© Libro N° 9718. Marco El Rico Y Basilio El
Desgraciado. Afanasiev, Aleksandr Nikolaievich. Emancipación.
Marzo 19 de 2022.
Título original: © Marco El Rico Y Basilio El Desgraciado. Aleksandr
Nikolaievich Afanasiev
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Original: © Marco El Rico Y Basilio El Desgraciado. Aleksandr Nikolaievich
Afanasiev
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MARCO EL RICO Y BASILIO EL
DESGRACIADO
Aleksandr Nikolaievich
Afanasiev
Marco El Rico Y Basilio El Desgraciado
Aleksandr Nikolaievich Afanasiev
En cierto país vivía un comerciante llamado Marco,
al que pusieron el apodo de el Rico porque poseía una fabulosa fortuna. A pesar
de sus riquezas, era un hombre avaro y sin caridad para los pobres, a los que
no quería ver ni aun en los alrededores de su casa; apenas alguno se acercaba a
su puerta, ordenaba a sus servidores que lo echasen fuera y lo persiguiesen con
los perros.
Un día, ya al anochecer, entraron en su casa dos
ancianos de cabellos blanquísimos y le pidieron refugio.
-¡Por Dios, Marco el Rico, danos alojamiento para
no tener que pasar la noche a campo raso!
Le suplicaron tanto y con tanta insistencia, que
Marco, sólo para que no lo molestasen más, dio orden de que los dejasen dormir
en el cobertizo del corral, donde también dormía una mujer pariente suya y
gravemente enferma.
A la mañana siguiente vio que ésta, perfectamente
buena y sana, lo saludaba dándole los buenos días.
-¿Qué te ha pasado? ¿Cómo has recobrado la salud?
-le preguntó.
-¡Oh Marco el Rico! -exclamó la mujer-. Yo misma lo
ignoro. He visto, no sé si en sueños o en la realidad, que han pasado la noche
en mi choza dos viejos con cabellos blancos como la nieve; a eso de la
medianoche alguien llamó y dijo: «En la aldea vecina, en casa de un pobre
campesino, acaba de nacer un niño. ¿Qué nombre quieren darle y qué dote le
conceden?» Y los ancianos contestaron: «Le damos el nombre de Basilio, el apodo
de el Desgraciado, y lo dotamos con todas las riquezas de Marco el Rico, en casa
del cual pasamos ahora la noche.»
-¿Y nada más? -preguntó Marco.
-Para mí fue bastante lo que obtuve, porque apenas
desperté me levanté sana y fuerte como antes.
-Bien -dijo el comerciante-; pero los tesoros de
Marco no logrará poseerlos el hijo de un pobre campesino; serían demasiado para
él.
Se puso a meditar Marco el Rico y quiso ante todo
asegurarse de si era verdad que había nacido Basilio el Desgraciado. Mandó
enganchar el coche, se fue a la aldea, y dirigiéndose a casa del pope1,
le preguntó:
-¿Es verdad que ayer nació aquí un niño?
-Sí, es verdad -le contestó el pope-; nació en casa
del más pobre campesino de estos lugares; yo le puse el nombre de Basilio y el
apodo de el Desgraciado; pero aún no ha podido bautizársele, porque nadie
quiere ser su padrino.
Entonces Marco se ofreció como padrino, rogó a la
mujer del pope que fuese la madrina y mandó preparar una abundante comida.
Trajeron al niño, lo bautizaron y después tuvieron fiesta hasta la noche.
Al día siguiente, Marco el Rico llamó al pobre
campesino, lo trató con gran afabilidad y le dijo:
-Oye, compadre, tú eres un hombre pobre y no podrás
educar a tu hijo; cédemelo a mí, que lo haré un hombre honrado, aseguraré su
porvenir y te daré a ti mil rublos para que no padezcas miseria.
