© Libro N° 10915. La Isla De Pierre Marie. Herrán, Francesc. Emancipación. Febrero 18 de 2023
Título original: © La
Isla De Pierre Marie. Francesc Herrán
Versión Original: © La Isla De Pierre
Marie. Francesc Herrán
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Portada E.O. de Imagen original:
Ilustración para el cuento "La isla de Pierre Marie",
de Francesc Herrán
© 2010, Valeria Uccelli: https://axxon.com.ar/rev/206/cuento8ilus1.htm
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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Francesc Herrán
La Isla De Pierre Marie
Francesc Herrán
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Hacía tres meses que había llegado allí y no se sentía cansado en
absoluto. Por el contrario, lamentaba que sólo pudiera estar allí seis meses.
Habría pedido una prolongación de su servicio en la isla, pero, aparte de que
tenía pocas posibilidades de conseguirlo, le habrían considerado un tipo raro,
en quien no se podía confiar. Le gustaba estar allí, tenía todo lo que
necesitaba y, al mismo tiempo, la sensación de depender de sus solas fuerzas.
No se aburría, él nunca se había aburrido, siempre tenía algo en quépensar o
soñar y, con aquel cielo, aquel aire y aquel mar, era imposible sentirse mal
por estar solo ni estar melancólico. Más bien al contrario, era antes de ir
allí cuando se había sentido melancólico algunas veces.
Le embriagaba estar en la isla. El mar agitado e infinito, el cielo
oscuro, la brisa del norte y las rocas, promontorios y acantilados de aquella
isla le producían una embriaguez salvaje. A veces sentía que algo inmensamente
grande y poderoso venía desde el lejano norte hacia él, que le esperaba trémulo
de admiración y de gozo para unírsele y recorrer los aires y los cielos
eternamente con él.
Ocupar un puesto de observación como aquél le había gustado desde que
oyó hablar de ello. El trabajo era escaso y el equipamiento de la isla no
requería de demasiados cuidados. Tenía un programa propio, que cumplía siempre
con exactitud, pues la disciplina siempre le había dado fuerza. Tenía que
llamar por la mañana y por la noche a la base y dar la novedad, que siempre era
la misma. Por la mañana, su programa consistía en desayunar, hacer las
anotaciones meteorológicas y, después, salir y vagar por la isla, escalando
todo lo escalable, y bañarse antes de almorzar, a pesar de la frialdad del
agua. Esto último era lo que se disponía a hacer Pierre Marie aquel día cuando
tuvo la desagradable sorpresa de ver una embarcación de poco calado, apenas una
barca, que se acercaba a la isla.
Lo primero que pensó mientras corría fue que ya no podría hacer lo que
hacía habitualmente y eso le produjo un gran disgusto. Entró en el «búnker»,
como llamaba a la estación porque estaba hecha de hormigón, aunque, en
realidad, era un blocao, pues no era subterránea, y se puso en contacto con la
base, informándoles. Después, cogió su fusil de asalto y marchó al punto de la
isla desde el que los había visto y donde suponía que desembarcarían.
Efectivamente, cuando llegó, vio que estaban a unos doscientos metros de la
playa. Pierre Marie se ocultó y esperó.
El bote estaba ocupado por ocho personas, cinco hombres y tres mujeres.
Después de que desembarcaran, Pierre Marie esperó a que se acercaran. Salió de
improviso y les encañonó. Se asustaron bastante, pero, cuando comprobaron que
era un militar, parecieron tranquilizarse un tanto. Hablaban una lengua
desconocida para él, por lo que no se entendieron. Los condujo al «búnker»
indicándoles el camino con su fusil y los encerró en una estancia que no usaba.
Después volvió a llamar para informar. Esperaba que no le pedirían
explicaciones por no haber llamado antes, aunque el radar los había localizado
mucho antes de que él los viera, mas él no estaba allí para ver la pantalla.
Enviarían un helicóptero para recogerlos. Él no tenía que hacer nada más.
Después de hacer la transmisión, llenó una taza de café, encendió un
cigarrillo y se sentó en su butaca. Fumaba dos o tres cigarrillos al día. Le
gustaba mucho tomar café, sobre todo, a media tarde. Por la mañana, lo
preparaba en la cafetera y lo guardaba en un termo para no tener que volver a
calentarlo.
Pensó en los prisioneros con cierta compasión. La estancia en que los
había encerrado no era muy grande para su número. Allí, encerrados tras una
puerta de acero, no le causarían ningún problema. Se había dado prisa en
encerrarlos a causa de su número, que lo había hecho sentirse intranquilo,
sobre todo, cuando entraron, a causa de lo reducido del espacio en el «búnker».
Parecían gente normal, a pesar de sus ropas, sucias y desgastadas, manchadas
por la sal marina, aunque mostraban haber sufrido grandes privaciones, y
estaban claramente extenuados. Sintió algo de remordimiento. Si hubieran
hablado la misma lengua, quizá les habría preguntado si necesitaban beber o
comer. Ahora, Pierre Marie pensaba que tendría que haberlo hecho de todos
modos. Pensó que prepararía más café y se lo ofrecería.
Era eso en lo que pensaba cuando oyó un rumor sordo afuera que le puso
en tensión. Aquel ruido lo había hecho alguien. En aquella isla, no podía haber
otra posibilidad. Pierre Marie se disponía a coger su arma y salir a investigar
cuando todo el «búnker» empezó a resonar horrendamente. Una infinidad de golpes
caían sobre las paredes y la puerta produciendo un horrible estrépito. Corrió
hacia una de las troneras para ver lo que pasaba, que no podía explicarse, y
trató de ver a través de la rejilla. Un tremendo golpe sobre ésta, seguido por
otros, lo hizo apartarse bruscamente. Cerró la ventana de acero y vio surgir
fuego por otra rejilla, a la que seguramente aplicaban una antorcha. Cerró
también aquella abertura y las demás. Después, corrió a por su fusil, lo cargó
y lo montó. También se puso su pistola al cinto. Corrió hacia la estancia donde
había encerrado a los prisioneros, abrió la puerta y les lanzó una mirada.
