Libro N° 10898. Un Episodio De La Historia De Una Catedral. James, M.R.
© Libro N° 10898.
Un Episodio De La Historia De Una Catedral. James,
M.R. Emancipación. Febrero 11 de 2023
Título original: ©
An Episode Of Cathedral History, M.R.
James (1862-1936)
Versión Original: © Un
Episodio De La Historia De Una Catedral. M.R. James
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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UN EPISODIO DE LA HISTORIA DE UNA CATEDRAL
M.R. James
Un
Episodio De La Historia De Una Catedral
M.R.
James
Había una vez un docto caballero al que le encargaron examinar los
archivos de la catedral de Southminster y redactar un informe al respecto. El
examen de estos legajos requería bastante tiempo, de modo que juzgó conveniente
tomar alojamiento en la ciudad; porque aunque el cuerpo jerárquico de la
catedral fue pródigo en sus ofrecimientos de hospitalidad, el señor Lake
prefería ser dueño de su tiempo, cosa que a todo el mundo le pareció razonable.
Finalmente el deán escribió al señor Lake sugiriéndole que, si aún no
había buscado sitio, se pusiese en contacto con el señor Worby, sacristán
mayor, que ocupaba una casa vecina a la iglesia, el cual acogería con mucho
gusto a un huésped tranquilo por tres o cuatro semanas. Este arreglo era
precisamente lo que el señor Lake deseaba. Acordó en seguida las condiciones
con el sacristán, y a primeros de diciembre, como un nuevo señor Datchery —se
recordó a sí mismo—, nuestro investigador se encontró ocupando un muy
confortable aposento en una casa antigua y catedralesca.
Una persona tan familiarizada con la vida y costumbres de las
catedrales, y tratado con tan manifiesta consideración por el deán y el cabildo
entero de ésta, no podía dejar de inspirar respeto al sacristán mayor. El señor
Worby accedió incluso a corregir ciertas explicaciones que solía ofrecer desde
hacía años a los grupos de visitantes. El señor Lake, por su parte, encontró en
el sacristán un compañero jovial, y al acabar el trabajo de la jornada
aprovechaba cualquier ocasión que se le presentaba para disfrutar de su
conversación. Una noche, alrededor de las nueve, el señor Worby llamó a la
puerta de su huésped.
—Tengo que ir a la catedral, señor Lake —dijo—; y creo que le prometí
ofrecerle la oportunidad de ver su aspecto en plena oscuridad. Hoy hace una
noche ideal, si le apetece acompañarme.
—Desde luego; le agradezco mucho que se haya acordado, señor Worby. Un
momento que coja el abrigo.
—Aquí lo tiene, señor; y aquí traigo otro farol que le aconsejo que
lleve para las escaleras; porque no tenemos luna.
—Cualquiera pensaría que somos una nueva edición de Jasper y Durdies,
¿no cree? —dijo Lake mientras cruzaban el atrio; porque había averiguado que el
sacristán había leído Edwin Drood.
—Sí, desde luego —dijo el señor Worby con una risa breve—; aunque no sé
si deberíamos tomarlo como un cumplido. A veces pienso que tenían extrañas
costumbres en esa catedral, ¿no le parece? Maitines con el coro al completo a
las siete de la mañana todos los días del año. Eso hoy no sienta bien a las
voces de nuestros niños, y me parece que hay un adulto o dos que pedirían
aumento de sueldo si tuviera que intervenir el cabildo... en particular los
contraltos.
Habían llegado a la puerta sudoeste. Mientras el señor Worby daba una
vuelta a la llave, dijo Lake:
—¿Alguna vez se ha quedado alguien encerrado aquí accidentalmente?
—Dos veces. Una fue un marinero borracho; aunque no sé cómo entró.
Supongo que se dormiría durante el servicio religioso; pero cuando lo descubrí
estaba dando unas voces que amenazaban con derrumbar el techo. ¡Santo Dios, la
escandalera que armó! Dijo que era la primera vez en diez años que ponía los
pies en una iglesia, y maldito si lo volvía a hacer. La otra vez fue una vieja
oveja: una broma de los chicos.
Aunque no lo volvieron a intentar. Bien, señor; vea lo que parecemos:
nuestro difunto deán solía traer grupos de cuando en cuando, aunque prefería
las noches de luna; y había un verso que les recitaba, referente a una catedral
escocesa, creo. Pero no sé. Casi creo que el efecto es mejor cuando está todo a
oscuras. Parece que aumenta de tamaño y de altura. Si no le importa quedarse
ahora en algún lugar de la nave mientras subo yo al coro a recoger una cosa,
verá lo que quiero decir.
Así que Lake se quedó esperando apoyado en un pilar. Y observó cómo la
luz balanceante se desplazaba a lo largo de la iglesia y subía la escalera del
coro, hasta que la ocultó algún tipo de mueble, con lo que sólo pudo ver el
resplandor en los pilares y el techo. No habían pasado muchos minutos cuando
reapareció Worby en la puerta del coro y agitó la linterna indicando a Lake que
se reuniese con él.
-Supongo que es Worby y no una suplantación-, se dijo Lake mientras
cruzaba la nave. No hubo ningún percance. Worby le mostró los papeles que había
ido a recoger del sitial del deán y le preguntó qué le parecía el espectáculo;
Lake coincidió en que era algo que merecía la pena ver.
