© Libro N° 11164.
Gramsci Y Los Consejos De Fábrica. Discusiones
Sobre El Potencial Revolucionario Del Sindicalismo. Haidar, Julieta.
Emancipación. Abril 29 de 2023
Título original: ©
Gramsci Y Los Consejos De Fábrica. Discusiones Sobre El Potencial
Revolucionario Del Sindicalismo. Julieta Haidar
Versión Original: © Gramsci Y Los Consejos De Fábrica.
Discusiones Sobre El Potencial Revolucionario Del Sindicalismo. Julieta Haidar
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://www.scielo.org.ar/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1514-68712010000200005
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El
uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su
comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo:
Portada
E.O. de Imagen original:
https://kmarx.files.wordpress.com/2013/09/turi-prison.jpg
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
GRAMSCI Y LOS CONSEJOS DE FÁBRICA
Discusiones Sobre El Potencial Revolucionario
Del Sindicalismo
Julieta Haidar
GRAMSCI Y
LOS CONSEJOS DE FÁBRICA
Discusiones
Sobre El Potencial Revolucionario Del Sindicalismo
Julieta
Haidar
Gramsci Y Los Consejos De Fábrica. Discusiones Sobre El Potencial Revolucionario Del Sindicalismo
Gramsci and worker´s councils. Discussions about Revolutionary Potential of Unionism
Julieta Haidar*
*
Licenciada en Ciencia Política (UNR). Docente UBA. Doctoranda en Ciencias
Sociales (UBA). Becaria CONICET. Pertenencia institucional: Instituto de
Investigaciones Gino Germani. Contacto: julietahaidar@yahoo.com.ar
RESUMEN
En la
interacción entre sindicatos y sociedad capitalista existe una relación
dialéctica (Hyman, 1978) que ha abierto dentro del campo de la teoría y la
práctica socialistas un conjunto de interrogantes sobre el potencial
revolucionario del sindicalismo, el desarrollo de la conciencia obrera, el
alcance del espontaneísmo, la relación entre sindicato y partido
revolucionario, entre otros temas.
En este trabajo nos interesa explorar cuál ha sido la posición de Antonio
Gramsci con respecto a estos tópicos en general, y en relación al potencial
revolucionario del sindicalismo y de los consejos obreros bajo la formación
social capitalista en particular.
Para ello vamos a repasar -a partir del trabajo de Hyman- las visiones de Marx
y Engels, Lenin, Michels, Trotsky sobre los sindicatos en el capitalismo, para
luego contrastarlas con la posición que sostuvo Gramsci sobre este tema bajo la
experiencia de los consejos de fábrica en Turín (1919-1920) primero, y tras la
derrota de los mismos después.
Palabras
clave: Gramsci; Potencial revolucionario; Sindicatos; Consejos obreros;
Capitalismo
ABSTRACT
In the
interaction between unions and capitalist society there is a dialectic
relationship (Hyman, 1978) that has opened a group of questions in the area of
theory and socialist practises. Those questions are about revolutionary
potential in unions, development of worker´s conscience, reach of
"revolutionary spontaneity" (espontaneísmo), relationship between
union and revolutionary party, among others.
On this work we try to explore the position taken by Antonio Gramsci about
these topics in general and revolutionary potential in unions and workers
councils under capitalist social-formation in particular.
We will revise (from Hyman´s work) the visions of Marx and Engels, Lenin,
Michels, Trotsky about unions in capitalism. We will contrast then with the
position supported by Gramsci about this topic: The experience of Turin factory
councils (1919-1920) first, and the time after their defeat then.
Keywords:
Gramsci; Revolutionary potential; Unions; Worker´s councils; Capitalism
SUMARIO
Introducción.
I. Las visiones "optimistas" y "pesimistas" del
sindicalismo bajo el capitalismo. II. La propaganda de Gramsci por los consejos
de fábrica. III. A manera de epílogo: reflexiones tras el fracaso del
movimiento turinés de los consejos de fábrica. Referencias bibliográficas
Introducción
En 1971
Richard Hyman escribió El marxismo y la sociología del sindicalismo,
texto de lectura obligatoria para todo aquel investigador que tenga como objeto
de estudio las organizaciones sindicales, o al menos para aquellos que
-inscriptos en la tradición marxista- se propongan reflexionar sobre la naturaleza
dialéctica de la interacción entre sindicatos y sociedad capitalista (Hyman,
1978).
El
reconocimiento de esta relación ha abierto dentro del campo de la teoría y la
práctica socialistas un conjunto de interrogantes sobre el potencial
revolucionario del sindicalismo, el desarrollo de la conciencia obrera, el
alcance del espontaneísmo, la relación entre sindicato y partido
revolucionario, entre otros temas.
A
Gramsci, que fue un gran lector de Marx y de Lenin y fundamentalmente de la
historia y de la Italia contemporánea, se le impusieron reiteradamente estos
mismos interrogantes en su condición de periodista, intelectual, militante y
dirigente político.
En este
trabajo nos proponemos explorar centralmente cuál ha sido la posición de
Gramsci con respecto al potencial revolucionario del sindicalismo y de los
consejos obreros bajo la formación social capitalista. Para ello, en un primer
apartado vamos a retomar sintéticamente el trabajo de Hyman sobre las visiones
de Marx y Engels, Lenin, Michels, Trotsky con respecto a las organizaciones
sindicales en el capitalismo, apoyándonos en los textos originales de estos
autores como fuentes. En un segundo apartado vamos a exponer los argumentos que
sostuvo Gramsci a la luz de la experiencia de los consejos de fábrica en Turín
(1919-1920) y en un tercero y último las reflexiones tras la derrota de los
mismos, utilizando como fuentes los artículos de L’Ordine Nuovo y
los Quaderni del carcere, poniéndolos en diálogo con los autores
referidos antes.
I. Las
visiones "optimistas" y "pesimistas" del sindicalismo bajo
el capitalismo
Hyman
distingue dos categorías en las concepciones elaboradas por los teóricos
socialistas respecto a la actividad sindical en la sociedad capitalista: las
"optimistas" o positivas, que reconocen un importante potencial
revolucionario en esta actividad, y las "pesimistas" o negativas, que
entienden que la misma no facilita o inhibe la transformación revolucionaria.
Las primeras se encontrarían expresadas principalmente en los primeros escritos
de Marx y Engels que refieren al sindicalismo, y que luego serían matizados a
la luz de la experiencia sindical en la segunda mitad del siglo XIX en
Inglaterra, y las segundas en un conjunto de textos de Lenin, Michels y
Trotsky.
La
interpretación optimista: Marx y Engels
La
interpretación optimista parte de la premisa de que el poder económico sindical
es objetivamente limitado y menor al del capital -no obstante lo cual, sin el
sindicato el capital explotaría hasta sus límites al trabajador-, y que por
ello es importante potenciar el poder político del sindicato. Este poder radica
en que el principio de agregación de los trabajadores ataca los fundamentos de
la economía política capitalista, empezando por la competencia de los
trabajadores entre sí que hace a las bases mismas de un sistema en que -como
explicará Marx en El Capital- "sólo los productos de trabajos privados
autónomos, recíprocamente independientes, se enfrentan entre sí como
mercancías" (Marx, 2002: 52).
Tempranamente
sostiene Engels en Situación de la clase obrera en Inglaterra (1845)
que "esa competencia de los trabajadores entre sí es para el
trabajador la peor parte de las relaciones actuales, el arma más acerada de la
burguesía en su lucha contra el proletariado. De ahí los esfuerzos de los
trabajadores por suprimir esa competencia al asociarse; de ahí la rabia de la
burguesía contra esas asociaciones y sus gritos de triunfo por cada derrota que
les ocasiona" (Engels, 1845: 132).
La tesis
sostenida por Marx es que la concentración misma de los obreros en grandes
conglomerados industriales crea las condiciones para la formación de
coaliciones sindicales: "La gran industria aglomera en un lugar
una masa de gentes desconocidas entre sí. La competencia divide sus intereses.
Pero el sostenimiento del salario, interés común que tienen contra el patrono,
les une en una misma idea de resistir" (Marx, Miseria de la
filosofía, 1847, cit. en Hyman, 1978: 16).
En la
misma dirección dirán con claridad Marx y Engels en el Manifiesto del
partido comunista (1848) que el trabajo asalariado descansa sobre la
competencia de los obreros entre sí, y que el progreso de la industria -a
despecho del capital- sustituye el aislamiento de los obreros generado por la
competencia, por la unión revolucionaria mediante la asociación.
Esa masa
de trabajadores en esas condiciones va adoptando conciencia de unidad,
constituyéndose en clase "en sí" que se va a transformar en clase
"para sí" en la lucha por defender sus intereses frente al capital, y
el verdadero resultado de esa lucha no sería el éxito inmediato de la acción
misma sino la creciente unión de los obreros en una clase.
El
desarrollo de la industria en el capitalismo crea las condiciones objetivas -el
encuentro de los trabajadores, su pauperización y el reconocimiento de sus
intereses comunes-, para la unión y organización colectiva, lo que constituye
en sí una amenaza a la sociedad capitalista en tanto implica desarrollar
acciones de lucha y conciencia de clase.
Hyman
advierte que a pesar del curso adoptado por el sindicalismo inglés durante la
segunda mitad del siglo XIX (con el fin de la crisis de 1847 se consolidaron
los capitalistas industriales y -a decir de Engels, 1892- la clase obrera
inglesa se convirtió políticamente en la "cola del gran Partido
Liberal" que dirigían los fabricantes, y los sindicatos fueron protegidos
por los industriales como medio eficaz para difundir entre los obreros sus
doctrinas económicas), Marx y Engels no negaron el potencial revolucionario del
sindicalismo, sino que entendieron que se trataba de una desviación excepcional
ocurrida en circunstancias particulares: "La clase de los
capitalistas no se opondría nunca a los trade unions, ya que siempre y en todas
las circunstancias podría hacer lo que ahora, en efecto, hace excepcionalmente
bajo determinadas circunstancias particulares, locales por así decirlo: a
saber, aprovechar todo aumento del salario para aumentar los precios de las
mercancías en un grado mucho mayor, embolsándose por tanto mayores
ganancias" (Marx, 1987: 416-417).
Tres
serían las posibles causas de esta desviación y ausencia de actividad sindical
revolucionaria: la representación sindical de una minoría de obreros
privilegiados; la corrupción de líderes traidores; el aburguesamiento de la
clase obrera (Hyman, 1971: 20).
