© Libro N° 10927. "Paradoja". Vilar Madruga, Elaine. Emancipación. Febrero 25 de 2023
Título original: © "Paradoja".
Elaine Vilar Madruga
Versión Original: © "Paradoja".
Elaine Vilar Madruga
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
https://axxon.com.ar/rev/2010/05/paradoja-elaine-vilar-madruga/
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Fondo:
Portada E.O. de Imagen original:
Ilustración para el cuento "Paradoja", Elaine Vilar
Madruga
© 2010, SBA: https://axxon.com.ar/rev/207/cuento7ilus1.htm
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Elaine Vilar Madruga
"Paradoja"
Elaine Vilar Madruga
|
|
Los golpes en la puerta estremecieron la noche. Yhlda se levantó y fue
hasta la ventana, donde un grupo de Cazadores esperaba por ella. Rápidamente,
tocó a su amante dormido con una caricia en la mejilla y le susurró palabras
breves de urgencia. Sial saltó del lecho de heno y escuchó las sacudidas
brutales y los gritos de los Cazadores clamando su nombre.
El pastor comenzó a temer.
—Yhlda, por favor, escóndeme de ellos —le rogó a su mujer, cubriendo la
cabeza con ambas manos.
—¡¿Qué me pides?! ¿Qué quieres que haga? Si ellos tan siquiera suponen
que yo practico los ritos ocultos, entonces… perderé todo. —Sin embargo, Yhlda
alzó sus dedos y esbozó en el aire los símbolos arcanos de la brujería. Sial
cerró los ojos, mientras la carne le hervía como si mil fuegos le gritaran
dentro. Vio cómo, lentamente, su cuerpo se iba disolviendo en el aire, sin
perder la esencia; Yhlda no había olvidado aún las Artes. La magia continuaba
obrando a través de sus manos. Sial era un espectro entre la sombra.
Ahora, ninguno de los Cazadores sabría que él estaba justo ante la red,
ignorándola, caminando a través de ella con más inteligencia que sus captores.
Sial sonrió con alivio —podía reírse todavía en la invisibilidad— mientras
buscaba refugio en el último rincón de la covacha.
—Gracias —balbuceó a media voz, pero Yhlda estaba demasiado amedrentada
para responderle. La muchacha avanzó hacia la puerta y descorrió el cerrojo.
Los Cazadores penetraron. Cada uno de ellos llevaba en los hombros las
marcas de Humo, en redondeles grisáceos atravesados por un único rayo
escarlata. Al cinto, varios puñales de hojas venenosas. Las ibdaias,
espadas consagradas por la muerte, cuyo propósito era sembrar destrucción en
las filas de los traidores a Humo, dormían aún en sus vainas. Yhlda retrocedió
algunos pasos.
—¿Por qué has demorado, sierva del poder? —preguntó el que parecía el
líder, un soldado de espaldas de montaña, con una mueca de rabia en los labios.
Alto, de piel arrugada como el pergamino, el muñón de una mano amputada
resplandecía en la oscuridad; quizás por algún hechizo de años pasados, cuando
el Humo no había llegado a aquellos lares.
—Mi señor… —Yhlda se puso de rodillas, rogando a los cielos que nadie
adivinara su pecado— recién acababa de despertar. Soy lerda… Mis piernas son
torpes y lentas.
—No eres tan vieja como para eso, mujer —el soldado husmeó el aire como
un sabueso—. Todos saben que ante nuestros toques deben salir con premura, sea
día o noche. Ancianos y jóvenes por igual; lentos y rápidos… Puedes ser
castigada y nadie intervendría a tu favor, ¿lo sabes?
—Sí, señor, sí —balbuceó la infeliz, esperando sentir ya la mordedura
del látigo.
—Cállate —le espetó el otro, violento—. No tenemos tiempo para enseñarte
cómo moverte con más rapidez, ni para cambiar los modales de tu lengua. Venimos
con otros propósitos a tu choza. Humo ha llamado a sus filas a un tal Sial
D´Liamerges, de ocupación pastor. Vive contigo desde hace unos años. ¿Dónde
está ahora?
—Se ha marchado —mintió, inclinándose en una reverencia servil—. Lejos,
no dijo a dónde. Se fue solo, quizás en busca de suelos más fértiles. Nuestros
rebaños están famélicos.
—Sin embargo, sus ovejas pacen en calma en tus campos. ¿Cómo lo
explicas? —inquirió y sus ojos sonreían con sorna.
—Él le teme a los lobos —dijo ella—. Por eso se ha marchado sin las
ovejas.
—Entonces regresará, mujer, regresará. —La sonrisa arrugó aún más su
rostro, mientras le entregaba un fajo de papeles manchados—. Guarda esto para
él. Dile que ahora ya no cuidará más rebaños, porque Humo lo ha llamado para
servir en su combate contra Mudiar, las costas enemigas. Que parta pronto, si
no quiere ser un traidor y manchar el nombre de sus padres.
Los Cazadores se retiraron con ruidos de metales y pasos de muerte.
Yhlda afirmó en silencio, mientras el líder se acercaba a ella y le tocaba una
mejilla. La muchacha tembló de horror, pero no pronunció una queja ni dejó que
su boca delatara el espanto. El soldado acercó su aliento de fiera en celo a
los oídos de Yhlda y murmuró:
—Puedo oler la Magia a mil pasos de ella. Cuando Humo ordene que te
capture, bruja, seré yo quien vuelva a esta casucha para prenderte. Recuerda,
puedo oler las Artes… —violentamente, cerró la puerta tras de sí.
Yhlda cayó de rodillas, mesándose los cabellos. Lloró mientras percibía
el abrazo de Sial, aunque no podía verlo ni saber en qué pensaba entonces.
Lloró por todos los hijos que no tendrían y las mieses que jamás sembrarían
juntos. Lloró por las estrellas condenadas de su sino.
—Tienes que dejarme, Sial. Humo te ha llamado. Debes huir a los bosques
— hizo una pausa—. No puedo hacer más por ti si tu cuerpo está ya marcado por
el llamado a la guerra. Soy sólo una aprendiz de los ritos ocultos, ¿no
entiendes?, y me escondo de los Cazadores, para que no vengan a mi puerta a
derribar mi paz. Vete a los bosques y busca a Yeneghal. Es vieja y una vez fue
también una Hechicera poderosa y terrible. Si hay alguien que pueda salvarte,
será ella. Pide que haga para ti la transición. Ella tiene la
fuerza necesaria, Sial, para salvarte…
—La transición —repitió el hombre, para grabarlo bien
en su memoria—. Adiós, Yhlda. Perdóname el mal que pude traer a tu techo.
