Libro N° 9963. El Buque Fantasma. Onions, Oliver.
© Libro N° 9963. El Buque
Fantasma. Onions,
Oliver. Emancipación. Mayo 28 de 2022.
Título
original: ©
Phantas, Oliver Onions (1873-1961)
Versión Original: © El Buque Fantasma. Oliver Onions
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Miranda
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Oliver Onions
El Buque
Fantasma
Oliver
Onions
Mientras Abel Keeling yacía en la cubierta del galeón —por donde tan
sólo el propio peso de su cuerpo y su atezada mano extendida sobre los tablones
le impedían rodar— su mirada se extraviaba, pero volvía siempre a la campana
suspendida del pequeño campanario ornamental, a popa del palo mayor, y atascada
por la peligrosa inclinación del barco. La campana era de bronce fundido, con
realces casi obliterados que fueron antaño cabezas de querubines; pero el
viento y la espuma salina del mar habían depositado en ella una gruesa capa de
verdín, semejante a una hermosa y brillante capa de líquenes. Era ese color
verde el que gustaba a Abel Keeling.
En efecto, en cualquier otro lugar del galeón donde descansaban sus
ojos, sólo encontraban blancura, la blancura de la extrema edad. Había diversos
grados en esa blancura: aquí cintilaba como gránulos de sal, allá simulaba un
blanco grisáceo de creta, y más lejos la pátina amarillenta de la decadencia;
pero en todas partes era la inmóvil e inquietante blancura de las cosas sin
vida. Sus jarcias estaban blanqueadas como el heno seco; la mitad del cordaje
conservaba su forma apenas con mayor firmeza que las cenizas de un hilo por el
que acaba de pasar el fuego; sus maderos albeaban como descarnados huesos en la
arena; y aun el incienso silvestre con que por falta de alquitrán lo habían
calafateado al tocar puerto la última vez, estaba convertido en resina dura y
descolorida que brillaba como el cuarzo en las desfondadas junturas de los
tablones. El sol era todavía un broquel de plata, tan pálido detrás de la bruma
inmóvil y blanca, que ni una sola jarcia, ni un madero proyectaban sombra; y
únicamente la cara y las manos de Abel Keeling eran negras, carcomidas y
carbonizadas por el inexorable resplandor. Era el Maria de la Torre,
terriblemente escorado de estribor, tanto que su palo mayor hundía una de sus
vergas de acero en el agua cristalina, y si hubiera conservado su palo de
trinquete o algo más que el roto muñón de la mesana, habría volcado de través.
Muchos días atrás habían desaparejado el palo mayor y pasado 1a vela por debajo
de la quilla, en la esperanza de que cegara la vía de agua. Y así sucedió, en
parte, mientras el galeón se deslizó sobre una banda; pero después, sin virar,
empezó a deslizarse sobre la banda opuesta, los cabos se rompieron y el barco
arrastró en pos de sí la vela, dejando una gran mancha en el mar de plata.
En efecto, el galeón se deslizaba de costado, casi imperceptiblemente,
escorándose cada vez más. Escorándose como si lo atrajera una piedra imán. Y al
principio, en verdad, Abel Keeling pensó que era una piedra imán la que
tironeaba de sus hierros, arrastrándolo a través de la bruma gris que se
extendía como un sudario sobre el agua y que ocultó en pocos instantes la
mancha dejada por la vela. Pero después comprendió que no era eso. El
movimiento se debía —seguramente— a la corriente de aquel estrecho de tres
millas de extensión. Tendido contra el carro de un cañón, a punto de rodar por
la cubierta, volvió a imaginar aquella piedra imán. Pronto sucedería nuevamente
lo que había sucedido durante los últimos cinco días. Oiría los chillidos de
los monos y el parloteo de las cotorras, la alfombra de malezas verdes y
amarillas avanzaría sobre el María de la Torre a través del mar de mercurio,
una vez más se elevaría la pared de rocas, y los hombres correrían...
Pero no; esta vez los hombres no correrían para soltar las defensas: No
quedaba ninguno para hacerlo, a menos que Bligh viviera aún. Quizá vivía. Poco
antes del súbito anochecer del día anterior había bajado hasta la mitad de la
escalera real, después había caído, permaneciendo un minuto inmóvil (muerto,
supuso Abel Keeling, observándolo desde el lugar que ocupaba junto a la cureña
del cañón). Pero luego se levantó otra vez y se encaminó tambaleando en
dirección al castillo de proa. Tambaleando y agitando sus largos brazos. Desde
entonces Abel Keeling no lo había visto. Seguramente había muerto en el
castillo de proa durante la noche. Si no estuviera muerto, habría vuelto a popa
en busca de agua...
