© Libro N° 9726. Stephen Hawking: Una Vida Para La
Ciencia. White, Michael Y Gribbin, John. Emancipación.
Marzo 26 de 2022.
Título original: © Stephen
Hawking: Una Vida Para La Ciencia. Michael White Y John Gribbin
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Original: © Stephen Hawking: Una Vida Para La Ciencia. Michael White Y
John Gribbin
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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STEPHEN HAWKING: UNA VIDA
PARA LA CIENCIA
Michael White Y John
Gribbin
STEPHEN HAWKING:
Una Vida Para La Ciencia
Michael White Y John Gribbin
CONTENIDO
Prefacio
Agradecimientos
I. El día que murió Galileo
II. Cosmología clásica
III. En la Universidad
IV. Doctores y doctorados
V. De los agujeros negros al «Big Bang»
VI. Matrimonio y beca de investigación
VII. Soluciones singulares
VIII. Años de descubrimientos
IX. Cuando los agujeros negros estallan
X. Las colinas de la fama
XI. De vuelta al comienzo
XII. Ciencia y superestrellas
XIII. Cuando el universo tiene bebés
XIV. Historia del tiempo
XV. ¿El fin de la física?
XVI. Hollywood, fama y fortuna
Prefacio
Cuando Stephen Hawking se vio involucrado en un
pequeño accidente automovilístico en el centro de la ciudad de Cambridge, a
principios de 1991, antes de transcurridas doce horas las cadenas de televisión
norteamericanas llamaban por teléfono a su editor, Bantam, para averiguar todos
los datos fidedignos de la historia. El hecho de que sólo sufriera heridas
leves y estuviera de vuelta tras su escritorio al cabo de pocos días no tenía
importancia. Cualquier cosa en torno a Stephen Hawking es noticia. Esto nunca
le hubiera ocurrido a ningún otro científico en el mundo. Aparte del hecho de
que los físicos son considerados como algo distinto del resto de los seres
humanos, algo fuera de los esquemas normales de la vida humana, no hay otro
científico más famoso que Stephen Hawking.
Pero Stephen Hawking no es un científico ordinario.
Su libro Historia del tiempo ha vendido en todo el mundo
millones de ejemplares, una estadística editorial que se asocia normalmente con
autores como Jeffrey Archer o Stephen King. Lo más sorprendente del hecho es
que el libro de Hawking trata de un tema tan lejano del libro de cabecera, que
la perspectiva de llevárselo a la cama para leer un poco antes de irse a dormir
es suficiente para que cualquier persona media sea considerada excéntrica. Sin
embargo, como todo el mundo sabe, el libro del profesor Hawking es un éxito
aplastante que ha hecho famoso su nombre en todo el mundo. De alguna forma, ha
conseguido eludir los prejuicios y comunicar sus esotéricas teorías directamente
al lector profano.
Sin embargo, la historia de Stephen Hawking no
empieza ni termina con Historia del tiempo. En primer lugar y ante
todo, es un espléndido científico. De hecho, ya se había establecido en la más
extrema vanguardia de la física teórica mucho antes de que el público en
general supiera de su existencia. Su carrera como científico empezó hace más de
veinticinco años, cuando se embarcó en la investigación cosmológica en la
universidad de Cambridge.
Durante esos veinticinco años ha hecho quizá más
que nadie para hacer retroceder los límites de nuestra comprensión del
universo. Su obra teórica sobre los agujeros negros y sus progresos en hacer
avanzar nuestro conocimiento sobre el origen y la naturaleza del universo son
de primera línea y, a menudo, revolucionarios.
A medida que avanzaba su carrera, llevó una vida
personal tan extraña para la mayoría de la gente como esotérico es su trabajo.
A la edad de veintiún años, a Hawking le fue comunicado que sufría una
enfermedad degenerativa, la ELA, conocida también como enfermedad de las
neuronas motoras, y ha pasado gran parte de su vida confinado en una silla de
ruedas. Sin embargo, no ha permitido que su enfermedad obstaculizara su
desarrollo científico. De hecho, muchos afirman que su liberación de las tareas
rutinarias de la vida es lo que le ha permitido hacer mayores progresos que si
hubiera estado en posesión de todas sus facultades corporales.
A Stephen Hawking no le gusta hablar mucho de sus
incapacidades físicas, y menos aún de su vida personal. Desearía que la gente
pensara en él ante todo como científico, segundo como escritor de divulgación
científica, y, en todo lo que importa, como un ser humano normal con los mismos
deseos, impulsos, sueños y ambiciones que la persona de al lado. En este libro
hemos intentado respetar al máximo sus deseos y nos hemos dedicado a pintar un
cuadro de un hombre con talentos en abundancia, pero no menos hombre que
cualquier otro.
En nuestro intento de describir tanto la obra del
profesor Hawking como la vida del hombre que hay detrás de la ciencia,
esperamos haber conseguido que el lector vea ambas cosas desde distintas
perspectivas. Aunque inevitablemente hay superposiciones en la historia,
esperamos que esto ayude a situar la ciencia dentro del contexto humano; de
hecho, para demostrar que, para Stephen Hawking, ciencia y vida se hallan
inextricablemente ligadas.
Michael White, John Gribbin, Lewes
Oxford, julio de 1991
Agradecimientos
Nos gustaría dar gracias a un cierto número de
personas que, por una u otra razón, ayudaron a la creación de este libro: Mark
Barty-King, doctor Robert Berman, Maureen Berman, Roberta Bernstein, personal
de la biblioteca del Condado de Cambridge, profesor Brandon Carter, Marcus
Chown, Michael Church, Virgil Clarke, Sami Cohen, doctor Kevin Davies, profesor
Paul Davies, Sue Davies, Fischer Dilke, Norman Dix, doctora Fay Dowker,
profesor George Efstathiou, profesor George Ellis, Peter Guzzardi, profesor Edward
Harrison, profesor Stephen Hawking, David Hickman, Chris Holifíeld, profesor
Maurice Jacob, doctor David Lindley, Shirley MacLaine, doctor John McClenahan,
Ravi Mirchandani, doctor Simon Mitton, doctor Joseph Needham, profesor Don
Page, Murray Pollinger, coronel Geoffrey Pryke de la Orden del Imperio
Británico, profesor Abdus Salam, profesor David Schramm, profesor Dennis
Sciama, Lydia Sciama, profesor Paul Steinhardt, Rodney Tibbs, profesor Michael
Turner, doctor Tanmay Vachaspati, profesor Alex Vilenkin, Lisa Whitaker, Nigel
WoodSmith.
Capítulo I
El día que murió Galileo
Doce hombres y mujeres jóvenes están sentados en
torno a una larga mesa cubierta por un mantel y llena de bandejas y platos,
vasos y cubiertos, en el restaurante de un supermercado cerca del centro de la
ciudad de Cambridge. A un lado hay un hombre en una silla de ruedas. Es mayor
que los otros. Su aspecto es terriblemente frágil, casi marchito, y permanece
derrumbado, inmóvil y al parecer sin vida, contra el negro acolchado de su
silla de ruedas. Sus manos, delgadas y pálidas, de largos y finos dedos, descansan
sobre su regazo. En el centro de su tendinosa garganta, justo debajo del cuello
abierto de su camisa, hay un dispositivo respirador de plástico de unos cinco
centímetros de diámetro. Pero, pese a sus incapacidades físicas, su rostro es
juvenil y lleno de vida, su pelo castaño cuidadosamente peinado cae sobre su
frente, y sólo las arrugas debajo de sus ojos traicionan el hecho de que es
contemporáneo de Keith Richards y Donald Trump. Su cabeza cuelga hacia delante,
pero detrás de sus gafas de montura de acero sus ojos azul claros están alerta
y se alzan ligeramente para observar los demás rostros a su alrededor. A su
lado se sienta una enfermera, con su silla girada en ángulo hacia él mientras
lleva una cuchara a sus labios y le da la comida. Ocasionalmente le seca la
boca.
Hay un aire de excitación en el restaurante. Los
jóvenes ríen y bromean alrededor de este hombre, y ocasionalmente se dirigen a
él o hacen alguna observación ingeniosa en su dirección. Un momento más tarde,
el parlotear de las voces humanas es cortado por un sonido raspante, una voz
metálica que parece salida del escenario de La guerra de las galaxias:
el hombre en la silla de ruedas responde algo que provoca carcajadas en toda la
mesa. Sus ojos se iluminan, y lo que ha sido descrito por algunos como «la más
gran sonrisa del mundo» envuelve todo su rostro. De pronto, uno se da cuenta de
que este hombre está muy vivo.
Cuando los comensales empiezan su segundo plato hay
una conmoción en la entrada del restaurante. Unos momentos más tarde, el jefe
de camareros se dirige hacia la mesa escoltando a una sonriente pelirroja que
lleva un abrigo de piel de imitación. Todo el mundo en la mesa se vuelve hacia
ella cuando se acerca, y se produce un halo de susurrante expectación cuando
sonríe y dice «Hola» a los reunidos. Parece mucho más joven que su edad y su
aspecto es terriblemente encantador, un hecho exagerado por el desaliño general
de los jóvenes en la mesa. Sólo el hombre mayor en la silla de ruedas va
pulcramente vestido, con una chaqueta de calle y una camisa bien planchada, así
como la inmaculada enfermera a su lado.
―Siento haber llegado tarde ―dice la mujer al
grupo―. Le pusieron el cepo a mi coche en Londres. ―Luego añade con una risa―:
¡Tiene que haber algún significado cósmico en eso!
Los rostros se vuelven hacia ella y sonríen, y el
hombre en la silla de ruedas está radiante de alegría. La mujer rodea la mesa
en dirección a él, mientras la enfermera se pone en pie a su lado. Se detiene a
dos pasos frente a la silla de ruedas, se inclina un poco y dice:
―Profesor Hawking, estoy encantada de conocerle.
Soy Shirley MacLaine.
Él le sonríe, y la voz metálica dice simplemente:
―Hola.
Durante el resto de la comida, Shirley MacLaine se
sienta al lado de su anfitrión, acosándole con pregunta tras pregunta en un
intento de descubrir su opinión sobre temas que la preocupan profundamente.
Está interesada en metafísica y asuntos espirituales. Tras hablar con hombres
santos y maestros por todo el mundo, ha formulado sus propias teorías
personales acerca del significado de la existencia. Cree intensamente en el
significado de la vida y la razón por la que estamos aquí, la creación del
universo y la existencia de Dios. Pero sólo son creencias. El hombre a su lado
es quizás el mayor físico de nuestro tiempo, y los temas de sus teorías
científicas son el origen del universo, las leyes que gobiernan su existencia y
el destino final de todo lo creado, incluidos usted, yo y la señorita Shirley
MacLaine. Su fama se ha difundido ampliamente por todo el mundo, su nombre es
conocido por millones de personas. Le pregunta al profesor si cree que existe
un Dios que creó el universo y guía su creación. Él sonríe por un momento, y la
voz de la máquina dice:
―No.
El profesor no es rudo ni condescendiente; la
brevedad es su forma de ser. Cada palabra que dice tiene que ser trabajosamente
deletreada en un ordenador unido a su silla de ruedas y operado por dos
pequeños movimientos de dos de los dedos de una mano, casi el último vestigio
de libertad corporal que le queda. Su invitada acepta su palabra y asiente. Lo
que él dice no es lo que ella desea oír, de modo que no está de acuerdo...,
pero se limita a escuchar y tomar nota, porque, como mínimo, los puntos de vista
de este hombre tienen que ser respetados.
Más tarde, terminada la comida, el grupo abandona
el restaurante y regresa al departamento de Matemáticas Aplicadas y Física
Teórica de la Universidad, y las dos celebridades se quedan a solas con la
omnipresente enfermera en la oficina del profesor Hawking. Durante las dos
horas siguientes, hasta que es servido el té en la sala de descanso, la actriz
de Hollywood le formula al profesor de Cambridge pregunta tras pregunta.
Cuando se produjo su encuentro en diciembre de
1988, Shirley MacLaine había conocido a mucha gente, de todas clases y
categorías. Nominada varias veces para un Oscar, y ganadora de uno por su papel
en La fuerza del cariño, aquel día era probablemente la que
ostentaba un nombre más famoso. Sin embargo, es indudable que su encuentro con
Stephen Hawking permanecerá como uno de los recuerdos más memorables de su
vida. Porque aquel hombre que no pesaba más de cuarenta kilos y estaba
completamente paralizado, incapaz de hablar y de alzar la cabeza si caía de
bruces, ha sido proclamado «el heredero de Einstein», «el mayor genio de
finales del siglo XX», «la más espléndidamente viva», e incluso, por un
periodista, «el amo del universo». Ha efectuado progresos fundamentales en
cosmología, y quizás ha hecho avanzar más que ninguna otra persona viva nuestra
comprensión del universo en que vivimos. Si eso no fuera suficiente, ha ganado
docenas de premios científicos. Ha sido nombrado Comendador del Imperio
Británico, y luego Caballero de Honor por la reina Isabel II, y ha escrito un
libro de divulgación científica, Historia del tiempo, que no
ha abandonado la lista de los best-sellers británica desde su publicación en
1988, y que hasta la fecha ha vendido en todo el mundo más de diez millones de
ejemplares.
¿Cómo ocurrió todo esto? ¿Cómo un hombre con una
enfermedad degenerativa progresiva e incurable ha luchado contra los estragos
de su incapacidad para superar todos los obstáculos en su camino y los ha
vencido? ¿Cómo ha conseguido lograr mucho más de lo que la inmensa mayoría de
gente con cuerpos sanos y capaces puede haber llegado a soñar nunca?
Para los visitantes casuales, la ciudad de Oxford
en enero de 1942 debió parecerles que había cambiado muy poco desde el
estallido de la Segunda Guerra Mundial, dos años y medio antes. Sólo tras una
atenta inspección hubieran observado tal vez los emplazamientos de la
artillería salpicando el perímetro de la ciudad, la nueva pintura de camuflaje
en apagados tonos caquis y grises, las altas torres que asomaban de las
fábricas de automóviles en Cowley, al este de los soñadores chapiteles, y los
camiones militares y transportes de tropas que cruzaban periódicamente el
puente Magdalen y a lo largo de The High, donde la escarcha se alojaba en las
gárgolas de piedra.
Fuera, en el amplio mundo, la guerra alcanzaba un
estadio crucial. Un mes antes, el 7 de diciembre, los japoneses habían atacado
Pearl Harbor, y los Estados Unidos se habían unido a la guerra. En el Este, el
Ejército soviético rechazaba las tropas de Hitler en Crimea y efectuaba los
primeros movimientos que precipitarían al fin la derrota total tanto de
Alemania como de Japón.
En Gran Bretaña, todas las radios estaban
sintonizadas a J. B. Priestley, que presentaba Posdata a las noticias;
los doctores Joad y Julian Huxley discutían sobre trivialidades y ciencia
doméstica en el «Trust de Cerebros»; y la «enamorada de las Fuerzas», Vera
Lynn, encandilaba a las tropas en casa y ultramar con «Nos encontraremos de
nuevo». Winston Churchill acababa de regresar de su visita de Navidad a los
Estados Unidos, donde se había dirigido a ambas Cámaras del Congreso y las
había inundado con citas de Lincoln y Washington sin dejar de hacer el signo de
la V. La televisión era poco más que una curiosidad de laboratorio.
Quizá sea una de esas extrañas coincidencias de la
suerte que el 8 de enero de 1942 fuera a la vez el tricentenario de la muerte
de una de las mayores figuras intelectuales de la historia, el científico
italiano Galileo Galilei, y el día que Stephen William Hawking nació a un mundo
desgarrado por la guerra y la contienda global. Pero, como señala el propio
Hawking, alrededor de otros doscientos mil bebés nacieron aquel mismo día, de
modo que quizá, después de todo, no sea una coincidencia tan sorprendente.
La madre de Stephen, Isobel, había llegado a Oxford
poco tiempo antes del nacimiento del niño. Vivía con su esposo Frank en
Highgate, un suburbio al norte de Londres, pero habían decidido que ella se
trasladara a Oxford para dar a luz. La razón era simple. Highgate, junto con el
resto de Londres y buena parte del sur de Inglaterra, estaba siendo bombardeado
por la «Luftwaffe» alemana noche tras noche. Sin embargo, los gobiernos en
guerra, en una rara exhibición de ecuanimidad, habían llegado al acuerdo de que,
si Alemania se abstenía de bombardear Oxford y Cambridge, la RAF garantizaba
cielos pacíficos sobre Heidelberg y Gotinga. De hecho, se dijo que Hitler había
puesto los ojos de Oxford como la posible capital del gobierno mundial cuando
su imaginada conquista global hubiera sido llevada a cabo, y por eso deseaba
conservar su esplendor arquitectónico.
Tanto Frank como Isobel Hawking habían estado en
Oxford antes, como estudiantes. Ambos procedían de familias de clase media. El
abuelo de Frank Hawking había tenido éxito como granjero en Yorkshire, pero
había visto desaparecer su prosperidad en la gran depresión agrícola que siguió
inmediatamente a la Primera Guerra Mundial. Isobel, la segunda de siete
hermanos, era hija de un médico de Glasgow. Ninguna de las dos familias podía
permitirse los gastos de una universidad sin hacer sacrificios y, en una época
en la que muchas menos mujeres alcanzaban una educación superior de las que
ahora estamos acostumbrados, es muestra de un considerable liberalismo por
parte de los padres de Isobel el que pensaran siquiera en enviarla a ella.
Sus caminos no llegaron a cruzarse en Oxford,
puesto que Frank Hawking estuvo antes que su futura esposa. Estudió medicina y
se especializó en enfermedades tropicales. El estallido de las hostilidades en
1939 le cogió en el este de África, estudiando los problemas médicos endémicos
de la región. Cuando supo lo de la guerra decidió regresar a Europa, y viajó
por tierra a través del continente africano y luego por barco a Inglaterra, con
la intención de presentarse voluntario para el servicio militar. Sin embargo,
cuando llegó a casa, fue informado de que sus habilidades serían mucho más
útiles si eran empleadas en la investigación médica. Tras abandonar Oxford,
Isobel recorrió una sucesión de odiosos trabajos, incluida una temporada como
inspectora de impuestos. Lo abandonó tras unos pocos meses, y decidió aceptar
un empleo para el que estaba ridículamente súper cualificada, como secretaria
en un instituto de investigación médica. Fue allí donde la vivaz y amistosa
Isobel, ligeramente regocijada por la posición en que se encontraba pero con la
mirada puesta en un futuro más significativo, conoció al alto, joven y tímido
investigador que acababa de regresar de excitantes aventuras en climas
exóticos. Cuando el niño cumplió las dos semanas, Isobel Hawking llevó a
Stephen de vuelta a Londres y a los raids. Casi perdieron la vida cuando él
tenía dos años cuando una casa vecina fue alcanzada por una «V2». Aunque su
casa resultó dañada, los Hawking estaban fuera en aquel momento.
Después de la guerra, Frank Hawking fue nombrado
jefe de división de parasitología en el Instituto Nacional de Investigaciones
Médicas. La familia siguió en la casa en Highgate hasta 1950, fecha en que se
trasladaron treinta kilómetros al norte, a una gran casa de irregular
arquitectura en el 14 de Hillside Road en la ciudad de St. Albans, en
Hertfordshire.
St. Albans es una pequeña ciudad dominada por su
catedral, cuya fundación puede rastrearse hasta el año 303 de nuestra Era,
cuando san Albán fue martirizado y se construyó una iglesia en el lugar. Sin
embargo, mucho antes de eso, la posición estratégicamente útil de la zona había
sido detectada ya por los romanos. Allá construyeron la ciudad de Verulamio, y
la primera iglesia cristiana fue alzada probablemente sobre las ruinas dejadas
atrás cuando el Imperio empezó a desmoronarse y los soldados regresaron a casa.
En los años cincuenta, St. Albans era una ciudad inglesa arquetípica, próspera,
de clase media. En palabras de uno de los compañeros de escuela de Hawking,
«era un lugar terriblemente confiado, avanzado, pero odiosamente sofocante».
Hawking tenía ocho años cuando la familia llegó
allí. Frank Hawking tenía un gran deseo de enviar a Stephen a una escuela
privada. Siempre había creído que la educación en una escuela privada era un
ingrediente esencial para una carrera de éxito. Había muchas pruebas que
apoyaban su punto de vista: en los años cincuenta, la enorme mayoría de los
miembros del Parlamento habían gozado de una educación privilegiada, y gran
parte de las figuras principales en instituciones como la «BBC», las Fuerzas
Armadas o las universidades del país habían ido a escuelas privadas. El propio
doctor Hawking había asistido a una pequeña escuela privada, y tenía la
sensación de que, incluso con ese antecedente de semi élite, había
experimentado pese a todo el prejuicio del establishment por su origen. Estaba
convencido de que esto, junto con la falta de dinero de sus padres, le había
impedido conseguir cosas más grandes en su propia carrera, y que otros con
menos habilidad pero más refinadas costumbres sociales habían sido promocionados
por delante de él. No deseaba que esto le ocurriera a su hijo mayor. Stephen,
decidió, sería enviado a Westminster, una de las mejores escuelas del país.
A los diez años, el muchacho fue presentado a
examen para conseguir una beca en Westminster. Aunque su padre se ganaba bien
la vida en la investigación médica, el sueldo de un científico nunca podía
esperar cubrir los gastos escolares en Westminster: tales cosas estaban
reservadas para almirantes, políticos y grandes capitanes de la industria.
Stephen tenía que ser aceptado en la escuela por sus propios méritos
académicos; así tendría pagados sus gastos, al menos en parte, por la beca.
Llegó el día del examen, y Stephen se puso enfermo. Nunca llegó a hacer el
examen de ingreso y, en consecuencia, nunca obtuvo una plaza en una de las
mejores escuelas de Inglaterra.
Decepcionado, el doctor Hawking ingresó a su hijo
en la escuela privada local, la St. Albans School, una conocida y
académicamente excelente escuela religiosa que tenía fuertes relaciones con la
catedral, que se remontaban, según algunos relatos, hasta el año 948 de nuestra
Era. Situada en el corazón de la ciudad y cerca de la catedral, la St. Albans
School albergaba a 600 muchachos cuando Stephen llegó allí, en setiembre de
1952. Cada año estaba subdividido en A, B o C, según la habilidad académica. Cada
muchacho pasaba cinco años en la escuela secundaria, y avanzaba del primero al
quinto, al final de cuyo período se preparaba para una serie de exámenes de
Nivel Ordinario (O) sobre un amplio espectro de temas, en los que los muchachos
más brillantes pasaban por ocho o nueve exámenes. Aquellos que superaban el
Nivel O se preparaban normalmente para los Niveles Avanzados (A) con vistas a
la universidad, dos años más tarde.
En 1952 había una media de tres candidatos para
cada plaza en la St. Albans School y, como en Westminster, cada candidato tenía
que pasar por un examen de admisión. Stephen estaba bien preparado. Pasó
fácilmente y, junto con otros nueve muchachos, fue aceptado en la escuela el 23
de setiembre de 1952. La matrícula era de cincuenta y una guineas (53,55
libras) por curso.
La imagen del Stephen de aquella época es la del
estudiante empollón, con su uniforme gris de la escuela y su gorra, tal como
está caricaturizado en las historias de «Billy Bunter» y Los días
escolares de Tom Brown. Era excéntrico y desmañado, delgado e
insignificante. Su uniforme escolar siempre parecía estar hecho un lío y, según
sus amigos, farfullaba antes que hablar claramente, ya que había heredado de su
padre un ligero balbuceo. Sus amigos apodaban su forma de hablar «hawkingés».
Todo esto no tenía nada que ver con ningún signo prematuro de enfermedad; era
simplemente ese tipo de chico presente en todas las escuelas, un objeto de
diversión para toda la clase, incordiado y en ocasiones intimidado por los
demás, respetado en secreto por algunos, evitado por la mayoría. Parece que en
la escuela sus talentos fueron objeto de ciertas discusiones: cuando tenía doce
años, uno de sus amigos apostó con otro una bolsa de caramelos a que Stephen
nunca llegaría a ser nada. Como el propio Hawking dice ahora modestamente,
«ignoro si esta apuesta fue pagada alguna vez, y si lo fue, en qué sentido lo
fue»[1].
En el tercer año, Stephen era considerado por sus
maestros como un buen estudiante, pero sólo un poco por encima de la media en
la clase superior de ese año. Formaba parte de un pequeño grupo que iba siempre
junto y compartía el mismo intenso interés en su trabajo y sus metas. Estaba la
alta y apuesta figura de Basil King, que parece que era el más listo del grupo,
que leía a Guy de Maupassant a la edad de diez años y le gustaba la ópera
cuando aún llevaba pantalón corto. Luego estaba John McClenahan, bajo, pelo
castaño oscuro y rostro redondeado, que fue quizás el mejor amigo de Stephen en
aquella época. Bill Cleghorn, rubio, era otro del grupo, que se completaba con
el enérgico y artístico Roger Ferneyhaugh, y un recién llegado en el tercer
curso, Michael Church. Juntos formaban el núcleo de los más brillantes entre
los estudiantes ya brillantes de por sí de la clase «3A».
El pequeño grupo estaba formado definitivamente por
los chicos más listos del año. Todos escuchaban por la radio el Tercer Programa
de la «BBC», ahora conocido como «Radio 3», que emitía sólo música clásica. En
vez de escuchar bajo las sábanas los primeros rock'n’rolls o
el último cool jazz que llegaba de los Estados Unidos, de sus
radios brotaba Mozart, Mahler y Beethoven para acompañar la revisión de último
minuto de la física para un examen al día siguiente o los deberes de geografía
que había que presentar por la mañana. Leían a Kingsley Amis y Aldous Huxley,
John Wyndham, C. S. Lewis y William Golding... Los libros «listos». La música
pop estaba al otro lado de la «gran divisoria», degradante, ligeramente vulgar.
Todos iban a los conciertos del Albert Hall. Algunos de ellos tocaban instrumentos,
pero Stephen no era muy diestro con sus manos y nunca consiguió dominar ningún
instrumento musical. Tenía interés, pero jamás pudo avanzar más allá de los
rudimentos, una fuente de gran pesar a lo largo de toda su vida. Su héroe
favorito era Bertrand Russell, a la vez un gigante intelectual y un activista
liberal.
La St. Albans School alardeaba orgullosa de un
estándar intelectual muy alto, un hecho reconocido y apreciado muy pronto por
los Hawking después de que Stephen comenzara allí. Antes de que pasara mucho
tiempo, cualquier pesar de haber sido incapaz de entrar en Westminster quedó
olvidado. La St. Albans School era el entorno perfecto para cultivar el talento
natural.
Uno de los maestros más recordados y tenidos en
mayor estima, era un recién salido de la universidad llamado Finlay que, muy
por delante de su tiempo, grababa en cinta programas de radio y los usaba como
punto de partida para discusiones en clase con los alumnos de la «3A». Los
temas abarcaban desde el desarme nuclear hasta el control de la natalidad, con
cualquier otra cosa entre medio. Tuvo, en todos los sentidos, un profundo
efecto en el desarrollo intelectual de los chicos de trece años a su cargo, y
sus lecciones son aún recordadas con cariño por los periodistas, escritores,
médicos y científicos en que se han convertido hoy.
Estaban siempre abrumados por montones de deberes
para casa, en general tres horas cada noche, y muchas más los fines de semana,
después de las lecciones del sábado por la mañana y los partidos obligatorios
del sábado por la tarde. Pese a las presiones, conseguían hallar un poco de
tiempo para verse fuera de la escuela. La suya era con mucho una vida
monástica. Los alumnos ingleses que acudían a las escuelas privadas de los años
cincuenta tenían poco tiempo para las chicas en su atareado programa, y las fiestas
eran asuntos de un solo sexo hasta la edad de quince o dieciséis años. Sólo
entonces les llegaba la inclinación y el permiso paterno para celebrar fiestas
mixtas en sus casas y practicar así los pasos de baile que habían aprendido
tras los partidos del sábado, en la escuela en un estudio de baile en el centro
de la ciudad de St. Albans.
Hasta que se graduaban en tales placeres, los
muchachos se dedicaban a menudo a largas excursiones en bicicleta por el campo
de Hertfordshire en torno a St. Albans, y a veces iban tan lejos como hasta
Whipsnade, a unos veinticinco kilómetros. Otra diversión favorita era inventar
juegos de tablero y jugar a ellos. Los personajes clave en todo esto eran
Stephen y Roger Ferneyhaugh. Hawking, el científico en embrión y lógico ya
emergente, diseñaba las reglas y leyes de los juegos, mientras Ferneyhaugh diseñaba
los tableros y las piezas. El grupo se reunía en las casas de los padres de
algunos de ellos durante las vacaciones escolares y los fines de semana, y se
dedicaban a jugar al último juego en el suelo del dormitorio o, con vasos de
zumo de naranja al lado, en la alfombra del salón.
Primero fue el Juego de Guerra, basado en la
Segunda Guerra Mundial. Luego vino el Juego Feudal, diseñado en torno a los
entresijos sociales, militares y políticos de la Inglaterra medieval, con toda
la infraestructura meticulosamente desarrollada. Sin embargo, pronto se hizo
evidente que había un fallo importante en sus juegos: las reglas de Stephen
eran de una complejidad tan laberíntica que la realización y las consecuencias
de un solo movimiento resultaban algo tan complicado que a veces era necesaria
toda una tarde para decidirlo. A menudo, los juegos se trasladaban al 14 de
Hillside Road, y los muchachos se lanzaban escaleras arriba hasta el atestado
dormitorio de Stephen en la parte más alta de la casa.
La casa de los Hawking era un lugar excéntrico en
todos sus aspectos, limpia pero atestada de libros, cuadros, muebles antiguos y
objetos extraños reunidos de las más diversas partes del mundo. Ni Isobel ni
Frank Hawking parecían preocuparse mucho del estado de la casa. Alfombras y
muebles seguían siendo usados hasta que empezaban a caerse en pedazos; se
dejaba que el papel de la pared colgara allá donde se había desprendido de pura
vejez; y había muchos lugares a lo largo del pasillo y detrás de las puertas
donde el yeso se había desconchado y dejado boqueantes agujeros en la pared.
La habitación de Stephen era aparentemente poco
distinta. Era la guarida del mago, el laboratorio del profesor loco y el
desordenado estudio de un adolescente, todo en uno. Entre los detritos y
desechos se apilaban, en montones descuidados, trabajos caseros a medio
terminar, tazas de té por beber, libros de estudio y fragmentos de aviones de
aeromodelismo y extraños artilugios. En el aparador había dispositivos
eléctricos cuyo uso sólo podía adivinarse, y cerca de ellos una batería de
tubos de ensayo con el contenido olvidado y decolorado entre la confusión
general de extraños trozos de cable, papel, goma y metal de proyectos medio
terminados y olvidados. La familia Hawking era definitivamente un grupo
excéntrico. En muchos aspectos era una familia típicamente aficionada a los
libros, pero con un rasgo de originalidad y conciencia social que los situaba
por delante de su época. Un contemporáneo de Hawking los describe como
«marisabidillos». Y eran muchos; una fotografía del álbum familiar incluye
ochenta y ocho Hawking. Los padres de Stephen hacían algunas cosas realmente
excéntricas. Durante muchos años el coche de la familia fue un taxi de Londres
que Frank e Isobel habían comprado por 50 libras, pero éste fue luego
remplazado por un «Ford Cónsul» verde completamente nuevo, el coche arquetípico
de finales de los cincuenta. Había una buena razón para comprarlo: habían
decidido embarcarse en una expedición de un año por tierra a la India, y su
viejo taxi de Londres nunca lo hubiera conseguido. Con excepción de Stephen,
que no podía interrumpir su educación, toda la familia hizo el viaje a la India
y el regreso en el «Ford Cónsul» verde, algo sorprendente y muy poco usual de
hacer a finales de los cincuenta. No es necesario decir que el vehículo no se
hallaba en sus condiciones prístinas originales a su regreso.
Los viajes de los Hawking fuera de St. Albans, no
eran siempre tan aventureros. Como muchas familias, tenían una caravana en la
costa sur de Inglaterra; la suya estaba cerca de Eastbourne, en Sussex. Al
contrario que otras familias, sin embargo, no eran propietarios de una versión
moderna, sino de una caravana gitana de brillantes colores. La mayoría de los
veranos, la familia pasaba dos o tres semanas paseando por los acantilados y
nadando en la bahía. A menudo, el amigo más íntimo de Stephen, John McClenaban,
se unía a ellos, y los dos muchachos pasaban el tiempo haciendo volar cometas,
comiendo helados y pensando en nuevas formas de incordiar a las dos hermanas
pequeñas de Stephen, Mary y Philippa, mientras ignoraban en general a su
hermano adoptado Edward, que apenas gateaba por aquella época.
Frank Hawking es significativo en la infancia y
adolescencia de Stephen, por su ausencia. Parece que fue una figura más bien
remota que desaparecía regularmente durante varios meses cada año, para ampliar
sus investigaciones médicas en África; faltaba a menudo a las vacaciones
familiares en Ringstead Bay y dejaba a los niños con Isobel. Esta rutina estaba
tan bien engranada en la estructura de sus vidas, que no fue hasta que estaba
casi a punto de cumplir los veinte años, que la hermana mayor de Stephen, Mary,
se dio cuenta de que su familia no era en absoluto usual: había creído que
todos los padres eran como pájaros que migraban a climas más soleados cada año.
Estuviera en casa o en ultramar, Frank Hawking mantenía una meticulosa relación
de todo lo que hacía en una colección de diarios que escribió hasta el día
mismo de su muerte. También escribió obras de ficción, varias novelas que nunca
llegaron a ser publicadas. Uno de sus intentos literarios fue escrito desde el
punto de vista de una mujer; cuando Isobel Hawking lo leyó, lo desechó como un
completo absurdo.
Isobel tuvo una decisiva influencia en las ideas
políticas de su hijo. Ella, como muchos otros intelectuales ingleses de la
época, tenía ideas políticas de centro izquierda, lo cual la condujo a formar
parte, en los años cincuenta, de la St. Albans Liberal Association. Por
entonces, el Partido Liberal constituía una fuerza parlamentaria minoritaria
con sólo un puñado de diputados. Pero a nivel de la calle representaba un
activo foro de discusiones políticas que a menudo, en los años cincuenta y
sesenta, tomó la iniciativa en problemas tan controvertidos del momento como el
desarme nuclear y la oposición al apartheid. Stephen nunca ha sido extremista
en sus posiciones políticas, pero jamás ha dejado de sentir interés por la
política y siempre ha mostrado simpatía por la izquierda.
Stephen y sus amigos se cansaron pronto de los
juegos de tablero y se cambiaron a otras diversiones. Construyeron aviones de
aeromodelismo y artilugios electrónicos. Los aviones rara vez volaban como
deberían, y Hawking nunca fue tan bueno con sus manos como lo era con su
cerebro. Sus modelos de aviones eran, en general, desmayadas construcciones de
papel y madera de balsa, y distaban mucho de ser aerodinámicamente eficientes.
Con la electrónica tenía los mismos problemas, y en una ocasión recibió una descarga
de 500 voltios de un viejo televisor que estaba intentando convertir en un
amplificador.
En el tercer y cuarto curso, la heterogénea
pandilla de amigos empezó a orientar su atención hacia lo místico y lo
religioso. Hacia finales de 1954, un muchacho de la periferia del grupo, Graham
Dow, se abocó a la religión con los brazos abiertos. El evangelista Billy
Graham había efectuado una gira por Gran Bretaña aquel año, y el joven Dow se
sintió enormemente influenciado por el hombre. Dow se dedicó a convertir a
Roger Femeyhaugh, y el entusiasmo se extendió. La actitud de Hawking ante esa
moda repentina está abierta al debate. Lo más probable es que permaneciera
alejado de este juego con un cierto desprendimiento divertido; ésta al menos es
la opinión de sus compañeros de entonces. Hablan de que su intenso intelecto
examinaba la reacción de los participantes más con fascinación que con
cualquier sentimiento de convicción o de naciente fe.
Michael Church describe cómo sentía una indefinible
presencia intelectual cuando discutía de asuntos vagamente místicos o
metafísicos con Stephen. Recordando un encuentro, dice:
Yo no era un científico, y no me lo tomé ni
remotamente en serio hasta un día en que estábamos matando el tiempo en su
atestada madriguera de inventor chistoso. Nuestra charla había derivado hacia
el significado de la vida ―un tema que creo recordar era candente por aquella
época―, cuando de pronto me vi frenado por una horrible comprensión: Stephen me
estaba animando a ponerme yo mismo en ridículo, y mientras tanto me observaba
como desde una gran altura. Fue un momento profundamente inquietante[2].
Su interés por el cristianismo duró la mayor parte
del año. El grupo de amigos se reunía en la casa de alguno de ellos como lo
había hecho para jugar a los juegos de tablero. Seguían bebiendo zumo de
naranja, e incluso jugaban ocasionalmente a algún juego, pero la mayor parte
del tiempo lo pasaban sumidos en intensas discusiones sobre materias de fe,
Dios y sus propios sentimientos. Fue una época de crecimiento interior, una
lucha por hallar significado al amontonamiento de hechos y estímulos que les rodeaban,
pero también fue una importante actividad de grupo. Uno de los miembros del
grupo insinuó más tarde que había un indudable matiz de homosexualidad escolar
en tomo a todo el asunto.
Aquélla fue una época difícil para Stephen. Deseaba
involucrarse, formar parte del grupo, pero su racionalismo no aceptaba, ni
siquiera entonces, que sus emociones comprometieran su intelecto. De todos
modos, consiguió conservar a sus amigos, permanecer aparte y aprender un cierto
número de habilidades sociales que le serían de mucha utilidad en el futuro. La
ironía es que al final del tercer año, en plena cúspide de la euforia, Stephen
ganó el premio en divinidad de la escuela.
Tras el cristianismo llegó el ocultismo. El grupo
empezó a desviar su atención hacia la percepción extrasensorial (PES), que por
aquel entonces empezaba a capturar la imaginación del público. Juntos y en la
intimidad de sus propios cuartos privados, empezaron a realizar experimentos
durante los cuales intentaban influenciar el lanzamiento de un dado por el
poder de sus mentes. Stephen se mostró mucho más interesado en esto: era algo
cuantificable, un auténtico trabajo experimental, y había una posibilidad de
que la idea pudiera ser demostrada o desechada. No se trataba simplemente de un
asunto de fe y esperanza.
El interés no duró mucho tiempo. Stephen asistió
con los demás sobre un conjunto de experimentos de PES realizados en la
universidad de Duke, en Carolina del Norte, a finales de los años cincuenta. El
conferenciante demostró que cuando los experimentadores obtenían buenos
resultados podía demostrarse que no se habían realizado como correspondía, y
que cuando la técnica experimental era seguida correctamente no se obtenía
ningún resultado. El interés de Hawking se convirtió en desdén. Llegó a la
conclusión de que sólo la gente que no ha desarrollado sus facultades
analíticas más allá de las de un adolescente cree en cosas como el PES.
Mientras tanto, con los temas escolares resueltos
más o menos al mismo nivel de antes, Stephen era malo en todos los deportes,
con la posible excepción de correr a campo a través, para lo que su físico casi
de espectro estaba perfectamente adaptado. Soportaba el cricquet y el rugby,
pero su odio particular estaba reservado para la Fuerza Combinada de Cadetes,
la FCC. Como la mayoría de las escuelas privadas de Gran Bretaña, la St. Albans
School mantenía un ejército de escolares, cuya meta principal era preparar a
los jóvenes para el servicio militar. Cada viernes toda la escuela, con seis
excepciones, vestía uniforme militar. Las excepciones eran aquellos cuyos
padres eran objetores convencidos. Pese a las tendencias políticas de Isobel
Hawking, los padres de Stephen no pusieron ninguna objeción, y éste tuvo que
tomar parte en los mismos juegos de guerra, instrucción y desfiles que los
demás.
Para aquellos con escaso interés hacia las cosas
militares, los recuerdos de la FCC son agrios: fríos viernes de invierno bajo
la lluvia, ropas empapadas, dedos y cara entumecidos en la mordiente cellisca
de enero, y los entusiastas muchachos― oficiales gritando órdenes. Stephen
tenía el grado de cabo de Transmisiones, la sección en la que eran situados
tradicionalmente todos aquellos con inclinaciones científicas. Odiaba cada
minuto de aquello, pero tenía que soportarlo. En algunos aspectos, la alternativa
era peor. Aquellos que no deseaban representar su papel en la defensa de País y
Reina tenían que pasar por el guantelete de la táctica persuasiva. En primer
lugar, el objetor era llevado al coronel Pryke, comandante de la FCC. Si él no
conseguía persuadir al disidente, la siguiente línea de ataque era el sub
decano, Canon Feaver, un formidable caballero que sometía al muchacho a un
discurso sobre su deber moral de servir a Dios y a la Reina, de representar su
papel en el máximo esquema de las cosas. Si eso era soportado también, la
prueba final era enfrentarse al director, William Thomas Marsh.
Marsh era uno de los más severos directores de St.
Albans, pero el que había conseguido un mayor éxito. Ha sido descrito por más
de uno de los compañeros de estudios de Hawking como «absolutamente aterrador»;
enfrentarse a él era un acto de extrema locura. Si el director no conseguía
convertir a un objetor convencido, entonces era que poseía una tremenda
convicción y determinación. Sin embargo, eso era sólo el principio de la
prueba. Aquellos que no tomaban parte en la FCC, tenían que vestir traje de faena
y alinearse con todos los demás y, en vez de jugar a soldados, eran obligados a
cavar un teatro griego en los terrenos de la escuela. Marsh era un clasicista
consumado, y consideraba este tratamiento como una humillación ritual. La
construcción del teatro griego proseguía, hiciera sol o lloviera, durante tanto
tiempo como fuera necesario. A medida que avanzaba el trabajo, Marsh recorría
el perímetro cuando hacía buen tiempo o vigilaba el lugar, desde el confort de
una habitación cálida si llovía o nevaba.
* * * *
La vida en la escuela no siempre era monótona. A
menudo toda la clase participaba en viajes escolares a lugares de interés
académico. Normalmente era el comandante de la FCC, el coronel Pryke, quien
recibía la responsabilidad de llevar a lo que él llamaba «una desharrapada
pandilla de jóvenes» a lugares tales como fábricas de productos químicos,
centrales eléctricas y museos. Recuerda con cariño la ocasión en que llevó la
clase de Hawking a la fábrica de productos químicos «ICI» en Billingham, al
norte de Inglaterra. Todo parecía ir bien hasta inmediatamente después de la
comida, cuando uno de los científicos que había estado mostrándoles el lugar
acorraló a Pryke y le dijo, furioso:
― ¿A quiénes demonios me ha traído aquí? ¡No dejan
de hacerme todo tipo de malditas preguntas extrañas que no puedo responder!
Cuando cumplió los catorce años, Stephen supo que
deseaba estudiar «matemáticas, más matemáticas y física»[3], y fue más o menos por aquella época cuando sus aptitudes científicas
empezaron a mostrarse. Pasaba muy poco tiempo con sus deberes de matemáticas en
casa, y sin embargo seguía obteniendo excelentes calificaciones. Como recuerda
un contemporáneo, «tenía una intuición increíble, instintiva. Mientras yo me
estrujaba los sesos en busca de una complicada solución matemática a un
problema, él simplemente sabía la respuesta..., no tenía que pensar en
ella» [4] El brillante muchacho de inteligencia «media» estaba empezando a
revelar un talento prodigio.
Un ejemplo particular de la muy desarrollada
intuición de Stephen dejó una impresión duradera en John McClenahan. Durante
una lección de física de sexto grado, el maestro planteó la pregunta: «Si
tenéis una taza de té, y lo queréis con leche, y está demasiado caliente,
¿alcanzará más rápido una temperatura bebible si ponéis la leche cuando ponéis
el té, o debéis permitir que el té se enfríe antes de añadir la leche?»
Mientras sus compañeros se debatían en medio de una serie de conceptos en tomo
al tema, Stephen fue directamente al núcleo del asunto y anunció casi al
instante la respuesta: « ¡Ah! La leche primero, por supuesto», y luego ofreció
una concienzuda explicación de su razonamiento.
Pasó los exámenes de su Nivel Ordinario, nueve en
julio de 1957, y el décimo, en latín, un año más tarde, a medio camino de sus
Niveles Avanzados. Cuando se sentó a decidir los temas de su Nivel A, las
presiones paternas empezaron a jugar un papel en sus planes. Deseaba hacer
matemáticas, física y matemáticas avanzadas como preparación para un curso
universitario en física o matemáticas. Sin embargo, Frank Hawking tenía otros
planes. Deseaba que su hijo le siguiera en la carrera de medicina, para lo cual
Stephen tendría que estudiar química de Nivel A. Tras mucha discusión y
argumentación, Stephen aceptó tomar matemáticas, física y química de Nivel A,
dejando abierta la cuestión de la carrera universitaria hasta que se planteara
la necesidad de una decisión definitiva un año más tarde.
El sexto grado fue probablemente la época más feliz
de Hawking en St. Albans. A los chicos se les concedía más libertad en sus dos
últimos años, y se recreaban un poco en el respeto que habían conseguido con
sus éxitos en el Nivel O. En sexto grado, el grupo íntimo de amigos escolares
empezó a fragmentarse cuando sus temas del Nivel A divergieron. Aquéllos que se
decantaron hacia las artes empezaron, de una forma natural, a perder contacto
con los «científicos», y se establecieron diferentes camarillas. Basil King,
John McClenahan y Hawking escogieron únicamente temas científicos; los otros
siguieron las artes. Los científicos reunieron a su alrededor a otros de
mentalidad paralela, y se formaron nuevos grupos.
En la primavera de 1958, Hawking y sus amigos,
incluidos los nuevos reclutas del grupo, Barry Blott y Christopher Fletcher,
construyeron un ordenador al que llamaron «LUCE», Logical Uniselector
Computing Engine. En los años cincuenta, en Gran Bretaña, sólo unos
pocos departamentos universitarios y el Ministerio de Defensa tenían
ordenadores. Sin embargo, con la ayuda y el entusiasmo de un joven maestro de
matemáticas llamado Dick Tartar, que había sido reclutado específicamente para
generar nuevas ideas e inyectar un poco de vida al departamento de matemáticas,
diseñaron y construyeron una máquina lógica muy primitiva.
Les llevó un mes conseguir algo de la máquina. El
principal problema, al parecer, no estaba en el diseño ni en el lado teórico
del proyecto, sino simplemente en malas soldaduras. Las entrañas del
dispositivo eran partes recicladas de una vieja centralita telefónica de
oficina, pero se necesitaba un número enorme de conexiones eléctricas para
hacer que el dispositivo funcionara, y el grupo no dejaba de hallar fallos en
sus soldaduras. Sin embargo, cuando al fin consiguieron que funcionara, causó
una excitación considerable en el sexto grado. La crítica y valoración de la
Sociedad Matemática en Albanian, la revista de la escuela, suena como extraída
directamente de un salto temporal:
No es desconocido que el matemático abandone su
torre de marfil y cumpla con su papel original como calculador. Así, en 1641,
Pascal inventó una máquina aritmética, antepasada del ordenador actual, que
reemplaza específicamente las varitas de cuentas, el ábaco o la regla de
cálculo como una ayuda para los cálculos. Hasta el día feliz en que cada alumno
de cuarto grado tenga su Ernie[5], tendremos que contentarnos con tablas de logaritmos. Mientras tanto,
como un modesto inicio, tenemos a «LUCE», la máquina calculadora uniselectora
lógica de la St. Albans School.
La máquina responde a algunos inútiles, aunque
bastante complejos, problemas lógicos. Las reuniones de último grado de la
sociedad fueron dedicadas a ella, y resultaron animadas y muy concurridas. Con
la experiencia adquirida [los diseñadores], tienen intención de seguir adelante
con la construcción de un ordenador digital, aún sin bautizar, que realmente
«hará sumas». (¡Cuarto grado, animaos!) [6].
Hawking y sus amigos recibieron su primer contacto
con la Prensa cuando el periódico local, el Herts Advertiser,
publicó la historia de «las lumbreras escolares» y su novedosa máquina. Y, como
se prometía en el artículo de la revista de la escuela, se dedicaron a
construir una versión más sofisticada de la máquina más adelante en el sexto
grado.
Cuando el actual jefe de cálculo de la St. Albans
School, Nigel Wood-Smith, ocupó su puesto varios años más tarde, halló una caja
debajo de una de las mesas de la sala de matemáticas. Tuvo la impresión de que
la caja no contenía más que un montón de vieja chatarra, transistores y relés,
con la palabra «LUCE» escrita en una placa tirada encima de la maraña de cables
y metal. Tiró todo aquello al cubo de los desperdicios. No fue hasta años más
tarde que comprendió cómo, sin saber el significado histórico potencial de las
cosas, había arrojado a la basura el ordenador construido por Stephen Hawking.
Capítulo II
Cosmología clásica
La cosmología es el estudio del universo en su
conjunto, sus inicios, su evolución y su destino final. En términos de ideas,
es la mayor de la gran ciencia. Sin embargo, en términos de equipo, es la menos
impresionante. Cierto, los cosmólogos utilizan la información sobre el universo
recogida por gigantescos telescopios y sondas espaciales, y a veces hacen uso
de grandes ordenadores para llevar a cabo sus cálculos. Pero la esencia de la
cosmología sigue siendo las matemáticas, lo cual significa que las ideas
cosmológicas pueden ser expresadas en términos de ecuaciones escritas
simplemente con lápiz y papel. La cosmología, más que ninguna otra rama de la
ciencia, puede ser estudiada usando sólo la mente. Esto es tan cierto como lo
era hace setenta y cinco años, cuando Albert Einstein desarrolló la teoría
general de la relatividad y con ello inventó la ciencia de la cosmología
teórica.
Cuando los científicos se refieren a las ideas
«clásicas» de la física, no se refieren a los pensamientos de los antiguos
griegos. Estrictamente hablando, la física clásica es la física de Isaac
Newton, que sentó las bases del método científico para investigar el mundo,
allá en el siglo XVII. La física newtoniana reinó suprema hasta finales del
siglo XIX, cuando fue arrollada por dos revoluciones, la primera impulsada por
la teoría de la relatividad general de Einstein y la segunda por la teoría
cuántica. La primera es la mejor teoría que tenemos sobre cómo funciona la
gravedad; la segunda explica cómo funciona todo lo demás en el mundo material.
Juntos, esos dos temas, la teoría de la relatividad y la mecánica, forman los
pilares gemelos de la moderna ciencia del siglo XX. El Santo Grial de la física
moderna, buscado por muchos, es una teoría que combine las dos en un solo
paquete matemático.
Pero, para la moderna generación de buscadores del
Grial de los años noventa, incluso esos dos pilares gemelos de la física, en su
forma original, son cosa antigua. Hay otra forma, mucho más coloquial, con la
que los científicos emplean el término «física clásica»: esencialmente para
referirse a todo lo desarrollado por las generaciones anteriores de
investigadores y que, en consecuencia, tiene más de unos veinticinco años de
antigüedad. De hecho, retroceder veinticinco años desde hoy nos conduce a un acontecimiento
que fue un hito en las ciencias: el descubrimiento de los púlsares en 1967, el
año que Stephen Hawking celebró su propio vigésimo quinto aniversario. Hoy se
sabe que esos objetos son estrellas de neutrones, los núcleos colapsados de
estrellas masivas que han terminado sus vidas con enormes estallidos conocidos
como supernovas. Fue el descubrimiento de los púlsares, objetos colapsados a
punto de convertirse en agujeros negros, lo que revivió el interés en las
implicaciones extremas de la teoría de la gravedad de Einstein; y fue el
estudio de los agujeros negros lo que condujo a Hawking a lograr el primer
matrimonio exitoso entre la teoría cuántica y la relatividad.
Sin embargo, y de una forma típica (como veremos),
Hawking llevaba ya trabajando en la teoría de los agujeros negros al menos dos
años antes del descubrimiento de los púlsares, cuando sólo unos pocos
matemáticos se molestaban con unas implicaciones tan exóticas de las ecuaciones
de Einstein, y el término «agujero negro» en sí ni siquiera había sido usado en
conexión con ello. Como todos sus contemporáneos, Hawking había sido educado,
como científico, en las ideas clásicas de Newton y en la teoría de la relatividad
y la física cuántica en sus formas originales. La única manera en que podemos
apreciar cuán lejos se ha desarrollado la nueva física desde entonces, en parte
con la ayuda de Hawking, es echar nosotros mismos una mirada a esas ideas
clásicas, un suave paseo por las colinas antes de encaminarnos hacia las
vertiginosas alturas. «Cosmología clásica», en sentido coloquial, se refiere a
lo que se sabía antes de la revolución desencadenada por el descubrimiento de
los púlsares..., exactamente la materia que se enseñaba a los estudiantes de la
generación de Hawking.
Isaac Newton hizo del universo un lugar ordenado y
lógico. Explicaba el comportamiento del mundo material en términos de las leyes
fundamentales que se sabía que formaban la trama del universo. El ejemplo más
famoso es la ley de la gravedad. Las órbitas de los planetas en torno al Sol
habían sido un profundo misterio antes de Newton, pero él las explicó mediante
la ley de la gravedad, que dice que un planeta a una cierta distancia del Sol
sufre una cierta fuerza que tira de él, inversamente proporcional al cuadrado
de su distancia del Sol: lo que se conoce como la ley del cuadrado inverso. En
otras palabras, si el planeta fuera movido mágicamente a dos veces su distancia
del Sol, experimentaría una cuarta parte de la fuerza; si fuera trasladado a
tres veces la distancia, tan sólo experimentaría una novena parte de la fuerza;
y así sucesivamente. Puesto que un planeta se mueve en una órbita estable a
través del espacio a su propia velocidad, su fuerza hacia dentro se equilibra
exactamente con la tendencia del planeta a alejarse por el espacio. Más aún, se
dio cuenta Newton, la misma ley del cuadrado inverso explica la caída de una
manzana de un árbol y la órbita de la Luna en torno a la Tierra, e incluso el
subir y bajar de las mareas. Es una ley universal.
Newton explicó también la forma en que responden
los objetos a fuerzas distintas a la gravedad. Aquí, en la Tierra, cuando
empujamos algo, se mueve, pero sólo mientras lo seguimos empujando. Cualquier
objeto que se mueve en la Tierra experimenta una fuerza, llamada fricción, que
se opone a su movimiento. Si dejamos de empujar, la fricción detendrá el
objeto. Según Newton, sin embargo, sin fricción (como los planetas en el
espacio, o los átomos de los que están compuestas las cosas cotidianas), un
objeto se seguirá moviendo en línea recta a una velocidad constante hasta que
se aplique sobre él una fuerza. Entonces, durante tanto tiempo como siga
actuando la fuerza, el objeto acelerará y cambiará su dirección, o su
velocidad, o ambas cosas. Cuanto más ligero el objeto, o más intensa la fuerza,
más grande será la aceleración resultante. Retiremos la fuerza, sin embargo, y
el objeto se moverá una vez más a una velocidad constante y en línea recta,
pero a la nueva velocidad que ha adquirido durante el tiempo en que estuvo
acelerando.
Cuando empujamos algo, este algo devuelve el
empuje, y la acción y la reacción son iguales y opuestas. Así es como funciona
un cohete: expulsa material por sus toberas en una dirección, y la reacción
empuja al cohete en dirección opuesta. Esta última ley nos es familiar en las
mesas de billar, donde las bolas chocan entre sí y rebotan de una forma muy
«newtoniana». Y ésa es en gran parte la imagen del mundo que brota de la
mecánica newtoniana: una imagen de bolas (o átomos) que chocan entre sí y
rebotan, o de estrellas y planetas que se mueven bajo la influencia de la
gravedad, de una forma exactamente regular y predictible.
Todas esas ideas fueron encapsuladas en la obra
maestra de Newton, los Principia, publicados en 1687
(normalmente nos referimos a ellos con la versión abreviada de su título en
latín; el título completo en Castellano de la gran obra de Newton es Principios
matemáticos de filosofía natural). La visión que Newton nos proporcionó del
mundo es denominada a veces como la del «universo mecánico». Si el universo
está formado por objetos materiales que interactúan entre sí a través de
fuerzas que obedecen a leyes realmente universales, y si reglas como la de la
acción y la reacción se aplican con exactitud en todo el universo, entonces el
universo puede ser considerado como una gigantesca máquina, una especie de
reloj cósmico, que seguirá pautas completamente predecibles una vez haya sido
puesto en movimiento.
Esto suscita todo tipo de rompecabezas, que han
preocupado a la vez a filósofos y teólogos. El núcleo del problema reside en la
cuestión del libre albedrío. En un universo mecánico así, ¿está todo
predeterminado, incluidos todos los aspectos del comportamiento humano? ¿Estaba
pre ordenado, grabado en las leyes de la física, que una colección de átomos
conocida como Isaac Newton escribiría un libro conocido como los Principia que
sería publicado en 1687? Y, si el universo puede ser unido a un mecanismo de relojería
cósmico, ¿quién dio cuerda a ese mecanismo y lo puso en movimiento?
Incluso dentro del esquema establecido de las
creencias religiosas de la Europa del siglo XVII, ésas eran preguntas
inquietantes, puesto que, aunque podía considerarse razonable decir que al
mecanismo podía haberle dado cuerda y puesto en marcha Dios, la visión
tradicional cristiana contempla a los seres humanos como poseedores de libre
albedrío, de modo que pueden elegir seguir las enseñanzas de Cristo o no, como
deseen. La noción de que es posible que los pecadores no tengan en realidad
ninguna libertad de acción relativa a sus acciones, sino que pecan en
obediencia a leyes inflexibles, siguiendo un camino de condenación eterna
establecido por Dios en un principio, simplemente no encaja con la visión
cristiana imperante.
Sin embargo, y resulta sorprendente, en la época de
Newton, y hasta el siglo XX, la ciencia no contempló en realidad la noción de
un principio del universo. El universo en general era percibido como eterno e
invariable, con estrellas «fijas» colgadas del espacio. La historia bíblica de
la Creación, aún ampliamente aceptada en el siglo XVII, tanto por los
científicos como por la gente normal, se creía que se aplica sólo a nuestro
planeta, la Tierra, o quizás a la familia del Sol, el Sistema Solar, pero no a todo
el universo.
Newton creía (incorrectamente, como se demostró)
que las estrellas fijas podían permanecer eternamente como estaban si el
universo era infinitamente grande, porque la fuerza de la gravedad que tirara
de cada estrella sería entonces la misma en todas direcciones. De hecho, esa
situación es altamente inestable. La más ligera desviación de una distribución
perfectamente uniforme de las estrellas producirá una atracción general en una
dirección u otra y hará que las estrellas empiecen a moverse. Tan pronto como
una estrella se mueva hacia cualquier fuente de fuerza gravitatoria, la
distancia a la fuente decrece, de modo que la fuerza se hace más intensa, de
acuerdo con la ley del cuadrado inverso de Newton. Así, una vez las estrellas
han empezado a moverse, la fuerza que causa la no uniformidad se hace más
grande, y en consecuencia siguen moviéndose a un ritmo acelerado. En universo
estático empezará a moverse bajo la fuerza de la gravedad. Pero eso resultó
claro sólo después de que Einstein hubo desarrollado una nueva teoría de la
gravedad: una teoría, además, que contenía dentro de ella una predicción de que
el universo no era en absoluto estático, y que en realidad era posible que no
se estuviera colapsando… sino expandiendo.
* * * *
Como Newton, Albert Einstein hizo muchas
contribuciones a la ciencia. También como Newton, su obra maestra fue su teoría
de la gravedad, la teoría de la relatividad general. Una cierta medida de la
importancia que tiene esta teoría para la comprensión moderna del universo es
que incluso la teoría de la relatividad especial de Einstein, la que conduce a
la famosa ecuación E = mc2, es en comparación una pieza
menor de su trabajo. Sin embargo, la teoría especial, que fue publicada en
1905, contribuyó con un ingrediente clave a la nueva comprensión del universo.
Antes de que vayamos a ello, sin embargo, debemos al menos efectuar un breve
bosquejo de los rasgos principales de la teoría especial.
Einstein desarrolló la teoría de la relatividad
especial, en respuesta a un rompecabezas que había emergido de la ciencia del
siglo XIX. El gran físico escocés, James Maxwell, había hallado las ecuaciones
que describen el comportamiento de las ondas electromagnéticas. Las ecuaciones
de Maxwell fueron desarrolladas en primer lugar para explicar el comportamiento
de las ondas de radio, que habían sido descubiertas recientemente. Pero Maxwell
halló que las ecuaciones le proporcionaban automáticamente una velocidad
particular, que se identifica como la velocidad a la que viajan las ondas
electromagnéticas. La única velocidad que surgía de las ecuaciones de Maxwell
resultó ser exactamente la velocidad de la luz, que los físicos ya habían
medido por aquel entonces. Esto revelaba que la luz tenía que ser alguna forma
de onda electromagnética, como las ondas de radio, pero con una longitud de
onda más corta (es decir, una frecuencia más alta). Y eso significaba también,
de acuerdo con las ecuaciones, que la luz (así como otras formas de radiación
electromagnética, incluidas las ondas de radio) viaja siempre a la misma
velocidad.
Esto no es lo que esperábamos de nuestra
experiencia cotidiana de cómo se mueven las cosas. Si yo permanezco inmóvil y
le lanzo a usted con suavidad una pelota, es muy fácil para usted atraparla. Si
me dirijo hacia usted a 100 kilómetros por hora en un coche, y le lanzo la
pelota con la misma suavidad por la ventanilla, llegará a usted a una velocidad
de 100 kilómetros por hora más la velocidad con la que se lance. Se asombraría
y desconcertaría usted, y con razón, si la pelota lanzada con suavidad desde la
ventanilla del coche le llegara viajando tan sólo a la suave velocidad con la
que fue lanzada, sin el añadido de la velocidad del coche; sin embargo, eso es
lo que ocurre exactamente con las pulsaciones de la luz. Del mismo modo, si un
vehículo viaja a 80 kilómetros por hora por una carretera recta y es adelantado
por otro que viaja a 100 kilómetros por hora, el segundo vehículo se mueve a 20
kilómetros por hora con relación al primero. En otras palabras, la velocidad es
relativa. Y, sin embargo, si nos movemos y somos adelantados por una pulsación
de luz, y medimos su velocidad cuando pasa por nuestro lado, encontraremos que
tiene la misma velocidad que si midiéramos esa pulsación de luz que pasa por
nuestro lado cuando nos hallamos parados.
Nadie sabía esto hasta finales del siglo XIX. Los
científicos habían supuesto que la luz se comportaba del mismo modo, en lo que
a sumar y restar velocidades se refería, que otros objetos como las pelotas
lanzadas de una persona a otra. Y explicaban la «constancia» de la velocidad de
la luz en las ecuaciones de Maxwell diciendo que las ecuaciones se aplicaban a
algún «espacio absoluto», un marco de referencia fundamental para todo el
universo.
Según este punto de vista, el propio espacio
definía el marco contra el que había que medir las cosas: el espacio absoluto,
a través del cual se movían la Tierra, el Sol, la luz y todo lo demás. Este
espacio absoluto era también denominado a veces el «éter», y concebido como una
sustancia a través de la que se movían las ondas electromagnéticas, como las
ondas de agua se mueven sobre el mar. La dificultad, cuando los
experimentadores intentaban medir los cambios en la velocidad de la luz
causados por el movimiento de la Tierra a través del espacio absoluto (o «en
relación con el éter»), estriba en que no se encontraba ningún cambio.
Puesto que la Tierra se mueve alrededor del Sol en
una órbita aproximadamente circular, debería moverse a diferentes velocidades
con relación al espacio absoluto en las distintas épocas del año. Es como nadar
en círculo en un río de corriente rápida. A veces, la Tierra estará «nadando
con el éter», a veces lo cruzará, y a veces irá en contra. Si la luz viaja
siempre a la misma velocidad con relación al espacio absoluto, entonces el
sentido común nos dice que esto tiene que mostrarse en la forma de cambios personales
en la velocidad de la luz medidos desde la Tierra. No es así.
Einstein resolvió el dilema con su teoría especial.
Ésta dice que todos los sistemas de referencia son igualmente válidos, y que no
hay ningún sistema de referencia absoluto. Cualquiera que se mueva a una
velocidad constante a través del espacio tiene derecho a considerarse a sí
mismo como estacionario. Descubrirá que los objetos que se mueven en su sistema
de referencia obedecen las leyes de Newton, mientras que las radiaciones
electromagnéticas obedecen las ecuaciones de Maxwell, y la velocidad de la luz es
siempre medida según el valor que se desprende de esas ecuaciones, indicado con
la letra c. Además, cualquiera que se mueva a una velocidad
constante con relación a la primera persona (el primer observador, en la jerga
física), también tiene derecho a decir que se halla inmóvil, y descubrirá que
los objetos en su laboratorio obedecen las leyes de Newton, mientras que las
mediciones siempre dan la velocidad de la luz como c. Aunque
un observador se mueva hacia el otro observador a la mitad de la velocidad de
la luz, y lance hacia delante el haz de una linterna, el segundo observador no
medirá la velocidad de la luz que procede de la linterna como 1,5 c:
¡seguirá siendo c!
Partiendo del hecho observado de que la velocidad
de la luz es una constante, sea cual sea la forma en que se mueva la Tierra por
el espacio, Einstein halló un paquete matemático que describe el comportamiento
de los objetos matemáticos en sistemas de referencia que se mueven con
velocidades constantes relativas unos a otros: los llamados sistemas de
referencia «inerciales». Dado que las velocidades son pequeñas comparadas con
la velocidad de la luz, esas ecuaciones proporcionan exactamente las mismas «respuestas»
que la mecánica newtoniana. Pero cuando las velocidades empiezan a ser una
fracción apreciable de la velocidad de la luz, ocurren cosas extrañas.
Por ejemplo, dos velocidades nunca pueden sumarse
para proporcionar una velocidad relativa mayor que c. Un observador
puede ver a otros dos observadores que se acercan el uno al otro en una
trayectoria de colisión a una velocidad cada uno de 0,9 c en
el sistema de referencia del primer observador; pero las medidas tomadas por
cada uno de esos dos observadores que se mueven a gran velocidad mostrará
siempre que el otro viaja a una velocidad inferior a c, pero
superior (en este caso) a 0,9 c.
La razón por la cual las velocidades se suman de
esta extraña manera tiene que ver con la forma en que tanto el espacio como el
tiempo se deforman a grandes velocidades. A fin de garantizar la constancia de
la velocidad de la luz, Einstein tuvo que aceptar que los relojes que se mueven
funcionan más lentamente que los relojes estacionarios, y que los objetos que
se mueven se encogen en la dirección de su movimiento. Las ecuaciones nos dicen
también que los objetos que se mueven incrementan su masa cuanto mayor es su
velocidad.
Por extrañas y maravillosas que sean todas estas
cosas, son sólo periféricas a la historia de la cosmología moderna y a la
búsqueda de los lazos de unión entre la física cuántica y la gravedad. Hay que
hacer constar, sin embargo, que no se trata de ideas alocadas, en el sentido
con el que a veces desechamos nociones extravagantes como «sólo una teoría» en
el lenguaje cotidiano. Para los científicos, una teoría es una idea que ha sido
ensayada y comprobada mediante experimentos y ha pasado todas las pruebas. La
teoría especial de la relatividad no es una excepción a esta regla. Todas las
nociones extrañas implícitas en la teoría ―la constancia de la velocidad de la
luz, la dilatación del tiempo y el encogimiento de la longitud de los objetos
que se mueven, el incremento de la masa de un objeto en movimiento― han sido
medidas y confirmadas con gran precisión en muchos experimentos. Los
aceleradores de partículas ―máquinas «rompeátomos» como la del «CERN», el
Centro Europeo de Investigación Nuclear en Ginebra― simplemente no funcionaría
si la teoría no fuese buena, puesto que han sido diseñados y construidos en
tomo a las ecuaciones de Einstein. La teoría especial de la relatividad como
descripción del mundo de las altas velocidades se halla tan fundamentada en
sólidos hechos experimentales como lo es la mecánica newtoniana como
descripción del mundo cotidiano; la única razón por la que entra en conflicto
con nuestro sentido común es que en la vida cotidiana no estamos acostumbrados
al tipo de viaje a altas velocidades requerido para que se muestren sus
efectos. Después de todo, la velocidad de la luz, c, es de
300.000 kilómetros por segundo, y los efectos relativistas pueden ser
tranquilamente ignorados para cualquier velocidad inferior a aproximadamente un
10 por ciento de ésta, es decir, para velocidades menores a unos simples 30.000
kilómetros por segundo. En esencia, la teoría especial es el resultado de un
matrimonio entre las ecuaciones del movimiento de Newton y las ecuaciones de
Maxwell que describen las radiaciones. Fue en buena parte un hijo de su tiempo
y, si Einstein no hubiera elaborado la teoría en 1905, uno de sus
contemporáneos lo hubiera hecho seguramente en los próximos años. Sin el genio
especial de Einstein, sin embargo, es posible que hubiera transcurrido una
generación o más, antes de que nadie se diera cuenta de la importancia de una
idea mucho más profunda enterrada dentro de la teoría especial.
* * * *
Este ingrediente clave, al que ya hemos aludido,
fue el fruto de otro matrimonio: la unión del espacio y el tiempo. En nuestra
vida cotidiana, espacio y tiempo parecen ser dos cosas completamente distintas.
El espacio se extiende a nuestro alrededor en tres dimensiones (arriba y abajo,
derecha e izquierda, delante y detrás). Podemos ver dónde están localizadas las
cosas en el espacio, y viajar a través de él más o menos a voluntad. El tiempo,
aunque sabemos lo que es, es casi imposible de describir. En cierto sentido
tiene una dirección (del pasado al futuro), pero no podemos mirar ni en el
futuro ni en el pasado, y ciertamente no podemos movemos por él a voluntad. Sin
embargo, la gran constante universal, c, es una velocidad, y la
velocidad es una medida que relaciona el espacio con el tiempo. Las velocidades
son expresadas siempre en forma de kilómetros por hora, o centímetros por
segundo, o cualquier otra unidad de longitud por unidad de tiempo. No podemos
tener una sin la otra cuando hablamos de velocidad. Así pues, el hecho de que
la constante fundamental sea una velocidad tiene que estarnos diciendo algo
significativo acerca del universo. Pero, ¿qué?
Si multiplicamos una velocidad por un tiempo,
obtenemos una longitud. Y si lo hacemos correctamente (multiplicando intervalos
de tiempo por la velocidad de la luz, c), podemos combinar medidas de longitud
(espacio) con medidas de tiempo en el mismo conjunto de ecuaciones. El conjunto
de ecuaciones que combinan de esta forma espacio y tiempo, consiste en las
ecuaciones de la teoría especial de la relatividad que describen la dilatación
del tiempo y la contracción de la longitud, y conducen a la predicción de que
una masa m es equivalente a una energía E tal como describe la fórmula E
= mc2. En vez de pensar en espacio y tiempo como en dos
entidades separadas, ya en 1905 Einstein les decía a los físicos que deberían
pensar en ellas como aspectos diferentes de un único conjunto unificado: el
espacio-tiempo. Pero este espacio-tiempo, decía también la teoría especial, no
era algo fijo y permanente como el espacio absoluto o el tiempo absoluto de la
física newtoniana: podía ser estirado o encogido. Y ahí reside la clave del
siguiente gran paso hacia delante.
Einstein acostumbraba a decir que la inspiración
para su teoría general de la relatividad (que es, por encima de todo, una
teoría de la gravedad) surgió de la comprensión de que una persona dentro de un
ascensor que cae porque su cable se ha roto no sentirá en absoluto la gravedad.
Podemos imaginar exactamente lo que quería decir, porque todos hemos visto
ahora películas de astronautas orbitando la Tierra en sus cápsulas espaciales.
Esas cápsulas que orbitan la Tierra no se hallan «hiera» de la influencia de la
gravedad de nuestro planeta: de hecho, son retenidas en órbitas por esa misma
gravedad. Pero la cápsula y todo lo que hay en ella está cayendo en torno a la
Tierra con la misma aceleración, de modo que los astronautas carecen de peso y
flotan en su interior. Para ellos es como si la gravedad no existiera, un
fenómeno conocido como caída libre. Pero Einstein nunca vio nada de eso, y tuvo
que imaginar mentalmente la situación mediante un ascensor que caía. Es como si
la aceleración del ascensor que cae, aumentando la velocidad cada segundo que
pase, cancelara exactamente la influencia de la gravedad. Para que eso sea
posible, gravedad y aceleración han de ser exactamente equivalentes la una a la
otra.
La forma en que eso condujo a Einstein a
desarrollar una teoría de la gravedad fue a través de considerar las
implicaciones para un rayo de luz, la herramienta de medida universal de la
relatividad especial. Imaginemos que encendemos horizontalmente una linterna a
través del ascensor, de un lado a otro de la cabina. En el ascensor en caída
libre, los objetos obedecen las leyes de Newton: se mueven en líneas rectas,
desde el punto de vista de un observador en el mismo ascensor, se golpean y
rebotan con un efecto de acción y reacción igual y opuesto, etc. Y,
crucialmente, desde el punto de vista del observador en el ascensor, la luz
viaja en línea recta. Pero, ¿cuál es el aspecto de las cosas para un observador
de pie en el suelo que contemple caer el ascensor? La luz parecerá seguir un
camino que mantiene siempre exactamente la misma distancia al techo de la
cabina. Pero, en el tiempo que tarda la luz para cruzar esa cabina, el ascensor
ha acelerado hacia abajo, y la luz de la linterna tiene que haber hecho lo
mismo. A fin de que la luz se mantenga a la misma distancia del techo durante
todo el recorrido, el pulso de luz tiene que seguir un camino curvo si es vista
desde fuera del ascensor. En otras palabras, un rayo de luz se ve curvado por
el efecto de la gravedad.
Einstein explicó esto en términos de curvatura del
espacio-tiempo. Sugirió que la presencia de la materia en el espacio
distorsiona el espacio-tiempo a su alrededor, de modo que los objetos que se
mueven a través del espacio-tiempo distorsionado son desviados, del mismo modo
que si se tirara de ellos en un espacio «plano» ordinario mediante una fuerza
inversamente proporcional al cuadrado de la distancia. Tras haber pensado en la
idea, Einstein desarrolló un conjunto de ecuaciones para describir todo esto. La
tarea le llevó diez años. Cuando hubo terminado, la famosa ley del cuadrado
inverso de Newton reemergió de la nueva teoría de la gravedad de Einstein; pero
la relatividad general fue mucho más allá que la teoría de Newton, porque
ofrecía también una teoría global de todo el universo. La teoría general
describe todo el espacio-tiempo, y en consecuencia todo el espacio y todo el
tiempo. (Hay una forma clara y simple de recordar cómo funciona. La materia le
dice al espacio-tiempo cómo curvarse; la curvatura en el espacio tiempo le dice
a la materia cómo moverse. Pero, insistían también las ecuaciones, el propio
espacio-tiempo puede moverse también, a su propia manera.) La teoría general
fue completada en 1915 y publicada en 1916. Entre otras cosas, predecía que los
rayos de luz de las estrellas distantes, al pasar cerca del Sol, se curvaban a
medida que se movían por el espacio-tiempo distorsionado por la masa del Sol.
Esto hacía variar las posiciones aparentes de esas estrellas en el cielo, y esa
variación podía verse realmente, y fotografiarse, durante un eclipse total,
cuando la luz cegadora del Sol queda bloqueada. Un eclipse así tuvo lugar en
1919: fueron tomadas las fotografías, y mostraron exactamente el efecto que
Einstein había predicho. La curvatura del espacio-tiempo era real: la teoría
general de la relatividad era correcta.
Pero las ecuaciones desarrolladas por Einstein para
describir la distorsión del espacio-tiempo por la presencia de la materia, las
mismas ecuaciones que fueron tan triunfalmente confirmadas por las
observaciones del eclipse, contenían un rasgo desconcertante que ni siquiera
Einstein podía aprehender. Las ecuaciones insistían en que el espacio-tiempo en
el que se halla encajado el universo material no podía ser estático. Debía
estar o expandiéndose o contrayéndose.
Exasperado, Einstein añadió otro elemento a sus
ecuaciones, con el único propósito de mantener quieto el espacio tiempo.
Incluso a principios de los años veinte, todavía seguía compartiendo (junto con
todos sus contemporáneos) la idea newtoniana de un universo estático. Pero, al
cabo de diez años, las observaciones efectuadas por Edwin Hable con un nuevo y
poderoso telescopio en la cumbre de una montaña en California demostraron que
el universo se expande.
