Libro N° 10899. Escrito En El Día De Los Muertos. Neruda, Jan.
© Libro N° 10899.
Escrito En El Día De Los Muertos. Neruda,
Jan. Emancipación. Febrero 11 de 2023
Título original: ©
Psáno O Letošních Dušičkách, Jan Neruda
(1834-1891)
Versión Original: © Escrito
En El Día De Los Muertos. Jan Neruda
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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ESCRITO EN EL DÍA DE LOS MUERTOS
Jan Neruda
Escrito
En El Día De Los Muertos
Jan
Neruda
Yo no sé cuántas veces habrá de visitar el cementerio de Kosir en el Día
de los Muertos; lo que es esta vez, llegó trabajosamente —las piernas no le
responden mucho, aparentemente—. Aparte de eso, actuó igual que todos los años.
Su silueta solemne y maciza bajó a eso de las once desde el carricoche que la
había transportado; tras ella, el conductor sacó de adentro unas coronas de
flores dentro de un envoltorio hecho con un pañuelo blanco, y por último
descendió una niña de aproximadamente cinco años, bien arropada. Hará quince
años que la señorita María viene en este día flanqueada por una niña de cinco
años que escoge en el vecindario.
—¡Muy bien, querida! Mira cuántas personas hay. ¡Cuántas luces y flores!
Continúa, sin temor. ¡Adelante! Yo voy atrás de ti.
Muy turbada, la niña comenzó a caminar. Tras ella iba la señorita María
dándole aliento pero sin decirle para dónde tenía que dirigirse. Anduvieron de
tal forma un poco, y en eso súbitamente la señorita María dijo:
—¡Aguarda!
De una de las cruces metálicas sacó una corona mustia, ajada por el
viento, y la reemplazó por otra fresca, hecha con flores artificiales rojas y
blancas. Luego se sostuvo en un ramal de la cruz con la mano libre y empezó a
orar, sin ponerse de hinojos, porque eso le resultaba ya demasiado difícil.
Miró primero el pasto y la parda tierra de la sepultura, pero a continuación
alzó la cabeza y sus ojos celestes de mirada limpia, que ornamentaban su ancho
rostro simpático, parecieron ver algo en la lontananza. Los ojos fueron
inundándosele en lágrimas; se le estremeció la boca; los labios que musitaban
plegarias se estrujaron y por fin un raudal de lágrimas bajó por sus carrillos.
La niña la observaba extrañada, pero la señorita no podía ver ni oír
nada. Pero después de un momento se recobró, aparentemente con mucha
dificultad; exhaló un prolongado suspiro, sonrió tristemente a la niña y le
dijo con voz tenue y un poco áspera:
—¡Bien! ¡Adelante, angelito, adelante! Adonde te parezca, yo voy atrás
de ti.
Siguieron caminando un poco de una parte para otra, adonde se le ocurría
a la niña hasta que súbitamente dijo de nuevo:
—¡Aguarda!
Fue hacia otra sepultura. Representó otra vez la escena anterior, creo
que sin demorarse ni un minuto más que antes. Guardó luego la segunda corona
mustia dentro del pañuelo, al lado de la primera, tomó la mano de su diminuta
acompañante y le dijo:
—¿Frío, no? Volvamos, para que no te haga mal. Te agrada ir en coche,
¿no?
Regresaron despacio hasta el carruaje; acomodaron adentro antes que nada
las coronas; después se instaló la niña y, por último y trabajosamente, la
señorita. El carruaje se puso en movimiento y el caballo, antes de empezar a
trotar, soportó dos o tres fustazos. Esta representación, que ahora se
reiteraba, fue igual a la que se ha repetido hasta ahora todos los años.
Si aún fuera un escritor novel, posiblemente apuntaría a esta altura: el
lector se estará preguntando a quienes pertenecen esas sepulturas. Pero sé bien
que jamás un lector pregunta nada. El escritor debe forzarlo para que acepte lo
que hace, lo cual es un tanto dificultoso. La señorita María era inabordable y
extremadamente reservada en lo que respecta a su vida y nunca molestaba a nadie
—ni a sus mayores amistades— con sus cuentos.
