© Libro N° 9723. La Invernada De Los Animales. Afanasiev, Aleksandr Nikolaievich. Emancipación.
Marzo 19 de 2022.
Título original: © La Invernada De Los Animales. Aleksandr
Nikolaievich Afanasiev
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Original: © La Invernada De Los Animales. Aleksandr Nikolaievich Afanasiev
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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Aleksandr Nikolaievich
Afanasiev
La Invernada De Los Animales
Aleksandr Nikolaievich Afanasiev
Un toro que pasaba por un bosque se encontró con un
cordero.
-¿Adónde vas, Cordero? -le preguntó.
-Busco un refugio para resguardarme del frío en el
invierno que se aproxima -contestó el Cordero.
-Pues vamos juntos en su busca.
Continuaron andando los dos y se encontraron con un
cerdo.
-¿Adónde vas, Cerdo? -preguntó el Toro.
-Busco un refugio para el crudo invierno -contestó
el Cerdo.
-Pues ven con nosotros.
Siguieron andando los tres y a poco se les acercó
un ganso.
-¿Adónde vas, Ganso? -le preguntó el Toro.
-Voy buscando un refugio para el invierno -contestó
el Ganso.
-Pues síguenos.
Y el ganso continuó con ellos. Anduvieron un ratito
y tropezaron con un gallo.
-¿Adónde vas, Gallo? -le preguntó el Toro.
-Busco un refugio para invernar -contestó el Gallo.
-Pues todos buscamos lo mismo. Síguenos -repuso el
Toro.
Y juntos los cinco siguieron el camino, hablando
entre sí.
-¿Qué haremos? El invierno está empezando y ya se
sienten los primeros fríos. ¿Dónde encontraremos un albergue para todos?
Entonces el Toro les propuso:
-Mi parecer es que hay que construir una cabaña,
porque si no, es seguro que nos helaremos en la primera noche fría. Si
trabajamos todos, pronto la veremos hecha.
Pero el Cordero repuso:
-Yo tengo un abrigo muy calentito. ¡Miren qué lana!
Podré invernar sin necesidad de cabaña.
El Cerdo dijo a su vez:
-A mí el frío no me preocupa; me esconderé entre la
tierra y no necesitaré otro refugio.
El Ganso dijo:
-Pues yo me sentaré entre las ramas de un abeto, un
ala me servirá de cama y la otra de manta, y no habrá frío capaz de molestarme;
no necesito, pues, trabajar en la cabaña.
El Gallo exclamó:
-¿Acaso no tengo yo también alas para preservarme
contra el frío? Podré invernar muy bien al descubierto.
El Toro, viendo que no podía contar con la ayuda de
sus compañeros y que tendría que trabajar solo, les dijo:
-Pues bien, como quieran; yo me haré una casita
bien caliente que me resguardará; pero ya que la hago yo solo, no vengan luego
a pedirme amparo.
Y poniendo en práctica su idea, construyó una
cabaña y se estableció en ella.
Pronto llegó el invierno, y cada día que pasaba el
frío se hacía más intenso. Entonces el Cordero fue a pedir albergue al Toro,
diciéndole:
-Déjame entrar, amigo Toro, para calentarme un
poquito.
-No, Cordero; tú tienes un buen abrigo en tu lana y
puedes invernar al descubierto. No me supliques más, porque no te dejaré
entrar.
-Pues si no me dejas entrar -contestó el Cordero-
daré un topetazo con toda mi fuerza y derribaré una viga de tu cabaña y pasarás
frío como yo.
El Toro reflexionó un rato y se dijo: «Lo dejaré
entrar, porque si no será peor para mí.»
Y dejó entrar al Cordero. Al poco rato el Cerdo,
que estaba helado de frío, vino a su vez a pedir albergue al Toro.
-Déjame entrar, amigo, tengo frío.
-No. Tú puedes esconderte entre la tierra y de ese
modo invernar sin tener frío.
-Pues si no me dejas entrar hozaré con mi hocico el
pie de los postes que sostienen tu cabaña y se caerá.
No hubo más remedio que dejar entrar al Cerdo. Al
fin vinieron el Ganso y el Gallo a pedir protección.
-Déjanos entrar, buen Toro; tenemos mucho frío.
-No, amigos míos; cada uno de ustedes tiene un par
de alas que les sirven de cama y de manta para pasar el invierno calentitos.
-Si no me dejas entrar -dijo el Ganso- arrancaré
todo el musgo que tapa las rendijas de las paredes y ya verás el frío que va a
hacer en tu cabaña.
-¿Que no me dejas entrar? -exclamó el Gallo-. Pues
me subiré sobre la cabaña y con las patas echaré abajo toda la tierra que cubre
el techo.
El Toro no pudo hacer otra cosa sino dar
alojamiento al Ganso y al Gallo. Se reunieron, pues, los cinco compañeros, y el
Gallo, cuando se hubo calentado, empezó a cantar sus canciones.
La Zorra, al oírlo cantar, se le abrió un apetito
enorme y sintió deseos de darse un banquete con carne de gallo; pero se quedó
pensando en el modo de cazarlo. Recurriendo a sus amigos, se dirigió a ver al
Oso y al Lobo, y les dijo:
-Queridos amigos: he encontrado una cabaña en que
hay un excelente botín para los tres. Para ti, Oso, un toro; para ti, Lobo, un
cordero, y para mí, un gallo.
-Muy bien, amigo -le contestaron ambos-. No
olvidaremos nunca tus buenos servicios; llévanos pronto adonde sea para
matarlos y comérnoslos.
La Zorra los condujo a la cabaña y el Oso dijo al
Lobo:
-Ve tú delante.
Pero éste repuso:
-No. Tú eres más fuerte que yo. Ve tú delante.
El Oso se dejó convencer y se dirigió hacia la
entrada de la cabaña; pero apenas había entrado en ella, el Toro embistió y lo
clavó con sus cuernos a la pared; el Cordero le dio un fuerte topetazo en el
vientre que lo hizo caer al suelo; el Cerdo empezó a arrancarle el pellejo; el
Ganso le picoteaba los ojos y no lo dejaba defenderse, y, mientras tanto, el
Gallo, sentado en una viga, gritaba a grito pelado:
-¡Déjenmelo a mí! ¡Déjenmelo a mí!
El Lobo y la Zorra, al oír aquel grito guerrero, se
asustaron y echaron a correr. El Oso, con gran dificultad, se libró de sus
enemigos, y alcanzando al Lobo le contó sus desdichas:
-¡Si supieras lo que me ha ocurrido! En mi vida he
pasado un susto semejante. Apenas entré en la cabaña se me echó encima una
mujer con un gran tenedor y me clavó a la pared; acudió luego una gran
muchedumbre, que empezó a darme golpes, pinchazos y hasta picotazos en los
ojos; pero el más terrible de todos era uno que estaba sentado en lo más alto y
que no dejaba de gritar: «¡Déjenmelo a mí!» Si éste me llega a coger por su
cuenta, seguramente que me ahorca.
FIN


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