© Libro N° 11149.
Warreh
Spawn. Dagon,
Magnus. Emancipación. Abril 22 de 2023
Título original: ©
Warreh Spawn. Magnus Dagon
Versión Original: © Warreh Spawn. Magnus Dagon
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https://axxon.com.ar/rev/2010/09/warreh-spawn-magnus-dagon/
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Portada
E.O. de Imagen original:
Ilustración
para el cuento "Warreh Spawn", Magnus Dagon
©
2010, Pedro Belushi: https://axxon.com.ar/rev/210/cuento11ilus1.htm
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Magnus Dagon
Warreh
Spawn
Magnus
Dagon
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I’ve
forged the weapons of the sinners
I’ve died
eight hours every night
I’ve
built the path of the fire
I’ve
found the chasm of the truth
I’ve
ruled the kingdom of ruthlessness
I’ve led
the harvester of light
Warreh
Spawn. The
Omega Nightmare.
La música
enlatada dejó de sonar y la muchedumbre comenzó a agolparse en torno al
escenario. Sin especial prisa, caminé en la misma dirección que ellos para
buscar un lugar donde tener buena visibilidad. No tan cerca como para que me
aplastaran los de la zona posterior y algún cretino aprovechara para que se le
fuera la mano, pero tampoco tan lejos como para ver a unos puntitos cantar y
tocar la guitarra.
La música
empezó a sonar por los altavoces con mayor volumen, indicando que el
espectáculo ya estaba a punto de comenzar. Todo el mundo estaba pletórico,
porque sentían que estaban a punto de ver un concierto que nunca serían capaces
de olvidar.
Y así iba
a ser, en efecto. No como ellos habían imaginado, pero así iba a ser. En
realidad yo era la única que estaba en aquel momento segura de lo que iba a
pasar, y por eso me mostraba más nerviosa que nadie, cogiendo el colgante con
la mano derecha, como si fuera un crucifijo. Esto va por ti, Sergio, no hacía
más que pensar para intentar calmarme. Esta será mi venganza.
Pero me
estoy precipitando. Ya estoy contando la historia demasiado deprisa. Y en
realidad no entiendo bien por qué lo estoy haciendo, ya que sé que es una
historia que nadie va a poder leer jamás. Tal vez necesite contármela a mí
misma, comprender que todo lo que ocurrió, ocurrió de verdad. Tal vez lo único
que necesite sea desahogarme y ésta sea la única manera de hacerlo, ya que por
desgracia no puedo ir a un psicólogo a contar nada de lo que sé.
En
realidad no debería ni siquiera estar escribiendo estas palabras. Ya sólo el
mero hecho de que lo haga nos está poniendo en peligro a todos. Imagino que
sencillamente es superior a mis fuerzas. Al fin y al cabo, estudio periodismo.
Esto es lo que me enseñan a hacer, contar las cosas que descubro, sobre todo si
poseo información que nadie más posee.
Y lo más
divertido es que en realidad no sé muy bien por dónde debería empezar. En qué
momento poner el inicio de la historia para contarla de la manera más sencilla
posible. El problema es que soy parte de ella, y por ese motivo no podré
contarla con objetividad.
Si lo
pienso bien, creo que todo empezó con el colgante.
Yo y mi
empeño por la cultura egipcia. Se me metió entre ceja y ceja que quería un
colgante con la forma de un ankh, un símbolo de faraones que representa a los
muertos y que era usado por gran cantidad de aficionados a la música gótica y
siniestra. La ocasión vino cuando una exposición temporal llegó a la ciudad de
Madrid, cerca de la Puerta de Europa. A la salida vendían montones de regalos,
cada cual más feo y absurdo que el anterior, como lapiceros con dibujos de
Horus o pisapapeles con forma de pirámide. Pero entre toda aquella maraña de
artefactos había una modesta sección de bisutería, y en ella vendían pequeños
colgantes con la forma de un ankh, hechos en plata. Pregunté por el precio,
temiéndome que costarían un dineral, pero para mi sorpresa, apenas ascendía a
cuatro euros. Compré tres unidades y desde entonces se convirtió en mi colgante
favorito.
A veces
me pregunto si a Sergio no le hubiera ido mejor si yo nunca hubiera comprado
ese colgante. Pero eso, ahora, ya no tiene remedio.
Lo cierto
es que fue gracias a ese colgante que le conocí. Estaba de marcha con unas
amigas por los bajos de Moncloa y en uno de tantos bares heavies de por allí,
cuyo nombre no recuerdo porque tal vez ni siquiera llegué a fijarme entonces,
él estaba con un par de amigos que estaban a punto de marcharse. Yo ni me había
fijado en él y todo eso lo sé porque Sergio me lo contó mucho más tarde. Al ver
mi colgante, se acercó y aún recuerdo lo que me dijo.
—¿Eres la
Muerte?
