© Libro N° 11170.
La Luz Interior. Machen,
Arthur. Emancipación. Abril 29 de 2023
Título original: ©
The Inmost Light, Arthur Machen (1863-1947)
Versión Original: © La Luz Interior. Arthur Machen
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Arthur Machen
La Luz
Interior
Arthur
Machen
Una tarde
otoñal, cuando la suciedad de Londres estaba velada por una leve neblina
azulada, y sus vistas y sus largas calles parecían espléndidas, el señor
Charles Salisbury paseaba por Rupert Street, aproximándose poco a poco a su
restaurante favorito. Miraba hacia abajo estudiando el pavimento, y así fue
como chocó, al pasar por la angosta puerta, con un hombre que subía del fondo
de la calle.
—Le ruego
que me disculpe; no miraba donde iba. ¡Toma, es Dyson!
—Sí, en
efecto. ¿Cómo está usted, Salisbury?
—Muy
bien. Pero ¿dónde ha estado, Dyson? No creo haberle visto en los últimos cinco
años.
—No, me
atrevería a decir que no. ¿Recuerda que me encontraba más bien apurado cuando
vino usted a mi casa de Charlotte Street?
—Perfectamente.
Creo recordar que me contó usted que debía cinco semanas de alquiler, y que se
había desprendido de su reloj por una insignificante suma.
—Mi
querido Salisbury, su memoria es admirable. Sí, estaba apurado. Pero lo curioso
es que poco después de que usted me viera aumentaron mis apuros. Mi situación
financiera fue descrita por un amigo como ‘sin blanca’. No apruebo los
vulgarismos, acuérdese usted, pero ésa era mi condición. ¿Qué tal si entramos?
Podría haber otras personas igualmente interesadas en comer. Es una debilidad
humana, Salisbury.
—En
efecto, vayamos. Mientras paseaba me preguntaba si estaría libre la mesa de la
esquina. Como usted sabe tiene respaldos de terciopelo.
—¿Qué
hizo entonces? —preguntó Salisbury, quitándose el sombrero y acomodándose al
borde del asiento, mientras ojeaba el menú con vivo interés.
—¿Que qué
hice? Pues me senté y reflexioné. Había recibido una excelente educación
clásica y sentía una categórica aversión por cualquier clase de negocio: ése
fue el capital con el que me enfrenté al mundo. Sabe usted, he oído a gente
calificar a las aceitunas de desagradables. ¡Qué lamentable prosaísmo! A menudo
he pensado, Salisbury, que podría escribir poesía sincera bajo la influencia de
las aceitunas y el vino tinto. Pidamos Chianti; puede que no sea muy bueno,
pero la botella es sencillamente encantadora.
—Se está
muy bien aquí. También podemos pedir una botella grande.
—De
acuerdo. Entonces reflexioné sobre mi ausencia de perspectivas y determiné
embarcarme en la literatura.
—Realmente
es extraño. Parece usted encontrarse en circunstancias bastante confortables,
aunque...
—¡Aunque!
¡Qué sátira sobre tan noble profesión! Me temo, Salisbury, que no tiene usted
una buena opinión acerca de la dignidad de un artista. Me ve sentado frente al
escritorio, o al menos puede verme si se molesta en llamar, con pluma y tinta,
y la pura nada ante mí, y si vuelve a las pocas horas con toda probabilidad
encontrará una obra de creación.
—Sí,
completamente de acuerdo. Tengo idea de que la literatura no es remunerativa.
—Está
usted equivocado; sus recompensas son inmensas. Puedo mencionar, de paso, que
poco después de verle a usted logré un pequeño ingreso. Un tío murió y resultó
inesperadamente generoso.
—¡Ah!, ya
veo. Debe haber sido oportuno.
—Fue
agradable, innegablemente agradable. Siempre lo he considerado como una
dotación para mis investigaciones. Le decía a usted que yo era un hombre de
letras; quizás sería más correcto describirme a mí mismo como un hombre de
ciencia.
—Mi
querido Dyson, verdaderamente ha cambiado usted mucho en los últimos años.
Pensaba, sabe usted, que era una especie de ciudadano ocioso, el tipo de hombre
que puede encontrarse uno en la acera norte de Picadilly de mayo a julio.
—Así es.
Aún entonces me estaba formando, aunque inconscientemente. Como usted sabe, mi
pobre padre no tuvo los medios para enviarme a la universidad. En mi ignorancia
solía quejarme por no haber completado mi educación. Locuras de juventud,
Salisbury; Piccadilly era mi universidad. Allí empecé a estudiar la gran
ciencia que todavía me ocupa.
—¿A qué
ciencia se refiere?
—A la
ciencia de la gran ciudad; la fisiología de Londres; literal y metafísicamente
el tema más grande que puede concebir la mente humana. ¡Qué admirable asado de
carne! Indudablemente el definitivo final del faisán. A veces me siento todavía
absolutamente abrumado cuando pienso en la inmensidad y complejidad de Londres.
París puede llegar a entenderse a fondo mediante una razonable dosis de
estudio; pero Londres es siempre un misterio. En París se puede decir: Aquí
viven las actrices, aquí los bohemios y los ratés; pero en Londres es
diferente. Se puede señalar con bastante exactitud una calle como morada de las
lavanderas; pero en el segundo piso pude haber un hombre estudiando los
orígenes de los caldeos, y en el desván, un artista olvidado agoniza lentamente.
—Veo que
es usted, Dyson, inconmovible e inmutable —dijo Salisbury sorbiendo lentamente
su Chianti—. Pienso que le engaña su imaginación demasiado ferviente; el
misterio de Londres únicamente existe en su imaginación. A mí me parece un
lugar bastante aburrido. Rara vez se oye hablar en Londres de algún verdadero
crimen artístico, mientras que, según creo, París abunda en este tipo de cosas.
—Sírvame
más vino. Gracias. Está usted equivocado, mi querido compañero, realmente
equivocado. Londres no tiene nada de qué avergonzarse en la senda del crimen.
Si fracasamos, es por falta de Homeros, no de Agamenones. Como usted sabe:
Carent quia vate sacro.
—Recuerdo
la cita. Pero no creo poder seguirle del todo.
—Bien, en
lenguaje llano, no tenemos en Londres buenos escritores especializados en este
género de cosas. Nuestros cronistas más comunes son torpes sabuesos; cada
historia que cuentan la echan a perder al contarla. Su idea del terror y de lo
que suscita terror es lamentablemente deficiente. Nada los contenta salvo la
sangre, la vulgar sangre roja, y cuando la encuentran cargan las tintas,
considerando que han producido un artículo eficaz. Es una pobre concepción. Y,
por alguna curiosa fatalidad, son siempre los asesinos más comunes y brutales
los que atraen mayormente la atención y consiguen las más de las veces que se
escriba de ellos. Por ejemplo, ¿ha oído usted hablar tal vez del caso
Harlesden?
—No, no.
No recuerdo nada de él.
—Por
supuesto que no. Y, sin embargo, la historia es muy curiosa. Se la contaré
mientras tomamos café. Harlesden, como usted sabe, o más bien espero que no, es
realmente un barrio en las afueras de Londres; curiosamente algo diferente de
suburbios venerables y primorosos como Norwood o Hampstead, tan diferente como
cada uno de ellos lo es del otro. Hampstead, quiero decir, es donde uno
buscaría el culmen de una gran casa china con tres acres de terreno y varios
pabellones, aunque recientemente hay un substrato artístico; mientras que
Norwood es el hogar de las prósperas familias de clase media que eligieron la
casa ‘porque estaba cercana a palacio’, y seis meses después se hartaron del
palacio. Sin embargo, Harlesden es un lugar sin carácter. Es todavía demasiado
nuevo para tener carácter. Hay hileras de casas rojas e hileras de casas
blancas con brillantes celosías verdes, y portales descascarillados y pequeños
patios traseros que llaman jardines, y unas pocas tiendas endebles, y luego
todo se desvanece, precisamente cuando uno se cree a punto de captar la
fisonomía del lugar.
—¿Qué
diablos significa eso? ¡Supongo que las cosas no se desplomarán ante nuestros
ojos!
—Bueno,
no, no es eso exactamente. Pero como entidad, Harlesden desaparece. Sus calles
se convierten en silenciosas callejuelas, y sus llamativas casas en olmos, y
los jardines traseros en verdes praderas. Inmediatamente se pasa de la ciudad
al campo; no hay transición como en una pequeña población rural, ni suaves
graduaciones de césped y árboles frutales, con una densidad paulatinamente
menor de casas, sino un cese repentino. Creo que la mayor parte de la gente que
allí vive cabe en la City. Una o dos veces he visto un autobús repleto
dirigiéndose hacia allá. pero como quiera que sea, no puedo concebir una
soledad mayor en un desierto a medianoche que la que allí existe a mediodía.
