© Libro N° 9716. Atentamente, Jack El Destripador. Bloch, Robert. Emancipación. Marzo 19
de 2022.
Título original: Yours Truly, Jack
the Ripper, Robert Bloch (1917-1994)
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Original: © Atentamente, Jack El Destripador. Robert Bloch
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ATENTAMENTE, JACK EL DESTRIPADOR
Robert Bloch
Atentamente, Jack El Destripador
Robert Bloch
«ATENTAMENTE, JACK EL DESTRIPADOR»: ROBERT BLOCH
RELATO Y ANÁLISIS
Atentamente, Jack el Destripador (Yours Truly, Jack
the Ripper) —a veces publicado en español como: Atentamente suyo, Jack el
destripador o Suyo afectísimo, Jack el Destripador— es un relato de terror del
escritor norteamericano Robert Bloch (1917-1994), publicado originalmente en la
edición de julio de 1943 de la revista Weird Tales, y luego reeditado por
Arkham House en la antología de 1945: El que abre el camino (The Opener of the
Way).
Atentamente, Jack el Destripador, uno de los
mejores cuentos de Robert Bloch, nos sitúa en el presente —de 1943—, y relata
la historia de John Carmody, un psiquiatra de la ciudad de Chicago que asesora
a Guy Hollis, un inglés que sigue obsesionado con investigar los asesinatos de
Jack el Destripador en el distrito de Whitechapel, Londres.
A pesar de que John Carmody, el narrador del
relato, cuestiona la cordura de Hollis por considerar esta hipótesis, todo
parece indicar que Jack el Destripador no fue un hombre mortal, sino más bien
una especie de vampiro, y que sus espantosos asesinatos fueron en realidad
sacrificios cuyo objetivo era alcanzar la inmortalidad.
Es así que la investigación, muy escrupulosa, es
llevada adelante por estos dos temerarios, primero descartando las principales
teorías acerca de la verdadera identidad del Destripador: un cirujano loco, un
carnicero, un noble trastornado, un policía o algún lunático que escapó del
manicomio. Aquí Jack el Destripador es un nigromante cuyos asesinatos son
rituales de sacrificio a los dioses paganos para mantenerlo eternamente joven.
Atentamente, Jack el Destripador, no es el primer
ni último relato de Robert Bloch acerca de Jack el Destripador, un personaje
que aparece recurrentemente en su producción literaria. El cuento más
interesante al respecto quizás sea Un juguete para Juliette (A Toy for
Juliette), donde una niña juega y tortura a varias personas que su misterioso
abuelo le obsequia, traídas desde el pasado con una máquina del tiempo. ¿Cómo
se relaciona esto con Jack el Destripador? Bueno, digamos que el juguete de
Juliette es nada menos que el cuchillo utilizado por el asesino de Whitechapel.
ATENTAMENTE, JACK EL DESTRIPADOR
Robert Bloch
(1917-1994)
Me quedé mirando a aquel inglés, mientras él hacía
lo mismo conmigo; pero fui yo quien primero hizo uso de la palabra, para
preguntar:
—¿Sir Guy Hollis?
En efecto asinti.
—¿Y yo tengo el gusto de hablar con John Carmody,
el psiquiatra?
Asentí a mi vez, mientras seguía examinando
discretamente la figura de mi distinguido visitante. Típicamente inglés: alto,
delgado y ligeramente encorvado, rubio, y con el clásico y encrespado bigote.
Además, el traje de tweed. Tuve la sospecha de que guardaba un monóculo en uno
de los bolsillos de su chaleco. Y también me pregunté si no habría dejado su
paraguas en el vestíbulo: pero lo que más me intrigaba era la razón que habría
impulsado a sir Guy Hollis, de la Embajada británica, a ir a visitar a un psiquiatra
de Chicago, desconocido para él.
Tras haber tomado asiento, el visitante se aclaró
la voz, echó un vistazo a su alrededor, dio unos golpecitos con su pipa sobre
el tablero de mi escritorio y abrió la boca, para preguntarme:
—Señor Carmody, ¿ha oído hablar de Jack el
Destripador?
—¿Se refiere usted al famoso asesino?
—Efectivamente; al más monstruoso de todos los
asesinos. Peor que Springheel Jack y que Crippen. Jack el Destripador. Jack el
Rojo.
—He oído hablar de él.
—¿Y conoce usted su historia?
—Escuche, sir Guy, creo que no llegaremos a ninguna
parte, si empezamos a charlar de esos crímenes.
—No se trata de ninguna charla, señor Carmody. Es
un asunto importantísimo. Cuestión de vida o muerte.
Con un suspiro me recliné en mi sillón. Al fin y al
cabo, para eso estamos los psiquiatras, para escuchar pacientemente a los que
nos consultan. Adelante, pues dije. Oigamos esa historia. Y sir Guy encendió un
cigarrillo y empezó su relato.
Londres, 1888. A fines de aquel verano, y a
principios del otoño, apareció la siniestra figura de Jack el Destripador, algo
así como una sombra armada con un cuchillo, que merodeaba por el East End de
Londres, siempre al acecho en los distritos de Whitechapel y Spitalfields. Seis
veces empleó ese cuchillo, para cercenar los cuellos de mujeres londinenses. Su
primer crimen lo cometió el siete de agosto. El cuerpo de aquella víctima
presentaba treinta y nueve puñaladas. Fue un crimen bestial. Luego, el treinta
y uno del mismo mes, el segundo asesinato. La prensa comenzó a interesarse en
la cuestión.