Intentaré volver a ti algún día.
—No lo jures, Sial. Tu camino está sembrado de tinieblas —ella sollozó.
Sial, invisible, no dijo más. Debía huir mientras la magia bogara aún en
su sangre. Se internó en la noche, mientras las ovejas balaban tristemente;
evitó caminar tras las huellas de los Cazadores. Comprendió que los bosques
sólo lo resguardarían un momento. Luego sería un animal acorralado; su cuerpo
había sido reclamado por Humo y desde entonces comenzaba a caducar. Dejaría
señales por todo el camino, porque estaba Marcado. Los Cazadores detectarían su
olor como perros de caza, y lo seguirían hasta encontrarlo.
Si en tres jornadas no llegaba a las puertas de la ciudad de Humo para
luchar por él, sería un cadáver. Pero si obedecía el mandato de los Cazadores,
Mudiar tragaría su sangre. Sial penetró en el follaje.
***
Los árboles creaban sobre él un cerco de nubes verdes. Sial llevaba dos
días sin probar alimento. Evocaba a Yhlda como parte de un pasado que había
quedado atrás, junto a las promesas de una vida sin que la guerra persiguiera
sus huellas. Pero sus esperanzas habían resultado vanas.
Él, como muchos de los hombres de Eldebaeer, temía el momento en que
Humo lo llamara a las filas. Siempre, más tarde o más temprano, llegaba el día
en que aparecían los Cazadores trayendo junto a ellos el olor de sacrificio y
de las maderas finas que se quemaban ante los Profetas de Humo.
Sial era sólo un pastor. Había crecido en una camada de niños
harapientos y analfabetos; a veces se atrevía a soñar con la gloria que
esperaba a los hombres en las batallas. Pero no deseaba morir bajo la espada o
la flecha de un enemigo, o regresar al pecho de Yhlda marcado por el estigma de
las batallas contra Mudiar, mutilado por el terror.
Caminó siempre hacia el sur, sin pensar demasiado en su futuro, hasta
que el follaje se hizo menos denso sobre su cabeza. Se detuvo, y en un
principio no supo bien dónde se encontraba. Pero pronto avistó la casa; reflejo
de aquella que había abandonado dos jornadas atrás y llamó a su puerta con
puños impacientes.
—Abre, Hechicera —gritó Sial—. Vengo en nombre de Yhlda.
Lo recibió el silencio. Sial volvió a golpear y repitió el llamado. En
la quinta ocasión, una voz cascada llegó a los oídos del pastor, proveniente
del otro lado del portón.
—Extraño es que tras tantos años venga alguien a invocar a Yhlda. ¿Qué
buscas?
—Refugio, ayuda y pan —dijo él escueto—. Y sobre todo, los favores de tu
poder… Necesito que obres sobre mí la transición.
—¡Calla, maldito! —una vieja se asomó a una ventana, mientras esbozaba
en el aire símbolos de las artes olvidadas—. Y entra de una vez, pero no
esperes demasiado de mí.
Con expresión helada, Yeneghal descorrió los cerrojos para cederle el
paso a Sial. Cada golpe en su puerta le había recordado la cercanía de lo
inevitable… cuando ya no sería posible continuar evadiendo el cerco impuesto a
los Hechiceros.
Durante siglos, Eldebaeer respetó la dignidad de aquellos que
practicaban las Artes, y se convivía en paz bajo el sol. Pero ningún bienestar
es eterno. Al estallar la guerra, y comenzar el dios Humo con sus imágenes
intangibles a apropiarse de los hombres, la Hechicería fue denunciada y
condenada, sus practicantes asesinados u obligados a abandonar el hogar y
hallar refugio en los bosques. Como Yeneghal, que apenas podía recordar la
última vez que vio desde lejos las calles de Eldebaeer sin tener que huir con
una horda de Cazadores tras ella.
—¿Vienes solo, caminante? —preguntó la vieja, vestida con unos harapos
miserables y sucios. Su rostro no podía ser más vulgar; sólo su mirada le
confería la apariencia de un ser con cierta inteligencia.
—Necesito de tus servicios, Yeneghal.
La anciana lo miró unos segundos y luego desvió la vista, fijándola en
un tejido que descansaba sobre sus muslos.
Sial no era el primero en llegar hasta su casa. A pesar de las
prohibiciones, cientos de seres buscaban en su poder las soluciones que las
palabras de los Profetas de Humo no encontraban. No pocos le habían pedido que
realizara la transición…y todos habían salido de allí sin obtener
de ella más que un consuelo.
Veo que mi talento no ha sido olvidado aún- rió entre dientes, dejando
el tejido junto a la lumbre. Agregó—: ¿Qué es de la vida de Yhlda? ¿Sigue
escondiendo su condición?
—La ha usado para salvarme de los Cazadores —dijo él—. Me temo que tal
vez ésa sea la causa de su perdición.
—Tarde o temprano, ella también tendrá que venir a buscar amparo en los
árboles. Hasta ahora ha fingido ser otra mujer más… pero nada es eterno,
muchacho. Cuando la descubran, si corre con mucha suerte, vendrá aquí, como el
resto de los Hechiceros. Aunque algunos quedan en la ciudad aún, como Yhlda.
Sobreviven en silencio, sin mostrar su poder. Otras veces son develados sus
misterios y entonces… —Yeneghal volvió a sonreír macabramente—. ¿Te ha ayudado
ella a escapar, dices? Ah, pero sólo yo puedo realizar la transición.
—Pagaré por ella —Sial se alzó con dignidad— con lo que tengo.
La anciana no le prestó mucha atención. Tomó entre sus manos el brazo
moreno del pastor y esta vez dejó de reír. Había leído en su piel las señales
de Humo.
Todo aquel que es por su voz llamado, debe al punto acudir… o verá
caducar su cuerpo hasta que su alma vague sin descanso por los ocho infiernos.
La carne de Sial, temblorosa y sudada, empezaba a mostrar las huellas de
los Marcados. Brechas blancas como gusanos a todo lo largo de la carne y
anillos púrpuras rodeándolas. No tardaría mucho en consumirse.
—Nadie me llevará hasta la sangre —murmuró el hombre, sin prestar
demasiada atención a las cavilaciones de Yeneghal—. Yo pertenezco al barro, al
campo y las ovejas. No quiero ir lejos de mi hogar. Si me marcho, Hechicera,
los soldados de Humo y los mercenarios piratas del Mar de Osldert danzarán
pronto sobre mis huesos.
—Basta —le interrumpió la vieja, soltándolo. Después agregó, en un tono
que no admitía demoras—: ¿Cuál será mi paga?
