© Libro N° 11169.
La Locura De Jones: Un Estudio Sobre La
Reencarnación. Blackwood,
Algernon. Emancipación. Abril 29 de 2023
Título original: ©
The Insanity Of Jones: A Study In
Reincarnation, Algernon Blackwood (1869-1951)
Versión Original: © La Locura De Jones: Un
Estudio Sobre La Reencarnación. Algernon Blackwood
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LA LOCURA DE JONES: UN
ESTUDIO SOBRE LA REENCARNACIÓN
Algernon Blackwood
La Locura
De Jones: Un Estudio Sobre La Reencarnación
Algernon
Blackwood
Las
aventuras suceden a los temerarios, y las cosas misteriosas surgen en el camino
de aquéllos quienes, con curiosidad e imaginación, aguardan por ellas; pero la
mayoría de las personas pasan frente a las puertas entreabiertas creyéndolas
cerradas, y no notan la débil agitación de la gran cortina que cae siempre,
bajo la forma de apariencias, entre ellos y el mundo de causas detrás. Porque
sólo los pocos cuyos sentidos internos han sido acelerados, tal vez por
extraños sufrimientos en las profundidades, o por un temperamento natural
transmitido desde un pasado remoto, llegan al conocimiento, no demasiado
bienvenido, de que aquel mundo inmenso yace siempre a su lado, y que en
cualquier momento una azarosa combinación de ánimos y fuerzas pueden invitarlos
a cruzar las cambiantes fronteras.
Algunos,
de cualquier manera, nacen con esta horrenda certeza en sus corazones, y no son
llamados a iniciación alguna; y a este selecto grupo pertenecía Jones
indudablemente.
Toda su
vida estuvo consciente de que sus sentidos le brindaban meramente un conjunto
de falsas apariencias, interesantes en mayor o menor grado; que el espacio, tal
como es medido por los hombres, era absolutamente engañoso; que el tiempo, tal
como el reloj le hacía resonar en una sucesión de minutos, era una arbitraria
tontería y, de hecho, que todas sus percepciones sensoriales no eran más que
torpes representaciones de las cosas reales tras la cortina, cosas que él
estaba siempre intentando captar, y que algunas veces lograba captar. Siempre
había estado pavorosamente convencido de que él se encontraba en los linderos
de otra región, una región donde el tiempo y el espacio eran meras formas del
pensamiento, donde antiguas memorias yacían abiertas y a la vista, y donde las
fuerzas detrás de cada vida humana se erguían reveladas de una manera llana, y
ahí él podría ver las fuentes ocultas en el corazón mismo del mundo.
Y aun
más, el hecho de que él fuera empleado en una oficina de seguros contra
incendios, y realizara su trabajo con estricto cuidado, nunca le hacía olvidar
ni por un momento que, justo detrás de los sucios ladrillos donde cientos de
hombres borroneaban con puntiagudas plumas bajo lámparas eléctricas, existía
esa gloriosa región donde la parte importante de sí mismo habitaba y actuaba y
tenía su lugar. Porque en aquella región él se veía a sí mismo como
representando el papel del espectador ante su vida ordinaria, vigilando, como
un rey, la corriente de sucesos; pero intacto en su propia alma de la suciedad,
el ruido y la conmoción vulgar del mundo exterior.
Y esto no
era una mera ensoñación poética. Jones no estaba simplemente jugando con este
idealismo como un medio de pasar el tiempo. Era una creencia actuante y
viviente. Tan convencido estaba él de que el mundo externo era el resultado de
un vasto engaño practicado sobre los viles sentidos, que cuando, al contemplar
una gran construcción como la capilla de St. Paul, no sentía una sorpresa mayor
al verla temblar súbitamente como una figura de jalea y después derretirse
completamente, dejando en su lugar, de un solo golpe revelada, aquella masa de
color, o aquella gran intrincación de vibraciones, o aquel espléndido sonido,
(la idea espiritual), que aquélla representaba bajo formas de piedra.
De una
manera parecida a esto era como su mente funcionaba. Sin embargo, bajo toda
apariencia, y en satisfacción de todo lo que la vida laboral exige, Jones era
un joven normal, poco original. No sentía nada más que desprecio por la ola de
psiquismo moderno. Difícilmente conocía el significado de palabras tales como
clarividencia y clariaudiencia. Nunca había sentido el más mínimo apremio por
unirse a la Sociedad Teosófica, ni por especular sobre las teorías de la vida
en el plano astral, o sobre los elementales. No asistía a reunión alguna de la
Sociedad de Investigación Psíquica, e ignoraba la ansiedad por saber si su
“aura” era negra o azul; no estaba consciente, tampoco, del más mínimo deseo de
mezclarse con el resurgimiento de ocultismo barato que muestra ser tan
atractivo para las mentes débiles dotadas con tendencias místicas y con una
imaginación no controlada.
Había
ciertas cosas que él sabía, pero que no le preocupaba discutir con nadie; e,
instintivamente, se encogía de hombros ante la empresa de intentar dar nombre a
los contenidos de aquella otra región, sabiendo bien que tales nombres podrían
solamente definir y limitar cosas que, de acuerdo a cualquier criterio en uso
en el mundo ordinario, eran simplemente elusivas e indefinibles. Así que,
aunque su mente funcionara de la manera descrita, había aún un claro y fuerte
poso de sentido común en Jones. En una palabra, el hombre que el mundo y la
oficina conocían como Jones, era Jones. El nombre le resumía y etiquetaba
correctamente: John Enderby Jones.
Entre las
cosas que él sabía, y sobre las que, por lo tanto, nunca se preocupaba por
conversar o especular, se encontraba el hecho de que él se veía claramente a sí
mismo como el heredero de una larga serie de vidas pasadas, la red resultante
de una dolorosa evolución, siempre como él mismo, desde luego, pero en
múltiples cuerpos diferentes, cada uno determinado por el comportamiento de del
predecesor. El John Jones presente era el último resultado hasta la fecha del
pensamiento, sentimiento y actuar pasados de otros John Jones en anteriores
cuerpos y en otros siglos. No pretendía dar detalles, ni reclamaba para sí
mismo una ascendencia distinguida, porque él se daba cuenta de que su pasado
debía ser un lugar común e insignificante por completo para haber producido su
presente; pero estaba, así mismo, seguro de que él había estado en este juego
agotador por tantas edades como había vivido, y nunca se le ocurrió discutir, o
dudar, o hacer preguntas.
Y uno de
los resultados de esta creencia era que sus pensamientos moraban más en el
pasado que en el futuro; que leía muchos libros de historia y se sentía atraído
por ciertos períodos, los cuáles su espíritu comprendía instintivamente como su
hubiera vivido en ellos; y que encontraba carentes de interés a todas las
religiones porque, casi sin excepción, comienzan en el presente para después
especular acerca de aquello en lo que el hombre habrá de convertirse, en lugar
de mirar hacia el pasado y especular porqué los hombre han llegado hasta aquí
tal como son.
En la
oficina de seguros él realizaba su trabajo notablemente bien, pero sin
demasiada ambición personal. Consideraba a los hombres y las mujeres como los
instrumentos impersonales para infligir sobre él el placer o el dolor que él se
había ganado por sus trabajos pasados, porque el azar estaba ausente del todo
en su esquema de las cosas; y, mientras que reconocía que el mundo práctico no
podría seguir su curso a menos que cada hombre hiciera su trabajo cabalmente y
a conciencia, no tenía interés alguno en la acumulación de fama o dinero para
sí mismo y, por lo tanto, simplemente cumplía con sus obligaciones inmediatas,
indiferente a los resultados.