Todos estaban de pie con una expresión de terror en su rostro. Pierre Marie
observó que también ellos habían cerrado la única tronera. Sin decirles nada,
cerró la puerta y puso el cerrojo. Después cayó en la cuenta de que su terror
parecía excesivo y aquello le hizo pensar que ellos sabían algo de lo que
estaba pasando y se propuso preguntárselo después.
Un grupo numeroso estaba fuera golpeando el exterior del blocao, tanto
las paredes como la puerta y las ventanas. Por el sonido de sus golpes, debían
de estar dándolos con objetos metálicos. Pierre Marie imaginó que cada uno de
los de fuera golpeaba con uno. Los golpes propinados contra la puerta los
estaban dando tres de ellos. No empleaban ningún tipo de ariete ni golpeaban
con instrumentos de cabeza gruesa, como mazos, picos o martillos. Parecían
estar utilizando el extremo de simples barras o tubos metálicos —llegó a pegar
el oído a la pared, a pesar del dolor que sabía le produciría, para
distinguirlo mejor —. No estaban empleando nada que permitiera atravesar una
pared ni derribar una puerta metálica. A este respecto, de todos modos, podía
estar tranquilo, las paredes eran de grueso hormigón armado, la puerta era de
acero y su hoja tenía cerca de medio palmo de grosor y las troneras, aparte de
ser demasiado estrechas para que pudiera pasar nadie a través de ellas, estaban
protegidas también por planchas de acero. Sólo con explosivos o máquinas podía
derribarse la puerta o atravesar las paredes. Pero Pierre Marie no creía que
fuera eso lo que estaban intentando, sólo golpeaban por golpear, por pura
rabia, rabia por no poder atraparlo a él.
Del exterior no se oía ninguna voz, parecía que se limitaban a golpear
con furia. Debían dolerles las manos. No podía saber si realmente era así, si
no estaban preparando explosivos para aplicarlos a la puerta. Pero Pierre Marie
estaba seguro de que sólo golpeaban y de que aquello era lo único que iban a
hacer. Al menos por el momento. ¿Si hubieran podido utilizar otros medios, para
qué iban a estar dando golpes? Se dirigió hacia su emisor de radio para llamar
a la base. Debía haberlo hecho antes, pero la impresión producida por aquel
demencial ataque lo había hecho reaccionar de otra manera. Pierre Marie se dijo
que no debía preocuparse. No podrían entrar y los helicópteros trayendo
infantes de marina llegarían pronto para que éstos se encargaran de aquellos
animales. Entonces Pierre Marie oyó golpes arriba. Estaban rompiendo las
antenas. Siguió tratando de enviar el mensaje, pero era inútil, ya habían
destrozado la antena de la radio. El ruido y el grosor del hormigón le habían
impedido oír los pasos de los que lo habían hecho.
La destrucción de la antena parecía una acción inteligente, pero quizá
no lo fuera. Pierre Marie estaba seguro de que no la habían roto para impedirle
pedir ayuda, sino por romper todo lo que pudieran. Habían roto todo lo que
estaba en el exterior. Comenzaron a sonar golpes contra el hormigón también
arriba. Golpeaban justo sobre el lugar en que estaba él. Durante todo el tiempo
que duró aquello, fue así. Sabían el lugar en que estaba, por mucho que se
moviera, y golpeaban sobre ese lugar, no sólo los que estaban arriba, que
calculó que serían cinco o seis, sino también los otros, que golpeaban más y
más fuerte en el punto de la pared más próximo a él.
Ahora a él no le quedaba nada por hacer. Por muchos golpes que dieran,
no iban a entrar, el hormigón y el acero se lo impedían. No había podido
informar de lo que pasaba, pero lo había hecho antes acerca de los prisioneros
y habrían enviado dos helicópteros para recogerlos. Pero, en aquel instante,
cayó en la cuenta de que por la madrugada había observado signos de mal tiempo.
Si éste no se alejaba, no se podría volar ni navegar. Hasta que no llegara el
momento de llamar a la base, por la noche, no sabrían que ocurría algo.
Bastaban un cielo nublado y una mar picada para dejarlo aislado. Hasta
entonces, eso no le había importado. El mal tiempo era corriente en aquella
parte del Océano. Podía estar mucho tiempo allí con aquellos seres golpeando el
«búnker» como posesos. Se dijo que podía soportarlo, que tenía que controlar la
presión. Pero el infernal sonido de aquellos golpes no era lo peor, aunque su
cabeza empezara a parecerle que iba a estallar:era la inmensa furia que
revelaban. Debían de estar pegando con todas sus fuerzas, sin objeto alguno,
por pura rabia, a no ser que quisieran hacerle perder los nervios. Pero el
instinto le decía a Pierre Marie que no era así, que no había ninguna
inteligencia en lo que hacían.
A aquel ritmo, pronto se cansarían. A no ser que se turnaran. Pero
Pierre Marie no creía que hubieran más de los que estaban golpeando. Ninguno de
aquellos animales habría podido resistir el impulso de hacer lo que estaba
haciendo. Nadie que estuviera con ellos podía ser diferente de ellos. Pensar
eso le hizo recordar a los prisioneros. Los golpes eran tremendos y podía
advertir que pegaban muy deprisa. Pierre Marie empezó a dudar que fueran a
parar. Pensar eso habría sido lo normal en cualquier circunstancia, pero
aquellos seres cada vez le parecían a Pierre Marie menos humanos. Quizá no
estuvieran sujetos a las limitaciones de los seres humanos. «Si se concentraran
todos en un solo punto, empleando la punta para picar con sus hierros, tal vez
llegaran a abrir un boquete», llegó a pensar, «pero entonces los acribillaría».
