© Libro N° 10937. E. P. Thompson, Un Marxista Contra El Marxismo Como “Materialismo
Histórico”. Acha, Omar. Emancipación. Febrero 25
de 2023
Título original: © E. P.
Thompson, Un Marxista Contra El Marxismo Como “Materialismo Histórico”. Omar
Acha
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Marxista Contra El Marxismo Como “Materialismo Histórico”. Omar Acha
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E. P. THOMPSON, UN MARXISTA
CONTRA EL MARXISMO COMO “MATERIALISMO HISTÓRICO”
Omar Acha
E. P. Thompson, Un Marxista Contra El Marxismo Como “Materialismo
Histórico”
Omar Acha
E. P. THOMPSON, UN MARXISTA CONTRA EL MARXISMO COMO “MATERIALISMO
HISTÓRICO”
Omar Acha
Introducción
Una de las tareas cardinales de la reinterpretación del marxismo en el
seno de la teoría crítica consiste en cuestionar una prolongada reducción del
planteo marxiano a una teoría universal de la historia, a un “materialismo
histórico”.1 Aunque como veremos es frecuente confundirlo con
el marxismo en tanto que tal, el “materialismo histórico” fue un
producto histórico y contingente forjado a fines del siglo diecinueve como
coagulación doctrinaria del pensamiento de Marx y Engels.
Pero no solo es una esquematización transhistórica inadecuada para captar los
rasgos fundamentales de la crítica marxiana de la economía política. Tampoco es
apta para diseñar el lugar preciso del marxismo en las ciencias sociales y en
la historiografía contemporáneas.
La obra histórica de Edward P. Thompson brinda una
oportunidad para comenzar a pensar las características de un marxismo
emancipado del alcance transhistórico del “materialismo histórico”. Thompson se
aproximó a algunas formulaciones en debate con el “materialismo histórico”,
al que sin embargo confundió primero con el estalinismo y luego con el
teoricismo “francés”. Al primero opuso un “socialismo humanista”,
y al segundo, además, un marxismo en diálogo con el empirismo “inglés”.
En ambos casos criticó la “metáfora” base-superestructura como núcleo de
una versión dañina del marxismo, ante la cual reivindicó un marxismo de “lucha
de clases”. La elaboración conceptual para Thompson debía
ser generada intrahistóricamente y falseable empíricamente. Por eso rechazó la
idea del marxismo como “sistema teórico”. Allí residió su aporte
perdurable a la teoría socialista desfigurada por las pretensiones
transhistóricas de una filosofía o teoría general de la historia.
A pesar de lo dicho, Thompson no logró plasmar
adecuadamente una reinterpretación del marxismo pues se mantuvo dentro del
pensamiento de un “materialismo histórico”. Sin embargo, el autor
de The Making of the English Working Class provee temas
decisivos para nutrir, incluso teóricamente, una reinterpretación de Marx y
el marxismo como concepción crítica del capitalismo y las condiciones de su
extensión hacia las ciencias sociales y la historiografía. Solo entonces será
posible una inscripción del marxismo en la legítima formulación de una teoría
crítica de la historia.
Para mostrar el aporte de Thompson al proyecto de una
tal reinterpretación del marxismo, en la cual los avances son tan ilustrativos
como los obstáculos, en primer lugar explicaré el carácter intrínsecamente
inacabado del marxismo y en su núcleo la relatividad cuestionable de la categoría
de “materialismo histórico”. Luego desarrollaré las críticas
thompsonianas al teoricismo, especialmente en torno a la “metáfora
base/superestructura” y la noción de clase, tanto en el plano
historiográfico como en el teórico-metodológico. Señalaré la convergencia del
análisis thompsoniano con una revisión de la concepción del marxismo como “materialismo
histórico” pero también la insuficiencia de Thompson para
liberarse de los amarres idealistas de tal concepción. En las conclusiones
reflexionaré sobre la contribución thompsoniana a la reinterpretación del
marxismo como teoría y práctica críticas de la sociedad capitalista.
Argumentaré que Thompson planteó una tercera
posibilidad frente a las dos grandes bibliotecas marxistas, la analítica que
interroga sobre su régimen de determinación económico-social y la sintética que
destaca la totalidad como dinámica mediada por una contradicción constitutiva.
Esbozó elementos para pensar una biblioteca historiográfica de la teoría
marxista según la cual ésta posee como tema de investigación las experiencias
históricas relativas a la sociedad capitalista.2
El marxismo como archipiélago polémico: discutir el “materialismo
histórico”
El marxismo como tradición práctica y teórica posee un inicio complejo y
un desarrollo plural, conflictivo y múltiple. Sin embargo, diseña un perfil
nítido en sus encrucijadas decisivas. Su derrotero, no por complicado es
ininteligible ni se disemina en una diversidad inarticulada. El cuerpo
histórico del marxismo es reconocible por cuanto su rasgo principal, la crítica
revolucionaria del capitalismo, persiste en los numerosos debates que surcan su
firmamento conceptual. Si todavía, después de tantas muertes y remuertes
sancionadas al marxismo, éste persevera atizando las exigencias del quehacer
crítico, es porque constituye, después de más de un siglo y medio de
existencia, la única impugnación radical de los fundamentos del orden social
existente y abre el juego para una superación dialéctica —es decir, no utópica
o puramente imaginaria— de la “realidad” prevaleciente.
El marxismo está fracturado por distintos “puntos de herejía”,
encrucijadas de caminos, donde campean las decisiones teóricas y conceptuales
hacia un lado o hacia otro, y en no pocos casos las alternativas son más que
dos.3 Siquiera en Marx el marxismo es un cuerpo
teórico que está allí, presto a ser comprendido, como una presencia conceptual
necesitada de una justa hermenéutica para revelar lo que siempre estuvo mal
leído, deformado o contaminado.4
Puntos de herejía son los que dividen a los marxismos positivistas de
los marxismos dialécticos, los que separan a quienes otorgan primacía a la
lucha de clases de los que privilegian los modos de producción, los que aspiran
a explicar toda la historia humana de los que restringen la validez del
marxismo a la crítica específica de la sociedad capitalista, los que remodelan
el esquema base/superestructura y los que entienden que fue un descuido
inoportuno de Marx digno de ser abandonado, los economicistas
y los culturalistas o politicistas, quienes hacen del marxismo una filosofía y
quienes lo contienen en la crítica de la economía política, entre quienes lo
utilizan como epistemología reveladora de la ideología burguesa y quienes
absolutizan su carácter de “guía para la acción”. Me detengo aquí
respecto de los puntos de herejía. Lo dicho es suficiente para mi primer
objetivo: mostrar que no hay un solo marxismo, que su trayectoria implica
opciones hermenéuticas y reelaboraciones conceptuales traccionantes de diferendos
interpretativos.
La naturaleza polémica del marxismo comienza con su momento marxiano
fundacional. Está presenta en la obra misma de Karl Marx. Por
ejemplo, no dice lo mismo el “joven” Marx de los “Manuscritos
de 1844” cuando denuncia las “alienaciones” producidas por la “propiedad
privada” que el Marx “maduro” que explica el “fetichismo
de la mercancía” derivado de la “lógica del capital”. Tampoco
coincide sin rebordes el Marx que junto a Engels entiende
en el Manifiesto del partido comunista de 1848 la “historia”
hilada por la “lucha de clases” que el Marx de
los Grundrisse donde no hay “dialéctica” transhistórica
sino en el modo de producción capitalista, alejándose así de toda teoría
general de la historia trabada por un único principio explicativo.
