© Libro N° 9721. La Rana Zarevna. Afanasiev, Aleksandr Nikolaievich. Emancipación.
Marzo 19 de 2022.
Título original: © La Rana Zarevna. Aleksandr Nikolaievich
Afanasiev
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Original: © La Rana Zarevna. Aleksandr Nikolaievich Afanasiev
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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Aleksandr Nikolaievich
Afanasiev
La Rana Zarevna
Aleksandr Nikolaievich Afanasiev
En un reino muy lejano reinaban un zar y una zarina
que tenían tres hijos. Los tres eran solteros, jóvenes y tan valientes que su
valor y audacia eran envidiados por todos los hombres del país. El menor se
llamaba el zarevich* Iván.
Un día les dijo el zar:
-Queridos hijos: Tomen cada uno una flecha, tiendan
sus fuertes arcos y dispárenla al acaso, y dondequiera que caiga, allí irán a
escoger novia para casarse.
Lanzó su flecha el hermano mayor y cayó en el patio
de un boyardo, frente al torreón donde vivían las mujeres; disparó la suya el
segundo hermano y fue a caer en el patio de un comerciante, clavándose en la
puerta principal, donde a la sazón se hallaba la hija, que era una joven
hermosa. Soltó la flecha el hermano menor y cayó en un pantano sucio al lado de
una rana.
El atribulado zarevich Iván dijo entonces a su
padre:
-¿Cómo podré, padre mío, casarme con una rana? No
creo que sea ésa la pareja que me esté destinada.
-¡Cásate -le contestó el zar-, puesto que tal ha
sido tu suerte!
Y al poco tiempo se casaron los tres hermanos: el
mayor, con la hija del boyardo; el segundo, con la hija del comerciante, e
Iván, con la rana.
Algún tiempo después el zar les ordenó:
-Que sus mujeres me hagan, para la comida, un pan
blanco y tierno.
Volvió a su palacio el zarevich Iván muy disgustado
y pensativo.
-¡Kwa, kwa, Iván Zarevich! ¿Por qué estás tan
triste? -le preguntó la Rana-. ¿Acaso te ha dicho tu padre algo desagradable o
se ha enfadado contigo?
-¿Cómo quieres que no esté triste? Mi señor padre
te ha mandado hacerle, para la comida, un pan blanco y tierno.
-¡No te apures, zarevich! Vete, acuéstate y duerme
tranquilo. Por la mañana se es más sabio que por la noche -le dijo la Rana.
Se acostó el zarevich y se durmió profundamente;
entonces la Rana se quitó la piel y se transformó en una hermosa joven llamada
la Sabia Basilisa, salió al patio y exclamó en alta voz:
-¡Criadas! ¡Prepárenme un pan blanco y tierno como
el que comía en casa de mi querido padre!
Por la mañana, cuando despertó el zarevich Iván, la
Rana tenía ya el pan hecho, y era tan blanco y delicioso que no podía
imaginarse nada igual. Por los lados estaba adornado con dibujos que
representaban las poblaciones del reino, con sus palacios y sus iglesias.
El zarevich Iván presentó el pan al zar; éste quedó
muy satisfecho y le dio las gracias; pero en seguida ordenó a sus tres hijos:
-Que sus mujeres me tejan en una sola noche una
alfombra cada una.
Volvió el zarevich Iván muy triste a su palacio, y
se dejó caer con gran desaliento en un sillón.
-¡Kwa, kwa, zarevich Iván! ¿Por qué estás tan
triste? -le preguntó la Rana-. ¿Acaso te ha dicho tu padre algo desagradable o
se ha enfadado contigo?
-¿Cómo quieres que no esté triste cuando mi señor
padre te ha ordenado que tejas en una sola noche una alfombra de seda?
-¡No te apures, zarevich! Acuéstate y duerme
tranquilo. Por la mañana se es más sabio que por la noche.
Se acostó el zarevich y se durmió profundamente;
entonces la Rana se quitó su piel y se transformó en la Sabia Basilisa; salió
al patio y exclamó:
-¡Viento impetuoso! ¡Tráeme aquí la misma alfombra
sobre la cual solía sentarme en casa de mi querido padre!
Por la mañana, cuando despertó Iván, la Rana tenía
ya la alfombra tejida, y era tan maravillosa que es imposible imaginar nada
semejante. Estaba adornada con oro y plata y tenía dibujos admirables.
Al recibirla el zar se quedó asombrado y dio las
gracias a Iván; pero no contento con esto ordenó a sus tres hijos que se
presentasen con sus mujeres ante él.