Al acordarse del agua, Abel Keeling levantó la cabeza. Las delgadas
fibras de músculos que rodeaban su boca extenuada se contrajeron. Apretó
levemente contra la cubierta la mano ennegrecida por el sol como si quisiera
comprobar el grado de inclinación de aquélla y lo estable de su propio
equilibrio. El palo mayor estaba a unas siete u ocho yardas de distancia...
Encogió una de sus piernas rígidas, y sentado corno estaba, empezó a bajar la
pendiente con una serie de enviones de su cuerpo.
Su aparato para recoger agua estaba sujeto al palo mayor, cerca del
campanario. Consistía en un lazo de cuerda más bajo de un lado que del otro
(pero eso era antes de que el mástil se hubiera inclinado tanto en relación con
el cenit) y ensebado en su extremo inferior. Las nieblas duraban más en aquel
estrecho que en alta mar, y el lazo servía para recoger el rocío que se
condensaba en los mástiles. Las gotas caían en un pucherito de barro colocado
en la cubierta.
Abel Keeling tomó el cacharro y miró en su interior. Estaba lleno hasta
un tercio de agua dulce. Perfecto. Si Bligh, el contramaestre, había muerto,
Abel Keeling, capitán del María de la Torre, tendría más agua. Hundió dos dedos
en el cacharro y se los llevó a la boca. Repitió varias veces la operación. No
se atrevía a acercar el recipiente a los labios negros y llagados, recordando
con espanto la agonía de dolor que lo asaltaba días atrás cuando, tentado por
el demonio, vació de un trago, por la mañana, el contenido del cacharro y debió
pasar el resto del día sin agua... Humedeció una vez más sus dedos y los chupó;
después permaneció tendido contra el mástil, mirando ociosamente cómo caían las
gotas de agua.
Era extraño cómo se formaban las gotas. Crecían lentamente en el borde
del lazo ensebado, temblaban un instante en su plenitud, caían, y el proceso
recomenzaba en seguida. Abel Keeling se entretenía mirándolas. ¿Por qué —se
preguntó— tenían todas el mismo tamaño? ¿A qué causa, a qué compulsión
obedecían para no variar nunca? ¿Qué frágil tenuidad mantenía intactos los
diminutos glóbulos? Recordó que la goma aromática del incienso silvestre con
que habían calafateado el barco pendía de los cubos en grandes goterones
perezosos, obedeciendo a una ley diferente; el aceite también era distinto, y
los zumos de las frutas y los bálsamos. Sólo el mercurio (quizá el mar pesado e
inmóvil le trajo a la memoria el mercurio) no parecía obedecer a ley alguna...
¿Por qué? Bligh, desde luego, lo habría explicado a su modo: era la Mano de
Dios. Eso era suficiente para Bligh, que la tarde anterior se había ido a proa,
y a quien Abel Keeling recordaba ahora, vagamente y a la distancia, como un
fanático de voz profunda que entonaba sus himnos mientras lanzaba, uno a uno,
los cadáveres de la tripulación a las honduras del mar. Bligh era de esa clase
de hombres: aceptaba las cosas sin discusión; se contentaba con tomar las cosas
como venían y con tener preparadas las defensas de cabos de acero cuando la
pared rocosa surgía de la bruma opalescente. Bligh, como las gotas de agua,
tenía su Ley, que regía para él y para nadie más...
De algún cabo podrido descendió flotando una partícula de suciedad que
entró en el cacharro. Abel Keeling, apático, la vio moverse hacia la pared del
recipiente. Cuando hundió en él los dedos, el agua formó un pequeño remolino,
arrastrando la brizna consigo. Después el agua se aquietó, y una vez más
aquella partícula se dirigió hacia la pared de la vasija y se adhirió a ella,
como si ésta la atrajera. Exactamente del mismo modo, el galeón se deslizaba
hacia la pared rocosa, hacia las malezas verdes y amarillas, los monos y las
cotorras. Llevado nuevamente al centro del canal (mientras hubo hombres para
realizar la maniobra) no tardó en deslizarse hacia la pared apuesta. La misma
fuerza atraía a la brizna en el cacharro y al barco en el mar estático. Era la
Mano de Dios, según Bligh...
Abel Keeling, cuya mente observaba a veces las cosas más pequeñas, y
otras se hundía en el embotamiento, no oyó al principio la voz temblorosa que
se alzaba en el castillo de proa; una voz que se acercaba y a la que parecía
prestar acompañamiento el rumor del agua.