Al igual
que otros que viven una vida estrictamente impersonal, él poseía la cualidad de
la valentía absoluta, y estaba siempre listo para enfrentar cualquier
combinación de circunstancias, sin importar cuán terribles, porque veía en
ellas la simple realización de causas pasadas que él mismo había puesto en
movimiento y que no podían ser esquivadas ni modificadas. Y, mientras que la
mayoría de las personas tenían poca importancia para él, en cuanto a atracción
o repulsión, en el momento en que conocía a alguien con quien sentía que su
pasado había estado vitalmente entretejido, su ser interior saltaba
inmediatamente y proclamaba directamente el hecho, y regulaba su vida con la
mayor habilidad y discreción, como un centinela en guardia ante un enemigo
cuyos pasos ya podían oírse aproximar.
Por lo
tanto, mientras que la gran mayoría de hombres y mujeres lo dejaban
imperturbable, dado que los consideraba como otras tantas almas que vagaban
junto a él por el gran caudal de la evolución, había, aquí y allá, individuos
con los que él reconocía que hasta el más mínimo contacto era de la importancia
más grave. Éstas eran personas con las que él sabía, con cada fibra de su ser,
que tenía cuentas que saldar, agradables o no, surgiendo de pactos de vidas
pasadas; y en sus relaciones con estos pocos, por lo tanto, él se concentraba
con el esfuerzo que otros prodigan en su contacto un número mucho mayor.
Sólo
aquellos iniciados en los sorprendentes procesos de la memoria subconsciente
podrán decir de qué manera escogía a estos pocos individuos, pero el punto era
que Jones creía que el propósito principal, si no es que todo el propósito de
su encarnación presente yacía en su fiel y total cumplimiento de estas deudas,
y que si él llegaba a buscar eludir el más mínimo detalle de éstas, sin
importar cuán desagradable fuera, habría vivido en vano, y retornaría,en una
próxima encarnación, con un deber más que cumplir. Porque de acuerdo a sus
creencias no había Azar alguno, no podría haber ninguna evasión definitiva, y
evitar un problema sería, entonces, desperdiciar tiempo y perder oportunidades
para el desarrollo.
Había un
individuo con el que Jones había comprendido desde hace mucho que tenía una
cuenta por saldar, y hacia el cumplimiento de esta deuda era que todos las
corrientes principales de su ser parecían dirigirse con un propósito
inalterable. Porque, cuando ingresó en la oficina de seguros como un joven
empleado diez años antes, y, a través de una puerta de cristal, captó la imagen
de este hombre sentado en una habitación interior, uno de sus súbitos y
avasalladores estallidos de memoria intuitiva se había elevado desde las
profundidades, y había visto, como en una llama de luz cegadora, una imagen
simbólica del futuro elevándose desde un pasado temible, y había, sin acto
alguno de volición consciente, señalado a este hombre como un acreedor de las
verdaderas cuentas por saldar.
—Con ese
hombre yo tengo mucho que ver —se dijo a sí mismo, al tiempo que notaba a aquel
gran rostro alzar la mirada y cruzarse con la suya a través del vidrio—. Hay
algo que no puedo evitar, un relación vital nacida del pasado de ambos de
nosotros.
Y fue
hacia su escritorio temblando un poco y con las rodillas fallándole, como si la
memoria de algún terrible dolor hubiera posado súbitamente su mano helada sobre
su corazón y tocado la cicatriz de un gran mal. Fue un momento de terror
genuino cuando sus ojos se encontraron a través de la puerta de vidrio, y fue
consciente de un encogimiento interno y una repugnancia que le embargaron con
violencia y le convencieron en un segundo de que el saldar esta cuenta sería
casi, tal vez, algo imposible de manejar.
La visión
pasó tan rápido como vino, cayendo de nueva hacia la región sumergida de su
consciencia; pero nunca olvidó, y la totalidad de su vida desde entonces se
convirtió en una especie de natural, dura y espontánea preparación para el
cumplimiento de esta gran tarea cuando el tiempo fuera maduro. En aquellos
días, (diez años atrás) este hombre era Administrador Adjunto, pero había sido
desde entonces ascendido a Administador de una de las filiales locales de la
compañía; y un poco de tiempo después Jones se había hecho transferir a esta
misma filial. Un poco más tarde, nuevamente, la filial de Liverpool, una de las
más importantes, había estado en peligro debido a los malos manejos ya al
desfalco, y el hombre había ido a hacerse cargo de ella, y de nuevo, por mera
suerte en apariencia, Jones había sido promovido al mismo lugar.
Y esta
persecución del Administrador Adjunto había continuado por muchos años, y
frecuentemente, también, bajo las formas más peculiares; y, a pesar de Jones no
había cruzado una sola palabra con él, ni sido notado siquiera por el gran
hombre, el empleado entendía perfectamente bien que todos estos movimientos en
el juego eran parte de un propósito definido. Ni por un momento dudó que los
Invisible detrás del velo estaban disponiendo lenta e inexorablemente cada
detalle de este negocio con el fin de llegar de manera conveniente al clímax
requerido por la justicia, un clímax en el que él y el Administrador
representarían los papeles principales.
—Es
inevitable —se dijo a sí mismo— y siento que puede ser terrible; peor cuando el
momento llegue estaré listo, y le ruego a Dios que pueda enfrentarlo
apropiadamente y actuar como un hombre.
Además,
mientras los años pasaban y nada ocurría, sentía el horror cercándolo con paso
firme, porque el hecho era que Jones odiaba y abominaba del Administrador con
una intensidad de sentimiento como nunca había sentido hacia ser humano alguno.
Se sobrecogía ante su presencia, y ante su mirada, como si recordara haber
sufrido crueldades sin nombre bajo sus manos; y lentamente comenzó a darse
cuenta, además, de que el asunto a saldar entre ellos era uno de muy antigua
existencia, y que la naturaleza de la retribución era la de una descarga de
castigo acumulado que sería, probablemente, bastante horrible en su modo de
ejecución.
Cuando,
por lo tanto, el jefe de pagos la informó un día que el hombre iba a estar en
Londres de nuevo (esta vez como Administrador General de la oficina central) y
que él estaba a cargo de encontrar un secretario privado para él de entre sus
mejores empleados, y le dijo además que la elección había caído sobre él, Jones
aceptó la promoción de manera tranquila, con una sensación de fatalidad, y, sin
embargo, con una grado de íntima repugnancia difícil de describir. Porque el
vio en esto, meramente, un nuevo paso en la evolución de su inevitable Némesis,
la cual el no sea atrevía a intentar frustrar por consideración personal
alguna; y al mismo tiempo él era consciente de una cierta sensación de alivio,
de que el suspenso de la espera podría ser pronto mitigado. Un secreto
sentimiento de satisfacción, por lo tanto, acompañó el desagradable cambio, y
Jones fue capaz de contenerse a sí mismo perfectamente cuando el cambio fue
llevado a cabo y él fue presentado formalmente como secretario privado del
Administrador General.
Ahora, el
Administrador era una hombre gordo y enorme con una cara muy roja y bolsas bajo
los ojos. Al ser corto de vista, él usaba unas gafas que parecían magnificar
sus ojos, los cuales estaban siempre un poco inyectados de sangre. Bajo un
clima cálido, una especie de delgada lama parecía cubrir sus mejillas, porque
él transpiraba fácilmente. Su cabeza era casi completamente calva, y sobe el
cuello aplastado de su camisa su gran cuello se doblaba en dos rojizos rollos
de carne. Sus manos eran grandes y sus dedos casi masivamente gruesos. Él era
un excelente hombre de negocios, de juicio sano y voluntad firme, sin la
imaginación suficiente para poder confundir su línea de acción a través de una
mirada a las alternativas posibles; y su integridad y habilidad eran causa de
que el fuera universalmente respetado en el mundo de los negocios y las
finanzas.
De
cualquier manera, en las regiones importantes del carácter de un hombre, y de
corazón, él era tosco, brutal casi hasta el grado del salvajismo, carente de
consideración por otros y, como resultado, era a menudo cruelmente injusto con
sus indefensos subordinados.
