© Libro N° 9710. Opiniones. Obras Completas Vol. X. Rubén Darío.
Emancipación. Marzo 19 de 2022.
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Obras Completas Vol. X
Rubén Darío
Opiniones
Obras Completas Vol. X
Rubén Darío
Title: Opiniones
Obras Completas Vol. X
Author: Rubén Darío
Release Date: March 30,
2016 [EBook #51604]
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OPINIONES
Al Dr. Fernando Sánchez
Dedica este libro,
su amigo
RUBÉN DARÍO
{6}
En este libro, como en todos los míos, no pretendo
enseñar nada, pues me complazco en reconocerme el ser menos pedagógico de la
tierra. Van aquí mis opiniones y mis sentires, sobre cosas vistas e ideas
acariciadas. Todo expresado de la manera más noble que he podido, pues no me
avengo con bajos pensamientos ni vulgares palabras. No busco el que nadie
piense como yo, ni se manifieste como yo. ¡Libertad!, ¡libertad!, mis amigos. Y
no os dejéis poner librea de ninguna clase.—R. D.
Estas grandes conmociones tan solamente las causan
los que salen de las aisladas torres, marfil, cristal o bronce, del arte puro.
Hay, para lograr tamañas coronas, que ser fuente y pan para los demás,
conformándose con el propio dolor, hermano de la gloria. Hay que convencerse de
que no se ha venido con el mayor don de Dios a la tierra para tocar el violín,
o el arpa, o las castañuelas, o la trompeta. Tocarlas, sí, para universal gozo
y danza dionisíaca, en paz y fiesta común con todos. No la superhombría, no el
neronismo, no la crueldad orgullosa: antes el bien que se hace con la luz y en
la luz el abrazo fraterno. Mientras más alta es la catarata, más perlas tiene
su agua pura, y su voz dice la armonía de la naturaleza y el iris la corona.
Saltimbanquis de palabras o juglares de ideas, sin la bondad{9} que
salva, muy pintorescos y bonitos, son de la familia de los pájaros; cuando
mueren, por el plumaje se les diseca; si no, van al muladar con los perros
muertos. Desventurado el que, teniendo el vino de la bondad y de la fraternidad
humana, no exprimió jamás su corazón en su copa cuando vió pasar el rebaño de
hermanos con sed, bajo los látigos de arriba. Zola fué eso: el viñador copioso
y generoso. No como Hugo, desde la olímpica sede en que, como papa literario,
con su tiara llena de gemas líricas, vestido de orgullo, repartía sus dones; no
como Tolstoï, tan vecino de la clínica como del santoral; no como Ibsen,
ceñudo, obscuro y doloroso. Zola, que fué tan atacado, porque, se decía,
buscaba los afectos más viles de la vida, complaciéndose en la pornografía y en
la obscenidad, ha sido un enorme y puro poeta del amor, un músico órfico y
augusto de las multitudes, un cantor de la hermosura natural y de la fecunda
obra engendradora, un visionario de la humanidad que viene, de la dicha de las
naciones futuras, de la dignificación de nuestra especie en la vía progresiva
de su perfeccionamiento, en el ritmo divino.
Era un grande hombre de bien. No lo que se llama
por la generalidad un «hombre honrado». No conozco, decía De Maistre, la
conciencia de los criminales; conozco la de algunos hombres honrados, y es
espantosa. Era hombre de bien y buen gigante el último de los evangelistas. Fué
predicador de altas virtudes; dijo a la juventud palabras de engrandecimiento y
de deber, y a la muchedumbre señaló el{10} rumbo de
las venideras victorias de paz y de felicidad. ¡Un gran idealista, el gran
naturalista! Un corazón de adolescente en el cuerpo del coloso; un casto, el
que señaló las terriblezas de la lujuria; un sobrio, el que mostró la sombra
roja del alcohol; un sonador, el práctico y concienzudo arquitecto de tanta
fábrica maciza; un modesto, el más magistral director de ideas de estos últimos
tiempos, y el tímido solitario, un valiente que, al llegar la hora, se puso a
arrostrar las ciegas turbas furiosas que le insultaban y lapidaban, en una
actitud sencilla como el Deber y grandiosa como la Justicia. El ejemplo es soberbio
y se entierra en la historia para quedar como una estela moral inconmovible al
paso de los vientos de los siglos.
