© Libro N° 10941. Las Figuras Del Espejo. Anderson, Perry. Emancipación. Febrero 25 de 2023
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Figuras Del Espejo. Perry Anderson
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Perry Anderson
Las Figuras Del Espejo
Perry Anderson
¿Qué evaluación hacer, de lo que fue el socialismo? La historia sugiere
una serie de desenlaces ideales típicos, los cuales fijan más o menos el
espectro de posibilidades. De un modo estilizado, pueden ser admitidos como
paradigmas para diferentes versiones del futuro. La primera posibilidad es que
la experiencia del socialismo en este siglo venga a ser simplemente considerada
por los historiadores del futuro como algo parecido a la experiencia jesuita
del Paraguay. Fue un episodio que fascinó a la Ilustración: Montesquieu o Voltaire, Robertson y Raynal,
todos reflexionaron sobre su significado. Por más de un siglo, entre las
décadas de 1610 y 1760, los padres jesuitas organizaron a las tribus guaraníes
en comunidades igualitarias bajo la autoridad de la Compañía de Jesús en los
territorios de la costa superior del Río de la Plata. En esos poblados, cada
familia india tenía derecho a poseer un campo personal, cultivado privadamente,
pero la mayor parte de la tierra era cultivada colectivamente como propiedad de
Dios por el trabajo obligatorio de la comunidad entera, al son de los cánticos
y la música religiosa. La producción era distribuida en beneficio de todos los
que habían trabajado los campos, con una reserva para los enfermos, viejos y
huérfanos. Tenían almacenes, oficinas, pequeñas fábricas y ciudades bien
construidas. Pero no había dinero. Simplemente, un excedente comerciable de
yerba mate era exportado a Buenos Aires, a fin de pagar las manufacturas que
las reducciones jesuiticas no podían producir. Los jesuitas se dedicaban con
gran celo a la educación de sus protegidos, adaptando ingeniosamente sus
deberes doctrinarios a las creencias locales. Había reclutamiento, y la
caballería guaraní prestó notables servicios a la monarquía española más allá
de las fronteras del dominio jesuita. Pero ningún funcionario español tenía
permiso para residir en él, ningún comerciante (con algunas excepciones
específicas) podía visitarlo y no se enseñaba español a los indios, que
recibían instrucción y eran alfabetizados en su propia lengua, bajo la
autocracia de la Compañía.
En su completa inversión del tratamiento impuesto a las poblaciones
nativas en todas las otras regiones de las Américas, en su cuidadoso
aislamiento del virreinato circundante, en su relativa prosperidad (exagerada
por la leyenda), el Estado jesuita del Paraguay acabó atrayendo el odio y la
codicia de los latifundistas locales, la sospecha y los celos de la corte
española. Finalmente, en un súbito decreto, Madrid ordenó la expulsión de la
Compañía de Jesús del Paraguay. La operación, implacablemente conducida por el
virrey, no encontró resistencia. Los padres obedecieron las instrucciones
recibidas desde Roma. Los indios fueron desarmados con promesas de preservación
de sus comunidades y de creación de una universidad de la que sentían la
ausencia. Pero tan pronto como los jesuitas se fueron, sus tierras fueron
rápidamente tomadas, sus poblados saqueados y destruidos, y sus poblaciones
dispersas. Hoy, todo lo que resta de una experiencia que tenía ganada la
ambivalente admiración de los filósofos es un puñado de ruinas de bellas
iglesias y tal vez la supervivencia del idioma local. En Europa, los jesuitas
ajustaron sus ambiciones y se tornaron finalmente una parte inofensiva del
escenario general, con un nombre respetado y una causa absorbida por una
civilización que avanzaba en otra dirección. En el siglo XIX, la singular
experiencia jesuita del Paraguay fue ocasionalmente planteada por los
socialistas románticos como Cunningham Graham, un amigo de William
Morris, o condenada por conservadores racionalistas como Cournot.
Para el consenso de las generaciones siguientes, cuando por ventura la
recordaban, esa experiencia fue vista como un extravagante pasatiempo
histórico, una construcción social artificial que contradecía todas las leyes
conocidas de la naturaleza humana y estaba condenada a una rápida extinción.