Por fin, el ocho de septiembre, Scotland Yard
designó personal especial para investigar el caso. Lo único que se sabía era
que el asesino usaba diestramente su cuchillo, para rebanar y extirpar trofeos,
y que sus víctimas eran cuidadosamente elegidas. Nadie lo haba visto ni tenía
la más mínima idea sobre su identidad, pero los vigilantes nocturnos tropezaban
de continuo con los sangrientos despojos de su satánica obra.
¿Quién era? ¿Quién podría ser aquel criminal? ¿Un
médico loco? Un carnicero? ¿Algún científico que hubiera perdido el juicio? ¿Un
maniático escapado de algún manicomio? ¿O tal vez un aristócrata trastornado, o
incluso, un miembro de la misma policía londinense.
Sir Guy movió la cabeza con aire de desconcierto, y
siguió diciendo:
—Luego apareció aquella poesía en la Prensa, una
estrofa, de autor anónimo, que parecía que iba destinada a poner fin a la
especulación, pero que, por el contrario, sirvió para acrecentar el interés de
toda la población. Escúchela:
No soy carnicero ni judío,
tampoco marino o armador,
sino su mejor y más valioso amigo,
atentamente, Jack el Destripador.
En tono levemente burlón, comenté:
—Muy interesante.
Pero no logré desanimar al narrador, que sin
inmutarse prosiguió:
—Por espacio de cierto tiempo no volvió a oírse
hablar del criminal, aunque eso no bastaba para que todo el mundo se preguntase
cuándo daría su próximo golpe, y para que se continuara especulando acerca de
su identidad y paradero. Luego, el nueve de noviembre, encontraron a aquella
mujer en su cuarto. Entonces cundió el pánico, verdadero pánico. No obstante,
el criminal no volvió a dar seales de vida. Poco a poco, el interés fue
declinando, pero no su recuerdo. Decían algunos que Jack se había marchado a América,
en tanto que otros insinuaban la posibilidad de que se hubiera suicidado. Se
han expuesto infinidad de teorías, hipótesis y argumentos, pero lo único cierto
es que nadie sabe quién era Jack el Destripador, ni por qué cometió aquellos
asesinatos, ni por qué desapareció tan imprevistamente.
Sir Guy se qued callado, como si esperase que yo
dijera algo. Y eso fue lo que hice, al comentar, en tono de aburrimiento:
—Una historia bien narrada; pero con una ligera
tendencia emotiva.
—Es que tengo todos los documentos existentes sobre
el caso. He reunido los datos relativos a aquellos crímenes y los he estudiado
concienzudamente.
—Muy bien —dije, poniéndome en pie y ahogando un
bostezo—. He pasado un buen rato, escuchando su relato. Ha sido usted muy
amable, al abandonar sus obligaciones en la embajada británica para venir y
distraer a un humilde psiquatra con sus amenas anécdotas.
En lugar de ofenderse por mi observación, sir Guy
frunció el entrecejo e inquirió:
—¿Quiere saber por qué estoy interesado en el caso
de Jack el Destripador?
—Desde luego.
—Porque he descubierto su pista. Creo que se
encuentra aquí, en Chicago.
Sin disimular mi asombro, volví a sentarme y
murmuré, al paso que parpadeaba repetidamente:
—¿Cómo?
—Que Jack el Destripador está aquí, en Chicago. Y
yo estoy dispuesto a localizarlo, aunque...
—Un momento, por favor. Dígame, ¿en qué fechas se
cometieron esos crímenes?
—De agosto a noviembre de 1888.
—¡1888! Pues si Jack el Destripador era entonces un
hombre maduro, a estas alturas debe estar muerto. Incluso aunque hubiera nacido
en aquel año, hoy tendría cincuenta y siete.
—¿Usted cree? Y además, no diga un hombre maduro,
porque puede haber sido una mujer, o cualquier otra cosa.
Tras haber escrutado pensativamente el rostro de mi
interlocutor, indiqué:
—Sir Guy, después de todo, creo que ha acertado
usted al venir a verme, porque lo que usted necesita es un tratamiento
psiquitrico, sin duda alguna.
—Tal vez tenga usted razón, señor Carmody.
Entonces, ¿cree que estoy loco?
Desvié la vista y me encogí de hombros, pero como
tenía que darle una respuesta sincera, le dije:
—No, no lo creo.
—En ese caso, quizá debiera escuchar los motivos
que me inducen a creer que Jack el Destripador sigue vivo.
—¿Qué motivos son ésos?
—Verá usted, a lo largo de estos últimos treinta
años he estado estudiando aquellos crímenes. Para ello me he entrevistado con
las autoridades y he hablado con los amigos y conocidos de las víctimas, así
como con los vecinos de los barrios que fueron escenario de la matanza. He
reunido un copioso material de datos, y ahora dispongo de muchos conocimientos
sobre la cuestión, incluidas multitud de versiones inverosmiles y teorías sin
fundamento. No quiero aburrirle con la relación de mis conclusiones, pero sí le
diré que me he dedicado a otras actividades más productivas, en este sentido:
me he dedicado a estudiar crímenes no resueltos. Podría mostrarle muchos
recortes de periódicos de casi la mitad de las grandes ciudades del mundo: San
Francisco, Shanghai, Calcuta, Omsk, Pars, Berln, Pretoria, El Cairo, Miln,
Adelaida. En todas esas poblaciones han ocurrido asesinatos con las mismas
características.