Desechó enseguida aquel pensamiento: aquello era una verdadera casamata, no
podía abrirse un boquete en el hormigón de sus muros de aquella manera y, si lo
hacían, sería mejor porque podría dispararles. Quizá ellos lo supieran, que no
podrían entrar porque él no les dejaría. Pierre Marie se preguntó, sin embargo,
si ellos sabrían que él estaba armado. Aunque le parecía que eran capaces de no
importarles que lo estuviera. Pensó después que lo estaban llamando. Lo
llamaban para que saliera, por eso golpeaban. La verdad era que Pierre Marie
pensaba que podía hacerlo, abrir la puerta y dispararles. El cargador de su
fusil automático tenía veinte cartuchos, el de su pistola, once, probablemente,
era suficiente para todos, siempre que no fallara ningún tiro; tenía más
cargadores, pero intuía que si estaba frente a aquellos seres no lo dejarían
recargar. Pero también tenía tres granadas. Se suponía que no debía tenerlas,
no se las habían dado, las había llevado por su cuenta. Podía abrir la puerta
de repente, arrojar una y después dispararles.
Pierre Marie se sentó. Se daba cuenta de que tenía miedo, aunque creía
que aquel miedo no era racional. No temía enfrentarse a aquellos animales. No
creía que pudieran llegar a hacerle nada y, aunque pudieran, no era eso lo que
le daba miedo. Pierre Marie estaba seguro de que no tenía miedo de la muerte.
Era algo diferente, que no se debía a la amenaza inmediata que pesaba sobre él.
Le horrorizaba la furia antinatural de sus enemigos, lo que, para él, era su
absoluta inhumanidad. Era esa inhumanidad lo que despertaba en él un miedo
profundo, primigenio. Aquella gente quería llegar hasta él y matarlo. Querían
entrar para golpearlo con sus hierros. No podían porque las paredes de hormigón
se lo impedían, pero no podían detenerse y golpeaban las paredes del «búnker»
porque era lo más cerca que podían llegar de él. Estaban tratando de
golpearlo a él. El «búnker» se interponía entre él y los golpes, sus muros
los paraban, sencillamente, no estaban tratando de derribarlo ni hacían aquello
para producir ruido. Si las paredes hubieran desaparecido, no habría habido
para ellos ningún cambio, sólo habrían avanzado y seguido golpeando, esta vez,
sobre él. Su furia debía de ser inmensa. Tan terrible, que tenían que golpear
de todos modos, aunque no le alcanzaran. «Están pegando sobre mí; sus golpes
caen sobre mí, sólo que algo los detiene. Es como si me pegaran a mí. Son los
golpes que me daráin a mí si pudieran, por eso no pueden parar, por eso golpean
con tanta furia», se decía Pierre Marie.
Tan formidable odio dirigido hacia él era insoportable. Pierre Marie
sentía que podía hacerlo enloquecer si no controlaba el horror que le producía
impidiendo al miedo y a la ira desbordarse. No tenía que perder el control. Se
dijo que él estaba seguro, completamente seguro: mientras siguieran así, no
podrían hacerle nada. Lo único que le molestaba era el ruido y éste acabaría
por cesar; fueran lo que fueran, aquellos tipos tenían un cuerpo físico y éste
tenía que agotar sus fuerzas. Pensó en ponerse unos auriculares para amortiguar
el ruido porque el estruendo, a pesar de la capa de hormigón, era insoportable,
pero no se atrevía por si dejaba de oír algún nuevo sonido que le avisara que
estaban haciendo algo más.
Aquellos seres parecían poseídos por un rencor frenético hacia él. Lo
que hacían era de una infinita locura. Querían hacerle pagar por algo por lo
que deseaban destrozarlo por encima de todo. Parecían tener una necesidad
sofocante de hacerlo. Les impulsaba la locura; pero, además, en aquello, había
algo absolutamente inhumano, primigenio. Los de fuera eran seres primitivos, su
furia era puramente animal. Su anormalidad le daba asco tanto como lo
espantaba.
Miró la hora. Vio asombrado que sólo habían pasado treinta minutos desde
que aquella locura había empezado. Comprendió cuán larga se le haría la espera
antes de que llegara ayuda. Su cabeza estaba a punto de estallar y aquel
pensamiento le encendió en ira. No podía estar sentado; recorría el «búnker»
fusil en mano —no había soltado el fusil desde que aquello había comenzado —,
acercando la cabeza a las paredes, auscultándolas, arrimándose a la puerta y a
las troneras, a pesar de que el choque del metal contra el metal era
ensordecedor. Sintió un instante el deseo de salir a combatir, para estar al
aire libre y no encerrado en aquella atmósfera que le resultaba sofocante.
Pensó en las tres granadas guardadas en el cajón de su cómoda de metal. Pero lo
mejor, se dijo, era permanecer allí y esperar. Era lo que le daba mayores
probabilidades de sobrevivir, aunque le pareciera humillante estar allí
encerrado, como escondido, en lugar de enfrentarse con sus armas a aquellos
animales sin cerebro armados sólo con tuberías. Entonces, pensó en los
prisioneros. Los agresores habían llegado inmediatamente después que ellos,
pensaba. Los habían seguido. Debían saber quiénes o qué eran. Seguramente, los
perseguían, aunque Pierre Marie estaba seguro de que no trataban de asaltar el
«búnker» por ellos, sino para acabar con él. Su objetivo prioritario había
cambiado al saber que él estaba allí. Fue a la estancia donde estaban los
prisioneros, abrió la puerta y les apuntó con el fusil. Sin entrar, empezó a
gritarles. Una furia que no había esperado sentir se apoderó de él:
—¿Quiénes son? ¿De dónde vienen? ¿Qué tenéis que ver con ellos? —Gritaba
mientras les apuntaba moviendo el fusil, adelantándolo hacia ellos.
Los prisioneros estaban aterrorizados. Algunos empezaron a hablarle
chillando. Otros lo miraban con los ojos muy abiertos, clavando los ojos
alternativamente en la punta del cañón del fusil y en su rostro. No entendía lo
que decían y eso lo exasperaba aún más. Por los gestos de los que hablaban,
entendió que negaban tener nada que ver con los atacantes del «búnker». Pierre
Marie sabía que mentían, no era posible que la llegada de los dos grupos a la
isla al mismo tiempo fuera casualidad.
—¡Mentira! ¡Estáis mintiendo! —gritó, lleno de ira, y empezó a apuntar
con el fusil a cada uno, pasando de uno a otro aleatoriamente.