Las estrellas en el cielo no se alejan las unas de
las otras. Pertenecen a un enorme sistema, la galaxia de la Vía Láctea, que
contiene unos cien mil millones de estrellas y es como una isla en el espacio.
En los años veinte, los astrónomos descubrieron con la ayuda de nuevos
telescopios que había muchas otras galaxias más allá de la Vía Láctea, y que
muchas de ellas contenían cientos de miles de millones de estrellas como
nuestro Sol. Y son las galaxias, no las estrellas individuales, las que se
apartaban unas de otras, a medida que el espacio en el que se hallan encajadas
se expande.
Si acaso, esto fue una predicción aún más
extraordinaria e impresionante de la teoría general que la curvatura de la luz
detectable durante un eclipse. Las ecuaciones habían predicho algo que al
principio incluso el propio Einstein se negó a creer, pero que más tarde las
observaciones demostraron que era correcto. El impacto sobre la percepción del
mundo por parte de los científicos fue devastador. Después de todo, el universo
no era estático, sino que evolucionaba; más tarde, Einstein describió su intento
de manipular las ecuaciones para mantener quieto el universo como «la mayor
torpeza de mi vida». Incluso a finales de los años veinte, las observaciones y
la teoría estaban de acuerdo en que el universo se expande. Y si las galaxias
se separan las unas de las otras, eso significa que hace mucho tiempo debieron
estar mucho más unidas. ¿Cuán unidas podían haber llegado a estar? ¿Qué ocurrió
en la época en que las galaxias debían estar tocándose, y antes de eso?
La idea de que el mundo nació de una súper densa y
súper ardiente bola de fuego conocida como el «Big Bang» es ahora una piedra
angular de la ciencia, pero se necesitó su tiempo ―más de cincuenta años― para
desarrollar la teoría. En el mismo momento en que los astrónomos hallaban la
prueba de la expansión universal y transformaban con ello la imagen científica
del universo en su conjunto, sus colegas físicos desarrollaban la teoría
cuántica y transformaban nuestra comprensión de lo muy pequeño. La atención se
centró principalmente en el desarrollo de la teoría cuántica durante las
décadas siguientes, con la relatividad y la cosmología (el estudio del universo
en su conjunto) como una rama exótica de la ciencia investigada sólo por unos
cuantos especialistas matemáticos. La unión de la grande y lo pequeño todavía
estaba muy lejos en el futuro, incluso a finales de los años veinte.
* * * *
Cuando el siglo XIX cedió paso al XX, los físicos
se vieron obligados a revisar sus nociones acerca de la naturaleza de la luz.
Este reajuste inicialmente modesto de su visión del mundo creció como una
avalancha desencadenada por una bola de nieve rodando colina abajo, para
convertirse en una revolución que engulló toda la física: la revolución
cuántica.
Esta dualidad onda-partícula cambia toda nuestra
visión de la naturaleza de la luz. Estamos acostumbrados a pensar en el momento
como una propiedad que tiene que ver con la masa de una partícula y su
velocidad. Si dos objetos se mueven a la misma velocidad, entonces el más
pesado tiene un momento mayor, y será más difícil de detener. Un fotón no tiene
masa, y a primera vista cabría pensar que esto significa que tampoco tiene
momento. Pero hay que recordar que Einstein descubrió que masa y energía son equivalentes
y. ciertamente, la luz transporta energía: de hecho, un rayo de luz es un rayo
de pura energía. Así pues, los fotones tienen momento, relacionado con su
energía, aunque no tienen masa y no pueden cambiar su velocidad. Un cambio en
el momento de un fotón significa que ha cambiado la cantidad de energía que
lleva, no su velocidad; y un cambio en la energía de un fotón significa un
cambio en su longitud de onda.
Cuando Einstein juntó todo esto, dio por sentado
que el momento de un fotón multiplicado por la longitud de onda de la onda
asociada daba siempre el mismo número, ahora conocido como constante de Planck
en honor a Max Planck, otro de los pioneros cuánticos. La constante de Planck
(designada habitualmente por la letra h) se convirtió muy pronto en
uno de los números más fundamentales en física, y se alineó paralela a la
velocidad de la luz, c. Afloraba, por ejemplo, en las ecuaciones
desarrolladas en las primeras décadas del siglo XX para describir cómo los
electrones son mantenidos en órbita en torno a los átomos. Pero, aunque la
extraña dualidad de la luz parecía una fruslería, en los años veinte el asunto
fue situado en su verdadera dimensión cuando un científico francés, Louis de
Broglie, sugirió usar la ecuación onda-partícula a la inversa. En vez de tomar
una longitud de onda (para la luz) y usarla para calcular el momento de una
partícula asociada (el fotón), ¿por qué no tomar el momento de una partícula
(como un electrón) y usarlo para calcular la longitud de una onda asociada?
Impulsados por esta sugerencia, los
experimentadores no tardaron en realizar las pruebas que demostraron que, bajo
las circunstancias correctas, los electrones se comportaban realmente como
ondas. En el mundo cuántico (el mundo de lo muy pequeño, de la escala de los
átomos y por debajo), partículas y ondas son simplemente facetas gemelas
de iodos los entes. Las ondas pueden comportarse como
partículas; las partículas pueden comportarse como ondas. Incluso fue acuñado
un término para describir a estas entidades cuánticas: «ondículas». La
descripción dual de partículas como ondas y ondas como partículas resultó ser
la clave para abrir los secretos del mundo cuántico, y condujo al desarrollo de
una teoría satisfactoria que explicaba el comportamiento de átomos, partículas
y luz. Pero en el núcleo de esa teoría yacía un profundo misterio.
Puesto que todas las entidades cuánticas poseen un
aspecto de onda, no pueden ser fijadas con exactitud en una localización
definida en el espacio. Por su propia naturaleza, las ondas son cosas que se
expanden. Así que no podemos estar seguros de dónde está exactamente un
electrón..., y la incertidumbre resulta ser un rasgo integral del mundo
cuántico. El físico alemán Werner Heisenberg estableció en los años veinte que
todas las cantidades observables se hallan sometidas, a escala cuántica, a
variaciones al azar de su tamaño, siendo la magnitud de esas variaciones
determinada por la constante de Planck. Es el famoso «principio de
incertidumbre» de Heisenberg. Significa que nunca podemos efectuar una
determinación precisa de todas las propiedades de un objeto como un electrón:
todo lo que podemos hacer es asignar probabilidades, determinadas de una forma
muy precisa a partir de las ecuaciones de la mecánica cuántica, respecto a las
posibilidades de que, por ejemplo, el electrón se halle en un determinado lugar
en un determinado momento.
Además, la naturaleza incierta y probabilística del
mundo cuántico significa que, si dos ondículas idénticas son tratadas de forma
idéntica (quizá sometiéndolas a colisión con otro tipo de ondícula), no
responderán necesariamente de forma idéntica. Es decir, el resultado de los
experimentos es también incierto, a nivel cuántico, y puede ser predicho sólo
en términos de probabilidades. Electrones y átomos no son como pequeñas bolas
de billar que chocan y siguen sus trayectorias según las leyes de Newton.
Nada de esto se muestra a la escala de nuestra vida
cotidiana, donde los objetos como las bolas de billar se mueven de una forma
predictible y determinista, en línea con las leyes de Newton. La razón es que
la constante de Planck es increíblemente pequeña: en las unidades estándar
usadas por los físicos, es un mero 6 x 1014 (una coma decimal seguida por 33
ceros y un 6) de un julio-segundo. Y un julio es una unidad realmente sensata
de la vida cotidiana: una bombilla de 60 vatios irradia 60 julios de energía
cada segundo. Para los objetos cotidianos como bolas de billar, o nosotros
mismos, el pequeño tamaño de la constante de Planck significa que la onda
asociada al objeto tiene una longitud de onda comparativamente pequeña y puede
ser ignorada. Pero incluso una bola de billar, o nosotros mismos, tiene una
onda cuántica asociada, aunque sólo para los objetos diminutos como los
electrones, con diminutas cantidades de momento, obtenemos una onda lo
suficientemente grande como para interferir con la forma en que interactúan los
objetos.
Todo esto suena muy oscuro, algo que podemos dejar
tranquilamente para que se preocupen de ello los científicos mientras nosotros
seguimos con nuestras vidas cotidianas. En general, eso es cierto, aunque vale
la pena darse cuenta de que la física que hay detrás de la forma en que
funcionan los ordenadores o los televisores depende de nuestra comprensión del
comportamiento cuántico de los electrones. Los rayos láser también pueden ser
comprendidos tan sólo en términos de física cuántica, y cada reproductor de
discos compactos utiliza un rayo láser para explorar el disco y «leer» la
música. Así, la física cuántica interfiere realmente en nuestras vidas
cotidianas, aunque no necesitemos ser un mecánico cuántico para reparar un
televisor o una cadena de alta fidelidad. Pero hay algo mucho más importante
para nuestras vidas cotidianas, inherentes a la física cuántica. Al introducir
la incertidumbre y la probabilidad en las ecuaciones, la física cuántica aleja
de una vez por todas la predictividad del mecanismo de relojería del
determinismo newtoniano. Si el universo funciona, a su nivel más profundo, de
una forma genuinamente impredecible y no determinista, entonces se nos devuelve
nuestro libre albedrío, y podemos tomar después de todo nuestra propias
decisiones y cometer nuestros propios errores.
A principios de los años sesenta, los dos grandes
pilares de la física se erguían espléndidamente separado el uno del otro. La
relatividad general explicaba el comportamiento del cosmos en general, y
sugería que el universo tenía que haberse expandido a partir de un estado súper
denso, conocido coloquialmente como el «Big Bang». La física cuántica explicaba
cómo funcionan átomos y moléculas, y nos proporcionaba una visión de la
naturaleza de la luz y de otras formas de radiación. Un joven físico, en el momento
de graduarse en la universidad de Oxford, habría recibido una sólida base sobre
ambas grandes teorías. Pero jamás hubiera podido sospechar que a lo largo de
los siguientes treinta años iba a desempeñar un papel fundamental en unirlas,
proporcionando una visión de cómo podían unificarse en una gran teoría que lo
explicaría todo, desde el «Big Bang» hasta los átomos de los que estamos
formados.
Capítulo III
En la universidad
El año 1959 empezó con una serie de sacudidas: el 2
de enero vio a Fidel Castro, con treinta y dos años, hacerse con el poder en
Cuba; un mes más tarde Buddy Holly moría en un accidente de aviación, e Indira
Gandhi se convertía en la líder del Partido del Congreso que gobernaba la
India. En primavera se construía el primer hovercraft del mundo en la isla de
Wight, dos monos rhesus se habían convertido en los primeros primates en el
espacio, y el escritor Raymond Chandler moría a los setenta años. Mientras tanto,
en una pequeña ciudad en Hertfordshire, un estudiante de diecisiete años
llamado Stephen Hawking se preparaba para el examen de admisión en Oxford en un
enorme y atestado dormitorio en la irregular casa eduardiana de sus padres.
Obtener una plaza en la universidad de Oxford no
era tarea fácil. Un potencial candidato tenía dos alternativas: un examen de
admisión en sexto grado superior, antes de los Niveles A, o el mismo examen en
séptimo grado, siempre que se hubiera obtenido calificaciones muy altas en el
Nivel A. El primer camino significaba que un candidato que tuviera éxito podía
ir directamente a Oxford tras las vacaciones de verano; el segundo necesitaba
aguardar hasta el octubre siguiente para ir a la universidad.
Stephen y su padre se decidieron por la primera
alternativa, y se alistó para los exámenes hacia finales de su último año en la
St. Albans School. La intención desde un principio era obtener una beca, la
máxima recompensa ofrecida por la universidad. La recompensa proporcionaba un
cierto número de privilegios titulares y, más importante, un porcentaje del
coste de la enseñanza en Oxford era pagado por la universidad. Un estudiante
que no conseguía una beca podía ser recompensado con una bolsa de estudios, que
era menos prestigiosa y aportaba una contribución más pequeña a los costes de
la educación. Finalmente, al candidato podía ofrecérsele un lugar en la
universidad pero sin ninguna ayuda financiera, y el estudiante era conocido
entonces como «commoner».
A lo largo del último año, padre e hijo sostuvieron
interminables discusiones sobre la elección de la carrera universitaria.
Stephen insistía en que deseaba aprender matemáticas y físicas, una carrera
conocida por entonces como Ciencias Naturales. Su padre no estaba convencido;
creía que no había trabajos en matemáticas aparte la enseñanza. Stephen sabía
lo que deseaba y ganó la discusión; la medicina tenía poco atractivo para él.
Como él mismo dice:
A mi padre le hubiera gustado que hiciera medicina.
Sin embargo, yo tenía la sensación de que la biología era demasiado
descriptiva, y no lo bastante fundamental. Quizás hubiera opinado de forma
distinta si hubiera sabido de la biología molecular, pero todavía no era
conocida a nivel general por aquel entonces[7].
Frank Hawking perdió la batalla sobre la elección
de la carrera de Stephen, pero estaba decidido a que su hijo obtuviera un lugar
en su viejo college, el University College de Oxford. Sin embargo, resulta
claro que el doctor Hawking no estaba plenamente convencido, ni siquiera a
aquellas alturas, de las habilidades de Stephen, y creía que iba a tener que
tirar de unos cuantos hilos para conseguir que entrara. Evidentemente, decidió
tomar la iniciativa. Justo antes del previsto examen de admisión en las vacaciones
de Pascua, arregló las cosas para llevar a Stephen a que conociera a su
potencial tutor en el University College, el doctor Robert Berman. Como
recuerda el propio Berman, el tipo de presión que estaba ejerciendo Hawking
padre hubiera sido suficiente para rechazar de inmediato al candidato. Sin
embargo, Stephen pasó el examen, y lo hizo tan extraordinariamente bien que
Berman y el University College lo aceptaron de buen grado. El examen de
admisión era bastante duro. Se extendía a lo largo de dos días y consistía en
cinco pruebas en total, cada una de las cuales duraba dos horas y media.
Incluía dos pruebas de física y dos de matemáticas, seguidas por una prueba
general que revelaba los conocimientos generales y del mundo y de la época del
candidato. Una pregunta típica podía ser muy bien algo así como: «Desarrolla
las posibles consecuencias globales de la toma del poder por parte de Fidel
Castro en Cuba.» Por aquel entonces se dudaba de si cabía esperar que un
muchacho de diecisiete años tuviera opiniones lo suficientemente formadas sobre
esos asuntos, y algunos en la propia universidad dudaban incluso de la
deseabilidad de tales opiniones. El doctor Berman, por su parte, se hubiera
sentido más impresionado, dijo, por los conocimientos de Hawking sobre el
equipo de cricquet inglés que sobre sus puntos de vista sobre política
contemporánea.
Después de doce horas y media de exámenes teóricos
y una prueba práctica sobre física venían las entrevistas. Primero era una
entrevista general en la que los candidatos eran cosidos a preguntas sobre el
tema por parte del director, el decano, el tutor principal y miembros del
consejo de gobierno. Esa entrevista tenía lugar en la sala de descanso de los
profesores. Los estudiantes eran conducidos allí individualmente para
enfrentarse a la severa evaluación del panel, y se esperaba que proporcionaran
respuestas inteligentes a una serie de obtusas preguntas. El propósito de
aquello, como el de cualquier entrevista de trabajo, era averiguar un poco más
sobre el carácter del candidato. A continuación de la entrevista general, se
produjo una entrevista especializada en la oficina del doctor Berman, durante
la cual Hawking fue interrogado sobre sus conocimientos en física.
Una vez terminados los exámenes y las entrevistas,
los candidatos regresaban a sus distintas escuelas por todo el país para
aguardar los resultados y seguir adelante con sus Niveles A. Mientras tanto,
los tutores calificaban las pruebas y discutían el asunto. Si el University
College deseaba a Hawking, tenían la primera elección de ofrecerle una beca
porque él lo había colocado en el primer lugar en su solicitud. Si decidían que
no deseaban concederle una beca o una bolsa de estudios, entonces otros colleges
de Oxford podían aceptarle. Si nadie deseaba hacerlo, entonces la elección
regresaba al University College para aceptarlo como «commoner» si lo deseaba.
Transcurrieron diez días antes de que supiera algo.
Entonces llegó la invitación de volver para otra entrevista. Era un prometedor
paso adelante. Significaba que se estaban tomando en serio su solicitud, y que
tenía buenas posibilidades de obtener una plaza. No sabía que había puntuado en
torno al noventa y cinco por ciento en ambas pruebas de física, con porcentajes
sólo ligeramente inferiores en las otras. Unos pocos días después de la segunda
entrevista, la carta trascendental llegó al buzón de la puerta de los Hawking.
El University College le ofrecía una beca. Era invitado a unirse a la
universidad de Oxford el octubre siguiente, con la única condición de que
obtuviera dos Niveles A en el verano.
* * * *
A menudo se dice que Oxford tiene una luz
particular, una maravillosa interacción entre la luz del sol y la piedra
arenisca que, como las comparablemente hermosas ciudades de Italia y Alemania,
ha inspirado la obra de poetas y pintores a lo largo de los siglos. El centro
de la ciudad se halla totalmente dominado por la presencia de la universidad:
algo ubicuo, sin centro neurálgico ni estructura organizada. Los distintos
colleges se hallan dispersos al azar, con el resto de la ciudad entretejida
entre ellas. La arquitectura despliega tan poca organización como la geografía,
que data desde los tiempos medievales hasta el siglo XX. En los días de verano,
con la luz del sol pegando fuerte contra las piedras y el río salpicado de
largas barcas de fondo plano, con sus ocupantes clavando su pértiga en el agua
resplandeciente, y los que están en las herbosas orillas llevándose una copa de
champaña a los labios, puede, si uno lo ve con esos ojos, parecer un paraíso
terrenal inmovilizado en el tiempo.
A finales de los años cincuenta y principios de los
sesenta, Oxford, como un microcosmos de la sociedad británica, se hallaba al
borde de un gran cambio. Cuando Hawking llegó a The High, el jueves primero de
octubre como estudiante no graduado, la universidad había cambiado muy poco en
muchos aspectos desde la época de su padre o, de hecho, los últimos cientos de
años. La disciplina universitaria se había relajado algo desde el final de la
guerra. Antes, los estudiantes tenían prohibido entrar en los pubs de
la ciudad y, si eran descubiertos en uno, podían ser expulsados de él por la
policía universitaria, conocida como los bulldogs. No se permitían mujeres en
las habitaciones de los estudiantes masculinos sin autorización por escrito del
decano, el cual especificaba estrictas limitaciones de tiempo y condiciones en
una carta enviada al jefe de porteros, que seguía rigurosamente las
instrucciones del decano. Todo esto cambió cuando los militares que regresaban
de la guerra entraron en la universidad o bien como nuevos alumnos o para
reanudar los cursos interrumpidos por la lucha. Naturalmente, no estaban
dispuestos a aceptar esas draconianas restricciones, y gradualmente las reglas
se fueron relajando.
Los estudiantes competían por las habitaciones
dentro del college, pero Hawking tuvo la suerte de que, gracias a su beca,
tenía prioridad, y consiguió mantener su habitación durante sus tres años en
Oxford.
La mayoría de los distintos colleges que formaban
Oxford estaban construidos en forma de cuadriláteros, cada uno con un patio de
césped en el centro y senderos en torno y a través de él. Desde allí, unas
escaleras conducían a los edificios, y las habitaciones de los estudiantes
ocupaban un cierto número de niveles por encima de cada escalera. Las
habitaciones de los estudiantes eran limpiadas por los servidores del college o
«scouts», quienes también efectuaban sus tareas domésticas generales. Los scouts
eran también responsables de que los muchachos, y las ocasionales muchachas,
perezosos, acudieran al desayuno a la hora estipulada entre las ocho y las ocho
y cuarto, a fin de no encontrarse con la puerta del comedor cerrada. Los scouts
se dirigían a los estudiantes como «señor», o como «don fulano de tal» cuando
intentaban inyectar una nota de desdén en sus voces. A su vez, los estudiantes
se dirigían a ellos por sus apodos, al auténtico estilo amo-sirviente.
La población estudiantil de Oxford era aún
principalmente masculina, de las escuelas privadas de todo el país, y la mayo-
ría procedían de las diez más importantes, incluidas Eton, Harrow, Rugby y
Westminster. El número de estudiantes de clases media y trabajadora empezaba a
incrementarse, pero en muchos aspectos el sistema de clases adquiría un mayor
refinamiento y un perfil más afilado en Oxford que en otras universidades.
Había líneas definidas de demarcación. Las amistades y relaciones capaces de cruzar
esas fronteras invisibles seguían siendo sorprendentemente pocas. Ese tipo de
amistades raramente llegaban a cruzarse.
En un campo estaba la élite, los hijos de la
aristocracia y herederos del «viejo dinero», los Sebastian Flyte de aquel
mundo; formaban una promoción sustancial de estudiantes de Christchurch y, en
menor medida, de Balliol. Los privilegiados se gastaban sus, a menudo
considerables, asignaciones sobre todo en divertirse con sus compañeros de
escuela que habían entrado con ellos en la universidad o con los amigos que
habían decidido ir «al otro lugar», Cambridge. Miraban a aquellos procedentes
de las escuelas privadas menores como la St. Albans como una raza inferior, y
los agrupaban con los más bajos entre los bajos, los muchachos de las escuelas
públicas de segunda enseñanza. Pese a la tendencia de la literatura hacia la
exageración, todo era todavía muy a lo Retorno a Brideshead. Al otro lado de la
divisoria, los «químicos del norte» y los «chicos de la escuela secundaria» se
las arreglaban con sus becas y bolsas de estudio, cambiando los huevos de
codorniz y el champaña por pasteles de carne de cerdo y cerveza.
Los dos grupos parecían sorprendentemente similares
en muchos aspectos. A finales de los cincuenta, los pantalones bombachos y las
chaquetas de tweed estaban de moda entre los jóvenes académicos, fuera cual
fuese su origen. La diferencia estribaba en que, para los pocos privilegiados,
las chaquetas procedían de Savile Row y los pantalones de Harrods. En los
bailes de los distintos colleges que se celebraban cada verano, la compañía
femenina de un antiguo harroviano o etoniano era con toda probabilidad la hija
de un barón o un duque, envuelta en las mejores sedas. Mientras tanto, en la
misma función, la clase media se reunía con otros de su propia clase, bebiendo
él, raras veces catado, champaña.
Un simple punto de referencia ilustra los cambios
que iban a afectar a Oxford poco después de que Hawking ingresara, sentenciado
por uno de sus compañeros. «Cuando llegamos a Oxford ―dijo―, cualquiera que era
alguien remaba y nunca llevaba pantalones tejanos. Cuando nos fuimos,
cualquiera que era alguien jamás remaba y llevaba siempre pantalones tejanos.»
Los cambios se estaban produciendo en todas partes.
La poesía beat de San Francisco empezaba a dejar sentir su influencia. El
Partido Laborista crecía en popularidad. Los antiguos valores, el sistema de
clases en particular, estaban empezando a parecer anacrónicos, al menos entre
la intelligentsia. No había el menor deseo de «asaltar la
ciudadela» (eso vendría una década más tarde y en una ciudad distinta), pero
el Zeitgeist estaba definitivamente en la onda. Cuando se
piensa en ello, el tipo de personalidad de Hawking halló toda la
infraestructura de Oxford como un microcosmos un poco regocijante, un carácter
distintivo que, de una forma peculiarmente británica, conduciría a Beyond
the Fringe y los Monty Python antes que a la sangre
en los albañales de París.
* * * *
Pese a sus muchos encantos, el primer año de
Hawking en Oxford fue, desde todos los puntos de vista, una época más bien
desdichada para él. Muy pocos de sus compañeros de la escuela, y ninguno de sus
amigos más cercanos de St. Albans, accedieron a la universidad el mismo año. En
1960 llegó Michael Church, y John McClenahan fue a Cambridge. Muchos
estudiantes del año de Hawking realizaron el servicio militar antes de entrar
en la universidad, y en consecuencia eran un par de años mayores que él. (Él
mismo eludió el ingreso a filas tan sólo por unos pocos meses cuando fue
descartado por el gobierno de Harold Macmillan.)
El trabajo era un fastidio. Tenía muy pocas
dificultades para resolver cualquiera de las cuestiones de física o matemáticas
que le planteaban sus profesores, y empezó a trazar la espiral descendente de
molestarse muy poco y hallar escasa satisfacción en las fáciles victorias. El
sistema de Oxford hacía fácil para alguien como Hawking caer en la apatía. Se
esperaba que los estudiantes asistieran a un cierto número de clases cada
semana y a una tutoría semanal, en la que se resolvían los problemas planteados
en la tutoría anterior. Aparte esos cometidos, los estudiantes eran dejados
ampliamente a sus propios medios.
Además de toda esta libertad, la estructura de los
exámenes era relajada y eminentemente cómoda si uno era del calibre de Hawking.
Los únicos exámenes cruciales tenían lugar al final del primer año y de nuevo
el último año. La graduación era otorgada tan sólo según la actuación del
estudiante en los Finales. También había exámenes en el college al principio de
cada nuevo curso para comprobar tanto el aprovechamiento de los estudiantes en
el trabajo del curso anterior como sus estudios personales durante las
vacaciones. Esos exámenes se llamaban Recopilaciones y eran marcados por los
propios tutores de los estudiantes. Como el propio Hawking relata:
La actitud que prevalecía en Oxford en aquella
época era muy anti trabajo. Se suponía que tenías que ser brillante sin ningún
esfuerzo o aceptar tus limitaciones y conformarte con una graduación de cuarta
clase. Trabajar duro para obtener una graduación más alta era considerado como
la marca de un hombre gris, el peor epíteto en el vocabulario de Oxford[8].
Hawking sabía que se hallaba en la primera
categoría, y estaba decidido a vivir según esa imagen. Durante su primer año
asistió sólo a las clases de matemáticas y a las tutorías, y completó los
exámenes del college sólo en matemáticas. Como su tutor admite ahora
libremente, por aquel entonces el curso de física era poco más que una
repetición del trabajo del Nivel A, y de escasa utilidad para los Hawking de
este mundo.
Ha surgido toda una auténtica tradición folklórica
de anécdotas acerca de su comprensión intuitiva de los temas de la universidad,
historias que recuerdan las tempranas proezas de Mozart niño. Uno de sus
compañeros que compartía tutorías con Hawking recuerda un incidente que dejó
una impresión duradera sobre él. Su tutor les había planteado algunos problemas
para que los trajeran en las siguientes tutorías. Nadie en el grupo pudo
hacerlos excepto Stephen. El tutor le pidió ver su trabajo y se sintió inmensamente
impresionado por su demostración de un teorema particularmente difícil, y le
tendió las hojas al tiempo que le felicitaba por su logro. Sin el menor asomo
de arrogancia, Hawking tomó su trabajo, hizo una pelota con él y lo arrojó a la
papelera al otro extremo de la habitación. Otro miembro del grupo de la misma
tutoría dijo más tarde: « ¡Si yo hubiera sido capaz de demostrar aquello ese
año, lo hubiera guardado!»
Otra historia cuenta la vez que a los cuatro
miembros de su grupo de tutoría se les planteó una colección de problemas para
la semana siguiente. Por la mañana del día en que había que entregar las
respuestas, los otros tres encontraron a Hawking en la sala de descanso,
recostado en un sillón y leyendo una novela de ciencia ficción. ― ¿Cómo vas con
los problemas, Steven? ―le preguntó uno de ellos.
―Oh, todavía no me los he mirado ―dijo Hawking.
―Bueno, pues será mejor que lo hagas ―dijo su
amigo―. Los tres hemos estado trabajando con ellos toda la semana y sólo hemos
conseguido resolver uno.
Más tarde, aquel mismo día, los tres encontraron de
nuevo a Hawking camino de la tutoría, y le preguntaron cómo le había ido con
los problemas.
―Oh ―respondió―, sólo he tenido tiempo de hacer
nueve.
Hawking tomaba muy pocas notas y sólo poseía un
puñado de libros de texto. De hecho, iba tan por delante en el campo, que había
empezado a desconfiar de muchos libros de texto estándar. Otra anécdota
describe la vez en que uno de sus profesores, un investigador joven llamado
Patrick Sandars, puso a la clase algunos problemas de un libro. Hawking se
presentó a la siguiente clase sin haber completado ninguna de las preguntas.
Cuando se le preguntó por qué, pasó los siguientes veinte minutos señalando
todos los errores que tenía el libro de texto.
Pese a su desganada actitud hacia las cosas
académicas, consiguió mantener una sana relación con su tutor, el doctor
Berman. Ocasionalmente, acudía a tomar el té a casa de Berman en Banbury Road.
Durante el verano celebraban fiestas en el patio de atrás, en las que comían
fresas y jugaban al cricquet. La esposa del doctor Berman, Maureen, sentía un
cariño especial hacia aquel más bien excéntrico estudiante, al que su esposo
tenía en tan alta consideración como físico. Hawking llegaba a menudo temprano
para el té para pedirle su consejo sobre qué buenos libros debía comprar, y
ella le guiaba a través de una docta dieta literaria para suplementar los
textos de física que leía ocasionalmente.
Su falta de esfuerzo no parecía perjudicar en
absoluto sus progresos en física. Como estudiante destacado, tuvo que
presentarse al Premio de Física de la universidad a finales del segundo año, al
que todos los demás físicos de aquel año se presentaban. Con el mínimo esfuerzo
ganó el primer premio y recibió un vale de 50 libras para la compra de libros
en «Blackwell’s»
Mantener su posición académica en el college y
permanecer a la derecha del doctor Berman era una cosa, pero enfrentarse al
creciente hastío de todo aquello era otra completamente distinta, y por aquel
entonces hubiera podido abocarse de lleno a la depresión. Por fortuna, en el
segundo año descubrió un interés que le ayudó a hallar una especie de
estabilidad. Empezó a remar. El remo era una larga tradición tanto en Oxford
como en Cambridge, que se remontaba a siglos en el pasado. Cada año, la Carrera
de Botes entre las dos universidades realzaba las habilidades de los mejores
remeros, que pasaban el resto del año entre carreras intercolleges y
entrenamientos.
Remar es una actividad muy física, y los que la
practican se la toman terriblemente en serio. Los remeros salen al agua haga el
tiempo que haga, llueva o nieve, rompiendo el hielo en las heladas mañanas de
invierno y sudando al calor de primera hora en verano. Remar requiere
dedicación y empeño, y ésa es la auténtica razón de su popularidad en la
universidad. Actúa, al menos para algunos estudiantes, como un perfecto
contrapunto a las tensiones y exigencias del estudio. En el caso de Hawking,
era el remedio perfecto para un aburrimiento calcificador con todo lo demás que
Oxford tenía por ofrecer.
Remar es uno de los deportes más exigentes
físicamente, y un remero ha de estar reciamente construido para impulsar un
bote por el agua, pero hay otro ingrediente esencial en todo equipo de remeros:
el patrón del bote o timonel.
Hawking estaba perfectamente adaptado como timonel.
Pesaba poco, de modo que no cargaba el bote, tenía una voz fuerte, con la que
disfrutaba ladrando instrucciones a lo largo del bote, y suficiente disciplina
como para asistir a las sesiones de entrenamiento. Su entrenador de remo era
Norman Dix, que llevaba décadas en el Club de Remo del University College.
Recuerda que Hawking era un timonel bastante competente, aunque nunca se mostró
interesado en ir más allá de su segundo bote de ocho. Sospecha que la primera
tripulación significó muy poco atractivo para él, porque representaba tomarse
las cosas demasiado en serio, y que a ese nivel desaparecería la diversión de
todo el asunto.
Dix recuerda a Hawking como un muchacho alborotado
que, desde el principio, cultivó una imagen atrevida cuando se trataba de
conducir a su tripulación por el río. Muchas eran las veces que volvía a la
orilla con trozos del bote de ocho arrancados y palas de remos dañadas, porque
había intentado guiar a su tripulación por un paso imposiblemente estrecho y se
había metido en dificultades. Dix nunca creyó las excusas de Hawking de que
«algo se metió en nuestro camino»
―La mitad de las veces ―dice Dix― tuve la clara
impresión de que él estaba sentado en la popa del bote con la cabeza en las
estrellas, elaborando sus fórmulas matemáticas.
Las tripulaciones trabajaban duro en el río. Salían
con los botes casi cada día durante el período de clases, preparándose para las
grandes carreras, las torpids, que se celebraban en febrero, y
las ocho de verano, al final del curso. El término torpids designa
tanto la carrera como los botes que participaban en ella y procedía
originalmente del adjetivo «tórpido», porque aquélla era la primera carrera de
competición en la que podían competir los recién llegados, y en consecuencia el
rendimiento de muchas tripulaciones era más bien bajo. Tras unirse al Club de
Remo en octubre, los remeros novicios tenían que entrenarse duramente todo el
invierno para poder mostrar sus nuevas habilidades la quinta semana del período
de invierno del curso.
Las torpids son carreras
«golpeadoras» entre los distintos colleges, y se desarrollan a lo largo de
varios días. Los trece botes que compiten empiezan cuarenta metros separados
unos de otros. Cada uno está atado a la orilla por una cuerda de doce metros,
cuyo otro extremo sujeta el timonel. Cuando suena el pistoletazo de salida, el
timonel suelta la cuerda, y los botes se persiguen unos a otros a lo largo de
un tramo del río con el propósito de golpear el bote de delante sin ser
golpeados por el de atrás. La tarea principal del timonel es guiar a la
tripulación de modo que eviten ser golpeados por el bote que viene detrás y
consigan golpear al que va delante. El objeto del ejercicio es avanzar a lo
largo de las posiciones de los trece botes golpeando sin ser golpeado; tras
cada carrera, los «golpeadores» y los «golpeados» cambian de posición. Si una
tripulación lo hace bien y adelanta varios sitios durante la serie de carreras,
cada miembro de la tripulación tiene derecho a comprar un remo sobre el que puede
escribirse el triunfante total de golpes, los nombres de la tripulación y la
fecha. Esos remos adornan las paredes de los estudios de los vencedores. La
tripulación de Hawking se mantuvo en un discreto término medio, anotándose tan
sólo un modesto número de golpes durante sus torpids, pero la idea
era divertirse y aliviar las presiones académicas,
Después de las carreras venían las celebraciones y
las conmiseraciones, ambas cosas acompañadas por un empacho de cerveza, seguido
por una cena en el Club de Remo en el college, acompañada de discursos y
brindis. Y ésa era la auténtica razón por la que Hawking se había metido en
todo aquello. Durante el primer año fue algo así como un inadaptado, solitario
y necesitado de aliviar el hastío de un trabajo que no presentaba ningún
desafío para él. El Club de Remo sacó al muchacho de diecinueve años de su ensimismamiento
y le ofreció una oportunidad de formar parte de «la multitud» universitaria.
Cuando sus antiguos compañeros de escuela
encontraron a Hawking en su segundo año, apenas pudieron creer el cambio que se
había operado en él. El delgado joven de revuelto cabello con su pañuelo rosa
del Club de Remo, descrito indistintamente como «uno de los chicos» y
«definitivamente truhán», apenas se parecía al desmañado empollón que había
abandonado la St. Albans School hacía menos de dos años. Ya no era un perdedor
social, sino un miembro completamente integrado del «correcto» estrato social.
Aquél era en su mayor parte un mundo masculino; raras veces las mujeres
entraban en él. Era, en cierto modo, una continuación de la pandilla de la St.
Albans School, sin la misma intensidad intelectual pero con mucho más alcohol.
La idea era beber copiosas cantidades de cerveza, recontar historias vagamente
espeluznantes y divertirse inofensivamente tanto como fuera posible. Sin
embargo, esta recién hallada afición para la aventura casi le metió en
problemas.
Una noche decidió crear una buena conmoción. Tras
unas cuantas cervezas con un amigo, ambos se dirigieron hacia uno de los
puentes peatonales que cruzaban el río. Tras abandonar el pub, cogieron una
lata de pintura y unas brochas que habían dejado en el college y los ocultaron
dentro de una bolsa. Cuando llegaron al puente colocaron un par de planchas de
madera paralelas al puente y las suspendieron sobre el agua a unos pocos palmos
debajo del parapeto, mediante una cuerda cuidadosamente dispuesta. Saltaron por
el lado y se situaron en las planchas con la lata de pintura y las brochas, y
empezaron a escribir. Unos pocos minutos más tarde, apenas visibles en la
oscuridad, habían pintado las palabras «VOTA LIBERAL» en letras de palmo a lo
largo del lado del puente, claramente visibles para cualquiera desde el río
cuando despuntaba el día.
Entonces se produjo el desastre. Justo cuando
Hawking estaba terminando la última letra, el haz de luz de una linterna brilló
hacia abajo desde el puente, y una voz furiosa llamó:
― ¡Eh!, ¿qué creéis que estáis haciendo ahí?
Era un policía local. Presas ambos del pánico, el
amigo de Hawking se escabulló de las planchas y dejó a Hawking con la brocha y
la pintura en la mano, enfrentado al destino. Afortunadamente sólo recibió una
reprimenda por parte de la Policía local, y el incidente no tardó en ser
olvidado. Pero debió causar el deseado efecto de asustarle mortalmente, puesto
que nunca más volvió a enfrentarse a la ley.
Menos de tres años después de su llegada a la
universidad de Oxford, Hawking tuvo que enfrentarse de nuevo al destino cuando
se acercaron los Finales y descubrió de pronto que podía estar mucho mejor
preparado. El doctor Berman sabía que Hawking, pese a toda su habilidad innata,
descubriría que los exámenes eran más duros de lo que había anticipado. Berman
se daba cuenta de que había dos tipos de estudiantes que medraban en Oxford:
los que eran brillantes y trabajaban duro, y los que tenían un gran talento natural
y trabajaban muy poco. Eran siempre los primeros los que obtenían el máximo en
las pruebas escritas. Eso eran los exámenes; ganar los premios de final de año
eran una cosa, pero los Finales se situaban en un ámbito completamente
distinto. Eran o todo o nada, el punto focal de todos los tres años de estudio.
Hawking calculó en una ocasión que durante todos los tres años de su curso en
Oxford habría trabajado algo así como 1.000 horas, una hora diaria por término
medio..., difícilmente unos cimientos sobre los que edificar los arduos
Finales. Un amigo recuerda divertido: «¡Hacia el final llegó incluso a trabajar
tres horas diarias!»
Sin embargo, Hawking había ideado un plan. Puesto
que los candidatos tenían una amplia elección entre las preguntas para cada
prueba, podía, decidió, intentar sólo los problemas de física teórica e ignorar
los que requerían detallados conocimientos factuales. Sabía que podía
enfrentarse a cualquier pregunta teórica usando su probado talento natural y su
comprensión intuitiva del tema. Pero había un problema adicional para complicar
las cosas. Había presentado su solicitud a Cambridge para iniciar sus estudios
para el doctorado en cosmología bajo el más distinguido astrónomo de la época,
Fred Hoyle. El problema era que para ser aceptado en Cambridge tenía que
conseguir una graduación con honores de primera clase, las más altas
calificaciones posibles en Oxford.
La noche antes de las Finales, Hawking estaba
sumido en el pánico. Dio vueltas y vueltas durante toda la noche y apenas
consiguió dormir. Por la mañana se vistió con las opacas prendas negras
establecidas para todos los que se examinaban, camisa blanca y pajarita,
abandonó sus aposentos con ojos turbios y ansiosos, y se encaminó hacia las
salas de exámenes a unos pocos metros a lo largo de The High. Fuera, en las
calles, centenares de otros estudiantes vestidos de forma idéntica recorrían el
pavimento, algunos aferrando libros bajo el brazo, otros dando furiosas
chupadas a su último cigarrillo antes de entrar en su sala de exámenes..., un
festín para la cámara de los turistas pero una abyecta miseria para aquellos
que tenían que pasar los días de exámenes.
Las salas de exámenes en sí ya hacían todo lo
posible para intimidan techos altos, grandes candelabros que colgaban en medio
del vacío, hilera tras hilera de ascéticos escritorios de madera y duras
sillas. Los vigilantes paseaban arriba y abajo por entre las hileras con sus
ojos de águila puestos sobre los candidatos en su multitud de poses: mirando al
techo a una media distancia, con la pluma aferrada entre encajados dientes, o
terminalmente absortos, inclinados sobre un manuscrito en trance de vuelo libre.
Hawking despertó un poco cuando el papel de la prueba fue colocado sobre el
escritorio ante él, y siguió con dedicación su plan de ocuparse sólo de los
problemas teóricos.
Una vez transcurridos los exámenes salió a celebrar
la terminación de los Finales con los demás de su año, bebiendo el champaña
directamente de la botella y uniéndose de forma ritual al corte de tráfico de
los estudiantes en The High y regando chorros de champaña al aire de verano.
Tras una corta pausa y un período de morderse las uñas en anticipación, fueron
anunciados los resultados. Hawking se hallaba en la frontera entre un Primero y
un Segundo. Para decidir su destino tendría que enfrentarse a una entrevista
personal con los examinadores. Era muy consciente de cuál era su imagen en la
universidad. Tenía la impresión, cierta o equivocada, de que era considerado un
estudiante difícil en el sentido de que era desordenado y en apariencia
perezoso, más interesado en beber y divertirse que en trabajar con seriedad.
Sin embargo, subestimaba la alta consideración en que eran tenidas sus
habilidades. No sólo eso, sino que, como Berman se complace en decir, Hawking
se hallaba en su elemento en una entrevista cara a cara, puesto que si los
examinadores tenían un poco de inteligencia pronto se darían cuenta de que era
más listo que ellos. En la entrevista, hizo una declaración que engloba
perfectamente la actitud práctica del hombre y al mismo tiempo puede que salvara
su carrera. El jefe examinador le pidió que le dijera al tribunal cuáles eran
sus planes para el futuro. ―Si me conceden ustedes un Primero ―dijo―, iré a
Cambridge. Si recibo el Segundo, tendré que quedarme en Oxford, así que espero
que me den ustedes un Primero. Se lo dieron.
Capítulo IV
Doctores y doctorados
Se ha dicho que Cambridge es la única auténtica
ciudad universitaria de Inglaterra. Oxford es una ciudad mucho más grande y
tiene, más allá de la carretera de circunvalación, grandes zonas industriales
alojadas cerca de una de las regiones más urbanas de Europa. Cambridge es mucho
más pintoresco y está completamente dominado por el academicismo. Aunque las
pruebas sugieren que la universidad de Cambridge fue establecida por desertores
de Oxford, ambas sedes de aprendizaje fueron creadas aproximadamente al mismo
tiempo en el siglo XII, usando como modelo la universidad de París. Como la de
Oxford, la universidad de Cambridge es una sucesión de colleges bajo el
paraguas de la autoridad de una universidad central. Como Oxford, atrae a los
mejores estudiantes de todo el planeta y posee una reputación mundial, que sólo
tiene su paralelo en su gran rival y gemela histórica a unos escasos ciento
treinta kilómetros de distancia. Y, como Oxford, se asienta en la tradición, el
drama y la historia.
Inmediatamente después de regresar del extranjero,
Stephen Hawking, Licenciado en Artes (con honores), llegó a Cambridge en
octubre de 1962, y cambió el abrasado y desértico paisaje del Oriente Medio por
el viento otoñal y la llovizna de los ensombrecidos campos de la Anglia
Oriental. Mientras cruzaba los prados y las suaves colinas onduladas en
dirección a su nuevo hogar aquella lluviosa mañana, una oscura sombra colgaba
acechante detrás de la paz y la calma de «la única auténtica ciudad
universitaria de Inglaterra», y de hecho detrás de todo ser humano habitante de
cualquier otra parte del planeta, porque el mundo se hallaba bajo la aterradora
garra de la crisis de Cuba.
Realmente parecía como si el mundo pudiera terminar
en un estallido de furia nuclear en cualquier momento. En nuestros
relativamente tranquilos días post glasnost, quizá resulte difícil imaginar la
atmósfera de la época, la inseguridad y la incertidumbre. Hawking no era
diferente del hombre de al lado en experimentar una sensación de impotencia
frente a los acontecimientos sobre los cuales no tenía absolutamente ningún
control. Los viejos ídolos, lo hermoso y lo bueno, se estaban desvaneciendo y
cayendo; nuevos héroes brotaban en los aledaños, dispuestos a emerger. Marilyn
Monroe había muerto en agosto de aquel año, a John F. Kennedy le quedaban poco
más de doce meses de vida, y los «Beatles» se hallaban al borde de una enorme
fama internacional sin paralelo en la historia de la cultura popular.
Pese a la abrumadora amenaza de inminente
aniquilación, la vida de Cambridge seguía más o menos como de costumbre. Los
estudiantes empezaban a acomodarse en sus nuevos hogares y se daban cuenta de
que habían puesto el pie en una ciudad extraña; los habitantes de esa ciudad
seguían con sus asuntos cotidianos como habían hecho durante los mil años de su
existencia. En los días que precedieron a su traslado a Cambridge, con el mundo
exterior que parecía a punto de hacerse pedazos, Stephen Hawking empezó a darse
cuenta de una crisis interna, personal. Hacia el final de su estancia en
Oxford, había empezado a notar cierta dificultad en atarse los cordones de los
zapatos, chocaba con todas las cosas, y un cierto número de veces había sentido
como si sus piernas cedieran bajo él. Sin que nada de alcohol hubiera cruzado
sus labios notaba, en ocasiones, que su habla se hacía confusa, como si
estuviera embriagado. Puesto que no quería admitirse a sí mismo que algo iba
mal, no dijo nada a nadie e intentó seguir adelante con su vida. Cuando llegó a
Cambridge surgió otro problema. Cuando había solicitado efectuar su doctorado
en la universidad, se le presentaban dos áreas posibles de investigación:
partículas elementales, el estudio de lo muy pequeño, y cosmología, el estudio
de lo muy grande. Como ha dicho él mismo:
Pensé que las partículas elementales eran menos
atractivas porque, aunque se estaban descubriendo constantemente montones de
nuevas partículas, no había ninguna teoría propiamente dicha de partículas
elementales. Todo lo que se podía hacer era disponer las partículas en
familias, como en botánica. En cosmología, por su parte, había una teoría muy
definida: la teoría de la relatividad general de Einstein[9].
Sin embargo, se presentó un obstáculo. Había
elegido originalmente ir a la universidad de Cambridge debido a que por aquel
entonces Oxford no podía ofrecer investigación cosmológica y, más importante,
deseaba estudiar con Fred Hoyle, que tenía una reputación mundial como el más
eminente científico en el campo. Pero, en vez de conectar con Hoyle, fue puesto
a cargo de un tal Dennis Sciama, del que nunca había oído hablar. Durante un
tiempo tuvo la impresión de que aquel giro de los acontecimientos era algo desastroso,
pero pronto se dio cuenta de que Sciama sería un supervisor mucho mejor para
él, puesto que Hoyle estaba viajando constantemente y podía hallar muy poco
tiempo para actuar como mentor. Pronto descubrió también que el doctor Sciama
era un espléndido científico y un supervisor tremendamente útil y estimulante,
siempre disponible para que pudiera hablar con él.
El primer curso en Cambridge fue bastante mal.
Pronto descubrió que no había estudiado suficientes matemáticas, y casi en
seguida se halló batallando con los complejos cálculos implicados en la
relatividad general. Todavía seguía trabajando según su estilo en cierto modo
perezoso, y su material de investigación se estaba volviendo cada vez más
exigente. Por segunda vez en su vida empezaba a tener que forcejear. Sciama
recuerda que, aunque su alumno parecía excepcionalmente brillante y dispuesto a
discutir las cosas de una forma profunda y con conocimiento, parte del problema
de Hawking era hallar un problema adecuado que estudiar e investigar.
La dificultad estribaba en que un trabajo de
investigación tenía que ser lo suficientemente complejo para que encajara con
las exigencias de un curso de graduación y, debido a que la investigación sobre
la relatividad a ese nivel era algo completamente nuevo e inusual, el tipo
exacto de problema no era fácil de hallar. Sciama cree que por aquella época
Hawking estuvo cerca de perder su rumbo y echarlo todo por la borda. Fue una
situación que persistió durante al menos el primer año de su doctorado: Las cosas
empezaron a resolverse por sí mismas sólo después de una compleja serie de
acontecimientos, iniciados por los cambios que ya se estaban desarrollando
dentro del propio cuerpo de Hawking.
Cuando Stephen regresó a St. Albans para las
vacaciones de Navidad, a finales de 1962, toda la parte sur de Inglaterra
estaba cubierta por un grueso manto de nieve. Interiormente, debía de estar
convencido de que algo iba mal en él. La extraña torpeza que había estado
experimentando aparecía cada vez con mayor frecuencia, pero hasta el momento
había pasado inadvertida por todo el mundo en Cambridge. Sciama recuerda haber
notado a principio de curso que Hawking tenía una ligera dificultad en el
habla, pero no le había prestado excesiva importancia. Sin embargo, cuando
llegó a casa de sus padres, después de varios meses de ausencia, éstos se
dieron cuenta al instante de que ocurría algo. La conclusión inmediata de su
padre fue que Stephen había contraído algún extraño virus en su estancia en
Oriente Medio el verano anterior..., una conclusión lógica para un médico
especializado en medicina tropical. Pero deseaban estar seguros. Lo llevaron al
médico de la familia, el cual lo envió a un especialista.
La víspera del Año Nuevo, los Hawking dieron una
fiesta en el 14 de Hillside Road. Fue, como cabía esperar, una celebración
civilizada con jerez y vino; fueron invitados los amigos más íntimos, incluidos
los compañeros de escuela John McClenahan y Michael Church. Se difundió la
noticia de que Stephen estaba enfermo, sin precisar la naturaleza de la
enfermedad, pero la impresión general fue que se trataba de algo cogido en
climas extranjeros. Michael Church recuerda que Stephen tuvo dificultades en
servir una copa de vino y que la mayor parte del líquido fue a parar sobre el
mantel en vez de en la copa. Nadie dijo nada, pero hubo una atmósfera de
presagio durante toda la velada.
Una joven llamada Jane Wilde, a la que Stephen
había conocido antes sólo vagamente, había sido invitada también a la fiesta.
Le fue presentada formalmente por una amiga mutua durante el transcurso de la
velada. Jane vivía también en St. Albans y asistía a la escuela secundaria
local. A medida que las últimas horas de 1962 avanzaban hacia las primeras de
1963, se pusieron a hablar y empezaron a conocerse mutuamente. Ella se hallaba
en sexto superior y tenía un puesto en el Westfield College, de Londres, para
empezar los estudios de lenguas modernas el próximo otoño. Jane halló que el
posgraduado de veintiún años de Cambridge era un personaje fascinante y
ligeramente excéntrico, y se sintió inmediatamente atraída por él. Recuerda
haber sentido una arrogancia intelectual en él, pero «había algo perdido, sabía
que le estaba ocurriendo algo que no controlaba» ([10]. A partir de aquella noche floreció su amistad Estaba previsto que
Stephen volviera a Cambridge para empezar el período académico de Cuaresma a
finales de enero, pero en vez de reanudar su trabajo fue llevado a un hospital
para someterse a una serie de pruebas. Hawking recuerda vívidamente la
experiencia:
Tomaron una muestra de tejido muscular de mi brazo,
me clavaron electrodos e inyectaron un líquido opaco a los rayos X en mi espina
dorsal, y observé mientras iban arriba y abajo con sus aparatos de rayos X, al
tiempo que inclinaban mi cama para un lado y para otro. Después de todo eso no
me dijeron lo que tenía, excepto que no se trataba de esclerosis múltiple, y
que yo era un caso atípico. De lo que dijeron, sin embargo, extraje la
conclusión de que esperaban que siguiera empeorando, y que no había nada que
pudieran hacer excepto darme vitaminas. Pude ver que no esperaban que tuvieran
mucho efecto. No me sentí con ánimos de preguntarles más detalles, porque
evidentemente eran malos[11].
Los médicos le aconsejaron que volviera a Cambridge
y a sus investigaciones cosmológicas, pero eso, por supuesto, era más fácil de
decir que de hacer. El trabajo no iba bien, y la siempre presente posibilidad
de una muerte inminente colgaba sobre cada uno de sus pensamientos y acciones.
Regresó a Cambridge y aguardó el resultado de las pruebas. Poco tiempo después
le fue diagnosticada una rara e incurable enfermedad llamada esclerosis lateral
amiotrófica, o ELA, conocida en los Estados Unidos como la enfermedad de Lou
Gehring, por el jugador de béisbol de los Yankees que murió de esa enfermedad.
En Gran Bretaña se la conoce normalmente como enfermedad de las neuronas
motoras, y en otros países como enfermedad de Charcot.
La ELA afecta los nervios de la columna vertebral y
las partes del cerebro que producen las funciones motoras voluntarias. Las
células degeneran gradualmente a lo largo de un período de tiempo y causan
parálisis, a medida que los músculos de todo el cuerpo se atrofian. Aparte de
esto, el cerebro no resulta afectado, y las funciones superiores como el
pensamiento y la memoria no sufren ninguna variación. El cuerpo se desgasta
gradualmente, pero la mente del paciente permanece intacta. El pronóstico habitual
es una inmovilidad gradual, seguida por creciente parálisis que conduce
finalmente a la muerte por asfixia o neumonía, cuando resultan afectados los
músculos respiratorios. Los síntomas son indoloros, pero en los estadios
finales de la enfermedad se administra a menudo morfina a los pacientes para
aliviar la depresión crónica.
Una de las sorprendentes ironías de la situación
era que Stephen Hawking había decidido estudiar física teórica, uno de los
pocos trabajos en los cuales su mente era la única auténtica herramienta que
necesitaba. Si se hubiera decidido por la física experimental, su carrera
hubiera terminado allí. Por supuesto, esto era muy poca compensación para el
joven de veintiún años que, como todo el mundo, había previsto que ante él se
extendiera una vida normal en vez de una sentencia de muerte a causa de una enfermedad
neurológica. Los doctores le dieron dos años de vida.
Al oír la noticia, Hawking se hundió en una
profunda depresión. La leyenda de Fleet Street es que se encerró en una
habitación a oscuras, bebió abundantemente y escuchó una gran cantidad de
Wagner a todo volumen mientras flotaba en una ebria bruma de autocompasión. Sin
embargo, él ha salido al paso de esto diciendo que las historias de beber
excesivamente son exageradas, aunque sí es cierto que, sintiéndose algo así
como un «personaje trágico»[12], se encerró a solas por un tiempo y escuchó mucha música, en especial
Wagner.
Los artículos de revista que han dicho que bebí
abundantemente son exagerados. El problema es que, una vez un artículo lo dice,
otros lo copian, porque constituye una buena historia. Todo lo que ha aparecido
tantas veces en letras de imprenta tiene que ser cierto[13].
Puede que la verdad nunca se sepa, pero la
evocación de los acontecimientos por parte de Hawking suena a cierta. La idea
de sentirse totalmente abrumado y permanecer así para anular el dolor mental
parece una de las cosas más razonables que haría uno en esas circunstancias.
Además, hay pruebas que apoyan esta afirmación. Dennis Sciama, por una parte,
ha dicho que no recuerda que Hawking desapareciera durante un largo período de
tiempo, como han dejado entrever las revistas más o menos sensacionalistas. Acostumbrado
a ver a sus alumnos cada día durante los períodos docentes, hubiera sido el
primero en observar la ausencia de Hawking.
Sin embargo, hay pocas dudas de que se sintió
profundamente afectado por la noticia y experimentó una época de profunda
depresión. Parecía haber muy pocas razones para seguir con su investigación,
puesto que tal vez no viviera lo suficiente ni siquiera para terminar su
graduación. Es lógico que durante un tiempo creyera que no había ninguna razón
para vivir. Si iba a morir dentro de unos pocos años, entonces, ¿para qué
molestarse en hacer nada? Nunca se había sentido atraído por la religión o por
ningún pensamiento de otra vida después de la muerte, así que no había ni una
migaja de consuelo que pudiera encontrar allí. Viviría lo que tuviera que vivir
y luego moriría.
Éste era su destino. No siendo diferente de
cualquier otra persona enfrentada con una tragedia personal, pensaba: « ¿Cómo
puede algo así ocurrirme a mí? ¿Por qué debo ser desgajado de esta forma de
todo lo demás?» [14]
Cuenta una experiencia ocurrida mientras se sometía
a las pruebas, que le causó una gran impresión y le ayudó a pasar esos días de
pesadilla de vuelta en Cambridge.
Mientras estuve en el hospital, vi a un muchacho,
al que conocía vagamente, morir de leucemia en la cama opuesta a la mía. No fue
un espectáculo agradable. Evidentemente, había personas que estaban peor que
yo. Al menos mi afección no me hacía sentirme enfermo. Cada vez que sentía
inclinación a compadecerme de mí mismo, recordaba a ese muchacho[15].
Por aquel entonces empezó a experimentar algunos
inquietantes pero intensos sueños. En el hospital soñó que iba a ser ejecutado.
De pronto, se dio cuenta de que había un montón de cosas valiosas que podía
hacer si la ejecución era postergada. En otro sueño recurrente pensaba que
podía sacrificar su vida para salvar la de otros: «Al fin y al cabo, si he de
morir de todos modos, mejor que sea haciendo algo bueno», soñó[16].
Después de que Hawking consiguiera salir de su
depresión y volver al trabajo, su padre decidió hacer una visita a Dennis
Sciama. Le explicó la situación y le preguntó si Stephen podía completar su
doctorado en un tiempo más corto que el mínimo de tres años, porque era
probable que su hijo no viviera tanto. Sciama, que quizá sabía más que nadie lo
que su alumno era capaz de hacer, le dijo a Frank Hawking que cualquier idea de
terminar en menos de tres años era imposible. Si Sciama se dio cuenta o no en aquellos
momentos de que Hawking podía necesitar su trabajo para ayudarle a superar las
cosas es otro asunto; pero conocía las reglas, y pese al hecho de que su alumno
tal vez se estuviera muriendo, no podía modificarlas para complacerle.
La mayoría de la gente creía que las predicciones
médicas eran correctas y que a Hawking le quedaba muy poco tiempo de vida. John
McClenahan recuerda vívidamente que, la víspera de su partida para ir a
trabajar a Norteamérica durante un año, Mary, la hermana de Hawking, le dijo
que, si decidía no volver en un año, probablemente no vería de nuevo a su
amigo. Una vez se apoderaba de uno, la enfermedad se desarrollaba con rapidez.
Jane se encontró con Stephen de nuevo poco después de que saliera del hospital,
y lo halló confuso y carente de toda voluntad de vivir.
Sin embargo, hay pocas dudas de que su aparición en
escena fue un momento importante en la vida de Hawking. Ambos empezaron a verse
cada vez más, y se desarrolló una intensa relación. Fue hallar a Jane lo que
permitió a Hawking romper su depresión y regenerar una cierta creencia en su
vida y trabajo. Mientras tanto, su doctorado progresaba a un ritmo
dolorosamente lento.
* * * *
No era el único estudiante que trabajaba con
Sciama. Un sudafricano, George Ellis, había sido su primer alumno cuando Sciama
ocupó su puesto en 1961. Un año más tarde llegó Hawking, seguido al año
siguiente por dos estudiantes más que, junto con Ellis, se convertirían en
amigos y colegas de toda la vida: Brandon Carter y Martin Rees. Junto con
algunos otros formaban un pequeño grupo de relativistas y cosmólogos, todos
trabajando en áreas ligeramente distintas dentro del mismo campo.
Se hicieron buenos amigos además de compañeros de
trabajo, y a menudo se relajaban juntos en uno de los pubs de la ciudad por las
tardes o iban a conciertos, obras de teatro o al cine cuando se hartaban de
hablar de física sobre una jarra de cerveza. Tenían otros intereses comunes
además de su trabajo. Ellis se sentía siempre muy interesado en política y era
un vehemente antiapartheid. Halló en Hawking un conjunto de actitudes
simpatizantes con la suya, y a menudo hablando de política, sentados al lado de
la chimenea del pub en invierno, y en los jardines las tardes de verano, ambos
discutían de cualquier cosa, desde la guerra de Vietnam hasta el Black Power.
Todos fueron presentados a Jane, por supuesto, y cuando ésta viajaba a
Cambridge los fines de semanas todo el grupo salía a menudo a comer o de picnic
junto al río, mientras contemplaban pasar los botes.
Durante el primer año, Hawking trabajó con los
demás estudiantes y supervisores en el Ala Phoenix del «Laboratorio Cavendish»,
que había sido establecida por James Clerk Maxwell en los años 1870. A
principios de los sesenta, el jefe del departamento de Física, George
Batchelor, consiguió persuadir a la universidad de que estableciera un
departamento separado de matemáticas y física teórica en lo que era conocido
como el Edificio de Prensa de la Universidad Vieja, en Silver Street. Pasó a
ser conocido como el Departamento de Matemáticas Aplicadas y Física Teórica
(DMAFT).
El sistema en Cambridge es tal que, tanto los
estudiantes no graduados como los posgraduados, son enrolados en uno de los
colleges, pero trabajan en edificios de la universidad junto con otros del
mismo campo pero de colleges diferentes. Hawking era estudiante de Trinity Hall
y comía allí por las tardes y tenía asignada habitación en el college, pero no
trabajaba en los edificios de Trinity Hall o exclusivamente con estudiantes y
personal docente de Trinity Hall.
La atmósfera en el departamento de Física era muy
informal, y los estudiantes no tenían un horario rígido o un curso que seguir.
El trabajo del supervisor es sugerir una serie de problemas o metas, y discutir
con los estudiantes planes de ataque y proporcionarles una guía cuando es
necesario. Sciama recuerda cómo, en un cierto número de ocasiones, había
entrado precipitadamente en la oficina de Hawking con una nueva idea para algo
en lo que su alumno estaba trabajando, y entonces lo discutían a fondo. En otras
ocasiones era Hawking el que iba a ver a Sciama a su oficina, un lugar que
recuerda con cariño, con las paredes cubiertas por reproducciones de arte
moderno entre las estanterías de libros y papeles.
Además de asistir a las clases en la universidad,
los estudiantes en el «DMAFT» asistían a seminarios regulares, donde treinta o
cuarenta personas escuchaban las charlas dadas por alguien del personal docente
o algún conferenciante invitado.
Esas charlas solían ser seguidas por una discusión
general. Pero el lugar más importante para la conversación y el intercambio de
ideas era el «Salón de Té». Durante el ritual, dos veces al día, bien
establecido en el Cavendish y llevado a Silver Street, todo el mundo se reunía
a las 11 de la mañana para el café y a las 4 de la tarde para el té y para
intercambiar los últimos pensamientos e ideas. Los estudiantes compartían
oficinas, y sus puertas estaban casi siempre abiertas a todo el mundo..., nunca
había la menor sensación de trabajar en secreto o de mantener las ideas para
uno mismo. Era en esta atmósfera de libre comunicación donde Hawking topó con
su primer proyecto significativo, durante sus primeros años como estudiante en
busca del doctorado.
Fred Hoyle era un hombre realmente grande en el
Departamento de Física de la universidad de Cambridge, ampliamente conocido por
sus ideas acerca de los orígenes del universo. Era un inveterado auto
publicista, muy bueno en manipular los medios de comunicación, y pertenecía a
la raza de científicos que en ocasiones expresan públicamente teorías no
exploradas ni verificadas. Su justificación para esto era simple. No era ningún
egomaníaco ni un cowboy intelectual, pero para conseguir fondos para sus investigaciones
necesitaba organizar un poco de sensacionalismo, a fin de ser
internacionalmente famoso. La publicidad era de la máxima importancia para él.
Hoyle no siempre había gozado de una posición tan
elevada. Era hijo de un comerciante textil de Yorkshire, había entrado en
Cambridge en los años treinta con una beca total, y se había endurecido con la
experiencia de sentirse socialmente inadaptado debido a sus antecedentes y a su
extraño acento. Aunque demostró ser superior intelectualmente a la mayoría de
sus compañeros, se vio cambiado por la experiencia y emergió como un cliente
difícil con el que tratar. Durante buena parte de su tiempo como profesor en
Cambridge, se veía enzarzado en feroces discusiones con las autoridades
académicas así como con muchos de sus colegas. Pero, después del traslado a
Silver Street, Holey estableció su propio instituto en Cambridge, pero siguió
usando los cerebros y la ayuda de muchos miembros del «DMAFT»
Durante las discusiones y trastornos en Cambridge,
Holey se implicó mucho con la teoría del estado estacionario del universo.
Había desarrollado la idea con el matemático Hermann Bondi en el King's College
de Londres y con el astrónomo Thomas Gold, pero por aquel entonces era
simplemente la más científicamente evolucionada de dos teorías planteadas.
Detestaba la teoría alternativa de una creación espontánea del universo, que en
una ocasión había descrito como una muchacha saltando fuera de un pastel de cumpleaños
en una fiesta..., simplemente no era ni digna ni elegante. Para su propio
regocijo posterior, él fue el creador del término «Big Bang», gran explosión,
una frase acuñada deliberadamente para ridiculizar la idea y dejada caer en un
programa de radio en el que proponía su propia teoría del estado estacionario.
Además de desarrollar su teoría del origen del
universo, Hoyle actuaba también como supervisor de un selecto grupo de
estudiantes. Uno de los alumnos a su cargo era un estudiante graduado llamado
Jayant Narlikar. A Narlikar le había sido asignada la tarea de elaborar parte
de las matemáticas para la teoría de Hoyle como parte del material de
investigación para su doctorado. También ocupaba la oficina contigua a la de
Hawking. Hawking se sintió muy interesado en las ecuaciones de Narlikar. Sin
necesidad de mucha persuasión, Narlikar compartió el material de investigación
con el que estaba trabajando, y Hawking empezó a desarrollar más la teoría.
Durante los meses siguientes Hawking pasó más y más tiempo yendo de la oficina
de su amigo a la suya, aferrando hojas llenas de interpretaciones matemáticas
en una mano y apoyándose pesadamente en su recién adquirido bastón con la otra.
En este punto hay que resaltar que Hawking no
sentía la menor intención maliciosa hacia Hoyle ni, por supuesto, Narlikar.
Simplemente sentía curiosidad hacia el material y estaba atascado en sus
propios proyectos. Las ecuaciones y su significado eran fascinantes, y quizás
inicialmente más estimulantes que su propia investigación. Además de que la
actitud general dentro del departamento era de metas e ideales compartidos.
No pasó mucho tiempo antes de que las cosas
llegaran a su culminación. Hoyle decidió efectuar un anuncio público de sus
descubrimientos en una reunión de la «Royal Society» de Londres. Aunque al
hecho no le faltaban precedentes, algunos de sus colegas consideraron que se
precipitaba al hacerlo porque el trabajo aún no había sido contrastado. Hoyle
dio su charla ante aproximadamente un centenar de personas; al final hubo
cálidos aplausos y el habitual zumbido de conversaciones pos conferencia. Luego
Hoyle inquirió si había alguna pregunta. Naturalmente, Hawking había asistido,
y había seguido muy atentamente toda la argumentación. Se puso lentamente en
pie, aferrando su bastón. La sala guardó silencio.
―La cantidad de la que habla usted es divergente
―dijo.
Murmullos apagados recorrieron la audiencia. Los
científicos reunidos vieron de inmediato que, si la afirmación de Hawking era
correcta, entonces la última parte de la exposición de Hoyle demostraría ser
falsa.
―Por supuesto que no diverge ―respondió Hoyle.
―Lo hace ―fue la desafiante respuesta de Hawking.
Holey hizo una pausa y escrutó por un instante la
sala. La audiencia guardaba un silencio absoluto.
― ¿Cómo lo sabe? ―preguntó con voz seca.
―Porque yo la he calculado ―dijo Hawking
lentamente. Una risa azarada cruzó la sala. Aquello era lo último que Hoyle
deseaba oír. Se sintió furioso con el joven advenedizo. Pero cualquier
enemistad entre los dos hombres seria de corta vida..., Hawking había
demostrado ser demasiado buen físico para eso. De todos modos, Hoyle consideró
que la acción de Hawking era poco ética, y así se lo dijo. Como respuesta,
Hawking y algunos otros señalaron que Hoyle había sido poco ético anunciando
unos resultados que no habían sido verificados. La única parte inocente, que
sin duda iba a recibir todo el chaparrón de la ira de Hoyle, era el hombre
intermedio, Narlikar.
Aunque Hoyle es en todo el igual intelectual de
Hawking, en esta ocasión el hombre más joven demostró tener toda la razón: la
cantidad de la que Hoyle había estado hablando era divergente, lo cual
significaba que el último componente de su teoría estaba equivocado. Hawking
escribió un artículo resumiendo el proceso matemático que le había conducido a
darse cuenta de aquello. Fue muy bien recibido por la comunidad científica y lo
consagró como un prometedor joven investigador. Mientras aún intentaba conseguir
su doctorado trabajando con Sciama, Hawking empezaba ya a hacerse un nombre
dentro de la rarificada atmósfera de la investigación cosmológica.
* * * *
Durante sus primeros dos años en Cambridge, los
efectos de la ELA empeoraron rápidamente. Empezaba a experimentar enorme
dificultad en caminar, y se veía obligado a usar un bastón incluso para
recorrer unos pocos pasos. Sus amigos le ayudaban de la mejor manera que
podían, pero la mayor parte del tiempo rechazaba toda ayuda. Usando paredes y
objetos, además de bastones, conseguía, con una dolorosa lentitud, atravesar
habitaciones y áreas abiertas. Pero había muchas ocasiones en las que estos
apoyos no eran suficientes. Sciama y sus colegas recuerdan claramente que
algunos días Hawking aparecía en la oficina con un vendaje en la cabeza, tras
haber caído pesadamente y haber recibido un mal golpe.
Su habla también empezaba a verse seriamente
afectada por la enfermedad. En vez de ser meramente confusa, su voz se estaba
volviendo, con rapidez, ininteligible e incluso sus colegas más cercanos
experimentaban cierta dificultad en comprender lo que decía. Nada le frenaba,
sin embargo; de hecho, parecía estar acelerando el paso. Su trabajo avanzaba de
una forma más rápida y positiva de lo que había hecho antes en toda su carrera,
y esto sirve para ilustrar su actitud ante su enfermedad. Por loco que pueda parecer,
la ELA no era tan importante como eso para él. Por supuesto, tenía que sufrir
las humillaciones y obstrucciones con las que han de enfrentarse en nuestra
sociedad aquellos que no disponen de todas sus capacidades corporales, y
naturalmente tenía que adaptarse a su condición y vivir bajo circunstancias
excepcionales. Pero la enfermedad no había tocado la esencia de su ser, su
mente, y así no afectaba su trabajo.
El propio Hawking, más que ninguna otra persona,
deseaba reprimir su capacidad y concentrarse en sus logros científicos, porque
eso es lo realmente importante para él. Aquellos que trabajan con él, y los
muchos físicos dispersos por todo el mundo que le tienen en la más alta
consideración, no ven a Hawking más que como otro hombre igual a ellos. El
hecho de que ahora no pueda hablar y se halle inmovilizado sin la tecnología al
alcance de la punta de sus dedos es irrelevante por completo. Para ellos es un
amigo, un colega y, por encima de todo, un gran científico.
El hecho de haber llegado a un compromiso con la
ELA y de haber hallado a alguien como Jane Wilde con quien compartir su vida a
un nivel puramente personal hizo que Hawking empezara a despuntar. La pareja se
prometió, y la frecuencia de las visitas de fin de semana se incrementó.
Resultaba evidente para todo el mundo que ambos se sentían sublimemente felices
y se consideraban inmensamente importantes el uno para el otro. Jane recuerda:
«Yo deseaba hallar algún propósito a mi existencia, y supongo que lo hallé en
la idea de cuidarle. Pero estábamos enamorados» [17]. En otra ocasión dijo: «Decidí lo que iba a hacer, así que lo hice. Él
era muy, muy decidido, muy ambicioso. Lo mismo que ahora. Los principios de su
enfermedad ya habían aparecido cuando lo conocí, así que nunca he conocido a un
Stephen corporalmente sano y capaz» [18]
Para Hawking este compromiso con Jane fue
probablemente lo más importante que le había ocurrido nunca: cambió su vida, le
dio algo por lo que vivir y le hizo decidir vivir. Sin la ayuda que Jane le
proporcionó, seguramente no hubiera sido capaz de seguir adelante, o no hubiera
tenido la voluntad de hacerlo.
A partir de este punto su trabajo se reforzó más y
más, y Sciama empezó a creer que Hawking podría, después de todo, conseguir
reunir los jirones dispersos de su investigación de doctorado. La cosa aún era
delicada, pero otro encuentro fortuito estaba a la vuelta de la esquina.
El grupo investigador de Sciama se sintió muy
interesado en el trabajo de un joven y aplicado matemático, Roger Penrose, que
se hallaba por aquel entonces en el Birkbeck College de Londres. Penrose, hijo
de un eminente genetista, había estudiado en el University College de Londres y
había ido, a Cambridge, a principios de los cincuenta. Tras un período de
investigación en los Estados Unidos, había empezado a principios de los sesenta
a desarrollar ideas sobre la teoría de la singularidad que se entrecruzaban
perfectamente con las ideas que emergían del «DMAFT».
El grupo de Cambridge empezó a asistir a una serie
de charlas en el King's College de Londres, donde el gran matemático y
co-creador de la teoría del estado estacionario, Hermann Bondi, era profesor de
Matemáticas Aplicadas. El King's actuó como un perfecto punto de encuentro para
Penrose (que iba allá desde el otro lado de Londres), los de Cambridge, y un
pequeño grupo de físicos y matemáticos del propio college. Sciama llevó a
Carter, Ellis, Rees y Hawking a las reuniones con la idea de que las discusiones
podían suscitar aplicaciones para su propio trabajo. Sin embargo, hubo
ocasiones en las que Hawking casi no consiguió ir a Londres.
Brandon Carter recuerda una ocasión en particular,
en la que el grupo llegó tarde a la estación del ferrocarril y el tren ya
empezaba a ponerse en marcha. Todos echaron a correr y olvidaron a Stephen, que
forcejeaba con sus bastones. Sólo fue después de instalarse en el vagón que se
dieron cuenta de que no estaba con ellos. Carter recuerda haber mirado por la
ventanilla y haber visto una patética figura que se estiraba hacia ellos desde
el andén, v haberse dado cuenta de que Stephen no conseguiría alcanzar el tren
antes de que arrancara. Sabiendo lo testarudo que era Hawking acerca de ser
tratado de una forma distinta a los demás, no intentaban ayudarle demasiado.
Sin embargo, en esta ocasión, Carter y otro saltaron al andén para ayudarle a
subir al tren.
Hubiera sido realmente una extraña ironía del
destino si Hawking no hubiera ido al menos a una de aquellas reuniones en
Londres, porque fue gracias a ellas que toda su carrera dio otro giro positivo.
Durante el transcurso de las charlas en el King's, Roger Penrose introdujo a
sus colegas en la idea de una singularidad espaciotemporal en el centro de un
agujero negro, y naturalmente el grupo de Cambridge se sintió tremendamente
excitado ante aquello.
Una noche, en el camino de vuelta a Cambridge,
estaban todos sentados juntos en un compartimiento de segunda clase y habían
empezado a discutir sobre lo que se había dicho en la reunión aquella tarde.
Hawking, que sentía poca inclinación a hablar en aquellos momentos, miró por la
ventanilla, y contempló los oscuros campos yuxtapuestos y a sus amigos
reflejados en el cristal. Sus colegas estaban discutiendo uno de los más
delicados puntos matemáticos de la exposición de Penrose. De pronto le vino una
idea, y apartó la vista de la ventanilla. Se volvió hacia Sciama, que estaba
sentado frente a él, y dijo:
―Me pregunto qué ocurriría si aplicara usted la
teoría de la singularidad de Roger a todo el universo.
Fue precisamente esa idea la que salvó el doctorado
de Hawking y le puso en el camino del superestrellato de la ciencia.
Penrose publicó sus ideas en enero de 1965, y por
aquel entonces Hawking ya estaba dedicado a trabajar sobre el destello de
inspiración que le había venido en el camino a casa de Londres a Cambridge,
aquella noche después de la charla. Aplicar la teoría de la singularidad al
universo no era en absoluto un problema fácil, y al cabo de unos meses Sciama
empezó a darse cuenta de que su joven estudiante en busca del doctorado estaba
haciendo algo realmente excepcional. Para Hawking, aquella fue la primera vez que
se aplicaba realmente a algo. Como él mismo dice:
Yo... empecé a trabajar duro por primera vez en mi
vida. Para mi sorpresa, descubrí que me gustaba. Quizá no sea realmente justo
llamarlo trabajo. Alguien dijo una vez: «A los científicos y a las prostitutas
se les paga para que hagan lo que les gusta»[19].