Le miré
sorprendida, sin saber qué contestar. Pero al poco rato comprendí por qué lo
decía. A mí también me gustaba Neil Gaiman.
—No —me
limité a contestar, mientras mis amigas se alejaron discretamente.
—Me
alegro, porque eso quiere decir que mañana podría volver a verte.
El
concepto de Neil Gaiman de la Muerte es que cada cien años, y durante un solo
día, puede tomar forma mortal y pasear entre nosotros. Vale, no es la mejor
frase para ligar con una chica. Pero al fin y al cabo tampoco fue un mal tema
de conversación. A mí y a muchas de mis amigas nos encanta el rollo gótico,
como a muchas otras chicas. No hay más que ir una noche por el centro de la
ciudad y ponerse a contar los bolsos con bordados de Pesadilla Antes de
Navidad.
Sergio
estuvo la mayor parte de la noche con nosotras, y volvimos a verle la semana
siguiente. Después de eso quedamos solos por primera vez, y no hace falta que
cuente lo que ocurrió en días posteriores. No es, por otro lado, algo que
necesite contar para desahogarme puesto que nunca lo olvidaré.
Tiene
gracia. Ahora pienso que tal vez yo sí que fui la muerte para él.
Sergio y
yo teníamos bastantes gustos comunes, no todos por supuesto (odiaba el queso,
alimento que a mí me encanta), y uno de los más importantes era la música. Al
fin y al cabo no habíamos coincidido en el mismo local por mera casualidad.
Cuando mis padres no estaban en casa solíamos ir allí y pasarnos horas enteras
escuchando discos y charlando, y había veces en que llegábamos a enrollarnos
con la música puesta, ya fuera al ritmo de «Nothing Else Matters» o al de
«Enter». A veces el vecino de enfrente, que era un poco quisquilloso, golpeaba
la pared para que bajáramos el volumen de la música, pero solían ser incidentes
aislados sin mayor importancia.
Solíamos
dejarnos los discos por decenas, aunque luego tardábamos un montón de tiempo en
devolvérnoslos. Un poco acabamos por considerar que los discos de uno eran los
del otro y viceversa. Gracias a Sergio escuché por primera vez a Ayreon o
Porcupine Tree, y al mismo tiempo gracias a mí él escuchó a The Gathering, Ten
o Nightwish.
Más o
menos fue por aquel entonces cuando descubrí a Soundscream.
Como la
mayoría de los buenos grupos heavies, Soundscream era de Europa del Este, en
concreto de Finlandia. Llevaban bastantes años tocando, pero se habían hecho
famosos a partir de su trabajo más reciente, Destiny Oblivion.
Tenían un estilo bastante peculiar, que mezclaba el heavy sinfónico típico de
bandas como Dream Theater o Spock’s Beard, demasiado densas para mi gusto, con
un toque muy personal y melódico, más propio de mis grupos favoritos. Eran seis
miembros en total, de los que dos tocaban la guitarra eléctrica, uno la
batería, uno los teclados y dos cantaban a dúo todas las canciones, algo
ciertamente peculiar.
Le pasé a
Sergio el disco y no tuvo que escucharlo mucho para darse cuenta de que aquel
grupo era muy bueno, y que no tardarían en cosechar gran éxito, cosa que no se
hizo esperar. Aunque su anterior trabajo tenía varios singles que tuvieron
cierta modesta acogida y los fans empezaron a escuchar con calma sus trabajos
anteriores, de los que se rescataban varias canciones destacadas, no fue hasta
su siguiente trabajo, Monster on the Prowl, editado un año después
del anterior, que alcanzaron por fin fama mundial, sobre todo gracias a la
canción «Rising» y la que daba nombre al disco.
Sergio y
yo nos hicimos fans incondicionales del grupo. Nos compramos camisetas suyas
que, además, se revalorizaron poco tiempo después debido a que su logotipo, dos
eses entrelazadas, levantó mucha polémica porque se empezó a comentar que era
una apología del nazismo. Ya se sabe, esa clase de estupideces que se dicen,
como cuando se retiró la portada inicial del Nine Lives de
Aerosmith porque los dibujos que aparecían en ella eran ofensivos para muchos
hindúes. El tipo de asuntos que ayudan aún más a mejorar las ventas del grupo,
como bien saben en la industria discográfica.
Con el
reconocimiento mundial empezaron las giras, y Sergio y yo estuvimos en la
primera de ellas, aclamada en todas las revistas y en Internet y de la que
además sacaron un doble álbum en directo, aunque yo ya había escuchado la
mayoría de las canciones en un bootleg que había conseguido a través del Emule,
donde además, si uno se fijaba bien, podía escucharse, entre la estruendosa voz
del público —lo malo de las grabaciones clandestinas es su escasa calidad— la
voz de Sergio y la mía, pletóricos de emoción. Después de aquello tuvieron una
segunda gira al año siguiente, aun a pesar de no hacer sacado ningún nuevo
trabajo, y luego, con el lanzamiento de su nuevo disco, Deception Ghost,
hicieron una nueva gira, pero en esa ocasión solamente por Europa, para
disgusto de los fans americanos, su segundo gran foco de éxito.