—Supongo —comentó mientras iban juntos hacia el altar— que estará usted
demasiado acostumbrado a andar por aquí de noche para sentirse nervioso... pero
seguro que se habrá llevado algún que otro sobresalto al caerse un libro o
abrirse sola alguna puerta, ¿no?
—No, señor Lake; no puedo decir que me preocupen mucho los ruidos; al
menos hoy por hoy. Mucho más me preocupa descubrir un escape de gas, o que
reviente una cañería de la calefacción. Aunque hubo sus más y sus menos hace
años. ¿Ha observado aquel sencillo sepulcro-altar? Nosotros decimos que es del
siglo XV; no sé si estará usted de acuerdo. Bueno, si no lo ha visto, vaya un
momento y échele una mirada, haga el favor.
Estaba en el lado norte del coro, y muy mal colocado: a sólo tres pies
del cancel de piedra. Era bastante simple, como había dicho el sacristán,
construido con simples losas. Una cruz metálica de regular tamaño en el lado
norte —el más próximo al cancel— era el único detalle de interés. Lake estuvo
de acuerdo en que no era anterior al periodo gótico.
—Pero —dijo—, a menos que sea el sepulcro de un personaje notable, me
perdonará si digo que no me parece especialmente relevante.
—Bueno, no puedo decir que sea la tumba de un personaje destacado de la
historia —dijo Worby con una sonrisa seca en la cara—, porque no hay constancia
ninguna de quién está enterrado ahí. A pesar de todo, si cuando volvamos a casa
dispone de media hora, señor Lake, puedo contarle algo sobre ese sepulcro.
Prefiero hacerlo después; aquí hace frío, y no tenemos por qué quedarnos toda
la noche.
—Claro que me gustaría oírlo; muchísimo.
—Muy bien, señor, pues lo oirá. Ahora, ¿puedo hacerle una pregunta?
—prosiguió mientras caminaban por la nave que flanqueaba el coro—. En nuestra
pequeña guía local (y no sólo ahí, sino también en el librito de la serie sobre
catedrales que trata de la nuestra) encontrará que pone que esta parte del
edificio fue construida antes del siglo XII. Naturalmente, me encantaría
aceptar esa opinión, pero... (cuidado con el escalón, señor), pero, le pregunto
yo: ¿encuentra en la disposición de la piedra de esta porción de muro —la
golpeó con la llave— un sabor a lo que podríamos llamar mampostería sajona? No.
Me lo imaginaba. Yo tampoco. Y créame, se lo he dicho con toda claridad a esos
señores: al encargado de nuestra biblioteca, y a ese otro que vino de Londres a
propósito; si no se lo he dicho cincuenta veces no se lo he dicho ninguna. Pero
como si se lo hubiese dicho a esa pared. O sea que ahí tiene; cada cual se
aferra a sus opiniones, supongo.
Las reflexiones sobre este aspecto particular de la naturaleza humana
ocupó al señor Worby casi hasta el momento en que él y Lake entraron en casa.
El fuego del gabinete del señor Lake languidecía de tal modo que el señor Worby
sugirió terminar el día en su propio cuarto de estar. Así que unos momentos
después los encontramos instalados en dicha habitación. El señor Worby se
explayó alargando la historia todo lo que quiso, de manera que no la voy a
contar en su orden ni con sus palabras. Poco después de oírla, Lake confió al
papel lo esencial, junto con algunos detalles que se le quedaron literalmente
grabados en el espíritu; quizá lo más práctico sea que resuma un poco lo
consignado por Lake.
Parece ser que el señor Worby nació hacia el año 1828. Su padre había
estado ligado a la catedral antes que él, lo mismo que su abuelo. Uno o los dos
habían cantado en el coro; y de mayores habían trabajado de cantero y
carpintero respectivamente en el edificio. El propio Worby, aunque tenía una
voz regular tirando para abajo como él mismo decía, había entrado en el coro a
los diez años de edad. Fue en 1840 cuando la ola del resurgimiento gótico
infectó la catedral de Southminster.
—Un montón de elementos preciosos desaparecieron entonces, señor —dijo
Worby con un suspiro—. Mi padre casi no lo podía creer cuando le dieron la
orden de desmontar el coro. El deán que había era el deán Burscough, un recién
llegado; y mi padre había estado de aprendiz en una buena ebanistería de la
capital y sabía cuándo tenía un buen trabajo delante de los ojos. Fue un
sacrilegio, solía decir: todo aquel hermoso revestimiento de roble, en tan buen
estado como el día en que lo colocaron, aquellas guirnaldas de hojas y frutas,
y los antiguos dorados de los escudos y de los tubos del órgano. Todo fue a
parar al almacén de madera: todo menos unas cuantas piezas labradas de la
capilla de la Virgen, y la repisa de esta misma chimenea. Bueno, a lo mejor
estoy equivocado, pero para mí que desde entonces nuestro coro no es tan bonito
como antes. Aunque se descubrieron un montón de cosas sobre la historia de la
iglesia, y no cabe duda de que anduviera necesitada de reparación. Muy pocos
inviernos después perdimos un pináculo.
