Libro N° 9982. El Castillo De Leixlip. Maturin, Charles.
© Libro N° 9982. El Castillo De Leixlip. Maturin, Charles. Emancipación. Junio 4 de 2022.
Título
original: ©
Leixlip Castle; Charles Maturin
(1782-1824)
Versión Original: © El Castillo De Leixlip. Charles
Maturin
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
http://elespejogotico.blogspot.com/2009/08/el-castillo-de-leixlip-charles-maturin.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo:
Portada E.O. de Imagen original:
https://1.bp.blogspot.com/-R9TOFkPFHvU/WaVgMxeEkpI/AAAAAAAAlgA/MvxTtZ4nJK4syB2UVJ1XNoAkGD_0w1vowCLcBGAs/s640/castillo_Leixlip_maturin.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Charles Maturin
El
Castillo De Leixlip
Charles
Maturin
Los incidentes del relato no están basados en hechos; son hechos en sí
mismos, que ocurrieron en una época en mi propia familia. El matrimonio de las
partes, su repentina y misteriosa separación, y su total distanciamiento uno
del otro hasta el último período de su existencia mortal, son todos hechos. No
puedo garantizar la verdad de la solución sobrenatural dada a estos misterios;
pero aun así debo considerar la historia como una muestra de horrores góticos,
y nunca puedo olvidar la impresión que me hizo cuando lo escuché relatar la
primera vez entre muchas otras estremecedoras narraciones del mismo suceso.
Charles Maturin.
La tranquilidad de los Católicos de Irlanda durante los perturbados
períodos de 1715 y 1745 era de lo más admirable, y en cierto modo,
extraordinaria; entrar en un análisis de sus motivos, no es en absoluto el
objeto del escritor de este relato, tal como es más placentero afirmar el hecho
de su honor que, a esta distancia en el tiempo, asignar dudosas razones para
ella. Muchos de ellos, sin embargo, mostraban una especie de secreto disgusto
con el existente estado de cosas, dejando sus residencias familiares y
deambulando como personas que estuvieran dudosas de sus hogares, o posiblemente
confiando más en alguna cercana y afortunada contingencia.
Entre los demás estaba un baronet jacobita, quien, disgustado de su
antipática situación en un barrio Whig (*partido liberal inglés), en el norte
—donde no escuchaba otra cosa que la heroica defensa de Londonderry, las
barbaridades de los generales franceses, y las irresistibles exhortaciones del
piadoso Sr. Walker, un clérigo presbiteriano, a quien los ciudadanos la daban
el título de evangelista—, abandonó su residencia paterna y alrededor del año
1720 alquiló el Castillo Leixlip por tres años (era entonces la propiedad de
los Connolly, que la dejaban a inquilinos), y se trasladó hacia allá con su
familia, que consistía en tres hijas, ya que la madre de las niñas estaba
muerta desde hacía tiempo.
El Castillo de Leixlip, en esa época, poseía una belleza romántica y
grandeza feudal, como pocos edificios en Irlanda pueden mostrar, y el cual está
ahora totalmente borrado por la destrucción de sus nobles bosques. Leixlip,
aunque alrededor de siete millas de Dublín, tiene todo el retirado y pintoresco
carácter que la imaginación podría atribuir a un paisaje a cien millas de, no
sólo la metrópolis, sino de un pueblo inhabitado.
Después de conducir una monótona milla al pasar de Lucan a Leixlip, el
camino de inmediato se abre al puente de Leixlip, casi en ángulo recto, y se
despliega un lujo de paisaje sobre el cual la vista que lo ha contemplado,
incluso en la infancia, se aposenta con regocijada memoria. El puente de
Leixlip, una tosca pero sólida estructura, se proyecta desde un alto banco del
Liffey, y declina hacia el lado opuesto, que descansa notablemente bajo. A la
derecha las plantaciones de la propiedad de Vesey casi entremezclan sus oscuros
bosques en su corriente, con los opuestos de los de Marshfield y St. Catherine.
