© Libro N° 10939. Actualidad De Las Revoluciones En La Mundialización. Almeyra, Guillermo. Emancipación. Febrero 25 de 2023
Título original: © Actualidad De Las Revoluciones En La
Mundialización. Guillermo Almeyra
Versión Original: © Actualidad De Las Revoluciones En La Mundialización. Guillermo
Almeyra
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
https://kmarx.wordpress.com/2014/11/30/actualidad-de-las-revoluciones-en-la-mundializacion/
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Fondo:
Portada E.O. de Imagen original:
https://kmarx.files.wordpress.com/2014/11/revol-global.jpg?w=353&h=260
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
ACTUALIDAD DE LAS REVOLUCIONES EN LA MUNDIALIZACIÓN
Guillermo Almeyra
Actualidad De Las Revoluciones En La Mundialización
Guillermo Almeyra
Vivimos desde hace un cuarto de siglo una nueva fase de la
mundialización capitalista, 1 que está dirigida por el capital
financiero. La misma se ha afirmado a escala mundial sobre la base de grandes
derrotas sociales y culturales de los trabajadores y no, como plantean Negri y Hardt, 2 de
la victoria de la “multitud” sobre el capitalismo, que habría dado
origen al “imperio”. Aprovechando la visión puramente nacional de las
luchas y de las conquistas que tenían los movimientos sociales, sobre todo
europeos, dirigidos por los partidos socialdemócratas y comunistas
stalinistas, y el enfoque nacionalista y reformista de los movimientos sociales
en toda América, que desarmaban teóricamente a los adversarios del capital para
la comprensión de esa nueva fase histórica, y sacando provecho máximo del
derrumbe de la Unión Soviética y del Pacto de Varsovia, 3 el
capital financiero y las grandes empresas transnacionales pasaron a la
ofensiva, apoyándose para ello en el recrudecimiento, ya sin trabas, de la
política imperialista de la principal potencia mundial y única potencia militar
importante: Estados Unidos.
Como es evidente para todos los que quieran ver la realidad, no vivimos
en un imperio abstracto, sin territorialidad ni Estado, basado en la producción
supuestamente “inmaterial” y en los conocimientos, en el cual el poder
sería ejercido por los organismos financieros del capital, lo cual excluiría
las guerras coloniales y las ocupaciones de territorios, así como los
conflictos entre las grandes potencias capitalistas. Ni vemos la posibilidad de
un éxodo del sistema capitalista de una abstracta e informe “multitud”
que, por fin, estaría construyendo relaciones sociales democráticas.
Por el contrario, como siempre, para su realización el capital necesita
un territorio y un aparato de Estado, éste sirve a los sectores dominantes de
las clases dominantes (en el caso de Estados Unidos, a los petroleros y
sectores energéticos y armamentistas), el capital financiero está estrechamente
entrelazado con las grandes empresas productoras de mercancías que, por tanto,
necesitan dominar los territorios donde están los recursos que ellas requieren,
así como mantener, lo más barato que sea posible, los salarios directos e
indirectos (educación, salud, pensiones, derechos sociales) . Como desde fines
del siglo XIX, aunque no del mismo modo que entonces, las guerras imperialistas
y coloniales (como la de Irak, o la de Afganistán o como la ocupación de
Palestina) están en el orden del día. Como siempre, hay una disputa por la
hegemonía entre las grandes potencias productoras de mercancías (Estados
Unidos, Unión Europea, China, con Japón y Rusia como segundones). No existe
ninguna “gobernancia”, ni mucho menos aún un gobierno mundial, y el
sistema capitalista, en su explotación extrema de los recursos y de las
poblaciones, no sólo amenaza con un terrible desastre ecológico, sino que
también pone en peligro –a pesar de los grandes avances científicos y
tecnológicos y en parte debido al control capitalista de los mismos– las
conquistas civilizatorias resultantes de largas y cruentas luchas de los
pueblos. Cuando se pueden duplicar las expectativas de vida, el hambre mata un
niño cada ocho segundos a pesar de que a escala mundial no faltan alimentos y
la mayoría de la población de Africa está a merced de enfermedades mortales que
podrían ser erradicadas si para combatirlas se destinase sólo una fracción
ínfima de lo que Estados Unidos gasta anualmente en armamentos y en drogas.