Me interesa destacar un punto de herejía particularmente importante para
reinterpretar a Marx y al marxismo: el “materialismo
histórico”. Marx nunca utilizó la noción de “materialismo
histórico”, el que constituye como tal una reinterpretación de su
pensamiento crítico en términos de una teoría general de la historia.
Voy a plantear sumariamente lo que se entiende por “materialismo
histórico”. La secuencia que presentaré se puede hallar en dos diccionarios
bien conocidos que expresan la notación estandarizada de la presunta teoría
marxiana de la historia: el Dictionnaire critique du marxisme y A
Dictionary of Marxist Thought.5 El joven Marx descubrió
en La esencia del cristianismo (1841) de Ludwig
Feuerbach una aguda refutación del hegelianismo. La argumentación
feuerbachiana estaba inscripta en un debate más amplio con la metafísica
religiosa, la cual delataba el fundamento humano de todas las representaciones
teológicas.6 Una de las consecuencias de ese orden de razonamiento
fue la denuncia feuerbachiana en Hegel de una inversión
mística de la experiencia humana, del cimiento empírico de la existencia
terrenal. Todavía en 1844 la revisión marxiana de la dialéctica hegeliana
encontraba en Feuerbach el soporte que le permitía reconocer
la “grandeza” de la Fenomenología al destacar el
carácter negativo y productor del trabajo.7 Las “tesis sobre
Feuerbach” dieron un paso decisivo un año más tarde hacia una primera
enunciación de un “nuevo materialismo”. Marx escribió
allí, en la tesis uno, que el error del materialismo precedente consistía en
considerar idealistamente su “fundamento”, concibiendo una realidad
pasiva e impotente. Al desconsiderar el “lado activo” y “práctico”
de la acción humana, Feuerbach dejó de lado su efectividad “objetiva”
y “revolucionaria”.8
En ese mismo año 1845 Marx y Engels escribieron
La ideología alemana con la meta de debatir los arrestos proclamadamente “críticos”,
pero en verdad conservadores, de los jóvenes hegelianos de izquierda con
quienes habían roto relaciones hacía poco. Marx reprochó a los
jóvenes “críticos” su desacertada superación de Hegel.
Con Engels, planteó que una opción más adecuada consistía en
explicar el proceso histórico que generaba las representaciones e instituciones
celebradas por Hegel: el Estado, la religión, el arte, la
filosofía. Antes que situarse en la unidad “crítica” de quien se aleja
higiénicamente de la “masa”, era preciso dar cuenta por qué y cómo se
produce lo real y sus formas mistificadas. Entonces el materialismo “práctico-crítico”
adquirió la forma de una “concepción materialista de la historia”. Marx y Engels hallaron
que las formas de sociedad están supeditadas a las técnicas de producción, a la
complejización de las relaciones sociales luego de la ruptura de la comunidad
primitiva de tipo rural, la aparición de las diferenciaciones sociales (las
clases), las instituciones estatales, las legitimaciones ideológicas de la dominación
de clase, el derecho y la religión. Cada tipo de sociedad se ordenaba a partir
de la manera de producir bienes y reproducir su población. A ellas
correspondían formas de conciencia.9
Según el orden de emergencia del “materialismo histórico”,
con Miseria de la filosofía, de 1847, Marx dio un
paso conceptual decisivo al forjar la noción de relaciones sociales de
producción, prestando mayor consistencia a la idea de “modo de producción”.10 Los
acontecimientos políticos lanzaron ese mismo año a Engels y
a Marx a escribir el Manifiesto comunista con
el objetivo de intervenir en la coyuntura revolucionaria próxima a
desencadenarse.11 El folleto enfatizó la importancia transhistórica
de la “lucha de clases”, una afirmación relativamente compatible con la
“concepción materialista de la historia” esbozada en La
ideología alemana.12
La derrota del momento revolucionario y el exilio en Londres
caracterizaron una etapa de estudio que produjo una formulación más concisa
pero articulada del “materialismo histórico”: en el “Prefacio” a
la Contribución a la crítica de la economía política de
1859 Marx diseñó los conceptos cruciales: toda sociedad está
compuesta por una base conformada por las relaciones sociales de producción, a
la vez tensionadas por unas fuerzas productivas tendientes al desarrollo;
llegado a cierto punto del despliegue contradictorio de la “base económica”,
las fuerzas productivas hacen crujir la continuidad de las relaciones de
producción, traccionando mutaciones en la “superestructura” jurídica,
política e ideológica correspondientes; se inicia entonces una “época de
revolución social”; los diferentes tipos de sociedades complejas se
reconocen por el modo de ensamblar —nunca de manera pacífica ni definitiva—
fuerzas productivas, relaciones de producción y sus correspondientes
superestructuras.13
Numerosos pareceres han sostenido que el “materialismo histórico”
se encontraría así plenamente desplegado.14 El razonamiento “materialista
histórico” prosigue: con el planteo del “Prefacio” Marx dispuso
de una noción de sociedad, de sus contradicciones, de la evolución entre formas
sociales, en los que puede situarse la acción de las clases sociales. El “materialismo
histórico” revela, ante la ingenuidad ideológica burguesa que naturaliza y
así eterniza la sociedad actual, el carácter mutable y transitorio de sus
categorías y de su misma existencia material. La investigación histórica
fundamentada en el “materialismo histórico” debe reconstruir las
diferentes formas económico-sociales, las transformaciones de las clases y sus
relaciones, las peculiaridades de las superestructuras, mostrando en cada época
las especificidades de una historia sin embargo accesible a una explicación
científica. En El capital Marx aplicó el “materialismo
histórico” para revelar la lógica oculta del capitalismo y las
contradicciones que desgarran su reproducción, establecer las razones de sus
inevitables crisis y la ventura de un comunismo como realidad necesaria. Así
las cosas, avanza esta interpretación, Marx elaboró a lo largo
de su derrotero un “materialismo histórico” al que imaginó inicialmente
bajo el nombre de “concepción materialista de la historia”.
Fue Engels quien consagró el alcance “marxista”
de la categoría de materialismo histórico, después de la muerte de Marx.
Empleó el término hacia 1890 en una carta a Joseph Bloch (21-09-1890),
reinterpretando así su Anti-Dühring (donde no utilizó la
categoría), pero también buena parte de la obra de Marx,
incluyendo El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte y “alusiones”
en El capital.15 En honor a la verdad hay que decir que
ese mismo año, en una carta a Conrad Schmidt (27-10-1890), Engels advirtió
contra los usos desaprensivos del término para resolver de antemano todos los
problemas.16 La primera vez que utilizó el término en una
publicación fue en el prólogo a la edición inglesa de 1892 de Del
socialismo utópico al socialismo científico.17
Muy pronto el desarrollo de una ortodoxia ligada a la Segunda
Internacional multiplicó y naturalizó al “materialismo histórico” como
el nombre de la relación entre el pensamiento crítico de Marx y
la historia. De tal manera el “materialismo histórico”, complementado
por “materialismo dialéctico” que resguarda sus aspectos
epistemológicos, devino un soporte explicativo de la práctica política
anticapitalista. La criatura conceptual se transmitió de la Segunda a la
Tercera Internacional. Síntesis de este conjunto de convicciones se puede
hallar en el ejemplar escrito de Nicolai Bujarin, Teoría
del materialismo histórico: ensayo popular de sociología marxista, de
1921.18 En 1938 Stalin la consagró en un escrito de enorme
influencia, incluso entre quienes combatieron al estalinismo. 19 Hasta
1991 una densa biblioteca se construyó sobre el pilar del marxismo entendido
como “materialismo histórico”, tanto en los llamados “socialismos
realmente existentes” como en otras variantes del marxismo.
