© Libro N° 10926. Ficción Breve (Cincuenta Y Siete). Varios Autores. Emancipación. Febrero 25 de 2023
Título original: © Ficción
Breve (Cincuenta Y Siete). Varios Autores
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(Cincuenta Y Siete). Varios Autores
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
(Cincuenta Y Siete)
Varios Autores
Ficción Breve (Cincuenta Y Siete)
Varios Autores
CONTENIDO
INSPIRACIÓN – Graciela
Lorenzo Tillard
PRESENTIMIENTO – Baldomero
Dugo Navarro
AGUA – Javier
Mancera Fernández
MKTLOVE – Juan Guinot
ITAM, A MEDIDA – Juan Guinot
PRIMER CONTACTO – Juan Guinot
AGUJERO DE GUSANO – Rosario
Raro
CAMIONEROS – Martín
Panizza
EL DURO PROCESO DEL
OLVIDO –
Ricardo Manzanaro Arana
PUNTO DE VISTA – Mireya
Torres
DISCURSO POR LA
PRESIDENCIA – Claudio Guillermo del Castillo Pérez
EL OTRO – Hernán
Domínguez Nimo
Algunos críticos y académicos consideran que la ciencia-ficción es el
último emergente de una corriente literaria que arrancó con Luciano de Samosata
en el siglo II de nuestra era, o incluso antes, se popularizó a fines del siglo
XVII con los «viajes imaginarios» (vehículos de sátira social y política), se
volcó decididamente hacia la ciencia y la especulación en el siglo XIX, y fue
recogida por editores pioneros como Hugo Gernsback y John W. Campbell, quienes
la modelaron y la convirtieron en el género que conocemos hoy. Así, el complejo
campo de la ciencia-ficción actual con todas sus variantes, es el resultado de
una tradición literaria que evolucionó a través de los siglos.
Como dice Donald A. Wollheim en The Universe Makers: Science
Fiction Today, «La ciencia-ficción se construye sobre la ciencia-ficción».
Cuánto de ciencia y cuánto de ficción deben tener las obras del género
es un tema que todavía se está discutiendo.
Silvia Angiola.
INSPIRACIÓN – Graciela Lorenzo Tillard
Suspiró y comenzó a escribir: «Cerca de la costa había una isla; sobre
la isla, un bosque; en medio del bosque, un claro, en el claro, una cabaña;
dentro de la cabaña, un hogar lleno de calor y una mesa; sobre la mesa, una
hilera de chips…»
Borró todo de un manotazo.
—¡Maldición! Siempre lo mismo. ¿Acaso las musas ya no existen?
En su interior, un módulo 4N1M bajó su potencial y se sintió muy
deprimido.
Graciela Lorenzo Tillard, nacida en Córdoba, Argentina, ha colaborado
con fanzines tanto electrónicos como de papel, y en un par de antologías. Uno
de sus relatos es La peste amarilla en la Buenos Aires, que
apareció en MENHIR 2 (papel) y en ALFA ERIDIANI 4 (digital). Fue finalista del
concurso Ficciones Breves 2009 de Axxón con el relato VERGÜENZA. Ha publicado prosa, crítica, infantil y poesía, además de
traducciones. La lista detallada puede ser consultada en su sitio web
PRESENTIMIENTO – Baldomero Dugo Navarro
—¿Tendré una muerte terrible o, por el contrario, será dulce? —se
preguntaba el hombre del espacio al mismo tiempo que se preparaba para el
despegue.
Un minuto antes del instante fatal, el cohete abandonaba la atmósfera
terrestre. Sesenta segundos después, el planeta Tierra se desintegraba.
Él fue el único superviviente.
Baldomero Dugo Navarro nació el 6 de octubre de 1970, en la
población barcelonesa de Montcada i Reixac. Es licenciado en Psicología y
diplomado en Relaciones Laborales por la Universitat Autònoma de Barcelona.
Aficionado a la literatura desde los 11 años, se ha decantado desde muy joven
por el género fantástico y la ciencia-ficción. Aunque ha hecho sus pinitos
tanto en poesía como en ensayo, ha cultivado sobre todo el relato breve. Ha
publicado en diferentes revistas catalanas, como Cap-pont (revista cultural de
Lleida) o Gran Sant Cugat. En 1988 ganó el Premio Cervantes de narrativa
organizado por «La Caixa», gracias a un relato de ciencia-ficción titulado «La
Genética de la Salvación». Recientemente, ha publicado un libro de relatos
titulado «Actualización de Sentimientos».
AGUA – Javier Mancera Fernández
El experimento fracasó miserablemente. Había conseguido modificar su
estructura molecular para transformarse en agua, pero era incapaz de revertir
el efecto. Se quedó esparcido, entre la mesa del laboratorio y el suelo,
mientras sentía que poco a poco, lenta y lastimosamente, partes de su cuerpo se
evaporaban.
