© Libro N° 9729. Aylmer Vance Y La Vampiresa. Askew, Alice Y Askew, Claude. Emancipación.
Marzo 26 de 2022.
Título original: © Aylmer Vance and the Vampire, Alice Askew y
Claude Askew.
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Original: © Aylmer Vance Y La Vampiresa. Alice Askew Y Claude Askew.
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Alice Askew y Claude Askew
Aylmer Vance Y La Vampiresa
Alice Askew Y Claude Askew
"AYLMER VANCE Y LA VAMPIRESA": ALICE Y
CLAUDE ASKEW; CLÁSICO DEL RELATO DETECTIVESCO DE VAMPIROS
Aylmer Vance y la vampiresa (Aylmer Vance and the
Vampire) es un relato detectivesco de vampiros escrito en colaboración entre
Alice y Claude Askew —seudónimos de Jane de Courcy (1874-1917) y Arthur Cary
(1866-1917)—, publicado en la edición del 1 de agosto de 1914 de la revista The
Weekly Tale-Teller.
Aylmer Vance encarnó a uno de los tantos detectives
paranormales de la época, tradición que procede del Martin Hesselius de
Sheridan Le Fanu, y que luego sería continuada por Carnaki, detective
paranormal de W.H. Hodgson; John Silence (Algernon Blackwood); Simon Iff
(Aleister Crowley); Jules de Grandin (Seabury Quinn); John Thunstone y el juez
Pursuivant (Manly Wade Wellman); el Profesor Challenger (Arthur Conan Doyle);
Solar Pons (August Derleth); y John Constantine, entre tantos otros.
Los relatos de detectives de Aylmer Vance poseen
muchos ingredientes de los cuentos de Sherlock Holmes, notablemente populares
en la época, con la diferencia que sus protagonistas: Aylmer Vance y su
compañero, Dexter, especie de Watson con habilidades de clarividente, sólo se
enfrentan a fenómenos paranormales, por ejemplo: fantasmas, casas embrujadas y,
como en el caso de Aylmer Vance y la vampiresa, vampiros.
Aylmer Vance y la vampiresa cierra el ciclo de
relatos detectivescos de Jane de Courcy y Arthur Cary, no por fatiga de aquel
personaje entrañable, sino porque la pareja perdió la vida cuando su
embarcación fue torpedeada por un submarino alemán durante la Primera Guerra
Mundial; final trágico que este gran investigador paranormal no alcanzó a
pronosticar.
AYLMER VANCE Y LA VAMPIRESA
Alice Askew y Claude Askew
Aylmer Vance tenía habitaciones en Dover Street,
Picadilly. Tras decidir seguir sus pasos y tenerle como profesor mío en
materias paranormales, pensé que lo mejor era alojarme en la misma casa que él.
Aylmer y yo en seguida nos hicimos buenos amigos. Fue él quien me enseñó a
utilizar la clarividencia, facultad que yo desconocía poseer. He de decir que
esta facultad mía nos fue de gran utilidad en más de una ocasión.
Sin embargo, más de una vez también le serví a
Vance de memoria de sus aventuras más extrañas. En lo que a él respecta, nunca
se preocupó demasiado de hacerse famoso, aunque un día por fin pude convencerle
de que, en nombre de la ciencia, me dejase divulgar algunos de sus hallazgos.
Los incidentes que voy a contar a continuación
ocurrieron poco después de que estableciéramos nuestra residencia juntos y
mientras yo todavía era, por decirlo de alguna forma, un principiante. Serían
las diez de la mañana cuando anunciaron la llegada de una visita. La tarjeta
era de un tal Paul Davenant.
El nombre me resultaba familiar. ¿Tendría algo que
ver con aquél Davenant con el jugador de polo y jinete, famoso por sus
concursos de salto? Había oído que era un joven de buena posición y que, hacía
más o menos un año, se había casado con una chica considerada la más guapa de
la temporada. Todas las revistas publicaron fotos suyas, y recuerdo que pensé
en lo buena pareja que hacían.
En ese momento apareció el señor Davenant. Al
principio, dudé de si aquel individuo era el tipo en el que yo estaba pensando,
pues parecía terriblemente demacrado, pálido y enfermo. De las fotos de su
boda, de aquel hombre atractivo y fornido, sólo quedaba un joven caído de
hombros, que arrastraba los pies al andar, y su rostro, sobre todo alrededor de
los labios, parecía el de un ser anémico. Pero seguía siendo el mismo hombre,
pues debajo de aquel aspecto macilento pude reconocer la huella del porte que una
vez distinguió a Paul Davenant.
Tomó la silla que le ofreció Aylmer, después de
saludarse cortésmente y, a continuación, me miró con desconfianza.
–Me gustaría hablar con usted en privado, señor
Vance –le dijo–. El asunto que me trae hasta aquí es de gran importancia para
mí, y podría decir que es una cuestión de delicada naturaleza.
Al oír aquello, me levanté inmediatamente para
retirarme a mi habitación, pero Vance me sujetó por el brazo.
–Si ha venido porque conoce mi forma de trabajar,
señor Davenant –le contestó–, si lo que desea es que lleve a cabo algún tipo de
investigación en su nombre, le agradecería que hiciera partícipe al señor
Dexter de todos los detalles. Dexter es mi ayudante. Pero, por supuesto, si
usted no…
–¡Oh, no! – le interrumpió–. Si es su ayudante,
ruego al señor Dexter que se quede. Tengo oído, además –añadió dedicándome una
sonrisa–, que usted es de Oxford, ¿no es así, señor Dexter? Eso fue antes de
que yo estuviera allí, pero sé que su nombre tiene algo que ver con el rio.
Usted remaba en Henley, ¿no?, a menos que yo esté equivocado.
Admití el hecho con una agradable sensación de
orgullo. Por aquella época, era un gran aficionado al remo. Las hazañas del
colegio y de la Facultad siempre se recuerdan con cariño. Olvidados estos
primeros recelos, Paul Davenant se dispuso a contarnos a Aylmer y a mí lo que
ocurría.
Empezó pidiéndonos que nos fijáramos en su aspecto.
–Seguro que no podrían reconocerme como el hombre
que era hace un año –nos dijo–. Durante los últimos seis meses he perdido peso.
Hace una semana vine a Escocia para consultar a un doctor de Londres. He
visitado a dos; me han visto, pero el resultado está muy lejos de ser
satisfactorio. No parecen saber qué es lo que me ocurre en realidad.