En los
momentos de enojo, los cuales no eran infrecuentes, su rostro se volvía de un
morado pálido al tiempo que la parte superior de su calva cabeza brillaba, en
contraste, como mármol blanco, y las bolsas bajo sus ojos se hinchaban hasta
que parecía que iban a reventar en seguida. Y en esos momentos él presentaba
una apariencia notablemente repulsiva. Pero para un secretario privada como
Jones, quien realizaba su tarea sin importarle si su jefe era bestia o ángel, y
cuyo primer motor eran los principios y no la emoción, esto hacía poca
diferencia.
Dentro de
los estrechos límites en los que uno podía complacer a un hombre así, él
complacía al Administrador General; y más de una vez su penetrante facultad
intuitiva, que llegaba casi al punto de la clarividencia, servía el jefe de tal
manera, que esto contribuía a acercar a ambos más de lo que hubiera ocurrido de
otra forma., y hacía nacer en el hombre un respeto hacía un poder en sus
asistente del que él no tenía ni siquiera el germen. Fue una curiosa relación
la que creció entre los dos, y el jefe de pago, quien gozaba del honor de haber
hecho la selección, se beneficiaba de ello indirectamente tanto como cualquier
otro.
Así, por
algún tiempo el trabajo en la oficina continuó normalmente y de manera muy
próspera. John Enderby Jones recibía un buen salario, y en la apariencia
externa de los dos personajes principales de esta historia había poco cambio
notable, excepto que el Administrador se tornaba cada vez más gordo y
rubicundo, y el secretario comenzaba a observar que su propio cabello comenzaba
a hacerse gris en las sienes. Había, sin embargo, dos cambios en progreso, y
ambos tenían que ver con Jones. Es importante mencionarlos aquí. Uno era que él
comenzó a tener sueños ominosos.
En la
región del sueño profundo, donde la posibilidad de sueños significativos
comienza a desarrollarse, él era atormentado más y más con vívidas escenas e
imágenes en las que un hombre alto y delgado, de apariencia obscura y
siniestra, y con ojos malignos, estaba cercanamente relacionado con él. Sólo
que la localización era la de una edad pasada, con vestimentas de siglos
pasados, y las escenas tenían que ver con horrendos actos del crueldad que no
podían pertenecer a la vida moderna tal como él la conocía.
El otro
cambio era significativo también, pero no es tan fácil de describir, porque él
se había dado cuenta en verdad de que una nueva porción de sí mismo, hasta
entonces dormida, se había ido agitando lentamente hasta cobrar vida brotando
desde las profundidades mismas de su conciencia. Esta nueva parte de sí mismo
llegaba casi a ser una nueva personalidad, y nunca observaba ni la menor
manifestación de ésta sin una extraña sensación de sobrecogimiento en su
corazón. ¡Porque se había dado cuenta de que eso había comenzado a vigilar al
Administrador!
Era un
hábito de Jones, dado que se veía obligado a trabajar bajo condiciones que le
eran completamente desagradables, el de apartar su mente por completo del
trabajo una vez que terminaba el día. Durante las horas de oficina guardaba la
más estricta vigilancia sobre sus propios actos, y ponía bajo llave toda
ensoñación interna, por temor a que un arranque súbito desde las profundidades
pudiera interferir en su trabajo. Pero, una vez que las horas de trabajo
terminaban, las puertas se abrían al vuelo, y el comenzaba a gozar de sí mismo.
No leía libros modernos sobre los temas que le interesaban, y, como ya se ha
dicho, no seguía ninguna especie de entrenamiento, ni pertenecía a sociedad
alguna que buscara mezclarse en misterios semisecretos; pero, una vez que se
liberaba del escritorio en la oficina del Adminsitrador, él simple y
naturalmente entraba en la otra región, porque ahí él era una antiguo morador,
un legítimo ciudadano, y porque pertenecía ahí.
Era, de
hecho, un verdadero caso de personalidad dual; y existía un cuidadoso acuerdo
entre el Jones-de-la-aseguradora-contra-incendios y el Jones-de-los-misterios,
por cuyos términos, y bajo severas penalidades, ninguna región lo reclamaba
intempestivamente.
Para el
momento en que Jones llegaba a su habitación bajo el techo de Bloomsbury, y
cambiaba su abrigo de oficina por otro, el sonido de las puertas de hierro de
la oficina al cerrarse quedaban lejos, y enfrente, ante sus propios ojos,
giraban las hermosas puertas de marfil, y penetraba hacia los recintos de
flores y de canto y de maravillosas formas veladas. Algunas veces perdía por
completo el contacto con el mundo externo, olvidándose de cenar o dormir, y
yacía en un estado de trance, su conciencia trabajando muy lejos del cuerpo. Y
en otras ocasiones el caminaba por la calles en el aire, a media entre las dos
regiones, incapaz de distinguir entre las forma encarnadas y las descarnadas, y
no muy lejos, probablemente, del estrato donde los poetas, los santos, y los
más grandes artistas se han movido y han pensado y han encontrado inspiración.
Pero esto
era únicamente cuando alguna insistente necesidad corporal le impedía liberarse
completamente y, más frecuentemente, él se encontraba en un estado
completamente independiente de su parte material y libre de la región de las
cosas, sin impedimento ni estorbo.
Una tarde
llegó a casa completamente exhausto después de la carga de trabajo del día. El
Administrador había estado más brutal, injusto y malhumorado que lo usual; y
Jones había estado a punto de salir de su acostumbrada política de desprecio y
contestarle. Todo parecía haber ido mal, y la naturaleza grosera y baja del
hombre había estado en ascenso todo el día: había golpeado el escritorio con
sus enormes puños, había abusado, había encontrado irrazonablemente faltas,
pronunciado cosas ultrajantes, y se había comportado como era realmente debajo
de las apariencias de su trato profesional. Había dicho y hecho todo para dañar
todo lo que era dañable en un secretario común y, a pesar de que Jones moraba,
afortunadamente, en una región desde la cual miraba hacia abajo sobre un hombre
así como miraría los despropósitos de un animal salvaje, la tensión había
calada severamente en él de cualquier manera, y llegó a casa preguntándose, por
la primera vez en su vida, si existiría un punto más allá del cual el no podría
contenerse más.
Porque
algo fuera de lo común había pasado. Al final de una escena de gran tensión
entre los dos, cada nervio del cuerpo del secretario pulsando por el abuso
inmerecido, el Administrador se había situado completamente sobre él en un
rincón de la habitación privada donde estaban las cajas fuertes, de tal manera
que el brillo de sus ojos rojos, magnificados por las gafas, miraba
directamente sobre los suyos. Y en ese mismo segundo, aquella otra personalidad
de Jones, aquella que estaba siempre vigilando, se elevó rápidamente desde las
profundidades interiores y sosteniendo un espejo frente a él. Un momento de
fuego y visión se apoderó de él, y por un único segundo, un inmisericorde
segundo de visión clara, él vio al Administrador como aquel hombre alto y obscuro
de sus malignos sueños, y el conocimiento de que él había sufrido a manos de él
un horrenda injuria pasada se estrelló sobre su mente como el impacto de un
cañón.
Todo pasó
sobre él como un relámpago y se fue, cambiándolo del fuego al hielo, y luego al
fuego de vuelta; y él dejó la oficina con la segura convicción interna de que
el tiempo del saldo final con aquel hombre, el tiempo de la retribución
inevitable, estaba finalmente aproximándose. De acuerdo a su costumbre
invariable, de cualquier manera, tuvo éxito en poner a un lado el recuerdo de
todo esta incomodidad con el cambio del abrigo de oficina y, después de una
pequeña siesta sobre su silla de cuero junto al hogar, emprendió, como era
usual, su camino para cenar en el restaurante francés del Soho, y comenzó a
soñarse a sí mismo en la región del canto y las flores, comulgando con los
Invisibles que constituían las fuentes mismas de su vida y su ser reales.