—No tengo mucho —se disculpó Sial con aliento derrotado, mientras las
mejillas se empañaban de vergüenza. La bolsa de su cinturón se escurrió entre
la saya y la mugre de la Hechicera—. Es cuanto ha podido reunir un trabajador
en veinte años de faenas.
—Hum… —farfulló la vieja, y sin mostrar gran interés por el contenido,
se arrojó sobre una silla. Sial descendió junto a ella hasta el piso—. Ahora
voy a escucharte. ¿Qué pasa en Eldebaeer?
Sial habló sobre el dios, sobre las inmensas colonias de Humo alzándose
sobre la ciudad. Contó del Derecho de la Primogenitura: cada primer hijo en
cualquier familia debía ser conducido a los pocos días de nacido a las manos de
los Profetas. Mencionó a los Cazadores de brutalidad feroz, a las lanzas
empenachadas de millones de soldados eldebaeeranos que avanzaban contra Mudiar.
Habló de los campos de Usmár devastados por el fuego y la sequía, y los
sacrificios fastuosos que desperdiciaban alimento en las colinas de
Arhdareghar’ust, mientras miles de hombres asesinaban sólo por una fruta con
que calmar el hambre. Narró sobre las largas filas de criaturas que se
encaminaban a Tremarchal Dumír, la capital, para recibir las armas de Humo y
escuchar las interminables arengas de Jiogald el Visionario. Después, eran
conducidos a los buques en los Puertos Occidentales de Siuor, desde donde
marchaban al combate, más allá de donde los ojos del pastor podían imaginar que
existiera nada.
Sial se lamentó. Resumir la avalancha de acontecimientos le tomó todo un
crepúsculo, hasta que la luna se alzó sobre la cabaña, plateada e impasible.
Sólo entonces Yeneghal lo detuvo; ya sabía suficiente. Volvió a su
tejido con indiferencia, uniendo las agujas a ritmo acompasado.
—Pertenezco a los Sacerdotes —culminó el muchacho, paladeando la acidez
de sus labios.
—Nada nuevo —la Hechicera evitaba mirarlo.
—Pero no quiero ir —se debatió Sial—. Huir de ellos es el suicidio.
Quedarme es sólo la aceptación de otra muerte. Atravesaría el desierto de
Usbaeillén, me enfrentaría a los peligros de las maldiciones de la arena,
buscaría otra frontera si eso pudiera alejarme de Humo, pero, ¿sirve de algo
escapar? En algún momento, debilitado por la Marca, perderé mi resistencia y
entonces el desierto engullirá mis pasos y seré una sombra más vagando más allá
de la muerte.
—Estás Marcado —aseveró la vieja con expresión taciturna—. No hay nada
que pueda hacer por ti.
—Lo he pensado bien, Hechicera. —Los músculos de Sial se contrajeron—.
Quiero abandonar mi cuerpo. Es mi última oportunidad. Realiza la transición… pero
de forma definitiva.
—¿Sabes qué significan tus palabras, niño? —la vieja tocó los hombros de
Sial con una uña de acero—. Existen códigos incluso para mí, que nada le debo a
nadie. Ni los Siete Tesoros del rey Lausúr pueden comprarme, ni el fruto de los
Mares Dorados de Ainuedeler, y mucho menos ahora que me cuentas de la situación
de Eldebaeer. ¿Sabes de qué hablas, tonto? Desprenderé tu alma de tu cuerpo;
eso es la transición. —Yeneghal se movió por el cuartucho, como
animal enjaulado—. Una vez que realice la magia en ti, jamás podrás volver al
organismo que abandonaste. Tendrás que vagar, como un espíritu enfermo, hasta
que yo encuentre una nueva carne que se ajuste a tu esencia. Puede que nunca la
encuentre. Pocas veces aparece a tiempo, y entretanto, tú comenzarás a perderte
en el laberinto del olvido. Todo lo que fuiste una vez: recuerdos de la vida,
esperanzas, amor, irá desapareciendo. Hasta que sólo seas un espectro sin
memoria apenas atado a la tierra por mi poder, sin posibilidad de volver a ser
humano.
Sial meditó, y una mueca de furia y decepción apareció en su rostro. De
repente, se puso de pie y tomó a la Hechicera por las muñecas, con más fuerza
que los conquistadores de Uertye’ceir antes de enfrentarse a los ejércitos
paganos:
—Realiza la transiciónen mí. Estoy decidido. Cualquier cosa
es mejor que esperar la muerte en las manos de Humo.
—¡Loco! —gritó ella, devolviéndole la bolsa de un zarpazo. Las monedas
tintinearon como cascabeles—. No imaginas lo que pides. El oro de cien mundos
no compra una conciencia tranquila. Si algún profeta de Humo llega a imaginar
que realicé magia en ti, entonces estaré perdida por completo. ¡Vete ahora!
—¡No! —gritó Sial, y se aferró a la mujer como un caballo sudoroso—. Te
he dado los frutos de toda una vida a cambio de tu Magia. ¡Te necesito!
—¡Loco!
—Quiero ser parte de tu tejido —musitó el chico, bajando la cabeza—.
Hazme pertenecer a esa madeja hasta que tú puedas devolverme a otra esencia.
Busca un animal, una planta, lo que sea, compatible con mi alma, y permíteme
vivir. ¡Refúgiame en tu hilo, mientras el tiempo pasa!
—¡Vete, muchacho! —pero ahora parecía menos convencida—. Conservaré mi
paz.
—Quizás la llevas encima por demasiado tiempo. Quizás también tú
necesitas de mí… —Sial se despojó de su capa de pastor. Sobre el pecho desnudo
ya danzaba un tatuaje de espirales luminosos. El desfallecimiento abrazó a la
Maga—. Déjame comprar tus favores. Déjame despertar otra mañana.
Ella no dijo nada.
Sial no rogó más. En silencio, buscó la boca de Yeneghal y acarició
aquella piel castigada por el tiempo. La anciana no se opuso… más bien se dejó
reducir por el ardor juvenil. Sial avanzó sobre ella, consumido por la
desesperación que barría toda cordura, arrancó las tiras de su vestido, y la
poseyó hasta abismarse en un agujero oscuro sin vestigios de conciencia.
Cuidadosamente, evitó pensar en Yhlda.
Esa misma noche, Yeneghal realizó la transiciónsin reparos
ni remordimientos.
***
Ahora, Sial pertenecía a la trama del lienzo, era un hilo más en la
intrincada trama del dibujo. Disuelta su identidad en la madeja, poco a poco,
sentía a su espíritu cruzar una vereda amplísima que conducía a la desmemoria.
Ya no recordaba la voz de Yhlda ni su olor de flor campestre; tampoco de qué
manera había sido llevado a buscar refugio en la Magia de Yeneghal.