Otra vez volvió triste a su palacio Iván Zarevich;
se dejó caer en un sillón y apoyó en su mano la cabeza.
-¡Kwa, kwa, zarevich Iván! ¿Por qué estás triste?
¿Acaso te ha dicho tu padre algo desagradable o se ha enfadado contigo?
-¿Cómo quieres que no esté triste? Mi señor padre
me ha ordenado que te lleve conmigo ante él. ¿Cómo podré presentarte a ti?
-No te apures, zarevich. Ve tú solo a visitar al
zar, que yo iré más tarde; en cuanto oigas truenos y veas temblar la tierra,
diles a todos: «Es mi Rana, que viene en su cajita.»
Iván se fue solo a palacio. Llegaron sus hermanos
mayores con sus mujeres engalanadas, y al ver a Iván solo empezaron a burlarse
de él, diciéndole:
-¿Cómo es que has venido sin tu mujer?
-¿Por qué no la has traído envuelta en un pañuelo
mojado?
-¿Cómo hiciste para encontrar una novia tan
hermosa?
-¿Tuviste que rondar por muchos pantanos?
De repente retumbó un trueno formidable, que hizo
temblar todo el palacio; los convidados se asustaron y saltaron de sus asientos
sin saber qué hacer; pero Iván les dijo:
-No tengan miedo: es mi Rana, que viene en su
cajita.
Llegó al palacio un carruaje dorado tirado por seis
caballos, y de él se apeó la Sabia Basilisa, tan hermosísima, que sería
imposible imaginar una belleza semejante. Se acercó al zarevich Iván, se cogió
a su brazo y se dirigió con él hacia la mesa, que estaba dispuesta para la
comida. Todos los demás convidados se sentaron también a la mesa; bebieron,
comieron y se divirtieron mucho durante la comida.
Basilisa la Sabia bebió un poquito de su vaso y el
resto se lo echó en la manga izquierda; comió un poquito de cisne y los huesos
los escondió en la manga derecha. Las mujeres de los hermanos de Iván, que
sorprendieron estos manejos, hicieron lo mismo.
Más tarde, cuando Basilisa la Sabia se puso a
bailar con su marido, sacudió su mano izquierda y se formó un lago; sacudió la
derecha y aparecieron nadando en el agua unos preciosísimos cisnes blancos; el
zar y sus convidados quedaron asombrados al ver tal milagro. Cuando se pusieron
a bailar las otras dos nueras del zar quisieron imitar a Basilisa: sacudieron
la mano izquierda y salpicaron con agua a los convidados; sacudieron la derecha
y con un hueso dieron al zar un golpe en un ojo. El zar se enfadó y las expulsó
de palacio.
Entretanto, Iván Zarevich, escogiendo un momento
propicio, se fue corriendo a casa, buscó la piel de la Rana y, encontrándola,
la quemó. Al volver Basilisa la Sabia buscó la piel, y al comprobar su
desaparición quedó anonadada, se entristeció y dijo al zarevich:
-¡Oh Iván Zarevich! ¿Qué has hecho, desgraciado? Si
hubieses aguardado un poquitín más habría sido tuya para siempre; pero ahora,
¡adiós! Búscame a mil leguas de aquí; antes de encontrarme tendrás que gastar
andando tres pares de botas de hierro y comerte tres panes de hierro. Si no, no
me encontrarás.
Y diciendo esto se transformó en un cisne blanco y
salió volando por la ventana.
Iván Zarevich rompió en un llanto desconsolador,
rezó, se puso unas botas de hierro y se marchó en busca de su mujer. Anduvo
largo tiempo y al fin encontró a un viejecito que le preguntó:
-¡Valeroso joven! ¿Adónde vas y qué buscas?
El zarevich le contó su desdicha.
-¡Oh Iván Zarevich! -exclamó el viejo-. ¿Por qué
quemaste la piel de la Rana? ¡Si no eras tú quien se la había puesto, no eras
tú quien tenía que quitársela! El padre de Basilisa, al ver que ésta desde su
nacimiento le excedía en astucia y sabiduría, se enfadó con ella y la condenó a
vivir transformada en rana durante tres años. Aquí tienes una pelota
-continuó-; tómala, tírala y síguela sin temor por donde vaya.
Iván Zarevich dio las gracias al anciano, tomó la
pelota, la tiró y se fue siguiéndola.
Transcurrió mucho tiempo y al fin se acercó la
pelota a una cabaña que estaba colocada sobre tres patas de gallina y giraba
sobre ellas sin cesar. Iván Zarevich dijo:
-¡Cabaña, cabañita! ¡Ponte con la espalda hacia el
bosque y con la puerta hacia mí!
