© Libro N° 11168.
La Loba. Saki. Emancipación.
Abril 29 de 2023
Título original: ©
The She-Wolf, Saki (1870-1916)
Versión Original: © La Loba. Saki
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Saki
La Loba
Saki
Leonard
Bilsiter era una de esas personas que no han podido encontrar este mundo
atractivo o interesante, y que han buscado compensación en un mundo "nunca
visto" de su propia experiencia, imaginación... o invención. Los niños
tienen éxito en esa clase de cosas, pero se contentan con convencerse ellos
mismos sin vulgarizar sus creencias tratando de convencer a los demás. Las
creencias de Leonard Bilster eran para "unos pocos", lo que quería
decir cualquiera que le pusiera atención.
Sus
andanzas en lo desconocido hubieran podido no llevarlo más allá de las
perogrulladas corrientes del visionario casero, si un accidente no hubiera
reforzado su repertorio de sabiduría misteriosa. En compañía de un amigo que
tenía interés en una mina en los Urales, había hecho un viaje a través de la
Europa Oriental en el momento en que la gran huelga del ferrocarril ruso pasaba
de la amenaza a la realidad; su iniciación lo sorprendió en el viaje de
regreso, en algún lugar más allá de Perm, y fue mientras esperaba un par de
días que conoció a un distribuidor de arneses y artículos de metal, quien
provechosamente ahuyentó el tedio de la larga parada iniciando a su compañero
de viaje inglés en un sistema fragmentario de folclore que había aprendido de
los mercaderes y los nativos Trans-Baikales.
A su
regreso a casa, Leonard se mostraba muy gárrulo sobre sus experiencias de la
huelga rusa, pero opresivamente reticente sobre ciertos oscuros misterios a los
que aludía con el título sonoro de Magia Siberiana. La reticencia se desgastó
en una semana o dos bajo la influencia de la general y completa falta de
curiosidad, y Leonard empezó a hacer alusiones más detalladas a los enormes
poderes que esta nueva fuerza esotérica, para usar su propia descripción de
ella, le confería a los pocos iniciados que sabían cómo manejarla.
Su tía,
Cecilia Hoops, que amaba lo sensacional quizá más de lo que amaba lo verdadero,
le hacía una propaganda tan clamorosa como cualquiera hubiera pedido,
esparciendo un recuento de cómo había convertido un vegetal en una paloma
delante de sus propios ojos. Como manifestación de la posesión de poderes
sobrenaturales, en algunos círculos, la historia se desestimaba dado el respeto
que se le tenía a la imaginación de la señora Hoops.
Aunque
las opiniones se dividieran sobre si Leonard era un hacedor de milagros o un
charlatán, lo cierto es que llegó a pasar el fin de semana en casa de Mary
Hampton con la fama de ser eminente en una u otra de estas dos profesiones, y
no estaba dispuesto a rehuir la publicidad que le tocara en suerte. Las fuerzas
esotéricas y los poderes insólitos figuraban abundantemente en toda
conversación en la que participaran él o su tía, y sus propias actuaciones,
pasadas y posibles, eran el tema de misteriosas insinuaciones y enigmáticas
confesiones.
—Me
gustaría que me convirtiera en un lobo, señor Bilsiter —le dijo la dueña de
casa en el almuerzo, al día siguiente a su llegada.
—Mi
querida Mary —le replicó el coronel Hampton—, nunca imaginé que tuvieras ansias
de un asunto como ése.
—Una loba
por supuesto —continuó la señora Hampton—; sería demasiado complicado cambiar
de sexo y de especie así de pronto.
—No creo
que se deba hacer chistes en esta materia —dijo Leonard.
—No estoy
bromeando, le aseguro que hablo completamente en serio. Sólo que no tenemos
sino ocho personas que jueguen al bridge, y se nos descompleta una de las
mesas. Mañana llegará más gente. Mañana por la noche, después de la cena.
—En
nuestro imperfecto conocimiento actual de estas fuerzas ocultas, creo que
debemos acercarnos a ellas con humildad y no con burla -observó Leonard, con
tal severidad que el tema se abandonó enseguida.
Clovis
Sangrail había asistido, en un silencio desacostumbrado, a la discusión sobre
las posibilidades de la magia siberiana; después del almuerzo se llevó a lord
Pabham al relativo escondite del cuarto de billar y le hizo una pregunta
exploratoria.
—¿Tiene
usted algo parecido a una loba en su colección de animales salvajes? ¿Una loba
de moderado buen genio?
Lord
Pabham lo pensó.
—Está
Luisa —dijo—, un espécimen bastante fino de loba de los bosques. La cambié hace
un par de años por unos zorros árticos. La mayoría de mis animales se vuelven
bastante domésticos antes de que pasen mucho tiempo conmigo; creo que Luisa
tiene un temperamento angelical, para lo que son las lobas. ¿Por qué me hace
esa pregunta?
—Pensaba
si me la podría prestar mañana por la noche —dijo Clovis con la amabilidad
intrascendente de alguien que pide prestado un pasa-cuellos o una raqueta de
tenis.