Oh Tú, que a Jonás en el pez
tres días preservaste del dolor
que fue un presagio de tu muerte
y resucitando nuevamente...
Era Bligh, que cantaba uno de sus himnos:
Oh Tú, que a Noé salvaste de las aguas,
Y a Abraham un día y otro día
cuando atravesaba Egipto
señalaste el camino...
La voz calló, dejando incompleta la piadosa frase. Bligh, de todas
maneras, estaba vivo... Abel Keeling prosiguió sus vagas meditaciones. Sí, la
Ley de la vida de Bligh era llamar a las cosas la Mano de Dios; pero la Ley de
Abel Keeling era diferente; ni mejor ni peor, sino diferente. La Mano de Dios,
que atraía las briznas y los galeones, debía obrar mediante otro sistema; y los
ojos de Abel Keeling se clavaron una vez más, desganados, en el cacharro, como
si el sistema estuviera allí. Después extravió el sentido, y cuando lo recobró
había perdido todo contacto con sus anteriores ideas. El remo, por supuesto,
ésa era la solución. Con él, los hombres podían reírse de las calmas chichas.
Ahora sólo lo usaban las pinazas y las galeras, aunque había tenido sus
ventajas. Pero los remos (que es como decir un sistema, porque si uno quiere,
puede sostener que la Mano de Dios empuña el timón, así como el Soplo de Dios
llena la vela); los remos eran anticuados, pertenecían al pasado, y usarlos
equivalía a abandonar todo lo que era bueno y nuevo, volver a la época en que
el espolón de proa era el arma más poderosa de los barcos, cuando éstos pasaban
un día o dos en el mar antes de volver a puerto en busca de provisiones.
Remos... no. Abel Keeling era de los hombres nuevos, los hombres que juraban en
nombre de las andanadas de sacres y aculebrines, acostumbrados a pasarse
semanas y meses sin avistar tierra. Quizá algún día el ingenio de hombres como
él inventaría un barco impulsado no por remos (porque los remos no podían
penetrar en los mares remotos del mundo) ni tampoco por velas (porque los
hombres que confiaban en las velas sé encontraban de pronto en un estrecho de
tres millas de anchura, sin un soplo de brisa, suspendidos entre las nubes y el
agua, derivando hacia un muro rocoso), sino un barco... un barco...
A Noé y a sus hijos
habló Dios diciendo:
"Firmo un pacto gon vosotros
y con vuestra descendencia..."
Era Bligh nuevamente, que ambulaba por el combes. La mente de Abel
Keeling volvió a quedar en blanco. Después, despacio, muy despacio, con la
misma lentitud con que crecían las gotas en el lazo de cuerda, sus pensamientos
tomaron forma nuevamente.
¿Una galeaza? No. La galeaza quería ser dos cosas a la vez y no era la
una ni la otra. Este barco, que la mano del hombre construiría alguna vez para
que la Mano de Dios lo guiase, absorbería y conservaría la fuerza del viento,
almacenándola como almacenaba sus provisiones. Permanecería inmóvil cuando
quisiera, cuando quisiera avanzaría. Volvería contra sí misma la fuerza de la
calma chicha y de la tormenta. Porque, naturalmente, su fuerza debía ser el
viento, viento almacenado, una bolsa de los vientos, como en la fábula de los
niños; un chorro de viento dirigido contra el agua, a popa, impulsando el agua
en un sentido y' el barco en otro, actuando por reacción.
Tendría una cámara de viento, donde éste sería introducido por medio de
bombas. Para Bligh sería también la Mano de Dios esa fuerza impulsora del barco
del futuro que Abel Keeling, tendido entre el palo mayor y la campana,
volviendo de tanto en tanto los ojos desde los cenicientos tablones al vívido
cardenillo verde de la campana, presentía vagamente...
El rostro de Bligh, curtido por el sol y devastado desde adentro por la
fe que lo consumía, apareció en lo alto de la escalera del alcázar. Su voz
palpitaba incontrolable:
Y ya no queda en la tierra
un lugar de refugio,
ni en el mar ni en el río
que fluye bajo tierra.
II.