El río es apenas visible, empequeñecido por el profundo y curvado follaje de
los árboles. A la izquierda explota en toda la refulgencia de la luz, baña los
escalones de los jardines de las casas de Leixlip, discurre alrededor de las
bajas tapias de su campo santo, juega con la embarcación de placer amarrada
bajo los arcos sobre los cuales está levantada la casa de verano del castillo,
y luego se pierde entre los fértiles bosques que alguna vez orillaron los
campos en su misma margen. El contraste en el otro lado, con los exuberantes
paseos, matorrales desparramados, templos asentados sobre pináculos, y malezas
que ocultan la vista del río hasta que se está en los bancos, que marcan el
carácter de los campos que son ahora la propiedad del coronel Marly, es
peculiarmente impactante.
Visible sobre los más altos techos del pueblo, aunque un cuarto de milla
distante de ellos, están las ruinas del Castillo de Confy, una recta, bien
antigua torre de rapiña de los agitados tiempos cuando la sangre era vertida
como agua; y cuando se pasa el puente se alcanza a ver la cascada (o salto de
salmón, como la llaman) en cuyos brillos del mediodía, o su belleza como luz de
luna, probablemente los ásperos habitantes del tiempo en que el Castillo de
Confy era una torre de fortaleza, nunca echaron una mirada o proyectaron un
pensamiento, mientras traqueteaban con sus arreos sobre el puente de Leixlip, o
se abrían camino a través de la corriente antes de que esa comodidad estuviera
en existencia.
Si la soledad en la cual él vivía contribuyó a tranquilizar los
sentimientos de Sir Redmond Blaney, o si éstos habían comenzado a oxidarse por
necesidad de colisión con los de otros, es imposible de decir, pero es seguro
que el buen baronet comenzó gradualmente a perder su tenacidad en asuntos
políticos; y excepto cuando un amigo jacobita concurría a cenar con él, el rey
en la otra orilla o el cura de la parroquia hablaba de las esperanzas de
mejores tiempos y el éxito final de la causa, y la antigua religión; o se
escuchaba a un sirviente jacobita en la soledad de la gran mansión silbar
Charlie es mi favorito, a lo cual Sir Redmond involuntariamente respondía con
una profunda voz de bajo, de alguna forma la peor para el deterioro, y marcaba
con más énfasis que buen tino. Su vida, parecía pasar sin novedades o
esfuerzos. Las calamidades domésticas, también, estrujaban dolorosamente al
anciano caballero: de tres hijas, la más joven, Jane, había desaparecido de tan
extraordinaria manera en su infancia, que aunque no es más que una alocada,
remota tradición familiar, no puedo resistirme a relatarla:
La muchacha era de belleza e inteligencia poco comunes, y estaba
restringida a recorrer las inmediaciones del castillo con la hija de una
sirvienta, que también se llamaba Jane, como un nombre de caricia. Una tarde
Jane Blaney y su compañera se internaron en el bosque. Su ausencia no creó
ninguna inquietud, ya que estas excursiones no eran inusuales, hasta que su
compañera de juegos regresó sola y llorando. Su explicación fue que al
atravesar una senda a cierta distancia del castillo, una vieja, con vestido
fingalliano (un refajo o enagua roja y un largo saco verde), de pronto salió al
camino desde un matorral, y tomó a Jane Blaney por el brazo: tenía en su mano
dos juncos, uno de los cuales arrojó por sobre su hombro, y dando el otro a la
niña, le indicó con la mano que hiciera lo mismo. Su joven compañera,
aterrorizada por lo que veía, estaba ya escapando, cuando Jane Blaney la llamó:
—Adiós, adiós, mucho tiempo pasará antes de que me veas de nuevo.
La chica dijo que entonces desaparecieron, y que ella encontró el camino
a casa como pudo. Una infatigable batida comenzó inmediatamente —se recorrieron
los bosques, se exploraron los matorrales, se secaron los estanques— todo en
vano. La búsqueda y la esperanza se abandonaron al fin. Diez años más tarde, el
ama de llaves de Sir Redmond, habiendo recordado que dejara la llave de un
armario donde se guardaban las golosinas sobre la mesa de la cocina, volvió a
recogerla. Al aproximarse a la puerta escuchó una voz infantil murmurando:
—Frío… frío… frío… cuánto tiempo hace desde que he sentido un fuego.
