan y Oudeyer, quizá también de
su velocidad de aprendizaje. En otras palabras: desde la edad más temprana debe
poseer facultades que se dan en llamar “metacognitivas”. La metacognición es la
cognición sobre la cognición, vale decir, el conjunto de sistemas que
supervisan los aprendizajes y evalúan todo el tiempo qué sabemos y qué no, si
nos equivocamos o no, si somos rápidos o lentos, y así sucesivamente: todo lo
que conocemos sobre nuestra propia mente.
La
metacognición desempeña un papel determinante en la curiosidad. En efecto, ser
curioso es querer saber, y eso supone también saber lo que todavía ignoramos.
También en este punto, existen experiencias muy recientes que confirman que, al
cumplir 1 año de vida, y tal vez incluso antes, los niños comprenden que hay
cosas que no saben (Dehaene, Lau y Koudier, 2017; Goupil, Romand-Monnier y
Kouider, 2016; Lyons y Ghetti, 2011). En efecto, a esa edad, los bebés acuden
rápidamente a la persona adulta que los acompaña cuando no logran resolver un
problema solos. El hecho de saber que no saben los impulsa a pedir más
información. Esto ya es la manifestación de una forma de curiosidad epistémica:
el deseo irresistible de saber.
§. Tres
maneras de atentar contra la curiosidad en la escuela
Todos los padres y las madres sienten nostalgia de la infancia temprana, la
etapa en que la mente de su hijo brillaba de curiosidad. Entre los 2 y los 5
años, la niña siente curiosidad por todo. Su frase favorita es “¿por qué?”: no
deja de experimentar con el mundo y de interrogar a los adultos con el objetivo
de aplacar su sed de conocimiento. Sin embargo, este apetito que parecía
insaciable termina por decaer, muchas veces luego de unos pocos años en la
escuela. Algunos niños no pierden la curiosidad por todo, pero muchos otros se
cierran a esa intriga. El compromiso activo se vuelve triste pasividad. ¿La
ciencia de la curiosidad puede explicar por qué? Todavía no tenemos todas las
respuestas, pero me gustaría proponer aquí algunas hipótesis que no son por
completo arbitrarias.
·
Primera hipótesis: la falta de estimulación
apropiada al nivel del niño. De acuerdo con el algoritmo que acabamos de
describir, es normal que la curiosidad disminuya con el transcurso del
aprendizaje: cuanto mejor dominamos un área, más nos encontramos con los
límites del aprendizaje que nos ofrece y menos nos interesa. Para sostener la
curiosidad, entonces, es necesario que la escuela continúe proveyendo a la
supercomputadora que es el cerebro estímulos a la altura de la inteligencia de
los niños. Sin embargo, eso no siempre sucede. A los alumnos más avanzados
puede faltarles estimulación: luego de algunos meses, su curiosidad se
desvanece y ya no esperan gran cosa de la escuela, porque sus sistemas
metacognitivos asimilaron que, por desgracia, no aprenderán mucho más allí.
Existe una solución: estimular su curiosidad dándoles, otra vez, grano para
moler: idiomas para descifrar, rompecabezas para resolver, verdaderos desafíos
para su inteligencia. En el otro extremo de la curva, los alumnos con
dificultades pueden decaer por el motivo contrario. La causa siempre reside en
la metacognición: ya no tienen motivos para ser curiosos, porque han aprendido…
que no lograrán aprender. Su experiencia pasada dejó grabada, en lo más
profundo de sus circuitos metacognitivos, una regla simple (aunque falsa): “Soy
incapaz de aprender tal o cual campo del plan escolar” (ya sea matemáticas,
lectura, historia o cualquier otro). Semejante consternación no es inusual:
algunas niñas se convencen de que las matemáticas no son para ellas (Spencer,
Steele y Quinn, 1999; Steele y Aronson, 1995), mientras que los niños de
barriadas marginales llegan a creer que la escuela es hostil con ellos y que no
les enseñará nada útil para su futuro. Este tipo de juicios metacognitivos son
desastrosos, porque desmotivan a los estudiantes y aniquilan su curiosidad desde
el principio. La única solución es volver a despertar la confianza de estos
niños demostrándoles, por medio de problemas adaptados a su nivel, que son
perfectamente capaces de aprender, a su ritmo, y que llegar a esto es en sí una
recompensa. La teoría de la curiosidad postula que, cuando un niño está
desmotivado, sin importar si es brillante o tiene dificultades, antes que nada
hay que volver a transmitirle el placer del aprendizaje proponiéndole estímulos
adaptados a sus capacidades.
·
Segundo disuasor: el castigo a la curiosidad. El
apetito de descubrimiento de los niños se puede aniquilar desde el principio
por obra de una organización escolar demasiado rígida. La enseñanza
tradicional, que se vale de la clase magistral, puede disuadirlos de intervenir
o incluso de reflexionar. Puede causarles la impresión de que lo único que se
les pide es que se sienten y se queden tranquilos hasta el final de la clase.
La interpretación neurofisiológica de esta situación es sencilla: dentro del
circuito de la dopamina, la señal de recompensa ligada a la curiosidad entra en
competencia con las otras recompensas y penalidades exteriores. Entonces, es
posible desalentar la curiosidad sancionando cada intento de exploración con
una penalización. Imaginen a una niña a quien, cada vez que intenta intervenir,
se la regaña, se la burla o se la castiga: “Pregunta idiota”, “Mejor sería que
te quedaras callada”, “Te quedarás media hora más a estudiar”… Su cerebro
aprenderá muy rápido a inhibir la curiosidad y dejar de participar en clase: la
recompensa ligada a la curiosidad que anticipaba su sistema de dopamina −el
placer de aprender algo nuevo − se ve enormemente compensada por las señales
negativas que recibe ese mismo circuito. El castigo repetido implica un
síndrome de impotencia adquirida [ learned helplessness], un tipo
de parálisis física y mental asociada al estrés y a la ansiedad, que, según
demuestra la investigación en animales, inhibe los aprendizajes (Caroni, Donato
y Muller, 2012; Donato, Rompani y Caroni, 2013; Kim y Diamond, 2002; Noble, Norman
y Farah, 2005). ¿La solución? Es muy conocida para la mayoría de los docentes.
Es cuestión de recompensar la curiosidad y no de penalizarla: alentar las
preguntas, pedirles a los niños que hagan exposiciones sobre lo que los
apasiona, felicitar a cada alumno por sus iniciativas, aunque sean torpes… Las
neurociencias de la motivación son claras en extremo: para tener ganas de
realizar la acción X, hace falta anticipar que traerá aparejada una recompensa,
que puede ser directa (alimentación, sexo, confort) o cognitiva (adquisición de
información). Muchos niños y niñas perdieron cualquier tipo de curiosidad,
todas y cada una de las motivaciones para aprender, porque se acostumbraron a
no esperar recompensas por parte de la escuela (las calificaciones o notas
numéricas, sobre las que hablaremos más adelante, suelen contribuir a este
triste estado de las cosas).
·
Tercer factor que puede desalentar la curiosidad:
la transmisión social del conocimiento. Recuerden que la especie humana
dispone de dos modos de aprendizaje: el modo activo, en que el niño experimenta
constantemente y se interroga como un científico en ciernes; y el modo
receptivo, pedagógico, en que se contenta con registrar lo que otras personas
le enseñan. La escuela solo alienta el segundo modo, y acaso desaliente
gradualmente el primero, a medida que el niño descubre que el docente siempre
sabe más que él. Una experiencia reciente demuestra que este efecto es real: la
actitud del docente puede pulverizar la curiosidad del niño (Bonawitz y otros,
2011). En su laboratorio de cognición infantil en el MIT, la psicóloga del
desarrollo estadounidense Laura Schultz les presenta a alumnos del jardín de
infantes un extraño artilugio: un conjunto de tubos de plástico que incluyen
juguetes inesperados de todo tipo (allí están escondidos un espejo, una bocina,
un juego de luces y una caja de música). Si se le entrega este artefacto a una
niña sin hacer mayor comentario, se desencadena inmediatamente un
comportamiento de exploración: busca, husmea y rebusca en cada rincón hasta que
encuentra todos los tesoros escondidos. Ahora, tomen un nuevo grupo de jardín
de infantes e induzcan a los niños al modo pedagógico pasivo, receptivo. Todo
lo que tienen que hacer es darles el objeto diciéndoles: “Miren, les voy a
mostrar mi juguete, hace así”… y enciendan, por ejemplo, la caja de música.
Podríamos pensar que esta frase estimula la curiosidad de los niños… pero el
efecto es inverso: la exploración disminuye enormemente. El niño parece
construir la hipótesis (muchas veces correcta) de que el docente intenta
ayudarlo al máximo, y que por ese motivo le presentó todas las funciones
interesantes del aparato. En este contexto, ya no hay necesidad de buscar: la
curiosidad se ve inhibida. Otros experimentos revelan que los niños tienen en
cuenta la actitud previa del docente. Si este siempre hace demostraciones
exhaustivas, entonces los niños dejan de buscar. Cuando se ven confrontados a
un juguete nuevo, del cual el docente muestra y explica una función, ya no
exploran todas sus facetas, porque piensan que el docente agotó cuanto había
que saber al respecto. Si, en cambio, el maestro los deja ver que no siempre
sabe todo, entonces los niños no desisten de buscar.
¿Cuál es
entonces el método correcto? Yo recomiendo tener siempre presente el concepto
de compromiso activo. Involucrar al máximo la inteligencia del niño significa
tenerlo alerta con preguntas y observaciones que estimulen su imaginación, y
que despierten sus ganas de ir más allá. No se trata de dejar que el alumno
descubra todo por sí solo, lo que equivaldría a caer en el escollo de las
pedagogías del descubrimiento. Lo ideal es proponer una pedagogía estructurada,
pero que aliente la creatividad del niño haciéndole saber que aún quedan mil
cosas por descubrir. Recuerdo a un docente que, justo antes de las vacaciones
de verano, me dijo: “Acabo de leer un pequeño problema de matemáticas que no
pude resolver”. Y así fue cómo pasé todo el verano reflexionando sobre ese
problema, en un intento por superar al profesor…
Suscitar
el compromiso activo de los niños va de la mano de otro imperativo: tolerar el
error y corregirlo con rapidez. Este será el tercer pilar del aprendizaje que
desarrollaremos.
Capítulo
9
El error es productivo y dar un buen feedback es garantía de
mejores aprendizajes
Sería
necesario aprender a equivocarse con buen humor. […] Pensar es ir de error en
error.
Alain (Émile Chartier), Charlas sobre educación (1932)
El único hombre que nunca comete un error es el hombre que nunca hace nada.
Atribuido a Theodore Roosevelt (1900), En 1940, el joven
Contenido:
§. La
sorpresa, motor del aprendizaje
§. El cerebro está repleto de mensajes de error
§. Feedback no es sinónimo de castigo
§. La calificación, ese penoso sucedáneo del feedback
§. Evaluarse para aprender mejor
§. La regla de oro: planificar intervalos entre los aprendizajes
Alexandre
Grothendieck no tenía más que 11 o 12 años. No sabía que se convertiría en uno
de los matemáticos más influyentes del siglo XX ni que inspiraría a una
generación entera (a instancias de él se fundó, en 1958, el célebre Instituto
de Altos Estudios Científicos de Bures-sur-Yvette, que respaldó a tantos
futuros galardonados con la Medalla Fields). Pero el joven Alexandre ya
trabajaba con las matemáticas… con mayor o menor alegría. Prestemos atención a
sus memorias:
Hacia la
edad de 11 o 12 años, cuando estaba recluido en el campo de concentración de
Rieucros (cerca de Mende), descubrí los juegos de trazos con el compás, y quedé
particularmente encantado por las rosetas de seis secciones que se obtienen al
dividir la circunferencia en partes iguales con ayuda de la apertura del compás
mismo, trasladada a la circunferencia seis veces, lo que lleva de regreso al
punto exacto de partida. Esta constatación experimental me convenció de que la
longitud de la circunferencia era exactamente igual a seis
veces la del radio. Cuando luego […] vi en un manual que se suponía que
la relación era tanto más compleja, que teníamos
Esta confianza que un niño puede tener en sus propias ideas, dejándose llevar
por sus facultades en vez de dar por sentado lo aprendido en la escuela o lo
leído en los libros, es valiosísima. Sin embargo, quienes lo rodean no dejan de
desalentarla a cada instante.
Muchos verán en la experiencia que reseño aquí el ejemplo de una presunción
infantil, que luego debió rendirse ante el saber recibido, ya que al final su
cuota de ridículo salió a relucir por el peso mismo de los hechos. Sin embargo,
el modo en que yo viví este episodio en nada me daba la sensación de un
desacierto, de un ridículo, sino antes bien la de un nuevo descubrimiento: […]
el de un error (Grothendieck, 1986).
Qué
confesión extraordinaria y qué lección de humildad del mejor matemático del
mundo: admite haber creído durante mucho tiempo que el número π era igual a 3…
Y sin embargo, Grothendieck tiene razón en algo más: los errores desempeñan un
papel crucial en el aprendizaje. Cometer errores es la forma más natural de
aprender; así, aprendizaje y error se tornan casi sinónimos, porque cada
equivocación ofrece una oportunidad.
Los
Shadoks, pajarracos regordetes del espacio exterior que protagonizaban una
serie francesa de animación muy popular durante mis años de infancia, elevaron
caprichosamente este concepto al rango de precepto, con el humor absurdo que
los caracterizaba: “Al intentar constantemente terminamos por tener éxito.
Luego, cuanto más falla algo, más posibilidades tenemos de que funcione”. Y con
esta lógica perfecta e implacable, dado que el cohete que intentaban lanzar
tenía solo una posibilidad en un millón de despegar, los Shadoks apuraron los
999.999 fracasos iniciales para finalmente alcanzar el éxito…
Más allá
y más acá del humor, es cierto que resulta casi imposible progresar si no
empezamos por fallar. Siempre que recibamos comentarios sobre cómo mejorar,
siempre que tengamos una señal que nos indique el camino correcto, los errores
tenderán a disminuir. Por eso, lograr un buen feedback –vale
decir, una devolución amable que detecte, explique y corrija el error– es el
tercer pilar del aprendizaje, y uno de los parámetros educativos más
influyentes: la calidad y la precisión de la devolución (la señal que recibimos
sobre nuestro error) son cruciales en la velocidad con la cual aprendemos.[21]
§. La
sorpresa, motor del aprendizaje
Recordemos los algoritmos de aprendizaje que ya analizamos en el primer
capítulo, y que permiten a un tirador ajustar su puntería o a una red neuronal
artificial aprender al corregirse. La premisa es sencilla: en primer lugar
intentemos, aunque eso conlleve fallar, porque el tamaño y la orientación del
error nos indican cómo mejorar en el siguiente intento. Apuntamos, disparamos,
evaluamos por cuánto nos alejamos del objetivo y utilizamos esta información
para corregir el próximo disparo. Así, un tirador aprende a apuntar y (en una
escala más amplia) una red neuronal artificial logra ajustar los millones de
parámetros que definen su modelo interno del mundo exterior.
Pero ¿el
cerebro funciona de la misma manera? Desde la década de 1970, se acumula la
evidencia en favor de esta hipótesis. Dos investigadores estadounidenses,
Robert Rescorla y Allan Wagner, proponen que el cerebro aprende únicamente si
percibe un desfase entre lo que predice y lo que recibe.
Aprender
resulta imposible en ausencia de una señal de error: “Los organismos solo
aprenden cuando los acontecimientos contrarían sus expectativas” (Rescorla y
Wagner, 1972). En otras palabras, la sorpresa es uno de los motores fundamentales
del aprendizaje.
La teoría
de Rescorla y Wagner explica muy bien los detalles de un paradigma de
aprendizaje llamado “condicionamiento clásico”. Todos conocemos el caso del
perro de Pávlov. En los experimentos de condicionamiento pavloviano, un perro
oye una campana, que al principio es un estímulo neutro y sin efecto alguno.
Con todo, después de que el tañido de la campana, por repetición, queda
asociado con la comida, termina por provocar un reflejo condicionado. El perro
saliva cada vez que lo oye, porque ya aprendió que este sonido precede
sistemáticamente a la llegada de la comida. Al respecto, la regla de Rescorla y
Wagner supone que el cerebro utiliza los estímulos sensoriales (las sensaciones
generadas por la campana) para predecir la probabilidad de que los acompañe
otro estímulo (el alimento). Estipula que:
·
El cerebro se forja una predicción al ponderar los
estímulos sensoriales.
·
Luego calcula la diferencia entre la predicción y
el estímulo realmente obtenido: se trata de lo que se conoce como “error de
predicción”, concepto fundamental de la teoría, que determina el grado de
sorpresa asociado a un estímulo.