En aquel
momento estaba muy lejos de saber que ese disco sería, de hecho, el último de
Soundscream, y aquella gira la última que llevarían a cabo. Pero no porque se
separaran, ni porque cambiaran de cantante. El motivo fue aún más extraño, y a
veces pienso en él como en el final de los tiempos felices y el comienzo de mi
infierno particular.
Cuando
ocurrió estaba en el tercer año de periodismo, y Sergio en su penúltimo año de
matemáticas. Una noche lluviosa, mientras el grupo estaba grabando los temas de
su nuevo trabajo de estudio, el cual nunca llegó a editarse, hubo un accidente
en la sala de grabación. Nadie sabe muy bien qué es lo que ocurrió, pero parece
que la mesa de mezclas tuvo algo que ver, o tal vez fue la maraña de cables que
estaba desperdigada por todas partes como la hierba de una selva tropical. El
caso es que comenzó un incendio que no tardó en extenderse a toda velocidad, y
que acabó por propagarse a todo el edificio. Murieron un total de veinticinco
personas, casi todas asfixiadas, encerradas dentro del estudio, entre ellas el
productor, el encargado de sonido y muchos otros técnicos. Murió también Henri
Häyrynen, uno de los dos cantantes del grupo. Las llamas se cebaron con él y
quedó completamente irreconocible.
El resto
de los miembros del grupo, a pesar de tener mejor suerte que su compañero,
tampoco salieron ilesos de la situación. Sufrieron gran cantidad de quemaduras
de segundo grado, por lo que estuvieron hospitalizados durante semanas mientras
se curaban. Las quemaduras les habían dejado desagradables cicatrices, y en la
mayoría de los casos habían desfigurado también sus rostros.
Aquel fue
el día que nació Warreh Spawn.
No
tardaron en anunciarlo en cuanto salieron del hospital por su propio pie. Ya no
habría más discos de Soundscream. Aunque nunca lo dijeron explícitamente, todos
los fans supusieron que la causa era la muerte de su compañero, al que
consideraban un miembro insustituible del grupo. Muchos se quejaron por la
decisión, argumentando que Queen siguió llamándose así a pesar de la muerte de
Freddie Mercury, y que en White Lion sólo quedaba Mike Tramp, el cantante, como
parte de la formación original.
Ahora,
sin embargo, dudo que fueran esos los verdaderos motivos. Dudo, incluso, que no
se alegraran de la muerte de su compañero.
Pero eso
no quería decir que abandonaran el mundo de la música, ni mucho menos.
Anunciaron a bombo y platillo que pronto sacarían un disco bajo el nuevo nombre
de Warreh Spawn. Cuando les preguntaron en una entrevista a qué se debía la
elección del nuevo nombre, el que ya era su único cantante, Allan Forsström, se
limitó a contestar que se trataba de toda una iconografía que no tardaríamos en
conocer.
Poco
después apareció el primer nuevo single de Warreh Spawn. Había mucha
expectación, sobre todo porque muchos fans de Soundscream tenían la esperanza
de que se tratara de alguna canción de la formación anterior reciclada para el
nuevo grupo. La decepción, sin embargo, fue inicialmente mayúscula porque se
veía a las claras que el nuevo sonido poco tenía que ver con el que habían
practicado hasta aquel entonces. Aún hoy en día las canciones inéditas del
disco de Soundscream que no vio la luz siguen siendo eso, inéditas. De vez en
cuando aparece algún listo por Internet diciendo que tiene las maquetas
originales, pero no tarda en comprobarse que no es más que un bulo y se trata
de material sobradamente conocido.
De todos
modos antes dije que la decepción fue inicialmente mayúscula, y sólo
inicialmente, porque el nuevo estilo de Warreh Spawn comenzó a ganar muchos
adeptos. Yo no fui una de ellos, ya que no me gustaba el giro que había dado su
música, pero Sergio se interesó por ellos aún más de lo que se había interesado
por Soundscream. Comenzó a coleccionar grabaciones piratas y ver todas las
entrevistas que podía, entrevistas a cada cual más extraña que la anterior. En
una de ellas, por ejemplo, preguntaron a Allan Forsström por el accidente y
cómo se sintió, y él, con su nueva voz, que se había convertido en mucho más
grave a causa del incendio, y su mirada quemada, dijo que «en realidad, sentí
frío, mucho frío. Pero él nos salvó».