Bligh cerraba los ojos, como contemplando su éxtasis interior. Tenía la
cabeza echada hacia atrás, y sus cejas subían y bajaban con expresión
atormentada. Su ancha boca permaneció abierta cuando su himno fue bruscamente
interrumpido: en algún lugar, en la trémula luminosidad de la niebla, el canto
fue retomado desde su nota final: un bramido ventoso, ronco y lúgubre,
alarmante y sostenido, creció y reverberó a través del estrecho. Bligh se
estremeció. A tientas, como un ciego, se alejó de la escalera del alcázar, y
Abel Keeling vio detrás de sí su figura escuálida, que parecía más alta por la
inclinación de la cubierta. Y al extinguirse aquel sonido vasto y hueco, Bligh
se echó a reír en su demencia.
—Señor, ¿la ancha boca de la tumba tiene lengua para alabarte? Ah, otra
vez...
Nuevamente el cavernoso sonido dominó el aire, más potente y cercano. En
seguida se oyó otro ruido, un pausado latir, latir, latir... Después volvió el
silencio.
—El mismo Leviatán ha alzado su voz en alabanza —sollozó Bligh.
Abel Keeling no levantó la cabeza. Habíha vuelto el recuerdo (le aquel
día en que, antes de que se alzaran sobre el estrecho las brumas del amanecer,
vació de un trago el cacharro de agua que constituía su única ración hasta la
noche. Durante esa agonía de sed habíha visto formas y escuchado sonidos con
ojos y oídos que no eran los suyos, mortales, y aun en sus intermitencias de
lucidez, cuando sabía que eran alucinaciones, esas formas y esos sonidos
regresaban... Había oído las campanas dominicales en su casa de Kent, los
gritos de los niños en sus juegos, las despreocupadas canciones de los hombres
en su trabajo cotidiano, y la risa y los chismes de las mujeres cuando tendían
la ropa blanca en el seto o distribuían el pan en grandes bandejas.
Esas voces habían tintineado en su cerebro interrumpidas de tanto en
tanto por los quejidos de Bligh y de otros dos hombres que aún vivían entonces.
Algunas de las voces que escuchara habían estado silenciosas en la tierra
muchos años, pero Abel Keeling, torturado por la sed, las había oído con la
misma claridad con que oía ahora ese gemido sordo y lúgubre y esa pulsación
intermitente que llenaba el estrecho de alarma.
—¡Alabado sea! ¡Alabado sea! ¡Alabado sea ! —deliraba Bligh.
Después una campana pareció sonar en los oídos de Abel Keeling, y como
si algo se hubiera zafado en el mecanismo de su cerebro, en su fantasía surgió
otra imagen: la partida del María de la Torre, saludado por un bullicio de
campanas, de estridentes gaitas, de valerosas trompetas. Entonces no era un
galeón blanco de lepra. La bruñida voluta de su proa centelleaba; el dorado de
la campana, de los corredores de popa, de las cinceladas linternas relucía al
sol; y sus. cofas y el pabellón de guerra en el combés estaban ornados de
pintados escudos y emblemas. Llevaba cosidos a las velas vistosos leones
rampantes de seda escarlata, y de la verga mayor, ahora sumergida en el agua,
colgaba el pendón de dos colas, con la Virgen y el Niño bordados...
De pronto le pareció oír una voz cercana que decía:
"Y medio... siete... siete y medio..." y en un centelleo la
imagen de su cerebro cambió. Ahora estaba de nuevo en su
casa, enseñando a su hijo, el joven Abel, a lanzar la sonda
desde el esquife en que se habían alejado del puerto.
—Siete y medio... —parecía gritar el muchacho.
Las labios ennegrecidos de Abel Keeling murmuraron:
—¡Muy buen tiro, Abel! Muy buen tiro.
—Y medio... siete... siete y medio... siete... siete.
—Ah —murmuró Abel Keeling—, ese tiro no fue tan bueno. Dame la
sondaleza. Debes lanzarla así... eso es. Pronto navegarás conmigo en el María
de la Torre. Ya conoces las estrellas y el movimiento de los planetas. Mañana
te enseñaré a usar el astrolabio...
Durante uno o dos minutos siguió murmurando. Después se quedó dormido.
Cuando volvió a un estado de semiconsciencia, oyó nuevamente un sonido de
campanas, débil al principio, después más fuerte y convertido al fin en un
potente clamor que resonaba sobre su cabeza. Era Bligh. Bligh, en otro ataque
de delirio, había aferrado la cuerda de la campana y la hacía repicar como un
demente. La cuerda se rompió en sus dedos, pero él siguió agitándola con la
mano, al tiempo que clamaba:
—Con un arpa y un instrumento de diez cuerdas... ¡el Cielo y la Tierra
alaben tu Nombre!
Y clamaba a voz en cuello y sacudía la enmohecida campana de bronce.