Desde pequeña tenía, y sigue haciéndolo, una sola amiga, la señorita
Luisa, que en sus mocedades fue muy bonita y que ahora es la viuda un poco
marchita del señor Nocar, un sargento de carabineros. A la tarde se verían
ambas en lo de la señora Mocar. Este hecho no es muy usual, ya que la señorita
frecuenta muy poco a su amiga en la calle Vlaska; por lo común deja muy
excepcionalmente su habitación en la planta baja de una mansión que se
encuentra al comienzo de la subida de San Juan; prácticamente se puede afirmar
que la única salida que hace es para escuchar misa los domingos, muy temprano,
en San Nicolás. Su impresionante físico le hace muy difícil caminar; por eso su
amiga no quiere que se incomode y la visita ella todos los días. Una franca
amistad de años liga a ambas en forma prácticamente indisoluble.
Pero en esta ocasión la señorita María se hallaría excesivamente
acongojada si estuviera sola en casa. Esta se le semejaría aun más hueca y sola
que los restantes días, y es por eso que busca amparo en lo de su amiga. Y para
la señora de Nocar es una jornada festiva. Jamás hace el café con un desvelo
tan grande como hoy; jamás se afana de tal manera porque las tortas queden bien
y su masa sea tierna. Hasta toda su charla tiene hoy un dejo majestuoso y
festivo. No conversan en exceso, pero lo que dicen, aunque intrascendente,
posee profundo significado. Cada tanto aparecen algunas lágrimas y los abrazos
son más asiduos que otras veces. Por último, al cabo de un buen rato de
permanecer sentadas juntas, se arriba al tópico anual de esa charla.
—¡Qué vamos a hacerle! —dice la señora de Nocar—. El Señor nos ha
deparado un destino casi idéntico. Tuve un buen esposo, muy considerado
conmigo, y a los dos años de casados se marchó al más allá sin dejarme al menos
un niño para mi consuelo. Vivo sola desde ese momento, y ya no sé decir qué
resulta peor: si jamás conocer a un hombre o si conocer a uno y perderlo.
—Sabes bien que siempre me he conformado con la voluntad del Señor —le
responde al cabo, en tono ceremonioso, la señorita María—. Yo ya sabía qué me
deparaba el destino; lo había visto en sueños. Cuando tenía veinte años soñé
que había ido a bailar. Ya sabes que jamás había ido yo a un baile. Andábamos
al ritmo de la música, una pareja tras la otra; era un lugar muy bien
iluminado. Sin embargo —¡qué raro!— el salón de baile era como un altillo
enorme y en vez de cielorraso se veían las tejas.
»De improviso, las parejas que nos precedían comenzaron a bajar la
escalera; yo iba atrás de todo con un danzarín del que no puedo recordar qué
cara tenia. Arriba quedamos unas pocas parejas; entonces miré alrededor y vi
acercarse a la Muerte por detrás. Tenía un manto verde aterciopelado, pluma
blanca en el sombrero y espada al cinto. Yo me apuré también para bajar ¡as
escaleras, pero vi que no quedaba nadie. ¡Ni mi compañero de baile!
»Entonces la Muerte me tomó la mano y me llevó a la rastra. Luego estuve
viviendo en un castillo y la Muerte me hacía de esposo. Me trataba muy
amablemente, me quería; pero a mí no me gustaba. Estábamos rodeados de un lujo
imposible de describir: ahí todo eran cristales, oros y terciopelos, pero no le
sacaba el gusto a nada. Constantemente soñaba con regresar al mundo y el
sirviente —que también era una especie de Muerte— me traía información de lo
que allí ocurría. Mi esposo se condolió de mi afán por volver a la vida.
»Me di cuenta de eso y a mi vez me condolí de mi esposo. A partir de ese
memento conocí que jamás me iba a casar, y que la Muerte era mi prometido.
Luisa, tú sabes que los sueños los manda Dios; ¿no es cierto que una muerte
doble ha apartado mi vida de la del resto de la gente?
En ese momento la señora de Nocar comienza a llorar, aunque ya ha
escuchado ese sueño mil veces, y las lágrimas de la amiga son una especie de
perfumado bálsamo sobre el alma sufriente de la señorita.
La verdad es que es extraño que la señorita no se haya casado. No tenía
padres, era dueña de sus actos y de una buena casa de dos plantas al comienzo
de la subida de San Juan. No era fea, por otra parte, cosa que aún ahora puede
notarse. Era flexible y alta como es poco frecuente en una dama; tenía bellos
ojos celestes; su rostro, pese a ser algo ancho, tenía rasgos muy regulares y
bonitos. Lo único que la desmerecía era ser algo entrada en carnes desde
pequeña, hecho que le costó el apodo de "la gorda María".
