© Libro N° 10930. Las Máscaras Del Crimen. Martín, Daniel Y Cacharelli, Daniel. Emancipación. Febrero 25 de 2023
Título original: © Las
Máscaras Del Crimen. Daniel Martín Y Daniel Cacharelli
Versión Original: © Las Máscaras Del
Crimen. Daniel Martín Y Daniel Cacharelli
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Fondo:
Portada E.O. de Imagen original:
Ilustración para el cuento "Las máscaras del crimen",
Daniel Martín y Daniel Cacharelli. © 2010, Pedro Belushi: https://axxon.com.ar/rev/207/cuento10ilus1.htm
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Daniel Martín Y Daniel
Cacharelli
Las Máscaras Del Crimen
Daniel Martín Y Daniel Cacharelli
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Hay demasiado perejil en mi sopa. Hay demasiadas causas para el odio.
Pero, ¿qué es el odio cuando se empuña un arma? ¿Y qué es un arma sino un débil
artificio? No lo sabemos.
Ella era hermosa como un boleto a Katmandú. A su paso, los transeúntes
transpiraban, los perros perdían el control de sus esfínteres, los insectos
trataban de aparearse. En la comisura de los labios de Rodríguez una mueca
espera su turno en la comedia. La presiente, sabe que pronto se cruzará con
ella, que esa media sonrisa la exaspera.
El frío del amanecer entumecía los despertadores. Los sindicatos estaban
cerrados. El pan caliente humeaba, llamando a desayuno. Por fin, ella dobla la
esquina. La brisa bate sus faldas, dejando sospechar tibios encantos. Como
siempre, se cruzan y se miran, como siempre, con un gesto se saludan, como
siempre, continúan su camino. Las pupilas dilatadas de Rodríguez tratan de
capturar todos sus pliegues, para forjar su sueño, su placebo, para tallar el
mármol de su credo. Pero llega el trabajo y se deshacen los castillos del
encuentro y del ensueño.
La conoció un domingo de ramos generales. Ella iba a comprar tuercas
para su sobrinito. Le ofreció una flor, pero quiso sentarse, le pregunté su
nombre, es todo lo que tengo. La timidez surgió desde mis huesos, instaurando
una larga tiranía de rubores. Sentí latir la tierra cuando vi su sonrisa. Desde
el fondo del misteriosupe que era perfecto el universocuando sospeché que ella
me amaba por el nervioso tintineo de la bolsa de tuercas.
Pero allí estás, Rodríguez, encarpetando, rechinando por no haberle
hablado esa mañana, indeciso como un jabón que se resbala. Tus compañeros de
oficina te preguntan por ella. Vienen a ti con chismes y conjuras. Tú
enfureces,callado, y encarpetas, porque ¿qué es el amor, sino el silencio? No
lo sabemos.
Te dijeron que ella te esperaba, como una ninfa abierta a la mitología,
subida a la cornisa de tu oráculo, con la bolsa de tuercas en su diestra.
Luego,que su corazón empequeñecía cada vez que la cruzabas sin hablarle,
colección de estampitas repetidas, filatélica roca en tu bahía. Finalmente
comentaron que se casa, que se enlaza con otro por despecho, y tu frágil idilio
se marchita, y se rompe tu báculo, y tropiezas.
¡Cuántas cosas tenemos al alcance de la mano, y valoramos recién cuando
se pierden! ¡Cómo nos alejamos de esos pequeños instantesque,unidos por el hilo
de la vida, quizás constituyan el collar de la felicidad! ¿Acaso sufrir es el
precio del amor? No lo sabemos.
Su carpeta golpea contra un cuadro del César, sus compañeros ríen, los
leones contemplanalos sabrosos cristianos que serán su merienda. Nada remedia
con su furia. Deberá esperar hasta mañana para verla. Volver a casa, hacer la
siesta, arreglar el jardín, escapar al ocaso, recordarla hermosa, buscarla en
otro cuerpo, y encontrar esa noche demasiado perejil en la sopa. Pensarla en el
insomnio, acunarla en mis sueños, levantarme nervioso y temer no encontrarla,
ensayar el discurso y decidirme a todo, para luego pasar ahogado en
sentimientos y saber que otro día ha goteado en el año, que hoy también nos
saludamos y no le dije nada.