Javier Mancera Fernández nació en Sevilla, el día de San José de un
azaroso año 1981, en el pabellón de San José del antiguo Hospital de la Cruz
Roja, pero sus padres decidieron ponerle de nombre Javier. Intrépido lector,
retrasó el conseguir su carnet de conducir para poder leer plácidamente en el
autobús. Consiguió terminar Ingeniería Informática en un tiempo record para él.
Actualmente considera que escribir es lo más divertido que puede hacer sin
pagar (y sin que sea considerado pecado por varias religiones).
Esmirriada, con destellos de mercurio y gestos de oropel, ingresa
Mktlove.
El joven Noja queda azorado; nada de lo que sus ojos registran guarda
relación con la promesa publicitaria del ceñovisor.
Mktlove garrapatea sin emitir sonido y se detiene a sus pies. Noja está
en su cota cardíaca. Mktlove despega una punta del piso y dibuja una elipse
antes de ponerse como una vara. Están frente a frente y la decepción de Noja
licua dentro de un destello turquesa, que, mansamente, se va difuminando y deja
flotando cientos de hilos turquesas desmadejados en el espacio de la casa cubo.
Los hilitos luminosos unen su cuerpo al de Mktlove y por fin puede verla como
la vendía su ceñovisor.
Noja quiere tocarla, no puede activar los brazos y las yemas contienen
el residuo de sus latidos.
Mkltove mueve los labios: «Soy tus necesidades», y a Noja le afloran
cosas que antes no se hubiera imaginado: una Mktwash, una Mktcook, una
Mktclean, una Mktbody y el ceñovisor implanta la barra de compra y Noja
pestañea un «OK». «Seremos una gran familia. Me haces tan feliz», dice Mktlove
y Noja ensopa las córneas y al segundo le entran ganas de una Mkthouse y un
Mktcar. Es mucho, mucho para él, encendido por la pasión e imprevistamente,
puede liberar sus brazos.
Una centella naranja corta al medio los hilos turquesas y las yemas de
los dedos de Noja son diez estallidos cuando toca a Mktlove.
A la media hora, la misión de Mkt Corp encuentra las paredes tiznadas:
ilustran los crespones del paso de las llamas. A los pies yace una aleación
desconocida. Los Misioneros extrañados se rascan el copete de su cofia y
abandonan la casa cubo. Mientras, en Mkt Corp, la réplica está lista y un
ceñovisor ha creado otro cliente.
Dentro del saco, Itam recibió de la pantalla las radiaciones
embrionarias; en total, fueron nueve por treinta. Los bracitos buscan la luz y
rompe en un llanto. Sale del saco bañado en un líquido pringoso y, reptando,
llega a la pantalla. Se prende rápido a una cánula Mc Combo, licua el llanto
entre succiones. No tiene párpados y la pantalla es la luz de sus ojos. Itam
pierde un jugo marrón por la comisura carnosa del labio y el moflete derecho lo
absorbe. Itam nunca se manchará. La cánula sale de la boca a la que volverá cuatro
por trescientos sesenta y cinco por treinta, será su dosificador de pasta de
hamburguesas. Itam jamás tendrá dientes. Afloja el esfínter y los poros de las
nalguitas responden con un colchón de gotas, envuelven las heces y ascienden en
burbujas con perfumes de jazmín. Itam nunca usará pañales.
La pantalla muestra un comercial de refrescos, Itam dibuja una sonrisa,
estira el dedito de su mano derecha, dice «Coca». Una cánula roja penetra entre
sus labios y volverá allí diez por trescientos sesenta y cinco por treinta.
Mientras chupa, sus palmas rosadas recorren la epidermis bruñida de la pantalla
y un cosquilleo familiar lo arrulla, una fuerte micción derrama calor entre las
piernitas. Los poros prenden gotas de jazmín que envuelven orines y, luego,
sueltan al aire en nuevas burbujas perfumadas. Itam nunca olerá mal.
La punta de los dedos sobre la pantalla busca altura. Itam consigue su
primera vertical, luego desprende la yema de los dedos y cae de espaldas,
dentro de una butaquita retráctil que seguirá al centímetro su crecimiento.
Itam, hundido en la butaca, mira la pantalla. A los costados, el piso eleva
cuatro paredes. Quedan dentro Itam y la pantalla. Arriba los cubre una malla
por si los mosquitos. Itam está listo para trescientos sesenta y cinco por
treinta.
Los papis no pueden creerlo, liban palabras frente a la canasta feliz
de Creador Corp y en el seno de la pareja ha obrado el milagro
de la vida.
PRIMER CONTACTO – Juan Guinot
Mi viaje duró cinco sueños recurrentes. Los Cooperantes lo identificaron
en mi anaquel filogenético: subía a una nave Delta de atmósfera nimbada, sentía
un gozo infinito y justo antes de partir, estaba fuera del sueño, dentro de mi
mundo y encandilado por el tridente de soles. Drono decía: «Dos sueños
recurrentes y conocerás el infinito; sólo conéctame al tuyo para ayudarte».