Día tras día, la Hechicera se acercaba a él, tomaba pedazos de su
espíritu y los iba hilando a paso acompasado. Sial también quería olvidarla. La
frialdad de los dedos de Yeneghal sobre él —sobre el Tapiz— le hacía revivir
aquellos vergonzosos instantes, cuando compró la salvación con su propio
cuerpo.
Pero su cuerpo ya no existía. La vieja lo había ocultado en el bosque;
para que los Cazadores siguieran las señales del Marcado y llevaran el cadáver
como alimento para Humo.
—Pagué mi precio —se consolaba el pastor, intentando borrar la cercanía
concreta de la Hechicera.
El Tapiz descansaba en la ventana. Sial extrañaba la frescura de las
tardes y la calidez del hogar, como un huérfano echa de menos a su familia.
Allí estaba, dividido por la angustia, mientras la aguja de la anciana iba
tejiendo su magia. Y Sial lo permitía, condicionado por su miedo…
En las lejanías, bajo la luz de dos soles, los Profetas permanecían
honrando al Humo. Densas llamas policromas subían en columnas hacia el infinito
y descendían luego transformadas en cenizas. Los soldados pasaban frente a
ellas en compactas filas de hierro, y la cadencia de sus pasos llegaba hasta el
fin de las edades del hombre.
Quince décadas habían pasado desde que Humo llegara a aquel mundo;
quince décadas en que sus Profetas habían esgrimido su nombre para conducir a
las hordas contra las costas enemigas.
Sólo los Profetas eran capaces de leer en los rayos y el agua las
vicisitudes de su pueblo. Ellos ordenaban los ejes de aquel universo. Por eso,
en cada solsticio, acudían millones de servidores a ofrendar su vida en el ara
de los deseos de Humo y su principal intérprete: Jiogald.
Jiogald el Visionario, que se proclamaba a sí mismo señor de los Campos
de Aruh, recibió con placer los cadáveres colocados en filas interminables,
mezcladas las castas. Eran aquellos que habían elegido la muerte en lugar de
servir al dios, y que, por tal motivo, debían inclinarse ante las llamas para
lavar su crimen. El ejército de Humo alzó las armas y aguardó en silencio.
Jiogald se levantó y cubrió su rostro de cenizas.
—He aquí tu ofrenda —declamó, alzando los brazos al cielo con una tea en
la mano—. Doy fe de ello. Que los penetre el fuego y por su medio busquen el
perdón. ¡Golpe, golpe! Sobre las semillas de Urtuarén, sobre los ríos de lava
de Iytreyu donde las almas se consumen, sólo Humo será capaz de conducirnos a
la victoria.
Jiogald calló. La tea tembló en su mano y luego descendió cargada de
furia. Había mirado hacia los cadáveres de los Marcados traidores y el horror
lo sometía. Jiogald vio que aún la magia gobernaba de forma sutil, deslizándose
en su propio terreno. No podía creer que las huellas de la peor Hechicería se
mostraran ante los ojos del mundo. No podía creer que uno de aquellos cuerpos
inertes, antifaz de los magos, se mofara de él ante todos.
Escupió con rabia. Lo sabía desde siempre. No había bastado con
desterrar a los hechiceros y reducirlos a un manojo de expatriados que vagaban
con los árboles como única defensa. Nunca sería suficiente. Era el momento de
golpear con el martillo, de terminar de una vez lo empezado.
—El Humo no va a tomarlo —espetó. Con un ademán furioso, esparció polvo
en su lengua, mientras señalaba hacia adelante—. Advierto corrupción. ¡Aléjenlo
de aquí! El rito se ha mancillado.
Una oleada de Cazadores se abrió paso en el Cortejo de Jiogald. Los
Profetas cantaron su desesperación, maldiciendo las artes ocultas. Las puertas
de la locura y el frenesí estaban abiertas; únicamente la voz de Jiogald les
devolvió un poco de cordura, dándoles un motivo para borrar de la faz de
Eldebaeer a los Hechiceros:
—El Humo nos pide venganza.
—¡GOLPE, GOLPE! —ladraron los Profetas, haciéndole coro.
—Un ente sin alma para alimentar el apetito de Humo… Un cuerpo
mancillado por la transición…
—¡GOLPE, GOLPE!
—… cuando tantos de nosotros estamos dispuestos a ofrecernos a la flama
en vida. Nuestro enemigo proclama su nombre; ¿acaso pensaban que Jiogald no
sabría la verdad, que no podría leer las señales?
—¡GOLPE, GOLPE! —las hoces de doble filo se levantaron, amenazantes.
—¡Saquen a los Hechiceros de las rocas, devuélvanlos a su madriguera!
¡El Humo nos pide venganza!
Bajo la luz de las centellas y de las armas de los Profetas, el cuerpo
que una vez fuera de Sial mordió el polvo y la mugre, pisoteado con euforia.
Jiogald continuó gritando hasta que no quedó hueso en pie y todo el mal no fue
más que jirones sanguinolentos adheridos a las piedras y las cuerdas.
Entonces escupió despectivo y ordenó la Caza.
***
Los Cazadores llegaron y sus hachas arrasaron la choza de la Hechicera.
La madera de la casa crujió con un postrer quejido. Yeneghal se encogió,
animal rodeado que en su terror no identifica las salidas. Durante días había
escuchado los rumores de la revancha que avanzaba desde la capital; sabía que
todas las salidas y encrucijadas del bosque eran vigiladas por los Cazadores y
que practicar su arte era una condenación.
Ella, una vez sabia y poderosa, ahora se sentía tan indefensa como el
más vulgar insecto aguardando la pisada. Sin embargo, no había sitio que
acogiese su Arte. Huir era una tentativa desesperada; la Casta de los Taladores
de Eldebaeer esperaba en los lindes para asesinar a todos los Hechiceros,
culpables o no.
Yeneghal no tuvo tiempo de pronunciar una palabra, ni resguardar su
tapiz donde Sial, o alguna parte de él, respiraba aún; el portón cedió al
embate brutal de los Cazadores y el caos entró en su choza.
Una bofetada le hizo perder el equilibrio. Se tambaleó arrastrando tras
de sí el telar y las agujas. Una espada mordió su carne. La sangre manchó los
harapos. Sacudida por la evidencia del próximo fin, Yeneghal aferró el tejido
de Sial y salió a enfrentar la violencia.
Una veintena de hombres armados con picos y piedras la esperaban afuera,
con sonrisas de desprecio y asco en sus rostros.