Ella avanzó, y vio, para su asombro, a Jane Blaney, encogida a la mitad
de su tamaño normal, y cubierta de harapos, acuclillándose sobre los rescoldos
del fuego. El ama de llaves voló de terror del lugar, y alertó a los
sirvientes, pero la visión se había desvanecido. Se reportó que la niña había
sido vista varias veces posteriormente, en forma diminuta, como si no hubiera
crecido una pulgada desde que tenía diez años de edad, y siempre acuclillándose
sobre un fuego, ya sea en la habitación del torreón o en la cocina, quejándose
de frío y hambre, y aparentemente cubierta de harapos. Se dice que su
existencia se prolonga bajo estas deprimentes circunstancias, tan distintas de
aquéllas de Lucy Gray en la hermosa balada de Wordsworth:
Y aun alguien dirá, que hasta el día de hoy
ella es una niña viviente…
Que han encontrado a la dulce Lucy Gray
en la yerma estepa;
Sobre lo agreste y lo suave ella marcha,
y nunca mira atrás;
y tararea una solitaria canción
que silba en el viento.
El destino de la hermana mayor fue más melancólico, aunque menos
extraordinario. Estaba comprometida con un caballero de calificada fortuna e
irreprochable carácter: era católico, además; y Sir Redmond Blaney refrendó las
cláusulas del matrimonio, en total satisfacción de la seguridad del alma de su
hija, tanto como de sus bienes parafernales. La boda fue celebrada en el
Castillo de Leixlip, y después de que los novios se hubieran retirado, los
invitados no obstante permanecieron bebiendo a la salud de su futura felicidad,
cuando de repente, para gran alarma de Sir Redmond y sus amigos, se escucharon
fuertes y penetrantes gritos, emitidos desde la parte del castillo en la cual
estaba situada la cámara nupcial.
Algunos de los más valientes se apresuraron escaleras arriba. Era
demasiado tarde… el desventurado novio había estallado, en esa noche fatal, en
un repentino y de lo más horrible paroxismo de locura. La mutilada forma de la
infortunada y agonizante dama daba testimonio de la mortal virulencia con la
cual la enfermedad había operado en el infeliz esposo, que se mató luego del
involuntario asesinato de su consorte. Los cuerpos fueron enterrados tan pronto
como la decencia lo permitió, y la historia se silenció.
Las esperanzas de Sir Redmond sobre el rescate de Jane fueron
disminuyendo cada día, aunque todavía continuaba escuchando cada descabellado
relato contado por las domésticas; y se suponía que toda su dedicación estaba
ahora dirigida hacia su única hija sobreviviente. Anne, viviendo en soledad, y
tomando parte solamente de la muy limitada educación de las mujeres irlandesas
de ese tiempo, fue abandonada más que nada a los sirvientes, entre quienes
incrementó su gusto por los horrores supersticiosos y sobrenaturales, a un
grado que tuviera el más desastroso efecto en su vida futura.
Entre los numerosos lacayos del castillo, se encontraba una marchita
vieja, que había sido niñera de la madre de la finada Lady Blaney, y cuya
memoria era un completo Thesaurus terrorum. El misterioso destino de Jane
primero alentó a su hermana a escuchar los disparatados cuentos de esta arpía,
que aseveraba que una vez vio a la fugitiva de pie frente al retrato de su
madre muerta en uno de los aposentos del castillo, y murmurando para sí misma:
—¡Pobre de mí, pobre de mí! ¡Nunca mi madre pensó que su diminuta Jane
se convertiría en lo que es!
Pero a medida que Anne crecía comenzó a “inclinarse más seriamente” a
las promesas de la vieja bruja de que ella podría mostrarle a su futuro
prometido, luego de la ejecución de ciertas ceremonias, las cuales a ella al
principio le disgustaban, como horribles e impías. Pero finalmente, bajo la
repetida instigación de la vieja, consintió en tomar parte. El período fijado
para la realización de estos ritos no consagrados estaba a la sazón
aproximándose —era cerca del 31 de octubre—; la memorable noche cuando tales
ceremonias eran, y todavía se suponen que son, en el norte de Irlanda, más
potentes en sus efectos.