En la triste semblanza que traza nuestra pluma cabe todo el dolor de su
alma achicharrada, porque también nos toca en lo profundo su triste almanaque
de quebrantos. Ahorremos la crónica de tanta pasión amortiguada, plegaria de
unos labios que ensayaron mil muecas, tragedia de unas manos vacías sin su
talle, encarpetando. Digamos solamente que ha llegado el día tan temido, el de
la boda.
Era una de esas tardes en que la pausa conspira contra el poder de la
palabra, uno de esos jueves que a fuerza de lagañas y somníferos se transforman
de repente en sábado a la noche. Nada pertenecía ya al dominio de sus lágrimas,
el arrullador encanto de su risa había caído de bruces al silencio. Contemplar
la incierta felicidad desde ese ángulo era como tomar sol en un mar seco.
Mi estimado Rodríguez: ¿quién te rescatará de la desdicha? Estás
sentado, mejor dicho,hundido, en el duro sillón del autorreproche. Tus manos
roban brisas a la nada, con espasmos de amebas vacilantes. La rosa abigarrada y
mustia, la rosa que pensabas obsequiarle, parece contemplarte con recelo desde
la irrealidad de ese florero verde. Decidiste no caer en el amor, pero el amor
hiere con la maraña irrefrenable de sus gestos. Intentaste tenderle una celada
al tiempo, pero el tiempo recoge las hojas del otoño con su bolso de recuerdos
y de sombras. Y es ahora cuando brota de tus labios el amargo rocío de su
nombre, y te quedas en tu obcecado dolor, terco y lúcido, como un sonámbulo
mirando partir góndolas.
La rosa, la ventana, la mano transpirada, la certeza en la frente, el
revólver con balas. El ignorado volcán de su furia vomita una rabia que lo
asusta, una fuerza azabache que lo envuelve, una extraña violencia que lo
afiebra. Está cebado, sin saberlo, por la dulce trampa de la muerte.
Cuando un hombre asediado se ve obligado a disparar las bengalas de su
fantasía, cede en su más profunda entraña al sagrado instinto de matar. Es
tentado por lo más terrible, aniquilarse, se regodea en la visión pomposa de
una muerte que lo eleva más allá del sufrimiento, con la ira de una fiera
acorralada. Mira sus manos, se descubre de carne. Esas manos que hubiesen
dejado revolotear tantas caricias, ahora tiemblan confusas, y hasta se
desconocen, gravitando en las muescas de un arma asesina.
Allí encubó la pena sus cuervos aguerridos, desbarrancó calvarios el
odio adormecido, y relució en su angustia la perla más obscura, la perla de los
celos que reclaman venganza. El Crimen que rondaba en la atmósfera
diáfanadispuso presuroso un banquete de gala, ordenó un plato más en su mesa
sangrienta. Con regocijo espurio prendió las velas negras que hacen relucir los
ojos de las parcas. Con devoción abyecta puso vidrio molido en la piel
descarnada de su alma confusa.
Rodríguez va desnudo como todo aguafiestas, su corcel va vestido de
ritual y tragedia. Imagina que el vino derramado del cáliz se mezcla con la
sangre rival y se congela. Desperdiciando ajuares de blanco se la lleva, las
tablas de Moisés crepitan en la hoguera. Los monaguillos corren, los angelitos
rezan, es difícil la huída por los campos de fresa. Brioso la llevé al río para
ver si era mozuela. En el río me detuvieron aullidos de mil profetas. La luna
lo mira, mira, pero Venus lo desprecia, la noche de amor que sueña ya no es
noche, es impotencia.