Del mismo modo, los historiadores futuros –y aún actuales- podrán ver
retrospectivamente el ciclo de tentativas para construir el socialismo en el
siglo XX como un conjunto de aberraciones exóticas en países atrasados,
condenadas a desaparecer después de haber perturbado brevemente el curso de la
historia, a medida que avanzaban hacia su inevitable conclusión, dejando apenas
unos trazos inocuos de absorción en las regiones más avanzadas. En la década de
los 70, François Furet ya hablaba del «cierre del
paréntesis socialista«, cuando la civilización retomó su desarrollo a largo
plazo rumbo al capitalismo liberal. Visto en esa perspectiva, el destino final
del socialismo sería el olvido.
La revolución inglesa y los levellers
La segunda posibilidad es que el resultado del socialismo moderno sea
más próximo al legado de la primera revolución contra la monarquía por derecho
divino. En Inglaterra, en la década de 1640, la dinastía y el episcopado fueron
derribados, surgió un ejército revolucionario, un Estado republicano fue
fundado y se produjo un extraordinario fermento de las ideas radicales. La más
notable de ellas, en tanto realización colectiva, fue la primera teoría de la
democracia moderna que surgió de las filas de los levellers (niveladores).
Sus exigencias políticas incluían el sufragio universal masculino, una
Constitución escrita, cláusulas establecidas de forma inequívoca para proteger
las libertades civiles, parlamentos anuales y elección popular no sólo de los
diputados sino también de los oficiales de las fuerzas armadas y de los
funcionarios públicos civiles. Era un programa tan adelantado en relación a su
tiempo, que la mayoría de sus reivindicaciones aún no ha sido concretada
todavía en Gran Bretaña, que continúa sin República, sin Constitución escrita,
sin declaración de derechos, por no hablar de parlamentos anuales o de un
cuerpo de oficiales electos. La visión de la democracia de los niveladores, fruto
de la movilización popular durante la guerra civil y de la experiencia de
representación de los soldados en el consejo general del Ejército, no
sobrevivió, como movimiento efectivo, a la lucha militar contra la monarquía.
Sin embargo, el momento nivelador de la guerra civil permanece
como el espectáculo político más impresionante de su tiempo. No sorprende que
sus ideales se hayan granjeado tan frecuentemente la admiración de los
historiadores contemporáneos.
Pero, ¿cuál fue su verdadero legado histórico? La monarquía inglesa fue
restaurada en 1660 y, transcurridos otros cincuenta años, estaba debidamente
instalada en su lugar una estable oligarquía aristocrática que duró hasta la
época de la Revolución Industrial. En ese desarrollo, la memoria del fomento
radical de la república inglesa estaba completamente disipada. Ni la propia
comunidad cromwelliana, ni los niveladores que habían luchado
para democratizar el Estado revolucionario dejaron ningún vestigio duradero en
la vida política británica. Los debates de Putney sólo fueron
redescubiertos a fines del siglo XIX, y los programas niveladores fueron
estudiados seriamente sólo en el presente siglo. Así como la revolución inglesa
no dejó importantes instituciones, tampoco transmitió una herencia continua de
ideas, perdurando como influencia activa en generaciones ulteriores. La razón
de ello está no tanto en su derrota política sino el cambio intelectual que
ocurrió después de que ella terminó. Pues la gran excitación revolucionaria de
mediados de siglo aún estaba moldeada en términos esencialmente religiosos. La
guerra civil desembocó en una revolución puritana, cuyos principales líderes y
militantes estaban comprometidos en la creación de una Common-wealth of
the Godly (Comunidad de los fieles), en un universo mental aún más
saturado de mitos biblícos y doctrinas protestantes. Fue ese involucramiento
teológico el que le puso fin abruptamente. La Providencia, señal de las
bendiciones del Señor cuando los ejércitos de Cromwell salieron
victoriosos, se convirtió en la prueba de la ira divina cuando la república se
desmoronó, culminando en un característico colapso moral. Más profundamente
aún, el cuño religioso de la revolución acabó pareciendo anacrónico, cuando la
cultura elegante y las creencias populares se fueron secularizando
progresivamente a lo largo del siglo siguiente.