Todos empezaron a hacer desesperados gestos de súplica, diciendo lo que
a Pierre Marie le parecía que debía ser «no»en su lengua, moviendo la cabeza y
las manos a derecha e izquierda o interponiendo la palma abierta de sus manos
entre ellos y el arma. Una mujer se puso de rodillas. Pierre Marie pensó en
aquel momento que tenía que dispararles si seguían negando. Entonces, otra
mujer dejó de suplicar y se adelantó hacia él. La mujer se puso a asentir con
la cabeza y con su brazo izquierdo hizo el gesto de que la seguían,
describiendo un arco desde atrás y señalándose con el dedo con gesto convulso.
Después, hizo el gesto de agarrar con las dos manos, apretando mucho los puños,
y, tras éste, los de retorcer, golpear, desgarrar y destrozar con las manos.
Los demás callaron y se quedaron inmóviles. Pierre Marie había comprendido
perfectamente. Aquellos seres los habían perseguido para acabar con ellos.
Desvió un poco el cañón del arma y los miró un instante en silencio. En lo que
a ellos respectaba, se había calmado. Era inútil preguntarles por qué querían
matarlos porque no los entendería. Aquello era lo máximo que podía sacar de
ellos. Cerró la puerta y se fue.
Pero la ira de Pierre Marie no había terminado. Corrió hacia una de las
troneras, abrió la ventana, abrió después la persiana de acero, introdujo el
cañón del fusil entre dos de las hojas y disparó. Cuando lo hizo, vio al otro
lado un bulto, que identificó como una cabeza, aunque no pudo distinguirla, que
desapareció súbitamente tras el disparo, como si éste la hubiera proyectado
hacia atrás. Tal como esperaba, le había dado, lo que le produjo una feroz
satisfacción. Bajó la persiana y cerró la tronera y, después, corrió hacia la
otra para disparar también a través de ella. Pero, esta vez, ya no vio nada al
otro lado. Cerró la tronera pensando con satisfacción que los golpes habían
cesado unos instantes tras su primer disparo. El segundo no había conseguido el
mismo efecto. Ahora, aquellos seres ya no se pondrían delante de las troneras.
Así pues, eran capaces de reaccionar a lo que pasaba. No eran sólo capaces de
seguir ciegamente su bestial impulso de golpear donde él estaba. Pero Pierre
Marie ya no podría hacer nada más contra ellos a no ser que saliera para
matarlos. Eso era lo que deseaba en aquel momento porque su rabia no dejaba de
crecer. Trató de sentarse, pero no pudo permanecer allí quieto. Se levantó
inmediatamente y empezó a recorrer el «búnker» de un lado a otro mientras
seguían los golpes. Reventaba de odio; estaba poseído por una rabia ardiente,
devoradora. El odio que sentía en los de fuera producía en Pierre Marie una
furia incontenible. Era algo tan inexplicable, tan injusto, tan inmotivado, que
experimentaba una necesidad sofocante de venganza. Hablaba en voz alta. Aquello
era inconcebible. ¿Qué les pasaba a aquellos locos? ¿Qué derecho tenían a
hacerle aquello? Él no les había hecho nada. Acabaría con ellos. Quería
matarlos, destrozarlos, aplastarlos. No aguantaría aquello. No permitiría más
que le hicieran aquello.
Durante un instante, Pierre Marie sintió el impulso de coger sus
granadas, abrir la puerta y precipitarse afuera para matar a sus enemigos, pero
se contuvo. Pensó que aquello era un error. Lo más inteligente y lo más seguro
era esperar a que llegaran los infantes de marina a socorrerlo. Ellos pondrían
fin a aquello sin ningún problema y sin riesgo ni para él ni para ellos. No
tenía sentido arriesgarse. Quizá tardaran en llegar y aquellos animales
hicieran algo verdaderamente peligroso, que les permitiera entrar, pero sería
cuando eso ocurriera que él tendría que actuar, no ahora, cuando no sabía lo
que iba a ocurrir y lo más probable era que todo se resolviera bien para él.
Mientras ésta fuera la probabilidad más segura, él debía permanecer allí
dentro. Pero es que los nervios estaban a punto de estallarle. Sentía aquel
horroroso ruido en todo su cuerpo. Pierre Marie se dijo que no debía perder el
control. Tenía que luchar contra aquello. Aquellos cerdos no iban a volverlo
loco. Sería indigno de él y de su condición de soldado que lo hicieran. Era su
deber mantener la serenidad y hacer lo más adecuado en el cumplimiento de su
misión. Él era un soldado y no podía perder la cabeza. Se había preparado para
situaciones peores que aquélla. Estaba quedando verdaderamente mal. Su deber en
aquel momento era la paciencia. Cualquiera que fuera la situación, él debía
mantener la cabeza fría. No podía derrumbarse ante la presión. Saldría a
combatir sólo si era absolutamente necesario.
Pensando así, Pierre Marie se calmó todo lo que podía calmarse en
aquellas circunstancias. Pensó que tenía que dar de comer y de beber a los
prisioneros y sintió remordimiento por no haberlo hecho, a pesar de la poca
simpatía que le inspiraban, pues para él eran intrusos, aun si no eran los
responsables de lo que ocurría. Con lo que estaba pasando, no tendrían muchas
ganas de comer, pero, si tenían sed, beberían si les daba de beber. Cuando
entró, observó el alivio que les causaba saber que era a eso a lo que había
venido. Una de las mujeres se atrevió a decirle tímidamente una palabra que,
aun sin entenderla, no le costó identificar como gracias. Se fijó en ellos
después de que bebieran. Comprobó que el miedo los carcomía, el miedo a los de
fuera. El miedo parecía haberlos desgastado, reduciéndolos a desechos humanos
sin fuerza de ninguna clase. Eso era lo que le parecían, con su forma vacilante
de moverse. Sintió compasión por ellos. Pierre Marie no sabía quiénes eran ni
lo que eran y no podía confiar en ellos, pero se sintió identificado con ellos
en aquel instante. Habían llegado allí huyendo de aquellas bestias desde Dios
sabía cuánto tiempo y, cuando estaban cerca de ser alcanzados en medio del mar,
donde no hay dónde esconderse, habían visto aquella isla y habían desembarcado
en ella porque era su única esperanza de hallar refugio. Y él sólo podía
proporcionarles aquél, donde permanecían encerrados esperando a que entraran
sus enemigos. Pierre Marie se dirigió a ellos, esperando que comprendieran lo que
decía por el tono.