Porque
que era esta la manera como su mente funcionaba, y los hábitos de años habían
cristalizado en líneas rígidas sobre la cuáles era ahora necesario e inevitable
para él actuar. En la puerta del pequeño restaurante se detuvo abruptamente,
una cita a medias recordada en su mente. Él había hecho un compromiso con
alguien, pero dónde, o con quién, eran cosas que se habían deslizado
completamente fuere de su memoria. Penó que era para cenar, o para reunirse
después de hacerlo, y por un segundo retornó a él la idea de que era algo que
tenía que ver con la oficina, pero, cualquier cosa que fuese, le era imposible
recordarlo, y una mirada a su libro de citas le mostró sólo una página en
blanco. Evidentemente había olvidado incluso anotarla; y después de quedarse
ahí un momento vanamente tratando de recordar ya fuera la hora, el lugar, o la
persona, el prosiguió y tomó asiento. Pero, a pesar de que los detalles se le
escapaban, su memoria inconsciente parecía conocerlo todo, porque sintió un
súbito hundimiento del corazón, acompañado por un sentido de reprimida
anticipación, y sintió que bajo su agotamiento yacía un núcleo de tremenda
excitación. La emoción causada por la cita estaba en funcionamiento, y
ocasionaría, de un momento a otro, que los actuales detalles de la cita
reaparecieran.
Dentro
del restaurante la sensación se fue incrementando, en lugar de pasar: alguien
esperaba por él en algún lugar; alguien con quien el había definitivamente
quedado de verse. Era esperado por una persona esa misma noche y justo
alrededor de ese momento. Pero ¿por quién? ¿dónde?
Un
extraño estremecimiento interior cayó sobre él, y él hizo un vigoroso esfuerzo
por contenerse y estar listo para lo que pudiera venir. Y entonces súbitamente
llegó a él el conocimiento de que el lugar de la cita era ese preciso
restaurante, y, además, que la persona que había prometido verse con él ya se
encontraba allí, esperando en algún lugar muy cerca de él. Miró nerviosamente y
comenzó a examinar los rostros a su alrededor. La mayoría de los comensales
eran franceses, parloteando ruidosamente con muchos gestos y risas, y había una
justa porción de oficinistas como él que venían porque los precios eran bajos y
la comida buena, pero no había una cara que el reconociera. Hasta que su vista
cayó sobre el ocupante del asiento la esquina opuesta, en el lugar donde él
solía sentarse.
—¡Ahí
está el hombre que espera por mí! —pensó Jones instantáneamente.
Lo supo
de inmediato. El hombre, él podía verlo, estaba sentado en ese lugar al fondo
en la esquina, con una grueso sobretodo abotonado apretadamente hasta la
barbilla. Su piel era muy blanca, y una pesada barba negra se elevaba bastante
sobre sus mejillas. Al principio el secretario lo tomó por un desconocido, pero
cuando el otro le miró y sus ojos se cruzaron, una sensación de familiaridad
pasó a través de él, y por un par de segundos Jones imaginó que estaba mirando
a un hombre que había conocido años antes. Porque, quitando la barba, ese era
el rostro del viejo oficinista que ocupaba el escritorio de junto cuando él
entró al servicio de la compañía de seguros, quien le había mostrado la más
prolija simpatía y amabilidad en las primeras dificultades de su trabajo. Pero
un momento después la ilusión pasó, porque él recordaba que Thorpe llevaba
muerto por lo menos cinco años. La similitud de los ojos era obviamente un mero
truco de la memoria.
Los dos
hombres se miraron fijamente por varios segundos, y entonces Jones comenzó a
actuar instintivamente, porque tenía que hacerlo. Cruzó el lugar y tomó el
asiento vacío al otro lado de la mesa, encarándolo; porque el sintió que era de
alguna manera imperativo el explicar porqué había llegado tarde, y cómo casi
había olvidado la cita. De cualquier manera, ninguna excusa honesta surgió para
asistirlo, a pesar de que su mente comenzó a trabajar de manera furiosa.
—Sí, has
llegado tarde —dijo el hombre tranquilamente, antes de que él pudiera encontrar
una sola palabra que decir—. Pero no importa. También habías olvidado la cita,
pero eso tampoco hace diferencia alguna.
—Sabía...
que había un compromiso —balbuceó Jones, pasándose la mano por la frente—; pero
de alguna manera...
—Lo
recordarás en seguida —prosiguió el otro con voz amable, y sonriendo un poco—.
Fue anoche, durante el sueño profundo, que acordamos esto, y las desagradables
ocurrencias del día de hoy lo han obstruido de alguna manera.
Un débil
recuerdo se agitó en él mientras el hombre hablaba, y un seto de árboles con
formas móviles flotó ante sus ojos para desvanecerse de nuevo, mientras que por
un instante el desconocido pareció capaz de distorsionar su propia figura y
haber asumido vastas proporciones, con maravillosos ojos llameantes.
—¡Oh!
—dijo abriendo la boca—. ¿Fue ahí... en la otra región?
—Desde
luego —dijo el otro, con una sonrisa que le iluminó todo el rostro—. Lo
recordarás en seguida, todo a buen tiempo, y mientras tanto no tienes razón
para estar asustado.
Había una
maravillosa cualidad reconfortante en la voz del hombre, como el susurro de un
gran viento, el oficinista se sintió inmediatamente más relajado. Siguieron ahí
sentados un rato más, pero él no pudo recordar el haber hablado mucho o comido
nada. Sólo recordó que después que el jefe de meseros había ido con él y le
había susurrado algo al oído, y que al mirar alrededor vio a la demás gente
observándolo con curiosidad, algunos de ellos riendo, y que su acompañante se
levantó entonces y lo condujo fuera del restaurant.
Caminaron
de manera apresurada por las calles, sin hablar; y Jones estaba tan concentrado
en rememorar la historia completa del trato en las regiones del sueño profundo,
que apena y notó el camino que tomaron. Y sin embargo era claro que él sabía a
dónde se dirigían tanto como su acompañante, porque en ocasiones él se
adelantaba a tomar las calles, introduciéndose en las avenidas sin vacilar, y
el otro lo seguía siempre, sin corregirlo.
Las
aceras estaban muy llenas, y las usuales multitudes de la noche de Londres se
elevaban de un lado a otro bajo la mirada de las luces de las tiendas, pero de
algún modo nadie obstruyó sus rápidos movimientos, y ellos parecían pasar entre
ña gente como si estuvieran hechos de humo. Y, mientras avanzaban, los peatones
y el tráfico fueron escaseando cada vez más y pronto pasaron la Mansion House y
el baldío frente al Royal Exchange, y siguieron por la Fenchurch Street y al
alcance de la vista de la Torre de Londres, que se elevaba triste y sombría en
el aire turbio. Jones recordó todo esto muy bien, y pensó que era su intensa
preocupación lo que hacía que la distancia pareciera tan corta.
Fue
cuando la Torre fue dejada atrás y ellos viraron al norte que el comenzó a
notar cuán alterado estaba todo, y vio que estaban en un vecindario donde las
casas escaseaban súbitamente, y comenzaban los caminos y campos, bajo la única
luz de las estrellas. Y, al tiempo en que su conciencia profunda se inclinaba
cada vez más a la exclusión a los acontecimientos superficiales de su cuerpo
durante el día, la sensación de cansancio se desvaneció, y él se dio cuenta de
que en algún lugar de la región de causas tras el velo, más allá de los
vulgares engaños de los sentidos, y liberado del torpe hechizo del tiempo y el
espacio.
Sin gran
sorpresa, por lo tanto, volteó y miro que su compañero se había alterado, había
arrojado su abrigo y su sombrero negro, y se movía junto a él sin hacer ruido
alguno. Por un breve segundo él lo vio, alto como un árbol, extendiéndose en el
espacio como una larga sombra, brumoso y ondeando fuera de sus contornos,
seguido por un sonido como de alas en la obscuridad; pero, cuando se detuvo, el
miedo aferrándose a su corazón, el otro reasumió sus anteriores proporciones, y
Jones pudo ver simplemente sus contornos usuales contra el campo verde del
fondo. Y entonces el secretario lo vio manipulando su cuello, y en el mismo
momento su barba se desprendió de su rostro junto con su mano.
