© Libro N° 10914. El Concierto. Martínez Palazón, Isidro. Emancipación. Febrero 18 de 2023
Título original: © El
Concierto. Isidro Martínez Palazón
Versión Original: © El Concierto. Isidro
Martínez Palazón
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Portada E.O. de Imagen original:
Ilustración para el cuento "El concierto", de Isidro
Martínez Palazón
© 2010, SBA: https://axxon.com.ar/rev/206/cuento7ilus1.htm
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Isidro Martínez Palazón
El Concierto
Isidro Martínez Palazón
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Eran las tres de la tarde de un día de agosto y en el estadio de fútbol
hacía un calor de mil demonios.
La actividad de los montadores era febril. Más de veinte personas, en su
mayoría hombres, descargaban de los enormes camiones aparcados junto al césped
grandes cajones de aluminio con equipo de sonido que transportaban hasta el
escenario. El concierto estaba anunciado para las once de la noche y aún
quedaba mucho trabajo por hacer.
Sentado en las gradas, el organizador, un hombre de mediana edad
perfectamente vestido, contemplaba nervioso el ir y venir del personal,
mientras hablaba con un muchacho moreno, de pelo largo, que trataba de
tranquilizarlo.
—No se preocupe usted, todo estará a punto para las once.
—Más vale, porque están vendidas todas las entradas. Ha venido gente de
otras ciudades, algunos incluso han hecho más de mil kilómetros para ver el
concierto… Si las cosas no salen bien, será mi ruina.
—Tranquilo, no habrá problemas….
—Mira, Ron, quiero que entiendas que yo sólo soy un empresario… y los
empresarios no queremos problemas. A la gente le gusta ir a vuestros
conciertos, así es que venís, actuáis, ellos lo pasan bien, vosotros cobráis,
yo me gano la vida… y hasta la próxima.
—Usted sabe, señor López, que el dinero es lo de menos.
—Sí, ya lo sé y es una cosa que no entiendo. Un grupo tan bueno, de
tanta fama…, y sin preocupación por el dinero, pero, en fin, allá vosotros.
Aunque tienes que reconocer que conflictivos sois un rato.
—Quizás, pero la culpa no es nuestra y usted lo sabe.
—Yo no digo nada, pero el caso es que allá donde vais, se lía. La
verdad, es que he de confesarte que no sé cómo me he atrevido a contrataros….
—Bueno, algo tendremos de especial, ¿no? —sonrió.
—Sí, eso es cierto… Bueno, Ron, me marcho. Aún tengo que preparar
algunas cosas; saluda a Randall y al resto del grupo.
—De su parte, señor López.
El hombre se puso en pie y echó a andar pasillo adelante. Ron,
tranquilamente, bajó las escaleras hasta llegar a la valla que separaba el
campo de las gradas y se quedó mirando el escenario. «Es enorme», pensó.
Después, levantó la vista al cielo… no había ni una nube. Sin duda, haría una
noche estupenda.
*
A las diez de la noche el estadio estaba abarrotado de gente y, ante la
puerta principal, largas colas esperaban para poder entrar.
La puerta de los vestuarios, donde los músicos charlaban esperando a que
se hiciera la hora, se abrió y López, disimulando un gesto de preocupación,
entró y saludó.
—Buenas noches, muchachos…
—Hola, señor López, cuánto tiempo sin verle…
—Desde el año pasado por estas fechas… ¿Y Randall?
—No sé —contestó Miguel, el bajista del grupo—. Ya sabe que antes de los
conciertos le gusta salir y hablar con la gente… Andará por ahí…
—Bueno, yo sólo venía a saludarle.
—Bien, le diremos que ha estado usted por aquí.
—Gracias, Miguel… —y, dirigiéndose a Ron— Oye, Ron —y le hizo una seña
para que se acercara.
—¿Sí?
—Mira —y habló en voz baja—. La verdad es que quería advertirle. A pesar
de que todo está controlado por la policía, no me fío… He visto un grupo de
«ultras» junto al escenario, en el lado izquierdo… No podemos negarle la
entrada a nadie, así que dile que tenga mucho cuidado y que, por favor, no
provoque a la gente.
—Oiga, que nosotros no provocamos a nadie.
—Ya, eso decís siempre y luego…
—Lo siento, aquello no fue culpa nuestra. Si la gente no…
—Ya —le interrumpió López—. Yo no digo nada, sólo que…
—No quiere problemas —le cortó Ron.
—Eso…
*
Las luces del estadio se apagaron y todo quedó en silencio. Cuando de
nuevo se encendieron, en el escenario sonaba la Banda de Randall.
Hasta en eso eran distintos. Contrariamente a lo que pasaba en los
conciertos de otros grupos, cuando ellos tocaban la gente no coreaba las
canciones, ni bailaba… sólo escuchaban y callaban.