El señor Lake expresó su coincidencia con Worby en que necesitaba una
restauración, pero confiesa su temor en ese momento de no llegar nunca a la
historia propiamente dicha. Temor que probablemente se reflejó en su expresión.
Worby se apresuró a tranquilizarle.
—Podría pasarme horas enteras hablando de este asunto, y lo hago cada
vez que tengo ocasión. Pero en fin, el deán Burscough estaba obsesionado con el
gótico, y nada le acomodaba, sino que debía hacerse todo conforme a eso. Y una
mañana, después del servicio religioso, mandó recado a mi padre de que fuese a
verle al coro, se quitó las vestiduras de oficiar en la sacristía y fue para
allá con un rollo de papel en la mano; el sacristán que había entonces llevó
una mesa. Y extendieron el rollo sobre la mesa, sujetándolo con devocionarios,
y mi padre que les ayudaba vio que era un dibujo del interior de un coro. Y va
y dice el deán, que era un señor con el habla pronta:
»—Bien, Worby, ¿qué piensas de esto?
»—Pues —dice mi padre—, que no tengo el gusto de conocerla. ¿Puede ser
la catedral de Hereford, señor?
»—No, Worby —dice el deán—; es la catedral de Southminster tal como
esperamos verla dentro de no muchos años.
»—Por supuesto, señor —-replicó mi padre.
»Y no dijo más (porque en eso era lo menos parecido al deán). Pero él me
contaba que sintió un desmayo por dentro al mirar nuestro coro según yo lo
recuerdo, tan cómodo y amueblado, y ver a continuación aquel dibujo frío y
odioso, como él lo llamaba, hecho por algún arquitecto de Londres. Bueno, ya
vuelvo otra vez. Pero comprenderá lo que quiero decir si echa una ojeada a esta
antigua vista —descolgó una lámina de la pared—. Bueno, el caso es que el deán
entregó a mi padre la copia de una orden escrita del cabildo por la que tenía
que desmontar el coro entero, y dejar su espacio despejado y preparado para la
nueva construcción que estaban llevando a cabo en la capital, y que debía
empezar en cuanto reuniese una cuadrilla de obreros. Ahora, señor, si observa
la lámina verá dónde estaba el púlpito. Quiero que se fije en eso, por favor.
Se veía bastante bien: una estructura de madera inusitadamente grande
con un tornavoz en forma de cúpula, situada en el extremo este de los sitiales
del lado norte del coro, frente al trono del obispo. Worby explicó que durante
la reforma los servicios se celebraron en la nave, y que los miembros del coro,
que ya contaban con unas vacaciones anticipadas, se quedaron frustrados; y en
cuanto al organista, se hizo sospechoso de haber averiado a propósito los
mecanismos del órgano que habían traído alquilado de Londres a un precio
considerable. Los trabajos de desguace empezaron por la reja del coro y la
galería del órgano, y siguieron poco a poco hacia el este, dejando al
descubierto, como contó Worby, multitud de detalles interesantes de la obra
anterior.
Durante este tiempo, lógicamente, los miembros del cabildo pululaban sin
parar por el coro y alrededores, y no tardó en hacérsele evidente al viejo
Worby —que no podía por menos de oír retazos de conversaciones— que, por lo que
se refiere a los canónigos más viejos al menos, había habido bastante oposición
antes de que se aprobara la política que ahora se estaba llevando a cabo. Unos
murmuraban que iban a coger una pulmonía en los sitiales, al no haber una
pantalla que les protegiera de las corrientes de aire; otros se quejaban de que
estaban expuestos a la vista de los que estuviesen en las naves que flanqueaban
el coro; sobre todo durante el sermón, decían, en que les resultaba un alivio
atender en una postura que podía ser mal interpretada. La mayor resistencia,
empero, vino del más viejo, que hasta el último momento se estuvo oponiendo a
que quitaran el púlpito:
»—No debería tocarlo, señor deán —le dijo con gran énfasis una mañana,
cuando estaban los dos ante dicha estructura—; no sabe el daño que puede
ocasionar.
»—¿Daño? No es una obra de especial mérito, canónigo.
»—No me llame canónigo —dijo el anciano con sequedad—. Durante treinta
años he sido el doctor Ayloff, y le agradecería, señor deán, que tuviera la
bondad de seguir llamándome así. En cuanto al púlpito (desde el que llevo
predicando treinta años, aunque no voy a hacer hincapié en eso), lo único que
digo es que hace mal quitándolo.
»—Pero ¿qué sentido tiene conservarlo, mi querido doctor, cuando vamos a
instalar un coro de un estilo totalmente diferente? ¿Qué razones puede darme,
aparte de su aspecto?
»—¡Razones! ¡Razones! —dijo el doctor Ayloff—. Si ustedes los jóvenes
(permítame llamarle así con el debido respeto) atendieran a razones, en vez de
pedirlas a cada paso, mejor nos iría. Pero en fin, yo ya he dicho lo que tenía
que decir.
El anciano se alejó cojeando; y, como quedó probado, no volvió a pisar
la catedral. La estación —un verano de mucho calor— se volvió malsana de
repente, y el doctor Ayloff fue uno de los primeros en caer debido a una
afección de los músculos del tórax que se lo llevó dolorosamente por la noche.
Y en muchos servicios religiosos, el número de adultos y niños del coro fue
enormemente reducido.
