Libro N° 9962. El Brazo Marchito. Hardy, Thomas.
© Libro N° 9962. El Brazo Marchito. Hardy, Thomas. Emancipación. Mayo 28 de 2022.
Título
original: ©
The Withered Arm, Thomas Hardy
(1840-1928)
Versión Original: © El Brazo Marchito. Thomas Hardy
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Thomas Hardy
El Brazo
Marchito
Thomas
Hardy
I. Una lechera abandonada.
Era una granja de ochenta vacas, y toda la tropa de ordeñadores, los
permanentes y los provisionales, estaban trabajando; porque, a pesar de que la
época del año no era aún sino primeros de abril, el alimento crecía ya
abundante en los pastizales, y las vacas estaban «llenando los cubos hasta los
topes». La hora era alrededor de las seis de la tarde y, habiendo ya terminado
con tres cuartos de los grandes, rojos, rectangulares animales, había ocasión
de charlar un poco.
–He oído decir que mañana se trae a la novia a casa. Hoy han llegado a
Anglebury.
La voz parecía salir del vientre de la vaca llamada «Cherry», pero la
que hablaba era una ordeñadora que tenía la cara hundida en el costado de aquel
plácido animal.
–¿La ha visto ya alguien? –dijo otra.
La primera respondió negativamente.
–Pero dicen que es una muchachita de mejillas sonrosadas que parece una
flor –añadió; y, mientras hablaba, la ordeñadora volvió la cabeza para poder
mirar, por encima del rabo de la vaca, al otro extremo del establo, donde una
mujer de unos treinta años, delgada y desvaída, estaba ordeñando, algo apartada
de los demás.
–Dicen que es varios años más joven que él –prosiguió la segunda,
lanzando, asimismo, una mirada llena de intención en aquella dirección.
–¿Cuántos años le echas a él?
–Unos treinta o así.
–Más bien unos cuarenta –intervino un viejo ordeñador que estaba cerca,
con un largo delantal o mandil blanco y el ala del sombrero echada hacia abajo
y atada, de tal forma que parecía una mujer–. Nació antes de que se construyera
la gran presa, y yo no tenía jornal de hombre cuando sacaba agua de allí.
La discusión se hizo tan acalorada que el murmullo de los chorros de
leche se hizo espasmódico, hasta q una voz que salió del vientre de otra vaca
gritó con autoridad.
–¡Ya está bien! ¿Qué diablos nos importa a nosotros la edad del granjero
Lodge o la nueva mujer del granjero Lodge? Tendré que pagarle nueve libras al
año por el alquiler de cada una de estas vacas lecheras, sea la que sea su edad
o la de ella. Seguid con vuestro trabajo o se nos hará de noche antes de que
hayamos terminado. Ya se está poniendo rosa el cielo.
El que así habló era el dueño de la vaquería en persona, el que daba
empleo a los ordeñadores. Ya no se dijo nada más acerca de la boda del granjero
Lodge en voz alta, pero la primera mujer le susurró, por debajo de la vaca, a
su vecina más próxima:
–Es muy duro para ella –refiriéndose a la lechera flaca y ajada, antes
mencionada.
–Oh, no –dijo la segunda–. Hace varios años que él no se habla con Rhoda
Brook.
Cuando acabaron de ordeñar lavaron los cubos y los colgaron de una
especie de perchero con muchos ganchos, hecho, como era de costumbre, de la
rama descortezada de un roble puesta verticalmente sobre el suelo: parecía una
descomunal asta de ciervo. Después, la mayoría se dispersó por diferentes
direcciones hacia sus casas. Un muchacho de unos doce años recogió a la mujer
delgada, que no había dicho nada, y los dos se fueron también, campo arriba. La
ruta que siguieron estaba apartada de las que seguían los demás y conducía a un
paraje solitario que estaba más arriba de los pastizales y no lejos de los
confines del erial de Egdon, cuyo oscuro perfil podían ver en la lejanía al
acercarse a casa.
–Acaban de decir en el establo que tu padre se trae mañana a casa a su
joven esposa desde Anglebury –comentó la mujer–. Quiero que vayas al mercado a
comprar unas cuantas cosas, y seguro que te los encontrarás.
–Sí, madre –dijo el muchacho–. Entonces, ¿se ha casado padre?
–Sí...; podrás echarle un vistazo a ella y decirme cómo es, si la ves.
–Sí, madre.
–Si es morena o rubia, y si es alta..., tan alta como yo. Y si tiene
aspecto de ser una mujer que ha trabajado siempre para ganarse la vida o de una
que siempre ha tenido dinero y nunca ha hecho nada, y si tiene aire de dama,
como espero que tenga.
–Sí.
Treparon por la colina bajo la luz del crepúsculo y entraron en la
cabaña. Los muros eran de barro; muchas lluvias habían bañado sus superficies,
produciendo en ellos canalillos y depresiones que hacían invisibles las lisas
fachadas originales; mientras que aquí y allá, en la barda que hacía las veces
de tejado, sobresalía una viga como un hueso que asoma entre la piel. Ella se
arrodilló junto a la chimenea, delante de dos matojos de turba puestos juntos
con brezos en medio; los encendió y sopló las cenizas candentes hasta que la
turba ardió. El resplandor iluminó sus pálidas mejillas e hizo que sus ojos
oscuros, que una vez habían sido hermosos, parecieran hermosos otra vez.
–Sí –prosiguió–, mira si es morena o rubia, y si puedes, fíjate en si
sus manos son blancas; si no lo son, m ira a ver si son como las de la mujer
que siempre ha hecho faenas caseras únicamente, o si son manos de lechera, como
las mías.
El muchacho volvió a asentir, esta vez sin prestar atención, y sin que
su madre se diera cuenta de que estaba haciendo, con su navaja, una incisión en
la silla con respaldo de madera de haya.
II. La joven esposa.
La carretera que va de Anglebury a Holmstoke es llana en general; pero
hay un lugar en el que una brusca elevación rompe su monotonía. Los granjeros
que regresan a casa desde el mercado del pueblo mencionado en primer lugar, que
hacen trotar a sus caballos durante el resto del camino, les hacen ir al paso
durante esta breve cuesta o pendiente.
Al día siguiente por la tarde, cuando el sol aún resplandecía, un
soberbio birlocho nuevo de color limón y ruedas rojas iba por la llana
carretera en dirección oeste tirado por una poderosa yegua. El conductor era un
pequeño terrateniente de edad viril, pulcramente afeitado como un actor, y su
rostro tenía esa tonalidad bermejo azulada que con tanta frecuencia agracia las
facciones de los granjeros prósperos cuando van de vuelta a sus casas después
de haber hecho un buen negocio en la ciudad. A su lado iba sentada una mujer
bastantes años más joven que él –casi, de hecho, una muchacha–. También su cara
tenía buen color, pero era de una calidad totalmente distinta: suave y
evanescente, como la luz a través de un puñado de pétalos de rosa.
Poca gente viajaba por aquel camino, pues la carretera no era principal;
y la larga faja blanca de gravilla que se extendía ante los ojos de la pareja
estaba vacía excepto por una pequeña mancha en el horizonte que apenas se
movía, y que al cabo de unos instantes se reveló como la figura de un muchacho,
que subía a paso de caracol y miraba hacia atrás continuamente, llevando un
pesado bulto que era el pretexto, si no la causa, de su dilación. Cuando los
ocupantes del oscilante birlocho aminoraron la marcha al principio de la cuesta
ya mencionada, el caminante estaba sólo unas pocas yardas delante de ellos.
Sujetó el enorme bulto poniéndose una mano sobre la cadera y se volvió para
mirar fijamente a la mujer del granjero, como si estuviera leyendo a través de
ella, mientras seguía caminando, de lado junto al caballo.
El sol poniente daba de lleno en la cara de la joven, haciendo que cada
rasgo, cada sombra, cada perfil, fuera claro y preciso, desde la curva de su
naricilla hasta el color de sus ojos. El granjero, aunque pareció sentirse
molesto por la insistente presencia del muchacho, no le ordenó que se quitara
de en medio; y así el chico les fue precediendo, sin dejar nunca de escudriñar
a la dama, hasta que llegaron a la cima de la elevación, donde el granjero hizo
trotar a la yegua con cierta expresión de alivio en el rostro –si bien, en
apariencia, no le había hecho al muchacho el menor caso.
–¡De qué manera tan fija me miraba ese pobre chico! –dijo la joven
esposa.
–Sí, querida; ya me he fijado.
–Supongo que será del pueblo, ¿no?
–Es de la vecindad. Creo que vive con su madre a una o dos millas del
pueblo.
–Sabe quiénes somos, ¿verdad?
–Sí, claro. Tienes que acostumbrarte a que te miren fijamente al
principio, mi preciosa Gertrude.
–Ya lo estoy... aunque tal vez el pobre chico nos haya mirado con la
esperanza de que le aligerásemos de su pesada carga, más que por curiosidad.