Al terminar la primera canción, Randall, un muchacho de color, alto y
delgado, que rondaría los treinta, vestido con pantalón vaquero, camiseta
blanca y zapatillas de deporte del mismo color, se dirigió a la gente.
—Buenas noches, amigos… Gracias por venir —hizo una larga pausa y miró
al cielo—. ¿Habéis visto qué noche más preciosa? Bajo este mismo cielo lleno de
estrellas hay gente que sufre, que pasa hambre, que está oprimida, perseguida,
asesinada por sus creencias y sus ideas… Son víctimas del egoísmo y la
injusticia humana. De ellos, como en todos nuestros conciertos, queremos
hablaros, nos acordamos de ellos y con ellos nos solidarizamos porque son…
¡Hermanos nuestros!
Con las últimas palabras de Randall empezó a sonar la siguiente canción
que así se titulaba, Hermanos nuestros.
No vio, o no quiso ver, al muchacho que, de la parte izquierda del
escenario, a escasos diez metros de donde él estaba, se levantó con una pistola
en la mano.
Sonó un estampido y luego otro y otro… Randall se llevó la mano al pecho
y cayó al suelo.
Ron saltó de la batería y se abalanzó gritando y llorando sobre él.
Tenía la camiseta blanca empapada de sangre.
—¡Randall! —le gritaba— ¡No te mueras! ¡Maldita sea! ¡Asesinos!
Cuando la gente se dio cuenta de lo que había pasado comenzó a chillar.
La confusión fue total…
Corrían en todas direcciones, histéricos, tratando de alejarse del
escenario. Pisaban o eran pisados buscando la salida. Se oían gritos de dolor y
de pánico.
*
Los médicos confirmaron su muerte. Ron, después de pasar toda la noche
junto al cadáver de Randall, llorando como un chiquillo, cuando amaneció salió
del Hospital.
Tenía necesidad de estar solo y, sin saber por qué, andando, se dirigió
al estadio.
Entró por la puerta lateral y se cruzó con la gente de los servicios de
limpieza. En el escenario, los encargados del sonido comentaban el incidente
mientras recogían el equipo. Hacía fresco y una ráfaga de viento suave trajo
hasta sus pies uno de los programas que se había repartido con las entradas del
concierto. Se agachó y lo recogió. Se lo sabía de memoria. Era el mismo de
siempre, la historia del grupo, la letra de las canciones…
Echó a andar con él en la mano y cuando se quiso dar cuenta estaba
sentado en las gradas, llorando.
Vio que López se le acercaba.
—¿Quién iba a pensar…? ¡Malditos asesinos! —rompió a llorar con fuerza—
Era un hombre bueno, López. ¡Por qué! —gritó— ¿Por qué lo han matado?
—No sé, Ron…
—Nunca hizo daño a nadie. Lo único que hacía era luchar junto a los
oprimidos y los necesitados contra la injusticia… Tú mismo sabes que no lo
hacíamos por dinero.
—Ya lo sé…
—Además, quería a todo el mundo.
—Tienes que reconocer que estaba un poco chalado ¿no?
—¿Por qué dice eso? ¿Porque se preocupaba por los demás? ¿Porque le
gustaba estar con lo peor de cada sitio donde íbamos a tocar? ¿Por eso, López?
Usted tampoco se ha enterado de nada….
—Bueno, Ron, tengo que irme. Me ha citado la policía para declarar, al
parecer han cogido al que lo hizo. Lo siento, de veras… adiós.
—Adiós, López. Qué más da quién haya sido, a Randall lo mató el odio, el
egoísmo y la intransigencia del mundo…
—¿Qué dices?
—Nada, cosas mías.
—Ya.
Vio a López caminar por el pasillo de gol sur. «Parece buena persona»
pensó, mientras miraba con tristeza el programa arrugado que llevaba en la
mano. Y se acordó de los sitios donde habían estado tocando en los últimos
años… y de París…
Siempre habían tenido problemas con las actuaciones y lo sabía, sobre
todo con las autoridades y los religiosos…, como en Alemania, donde tuvieron
que salir escoltados por la policía entre los insultos de un grupo de radicales
que desde el principio había estado boicoteando el concierto. En Inglaterra al
menos habían sido respetuosos con ellos. «Era una gente muy fría, sin duda,
como el clima», pensó, «y se limitaron a escuchar».
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En Estados Unidos, sin embargo, se portaron muy bien con ellos. La gente
disfrutó y el empresario les ofreció otro concierto, precisamente en octubre
tenían que volver. Ahora, ya sin Randall…
Lo de París fue distinto. El primer día todo había salido bien. Fue el
segundo, cuando Randall decidió dar un concierto gratis en las afueras de la
ciudad para toda la gente que no había podido asistir el primer día por no
tener dinero para pagar la entrada.