Por su corpulencia era un tanto perezosa; de niña no iba a jugar con
otros pequeños y ya adulta no iba de visitas y todo su paseo se reducía a una
vueltita por las murallas de la ciudad. No debe pensarse, por ello, que los
vecinos de la Malá Strana se hubieran preocupado porque la señorita María no
hubiera contraído matrimonio. La sociedad de la Malá Strana tiene las cosas
bien establecidas: la señorita María figuraba como una anciana solterona y a
ninguno le pasaba por la cabeza que pudiera ser de diferente manera. Y cuando
en ocasiones las mujeres, de manera imprevista y curiosas como usualmente son,
trataban el tema ante ella, la señorita respondía sonriendo sosegadamente:
—Me parece que soltera también puedo servir a Dios, ¿no?
Y si se le hablaba de ello a la señora de Nocar, encogía los hombros un
poco huesudos y respondía:
—¡Es ella que no ha querido! Se habría podido casar un montón de veces,
y bien casada, la pura verdad. Yo sé de dos casos (se trataba de hombres
excelentes) en que no quiso saber nada.
Yo, en mi carácter de historiador del barrio de la Malá Strana, sé
positivamente que ambos eran unos farristas que no valían un ápice, puesto que
no eran otros que el tendero Cibulka y el grabador Rechner, de los cuales
siempre que se los mencionaba se afirmaba: ¡Qué personajes! No pretendo que
fueran malas personas —¡por favor!— sino que eran mediocres, que su existencia
era un desbarajuste, nada estable, y que no tenían seso.
De la semana, Rechner jamás comenzaba su labor antes de llegar el
jueves, y para la tarde del sábado ya había parado. Hubiera podido ganar mucho,
porque trabajaba muy bien, según siempre decía el señor Hermann, que era su
compatriota, igual que mi madre, pero no le gustaba precisamente trabajar. El
tendero Cibulka se lo pasaba en la taberna o en la galería de su negocio porque
apenas se metía tras el mostrador, de inmediato lo acometía un sueño poderoso,
y se la pasaba a los bufidos. Decían que hablaba francés muy bien, pero no
cuidaba el negocio y el empleado hacía todo a su antojo.
Cibulka y Rechner se la pasaban haciéndose compañía y si en alguno de
ambos aparecía un pensamiento elevado, el otro se lo expulsaba inmediatamente.
La verdad es que tampoco tenían camaradas más virtuosos para departir. En el
rostro rasurado del diminuto Rechner, de mentón puntiagudo, había
inevitablemente una esbozada sonrisa, como cuando el sol atraviesa las nubes
alumbrando la tierra. Su frente elevada, con cabellos tirados hacia atrás, era
siempre calma y rondaba sus labios blanquecinos la inefable sonrisa.
Movía todo el tiempo el cuerpo, enfundado en un traje amarillo (su color
favorito), y a cada rato encogía los hombros. Su compañero Cibuika, que
eternamente vestía de negro, se revelaba más sosegado, pero esto solamente
cuando se lo llegaba a conocer bien. Era flaco como Rechner, pero un poco más
alto. Su pequeña cabeza remataba en una frente en forma casi de rectángulo.
Bajo sus pobladas cejas le fulguraban como ascuas los ojos. Llevaba el cabello
negro echado hacia adelante de manera que le cubría las sienes, y un mostacho
negro, larguísimo, tapándole la boca; cuando sonreía los dientes relucían como
la nieve bajo el mostacho. Su rostro tenía un no sé qué simultáneamente salvaje
y bondadoso. Cibulka siempre sofocaba la risa hasta no poderse contener; entonces
estallaba en risotadas, pero se sosegaba rápidamente.
Ambos se comunicaban con la vista, y así ya sabían qué habían querido
decir, con todos los comentarios incluidos. Pero era extraño que alguno se
sentara a su mesa porque sus salidas eran para esos buenos vecinos
excesivamente audaces y brutales: no se los comprendía y se consideraba que su
charla era una especie de prolongada blasfemia. Por su parte, Cibulka y Rechner
no se trataban de vincular con la gente de más copete de la Malá Strana. De
noche se quedaban cien veces con los mesones de Staré Mesto.
