© Libro N° 10940. ¿Cómo Leer “El Capital”? Althusser, L. Emancipación. Febrero 25 de 2023
Título original: © ¿Cómo
Leer “El Capital”? L. Althusser
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Capital”? L. Althusser
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
L. Althusser
¿Cómo Leer “El Capital”?
L. Althusser
¿CÓMO LEER “EL CAPITAL”? [1]
L. Althusser
El Capital se publicó hace un siglo (1867).
Sigue siendo joven, más actual que nunca, con una actualidad candente.
Los ideólogos burgueses, aunque sean «economistas», «historiadores»
o «filósofos», han pasado su tiempo, desde hace un siglo, tratando de «refutarlo».
Han declarado que las teorías del valor-trabajo, de la plusvalía y de la ley
del valor son tesis «metafísicas» que nada tienen que ver con «la
economía política». En efecto, nada tienen que ver con la «economía
política» de ellos. El más reciente de esos ideólogos es M. Aron.
Repite al pie de la letra unas antiguallas (2) mientras cree que
está inventando cosas nuevas.
Aquellos proletarios que leen El Capital pueden
comprenderlo con más facilidad que todos los especialistas burgueses, por más «sabios»
que éstos sean. ¿Por qué? Porque El Capital habla,
sencillamente, de la explotación capitalista de la que son víctimas. El
Capital desmonta y exhibe los mecanismos de esa explotación que los
proletarios sufren todos los días, en todas las formas a que la burguesía
recurre: aumento de la duración del trabajo, intensificación de la
productividad, de los ritmos de trabajo, disminución del salario, paro,
etc. El Capital es ciertamente su libro de clase.
Además de los proletarios hay otros lectores que se toman en serio El
Capital: trabajadores asalariados, empleados cuadros, y en general algunos
de los llamados «trabajadores intelectuales» (maestros, investigadores,
ingenieros, técnicos, médicos, arquitectos, etc.), sin mencionar a la juventud
de los liceos y a los demás estudiantes. Todos estos lectores, ávidos de saber,
quieren comprender los mecanismos de la sociedad capitalista para orientarse en
la lucha de clase. Leen El Capital, que es la obra científica y
revolucionaria que explica el mundo capitalista; leen a Lenin, que
continúa a Marx y explica que el capitalismo ha llegado a su
estadio supremo y último: el imperialismo.
Dos dificultades
Aclarado esto, hay que decir que no es fácil para todo el mundo leer y
comprender El Capital.
En efecto: es necesario saber que esa lectura presenta dos grandes
dificultades: una dificultad nº 1, política, que es determinante; y una
dificultad nº 2, teórica, que es subordinada.
La dificultad nº 1 es política. Para «comprender» El
Capital es necesario tener la experiencia directa de la explotación
capitalista (como los obreros) o bien haber hecho el esfuerzo necesario para
situarse «en las posiciones de la clase obrera» (como los militantes
revolucionarios, ya sean obreros o intelectuales). Quienes no son obreros ni
militantes revolucionarios, por más «sabios» que puedan ser, como los “economistas”,
«historiadores» y “filósofos”, han de saber que el precio que han
de pagar para conseguir esta comprensión es una revolución en su conciencia,
masivamente dominada por los prejuicios de la ideología burguesa.
La dificultad nº 2 es teórica. Es secundaria respecto de la dificultad
nº 1, pero no deja de ser real. Quienes están acostumbrados a trabajar en la
teoría, en primer término los científicos, por lo menos los científicos de las
verdaderas ciencias (las Ciencias humanas son en el 80 % falsas ciencias,
construcciones de la ideología burguesa), pueden superar las dificultades
generadas por el hecho de que El Capital sea un libro de
teoría pura. Los otros, por ejemplo los obreros, que no están acostumbrados a
la teoría pura, han de hacer un esfuerzo sostenido, atento y paciente para aprender
a avanzar en la teoría. Les ayudaremos. Verán entonces que esta dificultad de
ninguna manera se encuentra más allá de sus fuerzas.
Por el momento es suficiente con que sepan:
1.
Que El Capital es un
libro de teoría pura: que construye la teoría del «modo de producción
capitalista, de sus relaciones de intercambio específicas» (Marx);
que El Capital tiene, pues, un objeto «abstracto» (que
no se puede «tocar con las manos»); que no es, pues, un libro de
historia concreta o de economía empírica, como imaginan los «historiadores»
y los «economistas».
2.