–Anemia… corazón –sugirió Vance. Desde el principio
no había dejado de estudiar al joven sin que éste se diera cuenta–. Los atletas
suelen castigarse mucho, someten a demasiado esfuerzo a su corazón.
–Mi corazón está perfectamente –respondió
Davenant–. Está en perfecto estado. El problema parece ser que no tiene
suficiente sangre que bombear a mis venas. Los doctores me preguntaron si había
tenido algún accidente en el que hubiera perdido mucha sangre, pero no he
tenido ninguno. Nunca he tenido ningún accidente, y tampoco creo que sea
anemia, pues no tengo ninguno de los síntomas. Lo inexplicable es que parece
que llevo algún tiempo perdiendo sangre sin saberlo y que me he ido poniendo
cada vez peor. Al principio era algo casi imperceptible. No se trata de un
colapso repentino, sino de un deterioro gradual de mi estado de salud.
–Pero –dijo Vance pensando en sus palabras–, ¿por
qué ha venido a consultarme a mí? Usted ya sabe cuál es mi campo de
investigación. ¿Puedo preguntarle si tiene alguna razón para creer que su
estado de salud se debe a alguna causa que podamos describir como sobrenatural?
Las blancas mejillas de Davenant tomaron un ligero
color.
–Todo es muy extraño –dijo con tono serio–. Le he
estado dando mil vueltas, he intentado encontrarle una explicación. Me atrevo a
decir que todo esto es una locura. Deben saber que no soy para nada un tipo
supersticioso. Bueno, tampoco vayan a pensar que soy un incrédulo, pero jamás
me había parado a pensar en causas de este tipo. He tenido una vida llena de
actividad. Pero, como ya le he dicho, todo es muy extraño, y eso es lo que me
ha llevado a recurrir a usted.
–¿Me lo va a contar todo, sin ningún tipo de
reserva? –le preguntó Vance.
Y pude ver que el caso le interesaba. Estaba
sentado en su silla, con los pies apoyado en un escabel, los codos sobre las
rodillas y con la barbilla sujeta entre las manos, una de sus posturas
favoritas.
–¿Tiene alguna herida –le insinuó–, algo que se
pueda asociar, aunque sea remotamente, con su debilidad?
Es curioso que me haga esa pregunta –le contestó
Davenant–, porque tengo una extraña marca, una especie de cicatriz, a la que no
encuentro explicación alguna. Pero se la enseñé a los doctores y me dijeron que
no tenía nada que ver con mi estado. En cualquier caso, no sabían qué podía
ser.
Supongo que imaginaron que era un antojo, algo
parecido a un lunar. Me preguntaron si la había tenido siempre, pero puedo
jurar que no ha sido así. Me la vi por primera vez hará unos seis meses, justo
cuando me empecé a sentir mal. Pero, véalo usted mismo.
Se desabrochó el cuello de la camisa y dejó al
descubierto su garganta. Vance se levantó y examinó detenidamente la sospechosa
marca. Se encontraba ligeramente a la izquierda de la columna vertebral, justo
sobre la clavícula y, como Vance señaló, directamente sobre las gruesas venas
de la garganta. Mi amigo me pidió que me acercara para que yo también lo
examinara. Fuera la que fuera la opinión de los doctores, a Aylmer se le veía
terriblemente interesado.
Pero allí había poco que ver. La piel estaba casi
intacta y no había signo alguno de inflamación. Lo que sí había eran dos marcas
rojas, a dos centímetros una de otra, con forma de medialuna, pero destacaban
más por la lividez de la piel de Davenant.
–Seguro que no es nada –dijo Davenant con una risa
nerviosa–. Yo creo que las marcas están desapareciendo.
–¿Ha notado que estuviesen en algún momento más
inflamadas que ahora? –preguntó Vance–. Y si es así, ¿es en alguna
circunstancia especial?
Davenant reflexionó durante un instante.
–Sí respondió pensativo–, ha habido veces, creo que
sin motivo aparente, que me despertaba por las mañanas y las marcas parecían
más grandes y tenían peor aspecto. Yo tenía una ligera sensación de dolor, un
ligero hormigueo, pero nunca le di la menor importancia. Pero, ahora que lo
dice creo que esas mismas mañanas me he sentido especialmente cansado y
agotado; tenía una sensación de cansancio absolutamente rara en mí. Y en una
ocasión, señor Vance, recuerdo que me vi una manchita de sangre cerca de la marca.
En ese momento no le presté ninguna atención. Me lavé y ya está.
–Comparado. –Aylmer Vance volvió a sentarse e
invitó al joven a que hiciera lo mismo–. Y ahora, –continuó– dice usted, señor
Davenant, que hay ciertos detalles que quiere contarme. ¿Está listo?
Y, entonces, Davenant se abrochó el cuello de la
camisa y se dispuso a contar su historia. Yo voy a repetirla lo mejor que
pueda, sin mencionar las interrupciones que hizo Vance y yo mismo.
Paul Davenant, como ya he dicho, era un hombre
rico, de cierta posición social y, también, en todos los sentidos de la
expresión, el marido ideal para la señorita Jessica MacThane, la joven que con
el tiempo llegaría a ser su esposa. Antes de pasar a contarnos todo lo
relacionado con su estado de salud, Davenant se detuvo en los pormenores sobre
la señorita MacThane y la familia de ésta. La joven era de familia escocesa y,
aunque tenía algún rasgo típico de su raza, en realidad, no parecía escocesa.
Su belleza respondía más a la típica belleza del lejano sur que a la de las
tierras altas, de donde procedía.
Lo que más llamaba la atención de la señorita
MacThane era su maravillosa melena pelirroja, color que rara vez se pueden
fuera de Italia, no así el rojo celta; la melena le llegaba hasta los pies y
tenía un brillo tan extraordinario que parecía tener vida propia. Además, la
joven tenía el cutis que uno puedo esperar con ese cabello, el blanco del
marfil, y ni una sola peca, como suele ocurrir con la mayoría de las chicas
pelirrojas. Aquella belleza le venía de algún antepasado que la habría traído a
Escocia de alguna tierra extranjera, aunque nadie sabía exactamente de dónde.
Davenant se enamoró de ella la primera vez que la
vio y estaba casi seguro de que, a pesar de sus muchos admiradores, ella
también le amaba. Por aquella época, apenas sabía nada de ella, sólo que era
rica por derecho propio, huérfana y el último eslabón de una familia que se
había hecho famosa en los anales de la historia por su infamia. A los MacThame
se les recordaba más por su crueldad y por su sed de sangre que por sus
hazañas. Aquel clan de bandidos había ayudado a añadir muchas páginas
sangrientas a la historia de su país.