Ejemplo de voluntad que pone a la vista el esfuerzo
perpetuo desde los años primeros de vacilaciones y de angustias, angustias y
vacilaciones que doran una juventud ardorosa y una esperanza radiante. Los
problemas de la vida, la práctica prosaica de la existencia de quien no ha
nacido en la riqueza, el pegaso del ensueño que la necesidad hiere con sus
espuelas; estudios mediocres, contra la vocación; familia a cuestas; los
dolorosos préstamos a los amigos; las deudas de otra clase y los embargos;
alimentarse, vestirse; un abrigo viejo y verdoso que quedará en su memoria
inolvidable; la bohemia que se sigue sin sentirle apego, esa bohemia
obligatoria por la escasez y la falta de ambiente y medios distintos que se
desearían; la miseria. Ese mudar de{11} casas, tan
indicador de que no se ha encontrado aún el asentado y reposado vivir que
necesita el trabajador para la realización de su obra—antes de que llegue la
posesión de Medan y el hotel de la calle de Bruxelles. Y de todo triunfa esa
voluntad acerada y templada: de las amarguras de la necesidad y de las
tristezas de más de una desilusión; de las absurdas solicitudes de dinero y de
los mezquinos obstáculos que se presentan a los mejores deseos; del vivir como
en el número 11 de la calle Soufflot, pared de por medio con las más
desastradas mujerzuelas, y de la soledad, mala consejera de los débiles, cuando
busca en París sus modos de ascender—y primero de comer. Cuenta uno de sus
amigos íntimos que sus menús de entonces se componían de pan y café, o pan y dos
sueldos de queso italiano, o pan y dos sueldos de patatas fritas. Y que a veces
eran de sólo pan, y a veces ni pan había. Dice bien Mauclair en un reciente
estudio sobre los artistas y el dinero: que los sufrimientos del comienzo son
precisos para hacer sentir lo que es la lucha humana por la vida y pesar el
dolor. De ahí que Zola haya dejado tantas páginas admirables en que las
pesadumbres de los intelectuales están tan profundamente manifestadas y tan
sinceramente sentidas. El inmenso peligro de la bohemia en el principio de toda
vida de artista es para los que no ven ni la seriedad del existir ni la
obligación que viene para consigo mismo, para con los hombres y para con la
eternidad. Preciso es que la juventud se pase, dice un proloquio francés que
excusa las locuras de los años frescos, en que para{12} uno
todo es aroma de rosas, oro de sol, gracia y vibración de amor. Mas una vez
pasada la primavera, la estación exige el fruto, fruto de noble desinterés, de
conciencia, de servicio a la comunidad. Los que no se dan cuenta de esa ley de
lo infinito, caen, ruedan, se hunden, desaparecen. Cuando el sentido moral se
pierde, todo está perdido, pese a la habilidad, a la intriga; saldrá de la
bohemia, si sale, un arrivista tortuoso, un ágil funámbulo en la sociedad, pero
el artista ha muerto. Zola murgerizó poco, y esto porque preciso era, ¡qué
diablo!, en esos años amables trabar conocimiento con Mimí Pinson. Así,
recuerda uno de sus biógrafos que «una vez, habiendo recorrido en vano todo el
barrio sin encontrar a quien pedir prestados los pocos centavos de la comida, y
teniendo en ese momento del brazo a una mujer, la querida de algunas semanas,
¿qué hace el futuro propietario de Medan? Se quita el sobretodo y se lo da a la
mujer.—¡Lleva eso al Montepío!—Y entró a su habitación en mangas de camisa, con
un frío de muchos grados bajo cero.» Triunfó la voluntad, porque así debía ser,
comiéndose pan de amor y bebiéndose vino de esperanza. A buena hambre no hay
pan duro; a buena juventud no hay ásperas horas, por ásperas que sean. La
salvación está en la sangre noble que hierve, en el impulso consciente que hace
saltar, volar, sobre la dificultad y sobre el abismo. Es la estación perfumada
en que florece en toda alma artística un ramo de cuentos a Ninon, que es un ramo
de rosas risueñas de rocío.{13}
Todo aquel que empieza a amar y a soñar, habla en
versos aunque no los haga. Antes que cuentos, por tales melodiosas razones,
hizo Zola versos. Los versos fueron después abandonados, pero el dón rítmico y
orquestal no dejó nunca al magnificente sinfonista de sus nutridas
construcciones. Y por ser sincero y consciente de su misión escribió estas
palabras de raro valor y de especial dignidad mental: «No puedo volver a leer
mis versos sin sonreir. Son muy débiles y de segunda mano; no más malos, sin
embargo, que los versos de los hombres de mi edad que se obstinan en rimar. Mi
única vanidad es haber tenido conciencia de mi mediocridad de poeta y de
haberme puesto valerosamente a la tarea del siglo con el rudo útil de la prosa.