·
Después, el cerebro corrige su representación
interna, en proporción directa con la fuerza del estímulo y el valor del error
de predicción, con el objetivo de que su próxima predicción esté más cerca de
la realidad.
Sin
ambages, esta teoría incluye los tres pilares que ya postulamos: el aprendizaje
solo se produce si el cerebro amplifica las entradas sensoriales apropiadas
(atención), si las utiliza para generar una predicción (compromiso activo) y si
logra determinar su precisión ( feedback).
La
ecuación que Rescorla y Wagner formularon en 1972 se demostró notablemente
profética. Es casi idéntica a la que luego se utilizaría en las redes
neuronales artificiales con el nombre de “regla delta”. Una y otra son casos
peculiares de la regla de retropropagación de errores que en la práctica
emplean todos los sistemas actuales de aprendizaje supervisado (en que
enseñamos explícitamente a la red una respuesta bien precisa). Además, en el
caso del aprendizaje por recompensa (en el cual se indica a la red en qué grado
exacto se equivoca) se utiliza otra ecuación similar: la red predice la
recompensa y la diferencia entre su predicción y la recompensa efectiva se
utiliza para actualizar la representación interna.
Por lo
tanto, podemos afirmar que las máquinas de aprendizaje actuales dependen de
ecuaciones directamente inspiradas en las ciencias del cerebro.
Pero,
como vimos, el cerebro humano llega todavía más lejos: para obtener un máximo
de información de cada episodio de aprendizaje, es probable que se valga de un
lenguaje del pensamiento y de modelos estadísticos tanto más refinados que las
redes neuronales artificiales de la actualidad. Sin embargo, la idea
fundamental de Rescorla y Wagner aún es exacta: el cerebro intenta anticipar
sobre la base de los estímulos que recibe, y ajusta estas predicciones de
acuerdo con la sorpresa, la improbabilidad o el error que comete. Aprender es
reducir lo impredecible.
La teoría
de Rescorla y Wagner tuvo una influencia considerable, porque constituyó un
progreso muy importante respecto de las teorías previas, basadas sobre el
concepto de aprendizaje asociativo. En épocas pasadas, existía la muy divulgada
creencia de que el cerebro simplemente aprendía a “asociar” la campana y el
alimento, en vez de predecir la llegada de la comida a partir de la campanada:
se contentaba con un registro pasivo de todas las coincidencias entre los
estímulos y las respuestas. Ahora bien, esta concepción se demostró por
completo falsa incluso para el condicionamiento pavloviano.[22] Ni
siquiera el cerebro de un perro es un órgano pasivo que absorbe asociaciones.
El aprendizaje es activo y depende del grado de sorpresa causado por la
violación de nuestras expectativas.
Una de
las experiencias más notables que echan por tierra la noción de aprendizaje
asociativo es la del bloqueo (Beckers y otros, 2006; Fanselow, 1998; Waelti,
Dickinson y Schultz, 2001). En este caso, se expone al animal no a uno, sino a
dos índices sensoriales –por ejemplo, una campana y una luz–, como anuncio de
la inminente llegada del alimento. El secreto consiste en presentarlos uno
después del otro. Se comienza con la luz: el animal aprende que cuando esta se
enciende predice la llegada del alimento. Luego se presentan ensayos dobles, en
que la campana y la luz predicen el alimento.
Por
último, se prueba el efecto de la campana sola. Sorpresa: ¡no tiene efecto
alguno! Cuando la oye, el animal no saliva, parece que no retuvo ni una brizna
de la asociación, tantas veces repetida, entre la campana y la recompensa. ¿Qué
sucedió? Este hallazgo es incompatible con el asociacionismo, pero puede
explicarse perfectamente desde la teoría de Rescorla y Wagner. La idea clave es
que la adquisición de la primera asociación (luz → alimento) bloquea la segunda
(campana → alimento), porque la predicción que se debe solo a la luz explica
todo. El animal ya sabe que la luz predice la comida, por lo que su cerebro no
genera errores de predicción durante la segunda parte de la prueba, cuando la
campana y la luz juntas predicen la comida. Cero error, cero aprendizaje; por
lo tanto, el perro no adquiere conocimiento alguno de la asociación entre el
sonido y el alimento. Cualquier regla incorporada primero bloquea el
aprendizaje de la segunda.
Este
experimento de bloqueo directo demuestra con claridad que el aprendizaje no
funciona por asociación. A fin de cuentas, la asociación de la campanada con la
comida se repitió cientos de veces, pero, como señalábamos, no logró inducir
aprendizaje alguno. El experimento también revela que, en ausencia de sorpresa,
no se produce aprendizaje: el error de predicción resulta esencial para el
aprendizaje, al menos para los perros. De hecho, cada vez hay evidencia más
convincente de que las señales de error de predicción son omnipresentes;
ocurren en todo tipo de especies y en todo el cerebro.
Pero
¡atención! Hablamos de una señal de error interna, no necesariamente de un
error efectivo. La teoría no implica que el animal tenga que cometer un error
real para aprender. Supongamos que debo descubrir la respuesta correcta entre
dos opciones posibles; por ejemplo, si la capital de Sudáfrica es Pretoria o
Ciudad del Cabo. ¿La teoría da por sentado que si tengo la suerte de aventurar
una suposición correcta en el primer intento (al decir “Pretoria”), no aprendo
nada? Desde luego que no: incluso si respondí correctamente, mi confianza fue
endeble y mi predicción, incierta. Por puro azar, sin ayuda, tenía una
probabilidad del 50% de estar en lo cierto. En este caso, el feedback (los
comentarios que recibí) me aporta una información nueva: la certeza de que mi
respuesta al azar era correcta. De acuerdo con la ecuación de Rescorla y
Wagner, esta información nueva genera una señal de error: mide el desfase entre
la predicción (un 50% de posibilidades de tener razón) y lo que se consigue
saber al final (el 100% de certidumbre de conocer la respuesta correcta). En mi
cerebro, esta señal de error se propaga y actualiza mis conocimientos, lo que
aumenta mis posibilidades de responder “Pretoria” la próxima vez que me
pregunten. Por lo tanto, sería erróneo creer que lo importante para el
aprendizaje es cometer muchos errores, ¡como los Shadoks, que fallan al lanzar
sus primeros 999.999 cohetes! Lo importante es la sorpresa, el desfase entre la
predicción y la realidad; en definitiva, en eso consiste lo que llamamos “señal
de error”. Así, resulta fundamental recibir comentarios explícitos que reduzcan
la incertidumbre de quien aprende.
Si no hay
sorpresa, el aprendizaje es poco o nulo: actualmente, esta regla parece
validada en organismos de todo tipo, incluido el niño muy pequeño.
Recuerden
que la sorpresa es uno de los parámetros reveladores de las competencias
precoces de los bebés, cuando abren de par en par los ojos y miran durante más
tiempo si se les presentan eventos sorprendentes, que por arte de magia violan
las leyes de la física, la aritmética, las probabilidades o la psicología
(véanse las figuras 7 y 8). Pero el niño no se contenta con fruncir el ceño;
cada vez que se sorprende, aprende.
La
psicóloga estadounidense Lisa Feigenson llegó a esta conclusión a partir de
numerosas experiencias que demuestran que cada vez que el niño percibe un
evento imposible o improbable, se facilita el aprendizaje (Stahl y Feigenson,
2015). De este modo, cuando los bebés ven un objeto que atraviesa
misteriosamente un muro, retienen mejor el ruido que hace o el verbo que un
adulto acaba de emplear (“Como ves, acabo de blicar el juguete”). Cuando se les
entrega el objeto en la mano, lo exploran durante más tiempo que a otro que no
violó las leyes de la física. Este comportamiento sugiere que intentan
comprender: como científicos en pañales, realizan experimentos para intentar
reproducir lo que acaban de ver.
Si el
objeto atravesó un muro, lo tocan, como para constatar su solidez, mientras
que, si lo vieron transgredir las leyes de la gravedad y permanecer
misteriosamente suspendido en el aire, lo hacen caer de la mesa, para verificar
si es capaz de levitar. En otras palabras, la índole del error que el niño
acaba de observar define cómo actuará después para ajustar sus hipótesis.
Exactamente eso predice la teoría de la propagación de errores: cada evento
imprevisto trae aparejado un ajuste de los modelos internos del mundo.
Todos
estos fenómenos fueron documentados en bebés de 11 meses, pero probablemente
estén presentes desde mucho más temprano. El aprendizaje por corrección de
errores tiene validez universal en el mundo animal y existen muchos motivos
para pensar que las señales de error rigen el aprendizaje desde el principio
mismo de la vida.
§. El
cerebro está repleto de mensajes de error
Las señales de error tienen un papel tan fundamental en el aprendizaje que casi
todas las áreas cerebrales emiten e intercambian mensajes de ese tipo (figura
33; Friston, 2005; Naatanen y otros, 2007; Schultz, Dayan y Montague, 1997).
Tomemos un ejemplo sencillo: imaginen que oyen una serie de notas musicales,
siempre las mismas, do do do… Cuando se repite la nota, las
respuestas cerebrales disminuyen: es la adaptación, fenómeno que
revela que el cerebro aprende a predecir cómo seguirá la serie. De pronto, de
modo imprevisible, la nota cambia: do do do re. El área auditiva
primaria responde de inmediato con una reacción de sorpresa: la adaptación se
desvanece y otras neuronas más comienzan a activarse vigorosamente ante lo
inesperado. Así, la adaptación se debe tanto a la repetición como a la simple
predictibilidad de las notas. Efectivamente, si se presenta una alternancia de
notas como do re do re do re…, el cerebro se habitúa a este vaivén
sistemático, su respuesta disminuye, y una secuencia inesperada ( do re
do re dodo) desencadena la sorpresa (Strauss y otros, 2015;
Todorovic y De Lange, 2012).
Al
parecer, el área auditiva realiza un cálculo sencillo: utiliza el pasado
reciente para predecir el futuro. Dado que poco antes se repitió una nota o un
grupo de notas, esta región llega a la conclusión de que otro tanto sucederá en
el futuro.
Figura 33. El error es fundamental para el aprendizaje. Al detectar los
errores, el cerebro logra corregir sus modelos del mundo. Casi todas las
regiones cerebrales emiten e intercambian señales de error. En esta experiencia
se trata de un error auditivo. En primer lugar, se hace escuchar muchas veces
una breve frase musical de cinco notas. Cuando la secuencia cambia sin aviso,
una respuesta de sorpresa (en gris, tanto en el diagrama como en las corcheas)
señala el error a otras regiones del cerebro, con lo cual les permite
corregirse.
Esta
predicción resulta útil, porque evita prestar atención a las señales
previsibles y aburridas. Cualquier sonido que se repite queda relegado al nivel
de entrada, ya que su actividad es cancelada por una predicción esmerada. Como
la señal sensorial que ingresa es casi idéntica a la predicción que el cerebro
realizó, la diferencia es nula y no se propagan señales de error a las regiones
cerebrales de niveles superiores. La sustracción de la predicción cancela la
información que ingresa, pero únicamente en la medida en que es previsible. Por
el contrario, todo cuanto viole las expectativas será amplificado. En efecto,
el área auditiva reacciona como un filtro: únicamente transmite a los niveles
superiores de la corteza la información sorprendente, imprevisible, que no
logra explicar por sí sola.
Las áreas
auditivas detectan las falsas notas locales (arriba), mientras que una red
extendida, que llega hasta la corteza prefrontal, detecta las violaciones
globales de la melodía (abajo).
Cada
región cerebral deriva al nivel siguiente lo que no puede explicar, para que
este intente, a su vez, comprenderlo. El proceso da lugar a una jerarquía de
mensajes de error. Por ejemplo, como acabo de explicar, en un nivel bajo la
melodía do do do re suscita una señal de error en la corteza
auditiva cuando recibe el re, que difiere de los sonidos previos.
Pero en un nivel más alto, es una melodía conocida, “Au clair de la lune”. La
sorpresa causada por el re, entonces, es solo periférica; enseguida
se explica por una representación de nivel superior y la señal se frena allí:
el re, pese a su novedad, no implica sorpresa alguna en la corteza
prefrontal inferior, que codifica las frases. En cambio, la repetición do
do do do tiene el efecto inverso: como es monótona –en todos los
sentidos del término–, no genera señal de error alguna en las áreas auditivas.
Sin embargo, ese unísono causa sorpresa en las áreas de nivel más alto que
codifican la melodía global: ustedes predijeron que subiría un tono hacia
el re –eso que los músicos llaman “intervalo de segunda
mayor”– pero a sus oídos llegó un nuevo do.
Aquí, ¡la
sorpresa es que no hay sorpresa! Hasta los monos macacos presentan, como
nosotros, estos dos niveles de tratamiento auditivo: el tratamiento local de
las notas en la corteza auditiva y la representación global de la melodía en la
corteza prefrontal (Bekinschtein y otros, 2009; Strauss y otros, 2015; Uhrig,
Dehaene y Jarraya, 2014; Wang y otros, 2015).
Este tipo
de señales de error se observa en todas las regiones del cerebro: cuando los
eventos se repiten y se vuelven previsibles, las descargas neuronales se
habitúan; la sorpresa, es decir, la llegada repentina de un acontecimiento
inesperado, desencadena un incremento drástico de la respuesta de las neuronas.
Lo único que cambia, entre una región y otra, es el carácter de la predicción y
de la novedad detectada. En la corteza visual, la aparición de una imagen
inesperada relanza la actividad (Meyer y Olson, 2011); las áreas del lenguaje,
por su parte, reaccionan ante una palabra anómala en una frase u oración.
Lean, por
ejemplo, la siguiente oración:
Prefiero
comer con tenedor y martillo.
Su
cerebro acaba de generar una onda N400, una señal de error evocada por una
palabra o una imagen incompatible con el contexto precedente (Curran y otros,
1993; Kutas y Federmeier, 2011; Kutas y Hillyard, 1980). Como su nombre lo
indica, se trata de una respuesta negativa que ocurre cerca de los 400
milisegundos (ms) después de la anomalía y surge de la actividad de poblaciones
neuronales de la corteza temporal izquierda, que son sensibles al significado
de las palabras. Por otro lado, el área de Broca, en la corteza prefrontal
inferior, responde a los errores de sintaxis, cuando el cerebro predice
determinada categoría de palabras y recibe otra, como en la oración que sigue:
“No se olviden de tomar su cuando medicamento se sientan mal” (Friederici,
2002; Hahne y Friederici, 1999; pero véase un análisis crítico en Steinhauer y
Drury, 2012).
Esta vez,
sus áreas del lenguaje, especializadas en la sintaxis, emitieron una onda
negativa e inmediatamente después una onda P600, una cota positiva que sucede
cerca de 600 ms después de registrar la palabra “cuando”, que pertenece a una
categoría inesperada, dado que después del “su” se espera un sustantivo. Esto
constituye una evidencia de que el cerebro detectó un lapsus de gramática e
intenta enmendarlo.
El
circuito cerebral en que mejor se demostraron las predicciones y las señales de
error es el de la recompensa (Pessiglione y otros, 2006; Schultz, Dayan y
Montague, 1997; Waelti, Dickinson y Schultz, 2001). La red de la dopamina no
solo responde a las recompensas reales, sino que las anticipa permanentemente.
Las neuronas dopaminérgicas, situadas en un pequeño núcleo de células llamado
“área tegmental ventral”, no responden de modo directo a los placeres del sexo,
el alimento o la bebida; en realidad, se activan ante la diferencia entre la
recompensa esperada y la obtenida, vale decir, ante el error de predicción. Por
eso, cuando sin aviso previo le damos al animal, por ejemplo, una gota de agua
azucarada, esta sorpresa placentera conllevará una descarga neuronal. Pero si
ese mismo almíbar va precedido por una señal que lo torna previsible, entonces
ya no suscitará la menor reacción. En ese caso, la señal en sí provocará un
salto de actividad en las neuronas de dopamina: el aprendizaje desplaza la
respuesta más próxima a la señal que precede la recompensa.
Gracias a
estos mecanismos de aprendizaje predictivo, diferentes señales arbitrarias
pueden convertirse en portadoras de recompensas y desencadenar una respuesta de
dopamina. Este efecto secundario de recompensa se demostró en humanos ante el
ofrecimiento de dinero o se confirma incluso cuando un toxicómano simplemente
ve una jeringa. En esos dos casos, el cerebro anticipa constantemente
recompensas futuras. Como ya señalamos en el primer capítulo, esta señal
predictiva resulta de suma utilidad para el aprendizaje, porque permite que el
sistema se critique a sí mismo y prevea el error o el éxito de una acción sin
esperar una confirmación externa. Por eso, la arquitectura actor-crítico, en
que una red neuronal aprende a criticar y a predecir el resultado de las
acciones de otra, es de uso universal en inteligencia artificial para resolver
los problemas más complejos, como aprender a jugar go. Predecir, detectar el
error y corregirse son los fundamentos mismos de un aprendizaje eficaz.
