© Libro N° 10932. Estacas. Wagner, Karl Edward. Emancipación. Febrero 25 de 2023
Título original: © Sticks,
Karl Edward Wagner (1945-1994)
Versión Original: © Estacas. Karl Edward
Wagner
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Karl Edward Wagner
Estacas
Karl Edward Wagner
El arroyo Mann se perdía en los bosques al norte
del estado de Nueva York. El Ford de Leverett cruzó el puente que conducía
hasta allí mucho antes de que proliferaran los vehículos, con caña, aparejos,
una petaca en el bolsillo y una sartén de hierro calzada en el cinturón. Desde
el puente, el valle se abría a una extensión de pastos bajos, pero corriente
abajo del arroyo la tierra había dejado de ser cultivada y estaba llena de
plantas silvestres y manzanos descuidados. Leverett pasó junto a la vieja instalación
ferroviaria, abandonada en 1870, y vio un trozo de madera que se ramificaba en
varias estacas. Pensó que originalmente debía de decir «prohibido el paso»,
pero el mensaje, si es que existió, estaba borrado.
Su entrenado ojo de artista percibió, sin embargo,
que los clavos eran nuevos. No le prestó más atención hasta que un poco más
allá encontró otro, y otro, y otro más.
—¿Cosas de niños? —se preguntó.
No, la disposición de las estacas era demasiado
sofisticada, los ángulos, las distancias, el trabajo, eran sumamente hábiles.
Había además algo inquietante en el efecto que producían.
Algo más abajo, rodeadas por la maleza, aquellas
extrañas estructuras de madera estaban por todas partes: estacas hechas con
ramas de árboles y trozos de tablones clavados juntos en una fantástica
disposición. Además, no había dos iguales.
Leverett se olvidó de las truchas, rebuscó en sus
bolsillos un pequeño cuaderno de notas y un lápiz y empezó a dibujar las
estructuras más elaboradas. Quizá alguien pudiera explicarlas.
Estaba aproximadamente a dos millas del puente
cuando llegó a las ruinas de una casa, una antigua granja colonial construida
al estilo holandés, medio desmoronada y tragada por la maleza. Las estacas la
abrazaban por completo e incluso la cubrían sobre el tejado, tan agpretadas
unas a las otras que casi parecían una telaraña.
Maravillado, las dibujó, mientras se acercaba
cautelosamente a la casa abandonada. Su aspecto era francamente amenazador,
entre aquella desolación y aquella demente construcción de estacas. En ese
punto cualquiera en su sano juicio hubiese dado media vuelta; pero Leverett, en
cambio, se sentía intrigado. La puerta estaba sacada de sus goznes, y entró con
cuidado. La casa estaba vacía. Sólo había motas de polvo flotando en la luz del
sol de la tarde, sobre hojas, cascotes y maderas podridas.
Alguien había estado allí recientemente y había
cubierto las paredes enmohecidas con la vertiginosa complejidad del diagrama de
las estacas. Su lápiz voló sobre el cuaderno, comparando esquemas: ¿era el
lugar donde se había diseñado toda esa locura? El oscuro hueco de una puerta se
abría al sótano, ¿también habría dibujos allí? ¿Y qué más?
Se preguntó si era prudente bajar. El sótano estaba
a oscuras salvo por la poca luz que se colaba por las rendijas.
—¡Hola! —llamó—, ¿hay alguien ahí?
Pensó que podría encontrarse con un lunático, que
podría ocurrirle cualquier cosa, y que nadie nunca llegaría a saberlo.
Empezó a bajar cuidadosamente la escalera. Era de
piedra y, por lo tanto, sólida, pero traicionera debido al musgo y los
escombros. Al llegar abajo se detuvo para que sus ojos se acostumbraran a la
tinieblas húmedas. El sótano era demasiado grande para la casa. De hecho,
quizás el sótano era anterior a la casa.