Es imposible entrar aquí en una exposición detallada de los problemas
básicos que malogran la noción de “materialismo histórico”.
Esquemáticamente planteo los reparos fundamentales a partir de una lectura
diferente de la obra de Marx, como he dicho en términos de una
reinterpretación de su derrotero político-intelectual.
Mi síntesis se apoya sobre todo en las obras maduras, los Grundrisse de
1857-1858, El capital y textos posteriores a 1860,
generalmente compuestos por notas de trabajo, borradores, registros de lectura
y cartas.20 Según esta reinterpretación Marx concibió
su análisis como un estudio de la economía política porque esta, más que la
filosofía, expresaba los límites de las categorías burguesas, que a la vez que
presentaban el mejor desarrollo de su autocomprensión se detenían
apologéticamente ante una frontera que no podían atravesar: la historización de
una lógica capitalista que explicaban mal. En lugar de consagrarlas por medio
de una naturalización atemporal, Marx subrayó la datación
histórica de tales categorías y, por ende, su finitud.
Entonces, el alcance de su foco analítico no fue la historia humana, ni
siquiera la historia de las sociedades de clase, sino la sociedad capitalista.
A diferencia de la generación “especulativa” o “filosófica” de
los conceptos, para Marx estos surgen de lo real transpuesto
nocionalmente.21 Por eso se impone considerarlas críticamente en la
medida en que su génesis es intrahistórica. De otro modo se convalidaría la
producción capitalista del pensamiento y Marx devendría
economista, sociólogo o historiador en el sentido tradicional. Esto no
significa que el alcance conceptual de sus categorías pueda ser reducido solo
al periodo de la sociedad burguesa. El argumento de Marx, por el
contrario, fue que debido al grado de abstracción logrado por algunas
categorías en la sociedad actual (el ejemplo más claro es el “valor”),
las mismas permiten interpretar críticamente sociedades precedentes, pero sin
ceder en su peculiaridad temporal.22 Así es que la generalización
de la forma mercancía en el capitalismo no conduce inexorablemente a un estudio
anacrónico de las mercancías en otras realidades históricas, sino que por el
contrario habilita una captación de sus lógicas diferenciales. De ninguna
manera el proyecto de Marx fue el de elaborar una teoría
transhistórica de la historia. Lo que intentó, en cambio, fue desestabilizar la
falsa alternativa entre, por un lado, el relativismo historicista (las
categorías son exclusivas de una época y lugar, y por lo tanto son
intransferibles para otras épocas y lugares) y, por otro lado, el universalismo
modernocéntrico (los conceptos actuales son aplicables sin alteraciones
sustantivas para dar cuenta del desarrollo necesario de la historia mundial). Esto
queda en mi opinión claro cuando Marx discutió en los Grundrisse que
las “formas precedentes de la producción capitalista” poseyeran una
tendencia evolutiva unilineal.23 Por el contrario, la única forma
social que está habitada por una “contradicción real” es la sociedad
capitalista. No hubo una línea histórico-evolutiva, ni en cada sociedad latió
un germen conducente a otra sociedad y así hasta llegar al presente
capitalista. Pero, a la vez, el grado de abstracción alcanzado por algunas
categorías como mercancía, valor, intercambio, clase social, dinero, trabajo y
producción, posibilitan investigar críticamente, pero sin perder de vista la
diferencia histórica, otros periodos de una “historia universal”
construida desde el dominio global del capital.
Marx explicó en los Grundrisse y
en El capital que si hay “Historia”, esta es propia de
la sociedad capitalista. En La ideología alemana Marx y Engels habían
afirmado que la “historia universal” se realiza imperfectamente incluso
con la sociedad burguesa; por eso la auténtica historia de la especie humana se
realizaría en el comunismo como realidad de lo universal libre. Pero mientras
en La ideología alemana ese recorrido consumaba una
transformación progresiva de la productividad social en las diferentes épocas
de la historia humana, en los textos de los años 1850 a 1880 la “historia”
expresó la extensión de las relaciones sociales a todo el planeta, sin depender
de una narrativa o explicación general del conjunto de la “historia”.
Por el contrario, la “Historia” emergió como la formulación ideológica
propia del capital como sujeto.24
Otra convicción que Marx resignó en sus escritos de
madurez fue la frase rápida del Manifiesto comunista donde la
historia aparece como “historia de la lucha de clases”. No solo porque
abandonó cualquier proyecto de una teoría general de la historia, como cree el
“materialismo histórico”, sino porque en El capital explicó
una “lógica” que construye, transforma y subsume a las clases en sus
enfrentamientos.25 De aquí no se debería extraer la conclusión de
que las clases son epifenómenos de una sustancia autónoma que sería el capital.
Por el contrario, una contradicción insuperable del capital es que depende de
la explotación de la fuerza de trabajo. Aunque por su interés inmediato intenta
excluir esa componente embarazosa de la producción que son los seres humanos,
no puede hacerlo pues su misma reproducción depende de la extracción del
plusvalor. Pero que la fenomenología de la cotidianeidad capitalista sea
incomprensible sin el análisis de la lucha de clase en modo alguno entraña que
esa “lucha” sea la tensión constituyente de la “contradicción”
decisiva del sistema capitalista. La fricción permanente que deben renegociar
la clase obrera y la burguesía incluso en los momentos de mayor “paz social”
oculta mal una desavenencia sobre la tasa de plusvalor o índice de la
explotación del trabajo. Sin embargo, ese desacuerdo siempre potencial no
entraña una tensión inmanente que demanda una resolución sustantiva,
revolucionaria.
Desde este punto de vista es inviable postular un “materialismo
histórico” sustantivo como un nombre del marxismo filiable con rigor
teórico en el Marx maduro. Válido quizás para el tiempo
de La ideología alemana (momento al que refiere el prólogo a
la Crítica de la economía política de 1859), la “concepción
materialista de la historia” es rescindida en los años londinenses. El
conocimiento crítico de las realidades no capitalistas, sin embargo, utilizado
cum grano salis es fundamental para revelar la historicidad de las categorías
capitalistas: el texto fundamental al respecto son los pasajes de la sección
de El capital sobre el “fetichismo de la mercancía”
donde Marx explica otras formas de existencia histórica de las
mercaderías que sin embargo no alcanzan a generar una lógica fetichista como
sucede exclusivamente en el capitalismo.26 Por lo tanto, la idea
misma de un “materialismo histórico” transhistórico es incompatible con
las formulaciones maduras de Marx y constituye una recaída
especulativa, incluso si se pretende ortodoxamente materialista.
El carácter trunco y la permanente revisión marxiana de sus textos
favorecieron las divergentes interpretaciones de su obra. El “materialismo
histórico” fue una de las más problemáticas, pero no necesariamente implicó
una deformación del legado textual marxiano. Más bien, seleccionó y sesgó
tendencias histórico-filosóficas de su juventud, nunca totalmente erradicadas
de su obra madura. Su emergencia solo puede provenir de una producción o
reinterpretación que exceda los límites experimentados por la naturaleza
inconclusa y a veces ambigua del pensamiento de Marx.