—No tengais miedo. No entrarán aquí. Antes los mataré. Tengo armas,
granadas y bastantes municiones. Puedo acabar con ellos si no llega la ayuda a
tiempo.
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Y Pierre Marie creyó lo que decía.
Pasó un rato. Todo seguía igual. Los golpes seguían sonando, pero a
Pierre Marie ya no le resultaban tan insoportables. El grosor del hormigón
armado del «búnker» los amortiguaba bastante, en realidad. Había sido su estado
mental, pensaba, el que había hecho que fueran tan molestos para él. Sentado en
una silla en el centro de la sala con el fusil sobre las rodillas, Pierre Marie
recorría con los ojos las paredes y la puerta, vigilando. No creía que los
golpes sonaran menos fuertes, a pesar del tiempo que llevaban dándolos. A
Pierre Marie, la anormalidad de tal hecho ya no le asombraba. Los golpes no
pararían nunca. ¿Por qué ibana parar? No había ninguna razón para que lo
hicieran. «¡Clanc, clanc, clanc!», repetía para sí mismo con sarcasmo, imitando
los golpes. Incluso los acompañó golpeando con los nudillos sobre la mesa:
¡Pam! ¡Pam! ¡Pam!
Pierre Marie ya no recorría el búnker para ver si captaba algo que le
descubriera las intenciones de sus enemigos. Debía haberlo hecho. De hecho, era
su deber hacerlo y no sólo para consigo mismo. Pierre Marie no sentía deseos de
levantarse de la silla. De todos modos, se decía, sabía muy bien dónde estaban
aquellos cerdos: donde estaba él. Allí donde él estuviera, allí estarían ellos,
sin hacer otra cosa que dar golpes. Los golpes lo seguirían a lo largo del
«búnker». Mejor ahorrarse aquello. Ya llegarían en su ayuda y acabarían con
ellos. Él sólo tenía que esperar.
Repentinamente, sin nada que lo anunciara, los golpes cesaron. Pierre
Marie se levantó de un salto, dio un par de pasos y quitó el seguro de su fusil
de modo reflejo. Se esforzó por escuchar y recorrió frenéticamente las paredes
con la vista. Fuera, no se oía nada. Pierre Marie no creía que hubiesen parado
por cansancio o por la conciencia de la inutilidad de sus esfuerzos. Habían
parado porque estaban preparando algo, algo mucho peor, aunque no podía
imaginar qué. Sabía que no tenían explosivos ni nada con lo que derribar la
puerta, si no, incluso aquellos seres sin inteligencia habrían intentado
hacerlo. No entendía qué cambio se había producido para que intentaran otra
cosa y eso le producía miedo. Comprobó su fusil otra vez. La ansiedad empezó a
hacérsele insoportable. A pesar de lo que pensaba, se sentía indefenso. No
tenía donde cubrirse allí dentro y no podía ver lo que había a su alrededor.
Nunca había creído que el blocao fuera algo que pudiera impedirle protegerse,
pero ahora descubría que así era. Si tenían un medio para penetrar las paredes
del «búnker», no tenía manera de ver por dónde iban a hacerlo. Empezó a
recorrer el «búnker». Pensó en ir a ver la cámara donde estaban los
prisioneros. También por allí podían intentar entrar. Pero cambió de idea. Se
dirigió a la pared de en medio. Ella le serviría de protección, al menos, por
un lado. No apartó la vista de la puerta y las troneras.
Oyó débilmente lo que le pareció un chisporroteo. Era el primer sonido
exterior que oía desde que había empezado aquello aparte de los golpes. Durante
unos instantes, trató de imaginarse qué podía significar aquel sonido.
Finalmente, se le ocurrió lo que podía ser. Se acercó a la puerta y apoyó la
mano en ella. Estaba muy caliente. Con el acero de las troneras, pasaba lo
mismo. Puso la mano en la pared de hormigón del «búnker». Estaba levemente
caliente. Pierre Marie sintió que la temperatura allí dentro había aumentado.
Habían prendido fuego al exterior del «búnker». Pierre Marie se imaginó la
construcción envuelta en llamas, como una bola de fuego. De alguna manera,
aquellos seres habían percibido que podían hacer algo más positivo para
conseguir lo que querían que dar golpes sobre una pared de hormigón armado.
Debían de haber utilizado algún tipo de fuel, quizá combustible para barcos,
que tarda mucho en apagarse. El hormigón podía resistir el fuego. Aquel blocao
era una auténtica fortaleza, la puerta y las troneras se cerraban
herméticamente, la entrada de aire estaba protegida y tenía filtros para
depurar el aire de cualquier contaminación química y bacteriológica. Pero el
fuego y el humo podían bloquear la entrada de oxígeno y el interior era
reducido. No tenía otra opción que salir. Ahora, que había llegado el momento
de enfrentarse a ellos, Pierre Marie no tenía miedo. Tenía muchas
posibilidades. Confiaba en que sus armas le permitirían abrirse paso entre
ellos. Después subiría a un lugar alto y los mataría a todos cuando intentaran
subir tras él. Creía que podía matarlos a todos.
Pierre Marie cogió sus tres granadas, comprobó su pistola y se guardó
los cargadores restantes del fusil y de la pistola en los bolsillos. Desechó
ponerse guantes para abrir la puerta por si le estorbaban para usar las armas y
optó por coger dos trapos. Después, fue a abrirles la puerta a los prisioneros.
Antes de llegar, éstos comenzaron a dar desesperados golpes en ella. Se habían
dado cuenta de lo que ocurría. Pierre Marie les abrió. Estaban apiñados ante la
puerta, pero no se precipitaron a través de ella cuando abrió. No se
atrevieron. Trataron de hablarle, pero él dio media vuelta y se dirigió a la
salida. Cuando llegó a la puerta de acero, se volvió y vio a los prisioneros al
otro lado de la estancia. Con un gesto, los hizo detenerse. No los quería cerca.