Yeneghal intentó huir. En vano; un brazo la detuvo, mientras otro
Cazador avanzaba hacia ella con una tea encendida:
—Te perdono con el agua de la vida —balbució alguien, rociándola con un
líquido transparente de penetrante olor—. Te perdono con el fuego.
Yeneghal apenas percibió la caricia de una lengua ardiente. Le pareció
que el universo giraba bajo sus pies, que todo se confundía. Brillaron sobre
ella estrellas de un púrpura doloroso. Una llama mordió su mejilla, y se movió
irregular sobre las ropas. Yeneghal, desesperada, corrió, casi voló para traer
los ríos a su encuentro. Pero cada paso sólo le ofrecía más fuego y espanto.
Hasta que la carrera dibujó su trazo sobre las yerbas en una estela agonizante.
Sial advirtió la quemadura en su piel de hilo, pero no tenía labios con
los que expresar su sufrimiento. Yeneghal lo arrastraba al mismo sino de fuego,
y él no podía detener su avance. Entonces, un Cazador se interpuso en el camino
del desastre; la sombra de la Hechicera descendió hasta el suelo y Sial se
separó de ella, separado por el choque.
Unos pies apagaron las llamas sobre él. Sial deseó gritar.
***
A primeras horas de la tarde, en el Mercado pululaban la música y los
acertijos de un grupo de niños adivinos. Ocho librepensadores, juglares
de las épocas viejas, se acercaron a la Tienda de Falufel haciendo
sonar las gaitas, bailando entre las sombras como si fueran parte de ellas.
Desde siempre, el Mercado había sido la capital del arte y la venta; en la
constante barahúnda se mezclaban los pintores, los corredores de bolsa y los
mendigos.
|
|
Falufel el Vendedor reposaba el almuerzo en la silla del patrón.
Trasponiendo la rígida barrera de las castas, los mercenarios del mar se
acercaban a él para obtener los productos de tierra firme. Aunque Falufel
pertenecía a los hombres bajos, muchos olvidaban este detalle, pues en el
Mercado no existía nadie con más talento que él para la compraventa.
Lucaiz Setar, Pirata de Usdeltrylt’epara los de Eldebaeer,
se acercó a la tienda. Cubrían sus manos llenas de cicatrices unos guanteletes
de piel guarnecidos con pequeños punzones. De sus hombros aún firmes colgaba
una espada corta con la hoja oxidada como recuerdo de su primera matanza, cuando
aún era un joven aprendiz de marino en los mares del sur de Osfaler. Era un
cliente fijo del Mercado de armas y alimento, y uno de los principales
compradores de Falufel.
—¿Qué me das a cambio? —preguntó el vendedor sin preámbulos, mientras
mostraba al Navegante sus productos. Sabía que Lucaiz Setar era un hombre de
pocas palabras. Después agregó—: Dudo mucho que alguien más se atreva a
ofrecerte lo mismo por toda esta mercancía.
—En ocho vueltas de cielo hay pocos patanes como tú, Falufel. —Una mueca
de burla se asomó a la boca de labios finos—. Pero razón tienes y yo pocas
posibilidades de obtener mejor venta.
—Dices bien… —reconoció el mercader.
—Sí —asintió Lucaiz, entretanto sus trabajadores comprobaban el peso
exacto de la venta y le ofrecían al ayudante de Falufel las bolsas de oro. La
harina y el trigo, alimentos indispensables en la guerra, pasaron de una mano a
la otra—. Quizás sería mejor para ti que comenzaras a pensar en abandonar este
riesgo. Pronto, hasta la venta de pan estará prohibida en Eldebaeer. ¿No
escuchas acaso las voces de los Profetas, anunciando muerte y captura por
doquier?
—Conozco mi negocio, Lucaiz Setar. No por gusto soy el único que
pertenece a la vieja guardia de los Mercaderes —dijo el vendedor, apartando
gotas de sudor de su frente.
—Igual cuídate. No me gustaría perder mi mejor contacto en la costa.
—Años de rencillas, intercambios y negocios los convertían a ambos en una
especie extraña de amigos. Lucaiz colocó su puño en el pecho del otro—: La vida
es una rueda, Falufel.
—Vale el consejo —concedió el otro y, en un acto de impulsividad, puso
en brazos del Navegante un trozo de tela cortada que un Cazador le había
cambiado jornadas atrás por un poco de harina—. Un regalo de la Tienda. Al
menos te servirá para protegerte de las tormentas en el océano… Buenas mareas
para ti y un pronto regreso.
—Te deseo prosperidad… y que volvamos a vernos.
Lucaiz se alejó del Mercado apresuradamente, mientras observaba con
cuidado cada una de las calles empedradas, con el temor trabado entre los
dientes. No sabía si su condición de mercenario lo libraba del peligro, pero de
algo estaba seguro: la muerte llevaba demasiado tiempo persiguiéndolo. Desde
las batallas de las Tierras Angostas de Mudiar, donde el golpe de un hacha pasó
a pulgadas de su cabeza. Otra vez, la flecha envenenada de un aidú,
un soldado suicida, rozó su piel, causándole incluso así una herida que sólo
las artes de un Hechicero pudieron curar, tras meses padeciendo en la soledad
de los bosques.
Y ya había olvidado otras muchas persecuciones y traiciones que casi lo
llevaron al fin de sus días. De orilla a orilla, Lucaiz Setar —más que un
Pirata— era un pacificador, que intentaba poner fin a la lucha de Eldebaeer y
Mudiar. Pero pocos sabían la verdad, aún entre sus propios compañeros de
travesía.
«Buen tejido», pensó Lucaiz, acariciando la tela. «Y extraño. ¿Qué hábil
mano habrá unido estas hebras?»
Se cubrió los hombros con él, a modo de capa corta.
Sial no supo nunca adónde iba. Cruzó medio océano sobre las espaldas del
Navegante, unas veces huyendo de la guerra, otras en su busca. A veces
extrañaba su antigua existencia, como una mariposa echa de menos a la oruga que
apenas si recuerda haber sido, pero no le daba mayor importancia.
Ahora, todo ese ayer le parecía otra vida, casi ajena. Su cuerpo de hilo
era lo único de lo cual tenía conciencia; y sabía que estaba atrapado en él.
Nada tenía sentido, ni sabor, ni vida propia. No para Sial…
***
El navío de Setar, el Uslder’Meardmerodeaba entre las
costas, sorteando el bloqueo impuesto por los barcos eldebaeeranos sobre las
rutas marítimas. Para burlarlo y abastecer a los poblados de uno y otro bando
que padecían las consecuencias de la lucha, el único camino era pasar a través de
un boquete de olas y niebla, conocido como el Paso de Mir.