Entretanto, habían suprimido el púlpito. De hecho, el tornavoz (parte
del cual aún existe como mesa en un cenador del jardín del palacio) fue
desmontado una hora o dos después de las protestas del doctor Ayloff. La
eliminación del pie —operación no exenta de complicaciones— dejó al
descubierto, con gran júbilo de los partidarios de la reforma, un
sepulcro-altar: el sepulcro sobre el que Worby llamó la atención de Lake esa
misma noche. Se hicieron inútiles esfuerzos de investigación para tratar de
identificar al ocupante, al que hasta hoy no ha sido posible atribuirle nombre.
Este sepulcro había sido tapado cuidadosamente con el pie del púlpito, por lo
que su escaso ornamento no había sufrido deterioro; sólo en su lado norte tenía
lo que parecía un pequeño desperfecto: una grieta entre las dos losas que
formaban una de sus paredes laterales.
Era de unas dos o tres pulgadas de ancho. Palmer, el albañil, recibió
orden de taparla a la semana siguiente, aprovechando que tenía que hacer otros
trabajos en esa parte del coro. La estación era verdaderamente agobiante. Ya
fuera porque la iglesia se había construido en un lugar que en otro tiempo
había sido pantanoso, como se decía, o por alguna otra razón, los que vivían en
su inmediata vecindad, muchos de ellos, disfrutaban en agosto y septiembre de
muy pocos días soleados y noches serenas. Para varias personas mayores —entre
otras el doctor Ayloff, como hemos visto—, el verano resultó fatal; pero
incluso entre los jóvenes, fueron pocos los que se libraron de guardar cama
unas semanas, o al menos de una sensación de opresión, acompañada de pesadillas
repugnantes.
Poco a poco fue cobrando consistencia una sospecha —que se convirtió en
convicción— de que las reformas de la catedral tenían algo que ver con el
asunto. La viuda de un antiguo sacristán, pensionada del cabildo de
Southminster, empezó a tener una serie de sueños, que contaba a sus amigas, en
los que al anochecer salía una figura de un portillo que había en el lado sur
del crucero, recorría el atrio sin rozar siquiera el suelo, cada noche en una
dirección distinta, desaparecía en casa tras casa, y regresaba cuando empezaba
a clarear. La anciana no conseguía distinguir nada, sino sólo que era una
figura que se movía: aunque le daba la impresión de que al llegar a la iglesia,
lo que sucedía al final de cada sueño, volvía la cabeza.
Y entonces, no sabía por qué, le parecía ver que tenía los ojos rojos.
Worby recordaba haber oído contar este sueño a la anciana en un té en casa del
escribano del cabildo. Worby comentó que tal vez su repetición podía
interpretarse como anuncio de una inminente enfermedad. En todo caso, la
anciana bajó a la tumba antes de que acabara septiembre.
El interés suscitado por la restauración de esta gran iglesia no se
circunscribió a su propio condado. Un día de ese verano visitó el lugar un
miembro de la Sociedad de Anticuarios de cierta celebridad. Su misión era
redactar un informe sobre los descubrimientos realizados para la Sociedad de
Anticuarios. Su mujer, que le acompañaba, se encargó de hacer una serie de
dibujos ilustrativos para unirlos a dicho informe; empleó toda la mañana en
trazar un boceto general del coro, y la tarde la dedicó a los detalles. Primero
dibujó el sepulcro-altar recién descubierto, y al terminar dijo a su marido que
se fijara en la belleza de un ornamento romboidal de la reja que se alzaba
justo detrás y que, como el sepulcro, había estado oculto por el púlpito.
Naturalmente, dijo, tenía que dibujarlo. Así que se sentó en el sepulcro
y atacó con toda meticulosidad un trabajo que la tuvo absorta hasta que se
quedó sin luz. Su marido, entretanto, había terminado su tarea de medir y
describir, por lo que decidieron que era hora de regresar al hotel.
—Ayúdame a sacudirme la falda, Frank —dijo la dama—. Seguro que la tengo
toda manchada de polvo.
El marido obedeció deferente; pero un momento después comentó:
—Seguramente le tienes mucho apego a este vestido, cariño, pero creo que
ha conocido tiempos mejores: se te ha ido un buen trozo.
—¿Que se me ha ido? ¿Adónde? —dijo ella.
—Adónde no lo sé, pero te falta abajo en el borde; aquí detrás.
La dama tiró impulsivamente de la falda hacia adelante para verla, y se
quedó horrorizada al descubrir una mella que se adentraba en la falda; era,
dijo, como si se la hubiera arrancado un perro. Fuera lo que fuese, el vestido
había quedado inservible para gran disgusto suyo; y aunque miraron por todas
partes, no lograron encontrar el trozo que faltaba. Eran muchas las maneras en
que había podido pasarle este percance, porque el coro estaba lleno de tablas
viejas con clavos asomando. Al final, la única explicación que se les ocurrió
era que se había enganchado la falda en uno de esos clavos, y que los obreros,
que habían estado por allí todo el día, se habían llevado las tablas donde
debió de quedar prendido el trozo de tela.