Es justamente en este punto donde quiero introducir una discusión del
legado teórico e historiográfico thompsoniano. Mi tesis es que Thompson,
a pesar de la rudeza conceptual que se presume en su crítica aparentemente
antiteórica del teoricismo althusseriano, captó adecuadamente rasgos decisivos
de la crítica marxiana de la “historia” como construcción abstracta y
propuso una comprensión de lo histórico, no a partir de las clases sociales
(ese sería un error “sociológico”) sino desde las fricciones constitutivas
de la experiencia histórica, a saber, la “lucha de clases”. Para Thompson,
las clases son una derivación práctica e histórica de la lucha de clases, es
decir, de un enfrentamiento inducido por las condiciones específicas de
existencia, que no son solo productivas. Así quiso modificar el canon del “materialismo
histórico” en el seno de un “materialismo histórico” diferente.
E. P. Thompson como crítico “humanista” del “materialismo histórico”
Son bien conocidas las posiciones de E. P. Thompson respecto
del análisis histórico de las clases sociales para Inglaterra en el periodo
comprendido entre 1720 y 1850. Desde los célebres fraseos del “Prólogo”
a The Making of the English Working Class Thompson defendió
el uso de una noción marxista de clase social entendida como “formación
histórica”, donde los aspectos culturales son tan relevantes como los
económicos para captar una emergencia social y política que, no obstante, es
incomprensible sin el estudio minucioso de la “lucha de clases”.27
El análisis thompsoniano de la clase como una formación histórica es
útil para mostrar el carácter contingente de la realidad de clase concreta, que
no es deducible ni capturable en una condición social-material sin la cual es,
sin embargo, incomprensible. No es que la experiencia de clase pueda ser vivida
más allá de las condiciones materiales; el problema consiste en establecer el
interjuego entre los condicionamientos económico-sociales, las dimensiones de
la conciencia, las formas culturales y las acciones de lucha entre las clases,
para establecer empíricamente la generación de aquella realidad. En efecto,
para Thompson la formación de una clase solo se consuma una
vez forjada antagonistamente su “conciencia”.
Thompson debatió con las concepciones de
clase defendidas por enfoques economicistas, deterministas y
sociológico-funcionalistas. La pretensión de hallar una base “de clase”
en todo fenómeno histórico, sea en la antigüedad romana como en el siglo XVIII
inglés, supone un “método” universalmente aplicable a las sociedades “de
clase”. Es, por lo tanto, el momento metodológico de una teoría general de
la historia. A ello Thompson antepone algo fundamental: que la
apelación a un fondo explicativo residente en las clases destaca el carácter
estático y abstracto de las mismas, las que por lo tanto pueden ser definidas
solo conceptualmente, derivándolas de una estructura social determinada. La
consiguiente transformación del planteo marxiano en una sociología implica
para Thompson ejercer violencia sobre sus dimensiones
críticas, las que pueden ser resguardadas con la condición de cuidar sus
aspectos culturales, experienciales, accesibles a través de la historiografía y
la antropología empíricamente sensibles y atenidas a las vicisitudes de la
contingencia histórica.
Una manera de organizar las discusiones thompsonianas consiste en
vincularlas con su debate contra el texto en que Marx presuntamente
habría definido el “materialismo histórico”: el “Prefacio” de
1859. Su primer argumento fue planteado en 1957 como una crítica al
estalinismo. Entonces contradijo las formulaciones del propio Stalin en
su citado ensayo “Materialismo histórico y materialismo dialéctico”.28 A
partir del esquema estaliniano de una determinación económica y el carácter
tanto objetivo como inexorable del decurso histórico, Thompson reclamó
una alternativa “humanista” y una “moralidad” socialista que
otorgase su justo lugar a la acción humana intencionalmente orientada. El “interés
de clase” no es una función objetiva y predeterminada de lo económico, por
lo que la “metáfora” base-superestructura es falsa.
Las impugnaciones thompsonianas a la metáfora o analogía “base-superestructura”
tuvieron como sus textos básicos al recién mencionado “Humanismo socialista”,
“Las peculiaridades de lo inglés” (1965), la “Carta abierta a Leszek
Kolakowski” (1973), el ensayo sobre “Folklore, antropología e historia
social” (1976), y especialmente “Miseria de la teoría” en el libro
del mismo título (1978), aunque por cierto atravesaron los argumentos de The
Making y Whigs and Hunters.29 La discusión
de Thompson, por ende, siempre tuvo como una sombra de su posición
en el marxismo el rechazo de la “metáfora” como base argumentativa. Y si
bien esa crítica al “Prefacio” de 1859 es comprensible porque en efecto
fue adoptado por la biblioteca del “materialismo histórico” como su
justificación definitiva, descansaba en una interpretación inadecuada de la
naturaleza del texto. Por lo tanto, su análisis permaneció apresado en los
términos erróneos de su crítica. Lo más importante fue que al debatir el
régimen de la causalidad Thompson quedó entrampado en la
irresoluble aporía de separar y tratar de reunir determinación y acción, o ser
y conciencia, reproduciendo en la aparente solución dada por la “experiencia”
los dualismos clásicos del pensamiento burgués.30
Quiero traer aquí un fragmento argumentativo de la impugnación de Gillian
Rose a la inadecuada lectura de Hegel en Marx y
en el marxismo.31 Según Rose, Marx comprendió
bien la noción hegeliana de “Espíritu” en tanto sujeto/objeto
automediado, es decir, “absoluto”. Sin embargo, cuando intentó separarse
de su fondo “especulativo”, recayó en las “dicotomías abstractas”:
ser social y conciencia social, sociedad civil y Estado, entre otras. En mi
opinión la alternativa de Thompson al “materialismo
histórico” de 1859 y toda la secuela perjudicial de la “metáfora”
base-superestructura permaneció aprisionada por las dicotomías que el “Prefacio”
representó como síntesis de las elaboraciones de Marx con Engels en
los años 1845-1846. Como ya lo apuntó Richard Gunn, el
texto del “Prefacio” no explica la postura de Marx en
1859; por el contrario, expone las convicciones previas que su investigación
viene a revisar.32 1850 fue el año de la primera “crisis del
marxismo”, en palabras de José Sazbón, que impulsó en Marx un
examen de sus convicciones previas, cuyas secuelas no siempre han sido bien
calibradas.33
En cuanto a Thompson, gran parte del valor innovador de su
obra deriva de la crítica de dos rasgos fundamentales del “materialismo
histórico”: el alcance universal de sus afirmaciones teóricas y la búsqueda
de una determinación decisiva para cada periodo histórico. Aunque son dos
aspectos de una misma idea de “ciencia de la historia”, conviene
distinguirlos.