El resultado fue un paréntesis de cerca de cuarenta años entre la
revolución inglesa y su sucesora histórica en Francia. La Declaración de los
Derechos del Hombre, los eslogans de la libertad, igualdad y fraternidad eran
objetivamente secuelas de los Acuerdos Niveladores del Pueblo. Pero
subjetivamente había poca o ninguna ligazón entre ellos, porque el lenguaje de
la insurgencia política había cambiado completamente. Ahora, cualesquiera que
fuesen las nuevas energías movilizadas, el vocabulario de la revolución era
radicalmente secular, en verdad, en su mayor parte, intransigentemente
anticlerical. Así, podría decirse que la democracia niveladora no
sufrió el destino de la igualdad jesuita, una vez que, después de un transcurso
de más de un siglo, su equivalente reapareció –mucho más fuerte, explosiva y
duraderamente- en la forma de una transvaloración. En ese proceso, las ideas en
acción de la «buena causa antigua» encontraron expresión en un idioma muy
diferente, con otras connotaciones y justificaciones. Si algo semejante a eso
se desarrollase al final del siglo XX, el socialismo desaparecería de hecho,
pero podríamos esperar, en alguna fecha posterior, encontrar sus valores y
objetivos característicos recodificados en alguna nueva y convincente visión del
mundo, objetivamente emparentada pero subjetivamente desligada de su
predecesora. Algunos podrían imaginar que cierto ecologismo se podría ajustar a
ese rol, descartando lo que sería visto como las dimensiones religiosas del
socialismo, la fe en el proletariado o el desdén hacia la naturaleza, pero
rearticulando otros de sus principales temas: sobre todo, el deliberado control
colectivo de las prácticas económicas y la igualdad de oportunidades de vida
para toda la humanidad.
Una tercera posibilidad es que la trayectoria del socialismo acabara
asemejándose a la del jacobinismo, desencadenada por la propia Revolución
Francesa. A la inversa que los niveladores, los jacobinos
-menos comprometidos con la libertad personal, más eficientes en la
construcción del Estado consiguieron conquistar el poder, aunque no lo
retuviesen por mucho tiempo. Su gobierno fue el coronamiento radical de un
proceso revolucionario que duró una década y convulsionó el escenario europeo.
Tal como la inglesa, antes que ella, la Revolución Francesa no creó un orden
político duradero, culminando igualmente en una dictadura militar seguida de
una restauración. Pero esta vez el antiguo orden tuvo que ser impuesto desde
afuera, pues la propia revolución había ido mucho más lejos, poniendo en marcha
una movilización popular más profunda, un desarrollo ideológico más amplio y
consecuencias estratégicas más vastas para Europa en general. Siendo así, se
tornará en un evento no tanto nacional como universal, cuya memoria no podría
ser apagada. Dentro de la propia Francia, por el simple hecho de que la
restauración había sido externa, el legado de la revolución no podía más que
estar suprimido. Quince años después, París estaba cubierta de barricadas y el
gobierno en fuga. La monarquía de julio duró algo más, antes de ser consumida
en las llamas de 1848. En otras palabras, la Revolución Francesa fundó una
tradición política acumulativa, inspirando sucesivas tentativas ulteriores de
concretización de los principios de 1789 o 1794, no sólo en Francia, sino
también en Europa y, en última instancia, más allá de ella.
De la Revolución Francesa al socialismo moderno
Por otro lado, esa tradición también tardó en sufrir una decisiva
mutación. Pues de la matriz democrático-burguesa de la Revolución Francesa
saldrían las concepciones distintas y básicamente antagónicas del socialismo
moderno. En ese proceso no hubo ruptura de la continuidad temporal, del tipo de
la que se verificó entre la época de los niveladores y la de
los jacobinos. El nacimiento de las ideas socialista coincidió efectivamente
con el surgimiento de las nociones seculares de soberanía popular e igualdad
ante la ley, las cuales pasarían a ser los fundamentos normales de la
democracia capitalista. Babeuf, el primer pensador de la tradición
socialista propiamente dicha, fue uno de los protagonistas de la
revolución. Saint-Simon, su primer teórico sistemático, fue
voluntario en la guerra americana de la independencia y testigo de la
revolución, desarrollando sus doctrinas en relación a ella bajo la
restauración. Fourier publicó su primer esquema sobre los
falansterios bajo Napoleón. El propio Marx estaba profundamente
impregnado de la herencia de lo que denominó simplemente, con mucha frecuencia,
la «gran revolución», y modeló la revolución proletaria venidera mediante una
proyección retrospectiva de aquélla. Así, cuando estalló la revolución de 1848,
fue natural que la Segunda República asistiese a un breve frente único entre
los antiguos jacobinos y los nuevos socialistas, Ledru-Rollin y Louis
Blanc. Una coalición entre ambos aún se mantuvo en París en tiempos de la
Comuna. Pero, como señaló Cournot, mirando con aprensión hacia las
banderas rojas, la proximidad era ahora engañosa. El socialismo se presentó
como el heredero de la revolución, el único programa capaz de dar realidad
efectiva a la libertad, la igualdad y la fraternidad. Pero era también una genuina
mutación. Se trataba de un movimiento de una especie diferente al jacobino,
apuntando a la creación de una sociedad que nada tenía que ver con la República
de la Virtud, de Robespierre, en la medida en que significaba una
ruptura con su respeto por la propiedad privada, una crítica de su visión del
pasado, un reordenamiento de la trinidad de 1789, y una apuesta por un nuevo
agente social que sólo surgiría de la expansión de la industria moderna,
después de que la Revolución Francesa llegase a su término.