El padre reflexionó un poco; pero al fin consintió,
pues creía hacer la felicidad de su hijo. Marco tomó al niño, lo tapó bien con
su capote forrado de pieles de zorro, lo puso en el coche y se marchó.
Después de haber corrido unas cuantas leguas, el
comerciante hizo parar el coche, entregó el niño a su criado y le ordenó:
-Cógelo por los pies y tíralo al barranco.
El criado cogió al niño e hizo lo que su amo le
mandaba. Marco, riéndose, dijo:
-Ahí, en el fondo del barranco, podrás poseer todos
mis bienes.
Tres días después, y por el mismo camino por donde
había pasado Marco, pasaron unos comerciantes que llevaban a Marco el Rico doce
mil rublos que le debían; al aproximarse al barranco oyeron el llanto de un
niño; se pararon y escucharon un rato y mandaron a uno de sus dependientes que
se enterase de la causa de aquello. El empleado bajó al fondo del barranco y
vio que había una pequeña pradera verde en la cual estaba sentado un niño
jugando con las flores; volviendo atrás, contó lo que había visto a su amo y
éste bajó en persona apresuradamente para verlo. Luego cogió al niño, lo arropó
cuidadosamente, lo colocó en el trineo y todos se pusieron de nuevo en camino.
Llegados a casa de Marco el Rico, éste preguntó a
los comerciantes dónde habían encontrado al niño. Le contaron lo ocurrido y
Marco comprendió en seguida que el niño era su ahijado Basilio el Desgraciado.
Convidó a los comerciantes con manjares delicados y
gran abundancia de vinos generosos, terminando por rogarles que le dieran al
niño encontrado. Rehusaron los comerciantes un buen rato; pero al decirles
Marco que les perdonaba todas las deudas, le entregaron el niño sin vacilar
más.
Pasó un día, luego otro, y al fin del tercero tomó
Marco a Basilio el Desgraciado, lo puso en un tonel, que tapó y embreó
cuidadosamente, y lo echó desde el embarcadero al agua. El tonel flotó durante
mucho tiempo por el mar, y por fin llegó a una orilla en donde se elevaba un
convento. En aquel momento salía un monje a coger agua, y oyendo un llanto
infantil que partía del tonel salió en una barca, pescó el tonel, lo destapó, y
al ver en el interior un niño sentado lo cogió en sus brazos y se lo llevó al convento.
El abad, creyendo que no estaría bautizado, le puso al niño el nombre de
Basilio y el apodo de el Desgraciado; desde entonces Basilio el Desgraciado
vivió en el convento, y así transcurrieron dieciocho años, en los cuales
aprendió a leer, a escribir y a cantar en el coro de la capilla. El abad tomó
gran cariño a Basilio y lo utilizaba como sacristán en el servicio de la
iglesia del convento.
Un día Marco el Rico se dirigía a otro país para
cobrar sus deudas, y al pasar por el convento se detuvo en él. Se fijó en el
joven sacristán y empezó a preguntar a los monjes de dónde había venido y
cuánto tiempo hacía que estaba en el convento. El abad le contó todo lo que
recordaba acerca del hallazgo de Basilio. Que hacía dieciocho años un tonel que
venía flotando por el mar se había acercado a la orilla no lejos del convento y
que en el tonel había un niño, al que él había puesto el nombre de Basilio.
Marco, después de haber oído esto, comprendió que
el sacristán era su ahijado. Entonces dijo al abad:
-Si yo hubiese dispuesto de un hombre tan listo
como parece su sacristán, lo habría nombrado mi ayudante principal en los
negocios de mi casa. ¡Cédanmelo!
El abad se negó al principio; pero Marco el Rico, a
pesar de su avaricia, ofreció una donación de veinticinco mil rublos para el
convento a cambio de Basilio; el abad, después de haber pedido consejo a los
demás frailes, decidió, con la aprobación de todos, aceptar la donación y dejar
marchar a Basilio el Desgraciado.
