© Libro N° 9715. Así Niego A Beelzy. Collier, John. Emancipación. Marzo 19
de 2022.
Título original: © Así niego a Beelzy. Thus I Refute Beelzy, John
Collier (1901-1980)
Versión
Original: © Así Niego A Beelzy. John Collier
Circulación conocimiento libre,
Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://elespejogotico.blogspot.com/2019/01/asi-niego-beelzy-john-collier-relato-y.html
Licencia Creative
Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el
nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Fondo:
https://img.freepik.com/vector-gratis/color-grunge-patron-liquidez-estilo-antecedentes_1409-1432.jpg?w=826
Portada E.O. de Imagen original:
https://1.bp.blogspot.com/-nI-X1HRTnlc/XEnTd_X-JII/AAAAAAAAtWs/IMaannIAD0Mkz_L3iu6DxqKBtBDluYHmQCLcBGAs/s640/beelzy_john_collier.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
John Collier
Así Niego A Beelzy
John Collier
«ASÍ NIEGO A BEELZY»: JOHN COLLIER RELATO Y ANÁLISIS.
Así niego a Beelzy (Thus I Refute Beelzy) es un
relato de terror del escritor británico John Collier (1901-1980), escrito en
1931 y publicado originalmente en la edición de octubre de 1940 de la revista
Atlantic Monthly. Luego sería reeditado en la antología de 1941: Presentando la
luz de la luna (Presenting Moonshine).
Así niego a Beelzy, uno de los grandes cuentos de
John Collier, pone de manifiesto una vez más la predilección de este autor por
los relatos de demonios; y este es probablemente el mejor de todos.
Aquí, un niño llamado Simón juega solo casi todo el
tiempo, aunque él mismo afirma tener un amigo que nadie más puede ver: el señor
Beelzy. El padre del niño, el señor Carter, quien sigue a rajatabla las
tendencias psicológicas de la época, está resuelto a charlar con su hijo para
hacerle llegar a la conclusión de que su compañero de juegos es, de hecho, un
amigo imaginario.
Así como debajo de la superficie de razonabilidad
de este padre subyace la amenaza de la fuerza, y en consecuencia la imposición
de una idea firme sobre lo que es real y lo que no; debajo de lúdica fachada de
aquel inofensivo amigo imaginario, el señor Beelzy, se esconde un antiguo
demonio, presente en todos los diccionarios demonológicos: Belcebú, el señor de
las moscas.
Quizás lo más interesante de Así niego a Beelzy es
que aquí se establecen los parámetros para un larga lista de historias de
terror de amigos imaginarios y niños malvados, aunque en realidad este
únicamente se defienda a sí mismo, y sea la arrogancia intelectual de su padre
la que finalmente provoca su perdición.
ASÍ NIEGO A
BEELZY
John Collier
(1901-1980)
—Voy a tocar la campanilla para el té —dijo la
señora Carter—. Espero que Simon la oiga.
Miraron por la ventana del salón. El largo jardín,
que ofrecía un aspecto de agradable descuido, terminaba en una parcela de
terreno baldío. Allí se alzaba un pequeño invernadero, casi totalmente en
ruinas, pero que aún conservaba algún vestigio de su pasado esplendor. Era el
escondite de Simon. Las ramas entrelazadas de un manzano y un peral, plantados
demasiado cerca el uno del otro, como siempre ocurren los jardines de los
barrios periféricos, lo tapaban casi por completo. Lo veían a lo lejos trotar de
aquí para allá, haciendo muecas y gesticulaciones, interpretando todas las
solemnes pantomimas de los niños pequeño que se pasan largas tardes en los
olvidados rincones de largos jardines.
—Allí está, bendito sea —exclamó Betty.
—Siempre jugando a ese juego suyo —añadió la señora
Carter—. Ya no quiere jugar con los demás niños. Y si voy allí, ¡Qué genio
saca! Lo peor es que vuelve siempre agotado.
—Pero ¿es que no duerme la siesta por las tardes?
—preguntó Betty.