Jessica había vivido con su padre, que tenía una
casa en Londres, hasta que éste murió, cuando ella tenía unos quince años. Su
madre falleció en Escocia cuando ella no era más que una niña. Al señor
MacThane le afectó tanto la muerte de su mujer que cogió a su pequeña y juntos
abandonaron la finca donde vivían en Escocia, o por lo menos eso fue lo que se
creyó que hicieron; la propiedad la dejó a cargo de un administrador, aunque lo
cierto es que allí poco trabajo había para un administrador, aunque lo cierto
es que allí poco trabajo había para un administrador, pues apenas quedaba
arrendatarios. El Castillo de Blackwick se había ganado con los años una
reputación poco envidiable.
Tras la muerte de su padre, la señorita MacThane se
fue a vivir con la señora Meredith, pariente de su madre pues, por parte de su
padre, no le quedaba familia. Jessica era el último miembro de un clan que en
su día llegó a ser tan grande que establecieron como tradición casarse entre
ellos, pero esta norma había ido desapareciendo poco a poco en los últimos
doscientos años hasta su desaparición. La señora Meredith presentó a Jessica en
sociedad, honor que jamás habría tenido la joven si su padre, el señor MacThane,
siguiera con vida, ya que Paul Davenant, como ya he dicho, era un hombre rico,
de cierta posición social y, también, en todos los sentidos de la expresión, el
marido ideal para la señorita Jessica MacThane, la joven que con el tiempo
llegaría a ser su esposa. Antes de pasar a contarnos todo lo relacionado con su
estado de salud, Davenant se detuvo en los pormenores sobre la señorita
MacThane y la familia de ésta.
La joven era de familia escocesa y, aunque tenía
algún rasgo típico de su raza, en realidad, no parecía escocesa. Su belleza
respondía más a la típica belleza del lejano sur que a la de las tierras altas,
de donde procedía.
Lo que más llamaba la atención de la señorita
MacThane era su maravillosa melena pelirroja, color que rara vez se pueden
fuera de Italia, no así el rojo celta; la melena le llegaba hasta los pies y
tenía un brillo tan extraordinario que parecía tener vida propia. Además, la
joven tenía el cutis que uno puedo esperar con ese cabello, el blanco del
marfil, y ni una sola peca, como suele ocurrir con la mayoría de las chicas
pelirrojas. Aquella belleza le venía de algún antepasado que la habría traído a
Escocia de alguna tierra extranjera, aunque nadie sabía exactamente de dónde.
Davenant se enamoró de ella la primera vez que la
vio y estaba casi seguro de que, a pesar de sus muchos admiradores, ella
también le amaba. Por aquella época, apenas sabía nada de ella, sólo que era
rica por derecho propio, huérfana y el último eslabón de una familia que se
había hecho famosa en los anales de la historia por su infamia. A los MacThame
se les recordaba más por su crueldad y por su sed de sangre que por sus
hazañas. Aquel clan de bandidos había ayudado a añadir muchas páginas
sangrientas a la historia de su país. Jessica había vivido con su padre, que
tenía una casa en Londres, hasta que éste murió, cuando ella tenía unos quince
años. Su madre falleció en Escocia cuando ella no era más que una niña.
Al señor MacThane le afectó tanto la muerte de su
mujer que cogió a su pequeña y juntos abandonaron la finca donde vivían en
Escocia, o por lo menos eso fue lo que se creyó que hicieron; la propiedad la
dejó a cargo de un administrador, aunque lo cierto es que allí poco trabajo
había para un administrador, aunque lo cierto es que allí poco trabajo había
para un administrador, pues apenas quedaba arrendatarios. El Castillo de
Blackwick se había ganado con los años una reputación poco envidiable.
Tras la muerte de su padre, la señorita MacThane se
fue a vivir con la señora Meredith, pariente de su madre pues, por parte de su
padre, no le quedaba familia. Jessica era el último miembro de un clan que en
su día llegó a ser tan grande que establecieron como tradición casarse entre
ellos, pero esta norma había ido desapareciendo poco a poco en los últimos
doscientos años hasta su desaparición. La señora Meredith presentó a Jessica en
sociedad, honor que jamás habría tenido la joven si su padre, el señor MacThane,
siguiera con vida, ya que éste era un hombre malhumorado, ensimismado en su
mundo y que había envejecido prematuramente, como si no hubiera podido con el
peso de su gran pena.
Bien, ya he dicho que Paul Davenant se enamoró a
primera vista de Jessica, y no pasó mucho tiempo antes de que le pidiera su
mano. Pero, para su sorpresa, pues el joven creía tener razones suficientes
para pensar que ella le quería, se encontró con una negativa. Ella no le dio
ninguna explicación, aunque rompió a llorar. Desconcertado y desengañado, habló
con la señora Meredith, de quien supo que Jessica había recibido varias
proposiciones de matrimonio, todas de buenos hombres, pero que uno tras otro habían
sido rechazados.
Paul se consoló a sí mismo con la idea de que quizá
Jessica no les amase, pero estaba seguro de que a él sí le quería. Y así,
decidió intentarlo de nuevo. Y lo hizo, y con mejor resultado. Jessica
reconoció que le amaba, pero le volvió a repetir que no se casaría con él. El
amor y el matrimonio no estaban hechos para ella. Entonces, para asombro de
Davenant, le contó que había nacido bajo una maldición que, tarde o temprano,
se cumpliría y se cernería fatalmente sobre aquel que se uniera a ella. ¿Cómo iba
a consentir que el hombre que amaba corriese un riesgo tal? Además, puesto que
sabía que aquella maldición había pasado de generación en generación, había
tomado una decisión firme; ningún niño la llamaría mamá. Ella debía ser el
último eslabón de su estirpe.
Davenant se quedó sorprendido ante aquella
declaración y no pudo por más que pensar que podría quitarle de la cabeza
aquella idea absurda.
Bien, ya he dicho que Paul Davenant se enamoró a
primera vista de Jessica, y no pasó mucho tiempo antes de que le pidiera su
mano. Pero, para su sorpresa, pues el joven creía tener razones suficientes
para pensar que ella le quería, se encontró con una negativa. Ella no le dio
ninguna explicación, aunque rompió a llorar. Desconcertado y desengañado, habló
con la señora Meredith, de quien supo que Jessica había recibido varias
proposiciones de matrimonio, todas de buenos hombres, pero que uno tras otro habían
sido rechazados.
