© Libro N° 9725. La Bruja Y La Hermana Del Sol. Afanasiev, Aleksandr Nikolaievich. Emancipación.
Marzo 19 de 2022.
Título original: © La Bruja Y La Hermana Del Sol. Aleksandr
Nikolaievich Afanasiev
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Original: © La Bruja Y La Hermana Del Sol. Aleksandr Nikolaievich
Afanasiev
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Miranda
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Aleksandr Nikolaievich
Afanasiev
La Bruja Y La Hermana Del Sol
Aleksandr Nikolaievich Afanasiev
En un país lejano hubo un zar y una zarina que
tenían un hijo, llamado Iván, mudo desde su nacimiento.
Un día, cuando ya había cumplido doce años, fue a
ver a un palafrenero de su padre, al que tenía mucho cariño porque siempre le
contaba cuentos maravillosos.
Esta vez, el zarevich Iván quería oír un cuento;
pero lo que oyó fue algo muy diferente de lo que esperaba.
-Iván Zarevich -le dijo el palafrenero-, dentro de
poco dará a luz tu madre una niña, y esta hermana tuya será una bruja espantosa
que se comerá a tu padre, a tu madre y a todos los servidores de palacio. Si
quieres librarte tú de tal desdicha, ve a pedir a tu padre su mejor caballo y
márchate de aquí adonde el caballo te lleve.
El zarevich Iván se fue corriendo a su padre y, por
la primera vez en su vida, habló. El zar tuvo tal alegría al oírle hablar que,
sin preguntarle para qué lo necesitaba, ordenó en seguida que le ensillasen el
mejor caballo de sus cuadras.
Iván Zarevich montó a caballo y dejó en libertad al
animal de seguir el camino que quisiese. Así cabalgó mucho tiempo hasta que
encontró a dos viejas costureras y les pidió albergue; pero las viejas le
contestaron:
-Con mucho gusto te daríamos albergue, Iván
Zarevich; pero ya nos queda poca vida. Cuando hayamos roto todas las agujas que
están en esta cajita y hayamos gastado el hilo de este ovillo, llegará nuestra
muerte.
El zarevich Iván rompió a llorar y se fue más allá.
Caminó mucho tiempo, y encontrando a Vertodub le pidió:
-Guárdame contigo.
-Con mucho gusto lo haría, Iván Zarevich; pero no
me queda mucho que vivir. Cuando acabe de arrancar de la tierra estos robles
con sus raíces, en seguida vendrá mi muerte.
El zarevich Iván lloró aún con más desconsuelo y se
fue más allá. Al fin se encontró a Vertogez, y acercándose a él, le pidió
albergue; pero Vertogez le repuso:
-Con mucho gusto te hospedaría, pero no viviré
mucho tiempo. Me han puesto aquí para voltear esas montañas; cuando acabe con
las últimas, llegará la hora de mi muerte.
El zarevich derramó amarguísimas lágrimas y se fue
más allá. Después de viajar mucho llegó al fin a casa de la hermana del Sol.
Ésta lo acogió con gran cariño, le dio de comer y beber y lo cuidó como a su
propio hijo.
El zarevich vivió allí contento de su suerte; pero
algunas veces se entristecía por no tener noticias de los suyos. Subía entonces
a una altísima montaña, miraba al palacio de sus padres, que se percibía allá
lejos, y viendo que nunca salía nadie de sus muros ni se asomaba a las
ventanas, suspiraba llorando con desconsuelo.
Una vez que volvía a casa después de contemplar su
palacio, la hermana del Sol le preguntó:
-Oye, Iván Zarevich, ¿por qué tienes los ojos como
si hubieses llorado?
-Es el viento que me los habrá irritado -contestó
Iván.
La siguiente vez ocurrió lo mismo. Entonces la
hermana del Sol impidió al viento que soplase.
Por tercera vez volvió Iván con los ojos hinchados,
y ya no tuvo más remedio que confesarlo todo a la hermana del Sol, pidiéndole
que le dejase ir a visitar su país natal. Ella no quería consentir; pero el
zarevich insistió tanto que le dio permiso.
Se despidió de él cariñosamente, dándole para el
camino un cepillo, un peine y dos manzanas de juventud; cualquiera que sea la
edad de la persona que come una de estas manzanas rejuvenece en seguida.