»Parece
una ciudad muerta; las calles refulgen en su desolación, y al pasar descubre
uno repentinamente que también ellas son parte de Londres. Hace uno o dos años
vivía allí un médico. Había instalado su placa metálica y su lámpara roja en el
mismo límite de una de esas calles relucientes, y a espaldas de la casa los
campos se extendían a lo lejos hacia el norte. Desconozco la causa por la que
se estableció en un lugar tan apartado; quizás el doctor Black, como le
llamaremos, fuera un hombre precavido y mirara al futuro. Sus amistades, según
se supo luego, le habían perdido de vista durante muchos años, e incluso no
sabían que fuera médico y mucho menos dónde vivía. Sin embargo, se había
establecido en Harlesden con los restos de una clientela y una esposa
extraordinariamente bella. Al poco de llegar a Harlesden la gente solía verles
paseando juntos en las tardes veraniegas, y, por lo que se podía observar,
parecían una pareja muy cariñosa. Estos paseos continuaron durante el otoño y
luego cesaron, pero, naturalmente, según los días se oscurecían y el tiempo
refrescaba, podía esperarse que las callejuelas cercanas a Harlesden perderían
muchos de sus atractivos. Terminado el verano, nadie volvió a ver a la señora
Black; el doctor solía responder a las preguntas de sus pacientes que ella se
encontraba ‘un poco indispuesta y que, sin duda, estaría mejor en la
primavera’. Pero la primavera llegó, y el verano, y la señora Black no
apareció, y finalmente la gente comenzó a murmurar y a hablar entre ellos, y se
dijeron todo tipo de cosas curiosas a la ‘hora del té’, que como usted
posiblemente sabrá es el único entretenimiento conocido en esos suburbios.
»El
doctor Black empezó a sorprender miradas muy extrañas a él dirigidas, y la
clientela, que era numerosa, disminuyó visiblemente. En suma, cuando los
vecinos cuchicheaban sobre el tema, susurraban que la señora Black estaba
muerta y que el doctor se había deshecho de ella. Pero éste no era el caso; la
señora Black fue vista con vida en junio. Fue una tarde de domingo, uno de esos
pocos días exquisitos que ofrece el clima inglés, y la mitad de los londinenses
se habíanextraviado por los campos, en todas direcciones, para aspirar el
perfume del florido mayo y comprobar si habían florecido ya las rosas
silvestres en los setos. Aquella mañana había salido temprano y había dado un
largo paseo, y de un modo u otro cuando iba de regreso a casa me encontré en el
mismo Harlesden del que hemos estado hablando. Para ser exacto, tomé una jarra
de cerveza en el General Gordon, el más floreciente establecimiento de la
vecindad, y mientras deambulaba sin objeto vi un boquete extraordinariamente
tentador en un cercado de arbustos y decidí explorar el prado.
»Después
de la infernal gravilla esparcida por las aceras suburbanas la suave hierba es
muy agradable de pisar, y luego de caminar un buen rato pensé que me gustaría
sentarme en un banco y fumarme un cigarrillo. Mientras sacaba la petaca miré en
dirección a las casas y según miraba sentí que se me cortaba la respiración y
que mis dientes empezaban a castañetear, y el bastón que llevaba en una mano se
partió en dos del apretón que le dí. Fue como si una corriente eléctrica me
bajara por el espinazo y, sin embargo, durante algún tiempo que me pareció
largo, pero que debe haber sido muy corto, me contuve preguntándome qué diablos
ocurría. Entonces comprendí lo que había hecho estremecer mi corazón y había
helado mis huesos de angustia. Al mirar en dirección a la última casa de la
manzana frente a mí, en la corta fracción de un segundo había visto un rostro
en una de las ventanas superiores de la casa. Era un rostro de mujer, y, sin
embargo, no era humano. Usted y yo, Salisbury, hemos oído hablar en nuestra época,
cuando nos sentábamos en los bancos de la iglesia al sobrio estilo inglés, de
una concupiscencia que no puede saciarse y de un fuego inextinguible, pero ni
uno ni otro tenemos la menor idea de lo que esas palabras quieren decir. Espero
que usted nunca la tenga, pues yo, al ver esa cara en la ventana, con el cielo
azul sobre mí y el cálido viento acariciándome a ráfagas, comprendí que había
penetrado en otro mundo: había mirado por la ventana de una casa ordinaria y
flamante, y había visto el infierno abierto ante mí. Cuando me recuperé de la
primera impresión, pensé una o dos veces que me había desmayado; mi rostro
chorreaba sudor frío y mi respiración estallaba en sollozos, como si me
ahogara.
»Al fin
me las arreglé para levantarme y crucé la calle: allí vi el nombre Doctor Black
en el buzón de la puerta principal. El destino o mi suerte quiso que la puerta
se abriera y un hombre bajase las escaleras cuando yo pasaba. No tuve ninguna
duda de que era el mismo doctor. Era de un tipo bastante corriente en Londres:
alto y delgado, pálido de cara y con un deslucido bigote negro. Cuando nos
cruzamos sobre el pavimento me dirigió una mirada, y aunque fue simplemente la
ojeada casual que un peatón dedica a otro, mentalmente llegué a la conclusión
de que era un tipo de trato peligroso. Como usted puede imaginar, seguí mi
camino bastante perplejo y también horrorizado por lo que había visto. Después
visité de nuevo el General Gordon, e hice acopio de la mayoría de los chismes
que circulaban por el lugar en relación con los Black. No mencioné que había
visto en la ventana un rostro de mujer; pero me enteré de que la señora Black
había sido muy admirada por su hermosa cabellera dorada, y el rostro que me había
impresionado con tan desconocido terror estaba rodeado por vaho de flotantes
cabellos rubios, como una aureola de gloria alrededor del rostro de un sátiro.
Todo el asunto me incomodaba de manera indescriptible, y cuando volvía a casa
hice todo lo posible por convencerme de que la impresión recibida había sido
una ilusión, pero de nada sirvió. Sabía muy bien que había visto lo que he
intentado describirle; moralmente estaba seguro de haber visto a la señora
Black.
»Además
estaban los chismes del lugar, la sospecha de juego sucio, que sabía que era
falsa, y mi propia convicción de que existía alguna malicia fatal o cualquier
otra anomalía en esa casa de color rojo chillón de la esquina de Devon Road.
¿Cómo construir una teoría razonable con estos dos elementos? En resumen, me
encontraba inmerso en un mundo de misterio; traté de descifrarlo y llené mis
ratos de ocio atando los cabos sueltos de la especulación, pero no avancé ni un
solo paso hacia la solución verdadera, y cuando llegó el verano el asunto
parecía más nebuloso y confuso, y proyectaba un vago temor, como una antigua
pesadilla. Supuse que en breve se habría desvanecido en el fondo de mi cerebro
—no debería olvidarlo, pues semejante cosa nunca puede olvidarse—; pero una
mañana cuando leía el periódico me llamó la atención un titular de unas dos
docenas de renglones de letra pequeña. Las palabras que había visto eran
simplemente: ‘El caso Harlesden’, y sabía lo que iba a leer. La señora Black
había muerto. Black había llamado a otro médico para certificar la causa de la
muerte, pero algo o alguien despertó las sospechas del extraño doctor y hubo
una investigación judicial con autopsia. El resultado, lo confesaré, me asombró
considerablemente: fue el triunfo de lo inesperado.
»Los dos
médicos que practicaron la autopsia se vieron obligados a confesar que no
pudieron descubrir el menor rastro de cualquier tipo de engaño; sus ensayos y
reactivos más exquisitos no consiguieron detectar presencia de veneno, ni aun
en la más infinitesimal cantidad. La muerte había sido producida, descubrieron,
por una especie de enfermedad cerebral, en cierto modo confusa y
científicamente interesante. El tejido del cerebro y las moléculas de materia
gris habían experimentado una extraordinaria serie de cambios; y el más joven
de los dos médicos, que tenía cierta reputación, creo, como especialista en
enfermedades mentales, hizo algunas observaciones al dar su testimonio que al
momento me impresionaron profundamente, aunque entonces no comprendí su significado
por completo.
»—Al
comenzar mi examen —dijo— estaba asombrado de encontrar apariencias de una
índole completamente nueva para mí, no obstante mi en cierto modo amplia
experiencia. De momento no tengo necesidad de especificar estas apariencias; me
bastará con manifestar que mientras ejecutaba mi tarea apenas podía creer que
el cerebro que tenía delante fuera de un ser humano.