Iban juntos por toda la ciudad e incluso el apartado barrio Frantisek
era escenario de sus paseos. Si a la noche muy tarde se sentía en las calles de
la Malá Strana una carcajada jovial, era cosa segura que se trataba de Cibulka
y Rechner de regreso a su domicilio.
Ambos tenían más o menos los mismos años que la señorita María. Habían
ido todos a la escuela de la parroquia de San Nicolás, y desde entonces no se
habían interesado ellos por ella ni ella por ellos. Se veían solamente de
pasada, en la calle, y entre los tres no hacían más que intercambiar algún
saludo a la ligera, tampoco demasiado amable.
Pero un día la señorita María recibió de manos de un mensajero una carta
escrita con perfecta letra. Le tembló el pulso al leer y la carta se le cayó.
Decía lo siguiente:
Estimada señorita; de mí mayor consideración:
Es seguro que habrá usted de extrañarse de que sea un servidor,
justamente un servidor, quien se dirija a usted. Mas ha de extrañarle aun más
el contenido de ésta. Nunca me he animado a dirigirme a usted; pero, para
evitar circunloquios innecesarios: ¡la amo a usted! Hace mucho que la amo.
Analizando mi corazón, he llegado a la conclusión de que, de ser para mí
posible la dicha, no hallaré ésta sí no es a su lado. ¡Señorita Maria! Es
posible que usted se extrañe y me diga que no. Es posible que las habladurías
también hayan enturbiado mi reputación ante usted, y no tendrá más que
menosprecio para mi persona. Lo único que puedo es pedirle la deferencia de que
no actúe apresuradamente y medite bien antes de emitir su última palabra. Sólo
puedo decirle que hallaría usted en mí un esposo que no pensaría más que en
hacer su dicha. Le suplico otra vez: medítelo bien. Aguardo su veredicto en
cuatro semanas; ni antes ni después. Desde ya, le suplico sepa perdonar por
haberla incomodado.
A sus pies, aguardando noticias suyas:
Vilém Cibulka
A la señorita María la retumbaba la cabeza. Andaba por la treintena y se
topaba de improvise con su primera declaración amorosa. ¡Era la primera!
Espontáneamente jamás habría pensado en el amor, y jamás le habían hablado de
amor hasta ese momento tampoco. Le quemaba la cabeza; se le agolpaba la sangre
en las sienes; estaba sin aliento. No podía meditar con calma. Entre la niebla
que obscurecía sus ojos entreveía a veces una figura: el rostro obscuro de
Cibulka. Levantó finalmente la carta del piso y la releyó, sin parar de
estremecerse. ¡Qué bella carta! ¡Qué dulce!
Fue incapaz de contenerse: debía mostrarle la carta a su amiga, que ya
era la viuda de Nocar. Le mostró la carta sin hablar.
—¡Mira! —decía la señora de Nocar.
Su rostro evidenciaba gran desconcierto.
—¿Qué harás?
—Yo no sé, Luisa.
—Y bien, tiempo tienes suficiente como para meditar. Discúlpame por
decir esto: ya conoces cómo son los hombres y que hay muchos que lo único que
quieren es dinero, pero, en última instancia, ¿por qué no podría ser cierto que
te ame en serio? ¿Sabes tú qué es lo que voy a hacer? Voy a averiguar bien qué
pasa.
La señorita María se quedaba en silencio.
—Cibuika es buen mozo: tiene ojos retintos, mostacho también negro y
dientes blancos como azúcar. En una palabra, es muy buen mozo.
Y la señora de Nocar se tendió hacia su amiga y le dio un caluroso
abrazo.
La señorita María se puso colorada como una amapola. Pero exactamente a
la semana, cuando volvía de misa halló otra carta. Y con estupor en aumento
leyó:
Estimada señorita:
No se enoje porque me haya animado a escribirle. Pero ocurre lo
siguiente. Me quiero casar y preciso tener una buena dueña de casa; pero no
tengo vinculaciones porque mi trabajo no me permite distracciones y estoy
convencido de que usted es la mujer indicada. No se enoje, yo soy un buen
hombre y no tendrá desilusiones conmigo; tengo suficiente para vivir, conozco
mi trabajo y, Dios mediante, usted no pasaría privaciones. Cumplí treinta y un
años; usted me conoce a mí y yo la conozco a usted; sé que usted está en buena
posición; pero eso no es ningún obstáculo y viene bien. Lo único que quiero
agregar es que mi casa no puede andar demasiado sin una dueña, así que no puedo
aguardar demasiado, y le suplico tenga a bien responderme cuanto más en quince
días, ya que de otro modo tengo que probar en otra dirección. Yo no soy
romántico y no conozco lindas palabras, pero sé amar, y hasta dentro de quince
días quedo su seguro servidor.