Sacó una granada y quitó el seguro, pero sujetó la espoleta para impedir que
saltara. Sirviéndose de los trapos, hizo girar la manivela de la puerta y la
abrió de un tirón. Una vaharada de aire caliente, junto con humo y llamas,
entró cuando lo hizo sin que éstas llegaran a alcanzarle, pero cesó enseguida.
Tal como había esperado, el hueco de la puerta estaba libre de llamas. Estas
sólo se agitaban en el marco. Pierre Marie dejó saltar la espoleta de la
granada y la tiró afuera. Se puso a un lado de la puerta y esperó a que
estallara. Cuando lo hizo, ignorando cómo le había ensordecido el estruendo,
saltó afuera sin vacilar, a través de las llamas. Salió disparando ráfagas
delante y a los lados sin parar de correr y vio fugazmente caer unos bultos no
muy parecidos a figuras humanas, aunque Pierre Marie sabía que lo eran.
Pierre Marie llevaba recorridos unos quince metros cuando se volvió y
vio a una gran cantidad de gente alrededor del «búnker» que corría en pos de
él. El «búnker» estaba en llamas. Pierre Marie vio también a los prisioneros
asomados a la puerta. Siguió corriendo a toda la velocidad que le permitían sus
piernas, pero la distancia que le separaba de sus perseguidores no era lo
bastante larga. Éstos habían formado un grupo compacto y corrían tras él con
sus hierros en alto. Eran más de los que él había pensado. Pierre Marie corría
hacia una parte de la isla donde había altas formaciones rocosas, a lo alto de
una de las cuales esperaba subir para disparar con seguridad sobre sus
enemigos. Antes de llegar allí, no tenía ningún sitio donde refugiarse. Sacó la
otra granada, le quitó el seguro, se detuvo, hizo saltar la espoleta y la lanzó
sobre el grupo. Lamentaba que fuera una granada ofensiva, sin metralla, pero
eso le permitía lanzarla desde tan cerca. Tras la explosión, disparó a través
del humo y volvió a emprender la carrera sin esperar a ver los efectos de lo
que había hecho. Al cabo de unos momentos, miró atrás. Sus perseguidores
seguían tras él. Pierre Marie trataba de adaptarse a los desniveles del terreno
y de sortear los obstáculos que encontraba en su carrera. La distancia entre él
y sus enemigos era de unos veinticinco metros. A Pierre Marie le había
horrorizado su aspecto. Subió una dura pendiente. Cuando llegó a lo alto, se
volvió para disparar. Ahora, sí que los vio caer sin que el grupo se detuviera ni
se dispersara ni disminuyera la velocidad a la que corría. Pierre Marie sólo
pudo hacer unos pocos disparos antes de que el cargador se le agotara. Las
caras contraídas de aquellos seres eran espantosas. Cambió el cargador y echó a
correr otra vez.
Pierre Marie se lanzó a toda la velocidad que le permitían sus piernas
por un terreno llano, uno de los pocos que había en la isla. Al cabo de un
tiempo, creía haber recuperado y aún aumentado ligeramente su ventaja, pero
seguían estando terroríficamente cerca. Era inútil tirar otra vez sobre ellos,
porque, a no ser que los matara a todos, no los detendría. El terreno se hizo
irregular y Pierre Marie empezó a acusar el cansancio acumulado aquel día
infernal. Era ya incapaz de pensar porque el pánico lo dominaba. Se había
convertido en una presa a la que daban caza. Perdió pie y cayó de cabeza en un
hoyo de cuatro metros de profundidad. Pierre Marie conocía perfectamente
aquella pequeña isla, pero había olvidado la existencia de aquel hoyo. Era una
especie de embudo que habían realizado en el pasado con un propósito que habían
abandonado y que Pierre Marie desconocía y que el tiempo transcurrido había
rellenado sólo en parte, a pesar del clima inclemente de la isla. El golpe
fuetremendo. Permaneció unos momentos atontado. Cuando intentó levantarse, sólo
pudo hacerlo lenta y torpemente. Se puso en pie y recogió su fusil. Iba a
lanzarse hacia el borde del hoyo cuando se detuvo. Tenía los pasos de las
bestias casi encima. Le habían alcanzado mientras estaba en el fondo del hoyo.
Apuntó al borde del hoyo y vio aparecer tres cabezas. Disparó y las tres
cabezas desaparecieron. Estaban rodeando el hoyo sin dejarse ver. Pierre Marie
sacó su última granada, quitó la espoleta y la lanzó fuera. Cuando estalló,
salió del hoyo, pero se le echaron encima. Pierre Marie disparó tumbando a dos
antes de que cayeran sobre él. Dio un culatazo a uno, después, recibió un golpe
con un tubo metálico en el hombro, trató de defenderse con el fusil, fue
agarrado por multitud de manos, lo tiraron al suelo, un golpe cayó sobre su
fusil haciendo que éste lo golpeara en la frente, siguieron golpeándolo y
perdió progresivamente la consciencia mientras una garra le cogía la oreja y se
la retorcía apretándola contra su cabeza.
Debió de recobrar parcialmente la consciencia a ratos, pues, después de
un período de oscuridad, recordaba haber sido arrastrado por el suelo, llevado
colgando de los brazos y las piernas y ser izado y llevado en alto. Menos
vagamente, recordaba también haber estado tumbado en un suelo arenoso y húmedo
con los brazos extendidos, rodeado de gente alejada de él varios pasos.
Después, no recordaba nada, salvo ir tumbado en una plataforma móvil. Hasta
varios días más tarde, no recobró la consciencia de dónde estaba, en el
hospital de la base, ni recordó lo que le había pasado.