Durante todo el día la vieja bruja tuvo cuidado de reducir la mente de
la joven damita al apropiado tono de sumisa y vacilante credulidad, con todas
las horribles historias que pudo relatar; y las narró con aterradora y
sobrenatural energía. A esta mujer la familia la llamaba Collogue, un nombre
equivalente a Chisme en Inglaterra, o Bruja en Escocia (aunque su nombre real
era Bridget Dease); y ella convalidaba el sobrenombre a través del ejercicio de
una incansable locuacidad, una infatigable memoria y un ensañamiento por
comunicar e infligir terror, que no tenía piedad de ninguna víctima en la casa,
desde el palafrenero, a quien mandaba temblando a su manta, hasta la Dama del
Castillo, sobre quien sentía que tenía ilimitada influencia.
El 31 de octubre llegó —el castillo estaba perfectamente calmo antes de
las once—. Media hora después, la Collogue y Anne Blaney eran vistas
deslizándose a lo largo de un pasadizo que las dirigía a lo que se llama la
Torre del Rey John, donde se dice que el monarca recibió el homenaje del
príncipe irlandés como Señor de Irlanda y el cual era, en todo caso, la parte
más antigua de la estructura.
La Collogue abrió una pequeña puerta con una llave que había ocultado
entre sus ropas, y urgió a la joven a que se apurase. Anne avanzó hacia el
postigo y permaneció de pie allí, irresoluta y temblando como una tímida
bañista a la vera de un arroyo desconocido. Era una oscura noche otoñal. Un
fuerte viento suspiraba entre los bosques del castillo, e inclinaba las ramas
de los árboles más bajos casi hasta las olas del Liffey, el cual, crecido por
las recientes lluvias, luchaba y rugía entre las piedras que obstruían su
cauce. La pronunciada pendiente desde el castillo se extendía frente a ella,
con su oscura avenida de olmos. Unas pocas luces todavía brillaban en el
pequeño pueblo de Leixlip, pero por lo tardío de la hora era probable que
pronto se extinguieran.
La dama se demoró.
—¿Y debo ir sola? —dijo, anticipando que los terrores de su espantosa
excursión podrían ser agravados por su más espantoso propósito.
—Debéis, o todo será arruinado —dijo la vieja, oscureciendo la miserable
luz, que no extendía su influencia más de seis pulgadas en el camino de la
víctima—. Debéis ir sola… y yo vigilaré por ti aquí, querida, hasta que
vuelvas, y veas entonces lo que vendrá a ti a las doce en punto.
La infortunada muchacha hizo una pausa.
—¡Oh! Collogue, Collogue, si tan solo vinieras conmigo. ¡Oh! Collogue,
ven conmigo, aunque más no sea hasta el final de la cuesta del castillo.
—Si yo fuera contigo, querida, nunca alcanzaríamos vivas de nuevo su
cima, porque los que están cerca nos desgarrarían en pedazos.
—¡Oh! Collogue, Collogue… déjame volver entonces, e ir a mi cuarto… he
ido demasiado lejos y he hecho demasiado.
—Y eso es lo que tienes, querida, y por eso debes ir más lejos, y
todavía hacer más, no sea que, cuando regreses a tu cuarto, vieres la imitación
de alguien en vez de un apuesto y joven novio.
La joven dama miró a su alrededor por un momento, el terror y una
indómita esperanza tremolando en su corazón. Entonces, con un repentino impulso
de coraje sobrenatural, se lanzó como un pájaro desde la terraza del castillo.
El revoloteo de sus blancas prendas fue visto por unos pocos momentos, y luego
la vieja bruja, que había estado oscureciendo el parpadeo de la luz con una
mano, echó el cerrojo al postigo, y ubicando la vela delante de una tronera
vidriada, se sentó sobre una silla de piedra a la entrada de la torre, para
mirar la ocurrencia del hechizo. Pasó una hora antes de que la joven dama
regresara. Su rostro estaba pálido y sus ojos fijos como los de un cuerpo
muerto, pero sostenía en su puño una vestidura chorreante, una prueba de que su
diligencia había sido ejecutada.