La universalidad de la explicación de la historia remite a un “método”
preexistente a los datos empíricos, una “clave” para reconstruir las
diferentes sociedades. Thompson cuestionó la existencia de tal
método, una “dialéctica” transhistórica, entre otros lugares en Miseria
de la teoría. Contestó que Marx tuviera un “método”
donde descansara la “esencia” del marxismo. Pues si Marx,
quien fue un trabajador intelectual infatigable, dejó numerosos manuscritos
pero no tal metodología, es porque tal cosa no existió. Su crítica fue una “práctica”
que se aprende “practicándola”. 34
La alternativa thompsoniana de un “aprendizaje crítico” derivada
de la “misma práctica” negó la idea del marxismo como “ciencia”,
sino más bien la de “marxismo”, la “auténtica marca registrada del
oscurantismo” de raíz burguesa: “Los utilitaristas, los malthusianos,
los positivistas, los fabianos y los estructural-funcionalistas suponen —o
supusieron— todos ellos que practican una ‘ciencia’, y el menos inhibido de los
centros académicos con ideología capitalista sin paliativos en la Inglaterra
contemporánea se proclama Escuela de Economía y Ciencia Política. Cuando Marx y
Engels pretendían estar aplicando métodos científicos al estudio de la
sociedad, la pretensión podía a veces sostenerse; si suponían que estaban
fundando una Ciencia (el Marx-ismo), estaban encerrando en una prisión su
propio conocimiento”.35
La “clave” provino, siempre según Thompson, de otra
fuente: la deuda burguesa con la “economía política” que el marxismo no
logró cancelar plenamente. Es desde esa hipoteca que continuó adherido a un
pensar burgués determinista: “El marxismo quedó marcado en un estadio
crítico de su desarrollo por las categorías de la economía política; la
principal de ellas era la noción de ‘lo económico’ como actividad de primer
orden, susceptible de ser aislada de esta manera, como objeto de una ciencia
generadora de leyes cuya operación recubriría las actividades de segundo orden”.36
Ante esa dependencia de la economía política es que, como en 1957,
todavía en Miseria de la teoría propugnó un análisis de la
moralidad y la conciencia, irreductibles a una “base” económica.
Ni la experiencia de clase, ni las formaciones mal llamadas “superestructurales”
(el derecho, por ejemplo), son reducibles a un fundamento “económico” o
“de clase” cuya misma particularidad es una construcción históricamente
datable promovida por el dominio burgués. Lo notable es que tal reclamo
antireduccionista lo realizara en términos de un “materialismo histórico”
“y cultural” que no puede explicar la “moralidad” como una
máscara encubridora de intereses de clase puesto que eso sería aplicar una
simplista teoría utilitarista. Pues si hay algo que interesa “a la gente”
eso está cerca “del corazón”. De otro modo se cae en concepciones
idealistas, extrañas al modo de vida en que se apoya “la morada material de
la cultura”.37
Ahora bien, ¿cómo se vinculan los “valores” y las “relaciones
productivas”? Ya en el texto de 1965 contra los jóvenes Perry
Anderson y Tom Nairn, Thompson formuló la
tesis de que la conexión entre ser y conciencia social es fundamental para el
marxismo: “La relación intelectual entre el ser social y la conciencia
social —o entre ‘cultura’ y ‘no cultura’— está en el centro de cualquier
comprensión del proceso histórico dentro de la tradición marxista”.38 Lo
que es preciso reconstruir es la “interacción” entre ambas dimensiones,
pues si son diferenciables en el plano intelectual sin embargo se dan
unificadas en la “experiencia”, según precisará en otros textos.
Justamente, es la experiencia lo que provee el pasaje entre los planos
dicotómicos. En su discusión con Thompson, Perry Anderson señaló
correctamente que para aquél el “eslabón perdido” entre “el
‘modo de producción’ abstracto y el ‘proceso histórico’ concreto es la
‘experiencia humana’”.39 Thompson intentó restablecer el
puente entre las “dicotomías abstractas” que Rose destacó
en el marxismo, a través de la experiencia. Incidió así en dos errores: por un
lado se condenó a reproducir la escisión entre ser social y conciencia, y por
otro lado traicionó su exigencia de producción intrahistórica de conocimiento.
Realizó esto último a través de una teoría general de la historia, a la que no
evitó la denominación de “materialismo histórico”. Todavía a mediados de
la década de 1980, fatigado de disputas clasificatorias sobre “el marxismo
como un sistema teórico” se inclinó a defender una idea más general del “materialismo
histórico”.40
Cuando Thompson polemizó con el economicismo implícito
o explícito de la noción de “modo de producción” (creo que todavía en
contraste con la noción estaliniana que equipara ese concepto con el de
sociedad), lo hizo aplicando el análisis a otras formaciones históricas entre
las cuáles la capitalista es solo una de ellas. Así, en un texto de 1977
escribió: “No podemos siquiera empezar a describir la sociedad feudal o
capitalista en términos ‘económicos’ independientemente de las relaciones de
poder y dominación, los conceptos de uso o de propiedad privada (y sus
correspondientes leyes), las normas culturalmente impuestas y las necesidades
culturalmente formadas características del modo de producción”.41
En efecto, para Thompson no se trataba tanto de
rechazar la noción de “modo de producción” como de establecer la
interrelación con la cultura: “Lo que estoy poniendo en cuestión no es la
centralidad del modo de producción (y las correspondientes relaciones de poder
y propiedad) para una teoría materialista de la historia. Estoy poniendo en
cuestión (…) la idea de que es posible describir un modo de producción en
términos ‘económicos’, dejando a un lado como elementos secundarios (menos
‘reales’) las normas, la cultura, los conceptos críticos alrededor de los
cuales se organiza el modo de producción”.42
Me parece incorrecto estimar la propuesta thompsoniana como un “culturalismo”
(otra cuestión es que en sus análisis historiográficos pudiera haber descuidado
las condiciones objetivas o materiales pues esto pondría en aprietos a Thompson pero
no necesariamente a sus posturas conceptuales). Él mismo lo calibró al destacar
su perspectiva: “Espero que nadie pueda pensar (…) que
apoyo la idea de que la formación de la clase sea independiente de
determinaciones objetivas, ni mantenga que la clase pueda definirse como simple
fenómeno cultural, o cosas parecidas”.43
Las obras históricas thompsonianas afirmaron con claridad que la
experiencia histórica es incomprensible fuera de la “lucha de clases”.
Es en la contingencia de ese antagonismo que las determinaciones del todo
social pueden ser comprendidas. Por lo tanto, no son accesibles a una
explicación teórica de antemano. Lo que debe ser reconstruido
historiográficamente es la “presión” del ser social sobre la conciencia,
una “presión” que no es mecánica sino que se dirime en una lucha entre
sujetos reales.44
Thompson permaneció teóricamente extraño
a la obra madura marxiana donde la crítica del capitalismo identificó un sujeto
social, que no son las clases ni la “economía”, específico de la
sociedad burguesa: el capital. Para Thompson la consistencia
de la sociedad capitalista está dada por la “lucha de clases” (un
concepto “mucho más universal” que el de clase), por el enfrentamiento
contextual de las clases sociales donde las relaciones de producción proveen
las condiciones de la acción pero no causan ni las prácticas humanas ni
determinan mecánicamente la cultura. 45 Es la experiencia,
inseparable del hacer situado de los sujetos lo que conecta las condiciones
objetivas con las moralidades sedimentadas de las prácticas colectivas. Thompson no
consideró que esa noción de lo social fuera singular de la sociedad capitalista
y, en consecuencia, propuso sus principios como líneas de investigación de un “materialismo
histórico” indistinguible de la indagación historiográfica pues nada es
deducible de las mencionadas condiciones. En la exacta medida en que los
sujetos también producen “historia”, actúan en normas, tradiciones,
lenguajes y costumbres, en tanto se definen históricamente en sus antagonismos,
no pueden ser derivados de supuestos sociológicos o económicos. La “conciencia
de clase” es un resultado de la experiencia y se dirime en la contingencia
de una diversidad de circunstancias conflictivas, algunas objetivas, otras
subjetivas.