§. Feedback no
es sinónimo de castigo
Frecuentemente
me ha chocado el hecho de que los profesores de ciencias, aún más que los otros
si cabe, no comprendan que no se comprenda. Son poco numerosos los que han
sondeado la psicología del error, de la ignorancia y de la irreflexión.
Gaston Bachelard, La formación del espíritu científico (1938)
¿Cómo
podemos aprovechar al máximo las señales de error que nuestras neuronas
intercambian constantemente? Para que un niño o un adulto aprenda de modo
eficaz, es necesario que el entorno (según el caso, los padres, la escuela, la
universidad… o un videojuego) le proporcione, con la mayor rapidez y precisión
posibles, una devolución que le permita revisar el error.
Una
simple señal binaria (“correcto” o “incorrecto”) ya puede resultar útil.
Este es
el principio del aprendizaje no supervisado. Más allá de todo, para
acelerar el aprendizaje, lo ideal es obtener comentarios detallados que
consignen con precisión qué debía hacerse. Este es el principio del
aprendizaje supervisado. Si el docente aporta la mayor exactitud
posible en una devolución rápida y minuciosa sobre el error, enriquece
considerablemente la información de que dispone el alumno para corregirse.
En
inteligencia artificial, este tipo de aprendizaje demostró ser el más eficaz,
ya que ningún otro permite a la máquina detectar de inmediato el origen de la
falla y corregirse, en el buen sentido de la palabra.
Sin
embargo, es importante comprender que este feedback sobre el
error nada tiene que ver con una sanción. No se aplica un “castigo” a una red
neuronal, sino que simplemente se le informa en qué se equivocó, se le ofrece
una señal lo más informativa posible sobre el carácter y el signo de sus
errores.
Informáticos
y pedagogos se dan la mano en este aspecto. En efecto, los metaanálisis
realizados por el australiano John Hattie, director del Melbourne Education
Research Institute, demuestran que la calidad de los comentarios que reciben
los estudiantes es uno de los determinantes de su éxito académico (Hattie,
2008). Fijar metas claras para el aprendizaje y permitir que los estudiantes lo
encaren gradualmente, sin dramatizar los errores inevitables, son las claves
del éxito.
Día tras
días, los maestros, ya conscientes de estas ideas, son testigos del dictum latino errare
humanum est: errar es humano. Con un ojo sensible, observan amablemente los
errores de sus alumnos, porque se dan cuenta de que nadie aprende sin
equivocarse. Saben que deben diagnosticar, de la manera más desapasionada
posible, las áreas exactas de dificultad de sus estudiantes y ayudarlos a
encontrar la mejor solución. Al contar con experiencia, crean un catálogo de
errores, porque todos los estudiantes caen repetidamente en las mismas viejas
trampas. Así, los docentes encuentran, con cuidadoso esmero, las palabras
acertadas para reconfortar, tranquilizar y restaurar la confianza en sí mismos
de sus alumnos, a la vez que les permiten corregir sus representaciones
mentales erróneas. Están allí, a disposición, para decir la verdad, no para
juzgar.
Por
supuesto, los más racionales de ustedes me urgirán con comentarios como
“Decirle a esa alumna lo que debería haber hecho, ¿no es lo mismo que decirle
que se equivocó?”. Bueno, no exactamente. Desde un punto de vista lógico, claro
que sí; cuando una pregunta solo tiene dos respuestas posibles, A o B, y un
estudiante elige A, decirle “La respuesta correcta era B” es lo mismo que
decirle “Te equivocaste”. Pero estamos olvidando que los estudiantes no son
lógicos consumados. Para ellos, el paso adicional de deducir “si elegí A y me
equivoqué, entonces la respuesta correcta debe haber sido B” no es tan
inmediato. En cambio, cuando el mensaje principal es “te equivocaste”, que
siempre tiene un tufillo a sanción, lo reciben perfectamente: “Metí la pata”.
De hecho, cuando se realizó este experimento, los adultos, con una indiferencia
cartesiana, lograban acceder a igual cantidad de información a partir de las
recompensas que de las sanciones, pero los adolescentes fracasaban: aprendían
más y mejor de sus éxitos que de sus errores (Palminteri y otros, 2016). Ergo,
ahorrémosles ese padecimiento, démosles una devolución lo más neutra e
informativa posible. Evitemos la confusión entre corregir y castigar.
§. La
calificación, ese penoso sucedáneo del feedback
Llegada esta instancia, se vuelve indispensable que destine unas palabras a
reseñar una institución escolar tan arraigada en nuestra tradición que no
podemos imaginarnos la escuela sin ella, aunque sea el colmo de lo
contraproducente: la nota numérica o calificación. De acuerdo con la teoría del
aprendizaje, la nota es una señal de recompensa (¡o de castigo!). Sin embargo,
una de sus peculiaridades consiste en que está completamente desprovista de
precisión. A modo de simple cúmulo de nuestras faltas, resume, sin
distinguirlas, diferentes fuentes de error. Entonces, no proporciona suficiente
información, ya que por sí sola no permite saber por qué uno
se equivocó o cómo puede corregirse. Incluso, hay casos en que
nunca consigue ganar impulso y apartarse del cero absoluto: ¡está vacía de
información! Solo es portadora del chirriante estigma social de incompetencia,
deplorable etiqueta o sambenito.
Por ende,
la nota, sin el acompañamiento de apreciaciones detalladas y constructivas,
constituye un feedback muy pobre. No solo es equívoca, sino
que suele llegar con varias semanas de demora, cuando el alumno ya sepultó en
el olvido el detalle de qué motivó ese error. Por añadidura, la nota puede
resultar rotundamente injusta, en especial para los alumnos que no logran
ponerse al día porque el nivel de exigencia de los exámenes no deja de aumentar
semana tras semana.
Hagamos
una analogía con los videojuegos: cuando ustedes descubren un juego nuevo, al
principio no saben cuál es la forma eficaz de subir de nivel, de progresar y
progresar en ese mundo que acaban de conocer. Y sobre todas las cosas, ¡no
tienen ganas de que se les recuerde permanentemente lo torpes que son! Por eso,
los diseñadores de videojuegos presentan al comienzo niveles y pantallas más
fáciles, que dan la satisfacción de ganar casi siempre.
Poco a
poco, se incrementa la dificultad y, con ella, el riesgo de fracaso y de
frustración, que los ya fogueados programadores saben mitigar, mezclando lo
fácil y lo difícil, y dando completa libertad para intentar el mismo nivel
tantas veces como sea necesario. De a poco, ustedes ven aumentar su puntaje… y
al fin llega el gran día de la consagración, cuando logran superar el maldito
obstáculo que durante tanto tiempo parecía insalvable. Comparen este panorama
virtuoso con el boletín de notas (o registro de calificaciones, como prefieran
llamarlo) de un “mal alumno” (también esa designación da mucho que pensar):
comienza el año con una mala nota, y, en lugar de motivarlo y permitirle que
haga la misma prueba hasta que logre resolverla, cada semana se le impone un
nuevo ejercicio, que invariablemente está más allá de sus capacidades. Semana
tras semana, su “puntuación” sigue tendiendo a cero.
En el
mercado del videojuego, un diseño así de desastroso sería un rotundo fracaso.
Con mucha
frecuencia, en la escuela, la nota sirve como una sanción. No podemos ignorar
sus enormes efectos sobre los sistemas emocionales del cerebro: desaliento,
sentimiento de impotencia y de estigmatización...
Escuchemos
la voz de un experto, Daniel Pennac, un escritor consagrado, quien recibió en
2007 el Premio Renaudot por su libro Mal de escuela, pero que
durante mucho tiempo fue un mal alumno:
Mis
boletines escolares me lo confirmaban todos los meses: si yo era un tonto, era
absolutamente por mi culpa. Eso me hacía odiarme a mí mismo, causándome un
complejo de inferioridad y sobre todo de culpa… Me consideraba menos que nulo.
Porque quien es un bueno para nada –que es lo que me repetían los profesores
uno tras de otro– es nada… Yo no me veía ningún futuro, no tenía ninguna
representación posible de mí mismo como adulto. No porque no deseara nada, sino
porque me creía inepto en todo (Pennac, 2017).
Si bien
el alumno Pennac demostró una resiliencia a prueba de balas, para la mayoría de
los niños un estado de ánimo (¡o desánimo!) como este resulta desastroso, con
todas las letras (y todos los números). Los efectos del estrés son estudiados
sobre todo en el campo de las matemáticas, campeonas mundiales de la ansiedad
escolar. Y precisamente en las horas de Matemáticas, algunos niños sufren un
auténtico malestar, rayano con la depresión: saben que, sin importar lo que
hagan, serán sancionados con el fracaso. La ansiedad matemática es un síndrome
reconocido, medido, cuantificado: los niños que la padecen muestran
activaciones de los circuitos del dolor y del miedo, particularmente de la
amígdala, un núcleo de neuronas situado por debajo de la corteza e involucrado
en las emociones negativas (Ashcraft, 2002; Lyons y Beilock, 2012; Maloney y
Beilock, 2012; Young, Wu y Menon, 2012). No son necesariamente menos
inteligentes que los demás, pero el tsunami emocional que vivencian arrasa sus
capacidades de cálculo, de memoria de corto plazo y, sobre todo, de
aprendizaje.
Numerosas
investigaciones, realizadas tanto en seres humanos como en otros animales, lo
confirman: el estrés y la ansiedad son nocivos para la facultad de aprender. En
el hipocampo del ratón, por ejemplo, el condicionamiento por el miedo bloquea
literalmente la plasticidad neuronal.
Una vez
que el roedor fue traumatizado aleatoriamente mediante descargas eléctricas
imprevisibles, el circuito se encuentra en un estado similar al del fin del
período crítico, en que las sinapsis se vuelven inamovibles, fijadas en sus
redes perineurales. A la inversa, si se lo inserta en un ambiente enriquecido,
estimulante, la plasticidad neuronal se reabre y las neuronas recuperan su
movilidad, como si se tratara de un regreso a la infancia (Caroni, Donato y
Muller, 2012; Donato, Rompani y Caroni, 2013).
Por ende,
asignar una mala nota mientras se la presenta como una sanción equivale a
multiplicar el riesgo de inhibir los progresos del niño, ya que el estrés y el
desaliento le impedirán aprender. A más largo plazo, acarrea otras
consecuencias indeseables por nocivas, como cambios en la personalidad y en la
imagen de sí mismo. La psicóloga estadounidense Carol Dweck estudió durante
mucho tiempo los efectos negativos de la disposición mental que consiste en
atribuir los fracasos (o los éxitos) a un ingrediente fijo, inmutable, de la
personalidad, lo que ella llama una “mentalidad fija” [ fixed mindset]:
“Soy
pésima en matemáticas”, “Las lenguas extranjeras no son mi fuerte”, y así
sucesivamente. Para contrarrestar este enfoque, propone la idea, acertada en
esencia, de que todos los niños pueden progresar, lo que ella llama una
“mentalidad de crecimiento” [ growth mindset].
Sus
investigaciones sugieren que, a igual desempeño, la mentalidad tiene gran
incidencia en el aprendizaje.[23] De
por sí, la idea de un progreso posible es una fuente de progreso. En cambio,
los niños –pero también los docentes–, convencidos de que las habilidades están
fijadas de modo definitivo, para siempre, y de que estamos dotados o no lo
estamos, obtienen menor cantidad de buenos resultados. En efecto, el fijismo
desmotiva: no alienta la atención ni el compromiso activo y lleva a interpretar
el error como señal certera de una inferioridad intrínseca… ¡mientras que
equivocarse es natural y simplemente revela que esa persona lo intentó! ¿Adónde
habría ido a parar Grothendieck si, a sus 11 años, si hubiera llegado a la
conclusión de que era un desastre en matemáticas? La investigación muestra que
la mentalidad fija incapacita por igual a los alumnos “malos” y a los “buenos”,
quienes también necesitan trabajar para conservar su motivación: no les hacemos
favor alguno si los dejamos creer que, como son “dotados”, no necesitan
esforzarse.
Favorecer
el desarrollo de una mentalidad de crecimiento no significa decirles a todos
los niños que son los mejores con el simple pretexto de alimentar su
autoestima, sino, antes bien, notar y señalar sus progresos cotidianos, alentar
su participación, estimular su atención… y, por qué no, explicarles los
fundamentos del aprendizaje: que cada cual debe esforzarse, que siempre hay que
justificar una respuesta, asumiendo el riesgo de cometer un error, y que
equivocarse (y corregir los errores) es la única forma de aprender.
Dejémosle
la última palabra a Daniel Pennac: “Los profesores no están allí para darles
miedo, sino para ayudarlos a vencer el miedo de aprender. Una vez superado este
miedo, los alumnos son insaciables”.
§.
Evaluarse para aprender mejor
Dado que la nota no tiene eficacia alguna, ¿cómo pondremos en práctica, en
nuestras aulas, los conocimientos científicos acerca del procesamiento del
error en el cerebro? Las reglas del juego son simples. En primer lugar, se debe
lograr que el aprendiz se comprometa, aventure una respuesta, genere
activamente una hipótesis, incluso si es incierta; luego, resulta indispensable
ofrecerle información objetiva, no punitiva, que le permita corregirse. Hay una
estrategia que responde a estos criterios, y todos los docentes la conocen: en
el sector pedagógico, la llamamos… ¡la evaluación! Sin embargo, en la opinión
pública no tiene mucha divulgación algo demostrado en decenas de publicaciones
científicas: evaluar periódicamente los conocimientos, eso que los hablantes de
inglés llaman retrieval practise, es una de las estrategias
pedagógicas más eficaces (Carrier y Pashler, 1992; Karpicke y Roediger, 2008;
Roediger y Karpicke, 2006; Szpunar, Khan y Schacter, 2013; Zaromb y Roediger, 2010).[24] La
evaluación periódica maximiza el aprendizaje a largo plazo. El simple hecho de
poner a prueba la memoria la fortalece, como efecto directo del compromiso
activo y del buen feedback acerca del error, que ya
describimos aquí. Al realizar una prueba, uno se ve obligado a darse un baño de
realidad y a darse cuenta de que no sabe (o todavía no sabe lo suficiente).
La enorme
validez de las pruebas como instancia clave del aprendizaje está muy lejos de
ser evidente para los principales actores involucrados. En su gran mayoría, los
docentes y los alumnos consideran las pruebas y los exámenes como simples
medios de calificación, una evaluación de conocimientos adquiridos en otra
parte, durante la clase o durante los repasos.
Sin
embargo, la investigación deja en claro que la prueba desempeña un papel al
menos tan importante como la clase misma. En una serie de experiencias que se
volvieron famosas, el psicólogo estadounidense Henry Roediger y sus
colaboradores propusieron a sus alumnos que memorizaran palabras durante un
tiempo fijo, pero por medio de distintas estrategias. Un grupo recibió la
consigna de pasar todo el tiempo estudiando, en ocho sesiones breves. A un
segundo grupo se le presentaron seis sesiones de aprendizaje con dos
evaluaciones intermedias. Por último, al tercer grupo se le pidió que alternara
cuatro sesiones breves de estudio con cuatro evaluaciones. Como ustedes ya
notaron, estas pruebas suplementarias reducían el tiempo dedicado al
aprendizaje, sin que variase la duración total del programa. Y, sin embargo, el
resultado fue palmario: cuarenta y ocho horas más tarde, el recuerdo de la
lista de palabras mejoraba rotundamente en los alumnos que habían tenido la
posibilidad de evaluarse con mayor frecuencia. Alternar periódicamente el
aprendizaje y la prueba los obligaba a permanecer activos y a recibir
comentarios enriquecedores, vale decir, una retroalimentación explícita:
conozco tal palabra, pero jamás logro recordar tal otra. Este conocimiento de
uno mismo, esta “metamemoria”, resulta útil, porque permite hacer foco sobre
las palabras difíciles durante la segunda sesión de aprendizaje (Robey,
Dougherty y Buttaccio, 2017). Así, quedó confirmado: cuanto más uno se evalúa,
mejor retiene la clase.
Veamos
otro ejemplo: imaginen que deben aprender palabras en una lengua extranjera,
por ejemplo, “trineo” en lengua inuit: qamutiik. Pueden presentar
las dos palabras juntas, una al lado de la otra, con el objetivo de asociarlas
mentalmente. O bien pueden anteponer una de ellas a la otra (figura 34). La
segunda opción, paradójicamente, reduce la cantidad de información disponible:
durante los primeros cinco segundos, ustedes solo ven la palabra qamutiik,
sin que se les recuerde qué significa. Sin embargo, esa segunda opción es la
que mejor funciona (Carrier y Pashler, 1992). ¿Por qué? Porque los fuerza a
reflexionar, a intentar encontrar el significado de la palabra, antes de darles
una devolución. El compromiso activo y el feedback adecuado
acerca del error maximizan el aprendizaje.