Se arrojó a las manos de su compañera, y luego permaneció de pie,
resoplando y mirando enloquecidamente a su alrededor, como si no supiera dónde
estaba. La propia vieja se aterrorizó ante el insano y jadeante estado de su
víctima, y la llevó apresuradamente a su cámara; pero aquí, las preparaciones
de las terribles ceremonias de la noche fueron los primeros objetos que la
impresionaron, y estremeciéndose a la vista de ellas, se cubrió los ojos con
las manos, y se paró firmemente clavada en el centro de la habitación.
Se necesitaron todas las persuasiones de la vieja (ayudada incluso por
misteriosas amenazas), combinada con las facultades que retornaban y la
renacida curiosidad de la pobre chica, para persuadirla de pasar por los
asuntos pendientes de la noche. Al final, dijo como presa de desesperación:
—Lo llevaré a cabo: pero en la habitación de al lado; y si lo que temo
pasa, haré sonar la pequeña campana de plata de mi padre, que me he procurado
por esta noche… y si tienes un alma para ser salvada, Collogue, ven a mí con el
primer sonido.
La vieja prometió, le dio sus últimas instrucciones con ferviente y
celosa minuciosidad, y luego se retiró a su propio cuarto, que era adyacente al
de la joven. La vela se había consumido, pero removió las ascuas del fuego de
turba, y se sentó, dando cabezadas sobre ellas, alisando el camastro de vez en
cuando, pero resolvió no acostarse mientras existiera la posibilidad de un
sonido del cuarto de la damita, el cual ella misma, marchitos como estaban sus
sentimientos, esperaba con una mezcla de ansiedad y terror.
Era ya muy pasada la medianoche, y todo estaba en silencio sepulcral en
el castillo. La vieja bruja dormitaba sobre los rescoldos hasta que su cabeza
tocó sus rodillas, entonces se incorporó cuando el sonido de la campana pareció
tintinear en sus oídos, luego dormitó otra vez, y de nuevo se incorporó cuando
la campana pareció tintinear más claramente. De pronto se despertó, no por la
campana, sino por los más agudos y horribles gritos de la cámara vecina. La
Collogue, consternada por primera vez por las posibles consecuencias de la
fechoría que podría haber ocasionado, se apresuró a ir al dormitorio. Anne
estaba con convulsiones, y la vieja se vio obligada, con desagrado, a llamar al
ama de llaves (quitando mientras tanto los implementos de la ceremonia), y a
ayudar a poner en práctica todos los específicos conocidos de esa época; plumas
quemadas, etc., para reestablecerla. Cuando al fin lo hubieron logrado, el ama
de llaves fue despedida, se trancó la puerta, y la Collogue quedó a solas con
Anne. El asunto de su sesión podría haber sido adivinado, pero no fue conocido
hasta muchos años más tarde. Pero Anne esa noche sostenía en su mano, en la
forma de un arma, con cuya utilización ninguna de ellas estaba al corriente,
una evidencia de que su cuarto había sido visitado por un ser fuera de este
mundo.
La vieja le importunó con peticiones de destruir esta evidencia, o
tirarla: pero ella insistió con fatal tenacidad en conservarla. La guardó bajo
llave, sin embargo, inmediatamente, y parecía pensar que había adquirido un
derecho, ya que había lidiado tan espantosamente con los misterios de la vida
futura, a saber todos los secretos a cuyos descubrimientos esa arma aún podría
conducir. Pero desde esa noche se notó que su carácter, sus modales, y aun su
aspecto, se alteraron. Se volvió adusta y solitaria, engurruñada a la vista de
sus antiguas compañeras, e imperativamente prohibió la menor alusión a las
circunstancias que habían ocasionado este misterioso cambio.