Paul se consoló a sí mismo con la idea de que quizá
Jessica no les amase, pero estaba seguro de que a él sí le quería. Y así,
decidió intentarlo de nuevo. Y lo hizo, y con mejor resultado. Jessica
reconoció que le amaba, pero le volvió a repetir que no se casaría con él. El
amor y el matrimonio no estaban hechos para ella. Entonces, para asombro de
Davenant, le contó que había nacido bajo una maldición que, tarde o temprano,
se cumpliría y se cernería fatalmente sobre aquel que se uniera a ella. ¿Cómo iba
a consentir que el hombre que amaba corriese un riesgo tal? Además, puesto que
sabía que aquella maldición había pasado de generación en generación, había
tomado una decisión firme; ningún niño la llamaría mamá. Ella debía ser el
último eslabón de su estirpe.
Davenant se quedó sorprendido ante aquella
declaración y no pudo por más que pensar que podría quitarle de la cabeza
aquella idea absurda razonándolo con ella. Sólo había otra posible explicación.
¿Acaso tenía miedo de volverse loca? Pero Jessica hizo un gesto con la cabeza.
En su familia no había habido ningún loco. La enfermedad de la que hablaba era
mucho más terrible, más sutil que todo eso. Y, entonces, le contó lo que sabía.
La maldición, ella utilizaba esa palabra porque no encontraba otra que lo describiese
mejor, venía de tiempos inmemoriales. Su padre la había sufrido y el padre de
éste y, antes que ellos, su abuelo. Los tres se habían casado con mujeres
jóvenes que habían fallecido de forma misteriosa, de alguna enfermedad que las
consumía en pocos años. Pensaron que quizá, si hubieran seguido la antigua
tradición de contraer matrimonio con un miembro de la propia familia, nada
habría ocurrido, pero eso era imposible, puesto que la familia estaba a punto
de extinguirse.
La maldición, o lo que fuese aquello, no acababa
con los que llevaban el apellido MacThane; sólo suponía un peligro para sus
cónyuges. Era como si los muros ensangrentados de su castillo desprendieran una
enfermedad mortal que actuaba de forma terrible sobre aquellos con quienes se
relacionaban, especialmente sus seres más queridos.
–¿Sabes en qué decía mi padre que nos íbamos a
convertir? –le comentó un día Jessica mientras le recorría un escalofrío–. Él
usaba la palabra vampiros. Paul date cuente. Vampiros que se alimentan de la
sangre de los demás.
Y, a continuación, cuando Davenant se iba a echar a
reír, elle le detuvo.
–No –gritó horrorizada–, no es tan imposible.
Piénsalo bien. Somo una estirpe diabólica. Desde el principio, nuestra historia
ha estado marcada por el derramamiento de sangre y la crueldad. Los muros del
Castillo de Blackwick están impregnados del mal, cada piedra podría contar una
historia diferente de violencia, dolor, lujuria y asesinato. ¿Qué se puede
esperar de alguien que ha pasado toda su vida entre esos muros?
–Pero tú has vivido en el castillo –le contestó
Paul–. Te salvaron de eso, Jessica. Te sacaron de allí al morir tu madre, y no
conservas ningún recuerdo del Castillo de Blackwick, ninguno. No tienes por qué
volver a poner tus pi es en él nunca más.
–Tengo miedo de que el mal ya esté en mi sangre
–contestó entristecida–, aunque yo no lo sepa todavía. Y en cuanto a lo de no
volver a Blackwick, no estoy segura de
que sirviera de mucho. Al menos, eso fue lo que me advirtió mi padre. Dijo que
había algo allí, una fuerza irresistible que me atraería en contra de mi
voluntad. Pero no sé nada, no sé nada, y eso es, precisamente, lo que hace tan
difícil. Si yo pudiese creer que todo esto no es más que una superstición,
podría ser feliz de nuevo, disfrutar de la vida. Soy muy joven todavía, pero no
puedo olvidar que mi padre me dijo todaas estas cosas cuando él estaba en su
lecho de muerte.
Parecía aterrorizada. Paul la animó a que le
contase todo lo que sabía y, finalmente, ella le reveló otra parte de la
historia de su familia, que parecía tener relación con lo que ocurría. Y era el
terrible parecido que ella guardaba con un antepasado suyo de hacía unos
doscientos años, cuya vida presagiaba ya la caída de la estirpe de los
MacThane.
Un tal Robert MacThane, violando la tradición que
establecía que no podía casarse con nadie que no fuera de la familia, contrajo
matrimonio con una mujer extranjera, una mujer hermosísima, con una larga
melena color rojizo y tez pálida como el marfil. A partir de entonces, estos
rasgos se repitieron una y otra vez en todas las mujeres que descendían en
línea directa de ella. Al poco tiempo de llegar a la familia, la gente empezó a
decir que aquella mujer era bruja. Circulaban extrañas historias sobre ella, y
el nombre del castillo de Blackwick corrió de boca en boca. Un día la joven
desapareció. Robert MacThane había estado fuera un día entero por negocios y
fue al regresar a casa cuando se encontró con que ella no estaba. Buscaron por
todas partes sin ningún resultado. Y, entonces, Robert, que era un hombre
violento y adoraba a su esposa, reunió a algunas de las personas que vivían en
sus tierras, de quienes sospechaba que le habían hecho malas jugadas, y los
asesinó a sangre fría.
En aquellos días, no era difícil asesinar a una
persona, pero se produjo tal revuelo que Robert tuvo que marcharse. A sus dos
hijos los dejó al cuidado de una niñera, y durante mucho tiempo el Castillo de
Blackwick estuvo sin dueño. Pero su mala reputación no desapareció con él. Los
rumores decían que Zaida, la bruja, aun muerta, dejaba sentir su presencia.
Muchos de los hijos de los arrendatarios y otros jóvenes de la zona enfermaron
y murieron, quizá por causas naturales, pero eso no impidió que el miedo se
apoderara de todos. Decían que habían visto a Zaida, una mujer pálida, vestida
de blanco, merodeando de noche por entre las casas, y que había sembrado la
enfermedad y la muerte por donde pasaba.
Y, a partir de entonces, la suerte de la familia
MacThane cambió. Es cierto que a un heredero le sucedía otro, pero nada más
llegar al Castillo de Blackwick, su carácter, fuera cual fuera éste, parecía
sufrir un cambio. Era como si cayera sobre su persona todo el peso del mal que
había manchado el nombre de la familia, como si se convirtiera en un vampiro
que llevara la destrucción a todo aquel que no fuera de su estirpe.