Si el paradigma jocobino fuese pertinente, el socialismo también
sufriría a su vez una mutación semejante, con el surgimiento coincidente de una
nueva especie de movimiento para la transformación radical de la sociedad,
reconociendo en algunos aspectos su deuda para con el socialismo, pero, en
otros, criticándolo o repudiándolo con vehemencia. Esto, sin duda, se asemeja
al papel que las feministas atribuyen frecuentemente a la lucha por la igualdad
sexual. Los orígenes modernos de las campañas por la emancipación de las
mujeres se remontan a los tiempos de la Segunda Internacional, cuando los
propios textos centrales del movimiento obrero hablaban de la abolición de la
desigualdad entre los sexos, así como entre las clases, y la obra de Bebel La
Mujer en el pasado, el presente y el futuro era el libro más popular
de la literatura de la socialdemocracia alemana -tal como el texto central del
feminismo moderno, El segundo sexo, de Simone de
Beauvoir, sería escrito desde un declarado punto de vista socialista-.
Pero el sufragismo y sus sucesores siempre representaron, no obstante,
una tradición histórica distinta, y como el socialismo vino a conceder un
margen cada vez menor para la igualdad sexual en el siglo XX, la distancia
entre las dos corrientes se amplió. Las formas contemporáneas de feminismo de
la segunda ola han estado generalmente marcadas por la clara diferencia con las
tradiciones sociales. Si los cambios sociales obtenidos son todavía modestos,
las consecuencias estructurales de una real igualdad sexual para una economía y
una sociedad capitalistas parecen ser imponderablemente vastas. Lo que
resultará de ello nadie puede decirlo por ahora. Pero las feministas podrían
muy bien argumentar que, en contraste con el incierto futuro del movimiento
obrero, la causa de la emancipación de las mujeres puede estar razonablemente
confiada en que tiene ante sí un victorioso camino por recorrer.
Liberalismo y socialismo
Existe otra posibilidad. Que el destino del socialismo esté, a fin de
cuentas, comprobadamente más próximo al de su rival histórico, el liberalismo.
Si los orígenes económicos del liberalismo moderno están en la economía
política clásica, de acuerdo a las formulaciones de Smith y Ricardo,
convirtiéndose en una doctrina política en la época de la restauración y
recibiendo expresión clásica en Constant, las dos corrientes sólo
se fundirán completamente a mediados del siglo XIX, en tiempos de Gladstone y
de Cavour. Es entonces, como teoría general del libre comercio y
del imperio de la ley, de una sociedad de mercado y un Estado restringido,
cuando su influencia se hizo mucho más amplia que la de los partidos que
ostentaban el nombre de liberales y se tornó en la concepción preponderante del
progreso tanto en el viejo como en el nuevo mundo. Con el cambio de siglo,
habiendo presidido el sustancial crecimiento económico y la paz internacional,
el liberalismo parecía destinado a guiar a la civilización de la belle
époque hacia un mundo de creciente prosperidad e irrestricta
democracia.
Desde ese apogeo, la caída fue abrupta. Con la eclosión de la Primera
Guerra Mundial, la civilización liberal se desmoronó súbitamente, rindiéndose
al barbarismo industrial. Mientras millones de personas tomaban parte de la
matanza interimperialista, bajo el liderazgo de sus más repetables políticos e
ideólogos, su escala de valores parecía empujarles a cometer un suicidio moral.