Marco envió al joven a su casa con una carta
cerrada que decía: «Mujer: En cuanto recibas esta carta ve con el dador a
nuestra fábrica de jabón y ordena a los obreros que lo echen en una de las
calderas de aceite hirviendo; cuida de no faltar en cumplir lo que te digo,
porque se trata de mi más temible enemigo.»
Se puso en marcha Basilio el Desgraciado sin
sospechar la suerte que le esperaba, y en el camino tropezó con un viejo de
cabellos blancos como la nieve, que le preguntó:
-¿Adónde vas, Basilio el Desgraciado?
-Voy a casa de Marco el Rico, donde me envía su
dueño con una carta para su mujer.
-Déjame ver la carta.
Basilio le entregó la carta y el viejo rompió el
sello y se la mostró, diciendo:
-¡Toma, léela!
Basilio la leyó y comenzó a llorar, diciendo:
-¿Qué le he hecho yo a ese hombre para que me
condene a muerte tan cruel?
-No te entristezcas ni temas nada -le dijo el
anciano para tranquilizarle-. Dios no te abandonará.
Y soplando sobre la carta, se la devolvió con el
sello intacto, como si no la hubiese abierto.
-Ahora, vete con Dios y entrega la carta de Marco
el Rico a su mujer.
Basilio el Desgraciado llegó a la casa del
comerciante, preguntó por el ama y le entregó la carta. La mujer la leyó, llamó
a su hija y le enseñó la carta, que decía: «Mujer: En cuanto recibas esta
carta, prepara todo para casar al día siguiente a Anastasia con el dador de
ésta; y cuida de no faltar en cumplir lo que te digo, porque tal es mi
voluntad.»
Los ricos, como de todo tienen en su casa en
abundancia, organizan rápidamente fiestas cuando les parece; así que
inmediatamente vistieron a Basilio con un riquísimo vestido y le presentaron a
Anastasia, que se enamoró en seguida de él; al día siguiente fueron a la
iglesia, se casaron y celebraron la boda con un gran banquete.
Después de transcurrido algún tiempo, una mañana
avisaron a la mujer de Marco el Rico que llegaba su marido, y ella salió
acompañada de su hija y su yerno al embarcadero para recibirlo. Marco, al ver
vivo a Basilio el Desgraciado y casado con su hija, se enfureció y dijo a su
mujer:
-¿Cómo te has atrevido a casar a nuestra hija con
este hombre?
-No he hecho más que obedecer las órdenes que me
diste -contestó la mujer, enseñándole la carta.
Marco se aseguró de que estaba escrita por su
propia mano, calló y no dijo más.
Pasaron así tres meses, y el comerciante llamó a su
yerno y le dijo:
-Tienes que ir allá lejos, muy lejos, a mil leguas
de aquí, donde vive el Rey Serpiente, a cobrarle la renta que me debe por doce
años, y entérate de camino qué suerte tuvieron doce navíos míos que hace ya
tres años que han desaparecido; mañana mismo al amanecer te pondrás en camino.
Al día siguiente, muy temprano, se levantó Basilio
el Desgraciado, rezó a Dios, se despidió de su mujer, cogió un saquito con pan
tostado y se puso en camino. Llevaba andando bastante, cuando, al pasar junto a
un frondoso roble, oyó una voz que le decía:
-¿Adónde vas, Basilio el Desgraciado?
Miró a su alrededor, y no viendo a nadie preguntó:
-¿Quién me llama?
-Soy yo, el Roble, quien te pregunta.
-Voy al reino del Rey Serpiente para reclamarle la
renta de doce años.
Entonces el Roble contestó:
-Cuando llegues allí acuérdate de mí, que estoy
aquí hace ya trescientos años y quisiera saber cuántos tendré aún que
permanecer en este sitio. No te olvides de enterarte.