Poco a poco, los arrendatarios se fueron marchando
de Blackwick. La tierra quedó sin cultivar, las granjas estaban vacías. Y así
es en la actualidad, pues los supersticiosos campesinos siguen contando
historias sobre la misteriosa mujer vestida de blanco que merodea por aquellas
tierras y cuya sola presencia trae la muerte o algo incluso pero que ésta.
Los últimos miembros de la familia MacThane tampoco
parecían poder abandonar la que había sido residencia de todos sus antepasados.
Tenían riqueza suficiente para vivir felizmente en cualquier otro lugar, pero
llevados por una fuerza que no podían dominar, preferían pasar el resto de suv
ida en la soledad de un castillo medio derruido, rechazados por sus vecinos y
temidos y odiados por los pocos arrendatarios que aún quedaban en sus tierras.
Eso es lo que les había ocurrido al abuelo y al bisabuelo de Jessica. Ambos se
habían casado con una mujer joven, pero sus historias de amor fueron demasiado
breves. El espíritu del vampiro seguía vivo y se manifestaba, o eso parcía,
generación tras generación. Un espíritu que reclamaba sangre joven como
sacrificio. Y, después, fue el padre de Jessica, quien, no escarmentado con lo
ocurrido, siguió los pasos de su propio padre. Y el mismo destino cayó sobre la
mujer a la que amaba apasionadamente. La joven murió de una anemia perniciosa;
al menos, ése fue el diagnóstico de los médicos, pero él siempre se culpó de su
muerte.
A diferencia de sus predecesores, el padre de
Jessica se marchó de Blackwick por el bin de su hija. Sin embargo, y sin que
ella lo supiese, regresaba año tras año atraído por la llamada de los
tenebrosos pasillos del viejo castillo, por el escuro páramo y la melancolía de
los bosques de pinos. Y fue entonces cuando se dio cuenta que ni su hija ni él
se salvarían de la maldición y, ya en el lecho de muerte, le advirtió de cuál
iba a ser su destino.
Esta es la historia que Jessica le contó al hombre
que deseaba hacerla su esposa, y él, como habría hecho cualquiera, le quitó
importancia; todo aquello no era más que una superstición inocente, fruto del
delirio de una mente cansada. Y, al final, como ella le amaba con todo su
corazón y toda su alma, Davenant consiguió que Jessica pensara como él; le
quitó aquellas ideas enfermizas de la cabeza, así es como él las llamaba, y
logró que aceptara casarse con él.
–Haré todo lo que quieras –le dijo–. Estoy
dispuesto a irme a vivir a Blackwick, si es lo que deseas. ¿Penar que eres una
vampira? No he escuchado una tontería así en toda mi vida.
–Padre decía que me parezco mucho a Zaida, la bruja
–añadió ella. Pero él silencio sus palabras con un beso.
Y, así, se cansaron y fueron a pasar la luna de
miel fuera del país. Llegó el otoño, y Paul aceptó una invitación para ir a
pasar la luna de miel fuera del país. Llegó el otoño, y Paul aceptó una
invitación para ir a pasar unos días a Escocia y participar en la caza del
urogallo, deporte que adoraba. A Jessica le pareció bien. No había ninguna
razón para dejar de hacer lo que más le gustaba.
Quizá no fue lo más indicado marcharse a Escocia
pero, en aquel momento, la joven pareja, más enamorados que nunca, había dejado
ya atrás sus miedos. Jessica rebosada de salud. En más de una ocasión le
repitió a Paul que, si alguna vez pasaban cerca de Blackwick, le gustaría ver
el viejo castillo, sólo por curiosidad y por demostrarse a sí misma que había
conseguido vencer los estúpidos miedos que solían asaltarla en el pasado.
Paul estuvo de acuerdo y, así, un día que no se
encontraba muy lejos, se dirigieron a Blackwick; allí se encontraron con el
administrador y le pidieron que les enseñase el castillo. Era un gran edificio
almenado. Con el paso de los años había ido adquiriendo un tono grisáceo, y en
algunas partes estaba a punto de venirse abajo. Se alzaba en la ladera de una
montaña, con la que llegaba a confundirse; a unos cincuenta metros más abajo
había una caída de agua de un arroyo. Los MacThane jamás hubiera imaginado una
fortaleza mejor. Por detrás, subiendo por la ladera de la montaña, había
oscuros bosques de pinos, entre los que sobresalían, aquí y allá, escarpados
riscos de caprichosas formas humanas, que parecían montar guardia sobre el
castillo y la angosta garganta, único medio de llegar a aquél. En esta garganta
siempre resonaban misteriosos sonidos. El viento se escondía allí e, incluso en
los días calmos, corría arriba y abajo como si buscase una salida. Gemía entre
los pinos y silbaba entre los peñascos; gritaba con una risa burlona e invadía
las rocosas alturas. Parecía el lamento de las almas perdidas. Así lo llamaba
Davenant: el lamento de las almas perdidas.
¡Y el castillo! Aunque Davenant empleó contadas
palabras para describirlo, todavía puedo ver aquel tenebroso edificio dibujado
en mi mente. Parte del horror que contenía invadió mis pensamientos. Quizá fue
la clarividencia lo que me ayudó porque, mientras él hablaba, tuve la sensación
de haber visto antes aquellos amplios vestíbulos de piedra con sus largos
pasillos, oscuros y fríos incluso en los días más luminosos y calurosos,
aquellas habitaciones oscuras y cubiertas de madera de roble, y la escalera central
desde la que uno de los primeros MacThane mandó a una docena de hombres a
caballo salir a perseguir a un ciervo que se había refugiado dentro del recinto
del castillo. El castillo tenía también una torre del homenaje, cuyos gruesos
muros permanecían intactos al paso del tiempo y, en sus sótanos, había
mazmorras que podrían contar terribles historias de injusticia y dolor.
Bueno, el señor y la señora Davenant recorrieron
con el administrador una gran parte del funesto castillo. A Paul se le vino a
la cabeza su casa de Derbyshire, una bella mansión Georgina con todas las
comodidades, donde había decidido irse a vivir con su mujer. Por eso, se
sobresaltó cuando, mientras regresaban, Jessica puso su mano sobre la de él y
le dijo en voz baja:
–Paul, me prometiste que no me negarías nada,
¿verdad?
Hasta ese momento su mujer había permanecido en
silencio. Paul, un poco preocupado, le dijo que solo tenía que pedir, pero
aquello no era del todo cierto pues podía adivinar qué era lo que deseaba.