En la penumbra de la niebla, una lluvia de flechas de los invisibles
navíos del bloqueo rasgó las velas del buque pirata y los Mercenarios temblaron
de miedo, pero el Uslder’Meard no zozobró. En susurros, Lucaiz
Setar impartía órdenes de un lado a otro, bañado por el sudor y la salinidad
del océano, mientras pensaba de qué manera podía convencer a los soldados y
campesinos de Mudiar de detener de una vez por todas aquella batalla sangrienta,
sin que ellos se sintieran manipulados por un paria del mar.
—Qué paradoja… —musitó el navegante para sí mismo. Acarició la ligereza
de su esclavina—. Volver y enfrentarme al desafío del bloqueo, cuando lo que
más deseo en estos instantes es escapar de todo, quedarme a solas.
El agua mojó el cuerpo de Setar. La voluntad casi nula de Sial se abrazó
a Lucaiz, protección de sus lamentos. Sentía que existía, de alguna extraña
manera, un paralelismo entre el Navegante y él. Sial sólo quería saberse a
salvo. Nada más podía conmoverlo.
Ya no era humano. Ni siquiera un espíritu. Ahora era el Hilo…
El Navío atracó en un puerto semidestruido.
Cuidadosamente, los mercenarios se dispusieron a abandonar el Uslder’Meardy
buscar la firmeza de la tierra. Lucaiz Setar avanzó, rodeado por milenios de
aprensión, hasta pisar la arena caliente de sus abuelos, esa arena donde había
jugado de niño y que un día había decidido abandonar.
Sabía que incluso en el seno de su propio pueblo se encontraba en
peligro. Tantas décadas de luchas sin frutos y de hombres muertos habían
convertido a la costa de Mudiar en un lugar de desastre. Ladrones y asesinos,
consternados y en busca de presas fáciles, no dudarían mucho en clavar su puñal
en la carne de cualquier inocente. Y menos en la suya.
Sin embargo, Lucaiz nunca había retrocedido ante el riesgo. Llamó a
voces a los ancianos del pueblo. Llamó a voces a la ciudad, hasta que su
reclamo fue contestado.
Entonces dejó caer al suelo su espada, para demostrar que venía en son
de paz, y aguardó, indefenso e impaciente, por los hombres desesperados de
Mudiar.
***
Llevaban horas escuchándolo. Los ancianos movían la cabeza
reprobatoriamente, golpeando el suelo con sus varas sagradas a un ritmo
acompasado. Los habitantes de Mudiar pocas veces se enteraban de lo que ocurría
más allá de su mundo bloqueado por las fuerzas de Humo. Las noticias siempre
les llegaban tardíamente, cuando los parias del mar lograban atravesar el
peligro de las aguas y traer hasta ellos la verdad.
E incluso entonces, en muchas ocasiones, sólo habían recibido engaños a
cambio de su hospitalidad. No existía coherencia ni estrategia definida en sus
ataques, ni conocían el poder del puño de Humo al golpear contra Mudiar; por
eso cada combate culminaba con una cacería sin origen ni nombre, donde ni
siquiera los límites entre victorias y derrotas estaban bien definidos. Los
campos de Mudiar, bañados por la sangre de sus defensores, eran un recuerdo
demasiado cercano…
Lucaiz Setar habló:
—Eldebaeer… Mudiar… Distintas esferas colocadas sobre un mismo pilar.
Ellos no son monstruos, ni desean esto más que nosotros. Son manipulados por
Humo, su dios invisible y por sus Profetas que claman muerte y destrucción. Y
mientras tanto, los mudiaros entregamos a nuestros retoños a una guerra sin
fin, sólo para hacer honor a nuestras promesas de fidelidad y honrar a los
antepasados. Realmente, no entiendo…
—¿Y por qué continúan cazándonos ellos? —inquirió un anciano,
Alcyhbald—. Yo entregaré a mi primogénito con la aurora, sin ninguna garantía
de que regrese. Pero si así fuera, sólo lo habría perdido a él. Si me negase,
toda nuestra familia sería perseguida.
—¿Por qué las cacerías? No es mi potestad decirlo. Soy sólo un mensajero
—farfulló Setar—. Lamento que el joven Diabald deba partir a cumplir con su
deber… pero yo, Lucaiz el Navegante, pregunto: ¿hasta cuándo continuaremos con
esta farsa? ¿Hasta cuándo ofrendaremos a nuestros hijos en holocausto? ¿No
habrá llegado el momento de recapitular? Cuando decidí que los cirujanos me
libraran del poder de engendrar, lo hice por mucho más que apartarme de una
responsabilidad. Con ello decía a los vientos de Mudiar que no iba a entregar
esa parte de mi carne y mi sangre que es un hijo en aras de su gloria. Decía
que no iba a beber de su copa de sacrificio. Por eso renegué y abandoné mi
propio terruño. Lo siento, venerable. No puedo compartir tu sufrimiento, ni
entender. Pero me parece que es hora de hablar con todas las cartas en la mesa…
—¡Mercenarios de mar! —escupió con rudeza un muchacho imberbe ante las
palabras de Setar—. La peor rama de los desterrados… ¡No hables así en
presencia de Alcyhbald!
—¡Los convoco a la prudencia! —le interrumpió Lucaiz—. Si seguimos
consumiendo nuestras rodillas en reverencias, obedeciendo sin preguntarnos por
qué, empeñados en una lucha inútil, entonces mi presencia en Mudiar es vana.
¡Vivamos, por todos los dioses que moran en las siete estrellas hermanas!
¡Renunciemos, por la piedad de Sulhmar, el más grande de nuestros Padres!
—Sirves a un designio —dijo otra vez el anciano, entretanto los demás
asentían mudamente— que no es el nuestro. Vienes aquí y pretendes hacernos
saltar la venda de los ojos, pues, según tú, llevamos años ciegos. Sin embargo,
yo pienso: ¿dónde estaba Lucaiz Setar cuando necesitamos su brazo en una forja,
o alzando un arma para defender a nuestras mujeres y niños? ¿Dónde estaba el
Navegante cuando los eldebaeeranos quemaron su villa en Estaurupilh?
Lejos, en la seguridad de las aguas infinitas. —El viejo hizo una pausa,
clavando las pupilas vacías por el peso del sufrimiento en la faz de Lucaiz—.
Cruzas demasiadas veces los estrechos de Fret’yur y Osldert, escapando siempre
de los barcos de Eldebaeer… ¡Cosa extraña, en verdad… y peligrosa! Tengo muchas
preguntas para ti, ¿cuándo comenzaste a ser un traidor?