Basilio le escuchó con atención y continuó su
camino. Más allá encontró un río muy ancho, se sentó en la barca para pasar a
la otra orilla y el barquero le preguntó:
-¿Adónde vas?
-Voy al reino del Rey Serpiente para reclamarle la
renta de doce años.
-Cuando llegues allá acuérdate de mí, que estoy
pasando a la gente de una orilla a otra hace ya treinta años y quisiera saber
durante cuánto tiempo tendré aún que seguir haciendo lo mismo. No te olvides de
enterarte.
-Bien -dijo Basilio, y siguió su camino.
Anduvo unos cuantos días y llegó a la orilla del
mar, sobre el cual estaba tendida una ballena de tal tamaño que llegaba a la
orilla opuesta; su espalda servía de puente a los caminantes y los carros.
Apenas la pisó Basilio, la Ballena exclamó:
-¿Adónde vas, Basilio el Desgraciado?
-Voy al reino del Rey Serpiente a reclamarle la
renta de doce años.
-Pues procura acordarte de mí, que estoy aquí
tendida sobre el mar, y pasando sobre mis espaldas caminantes y carros que
destrozan mis carnes hasta llegar a mis huesos; entérate cuánto tiempo tendré
aún que seguir sirviendo de puente a la gente.
-Bien, no te olvidaré -contestó Basilio, y siguió
más adelante.
Después de caminar mucho tiempo se encontró en una
extensa pradera en medio de la cual se elevaba un gran palacio. Basilio el
Desgraciado subió por la ancha escalera de mármol y penetró en el palacio.
Atravesó muchas habitaciones, cada una más lujosa que la anterior, y en la
última encontró, sentada sobre su lecho, una bellísima joven que lloraba con
desconsuelo. Al percibir al desconocido se levantó y, acercándose a él, le
dijo:
-¿Quién eres y qué valor es el tuyo que te has
atrevido a entrar en este reino maldito?
-Soy Basilio el Desgraciado y me ha enviado aquí
Marco el Rico en busca del Rey Serpiente para reclamarle la renta de doce años.
-¡Oh, Basilio el Desgraciado! No te han enviado
para cobrar la contribución, sino para ser comido por el Rey Serpiente.
Cuéntame ahora por dónde has venido. ¿No te ocurrió nada mientras caminabas?
¿Viste u oíste algo?
Basilio le contó lo del roble, lo del barquero y lo
de la ballena. Apenas había terminado de hablar cuando se oyó un gran ruido
como producido por un torbellino de viento; la tierra empezó a temblar y el
palacio se bamboleó. La hermosa joven escondió a Basilio debajo de su lecho y
le dijo:
-Estate ahí sin moverte y escucha lo que diga el
Rey Serpiente.
El Rey Serpiente entró volando en la habitación,
husmeó el aire y preguntó:
-¿Por qué huele aquí a carne humana?
-¿Cómo habría podido penetrar aquí un ser humano?
-contestó la hermosa joven-. Por fuerza has volado muy cerca de la tierra y te
has empapado de olor humano.
-¡Oh qué cansadísimo estoy! ¡Ráscame la cabeza
-dijo el Rey Serpiente, extendiéndose en el lecho.
La joven se puso a rascarle la cabeza y mientras le
dijo:
-Mi señor, ¡si supieras qué sueño he tenido en tu
ausencia! He soñado que caminaba por una carretera y, de repente, oí gritar a
un viejo Roble: «Pregunta al Rey Serpiente cuánto tiempo me queda de estar
aquí.»
-Pues se quedará allí -contestó el Rey Serpiente-
hasta que llegue un hombre valiente que le dé un golpe con el pie en dirección
de Levante; entonces se romperán sus raíces, el roble caerá al suelo y bajo él
se encontrará más cantidad de oro y plata que la que posee Marco el Rico.