Quería vivir en el castillo, pero solo durante algún tiempo. Seguro que se
cansaba en seguida. Además, el administrador el había dicho que había dicho que
había papeles, documentos que debía examinar, porque la propiedad era ahora
suya. Allí habían vivido sus antepasados y quería conocer el castillo. Oh, no, su
decisión no estaba influenciada ni mucho menos por la vieja maldición, eso no
era lo que la atraía del castillo. Ya se había olvidado de todas aquellas
estúpidas ideas. Paul la había curado. Puesto que él sabía que la maldición no
tenía ningún fundamento, no había motivo alguno para no concederle aquel
capricho.
Era una argumento convincente, difícil de refutar.
Al final, Paul cedió, aunque puso algunas objeciones. ¿Por qué no esperaban a
que el castillo estuviera arreglado (lo que llevaría su tiempo), por qué no
dejaban el traslado para el año siguiente, en verano, y no ahora, cuando estaba
a punto de llegar el invierno? Pero Jessica no quería retrasarlo más tiempo, y
no le gustó nada la idea de arreglar el castillo. Eso le quitaría todo el
encanto y, además, sería una pérdida de dinero, pues lo único que ella quería
era pasar allí una semana o dos. La casa de Derbyshire todavía no estaba
terminada del todo; tenían que esperar que se secase el papel de las paredes.
Así, unas semanas después, y tras pasar unos días
con sus amigos, se fueron a Blackwick. El administrador había contratado a
varios criados sin mucha experiencia y había intentado que el castillo
estuviese lo más acogedor posible. Paul estaba preocupado e inquieto, pero no
podía reconocerlo delante de su mujer. Él mismo la había convencido de lo
estúpido que parecía aquella superstición. Por entonces llevaban casados tres
meses. Y pasaron nueve más. Sólo salían de Blackwick durante una pocas horas.
Paul iba a Londres solo.
–Mi mujer quiere que me vaya –siguió contándoles–.
Con lágrimas en los ojos y casi de rodillas me suplica una y otra vez que la deje sola, pero yo me he
negado a menos que ella me acompañe. Pero ése es el problema, señor Vance, que
no puede. Hay algo, cierto temor, que la tiene atada a aquel lugar, la atrae
con más fuerza de lo que atrajo a su padre. Nos hemos enterado de que él solía
pasar al menos seis meses al año en Blackwick con la excusa de que tenía que
viajar al extranjero. El hechizo, lo que quiera que sea, siempre fue con él.
–¿Y nunca ha intentado sacar a su mujer de allí?
–le preguntó Vance.
–Sí, varias veces, pero ha sido en vano. En cuanto
cruzábamos el límite del Estado, se ponía enferma y siempre tenía que llevarla
de nuevo al castillo. Una vez que llegamos hasta Dorekirk, la ciudad que está
más cerca, y pensé que lo conseguiría si al menos podíamos pasar allí la noche.
Pero se escapó, saltó por una ventana. Pretendía regresar a pie, de noche,
andar todos aquellos kilómetro. Entonces, hice venir a los doctores pero
parecía que era yo quien necesitaba un médico y no ella. Me ordenaron que la
dejase sola, pero yo me he negado a hacerles caso hasta ahora.
–¿Ha cambiado en algo el aspecto físico de su
mujer? –le interrumpió Vance.
Davenant se quedó pensativo.
–Ha cambiado –dijo–, sí, pero de una forma tan
sutil que me cuesta describirlo. Está mucho más hermosa que nunca, pero no es
su belleza de siempre. No sé si me explico. Ya les he hablado de la lividez de
su piel. Pues bien, ahora es mucho más patente porque sus labios se han vuelto
extremadamente rojos; parecen una salpicadura de sangre en su rostro. En el
labio superior tiene una incisión que no creo que tuviera antes y, cuando se
ríe, no sonríe. ¿Saben lo que quiero decir? Su pelo ha perdido el brillo. Sé
que está preocupada por mí, pero también esto es muy extraño. Unas veces, como
ya les he contado, me ruega que me vaya y la deja sola y, a continuación, unos
minutos después, me abraza y me dice que no puede vivir sin mí. Me doy cuenta
de que se debate contra una fuerza que se ha apoderado de ella, una fuerza, sea
lo que sea, ante la que va cediendo. Es ella la que me pide que me marche, pero
cuando me suplica que me quede… es entonces cuando se vuelve más hermosa. No
puedo dejar de pensar en lo que me dijo antes de casarnos, en esa palabra..
Y entre susurros, dijo:
–En la palabra vampiro.
Se pasó la mano por la frente, humedecida por el
sudor.
–Pero eso es absurdo, ridículo –murmuró–. Hace años
que se desecharon esas ideas. Estamos en el siglo XX.
Hubo un instante de silencio y, a continuación,
Vance comenzó a hablar:
–Señor Davenant, ya que me ha hecho partícipe de su
confianza, ya que los médicos no le han servido de mucho, ¿va a dejar que
intente ayudarle? Creo que algo podré hacer, si no es demasiado tarde. Si le
parece, bien, el señor Dexter y yo le acompañaremos, como usted mismo lo ha
sugerido, al castillo de Blackwick tan pronto como sea posible, quizá en el
correo del Norte de esta noche. En condiciones normales, le pediría que, si le
tiene algún aprecio a su vida, no regresara…
Davenant movió la cabeza.
–Eso es algo que nunca haré –respondió–. He
decidido que, pase lo que pase, cogeré este tren esta noche. Estoy encantado de
que me acompañen.
Quedamos en encontrarnos en la estación, y Paul
Davenant se marchó a solas–, ¿Qué piensas de todo esto, Dexter?
–Supongo –contesté no sin cierta cautela– que
incluso en estos días que corren hay vampirismo. Fíjese en la influencia que
ejerce una persona anciana sobre una joven, si se relacionan constantemente.
Aquélla le va arrebatando la vitalidad a ésta para poder seguir viviendo. Y hay
personas, y se me ocurre más de una, que roban la energía de los que tienen a
su alrededor, eso sí, de forma totalmente inconsciente. Parece como si te
quitaran parte de tu fuerza. Pues bien, en el caso que nos ocupa, el mal se hace
patente en la esposa de Davenant, y no es muy descabellado pensar que también
le afecte físicamente a él, aunque se trate de algo puramente mental.
–¿Eso quiere decir que crees –le preguntó Vance–
que es algo mental? De ser así, ¿cómo explicas las marcas que tiene Davenant en
el cuello?