Cuando se sintió satisfecho con las matemáticas que
había detrás de las ideas, empezó a escribir su tesis. En muchos aspectos
terminó siendo un esfuerzo más bien embarullado debido a que había estado en
una especie de páramo durante buena parte de la primera mitad de su tiempo en
Cambridge. Los problemas que él y Sciama habían experimentado para hallar
proyectos de investigación adecuados, dejaron un cierto número de huecos y de
preguntas sin respuesta en la tesis. Sin embargo, tenía un beneficio que la salvaba...,
su aplicación de la teoría de la singularidad durante su tercer año. El
capítulo final de la tesis de Hawking era un brillante trabajo y constituyó lo
importante a la hora de concederle el doctorado. El trabajo fue juzgado por un
examinador interno, Dennis Sciama, y un experto externo actuando como árbitro.
Además de ser concedido o negado, un doctorado podía ser retrasado, lo cual
significaba que el estudiante tenía que volver a someter su tesis en una fecha
posterior, normalmente después de otro año. Gracias a este capítulo final,
Hawking fue salvado de la humillación y los examinadores le concedieron el
título. A partir de entonces, el físico de veintitrés años podía hacerse llamar
doctor Stephen Hawking.
Capítulo V
De los agujeros negros al «Big Bang»
A principios de los años sesenta, los astrónomos ya
sabían que cualquier estrella que contenga más de aproximadamente tres veces
tanta materia como nuestro Sol, terminará su vida colapsándose sobre sí misma
para formar lo que hoy se conoce como un agujero negro. Hace más de veinte
años, los investigadores usaban las ecuaciones de Einstein de la relatividad
general para calcular que un objeto así curvaría completamente el
espacio-tiempo a su alrededor sobre sí mismo, aislando la masa central del
resto del universo. Los rayos de luz que pasaran cerca de un objeto así se
verían tan desviados que incluso los fotones orbitarían en torno a la
«estrella» central en bucles cerrados, y nunca podrían escapar al universo
exterior. Evidentemente, puesto que no podía emitir luz, un objeto así sería
negro, y es por eso que el relativista norteamericano John Wheeler los apodó
«agujeros negros» en 1969.
Pero aunque era bien sabido que la teoría general
había hecho esta predicción, en la época en la que Hawking completaba sus
estudios para graduarse y avanzaba en su investigación, nadie se tomaba en
serio la idea de los agujeros negros. La razón era que había muchas estrellas
conocidas que tenían más de tres veces la masa de nuestro Sol. No se colapsaban
porque las reacciones nucleares que se producían dentro de las estrellas las
hacían muy calientes. El calor creaba una presión hacia fuera que mantenía la estrella
firmemente contra el tirón de la gravedad. Los astrónomos sabían que cuando
tales estrellas agotaban su «combustible» nuclear, estallaban, lanzando sus
capas exteriores al espacio. Apenas hacía treinta años, los astrónomos suponían
que una explosión de ese tipo arrojaría siempre tanta materia que el núcleo que
dejara atrás tendría menos de tres veces la masa de nuestro Sol..., o quizá que
entraría en juego alguna presión aún desconocida mientras los restos de la
materia de la estrella empezaban a encogerse. Este prejuicio estaba reforzado
por el hecho de que los astrónomos habían descubierto de hecho muchas viejas
estrellas muertas. Esas cenizas estelares tenían todas un poco menos que la
masa de nuestro Sol, pero comprimida en un volumen apenas tan grande como la
Tierra. Esas estrellas de tamaño planetario son conocidas como enanas blancas.
Se mantienen contra el tirón hacia dentro de la gravedad, gracias a la presión
de los electrones asociados a los átomos de los cuales están hechas, y que actúan
como una especie de gas de electrones. Una enana blanca es tan densa que cada
centímetro cúbico de la estrella contiene un millón de gramos de materia. Antes
de 1967, ésos eran los objetos más densos conocidos en el universo.
Pero, aunque los astrónomos no creían seriamente
que pudiera existir nada más denso que una enana blanca, unos cuantos
matemáticos disfrutaban jugando con las ecuaciones de Einstein para elaborar
qué podía ocurrirle a la materia si se comprimía hasta densidades aún más
grandes. Las ecuaciones decían que si una cantidad de materia tres veces la que
contiene nuestro Sol se comprimiera hasta hacerla ocupar una región esférica
con un radio un poco por debajo de los 9 kilómetros, el espacio-tiempo en sus
inmediaciones se vería tan distorsionado que ni siquiera la luz podría escapar.
Debido a que nada puede viajar más rápido que la luz, esto significa que nada
en absoluto podría escapar nunca de un objeto así, al que los matemáticos se
refieren a veces como un «colapsar» (de estrella colapsada). Se convertiría en
el pozo sin fondo definitivo, dentro del cual podría caer todo pero del que
nunca podría emerger nada. Y la densidad dentro del colapsar sería más grande
que la densidad del núcleo de un átomo; esto, pensaban los teóricos de la
época, era algo claramente imposible.
De hecho, tomaban en consideración (aunque no
demasiado en serio) la posibilidad de estrellas tan densas como el núcleo de un
átomo. En los años treinta, los físicos sabían que el núcleo de un átomo está
hecho de partículas fuertemente apiñadas llamadas protones y neutrones. Los
protones llevan cada uno una unidad de carga positiva; los neutrones, como su
nombre, son eléctricamente neutros, pero cada uno tiene aproximadamente la
misma masa que un protón. En los átomos de nuestra vida cotidiana, como los que
componen este libro, cada núcleo está rodeado por una nube de electrones. Cada
electrón lleva consigo una unidad de carga negativa, y hay el mismo número de
electrones que de protones, de tal modo que en un conjunto, el átomo es
eléctricamente neutro.
Pero un átomo es, en su mayor parte, espacio vacío.
El núcleo es diminuto, pero muy denso, y la nube de electrones es (en
comparación) enorme e insustancial. En proporción al tamaño de todo el átomo,
el núcleo es un grano de arena en medio de una sala de conciertos. En las
estrellas enanas blancas, algunos de los electrones son expulsados de sus
átomos por la enorme presión, y los núcleos quedan sumergidos en un mar de
electrones que abarca a toda la estrella, no a un núcleo en particular. Pero
todavía hay un montón de espacio entre los núcleos, aunque ese espacio contiene
electrones. Cada núcleo tiene carga positiva, y como las cargas se repelen, los
núcleos mantienen así su distancia los unos de los otros.
Pero la teoría cuántica dice que hay una forma de
hacer que una estrella sea más densa que una enana blanca. Si la estrella se
comprimiera aún más por la gravedad, los electrones podrían verse obligados a
combinarse con los protones para dar más neutrones. El resultado sería una
estrella hecha enteramente de neutrones, y esos se verían apiñados tan juntos
como los protones y neutrones en un núcleo atómico. Eso sería una estrella de
neutrones.
Los cálculos sugieren que esto debería ocurrir para
cualquier estrella muerta con una masa superior en un 20 por ciento a la de
nuestro Sol (es decir, más de 1,2 masas solares). Una estrella de neutrones
tendría toda esa masa apiñada dentro de un radio de unos 10 kilómetros, no más
grande que muchas montañas de la tierra. La densidad de la materia en una
estrella de neutrones, en gramos por centímetro cúbico, sería del 1014, es
decir, un 1 seguido por 14 ceros, o sea cien billones. Ni siquiera un objeto
tan denso podría ser, sin embargo, un agujero negro, puesto que la luz todavía
podría escapar de su superficie al universo en general.
Crear un agujero de una estrella muerta requeriría,
tal como bien sabían los teóricos de principio de los años sesenta, aplastar
incluso los neutrones. De hecho, las ecuaciones cuánticas decían que no había
forma alguna de que ni siquiera los neutrones pudieran resistir el peso de una
estrella muerta de tres masas solares o más, y que si quedara un objeto así
como residuo de la muerte explosiva de una estrella masiva, se colapsaría
completamente sobre sí misma, y se encogería hasta un punto matemático llamado
una singularidad. Mucho antes de que la estrella colapsada alcanzara este
estado de volumen cero y densidad infinita, habría curvado el espacio-tiempo a
su alrededor formando una envoltura que la aislaría el colapsar del universo
exterior.
De hecho, las ecuaciones decían que si uno
comprimía cualquier cantidad de materia con la fuerza
suficiente se colapsaría de esta forma. El rasgo especial de los objetos de más
de tres masas solares es que se colapsarían de todos modos, bajo su propio
peso. Pero, si fuera posible comprimir nuestro propio Sol hasta reducirlo a una
esfera con un radio de unos 3 kilómetros, se convertiría en un agujero negro.
Lo mismo le ocurriría a la Tierra si fuera comprimida hasta un tamaño de
aproximadamente un centímetro. En cada caso, una vez que el objeto se
comprimiera hasta el tamaño crítico, la gravedad se haría cargo de las cosas y
cerraría el espacio-tiempo en torno al objeto mientras éste seguía encogiéndose
hasta la singularidad de densidad infinita de dentro del agujero negro. Pero
hay que tener en cuenta que es mucho más fácil crear un agujero negro si
disponemos de una gran cantidad de masa. El tamaño crítico no es simplemente
proporcional a la cantidad de masa de la que disponemos; la densidad a la cual
se forma el agujero negro es más grande si uno tiene menos masa que comprimir.
Para cualquier masa hay un radio crítico, llamado
el radio de Schwarzschild, en el que ocurrirá esto. Como indican esos ejemplos,
el radio de Schwarzschild es más pequeño para los objetos menos masivos: uno
tiene que comprimir la Tierra mucho más que el Sol, y el Sol, mucho más que una
estrella más masiva, a fin de crear un agujero negro. Una vez formado, habrá
una superficie en torno al agujero (un poco como la superficie del mar)
señalando el límite entre el universo en general y la región del espacio-tiempo
altamente distorsionado del que nada podrá escapar. Será un horizonte de un
solo sentido (¡al contrario que la superficie del mar!) a través del qué tanto
la radiación como las partículas materiales viajarán fácilmente hacia dentro,
tiradas por la gravedad, para unirse a la masa que se acumula en la
singularidad, pero a través del que nada en absoluto, ni siquiera la luz, podrá
salir.
Algunos matemáticos se preocupaban, hace treinta
años, de la predicción de que los agujeros negros tenían que contener
singularidades. La idea de un punto de densidad infinita les intranquilizaba.
Pero la mayoría de los astrónomos eran más pragmáticos. En primer lugar,
dudaban de que los agujeros negros existieran realmente. Era muy probable,
pensaban, que las leyes de la física impidieran que a cualquier estrella muerta
le quedara la masa suficiente como para colapsarse de este modo. Y, aunque los
agujeros negros existieran, por su propia naturaleza deberían de mantener las
singularidades encerradas en lo más profundo de sus corazones, lejos de la
vista y de la investigación. ¿Importaba realmente, después de todo, si la
teoría decía que podían existir puntos de densidad infinita, si la misma teoría
decía que tales singularidades se hallaban encerradas a buen recaudo detrás de
horizontes infranqueables?
Una cosa, sin embargo, debería haber preocupado a
esos astrónomos, incluso a principios de los años sesenta. Del mismo modo que
uno necesita comprimir fuertemente una masa pequeña para crear un agujero
negro, una masa más grande necesita menos compresión para conseguir lo mismo.
De hecho, una masa de aproximadamente 4,5 miles de millones de masas solares
formaría un agujero negro si estuviera contenido dentro de una esfera de sólo
dos veces el diámetro de nuestro sistema solar. Esa masa suena absurda al principio.
Pero recordemos que hay cien mil millones de estrellas en nuestra Vía Láctea.
Si tan sólo el 5 por ciento de la masa total se viera envuelta en eso, podría
formarse ese agujero negro súper masivo. Y la densidad de un objeto así no
sería nada parecido a la densidad del núcleo de un átomo o de una estrella de
neutrones. Sería solamente de 1 gramo por centímetro cúbico..., la misma
densidad que el agua. ¡En realidad podríamos crear un agujero negro a partir
del agua, si tuviéramos la suficiente cantidad de ella!
Una forma de comprender cómo puede ocurrir esto es
mediante una analogía con una pista de atletismo. Lo importante acerca de un
agujero negro es que curva por completo el espacio-tiempo a su alrededor, de
modo que los rayos de luz en el horizonte trazan interminablemente círculos
alrededor de la singularidad central. Pero las «órbitas» de los fotones pueden
ser o bien muy apretadas o seguir una suave curva. Las pistas de atletismo
cubiertas son en general ligeramente curvadas, para adaptarlas al espacio disponible.
Las pistas de atletismo al aire libre tienen una curva más suave, y ocupan más
espacio. Pero en ambos casos, si corremos por la pista, terminamos siempre allá
donde empezamos..., seguimos una curva cerrada. De un modo similar, un agujero
negro puede ser muy pequeño, con el espacio-tiempo apretadamente curvado en
torno a sí mismo, o muy amplio, con los rayos de luz siguiendo curvas graduales
en tomo al horizonte (o, de hecho, puede ser de cualquier otro tamaño
intermedio).
Muy lentamente, durante los años sesenta, las
implicaciones de todo esto empezaron a asomarse en las mentes de los
cosmólogos. Se dieron cuenta de que todo el universo tenía que comportarse en
algunos aspectos como el mayor agujero negro existente, con todo lo que
contenía mantenido unido por la gravedad, y todo el espacio-tiempo a su
alrededor formando una entidad auto contenida y cerrada que se envolvía a sí
misma con una curvatura gradual. Pero hay una gran diferencia: los agujeros
negros engullen la materia hacia dentro, hacia la singularidad; el universo se
expande hacia fuera desde el «Big Bang». El universo es como un agujero negro
vuelto del revés. Las ecuaciones de Einstein ―la teoría general de la
relatividad― decían que el universo no puede ser estático, sino que tiene que
estar expandiéndose o contrayéndose. Las observaciones mostraron que el
universo, de hecho, se está expandiendo. ¿Qué decían las ecuaciones de Einstein
acerca de las condiciones existentes hace mucho tiempo, cuando las galaxias estaban
comprimidas y muy juntas, y antes de eso? Tomadas literalmente, las ecuaciones
decían que el universo debía de haber emergido de un punto de densidad
infinita, una singularidad, hace unos quince mil millones de años.
«Evidentemente» (es decir, para los astrónomos de los años cuarenta y
cincuenta), eso era ridículo. El hecho de que las ecuaciones predijeran una
singularidad tenía que significar que estaban equivocadas en alguna parte o de
alguna manera; sin duda a su debido tiempo alguien hallaría una teoría mejor,
una que no hiciera predicciones tan extremas. Pero, mientras tanto, parecía
bastante razonable tomar las ecuaciones literarias siempre que se aplicaran a
condiciones que tuvieran algún parecido con las que observamos hoy en día.
La forma más densa de materia que nos resulta
familiar en nuestros días es la materia nuclear: protones y neutrones
comprimidos en los corazones de los átomos. Así que unas pocas almas valientes
estaban preparadas para contemplar la posibilidad de que la teoría general
pudiera proporcionar una buena guía acerca de cómo había evolucionado el
universo desde un estado en el que la densidad general era tan grande como la
del núcleo de un átomo, un «átomo primigenio», si queremos llamarlo así, que
contenía toda la masa del universo en una especie de superestrella de
neutrones.
¿Qué ocurrió «antes» de eso? ¿Cómo nació esa súper
densidad primigenia, llamada también a veces el «huevo cósmico»? Nadie lo
sabía; sólo se podía especular. Quizás el huevo cósmico había existido durante
toda la eternidad, hasta que algo desencadenó su expansión. O quizás había
existido una fase anterior del universo en la que el espacio-tiempo se
colapsaba, en línea con las ecuaciones de Einstein. Un universo en contracción
así podía comprimirse hasta alcanzar densidades nucleares y luego «saltar» de nuevo
hacia fuera, en una fase de expansión, sin llegar a alcanzar la problemática
singularidad.
La idea del átomo primigenio, o huevo cósmico,
emergió a principios de los años treinta, y fue refinada a lo largo del
siguiente par de décadas. Incluso a principios de los sesenta, sin embargo,
todavía se trataba tan sólo de un juego matemático al que jugaban unos cuantos
expertos, más bien para su propia diversión. La idea de un huevo cósmico súper
denso, sólo unas treinta veces más grandes que nuestro Sol, pero que lo
contenía todo, y que había estallado de pronto para crear el universo en
expansión, encajaba con las ecuaciones de Einstein y con las observaciones.
Pero no parece que nadie tuviera la sensación, en lo más profundo de sus
corazones, de que sus ecuaciones describían el universo. Nadie se hubiera
preocupado demasiado si se hubiera demostrado que toda la idea del huevo
cósmico estaba equivocada.
Uno puede captar la forma en que la gente
consideraba la idea en los años cincuenta por su propia terminología a la hora
de describir su trabajo. Las ecuaciones de la teoría general de la relatividad
permiten en realidad más de una descripción posible del comportamiento general
del espacio-tiempo. Como hemos mencionado, las ecuaciones permiten tanto la
expansión como la contracción (pero no la estaticidad). Evidentemente, el
universo en el que vivimos no puede expandirse y contraerse al mismo tiempo; las
dos soluciones a la ecuación no pueden aplicarse a la vez al universo de hoy.
Así pues, las soluciones se llaman modelos. Un modelo cosmológico es un
conjunto de ecuaciones que describen cómo puede comportarse un universo (no
«el» universo). Las ecuaciones tienen que obedecer las leyes conocidas de la
física, pero no tienen por qué describir necesariamente el comportamiento real
del auténtico universo (el nuestro). Tanto las soluciones de las ecuaciones de
Einstein de expansión como de contracción describen modelos de universo,
intrigantes juguetes matemáticos; la solución de la expansión puede describir
el auténtico universo. A principios de los años sesenta, sin embargo, la
mayoría de los cosmólogos hubieran preferido llamar incluso a la solución del
universo en expansión simplemente un modelo de universo.
Pero, durante los años sesenta, toda la noción del
«Big Bang», como era conocida la teoría, se afianzó. Los cosmólogos empezaron a
creer, a medida que aparecían más pruebas que confirmaban la exactitud de las
predicciones implícitas en la teoría general de la relatividad, que sus
ecuaciones describían realmente lo que ocurría allá fuera en el universo
auténtico. Esto alentó más cálculos teóricos, que condujeron a nuevas
predicciones, y a más observaciones, en una auto estimulante espiral ascendente
que condujo a una espectacular revolución de nuestra comprensión del nacimiento
del universo. En 1976, la teoría del «Big Bang» estaba tan establecida que el
físico norteamericano Steven Winberg pudo escribir un best-sellers de
divulgación científica, Los primeros tres minutos, que describía los primeros
estadios del «Big Bang», cómo había emergido el universo del estado súper-denso
del huevo cósmico. Aunque escrito en los años setenta, el libro englobaba todo
lo que era esencialmente la comprensión de los años sesenta del «Big Bang»; no
podremos seguir muy adelante en nuestra historia si no proporcionamos aquí un
breve resumen de esa comprensión.
* * * *
Una de las cosas más extrañas de aprehender acerca
de todas esas descripciones del universo ―los modelos cosmológicos
relativistas― es que el «Big Bang» no consiste en un enorme átomo primigenio
que ocupa un lugar vacío y luego estalla hacia fuera. Mucha gente conserva
todavía esta imagen, en la que las galaxias son como fragmentos del estallido
de una bomba que son lanzados hacia fuera a través del espacio. Esto es
erróneo.
Lo que nos dicen las ecuaciones de Einstein es que
es el espacio en sí el que se expande, llevándose consigo las galaxias en el
proceso. Las galaxias estaban muy juntas hace mucho tiempo, cuando el universo
era más joven, debido a que las distancias entre ellas estaban más comprimidas
de lo que lo están hoy. Podemos ver esto imaginando dos manchas de pintura en
la superficie de una cinta elástica. Cuando tiramos de los extremos de la
cinta, ésta se estira, y las dos manchas de pintura se alejan una de la otra,
pero no se mueven con relación al material del que está hecha la cinta.
Así, en el universo primitivo, en el momento de la
explosión del átomo primigenio, no había un «fuera» al que los fragmentos de la
explosión se trasladaran. El espacio estaba apretadamente envuelto en torno a
sí mismo, de tal modo que el huevo cósmico era una esfera completamente auto
contenida de materia, energía, espacio y tiempo. De hecho, era un agujero negro
súper denso. Sigue siendo un agujero negro; la única diferencia es que, al
expandirse, se ha convertido en un agujero negro de muy baja densidad, en el
que la luz sigue ahora unas órbitas de curva muy suave en el horizonte.
Vivimos dentro de un agujero negro, pero uno tan
enorme que la curvatura del espacio-tiempo dentro de él es demasiado pequeña
para ser medida por ningún instrumento astronómico Heidi Tierra. La «explosión»
del «Big Bang» estiró el espacio, creando literalmente más lugar en el que
pudieran moverse los componentes materiales del huevo cósmico. La bola de fuego
empezó muy caliente y densa, y luego se fue enfriando y aligerando a medida que
el espacio disponible se expandía. El proceso es exactamente el mismo que la
forma en que el líquido en los tubos de nuestro frigorífico mantiene el frío.
En nuestro frigorífico, el líquido se expande a una cámara más grande y se
enfría; en la parte de atrás del frigorífico, se comprime a un espacio más
pequeño y se calienta, pero el calor escapa al exterior antes de que el líquido
vuelva al interior del frigorífico para repetir el ciclo. Como ese líquido al
ser comprimido, o como el aire al ser comprimido en la bomba de una bicicleta
cuando la usamos para hinchar un neumático, el universo tiene que haber estado
mucho más caliente cuando se hallaba más comprimido
¿Cuánto más caliente? Si recorremos nuestro modelo
cosmológico a lo largo de todo el camino hasta la singularidad predicha por las
ecuaciones de Einstein, nos hallaremos con temperaturas infinitas, así como con
una densidad infinita. Pero nadie en los años sesenta fue hasta tal extremo.
Los infinitos seguían siendo tomados como indicadores de un fallo en la teoría
general de la relatividad, pero aún así, el momento en que se producían los
infinitos en los modelos podía usarse como señalizador para el comienzo del
tiempo (al menos hasta que apareciera alguien con una teoría mejor).
Aunque los físicos de los años sesenta no podían
decir lo que ocurrió durante la fracción de segundo siguiente a ese comienzo
del tiempo, sí podían describir con gran detalle todo lo que le había ocurrido
al universo en los quince mil millones de años que empezaron justo una décima
de segundo más tarde. Para un creciente número de cosmólogos, la teoría general
no parecía una descripción demasiado mala del universo, si podía explicar todo
lo que había ocurrido en los pasados quince mil millones de años, excepto la
primera décima de segundo. Eso es lo que les explicaba.
Una décima de segundo después de «el comienzo» (o
después del «salto», como muchos cosmólogos de los años sesenta hubieran
argumentado), la densidad del universo era 30 millones de veces más grande que
la densidad del agua. La temperatura era de 30.000 millones de grados [20] , y el universo consistía en una mezcla de radiación de muy alta
energía (fotones) y partículas materiales que incluían neutrones, protones y
electrones, pero también partículas más exóticas e inestables creadas de forma
efímera a partir de la pura radiación. Éste es el ejemplo definitivo de la
equivalencia entre masa y energía, expresada en la famosa ecuación de
Einstein E = mc2. En la Tierra, en una bomba atómica, y
dentro del Sol, donde se producen las reacciones nucleares, pequeñas cantidades
de materia (m) se convierten en grandes cantidades de energía (E),
porque c es la velocidad de la luz, que es 300.000 kilómetros
por segundo, y c 2 es de hecho un número muy
grande. Pero si disponemos de la suficiente energía sobre la que actuar,
podemos crear realmente materia a partir de ella; y había grandes cantidades de
energía disponibles para hacer ese truco en el «Big Bang», aunque muchas de las
partículas creadas de esa forma fueran inestables, destinadas a desaparecer de
nuevo en un soplo de radiaciones en muchos menos que un parpadeo.
Un segundo más tarde, (1,1 segundos después del
comienzo), el universo se había enfriado espectacularmente, hasta diez mil
millones de ºK. Por aquel entonces, la densidad era sólo 380.000 veces la
densidad del agua, y a partir de entonces las reacciones entre partículas
fueron muy similares a las reacciones nucleares que se producen dentro del Sol
y de otras estrellas actuales.
A la temperatura de tres mil millones de ºK, justo
a un poco menos de 14 segundos del comienzo, pudieron formarse los primeros
núcleos de deuterios, aunque de una forma temporal. El hidrógeno es el átomo
más simple, con sólo un protón en su núcleo y un electrón orbitando fuera del
núcleo. (En cierto sentido, los protones solitarios pueden ser considerados
como núcleos de átomos de hidrógeno.) El siguiente átomo menos complicado es el
deuterio, que tiene un núcleo compuesto por un protón y un neutrón, aún con un
solo electrón orbitando a su alrededor. Los átomos que tienen el mismo número
de electrones pero distinto número de neutrones siguen teniendo idénticas
propiedades químicas, y son conocidos como isótopos; el deuterio es un isótopo,
y así se conoce a menudo como «hidrógeno pesado»
La temperatura es una medida de lo rápido, por
término medio, que se mueven las partículas que forman la materia (y es por ese
motivo por el que no puede haber una temperatura inferior a -273ºC, a la que se
detiene el movimiento atómico), y a temperaturas por encima de los tres mil
millones de ºK protones y neutrones se mueven demasiado rápidos para hacer nada
excepto chocar entre sí. Algunas partículas se mueven más rápido que la media
para una temperatura determinada, y algunas más despacio, aunque la mayoría
tiene velocidades cercanas a la media. Así, cuando la temperatura cae por
debajo de ese valor, algunos protones y neutrones se mueven lo bastante lentos
como para quedar unidos cuando chocan. Lo que les hace permanecer unidos es una
atracción conocida como fuerza fuerte. Como su nombre sugiere, se trata de una
poderosa fuerza de atracción que actúa entre todos los protones y neutrones.
Pero tiene un radio de acción muy corto, y las partículas que se mueven muy
rápido pasan de largo o chocan entre sí demasiado aprisa para que la fuerza
pueda retenerlas durante el breve período en que se hallan dentro de su radio
de acción.
Al principio, la mayor parte de los núcleos de
deuterio producido de esta forma fueron disociados por colisiones con
partículas que se movían más aprisa, pero a medida que la bola de fuego se
enfriaba, más y más núcleos de deuterio tuvieron mayores posibilidades de
supervivencia.
Justo 3 minutos y 2 segundos después del comienzo,
la temperatura se había enfriado por debajo de mil millones de ºK: todo el
universo estaba entonces sólo setenta veces más caliente que el núcleo de
nuestro Sol hoy día. En este punto, casi todos los núcleos de deuterio eran
capaces de combinarse en parejas para formar núcleos de helio. Esos núcleos de
helio contienen cada uno dos protones y dos neutrones, lo cual hace cuatro
«nucleones» en total, de modo que son conocidos como núcleos de helio-4 (y los
átomos de helio, por supuesto, tienen cada uno dos electrones orbitando en
torno al núcleo).
Sucede que los núcleos de helio-4 son
particularmente estables. Pero no hay núcleos estables que contengan cinco
nucleones (como cabría esperar obtener si añadiéramos un protón o un neutrón a
un núcleo de helio-4) u ocho nucleones (como los que conseguiríamos si
uniéramos dos núcleos de helio-4). Así que el proceso de «nucleosíntesis» en el
«Big Bang» se detuvo con la producción de helio-4. Menos de cuatro minutos
después del principio, la materia se había asentado en una mezcla de un 75 por
ciento de núcleos de hidrógeno y un 25 por ciento de helio, entremezclados con
electrones de movimiento rápido y bañados en un mar de ardientes radiaciones.
Media hora más tarde, 34 minutos después del
comienzo, la temperatura había descendido a 300 millones de ºK, y la densidad
del universo era tan sólo un 10 por ciento de la densidad del agua. Pero se
necesitaron otros 700.000 años para que el universo se enfriara lo suficiente
como para permitir a los electrones unirse a los núcleos y formar átomos
estables. Antes de eso, tan pronto como un núcleo cargado positivamente
intentaba unirse a un electrón cargado negativamente, el electrón era expulsado
por un fotón energético. Después de 700.000 años, sin embargo, la temperatura
del universo había descendido a unos 4.000 ºK (aproximadamente la temperatura
de la superficie del Sol hoy), y núcleos y electrones pudieron al fin unirse
para formar átomos estables.
Durante la mayor parte de los pasados quince mil
millones de años, protones, neutrones y electrones han permanecido unidos en
estrellas y galaxias formadas a partir de aquella materia primigenia a medida
que la gravedad unía las nubes de gas en el espacio. La radiación residual del
«Big Bang» ya no tenía nada que ver con la materia, una vez perdida la
temperatura suficiente para separar electrones de sus núcleos atómicos, y se
limitaba a enfriarse a medida que el universo se expandía. Pero, como veremos,
esa radiación de fondo, el eco de la creación, tuvo un papel clave en persuadir
a los cosmólogos de que uno de sus «modelos de universo» podía estar
diciéndoles algo muy profundamente significativo acerca del Universo real. Y
todo esto estaba ocurriendo mientras la persona que iba a convertirse en un
actor clave en hacer que la cosmología diera en los años setenta ese paso
adelante, directo al propio principio, estaba experimentando también profundos
trastornos, tanto personales como profesionales.
Capítulo VI
Matrimonio y beca de investigación
Los años próximos a la unidad de la década de los
sesenta resultaron ser una de las épocas más importantes en la vida de Stephen
Hawking. Tras prometerse con Jane, se dio cuenta de que necesitaba hallar muy
pronto un trabajo si querían casarse. Tras obtener un doctorado, el siguiente
paso en la carrera de cualquier académico es normalmente asegurarse una beca de
investigación de algún tipo para poder continuar su trabajo. De una forma muy
parecida a la transición de los estudios no graduados a la investigación
posgraduada, las solicitudes para ese tipo de becas se efectúan normalmente
mientras se trabaja en el doctorado, antes que dejar las cosas para después.
Así, mientras escribía su tesis, y con la boda planeada para el verano
siguiente, Hawking tuvo que buscar algo. Afortunadamente, no tuvo que buscar
lejos. Oyó acerca de una beca de investigación en física teórica ofrecida por
otro college de la universidad, Caius[21],
para empezar aquel otoño. Empezó a preparar sin vacilar su solicitud. Sin
embargo, poner en marcha algo relativamente tan simple no resultó tan fácil
como había esperado.
A aquellas alturas de su enfermedad era incapaz de
escribir, y había pensado pedirle a Jane que mecanografiara su solicitud en su
siguiente visita a Cambridge el próximo fin de semana. Pero, cuando su novia
bajó del tren, le saludó con el brazo enyesado hasta el codo. Había tenido un
accidente la semana anterior y se había roto el brazo. Hawking admite que no
sintió tanta simpatía hacia Jane como la que quizás hubiera debido cuando vio
el estado en que estaba, pero los malos sentimientos fueron olvidados rápidamente,
y juntos intentaron buscar una forma de conseguir escribir la solicitud. Jane
se había roto el brazo izquierdo y ella era diestra, de modo que Hawking le
dictó la información, y ella pudo escribir la solicitud a mano. Consiguieron
que un amigo de Cambridge se la mecanografiara.
Sin embargo, esto no fue el fin de los problemas de
Hawking. Una de las exigencias de la solicitud era que debía presentar dos
referencias. Evidentemente, Dennis Sciama fue la primera; se volcó naturalmente
con todo su apoyo, y sugirió a Hermann Bondi como segunda referencia. Hawking
había tenido varios encuentros con Bondi en los seminarios del King’s College
dados por Roger Penrose aquel mismo año, y Bondi le había comunicado un informe
que había escrito a la «Royal Society» hacía unos meses. Animado por esto,
Hawking decidió, con consecuencias casi catastróficas, pedirle a Bondi que
diera referencias de él. Tal como escribe el propio Hawking:
Se lo pedí después de una conferencia que dio en
Cambridge. Me miró de una forma vaga y dijo que sí, que por supuesto.
Evidentemente no me recordaba, porque cuando el college le escribió pidiéndole
una referencia, contestó que no había oído hablar de mí [22].
Si este serio golpe hubiera ocurrido hoy, es casi
seguro que no hubiera tenido la menor oportunidad de obtener su beca de
investigación. En los años sesenta, sin embargo, la competencia para los
puestos académicos no era tan feroz como hoy en día, y las autoridades del
Caius mostraron una gran tolerancia cuando le escribieron para comunicarle la
embarazosa situación. Sciama acudió de nuevo al rescate, y contactó con Bondi
para refrescarle la memoria acerca del prometedor joven investigador. Bondi dio
entonces unas brillantes referencias de Hawking, posiblemente mucho más
elogiosas de las que podría haber escrito originalmente.
* * * *
El Consejo del college del Caius se reúne una vez
al año, durante la Cuaresma, para elegir sus nuevos becarios. Anualmente se
ofrecen seis o siete puestos, que cubren todo el espectro de especialidades y,
si es elegido, el solicitante afortunado se une a los setenta y tantos becarios
que residen ya en el college. El Consejo está formado por una docena de los
becarios investigadores más antiguos, presididos por el director del college.
En 1965 el director era el famoso historiador de la ciencia china Joseph Needham.
Hawking llegaba con buenas recomendaciones, y un cierto número de los becarios
en ciencias del Consejo habían oído hablar de él gracias a la reputación que se
había ganado en los círculos académicos de Cambridge. Como dice Shakespeare,
«dulces son los usos de la adversidad», y quizás esto nunca haya sido más
cierto que en el caso de Hawking. Pese a la confusión con las referencias, el
Consejo favoreció a Hawking por encima de sus competidores, y recibió su beca
de investigación en Caius. En lo que a la carrera de Hawking se refería, él y
Jane podían ahora contemplar el futuro con un cierto grado de confianza.
Los deberes de los becarios son mínimos más allá de
la condición básica de que prosigan con su investigación. Se les requiere un
poco de supervisión de los estudiantes, pero el nivel al que se hace eso varía
enormemente. El papel del becario, como muchas otras cosas en la universidad de
Cambridge, ha cambiado poco desde los tiempos de Sir Isaac Newton. Una beca de
investigación es considerada un gran honor y un medio mediante el cual los
académicos pueden seguir con sus investigaciones y ser pagados por ello. A
cambio, el college gana prestigio si uno de sus becarios consigue un gran
éxito.
Poseedor de más atrevimiento del que le
correspondía, Hawking casi estuvo a punto de estropear de nuevo las cosas
después de haberse asegurado su beca en Caius. Consiguió esta hazaña llevando
las cosas casi demasiado lejos con el tesorero. Movido por un impulso, decidió
preguntarle qué se le pagaría por su nueva posición, y recibió una repulsa por
su impertinencia. Aunque no podía preverlo por aquel entonces, poco después de
su matrimonio aquel faux pas les causaría a él y a Jane aún
más problemas.
La pareja se casó en julio de 1965 en la capilla
del college de posgraduados de Hawking, Trinity Hall. No fue una boda
«académica» típica, pero tampoco fue, en absoluto, una ocasión social. Los
padres de la pareja eran personas normales, de clase media. El padre de Jane,
George Wilde, era funcionario público, y la familia de los Wilde conocía a la
de los Hawking desde hacía algún tiempo antes de que sus hijos se conocieran,
así que los arreglos de la boda estuvieron quizás un poco menos cargados de
negociaciones de lo que es normal. Asistieron en torno al centenar de
invitados, y el acto fue seguido por una recepción con todos los discursos
habituales y brindis con champaña por la feliz pareja. Brandon Carter recuerda
la boda como la primera ocasión en la que conoció a la familia Hawking.
Recuerda a Frank Hawking como un hombre alto y delgado de aspecto tranquilo y
digno. La madre de Hawking, Isobel, era una mujer amigable y vivaz, un
personaje alegre y sociable a la que le encantó conocer a los amigos de Stephen
y aceptarlos en el redil.
Pese al hecho de que el novio tuvo que apoyarse en
un bastón para las clásicas fotografías, la pareja tenía el mismo aspecto que
cualquier otra pareja el día de su boda. En las fotografías en blanco y negro,
Hawking lleva un traje negro y una corbata delgada con el nudo perfectamente
hecho, y sus gafas de montura oscura y su delgado rostro le proporcionan un
aspecto intelectual. Jane está de pie a su lado, con un ramo de flores en la
mano, el velo echado hacia atrás para revelar el pelo largo hasta los hombros,
ondulado hacia fuera por encima de la línea del cuello de su vestido de novia
corto a la moda de la época. Hawking mira a la cámara con expresión orgullosa,
una mirada de determinación y ambición profundamente arraigada..., una mirada
que dice: «Esto es sólo el comienzo.» Jane sonríe feliz al objetivo, igualmente
segura, a su propia manera más gentil, de que se saldrán con bien y superarán
toda adversidad.
Por supuesto, ambos sabían, como sabían todos los
demás por aquel entonces, que Stephen podía morir al cabo de poco tiempo. De
hecho, según las predicciones médicas, ya estaba viviendo con tiempo prestado.
Pero tales pensamientos eran sólo una distante sombra aquel día de verano en
Cambridge, y Jane y Stephen Hawking estaban tan seguros como cualquier otra
pareja recién casada de que iban a crear por sí mismos una vida de éxito y
felicidad, y eso porque extraerían de sus circunstancias lo mejor que les diera
cada momento que pasaran juntos.
El salario de un becario investigador no es una
suma principesca, y en 1965 las vacaciones en el extranjero eran aún muy poco
habituales, así que los recién casados pasaron la luna de miel de una semana en
Suffolk. Inmediatamente después, él volvió a su trabajo, porque la pareja tenía
que marchar a un curso de verano sobre relatividad general al que Hawking tenía
que asistir en la universidad de Cornell, en la parte superior del Estado de
Nueva York. Hawking recuerda que esto fue un error:
Puso tensión en nuestro matrimonio, sobre todo
porque permanecimos en un dormitorio que estaba lleno de parejas con ruidosos
niños pequeños. Sin embargo, el curso de verano me fue muy útil porque conocí a
buena parte de la gente más importante en el campo[23].
Brandon Carter asistió al mismo curso de verano, y
así llegó a conocer a Jane mucho mejor de lo que había hecho durante sus
visitas de fin de semana a Cambridge. Recuerda que era más bien inexperta en
las tareas tradicionales de un ama de casa. Cita cómo, en una ocasión, la halló
en la cocina compartida mesándose los cabellos mientras intentaba hacer té sin
una tetera. Carter halló una cacerola en un armario y le enseñó cómo hacer el
té al estilo acampada. Uno de los recuerdos que más le han quedado de aquel
curso de verano es la expresión de indignación en el rostro de Jane.
La idea de un curso de verano es introducir las
últimas ideas a los estudiantes e investigadores de las universidades de todo
el mundo. Normalmente asisten a ellos la gente más eminente en un campo dado, y
ayuda a los científicos establecidos a pensar en cómo aplicar los nuevos
descubrimientos a su propio trabajo. Hawking se estaba abriendo camino como
físico en aquel punto de su carrera y, pese a las dificultades domésticas, fue
una ocasión perfecta en lo que a sus ideas cosmológicas se refería. Regresó inspirado
a Caius y a su primer trabajo.
Sin embargo, a su regreso tuvo que enfrentarse a
toda una nueva serie de problemas domésticos. El primero de ellos fue dónde
iban a vivir los Hawking. Jane se hallaba en su tercer y último año de estudios
en el Westfield College de Londres, de modo que el plan era que ella
permaneciera en Londres durante la semana, mientras Stephen se las arreglaba
solo y, como en los días anteriores a su matrimonio, se reunirían los fines de
semana. El problema inmediato era hallar una acomodación adecuada en una ciudad
universitaria donde el acomodo era siempre una aventura.
Antes de partir hacia Norteamérica, Hawking fue a
ver de nuevo al tesorero para pedirle su ayuda en encontrar algún lugar donde
vivir, sólo para recibir la respuesta de que iba contra la política del college
ayudar a los becarios en el alojamiento. Puesto que Hawking no podía usar una
bicicleta y sólo podía caminar cortas distancias ayudado por un par de
bastones, era por supuesto esencial para los Hawking vivir en el centro de
Cambridge, cerca del Departamento de Matemáticas Aplicadas y Física Teórica de
Silver Street. Pero, en lo que a las autoridades del college se refería, las
incapacidades de su último becario no significaban ninguna diferencia. Luego,
justo antes del viaje a Cornell, oyeron hablar de un nuevo bloque de pisos que
se estaba construyendo a corta distancia del «DMAFT», y pusieron sus nombres en
una solicitud para un apartamento allá. Cuando regresaron a Cambridge
descubrieron que los pisos no estarían listos hasta dentro de unos meses.
Desesperado, Hawking volvió a recurrir al tesorero,
que finalmente hizo la concesión de arreglar las cosas para que la pareja
ocupara una habitación en un albergue para estudiantes graduados. Parece, sin
embargo, que el tesorero aún no había olvidado el atrevimiento de Hawking de
preguntar cuánto se le pagaría por su beca de investigación. El precio normal
por una habitación era de doce chelines y seis peniques por noche, pero le
cobró a los Hawking el doble porque eran dos, pese a que Jane no iba a estar allí
más que los fines de semana.
De todos modos, estuvieron en el albergue sólo tres
noches, porque descubrieron que había quedado libre una pequeña casa cerca, en
una diminuta calle de pintorescos edificios antiguos llamada Little St. Mary's
Lane. A menos de un centenar de metros del «DMAFT», les iba perfectamente. La
casa era propiedad de otro de los colleges de Cambridge, que se la había
alquilado a uno de sus becarios. Éste ahora había comprado una casa más grande
en los suburbios, y se había mudado a ella y aceptó subarrendar la propiedad
por los tres meses que quedaban pendientes de su contrato de alquiler.
Durante su estancia allí tuvieron noticias de otra
casa que había quedado disponible en la misma calle. Un vecino ya mayor que
había hecho amistad con la pareja descubrió sus problemas de alojamiento y
contactó con el propietario de la casa vacía a sólo unas pocas puertas en la
misma Little St. Mary's Lane. Encendido por la idea de que una pareja joven que
luchaba por abrirse camino tuviera esos problemas cuando había una casa
desocupada a sólo unos pocos metros de distancia, el vecino llamó al propietario
a Cambridge e insistió en que la casa fuera alquilada a los Hawking, y a un
precio razonable. Una vez más, los problemas se habían vuelto a su favor. Se
trasladaron cuando expiraron los tres meses del contrato de la primera casa, e
iban a permanecer allí durante varios años.
El proceso en sí de trasladarse de casa fue todo un
problema, pese a que estaba tan sólo a unas pocas puertas de distancia en la
misma calle. Todos sus amigos ayudaron, cargando los muebles de un lado para
otro y disponiéndolos en la nueva casa mientras Stephen, reclinado en sus
bastones, daba instrucciones y actuaba como capataz, gritando sus órdenes con
su mejor voz de timonel de ocho. Brandon Carter y Martin Rees echaron ambos una
mano, y lo mismo hizo otro amigo, Bob Donovan, un químico posgraduado que había
hecho amistad con Stephen y Jane antes de su matrimonio.
La nueva casa era otro diminuto y antiguo edificio.
La puerta delantera daba directamente a un salón, y había una cocina en la
parte de atrás. Una estrecha y retorcida escalera conducía arriba al dormitorio
principal en el primer piso: más allá, en el segundo piso, había un par de
habitaciones más pequeñas. Los Hawking tenían muy pocos muebles, y una gran
mesa de comedor ocupaba la mayor parte del espacio del salón. Las paredes
estaban pintadas en tonos suaves; brillantes reproducciones de cuadros colgaban
por toda la habitación y daban una nota de color entre conjuntos de estanterías
alineadas con hileras de libros y discos. Los techos eran bajos, y los
visitantes altos tenían que agacharse en las puertas para evitar golpearse en
la cabeza.
Los Hawking han sido siempre unos entusiastas
anfitriones, y la pequeña casa estaba atestada con frecuencia con amigos que
venían a cenar o a comer los fines de semana, todos reunidos en tomo a la mesa
del comedor, intentando evitar el hablar de su trabajo pero no siempre
consiguiéndolo. Brandon Carter recuerda la casa en Little St. Mary's Lane como
un lugar muy alegre, donde todos los amigos ayudaban con los preparativos de
las comidas y luego con el lavado de los platos, mientras las notas de Wagner o
Mahler sonaban como fondo.
Mientras tanto, el trabajo de Hawking sobre los
agujeros negros progresaba bien. En diciembre de 1965 fue invitado a dar una
charla en una reunión sobre relatividad en Miami. Jane tenía sus vacaciones de
Navidad del Westfield College, y aunque estaba preparando sus Finales para el
próximo verano decidió ir a los Estados Unidos con su esposo.
Por la época de la reunión en Miami, el habla de
Hawking se había deteriorado hasta un severo balbuceo, y estaba preocupado de
que la audiencia hallara difícil comprenderle. Afortunadamente, uno de sus
viejos amigos, George Ellis, estaba pasando un año en la universidad de Texas
en Austin y también iba a asistir a la reunión de Miami. Tras una charla en su
habitación del hotel, se acordó que Ellis daría la charla en nombre de Hawking.
Fue un resonante éxito y, con la tinta de su diploma de graduación aún fresca,
su trabajo sobre la teoría de la singularidad fue recibido entusiásticamente
por algunos de los más eminentes científicos de todo el mundo reunidos allí.
En Miami se alojaron en el «Fontainebleau Hotel»,
que recientemente había sido utilizado en la filmación de la película de James
Bond Goldfinger. Era un hotel grande con una playa privada. En uno de sus días
libres durante la conferencia, George Ellis y su nueva esposa pasaron la tarde
en la playa con Stephen y Jane. Hacia las seis de la tarde, con el espectacular
disco rojo del sol cerca de la puesta, decidieron regresar al hotel para cenar,
sólo para descubrir que las puertas de la playa habían sido cerradas con llave.
Un rápido escrutinio en busca de alguna otra salida les mostró que la única
forma de regresar al hotel era a través de una ventana de la cocina abierta en
la parte lateral del edificio. El problema era cómo demonios iban a conseguir
que Stephen, que ni siquiera podía andar sin la ayuda de los bastones, pasara
por la ventana y regresara a su habitación. Consiguieron pasar por la abertura,
y estaban a medio camino de conseguir que Stephen franqueara el obstáculo
cuando descubrieron que estaban siendo observados por algunos empleados de la
limpieza hispanos, que no parecían exactamente complacidos de ver a un grupo de
gente de extraño aspecto intentando meter lo que parecía un cuerpo sin vida a
través de la ventana de la cocina. Nunca los Hawking y los Ellis se sintieron
más agradecidos de que Jane estuviera estudiando lenguas modernas. Tan pronto
como se dio cuenta de la nacionalidad del personal de limpieza, empezó a
hablarles en un fluido español y les explicó con rapidez su apuro. Una vez comprendieron
eso se volvieron absolutamente hospitalarios, ayudaron a Stephen a entrar en la
cocina del hotel, e incluso guiaron al cuarteto de vuelta a sus habitaciones.
George Ellis invitó a los Hawking a quedarse en
Texas para unas cortas vacaciones. Jane no tenía que estar de vuelta en Londres
hasta enero, así que decidieron aceptar. Pasaron una semana en Texas, visitando
lugares y relajándose después de un curso agotador en sus respectivas carreras.
Los cuatro hicieron largas excursiones en el coche de los Ellis por el
espectacular y áspero paisaje de Texas, bebiendo cerveza fría en remotos bares
en el desierto y viendo los escaparates de las galerías comerciales de Austin.
A su regreso a Cambridge, las realidades de la vida
les golpearon con dureza. Jane tuvo que regresar casi de inmediato a Londres, y
el viejo sistema de visitas de fin de semana empezó de nuevo.
Durante el primer año de su matrimonio, Jane tuvo
una vida ajetreada. Consiguió seguir con sus estudios, y se graduó en el verano
de 1966. Durante ese tiempo mecanografió también la tesis doctoral de Stephen,
y siguió viajando a Cambridge cada fin de semana y durante las vacaciones. En
el verano de 1966, pudo al fin ir a vivir con su esposo toda la semana en su
casa de Little St. Mary's Lane.
Mientras tanto, la condición de Stephen había
empezado a empeorar. La naturaleza de la enfermedad es tal que en muchos casos
avanza a saltos irregulares. Un período de pocos cambios, que puede durar años,
puede ser seguido por un rápido declive y luego una nueva nivelación. Desde su
diagnóstico y su primer deterioro, los síntomas de Hawking habían permanecido
más o menos constantes, pero en la segunda mitad de los años sesenta se produjo
otro rápido empeoramiento. Tuvo que empezar a usar muletas en vez de bastones a
fin de poder moverse de un lado para otro. En este punto su padre empezó a
mostrarse desilusionado e impaciente con los consejos que estaba recibiendo su
hijo de la profesión médica, y decidió ocuparse personalmente del tratamiento
de Stephen. Llevó a cabo una intensiva investigación sobre la ELA, y prescribió
un tratamiento de esteroides y vitaminas, que Stephen siguió tomando hasta la
muerte de su padre en 1986. Cada vez hallaba más difícil subir y bajar por la
retorcida escalera de su dormitorio en el primer piso de Little St. Mary’s
Lane. Los amigos que visitaban a la pareja por las tardes empezaron a darse
cuenta de lo mucho que se había deteriorado el estado de Stephen cuando lo
veían esforzarse en cruzar el salón y subir las escaleras si decidía retirarse
a dormir. Una amistad recuerda haber observado con gran impresión cómo Hawking
necesitaba quince minutos para hacer el trayecto desde el primer escalón hasta
la puerta de su dormitorio. Nunca permitía que le ayudaran en estas ocasiones, y
rechazaba de plano cualquier comportamiento que lo aislara como distinto de un
hombre normal y corporalmente capaz. Jane y sus amigos respetaban esta actitud,
pero a veces podía convertirse en algo frustrante. La determinación y
obcecación de Hawking podía ser malintencionada a menudo como arrogancia y
testarudez. El escritor John Boslough ha descrito a Hawking como «el hombre más
resistente que jamás haya conocido»[24]. Y Jane ha dicho: «Algunos llamarán a esta actitud determinación, otros
obstinación. Yo la he llamado ambas cosas en un momento u otro. Supongo que eso
es lo que le hace seguir adelante» [25]
En el «DMAFT», y en los círculos académicos de
Cambridge, Hawking estaba empezando a cultivar una imagen de «genio difícil», y
su reputación como sucesor de Einstein, aunque embrionaria, empezaba ya a
seguirle por todas partes. La gente que lo conoció esos días lo recuerda como
un personaje amistoso y alegre, pero su impetuosidad natural, acompañada por
sus incapacidades físicas, empezaban a crear dificultades de comunicación con
mucha gente a su alrededor.
No tenía pelos en la lengua cuando asistía a
charlas dadas por figuras internacionalmente famosas y altamente respetadas en
el mundo de la física. Allá donde la mayoría de jóvenes investigadores se
sentirían felices de aceptar en silencio las palabras de los grandes, Hawking
formulaba profundas y a menudo embarazosamente penetrantes preguntas. En vez de
alienarlo de sus mayores, su comportamiento, y con justicia, le hizo ganar una
gran cantidad de respeto y ayudó a incrementar su reputación a los ojos de sus
superiores. Sin embargo, podía ser absolutamente intimidador para algunos de
sus iguales. En ocasiones algunos colegas sentían una cierta timidez a la hora
de pedirle si quería ir a tomar una cerveza con ellos en el pub.
El mayor don personal de Hawking es ser capaz de
olvidar sus incapacidades y tener siempre una visión alegre y positiva de la
vida. Simplemente se niega a dejar que su condición le hunda. En la física
halla una perfecta actividad liberadora. Manteniéndose totalmente preocupado
con la naturaleza y origen del cosmos, y jugando a lo que llama «el juego del
Universo», no se permite gastar tiempo y energías en pensar en su estado de
salud. En una ocasión, cuando se le preguntó si alguna vez no se sentía deprimido
sobre su condición, respondió: «Normalmente, no. He conseguido hacer lo que
deseaba hacer pese a ella, y eso me proporciona una sensación de logro» [26]. Pese al deterioro gradual de su habla y su creciente atrofia muscular,
para sus amigos íntimos era el mismo Stephen Hawking que habían conocido desde
sus primeros días en Cambridge, y aquellos que le comprendían sentían realmente
el calor de su personalidad.
Pese al deterioro gradual de su habla y su
creciente atrofia muscular, para sus amigos íntimos era el mismo Stephen
Hawking que habían conocido desde sus primeros días en Cambridge, y aquellos
que le comprendían sentían realmente el calor de su personalidad.
Tanto Jane como Stephen sabían que no podían
esperar tiempo a iniciar una familia cuando se casaron, y su primer hijo, un
niño al que llamaron Robert, nació en 1967. Este acontecimiento fue otro punto
crucial en la vida de Hawking. Sólo cuatro años después de que le fuera
diagnosticado que tenía una enfermedad terminal y unas expectativas de vida de
dos años, su reputación como físico estaba en ascenso; había conseguido, por
pura determinación y poder de su voluntad, cierto grado de independencia y movilidad,
y ahora, contra todas las previsiones, era padre. Como Jane ha observado.
«Evidentemente le dio a Stephen un nuevo y gran ímpetu el ser responsable de
esa pequeña criatura»[27]. Todo parecía irle bien. Su carrera estaba floreciendo, y con cada
nuevo artículo que publicaba se rompía una nueva barrera en nuestra comprensión
del Universo. Su reputación como un nuevo nombre prometedor en el mundo de la
física era reforzada a cada nuevo paso adelante. Y ahora tenía un hijo que
añadir a la felicidad de su vida matrimonial
Para Jane, esos acontecimientos no eran tan
exaltantes. Sobre ella recaía el peso de criar al hijo, mantener el hogar en
condiciones y cuidar de un esposo severamente incapacitado que no podía hacer
nada para ayudarla. Se cita que dijo:
Cuando me casé con él sabía que no tendría la
posibilidad de seguir una carrera, que nuestra casa sólo podría albergar una
carrera y que ésa tenía que ser la de Stephen. Sin embargo, debo decir que lo
hallé muy difícil y muy frustrante en esos primeros años. Sentía que a mí se me
caía la casa encima, mientras Stephen obtenía todos los brillantes premios[28].
En otra ocasión dijo:
Puedo imaginar lo frustrante que debe ser para las
esposas de algunos físicos cuando esperan ayuda de sus esposos corporalmente
capaces y ésta no llega. No me hago ilusiones al respecto, así que no me
preocupo innecesariamente por ello[29].
Sin embargo, aún tendrían que transcurrir varios
años antes de que las inevitables tensiones que se estaban acumulando aflorasen
a la superficie.
La pareja decidió comprar la casa de Little St.
Mary's Lane. Hawking se tragó su orgullo y volvió al tesorero de Caius para
pedir una hipoteca al college. Efectuaron una inspección de la
propiedad, decidieron que no sería una buena inversión y la rechazaron. Una vez
más, su status como becario le estaba facilitando muy pocos privilegios en la
«vida real». Sin desanimarse por ello, fueron a una sociedad inmobiliaria y les
fue concedida una hipoteca. Los padres de Stephen les prestaron el dinero para
acondicionar la casa, y el grupo habitual de amigos ayudó una vez más, esta vez
empapelando y pintando. Aunque la casa era pequeña, siguieron en ella durante
un cierto número de años hasta que, a mediados de los setenta, empezó a ser
demasiado pequeña para la creciente familia. Pero, mientras tanto, sirvió a sus
propósitos tan bien como lo había hecho desde un principio. Nuevamente
decorada, era aún más acogedora que cuando la alquilaron y ―eso era lo más
importante― ahora era su propia casa, que les proporcionaba un seguro entorno
en el que podían empezar a levantar una familia.
Los años sesenta fueron una época espléndida para
vivir y ser joven. Fueron una época de tremendas, aunque en algunos aspectos
mal situadas, esperanzas, una era de un nuevo despertar a dos décadas del fin
de la segunda Guerra Mundial y de todas las privaciones que siguieron, una
época de nuevos inicios de cosas y de optimismo en todas las esferas de la
vida. La segunda mitad de la década fue el heraldo de la primera auténtica
revolución contracultural en Occidente, un hervidero de nueva música, nuevo arte
y nueva literatura. Unos pocos años antes, el juicio que siguió a la censura
de El amante de Lady Chatterley, de D. H. Lawrence, había visto
cómo la presa del elitismo y la moral victorianos reventaban con la pregunta
mundial: « ¿Es un libro que desearía usted que leyera su esposa o su
sirviente?» Los Beatles, los Rolling Stones y, así parecía, la mitad de la juventud
en Gran Bretaña y los Estados Unidos experimentaban con drogas psicodélicas;
los vestidos se llevaban más cortos, el pelo más largo.
Los Hawking y sus amigos en Cambridge mostraban
poco interés en la moda y la música pop, aunque Jane era una entusiasta de la
minifalda y los últimos estilos de peinado. Pero en el mundo de la ciencia las
cosas también se estaban moviendo. George Ellis recuerda claramente haber
presenciado el vuelo inaugural del Concorde británico, el 002, en abril de
1969, y haberse sentido lleno de excitación ante la nueva tecnología que estaba
arrasando el mundo. Luego, sólo unos pocos meses más tarde, todo el mundo permaneció
sentado, pegado a la pantalla de sus televisores, para ver el «pequeño primer
paso» de Neil Armstrong cuando el módulo lunar, el Eagle, se posó en el Mar de
la Tranquilidad, a 385.000 kilómetros de distancia en la superficie de la Luna.
―El Eagle ha aterrizado ―dijo
Armstrong―. La superficie es como polvo fino. Tiene una suave belleza propia,
como un desierto de los Estados Unidos. ―En aquel momento, cualquier cosa
parecía posible.
Los Hawking y los Ellis fueron juntos de vacaciones
en 1969. Las vacaciones en el extranjero se pusieron de pronto de moda debido a
unos precios drásticamente reducidos, y estaba muy de moda contratar un viaje
«todo incluido» a destinos España o sus islas adyacentes, en especial Mallorca.
Las dos familias volaron al aeropuerto de Palma, en Mallorca, y se tomaron un
corto respiro caminando entre los aún no contaminados bosquecillos de
almendros, probando el vino local y tomando el sol en las claras y tranquilas
playas, casi intocadas por los anglosajones visitantes y ciertamente por los
engullidores de cerveza barata.
Hawking estaba trabajando más intensamente que
nunca, y eso pagaba dividendos. En 1966 ganó el premio Adams por un ensayo
titulado Singularidades y la geometría del espacio tiempo. Buena
parte de su investigación durante este período era una continuación del trabajo
que había dado origen al sorprendente último capítulo de su tesis doctoral.
Pasaba la mayor parte de su tiempo en colaboración con Roger Penrose, que por
aquel entonces era profesor de matemáticas aplicadas en el Birkbeck College de
Londres.
Una de las principales dificultades a las que se
enfrentaban ambos era que tenían que diseñar nuevas técnicas matemáticas a fin
de llevar a cabo los cálculos necesarios para verificar sus teorías, para
hacerlas empíricamente interesantes y no simples ideas. Einstein se había
enfrentado a un problema similar cincuenta años antes con las matemáticas de la
relatividad general. Él, como Hawking, no era un matemático particularmente
brillante. Por fortuna para Hawking, sin embargo, Penrose sí lo era. De hecho,
era fundamentalmente un matemático antes que un físico, pero a un nivel
profundo en el que los dos temas se volvían casi indistinguibles.
El enfoque de ambos hombres es distinto por
completo. La forma de trabajar de Hawking es primordialmente intuitiva: sabe si
una idea es correcta o no. Tiene un sorprendente sentido del tema, un poco como
un músico tocando de oído. Penrose piensa y trabaja de una forma distinta, más
como un concertista de piano siguiendo una partitura musical. Los dos enfoques
encajaban perfectamente, y pronto empezaron a producir algunos resultados muy
interesantes sobre la naturaleza del universo primitivo. Como dice Dennis
Sciama: « [Las teorías] requerían métodos eruditos, al menos según los
estándares de los físicos teóricos». A Penrose le gustaba trabajar en una línea
altamente visual, utilizando diagramas y fotos, lo cual le iba muy bien a
Hawking. Siempre se sentía más a sus anchas con representaciones visuales que
con fórmulas matemáticas. También era mucho más fácil para él manipular esas
fotos antes que intentar trabajar con ecuaciones que no podía escribir y que
tenía que retener en su cabeza.
Desde sus días de estudiante, Hawking había sido un
ferviente seguidor del filósofo Karl Popper. El principal empuje de la
filosofía de Popper a la ciencia es que el enfoque tradicional al tema, «el
método científico» tal como fue expuesto originalmente por los contemporáneos
de Newton y Galileo, es de hecho inadecuado.
El enfoque tradicional a la ciencia puede
subdividirse en seis estadios. Primero viene una observación o un experimento.
Los científicos intentan luego diseñar una teoría general qué explique por
inducción lo que han observado, y siguen proponiendo una hipótesis basada en su
teoría general. A continuación sigue un intento de verificar esta hipótesis
mediante una posterior experimentación. La teoría general es así probada o no,
y el científico supone la verdad o no sobre el asunto hasta que se demuestra su
error.
(Popper examina este proceso, y sugiere el
siguiente enfoque. Toma un problema. Propón una solución o una teoría para
explicar lo que ocurre. Elabora qué proposiciones comprobables puedes deducir
de tu teoría. Lleva a cabo las pruebas o experimentos sobre estas deducciones a
fin de demostrarlas, sino de refutarlas. Las refutaciones, combinadas con la
teoría original, darán como resultado una teoría mejor.
La diferencia primaria entre los dos enfoques es
que, de acuerdo con el método científico tradicional, y tras efectuar una
observación, el científico intenta verificar una teoría mediante más
experimentación. En el sistema de Popper, el científico intenta refutar la
teoría en un intento de hallar otra mejor. Es este aspecto del pensamiento de
Popper lo que es tan atractivo para Hawking y muchos otros científicos, y a
menudo lo ha aplicado a su propio trabajo científico. El escritor científico
Dennis Overbye le preguntó en una ocasión cómo funcionaba su mente. Como
respuesta, Hawking dijo:
A veces hago una conjetura y luego intento
demostrarla. Muchas veces, en el intento de demostrarla, hallo un
contraejemplo, y entonces tengo que cambiar mi conjetura. A veces es algo sobre
lo que otras personas han hecho intentos. Descubro que muchos trabajos son
oscuros y simplemente no los comprendo. Así, tengo que intentar traducirlos a
mi propia manera de pensar. Muchas veces tengo una idea y empiezo a trabajar en
un artículo sobre ella, y luego me doy cuenta a medio camino de que allí hay
mucho más.
Trabajo mucho por intuición, con el pensamiento de que, bueno, una cierta idea
tiene que ser correcta. Luego intento demostrarla. A veces descubro que estoy
equivocado. A veces descubro que la idea original estaba equivocada, pero eso
me conduce a nuevas ideas. Hallo una gran ayuda discutiendo mis ideas con otras
personas. Aunque no contribuyen en nada, sólo tener que explicárselo a alguien
me ayuda a elegir por mí mismo[30].
Poco sabía, a finales de los años sesenta, lo
importantes que sus ideas demostrarían ser pronto.
Capítulo VII
Soluciones singulares
Durante los años sesenta, cuatro nuevos
desarrollos, dos de ellos relativos a los agujeros negros y dos cosmológicos,
condujeron a un resurgir del interés hacia las soluciones singulares a las
ecuaciones de Einstein. Como resultado del trabajo estimado por estos
desarrollos, en especial la colaboración entre Hawking y Roger Penrose, los
físicos se dieron cuenta, a principios de los setenta, que tenían que llegar a
un acuerdo con lo impensable: la predicción de la teoría general de la
relatividad de que pueden existir en el universo puntos de densidad infinita
―singularidades― no indica, después de todo, un fallo en esas ecuaciones, y las
singularidades podían existir realmente. Peor aún, para aquellos que todavía
intentaban aferrarse a una imagen más antigua de la realidad, porque el propio
universo parece ser un agujero negro visto desde dentro del horizonte de
Schwarzschild, podía haber de hecho una singularidad en el comienzo del tiempo
que podía no estar oscurecida de nuestra vista..., una singularidad «desnuda».
Todo empezó con el descubrimiento de los cuásares en 1963. La historia de los
cuásares empezó en realidad el último día de 1960. Durante los años cincuenta,
los astrónomos que usaban telescopios sensibles a las ondas de radio, en vez de
a la luz visible, habían identificado muchos objetos en el universo que
producen una gran cantidad de ruido de radio. Algunos de esos objetos eran
también visibles como galaxias brillantes, y eran conocidos como radio
galaxias, pero otros todavía no habían sido identificados con ningún objeto
visible conocido. Entonces, a finales de 1960, el astrónomo norteamericano
Allan Sandage informó que una de las radiofuentes descubiertas durante un
barrido efectuado por los radio-astrónomos en Cambridge, Inglaterra (y conocida
como 3C48) podía ser identificada no con una galaxia distante, sino con lo que
parecía ser una estrella brillante. A lo largo de los años siguientes se
identificaron más de esas radio-«estrellas», pero nadie podía explicar cómo
producían el ruido de radio. Entonces, en 1963, Maarten Schmidt, que trabajaba
en el observatorio de Monte Palomar, en California, explicó por qué otro de
esos objetos, conocido como 3C273, tenía un espectro de lo más inusual.
Todas las estrellas (y otros objetos calientes)
revelan su composición por la naturaleza de la luz que emiten. Cada tipo de
átomo, como el hidrógeno, el helio o el oxígeno, absorbe o emite energía sólo
con longitudes de ondas muy precisas, debido a los efectos cuánticos
mencionados en el capítulo II. Así, cuando la luz de una estrella o galaxia se
convierte, usando un prisma, en un espectro, vemos que éste se halla cruzado
por una serie de líneas oscuras y brillantes en diferentes longitudes de onda,
correspondientes a la presencia de átomos de distintos elementos en la
atmósfera de la estrella (o en las estrellas que forman la galaxia). Esas
líneas espectrales son tan características como las huellas dactilares, y para
cada tipo particular de átomo siempre se producen las mismas longitudes de
ondas distintivas.
Los astrónomos sabían ya, sin embargo, que esas
líneas espectrales se desplazan un poco hacia el lado rojo del espectro en la
luz de las galaxias de fuera de la Vía Láctea. Este famoso «desplazamiento
hacia el rojo» es causado por la expansión del Universo, que estira el espacio,
y en consecuencia estira las longitudes de onda de la luz en route hacia
nosotros desde una galaxia distante. De hecho, fue ese descubrimiento del
desplazamiento hacia el rojo lo que les indicó a los astrónomos que el Universo
tenía que estar expandiéndose, tal como habían predicho las ecuaciones de
Einstein, pero el propio Einstein se había negado al principio a creerlo.
El hecho de que la luz de 3C273 sufriera ese
desplazamiento hacia el rojo ―el descubrimiento que hizo Maarten Schmidt― no
era ninguna sorpresa; pero la intensidad del desplazamiento, casi un 16 por
ciento, hacia el rojo del espectro, sorprendió a los astrónomos en 1963. Los
desplazamientos hacia el rojo típicos de las galaxias son mucho menores que
eso, aproximadamente un 1 por ciento, o 0,01. Ante la comprensión de que eran
posibles desplazamientos hacia el rojo de tal magnitud, fueron reexaminadas otras
posibles radio «estrellas», y resultó que todas mostraban desplazamientos
similares o incluso mayores. 3C48, por ejemplo, tiene un desplazamiento hacia
el rojo de 0,368 (cerca del 37 por ciento), más de dos veces el de 3C273, y el
desplazamiento récord está en la actualidad por encima del 4 (en otras
palabras, la luz de los más distantes cuásares conocidos es estirada más de
cuatro veces su longitud de onda original).
En el Universo en expansión, el desplazamiento
hacia el rojo es una medida de la distancia (cuanta más distancia tiene que
recorrer la luz hasta nosotros más se verá estirada por la expansión del
Universo). (Así, esos objetos no eran en absoluto estrellas, sino algo
desconocido hasta entonces..., objetos que parecían estrellas pero estaban muy
lejos, en la mayoría de los casos mucho más lejos que las galaxias conocidas.
Pronto empezaron a ser conocidos como objetos cuasi estelares, o «cuásares».
Para poder ser visibles a las enormes distancias
implicadas por sus desplazamientos hacia el rojo, los cuásares han de producir
prodigiosas cantidades de energía. Uno típico brilla con el resplandor de
trescientos millones de estrellas como el Sol, tres veces más brillante que
toda nuestra Vía Láctea, tras buscar en vano formas alternativas de explicar la
potencia de los cuásares, los astrónomos se vieron forzados, reluctantes, a
considerar la posibilidad de que pudieran ser agujeros negros. Ahora sabemos que
cada cuásar es un agujero negro que contiene al menos cien millones de veces
tanta masa cómo nuestro Sol, toda ella metida en un volumen de espacio de
aproximadamente el mismo diámetro que nuestro Sistema Solar. (Éste es
exactamente el tipo de gran agujero negro de baja densidad descrito en el
capítulo V.) En realidad; cada uno de ellos se halla en el corazón de una
galaxia ordinaria, y se alimenta de todo el material estelar de la propia
galaxia. La tecnología cada vez más mejorada de los telescopios ha permitido,
en varios casos, fotografiar la propia galaxia que lo rodea, débil junto al
cuásar.
Aunque un centenar de millones de masas solares es
una cantidad enorme según los estándares cotidianos, sigue representando tan
sólo una décima parte de un 1 por ciento de la masa de la galaxia padre en la
que se aloja un cuásar. Cuando un objeto así engulle materia, tanto como la
mitad de la masa de la materia puede convertirse en energía, en línea con la
famosa ecuación de Einstein E = mc2. Como vimos en el
capítulo V, el factor c2 es tan enorme que
corresponde a una ingente cantidad de energía. Este proceso de producción de
energía es tan eficiente que aunque tan sólo un 10 por ciento de la masa que
cae en él resulte convertida realmente en energía, un cuásar puede resplandecer
tan brillante como trescientos mil millones de soles, un brillo suficiente para
ser visto a través de las enormes extensiones del espacio intergaláctico,
aunque sólo engulla una o dos masas solares de materia cada año. La materia
forma un enorme, ardiente y girante disco en torno al agujero negro en sí. Este
disco es de donde procede la energía que produce el ruido de radio y la luz
visible, aunque el agujero en sí, como su nombre implica, es negro. Y con un
centenar de miles de millones de estrellas que devorar, aunque un cuásar sólo
devore un 1 por ciento de la masa de la galaxia padre, puede brillar con ese
fulgor durante mil millones de años.
* * * *
La existencia de cuásares muestra que los agujeros
negros grandes y de baja densidad existen realmente, En 1967, cuatro años antes
de que se midiera el desplazamiento hacia el rojo de 3C273, los
radio-astrónomos de Cambridge consiguieron otro gran avance con el
descubrimiento de las radio fuentes de variación rápida que pronto serían
conocidas como «púlsares». Y, aunque los púlsares no son agujeros negros,
abrieron los ojos de muchos astrónomos a la posibilidad de que pudieran existir
también agujeros negros súper densos y compactos, tal como predecía la teoría
de la relatividad general.
Los primeros púlsares fueron descubiertos por una
estudiante investigadora, Jocelyn Bell, mientras probaba un nuevo
radiotelescopio. Lo más sorprendente acerca de esas radiofuentes es que se
encienden y se apagan varias veces por segundo (algunas de ellas incluso varios
cientos de veces por segundo) con exquisita precisión. Esto es algo tan
parecido a una señal artificial, una especie de metrónomo cósmico, que, sólo
medio en broma, los primeros púlsares descubiertos fueron etiquetados como «LGM
1» y «LGM 2», en donde las iniciales «LGM» se referían a «Little Green Man»,
hombrecillo verde. A medida que se descubrieron más, sin embargo, resultó claro
que había demasiados para ser explicados como radiofaros de un tráfico
interestelar instalados por alguna súper civilización, y el nombre aceptado se
convirtió en pulsar, de una contracción de «pulsating radio source»,
radiofuente pulsante, y porque el nombre emparejaba con quásar.
Pero, ¿qué fenómeno natural podía producir tales
rápidas y regulares pulsaciones de ruido en las frecuencias de radio? Sólo
había dos posibilidades. Las pulsaciones tenían que señalar o bien una
rotación, o la vibración de una estrella muy compacta. Cualquier cosa mayor que
una enana blanca giraría o vibraría con toda seguridad de una forma demasiado
lenta para explicar la velocidad de los púlsares conocidos, y las enanas
blancas que giraban fueron descartadas pronto: un simple cálculo mostró que una
enana blanca que girara tan rápido se haría pedazos.
Durante un corto tiempo, a principios de 1968,
pareció que las vibraciones de una enana blanca, literalmente encendiéndose y
apagándose en su pulsación, podían explicar las variaciones del ruido de radio
de los púlsares. Pero resultaba muy fácil calcular el ritmo máximo al que una
enana blanca podía pulsar sin hacerse pedazos. De hecho, uno de nosotros (J.
G.) hizo eso exactamente como parte de su trabajo de doctorado, la respuesta
fue decepcionante (para él) pero concluyente: las enanas blancas simplemente no
podían pulsar a la velocidad requerida. Lo cual significaba que las estrellas
involucradas en el fenómeno pulsar tenían que ser más compactas aún, y más
densas, que las enanas blancas.
En pocas palabras, tenían que ser estrellas de
neutrones, como predecía la teoría, pero nunca antes descubiertas. Al cabo de
unos meses del anuncio del descubrimiento de los púlsares, quedó establecido
que esos objetos eran en realidad estrellas de neutrones que giraban,
definitivamente dentro de nuestra galaxia, produciendo haces de ruido de radio
que barrían la Tierra como el haz de luz de un faro. Son creados por las
explosiones de estrellas gigantes tales como las supernovas. Y, como los
teóricos fueron muy conscientes desde un principio, la misma teoría que predijo
la existencia de las estrellas de neutrones, una predicción que había sido
completamente ignorada durante treinta y tantos años, predecía también que,
añadiendo sólo un poco más de masa a una estrella de neutrones (o disponiendo
de unos pocos residuos más dejados por la explosión de una supernova), podíamos
crear un colapsar.
No es una coincidencia que John Wheeler acuñara el
término «agujero negro» en conexión con esto al año siguiente del
descubrimiento de los púlsales, porque la convicción de que los pulsares tenían
que ser estrellas de neutrones desencadenó una explosión de interés en
predicciones aún más exóticas que la teoría de la relatividad general. Esa
explosión fue precedida, sin embargo, por otro descubrimiento aún, efectuado
usando radiotelescopios, que confirmaba la realidad del propio Big Bang.
* * * *
Cuando el Universo se hallaba más comprimido,
estaba mucho más caliente del mismo modo que el aire en una bomba de bicicleta
está más caliente cuanto más comprimido se halla. El Big Bang era una bola de
fuego de radiación en la que la materia tenía inicialmente un papel
insignificante. Pero, a medida que el Universo se expandía y enfriaba, la
radiación se fue desvaneciendo, y la materia, en forma de estrellas y galaxias,
llegó a dominar la escena.
Todo esto era sabido por los astrónomos en los años
cuarenta y cincuenta. George Gamow y sus colaboradores efectuaron incluso un
cálculo aproximado de a qué temperatura esta radiación residual debía de
haberse enfriado en la actualidad. En 1948, llegaron a una cifra de unos 5ºK
(-268ºC). En 1952, Gamow se mostró inclinado a pensar que podía ser algo más
alta, y en su libro La creación del Universo dijo que la temperatura debería
estar en algún punto por debajo de los 50ºK. Pero, 5ºK o 50ºK, seguía siendo una
temperatura muy baja, y en los años 50 nadie contemplaba seriamente la
posibilidad de intentar detectar este eco de la creación, un frío mar de fondo
de radiación que llenaba todo el universo dejado por el Big Bang.
A principios de los años sesenta, sin embargo, la
posibilidad de medir realmente la intensidad de esta relación de fondo, y en
consecuencia poner a prueba el modelo del Big Bang, se le ocurrió a unos
cuantos astrónomos. Una forma de comprender cómo y por qué se ha enfriado la
radiación, es en términos del desplazamiento hacia el rojo. La radiación que
llenó el Universo en el Big Bang lo llena todavía, pero, puesto que el espacio
se ha dilatado desde entonces, las ondas que crean esa radiación han tenido que
dilatarse de una forma correspondiente a fin de llenar el espacio disponible.