Fue unos pocos días subsiguientes a este suceso que Anne, que después
del almuerzo había dejado al capellán leyendo la vida de San Francisco Xavier a
Sir Redmond, y se había retirado a su propio cuarto a trabajar, y, quizás, a
meditar, se sorprendió al escuchar la campana del portón exterior repiquetear
fuerte y repetidamente —un sonido que nunca había escuchado desde su primera
estadía en el castillo, ya que los pocos invitados que concurrían allí, venían
y partían tan calladamente como los humildes visitantes de un gran hombre
generalmente lo hacen—. Al instante cabalgó por la avenida de olmos, que ya
hemos mencionado, un imponente caballero, seguido de cuatro sirvientes, todos
montados, los dos primeros con pistolas en sus fundas, y los dos últimos cargando
talegos de montura delante de ellos: aunque era la primera semana de noviembre,
siendo la hora del almuerzo la una en punto, Anne tenía suficiente luz como
para notar todas estas circunstancias.
El arribo del extraño parecía causar mucho (aunque no mal recibido)
tumulto en el castillo; las órdenes se daban fuerte y apremiantemente para el
alojamiento de sirvientes y caballos —se escucharon pasos recorriendo los
pasadizos por una hora entera— y luego todo estuvo quieto; y se dijo que Sir
Redmond había cerrado con llave con su propia mano la puerta de la sala donde
él y el extraño se sentaron, y pidió que nadie se atreviera a acercarse.
Alrededor de dos horas más tarde, una sirvienta vino con órdenes de su amo, de
tener lista una abundante cena a las ocho en punto, en la cual deseaba la
presencia de su hija.
El establecimiento familiar estaba en un buen nivel, para una casa
irlandesa, y Anne solamente tuvo que descender a la cocina para ordenar que los
pollos asados estuvieran bien cubiertos de azúcar negra de acuerdo a la
refinada moda de aquellos días, para inspeccionar la mezcla del bol de sagú con
su ración de una botella de oporto y un buen puñado de las más ricas especias,
y para ordenar particularmente que el pudín de arvejas tuviera un enorme trozo
de manteca salada fría en el centro; y luego, sus preocupaciones de menaje
terminadas, para retirarse a su cuarto y vestirse para la ocasión con un largo
traje de noche blanco adamascado.
A las ocho en punto fue mandada llamar al comedor. Entró, de acuerdo a
la moda de la época, con el primer plato; pero al atravesar la antesala, donde
los sirvientes estaban sosteniendo luces y cargando los platos, le tiraron
bruscamente de las mangas, y la fantasmal cara de la Collogue se arrimó a la de
ella, mientras murmuraba:
—¿No dije que vendría por ti, querida?
A Anne se le heló la sangre, pero avanzó, saludó a su padre y al
desconocido con dos profundas y marcadas reverencias, y luego tomó su lugar a
la mesa. Sus sentimientos de pasmo y quizá de terror por el susurro de su
aliada, no se vieron disminuidos por la aparición del extraño; hubo una
singular y muda solemnidad en su comportamiento durante la cena. Él no comió
nada. Sir Redmond parecía embarazado, sombrío y pensativo. Al fin, comenzando,
dijo (sin mencionar el nombre del desconocido):
—¿Beberá a la salud de mi hija?
El extraño dio a entender su buena voluntad de tener ese honor, pero
distraídamente llenó su copa con agua; Anne puso unas pocas gotas de vino en la
de ella y se inclinó hacia él. En ese momento, por primera vez desde que se
habían conocido, ella contempló su rostro: era pálido como el de un cadáver. La
blancura mortal de sus mejillas y labios, el hueco y distante sonido de su voz,
y el extraño brillo de sus grandes y oscuros ojos inmóviles, fuertemente fijos
en ella, la hizo detenerse e inclusive temblar mientras llevaba la copa a sus
labios; la bajó, y luego con otra silenciosa reverencia se retiró a su cámara.
Allí encontró a Bridget Dease, ocupada en recoger la turba que ardía en
la chimenea, ya que no había ninguna rejilla en el aposento.
—¿Por qué estás tú aquí? —dijo ella impacientemente.
La vieja se volvió, con un espantoso rictus de satisfacción.
—¿No te dije que él vendría por ti?