Le contaron que sus enemigos lo llevaban con ellos cuando los
encontraron. Como había esperado, la amenaza de mal tiempo había retrasado la
salida del helicóptero que debía recoger a los prisioneros que había hecho
Pierre Marie. Pero el fuego de su blocao había sido detectado por un avión que
dioel aviso a la base naval, donde habían decidido enviar inmediatamente dos
helicópteros con tropas a pesar del tiempo. Desde el aire, habían visto al
grupo que llevaba a Pierre Marie. Eran veintidós. Pierre Marie había matado a
dieciocho. Los infantes de marina tomaron tierra cerca de ellos. Habían tratado
de huir en un primer momento, pero, cuando vieron que no les sería posible,
dejaron a Pierre Marie en el suelo y se lanzaron contra los soldados, que
dispararon. La mitad cayeron, los otros habían dado media vuelta y tratado de
volver a huir. La mayoría fueron alcanzados por los soldados casi enseguida y
reducidos rápidamente a culatazos y a patadas, pues, a pesar de la ferocidad de
su resistencia, se hallaban débiles a ferocidad de su resistencia, se hallaban
débiles. Sólo unos pocos habían logrado escapar en varias direcciones. Un
soldado resultó herido de gravedad de un golpe en la mandíbula. Los soldados
hicieron la primera cura a Pierre Marie y avanzaron por la isla en dirección al
blocao incendiado. Antes de llegar a él, encontraron a un hombre con horrorosas
heridas, que se arrastraba lentamente y que trató de alejarse de ellos. Había
sido alcanzado por una de las granadas de Pierre Marie.
Uno de los helicópteros sobrevoló la isla y descubrió en lugares
diferentes a los tres que se habían escapado de los soldados, que seguían
corriendo. También vieron los tripulantes una pequeña embarcación que se
dirigía a la isla. El jefe del pelotón de infantes de marina decidió no evacuar
todavía a Pierre Marie, por si necesitaba los dos helicópteros, y marchar a
recibir a los que iban en el bote. Pasaron al lado del blocao incendiado. No
vieron cuerpos en el exterior, aunque sí sangre, y las huellas de la explosión
de la primera granada de Pierre Marie. Uno de los soldados, que atisbó a través
de la puerta abierta, descubrió por qué. En el interior, junto a ella, había un
montón de cuerpos. Después, se contarían siete. Eran los primeros que Pierre
Marie había matado. Sus compañeros los habían metido adentro. La embarcación
que se dirigía a la isla resultó ser la de los primeros intrusos que habían
llegado yque Pierre Marie había capturado, que se habían vuelto a embarcar para
huir cuando Pierre Marie los liberó. Al ver a los helicópteros sobrevolando la
isla, habían vuelto, considerándose a salvo de sus enemigos. Fueron apresados.
Sólo quedaba dar una batida por la isla para capturar a los huidos y comprobar
que no había nada más de qué preocuparse. Vieron a uno de ellos en el momento
en que saltaba de uno de los acantilados sobre una roca que sobresalía del agua
con la intención de matarse . Otro se había cortado el cuello con un trozo de
hierro afilado. El tercero no fue hallado nunca y pensaronque se había
suicidado lanzándose al mar. También dos heridos que Pierre Marie había dejado
tendidos en tierra durante su huida por la isla se suicidaron cuando los vieron
: uno, estrangulándose con sus propias manos, el otro, dándose golpes con la
cabeza contra una roca. Encontraron la embarcación en la que habían llegado a
la isla. Estaba desfondada, lo que había ocurrido cuando habían intentado tomar
tierra. Cuando terminó la batida por la isla, Pierre Marie y el soldado herido
fueron evacuados en uno de los helicópteros. El hombre al que Pierre Marie
había destrozado con la granada ya había muerto cuando esto sucedió.
Sobrevivían trece de los individuos que habían asaltado a Pierre Marie.
Sólo cuatro de ellos no estaban heridos. Todos, excepto uno, que moriría
durante el trasladoporque estaba demasiado débil, tuvieron que ser atados con
cuerdas de nylon, pues se obstinaban en seguir resistiéndose, a pesar de sus
heridas. El tiempo mejoró y llegaron más helicópteros e incluso una nave de la
Armada y todos los prisioneros fueron evacuados. La información transmitida a
la base había desencadenado gran actividad. Se examinó la isla palmo a palmo.
También se realizó una exploración exhaustiva de aquella zona marítima. No se
encontró nada fuera de lo normal. Oficiales superiores de la Armada y del
Ejército, entre ellos, miembros de los servicios jurídicos, se presentaron en la
isla. Los hechos fueron considerados de extrema gravedad y se ordenó una
investigación muy completa. Cuando se hizo público lo ocurrido, causó gran
impresión en la opinión pública, aunque, por tratarse de una zona militar, no
se permitió el acceso a los medios de comunicación. Nunca había ocurrido nada
parecido. Lo insólito y extremadamente sangriento de aquellos hechos, la furia
desenfrenada y la brutalidad primitiva presente en ellos hicieron que el
público los recordara largamente.
Se optó por no considerar la acción de Pierre Marie como acción de
guerra, a pesar de que sus atacantes habían invadido territorio nacional. La
investigación realizada determinó que Pierre Marie había actuado correctamente,
así como los infantes de marina llegados en su rescate. Había habido
veintisiete muertos, más un desaparecido.
Los individuos que había capturado Pierre Marie dieron toda clase
información sobre sí mismos cuando pudieron encontrar un intérprete y se
prestaron a colaborar con las autoridades. Procedían de una de las naciones
orientales, de la cual declararon haber huido por motivos políticos,
declaración a la que no se dio entero crédito. No había ningún vínculo entre
ellos salvo el deseo de marcharse, según dijeron. Con esa intención, se habían
unido para conseguir un bote a motor. Planeaban llegar a una de las islas
principales. En el mar, se habían encontrado con el barco de los furiosos,
como ellos los llamaban, que habían tratado de abordarles por motivos que
desconocían y los habían perseguido hasta que estuvieron a punto de
alcanzarlos, por lo que desembarcaron en aquella isla esperando encontrar
ayuda. Afirmaron no haberlos visto nunca antes ni saber nada de ellos. No se
hallaron indicios de lo contrario, aunque también esto se puso en duda. Sin
embargo, se obstinaron en mantener sus afirmaciones sin que se consiguiera que
se apartaran en lo más mínimo de ellas.