Aun así,
debo admitir que ese rollo siniestro no hizo más que aumentar sus ventas hasta
límites insospechados, y eso sólo con un par de canciones y otros tantos covers
a la venta en el mercado. Su estilo era extremadamente emocional, con
contrastes entre agresividad y melancolía muy acusados, mucho más que los de
grupos como Opeth o Nine Inch Nails. Su dedicación a cada canción era, en
cierto modo, patológica. Nunca en la vida he escuchado a alguien desgarrar
tanta rabia y tristeza, ni siquiera a Kurt Cobain en sus últimas canciones, ya
cerca de suicidarse. Y no sólo al cantante me refiero, también a los
guitarristas —que lejos de perder técnica debido a las quemaduras habían
mejorado considerablemente—, a lo teclados e incluso al batería, el instrumento
impersonal por excelencia.
Sergio
empezó a obsesionarse seriamente con ellos. No hacía más que escuchar las
escasas canciones que había en el mercado una y otra vez. Decía que no seguían
las normas armónicas del sonido, que de hecho era como si se burlaran de esas
normas para engendrar emotividad por medio de la carencia de ritmo. En aquel
momento tampoco le hice mucho caso, pero era consciente de que sabía lo que se
decía. Al fin y al cabo, fue él quien me hizo apreciar por primera vez los
extraños acordes de Radiohead.
Un día,
de hecho, se presentó en casa con uno de los singles y me dijo que lo pasara a
formato mp3 para que lo escucháramos en el Winamp, un programa de ordenador
para archivos de audio. Dijo que me fijara en el ecualizador, esas barras que
suben y bajan al ritmo de los graves y agudos, y lo que vi me dejó muy
inquieta. Las barras se movían de una manera que no sé explicar, pero sé que no
había nada canónico en ellas, era como si se movieran de manera caótica, no
ordenada. Tampoco lo sé explicar mucho mejor que esto, Sergio me solía hablar a
menudo de la teoría del caos y de los armónicos pero no cogía mucho más que las
ideas básicas.
De todos
modos, lo que más me inquietaba de Warreh Spawn eran sus diseños de portada.
En la
vida había visto dibujos tan perturbadores como aquellos, y soy una admiradora
declarada de H. R. Giger. Transmitían una sensación extraña, preocupante, más
aún cuando supe que los dibujos habían sido sugeridos por los miembros del
propio grupo. Como no tardé en comprobar por mí misma, había una recurrente
obsesión por el número cinco en toda aquella maraña iconoclasta, y no sólo en
los dibujos, también en la duración de las canciones, siempre múltiplo de
cinco, y en el recurrente uso de un emblema que consistía en cinco puntos
negros unidos entre sí en forma de x, uno en el medio y los demás a los lados.
En páginas interiores del booklet del single —algo bastante insólito para
tratarse de una simple canción— decían que se debía a que el cinco era el
número de Warreh, y también la manera más sencilla de acudir a él.
Yo aún
seguía preguntándome quién o qué era Warreh cuando leí aquello, pero no tardé
en averiguarlo con la portada de su primer disco, uno de los dibujos más
perturbadores que he visto jamás.
En él
aparecían cinco hombres, por llamarlos de alguna manera, aunque sería más
correcto decir que eran unos engendros humanoides. Su piel era repugnante,
asquerosa y llena de protuberancias, y me recordaba vagamente a los monstruos
de Silent Hill. Los pies y las manos eran amorfos, aunque parecían capaces de
sostener objetos, y en el dibujo, de hecho, cada uno de ellos llevaba un
instrumento, los mismos que el grupo: dos guitarras, un teclado, una batería y
un micro. En el rostro tenían una boca, todos la misma, como una especie de
cepo de carne y músculo. Carecían por completo de pelo y, aparte de la boca, su
único rasgo facial era un agujero en medio de la frente, del tamaño de una
pelota de ping pong, agrietado e irregular por los bordes, y que no dejaba ver
más que oscuridad a su través.
Sin
embargo ese no fue el dibujo que más me asustó, ya que al fin y al cabo los
instrumentos hacían mucho por desvanecer aquella sensación estresante. Fue uno
que había en las páginas interiores el que hizo que me estremeciera de verdad.
Se trataba de una variante del anterior más sofisticada. En él aparecían las
mismas cinco criaturas, y en la misma posición, pero ya no llevaban instrumento
alguno. En lugar de manos, por otro lado, cada una de ellas tenía extraños
apéndices, que no tardé en reconocer como lo que el grupo definía como «armas
de la naturaleza». Eran, sin embargo, evocaciones a artrópodos, insectos y otra
clase de animales para nada similares a los mamíferos. Había pinzas de
cangrejo, colas de escorpión, patas de mantis, comillos de araña y trompas de
mosquito, y aunque en otros dibujos esa combinación cambiaba o variaba de
animales, la de esa ilustración en concreto me resultó la más extraña y,
también, la única que logró provocarme un escalofrío, como si sintiera que
aquella fuera la de verdad y las otras las de mentira, fuera lo que fuera la
verdad y la mentira en aquel momento.
