© Libro N° 11150.
Un Hombre
Afortunado. Bruhl, Kalton. Emancipación. Abril 22 de 2023
Título original: ©
Un Hombre Afortunado. Kalton Bruhl
Versión Original: © Un Hombre Afortunado. Kalton Bruhl
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Portada
E.O. de Imagen original:
Ilustración
para el cuento "Un hombre afortunado", Kalton Bruhl
©
2010, Duende: https://axxon.com.ar/rev/210/cuento12ilus1.jpg
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Kalton Bruhl
Un Hombre
Afortunado
Kalton
Bruhl
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|
La aguja
en el medidor de combustible indicaba insistentemente que el tanque de la
camioneta se encontraba vacío, cuando John Nelson encontró una estación de
gasolina.
Se
estacionó junto a uno de los surtidores y miró su reloj; era un poco más de la
medianoche. Bostezó, mientras se frotaba los ojos, y bajó del coche. Miró a su
alrededor; la estación se encontraba vacía, a excepción de un auto negro,
todavía más desvencijado que el suyo, aparcado frente a la tienda de
conveniencia.
Marcó
dieciséis dólares y colocó la manguera en el depósito de combustible. Puso
ambas manos a la altura de sus riñones y arqueó la espalda, llevando la cabeza
hacia atrás.
Estaba
agotado después de conducir la mayor parte del día. También estaba hambriento.
No había probado bocado desde esa misma mañana al abandonar el pueblo de
Bradford. Podría haberse detenido en cualquiera de los restaurantes situados a
los lados de la carretera; pero algo en su interior lo obligaba a mantener el
pie sobre el acelerador.
Nadie lo
perseguía y aún así, no lograba contener el impulso de seguir huyendo. Nadie lo
había culpado por la muerte del señor Brannon. El dictamen médico no dejaba
dudas, se había tratado de un infarto; sin embargo, no lograba reprimir el
sentimiento de culpa.
Mark
Brannon, a pesar de sus más de setenta años, se conservaba bastante bien, por
lo que resultaba incomprensible que se hubiera desplomado al atender la puerta
de su vivienda.
John
Nelson recordó que ese día se encontraba en la cocina, enfrascado en una
desigual lucha contra una fuga en la tubería del fregadero. Al escuchar el
timbre se dispuso a levantarse, pero el anciano lo detuvo con una sonrisa y un
gesto de la mano. Él le devolvió la sonrisa y suspiró algo abatido, golpeándose
la palma de la mano con la llave ajustable, ya que después de una hora lo único
que había logrado era que un simple goteo se transformara en un constante hilo
de agua que amenazaba con anegar la cocina.
No estaba
nada mal, pensó entonces. A cambio de unas cuantas reparaciones menores en el
interior de la casa, algunas manos de pintura a la cerca y las visitas a la
tienda por provisiones y revistas, recibía una cama en el garaje, tres comidas
calientes y algunos dólares al final de cada semana.
Por otra
parte el señor Brannon era un buen hombre. Lo había demostrado brindándole
abrigo a un desconocido. Además, ya había transcurrido un mes sin que sucediera
algo malo. Quizás su suerte por fin empezaba a cambiar.
La
sonrisa de agradecimiento y de alivio, que comenzaba a dibujarse en sus labios,
se congeló de pronto al oír un golpe seco.
Se
incorporó de un salto y corrió hacia la sala. El señor Brannon se encontraba
tendido en el suelo, junto a la puerta abierta. Nelson se arrodilló a su lado y
colocó el oído sobre su pecho. No escuchó nada, ni siquiera un débil latido.
Salió al patio y se apresuró a llegar a la cerca. Miró en todas direcciones,
sujetándose el cabello en un gesto de impotencia, pero la calle estaba
completamente vacía
Regresó a
la casa y se sentó en el suelo, recostándose contra la pared. Cerró los ojos,
apretándolos con fuerza y comenzó a golpetear la pared con la cabeza. Se
incorporó con desgano y maldijo su suerte, mientras discaba el número de
emergencias.
Cuando
John Nelson dejó atrás sus recuerdos y abrió la puerta de la tienda, lo primero
que vio fue a un tipo apuntándole con un revólver al encargado, quien se
apresuraba a llenar una bolsa de papel con el efectivo de la caja registradora.