»Yo he seguido esta pista sangrienta, desde Nueva
York hacia el oeste, a través del Continente, desde San Francisco al Pacífico;
y desde allí, a África. Durante la guerra, Europa. Luego, en América del Sur. Y
desde 1930, otra vez aquí, en los Estados Unidos. Ochenta y siete asesinatos
cometidos con la misma pauta, y en los que el avezado criminólogo reconoce la
inconfundible impronta de Jack el Destripador.
»¿Recuerda usted los descuartizamientos ocurridos
recientemente en Cleveland? Y en estos últimos seis meses, dos asesinatos en
Chicago, uno de ellos allá en South Dearborn, y el otro en cierto lugar de
Halsted. Y siempre el mismo tipo de crimen, la misma técnica. Le aseguro que
todos llevan el sello de Jack.
Sonreí entonces, y comenté:
—Una teoría muy limitada, en verdad. No voy a
discutirle los resultados de sus investigaciones ni las deducciones que haya
obtenido, sir Guy. Usted es el criminólogo y yo no puedo hacer otra cosa que
aceptar lo que me dice. Sin embargo, me gustaría que me aclarase un aspecto de
la cuestión que queda un tanto oscuro. ¿Cómo es posible que un hombre de,
digamos, ochenta y cinco años, cometa semejantes crímenes? Porque si Jack el
Destripador tenía alrededor de treinta años en mil ochocientos ochenta y ocho,
ahora, en mil novecientos cuarenta y tres, debería andar por los ochenta y
cinco.
Sir Guy quedse silencioso, lo que me produjo cierta
satisfacción, pues supuse que lo haba arrinconado, pero en seguida replicó:
—¿Y si no hubiera envejecido?
—¿Qué?
—Suponga que Jack el Destripador no hubiera
envejecido, y siguiese tan joven como entonces —dijo.
—Estoy a punto de llamar a la enfemera para que le
ponga un chaleco de fuerza.
—Hablo en serio —afirmó sir Guy.
—Todos dicen lo mismo, que hablan en serio. Y es
una verdadera pena, ¿no le parece? Todos los que vienen a consultarme aseguran
formalmente que oyen voces raras y ven extrañas figuras, pero de todos modos,
no queda más remedio que encerrarlos.
No voy negar que mis palabras fueron crueles, pero
obraron el efecto que buscaban, ya que sir Guy se puso en pie, me miró
fijamente, y dijo:
—Reconozco que es una teoría absurda. No obstante,
tenga en cuenta que todas las teorías que se han formulado son tanto o más
descabelladas: que era un médico, un maníaco o una mujer. Por tanto, por qué ha
de ser la mía distinta de las demás?
—Por una sencilla razón, porque la gente crece y se
hace mayor, porque todo el mundo envejece, sir Guy, incluso los médicos, los
maníacos y las mujeres.
—¿Y los hechiceros? Los que practican la
nigromancia, la magia negra.
—¿Qué quiere decir?
—He estudiado todos los detalles, señor Carmody. He
examinado con detenimiento las fechas en las que se cometieron esos crímenes, y
la pauta, el ritmo que formaban esas fechas: el ritmo solar, lunar y estelar, o
sea, su aspecto sideral, su significado astrológico.
Aquel hombre estaba completamente loco, pero yo
seguí escuchándole.
—Escuche usted, señor Carmody. Suponga que Jack el
Destripador no matara por el simple placer de matar, sino que lo impulsara el
deseo de hacer... sacrificios.
—¿Qué clase de sacrificios?
—Se ha dicho que si se ofrecen sacrificios a los
espíritus de las tinieblas, éstos otorgan favores, cuando el momento es el
adecuado, por cierto, cuando la luna y las estrellas están en conveniente
posición, y con las debidas ceremonias, esos espíritus conceden grandes
favores, por ejemplo, el don de la juventud.
—Lo que usted plantea, repito —dije— es una teoría
muy interesante, pero lo único que me intriga es un aspecto de todo este
asunto: ¿por qué ha venido a contármelo a mí? Yo no soy ninguna autoridad en
materia de brujería, y tampoco soy policía, ni criminólogo, sino un médico
psiquiatra.
En respuesta, él sonri sibilinamente y, a su vez,
preguntó:
—Entonces, ¿se siente interesado en la cuestión?
—Bien, sí. Creo que debe de haber alguna causa
seria para...
—La hay, señor Carmody, pero yo quería asegurarme
previamente de su interés. Ahora puedo revelarle mi plan.
—¿Qué plan?
Sir Guy me miró a los ojos un momento. Luego
anunció:
—John Carmody, usted y yo vamos a capturar a Jack
el Destripador.
Así sucedieron las cosas. Y si me he extendido en
la relación de tantos detalles como ocurrieron en la primera entrevista, sólo
ha sido porque los considero muy importantes, ya que ayudan a comprender el
carácter de sir Guy Hollis. Y en vista de lo que sucedió a continuación, más
valdrá que siga detallando las diversas partes de nuestro convenio. Por
supuesto, que la idea de sir Guy era bastante simple, aunque más bien se
trataba de una corazonada, y no de una idea.