»Esta
declaración causó cierta sorpresa, como usted puede imaginar, y el juez
preguntó al médico si quería decir que el cerebro se parecía al de un animal.
»—No
—contestó él—, yo no diría tanto. He observado algunas apariencias que parecían
apuntar en esa dirección; pero otras todavía más sorprendentes, indicaban una
estructura nerviosa de una índole completamente diferente a la del hombre o el
más ínfimo de los animales.
»La
declaración causó extrañeza, pero el jurado, naturalmente, presentó un
veredicto de muerte por causas naturales, y el caso se acabó para el público.
No obstante, después de haber leído la declaración del doctor, resolví que me
gustaría saber bastante más, y me puse a trabajar en lo que prometía ser una
interesante investigación. Realmente tuve bastantes problemas, pero hasta
cierto punto tuve éxito. Aunque entonces, mi querido compañero, no tenía ni
idea del porqué. ¿Se ha dado cuenta de que hemos estado aquí casi cuatro horas?
Pidamos la cuenta y vayámonos.
Los dos
hombres salieron en silencio y permanecieron un momento en el frío ambiente
viendo pasar frente a ellos el apresurado tráfico de Conventry Street,
acompañado de los retumbantes timbres de los cabriolés y los gritos de los
vendedores de periódicos: en intenso murmullo lejano de Londres agitándose una
y otra vez por debajo de esos ruidos más estrepitosos.
—Es un
caso extraño, ¿no es cierto? —dijo Dyson finalmente—. ¿Qué opina usted?
—Mi
querido colega, no he escuchado el final, por tanto me reservaré la opinión.
¿Cuándo me contará el resto?
—Venga a
verme alguna tarde; digamos el jueves próximo. Aquí tiene mi dirección. Buenas
noches; deseo descender hasta el Strand.
Dyson
llamó a un cabriolé que pasaba, y Salisbury giró hacia el norte en dirección a
su casa.
El señor
Salisbury, como puede haberse deducido de las escasas observaciones que había
sido capaz de hacer en el transcurso de la tarde, era un joven caballero de
intelecto singularmente sólido, recatado y retraído ante los misterios y lo
insólito, y con una aversión temperamental por la paradoja. Durante el almuerzo
en el restaurante se había visto obligado a escuchar casi en completo silencio
un extraño tejido de inverosimilitudes ensartadas con la ingenuidad de un
curioseador nato de intrigas y misterios, y se sentía cansado al cruzar
Shaftesbury Avenue y zambullirse en las entrañas del Soho, pues su vivienda se
encontraba en las proximidades del lado norte de Oxford Street.
Mientras
caminaba, especulaba sobre el probable destino de Dyson, dependiendo de la
literatura, sin el amparo de algún pariente considerado, y no pudo menos de
concluir que estaba tan sutilmente imbuido de una imaginación excesivamente
brillante que, con toda probabilidad, sería recompensado con un par de
tablillas para anuncios o una pancarta de comparsa. Absorto en este hilo de
pensamiento, y admirando la perversa destreza capaz de transmutar el rostro de
una mujer enfermiza y un caso de enfermedad mental en los toscos elementos de
un romance, Salisbury se extravió entre las calles débilmente iluminadas, sin
advertir el impetuoso viento que golpeaba con fuerza por las esquinas y elevaba
en remolinos la basura dispersa sobre el pavimento, mientras negros nubarrones
se acumulaban sobre la amarillenta luna. Ni siquiera la caída en su rostro de
una o dos gotas aisladas de lluvia le sacó de sus meditaciones, y sólo comenzó
a considerar la conveniencia de buscar algún refugio cuando la tormenta estalló
de pronto en plena calle. Impelida por el viento, la lluvia descargó con la
violencia de una tronada, salpicando al caer sobre las piedras y silbando por
el aire, y pronto un verdadero torrente de agua corría por los arroyos y se
acumulaba en charcos sobre los obstruidos desagües. Los escasos viandantes
extraviados, que más que pasear por la calle holgazaneaban, echaron a correr
como conejos asustados hacia algún invisible refugio, y aunque Salisbury silbó
ruidosa y repetidamente en busca de un cabriolé, no apareció ninguno.
Miró a su
alrededor, como para descubrir lo lejos que podía estar del abrigo de Oxford
Street, pero vagando indiferentemente se había apartado de su camino y se
encontró en una zona desconocida con toda la apariencia de estar desprovista
incluso de hoteles donde pudiera uno guarecerse por la modesta suma de dos
peniques. Las farolas escaseaban y estaban muy espaciadas, y lucían, tras los
sucios cristales, por el pálido flujo de aceite; a esta vacilante luz pudo
vislumbrar Salisbury los sombríos e inmensos caserones de que se componía la
calle. Al pasar junto a ellos, apresurado y encogido bajo la avalancha de
lluvia, reparó en los innumerables tiradores de las puertas, cuyas
inscripciones, grabadas en chapas de bronce, parecían desvanecerse de viejas, y
aquí y allá un alero ricamente esculpido sobresalía de la puerta, ennegrecido
por la mugre de cincuenta años.
La
tormenta parecía agravarse con furia creciente; Salisbury estaba completamente
mojado y había echado a perder su sombrero nuevo, y con todo Oxford Street
parecía tan lejana como siempre; con profundo alivio el empapado hombre alcanzó
a ver una sombría arcada que parecía brindar protección de la lluvia, si no del
viento. Salisbury tomó posición en la esquina más seca y miró en torno suyo; se
encontraba en una especie de pasaje artificial bajo parte de una casa y tras él
se extendía una estrecha acera que conducía entre blancas paredes a regiones
desconocidas. Había permanecido allí algún tiempo, esforzándose vanamente por
desembarazarse en parte de su superflua humedad, y alerta al paso de algún
cabriolé, cuando le llamó la atención un ruido estrepitoso procedente del
pasaje dejado atrás, y que aumentaba al acercarse.
En un par
de minutos pudo distinguir la voz ronca y chillona de una mujer, amenazando y
repudiando, cuyos acentos resonaban en las mismísimas piedras mientras, de
cuando en cuando, un hombre gruñía y protestaba. Sin embargo, contra toda
apariencia exenta de romance, a Salisbury le agradaban las peleas callejeras y
acababa de iniciarse en las más divertidas fases de la embriaguez; por
consiguiente, se apaciguó y se dispuso a escuchar y observar con el aspecto de
un abonado a la ópera. No obstante, para su fastidio, la tempestad pareció
apaciguarse repentinamente, y pudo oír no más que los impacientes pasos de la
mujer y el lento vaivén del hombre acercándose a él.
Ocultándose
en la sombra de la pared pudo ver cómo se aproximaban los dos; el hombre estaba
evidentemente borracho, y tenía sus más y sus menos para evitar chocar con las
paredes, a las que se agarraba a uno y otro lado como una barca golpeada por el
viento. La mujer miraba al frente, con lágrimas en sus resplandecientes ojos,
que volvieron a brillar cuando aquéllas desaparecieron, y finalmente estalló en
una sarta de insultos dirigidos contra su compañero.
—Vil
granuja, ruin, despreciable canalla —siguió ella diciendo, tras una incoherente
avalancha de maldiciones—. ¿Piensas que voy a seguir toda la vida trabajando
para ti como una esclava mientras tú persigues a esa chica de Green Street y te
bebes cada penique que tienes? Te equivocas, Sam; de veras no lo soporto más.
Maldito ladrón, estoy cansada de ti y de tu patrón, así es que ya puedes
hacerte tus propios recados, y únicamente espero que te metan en apuros.
La mujer
abrió su regazo y, sacando algo parecido a un papel, lo arrugó y lo tiró. Cayó
a los pies de Salisbury. Luego se fue y desapareció en la oscuridad, mientras
el hombre se tambaleaba en la calle, refunfuñando vagamente contra sí mismo con
voz aturdida. Salisbury le siguió, viéndole hacer eses sobre el pavimento,
detenerse de vez en cuando y ladearse indeciso, para luego tomar súbitamente un
nuevo rumbo.
El cielo
había aclarado, y blancas nubes aborregadas cruzaban fugaces frente a la luna,
alta en el firmamento. La luz iba y venía intermitentemente, según las nubes
pasaban, despejando y volviendo a cubrir el cielo. Cuando los blancos rayos
alumbraron el pasaje, Salisbury divisó la bolita de papel arrugado que la mujer
había tirado. Extrañamente, curioso por saber lo que podía contener, la recogió
y se la metió en el bolsillo, poniéndose de nuevo en camino.