—Creo que por eso ha venido —dijo la infortunada muchacha, hundiéndose
en la enorme silla de mimbre al lado de su cama—, ya que nunca vi un mortal con
tal apariencia.
—¿Pero no es un fino y majestuoso caballero? —prosiguió la vieja.
—Luce como si no fuera de este mundo —dijo Anne.
—De este mundo, o del próximo —dijo la vieja, levantando su huesudo dedo
índice—. Atención a mis palabras… tan cierto como el… (aquí repitió algunas de
las horribles fórmulas del 31 de octubre)… así también es seguro que él será tu
prometido.
—Entonces seré la novia de un cadáver —dijo Anne—, ya que el que vi esta
noche no es un hombre vivo.
Transcurrieron dos semanas, y ya sea que Anne se reconcilió con las
facciones que las había considerado tan espectrales, al descubrir que ellas
eran las más agraciadas que había contemplado jamás, y que la voz, cuyo sonido
al principio era tan extraño y sobrenatural, se redujo a un tono de lastimera
blandura cuando se dirigía a ella o si es imposible para dos jóvenes con
corazones disponibles encontrarse en el campo —y encontrarse seguido, para
observar silenciosamente el mismo arroyuelo, vagar bajo los mismos árboles y
escuchar juntos el viento que bate las ramas— sin experimentar una asimilación
de sentimientos rápidamente deviniendo en una asimilación de gustos; o si fue
por todas estas causas combinadas, pero en menos de un mes Anne oyó la
declaración de la pasión del extranjero con mucho sonrojo, aunque sin un
suspiro. Entonces declaró su nombre y posición. Afirmó ser un baronet escocés,
con el nombre de Sir Richard Maxwell. Adversidades familiares lo habían
separado de su país, y habían excluido para siempre la posibilidad de su
retorno: había trasladado sus pertenencias a Irlanda, y se proponía fijar su
residencia allí de por vida. Tal fue su declaración.
El galanteo de esos días era breve y simple. Anne se convirtió en esposa
de Sir Richard, y, creo, residieron con su padre hasta su muerte, cuando se
mudaron a sus propiedades en el norte. Allí permanecieron por muchos años, en
tranquilidad y felicidad, y tuvieron una numerosa familia. La conducta de Sir
Richard estuvo marcada por dos peculiaridades: no sólo rehuía toda
comunicación, sino la vista de cualquiera de sus compatriotas, y si llegaba a
escuchar que un escocés había llegado al pueblo vecino, se encerraba hasta
estar seguro de la partida del extranjero.
La otra era su costumbre de retirarse a su propia cámara, y permanecer
invisible para su familia en el aniversario del 31 de octubre. La señora, que
tenía sus propias asociaciones con relación a ese período, solamente le
preguntó una vez sobre la razón de su encierro, y entonces, solemne e incluso
severamente, se le ordenó nunca repetir sus averiguaciones. Así estaban las
cosas, en cierto sentido, de forma extraña, pero no desgraciada, cuando de
súbito, sin ninguna causa asignada o asignable, Sir Richard y Lady Maxwell se
separaron, y nunca más se encontraron en este mundo, ni a ella le fue permitido
ver a ninguno de sus hijos hasta el momento de su muerte. Él continuó viviendo
en la mansión familiar y ella fijó su residencia con un pariente lejano en una remota
parte del país. Tan total fue su desunión, que el nombre de ambos nunca fue
escuchado filtrarse por los labios del otro, desde el momento de la separación
hasta el de la desintegración.
Lady Maxwell sobrevivió a Sir Richard cuarenta años, viviendo hasta la
edad de noventa y seis años; y de acuerdo con una promesa previamente dada,
reveló a un descendiente con quien ella había vivido las siguientes
extraordinarias circunstancias.
Dijo que en la noche del 31 de octubre, alrededor de setenta y cinco
años antes, a instigaciones y malos consejos de su asistente, había lavado una
de sus prendas en un lugar donde confluían cuatro arroyos, y había llevado a
cabo otras ceremonias no consagradas bajo la dirección de la Collogue, con la
esperanza de que su futuro marido se le apareciera en su cámara a las doce en
punto de esa noche. El momento crítico llegó, pero no en forma de un amante.