«No puede
ser», dijo para sus adentros y avanzó despacio, con las manos en alto, justo
como acababan de ordenárselo.
El sujeto
se acercó, le colocó el arma bajo la barbilla y se dispuso a vaciarle los
bolsillos. Nelson observó preocupado las gruesas gotas de sudor que resbalaban
por el rostro del tipo y pensó que con un arma cargada y una mano nerviosa no
se obtenía una mezcla demasiado segura.
El
encargado, aprovechando la distracción comenzó a buscar algo bajo el mostrador;
algo que cayó al suelo con un sonido metálico. El tipo giró con brusquedad y
empezó a disparar.
Nelson
vio cómo el pobre chico se deslizaba despacio, con la boca abierta y una mirada
desconcertada, dejando un rastro irregular de sangre en la pared.
El hombre
se volvió y caminó con aire decidido. Nelson sintió el frío del metal contra su
frente.
«Dios
mío», imploró mordiéndose el labio y tratando de recordar cuántos disparos
había escuchado. Cerró los ojos con fuerza y tensó todo el cuerpo. Escuchó un
clic y frunció el ceño extrañado. Cuando escuchó el segundo clic, encontró el
valor suficiente para volver a mirar.
El tipo
ya corría hacia la puerta con la bolsa en la mano.
Nelson
suspiró aliviado. Se humedeció los labios resecos al tiempo que se dirigía al
mostrador. Se apoyó en el borde, parándose de puntillas y supo que no era
necesario tomarle el pulso al encargado. Era obvio que estaba muerto.
De pronto
levantó la vista, escrutando frenético las esquinas del establecimiento. Se
detuvo, tranquilizado al descubrir la cámara de vigilancia. Se paró bajo ella y
vio, ya con más calma, que el indicador de grabación se hallaba encendido.
Tomó el
teléfono y llamó a la policía.
Mientras
aguardaba, pensó que no había existido casi ningún momento en su vida que no
estuviera acompañado por una desgracia. No había conocido a sus padres, aunque,
ateniéndose a su suerte, quizás ya se encontraran muertos.
Apenas
recordaba el primer orfanato. Las imágenes eran confusas en su memoria: fuego,
humo, gritos y una voz, una débil voz de mujer que lo llamaba, que lo invitaba
a caminar hacia las llamas.
Años
después había leído en una biblioteca los diarios de la época. La mayoría de
los niños había muerto, calcinados o asfixiados por el humo. Él, de alguna
forma, había sobrevivido.
Los
siguientes años los había alternado entre hogares adoptivos y funerales; nuevos
orfelinatos y salas de hospital. Escapó definitivamente a los dieciséis años y
desde entonces, salvo breves intervalos de trabajo en granjas o pequeñas
ciudades, había pasado la mayor parte del tiempo en las carreteras.
Ahora se
acercaba su cumpleaños número cuarenta y la certeza de su soledad le hizo
encogerse de hombros, como si se preparara para recibir una carga demasiado
pesada.
Nunca se
había casado y procuraba no entablar ninguna relación, ya que estaba convencido
que de hacerlo no tendría un solo instante de paz, pensando que de un momento a
otro sonaría el teléfono o alguien llamaría a la puerta llevándole las malas
noticias. O, tal vez, al volver una tarde a casa, la encontraría atestada de
policías y cercada por una cinta amarilla.
Media
hora después llegaron dos patrullas. Cuatro policías, tres de ellos uniformados
y el otro vestido de civil, irrumpieron en la tienda, con las armas
desenfundadas y ordenándole que se tirara al suelo, con las manos entrelazadas
en la nuca. Uno de los oficiales comenzó a registrarlo, mientras el que estaba
vestido de civil le leía sus derechos.
—Soy
inocente —trató de explicarles—. Sólo deben revisar la cámara de vigilancia.
Uno de
ellos se dirigió a la trastienda y regresó minutos después, con una videocinta
en las manos.
—Creo que
dice la verdad —le informó al Sargento Cole, que ya había tenido tiempo de
presentarse.
|
—Debe
comprender —se disculpó éste, quitándole las esposas—, sólo cumplimos con
nuestro trabajo.
Luego
miró hacia el suelo y se pellizcó la nariz.
—Como
sabrá —añadió, acariciándose el mentón—, debe acompañarnos a la comisaría.