La cabaña obedeció; el zarevich entró en ella y se
encontró a la bruja Baba-Yaga, con sus piernas huesosas y su nariz que le
colgaba hasta el pecho, ocupada en afilar sus dientes. Al oír entrar a Iván
Zarevich gruñó y salió enfadada a su encuentro:
-¡Fiú, fiú! ¡Hasta ahora aquí ni se vio ni se olió
a ningún hombre, y he aquí uno que se ha atrevido a presentarse delante de mí y
a molestarme con su olor! ¡Ea, Iván Zarevich! ¿Por qué has venido?
-¡Oh tú, vieja bruja! En vez de gruñirme, harías
mejor en darme de comer y de beber y ofrecerme un baño, y ya después de esto
preguntarme por mis asuntos.
Baba-Yaga le dio de comer y de beber y le preparó
el baño. Después de haberse bañado, el zarevich le contó que iba en busca de su
mujer, Basilisa la Sabia.
-¡Oh, cuánto has tardado en venir! Los primeros
años se acordaba mucho de ti, pero ahora ya no te nombra nunca. Ve a casa de mi
segunda hermana, pues ella está más enterada que yo de tu mujer.
Iván Zarevich se puso de nuevo en camino detrás de
la pelota; anduvo, anduvo hasta que encontró ante sí otra cabaña, también sobre
patas de gallina.
-¡Cabaña, cabañita! ¡Ponte como estabas antes, con
la espalda hacia el bosque y con la puerta hacia mí! -dijo el zarevich.
La cabaña obedeció y se puso con la espalda hacia
el bosque y con la puerta hacia Iván, quien penetró en ella y encontró a otra
hermana Baba-Yaga sentada sobre sus piernas huesosas, la cual al verle exclamó:
-¡Fiú, fiú! ¡Hasta ahora por aquí nunca se vio ni
se olió a ningún hombre, y he aquí uno que se ha atrevido a presentarse delante
de mí y a molestarme con su olor! Qué, Iván Zarevich, ¿has venido a verme por
tu voluntad o contra ella?
Iván Zarevich le contestó que más bien venía contra
su voluntad.
-Voy -dijo- en busca de mi mujer, Basilisa la
Sabia.
-¡Qué pena me das, Iván Zarevich! -le dijo entonces
Baba-Yaga-. ¿Por qué has tardado tanto en venir? Basilisa la Sabia te ha
olvidado por completo y quiere casarse con otro. Ahora vive en casa de mi
hermana mayor, donde tienes que ir muy de prisa si quieres llegar a tiempo.
Acuérdate del consejo que te doy: Cuando entres en la cabaña de Baba-Yaga,
Basilisa la Sabia se transformará en un huso y mi hermana empezará a hilar unos
finísimos hilos de oro que devanará sobre el huso; procura aprovechar algún momento
propicio para robar el huso y luego rómpelo por la mitad, tira la punta detrás
de ti y la otra mitad échala hacia delante, y entonces Basilisa la Sabia
aparecerá ante tus ojos.
Iván Zarevich dio a Baba-Yaga las gracias por tan
preciosos consejos y se dirigió otra vez tras la pelota.
No se sabe cuánto tiempo anduvo ni por qué tierras,
pero rompió tres pares de botas de hierro en su largo camino y se comió tres
panes de hierro.
Al fin llegó a una tercera cabaña, puesta, como las
anteriores, sobre tres patas de gallina.
-¡Cabaña, cabañita! ¡Ponte con la espalda hacia el
bosque y con la puerta hacia mí!
La cabaña le obedeció y el zarevich penetró en ella
y encontró a la Baba-Yaga mayor sentada en un banco hilando, con el huso en la
mano, hilos de oro; cuando hubo devanado todo el huso, lo metió en un cofre y
cerró con llave. Iván Zarevich, aprovechando un descuido de la bruja, le robó
la llave, abrió el cofrecito, sacó el huso y lo rompió por la mitad; la punta
aguda la echó tras de sí y la otra mitad hacia delante, y en el mismo momento
apareció ante él su mujer, Basilisa la Sabia.
-¡Hola, maridito mío! ¡Cuánto tiempo has tardado en
venir! ¡Estaba ya dispuesta a casarme con otro!
Se cogieron de las manos, se sentaron en una
alfombra volante y volaron hacia el reino de Iván.
Al cuarto día de viaje descendió la alfombra en el
patio del palacio del zar. Éste acogió a su hijo y nuera con gran júbilo, hizo
celebrar grandes fiestas, y antes de morir legó todo su reino a su querido hijo
el zarevich Iván.
FIN
* Zarevich: hijo del zar.


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