-Luego he soñado -siguió la joven- que me había
acercado a un río ancho y grande; había una barca para pasar de una orilla a
otra y el barquero me preguntó. «¿Por cuánto tiempo tendré que continuar en
esta ocupación de pasar a la gente de una orilla a otra?»
-Pues no mucho tiempo. Bastará que cuando se siente
un viajero en la barca le entregue los remos y la empuje desde la orilla; así
quedará él libre y el pasajero a quien le suceda esto se quedará, en cambio, de
eterno barquero.
-Luego soñé que estaba pasando por el lomo de una
enorme ballena tendida en el mar de una orilla a otra, que se quejaba de su
desgracia y me preguntaba: «¿Por cuánto tiempo tendré que seguir sirviendo de
puente a todo el mundo?»
-¡Oh! Ésa permanecerá así hasta que eche de sus
entrañas los doce navíos de Marco el Rico, y apenas lo haga se sumergirá en el
agua y sus huesos se cubrirán de carne -respondió el Rey Serpiente; y se durmió
profundamente.
La hermosa joven, dejando salir a Basilio el
Desgraciado, le aconsejó:
-Lo que has oído decir al Rey Serpiente no se lo
digas ni a la Ballena ni al Barquero hasta después de atravesar el mar y el
río; sólo cuando hayas pasado a la otra orilla del mar darás la contestación a
la Ballena, y después de cruzar el río podrás contestar al Barquero.
Basilio el Desgraciado dio las gracias a la joven y
tomó el camino de su casa. Después de andar un buen rato llegó a la orilla del
mar y en seguida la Ballena le preguntó:
-¿Qué respuesta me traes? ¿Has hablado de mi asunto
con el Rey Serpiente?
-Sí, he hablado; pero la respuesta te la diré
cuando haya pasado a la otra orilla.
Y cuando se encontró en la otra orilla, le dijo:
-Echa de tus entrañas los doce navíos de Marco el
Rico.
La Ballena vomitó los doce navíos, que salieron
navegando con sus velas desplegadas, y las olas se precipitaron a la orilla con
tal fuerza, que, aunque Basilio se había alejado ya bastante, se encontró con
el agua hasta las rodillas. Cuando llegó al río, le preguntó el Barquero:
-¿Has preguntado al Rey Serpiente lo que te rogué?
-Sí, lo he preguntado; pero llévame antes a la otra
orilla y allí te diré la respuesta.
Basilio, una vez que hubo atravesado el río, le
dijo al Barquero:
-Al primero que te pida que lo pases a la orilla
opuesta hazlo entrar en tu sitio y empuja la barca hacia el agua.
Al fin, llegado delante del viejo roble le dio una
patada con gran fuerza en dirección de Levante; el árbol cayó y debajo de sus
raíces descubrió una cantidad enorme de oro, plata y piedras preciosas. Basilio
miró atrás y vio navegar con rumbo a la orilla los doce navíos que había
vomitado hacía poco la Ballena. Los marineros cargaron todas las riquezas en
los navíos, y cuando acabaron se dieron a la vela llevando a bordo a Basilio el
Desgraciado.
Cuando avisaron a Marco el Rico que estaba llegando
su yerno con los doce navíos y llevando consigo las incalculables riquezas que
le había regalado el Rey Serpiente se enfureció y ordenó enganchar un carruaje
para dirigirse al reino del Rey Serpiente y pedirle consejo acerca del modo de
deshacerse de su yerno. Llegó al río, se sentó en la barca, el Barquero empujó
a ésta desde la orilla y Marco el Rico se quedó allí toda la vida condenado a
pasar la gente de una orilla a otra.
Entretanto, Basilio el Desgraciado llegó a su casa
y vivió siempre en la mejor armonía con su mujer y su suegra, aumentando sus
tesoros y ayudando a los pobres y a los humildes.
Así se cumplió la profecía de que heredaría todos
los bienes de Marco el Rico.
FIN
1. Pope: sacerdote de la iglesia ortodoxa.


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