Lo
llamativo es que ni los estudiantes ni los docentes tienen conciencia de estos
efectos. Si se les pide una opinión, todos consideran que lo importante es el
estudio, no la evaluación. Así, predicen lo contrario de lo que la
experimentación demuestra: en su opinión, cuanto más se estudia, mejores
resultados se obtienen. Espontáneamente, los estudiantes dedican su tiempo a
leer y releer las clases, resaltando cada línea con los colores del arcoíris…
Se trata de estrategias mucho menos eficaces que ponerse a prueba con una breve
evaluación.
¿Por qué
tenemos la ilusión de que desvivirse estudiando es suficiente para aprender?
Porque no vemos la diferencia entre los diversos compartimientos de nuestra
memoria. Inmediatamente después de leer la lección, la información está
presente en la mente, en la memoria de trabajo consciente, de modo activo.
Tenemos la impresión de conocerla… pero esta memoria inmediata nada tiene que
ver con la de largo plazo que necesitaremos para recuperar la información días
más tarde. Luego de cinco minutos, la memoria de trabajo empieza a disiparse y,
al cabo de unos días, este efecto se vuelve enorme: vale mucho más haber
estudiado y haberse evaluado que haber pasado todo el tiempo estudiando (figura
34).
Nada más
fácil que poner estas ideas en práctica por nuestra cuenta. Los invito a
hacerlo. Todo se reduce preparar tarjetas o fichas de revisión: de un lado,
escriben una pregunta, y del otro, la respuesta. Para ponerse a prueba, saquen
una tras otra las tarjetas; en cada caso, intenten recordar la respuesta
(predicción) y luego verifiquen al dorso (corrección del error). Si fallan,
vuelvan a poner la tarjeta entre las primeras al alcance de la mano, lo que los
forzará a revisar esa misma noción en muy poco tiempo. Si esta vez la respuesta
es acertada, dejen esa cartulina en una posición menos accesible: no hay
necesidad de revisar inmediatamente su contenido, que sin embargo reaparecerá
más tarde, cuando el olvido haya comenzado a ejercer su efecto.
Este es
el sistema de las flash cards que está en boga en las
universidades estadounidenses y reside en la base de numerosos programas de
aprendizaje, como la famosa plataforma de enseñanza de idiomas Duolingo.
§. La
regla de oro: planificar intervalos entre los aprendizajes
¿Por qué la alternancia entre estudio y evaluación tiene efectos tan positivos?
Porque
aprovecha una de las estrategias más eficaces descubiertas por las ciencias de
la educación: planificar intervalos entre los aprendizajes. Esta es la regla de
oro: distribuir los períodos de entrenamiento en lugar de acumularlos. Al no
agrupar todo el aprendizaje en una sola sesión, se alternan los períodos de
estudio y los períodos de prueba, con intervalos cada vez más amplios,
asegurando así la retención a largo plazo.
Décadas
de investigaciones en psicología experimental confirman que sumar intervalos es
una estrategia tanto más eficaz que la enseñanza de una sola vez (Cepeda y
otros, 2009; Cepeda y otros, 2006; Rohrer y Taylor, 2006; Schmidt y Bjork,
1992). Si se dispone de un tiempo fijo para aprender algo, siempre es mejor
segmentar las lecciones que aprender todo junto en un bloque. Distribuir el
aprendizaje en varios días tiene grandes efectos: la experiencia demuestra que
la memoria puede multiplicarse por tres si se revisa la información a
intervalos regulares en lugar de intentar aprender todo de una sola vez. La
regla es simple, y todos los músicos la conocen: valen más quince minutos de
práctica todos los días de la semana que dos horas concentradas en una sola
jornada.
¿Por qué
esa estrategia es tan eficiente? Las neuroimágenes (Bradley y otros, 2015;
Callan y Schweighofer, 2010) dejan de manifiesto que agrupar los problemas en
una sola sesión disminuye la actividad cerebral, tal vez porque la información
repetida pierde gradualmente su novedad. Como señalamos, la repetición también
parece crear una ilusión de saber, un exceso de confianza debido a la presencia
de información en la memoria de trabajo: parece estar disponible, la tenemos en
la cabeza, por lo tanto, perdemos el interés de seguir trabajando sobre ella.
En cambio, la distribución del aprendizaje aumenta la actividad cerebral:
parece crear un efecto de “dificultad deseable”, que inhibe el simple
almacenamiento en la memoria de trabajo y fuerza a los circuitos requeridos a
trabajar más.
¿Cuál es
el intervalo de tiempo más eficaz entre dos repeticiones de la misma lección?
Al respecto, se observa una firme mejoría cuando el intervalo es de
veinticuatro horas, probablemente porque, como veremos en un instante, el sueño
desempeña un papel protagónico en la consolidación de los aprendizajes. Sin
embargo, el psicólogo estadounidense Hal Pashler y sus colegas demostraron que
el intervalo óptimo depende del tiempo que deseemos retener el conocimiento en
la memoria. Si ustedes necesitan recordar una información solo unos pocos días
o semanas, entonces es ideal que la revisen todos los días durante cerca de una
semana. Si, en cambio, desean que los conocimientos perduren varios meses o
años, necesitarán incrementar el intervalo de revisión en una proporción
directa. El efecto es sustancial: ¡una sola repetición de una lección, semanas
después de la primera, multiplica por tres la cantidad de elementos que se
recuerdan meses más tarde! Para almacenar la información en la memoria el mayor
tiempo posible, lo mejor es aumentar gradualmente los intervalos de tiempo: se
comienza con lecciones todos los días, luego se hace una revisión al final de
una semana, de un mes, de todo un año… Esta estrategia garantiza una memoria
óptima a cada instante (Kang y otros, 2014).
La figura
34 muestra por qué: cada revisión afianza el aprendizaje, aumenta la fuerza de
las representaciones mentales y combate el olvido exponencial que caracteriza a
nuestra memoria. Sobre todo, la distribución del aprendizaje a lo largo del
tiempo parece seleccionar, entre los diferentes circuitos de la memoria
disponibles en el cerebro, aquel cuya curva de olvido demuestra ser la más
lenta, vale decir, aquel que proyecta la información más lejos hacia el futuro.
Figura 34. Evaluarnos con regularidad es una de las mejores estrategias de aprendizaje,
porque nos hace tomar conciencia de nuestros errores. De este modo, si debemos
aprender pares de palabras, es mejor intentar recordar en primer lugar y luego
revisar el error (arriba). La experiencia demuestra que es preferible alternar
los períodos de estudio y de evaluación, antes que pasar todo el tiempo
estudiando (en el medio). A largo plazo, el recuerdo es mayor cuando se
intercalan períodos de revisión, sobre todo si gradualmente se aumentan los
intervalos de tiempo (abajo).
En
efecto, todos nos equivocamos cuando pensamos en la función de la memoria: no
es un sistema vuelto hacia el pasado, sino hacia el futuro. Su trabajo consiste
no en mirar atrás sino, por el contrario, en enviar información hacia delante,
porque estimamos que nos será útil. Al repetirla muchas veces, mediada por
largos intervalos, ayudamos a nuestro cerebro a convencerse de que esta
información es valiosa, que lo será durante mucho tiempo y que por eso merece
que la preservemos.
De estos
trabajos, Hal Pashler deriva muchas lecciones prácticas. En primer lugar, el
aprendizaje siempre sale beneficiado si se lo reparte en varias sesiones. En
segundo lugar, en la escuela, no basta con una revisión días o semanas después.
Si se aspira a memorizar algo a largo plazo, hay que revisarlo luego de un
intervalo de meses, como mínimo. Desde esta perspectiva, tenemos que repensar
por completo los manuales escolares, en su mayoría organizados en capítulos que
hacen foco sobre un tema específico (lo cual está bien) y una coda de
ejercicios que solo se relacionan con esa lección (lo cual no está tan bien).
Esta organización tiene dos consecuencias negativas: no hay suficiente tiempo
entre las revisiones y los ejercicios están predigeridos, lo que impide que el
alumno aprenda a detectar por sí solo qué conocimientos o qué estrategias
permiten dar una respuesta plausible a determinado problema. La experiencia
demuestra que es mejor mezclar los ejercicios, sin limitarse a lo que se acaba
de estudiar, para que periódicamente vuelvan a ponerse en juego todos los
conocimientos (Rohrer y Taylor, 2006, 2007).
¿Qué
ocurre con los parciales o los exámenes de fin de año? Lo poco que sabemos
sobre el aprendizaje sugiere que no son el método de evaluación ideal, porque
no incitan a la revisión periódica. Sin embargo, constituyen una herramienta
útil para evaluar los conocimientos adquiridos. Si bien estos exámenes
estimulan el estudio de último minuto, no se trata de una estrategia
necesariamente ineficaz: siempre que el alumno haya hecho un esfuerzo de
aprendizaje durante los meses previos, un estudio intenso en la víspera del
examen refresca los conocimientos y ayuda a recordarlos de forma duradera.
De todos
modos, una revisión periódica, año tras año, reporta probablemente los mayores
beneficios para el alumno. Los exámenes a corto plazo, que solo se centran en
lo adquirido pocas semanas antes, no alcanzan para garantizar un recuerdo a
largo plazo. Un examen acumulativo, que abarque todo el programa desde el
comienzo del año, funciona mucho mejor.
Los
invito a reflexionar: ¿qué relevancia tiene que una alumna revise a lo largo de
todo el año los mismos temas? ¿Por qué es importante que repita muchas veces,
con diferentes intervalos de tiempo, un ejercicio que ya logró hacer bien? Si
aprueba perfectamente sus exámenes, sin errores, ¿aprenderá algo? Por supuesto
que sí. Esto puede parecer paradójico en un capítulo dedicado a los beneficios
del error; pero los aportes del feedback no se limitan a los
tópicos en que el alumno se equivoca. Muy por el contrario, recibir una
devolución sobre el error mejora la memoria, incluso cuando se eligió la
respuesta correcta (Butler, Karpicke y Roediger, 2008). Como expliqué antes,
mientras el conocimiento no está perfectamente consolidado, el cerebro continúa
aprendiendo, aunque lo haga débilmente. Si hay incertidumbre, hay sorpresa y
señales de error que se propagan por el cerebro. La incertidumbre funciona como
un error virtual que habríamos podido cometer y que, por supuesto, nos da
ocasión de aprender.
Lo que
llamamos “sobreaprendizaje”, entonces, siempre supone ventajas.
En la
medida en que los conocimientos no sean absolutamente certeros, revisarlos y
volver a ponerlos a prueba permite mejorar cada vez nuestros desempeños, sobre
todo en el largo plazo. Además, la repetición presenta otros beneficios para el
cerebro: automatiza las operaciones mentales hasta volverlas inconscientes.
Esta consolidación constituye el cuarto pilar del aprendizaje; llegó el momento
de analizarlo.
Capítulo
10
La consolidación
Contenido:
§.
Liberar los recursos cerebrales
§. El sueño, un ingrediente clave
§. El cerebro dormido revive los episodios de la víspera
§. Sueño de un descubrimiento de verano
§. El sueño, la infancia y la escuela
Busquen a
una alumna destacada al final de primer grado. Su primer año escolar
transcurrió bien. Sostenida por los tres primeros pilares del aprendizaje,
aprendió rápido a leer. Con curiosidad y entusiasmo, se comprometió activamente
con la lectura. Aprendió a prestarles atención a cada palabra, a cada letra, de
izquierda a derecha. Con el paso de los meses, logró corregir sus errores para
descifrar con fidelidad las correspondencias entre las letras y los sonidos;
también consiguió reconocer las palabras irregulares. Sin embargo, aún no lee
con fluidez, sino lentamente y con esfuerzo. Le falta desplegar el cuarto pilar
de cualquier aprendizaje: la consolidación. Su lectura, que en esta etapa
todavía acapara toda la atención, debe volverse automática e inconsciente.
El
análisis de los tiempos de respuesta de la niña es revelador: cuanto más largas
son las palabras, más tiempo necesita para descifrarlas (figura 35). La curva
es lineal, algo característico de las operaciones seriales, que siguen un orden
paso a paso: cada letra suplementaria agrega 200 ms al total. Esto es
completamente normal (a esa edad, leer todavía consiste en descifrar las letras
y las sílabas una por una; Zoccolotti y otros, 2005), pero no definitivo: en el
transcurso de los dos años siguientes, con la práctica, su lectura ganará
fluidez y velocidad. Luego de dos o tres años de práctica intensiva, el efecto
de la longitud de las palabras habrá desaparecido. La niña se habrá convertido
en una lectora eficaz, a quien le insumirá la misma cantidad de tiempo leer una
palabra de tres letras o de ocho. El reconocimiento visual dejará de utilizar
procesamiento secuencial y comenzará a operar en paralelo, dado que
decodificará simultáneamente de todas las letras de la palabra.
Este es
un excelente ejemplo de la consolidación, que ocurre en todos los ámbitos:
pasar de un tratamiento lento, consciente, laborioso, a un funcionamiento
rápido, inconsciente, automático. Nuestro cerebro nunca deja de aprender;
incluso cuando domina una habilidad, continúa sobreaprendiéndola. Dispone de
mecanismos de automatización que “compilan” las operaciones que utilizamos
periódicamente a modo de rutinas más eficaces. Las transfiere a otras regiones
del cerebro, fuera del área consciente, donde podrán desarrollarse con total
autonomía, sin interrumpir las otras operaciones en pleno avance.
§.
Liberar los recursos cerebrales
Cuando se escanea el cerebro de lectores principiantes, ¿qué se ve? El circuito
normal de la lectura (que abarca las áreas visuales del reconocimiento de las
letras y las regiones temporales del tratamiento de los fonemas, sílabas y
palabra) ya está activado, pero también está acompañado por una activación
masiva de las regiones parietales y prefrontales que reflejan el esfuerzo, la
atención espacial y las estrategias conscientes (Dehaene-Lambertz, Monzalvo y
Dehaene, 2018). Esta actividad intensa consume mucha energía y desaparecerá
conforme el aprendizaje se consolide (figura 35). En una persona menuda que ya
adquirió esa pericia, dichas áreas dejan de involucrarse en la lectura; solo
las veremos activarse si se perturba la operación, por ejemplo, cuando se suman
espacios entre las l e t r a s, o se las hace
Convertir
la lectura en una rutina implica poner en funcionamiento un circuito acotado y
especializado para el procesamiento eficaz de las cadenas de letras que vemos
con mayor frecuencia. A medida que aprendemos a leer, desarrollamos un circuito
de extraordinaria eficacia para reconocer los caracteres y sus combinaciones
más comunes (Binder y otros, 2006; Dehaene y otros, 2005; Grainger y Whitney,
2004; Vinckier y otros, 2007). Nuestro cerebro compila estadísticas y detecta
qué letras son las más habituales, dónde aparecen más a menudo y a cuáles están
asociadas. Aun la corteza visual primaria se adapta a la forma y posición de
las letras más usuales (Chang y otros, 2015; Dehaene y otros, 2010; Sigman y
otros, 2005; Szwed y otros, 2011, 2014). Luego de años de sobreaprendizaje,
este circuito pasa al modo de rutina y logra funcionar sin la menor
intervención consciente (Dehaene y otros, 2001, 2004). En esta etapa, la
activación de la corteza parietal y prefrontal desaparece: podemos leer sin
esfuerzo.
Figura 35. La consolidación es el cuarto pilar del aprendizaje. Al
principio, cualquier aprendizaje exige esfuerzos intensivos, y activa las
regiones parietales y frontales asociadas a la atención espacial y ejecutiva.
En un lector principiante, la decodificación de una palabra requiere grandes
esfuerzos. La lectura es secuencial: cuantas más letras tiene la palabra, más
tarda en leerla (arriba). Con la práctica, el aprendizaje se automatiza: se
vuelve rápido, paralelo e inconsciente (abajo). Se pone en funcionamiento un
circuito especializado, que libera los recursos de la corteza para otras
tareas.
Lo que es
cierto para la lectura vale para los demás campos del aprendizaje.
Cuando
aprendemos a tocar un instrumento musical, a conducir un vehículo o a utilizar
la pantalla de nuestra tablet, al principio nuestros gestos están bajo el
control de la corteza prefrontal: los producimos de manera lenta y consciente,
uno por uno. Luego de algunas sesiones, el esfuerzo desaparece; para entonces,
podemos realizar esas acciones mientras hablamos o pensamos en otra cosa: la
tarea se trasladó a la corteza motora y en especial a los núcleos grises
centrales, un grupo de circuitos subcorticales que registran los
comportamientos automáticos y rutinarios (¡incluidas las oraciones y las
imprecaciones!). Lo mismo ocurre en el ámbito de la aritmética: desde la
perspectiva de un principiante, cada cálculo parece un monte Everest, y para
escalarlo concentra grandes esfuerzos y moviliza los circuitos de la corteza
prefrontal. En esta etapa, el cálculo es secuencial: para resolver 6 + 3, es
habitual que el niño cuente las etapas una por una hasta llegar a la cumbre:
“¡Siete,
ocho… nueve!”. A medida que la consolidación se abre camino, la actividad
prefrontal se desvanece en provecho de los circuitos especializados de la
corteza parietal y temporal ventral (Ansari y Dhital, 2006; Rivera y otros,
2005).[25]
¿Por qué
es tan importante la automatización? Porque libera los recursos de la corteza.