No encontré ninguna respuesta y, aunque le pedía a
Vance que me diera su punto de vista, éste no quiso comprometerse con ninguna
explicación. De nuestro largo viaje a Escocia no hay nada digno de mención. No
llegamos al castillo de Blackwick hasta bien entrada la tarde del día
siguiente. El lugar era tal como yo me lo había imaginado, tal y como yo lo he
descrito. A medida que nuestro coche avanzaba traqueteante por el camino que
cruza la Garganta de los Vientos, me invadió una sensación de tristeza que me hizo
aún mayor cuando entramos en el inmenso y frío vestíbulo del castillo.
La señora Davenant, a quien avisaron de nuestra
llegada mediante telegrama, nos recibió cordialmente. Ella no sabía nada de por
qué estábamos allí, y creyó que éramos simples amigos de su marido. En todo
momento estuvo inquieta. Me daba la sensación de que había una fuerza que la
obligaba a decir y hacer todo o que hacía y decía pero, por supuesto, ésta era
una conclusión lógica ante los datos que yo conocía. Por lo demás, la mujer de
Davenant era una persona encantadora y muy atractiva. Eso me hizo comprender el comentario que hizo
Davenant durante el viaje.
–Daría mi vida por Jessica, por sacarla de
Blackwick, Vance. Sé que todo va a salir bien. Iría hasta el infierno con tal
de que volviese a ser… como era.
Y ahora que yo había visto a la señora Davenant,
comprendí lo que quería decir su esposo con aquellas palabras. Jessica estaba
más atractiva que nunca, pero no era un atractivo natural, no el de una mujer
normal, como lo había sido ella en otro tiempo. Era el encanto de una Circe, de
una bruja, de una hechicera y, como tal,
era irresistible.
Al poco de nuestra llegada, fuimos testigos de la
naturaleza del mal que la dominaba. Vance preparó una prueba. Davenant había
mencionado que en Blackwick no crecía flor alguna, y a Vance se le ocurrió que
debíamos llevarle algunas flores como regalo a la señora de la casa. Compró un
ramo de rosas blancas en el pueblo donde nos dejó el tren y donde iba a
recogernos el coche. Nada más llegar al castillo, se las dio a la señora
Davenant. Ella cogió las flores muy nerviosa y, a penas su mano las hubo tocado,
las rosas empezaron a deshacerse en una lluvia de pétalos.
–No podemos esperar más –me dijo Vance mientras
bajábamos a cenar esa misma noche–. Hay que hacer algo.
–¿Qué es lo que temes? –le pregunté en voz baja.
–Davenant ha estado fuera una semana –contestó de
forma solemne–. Se encuentra mejor que cuando se fue, pero no lo suficiente
como para perder más sangre. Hay que protegerle. Esta noche corre peligro.
–¿Crees que es su
mujer? –me estremecí ante lo horrible de la sugerencia.
–Eso el tiempo lo dirá.
–La señora Davenant, Dexter, se debate entre dos
mundos. El mal aún no ha dominado por completo. ¿Recuerdas lo que dijo
Davenant, de cómo ella pedía que se marchara y al instante le imploraba que se
quedase? Jessica está librando una batalla, el mal se va apoderando de ella.
Esta última que ha estado aquí sola el mal se ha hecho fuerte. Y contra eso es
contra lo que voy a luchar, Dexter. Será
una batalla de mi voluntad contra la del mal, una batalla que acabará cuando
uno de los dos haya ganado. Y vas a ser testigo de ello. Cuando se produzca
algún cambio en la señora Davenant, sabrás que he ganado.
De esta manera, supe cómo se proponía actuar mi
amigo. La batalla enfrentaba su voluntad contra la misteriosa fuerza que se
había apoderado de la casa de los MacThane. Había que arrebatar a la señora
Davenant del fatal encanto que la dominaba. Y yo, sabiendo lo que iba a
ocurrir, podía observar y analizar la situación paso a paso. Me di cuenta de
que la contienda había comenzado mientras cenábamos. La señora Davenant apenas
comió nada y parecía enferma; no hacía más que moverse en la silla, hablaba sin
parar y se reía. Era una risa sin sonrisa, como tan bien había descrito
Davenant. En cuanto pudo, se retiró.
Más tarde, cuando ya estábamos en el salón, pude
sentir que algo pasaba. El ambiente se había electrificado, cargado por una
fuerza tremenda e invisible. Y fuera, alrededor del castillo, el viento
susurraba, gritaba y gemía; parecía como si todos los antepasados de los
MacThane, un ejército siniestro, se hubiesen reunido para entablar la batalla
final de toda su estirpe. ¡Y todo esto mientras nosotros cuatro charlábamos en
el salón de las típicas cosas que se comentaban en la sobremesa! Eso era lo más
curioso de toda la situación… Paul Davenant no sospechaba nada, y yo, que lo
sabía todo, tenía que representar mi papel. Pero no podía apartar la mirada del
rostro de Jessica. No quería que el cambio, o lo que quisiera que fuese, me
pillara de sorpresa. Por fin, Davenant se levantó y dijo que estaba cansado y
que se iba a la cama. No hacía falta que Jessica le acompañara. Nosotros
podíamos dormir esa noche en su vestidor.
Y fue justo en ese momento, cuando sus labios se encontraron con los de
ella en un beso de buenas noches y ella le abrazó con ternura, ajena a nuestra
presencia, cuando sus ojos brillaron ávidamente y se produjo el cambio.
El viento aulló en un grito fiero y amenazador, y
las contraventanas empezaron a batirse como si una horda de fantasmas fuera a
romperlas contra nosotros. Jessica lanzó un largo y tembloroso suspiro; sus
brazo dejaron de rodear a su esposo y ella misma retrocedió tambaleándose de
una lado a otro.
–¡Paul! –gritó.
Aquél no era su tono de voz.
–¡Qué malvada he sido trayéndote a Blackwick, con
lo enfermo que estás! Pero nos vamos a ir, querido. Sí, yo también me voy a ir.
¿Me vas a sacar de aquí, me llevarás contigo mañana?
Hablaba con una gran solemnidad y había perdido la
noción del tiempo. Las convulsiones estremecían todo su cuerpo.
–No sé por qué he venido aquí –repetía una y otra
vez–. Odio este lugar. Este maldito… maldito.
Estas palabras me llenaron de alegría. Vance había
vencido, pero pronto me iba a dar cuenta de que el peligro no había pasado
todavía.
Marido y mujer separados, casa uno a una
habitación. Davenant le dedicó una mirada de agradecimiento a Vance, pues era
más o menos consciente de que mi amigo tenía algo que ver en lo que había
sucedido. A la mañana siguiente se harían los preparativos para abandonar el
castillo.