En cuanto a los otros, fue imposible obtener información de ellos, pues
su lenguaje, las pocas veces que hablaron, era ininteligible y apenas se
parecía a un lenguaje articulado. A los pocos días de su captura, dejaron de
hablar, resultando baldíos todos los intentos que se hicieron para hacerles
recobrar el uso de la palabra. Nunca se estableció una verdadera comunicación
con ellos. Unas pocas de sus palabras habían sido grabadas, pero nadie fue
capaz de identificar el lenguaje al que pertenecían. Del examen de sus cuerpos
y de sus ropas no se obtuvo ningún indicio que permitiera identificarlos.
Presentaban una mezcla de rasgos antropológicos de las razas caucasiana y
mongólica. Eran de estatura menos que mediana, de aspecto achaparrado. Se
hallaban en estado de desnutrición y cubiertos de heridas supurantes de varios
días de antigüedad y llagas más antiguas. La mayoría padecía una extraña
afección cutánea que hacía que su piel tuviera un aspecto escamoso y un color
amarillento antinatural. Sus ropas, todas ellas muy deterioradas y de baja
calidad, eran de diversas procedencias, europeas y asiáticas. Las
complementaban, para protegerse del frío, con una abigarrada mezcolanza de
elementos como plásticos, lonas (una de ellas era de procedencia militar),
gasas, redes y otros, atados al cuerpo o puestos como relleno debajo de las
ropas.
Su comportamiento violento no experimentó variación alguna tras su
captura, por lo que hubieron de ser atados, golpeados y esposados hasta que se
los aisló en celdas acolchadas, con las esposas puestas y bajo permanente
observación, pues mostraban una acusada tendencia a hacerse daño a sí mismos;
incluso a dos hubo que inmovilizarles la boca con un aparato metálico para
impedir que se mordieran a sí mismos. La atención a los heridos fue, por ello,
muy difícil y hubo que atarles y sedarles hasta que se recuperaron, lo que no
impidió la muerte de dos de ellos. Cuando se les puso a todos juntos para ver
si así hablaban, se agredieron brutalmente unos a otros, a pesar de las
esposas, y, cuando los soldados del C.P.I. entraron con porras para separarlos,
se entabló una feroz refriega en un espacio demasiado angosto que terminó con
dos de los prisioneros gravemente heridos y un soldado con un dedo casi
arrancado de un mordisco.
La opinión de los psiquiatras que los examinaron fue, sorprendentemente,
que no padecían ningún tipo de psicosis, como su comportamiento extremadamente
violento y salvaje parecía indicar. Al cabo de algunas semanas, sin que se
hubiera llegado a ninguna conclusión acerca de ellos, dejaron de comer y de
beber todos al mismo tiempo, por lo que hubo que suministrarles agua y
alimentos a la fuerza. Todos los medios por los que se trató de establecer
comunicación con ellos y de obtener un cambio positivo en su comportamiento
fracasaron y sólo la intensa vigilancia a que fueron sometidos impidió que
todos se destruyeran a sí mismos.
Al cabo de un tiempo de ser alimentados a la fuerza, dejaron de rechazar
la comida, que regularmente les era ofrecida antes de alimentarles
artificialmente, y volvieron a comer normalmente, menos aquellos cuya boca
estaba inmovilizada. Su comportamiento ha hecho concebir horribles sospechas
acerca de lo que pensaban hacer con Pierre Marie cuando lo llevaban con ellos y
fueron interceptados por las fuerzas de la Armada. Actualmente, sólo seis de
ellos sobreviven en el centro de dolencias mentales de la Armada, pues, a pesar
de su vuelta a la alimentación voluntaria, cinco de ellos languidecieron sin
causa aparente y acabaron por morir como consecuencia de un colapso múltiple
cuyas causas no pudieron determinarse satisfactoriamente y otro consiguió darse
muerte apretando su nariz y su boca contra la pared acolchada de su celda hasta
perecer de asfixia.
Pierre Marie permaneció dos semanas en el hospital y su recuperación fue
completa. Fue trasladado a la capital y Su Serenidad el Guardián del Pueblo, se
interesó por su estado y envió un representante personal al hospital a
visitarlo, que le transmitió el interés de Su Serenidad por su salud y sus
deseos de que se recuperara pronto y le comunicó que, cuando se hubiera
recuperado, Su Serenidad lo recibiría en audiencia.
Poco después de salir del hospital, Pierre Marie tuvo un sueño en que le
fue revelado que los invasores que le habían atacado en la isla no querían
matarlo ni hacerle ningún daño después de capturarlo. Lo que querían era que él
los condujera, que fuera su líder y guía. No les importaba que él los matara o
les hiriera antes de conseguir que lo fuera; ya sabían que lo haría. Lo amaban
porque era el elegido para guiarlos y aceptaban por ello lo que él pudiera
hacerles. El mal que ellos le hicieron se lo habían causado sin odio y formaba
parte de ello, era como una especie de pacto de sangre entre ellos que había de
sellar su unión. Al despertarse, a la mañana siguiente, Pierre Marie sólo
recordaba vagamente lo que había visto en sueños aquella noche, que le produjo
una gran repulsión y trató de olvidar desde entonces.
Francisco José Herrán Chenoll, que firma como Francesc Herrán, o sea,
con su nombre de pila en catalán, la lengua autóctona de su región, nació en
Carlet, en la provincia de Valencia, en España, donde reside, en 1971. Es
licenciado en Geografía e Historia y un enamorado de la historia. Ha escrito
ensayos y novelas cortas además de cuentos.
Este cuento se vincula temáticamente con LA JUNGLA MÁS ALLÁ DE LAS
ESTRELLAS, de Ariel S. Tenorio, EN LA
SELVA, Olga Appiani de Linares, LAS TIRAS, Jesús Pérez Caballero
Axxón 206 – marzo de 2010
Cuento de autor europeo (Cuento : Fantástico : Fantasía : Aventura : Humanoides
: España : Español).


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