El otro
detalle de novedad que me asustó del dibujo fue que los agujeros de la frente
ya no estaban vacíos. Del que llevaba un micro en la portada salían cuatro
cordones umbilicales, y desembocaban en el agujero de los otros cuatro seres,
quedando así todos unidos con todos. Pero no tenía la sensación de tener ante
mí a cinco seres distintos. Tenía, más bien, la sensación de estar viendo a un
solo ser. No sé explicarlo mejor, pero sé que no soy la única que lo sintió
así. Sergio también opinaba lo mismo que yo, y el propio grupo decía que ese
dibujo era la imagen de Warreh, el Guerrero. En una entrevista les preguntaron
de dónde habían sacado la idea de toda aquella escenografía, y ellos dijeron
que todo estuvo hecho desde el principio. Que le vieron en el incendio, luego
en sueños. Más tarde en pesadillas. Y por último, mencionaron varias páginas
web donde oyeron hablar de él, en especial sessenkrad.com, página que ya me
había llamado la atención al verla en los agradecimientos de las páginas
finales del libreto. Sin embargo, por mucho que busqué, y que buscó Sergio,
nunca llegamos a encontrar esa página, aunque estuviéramos tras ella por
motivos distintos. Como con todo, había gente en los foros de música heavy que
decía haberla visitado, pero uno nunca puede fiarse de lo que lee en Internet.
En cuanto
al disco en sí, su título no daba mucho pie a la originalidad, puesto que tenía
el mismo nombre que el del grupo. La primera sorpresa vino, sin embargo, cuando
se comprobó que ninguna de las canciones anteriormente publicadas aparecía en
el mismo, y estaba formado enteramente por temas nuevos, quince para ser
exactos. Las canciones seguían en la misma línea de los singles, cosa que era
de esperar, y aunque no me gustaban debía admitir que había gran calidad en
ellas, mucha más de la que hubiera esperado de un grupo que sólo quería
transmitir odio y desesperación a partes iguales.
De hecho,
aún hoy en día me planteo por qué exactamente no me gustaban. Pero no tardo en
llegar a la conclusión de que no merece la pena que me lo plantee. Tal vez
tenía la suerte de ser más resistente a esa música. Puede que haya algo muerto
en mi interior que me impida conectar con ella. En cualquier caso, es la
confirmación indiscutible de que soy rara.
Digo que
tenía suerte de ser resistente a esa música porque a medida que los meses
pasaban y Sergio escuchaba una y otra vez aquel disco endemoniado, empezó a
caer en una honda depresión. Se concentró menos en sus estudios, empezó a salir
cada vez menos, y poco a poco fui comprobando que se desvanecía de su interior
el hombre del que me enamoré en aquel local de los bajos de Moncloa.
En cuanto
vi lo que estaba ocurriendo traté de hablar con él, de no hacer oídos sordos.
Pero era demasiado tarde. Era como si le estuvieran robando la ilusión, la
esperanza o lo que sea que hace a los humanos ser como somos. Su comportamiento
podía deberse a muchos motivos, eso es cierto, pero sabía que se debía a ellos.
A Warreh Spawn.
Y lo
sabía por los otros casos que había escuchado en Internet.
La música
de Warreh Spawn ejercía un efecto negativo en muchas personas. Convertía en
grises sus vidas, les arrebataba la luz interior. Y no de manera natural. Hay
muchas canciones, muchos grupos, que producen en mí una gran sensación de
tristeza y desolación. Nada me pone tan triste como escuchar «Restless» de
Within Temptation o «Falling Again» de Lacuna Coil, pero es una tristeza que
evidencia que por dentro estoy cargada de emociones, que necesito en ese
momento que me abracen o que me consuelen. La tristeza que produce Warreh
Spawn, por llamarla de alguna manera, es una tristeza maligna, enfermiza. Que
sólo busca el dolor por el dolor.
Es por
eso que un buen día comprendí que Sergio estaba muerto, y que de hecho su
muerte se había producido mucho tiempo atrás. Pero lo peor de todo, lo más
terrible de todo, fue cuando comprendí que era yo quien le había matado. Yo le
dejé discos de Soundscream, yo le animé a escucharlos. Yo le presenté al
Diablo.
Hola,
¿eres la Muerte? Tal vez lo fuera.
Por eso,
una vez que dejé de ver a Sergio definitivamente, o quizás él dejó de verme a
mí y al resto del mundo, no lo sé bien, me dediqué en cuerpo y alma a
investigar más sobre Warreh Spawn, pero no como una aficionada a la música,
sino como la aspirante a periodista que era. La posibilidad de que le pasara a
más personas lo que le había pasado a Sergio me aterraba, sobre todo cuando
escuché que Finlandia estaba planteándose llevarles a Eurovisión, en un intento
de repetir el éxito alcanzado con Lordi.