–Oh, no –dijo su marido con naturalidad–. Estos chicos del campo cargan
con un quintal una vez que se lo han echado sobre la espalda; además, su fardo
tenía más volumen que peso. Bueno, otra milla más y te podré mostrar nuestra
casa desde lejos, si para cuando lleguemos allí no ha oscurecido demasiado.
Las ruedas siguieron girando, y las piedrecillas volvieron a saltar a su
alrededor como antes, hasta que apareció en lontananza una casa blanca de
grandes dimensiones, con narras y construcciones granjeras a su espalda.
Mientras tanto, el muchacho había avivado el paso, y, torciendo por una vereda
que estaba a milla y media de la granja blanca, ascendió en dirección a los
pastos más pobres hasta llegar a la cabaña de su madre. Ella había llegado ya a
casa después de su jornada de ordeño en la vaquería de las afueras y estaba
lavando coles en la entrada, a la luz del crepúsculo.
–Sujeta la red un momento –dijo sin preámbulos mientras el muchacho
llegaba.
Este dejó su paquete en el suelo, sujetó uno de los extremos de la red
en que estaban las coles, y ella, mientras la llenaba con las hojas mojadas,
añadió:
–Bueno, ¿la has visto?
–Sí; perfectamente.
–¿Parece una dama?
–Sí; y más. Una verdadera dama.
–¿Es joven?
–Bueno, ya está crecida y tiene bastante aire de mujer.
–Por supuesto. ¿De qué color tiene el pelo y la cara?
–El pelo es claro, y su cara es tan bonita como la de una muñeca de
carne y hueso.
–Entonces, ¿no tiene los ojos castaños, como los míos?
–No, son de un tono azulado, y la boca es muy linda y roja; y cuando
sonríe se le ven unos dientes muy blancos.
–¿Es alta? –dijo la mujer bruscamente.
–No lo pude ver. Estaba sentada.
–Pues entonces irás mañana por la mañana a la iglesia de Holmstoke;
seguro que ella estará allí. Ve pronto y fíjate cuando entre, y vienes a casa a
decirme si es más alta que yo.
–Muy bien, madre. Pero, ¿por qué no vas tú y así lo ves por ti misma?
–¿Yo, ir a verla? No la miraría ni aunque fuera a pasar por delante de
mi ventana en este mismo instante. Iba con el señor Lodge, por supuesto. ¿Qué
te dijo o qué hizo él?
–Lo mismo que de costumbre.
–¿No prestaste la menor atención?
–Ninguna.
Al día siguiente la madre le puso al muchacho una camisa limpia y le
hizo ir a la iglesia de Holmstoke. El chico llegó al antiguo y pequeño edificio
de piedra cuando estaban abriendo las puertas, y fue el primero en entrar.
Cogió un asiento cerca de la pila bautismal y observó la entrada en fila de
todos los feligreses. El acomodado granjero Lodge llegó de los últimos; y su
joven esposa, que le acompañaba, atravesó el pasillo con la timidez natural en
una mujer recatada que aparecía allí por primera vez. Como todas las demás
miradas se posaron en ella, la del mozalbete pasó esta vez desapercibida.
Cuando llegó a casa su madre le dijo, antes de que hubiera entrado en la
habitación:
–¿Y bien?
–No es alta. Es más bien baja –respondió él.
–¡Ah! –dijo la madre con satisfacción.
–Pero es muy bonita. Mucho. En realidad es guapísima. –La juvenil
fragancia de la esposa del hacendado había, evidentemente, causado sensación
hasta en la naturaleza algo tosca del muchacho.
–Eso es todo lo que quiero saber –dijo su madre rápidamente–. Ahora pon
el mantel. La liebre que atrapaste con alambres está muy tierna; pero ándate
con cuidado, no te vaya a pescar alguien. No me has dicho nunca cómo son sus
manos.
–Nunca se las he visto. No se ha quitado nunca los guantes.
–¿Qué llevaba puesto esta mañana?
–Un sombrerito blanco y un vestido plateado. Crujía y silbaba tanto al
rozar los bancos de la iglesia que la dama se puso más colorada que nunca de
pura vergüenza que le daba el ruido, y tiró del vestido hacia M. para evitar
que rozara; pero cuando se sentó, el vestido crujió más que nunca.
El señor Lodge parecía estar complacido, y le asomaba el chaleco, y sus
enormes sellos dorados le colgaban como si fuera un lord; pero ella parecía
estar deseando que su ruidoso vestido estuviera en cualquier parte menos en
ella.
–¿Ella? ¡No! Bueno, con eso basta por hoy.
El muchacho continuó haciendo estas descripciones de la pareja de recién
casados, a petición de su madre, de vez en cuando: cada vez que tenía algún
encuentro fortuito con ellos. Pero Rhoda Brook, aunque podría haber visto con
facilidad a la joven señora Lodge con sólo haber recorrido un par de millas,
nunca había tratado de hacer una excursión hasta las cercanías de la granja. Ni
tampoco hablaba jamás, mientras ordeñaba a diario en el establo de la segunda
granja de Lodge, en las afueras, del tema del nuevo matrimonio. El dueño de la
vaquería, que le alquilaba las vacas a Lodge y conocía a la perfección la
historia de la lechera de elevada estatura, siempre impedía, con varonil
gentileza, que los cotilleos del establo importunasen a Rhoda. Pero el ambiente
estaba impregnado de aquel tema durante los primeros días de la llegada de la
señora Lodge; y Rhoda Brook, a través de las descripciones de su chico y de las
palabras que oía al azar en boca de los demás ordeñadores, pudo reconstruir una
imagen de la inocente señora Lodge tan real como una fotografía.
III. Una visión.
Una noche, dos o tres semanas después del regreso nupcial, cuando su
hijo ya se había acostado, Rhoda permaneció sentada durante largo rato junto a
las cenizas del fuego de la turba. Estaba frente a ellas, las había estado
atizando para apagarlas, y ahora contemplaba con tanta intensidad; por encima
de los rescoldos, a la recién casada tal y como se le presentaba en su
imaginación que se olvidó del tiempo. Finalmente, cansada por el trabajo del
día, se retiró también. Pero la figura que tanto la había obsesionado durante
aquel día y los anteriores no iba a verse desterrada durante la noche. Por
primera vez Gertrude Lodge visitó en sueños a la mujer que había suplantado.
Rhoda Brook soñó –pues sus afirmaciones de que realmente la había visto, antes
de quedarse dormida, no iban a ser creídas– que la joven esposa, con su pálido
vestido de seda y su sombrerito blanco, pero con las facciones espantosamente
desfiguradas y arrugadas como por la edad, estaba sentada encima de su tórax
mientras ella yacía dormida en la cama. La presión del cuerpo de la señora
Lodge se hizo mayor; los azules ojos observaban cruel y furtivamente el rostro
de Rhoda; y entonces la figura extendió su mano izquierda en un gesto de burla,
como para hacer que el anillo de casada que llevaba puesto centelleara ante los
ojos de Rhoda. La mujer dormida, enloquecida mentalmente y casi asfixiada por
la presión forcejeó; el personaje de la pesadilla, mirándola todavía, se retiró
hasta los pies de la cama, sólo, sin embargo, para volver a aproximarse poco a
poco, ocupar de nuevo su lugar y hacer brillar su mano izquierda como antes.
Anhelando en busca de aire, Rhoda, en un último esfuerzo desesperado,
sacó su mano derecha, agarró por su entrometido brazo izquierdo al espectro que
le hacía frente y lo hizo rodar hasta el suelo mientras se levantaba
rápidamente con un grito sofocado.
–¡Oh, Dios misericordioso! –gritó, empapada de sudor frío, sentándose en
el borde de la cama–; ¡no ha sido un sueño... ella estaba aquí!
Aún podía sentir el brazo de su antagonista mientras lo agarraba:
parecía en verdad de carne y hueso. Miró hacia el suelo, al lugar al que había
hecho rodar al espectro, pero no vio nada, no había nada. Rhoda Brook no volvió
a dormirse aquella noche, y al ir a ordeñar a la mañana siguiente todos
advirtieron cuán pálida y ojerosa estaba. La leche que extraía caía en el cubo
temblorosa; ni siquiera su mano se había tranquilizado todavía, y aún
conservaba el tacto del brazo. Volvió a casa para desayunar tan cansada como si
hubiera sido la hora de cenar.
–¿Qué fue ese ruido que hubo esta noche en tu cuarto, madre? –le
preguntó su hijo–. ¿Te caíste de la cama?
–¿Oíste caer algo? ¿A qué hora?
–Justo cuando el reloj estaba dando las dos.
Ella no se lo pudo explicar, y cuando hubieron terminado de desayunar,
Rhoda se puso a hacer sus quehaceres domésticos en silencio, ayudada por el
muchacho, pues éste detestaba ir al campo, a las granjas, y ella era indulgente
con sus aversiones. Entre las once y las doce oyó que alguien abría la
portezuela del jardín y levantó la mirada hasta la ventana. A la entrada del
jardín, pasada ya la portezuela, estaba la mujer de la visión. Rhoda se quedó
traspuesta.