Recuerden que las redes del control ejecutivo de la corteza parietal y
prefrontal imponen un cuello de botella cognitivo: no pueden hacer dos cosas a
la vez. Cuando se concentran en la realización de determinada tarea, las demás
decisiones conscientes se desaceleran o quedan a un lado. Así, en la medida en
que un aprendizaje no está automatizado, acapara los preciosos recursos de la
atención ejecutiva e impide que el niño se concentre en cualquier otra cosa.
Consolidar un aprendizaje es muy importante, porque permite que los recursos
del cerebro queden disponibles para otros objetivos.
Tomemos
un ejemplo concreto. Imaginen que deben concentrarse en la lectura de un texto
y, al mismo tiempo, resolver un problema de matemáticas, como un lector
principiante:
Un
ci-clis-ta sa-le de Nan-tes ha-cia Pa-rís al me-dio-dí-a. La dis-tan-cia es de
tres-cien-tos ki-ló-me-tros. Lle-ga a des-ti-no a las vein-te ho-ras de e-se
mis-mo dí-a. ¿Cuál es su ve-lo-ci-dad pro-me-dio?
La
complejidad es evidente: resulta casi imposible hacer las dos cosas a la vez. Y
esa dificultad de lectura limita cualquier capacidad de reflexión aritmética.
Para progresar, es indispensable que las herramientas mentales que nos son más
útiles, como la lectura o la aritmética, se conviertan en una segunda
naturaleza, que operen de forma inconsciente y sin esfuerzos. No podemos
construir los niveles más altos de la pirámide educativa sin primero consolidar
sus bases.
§. El
sueño, un ingrediente clave
Como ya comentamos, el aprendizaje se beneficia mucho cuando sucede a
intervalos regulares: en lugar de engullir una lección completa en una sola
jornada, es preferible distribuir el aprendizaje en pequeños bocados y
degustarlos en diferentes días. Esto ocurre por un motivo muy sencillo: todas
las noches, nuestro cerebro consolida lo que aprendió durante la jornada. Sin
lugar a dudas, las neurociencias hicieron uno de los descubrimientos más
importantes de los últimos treinta años al verificar que el sueño no es un
simple período de inactividad ni de limpieza de los desechos que las neuronas
acumularon durante la vigilia. Todo lo contrario; mientras dormimos, el cerebro
repasa los acontecimientos importantes que registró durante el día y, poco a
poco, los muda a un compartimiento más eficaz de nuestra memoria.
A decir
verdad, el descubrimiento se remonta a las primeras décadas del siglo XX,
cuando los psicólogos estadounidenses John Jenkins y Karl Dallenbach (1924)
retomaron los estudios clásicos sobre la memoria y volvieron a analizar los
trabajos del investigador pionero en el estudio de la memoria, el alemán
Hermann Ebbinghaus: ya a finales del siglo XIX había demostrado que el olvido
seguía una curva exponencial (cuanto más tiempo dejamos pasar, menos recordamos
lo aprendido). Jenkins y Dallenbach notaron que la curva del olvido planteada
por Ebbinghaus –hermosa, monótonamente decreciente– presentaba una anomalía: no
reflejaba una pérdida de memoria entre las ocho y las catorce horas posteriores
a un nuevo aprendizaje. Fue toda una revelación. En la experiencia de
Ebbinghaus, el período de ocho horas correspondía a pruebas realizadas en una
misma jornada, y el de catorce horas, a pruebas entre las cuales mediaba una
noche de descanso. Para comprobarlo, concibieron una nueva experiencia que
discriminaba las dos variables: por un lado, el período de tiempo transcurrido
antes de evaluar la memoria y, por otro, el hecho de haber dormido o no. Así,
les enseñaron a sus estudiantes un conjunto de sílabas aleatorias, tanto cerca
de las 0 hs, justo antes de dormir, como por la mañana. El resultado fue
contundente: el aprendizaje obtenido durante la mañana se desplomó con el paso
del tiempo, en concordancia con la ley exponencial de Ebbinghaus; en cambio, el
aprendizaje de la medianoche permaneció estable a lo largo del tiempo (siempre
y cuando los participantes hubieran disfrutado de dos horas de sueño como
mínimo). En otras palabras: según parece, dormir nos impide olvidar.
Se nos
ocurren muchas interpretaciones alternativas para estos resultados.
Quizá el
problema se deba a la vigilia: mientras está despierto, el cerebro tal vez
acumule toxinas que se eliminan al dormir; o bien la memoria podría sufrir una
interferencia por obra de los acontecimientos que se suceden en el lapso entre
el aprendizaje y la evaluación, no durante el sueño. Pero todas estas ideas
fueron rechazadas definitivamente en 1994, cuando un grupo de investigadores
demostró que el sueño mejora el aprendizaje (Karni y otros,
1994): sin entrenamiento adicional, el desempeño cognitivo y motor se
incrementa luego de un período de sueño. La experiencia dista de ser compleja:
durante un día, un voluntario aprende a detectar una barra proyectada en un
lugar preciso de la retina. Su desempeño mejora lentamente, pero luego de unas
horas de entrenamiento ya no exhibe mejoría; parece que se alcanzó el límite.
Entonces, se lo deja dormir, para evaluarlo nuevamente una vez despierto. ¡Oh,
sorpresa! Su desempeño resulta tanto mejor después del descanso, y así sucede
en esa jornada y las siguientes. En efecto, el sueño es el causante del
incremento del aprendizaje, porque si se despierta a la persona durante la
noche, cada vez que ingresa en el período de sueño REM – en cuyo transcurso la
actividad cerebral es rápida y más parecida a la de la vigilia–, no presenta
ninguna mejoría cuando se despierta.
Más
tarde, numerosos trabajos confirmaron estos descubrimientos (Huber y otros,
2004; Stickgold, 2005; Walker y otros, 2003; Walker y Stickgold, 2004). La
intensidad del aprendizaje varía directamente en función de la duración del
sueño, y sobre todo de su profundidad. Cuando se ponen electrodos sobre el
cráneo, se puede evaluar la calidad del sueño y así predecir cuánto mejorará el
desempeño al despertar. La relación también parece verificarse en sentido
inverso: la necesidad de sueño estaría definida por los acontecimientos que se
produjeron durante la jornada. En los animales, un gen relacionado con la
plasticidad cerebral, el zif268, aumenta su expresión en el hipocampo y la
corteza durante el sueño REM, sobre todo en ratas previamente expuestas a un ambiente
enriquecido: el crecimiento del estímulo implica un aumento de la plasticidad
nocturna (Ribeiro y otros, 1999).
Todavía
no se confirmaron los roles de las diferentes etapas del sueño, pero, según
parece, el sueño profundo permite la consolidación y la generalización de los
conocimientos (lo que los psicólogos llaman “memoria semántica” o
“declarativa”), mientras que el sueño REM consolida el aprendizaje perceptivo y
motor (memoria procedural).
§. El
cerebro dormido revive los episodios de la víspera
Si bien las demostraciones psicológicas de los efectos del sueño fueron
bastante convincentes, aún no se había detectado el mecanismo neuronal por el
cual un cerebro dormido podía aprender incluso mejor que mientras estaba
despierto. En 1994, los neuropsicólogos Matt Wilson y Bruce McNaughton
realizaron un descubrimiento notable en experimentos con ratas: sin ningún tipo
de estímulo exterior, las neuronas del hipocampo se activan espontáneamente
durante el sueño (Ji y Wilson, 2007; Louie y Wilson, 2001; Skaggs y McNaughton,
1996; Wilson y McNaughton, 1994). Además, esta actividad no es aleatoria:
¡vuelve a trazar los pasos que el animal dio durante el día!
En
efecto, como vimos en el capítulo 4, en el hipocampo hay células de lugar, vale
decir, neuronas que se disparan cuando el animal está (o cree estar) en
determinado punto del espacio (y hay una gran diversidad, ya que cada una
prefiere un lugar diferente). Si investigamos una cantidad suficiente de ellas,
veremos que abarcan el espacio completo por donde se pasea el animal. Por
ejemplo, cuando se desplaza por un pasillo, algunas neuronas se activan a la
entrada, otras en el medio, y otras más cerca del final. Así, el paseo de la
rata se refleja en la sucesiva activación de una serie de células de lugar: el
movimiento en el espacio real se vuelve una secuencia temporal en el espacio
neuronal.
Figura 36. El sueño desempeña un papel central en la consolidación del
aprendizaje. Cuando una rata se duerme, las neuronas del hipocampo vuelven a
repasar muchas veces, a una velocidad acelerada, las secuencias de movimientos
que realizó cuando estaba despierta. Esta actividad, que se extiende hasta la
corteza, se repite cientos de veces durante la noche. Al despertar, el
aprendizaje de la jornada precedente está mejor consolidado y automatizado.
Nuestro
cerebro (animal o humano) incluso puede descubrir, durante el sueño,
regularidades que se nos habían escapado durante la vigilia.
El
descubrimiento del equipo de Wilson y McNaughton es elocuente: cuando la rata
se queda quieta y se duerme, vuelven a activarse las mismas neuronas del
hipocampo, y lo hacen en el mismo orden. Reproducen tal cual las trayectorias
del período de vigilia anterior. La única diferencia es la velocidad: durante
el sueño, las descargas neuronales pueden sucederse aceleradas, multiplicadas
por veinte. Cuando duerme, ¡la rata sueña con una carrera de alta velocidad!
La
relación entre la actividad de las neuronas del hipocampo y la posición del
animal es tan fiable que los científicos lograron invertir el proceso y, sobre
la base de las descargas neuronales, decodificar el contenido del sueño (Chen y
Wilson, 2017; Horikawa y otros, 2013). Para esto, en primer lugar, se utilizan
los datos registrados en el transcurso de la jornada, cuando la rata se paseó
por el mundo real. Esta información permite entrenar un decodificador: un
programa informático que descubre la relación sistemática entre las descargas
neuronales y la posición del animal. Luego este decodificador se aplica a los
datos registrados durante el sueño y se constata que, mientras duerme, el
cerebro traza trayectorias virtuales por el espacio.
Así, el
cerebro de la rata repasa a alta velocidad los patrones de actividad que
vivenció durante la jornada. Mientras duerme, renacen en él los recuerdos de
las horas de vigilia. En efecto, este fenómeno no se limita al hipocampo, sino
que se extiende a la corteza, donde desempeña un papel determinante en la
plasticidad sináptica y en la consolidación del aprendizaje.
Gracias a
la reactivación durante el descanso, incluso un suceso único de nuestra vida
podrá ser repasado una centena de veces en la medida en que se lo registre en
la memoria episódica. Esta transferencia podría incluso ser la función
principal del sueño (Diekelmann y Born, 2010). El hipocampo acumularía los
recuerdos de la jornada en una memoria rápida, mientras que, en el transcurso
del descanso, la reactivación de estas señales permitiría ejercitar otras redes
neuronales adicionales, principalmente aquellas situadas en la corteza: una
memoria más lenta, pero capaz de obtener el máximo de información de cada
episodio. Efectivamente, en la corteza de una rata que aprende a realizar una
tarea nueva, cuanto más se reactiva una neurona mientras el animal duerme, más
se incrementa su participación en la tarea una vez que despierta (Ramanathan,
Gulati y Ganguly, 2015).[26] La
reactivación del hipocampo desemboca en la automatización cortical.
¿Ocurre
el mismo fenómeno en los seres humanos? Sí. Las neuroimágenes del cerebro
humano muestran que durante el sueño se reactivan los circuitos utilizados en
el transcurso de la jornada (Horikawa y otros, 2013; Jiang y otros, 2017;
Peigneux y otros, 2004). Un estudio escaneó durante la noche a un grupo de
jugadores luego de varias horas de enfrentar al célebre Tetris, videojuego en
que las piezas no dejan de caer desde lo alto de la pantalla: en sueños, los
participantes alucinaban con una cascada de formas geométricas, y sus ojos
hacían los movimientos correspondientes, de arriba abajo. Es más, en un
experimento reciente, se hizo dormir a voluntarios dentro de un resonador
magnético, y se los despertó en el momento en que sus electroencefalogramas
sugerían que estaban soñando. Las resonancias (MRI) mostraron que, justo antes
de que se los despertara, numerosas regiones de sus cerebros se habían activado
espontáneamente, y que esa actividad predecía el contenido de los sueños. De
este modo, cuando uno de los participantes, por ejemplo, decía haberse
encontrado con personas en el sueño, se podía ver que el área cortical del
reconocimiento de rostros se había activado mientras dormía. Otras experiencias
revelan que la extensión de esta activación predice no solo el contenido del
sueño, sino también el grado de consolidación en la memoria que tendrá esta
información luego de despertar.
Algunos
neurocirujanos, incluso, comenzaron a tomar registros de neuronas individuales
del cerebro humano y observaron que, tal como en las ratas, los patrones de
activación replican la secuencia de acontecimientos vividos durante la jornada.
El
vínculo entre el sueño y el aprendizaje es sólido. Numerosos experimentos
confirman que las variaciones espontáneas de la profundidad del sueño
correlacionan con el desempeño el día posterior. Por ejemplo, la frecuencia y
la intensidad de las ondas lentas del sueño en alguien que durante la vigilia
haya aprendido a utilizar un joystick aumentarán en función de
las regiones parietales del cerebro involucradas en este aprendizaje: a mayor
incremento, más progresa el desempeño de la persona (Huber y otros, 2004). Del
mismo modo, luego de un aprendizaje motor, las neuroimágenes muestran un
incremento en la actividad de la corteza motora, el hipocampo y el cerebelo, en
simultáneo con una disminución en determinadas áreas frontales, parietales y
temporales (Walker, Stickgold y otros, 2005). Todos estos resultados sugieren
que el sueño facilita la automatización. Es evidente que luego de dormir la
actividad cerebral se desplaza: se afianza una parte de los conocimientos
adquiridos durante la jornada y se traslada hacia circuitos más automáticos y
más especializados.
Si bien
la automatización y el sueño están entrelazados, cualquier científico sabe que
correlación no equivale necesariamente a causalidad. Para saber más al
respecto, hoy en día se puede aprovechar la posibilidad de aumentar
artificialmente la profundidad del sueño mediante un efecto de resonancia en el
cerebro. Durante el sueño, la actividad cerebral oscila espontáneamente con una
frecuencia lenta, del rango de los 40 a 50 ciclos por minuto. Al inyectar un
pequeño impulso, justo en la frecuencia correspondiente, se logra que estos
ritmos entren en resonancia y aumenten su intensidad, de modo similar a lo que
ocurre cuando se empuja una hamaca en el momento exacto para hacerla oscilar
con una amplitud enorme. Precisamente esto hizo el equipo del científico alemán
Jan Born, especialista en sueño, de dos maneras diferentes: por un lado,
inyectó minúsculas corrientes a través del cráneo y, por otro, con un recurso
tanto más sencillo, reprodujo por un altavoz un ruido difuso sincronizado con
las ondas cerebrales del sueño. Ya sea exaltado o aplacado por el sonido de las
olas, el cerebro de quien duerme se deja llevar por este ritmo irresistible y
produce una cantidad notoriamente incrementada de ondas lentas, características
del sueño profundo. En los dos casos, al día siguiente, este entrenamiento
redunda en una mejor consolidación del aprendizaje (Marshall y otros, 2006; Ngo
y otros, 2013).
Una
empresa francesa comenzó a sacar réditos económicos de este efecto: vende una
vincha que supuestamente ayuda a conciliar el sueño y aumenta su profundidad
mediante pequeños sonidos que estimulan los ritmos lentos del cerebro durante
el descanso. Otros investigadores contemplaron la posibilidad de incrementar el
aprendizaje forzando al cerebro a reactivar, durante la noche, algunos
recuerdos más que otros. Imaginen que, mientras aprenden determinados hechos,
el aire del aula está saturado de aroma a rosas. Durante su sueño profundo, se
rocía esta fragancia en la habitación. El experimento revela que, a la mañana
siguiente, lo que aprendieron estará tanto más consolidado que si hubieran
dormido sin exposición al perfume (Rasch y otros, 2007). En este caso, el aroma
sirve como una clave inconsciente que orienta al cerebro a reactivar un
episodio específico de la jornada, lo que aumenta su consolidación en la
memoria.