Salisbury
era un hombre de costumbres. Cuando llegó a casa, empapado hasta los huesos,
colgándole la ropa, y con el sombrero impregnado de un lívido rocío, su único
pensamiento fue acerca de su salud, de la que se ocupaba solícito. Por tanto,
después de cambiarse de ropa y embutirse en un cálido batín, procedió a
prepararse un sudorífico a base de ginebra y agua, calentada ésta en una de
esas lámparas de alcohol, que mitigan las austeridades de la vida de un moderno
ermitaño.
Cuando se
hubo administrado la preparación, y hubo calmado su excitación con una pipa de
tabaco, Salisbury pudo irse a la cama en un alegre estado de ociosidad, sin
pensar en su aventura en la sombría arcada, ni en las ominosas fantasías con
que Dyson había sazonado su comida. Lo mismo ocurrió la mañana siguiente
durante el desayuno, pues Salisbury insistió en no pensar en nada hasta
terminar de comer. Pero cuando retiraron la taza y el plato, y encendió su pipa
mañanera, recordó la bolita de papel y empezó a revolver en los bolsillos de su
mojado abrigo. No recordaba en qué bolsillo la había puesto y, al meter la mano
primero en uno y luego en el otro, experimentó una extraña sensación de temor a
que no estuviera allí, aunque ciertamente no podría haber explicado la
importancia que atribuía a lo que con toda probabilidad no era más que un
desecho. Sin embargo, suspiró con alivio cuando sus dedos tocaron la arrugada
superficie en su bolsillo interior, sacándola despacio y colocándola sobre el
pequeño escritorio al lado de su sillón, con el mismo cuidado que si se tratara
de una rara joya. Salisbury se sentó a fumar, y miró fijamente su hallazgo
durante unos cuantos minutos, con la extraña tentación de arrojarlo al fuego, y
evitarse con ello tanto la especulación acerca de su posible contenido como la
razón por la que la ofendida mujer había arrojado un trozo de papel con tanta
vehemencia. Como puede suponerse, el último sentimiento fue el que se impuso,
y, finalmente, no sin algo de repugnancia, cogió el papel y lo desarrugó,
colocándolo frente a él.
Era un
simple trozo de papel sucio, a todas luces arrancado de un bloc barato, y en el
centro tenía escritas unas pocas líneas con letra curiosamente apretada.
Salisbury inclinó la cabeza y por un momento clavó la vista en el papel con
ansiedad, suspirando profundamente; luego volvió a su silla con la mirada
perdida, hasta que finalmente en un cambio repentino estalló en carcajadas, tan
prolongadas, sonoras y tumultuosas que el niño de la casera se despertó en el
piso de abajo e imitó su hilaridad con espantosos alaridos. Pero él siguió
riendo y cogió el papel para leer por segunda vez lo que parecía tan insensato
disparate.
—Q. tiene
que ir a París a ver a sus amigos —comenzaba—. Atravesar Handel s. Una vez
alrededor del césped, dos veces alrededor de la amada, y tres veces alrededor
del arce.
Salisbury
tomó el papel y lo arrugó como hiciera la enojada mujer; luego apuntó en
dirección al fuego. Sin embargo, no lo arrojó a él, sino que lo tiró
descuidadamente en el interior del escritorio y volvió a reírse. El completo
desatino de todo el asunto le ofendía, y estaba avergonzado de su propia
especulación anhelante, como el que se quema las cejas con los altisonantes
comunicados de los ecos de sociedad del periódico y sólo encuentra anuncios y
trivialidades. Se dirigió a la ventana y contempló la lánguida vida matinal de
su barrio; las criadas con desaliñados vestidos estampados fregando los
escalones de entrada en la casa, el pescadero y el carnicero en sus rondas, y
los comerciantes de pie junto a las puertas de sus pequeñas tiendas, abatidos
por la falta de negocio y de emoción. A lo lejos una bruma azulada
proporcionaba una cierta grandeza a toda la vista, pero en conjunto ésta era
deprimente y sólo había interesado a un estudioso de la vida londinense, que
siempre encuentra algo exquisito y selecto en cada una de sus facetas.
Salisbury
se alejó disgustado y se aposentó en el sillón, tapizado en un tono verde
brillante y adornado con tachones dorados, que constituía el orgullo y la
atracción de sus aposentos. Volvió a su ocupación matinal: la lectura atenta de
una novela que trataba de deporte y amor de tal forma que sugería la
colaboración de un mozo de cuadra y un internado de señoritas. Sin embargo, en
circunstancias normales Salisbury habría seguido interesándose por la historia
hasta la hora del almuerzo, pero esa mañana se agitaba en su silla, cogía el
libro y lo volvía a dejar, y finalmente juraba y maldecía de simple irritación.
En realidad, la rima del papel hallado en la arcada ‘se le había metido en la
cabeza’, e hiciera lo que hiciese no podía menos de rezongar una y otra vez:
‘Una vez alrededor del césped, dos veces alrededor de la amada, y tres veces
alrededor del arce’. Se convirtió en un verdadero tormento, como el ridículo
estribillo de una canción de “music-hall”, eternamente citada, cantada a todas
horas del día y de la noche, y apreciada por los golfillos callejeros como un
infalible recurso cada seis meses. Salisbury salió a la calle y trató de
olvidar a su enemigo entre los empujones de la multitud y el rugido y el
estruendo del tráfico, pero al instante se encontró a sí mismo alejándose
silenciosamente y deambulando por parajes desiertos, devanándose los sesos en
vano tratando de hallar algún sentido a frases que no lo tenían. La llegada del
jueves fue un gran alivio, pues recordó que tenía una cita con Dyson.
Los
fútiles ensueños del que se hacía llamar hombre de letras parecían divertidos
en comparación con esta incesante repetición, esta perplejidad de la que no
parecía poder escapar. Dyson estaba domiciliado en una de las calles más
tranquilas que llevan del Strand al río y, al pasar Salisbury por la estrecha
escalera que conducía a la morada de su amigo, vio que el tío había sido de
veras benéfico. El suelo resplandecía y flameaba con todos los colores del
Oriente; era, como Dyson observó pomposamente, ‘un ocaso de ensueño’, y sus
cortinas extrañamente elaboradas, en las que brillaban hilos dorados aquí y
allá, impedían ver el crepúsculo de las calles londinenses, con sus faroles
encendidos. En los estantes de un armario de roble había vasos y platos de vieja
cerámica francesa, y grabados en blanco y negro, de los que no pueden
encontrarse en el Haymarket o Bond Street, destacaban esplendorosamente sobre
papel japonés. Salisbury se sentó en el banco que había junto al hogar y aspiró
y mezcló lo humos de incienso y de tabaco, maravillado y atónito ante todo este
esplendor del reps verde y las oleografías, el espejo de marco dorado y el
lustre de su propio apartamento.
—Me
alegra que haya venido —dijo Dyson—. Es confortable este pequeño aposento, ¿no
es cierto? No parece encontrarse usted muy bien, Salisbury. No le ocurre nada,
¿verdad?
—No; pero
he estado bastante fastidiado estos últimos días. La verdad es que tuve una
especie de extraña aventura, supongo que así podría llamarla, la noche que nos
encontramos, y me ha preocupado bastante. Y lo más irritante es que se trata
del disparate más simple: sin embargo, luego se lo contaré todo. Iba usted a
referirme el resto de esa extraña historia que empezó en el restaurante.
—Sí. Pero
me da miedo, Salisbury, es usted incorregible. Es usted esclavo de lo que llama
evidencias. Sabe usted muy bien que en el fondo cree que la singularidad de
este caso es creación mía únicamente, y que en realidad todo es tan natural
como manifiesta la policía. Pero primero beberemos algo y usted puede además
encender su pipa.
Dyson se
llegó hasta la alacena de roble y sacó del fondo una botella redonda y dos
vasitos, pintorescamente dorados.
—Es
Benedictine —dijo—. Tomará un poco ¿no?
Salisbury
asintió, y los dos hombres se sentaron, bebiendo y fumando reflexivamente
durante algunos minutos antes de que Dyson comenzara a hablar.
—Veamos
—dijo finalmente—, estábamos en la pesquisa judicial, ¿verdad? No, ya
terminamos con eso. ¡Ah!, ya recuerdo. Le estaba contando que, en general,
había tenido éxito en mi investigación, pesquisa, o como quiera llamarla, sobre
el caso. ¿No fue ahí donde lo dejé?
—Sí, así
fue. para ser preciso, creo que la última palabra que mencionó sobre el asunto
fue "aunque".
—Exacto.