–¡Ah, dijo que vendría! –exclamó el muchacho, al reparar también en
ella.
–¿Dijo eso? ¿Cuándo? ¿Cómo nos conoce?
–La vi y hablé con ella. Hablé con ella ayer.
–Te tengo dicho –dijo la madre enrojeciendo de indignación– que nunca
hables con nadie de esa casa, y que no vayas por allí.
–Yo no le hablé hasta que ella me habló. Y no fui por allí. Me la
encontré en la carretera.
–¿Qué le dijiste?
–Nada. Ella me dijo: «¿No eres tú el pobre chico que tenía que llevar
aquel pesado bulto desde el mercado?», y me miró las botas, y dijo que no
conservarían secos mis pies si llovía, porque estaban muy agrietadas. Le dije
que vivía con mi madre y que nos daba bastante quehacer mantenernos, y así fue
todo; y ella dijo entonces: «Iré a tu casa y te llevaré unas botas mejores, y
veré a tu madre.»
Da cosas a la gente de los prados vecinos. La señora Lodge estaba ya al
lado de la puerta –no con seda, como Rhoda había soñado en su alcoba, sino con
un sombrero de mañana y un vestido ligero de tela corriente, que le sentaba
mejor que la seda–. Llevaba una cesta colgada del brazo. La impresión que le
quedaba de la experiencia nocturna era todavía fuerte. La Brook casi había
esperado ver las arrugas, el desprecio y la crueldad en el rostro de la visita.
Habría escapado del encuentro, si la huida hubiera sido posible. Pero no había
puerta trasera en la cabaña, y unos instantes después el muchacho había
levantado el picaporte ante la suave llamada de la señora Lodge.
–Veo que he venido a la casa indicada –dijo ésta, mirando al chico y
sonriendo–. Pero no he estado segura hasta que has abierto tú la puerta.
La figura y los movimientos eran los del fantasma; pero su voz era tan
indescriptiblemente dulce, su mirada tan encantadora, su sonrisa tan tierna,
tan distinta de la del visitante nocturno de Rhoda, que ésta apenas podía creer
en la evidencia que le mostraban sus sentidos. Se alegró sinceramente de no
haberse escondido por pura aversión, como se había sentido inclinada a hacer.
La señora Lodge traía en su cesta el par de botas que le había prometido al
muchacho y otras prendas de vestir de utilidad. Ante esta demostración de
buenos sentimientos hacia ella y los suyos, el corazón de Rhoda le hizo amargos
reproches. Aquella joven inocente tenía que recibir su bendición y no su
maldición.
Cuando se marchó pareció que una luz se había ido del lugar. Dos días
después volvió para saber si las botas eran del número adecuado; y, antes de
que pasaran dos semanas desde ese día, hizo otra visita a Rhoda. En esta
ocasión el muchacho no estaba.
–Ando mucho –dijo la señora Lodge–, y su casa es la más cercana fuera de
nuestro distrito. Espero que se encuentre usted bien. No tiene muy buen
aspecto.
Rhoda le dijo que se encontraba bastante bien; y, en efecto, aunque era
la más pálida de las dos, había más fuerza y más resistencia en sus bien
dibujadas facciones y en su cuadrado esqueleto que en la joven mujer de suaves
mejillas que estaba frente a ella. La conversación se hizo bastante
confidencial en lo referente a las fuerzas y flaquezas de ambas; y cuando la
señora Lodge ya se iba, Rhoda dijo:
–Espero que no le siente mal el aire de por aquí, señora, y que no le
haga daño la humedad de los pastizales.
La más joven contestó que no se preocupara por ello, ya que su salud era
buena por lo general.
–Aunque, ahora que me acuerdo –añadió–, tengo una pequeña dolencia que
me tiene perpleja. No es nada grave, pero no lo puedo entender.
Se descubrió la mano y el brazo izquierdos; y la forma de éste se
apareció ante la vista de Rhoda como el exacto original del miembro que había
contemplado y agarrado en su sueño. Sobre la superficie rosa y redondeada del
brazo había unas débiles señales de un color malsano, como producidas por un
agarrón brutal. Los ojos de Rhoda parecieron quedarse clavados en las manchas;
se le antojó que discernía en ellas las huellas de sus propios cuatro dedos.
–¿Cómo sucedió? –dijo de manera lacónica.
–No puedo decírselo –contestó la señora Lodge, negando con la cabeza–.
Una noche, cuando estaba profundamente dormida, soñando que estaba lejos, en
algún lugar extraño, sentí un dolor repentino ahí, en el brazo, tan agudo que
me despertó. Debo de haberme dado un golpe durante el día, supongo, aunque no
recuerdo habérmelo dado. –Y añadió, riéndose: Le digo a mi marido que parece
como si él hubiera tenido un arrebato de cólera y me hubiera pegado ahí. ¡Oh,
supongo que desaparecerá pronto!
–¡Ja, ja! Sí... ¿Y qué noche sucedió?
La señora Lodge pensó, y dijo que haría dos semanas al día siguiente.
–Cuando me desperté no podía recordar dónde estaba –añadió–; hasta que
el reloj, que en aquel momento estaba dando las dos, me lo recordó.
Había mencionado la noche y la hora del encuentro de Rhoda con el
espectro, y la Brook sintió un escalofrío de culpabilidad. El mero
descubrimiento la sobrecogió; no razonó acerca de los caprichos del azar, y
todas las circunstancias de aquella horrible noche volvieron a su mente con
redoblada intensidad.
–Oh ¿es posible –se dijo a sí misma cuando su visita hubo partido– que
yo ejerza un poder maligno sobre la gente en contra de mi propia voluntad?
Sabía que desde que había caído en desgracia se la había llamado bruja a
sus espaldas; pero como nunca había comprendido por qué razón se le había
atribuido aquel estigma en particular no había hecho ningún caso. ¿Podría ser
aquello la explicación? ¿Habrían sucedido alguna vez, antes, cosas como
aquélla?
IV. Una sugerencia.
El verano se aproximaba, y Rhoda Brook casi temía volver a ver a la
señora Lodge, aun cuando sus sentimientos por la joven esposa estaban muy
próximos al cariño. Algo en su interior parecía declararla culpable de un
crimen. Pero la fatalidad dirigía a veces sus pasos hacia las inmediaciones de
Holmstoke: cada vez, de hecho, que salía de casa con otra intención que la de
ir al trabajo diario; y así ocurrió que su siguiente encuentro tuvo lugar en la
calle. Rhoda no pudo evitar sacar el tema que tanto le había ofuscado, y tras
las primeras frases de cortesía balbuceó:
–Espero que su... brazo esté ya bien, señora. –Había advertido con
consternación que Gertrude Lodge llevaba yerto el brazo izquierdo.
–No; no está nada bien. De hecho, no está mejor en absoluto; está
bastante peor. A veces me duele terriblemente.
–Tal vez lo mejor sería que fuera usted a ver a un médico, señora.
Ella contestó que ya había ido a ver a un médico. Su marido había
insistido en que fuera a uno. Pero el cirujano no parecía haber entendido en
absoluto la aflicción del miembro; le había dicho que lo bañara en agua
caliente, y ella lo había bañado, pero el tratamiento no había servido de nada.
–¿Me deja verlo? –dijo la lechera.
La señora Lodge se subió la manga y descubrió el lugar, que estaba a
unas pocas pulgadas de la muñeca. Tan pronto como lo vio, Rhoda apenas si puso
guardar la compostura. No tenía ningún aspecto de herida, sino que el brazo, a
aquella altura, tenía un aire marchito, y la huella de los cuatro dedos
aparecía más clara que la vez anterior. Además, a Rhoda se le antojó que
estaban impresos precisamente en la misma posición que sus propios dedos habían
tenido al agarrar el brazo durante el trance: el primero cerca de la muñeca de
Gertrude y el cuarto cerca del codo. La semejanza de la señal parecía haber
afectado a la misma Gertrude desde su último encuentro.
–Casi parecen huellas de dedos –dijo; y añadió con una débil risa–: Mi
marido dice que es como si alguna bruja, o el diablo en persona, me hubiera
cogido por ahí y hubiera podrido la carne.
Rhoda sintió un escalofrío.
–Eso son imaginaciones –dijo apresuradamente–. Yo de usted no haría
caso.
–No le haría tanto caso –dijo la más joven, con un titubeo– si no
tuviera la sensación de que hace que mi marido... me aborrezca... no, me quiera
menos. Los hombres piensan tanto en el aspecto físico.
–Algunos sí... él, por ejemplo.
–Sí; y estaba muy orgulloso de mí al principio. –Mantenga el brazo
tapado ante su vista.
–Ah... ¡él sabe que la desfiguración está allí! –Trató de ocultar las
lágrimas que asomaban a sus ojos.
–Bueno, señora, espero de veras que desaparezca pronto.