Fue más o menos por entonces —pensaba Worby—, cuando su perrito empezó a
ponerse inquieto cada vez que se acercaba la hora de dejarlo encerrado en el
cobertizo del patio de atrás (porque su madre no consentía que durmiese en la
casa). Una noche, dijo, al ir a recogerlo para sacarlo, el animalito le miró
«como un cristiano, y agitó la... mano, iba a decir. Bueno, ya sabe cómo se
comportan a veces los perros, y al final me lo metí debajo del abrigo, y lo
subí así escondido a mi cuarto; y me temo que en esto engañé a mi madre. Desde
entonces, el perro actuó con todo el ingenio del mundo, escondiéndose debajo de
la cama cuando faltaba media hora o más para subir a acostarme; lo hacíamos de
tal manera que mi madre nunca nos descubrió.
Naturalmente, Worby se alegraba de tener la compañía del perro; sobre
todo cuando empezó la molestia que aún se recuerda en Southminster como «los
gritos».
—Noche tras noche —dijo Worby—, el perro aquel adivinaba lo que iba a
pasar: agachaba la cabeza, se iba a la chita callando, y se ovillaba en la cama
pegadito a mí sin parar de temblar: y cuando empezaban los gritos le entraba
como un frenesí, y me metía la cabeza en el sobaco. Yo me ponía casi igual. Lo
oíamos seis o siete veces nada más; y cuando el perro volvía a sacar la cabeza
era señal de que había terminado. ¿Que cómo era, señor? Bueno, yo sólo he oído
una vez una cosa parecida: estaba yo jugando casualmente en el atrio, cuando se
cruzaron dos canónigos y se dieron los buenos días.
—¿Ha dormido bien esta noche? —dice uno.
—No podría decir que sí —dice el señor Lyall—; demasiado Isaías treinta
y cuatro catorce para mi gusto.
—Isaías treinta y cuatro catorce —dice el señor Henslow—. ¿Qué es eso?
—¿Y se considera usted lector de la Biblia? —dice el señor Lyall (debo
advertirle que el señor Henslow era del grupo que llamaban de Simeón: muy
parecido a lo que podríamos llamar el partido evangélico)—. Ande y vaya a
consultarlo.
Quise yo también saber a qué se refería y corrí a casa, tomé mi propia
Biblia, y allí estaba: El sátiro llamará a gritos a su compañero.
Vaya, pensé, entonces es esto lo que hemos estado oyendo estas noches
pasadas. Y le aseguro que me hizo mirar por encima del hombro alguna vez.
Naturalmente, pregunté a mis padres qué podían ser aquellas voces, pero los dos
dijeron que probablemente eran gatos; aunque estuvieron muy secos, y les noté
nerviosos. Palabra que eran unos gritos... como de hambre, como si llamasen a
alguien que no quisiera acudir. Si alguna vez he sentido de veras necesidad de
compañía, ha sido esperando a que empezasen de nuevo. Creo que hubo unos
cuantos que se apostaron dos o tres noches en distintos puntos del claustro
para vigilar; aunque permaneciendo todos juntos y lo más cerca posible de la
calle, de modo que no descubrieron nada.
Bueno, y verá lo que pasó a la noche siguiente: otro chico (ahora lleva
una tienda de comestibles en la capital, como su padre antes que él) y yo
subimos al coro al terminar el servicio religioso de la mañana, y oímos que el
albañil, el viejo Palmer, le estaba echando la bronca a alguno de sus peones.
Así que subimos un poco más, porque sabíamos que tenía malas pulgas y podía ser
divertido. Por lo visto Palmer le había dicho que tapara la grieta del viejo
sepulcro. Y allí estaba el hombre, diciendo que había hecho el trabajo lo mejor
que sabía; y Palmer le gritaba como un poseso.
—¿A eso llamas tú un trabajo? —dice—. Si tuviera que darte lo que vale
debería echarte a patadas ¿Para qué te crees que te pago un jornal? ¿Qué crees
que puedo decirles al deán y al cabildo entero cuando vengan, como vendrán en
cualquier momento, y vean cómo has puesto de yeso todo el suelo y la chapuza
que has hecho en la grieta?
—Bueno, jefe, yo lo he hecho lo mejor que he podido —dice el hombre—; de
cómo ha podido caerse sé lo mismo que usted. Lo que he hecho es rellenar el
agujero —dice—. No tengo ni idea de cómo se ha caído hacia afuera.
—¿Caerse hacia fuera? —dice el viejo Palmer—, ¡pero si no hay ni pegote
de yeso al pie de las losas! Querrás decir salir despedido —y tomó un poco de
yeso, y yo también, que se había quedado pegado en la reja, a tres o cuatro
pies del sepulcro. Aún no se había secado.
El viejo Palmer lo miró con curiosidad, y a continuación se vuelve hacia
nosotros y dice:
—A ver, chicos, ¿habéis andado jugando vosotros aquí?
—No —digo yo—; yo no, señor Palmer; hasta ahora mismo no hemos estado
aquí ninguno de los dos.
Y mientras yo decía esto el otro chico, Evans, se inclinó a mirar por la
raja; y le oí aspirar de repente, al tiempo que se echaba atrás; y va y dice:
—Creo que ahí dentro hay algo. He visto brillar algo.
—¡Eh, anda ya! —dice el viejo Palmer—. Bueno, no puedo estarme aquí con
los brazos cruzados. Tú, William, trae más yeso y tapa eso ahora mismo; si no,
vamos a tener bronca.