—Claro,
no hay problema —contestó Nelson con un tono resignado y siguió a uno de los
policías.
Ya afuera
de la tienda el agente abrió la portezuela y Nelson subió al asiento trasero de
la patrulla. De pronto sintió un ligero cosquilleo en la nuca. Volteó la cabeza
y vio a una mujer de pie junto a uno de las bombas de combustible. Tuvo de
inmediato la impresión de haberla visto antes, pero no logró precisar cuándo o
dónde.
Se
preguntó qué haría allí. Quizás se trataba de una policía, pero descartó la
idea al reparar en su ropa. Las mujeres policías no realizaban sus rondas con
un vestido negro. Quizá sólo se trataba de una persona común y corriente, que
se había detenido a llenar el tanque, en la estación equivocada.
La mujer
seguía mirándolo, con una expresión de frustración. Nelson le sonrió con
timidez intentando ser amable. Ella le respondió frunciendo el ceño. Nelson
empezó a sentirse incómodo y suspiró aliviado cuando la patrulla se puso en
marcha.
Se
arrellanó en el asiento, haciendo a un lado la imagen de la mujer y trató de
aclarar sus pensamientos. Allí estaba otra vez, dirigiéndose a una comisaría.
Luego vendrían los interrogatorios, la descripción del sospechoso y las
innumerables fotografías intentando identificarlo.
Después
saldría a la calle, a enfrentarse de nuevo con su realidad. Volvería a caminar
temeroso, siempre viendo sobre su hombro, sin lograr reprimir la certeza de que
alguien lo seguía, alguien que jamás se cansaba, alguien que estaba cada vez
más cerca.
Estaba
seguro de que era el hombre más desafortunado sobre la tierra y se preguntó, si
sería posible, que su suerte cambiara algún día.
«Tal vez
mañana todo sea diferente», se dijo, sin ninguna convicción y comenzó a reírse
de sí mismo, mientras el policía que viajaba a su lado lo miraba extrañado.
La mujer,
todavía en el mismo lugar de la estación, entrecerró los ojos, frunció los
labios y apretó los puños. No podía negar que John Nelson era un verdadero
dolor de cabeza, la única mancha en un historial repleto de éxitos.
Allí
estaba ella, que había cortado durante milenios los hilos que determinaban la
existencia de cada hombre, de nuevo con la vida equivocada entre las manos.
No se
explicaba, cómo era posible que siempre sucediera algo que arruinara sus
planes.
Permaneció
inmóvil todavía unos segundos, observando con una media sonrisa, cómo las luces
del auto que conducía a John Nelson, a quien ella consideraba el hombre más
afortunado sobre la Tierra, se perdían por la carretera.
Kalton
Bruhl es abogado y nació en Tegucigalpa, Honduras, en 1976. Obtuvo el primer
lugar en el concurso de cuento auspiciado por el Grupo Ideas de Honduras en
1994. En 1995 obtuvo el tercer lugar en el mismo concurso. Fue finalista del
premio Ángel Miguel Pozanco, España, 2004; finalista en el primer concurso de
cuentos de la Revista Altura, España, 2005; finalista en el II Premio de
relatos Axxón, Argentina, 2009; finalista en el concurso de cuentos de terror,
ediciones Fergutson, España, 2009. Hemos publicado en Axxón: El muro (200)
y Frágil
(201).Obtuvo el primer lugar en el concurso de cuento auspiciado por el Grupo
Ideas de Honduras en 1994. En 1995 obtuvo el tercer lugar en el mismo concurso.
Fue finalista del premio Ángel Miguel Pozanco, España, 2004; finalista en el
primer concurso de cuentos de la Revista Altura, España, 2005; finalista en el
II Premio de relatos Axxón, Argentina, 2009; finalista en el concurso de
cuentos de terror, ediciones Fergutson, España, 2009.
Este cuento se vincula
temáticamente con MALA SUERTE de
Damián Cés, ESPECIAL MI PROPIA MUERTE de
Varios autores, ESPECIAL
MI PROPIA MUERTE 2 de Varios autores, CAMBIO DE SUERTE de
Claudia Feld
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Axxón 210
– septiembre de 2010
Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Fantasía : Muerte :
Honduras : Hondureño).


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