—¡Ah del barco! ¿Qué barco es ése?
Parecía un verdadero saludo que salía de la bruma. Pero Abel Keeling
conocía esas voces que surgían de las brumas. Venían de barcos que no existían.
—Sí, pon un buen vigía y no pierdas de vista la brújula —volvió a
murmurar, hablando con su hijo.
Pero así como a veces un hombre dormido se incorpora en el lecho, o se
levanta y empieza a caminar, del mismo modo Abel Keeling, con las manos y las
rodillas apoyadas sobre cubierta, miró por encima del hombro. En alguna
profunda región de su espíritu tuvo conciencia de que la inclinación de la
cubierta se habíha vuelto más peligrosa, pero su cerebro recibió la advertencia
y la olvidó en seguida. Sus ojos se clavaban en una niebla luminosa y
desconcertante. El escudo del sol era de una plata más ardiente; debajo, el mar
se esfumaba en radiantes evaporaciones. Y entre el sol y el mar, suspendido en
la bruma, no más sustancial que las vagas sombras que pasan ante los ojos
encandilados, flotaba espectralmente una forma piramidal. Abel Keeling se pasó
la mano por los ojos, pero cuando la retiró la sombra aún estaba allí,
deslizándose lentamente hacia la popa del María de la Torre. Y a medida que la
observaba, su forma iba cambiando. La espectral silueta gris con forma de
pirámide pareció disolverse en cuatro segmentos verticales, de altura levemente
decreciente. El más próximo a la popa del María de la Torre era el más alto, y
el de la izquierda el más bajo. Parecía la sombra de una gigantesca flauta de
cañas, en la que hubiera resonado poco antes aquel son cóncavo y plañidero. Y
mientras miraba con ojos engañados, nuevamente fueron engañados sus oídos:
—¡Ah del barco! ¿Qué barco es ése? ¿Es un barco?...
Oye, dame el altavoz... —Y en seguida un ladrido metálico—: ¡Ea! Quién
diablos son ustedes? ¿No tocaron una campana? Tóquenla de nuevo, hagan algún
ruido...
Todo esto llegó borrosamente a los oídos de Abel Keeling, como a través
de un intenso zumbido. Después creyó oír una risa breve e intrigada, seguida
por un diálogo que venía de algún lugar situado entre el mar y el cielo.
—Oye, Ward, pellízcame, ¿quieres? Dime qué ves allí. Quiero saber si
estoy despierto.
—Qué veo adónde?
—Hacia la serviola de estribor. (Para ese ventilador; no puedo oírme
pensar). Ves a lgo? No me digas que es ese maldito Holandés... No me vengas con
esa vieja historia de Vanderbecken. Cuéntame algo más creíble, para empezar;
algo sobre una serpiente marina... Oíste la campana, ¿verdad? —Calla un
momento... escucha.
Nuevamente se alzaba la voz de Bligh:
Éste es el pacto que celebro:
de ahora en adelante, nunca
destruiré el mundo nuevamente
por el agua como antaño...
La voz de Bligh tornó a extinguirse en los oídos de Abel Keeling.
—Oh, por las barbas del profeta —dijo la voz que parecía venir de entre
el cielo y el mar. Después habló más fuerte. —Escuchen —dijo con deliberada
cortesía—, si eso es un barco, por qué no nos dicen dónde se celebra la
mascarada? Se nos ha descompuesto la radio, y no estábamos enterados... Oh, ves
eso, Ward, ¿no? ¡Por favor, dígannos qué diablos son ustedes!
Una vez más Abel Keeling se había movido como un sonámbulo,
incorporándose junto a los maderos del campanario, mientras Bligh caía hecho un
bulto sobre cubierta. El movimiento de Abel Keeling derribó el cacharro, que
rodó por cubierta, en pos del diminuto arroyo de su contenido, y quedó encajado
allí donde el inmóvil y rebosante mar formaba; por así decirlo, una cadena con
la esculpida balaustrada del alcázar: un eslabón el borde todavía reluciente,
después un balaustre oscuro, después otro eslabón reluciente. Por un momento
apenas, Abel Keeling reflexionó que lo que había lanzado a. Bligh hacia la popa
era el ascenso del agua en el combés, que ahora estaba enteramente sumergido.
Después fue absorbido una vez más por su sueño, por las voces, por aquella silueta
entre las brumas, que había tomado nuevamente la forma de una pirámide.