Lejos de avanzar hacia la democracia, la concentración de la riqueza en cada
vez menos manos y de la pobreza en un polo cada vez más vasto llevan al
capitalismo a intentar reducir, en Estados Unidos y en escala mundial, los
márgenes para la democracia, mientras la mundialización reduce también el
espacio de lo político y de la política al tratar de imponer la dictadura del
mercado.
Estas son las condiciones en las que se desarrolla la lucha entre los
explotadores, por un lado, y los explotados y oprimidos, por el otro. Son
circunstancias de desigualdad permanente y creciente, de exclusión de cuatro
quintas partes de la humanidad del disfrute de las posibilidades que ofrece el
actual nivel de civilización. No hay margen para una cooptación por el sistema
de la inmensa mayoría de la población humana ni para su incorporación gradual a
relaciones sociales más democráticas, como sucedió a partir de la Segunda
Guerra Mundial hasta fines de los setenta. La subsunción de las zonas rurales y
del territorio por el capitalismo tiende a agotar para éste la posibilidad de
utilizar de modo duradero las diferencias entre los salarios reales que existen
entre los distintos países y la emigración –de proporciones bíblicas– actúa en
el mismo sentido. Para mantener y aumentar las ganancias, además de la
extracción de plusvalía relativa, el capitalismo recurre cada vez más a la
plusvalía absoluta, es decir, a una explotación que pone en peligro la
reproducción misma de la fuerza de trabajo. Al mismo tiempo, destruye las redes
de protección social (las leyes sociales oficiales, pero también las relaciones
comunitarias y solidarias familiares), así como las culturas e identidades,
expropiando, despojando, empobreciendo cultural y materialmente a centenares de
millones de habitantes de las zonas rurales y de los suburbios urbanos en los
países dependientes donde se amasan los abandonados por el sistema.
Mientras continúan y se tornan cosa cotidiana las guerras y los
desastres ecológicos (sequías, inundaciones, pestes) provocados por la
voracidad capitalista, la inmensa mayoría de la humanidad está instalada desde
hace décadas en una crisis cada vez más profunda y que amenaza el futuro humano
con su combinación de riquezas exhibidas descaradamente y de pobrezas abyectas,
de grandes desarrollos tecnológicos que permitirían reducir drásticamente el
tiempo de trabajo necesario para producir los bienes materiales o culturales
indispensables para una vida digna y de retorno de condiciones de esclavitud o
de semiesclavitud. Crece así el odio al sistema capitalista y la protesta
social es favorecida y difundida rápidamente por los avances en los medios de
comunicación e información. Salvo quizá en China y en la India, países menos
incorporados a las políticas que trata de imponer el capital financiero
internacional y que tienen aún vastas zonas rurales menos tocadas por las
innovaciones mercantiles capitalistas y, por tanto, menos informadas. El mundo
vive cada vez más en la misma hora política, tiende a ser realmente una aldea
global.
El debilitamiento (en número y en organización) de los obreros manuales
en los países industrializados no ha hecho pasar el testimonio de la lucha ni a
la “multitud” ni mucho menos a un supuesto trabajo “inmaterial”. 4 El
peso numérico no es igual, en efecto, al peso social específico y una huelga
con manifestación de cien mil obreros tiene una influencia enorme, sin que
cuente su carácter minoritario frente a los millones de habitantes de un país.
Las diferencias internas provocadas por la gran ofensiva capitalista (y por la
desocupación), de todos modos han debilitado, en efecto, a los trabajadores
industriales y la inmigración (casi un tercio de los trabajadores de los países
industrializados son extranjeros, carecen de derechos y hablan otras lenguas) ha
afectado su unidad de clase. Pero así sucedió también a fines del siglo
XIX en los países de inmigración e incluso en los industrializados, que
proletarizaban campesinos que en algunos países no hablaban la lengua oficial.