—Entonces
tú eres Thorpe —dijo con la boca abierta, y sin embargo, de alguna manera, sin
una sorpresa abrumadora
Permanecieron
viéndose frente a frente en el camino solitario, los árboles uniéndose sobre
ellos ocultando las estrellas, y un sonido de quejumbrosas exhalaciones entre
las ramas.
—Soy
Thorpe —fue la respuesta, con una voz que casi había parecido parte del
viento—. Y he venido desde lejos para ayudarte, porque mi deuda contigo es
grande, y en esta vida no tuve sino una pequeña oportunidad para pagarla.
Jones
pensó rápidamente en la amabilidad del hombre en la oficina, y una gran oleada
de sentimiento se elevó en él al comenzar a recordar vagamente el amigo a cuyo
lado el había ya escalado, tal vez a través de vastas edades en la evolución de
su alma.
—¿Para
ayudarme ahora? —murmuró.
—Me
entenderás cuando penetres tu verdadera memoria y recuerdes cuán grande es la
deuda que debo pagar por tu fiel amistad del pasado —exhaló el otro en una voz
como el viento menguante.
—Entre
nosotros, de cualquier manera, no puede haber cuestiones de deuda. —Jones se
escuchó decir, y recordó la respuesta que flotó hasta él por el aire y la
sonrisa que iluminó por un momento los austeros ojos que lo encarban.
—Deudas
no, en efecto, sino privilegios.
Jones
sintió que su corazón saltaba hacia el hombre, este viejo amigo, probado a
través de los siglos y fiel aún. El hizo un intento de tomar su mano. Pero el
otro se deformó como una figura de niebla, y por un momento la cabeza del
oficinista pareció hundirse y sus ojos fallaron.
—Entonces,
¿estás muerto? —dijo en un aliento, temblando ligeramente.
—Hace 5
años abandoné el cuerpo que conociste —respondió el hombre—. Traté de ayudarte
entonces instintivamente, sin reconocerte del todo. Pero ahora puedo hacer más.
Con una
horrenda sensación de ansiedad y terror en su corazón, el secretario comenzó a
entender.
—¿Tiene
que ver con... con...?
—Tus
encuentros pasados con el Administrador —vino la respuesta mientras el ruido
del viento se elevaba entre las ramas ahí arriba y arrastraba el resto de la
oración en el aire.
La
memoria de Jones, que apenas comenzaba agitarse entre las más profundas capas
de la totalidad, se cerró súbitamente con un crujido, y siguió a su acompañante
por campos y veredas de agradable aroma donde el aire era fresco y fragante,
hasta que llegaron a una casa enorme, que se elevaba elegante y solitaria en
las sombras al filo de un bosque. Estaba envuelta en total silencio, con
ventanas pesadamente cubiertas de negro, y el oficinista al mirarla se sintió
invadido por una oleada de tristeza tan abrumadora que sus ojos comenzaron a
arder e irritarse, y fue consciente de un deseo de llorar.
La llave
hizo un áspero ruido al girar en la cerradura, y cuando la vuelta se osciló,
abriéndose a un ostentoso hall ellos oyeron el confuso sonido de crujidos y
susurros, como el de una gran aglomeración de gente avanzando apretadamente a
recibirlos. El aire parecía lleno de un movimiento pendular, y Jones estaba
seguro de haber visto manos elevándose y obscuros rostros clamando por ser
reconocidos, mientras que en su corazón, oprimido ya por la cercana carga de
vastas memorias acumuladas, él estaba consciente del desenvolvimiento de algo
que había estado escondido por eras.
Al
avanzar él escuchó las puertas cerrarse con un retumbo apagado tras de ellos, y
vio que las sombras parecían retirarse y encogerse hacia el interior de la
casa, llevándose las manos y rostros con ellas. Escuchó al viento cantar
alrededor de las paredes y sobre el tejado, y su voz quejumbrosa se mezcló con
el sonido de un profundo respirar colectivo que llenó la casa como un murmullo
de mar; y mientras subían por las amplias escaleras y a través de los cuartos
abovedados, donde los pilares se alzaban como los tallos de los árboles, él
supo que el edificio estaba abarrotado, fila tras fila, que los hacinados
recuerdos de su propio y largo pasado.
—Esta es
la Casa del Pasado. —susurró Thorpe detrás de él, mientras se movían en
silencio de cuarto en cuarto—, la casa de tu pasado. Está llena desde el sótano
hasta el tejado con los recuerdos de lo que has hecho, pensado y sentido en los
estadios más tempranos de tu evolución hasta ahora. La casa se eleva casi hasta
las nubes, y se extiende hasta el centro del bosque que viste afuera, pero los
salones más remotos están llenos con los fantasmas de incontables edades
pasadas, e incluso si pudiéramos despertarlos no podrías recordarlos ahora.
Algún día, sin embargo, vendrán y te reclamarán, y debes conocerlos, y
responder a sus preguntas, porque nunca descansarán hasta que se hayan
extinguido a sí mismos a través de ti, y la justicia haya sido perfectamente
ejecutada. Pero sígueme de cerca ahora, y verás el preciso recuerdo para el que
se me ha permitido ser tu guía, para que así puedas saber y entender una gran
fuerza en tu vida presente, y puedes usar la espada de la justicia, o elevarte
al nivel de una gran misericordia, de acuerdo a tu grado de poder.
Gélidos
escalofríos pasaron sobre el cuerpo tembloroso del oficinista, y mientras
caminaba lentamente junto a su acompañante escuchó desde las bóvedas debajo,
así como desde distantes regiones del la vasta construcción, el agitar y
suspirar de las cerradas filas de durmientes, resonando en el aire como un
acorde sacado de cuerdas invisibles en algún lugar entre los fundamentos mismos
de la casa. Sigilosamente, eligiendo el camino entre los grandes pilares,
subieron por el inclinado descanso y a través de múltiples corredores y salones
obscuros, y en seguida se detuvieron afuera de una pequeña puerta bajo un arco
done las sombras eran muy profundas.
—Permanece
cerca de mí, y recuerda reprimir cualquier gemido —susurró la voz de su guía y,
al volverse para responder, el oficinista vio que su rostro se encontraba
pálido hasta la blancura e incluso brillaba un poco en la obscuridad.
El cuarto
al que entraron parecía al principio estar negro como la tinta, pero
gradualmente el secretario percibió un débil resplandor rojizo contra el
extremo más lejano, y creyó ver figuras moviéndose silenciosamente de un lado a
otro.
—¡Ahora
observa! —susurró Thorpe, mientras se aproximaban hasta la pared junto a la
puerta y esperaban—. Pero recuerda guardar absoluto silencio. Es una escena de
tortura.
Jones se
sintió completamente atemorizado, y se hubiera dado la vuelta para marchar de
haberse atrevido, por que un terror indescriptible se apoderó de él y sus
rodillas temblaron; pero algún poder que hacía que sus escape fuera imposible
le retuvo implacable ahí, y con los ojos adheridos a los lugares de luz el se
acuclilló contra la pared y esperó. Las figuras comenzaron a agitarse más
rápidamente, cada uno en su propia débil luz que no esparcía radiación alguna
más allá de sí misma, y escuchó un suave entrechocar de cadenas y la voz de un
hombre gruñendo de dolor. Luego vino el sonido de una puerta que se cerraba, y
después Jones no vio más que una figura, la figura de un anciano, completamente
desnudo, y atado con cadenas a una estructura de hierro sobre el piso. Su
memoria dio un súbito salto de terror al mirar, porque los rasgos y la blanca
barba eran familiares, y él los recordó como si fuera ayer.