Esto significa que la energía que empezó en forma de rayos X y rayos gamma
estaría ahora en forma de microondas, con longitudes de onda en torno a 1
milímetro. Ése es precisamente el tipo de ondas de radio usado en algunas
comunicaciones y en el radar. Con la tecnología desarrollada para las
comunicaciones por radar y radio, y el rápido desarrollo asociado de la
radioastronomía, los investigadores tanto de la Unión Soviética como de los
Estados Unidos vieron que la radiación de fondo predicha por el modelo del Big
Bang podía ser detectable, y se dedicaron a diseñar y construir
radiotelescopios capaces de hacer el trabajo.
Pero empezaron un poco demasiado tarde. El equipo
norteamericano, con base en la Universidad de Princeton, estaba encabezado por
Robert Dicke, que había trabajado en el radar durante la Segunda Guerra
Mundial. A principios de los años sesenta dedicó un equipo de jóvenes
investigadores a la tarea de construir un detector de microondas de fondo a
partir de una versión puesta al día del equipo que él había ayudado a diseñar
durante la guerra. En 1965 las cosas progresaban magníficamente, cuando Dicke
recibió una llamada telefónica de un joven investigador de los «Laboratorios
Bell», justo a 50 kilómetros de Princeton. El que llamaba, Arno Penzias,
deseaba el consejo de Dicke sobre algunas desconcertantes interferencias de
radio que Penzias y su colega Robert Wilson habían estado recibiendo en su
radiotelescopio de los «Laboratorios Bell», desde mediados de 1964.
Penzias y Wilson habían estado utilizando una
antena diseñada para ser usada con los primeros satélites de comunicaciones,
modificada para actuar como radiotelescopio. Descubrieron que, apuntaran donde
apuntasen el telescopio en el cielo, parecían recibir una señal que
correspondía a una radiación de microondas con una temperatura justo por debajo
de los 3K. Tras comprobar todo lo que pudieron pensar que podía ir mal en el
telescopio (incluido limpiar las cagadas de palomas de la antena, en caso de
que fuera eso lo que causaba la interferencia), abandonaron y llamaron a Dicke,
un experto en microondas, para preguntarle si tenía alguna idea de lo que
ocurría.
Dicke se dio cuenta muy pronto de que Penzias y
Wilson habían detectado, de hecho, la radiación de fondo dejada por el Big
Bang. El detector de Princeton, completado apresuradamente un poco más tarde,
confirmó el descubrimiento, y pronto los radioastrónomos de todo el mundo
estaban sobre ello. Ahora sabemos que de hecho el Universo está lleno con un
débil silbido de radiación de fondo de microondas, con longitudes de onda en
torno a 1 milímetro, que corresponde a una temperatura de 2,73ºK.
Fue este descubrimiento lo que abrió los ojos de
los cosmólogos a la realidad del modelo del Big Bang: no sólo un modelo,
después de todo, sino una exacta descripción del Universo real en el que
vivimos. Primero, la existencia de la radiación de fondo, mostraba que
realmente había habido un Big Bang; luego, usando las mediciones exactas de la
temperatura de esa radiación hoy, fue posible ir hacia atrás hasta el Big Bang
para calcular la temperatura exacta de la bola de fuego en sí. Fuimos un poco
por delante de nuestra historia en el capítulo V, cuando descubrimos los
primeros minutos de vida del Universo: la exactitud de esa descripción, que
data de mediados los setenta, depende en parte del conocimiento que tenemos hoy
de la temperatura exacta de la radiación de fondo. Pero hay algo más,
significativo también, acerca de esa descripción de los primeros estadios del
Universo. Los primeros tres minutos no fue escrito por un especialista en
cosmología, ni siquiera por un astrónomo, sino por un físico de la corriente
dominante, el ganador del premio Nobel Steven Weinberg.
Antes de 1965, la cosmología era un tranquilo
remanso de la ciencia, casi un pequeño gueto donde unos cuantos matemáticos
podían jugar con sus modelos sin irritar a nadie. Hoy, un cuarto de siglo más
tarde, el estudio del Big Bang se halla en el centro de la corriente dominante
de la física y la cosmología del Big Bang es vista como algo que ofrece la
clave de la comprensión de las leyes y las fuerzas fundamentales a través de
las que actúa el mundo físico. Gracias a las mediciones de la radiación de fondo
podemos estar seguros acerca de cómo fueron sintetizados los núcleos en el Big
Bang. Y fueron los primeros cálculos de este tipo efectuados después del
descubrimiento de la radiación de fondo los que convencieron a muchos físicos
(no sólo cosmólogos) de que la cosmología del Big Bang caliente tenía que ser
tomada en serio como descripción del Universo.
* * * *
Esos cálculos no fueron algo maquinado
apresuradamente a la luz del descubrimiento de la radiación de fondo, sino que
representan, la culminación de más de diez años de trabajo. En los cincuenta,
inspirados por el liderazgo de Fred Hoyle, un equipo de investigadores
británicos y norteamericanos habían estado calculando como se sintetizan dentro
de las estrellas todos los elementos más complejos que el helio. Se trataba de
un sorprendente tour de force. En esencia, el proceso consiste en
unir núcleos de helio-4 para construir núcleos más complejos. Algunos de los
núcleos complejos, luego, escupen o absorben el protón impar, convirtiéndose en
núcleos de otros elementos.
Como hemos mencionado en el capítulo V, sin embargo
hay un cuello de botella en este proceso en sus primeros estadios. No se puede
crear ningún núcleo estable uniendo dos núcleos de helio-4, y es por eso por lo
que la nucleosíntesis se detuvo con el helio en el Big Bang. Hoyle halló una
forma de eludir este cuello de botella, vía extremadamente raras colisiones de
tres núcleos de helio-4 casi simultáneamente. Esto hace posible crear un núcleo
de carbono-12, pero sólo sí las energías (velocidades) del núcleo de helio-4
son las correctas. Las energías son las correctas dentro de las estrellas,
gracias a un inusual efecto cuántico conocido como una resonancia. Nadie se
había dado cuenta de eso hasta que Hoyle explicó cómo podía producirse el paso
crucial en la cadena. Predijo la existencia de esa crucial resonancia, que
luego fue descubierta durante experimentos aquí en la Tierra. Junto con sus
colegas, Hoyle explicó entonces cómo todo se forma a partir del hidrógeno y el
helio dentro de las estrellas..., incluidos los átomos de nuestro cuerpo, y los
de este libro.
En una de las más extrañas decisiones jamás
efectuadas por un comité del premio Nobel, uno de los colegas de Hoyle, Willy
Fowler, recibió más tarde, en 1983, el premio Nobel de Física (compartido con
S. Chandrasekar) por este trabajo. Fowler es un excelente físico por derecho
propio, y fue un miembro clave del equipo. Pero él es el primero en reconocer
que fue Hoyle quien dio el paso de gigante clave con la producción del
carbono-12, y fue la inspiración de los esfuerzos de todo el equipo.
Desgraciadamente, más adelante en su carrera, Hoyle abrazó algunas ideas
decididamente no convencionales acerca de la posibilidad de que las epidemias
de la Tierra pudieran ser causadas por virus procedentes de cometas. Al
parecer, el Comité del Premio Nobel, en su sabiduría (?), decidió no darle la
parte del Nobel de Física que le correspondía junto con Fowler por miedo a
parecer que daba credibilidad a lo que consideraban como su trabajo más
excéntrico. Al menos las instituciones británicas, abandonando por una vez su
engolada imagen, reconocieron a Hoyle por lo que valía y le concedieron el
título de caballero. Todo esto, sin embargo, se hallaba muy en el futuro en
1967, cuando Fowler, Hoyle y su colega Robert Wagoner echaron el glaseado de
azúcar al pastel de la nucleosíntesis.
El problema con la historia de la nucleosíntesis
estelar tal como se desarrolló en los años cincuenta era que no podía explicar
de dónde procedía el helio. Empezando con estrellas en las cuales el 75 por
ciento del material era hidrógeno y el 25 por ciento helio, la teoría podía
explicar perfectamente la presencia de todos los demás elementos, e incluso
podía explicar por qué algunos elementos son más comunes que otros, y hasta qué
punto mucho más comunes. Pero todo ello empieza con la resonancia triple-helio/carbono-12,
y sin ese 25 por ciento inicial de helio las estrellas no serían capaces de
elaborar el resto de los elementos. Fueron Wagoner, Fowler y Hoyle quienes
mostraron juntos que el tipo de Big Bang que dejaría una radiación de fondo con
una temperatura de 2,73ºK en la actualidad produciría también una mezcla de un
25 por ciento de helio y un 75 por ciento de hidrógeno al final de los primeros
cuatro minutos.
Sus descubrimientos fueron desvelados en una
reunión en Cambridge, en 1967. Uno de nosotros (J. G.) estaba presente, como un
muy joven estudiante investigador, algo maravillado ante la ocasión. Recuerda
claramente las profundas preguntas que se formularon en la reunión por parte de
otro miembro de la audiencia, un investigador algo mayor que él pero aún joven,
que parecía tener un ligero impedimento en el habla, pero cuyas palabras eran
escuchadas atentamente por los más eminentes investigadores de la tarima.
Stephen Hawking era ya conocido por ser alguien a quien valía la pena escuchar,
incluso en aquel primer estadio de su carrera. Y la razón para su intenso
interés en la cosmología del Big Bang se hizo pronto evidente cuando se
publicaron los resultados de la investigación que estaba llevando a cabo con
Roger Penrose.
* * * *
Hawking había empezado a interrogarse sobre la
singularidad al comienzo del tiempo a principios de los sesenta, pero pronto se
había desviado del tema, como hemos visto, por el diagnóstico de su enfermedad,
que le hizo abandonar temporalmente su trabajo. Pero, en 1965, las cosas iban
mejor. Había decidido que, después de todo no iba a morir tan rápidamente como
los médicos le habían predicho; había conocido a Jane y se había casado con
ella; y estaba de vuelta al trabajo con más ímpetu que nunca. Era una de las
pocas personas, en aquella época, que se tomaba en serio las predicciones más
extremas de la teoría general de la relatividad. Dos años después de la
identificación del primer cuásar (pero antes de que se explicara su fuente de
energía), y dos años antes del descubrimiento de los pulsares, sólo un puñado
de personas creían en la posibilidad de que existieran los agujeros negros, o
que el Universo hubiera nacido realmente de una singularidad.
Una de las pocas otras personas que se tomaban en
serio la idea de los agujeros negros era un joven matemático, Roger Penrose,
que trabajaba en el Birkbeck College de Londres. Fue Penrose quien mostró que
cada agujero negro tenía que contener una singularidad, y que no había ninguna
forma de que las partículas materiales se deslizaran entre las otras por en
medio del agujero. No sólo la materia, sino el propio espacio-tiempo
simplemente desaparecen en la singularidad. Las leyes de La física se rompen hasta
tal punto que es imposible predecir lo que ocurrirá a continuación.
Pero, como hemos visto, esto no necesita
preocuparnos demasiado, siempre que tales objetos extraños se hallen siempre
bien ocultos detrás del horizonte de un agujero negro. En este espíritu,
Penrose propuso una hipótesis de «censura cósmica», que sugería que todas las
singularidades debían de estar ocultas de este modo, y que «la naturaleza
aborrece una singularidad desnuda». En otras palabras, los observadores fuera
del horizonte del agujero negro se hallan siempre protegidos de cualquier
consecuencia del quebrantamiento de las leyes de la física en la singularidad.
Hawking se sintió intrigado por el trabajo de Penrose sobre las singularidades,
pero vio que no había ninguna forma en que el aborrecimiento de la naturaleza
hacia la singularidad pudiera escudarnos de ella al comienzo del tiempo..., si
existió. En 1965, ambos hombres unieron sus fuerzas para investigar ese
rompecabezas.
Antes de ello, los investigadores habían esperado
que, si uno intentaba hacer ir hacia atrás las ecuaciones que describían la
expansión del Universo, las cosas se volverían más y más complicadas a medida
que uno se acercaba al Big Bang. Las partículas entrarían en colisión y
rebotarían unas contra otras, produciendo una bola de fuego caótica y
desconcertante. Para mucha gente eso parecía la forma ideal de hacer que un
modelo de universo alcanzara altas densidades sin hallar una singularidad.
Pero, a lo largo de los años siguientes, Hawking y Penrose desarrollaron una
nueva técnica para analizar la forma en que se hallan relacionados entre sí los
puntos del espacio-tiempo. Esto acabó con la confusión de las interacciones
desordenadas entre partículas materiales, e iluminó el significado subyacente
de la expansión (o colapso) del propio espacio.
El resultado final de este estudio fue su
demostración de que tenía que haber existido una singularidad en el comienzo
del tiempo, si la teoría de la relatividad general es la descripción correcta
del Universo. No hay forma de que las partículas en un Universo en contracción
pasen una al lado de la otra y eviten encontrarse en una singularidad dentro de
un agujero negro. Después de todo, cuando el espacio se encoge a un volumen
cero, literalmente no queda espacio para que las partículas se deslicen una al
lado de otra. En otras palabras, la expansión del Universo a partir de la
singularidad en el comienzo es realmente el opuesto exacto del colapso de la
materia (y el espacio tiempo) en una singularidad dentro de un agujero negro.
El censor cósmico tuvo un desliz, y hubo al menos una singularidad desnuda en
el Universo a la que nos vimos expuestos, aunque se hallara separada de
nosotros por quince mil millones de años.
Mientras Hawking y Penrose desarrollaban todo esto,
fue anunciado el descubrimiento de la radiación de fondo, se descubrieron los
pulsares, y Wagoner, Fowler y Hoyle explicaron cómo se había creado el helio en
el Big Bang. Cuando los teoremas Hawking-Penrose fueron publicados, John
Wheeler había dado a los astrónomos el término «agujero negro», y los
periódicos estaban llenos de historias sobre el fenómeno. Lo que se había
iniciado como una pieza esotérica (aunque erudita) de investigación matemática
había evolucionado a finales de los años sesenta hasta convertirse en una
contribución importante a uno de los más candentes temas de la ciencia de la
época.
Y, sin embargo, ésta era la auténtica primera pieza
de investigación de Hawking, surgida de su trabajo de doctorado, la pieza
oficial de su aprendizaje científico. ¿Con qué iba a salir a continuación? ¿Y
qué significaba decir que había habido un comienzo definido del tiempo en el
Big Bang? Parecía haber muy pocas perspectivas, sin embargo, de que el joven
investigador pudiera salir con nada de importancia comparable. El deterioro de
su condición física parecía estar condenando una larga carrera.
Capítulo VIII
Años de descubrimientos
Los años sesenta terminaron con Hawking obligado a
hacer una concesión a su condición física. Tras mucha persuasión por parte de
Jane y un buen número de amigos íntimos, decidió abandonar sus muletas y
aceptar una silla de ruedas. Para aquellos que habían observado su gradual
declive físico, aquello fue considerado un paso importante y visto con
tristeza. Hawking, sin embargo, se negó a dejar que eso le abrumara. Aunque la
aceptación de una silla de ruedas era un reconocimiento físico de su aflicción,
no le concedió ningún respaldo emocional o mental. En todos los demás sentidos,
la vida siguió como siempre. Y no pudo negar que aquello le permitía ir más
fácilmente de un lado para otro. El no ceder nunca a los síntomas de la ELA más
de lo que se veía obligado físicamente, formaba parte del enfoque de la vida de
Stephen Hawking. Como dijo Jane: «Stephen no hace ninguna concesión a su
enfermedad, y yo no le hago ninguna concesión a él» [31]. Ésa parece ser la forma en la que sobrevivió contra todas las
expectativas durante tantos años, y también cómo Jane consiguió permanecer
cuerda viviendo con él.
Antes, en 1968, Hawking fue invitado a formar parte
del personal del Instituto de Astronomía Teórica, alojado en un moderno
edificio en las afueras de Cambridge. Originalmente estaba dirigido por Fred
Hoyle, pero éste renunció a su puesto en 1972 tras una espectacular batalla
final con la administración de Cambridge. Esta vez la disputa fue sobre la
administración de la ciencia británica en general y la ciencia de Cambridge en
particular. Cuando Hoyle se fue, el Instituto se unió a los observatorios de Cambridge
y pasó bajo el control del profesor Donald Lynden-Bell. Bajo su liderazgo, el
«Teórica» fue apeado del nombre, y desde entonces ha sido el Instituto de
Astronomía. En el mismo año un joven radioastrónomo, Simon Mitton, fue nombrado
director administrativo del Instituto. Desde entonces trabajó estrechamente con
Hawking durante los años que éste pasó allí.
Hawking trabajaba en el Instituto tres mañanas a la
semana. Estaba demasiado lejos de Little St. Mary's Lane para ir en la silla de
ruedas. En vez de ello, consiguió un coche de inválido de tres ruedas, que
conducía hasta los suburbios por las calles principales. Mitton salía a
recibirle y le ayudaba a bajar del pequeño vehículo azul y a entrar en el
edificio principal. Hawking tenía su propia oficina y, a medida que crecía su
prestigio durante los siguientes años, una ristra de eminentes astrónomos y físicos
teóricos fue atraída al Instituto para conferenciar con él. Mitton le describe
como un imán humano en el mundo de la física. Tanto los estudiantes graduados
como los científicos profesionales de todo el mundo se sentían atraídos hacia
el Instituto, sobre todo, por su presencia allí.
Hawking nunca se sintió interesado por la
observación astronómica. Cuando era un no graduado en Oxford, había asistido a
un cursillo de vacaciones en el Real Observatorio de Greenwich, y había ayudado
al entonces astrónomo real, Sir Richard Wooley, a medir los componentes de las
estrellas dobles. Sin embargo, o así dice la historia, tras mirar por el
telescopio y no ver nada más impresionante que un par de brumosos puntos en un
campo de estrellas, se convenció de que la física teórica sería mucho más interesante.
Hasta hoy no ha mirado por un telescopio más que un puñado de veces. En el
Instituto de Astronomía, el trabajo en que se interesaba Hawking se realizaba
en su cabeza o con pluma, papel y ordenador.
Mitton recuerda que Hawking no era la persona más
fácil con la que trabajar. Le hallaba irritable e impaciente, y recuerda muy
poco del famoso ingenio y humor de Hawking. Al parecer, las secretarias también
le hallaban difícil y hubo muchas ocasiones en las que un ayudante recién
empleado acudió a ver a Mitton, al borde de las lágrimas, para quejarse de las
exigentes cargas de trabajo a las que era sometido. Hawking siempre deseaba que
las cosas estuvieran hechas para ayer. En tales ocasiones, Mitton tenía que
recordarse a sí mismo y a las secretarias que trabajaban para él que este
talante era quizás un síntoma de la condición del hombre.
Otros no estaban de acuerdo con ello. Roger Penrose
ha señalado exhibiciones de una sorprendente alegría y sentido del humor frente
a la adversidad. Ha visto a Hawking de mal humor, irritable e impaciente con
aquellos que le rodeaban, pero cree que mucha gente con ELA desarrolla un
mecanismo de compensación, un sistema que actúa como un antidepresivo. Quizás
estuviera más cerca de la realidad decir que el comportamiento de Hawking tiene
más que ver con su propio carácter que con cualquier efecto de su enfermedad.
Como el resto de nosotros, a veces se muestra seco e impaciente con aquellos
que le rodean, y no soporta de buen grado a los estúpidos. Debido a que trabaja
a un ritmo tan intenso y se exige tanto a sí mismo, espera que todos los demás
posean la misma energía e impulso. Quizá simplemente no congenió con las
secretarias en el Instituto de Astronomía.
Sin embargo, el Instituto parecía ser mucho más
consciente de su valía que su propio college. Las autoridades
hacían todos los esfuerzos posibles por ayudarle en su trabajo y por
compensarle por sus incapacidades físicas. Hicieron instalar un teléfono
automático en su oficina, pre programado para permitirle marcar diversos
números apretando un botón. Pero esto fue mucho antes de la tecnología digital,
y el dispositivo era en realidad poco más que una caja de trucos con un enorme
número de conductores y conexiones que salían de una caja de empalmes en el
rincón de la estancia. Los ingenieros de la Oficina de Correos necesitaron más
de una semana para instalarla.
En Cambridge se hablaba de Hawking y de su trabajo
incluso antes de que se uniera al Instituto de Astronomía Teórica. Había una
cierta aura a su alrededor. Mucho antes de que dejara su huella en la
cosmología, había entre los estudiantes graduados un aire de reverencia que
acompañaba el nombre de Stephen Hawking. Este primitivo discipulado ilustra el
inicio de un culto que ha rodeado muchas de las cosas que Hawking ha dicho y
hecho durante su carrera, incluso a principios de 1970, era posible ver que la
imagen del genio impedido, tan querida por los medios de comunicación, estaba
empezando a tomar raíces en las mentes de aquellos que estaban en la periferia
de la vida y el trabajo de Hawking. En vez de ver su imagen disminuir o
desvanecerse a medida que florecía su carrera, con cada nuevo logro creció su
status como el nuevo Einstein, el ser puramente cerebral atrapado dentro de un
cuerpo no operativo.
Mitton recuerda que, en su primer encuentro en
1972, el habla de Hawking se había deteriorado considerablemente. Era esencial
concentrarse mucho en lo que decía a fin de comprenderle. Mitton descubrió que
siempre tenía que mirar de frente a Hawking y observar lo que estaba diciendo
además de escuchar atentamente; e incluso así no resultaba fácil. La mejor
forma de comunicarse, descubrió Mitton, era formular preguntas que requerían
sólo una respuesta afirmativa o negativa. Así, en vez de preguntar: « ¿Cuándo
le gustaría ir a comer, Stephen?», era mucho más fácil decir: «Habíamos pensado
en ir a comer a las doce y media, ¿le parece bien?» Fischer Dilke, que escribió
y dirigió uno de los primeros documentales de televisión sobre Hawking, no está
de acuerdo. Dice que no hay nada que Hawking odie más que el que le formulen
ese tipo de preguntas, porque para él es un signo de que la persona con la que
está hablando no le trata de una forma normal. Le obliga solamente a responder
«sí» o «no», y él desearía, naturalmente, participar en una conversación
estándar.
* * * *
En retrospectiva, los años setenta pueden ser
contemplados como una década gris. Tras el optimismo y la esperanza de los
sesenta, Occidente, con la posible excepción de la Alemania del Oeste, se vio
sumido en la recesión; sólo en Japón una combinación de determinación de
posguerra, instinto hacia la aplicación comercial de la tecnología de Occidente
y trabajo duro, establecieron el patrón para un crecimiento industrial. La
economía de Gran Bretaña casi se hundió, martilleada por una serie de
desastrosas huelgas y trastornos políticos. La década empezó con un Gobierno
laborista, que duró hasta junio de 1970, cuando Edward Heath ganó por la mínima
a Harold Wilson en una victoria sorpresa, y terminó con un nuevo estilo de
gobierno tory en la forma de la primera mujer que ocupaba el cargo de Primer
Ministro en el país, la conservadora Margaret Thatcher.
En abril de 1970 el mundo contuvo el aliento cuando
el drama del Apolo XIII atrajo la atención de centenares de
miles de personas allá en el espacio, y la tullida nave espacial regresó
cojeando a casa y a la seguridad. En setiembre, un drama de un tipo muy
distinto se representó en el desierto de Jordania cuando los terroristas del
Oriente Medio volaron tres aviones de pasajeros. El mundo perdió una figura
carismática e influyente en la persona del héroe de los días escolares de
Hawking, Bertrand Russell, que murió a la edad de 97 años. Y fue en ese año que
Stephen Hawking empezó a dirigir su atención hacia los exóticos objetos
astronómicos recientemente apodados «agujeros negros», y se halló una vez más
colaborando con el matemático Roger Penrose.
Ocurre a menudo con los descubrimientos científicos
que un paso crucial hacia delante llega a través de la inspiración en un
momento inesperado, y Hawking se siente orgulloso de recordar la historia de
cuando le llegó su primer descubrimiento con respecto a los agujeros negros.
Poco después del nacimiento de su segundo hijo, una niña, Lucy, en noviembre de
1970, estaba pensando en los agujeros negros mientras se preparaba para irse a
la cama una noche. Como él mismo explica:
Mi incapacidad física hace que este proceso sea más
bien lento, así que tenía mucho tiempo. De pronto me di cuenta de que muchas de
las técnicas que Penrose y yo habíamos desarrollado para probar las
singularidades podían aplicarse a los agujeros negros[32]
Por aquel entonces, las ideas acerca de cómo era en
realidad un agujero negro eran más bien nebulosas, y tanto Penrose como Hawking
habían intentado llegar a alguna forma de delimitar qué puntos en el
espacio-tiempo estaba dentro de un agujero negro y cuáles estaban fuera. Era
justo cuando iba a meterse en la cama que se le ocurrió una solución obvia. La
respuesta al problema era en realidad una que afirma que Penrose había sugerido
originalmente, pero que no había aplicado a la situación que estaban estudiando.
Su desarrollo es descrito en el siguiente capítulo; baste decir aquí que la
resolución era tan excitante que Hawking durmió muy poco aquella noche. A
primera hora de la mañana siguiente estaba al teléfono llamando a Penrose.
Durante los siguientes dos años (como describimos
más completamente en el capítulo IX) ambos desarrollaron sus ideas acerca de la
física de los agujeros negros. A medida que trabajaban, no tardaron en ver que
la forma en que habían percibido originalmente la física de los agujeros negros
no era tan clara y nítida como debería. Abordarla correctamente requería que
quitaran las telarañas mentales de los confusamente recordados conceptos
físicos en los que no habían pensado desde sus días de estudiantes. En particular,
Hawking estaba adquiriendo un renovado interés en un campo llamado
termodinámica, desarrollado por Lord Kelvin y otros en el siglo XIX.
Nadie hubiera imaginado que la termodinámica tenía
alguna aplicabilidad en los agujeros negros. Como señala Dennis Overbye, «era
como si hubiera abierto el capó de un "Ferrari” y hubiera encontrado
dentro una antigua y traqueteante máquina de vapor» [33]. Resultaba ridículo: la termodinámica era usada para estudiar los gases
a presión, las transferencias de calor y la eficiencia de las máquinas de
vapor, no unos objetos tan exóticos como los agujeros negros. Poco se daba
cuenta Hawking por aquel entonces de que la termodinámica iba a tener una
enorme influencia en el futuro de la teoría de los agujeros negros, y al cabo
de poco tiempo le conduciría a su segunda confrontación científica importante
con otro físico.
A principios de 1973, Hawking y Penrose empezaban a
usar la termodinámica como una analogía para lo que estaba ocurriendo en un
agujero negro. Los científicos hacen eso a menudo: un modelo cotidiano les
ayuda a comprender situaciones tan extrañas como las halladas en una
singularidad. Sin embargo, un joven investigador llamado Jacob Beckenstein, que
trabajaba en la Universidad de Princeton, estaba llevando las cosas mucho más
lejos. No estaba contento con usar la termodinámica como una analogía, sino que
aplicaba sus preceptos de una forma literal. Y estaba obteniendo algunos
resultados muy interesantes.
Cuando Hawking descubrió el trabajo de Beckenstein
se sintió exasperado. Él había estado usando la termodinámica sólo como modelo
para lo que estaba ocurriendo, y consideraba totalmente ridículo llevarla más
allá y aplicarla realmente a los agujeros negros. Junto con su viejo amigo de
Cambridge, Brandon Carter, y el relativista norteamericano James Bardeen,
publicó un trabajo en la revista científica Communications in
Mathematical Physics que intentaba repudiar la sugerencia. La
discusión estuvo en toda la Prensa científica incluso del otro lado del Atlántico
durante varios meses. Hawking se sentía más y más irritado por lo que veía como
ideas absurdas por parte de Beckenstein. En respuesta a un artículo publicado
por Beckenstein, Hawking, Carter y Bardeen respondieron con uno propio,
titulado «Las cuatro leyes de la mecánica de los agujeros negros». Ambos
demostraron más tarde ser incompletos.
La mayoría de científicos se pusieron del lado de
Hawking y sus coautores, pero Beckenstein no se sintió desanimado por las
enormes filas de la comunidad científica alineadas contra él. Años más tarde
dijo de la confrontación:
En esos días de 1973, cuando se me decía a menudo
que me había encaminado en la dirección equivocada, extraje algo de consuelo de
la opinión de Wheeler de que «la termodinámica de los agujeros negros es una
locura, quizás una locura lo suficientemente grande como para que funcione»[34].
Hawking siguió creyendo que la idea de Beckenstein
era una simple locura..., al menos por un tiempo. Lo que le hizo cambiar fue
una serie de acontecimientos que le condujeron a una conclusión mucho más
importante acerca de los agujeros negros y le impulsaron a la vanguardia de la
física teórica. Pero eso fue medio año más tarde, y en el período intermedio
las discusiones prosiguieron.
Mientras tanto, Hawking hallaba cada vez más
difícil tratar con las matemáticas del asunto. Las ecuaciones para interpretar
la física de los agujeros negros eran sorprendentemente complejas, y en aquel
estadio de su enfermedad no podía usar ni papel ni pluma ni una máquina de
escribir. En vez de ello, se veía obligado a desarrollar técnicas para mantener
esa información en su mente y formas de manipular ecuaciones sin ser capaz de
escribirlas. Esa hazaña ha sido descrita por uno de los amigos y colaboradores
de Hawking, Werner Israel:
[El] logro es como si Mozart hubiera
compuesto y orquestado toda una sinfonía en su cabeza: cualquiera que viera las
líneas de complejas matemáticas que cubrieron la pizarra como notas musicales
en un reciente seminario apreciará la comparación [35]
Hawking tenía la gran ventaja de poseer una memoria
soberbia. En su libro El universo de Stephen Hawking, John
Boslough cuenta un incidente que demuestra la habilidad de Hawking de retener
información detallada en su cabeza:
Uno de los estudiantes de Hawking me dijo que,
mientras le conducía una vez en coche a Londres para una conferencia sobre
física, Hawking recordó el número de la página de un pequeño error que había
leído en un libro hacía años[36].
Otra anécdota describe cómo una secretaria que
trabajaba para Hawking se sorprendió cuando, en una ocasión, él recordó,
veinticuatro horas más tarde, un pequeño error que había cometido mientras
dictaba ―de memoria― cuarenta páginas de ecuaciones. Hawking no es el único en
poseer este talento. En 1983 asombró a los estudiantes de un seminario en el
Caltech, cuando dictó de memoria una versión de cuarenta términos de una
ecuación. Cuando su ayudante terminó de escribir el último término, su colega,
el premio Nobel Murray Gell-Mann, que estaba sentado entre el público, se puso
en pie y declaró que Hawking había omitido un término. Gell-Mann también
trabajaba de memoria.
Pese a sus incapacidades físicas, a principios de
los años setenta Hawking empezó a viajar extensamente. Su status como físico
había crecido con su trabajo en colaboración con Penrose, y era invitado con
frecuencia a dar charlas y dirigirse a seminarios en todo el mundo. Al mismo
tiempo, mientras crecía su reputación científica, la imagen de Hawking como un
luchador decidido, que llegaba hasta cualquier extremo a fin de ser tratado
como un ser humano normal, se estaba extendiendo mucho más allá de Cambridge.
Uno de sus más viejos e íntimos amigos, David
Schramm, que en la actualidad se halla en la Universidad de Chicago, tiene una
gran cantidad de anécdotas acerca de las hazañas de Stephen. Su recuerdo
favorito de principio de los setenta se refiere a la ocasión en que se dio
cuenta por primera vez del enorme potencial de divertirse de Stephen. Tras una
conferencia en Nueva York, Schramm llevó a los Hawking a una fiesta dada por un
amigo en Greenwich Village. Stephen disfrutó realmente de ella, bailó con Jane,
hizo girar su silla de ruedas por toda la habitación y se lo pasó en grande.
A Schramm le encanta también calificar a su amigo
de incorregible flirteador y describir sus ojos como tremendamente expresivos.
Las mujeres, afirma Schramm, siempre se mostraron muy interesadas en Stephen,
incluso antes de que su fama internacional atrajera la atención sobre él. De
hecho, la esposa de David Schramm, Judy, se sintió tremendamente impresionada
por él cuando se conocieron, y encontró que su habilidad de transmitir su
personalidad por medio de la expresión facial era extremadamente atractiva.
El interés de Hawking por el baile nunca ha
disminuido, y las fiestas anuales del college en Caius no serían las mismas sin
que él se uniera con los demás becarios y sus parejas en la pista de baile. Hoy
en día, pese a su elevada posición como profesor y director del DMAFT, todavía
puede vérsele en las fiestas de Navidad organizadas por los estudiantes,
bailando toda la noche. Su energía, tanto en el trabajo como en la diversión,
se ha convertido en una leyenda. Como dice David Schramm, Stephen es un auténtico
animal festivo.
* * * *
Entre los viajes a ultramar y el trabajo sobre los
agujeros negros con Roger Penrose, Hawking colaboró también con George Ellis en
un libro que finalmente se titularía The Large Scale Structure of
Spacetime. La idea del libro surgió en 1965, cuando Hawking trabajaba
todavía en su doctorado. Ellis recuerda que los dos habían redactado una lista
de futuros planes, que incluía «casarse» y «escribir juntos un libro de
cosmología». Puesto que ambos estaban atareados con otros proyectos y cambios
domésticos, el trabajo en el manuscrito avanzaba muy lentamente. Ellis pasó
algún tiempo en Hamburgo y luego en Boston, y ambos empezaron a verse cada vez
con menos frecuencia. A través de Dennis Sciama consiguieron asegurarse un
contrato con la Cambridge University Press, que precisamente estaba empezando
una serie de monografías de investigación de alto nivel dirigidas a los físicos
profesionales.
Se necesitaron seis años para terminar el
manuscrito. Se dividieron los distintos temas y trabajaron de forma
independiente, reuniéndose cuando podían para intercambiarse las contribuciones
de cada uno y hacer cambios cuando resultaba apropiado. Ellis se encargó de
todo el mecanografiado; cuando Hawking ya no pudo escribir, dictó su material a
Ellis, que lo escribía por él. George Ellis era uno de los asociados más
cercanos de Hawking que podía entender cómo hablaba, pero incluso a él le
resultaba a veces difícil. Pronto descubrió que le era mucho más fácil seguir
lo que decía Hawking en discusiones sobre temas científicos, cuando la
conversación consistía sobre todo en términos técnicos familiares. Era en las
conversaciones cotidianas, que podían versar sobre casi cualquier tema, donde
las cosas se ponían difíciles.
Debido a que The Large Scale Structure of
Spacetime tomó tanto tiempo en ser escrito, los acontecimientos los
superaron en un cierto número de áreas. En particular, el propio trabajo de
Hawking sobre los agujeros negros (en el que Ellis no estaba directamente
involucrado) había progresado más rápido de lo que ellos podían corregir el
texto. El libro trataba puramente de las teorías cosmológicas clásicas, pero en
el momento de su publicación, en 1973, Hawking había dado enormes pasos en la
interpretación cuántica de la física de los agujeros negros, y no fue hasta que
entró en su segunda edición que pudieron actualizar el texto. El libro causó
una gran conmoción en los círculos académicos e hizo mucho por el prestigio
general de la colección. De hecho, Hawking es considerado en la actualidad por
la Cambridge University Press como el autor más distinguido de su catálogo.
El libro es increíblemente complejo, completamente
ilegible excepto por los expertos que trabajen en el campo de la cosmología.
Hawking y Ellis no tenían intención de escribir un libro de divulgación y su
manuscrito encajaba completamente con esos requisitos. Sin embargo, una de las
historias preferidas en el departamento científico de la Cambridge University
Press cuenta la ocasión en la que un colega de Hawking aventuró su opinión
sobre la primera edición. Hawking y Simon Mitton regresaban a Cambridge de una
reunión de la Real Sociedad Astronómica en Londres, y se hallaron compartiendo
un compartimento del vagón con el radioastrónomo John Shakeshaft. Mientras el
tren salía de la estación, Shakeshaft, que estaba sentado en el asiento opuesto
a Hawking, se inclinó hacia delante y dijo:
―Bien, compré un ejemplar de su libro, Steve.
―Oh, ¿le gustó? ―preguntó Hawking.
―Bueno ―respondió Shakeshaft―, creí que podría
llegar hasta la página diez, pero me temo que sólo llegué hasta la cuatro antes
de abandonar.
Pese a la complejidad del libro, las últimas cifras
de ventas muestran que, desde su publicación, se han vendido 3.500 ejemplares
en tapas duras y más de 13.000 en rústica..., una de las monografías de
investigación más vendidas jamás publicadas por la Cambridge University Press.
Simon Mitton, que dejó el Instituto de Astronomía en 1977, es ahora el director
científico de la Cambridge University Press.
Sugiere que el libro ha sido comprado por un gran
número de estudiantes no graduados que lo han adquirido porque luce muy bien en
sus bibliotecas, pero que probablemente nunca han pasado más allá de la segunda
página de las apretadas ecuaciones. The Large Scale Structure of
Spacetime y otros libros técnicos posteriores de Hawking mostraron una
definida curva ascendente en sus ventas tras la publicación, muchos años más
tarde, de Historia del tiempo. Después de eso, el nombre original
del coautor, «S. W. Hawking», impreso en la cubierta, fue apresuradamente
cambiado a «Stephen Hawking», y las cifras de ventas experimentaron otra
subida.
* * * *
En el mundo de la investigación sobre los agujeros
negros, el trabajo avanzaba a un paso sorprendente, y Hawking estaba en la
vanguardia. Cada vez le resultaba más y más claro que la interpretación
puramente clásica de los agujeros negros era deficiente. En setiembre de 1973
visitó Moscú. El jefe del Instituto para los Problemas Físicos de la Academia
de Ciencias de la URSS, en Moscú, era un hombrecillo enérgico, calvo y con una
energía ilimitada llamado Yakov Boris Zeldovich. Él y su equipo habían estado trabajando
sobre los agujeros negros, en particular sobre la forma en que interactuaban
con la luz. Hawking regresó a Cambridge convencido de que estaban sobre algo,
pero lo estaban haciendo de forma equivocada. Como dijo muchos años más tarde,
«no me gustó la forma en que dedujeron su resultado, así que me dediqué a
hacerlo como correspondía»[37].
Lo que decidió intentar entonces fue algo
completamente revolucionario. Como vimos en el capítulo II, los dos grandes
pilares de la física del siglo XX son la mecánica cuántica y la relatividad,
pero se hallan en extremos opuestos del espectro en lo que a la física se
refiere. Hablan un lenguaje distinto, y nadie había conseguido reconciliar las
dos teorías. Pero en esto exactamente había puesto sus miras Hawking. Parecía
ser la única forma de avanzar si tenía que explicar el comportamiento de los
agujeros con las contradictorias ideas de Beckenstein en una mano y las suyas y
de Penrose en la otra.
Clasificar el problema era más fácil de decir que
de hacer. Trabajar las ecuaciones en su cabeza era ya bastante difícil, pero
después de meses de intenso trabajo, Hawking seguía llegando a resultados
completamente carentes de sentido. Según las ecuaciones, los agujeros negros
parecían emitir radiaciones. Él, y todo el mundo en aquella época, consideraba
que eso era imposible. Todavía seguía convencido de que iba realmente tras
algo, pero adoptó la decisión consciente de no discutir el problema con nadie
hasta que hubiera resuelto el asunto de una forma o de otra.
Llegaron las Navidades de 1973, y seguía liándose
tanto como siempre con las matemáticas. Decidió reelaborar las ecuaciones.
Sabía que había tomado atajos con algunas de las deducciones y pensaba que en
esos atajos podía haber encerrada la clave del problema. Durante las vacaciones
de navidad pasó varias solitarias semanas elaborando y reelaborando en su mente
las ecuaciones, obligándose a usar procesos cada vez más complejos para
erradicar las irritantes anomalías. Al fin, en enero de 1974, decidió lanzarse
y se confió a Dennis Sciama, que por aquel entonces estaba organizando una
conferencia. Ante la sorpresa de Hawking, Sciama se mostró muy excitado ante la
idea y, con permiso de Hawking, se preparó a difundir la noticia.
Unos pocos días más tarde era el treinta y dos
cumpleaños de Hawking, y su familia preparó una comida para celebrarlo. Poco
después de ser servida ésta sonó el teléfono. Era Roger Penrose, que llamaba
desde Londres: había oído la historia propagada por Sciama y quería saber algo
al respecto. La conversación siguió y siguió. La comida se enfrió, y los demás
invitados aguardaron pacientemente a que Hawking regresara a la mesa. Cuarenta
y cinco minutos más tarde, con la comida hecha una ruina, colgó. Penrose estaba
tremendamente excitado y deseaba hablar más del tema.
En contra de las ideas de la época sobre los
agujeros negros, Hawking, por el poder del razonamiento matemático, se había
visto obligado a llegar a la indiscutible conclusión de que los diminutos
agujeros negros no sólo emitían radiaciones, sino que, bajo ciertas
condiciones, podían llegar a estallar.
A finales de enero, uno de sus colaboradores y
amigos de los días de posgraduado, Martin Rees, se convenció de que Hawking
había hecho un gran descubrimiento. Inspirado por su última conversación con
Stephen, tropezó con Dennis Sciama en un pasillo en el Instituto de Astronomía.
― ¿Lo ha oído? ―le dijo, excitado―. ¡Stephen lo ha
cambiado todo!
Sciama se apresuró a ir a ver a Hawking. Al final
de la conversación, él también quedó convencido y persuadió a su antiguo alumno
de que anunciara sus resultados en la conferencia que estaba organizando para
febrero en el Laboratorio Rutherford-Appleton, en las afueras de Oxford.
Hawking fue conducido hasta el laboratorio a través
del helado invierno de Oxfordshire y ayudado dentro del edificio por uno de sus
estudiantes investigadores. Sentado pacientemente al lado del grupo principal,
escuchó a los demás oradores anunciar sus últimas noticias. Como siempre,
formuló sus habituales preguntas penetrantes, mientras intentaba controlar su
gran excitación. Tenía el convencimiento, ahora apoyado por un cierto número de
sus respetados colegas e iguales, de que se hallaba ante algo muy grande. Por
fin fue llevado en su silla de ruedas a la parte delantera de la sala de
conferencias, y sus ilustraciones fueron proyectadas sobre la blanca pared del
fondo mientras daba su charla en sus casi ininteligibles tonos a los que sus
colegas ya se habían acostumbrado. Pronunció su última frase. Un murmullo de
asombro recorrió toda la sala. Se hubiera podido oír caer un alfiler mientras
la audiencia de científicos intentaba asimilar la sorprendente noticia. Luego
se produjo la reacción.
El moderador de la reunión, el teórico inglés John
Taylor, saltó de su asiento y proclamó que lo que Hawking acababa de decir era
un completo disparate. Tras detenerse sólo para arrastrar a uno de sus colegas
al asiento contiguo, Taylor salió en tromba de la habitación y empezó a
escribir de inmediato un artículo denunciando la afirmación de Hawking. Hawking
había esperado una reacción, pero nada como aquello. Se quedó sentado en el
podio, en un impresionante silencio.
El artículo de Taylor fue compuesto con toda
rapidez y enviado a la revista científica Nature para su
publicación. El director de Nature envió copia del manuscrito
a Hawking para que éste hiciera sus comentarios antes de tomar la decisión de
publicarlo. Hawking le respondió recomendándole su publicación. No deseaba
interponerse en el camino de nadie lo suficientemente impulsivo como para
repudiar su trabajo sin haber estudiado antes a fondo el asunto,
Un mes después de la reunión en las afueras de
Oxford, Hawking publicó en Nature su propio artículo
describiendo el recién descubierto fenómeno. A las pocas semanas los físicos de
todo el mundo discutían su trabajo, y se convirtió en el tema más candente de
todos los laboratorios de física desde Sidney hasta Carolina del Sur. Algunos
físicos fueron hasta tan lejos como a decir que los nuevos descubrimientos
constituían el desarrollo más significativo en física teórica desde hacía años.
Dennis Sciama describió el artículo de Hawking como «uno de los más hermosos en
la historia de la física». La radiación que había descubierto que podía ser
emitida por ciertos agujeros negros fue conocida a partir de entonces como
radiación de Hawking.
Sin embargo, no todo el mundo estaba convencido, y
transcurrió bastante tiempo antes de que varios grupos que trabajaban en todo
el mundo se avinieran a esta revolución en la física de los agujeros negros.
Hasta 1976 no aceptó el equipo de Zeldovich en Moscú las nuevas ideas.
Zeldovich dirigía su Instituto de una forma extremadamente dictatorial. Lo que
él decía era ley. Cuando al fin dio su respaldo a la teoría, su equipo se vio
obligado a mostrarse de acuerdo con él, del mismo modo que lo había hecho cuando
expresó su desacuerdo con ella.
En la época del cambio de opinión de Zeldovich,
Roger Penrose fue invitado a Moscú a dar una charla a la que Zeldovich, como
colega de Penrose y director del Instituto, asistió. En sus notas de la
conferencia de Penrose había supuesto la validez de las deducciones de Hawking,
y había construido su charla a su alrededor. Cuando llegó, un día antes de la
conferencia, se le dijo claramente que Zeldovich no estaba de acuerdo con
Hawking; y tampoco lo estaban sus estudiantes. No sólo eso, sino que preferiría
que Penrose no mencionara los descubrimientos de Hawking. Penrose quedó
completamente abrumado. Eso significaba, simplemente, que tendría que
reescribir su conferencia; se puso al trabajo, que duró hasta la madrugada.
Luego, unas pocas horas antes de subir al podio, un ayudante se presentó en su
hotel para informarle de que Zeldovich había cambiado de opinión respecto a
Hawking..., y también todos sus estudiantes.
Otra historia relata cómo el físico norteamericano
Kip Thorne estaba en el apartamento de Zeldovich, cuando se produjo la
transformación en su apartamento. Zeldovich estaba paseando de un lado para
otro de la habitación cuando llegó Thorne, y con una teatral exhibición de
resignación, el físico ruso agitó los brazos en el aire, desesperado, y dijo:
―Renuncio, renuncio. No creía en ello, pero ahora
sí [38]
A mediados de los setenta se produjo el inicio de
un renacimiento de la consciencia pública hacia la ciencia, y la idea de unos
objetos tan exóticos como los agujeros negros, que podían devorar sistemas
solares enteros para desayunar, cautivó la imaginación pública. Fue
aproximadamente en esta época que el nombre de Stephen Hawking empezó a sonar
entre el gran público. También fue la época en que una gran cantidad de
palabrería circuló en torno a esas serias teorías, de la pluma de escritores
que popularizaron en exceso las ideas que los físicos estaban proponiendo.
El propio Hawking empezó a ser presentado como una
metáfora de su propia obra. Se estaba convirtiendo en el cosmonauta de los
agujeros negros atrapado en un cuerpo tullido, atravesando los misterios del
Universo con la mente de un Einstein actual y yendo hasta donde sólo los
ángeles se atrevían a ir. Con la llegada de los agujeros negros a la
consciencia pública, la mística que había empezado a formarse a su alrededor en
Cambridge a finales de los sesenta empezó a extenderse más allá de los límites
de los claustros de la comunidad física. Empezaron a aparecer artículos en los
periódicos y documentales en la televisión sobre los agujeros negros, y Stephen
Hawking comenzó a ser visto como el hombre del que había que hablar. No sólo
fueron los medios de comunicación los que empezaron a registrar lo que estaba
ocurriendo. Los logros de Hawking habían sido observados por el establishment científico.
En marzo de 1974, al cabo de pocas semanas del anuncio de la radiación de
Hawking, recibió uno de los mayores honores de la carrera de cualquier
científico. A la aún temprana edad de treinta y dos años, fue invitado a
convertirse en miembro de la Royal Society, uno de los más jóvenes científicos
en la larga historia de la Sociedad que recibía este nombre.
La investidura tuvo lugar en la sede de la Royal
Society, en el 6 de Carlton House Terrace, una mansión de blancas columnas que
miraba al St Jame’s Park en el West End de Londres. Es tradicional que los
nuevos miembros de la Sociedad suban caminando hasta el podio de la amplia sala
de reuniones que domina el edificio a fin de filmar en el libro de honor y
estrechar la mano del presidente. Sin embargo, en el caso de Hawking, el
presidente de entonces, el biofísico ganador del premio Nobel, Sir Alan Hodgkin,
llevó el libro de miembros hasta la primera fila para que él lo firmara. Se
necesitó toda una eternidad para que Hawking estampara en él su nombre. Las
letras se fueron formando con una agónica lentitud en la página, junto con los
nombres de los demás investidos en la misma ceremonia. Luego, cuando terminó la
última letra y Hodgkin alzó el libro de sus rodillas, los científicos reunidos
estallaron en un aplauso atronador.
El periódico local, el Cambridge Evening News,
informó del gran acontecimiento el mismo día de la investidura de Hawking, y se
celebró una fiesta en el DMAFT después de la ceremonia en Londres. Amigos,
familia y colegas del departamento fueron invitados a celebrar ese logro. Como
uno de los miembros más antiguos de la reunión y supervisor en su tiempo de
Hawking, Dennis Sciama fue invitado a hacer un brindis improvisado por su más
celebrado estudiante, en el cual rindió tributo a los logros de Hawking y alzó
su copa por sus futuros éxitos.
Mientras sus amigos y familia se unían a Sciama en
el brindis, Hawking estudió la sala. Había recorrido un largo camino, lo sabía,
pero esto era sólo el principio. Aunque siempre ha creído que su investidura
como miembro de la Royal Society fue el momento más orgulloso de su carrera,
todavía quedaban muchos otros peldaños que subir en la escalera de su carrera.
Y, pese a las adversidades ―o quizá, como han sugerido algunos, debido a
ellas―, siguió subiendo. Allá donde no podían alcanzar sus pies, llegaba planeando
su mente.
Capítulo IX
Cuando los agujeros negros estallan
En 1970, como hemos mencionado en el capítulo V,
Hawking había desviado el foco de su atención científica de lo que ocurre en el
corazón de un agujero negro, en la singularidad, a los acontecimientos que se
producen en el horizonte que rodea el agujero negro, lo más parecido que tiene
a una «superficie». Una diferencia clave entre esos estudios y la investigación
de las singularidades es que, sea lo que sea lo que prediga una teoría acerca
de las cosas que suceden en una singularidad, uno nunca puede comprobar la
teoría echando una mirada a la singularidad, porque todas se hallan ocultas
dentro de los agujeros negros (excepto, por supuesto, la singularidad del Big
Bang al comienzo del tiempo, que Hawking iba a investigar más a fondo más
adelante de su carrera). Pero cuando uno aplica su teoría a predecir lo que
ocurre en la superficie de un agujero negro, en el horizonte, entonces
cualesquiera que sean los extraños acontecimientos que describe, éstos deberían
dejar su marca en el Universo exterior, e incluso producir efectos que pueden
ser detectados por instrumentos aquí en la Tierra, o desde satélites en órbita
a su alrededor.
De hecho, fueron los instrumentos instalados en
satélites los que identificaron, aproximadamente por esa época, el primer
candidato a agujero negro realmente plausible en nuestra Vía Láctea. Del mismo
modo que los grandes nuevos descubrimientos en astronomía se produjeron en los
años sesenta a través de la investigación de la parte radio del espectro, a
longitudes de onda más largas que las de la luz, así los grandes nuevos avances
que se produjeron en los setenta lo fueron a través de la investigación en la
parte de los rayos X del espectro a unas longitudes de onda mucho más cortas
que las de la luz.
Al contrario que las ondas de radio, sin embargo,
los rayos X procedentes del espacio resultan bloqueados por la atmósfera de la
Tierra, y no alcanzan el suelo (lo cual está muy bien, ya que de otro modo
todos quedaríamos asados). Así, la astronomía de los rayos X llegó a
convertirse en una rama de la ciencia sólo cuando pudieron situarse detectores
adecuados en órbita en tomo a la Tierra. Esos satélites no tripulados
transformaron la visión que tenían los astrónomos del Universo, y demostraron
que era un lugar mucho más violento y energético de lo que habían pensado. Y al
menos parte de esa violencia, están convencidos ahora, se halla asociada con
los agujeros negros.
Ocurre así. Un agujero negro aislado es, por
supuesto, indetectable, excepto por el tirón de su gravedad: la forma en que
distorsiona el espacio en sus inmediaciones. Después de todo, es negro. Pero un
agujero negro en un sistema binario, que orbite en torno a una estrella más
ordinaria, puede hacer su presencia altamente visible. La materia desgajada de
la estrella compañera por la influencia gravitatoria del agujero negro se
canalizará al interior del agujero y será engullida. En su camino, formará un
girante disco de acreción, como el agua que se va por el desagüe del baño, con
los gases acumulándose y calentándose a medida que la energía gravitatoria se
convierte en energía de movimiento. Se calentaría, mostraron los cálculos, lo
suficiente como para emitir rayos X.
Pero, ¿qué posibilidades hay de que exista un
agujero negro orbitando en torno a una estrella compañera? De hecho, los
sistemas estelares binarios son muy comunes: la mayor parte de las estrellas
tienen probablemente al menos una compañera cercana, y en esto nuestro Sol es
una excepción a la regla. Las binarias son también fáciles de identificar
porque el tirón de las dos estrellas una sobre la otra las hace oscilar, lo
cual produce cambios regulares que pueden ser observados a través de
telescopios terrestres. Las variaciones orbitales proporcionan también a los
astrónomos un indicio de las masas de las dos estrellas, y eso resultó ser
crucial para identificar las candidatas a tener un agujero negro como
compañero.
El problema, para los buscadores de agujeros
negros, es que no es suficiente identificar una fuente de rayos X en un sistema
binario. Tanto las enanas blancas como las estrellas de neutrones son también
lo bastante compactas, con una fuerza gravitatoria lo bastante potente, como
para arrancar masa de una compañera y atraerla hacia ellas, creando así puntos
ardientes que radian en las longitudes de onda de los rayos X.
Varias de las primeras fuentes binarias de rayos X
halladas pudieron ser identificadas como enanas blancas, porque las variaciones
orbitales mostraban que sus masas tenían que ser bastante inferiores a 1,5
masas solares. Pero cuatro propuestas razonables de agujeros negros emergieron
de las primeras investigaciones del cielo con rayos X, realizadas a principios
de los setenta. Un primer examen mostró que todas las fuentes de rayos X se
hallaban en sistemas binarios: objetos pequeños, energéticos y compactos, que
orbitaban en torno a estrellas normales. Investigaciones más detalladas
eliminaron gradualmente a tres de los candidatos. Uno tenía una masa de 2,5
veces la del Sol, y podía ser muy bien una estrella de neutrones. Otro tenía
una masa de tres veces la del Sol, lo cual parecía un poco alto para una
estrella de neutrones, pero dejaba sitio a las dudas acerca de su status de
agujero negro. El tercero tenía una masa de sólo dos veces la del Sol. Pero el
cuarto tenía una masa estimada entre 8 y 10 masas solares.
La fuente recibió el nombre de Cisne X-l. Sólo
pueden invocarse las más tortuosas explicaciones para eludir la conclusión de
que contiene un agujero negro. Por ejemplo, algunos astrónomos sugirieron que
la compañera invisible en el sistema binario podía consistir realmente en dos
estrellas: una débil e invisible estrella ordinaria (de luz demasiado tenue
para poder verse), con una masa de seis veces la del Sol, orbitada a su vez por
una estrella de neutrones de dos masas solares. Pero la explicación ingeniada
se hundía frente al atractivo argumento de que la explicación más simple era
probablemente la mejor. La prueba definitiva de que Cisne X-l alberga un
agujero negro la tendríamos tan sólo si pudiéramos ir allí y echar una mirada
de cerca; pero el peso de las pruebas que se han ido acumulando a lo largo de
dos décadas ha convencido a la mayoría de los astrónomos, y hoy en día el
consenso es que hay un 95 por ciento de posibilidades de que Cisne X-l sea el
primer agujero negro identificado. En la actualidad se conocen varios otros
candidatos prometedores, lo cual refuerza el caso: difícilmente cabe esperar
que haya un solo agujero negro detectable en nuestra galaxia.
La identificación de Cisne X-l como un candidato a
agujero negro dio ocasión a una famosa apuesta, que ilumina un intrigante
aspecto del carácter de Hawking. Hawking, cuya carrera se ha fundado en el
estudio de los agujeros negros, hizo una apuesta con Kip Thorne, del Caltech
(el Instituto de Tecnología de California), de que Cisne X-l no contenía un
agujero negro. La forma de la apuesta fue que, si alguna vez se demostraba que
la fuente era un agujero negro, Hawking pagaría a Thorne una suscripción de un
año a la revista Penthouse. Pero si alguna vez se demostraba
que Cisne X-l no era un agujero negro, Thorne pagaría a Hawking una suscripción
de un año a la revista satírica Private Eye. En junio de 1990,
Hawking decidió que las pruebas eran ya abrumadoras y pagó..., aunque, siendo
Hawking, lo hizo de una forma típicamente maliciosa, con la ayuda de un colega
que entró en la oficina de Thorne en el Caltech. Sacaron el documento que
registraba la apuesta, y Hawking «firmó» oficialmente la admisión de su derrota
con la huella de su pulgar antes de devolver el documento a los archivos para
que Thorne lo descubriera más tarde. Durante los siguientes doce meses, Thorne
recibió los ejemplares prometidos de Penthouse.
La disparidad entre las suscripciones apostadas
reflejaba simplemente los distintos precios de portada de las dos revistas.
Pero, ¿por qué apostó Hawking contra los agujeros negros? Lo llamó una póliza
de seguro. Si los agujeros negros no existían, había estado perdiendo el tiempo
durante la mayor parte de su carrera, pero al menos tendría el consuelo de
haber ganado una apuesta. Por otro lado, la única forma en que podía perder era
si estaba en lo cierto sobre los agujeros negros, de modo que se sintió feliz
de ofrecerle a Thorne algún consuelo.
A los ojos de la mayoría de astrónomos, Hawking fue
demasiado cauteloso aguardando tanto tiempo para pagar; había perdido la
apuesta, decían, hacía varios años, porque ya no había ninguna duda razonable
de que Cisne X-l era realmente un agujero negro. Y, puesto que los agujeros
negros existen, eso convierte las investigaciones de Hawking de sus propiedades
durante los primeros años setenta en una de las piezas más importantes de
investigación científica jamás llevadas a cabo.
Su trabajo no sólo tuvo éxito en unir parcialmente
la teoría de la relatividad general y la teoría cuántica, sino también en traer
al redil el gran desarrollo de la ciencia del siglo XIX, la termodinámica.
* * * *
Del mismo modo que Hawking y Penrose mostraron que
la física del Big Bang es en realidad más simple, no más complicada, cuanto más
se acerca uno al comienzo, así también, a finales de los años sesenta, otro
investigador demostró que el colapso de los agujeros negros era más simple que
los objetos que se colapsan para formarlos. Uno puede, en principio, crear un
agujero negro a partir de cualquier cosa: comprimiendo la Tierra hasta el
tamaño de un guisante; o añadiendo limaduras de hierro a un montón hasta tener
las suficientes como para que la gravedad actúe sobre ellas; u observando una
estrella mucho más pesada que nuestro Sol recorrer todo su ciclo vital,
estallar y morir. Pero, se haga como se haga un agujero negro, uno termina
siempre con una singularidad rodeada por un horizonte perfectamente esférico,
con un tamaño (área superficial) que depende sólo de la masa del agujero, no de
qué está hecho.
Pero la verdad básica acerca de los agujeros negros
fue establecida en 1967, por el investigador de origen canadiense Werner
Israel. Cuando desarrolló por primera vez las ecuaciones, el propio Israel
creyó que, puesto que los agujeros negros tenían que ser esféricos, lo que le
decían las ecuaciones era que sólo un objeto perfectamente esférico podía
colapsarse para formar un agujero negro. Pero Roger Penrose y John Wheeler
hallaron que un objeto que se colapsaba para formar un agujero negro radiaría
energía en forma de ondas gravitatorias..., olas en el entramado del propio
espacio-tiempo. Cuanto más irregular la forma del objeto, más rápidamente
radiaría energía, y el efecto de esta radiación sería alisar las
irregularidades. Penrose y Wheeler mostraron que cualquier objeto que se
colapsara podía terminar siendo perfectamente esférico en el momento de formar
un agujero negro. Lo único que podía afectar a la apariencia del horizonte que
rodeaba el agujero, aparte la cantidad de materia dentro de él, es su rotación.
Un agujero que no gire sobre sí mismo es perfectamente esférico, mientras que
un agujero que gire se ensancha en el ecuador.
Así, quedó establecido a principios de los años
setenta que un agujero negro podía girar sobre sí mismo pero no podía pulsar
(Hawking tuvo un pequeño papel en este trabajo también). El tamaño y la forma
de un agujero negro dependen sólo de su masa y de la velocidad con que gira; el
horizonte, todo lo que podemos ver desde el Universo exterior, no muestra
rasgos identificadores que puedan decirnos de qué está hecho el agujero. Esta
falta de datos identificadores se llama el teorema del «no pelo» por los físicos.
Un agujero negro no tiene «pelo» en el sentido de que no tiene rasgos
identificadores, y, puesto que todo lo que podemos llegar a saber de él es su
masa y su velocidad de rotación, esto hace el estudio matemático de los
agujeros negros mucho más simple de lo que los científicos habían temido que
sería.
Puesto que nada puede salir de un agujero negro, su
masa nunca puede menguar. Así, el descubrimiento de que el área superficial del
horizonte nunca puede menguar puede que no parezca en absoluto espectacular a
los mortales ordinarios. Pero Stephen Hawking cuenta que el momento en que le
vino esta idea fue tan dramático que quedó grabado en su memoria durante más de
veinte años. Ocurrió, como mencionamos en el último capítulo, una noche de
noviembre de 1970, no mucho después del nacimiento de su hija Lucy, mientras se
preparaba para irse a la cama. La idea era tan excitante que pasó la mayor
parte de la noche pensando en las implicaciones.
Se sentía tan excitado sobre todo porque él y
Penrose acababan, por aquella época, de poner a punto una definición matemática
práctica del horizonte de un agujero negro en términos de las trayectorias de
los rayos de luz a través del espacio tiempo. Con esta definición, se dio
cuenta, el área superficial del agujero negro se incrementaría siempre si la
materia o radiación caía en el agujero; e incluso si dos agujeros negros
colisionaban uno contra otro y se fundían, el área del nuevo agujero negro
sería siempre más grande que (o, sólo posiblemente, la misma que) las áreas de
los dos agujeros negros originales sumadas.
Este descubrimiento debió de excitar tanto a
Hawking que no le dejó dormir, y debió de impresionar a Roger Penrose cuando
Hawking le telefoneó al día siguiente para discutir las ideas, pero al
principio causó muy poca impresión en otros astrónomos y físicos, que
consideraban esas ideas como más bien esotéricas. Después de todo, las
observaciones de rayos X que condujeron a la identificación de Cisne X-l con
una estrella visible se hicieron el año siguiente, en 1971, y no fue hasta
finales de 1972 que se alcanzó el consenso de que los rayos X procedían de un
agujero negro que orbitaba en torno a esa estrella. Lo que realmente empezó a
hacer que otros físicos prestaran atención y repararan en las ideas de Hawking
sobre el incremento del área de un agujero negro fue la, al parecer,
ultrajante, sugerencia de que esto podía estar conectado con la rama de la
física conocida como termodinámica.
La termodinámica es simplemente el estudio del
calor y el movimiento, como implica su nombre. Fue desarrollada como una rama
de la ciencia durante el siglo XIX, y fue de un gran valor práctico inmediato
en la era de las máquinas de vapor. Descansa sobre algunas reglas simples y
básicas, tales como el hecho de que el calor no puede fluir de un objeto frío a
uno caliente (inmortalizado por el dúo musical Flanders y Swann en el memorable
pareado: «El calor no fluye de frío a caliente / Puedes intentarlo pero mejor
no se lo digas a la gente»). Pero la termodinámica va mucho más allá de las
utilidades prácticas cotidianas de hacer que las máquinas de vapor funcionen
con más eficacia, y conduce a verdades fundamentales sobre la naturaleza del
tiempo y el destino del Universo. Un concepto especialmente importante, ligado
muy de cerca a la imposibilidad de que el calor fluya «de frío a caliente», es
conocido como entropía.)
En el lenguaje cotidiano, la entropía es la ley que
nos dice que las cosas se gastan. Las cosas calientes se enfrían a medida que
pasa el tiempo, y el calor se escapa de ellas. Los edificios se desmoronan; las
cosas vivas envejecen y mueren. Esos cambios se hallan unidos al paso del
tiempo, y crean la distinción entre pasado y futuro. Corresponden a un
incremento en la cantidad de desorden en el Universo. Este desorden se mide en
términos de entropía. El flujo del tiempo del pasado al futuro significa que la
entropía del Universo debe incrementarse siempre. Lo mismo se aplica a
cualquier sistema cerrado: la cantidad de entropía sólo puede incrementarse (o,
en el mejor de los casos, seguir siendo la misma), nunca puede disminuir.
Evidentemente, la presencia de cosas vivas en la Tierra va en contra de esta
regla. Nosotros creamos el orden del desorden construyendo edificios y demás.
Pero el punto importante reside en que la Tierra no es un sistema cerrado. Se
«alimenta» de la energía que fluye del Sol, y expulsa entropía como resultado.
Si tomamos todo el Sistema Solar y lo tratamos como un sistema cerrado, la
entropía se incrementa, tal como requieren las leyes de la termodinámica.
De este modo, la espectacular comprensión de
Hawking, que brotó con tanta fuerza aquella noche de noviembre de 1970,
conduciría a la idea de que la ley que dice que el área de un agujero negro
sólo puede seguir siendo la misma o incrementarse es equivalente a la ley que
dice que la entropía de un sistema cerrado sólo puede seguir siendo la misma o
incrementarse. Pero ni siquiera Hawking hizo en un principio esta conexión.
Este es el tipo de paso que es dado muy a menudo en
la ciencia por un joven investigador, todavía no lastrado por la tradición. El
pensamiento de intentar hacer una conexión entre la física gravitatoria de los
agujeros negros y la física termodinámica de las máquinas de vapor victorianas
era capaz de intimidar incluso al genio de un Hawking. Pero, para un estudiante
investigador, apenas en el inicio de una carrera científica y enfrentado a dos
elementos de información que parecían decir lo mismo de formas distintas, la
similitud era algo que valía la pena hacer notar.
Por supuesto, los estudiantes investigadores
señalan muy a menudo extrañas similitudes y coincidencias en la ciencia, y la
mayor parte de las veces resulta que no hay nada significativo en absoluto en
el «descubrimiento». Pero cuando un estudiante de la Universidad de Princeton,
Jacob Beckenstein, sugirió que el tamaño del horizonte en torno a la
singularidad tenía que ser literalmente la medida de la entropía de un agujero
negro, inició una avalancha de investigación que condujo a Hawking al
descubrimiento de que los agujeros negros no son necesariamente negros después
de todo..., estallan.
Del mismo modo que se espera que los estudiantes
investigadores aparezcan con ideas alocadas (la mayor parte de las cuales
demuestran ser infructuosas), también es tema común en ciencia que algunos de
los desarrollos más importantes son el resultado del intento de alguien de
demostrar que la teoría de otro es errónea. Esto ocurrió con buenos resultados
en los años cincuenta y principios de los sesenta, cuando Fred Hoyle respaldó
un modelo rival del Big Bang, la hipótesis del estado estacionario, y se convirtió
en su más declarado proponente. Los astrónomos decididos a demostrar que Hoyle
estaba equivocado, trabajaron mucho más intensamente en establecer la exactitud
del modelo del Big Bang de lo que lo hubieran hecho de no haber ningún rival en
escena. Pero a veces el esfuerzo puede sufrir el efecto de rebote.
Hawking se sintió irritado por la sugerencia de
Beckenstein. Incluso un estudiante investigador debería haberse dado cuenta de
que hay una conexión directa entre entropía y temperatura, de modo que, si el
área de un agujero negro fuera de hecho una medida de la entropía, sería una
medida de la temperatura. Y si un agujero negro tenía temperatura, entonces
desprendería calor al frío (-273ºC) Universo. Radiaría energía, lo cual
contradecía el hecho más básico conocido acerca de los agujeros negros, que nada
en absoluto ―ni siquiera la radiación electromagnética― podía escapar de ellos.
Junto con Brandon Carter y Jim Bardeen, Hawking escribió un artículo, publicado
en Communications in Mathematical Physics, en el que señalaba este, al parecer,
fallo fatal en la sugerencia de Beckenstein. Dio la fórmula para calcular la
temperatura de un agujero negro según esta ridícula idea, y fue publicada en
1973.
Pero, lejos de estar de acuerdo con Beckenstein, el
equipo comentaba: «De hecho, la temperatura efectiva de un agujero negro es el
cero absoluto..., ninguna radiación puede ser emitida desde el agujero» [39].
Al cabo de un año, sin embargo, Hawking había
cambiado de opinión. Las razones de ello estaban relacionadas con otra línea de
investigación sobre los agujeros negros que había estado siguiendo: la
posibilidad, aireada por primera vez en 1971, de que en el Big Bang pudieran
haberse producido «miniagujeros» muy pequeños, más pequeños incluso que el
núcleo de un átomo, que estuvieran aún esparcidos hoy en día por el Universo.
La masa crítica necesaria para crear un agujero
negro por medio de un objeto que se colapse bajo su propio peso es, como hemos
mencionado, como unas tres veces la masa de nuestro Sol, y la propia Tierra
podía convertirse en un agujero negro si fuera comprimida hasta un diámetro de
más o menos un centímetro. Pero absolutamente cualquier cosa puede convertirse
en un agujero negro si es comprimida con fuerza suficiente: un terrón de
azúcar, una moneda, este libro, cualquier cosa: La dificultad
es que, cuanto más ligero es el objeto que deseamos convertir en un agujero
negro, más costará comprimirlo.
Hawking razonó que, cuando miramos hacia atrás en
el tiempo, hacia el principio, lo hacemos hacia densidades y presiones más y
más altas. Así, si miramos lo suficientemente atrás, llegamos a un momento en
el que la presión era lo bastante grande como para comprimir cualquier cantidad
de materia que se nos ocurra, incluso unos pocos gramos, en un agujero negro.
La única dificultad con esta argumentación es que
si el Universo era perfectamente liso y uniforme, entonces no pudieron formarse
miniagujeros; el único agujero negro sería el propio Universo como un todo.
Pero, suponiendo que hubiera algunas irregularidades, algunas variaciones en
densidad de un lugar a otro en el Universo primitivo, entonces, en el estadio
correspondiente del Big Bang, unos pocos gramos de materia, cualquier región
que resultara ser tan sólo un poco más densa que la media, podía verse arrancada
del resto del espacio-tiempo y formar diminutos agujeros negros que durarían
toda una eternidad (o eso pensaba Hawking en 1971) y aún estarían hoy en día a
nuestro alrededor.
Sabemos que el Universo no puede haber sido
perfectamente liso y uniforme en el Big Bang porque, de haberlo sido, no
hubiera habido ninguna forma de que se produjeran irregularidades tales como
las galaxias cuando el Universo se expansionara. Tuvo que haber «semillas», en
forma de pequeñas irregularidades, a partir de las cuales pudieran crecer las
galaxias por la atracción gravitatoria. Así, la idea de Hawking de miniagujeros
negros primordiales parecía plausible, aunque evidentemente no hubiera forma alguna
de comprobarla.
De hecho, aunque según los estándares de los
agujeros convencionales, incluso un miniagujero puede tener una gran cantidad
de masa según los estándares actuales. Un agujero negro que pese como mil
millones de toneladas, por ejemplo (la masa de una montaña aquí en la Tierra),
tendría el mismo radio aproximado que un protón. Miniagujeros menos masivos
serían correspondientemente más pequeños. Y si tratamos con objetos tan
pequeños como ésos, sabían los físicos, tenemos que usar la descripción
cuántica de la realidad a fin de comprender lo que ocurre.
Ahora la idea empezaba a tomar forma. En 1969 Roger
Penrose había mostrado que es posible que un agujero negro giratorio pierda
energía, y se frene mientras lo hace. La forma en que ocurre esto es bastante
parecida a la forma en que los científicos espaciales utilizan a veces la
fuerza gravitatoria de los planetas para acelerar una nave espacial que se
mueva por el Sistema Solar. Por ejemplo, en el momento de escribir esto una
sonda llamada Galileo acaba de realizar una maniobra de «tiro de honda» en tomo
a la Tierra, y terminará, si todo sale bien, en una órbita en tomo a Júpiter.
Pero a fin de llegar hasta allí tendrá que seguir una ruta más bien indirecta.
Penrose demostró que unos efectos gravitatorios
similares podían impulsar la energía de la radiación electromagnética en las
inmediaciones de un agujero negro giratorio. La radiación gana energía; la
rotación del agujero disminuye. En 1973, dos investigadores soviéticos, Yakov
Zeldovich y Alex Starobinski, extendieron esta idea para demostrar que un
agujero negro giratorio también debía expulsar partículas. Su argumentación
tenía que ver con el principio de incertidumbre de la física cuántica, como
explicaremos dentro de un momento. Persuadieron a Hawking de que el efecto
tenía que ser real, y él se dedicó a intentar hallar un tratamiento matemático
exacto que describiera el fenómeno. Se sorprendió, y se irritó al principio, al
descubrir que las ecuaciones decían que el mismo proceso debía producirse
también incluso en un agujero negro no rotatorio.
«Temí ―escribió Hawking en Historia del
tiempo― que si Beckenstein lo descubría lo usaría como un argumento más
para apoyar sus ideas sobre la entropía de los agujeros negros, que seguían sin
gustarme» [40] En 1977 escribió, en el número de enero del Scientific
American, que dedicó «mucho esfuerzo a intentar librarme de este embarazoso
efecto» [41], pero sin conseguirlo. Al final, Hawking tuvo que aceptar las pruebas
matemáticas antes que sus prejuicios. Había descubierto que todos los agujeros
negros emiten partículas energéticas, y que en consecuencia cada agujero negro
tiene una temperatura. La temperatura encaja exactamente con las predicciones
termodinámicas relacionadas con el área superficial del agujero negro. Ahora
debemos describir cómo funciona (dejando a un lado el desarrollo matemático).
* * * *
La incertidumbre cuántica no sólo significa que los
instrumentos humanos son incapaces de medir con exactitud ninguna cantidad.
Significa que el propio Universo no «conoce» ninguna cantidad con absoluta
precisión. Esto se aplica tanto a la energía como a todo lo demás. Aunque
estamos acostumbrados a pensar en el espacio vacío como en algo que no contiene
nada en absoluto, y en consecuencia con energía cero, las reglas cuánticas
dicen que hay alguna incertidumbre en torno a eso. Quizá cada
pequeña pizca de vacío contenga en realidad gran cantidad de energía.
Si el vacío mantuviera suficiente energía, podría
convertirla en partículas, en línea con E = mc2. Pero
las cosas no son tan simples como eso. Si la hipotética energía de la
incertidumbre en el vacío fuera convertida en partículas, y las partículas se
convirtieran en rasgos permanentes del Universo, entonces las reglas de la
incertidumbre serían violadas: tanto los observadores humanos como el Universo
estarían ahora seguros de que había algo, en forma de una partícula o dos,
donde previamente no había habido nada. La incertidumbre funciona de dos
maneras: resulta tan prohibido estar seguro de que la energía es no-cero, en
esas circunstancias, como lo es estar seguro de que la energía es cero
De hecho, la versión exacta de esta regla de
incertidumbre dice que la energía sólo puede ser tomada «prestada» del vacío
por un muy breve intervalo de tiempo, un tiempo determinado por la constante de
Planck. Esto se relaciona con la incertidumbre inherente en la medición del
propio tiempo. La única forma en que esta energía puede convertirse en
partículas es si las partículas se hallan ya creadas en parejas, las cuales
interactúan luego unas con otras y se aniquilan antes de que el Universo tenga
tiempo de «darse cuenta» de que se le ha tomado energía. Esto significa que las
partículas creadas a partir del vacío se hallan emparejadas de una forma
especial.
Cada variedad de partícula, como un electrón, tiene
una contrapartida conocida como antipartícula (en el caso del electrón, un
positrón). Las antipartículas han sido creadas en experimentos usando
aceleradores de partículas, y también se hallan en los rayos cósmicos
(partículas energéticas que llegan a la Tierra desde el espacio), además de ser
predichas en la teoría cuántica, de modo que no hay ninguna duda de que
existen. En muchos aspectos, una antipartícula es una imagen especular de su
partícula equivalente: el positrón, por ejemplo, lleva una carga positiva,
mientras que el electrón lleva una carga negativa. Y allá donde una partícula
se encuentra con su contrapartida, la antipartícula, las dos se aniquilan
mutuamente.