Los grandes bloques de piedra de los muros le
hicieron pensar en una fortaleza. El lugar parecía estar vacío, aunque sin luz
no podía estar seguro de lo que ocultaban las sombras. Había rincones y zonas
de las paredes de una sombra más oscura, como si se abrieses a otros sitios. A
su pesar, empezó a sentirse inquieto.
Había algo más: un amplio bulto parecido a una mesa
en el centro del sótano, quizás de piedra.
Se acercó, le llegaba hasta la cintura: una losa de
piedra burdamente labrada, sostenida por pilares también de piedra. Pasó su
mano a lo largo de la losa. Parecía tener una ranura que la atravesaba a lo
largo. Sus dedos encontraron una textura fría, blanda, unas correas
enmohecidas, pensó con desagrado.
Entonces algo se cerró sobre su muñeca y clavó unas
uñas heladas en su carne.
Leverett gritó y tiró hacia atrás con frenética
fuerza, pero sin éxito. El bulto comenzó a levantarse. Leverett gritó de nuevo,
desesperado. Su mano libre aferró la sartén de hierro que llevaba sujeta al
cinturón. Soltándola de un tirón, lo golpeó en lo que parecía ser una cabeza
con toda su fuerza, hendiendo carne y rompiendo huesos.
La cosa lo soltó.
Vio una frente hendida, rezumando una sangre espesa
y unos ojos que brillaban con una horrible vida.
Por fin acabó de liberarse y huyó, sacando fuerzas
para correr sin descanso del recuerdo de los pasos que había oído subir
torpemente la escalera del sótano detrás de él.
Cuando Colin Leverett regresó a la ciudad, era un
hombre cambiado. Había envejecido. Su enérgica forma de caminar había
languidecido. Sus ojos parecían extraviados. Con el tiempo sus amigos pudieron
ver que su afición por lo macabro se había convertido en una morbosa obsesión.
Los editores de revistas de terror para los que
trabajaba empezaron a devolver sus dibujos por ser demasiado horrendos.
Leverett intentaba suavizarlos, pero entonces los sentía insípidos. Los
encargos dejaron de llegar. Empezó a vivir de magros pedidos ocasionales para
alguna galería.
Nunca contó a nadie lo ocurrido en el arroyo Mann,
y cuando lo recordaba, trataba de convencerse de que a quien había herido era a
un vagabundo cuya forma se había distorsionado a causa del horror. Esta
explicación le ayudaba a recuperar la cordura cuando se despertaba en medio de
la noche, con el rostro de la cosa todavía observándolo desde sus pesadillas.
Años después, recibió el encargo de un viejo amigo
y colega, que ahora era el editor de la Gothic House, una pequeña editorial
especializada en libros fantásticos y sobrenaturales: quería que ilustrara los
tres volúmenes en edición de lujo del maestro del género, Ken Allard, muerto
hacía unos años. Leverett aceptó al instante.
Pasó horas enteras releyendo los relatos. tomando
notas y haciendo bocetos. Su amigo le había pedido dibujos especialmente
horribles para la edición. No estaba mal lo que le estaba saliendo, pero sentía
que a los dibujos les faltaba algo de la siniestra maldad de la obra de Allard,
que tanto le recordaba aquella tarde en el arroyo Mann. Recuperó el viejo
cuaderno de aquel entonces y empezó a incluir fragmentos de esos entramados de
estacas.
Los rostros burlones de las criaturas degeneradas
de Allard se hicieron más amenazantes.
El editor le escribió una carta al finalizar el
trabajo.
—Por el amor de dios, Colin, ¿qué son esas estacas
que has metido por todas partes? Esas malditas cosas hacen que te estremezcas
realmente.
Leverett le contestó explicándole su experiencia en
el bosque, sin mencionar nada de esa criatura que había aferrado su muñeca en
el sótano. El editor le puso en contacto con un científico que estudiaba
aquella zona, por considerarse una de las que se había realizado magia negra en
la época colonial. Este le habló de granjas abandonadas con un dolmen en sus
cimientos, una especie de losa de granito con un profundo surco, que era
utilizada como altar para sacrificios.