Se puede
obtener el mismo efecto con claves auditivas. Supongan que se les pide
memorizar la posición de cincuenta imágenes, cada una asociada a un sonido o,
antes bien, una onomatopeya (el gato hace “miau”, la vaca hace “mu”, etc.). Es
una tarea difícil… pero siempre es bueno consultar las cosas con la almohada.
En un experimento, un grupo de investigadores estimuló el cerebro de sus
voluntarios, durante el sueño, repitiendo algunos de esos sonidos. Al oírlos,
los participantes (aun de manera inconsciente, en la profundidad del sueño)
guiaron la reactivación neuronal nocturna, y a la mañana siguiente recordaban
tanto mejor la ubicación de las respectivas imágenes (Antony y otros, 2012;
Bendor y Wilson, 2012; Rudoy y otros, 2009).
En el
futuro, ¿todos manipularemos nuestro sueño, en busca de aprender mejor? Muchos
estudiantes lo hacen ya de forma espontánea: revisan una lección importante
justo antes de dormirse; sin saberlo, intentan guiar su repaso nocturno. Pero
no debemos confundir estos descubrimientos, cuya eficacia está demostrada, con
la falsa idea de que se pueden adquirir nuevas habilidades mientras se duerme.
Algunos charlatanes venden grabaciones que supuestamente pueden hacernos
aprender una lengua extranjera durante el transcurso de la noche, pero las
investigaciones demuestran que no tienen efecto alguno (Arzi y otros, 2012). El
cerebro dormido no aprende nada nuevo: lo único que puede hacer es reactivar lo
que ya experimentó. Para adquirir una habilidad tan compleja como un buen
desempeño en un idioma que no se dominaba previamente, lo único que funciona es
estudiar durante el día y luego dormir para dejar que el sueño reactive y
consolide lo aprendido.
§. Sueño
de un descubrimiento de verano
¿Dormir simplemente fortalece el recuerdo de lo que aprendimos?
Numerosos
científicos piensan que no: dan cuenta de descubrimientos que hicieron mientras
dormían. El caso más famoso es el del químico alemán Friedrich August Kekulé
von Stradonitz, quien descubrió en un sueño la estructura del benceno, una
molécula inusual, ya que sus seis átomos de carbono forman un bucle cerrado,
como un anillo… o una serpiente que se muerde la cola. Sí, en esos términos
describió Kekulé el sueño de aquella presagiosa noche:
Una vez
más, los átomos formaban un torbellino ante mí. […] Mi ojo mental, entrenado
por las repetidas visiones de este tipo, ya podía distinguir grandes formas
extrañas y largas cadenas. Largas filas se retorcían como serpientes. De
pronto, ocurrió algo. Una de las serpientes había mordido su propia cola; la
forma giró burlonamente ante mis ojos. Como iluminado por un relámpago, me
desperté.
Y Kekulé
concluyó: “Si aprendiéramos a soñar, señoras y señores, ¡entonces quizá
encontraríamos la verdad!”.
¿Es
cierto que el sueño tiene el poder de llevarnos por el camino de la verdad y
aumentar la creatividad? Los pareceres de los historiadores de la ciencia
discrepan en cuanto a la autenticidad del uróboro de Kelulé, pero la idea de la
incubación nocturna tiene gran difusión entre los científicos y los artistas.
El diseñador Philippe Starck, creador de centenas de objetos de formas
inéditas, lo expresó con humor en una entrevista reciente: “Cuando me voy a
acostar, le digo a mi mujer: “¡Bueno, me voy al trabajo!”.[27] Yo
mismo tuve muchas veces la vivencia de descubrir durante el sueño la solución
para un problema difícil que se me había planteado en la jornada.
Sin
embargo, un conjunto de anécdotas, por amplio que sea, carece de valor
probatorio. Hace falta experimentar, y exactamente eso hizo el ya mencionado
equipo de Jan Born (Wagner y otros, 2004). Durante el día, estos investigadores
enseñaron a sus voluntarios un algoritmo complejo, del cual debían valerse para
aplicar una serie de cálculos sucesivos a determinada cifra. Pero el problema
tenía un atajo escondido que los participantes desconocían: había un truco que
permitía reducir considerablemente el tiempo de cálculo. Antes de dormir, muy
pocos participantes lo habían descubierto. Sin embargo, una buena noche de
sueño duplicó la cantidad de voluntarios que descubrían el truco, mientas que
entre quienes no habían dormido las exclamaciones de eureka brillaban
por su ausencia. Los resultados no dependían de la hora del día a la cual
fueran evaluados, de modo que el tiempo transcurrido no era el factor
determinante: solo el sueño genuino traía aparejada la comprensión.
Así, la
consolidación nocturna no se reduce al simple refuerzo de los conocimientos
existentes. Los descubrimientos de la jornada no solo quedan almacenadas, sino
que también se los recodifica en una forma más abstracta y general.
Indudablemente, la reactivación neuronal nocturna desempeña un papel crucial en
este proceso. Cada noche, nuestras ideas de la jornada se reproducen centenas
de veces, a un ritmo acelerado, lo que multiplica las posibilidades de que la
corteza descubra allí reglas provistas de sentido.
Además,
la aceleración de las descargas neuronales comprime la información. La
reproducción a alta velocidad implica que las neuronas que durante el día se
activan separadas por largos intervalos muestran activaciones adyacentes en la
secuencia comprimida de la noche. Este mecanismo parece ideal para agrupar,
sintetizar, comprimir y “convertir la información bruta en conocimientos útiles
y explotables”, la definición misma de la inteligencia según el especialista en
inteligencia artificial Demis Hassabis.
En el
futuro, ¿las máquinas inteligentes tendrán que dormir como nosotros?
La
pregunta bien puede parecer descabellada, pero creo que en cierto sentido ese
momento llegará: los algoritmos informáticos de aprendizaje probablemente
incorporarán una fase de consolidación similar a lo que llamamos “dormir”. De
hecho, los informáticos ya diseñaron varios algoritmos de aprendizaje
computarizado que imitan la alternancia de sueño y vigilia (Hinton y otros,
1995; Hinton, Osindero y Teh, 2006) y aportan ejemplos inspiradores para el
nuevo enfoque que defiendo en este libro: aprender consiste en construir un
modelo generativo interno del mundo exterior. Recuerden que nuestro cerebro
alberga numerosos modelos internos, capaces de resintetizar imágenes mentales
más verdaderas que la naturaleza, diálogos realistas y deducciones provistas de
sentido. En el estado de vigilia, ajustamos estos modelos al entorno: los datos
sensoriales nos sirven para seleccionar los modelos que mejor se adaptan al
mundo que nos rodea.
Durante
esta etapa, el aprendizaje es ante todo una operación de tipo ascendente: las
señales sensoriales inesperadas, cuando son confrontadas con las predicciones
de nuestro modelo interno, generan señales de error de predicción, que
ascienden en la jerarquía cortical y ajustan los pesos estadísticos en cada
paso, con lo cual paulatinamente los modelos descendentes ganan en precisión.
La nueva
idea es que, en el transcurso del sueño, el cerebro funciona en el sentido
inverso, de arriba abajo. Durante la noche, utilizamos los modelos generativos
para sintetizar nuevas imágenes, nunca antes vistas, y una parte del cerebro se
entrena para reconocer estas imágenes creadas a partir de fragmentos. Mientras
soñamos, las conexiones que se ajustan son aquellas que van de los niveles más
bajos a los más altos: detectan qué regularidades del mundo exterior apuntan
hacia tal o cual modelo interno. Así, nos volvemos cada vez más eficaces:
después de una buena noche de sueño, incluso una pista ínfima nos basta para
encontrar el mejor modelo mental de la realidad, sin importar que a veces sea
excesivamente abstracto.
Este
enfoque considera que los sueños no son otra cosa que imágenes de
entrenamiento, recreaciones de la realidad que utilizamos para multiplicar las
experiencias (necesariamente limitadas) que tuvimos en las horas de vigilia que
los precedieron. El sueño resolvería un problema con el cual deben lidiar todos
los algoritmos de aprendizaje: la poca cantidad de datos disponibles. En
efecto, las redes neuronales artificiales necesitan enormes conjuntos de datos
para aprender, pero la vida es demasiado corta y el cerebro debe contentarse
con la cantidad limitada de información que logra recopilar durante el día.
Acaso el
sueño haya sido la solución que nuestro cerebro encontró para simular de forma
acelerada, en cuestión de horas, innumerables eventos que no habría podido
vivenciar en la realidad empírica en una vida.
Durante
estos experimentos mentales, ocasionalmente hacemos descubrimientos. Aquí no
hay siquiera un atisbo de magias o alquimias: a medida que nuestro motor de
simulación mental funciona, a veces llega a resultados inesperados, de modo
similar a un jugador de ajedrez que, una vez dominadas las reglas, puede pasar
años explorando sus consecuencias. En efecto, la humanidad debe a las imágenes
mentales algunos de sus mayores descubrimientos científicos: por ejemplo,
cuando Einstein soñaba con capturar un rayo de luz (preanuncio del fotón) o
cuando Newton imaginaba que la Luna caía hacia la Tierra como una manzana.
Incluso es probable que el experimento más célebre y celebrado de Galileo, en
que arrojó objetos desde la Torre de Pisa para demostrar que la velocidad de la
caída libre no depende de la masa, jamás haya sucedido en la realidad concreta.
Una experiencia del pensamiento pudo haber sido suficiente: Galileo imaginó que
dos esferas, una liviana y otra pesada, caían desde lo alto de la torre, supuso
que la más pesada caería más rápido, y usó sus modelos mentales para demostrar
que esto llevaría a una contradicción. Y este notable científico, bien pudo
señalar algo por el estilo:
Supongamos
que uno las dos esferas con un hilo de masa despreciable. El conjunto de dos
esferas, que ahora forma un objeto más pesado, debería caer aún más rápido.
Pero esto es absurdo, porque la esfera liviana, que cae a menor velocidad,
debería desacelerar a la más pesada. Estas contradicciones infinitas solo
tienen una salida: todos los objetos caen a la misma velocidad,
independientemente de su masa.
Este es
el tipo de argumentación de que es capaz nuestro simulador mental, tanto en la
vigilia como en el sueño. El hecho mismo de que sepamos cómo desplegar
semejantes conjuntos imaginarios pone de relieve la extraordinaria variedad de
algoritmos de que dispone el cerebro. Por supuesto, aprendemos durante el día,
pero la actividad neuronal nocturna multiplica nuestro potencial. Tal vez allí
resida uno de los secretos de la especie humana: nuestro sueño podría ser uno
de los más profundos y eficaces en comparación con el de los demás primates
(Samson y Nunn, 2015).
§. El
sueño, la infancia y la escuela
Ahora bien, ¿qué ocurre con los niños? Todos saben que los bebés pasan la mayor
parte del tiempo durmiendo y que el tiempo de sueño se acorta con la edad
(queda muy lejos esa noche perpetua, de solo dormir, que el poeta Catulo
prometía a Lesbia). Esto es lógico: la primera infancia es un período de
aprendizaje privilegiado durante el cual es probable que los algoritmos del
cerebro deban funcionar tanto más. De hecho, las investigaciones demuestran
que, incluso con la misma duración, el sueño del niño es de dos a tres veces
más eficaz que el del adulto. Después de un aprendizaje intensivo, un niño de
10 años se sumerge mucho más rápido en el sueño profundo que un adulto.
Sus ondas
lentas del sueño son más intensas, y el resultado es claro: cuando estudia una
lección cae en el sueño y al día siguiente se despierta renovado y bien
dispuesto; luego constatamos que descubrió muchas más regularidades que un
adulto en la misma situación (Wilhelm y otros, 2013).
La
consolidación nocturna funciona desde los primeros meses de vida. En el bebé de
menos de 1 año, por ejemplo, el aprendizaje de las palabras depende lisa y
llanamente del sueño. Un bebé que duerme la siesta, aunque solo dure una hora y
media, retiene mucho mejor las palabras que se le enseñaron antes de descansar
(Friedrich y otros, 2015; Seehagen y otros, 2015). Pero el detalle
sobresaliente es que no solo las aprende, sino que las generaliza mejor: la
primera vez que escucha la palabra “caballo”, la asocia únicamente con una o
dos imágenes específicas; pero luego de haber dormido, su cerebro logra asociar
esta palabra a nuevos ejemplares nunca antes vistos. Como un Kekulé en pañales,
realiza descubrimientos mientras duerme y se despierta con una teoría mucho más
elaborada de la palabra “caballo”.
¿Y qué
ocurre durante la edad escolar? También en este caso las experiencias son muy
claras: en el jardín de infantes, hasta una breve siesta por la tarde mejora el
aprendizaje de la mañana (Kurdziel, Duclos y Spencer, 2013). Para obtener el
máximo beneficio, el sueño debe ocurrir en las horas inmediatamente posteriores
al aprendizaje. Este beneficio, sin embargo, solo se da en niños que duermen la
siesta a menudo. Por ende, no parece conveniente obligar a los niños a dormir,
sino tan solo dejar dormir a los que desean hacerlo: el cerebro regula
naturalmente su necesidad de dormir de acuerdo con la cantidad de estímulos
nuevos que conoció durante la jornada.
Por
desgracia, con la actual sobreabundancia de exposición a televisión, smartphones e
internet, el sueño de los niños, al igual que el de los adultos, se ve
asediado, amenazado, dificultado por todos los frentes. ¿Cuáles son las
consecuencias de esta realidad? ¿Es cierto que la privación crónica de sueño
acarrea trastornos específicos del aprendizaje que, según se dice, están
aumentando? De momento, esta posibilidad no va más allá de la pura hipótesis,
pero hay algunos indicios en ese sentido: es posible que una fracción no
desdeñable de los niños hiperactivos con trastornos de atención solo sufran de
una privación crónica de sueño. En algunos casos, por ejemplo, se detectan
problemas respiratorios que les impiden entrar en el sueño profundo, y una
simple limpieza de las vías respiratorias a veces basta y sobra para eliminar
no solo los problemas de sueño, sino también los de atención. Una experiencia
reciente incluso sugiere que la estimulación eléctrica del cerebro, al aumentar
la profundidad de las ondas lentas del sueño, también podría corregir el
déficit de aprendizaje en los niños hiperactivos (Avior y otros, 2004; Cortese
y otros, 2013; Hiscock y otros, 2015; Prehn-Kristensen y otros, 2014).
Dejémoslo
bien claro: estos datos aún deben someterse a repetidas pruebas, y de ninguna
manera intento negar la existencia de auténticos trastornos de atención (se
trata de niños que pueden beneficiarse mucho con un entrenamiento de su
atención, o en quienes a veces un fármaco como la ritalina puede tener efectos
muy positivos). Sea como fuere, en el plano educativo ya no cabe duda de que
mejorar la duración y la calidad del sueño constituye una intervención efectiva
para todos los niños y muy especialmente para aquellos que
presentan dificultades de rendimiento escolar o problemas de aprendizaje.
La idea
pasó por pruebas piloto en adolescentes. En su caso, la cronobiología demostró
que el ciclo del sueño cambia durante la pubertad: los adolescentes no sienten
la necesidad de acostarse temprano, pero, como todos pueden haber vivenciado,
tienen grandes dificultades para levantarse.
Esto no
supone mala voluntad, sino que se trata de la simple consecuencia de una
reorganización de las redes neuronales y hormonales que controlan el ciclo de
sueño-vigilia. Por desgracia, nadie parece haber informado al respecto a las
autoridades escolares, quienes todavía exigen a los estudiantes que hagan acto
de presencia a primera hora de la mañana. ¿Qué ocurriría si cambiáramos esta
convención tan arbitraria? El experimento se realizó con éxito: si la entrada a
la escuela se posterga entre media hora y una hora, todo cambia: los
adolescentes duermen mejor, su ausentismo se reduce, la atención en clase
aumenta y el desempeño escolar mejora (American Academy of Pediatrics, 2014). Y
la lista de efectos positivos podría continuar: la Academia Estadounidense de
Pediatría recomienda enfáticamente retrasar los horarios de inicio escolar como
una medida eficiente para combatir la obesidad, la depresión y los accidentes
(entre otros, por conducir con sueño). El hecho de que el bienestar físico y
mental de los niños pueda mejorarse con tanta facilidad y sin costo alguno
sirve de magnífico ejemplo de los beneficios de adaptar el sistema educativo a
las características de la biología cerebral.
Conclusión
Entiendo
que la mayor y principal dificultad de la ciencia humana es la acertada
dirección y educación de los niños.
Montaigne, Ensayos (1580)
La pedagogía es como la medicina: un arte, pero que se apoya –o debería
apoyarse– sobre conocimientos científicos precisos.