—¿Mañana
por la noche?
—Sí, los
lobos son animales nocturnos, de modo que las horas de la noche no le harán
daño —dijo Clovis con el aire de quien ha tomado todo en cuenta—; uno de sus
hombres puede traerla de Pabham Park después del atardecer, y con algo de ayuda
podemos meterla a escondidas en el invernadero en el mismo momento en que Mary
Hampton haga una salida disimulada.
Lord
Pabham se quedó mirando a Clovis durante un momento de comprensible extrañeza,
luego su rostro se llenó de una red de arrugas de pura risa.
—Ah, ese
es el chiste, ¿cierto? Usted va a hacer un poco de magia siberiana por su
cuenta. ¿Y la señora Hampton está de acuerdo en ayudarlo en la conspiración?
—Mary
está comprometida a ayudarme en todo, si usted nos garantiza el buen genio de
Luisa.
—Yo
respondo por Luisa —dijo Pabham.
Al día
siguiente los asistentes a la reunión habían aumentado, y el instinto
autopublicitario de Bilsiter había crecido debidamente con el estímulo de un
público más numeroso. Durante la cena, esa noche, se extendió largamente sobre
el tema de las fuerzas ocultas y los poderes no demostrados, y el flujo de su
impresionante elocuencia no había disminuido nada cuando se estaba sirviendo el
café en el estudio como preparación para una migración general hacia la sala de
juego. Su tía le aseguraba una atención respetuosa a sus declaraciones, pero su
alma amante de lo sensacional ansiaba algo más dramático que la mera
demostración verbal.
—¿Por qué
no haces algo para convencerlos de tus poderes, Leonard? —le rogó—. Convierte
algo en otra cosa. Él puede, si decide hacerlo -le informó a los presentes.
—¡Ay!,
sí, hágalo —dijo Mavis Wellington con mucha seriedad, y casi todos los
presentes le hicieron eco. Hasta los que no creían que fuera posible estaban
dispuestos a divertirse con un poco de prestidigitación de aficionado.
Leonard
sentía que algo tangible se esperaba de él.
—¿Alguno
de los presentes tiene —dijo—, una moneda de cobre o algún pequeño objeto sin
mayor valor?
—¿No nos
va a hacer desaparecer monedas o algo tan primitivo como eso, verdad? —dijo
Clovis despectivamente.
—Me
parece muy antipático de su parte no concederme mi petición de convertirme en
loba —exclamó Mary Hampton, mientras se dirigía al invernadero para darles a
sus guacamayos su regalo usual de sobras del postre.
—Ya le he
advertido sobre el peligro de burlarse de estos poderes —dijo Leonard
solemnemente.
—No creo
que usted pueda hacerlo —dijo Mary con una risa desafiante desde el
invernadero—, lo reto a que lo haga si puede. Lo desafío a que me convierta en
loba.
Mientras
decía esas palabras, se perdió de vista detrás de un macizo de azaleas.
—Señora
Hampton —empezó Leonard con mayor solemnidad, pero no pudo continuar. Un soplo
de aire helado pareció recorrer el salón, y al mismo tiempo los guacamayos
estallaron en gritos ensordecedores.
—¿Qué
diablos les pasa a esos malditos pájaros, Mary? —exclamó el coronel Hampton; en
el mismo momento, un grito aún más estridente de Mavis Wellington hizo que
todos se levantaran de sus asientos. En distintas actitudes de horror
incontenible o de defensa instintiva se enfrentaban con la fiera gris de
aspecto maligno que los miraba desde un surco de helechos y azaleas.
La señora
Hoops fue la primera en recobrarse del caos general de terror y aturdimiento.
—¡Leonard!
—le gritó chillonamente a su sobrino—, ¡conviértela otra vez en la señora
Hampton ahora mismo! Puede saltarnos encima en cualquier momento. ¡Conviértela
otra vez!
—Yo... yo
no sé cómo —balbució Leonard, que parecía más asustado y horrorizado que
cualquiera.
—¡Cómo!
—gritó el coronel Hampton— ¡Usted se ha tomado la abominable libertad de
convertir en loba a mi esposa, y ahora se para tranquilamente y dice que no
puede volverla a convertir en ella misma!
Para ser
estrictamente justos con Leonard, hay que decir que la tranquilidad no era algo
por lo que se distinguiera en ese momento.
—Le
aseguro que yo no convertí a la señora Hampton en loba; nada más lejos de mis
intenciones —protestó.
—¿Entonces,
dónde está ella, y cómo vino a dar ese animal al invernadero? —preguntó el
coronel.
—Desde
luego debemos aceptar su afirmación de que usted no convirtió a la señora
Hampton en loba —dijo Clovis cortésmente—, pero estará usted de acuerdo en que
las apariencias están en contra suya.
—¿Vamos a
seguir con todas estas recriminaciones con ese animal ahí parado listo a
hacernos pedazos? —gimió Mavis indignada.
—Lord
Pabham, usted sabe mucho de animales salvajes —sugirió el coronel Hampton.