Así pues, según la teoría cuántica, el vacío es un
hirviente mar de partículas «virtuales». Parejas como el electrón― positrón son
creadas constantemente, e interactúan entre sí y desaparecen de acuerdo con las
reglas cuánticas. En general no se libera ninguna energía, pero las parejas
virtuales parpadean constantemente dentro y fuera de la existencia, por debajo
del umbral de la realidad.
Lo que Hawking demostró fue que, incluso para un
agujero negro no rotatorio, este proceso puede extraer energía de un agujero y
liberarla al Universo externo. Lo que ocurre es que se crea un par de
partículas virtuales justo fuera del horizonte del agujero. En la diminuta
fracción de segundo permitida por la incertidumbre cuántica, una de las
partículas es capturada por el agujero. Así que la otra no tiene nada con lo
que aniquilarse escapa, llevando consigo energía.
¿De dónde procede esta energía? En efecto, es la
energía gravitatoria del agujero. La energía del agujero crea dos partículas,
pero sólo captura una de ellas, de modo que sólo es pagada la mitad de la deuda
de energía, y el efecto neto es que el agujero pierde masa. Si todo lo demás
sigue igual ―si el agujero no gana masa de alguna otra parte―, se irá
encogiendo firmemente como resultado de eso, evaporándose como un charco a la
luz del sol. Este proceso es lento pero seguro, y tarda miles de millones de
años en llevar incluso un miniagujero del tamaño de un protón hasta el punto en
que estalle. Hawking había contradicho su propia conclusión anterior de que el
área superficial de un agujero negro no podía disminuir. Tras establecer un
lazo entre agujeros negros y termodinámica al demostrar que, sólo según la
relatividad general, los agujeros negros no pueden encogerse, había descubierto
ahora que si añadía la teoría cuántica al guiso, la relación con la
termodinámica se ve fortalecida, pero ahora los agujeros negros deben
encogerse.
Para los agujeros negros ordinarios, hechos de
estrellas muertas, este efecto puede que no sea de auténtica importancia. Un
agujero negro con tres o cuatro veces la masa de nuestro Sol y el horizonte
aproximadamente tan grande como la superficie de una estrella de neutrones
estará tragando constantemente restos de gas y polvo de su entorno, incluso en
las profundidades del espacio, y es simple demostrar que la masa perdida por la
Radiación Hawking es mucho menor que la masa ganada por su acreción. Si nadie había
pensado en la vida de los miniagujeros, nadie podía haberse sentido interesado
en la Radiación Hawking. Pero, desde que Hawking apareció con la idea de los
miniagujeros, la idea de la evaporación cuántica de los agujeros negros creó un
impacto inmediato.
Un agujero más pequeño que un protón no engullirá
mucho material de su entorno, ni siquiera aunque esté dentro de un planeta.
¡Para un agujero tan pequeño, incluso la materia sólida es en su mayor parte
espacio vacío! Así que la Radiación Hawking de la superficie de un miniagujero
dominará realmente su comportamiento. Hawking demostró que la radiación
producida de este modo proporciona al agujero una temperatura, exactamente la
temperatura sugerida por el trabajo de Beckenstein. Para un agujero negro con
la masa de nuestro Sol, esta temperatura es de aproximadamente una
diezmillonésima de un grado K (con la ultra débil Radiación Hawking resultante
superada con toda facilidad por la materia que cae dentro de él); pero, para un
miniagujero con una masa de mil millones de toneladas y el tamaño de un protón,
la temperatura es de unos 120.000 millones de ºK. Como indican esos ejemplos,
la temperatura depende de la masa del agujero, de modo que si pierde masa y se
hace más pequeño, un agujero así aumenta su temperatura y radia energía más de
prisa, hasta que finalmente estalla en una explosión de rayos X y gamma.
Los fans de la ciencia ficción
puede que se sientan intrigados por saber si, caso de que halláramos hoy en día
un miniagujero del tamaño de un protón, no sería una fuente de energía más que
útil. La emisión de un agujero así sería de unos 6.000 megavatios, y sería una
contribución sustancial a las demandas de energía incluso de un país grande y
desarrollado. Por desgracia, sin embargo, controlar un agujero así, caso de que
lo halláramos, sería más bien complicado: recordemos que pesaría mil millones
de toneladas, y que la gravedad tendería a tirar de él hacia el centro de la
Tierra. La vida media de un miniagujero así, depende de la masa exacta con la
que empiece, pero los agujeros, de aproximadamente el tamaño de un protón,
nacidos en el Big Bang deberían estar estallando aquí y allá en el Universo en
la actualidad. De una forma intrigante, los detectores instalados en satélites
han informado de ocasionales estallidos de radiación gamma procedentes de las
profundidades del espacio, y no hay ninguna explicación universalmente aceptada
para este fenómeno. Es sólo posible que la Radiación Hawking de los agujeros
negros estallados haya sido descubierta, aunque será casi imposible llegar a
probarlo nunca.
Hawking ha conseguido algo que incluso él había
creído que era casi imposible, usando una combinación de la relatividad general
y la física cuántica (más un poco de termodinámica) en un solo paquete de
describir un fenómeno físico. Fue este trabajo lo que le proporcionó un nombre
fuera de los círculos especializados de matemáticos y astrónomos, y cualquier
físico de hoy puede decir lo que es la Radiación Hawking, y por qué es
importante. Pero, en un gesto peculiar que es en ciertos aspectos típico de la
actitud de Hawking hacia las convenciones establecidas, el sorprendente
descubrimiento de que «los agujeros negros no son negros» fue anunciado primero
no en las páginas de una revista científica como Nature, sino
en un ensayo que Hawking presentó a un concurso un tanto oscuro organizado por
la Fundación para la Investigación de la Gravedad en los Estados Unidos.
La Fundación para la Investigación de la Gravedad
organiza un concurso anual para artículos que describan nuevas investigaciones
sobre la naturaleza de la gravedad. Hasta los años setenta, había sido casi
exclusivamente un concurso interno de los Estados Unidos, con algunas pocas
contribuciones de otros países, aunque en una ocasión fue ganado por un
británico expatriado que vivía en los Estados Unidos. Después, con su última
contribución al ámbito universitario, uno de nosotros (J. G.) ganó el premio en
1970. Así, cuando Stephen Hawking ganó el mismo premio un año o dos más tarde
por un ensayo que describía la explosión de un agujero negro., J. G. le envió
rápidamente una nota de felicitación. Era estupendo, decía la nota, ver el
nombre de Hawking en la lista de los ganadores, porque esto fomentaba el
prestigio del premio y daba a los anteriores ganadores la posibilidad de
bañarse en la gloria reflejada. «No sé el prestigio ―escribió Hawking como
respuesta―, pero el dinero ha sido muy bien venido.»
La versión «oficial» de la historia del agujero
negro que estalla apareció por primera vez en Nature, el 1 de
marzo de 1974[42]. Mientras que el ensayo de la Fundación para la Investigación de la
Gravedad llevaba el dogmático título de «Los agujeros negros no son negros», el
ensayo de Nature, de una forma muy poco característica en
Hawking, estaba equívocamente encabezado: « ¿Explosiones de agujeros negros?»
Desencadenó un furioso debate, como vimos en el capítulo VIII, con algunos
oponentes a la idea sugiriendo que esta vez Hawking estaba diciendo a todas
luces tonterías. John Taylor y Paul Davies, del King's College de Londres, se
unieron para producir una respuesta en el número de Nature del
5 de julio de 1974[43] titulada « ¿Estallan realmente los agujeros negros?», y respondían
a su propia pregunta con un inequívoco «NO». Incluso Taylor y Davies, sin
embargo, se persuadieron muy pronto de que ellos estaban equivocados y Hawking
tenía razón.
Más importante aún que la idea específica de que
los agujeros negros estallan, era la base subyacente de ese descubrimiento, que
la física cuántica y la relatividad pueden combinarse fructíferamente para
proporcionarnos nuevas perspectivas en el funcionamiento del Universo. Pronto,
Hawking estaría usando esas ideas para enfocarse, una vez más, en el
rompecabezas de la singularidad al comienzo del tiempo. Pero, visto en
retrospectiva, parece singularmente apropiado que su elección como miembro de
la Royal Society, el mayor honor académico de Gran Bretaña, se produjera en la
primavera de 1974, unas pocas semanas después de la publicación de la versión
de Nature del artículo sobre los agujeros negros que estallan.
Diez años después de haberle dado sólo dos años de vida (y escasamente cinco
años después del deterioro que había parecido que iba a cortar con toda
probabilidad su prometedora carrera), las investigaciones de Hawking estaban
adquiriendo un buen ritmo. En la segunda mitad de los años setenta se dedicó a
investigar el propio origen del Universo, a retroceder hasta el comienzo del
tiempo.
Capítulo X
Las colinas de la fama
Al reflexionar sobre sus logros durante los
primeros treinta y dos años de su vida, Stephen Hawking debió de sentir un
profundo orgullo por lo que había conseguido. Los años setenta fueron los años
en los que se estableció como un físico de categoría mundial, y marcaron el
principio de dos décadas de sorprendente éxito en los mundos dispares de la
investigación y la divulgación popular.
Poco después de ser nombrado miembro de la Royal
Society, Hawking fue invitado a pasar un año lejos de Cambridge en el Caltech,
en Pasadena. El año de investigación, financiado por una Beca Distinguida
Sherman Fairchild, era para estudiar cosmología con el eminente teórico
norteamericano Kip Thorne.
Pasadena es un frondoso suburbio de Los Ángeles,
alojado en las laderas de las montañas de San Gabriel, al nordeste de
Hollywood. Los amplios bulevares que forman el distrito están alineados con
viejas y grandes casas y, en el apogeo de Hollywood, era un lugar favorito de
las estrellas de cine. La calle principal, el Colorado Boulevard, fue
inmortalizada en la canción de Jan y Dean «Little Old Lady from Pasadena», y
nunca han faltado nombres célebres que hayan residido allí a lo largo de las
décadas. Sin embargo, durante el verano, Pasadena es una de las zonas más
llenas de smog de Los Ángeles debido a que la salida del ozono se ve impedida
por las montañas. Si suena una Alerta de Smog Fase 2, los ciudadanos saben que
deben permanecer en lugares cerrados a menos que tengan que efectuar alguna
gestión esencial, y las autoridades tienen la potestad de cerrar temporalmente
la industria y el comercio. Las advertencias de alerta de smog son transmitidas
por la radio, y se encienden señales luminosas en las autopistas. Quizá los
indios norteamericanos desplegaron grandes poderes de premonición cuando, mucho
antes de que llegara el hombre blanco, llamaron a la región «el Valle de los
Humos».
El propio Caltech es único en que, para ser una
institución tan prestigiosa, es diminuto. A mediados de los setenta albergaba a
no más de mil quinientos estudiantes, y tenía una décima parte del tamaño de
Universidades con una reputación comparable como Harvard o Yale. Pero, pese a
su tamaño, el Caltech es la Meca de la Costa Oeste para la ciencia y la
tecnología. A lo largo de su historia ha atraído a la gente puntera en sus
campos de todo el mundo. El físico ganador del premio Nobel Robert Millikan llegó
allá en los años veinte, y fue visitado con frecuencia por Albert Einstein. El
dinero simplemente llueve sobre el lugar, procedente de benefactores que se
alinean desde personalidades individuales fascinadas por la investigación
científica hasta multinacionales como «IBM» o «Wang». Con algunos de los
mejores telescopios del mundo a unos pocos kilómetros de distancia en el monte
Wilson, y el enorme Laboratorio de Propulsión a Chorro como gargantuesco
«anexo» que empequeñece el campus madre, tiene todo lo que un científico podría
desear.
Algunos de los mejores físicos del mundo tenían su
base en el Caltech en los años setenta. Kip Thorne encabezaba allí un grupo de
relatividad, y el carismático premio Nobel Richard Feynman aún enseñaba en
aquel lugar, y tocaba el bongo en las bandas universitarias durante las
veladas. Aparte la calidad académica, el contraste entre el Caltech y Caius no
podría ser más sorprendente. Los edificios que formaban el campus, aunque
diseñados con gusto y construidos con piedra color arena, eran todos de estilo
español, claros y espaciosos, con las nuevas plantas del bloque de la
Biblioteca Millikan en el centro. Los admitidos en el Caltech se cuentan entre
los mejores estudiantes del país, y los estudios son severos. Hay muy poca vida
social en el campus, y el índice de suicidios entre los estudiantes es casi tan
alto como su reputación académica. Una vez dicho esto, no había falta de
personajes coloristas por el lugar cuando Hawking llegó en su año sabático
Richard Feynman, profesor de física, había
adquirido ya una formidable reputación de afable excéntrico, y en una ocasión
la emprendió contra las autoridades que intentaban cerrar un bar topless en
Pasadena. En el tribunal, afirmó que usaba con frecuencia el lugar para
trabajar en su física. Feynman y Hawking compartían un curioso sentido del
humor, y aunque su trabajo rara vez se entrecruzaba, tenían un montón de tiempo
el uno para el otro. Ambos hombres han conseguido fama internacional como
científicos y como personajes enérgicos, y cada uno ha adquirido un status de
culto en el ancho mundo, fuera del círculo de sus propios discípulos, formados
por estudiantes graduados y fascinados profanos. Cuando Feynman murió de
cáncer, en 1988, todo el Caltech lloró, y todo el pueblo de la ciencia sintió
la pérdida.
Kip Thorne, considerado hoy como el gurú de la
relatividad de la Costa Oeste, es un amante de las camisas floreadas, los
collares de cuentas y el pelo gris largo hasta los hombros. Presentó a Hawking
a otro físico que iba a representar un papel significativo en sus
colaboraciones y a convertirse en uno de los amigos de por vida de Hawking: Don
Page. Page, que nació en Alaska y se graduó en una pequeña Universidad de
Misuri, trabajaba en su doctorado en la época de la visita de Hawking. Los dos
hombres congeniaron de inmediato, y antes de que terminara el año de Hawking en
el Caltech, habían escrito juntos un artículo sobre los agujeros negros.
La familia se sintió excitada con el traslado. Jane
organizó todos los detalles, compró los billetes de avión, hizo las maletas y
arregló todas las cosas para transportar a un esposo severamente incapacitado y
a dos niños pequeños al otro lado del mundo casi ella sola. En el Caltech,
Hawking fue tratado con el respeto que hubiera debido recibir en su propio
college en Cambridge. Fueron instaladas rampas de madera contra los bordillos
en las inmediaciones de su oficina a fin de que pudiera ir de un lado para otro
con facilidad en su silla de ruedas, y se le proporcionó una espléndida oficina
y toda la ayuda y recursos que pudiera necesitar para ayudarle en su
investigación. El trabajo era satisfactorio, y halló la colaboración con el
equipo de Thorne a la vez estimulante y científicamente gratificadora. Jane y
los niños disfrutaron del clima del sur de California. Pese a la polución del
aire y el mido y la congestión del tráfico de Los Ángeles, las playas y el azul
Pacífico fueron un cambio bien recibido respecto y al a menudo monótono estilo
de vida y al errático clima de la zona de Cambridge.
Con su pelo rubio, Lucy, con sus cuatro añitos, era
el epítome de la niña flor californiana, y le encantaba el lugar. Robert tenía
que seguir con la escuela, pero había mucho tiempo para que la familia
estuviera junta y hacer al menos algunas de las cosas que les gustaban allá en
casa. Dentro del enclaustrado entorno del Caltech, la familia estaba protegida
de los extremos que Los Ángeles ofrecía y, por el hecho de moverse dentro de
privilegiados círculos académicos, Pasadena no era muy diferente de la intimidad
de Cambridge, pero con mucho sol. Jane llevó a los niños a Disneylandia, y
Stephen se les unió en un viaje por todo el sur de California cuando pudo
conseguir un poco de tiempo libre en su investigación. Amigos y colegas les
visitaban a menudo. Hicieron viajes en coches de alquiler a Palm Springs y los
lugares turísticos a lo largo de la costa, y aprovecharon para ver un poco más
de Norteamérica entre los deberes en Pasadena.
* * * *
De vuelta a Gran Bretaña, el Gobierno había
aceptado al fin unirse al Mercado Común Europeo a finales de la década, y el
petróleo había empezado a brotar de las instalaciones del mar del Norte.
Parecía que el deprimente panorama de huelgas, restricciones de energía y la
semana de tres días de principios de los setenta había empezado a alzarse al
fin. Los astronautas norteamericanos y los cosmonautas soviéticos se
estrechaban las manos a cientos de kilómetros encima de una Camboya en llamas.
A su regreso a Inglaterra en 1975, la familia estaba preparada para cambios y
mejoras en sus vidas.
A menudo se necesita un prolongado cambio en el
estilo de vida para iluminar las alteraciones que pueden hacerse cuando las
cosas regresan a la vieja rutina, y los Hawking vieron de inmediato que no
deseaban volver al viejo sistema de vida en Cambridge. En algunos aspectos se
alegraban de estar de vuelta en casa. El paisaje era más verde, el tiempo menos
predictible, la televisión menos agresiva, y el té tenía el sabor que Dios le
había ordenado que tuviera. Pero el simple hecho era que, tras experimentar las
comodidades de California, ya no estaban preparados para enfrentarse a algunos
de los inconvenientes de sus vidas en Cambridge.
Lo primero que les asaltó fue que, pese a lo
acogedora y nostálgica que pudiera llegar a ser, la casa en Little St. Mary’s
Lane se había quedado demasiado pequeña para ellos. Stephen empezaba a no poder
usar las escaleras, y todo estaba demasiado apretado para una familia de
cuatro. Hawking pidió al college que le ayudara a encontrar algo más adecuado
para sus necesidades. En esta occisión, las autoridades se mostraron más que
dispuestas a ofrecerle su ayuda. Como dice el propio Hawking, «por aquel entonces
el college me apreciaba bastante más, y por otro lado había cambiado el
tesorero»[44].
Les ofrecieron una planta baja en una amplia casa
victoriana de la que era propietario el college, en West Road, no lejos de la
puerta del King's College y a unos meros diez minutos en silla de ruedas del
DMAFT. La casa tenía un amplio jardín, atendido regularmente por jardineros del
college que lo mantenían en un permanente estado elegante. A los niños les
encantó, y nunca hubo problema acerca de jugar en el césped, una vez
establecida una tregua informal con los jardineros. Unas amplias puertas hacían
que le resultara fácil a Hawking maniobrar su silla de ruedas por todo el piso,
y debido a que todo estaba al nivel del suelo ya no tenía que enfrentarse a
escaleras para ir al dormitorio.
En 1974, Hawking estaba teniendo dificultades en
subir y bajar de la cama y en comer por sí mismo. Hasta su regreso de los
Estados Unidos, Jane había sido la enfermera no pagada de Stephen las
veinticuatro horas del día, además de su esposa. Por supuesto, era muy
consciente de las responsabilidades que se esperaban de ella cuando decidió
casarse con Stephen en 1965, pero el esfuerzo de criar a dos niños y llevar la
casa además de cuidar a su esposo estaba empezando a cobrarse su tributo sobre
su bienestar emocional. Decidieron invitar a uno de los estudiantes
investigadores de Hawking a vivir con ellos en West Road. La vivienda era lo
bastante grande como para alojar a otro adulto, y a cambio del alojamiento
gratuito el estudiante ayudaría a Jane a ocuparse de Stephen.
El sistema funcionó bien. De hecho, a medida que el
prestigio de Hawking crecía, era considerado un honor y un buen movimiento para
el futuro de la carrera convertirse en el «estudiante residente» de Hawking.
Era inevitable que se establecieran fuertes lazos entre el joven ayudante
investigador y su mentor. Al tiempo que Jane recibía una muy necesaria ayuda,
el estudiante ganaba una penetración más profunda de la mente de Hawking, y
algo de su genio podía llegar a rozarle. Al menos, ésa era la teoría. Había por
supuesto otro lado del asunto: como el propio Hawking ha dicho, « ¡resultaba
difícil para un estudiante sentirse maravillado ante su profesor después de
haberle ayudado en el cuarto de baño!»[45]. Bernard Carr, que fue uno de los primeros estudiantes de Hawking en
vivir en West Road y se halla ahora en la Universidad de Londres, describe esta
época allí «como participar en la Historia» [46]. Los deberes de los huéspedes eran varios. Para ganarse su alojamiento
y sustento se esperaba que actuaran como enfermeros, secretarios y criados para
todo, que ayudaran en las disposiciones para los viajes, hicieran de canguro de
los niños, prepararan los planes para las conferencias y se ocuparan de las
reparaciones de la casa.
Otro de los primeros inquilinos fue el físico
norteamericano Don Page. Tras terminar su doctorado en el Caltech, Page
escribió a Hawking pidiéndole que diera referencias suyas para un trabajo. En
los meses que siguieron, varios grupos de investigación escribieron a Hawking
acerca de Page, y cada vez dio unas referencias favorables. Luego, un poco más
tarde, escribió al joven físico: «He escrito cartas dando referencias de usted,
pero puede que yo también tenga un puesto» [47]. Hawking consiguió ayudar a Page a asegurarle los fondos necesarios
para un año, y luego organizó una subvención para otros dos años de
investigación. Page se unió a la casa de los Hawking en 1976, y volvió a
establecerse la gran amistad de la que disfrutaron en California, una amistad
que ha sobrevivido hasta hoy.
Uno de los deberes de Page era hacer el recorrido
con Hawking cada día entre West Road y el DMAFT. Esto era considerado como un
momento excelente para hablar, resumir los esfuerzos del día anterior y
considerar las tareas para el día que les esperaba. Era un tiempo muy
productivo, aunque Page hallaba la forma de trabajar de Hawking, mediante
complejas ecuaciones matemáticas en su cabeza, algo muy difícil a lo que
acostumbrarse. Hablando de ese viaje dos veces al día, ha dicho:
Lo consideré un muy importante entrenamiento.
Durante los tres años que estuve como pos doctor viví con la familia Hawking, y
muchas veces salía a caminar arriba y abajo con él. Por supuesto, no podía
escribir mientras caminaba, y a veces él me preguntaba algo, y yo intentaba
desarrollar el asunto de memoria. Cuando intentas hacer algo así de memoria,
necesitas realmente meterte en el núcleo del asunto e intentar eliminar los
detalles no esenciales[48].
Por la época del traslado a West Road, Hawking
descubrió que ya no podía seguir usando el coche de inválido de tres ruedas que
tenía en préstamo del Servicio Nacional de la Salud desde 1969 y con el que
viajaba al Instituto de Astronomía tres veces por semana. Al principio pareció
ser otro golpe, pero, como es a menudo el caso con Hawking, consiguieron
convertir la situación en una ventaja. Jane dice:
Fue una bendición disfrazada, porque el camino
hasta el Instituto era de todos modos muy peligroso. No importaba, porque
podíamos permitimos comprar una silla de ruedas eléctrica..., con la que va
mucho mejor, y que en realidad es mucho más conveniente para él porque no tiene
que buscarse la ayuda de gente para entrar y salir como tenía que hacer con el
coche. Así que ahora es independiente por completo en la silla de ruedas
eléctrica. Siempre hay algún factor de compensación que hace el deterioro aceptable[49].
Hawking se convirtió en un auténtico demonio como
conductor de silla de ruedas. Un periodista describía así sus habilidades:
Sale disparado a la calle. A toda marcha, la silla
es capaz de alcanzar un buen paso de trote, y a Hawking le gusta usar toda la
potencia. Tampoco conoce el miedo. Se limita a lanzarse al centro de la
calzada, con la suposición de que cualquier coche que pase se parará. Sus
ayudantes corren nerviosamente delante de él en un intento de minimizar el
peligro [50].
El alivio de Jane de que ya no tuviera que usar el
tres ruedas por las calles de Cambridge quizá fuera excesivo. De hecho,
recientemente, a principios de 1991, Hawking se vio envuelto en un accidente en
su silla de ruedas. Es una figura muy familiar en la ciudad, y los transeúntes
se paran a charlar con él. Sin embargo, en esta ocasión, un conductor no vio la
silla conducida por la encogida figura del científico vivo más famoso del
mundo. El coche golpeó la silla, y el frágil cuerpo de Hawking salió despedido
a la calzada. Hubiera podido ser un accidente desastroso, pero afortunadamente
sólo sufrió heridas menores, cortes en la cara y daño en un hombro. Es típico
del hombre, el hecho de que, contra todas las advertencias médicas, estaba otra
vez en su oficina a las cuarenta y ocho horas y pedía que le pusieran los
papeles y libros delante de él a fin de poder seguir trabajando.
En otras ocasiones, sus travesuras de «muchacho
corredor» han causado enormes embarazos. En junio de 1989, Hawking tenía que
dar la prestigiosa Conferencia Halley en la Universidad de Oxford. Un joven y
recién nombrado profesor de física, George Efstathiou, recibió la no envidiable
tarea de ocuparse del eminente conferenciante que acudía a visitarles antes,
durante y después de la charla. Hawking llegó al departamento de Zoología,
donde se halla el más grande salón de conferencias de la Universidad, y fue escoltado
hasta la recepción. Era tarea de Efstathiou llevar a su famoso visitante al
auditorio, una planta más abajo, donde el vicecanciller de la Universidad y
seiscientos estudiantes, dignatarios de la ciudad y gente interesada aguardaban
con expectación.
Un ascensor con capacidad para dos personas al
extremo de la zona de recepción les llevaría hasta el piso de abajo y les
conduciría, a través de un corto pasillo, a la sala de conferencias. Las
puertas del ascensor estaban abiertas. Antes de que Efstathiou tuviera
posibilidad de ayudar a Hawking a entrar en el ascensor, Hawking puso la silla
a toda marcha y se encaminó hacia las puertas abiertas a una docena de metros
delante de ellos.
Efstathiou recuerda claramente que estimó, incluso
a aquella distancia, que Hawking no conseguiría acertar la estrecha entrada del
ascensor, y no pudo hacer nada excepto contemplar horrorizado cómo su
conferenciante invitado se lanzaba hacia la abertura. Finalmente entró en
acción y partió tras él, pero no pudo alcanzarle. Para su sorpresa, Hawking
entró sin ninguna dificultad.
Pero eso fue sólo el principio de los problemas de
Efstathiou. Porque, cuando Hawking hubo entrado en el ascensor, la silla quedó
torcida y en ángulo encajada en el estrecho espacio. Las puertas del ascensor
se cerraron automáticamente detrás de la silla y atraparon las ruedas entre
ellas. Efstathiou se sintió presa del pánico. Abajo, centenares de personas
aguardaban a Hawking, que ya llegaba con retraso. El tullido científico no
podía alcanzar ninguno de los botones de control, pero las puertas se habían cerrado.
¿Qué podía hacer?
Mientras tanto, al parecer imperturbable ante los
acontecimientos, Hawking estaba tecleando ajetreadamente instrucciones a su
ordenador para invertir la marcha de la silla. Si Efstathiou hubiera podido ver
su rostro, seguro que hubiera encontrado la famosa y maliciosa sonrisa de
Hawking. Al fin, Efstathiou consiguió meter su brazo por la rendija entre las
puertas y apretar a duras penas el botón de apertura de las puertas. Liberado,
Hawking puso en marcha atrás la silla a toda velocidad y reemergió incólume y
sonriente. Como dice Efstathiou, «¡esa experiencia fue una completa iniciación
en la administración del college!».
Hawking utiliza su silla de ruedas como un apéndice
de su paralizado cuerpo, un dispositivo para la expresión física de su
personalidad. No puede gritarle a la gente. Hoy en día, por supuesto, su voz
generada por ordenador es totalmente inexpresiva, pero puede mover su silla de
un lado para otro. Hawking tiene, como ha señalado un periodista, «un rasgo de
fiereza que corre por [su] personalidad, y que sale a la superficie en
torrentes de impaciencia o furia»[51]. Si tiene la sensación de que alguien está malgastando su tiempo, se
limita a darle la vuelta a su silla de ruedas allí mismo y sale de la
habitación irritado.
John Boslough recuerda un incidente cuando se
equivocó con Hawking y recibió el habitual rechazo. Mientras hablaba con él
llegó a olvidar de tal modo su condición que empezó a hablar de un problema que
tenía en el codo como resultado de una partida de squash en Londres el día
antes. «Hawking no hizo ningún comentario. Simplemente condujo su silla de
ruedas fuera de la habitación, y aguardó en el pasillo a que yo volviera al
tema del que estábamos hablando..., física teórica»[52] Quizás hablarle a un hombre paralizado acerca de una partida de
squash no era la más sutil de las cosas que uno podía hacer, pero el incidente
ilustra el muy conocido hecho de que Hawking no es ciertamente un hombre que se
pueda tomar a la ligera.
Quizás hablarle a un hombre paralizado acerca de
una partida de squash no era la más sutil de las cosas que uno podía hacer,
pero el incidente ilustra el muy conocido hecho de que Hawking no es
ciertamente un hombre que se pueda tomar a la ligera.
Su movimiento favorito, cuando está irritado por
algo que alguien ha dicho, es llevar su silla sobre los dedos de los pies del
otro. Por eso, un cierto número de sus estudiantes y colegas han tenido que
desarrollar reflejos más bien rápidos. Uno de los antiguos estudiantes de
Hawking, Nick Warner, afirma: « ¡Lo que más lamenta es no haber pasado todavía
por encima de los pies de Margaret Thatcher!»[53]. Quizá tenga esa suerte algún día.
Por supuesto, hay un aspecto muy distinto de su
personalidad: Hawking el hombre de familia. No hay nada que le guste más que
usar sus habilidades con la silla de ruedas cuando juega con sus hijos, y
aplica su habitual temeridad cuando corre por el jardín de West Road jugando
como un niño. El hecho más triste es que no pueda jugar a otros juegos físicos
con ellos. Fue Jane quien les enseñó a jugar al cricquet y jugaba al viejo
juego de Stephen, el croquet, en las cálidas tardes de verano con Robert, Lucy
y, más tarde, Timothy. Como escribió un periodista,
…en muchos aspectos ha tenido que ser a la vez
madre y padre para sus hijos. Incluso las horas que pasó como estudiante en el
campo de cricquet de la escuela secundaria de St. Albans, alternativamente
aburrida hasta las lágrimas y aterrada por la bola, iban a tener su valor. «He
sido yo quien ha tenido que enseñar a mis dos chicos a jugar al cricquet..., ¡y
puedo ganarles en cualquier momento!», ha dicho[54].
A medida que sus dos primeros hijos crecían,
Hawking no dejaba de recibir homenajes más y más grandes como científico. En el
espacio de sólo dos años, 1975 y 1976, ganó seis premios importantes. Primero
fue la Medalla Eddington de la Real Sociedad Astronómica de Londres, concedida
el año que regresó de California. Fue seguida por la Medalla de Pío XI,
concedida por la Academia Pontificia de Ciencias del Vaticano. En 1976 llegó el
premio Hopkind, el premio Dannie Heinemann de los Estados Unidos, el premio Maxwell
y la Medalla Hughes de la Royal Society, en cuya mención se lee «por sus
notables resultados en su trabajo sobre los agujeros negros». A medida que la
comunidad física internacional empezaba a reconocer sus talentos, su propia
Universidad reconocía de una forma cada vez mayor la valía de Hawking. Durante
el traslado de Little St. Mary’s Lane a West Road, fue nombrado Lector en
Física Gravitatoria por el DMAFT, un puesto académico en algún lugar entre
becario investigador y profesor.
A medida que se acumulaban los premios y
distinciones, Jane empezaba a sentirse desilusionada con la vida de ambos y por
su papel dentro de ese contexto. Era una época de grandes cambios en la forma
en que Occidente percibía a las mujeres y su posición en la sociedad. Los años
sesenta, pese a toda su liberación sexual y permisividad, vieron muy pocos
cambios reales en el papel representado por las mujeres o la forma en que eran
tratadas por la otra mitad de la población. Lo que en realidad significaba la
permisividad y la «liberación» sexual era un sistema distinto dentro del cual
la mujer podía ser explotada, todo ello envuelto con el glaseado de azúcar de
anticonceptivos disponibles gratuitamente y moralidad algo cambiada.
En los años setenta, las mujeres consiguieron algo
más de autorrespeto. Esto resultó en parte respaldado por los cambios en las
leyes y el apoyo de los medios de comunicación. Algunos de estos
acontecimientos alteraron indudablemente la percepción de Jane de su papel. Se
sentía feliz de actuar como enfermera, apoyar a su esposo en su ascendente
carrera y criar una familia casi con sus solas fuerzas. Pero notaba una
creciente sensación de que estaba siendo ignorada como ser humano, como una
mujer inteligente que había tenido éxito académicamente por derecho propio.
Empezaba a sentirse solamente como una ayudante del gran Stephen Hawking. Como
ella misma dice:
Cambridge es un lugar malditamente difícil para
vivir si tu única identidad es la de madre de niños pequeños. Las presiones
sobre ti son para que te abras tu propio camino académicamente[55].
Cambridge tiene el aspecto de una pequeña y
pintoresca ciudad inglesa, pero hay un cierto grado de mal intención dentro de
su refinada elite académica. Aunque la comunidad universitaria ha sido siempre
rápida en reforzar la imagen de Jane Hawking como una devota y atenta madre y
esposa, indudablemente hay en ello un elemento de celos profesionales. Las uñas
están sólo recubiertas por un delgado barniz de civilización, y mientras su
esposo acumulaba premio tras premio, Jane se deslizaba en un estado de declinante
autorrespeto:
Me sentía muy dolida. Me veía a mí misma haciendo
con mis solas fuerzas todo lo posible por Stephen y criando a los dos niños al
mismo tiempo. Y luego todos los honores iban a Stephen.[56]
Decidió hacer algo al respecto, y se embarcó en un
curso de doctorado en lenguas medievales, en el que se especializó en poesía
española y portuguesa. Reflexionando sobre eso ha dicho:
No fue una experiencia muy feliz. Cuando estaba
trabajando tenía la impresión de que debería estar jugando con los niños, y
cuando estaba jugando con los niños pensaba que debería estar trabajando.[57]
Jane sobrevivió al curso y se dedicó a la enseñanza
en Cambridge. Pero la sensación, como ella lo expresó, de ser un «apéndice»
nunca la abandonó por completo:
No soy un apéndice, aunque Stephen sabe que me
siento mucho así cuando acudimos a una de esas reuniones oficiales. A veces ni
siquiera soy presentada a la gente. Siempre voy detrás, y a menudo no sé en
realidad con quién estoy hablando.[58]
Para ser honestos con Stephen Hawking, según sus
amigos y colegas, éste nunca ha dejado de resaltar la contribución de Jane a su
éxito y su bienestar. Aprovecha todas las oportunidades para hablar de los
grandes esfuerzos y sacrificios que ella ha hecho a fin de permitirles a los
dos vivir una vida tan normal como fuera posible. Uno de sus grandes pesares es
haber sido incapaz de representar un papel más importante en ayudar a criar a
los niños, y le encantaría poder jugar a algo más que a carreras por el jardín
y al ajedrez con ellos.
Naturalmente, la condición de Hawking lo ha
liberado de muchos deberes aparte del de ayudar a gobernar una casa. Sus varios
puestos en la Universidad han estado todos acompañados con cargas de enseñanza
y administración reducidas, y se le ha permitido pasar una proporción de su
tiempo pensando mucho mayor que cualquier otro profesor normal. (Algunos han
atribuido su gran éxito en cosmología a su dilatada libertad cerebral, mientras
otros han afirmado que el punto culminante en la aplicación de sus habilidades
fue el inicio de su condición, y que antes de eso no era más que un estudiante
medianamente brillante. Fuera cual fuese la razón de ese gran discernimiento y
de esa sorprendente comprensión de su tema, puede ser cierto decir que no
hubiera avanzado tan rápidamente o alcanzado tan grandes alturas si se hubiera
esperado que pasara grandes cantidades de su tiempo organizando comités,
asistiendo a reuniones de la facultad y supervisando a los no graduados.
* * * *
La sensación de resentimiento creciente acerca de
sus respectivos papeles dentro de su relación, no eran las únicas dificultades
que crecieron lentamente para la pareja hasta convertirse en problemas durante
los años sesenta. Estaba la cuestión, de la religión. Jane fue educada como
cristiana y tenía unas opiniones religiosas muy fuertes. Ha dicho en una
entrevista:
Sin mi fe en Dios, no hubiera sido capaz de vivir
en esta situación. Para empezar, no hubiera sido capaz de casarme con Stephen,
porque no hubiera tenido el optimismo necesario que me empujara, y no hubiera
sido capaz de seguir adelante.[59]
Hawking, por su parte, no es ateo; simplemente
considera que la idea de la fe es algo que no puede absorber dentro de su
visión del Universo. Su perspectiva no es la de Einstein, y se ha citado que ha
dicho:
Somos unas criaturas insignificantes en un planeta
menor de una estrella muy común en los suburbios exteriores de una entre un
centenar de miles de millones de galaxias. Así, es difícil creer en un Dios que
se preocupa de nosotros o siquiera repare en nuestra existencia.[60]
De estas dos afirmaciones resulta claro que la
pareja tenía puntos de vista muy diferentes desde el momento mismo en que se
encontraron. Jane atribuye en parte las opiniones religiosas de Hawking a su
condición física:
A medida que uno se va haciendo mayor es más fácil
adoptar un punto de vista más amplio. Cree que todo el cuadro para él, es tan
diferente de todo el cuadro para cualquier otro, en virtud de su condición y
sus circunstancias, ser un genio casi totalmente paralizado, y que nadie más
puede comprender cuál es su visión de Dios o cuál puede llegar a ser su
relación con Dios.[61]
Pero, ¿es éste realmente el caso? Han habido muchos
filósofos y científicos a lo largo de la historia que hubieran hecho
afirmaciones muy similares a las de Hawking, pero ellos no sufrían la ELA. Del
mismo modo, por supuesto, hay un cierto número de científicos practicantes que
tienen muy fuertes convicciones cristianas, y algunos han afirmado que Hawking
simplemente no está cualificado para efectuar declaraciones sobre religión
porque no sabe nada al respecto. Pero, ¿qué cualificaciones necesita uno? Hawking
trabaja en un campo que empuja hacia la religión. Su trabajo
se ocupa de los orígenes y de la primera vida del Universo. ¿Puede algún tema
ser más religioso? En una ocasión afirmó:
Es difícil discutir el origen del Universo sin
mencionar el concepto de Dios. Mi trabajo sobre el origen del Universo se halla
en la frontera entre ciencia y religión, pero intento permanecer en el lado
científico de la frontera. Es completamente posible que Dios actúe de formas
que no pueden ser descritaspor las leyes físicas. Pero, en ese caso, uno tiene
que recurrir a las creencias personales [62]
Y ése no ha sido nunca el estilo de Hawking. Cuando
se le pregunta si hay algún conflicto entre religión y ciencia, Hawking tiende
a volver a la misma argumentación sobre creencias personales, y no ve ningún
auténtico conflicto. «Si uno toma esa actitud ―respondió cuando se le preguntó
si creía que ciencia y religión eran filosofías contrapuestas―, entonces Newton
no hubiera descubierto la ley de la gravedad»[63]. ¿Y qué opinar, a la luz del dilema de Stephen y Jane, del famoso
último párrafo de Historia del tiempo?
Sin embargo, si descubrimos una teoría completa,
debería ser comprensible a su debido tiempo, en líneas generales, para todo el
mundo, no sólo para unos pocos científicos. Entonces todos, filósofos,
científicos y gente de la calle, deberíamos poder tomar parte en la discusión
de la pregunta de por qué existimos nosotros y el Universo. Si hallamos la
respuesta a eso, será el triunfo definitivo de la razón humana..., porque
entonces conoceremos la mente de Dios[64].
La ciencia, parece, puede llegar a responder algún
día a la pregunta « ¿cómo?», pero no « ¿por qué?». Pese a tales afirmaciones,
lo que realmente empezó a causar problemas para Jane fue una creciente
sensación de que su esposo intentaba erradicar toda necesidad de Dios de su
visión del Universo. Y, a medida que crecían su fama y su influencia, vio esto
como un problema emergente. Es dudoso que creyera que él se había lanzado a
alguna especie de cruzada antirreligiosa con su trabajo o que intentara deliberadamente
demostrar que los creyentes estaban equivocados. Tan sólo tenía la impresión de
que, en el universo de Hawking, el razonamiento matemático puro eliminaba toda
necesidad de Dios:
Hay un aspecto de su pensamiento que hallo cada vez
más inquietante y difícil de aguantar. Es la sensación de que, debido a que
todo se haya reducido a fórmulas matemáticas racionales, ésa debe ser la
verdad. Está ahondando en reinos que realmente no importan a la gente pensante
y de una forma que puede producir efectos muy trastornados sobre esa gente...,
y él no es competente para ello[65].
Pero, ¿quién lo es? Si no otra cosa, la religión es
un asunto muy personal. ¿Son los líderes de las distintas Iglesias más expertos
acerca del origen y el significado de la vida que un científico? ¿Por qué
debería Stephen Hawking ser menos competente para hablar de Dios que la persona
de al lado..., o el pontífice de al lado, si llegamos a ello? ¿Tuvieron razón
los hombres de Dios en sentenciar a Galileo a terminar sus años en una
solitaria miseria? ¿Tuvieron razón en quemar a Giordano Bruno en la hoguera por
atreverse a proponer una visión contraria del Universo? ¿Han sido justificables
todas las guerras religiosas de la historia humana, con el terror y la miseria
que las acompañaron? ¿Ha sido competente la religión organizada en esas
circunstancias?
Jane no posee entrenamiento científico y no puede
compartir las visiones de su esposo sobre ese tema, que él puede discutir sólo
con sus colegas profesionales. Como ella misma ha dicho:
Uno de mis mayores pesares es que, por el hecho de
no ser matemática, puedo comprender el trabajo de Stephen sólo en términos de
imágenes. Él ha de mantenerlo todo al nivel del suelo para explicármelo. Es una
buena disciplina para él[66].
Esto nunca fue un problema antes, pero cuando Jane
empezó a ver que Hawking se acercaba a un territorio cuyos cimientos
filosóficos estaban muy cerca de las creencias personales de ella, eso debió
hacer sonar todos sus timbres de alarma. A lo que ella pone más objeciones es
al modelo «sin límites» del universo de Hawking, que sugiere que el Universo es
auto contenido. Es un modelo con el que Hawking se siente particularmente
complacido. Ha dicho de la idea: «En realidad sustenta la ciencia, puesto que es
la afirmación de que las leyes científicas se mantienen por todos lados»[67]. Cuando enfocamos el problema de que, si el Universo es auto contenido,
necesitamos explicar cómo apareció en un principio, su respuesta es que no lo
necesitamos: «Simplemente ES»[68].
Hawking tiene al menos un colega cercano con
fuertes convicciones religiosas, su amigo y colaborador Don Page. De hecho,
Page es un cristiano reconvertido, evangelista además de cosmólogo. Parece no
hallar dificultades en casar los dos aspectos extremos de su vida y trabajo.
Dice del modelo ilimitado:
[En] el modelo judeocristiano, Dios crea y
sostiene todo el Universo en vez de sólo el comienzo. Si el Universo tiene o no
un comienzo, no tiene ninguna relevancia con respecto a la cuestión de su
creación, del mismo modo que si la línea trazada por un artista tiene un
principio o un final o en vez de ello forma un círculo sin fin no tiene
relevancia con respecto a la cuestión de haber sido trazada[69]
Jane le dijo en una ocasión a un periodista que se
había sentido entristecida cuando, poco después de empezar a residir en su
nueva casa, Page intentó arrastrar a Hawking a una conversación religiosa, pero
se vio obligado a dejarlo correr. Pese a sus puntos de vista enormemente
distintos al respecto, los dos hombres han seguido siendo amigos; simplemente
han llegado al acuerdo de no discutir sobre ninguna forma de Dios personal.
Hawking confunde tanto a los que lo critican como a los que lo apoyan con afirmaciones
aparentemente ambiguas, como:
Aunque sólo haya una teoría unificada posible, no
es más que un conjunto de reglas y ecuaciones. ¿Qué es lo que arde en las
ecuaciones y crea un universo para que ellas lo describan?[70]
Seguro que Hawking no está sugiriendo aquí que,
después de todo puede que haya un papel para un creador. Sobre este asunto
parece complacerse en dejar las cosas abiertas. Por el simple hecho de limitar
la necesidad de un Dios, ha eludido por completo la necesidad de negar la
existencia de Dios.
Einstein formuló en una ocasión la pregunta: «
¿Cuántas elecciones tuvo Dios a la hora de construir el Universo?» Si la
proposición de la ausencia de límites es correcta, no tuvo libertad en absoluto
de elegir las condiciones iniciales. Por supuesto, tuvo todavía la libertad de
elegir las leyes que debía obedecer el Universo. Esto, sin embargo, puede no
haber sido realmente mucha elección, puede que haya sólo una, o un número
pequeño, de teorías unificadas completas..., que sean autoconscientes y permitan
la existencia de estructuras tan complicadas como los seres humanos que pueden
investigar las leyes del Universo y preguntarse acerca de la naturaleza de Dios[71].
Los pensadores a ambos lados de la línea divisoria
―tanto aquellos que apoyan los puntos de vista religiosos convencionales como
los cínicos y ateos― han citado, bien y mal, a Hawking en tantas ocasiones que
un escritor comparó recientemente su elocuencia y citabilidad a la de
Shakespeare y la Biblia. Hawking se ríe ante tales cosas, y hace notar el hecho
de que su citabilidad deriva de la forma sucinta en que hace sus declaraciones,
un talento que debe alimentar debido a las dificultades que tiene para comunicarse.
Al parecer, Hawking ayudó mucho a Jane durante
aquella crisis. Ella se sentía, y quizás aún se sienta, exasperada por la
testarudez de él ante el tema. «Yo expongo mi punto de vista de que hay
diferentes formas de enfocarla [la religión], y que la matemática es sólo una
de ellas ―ha dicho Jane―, y él se limita a sonreír»[72].
No es sólo hacia la religión convencional hacia lo
que Hawking siente un extremado escepticismo. Las lecciones que aprendió de los
experimentos con la PES en los años cincuenta nunca le han abandonado, y no
tiene tiempo para misticismos o metafísicas de ninguna forma o estilo. Un
cierto número de escritores han intentado trazar un puente sobre el abismo
entre el misticismo y la física de finales del siglo XX. Hay muchos que ven
paralelismos entre religión oriental y mecánica cuántica, antiguas enseñanzas y
teorías del caos, pero Hawking se burla de todos esos escenarios. En su libro
Lonely Hearts of the Cosmos, Dennis Overbye describe una ocasión en la que
encontró a Hawking, en los años sesenta, y consiguió llevar la conversación al
tema del misticismo sin que su interlocutor le pisara los pies. Overbye citó al
antropólogo Joseph Campbell con respecto a la diosa hindú Kali, «la terrible de
los muchos nombres cuyo estómago es un vacío y por eso nunca puede llenarse,
cuyo vientre da nacimiento para siempre a todas las cosas». Luego intentó
trazar una conexión entre Kali y los agujeros negros. Apenas capaz de
contenerse,
Hawking bufó: Es un disparate muy de moda. La gente
se lanza al misticismo oriental tan sólo porque es algo distinto a lo que han
conocido antes. Pero, como descripción natural de la realidad, falla de una
forma abismal en producir resultados... Si uno examina el misticismo oriental
puede descubrir cosas que parecen sugerir la física o la cosmología moderna. No
creo que tengan el menor significado.
Llamar a esas cosas agujeros negros fue un golpe
maestro por parte de Wheeler porque crea una conexión [psicológica], o conjura
un montón de neurosis humanas. Si hubiera sido adoptado de forma general el
término ruso «estrella helada», entonces esta parte de la mitología oriental no
hubiera parecido en absoluto significativa. Han sido llamados agujeros negros
porque se relacionan con los temores humanos de vemos destruidos o engullidos.
Así que, en este sentido, hay una conexión. No temo ser arrojado al interior de
ninguno de ellos. Los comprendo. En un cierto sentido tengo la impresión de que
soy su amo[73].
Sin embargo, un cierto número de periodistas y
comentaristas de la periferia del mundo de Hawking han hecho algunas
extrapolaciones completamente ridículas sobre este tema. Para algunos, Hawking
es una metáfora de su propia obra, un astronauta de los agujeros negros. Cuando
Overbye le planteó eso, se mostró comprensiblemente irritado ante la
sugerencia. «Siempre creí que podía comunicarme»[74], restalló como respuesta, y pasó por encima de los dedos de los pies de
Overbye.
Astronauta de los agujeros negros o no, la cantidad
de viajes que hizo Hawking durante los setenta se fue incrementando de año en
año. En el invierno de 1976 emprendió una gira por los Estados Unidos, y
participó en importantes conferencias en Chicago y Boston. Incluso para otros
científicos que lo conocían de simposios y conferencias por todo el Globo, su
habla era casi ininteligible, y cuando entre la concurrencia había miembros del
público en general y periodistas, éstos hallaban casi tan difícil captar las
palabras de Hawking como el tema a que se referían.
Pese al hecho de que los organizadores de las
conferencias eran invariablemente advertidos por anticipado de las
incapacidades de Hawking, muy a menudo éste se hallaba sin ningún acceso fácil
al estrado o al escenario desde donde debía dar la conferencia. Tenía que
arreglárselas sin rampas o ascensores. En tales ocasiones, los amigos y colegas
de Hawking acudían al rescate y entre seis de ellos manejaban su pesada silla
de ruedas. Aunque Hawking en sí pesaba poco más de cuarenta kilos, la silla
funcionaba con pesadas baterías de coche y, de acuerdo con aquellos que alguna
vez tomaron parte en el ejercicio, siempre había el miedo de que le dejaran
caer o se hiciera daño en el cuello. Un amigo ha descrito cómo pudo ver la
cabeza de Hawking bambolearse de un lado para otro mientras seis de los más
robustos científicos de su grupo alzaban la silla de ruedas un metro y medio
hasta el escenario, y cómo se sintió aterrado ante el pensamiento de que algún
día algo fuera desastrosamente mal, simplemente porque los organizadores no
habían pensado las cosas como correspondía.
Hawking causó una gran impresión durante su viaje
de 1976 a los Estados Unidos. Su figura delgada como un palillo hundida en su
silla de ruedas parecía, para una enorme mayoría de la audiencia, murmurar
incomprensiblemente hacia un punto del escenario a unos dos metros por delante
de él. Pero, pese a esto, siempre era tomado muy en serio por aquellos que
acudían a escucharle. Los más cercanos colegas que entendían lo que decía, lo
traducían para sus vecinos de la mejor manera que podían, con un oído concentrado
en las matemáticas que Hawking describía. Las diapositivas y el alivio de
numerosos chistes trillados ayudaban, pero siempre era un trabajo duro.
Por aquel entonces había invertido por completo sus
ideas acerca de los agujeros negros y la termodinámica, las mismas ideas que
habían creado tales discusiones unos cuantos años antes. En una charla en
Boston, titulada («Los agujeros negros están blancos por el calor», causó una
conmoción cuando planteó una conclusión que refutaba la famosa afirmación de
Einstein «Dios no juega a los dados». «Dios no sólo juega a los dados ―proclamó
Hawking―, sino que a veces los lanza allá donde no pueden verse.»
Los entrevistadores hacían cola para hablar con
Hawking. En enero de 1977, la «BBC» emitió un programa titulado The Key
to the Universe, que iba acompañado por un libro de Nigel Calder. El
programa estaba dedicado en gran parte al último trabajo de Stephen Hawking, y
perfilaba al hombre y sus esfuerzos por unificar relatividad y mecánica
cuántica, «la llave al Universo» del título. Por primera vez, el gran público
recibió al doctor Stephen Hawking a sus treinta y cinco años, científico
investigador, y al hecho de sus incapacidades, además de su trabajo. Tuvo al
público británico contemplándole por millones.
A partir de 1977, la publicidad que rodeaba a
Hawking y sus logros empezó a ascender a escala local, nacional y global. Entre
reportajes de punks firmando contratos para discos frente al palacio de
Buckingham y la creciente excitación sobre el cincuenta aniversario de la reina
el próximo verano, había murmullos en la Prensa de Cambridge acerca del
sorprendente hecho de que su famoso científico, miembro de la Royal Society y
celebridad en agujeros negros, que aparecía por televisión y su rostro estaba
en la Prensa de una forma cada vez más regular y frecuente, no tenía ninguna
posición profesional en la Universidad de Cambridge.
Hubo murmuradas sugerencias de que quizá la
Universidad se mostraba reacia a darle un profesorado al severamente impedido
científico debido a que era probable que no viviera mucho. En marzo de 1977,
sin embargo, la Universidad decidió ofrecerle una cátedra especialmente creada
de Física Gravitatoria, que sería suya durante tanto tiempo como permaneciera
en Cambridge; el mismo año le fue concedido el status de miembro del
profesorado en Caius, con un profesorado independiente conferido por las
autoridades del college.
Los premios y honores seguían fluyendo. Robert
Berman, el supervisor no graduado de Hawking en Oxford, lo había recomendado
como Miembro Honorario del University College. En su carta al Comité de
Proyectos Generales dijo:
El número actual del Who’s Who muestra algunos de
sus logros, pero no tiene espacio suficiente para relacionar todos los premios
y honores. No puedo imaginar que el college haya producido nunca un científico
más distinguido, y nos proporcionaría un gran honor si nuestra asociación con
su carrera fuera puesta de manifiesto (el mundo exterior supone que es
enteramente un producto de Cambridge).
Puede que parezca sorprendente pedirles que
consideren a alguien que todavía no ha cumplido los 35 años como miembro
honorario, pero hay dos razones para ello. En primer lugar, esta distinción es
completamente excepcional y no tenemos que aguardar a que su trabajo sea
reconocido a nivel general. Hawking es mencionado en prácticamente todos los
artículos o conferencias sobre agujeros negros. Su libro (The Large Scale
Structure of Spacetime) fue lo que todos los cosmólogos estaban aguardando.
En segundo lugar, Hawking está gravemente enfermo y
confinado en una silla de ruedas, con una especie de insidiosa parálisis que
normalmente acorta mucho las vidas de sus víctimas. Se halla en un estado
físico abrumador, pero su mente funciona con normalidad.
¡Espero que no tengan la impresión de que debemos
aguardar a ver si recibe realmente el premio Nobel!
Berman pensó que tal vez tuviera que discutir más
su caso. Por eso, se sorprendió cuando su recomendación fue aceptada sin
ninguna objeción en la primera reunión del Comité. El holgazán autor de
pintadas que, hacía sólo dieciséis años, había pasado más tiempo bebiendo que
trabajando en la Universidad de Oxford, había recorrido un largo camino.
Capítulo XI
De vuelta al comienzo
A finales de 1974, el trabajo de Hawking sobre los
agujeros negros había demostrado que, usando sólo la teoría de la relatividad
general, las ecuaciones decían que el área superficial de un agujero negro no
podía encogerse..., pero al añadirle las reglas cuánticas a las ecuaciones
revela que no sólo puede encogerse, sino desaparecer finalmente en un soplo de
radiación gamma. Sus primeros trabajos con Penrose habían demostrado que,
usando sólo la teoría de la relatividad general, las ecuaciones decían que el
Universo tenía que haber nacido a partir de una singularidad, un punto de
densidad infinita y volumen cero, hacía aproximadamente unos quince mil
millones de años. Era natural que la siguiente pregunta científica que se
formularía fuera qué le ocurriría a esta predicción si se añadían las reglas
cuánticas a ese conjunto de ecuaciones.
Ésta no era una pregunta fácil de responder. Los
físicos habían intentado combinar la teoría cuántica y la teoría de la
relatividad en una teoría completa y unificada desde que se iniciara la
revolución cuántica en los años veinte; el propio Einstein pasó los últimos
veinte años de su vida activa dedicado al problema, y fracasó en llegar a una
solución. De hecho, una teoría completa de la gravedad cuántica sigue eludiendo
a los matemáticos. Pero, restringiéndose al rompecabezas específico de cómo
interactuaban la relatividad y la mecánica cuántica al comienzo del tiempo,
Hawking consiguió hacer progresos, hasta el punto que, a principios de los años
ochenta, planteaba la cuestión de si había habido realmente un comienzo del
tiempo. Para comprender cómo llegó a esta sorprendente hipótesis tenemos que
examinar de nuevo la teoría cuántica, en una variación desarrollada por el gran
físico norteamericano Richard Feynman. Es conocida como el enfoque de «suma
sobre las historias» o «integrales de camino».
Los rasgos esenciales de la mecánica cuántica se
demuestran muy claramente mediante lo que se conoce como «el experimento de los
dos agujeros». En ese experimento, un rayo de luz, o un haz de electrones, se
dirige a través de dos pequeños agujeros en una pared a una pantalla al otro
lado. La versión que utiliza la luz es conocida como experimento de Young, y
puede que a muchos les resulte familiar de sus estudios de física. Lo que
ocurre es que la distribución de la luz en la pantalla forma una disposición característica
de franjas oscuras y claras alternas, causadas cuando las ondas
electromagnéticas que pasan a través de cada agujero interfieren. Donde los dos
juegos de ondas se suman hay una franja brillante; donde se anulan la pantalla
queda oscura.
Esta interferencia puede comprenderse fácilmente en
términos de ondas. Podemos conseguir con exactitud el mismo efecto si creamos
olas en un depósito de agua y las dejamos pasar a través de dos ranuras de una
barrera. Pero es mucho más difícil de comprender cómo los electrones, en los
que estamos acostumbrados a pensar como en partículas duras parecidas a
diminutas bolas de billar, puedan comportarse del mismo modo. Sin embargo, lo
hacen.
Lo que es aún más extraño es que el mismo esquema
de franjas oscuras y luminosas se forme lentamente en la pantalla (que puede
ser casi exactamente igual que una pantalla de televisión) cuando los
electrones se lanzan a través de los agujeros uno a uno. ¿Por qué debería ser
extraño eso? Pensemos en lo que ocurre cuando los electrones son lanzados a
través de sólo un agujero. En vez de un esquema de franjas en la pantalla, sólo
obtenemos una mancha brillante detrás del agujero. Esto es también lo que
obtenemos si bloqueamos alguno de los dos agujeros cuando lanzamos los
electrones. «Evidentemente», cada electrón puede pasar sólo por un agujero.
Pero cuando ambos agujeros están abiertos, incluso con los electrones lanzados
durante todo el experimento uno a uno, no vemos sólo dos
manchas de luz detrás de los agujeros, sino el característico esquema a franjas
del experimento de Young.
Éste es el ejemplo más claro de la dualidad
onda-partícula (ver capítulo II) que forma el núcleo del mundo cuántico.
Cuando cada electrón llega a la pantalla, crea un
punto de luz, como esperaríamos de la llegada de una diminuta partícula «bola
de billar». Pero, cuando se juntan miles de esos puntos de luz, producen el
esquema a franjas correspondientes a una onda que pase a través de los dos
agujeros simultáneamente. Es como si cada electrón individual fuera una onda
que pasara a través de ambos agujeros a la vez, interfiriera consigo mismo,
decidiera a qué parte del esquema de franjas pertenece, y se encaminara hasta
allí para llegar como una partícula que crea un punto de luz.
No debemos preocupamos si descubrimos que esto es
incomprensible. Niels Bohr, uno de los físicos pioneros de la revolución
cuántica, acostumbraba a decir que «cualquiera que no se sienta impresionado
por la teoría cuántica es que no la ha comprendido», mientras que Feynman,
probablemente el mayor físico teórico desde la Segunda Guerra Mundial, fue aún
más lejos, y le gustaba decir que nadie comprende la mecánica
cuántica. Lo más importante no es comprender cómo puede producirse un
comportamiento tan extraño como el de la dualidad onda-partícula, sino
descubrir un conjunto de ecuaciones que describa lo que ocurre y haga posible a
los físicos predecir cómo se comportan los electrones, las ondas de luz y lo
demás. El enfoque de la suma sobre las historias fue la contribución de Feynman
a esta forma más pragmática de «comprender» a nivel cuántico, y a finales de
los años setenta Hawking la aplicó al estudio del Big Bang.
Feynman dijo que, en vez de pensar en un objeto
como un electrón con una partícula simple que sigue una ruta determinada de A a
B (por ejemplo, a través de uno de los dos agujeros en el experimento de
Young), tenemos que contemplarla como si siguiera todos los caminos posibles de
A a B a través del espacio-tiempo. Sería más fácil para una partícula «clásica»
seguir algunos caminos (algunas «historias») que otros, y esto está permitido
en las ecuaciones de Feynman asignando a cada camino una probabilidad que puede
calcularse a partir de las reglas cuánticas.
Esas posibilidades pueden interferir con las
probabilidades correspondientes a «líneas de universo» (así se las llama)
próximas, tal como las olas en la superficie de un estanque interfieren entre
sí. El camino real seguido por la partícula se calcula entonces añadiendo todas
las probabilidades de los caminos individuales (por cuyo motivo se conoce
también como el enfoque de la integral de camino).
En la enorme mayoría de los casos, las distintas
probabilidades se cancelan casi por completo unas a otras, dejando sólo unos
pocos caminos, o trayectorias, que son reforzados. Esto es lo que ocurre con
las trayectorias correspondientes a un electrón que se mueva cerca del núcleo
de un átomo. Al electrón no se le permite ir simplemente a cualquier parte
debido a la forma en que se cancelan las probabilidades. Sólo se le permite
moverse en una de las pocas órbitas en tomo al núcleo donde las probabilidades
se esfuerzan unas a otras.
El experimento con dos agujeros es inusual porque
ofrece a los electrones una posibilidad entre dos conjuntos, igualmente
probables de trayectorias, una a través de cada agujero, y es por eso por lo
que la extrañeza básica del mundo cuántico se muestra de una forma tan clara en
este ejemplo. Sólo Hawking, sin embargo, tuvo el atrevimiento de aplicar el
enfoque de la integral de caminos para calcular la historia, no de un electrón
individual, sino de todo el Universo; pero incluso él empezó de una forma menor,
con las singularidades de los agujeros negros.
* * * *
Cuando un agujero negro se evapora, ¿qué ocurre con
la singularidad de su interior? Una suposición simple puede ser que, en los
estadios finales de la evaporación, el horizonte en torno al agujero se
desvanezca y deje detrás la singularidad desnuda que se supone que la
Naturaleza aborrece. De hecho, sin embargo, las ecuaciones desarrolladas por
Hawking a principios de los años setenta para describir los agujeros negros que
estallan no podían ser llevadas hasta este extremo. Estrictamente hablando,
sólo podían ser aplicadas si la masa del agujero negro fuera aún una razonable
fracción de un gramo..., casi lo suficientemente grande como para ser pesada
con nuestras balanzas de cocina. La mejor suposición que Hawking, o cualquier
otro, podía hacer en 1974 era que, cuando un agujero negro se ha evaporado
hasta este punto, desaparecerá por completo, llevándose consigo la
singularidad. Pero esto era sólo una suposición, basada en algunos principios
cuánticos generales.
Esos principios son aspectos del principio de
incertidumbre básico. Del mismo modo que hay una incertidumbre fundamental
acerca del contenido de energía del vacío, también hay una incertidumbre
fundamental acerca de medidas básicas tales como longitud y tiempo. El tamaño
de esas incertidumbres está determinado por la constante de Planck, que nos
proporciona unos «cuantos» básicos conocidos, como la longitud de Planck y el
tiempo de Planck.
Ambos son muy pequeños. La longitud de Planck, por
ejemplo, es 10-35 metros, mucho más pequeña que el núcleo de un
átomo. Según las reglas cuánticas, no sólo es imposible en principio medir
cualquier longitud con más precisión que eso (¡deberíamos de tener esa
suerte!), sino que carece de significado el concepto de una longitud más corta
que la longitud de Planck. Así pues, si un agujero negro que se evapora llegara
a encogerse hasta el punto de tener un diámetro de sólo una longitud de Planck,
no podría encogerse, más. Si perdiera más energía, simplemente desaparecería
por completo. El cuánto de tiempo es, del mismo modo, el intervalo de tiempo
más pequeño que tiene algún significado. Este tiempo de Planck es un simple 10-43 segundos,
y no existe un intervalo más corto de tiempo. (No debemos preocupamos acerca de
la magnitud exacta de esos números; lo importante es que, aunque son
abrumadoramente pequeños, no son cero.) La teoría cuántica nos dice que no
podemos encoger un agujero negro hasta un punto matemático, ni mirar hacia
atrás en el tiempo literalmente hasta el momento mismo en que el tiempo
«comenzó». Aunque lleváramos el modelo del Big Bang a su límite más extremo,
tendríamos que contemplar el Universo como si fuera creado con una «edad»
igual, como mínimo, al tiempo de Planck.
En ambos casos, la mecánica cuántica parece
eliminar las incordantes singularidades. Si no tiene significado el concepto de
un volumen con un diámetro inferior a la longitud de Planck, entonces no tiene
significado el concepto de un punto de volumen cero y de densidad infinita. La
teoría cuántica nos dice que aunque las densidades alcanzadas dentro de los
agujeros negros y en el nacimiento del Universo pueden ser abrumadoramente
altas para cualquier medida humana, no son infinitas. Y si pueden extirparse los
infinitos y las singularidades, entonces hay al menos una esperanza de hallar
un conjunto de ecuaciones para describir el origen (y, en consecuencia, el
destino) del Universo. Tras empezar en 1975 con un rompecabezas de lo que
ocurre en los últimos estadios de la evaporación de un agujero negro, en 1981
Hawking estaba preparado para desvelar sus nuevas ideas, incorporando la
versión de la suma sobre las historias de Feynman de la mecánica cuántica, para
explicar cómo había nacido el Universo. El lugar que eligió para desvelar eso
fue... el Vaticano.
De hecho, la elección no fue enteramente capricho
de Hawking. Ocurrió que la Iglesia Católica había invitado a varios eminentes
cosmólogos a asistir a una conferencia en Roma en 1981, para discutir la
evolución del Universo desde el Big Bang en adelante. En los años ochenta, la
Iglesia era mucho más receptiva a las enseñanzas científicas de lo que lo había
sido en los días de Galileo, y el punto de vista oficial era que resultaba
correcto que la ciencia investigara los acontecimientos desde el Big Bang, dejando
el misterio del momento de la creación en manos de Dios.
Afortunadamente quizá, la investigación de Hawking
sobre el momento de la Creación se hallaba todavía envuelta en un lenguaje
matemático más bien abstracto cuando la presentó a esa conferencia. Desde
entonces, sin embargo, ha desarrollado las ideas a una forma más accesible
(sobre todo con la ayuda de James Hartle, de la Universidad de California). No
se necesita mucha intuición para suponer que probablemente el Papa no hubiera
aprobado la versión totalmente desarrollada de las ideas de Hawking, que parecen
alejarse por completo de la intervención de Dios.
Lo que Hawking ha intentado hacer es desarrollar
una suma sobre historias que describe toda la evolución del Universo.
Esto, por supuesto, es imposible. Una sola historia
de este tipo podría implicar el elaborar la trayectoria de cada partícula
individual a través del espacio-tiempo desde el comienzo del Universo hasta su
final; y habría un enorme número de tales historias en esa «integración». Pero
Hawking descubrió que había una forma de simplificar los cálculos, siempre que
el Universo tuviera una forma particularmente sencilla.
La teoría cuántica aparece en los cálculos en la
forma de suma sobre las historias. La relatividad general en la forma del
espacio-tiempo curvo. En los modelos de Hawking, un espacio-tiempo curvo
completo que describe toda la historia de una sola partícula en la suma sobre
las historias de Feynman. La relatividad general permite la posibilidad de
muchos tipos diferentes de curvatura, y algunos tipos de curvatura resultan ser
más probables que otros.
Si el Universo es como el interior de un agujero
negro, con el espacio-tiempo cerrado a su alrededor, entonces podemos imaginar,
en la imagen estándar del Big Bang, que todo (incluido el espacio) se expande
hacia fuera a partir de la singularidad inicial, alcanza un cierto tamaño, y
luego se coloca en la imagen especular del Big Bang, el llamado «Big Crunch»,
gran aplastamiento. En esta imagen, hay un comienzo del tiempo en la
singularidad inicial, y un fin del tiempo en la singularidad final. Hawking llama
al comienzo y al fin del tiempo «bordes» en su modelo del Universo. Ese modelo
no tiene ningún borde en el espacio, porque el espacio está doblado en círculo
sobre sí mismo y forma una superficie lisa como la superficie de un globo, o la
superficie de la Tierra; pero hay un borde en el tiempo en el comienzo, cuando
el Universo aparece como un punto de tamaño cero.
Hawking deseaba extirpar el borde del tiempo, del
mismo modo que lo había hecho con el borde del espacio, para producir un modelo
de universo que no tuviera en absoluto límites. Descubrió que, sin tener que
entrar en detalles de calcular cada trayectoria de cada partícula a través del
espacio-tiempo, las reglas generales del enfoque de la suma sobre las historias
aplicadas a familias de espacio-tiempo curvos decían que un cierto tipo de
curvatura es mucho más probable que cualquier otro, si no se aplican las
condiciones de carencia de límites.
Hawking hace notar que cada condición de carencia
de límites es todavía sólo una suposición acerca de la naturaleza del Universo,
pero que es una suposición que conduce a una poderosa imagen de la realidad. Es
el equivalente cosmológico a afirmar que el enfoque de la integral de caminos
nos dice que un electrón puede seguir tan sólo ciertas órbitas en torno a un
núcleo; el Universo sólo tiene un número limitado de ciclos de vida donde
elegir, y todos tienen un aspecto muy parecido.
La mejor manera de reflejar esos modelos es a
través de una extensión de la idea del universo representada por la superficie
de un globo. En la antigua imagen, esta superficie representa el espacio, y la
evolución del Universo del Bang al Crunch se representa imaginando que el globo
se hincha y luego se deshincha. En la nueva imagen, sin embargo, la superficie
esférica representa tanto el espacio como el tiempo, y permanece con el mismo
tamaño, de una forma mucho más parecida a la superficie de la Tierra que a la
superficie de un globo que se hincha. Así que, ¿dónde entra la expansión del
Universo observada en este modelo?
Ahora, dice Hawking, tenemos que imaginar el Big
Bang como correspondiente a un punto sobre la superficie de la esfera, en el
Polo Norte. Un diminuto círculo trazado alrededor de ese punto (un paralelo)
corresponde al tamaño del espacio ocupado por el Universo. A medida que pasa el
tiempo, tenemos que imaginar que trazamos paralelos más y más alejados del Polo
Norte, haciendo el Universo más grande (mostrando su expansión) a lo largo de
todo el camino hasta el ecuador. A partir del ecuador y hasta el Polo Sur, las
líneas de latitud se vuelven a hacer más pequeñas, correspondientes a un
Universo que se encoge a la nada a medida que pasa el tiempo. Seguimos teniendo
una imagen del Universo nacido en un estado súper denso y que evoluciona y
vuelve a contraerse a un estado súper denso, pero aquí no hay discontinuidad en
el tiempo, del mismo modo que no hay borde del mundo en el Polo Norte. En el
Polo Norte no hay dirección norte, y todas las direcciones señalan hacia el
Sur. Pero esto es debido simplemente a la geometría de la superficie curva de
la Tierra. Del mismo modo, en el Big Bang no había pasado, y todos los tiempos
se extendían hacia el futuro. Y esto se debe simplemente a la geometría del
espacio-tiempo curvo. Todo el conjunto del espacio y el tiempo, la materia y la
energía, es completamente auto contenido.
Una espléndida forma de comprender lo que ocurre es
imaginar que estamos de pie a una cierta distancia del Polo Norte, y echamos a
andar hacia el Norte. Aunque andemos en línea recta, pronto descubriremos que
andamos hacia el Sur. Del mismo modo, si dispusiéramos de una máquina del
tiempo operativa, y empezáramos a viajar hacia atrás por el tiempo desde algún
momento justo después del Big Bang, pronto descubriríamos que viajábamos hacia
delante en el tiempo, aunque no hubiéramos alterado los controles de la máquina
del tiempo. No se puede ir hacia atrás hasta un tiempo anterior al Big Bang
(estrictamente hablando, antes del tiempo de Planck), porque simplemente no hay
«antes».
En la Breve historia del tiempo,
Hawking desarrolla las implicaciones para la religión. No deja a sus colegas
ninguna duda de que es, como mínimo, un agnóstico, y halla un fuerte apoyo a
sus creencias en sus estudios cosmológicos:
Mientras el Universo tuvo un principio, pudimos
suponer que tenía un creador. Pero si el Universo es en realidad completamente
auto contenido, sin límites ni bordes, no tendría ni comienzo ni fin:
simplemente sería. ¿Qué lugar queda entonces para el creador?[75].
Pero, incluso sin un creador, todavía hay problemas
que resolver. Ya en 1981, la atención de Hawking y otros teóricos estaba
enfocada hacia la siguiente pregunta. ¿Cómo estalló una diminuta semilla de un
universo hasta el enorme tamaño que vemos hoy?
El rompecabezas de cómo el Universo ha llegado a
ser tan grande como lo es hoy fue creciendo y creciendo durante los años
setenta. Cuando todo el mundo pensaba que la teoría del Big Bang era sólo un
modelo con el que jugar, no se preocuparon demasiado acerca de los detalles de
cómo podía funcionar. Pero a medida que se fueron acumulando las pruebas de que
este modelo proporciona una muy buena descripción del Universo auténtico, se
fue haciendo cada vez más importante explicar con exactitud lo que hace que el
modelo, y el Universo, funcionen.
Había dos problemas que los cosmólogos simplemente
eran incapaces de resolver en los años setenta. Primero, ¿por qué el Universo
es tan uniforme, por qué su aspecto es el mismo (en términos generales) en
todas direcciones del espacio, y por qué, en particular, la temperatura del
fondo de microondas es exactamente la misma en todas direcciones? Segundo, el
Universo parece hallarse delicadamente equilibrado en la línea divisoria entre
ser cerrado, como un agujero negro, y abierto, a fin de poder expandirse para
siempre. En términos de la curvatura del espacio, el Universo es notablemente
plano. ¿Por qué?
Sobre las bases de tan sólo la relatividad general,
parece no haber ninguna razón por la que no pudiera haber sido, por ejemplo,
mucho más curvado, en cuyo caso el Universo se hubiera expandido sólo muy poco
desde el Big Bang antes de volver a contraerse, y no hubiera habido tiempo
suficiente para que las estrellas, los planetas y la gente evolucionaran. Los
cosmólogos sospechaban que la homogeneidad y planaridad del Universo nos decían
algo fundamental sobre la naturaleza del Big Bang, pero nadie podía ver con
exactitud qué podía ser hasta que un joven investigador de la universidad de
Cornell, Alan Guth, apareció con una nueva idea.
La proposición de Guth es conocida por el nombre de
«inflación», y deriva de la física cuántica. Guth sugirió que, en la primera
fracción de segundo después del comienzo, el vacío del Universo existía en un
estado altamente energético, como permiten las reglas cuánticas, pero
inestable. El estado de alta energía es análogo a un contenedor de agua
enfriado, muy lenta y cuidadosamente, hasta por debajo de 0ºC. Este
súper enfriamiento es posible si el agua se enfría muy cuidadosamente, pero el
resultado es inestable. A la menor alteración, el agua se congelará y se
convertirá en hielo, y si lo hace cederá energía (se libera exactamente la
misma cantidad de energía que se necesita para fundir un cubito de hielo a 0 ºC
cuando la misma cantidad de agua se congela).
Aquí es donde la analogía del agua se rompe
ligeramente, porque, cuando el Universo se enfrió, a partir del estado de vacío
excitado, al vacío estable que conocemos hoy, fue liberada tanta energía que se
volvió súper ardiente, no helado, y por un tiempo se expandió a velocidad súper
rápida. En una diminuta fracción de segundo, una región de espacio mucho más
pequeña que un protón (pero llena de energía condensada) debió inflarse, según
esta teoría, hasta un volumen de aproximadamente el tamaño de un pomelo. A ese
punto la inflación se agotó, y la bola de fuego del tamaño de un pomelo empezó
la expansión regular asociada con el modelo estándar del Big Bang, y creció a
lo largo de los próximos quince mil millones de años hasta convertirse en todo
el Universo visible.
Según la teoría inflacionaria, el Universo es tan
uniforme debido a que ha crecido desde una semilla tan pequeña que literalmente
no hubo sitio dentro de ella para las irregularidades. Y las ecuaciones nos
dicen también que el proceso de inflación aplanó el espacio. La mejor analogía
de cómo funciona esto es con la arrugada superficie de una ciruela pasa, que
dista mucho de ser plana. Cuando empapas la ciruela pasa en agua, se hincha, se
expande de tal modo que la superficie se tensa y las arrugas se alisan.