Jean Piaget, “La pedagogía moderna” (1949)
Ahora que
nuestro viaje llega a su fin, tengo la esperanza de haberlos convencido de que,
gracias a los avances de la psicología cognitiva, las neurociencias, la
inteligencia artificial y las ciencias de la educación, disponemos de
conocimientos detallados sobre el modo en que nuestro cerebro aprende. Estos
conocimientos no nos resultan obvios, lo que da mayor motivo para que revisemos
la mayoría de nuestras ideas sobre el aprendizaje:
No, el
bebé no es una tabula rasa carente de saberes:
desde el primer año de vida, dispone de un enorme conjunto de conocimientos
sobre los objetos, los números, las probabilidades, el espacio y las personas.
·
No, el niño no es una esponja que absorbe
dócilmente la estructura de su entorno. Recuerden a Felipe, el niño
ciego y tetrapléjico que descollaba como cuentacuentos en Brasil, o a Nicholas
Saunderson, el matemático ciego que sucedió a Newton en cátedra: esas dos
experiencias nos muestran que la recepción de información sensorial puede estar
alterada o ausente, sin que eso elimine la capacidad de abstracción.
·
No, el cerebro no es únicamente una red neuronal
maleable que sedeja modelar por la información que recibe: todos los grandes
haces de conexiones están presentes desde el nacimiento, y la
plasticidad cerebral, aunque indispensable, solo ajusta los últimos milímetros
de nuestras conexiones.
·
No, el aprendizaje no se produce de forma pasiva,
por simple exposición a datos, clases magistrales o conferencias. Por el
contrario, la psicología cognitiva y las neuroimágenes demuestran que el niño
es un científico en ciernes que constantemente genera nuevas hipótesis, y que
el cerebro es un órgano siempre alerta, que aprende poniendo a prueba los
modelos que proyecta sobre el mundo exterior.
·
No, el error no es la marca de los “malos” alumnos:
equivocarse es parte integrante del aprendizaje, porque solo gracias al error
el cerebro puede ajustar sus modelos cuando descubre una discrepancia entre sus
expectativas y la realidad.
·
No, el sueño no es apenas un período de descanso: forma
parte de nuestro algoritmo de aprendizaje como momento privilegiado en que el
cerebro reproduce sus modelos una y otra vez, en bucle, y amplifica, por un
factor de diez o de cien, lo adquirido durante el día.
·
Y, por último, no, las terminales
informáticas actuales no están cerca de superar al cerebro humano. Al menos
por ahora, nuestro cerebro sigue siendo el dispositivo de procesamiento de la
información más rápido, más eficaz y el que menos energía consume. Como una
verdadera máquina probabilística, logra extraer de cada episodio de la jornada
aun los fragmentos ínfimos de información y transformarlos durante la noche en conocimientos
abstractos y generales, de un modo que todavía no sabemos reproducir en las
computadoras.
En la
batalla prometeica que libran el microchip y la neurona, la máquina y el
cerebro, este último todavía conserva la ventaja. En principio, en la mecánica
cerebral no hay elemento que una máquina no pueda imitar. Por lo pronto, todas
las ideas que enuncié en este libro ya funcionan como herramientas en las manos
de informáticos cuyas investigaciones se inspiran abiertamente en las
neurociencias (Hassabis y otros, 2017; Lake y otros, 2016). Sin embargo, en la
práctica, las máquinas todavía deben transitar un largo camino. Para avanzar,
necesitarán varios de los ingredientes que analizamos aquí: un lenguaje del
pensamiento interno que permita recombinar los conceptos con flexibilidad;
algoritmos capaces de razonar a partir de distribuciones de probabilidad; una
función de curiosidad; sistemas eficaces de gestión de la atención y de la
memoria; y, tal vez, como ya vimos, un algoritmo de sueño-vigilia que expanda
el entrenamiento y multiplique las oportunidades de descubrimiento. Hoy en día,
comienzan a aparecer algoritmos de este tipo, pero todavía están a años luz de
alcanzar el desempeño de un bebé recién nacido. Nuestro cerebro aún lleva las
de ganar frente a las máquinas, y presumo que seguirá siendo así durante mucho
tiempo.
§. Trece
recomendaciones para optimizar el potencial de los niños
Cuanto más estudio el cerebro humano, más me impresiona. Pero también sé que su
desempeño es frágil, porque depende mucho del entorno donde se desarrolla.
Muchos niños (incluso demasiados) no alcanzan a realizar su potencial de
aprendizaje con plenitud porque la familia, la escuela o la sociedad no les
proveen las condiciones ideales.
Las
comparaciones internacionales son alarmantes: desde hace quince o veinte años,
los rendimientos escolares de muchos países occidentales – incluido mi propio
país, Francia− se desplomaron, mientras que ganaron terreno muchos países y
ciudades asiáticos, como Singapur, Shanghái o Hong Kong.[28] En
matemáticas, que solía ser el punto fuerte de Francia, los resultados
descendieron drásticamente entre 2003 y 2015. La tendencia se afianzó en 2018:
se confirmó que mi país ocupaba el último lugar de Europa en la prueba Timms,
que evalúa el aprendizaje de los alumnos de 15 años en matemáticas y en
ciencias; de todos los países participantes registró la mayor baja en veinte
años. En 2016 ocurrió algo similar ocurrió con la prueba Pirls, que evalúa la
lectura en cuarto grado: en menos de dos décadas, Francia, patria de muchos
matemáticos notables, sufrió un naufragio y actualmente ocupa la parte más baja
del ranking europeo, en especial cuando es cuestión de
interpretar textos más complejos. Para peor, el país cuyo lema patrio clama
Igualdad y Fraternidad presenta los peores resultados en el área de integración
escolar: Francia es el país con el mayor impacto del nivel social de las
familias en sus resultados escolares.
Frente a
estos pésimos resultados con demasiada frecuencia tiende a levantarse el dedo
para acusar a los docentes. En realidad, nadie sabe cuáles son las causas de
esta caída reciente: ¿la escuela, los padres, o la sociedad como un todo?
¿Debemos culpar a la falta de sueño, la falta de atención, los videojuegos, las
familias reducidas? En cualquiera de los casos, estoy seguro de que los avances
recientes de las ciencias del aprendizaje pueden ayudar a revertir esta oscura
tendencia. Hoy en día sabemos mucho más sobre las condiciones que maximizan el
aprendizaje y la memoria. Como padres, madres y docentes, debemos aprender a
implementarlas en la vida cotidiana, tanto en casa como en la escuela.
A lo
largo de este libro, presenté una serie de resultados científicos que convergen
en ideas muy simples y fáciles de aplicar. Revisémoslas juntos:
·
No subestimemos a los niños y a las niñas. Desde
el nacimiento, cada niño posee un rico conjunto de habilidades y conocimientos.
El concepto de objeto, el sentido de los números, el don de las lenguas, el
conocimiento de las personas y de sus intenciones… Tantos módulos cerebrales
que ya están presentes en los más pequeños y que la educación reciclará más
tarde durante los cursos de física, matemáticas, lengua o filosofía. Apoyémonos
sobre las intuiciones precoces de los niños: cada palabra o cada símbolo que
aprenden, aunque sea abstracto, debe conectarse con conocimientos previos. Esta
conexión les dará sentido.
·
Aprovechemos los períodos sensibles. En los
primeros años de vida, millares de sinapsis se crean y se destruyen todos los
días. Esta efervescente actividad vuelve al cerebro particularmente receptivo a
cierto tipo de aprendizaje; en primer lugar, el de las lenguas. Sepamos
aprovechar este período sensible para exponer a los niños a una segunda lengua
tan pronto como sea posible, sin perder de vista que la plasticidad se prolonga
por lo menos hasta la adolescencia. Durante esta etapa, la inmersión en una
lengua extranjera puede transformar el cerebro en el lapso de pocos meses.
·
Enriquezcamos el entorno. Como
consumado genio del aprendizaje, el cerebro del niño sigue siendo la más
poderosa de las supercomputadoras. Respetémoslo dándole, desde la edad más
temprana, estímulos que estén a su altura: juegos de palabras o de
construcción, historias, desafíos, acertijos, rompecabezas… No dudemos en tener
conversaciones serias con los niños, respondamos a sus preguntas, incluso a las
más difíciles, con un vocabulario elaborado para explicarle lo que nosotros
entendemos sobre el mundo que nos rodea. Darles a los pequeños un entorno
enriquecido, especialmente en lo que respecta al lenguaje, maximizará el
crecimiento de su cerebro y preservará, durante el mayor tiempo posible, su
plasticidad juvenil.
·
Abandonemos la idea de que todos los niños son
diferentes. La idea de que cada uno de nosotros posee su propio estilo de
aprendizaje es un mito. Las neuroimágenes dejan de manifiesto que todos
poseemos circuitos y reglas de aprendizaje muy similares. Las áreas cerebrales
responsables de la lectura, el cálculo mental o las matemáticas son casi las
mismas en todos, milímetros más o menos, incluso sin distinción en el caso de
niñas y niños ciegos. Todos los niños se encuentran con dificultades similares,
y los mismos métodos de enseñanza permiten resolverlas. Las diferencias
individuales, cuando existen, versan sobre el conocimiento previo, la
motivación y la velocidad del aprendizaje. Sepamos diagnosticar cuidadosamente
el nivel de los niños para estimularlos con problemas adaptados a su nivel y a
sus ganas, pero, sobre todas las cosas, asegurémonos de que todas las criaturas
adquieran los fundamentos del lenguaje, la alfabetización y las matemáticas
que, sin excepción, necesitan.
·
Prestemos atención a la atención. La
atención es la puerta de entrada al aprendizaje: casi ninguna información será
memorizada si antes no fue amplificada por la atención y la toma de conciencia.
En la escuela, los docentes deben lograr cautivar la atención de sus alumnos y
orientarla hacia lo que realmente importa. Esto implica eliminar con cuidado
cualquier fuente de distracción: los manuales demasiado ilustrados, las aulas
con decoración excesiva, las letras o los dígitos deformados u ornamentados con
personajes no hacen otra cosa que distraer al niño de su tarea principal y le
impiden concentrarse.
·
Hagamos que el niño se vuelva activo, curioso,
comprometido y autónomo. Un alumno pasivo no aprende nada. Volvámoslo más
activo. Provoquemos la demanda permanente de su inteligencia para que su mente
resplandezca de curiosidad y genere permanentemente nuevas hipótesis. Pero no
esperemos que descubra todo por sí solo: guiémoslo mediante contenidos y
secuencias pedagógicas estructurados.
·
Hagamos de cada día de escuela algo placentero. Los
circuitos de la recompensa son moduladores esenciales de la plasticidad
cerebral. Utilicémoslos recompensando cada esfuerzo y haciendo que cada hora de
clase sea un momento divertido. Ningún niño es insensible a las recompensas
materiales, pero su cerebro social responde de la misma manera a las sonrisas y
los mensajes de aliento. El sentimiento de ser apreciado, pero también la
conciencia de que se está progresando, aportan su propia recompensa. Como
contrapartida, erradiquemos la ansiedad y el estrés que bloquean el
aprendizaje, sobre todo en matemáticas.
·
Alentemos los esfuerzos. Una
escuela placentera no es sinónimo de una escuela “sin esfuerzo”. Al contrario,
las habilidades más interesantes, como la lectura, las matemáticas o tocar un
instrumento exigen meses o años de aprendizaje. Evitemos hacerles creer a los
niños que todo será fácil, porque además esto traerá aparejado que, cuando no
logren los objetivos, piensen que son burros o toscos. En cambio,
expliquémosles que todos los alumnos deben hacer esfuerzos y que, cuando los
hacen, consiguen progresar. Adoptemos una mentalidad progresista, no una
mentalidad rígida.
·
Ayudemos a los alumnos a profundizar su pensamiento. Cuanto
más profundamente procese la información nuestro cerebro, mejor podremos
recordarla. Nunca nos contentemos con el aprendizaje superficial; busquemos
siempre una comprensión más profunda. Y recordemos las palabras de Henry
Roediger: “Hacer que las condiciones de aprendizaje sean más difíciles, lo que
requiere mayor esfuerzo cognitivo por parte de los estudiantes, a menudo
redunda en una mayor retención”.
·
Fijemos objetivos claros. Los
alumnos aprenden mejor cuando les enunciamos con claridad el objetivo de la
enseñanza y pueden constatar que todo lo que se les propone converge allí.
Expliquémosles sin rodeos qué esperamos de ellos y permanezcamos enfocados en
esa meta.
·
Aceptemos y corrijamos los errores. Para
actualizar los modelos mentales, nuestras áreas cerebrales deben intercambiar
mensajes de error. El error es, entonces, la condición misma del aprendizaje.
No lo sancionemos; pero corrijámoslo rápidamente, dándole al niño una
devolución detallada y sin presión sobre el error que cometió. De acuerdo con
el informe de la Education Endowment Fundation, la calidad del feedback del
docente a sus alumnos es el trampolín más eficaz del progreso escolar.
·
Repasemos, una y otra vez.
Aprender de una sola vez no es suficiente, también es necesario consolidar los
contenidos del aprendizaje con el objetivo de que se vuelvan automáticos,
inconscientes y reflexivos. Solo la automatización libera la corteza
prefrontal, que, de este modo, queda disponible para otras actividades. La
estrategia más eficaz consiste en segmentar el aprendizaje: un poco todos los
días. Por eso, distribuir las sesiones de estudio y práctica permitirá que la
información se imprima en la memoria de modo definitivo.
·
Dejemos dormir a los niños. El
sueño es un ingrediente esencial de nuestro algoritmo de aprendizaje. Cada
período de sueño, incluida la siesta, aporta un beneficio suplementario.
Asegurémonos, entonces, de que los niños duerman mucho y con profundidad. Para
obtener el máximo beneficio del período de trabajo inconsciente nocturno,
repasar una lección o volver a leer un problema justo antes de dormir podría
resultar una estrategia útil. No olvidemos que la cronobiología indica que
durante la adolescencia los ciclos del sueño se desplazan ¡y no programemos el
despertador para un horario tan temprano!
Solo si
aprendemos a conocernos mejor obtendremos las mayores ventajas de los poderosos
algoritmos con que está equipado el cerebro. Sin lugar a duda, todos los niños
se verían beneficiados si se conocieran los cuatro pilares del aprendizaje: la
atención, el compromiso activo, la importancia de un buen feedback sobre
el error y la consolidación. Cuatro eslóganes los resumen con eficacia:
“Concéntrense por completo”; “Participen en clase”; “Hagan ejercicios todos los
días”; “Aprovechen cada noche”. Son mensajes muy sencillos que cada cual
debería conocer y poner en práctica, desde la edad más temprana.
§. Una
alianza para la escuela del mañana
¿Sabremos lograr una armonía entre nuestras escuelas y los descubrimientos de
las neurociencias y de las ciencias cognitivas? Para conseguirlo, se necesita
una nueva alianza. Así como la medicina descansa actualmente en una pirámide de
investigación biológica y farmacológica, estoy seguro de que, en el futuro, la
educación se valdrá de la investigación basada sobre evidencia, incluidos
experimentos de laboratorio pero también pruebas a escala real y estudios de
implementación en el aula. Solo si unimos nuestras fuerzas podremos lograrlo.
La escuela del mañana deberá convocar a los docentes, las familias y los
científicos alrededor de una causa común: revivir en las niñas y los niños la
curiosidad y la alegría de aprender, para así ayudarlos a optimizar su
potencial cognitivo.
Expertos
del aula, los maestros tienen la invaluable tarea de criar a nuestros hijos e
hijas, quienes pronto tendrán el futuro del mundo en sus manos. Sin embargo, a
menudo ejercen esa tarea en condiciones difíciles y con herramientas escasas.
Se merecen mucho más respeto y una enorme inversión. Los docentes hoy enfrentan
desafíos cada vez más severos, que incluyen la disminución de los recursos, el
aumento del tamaño de las clases, la creciente violencia y la implacable
tiranía del plan de estudios.
Sorprendentemente,
la mayoría de ellos recibe poca capacitación profesional y casi ninguna
introducción a la ciencia del aprendizaje. Creo que debemos cambiar
urgentemente este estado de cosas. Espero que este libro contribuya a que las
universidades, los institutos de formación y las escuelas superiores del
profesorado ofrezcan un plan de estudios a la altura del compromiso que los
docentes tienen con nuestros niños.
También
espero que los docentes estén de acuerdo en que de ningún modo el avance de las
neurociencias del aprendizaje puede coartar su libertad pedagógica. Por el
contrario, el objetivo de este libro es permitirles ejercer mejor esa libertad.
“Pienso en un héroe”, señaló el actual premio Nobel Bob Dylan cuando en 1985
presentó su álbum de rarities e inéditos Biograph,
“como alguien que entiende el grado de responsabilidad que su libertad
conlleva”. Por eso, la creatividad pedagógica genuina solo puede provenir de
una plena conciencia de la gama de estrategias disponibles, de la posibilidad
de elegir cuidadosamente entre ellas, con conocimiento de su impacto en los
estudiantes. Los principios que enuncié a lo largo de este libro son
compatibles con múltiples enfoques pedagógicos, y queda todo por inventar para
traducirlos en actos dentro del aula. Espero mucho de la imaginación de los
maestros, porque la considero esencial para desencadenar el entusiasmo de los
niños.