Drono era mi guía, un manipulador sináptico (llevaba y traía a su antojo), un
ladrón de sueños recurrentes y, de haber atendido esa sugerencia, estaría en la
orla de la anti-materia. Dresi, por el contrario, era un Cooperante. Dresi, el
de la piel lúbrica, apoltronado, reflector de estímulos, es como si lo viera
allí, a la sombra de mi plataforma: «La vida dura treinta y tres sueños recurrentes,
busca el tuyo, para hacer tu viaje». Me lo decía siempre. Lo extraño. Dresi me
insistió en buscar mi sueño recurrente para llegar a un nuevo planeta y, al
final, cayó con un grupo de Cooperantes antes de la puesta de los soles,
mientras Drono estaba en el nido gemelo. Me rodearon, entraron en mi anaquel
filogenético y oí a Dresi: «El de la nave Delta, ése es tu sueño recurrente».
Luego fueron donde Drono, le hicieron inestables sus plataformas y el tirano
que tanto me horrorizaba brotó en miles de burbujas y mutó a gelatina de
superficie. Dresi se desconectó de mi mirada oblicua, había llegado el momento
e hice el camino inverso: encandilé mi ojo con el tridente de soles, volví a la
atmósfera nimbada de una nave Delta, sentí un gozo infinito, estaba en mi sueño
recurrente, lo repetí cinco veces y quedé fuera de él cuando un sol, si era uno
solo, encandiló mi ojo. Roté y a tres sombras de mí había un ser, de dos ojos,
dos orificios y un agujero en una parte chica y en la otra más grande (unida a
la anterior por un tracto blando) colgaban dos látigos de cinco puntitas
móviles en cada uno y, hacia abajo, se apoyaba en dos listones apostados en la
tierra (allí donde nosotros tenemos la plataforma). Conecté mi ojo a los suyos
(era difícil la alternancia visual), achicó las sombras de distancia, aproximó
las cinco puntas de uno de sus látigos a mi crisma, me las hundió y llegó hasta
mi plataforma. Las quitó a toda velocidad, redondeó los ojos y cayó hacia un
costado. Quedó como una capa de piso, amalgamado con su sombra. Dos seres
similares me miraban desde dentro de algo cúbico como nido unicista. Roté, el
sol me ardió dentro del ojo. Mi plataforma respondió al mando, elaboré un
recuerdo por Dresi, y me lancé a explorar este planeta.
Juan Guinot nació en Mercedes (Provincia de Buenos Aires, Argentina)
tres meses y once días antes de que el hombre pise la Luna (05-04-1969). Allí
fue columnista de diario, locutor y guionista.
Se licenció en Administración (UBA), Psicología Social (Pichón Rivière)
y Master en Dirección de Empresas (IAE).
A partir de 1990 trabajó cinco años en el Estado para recaudar dinero y
entre 1995 y 2001, lo hizo en una empresa para que la gente lo gaste en
golosinas.
Es profesor de marketing y creatividad.
Estudió clown, locución y desde el 2003 es discípulo del escritor
Alberto Laiseca.
Escribió cuatro novelas y una nouvelle (no editadas) y más de cincuenta
relatos.
Publicó en Revista Axxón (Argentina), Portal de Ciencia Ficción
(España), revista miNiatura (España-Argentina) y revista No Retornable
(Argentina). Relatos suyos forman parte de las antologías «Cuentos por Deportes
2» Editorial Homo Sapiens, y Novacoletanea 2009 (Mina Gerais,
Brasil).
Participó en lecturas en público donde alterna la lectura con la
actuación.
Amante de la ciencia ficción y el género fantástico, espera por un mundo
más sanito, que se deje crecer a cada uno según sus motivaciones, que se le
aparezca un OVNI o un alienígena y que, finalmente, los ingleses devuelvan las
Malvinas y el Peñón de Gibraltar.
AGUJERO DE GUSANO – Rosario Raro
La torre Agbar seccionaba en dos la luna trasera rumbo a Sarrià. La
afabilidad del taxista me reconfortó. Su discurso sobre lo que él llamaba la
modernidad, para referirse a las nuevas construcciones de estética radical, lo
hilvanaba con las peripecias vividas por su familia en una casa de Nou Barris,
construida en la posguerra. Aquello era como vivir a la intemperie, decía. Su
único sistema de calefacción eran unos platitos de alpaca en los que quemaban
alcohol, repartidos por las habitaciones. Pero, eso sí, se podían recorrer los
pasillos en bicicleta, añadió riendo. Citaba como referencia de su ubicación
Torre Baró, un viejo chalé abandonado en el 36, y las vistas, lo mejor,
engrandecidas día a día, el panorama de toda Barcelona: el cementerio de Montjuïc,
las torres de la central térmica de Sant Adrià, El Poble Nou, la Villa Olímpica
y el rascacielos donde me había recogido.
Pronto se me disipó el frío portuario que me había calado en aquella
isla de la avenida Diagonal. Mientras me hablaba vi el Bar Balmoral: sus
azulejos azul cobalto, la barra de mármol, los sifones expuestos en las
estanterías. Después, ante nosotros, aparecía como una garganta que exhalaba
humo el túnel de Vallvidrera. El taxista hablaba de cuando estaba en obras, de
la fábrica de hormigón a la que llegaban incesantemente camiones de cemento,
arena y piedra, y que ahora estaba abandonada. En apenas catorce años el
deterioro era irreversible, sus naves yacían envueltas en hiedra y herrumbre.