–Ha salido bien –dijo Vance en cuanto nos quedamos
a solar–. Pero este cambio podría ser meramente transitorio. Estaré alerta lo
que dure de la noche. Dexter, tú vete a la cama. No hay nada que puedas hacer.
Obedecí, aunque yo también me hubiera quedado
vigilando, pendiente de un peligro desconocido. Me fui a mi habitación, una
estancia lúgubre y con muy pocos muebles. Sabía que no iba a poder dormirme. Y
así, vestido como estaba, me senté junto a la ventana abierta. El viento, que
horas antes había bramado alrededor del castillo, gemía ahora entre los pinos
en doloroso llanto. Y mientras permanecía allí, me pareció ver una silueta
blanca que salía del castillo por una puerta que no pude distinguir; con los
puños cerrados, atravesó corriendo la terraza en dirección al pinar. La vi sólo
un instante, pero lo suficiente para saber que era Jessica Davenant.
Instintivamente, supe que algo iba a pasar, quizá
llevado por la sensación de desesperación que transmitían aquellos puños
cerrados. En cualquier caso, no lo dudé ni un solo instante. La ventana se
encontraba a cierta distancia del suelo, pero la pared estaba cubierta de
hiedra. Podría apoyar bien los pies. Resultó ser más fácil de lo que esperaba.
Bajé justo a tiempo de no equivocar la dirección de la persecución hacia la
espesura del bosque que colgaba de la ladera de la montaña. Jamás podré olvidar
aquella terrible búsqueda. Sólo había sitio para avanzar por el escarpado
camino; afortunadamente, era el único camino que Jessica podía haber tomado,
pues yo la había perdido de vista. No había ninguna otra senda, y el bosque
tenía demasiada extensión como para que ella hubiera cambiado de dirección.
Y en el bosque resonaban tenebrosos ruidos:
gemidos, lamentos y risas. Sabía que era el viento, por supuesto, y los gritos
de los mochuelos (hubo una vez que llegué a sentir el revoloteo de unas alas
junto a mi cara). Pero no pude dejar de pensar que, a la vuelta, las fuerzas
del infierno se confabularían contra mí. El camino acababa sobre el borde del
lago que mencioné antes. Y, entonces, me di cuenta de que había llegado justo a
tiempo pues, delante de mí, zambulléndose en el agua, estaba la figura vestida
de blanco de la mujer a la que yo
perseguía. Al escuchar mis pasos, se volvió, alzó los brazos y se puso a
gritar. La melena roja le caía sobre los hombros, y su rostro, o al menos eso
me pareció a mí en aquel momento, estaba desfigurado por el dolor del
remordimiento.
–¡Vete! –gritaba–. ¡Por el amor de Dios, déjame
morir!
Pero yo estaba muy cerca de ella mientras
pronunciaba estas palabras. Forcejeó por deshacerse de mí; me imploraba entre
jadeos que la dejase morir ahogada.
–¡Es la única forma de salvarle! –gritó–. ¿No
entiendes que soy un ser despreciable? Soy yo quien… Yo…Soy yo quien se bebe su
sangre. Lo sé, lo he sabido esta noche. Soy una vampira. Ya nada se puede
hacer. Así que, por su bien, por el bien de su hijo no nacido, ¡déjame morir!
¿Acaso puede haber una súplica más terrible? Y yo…
¿Yo qué podía hacer? Dejé de sujetarla y la llevé hasta la orilla. Ella se
apoyaba sobre mi brazo como un peso muerto. La tendí sobre un banco cubierto de
musgo; me arrodillé a su lado y la miré fijamente. Y, entonces, me di cuenta de
que había obrado bien. Aquel rostro no era el de Jessica la vampira, no era el
rostro que había visto aquella misma tarde; eran los rasgos de Jessica, la
mujer a la que amaba Paul Davenant.
Aylmer Vance también tenía algo que contar.
–Esperé –dijo– hasta que vi que Davenant se había
dormido y, entonces, entré en su habitación para observarle de cerca. Al poco
tiempo, llegó ella (como yo había imaginado que ocurría), la vampira, ese ser
maldito que ha estado alimentándose de las almas de sus familiares, haciéndoles
lo que le hicieron a ella cuando éstos vivían en el Mundo de las Sombras:
buscar una y otra vez la sangre de aquellos que no pertenecen a su estirpe. Es
el cuerpo de Paul y el alma de Jessica, Dexter, lo que hay que salvar.
–¿Te refieres –ahí dudé– a Zaida la bruja?
–Sí –dijo confirmando mis sospechas–. Sí, ella es
el espíritu maligno que ha caído como una plaga sobre la casa de los MacThane.
Pero creo que la he exorcizado para siempre.
–Cuéntame.
–Ella entró en la habitación de Paul Davenant como
ha debido de hacer siempre, disfrazada de su mujer. Ya sabes que Jessica se le
parecía mucho. Él iba a abrazarla, pero yo ya había tomado mis precauciones.
Mientras Davenant dormía, le coloqué sobre el pecho esto, que arrebata al
vampiro su poder. Ella corrió aullando por la habitación. Solo era una sombra;
ella, que un minuto antes había mirado a Paul con los ojos de Jessica y le
había hablado con la voz de Jessica. Sus labios rojos eran los labios de Jessica.
Esos labios se acercaron a los de él, pero los ojos del joven la miraron, la
vieron como realmente: el horrible fantasma del maligno. Y, entonces, la
maldición se desvaneció y ella huyó al lugar del que venía.
Hizo pausa.
–¿Y ahora? –le pregunté.
–Hay que demoler el castillo de Blackwick –me
contestó–. Es la única solución. Hay que acabar con cada piedra, con cada
ladrillo, convertirlos en polvo y quemarlos. En ellos está la causa de todo el
mal. Davenant ha dado su permiso.
–¿Y la señora Davenant?
–Creo –contestó Vance tímidamente– que todo va a
salir bien. La maldición desparecerá cuando destruyamos el castillo. Ella sigue
viva gracias a ti. Era menos culpable de lo que ella misma pensaba, mejor
dicho, era la víctima. Pero, ¿puedes imaginar cómo se sintió cuando comprendió
el papel que había jugado en toda esa historia, cuando supo que iba a tener un
hijo, la terrible herencia que le dejaba...?
–Sí, me hago cargo –murmuré mientras me recorría un
escalofrío.
Y, entonces, susurré:
–¡Sí, gracias a Dios!
___________
Jane de Courcy (1874-1917)
Arthur Cary (1866-1917)


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