Libro N° 9981. Los Hechos Sobre El Caso De M. Valdemar. Poe, Edgar Allan.
© Libro N° 9981. Los Hechos Sobre El Caso De M. Valdemar. Poe, Edgar Allan. Emancipación. Junio 4 de 2022.
Título
original: ©
The Facts In The Case Of M. Valdemar,
Edgar Allan Poe (1809-1849)
Versión Original: © Los Hechos Sobre El Caso De M.
Valdemar. Allan Poe
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LOS HECHOS SOBRE EL CASO DE M. VALDEMAR
Edgar Allan Poe
Los
Hechos Sobre El Caso De M. Valdemar.
Edgar
Allan Poe
De ninguna manera me parece sorprendente que el extraordinario caso del
señor Valdemar haya provocado tantas discusiones. Hubiera sido un milagro que
ocurriera lo contrario, especialmente en tales circunstancias. Aunque todos los
participantes deseábamos mantener el asunto alejado del público —al menos por
el momento, o hasta que se nos ofrecieran nuevas oportunidades de
investigación—, a pesar de nuestros esfuerzos no tardó en difundirse una
versión tan espuria como exagerada, que se convirtió en fuente de muchas
desagradables tergiversaciones y, como es natural, de profunda incredulidad. El
momento ha llegado de que yo dé a conocer los hechos —en la medida en que me es
posible comprenderlos—. Helos aquí sucintamente:
Durante los últimos años el estudio del hipnotismo había atraído
repetidamente mi atención. Hace unos nueve meses, se me ocurrió súbitamente que
en la serie de experimentos efectuados hasta ahora existía una omisión tan
curiosa como inexplicable: jamás se había hipnotizado a nadie in articulo
mortis. Quedaba por verse si, en primer lugar, un paciente en esas condiciones
sería susceptible de influencia magnética; segundo, en caso de que lo fuera, si
su estado aumentaría o disminuiría dicha susceptibilidad, y tercero, hasta qué
punto, o por cuánto tiempo, el proceso hipnótico sería capaz de detener la
intrusión de la muerte. Quedaban por aclarar otros puntos, pero éstos eran los
que más excitaban mi curiosidad, sobre todo el último, dada la inmensa
importancia que podían tener sus consecuencias.
Pensando si entre mis relaciones habría algún sujeto que me permitiera
verificar esos puntos, me acordé de mi amigo Ernest Valdemar, renombrado
compilador de la Bibliotheca Forensica y autor (bajo el nom de plume de
Issachar Marx) de las versiones polacas de Wallenstein y Gargantúa. El señor
Valdemar, residente desde 1839 en Harlem, Nueva York, es (o era) especialmente
notable por su extraordinaria delgadez, tanto que sus extremidades inferiores
se parecían mucho a las de John Randolph, y también por la blancura de sus
patillas, en violento contrasté con sus cabellos negros, lo cual llevaba a
suponer con frecuencia que usaba peluca. Tenía un temperamento muy nervioso,
que le convertía en buen sujeto para experiencias hipnóticas. Dos o tres veces
le había adormecido sin gran trabajo, pero me decepcionó no alcanzar otros
resultados que su especial constitución me había hecho prever. Su voluntad no
quedaba nunca bajo mi entero dominio, y, por lo que respecta a la
clarividencia, no se podía confiar en nada de lo que había conseguido con él.
Atribuía yo aquellos fracasos al mal estado de salud de mi amigo. Unos meses
antes de trabar relación con él, los médicos le habían declarado tuberculoso.
El señor Valdemar acostumbraba referirse con toda calma a su próximo fin, como
algo que no cabe ni evitar ni lamentar.
Cuando las ideas a que he aludido se me ocurrieron por primera vez, lo
más natural fue que acudiese a Valdemar. Demasiado bien conocía la serena
filosofía de mi amigo para temer algún escrúpulo de su parte; por lo demás, no
tenía parientes en América que pudieran intervenir para oponerse. Le hablé
francamente del asunto y, para mi sorpresa, noté que se interesaba vivamente.
Digo para mi sorpresa, pues si bien hasta entonces se había prestado libremente
a mis experimentos, jamás demostró el menor interés por lo que yo hacía. Su
enfermedad era de las que permiten un cálculo preciso sobre el momento en que
sobrevendrá la muerte. Convinimos, pues, en que me mandaría llamar veinticuatro
horas antes del momento fijado por sus médicos para su fallecimiento.