Elogiaba los túneles, le maravillaban aquellos ingenios tubulares que
escindían montañas. Cada vez entendía al taxista con más dificultad. Lo atribuí
al ruido de los ventiladores. Delante de mí, ajustado con remaches al asiento
de escay, un aviso sobre un cartel oxidado: «No smoking». Fuera del túnel
esperaba la misma niebla, una nube opaca dentro de la que sólo resaltaba un
indicador bilingüe de color naranja: English Channel / La Manche. El anuncio de
un canal de televisión de documentales, tal vez.
Las chimeneas aguijoneaban el cielo acolchado. Entre la guata gris, sus
franjas con letras estampadas formaban los nombres de marcas muy poderosas. Se
imbricaban el humo y la niebla. Hollín y azufre. «Smog» dijo el taxista. En la
radio sonaba In London de B.B. King. No reconocí las luces a la salida del
túnel y me costaba concentrarme en la conversación: el taxista había cambiado
el tono, su dicción era distinta. Me aturdí. Nada sé del resto del itinerario
hasta que noté que frenaba. La ventanilla enmarcaba la base del enorme obelisco
de vidrio y cemento, donde me había recogido. No entendí por qué estaba en el
mismo lugar que al principio. A pesar de eso, decidí bajar, necesitaba
desentumecerme. Chasqueó la lengua cuando vio los euros. Tal vez le recordarían
sus titánicos esfuerzos para acondicionar la casa de su familia en Nou Barris.
Dejándome llevar por mi suposición le felicité por aquel logro. Sonrió aunque
no sé si llegó a entenderme.
Miré hacia arriba, hacia la cúspide imponente donde terminaba la piel
art nouveau, la elegancia gótica de aquel edificio. Nunca había visto su
reverso, la luz recortaba otra perspectiva distinta.
Traspasé las escamas tornasoladas pero tampoco reconocí el vestíbulo. De
repente, comencé a girar sobre mis pies: un cúmulo de datos agolpados a una
velocidad vertiginosa, palabras escuchadas alrededor y escritas sobre las
paredes, unas destacaban sobre todas las demás: Swiss Re, una compañía de
seguros, el edificio era la sede de sus oficinas centrales.
Cogí con fuerza el maletín, el foso del último bastión que podía
resguardarme de lo inexplicable y tracé aquellas líneas: la Diagonal, Sarrià,
los túneles de Vallvidrera, el Canal de la Mancha y una evidencia
escalofriante: estaba en Londres. La modernidad también construye bosques donde
extraviarse.
Una teoría decimonónica, la de los agujeros de gusano, reencarnada ahora
en mí. En mi mente la misma silueta de dos edificios prácticamente idénticos,
los dos extremos de un bucle. Clavados dentro del cráter de subterráneos
infinitos comunicados a través de excavaciones que habían socavado la cáscara
de manzana del globo terráqueo. Sentí vértigo. Me dejé caer en una de las
lujosas butacas doradas de la selva de ficus que poblaba el hall. Me abaniqué
con un folleto de la aseguradora. El descubrimiento de esta vía de comunicación
era incomunicable aunque se tratara de un acontecimiento extraordinario, no
estaba dispuesto a someterme a la incomprensión ajena e incluso al estupor ante
mi locura.
Pero cuento con una coartada, un atajo, el que ahora utilizo, que me
permite hacer pública esta escalofriante experiencia y salir indemne: la
literatura, el territorio de lo imposible posible.
La Estatua de la Libertad también está duplicada. Verla en París produce
una sensación de extravío, de descontextualización. En la lejanía mira de
frente a su imagen aumentada en Nueva York. Tal vez sus túnicas oculten otras
galerías y los taxistas lo sepan.
Rosario Raro (Segorbe, 1971) estudió Filología en la Universidad de
Valencia y cursos de doctorado en Comunicación Audiovisual en la Universitat
Jaume I (UJI) de Castellón. También estudió en la Universidad Nacional Mayor de
San Marcos y en la PUCP de Lima, ciudad donde vivió durante casi una década.
Entre otros, ha ganado los premios literarios Ciudad de Huelva, el Cruzando
Culturas de Mérida, el Premio Max Aub y el Magda Portal del Ministerio de la
Mujer de Perú, así como el Premio Conacine del Ministerio de Cultura de Perú
por el guión del cortometraje La cuerda floja.
Desde 2004, dirige un Taller de Escritura en la Universitat Jaume I de
Castellón, actividad que realiza en forma simultánea con su trabajo en
proyectos de expansión de las nuevas tecnologías dentro del programa Connectem
y On Xarxa y la investigación de su tesis doctoral sobre la blogosfera.
Todos los indicadores estaban en rojo, menos uno. Otro sacudón informó a
Ernesto, el piloto, que el Pampero había recibido un tercer impacto. Miró por
el plexiglás de la cabina y vio el reflejo cristalino de la Salina Grande.