Y la creación de industrias (maquilas) en todos los países dependientes, si
bien un primer momento de integración de campesinos y mujeres jóvenes o niños a
un trabajo fabril mal pagado y casi esclavo aún no produce obreros con
conciencia clasista, sí crea las condiciones –como lo demuestra lo que sucede
en China– para su cambio subjetivo y organizativo posterior. Por otra parte, el
“trabajador colectivo”, u “obrero social” es explotado por el
capital y, por tanto, reacciona contra éste, de diferentes modos y con
diferente intensidad, pues el capitalismo rebaja y explota todos los
conocimientos, incluidos los de los científicos y técnicos y no sólo los
saberes de campesinos, obreros y artesanos. No existe por tanto la informe
multitud que presentan como descubrimiento científico Negri, Hardt y Virno:
existen clases –como en Bolivia, Ecuador o China– que actúan como tales y con
sus instrumentos organizativos propios y arrastran en la lucha a otros
sectores, también de clase, en oposición a las clases dominantes.
La reducción de los espacios democráticos y de las conquistas históricas
de los trabajadores, la exclusión de los pueblos originarios y de vastos
sectores de los campesinos de la vida económica, política y social, las guerras
coloniales imperialistas, la destrucción de soberanías e identidades resultante
de las políticas neoliberales del gran capital financiero, juntan y secan la
pólvora en los sótanos del sistema capitalista. La unificación del mundo por el
mercado lleva también a generalizar en todo el orbe la moderna lucha de clases,
a proletarizar a todos los que son explotados y oprimidos. El capitalismo
engendra así resistencias ocultas 5 que
preparan estallidos como los argentinos, bolivianos, ecuatorianos, los
cuales hacen dar un salto a la conciencia de las clases subalternas.
Los cambios en la subjetividad, la construcción de los
sujetos revolucionarios 6
Las revoluciones las prepara y detona el capitalismo; no las hacen los
revolucionarios, sino los que hasta el día anterior ni soñaban con ellas y sólo
exigían reformas. La imposibilidad de obtener dichas reformas, el empeoramiento
continuo de la situación y un gran agravio sentido por todos impulsan la
ruptura con la “normalidad”. La fuga del rey de Francia y el episodio de
Varennes en la Revolución Francesa; la vacancia en el trono madrileño y la
aceptación de un rey francés en el caso de la independencia latinoamericana; la
masacre en 1905 de quienes solamente pedían al zar pan y paz en la primera
revolución rusa; el asesinato de Francisco I. Madero y de su
vicepresidente, Pino Juárez, en la mexicana; la guerra de 1914
conducida con gran incapacidad y como agentes de la Entente a pesar de los
sufrimientos de los campesinos soldados en la Revolución de Octubre rusa; el
levantamiento de Francisco Franco en la revolución española,
son ejemplos claros de detonantes “imprevisibles” de procesos
revolucionarios preparados; sin embargo, durante años en la maduración política
cotidiana e individual que construía una conciencia colectiva.
No se puede, por tanto, sostener que la revolución hoy ya sería
imposible porque las conciencias no están maduras para ella o, como dice Holloway, 7 porque
el enajenamiento y el fetichismo abarcan toda la vida y la cubren como una capa
de plomo que impide moverse a los individuos. Si el ser humano estuviese
total-mente determinado por las visiones del mundo impuestas por las clases
dominantes, jamás habrían habido cambios sociales; sin el Grito sobre el
cual habla Holloway resultaría impensable e inexplicable el
caso de un doctor alemán hijo y nieto de rabinos que estudió y desentrañó el
Capital y preparó la revolución contra el capitalismo.
Las revoluciones se hacen para preservar lo que está en peligro de ser
destruido, son el freno de mano para evitar que el tren vaya al despeñadero (W.