—Por supuesto —volvía a quejarse una de las voces, siempre a través del
confuso zumbido que llenaba los oídos de Abel Keeling—, por supuesto, no
podemos apuntarle con un cuatro—pulgadas... Y desde luego, Ward, yo no creo en
ellos. ¿Llamamos al viejo A. B.? Tal vez esto interese a Su Científica Majestad
el Capitán.
—Oh, baja un bote y rema hacia él.. . dentro de él...sobre
él....a...través de él....
—Mira a nuestros muchachos apiñados allá. Lo han visto. Mejor no dar una
orden que tú sabes que no será obedecida...
Abel Keeling, aferrado al campanario, comenzaba a interesarse en su
sueño. Porque si bien no conocía su estructura, aquel espejismo era la forma de
un barco. Una proyección, sin duda, de sus anteriores reflexiones. Y eso era
extraño... Aunque no tanto, quizá. Sabía que aquello no existía realmente; sólo
su apariencia existía; pero las cosas debían existir de ese modo antes de
existir en realidad. Antes de existir, el María de la Torre había sido una
forma en la imaginación de algún hombre; antes de eso, algún soñador había
soñado la forma de un buque de remos; y aun antes, allá lejos en el alba y la
infancia del mundo, antes de que el hombre se aventurase a atravesar el agua
sobre un par de leños, algún vidente había columbrado en una visión el esquema
de —la balsa. Y puesto que esa forma que flotaba ante sus ojos era una forma de
su sueño, él, Abel Keeling, era dueño de ella. Su mismo ser pensante la había
concebido, y había sido botada en el océano ilimitable de su propia alma...
Y nunca he de olvidar
este mi convenio celebrado
entre tú y yo y toda carne
mientras dure el mundo...
Cantaba Bligh, en éxtasis. Pero así como el que sueña, aun en el sueño,
suele escribir en la pared contigua una clave, una palabra que mañana le
recuerde su visión perdida, así Abel Keeling empezó a buscar una señal como
prueba para mostrar a quienes fuesen ajenos a su visión. El mismo Bligh buscaba
eso... no podía estarse callado en su éxtasis, tendido sobre cubierta, sino que
elevaba, en un arpa y en un instrumento de diez cuerdas, como él decía,
apasionados amenes y alabanzas a su Hacedor. Lo mismo Abel Keeling. Habría sido
el Amén de su vida alabar a Dios, no con un arpa, sino por medio de un barco
que llevara su propia energía impulsora, que almacenara el viento o su
equivalente como almacenaba sus provisiones, algo arrancado al caos y a la
inercia, algo ordenado y disciplinado y subordinado a la voluntad de Abel
Keeling... Y allí estaba, esa forma de barco de un gris espectral, con sus
cuatro tubos verticales, que, vistos ahora de frente y de igual longitud,
parecían un órgano fantasma. Y los tripulantes espectrales de ese barco hablaban
nuevamente...
La interrumpida cadena de plata junto a la balaustrada del alcázar ahora
se había vuelto continua, y los balaústres formaban con sus propios reflejos
inmóviles el esqueleto de un pez. El agua volcada del cacharro se había secado,
y el cacharro había desaparecido. Abel Keeling se paró junto al mástil, erguido
como Dios creó al hombre. Con su mano de cuero golpeó la campana. Aguardó un
minuto y gritó:
—¡Ah del barco!... ¡Ah del barco! ¿Qué barco es ése?
III.
No tenemos conciencia en el sueño de que estamos jugando un juego, cuyo
principio y cuyo fin están en nosotros mismos. En este sueño de Abel Keeling
una voz replicó:
—Bueno, ha recobrado el habla... ¡Eh! ¿Qué son ustedes?
En voz alta y clara Abel Keeling dijo:
—¿Es eso un barco?
La voz contestó con una risa nerviosa:
—Somos un barco, verdad, Ward? Ya no me siento muy seguro...Sí, por
supuesto, éste es un barco. Por nosotros no hay cuidado. La cuestión es quién
diablos son ustedes.
No todas las palabras que utilizaban aquellas voces eran inteligibles
para Abel Keeling; y sin saber por qué, algo en el tono de aquella última frase
le recordó el honor debido al María —de la Torre. Blanco de llagas y al término
de su vida estaba el galeón, pero Abel Keeling era todavía el custodio de su
dignidad. La voz tenía un acento juvenil; no estaba bien que jóvenes lenguas se
movieran en desprecio de su galeón. Habló con dureza. —¿Sois el capitán de esa
nave?
—Oficial de guardia —volvieron a él flotando las palabras—. El capitán
está abato.