Imaginemos que empezamos con una ciruela pasa más pequeña que un protón, y que
se expande hasta el tamaño de un pomelo, y tendremos por qué el espacio es tan
plano hoy en día.
El modelo inflacionario ha sido extensamente
desarrollado desde que Guth hiciera la proposición original en 1980. Hawking se
ha ocupado de llenar detalles de su trabajo a lo largo de todos los ochenta,
pero los principales desarrollos han procedido de un investigador soviético,
Andrei Linde. Algunas de las primeras contribuciones de Linde fueron duplicadas
de forma independiente por Paul Steinhart y Andreas Albrecht, de la Universidad
de Pensilvania. Como veremos en el capítulo XV, las primeras versiones de la
inflación se iniciaron en los años ochenta gracias a nuevas ideas que
proporcionaron una nueva y espectacular imagen del origen y evolución no sólo
del Universo, sino de una multiplicidad de universos. Hawking tuvo una parte
también en este trabajo. A partir de ahí, honores y premios se acumularían
sobre el hombre para quien, poco tiempo antes, el modesto reconocimiento
ofrecido por la Fundación para la Investigación de la Gravedad había sido «muy
bienvenido»
Capítulo XII
Ciencia y superestrellato
En 1978 Hawking fue distinguido con uno de los
premios más prestigiosos en física, el premio Albert Einstein, concedido por la
Fundación Lewis and Rose Strauss Memorial, que anunció el ganador en una gala
de Washington. La mención proclamaba que el trabajo de Hawking podía conducir a
una teoría del campo unificado «tan buscada por los científicos»[76], como señaló un periódico de Cambridge. El premio Albert Einstein es
considerado como equivalente en prestigio a un premio Nobel, y sin duda fue el
premio más importante que hubiera recibido Hawking hasta entonces. Los
periodistas empezaron a hablar de la posibilidad de que el físico de treinta y
seis años fuera el siguiente en la cola del mayor de todos los honores
académicos, una invitación a la Real Academia de Ciencias de Estocolmo.
Sin embargo, hay dos razones por las que es
improbable que Hawking reciba el premio Nobel. En primer lugar, una ojeada por
encima a la lista de los ganadores desde los primeros premios en 1901 muestra
muy pocos astrónomos. La razón de ello, según una historia, es que el químico
Alfred Nobel, que creó los premios, decretó que los astrónomos no fueran
elegibles. Los rumores dicen que su exclusión se debió a que su esposa había
tenido una aventura con un astrónomo, y en consecuencia no sentía más que odio hacia
toda la profesión. Pese a esto, Martin Ryle y Anthony Hewish compartieron en
1974 el premio Nobel de Física por su trabajo en radio astrofísica, y
Subrahmanyan Chandrasekar lo ganó en 1983 por sus estudios teóricos sobre el
origen y evolución de las estrellas. Esos dos premios fueron concedidos unos
buenos setenta años después de la muerte del fundador, de modo que quizá la
Academia mire ahora a los astrónomos con un poco más de simpatía.
Hay, sin embargo, una razón más importante para la
ausencia de Hawking de la lista de ganadores. Una de las reglas de la Academia
dicta que un candidato puede ser tomado en consideración para un premio sólo si
su descubrimiento puede ser respaldado por pruebas experimentales u
observaciones verificables. Aunque las matemáticas de sus teorías son
consideradas hermosas y elegantes, la ciencia todavía es incapaz de probar ni
siquiera la existencia de los agujeros negros, y mucho menos verificar la
Radiación Hawking o cualquier otra de sus proposiciones teóricas.
Un año después de recibir el premio Albert
Einstein, el segundo libro de Hawking fue publicado por la Cambridge University
Press: una recopilación de dieciséis artículos para conmemorar el centenario
del nacimiento de Albert Einstein el 14 de marzo de 1879. Hawking co-preparó la
edición del libro, titulado General Relativity: An Einstein Centenary
Survey, con su colega Werner Israel. Cuando Simon Mitton presentó el libro
en una conferencia de ventas, en enero de 1979, el equipo de ventas, cuyo
trabajo era llevar los libros a la calle y convencer a los libreros de su
mérito, se mostró sorprendentemente entusiasta. Uno de los vendedores dijo a
Mitton: «Ese hombre, Hawking..., es sorprendente, ¿sabe? No tendremos ninguna
dificultad en vender éste. Todas las librerías de calidad lo cogerán, no hay
problema.» Tenía razón. Les fue arrancado de las manos y se vendió
excepcionalmente bien en su edición de tapas duras, y mejor aún cuando apareció
más tarde en edición de bolsillo. La fama de Hawking se estaba extendiendo.
Ése fue también el año en que Stephen Hawking
obtuvo al fin su propio despacho en el DMAFT: le llegó junto con su
nombramiento como Lucasian Professor. Hawking es muy consciente de
su lugar en la historia de la ciencia. Está fascinado por el hecho de que nació
el día que se cumplía el tricentenario de la muerte de Galileo, el 8 de enero
de 1642. Ese mismo año Isaac Newton nació en Woolsthorpe, un pequeño pueblo del
Lincolnshire, y fue el propio Isaac Newton nombrado Lucasian
Professor en Cambridge en 1669, trescientos diez años antes de
Hawking.
Albert Einstein consideraba a Galileo como el mayor
de todos los científicos, y Hawking ha afirmado que fue, en sus enfoques, el
primer científico del siglo XX:
Fue el primer científico que empezó realmente a
usar sus ojos, tanto figurativa como físicamente. Y, en cierto sentido, fue
responsable de la edad de la ciencia de que disfrutamos hoy en día [77]
La obra de Galileo condujo directamente a la obra
de Newton y al establecimiento de la física clásica. La obra de Einstein, que
nació cien años antes de que Hawking recibiera su cátedra lucasiana, puso la
física a «gran escala» patas arriba. En consecuencia, Hawking es visto por
muchos como el físico que tiene más probabilidades de tener éxito en la enorme
tarea de unificar los dos pilares que sostienen la física, la mecánica cuántica
y la relatividad. No es extraño que Hawking posea un fuerte sentido de la
historia de la ciencia.
En su inauguración como Lucasian Professor,
Hawking dio una memorable conferencia, titulada « ¿Está a la vista el fin de la
física teórica?», en la que sugirió que una Gran Teoría Unificada que
describiera las leyes fundamentales del Universo podría obtenerse a finales del
siglo.
Era una idea excitante e inspiradora. La audiencia
sabía, mientras salían de la sala, que si alguien podía convertir en realidad
ese sueño, sería la endeble figura que se había sentado hacía unos momentos en
el estrado ante ellos, derrumbada en su silla de ruedas motorizada, efectuando
poderosas afirmaciones con su típica confianza.
El nombramiento como Lucasian Professor de
matemáticas en la Universidad de Cambridge fue uno de los puntos culminantes de
la carrera de Hawking. Ser profesor en una de las más antiguas y respetadas
universidades del mundo es un enorme logro en sí mismo, pero haber conseguido
esa hazaña a la edad de treinta y siete años es notable. Newton era diez años
más joven que Hawking cuando consiguió la cátedra, pero, en el siglo XVII,
había muchos menos académicos y muy poca competencia para tales puestos.
Además, Newton fue también el más joven profesor jamás nombrado en Cambridge.
La Pascua de 1979 vio el nacimiento del tercer hijo
de Stephen y Jane, un niño al que bautizaron Timothy. Fue una época feliz para
la familia Hawking. Contra todo pronóstico, habían superado enormes obstáculos
para conseguir grandes éxitos. Jane había completado su doctorado y hallaba un
buen grado de satisfacción intelectual en su trabajo en la enseñanza; el
profesor Hawking recibía la estima de sus colegas y estaba consiguiendo una
creciente aclamación popular como «el nuevo Einstein». Y ahora había otro Hawking
en West Road.
En el más amplio mundo exterior, fuera del
enclaustrado entorno académico de Cambridge, el siempre cambiante caleidoscopio
de la vida se veía sacudido de nuevo. Poco antes del nacimiento de Timothy
Hawking, los científicos del Laboratorio de Propulsión a Chorro de Pasadena se
sorprendieron al descubrir, vía la sonda del espacio profundo Voyager 1, que
Júpiter tenía anillos como su vecino celeste, Saturno. Antes de que terminara
el año, Margaret Thatcher había iniciado su gobierno de once años como la primera
mujer Primer Ministro de Gran Bretaña, el primo de la reina, Lord Mountbatten
de Birmania, era asesinado por el IRA, y el personal y los marines de la
Embajada de los Estados Unidos eran tomados como rehenes en Teherán. También
ese año el consejero de arte de la reina, el hombre de Cambridge, Anthony
Blunt, era presentado como «el cuarto hombre». Rusia invadía Afganistán, la
madre Teresa de Calcuta recibía el premio Nobel de la Paz, y John Cleese seguía
deleitando las audiencias televisivas por «no mencionar la guerra». Uno de los
mayores filmes del año fue Apocalypse Now.
Al cambiar la década, Hawking podía mirar hacia
atrás satisfecho de sus logros de los últimos diez años. Los síntomas de la ELA
se habían equilibrado. Su habla era prácticamente ininteligible para todo el
mundo excepto para sus colegas más cercanos y su familia, y estaba confinado de
forma permanente en su silla de ruedas motorizada, pero seguía trabajando y
viajando con la misma intensidad de siempre. Su liberación de las tareas y
responsabilidades mundanas estaba pagando sus dividendos científicos.
Apenas podían suplementar la escasa ayuda
proporcionada por el Servicio Nacional de la Salud, recurriendo al dinero que
Hawking había recibido del creciente número de premios y el mayor sueldo que
recibía de su nuevo nombramiento.
A partir de 1980, el sistema de aceptar estudiantes
graduados para que ayudaran en la casa fue remplazado por un servicio de
enfermeras público y privado. Jane tenía ayuda para cuidar de Stephen durante
un par de horas por la mañana y por la noche.
Apenas podían suplementar la escasa ayuda
proporcionada por el Servicio Nacional de la Salud, recurriendo al dinero que
Hawking había recibido del creciente número de premios y el mayor sueldo que
recibía de su nuevo nombramiento.
Stephen y Jane empezaron a cultivar una reputación
de populares anfitriones sociales dentro de la escena académica de Cambridge.
Don Page ha descrito a Jane como «una gran ventaja profesional para su esposo
como anfitriona»[78]. El doctor Berman, el tutor de Hawking en Oxford, ha dicho de ella: «
[Jane es] una mujer notable. Se ocupa de que él haga todo lo que haría una
persona sana. Van a todas partes y hacen de todo»[79]. Los Hawking se convirtieron pronto en el centro de la vida social en
Cambridge. Ser Lucasian Professor le dio a Stephen un gran
prestigio, tanto en los círculos académicos como en el campo más amplio de la
intelectualidad internacional. Las cenas y las reuniones sociales en West Road
y en el DMAFT eran acontecimientos frecuentes, y los invitados incluían a
menudo académicos visitantes, además de miembros de la jerarquía universitaria.
Su interés por la música clásica era bien conocido en Cambridge, y la pareja
era vista a menudo en los conciertos de la ciudad. Les encantaba ir al teatro y
al cine y a cenar fuera, tanto en el propio Cambridge como en sus visitas a
otros lugares.
Las evidentes limitaciones de Stephen causaban a
menudo embarazo en aquellos que no le conocían en restaurantes y en los
diversos actos a los que la pareja era invitada con frecuencia. Los
espectadores casuales, ignorantes del hecho de que se hallaban en presencia de
uno de los más grandes científicos del mundo, podían ser perdonados por pensar
que la marchita figura derrumbada en su silla de ruedas ―que intentaba hablar
pero sólo conseguía producir un ruido incomprensible, al que le tenían que dar
de comer, y cuya cabeza, insuficientemente sostenida por los atrofiados
músculos del cuello, colgaba hacia delante, con la barbilla clavada en el
pecho― era un hombre irremediablemente tullido y patéticamente minusválido,
quizás incapacitado tanto mental como físicamente. Nada podía estar más lejos
de la verdad. Sobre el tema de sus incapacidades, el propio Hawking dijo en una
entrevista de aquella época:
Creo que soy más feliz ahora de lo que era antes de
que todo esto empezara. Antes de que la enfermedad se instalara en mi cuerpo me
sentía muy hastiado de la vida. Bebía mucho, supongo, y no trabajaba. Era una
existencia más bien sin objetivo. Cuando las expectativas de uno se ven
reducidas a cero, uno aprecia realmente todo lo que tiene [80]
En otra ocasión dijo: «Si estás incapacitado
físicamente, no puedes permitirte estar incapacitado también psicológicamente»[81].
Jane se hacía eco de este punto de vista, con un
enfoque de la vida típicamente directo y optimista: «Intentamos sacarle todo lo
posible a cada momento»[82], dijo en una entrevista.
Un periodista del Sunday Times le preguntó en una
ocasión si alguna vez se sentía deprimido a causa de su incapacidad.
«Normalmente no ―respondió él―. He conseguido hacer
lo que deseaba, pese a ello, y eso me proporciona una sensación de realización»[83].
Otro le preguntó cuál era su mayor pesar acerca de
haber contraído esa enfermedad.
«No poder jugar físicamente con mis hijos»,
respondió[84].
Unos años antes. Hawking se había lanzado a una
dilatada pelea con las autoridades universitarias acerca de un mejor acceso
para él al edificio del DMAFT. Casi lo único que había que pagar era la
instalación de una rampa. Hawking ganó al fin, e incluso consiguió persuadir a
las autoridades de que bajaran la altura de los bordillos en las inmediaciones
de Silver Street para facilitar su viaje desde West Road. Estas peleas pusieron
a Hawking de un humor combativo acerca de las necesidades de los disminuidos físicos,
y desde entonces ha emprendido varias cruzadas por distintas causas.
La emprendió con el Concejo Municipal de Cambridge
acerca de los accesos a los edificios públicos, y ganó. Tras una prolongada
argumentación y un intercambio de cartas cada vez más abrasivas, los bordillos
fueron bajados en un cierto número de lugares vitales y se instalaron rampas en
varios edificios. Una determinada disputa se centró en un edificio público
llamado «Cockcroft Hall», usado como centro de votación durante las elecciones
locales. Tras el día de las elecciones, Hawking se quejó al Concejo de que era
prácticamente imposible para los severamente incapacitados entrar en el
edificio para votar. Las autoridades del Concejo intentaron argumentar que
«Cockcroft Hall» no era en realidad un edificio público, y que, en
consecuencia, no estaba sometido al Decreto de Personas Incapacitadas de 1970.
Debido al hecho de que el profesor Hawking estaba implicado en el asunto, la
Prensa local se interesó en el tema, y con posterioridad publicó una serie de
artículos que ponían en evidencia los problemas a los que se enfrentaban los
incapacitados en Cambridge. El Concejo Municipal tuvo que claudicar.
Hacia finales de 1979, la Real Asociación para la
Incapacitaron y Rehabilitación nombró a Hawking «hombre del año», y sus
esfuerzos en la lucha por los derechos de los impedidos fueron puestos de nuevo
de relieve por la Prensa local, que lo erigió en campeón de su causa. El propio
Hawking se ve dominado por sentimientos ambivalentes sobre el tema. Por un
lado, desea hacer todo lo que pueda por las otras personas impedidas, porque,
siendo él mismo un impedido, conoce y comprende por completo los problemas a los
que se enfrentan. Tiene un carácter testarudo y definitivas huellas de
naturaleza rebelde, todo ello cultivado en parte por las circunstancias, lo que
le proporciona un ansia constante de discutir. No hay nada que le encante más
que una buena discusión, ya sea sobre cosmología, socialismo o los derechos de
los minusválidos. Por otra parte, Hawking ha hecho siempre un esfuerzo
consciente por desligarse de su condición. No siente ningún interés en absoluto
por averiguar más cosas sobre su enfermedad o realzar sus impedimentos.
Un entrevistador le preguntó en una ocasión si no
lamentaba el no utilizar sus poderes intelectuales para ayudar a encontrar una
cura a su enfermedad. Respondió que hubiera encontrado algo así demasiado
trastornador. Es físico, no médico, y tenía la sensación de que conocer los
horribles detalles sería totalmente improductivo. Hawking se siente, por
supuesto, muy feliz de que otros estén trabajando en busca de una cura para la
ELA, pero no desea saber cómo van las investigaciones. Tan sólo desea que se lo
digan cuando efectúen algún avance importante.
Todo esto condujo a que, en un momento, su actitud
frente a los problemas a los que se enfrentaban los minusválidos fuera
percibida como ambivalente. Los críticos empezaron a quejarse de que no estaba
haciendo lo suficiente, que su creciente celebridad era una perfecta plataforma
para hacerse oír por encima de la multitud. A medida que ha ido pasando el
tiempo, Hawking se ha vuelto más activo, pero el simple hecho es que apenas
necesita hacer nada, puesto que tan sólo siguiendo con vida y continuando su
trabajo al intenso ritmo al que él y el mundo han acabado acostumbrándose, ya
es una inspiración para la gente impedida de todas partes.
En una reciente charla en una conferencia sobre
ciencias ocupacionales en la Universidad de California del Sur, hizo
ciertamente todos los esfuerzos posibles por alzar su voz por encima de la
multitud:
Es muy importante que los niños impedidos sean
ayudados a mezclarse con otros de su misma edad. Determina su autoimagen. ¿Cómo
puede uno sentirse miembro de la raza humana si es colocado aparte desde una
temprana edad? Es una forma de apartheid. Ayudas como sillas de ruedas y
ordenadores pueden desempeñar un importante papel en superar las deficiencias
físicas; la actitud correcta es aún más importante. No sirve de nada quejarse
sobre la actitud del público hacia los minusválidos. Corresponde a la gente impedida
cambiar la conciencia de la gente de la misma forma que los negros y las
mujeres han cambiado las percepciones del público[85]
Tras haber probado su sabor. Hawking no restringió
su campaña hacia los problemas de los impedidos. Estaba empezando a sentir un
creciente interés en decir lo que creía que tenía que decir sobre un cierto
número de temas socio― políticos cada vez más amplios. Dirigió una campaña para
cambiar las reglas que prohibían la admisión de mujeres estudiantes en el Caius
College, una disputa que duró casi una década. Él y Jane continuaron siendo
miembros de pago del Partido Laborista, y Hawking se hizo oír cada vez más
sobre temas sociales como los problemas de los pobres y el estado del medio
ambiente. Ha bromeado que es un «socialista de derecho izquierda», pero sus
actitudes hacia preocupaciones que van desde la guerra de las Malvinas hasta el
desarme nuclear, muestran una definitiva tendencia hacia una rama del
liberalismo que prevalece en el hogar de los Hawking desde sus primeros años.
Cuando aceptó un premio patrocinado por un
contratista de la Defensa de los Estados Unidos, disertó ante los ejecutivos de
la compañía reunidos para la ceremonia sobre lo insensato de las armas
nucleares:
Disponemos del equivalente de cuatro toneladas de
explosivos de alto poder por cada persona de la Tierra. Se necesitan poco más
de doscientos gramos de explosivo para matar a una persona, así que tenemos
16.000 veces lo que necesitamos. Debemos comprender que no nos hallamos en
conflicto con los soviéticos, que ambos lados tienen un gran interés en la
estabilidad del otro lado. Deberíamos reconocer ese hecho y cooperar, en vez de
armarnos los unos contra los otros[86].
Aparte de conseguir su propio despacho, la vida en
el DMAFT había cambiado poco desde su nombramiento como Lucasian
Professor. Silver Street es una estrecha y serpenteante callejuela junto a
King’s Parade, en el centro de Cambridge. El cartel es tan discreto que casi
resulta inútil: los visitantes descubren a menudo que son incapaces de hallar
la entrada sin ayuda. Cuando se descubre al fin, el cartel señala hacia un paso
con arco que conduce a un patio adoquinado. Hay un cierto número de coches
aparcados en tomo al perímetro, y montones de bicicletas, en triple fila,
colocadas contra la pared de piedra. En el extremo del fondo del patio hay una
puerta roja con una ventana de cristal y, en la pared a un lado, una placa de
cobre que anuncia el departamento de una forma clara y elegante.
Dentro, un vestíbulo con suelo de linóleo conduce a
una amplia y desaliñada sala de descanso. Hay mesas y bajos y blandos sillones
distribuidos al azar por toda la estancia, dejados allá donde los situaron sus
últimos ocupantes. Las paredes están pintadas de gris, y toda la atmósfera es
de deslustrado academicismo ligeramente descuidado, de trabajo cotidiano. Desde
la sala de descanso, una serie de puertas conducen a un cierto número de
despachos. La que Hawking compartía con un anterior estudiante, Gary Gibbons,
tiene una pegatina que dice: «Los agujeros negros están fuera de la vista.» La
puerta de su nueva oficina tiene un típico añadido auto burlón pegado a la
altura de los ojos: «SILENCIO, POR FAVOR; EL JEFE ESTÁ DURMIENDO.»
La oficina de Hawking ha cambiado poco desde que la
ocupó en 1979. Es relativamente pequeña, y está dominada por un escritorio
colocado a dos tercios de la distancia desde la puerta a la pared del fondo.
Las paredes están recubiertas de estanterías con libros, y a un lado del
escritorio hay todo un conjunto de artilugios. El primero es un teléfono
especialmente adaptado con un micrófono y un altavoz de modo que pueda usarlo
sin tener que sujetar el auricular. A su lado hay otro dispositivo: un gira
páginas que vuelve automáticamente las páginas de cualquier libro situado sobre
una plataforma elevada, y que funciona con pulsar un botón. Una vez un ayudante
le ha colocado y sujetado un libro, Hawking puede hallar sin dificultad
cualquier página del texto que desee leer. Las complicaciones surgen cuando
desea consultar un trabajo o leer una revista, porque la máquina no puede
manejarlos. En esas ocasiones, el artículo tiene que ser fotocopiado y colocado
encima del escritorio ante él. En el escritorio, cerca de las fotos enmarcadas
de la familia, hay un ordenador, al que se le han añadido dos palancas que
operan un cursor en la pantalla. Esto reemplaza el teclado normal y actúa a la
vez como «pizarra» y procesador de textos.
Hay una atmósfera relajada en el departamento.
Perpetuando la tradición de varias décadas, todo el mundo se reúne dos veces al
día para el café de la mañana y el té de la tarde. En esas reuniones, la charla
se centra en el trabajo del día. Pasar cinco minutos en la sala de descanso del
DMAFT revela un hecho evidente: a los filósofos les gusta la charla. Los
estudiantes tratan a Hawking con alegre irreverencia; allí no hay ceremonias ni
elitismo. Cuando el escritor Dennis Overbye visitó a Hawking en el DMAFT se
encontró con un grupo de estudiantes apiñados en tomo a una mesa revestida de
formica en la sala de descanso. «En edad, atuendo, palidez y muestras de
deficiencias nutricionales, se parecían al equipo de carretera de una banda de
rock and roll»[87], es como los describió. Hawking bromea con ellos, explicando trillados
chistes de no graduado. Siguiendo una antigua tradición, si dan con una idea
brillante durante el transcurso de sus discusiones, escriben de inmediato las
descripciones matemáticas sobre la mesa. «Cuando deseamos conservar algo,
simplemente fotocopiamos la mesa»[88], le dijo Hawking a Overbye.
* * * *
Los deberes administrativos de Hawking consisten en
ocuparse del relativamente pequeño grupo, formado por una docena o así de
ayudantes de investigación de diversas nacionalidades, y la supervisión de un
puñado de estudiantes en busca de su doctorado. Aparte esas responsabilidades,
su tarea de profesor le permitía ocuparse de aquello a lo que antes había
dedicado tanto tiempo..., pensar. En casa, las actividades de Hawking eran más
bien agitadas. Difícilmente pasaba una semana sin una visita de algún colega
extranjero. Ahora era responsabilidad suya organizar los simposios y
conferencias dadas por los físicos interesados en visitar Cambridge. El grupo
de relatividad de Hawking en el DMAFT era considerado como la vanguardia de la
investigación, y no había falta de científicos interesados en compartir sus
últimos trabajos con el equipo de Cambridge.
Por aquella época, Hawking había establecido una
agotadora rutina de trabajo en el DMAFT, una que ha cambiado poco hasta hoy. Se
levantaba temprano, pero podía necesitar dos horas antes de estar listo para
salir de casa, con lo que llegaba a su oficina a las diez. El trayecto desde
West Road no le ocupaba más de diez minutos, y normalmente lo pasaba
conversando con uno de sus estudiantes o ayudantes de investigación. Tras
comprobar el correo con su secretaria, pasaba normalmente la mañana trabajando
en su ordenador o leyendo artículos o trabajos escritos por otros del mismo
campo. A las once en punto se dirigía a la sala de descanso, donde un ayudante
le daba a beber su café, llevando la taza hasta la boca de Hawking. Luego
pasaba a menudo algún tiempo conversando, de la mejor manera que podía, con los
estudiantes y ayudantes de investigación, antes de regresar a su oficina hasta
la hora de comer para hacer y recibir llamadas telefónicas y responder
correspondencia.
A la una en punto salía a comer al Caius College.
Acompañado normalmente por un ayudante, situaba la palanca de control de la
silla de ruedas a toda potencia y se encaminaba hacia King’s Parade, pasando
junto a la capilla del King's College y la Senate House, con su ayudante al
trote para mantenerse a su altura. A Hawking le encanta esta ciudad en la que
ha pasado la mayor parte de su vida. La grandeza de su arquitectura y la
atmósfera de intensa actividad intelectual que empapan el lugar son muy importantes
para él. Acompañado en este viaje por un escritor, le dio al entrevistador una
lección de historia, teñida con su característica marca de ironía:
Cuando el doctor Caius reabrió el Gonville College
en el siglo XVI, construyó tres puertas. Uno entraba por la Puerta de la
Humildad, pasaba a través de la Puerta de la Sabiduría y la Virtud, y salía por
la puerta del Honor. La Puerta de la Humildad ha sido derribada. Ya no se
necesitaba[89]).
Cada día de la semana, después de comer, Hawking se
encaminaba de vuelta al DMAFT para trabajar hasta la hora del té. A las 4, la
normalmente silenciosa sala de descanso estallaba con el ruido de los que
trabajaban allí. El té era bebido en medio de un buen número de animadas
charlas entre pequeños grupos. Luego, como ahora, Hawking se sentaba
normalmente en una esquina de la habitación. Raras veces dice más que unas
cuantas frases durante el té, pero cuando habla, la gente escucha. Un
estudiante ha observado que se puede conseguir más de unas cuantas cortas y
precisas afirmaciones de Hawking que de toda una conferencia de algún otro.
Normalmente sus estudiantes acudían a verle a
última hora de la tarde. Se sentaban a su lado en el escritorio y se inclinaban
sobre la pantalla del ordenador que hay encima de él. Con las hojas de
ecuaciones en las que habían estado trabajando ante él, Hawking examinaba sus
esfuerzos y hacía algunas concisas sugerencias. Sus asociados más cercanos, sus
ayudantes investigadores, ampliaban luego sus comentarios y ayudaban a los
estudiantes a desentrañar los problemas y a desarrollar las sugerencias del profesor.
Después del té, Hawking trabajaba normalmente hasta
las siete de la tarde. Luego conducía su silla fuera del edificio y rehacía a
la inversa el camino de la mañana. Algunas tardes decidía cenar con los demás
profesores en la mesa reservada para ellos en el college. En tales ocasiones se
veía obligado a vestirse con su toga profesoral. En otras ocasiones se quedaba
en casa con Jane y los niños, o la pareja salía a cenar a un restaurante de
Cambridge mientras uno de los ayudantes de Hawking hacía de canguro.
A medida que crecía su celebridad, la cantidad de
tiempo que Hawking pasaba viajando a ultramar se incrementaba. Durante los
primeros años de los ochenta hizo varios viajes a Estados Unidos cada año, y
asistió a numerosas conferencias y cursos en Europa y otras partes del globo.
Roger Penrose ha recordado que nada podía detener a Hawking de viajar a
destinos lejanos, y que intentaba asistir a todas las conferencias importantes,
no importaba dónde se celebraran. En una conferencia celebrada en Bélgica, casi
perdió el avión de vuelta a casa en Bruselas debido a que el taxista que los
llevaba a él y a Penrose al aeropuerto se perdió. Al llegar al aeropuerto, con
el avión ya en la pista listo para despegar, Penrose tuvo que correr a lo largo
de las rampas y por los edificios del aeropuerto con la silla de ruedas de
Hawking zumbando a su lado a toda marcha. Llegaron justo a tiempo, y abordaron
el aparato sólo unos minutos antes del despegue.
Jane empezó a viajar a ultramar con menos
frecuencia a fin de poder ocuparse de la creciente familia en Cambridge. La
responsabilidad de cuidar de Hawking en sus visitas al extranjero recaía cada
vez más en sus ayudantes de investigación y colegas cercanos. Amigos como
Penrose ayudaban de la mejor manera que podían y viajaban con él cuando acudían
a la misma conferencia, pero por aquel entonces uno de sus estudiantes tenía
que ir siempre con él allá donde fuera. Siempre que era posible, Hawking
intentaba estirar el presupuesto a fin de que la invitación financiara también
a una enfermera que les acompañara a él y a su ayudante académico. A este
respecto las cosas eran más fáciles después de haber sido nombrado Lucasian
Professor, pero aún así, a las instituciones académicas no les gustaba
manejar su dinero con excesiva largueza. Por aquel entonces, sin embargo,
Hawking era ya lo suficientemente importante, y su caso lo bastante
excepcional, como para flexibilizar un poco las reglas.
Si no viajaba con él a destinos por todo el mundo,
la familia no quedaba por supuesto olvidada. Penrose recuerda un incidente
cuando su vuelo de regreso fue retrasado y tuvieron que pasar varias horas en
la sala de espera de un aeropuerto. Hawking había visto un juguete encantador
en el escaparate de una de las tiendas. Le dijo a su amigo que deseaba aquel
juguete en particular para llevárselo a Lucy. Tras pedirle a Penrose que se lo
comprara, Hawking pasó el resto de su espera con un enorme y esponjoso animal
rosa perchado en su regazo, ocultando prácticamente su delgado cuerpo. Por
supuesto, Lucy se sintió encantada con el regalo.
Cuando Hawking asistió a la conferencia de
cosmología organizada por la Academia Pontificia de Ciencias en el Vaticano en
1981 (ver capítulo XI), Jane fue con él. Los delegados de la conferencia y sus
acompañantes pasaron una semana en Roma. Un cierto número de noches, Stephen y
Jane salieron a cenar a restaurantes, compartiendo a menudo su mesa con Dennis
Sciama y su esposa Lydia, así como con otros amigos que asistían también a la
conferencia. Jane recuerda el viaje como unos días felices para ambos. Entre
reuniones y discusiones, Stephen intentó hacer tiempo para ver cosas, uno de
sus pasatiempos favoritos.
En su alocución a la conferencia, el Papa advirtió
a los físicos contra profundizar demasiado en la cuestión de cómo o por qué
comenzó el universo, al tiempo que les recordaba que eso era un asunto para
teólogos. Siguió:
Cualquier hipótesis científica sobre el origen del
mundo, como la del átomo primigenio a partir del cual derivó todo el mundo
físico, deja abierto el problema relativo al principio del universo. La ciencia
no puede resolver por sí misma tales cuestiones; lo que se necesita es ese
conocimiento humano que se eleva por encima de la física y de la astrofísica se
llama metafísica; se necesita por encima de todo el conocimiento que deriva de
las revelaciones de Dios[90].
Hawking permaneció sentado impasible en su silla y
escuchó al Papa Juan Pablo II decirles que él no veía nada malo en la moderna
cosmología y que incluso creía que podía haber algunas sustancias en la idea
del Big Bang. Pero ahí, dijo, es donde había que trazar la línea de
demarcación, y los cosmólogos no debían intentar ir más allá. ¡A algunos de los
científicos más viejos les recordó otra conferencia celebrada en el Vaticano,
en 1962, donde el por entonces Papa, Pío XII, declaró que esperaba que todos
siguieran el ejemplo de Galileo! Fue en la conferencia vaticana de 1981 donde
Hawking anunció su controvertido teorema de «no contornos» y las connotaciones
religiosas que lo acompañaban. Fue recibido de forma entusiástica por la
audiencia, pero lo que el Papa pensó de la idea no quedó reflejado. Si no otra
cosa, ciertamente Hawking tenía un sentido de la ocasión altamente
desarrollado.
Después de la conferencia, los físicos visitantes y
sus esposas fueron invitados a una audiencia con el Papa en su residencia de
verano de Castel Gandolfo. El edificio en sí no es impresionante, pero posee
una belleza sencilla. Los visitantes cruzan el pequeño pueblo que rodea la
finca y ascienden hasta la casa por un largo sendero. Los científicos del
Vaticano no eran los únicos invitados del Papa aquella tarde, y la seguridad en
Castel Gandolfo (y, de hecho, en la Ciudad del Vaticano) era tan intensa como
cabía esperar. Ese año, 1981, será seguramente recordado como el año de los
intentos de asesinato.
Seis meses antes, el ex-Beatle John Lennon había
llegado a su apartamento en el Edificio Dakota de Nueva York con su esposa,
Yoko Ono. Momentos más tarde era insensatamente abatido a tiros por un
psicópata, Mark Chapman, y millones de fans en todo el mundo se vieron
sacudidos ante lo que consideraron como el final de una era. En marzo de 1981,
el recientemente investido presidente Reagan fue herido en el pecho por una
bala del calibre 22, y menos de dos meses más tarde el propio Papa Juan Pablo
II había estado a punto de morir cuando fue alcanzado por cuatro balas de un
«Browning» de 9 milímetros, una de las cuales se alojó en la parte baja de sus
intestinos. La audiencia en Castel Gandolfo era la primera aparición pública
del Papa desde el incidente en la Plaza de San Pedro que casi le había costado
la vida.
Tras una reunión privada con los físicos, el Papa
pronunció una alocución en la sala de recepción principal, tras la cual le
fueron presentados en persona sus invitados mientras permanecía sentado en una
silla elevada sobre una tarima custodiada por la seguridad pontificia. Los
visitantes entraban por un lado de la plataforma, se arrodillaban ante el
pontífice, intercambiaban unas pocas palabras murmuradas, luego se marchaban
por el otro lado del estrado. Cuando le llegó el tumo a Hawking, éste hizo avanzar
su silla hacia la plataforma en dirección al Papa. Los demás invitados
aguardaron mientras el hombre que, hacía sólo unos días, había hablado del
concepto del «no contorno» y del hecho de que podía que no hubiera necesidad de
un Creador, llegaba cara a cara ante el líder de la Iglesia Católica y, para
millones de almas, el representante de Dios en la Tierra. Todos, creyentes y
cínicos, se sentían curiosos por saber qué se diría. Sin embargo, nadie en la
estancia hubiera podido sorprenderse más por lo que ocurrió a continuación.
Cuando la silla de Hawking se detuvo frente al Papa, Juan Pablo abandonó su
asiento y se arrodilló para que su rostro se situara al nivel del rostro de
Hawking.
Los dos hombres hablaron durante más rato que
ninguno de los demás invitados. Finalmente el Papa se puso en pie, se sacudió
su casulla y le dirigió a Hawking una sonrisa de despedida, y la silla de
ruedas zumbó hacia el otro lado de la plataforma. Hubo un cierto número de
ofendidos católicos en la sala aquella tarde, que interpretaron mal el gesto
del Papa como un respeto indebido. Muchos de los no científicos presentes no
estaban al corriente de las últimas proposiciones de Hawking, pero su
reputación como un científico con ideas arreligiosas era bien conocida.
Simplemente no podían comprender por qué el Papa tenía que arrodillarse ante
él; para ellos, las opiniones de Hawking se hallaban en el extremo opuesto del
espectro de la doctrina ortodoxa católica. ¿Por qué no se había tomado Juan
Pablo más interés en ellos, los fieles?
* * * *
De vuelta al DMAFT, el trabajo prosiguió como
siempre. El tercer libro de Hawking para la Cambridge University Press fue
publicado poco después de su regreso. Sin embargo, esta vez las cosas no fueron
tan bien, y hubo toda una serie de discusiones entre Hawking y Simon Mitton
antes de que el libro viera la luz del día. Tenía que titularse Superspace
and Supergravity y se esperaba que se vendiera de una forma similar a
su predecesor, entre cinco y diez mil ejemplares a lo largo de un período de
años. La fuente de la disputa entre Hawking y los editores fue la elección de
la portada para el libro.
Hawking deseaba que se fotografiara un dibujo de la
pizarra de su oficina y se usara para la sobrecubierta de la edición en tapa
dura, así como en la cubierta cuando el libro apareciera en edición de
bolsillo. Los problemas empezaron cuando Simon Mitton se dio cuenta que el
dibujo, un estrafalario cómic repleto de chistes privados e ingeniosidades
hecho por un grupo de colegas después de una reciente conferencia en el DMAFT,
era a color y requería una portada en cuatricromía. Hawking no estaba dispuesto
a considerar una cubierta en blanco y negro de la ilustración, y se mostró
absolutamente inflexible en usar una representación a todo color.
La Cambridge University Press insistió en que nunca
habían hecho una cubierta a cuatro colores para un libro como el de Hawking,
que, aun aceptando su fama internacional como científico, no vendería
suficientes ejemplares como para justificar el gasto. La cubierta, observaron,
no causaría ninguna diferencia en el número de ejemplares que vendiera el
libro. Al llegar a este punto Hawking se puso rojo y declaró que, a menos que
aceptaran usar su cubierta, retiraría el libro. Tras una reunión editorial apresuradamente
convocada, Mitton capituló, pero demostró que estaba en lo cierto: Superspace
and Supergravity se vendió marginalmente menos que The Large
Scale Structure of Spacetime.
Mientras la disputa con la Cambridge University
Press estaba en pleno apogeo y Hawking hallaba milagrosamente tiempo para
trabajar, viajar, ver a su familia y dedicarse a disputas burocráticas con las
autoridades de la ciudad y la universidad, el mundo seguía con sus trastornos
habituales. Los disturbios sacudían las ciudades británicas; la lucha se
intensificaba en Beirut; y el presidente Anuar el Sadat de Egipto era
brutalmente asesinado el 6 de octubre durante un desfile militar en El Cairo.
En diciembre, los médicos de los Estados Unidos fueron alertados sobre una
nueva y mortal enfermedad que parecía atacar el sistema inmunológico del
cuerpo. Pero las noticias de 1981 no eran todas malas. En julio, unos
televidentes estimados en 700 millones presenciaron la boda del príncipe Carlos
con Lady Diana Spencer en la abadía de Westminster; Inglaterra logró una
notable victoria en cricquet contra Australia; y la Lista de Honorables del Año
Nuevo, a finales de diciembre, incluía a un físico de Cambridge confinado en
una silla de ruedas que había realizado un importante trabajo sobre los
agujeros negros: Stephen Hawking fue nombrado Comendador del Imperio Británico
por la reina Isabel II.
A medida que progresaban los ochenta, recompensas y
honores seguían lloviendo sobre Hawking. Sólo en 1982 fue nombrado Doctor
Honoris Causa de Ciencias por no menos de cuatro universidades: la de Leicester
en Gran Bretaña, las de Nueva York y Princeton en los Estados Unidos, y la de
Notre Dame en París.
El interés de los medios de comunicación se
intensificó a medida que crecía el reconocimiento de Hawking. En 1983, el
programa de la BBC Horizon hizo un perfil de su trabajo en el DMAFT. Por
primera vez el público británico tuvo la ocasión de ver al profesor Hawking
lanzando a toda velocidad su silla de ruedas por todo Cambridge, hablando a su
manera extrañamente contorsionada con sus estudiantes y colaboradores, en su
casa en West Road con Jane y los niños, y ocupándose de sus funciones
oficiales. El público se sintió cautivado. Artículo tras artículo de revista
aparecieron en rápida sucesión. Los periódicos Times de
Londres y Telegraph incluyeron reportajes sobre él, y aparecieron entrevistas
en profundidad en el New York Times,Newsweek y Vanity
Fair. Unos pocos años más entrada la década, «agujero negro» y
«Stephen Hawking» se convirtieron en sinónimos a los ojos de los medios de
comunicación y del público en general.
Hawking nunca ha sido un hombre que rehúya la
publicidad, y disfrutaba por completo de su creciente fama. Sin embargo, la
fama sola no paga las facturas y, a principios de los ochenta, había una
intensificación de las presiones financieras en la casa de los Hawking. El
sueldo de un profesor no es grande, comparado con las posiciones equivalentes
en la industria y el comercio, y el dinero ocasional de los premios es errático
y normalmente demasiado escaso para que signifique una auténtica diferencia.
Con las tensiones de llevar una casa y mantener su propia carrera, Jane hallaba
que la pequeña ayuda de enfermeras que podían conseguir de las entidades
públicas se volvía cada vez más inadecuada. Necesitaba desesperadamente más
ayuda de enfermeras particulares, y eso era caro.
Eso no era todo. Habían conseguido financiar la
educación de su hijo mayor, Robert, en la escuela gratuita Perse School en
Cambridge desde los siete años. Sus notas habían sido excelentes, y estaba
previsto que dentro de unos pocos años fuera a la universidad. Había becas a su
disposición, pero no cubrirían todos los gastos de los tres cursos de una
graduación. Coincidiendo con esos problemas estaba el hecho de que, en 1982,
Lucy se hallaba en el último año en una escuela primaria estatal, la Newnham Croft.
Tanto Stephen como Jane deseaban que asistiera a la Perse School, como había
hecho su hermano. Con Timothy que también crecía y los gastos cotidianos de la
familia en una curva ascendente, parecía que no había forma alguna de que
pudieran permitirse los gastos escolares de dos niños.
¿Y el futuro? La enfermedad de Stephen había
permanecido estable durante un cierto número de años, pero las cosas podían
empezar a empeorar de nuevo en cualquier momento..., así era la naturaleza de
la enfermedad. Si no podía seguir trabajando, pronto se secarían los premios, y
su pensión de la universidad no podría sostenerles confortablemente. Y había
otro gran miedo: si Jane no podía seguir cuidando de Stephen y ganando un
sueldo, ¿qué sería de él? No les gustaba hablar de las terribles posibilidades,
pero estaban ahí y había que enfrentarse a ellas. Necesitaban dinero, rápido.
Lo último que deseaba ninguno era que Stephen terminara en un asilo o una
residencia, si su condición degeneraba más, simplemente porque no podían
permitirse cuidarle en casa.
Había que hacer algo, y rápido. Hawking tenía el
germen de una idea en el fondo de su mente. No se la había mencionado a nadie,
pero había dejado que creciera y se desarrollara. Ahora, se dio cuenta, tendría
que poner en acción su idea. Transcurriría un número de años antes de que el
plan secreto de Hawking diera sus frutos y, de un plumazo, resolviera los
problemas financieros de la familia. Cuando lo hizo, fue para cambiarlo todo.
Pero primero hubo que seguir una serie de intrigantes desarrollos en el campo
de la cosmología inflacionaria.
Capítulo XIII
Cuando el universo tiene bebés
Aunque Hawking nos ha ofrecido una imagen de un
universo auto contenido, sin límites ni bordes ni en el espacio ni en el
tiempo, mucha gente se preguntará qué puede haber «fuera» de un universo así.
La analogía entre la superficie cerrada del universo y la superficie cerrada de
la Tierra nos anima, después de todo, a especular que pueden existir otros
universos, del mismo modo que hay otros planetas.
Dentro del marco del universo sin contornos de
Hawking, tales otros mundos deberían estar sumergidos en alguna forma extraña
de espacio que tiene más que las tres dimensiones a las que estamos
acostumbrados: la superficie de una esfera, después de todo es, en realidad,
una superficie bidimensional que se encierra en la tercera dimensión,
pero el espacio-tiempo es tetra dimensional; siempre se necesita al menos una
dimensión extra para convertir algo en una superficie cerrada. Pero hay otro
modelo ―o más bien una serie de modelos― desarrollado a partir del escenario
inflacionario que nos ofrece otra forma de imaginar muchos mundos coexistentes,
sin tener que intentar encerrar nuestros cerebros en tomo de geometrías
superiores de cinco o más dimensiones (cuatro de espacio más una de tiempo).
Aunque el propio Hawking ha expresado sus reservas sobre la idea, que recibe el
nombre inflación continua es un hecho basado en su espectacular descubrimiento
de 1974 de que los agujeros negros estallan.
Justo antes del tiempo de Planck, según el
escenario inflacionario, el vacío estaba en un estado «falso», excitado y lleno
de energía, como el agua súper enfriada. Cuando el falso vacío sufrió una
transición a su estado estable de más baja energía, esta energía se convirtió
en el fenomenal estallido de expansión que se conoce como inflación, creando el
Big Bang a partir del cual ha evolucionado el universo tal como lo conocemos.
Pero supongamos que esta transición no ocurrió en todas partes al mismo tiempo.
Casi tan pronto como Alan Guth vino con la idea de
la inflación, investigadores como Alex Starobinski y Andrei Linde se dieron
cuenta de que diferentes regiones del falso vacío primordial podían haber hecho
la transición al estado de baja energía de una forma independiente. El efecto
sería más bien como desenroscar el tapón de una botella de bebida espumosa: una
miríada de burbujas aparecerían por todo el líquido, cada una de ellas
correspondiente a un vacío estable que se expandía a su propia manera. Al contrario
que las burbujas de nuestra bebida espumosa, sin embargo, cada una de esas
burbujas seguiría expandiéndose, hasta que todo el líquido hubiera desaparecido
y sólo quedaran burbujas.
Esta posibilidad suscitaba serios problemas
técnicos para las primeras versiones del escenario inflacionario, porque si dos
o más burbujas en expansión se mezclaban crearían alteraciones que se
difundirían a través de ambas burbujas. Si viviéramos en un universo que se
hubiera formado de esta manera, no sería perfectamente uniforme, porque esas
alteraciones dejarían su marca: por ejemplo, en la radiación de fondo de
microondas.
Hay formas de eludir este problema. La idea por la
que se inclina Hawking es la de una «inflación caótica» en la que el mundo más
allá de nuestro universo (el «meta universo» infinito) se halla en un estadio
desordenado, con algunas regiones que se expanden, otras que se contraen,
algunas calientes y algunas otras frías. En un meta universo caótico así, tiene
que haber inevitablemente algunas regiones que reúnan las condiciones
necesarias para que se produzca la inflación. Puede que ocurra, dentro de este
marco, que nos hallemos en un universo producido por una fluctuación al azar
dentro del caos.
Pero no es necesario invocar el caos para explicar
nuestra existencia. Quizá simplemente ocurra que vivimos en una burbuja que no
se ha mezclado (¡todavía!) con ninguna de sus vecinas (si bien esto suena como
una coincidencia extraordinaria, puede que no sea así, como veremos más
adelante en este mismo capítulo). O quizás alguna ley física impide que las
burbujas se formen muy cerca unas de otras en el «líquido» del falso vacío.
Aquí es donde entra la proposición de que la radiación de Hawking puede estar implicada
en ello.
La radiación de Hawking, como vimos en el capítulo
IX, es producida por la interacción de los efectos cuánticos y la gravedad en
el horizonte que rodea un agujero negro. Pero Hawking y su colega Gary Gibbons,
que compartió una oficina con él en Cambridge a finales de los setenta, se
dieron cuenta de que este tipo de radiación debe producirse siempre que haya un
horizonte así, y que tales horizontes no siempre rodean agujeros negros.
Debido a la forma en que se expande el universo,
cuanto más ampliamente separadas se hallan dos regiones, más rápido se alejan
la una de la otra. Así, regiones de espacio que se hallen lo suficientemente
separadas nunca podrán «comunicarse» usando rayos de luz (o, de hecho, ninguna
otra cosa), porque el espacio entre ellas se expande más rápido de lo que la
luz puede viajar. Si la luz no puede viajar de una región a otra, entonces hay,
a todos los efectos, un horizonte que la luz no puede cruzar y que separa las
dos regiones del espacio de una forma tan efectiva como el horizonte que rodea
un agujero negro separa el interior del exterior.
Hawking y Gibbons mostraron que este tipo de
horizonte producirá también radiación, exactamente igual que la radiación en el
horizonte en torno a un agujero negro, y que se extenderá a partir del
horizonte en ambas regiones del espacio. En el universo tal como está hoy,
tenue por la expansión, el efecto de esta radiación es pequeño, pero pudo haber
tenido un papel mucho más grande en los primeros estadios del universo en
expansión. La expansión del universo se está frenando constantemente, a medida
que la gravedad de toda su materia la intenta atraer toda de nuevo hacia un
mismo punto en un Big Crunch. Así, el ritmo de expansión era mucho más rápido,
y en consecuencia el efecto de la radiación de Hawking de los horizontes mucho
más pronunciado, cuando el universo era más joven. Hace mucho tiempo, incluso
las regiones que se separaban rápidamente no habían tenido tiempo de alejarse
demasiado, y estaban mucho más juntas unas de otras.
La idea de que la radiación producida por los
horizontes podía afectar la expansión del universo ha sido aceptada de forma
entusiasta, y combinada con la idea de la inflación por Richard Gott, de la
universidad de Princeton. También ha sido investigada por Andrei Linde, pero
éste ha hecho menos ruido sobre la idea que el exaltado Gott.
Resulta que, bajo las condiciones correctas, la
radiación de Hawking producida en un volumen de espacio lleno de horizontes de
este tipo puede proporcionar la energía que provoque la inflación y haga que el
universo (o más bien el meta universo) se expanda súper rápido. La expansión
súper rápida crea entonces más horizontes, los cuales a su vez producen más
radiación, lo que lleva la expansión súper rápida a un proceso continuo y
autoalimentado de inflación. Las burbujas de un vacío estable ordinario de baja
energía que se forman dentro de este mar infinito de expansión inflacionaria
crecen a un ritmo más lento, y así, aunque dos burbujas se formen una al lado
de la otra, se mantendrán separadas por el rápido crecimiento del falso vacío
del meta universo que hay entre ellas.
Las condiciones «correctas» para que este proceso
funcione son sobrecogedoras para la mente. La temperatura de la radiación de
Hawking ha de ser de unos 1031 ºK, y la densidad de la
masa―energía en el falso vacío ha de ser de unos aún más alucinantes 1093 gramos
por centímetro cúbico. Y por todas partes a través de este extraordinario falso
vacío en rápida expansión se forman burbujas de vacío estable que se convierten
en universos por derecho propio.
En este escenario, no hay sólo un universo sino una
infinitud de universos, separados para siempre unos de otros por las
impenetrables paredes del súper denso falso vacío. En un cierto sentido, un
concepto así carece de significado. La existencia de otros universos que nunca
podremos observar, y que nunca tendrán ninguna interacción con nuestro
universo, es un asunto más adecuado para ser discutido entre filósofos que
entre astrofísicos. Pero resulta que hay más de una forma de crear un universo,
y que en algunos escenarios los universos pueden interactuar
unos con otros produciendo consecuencias de interés para todo el mundo, no sólo
para los astrofísicos y filósofos.
Con todo esto de súper densidad y súper energía, y
números como 1093 gramos por centímetro cúbico, esgrimido de un
lado para otro, es natural preguntarse cuánta masa-energía contiene nuestro
universo-burbuja (es decir, suponiendo que alguno de estos escenarios tenga un
ápice de verdad). La respuesta es quizás aún más sorprendente: ¡ninguna en
absoluto! Dejemos la discusión de la inflación continua a los filósofos, y
examinemos de nuevo el modelo sin contornos del universo para ver cómo puede
ser cierto eso.
Estamos acostumbrados a pensar en la masa-energía
en términos de masas de materia: estrellas, planetas y así. Cada una de ellas
contribuye con su propia cantidad de mc2 al total de
masa-energía del universo. Pero hay otra contribución, igualmente importante (exactamente igual
de importante, si las ideas de Hawking son correctas). Procede de la gravedad.
Y hay algo extraño acerca de la energía gravitatoria..., es negativa
Para comprender qué significa esto, los físicos
hablan en términos de la energía gravitatoria de una hipotética colección de
partículas. Ésta es cero si las partículas se hallan dispersas hasta el
infinito, separadas unas de otras por la máxima distancia posible. Pero si la
colección de partículas se ven sometidas a la influencia de la gravedad, quizá
para crear finalmente una estrella pierde energía gravitatoria. Puesto que las
partículas empiezan con energía cero, esto significa que cuando se hayan reunido
para formar una estrella o un planeta tendrán energía negativa. Y si toda la
materia en el universo entero pudiera ser reunida en un solo punto, su energía
gravitatoria negativa (-mc2) anularía exactamente toda la
masa-energía positiva (+mc2) de toda la materia.
Pero así es exactamente como creemos que empezó el
universo: con toda su masa-energía concentrada en un punto. Los escenarios de
un universo cerrado describen una situación en la que un punto de energía cero
se separa en materia con energía positiva y gravedad con energía negativa, se
expande hasta un cierto tamaño, y luego se colapsa de nuevo a un punto de
energía cero. Al principio la idea parece ridícula. Sin embargo, no es ninguna
excentricidad, ninguna teoría lunática, sino una idea cosmológica respetable,
respaldada por las ecuaciones de la relatividad.
El universo, parece, es la comida gratis
definitiva. Y si el universo contiene cero energía, ¿cuánta energía se necesita
para crear un universo? No demasiada..., ciertamente no mucha comparada con la
cantidad de mc2 contenida en nuestro cuerpo, o en las páginas
de este libro. Porque, según Alan Guth y su colega Edward Fahri, todo lo que
necesitamos es la suficiente energía para comprimir algo de materia hasta
formar un agujero negro. Luego, el nuevo universo es liberado..., un universo
liberado con cada agujero negro. En un tour de force para
alinearse con los grandes trucos conjuradores, Guth y Fahri han mostrado que
los dos grandes temas del trabajo de toda la vida de Hawking son en realidad
uno sólo: los agujeros negros son Big Bangs.
En un principio, las semillas de universos enteros
pudieron ser producidas de la nada, en una forma en cierto modo reminiscente
del modo en que una pareja de partículas virtuales pueden producirse de la nada
por la incertidumbre cuántica (como vimos en el capítulo IX). Ese universo bebé
podría presentarse en forma de una concentración súper densa de masa, más
pequeña que un protón pero que no contuviera energía porque la masa está
equilibrada por la energía gravitatoria negativa. Por supuesto, según las ideas
de los años setenta y anteriores, tales diminutas semillas súper densas se
colapsarían de inmediato en la nada bajo su propio peso. Pero la inflación
proporciona una forma de hacer estallar una semilla de este tipo para formar un
universo en expansión antes de que la gravedad pueda hacer que se colapse.
Luego se necesitarán muchos miles de millones de años antes que la gravedad
detenga la expansión y finalmente haga desaparecer el universo en un Big
Crunch.
¿Necesitamos realmente el falso vacío en una
inflación continua para hacer que los universos burbuja aparezcan en número
infinito? A primera vista, esto suscita una posibilidad preocupante. Si un
universo burbuja puede nacer a partir del vacío ordinario, ¿qué ocurrirá si uno
nace cerca de nosotros? ¿Nos veremos arrollados por la bola de fuego en
expansión de un Big Bang justo en la puerta de al lado? Fahri y Guth creen que
no hay nada por lo que alarmarse. Si esos universos bebés nacen
espontáneamente, o si son creados de una forma artificial, no tendrán ninguna
interacción con nuestro universo una vez hayan nacido.
Recordemos que la semilla de uno de esos universos
burbuja debe ser auto contenida, destinada en último término a colapsarse de
nuevo sobre sí misma; en otras palabras, tiene que ser un agujero negro. Fahri
y Guth hallaron que podíamos desencadenar este proceso de creación de universos
de una forma artificial, comprimiendo una pequeña cantidad de materia hasta
formar un agujero negro a una temperatura de unos 1024 ºK
(bastante modesta comparada con las condiciones del falso vacío). Pero dieron a
su trabajo científico sobre el tema el irónico título de «Un obstáculo a la
creación de un universo en el laboratorio»[91], y señalaron que, aunque tenemos la tecnología (bombas de hidrógeno)
para realizar la mitad del trabajo, liberar la energía necesaria, todavía no
disponemos de la habilidad de confinar la energía liberada por las bombas de
hidrógeno dentro de un agujero negro.
Pero no está más allá de los límites de lo posible
que una civilización más avanzada que la nuestra pudiera ser capaz de confinar
la energía requerida en un volumen lo bastante pequeño. ¿Qué ocurriría
entonces? A la gente que creó este energético miniagujero, muy poco. El agujero
negro simplemente se formaría, pasaría miles de millones de años evaporándose a
través de la radiación de Hawking, y luego desaparecería. Pero, dentro del
horizonte del agujero, las cosas serían muy diferentes.
Según los cálculos del equipo norteamericano, las
condiciones dentro de un miniagujero tan energético serán en ocasiones
suficientes como para desencadenar la inflación. Cuando un universo bebé de
este tipo empieza a expandirse, no lo hace estallando fuera del miniagujero
para engullir sus alrededores del espacio-tiempo en el que fue creado, sino
expandiéndose en una serie de direcciones que se hallan todas en
ángulo recto con cada una de las dimensiones del universo
madre. Y exactamente lo mismo ocurrirá a los universos bebés producidos por
fluctuaciones cuánticas naturales.
Puesto que todos los conjuntos de dimensiones se
hallan en ángulos rectos, los diferentes universos nunca interactúan unos con
otros una vez se han formado. Pero hay una diferencia crucial con la idea de la
inflación continua, donde las burbujas nunca interactúan. En el escenario
esbozado por Fahri y Guth (y estudiado por otros, incluido Linde), un universo
es creado por otro. En este marco, nuestro universo es la progenie de un
universo anterior; e incluso es posible que nuestra burbuja de espacio-tiempo en
expansión fuera creada artificialmente en el equivalente de un laboratorio de
ese universo padre. El escritor de ciencia ficción David Brin está trabajando
ya en las implicaciones de esto en una serie de historias relacionadas entre
sí; dejaremos las especulaciones a lo largo de esas líneas a Brin y sus
colegas, mientras intentamos explicar las implicaciones en términos de la
creación espontánea de universos bebés.
Resulta difícil aprehender mentalmente la
proliferación de dimensiones que eso implica. Cada universo bebé contendrá su
propio vacío, dentro del cual pueden ocurrir otras fluctuaciones cuánticas, que
producirán más universos bebé, cada uno de ellos con su propio conjunto de
dimensiones, con cada conjunto de dimensiones formando ángulo recto con todos
los demás conjuntos. Como de costumbre, tenemos que recurrir a una analogía en
dos dimensiones, cerrándose en una tercera, para conseguir una imagen de lo que
ocurre.
La imagen auxiliadora es la vieja y familiar del
universo representado por la superficie de un globo que se hincha. Lo que
tenemos que imaginar ahora es que una diminuta porción de su piel se pincha
formando una pequeña burbuja conectada al universo por un estrecho cuello...,
el agujero negro. Esa pequeña burbuja puede ahora, a su vez, expandirse hasta
un tamaño enorme, mientras que todo lo que cualquier residente dentro del
universo madre puede ver es el diminuto agujero negro en el entramado del espacio-tiempo.
Y todo el proceso puede repetirse indefinidamente, produciendo una infinita
espuma de burbujas, cada una un universo por derecho propio. La cosmología
cuántica permite en realidad la posibilidad de crear no sólo un universo, sino
un número infinito de universos, a partir de nada en absoluto.
Y esto suscita otra cuestión. A un cierto nivel, la
física opera hallando las reglas según las cuales funciona el universo y
usándolas para hacer predicciones acerca de cómo interactuarán los sistemas.
Hallamos, por ejemplo, que la velocidad de la luz posee un cierto valor, y que
ésta es la velocidad límite definitiva. Eso nos permite (o, al menos, permitió
a Einstein) deducir cómo nuestra visión del mundo cambia cuando nos movemos a
altas velocidades. Pero, a otro nivel, algunos físicos se preguntan desconcertados
por qué las reglas tienen que tener la forma precisa que hayamos.
¿Por qué, por ejemplo, la velocidad de la luz es de
300.000 kilómetros por segundo, en vez de, digamos, 250.000? ¿Por qué la
constante de Planck tiene el valor exacto que tiene, y no otro un poco más
grande o un poco más pequeño? ¿Qué ocurriría si la gravedad fuera más débil (o
más fuerte)? Y así. Vivimos en un mundo que parece ser hecho especialmente para
unas formas de vida como nosotros..., lo cual en cierto modo es autológico,
puesto que resulta evidente que si el mundo fuera muy diferente no estaríamos
aquí para preguntarnos sobre todas estas cosas. Pero, por todo lo que somos
capaces de decir, las reglas de la física que brotaron de la era de la
inflación hubieran podido ser diferentes de las reglas que conocemos,
sutilmente diferentes o espectacularmente diferentes. ¿Es, pues, sólo una
coincidencia que esas reglas hayan producido un universo ideal para que
personas como nosotros vivamos en él? La idea de un infinito de universos
burbuja, o bien formados a partir de un falso vacío en una eterna expansión o
arrancados unos de otros por el proceso de los bebés, dice que no..., y explica
también otras coincidencias cósmicas.
La idea de intentar comprender la naturaleza del
universo en términos de la relación entre las leyes de la física y nosotros
mismos se conoce como «cosmología antrópica». Tiene una larga historia, pero en
su versión moderna brota sobre todo de un renacimiento del interés
desencadenado por Martin Rees, de la universidad de Cambridge, en los años
setenta, y que ha proseguido hasta hoy.
Rees es un exacto contemporáneo de Hawking. Nació
el 23 de junio de 1942, cuando Hawking tenía seis meses. Trabajaron para su
graduación en Cambridge al mismo tiempo, y Rees se convirtió en Plumian
Professor de Astronomía y Filosofía Experimental en 1973, a la
notablemente temprana edad de treinta y un años, justo seis años antes de que
Hawking se convirtiera en Lucasian Professor. Fue elegido miembro
de la Royal Society en 1979, cinco años después que Hawking. Pero, así como
Hawking formó su reputación investigando con gran detalle un conjunto
particular de problemas ―las singularidades y horizontes en tomo a los agujeros
negros y el comienzo del tiempo―, Rees es conocido y respetado por la amplitud
de su obra, que se alinea desde los cuásares y pulsares hasta la influencia de
los agujeros negros en sus cercanías, la cosmología y la naturaleza de la
materia oscura que mantiene cerrado el universo. Cuando dedicó su atención a la
cosmología antrópica, y dirigió un nuevo y serio interés hacia el tema entre los
científicos en los años setenta y ochenta, por una vez Hawking se dispuso a
seguir el camino marcado por otro.
Rees ha desarrollado un ejemplo particularmente
bonito de la naturaleza del razonamiento antrópico en cosmología. Ha elaborado
con detalle la evolución de un universo en el que la gravedad es más fuerte que
en nuestro universo, pero todas las demás reglas de la física son las mismas.
Galaxias, estrellas y planetas pueden existir en su totalidad en este modelo de
universo, pero todas son muy diferentes de sus contrapartidas en el nuestro. En
particular, todo se halla acelerado hasta un límite tal que resulta dudoso que
la inteligencia (que ha necesitado más de cuatro mil millones de años para
emerger en la Tierra) haya podido evolucionar.
Debido al valor particular de la fuerza de la
gravedad elegido por Rees, cada estrella posee una masa que es aproximadamente
la misma que la de un asteroide en nuestro Sistema Solar (mucho menos que la
masa de la Luna) y un diámetro de unos dos kilómetros. La vida media típica de
una estrella así, es de sólo uno de nuestros años, y arde con un resplandor de
una milésima parte del de nuestro Sol. La Tierra posee una temperatura
superficial media de unos 15ºC, y un planeta en este otro universo que orbitara
en torno a su estrella madre a una distancia de aproximadamente el doble de la
distancia de la Tierra a la Luna tendría una temperatura superficial similar.
Se necesitarían unos veinte de nuestros días para que el planeta trazara una
órbita completa en torno a la estrella. Así, con una vida media tan corta de la
propia estrella, se quemaría en tan sólo unos 15 de los «años» del planeta,
mientras que la vida de nuestro Sol es muy probable que sea de al menos diez
mil millones de nuestros años.
La vida en la superficie de un planeta así sería
corta, en más de un sentido. Las montañas más grandes en el diminuto planeta no
tendrían más de 30 centímetros de altura, mientras que la masa máxima de
cualquier criatura que recorriera su superficie sería tan sólo de una milésima
de gramo: de ser mayor, sus cuerpos se harían pedazos en la fuerte gravedad de
ese mundo.
¡Y todos esos cambios espectaculares surgen,
recordémoslo, de efectuar un cambio en sólo una de las constantes físicas, la
fuerza de la gravedad! Es posible imaginar muchos otros cambios que asegurarían
que el universo que emergiera de la fase inflacionaria fuese absolutamente
inhóspito para formas de vida como nosotros.
Si el nuestro es el único universo posible,
entonces la existencia de las coincidencias cósmicas que permiten nuestra
existencia es un auténtico rompecabezas. Pero si hay muchos universos posibles,
entonces hay una explicación directa. Cada burbuja universo distinta puede
tener sus propias leyes de la física. En algunos casos, eso significará que las
burbujas son mantenidas juntas muy apretadamente por la gravedad, y se
recolapsarán antes de que la vida pueda evolucionar. En otras palabras, la
gravedad puede ser tan débil que la materia nunca llegue a unirse para formar
estrellas y planetas. Pero habrá un amplio abanico de posibilidades ―un amplio
abanico de universos― donde puedan evolucionar estrellas, planetas e
inteligencias. El mismo argumento se aplica a todos y cada uno de los valores
exactos de las leyes y constantes de la física.
Si este marco es correcto, significa que puede
haber un número infinito de universos en el meta universo, y que entre ese
número infinito unas formas de vida como nosotros sólo existirán en los
universos donde las leyes de la física sean exactas a las nuestras. El hecho de
que existamos preselecciona, hasta cierto punto, las reglas exactas de la
física bajo las que descubriremos que funciona el universo. Esta idea es
conocida, de una forma más bien grandilocuente, como principio antrópico, un
término acuñado por Brandon Carter, que trabajó con Rees en una labor seminal
sobre el tema.
Por supuesto, debido a que los diferentes universos
nunca pueden comunicarse entre sí, este asunto corresponde todavía en su mayor
parte al área de debate de los filósofos. Excepto por una cosa. Recordemos que
el ingrediente crucial del modelo sin contornos de Hawking es el enfoque
cuántico de la suma sobre historias. Cuando mencionamos esto antes, dejamos un
poco de lado la explicación de cuáles eran exactamente las diferentes historias
que se «sumaban» aquí. Ahora podemos cubrir ese hueco.
En vez de contemplar todos los universos diferentes
posibles que pueden haber emergido de la inflación, cada uno con su propio
conjunto de leyes físicas, como «reales», podemos considerarlos como
posibilidades matemáticas, como los muchos caminos distintos que puede tomar un
electrón de A a B. Y, usando el enfoque de la suma sobre historias, Hawking
demuestra no sólo que nuestro universo es una de las historias posibles,
sino también que es una de las más probables:
...si todas las historias son posibles, entonces,
mientras existamos en una de las historias, podemos usar el principio antrópico
para explicar por qué hallamos el universo de la forma en que es. Exactamente
qué significado puede darse a las otras historias, en las que nosotros no
existimos, no está claro[92].
De todos modos, utilizando la condición «sin
contornos», Hawking y sus colegas han descubierto que el universo debe empezar
con la máxima cantidad de irregularidad permitida por la incertidumbre
cuántica, y que la inflación y la subsiguiente expansión más relajada del
universo hicieron luego que esas irregularidades crecieran hasta convertirse en
las nubes de gases que luego se contrajeron para convertirse en galaxias de
estrellas dentro del universo en expansión.
Todo esto es investigación en la avanzada más
extrema de la ciencia de hoy. La elección de diferentes variaciones sobre el
tema ―burbujas en un falso vacío en inflación continua, universos bebés, una
selección de historias cuánticas― refleja no una incapacidad de los físicos de
llegar a una conclusión, sino un intento de avanzar en muchos frentes
distintos, sin saber todavía cuál (si hay alguno) resultará contener las
mayores promesas a largo plazo. Pero ya resulta claro que en los años noventa
las premisas básicas subyacentes al pensamiento cosmológico han cambiado
espectacularmente de aquellas que podemos calificar de la época «pre-Hawking».
Hace treinta años, se aceptaba de forma general que nuestro universo era único.
Hoy, parece aceptarse generalmente que, de una u otra forma, es sólo uno entre
muchos. ¿Es sorprendente que, cuando Hawking presentó ésas ideas en un libro,
en 1988, el libro causara una auténtica conmoción en todo el mundo?
Capítulo XIV
Historia del tiempo
Las últimas notas del «Mad World» de Tears For
Fears dan paso a las noticias de las 12:30 del mediodía de Radio Uno mientras
Simon Mitton entra en el DMAFT y un coche con la ventanilla bajada y la radio
conectada aparca frente al edificio al otro lado del patio adoquinado. Las
noticias están llenas de manifestantes por la paz en Greenham Common, tropas
británicas en la trastornada ciudad de Beirut, y la mayor película de Navidades
jamás exhibida, E.T., pero Mitton tiene otros pensamientos astronómicos en la
cabeza. Visita a Stephen Hawking para discutir la inminente publicación del
nuevo libro del profesor para la Cambridge University Press, The Very
Early Universe. Inesperadamente, sin embargo, después de hablar de los
últimos detalles del libro mientras toman té y bizcochos, los dos hombres se
ponen a hablar de algo completamente distinto: un libro de cosmología popular,
que Stephen ha estado madurando desde hace algún tiempo.
Desde el primer momento que se conocieron, Mitton
no dejó de animar a Hawking a que intentara escribir un libro de cosmología
dedicado al público en general. Hawking había mostrado poco interés en la idea,
pero a finales de 1982 empezó a reconocer que un proyecto así podría
proporcionar la respuesta a sus preocupantes dificultades financieras, y
decidió revivir la idea. Los dos hombres habían mantenido una fructífera
relación editorial durante muchos años y, pese a los problemas de Superspace
and Supergravity, el primer pensamiento de Hawking fue abordar a la
Cambridge University Press con la proposición. La intención original de Mitton
era que Hawking hiciera un libro sobre el origen y la evolución del universo.
La Cambridge University Press gozaba de una larga tradición de publicar libros
de divulgación científica escritos por eminentes científicos, como Arthur
Eddington y Fred Hoyle, cuyos títulos se habían vendido bien. Un libro de
divulgación de Stephen Hawking encajaría perfectamente, creía, en esa línea.
Según Mitton, Hawking hizo de inmediato un
planteamiento muy claro. Quería mucho dinero por este libro. Mitton sabía desde
siempre que era un duro negociador; eso había quedado claro con todo el
escándalo por la portada de Superspace and Supergravity. Cuando
llegaron a los asuntos financieros estaba preparado para una cierta
intransigencia, pero incluso Mitton quedó sorprendido por la sugerencia de
Hawking. En su primera reunión organizada para hablar del libro, Hawking abrió
la conversación explicando su situación financiera y dejando muy claro que
deseaba ganar el dinero suficiente para continuar financiando la educación de
Lucy y cubrir los gastos de enfermeras para él. Evidentemente no podía
proporcionarse ningún tipo de seguro de vida para proteger a su familia en caso
de su muerte o incapacidad completa, así que, si iba a emplear una considerable
cantidad de su valioso tiempo de investigación en escribir un libro de
divulgación científica, esperaba una recompensa apropiada.
Mitton se muestra filosófico acerca de todo el
asunto, señala que Hawking estaba demostrando una notable lealtad hacia la
universidad de Cambridge siguiendo allí. No hay absolutamente ninguna duda de
que hubiera podido conseguir un sueldo mucho más alto en cualquier otra
universidad del mundo. Un buen número de centros universitarios en los Estados
Unidos le hubieran ofrecido sumas de seis cifras tan sólo por el prestigio que
acompañaba a su fama internacional, sin mencionar la enorme celebridad que traerían
consigo los importantes avances que sin la menor duda conseguiría en un futuro
cercano. El hecho de que permaneciera en Cambridge por sólo una fracción del
sueldo que podía conseguir en cualquier otra parte constituye, cree Mitton, un
gran crédito para él. El simple hecho es que Hawking amaba Cambridge. Llevaban
viviendo allí casi dos décadas, y Stephen había pasado prácticamente todo su
vida académica en la universidad. El DMAFT es, sin la menor duda, uno de los
mejores departamentos de física teórica del mundo, y lo hubiera abandonado tan
sólo como último recurso. A principios de los ochenta, la oficina de Simon
Mitton se hallaba en el mismo patio que el DMAFT en Silver Street, de modo que
los dos hombres tuvieron muchas oportunidades de hablar del propuesto proyecto.
Una tarde, Hawking fue a verle con el primer borrador de una sección del libro
propuesto. Mitton conocía el mercado comercial tan bien como cualquier otro
editor. De hecho, por aquel entonces había escrito él mismo varios libros de
divulgación científica de éxito. Tenía una idea muy clara del tipo de libro que
el público en general deseaba y que podría proporcionarle a Hawking el dinero
que buscaba. Tras examinar la sección que Hawking le había mostrado, llegó a la
conclusión de que era demasiado técnica y erudita para el lector general.
―Esto es como las judías cocidas ―le dijo a
Hawking―. Cuanto más suave el sabor, más amplio el mercado. Simplemente no hay
un nicho comercial para libros de especialista como éste, Stephen.
Hawking se fue y pensó en el comentario de Mitton;
Mitton fue a la agencia distribuidora de la Cambridge University Press para ver
lo que pensaban de la idea. Los dos hombres se encontraron de nuevo poco
después. Mitton tenía la alentadora noticia de que la distribuidora había
aceptado la idea del libro con alegría, y que habían dejado en sus manos todas
las negociaciones. Hawking, por su parte, había hecho algunos cambios en la
sección que había escrito antes. Mitton se sentó y hojeó el manuscrito mientras
Hawking permanecía inmóvil en su silla de ruedas al otro lado de la estancia y
aguardaba paciente su opinión. Al fin Mitton dejó el manuscrito sobre su
escritorio y le miró:
―Sigue siendo demasiado técnico, Stephen ―dijo al
fin. Luego sonrió e hizo la hoy famosa afirmación―: Míralo de este modo,
Stephen..., cada ecuación reducirá tus ventas a la mitad.
Hawking pareció sorprendido. Luego, sonriendo,
dijo:
― ¿Por qué dices eso?
―Bueno ―respondió Mitton―, cuando la gente mira un
libro en una librería, lo hojea para decidir si desea leerlo. Has puesto
ecuaciones prácticamente en cada página. Cuando vean esto, dirán: «Este libro
está lleno de sumas», y volverán a dejarlo en el estante.
Hawking aceptó el punto de vista de Mitton. Los dos
hombres empezaron a hablar de dinero sobre una taza de té. Mitton sugirió un
anticipo, a lo que Hawking sonrió e hizo un comentario ligeramente desdeñoso.
Mitton sabía que iba a ser duro. Al final de la tarde, Hawking había conseguido
sacarle a Mitton un anticipo de 10.000 libras, con mucho el más alto que la
Cambridge University Press hubiera ofrecido nunca a nadie. El porcentaje de los
royalties, tanto para la edición de tapa dura como la de bolsillo, era también
excelente. A la mañana siguiente, Mitton envió un contrato a la oficina de
Hawking. Nunca volvió a oír hablarle sobre el asunto.
* * * *
A principios de 1983, mientras Stephen Hawking y
Simon Mitton se sentaban en una oficina en Silver Street, Cambridge, y hablaban
sobre una taza de té de la idea de hacer un libro de divulgación científica, a
cinco mil kilómetros de distancia, un hombre alto y barbudo recién cumplidos
los treinta pasaba junto a un quiosco de la Quinta Avenida. Se detuvo
brevemente para ojear los titulares, cogió un ejemplar del New York
Times, lo pagó y siguió caminando. Al llegar a su despacho, a unas pocas
manzanas de distancia, se sentó tras su escritorio; tenía unos momentos libres
antes de su cita para comer con su agente literario en un restaurante local.
Peter Guzzardi abrió el periódico y el suplemento de la revista cayó sobre su
escritorio. Allá en la portada, la imagen de un hombre en una silla de ruedas
le miraba directamente a los ojos. Guzzardi dejó el resto del periódico, buscó
rápidamente el artículo de portada, «El universo y el doctor Hawking», y empezó
a leer.