—Usted conoce a la gente de aquí —me dijo la
segunda vez que nos vimos—. Me he informado al respecto, y por eso le he
elegido como al hombre ideal para secundarme en mi propósito. Sé que entre sus
relaciones se cuentan muchos escritores, pintores, poetas; en suma, lo que se
llama la intelectualidad. Y por ciertas razones, cuya naturaleza no hace al
caso, tengo la sospecha de que Jack el Destripador pertenece a esta comunidad.
Es más, creo que le gusta aparecer como un exécntrico. Y espero que si usted me
lleva a los sitios donde suelen reunirse esos intelectuales, y me presenta a
ellos, podré descubrirle y desenmascararle.
—Por mi parte —dije—, no tengo nada que oponer,
pero no sé cómo se las va a arreglar para buscarle.
—Tal como ha dicho antes, ese criminal puede tener
cualquier apariencia. Puede ser viejo o joven, rico o pobre. Puede ser un
ladrón, un médico, un abogado.
—¿Cómo lo reconocerá?
—Eso se verá cuando llegue la ocasión, pero debo
encontrarle en seguida, cuanto antes.
—¿Y por qué tanta prisa?
—Porque dentro de dos días volverá a matar.
—¿Está usted seguro?
—Completamente, señor Carmody. Ya le dije que había
estudiado bien el asunto y que todos los crímenes coinciden con ciertas
características astrológicas. Por eso, si tal como sospecho, si ese hombre ha
de ofrecer sacrificios para renovar su juventud, tendrá que cometer otro
asesinato en el término de dos das. Fíjese en la disposición de sus primeros
crímenes, en Londres: siete de agosto, treinta y uno de agosto, ocho de
septiembre, 30 de septiembre, 9 de noviembre. ¿Ve usted? Intervalos de
veinticuatro días, de nueve días, de veintidós días (esta vez causó dos
muertes), y por último, de cuarenta das. Claro que en esos intervalos hubo
también otros crímenes, pero no se le achacaron a él. De todas formas, el caso
es que he trazado un esquema basado en mis cálculos, y por eso sé que Jack
volverá a matar en el término de dos días.
—Comprendido, sir Guy —asentí—, pero sigo
preguntándome qué papel desempeño yo en este asunto.
—Ya se lo dije, el de presentarme a sus amistades.
Lléveme a todas las reuniones, a todos...
—Pero, ¿por dónde empiezo? Que yo sepa, mis
relaciones artísticas, pese a sus excentricidades, son todas excelentes
personas, gente perfectamente normal.
—Ah, querido amigo, también lo es El Destripador.
Normal en todo sentido, menos en ciertas y determinadas noches, que es cuando
se transforma en un monstruo patológico, en un ser sin edad que se oculta en
las sombras, preparado para matar. Porque en esas noches en que las estrellas
irradian su fulgor letal...
—De acuerdo, de acuerdo —dije de pronto,
interrumpiéndole—. Le llevaré a esas reuniones. También necesito asistir para
beber unos buenos tragos, porque después de oírle a usted...
Aquella misma noche llevé a sir Guy a casa de
Lester Baston. Mientras subíamos en el ascensor al lujoso ático, juzgué
oportuno advertirle.
—Baston es un verdadero exécntrico, y lo mismo
puede decirse de sus invitados. Por tanto, conviene que se prepare usted para
recibir toda clase de sorpresas.
—Estoy preparado, no se preocupe.
Y en demostración de lo que decía, sacó un revólver
del bolsillo posterior de su pantalón. Alarmado, exclamé:
—¡Oiga! Qué se propone?
—Estar preparado —explicó sir Guy, seriamente—,
para el caso de que lo descubra.
Pero, ¿cómo va a presentarse en una reunión de
amigos con un revólver cargado? ¿No comprende que...?
—Tranquilícese. No pienso hacer tonterías.
Al salir del ascensor, avanzamos por el pasillo
hacia la puerta del departamento de Baston. Durante el corto trayecto volví a
inquirir:
—Otra cosa, ¿cómo he de presentarle? ¿Puedo
decirles quién es usted y lo que se propone?
—No tengo inconveniente. Y hasta es posible que
convenga decir la verdad desde el primer momento.
—Pero, ¿no comprende usted que si el Destripador,
por increíble y peregrina casualidad, estuviera presente, se apresuraría a
ponerse en guardia?
—Eso es, precisamente, lo que yo deseo, señor
Carmody, que la impresión que le produzca el anuncio de lo que ando buscando lo
deje desconcertado y le obligue a delatarse a sí mismo.
No pude por menos que mirar de reojo a mi
acompañante y murmurar:
—¿Sabe que serviría usted para psiquiatra? De todos
modos, debo advertirle que mis amigos son muy particulares. Prepárese para
cualquier broma pesada.
—Descuide —respondió, sonriendo—, estoy preparado.
Y es más, he madurado un plan que pienso poner en práctica. No se extrañe por
nada de lo que yo haga, ¿de acuerdo?
Asentí con un gesto y apreté el timbre de la
puerta, que fue abierta a los pocos segundos por el propio Baston. Tenía éste
los ojos enrojecidos, casi tan rojos como las cerezas del cóctel Manhattan que
llevaba en una mano. Tras habes mirado alternativamente a mi sombrero y a los
poblados bigotes de sir Guy, dio un paso atrás y comentó:
—¡Vaya! Tenemos aquí a La Morsa y el Carpintero.
Adelante, adelante.