Y así la mente de la lechera se vio nuevamente encadenada a aquel tema,
al volver a casa, por una especie de horrible encantamiento. La sensación de
ser culpable de un acto de perversión aumentó, por mucho que hiciera para
ridiculizar sus supersticiones. En el fondo de su corazón Rhoda no se oponía
enteramente a una ligera disminución de la belleza de su sucesora, hubiera
aquélla tenido lugar por los medios que fuera: pero no deseaba infligirle dolor
físico. Porque, aun cuando aquella bonita mujer había hecho imposible que Lodge
reparara de alguna forma su pasada conducta para con ella, cualquier cosa que
se pareciera al resentimiento por aquella inconsciente usurpación había
desaparecido por completo de la mente de la mayor de las dos mujeres. ¿Qué
pensaría la dulce y gentil Gertrude si tuviera conocimiento, tan sólo, de la
escena del sueño del dormitorio? No hablarle de aquello le parecía a Rhoda una
traición a la amistad existente entre ambas; pero no podía decírselo
espontáneamente... y tampoco podía inventar un remedio.
Reflexionó acerca del asunto durante la mayor parte de la noche; y al
día siguiente, después del ordeño matinal, se puso en camino con el fin de ver
nuevamente a Gertrude –si podía–, atraída hacia ella por una horrible
fascinación. Mientras vigilaba la casa a cierta distancia, pudo discernir, al
cabo de un rato de estar allí, a la mujer del granjero cabalgando a solas,
probablemente para reunirse con su marido en algún campo alejado. La señora
Lodge la vio, y fue en su dirección a medio galope.
–¡Buenos días, Rhoda! –dijo Gertrude al llegar junto a ella–. Iba a
hacerte una visita.
Rhoda notó que la señora Lodge sujetaba las riendas con cierta
dificultad.
–Espero que... el brazo malo... –dijo Rhoda.
–Me han dicho que tal vez haya un medio de averiguar la causa, y por
tanto quizá también de hallar el remedio –contestó la otra con excitación–. Hay
que ir a ver a un hombre muy habilidoso del erial de Egdon. No sabían si vive
todavía... y no puedo acordarme de su nombre en este momento; pero me dijeron
que tú sabías más acerca de sus movimientos que ninguna otra persona de por
aquí, y que me podrías decir si aún se le pueden hacer consultas. Dios mío,
¿cómo se llamaba? Tú lo tienes que saber.
–No será el brujo Trendle, ¿verdad? –dijo su delgada interlocutora,
empalideciendo.
–Trendle... eso es. ¿Vive todavía?
–Creo que sí –dijo Rhoda a regañadientes.
–¿Por qué le llamas el brujo?
–Bueno... se dice... solía decirse que era un... que tenía poderes que
la demás gente no tiene.
–Oh, ¡cómo ha podido mi gente ser tan supersticiosa como para
recomendarme a un hombre de esos! Creí que se referían a un médico. No pensaré
más en ello.
Rhoda pareció sentirse aliviada, y la señora Lodge reanudó su paseo a
caballo. La lechera se había dado cuenta en su interior, desde el momento en
que oyó que se la mencionaba como intermediaria de aquel hombre, de que los
trabajadores de la granja habían insinuado sarcásticamente que una hechicera
conocería el paradero del exorcista. Sospechaban de ella, entonces. Poco tiempo
antes esto no habría sido motivo de preocupación para una mujer de sentido
común como ella. Pero ahora tenía una obsesionante razón para ser
supersticiosa; y la embargó un repentino temor a que aquel brujo Trendle
pudiera mencionarla como el influjo maligno que estaba marchitando la
inmaculada persona de Gertrude, y a que, en consecuencia, esto pudiera hacer
que su amiga la odiara para siempre y la tratara como a un demonio con forma
humana. Pero no todo había terminado. Dos días después apareció una sombra en
la forma de la ventana, proyectada en el suelo de Rhoda Brook por el sol de la
tarde. La mujer abrió la puerta inmediatamente, casi sin aliento.
–¿Estás sola? –dijo Gertrude. No parecía menos atormentada y ansiosa que
la misma Brook.
–Si –dijo Rhoda.
–La mancha de mi brazo parece que está peor y me inquieta –prosiguió la
joven esposa del granjero–. ¡Es tan misteriosa! Espero que no sea una herida
incurable. He estado pensando otra vez en lo que me dijeron acerca del brujo
Trendle. Realmente no creo en esos hombres, pero no me importaría hacerle una
visita, por curiosidad... aunque bajo ninguna circunstancia debe enterarse mi
marido. ¿Está lejos el lugar donde vive?
–Sí... a cinco millas –dijo Rhoda de mala gana–. En el corazón de Egdon.
–Bueno, pues tendré que andar. ¿No podrías venir conmigo para enseñarme
el camino... Digamos mañana por la tarde?
–Oh, yo no; es decir... –murmuró la lechera, a punto de desfallecer. De
nuevo la embargó el temor a que algo que tuviera que ver con su bárbara acción
del sueño fuera revelado y a que su figura se desplomara sin remisión a los
ojos de la amiga más beneficiosa que había tenido nunca.
La señora Lodge insistió, y Rhoda, finalmente, asintió, si bien con
mucho recelo. Triste como iba a ser el viaje para ella, no podía, de manera
consciente, poner dificultades en el camino de un posible remedio para la
extraña aflicción de su protectora. A fin de evitar que se sospechara su
místico propósito, decidieron encontrarse a la entrada del erial, en el rincón
de un plantío que se podía ver desde el lugar que ellas ocupaban ahora.
V. El brujo Trendle.
Al día siguiente, por la tarde, Rhoda habría hecho cualquier cosa para
eludir aquel compromiso. Pero había prometido ir. Además, sentía en algunos
momentos una horrible fascinación por convertirse en el instrumento que
arrojara sobre su propia persona una luz que podría revelar que, en el mundo de
lo desconocido, Rhoda Brook era algo más grande de lo que ni ella misma había
sospechado nunca.
Partió justo antes de la hora que habían acordado, y al cabo de treinta
minutos de paso veloz se encontró en la extensión sudoriental –donde estaba el
plantío de abetos– del erial de Egdon. Una delicada figura envuelta en una capa
y un velo estaba allí ya. Rhoda comprobó, casi con un estremecimiento, que la
señora Lodge llevaba el brazo en cabestrillo. Cruzaron muy pocas palabras e
inmediatamente se pusieron en marcha en su escalada hacia el interior de esta
región solemne, mucho más alta que el fértil terreno aluvial que habían dejado
atrás media hora antes. El paseo era largo; las espesas nubes oscurecían la
atmósfera, a pesar de que todavía era sólo prima tarde; y el viento aullaba
lúgubremente sobre los desniveles del erial (acaso el mismo erial que contempló
la agonía del rey de Wessex, Ina, conocido como Lear por la posteridad).
Gertrude Lodge era la que más hablaba de las dos, y Rhoda respondía con
monosílabos que denotaban su preocupación. Le daba una extraña repugnancia
caminar a la izquierda de su acompañante, donde colgaba el brazo afligido, y se
cambiaba al otro cada vez que, sin darse cuenta, se encontraba junto a él. Sus
pies habían rozado ya mucho brezo cuando descendieron hasta un camino de
carretas, al lado del cual estaba la casa del hombre que buscaban.
Este no practicaba abiertamente sus experimentos terapéuticos y tampoco
se ocupaba en absoluto de la continuidad de los mismos, pues sus principales
ingresos provenían del tráfico de retama, turba, «arena menuda» y otros
productos locales. Afectaba, de hecho, no creer demasiado en sus propios
poderes, y cuando, por ejemplo, verrugas que le habían sido enseñadas para que
las curase desaparecían milagrosamente –lo cual, ha de reconocerse, sucedía de
manera infalible–, él decía con ligereza: «Oh, pero si lo único que hice fue
beberme un vaso de grog por ellas a tu costa: quizá sea todo una casualidad», y
acto seguido cambiaba de tema.
Estaba en casa cuando ellas llegaron, y en realidad ya las había visto
descender hasta el valle. Era un hombre de barba gris, cara rojiza, y miró a
Rhoda de una forma singular desde el primer momento en que la vio. La señora
Lodge le contó su problema; y entonces, con unas palabras de descrédito hacia
sí mismo, examinó el brazo.
–La medicina no lo puede curar –dijo inmediatamente–. Esto es obra de un
enemigo.
Rhoda se encogió y retrocedió.
–¿Un enemigo? ¿Qué enemigo? –preguntó la señora Lodge.
Él hizo un gesto de negación con la cabeza.
–Eso lo tiene usted que saber mejor que yo –dijo–. Si quiere, puedo
mostrarle a la persona, aunque yo no sabré quién es. No puedo hacer más; y no
me gusta hacer esto.