Hace más de siete meses que recibí la siguiente nota, de puño y letra de
Valdemar:
Estimado P:
Ya puede usted venir. D... y F... coinciden en que no pasaré de mañana a
medianoche, y me parece que han calculado el tiempo con mucha exactitud.
Valdemar.
Recibí el billete media hora después de escrito, y quince minutos más
tarde estaba en el dormitorio del moribundo. No le había visto en los últimos
diez días y me aterró la espantosa alteración que se había producido en tan
breve intervalo. Su rostro tenía un color plomizo, no había el menor brillo en
los ojos y, tan terrible era su delgadez, que la piel se había abierto en los
pómulos. Expectoraba continuamente y el pulso era casi imperceptible.
Conservaba no obstante una notable claridad mental, y cierta fuerza. Me habló
con toda claridad, tomó algunos calmantes sin ayuda ajena y, en el momento de
entrar en su habitación, le encontré escribiendo unas notas en una libreta. Se
mantenía sentado en el lecho con ayuda de varias almohadas, y estaban a su lado
los doctores D... y F...
Luego de estrechar la mano de Valdemar, llevé aparte a los médicos y les
pedí que me explicaran detalladamente el estado del enfermo. Desde hacía
dieciocho meses, el pulmón izquierdo se hallaba en un estado semióseo o
cartilaginoso, y, como es natural, no funcionaba en absoluto, En su porción
superior el pulmón derecho aparecía parcialmente osificado, mientras la
inferior era tan sólo una masa de tubérculos purulentos que se confundían unos
con otros. Existían varias dilatadas perforaciones y en un punto se había
producido una adherencia permanente a las costillas, Todos estos fenómenos del
lóbulo derecho eran de fecha reciente; la osificación se había operado con
insólita rapidez, ya que un mes antes no existían señales de la misma y la
adherencia sólo había sido comprobable en los últimos tres días. Aparte de la
tuberculosis los médicos sospechaban un aneurisma de la aorta, pero los
síntomas de osificación volvían sumamente difícil un diagnóstico. Ambos
facultativos opinaban que Valdemar moriría hacia la medianoche del día
siguiente (un domingo). Eran ahora las siete de la tarde del sábado.
Al abandonar la cabecera del moribundo para conversar conmigo, los
doctores D... y F... se habían despedido definitivamente de él. No era su
intención volver a verle, pero, a mi pedido, convinieron en examinar al
paciente a las diez de la noche del día siguiente.
Una vez que se fueron, hablé francamente con Valdemar sobre su próximo
fin, y me referí en detalle al experimento que le había propuesto. Nuevamente
se mostró dispuesto, e incluso ansioso por llevarlo a cabo, y me pidió que
comenzara de inmediato. Dos enfermeros, un hombre y una mujer, atendían al
paciente, pero no me sentí autorizado a llevar a cabo una intervención de tal
naturaleza frente a testigos de tan poca responsabilidad en caso de algún
accidente repentino. Aplacé, por tanto, el experimento hasta las ocho de la
noche del día siguiente, cuando la llegada de un estudiante de medicina de mi
conocimiento (el señor Theodore L...l) me libró de toda preocupación. Mi
intención inicial había sido la de esperar a los médicos, pero me vi obligado a
proceder, primeramente por los urgentes pedidos de Valdemar y luego por mi
propia, convicción de que no había un minuto que perder, ya que con toda
evidencia el fin se acercaba rápidamente.
El señor L.I. tuvo la amabilidad de acceder a mi pedido, así como de
tomar nota de todo lo que ocurriera. Lo que voy a relatar ahora procede de sus
apuntes, ya sea en forma condensada o verbatim.
Faltaban cinco minutos para las ocho cuando, después de tomar la mano de
Valdemar, le pedí que manifestara con toda la claridad posible, en presencia de
L.l., que estaba dispuesto a que yo le hipnotizara en el estado en que se
encontraba.
Débil, pero distintamente, el enfermo respondió: «Sí, quiero ser
hipnotizado», agregando de inmediato: «Me temo que sea demasiado tarde.»