Benjamin). Pero, al tratar de conservar, modifican, crean nuevas
perspectivas, abren nuevos caminos, desatan capacidad crítica y creativa. Marx decía
que la primera característica de las revoluciones es que cambian a quienes las
hacen, precisamente porque éstos no las querían o no las querían así y se
vieron arrojados a ella “por las fuerzas objetivas” (es decir, por el
cambio en las relaciones subjetivas de grandes masas a la vez conservadoras e
innovadoras, sin proyecto preconcebido ni objetivos comunes en todos los
terrenos). Quienes dicen en el fondo, como Holloway, que las
revoluciones son el fruto de algunos estatólatras, olvidan que son el fruto de
las insoportables contradicciones del capitalismo, que explotan en condiciones
excepcionales; quienes sostienen como Raúl Zibechi que las
revoluciones son negativas y de hecho reaccionarias, ya que sustituyen a
Estados débiles por Estados fuertes, ignoran la independencia política de los
trabajadores, su proceso de cambio subjetivo y les atribuyen el papel de
marionetas de algunos intelectuales-agitadores.
Precisamente toda la alharaca contra la revolución (Negri y Hardt, Holloway, Zibechi,
y tantos otros, en el campo de quienes no aceptan el capitalismo, y todos los
partidarios de la teoría del fin de la historia en sus diversas versiones)
salen ahora porque el capitalismo está creando, con sus crímenes en escala
mundial, las condiciones para un fascismo de masas o para la revolución. La
revolución es la ultima ratio, pero se llega a ella como el que
debe saltar entre las llamas, abandonando su hogar y sus bienes, para escapar
del incendio que seguramente le costará la vida.
El lento hundimiento en la barbarie (Benjamin dixit)
resultante de la acción imperialista provoca dos tipos de reacciones de masa.
Una, la de cientos de millones de seres humanos que intentan sobrevivir a
cualquier precio, haciéndose chiquitos, metiéndose en las grietas del sistema.
Emigran para mantener a sus familias aceptando el peligro de muerte, la
discriminación, los bajos salarios, el racismo y la violencia. Tratan de
mimetizarse. O van a trabajar a las maquiladoras, abandonando el campo que no
les permite vivir, y aceptan condiciones y horarios de trabajo inhumano,
salarios infames, explotación sexual. O se contratan como mercenarios en
guerras que ni quieren ni comprenden. Son respuestas conservadoras, de
adaptación al sistema. Sobre esa gente, justificando su acción, tiene
influencia la campaña cultural, massmediática, religiosa, de las clases
dominantes y este es un factor que no se puede subestimar.
Pero, al mismo tiempo, están los que transforman la resistencia oculta
en actos de resistencia abierta. Los que, ante el debilitamiento del aparato
del Estado y el abandono por éste de sus funciones asistenciales y procuradoras
de consenso, desarrollan gérmenes de poder dual en su territorio municipal,
donde se refugió la democracia expulsada de las instituciones representativas,
o practican la autonomía y la autogestión hoy mismo, como preparación de un
cambio social, cuando en otros periodos anteriores eso sucedía en el momento de
auge de la revolución (como en Morelos o en Rusia). Esos sectores
–minoritarios, pero muy importantes– surgen sobre todo allí donde, por razones
sociales o incluso étnicas, la comunidad tiene mayor fuerza y una experiencia
de resistencia pasiva que se torna ahora activa y repropone experiencias del
pasado con nuevos contenidos, como sucede con el ayllu aymara o
con la solidaridad boliviana organizada, en todos los sectores, bajo un ropaje
sindical que desborda ámpliamente los intereses corporativos y gremiales.