Todavía faltaban ciento noventa kilómetros hasta San Salvador y resultaba obvio
que sus perseguidores le impedirían llegar a la ciudad.
—Grillo Diecinueve a Corral, confirmo estado de emergencia. Pierdo
combustible. ¿Ya salió ayuda?
—Resista, Grillo Diecinueve. Cambiamos a emergencia en pista. Corral
fuera.
—Recibido Corral, Grillo Diecinueve fuera.
Mientras luchaba por mantener recto el rumbo del Pampero, Ernesto vio a
su navegante, Carlos, toquetear su consola con el sudor pegoteándole la camisa
a la butaca.
—¡La puta que lo parió! ¿Podés hacer algo con el estabilizador inercial?
Se me van a partir los brazos.
—No hay caso, lo alcanzaron, igual que al sistema de posicionamiento.
—¿Cómo? ¿El de posicionamiento también?
—Sí, volamos a ciegas.
—Pedazo de pelotudo, ¿no pensabas decirme nada?
Carlos abrió la boca pero la aparición de otros dos puntos azules en la
pantalla del radar interrumpió su respuesta. Venían rápido hacia el Pampero,
siguiendo una trayectoria oblicua desde un punto intermedio entre San Salvador
y la Salina Grande. Carlos chifló señalando el radar y Ernesto echó una mirada
fugaz; necesitaba toda su atención en los mandos. Al ver los nuevos contactos
comprendió la inutilidad del esfuerzo: dos cuatreros adelante, cuatro atrás.
—Carlos…
—¿Qué?
—Prendé las balizas que entregamos la carga.
—Ernesto, escuchame, no podemos perderla, la necesitan en Salvador, no
me aflojés ahora.
—¡Las balizas, te dije!
Carlos dudó, al final tocó su consola y una gran luz anaranjada comenzó
a titilar en medio del tablero. Siguió un incómodo silencio mientras el Pampero
reducía la velocidad.
Disminuyeron los sacudones y el trasbordador perdió altitud hasta que
golpeó la superficie brillante de la salina; rebotó cuatro veces antes de
patinar sobre su vientre dejando un surco de doscientos metros. El motor se
apagó y la nave quedó inmóvil. Entonces Ernesto descargó su furia sobre los
mandos.
—¡Hijos de puta! Me enganchan justo en mi último viaje.
Carlos apoyó una mano sobre el hombro de su amigo, había estado tan
cerca de jubilarse con un palmarés de carga impecable. No pudo mirarlo a los
ojos en esa hora de derrota.
Ernesto lloraba apretándose la nuca con ambas manos. Carlos susurró:
—Parece que así termina todo…
Los puntos azules se acercaban rápidamente, pero el radar sólo mostraba
los del sector frontal; los otros, que los habían perseguido sobre la zona
andina, habían desaparecido. Carlos fue el primero en notarlo.
—Che, mirá el radar.
—¿Qué pasa?
—No están.
Ernesto lo miró sorprendido. Tenía los ojos enrojecidos.
—¿Cómo qué no están? ¿Me estás jodiendo?
El comunicador volvió a la vida con una voz familiar.
—¿Cómo anda, Celman? ¡Lindo porrazo se pegaron! Le habla el comisario
Benítez, despreocúpese, que yo me encargo de estos roñosos.
Carlos se emocionó; Ernesto se enderezó y se puso a aplaudir. Después,
se abrazaron. Más tranquilos, volvieron a los controles para intentar revivir
al Pampero. Ernesto dio encendido cinco veces pero no hubo reacción en las
toberas.
—Carlos, el Pampero se quedó sin viento.
—Puta madre, ¿y ahora qué hacemos?
—¿Tenés la tarjeta del auxilio?
—Creo que está en la guantera.
Ernesto la abrió, sacó un paquete de tarjetas plásticas sujetas con una
bandita elástica, encontró la que buscaba y empezó a marcar en el comunicador
el número que iba leyendo. Antes de que atendiese el operador miró a Carlos de
reojo:
—Negro, ¿no te armás una mateada? Y de paso prendete el aire, que vamos
a estar un rato esperando el remolque.
Martín Darío Panizza tiene treinta y dos años y escribe desde los trece
pero recién hace dos le puso ganas a la literatura, más o menos en la época en
la que abandonó su carrera en Sistemas para pasarse al profesorado de Historia.
Se crió en Buenos Aires, barrio de la Boca, más precisamente en Catalinas Sur,
por lo que declara estar enamorado de la pelota y del azul y amarillo, qué se
le va a hacer, nadie es perfecto. Le gusta mucho la ciencia ficción,
especialmente Dick, Sturgeon y Lem, además de otros autores que no tienen mucho
que ver con el género, como Soriano y Fontanarrosa. Considera que su gusto por
la ciencia ficción ha nacido de su pasión por la historia.