Que toda teoría se caracteriza por la
abstracción de sus conceptos y por el sistema riguroso de tales conceptos; que
es necesario aprender, pues, a practicar la abstracción y el rigor; conceptos
abstractos y sistema riguroso no son unas fantasías de lujo sino los
instrumentos mismos para la producción de los conocimientos científicos,
exactamente como las herramientas, las máquinas y su regulación y precisión,
son los instrumentos para la producción de los productos materiales (automóvil,
radio de transistores, etc).
Una vez tomadas estas precauciones, he aquí algunos consejos prácticos
elementales para la lectura del Libro I de El Capital.
Las mayores dificultades teóricas y de otro tipo que obstaculizan una
lectura fácil del Libro I del El Capital están concentradas
(lamentablemente o felizmente) al comienzo del mismo Libro I, muy precisamente
en su Sección I, que trata de Mercancía y dinero.
Plusvalía y horas extra.
Por consiguiente empiezo dando el siguiente consejo práctico: Comenzar
la lectura del Libro I por la Sección II: La conversión de dinero en capital.
Considero que sólo es posible comenzar (y únicamente comenzar) a
comprender la Sección I después de haber leído y releído todo el Libro I a
partir de la Sección II.
Este consejo es más que un consejo: Es una recomendación que me permito
presentar como una recomendación imperativa.
Cada uno puede experimentarla en la práctica.
Si comenzamos a leer el Libro I por su comienzo, es decir, por la
Sección I, o bien nos quedamos empantanados en ella y abandonamos; o bien
creemos que comprendemos, pero eso es todavía más grave porque hay muchas
posibilidades de que hayamos comprendido algo completamente distinto de lo que
hay que comprender.
A partir de la Sección II (La conversión de dinero en capital) las cosas
son luminosas. Entonces se penetra directamente en el corazón mismo del Libro
I.
Ese corazón es la teoría de la plusvalía, que los proletarios pueden
comprender sin ninguna dificultad porque se trata sencillamente de la teoría
científica de aquéllo que experimentan día a día: La explotación de clase.
A continuación vienen dos secciones muy densas, pero muy claras, que
siguen siendo decisivas para la lucha de clases: La Sección III y la Sección
IV. Tratan de las dos formas fundamentales de la plusvalía, que utiliza la
clase capitalista para llevar al extremo la explotación de la clase obrera: Lo
que Marx denomina la plusvalía absoluta y la plusvalía relativa.
La plusvalía absoluta (Sección III) se refiere a la duración de la
jornada de trabajo. Marx explica que la clase capitalista promueve
inexorablemente el aumento de la duración de la jornada de trabajo y que la
meta de la lucha de la clase obrera, más que centenaria, consiste en arrancar
una disminución de la duración de la jornada de trabajo a través de la lucha
contra ese aumento.
Históricamente se sabe cuáles han sido las etapas de esa lucha
encarnizada: Jornada de 12 horas, de 10 horas, después de 8 horas y por último,
durante el Frente popular, las 40 horas semanales. Lamentablemente también se
sabe que la clase capitalista recurre a todas sus fuerzas y a todos sus medios,
legales y paralegales, para prolongar la jornada de trabajo real, aunque se
haya visto obligada a limitarla en el plano legal como consecuencia de unas
leyes sociales conquistadas en dura lucha por la clase obrera (ejemplo: 1936).
En la actualidad la duración de la semana de trabajo varía entre 45 y 54
horas… Y el patronato ha encontrado el artilugio de las «horas extra».
También existe el «trabajo negro», además del trabajo «regular».
Digamos unas palabras acerca de las «horas extra». Según los
horarios, son pagadas un 25%, un 50% e incluso un 100% por encima de la tarifa
de las «horas normales». Aparentemente parece que le «cuestan caro»
al patronato. En realidad le resultan ventajosas. Porque permiten que los
capitalistas hagan funcionar hasta 24 horas sobre 24 unas máquinas muy costosas
que es necesario amortizar lo más rápido posible, antes de que sean superadas
por nuevas máquinas todavía más eficaces, que la tecnología moderna arroja
permanentemente al mercado. Para el proletariado las «horas extra» son
todo lo contrario de un «regalo» que le estaría haciendo el patronato.
Sin duda proporcionan un suplemento de ingreso a los obreros que lo necesitan,
pero arruinan su salud. Las “horas extra” sólo son, pues, tras sus
apariencias engañosas, una explotación de los obreros.
Pasemos ahora a la Sección IV de El Capital (La producción de la
plusvalía relativa). Se trata de una cuestión candente.