Seguidamente, le presenté a sir Guy. Después de
estrecharle la mano, indicó que le siguiéramos hasta el amplio salón, donde se
hallaban los demás concurrentes, envueltos en densa nube de humo de tabaco.
Todos los tenían un vaso en la mano, y las notas solemnes de la marcha del amor
de las naranjas, procedentes del piano situado en un ángulo de la estancia, no
lograban apagar por completo el rumor del polo africano que unos jugadores
practicaban en el rincón opuesto.
No había nada que hacer. Prokofieff no podía
rivalizar con las piezas de marfil, que producían cada vez más ruido. Sir Guy
confirmó entonces mis anteriores sospechas al sacar un monóculo de un bolsillo
de su chaleco y ajustarlo en la órbita de su ojo derecho, para mirar primero a
la poetisa Laverne Gonnister, y luego a Hymie Kralik, el cual acababa de
recibir un golpe en un ojo, de parte de la anterior, y se había acostado en el
suelo, chillando como un condenado.
Los chillidos de Hymie duraron hasta que alguien lo
pisó fuertemente en el estómago, al pasar por encima suyo, de camino hacia el
comedor, en busca de otra botella. Seguidamente, sir Guy oyó que Nadia
Vilinoff, la artista comercial, expresaba su desagrado con respecto al tatuaje
que Johnny Odcutt exhibía, y a continuación desvió su vista hacia la mesa,
debajo de la cual se encontraba Barclay Melton, en animado coloquio con la
esposa del tatuado. En esto, Lester Baston se plantó en el centro de la sala y
reclamó la atención general al estrellar un vaso en el suelo, antes de
anunciar:
—Señoras y señores, tengo el gusto de presentarles
a dos distinguidos visitantes, nada menos que La Morsa y el Carpintero. El
primero es sir Guy Hollis, uno que tiene algo que ver con la embajada
británica, y el otro, como todos saben, no es más que nuestro querido amigo
John Carmody, el eminente curador de manías inofensivas.
Acto seguido, asió a sir Guy por un brazo y lo
llevó al centro de la estancia, para indicarle:
Ha de saber usted, sir Guy, que tenemos la
costumbre de someter a discreto interrogatorio a nuestros nuevos amigos. No es
más que una sencilla formalidad, ¿comprende usted? Supongo que estará preparado
para responder a nuestras preguntas.
Por supuesto que lo está —pensé yo—, viene
preparado para todo.
Baston, al ver que el neófito asentía con aire
afable, dio una palmada y exclamó:
—¡Amigos! Aquí os entrego a este bulto procedente
de la Gran Bretaña. Tenéis la palabra.
Comenzó inmediatamente el pitorreo que yo había
anunciado a sir Guy, pero no tuve ocasión de escucharlo, pues en aquel momento
se acercó a mí Lydia Dare y me enganchó por un brazo, para llevarme a remolque
a la salita vecina y dedicarme uno de los clásicos discursos que empiezan así:
Oh, cariño. Estuve esperando que me telefonearas...
Cuando al fin pude librarme de ella, volví al salón
y comprobé, a juzgar por el alboroto general, que sir Guy estaba comportándose,
en todos los aspectos, normal y sociablemente.
—Y si se me permite una pregunta —inquirió entonces
Baston—, ¿puede explicarnos a qué se debe su visita de esta noche, oh Morsa?
—Por supuesto que sí. Estoy buscando a Jack el
Destripador.
Nadie celebró esta vez con risas la respuesta de
sir Guy, quizás porque todos los presentes sufrieron la misma impresión que yo
había experimentado al oírla por primera vez. Miré entonces a los reunidos y
empecé a preguntarme... No; no era posible. Laverne Gonnister, Hymie Kralik,
Dick Pool, Nadia Vilinoff, Johnny Odcutt y su esposa, Barclay Melton, Lydia
Dare; todos eran inofensivos. Y, sin embargo, qué sonrisa más forzada, la que
mostraba Dick Pool. ¿Y la mueca sardónica que torcía los labios de Barclay Melton?
Ya sé que estos pensamientos eran absurdos, pero se
daba el caso que hasta entonces no me había dado cuenta de una evidente
realidad: que todos los citados, al igual que yo mismo y que todo el mundo,
tenían secretos en su vida, hechos y circunstancias que no se revelaban en el
curso de aquellas festivas reuniones. ¿Cuántos de los allí presentes tendrían
algo turbio que ocultar? ¿Quién, de entre ellos, veneraría a la horrenda diosa
Hécate y le ofrecería sangrientos sacrificios? Porque, puestos en plan de sospechar,
hasta el mismo Lester Baston podía estar fingiendo.
Volví a concentrar mi atención en el ambiente
general, formado por el conjunto de asombradas expresiones de Baston y sus
invitados, en manifiesto contraste con la que exhibía sir Guy, de completa
complacencia, como si se sintiera satisfecho con la expectación que acababa de
suscitar. ¿A qué se debería la obsesión de aquel inglés por lo relativo a Jack
el Destripador? ¿Sería, tal vez, un pretexto para encubrir otros secretos?
—La Morsa no bromea, amigos —advirtió Baston, dando
una palmada en un hombro a sir Guy, para romper as la tensión nerviosa que
parecía haber paralizado a los demás—. Nuestro pariente de la Gran Bretaña se
encuentra, verdaderamente, en la buena pista del Destripador, cuya historia
conocéis todos, verdad que sí? Pues bien; sir Guy está convencido de que ese
asesino sigue viviendo... y cree que anda merodeando por Chicago. Y por si
fuera poco, queridos amigos, sir Guy tiene razones para suponer que Jack el Destripador
podría hallarse, incluso, en el seno de esta alegre reunión.