En
relación al primer argumento, Engels (1892) advirtió que los grandes sindicatos
representaban ramas de producción en que trabajaba "la aristocracia de la
clase obrera", la cual logró una posición relativamente cómoda durante el
auge alcanzado por el comercio y la industria entre 1848 y 1868 (mientras el
resto de la clase experimentaba la miseria o un alivio pasajero). Sin embargo,
esta situación se revertiría con la organización de la gran masa de obreros
"no calificados" en el "nuevo tradeunionismo" que poseería
una conciencia socialista.
En
segundo lugar, la corrupción de los dirigentes sindicales (referenciada en la
experiencia de las elecciones de 1868) -que será el punto central del argumento
de Michels- para Marx y Engels habría sido posibilitada por la pasividad de las
bases.
Finalmente,
en conexión con los argumentos anteriores, el aburguesamiento de la clase
obrera habría derivado de la posición del capitalismo inglés a nivel mundial.
Engels concluía el artículo "Inglaterra en 1845 y 1885" (1885)
diciendo: "He aquí la verdad: mientras duró el monopolio
industrial de Inglaterra, la clase obrera inglesa participó hasta cierto punto
en los beneficios de dicho monopolio. Estos beneficios se distribuían dentro de
la misma clase obrera de una manera muy desigual: la mayor parte correspondía a
su minoría privilegiada, aunque también a la gran masa le tocaba algo de vez en
cuando". Sin embargo, esa situación -al igual que la existencia de una
minoría obrera aristocrática- sería pasajera: "Cuando se derrumbe
el monopolio, la clase obrera inglesa perderá su situación privilegiada. Y
llegará un día en que toda ella, sin exceptuar la minoría privilegiada y
dirigente, se encuentre en el mismo nivel que los obreros de los demás países.
Por eso, volverá a haber socialismo en Inglaterra" (Engels,
1892).
Si bien
en otros escritos las críticas hacia los sindicatos fueron más duras (Hyman
refiere a algunos aspectos que podrían tomarse como evidencia de una tendencia
del sindicalismo a volcarse a actividades que no amenacen la sociedad
capitalista, como la crítica que efectúa Marx en Salario, precio y
ganancia -1865- a la concepción de la lucha por el salario como un fin
último, advirtiendo que la clase obrera "no debe olvidar que lucha
contra los efectos, pero no contra las causas de estos efectos"),
desde esta perspectiva "optimista" la actividad sindical posee un
potencial revolucionario que sólo se anularía en circunstancias particulares y
reversibles.
Para Marx
un verdadero movimiento obrero, con conciencia de clase y acción política
emprende la lucha contra la sociedad capitalista en su conjunto, y sosteniendo
esta posibilidad no sólo no descarta la actividad sindical para la lucha
revolucionaria sino que reconoce a los sindicatos como puntos focales que deben
procurar la organización de la clase obrera en post de la más amplia
emancipación humana.
La
interpretación pesimista: Lenin, Michels y Trotsky
No
obstante los postulados de Marx y Engels, el derrotero de las organizaciones
sindicales en el capitalismo ha llevado a que las corrientes principales del
socialismo en el siglo XX desestimen el potencial revolucionario de la práctica
sindical y su renovación en un "nuevo tradeunionismo". Se trata de
las concepciones "pesimistas", que Hyman (1978) agrupa en tres
grandes líneas y clasifica como teorías de la "integración", la
"oligarquía" y la "incorporación", cuyos principales
exponentes sería Lenin, Michels y Trotsky respectivamente.
La tesis
leninista de la integración se funda en el famoso ¿Qué hacer? (1902),
texto que si bien fue escrito bajo el imperio zarista para una coyuntura
concreta de la lucha de clases en Rusia, es recurrentemente citado para referir
-entre otros aspectos- a la interpretación de Lenin sobre las organizaciones
sindicales.
En este
folleto Lenin habría sostenido que aquello que Marx y Engels consideraban como
desviaciones excepcionales serían características propias del sindicalismo y
que sus actividades no constituyen una amenaza a la estabilidad de la sociedad
capitalista (Hyman, 1978: 26).
Esto se
debería en principio a que en el capitalismo la lucha emprendida por los
trabajadores se organiza en base a la división misma que impone el sistema: es
una lucha por conseguir mejores condiciones de venta de la mercancía fuerza de
trabajo dividida en oficios. Éste será un argumento central de Gramsci para
criticar a los sindicatos en tanto organizadores de los asalariados, y para
oponerlos a los consejos de fábrica como organización específica de los
productores.
En este
texto de Lenin se instala también -en un contexto de disputa dentro del partido
socialdemócrata ruso- la importancia de elaborar una "teoría
revolucionaria" (que, retomando a Kautsky, sería producto de los miembros
de la intelectualidad burguesa, como lo fueran Marx y Engels) y una
"conciencia socialdemócrata" (socialista-revolucionaria), que sería
la única que permitiría al movimiento obrero reconocer la oposición
inconciliable entre sus intereses y el sistema capitalista.
Se abrirá
con ello un debate en las corrientes socialistas sobre si entre
"conciencia tradeunionista" y "conciencia socialdemócrata"
existen diferencias de grado o de cualidad. La segunda es la postura de Lenin y
aquí radica el principal argumento que invalida la tesis de que el sindicalismo
posee un potencial revolucionario, puesto que para él el movimiento obrero (en
la Rusia de 1902) sólo podía elaborar una "conciencia tradeunionista"
que llevaba a la lucha económica por mejores salarios y condiciones de trabajo,
pero que esencialmente no trascendía la hegemonía de la ideología
burguesa: "Ya que no puede ni hablarse de una ideología
independiente, elaborada por las propias masas obreras en el curso mismo de su
movimiento, el problema se plantea solamente así: ideología burguesa o
ideología socialista. No hay término medio [...]. Por eso,
todo lo que sea rebajar la ideología socialista, todo lo que sea alejarse de
ella equivale a fortalecer la ideología burguesa" (Lenin, 1960:
54).
Y de la
mano de la necesidad de elaborar una teoría revolucionaria, pondera el
"elemento consciente" frente al "elemento espontáneo" o
"movimiento por la línea de la menor resistencia" (debate sobre el
cual volverá Gramsci para tratar el movimiento turinés, especialmente en su
escrito "Espontaneidad y dirección consciente"): "Se
habla de espontaneidad. Pero el desarrollo espontáneo del movimiento obrero
marcha precisamente hacia su subordinación a la ideología burguesa, [...] y
el tradeunionismo implica precisamente la esclavización ideológica de los
obreros por la burguesía. Por esto es por lo que nuestra tarea, la tarea de la
socialdemocracia, consiste en combatir la espontaneidad, consiste en apartar el
movimiento obrero de esta tendencia espontánea del tradeunionismo" (Lenin,
1960: 54-55).
En este
texto paradigmático de la tesis de la "integración" del sindicalismo
bajo el capitalismo (que será matizada por el mismo Lenin al referirse a cómo
las mejoras materiales obtenidas desde la actividad sindical pueden ser
percibidas por los obreros como avances para ir más allá en la acción
revolucionaria, en una suerte de conciencia de "invasión" -Hyman,
1978: 98), la actividad sindical está ligada al espontaneísmo, y éste a la
lucha por reivindicaciones económicas que se integran en los parámetros de la
sociedad capitalista y la ideología burguesa (esto es así porque la ideología
burguesa es mucho más antigua que la ideología socialista, porque su
elaboración es más completa y porque posee medios de difusión incomparablemente
mayores, Lenin: 1960), por lo cual no puede responder a una ideología
socialista y acción revolucionaria.
En esta
dirección la interpretación de Lenin sobre el sindicalismo en el ¿Qué
hacer? es "pesimista" ya que lo asocia exclusivamente con
una lucha económica que inhibe la transformación revolucionaria de la sociedad
capitalista.
Desde
otro lugar, atendiendo al funcionamiento interno de los sindicatos, Michels
también negaría su potencial revolucionario por quedar sujetos, al igual que
otras organizaciones (los partidos políticos) a la "regla férrea de la
oligarquía".
Aquí la
tensión se plantea en términos de "democracia" o
"burocracia" sindical, y su argumento es que debido a lo que
habitualmente se denominan "funciones externas" de los sindicatos,
esto es las negociaciones colectivas, no es posible que las decisiones se tomen
en base a un sistema de democracia directa y que por el contrario tales
funciones requieren de dirigentes especializados.
En esta
línea también se instala la discusión sobre la relación entre líderes y bases,
y lo que señala Michels es que los líderes al no tener otras fuentes de
ingreso, se aferran a sus puestos como si les perteneciesen naturalmente, lo
cual se ve reforzado porque efectivamente van desarrollando una pericia que
hace que su remplazo sea difícil y que gocen de una permanencia virtual en el
cargo. Esta mecánica se iría desarrollando de manera tal que los dirigentes
sindicales llegan a tomar decisiones aún sin que los trabajadores las aprueben,
por considerar que poseen un saber experto superior al de los trabajadores, lo
cual sería reforzado por la apatía misma de las masas. Sobre este punto se
referirá también Gramsci en reiteradas ocasiones y condenará tanto a la
"masa perezosa" como a la fetichización de la organización.
Siempre
en línea con lo que pretende "Un estudio sociológico del nacimiento del
liderazgo, la psicología del poder y las tendencias oligárquicas de la
democracia moderna", como subtitula a Los partidos políticos,
Michels -en contacto con aquellos argumentos que para Marx y Engels constituían
desviaciones excepcionales de los sindicatos- advierte que los líderes
sindicales desarrollaron un estilo de vida pequeñoburgués que a la vez que los
distancia de las bases en términos sociales, lo hace en términos ideológicos,
porque su privilegiada posición social los aleja de su compromiso socialista: "Qué
les interesan ahora los dogmas de la revolución social? Ya se ha realizado su
propia revolución social. En el fondo, todos los pensamientos de esos líderes
se concentran en la única esperanza de que siga existiendo, por muchos años, un
proletariado que los elija diputados y les proporcione subsistencia" (Michels,
1911, cit. en Hyman, 1978: 32). Sobre este punto dirá Gramsci que
efectivamente, en los sindicatos y en los partidos socialdemócratas se
estableció una diferencia de clase entre jefes y gregarios en la organización,
donde sólo debería existir una diferencia técnica de división del trabajo
(Gramsci, 1997).
Pero en
todo caso el problema instalado por Michels desplaza el eje de las personas a
las instituciones, puesto que en el ejercicio de las funciones externas del
sindicato se va imponiendo la necesidad casi natural de defender y preservar
"la organización" como institución de contratación colectiva, lo cual
inhibiría las acciones revolucionarias en post de conservar su posición y
vínculos con la patronal y el Estado. En este punto la tesis de la oligarquía
implica la tesis de la integración leninista.