Mientras así decía, empecé a efectuar los pases que en las ocasiones
anteriores habían sido más efectivos con él. Sentía indudablemente la
influencia del primer movimiento lateral de mi mano por su frente, pero, aunque
empleé todos mis poderes, me fue imposible lograr otros efectos hasta algunos
minutos después de las diez, cuando llegaron los doctores D... y F..., tal como
lo habían prometido. En pocas palabras les expliqué cuál era mi intención, y,
como no opusieron inconveniente, considerando que el enfermo se hallaba ya en
agonía, continué sin vacilar, cambiando, sin embargo, los pases laterales por
otros verticales y concentrando mi mirada en el ojo derecho del sujeto.
A esta altura su pulso era imperceptible y respiraba entre estertores, a
intervalos de medio minuto.
Esta situación se mantuvo sin variantes durante un cuarto de hora. Al
expirar este período, sin embargo, un suspiro perfectamente natural, aunque muy
profundo, escapó del pecho del moribundo, mientras cesaba la respiración
estertorosa o, mejor dicho, dejaban de percibirse los estertores; en cuanto a
los intervalos de la respiración, siguieron siendo los mismos. Las extremidades
del paciente estaban heladas.
A las once menos cinco, advertí inequívocas señales de influencia
hipnótica. La vidriosa mirada de los ojos fue reemplazada por esa expresión de
intranquilo examen interior que jamás se ve sino en casos de hipnotismo, y
sobre la cual no cabe engañarse. Mediante unos rápidos pases laterales hice
palpitar los párpados, como al acercarse el sueño, y con unos. pocos más los
cerré por completo. No bastaba esto para satisfacerme, sin embargo, sino que
continué vigorosamente mis manipulaciones, poniendo en ellas toda mi voluntad,
hasta que hube logrado la completa rigidez de los miembros del durmiente, a
quien previamente había colocado en la posición que me pareció más cómoda. Las
piernas estaban completamente estiradas; los brazos reposaban en el lecho, a
corta distancia de los flancos. La cabeza había sido ligeramente levantada.
Al dar esto por terminado era ya medianoche y pedí a los presentes que
examinaran el estado de Valdemar. Luego de unas pocas verificaciones,
admitieron que se encontraba en un estado insólitamente perfecto de trance
hipnótico. La curiosidad de ambos médicos se había despertado en sumo grado. El
doctor D... decidió pasar toda la noche a la cabecera del paciente, mientras el
doctor F... se marchaba, con promesa de volver por la mañana temprano. L.l. y
los enfermeros se quedaron.
Dejamos a Valdemar en completa tranquilidad hasta las tres de la
madrugada, hora en que me acerqué y vi que seguía en el mismo estado que al
marcharse el doctor F...; vale decir, yacía en la misma posición y su pulso era
imperceptible. Respiraba sin esfuerzo, aunque casi no se advertía su aliento,
salvo que se aplicara un espejo a los labios. Los ojos estaban cerrados con
naturalidad y las piernas tan rígidas y frías como si fueran de mármol. No
obstante ello, la apariencia general distaba mucho de la de la muerte.
Al acercarme intenté un ligero esfuerzo para influir sobre el brazo
derecho, a fin de que siguiera los movimientos del mío, que movía suavemente
sobre su cuerpo. En esta clase de experimento jamás había logrado buen
resultado con Valdemar, pero ahora, para mi estupefacción, vi que su brazo,
débil pero seguro, seguía todas las direcciones que le señalaba el mío. Me
decidí entonces a intentar un breve diálogo.
—Valdemar..., ¿duerme usted? —pregunté.
No me contestó, pero noté que le temblaban los labios, por lo cual
repetí varias veces la pregunta. A la tercera vez, todo su cuerpo se agitó con
un ligero tem-blor; los párpados se levantaron lo bastante para mostrar una
línea del blanco del ojo; moviéronse lentamente los labios, mientras en un
susurro apenas audi-ble brotaban de ellos estas palabras:
—Sí… ahora duermo. ¡No me despierte! ¡Déjeme morir así!
Palpé los miembros, encontrándolos tan rígidos como antes. Volví a
interrogar al hipnotizado:
—¿Sigue sintiendo dolor en el pecho, Valdemar? La respuesta tardó un
momento y fue aún menos audible que la anterior:
—No sufro... Me estoy muriendo.
No me pareció aconsejable molestarle más por el momento, y no volví a
hablarle hasta la llegada del doctor F..., que arribó poco antes de la salida
del sol y se quedó absolutamente estupefacto al encontrar que el paciente se
hallaba todavía vivo. Luego de tomarle el pulso y acercar un espejo a sus
labios, me pidió que le hablara otra vez, a lo cual accedí.