EL DURO PROCESO DEL OLVIDO – Ricardo
Manzanaro Arana
En un par de minutos la matrona examinó al recién nacido, revisando
todos sus aspectos básicos, como hidratación, movilidad, reflejos, etc…., tras
lo cual comprobó que la memoria implantada no había sufrido desperfectos
durante el parto. Poco después, el bebé ya notaba las primeras caricias de su
madre.
En las siguientes semanas, la madre del niño visitó varias veces al
pediatra. Este chequeó el adecuado funcionamiento de la memoria, comprobando
que atesoraba el contenido íntegro: 100 Maxibytes. El médico le explicó el
funcionamiento básico de la unidad, y los procedimientos para ir perdiendo la
memoria.
Durante los primeros años sus padres se encargaron de que el crío
comenzara a olvidar. Por ejemplo, fueron borrando de la memoria los idiomas que
jamás iba a necesitar —como los de las tribus bantúes o el de los esquimales—,
ocupando un espacio inútil que enlentecía el desarrollo de las funciones
cognitivas.
Cuando comenzó la escuela, fue aprendiendo el laborioso método de
olvidar. Poco a poco, gigabyte a gigabyte, le fueron enseñando a borrar
contenidos. El crío era aplicado, gracias a lo cual fue cogiendo destreza en el
olvido, por ejemplo de las técnicas agrícolas de la patata o el folklore de
Birmania.
Al llegar a bachiller, el ya adolescente decidió que quería ser médico,
orientando por tanto sus olvidos hacia materias como la filosofía, el arte o la
literatura, dejando sólo los establecidos por la ley como de «cultura general».
El joven comprobó que el esfuerzo no era baldío, puesto que iba logrando, con
cada vez mayor facilidad, olvidar contenidos de su mente, obteniendo por ello
excelentes calificaciones en sus estudios.
Luego llegó la universidad, donde, con tesón y confianza, consiguió
licenciarse con sobresaliente cum laude, por su adecuado borrado de contenidos
no útiles para su profesión. Y ya ejerciendo como médico, no cejó en su
esfuerzo para olvidar, logrando la máxima eficiencia laboral.
Décadas después se jubiló. En los años posteriores jamás abandonó el
ejercicio intelectual, procurando todos los días borrar algo de su memoria.
Falleció feliz, habiendo olvidado casi todo.
Ricardo Manzanaro Arana nació en San Sebastián, España, en 1966. Es
médico y se ha dedicado a la estética. Es asistente habitual —desde su
fundación hace trece años— de la Tertulia de Ciencia Ficción de Bilbao.
Mantiene un blog de
noticias sobre ciencia ficción y hasta
ahora ha publicado varios relatos, algunos impresos y otros en webs. Este año
2008 lleva la administración de los Premios Ignotus. Hemos publicado en
Axxón: INVOCACIÓN, MUTACIÓN, DEBATE
ELECTORAL, RECUPERACIÓN, ORGANIZACIÓN, SEMINARIO
DE ERGONOMÍA, TIEMPO, NOTICIA, CUOTA DE
AVERÍAS, INTERCAMBIO.
PUNTO DE VISTA – Mireya Torres
Tuvo la certeza del por qué sentía que infinitas y multidimensionales
distancias los separaban, cuando lo descubrió mirándola con su tercer ojo.
Mireya Torres nació en Valparaíso y es bibliotecóloga egresada
de la Universidad de Playa Ancha de Ciencias de la Educación. Entre sus
antecedentes literarios cita:
Segundo lugar en el concurso de Microcuentos del Portal Literario
Escritores.cl con el microcuento «Él». Este texto ha sido mencionado en blogs
tanto de Chile como de España, y es leído en universidades chilenas junto con
otros microcuentos.
Antologada con poemas en: Voces on Line. Cuarta Antología de
Escritores.cl
Escritora invitada en el portal web Escritores.cl. Año 11 nº 8, Edición
Otoño 2008
Seleccionada con el poema La Alfarera en el blog
Abracadabra…libro…estás…?
Finalista y antologada en el libro Piso 10 con siete poemas en el
Segundo Concurso de Poesía y Cuentos de Mago Editores.
Finalista en el Concurso de Poesía del portal Mis Escritos con el poema
«De Cacería».
Seleccionada con los poemas «Centauros en la Llanura» y «La encontrada»
en dos antologías para el Centro Poético.com
Congreso Fomento de la Lectura realizado en Valparaíso, año 1999.
Taller Formulación de Proyectos Culturales realizado en Valparaíso del
14 al 16 de enero, 1999.
Seminario de Animación a la Lectura realizado por el Instituto Hispánico
de Cultura, año 2000.
Curso de Literatura Fantástica, dictado por el poeta Oscar Hahn, en la
Corporación Cultural de Las Condes, mayo de 2006.
Seleccionada con el micropoema «La Caza» en Escritores.cl, invierno
2008.
Microcuento «Dulzura» seleccionado en el programa Cuentos y otras
Letras, de Radio Agricultura, Valparaíso, Chile.