Este
análisis sobre la burocratización de los sindicatos y la regla férrea de la
oligarquía se complejizará más cuando la discusión se traslade al
funcionamiento del sindicato, el partido y el Estado bajo el socialismo
(referencias a este tema se pueden encontrar en textos como La guerra
civil en Francia de Marx, El estado y la revolución de
Lenin o La URSS en guerra de Trotsky, para mencionar tres
clásicos), que Gramsci procurará resolver en su momento alineándose con la
fórmula leninista del "centralismo democrático".1
Finalmente,
no tan distante de las teorías de la integración y de la oligarquía, Trotsky
sería el exponente de la teoría de la "incorporación" (Hyman, 1978:
34).
En
principio -en el folleto "¿Adónde va Inglaterra?" de 1925- Trotsky al
igual que Marx y Engels entiende que de por sí las organizaciones sindicales
representan un reto a la estabilidad política del capitalismo puesto que -aún
con vacilaciones y equívocos- formulan el principio del gobierno obrero.
Esto es
en principio, ya que las condiciones del capitalismo inciden en los posibles
cursos de acción de las organizaciones sindicales. Así, en el período de crisis
capitalista y decadencia de las condiciones materiales de los obreros, la
tendencia iría hacia la radicalización de las masas ya que no habría modo de
satisfacer sus aspiraciones económicas más que a través de la reorganización
socialista de la economía. Mas -y aquí en contacto con Michels (aunque para
Trotsky no respondería a una ley sociológica)- esta posibilidad se había visto
truncada por el atraso de los dirigentes en relación a las masas, por el
burocratismo sindical (que no sería privativo del sindicalismo en Inglaterra
sino característico en los estados capitalistas en general): "[En el marco
de la declinación del sistema capitalista mundial] El capitalismo sólo
se puede mantener rebajando el nivel de vida de la clase obrera. En estas
condiciones los sindicatos pueden o bien transformarse en organizaciones
revolucionarias o bien convertirse en auxiliares del capital en la creciente
explotación de los obreros. La burocracia sindical que resolvió
satisfactoriamente su propio problema social, tomó el segundo camino. Volcó
toda la autoridad acumulada por los sindicatos en contra de la revolución
socialista..." (Trotsky, 1933, "Los sindicatos en Gran
Bretaña", cit. en Hyman, 1978: 37).
Aquí
radica el núcleo de la tesis de la incorporación, los sindicatos pasan a ser
"auxiliares del capital en la explotación de los obreros", ejercen
funciones de control/represión y de esa manera naturalmente inhibirían la
revolución.
No
obstante, uno de los elementos que se deriva de su planteo es que ese derrotero
no está determinado por las condiciones de declinación del sistema capitalista,
sino que por el contrario dichas condiciones -que implican la pauperización de
los obreros y su radicalización- podrían actuar como desencadenantes de la
revolución socialista. Ello no ocurrió en Gran Bretaña, y de acuerdo a lo
expuesto eso se debería de cierta manera a los factores que definen las teorías
de la integración y de la oligarquía.
Por una
parte, se emparenta con la teoría de la integración, porque antes de la
decadencia del capitalismo británico, en épocas de su surgimiento y auge los
sindicatos realizaron un trabajo "reformista", de conquista de
mejores salarios y condiciones laborales para la clase obrera, lo cual tiñó al
movimiento de una ideología reformista, "tradeunionista", la cual
-desde su óptica, al igual que para Lenin- mantiene una distancia insalvable
con la ideología revolucionaria. Llegada la oportunidad de transformarse en
organizaciones revolucionarias, los sindicatos -ideológicamente reformistas-
optaron por acompañar el proceso de declinación del capitalismo que rebajaba el
nivel de vida de los obreros.
Por otra
parte, este proceso entraña la concepción de una "burocracia
sindical" que está separada de las bases y que busca preservar "la
organización" ("resolvió su propio problema social"), aún cuando
esto significa asociarse al capital en detrimento de la clase.
Ahora
bien, así como la integración y burocratización sindical facilitan la
estrategia del capital de incorporar a las organizaciones al control/represión
de los trabajadores, las condiciones del capitalismo también contribuyen
-aunque como dijimos antes, no determinan- a que ejerzan esas funciones.
Esto es
lo que desarrolla con más claridad Trotsky en el texto hallado póstumamente
"Los sindicatos en la época del imperialismo" (1940), donde explica
cómo las condiciones sociales del capitalismo monopolista llevan a los
sindicatos a asociarse al Estado y subordinar a los trabajadores al capital.
Bajo el
capitalismo monopolista el control está centralizado en poderosos trusts
ligados con el Estado, y los sindicatos ya no tienen la posibilidad de
aprovecharse de la competencia entre empresas, de donde "surge la
necesidad de los sindicatos a adaptarse al Estado capitalista y a competir por
su cooperación, en tanto permanecen en posiciones reformistas, es decir en
posiciones de adaptación a la propiedad privada", lo cual a su
vez "está en completa armonía con la posición social de la
aristocracia y de las burocracias obreras, que luchan por una migaja en la
repartición de los superbeneficios del capitalismo imperialista". En
este contexto el capitalismo monopolista exige de ellas "que se
transformen en su policía política ante los ojos de la clase obrera" (Trotsky,
1940).
Pero los
sindicatos no son naturalmente reformistas ni mucho menos agentes del capital,
sino que pueden ser instrumento para la revolución: "El papel de
los sindicatos en nuestro tiempo es, pues, o el de servir como instrumento
secundario del capitalismo imperialista para la subordinación y el
disciplinamiento de los obreros y para obstruir la revolución, o, por el
contrario, el sindicato puede convertirse en el instrumento del movimiento
revolucionario del proletariado" (Trotsky, 1940). Para adoptar
este segundo camino -dirá Trotsky- los sindicatos deberán sujetarse a la
dirección política de la IV Internacional.
Con esta
tesis de la "incorporación" Hyman cierra el grupo de interpretaciones
pesimistas clásicas sobre el potencial revolucionario del sindicalismo (agrega
luego dentro de las derivaciones recientes "la ortodoxia de las relaciones
industriales", donde se alinea por ejemplo Wright Mills). Crítico de estos
enfoques, advierte sobre la necesidad de considerar el contexto histórico
específico de los análisis y distinguir las relaciones necesarias de las
contingentes. Es preciso contextualizar las exposiciones, Lenin escribe
el ¿Qué hacer? en la Rusia zarista, Michels se refiere al
partido socialdemócrata alemán de principios de siglo XX y Trotsky a los
sindicatos en la Inglaterra de entreguerras.
Tal vez
uno de los pensadores marxistas que más valoró el conocimiento de la historia
en el análisis y la práctica política es Antonio Gramsci. Esta valoración se
inscribe en un doble debate, contra el economicismo de Kautsky y Bujarin y
contra el idealismo de Croce y Sorel, para oponer a ello una relación
dialéctica entre pasado y presente en que la historia interesa como medio de
conocimiento del presente que hay que transformar (Ansaldi, 1991: 1).
En este
orden, va a ser un lector atento de Marx y de Lenin, reconociendo el contexto
en que fueron producidos sus textos y evitando una interpretación forzada de
los mismos. Previene sobre la pretensión de presentar las fluctuaciones
políticas e ideológicas como una expresión inmediata de la estructura (lo cual
-continúa Gramsci- debe ser combatido prácticamente "con el testimonio
auténtico de Marx, escritor de obras políticas e históricas concretas") y
contra la tendencia a falsear la realidad para adecuarla a la teoría previa del
analista (Ansaldi, 1991: 2).
Siendo
coherente con estos postulados, al tratar la situación de la clase obrera en
Italia y más específicamente en Turín, Gramsci se va a aproximar o alejar de
los textos de sus maestros de acuerdo al desarrollo vivo del conjunto de las
relaciones sociales. En el siguiente apartado vamos a exponer entonces la
posición gramsciana sobre el potencial revolucionario del sindicalismo
contrastándola con las teorías expuestas antes.
II. La
propaganda de Gramsci por los consejos de fábrica
Es ya un
lugar común referirse a dos etapas en el pensamiento gramsciano, la de L’Ordine
Nuovo (LON) y la de Quaderni del carcere (QC),
división que se atribuye a Togliatti así como la caracterización de Gramsci
como "leninista" (Piñón, 1989).
Sobre el
leninismo gramsciano nos ocuparemos más adelante, por lo pronto digamos que con
la revolución rusa y la experiencia de los soviets por un lado y la frustración
producida tras la I Guerra por el otro, se presenta en toda Europa una
situación insurreccional, que constituye el trasfondo sobre el que Gramsci
-junto con Togliatti y el "grupo turinés"- desarrolla el programa de
LON. En esta dirección Portantiero (1980) ubica a 1917-1921 como el período del
pensamiento del Gramsci de los consejos, de la ofensiva revolucionaria y de la
experiencia "sovietista" del movimiento comunista internacional, que
contiene los elementos fundamentales para una teoría de la organización de las
clases subalternas.
La
experiencia soviética va a ser central para Gramsci: "quedó
impresionado por lo que le pareció espontaneidad del proceso revolucionario en
Rusia [esto se derivaría de "La revolución contra el
capital", 1917] y, sobre todo, vio en aquella revolución una
palabra nueva. Esa palabra es soviet (consejo;
consiglio en italiano)" (Fernández Buey, 2001: 102).
Fue en el
momento culminante de la revolución rusa de 1905 cuando el primer soviet o
consejo de diputados obreros surgió de la huelga general que se había
desencadenado entonces, se trató del soviet de Petersburgo, que constituirá un
ejemplo para otras ciudades a donde se extendió el sistema (Moscú, Odesa y
varias más). Esta organización se consideró "la organización-tipo de la
revolución", que buscó instituirse sobre la base de una representación muy
amplia para tener autoridad sobre las masas, y como "el proceso de
producción [era] el único nexo que existía entre las masas
proletarias, desprovistas de organización, no había otra alternativa sino
atribuir el derecho de representación a las fábricas y los talleres" (Trotsky,
1905, cit. en Mandel, 1977: 65).
Tras la
experiencia fallida de 1905, los soviets reaparecieron en 1917 y en la primera
conferencia de los comités de fábrica de Petrogrado se eligió un soviet central
de los comités de fábrica y se asentaron las bases acerca del control obrero y
la producción que luego de la revolución de Octubre se plasmarán en decretos
sobre el control obrero de la industria (Prankratova: Los comités de
fábrica en Rusia en la época de la Revolución, en Mandel, 1977: 105).2
Desde
1919 hubo intentos en Europa de reproducir esta fórmula, en Hungría, Alemania,
España, Estados Unidos y también en Italia, particularmente en Turín donde
vivía Gramsci. Las características comunes de los consejos obreros del
"bienio rojo" en estos países eran: 1) la democracia directa entre
los trabajadores a través de la elección directa de los delegados o
representantes obreros en asambleas de taller y fábrica; 2) la revocabilidad
constante de los mandatos para oponerse a la burocratización; 3) la igualación
de obreros organizados y no organizados sindicalmente, así como de las
distintas categorías de la producción; 4) la superación de la organización
obrera por oficios como forma de sindicación articulada; 5) la primacía de la
lucha en la fábrica y de la dirección de la misma en el establecimiento; 6) la
gestión obrera de la producción prescindiendo de los capitalistas propietarios
de los medios de producción (Fernández Buey, 2001: 103-104). Estas
características serán las que opondrá Gramsci a las organizaciones sindicales
en los escritos de LON.