La presión social de capas afines y el factor ético, muy poderoso porque
el capital financiero ignora la ética y la moral, dividen antes de la
revolución (preparándola), como en el pasado a los aparatos de mediación
(Iglesia, partidos), de obtención del consenso (instituciones culturales y
educativas) o de represión. Así sucedió durante la Revolución Francesa, las
guerras de independencia (con los miembros del bajo clero insurrectos en toda
América Latina y los militares criollos de baja graduación) y durante la
Revolución Mexicana (el general Felipe Ángeles) o durante la
revolución española, o la revolución nicaragüense.
Las fracturas en la dominación van debilitando la losa de resignación y
de conservadurismo que el capitalismo intenta reforzar con su “pensamiento
único” (Ramonet). El pensamiento crítico encuentra brechas. La
división en las clases gobernantes (un ejemplo lo da el caso de López
Obrador, pero también sucede lo mismo en el caso argentino con la derecha
contra Kirchner, en Nicaragua, en Ecuador o Bolivia) y la fractura
cultural antes expuesta facilitan la búsqueda por las clases subalternas no
sólo de posiciones comunes contra el régimen, sino también de alternativas
organizativas.
Las reivindicaciones y el marco político-cultural de los movimientos
sociales actuales, es cierto, son compatibles con el sistema capitalista y no
lo ponen en discusión. Pero lo que abre el camino para una alternativa es la
autoorganización y la combinación entre los programas nacionales
antiimperialistas y reivindicaciones sociales incompatibles con la política y
los gobiernos capitalistas actuales. Se une así la lucha por la liberación
nacional con la lucha por la liberación social y en la organización masiva de
un movimiento plural y multiforme, no subordinado a los partidos, aparecen
elementos que favorecerán la emancipación.
Los sujetos revolucionarios se construyen en los movimientos. Y éstos
nacen (o se refuerzan, cuando antes existían) con la continuidad en el tiempo
de las movilizaciones y con esa continua medición de masas de cuál es la
relación de fuerzas entre las clases. La subjetividad individual cambia
molecular e imperceptiblemente bajo el efecto combinado de la crisis permanente
(que deja a mujeres como jefas de familia y, por tanto, les da un nuevo papel
en la familia y en la sociedad, que destruye la familia tradicional y construye
en cambio nuevas solidaridades extrafamiliares, que demuestra que la
posibilidad del pleno empleo es cosa del pasado y que la sociedad no puede
estar construida sobre la base de los productores, sino de los ciudadanos,
cualquiera que sea su papel en la producción). Esos cambios en la subjetividad
de los individuos provocan la aparición de una nueva subjetividad colectiva,
más democrática, plural y crítica.
No estamos en el tiempo de los caudillos, aunque éstos subsistan, sino
del protagonismo de masa. No vivimos el tiempo del sectarismo, aunque el
mismo se sobreviva, sino el de la construcción de frentes, con posiciones y
dinámica de clases, que son al mismo tiempo laboratorios de democracia interna,
centros de discusión política y cultural y centros de organización de un poder
paralelo al del aparato de Estado. El fetichismo y la alienación no dan como
consecuencia inevitable la parálisis: los movimientos son desalienantes y dejan
al desnudo los mecanismos de dominación capitalista. La multiplicidad de los
actores y sujetos en el campo popular en lucha por otro tipo de nación 8 no
los fusiona en una masa informe –la “multitud”, sin cerebro ni
objetivo–, sino que incorpora a la lucha anticapitalista a sujetos, como los
pequeños comerciantes o los vecinos en Bolivia, que utilizan métodos e
instrumentos propios de un proletariado industrial más pequeño que nunca, y hoy
difuso en los gremios de los servicios urbanos y por el peso de sus
tradiciones, programas y cultura.