Ella le apremió; ante lo cual él le dijo a Rhoda que esperara fuera,
donde estaba, y llevó a la señora Lodge al cuarto. La puerta daba directamente
a él; y, al quedar entornada, Rhoda Brook pudo ver los manejos sin tomar parte
en ellos. El hombre tomó un vaso del aparador, lo llenó casi hasta el borde de
agua y, cogiendo un huevo, lo preparó, en secreto, de alguna forma; hecho lo
cual lo partió contra el borde del vaso de tal manera que la clara cayera
dentro y la yema se quedara fuera. Como oscurecía, cogió el vaso con su
contenido y lo llevó hasta la ventana, y le dijo a Gertrude que mirara de cerca
la mezcolanza. Se inclinaron juntos sobre la mesa, y la lechera pudo ver el
color opalino del fluido del huevo cambiando de forma al sumergirse en el agua.
Pero no estaba lo bastante cerca para ver la forma que adquiría.
–¿Ve cierto parecido con algún rostro o figura? –le preguntó el brujo a
la joven.
Ella susurró una respuesta en un tono tan bajo que resultó inaudible
para Rhoda, y siguió mirando intensamente dentro del vaso. Rhoda dio media
vuelta y se alejó unos pasos. Cuando la señora Lodge salió, y la luz le dio en
la cara, ésta tenía un color excesivamente pálido –tan pálido como el de la
cara de Rhoda– en contraste con las tristes y oscuras sombras de la vegetación
de aquel elevado terreno. Trendle cerró la puerta tras ellas, y las dos se
pusieron juntas en camino, hacia casa. Pero Rhoda advirtió que su acompañante
estaba muy cambiada.
–¿Le ha cobrado mucho? –preguntó, a modo de tanteo.
–Oh, no, nada. No cogió ni un cuarto de penique –dijo Gertrude.
–¿Y qué es lo que ha visto usted? –inquirió Rhoda.
–Nada que... de lo que valga la pena hablar. –La contrición de su
actitud era considerable; la expresión de su rostro era tan rígida que le daba
un aspecto envejecido, que débilmente sugería la expresión del sueño de Rhoda.
–¿Fuiste tú quien primero propuso venir aquí? –preguntó de repente la
señora Lodge después de un largo silencio–. ¡Qué curioso, si así fue!
–No fue así. Pero no lamento que hayamos venido, después de todo
–respondió la otra. Por primera vez una sensación de triunfo se apoderó de
ella, y no lamentó, en conjunto, que aquella joven que marchaba a su lado se
hubiera enterado de que sus vidas se habían visto enemistadas por otras
influencias, ajenas a sus respectivas voluntades.
No se aludió más al tema durante el largo y pesado recorrido de vuelta.
Pero, de alguna forma, aquel invierno se susurró, en la tierra baja de las
muchas granjas, una historia que decía que la pérdida gradual del uso del brazo
izquierdo de la señora Lodge se debía al «mal de ojo» que le había hecho Rhoda
Brook. Esta se guardó su propia opinión acerca del personaje de la pesadilla,
pero su rostro se fue haciendo más triste y delgado; y durante la primavera
ella y su hijo desaparecieron de las inmediaciones de Holmstoke.
VI. Una segunda tentativa.
Media docena de años pasaron, y la experiencia matrimonial del señor y
la señora Lodge se hundió en el prosaísmo y en otras cosas peores. El granjero
estaba por lo general meditabundo y callado; la mujer que había cortejado por
su gracia y belleza tenía deformado y desfigurado el brazo izquierdo; además,
no le había dado hijos, lo que hacía probable que él fuera el último
descendiente de una familia que había habitado en el valle durante cerca de
doscientos años. Pensaba en Rhoda Brook y su hijo; y temía que todo aquello
pudiera ser un castigo del cielo caído sobre él. La una vez jovial y sensata
Gertrude se estaba convirtiendo en una mujer irritable y supersticiosa, que
dedicaba todo su tiempo a experimentar con el primer remedio de curandero que
se le cruzara en el camino con el fin de acabar con su dolencia. Se sentía
sinceramente ligada a su marido, y en secreto estaba siempre esperando,
desesperadamente, reconquistar de nuevo su corazón si recobraba parte, al
menos, de su belleza personal. El resultado era que su armario estaba lleno de
botellas, cacharros y frascos de ungüentos de todo tipo –qué digo, de manojos
de hierbas medicinales, amuletos y libros de magia negra, que en sus tiempos de
colegiala había ridiculizado considerándolos tonterías.
–Ojalá te envenenes algún día con esas pócimas de hechicero y esos
mejunjes de bruja –decía su marido cuando su vista recaía por casualidad sobre
la numerosa formación.
Ella no contestaba, pero volvía hacia él su triste, dulce mirada de
angustioso reproche, y entonces él parecía arrepentirse de sus palabras y
añadía:
–Ya sabes que sólo lo digo por tu bien, Gertrude.
–Me desharé de todo el lote y lo destruiré –decía ella con sequedad–, ¡y
no volveré a probar estos remedios!
–Necesitas alguien que te alegre –observaba él–. Una vez pensé en
adoptar a un muchacho; pero ahora es demasiado mayor. Y no sé dónde está.
Ella adivinaba a quién se refería; porque con el paso de los años había
llegado a saber la historia de Rhoda Brook; pero nunca había cruzado con su
marido ni una sola palabra acerca del tema. Ni tampoco le había hablado jamás
de su visita al brujo Trendle ni de lo que aquel solitario hombre de los brezos
le había revelado, o ella pensaba que le había revelado. Tenía ella ahora
veinticinco años; pero parecía mayor.
–Seis años de matrimonio y sólo unos pocos meses de amor –murmuraba a
veces para sí. Y entonces pensaba en la causa evidente, y se decía, echándole
una trágica mirada a su descarnado miembro–: ¡Ojalá pudiera volver a ser como
era la primera vez que él me vio!
Obediente destruyó sus panaceas y amuletos; pero quedó un anhelante
deseo de probar algo más: algún otro tipo de remedio. No había vuelto a visitar
a Trendle desde que Rhoda, en contra de su propia voluntad, la había llevado a
la casa del solitario; pero ahora, de pronto, a Gertrude se le ocurrió que
podía dirigirse de nuevo, en un último esfuerzo desesperado por librarse de
aquella aparente maldición, a aquel hombre, si aún vivía. Había que concederle
un cierto crédito, porque la forma indistinta que había hecho surgir del vaso
se había sin duda asemejado a la única mujer del mundo que –como sabía ahora,
aunque no entonces– podía tener un motivo para guardarle rencor.
Debía hacer aquella visita. Esta vez fue sola; estuvo a punto de
perderse en el erial y erró, apartada de su camino, durante un trecho
considerable. Por fin llegó, sin embargo, a casa de Trendle: no estaba dentro,
y Gertrude, en vez de esperarle en la cabaña, fue, al verle desde lejos, hasta
el lugar en que se encontraba su figura agachada, trabajando. Trendle se
acordaba de ella, y, dejando en el suelo el puñado de raíces de retama que
estaba juntando y amontonando, se ofreció a acompañarla de regreso a casa, ya
que la distancia era considerable y los días eran cortos. Así, pues, caminaron
juntos, la cabeza de él inclinada, mirando al suelo, y su figura del mismo
color que la tierra.
–Usted puede curar verrugas y otras excrecencias, lo sé –dijo ella–;
¿por qué no puede curar esto? –y se destapó el brazo.
–Cree usted demasiado en mis poderes –dijo Trendle–, y yo, además, ya
estoy viejo y débil. No, no; es demasiado para mí el intentarlo personalmente.
¿Qué ha probado?
Ella enumeró algunos de los cientos de medicamentos y antídotos que
había tomado de vez en cuando. Él hizo un gesto de negación con la cabeza.
–Algunos eran bastante buenos –dijo con aprobación–; pero no mucho para
una cosa como ésta.
Esto tiene la naturaleza de un... marchitamiento, no la naturaleza de
una herida; y si se le quita alguna vez, no será poco a poco, sino todo de una
vez.
–¡Si supiera cómo!
–Sólo conozco una forma de hacerlo posible. Nunca ha fallado en
aflicciones semejantes... Que yo sepa. Pero es duro de llevarse a cabo, y en
especial para una mujer.
–¡Dígame cuál es! –exclamó ella.
–Tiene que tocar con el brazo el cuello de un hombre que haya sido
ahorcado.
Ella dio un pequeño respingo ante la imagen que él había sugerido.
–Antes de que esté frío... inmediatamente después de que hayan cortado
la soga y lo hayan bajado –prosiguió el brujo, impasible.
–¿Cómo puede eso hacer algún bien?
–Transformará la sangre y cambiará la constitución. Pero, como digo,
hacerlo es muy duro. Debe usted ir a la cárcel cuando haya una ejecución, y
esperar a que bajen el cuerpo del patíbulo. Muchos lo han hecho, aunque no tal
vez mujeres tan bonitas como usted. Solía enviar a docenas con enfermedades de
la piel. Pero aquello fue en otros tiempos. El último que envié fue en el año
trece, hace ya casi doce.