Los
consejos de fábrica en el bienio ’19-’20 se organizan mirando la experiencia
soviética y además lo hacen en un contexto de postguerra.
Para
algunos autores la primera postguerra inaugura la "época de las
masas", que se incorporan como sujeto activo de la nación, y la aparición
del bolchevismo y del fascismo: "Bolchevismo y fascismo se siguen,
se engendran, se imitan y se combaten; pero antes nacen de la misma simiente:
la guerra; son hijos de la misma historia terrible" (Furet, 1995:
191).
El
ingreso a la guerra se declaró sin la participación del pueblo italiano, que la
vivía como ajena y sólo la llamada "derrota de Caporetto" logró la
unión de los italianos en la defensa nacional. Esta causa común comprometió
fuertes sacrificios, y el gobierno había prometido a cambio reformas y
redistribución agraria para los campesinos y reivindicaciones sociales para los
obreros.
En la
postguerra, los grandes beneficios que habían obtenido los empresarios
descendieron brutalmente por los elevados impuestos que el gobierno aplicó
sobre los beneficios de guerra y fundamentalmente por la reducción de la
demanda de armamento y la consiguiente adaptación de una industria bélica a una
economía de paz.
Para
recuperar el amplio margen de beneficios, los empresarios redujeron salarios y
despidieron a miles de obreros que intentaron recuperar estas pérdidas
utilizando masivamente el instrumento de las huelgas organizadas por los
socialistas.
Veamos
algunos números para graficar este proceso: En 1918 los salarios reales eran
inferiores en un tercio aproximadamente a los de 1913; en 1914 se dieron 781
huelgas que afectaron a 170.000 trabajadores, decreciendo estas cifras durante
la guerra; en 1919 se produjeron más de 1.800 huelgas que afectaron a un millón
y medio aproximado de trabajadores y en 1920 más de 2.000 en las que tomaron
parte cerca de dos millones de personas (estas cifras no incluyen las huelgas a
nivel nacional). Estos hechos se dieron con una fuerte represión: entre Abril
de 1919 y Septiembre de 1920 resultaron muertos más de 320 trabajadores
(Parker, 1986).
Es en
este contexto de triunfo de la revolución rusa y extensión del sistema de
soviets, de empobrecimiento de la clase obrera y frustración para con el
régimen liberal tras la guerra, que se organizan los consejos de fábrica en
Turín.
El
movimiento obrero de Turín recogió la experiencia sovietista entre 1919 y 1920,
ocupó las fábricas, principalmente la Fiat y se organizó en "consejos de
fábrica". El semanario de orientación comunista LON, creado por Gramsci y
Togliatti -ambos miembros críticos del Partido Socialista Italiano (PSI)- fue
el órgano de expresión de esa experiencia obrera.
En el
mismo relato de Gramsci ("El movimiento turinés de los consejos de
fábrica", informe enviado al Comité ejecutivo de la Internacional
Comunista en Julio de 1920) podemos encontrar cuál es su interpretación de las
condiciones materiales de lucha de clases en Turín. Se trataba de una ciudad
industrial, principalmente metalúrgica, caracterizada por la producción de
automóviles (la empresa principal era la Fiat, en sus talleres trabajaban
treinta y cinco mil obreros).
Gramsci
ve en este cuadro las condiciones para una revolución proletaria, análoga a la
ocurrida en Rusia, al tiempo que homologa las comisiones internas con los
soviets rusos en su propuesta de "descubrir" una tendencia soviética
en la clase obrera italiana: "Turín es centro industrial, y el
proletariado turinés se convirtió así en el dirigente espiritual de las masas
obreras italianas. Es la capital de la revolución comunista, la Petrogrado de
la revolución proletaria italiana" (Gramsci, 1921); "Sí,
existe en Italia, en Turín, un germen de gobierno obrero, un germen de Sóviet;
es la comisión interna" (Gramsci, 1920a).
Con la
mirada atenta a lo que ocurría en Rusia y a los debates de la Internacional
Comunista (IC), a la cual el PSI adhirió prontamente, Gramsci comienza desde
LON la propaganda a favor de los consejos de fábrica: LON había traducido al
lenguaje histórico italiano los postulados principales de la doctrina y la
táctica de la IC, en 1919-1920 eso significaba la consigna de los consejos de
fábrica y del control de la producción (Gramsci, 1924).
Entre las
tesis presentadas al I Congreso de la IC (Marzo de 1919) Lenin postulaba que la
revolución de la mayoría explotada no podía producirse en el marco de la vieja
democracia burguesa, parlamentaria, y que por lo tanto había que crear nuevas
formas de democracia, nuevas instituciones. La tarea principal de los partidos
comunistas -en aquellos países donde los soviets no se habían constituido aún-
sería entonces concientizar sobre la necesidad de una nueva democracia
proletaria; organizar soviets entre obreros de la industria, campesinos y
soldados; y lograr una mayoría comunista en ellos (Lenin, "Tesis sobre la
dictadura del proletariado", en Mandel, 1977: 120 y ss.).
A esta
tarea se avoca Gramsci. Bajo el auspicio de LON, en Septiembre de 1919 se forma
el primer consejo obrero en la Fiat, que luego se extendería a otras fábricas y
talleres metalúrgicos, en Noviembre del mismo año la sección turinesa de la
Federación Italiana de Obreros Metalúrgicos (FIOM) vota la adhesión a los
consejos de fábrica (los comunistas tuvieron mayoría en el sindicato
metalúrgico) y luego hacen lo mismo la mayor parte de los sindicatos de la
Cámara del Trabajo de Turín.
Revisando
los artículos de Gramsci en LON podemos realizar algunas formulaciones sobre su
concepción acerca de la participación de los sindicatos y los consejos en el
proceso revolucionario: 1) los sindicatos no pueden ser revolucionarios; 2) los
consejos conducen al comunismo.
1. Los
sindicatos no pueden ser revolucionarios
Hacia
1919 Gramsci va a plantear que las nuevas organizaciones que encarnarán la
democracia proletaria en Italia son los consejos. ¿Nuevas frente a qué? Frente
a las sindicatos.
En ese
momento la Confederación General del Trabajo (CGL) estaba liderada por los
reformistas, que -a diferencia de los maximalistas que dirigían el Partido
Socialista- planteaba el objetivo de una revolución social a largo plazo
siguiendo como táctica la colaboración con otros partidos de izquierda y la
constitución de un programa de reformas políticas y económicas.
Gramsci
dirá que si bien en las empresas de Turín ya existían pequeños comités obreros
reconocidos por los capitalistas, la mayor parte de ellos "no eran
sino criaturas de los sindicatos; las listas de los candidatos a esos comités
(comisiones internas) eran propuestas por las organizaciones sindicales, las
cuales seleccionaban preferentemente obreros de tendencias oportunistas que no
molestaran a los patronos y que sofocaran cualquier acción de masas en
germen" (Gramsci, 1921).
Tras esta
crítica coyuntural a las prácticas de un sindicalismo burocrático se encuentra
una crítica de fondo a la institución sindical, que atiende a la pregunta sobre
el potencial revolucionario del sindicalismo en el capitalismo.
Si
tuviéramos que ubicarlo en el esquema que propone Hyman, diríamos que Gramsci
se encuentra en el grupo de los "pesimistas", muy cercano a la teoría
leninista de la "integración" y con elementos de las teorías de la
"burocracia" y la "incorporación".
La idea
central sostenida en LON es que los sindicatos están integrados en el
capitalismo, en tanto representan a los trabajadores como vendedores de la
mercancía fuerza de trabajo, que se asocian así como asalariados y no como
productores: "Objetivamente el sindicato es la única forma que la
mercancía trabajo asume y puede asumir en el régimen capitalista, cuando se
organiza para dominar el mercado", "en este período, en el que los
individuos valen en cuanto son propietarios de mercancía y comercian con su
propiedad, también los obreros han debido obedecer a las leyes férreas de la
necesidad general y se convirtieron en comerciantes de su única propiedad: la
fuerza de trabajo y la inteligencia profesional" (Gramsci,
1919a).
Integrado
bajo criterios de organización del sistema capitalista, el sindicato no puede
ser el instrumento de la revolución, no puede ser la base del poder proletario.
No puede serlo tampoco cuando lo que tiene para ofrecer a los obreros son
"expertos burócratas" que lejos están de prácticas democráticas.
En
contacto con la tesis de Michels sobre la tendencia a la burocratización,
Gramsci advierte que el desarrollo de la organización sindical provocó
resultados completamente opuestos a los previstos por el sindicalismo: los
obreros convertidos en dirigentes sindicales perdieron la vocación laboriosa y
el espíritu de clase, y -tal como señala Michels- adquirieron todos los
caracteres del funcionario pequeñoburgués, intelectualmente perezoso y
moralmente corrompible.
Una idea
común es que mientras más se amplía el movimiento, más difícil resulta la
participación de las bases y más necesario se vuelve el dirigente
especializado. La imposibilidad de convocar frecuentemente a asambleas
generales de afiliados impediría el control de las masas sobre los jefes: "...
los obreros mejor retribuidos o que tenían otros ingresos aparte del salario
formaron un sindicato dentro del sindicato, sosteniendo a los dirigentes en su
obra de lento acaparamiento de la organización a los fines de un sector
político, que luego reveló ser simplemente la coalición de todos los
funcionarios sindicales mismos; estar organizados significó para la mayoría de
los obreros no ya participar en la vida de la propia comunidad a fin de ejercer
y desarrollar sus propias dotes intelectuales y morales, sino solamente pagar
una cuota obligada para gozar de libertades formales, similares en todo a las
libertades de que goza el ciudadano en el ámbito del estado parlamentario" (Gramsci,
1922).
Sin
embargo, allí donde Michels ve consecuencias inevitables de leyes sociológicas
y psicológicas, Gramsci advierte una dinámica política propia del capitalismo,
que es la que lleva a la corrupción de los dirigentes, la apatía de las masas y
el fetichismo de la organización.