Hay muchos –Holloway y Zibechi, por ejemplo– que
olvidan la historia y no tienen en cuenta los tiempos medios y los largos, de
los cuales nos ha hablado Fernand Braudel y condenan, por
tanto, todas las revoluciones contemporáneas. Mao Zedong no
era un teórico, pero cuando le preguntaron qué opinaba de la Revolución
Francesa (producida más de 200 años antes) dijo en cambio que era demasiado
pronto para juzgarla. En efecto, a escala planetaria todavía estamos en los
prolegómenos de un cambio revolucionario que instaure la Liberté,
la Egalité y, sobre todo, la Fraternité . Las
luchas contra el capitalismo forman parte todavía, mundialmente, de una lucha
por la democracia con contenido social. Y los intentos de cortar camino (la
efímera Comuna de París y la revolución rusa, enterrada como tal ya en 1924 y
que se mantuvo degenerada hasta perecer sin lucha bajo la forma de una
dictadura termidoriana burocrática con cultura e intereses capitalistas,
pero sin legitimidad y obligada a hablar de socialismo) no son más que
episodios de una larga lucha que no ha terminado. Ya Rosa Luxemburgo destacaba
que el camino de la victoria estaba empedrado de derrotas. Los enterradores
prematuros de las revoluciones aún no nacidas y que seguirán formas diferentes
de las del pasado harían bien en estudiar las lecciones de la historia del
capitalismo, desde su surgimiento en los siglos XV-XVI. No les pedimos, como
tenían Sorel o Gramsci, confianza esencialista en
el carácter rebelde de los trabajadores porque, a nuestro juicio, hay que
eliminar de todo análisis el fideísmo, la fe religiosa, ya que nada está
asegurado de antemano pues en vez de revolución anticapitalista puede haber una
catástrofe mayor (ecológica o bélica) que destruya la civilización. No
pretendemos, por tanto, demostrar la inevitabilidad de la revolución,
sino su posibilidad. Esta es la época en que los pueblos, cada vez
más, comienzan a ser protagonistas y no meros seguidores de líderes o caudillos
(aunque éstos existan y tengan un peso). El EZLN y la politización de un
sector de los indígenas chiapanecos explican políticamente a Marcos,
y no viceversa.
Clase, pueblo y multitud
Entre otros efectos dañinos del stalinismo y su “socialismo real”
está el de haber construido una jerga burocrática intragable y haber presentado
eso como marxismo. Los conceptos correctos de Marx y de sus
seguidores fueron arrojados a la basura junto con la basura teórica de los
académicos de Moscú y, por reacción ante los burócratas seudomarxistas, los
jóvenes dejaron de leer a Marx, Engels, Lenin, Trotsky y
muchos de ellos optaron por un raro anarquismo, sin ideas, propuestas ni
objetivos claros, muy alejado incluso del de Kropotkin o Bakunin,
que teorizaban sobre la revolución, y que los viejos anarquistas
estudiaban.
Por eso una mezcla de anarquismo con sentimientos religiosos católicos,
al estilo de la teoría de Negri, y un concepto tan vago, impreciso
e inútil como el de “multitud” satisface paladares políticos poco
preparados y poco exigentes. Pensamos que esos sectores juveniles no tienen la
culpa de esto, ya que la responsabilidad es compartida por los “marxistas”
que vacunaron contra Marx a la juventud elogiando el “socialismo
real” y por los académicos y “amigos de la URSS” que, sin haber sido
en realidad marxistas, sacaban provecho y viajes de su posición “socialista”
que duró hasta el derrumbe de la URSS y el cese de ediciones, viajes y
premios, pues desde 1989 en su gran mayoría renegaron de lo que habían
proclamado como un evangelio. Es una nueva expresión de la “trahison des
clercs” que criticaba Julien Benda.
Pero es obligatorio decir cuáles límites le ponen los socialistas
revolucionarios al concepto de clase y qué es, para Negri, la “multitud”.