En mi opinión el análisis thompsoniano comparte una relación ambivalente
con el marxismo como “materialismo histórico”. Por un lado rechaza una
formulación teórica general en términos productivos pues exige considerar las
dimensiones culturales, la conciencia y el enfrentamiento de clases. Producción
material y cultura estarían interrelacionadas en la experiencia colectiva de
las clases y en las formas adoptadas en los individuos. Las categorías
adecuadas para estudiar cada sociedad no podrían ser definidas sino en
permanente examen historiográfico, pues solo a través de la reconstrucción
histórica se puede establecer las características adoptadas en cada
circunstancia. No obstante, el planteo sigue siendo un esquema que universaliza
las condiciones de existencia específicas de la sociedad capitalista, o más
exactamente, las de una transición hacia el capitalismo como la vivida en el
siglo dieciocho inglés. De sus intereses de investigación extrapola la manera
de vérselas con el marxismo en sede historiográfica a una concepción histórica
general que sigue llamando “materialismo histórico”. Pienso que esa
derivación está relacionada con la permanencia del “Prefacio” de 1859 en
la mira polémica de Thompson, la que lo ancló en la meta de hallar
una explicación distinta a la provista por la mentada “metáfora”.
Las diferencias en el marxismo anglosajón también estuvieron fijadas
alrededor de qué hacer con el “Prefacio”. El debate entablado por Anderson siguió
esa misma huella, con sus matices teóricos. Por eso Anderson calificó
al libro de Gerald Cohen, La teoría de la historia de Karl
Marx (1978), un estudio filosófico de reivindicación del “Prólogo”
en tanto fundamento del “materialismo histórico”, como una obra “cuya
fuerza intelectual desbanca cualquier discusión anterior”.46 Según Anderson el
proyecto de Marx “fue seleccionar el dominio que la teoría
del ‘materialismo histórico’ mostrado como determinante en última instancia —a
saber la producción económica— y dedicar toda su pasión y su capacidad de
trabajo a investigarla y reconstruirla en un solo período histórico: el del
capitalismo”.47 En consecuencia la “selección” podría
haber sido otra, digamos el feudalismo, y sus categorías habrían permanecido
intactas. Así las cosas, Thompson y sus discutidores siguieron
atorados en el legado equívoco de una interpretación aproblemática del “Prefacio”,
al que pretenden refutar, complementar o rectificar.
Conclusiones: Qué hacer con E. P. Thompson
Es indudable que Thompson produjo obras históricas de
extraordinaria importancia para la historiografía contemporánea. Los efectos de
su legado todavía no se han agotado. Lo mejor de su obra no se debe tanto a que
fuera un buen marxista como a que fue un buen historiador marxista, o más
exactamente que introdujo a la historiografía en el seno de la teorización
marxista.
Thompson critica el texto originario del
“materialismo histórico” —el “Prefacio” de 1859— en nombre de un
(otro) materialismo histórico. De tal manera no solo desatiende el mensaje
crítico decisivo de Marx, a saber, que hay un sujeto
objetivo/subjetivo que constituye lo social (el capital), dentro de cuyas
muelas se mastica la realidad de la dominación y la posibilidad de la
emancipación. También pierde fuerza la crítica de una historicidad categorial
que entraña que todo lo hoy es, lo que se nos presenta como inmodificable,
podría ser radicalmente diferente. Desplegar ese mensaje, que Marx no
logró esclarecer adecuadamente, constituye una tarea urgente: desarrollar un
marxismo sin materialismo histórico, más allá de la artificiosa dicotomía entre
relativismo y universalismo. Hay en ello un legado thompsoniano de primer
orden, a saber, el de estipular que los conceptos teóricos marxistas solo son
válidos si admiten, además de una elaboración teórica consistente, un diálogo
denso con la investigación histórica.
A mi juicio el mayor problema conceptual de reducir el planteo marxiano
a un “materialismo histórico”, a una teoría “materialista” de la
“historia”, es que se transforma un pensamiento crítico, esencialmente “negativo”,
en una ciencia “positiva”. No es que el marxismo como teoría crítica no
pueda ser útil para elaborar conocimientos efectivos, positivos, sobre los
procesos o experiencias históricos. Solo que al ingresar en esa proyección
requiere de una extensión, un salir de su suelo matricial, el crítico,
tensionándose hacia un afuera (ex-tenderse), donde ya no es el mismo. Entonces
no puede haber, en rigor, una historiografía “marxista”, como no puede
haber una antropología, una sociología o una politología “marxista”. Eso
debería ser obvio pues esas mismas compartimentalizaciones suponen escisiones
de lo real incompatibles con la mediación total en el capitalismo por la
abstracción del valor. Pero la razón básica es que operan bajo el régimen del
conocimiento (una forma de la relación sujeto-objeto, díada burguesa por
excelencia) y no de la crítica, que es la puesta en cuestión de toda
positividad reificante.48
La insistencia thompsoniana sobre construir intrahistóricamente el
conocimiento es un aporte a la reconstrucción de un marxismo eximido de “materialismo
histórico”. Al respecto concuerdo con la afirmación de Harvey Kaye respecto
de que los historiadores marxistas británicos no fueron solo archivistas
laboriosos, sino que aportaron al marxismo elementos teóricos de primera
importancia.49
La productividad teórica del pensamiento de Thompson se
vio afectada negativamente por algunos excesos retóricos y el modo un tanto
impulsivo de encarar la polémica con Althusser. Pero la forma
inadecuada del debate thompsoniano no debería llevarnos a desahuciar la
relevancia de sus posiciones, las que han sido incomprendidas. Por ejemplo, me
parece incorrecta la apreciación de Anderson respecto de que Thompson confundió
—error de leso althusserianismo— el objeto real y el objeto de conocimiento.50 Esto
derivaría en un empirismo inviable. Sin embargo, Thompson nunca
planteó que se pudiera acceder a lo empírico sin categorizaciones; la misma
distinción althusseriana era problemática pues la dicotomía como tal era
incorrecta y producía dificultades insalvables, reincidiendo en el “kantismo”
señalado por Rose.
La bibliografía marxista puede ser organizada en dos grandes
bibliotecas: la analítica y la sintética. La concepción analítica del marxismo
interroga un régimen de causalidad “materialista” (sea económica,
social, e incluso discursiva) reconstruyendo la interrelación de las partes de
una totalidad, la relación sujeto y estructura, las autonomías relativas,
etcétera. Su característica es la integración a posteriori del análisis de
vínculos causales. La concepción sintética —más coherentemente dialéctica— parte
de la totalidad, dentro de cuyas instancias las “partes” consideradas
por la perspectiva analítica son siempre pars totalis, instancias o
momentos de una eficacia integral.