La declaración ocasionó las burlonas risitas que
eran de esperar.
—¡Lydia Dare! —exclamó entonces Baston, en tono de
cómico reproche—. Ni tú ni las otras chicas tenéis motivo para reíros, porque
han de saber que El Destripador puede ser muy bien una mujer, una especie de
Jill la Destripadora.
Laverne Gonnister se aproximó a sir Guy, para
mirarle de cerca y preguntarle:
—¿Quiere usted decir que sospecha, realmente, de
uno de nosotros? Pero, si ese Jack el Destripador desapareció hace mucho
tiempo! En mil ochocientos ochenta y ocho, si mal no recuerdo.
—Sí, eh —comentó Baston, burlonamente—. Vaya, ¿cómo
es que estás tan enterada de esa fecha? Resulta sospechoso, ¿verdad, sir Guy?
Viglela usted. No la pierda de vista, que es posible que no sea tan joven como
parece. Porque estas poetisas esconden muchas cosas.
Recobrada a poco la tranquilidad, pronto renació el
bullicio en el salón. El invitado que había estado tocando el piano se dispuso
a aporrear nuevamente las teclas. Lydia Dare empezó a dar señales de
desasosiego, fija la vista en la puerta del pasillo que conducía a la cocina,
con el evidente deseo de marchar a esta dependencia en busca de otra bebida. De
pronto, gritó Baston:
—¡Eli! ¿Sabes una cosa? La Morsa tiene un revólver.
Y, en efecto, su mano haba rozado inadvertidamente
el costado izquierdo del inglés, notando el contacto del arma. Y antes de que
sir Guy se hubiera dado cuenta de lo que estaba sucediendo, se la había quitado
de la funda. Por un momento, temí que las bromas hubiesen llegado demasiado
lejos, pero al mirar a sir Guy vi que me dirigía un guiño, y recordé su
anterior advertencia: que no debía alarmarme, ocurriera lo que ocurriese.
—Juguemos limpio con nuestro amigo la Morsa —siguió
diciendo Baston—. Sabemos que ha venido aquí desde Inglaterra para llevar a
cabo su misión. Y yo sugiero que en caso de que ninguno de vosotros esté
dispuesto a confesar, le demos una oportunidad de descubrir al criminal... por
las malas. Escuchad ahora atentamente. Voy a apagar las luces durante un
minuto, y si alguno de los presentes es Jack el Destripador, podrá optar por
dos salidas: escapar inmediatamente o eliminar a su implacable perseguidor. ¿De
acuerdo?
Pese a que la propuesta venía de un hombre
achispado, no dejó de parecerme bastante estúpida. En el consiguiente
batiburrillo de exclamaciones y comentarios, nadie concedió atención a las
débiles protestas de sir Guy. Acto seguido, Lester Baston se acercó a una pared
y levantó una mano hasta el interruptor.
—¡Que nadie se mueva! —advirtió—. Estaremos a
oscuras durante un minuto y tal vez a merced de un asesino. Luego encender las
luces y empezar a recoger cadáveres. Elijan a sus compañeros de aventuras,
señoras y caballeros.
Se apagaron entonces las luces y alguien soltó una
risita nerviosa. Desde el sitio en que me encontraba, pude oír el rumor de unos
pasos, así como un ligero murmullo. Una mano me tocó la cara, provocándome un
respingo.
Aquella situación era absurda; verdaderamente
absurda. Estar allí de pie, en silencio y en la oscuridad, en compañía de un
grupo de chiflados. Claro que eso no bastaba para que me sintiese extrañamente
receloso, aterrorizado más bien, porque no podía evitar una horrible idea: la
de que Jack el Destripador deba de haber andado así, por las calles de Londres,
en medio de las tinieblas, entre infinidad de personas que temían por sus
vidas.
De modo imprevisto, alguien profirió un alarido, y
yo reconocí la voz de sir Guy, antes de oír el sordo golpe producido por un
pesado cuerpo al caer al suelo. A continuación, Lester Baston encendió las
luces... y a todos se nos escapó un grito de horror. Sir Guy Hollis yacía sobre
la alfombra, con los brazos abiertos y empuñando su revólver en una mano.
Entonces me maravillé al comprobar cuán diversas
pueden ser las expresiones de los seres humanos, confrontados con un
espectáculo como aquél. Todos los invitados de Baston se hallaban allí. Ninguno
había aprovechado la oportunidad para escabullirse, y, sin embargo, sir Guy
estaba tumbado en el suelo, inmóvil y...
—¡Estupendamente! —dijo sir Guy, ponindose de
rodillas, para levantarse y dedicarnos una afable sonrisa—. No ha sido más que
un experimento. Si Jack el Destripador se hubiese encontrado entre ustedes y
hubiera creído que me habían asesinado, en este momento se habría delatado a sí
mismo. Ahora he quedado completamente convencido de la inocencia de todos
ustedes, queridos amigos. Perdónenme por el susto que acabo de proporcionarles.
Seguidamente, se dirigió a mí y me preguntó:
—¿Nos vamos, John? Creo que es un poco tarde.