No tenía nada más que decirle; y, tras depositarla en una senda que
llevaba a casa directamente, dio media vuelta y se marchó, rehusando aceptar
ningún dinero, como en la primera ocasión.
VII. Un recorrido a caballo.
Aquella revelación se afincó en las profundidades de la mente de
Gertrude. Su carácter era más bien tímido; y, probablemente, de entre todos los
remedios que el mago blanco pudiera haber sugerido, no había ninguno que le
produjera tanta aversión como éste, sin contar con los enormes obstáculos que
encontraría en el camino de su realización.
Casterbridge, la ciudad del condado, estaba a doce o quince millas; y
aunque en aquellos tiempos; en que se ejecutaba a la gente por robar caballos,
provocar incendios y desvalijar las casas, rara vez pasaba una sesión del
tribunal de justicia en la que no hubiera una ahorcamiento, no era probable que
ella pudiera tener acceso al cadáver del criminal sin ningún tipo de ayuda. Y
el miedo a la cólera de su marido hacía que no se atreviera a decir, ni a él ni
a nadie que tuviera que ver algo con él, ni una palabra acerca de la sugerencia
de Trendle. No hizo nada durante meses, y llevó con resignación, como antes, su
deformidad. Pero su naturaleza de mujer, que anhelaba la reconquista del amor
mediante la reconquista de la belleza (sólo tenía veinticinco años), estaba
siempre incitándola a probar lo que, en cualquier caso, difícilmente podría
hacerle daño alguno. «Lo que vino con un hechizo se irá seguramente con un
hechizo», se decía. Cada vez que su imaginación le presentaba el hecho, ella se
estremecía de horror ante la mera posibilidad de llevarlo a la práctica:
entonces las palabras del brujo «transformará la sangre» se aparecían,
susceptibles de una interpretación no menos científica que espectral; el
imperioso deseo retornaba, y de nuevo la apremiaba.
En aquella época no había más que un solo periódico en el condado y el
marido de Gertrude sólo lo adquiría de vez en cuando. Pero aquellos tiempos
anticuados tenían sus anticuados medios de difusión, y las noticias se
transmitían ampliamente de viva voz, de mercado en mercado, o de feria en
feria; de modo que, cada vez que un acontecimiento de la importancia de una
ejecución iba a tener lugar, pocos, dentro de un radio de veinte millas,
dejaban de enterarse de que iba a haber un buen espectáculo; y, sólo en lo que
se refería a Holmstoke, se sabía de algunos entusiastas que habían recorrido el
camino hasta Casterbridge y habían vuelto en un solo día, con el único fin de
ser testigos del espectáculo. Las próximas sesiones del tribunal de justicia
eran en marzo; y cuando Gertrude se enteró de que ya se habían celebrado, fue a
escondidas a la posada, a preguntar por el resultado, en cuanto pudo encontrar
una ocasión.
Era, sin embargo, demasiado tarde. La hora de que se cumplieran las
sentencias había llegado ya, y hacer el viaje y conseguir tener acceso a la
prisión en un plazo tan corto requería, por lo menos, la ayuda de su marido. No
se atrevió a decírselo, pues sabía, por delicada experiencia, que la sola
mención de aquellas ocultas creencias de aldea le enfurecían, en parte porque
él mismo las tomaba en consideración. Había, por tanto, que esperar otra
oportunidad.
Su decisión se vio reafirmada al enterarse de que dos niños epilépticos
de la misma aldea de Holmstoke habían acudido, muchos años antes, con
resultados beneficiosos, aunque el experimento había sido severamente condenado
por el clero de la vecindad. Pasó abril, mayo, junio; y no es una exageración
decir que hacia el final del último mes mencionado Gertrude casi anhelaba la
muerte de un semejante. En lugar de las obligadas oraciones de cada noche, su
inconsciente oración era: «Oh, Señor, ¡ahorca pronto a alguien, sea culpable o
inocente!»
Esta vez hizo antes sus indagaciones y fue mucho más sistemática en sus
preparativos. Además, la estación era verano, entre el henaje y la cosecha, y
su marido, durante la temporada de inactividad que atravesaba gracias a esto,
se tomaba de vez en cuando algunos días de vacaciones fuera de casa. Las
sesiones del tribunal eran en julio, y fue a la posada como la vez anterior.
Iba a haber una ejecución –sólo una– por un delito de incendio. Su mayor
problema no era ahora cómo llegar hasta Casterbridge, sino qué medios debería
emplear para conseguir acceso a la prisión. Aunque el acceso para aquella clase
de fines nunca había sido denegado en otros tiempos, la costumbre había caído
en desuso; y al sopesar las posibles dificultades con que se encontraría, estuvo
otra vez a punto de verse impelida a recurrir a su marido.
Pero cuando le sondeó acerca de las sesiones del tribunal de justicia él
se mostró tan poco comunicativo, tan frío –más que de costumbre–, que ella no
continuó y decidió que, hiciera lo que hiciese, lo haría sola. La fortuna,
adversa hasta entonces, se mostró inesperadamente favorable. El jueves que
precedía al sábado fijado para la ejecución, Lodge le comunicó que pensaba
ausentarse otros dos o tres días por una cuestión de negocios relacionada con
una feria, y que lamentaba no poder llevarla con él. Ella exteriorizó en esta
ocasión tal presteza a quedarse en casa que él la miró con sorpresa. En otro
tiempo se habría mostrado profundamente decepcionada por perderse la excursión.
Pero él volvió a sumirse en su acostumbrada taciturnidad, y el día mencionado
partió de Holmstoke. Ahora le tocaba a ella. Al principio había pensado ir en
carro, pero después de reflexionar juzgó que no le convenía, ya que aquello la
obligaría a mantenerse dentro de la carretera principal, multiplicando así por
diez el riesgo de que su horripilante misión fuera descubierta. Decidió ir a
caballo y eludir así la trillada senda, aun cuando no había en los establos de
su marido, en aquellos momentos, ningún animal que pudiera considerarse, por
mucho esfuerzo de imaginación que se hiciera, montura apropiada para una dama
–a pesar de la promesa que él le había hecho antes de casarse de que siempre
tendría una yegua para ella–. Tenía, en cambio, muchos caballos de tiro, buenos
para su género; y entre los demás había una bestia aprovechable: un caballo de
amazona con el lomo tan ancho como un sofá, en el cual Gertrude había dado de
vez en cuando algún paseo cuando no se encontraba bien. Eligió este caballo.
El viernes por la tarde uno de los hombres de la granja se lo trajo.
Ella ya estaba preparada y, antes de salir, se miró el brazo marchito.
–¡Ah! –le dijo–. ¡De no haber sido por ti me habría ahorrado esta
terrible prueba!
Mientras el criado liaba con unas cuerdas el paquete que ella llevaba
con alguna ropa, Gertrude aprovechó para decirle:
–Me llevo esto por si acaso no regreso esta misma noche de casa de la
persona que voy a visitar. No os alarméis si no estoy de vuelta a las diez, y
cerrad la casa con llave como de costumbre. Mañana, sin ninguna duda, estaré en
casa.
Entonces, pensaba, se lo contaría todo a su marido, a solas: el acto ya
realizado no era lo mismo que el acto proyectado. Estaba casi segura de que él
la perdonaría. Y así, la hermosa y palpitante Gertrude salió de la casa
solariega de su marido; pero aunque su destino era Casterbridge no tomó la ruta
que iba allí directamente y que pasaba por Stickleford. La dirección que
astutamente tomó al principio era precisamente la opuesta. Pero en cuanto
estuvo fuera del alcance de la vista torció a la izquierda por un camino que
llevaba a Egdon, y al entrar en el erial hizo girar al caballo sobre sus cascos
y se puso en marcha en la verdadera dirección, hacia el oeste. No se podría
imaginar camino más solitario que aquél en todo el condado; y en cuanto a la
dirección que tenía que seguir, simplemente había de mantener la cabeza del
caballo mirando hacia un punto un poco a la derecha del sol. Además, sabía que
de vez en cuando se encontraría con algún cortador de retama o campesino que
podría hacerle rectificar la orientación. Aunque la época es relativamente
reciente, Egdon tenía entonces un carácter mucho más fragmentario que ahora.
Los ensayos –afortunados y de los otros– de labranza en las vertientes más
bajas, que penetran y roturan el primitivo erial convirtiéndolo en pequeños
eriales individuales, no habían llegado muy lejos; las leyes de cercado no
estaban en vigor, y aún no se habían erigido los márgenes y vallas que en la
actualidad impiden el paso del ganado de los aldeanos que en otros tiempos
disfrutaban de los derechos de pastos y el de los carros de los que gozaban del
privilegio de extraer turba, actividad que los mantenía ocupados durante todo
el año. Gertrude, por tanto, cabalgaba sin más obstáculos que los espinosos
arbustos de retama, las alfombrillas de brezos, los blancos arroyos y los
declives y pendientes naturales del terreno.