Ambas concepciones han sido compatibilizadas con el “materialismo
histórico”. La obra de Thompson habilita una concepción
tercera que llamaré “historiográfica”. Sus conceptos marxistas son
exigidos intrahistóricamente y deben ser confrontados con la evidencia
empírica. Thompson reivindicó la “totalidad” como
alcance de la experiencia histórica pero se resistió a reconocer toda
efectividad en lo real que pudiera ser enunciada solo conceptualmente, es
decir, ser deducida en el plano teórico. La noción thompsoniana de clase —la
cual ha sido luego revisada en una bien poblada bibliografía teórica e
historiográfica— es un buen ejemplo de la forja intrahistórica de un concepto:
este debe ser reconstruido en una relación constante entre la teoría y la
investigación pues no hay un concepto universal y ahistórico de clase, ni el
mismo se desprende de una elucidación exclusivamente teórica. Toda clase emerge
en su hacerse (making), es inescindible de la experiencia histórica, de las
representaciones, sentimientos, tradiciones y antagonismos en los que se
constituye y es constituida. Su conceptualidad no es a priori. La misma
experiencia histórica de clase, la experiencia histórico-efectiva, brinda los
elementos para indagar su realidad. Y si bien no se trata de componer el
concepto inductivamente desde una presunta empiria exenta de supuestos
teóricos, no son estos los que lo generan en el pensamiento. De allí que solo
pueda ser conocida a través de un estudio histórico o antropológico. Es, por lo
tanto, incompatible con una teoría general de la historia identificada con el
marxismo, un “materialismo histórico”.
Si un “materialismo histórico” puede ser validado tras el
derrumbe de la aspiración a definir una teoría a priori de la historia, es
posible que la crítica de la economía política juegue un rol en él, pero no que
se identifique con el mismo, pues sus categorías son demasiado abstractas (dado
que surgen de un acontecer social donde prima la máxima abstracción) para
formaciones históricas donde las relaciones personales son más relevantes para
las prácticas que en el capitalismo. De allí que continúe destacándose la
conveniencia de mantener la tensión entre particularidad y universalidad de las
categorías marxistas, útiles para un materialismo histórico después del
materialismo histórico. En mi opinión ese nuevo materialismo histórico debería
contar al marxismo como un afluente crucial, incluso decisivo, pero no podría
agotarse en él.
Situar a Thompson en una reconstrucción del marxismo
requiere por cierto un análisis crítico de sus concepciones y de su práctica
historiográfico-teórica, cuyas consecuencias no han sido agotadas. Cincuenta
años después de la publicación de The Making of the English Working
Class, esa tarea excede el balance de su “contribución” a la
historiografía, a la antropología o al propio marxismo. Entraña también
rescatar su pasión de historiador socialista de “la enorme condescendencia
de la posteridad”.
*Publicado originalmente en Rey Desnudo, Año II, No. 3,
Primavera 2013
NOTAS
1 Agradezco los comentarios de Octavio Colombo a una versión previa de
este texto presentada en las Jornadas Interdisciplinarias “¿Qué hacer con E. P.
Thompson? A 50 años de La formación de la clase obrera en Inglaterra”, 27 y 28
de junio de 2013, Universidad Nacional de Quilmes. Posteriormente fue de
utilidad una lectura de Damián López.
2 La obra de Thompson ha sido analizada desde diversos puntos de vista:
Palmer, Bryan D.: E. P. Thompson. Marxism, Humanism and History, Toronto, New
Hogtown Press, 1981, y E.P. Thompson. Objections and Oppositions, Londres,
Verso, 1994; Wood, Ellen Meiksins: “El concepto de clase de E. P. Thompson”, en
Cuadernos Políticos, No. 36, 1983, y “Entre las fisuras teóricas: E. P.
Thompson y el debate sobre la base y la superestructura”, en Historia Social,
No. 18, 1994; Kaye, Harvey J.: Los historiadores marxistas británicos,
Zaragoza, Universidad de Zaragoza, 1989; Kaye, H. J. y McClelland, Keith
(eds.): E. P. Thompson. Critical Perspectives, Londres, Polity Press, 1990;
Calhoun, Craig: “E. P. Thompson and the Discipline of Historical Context”, en
Social Research, Vol. 61, No. 2, 1994; Philp, Mark: “Thompson, Godwin, and the
French Revolution”, en History Workshop Journal, No. 39, 1995; Cooper,
Frederick: “Work, Class and Empire: An African Historian’s Retrospective on E.
P. Thompson”, en Social History, Vol. 20, No. 2, 1995; Chandavarkar,
Rajnarayan: “The Making of the Working Class: E. P. Thompson and Indian
History”, en History Workshop Journal, No. 43, 1997; Müller, Ricardo G. y
Duarte, Adriano Luiz (orgs.): E. P. Thompson. Política e paixão, Chapecó,
Argos, 2012; Mattos, Marcelo Badaró: E. P. Thompson e a tradição de crítica
ativa do materialismo histórico, Río de Janeiro, Editora UFRJ, 2013.
3 Point d’hérésie es un concepto utilizado en Foucault, Michel: Les mots
et les choses. Une archéologie des sciences humaines, París, Gallimard, 1966.
4 Sé bien que Marx descreyó del “marxismo” por la tentación especulativa
de todo “ismo” y porque el horizonte revolucionario se constituiría en el
“movimiento real” que disolvería el “estado de cosas existente”. Pero hoy,
luego de más de un siglo de elaboraciones, debates y errores, es imposible
discutir Marx sin pensar la compleja tradición “marxista”.
5 Bottomore, Tom (ed.): A Dictionary of Marxist Thought, Cambridge, MA,
Harvard University Press, 1983; Bensussan, Georges y Labica, Georges (dirs.):
Dictionnaire critique du marxisme, París, Presses Universitaires de France,
1982. Versiones del “materialismo histórico” se encuentran en autores tan
distintos como Gueorgui Plejanov, Antonio Labriola, Lenin, Antonio Gramsci,
György Lukács, Herbert Marcuse, Walter Benjamin, Louis Althusser, Etienne
Balibar, Helmut Fleischer, Jürgen Habermas, Gerald Cohen, Jon Elster, Perry
Anderson, Alex Callinicos, Erik O. Wright, Paul Blackledge, entre otros. El
marxismo “occidental” y el “soviético”, así como el “chino”, el nutrido por la
“teoría crítica” y por la “filosofía analítica”, se hermanan en la gran familia
del materialismo histórico. La revista marxista actualmente más conocida en el
hemisferio occidental se intitula Historical Materialism.
6 Leopold, David: The Young Karl Marx. German Philosophy, Modern
Politics, and Human Flourishing, Cambridge, Cambridge University Press, 2007.
7 Marx, Karl: “Ökonomisch-philosophische Manuskripte aus dem Jahre
1844”, en Marx/Engels Werke [en adelante MEW], Berlín, Dietz, Ergänzungsband I,
pp. 468 y ss.
8 Marx, Karl: “Thesen über Feuerbach”, en MEW, vol. 3, pp. 533-535.
9 Marx, Karl, y Engels, Friedrich: “Die deutsche Ideologie”, en MEW,
vol. 3, pp. 7 y ss.
10 Marx, Karl: Das Elend der Philosophie, en MEW, vol. 4. Sobre la
importancia de la noción de relaciones sociales de producción: Mandel, Ernest:
La formación del pensamiento económico de Marx. De 1843 a la redacción de El
capital, México, Siglo Veintiuno, 1973.
11 Claudín, Fernando: Marx, Engels y la revolución de 1848, México,
Siglo Veintiuno, 1985.
12 Marx, Karl, y Engels, Friedrich: Manifest der Kommunistischen Partei,
en MEW, vol. 4, p. 462.
13 Marx, Karl: Zur Kritik der politischen Ökonomie, en MEW, vol. 18, p.
8.