El zarevich llegó al sitio donde estaba trabajando
Vertogez y vio que quedaba sólo una montaña. Sacó entonces el cepillo, lo tiró
al suelo y en un instante aparecieron unas montañas altísimas, cuyas cimas
llegaban al mismísimo cielo; tantas eran, que se perdían de vista.
Vertogez se alegró, y con gran júbilo se puso a
trabajar, volteándolas como si fuesen plumas.
El zarevich Iván siguió su camino, y al fin llegó
al sitio donde estaba Vertodub arrancando los robles; sólo le quedaban tres
árboles. Entonces el zarevich, sacando el peine, lo tiró en medio de un campo,
y en un abrir y cerrar de ojos nacieron unos bosques espesísimos. Vertodub se
puso muy contento, dio las gracias al zarevich y empezó a arrancar los robles
con todas sus raíces.
El zarevich Iván continuó su camino hasta que llegó
a las casas de las viejas costureras. Las saludó y regaló una manzana a cada
una; ellas se las comieron, y de repente rejuvenecieron como si nunca hubiesen
sido viejas. En agradecimiento le dieron un pañuelo que al sacudirlo formaba un
profundo lago.
Al fin llegó el zarevich al palacio de sus padres.
La hermana salió a su encuentro; lo acogió cariñosamente y le dijo:
-Siéntate, hermanito, a tocar un poquito el arpa
mientras que yo te preparo la comida.
El zarevich se sentó en un sillón y se puso a tocar
el arpa. Cuando estaba tocando, salió de su cueva un ratoncito y le dijo con
voz humana:
-¡Sálvate, zarevich! ¡Huye a todo correr! Tu
hermana está afilándose los dientes para comerte.
El zarevich Iván salió del palacio, montó a caballo
y huyó a todo galope.
Entretanto, el ratoncito se puso a correr por las
cuerdas del arpa, y la hermana, oyendo sonar el instrumento, no se imaginaba
que su hermano se había escapado. Afiló bien sus dientes, entró en la
habitación y su desengaño fue grande al ver que estaba vacía; sólo había un
ratoncito, que salió corriendo y se metió en su cueva.
La bruja se enfureció, rechinando los dientes con
rabia, y echó a correr en persecución de su hermano. Iván oyó el ruido, volvió
la cabeza hacia atrás, y viendo que su hermana casi lo alcanzaba sacudió el
pañuelo y al instante se formó un lago profundo.
Mientras que la bruja pasaba a nado a la orilla
opuesta, el zarevich Iván se alejó bastante. Ella echó a correr aún con más
rapidez. ¡Ya se acercaba!
Entonces Vertodub, comprendiendo al ver pasar
corriendo al zarevich que iba huyendo de su hermana, empezó a arrancar robles y
a amontonarlos en el camino; hizo con ellos una montaña que no dejaba paso a la
bruja. Pero ésta se puso a abrirse camino royendo los árboles, y al fin, aunque
con gran dificultad, logró abrir un camino y pasar; pero el zarevich estaba ya
lejos.
Corrió persiguiéndole con saña, y pronto se acercó
a él; unos cuantos pasos más, y hubiera caído en sus garras.
Al ver esto, Vertogez se agarró a la más alta
montaña y la volteó de tal modo que vino a caer en medio del camino entre
ambos, y sobre ella colocó otra. Mientras la bruja escalaba las montañas el
zarevich Iván siguió corriendo y pronto se vio lejos de allí. Pero la bruja
atravesó las montañas y continuó la persecución.
Cuando lo tuvo al alcance de su voz le gritó con
alegría diabólica:
-¡Ahora sí que ya no te escaparás!
Estaba ya muy cerca, muy cerca. Unos pasos más, y
lo hubiera cogido. Pero en aquel momento el zarevich llegó al palacio de la
hermana del Sol y empezó a gritar:
-¡Sol radiante, ábreme la ventanita!
La hermana del Sol le abrió la ventana e Iván saltó
con su caballo al interior.
La bruja pidió que le entregasen a su hermano.
-Que venga conmigo a pesarse en el peso -dijo-. Si
peso más que él, me lo comeré, y si pesa él más, que me mate.
El zarevich consintió y ambos se dirigieron hacia
el peso. Iván se sentó el primero en uno de los platillos, y apenas puso la
bruja el pie en el otro el zarevich dio un salto hacia arriba con tanta fuerza
que llegó al mismísimo cielo y se encontró en otro palacio de la hermana del
Sol.
Se quedó allí para siempre, y la bruja, no pudiendo
cogerlo, se volvió atrás.
FIN


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