Las otras
figuras habían desaparecido, y el anciano se convirtió en el centro de la
terrible escena. Lentamente, con horrendos gruñidos, mientras el calor debajo
de él se incrementaba hasta provocar un brillo estable, el cuerpo decrépito se
alzaba en un arco de agonía, descansando sobre el marco de hierro tan sólo
donde las cadenas mantenían sujetas muñecas y tobillos. Llantos y suspiros
llenaban el aire, y Jones los sentía exactamente como si vinieran de sus propia
garganta, y como si las cadenas quemaran sobre sus propias muñecas y tobillos,
y el calor quemara la piel y carne de su propia espalda. Y comenzaba a agitarse
y retorcerse él también.
—¡España!
—susurró la voz a su lado— hace cuatrocientos años.
—¿Porqué?
—dijo sin aliento el sudoroso oficinista, a pesar de que sabía muy bien cual
sería la respuesta.
—Para
extraerle el nombre de un amigo, para matarlo y traicionarlo —vino la respuesta
a través de la obscuridad.
Un panel
deslizable se abrió, sacudiéndose un poco, sobre la pared inmediata mente sobre
el potro, y un rostro, encuadrado en el mismo rojo resplandor, apareció miró
hacia la víctima moribunda. Jones fue apenas capaz de ahogar un grito, porque
el reconoció al hombre alto y negro de sus sueños. Con horribles ojos hinchados
él miró hacia la forma retorcida del anciano, y sus labios se movieron como si
hablara, a pesar de no era audible palabra alguna.
—Pregunta
de nuevo por el nombre —explicó el otro, mientras el oficinista luchaba con el
intenso odio y repulsión que amenazaba e cualquier momento en tornarse en
gritos y acción. Le dolían tanto sus tobillos y muñecas que apenas podía
permanecer quieto, pero un poder despiadado lo mantuvo a la escena.
Vio al
anciano, con un fiero gemido, elevar su dolorida cabeza y escupir al rostro en
el panel, y luego la puerta corrediza se cerró de nuevo, y un momento más tarde
el brillo incrementado del cuerpo, acompañado de un horrendo retorcerse,
comunicaron el aumento del calor. Luego vino el olor de la carne ardiendo: la
barba blanca se rizó y chamuscó hasta volverse dura y quebradiza; el cuerpo
cayó exánime sobre el hierro al rojo vivo, y luego se alzó de nuevo en fresca
agonía; gemido tras gemido, el más horrendo del mundo, sonó con un sonido
apagado entre esas cuatro paredes; y de nuevo el panel se deslizo rechinando, y
reveló el horrendo rostro del torturador.
De nuevo
el nombre fue requerido, y de nuevo el anciano se rehusó; y esta vez, después
de cerrar el panel, una puerta se abrió, y el hombre alto y delgado con el
malévolo rostro entró lentamente en la cámara. Sus rasgos lucían salvajes,
llenos de rabia y decepción, y en el vago resplandor rojo que cayó sobre ellos
parecía el mismo príncipe de los demonios. En su mano sostenía un hierro
putiagudo al rojo blanco.
—¡Ahora
el asesinato!— vino la voz de Thorpe en un susurro que sonó como si estuviera
fuera del edificio y muy lejos.
Jones
sabía muy bien lo que vendría, pero le era imposible cerrar los ojos siquiera.
Sintió él mismo todo los terribles dolores tal como si el mismo fuera el
sufriente; pero ahora, mientras miraba, sintió algo más; y cuando el hombre
alto se aproximó deliberadamente hacia el potro y hundió el hierro candente
primero en uno de los ojos y luego en el otro, escuchando una débil
efervescencia, y sintió sus propios ojos estallar en sus cuencas en medio de un
espantoso dolor. Al mismo tiempo, incapaz ya de controlarse, dejó escapar un
salvaje alarido y se arrojó hacia delante intentando detener al torturador y
destrozarlo en mil pedazos.
Instantáneamente,
en un parpadeo, la entera escena se desvaneció; la obscuridad se apresuró a
llenar el cuarto, y se sintió levantado sobre sus pies por alguna fuerza como
la de un gran viento y llevado suavemente a través del espacio. Cuando recobró
el sentido estaba de pie justo fuera de la casa y la figura de Thorpe estaba
junto a él la penumbra. Las enormes puertas estaban en el acto de cerrarse
detrás de él, pero antes de que se cerraran creyó ver el indicio de una inmensa
figura cubierta por un velo de pie en el umbral, con ojos llameantes, y en sus
manos un arma brillante como una espada de fuego.
—¡Ven
rápidamente ahora, se acabó! —susurró Thorpe.
—¿Y el
hombre negro...? —dijo sin aliento el oficinista, mientras se movía rápidamente
al lado del otro.
—En esta
vida es el Administrador de la compañía.
—¿Y la
víctima?
—Tú
mismo.
—¿Y el
amigo al que él... yo, me negué a traicionar?
—Yo era
ese amigo. —respondió Thorpe, su voz sonando cada vez más como el gemido del
viento—. Tú diste tú vida en agonía para salvar la mía.
—¿Y, en
esta vida, hemos vuelto a estar juntos?
—Sí.
Tales fuerzas son rápida ni fácilmente agotadas, y la justicia no se ve
satisfecha hasta que lo que se sembró haya sido cosechado.
Jones
tenía una extraña sensación como de estar deslizándose hacia otro estado de
conciencia. Thorpe comenzaba a parecerle irreal. Pronto le sería imposible
hacer más preguntas. Se sintió completamente enfermo y débil con respecto a
todo, y su fuerza estaba decayendo.
—¡Rápidamente!
—gritó—. Cuéntame más. ¿Porqué vi esto? ¿Qué debo hacer?
El aire
soplaba a través del campo a su derecha y entraba en el bosque más allá del
enorme rugido, y el aire alrededor parecía lleno de voces y del precipitarse de
rápidos movimientos.
—Para los
fines de la justicia —respondió el otro, como si hablar desde el centro del
viento y a distancia— la cuál algunas veces es confiada en las manos de
aquellos que sufrieron y demostraron fortaleza. Un error no puede ser corregido
por otro error, pero tú vida has sido tan notable que la oportunidad ha sido
dada para...
La voz se
hizo cada vez más débil, estaba ya lejos en lo alto junto al acelerado viento.
—Puedes
castigar, o... —aquí Jones perdió completamente de vista la figura de Thorpe,
parecía haberse desvanecido o derretido en el bosque detrás de él. Su voz
llegaba desde lejos entre los árboles, muy débil, y sin recobrarse.
—O si
puedes elevarte al nivel de una gran misericordia...
La voz se
hizo inaudible.
El viento
surgió gimiendo desde el bosque, nuevamente. Jones se estremeció y observó a su
alrededor. Se sacudió violentamente y frotó sus ojos. El cuarto estaba obscuro,
el fuego se había apagado; se sintió frío y rígido. Se levantó de la silla, aún
y temblando, y encendió la lámpara de gas. Afuera el viento aullaba, y cuando
miró su reloj vio que era muy tarde y tenía que irse a la cama. Ni siquiera se
había quitado el abrigo de oficina; debía haberse quedado dormido en la silla
tan pronto como llegó, y habría dormido por muchas horas. Ciertamente no había
cenado, porque se sentía hambriento.
Al día
siguiente, y por muchas semanas después, los asuntos de la oficina prosiguieron
de manera usual, y Jones realizó bien su trabajo y se mostró externamente un
comportamiento perfectamente apropiado. No lo perturbaron nuevas visiones, y
sus relaciones con el Adminstrador se volvieron, si acaso, de alguna manera más
suaves y relajadas. Verdaderamente, el hombre lucía diferente, porque el
oficinista seguía viéndolo con su ojo interno y externo indistintamente, así
que en un momento él era un hombre ancho y rubicundo, y al siguientes era alto,
delgado, obscuro, como si estuviera envuelto en una especie de atmósfera negra
teñida de rojo. Mientras en que en momentos, una confusión de las dos vistas
tenía lugar, y Jones veía las dos caras mezcladas en un semblante compuesto que
era verdaderamente horrible de contemplar.