Con el
fin de disgregar la organización e impedir que del seno de la masa obrera surja
una capa dirigente autónoma, el capitalismo apela a todos los recursos para
corromper y colocar a su servicio a los elementos obreros que a través de la
actividad sindical se han distinguido por su inteligencia.
Tal como
señalaran primeramente Marx y Engels, y luego desarrollara Michels, la apatía
de las bases contribuye a que este fenómeno ocurra. Lo que Gramsci agrega
sistematizadamente a este argumento es que esa apatía proviene de la misma
lógica del modo de producción capitalista en que los obreros son meros
individuos ejecutores y no productores libres: "El obrero tiene en
la fábrica misiones puramente ejecutivas [...] no es un punto
que se mueva para crear una línea, es un alfiler clavado en un determinado lugar,
y la línea resulta de la cadena de alfileres dispuesta para sus fines por una
voluntad ajena" (Gramsci, 1920b).
Siguiendo
este razonamiento, el obrero tiende a trasladar esa función de ejecutor
material de una voluntad ajena a todos los ambientes de su vida, por ello es
"perezoso intelectualmente", carece de criterio selectivo en la
elección de sus jefes y se deja llevar por ellos sin realizar esfuerzos.
Y es esa
misma lógica la que lleva al "fetichismo de la organización", a que
cada individuo que forma un organismo colectivo lo considere como una entidad
extraña a sí misma, un "fetiche", lo cual se reproduce en la
consideración de los organismos "voluntarios" (Gramsci es un gran
crítico del contractualismo liberal), no públicos, como los sindicatos y
también los partidos: "El individuo espera que el organismo actúe
aunque él no lo haga [...] al observar cada individuo que no
obstante su falta de intervención algunas cosas ocurren, termina pensando que
por encima de los individuos existe una entidad fantasmagórica, la abstracción
del organismo colectivo, una especie de divinidad autónoma ..." (Gramsci,
1997: 187-188).
Bajo
estos argumentos las organizaciones sindicales por su funcionamiento
burocrático tienden a que la revolución no se desencadene. Pero la oligarquía
no constituye una regla férrea. Con los consejos obreros de orientación
comunista -dirá Gramsci primero- y con la dirección del partido comunista (bajo
la fórmula del "centralismo democrático") -dirá después- los obreros
tendrán los instrumentos de la liberación para pasar de ser ejecutores a
sujetos creadores, lo cual tendrá su desarrollo y expansión plena una vez que
el Estado obrero haya organizado las condiciones materiales necesarias para
ello. Sobre estos puntos se explayará Gramsci al explicar los principios y el
funcionamiento de los consejos obreros en LON.
Con
respecto a la concepción de las organizaciones sindicales, digamos finalmente
que los argumentos gramscianos además de acercarse a las teorías de la
"integración" y la "burocracia", contienen conceptos que
están en contacto con la teoría de la "incorporación", y que en parte
se derivan de las teorías anteriores.
El
sindicato forma parte de la legalidad industrial, la cual -al igual que
Trotsky- es valorada por Gramsci como una conquista que permitió mejorar las
condiciones materiales de vida de los trabajadores. Sin embargo, la limitación
sindical radica en tomar esta legalidad como un fin en sí y no como un medio
para mejorar las relaciones de fuerza a favor de la clase.
Atados a
esta legalidad y a la relación que en función de ella están obligados a
mantener con los patrones y el Estado, los sindicatos procuran ser
"solventes" y hacer respetar a los obreros las obligaciones
contraídas con los empresarios: "El sindicato es un elemento de la
legalidad, y debe proponerse hacerla respetar por sus miembros. El sindicato es
responsable ante los industriales, pero es responsable ante los industriales en
cuanto es responsable ante sus propios miembros: garantiza la continuidad del
trabajo y del salario, es decir del pan y del techo al obrero y a la familia
del obrero" (Gramsci, 1920c).
La
integración del sindicato en la sociedad capitalista, como encargado de obtener
mejoras para los trabajadores en tanto asalariados, llevaría a su
burocratización e incorporación como garante del respeto de la clase obrera al
capital, lo cual es contrario a la guerra de clases. Por ello Gramsci descarta
que los sindicatos sean las organizaciones que encarnen la revolución y coloca
en ese lugar a los consejos de fábrica.
2. Los
consejos conducen al comunismo
En primer
lugar, si el sindicato es la organización que asocia a los trabajadores como
asalariados, el consejo de fábrica viene a representar su superación, ya que
constituye la organización específica de los productores. Gramsci explica en el
programa de LON: "En el Consejo de fábrica el obrero interviene
como productor, a consecuencia de su carácter universal, a consecuencia de su
posición y de su función en la sociedad, del mismo modo que el ciudadano
interviene en el Estado democrático parlamentario" (Gramsci,
1920a).
Mientras
que la naturaleza esencial del sindicato es competitiva, no comunista, el
consejo es una institución social que realiza la unidad de la clase
trabajadora: "Su razón de ser está en el trabajo, está en la
producción industrial, en un hecho permanente y no ya en el salario, en la
división de clases, es decir, en un hecho transitorio y que precisamente se
quiere superar" (Gramsci, 1919a).
Esto es
así porque en esta propuesta, todos los sectores del trabajo están
representados en el consejo proporcionalmente a la contribución que cada oficio
y cada sector de trabajo da a la elaboración del objeto que la fábrica produce
para la colectividad. Porque si bien el consejo -al igual que el sindicato- se
basa sobre el oficio (el consejo está constituido por delegados que los obreros
eligen por oficio de cada sección), mientras el sindicato se basa en el
individuo, el consejo se basa en la unidad orgánica y concreta del oficio.
Entonces
-dice Gramsci- el concepto de "ciudadano" se desplaza y es sustituido
por el de "compañero", la colaboración para producir desarrolla la
solidaridad, multiplica los lazos de afecto y fraternidad. Cada trabajador es
indispensable, cada uno está en su puesto y tiene una función. Así se forma una
conciencia comunista, el obrero siente que pertenece a un todo orgánico, a un
sistema homogéneo que trabaja con fines útiles, produce la riqueza social y
realiza su libertad creadora.
No es
entonces el sindicato el que encarna el proceso revolucionario, porque
constituye una organización nacida en el campo de la democracia burguesa e
integrada al capitalismo. Mientras predomina económica y políticamente la clase
burguesa, el desarrollo real del proceso revolucionario ocurre
subterráneamente: "... se realiza en el campo de la producción, en
la fábrica, donde las relaciones son de opresor a oprimido, de explotador a
explotado, donde no hay libertad para el obrero ni existe la democracia; el
proceso revolucionario se realiza allí donde el obrero no es nadie y quiere
convertirse en el todo, allí donde el poder del propietario es ilimitado, poder
de vida o muerte sobre el obrero, sobre la mujer del obrero, sobre los hijos
del obrero" (1920d).
En
segundo lugar, mientras el sindicato posee una estructura burocrática y
dirigentes disociados de las masas obreras, los consejos de fábrica conforman
las nuevas instituciones democráticas.
Ya en
"Democracia obrera" de Junio de 1919 -que es considerado el artículo
con el que empieza a definirse la concepción política de LON-, Gramsci y
Togliatti plantean que las comisiones internas constituyen los órganos de
democracia obrera que hay que liberar de las limitaciones impuestas por los
empresarios para que desarrolladas, sean los órganos del poder proletario que
sustituirán al capitalista en sus funciones de dirección y administración. Se
propone aquí un nuevo sistema electoral para la conformación de las comisiones
y la extensión del esquema asambleario a círculos y comités barriales (esta
propuesta luego se fue diluyendo en las siguientes publicaciones de LON).
El
funcionamiento y los principios de organización de los consejos serán
desarrollados con detalle en el informe enviado al Comité Ejecutivo de la IC
(Julio de 1920). Allí Gramsci relata que LON propugnó ante todo en su
propaganda la transformación de las comisiones internas, y el principio de que
la formación de las listas de candidatos tenía que hacerse en el seno de la
masa obrera y no en las cimas de la burocracia sindical.
El
principio básico sobre el que se asentarían los consejos en las fábricas y
talleres es la representación -que Gramsci opone al sistema
burocrático-, y la propuesta de LON para su funcionamiento responde a las
características de los consejos obreros que señalamos como comunes en los
distintos países: la organización es por industria, cada empresa se subdivide
en secciones y cada sección en equipos de oficio; los obreros de cada equipo
eligen un obrero con mandato imperativo y condicionado; y la asamblea de los
delegados de toda la empresa forma un Consejo que elige de su seno un comité
ejecutivo. En un sistema que se va agregando cada vez más, la asamblea de los
secretarios políticos de los comités ejecutivos forma el comité central de los
Consejos, el cual elige un comité urbano de estudio (en Diciembre de 1919 la
sección turinesa del PSI organiza un Comité de Estudios para los consejos de
fábrica, dirigido por Togliatti).
Algunas
de las tareas de carácter técnico e industrial de los consejos de fábrica
serían controlar al personal técnico, despedir empleados que se muestren
enemigos de la clase obrera, luchar por la conquista de derechos y libertades,
controlar la producción de la empresa. Pero su actividad -sostiene Gramsci- se
manifestaría más claramente durante las huelgas de 1919-1920 dirigiendo
movimientos de masa en su lucha contra el orden capitalista, educando a la masa
obrera para la lucha revolucionaria y para la creación del estado obrero
(Gramsci, 1921).
Sobre el
lugar que Gramsci le otorga a los consejos en el proceso revolucionario
volveremos más adelante. En lo que respecta a la burocratización, digamos que
los consejos encarnarían un sistema en el cual ese problema inherente a las
organizaciones sindicales quedaría anulado, por estar basado en principios
democráticos como la elección directa, la revocabilidad de los mandatos y la
participación de las masas.
Si el
supuesto para las organizaciones sindicales era que con su crecimiento se hacía
cada vez más difícil convocar a asambleas de afiliados para que participen y se
volvía más necesaria la intervención de dirigentes especializados, se opone que
bajo el principio de organización por industria toda la clase se ordena en una
unidad homogénea, y que en la agregación del sistema las empresas de
determinada industria se amalgaman, se conectan y articulan formando una gran
unidad industrial. Con la simplificación de actividades del nuevo régimen, la
burocracia se ve necesariamente reducida: "La multiplicidad de
funciones burocráticas y disciplinarias inherentes a las relaciones entre
propiedad privada y empresa individual, se reduce a las puras necesidades
industriales. [...] En la organización por fábrica se encarna
entonces la dictadura proletaria, el estado comunista que destruye el dominio
de clase en las superestructuras políticas y en sus engranajes generales" (Gramsci,
1919a).3
Recordemos
que en el análisis gramsciano era la propia lógica del capitalismo la que
llevaba a la corrupción de los dirigentes sindicales, a la apatía de las masas
y al ‘fetichismo de la organización’. Con los consejos de orientación comunista
estas tendencias serían anuladas, puesto que su fuerza radicaría en la
conciencia de los obreros de querer emanciparse con autonomía, dejar de ser
ejecutores de una voluntad ajena y afirmar su libertad de iniciativa para
alcanzar sus propios intereses.