Al profundo descrédito que resultó de esa derrota, siguió el golpe devastador
de la más profunda recesión en la historia del mundo, entre las dos guerras. Si
la Gran Guerra parecía preanunciar la subversión del Estado constitucional, la
depresión parecía demostrar la falencia del libre mercado. Pero lo peor estaba
aún por suceder, cuando la herencia combinada de Versalles y del Viernes Negro
colocó al nazismo en el poder dentro de la estructura de una democracia
parlamentaria, mientras el mercado mundial se disolvía en bloques autárquicos.
Al final del primer tercio del siglo, muchos observadores creyeron que el
liberalismo podría desaparecer como fuerza histórica de importancia.
Pero los acontecimientos probaron otra cosa. En (y a través de) la
Segunda Guerra Mundial, el liberalismo efectuó una extraordinaria recuperación.
En la lucha contra el fascismo, la economía norteamericana recuperó su
dinamismo y los estados anglosajones, su reputación. Con el retorno de la paz,
la democracia liberal, basada en el sufragio universal, se vio por primera vez
generalizada a todas las zonas capitalistas avanzadas, y consolidada con la
asistencia económica y la supervisión política de los Estados Unidos. Al mismo
tiempo, la economía capitalista mundial fue duramente reliberalizada y, cuando
el libre comercio internacional revivió sobre la base de un patrón dólar/oro,
un prolongado boom redundó en rápido crecimiento y firme prosperidad, sin precedentes
en los países de la OCDE. Desde cualquier parámetro histórico, esto significó
una formidable doble transformación. El liberalismo tiene ahora la expectativa
de una tercera realización de un orden comparable: la gradual propagación de su
modelo económico y político a todo el mundo menos desarrollado. Casi ningún
país del Tercer Mundo comenzó su industrialización de acuerdo a una orientación
de mercado libre o como un verdadero Estado constitucional. Pero así como la
acumulación alcanzó cierto umbral, la democracia política y la desregulación
económica comenzarán a mostrarse como una tendencia cierta también en ciertas
regiones del Sur. Esa es, está claro, la historia contada por Fukuyama.
El socialismo, por su parte, surgió del escenario mundial justamente en
el momento en que el liberalismo entraba en su crisis moderna. En un tiempo en
que la mayoría de los pensadores liberales aún estaba sumergida en la euforia
de Herbert Spencer, convencida de que la industria esparciría la
paz entre los Estados, Luxemburgo y Lenin, Hilferding y Trotsky estaban
previendo la eclosión de la guerra imperialista que pondría fin a los ajustes
estabilizadores del fin-de-siécle.
También fue la tradición marxista la que previo la posibilidad de la
Gran Depresión, y fueron los marxistas quienes primero vislumbraron todas las
consecuencias del fascismo que emergió de ella. Al mismo tiempo, como el
propio Marx -y en su estela, los marxistas rusos- también
había pensado como posible, una revolución socialista estalló, de hecho, en
Rusia, y culminó en la creación de un Estado comunista del que los observadores
europeos pensaron durante mucho tiempo iría a ser la segunda mayor potencia mundial
del siglo XX. Ese Estado fue, a su vez, la principal fuerza en la derrota del
fascismo europeo en la Segunda Guerra Mundial, una derrota que sentó las bases
para la recuperación histórica del liberalismo en Occidente, al mismo tiempo
que una segunda gran revolución estallaba en Asia.
Posibilidades de redención
Ningún movimiento político realiza exactamente aquello que se propone
llevar a cabo, y ninguna teoría social prevé jamás lo que irá a ocurrir
precisamente. No existe la menor dificultad en enumerar todas las afirmaciones
y previsiones equivocadas de Marx, Luxemburgo o Lenin.
Pero ningún otro cuerpo de teoría en ese período -el primer tercio del siglo-
estuvo abierto a los dobles sucesos, de previsión y de realización, como la
tradición socialista. Por otro lado, probaron en la práctica ser tan
vulnerables al tiempo -y a sus propios crímenes- como los éxitos del
liberalismo antes que ellos. Ya antes de la derrota del nazismo, el régimen
de Stalin lanzó una guerra contra el propio campesinado ruso y
desencadenó las purgas, en dos ondas de terror masivo, que sólo podrían ser
comparadas en términos de sacrificio de vidas con la Primera Guerra Mundial, y
hasta es posible que la excedan. Si el equilibrio político-moral con el
liberalismo fue de este modo perdido, el equilibrio económico tampoco logró en
el Este una ventaja sobre Occidente. La tumultuosa industrialización soviética
de los años 30, que aseguró la victoria contra Hitler, se
desarrolló con un telón de fondo de depresión y estancamiento en Occidente.