—Los
animales salvajes a que yo estoy acostumbrado —dijo lord Pabham—, vienen con
sus credenciales en orden, de distribuidores muy conocidos, o se han criado en
mi propio zoológico. Nunca me había encontrado con un animal que sale
tranquilamente de un macizo de azaleas, dejando a una anfitriona encantadora y
muy querida inexplicablemente desaparecida. Hasta donde uno puede juzgar por
las características externas —continuó—, tiene la apariencia de una hembra bien
desarrollada del lobo de los bosques de Norteamérica, una variedad de la
especie común de Canis lupus.
—Economícese
el nombre en latín —gritó Mavis, mientras el animal avanzaba uno o dos pasos
por el salón—, ¿no puede atraerla con comida y encerrarla donde no pueda hacer
daño?
—Si es
realmente la señora Hampton, que acaba de comerse una muy buena cena, no creo
que la comida le atraiga mucho —dijo Clovis.
—Leonard
—rogó lastimosamente la señora Hoops—, ¿aunque lo que pasa no sea culpa suya,
no puedes usar tus grandes poderes para convertir este animal espantoso en algo
que no haga daño, antes que nos muerda a todos, en conejo o algo así?
—No creo
que al coronel Hampton le guste que anden cambiando a su esposa en una serie de
animales curiosos como si estuviéramos jugando a las máscaras con ella —objetó
Clovis.
—Lo
prohíbo terminantemente —tronó el Coronel.
—A la
mayoría de los lobos con los que he tenido que ver les ha gustado el azúcar
—dijo lord Pabham—, si les parece puedo ensayar con ésta.
Tomó un
cubo de azúcar del platillo de su taza de café y se lo tiró a la expectante
Luisa, que lo agarró en el aire. Un suspiro de alivio salió del grupo. Una loba
que comía azúcar, cuando por lo menos podía haberse dedicado a hacer pedazos a
los guacamayos, les había hecho perder parte de sus terrores. El suspiro se
convirtió en un murmullo de agradecimiento cuando lord Pabham se llevó el
animal fuera del salón con un supuesto regalo de más azúcar. Al momento, hubo
una invasión al invernadero que había quedado vacío. No había rastros de la
señora Hampton, excepto el plato con la cena de los guacamayos.
—¡La
puerta está cerrada con llave por dentro! —exclamó Clovis, que le había dado la
vuelta a la llave sin que nadie lo notara cuando fingía estarla ensayando.
Todos se
volvieron hacia Bilsiter.
—Si usted
no ha convertido en loba a mi esposa —dijo el coronel Hampton—, ¿quiere hacerme
el favor de explicarme a dónde ha ido a parar, puesto que obviamente no podía
pasar a través de una puerta cerrada con llave? No voy a obligarlo a explicarme
cómo apareció de pronto en el invernadero una loba de los bosques
norteamericanos, pero creo que tengo algún derecho de inquirir sobre qué pasó
con la señora Hampton.
Las
reiteradas negativas de responsabilidad de Bilsiter fueron recibidas con un
murmullo de impaciente rechazo.
—Me niego
a quedarme una hora más bajo este techo —declaró la señora Pellington.
—Si
nuestra anfitriona ha abandonado realmente la forma humana —dijo la señora
Hoops—, ninguna de las señoras del grupo puede quedarse tranquilamente. ¡Yo me
niego en absoluto a aceptar como persona de respeto a un lobo!
—Es una
loba —dijo Clovis para calmarla.
No se
discutió más cuál sería la etiqueta correcta de esas circunstancias poco
usuales. La entrada súbita de Mary Hampton le quitó todo interés inmediato a la
discusión.
—Alguien
me ha hipnotizado —exclamó la señora Hampton enojada—, me encontré a mí misma
en la repostería comiendo azúcar de la mano de lord Pabham. Odio que me
hipnoticen y el doctor me ha prohibido el azúcar.
Se le
explicó la situación hasta donde era posible llamar a tal cosa explicación.
—¿Entonces
usted realmente me convirtió en loba, señor Bilsiter? —exclamó emocionada.
Pero
Leonard había quemado el navío en el que hubiera podido embarcarse en un mar de
gloria. No pudo sino negar débilmente con la cabeza.
—Fui yo
el que se tomó esa libertad —dijo Clovis—; no sé si saben que por casualidad
pasé un par de años en el nordeste de Rusia, y tengo algo más que la relación
de un turista con la magia de esa región. A uno no le gusta hablar de estos
extraños poderes, pero de tiempo en tiempo, cuando se oyen decir tantas
tonterías sobre ellos, se siente tentado de mostrar lo que puede lograr la
magia siberiana en manos de alguien que realmente la conoce. Yo caí en esa
tentación. ¿Me dan un poco de brandy? El esfuerzo me dejó un poco débil.
Si
Leonard Bilsiter, en ese momento, hubiera podido transformar a Clovis en
cucaracha y luego parársele encima, hubiera ejecutado las dos operaciones de
muy buena gana.
______________________
Saki
(1870-1916)


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