No fue
mucho lo que pude descubrir, pero sí que me resultó sospechoso. Al parecer
todos los familiares de los miembros del grupo habían sido hospitalizados por
depresiones severas, y algunos de ellos habían intentado suicidarse, como la
mujer de Janne Ahokas, el batería. Muchos fans atribuían esos sucesos tanto al
desgraciado incendio y las consecuencias psicológicas que trajo para ellos como
a la creciente presión de la fama, pero yo no lo creía ni lo creo así. Esos
incidentes también estaban en el pasado de muchos de ellos, especialmente en el
de Allan Forsström, cuyo padre intentó matar a su madre y después suicidarse,
pero fue detenido por su propio hijo.
Una
investigación más exhaustiva en el pasado de los miembros del grupo dio lugar a
una coincidencia que no dejó de resultarme extraña: muchos de esos episodios
coincidieron con los esfuerzos musicales por separado de los miembros de Warreh
Spawn. El comportamiento agresivo del padre de Allan Forsström comenzó al
tiempo que él montaba su primera banda, Legend. Faiz Erola, uno de los
guitarristas, se divorció al poco de ingresar en Soundscream. Parecía como si
sólo fueran capaces de arruinar la vida de los demás a través de la música, y
que después del accidente esa capacidad se viera agravada.
Sea como
fuere, me decía una y otra vez, tenía que detenerles. A costa de lo que fuera.
Pero la ocasión no llegaba.
Hasta que
apareció el Lorca Rock.
El Lorca
Rock, que se celebra en verano todos los años, en la ciudad de Lorca, en
Murcia, es uno de los festivales de música heavy más importantes del país. Ese
año los cabezas de cartel serían Apocalyptica, Helloween y Warreh Spawn. De
hecho, éstos cerrarían el festival, un honor más que considerable teniendo en
cuenta que sólo tenían un disco editado, aunque como siempre, todo el mundo
tenía la falsa esperanza de que, faltos de repertorio, tocarían canciones de
Soundscream.
Compré
una entrada con meses de antelación, un billete de tren y esperé pacientemente
a que llegara mi momento.
El viaje
hasta allí fue sencillo, aunque no me había sentido tan sola en toda mi vida.
Siempre iba con Sergio a todos los conciertos y festivales, y la sensación de
estar allí sin nadie, sólo con mi tienda, y mi mochila, acampada junto a
cientos de personas en el recinto cercano al escenario, fue como una losa que
cayó sobre mi autoestima. Pero tenía que sobreponerme, puesto que tenía una
misión que cumplir.
El
primero de los dos días del festival me limité a disfrutar de los conciertos
como una espectadora más, escuchando la furia vikinga de Amon Amarth y sobre
todo las increíbles canciones melancólicas de Apocalyptica. Pero por muy
tristes que fueran, por mucho que desgarraran mi corazón, sobre todo por
recordarme a Sergio con temas como «Farewell» o «Bittersweet», seguía siendo
una sensación de vitalidad la que me recorría por dentro, no el vacío del alma
que suponía escuchar a Warreh Spawn.
Aquella
noche, dentro de la tienda, tumbada sobre la esterilla y el saco, no pegué ojo,
aunque tampoco hubiera sido fácil conseguirlo con la fiesta que había montada
en el exterior. Al día siguiente me levanté pronto y fui a las duchas, si es
que se podía llamar así a unas cañerías incrustadas en la pared de las que
salía agua. Me duché desnuda, aprovechando que estaba sola, y me limité a estar
tumbada el resto de la mañana. Cuando llegaron las tres y media, hora a la que
empezaban los conciertos, empecé a poner en marcha el plan.
Ignorando
todos los conciertos anteriores —cosa que me dolía como una puñalada en el
corazón— me limité a rondar por la zona vip, intentando ver cómo se movían los
artistas por allí. No tardé en localizar el almacén de las bebidas, y junto a
ellas, el agua con limón. Antes de ir al festival había hecho mis deberes como
periodista, y sabía que Allan Forsström siempre pedía agua con limón para los
conciertos, al menos cuando era uno de los dos vocalistas de Soundscream.
Parecía que había cosas que no cambiaban.
Después
de eso colarme temporalmente no fue demasiado difícil. Me gané al gorila que
vigilaba la puerta diciendo que sólo quería ver esa parte del escenario, no
hablar con nadie, para comentarlo en mi blog. Eso unido a mi atuendo, lo más
escaso posible, y a mi camiseta —»no soy virgen, pero hago milagros»— me
abrieron todas las puertas que necesité en aquel momento.
La
siguiente parte fue un poco más delicada. Tuve que esperar al momento justo en
que nadie me estuviera vigilando, aunque sólo fuera cuestión de segundos. Para
mi fortuna, como sospechaba, el envase coincidía con el del resto del recinto,
o si no hacer el cambiazo hubiera sido un poco más complicado.
Me limité
a coger el agua con limón y poner en su lugar la botella que llevaba, igual en
todo salvo en que estaba repleta de lejía.