Más allá
de este ocasional cambio en la apariencia externa del Administrador, no había
nada que el secretario notara como resultado de su visión, y los negocios
siguieron más o menos como antes, y tal vez incluso con menor fricción. Pero en
las habitaciones bajo el techo de Bloomsbury era diferente, porque ahí era
perfectamente claro para Jones que Thorpe había venido a habitar con él. Nunca
le veía, pero sabía todo el tiempo que él estaba ahí. Cada noche al regresar de
su trabajo era bienvenido por el conocido susurro: ¡Debes estar listo cuando de
la señal!, y frecuentemente en la noche él se despertaba súbitamente desde un
profundo sueño y se daba cuenta de que Thorpe se había levantado en ese
instante de su cama y estaba de pie esperando y vigilando en algún lugar en la
obscuridad del cuarto.
Frecuentemente
le seguía bajando las escaleras, a pesar de que la que la débil luz de las
lámparas nunca revelaba su figura; y algunas veces él no entraba al cuarto,
sino que flotaba al otro lado de la ventana, espiando a través de los sucios
cristales, o enviando sus murmullos hacia la habitación en medio de los
silbidos del viento.
Porque
Thorpe había venido para quedarse, y Jones sabía que no podría librarse de él
hasta haber cumplido los fines de la justicia y logrado el propósito por el
cual él estaba en espera. Mientras tanto, al tiempo que pasaban los días, él se
enfrascó en una tremenda lucha consigo mismo, y vino a la perfectamente honesta
decisión de que el “nivel de una gran misericordia” era imposible para él, y
que debía por lo tanto aceptar la alternativa y hacer uso del conocimiento
secreto puesto en sus manos... y ejercer justicia.
Y una vez
que llegó a está decisión, notó que Thorpe ya no lo dejaba sólo durante el día
como antes, sino que ahora le acompañaba a la oficina y se quedaba en mayor o
menor medida a su lado durante todas las horas de trabajo también. Sus susurros
se dejaron escuchar en las calles y en el tren, e incluso en la oficina del
Administrador, donde él trabajaba; algunas veces advirtiendo, alguna urgiendo,
pero nunca ni por un momento sugiriendo el abandono de su propósito principal,
y más de una vez tan claramente audible que el oficinista sentía que algunos
otros debían oírle también.
La
obsesión era completa. Sentía que estaba siempre bajo los ojos de Thorpe, día y
noche, y sabía que debía responder como un hombre cuando el momento llegara, o
mostrarse como un fracasado frente a sus propios ojos así como frente a los
ojos del otro. Y ahora que había tomado una decisión, nada podía evitar el
cumplimiento de la sentencia. Compró una pistola, y pasó las tardes de los
sábados practicando su puntería en lugares solitarios alrededor de la bahía de
Essex, marcando en el lugar las medidas exactas de la oficina del
Administrador.
Los
domingos los ocupaba de una manera similar, quedándose por las noches en un
motel para tal propósito, gastando el dinero que usualmente iba a las cuentas
de ahorro en viáticos y cartuchos. Todo era realizado muy concienzudamente,
porque no debía existir la más mínima posibilidad de fallar; y al final de
varias semanas se había convertido en un verdadero experto con su revólver de
tal manera que, a una distancia de 25 pies, lo cual era la longitud más amplia
en la oficina del Administrador, él podía acertar en el cuerpo de un medio
centavo nueve veces de una docena, y dejar el borde limpio y entero.
No había
en él el más mínimo deseo de prórroga. Había pensado el asunto desde todo los
puntos de vista que su mente podía concebir, y su propósito era inflexible. De
hecho, se sentía orgulloso de haber sido elegido como instrumento de la
justicia en la imposición de un castigo tan terrible y tan merecido. La
venganza pudo haber jugado algún papel en la decisión, pero no podía evitarlo,
porque aún sentía en ocasiones las cadenas ardientes quemando sus muñecas y
tobillos hasta el hueso con una fiera agonía. Él recordaba el horrendo dolor de
su espalda asándose lentamente, y el punto en que pensó la muerte debía
intervenir para acabar con su sufrimiento, pero en su lugar nuevas fuerzas de
resistencia habían surgido en él, y nuevos límites de terrible dolor se habían
abierto, y la inconsciencia pareció más lejana que nunca. Y luego finalmente
los hierros calientes en sus ojos.
Todo
volvió a él, y le ocasionaba romper en oleadas de helada transpiración
simplemente pensar en ello... el vil rostro del panel... la expresión del
obscuro rostro... Sus dedos trabajaban. Su sangre hervía. Era completamente
imposible mantener la idea de la venganza completamente fuera de su mente.
En varias
ocasiones el se vio temporalmente burlado de su presa. Cosas extrañas
acontecían para detenerlo cuando se encontraba al filo de la acción. El primer
día, por ejemplo, el Administrador se desmayó debido al calor. En otra ocasión
cuando el se había decido a cumplir con su tarea, el Administrador no se
presentó a la oficina. Y una tercera ocasión, cuando su mano estaba ya en la
bolsa de su cadera, oyó de pronto el horrible susurro de Thorpe ordenándole
esperar, y al volverse, vio que el jefe de pagos había entrado en la habitación
silenciosamente sin él notarlo. Thorpe sabía evidentemente lo que se proponía,
y no estaba en sus planes dejar que el oficinista arruinara el asunto.
Se
imaginaba, además, que el jefe de pagos los estaba vigilando. Estaba siempre
topándose con él en las más inesperados lugares y rincones, y el jefe de pagos
nunca parecía tener excusas adecuadas para estar ahí. Sus movimiento
súbitamente parecían de particular importancia para otras personas en la
oficina también, porque otros empleados eran frecuentemente enviados a hacerle
preguntas innecesarias, y había aparentemente un designio general para
mantenerle bajo algún tipo de vigilancia, de tal manera que nunca estaba solo
con el Administrador durante mucho tiempo en la oficina privada donde
trabajaban.
Y una vez
el jefe de pagos había llegado tan lejos como para sugerirle iniciar las
vacaciones un poco antes de lo usual si así gustaba, dado que el trabajo había
sido tan arduo recientemente y el calor tan excesivamente agotador. Notó,
también, que algunas veces era seguido por un individuo en las calles, un
hombre de apariencia indiferente, que nunca se le topaba cara a cara, ni
tropezaba nunca con él, pero que siempre estaba en el mismo tren u ómnibus, y
cuyos ojos frecuentemente sorprendía observándolo por encima de los diarios, y
quién en una ocasión incluso descubrió esperándole a la puerta de sus
habitaciones al salir a cenar.
Había
también otras indicaciones, de varios tipos, que le inclinaban a pensar que
algo estaba trabajando para frustrar su propósito, y que debía actuar de
inmediato antes de que estas fuerzas hostiles pudieran evitarlo. Y así el final
llegó rápidamente, con la completa aprobación de Thorpe. Fue hacia finales de
julio, en uno de los días más calurosos que Londres haya conocido, porque la
Ciudad estaba como un honro, y las partículas de polvo parecían quemar la
garganta de los desafortunados que se afanaban en las calles y oficinas. El
considerable Administrador, quién sufría cruelmente debido a su tamaño, bajó
las escaleras sudando y jadeando por el calor. Llevaba una sombrilla de un
color débil para proteger su cabeza.
—¡Sin
embargo, va a necesitar algo más que eso! —rió Jones en silencio para sus
adentros cuando le vio entrar.
La
pistola yacía segura en la bolsa de su pantalón, cargada.