La plusvalía relativa (Sección IV) es la forma nº 1 de la explotación
contemporánea. Es mucho más sutil. Se refiere al aumento del equipo mecánico de
la industria (y de la agricultura), y por consiguiente a la productividad que
éste genera. El crecimiento de la productividad (espectacular en los últimos 10
o 15 años) no sólo se ejerce a través de la introducción de máquinas cada vez
más perfeccionadas, que permiten producir la misma cantidad de productos en
tiempos dos, tres o cuatro veces inferiores, sino también a través de la
intensificación del ritmo de trabajo (los ritmos).
De todo esto trata Marx en la Sección IV. Exhibe los
mecanismos de la explotación a través del desarrollo de la productividad en sus
formas concretas; y demuestra que jamás el desarrollo de la productividad puede
beneficiar espontáneamente a la clase obrera, porque precisamente está hecho
para aumentar su explotación.
Lo que la clase obrera puede hacer, como en el caso de la duración del
trabajo, es luchar contra las formas propias de la explotación a través del
desarrollo de la productividad, para limitar los efectos de esas formas (lucha
contra los ritmos, contra la intensificación de los ritmos, contra la supresión
de ciertos puestos de trabajo, por consiguiente contra el «paro de la
productividad», etc.). Marx demuestra de una manera
absolutamente irrefutable que los trabajadores no pueden esperar beneficios
duraderos a partir del desarrollo de la productividad, antes de la toma del
poder por parte de la clase obrera y sus aliados; que hasta ese momento sólo
pueden luchar para limitar los efectos del mismo, y por consiguiente contra la
explotación que constituye su meta, en una lucha de clase encarnizada.
El lector puede entonces omitir en rigor provisionalmente la Sección V
(Investigaciones ulteriores acerca de la plusvalía) que es bastante técnica, y
pasar directamente a la Sección VI acerca del salario.
Productividad y lucha de clase
También en este caso los obreros se encuentran literalmente en su propia
casa, porque Marx examina, además de la mixtificación burguesa
que declara que el «trabajo» del obrero es «pagado según su valor»,
las diferentes formas del salario, por tiempo en primer lugar, y salario por
piezas después, es decir las diferentes trampas en las que la burguesía trata
de coger a la clase obrera para destruir en ella toda voluntad de lucha de
clases.
En este caso los proletarios reconocerán que la cuestión del salario o,
como dicen los ideólogos burgueses, la cuestión del «nivel de vida», es
en última instancia una cuestión de lucha de clase (y no una cuestión de
desarrollo de la «productividad» que «debiera» beneficiar «naturalmente»
a los obreros).
Como conclusión de las Secciones II-VI, los proletarios reconocerán que
su lucha de clase en el dominio económico sólo puede ser una lucha de clase
contra las dos formas principales de la explotación, que son la tendencia
ineluctable del sistema capitalista a:
1.
Aumentar la duración de la jornada de
trabajo;
2.
Disminuir el salario.
Los dos objetivos (y consignas) fundamentales de la lucha de clase
proletaria económica contra la explotación capitalista son, pues, directamente
antagónicos respecto de los objetivos de la lucha de clase capitalista:
1.
Contra el aumento de la duración del
trabajo;
2.
Contra la disminución de los
salarios.
Hemos subrayado que la lucha de clase económica era una lucha contra el
aumento de la jornada de trabajo y contra la disminución del salario, porque
nos interesaba marcar estos tres principios fundamentales:
Sugerir que el salario puede ser aumentado dentro del régimen
capitalista por el mero aumento de la productividad, es una ilusión mantenida
por los reformistas.
1.
Significa enmascarar la tendencia
ineluctable del capitalismo, que está por la disminución del salario. Los
comunistas deben recordar esta tendencia a sus camaradas de trabajo. Dentro del
régimen capitalista toda lucha concerniente a los salarios es una lucha contra
esta tendencia a la disminución. Por supuesto toda lucha contra la disminución
del salario es, al mismo tiempo y también, una lucha por el aumento del salario
existente.
2.
Los reformistas enmascaran este hecho
porque escamotean la lucha de clase. La cuestión de la lucha contra el aumento
de la duración de la jornada de trabajo y contra la disminución del salario no
es una cuestión de desarrollo de la productividad sino una cuestión de lucha de
clase: Muy precisamente de lucha de clase económica.
3.