En primer lugar, en mi opinión, no hay ninguna clase a la que una imprecisa
fuerza histórica haya dado, por esencia, un carácter revolucionario. Los
sujetos de la revolución, o de los cambios sociales, son múltiples y, como
hemos dicho, construyen su conciencia –o no– en las luchas, sin determinismo
alguno. Dicho sea de paso, para Negri, la “multitud” es, por
esencia, revolucionaria. 9
La revolución sólo puede ser producto de un bloque de clases y sectores
anticapitalistas, en el cual nadie tiene asegurada “la vanguardia”
aunque, a veces, pueda ocupar esa posición… hasta retirarse, contentarse o
cansarse y ser sustituida en la misma por otro sector. La clase, por otra
parte, no depende sólo del papel en la producción (entre los trabajadores se
reclutan también los rompehuelgas y los verdugos y mayordomos del capitalismo),
sino de su autoconstrucción y autoconciencia lograda en la lucha, con la
colaboración –no la dirección venida de afuera– de otros sectores como algunos
intelectuales “orgánicos” del movimiento social. La construcción
cultural, por tanto, es decisiva al decidir si la rebelión es necesaria y
factible. La “multitud”, en cambio, ya que según Negri carece
de objetivos comunes, sólo ejerce presión sobre el capitalismo, pero no puede
llegar a momentos de acción revolucionaria (sobre todo porque, como “solución”, Holloway le
propone dejar de reproducir el capitalismo en la vida cotidiana, para borrarlo
del planeta y Negri, como Zibechi, el “éxodo”
del sistema) . El combate contra el fetichismo y la alienación y el
perfeccionamiento moral de los individuos (Negri pone como
ejemplo a San Francisco de Asís) sin duda son necesarios e
importantes, pero la gente inmersa en la vida cotidiana aprende, hace gimnasia
prerrevolucionaria, haciendo la política, sobre todo en las calles, pero
también la electoral, que estos autores aborrecen y condenan.
No hay tampoco una Muralla China entre la política de todos los días
(marchas, huelgas, protestas, organización popular) y la otra política,
necesaria para la revolución, es decir, la creación en las experiencias de
líderes que formen una corriente de opinión con proyecto, convenzan del mismo a
sus compañeros, formen de hecho un “partido”, es decir, una tendencia
con posiciones comunes y una acción coordinada a escala nacional e
internacional porque el capitalismo debe ser derrotado en el territorio nacional,
donde teje sus hilos y obtiene sus ganancias, y a escala internacional ya que,
como demostró el ejemplo del stalinismo, o la revolución triunfante en un punto
débil se extiende o se degenera y perece porque es imposible el socialismo en
un solo país.
El pueblo, y no la “multitud” ni sólo una clase, es el
protagonista de la revolución. Porque ésta, democrática en lo fundamental, debe
desarrollarse en sentido socialista mediante un convencimiento de todos, en una
lucha común, contra los explotadores nacionales y extranjeros. El concepto de
pueblo, de este modo, no implica la unidad con las clases dominantes, sino la
ruptura con ellas, y no es una unidad monolítica, como piensa Negri,
sino el sinónimo de un bloque de clases y sectores oprimidos y explotados,
plural en lo político y lo cultural y con un abanico de reivindicaciones que no
tienen la misma prioridad para todos. En abstracto, el concepto de pueblo, como
dice correctamente Negri, es excluyente (quien pertenece al pueblo
mexicano o tzeltal excluye a otros de su identidad construida históricamente).
Lo utilizo, por consiguiente, con beneficio de inventario y especificando
siempre, no sus elementos excluyentes, nacionalistas, sino su oposición a las
clases dominantes. Ese pueblo puede convertirse en sujeto revolucionario
colectivo si el capitalismo lo empuja a eso con un agravio particular muy
fuerte y si una fuerza política minoritaria es capaz de hacer una acción
persistente de desenmascaramiento cotidiano del capitalismo y de organización y
socialización de las luchas, de modo de asegurar la permanencia de la protesta
y de ayudarla a desembocar en una salida anticapitalista.