—Entonces id a buscarlo. Los amos hablan con los amos —respondió Abel
Keeling.
Podía ver las dos figuras, chatas y sin relieve, paradas en una
estructura alta y angosta provista de una barandilla. Uno de ellos silbó por lo
bajo y pareció abanicarse la cara; pero el otro murmuró algo sordamente, ante
una especie de chimenea. Después las dos siluetas se convirtieron en tres. Hubo
cuchicheos, como de consulta, y en seguida habló una nueva voz. Al oír su
vibración y su acento, un súbito temblor recorrió el cuerpo de Abel Keeling. Se
preguntó qué fibra hería aquella voz en los olvidados recovecos de su memoria.
—¡Ea! —gritó esta voz nueva, aunque vagamente recordada—. ¿Qué ocurre?
Escuche. Éste es el destructor británico Seapink, que salió de Devonport en
octubre último, y no tiene nada de particular. ¿Quiénes son ustedes?
—Él María de la Torre, que zarpó del puerto de Rye el día de Santa Ana,
y ahora con sólo dos hombres...
Una exclamación lo interrumpió.
—¿De dónde? —dijo temblorosa aquella voz que conmovía tan extrañamente a
Abel Keeling, mientras Bligh estallaba en gemidos de renovado éxtasis.
—Del puerto de Rye, en el condado de Sussex.. . ¡Ea, prestad atención;
de lo contrario no podréis oírme mientras luchen el espíritu y el cuerpo de ese
hombre! ¡Eh! ¿Estáis ahí?
Las voces se habían convertido en un débil murmullo; y la forma del
buque se había desvanecido ante los ojos de Abel Keeling. Los llamó a gritos
una y otra vez. Quería enterarse de la estructura y manejo de la cámara de
viento...
—¡La cámara de viento! —gritó atormentado por el temor de perder la
revelación tan próxima—. Quiero que me digáis cómo funciona...
Como un eco volvieron a él las palabras, pronunciadas con acento de
incomprensión:
— ¿La cámara de viento?
—...lo que impulsa al barco —quizá no sea viento; un arco de acero
tendido también conserva la fuerza— la fuerza que almacenáis, para moveros a
voluntad a través de la calma y las tormentas... — ¿Tú entiendes lo que dice?
—Oh, en el momento menos pensado nos despertaremos...
—Un momento, ya sé. Las máquinas. Quiere saber algo de nuestras
máquinas. Si seguimos así, acabará por pedirnos la documentación de a bordo.
¡El puerto de Rye!... Bueno, nada se pierde con seguirle la corriente. Veamos
qué saga en limpio de todo esto. ¡Ah del barco!—retornó la voz a Abel Keeling,
un poco más fuerte ahora, como llevada por un viento cambiante, y hablando cada
vez más de prisa—. No es viento, sino vapor, ¿me oye? Vapor. Vapor de agua en
ocho calderas Yarrow. Vapor, v - a - p - o - r. ¿Comprende? Y tenemos motores
gemelos de triple expansión, son cuatro mil caballos de fuerza. 430
revoluciones por minuto. ¿Entendido? ¿Quiere saber algo de nuestro armamento,
señor fantasma?
Abel Keeling murmuraba temeroso para sus adentros. Le irritaba que
palabras percibidas en su propio sueño no tuviesen significado para él ¿Cómo le
llegaban en su sueño palabras que estando despierto no conocía?
—En cuanto a armamento —prosiguió la voz que turbaba tan profundamente
los recuerdos de Abel Keeling —tenemos dos tubos lanzatorpedos Whitehead, tres
seis libras en la cubierta superior, y ese que ve junto a la torre de mando es
un doce libras. Olvidaba mencionar que el buque es de acero níquel, que
llevamos unas sesenta toneladas de hulla en las carboneras, y que nuestra
velocidad máxima es aproximadamente de treinta nudos y cuarto. Quiere subir a
bordo?
Pero la voz siguió hablando, aún más rápida y febril, como para llenar
de cualquier modo el silencio, y la figura que hablaba se inclinaba
ansiosamente hacia adelante sobre la barandilla.
—¡Uf! Me alegro de que esto haya ocurrido en plena luz del día —murmuró
otra voz.
—Ojalá estuviera seguro de que está ocurriendo... ¡Pobre viejo fantasma!
-Supongo que se mantendría de pie aunque la cubierta estuviese en
posición vertical. ¿Crees que se hundirá, o que simplemente se disolverá en el
aire?
—Probablemente se hunda... sin oleaje... —Oigan... Ahí está el otro...