Juan Rechner, grabador.
—Escribe francamente, como persona sencilla —dijo esa tarde la señora de
Nocar—. Puedes escoger ahora. ¿Qué vas a hacer?
—¿Qué voy a hacer? —se dijo a sí misma la señorita María, como en un
ensueño.
—¿Prefieres a alguno? Con sinceridad, ¿cuál te agrada más?
—Vilém —respondió la señorita María en un susurro, ruborizándose al
máximo.
Cibuika se había convertido simplemente en Vilém; Rechner no tenía
oportunidad. Así que dispusieron que la señora de Nocar prepararía un borrador
de carta para Rechner, y que luego la copiaría la señorita María.
Transcurrida menos de una semana, la señorita María fue otra vez a lo de
su amiga, ya que le había llegado otra carta. Su rostro estaba exultante. La
carta decía:
Estimada señorita:
Le suplico que no se enoje: todo está bien y yo no hice nada malo. Si me
hubiera enterado antes de que había otro pretendiente y que era mi estimado
amigo Cibuika, no hubiera abierto la boca; pero él no me había contado y yo no
sabía palabra. Lo he puesto al tanto, y me retiro por propia voluntad, ya que
él la ama; espero que no se ha de burlar usted de mí porque eso estaría mal y
yo también puedo ser feliz en otro lado. Con todo, es una pena, pero no importa
y recuerde que quedo su seguro servidor.
Juan Rechner, grabador.
—Bien —le dijo la señora de Nocar—. Terminaron tus problemas.
—¡A Dios gracias!
La señorita María se quedó sola, pero ahora esa soledad le resultaba muy
grata. Su imaginación se dirigió al futuro, y era tan fascinante que volvía una
y otra vez sobre lo mismo sin hartarse. Y así se integró todo un panorama de su
existencia, con una ventura sin término.
Pero al otro día la señora de Nocar halló mal a la señorita María. Yacía
en el diván, demudada y con los ojos rojos por haber llorado mucho. La amiga,
atemorizada, no pudo decir nada. La señorita María se puso a llorar de nuevo y
al rato indicó en silencio la mesa. Allí se encontraba otra carta. La señora de
Nocar temió algo muy malo. Así era, la carta era muy grave.
Estimada señorita; de mi mayor consideración:
¿Así que no ha de existir la dicha para mí? El sueño se esfumó, tengo la
frente abrasada y mi cabeza gira. Pero no quiero ir más allá en una senda
plagada de esperanzas truncas; no me quiero interponer en la senda de mi más
caro, de mi mejor amigo. ¡Mi pobre amigo, tanto como yo! Cierto es que aún no
ha decidido usted; pero ¿cuál podrá ser esa decisión? Yo sería incapaz de ser
feliz contemplando la desesperación de mi querido amigo. Y a pesar de que me
ofertara usted el cáliz colmado con todos los placeres de la vida, yo no podría
tomarlo. Me he resuelto: renuncio por completo. Solamente le suplicaré algo:
que no me recuerde, al menos que no lo haga en son de mofa.
Afectuosamente, Vilém Cibulka.
—¡Qué gracioso! —La señora de Nocar estalló en risas.
La señorita María la contemplaba inquisitivamente, bastante inquieta.
—¡Claro! —La señora de Nocar permaneció meditabunda—. Son personas de
gran rectitud, los dos, es evidente. ¡Lo que pasa, mi querida María, es que tú
no conoces nada sobre los hombres! Esa rectitud no dura; los hombres
súbitamente desechan la rectitud y se ponen a pensar exclusivamente en ellos.
Descuida, María: ¡ya se van a decidir! Rechner aparentaba ser un sujeto muy
práctico, pero Cibuika... salta a la vista: ¡ese te ama locamente! ¡Es seguro
que va a aparecer de nuevo!
Los ojos de la señorita María se pusieron repentinamente soñadores.