Incapaz de reaccionar, le seguí en silencio hasta
el vestíbulo para recoger nuestros sombreros, mientras el resto de la
concurrencia continuaba mirándonos sin decir palabra.
Conforme con nuestro previo acuerdo, a la noche
siguiente me reuní con sir Guy en la esquina de la Calle 29 y la avenida
Halsted. Después de lo que había presenciado veinticuatro horas antes,
hallábame preparado para cualquier eventualidad, pero nada extraño ocurrió en
el momento del encuentro. Sir Guy estaba esperándome, al amparo de las sombras
de un portal, y lo único que reveló su actitud de alerta fue el instintivo
movimiento de su mano, en dirección de la funda de su revólver, cuando yo me le
aproximé sin ser visto y exclamó:
—Buenas noches.
—Muy buenas —le contesté—. ¿Preparado para iniciar
nuestra desatinada partida de caza?
—En efecto —asintió, sonriendo amigablemente—. Y me
alegro al comprobar que concuerda usted conmigo, pues ha venido a la cita sin
hacer preguntas. Eso demuestra que se fía de mi intuición.
Luego, mientras íbamos andando a lo largo de la
calle, observó:
—Hay niebla esta noche, señor Carmody, igual que en
Londres. Y además, también hace frío, a pesar de que estamos en noviembre. Es
curioso. Niebla londinense... y el mes de noviembre. El mismo lugar y la misma
época que la de los crímenes del Destripador.
—No exactamente —hice notar—. Permítame que le
recuerde que no estamos en Londres, sino en Chicago, y que tampoco es el mes de
noviembre de mil ochocientos ochenta y ocho, sino más de medio siglo después.
—¿Usted cree? No estoy tan seguro. Fíjese en estos
callejones que vamos cruzando, estrechos, oscuros, como los del East End.
Seguro que tienen más de medio siglo, por lo menos.
—Estamos en el barrio de South Clark —le indiqué—.
Y la verdad es que no sé por qué me habrá citado usted aquí.
—Una corazonada. Sólo un presentimiento, señor
Carmody. Quiero dar una vuelta por estos lugares, porque tienen una disposición
muy semejante a la de la zona donde El Destripador solía deambular. No crea que
lo buscaré en los distritos bien iluminados, como el barrio bohemio, sino aquí,
entre las tinieblas, que es donde se mantiene al acecho.
No pude evitar que mi voz temblase un poco al
preguntar, con fingido desparpajo:
—Entonces, ¿por eso va usted armado?
—Es posible que necesitemos un revólver. Al fin y
al cabo, ésta es la noche en que ha de volver a matar.
Seguimos caminando por aquellas calles desiertas y
envueltas en niebla. De vez en cuando se veía la claridad que brotaba del
interior de una taberna, pero el resto del barrio se encontraba sumido en densa
oscuridad. Al cabo de un rato, impresionado por aquel ambiente, empecé a temer
la posibilidad de que me atacase a mí también la locura de mi acompañante, y
con acento un tanto irritado, señalé:
—Pero, ¿no ve usted que no hay ni un alma por estas
calles?
—Tiene que aparecer. Tiene que venir aquí, aquí. Un
lugar sórdido como éste atrae a la maldad, y El Destripador es un espíritu
maligno. Siempre ha cometido sus crímenes en los barrios sucios. Tal vez se
trate de un capricho suyo, pero lo cierto es que parece sentir predilección por
la mugre. Sin contar con que el tipo de mujer que elige como vctimas es más
fcil de encontrar en los tugurios y tabernuchos de toda gran ciudad.
—Pues bien, entremos en algún tabernucho, porque lo
cierto es que estoy helándome.
Minutos después cruzábamos la puerta de una
taberna, cuyo único ocupante era el gigantesco tipo que atendía el mostrador.
Tras haber abonado el importe de una botella de ginebra, fuimos a sentarnos en
la intimidad de un reservado, donde nos pusimos a charlar, en tanto sorbíamos
el contenido de nuestros vasos. Pasó un cuarto de hora, y otro cuarto.., y al
final, era sir Guy el único que hablaba, y acerca de lo mismo que me había
contado en mi consultorio el primer día en que nos vimos.
Como si no me lo hubiese referido entonces, pero es
que los pobres obsesivos son así. No hay nada que los aparte de su idea fija.
Yo me limitaba a asentir de vez en cuando, pacientemente, y a llenarle su vaso.
Hasta que me pregunté si el exceso de alcohol, en lugar de aplacar a mi locuaz
acompañante, no le desataría más la lengua. A punto de perder la paciencia, le
interrumpí para observar:
—Perfectamente, sir Guy. Admitamos que tiene usted
razón, que su teoría es correcta, aunque para ello debamos hacer caso omiso de
las leyes naturales y tragarnos una porción de supersticiones. De acuerdo en
que Jack descubrió la manera de prolongar su propia vida mediante el
ofrecimiento de sacrificios, y en que ha viajado alrededor del mundo, tal como
usted afirma. Supongamos, también, que todo lo que usted cree es absolutamente
cierto, y que Jack está ahora aquí, en Chicago.
—Bien.
—Sencillamente, sir Guy, que aunque todo lo que
usted se empea en creer fuera verdad, no por ello hemos de esperar que Jack el
Destripador vaya a presentarse aquí, en esta taberna, para que usted lo mate o
lo entregue a la policía. Y dicho sea de paso, todavía no sé lo que se propone
hacer con él, en caso de que lo encuentre.