La lucha de clase económica está
limitada en sus efectos, porque es una lucha defensiva contra la tendencia a la
agravación de la explotación económica, tendencia ineluctable del
capitalismo. La única lucha de clase que puede transformar la lucha económica
defensiva (contra los ritmos, contra las supresiones de puestos, contra la
disminución del salario, contra la arbitrariedad de las primas, etc.) en lucha
ofensiva, es la lucha de clase política. La lucha de clase política se
fija como meta última la revolución socialista. Una lucha de clase
política que engloba la lucha económica es la lucha de los comunistas, la lucha
por la revolución socialista.
Todo esto está perfectamente claro en El Capital mismo,
aunque la distinción entre la lucha de clase económica y la lucha de clase
política no esté desarrollada allí en cuanto tal. En los continuadores
de Marx, ante todo en Lenin (en ¿Qué
hacer?) y en todos los dirigentes revolucionarios (Maurice Thorez ha
insistido mucho en ella) la encontramos expuesta con mucha claridad.
Ninguna perspectiva revolucionaria es posible sin el primado de la lucha
política sobre la simple lucha económica. La simple lucha económica «apolítica»
conduce al economicismo, es decir a la colaboración de clase. Por el contrario,
el primado de una lucha política, que despreciaría la lucha económica y la
desdeñaría, conduciría al voluntarismo, es decir al aventurismo.
Esta lucha de clase ha de ser desarrollada en el plano nacional,
teniendo en cuenta las particularidades de la situación nacional, pero como una
parte de la lucha de clase internacional. No hay que olvidar que en 1.864, es
decir tres años antes de El Capital, Marx y los
militantes revolucionarios de la época habían fundado la Primera Internacional,
réplica proletaria de la Internacional Capitalista, que domina el «mercado
mundial».
«Bola de nieve» y masacres
Después de la Sección VI acerca del salario, los lectores podrán pasar a
la Sección VII (La acumulación de capital), que es muy clara. En ella Marx explica
que la tendencia del capitalismo consiste en transformar permanentemente en
capital la plusvalía arrancada a los proletarios, y por consiguiente que el
capital no cesa de «hacer bola de nieve», es decir de reproducirse sobre
una base cada vez más amplia para arrancar cada vez más sobretrabajo
(plusvalía) a los proletarios. Esta tesis es ilustrada por el magnífico ejemplo
concreto de la Inglaterra de 1846 a 1866. Sabemos desde Lenin que
esta reproducción del capitalismo ha asumido desde finales del siglo XIX la
forma del imperialismo: Interpenetración del capital bancario y del capital
industrial, formación del capital financiero y sobreexplotación directa del «resto
del mundo» en la forma del colonialismo, que provoca las guerras coloniales
y después las guerras interimperialistas, que han mostrado a todos de manera
patente que el imperialismo ya ha entrado en su fase de agonía, porque las dos
guerras mundiales han tenido entre otras «consecuencias» la Revolución
Rusa (1917), la instauración de las democracias populares y después la
Revolución China (1949).
La Sección VIII (La acumulación primitiva), que cierra el Libro I
de El Capital, contiene un descubrimiento de muchísima importancia.
En ella Marx denuncia la mixtificación burguesa que consiste
en explicar tranquilamente el nacimiento del capitalismo por… ¡el ahorro del
primer capitalista que habría trabajado y separado el dinero para la
constitución del primer capital! Marx demuestra que en
realidad el capitalismo sólo pudo nacer en las sociedades occidentales después
de una enorme «acumulación» de dinero entre las manos de algunos
«hombres con escudos» y que esa acumulación fue el resultado brutal de siglos
de bandolerismo, de correrías, de robos, de rapiñas y de masacres de pueblos
enteros (por ejemplo, los descendientes de los incas y otros habitantes del
fabuloso Perú, rico en minas de oro).
Ahora bien: esta tesis marxista acerca de los orígenes históricos del
capitalismo sigue siendo de candente actualidad. Porque aunque en la actualidad
el capitalismo funcione relativamente sin masacres en los países «metropolitanos»,
sigue practicando los mismos métodos de robo, bandolerismo, violencia y
masacres en lo que se denomina sus «franjas», que son los países del «Tercer
mundo»: América Latina, África y Asia. Las masacres norteamericanas en el
Vietnam son incluso hoy la prueba de la verdad que Marx expone
en la Sección VIII a propósito de los orígenes lejanos del capitalismo.
Pero la situación ha cambiado por completo. Los pueblos ya no se dejan
masacrar: Han aprendido a organizarse y a defenderse, entre otras cosas
porque Marx y Lenin, y sus sucesores, han educado
a los militantes revolucionarios de la lucha de clases. Y por esta razón el
pueblo vietnamita está en vías de conquistar sobre el terreno la victoria
contra la agresión de la mayor potencia militar del mundo, gracias a la guerra
popular que ha desarrollado, con la dirección de las organizaciones que se ha
creado.