—Ya sabes cuales son las ideas de su padre —le
contestó la señora Carter—. ¡Que elija por sí mismo!, dice. Y ahí tienes lo que
elige. Y cuando entra en casa siempre viene pálido como la cera.
—Mire. Ha oído la campanilla —observó Betty.
La frase tenía su justificación, aunque la
campanilla hubiera dejado de sonar hacía ya un minuto largo. Simon pequeño
interrumpió el desfile como si el tintineo del metal hubiese llegado en aquel
preciso instante a sus oídos. Le vieron barrer y escarbar ritualmente el suelo
con su pequeño bastón y luego cruzar con paso renqueante el marchito y caliente
césped del jardín en dirección a la casa.
La señora Carter condujo a su invitada al piso de
abajo, al cuarto de los niños, o pabellón del jardín, que también hacía las
veces de sala de té los días de mucho calor. En otros tiempos había sido
espacioso lavadero de aquella casa georgiana de varios pisos. Ahora las paredes
estaban pintadas en un tono crema, visillos azules de un tul bastante ordinario
cubrían las ventanas, había unos cuantos sillones tapizados de loneta, el suelo
era de baldosas y una reproducción de Los Girasoles de Van Gogh colgaba sobre
la repisa de la chimenea.
Simon entró arrastrando los pies y saludó a Betty
con un gesto maquinal. Su rostro, que acababa en un prominente barbilla, tenía
la forma de un triángulo casi perfecto, y estaba más pálido aún de lo que era
normal en él.
—¡Ah, ya está aquí el pequeño diablillo! —exclamó
Betty.
Simon la miró.
—No —dijo secamente.
En ese momento se abrió la puerta y entró el señor
Carter frotándose las manos. Era dentista y se lavaba antes y después de todo
lo que hacía.
—¡Tú! —exclamó su mujer—. ¡En casa a esta hora!
—Espero no ser mal recibido —le respondió el señor
Carter, mientras saludaba a Betty con una inclinación de cabeza—. Dos personas
cancelaron sus citas, así que decidí venirme a casa. Espero no ser mal
recibido, repito.
—No seas tonto —le contestó su mujer—. Pues claro
que no.
—Simon no parece estar tan seguro —prosiguió el
señor Carter—. Simon, ¿te molesta que haya venido a tomar el té contigo?
—No.
—¿No qué?
—No, padre.
—Eso está mejor. Simon mayor y Simon pequeño. Así
suena más amistoso, ¿no te parece? En otros tiempos los niños pequeños tenían
que llamar a su padre señor. Y si se les olvidaba, una buena zurra —dijo el
señor Carter, mientras se lavaba otra vez las manos con su invisibles agua y
jabón.
El niño se puso como la grana de vergüenza o de
rabia.
—Pero ahora, ya ves —intervino Betty tratando de
ayudar—, puedes llamar a tu padre como quieras.
—¿Y qué ha hecho esta tarde Simon pequeño —preguntó
el señor Carter— mientras Simon mayor estaba trabajando?
—Nada —masculló su hijo.
—Pues en ese caso te habrías aburrido de lo lindo
—respondió el señor Carter—. Haz de aprender de la experiencia. Mañana haz algo
que te divierta y ya verás cómo no te aburres. Yo quiero que aprenda de la
experiencia, Betty. Ése es mi método, el nuevo método.
—Ya he aprendido —respondió el pequeño con ese tono
de persona anciana y cansada que tan a menudo emplean los niños.
—¡Pues quién lo diría! —replicó el señor Carter—,
¡si te pasas toda la tarde calentando el asiento sin hacer nada! Si mi padre me
hubiera pillado cruzado de brazos, no habría podido volverme a sentar en una
temporada.
—Ha estado jugando —intervino la señora Carter.
—Un poquito —puntualizó el niño.
—Un poquito bastante —corrigió la señora Carter—.
Cuando entra en casa es un manojo de nervios y está como aturdido. Debería
dormir la siesta.
—Ha cumplido seis años —le replicó su marido—. Ya
tiene uso de razón. Ha de saber elegir por sí mismo. Bueno, Simon pequeño, ¿y
qué juego es ese tan divertido que te pone tan nervioso y te aturde tanto? Debe
de haber pocos juegos tan emocionantes como ése.