Desde la otra noche he estado todo el tiempo pensando y he llegado a la
conclusión de que es "aunque" es de veras considerable. Hablando sin
rodeos, tengo que confesar que lo que descubrí, o creí descubrir, no significa
en realidad nada. Estoy tan lejos del meollo del asunto como siempre. Sin
embargo, puedo igualmente contarle lo que sé. Como recordará le dije que estaba
muy impresionado con algunas observaciones de uno de los médicos que testimonió
en el juicio. Así pues, decidí que mi primer paso debía consistir en tratar de
sacarle a ese doctor algo más definido e inteligible. De un modo u otro me las
arreglé para ser presentado al hombre: me citó para ir a verle. Resultó ser un
tipo simpático y afable, bastante joven y de ninguna manera como los típicos
médicos, y comenzó la charla ofreciéndome whisky y cigarros.
»No creí
que valiera la pena andar con rodeos, así que empecé diciéndole que parte de su
declaración en la investigación del caso Harlesden me había impresionado por su
peculiaridad, y le mostré el recorte impreso con las líneas en cuestión
subrayadas. Echó sólo un vistazo al trozo de papel y me miró con extrañeza.
»—Así que
le impresionó por su peculiaridad, ¡eh! —dijo—. Bien, debe usted recordar que
el caso Harlesden fue muy peculiar. De hecho, creo que felizmente puedo decir
que en lo referente a algunos rasgos específicos fue único, verdaderamente
único.
»—Completamente
de acuerdo —repliqué yo—, y por eso es por lo que me interesa y quiero saber
más de él. Y pensé que si alguien podía darme alguna información ése sería
usted. ¿Qué opina usted?
»Era un
tipo de pregunta bastante categórica, y mi doctor pareció bastante
desconcertado.
»—Bien
—dijo—. Como me imagino que el motivo de su pregunta debe ser simple
curiosidad, creo que puedo contarle mi opinión un poco libremente. Así que
señor Dyson, si quiere usted saber mi teoría, ahí va: creo que el doctor Black
mató a su mujer.
»—Pero el
veredicto —contesté yo— se extrajo de su propia declaración.
»—Cierto;
el veredicto se dictó de acuerdo con la declaración de mi colega y con la mía
y, dadas las circunstancias, creo que el jurado actuó con mucha sensatez. De
hecho, no veo qué otra cosa podían haber hecho. Pero yo me aferro a mi opinión,
entiéndalo, y digo también esto: no me sorprendería que Black hubiera hecho lo
que yo creo firmemente que hizo. Pienso que estaba justificado.
»—¿Justificado?
¿Cómo es eso? —pregunté.
»Estaba
asombrado, como usted puede imaginar, por la respuesta obtenida. El doctor giró
suavemente su silla y por un instante me miró resueltamente antes de contestar.
»—Supongo
que no es usted un hombre de ciencia. Pues en ese caso no serviría de nada que
yo le diera más detalles. Siempre me he opuesto firmemente a cualquier tipo de
relación entre la fisiología y la psicología. Creo que ambas apuestan por el
sufrimiento. Nadie reconoce más decididamente que yo la impracticable sima, el
insondable abismo que separa al mundo consciente de todo cuanto rodea a la
materia. Sabemos que cada cambio de consciencia suele venir acompañado de una
nueva disposición de las moléculas de la sustancia gris; y eso es todo. Cuál es
el vínculo entre ellos, o por qué coinciden, no lo sabemos, y la mayoría de los
expertos cree que nunca podremos saberlo. Con todo, le diré que mientras hacía
mi trabajo, con el escalpelo en la mano, tuve la convicción de que, a despecho
de todas las teorías, lo que yacía frente a mí no era el cerebro de una mujer
muerta, ni de ningún modo el cerebro de un ser humano. Por supuesto vi el
rostro; pero estaba muy tranquilo, desprovisto de expresión. Debió haber sido,
sin duda, un rostro hermoso, pero debo decir honestamente que no habría mirado
ese rostro cuando todavía tenía vida ni por un millar de guineas, ni siquiera
por dos veces esa suma.
»—Mi
querido señor —dije—, me sorprende usted en extremo. Dice usted que no era el
cerebro de un ser humano. ¿Qué era entonces?
»—El
cerebro de un demonio —replicó—, y no me cabe la menor duda de que Black
encontró alguna forma de acabar con él. Sea lo que fuese la señora Black, no
estaba en condiciones de permanecer en este mundo. ¿Algo más? ¿No? Buenas
noches.
»Era una
extraña opinión proveniente de un hombre de ciencia, ¿no?
»Cuando
me dijo que no habría mirado esa cara mientras vivía por un millar de guineas,
o dos millares de guineas, pensé en el rostro que yo había visto, pero no dije
nada. Volví a Harlesden y fui de tienda en tienda, haciendo pequeñas compras y
tratando de averiguar si les quedaba alguna propiedad de los Black, pero había
poco que contar. Uno de los tenderos a los que me dirigí afirmó haber conocido
bien a la difunta; solía comprarle todos los víveres que necesitaba en su
pequeño hogar, pues nunca tuvieron sirvientes, aunque sí una asistenta
ocasionalmente, la cual no había visto a la señora Black desde meses antes de
que muriera. Según el tendero, la señora Black era ‘una dama agradable’,
siempre amable y considerada, y tan encariñada con su marido y él de ella,
según todos opinaban. Y sin embargo, dejando a un lado la opinión del doctor,
yo sabía lo que había visto. Por tanto, después de pensar en ello y atar cabos,
me pareció que la única persona que probablemente podría ayudarme era el mismo
Black, y decidí encontrarle. Por supuesto no se le podía encontrar en
Harlesden; había abandonado el barrio, ya lo dije, inmediatamente después del
funeral. Todo lo que contenía la casa había sido vendido, y un buen día Black
tomó el tren con un baúl y se fue, nadie sabe dónde. Fortuitamente volví a oír
hablar de él, y por pura casualidad le encontré finalmente.
»Un día
paseaba por Gray's Inn Road, sin ningún destino en particular, mirando a mi
alrededor, como solía, y sosteniendo fuerte mi sombrero, pues era un día
borrascoso a comienzos de marzo y el viento hacía que se mecieran y temblaran
las copas de los árboles de la posada. Había subido desde el final de Holborn y
casi había tomado Theobald's Road cuando reparé en un hombre que caminaba
frente a mí, apoyado en un bastón, y aparentemente muy débil. Había algo en su
mirada que incitó mi curiosidad, no sé por qué, y comencé a caminar más rápido
con la idea de alcanzarle, cuando de pronto su sombrero voló y, saltando sobre
el pavimento, llegó a mis pies. Rescaté, por supuesto, el sombrero y le eché un
vistazo mientras me dirigía hacia su propietario. Era toda una biografía:
llevaba en su interior el nombre de un fabricante de Piccadilly, pero creo que
ni un mendigo lo habría recogido del arroyo. Entonces levanté la mirada y vi al
doctor Black de Harlesden esperándome. Cosa extraña, ¿no? Pero ¡qué cambio!,
Salisbury.
»Cuando
contemplé al doctor Black bajando las escaleras de su casa de Harlesden era un
hombre erguido, que caminaba con firmeza sobre sus bien formados miembros; un
hombre, diríamos, en la flor de la vida. Y ahora esta miserable criatura se
inclinaba ante mí, encorvado y débil, marchitas las mejillas y el pelo
prematuramente encanecido, los miembros temblorosos y renqueantes, y el
sufrimiento en los ojos. Me dio las gracias por recoger su sombrero diciendo:
»—Creí
que nunca podría alcanzarlo, no puedo correr mucho ahora. ¡Qué día más
desapacible!, ¿verdad señor?
»Y dicho
esto se despidió; pero poco a poco procuré meterle en conversación y caminamos
juntos en dirección este. Creo que el hombre se habría alegrado de librarse de
mí, pero me propuse no abandonarle, y finalmente se detuvo frente a una
miserable casa en una miserable calle. En verdad, creo que era uno de los
barrios más pobres que jamás he visto: casas que debían haber sido bastante
sórdidas y horribles de nuevas, que habían acumulado porquería con los años, y
ahora parecían desmoronarse y amenazaban con caerse.
»—Allá
arriba vivo yo —dijo Black, señalando al tejado—, no en el frente, sino detrás.
Aquí estoy muy tranquilo. No le pediré que suba ahora, pero tal vez algún otro
día...