El caballo era tranquilo, de marcha pesada y lenta, y aunque era un
animal de tiro, era fácil de dominar; ella era una mujer que, de no haber sido
tan dócil su montura, no podría haberse arriesgado a cabalgar por aquella parte
de la región con un brazo medio inútil. Eran ya cerca de las ocho, en
consecuencia, cuando aflojó las riendas para que el animal descansara un poco
antes de bajar por la última pendiente del camino de brezos que conducía a
Casterbridge, la última antes de dejar Egdon por los valles cultivados. Se
detuvo delante de una poza llamada «La charca de los juncos», flanqueada por
los extremos de dos setos; una cerca atravesaba el centro de la charca,
dividiéndola en dos mitades. Por encima de la cerca vio la verde tierra baja;
por encima de los verdes árboles los tejados del pueblo; por encima de los
tejados una lisa fachada blanca que indicaba la entrada a la cárcel del
condado. Sobre el tejado de esta fachada se movían unas pequeñas manchas;
parecían obreros erigiendo algo. Gertrude sintió un escalofrío. Descendió
lentamente y pronto se encontró entre pastos y campos de cereales. Media hora
más tarde, cuando ya casi era de noche, Gertrude llegó al «Cervatillo Blanco»,
la primera posada del pueblo que se veía llegando por este lado.
Su llegada provocó poca sorpresa; por entonces las mujeres de los
granjeros iban a caballo con más frecuencia que ahora; aunque, en tal sentido,
nadie se imaginó en absoluto que la señora Lodge fuera casada; el posadero
supuso que sería alguna joven atolondrada que había venido a presenciar la
«feria de ahorcados» del día siguiente. Ni su marido ni ella hacían nunca
negocios en el mercado de Casterbridge, de modo que allí no era conocida.
Mientras desmontaba vio un tropel de muchachos en la puerta de la tienda de un
guarnicionero –que estaba justo al lado de la posada– mirando dentro con
profundo interés.
–¿Qué pasa ahí? –le preguntó al mozo de cuadra.
–Están haciendo la cuerda para mañana.
Ella se estremeció en respuesta y contrajo el brazo.
–Después se vende la pulgada –prosiguió el hombre–. Si quiere le puedo
conseguir un trozo, señorita, por nada.
Ella rechazó apresuradamente cualquier deseo parecido, más que nada por
una singular sensación que iba en aumento de que el destino del miserable que
habían condenado se estaba entrelazando con el suyo propio, y después de dejar
apalabrada una habitación para pasar la noche, se sentó a reflexionar. Hasta
aquel momento no había tenido más que muy vagas ideas acerca de los medios que
emplearía para tener acceso a la prisión. Las palabras del habilidoso solitario
volvieron a su mente. Él había dado por supuesto que ella habría de utilizar su
belleza, aunque estuviera deteriorada, como llave maestra. En su inexperiencia,
sabía poco acerca de los funcionarios de una cárcel; había oído hablar de un
jefe superior y de un subjefe, pero confusamente. Lo que sí sabía es que tenía
que haber un verdugo, y al verdugo decidió recurrir.
VIII. El ermitaño de la ribera.
En aquella fecha, y durante varios años después, había –casi– un verdugo
para cada cárcel. Gertrude hizo indagaciones y averiguó que el funcionario de
Casterbridge vivía en una cabaña solitaria a la vera de un río lento y profundo
que manaba del risco sobre el cual estaban situados los edificios de la prisión
–la corriente, aunque ella lo ignoraba, era la misma que, en una parte más baja
de su curso, regaba los prados de Stickleford y Holmstoke. Después de cambiarse
de vestido, y antes de comer o beber nada –pues no podría estar tranquila hasta
que hubiera averiguado algunos pormenores–, Gertrude prosiguió su camino, por
un sendero a lo largo de la ribera, hasta la cabaña indicada. Al pasar por las
inmediaciones de la cárcel, divisó, sobre el tejado plano, encima de la
entrada, tres líneas rectangulares que se dibujaban contra el cielo, en el
lugar donde, como había visto desde la lejanía, las pequeñas manchas se habían
estado moviendo; reconoció la forma y pasó junto a ella rápidamente. Otras cien
yardas la condujeron hasta la casa del verdugo, que un muchacho le señaló.
Estaba al lado de la misma corriente, y muy cerca de una presa cuyas aguas
emitían un rugido continuo.
Mientras se decidía, la puerta se abrió y apareció un viejo protegiendo
la llama de una vela con la mano. El viejo cerró la puerta con llave por fuera,
se volvió hacia una escalerilla de madera que estaba apoyada contra uno de los
lados de la cabaña, y empezó a subir los peldaños; era, evidentemente, la
escalera que conducía a su dormitorio. Gertrude avanzó apresuradamente hacia
él, pero cuando llegó a los pies de la escalerilla él ya estaba arriba. Le
llamó en voz lo bastante alta como para que se la oyera por encima del bramido
de la presa; él miró hacia abajo y dijo:
–¿Qué busca usted aquí?
–Quiero hablar un minuto con usted.
La luz de la vela, a pesar de ser muy tenue, iluminó el rostro
suplicante, pálido, vuelto hacia arriba de Gertrude, y Davies (así se llamaba
el verdugo) volvió a bajar por la escalerilla.
–Iba a acostarme ya –dijo–; «cuanto antes te acuestes, antes te
levantarás»; pero no me importa esperar un minuto por alguien como usted. Entre
en la casa. –Abrió la puerta de nuevo y precedió a Gertrude hasta el interior
de la habitación.
Las herramientas de su trabajo cotidiano, que era el de un jardinero
eventual, estaban en un rincón, y él, probablemente al ver que ella tenía un
aspecto rural, dijo: Si quiere usted contratarme para que trabaje en el campo
no puedo ir, porque nunca salgo de Casterbridge ni por propios ni por extraños:
no, yo no. Mi verdadera profesión es la de encargado de la justicia –añadió con
solemnidad.
–¡Sí, sí! Eso es. ¡Mañana!
–¡Ah! Ya me lo suponía. Bueno, ¿qué pasa con eso? No sirve de nada venir
aquí a hablar del nudo. La gente viene continuamente, pero yo les digo siempre
que un nudo es tan clemente como cualquier otro si se lo pones debajo de la
oreja. ¿Es el desdichado algún pariente? ¿O debería decir, quizá –añadió
mirándole el vestido–, alguien que trabajaba para usted?
–No. ¿A qué hora es la ejecución?
–A la misma que de costumbre. A las once en punto, o en cuanto llegue el
coche con el correo de Londres. Siempre lo esperamos, por si hay un
aplazamiento.
–Oh... un aplazamiento... ¡espero que no lo haya! –dijo ella
involuntariamente.
–¡Bueno, ji, ji! ¡Considerándolo como un asunto de negocios, así lo
espero también yo! Pero, con todo, si alguna vez algún joven mereció que lo
dejaran libre, es éste; acaba de cumplir los dieciocho, y lo único que hizo fue
estar presente por casualidad cuando incendiaron el montón de paja. De
cualquier forma, no hay mucho riesgo de que lo haya. Ha habido últimamente
tanta destrucción de propiedad por este método que están obligados a dar con él
un escarmiento.
–Quiero decir –explicó ella– que quiero tocarlo por un hechizo, para
curar una aflicción por consejo de un hombre que ha probado la eficacia del
remedio.
–¡Ah, ya lo entiendo, señorita! Ahora comprendo. He tenido gente así que
venía en años anteriores. Pero no me pegaba su aspecto con el de los que vienen
a pedir transformaciones de la sangre. ¿Cuál es el mal? Apuesto a que no es del
tipo indicado para esto.
–Mi brazo –Gertrude le enseñó, de mala gana, la piel descarnada.
–¡Ah! ¡Está todo podrido! –dijo el verdugo, examinándolo.
–Sí –dijo ella.
–Bueno –prosiguió él con interés–, ¡esa es la clase de cosa, tengo que
admitirlo! Me gusta el aspecto de la herida; es realmente la más apropiada que
he visto nunca para el tratamiento. El hombre que la envió sabía de esto, fuera
quien fuese.
–¿Puede usted procurarme todo lo que sea necesario? –dijo ella casi sin
aliento.
–En realidad debería usted haber ido a ver al gobernador de la prisión,
y con usted su médico, y haber dado su nombre y dirección; así es como solía
hacerse si no recuerdo mal. Pero quizá se lo pueda arreglar yo por una propina
insignificante.
–¡Oh, gracias! Prefiero hacerlo así, porque me gustaría que quedara en
secreto.
–Que no se entere el novio, ¿eh?
–No... el marido.
–Ajá. Muy bien, conseguiré que toque el cadáver. ¿Dónde está ahora?
–preguntó ella con un estremecimiento.
–¿El cadáver? El hombre, querrá decir; todavía vive. Está justo detrás
de aquel ventanuco de allá arriba, en la sombra –y señaló la cárcel, que estaba
encima del risco.