DISCURSO POR LA PRESIDENCIA – Claudio
Guillermo del Castillo Pérez
Ciudadanos:
Encaminar el proyecto Esperanza demandó ingentes esfuerzos. Eso hay que
reconocerlo. Sus precursores enfrentaron incomprensiones de la burocracia,
maliciosos recortes de presupuesto y, por ende, una escasez lamentable de
personal. Pero debía hacerse: era cuestión de vida o muerte.
Demos atrás al calendario y recordemos que todo comenzó cuando un
militante de Greenpeace algo cabreado vistió su escafandra, salió de la Cúpula
de Supervivencia y plantó una solitaria postura de eucalipto en el Megabasurero
Norte. Alguien lo vio y se le sumó. Así, poco a poco, el empeño alcanzó nivel
planetario.
Han transcurrido largos siglos desde aquel día glorioso mas, como
ustedes mismos pueden apreciar, la magna tarea ha dado sus frutos: la atmósfera
se ha suavizado, la temperatura se estabiliza, las primeras cucarachas asoman
ya sus antenas… Es incuestionable que la cosa marcha. Y por eso hoy recabo
vuestro voto.
Les prometo… Es más, les juro, sí, les juro que durante mi mandato daré
el empujón decisivo a la terraformación de la Tierra.
Muchas gracias.
(APLAUSOS).
Claudio Guillermo del Castillo Pérez nació el 13 de septiembre de 1976
en la ciudad de Santa Clara, Cuba. Es ingeniero en Telecomunicaciones y
Electrónica, graduado en la Universidad Central de Las Villas. Actualmente
trabaja en el aeropuerto internacional «Abel Santamaría» como Técnico en
Servicios de Radionavegación y Comunicaciones Aeronáuticas.
Antecedentes como escritor:
Ganador del I Premio BCN de Relato para Escritores Noveles (junio/09),
convocado por el Taller de Escritores de Barcelona (España), con el cuento
Error de juicio.
Alumno del curso online de Relato breve, que impartió el Taller de
Escritores de Barcelona (España), en el período junio/agosto de 2009, con una
duración de 45 horas.
Finalista del Certamen Mensual de Relatos (septiembre/09), convocado por
la Editorial Fergutson (España), con el relato ¡Hmmm!, publicado en la
antología Las vacaciones del Detective de dicha editorial.
Mención en la categoría Ciencia Ficción de la I Edición del Concurso de
Fantasía y Ciencia Ficción Oscar Hurtado 2009 (Cuba), con el relato Patrones de
conducta (diciembre/09).
Publicaciones en la revista Axxón (Argentina) de los relatos TERCO (#198), PUDO SER (#199), ALIEN (#203), y MÍNIMA EPOPEYA (#204).
EL OTRO – Hernán Domínguez Nimo
Polvo. Ceniza que recubre todo, calles, autos, edificios, como la nieve
gris de un crematorio. Imposible tocar nada. No hay paso que no deje huella. Y
no parece haber ninguna a la vista.
Pero ahí está otra vez.
Para un ojo inexperto (el suyo, doce años antes), una marca más en el
polvo. Rastro de rata, perro quizá.
Yaco sabe. Ni perro ni rata. No hay perros en la ciudad. Ni ratas
grandes. Las cazaron todas.
Es el otro. Pasó por ahí. Dos días atrás. O menos. Puede olerlo aún.
La adrenalina invade su cuerpo. Miedo y furia asesina. La mano aprieta
el palo.
Yaco olisquea, lanza miradas alrededor. Detrás sobre todo. Las marcas
pueden ser un señuelo. Para distraerlo. El otro puede estar acechando. Una
trampa que a Yaco ya se le ocurrió.
Pero no. No hay nadie más que Yaco en ese lugar. Yaco diría que no hay
nadie más en toda la ciudad. En el mundo quizá.
Si no supiera del otro.
Permanece alerta. Silencia su respiración. Escucha. Viento. Sólo eso.
Yaco recuerda. Antes había otro sonido. Follaje. Árboles.
Vuelve sobre las marcas. El otro borró sus huellas con algo. Un plumero
quizá.
Pero entró al edificio.
¿Salió? Yaco no sabe. Es un negocio. La vidriera intacta. La pátina gris
no deja ver el interior.
Duda.
Entra.
Una sombra amenazante. Yaco revolea su palo. Rebota y vibra. El palo cae
de su mano. Yaco se encoge y espera el golpe.
No llega.
Alza la mirada. Un maniquí. Traje y sombrero. Otro. Una mujer. Medias de
red y pollera corta. Ropa de Tango. Un negocio para turistas. Gente que viajaba
de un país a otro. Para visitar museos. Ahora toda la ciudad es un museo,
piensa Yaco.
Entre el desorden de cajas y cosas tiradas hay huellas. El otro no
disimuló su rastro allí adentro. Sigue hasta el fondo del negocio. Una puerta
cerrada.
El pecho oprime. Las piernas pesan. Quiere caminar. No puede.
¿Hace cuanto sigue al otro?
¿Hace cuanto el otro lo sigue?
No sabe. No recuerda.
Son perros en la misma jaula. La ciudad. Giran. Uno y otro. Un círculo
sin fin. Se buscan. Se evitan. Encontrar primero es peligroso. Ser encontrado
es peligroso.