—¿Traidor? ¡Día tras día me juego el pellejo saltando de un margen al
otro! —estalló Lucaiz con violencia. Buscó en un gesto reflejo el puño de su
arma en la espalda y no la encontró. Y temió entonces haber entrado en el redil
buscando ovejas sólo para encontrarse sin defensa ante los lobos—. En los
errores de nuestro pueblo respira la fatalidad, venerable. Buscan al enemigo en
el lugar equivocado. Jamás mi boca se ha ensuciado con la delación. ¡Lo juro!
—Eres demasiado inteligente, navegante. Te endulzas la lengua para venir
aquí y decirnos que el mensaje de nuestros Mayores es el equivocado. —Diez
puños se levantaron, cargados de furia apenas contenida. Nadie escuchaba a
Setar—. ¿Pretendes enseñarnos a llevar nuestros arados y servirle el pan a la
familia?
—Pronto no tendrán alimento que poner en sus bocas. —Lucaiz se
incorporó—. A menos que me escuchen y actúen.
Con dignidad, Lucaiz Setar les dio la espalda. La conversación había
llegado al punto de no retorno. Ya no era posible el diálogo. Ahora, sólo le
quedaba rogar porque pudiera regresar al océano con vida, tomar su Navío y
alejarse para siempre de Mudiar.
Caminó lentamente; no quería que los otros se dieran cuenta de que huía.
Se mordió los labios de rabia y dolor, mientras su puño estrujaba una de las
esquinas de la capa donde Sial, el Hilo, dormía.
Sial sintió el tirón y percibió la amenaza que se cernía sobre ellos.
Fue el primero en distinguir las sombras de los mudiaros acercándose a Lucaiz,
con las hoces en alto. Aquellas herramientas que en épocas mejores habían
segado las cosechas, se disponían ahora a segar la vida del Navegante. Sial,
incapaz de movimiento, quiso al menos advertir, pero su boca era también parte
de la madeja y del dibujo de la capa, y no pudo.
No pudo decir ni hacer nada.
—¡Lucaiz, Lucaiz! —bramaron los hombres, pero el Navegante no se detuvo
ni dio media vuelta para enfrentarlos—. ¡Lucaiz Setar!
El primer golpe lo tomó por sorpresa; la hoz clavada en su espalda lo
hizo revolverse inútilmente, intentando desligarse de la curva hoja. Lucaiz
aulló, esquivando los brazos de una veintena de jóvenes de mirada asesina y
labios fruncidos que mostraban los dientes, reluciendo como luciérnagas en la
noche.
Un golpe, dos, tres… y ya no pudo contar las heridas, ni el dolor unido
a ellas. Sin embargo, con los brazos en alto, intentó aún detener las manos de
sus asesinos, como suplicando sin palabras.
—Golpeen todos, para que nadie cargue la culpa de la muerte —pronunció
Alcyhbald, mientras los instrumentos de trabajo subían y bajaban como péndulos
de venganza.
Lucaiz chocó contra la tierra, con los párpados abiertos como flores
yertas. Y Sial cayó junto a su cuerpo.
El anciano se inclinó sobre el Navegante y le arrancó la capa…
«Será para mi Diabald», pensó el viejo. «Para
mi hijo».
***
—Vístete, pequeño. —El progenitor le arrojó a Diabald la capa corta y
raída. Los rayos abstractos de la luz del sol acariciaban el pecho desnudo del
muchacho—. Toma, es un regalo, para que te cubras con él y recuerdes que llevas
a la guerra mi honor.
Diabald se puso de pie de un salto, anudándose la tela en torno a su
cuello. No tenía otra armadura, ni más arma que un hacha mellada y un punzón
largo con mango de madera.
Alcyhbald lo besó en la frente. Creía haber sido un buen padre; lo había
desafiado con cada sílaba desde su niñez, cada caricia suya le había indicado
el camino a seguir, las huellas que debía evitar, allí donde otros habían
sucumbido.
Diabald reconocía su carga. Su senda era la guerra… Mudiar le había
otorgado el don del combate, y debía honrarlo, para que la sangre de su familia
continuara limpia del mal. Y quizás podría regresar alguna vez; aunque fuese
como volvió su padre: con la cara desfigurada por un tajo profundo y el corazón
inundado de rabia.
Sí, quizás retornaría como Diabald el héroe, Diabald el de puños recios
o Diabald la espada vencedora, mensajero de la gloria. Aún no soñaba con morir
en otra tierra que no fuera la suya.
—Demuestra siempre dignidad… —díjole Alcyhbald, mientras le aseguraba la
capa en los hombros—. No perdones, descarga tu furia en un solo golpe. Sé
fuerte y despiadado.
Diabald partió al fin, con un solo abrazo y una hogaza de pan rancio por
único alimento. Miles de jóvenes como él salían a las calles y buscaban el
camino del puerto, donde la Birdomante, la Nave de Batalla, los
esperaba, como años atrás había aguardado por sus padres para conducirlos a las
fauces de la violencia.
Zarparon, y el vaivén de las olas le recordó a Diabald alguna pesadilla
de la infancia, que terminaba con oscuridad y unas tenazas de humo que
atrapaban sus músculos en una trampa.
Intentó desviar sus pensamientos.
El viaje fue corto. En el recibimiento de los nuevos reclutas, las
orillas eldebaeeranas aullaban como una sola masa compacta. Golpe,
golpe. El llamado de guerra de los enemigos, la garganta de los
Profetas incitándolos a la guerra… Golpe,golpe, cada vez se
escuchaban más cerca, mientras la Birdomante se estremecía por
la acción conjunta de las aguas y las voces del ejército contrario. Golpe,
golpe.
Diabald comenzó a temblar como un recién nacido. Sentía vergüenza de sí
mismo mientras se aferraba a la capa. Sus tendones parecían hechos del más
frágil cristal. Se preguntó si Alcyhbald alguna vez había sentido tanto pavor,
o había sollozado con igual fuerza.
—Dignidad, dignidad —se repitió a sí mismo, casi gritando a través de la
barahúnda.
Sial podía aún advertir el miedo del muchacho, pero no le prestó
atención. Había aspirado el aroma de Eldebaeer, aquel aire que le recordaba el
olor de una mujer sin nombre ni rostro que había abandonado en algún recodo del
universo; y también recordó una choza donde cambió su destino por una esperanza
fortuita, y las cadencias del fuego que se habían cebado en su espíritu. Pero
por encima de todo, percibía que regresaba. Finalmente.
Luego volvió a las sombras. No le importaba la paradoja de su destino,
que lo había apartado por instantes de la guerra y que ahora lo conducía
nuevamente a ella, desde el cuerpo de otro hombre. Un mudiaro…
La Birdomante encalló en las rocas y despertó al
infierno.
—¡Golpe, golpe! —los eldebaeeranos chocaban las armas.