Pero, luego de 1950, el capitalismo ingresó en el más dinámico boom de
la historia, y cuando la recesión volvió a repetirse, veinte años más tarde, su
tasa de crecimiento mostró estar muy por encima de la del bloque soviético,
sumergido ahora en un agudo estancamiento económico y parálisis social, bajo un
dominio burocrático no reconstruido. La rama socialdemócrata de la tradición
socialista, por otra parte, que no había desafiado la matanza homicida de la
Primera Guerra Mundial, y que poco remedio pudo ofrecer frente a la depresión,
floreció en el interior del capitalismo europeooccidental después de la Segunda
Guerra Mundial, siendo pionera de los sistemas de bienestar que lo tornarían
significativamente más humano que sus equivalentes americano y japonés. Pero
con las condiciones económicas alteradas de los años 80, también ella entrará
en crisis, y los partidos socialdemocrátas irán perdiendo sistemáticamente su
poder o abandonando los compromisos con sus metas tradicionales. En el final de
la década, el comunismo estaba por todas partes en crisis o en colapso, y la
socialdemocracia a la deriva. El potencial histórico del socialismo en general,
aún admitiendo el menor desafío (pero también el menor peso) de la
socialdemocracia, aparece a los ojos de muchos como completamente agotado, a
semejanza del liberalismo de cincuenta años atrás.
Si el paradigma liberal fuese pertinente, sin embargo, una redención
ulterior del socialismo como movimiento no podría ser excluida. El liberalismo
se recuperó, a pesar de todas las previsiones sombrías, adoptando elementos
diluidos del programa de su antagonista: monitoreo por el Estado de los
equilibrios macroeconómicos, garantía de paz social a través de los programas
de bienestar y ampliación de la democracia a todos los adultos. El comunismo
intentó modernizarse de modo semejante, introduciendo elementos de autoridad
ante la ley de mercados competitivos. El resultado fue un completo fracaso, por
lo menos en el bloque soviético. Ahí, el capitalismo se encuentra ahora
política e intelectualmente triunfante. Por otro lado, una privatización total
de la propiedad en gran escala -o sea, una completa reproducción económica del
capitalismo y de su concomitante estructura social- aún se halla razonablemente
distante. Su concretización exigía una proeza de ingeniería social a largo
plazo, sin precedentes en la tradición liberal, en condiciones extremadamente
duras. Los recursos necesarios para financiarla exceden a las propias potencias
capitalistas que controlan el proceso. Pues el malestar estructural subyacente
del capitalismo avanzó, revelado en la década del 70, no ha sido superado. Las
tasas de beneficio aún no superan la mitad de las que se registraron en el
largo boom de posguerra, y fueron mantenidas en ese nivel
solamente a costa de una firme expansión del crédito, aplazando el día de la
rendición de cuentas. El advenimiento de cualquier crisis severa en los países
del OCDE cambiaría todos los cálculos políticos, en Occidente y en el Este, de
forma imprevisible. El estrechamiento de los vínculos en el orden capitalista
mundial está destinado, de cualquier modo, no sólo a reforzar las tremendas
presiones a la pobreza y la explotación del Sur, sino a repercutir por primera
vez en el propio Norte. Todas estas tensiones podrían crear una nueva agenda
internacional para la reconstrucción social. Si fuese capaz de responder
efectivamente a esas tensiones y conflictos, sería menos probable que el
socialismo fuese sucedido por algún otro movimiento y que fuese redimido como
legítimo programa para un mundo más igual y más habitable.
Las analogías históricas nunca son más que sugestivas. Pero hay
ocasiones en que ellas pueden ser más fecundas que las previsiones. Sería
sorprendente que el destino del socialismo reprodujese con toda fidelidad
cualquiera de esos paradigmas. Pero el conjunto de posibles futuros que hoy se
abren frente a él se sitúa dentro de una gama como ésta. Olvido,
transvalorización, mutación, redención; cada uno, de acuerdo con su intuición,
hará su propia conjetura sobre cuál de las alternativas es más probable: jesuita,
niveladora, jacobina, liberal; esas son las figuras del espejo.



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