Si queremos leer El Capital, leer a Lenin (y
en particular las «pocas conclusiones» con que termina La
enfermedad infantil, que se refieren directamente a las condiciones de la
revolución socialista en los países capitalistas occidentales) sabremos extraer
su lección y concluir a partir de ella que muchos de nosotros veremos triunfar,
todavía en el curso de nuestras vidas, la Revolución en nuestro propio país.
Esta regla de oro…
Resumo, pues, de la siguiente manera mis consejos prácticos para la
lectura de El Capital:
1.
Dejar sistemáticamente de lado la
Sección I;
2.
Comenzar por la Sección II,
3.
Leer con mucha atención las Secciones
II, III, IV, VI, VII y VIII (dejar de lado, pues, la Sección V);
4.
Tratar de leer, sólo después, la
Sección I, sin olvidar que de todas maneras es extremadamente difícil y
requiere explicaciones detalladas (3).
Una vez aclarado esto puedo aconsejar también a los lectores de El
Capital que antes de emprender el estudio de la obra maestra de Marx lean
los dos textos siguientes, que pueden servirles como una excelente
introducción:
1.
Trabajo asalariado y Capital (1847) de Marx.
2.
El Capital, artículo de Engels de 1868, reproducido en el Tomo
III de El Capital, en la traducción francesa de Editions sociales
(págs 219 – 225), admirable exposición de las tesis esenciales del Libro I.
Si desean examinar en un texto sencillo y claro ciertas consecuencias
importantes del Libro I, después de haber estudiado el Libro I, los lectores
pueden leer con cuidado Salario, Precio y Ganancia, de Marx (1865),
publicado en traducción francesa por Editions sociales en el mismo volumen
que Trabajo asalariado y Capital. Señalo que estos dos textos son
conferencias pronunciadas unas muy tempranamente (1847) y otras más tarde
(1865) por Marx ante un público obrero (en el caso de las
primeras) y (en el caso de las segundas) ante el Consejo general de la Primera
Internacional.
Al leerlas se podrá apreciar cuál es el lenguaje que Marx consideraba
que debía adoptar ante obreros y militantes del movimiento obrero. Marx sabía
hablar un lenguaje sencillo, claro y directo, pero al mismo tiempo no hacía la
menor concesión en cuanto al contenido científico de sus teorías. Consideraba
que los obreros tenían derecho a la ciencia y que podían superar perfectamente
las dificultades propias de toda exposición verdaderamente científica. Esta
regla de oro es y sigue siendo más que nunca una lección para nosotros.
Marzo 1969.
[1] L´Humanité, 21 de marzo de 1969.
[2] Por lo que sé, ya antes de la guerra de 1914 el filósofo italiano
Croce les ha dado la forma más perfecta».
[3] Sólo puedo dedicar una breve nota a las dificultades teóricas que
obstaculizan una lectura rápida del Libro I de El Capital (por lo demás Marx lo
retomó una decena de veces antes de darle su forma definitiva: y no sólo por
razones expositivas).
Indico sintéticamente el principio de la solución:
1.
La teoría del valor-trabajo sólo es
inteligible como un caso particular de lo que Marx y Engels han llamado la ley
del valor. Esta denominación de ley del valor constituye de por sí una
dificultad en cuanto denominación.
2.
La teoría de la plusvalía sólo es a
su vez un caso particular de una teoría más vasta: la del sobretrabajo que
existe en todas las sociedades, pero que en todas las sociedades de clase es
arrancado. En su generalidad esta teoría del sobretrabajo no es tratada por sí
misma en el Libro I.
El Libro I presenta, pues, la particularidad específica de contener
ciertas soluciones de problemas que sólo se han planteado en los Libros Il, III
y IV, y ciertos problemas cuyas soluciones sólo se darán en los libros
siguientes.
Fundamentalmente, las dificultades objetivas del Libro I residen en este
carácter de «suspenso o de anticipación». Hay que advertir esto y extraer su
consecuencia, es decir leer el Libro I teniendo en cuenta los Libros II, III y
IV.
Secundariamente, y este aspecto no es para nada soslayable, ciertas
dificultades del Libro I, en particular las que presentan el capítulo I de la
sección I y la teoría del “fetichismo”, derivan de la terminología heredada de
Hegel con la que Marx, como él mismo confesó, tuvo la debilidad de “coquetear”
(kokettieren).


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