Conque se fue el peón, y Palmer también, y nos quedamos nosotros dos. Y
le digo entonces a Evans:
—¿De verdad has visto algo?
—Sí —dice él—; de verdad.
Y le digo yo:
— Vamos a meter lo que sea para hacer que se mueva.
Intentamos meter varios trozos de madera que había por el suelo, pero
eran todos demasiado grandes. Entonces Evans tomó una partitura que llevaba,
una antífona o un oficio, no recuerdo ya qué era, la enrolló muy apretada y la
metió por la grieta; hurgó dos o tres veces, pero no pasó nada.
—Déjame a mí —dije, y probé una vez.
Tampoco pasó nada. Entonces, no sé por qué, me incliné por el lado
opuesto a la grieta, me metí dos dedos en la boca y pegué un silbido (ya sabe
cómo es),y al pronto me pareció oír que se agitaba algo dentro; y le digo a
Evans:
—Vámonos; esto no me gusta.
—Ah, no —dice él—; déjame la hoja —y la tomó y la volvió a hundir en la
grieta.
Creo que no he visto en mi vida palidecer a nadie como palideció él.
—Worby —dice—; se ha enganchado, o algo la está sujetando.
—Dale un tirón, o suéltala —digo yo—. Venga; y vámonos de aquí.
Conque dio un buen tirón, y la sacó. Al menos casi toda; porque le
faltaba la punta. Se la habían arrancado.
Evans miró la partitura un segundo, la soltó con una especie de gruñido,
y echamos a correr. Una vez fuera dice Evans:
—¿Te has fijado en la punta?
—No —digo yo—; sólo he visto que estaba rota.
—Sí, estaba rota —dice él—; y también mojada y negra.
Bueno; en parte por el miedo que teníamos, y en parte porque la
partitura iba a hacer falta un día o dos después y sabíamos que íbamos a
recibir una buena regañina del organista, no dijimos nada a nadie; y supongo
que los obreros la barrieron al limpiar el suelo. Pero Evans, si me lo hubiese
preguntado usted ese mismo día, siguió empeñado en que el papel tenía mojado y
negro el extremo del trozo arrancado.
Después de eso los chicos evitaron el coro, de manera que Worby no
estaba seguro de cuál fue el resultado de la nueva reparación del sepulcro que
hizo el albañil. Sólo dedujo, por retazos de conversación que le llegaron de
los obreros que andaban por el coro, que habían tenido dificultades, y que el
capataz —o sea el señor Palmer— había tenido que echar una mano. Poco más tarde
vio casualmente al propio señor Palmer llamando a la puerta de la residencia
del deán, y que le abría el mayordomo. Un día después más o menos, por un
comentario que su padre hizo en el desayuno, comprendió que había que hacer
algo no previsto en la catedral después del servicio religioso de la mañana.
—Y me gustaría que fuera hoy —añadió su padre—; no veo por qué hay que
correr riesgos.
—Padre —digo yo—, ¿qué tiene que hacer mañana en la catedral?
Y se volvió hacia mí furioso como no le había visto en mi vida; él, que
era un hombre pacífico por lo general.
—Muchacho —dice—, no quiero que andes escuchando lo que hablan las
personas mayores y superiores; es de mala educación y no está bien. Lo que yo
haga o no haga mañana en la catedral no es asunto tuyo: y como te vea
haraganeando por allí mañana después del trabajo, te mandaré a casa con una
buena tunda. Ahora estás avisado.
Naturalmente dije que lo sentía mucho; y naturalmente también, me fui a
hacer planes con Evans. Sabíamos que había una escalera en el rincón del
crucero por donde se puede subir al triforio, y en aquel entonces la puerta de
esa escalera estaba siempre abierta; incluso sabíamos que la llave estaba
normalmente debajo de una estera que había allí cerca. Así que decidimos que
nos pondríamos a guardar las partituras y demás, a la mañana siguiente,
mientras el resto de los chicos se iba, y después subiríamos en secreto al
triforio para ver desde allí qué hacían.
Bueno, esa misma noche dormía yo como un tronco, como duermen los
chicos, cuando de pronto me despertó el perro metiéndose en la cama. Y pensé:
ahora vas a ver; porque parecía más asustado de lo normal. Conque así fue: a
los pocos momentos empezaron los gritos aquellos. No puedo explicarle cómo
eran. Además, sonaron cerca; más de lo que los había oído hasta entonces; y
cosa curiosa, señor Lake: ya sabe usted el eco que hay en este claustro, sobre
todo si se pone uno al lado de aquí. Bueno, pues los gritos no producían eco
ninguno. Aunque como digo, esa noche sonaban horriblemente cerca. Y encima de
lo que me sobresaltaron, aún me llevé otro susto; porque oí que se movía algo
fuera en el pasillo.
Pensé que estaba perdido; pero noté que el perro parecía animarse un
poco, y a continuación alguien susurró al otro lado de la puerta, y casi me
eché a reír, porque reconocí las voces de mis padres, que habían saltado de la
cama al oír los gritos.
—¿Qué es eso? —dice mi madre.
—¡Chist!, no lo sé —dice mi padre, como con excitación—; vas a despertar
al niño. Espero que no haya oído nada.