A los pocos minutos estaba enganchado. El artículo
describía la sorprendente historia del científico impedido de Cambridge,
Stephen Hawking, que había revolucionado la cosmología y, a lo largo de los
últimos veinte años, había superado con éxito los devastadores efectos de una
devoradora enfermedad neurológica llamada esclerosis lateral amiotrófica. Al
terminar el artículo supo que había encontrado una gran historia, y como
director literario principal de Bantam Books estaba en una posición perfecta
para hacer algo al respecto. Con las enormes posibilidades abiertas por su
descubrimiento resonando aún en su cabeza, se metió el suplemento del periódico
en su maletín y se dirigió a su comida. La cita de Peter Guzzardi era con el
agente Al Zuckerman, que era presidente de una gran agencia llamada Writer's
House con base en la ciudad de Nueva York. En los postres, Guzzardi mencionó lo
que acababa de leer acerca de Stephen Hawking. Zuckerman había leído el mismo
artículo, y había hecho ya algo al respecto. Recientemente había oído decir a
un amigo mutuo, un profesor de física del Instituto Tecnológico de
Massachusetts, el famoso MIT, llamado Daniel Freedman, que Hawking estaba
trabajando en un libro. Entonces se había puesto en contacto con su cuñado, que
era físico también, y le había pedido información acerca del proyecto.
Cuando había acudido a aquella comida con Peter
Guzzardi, Zuckerman ya había decidido ponerse en contacto con Hawking para ver
cómo estaban las cosas. Había visto el lado humano de la historia tras los
descubrimientos, y creía que el libro podía ser un gran éxito, por lo que
deseaba estar metido en el asunto. Antes de que abandonara el restaurante,
Peter Guzzardi había dejado muy claro que si Zuckerman se entrevistaba con
Hawking y descubría que éste todavía no había firmado con otro editor, tuviera
en cuenta que a Bantam le gustaría saberlo. En la acera, los dos hombres se
estrecharon la mano y se fueron a sus respectivas oficinas.
Dennis Sciama recuerda cómo se encontró con Hawking
en un tren más o menos en la época de la oferta de la CUP, y descubrió que su
antiguo alumno estaba trabajando en un libro de divulgación.
― ¿Para la CUP? ―preguntó.
―Oh, no ―respondió Hawking con una sonrisa
maliciosa―. Con éste quiero hacer un poco de dinero.
Zuckerman consiguió persuadir a Hawking de que no
firmara el contrato antes de darle a él una oportunidad de ver qué podía hacer.
Llegaron al acuerdo de que, si no tenía éxito en colocar el libro, entonces
Hawking siempre podía aceptar la oferta de la CUP, pero Zuckerman tenía la
fuerte impresión de que podía conseguir más de 10.000 libras de anticipo e
interesar a uno de los grandes editores comerciales. Hawking redactó un esbozo
del libro y envió como muestra una sección de aproximadamente un centenar de páginas,
y Zuckerman contactó a un cierto número de editores, incluido Bantam, en los
Estados Unidos. Había decidido desde un principio que primero haría el trato
con una empresa norteamericana, y aseguraría los contratos de publicación en
otros países en fechas posteriores.
Peter Guzzardi recibió la propuesta a principios de
1984, y la presentó en la siguiente reunión editorial prevista. Llevó consigo
el artículo del New York Times que había sido el primero en atraer su interés y
lo mostró a sus colegas. Vieron de inmediato el potencial de la proposición, y
necesitaron poca persuasión de que la idea era buena. Al final de la reunión
todos habían acordado hacer una oferta fuerte por los derechos.
Pese al evidente interés de Bantam, Zuckerman
decidió efectuar una subasta por los derechos del libro. Todo fue realizado por
teléfono. Envió lo que Hawking había preparado a un cierto número de los
editores más importantes y les dijo que si estaban interesados en el libro
tenían que hacer una oferta antes de una fecha predeterminada. Las partes
interesadas contactaron con él mandando sus ofertas, y se les comunicó que
había alguna oferta rival que superaba a la suya. Entonces tenían la
posibilidad de aumentar su oferta o retirarse. Al final del día de la subasta
sólo quedaban dos editores rivales compitiendo por el contrato: Norton y
Bantam. Norton había publicado recientemente ¡Seguro que está bromeando,
señor Feynman!, las ensoñaciones autobiográficas del profesor del Caltech y
premio Nobel Richard Feynman, y estaban muy interesados en el libro de Hawking.
El libro de Richard Feynman se había vendido excepcionalmente bien. Para ellos,
el mercado potencial de un libro de divulgación de Hawking era evidente.
A medida que se aproximaba la noche y las dos
compañías aumentaban sus respectivas ofertas, Bantam decidió lanzarse de cabeza
y hacer una oferta final, que suponía un enorme riesgo. Se produjeron
apresuradas llamadas telefónicas entre oficinas y reuniones apresuradamente
convocadas para decidir qué había que hacer. Finalmente, Guzzardi recibió el
visto bueno para hacer su oferta definitiva. Ofreció un anticipo de 250.000
dólares por los derechos para los Estados Unidos y Canadá, y un trato muy
favorable en los royalties tanto de tapa dura como de bolsillo. Cuando el sol
se ponía ya sobre el recortado horizonte urbano, los tensos minutos se
convirtieron en media hora de morderse las uñas en la oficina de Guzzardi en
Manhattan. Realmente deseaba este libro.
Por fin sonó el teléfono. Guzzardi se apresuró a
cogerlo. Norton no había igualado la oferta. Pendientes de la aprobación de
Hawking de una carta que debía remitírsele especificando los términos de
revisiones y reescrituras y técnicas promocionales, el libro era suyo.
Por supuesto, autor y agente tenían pocas dudas
acerca de la valía del libro y de la capacidad de venta del nombre de
Hawking..., un comportamiento notablemente frío, por parte de Hawking, para un
hombre que, pese a toda su fama y a su creciente potencial en ultramar, estaba
en realidad en un estado financiero más bien delicado. Peter Guzzardi aceptó
las condiciones y escribió a Hawking con sus ideas. Evidentemente Hawking
estuvo de acuerdo, porque el contrato fue firmado ― poco tiempo después.
Guzzardi dice que una de las cosas que cree que cerraron el trato fue su
sugerencia de que el libro debería estar a la venta en todos los aeropuertos de
los Estados Unidos. A Hawking le encantó la idea. El hecho de que su libro
fuera publicado por uno de los más grandes editores del mundo le emocionaba.
Guzzardi conoció personalmente a Hawking tras una
conferencia en el Fermilab, el establecimiento de investigación de física de
altas energías en las afueras de Chicago. Recuerda que Hawking estaba muy
cansado después de dar su charla, pero se mostró aún muy receptivo y entusiasta
acerca del proyecto.
Recordando esta primera impresión causada por
Hawking, dijo: «El hombre tiene una presencia formidable. Tiene una
personalidad muy poderosa.»
Por aquel entonces, las conferencias de Hawking se
daban a través de un intérprete, en general un ayudante investigador que
manejaba el proyector de diapositivas y presentaba la conferencia pre escrita
por Hawking. El mismo intérprete actuó para Guzzardi cuando éste habló con
Hawking después de la charla. «Fue un poco como escuchar a alguien hablar en un
idioma extranjero ―recuerda Guzzardi―. Captas una especie de ritmo, sin
comprender en realidad lo que dice.»
Aunque Hawking se sintió muy feliz de hablar del
libro incluso al final de un día agotador, Guzzardi tuvo la sensación de que
algunos de sus ayudantes se mostraban menos que entusiastas acerca de todo el
asunto. Tuvo la sensación de que se resentían de que la obra de su profesor
fuera popularizada, y que los intentos de reinterpretar sus teorías en lenguaje
profano para el consumo del gran público iban de algún modo a devaluarlas.
Según Guzzardi, ésta era una actitud que Hawking no compartía con sus estudiantes;
al contrario, estaba muy a favor de comunicar sus teorías a una audiencia
general. Antes de Historia del tiempo, Hawking había mostrado un
gran interés en dar conferencias públicas sobre su trabajo y sentía, tenía
Guzzardi la sensación, un definido sentido de que su misión era hacer que el
gran público comprendiera la cosmología.
Tras la primera reunión, se inició un intercambio
de cartas entre Cambridge y Nueva York con sugerencias y contra sugerencias
sobre diversos pasajes del creciente manuscrito. A lo largo de todo el período
de gestación del proyecto, Guzzardi buscó el consejo de otros científicos y
expertos comunicadores para que le ayudaran a comprender las ideas de Hawking,
y enviaba esa versión digerida de sus observaciones a Hawking para ayudarle a
su vez a encaminarse en la dirección hacia la que había dicho que quería ir:
hacia un best-sellers. Teniendo en cuenta las obligaciones de Hawking con
respecto al DMAFT, su intenso programa de charlas y conferencias por todo el
mundo, y sus responsabilidades familiares, el libro avanzaba a buen ritmo.
Pero, pese a todos sus esfuerzos, se iban a necesitar otros dieciocho meses
antes de que Hawking y Guzzardi consiguieran dar al manuscrito su forma
definitiva y prepararlo para la publicación.
Ha habido sugerencias de que, en un momento
determinado, se habló de que el libro fuera escrito en realidad de forma
anónima por un escritor científico de éxito, pero que Hawking rechazó de plano
la idea. Estas especulaciones son completamente infundadas. Guzzardi no hizo en
ningún momento ninguna sugerencia parecida. De hecho, fue Al Zuckerman quien
propuso inicialmente la idea:
Leí el manuscrito y pensé que era muy interesante,
y que ciertamente podía hallar un editor para él, pero que no iba a ser
fácilmente comprensible para el lector profano... En aquel momento pensé que
tal vez debiéramos contratar a un escritor profesional para que ayudara a poner
las ideas en un lenguaje que pudiera ser más comprensible. Hawking se negó;
deseaba que el libro fuera totalmente suyo. Y es un hombre muy testarudo[93].
En su papel de editor, Guzzardi intentó ponerse en
el lugar del hombre medio de la calle que compraría e intentaría leer el libro.
Intentó transmitir esto a Hawking durante su correspondencia transatlántica,
con observaciones como: « ¡Lo siento, profesor Hawking, simplemente no
comprendo esto!» Zuckerman ha dicho de los esfuerzos de Guzzardi:
Sospecho que, por cada página de texto, Peter
escribió dos o tres cartas editoriales, todo en un intento de conseguir que
Hawking elaborara las ideas que su mente se saltaba pero que otras personas no
iban a entender[94].
«Fui persistente ―dice Guzzardi―, e insistí hasta
que Hawking me hizo comprender las cosas. Puede que pensara que yo era un poco
obtuso, pero me arriesgué y seguí insistiendo hasta que vi de lo que estaba
hablando.» Según Guzzardi, Hawking se mostró perfectamente amable durante todo
el proceso y mostró una gran paciencia con él. A su manera típicamente modesta,
también afirma que Hawking le dio mucho crédito en los reconocimientos del
libro. «Hice ―señala― lo que cualquier persona inteligente normal hubiera
hecho, e insistí hasta que comprendí de qué iba la cosa.»
Kitty Ferguson, en su libro Stephen
Hawking: A Quest for the Theory of Everything, ha sugerido que, debido
a su condición, el uso de Hawking de pocas palabras en sus explicaciones
significa que en conferencias y seminarios saltaba a menudo de pensamiento en
pensamiento, con la errónea suposición de que los demás podían ver la conexión.
Sin una cuidadosa supervisión, eso hubiera presentado evidentemente serios
problemas en un libro supuestamente de divulgación.
Para Peter Guzzardi, la responsabilidad de la
edición de Historia del tiempo fue una experiencia muy excitante. Se dio
cuenta, antes incluso de que fuera firmado el contrato, que Hawking era el
hombre para escribir la obra definitiva sobre la teoría del origen y la
evolución del universo. Él era quien había hecho el trabajo fundamental de
muchas de las ideas que formaban el núcleo del tema. ¿Quién podía estar más
capacitado para la tarea? El manuscrito procedía de la fuente más fidedigna
posible. Guzzardi pertenece a la escuela de pensamiento que propone a Hawking
como el Einstein de la segunda mitad del siglo XX. Aunque él no es un
científico, a través de su colaboración en el libro ha llegado a conocer
indudablemente muy bien a Hawking y su forma de pensar. Su comprensión del
hombre es muy diferente a como sus estudiantes y asociados profesionales le
comprenden, pero quizá sea igual en profundidad.
Para muchos, Hawking no es el héroe en que el
público parece haberle convertido. Hay quienes sugieren que es melodramático en
las conferencias, que es pretencioso y amante del espectáculo, que sus
constantes preguntas son afectadas y deliberadamente argumentativas.
El físico y popular escritor de divulgación Paul
Davies ha señalado que hay pocas cosas más intimidadoras que el hecho de que
Hawking aparezca por la puerta de una sala de conferencias cinco minutos
después de que un orador inexperto haya empezado a hablar. Peores son las
ocasiones en las que decide marcharse antes del final de una conferencia y se
aleja zumbando por el pasillo, acelerando su silla motorizada en línea directa
hacia las puertas basculantes de la parte de atrás de la sala. Pero Davies admite:
A menudo se trata simplemente de que Hawking tiene
hambre o ha recordado que debe telefonear con urgencia a alguien. El que llegue
tarde es siempre inintencionado y no lo hace para intimidar, pero
afortunadamente nunca me ha ocurrido a mí... ¡todavía!
Hay aquellos que no tienen en tan buena opinión las
extravagancias y la celebridad de Hawking. Se cita que un teórico ha dicho:
«Trabaja en las mismas cosas en las que trabajan todos los demás. Recibe tantas
atenciones únicamente por su condición»[95].
¿Tienen algo de base las críticas a Hawking, o son
esas afirmaciones tan sólo las uvas verdes de la envidia ante la celebridad que
le rodea? La opinión del propio Hawking sobre la gente que le compara con
Einstein es típicamente irónica: «No deben creer ustedes todo lo que lean»,
dice con una ambigua sonrisa[96].
Terminar el primer borrador ocupó la mayor parte de
1984. Fue el año en que una bomba colocada en el «Grand Hotel» de Brighton casi
mató al Gabinete británico, y la primera ministra de la India, Indira Gandhi,
fue asesinada por sus propios guardaespaldas en el jardín de su casa de Nueva
Delhi.
A medida que pasaban los meses y Hawking hacía
juegos malabares con sus compromisos, el manuscrito fue creciendo y el volumen
de la correspondencia con su editor se expandió al mismo ritmo. En el mundo
exterior, el corazón de un babuino fue trasplantado a un bebé de quince días,
el obispo Tutu recibió el premio Nobel de la Paz, y, hacia finales de año,
Ronald Reagan fue reelegido presidente de los Estados Unidos.
El primer borrador del manuscrito quedó completado
por las Navidades, y los trabajos de reescritura de algunas partes empezaron
con el año nuevo. El intercambio de cartas entre Hawking en Cambridge y
Guzzardi en Manhattan se hizo más frenético a medida que se acercaba la fecha
límite. La prensa especializada supo del libro poco después de las Navidades de
1984, pero no pareció impresionada por él, al parecer, poco fundado entusiasmo
en Bantam:
¿Es la inminencia de la primavera, o el nuevo
entusiasmo que detectamos es genuino? Por todas partes oímos el sonido de pies
agitados por la excitación ante algún proyecto muy mimado. En Bantam, Peter
Guzzardi salta de alegría por la adquisición del libro de Stephen Hawking Del
Big Bang a los agujeros negros... Tras pagar lo que Guzzardi define como «seis
cifras significativas, definitivamente por encima de los 100.000 dólares»...
«Tenemos un gran libro― asegura Peter―. Hawking se halla en la vanguardia de lo
que sabemos sobre el cosmos. Todo este asunto de la teoría del campo unificado,
la conjunción de la relatividad y la mecánica cuántica, es comparable a la
búsqueda del Santo Grial[97].»
Mediados los años ochenta fue realmente una época
de creciente optimismo. A medida que las naciones importantes del mundo
conseguían salir de la recesión, los mercados empezaban a expandirse y todos
los sectores comerciales estaban en alza. Era la época del yuppie. Los
«urbanitas» emergían metamorfoseados de la hibernación post-hippy de los
setenta, echaban a un lado los resonantes restos de introspección e integridad,
y saltaban a un «Porsche 911» descapotable.
Los recién elegidos gobiernos de la derecha
ocupaban el poder en las principales naciones industrializadas, y uno casi
podía oler la creciente confianza en el aire primaveral. La vida era buena;
nadie había observado la creciente baja nota de la expansión excesiva y la
depresión. Los precios del champán y las etiquetas de diseño se ponían por las
nubes, y los grandes contratos editoriales se convertían en parte de la norma.
En julio de 1985, Hawking decidió pasar algún
tiempo en el CERN, la organización europea para la investigación nuclear en
Ginebra. Allá podría proseguir su investigación fundamental y concederse a la
vez tiempo que dedicar a lo que describía a sus amigos como «un libro popular».
Alquiló un apartamento en la ciudad, donde se encerró las veinticuatro horas
con una enfermera y su ayudante investigador, un francocanadiense llamado
Raymond Laflamme. Jane, mientras tanto, había decidido ir a Alemania para visitar
a algunos amigos. La pareja planeaba encontrarse en Bayreuth para asistir al
festival de Wagner en agosto, después de que Stephen hubiera completado las
reescrituras del libro.
Una tarde de principios de agosto, Hawking se
retiró tarde a la cama tras un largo día de hacer correcciones en el
manuscrito. Su enfermera le ayudó a meterse en la cama, y se sentó para
relajarse en la habitación contigua. Tras terminar de leer un artículo de una
revista, iniciaría su rutina de comprobar a su paciente cada media hora durante
toda la noche. Hacia las tres de la madrugada la enfermera entró en el
dormitorio de Hawking, y le encontró despierto y con dificultades para
respirar. Su rostro se había puesto morado y su garganta emitía un sonido
gorgoteante. Alertó de inmediato a Laflamme, y llamaron a una ambulancia.
Hawking fue llevado a toda prisa al hospital
cantonal de Ginebra, donde fue puesto inmediatamente en un ventilador.
La leyenda dice que es gracias a la televisión que
el médico a cargo de recibir al científico en el hospital salvó a Hawking la
vida. Poco antes de que Hawking se convirtiera en uno de sus pacientes, había
visto un programa de la televisión acerca de un físico de Cambridge que sufría
de ELA. Conociendo la condición de Hawking, sabía qué medicamentos podía darle
a su paciente y cuáles no. Un médico que no hubiera tenido la suerte de ver el
programa hubiera podido muy bien matarle inintencionadamente.
Hawking fue metido en cuidados intensivos, y las
autoridades del CERN fueron alertadas. El jefe de la división, el doctor
Maurice Jacob, llegó al hospital antes de que amaneciera y fue informado de que
las cosas pendían de un hilo. Se creía que Hawking había sufrido un bloqueo en
la tráquea y se sospechaba que había contraído una neumonía. Los que sufren la
ELA son más susceptibles que otros a la enfermedad; en muchos casos resulta
fatal. Maurice Jacob y su equipo intentaron contactar de inmediato con Jane,
pero no resultó tarea fácil. Estaba viajando de ciudad en ciudad, y había
dejado una serie de números de teléfono a la enfermera de Stephen. El problema
era que nadie estaba absolutamente seguro de su itinerario. Se hicieron
frenéticas llamadas a varios números particulares en Alemania, hasta que
finalmente fue localizada en casa de unos amigos cerca de Bonn.
Jane llegó al hospital cantonal para hallar a su
esposo en muy mal estado. Estaba en una máquina de apoyo vital, pero fuera de
peligro inmediato. Sin embargo, en opinión de los médicos, tenía pocas
esperanzas de sobrevivir sin ser sometido a una traqueotomía. Stephen era
incapaz de respirar por la boca o la nariz, y se ahogaría si se le retiraba el
ventilador que permanecía a un lado de su cama del hospital. La operación
implicaba abrir la tráquea e implantar un dispositivo respirador en la
garganta, justo encima del cuello de la camisa. Le dijeron a Jane que la
operación era esencial para salvar la vida de su esposo, pero había una
dificultad importante. Si lo hacían, no podría volver a hablar ni a emitir
ningún sonido vocal.
¿Qué debían hacer? La decisión sólo podía proceder
de ella. Aunque en los últimos años Stephen apenas había podido hablar, y sólo
su familia y sus amigos más íntimos eran capaces de entenderle, ahora se
enfrentaba a la perspectiva de una pérdida total de comunicación. Puede que su
voz fuera difícil de entender, pero seguía siendo su habla. Jane sabía que
había una técnica para recobrar algo de habla después de una traqueotomía, pero
eso era una posibilidad tan sólo si el paciente era razonablemente apto. Los
médicos que la rodeaban estaban impresionados de que un hombre en el estado de
Hawking todavía fuera capaz de viajar por el mundo, pero no habría ninguna
posibilidad de que recobrara forma alguna de su habla en su condición física.
¿Podía tomar Jane la decisión de seguir adelante y condenar a su esposo, al
silencio?
El futuro se presentaba muy, muy lúgubre. No
sabíamos cómo íbamos a poder sobrevivir..., o si él iba a sobrevivir. Mi
decisión fue que se efectuara la traqueotomía. Pero a veces pienso: ¿qué hice?
¿A qué tipo de vida le he condenado[98]?
Tras la operación, Hawking permaneció en el
hospital suizo durante otras dos semanas. Luego una aeroambulancia lo devolvió
a Cambridge, donde fue admitido en el hospital Addenbrooke's. El avión aterrizó
en el aeropuerto Marshall's donde le esperaban los médicos para escoltarle en
una unidad de cuidados intensivos hasta el hospital.
Aquella tarde, la enfermera jefe de la unidad
médica en el Addenbrooke's dijo, según informó el Cambridge Evening
News: «Está en cuidados intensivos. No estamos seguros de su condición, es
preciso evaluarla[99].» Fuera como fuese, tuvo que pasar unas semanas más en el hospital en
Cambridge antes de que se le permitiera regresar a su casa de West Road.
En muchos aspectos, Hawking había tenido suerte una
vez más. Había sobrevivido por el canto de un duro. Muchos enfermos de ELA
mueren a causa de una neumonía provocada por su condición. Cuando cogió la
infección, tuvo la fortuna de hallarse en uno de los países médicamente más
avanzados del mundo; fue recibido en el hospital por un médico que le había
visto recientemente por la televisión y conocía su condición; y tuvo el apoyo
de una esposa inteligente y atenta. Sin embargo, uno de los hechos más afortunados
de todos es que, de haber contraído la neumonía dos años antes, las cosas
hubieran sido mucho peores.
En agosto de 1985, la redacción de lo que se
convertiría en el best-sellers Historia del tiempo estaba casi
completa. Peter Guzzardi había sido informado de inmediato, por supuesto, de
que Stephen se había puesto enfermo, y había seguido trabajando en el
manuscrito mientras Hawking se recuperaba en el hospital. La familia había
recibido algo de dinero a cuenta del anticipo y pudo hacer frente
financieramente, aunque con justeza, a la crisis. El problema para Jane, sin
embargo, era lo que ocurriría a largo plazo. Tras la traqueotomía, Stephen
necesitaría el cuidado de una enfermera las veinticuatro horas del día. Lo
mejor que podía ofrecer el Servicio Nacional de la Salud era siete horas de
enfermera a la semana en casa de los Hawking, más dos horas de ayuda para el
baño. Tendrían que pagar una enfermera particular. El anticipo del libro no
duraría mucho, y no había certeza absoluta de su éxito. Para Jane, eso parecía
muy poca esperanza a largo plazo. ¿Cómo iban a sobrevivir si él no podía seguir
trabajando?
Había pocas posibilidades. Ella hubiera renunciado
voluntariamente a su carrera para dedicarse por completo a cuidar de su esposo,
pero no era enfermera cualificada y, en cualquier caso, ¿quién proveería
entonces para la familia? La alternativa era el terrible pensamiento de Stephen
confinado en un asilo, incapaz de trabajar, hundiéndose lentamente en un
declive gradual y, al final, la muerte. «Fueron días en los que a veces tenía
la sensación de ser incapaz de seguir adelante porque no sabía cómo enfrentarme
a las cosas»[100], dijo Jane de aquel período.
Era evidente que tenían que hallar apoyo financiero
de alguna parte. Jane escribió carta tras carta a organizaciones caritativas de
todo el mundo, y solicitó la ayuda de amigos de la familia en instituciones que
podían estar interesadas en ayudarles. Llegó ayuda de una fundación
norteamericana, consciente del trabajo y la reputación internacional de
Hawking, que aceptó pagar 50.000 libras al año para los gastos de enfermera.
Poco después varias otras organizaciones caritativas de ambos lados del Atlántico
siguieron con donaciones más pequeñas. Jane se siente amargada por todo el
asunto. Se resiente del hecho de que, tras pagar durante toda una vida sus
cuotas al Servicio Nacional de la Salud, se les ofreciera una ayuda tan escasa
cuando había surgido la necesidad. Es muy consciente de que, si su esposo
hubiera sido un desconocido profesor de física, ahora estaría viviendo sus
últimos días en un asilo o una residencia. «Piensen en el desperdicio de
talento [101]», dijo, refiriéndose a la situación.
El mismo mes en que Hawking recibió la oferta de
apoyo financiero, un experto en ordenadores que vive en California, Walt
Woltosz, envió a Stephen un programa que había escrito llamado Ecualizador. Era
compatible con los ordenadores que él usaba en casa y en la oficina, y le
permitía seleccionar palabras en una pantalla de un menú de 3.000. Podía
moverse de palabra a palabra pulsando un conmutador sujeto a su mano. Pequeños
movimientos de sus dedos eran suficientes para hacer funcionar el dispositivo y
mover el cursor hasta la palabra deseada. Una vez construida una frase, podía
enviarse a un sintetizador de voz que entonces la pronunciaba por él. Algunas
frases estaban pre programadas en el ordenador para acelerar el proceso, y con
un poco de práctica Hawking descubrió que podía conseguir como unas diez
palabras por minuto. «Era un poco lento ―dijo―, pero yo pienso lentamente, así
que me iba muy bien» ([102].
La nueva voz de Hawking generada por ordenador
transformó por completo su vida. Ahora podía comunicarse mejor que antes de la
operación, y ya no necesitaba la ayuda de un intérprete cuando daba una
conferencia o simplemente conversaba con la gente. Desde la traqueotomía, su
único medio de comunicación había sido el parpadeo de sus ojos, o escribir
palabras en una tablilla sostenida frente a él. El sintetizador de voz tiene un
acento particular, descrito por algunos como norteamericano o escandinavo. Puesto
que hay un grado de entonación en algunas palabras, no suena demasiado como la
voz de un robot..., algo que Hawking hubiera odiado. En realidad, le gustaría
que el sintetizador pudiera producir un acento británico, y a menudo saluda a
la gente con un «Hola, disculpen mi acento norteamericano». Sin embargo, puede
cambiar el programa y alterar el acento. En ocasiones especiales le gusta usar
uno con una ligera guturalidad escocesa, que es quizá lo más cerca que puede
llegar de su voz natural. Timothy Hawking piensa que le gusta la nueva voz de
su padre. De toda la familia es el que menos recuerda la auténtica voz de
Stephen, puesto que sólo tenía seis años en la época de la operación en Suiza,
y por aquel entonces le quedaba ya muy poca voz desde hacía algunos años.
Con su nueva voz y un cierto grado de seguridad
financiera, unas pocas semanas después de abandonar el hospital, Hawking fue
capaz de reanudar su trabajo en el manuscrito. En colaboración con Peter
Guzzardi, y tomando en cuenta algunas sugerencias generales solicitadas por
algunos otros lectores, decidieron eliminar un cierto número de secciones y
reescribir algunas otras. Stephen Hawking deseaba añadir un apéndice
matemático, que listara las ecuaciones prohibidas en el texto, pero Guzzardi
vetó la idea. « ¡Aterrorizarán a la gente!», exclamó.
Mientras los dos hombres trabajaban en el
manuscrito y la máquina publicitaria de Bantam empezaba a ponerse en
funcionamiento con vistas a la publicación en la primavera de 1988, Al
Zuckerman no permanecía ocioso. Tras vender los derechos para Estados Unidos y
Canadá, estaba ansioso por hallar compradores para el resto del mundo. Editores
como Alemania e Italia ofrecieron anticipos de 30.000 dólares sin haber visto
siquiera el manuscrito, y había un creciente interés en Japón, Escandinavia,
Francia y España. Ante su sorpresa, incluso recibió ofertas de Corea, China y
Turquía, y dos de Rusia..., un país al que antes nunca había conseguido vender
un libro. «Tuve dos ofertas de editores de Moscú ―le dijo al Bookseller―. No
competían..., ambos hacían exactamente la misma oferta»[103]. Parecía que todo el mundo deseaba subirse al carro.
El interés global por el libro de Stephen Hawking
excedía los sueños más optimistas de Zuckerman. Sólo en un país importante
halló un problema: Gran Bretaña.
Los editores británicos fueron los más escépticos
que encontré. Cuando mostré la primera versión en el Reino Unido, Dent ofreció
15.000 libras, y hubo otras ofertas de 5.000 y 10.000 libras. No creí que
hablaran en serio, así que me retiré [104].
Por el momento, no había en el Reino Unido ningún
editor para un libro de un autor británico que había sido adquirido en casi
todos los demás países del mundo.
No se hicieron más progresos hasta la convención de
la Asociación Norteamericana de Libreros, en 1987. Mark BartyKing, de Bantam
Reino Unido, había oído hablar del libro a través de sus conexiones con la
compañía. Se dirigió a Zuckerman en la convención y le pidió si podía leer el
manuscrito.
Tras leerlo, acudió de nuevo a Zuckerman para
decirle que estaba interesado en el libro. Zuckerman le dijo que deseaba un
anticipo de 75.000 libras por los derechos para el Reino Unido. Barty-King
perdió de pronto su entusiasmo:
75.000 libras [en aquel tiempo] parecían un
anticipo ridículamente alto por lo que era un libro difícil, por muy
distinguido que fuera. No sé si lo intentó con otra gente, pero finalmente
decidimos que podíamos llegar hasta 30.000 libras. Él dijo que tenía que probar
con otros editores; nosotros dijimos: «Si lo hace, mantenemos la oferta pero
deseamos prioridad[105].»
Penguin, Collins, Century Hutchinson y otros no
superaron la oferta de 30.000 libras. Zuckerman volvió a Bantam Reino Unido y
aceptó su oferta.
Incluso entonces, la decisión final de Mark
Barty-King estuvo pendiente de un hilo. La tarde antes de presentar la idea en
la siguiente reunión editorial prevista, se sentó a hacer algunos números. Como
de costumbre, empezó por calcular las ventas proyectadas. Tapa dura: interior
2.000, stock 2.000, exportación 500; rústica: interior 10.000, stock 10.000,
exportación 3.000; Australia y Nueva Zelanda: 3.000. Los cálculos no salían.
Finalmente añadió 5.000 libras para derechos seriales dentro del Reino Unido y
así consiguió justificar a duras penas la adquisición. La llevó a la reunión y,
contra la opinión de sus colegas, forzó la decisión. La compañía no ganaría ni
un penique con este libro, estaba convencido de ello. Sin embargo, en el lado
de los pros, se hallaba el hecho de que un libro prestigioso como éste no haría
más que realzar su perfil de editores de libros «serios» y, si no perdían
dinero en el asunto, entonces habría valido la pena correr el riesgo.
No fue hasta que conoció en persona a Hawking en la
Feria del Libro de Frankfurt, el otoño antes de la publicación, que Mark
Barty-King empezó a tener algunos indicios de la enorme presencia del hombre:
Sólo es cuando le conoces que te das cuenta de lo
extraordinario que es. Lo que te sorprende más en particular, después de todo
por lo que ha pasado, es recibir una impresión tan fuerte de su sentido del
humor[106].
Tras firmar el contrato para el libro, le dijo a un
periodista:
Es un libro de una de las mentes más grandes de
nuestro tiempo, que habla del tema elemental de quiénes somos y de dónde
venimos. Es un libro lúcido y muy personal, uno que personalmente hallo difícil
de leer debido al tema que trata, pero que he considerado que tiene un enorme
atractivo[107].
En Frankfurt, Hawking dio una pequeña charla a los
editores reunidos en una librería alquilada para la ocasión. Describió tanto su
vida como la filosofía y motivaciones que había tras el libro. Según Guzzardi,
todos se sintieron subyugados. Durante los preparativos de publicación en los
Estados Unidos, Guzzardi tuvo una serie de reuniones con el director de
marketing de Bantam para discutir exactamente cómo enfocar la promoción del
libro.
Años antes, cuando Simon Mitton supo que Hawking
había firmado con un editor comercial importante, le dio a Hawking un amistoso
consejo:
―Ve con cuidado si tratas con esa gente, Stephen
―le dijo―. Asegúrate de estar completamente decidido a que, si la meta es hacer
dinero y vender muchos libros, no te importan las técnicas de marketing que
empleen.
―¿Qué quieres decir? ―le preguntó Hawking.
―Bueno, no pondría la mano en el fuego de que no
hicieran una promoción estilo « ¿No son maravillosos los tullidos?» Ve con los
ojos muy abiertos al respecto. Claro que, si no te importa este enfoque,
adelante.
En realidad, el consejo de Mitton fue infundado.
Guzzardi no tenía intención de promocionar el libro de la forma que Mitton
había temido:
Podíamos hacerlo de dos maneras. Podíamos
bantamizarlo: aviones sobre Manhattan escribiendo en el cielo, camisetas, etc.,
o podíamos actuar con clase, gusto, hacer una promoción de calidad. El autor es
prestigioso, pensamos. Pongamos nuestro músculo de marketing en ello, pero
hagámoslo con buen gusto. Ésa era la alternativa, y eso fue lo que decidimos
hacer.
Menos de un mes antes de la publicación, Hawking
recibió una sorprendente llamada telefónica de su agente Al Zuckerman. Peter
Guzzardi, que había manejado el libro desde un principio, acababa de decirle
que le habían ofrecido su propio sello en Crown y abandonaba Bantam. Los pasos
finales de la promoción del libro y el delicado período de las primeras ventas
serían manejados por un nuevo director editorial. Una de las últimas decisiones
que hizo Guzzardi acerca del libro fue la elección final del título. Hawking
pensaba que el título inglés A Brief History of Time podía
parecer un poco frívolo, y tenía dudas acerca de la palabra «breve». Fue Peter
Guzzardi quien consiguió convencerle de que era un título brillante, sucinto
pero definitivo. Según Guzzardi, lo que finalmente convenció a Hawking fue
cuando observó que la palabra «breve» en el título le hacía sonreír. «Stephen
vio el asunto de inmediato ―dice―. Le gusta hacer sonreír a la gente[108].» [109]
Cuando recibió el dossier de este extraño y difícil
libro, el nuevo director de Bantam sintió frío en los pies. La primera decisión
del nuevo director fue reducir drásticamente la primera impresión del libro: a
40.000.
A Brief History of Time: From the Big Bang to Black
Holes llegó a las tiendas de todos los Estados Unidos a principios de la
primavera de 1988. La fiesta de lanzamiento se organizó en el Instituto
Rockefeller de Nueva York, donde se celebró un banquete en honor del autor y
Hawking pronunció unas palabras para promocionar el libro. Según los otros
invitados, tras un largo día de celebraciones y, al parecer, interminables
presentaciones y reuniones. Hawking estaba todavía lleno de energía y de un
humor festivo.
La reunión se trasladó al malecón que dominaba el
East River. Stephen estaba en espléndida forma. Los años de trabajo en su
Historia del tiempo habían terminado al fin, y el libro estaba en las tiendas
y, esperaba, funcionaría bien. Los amigos recuerdan cómo iba en su silla de
ruedas de invitado en invitado exhibiendo un humor muy alegre. Había un claro
zumbar de excitación en el aire. Era una noche clara, las estrellas
resplandecían brillantes sobre el río, y las luces de la ciudad se reflejaban
en un espectro de puntos de color con el agua. Las copas eran llenadas de nuevo
constantemente, y aunque Hawking podía beber muy poco alcohol y no tenía
auténtico sentido del gusto, parecía a todas luces embriagado por la atmósfera.
Hubo, sin embargo, algunos momentos de ansiedad. Un amigo recordó que tanto
Jane como la enfermera de Stephen estaban aterradas de que su excitación
hiciera rodar su silla de ruedas hasta el río.
Más avanzada la velada, un pequeño grupo de amigos
íntimos y familiares regresaron al hotel. Cuando pasaron por el vestíbulo,
Stephen observó que había una fiesta en el salón de baile contiguo. Tras
insistir en que era demasiado temprano para acostarse, se dirigió hacia la
música, con la intención de unirse a ella. Sus amigos fueron arrastrados y
persuadidos de que se unieran también, y Hawking terminó la celebración a
primeras horas de la madrugada, dando vueltas por la pista de baile con la
banda aún tocando mucho después de que la fiesta original hubiera terminado.
Bantam llevó adelante su plan de un lanzamiento del
libro sin grandes espectacularidades. No hubo expositores prefabricados ni
enormes posters del autor. Los indicadores de pre lanzamiento de los
representantes de ventas eran alentadores pero confusos. Las librerías estaban
ansiosas por recibir el libro, pero no sabían muy bien dónde ponerlo o qué
hacer con él. Luego, días después de su publicación, casi se produjo un
desastre. Un director de Bantam, al hojear un ejemplar de la primera edición,
se dio cuenta de que dos de las ilustraciones estaban situadas de forma
equivocada. Hubo un pánico instantáneo. La edición de 40.000 ejemplares estaba
ya en las tiendas. El personal de ventas se apresuró a telefonear a las
librerías más importantes.
―Cometimos un error ―dijeron―. Vamos a tener que
retirar todos sus ejemplares.
Ante su sorpresa, en ninguna de ellas quedaba
ningún ejemplar. Las librerías de todos los Estados Unidos habían llenado ya
formularios de petición de nuevos ejemplares
Según los ejecutivos de Bantam, éste fue el primer
signo de que tenían algo realmente grande entre manos. Sin perder tiempo, fue
encargada una reimpresión de la versión corregida y enviada a los puntos de
venta tan rápido como fue posible. Con gran deleite de Bantam, la revista Time publicó
un largo artículo sobre Hawking al mes de la publicación, y las críticas
favorables empezaron a aparecer en todos los periódicos y revistas de calidad
por todos los Estados Unidos. Al cabo de unas pocas semanas de su publicación, Historia
del tiempo entró en la lista de los best-sellers y
trepó sin esfuerzo hasta la cúspide.
De pronto empezaron a aparecer expositores en los
escaparates de todas las librerías a lo largo de la Quinta Avenida, y los
posters de Stephen Hawking fueron instalados sobre las estanterías llenas de
ejemplares de su libro en las librerías de todos los Estados Unidos.
La portada de la edición norteamericana del libro
muestra a Hawking sentado en su silla de ruedas contra un fondo de estrellas.
Parece muy serio y mira a la cámara, casi con el ceño fruncido. Hawking ha
dicho que nunca le gustó esta foto, pero que no dijo nada en contra de usarla.
Algunos de sus amigos y familiares piensan que la foto no expresa realmente su
auténtico carácter y que carece de humor.
Un crítico de libros puso reparos a que Bantam
pusiera una foto del autor en una silla de ruedas en la portada de un libro;
declaró que era una maniobra explotadora, un cínico movimiento comercial por
parte del editor para extraer el máximo partido posible de su impedido autor.
Peter Guzzardi se sintió profundamente ofendido por
la sugerencia. «Es evidente que el crítico no conocía a Stephen para pensar que
podía ser explotado ―dijo―. Nadie puede explotar a Stephen Hawking. Es
completamente capaz de cuidar de sí mismo.»
»Creo que el razonamiento tras el comentario de ese
tipo era patético ―recordó Guzzardi, disgustado, en otra ocasión―. Fue un
triunfo para un hombre en las condiciones físicas de Hawking figurar en la
portada de su propio libro. Es algo inspirador.» En el verano de 1988, el
«difícil» libro de Stephen Hawking llevaba cuatro meses en la lista de
best-sellers y había vendido por encima del millón de ejemplares en los Estados
Unidos. Se estaba convirtiendo con mucha rapidez en un nombre de la casa. El
fenómeno editorial del año llegó a las noticias nacionales..., y a los quioscos
de todos los aeropuertos del país.
En Chicago se organizó apresuradamente un club de
fans de Stephen Hawking, que empezó a vender camisetas Hawking. Comenzó a
adquirir el status y los aderezos de una estrella del rock entre la «science
set» en escuelas y universidades, desde Los Ángeles a Pittsburgh. El escolar
que había sido un devoto fan de Bertrand Russell se había convertido él mismo
ahora, unos treinta años más tarde, en un héroe de los escolares.
* * * *
Junio de 1988 vio la publicación británica de Historia
del tiempo. Siguió de inmediato el mismo esquema de éxito instantáneo que
había disfrutado en los Estados Unidos. Todas las librerías vendieron sus
ejemplares en unos pocos días. Poco después de su publicación, uno de nosotros
(M. W.) lo buscó en todas las librerías de Oxford y Londres y no pudo hallar ni
un solo ejemplar que quedara a la venta. Unas semanas más tarde halló un
ejemplar..., el último que quedaba en la librería del World Trade Center de Nueva
York.
Los representantes de venta británicos informaban
de un abrumador interés por parte de los libreros a todo lo largo del país.
Waterstones, de Edimburgo, escribió al editor para decir que deseaban montar un
escaparate y que deseaban encargar 100 ejemplares del libro. Pero, pese al
obvio interés que estaba generando el libro, el editor británico fue lento en
apreciar la escala de su éxito. Mark Barty-King, de Bantam Reino Unido, había
decidido incrementar la primera edición de 5.000 a 8.000, pero esos ejemplares
fueron vendidos al final del primer día en las librerías. Una vez más se ordenó
una inmediata reimpresión. A principio de 1991, Historia del tiempo llevaba
veinte reimpresiones en Gran Bretaña, y seguía vendiendo un promedio de 5.000
ejemplares al mes en tapa dura. El libro abandonaba los estantes de las
librerías más rápido de lo que los impresores podían producir nuevos
ejemplares. Se cita que el encargado de compras de W. H. Smith dijo: «La
demanda del libro ha superado por completo todo lo que esperábamos. Casi se ha
convertido en un libro de culto»[110].
Aparecieron críticas y reseñas en publicaciones que
se alineaban desde Nature al Daily Mail, todas ellas favorables. Entrevista
tras entrevista aparecían en periódicos y revistas. Hawking se estaba
convirtiendo en una celebridad tan grande que tenía que elegir con qué
periodistas quería hablar. «Resulta interesante ver las entrevistas que
concedía ―dijo Wendy Turv, de Transworld―. Por ejemplo, deseaba ser
entrevistado por el Sunday Mirror[111]
La actitud de Hawking era que deseaba alcanzar la
audiencia más amplia posible. Deseaba que fontaneros y carniceros leyeran su
libro, además de médicos, abogados y estudiantes de ciencias:
Me siento complacido de que un libro científico
compita con las Memorias de las estrellas pop. Quizá todavía haya esperanzas
para la raza humana. Me siento muy complacido de que llegue al público en
general, no sólo a los académicos. Es importante que todos tengamos alguna idea
acerca de qué va la ciencia, porque desempeña un papel muy grande en la
sociedad moderna [112].
Tras entrar en la lista de best-sellers del Sunday
Times a las dos semanas de su publicación, alcanzó con rapidez el
número uno, donde permaneció indiscutido durante todo el verano. En el momento
de escribir esto todavía se halla entre los diez primeros en la lista de
best-sellers de tapa dura en el Reino Unido, y aún no ha salido en rústica en
Gran Bretaña. El único libro que ha gozado de una mayor longevidad en la lista
es el Diario de campo de una dama eduardiana. En 1990 había batido a todos sus
demás rivales, incluidos el fenomenal éxito de Jacob Bronowski La
ascensión del hombre, que estuvo más de dos años en la lista a principios
de los setenta.
La gente empezaba a parar a Hawking por la calle y
proclamarle su más profunda admiración. Se dice que Timothy se sentía
embarazado ante tales incidentes, pero Stephen disfrutaba con ellos. Un crítico
comparó Historia del tiempo a Zen y el arte del
mantenimiento de la motocicleta[113]. Familia y amigos se sintieron horrorizados, pero Hawking lo tomó como
un cumplido, un signo claro de que había tenido éxito en alcanzar al público
que pretendía.
Críticos y comentaristas parecían pasmados por el
éxito del libro. John Maddox, el director de Nature, escribió a
finales de 1988:
Aquellos que se preocupan acerca de la supuesta
ignorancia del público hacia la ciencia se sentirán con toda seguridad
confortados al saber que en los Estados Unidos hay ahora en circulación 600.000
ejemplares del libro del profesor Stephen Hawking Historia del tiempo...
Curiosamente, entre aproximadamente una veintena de personas a las que he
interrogado durante una visita a California (no todas ellas científicos), no he
encontrado ninguna que no conociera el libro, tres habían comprado un ejemplar,
y ninguna lo había leído todavía. Esto parece extraño para un volumen de sólo
198 páginas cuya estimación del tiempo de lectura hecha por el autor puede
deducirse, de su afirmación de que se necesitan 1.000 calorías de nutrientes
para captar su contenido de información, en aproximadamente medio día. De
hecho, hay un extraño embarazo en torno al libro. La gente dice que es un libro
de «culto», o describe al profesor Hawking como una figura de culto. En
California, acostumbrados a las idas y venidas de gurús de diferentes
convicciones y persuasión, esta explicación puede parecer natural. Pero ni
siquiera California puede haber absorbido todos los 600.000 ejemplares [114]
En agosto de 1988, Simon Jenkins, del Sunday Times,
escribió: Estoy absolutamente desconcertado. A lo largo de todo este verano, un
libro de un profesor de matemáticas de Cambridge de 46 años, acerca del
problema de relacionar la teoría de la relatividad con la mecánica cuántica, se
ha subido a la lista británica de best-sellers de libros de no ficción. Durante
el pasado mes ha ocupado el primer puesto. Michael Jackson y Pablo Picasso han
sido desbancados. Historia del tiempo, de Stephen Hawking, lleva ya cinco
reimpresiones y 50.000 ejemplares encuadernados en tapa dura. Esto es algo
realmente impresionante [115]
Todo el mundo, incluida mucha gente que lo había
aupado a la lista de best-sellers, parecía sorprendido por la atracción
cosmopolita del libro. Era evidente que Hawking había conseguido realmente la
hazaña de que fontaneros y carniceros compraran su libro. Simplemente no había
bastantes estudiantes de ciencias en el mundo como para explicar las cifras de
ventas. Un escritor contó una historia acerca de un científico que se detuvo en
un garaje en los Estados Unidos y empezó a charlar con el empleado de guardia.
Cuando el empleado descubrió que el conductor era un científico, le preguntó: «
¿Conoce usted al profesor Hawking? Es mi héroe [116].» De pronto, todo el mundo era fan de Hawking, y todo el mundo tenía
una teoría preferida acerca de cómo el libro se había convertido en un éxito
tan notable.
Así pues, ¿cuál es el secreto de su éxito? Es una
cuestión que aún suscita preguntas, años después de que Historia del tiempo se
instalara en la lista de best-sellers.
En abril de 1991, casi tres años después de su
publicación en Gran Bretaña, apareció un pequeño artículo en la sección de
chismorreos de la revista Independent que se preguntaba cuánta
gente había leído realmente el libro.
Ese hombre brillante que es el señor Bernard Levin
ha admitido en su columna del Times que ha sido incapaz de ir más allá de la
página 29 de Historia del tiempo del profesor Stephen Hawking. Esto suscita una
pregunta: si el brillante señor Levin sólo puede llegar hasta la página 29,
¿cuántas posibilidades hay de que un quinielista normal se embarque en la
búsqueda del conocimiento acerca del origen del universo?
Sin embargo, existe el hecho de que este delgado
tratado científico valorado por Bantam en 14,99 libras, precio de venta al
público, ha vendido 500.000 ejemplares sólo en este país, y que el próximo
julio llevará ya tres años completos en la lista de best-sellers. Es
comprensible que los editores no tengan intenciones de sacar una edición en
rústica.
¿Cómo puede explicar uno el extraordinario éxito de
un libro que tan pocos de sus compradores son capaces de comprender? Los
psiquiatras amateurs apuntan hacia la condición del autor. Es una víctima de
una enfermedad de las neuronas motoras que fue desahuciado por sus médicos hace
años. Sin embargo, contra todo pronóstico, escribió este libro. Es un relato
heroico, pero, ¿es suficiente esto para explicar el éxito del libro?
Creo que no. Como tampoco lo es el decir que los
lectores esperan descubrir la verdad acerca de los orígenes del mundo en el que
viven. La noticia que debe circular ya por ahí es que no hay una respuesta
fácil. El misterio del éxito del libro es por ahora casi tan sorprendente y
fascinante como el misterio de los orígenes del universo. Estoy dispuesto a
ofrecer un pequeño premio (digamos 14,99 libras) a cualquier lectorque pueda
proporcionarme una explicación que sea por completo convincente[117].
El artículo provocó una invasión de cartas,
incluida una de la madre de Hawking, Isobel, publicada la semana siguiente, en
la que escribía:
Señor: Tengo que declarar mi interés en este
asunto, puesto que soy la madre del profesor Stephen Hawking, pero he pensado
un poco acerca de las razones del éxito de Historia del tiempo, un éxito que ha
sorprendido al propio Stephen. Creo que las razones son complejas, pero
intentaré simplificarlas..., tal como las veo.
El libro está bien escrito, lo cual lo hace agradable de leer. Las ideas son
difíciles, no el lenguaje. Es absolutamente no pomposo; en ningún momento habla
a los lectores desde una posición de superioridad. Cree que sus ideas son
accesibles a toda persona interesada. Es controvertido; mucha gente se opone a
sus conclusiones a uno u otro nivel, pero despierta el pensamiento.
Ciertamente, su lucha contra la enfermedad ha contribuido a la popularidad del
libro, pero Stephen ha recorrido un largo camino antes siquiera de pensar en
él. No ha obtenido todas sus distinciones académicas y de otros tipos a causa
de su enfermedad de las neuronas motoras.
No afirmo que yo comprenda el libro, aunque lo he leído hasta el final antes de
llegar a esta conclusión. Creo que mi edad y mi tipo de entrenamiento mental
tienen algo que ver con mi no comprensión. Sin desear dudar del brillo del
intelecto del señor Levin, debo abstenerme de suponer, a partir de su no
comprensión, que la mayoría de la gente la comparta.[118]
El último punto de Isobel Hawking parece haber
llegado perfectamente a la raíz del asunto. Aunque algunos pueden considerar
que la educación clásica en las «artes universitarias» constituye los perfectos
cimientos para la identificación posterior como «un intelectual», hay otras
formas de educación que, a medida que avanzamos directos hacia el siglo XXI,
pueden ser más apropiadas para los «intelectuales» del futuro. Preguntemos a
cualquier científico acerca de los prejuicios de los no entrenados científicamente.
Tales personas se hacen notar por sí mismos en cualquier cena normal. El
científico social tiene una buena provisión de tristes historias acerca de cómo
los no iniciados protegen su propia ignorancia rebajándose levinescamente, casi
recreándose en el hecho de que no comprenden los temas científicos. A menudo es
más fácil hacer un chiste sobre las cosas que uno no desea admitir que ser
honesto y enfrentarse a ellas. En Gran Bretaña especialmente, esta xenofobia es
alimentada por los vestigios de las imágenes victorianas del científico como
poco más que un trabajador que se ensucia las manos en un laboratorio,
trasteando con productos químicos e instrumentos de extraña apariencia.
Entre las otras réplicas al artículo de chismorreos
había una carta que exponía claramente este mal situado esnobismo intelectual:
Señor:Está usted equivocado si piensa que pocos de
los compradores de Historia del tiempo son capaces de comprender el libro.
Son sólo aquellos que, como Bernard Levin, han tenido una educación limitada,
los que tienen ese problema.
Mi hijo de 17 años, un estudiante de física de Nivel A, halló el libro muy
fácil de comprender, y deseó que Stephen Hawking lo hubiera escrito con mayor
profundidad. Es un muchacho que nunca lee una novela y en general sólo compra
el Sun. Le gustaría reclamar las 14,99 libras ofrecidas por esa sección a
aquellos que puedan explicar la popularidad del libro de Hawking, pero apenas
es capaz de construir una carta.
Esto conduce a la teoría... de que hay distintas clases de inteligencia. Del
mismo modo que hay científicos incultos, también hay lumbreras en las artes que
son matemática y científicamente analfabetos. No importaShakespeare: quizá las
escuelas deberían enseñar conceptos que ayuden a uno a comprender la base misma
de la naturaleza del universo.[119]
Pese a opiniones tan directas, mucha gente cree
que Historia del tiempo es el libro que hay que identificar
con los ochenta y los noventa. Después de su publicación no tardaron en
aparecer varios artículos cuyo autor comentaba el hecho de que amigos y colegas
estaban haciendo competiciones para ver hasta cuán lejos habían conseguido
llegar. Ambos escritores de este libro han comparado notas sobre los
comentarios de nuestros amigos no científicos (y a veces algunos
científicamente entrenados también) que afirmaban en la cena que estaban
intentando el método de «una página al día» o que iban «tres páginas más
adelante que mi vecino de la puerta de al lado». Incluso Simon Jenkins, que
siente una constante y alta consideración hacia Hawking y su libro, arremetió
con:
Hawking, estoy seguro, se está beneficiando de la
«sabiduría por asociación». Comprar un libro es un paso más virtuoso que
simplemente leer su crítica, pero no implica el leerlo. Sobre la mesita del
café o junto al retrete, un libro es el equivalente intelectual de una etiqueta
de Gucci cosida a un bolso o un cocodrilo en una camiseta[120].
Otros han afirmado que Historia del tiempo se ha
vendido tan bien porque ha sido adoptado por una generación perdida de Verdes
post-yuppies como un símbolo de la sabiduría de una nueva era, que de alguna
forma adquiere una importancia semi religiosa en sus mentes. Por supuesto,
Hawking considera esas nociones hilarantes. Así pues, ¿qué piensan los colegas
de Hawking de su libro? A decir verdad, muchos no lo han leído, y afirman que
difícilmente lo ven como algo interesante de leer para ellos. Entre los que lo
han hecho hay una variedad de opiniones. Un cierto número han extraído la
conclusión de que Hawking no fue lo bastante lejos y de que el libro extensión,
pero en eso quizá sea el profesional que hay en ellos el que habla.
A algunos les gusta, a otros no. Más de un físico
ha dicho que tenía la sensación de que Hawking estaba equivocado al integrar
conclusiones científicas aceptadas y establecidas con sus propias y
controvertidas especulaciones sin informar al lector profano de ninguna
distinción entre las dos. Otros creen que la insistencia de Hawking en incluir
biografías enlatadas de Galileo, Newton y Einstein al final del libro es
pretencioso.., que implica que el autor cree que el nombre «Hawking» será el
siguiente en la fila en cualquier futura Historia del tiempo.
Este último punto de vista parece reñido con la
propia opinión del autor acerca de la excitación de los medios de comunicación
en torno a su status. Porque, afirma, son ellos, no él, quienes han hecho tales
afirmaciones. Otros argumentan que tiene todo el derecho a pensar en sí mismo
bajo la misma luz de tan ilustre triunvirato.
Sea cual sea la razón para el sorprendente éxito
del libro, ha superado con mucho las más alocadas expectativas de los editores
que lo contrataron, del agente que vio su valor comercial y, sobre todo, del
escritor y el director literario que lo crearon.
La historia final de esta atracción cosmopolita
debe reservarse a un relato del físico ruso Andrei Linde. Poco después de la
publicación del libro, volaba a través de los Estados Unidos hacia una
conferencia y ocurrió, cosa no rara, que se sentó al lado de un hombre de
negocios. En algún momento del vuelo le miró, y observó que el hombre leía el
libro de Hawking. Sin presentarse, y en vez de la habitual charla
intrascendente, inició una conversación sobre él.
― ¿Qué le parece? ―le preguntó Linde, señalando el
libro.
―Fascinante ―dijo el hombre de negocios―. Soy
incapaz de dejarlo.
―Oh, eso es interesante ―respondió el científico―.
Yo lo encontré más bien denso en algunos lugares y no acabé de comprender
algunas partes.
Ante lo cual el hombre de negocios cerró el libro
sobre sus rodillas, se inclinó hacia él con una sonrisa compasiva y dijo:
―Déjeme explicarle.
Capítulo XV
¿El fin de la física?
A Stephen Hawking le gusta sugerir que puede que el
fin de la física teórica esté a la vista. Oír a Hawking decirle a uno que puede
que la física esté llegando a su fin se convirtió en algo parecido a un cliché
en el oficio en los años ochenta, puesto que al principio de esa década usó su
conferencia inaugural como Lucasian Professor para plantear esa pregunta. A los
diez años, el fin no parece estar más cerca de lo que lo estaba entonces, pero
él aún sigue proclamándolo de una forma optimista. Pero, aunque la física
teórica alcance realmente el «fin» que Hawking predice tan ansiosamente,
todavía quedará mucho trabajo para mantener ocupados a los físicos.
En una entrevista en Newsweek en
1988, Hawking dijo que, tras el descubrimiento de una teoría de todo, «siempre
quedaban muchas cosas por hacer», pero que de todos modos la física era «como
intentar escalar el Everest»[121]. Otros cosmólogos, incluido Martin Rees, prefieren una analogía
ligeramente distinta. Señalan que aprender las reglas del ajedrez es sólo el
primer paso de un largo y fascinante sendero hacía convertirse en un gran
maestro. La tanto tiempo buscada teoría de todo, dicen, no sería más que el
equivalente en física de las regias de ajedrez, con el estatus de gran maestro
aún mucho más allá del horizonte.
La meta inmediata de la física ―el Santo Grial que
Hawking y unos pocos investigadores más creen que se halla justo a la vuelta de
la esquina― es una teoría completa, consistente, unificada, en la que todas las
interacciones físicas son descritas por un solo conjunto de ecuaciones. Para
ver lo que significa esto, y lo intimidadora que tiene que ser la búsqueda de
una teoría así, debemos contemplar la idea moderna acerca de la forma en que
funciona el universo, que requiere cuatro teorías separadas
para explicar diferentes rasgos del mundo.
Allá en el siglo XIX sólo se necesitaban dos
teorías (de modo que en cierto modo la física se ha vuelto más complicada en
los últimos cien años). La teoría de la gravedad de Newton describía la fuerza
que mantiene a los planetas en sus órbitas alrededor del Sol, o hace que una
manzana caiga de un árbol; las ecuaciones de Maxwell del electromagnetismo
describían el comportamiento de la radiación, que incluía la luz, y las fuerzas
que actúan entre partículas cargadas eléctricamente, o entre imanes.
Como explicamos en el capítulo II, sin embargo,
esas dos teorías eran incompatibles. Las ecuaciones de Maxwell establecían para
la luz una velocidad que es la misma para todos los observadores, mientras que
la mecánica newtoniana decía que la velocidad de la luz medida dependería del
movimiento del observador. Esta dicotomía fue una de las principales razones
por las que Einstein desarrolló primero la teoría especial de la relatividad y
luego la teoría general..., una teoría de la gravedad mejorada que es compatible
con las ecuaciones de Maxwell. Tanto la teoría general como la teoría de
Maxwell son, sin embargo, teorías «clásicas» en el sentido estricto del
término. Es decir, tratan el universo como un continuo. El espacio, desde el
punto de vista clásico, puede ser subdividido y medido en unidades tan pequeñas
como uno quiera, mientras que la energía electromagnética puede aparecer en una
cantidad tan pequeña como uno quiera.
La revolución cuántica cambió la forma en que los
físicos ven el mundo. Ahora contemplan el universo como algo discontinuo, con
un límite definitivo acerca de lo pequeño que puede ser un «fragmento» de
energía electromagnética, e incluso de lo pequeña que puede ser una unidad de
tiempo o la medida de una distancia. Fueron los descubrimientos relativos a la
naturaleza de la luz los que condujeron a la revolución cuántica, y el
electromagnetismo fue finalmente sustituido por una nueva teoría, la electrodinámica
cuántica (EDC), que incorpora lo mejor de la teoría de Maxwell con las nuevas
reglas cuánticas.
Pero la EDC no quedó establecida hasta los años
cuarenta, en cuya época dos «nuevas» fuerzas estaban ya en la agenda. Ambas
fuerzas tienen un radio de acción muy corto, y actúan sólo dentro del núcleo de
un átomo (por cuyo motivo eran desconocidas en el siglo XIX, antes de que fuera
descubierto el núcleo). Una recibe el nombre de fuerza fuerte, y actúa como el
pegamento que mantiene unidas las partículas en el núcleo; la otra es conocida
como fuerza débil (porque, lógicamente, es más débil que la fuerza fuerte), y
es responsable de la desintegración radiactiva.
En muchas formas, sin embargo, la fuerza débil se
parece a la fuerza electromagnética. A partir del éxito de la EDC, en los años
cincuenta y sesenta los físicos desarrollaron una teoría matemática que podía
describir tanto la fuerza débil como el electromagnetismo con un solo conjunto
de ecuaciones. Recibió el nombre de teoría «electro-débil», e hizo una
predicción clave: con la fuerza débil tienen que haber asociados tres tipos de
partículas que, entre ellas, representan el mismo papel que el fotón (la partícula
de la luz) representa en la ECD. Al contrario que el fotón, sin embargo, esas
partículas (conocidas como W+W- y Z0)
deberían, según la nueva teoría, tener masa. No sólo cualquier masa, sino una
masa muy bien determinada..., unas ochenta veces la masa del protón para las
dos partículas W, y unas noventa veces la masa del protón para
la Z0. En 1983, el equipo del acelerador
de partículas del CERN de Ginebra halló rastros de partículas con exactamente
esas propiedades. La teoría electro-débil se convirtió en un éxito demostrado,
y los físicos volvieron a que sólo se necesitaban tres teorías para explicar el
funcionamiento del universo.
Animados con estos éxitos, los teóricos han
desarrollado una teoría similar a la EDC para describir la fuerza fuerte. Ahora
sabemos que las partículas nucleares (protones y neutrones) están hechas en
realidad de entidades fundamentales conocidas como quarks. Los quarks aparecen
en diferentes variedades, y los físicos les han dado caprichosamente los
nombres de colores: rojo, verde y azul. Esto no significa que sean realmente
rojos, verdes o azules, del mismo modo que el hecho de que haya una bebida que
se llame clavo oxidado no significa que contenga realmente óxido de hierro. Son
sólo nombres. Pero, extendiendo su extravagancia, los físicos llaman a la
teoría cuántica que describe cómo interactúan los quarks, y que es
responsable de la fuerza fuerte, «cromodinámica cuántica» (de la palabra griega
que significa color), o CDC. Hay varios caminos prometedores que están siendo
investigados en la actualidad y que pueden conducir a una teoría única que
abarque tanto la CDC como la teoría electro-débil. Ese conjunto de ecuaciones
es conocido, más bien pretenciosamente, como Teoría de Gran Unificación, o TGU.
Pero la CDC todavía no está tan bien establecida como la teoría electro-débil,
y las propias TGU son sólo indicativas de la forma que puede tomar una futura teoría
definitiva.
¡Peor aún, la pretenciosidad de llamarlas «Teoría
de Gran Unificación» se ve realzada por el hecho de que ninguno de estos
progresos hacia la unificación tiene en cuenta en absoluto la gravedad! La
primera fuerza de la Naturaleza en ser investigada, y al menos parcialmente
comprendida, ha demostrado ser la más intratable cuando se trata de intentar
encajarla en el molde cuántico. Sin la gravedad incluida en su seno, parece
justo decir que ―parafraseando el famoso comentario de Hawking respecto a los
agujeros negros― las Teorías de Gran Unificación no son tan grandes, después de
todo. Pese al éxito de Hawking en usar una unificación parcial de la teoría
cuántica y la relatividad general en sus investigaciones de los agujeros negros
y del principio del tiempo, la mejor manera como se describe la gravedad sigue
siendo todavía la teoría general de la relatividad..., una teoría clásica del
continuo.
La perspectiva de incorporar la gravedad en lo que,
suponemos, debería llamarse una «teoría superunificada» ha estado «justo al
otro lado de la esquina» durante más de una década. Lógicamente, podemos
suponer que primero necesitamos desarrollar una teoría cuántica de la gravedad,
y luego edificar a partir de ella una unificación con las tres fuerzas. Un
rasgo de cualquiera de tales teorías cuánticas de la gravedad es que ésta debe
también incorporar partículas que se hallan asociadas a la fuerza gravitatoria,
lo que recuerda de nuevo la forma en que los fotones se hallan asociados con el
electromagnetismo. (En caso de que alguien se lo pregunte, sí, hay partículas
similares implicadas en la CDC, la teoría de la fuerza fuerte; se llaman
«gluones», pero nadie ha detectado ninguno todavía.) Los físicos tienen incluso
un nombre para esas hipotéticas partículas gravitatorias: «gravitones». Pero,
del mismo modo que llamar a un quark «rojo» no significa que
sea realmente de color rojo, darle un nombre a la partícula cuántica de la
gravedad no significa que alguien la haya encontrado ya, o incluso que alguien
haya topado con una teoría cuántica satisfactoria de la gravedad.
En la época de la conferencia inaugural de Hawking
en 1980, los investigadores estaban excitados acerca de una familia de posibles
teorías cuánticas de la gravedad que recibieron en conjunto el nombre de
supergravedad. Una versión de la supergravedad recibe el nombre de «N =
8», porque además de predecir la existencia de un tipo de gravitón requiere
también ocho variedades adicionales de partículas conocidas como gravitinos
(junto con 154 variedades más de otras partículas aún no descubiertas). La
plétora de partículas asociadas con esta versión favorecida de la supergravedad
puede parecer difícil de manejar, y lo es, pero representa un considerable
avance sobre intentos anteriores de hallar una teoría cuántica de la gravedad,
que parecía requerir un número infinito de «nuevas» partículas. De hecho, de
todas las variaciones del tema de la supergravedad, la N = 8
es la única que opera de forma natural en cuatro dimensiones (tres del espacio
más una del tiempo) y contiene un número finito de partículas. Ciertamente
obtuvo el voto de Hawking como la teoría que tenía más probabilidades de tener
éxito en 1980.
En los años siguientes, sin embargo, todo cambió. A
mediados de los ochenta, el entusiasmo hacia la supergravedad había sido
barrido en una marea ascendente de apoyo a un tipo de idea completamente
distinta, conocida como la teoría de las cuerdas. La idea central de la teoría
de las cuerdas es que las entidades en las que estamos acostumbrados a pensar
como puntos (como los electrones y los quarks) son en realidad
lineales..., diminutas «cuerdas». Tales cuerdas son de hecho muy pequeñas: se
necesitarían 1020 de ellas, una a continuación de la otra, para
ocupar la longitud del diámetro de un protón. Tales cuerdas pueden estar
abiertas, con sus extremos oscilando libremente, o cerradas en pequeños bucles.
En cualquiera de las dos formas, creen algunos teóricos, la forma en que vibran
e interactúan unas con otras podría explicar muchos rasgos del mundo físico.
La teoría de las cuerdas data en realidad de
finales de los años sesenta, cuando fue invocada para describir la fuerza
fuerte. El éxito de la CDC dejó esta primera versión de la teoría de las
cuerdas en la cuneta, aunque unos pocos matemáticos se ocuparon
superficialmente de ellas, interesados más por las ecuaciones que por ninguna
esperanza de conseguir algún avance importante en la unificación o comprensión
de las fuerzas de la naturaleza. Mediados los años setenta, dos de esos
investigadores, Joël Scherk en París y John Schwartz en el Caltech, hallaron
realmente una forma de describir la gravedad usando la teoría de las cuerdas.
Pero la respuesta de sus colegas fue, en esencia: « ¿Quién lo necesitaba?» Por
aquel entonces, la mayoría de los investigadores de la gravedad estaban más
interesados en la supergravedad. La teoría de las cuerdas no era necesaria para
explicar la fuerza fuerte, la supergravedad parecía prometedora, así que, ¿para
qué molestarse con las cuerdas?
Su actitud cambió cuando se dieron cuenta de que
resultaba horrorosamente difícil efectuar ningún cálculo usando la teoría N =
8 de la supergravedad. Aunque no hubiera infinitos de los que preocuparse, 154
tipos de partículas, además del gravitón y ocho gravitinos, eran casi demasiado
para mantenerlas sujetas por las matemáticas. Hawking dice que a principios de
los ochenta se consideraba en general que, incluso usando un ordenador, se
necesitarían cuatro años para completar un cálculo, comprobar que todas las
partículas de la teoría se hubieran tenido en cuenta, que no quedara todavía
ningún infinito oculto en alguna parte, y que resultaría casi imposible
realizar todo el cálculo sin cometer algún error. Así que nadie estaba
preparado a dedicar sus carreras a hacer tal cálculo.
La razón principalmente del renacimiento del
interés por la teoría de las cuerdas a finales de los ochenta, sin embargo, fue
el darse cuenta de que, en su forma más satisfactoria, esas teorías
incluyen automáticamente el gravitón. En otros intentos de
construir una teoría cuántica de la gravedad, los investigadores han empezado
conociendo las propiedades que debe tener un gravitón, y han intentado
construir una teoría en torno a él, aunque eso signifique aceptar otras 162
partículas a bordo. Con la teoría de las cuerdas, trabajaban con las ecuaciones
cuánticas de una forma general, haciendo juegos matemáticos y descubriendo que
los bucles cerrados de cuerdas descritos por algunas de las ecuaciones tienen
exactamente las propiedades requeridas para proporcionar una descripción de la
gravedad: son, de hecho, gravitones. Inevitablemente, la nueva variación sobre
el tema de las cuerdas fue bautizada como «teoría de las supercuerdas». En
1988, con la publicación de Historia del tiempo, fue este camino
hacia la superunificación lo que Hawking apoyó entusiásticamente.
Pero todavía quedan dificultades. Una es que la
gente se halla insegura todavía de lo que significan las ecuaciones. Como
ilustra el ejemplo del gravitón, las ecuaciones han venido primero, con la
intuición física de su significado detrás, y todavía hay muchas ecuaciones para
las cuales todavía no se ha conseguido la idea física. Esto es completamente
distinto de la forma en que se efectuaron anteriormente los grandes desarrollos
de la física en el mismo siglo XX y, por supuesto, en los siglos anteriores hasta
la época de Newton. Por ejemplo, Einstein acostumbraba a contar cómo un día
estaba sentado en su despacho de Berna cuando de pronto le vino la idea de que
un hombre que cayera de un tejado no sentiría la fuerza de la gravedad mientras
caía. Esa intuición sobre la naturaleza de la gravedad le condujo directamente
a la teoría de la relatividad general: primero la idea física, luego las
ecuaciones. Exactamente el mismo proceso que funcionó cuando Newton observó la
manzana caer de un árbol y a partir de ello desarrolló su teoría de la
gravedad.
Pero parece que la ciencia, o al menos la física,
ya no funciona de este modo. Uno de los pioneros de la teoría de las
supercuerdas es Michael Green, del Queen Mary College de Londres. En un
artículo en el Scientific American en 1986, señaló que, con la teoría de las
cuerdas,
…los detalles han llegado primero; todavía estamos
tanteando en busca de una intuición unificadora acerca de la lógica de la
teoría. Por ejemplo, el caso de la presencia del gravitón sin masa..., parece
accidental y en cierto modo misteriosa; a uno le gustaría que emergiera de
forma natural en una teoría después de que los principios unificadores hubieran
sido bien establecidos[122].
Otra rareza de la teoría de las supercuerdas no
parece preocupar a los matemáticos, pero demuestra muy claramente a los
inferiores mortales lo lejos de la realidad cotidiana que han llegado esas
ideas. Las que parecían ser las mejores versiones de las teorías de las
supercuerdas, aquellas en las que los gravitones parecen emerger de forma
natural (aunque misteriosa) de las ecuaciones, sólo funcionan en veintiséis
dimensiones. Así, si las supercuerdas describen realmente cómo funciona el
universo, ¿dónde están ocultas todas las dimensiones extras?
De hecho, los matemáticos tienen algunas
dificultades en eliminar las dimensiones espaciales «extra». Utilizan un truco
al que llaman «compactificación», que puede entenderse observando la apariencia
de los objetos vistos desde distintas distancias en el mundo cotidiano. La
imagen estándar que nos piden que conjuremos es la del tubo de una manguera.
Visto desde cerca, resulta claro que el tubo de una manguera consiste en una
lámina bidimensional de materia enrollada en torno a una tercera dimensión. Pero
si nos apartamos del tubo y lo estudiamos desde lejos, parece una línea
unidimensional. Si contemplamos esta línea unidimensional desde uno de sus
extremos, parecerá un punto, con dimensión cero.
Tomando un ejemplo ligeramente distinto, todos
sabemos por la experiencia cotidiana que la superficie de la Tierra dista mucho
de ser lisa..., tiene arrugas y bultos que podemos llamar valles y montañas,
tan extremados que en algunos lugares es imposible caminar a través de su
superficie. Sin embargo, para un astronauta que la contemple desde lejos en el
espacio, su superficie parece muy lisa y regular.
Éste puede ser el motivo por el que no percibamos
las otras veintidós dimensiones del espacio. Pueden hallarse enrolladas, o
«compactificadas», en el equivalente multidimensional de cilindros y esferas.
Cada punto del espacio que percibimos debe ser realmente un nudo del espacio de
veintidós dimensiones, enrollado muy apretadamente, de tal modo que no podemos
ver las irregularidades. ¿Cuán apretadamente? Hablando en términos generales,
la estructura compleja del espacio debería hacerse evidente sólo a una escala
de menos de 10-30 centímetros. (En comparación, un núcleo
atómico típico tiene aproximadamente 10-13 centímetros de
diámetro. Así pues, un núcleo es un trillón de veces más grande que los nudos
de la estructura del espacio. En relación con un núcleo, los nudos son cien mil
veces más pequeños que lo que lo es un núcleo comparado con
nuestro pulgar.)
Aunque los matemáticos no tienen ningún problema en
describir esta fenomenal compactificación, surge la interesante pregunta de por
qué debería haber veintidós dimensiones enrolladas de esta forma, mientras las
otras tres dimensiones del espacio han estado expandiéndose desde el «Big
Bang». De una forma muy intrigante, tanto la familiar ley de la gravedad como
las ecuaciones del electromagnetismo descubiertas por Maxwell, sólo «funcionan»
en un universo donde hay tres dimensiones de espacio más una de tiempo. Si, por
ejemplo, hubiera más dimensiones espaciales, no existirían órbitas estables que
los planetas pudieran seguir en torno a una estrella central. Ante la menor
alteración, el planeta, o bien caería hacia la estrella y ardería, o se
alejaría a la deriva por el espacio y se congelaría. De hecho, tal como señala
Hawking, ni siquiera habría ninguna estrella estable: cualquier masa de gases y
polvo, o bien se hubiera dispersado o se hubiera colapsado de inmediato en un
agujero negro.
Así que es posible que las leyes de la física nos
estén diciendo que, sea cual sea el número de dimensiones con las que
empecemos, todas menos tres dimensiones espaciales y una temporal deben ser
inestables, y por lo tanto se compactificarán. Hay incluso la sospecha,
obtenida de algunas nuevas investigaciones, de que el colapso de las otras
veintidós dimensiones pueda haber proporcionado la fuerza impulsora que inició
la expansión de las otras tres dimensiones. Y todo esto, por supuesto, se
relaciona con la idea de una cosmología antrópica que describimos en el
capítulo XIII. Quizás haya otros universos, otras burbujas en el
espacio-tiempo, donde la compactificación actuó de una forma ligeramente
distinta, dejando quizá seis o siete dimensiones espaciales (o sólo una). Pero,
puesto que estos universos no contendrán ningún hogar adecuado para la vida, no
habrá nadie en ellos que se rompa la cabeza sobre la naturaleza de la física.
¡Si las formas de vida como nosotros sólo pueden existir en un universo con tres
dimensiones espaciales, no es una sorpresa hallar que el universo en el que
vivimos tiene de hecho sólo tres dimensiones espaciales!
Así, ¿cuán cerca está el estudio de la física de
responder las cuestiones definitivas de la vida y el universo? ¿No quedará
trabajo que puedan hacer los físicos teóricos en el siglo XXI?
* * * *
En 1980, en su conferencia lucasiana, Hawking
sugirió que quizá pudiéramos ver el fin de la física «a finales del siglo». Con
esto quería decir que la física dispondría de una teoría completa, consistente
y unificada de las interacciones físicas que describen todos los fenómenos
observables. Algo según las líneas de la teoría de las supercuerdas, quizá.