Por ello
LON sostiene la "originariedad" del consejo de fábrica, la única
institución proletaria que por nacer en la fábrica, donde sólo existen las
relaciones económicas de explotador a explotado, de opresor a oprimido, "representa
el esfuerzo perenne de liberación que la clase obrera realiza por sí misma, con
sus propios medios y sistemas, para fines que no pueden ser sino los suyos
específicos, sin intermediarios, sin delegaciones de poder a funcionarios ni a
politicastros de carrera" (Gramsci, 1920e).
Mientras
el sindicato burocratizado y corrompido por el sistema capitalista no puede ser
revolucionario, los consejos de fábrica son las organizaciones de nuevo tipo,
de base representativa, que encarnan el proceso revolucionario.
En tercer
y último lugar, si las organizaciones sindicales -por formar parte de la
legalidad industrial y por entender a esa legalidad como una situación
permanente para mejorar las condiciones materiales de los obreros-, se
preocupan por mantener vínculos con los empresarios y el Estado y por
disciplinar a los trabajadores para que respeten los acuerdos, los consejos en
cambio constituyen la negación de la legalidad industrial en tanto -sostiene
Gramsci- tienden a conducir a la clase obrera a abandonar la legalidad y a
conquistar el poder industrial.
No
obstante es preciso aclarar que reconociendo la legalidad y poder disciplinario
de los sindicatos, LON -en línea con la IC- no niega la participación de estas
organizaciones en un proceso emancipatorio que debe estar orientado por los
consejos hacia la dirección clasista y comunista.
En la
tesis quinta del II Congreso de la IC se afirma que los consejos obreros no
remplazarían a los sindicatos, y que la división de las tareas de la clase
obrera entre estas instituciones es el resultado del desarrollo histórico de la
lucha social: "Los sindicatos han organizado a las masas obreras
en base al objetivo de una lucha por el alza de los salarios y por la reducción
de las jornadas de trabajo, y han cumplido ese objetivo en una amplia escala.
Los consejos obreros industriales se organizan para obtener el control obrero
de la industria y la lucha contra la desorganización económica ..." ("Comités
de fábrica y control obrero", en Mandel, 1977: 126).
Tratando
de conciliar ambas instituciones, en el segundo artículo llamado
"Sindicatos y consejos" LON propone una relación de equilibrio y
complentariedad, en donde los consejos representan el impulso revolucionario y
los sindicatos la disciplina, pero esta vez al servicio de la revolución.
Esa
relación debe tender a crear una situación por la que el carácter
revolucionario del consejo tenga influencia sobre el sindicato,
desburocratizándolo, a la vez que el sindicato debe disciplinar y regular las
fuerzas apasionadas de la clase obrera, debe controlar los impulsos
‘caprichosos’ del consejo que pueden significar un paso atrás en la lucha. Lo
que se presenta es la posibilidad de que los sindicatos, apoyados sobre los
consejos, adopten la tendencia que les es propia a estos, de escapar de la legalidad
industrial y desencadenar la guerra de clases. Bajo este supuesto, si la
disciplina aparece como una necesidad para el triunfo de la revolución obrera y
no como un servicio al capital, será aceptada e incorporada por el consejo.
Sin
embargo, más allá de estos argumentos -que responden en gran medida a
parámetros de la IC- Gramsci advierte que en el contexto italiano, los
sindicatos se encuadrarían en lo que Hyman llama la tesis de la
"incorporación" trotskista, ya que -sostiene en LON- conciben la
legalidad industrial como una situación perpetua y las rebeliones obreras como
caos, y "en estas condiciones la disciplina sindical no puede ser más
que un servicio rendido al capital; en estas condiciones toda tentativa de
subordinar el consejo al sindicato no puede ser juzgado más que como
reaccionaria" (Gramsci, 1920c).
Para
torcer esta tendencia LON impondrá a la sección comunista del PSI -tal como ya
se planteó en el I Congreso de la IC- la tarea de ganar la conducción de los
consejos y sindicatos. Entretanto, para Gramsci las organizaciones sindicales
apegadas a la legalidad industrial no pueden ser revolucionarias y la lucha por
la emancipación ha de ser realizada en los consejos de fábrica.
¿Cuál es
entonces el lugar que otorga Gramsci a los consejos en el proceso
revolucionario? Portantiero (1980) advierte con lucidez que todo el período
conciliar de Gramsci, en el que aparece la determinación de la revolución como
un hecho social, en el que aparece la crítica a la concepción de la
"revolución en dos tiempos", incluye elementos de práctica política e
implícitamente también elementos fundamentales para una teoría de la
organización de las clases subalternas.
Para
Gramsci -continúa Portantiero- el momento de los consejos como momento
organizativo, era el momento en el que dos dimensiones que habitualmente
aparecían como separadas podían articularse, economía y política.
De los
artículos de LON reseñados se desprende el lugar que el consejo de fábrica
cumple en esta articulación y la importancia política que reviste. Además de
realizar tareas "de carácter técnico e industrial" que van desde el
control del personal hasta el control de la producción, en esta concepción el
consejo es un órgano de educación (lugar que en Italia habrían dejado vacante
sindicato y partido); de concientización del valor, la responsabilidad y las
funciones de la clase obrera; de organización de la clase y también de creación
de un nuevo Estado proletario, del cual el consejo sería su "célula"
y su "modelo".
Tomándose
de la propaganda en favor de los consejos, algunos teóricos le han atribuido a
Gramsci "negligencias" en su tratamiento del Estado y de la
revolución. En esta dirección, Bórdiga (ubicado en el ala más
"izquierdista" del PSI) a comienzos de 1920 planteó la disyuntiva
-basada en la separación entre lucha económica y lucha política- de "tomar
la fábrica o tomar el poder", se declaró partidario de conquistar y
quebrar primero el Estado para construir después los consejos de fábrica, y
atribuyó a Gramsci el error de creer que el proletariado puede emanciparse
ganando terreno en las relaciones económicas, mientras el capitalismo continúa
detentando el poder político por el medio indirecto del Estado. Poutlanzas, que
recoge este análisis señala que parece indiscutible que Gramsci preconizaba en
la época "la instauración de poderes obreros destinados a
remplazar, por su misma instauración, al Estado burgués, y
desconocía en cierta medida el problema del Estado mismo" (Poutlanzas,
1984: 248, el destacado pertenece al original).
Más allá
de que Gramsci va a demostrar ser un gran analista y teórico del Estado
-principalmente en sus escritos de QC-, en los artículos de LON niega que los
consejos vayan de por sí a instaurar un nuevo Estado, pero sí resalta la
trascendencia política de las luchas previas encarnadas por estos consejos para
instaurar la dictadura del proletariado.
En el
artículo "La conquista del Estado" desarrolla el concepto de que el
Estado socialista no puede encarnarse en las instituciones del Estado
capitalista, sino que aquél es una creación fundamentalmente nueva con respecto
a éste, "aunque no con respecto a la historia del proletariado", y
que la fórmula "conquista del Estado" debe ser entendida como "creación
de un nuevo tipo de Estado, engendrado por la experiencia asociativa de la
clase proletaria". Más aún, reconoce que si bien se halla
enraizada en las masas la convicción de que el Estado proletario está encarnado
en un sistema de consejos obreros, campesinos y de soldados, "todavía
no se ha formado una concepción táctica que asegure objetivamente la creación
de tal Estado" (Gramsci, 1919b).
En la
misma dirección argumenta en otro artículo de LON: "La revolución
comunista es el reconocimiento histórico de hechos económicos preexistentes que
ella misma revela [...] Por eso, la construcción de los
Sóviets políticos comunistas tiene por fuerza que suceder históricamente a un
florecimiento y una primera organización de los Consejos de fábrica. El Consejo
de fábrica y el sistema de los Consejos de fábrica ensayan y revelan en primera
instancia las nuevas posiciones que ocupa la clase obrera en el campo de la
producción [...] La clase obrera saca las consecuencias de la
suma de experiencias positivas personalmente realizadas por los diversos
individuos, adquiere la sicología y el carácter de clase dominante y se
organiza como tal, o sea, crea el Sóviet político, instaura su dictadura" (Gramsci,
1920f).
Los
consejos de fábrica no serían importantes exclusivamente para el control
técnico e industrial o -como lo llama Hobsbawm, 1978- para "la
socialización en el sentido económico", sino para "la
socialización en el sentido sociológico y político", como institución
pedagógica que dentro de la fábrica hace que el obrero tome conciencia del
concepto de trabajo, de su lugar en la producción, en el capitalismo y en la
historia. La fábrica y la organización que nace de ella, el consejo, forman
escuela para el socialismo. Allí la clase obrera, que es la clase subalterna
adquiere "la sicología y el carácter de clase dominante".
A través
de la organización de los consejos la clase obrera puede trascender la fase
económica corporativa para constituirse en clase dirigente, para ejercer la
"dirección intelectual y moral", o en otros términos, para pasar a
ser hegemónica.
III. A
manera de epílogo: reflexiones tras el fracaso del movimiento turinés de los
consejos de fábrica
Otorgar
este potencial a los consejos obreros, o lo que es lo mismo, a la participación
de las masas, es profundamente revolucionario frente a aquella línea dentro del
marxismo que entiende que la lucha económica es llevada a cabo por una
organización específica, "de masas", el sindicato, y que la lucha
política es conducida por otra organización específica, "de
vanguardia", el partido.
Muchos
autores (desde Togliatti hasta Hobsbawm) han sostenido que Gramsci es leninista
en su concepción sobre el papel del partido. Dice su compañero de
militancia: "El punto de partida y el punto de llegada de todo el
pensamiento leninista es la doctrina del partido [...] sin el
partido como guía no se llega al poder y no se organiza el nuevo poder. La
misma necesidad se advierte en todo el pensamiento y en la acción de Gramsci.
La fundación y después la dirección del partido comunista son los actos decisivos
de su actividad política y de su vida" (Togliatti, "Il
leninismo nel pensiero e nell’azione di A. Gramsci", cit. en Piñón, 1989:
pp. 28-29).
Eso será
verdad sólo después del fracaso de la experiencia de los consejos obreros.
Mientras Gramsci forma parte del PSI y realiza desde LON la propaganda a favor
de los consejos, está lejos de concebir al partido político como organización
excluyente de la revolución proletaria.