Una visión de indescriptible horror se acercó a su cama, y arrojándole un arma
de hierro de una forma y construcción desconocida para ella, le ordenó que
“reconociera a su futuro marido por eso”. Los terrores de esta visita pronto la
privaron de sus sentidos; pero con su recuperación, insistió, como ha sido
dicho, en conservar la hórrida prueba de la realidad de la visión, la cual,
puesta bajo examen, resultó estar incrustada con sangre.
Permaneció escondida en el cajón más interno de su armario hasta la
mañana de la separación. Esa mañana, Sir Richard Maxwell se levantó antes de
amanecer para sumarse a una partida de caza. Precisaba un cuchillo para algún
propósito casual, y habiendo perdido el suyo, llamó a Lady Maxwell, que todavía
estaba acostada, para que le prestara uno. La señora, que estaba medio dormida,
respondió que en tal cajón de su armario lo encontraría. Él fue, sin embargo, a
otro, y al instante siguiente ella estaba totalmente despierta al ver a su
marido presentando la terrible arma en su garganta, y amenazándola con una
muerte instantánea a menos que le revelara cómo la había conseguido. Ella
suplicó por su vida, y luego, en una agonía de horror y contrición, le contó la
historia de aquella memorable noche. Él la miró por un momento con un semblante
al que la furia, el odio y la desesperación convertían, como ella admitió, en
un símil viviente de la faz de demonio que alguna vez había contemplado (tan
singularmente fue cumplida la semejanza predestinada), y luego exclamando “Me
conseguiste con la ayuda del diablo, pero no me conservarás por mucho tiempo”,
la dejó, para no encontrarse ya en este mundo.
El secreto de su marido no era desconocido para la señora, aunque los
medios por los cuales los poseyó eran completamente injustificables. Su
curiosidad había sido fuertemente excitada por la aversión de su marido a sus
compatriotas, y tanto fue así —estimulada por la llegada de un caballero
escocés en las vecindades algún tiempo antes, quien se declaró antiguo conocido
de Sir Richard, y habló misteriosamente de las causas que lo habían llevado
fuera de su país—, que ella se dio maña para obtener una entrevista con él bajo
un nombre falso, y obtuvo de él el conocimiento de circunstancias que amargaran
su vida venidera hasta su última hora. Su historia fue esta:
Sir Richard Maxwell estaba en mortal contienda con un hermano menor. Se
propuso una fiesta familiar para reconciliarlos, y como el uso de cuchillos y
tenedores era entonces desconocido en las Tierras Altas, los comensales se
reunieron con sus puñales con el propósito de trinchar. Bebieron de firme. La
fiesta, en vez de armonizar, comenzó a inflamar sus espíritus; se renovaron las
cuestiones de viejo antagonismo; las manos, que al principio tanteaban las
armas en desafío, las desenvainaron al fin en furia, y en la refriega Sir
Richard hirió mortalmente a su hermano. Su vida fue salvada con dificultad de
la venganza del clan, y fue llevado deprisa hacia la costa del mar, cerca de la
cual se erigía la casa, y se escondió allí hasta que se pudo conseguir una nave
para conducirlo a Irlanda.
Embarcó en la noche del 31 de octubre, y mientras estaba atravesando la
cubierta en indecible agonía de espíritu, su mano tocó accidentalmente el puñal
que inconscientemente había llevado desde la noche fatal. Lo desenvainó, y
rogando “que la culpa de la sangre de su hermano estuviera tan lejos de su
alma, como pudiera arrojar el arma de su cuerpo,” lo lanzó por el aire con
todas su fuerzas. Este instrumento encontró él oculto en el armario de la
señora, y si realmente le creyó a ella que tomó posesión de él por medios
sobrenaturales, o si temió que su esposa fuera un testigo secreto de su crimen,
no ha sido determinado.
La separación tuvo lugar con el descubrimiento. Por lo demás, desconozco
cuál pueda ser la verdad fundada, cuento la historia tal como a mí me fue
contada.
___________________________
Charles Maturin (1782-1824)