»Le tomé
la palabra y le dije que me alegraría mucho ir a verle. Me lanzó una extraña
mirada, como si se preguntara por qué demonios yo o cualquier otro se
preocupaban de él, y le dejé tanteando con su llavín en la cerradura. Supongo
que me dirá usted que hice muy bien cuando le cuente que en unas pocas semanas
me convertí en amigo íntimo de Black. Nunca olvidaré la primera vez que fui a
su habitación; espero no volver nunca a ver una miseria tan abyecta y
mugrienta. Un espantoso papel, en el que había desaparecido hacía tiempo
cualquier dibujo o huellas de él, colgaba de las paredes en enmohecidos
pendones, dominado y poseído por la mugre de la aciaga calle. Sólo era posible
mantenerse en posición erguida al fondo de la habitación, y la visión de la
miserable cama y el olor a corrupción que lo impregnaba todo me hizo sentir
mareos y me puso enfermo.
»Allí le
encontré mascando un pedazo de pan; parecía sorprendido al comprobar que había
cumplido mi promesa, pero me ofreció su silla y se sentó en la cama mientras
hablamos. Solía ir a verle a menudo y tuvimos largas conversaciones, pero nunca
mencionó Harlesden o a su mujer. Imagino que él me creía ignorante del asunto,
o pensaba que si había oído hablar de él, nunca relacionaría al respetable
doctor Black de Harlesden con el pobre morador de una buhardilla en lo más
apartado de Londres. Era un hombre raro, y cuando nos sentábamos a fumar, a
menudo me preguntaba si estaría loco o cuerdo, pues creo que los más insensatos
sueños de Paracelso y de los rosacruces parecerían hechos corrientes en
comparación con las teorías que le oí exponer sinceramente en aquel mugriento
cuchitril. En una ocasión me aventuré a insinuarle algo por el estilo. Sugerí
que algo de lo que había dicho estaba en rotunda contradicción con la ciencia y
la experiencia.
»—No
—contestó él—, con toda la experiencia no, pues la mía también cuenta. Yo no
comercio con teorías no comprobadas; lo que digo lo he probado por mí mismo, y
a un costo terrible. Existe un área del conocimiento que usted siempre
ignorará, y que los sabios que la contemplan desde lejos rehúyen como la peste
mientras pueden, pero que yo he visitado. Si usted supiera, si pudiera siquiera
soñar lo que es posible hacer, lo que uno o dos hombres han hecho en este
tranquilo mundo nuestro, su propia alma se estremecería y desfallecería dentro
de usted. Lo que le he dicho no es sino la más simple envoltura, la capa
externa de la verdadera ciencia; esa ciencia que significa muerte y que es más
espantosa que la muerte misma para aquellos que la adquieren. No, cuando los
hombres dicen que en el mundo ocurren cosas extrañas, saben muy poco del terror
y el espanto que siempre las acompaña.
»Alrededor
del hombre flotaba una especie de fascinación que me atraía hacia él, y sentí
bastante tener que abandonar Londres durante uno o dos meses: me perdería su
singular charla.
»Pocos
días después de regresar a la ciudad pensé ir a verle, pero cuando pulsé dos
veces el timbre que solía utilizar, no obtuve respuesta. Volví a tocar de nuevo
y ya me iba cuando se abrió la puerta y una sucia mujer me preguntó qué quería.
Por su aspecto supuse que me había tomado por un policía de paisano que buscaba
a alguno de sus inquilinos, pero cuando pregunté si estaba el señor Black, me
dirigió una mirada bien distinta.
»—Aquí no
vive el señor Black —dijo—. Se fue. Murió hace seis semanas. Siempre creí que
estaba un poco chiflado, o que lo había estado y se había metido en cualquier
lío. Solía salir todas las mañanas desde las diez a la una, y un lunes por la
mañana le oímos llegar, meterse en su habitación y cerrar la puerta, y pocos
minutos después, cuando nos sentábamos a almorzar, oímos tal grito que pensé
que se habría ido en seguida. Luego se oyeron pisadas y bajó enfurecido,
maldiciendo espantosamente y jurando que le habían robado algo que valía
millones. Después se cayó en el pasillo y creímos que había muerto. Le subimos
a su habitación y le metimos en la cama, y me senté a esperar mientras mi
marido fue a buscar a un médico. La ventana estaba abierta de par en par y
había una cajita de hojalata, abierta y vacía, que él había dejado en el suelo,
pero, por supuesto, nadie podía haber entrado por la ventana, y en cuanto a él
es un disparate que tuviera algo de valor, pues frecuentemente se retrasaba
varias semanas en el pago del alquiler, y mi marido le amenazaba muchas veces
con echarle a la calle, pues, como él decía, tenemos una vida que proteger como
el resto de la gente y, verdaderamente, eso es cierto; pero, de una forma u
otra, no me gustaba hacerlo, aunque él era un tipo raro, y me imagino que
hubiese sido mejor. Y luego llegó el doctor y le miró, y dijo que no podía
hacer nada, y esa noche murió estando yo sentada junto a su cama; y puedo
decirle que, entre unas cosas y otras, perdimos dinero con él, pues la poca
ropa que tenía no valió casi nada cuando la llevaron a vender.
»Le di a
la mujer medio soberano por las molestias y me marché a casa pensando en el
doctor Black y en el epitafio que ella había hecho de él, asombrándome ante la
extraña idea de que hubiera sido objeto de un robo. Supongo que tenía muy poco
que temer a ese respecto el pobre tipo; pero imagino que estaba realmente loco,
y que murió en un acceso súbito de su manía. Su patrona dijo que una o dos
veces que tuvo ocasión de entrar en su habitación (para apremiar al pobre
desgraciado a pagar su alquiler, lo más probable) la tuvo en la puerta cerca de
un minuto, y que cuando entró le vio guardar una caja de hojalata en la esquina
junto a la ventana; supongo que estaría poseído con la idea de algún tesoro
fabuloso, y se creería un hombre rico en medio de toda su miseria.
»Mi
cuento se acabó, y, como verá usted, aunque conocí a Black, nada supe de su
mujer o de la historia de su muerte. Así está el caso Harlesden, Salisbury, y
creo que me interesa aún más profundamente porque no parece existir ni la más
remota posibilidad de que yo o cualquier otro sepamos algo más sobre él. ¿Qué
piensa usted?
—Bueno,
Dyson, debo decir que creo que ha conseguido usted rodear a todo el asunto de
un misterio de su propia creación. Voto por la solución del doctor: Black
asesinó a su esposa, estando con toda probabilidad en un estado latente de
locura.
—¿Qué?
¿Cree usted entonces que la mujer era demasiado espantosa, demasiado terrible
para permitírsele permanecer sobre la tierra? Recordará que el doctor dijo que
se trataba del cerebro de un diablo.
—Sí, sí,
pero hablaba metafóricamente, por supuesto. Realmente es una cuestión simple si
usted lo considera solamente así.
—¡Ah!,
bueno, puede que esté usted en lo cierto; pero todavía no estoy seguro de que
lo está. Muy bien, mejor es que no discutamos más. ¿Un poco más de Benedictine?
Eso es; pruebe un poco de este tabaco. Decía usted que había estado preocupado
por algo..., algo que sucedió la noche que cenamos juntos.
—Sí,
había estado inquieto, Dyson, muy inquieto. Yo... la verdad es que es un asunto
tan trivial, tan absurdo, que me avergüenzo de molestarle con él.
—No
importa, absurdo o no, dígamelo.
Con
muchas vacilaciones y mucho rencor íntimo por lo disparatado del asunto,
Salisbury contó su historia, y repitió de mala gana la absurda información y
las todavía más absurdas rimas del recorte de papel, esperando que Dyson
estallara en carcajadas.
—¿No es
una pena que me deje preocupar por cosas como ésas? —preguntó, después de
balbucear las rimas una vez, dos veces, tres veces.
Dyson
escuchó gravemente hasta el final y meditó unos minutos en silencio.
—Sí —dijo
finalmente—, fue una curiosa casualidad que se refugiara usted en la arcada
justo cuando pasaban aquellos dos. Pero no sé si debería calificar de tonterías
a lo que estaba escrito en el papel; por supuesto es extraño, pero supongo que
para alguien tiene sentido. ¿Quiere repetirlo otra vez? Yo lo anotaré. Quizás
podamos encontrar algún tipo de clave, aunque lo considero poco probable.
De nuevo
los reacios labios de Salisbury balbucearon lentamente los disparates que tanto
aborrecía, mientras Dyson tomaba nota en una hoja de papel.
—¿Quiere
echar un vistazo a esto? —dijo, cuando acabó de anotar—. Puede ser importante
que cada palabra esté en su debido lugar. ¿De acuerdo?
—Sí; es
una copia fiel. Pero no creo que saque usted mucho de ella. Seguro que es una
simple bobada, un galimatías sin sentido. Ahora debo marcharme, Dyson. No, no
me diga más; ese asunto suyo es bastante complicado. Buenas noches.
—Supongo
que le gustaría tener noticias mías si descubro algo.