—Valdemar —dije—. ¿Sigue usted durmiendo? Como la primera vez, pasaron
unos minutos antes de lograr respuesta, y durante el intervalo el moribundo dio
la impresión de estar juntando fuerzas para hablar. A la cuarta repetición de
la pregunta, y con voz que la debilidad volvía casi inaudible, murmuró:
—Sí... Dormido... Muriéndome.
La opinión o, mejor, el deseo de los médicos era que no se arrancase a
Valdemar de su actual estado de aparente tranquilidad hasta que la muerte
sobreviniera, cosa que, según consenso general, sólo podía tardar algunos
minutos. Decidí, sin embargo, hablarle una vez más, limitándome a repetir mi
pregunta anterior.
Mientras lo hacía, un notable cambio se produjo en las facciones del
hipnotizado. Los ojos se abrieron lentamente, aunque las pupilas habían girado
hacia arriba; la piel adquirió una tonalidad cadavérica, más semejante al papel
blanco que al pergamino, y los círculos hécticos, que hasta ese momento se
destacaban fuertemente en el centro de cada mejilla, se apagaron bruscamente.
Empleo estas palabras porque lo instantáneo de su desaparición trajo a mi
memoria la imagen de una bujía que se apaga de un soplo. Al mismo tiempo el
labio superior se replegó, dejando al descubierto los dientes que antes cubría
completamente, mientras la mandíbula inferior caía con un sacudimiento que
todos oímos, dejando la boca abierta de par en par y revelando una lengua
hinchada y ennegrecida. Supongo que todos los presentes estaban acostumbrados a
los horrores de un lecho de muerte, pero la apariencia de Valdemar era tan
espantosa en aquel instante, que se produjo un movimiento general de retroceso.
Comprendo que he llegado ahora a un punto de mi relato en el que el
lector se sentirá movido a una absoluta incredulidad. Me veo, sin embargo,
obligado a continuarlo.
El más imperceptible signo de vitalidad había cesado en Valdemar;
seguros de que estaba muerto lo confiábamos ya a los enfermeros, cuando nos fue
dado observar un fuerte movimiento vibratorio de la lengua. La vibración se
mantuvo aproximadamente durante un minuto. Al cesar, de aquellas abiertas e
inmóviles mandíbulas brotó una voz que sería insensato pretender describir. Es
verdad que existen dos o tres epítetos que cabría aplicarle parcialmente: puedo
decir, por ejemplo, que su sonido era áspero y quebrado, así como hueco. Pero
el todo es indescriptible, por la sencilla razón de que jamás un oído humano ha
percibido resonancias semejantes. Dos características, sin embargo —según lo
pensé en el momento y lo sigo pensando—, pueden ser señaladas como propias de
aquel sonido y dar alguna idea de su calidad extraterrena. En primer término,
la voz parecía llegar a nuestros oídos (por lo menos a los míos) desde larga
distancia, o desde una caverna en la profundidad de la tierra. Segundo, me
produjo la misma sensación (temo que me resultará imposible hacerme entender)
que las materias gelatinosas y viscosas producen en el sentido del tacto.
He hablado al mismo tiempo de «sonido» y de «voz». Quiero decir que el
sonido consistía en un silabeo clarísimo, de una claridad incluso asombrosa y
aterradora. El señor Valdemar hablaba, y era evidente que estaba contestando a
la interrogación formulada por mí unos minutos antes. Como se recordará, le
había preguntado si seguía durmiendo. Y ahora escuché:
—Sí..., No... Estuve durmiendo... y ahora... ahora... estoy muerto.
Ninguno de los presentes pretendió siquiera negar ni reprimir el
inexpresable, estremecedor espanto que aquellas pocas palabras, así
pronunciadas, tenían que producir. L...l, el estudiante, cayó desvanecido. Los
enfermeros escaparon del aposento y fue imposible convencerlos de que
volvieran. Por mi parte, no trataré de comunicar mis propias impresiones al
lector. Durante una hora, silenciosos, sin pronunciar una palabra, nos
esforzamos por reanimar a L...l. Cuando volvió en sí, pudimos dedicarnos a examinar
el estado de Valdemar.