En efecto, Bligh cantaba nuevamente:
Señor, tú nos conoces
y sabes que si el triunfo
obtenemos de tu mano
sin sentir dolor ni pena,
bien poco lo apreciamos.
Pero tras la suerte adversa
es mil veces más precioso
todo don que recibimos...
—¡Pero, oh, miren... miren... miren al otro! Diablos, ¿no es un tipo
magnífico? ¡Miren!
En efecto, Abel Keeling, transfigurado como un profeta en el momento del
rapto, acababa de sentir su cerebro inundado por la blanquísima luz de la
perfecta comprensión; de recibir aquello que él y su sueño habían estado
esperando. Como si Dios hubiese grabado sus líneas en su cerebro, conoció aquel
barco del futuro. Lo conoció milagrosamente, totalmente, como conocen las cosas
aquellos que ya bajan al sepulcro y aceptan con un gesto de natural
asentimiento las imposibilidades de la vida. Desde las bocas ardientes de sus
ocho calderas hasta la última gota de sus lubricadores, desde el montaje de sus
máquinas hasta las recámaras de sus cañones de tiro rápido. Calculó su arqueo,
tomó su posición, leyó las distancias de tiro en el telémetro, y vivió la vida
de quien lo comandaba.
Ya mañana no olvidaría la revelación, como había olvidado tantas otras
veces, porque al fin había visto el agua bajo sus pies y sabía que no restaba
para él ningún mañana en este mundo. Y aun en aquel momento, cuando sólo
quedaban uno o dos gránulos en su reloj de arena, indomable, insaciable,
soñando sueño sobre sueño, se sintió incapaz de morir sin saber más. Le
quedaban dos preguntas por formular, y aun una tercera pregunta, la más
fundamental. Y sólo disponía de un instante. Estridente se oyó su voz:
—¡Oídme! Este viejo barco, el María de la Torre, no puede hacer treinta
nudos y cuarto, pero aun así puede navegar. ¿Qué más hace el vuestro? ¿Se eleva
sobre las aguas, como las aves que surcan el espacio?
—Santo Dios, cree que esto es un avión... No, no vuela...
—¿Y puede sumergirse, como los peces del mar?
—No... Ésos son los submarinos... Esto no es un submarino.
Pero Abel Keeling ya no lo escuchaba. Lanzó una risa de júbilo.
—Oh, treinta nudos, y en la superficie del agua... ¿nada más que eso?
¡,Ja, ja, ja!... Mi barco, os digo... navegará... ¡Cuidado ahí abajo! ¡Acuñad
ese cañón!
El grito brotó súbito y alerta, al tiempo que se oía en las entrañas de
la nave un rumor sordo y un temblor siniestro sacudía al galeón.
—¡Por Dios!, se han soltado los cañones... Es el fin...
—¡Acuñad ese cañón y amarrad los otros! —gritó nuevamente la voz de Abel
Keeling, como si hubiera alguien para obedecerle.
Se había abrazado a los maderos del campanario, pero en mitad de la
orden siguiente su voz bruscamente se quebró. La silueta de su barco, por un
instante olvidada, apareció nuevamente ante sus ojos. Llegaba el fin, y aún no
había formulado la pregunta decisiva, el temor de cuya respuesta le torturaba
el rostro y parecía a punto de hacerle estallar el corazón.
—Un momento... el que habló conmigo... el capitán —gritó con voz
penetrante— ¿está ahí todavía?
—Sí, sí —repuso la otra voz, enferma de suspenso—. ¡Oh, pronto!
Por un instante se mezclaron indescriptiblemente roncos gritos de muchas
voces, un golpe seco, un rodar sobre planchas de madera, un estallido de
tablones, un gorgoteo y una zambullida; el cañón bajo el cual había estado Abel
Keeling acababa de cortar sus amarras podridas, precipitándose por la cubierta
y arrastrando consigo el cuerpo inconsciente de Bligh. La cubierta quedó
vertical, y por un instante más Abel Keeling se aferró al campanario.
—No puedo ver vuestro rostro —gritó—, pero me parece conocer vuestra
voz. ¿Cómo os llamáis? En un desgarrado sollozo vino la respuesta: —Keeling...
Abel Keeling... iOh, Dios mio! Y el grito de triunfo de Abel Keeling, dilatado
hasta convertirse en un ¡Hurra! de victoria, se perdió en el descenso vertical
del María de la Torre, que dejó el estrecho vacío, salvo por el ígneo
resplandor del sol y la última humosa evaporación de las brumas.
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Oliver Onions (1873-1961)