En mi
opinión, las escuelas del futuro también deberían involucrar más a las familias
y los adultos responsables, ya que son actores primordiales en el desarrollo de
un niño, cuyas acciones preceden y prolongan las de la escuela.
El
entorno inmediato es donde los niños tienen la oportunidad de expandir, a
través del trabajo y los juegos, el conocimiento que adquirieron en clase. La
familia está abierta los siete días de la semana y, por lo tanto, puede, mejor
que la escuela, aprovechar al máximo la alternancia entre vigilia y sueño,
entre aprendizaje y consolidación. Las escuelas deberían dedicar más tiempo a
la capacitación de los padres, porque es una de las intervenciones más
eficaces: pueden ser relevos invaluables para los maestros, además de
observadores astutos y detallistas de las dificultades de sus niños y niñas.
Por
último, los científicos deben comprometerse junto con los docentes y la escuela
para consolidar el creciente campo de las ciencias de la educación. En
comparación con el gran progreso que tuvieron las ciencias cognitivas y las
neurociencias en los últimos treinta años, la investigación en educación
todavía es un área relativamente descuidada. Los entes estatales y privados
deberían incitar a los científicos a realizar grandes programas de
investigación básica en todos los campos de las ciencias del aprendizaje, desde
las neurociencias y las neuroimágenes hasta la neuropsicología de los
trastornos del desarrollo, la psicología cognitiva y la sociología de la
educación. El cambio de escala, del laboratorio al aula, no es tan fácil como
parece. Tenemos una gran necesidad de experimentación en las escuelas, en
espacios a escala real. Las ciencias cognitivas pueden ayudar a concebir y a
evaluar herramientas educativas innovadoras. Del mismo modo en que la medicina
se apoya sobre la biología, el campo de la educación debe dar vida a un nuevo
ecosistema de investigación, más sistemático, más riguroso, que propicie la
colaboración entre docentes e investigadores en la búsqueda incesante de una
educación más eficaz, basada en datos fácticos y correctamente probados.
Docentes,
familias, científicos: todos juntos para hacer progresar las ciencias de la
educación y su aplicación práctica en la escuela. La fórmula me parece clara,
eficaz, y la urgencia, real.
Agradecimientos
El
desarrollo de este libro se vio estimulado por numerosos encuentros. Los
primeros, con Michael Posner y Bruce McCandliss, de la Universidad de Oregón,
me convencieron de que las ciencias cognitivas son pertinentes para la
educación. Debo mucho a los numerosos encuentros científicos organizados con
ayuda de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE)
y de Bruno Della Chiesa. Más tarde, Marcela Peña, Sidarta Ribeiro, Mariano
Sigman, Alejandro Maiche y Juan Valle Lisboa formaron a una generación de
jóvenes científicos en los inolvidables encuentros anuales de la Latin American
School for Education, Cognitive and Neural Sciences. Tuve la suerte de
participar en todas sus ediciones y les debo mucho.
Otra
persona que tuvo esta suerte es mi esposa y colega Ghislaine Dehaene- Lambertz.
Hace treinta y dos años que debatimos sobre el desarrollo cerebral y, por
añadidura, sobre la educación de nuestros hijos. No hace falta decir que le
debo todo a ella, incluida una relectura atenta de las páginas precedentes.
Otro
aniversario: hace treinta y tres años que me uní a los laboratorios de Jacques
Mehler y de Jean-Pierre Changeux. Su influencia sobre mi pensamiento es
inmensa, y ellos reconocerán aquí un buen número de sus temas predilectos, como
también lo harán otros colegas y amigos muy cercanos como Lúcia Braga, Laurent
Cohen, Naama Friedmann, Véronique Izard, Régine Kolinsky, José Morais, Lionel
Naccache, Christophe Pallier, Mariano Sigman, Elizabeth Spelke y Josh
Tenenbaum.
Mi amigo
Antonio Battro me alentó constantemente en mis investigaciones sobre el
cerebro, la educación y el aprendizaje. Le estoy igualmente agradecido por
haberme hecho conocer a Nico, un artista con una personalidad notable, que me
autorizó con gentileza a reproducir aquí algunos de sus cuadros. Gracias
también a Yoshua Bengio, Alain Chédotal, Guillaume y David Dehaene, Molly
Dillon, Jessica Dubois, Gyorgy Gergely, Eric Knudsen, Leah Krubitzer, Bruce
McCandliss, Josh Tenenbaum, Fei Xu y Robert Zatorre por haberme autorizado a
reproducir las numerosas figuras que dan color a este texto.
También
me gustaría agradecerles a todas las instituciones que sustentan mis
investigaciones desde hace años con una fidelidad a prueba de todo, y
particularmente al Instituto Nacional de Salud e Investigación Médica (Inserm),
la Comisión de Energía Atómica y Energías Renovables, el College de France, la
Universidad París-Sur, el European Research Council (ERC) y la Fundación
Bettencourt-Schueller. Gracias a ellos me he podido rodear de estudiantes y
colaboradores brillantes y enérgicos. Son demasiado numerosos para ser citados
aquí, pero se reconocerán en la larga lista de publicaciones que sigue. Vaya
una mención particular para Anna Wilson, Dror Dotan y Cassandra Potier-Watkins,
con quienes desarrollé programas educativos e intervenciones en las aulas.
Jean-Michel
Blanquer, ministro de Educación de Francia, me honró con su confianza al
proponerme presidir su primer Consejo Científico, algo que quiero agradecerle
con vehemencia aquí. Les debo mi reconocimiento a todos los miembros de este
Consejo, y particularmente a Esther Duflo, Michel Fayol, Marc Gurgand, Caroline
Huron, Elena -Pasquinelli, Franck Ramus, Elizabeth Spelke y Jo Ziegler, así
como a su secretario general Nelson Vallejo-Gómez, por su compromiso y por todo
lo que me enseñaron.
La
preparación de esta edición se vio beneficiada por una relectura atenta de
Marie-Lorraine Colas.
Por
último, menciono que este es el sexto libro que publico con mi editora Odile
Jacob y su marido Bernard Gottlieb. Su amistad y su confianza me conmueven
profundamente. Poco después, el ojo crítico de Wendy Wolf y Terezia Cicel, mis
editoras en Penguin Viking, siguió haciendo aportes al texto. Y no habría
llegado a sus manos sin la constante ayuda de mi agente, Brockman Inc. Gracias,
John y Max, por su inagotable apoyo y su invaluable feedback. La
versión actual renueva y confirma el vínculo de años con Siglo XXI Editores,
que publica mi obra en castellano bajo el cuidado de Yamila Sevilla. Agradezco
a Carlos Díaz y a Diego Golombek la inclusión de este nuevo libro en la Serie
Mayor de Ciencia que ladra, y a Josefina D’Alessio y Luciano Padilla López la traducción
y el exquisito cuidado del texto.
S. D.,
París, septiembre de 2019
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Créditos
de material gráfico
Figura
1 (arriba y abajo), gentilmente autorizado por Antonio Battro.
Figuras
2 (abajo), 8, 13 (arriba derecha y
centro), 14 (abajo derecha), 29 (arriba)
y 34, Stanislas Dehaene.
Figura
3 (arriba), tomado de <ai.googleblog.com/2017/05/using-machine-learning-to-explore.html>:
(abajo), Olah, Mordvintsev y Schubert (2017).
Figura 4, tomado
de Guerguiev, Lillicrap y Richards (2017: figura 6).
Figura 5, tomado
de Tenenbaum y otros (2011), gentilmente autorizado por Joshua Tenenbaum.
Figura 6, tomado
de Kemp y Tenenbaum (2008: figuras 2 y 3).
Figura
7 (arriba), gentilmente autorizado por Fei Xu; (abajo), cedido por Molly
Dillon y Elizabeth Spelke.
Figura
9 (arriba), gentilmente autorizado por G. Dehaene-Lambertz y J. Dubois;
(abajo), tomado de Dehaene-Lambertz y otros (2006).
Figura 10, tomado
de Krubitzer (2007), con su gentil autorización.
Figura
11 (arriba), gentilmente cedido por Alain Chédotal; tomado de Belle y otros
(2017); abajo, cedido por Dehaene-Lambertz y Dubois.
Figura 12, a
partir de Amunts y otros (2010: figuras 1 y 7).
Figura
13 (arriba derecha), tomado de <pexels.com/photo/animals- apiary-beehive-beekeeping-928978/>:
(abajo), a partir de Hafting y otros (2005).
Figura
14 (izquierda): © Aisa/Leemage; (arriba derecha), gentilmente autorizado
por Philip Buttery.
Figura 15, tomado
de Muckli, Naumer y Singer (2009: figura 2).
Figura 16, © 1939.
1967, Harvard College; © renovado 1967. 1991.
Figura
17 (arriba), a partir de Flege, Munro y MacKay (1995); Johnson y Newport
(1989); Hartshorne y otros (2018); (abajo), tomado de Pierce y otros (2014:
figura 3).
Figura
18 (arriba), gentilmente cedido por Eric Knudsen; (abajo), a partir de
Knudsen, Zheng y DeBello (2000: figuras 2 y 3).
Figura
19 (arriba), © Michael Carroll, a partir de Berens y Nelson (2015);
(abajo), tomado de Almas y otros (2012: figura 1).
Figura 20, tomado
de Amalric y Dehaene (2016).
Figura
21 (abajo), a partir de Amalric, Denghien y Dehaene (2017).
Figuras
22 y 23, tomado de Dehaene y otros (2010).
Figura
24 (arriba), © Dehaene-Lambertz; (abajo), a partir de Monzalvo y otros
(2012).
Figuras
25 y 35 (izquierda), tomado de Dehaene-Lambertz, Monzalvo
y Dehaene (2018).
Figura 26, a
partir de Xu y otros (2015).
Figura
27 (abajo), a partir de Kilgard y Merzenich (1998).
Figura 28,
gentilmente cedido por Bruce McCandliss (Yoncheva y otros, 2010).
Figura
29 (abajo), gentilmente autorizado por Robert Zatorre (Bermúdez y otros,
2009).
Figura 30,
reproducido con gentil autorización de Gyorgy Gergely; (arriba), tomado de
Egyed, Király y Gergely (2013); (abajo), a partir de Gergely, Bekkering y
Király (2002).
Figura 31, a
partir de Held y Hein (1963: figura 1).
Figura 32, a
partir de Kaplan y Oudeyer (2007: figura 3).
Figura 33,
adaptado de Bekinschtein y otros (2009) y Strauss y otros (2015).
Figura
35 (derecha), tomado de Zoccolotti y otros (2005).
Figura 36, a
partir de Chen y Wilson (2017).
El
restante material iconográfico pertenece al dominio público y está libre de
derechos. En todos los casos, se invoca el fair use.
Notas:
[1] Instituto
Nacional de Salud e Investigación Médica francés. [N. de E.]
[2] Recomiendo
las películas The Miracle Worker (Arthur Penn, 1962) [que en castellano se
conoce con distintos títulos: El milagro de Ana Sullivan, Ana de los milagros,
Un milagro para Helen o La maestra milagrosa] y Marie Heurtin (Jean-Pierre
Améris, 2014) [El lenguaje del corazón o bien La historia de Marie Heurtin];
así como los libros Arnould (1900) y Keller (1903).
[3] Invito
a visitar ese sitio web, <educationendowmentfoundation.org.uk/evidence-
snmmaries/teaching-leaming-toolkit>.
[4] Esto
es, tal como lo define el propio Dehaene (2006), que contemplan fluctuaciones
indiscriminadas. En su presencia, el cerebro -o, según señala el presente
libro, la red neuronal- “debe comportarse como un estadístico que recopila
múltiples muestras antes de llegar a una conclusión sólida”. [N. de E.]
[5] Sobre
la red neuronal artificial que aprende a jugar en consolas Atari, véase Mnih y
otros (2015).
[6] El
término inglés bootstrapping significa sacarse a uno mismo de
una situación utilizando los recursos disponibles. La expresión, se cuenta,
surge de una de las hazañas del barón de Münchhausen, inmortalizado en la obra
de Rudolf Erich Raspe, que, según la versión inglesa, consistió en salir de una
ciénaga y elevarse al cielo tirando de los cordones de sus zapatos.
[7] Sobre
la recursividad como propiedad exclusivamente humana, véanse Dehaene, Meynel y
otros (2015); Everaert y otros (2015); Hauser, Chomsky y Fitch (2002); Hauser y
Watumull (2017).
[8] Sobre
la singularidad humana para codificar una secuencia elemental de sonidos, véase
Wang y otros (2015).
[9] Véase
nota 6.
[10] Sobre
el principio de exclusividad mutua en el aprendizaje de palabras, véanse Carey
y Bartlett (1978); Clark (1988); Markman y Wachtel (1988); Markman, Wasow y
Hansen (2003).
[11] Sobre
el cerebro como un modelo generativo, véanse Lake, Salakhutdinov y Tenenbaum
(2015); Lake y otros (2016).
[12] Acerca
del modelo bayesiano del procesamiento de la información en la corteza, véase
Friston (2005). Sobre datos empíricos en el paso jerárquico de mensajes de
error probabilístico en la corteza, véanse también Chao y otros (2018);
Wacongne y otros (2011).
[13] Pueden
encontrar una reseña detallada de estos hallazgos en la edición revisada de mi
libro El cerebro matemático (Dehaene, 2010).
[14] Sobre
este tema, invito a leer mi libro La conciencia en el cerebro (Dehaene, 2014).
[15] Se
obtuvieron resultados similares en el campo del reconocimiento de rostros:
adoptados antes de los 9 años, los niños coreanos reaprenden el prototipo del
rostro occidental y pierden la habitual preferencia por los rostros de su
propia raza (Sangrigoli y otros, 2005).
[16] Pueden
consultarse Dehaene, Bossini y Giraux (1993) sobre la representación mental de
la paridad; Blair y otros (2012), Fischer (2003) y Gullick y Wolford (2013)
sobre la representación de los números negativos; Jacob y Nieder (2009) y
Siegler, Thompson y Schneider (2011) sobre la representación de las fracciones.
[17] Alude
a la ya mencionada bosse des maths, que también puede traducirse como “el don
de las matemáticas”. Esa expresión dio título a Dehaene (2010). [N. de T.]
[18] Hay
numeroso material probatorio de los efectos en el largo plazo de una educación
temprana de calidad. Véanse, por ejemplo, el programa Abecedarian (Campbell y
otros, 2012, 2014; Martin, Ramey y Ramey, 1990), el programa Perry de jardín de
infantes (Heckman y otros, 2010; Schweinhart, 1993) y el programa de Jamaica
(Gertler y otros, 2014; Grantham-McGregor y otros, 1991; Walker, Chang y otros,
2005).
[19] Véanse
los programas de acceso libre The Number Race, que desde
luego cuenta con versión francesa, y The Number Catcher:
en francés. Para el
aprendizaje de la lectura, véanse los programas GraphoGame y ÉLAN
pour la lecture.
[20] ¿Cómo
sumar todos los números del 1 al 100? Se une el 1 con el 100, el 2 con el 99,
el 3 con el 98, de modo tal que el resultado siempre sea 101; por último, se ve
que la suma total abarca 50 pares de 101, es decir, 5050. [Al respecto, puede
verse también Dehaene (2010). N. de E.]
[21] El
metaanálisis de John Hattie estima que el feedback tiene una
magnitud de efecto de 0,73 de desviación estándar, que lo vuelve uno de los
factores decisivos en el campo del aprendizaje (Hattie, 2008).
[22] Balsam
y Gallistel (2009) y Gallistel (1990) critican exhaustivamente el enfoque del
aprendizaje por asociación.
[23] Estas
actitudes se analizan en Claro, Paunesku y Dweck (2016), Dweck (2006), Rattan y
otros (2015). Sin embargo, la dimensión de estos efectos, y su consiguiente
importancia práctica para la escuela fue refutada: Sisk y otros (2018).
[24] Una
excelente reseña de la eficacia relativa de varias prácticas pedagógicas consta
en Dunlosky y otros (2013).
[25] El
hipocampo también parece hacer un robusto aporte a la memorización de los
hechos aritméticos (Qin y otros, 2014).
[26] Véanse
también los resultados que revelan un efecto directo del sueño en la
plasticidad sináptica en Norimoto y otros (2018).
[27] Philippe
Starck, France Inter, viernes 8 de junio de 2018.
[28] Véanse
las pruebas PISA (Program
for International Student Assessment), Timms (Trends in International
Mathematics and Science Study) y Pirls (Progress
in International Reading Literacy Study)


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