Como reconoció Hawking, ha habido ocasiones
anteriores en las que los físicos han pensado que estaban a punto de hallar
todas las respuestas. Sobre todo a finales del siglo XIX, hubo la sensación
general de que, con las ecuaciones de Maxwell y Newton firmemente establecidas,
todo lo demás sería simplemente un asunto de detalle, una cuestión de poner los
puntos sobre las íes a la ciencia. Apenas este sentimiento había quedado
firmemente establecido, cuando la física fue vuelta del revés por las revoluciones
gemelas de la teoría cuántica y la teoría de la relatividad. Y, sin embargo, a
finales de los años veinte ―tan sólo una generación más tarde―, el físico
cuántico pionero Max Born le decía a la gente que dentro de seis meses no
quedaría nada significativo por hacer a los físicos teóricos.
Por aquel entonces, las únicas partículas
fundamentales conocidas eran el electrón y el protón, y Born tenía la impresión
de que eran bien conocidas. A principios de los años treinta, sin embargo, fue
descubierto el neutrón, y ahora sabemos que tanto el neutrón como el protón
están hechos de partículas aún más básicas, los quarks.
Incluso aceptando por los que vale el optimismo de
Hawking de 1980, eso no significa sin embargo que todos los físicos deban
hallarse sin empleo después del año 2000. Como Hawking resaltó en esa
conferencia, las leyes de la física de las que Born estaba tan orgulloso hacía
más de sesenta años son realmente todo lo que necesitamos, en principio, para
describir el comportamiento de las reacciones químicas. Los procesos
biológicos, a su vez, dependen de la química de las moléculas complejas. La
química depende casi enteramente de las propiedades de los electrones, y en los
años veinte Paul Dirac descubrió una ecuación cuántica que describe exactamente
cómo se comportan los electrones. La dificultad es que esta ecuación es tan
perversamente compleja que nadie ha sido capaz de resolverla, excepto para el
más sencillo de los átomos posibles (el hidrógeno), que tiene un solo electrón
orbitando alrededor de un solo protón. En palabras de Hawking en esa
conferencia lucasiana.
…aunque en principio conocemos las ecuaciones que
gobiernan el conjunto de la biología, no hemos sido capaces de reducir el
estudio del comportamiento humano a una rama de las matemáticas aplicadas.
Aunque dispusiéramos de una genuina teoría
unificada que contuviera todas las fuerzas de la naturaleza, sería mucho más
difícil utilizarla para elaborar el comportamiento de todo el universo que para
elaborar nuestro comportamiento usando la ecuación de Dirac. Así que todavía
queda mucho trabajo por hacer para los físicos teóricos.
En la época en que apareció Historia del
tiempo en 1988, Hawking se mostró mucho más cauteloso acerca de que el
fin de la física teórica estuviera a la vista. Habló de «si» descubrimos una
teoría completa, no de «cuándo». De hecho, a pesar de que la milenaria
posibilidad de descubrir una teoría completa con el cambio de milenio, el año
2000, era evidentemente atractiva en 1980, es una de esas perspectivas que no
dejan de retroceder hacia el futuro. Como hemos dicho, los físicos han estado
hablando de ese fin de la física que se halla «justo a la vuelta de la esquina»
durante al menos veinte años, y normalmente, si se les presiona, dirán que la
esquina a la que esperan dar la vuelta se halla a unos veinte años hacia el
futuro, ¡sea cual sea la época en que se les formule la pregunta! A
medida que entramos en los noventa, incluso los físicos más optimistas
establecen ahora la fecha para descubrir una teoría completa no antes del 2010,
y muchos se niegan a ser arrastrados a tales especulaciones.
Quizá, sin embargo, deberían considerar la cuestión
de hallar la teoría definitiva con una cierta urgencia. Porque, al final de su
conferencia lucasiana, Hawking hizo otra predicción, y una que ha superado la
prueba del tiempo (hasta ahora). Comentando los rápidos desarrollos que se
habían producido con los ordenadores durante los años setenta, dijo que parecía
completamente posible que ellos se hagan cargo por completo de la física
teórica en un próximo futuro. Eso todavía no ha ocurrido. Sin embargo, los avances
en los ordenadores han sido mucho más espectaculares en los años ochenta de lo
que lo fueron en los setenta (por ejemplo, estamos escribiendo estas palabras
usando ordenadores más potentes que aquellos que se hallaban disponibles para
toda una universidad llena de matemáticos en los años setenta), ordenadores que
sin embargo todavía tienen que ser dirigidos en sus esfuerzos por científicos
humanos. Pero los problemas complejos, como los cálculos que implican cuerdas
de 26 dimensiones, serían inconcebibles sin la ayuda de los ordenadores. Quizá
sea más probable que los ordenadores ya no necesiten una dirección humana para
ocuparse de esos problemas a finales del presente siglo que el que los humanos
hayan descubierto su, desde hace largo tiempo buscada, teoría definitiva. El
comentario más presente de todos en la conferencia inaugural de Hawking puede
haber sido de hecho su última frase, una que constituye un final perfecto para
nuestro propio examen de su contribución a la ciencia:
Quizás el fin no se halla a la vista para los
físicos teóricos, si no para la física teórica.
Capítulo XVI
Hollywood, fama y fortuna
Desde su llegada a la lista de best-sellers,
Historia del tiempo estuvo más de cinco años. Durante el mismo período, Hawking
prosiguió sus investigaciones y la administración del «DMAFT». En 1984, mucho
antes de que quedara completado el primer borrador. Hawking fue a dar una serie
de conferencias en China. El itinerario para el viaje hubiera sido agotador
para un hombre corporalmente apto, pero insistió en aprovechar todo lo posible
su visita. Recorrió con su silla de ruedas la Gran Muralla, vio todo lo que
podía verse de Pekín, y dio charlas ante atestados auditorios en varias
ciudades. Dennis Sciama ha dicho que creía que el viaje se cobró su tributo a
Hawking, e incluso ha sugerido que ayudó a precipitar su posterior enfermedad
en Suiza menos de un año más tarde.
Sin embargo, hubo otros agotamientos a lo largo del
camino. A principios del verano de 1985, Hawking emprendió una gira de
conferencias por todo el mundo. Una de las paradas más importantes fue en el
«Fermilab», en Chicago. En el núcleo del grupo de cosmología del «Fermilab»
había tres personajes sobresalientes, Mike Turner, David Schramm y Edward Kolb,
que quizás hayan contribuido tanto a la leyenda y a las anécdotas que rodean la
fraternidad cosmológica mundial como a la propia ciencia.
Mike Turner es un californiano alto y apuesto con
una voz indistinguible de la de «Harrison Ford». Su despacho en el «Fermilab»,
donde pasa la mayor parte de su vida de trabajo, se halla repleta de juguetes y
artilugios. Colgados del techo hay aviones hinchables y OVNIS. Las paredes
están llenas de tarjetas postales de amigos de todo el mundo, mensajes
humorísticos y fotos excéntricas, el suelo sembrado de libros y cajas de
documentos científicos. Una pared está ocupada por una pizarra cubierta con los
jeroglíficos de la física; otra se abre a una vista de los lagos y bosques que
rodean las enormes columnas de cemento del edificio central que se extienden al
fondo y convergen en su parte superior para formar una V invertida.
Edward Kolb, conocido como «Rocky» a causa de su
afición a la lucha, es un cosmólogo de Los Álamos que se unió al grupo de
cosmología al mismo tiempo que Turner, a principios de los ochenta. Él y Turner
se convirtieron en grandes amigos y ganaron reputación como dúo cómico en el
«Fermilab», siempre gastando bromas e iniciando travesuras. En sus
conferencias, que eran invariablemente divertidas e ingeniosas, Turner pasaba a
menudo historietas de Darth Vader brillantemente coloreadas para ilustrar sus
ideas.
El grupo de cosmología había sido organizado por
David Schramm, que es el director del departamento de Astronomía de la
Universidad de Chicago, un amigo íntimo de Hawking y una formidable
personalidad en la escena cosmológica internacional.
Hawking llegó al «Fermilab» para dar una
conferencia técnica a un amplio grupo de físicos de todo el mundo, y pronto
descubrió que no había ni ascensor ni rampa que le permitiera llegar a la sala
de conferencias en la planta baja. Turner recuerda cómo él y Kolb escoltaban a
Hawking al interior del edificio cuando de pronto les asaltó la terrible idea:
¿cómo iban a llevarse a Stephen hasta el escenario? Se miraron el uno al otro
y, sin decir una palabra, Turner alzó el cuerpo de Hawking, ligero como una pluma,
en sus brazos, mientras Kolb agarraba la silla de ruedas. A medio camino del
pasillo de la sala de conferencias, Turner se dio cuenta de que toda la
audiencia les miraba asombrada mientras subían al escenario, y de pronto
recordó cómo odiaba Hawking atraer la atención sobre sus incapacidades. Pero
Stephen no dijo nada acerca del incidente, puesto que se había dado cuenta,
dijo más tarde, que no había absolutamente ninguna otra alternativa.
Al día siguiente dio una conferencia pública en
Chicago, y fue objeto de una recepción propia de una estrella del rock. El
auditorio se abarrotó con gente de pie, y un cierto número de personas hubieron
de marcharse al no poder entrar en la sala. Era reconocido en todas partes
donde iba, y la gente le paraba en la calle para expresarle su interés en lo
que estaba haciendo. El título de su conferencia era «La dirección del tiempo».
Declaró a una asombrada audiencia que, en algún punto del distante futuro, el
universo empezaría a contraerse hacia una singularidad y que, durante este
colapso, el tiempo se invertiría: todo lo que se había producido durante la
fase de expansión se repetiría, pero a la inversa.
Había muchos que se oponían a las ideas de Hawking,
incluido su amigo íntimo Don Page. De hecho, el propio Hawking sabía que se
estaba aventurando por terrenos salvajes. Tras la visita, los dos escribieron
artículos contrapuestos, que fueron publicados en el mismo número de la revista
científica Physical Review. El artículo de Hawking era el primero,
y terminaba diciendo que Page tenía algunas argumentaciones interesantes y que
podía estar en lo cierto. Dieciocho meses más tarde, en diciembre de 1986,
Hawking volvió a Chicago para dar una charla en la que anunció que se había
equivocado en 1985, y que ahora proclamaba que el punto de vista opuesto era el
correcto: el tiempo no iría al revés cuando el universo se contrajera.
Por aquel entonces, Hawking y Guzzardi estaban
puliendo el manuscrito de Historia del tiempo, que Al Zuckerman
estaba vendiendo a editores extranjeros, y Hawking se había acostumbrado a su
voz del sintetizador generada por ordenador. Un ingeniero de ordenadores de
Cambridge llamado David Mason había diseñado y construido una versión portátil
del dispositivo operado por un miniordenador que podía ser instalado en la
silla de ruedas de Hawking. Ahora su voz podía ir con él allá donde quisiera.
Empezó a dar sus conferencias con la nueva máquina en 1986. De pronto, las
audiencias podían comprender por entero lo que decía, y aunque la voz no
producía las frases con el acento hogareño que Hawking hubiera preferido, lo
que tenía que decir resultaba mucho más claro ahora que ya no necesitaba un
intérprete.
Asistir a una conferencia de Hawking es,
inicialmente, una experiencia muy extraña. Es conducido en su silla de ruedas
al escenario por un ayudante, su sintetizador de voz es conectado a la
megafonía de la sala, y los disquetes de ordenador que contienen el texto de su
charla se insertan en el ordenador colgado del brazo de su silla. Para la
audiencia, Hawking permanece completamente pasivo, inmóvil excepto su expresión
facial y los diminutos, casi imperceptibles movimientos de sus dedos que
manejan el ordenador. Alza las cejas y sonríe en los puntos adecuados; sus ojos
brillan a las luces del escenario mientras su cabeza se bambolea sobre su
pecho. De pie entre bastidores hay dos enfermeras y un pequeño grupo de
estudiantes investigadores, siempre preparados para acudir en su ayuda si es
necesario. Tras una presentación por parte del organizador, y cuando mueren los
aplausos, una voz incorpórea brota de repente en toda la sala a través de los
altavoces: «En esta charla me gustaría hablar de...» Los disquetes pre
programados pueden contener un poco menos de media hora de conferencia cada
uno, de modo que en un punto predeterminado de la charla tiene que anunciar a
la audiencia que debe volver a cargar su ordenador y que continuará en unos
breves momentos.
Tras la charla, invita a la audiencia a formular
preguntas, pero advierte que le tomará algún tiempo programar las respuestas en
su ordenador. «Durante este tiempo ―dice―, por favor hablen entre ustedes, lean
el periódico, relájense.» Puede que las respuestas tarden hasta diez minutos en
llegar. Un portavoz anuncia que el profesor Hawking ya está dispuesto a
responder, y la audiencia guarda silencio. No hay ninguna posibilidad de
interacción entre el que ha formulado la pregunta y Hawking: la respuesta es aceptada,
y la siguiente persona ya está de pie y preparada con otra pregunta. A veces la
respuesta de Hawking es un simple «sí» o «no», una respuesta que llega rápido.
A veces, sólo como diversión, se sabe que ha esperado deliberadamente cinco
minutos antes de responder con un monosílabo. A la audiencia le encanta eso y
estalla en espontáneas risas. En más de una ocasión se sabe que ha aguardado
cinco minutos sólo para pedirle al que ha hecho la pregunta que vuelva a
formularla. A medida que se ha ido haciendo mayor, su innato sentido malicioso
no ha disminuido en lo más mínimo.
En diciembre de 1990 fue invitado a dar una
conferencia pública en un simposio en Brighton. El lugar era un enorme complejo
de auditorio llamado el «Centro de Conferencias» de Brighton. Desgraciadamente
para los delegados, el complejo tenía que ser compartido con el grupo de rock
«Status Quo», que estaban actuando en una de las calles principales. Entre las
cinco y las siete, la intensa concentración de público en las varias salas y
teatros en torno al edificio se vio rota por las pruebas de sonido de la banda
en el Salón Principal.
Entremezcladas con la charla sobre astrofísica,
agujeros de gusanos y estrellas de neutrones les llegó el tump, tump, tump del
bajo de una batería y los aullidos de los miembros del equipo por los
micrófonos: «Uno, dos; uno, dos; probando, probando; uno, dos...»
La tarde antes de la charla de Hawking, éste era
esperado en una reunión no oficial en su habitación del hotel a la 8:30. A la
hora fijada un pequeño grupo de periodistas llegaron, entraron en la habitación
y se sentaron para esperarle. Veinte minutos más tarde entró la madre de
Hawking, Isobel, y pareció sorprendida al hallarles allí.
― ¿Dónde está Stephen? ―preguntó uno de los
periodistas―. Se suponía que debía estar aquí a las ocho y media.
― ¿Stephen? ¡Ha ido a ver a los «Status Quo»!
―respondió Isobel.
Un grupo de estudiantes de Hawking deseaba ver al
conjunto y había enviado a un representante para averiguar si todavía quedaban
entradas. Al saber que el concierto había vendido todas las entradas hacía
meses, el estudiante dijo a los organizadores que Stephen Hawking estaba en la
puerta de al lado y que realmente deseaba ver a los «Status Quo». Al cabo de
cinco minutos le eran entregadas varias invitaciones. Según uno de sus
estudiantes, Hawking disfrutó todo el concierto de principio a fin.
* * * *
Tras la publicación de Historia del tiempo, hubo un
sutil cambio de atmósfera en el «DMAFT» en Cambridge. Había incesantes
peticiones de entrevistas por parte de periódicos y revistas de todo el mundo.
En varias ocasiones a lo largo de los siguientes dos años, un equipo de
televisión tomó por asalto el edificio para rodar un documental sobre la vida
del hombre que se había convertido en el científico más famoso del mundo. Las
mismas historias aparecieron una y otra vez en una gran variedad de idiomas, todas
ellas hablando de su valor para superar una enfermedad incapacitadora, hasta el
punto de convertirse en un gran científico además de en un héroe de los medios
de comunicación. Periodista tras periodista visitaban la atestada oficina de
Silver Street para pasar una hora inspiradora con el último héroe del gran
público. Cuando regresaban a sus despachos, escribían acerca de la deslustrada
pintura del «DMAFT», de los desaliñados ayudantes, de las omnipresentes
enfermeras y del póster de Marilyn Monroe pegado a la parte de atrás de la
puerta de la oficina de Hawking.
Pese a los incontables miles de palabras escritas
sobre él, muy poca información nueva apareció en las páginas de la Prensa
mundial. Los detalles de la ELA y la sucesión de premios y honores concedidos
eran repetidos una y otra vez, pero Hawking estaba decidido a mantener un
cierto grado de intimidad en medio del torbellino de la excitación.
En los Estados Unidos, la «ABC» hizo un perfil de
Hawking en su serie 20/20, mientras que en Gran Bretaña aparecía un nuevo
documental titulado Master of the Universe, que ganó un premio de
la «Royal Television Society» en 1990. En el filme aparecía Hawking recorriendo
a toda velocidad las calles de Cambridge, y en un piano se le veía entrar por
la puerta principal del King's College. El otoño siguiente a que el programa
fuera televisado, el funcionario de admisiones del King's se sorprendió del
enorme incremento en el número de solicitudes para estudiar matemáticas en el
college. A todas luces los telespectadores habían llegado a la conclusión de
que el profesor Hawking enseñaba y trabajaba en el King's College. De hecho, se
limitó a usar un atajo por los terrenos del King's para su silla de ruedas en
su camino al «DMAFT». Pero el King's no decepcionó a los brillantes jóvenes
matemáticos que se mostraron de pronto ansiosos por obtener plazas en el
college.
Hawking disfrutaba con la adulación y la
celebridad. Siguió viajando por todo el mundo. Las invitaciones para dar
conferencias se estaban volviendo abrumadoras, y muy bien podría pasar todo su
tiempo dándolas, a menos que seleccionara con cuidado aquellas a las que
acudiría y aquellas a las que no podía. En Japón fue recibido como un ídolo,
con el tipo de recepción normalmente reservada a los jefes de Estado o a las
estrellas del rock de fama internacional. Centenares de personas hicieron cola
para oírle hablar en sus conferencias por todo el país.
De vuelta a Cambridge, el volumen de correo que
recibía Hawking diariamente se había convertido desde hacía mucho en excesivo
para que pudiera atenderlo personalmente. Un ayudante investigador y su
secretaria tenían la responsabilidad de seleccionar los montones de
invitaciones, cartas, documentos y correspondencia profesional. Desde hacía
algunos años recibía «correo de chiflados», algo inevitable en su trabajo y
experimentado por muchos otros científicos famosos de todo el mundo, en
especial físicos. Sin embargo, a finales de los ochenta, Hawking estaba
empezando a recibir una inusual cantidad de cartas extrañas que recorrían todo
el espectro de la excentricidad. Sus corresponsales se alineaban desde físicos
aficionados en pueblos campesinos, que proponían ridículas soluciones a las
cuestiones cosmológicas, a extremistas religiosos que criticaban lo que veían
como una intrusión de la ciencia en las áreas sagradas. Al cabo de poco tiempo
se había abierto un «archivo de chiflados» en el «DMAFT», donde se guardaban
los mejores ejemplos del género como diversión; el resto iba directamente a la
papelera.
Mientras tanto, los respaldos académicos y el
reconocimiento público a su trabajo científico seguían llegando. En 1985, mucho
antes de la publicación de Historia del tiempo, su retrato, encargado por los
fiduciarios de la galería, fue colgado en la Galería Nacional de Retratos de
Londres. Sólo a finales de los ochenta recibió otros cinco doctorados
honoríficos y siete premios internacionales. En 1988 compartió el premio
israelí de la «Fundación Wolf» de física con Roger Penrose por su trabajo sobre
los agujeros negros,
En enero viajó a Israel para recibir el premio y
una recompensa en efectivo de 100.000 dólares en una ceremonia en el Knesset,
en el parlamento israelí en Jerusalén, a la que asistieron el Presidente
israelí y otras figuras políticas y científicas de todo el mundo. El premio no
dejó de tener su controversia. Los legisladores judíos boicotearon el
acontecimiento, afirmando que las teorías de Hawking iban contra los dogmas del
judaísmo de que no existían ni tiempo ni objetos antes de que Dios creara el universo.
Pese a las protestas, Hawking se sintió complacido con el premio, y en un
típico comentario de doble filo dijo a la Prensa: «Me siento muy complacido.
Demuestra que la ciencia británica sigue siendo buena, pese a los recortes del
Gobierno» [123]
En 1989 fue honrado de nuevo por la reina cuando
fue incluido en la Lista de Honores por segunda vez. Esta vez fue nombrado
Caballero de Honor, uno de los honores más importantes de la nación, y asistió
a una recepción en el palacio de Buckingham el verano siguiente para recibir el
premio de manos de la reina. Durante la semana en que se convirtió oficialmente
en Caballero de Honor, recibió un muy raro espaldarazo cuando la Universidad de
Cambridge le nombró Doctor Honoris Causa en Ciencias. Sólo en casos muy
especiales reciben los académicos doctorados honorarios de sus propias
universidades. El premio fue presentado por el príncipe Felipe, canciller de la
Universidad, en una ceremonia especial en Cambridge. Centenares de personas se
alinearon en las calles y aplaudieron mientras Hawking hacía rodar su silla a
lo largo de King’s Parade en la procesión de dignatarios y llegaba a la Senate
House acompañado de los coros del King's y St. John's Colleges y la banda de
metal de la Universidad de Cambridge.
Para completar una semana abrumadora, el sábado por
la tarde, mientras el sol se ponía sobre los chapiteles y torres de un
Cambridge bañado por el calor del verano, las notas de Bach, Vivaldi, Purcell y
Haendel pudieron oírse mientras la Camerata de Cambridge interpretaba un
concierto especial en honor de Hawking en la «Senate House», en el centro de la
ciudad. Aquella noche no hubo un ojo seco en la sala, según el periódico local
que cubrió el acontecimiento. Como un favor especial, la orquesta interpretó La
cabalgata de las valquirias de Wagner, una de las piezas favoritas de Hawking.
Mientras los aplausos a los músicos morían, Stephen subió en su silla de ruedas
al escenario, se dio la vuelta y dio las gracias al público a través de su
sintetizador de voz, y recibió una estruendosa ovación de sus amigos y
familiares y de los miembros del público reunido allí para honrar al hombre que
había conseguido tanto a pesar de tantas dificultades. Según un periodista:
Rodaron lágrimas por las mejillas de hombres y
mujeres como un tributo a su valor, así como al cerebro excepcional que ha
seguido haciendo avanzar el conocimiento sobre el tiempo y el espacio pese a
los estragos de una incapacitadora enfermedad[124].
Otro periodista le dijo en una recepción tras el
concierto que Historia del tiempo había recibido más preguntas
de los lectores de la página de libros del periódico que ningún otro libro.
Con el mejorado status de Hawking como científico y
escritor de fama mundial, su campaña en pro de los derechos de los minusválidos
avanzó un gran paso. En 1989 se puso en marcha en Cambridge un proyecto para
crear un albergue especial para estudiantes impedidos de la universidad. Fue
llamada la cuestación Shaftesbury «Bridget’s» en recuerdo de Bridget Spufford,
la hija minusválida de un catedrático de historia de Cambridge que fue incapaz
de hallar una sola universidad en todo el país equipada para sus necesidades.
Bridget Spufford murió en mayo de 1989, y su madre, Margaret, consiguió
solicitar la ayuda de Hawking, que aceptó de buen grado convertirse en un
defensor de la caridad.
El nombre de Hawking tenía peso, y se inició una
cuestación para reunir 600.000 libras en medio de un estallido de publicidad
local. Quedó registrado que Hawking declaró que la actitud de la universidad
hacia los minusválidos era consternante, y afirmó que estaban burlándose de la
ley ignorando una resolución del Parlamento, que databa de 1970, y que
declaraba ilegal no proporcionar los accesos adecuados a las personas
impedidas. Habló de su propia situación y de cómo la universidad había ignorado
sus necesidades especiales durante todos sus años de no graduado y posgraduado,
instalando una rampa en el «DMAFT» sólo bajo presiones y tras una larga batalla
cuando hubo conseguido el status de profesor. La situación era tan mala en
Cambridge, reveló, que la Oficina Nacional para Estudiantes Minusválidos
aconsejaba a la gente con minusvalías serias que no tomaran en consideración
Cambridge debido a sus inadecuadas acomodaciones.
Hawking ayudó a establecer un dormitorio para
estudiantes minusválidos en la universidad de Bristol, que una vez terminado
fue llamado «Hawking House». Sobre un archivador en su oficina del «DMAFT» hay
una escultura abstracta que le fue entregada por su ayuda en conseguir la
edificación de ese dormitorio.
* * * *
En 1989, los royalties de Historia del
tiempo habían empezado a llegar, y con las ventas globales cifradas en
millones resultaba evidente que Hawking ya no necesitaba el apoyo financiero de
la caridad para permitirle mantener una vida confortable, ocuparse de la
educación de sus hijos y pagar el servicio de enfermeras las veinticuatro horas
del día. Reconoció agradecido la enorme deuda que tenía con las fundaciones que
habían salvado su vida. Pero, mientras Historia del tiempo se
convertía gradualmente en lo que parecía ser un inquilino permanente en la
lista de best-sellers, inesperadas nubes de controversia empezaron a acumularse
sobre un pasaje en particular del libro.
En el capítulo VIII, «El origen y el destino del
universo», Hawking se refiere a los acontecimientos que rodean la formulación
de la teoría cosmológica de la inflación, que describimos en el capítulo XI.
Empieza la historia en 1981, en una visita a Moscú, donde el físico ruso Andrei
Linde le habló de sus últimos trabajos sobre inflación. Linde había escrito un
ensayo sobre el tema, pero Hawking señaló un fallo importante en la teoría, que
mantuvo ocupado al cosmólogo ruso varios meses para dilucidarlo antes de que la
versión revisada estuviera lista para ser presentada a una publicación.
Mientras tanto, el día de regresar de Moscú,
Hawking se dirigió a Filadelfia para recoger un premio del «Instituto
Franklin», tras el cual fue invitado a dar un seminario. Recuenta así la
historia:
Pasé la mayor parte del seminario hablando de los
problemas del modelo inflacionario, como en Moscú, pero al final mencioné la
idea de Linde de una ruptura lenta de la simetría y mis correcciones a ella.
Entre la audiencia había un joven profesor ayudante de la universidad de
Pennsylvania, Paul Steinhardt. Más tarde me habló de la inflación. En febrero
siguiente me envió un artículo hecho por él y un estudiante, Andreas Albrecht,
en el que proponía algo muy similar a la idea de Linde de la ruptura lenta de la
simetría. Más tarde me dijo que no recordaba que yo le hubiera descrito las
ideas de Linde y que había visto el ensayo de Linde sólo cuando ya casi habían
terminado su artículo[125].
Cuando Steinhardt descubrió lo que Hawking había
escrito sobre él se mostró comprensiblemente furioso. El daño potencial a su
carrera era inconmensurable. Por aquel entonces Steinhardt era un profesor
reciente, mientras que Hawking era Lucasian Professor en Cambridge, y
ampliamente reconocido como el físico más eminente del mundo. Todo el incidente
recordaba el conflicto, a principios del siglo XVIII, entre el relativamente
desconocido matemático Gottfried Leibniz e Isaac Newton sobre quién había
inventado el Cálculo. Sin embargo, la inclusión de este párrafo en el
best-seller de Hawking no era tampoco el inicio de la historia. Las discusiones
habían empezado en 1982, tras un seminario de física organizado por Hawking en
Cambridge.
Mike Turner y John Barrow, que habían participado
en el seminario, le mostraron a Hawking su borrador del resumen de la reunión,
y sugirieron que podían incluirse algunas observaciones acerca del
descubrimiento de Linde y Albrecht-Steinhardt sobre la «nueva inflación».
Hawking se opuso al co-crédito propuesto. En vez de enfrentarse a Steinhardt o
Albrecht directamente, sugirió a Turner y Barrow que, o bien borraran sus
nombres, o añadieran una referencia a un artículo Hawking-Moss, acreditándolo
como codescubridor de la «nueva inflación»
Las razones de Hawking para tomar esta actitud
eran, en primer lugar, que afirmaba (incorrectamente) que el artículo
Steinhardt-Albrecht había aparecido en letra impresa seis meses después del de
Linde; y, segundo, que había discutido la teoría de Linde en un seminario unos
pocos meses antes, un seminario al que Steinhardt y Albrecht habían asistido
también. Enfurecidos por la actitud de Hawking, Turner y Barrow alertaron a
Steinhardt y Albrecht del conflicto al tiempo que decidían, por su cuenta y
riesgo, no hacer caso de la petición de Hawking.
Steinhardt escribió a Hawking explicándole su
posición, y le envió cuadernos de notas y cartas que verificaban que su trabajo
estaba ya en marcha y muy adelantado antes de la charla de Hawking el octubre
anterior. También afirmaba categóricamente que, en cualquier caso, no recordaba
que Hawking hubiera mencionado las ideas de Linde en el seminario. Sobre todo,
Steinhardt estaba enfurecido por el hecho de que Hawking había hablado a sus
espaldas, y que si tenía dudas sobre la validez de su trabajo hubiera debido
suscitar abiertamente el asunto. Se dio cuenta de que Hawking estaba causando
esta disputa no tanto para promocionar sus propios intereses como para apoyar a
su amigo Linde, pero esto no disculpaba de ningún modo su comportamiento.
Hawking respondió a Steinhardt diciéndole que no
había pretendido dar a entender nada con sus observaciones a Turner y Barrow, y
que aceptaba por completo que el trabajo de Albrecht-Steinhardt era
independiente del de Linde. Incluso terminaba su carta con un amistoso deseo de
que pudieran llegar a trabajar juntos en futuros proyectos, dejando bien claro
que, en lo que a él se refería, el asunto quedaba cerrado.
Esto era en 1982, antes de que Hawking hubiera
empezado a escribir Historia del tiempo. En consecuencia, fue una
completa sorpresa cuando, en 1988, con el libro de Hawking en la lista de
best-sellers, Steinhardt fue informado del ofensivo párrafo. Por aquel entonces
Steinhardt había oído rumores de que Hawking había mencionado la controversia
en conversaciones privadas a lo largo de los años y, evidentemente, no había
olvidado el asunto como diera a entender en su carta a Steinhardt en 1982. Sin
embargo, fueron las circunstancias en las cuales Steinhardt descubrió la
continua persecución de Hawking del asunto lo que realmente le ofendió.
Steinhardt había solicitado información para obtener una beca de la Fundación
Nacional para las Ciencias, y fue el funcionario de la fundación el que le
señaló la sección ofensiva en el libro de Hawking. No es necesario decir que no
hubo más contactos acerca de una beca de la Fundación Nacional para las
Ciencias a partir de aquel momento.
Steinhardt tenía que defender su reputación. El
comportamiento de Hawking estaba teniendo ahora un efecto potencial seriamente
dañino sobre su carrera. Decidió sustanciar sus afirmaciones en el seminario de
Drexel recurriendo a sus antiguas notas y obteniendo verificaciones
independientes. En vez de ello, tropezó con algo mucho más útil..., una cinta
de vídeo del seminario de 1981. Tras copiar la cinta con testigos
independientes en cada estadio del proceso, envió una copia a Hawking en
Cambridge y una copia a Bantam en Nueva York, por correo urgente. Pasaron
varios meses antes de que Hawking respondiera al desafío de Steinhardt. Esta
vez escribió para decir que el texto ofensivo en Historia del tiempo sería
cambiado en la siguiente edición, y que los editores habían redactado una nota
de Prensa para anunciar el cambio. Sin embargo, ni se disculpó ante Steinhardt
por el daño que sus acciones habían causado, ni sugirió que su versión original
había estado equivocada en ninguna medida. Fue sólo después de que varios de
los colegas de Hawking por todo el mundo empezaran a dejar claro que creían que
estaba equivocado, que se aplacó.
Uno de los que más apoyaron a Steinhardt fue Mike
Turner en el «Fermilab». Se hallaba en una difícil posición en aquel asunto.
Era amigo de ambos hombres, pero consideraba que las acciones de Hawking eran
injustas. Finalmente, en una reunión en Santa Bárbara en 1988, Hawking encontró
a Turner y le preguntó: «¿Piensas volver a hablarme alguna vez?» Aún furioso
por el incidente, Turner sugirió que Hawking podía haber hecho más para curar
las heridas que había causado. En un esfuerzo por zanjar el asunto, Hawking
escribió una carta a Physics Today, que fue publicada en el
número de febrero de 1990, en la que dijo que estaba seguro que los dos equipos
habían trabajado de forma independiente sobre la nueva inflación, y que
lamentaba si su relato del incidente había sido malinterpretado por los lectores
de su libro.
En lo que ambas partes se refiere, el asunto está
cerrado ahora, pero el comportamiento de Hawking en esta ocasión fue
patentemente equivocado. El aspecto más oscuro de su famosa testarudez había
abrumado la justicia. Steinhardt aún se duele del incidente que, indudablemente
y de una forma totalmente injusta, dañó su carrera y le causó una angustia
emocional totalmente innecesaria. Sin embargo, como queda evidenciado por el
conflicto Leibniz-Newton, tales desavenencias y disputas están lejos de ser
raras en la historia de la ciencia. Personajes como Hawking mantienen vivo y
energizado el mundo de la ciencia con sus ideas e imaginaciones, pero los
aspectos menos creativos de tales fuertes personalidades pueden a veces
conducir a roces personales de una intensidad paralela a sus más creativas
contribuciones.
* * * *
A las pocas semanas de entrar Historia del tiempo
en la lista norteamericana de best-sellers saltaron los derechos
cinematográficos del libro. Un ex productor de noticias de la «ABC» llamado
Gordon Freedman vio rápidamente el potencial del libro de Hawking como un
filme. Ocurrió también que compartía el mismo agente de Hawking, Al Zuckerman.
Freedman y Zuckerman hicieron un trato, y los derechos cinematográficos fueron
vendidos.
El problema para Freedman era qué hacer luego con
la adquisición. No deseaba hacer un simple documental sobre la vida y la obra
de Hawking; ya había demasiados, y habían cubierto el mercado de una forma
bastante efectiva. Por otra parte, tenía la sensación de que había suficiente
campo en las ideas descritas en el libro como para producir un filme que
explorara los aspectos más esotéricos del trabajo de Hawking al tiempo que
echaba una mirada al ángulo esencial de interés humano. Luego se produjeron una
serie de coincidencias que finalmente condujeron a un proyecto viable.
Freedman fue a la «Anglia Televisión» en Gran
Bretaña. La «Anglia» tiene su base en Norwich, que está lo bastante cerca de
Cambridge como para que Hawking sea considerado una celebridad local. Sólo unas
pocas semanas antes, un productor de la «Anglia TV», David Hickman, había
presentado la idea de hacer un filme sobre Stephen Hawking. La «BBC East»
rival, también con base en Norwich, había hecho Master of the Universe,
e Hickman creía que debían realizar un programa que enfocara el tema de una
forma distinta al de la «BBC». Avivada por la oferta de Freedman en los Estados
Unidos y por la proposición de Hickman, la «Anglia» se interesó en la idea y
aceptó el proyecto de Freedman con Hickman como productor y Gordon Freedman
como productor ejecutivo.
Transcurrió un año, durante el cual los productores
se plantearon cómo obtener el dinero necesario para el proyecto. El concepto
original era un especial de televisión de amplio presupuesto, un
«super-Horizon» [126], como Hickman lo describió. Para ello iban a necesitar mucho dinero.
Tras almorzar en Londres con Caroline Thomson, luego directora comisionaría del
Programa Científico en el «Canal 4», la red expresó su interés en el proyecto,
pero no pudo cubrir todo el presupuesto. En este punto, Freedman decidió
intentar las grandes cadenas de los Estados Unidos. En vez de ir directamente a
ellas, acudió primero a la compañía de Steven Spielberg, la «Amblin
Entertainment», en Los Ángeles.
Spielberg había seguido el trabajo de Hawking desde
hacía varios años y, con un ojo puesto en el valor comercial del proyecto, se
sintió inmediatamente interesado por la idea de ayudar a incrementar la
comprensión del público hacia lo que Hawking intentaba decir en Historia del
tiempo. Spielberg es otra de esas personas que ve a Hawking como la réplica de
finales del siglo XX de Albert Einstein, y se ha sentido profundamente
fascinado por las cosas extraterrestres desde muy temprana edad. Fue la implicación
de Spielberg la que lanzó el plan y aseguró el respaldo financiero esencial
para llevar a buen término el proyecto.
Spielberg y Hawking se conocieron en realidad a
principios de 1990 en la «Universal», en los «Estudios Amblin» en Los Ángeles,
donde posaron juntos para los fotógrafos y charlaron durante más de noventa
minutos bajo el sol californiano. Se expresaron su mutua admiración, y al
parecer congeniaron mucho. Hawking había disfrutado con E.T. y
Encuentros en la tercera fase. Incluso sugirió que su filme debería
llamarse Regreso al futuro 4. Por su parte, Spielberg se había
sentido enormemente impresionado por Historia del tiempo. Según un
periodista, los observadores de la reunión informaron que fue Hawking el centro
de atención..., toda una hazaña en Hollywood, donde Spielberg es considerado
como un semidiós.
El mismo mes que Freedman contactó con la «Amblin»,
un realizador cinematográfico llamado Errol Morris hizo lo mismo con una idea
para un nuevo filme. Morris había escrito y dirigido el controvertido y exitoso
filme The Thin Blue Line, un filme acerca de un supuesto
asesino de policías que fue encerrado por error tras un incidente en Dallas. La
idea de Morris era hacer un filme sobre el misterio que rodeaba qué le había
ocurrido al cerebro de Einstein tras su muerte. Cuando apareció la proposición
sobre Hawking, Spielberg sugirió que a lo mejor a Morris le gustaría echar un
vistazo a la idea con vistas a dirigir el proyecto.
Morris conocía la obra de Hawking desde sus días de
estudiante, cuando había estudiado filosofía de la ciencia en Princeton, y
había asistido a conferencias dadas por el eminente físico norteamericano John
Wheeler, que había aplicado por primera vez el término «agujero negro» en un
contexto astronómico. David Hickman ha sugerido que Morris estaba también
interesado en el proyecto porque, a cierto nivel, veía paralelismos entre
Randall Adams, el protagonista de The Thin Blue Line, y Stephen
Hawking. Adams se hallaba atrapado en una situación que estaba enteramente
fuera de su control, cogido en medio de una telaraña de sucesos sobre los que
tenía poca influencia. Del mismo modo, Hawking, atrapado en un cuerpo tullido,
se halla físicamente inmovilizado pero ha trascendido mentalmente esta barrera
para alcanzar la grandeza. Morris se siente inherentemente fascinado por estos
temas, y los utiliza como punto de partida para sus iconoclastas filmes.
A finales de 1989, con Spielberg metido en el
asunto, la «NBC» norteamericana se mostró interesada. El presidente de la
División de Dramáticos de la red era un gran admirador de The Thin Blue
Line, y fue atrapado por la idea casi de inmediato. La «NBC» se convirtió
finalmente en el mayor contribuyente financiero del filme. Con el interés de
dos cadenas asegurado, Freedman decidió probar entonces la televisión japonesa.
La idea de un especial de televisión sobre Hawking respaldado por Spielberg era
muy atractivo para los japoneses, y la «Tokyo Broadcasting» necesitó muy poco
para ser convencida. El proyecto tenía ahora el apoyo financiero que
necesitaba. Entre las tres cadenas, los productores disponían de un presupuesto
de tres millones de dólares. Podían hacer con toda efectividad el filme que
deseaban.
El enfoque de Errol Morris fue construir el filme
en torno a una serie de entrevistas, grabando mucho más metraje del que fue
usado en la versión final. Tras reducir este material de entrevistas a quizá la
mitad de su longitud original, empezó luego a construir imágenes visuales en
torno a lo que quedaba. En el primer estadio del proyecto, los investigadores
redactaron una lista de amigos, familiares y colegas de Hawking de todo el
mundo que creían podían estar interesados en tomar parte en el proyecto. Sin
embargo, pronto se sorprendieron al descubrir que muchas de esas personas no
deseaban tomar parte en el filme.
Hickman cree que hay una cierta resistencia de los
hombres a los medios de comunicación en Cambridge. Como Peter Guzzardi, tuvo la
sensación de que a algunos de los estudiantes de Hawking ―así como a otros
colegas más de su edad― no les gustaba la idea de que el serio trabajo
científico se simplifique en exceso. Casi detectó que, pese al abrumador éxito
de Historia del tiempo, había un definido cierre de filas en
algunos ambientes ante la sugerencia de hacer un filme comercial en torno a las
ideas de Hawking.
«La Universidad de Cambridge es una comunidad muy
cerrada ―dijo―. Hay numerosas rivalidades, celos, animosidades.
Pese al hecho de que las entrevistas eran
totalmente sin ningún guión (podían hablar sobre lo que habían tomado en el
desayuno, si querían), había una indudable sensación como de verse en la
pantalla del News of the World.»
Afortunadamente para los productores, sin embargo,
había muchos más participantes interesados por los que sufrían de espejismos de
verse coaccionados a participar en algo ligeramente deshonroso.
En enero de 1990 se contrataron varios platos de
los «Estudios Elstree» durante dos semanas. Las primeras personas en
trasladarse allí fueron los diseñadores de decorados. Morris tenía la idea de
darle al diseñador el nombre de un entrevistado y una idea general de su
relación con Hawking, y el diseñador crearía entonces un decorado individual
para filmar a cada entrevistado. A veces el decorado no tenía absolutamente
nada que ver con el tema; para otras entrevistas encajaba con lo que decía.
Puesto que las entrevistas se realizaban sin ningún
tipo de guión, Morris les decía a menudo a los entrevistados:
―Mire, en realidad no sé cómo empezar esta
entrevista. ¿Por qué simplemente no me cuenta algunas historias?
Morris tiene lo que llama la regla de los dos
minutos: «Si le das dos minutos a la gente, te mostrarán lo locos que están.»
Para Historia del tiempo realizaron
más de treinta entrevistas en trece días en «Elstree», usando treinta y tres
decorados distintos. Los entrevistados incluían a Dennis Sciama, Martin Rees,
Isobel Hawking, amigos de los días de la escuela y de antes de la graduación, y
compañeros de trabajo en el «DMAFT» como Gary Gibbons. Sin embargo, el papel
estelar estaba reservado para el propio Stephen Hawking.
El decorado más importante en «Elstree» durante la
quincena de filmación fue una reconstrucción del despacho de Hawking en el
«DMAFT». No se escatimó ningún esfuerzo en recrear la estancia hasta su último
detalle. Incluso Hawking se sorprendió ante la atención al detalle de Morris.
«Me sorprendió que se tomaran todas aquellas
molestias, porque la mayoría de la gente tampoco se daría cuenta aunque fuera
distinta» [127], dijo.
Morris se había preguntado acerca de la fascinación
de Hawking por Marilyn Monroe. Hawking sonrió, y explicó que le había gustado
mucho Con faldas y a lo loco, y desde entonces su familia y amigos
habían insistido en comprarle cosas relativas a Marilyn a la menor oportunidad:
un póster, Lucy y su secretaria; una bolsa de Marilyn, Timothy; y una toalla,
Jane. «Supongo que podríamos decir que ella era un modelo del universo» [128], bromeó.
Morris había decidido construir también una
reproducción de la silla de ruedas de Hawking, exacta hasta el detalle de la
placa de licencia, para cuando le interesara cambiar un plano. Usando técnicas
de macrofilmación, podía obtener primeros planos extremos del cuero y del
cromado, llenando con ellos la pantalla como una imagen que acompañaba a una
entrevista en off. Según Kickman, la casa de infancia de
Hawking en el 14 de Hillside Road fue filmada casi ladrillo a ladrillo.
El propio Hawking fue filmado contra un fondo azul,
de modo que esa imagen pudiera ser proyectada sobre cualquier otro fondo que el
director deseara. La intención original era hacer que el propio Hawking narrara
partes relevantes del filme utilizando su sintetizador de voz. Sin embargo,
pronto se vio claro que la dureza de la voz resultaba irritante al cabo de un
tiempo cuando era usada en off. En consecuencia, Morris desechó la
idea, y el espectador oye la voz de Hawking sólo cuando él habla realmente a la
cámara. El uso del fondo azul en la filmación proporcionó al director una
enorme flexibilidad. «Puede situar a Hawking allá donde pertenece, en un
paisaje mental en vez de uno real»[129], dijo Morris.
Lo que el espectador no ve, sin embargo, es a
astronautas cayendo en agujeros negros ni otros clichés típicos de los
documentales científicos. Como señala Hickman: «Nadie ha visto un agujero
negro..., por todo lo que sabemos, son objetos teóricos. El tema del filme
reside en los reinos de la imaginación.»
Con un presupuesto de tres millones de dólares,
Hickman, Freedman y Morris pudieron recurrir a los mejores profesionales para
que se ocuparan del diseño, iluminación, fotografía, sonido y otros elementos
técnicos esenciales. El equipo responsable de transformar las ideas de Morris
en un producto viable poseía unas credenciales impecables; entre ellos habían
trabajado en más de una docena de los más importantes filmes de Hollywood,
incluidos Eduardo Manos de Tijeras, Batman II, American Gigoló y Corazón
salvaje. El compositor norteamericano Philip Glass fue el encargado de
escribir la banda sonora, y su música electrónica poli rítmica actúa como un
perfecto complemento a las acrobacias visuales de Morris.
Hickman dice que el filme es en realidad acerca de
Dios y el tiempo y no acerca de la investigación científica o las incapacidades
de Hawking:
Estamos mucho más interesados en los conceptos que
Stephen ha intentado reflejar en su libro que en producir un documental
científico directo que haga preguntas como: « ¿Cuál es el futuro de la
cosmología?» Lo más excitante de la cosmología es el hecho de que entrecruza la
metafísica con la ciencia convencional. Es muy interesante que Stephen haya
atraído mucha atención sobre los aspectos religiosos de su trabajo, así como el
hecho de que se halle cerca de algunos físicos con profundas preocupaciones teológicas,
como Don Page.
Cuando Hawking fue llamado para el rodaje, viajó a
«Elstree» con su equipo de enfermeras y ayudantes en el «Volkswagen»
especialmente transformado que había adquirido poco después de recibir el
dinero en efectivo que acompañaba al premio «Wolf». En el plato, un silencio
reverente caía sobre técnicos y equipo cada vez que entraba. Hawking, pese a
sus impedimentos, irradia una poderosa presencia que sorprende a la mayoría de
las personas en su primer encuentro. Sentado en su silla de ruedas, podía pasar
horas bajo las luces del estudio, observando en silencio la frenética actividad
a su alrededor mientras la cámara le enfocaba para tomar un primer plano o la
gente de maquillaje aplicaba rojo a sus mejillas entre tomas.
La filmación de Historia del tiempo se
completó en la primavera de 1990, pero la técnica de elaboración de un filme de
Morris hace que la parte más laboriosa sea durante el período de montaje de un
proyecto. Esto tomó el resto de 1990 y la primera parte de 1991, y el filme
llegó por fin a los cines de Norteamérica y Europa a finales del año. La
intención era presentar la película en algunos cines seleccionados durante un
corto período de tiempo y luego transmitirla internacionalmente por las cadenas
de televisión que habían financiado el proyecto, la «NBC» en Estados Unidos, la
«Tokyo Broadcasting» en Japón y «Canal 4» en el Reino Unido. Luego sería
vendida a otras cadenas de todo el mundo, y finalmente aparecería en las
tiendas de vídeo.
* * * *
Mientras el proyecto del filme estaba en las salas
de montaje, durante el verano de 1990, lo al parecer impensable ocurrió.
Horrorizados titulares aparecieron en un cierto número de periódicos
nacionales, anunciando el triste hecho de que Stephen y Jane Hawking se habían
separado tras veinticinco años de matrimonio. De hecho, los dos habían ido
distanciándose a lo largo de algunos años. A medida que la carrera de Hawking
alcanzaba nuevas cimas de fama y éxito, y los premios y medallas se acumulaban
con los honores procedentes de todas partes del mundo, Jane se había ido
sintiendo cada vez más aislada. Había empezado por acompañar a Stephen en sus
viajes al extranjero cada vez con menos frecuencia, y puesto que ya no tenía la
responsabilidad de cuidar de su esposo, había empezado a dirigir su atención
hacia sus propios intereses: su trabajo, su jardín, sus libros, y su creciente
y activa participación en uno de los mejores coros de Cambridge.
La comunidad académica de Cambridge se sintió
impresionada por la noticia. Durante tanto tiempo como cualquiera podía
recordar, Stephen se había tomado un gran trabajo en promocionar el papel que
Jane había representado en su vida y, pese a sus desacuerdos, para los de fuera
su matrimonio era un modelo de seguridad. Durante semanas, amigos y colegas
fueron asediados por los periodistas que habían formado un cerco en torno al
hogar de los Hawking en West Road, en un intento de cavar en el lodo acerca de la
ruptura del matrimonio. Hawking era una figura de fama mundial, y en las mentes
de los editores del Sunday estaba además el macabro
retorcimiento de la condición de Stephen para conseguir una buena página
central sensacionalista.
Afortunadamente, la Prensa sensacionalista nunca
consiguió hallar el ángulo de la noticia que deseaba. En Cambridge, la
comunidad científica cerró filas y los amigos de la familia, si sabían algún
detalle acerca de por qué la pareja se había separado, no dijeron nada.
Gradualmente, sin embargo, empezaron a emerger una serie de historias. Eran
rumores de relaciones extramatrimoniales que se desarrollaban a lo largo de un
cierto número de años, mucho antes de que su matrimonio alcanzara el punto de
crisis; pero aquellos que conocían bien a la pareja contemplaban como mucho más
significativos, los relatos de crecientes tensiones entre Stephen y Jane acerca
de las viejas cuestiones religiosas. Sus desacuerdos habían permanecido bajo la
alfombra durante muchos años, pero con Historia del tiempo parece que las
heridas se abrieron de nuevo.
A través de su trabajo, el agnosticismo inicial de
Hawking se había ido volviendo más y más ateo y, con su teoría de sin
contornos, había pasado total y efectivamente de la idea de Dios. Sin embargo,
irónicamente, las profundas convicciones religiosas de Jane habían sido una de
las fortalezas que le habían permitido hacer frente con éxito al peso impuesto
por las crecientes incapacidades de Stephen. Sin embargo, la pareja había
vivido en una desunión religiosa durante la mayor parte de su vida matrimonial,
de modo que esto en sí mismo no era razón suficiente para separarse.
Como se informó en un cierto número de artículos
periodísticos, la separación se produjo cuando Stephen dejó a Jane para
trasladarse a vivir a un piso con la enfermera que había cuidado de él desde
hacía un cierto número de años, Elaine Mason. Según los informes, a medida que
Stephen y Jane se iban alejando el uno del otro, él y Elaine se habían ido
acercando. Durante un cierto número de años había sido Elaine, antes que Jane,
quien le había acompañado en sus viajes al extranjero y con la que pasaba la mayor
parte de su vida de trabajo. La situación se complicaba con el hecho de que
Elaine estaba casada con David Mason, el ingeniero de ordenadores que había
adaptado el ordenador de Hawking a fin de que pudiera encajarse a su silla de
ruedas. La pareja tenía dos hijos, y de hecho David Mason y Hawking se habían
conocido en las puertas de la escuela primaria a la que tanto Timothy como los
hijos de los Mason asistían. Fue a través de este contacto inicial, y la
petición de Hawking de un ordenador que pudiera montar en su silla de ruedas,
que Mason pudo iniciar su propio negocio de ordenadores y Elaine Mason pasar a
formar parte más tarde del equipo de enfermeras de Stephen.
Jane había cuidado de su esposo más de veinticinco
años, sacrificando muchas de sus esperanzas y ambiciones personales en el
camino, pero a medida que la fama y el éxito internacional habían empezado a
ocuparse de la vida de él, y sus caminos a divergir, parecía que ya no se
necesitaban el uno al otro. Algunos comentaristas han intentado culpar de todo
a Stephen, pero muchos otros creen que estos puntos de vista están
completamente equivocados. En cualquier rompimiento de un matrimonio, la culpa
no es una palabra que pueda usarse a la ligera. Ciertamente, Jane ha dedicado
la mayor parte de su vida a Stephen, se ha ocupado sin ninguna ayuda de él
cuando era tan sólo un físico poco conocido que luchaba por vencer sus
incapacidades y desarrollar su carrera. Sin embargo, las cosas cambian; muchas
parejas casadas se van distanciando uno de otro. Un cierto número de amigos
tienen la sensación de que no puede culparse a Stephen por dejar a la mujer que
ha hecho tanto por él. Es un insulto a la dedicación y devoción de Jane hacia
los demás, colocar el pasado como un yugo en tomo a su cuello.
Como todas las separaciones, ésta causó una gran
cantidad de tristeza. Los hijos de los Hawking se tomaron la noticia
particularmente mal. Robert, entonces con veintitrés años, se había graduado en
física en Cambridge el año anterior y se estaba embarcando en el trabajo de
posgraduado; Lucy, cerca de los veinte, estaba en la universidad de Oxford
estudiando lenguas modernas. Ambos, aunque naturalmente trastornados, eran ya
los suficientemente mayores como para aceptar la situación, desarrollaban sus
propias vidas lejos de casa y se labraban su propia independencia. La
separación golpeó con más fuerza al joven Timothy. Entonces apenas con once
años, era demasiado joven para comprender plenamente las razones por las que su
padre había abandonado su hogar en West Road.
Existen pocas dudas de que el trauma de la
separación afectó a Stephen tanto como a cualquier otro implicado en ella, y
los periodistas afirmaron que la famosa sonrisa de Hawking apenas se veía
ahora. Otros señalaron que, por aquel entonces, estaba mostrando grandes
cambios emocionales. Podía ser abiertamente muy feliz por un tiempo, sonriendo
y bromeando con sus colegas y estudiantes, y luego caer en una depresión que
arrojaba una sombra abrumadoramente triste sobre toda la atmósfera del «DMAFT».
Es importante recordar que, aunque mucha gente pasa
por similares altibajos emocionales, la enorme mayoría de ellos poseen un
cierto número de ventajas sobre Stephen Hawking.
Tienen formas en las que pueden desviar y liberar
sus emociones; por inefectivos que demuestren ser estos métodos a menudo, no
estaban a su disposición. No podía gritar, echar a correr o dedicarse a beber
más de la cuenta, no podía fumar cigarrillo tras cigarrillo o siquiera hablar
de todo ello con los amigos. Y, aunque era él quien había iniciado la ruptura,
el dolor estaba indudablemente aún allí.
Mucha gente que afirma conocer a Stephen Hawking se
ha mostrado excesivamente protectora hacia él, en especial desde el anuncio de
la separación. Esta actitud es errada, y normalmente la muestran las personas
que resulta que no le conocen tan bien. Los amigos íntimos saben que Hawking no
necesita a nadie para que le proteja: es perfectamente capaz de velar por sí
mismo. La misma gente que intenta proteger a Stephen comete también el error de
intentar imbuirle sentimientos y emociones distintos a los del resto de
nosotros, casi como si, debido a su alto intelecto, no compartiera los mismos
sueños, esperanzas y pasiones que experimenta el resto de la Humanidad.
Uno de sus amigos más íntimos, David Schramm,
conoce a Hawking desde hace más de veinte años y tiene poca paciencia con
aquellos que intentan crear una imagen de Stephen como si fuera, en algún
aspecto, emocionalmente distinto de los demás. Nunca ha tenido ninguna duda
cuando se trata de la vida personal de su amigo. En una ocasión presentó a
Hawking en una charla que dio en Chicago diciendo: «...como muestra el hecho de
que su hijo más pequeño Timothy tiene menos de la mitad de la edad que su
enfermedad, ¡resulta evidente que Stephen no está totalmente paralizado!» Al
parecer, la mitad de la audiencia se quedó sin habla por la sorpresa, pero a
Hawking le encantó.
Schramm cree que la gente tiene miedo de
enfrentarse al hecho de que, en términos emocionales, Stephen Hawking es un
hombre normal. Debido tanto al poder de su intelecto como a la singular
naturaleza de su condición física, se convence a sí mismo de que no debe de
sentir del mismo modo que los demás. A Stephen le encanta la compañía de las
mujeres, disfruta flirteando, aprecia la belleza física; motivo: ¿por qué otro
tendría un póster de Marilyn Monroe en su despacho? Probablemente no por su
intelecto. La relación de Hawking con Elaine Mason no es una relación basada en
la piedad o en otros cimientos tan débiles como éste. Según Schramm, que ha
pasado mucho tiempo con la pareja, hay un genuino amor entre ellos.
Hawking se niega a hablar en público de su vida
privada, y hoy en día convierte esto en una estipulación en cualquier
entrevista. Los periodistas, por su parte, siguen especulando sobre las causas
y consecuencias de su separación. Jane, por razones propias, permanece
igualmente con los labios sellados sobre el asunto. Se niega a hablar con nadie
acerca de nada que tenga que ver con ella y Stephen. Rechazó repetidas
peticiones de los productores para tomar parte en el filme de Historia del
tiempo, y acepta participar en entrevistas sólo con periodistas a los que
conoce personalmente. Nadie conseguirá sacarle nada, ni siquiera vagamente
relacionado con su vida con Stephen.
Fotos de Jane y los niños decoran todavía la
oficina de Hawking en el «DMAFT», pero la separación ha sido sin duda áspera.
Los amigos afirman que Jane habla con amargura de ella. Ahora no tiene ninguna
obligación, como señaló una amistad, de «promocionar la mayor gloria de Stephen
Hawking»[130]. Sólo un año antes, Jane le había dicho a un periodista que 1989 había
sido el año en que todo se había situado en su lugar para ellos, en que habían
alcanzado una nueva cúspide en sus vidas:
Para mí, la realización surge mucho del hecho de
que hemos sido capaces de seguir adelante, que hemos conseguido seguir siendo
una familia unida. Los premios fueron como el azúcar glaseado que remata el
pastel. No diría que es lo que hace que toda la negrura valga la pena. No creo
que vaya a reconciliarme mentalmente con las oscilaciones del péndulo que hemos
experimentado en esta casa..., desde realmente las profundidades de un agujero
negro a todos los rutilantes premios[131].
A otro periodista explicó que su papel ya no era
cuidar a un hombre enfermo sino «simplemente decirle que él no es Dios»[132]. Quizás, en afirmaciones como ésta, puedan detectarse los murmullos de
los profundamente arraigados resentimientos e inquietudes. Sin embargo, en la
escena que cierra el programa Master of the Universe de la
«BBC», vemos a Stephen y Jane mirando a un dormido Timothy en su casa de West
Road, mientras la voz de ordenador de Hawking declara: «Tengo una hermosa
familia, tengo éxito en mi trabajo, y he escrito un bestseller. Realmente, uno
no puede pedir más»[133].
La pareja aún se ve ocasionalmente, y Stephen ve a
Timothy tanto como puede. Se ha dicho que, de todos sus hijos, Timothy es el
que más se le parece. Aún siguen jugando juntos, con Stephen ganando al ajedrez
y Timothy derrotando siempre a su padre en el «Monopoly». Los hijos mayores han
sabido siempre que su padre puede ser un hombre con el que a veces es difícil
vivir. A finales de los ochenta, Lucy, en el documental Master of the
Universe, dijo:
Yo no soy tan testaruda como él, no creo que me
gustara serlo. No creo tener su fortaleza mental, lo cual significa que él hará
todo lo que desee hacer a cualquier coste para todos los demás[134].
En el verano de 1991, Historia del tiempo llevaba
en la lista de best-sellers británica 150 semanas, y se anotaban ventas de
millones de ejemplares en veinte idiomas distintos. En los Estados Unidos, la
versión en cinta de audio del libro se había convertido en el libro en cinta
mejor vendido del país, y una versión no resumida en cuatro cintas había sido
comercializada en Gran Bretaña. Hawking seguía recibiendo montones de correo
cada día en el «DMAFT», que abarcaban desde peticiones de físicos aficionados
en la India que solicitaban aclaraciones sobre ciertos pasajes del libro, a
cartas de empresarios de los Estados del Oriente Medio inquiriendo sobre los
derechos de publicación en sus países.
La combinación de las demandas editoriales, la
filmación de Historia del tiempo, y las circunstancias que rodeaban
su vida privada, condujo a un cierto número de observadores a preguntarse si la
ciencia de Hawking no iba a resentirse, si no habría perdido el contacto con la
vida académica. Nada podría estar más lejos de la verdad. El cartel en su
oficina que dice: «SILENCIO, POR FAVOR; EL JEFE ESTÁ DURMIENDO» debe ser leído
con el espíritu con el que fue puesto..., como un chiste. Puede decirse con
toda seguridad que fue la ciencia lo que mantuvo a Stephen Hawking cuerdo
durante sus épocas difíciles. Sigue siendo el nombre que tiene más
probabilidades de abrir el camino a la formulación de la Teoría de Gran
Unificación, una «teoría de todo»:
Todavía sigo intentando comprender cómo funciona el
universo, por qué es de la forma que es y por qué simplemente existe. Creo que
hay razonables posibilidades de que podamos tener éxito en las dos primeras
metas, pero no soy tan optimista acerca de descubrir por qué existe el universo[135].
Por supuesto, ha tenido grandes presiones. Era
consciente del hecho de que, en el futuro, no iba a poder dedicar tanto tiempo
y esfuerzos como hubiera querido a la investigación pura y al cuidado de los
estudiantes en el «DMAFT». Sin embargo, de alguna forma, consiguió compaginar
sus responsabilidades y mantener feliz a todo el mundo. Su devoción a la
ciencia le había hecho superar muchas dificultades en el pasado. Por encima de
todo lo demás, Hawking está totalmente dedicado a la física. Fue su primer amor,
y hay muy pocas dudas de que será el último.
Los viajes a ultramar durante los años noventa
incluyen un gran número de viajes de negocios en relación con Historia
del tiempo y materias afines a él. Hay interminables peticiones para
que dé conferencias a grupos de escolares, dignatarios de las ciudades y
miembros interesados del público en general. Hawking siempre encuentra difícil
rechazar tales invitaciones.
Los síntomas de su condición parecieron frenarse de
nuevo tras el incidente en el CERN, cuando casi perdió la batalla. La
enfermedad progresa a saltos repentinos, luego muestra períodos de
estancamiento de imprevisible duración. Todo el mundo tiene la impresión de que
un nuevo descenso puede representar el fin del camino. Sin embargo, la gente ha
estado pronosticando el fin de Hawking durante más de veinticinco años, y hasta
ahora todos han demostrado estar equivocados. Ciertamente, él no piensa mucho en
eso. Irónicamente, nunca ha sido el tipo de persona que confiara en su
longevidad; acepta cada día tal cómo viene, y le extrae el mejor partido.
Así pues, ¿quién es Stephen Hawking, el hombre? Es
una fuerza a tener en cuenta, de ello hay pocas dudas. La fuerza de su
personalidad es formidable: dadas sus condiciones físicas, ¿de qué otro modo
hubiera sobrevivido y conseguido la grandeza en más de una arena? Puede ser
despiadado; mantiene un duro combate con la vida y se lanza de cabeza a él.
Halla difícil comprometerse; su fuerza de voluntad puede a veces actuar contra
él. Mucha gente le encuentra abrasivo, pero por otra parte es famoso por su sentido
del humor. Tiene muchos amigos y admiradores cercanos, y ha demostrado ser un
padre amante y afectuoso. Es imposible conocer los pensamientos internos del
hombre, tan íntimamente se halla ligado a las máquinas, un conjunto de fríos
dispositivos que le permiten moverse, hablar y respirar. Su rostro es, si
acaso, más expresivo que el de la mayoría porque, aparte su don del lenguaje
sucinto, es sólo nuestra única otra ventana a su mente.
Su trabajo constituye la mayor parte de Stephen
Hawking, pero tan pocos de nosotros podemos comprenderlo excepto en sus más
vagos términos pictóricos. Su intento de comunicar su conocimiento al mundo en
general, a través de su libro, ha tenido éxito. Por supuesto, muchos ejemplares
de Historia del tiempo ni siquiera han sido abiertos, y constituyen tan sólo un
adorno en las bibliotecas como cualquier otro elemento de decoración, pero pese
a esto hay muchos ―quizá millones― que han aprendido algo más sobre el universo
en el que vivimos después de leer sus palabras. Con esto sólo ha conseguido un
asombroso éxito al despertar a un público escéptico, y a unos medios de
comunicación aún más escépticos, a la belleza de la ciencia, un tema que se
halla en el corazón de nuestra sociedad y que es el futuro de la civilización.
La divulgación científica ha visto un nuevo renacimiento, gracias en gran
medida a sus esfuerzos.
Más allá de todo esto, yendo más al fondo que su
enorme y exitosa aventura en la literatura, más allá incluso de sus logros
científicos, sigue estando el triunfo humano de su propia supervivencia, la
fuerza de su espíritu en conseguir más de lo que la mayoría de nosotros
soñaríamos siquiera. Algunos afirman que Stephen Hawking ha tenido éxito tan
sólo debido a las desafortunadas circunstancias en las que se halló metido,
pero esa ligereza niega la auténtica esencia de la Humanidad. Otros se
derrumban bajo mucha menos tensión. Es el Stephen Hawking de este mundo el que
se encumbra, no importa lo demás. Para aquellos que intentan destruir la
leyenda y denigrar sus logros, tienen una respuesta típicamente modesta, pero
perfectamente adecuada. Sería perfecta también como su propio epitafio, y es
una filosofía de la vida para que todos nosotros la sigamos:
Uno tiene que crecer lo suficiente para darse
cuenta de que la vida no es justa. Lo único que te queda es hacer todo lo que
puedas en la situación en que te hallas [136]
F I N
Notas:
[1] S. W. Hawking, A Short Story (panfleto producido privadamente)
[2] Michael Church, «Games with the cosmos», Independent,
6 de junio de 1988
[3] S. W. Hawking, A Short Story.
[4] Michael Church, «Games with the cosmos».
[5] El ordenador utilizado para seleccionar los ganadores en la
lotería nacional.
[6] Albanian, mayo de 1958.
[7] S. W. Hawking, A Short Story
[8] S. W. Hawking, A Short Story
[9] S. W. Hawking, A Short Story
[10] Tony Osman, «A master of the Universe», Sunday Times Magazine, 19
de junio de 1988.
[11] S. W. Hawking, My Experience with ALS (panfleto
producido privadamente).
[12] S. W. Hawking, My Experience with ALS.
[13] S. W. Hawking, My Experience with ALS.
[14] S. W. Hawking, My Experience with ALS.
[15] S. W. Hawking, My Experience with ALS.
[16] S. W. Hawking, My Experience with ALS.
[17] Bryan Appleyard, «Master of the Universe: Will Stephen Hawking
live to find the secret?». Express News, San Antonio, Texas, 3
de julio de 1988.
[18] Dennis Overbye, «The wizard of space and time», Omni, febrero
de 1979, págs. 45-107
[19] S. W. Hawking, A Short Story
[20] Los físicos miden la temperatura en grados Kelvin, indicados por
la letra K. Esta escala de medida empieza en el cero absoluto de temperaturas,
a unos ‒ 273°C, donde se detiene todo movimiento térmico de los átomos. Pero un
pequeño asunto de 273 grados no significa nada cuando medimos temperaturas de
miles de millones de grados, así que para todas las finalidades prácticas las
temperaturas dadas para la bola de fuego son las mismas que en grados Celsius
[21] Pronunciado en inglés keys; su nombre es Gonville y
Caius College.
[22] S. W. Hawking, A Short Story.
[23] S. W. Hawking, A Short Story.
[24] John Boslough, Beyond the Black Hole: Stephen Hawking’s Universe,
Londres, Fontana, 1985; Edición española: El universo de Stephen Hawking,
Barcelona, Salvat, 1988
[25] Bryan Appleyard, «Master of the Universe».
[26] Bob Sipehen, «The sky's no limit in the career of Stephen
Hawking», West Australian, 16 de junio de 1990.
[27] 20/20, emisión televisiva de la «BBC», 1989.
[28] Ellen Walton, «A brief history of hard times». Guardian,
9 de agosto de 1989.
[29] Dennis Harwood, «The Universe and Dr. Hawking», New York
Times Magazine, 23 de enero de 1983.
[30] Dennis Overbye, Lonely Hearts of the Cosmos, Londres,
Macmillan, 1991
[31] Jerry Adler, Gerald C. Lubenow y Maggie Malone, «Reading God’s
mind», Newsweek, 13 de junio de 1988.
[32] Stephen Hawking, A Brief History of Time, Londres, Bantam, 1988.
Ediciones españolas: Historia del tiempo; delBig Bang a los
agujeros negros; Barcelona, Crítica, 1990; Madrid, Alianza Editorial, 1990;
Barcelona, Círculo de Lectores, 1990.
[33] Dennis Overbye, Lonely Hearts of the Cosmos
[34] 34 Dennis Overbye, Lonely Hearts of the Cosmos.
[35] Ian Ridpath, «Black hole explorer», New Scientist, 4
de mayo de 1978, pág. 307.
[36] John Boslough, El universo de Stephen Hawking (Biblioteca
Científica Salvat)
[37] Timothy Ferris, «Mind over matter», Vanity Fair, junio
de 1984
[38] Dennis Overbye, Lonely Hearths of the Cosmos
[39] S. W. Hawking, B. Carter y J. Bardeen, Communications in
Mathematical Physics, 1973, vol. 31, págs. 161-170.
[40] Stephen Hawking, Historia del tiempo
[41] S. W. Hawking, Scientific American, enero de 1977,
págs. 34-40. Investigación y Ciencia, marzo de 1977
[42] S. W. Hawking, Nature, 1974, vol. 250, págs. 30-31.
[43] 3 J. Taylor y P. Davies, Nature, 1974, vol. 250, págs.
37-8.
[44] S. W. Hawking, My Experience with ALS.
[45] Dennis Overbye. Lonely Hearths of the Cosmos..
[46] Dennis Overbye. Lonely Hearths of the Cosmos
[47] Alan Lightman y Roberta Brawer, Origins: The Lives and
Worlds of Modern Cosmologists, Harvard University Press, 1990, pág.
406.
[48] Michael Harwood, «The Universe and Dr. Hawking»
[49] Dennis Overbye, Lonely Hearths of the Cosmos.
[50] Bryan Appleyard, «Master of the Universe».
[51] Timothy Ferris, «Mind over matter».
[52] John Boslough, El universo de Stephen Hawking.
[53] Timothy Ferris, «Mind over matter».
[54] Ellen Walton, «A brief history of hard times».
[55] Ellen Walton, «A brief history of hard times»
[56] Master of the Universe, emisión televisiva de la «BBC»
[57] Ellen Walton, «A brief history of hard times».
[58] Master of the Universe, emisión televisiva de la «BBC».
[59] Master of the Universe, emisión televisiva de la «BBC».
[60] Master of the Universe, emisión televisiva de la «BBC».
[61] Master of the Universe, emisión televisiva de la «BBC».
[62] 20/20, emisión televisiva de la «BBC».
[63] Michael Harwood, «The Universe and Dr. Hawking»
[64] Stephen Hawking, Historia del tiempo.
[65] Bryan Aplleyard, «Master of the Universe».
[66] Jeremy Hornsby e Ian Ridpath, «Mind over Matter», Sunday
Telegraph Magazine, 28 de octubre de 1979.
[67] Kitty Ferguson, Stephen Hawking: A Quest for the Theory of
Everything, Nueva York, Franklin Watts, 1991.
[68] Stephen Hawking, Historia del tiempo.
[69] D. Page, «Hawking’s timely story» Nature, 1988, vol. 333, págs.
742-3.
[70] Stephen Hawking, Historia del tiempo.
[71] Stephen Hawking, Historia del tiempo
[72] Bryan Aplleyard, «Master of the Universe»
[73] Dennis Overbye, Lonely hearts of the Cosmos.
[74] Dennis Overbye, Lonely hearts of the Cosmos.
[75] Stephen Hawking, Historia del tiempo.
[76] Cambridge Evening News, 31 de enero de 1978.
[77] John Boslough, El universo de Stephen Hawking
[78] Michael Harwood, «The Universe and Dr. Hawking».
[79] Michael Harwood, «The Universe and Dr. Hawking».
[80] 80 Dennis Overbye, «The wizard of space and time».
[81] Stephen Shames, «Stephen Hawking: A thinking kind of hero», 1988.
[82]Sunday Telegraph Magazine.
[83] Tony Osman, «A master of the Universe».
[84] Colin Wills, «Triunph of mind over matter», Sunday Mirror, 4 de
setiembre de 1988.
[85] «The sky’s no limit in the career of Stephen Hawking», West
Australian, 1989.
[86] Timothy Ferris, «Mind over matter».
[87] 7 Dennis Overbye, Lonely hearts of the Cosmos
[88] 7 Dennis Overbye, Lonely hearts of the Cosmos
[89] Stephen Shames, «Stephen Hawking: A thinking kind of hero».
[90] John Gribbin, In Search of the Big Bang, Londres,
Heinemann, 1986, págs. 387-8. Edición española: En busca del Big Bang, Madrid,
Pirámide, 1989.
[91] E. Fahri y A. Guth, Physics Lettres, 1987, vol.
183 B, págs. 149- 153.
[92] Stephen Hawking, Historia del tiempo.
[93] «Book news», Bookseller, 21 de octubre de 1988
[94] «Book news», Bookseller, 21 de octubre de 1988
[95] John Boslough, El universo de Stephen Hawking
[96] Leonore Fleischer, «Talk of the trade», Publishers Weekly, 15
de enero de 1985
[97] Leonore Fleischer, «Talk of the trade», Publishers
Weekly, 15 de enero de 1985.
[98] Ellen Walton, «A brief history of hard times»
[99] «Top city scientist taken to hospital», Cambridge Evening
News, 17 de agosto de 1985
[100] Ellen Walton, «A brief history of hard times».
[101] Kitty Ferguson, Stephen Hawking: A Quest for the Theory of
Everything.
[102] Kitty Ferguson, Stephen Hawking: A Quest for the Theory of
Everything.
[103] «Book news», Bookseller, 21 de octubre de 1988
[104] «Book news», Bookseller, 21 de octubre de 1988
[105] «Book news», Bookseller, 21 de octubre de 1988.
[106] «Book news», Bookseller, 21 de octubre de 1988
[107] Charles Oulton, «Cosmic writer shames book world».
[108] «Book news», Bookseller, 21 de octubre de 1988.
[109] La palabra breve, sin embargo, fue eliminada del
título en todas las ediciones españolas. (N. del T.)
[110] Charles Oulton, «Cosmic writer shames book world»
[111] «Book news», Bookseller, 21 de octubre de 1988.
[112] Denise Housby, Cambridge Evening News, 30 de
agosto de 1988.
[113] Un éxito de los años setenta.
[114] John Maddox, «The big bang book», Nature, 1988, vol. 335, pág. 267
[115] Simon Jenkins, «A dance to the music of imaginary time», Sunday
Times, 28 de agosto de 1988.
[116] John Maddox, «The big bang book».
[117] «Up and down the city road», Independent Magazine, 27
de abril de 1991.
[118] Cartas al director, Independent Magazine, 4 de mayo de 1991.
[119] Cartas al director, Independent Magazine, 4 de mayo de
1991.
[120] Simon Jenkins, «A dance to the music of imaginary time»
[121] Stephen Hawking, Newsweek, 13 de junio de 1988.
[122] M. Green, Scientific American, setiembre de 1986,
págs. 44-9. Investigación y Ciencia, noviembre de 1986
[123] Tim Verney, «Top cash price for brilliant city academic», Cambridge
Evening News, 21 de enero de 1988.
[124] Alan Kersey, «Musical tribute to brave professor», Cambridge
Evening News, junio de 1989.
[125] Stephen Hawking, Historia del tiempo.
[126] Horizon es una serie de documentales científicos de la
televisión británica
[127] David Gritten, «A brief movie of time», Sunday
Correspondent, 1990.
[128] David Gritten, «A brief movie of time».
[129] James Delingpole, «Limelight», Evening Standard, 27
de junio de 1990.
[130] Nigel Hawkes, «Defying the gravity of physics», The Times,
27 de octubre de 1990.
[131] Pauline Hunt, «Glittering triumph of an inspiring family», Cambridge
Evening News, 19 de julio de 1988.
[132] Tony Osman, «A master of the Universe»
[133] Master of the Universe, emisión televisiva de la «BBC»
[134] Master of the Universe, emisión televisiva de la «BBC».
[135] Master of the Universe, emisión televisiva de la «BBC»
[136] 20/20, emisión televisiva de la «BBC»


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