—No es nada —contestó el niño.
—Oh,vamos —protestó su padre—. ¿Somos o no somos
amigos? A mí puedes contármelo todo. En mis tiempos yo también fui un Simon
pequeño como tú y jugaba a las mismas cosas a las que juegas tú ahora. Claro
que en aquellos tiempos no había aviones. ¿Y con quién juegas a ese juego tan
entretenido? Vamos, todos hemos de contestar cuando nos hacen preguntas tan
educadas o, de lo contrario,el mundo no podría seguir dando vueltas. ¿Con quién
juegas, eh?
—Con el señor Beelzy —le contestó el niño, dándose
por vencido.
—¿El señor Beelzy? —repitió el padre arqueando las
cejas e interrogando con la mirada a su mujer.
—Es un juego que él se inventa —aclaró la madre.
—¡No, no me lo invento! —gritó el niño—. ¡Tonta!
—Eres un mentiroso —le respondió su madre—. Y
además, un maleducado. Bueno, mejor será que cambiemos de conversación.
—Si primero dices que cuenta mentiras y a
continuación propones que cambiemos de tema —arguyó el señor Carter—, no es de
extrañar que sea maleducado. Él te cuenta sus fantasías y tú le inculcas un
sentimiento de culpabilidad. ¿Qué puedes esperar entonces? Pues un mecanismo de
defensa. Y entonces es cuando miente de verdad.
—Es como en Estas tres —intervino Betty—. Sólo que
distinto, claro. La protagonista era una pequeña mentirosa que no se sonrojaba
por nada.
—Pues ya la habría hecho yo sonrojarse —replicó el
señor Carter—. Pero Simon pequeño está aún en la fase de la infancia. ¿Verdad
que sí, Simon pequeño, que lo que pasa es que inventas cosas?
—No, no invento nada —respondió el niño.
—Sí, sí que lo haces —insistió el padre—. Y como tú
sabes que sí, aún no es demasiado tarde para tratar de razonar contigo. Nada
hay de malo en la fantasía, querido amigo. Lo único es que tienes quedarte
cuenta de la diferencia que existe entre lo que uno sueña despierto y las cosas
tal como son en la realidad, o de lo contrario tu cerebro nunca será el de una
persona adulta. No será nunca el cerebro de un Simon mayor. Así que vamos a
ver. Cuéntanos algo de ese señor Beelzy tuyo. Vamos. ¿A qué se parece?
—No se parece a nada —respondió el niño.
—¿A nada de nada? ¡Pues vaya tipo tan horrible!
—bromeó su padre.
—A mí no me da miedo —contestó el pequeño—. Ningún
miedo.
—¡Eso faltaría! —exclamó su padre—. Si te diera
miedo estarías dándote miedo a ti mismo. Mira, yo siempre le digo a la gente, a
gente que tiene más años que tú, que lo que les pasa es que tienen miedo de sí
mismos. Y que, ¿Es un payaso?¿O un gigante?
—A veces sí —respondió el niño.
—Así que unas veces es una cosa y otras otra
—resumió el padre—. Todo es un poco vago, ¿no te parece? ¿Por qué no puedes
decirnos qué aspecto tiene?
—Yo lo quiero. Y el me quiere a mí —dijo el
pequeño.
—¡Vaya! ¡Esas son palabras mayores! —exclamó el
señor Carter—. Mira, lo mejor es que reserves ese tipo de expresiones para la
gente de carne y hueso, como Simon mayor y Simon pequeño, por ejemplo.
—Él es de carne y hueso —contestó el niño con
vehemencia—. No es de mentira. Es de carne y hueso.
—Óyeme —ordenó su padre—. Cuando sales al jardín,
allí no hay nadie, ¿verdad?
—No —respondió el niño.
—Y entonces piensas en él, aquí en tu cabeza, y se
te aparece.
—No —contestó Simon pequeño—. Antes he de hacer
algo con mi bastón.
—Eso no tiene importancia.