El
Administrador vio la sonrisa en su rostro, y se quedó mirándole larga y
firmemente mientras tomaba asiento tras el escritorio en la esquina. Unos pocos
minutos después tocó la campana llamando al jefe de pagos, un único timbre, y
luego le pidió a Jones que trajera algunos papeles de la caja fuerte escaleras
arriba. Un profundo estremecimiento interno se apoderó del secretario al notar
estas precauciones, porque vio que las fuerzas hostiles estaban trabajando en
su contra y, sin embargo, sintió que no podía posponerlo más y que debía actuar
esa misma mañana, con interferencia o sin ella. De cualquier manera, fue
obedientemente en el acto al otro piso, y mientras se revolvía con la
combinación de la caja, conocida tan sólo por él, por el jefe de pagos y por el
Administrador, él oyó de nuevo el horrendo susurro de Thorpe justo detrás de
él:
—¡Debes
hacerlo hoy! ¡Debes hacerlo hoy!
Volvió
con los documentos, y encontró al Administrador a solas. El cuarto era como un
horno, y una oleada de aire muerto y caliente le dio en el rostro al entrar. Al
momento en que cruzó la puerta se dio cuenta de que él había sido el objeto de
una conversación entre el jefe de pagos y su enemigo. Habían estado discutiendo
acerca de él. Tal vez un indicio de su secreto había llegado a sus mentes de
alguna manera. Le habían estado vigilando durante días. Se habían vuelto
sospechosos. Con toda claridad, debía actuar ahora, o dejar que la oportunidad
se escapara, tal vez para siempre. Escuchó la voz de Thorpe en su oído, pero
esta vez no era un simple susurro, sino una clara voz humana, hablando con
potencia.
—¡Ahora!
—dijo— ¡Hazlo ahora!
El cuarto
estaba vacío. Sólo él y el Administrador estaban dentro. Jones se volvió desde
el escritorio donde había estado parado, y cerró la puerta que conducía la
oficina principal. Vio al batallón de empleados borroneando en mangas de
camisa, porque la parte superior de la puerta era de vidrio. Tenía perfecto
control sobre sí mismo, y su corazón latía con regularidad. El Adminstrador,
escuchando la llave girar en la cerradura, miró agudamente.
—¿Qué
está haciendo? —le preguntó rápidamente.
—Sólo
cerrando la puerta, señor —respondió el secretario con una voz bastante
calmada.
—¿Porqué?
¿Quién te lo ordenó...
—La voz
de la Justicia, señor —replicó Jones, mirando firmemente el rostro odiado.
El
Administrador le devolvió la mirada por un momento, mirándole fijamente y con
furia a través de la habitación. Entonces súbitamente su expresión cambió, y
trató de sonreír. Pretendía ser una sonrisa amable evidentemente, pero sólo
logró parecer asustado.
—Eso es
una buena idea con este clima —dijo suavemente— pero sería mucho mejor cerrarla
por fuera, ¿no, Mr. Jones?
—No lo
creo, señor. Usted podría escapar entonces. Ahora no puede
Jones
tomó su pistola y apuntó al rostro del otro. Debajo del revólver vio los rasgos
del hombre alto y obscuro, maligno y siniestro. Entonces el contorno tembló un
poco y el rostro del Administrador se deslizó de nuevo en su lugar. Estaba
blanco como un cadáver, y brillante de sudor.
—Me
torturaste hasta la muerte hace cuatrocientos años —dijo el empleado con la
misma voz tranquila— y ahora los dispensadores de la justicia me han elegido
para castigarte.
El rostro
del Administrador se incendió, y luego volvió al color de la tiza. Hizo un
rápido movimiento hacia la campana del teléfono, estirando una mano para
alcanzarla, pero en el mismo momento Jones jaló el gatillo y la muñeca estalló,
salpicando la pared trasera con sangre.
—Ese es
uno de los lugares donde la cadenas quemaron —dijo tranquilamente para sí
mismo. Su mano era completamente firme, y sintió que era un héroe.
El
Administrador estaba de pie, gritando de dolor, sosteniéndose con la mano
derecha en el escritorio frente a él, pero Jones jaló el gatillo de nuevo, y
una bala voló dentro de la otra muñeca, así que el hombre inmenso, privado de
apoyo, cayó hacia delante con estrépito sobre el escritorio.
—¡Maldito
lunático! —aulló el Administrador—. ¡Deja esa pistola!
—Ese es
otro de los lugares —dijo Jones, aún apuntando cuidadosamente para un nuevo
disparo.
El hombre
gordo, gritando y revolviéndose torpemente, escarbó bajo el escritorio,
haciendo frenéticos esfuerzos por esconderse, pero el secretario dio un paso
adelante e hizo dos disparos en rápida sucesión apuntando a las piernas, que
sobresalían, dando primero en uno de los tobillos y luego en el otro, y
destrozándolos horriblemente.
—Dos más
de los lugares donde quemaron las cadenas —dijo, aproximándose un poco más.
El
Administrador, gritando aún, intentó desesperadamente apretar su masa bajo el
refugio de la abertura bajo el escritorio, pero estaba demasiado gordo, y su
cabeza calva salía por el otro lado. Jones lo tomó por la carne suelta de la
nuca de su grueso cuello y lo arrastró gimiendo como un perro hacia la
alfombra. Estaba cubierto de sangre, y aleteaba inútilmente con los muñones de
su muñecas.
—¡Sé
rápido ahora! —gritó la voz de Thorpe.
Hubo
tremenda conmoción y golpes en la puerta, y Jones aferró su pistola
fuertemente. Algo pareció reventar en su cerebro, aclarándolo por un segundo, y
pareció ver detrás de él una gran figura cubierta de velos, con una espada
empuñada y ojos llameantes, aprobando austeramente su actitud.
—¡Recuerda
los ojos! ¡Recuerda los ojos! —siseó Thorpe en el aire sobre él.
Jones se
sentía como un dios, con el poder de un dios. La venganza desapareció de su
mente. Estaba actuando de manera impersonal como un instrumento en las manos de
los Invisibles quienes dispensan justicia y dan balance a las cuentas. Se
agachó y puso el cañón sobre la cara del otro, sonriendo un poco al ver los
pueriles esfuerzos de los brazos para cubrir la cabeza. Luego jaló el gatillo,
y una bala penetró directamente en el ojo derecho, ennegreciendo la piel.
Moviendo la pistola dos pulgadas en la otra dirección, hizo reventar el ojo
izquierdo con una segunda bala. Luego se irguió altivamente sobre su víctima
con un profundo suspiro de satisfacción. El Administrador se agitó
convulsivamente por espacio de un segundo, y luego quedó quieto, en la quietud
de la muerte.
No había
ningún momento que perder, porque la puerta ya había sido rota y manos
violentas lo aferraban por el cuello. Jones puso la pistola en su sien y, una
vez más, presionó el gatillo con su dedo. Pero esta vez un hubo respuesta. Sólo
un pequeño clic apagado se escuchó como consecuencia de la presión, porque el
secretario había olvidado que la pistola sólo tenía espacio para seis balas, y
que las había usado todas. Arrojó el arma inservible al piso, riendo un poco
ruidosamente, se dio la vuelta, sin luchar, para entregarse.
—Tenía
que hacerlo. —dijo tranquilamente, mientras lo ataban—. ¡Era simplemente mi
deber! Y ahora estoy listo para enfrentar las consecuencias, y Thorpe estará
orgulloso de mí. Porque la justicia ha sido cumplida y los dioses están
satisfechos.
No
presentó ni la menor resistencia, y cuando los 2 policías lo condujeron afuera
a través de la multitud de temblorosos y pequeños oficinistas, él nuevamente
vio la figura cubierta de velos moviéndose majestuosamente frente a él,
haciendo lentos movimientos circulares con la espada llameante, para mantener a
raya las huestes de caras que se hacinaban intentando mirarle desde la Otra
Región.
_________________________
Algernon
Blackwood (1869-1951)


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