—No, ¡ni
hablar!; no quiero volver a oír hablar del asunto. Puede usted considerar el
descubrimiento, si existe alguno, como propio.
—Muy
bien. Buenas noches.
Horas
después de que Salisbury hubiera regresado junto a sus sillas de reps verde,
Dyson continuaba sentado en su escritorio, una verdadera fantasía japonesa,
fumando pipa tras pipa y meditando acerca del relato de su amigo. La extraña
índole de la inscripción que había molestado a Salisbury era para él una
atracción, y de vez en cuando la cogía y escudriñaba atentamente lo que había
escrito, especialmente el pintoresco verso final. Decidió que era una señal, un
símbolo, y no una clave; y que la mujer que lo había arrojado al suelo con toda
probabilidad ignoraba por completo su significado; ella era solamente el
instrumento del ‘Sam’ que había insultado y abandonado, y él a su vez era el
instrumento de algún desconocido; posiblemente del individuo llamado Q, que
había sido obligado a visitar a sus amigos franceses.
Pero ¿qué
hacer con la frase ‘atravesar Handel s’?. Aquí estaba la raíz y el origen del
enigma, y ni todo el tabaco de Virginia parecía probable que le proporcionara
alguna pista. La situación parecía casi desesperada, pero Dyson se consideraba
a sí mismo el Wellington de los misterios y se fue a la cama en la seguridad de
que más pronto o más tarde daría con la pista adecuada. Los días siguientes
estuvo enfrascado en su trabajo literario, que constituía un profundo misterio
incluso para el más íntimo de sus amigos, el cual buscaba infructuosamente en
el quiosco del ferrocarril el resultado de tantas horas pasadas ante el
escritorio japonés en compañía de tabaco fuerte y té cargado. En esta ocasión
Dyson se confinó en su habitación durante cuatro días, y con verdadero alivio
dejó su pluma y salió a la calle en busca de descanso y aire fresco. Acababan
de encender las farolas de gas y la quinta edición de los periódicos de la
tarde era voceada por las calles.
Buscando
tranquilidad, Dyson se desvió del clamoroso Strand y empezó a dirigirse hacia
el noroeste. Pronto se encontró en calles en donde resonaban sus pasos y,
cruzando una nueva y amplia vía y torciendo luego hacia el oeste, Dyson
descubrió que había penetrado en lo más profundo del Soho. Aquí había vida de
nuevo: raras cosechas de Francia y de Italia, a precios que parecían
desdeñosamente bajos, atraían a los transeúntes; aquí había quesos enormes y
sabrosos, allí aceite de oliva, y allá un bosque de rabelesianas salchichas;
mientras, en una tienda cercana parecía estar a la venta toda la prensa de
París. En medio de la calzada deambulaba de un lado para otro una extraña
mezcla de naciones, raramente se aventuraban por allí las berlinas y los
cabriolés; y desde sus ventanas los habitantes contemplaban complacidos la
escena. Dyson siguió su camino lentamente, mezclándose con la multitud sobre el
adoquinado, escuchando la extraña babel del francés, el alemán, el italiano y
el inglés, y echando un vistazo de vez en cuando a los escaparates de las
tiendas con sus filas de botellas alineadas; casi había llegado al final de la
calle cuando le llamó la atención una pequeña tienda en la esquina, que
contrastaba vivamente con sus vecinas.
Era la
típica tienda de barrio pobre; una tienda completamente inglesa. En ella se
vendían tabaco y dulces, baratas pipas de barro y de madera de cerezo;
cuadernos y palilleros de a penique alternaban preferentemente con canciones
burlescas; y folletines por entregas con espantosos grabados mostraban que el
romance reclamaba su lugar junto a las realidades de la prensa vespertina,
cuyos carteles ondeaban en el portal. Dyson echó una ojeada al nombre que
figuraba encima de la puerta, y permaneció tembloroso junto a la acera, pues
una angustia profunda, como la de alguien que hace un descubrimiento, le había
dejado momentáneamente inmóvil. El nombre de la tienda era Travers. Dyson miró
de nuevo hacia arriba, esta vez en dirección de la esquina de la pared por
encima de la farola, y leyó en letras blancas sobre fondo azul las palabras
‘Handel Street, W.C.’, y la leyenda se repetía en caracteres más borrosos justo
debajo: Dio un suspiro de satisfacción, y sin más entró audazmente en la tienda
y miró fijamente en plena cara al hombre gordo que estaba sentado tras el
mostrador. El individuo se levantó y le devolvió la mirada con curiosidad, y
luego comenzó con una expresión estereotipada:
—¿Qué
puedo hacer por usted, señor?
A Dyson
le divertía su situación y la naciente perplejidad del rostro del tendero.
Apoyó cuidadosamente su bastón contra el mostrador, e inclinándose sobre él,
dijo lenta e impresionantemente:
—Una vez
alrededor del césped, dos veces alrededor de la amada, y tres veces alrededor
del arce.
Dyson
había calculado que sus palabras producirían algún efecto y no quedó
defraudado. El vendedor de misceláneas quedó con la boca abierta como un pez y
se apoyó en el mostrador. Cuando habló, después de un breve intervalo, lo hizo
con voz ronca, trémula y vacilante.
—¿Le
importaría repetirlo, señor? No le he entendido del todo.
—Desde
luego no pienso hacer nada por el estilo, buen hombre. Oyó usted perfectamente
bien lo que le dije. Veo que tiene usted un reloj en su tienda; un admirable
cronómetro, sin duda. Bien, le doy un minuto por su propio reloj.
El hombre
miró en torno con perpleja indecisión, y a Dyson le pareció que ya iba siendo
hora de mostrarse atrevido.
—Mire
allí, Travers, casi se le ha terminado el tiempo. Creo que usted ha oído hablar
de Q. Recuerde, su vida está en mis manos. ¡Vamos!
Dyson se
sobresaltó por el resultado de su propia audacia. El hombre se contrajo y quedó
paralizado por el terror, el sudor caía por su rostro blanco ceniza, y levantó
las manos.
—Señor
Davies, señor Davies, no diga eso... ¡por el amor de Dios! No le reconocí al
principio, créame. ¡Dios mío, señor Davies!, no querrá arruinarme, ¿verdad? En
seguida se lo traeré.
—Más vale
que no pierda más tiempo.
El hombre
se escabulló patéticamente de su propia tienda y entró en una habitación
posterior. Dyson escuchó sus temblorosos dedos manejando torpemente un manojo
de llaves y el chirriar de una caja al abrirse. Al poco regresó llevando en las
manos un pequeño paquete cuidadosamente envuelto en papel marrón, y lleno de
terror, se lo entregó a Dyson.
—Me
alegra desembarazarme de él —dijo—. No volveré a aceptar encargos de esta
índole.
Dyson
tomó el paquete y su bastón, y salió de la tienda con una inclinación de
cabeza, volviéndose al pasar por la puerta. Travers se había arrellanado en su
asiento, con el rostro todavía lívido por el miedo y una mano sobre los ojos y,
mientras se iba rápidamente, Dyson especuló mucho sobre lo que podrían ser esos
extraños acordes que tan toscamente había pulsado. Llamó al primer cabriolé que
vio y regresó a casa; y en cuanto hubo encendido su lámpara suspendida y dejado
el paquete sobre la mesa, se detuvo unos instantes preguntándose por la extraña
cosa que pronto iluminaría la luz de la lámpara. Cerró la puerta, cortó las
cuerdas, desplegó el papel capa a capa, y finalmente dio con una pequeña caja
de madera, sencilla pero sólida.
No tenía
cerradura, y Dyson no tuvo más que levantar la tapa: cuando lo hizo exhaló un
prolongado suspiro y retrocedió. La lámpara parecía brillar tenuemente como una
vela; sin embargo, toda la habitación resplandecía de luz, y no de un solo
tono, sino con miles de colores, como una vidriera pintada; en las paredes de
la habitación y sobre los muebles familiares, el resplandor brillaba de nuevo y
parecía volver a su origen, la pequeña caja de madera. Pues en ella, sobre un
blanco lecho de lana, descansaba la más espléndida joya, una joya como jamás
pudo soñar Dyson, en cuyo interior brillaba el azul de lejanos cielos, el verde
del mar junto a la costa, el rojo del rubí, y rayos violeta oscuro, y en medio
de todo parecía llamear, como si un surtidor de fuego ascendiera y descendiera
y volviera a ascender entre destellos, como en los colgantes estrellados.