El saber que ellos estaban en el pasillo me dio valor; así que bajé de
la cama y fui a mirar por el ventanuco de mi habitación (que da al claustro);
pero el perro se escurrió hasta los pies de la cama, y se asomó. Al principio
no conseguí ver nada. Después, justo abajo en la sombra, al pie de un
contrafuerte, distinguí lo que siempre he dicho que eran dos manchas rojas (de
un rojo apagado), no como las luces de una lámpara, sino que apenas destacaban
del negro de las sombras. No bien acababa de descubrirlas, cuando observé que
no éramos los únicos a los que habían sacado de la cama; porque veo que se
ilumina una ventana de una casa de la izquierda, y que se mueve la luz.
Sólo volví la cabeza un momento a mirar; y cuando quise localizar otra
vez las dos manchas rojas de la sombra habían desaparecido; y por mucho que me
fijé y me concentré, no descubrí ni rastro de ellas. Y entonces me llevé el
último susto de la noche: algo chocó contra mi pierna desnuda... pero no pasaba
nada; era el perro que había abandonado la cama y daba saltitos a mi alrededor
con gran alborozo, aunque sin dar un solo ladrido.
Y el verle así me devolvió el ánimo, otra vez lo volví a la cama ¡y
dormimos de un tirón el resto de la noche!
A la mañana siguiente le confesé a mi madre que había tenido al perro en
mi cuarto; y me sorprendió, después de todas sus advertencias, la tranquilidad
con que se lo tomó.
—¿Ah, sí? —dice—; bueno, en justo castigo deberías quedarte sin
desayunar, por haberlo hecho a mis espaldas; pero no me parece muy grave.
Aunque la próxima vez me pides permiso, ¿me oyes?
Poco después le conté a mi padre que había oído otra vez a los gatos.
—¿A los gatos? —dice; y miró a mi madre.
Y mi madre tosió y dijo:
—¡Ah, sí, los gatos! Creo que yo también los he oído.
Ésa fue una mañana rara; todo parecía salir mal: el organista tuvo que
quedarse en la cama, y el canónigo menor se olvidó de que era día decimonoveno
y estuvo esperando el Venite; poco después el sustituto, que era un menor,
atacó el canto de vísperas, y los niños decanos se reían de tal manera que no
podían cantar; y cuando llegaron a la antífona al solo le entró una risa tonta.
A continuación se dio cuenta de que le salía sangre de la nariz, y me pasó el
libro a mí; yo, que ni había ensayado el versículo, ni mucho menos tenía dotes
de cantor. Bueno, las cosas se pusieron feas hace cincuenta años; y recuerdo
que me gané un pellizco del contratenor, que estaba detrás de mí.
Mal que bien, terminamos como pudimos, y ni los pequeños ni los mayores
esperamos a ver si el canónigo en residencia (que era el señor Henslow) venía a
la sacristía a ponernos un castigo; aunque creo que no fue: él mismo había
leído una homilía equivocada por primera vez en su vida, y lo sabía. Bueno, el
caso es que subimos Evans y yo secretamente al triforio sin ninguna dificultad,
como le he dicho, y al llegar arriba nos tumbamos en un lugar desde donde
podíamos asomar la cabeza justo encima del viejo sepulcro; y no bien lo
habíamos hecho, oímos al sacristán cerrar primero las puertas de hierro del
pórtico, después echar la llave a la puerta sudoeste, y después a la del
crucero, por lo que comprendimos que iban a hacer algo y querían mantener
alejado al público durante un rato.
Entonces entraron el deán y el canónigo por su puerta norte, y
seguidamente vi a mi padre y al viejo Palmer, con un par de los mejores peones.
Palmer estuvo hablando un momento con el deán en el centro del coro; traía una
cuerda y sus dos hombres iban con palancas. Todos parecían algo nerviosos.
Estuvieron hablando, y finalmente oí que decía el deán:
—Bueno, no puedo estarme aquí perdiendo el tiempo, Palmer. Si cree que
esto tranquilizará a la gente de Southminster le doy permiso; pero le voy a
decir una cosa: jamás en toda mi vida he oído una tontería igual a un hombre
con sentido práctico como sé que es usted. ¿No está de acuerdo, Henslow?
Según pude oír, el señor Henslow dijo algo así como:
—Bueno, bueno, señor deán; ¿no se nos ha dicho que no debemos juzgar a
los demás?
Y el deán dio una especie de resoplido, fue derecho al sepulcro y se
situó detrás de él, de espaldas al cancel, y los demás se acercaron
precavidamente. Henslow se quedó en el lado sur y se rascó la barbilla.
Entonces alzó la voz el deán:
—Palmer —dice—, ¿qué será más fácil, quitar la losa de encima, o una de
las laterales?
El viejo Palmer y sus hombres inspeccionaron sin mucho convencimiento el
borde de la losa de encima, y tantearon las paredes sur, este y oeste, todas
menos la norte. Henslow dijo que era mejor intentar quitar las losas de la cara
sur, porque había más luz y más espacio para moverse. Entonces mi padre, que
había estado observándoles, fue al lado norte, se arrodilló, dio unos
golpecitos junto a la grieta, se levantó, se sacudió la rodilla, y dijo al
deán:
—Perdone, señor deán, pero creo que si el señor Palmer prueba con esa
losa verá cómo se desprende con facilidad. Creo que un hombre solo podría
quitarla haciendo palanca en esa grieta.