14 Por ejemplo Eric Hobsbawm sostiene que el “Prefacio” de 1859
“presents historical materialism in its most pregnant form”. Hobsbawm, Eric:
How to Change the World. Reflections on Marx and Marxism, Londres-Nueva Haven,
Yale University Press, 2011, p. 128.
15 MEW, vol. 37, p. 462.
16 MEW, vol. 37, p. 488.
17 Engels, Friedrich: “Einleitung” a la edición inglesa (1892) de Die
Entwicklung des Sozialismus von der Utopie zur Wissenschaft, en MEW, vol. 22,
p. 292.
18 Bujarin, Nikolái: Teoría del materialismo histórico: ensayo popular
de sociología marxista, México, Siglo Veintiuno, 1981.
19 Stalin: “Sobre el materialismo dialéctico y el materialismo
histórico”, en Cuestiones del leninismo, Moscú, Ediciones en Lenguas
Extranjeras, 1946, pp. 526-553.
20 Sobre esa obra, un análisis reciente en Musto, Marcello (de.): Karl
Marx’s Grundrisse. Foundations of the Critique of Political Economy 150 Years
Later, Londres-Nueva York, Routledge, 2008.
21 Esta línea de investigación esbozada por György Lukács en Historia y
conciencia de clase (1923), ha sido continuada por Sohn-Rethel, Alfred:
Geistige und körperliche Arbeit. Zur Epistemologie der abendländischen
Geschichte, nueva ed., Weinheim, VCH-Acta Humaniora, 1989, y aparece con
ambigüedades en la obra de Theodor W. Adorno en sus elaboraciones sobre la
“historia natural” (al respecto, ver Martin, Facundo N.: “La relación entre
historia y naturaleza en el pensamiento de T. W. Adorno”, Tesis de Licenciatura,
Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires,
2013)
22 Marx, Karl: Grundrisse, en MEW, vol. 42, p. 39.
23 Marx, Karl: Grundrisse, en MEW, vol. 42, p. 383-421.
24 Postone, Moishe: Tiempo, trabajo y dominación social. Una
reinterpretación de la teoría crítica de Marx, Madrid-Barcelona, Marcial Pons,
2006.
25 Por otra parte, según señaló Theodor W. Adorno, cuando Marx y Engels
señalan que la historia fue la historia de la lucha de clases lo hicieron
también como una “crítica de la historia” y no como una simple explicación
positiva. Adorno, Theodor: “Reflexionen zur Klassentheorie” (1942), en
Gesammelte Schriften, ed. R. Tiedemann et al., Fráncfort del Meno, Suhrkamp,
1972, vol. 8.
26 Marx, Karl: Das Kapital, I, en MEW, vol. 23, p. 85.
27 Thompson, E. P.: The Making of the English Working Class, Londres,
Penguin, 1991 [1963], pp. 8-13.
28 Thompson, E. P.: “Socialist Humanism. An Epistle to the Philistines”,
en The New Reasoner, No. 1, 1957.
29 Thompson, E. P.: Miseria de la teoría, Barcelona, Crítica, 1981
[1978]; The Making of the English Working Class, ob. cit.; Las peculiaridades
de lo inglés y otros ensayos, Valencia, Fundación Instituto de Historia Social,
2002; Los orígenes de la Ley Negra. Un episodio de la historia criminal
inglesa, Buenos Aires, Siglo Veintiuno, 2010 [1975].
30 Giddens, Anthony: “Fuera del mecanicismo: E. P. Thompson sobre
conciencia e historia”, en Historia Social, No. 18, 1994; Sewell, William:
“Cómo se forman las clases: reflexiones críticas en torno a la teoría de E. P.
Thompson sobre la formación de la clase obrera”, en Historia Social, No. 18,
1994; ver también el estudio de López, Damián, e Iglesario, Fernando: “El
problema de la experiencia en la práctica historiográfica de E. P. Thompson”,
en este número de Rey Desnudo.
31 Rose, Gillian: Hegel Contra Sociology, Londres, Verso, 2009 [1981],
pp. 230-231.
32 Gunn, Richard: “Against Historical Materialism: Marxism as
First-Order Discourse”, en Bonefeld, Werner, Gunn, Richard, y Psychopedis,
Kosmas (eds.): Open Marxism, vol. 2, Londres, Pluto, 1992, pp. 1-44. Gunn deja
de lado que Marx supedita el uso de una conjetura explicativa de la historia de
las sociedades complejas a la historización de la lógica específica del
capital.
33 Sazbón, José: “‘Crisis del marxismo’: un antecedente fundador”, en
Historia y representación, Bernal, Universidad Nacional de Quilmes Ediciones,
2002, p. 27.
34 Thompson, E. P.: Miseria de la teoría, ob. cit., p. 178.
35 Ibidem, p. 258.
36 Ibidem, p. 102.
37 Ibidem, p. 269.
38 Thompson, E. P.: “Las peculiaridades de lo inglés”, en Las
peculiaridades, ob. cit., p. 91.
39 Anderson, Perry: Teoría, política e historia. Un debate con E. P.
Thompson, Madrid, Siglo Veintiuno, 1985.
40 Thompson, E. P.: “Agenda para una historia radical” (1985), en Agenda
para una historia radical, Barcelona, Crítica, 2000, p. 10.
41 Thompson, E. P.: “Folklore, antropología e historia social”, en Las
peculiaridades, ob. cit., 158-159.
42 Ibidem, p. 158.
43 Thompson, E. P.: “Algunas observaciones sobre clase y ‘falsa
conciencia’” (1977), en Las peculiaridades, ob. cit., p. 173; ver también “La
sociedad inglesa del siglo XVIII: ¿lucha de clases sin clases?” (1979), en
Tradición, revuelta y consciencia de clase. Estudios sobre la crisis de la
sociedad preindustrial, Barcelona, Crítica, 1984, p. 38; “La política de la
teoría”, en Samuel, Raphael (ed.), Historia popular y teoría socialista,
Barcelona, Crítica, 1984, pp. 301-319.
44 Thompson, E. P.: “Folklore, antropología e historia social”, ob.
cit., p. 165: “La presión del ser social sobre la conciencia social se muestra
ahora, no tanto en la oposición horizontal base / superestructura, como en a)
congruencias, b) contradicciones y c) cambio involuntario”. Al respecto
Thompson se declaró próximo a perspectivas contemporáneas enunciadas por
Raymond Williams.
45 Thompson, E. P.: “La sociedad inglesa del siglo XVIII: ¿lucha de
clases sin clases?”, ob. cit., p. 37. Sin embargo, Thompson admite que para la
sociedad preindustrial el concepto de clase, incluso el “histórico”, debe ser
utilizado con prudencia pues a diferencia de la sociedad industrial no fue una
categoría empleada por los propios sujetos.
46 Anderson, Perry: ob. cit., p. 80. G. Cohen debate específicamente el
concepto de clase thompsoniano en La teoría de la historia de Karl Marx. Una
defensa, Madrid, Siglo Veintiuno-Fundación Pablo Iglesias, 1986, pp. 81-85.
47 Ibidem, p. 68.
48 La referencia sigue siendo Horkheimer, Max: “Teoría tradicional y
teoría crítica” (1937), en Teoría tradicional y teoría crítica, Paidós,
Barcelona, 2000.
49 Kaye, H.: Los historiadores marxistas británicos, ob. cit.
50 Anderson, P.: Teoría, política e historia, ob. cit.


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