Dyson
lanzó un profundo suspiro, se dejó caer en su silla, y se tapó los ojos con las
manos para pensar. La joya parecía un ópalo, pero en su larga experiencia de
escaparates de tiendas no sabía de ningún ópalo que alcanzara una cuarta o una
octava parte de ese tamaño. Miró de nuevo a la piedra casi con temor, y la
colocó suavemente sobre la mesa, bajo la lámpara, pudiendo contemplar el
maravilloso reflejo que brillaba y centelleaba en su centro; entonces volvió a
la caja, curioso por saber si contendría otras maravillas. Levantó el lecho de
lana sobre el que se recostaba el ópalo y encontró debajo no más joyas, sino un
viejo libro de bolsillo, desgastado y raído por el uso. Dyson lo abrió por la
primera página y lo dejó caer espantado. Había leído el nombre de su dueño,
esmeradamente escrito con tinta azul.
—Dr.
Steven Black Oranmore, Devon Road, Harlesden.
Pasaron
varios minutos antes de que Dyson se resignara a abrir por segunda vez el
libro. Rememoró el espantoso cautiverio en su buhardilla; y su extraña
conversación, y también el recuerdo del rostro que había visto en la ventana, y
lo que había dicho el especialista, se apoderaron de su mente y, mientras sus
dedos asían la cubierta, se estremeció, temeroso de lo que podía haber escrito
en su interior. Cuando finalmente lo abrió y pasó las páginas, encontró las dos
primeras en blanco, pero la tercera estaba cubierta por una escritura clara y menuda,
y Dyson empezó a leer con la luz del ópalo brillando en sus ojos.
»Desde
que era joven —comenzaba la anotación— he dedicado todo mi ocio, y buena parte
del tiempo que debería haber empleado en otros estudios, a la investigación de
las más curiosas y ocultas ramas del saber. Nunca me he sentido atraído por los
llamados comúnmente placeres de la vida, y vivía solitario en Londres,
eludiendo a mis compañeros de estudios, y a la vez evitado por ellos a causa de
mi ensimismamiento y mi indiferencia. Era enormemente feliz con tal de poder
satisfacer mi deseo de conocimientos de cierta índole peculiar, cuya misma
existencia constituye un profundo secreto para la mayoría de la humanidad, y a
menudo he pasado noches enteras sentado en la oscuridad de mi habitación,
pensando en el extraño mundo a cuyo borde me había asomado.
»Mis
estudios profesionales, sin embargo, y la necesidad de obtener un título, me
obligaron por algún tiempo a posponer mis investigaciones secretas, y poco
después de doctorarme conocí a Agnes, que se convirtió en mi esposa. Alquilamos
una casa nueva en este remoto suburbio, y comencé la habitual rutina de una
discreta práctica, y durante algunos meses viví bastante feliz, participando en
la vida que me rodeaba y pensando sólo en raras ocasiones en esa ciencia oculta
que una vez me había fascinado. Conocía lo suficiente acerca de los caminos que
había empezado a transitar como para saber que eran difíciles y peligrosos, que
en su perseverancia implicaban con toda probabilidad la destrucción de la vida,
y que conducían a regiones tan terribles que la mente humana retrocedía
horrorizada con sólo pensarlo. Además, la tranquilidad y la paz que había
gozado desde que me casé, me había alejado en gran parte de lugares donde sabía
que no podía haber paz.
»Pero
súbitamente —creo de veras que fue producto de una sola noche, mientras yacía
sobre la cama contemplando la oscuridad—, súbitamente, decía, el viejo deseo,
el pasado anhelo, volvió, y lo hizo con una fuerza que, en su ausencia, se
había intensificado diez veces. Cuando despuntó el día y me asomé a la ventana,
viendo con ojos extraviados la salida del sol por el este, supe que mi destino
estaba marcado; que al haber llegado tan lejos, ahora debía ir todavía más allá
con paso firme. Volví a la cama donde mi esposa dormía apaciblemente, y me
acosté de nuevo, derramando amargas lágrimas, pues el sol se había puesto sobre
nuestra existencia feliz para cernirse como una horrible amenaza sobre ambos.
No pondré aquí por escrito con todo detalle lo que siguió; aparentemente fui a
mi trabajo como antes y no dije nada a mi esposa.
»Pero
pronto ella notó que yo había cambiado; pasaba mi tiempo libre en una
habitación que había equipado como un laboratorio, y a menudo me deslizaba
escaleras arriba en el gris amanecer, cuando todavía brillaban sobre Londres
las luces de innumerables farolas; y cada noche me acercaba más a esa gran sima
que iba a salvar, el abismo entre el mundo consciente y el mundo material.
Realicé numerosos experimentos de índole complicada, y pasaron algunos meses
antes de que me diera cuenta de la dirección en que apuntaban; cuando, por un
momento, los pude probar en mí mismo, sentí que mi rostro palidecía y que mi
corazón enmudecía dentro de mí. Pero hace ya tiempo que perdí la facultad de
volverme atrás, la facultad de detenerme ante las puertas que ahora se me abren
de par en par y no entrar; la retirada estaba cortada, y yo únicamente podía
seguir adelante. Mi posición era tan absolutamente desesperada como la de un
prisionero en una mazmorra, cuya única luz es la de la mazmorra de arriba; las
puertas estaban cerradas y la huida era imposible.
»Los
experimentos dieron, uno tras otro, el mismo resultado, y yo sabía, y me
acobardaba en cuanto el pensamiento cruzaba mi mente, que para la tarea que
tenía que hacer necesitaba medios que ningún laboratorio podía suministrar, que
ninguna escala podía medir. En esa tarea, de la cual incluso dudaba de escapar
con vida, debía tomar parte la vida misma. Había que arrancar de algún ser
humano esa esencia que los hombres llaman alma, y en su lugar (pues en el
esquema del mundo no hay aposentos vacantes) poner algo que los labios
difícilmente pueden pronunciar, que la mente no puede concebir sin un terror
más espantoso que el terror a la muerte misma. Y cuando supe esto, supe también
sobre quién recaería este destino: escruté los ojos de mi esposa. Si en ese momento
hubiera salido y, cogiendo una cuerda, me hubiera ahorcado, podría haberme
librado, y ella también, pero de ninguna otra manera. Finalmente se lo conté
todo.
»Ella se
estremeció y se lamentó, y solicitó la ayuda de su madre muerta, y me pidió
clemencia, y yo solamente pude suspirar. No le oculté nada; le conté en lo que
se convertiría y lo que se introduciría en lugar de su vida; le hablé de toda
la infamia y de todo el horror. Usted, que ha abierto la caja y ha visto su
contenido, y que leerá esto cuando yo esté muerto —si de veras permito que esta
relación subsista—, no sé si podrá entender lo que yace oculto en el ópalo.
Pues una noche mi esposa consintió en lo que yo le pedí, con lágrimas
corriéndole por el hermoso rostro y el cuello y el pecho ruborizados por la
sofocante vergüenza, consintió en sufrir esto por mí. Abrí la ventana de par en
par y juntos contemplamos por última vez el cielo y la sombría tierra; era una
estupenda noche estrellada, y soplaba una agradable brisa; la besé en los
labios y sus lágrimas me resbalaron por las mejillas.
»Aquella
noche ella bajó a mi laboratorio, y allí, con los postigos cerrados y
atrancados, con las cortinas tupidamente corridas, de manera que hasta las
mismas estrellas quedasen fuera del alcance de la vista, mientras el crisol
siseaba y la lámpara rebosaba, hice lo que tenía que hacer, y conduje afuera a
lo que ya no era una mujer. Pero el ópalo flameaba y destellaba sobre la mesa
con un brillo como jamás contemplaron ojos humanos, y los rayos del fuego que
ardía en su interior deslumbraban y relucían, y resplandecían incluso en mi
corazón. Mi esposa solamente me pidió una cosa: que la matara cuando finalmente
sucediera lo que yo le había contado. He cumplido esta promesa...
No había
nada más. Dyson dejó caer el pequeño libro y volvió a mirar de nuevo el ópalo
con su llameante luz interior, y luego, con el corazón embargado de indecible e
irresistible horror, cogió la joya, la arrojó al suelo, y la pisoteó con sus
tacones.
Mientras
se alejaba su rostro palideció de terror y, por un momento, se sintió enfermo y
tembloroso, y luego con un sobresalto cruzó la habitación y se apoyó contra la
puerta. Podía escucharse un siseo amenazador, como un escape de vapor a elevada
presión, y al mirar, inmóvil, la joya, vio que de su mismo centro brotaba
lentamente un denso reguero de humo amarillo, que subía en espirales en forma
de serpiente. Entonces, del humo brotó una tenue llama blanca que ardió
vertiginosamente y desapareció en el aire; y en el suelo quedó una especie de
ceniza negra que se pulverizaba al tacto.
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Arthur
Machen (1863-1947)


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