—Sí, sí que la tiene.
—Simon pequeño, estás siendo muy testarudo
—advirtió el señor Carter—. Estoy tratando de explicarte algo. Llevo en este
mundo más tiempo que tú, y por tanto soy mayor que tú y sé más cosas. Te estoy
explicando que el señor Beelzy es una fantasía tuya. ¿Me oyes? ¿Entiendes lo
que te digo?
—Sí, papá.
—Es un juego. Un producto de tu imaginación.
El niño hundió la vista en el plato con una sonrisa
de resignación.
—Supongo que me estás escuchando —continuó su
padre—. Lo único que tienes que hacer es decir: He estado jugando a un juego de
mentira, con alguien que me invento y que se llama señor Beelzy. Entonces ya
nadie podrá decir que mientes y te darás cuenta de la diferencia que hay entre
los sueños y la realidad. El señor Beelzy es pura fantasía.
El niño seguía con los ojos fijos en el plato.
—Unas veces está ahí y otras veces, pues no
—prosiguió el señor Carter—. Unas veces tiene tal aspecto y otras veces otro.
Verlo, en realidad no puedes verlo. Al menos no como me ves a mí. Yo soy real.
El señor Carter alargó su blanca manaza de dentista
y agarró a su hijo por el hombro. Calló un instante mientras apretaba la mano.
El niño hundió aún más la cabeza en el plato.
—Ahora ya sabes la diferencia que hay entre lo real
y lo imaginario —continuó el señor Carter—. Tú y yo somos una cosa, él es otra.
¿Cuál de las dos es imaginaria? Vamos, contéstame. ¿Cuál de las dos es
imaginaria?
—Simon mayor y Simon pequeño —contestó el niño.
—¡No! —exclamó Betty, y en seguida se tapó la boca
con la mano, pues, ¿a santo de qué había de gritar cuando un padre le está
explicando cosas a su hijo de un modo tan científico y tan moderno?
—Muy bien, hijo —continuó el señor Carter—. Ya he
dicho que hay que dejar que aprendas de la experiencia. Ve arriba. Sube derecho
a tu cuarto. Vas a aprender qué es mejor: si razonar o ser un niño díscolo y
testarudo. Ve arriba. Yo subiré ahora enseguida.
—No irás a castigarlo, ¿verdad? —imploró la señora
Carter.
—No —intervino el niño—. El señor Beelzy no se lo
permitiría.
—¡Vete arriba de una vez! —vociferó su padre.
Simon pequeño se detuvo al llegar a la puerta.
—Dijo que no dejaría que nadie me hiciera daño
—gimoteó—. Dijo que se aparecería con forma de León, con alas y todo, y que se
comería a quien lo intentase.
—¡Vas a ver lo real que es ese amigo tuyo! —le
contestó el padre a gritos—. Si no quieres aprender por las buenas, vas a
aprender por las manos. Pero antes voy a acabarme mi taza de té —concluyó
dirigiéndose a las dos mujeres.
Ninguno de los tres dijo una palabra. El señor
Carter se acabó su té y salió sin prisa de la habitación, lavándose siempre las
manos con aquellos invisibles agua y jabón suyos.
La señora Carter no abrió la boca. A Betty no se le
ocurrió nada que decir. Pero quería empezar una conversación a toda costa:
tenía miedo de lo que pudieran escuchar sus oídos. Y de pronto se oyó un grito
horrísono que pareció rasgar el aire.
—¡Dios bendito! —exclamó—. ¿Qué ha sido eso? ¡Lo
debe de estar baldando!-se levantó de un salto de su asiento. Sus ojos
bobalicones centellaban a través de sus gafas—. ¡Voy arriba a ver qué ha sido!
—añadió temblorosa.
—Sí, vamos arriba, vamos arriba —coreó la señora
Carter—. Eso no ha sido Simon pequeño.
Y en el descanso del segundo piso fue donde
hallaron el zapato con el pie del hombre aún dentro, como ese último bocado que
a veces cae de las fauces de un gato con prisa.
John Collier (1901-1980)


Publicar un comentario