¿Y si está ahí? ¿Ahora?
El miedo le dice que huya. La adrenalina, que entre.
Olisquea. No hay nadie.
¿Y si descubrió cómo ocultar su hedor?
No. Imposible.
¿Y si está escondido, agazapado, esperando para saltar y acuchillarlo?
No. Más sencillo es imaginarlo acurrucado. Dormido. Borracho. Así son
las noches de Yaco. Así deben ser las noches del otro.
Y Yaco ya está adentro. Si el otro está allí, si lo espera, no puede
huir. Si no lo espera, puede sorprenderlo. Atarlo. Hacer las preguntas primero.
Decidir si son verdad. Decidir si estar solo es mejor.
Yaco fuerza sus pies a moverse. Esquiva zapatos retorcidos, sombreros
llenos de polvo. No quiere hacer más ruido. No quiere caerse. Avanza.
El cartel de la puerta. Yaco tarda en reconocer las letras. «Privado».
Un lugar prohibido.
El miedo vuelve al pecho. Lo ignora.
El picaporte rechina al bajar. La puerta cruje al empujarla. Yaco ya no
imagina al otro dormido. No después de tanto ruido. El corazón retumba.
Empuña su palo y entra de un salto.
Es un cuarto oscuro, pequeño. Sombras que no se mueven. La luz no
funciona, claro. Con la punta del palo empuja el vidrio de una ventana opaca.
El sol lo ciega un instante y Yaco maldice su estupidez. Espera la llegada de
la muerte.
Aún espera cuando logra abrir los ojos.
No hay nadie ahí. Una heladera oxidada, un anafe lleno de telarañas,
alacenas en las paredes. Nada más.
Pero Yaco está asfixiado por el miedo. Sale de la cocina y vuelve a
respirar. Se apoya en el palo. El corazón se calma.
El otro estuvo ahí pero se fue. Como hará Yaco ahora. No puede
permanecer en el mismo lugar. Nunca. Una madriguera es un lugar que puede ser
encontrado.
Antes, vuelve a entrar. Revisa el cuarto. Es muy pequeño. La cocina de
un negocio. No hay nada. Todo vacío. El otro la saqueó. Debió estar
desesperado. Saquear es dejar huellas. Un rastro para seguir.
Yaco no toca nada. Acomoda la mochila en su espalda. Todo lo que tiene.
Todo lo que necesita.
Sale de la cocina rumbo a la puerta. En el camino, una mirada fugaz al
maniquí, la mujer. La pollera corta. Las bragas que se adivinan. Yaco ignora el
llamado tenue. Ya no se masturba como antes. Ya no hay deseo.
Sale del edificio y camina hacia el sur. Descubre las huellas del otro.
Aquí la tentación es más grande. Seguirlo, sorprenderlo…
No. Sorprender es tan probable como ser sorprendido. Un rastro es algo
que puede ser vigilado en dos direcciones. Yaco lo hace. Vigila su propio
rastro en busca de una sombra. Ojos en la espalda. Parte de la supervivencia.
Así que Yaco no sigue las huellas. Yaco se aleja de las huellas. Se
aleja del otro. El otro es peligro. Yaco solo es seguro.
Hernán Domínguez Nimo nació en Buenos Aires en 1969. Es redactor
publicitario por la simple razón de que donde se siente a gusto es frente a un
teclado o un papel. Como nunca consideró lo literario como una profesión (ya
conocemos la situación de la Argentina, donde la ciencia ficción tiene miles de
seguidores pero la industria editorial no lo aprovecha), es de los que escribe
y escribe sin pensar que el objetivo del cuento no sea el hecho mismo de ser
escrito. Tiene decenas de cuentos «cajoneados» que nunca se preocupó por
publicar. Hace algunos años empezó a enviarlos a concursos de ciencia ficción
del exterior. En 2002, Gérmine fue finalista en el Terra
Ignota de México y posteriormente publicado en la revista 2001, de España. En
2003, Moneda común fue ganador del Concurso Fobos, Chile. Y
desde entonces nadie ha podido detenerlo, por fortuna. Pasó por NECRONOMICÓN de
Venezuela, PÚLSARES de Chile, ALFA ERIDIANI de España, etc., etc., etc.. Pueden
ver el detalle en la Enciclopedia.
Hemos publicado en Axxón: NO,
GRACIAS (141), CAMBIO (148), HASTA LA SIGUIENTE (150), VIAJE AL
PASADO (154), EL
MORADOR (155), EL GUASÓN (156), FINAL
INCIERTO (157), MOTORHOME (160), MALOS PENSAMIENTOS (163), EL NÚMERO UNO (165), CAMINATA LUNAR (167), LA PRIMERA VEZ (167), EL DUEÑO DEL BARRIO (168), CON UN PIE EN LA TRAMPA (171), MORIR DE TRISTEZA (178), RAÚL (180)
Axxón 207 – mayo de 2010
Cuentos de autores varios (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción : Fantasía :
Temas diversos : Internacional).
Ilustraciones por SBA


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