Montaron el escenario en un descampado, y aquello se llenó de gente…
¡más de veinte mil personas! Estuvieron toda la noche cantando y hablando con
el público. Era gente sin recursos, chavales jóvenes casi todos. «La noche de
las hamburguesas y las Coca-Colas», sonrió Ron al recordar.
Ron se había acercado a Randall aquella noche, en varias ocasiones,
entre canción y canción, y le había comentado:
—La gente escucha, pero me temo que pronto se marcharán. ¿Has visto sus
caras? Me da la impresión de que algunos no han comido nada en la última
semana, si no fuera por eso, podríamos seguir hasta que se hiciera de día.
—Ya lo sé, Ron. Me he dado cuenta. ¿Qué tenemos por ahí?
—¿De qué?
—De qué va a ser, ¡de comer y de beber!
—Mi cena. No me ha dado tiempo a… ¡Con el follón de montar todo esto!
Después —recordaba— Randall se acercó al micrófono y le preguntó a la
gente:
—¿Queréis que sigamos?
—¡¡¡¡¡Síííííííí!!!!!
—Bien, pero habrá que tomar un bocado ¿no?
—¡¡¡¡¡Síííííííí!!!!!
—Pues que veinte o treinta de vosotros suban al escenario y os repartan
unas cosillas que hemos traído… Los demás no os mováis de vuestro sitio….
Ron reía a carcajadas mientras veía cómo los chavales que habían subido
al escenario sacaban todo aquello de la bolsa de cuero que estaba encima de un
monitor.
Una hora antes de empezar el concierto, él mismo había comprado en un
kiosco de perritos calientes una hamburguesa y una lata de Coca-Cola para su
cena… ¡PERO UNA SOLA!
Mira que llevaba tiempo con él y no era la primera vez que pasaba. Debía
estar acostumbrado, pensó, pero no podía evitarlo. Siempre que ocurría sentía
un escalofrío que le recorría el cuerpo, después miraba a Randall a los ojos y,
sin saber por qué, se echaban a reír.
Al terminar, Ron y el resto del equipo se dieron una vuelta por donde
había estado sentada la gente y recogieron más de cien hamburguesas
perfectamente liadas en papel de aluminio y no menos de cincuenta latas de
Coca-Cola sin abrir de las que habían sobrado. Lo sabían porque en el escudo de
la marca el color azul era más brillante.
Lo malo fue al día siguiente, cuando en los periódicos y en la
televisión, los políticos y la Iglesia les acusaron de ir en contra de todo lo
establecido y de milagreros y sectarios, y tuvieron que abandonar el país.
*
Ahora, sentado en las gradas del estadio y con el programa en la mano,
sin poder quitarse de la cabeza la imagen de Randall en el suelo y con la
camiseta empapada de sangre, se resistía a creerlo… ¡Han matado a Randall! ¡Le
han matado!
Y recordó las veces que Randall le había dicho que algún día sucedería,
pero que ellos, sus músicos, tendrían que seguir dando conciertos como él les
había enseñado.
«La verdad es que era un tipo estupendo», pensó. «Un poco raro, pero…»
sonrió recordando las mil y una historias que les contaba en los viajes y el
verdadero nombre de Randall. «Bueno, a mí también me gusta que entre amigos me
llamen Peter… al fin y al cabo, lo de Ron es un apodo».
Lo que no entendió muy bien fueron sus últimas palabras en el escenario,
cuando muriéndose en sus brazos, con la vista clavada en las estrellas, dijo
aquello de «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen».
Se levantó y echó a andar. ¡Lo tenía decidido! Dentro de tres días se
daría una vuelta por el cementerio… ¡por si acaso!
Isidro Martínez Palazón tiene 61 años y escribe desde Albacete, España.
Su página web es http://www.isidromartinez.com. Es músico, compositor y (según
él mismo consigna en sus datos) aprendiz de escritor. Ha escrito una novela
autobiográfica (El Barrio de las Casas Baratas), un libro de cuentos
(Duermevela…) y poemas, letras de canciones y poesía. Ha publicado en cerca de
treinta páginas de música y literatura en Internet. Hemos publicado en
Axxón: Tal vez
al pasar Navidad.
Este cuento se vincula temáticamente con FICCION BREVE (treinta y uno), de Varios autores, ¿QUÉ ES
EL DOLFISMO ORTODOXO?, Saurio, NO ME
PIDAS UN MILAGRO, Saurio
Axxón 206 – marzo de 2010
Cuento de autor europeo (Cuento : Fantástico : Fantasía : Religión : Mitos :
España : Español).


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