—¡Ah, gracias, Worby! —dice el deán—. Es una buena idea. Palmer; dígale
a uno de sus hombres que lo intente, ¿quiere?
Se acercó un peón, metió la barra e hizo fuerza; y justo en el instante
en que todos estaban inclinados, y nosotros dos con la cabeza asomada por el
borde del triforio, sonó un estrépito espantoso en el extremo oeste del coro,
como si se precipitara escaleras abajo un montón de vigas. Bueno, no le puedo
contar en un minuto todo lo que ocurrió. Desde luego la conmoción fue terrible.
Oí caer la losa para atrás, el ruido de la barra al dar en el suelo, y al deán
que exclamaba:
—¡Válgame Dios!
Cuando volví a asomarme vi al deán caído en el suelo, a los peones que
salían del coro despavoridos, a Henslow que se inclinaba a ayudar a levantarse
al deán, a Palmer que intentaba detener a sus hombres (según dijo después), y a
mi padre sentado en el peldaño del altar con la cara entre las manos. El deán
estaba muy enfadado.
—Me gustaría que me dijera adónde va, Henslow —dice—. No entiendo por
qué salen todos corriendo al oír caerse unos palos —y no le convenció todo lo
que dijo Henslow, sobre que él sólo iba a ponerse al otro lado del sepulcro.
Entonces regresó Palmer e informó de que no había visto nada que
explicara el estrépito ni había nada que se hubiera caído; y cuando el deán
acabó de tocarse aquí y allá, se congregaron alrededor (salvo mi padre, que
siguió sentado donde estaba), y alguien encendió un cabo de vela y miraron el
interior del sepulcro.
—No hay nada —dice el deán—; ¿qué les había dicho? ¡Un momento! Aquí hay
algo. ¿Qué es esto? Un trozo de partitura y un trozo de tela. Parece parte de
un vestido. Las dos cosas son modernas; no tienen el menor interés. A ver si la
próxima vez siguen el consejo de una persona instruida.
Luego se marchó, cojeando un poco, por la puerta norte. Aunque en el
momento de salir le gritó irritado a Palmer por qué había dejado abierta la
puerta. Y dijo Palmer alzando la voz:
—Lo siento mucho, señor —se encogió de hombros.
Y dice Henslow:
—Creo que el deán se equivoca. He cerrado con llave al entrar; pero está
un poco alterado.
—Bueno, ¿dónde está Worby? —dice Palmer, y al verle sentado en el
peldaño se acercaron a él. Mi padre se estaba recobrando, al parecer, y se
secaba la frente; y Palmer le ayudó a levantarse, cosa que me alegró ver.
Estaban a demasiada distancia para que pudiese oír lo que decían, pero
mi padre señaló hacia la puerta norte de la nave lateral, y Palmer y Henslow
miraron muy sorprendidos y asustados. Poco después, mi padre y Henslow
abandonaron la iglesia, y los demás se apresuraron a colocar la losa otra vez y
sellarla con yeso. Cuando el reloj dio las doce, volvieron a abrir la catedral,
y mi compañero y yo nos dimos prisa en volver a casa. Yo me moría de curiosidad
por saber qué había causado a mi padre aquel desmayo, así que cuando llegué y
le encontré sentado en su silla tomando un vasito de licor, y a mi madre de pie
mirándole con inquietud, no pude contenerme y le confesé dónde había estado.
Pero no pareció sentarle mal; o al menos no se enfadó.
—Así que estabas allí, ¿eh? Bueno; ¿lo has visto?
—Lo he visto todo, padre —dije—; menos lo del ruido.
—¿Has visto lo que ha derribado al deán —dice—, lo que ha salido del
monumento? ¿Lo has visto? ¿No? Menos mal.
—¿Qué era, padre? —dije.
—Vamos, has tenido que verlo —dice él—. ¿De verdad que no? ¿Una
monstruosidad del tamaño de un hombre, toda cubierta de pelo, con unos ojos muy
grandes?
Eso fue todo lo que le pude sacar en aquel momento; más tarde parecía
como avergonzado de haberse asustado, y solía darme excusas cuando le
preguntaba sobre el particular. Pero años después, siendo yo ya mayor, hablamos
más de una vez de eso, y siempre dijo lo mismo.
—Era negro —decía—; como una masa de pelos, con dos piernas; y la luz se
reflejaba en sus ojos.
En fin, señor Lake; ésta es la historia de ese sepulcro. No se la
contamos a los visitantes, y le agradecería que no hiciese uso de ella, al
menos hasta que yo cierre los ojos. No sé si el señor Evans piensa igual, si le
pregunta.
Así era, efectivamente. Pero han pasado más de veinte años, y hace
tiempo que crece la hierba sobre Worby y Evans; de modo que el señor Lake no
tuvo ningún reparo en darme a conocer sus notas —tomadas en 1890—. Iban
acompañadas de un boceto del sepulcro, y una copia de la breve inscripción que
tenía la cruz metálica colocada por encargo del doctor Lyall en el centro de la
cara norte; estaba tomada del la Vulgata, Isaías XXXIV, y sólo tiene tres
palabras:
IBI CUBAVIT LAMIA.
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Montague Rhodes James (1862-1936)