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Él, que tantas veces rescató la dicha en los perfiles sinuosos de otras
damas, que inundó sus alcobas de gemidos de éxtasis, descubre que el amor elude
lo concreto, que sólo puede amarla si permanece etérea. Su terrible visión
pronto se desvanece en un torpe fluir de imágenes rasgadas. Vuelve a mirar la
rosa, deja el arma en la mesa, arroja con dolor las tuercas a la niebla, y se
calma de pronto, y se queda en su casa.
El Crimen, congelado de repente al ver desbaratadas sus conjuras, retira
los condimentos de su mesa, y busca un comensal más decidido. El Crimen nunca
cesa. Su insistencia falaz dirige su rebaño de pasiones a la casita ubicada
enfrente de la iglesia. Sus negras potestades se apoderan del débil corazón de
Lidia Gómez, quien mata de un hachazo a su marido ante sus reiteradas negativas
de trocarle el cuerito a la canilla.
Porque se Contrapone a los Principios ya
Enunciados
(Nota hallada bajo la puerta de Lidia Gómez, la irrebatible)
La nostalgia, esa perra babosa, me trajo hasta tu puerta. El timbre es
el ojo de un cíclope que espera ser cegadopara que acudas , cálida y tiesa, a
recibirme.
Las flores que he cortado también tienen vergüenza, vergüenza y
pesadumbre que me baja las medias. Dije que no volvería en un rapto de ceguera
tendenciosa, pero aquí me tienes, vencido, cabizbajo, pisándole el bigote a tu
felpudo.
¿Cómo pude olvidarme de tus manos, de tu ombligo de nácar, tu
entrepierna? La arrodillada golondrina de mi alma ha vuelto a tu regazo
arrepentida. Espero que el espasmo de las brisas resucite canciones en tus
grifos, porque ya jamás discutiremos, le trocaré el cuerito a la canilla para
fundar oasis en tus furias.
Hay una estrella trazando conjeturas sobre el incierto destino de este
amor, hay una rosa clavada en mi cuaderno, y escarcha cubriendo nuestro lecho.
Desde allí almidono mis escrúpulos bebiendo la hiel perversa de tu ausencia,
coloquial desacierto del derrumbe. Perdóname y calla. Deja que el loro repita
mi nombre, que la casa se ilumine con el sexo, alimento balanceado del terror.
No me abandones justo ahora.
La vitamina de las nubes desvanece la tarde, y yo fallezco frente a tu
puerta compacta, irrebatible, estriada por las vetas de la infamia, arañada por
oscuros pequineses. Decaigo una vez más ante el silencio, y, en la cúspide de
mi resentimiento, me muero de dolor en la mirilla.
El búho ha despertado y tú no sales, el felpudo ha recibido mi primera
lágrima, epístola sagrada del derroche. Hace frío y no te guardo rencor. Una
ceniza volcánica cubre lo que queda de mi alma. Volveré el jueves cuando
construya mi arca.
Daniel Martín y Daniel Cacharelli fueron los guionistas más prolíficos
del controvertido grupo teatral y cinematográfico El Escupitajo Producciones,
activo en la ciudad de Córdoba (Argentina) en los años 80 y 90 del siglo pasado
(e inactivo en los que vendrán). El grupo produjo tres películas y numerosas
obras de teatro. Su obra literaria en prosa ha sido rescatada recientemente en
el libro Demasiado
Inútil es Regalar Veneno (Ediciones
del Boulevard, 2007), adonde fue originalmente publicado el relato que se
publica aquí. Actualmente Daniel Cacharelli ha abandonado la palabra para
convertirse en mimo, y Daniel Martín disfruta de las ventajas del suicidio en
su exilio estético en Australia.
Este cuento se vincula temáticamente con UN CRIMEN PASIONAL, de Marcelo Difranco, SIEMPRE ESTARÉ PARA TI, de Marina de Anda
Axxón 207 – mayo de 2010
Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Fantasía : Humor :
Homicidio : Argentina : Argentino).


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