Al cabo de poco tiempo, cuando salía de la imprenta
el segundo volumen, fue él quien le anunció la salvaje muerte del editor a
manos de unos ladrones.
No pasó mucho cuando un hombre delgado y elegante
se presentó en su casa. Era el sobrino de Allard. Recientemente muerto su
padre, había descubierto una obra inédita en el desván, y quería saber su
opinión sobre su autenticidad y sobre la posibilidad de editarla. Creía que
eran historias especialmente horribles, acordes con los últimos años de vida de
su tío.
Leverett encontró en ellas referencias a
estructuras megalíticas que, en cierto modo, se parecían a los diseños de las
estacas. Acordaron que la obra se editaría, y que Leverett la ilustraría. El
sobrino de Allard mencionó explícitamente sus dibujos de estacas, que tanto le
habían gustado en la última obra de su tío. Revisaron los cuadernos y le pidió
que incluyera todos los dibujos.
El exceso de trabajo agravó la pesadilla
recurrente:
Se encontraba en un túnel de paredes de piedra por
el que debía arrastrarse. Las piedras húmedas se apretaban contra su vientre.
Tras varios pasadizos llegaba al interior de una cámara subterránea, que a su
vez se abría hacia otras madrigueras. Una gigantesca losa se encontraba en el
centro, con una ranura a lo largo por la que bajaba un líquido espeso. Una
figura desde las sombras aferraba su muñeca, y Leverett se despertaba con el
eco de sus propios gritos.
Se levantaba entonces para seguir dibujando y
reflejar algunos detalles de la pesadilla.
Lo primero que hizo al acabar el último dibujo y
recibir el cheque fue comprarse una caja de botellas de buen whisky e intentar
recuperar el sueño. Volvía a entrar en aquel sótano al que llegaban toda clase
de madrigueras de piedra. En la losa del medio, esta vez, había un hombre que
se debatía furiosamente, como si estuviese atado, mientras él le clavaba un
cuchillo en el corazón.
Al despertar, se vio recubierto por una sustancia
pegajosa.
Leverett subió al coche y se dirigió a toda prisa a
la casa del sobrino de Allard. Llegó casi al anochecer. Aquel tardó en
responder sus frenéticas llamadas, pero se alegró de verlo, porque justamente
acababan de llegar los libros impresos.
—¡Tenemos que destruirlos! —le gritó Leverett—.
Esos signos, esas estacas, pertenecen a un culto. Tienen un significado oculto
en sus rituales. Y el culto sigue vivo. Mataron a mi editor, están detrás de
mí, y te matarán para impedir que se publique el libro —le gritó horrorizado.
—Colin, eso suena disparatado —dijo el sobrino de
Allard—. Ven. Te mostraré los libros. Están en el sótano.
Leverett dejó que su anfitrión lo condujera
escalera abajo. El sótano era muy grande, revestido de piedra, y seco.
—Los he colocado aquí para que la casa no se
hundiera debido al peso —dijo el sobrino de Allard—. Mañana se enviarán a los
distribuidores.
Leverett abrió un ejemplar y contempló sus dibujos,
que habían conseguido retratar a esas grotescas criaturas, las cámaras
subterráneas, los altares teñidos de sangre, y las enigmáticas estructuras de
estacas.
—Son antiguos glifos —le dijo el sobrino de
Allard—, inexplicables para la mente humana, fragmentos de un pentagrama de
varias millas de ancho. Los estaba evocando nuestro supremo cuando usted lo
golpeó en la cabeza, y perdimos esa parte esencial del diseño. Pero entonces
descubrimos sus dibujos, y luego sus notas. Ahora miles de nuevas mentes podrán
leer las evocaciones, y se unirán a nosotros en los Lugares Ocultos.
Leverett se volvió para echar a correr, pero las
figuras salían ya arrastrándose de las sombras del sótano y los túneles. Se
puso a gritar mientras el sobrino de Allard también empezaba a arrastrarse,
pero no podía despertar, únicamente echarse al suelo, y seguirlo.


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