En este
momento su concepción del partido en el capitalismo -aún el partido de la clase
obrera- es similar a la del sindicato, en tanto que nace y se desarrolla en el
sistema capitalista y como tal no puede encarnar el proceso revolucionario. El
partido político y los sindicatos de oficio serían organizaciones de tipo
voluntario y contractual, nacidas en el campo de la democracia burguesa y la
libertad política, donde las relaciones son de ciudadano a ciudadano. En este
ámbito no puede desarrollarse el proceso revolucionario, que se realiza en
cambio en el campo de la producción, en la fábrica, donde no hay libertad
política, donde las relaciones son de explotación, y donde el obrero puede
tomar conciencia de ello.
Gramsci
reconoce la trascendencia del partido como autoridad fundamental para el éxito
del movimiento de masas, pero como sostiene en el artículo de LON (1919) sobre
"El partido y la revolución" no comparte la concepción
"sectaria" que pretende constreñir el proceso revolucionario dentro
de las formas del partido. Algo similar afirmará en "El consejo de
fábrica": "... el partido y el sindicato no han de situarse
como tutores o superestructuras ya constituidas de esa nueva institución [el
consejo] en la que cobra forma histórica controlable el proceso histórico de la
revolución, sino que deben ponerse como agentes conscientes de su liberación
respecto de las fuerzas de compresión que se concentran en el Estado burgués;
tienen que proponerse organizar las condiciones externas generales (políticas)
en las cuales pueda alcanzar la velocidad mayor el proceso de la revolución, en
las cuales encuentren su expansión máxima las fuerzas productivas
liberadas" (Gramsci, 1920d).
En esta
línea el partido posee una función más ideológica que de organización, es
agente consciente de la liberación de una clase que no es objeto pasivo de una
conducción de vanguardia. En Gramsci el partido debe interactuar con el
movimiento espontáneo de masas en un único proceso dialéctico, donde conciencia
y espontaneidad no transitan por caminos irreconciliables.
Dirá en
"Espontaneidad y dirección consciente" que el elemento de la
espontaneidad es característico de la historia de las clases subalternas y que
aún indirectamente en todo movimiento espontáneo hay un elemento primitivo de
dirección consciente, de disciplina, aunque el mismo no llegue a trascender la
"ciencia popular" de esas clases subalternas. Por lo demás, entre la
"teoría moderna" y la "espontaneidad de las masas" existen
diferencias de grado, no de cualidad, y la unidad de ambos elementos, dirección
consciente y espontaneidad, "es la acción política real de las
clases subalternas en cuanto política de masas" (Gramsci,
1929-1931).
Esa
unidad es acción política de las masas, por eso -dirá- despreciar los
movimientos espontáneos o renunciar a darles una dirección consciente a fin de
convertirlos en un factor político positivo puede tener graves consecuencias.
Una de
las consecuencias de la renuncia del partido socialista italiano a dar
dirección consciente y apoyar al movimiento de masas del bienio rojo fue la
derrota de la clase obrera y el triunfo físico e ideológico del fascismo sobre
el partido socialista, que era el partido tradicional del pueblo trabajador
italiano4. Sobre
esto reflexiona Gramsci en un artículo sugerentemente llamado "¿Qué
hacer?" (publicado bajo un seudónimo a fines de 1923 en el periódico de la
Federación Juvenil Comunista en Milán).
La
principal razón de la derrota habría sido la falta de una ciencia social, del
estudio de la situación política, económica y social italiana, el "no
haber tenido una ideología, no haberla difundido entre las masas, no haber
fortificado las conciencias de los militantes con certezas de carácter moral y
psicológico" (Gramsci, 1923).
Esa
función ideológica era la que en el momento histórico de los consejos de
fábrica le correspondía al partido socialista, ya que de lo expuesto se
desprendería que Gramsci comparte aquello que sostuviera Lenin en su ¿Qué
hacer? acerca de que las masas obreras en el curso mismo de su
movimiento no pueden elaborar una ideología independiente y que la conciencia
socialista surge de profundos conocimientos científicos. Sólo que para Gramsci
-como ya citamos- entre el conocimiento científico y la espontaneidad de las
masas la diferencia es de grado, aunque aún así (evaluando los acontecimientos
de Turín) resultaría necesario que un elemento de dirección consciente
trascienda el nivel de "ciencia popular".
Sin
embargo el PSI -sostiene Gramsci- no era revolucionario más que en su programa
y eso explicaría "... la histórica paradoja por la cual en Italia
son las masas las que empujan y ‘educan’ al partido de la clase obrera, y no es
el partido el que guía y educa a las masas [...] este Partido
Socialista que se proclama guía y maestro de las masas no es más que un mísero
notario que registra las operaciones realizadas espontáneamente por las masas
..." (Gramsci, 1920b).
Atendiendo
a estos artículos, inferimos que la visión gramsciana del partido como
organización voluntaria nacida en el campo de la democracia burguesa, así como
del lugar de los consejos como educadores y traccionadores del partido y de la
revolución responden a un momento histórico en que el partido de la clase
obrera, que es el PSI, estaba dirigido por la corriente maximalista que creía
en el advenimiento necesario e inminente de la revolución, pero sin
intervención alguna dado que la burguesía caería sola, y llegado el momento
renunció a la conducción del movimiento de masas desencadenado en Turín en los
años 1919 y 1920. La corriente reformista, por su parte, apoyada por la CGL,
adoptó el camino de colaboración de clase y en 1920, mientras que los maximalistas
se mantuvieron expectantes, negoció con Giolitti la desocupación de las
fábricas.
Es a la
luz de esta experiencia y fundamentalmente luego de la derrota que Gramsci
reflexionará especialmente sobre la necesidad del elemento consciente y la
conducción partidaria de los movimientos de masas a través de un nuevo partido:
el partido comunista, que va a fundar a comienzos de 1921.
Será este
partido el que evite la corrupción y la burocratización, el que discipline,
guíe y eduque a las masas, el que luche por la sociedad comunista y el Estado
obrero, siguiendo siempre el programa de la III Internacional.
Esta
sería la línea "leninista" que Togliatti atribuye a Gramsci en su
doctrina del partido como guía necesaria para conquistar el poder, un partido
que no tendrá sólo funciones ideológicas sino también organizativas. Esa es la
lección que habría dejado la experiencia turinesa. Dice Gramsci en el segundo
artículo llamado "El programa de L’Ordine Nuovo" (1924): "La
experiencia de todos los países ha probado esta verdad: que las situaciones más
favorables pueden invertirse por la debilidad de los cuadros del partido
revolucionario; las consignas sirven sólo para poner en movimiento a las
grandes masas y darles la orientación general; pero ¡ay si el partido
responsable no ha pensado en la organización práctica de esas masas, en crear
una estructura que las discipline y las haga permanentemente fuertes!".
Siguiendo
históricamente sus escritos, tras la fundación del PCI, Gramsci va a otorgar
una mayor centralidad al partido como organización de las clases subalternas
para la revolución.
En esta
dirección, una de las principales líneas de reflexión de los Cuadernos de la
Cárcel trata sobre el partido revolucionario, que para Gramsci constituye el
"príncipe moderno" al cual cabe una función que podría decirse
totalizadora y civilizatoria: la creación de una nueva sociedad.5
Dos son
los puntos fundamentales del programa del Príncipe: formar, organizar y
expresar de modo activo y operante una voluntad colectiva nacional-popular, y
liderar y organizar una reforma intelectual y moral, que significa "crear
el terreno para un desarrollo ulterior de la voluntad colectiva nacional
popular hacia el cumplimiento de una forma superior y total de civilización
moderna" (Gramsci, 1997: 15).
Gramsci
enfatiza la importancia del partido para la elaboración y difusión de una nueva
concepción del mundo y para la creación de las "nuevas
intelectualidades integrales y totalitarias" que unifiquen teoría
y práctica, entendida como un proceso histórico real, que trasciende la fase
histórica relativamente primitiva, la económico-corporativa, que es aquella que
enfatiza el elemento "práctica" del nexo teoría-práctica. La tarea
consiste en dirigir orgánicamente a "toda la masa económicamente
activa" pero no según viejos esquemas sino de manera innovadora,
y esa innovación no puede ser inicialmente de masas sino por intermedio de una
élite de intelectuales especializados en la elaboración conceptual y filosófica
(Gramsci, 2003: 17-18).
Si bien
es notorio que en este momento Gramsci pone mayor énfasis en el "elemento
consciente", en la importancia del desarrollo teórico y del papel de los
intelectuales, no advertimos en estos escritos de QC un corte abrupto con
aquellos de LON. En primer lugar porque en aquellos años la auto-educación de
las masas y su posicionamiento delante del partido era considerado una
"paradoja" resultante del momento histórico en que el PSI no estaba
conducido por la fracción comunista y aún el PCI no se había formado; en
segundo lugar porque Gramsci nunca habría adherido a un puro espontaneísmo sino
que siempre reivindicó la necesidad de la ciencia social para la formación de
la conciencia en una relación orgánica entre elemento espontáneo y elemento
consciente y, en tercer lugar porque aún en los escritos de QC Gramsci
considera fundamental la irrupción de las masas en la vida política (el llamado
"elemento jacobino", ya que toda acción política que se haga desde
arriba con prescindencia de las masas termina truncada en una solución de
compromiso), bajo la premisa de que entre teoría y práctica, clase y partido,
conducción y base debe existir una relación orgánica.6
Tal como
advierte Hobsbawm, resulta importante la insistencia de Gramsci en la relación
"orgánica" entre revolucionarios y movimientos de masas considerando
que en la experiencia italiana se había familiarizado con minorías
revolucionarias carentes de esa relación "orgánica". La originalidad
de Gramsci -continúa Hobsbawm- es que fue un revolucionario que nunca sucumbió
a la tentación de basarse en una especie de visión exterior, ajena a la clase
trabajadora real con sus organizaciones de masas: "La clase trabajadora
organizada tal cual es, y no como en teoría debería ser, era la base de su
análisis y su estrategia" (Hobsbawm, 1978: 169).
Y esta
idea de no falsear la realidad -que supone el combate al economicismo y al
idealismo- referido a la práctica política, es al mismo tiempo aplicable a la
investigación social, de la que esa práctica se ha de valer (y viceversa) en
una relación orgánica.
Valga la
recomendación: "Concepción histórico-política escolástica y
académica, para la cual no es real y digno sino el movimiento consciente al
ciento por ciento y hasta determinado por un plano trazado previamente con todo
detalle o que corresponde (cosa idéntica) a la teoría abstracta. Pero la
realidad abunda en combinaciones de lo más raro, y es el teórico el que debe
identificar en esas rarezas la confirmación de su teoría, ‘traducir’ a lenguaje
teórico los elementos de la vida histórica, y no al revés, exigir que la
realidad se presente según el esquema abstracto. Esto no ocurrirá nunca y, por
tanto, esa concepción no es sino una expresión de pasividad" (Gramsci,
1929-1931).