La revolución, por tanto, depende de una serie de transformaciones
objetivas y subjetivas en las relaciones de fuerza, no exclusivamente, como
sostienen aún muchos dogmáticos, de la evolución del producto interno bruto o
del aumento de la tasa de explotación. Por eso se prepara también con la
claridad en las ideas, 10 con la brega permanente por la
independencia política y la autoorganización de los trabajadores y por la
difusión de la idea de que el socialismo no dependerá del reforzamiento del
Estado, sino de su agonía, mediante la construcción de una Federación Libre de
Comunas Autónomas, la cual no se identificará con un partido único, sino que se
basará en la más amplia y democrática discusión y organización de los sujetos
revolucionarios para construir la autogestión social generalizada y eliminar
los peligros de burocratización y de desigualdad social permanente.
Notas
1. Como insiste I. Wallerstein, desde sus comienzos mismos el
capitalismo ha comenzado su expansión mundial que entró en una nueva fase a
partir del shock petrolero de los setenta, que hizo patente la falsedad de las
ilu-siones sobre la posibilidad de ampliar infinitamente los consumos dada una
supuesta infinitud de los recursos para la producción.
2. En su libro Imperio y también en su última
obra, Multitud.
3. Que algunos aún siguen calificando de “campo socialista” aunque esos
países estuviesen integrados, aunque en forma peculiar, en el mercado mundial
capitalista y las burocracias totalitarias que los dirigían compartiesen los
valores del capitalismo y fuesen antisocialistas y antidemocráticas.
4. Ni el pensamiento lo es y mucho menos lo es el trabajo cibernético,
resultante del trabajo material de programación y construcción del hardware y
del software, sin mencionar toda su base técnica, industrial y
científica, igualmente material.
5. Véase James Scott. Los dominados y el arte de la resistencia (México,
Era, 2000).
6. Véase Guillermo Almeyra. La protesta social en la
Argentina-1990-2004, en particular, el capítulo “La construcción del
sujeto” (Buenos Aires, Peña Lillo-Continente, 2004).
7. John Holloway. Cambiar el mundo sin tomar el poder (Puebla/Buenos
Aires, Universidad de Puebla/Herramienta, 2002).
8. Como explícitamente exigen los aymaras bolivianos, es decir, una
nación multicultural y pluriétnica, con otros límites (proponen que sean
bolivianos todos los que hablen quechua –no aymara– desde Ecuador, pasando por
Perú y Bolivia hasta el Norte argentino, y proponen una República donde quepan
los quechuas y aymaras, los guaraníes y chiriguanos, más los mestizos).
9. “La multitud acabó afirmándose como el contenido de la
globalización, o sea, afirmando su fuerza productiva como potencia del ser
común, producción entendida como fuerza habitada por una teleología inmanente a
su esencia afirmativa”, Antonio Negri et al. Diálogo sobre la
globalización, la multitud y la experiencia argentina. Buenos
Aires, Paidós, 2003, p. 59.
10. Los compañeros cubanos podrían, en este campo, tener una influencia
decisiva si en vez de premiar acríticamente a Zibechi o apoyar también
acríticamente a Hugo Chávez comenzaran a discutir, en sus fuentes, el marxismo
revolucionario y a aplicar sus análisis.
Bibliografía
Almeyra, Guillermo. La protesta social en Argentina-1990-2004.
Buenos Aires, Peña Lillo-Continente, 2004.
__________. “Lo político y la política en la
mundialización”. En Gerardo Avalos Tenorio (coord.), Redefinir lo
político, uam-Xochimilco, México, 2002.
Holloway, John. Cambiar el mundo sin tomar el poder.
Puebla/Buenos Aires, Universidad de Puebla/Herramienta, 2002.
Negri, Antonio et al. Diálogo sobre la
mundialización, la multitud y la experiencia argentina. Buenos
Aires, Paidós, 2003.
Negri, Antonio y Michael Hardt. Empire, París, Exils,
2000.
__________. Multitude: Guerre et
démocratie á l’age de l’Empire. París, La Découverte, 2004.
Scott, James. Los dominados y el arte de la resistencia.
México, Era, 2000.
Virno, Paolo. Gramática de la multitud. Para un análisis de las
formas de vida contemporáneas. La Paz, Bolivia, Malatesta,
2004.


Publicar un comentario