Luego
salí de allí y me limité a disfrutar del resto del festival, puesto que aún
quedaban por actuar los Heaven Denied, que habían vuelto a reunirse de nuevo
con Mindself, su primer guitarrista, después de años separados.
Finalmente
llegó la madrugada, y la actuación de Warreh Spawn estaba ya pronta a comenzar.
La gente se agolpó frente al escenario, y agarré el colgante con la mano
derecha. Lo que estaba a punto de suceder sería algo difícil de olvidar. No
sabía si la lejía mataría al vocalista del grupo, pero esperaba que por lo
menos arruinara su voz para siempre. En todo caso, era muy posible que me
acabaran descubriendo, no en aquel momento pero seguro que más tarde, cuando
ataran cabos.
El grupo
se empezó a hacer de rogar, cosa extraña en un festival, donde todos los grupos
deben ser muy puntuales para evitar acumulación de retrasos, y la gente comenzó
a corear su nombre. Aun así, sin embargo, seguían sin aparecer.
Aquello
no era exactamente lo que esperaba que sucediera. ¿Echaría un trago el cantante
antes de empezar?
Finalmente
apareció uno de los organizadores del festival sobre el escenario. La gente
comenzó a abuchear, pero aun así se explicó. El grupo se había encerrado en su
camerino y no lograban hacerles salir por lo que era posible que la actuación
tuviera que suspenderse.
Por
supuesto, nadie abandonó el recinto. Siempre cabía la posibilidad de que
empezaran tarde, ya que eran los últimos en tocar.
Al cabo
de una hora, el mismo tipo de antes volvió a coger el micro. Había llamado a
los bomberos del pueblo para que echaran la puerta abajo.
Cuando
los bomberos llegaron y cumplieron con su objetivo, a quien hubo que llamar fue
a la policía.
Todos los
miembros de grupo estaban muertos. No hacía falta un análisis muy exhaustivo
para comprender que se habían suicidado en masa. Pero esto, claro, no lo supe
hasta el día siguiente, cuando regresé a Madrid. En aquel entonces se limitaron
a decirnos que el grupo estaba indispuesto, y por eso, me pasé toda la noche
preocupada, pensando que mi plan había tenido éxito pero que no tardarían en
buscarme y apuntarme con el dedo como culpable. Ahora pienso que posiblemente
nadie nunca bebió siquiera de aquella botella.
De ese
modo fue como la carrera musical de Warreh Spawn tocó a su fin, pero no su
popularidad. Igual que le pasó a Nirvana o a Sex Pistols, las ventas del disco
de Warreh Spawn se dispararon y no tardó en ser considerado una obra maestra
del género.
Al fin
parecía que todo había terminado. Al menos, Warreh Spawn no podría expandir más
su maligna semilla.
Pero no
contaba con una cosa.
No
contaba con la carta.
Una carta
de suicidio que se encontró junto a los cuerpos y que parecía haber sido
redactada por Allan Forsström pero firmada por todos en conjunto. Estaba
escrita en finlandés, y desde que se hizo pública pasó a engrosar toda la
iconografía del grupo.
Soundscream
La
esperanza es un lujo que los seres humanos no podemos permitirnos. Nubla
nuestra capacidad, nuestro potencial. Sólo las mentes enfermas pueden destacar
sobre el resto. El precio de ello es la autodestrucción.
[…]
Los
sueños, sin embargo, son la clave. En los sueños ellos nos guían, nos enseñan
el camino, del mismo modo que él nos lo enseñó. Los sueños son una parte
esencial de la naturaleza humana. Son reveladores, fascinantes. Si conociéramos
vuestros sueños, podríamos destruir vuestra alma en cuestión de segundos.
[…]
No
lloréis por nosotros. En vez de eso, escuchad nuestro disco. Es nuestra
influencia sobre vosotros la que nos hace inmortales.
Aunque
sólo recuerdo algunos párrafos, como los que están escritos arriba, la
sensación general que me produjo leer la carta, no mucho más larga, fue
angustiosa. No por las palabras, ni por lo que decían, sino por dónde lo
decían. Eran frases muy extrañas para encontrarse en una carta de suicidio.
Aparte de eso, el hecho de que la carta tuviera un título me resultaba aún más
extraño, y para colmo, el título era el nombre de su anterior grupo, como si
estuvieran llevando a cabo una broma macabra y póstuma.
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Hubo
mucho debate en Internet, por supuesto. Todo el mundo buscaba el significado de
esas palabras, lo que querían decir, y eso me asustaba. Pero lo que más me
asustó fue el día que comprendí qué era lo que significaban en realidad.
Porque
todos los fans buscaban significado en las palabras, pero no comprendían a lo
que se estaban enfrentando. No comprendían que el verdadero lenguaje de Warreh
Spawn estaba en la música.
Aún sigo
sin comprender bien cómo lo deduje. Supongo que fue la idea apropiada en el
momento apropiado. Ahora daría cualquier cosa por olvidarlo.