—Y Humo los llevará sobre los males y abrirá brechas en el enemigo… —los
Profetas aullaban sobre la algarabía, incitando a los hombres a avanzar—. Al
morir los acunará en sus brazos y ascenderán al éter… Volverán junto a Humo.
—¡Golpe, golpe! —el suelo tembló bajo los pies de Diabald. Echó a correr
desesperado, al abrirse las compuertas de hierro de la Birdomantecon
un estruendo unánime. El hacha danzó en su muñeca. Muy lejos, en sus oídos, aún
percibía el rumor de las palabras de los Profetas.
—Humo los convida al sacrificio, los invita a vibrar en su guerra
—vendavales de ceniza alcanzaron los ríos de Eldebaeer y las frentes y mejillas
de sus soldados, que aún gritaban:
—¡Golpe, golpe!
Diabald se aproximó al ejército, chillando como un animal. Las hordas
contrarias corrían hacia ellos, estableciendo el cerco, murmurando palabras
ahora sin sentido.
Chocó contra un enemigo. Esquivó una espada con una finta inconsciente,
y su hacha golpeó el flanco de un muchacho; quedó anonadado unos segundos, pero
después reaccionó con furia primitiva. Con saña, su arma golpeó al caído varias
veces…
Diabald se alzó con una espada cargada de símbolos eldebaeeranos, donde
el sol incidía como un reflejo sucio. Había ganado su primera arma en combate.
Esta vez, el mudiaro aulló con complacencia.
—¡Golpe, golpe! —las masas se confundieron en un estallido como de
centella.
Sial retornaba a casa. Sial retornaba… pero ya no podía diferenciar nada
a su alrededor, ni el resplandor del cielo, ni las cenizas que caían como
lluvia, ni las caras descompuestas por el odio o el horror de aquellos que
pasaban a su lado. Ni siquiera se diferenciaba a sí mismo, pedazo minúsculo de
una capa con la que un ser ajeno se cubría las espaldas.
Nada importaba para Sial.
Nada sino continuar allí, eternamente.
Había vencido. En medio de la guerra, había encontrado su paz.
En el hombro de Diabald, el Hilo sonrió.
Elaine Vilar Madruga. Ciudad de La Habana, 1989. Graduada de Nivel Medio
de Música en la especialidad de guitarra clásica. Graduada de la Academia de
Etnografía y Tradiciones Canarias en Cuba, de la especialidad de Literatura.
Obtiene premios como “La flauta de chocolate”, “El viejo y el mar” de
literatura infantil, mención en el Calendario 2006 de ciencia-ficción, mención
en el Concurso Iberoamericano de Relatos BBVA – Casa de la América 2007, Premio
Identidad Femenina y Primera Mención del concurso Tertulia Canaria 2008, así
como diversos premios y menciones en los Encuentros de Talleres Literarios
municipal y provincial. Primera mención del Concurso de literatura infantil y
juvenil de la Tertulia Canaria 2008. Finalista del concurso internacional Evohé
Ediciones 2008 de poesía mitológica, en España. Colaboradora y editora de la
revista digital La Voz de Alnader. Ha sido publicada en antologías y revistas
nacionales e internacionales. Ganadora del Decimosegundo premio “Indio Naborí”
de décima del año 2008. Miembro de la Asociación Hermanos Saíz desde el año
2007. Ganadora del Premio Extraordinario de Cuentos de Nunca Acabar, del Primer
Concurso Internacional “Garzón Céspedes” 2008, con el relato “Concepción”.
Ganadora de la primera mención en poesía de los VI Juegos Florales, auspiciado
por la Asociación Canaria de Cuba en el año 2008. En el año 2009, obtiene
mención en el género de cuento en la 20 edición del concurso “Alfredo
Torroella”. Ganadora también del Premio del Primer Certamen Internacional de Poesía
Fantástica y de Ciencia-Ficción “Minatura 2009”, en España, con su poema “Eva”;
donde otro de sus poemas “Las preguntas de la zorra”, quedó también finalista.
Ganadora del I Premio “Día Mundial de la Poesía”, en poesía de temática libre.
Ganadora del segundo premio del concurso Juventud Técnica 2009, de
ciencia-ficción. Ha ganado también el VII Premio de la Décima Tertulia Canaria
(año 2009), auspiciado por el Gobierno de Canarias y la Asociación Canaria de
Cuba. Ha organizado, en colaboración con la Editorial Gente Nueva, el proyecto
“Behíque” de divulgación del arte fantástico, en el marco de la Feria
Internacional del Libro de La Habana, en el año 2009. Co-fundadora y
co-organizadora del Taller de Creación de Arte y Literatura Fantástica “Espacio
Abierto”, también en el año 2009. Graduada del curso de Técnicas Narrativas
“Onelio Jorge Cardoso” en el mismo año 2009. Graduada del curso de Etnografía y
Tradiciones Canarias, en la especialidad de Literatura (2009). Co-organizadora
del Segundo Evento de Arte y Literatura Fantástica “Behìque 2009”. En proceso
editorial se encuentra su novela “Al límite de los Olivos”; así como diversas
antologías y revistas en Inglaterra, Italia, Venezuela, México, Argentina, Cuba
y España con obras de su autoría. Publicaciones en antologías: Vuelos de
colibrí- Casa Editora Abril. Cartas al padre- ARCI, Italia. Secretos con alas-
Casa Editora Extramuros. Cuaderno de los V Juegos Florales- Editorial Cubano-
Canarias. Compilación poética de los VI Juegos Florales -Editorial Cubano
-Canarias. SOS, Ternura- Editorial Extramuros. 2009. Voces con Vida- Palabras y
Plumas Editores S.A. México, 2009. Aldea Poética SXO- Editorial Aldea Poética,
España 2009. Publicaciones en revistas: La voz de Alnader- ezine de fantasía
épica y ciencia-ficción. La Edad de Oro en Nosotros- Casa Editora Abril. Cuba
Confluencias- Madrid, España. Gaviotas de Azogue, número 67, año 2008. México.
Minatura. Número 92, año 2009. España. Axxón. Argentina.
Hemos publicado en Axxón: GÉNESIS
Este cuento se vincula temáticamente con LOS AMANTES DE PIEDRA, de Rubén Serrano, EN EL BANQUETE DE LA ALIANZA, de Yoss, EN EL
UMBRAL ENTRE LUGARES Y TIEMPOS, de María Eugenia
Pereyra, DE NUEVO,
EL PRINCIPIO, de Alfredo Alamo
Axxón 207 – mayo de 2010
Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Fantasía : Brujería :
Humanos transformados : Cuba : Cubana).


Publicar un comentario