Seguía, en todo sentido, como lo he descrito antes, salvo que el espejo
no proporcionaba ya pruebas de su respiración. Fue inútil que tratáramos de
sangrarlo en el brazo. Debo agregar que éste no obedecía ya a mi voluntad. En
vano me esforcé por hacerle seguir la dirección de mi mano. La única señal de
la influencia hipnótica la constituía ahora el movimiento vibratorio de la
lengua cada vez que volvía a hacer una pregunta a Valdemar. Se diría que
trataba de contestar, pero que carecía ya de voluntad suficiente. Permanecía
insensible a toda pregunta que le formulara cualquiera que no fuese yo, aunque
me esforcé por poner a cada uno de los presentes en relación hipnótica con el
paciente. Creo que con esto he señalado todo lo necesario para que se comprenda
cuál era la condición del hipnotizado en ese momento. Se llamó a nuevos
enfermeros, y a las diez de la mañana abandoné la morada en compañía de ambos
médicos y de L.l.
Volvimos por la tarde a ver al paciente. Su estado seguía siendo el
mismo. Discutimos un rato sobre la conveniencia y posibilidad de despertarlo,
pero poco nos costó llegar a la conclusión de que nada bueno se conseguiría con
eso. Resultaba evidente que hasta ahora, la muerte (o eso que de costumbre se
denomina muerte) había sido detenida por el proceso hipnótico. Parecía claro
que, si despertábamos a Valdemar, lo único que lograríamos sería su inmediato
o, por lo menos, su rápido fallecimiento.
Desde este momento hasta fines de la semana pasada —vale decir, casi
siete meses— continuamos acudiendo diariamente a casa de Valdemar, acompañados
una y otra vez por médicos y otros amigos. Durante todo este tiempo el
hipnotizado se mantuvo exactamente como lo he descrito. Los enfermeros le
atendían continuamente.
Por fin, el viernes pasado resolvimos hacer el experimento de
despertarlo, o tratar de despertarlo probablemente el lamentable resultado del
mismo es el que ha dado lugar a tanta discusión en los círculos privados y a
una opinión pública que no puedo dejar de considerar como injustificada.
A efectos de librar del trance hipnótico al paciente, acudí a los pases
habituales. De entrada resultaron infructuosos. La primera indicación de un
retorno a la vida lo proporcionó el descenso parcial del iris. Como detalle
notable se observó que este descenso de la pupila iba acompañado de un
abundante flujo de icor amarillento, procedente de debajo de los párpados, que
despedía un olor penetrante y fétido.
Alguien me sugirió que tratara de influir sobre el brazo del paciente,
como al comienzo. Lo intenté, sin resultado. Entonces el doctor F... expresó su
deseo de que interrogara al paciente. Así lo hice, con las siguientes palabras:
—Señor Valdemar... ¿puede explicarnos lo que siente y lo que desea?
Instantáneamente reaparecieron los círculos hécticos en las mejillas; la
lengua tembló, o, mejor dicho, rodó violentamente en la boca (aunque las
mandíbulas y los labios siguieron rígidos como antes), y entonces resonó
aquella horrenda voz que he tratado ya de describir:
—¡Por amor de Dios... pronto... pronto... hágame dormir... o
despiérteme... pronto... despiérteme! ¡Le digo que estoy muerto!
Perdí por completo la serenidad y, durante un momento, me quedé sin
saber qué hacer. Por fin, intenté calmar otra vez al paciente, pero al
fracasar, debido a la total suspensión de la voluntad, cambié el procedimiento
y luché con todas mis fuerzas para despertarlo. Pronto me di cuenta de que lo
lograría, o, por lo menos, así me lo imaginé; y estoy seguro de que todos los
asistentes se hallaban preparados para ver despertar al paciente.
Pero lo que realmente ocurrió fue algo para lo cual ningún ser humano
podía estar preparado.
Mientras ejecutaba rápidamente los pases hipnóticos, entre los clamores
de: «¡Muerto! ¡Muerto!», que literalmente explotaban desde la lengua y no desde
los labios del sufriente, bruscamente todo su cuerpo, en el espacio de un
minuto, o aún menos, se encogió, se deshizo… se pudrió entre mis manos. Sobre
el lecho, ante todos los presentes, no quedó más que una masa casi líquida de
repugnante, de abominable putrefacción.
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Edgar Allan Poe (1809-1849)