1 Por
citar sólo una disputa, cuando Bakunin sugiere que los trabajadores que
adquieran posiciones representativas bajo el socialismo podrían "dejar de
ser trabajadores", Marx considera suficiente con replicar: "tan poco
como el propietario de una fábrica cesa hoy de ser capitalista porque se
convierte en regidor municipal" (cit. en Kamenka, Brown, Krygier y
Erh-Soon Tay, 1981: 115).
2 En
esta experiencia se escindían las funciones económicas y políticas, teniendo
los comités de fábrica injerencia sobre las primeras. Este punto va a ser
importante en la discusión acerca de las diferencias entre consejos y comités
de fábrica, en vista del carácter político que Gramsci quiere atribuir a los
consejos. Sobre las resoluciones de la primera conferencia de los comités de
fábrica de Petrogrado en 1917: "De la misma manera que el soviet
de los diputados obreros de Petrogrado debía jugar el papel de centro panruso
en la lucha política, el soviet central de los comités de fábrica de esta
ciudad debía jugar, para toda Rusia, el papel de órgano de la lucha económica
del proletariado" (Prankratova, Los comités de fábrica en
Rusia en la época de la Revolución, en Mandel, 1977: 109).
3 Ya
en La guerra civil en Francia Marx destaca las medidas
antiburocráticas de la comuna de París, y la idea de que con el socialismo las
funciones administrativas seguirían existiendo pero que serían reducidas a
"funciones administrativas sencillas".
4 En
los meses de Febrero y Marzo de 1920 se produjo en Turín un conflicto entre
obreros y patronos por cuestiones de horario que derivaron en la ocupación de
fábricas y su desalojo por la policía. Los industriales italianos, que a
principios de Marzo se habían unido en la Confederación de Industriales
Italianos (Confindustria), decidieron provocar un choque que llevara a la
disolución de los consejos de fábrica y cerraron las fábricas. El 3 de Abril se
declaró la huelga general, que llegó a ser cumplida por 500.000 trabajadores
piamonteses de Turín y provincia, pero que no se generalizó por toda Italia. El
grupo de LON, inspirador de la doctrina de los consejos obreros, discutió la
situación con la dirección del PSI, reunida en el Consejo Nacional de Milán
(esta reunión tenía que haberse celebrado en Turín, pero la dirección decidió
alejarse de los obreros en huelga). La dirección del partido se apartó y dejó
en manos de la sección turinesa la responsabilidad del ulterior desarrollo.
Togliatti y Terracini, que eran los delegados turineses, tras fracasar en el
intento de mover todo el partido, tuvieron que reconocer que Turín sola no
podía continuar la lucha. Ésta terminó el 24 de Abril con un acuerdo, bajo los
auspicios del Gobierno, que reconocía a las comisiones obreras autonomía en su
constitución (por comisarios de sección, según el programa de LON), pero que
sancionaba de todos modos con una derrota la cuestión del poder en la fábrica
(Gramsci, 1921).
Algo similar ocurrió en Septiembre con la ocupación de fábricas iniciada por
los empleados de Alfa Romeo de Milán en conflicto por salarios y condiciones de
trabajo y que se extendió luego a Turín y a otras partes de Italia. A partir de
ese momento, cada fábrica quedó bajo la dirección de un Consejo Obrero que
asegurase su funcionamiento, y un acuerdo con las cooperativas obreras permitió
continuar pagando salarios a los trabajadores. Giolitti, Primer Ministro desde
Junio de 1920, actuó como mediador y convenció a los empresarios para que
acepten las reivindicaciones obreras, al tiempo que los huelguistas obtuvieron
un reconocimiento de principio de control obrero en las empresas por medio de
comisiones paritarias, que decidirían sobre las relaciones disciplinarias entre
patrones y obreros y sobre el aumento de productividad, todo lo cual nunca fue
concretado en forma de ley. La CGL declaró entonces el levantamiento de las
ocupaciones (Parker, 1986; Poutlanzas, 1984).
5 Sobre
este punto Mondolfo va a criticar el peligro de pasar de una visión
totalizadora al totalitarismo.
6 De
ahí su opción por el "centralismo democrático" (en oposición al
"centralismo burocrático"): "El carácter ‘orgánico’ sólo
puede pertenecer al centralismo democrático, que es un ‘centralismo’ en
movimiento, vale decir, una continua adecuación de la organización al
movimiento real, una capacidad de equilibrar el impulso de la base con las directivas
de la superioridad ..." (Gramsci, 1997: 92).
Referencias
bibliográficas
1.
Ansaldi, W. (1991). "¿Conviene o no conviene invocar al genio de la
lámpara? El uso de las categorías gramscianas en el análisis de la historia de
las sociedades latinoamericanas". En: http://www.catedras.fsoc.uba.ar/udishal/art/convieneinvocaralgenio.pdf [ Links ]
2.
Engels, F. (1845). La situación de la clase obrera en Inglaterra.
En: http://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/situacion/index.htm [ Links ]
3.
Engels, F. (1892). Prefacio a la segunda edición alemana de 1892 de La
situación de la clase obrera en Inglaterra. En: http://www.marxists.org/espanol/m-e/1890s/prefa2ed.htm [ Links ]
4.
Fernández Buey, F. (2001). "Guía para la lectura de Gramsci", en su
libro Leyendo a Gramsci. El viejo Topo, Barcelona.
[ Links ]
5. Furet,
F. (1995). "Comunismo y fascismo", en su libro El pasado de
una ilusión. FCE, México DF.
[ Links ]
6.
Gramsci, A. (1919a). "Sindicatos y consejos (I)", LON. En: http://www.gramsci.org.ar/ [ Links ]
7.
Gramsci, A. (1919b). "La conquista del Estado", LON. En: http://www.gramsci.org.ar/ [ Links ]
8.
Gramsci, A. (1919c). "El partido y la revolución", LON. En: http://www.gramsci.org.ar/ [ Links ]
9.
Gramsci, A. (1920a). "El programa de LON", LON. En: http://www.gramsci.org.ar/ [ Links ]
10.
Gramsci, A. (1920b). "El partido comunista", LON. En: http://www.gramsci.org.ar/ [ Links ]
11.
Gramsci, A. (1920c). "Sindicatos y consejos (II)", LON. En: http://www.gramsci.org.ar/ [ Links ]
12.
Gramsci, A. (1920d). "El consejo de fábrica", LON. En: http://www.gramsci.org.ar/ [ Links ]
13.
Gramsci, A. (1920e). "Los grupos comunistas", LON. En: http://www.gramsci.org.ar/ [ Links ]
14.
Gramsci, A. (1920f). "El instrumento de trabajo", LON. En: http://www.gramsci.org.ar/ [ Links ]
15.
Gramsci, A. (1921). "El movimiento turinés de los consejos de
fábrica", LON. En: http://www.gramsci.org.ar/ [ Links ]
16.
Gramsci, A. (1922). "El partido comunista y los sindicatos", LON.
En: http://www.gramsci.org.ar/ [ Links ]
17.
Gramsci, A. (1923). "Qué hacer?", Voce della Gioventú, de Milán.
En: http://www.gramsci.org.ar/ [ Links ]
18.
Gramsci, A. (1924). "El programa de LON", LON. En: http://www.gramsci.org.ar/ [ Links ]
19.
Gramsci, A. (1929-1931). "Espontaneidad y dirección consciente", LON.
En: http://www.gramsci.org.ar/ [ Links ]
20.
Gramsci, A. [1929-1935, ed. 1948] (2003). El materialismo histórico y
la filosofía de Benedetto Croce. Ed. Nueva Visión, Bs. As.
[ Links ]
21.
Gramsci, A. [1929-1935, ed. 1949] (1997). Notas sobre Maquiavelo, sobre
la política y sobre el Estado moderno. Ed. Nueva Visión, Bs. As.
[ Links ]
22.
Gramsci, A. y Togliatti, P. (1919). "Democracia obrera", LON.
En: http://www.gramsci.org.ar/ [ Links ]
23.
Hobsbawm, E. (1978). "Gramsci y la teoría política" en Hobsbawm, E.;
Cerroni, U. y otros, El pensamiento revolucionario de Gramsci. Ed.
Universidad Autónoma de Puebla, Puebla.
[ Links ]
24.
Hyman, R. [1971] (1978). El marxismo y la sociología del sindicalismo.
Ediciones Era, México DF.
[ Links ]
25.
Kamenka, E.; Brown, R.; Krygier, M. y Erh-Soon Tay, A. [1979] (1981). La
burocracia, trayectoria de un concepto. FCE, México DF.
[ Links ]
26.
Lenin, V. [1902] (1960). ¿Qué hacer? Editorial Anteo, Bs. As.
[ Links ]
27.
Mandel, E. [1970] (1977). Control obrero, consejos obreros, autogestión.
Ediciones Era, México DF.
[ Links ]
28. Marx,
C. (1865). Salario, precio y ganancia. En: http://www.marxists.org/espanol/m-e/1860s/65-salar.htm [ Links ]
29. Marx,
C. [1867] (2002). El capital, tomo I, vol. 1. Siglo XXI, Bs. As.
[ Links ]
30. Marx,
C. [1885] (1987). El capital, tomo II, vol. 4. Siglo XXI, Bs.
As. [ Links ]
31. Marx,
C. y Engels, F. [1848] (1998). Manifiesto comunista. Ediciones
Cuadernos Marxistas, Bs. As.
[ Links ]
32.
Parker, R.A.C. [1967] (1986). "Italia de 1919 a 1940", en su libro El
siglo XX: Europa, 1918-1945. Siglo XXI, Madrid.
[ Links ]
33.
Piñón, F. (1989). "Tras las huella de la filosofía de Antonio
Gramsci", en su libro Gramsci: prolegómenos, filosofía y política.
Plaza y Valdés, Bogotá [ Links ].
34.
Portantiero, J. C. (1980). "Gramsci para latinoamericanos", en
Sirvent, C. (coord.), Gramsci y la política. UNAM, México.
[ Links ]
35.
Poutlanzas, N. [1971] (1984). "Fascismo y clase obrera", en su
libro Fascismo y dictadura. Ed. Siglo XXI, México DF.
[ Links ]
36.
Trotsky, L. (1940). "Los sindicatos en la época del
imperialismo". En: http://www.marxists.org/espanol/trotsky/1940s/sindicat.htm [ Links ]


Publicar un comentario