Cogí el
texto original de la carta, escrito en finlandés, y lo pegué en un documento de
Word. Cerré el documento y lo miré un buen rato: Nuevo documento de
texto.doc, ponía. Decidí ponerle nombre: Soundscream.doc, y
creo que fue en ese momento cuando tuve la idea. Cambié la extensión del
archivo: Soundscream.mp3.
Una
canción.
O no,
traté de razonar. No tenía por qué sonar de ninguna de las maneras. De hecho,
lo más probable sería que no sonaría en absoluto.
Pero
cuando comprobé el tamaño del archivo y pude ver que era de varias megas, más
de lo que hubiera considerado lógico, un escalofrío recorrió mi espalda.
Por un
momento me quedé quieta, muerta de miedo, mirando el archivo de música recién
creado, como si pudiera cobrar vida y atacarme en cualquier momento. A pesar de
estar sola, agarré los auriculares y me los puse, y cuando estaba a punto de
abrir el archivo y escuchar la canción, me detuve. No tenía el valor para
hacerlo.
Pero mi
curiosidad era demasiado fuerte como para detenerme en ese punto.
Me puse
los auriculares desenchufados, de modo que no escuchaba nada ni a nadie, y puse
en marcha la canción, bajando ligeramente el volumen.
Lo
primero que pude ver era que realmente algo estaba sonando, o al menos, como
poco, un silencio que duraría exactamente cinco minutos.
Lo
siguiente que llamó mi atención fueron las formas que realizaba el ecualizador,
formas extrañas que traían vagas imágenes a mi mente, sobre todo por el hecho
de asemejar una silueta vagamente parecida a una cabeza con un agujero en
medio.
Al mismo
tiempo, el sol se ocultó. A toda velocidad, a pesar de estar en pleno verano y
estar cercano el mediodía. A pesar de que apenas había nubes en el cielo. Y
puede que no tuviera que ver con nada de lo anterior, pero ese acontecimiento
estará indisociablemente unido a los anteriores en mis recuerdos.
La
canción terminó, y me quité los auriculares. El siguiente paso fue eliminarla
de mi ordenador, hacer como que nunca había existido.
Fue por
la tarde cuando me enteré del suicidio de mi vecino de al lado, el mismo al que
—alguna vez— solía molestar la música. Al parecer, se había abierto la cabeza
contra la misma pared que solía golpear cuando Sergio y yo le molestábamos.
Desde
entonces he tratado de olvidar todo lo sucedido, pero no soy capaz de hacerlo y
a veces cometo el error de recordarlo de manera consciente, como en este
momento, con esta historia que invariablemente tendrá que acabar eliminada, por
el bien de todos nosotros. Porque en una nota de suicidio que ha sido estampada
en millones de camisetas y reproducida en miles de páginas web, que ha sido
transcrita en carpetas y apuntes de estudiantes aburridos, e incluso recitada
en voz alta por los fans más declarados, yace el arma capaz de aniquilar a la
humanidad. Sólo es cuestión de tiempo, y algún día alguien tendrá la misma idea
que yo, alguien abrirá la puerta al horror que Warreh Spawn conoció de primera
mano, y entonces será el fin de todo y de todos.
Algún
día.
Magnus
Dagon es un seudónimo de Miguel Ángel López Muñoz. Nacido en Madrid en 1981. En
el año 2006 ganó el Premio UPC de novela corta, publicada después bajo el sello
de Ediciones B. Ese año fue finalista también del Premio Andrómeda, al año
siguiente del Premio Pablo Rido y en el 2009 ganador del IX Certamen de
Narrativa Corta Villa de Torrecampo. Ha publicado relatos en numerosas
publicaciones digitales y de papel. Es miembro de la asociación Nocte de
escritores de terror. En abril de 2010 salió a la venta su primer libro, “Los
Siete Secretos del Mundo Olvidado”, con la editorial Grupo Ajec. Es cantante y
letrista del grupo musical Balamb Garden, que se puede escuchar AQUÍ.
Hemos
publicado en Axxón: EL LÁNTURA (167), EL BRILLO DEL MAL (168), EL IMPERIO CAOS (173), NUEVO COMIENZO (174), COCHES AZULES (197), LOS NUEVOS DESCUBRIMIENTOS
PERDIDOS: LOS HOLOGRAMAS (199), EL JUGADOR (207), BEYOND (209)
Este
cuento se vincula temáticamente con EL COLOR QUE CAYÓ DEL CIELO de H.P. Lovecraft, BEYOND de Magnus Dagon, LUCY EN EL PAIS DE LOS MONSTRUOS de Ricardo Bernal, EL CONCIERTO de Isidro Martínez Palazón
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Axxón 210
– septiembre de 2010
Cuento de autor europeo (Cuento : Fantástico : Terror : Ser fantástico : Música
: España : Español).


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