Confió en lo que le decía su amiga, y ésta confió en la verdad incuestionable
de lo que ella misma afirmada. Eran un par de corazones inocentes, tiernos; no
se les cruzó una sombra de suspicacia. Posiblemente se hubieran apesadumbrado
solamente de imaginar que todo no era más que chiste pesado, de pésimo estilo.
—Tú aguarda. Ya va a aparecer, ¡ya se va a decidir! —la alentó la señora
de Nocar cuando se dijeron adiós.
La señorita María aguardó, y sus sueños de antes reaparecieron. Lo
cierto es que no le causaron la misma fascinación que entonces; en vez de eso
tenían ahora algo triste, pero por eso mismo le parecieron más queridos.
La señorita María aguardó, aguardó... se fueron pasando así los meses.
Algunas veces, en sus habituales caminatas por las murallas, vio a ambos
amigos que continuaban juntos. Tal vez cuando ellos le eran indiferentes, no
había reparado mayormente en esos encuentros, pero luego le dio la impresión de
que ocurrían demasiado asiduamente. —¡Es que te siguen, vas a ver que sí!—,
comentaba la señora de Nocar. En los primeros tiempos, la señorita María bajaba
la mirada al toparse con ellos. Más adelante se animó a mirarlos. La dejaban
pasar en medio de ambos; cada uno la saludaba con gran amabilidad y a
continuación clavaban la vista en el piso como si se hubieran apenado
súbitamente. ¿Acaso alguna vez percibieron la cándida pregunta impresa en los
ojos celestes de la señorita?
De lo que sí estoy totalmente convencido es de que ella nunca se percató
de que se mordían los labios para contener la risa.
Transcurrió un año entero.
En el medio, la señora de Nocar vino con extrañas novedades que
transmitió, un poco abochornada, a la señorita: que esos dos eran bastante
livianos; que todo el mundo los consideraba unos farristas y que iban a
terminar malamente. Eso era lo que todos decían. Cada una de estas novedades
implicó una crisis nerviosa para la señorita María. ¿Acaso era ella la culpable
de eso? La amiga no sabía qué decirle. Y su pudor femenino le impidió a la
señorita dar por sí misma un paso decisivo. Pero se quedó con la impresión de
que estaba haciendo una cosa inconveniente manteniendo su mutismo. Tras otro
mal año, sepultaron a Rechner. Murió de tuberculosis. La señorita María se
sentía estremecida. Rechner, tan práctico como la señora de Nocar decía,
¡agotado por la tristeza!
La señora de Nocar recobró el valor y le aseguraba:
—Ya está todo listo. Cibulka va a aguardar un poco y después aparecerá.
Y estrechaba a la señorita María, que se estremecía por la emoción. Y
Cibulka no demoró mucho. A los cuatro meses también se encontraba en el
cementerio de Kosir. Lo había derribado una pulmonía. Ya hace dieciséis años
que ambos yacen en ese lugar.
Por nada del mundo la señorita María se resolvería a ir primera a una
tumba que a otra en el Día de los Muertos. Por tal motivo quien decide es una
niña inocente de cinco años, y a la sepultura a la que ésta va primero es donde
la señorita deja la primera corona.
La señorita ha comprado, a perpetuidad, otra sepultura además de las de
Cibulka y Rechner. La gente piensa que la señorita María tiene el capricho de
comprar sepulturas sin interés para ella. En esa tercera sepultura yace la
señora Magdalena Topfer. Es cierto que era una mujer sabia y que se dicen un
montón de cosas de ella. Cuando fue el entierro del señor Veis y la señora
Toepfer vio a la esposa del cerero Hirt pasando por encima de la sepultura
vecina, auguró que la mujer alumbraría un bebé muerto.
Y así fue. Cuando la señora Toepfer fue de visita a lo de su vecina, la
guantera, y la vio limpiando zanahorias, auguró que le nacería un hijo pecoso.
Y la hija de la guantera, Marina, tiene los cabellos color ladrillo y tiene tal
cantidad de pecas que asusta.
Pero como se ha dicho antes, esa dama tenía sin cuidado a la señorita
María. Lo que pasa es que la sepultura de la señora Toepfer está a una
distancia casi igual de donde yacen Cibulka y Rechner. Agraviaría la sagacidad
de los lectores ponerse a explicar qué motivos tuvo la señorita María para
adquirir esa sepultura, donde habrá de soñar su sueño eterno.
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Jan Neruda (1834-1891)