Gertrude pensó en su marido y en sus amigos. –Sí, claro –dijo–; ¿y qué
tengo que hacer? Él la acompañó hasta la puerta.
–Verá, esté usted esperando no más tarde de la una en punto junto a la
portezuela que hay en el muro. La encontrará subiendo por esa calle. Yo la
abriré desde dentro, pues no volveré a casa para almorzar hasta que lo hayan
bajado. Buenas noches. Sea puntual; y si no quiere que la reconozca nadie,
lleve un velo. ¡Ah!... ¡Una vez tuve una hija que se parecía a usted!
Gertrude se fue y subió por la calle que Davies le había indicado para
asegurarse de que podría encontrar la portezuela al día siguiente. Pronto vio
la forma rectangular: era una estrecha abertura que había en el muro exterior
del recinto de la prisión. La calle estaba tan en cuesta que, al llegar a la
altura de la portezuela, Gertrude se detuvo un momento para descansar; y, al
volverse para mirar hacia la choza de la ribera, vio al verdugo subiendo de
nuevo por la escalera exterior. El viejo entró en el desván o dormitorio a que
conducía, y al cabo de unos segundos apagó la luz.
El reloj del pueblo dio las diez, y Gertrude regresó al «Cervatillo
Blanco» como había venido.
IX. Un encuentro inesperado.
El sábado, a la una en punto, Gertrude Lodge, después de haberse
introducido en la cárcel de la manera antes descrita, estaba sentada en una
sala de espera pasada la segunda puerta; ésta se hallaba debajo de una arcada
clásica de sillería, entonces relativamente moderna, que llevaba la inscripción:
«CÁRCEL DEL CONDADO: 1793». Esta era la fachada que ella había visto el día
anterior desde el erial. Muy cerca de la joven esposa había una especie de
pasadizo vertical que llegaba hasta el techo de la habitación, sobre el cual
estaba el patíbulo.
El pueblo estaba abarrotado y habían cerrado el mercado; pero Gertrude
apenas había visto un alma. Había esperado encerrada en su habitación hasta la
hora de la cita, y entonces se había dirigido al lugar por un camino que
evitaba tener que pasar por el amplio espacio abierto que estaba bajo el risco,
donde los espectadores se habían congregado; pero podía, incluso ahora, oír el
parloteo de sus numerosas voces, y una voz aislada que a intervalos se elevaba
por encima de las demás y, con un ronco graznido, gritaba la frase «¡Últimas
palabras del condenado y confesión!».
No había habido aplazamiento, y la ejecución se había efectuado; pero la
multitud esperaba todavía para ver cómo bajaban el cadáver. Pronto la
persistente mujer oyó varias pisadas encima de su cabeza, y entonces una mano
le hizo una seña y Gertrude, siguiendo la dirección que ésta le indicaba, salió
de allí y atravesó el patio interior pavimentado que estaba pasada la puerta
principal; las rodillas le temblaban tanto que casi no podía andar. Llevaba un
brazo fuera de la manga del vestido y sólo iba cubierto por un chal. En el
lugar al que ahora había llegado había dos caballetes, y antes de que pudiera
pensar en su posible finalidad oyó que unos pies pesados descendían por unas
escaleras que estaban en algún sitio detrás de ella. No quiso, o no pudo, volver
la cabeza, y, en aquella rígida, postura, notó que un áspero ataúd, llevado por
cuatro hombres, pasaba por encima de uno de sus hombros. Estaba abierto, y en
su interior yacía el cuerpo de un joven que llevaba una camisa de rústico y
pantalones de fustán. El cadáver había sido arrojado al interior del ataúd con
tanta precipitación que el faldón de la camisa colgaba por fuera. La carga fue
depositada provisionalmente encima de los caballetes.
Para entonces el estado de la joven era tal que una niebla grisácea
parecía estar flotando delante de sus ojos, a causa de lo cual –y del velo que
llevaba puesto– Gertrude apenas podía discernir nada: era como si estuviera
casi muerta, pero se sostuviera de pie por una especie de galvanismo.
–¡Ahora! –dijo una voz que estaba a su lado; Gertrude sólo pudo darse
cuenta de que aquella palabra iba dirigida a ella.
Haciendo un último esfuerzo sobrehumano avanzó, mientras, al mismo
tiempo, oía que algunas personas se aproximaban por detrás de ella. Desnudó su
pobre brazo maldecido; y Davies, descubriendo el rostro del cadáver, cogió la
mano de Gertrude y la sostuvo de manera que el brazo se posara sobre el cuello
del muerto, sobre una línea que lo rodeaba y que tenía el color de una mora que
todavía no está madura. Gertrude dio un alarido: «la transformación de la
sangre» predecida por el brujo había tenido lugar. Pero en aquel instante un
segundo alarido desgarró el aire del recinto: Gertrude no lo había dado, y tuvo
el efecto de hacer que ella se volviera sobresaltada. Inmediatamente detrás de
ella estaba Rhoda Brook, su rostro contraído y sus ojos enrojecidos por el
llanto. Detrás de Rhoda estaba el propio marido de Gertrude; su semblante
arrugado, sus ojos oscurecidos pero sin una sola lágrima.
–¡Maldita seas! ¿Qué estás haciendo aquí? –dijo él, roncamente.
–¡Zorra! ¡Interponerte, ahora, entre nosotros y nuestro hijo! –gritó
Rhoda–. ¡Este es el significado de lo que Satanás me mostró en la visión! ¡Al
fin eres como ella! –Y agarrando del brazo a aquella mujer, más joven que ella,
la empujó sin que la otra pudiera oponer resistencia y la golpeó contra la
pared. En cuanto la Brook hubo soltado el brazo de su agarrón, la joven y
frágil Gertrude se dejó caer a los pies de su marido. Cuando él la levantó del
suelo, ella estaba inconsciente.
La simple visión de aquella pareja había sido suficiente para indicarle
que el joven muerto era el hijo de Rhoda. En aquellos tiempos los parientes de
un reo ejecutado tenían derecho a reclamar el cuerpo para enterrarlo si lo
deseaban: y con aquel propósito estaba Lodge aguardando con Rhoda a que se
hiciera la pesquisa judicial. Rhoda le había llamado en cuanto el joven fue
apresado por el delito, y varias veces más desde entonces; y había estado
presente en la sala durante el juicio.
Aquellas eran las «vacaciones» que Lodge se había estado tomando en los
últimos tiempos. Los desdichados padres habían deseado permanecer en la sombra;
y por eso habían ido ellos mismos, con un carro que estaba esperando fuera–
para transportarlo y una sábana para cubrirlo, a recoger el cuerpo. El caso de
Gertrude era tan grave que se estimó aconsejable que la viera el médico más
cercano. La llevaron desde la cárcel al pueblo; pero nunca llegó a su casa con
vida. Su delicada vitalidad, desgastada tal vez por el brazo paralizado, se
desplomó bajo la doble impresión que siguió al tremendo esfuerzo, físico y
mental, a que se había sometido durante las veinticuatro horas previas.
Su sangre, en efecto, había sido «transformada»... demasiado. Su muerte
tuvo lugar en el pueblo tres días después. Su marido no volvió a ser visto en
Casterbridge; sólo una vez en la vieja plaza del mercado de Anglebury, que
tanto había frecuentado, y muy rara vez en público. Cargado al principio con el
peso de la tristeza y el remordimiento, al cabo de cierto tiempo cambió para
bien, y reapareció como un hombre redimido y considerado. Poco después de
asistir al funeral de su pobre y joven esposa dio los pasos necesarios para
deshacerse de las granjas de Holmstoke y del distrito colindante, y, habiendo
vendido todas las cabezas de ganado, se marchó a Port-Bredy, en el otro extremo
del condado, y vivió allí, en unos retirados aposentos, hasta su muerte, que
acaeció dos años más tarde como consecuencia de una tisis que no fue dolorosa.
Fue entonces cuando se descubrió que había legado la totalidad de sus
considerables propiedades a un reformatorio de menores, que a su vez quedaba
obligado a pasar una pequeña cantidad anual a Rhoda Brook, si se podía dar con
ella para entregársela.
No se pudo dar con ella durante algún tiempo; pero finalmente reapareció
en su antiguo distrito... negándose, sin embargo, a tener nada que ver en
absoluto con el legado que se le había hecho.
Volvió a su monótono trabajo de ordeñadora en la vaquería y continuó
ejerciéndolo durante muchos y largos años, hasta que su figura se hizo
encorvada y su cabello, una vez negro y abundante, se le puso blanco y se le
empezó a caer por encima de la frente... tal vez por haber tenido ésta apretada
contra las vacas durante mucho tiempo. Aquí, a veces, los que sabían de sus
experiencias se detenían a observarla y se preguntaban qué sombríos
pensamientos estarían latiendo detrás de aquella frente arrugada e impasible,
al ritmo de los intermitentes chorros de leche.
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Thomas Hardy (1840-1928)