Vació de un trago su vaso y murmuró:
—Voy a atrapar a ese canalla. Voy a capturarlo y
entregarlo a las autoridades, junto con todos los documentos y pruebas que he
reunido a lo largo de todos estos años. He gastado una fortuna en esta
investigación, señor Carmody, ¿o tal vez prefiere que lo tutee y le llame John?
—Como le parezca.
—De acuerdo, pues, John. Tal como iba diciéndote,
la captura de este criminal supondrá la solución de muchos asesinatos que han
quedado sin resolver. Te aseguro que una bestia enloquecida anda suelta por el
mundo, una bestia que ofrece sacrificios a la diosa Hécate.
—No lo dudo. Sin embargo, me gustaría saber también
cómo se las va a arreglar para reconocerle. Y, sobre todo, cómo está tan seguro
de que habrá de encontrarle.
—Sé que anda cerca de aquí. Lo sé, lo presiento.
Digamos que soy un sujeto... intuitivo, ¿comprende?
No. Sir Guy no era intuitivo. Era tonto y estaba
borracho. Alargué entonces una mano y puse la botella fuera de su alcance. Y al
ver que trataba de arrebatármela, me levanté y en tono destemplado, pues
después de todo no era uno de mis pacientes, le dije:
—Escuche, esto pasa ya de la raya. Voy a hacerle
una sugerencia, tomemos un taxi y marchémonos de aquí. Por lo visto, su amigo
Jack se ha atemorizado y no vendrá a verle. Mañana, cuando se haya despejado,
podrá presentarse ante las autoridades con todos sus documentos, para
convencerles de lo acertado de su teoría, y si ellos le creen... en fin, las
autoridades federales son lo suficientemente competentes para llevar a cabo una
investigación a fondo y localizar a ese criminal.
Con la obstinación del beodo, sir Guy murmuró:
—No; en taxi, no.
—Bueno, hombre, nos iremos caminando si quiere,
pero salgamos ya de aquí. ¿No sabe que son más de las doce?
En respuesta, se encogió de hombros, se puso en pie
y fue conmigo hasta la puerta, pero al llegar allí, dio un paso atrás y
desenfundó su revólver.
—¿Qué hace usted? —exclam, alarmado—. No pretenderá
andar por la calle con un revólver en la mano. Venga, démelo.
No se opuso sir Guy a que le quitase el arma y me
la guardara en un bolsillo de mi chaqueta. Una vez en la calle, donde la niebla
se había vuelto más densa, echamos a andar hasta la primera encrucijada, punto
en que mi aturdido acompañante se detuvo y se apoyó en la pared, fija la vista
en el tenebroso callejón que partía de aquel sitio. Impaciente, farfulló:
—Usted piensa que todo esto es una broma. O una
manía. Llámela como quiera, John, pero he de decirte una cosa. En 1888, una de
las desgraciadas víctimas del Destripador fue mi madre. Sí, lo que has oído, mi
madre. Luego, mi padre me reconoció, y me hizo compartir su juramento de
emplear nuestras vidas en la búsqueda del asesino. Empezó esa búsqueda, y murió
en Hollywood, en 1929, cuando seguía la pista del Destripador. Sí, la prensa
dijo que lo habían matado en una reyerta, pero yo conozco la identidad de su
asesino. Por eso he continuado su trabajo, ¿comprendes, John? Seguiré buscando
a ese monstruo hasta que lo encuentre y pueda matarlo con mis propias manos.
Porque Jack destruyó la vida de mi madre y la de muchas otras personas, para
mantener la suya. Igual que un vampiro, se revuelca en la sangre de sus
víctimas y se nutre de muerte. Igual que una fiera infernal, anda al acecho por
el mundo, en espera de matar, y matar. Es endiabladamente astuto, pero yo no
descansaré hasta que lo encuentre. No descansaré nunca, nunca.
No hacía falta que lo afirmara con tanto énfasis
para convencerme. Seguro estaba de que jamás habría de renunciar a su
propósito. Porque sir Guy era tan fanático en su obsesión como el mismo
criminal al que buscaba.
Al día siguiente, quizás, cuando se hubieran
disipado los efectos de su borrachera, iría a las autoridades para entregar sus
documentos sobre el caso. Y seguiría investigando. Y tal vez, algún día, más
tarde o más temprano recibiría la recompensa a su persistencia. Porque siempre,
y a pesar de todo, había tenido la impresión de que aquel hombre no andaba muy
descaminado con sus teorías, por fantásticas que éstas pareciesen.
—Vamonos —le apremié, asiéndole de un brazo—. Est
haciéndose...
—Un momento. Devuélveme mi revólver. Me siento más
tranquilo cuando lo tengo en mi funda.
Y como yo insistiera en obligarle a caminar, se
afianzó sobre sus pies y repitió:
—Devuélveme mi revólver, John.
—Está bien —dije, al tiempo que sacaba una mano del
bolsillo.
Sir Guy bajó la mirada... y abrió los ojos
desmesuradamente, mientras balbuceó:
—Pero... eso no es mi revólver, es un cuchillo.
—Ya lo sé —asentí, derribándole al suelo.
—¡John! —gritó.
Y yo murmuré, al acercar la afilada hoja a su
garganta:
—No me llames John. Llámame Jack.
Robert Bloch (1917-1994)


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