A los veinte años es hermoso tomar semejante decisión, sobre todo antes de
haber podido desembarazarse de las imitaciones fatales. Si, pues, mis versos
deben servir de alguna cosa, deseo que hagan volver en sí a los poetas
inútiles, que no tienen el genio necesario para librarse de la fórmula
romántica, y que se decidan a ser bravos prosadores, tout bètement.»
Conociéndose extranjero entre los para él improbables dioses, se decidió a
entrar en la vocación que le conducía a ser un guía, un pastor, un maestro
entre los hombres, con un idioma claro, abundoso, tupido, fatigante a veces,
pero siempre poemal en su arquitectura, a punto de que sus dos afinidades más
cercanas están en Homero y Wagner. Era un cuerdo. Así amontonó bloque sobre
bloque hasta formar una catedral ciclópea, que alzará sus torres{14} de ideas y de símbolos como uno de los más
colosales monumentos de la ciudad futura.
Ejemplo de dignificación personal en un hombre
dotado con los mejores brazos para asir al paso a la fortuna desde el
principio, y expuesto a claudicaciones y rupturas con sus propias ansias nobles
y generosas. Desde el commis de la librería Hachette hasta el
autor millonario, en toda su vida se refleja una luz de honestidad viril que en
pocos de los contemporáneos de su talla puede encontrarse. El que tuvo el valor
y la entereza de retorcer el pescuezo a los cisnes de sus primaverales jardines
poéticos por no engañarse a sí mismo, no engañó nunca a los demás y llevó el
respeto a sus convicciones y la pasión de la verdad hasta el sacrificio en el
más tempestuoso y terrible de los momentos de su vida. Es preciso conocer lo
mefítico, lo venenoso del ambiente de la vida literaria, para admirar por
completo tanta energía, tanta resistencia en ese cuello taurino y tanta pepsina
en el estómago de avestruz del heroico comedor de sapos. ¡Ah, los sapos!
Recordaréis con qué tragicómica glotonería ha contado él cómo el horrible
batraciano fué su alimento de todos los días: el sapo del anónimo, el sapo del
insulto, el sapo feísimo de la calumnia, los mil sapos de la envidia y de la
enemistad desleal, los multiplicados sapos de los periódicos, de las malignas y
feroces caricaturas. Todavía en el entierro del grande hombre yo los he visto a
esos sapos ponzoñosos en formas inmundas. «¡El testamento de Zola!», gritaba un
camelot{15} casi al lado de la procesión. Pagué los
diez céntimos y leí el papel innoble. Es el más vergonzoso pasquín contra un
muerto, contra un muerto ilustre. No puedo citar nada de él. Baste decir que
conservo entre mis curiosidades otro «testamento de Zola», publicado en 1898,
cuando el proceso, y que el de ahora es más infame, más estercolario. Y en el antiguo
se lee: «Je lègue donc: La totalité de mes œuvres aux chalets de nécessité qui
en feront l’usage qui naturellement s’indique. A madame de Boulancy un
exemplaire de Nana, relié en veau; a Joseph Reinach mon volume sur
I’Argent. A Nana, les petits millions que j’ai gagnés en exploitant la
lubricité de mes contemporains. A mes enfants, la défense absolue de lire mes
œuvres.» Del actual no se puede escribir una línea. Extraña que la policía no
haya impedido la venta de esas deyecciones de sucios cuervos. Y eso no es todo;
hay algo peor, indigno de París, indigno de la Francia culta y valiente.
Diarios, diarios ricos y mundanos como el Gaulois, publicaban ese
mismo día crueles epigramas, hirientes suposiciones, amargas invenciones contra
el que no había aún sido depositado en la paz de la tierra. Zola no había
muerto asfixiado; eso era una mentira, una novela. Zola se había suicidado,
entre otras cosas, porque ya no se leían sus libros y estaba escaso de
dinero... ¡Y ha dejado dos millones! No se leían, no se vendían sus libros
después del affaire, entre ciertos grupos políticos franceses; pero
en Francia mismo había muchos lectores de Zola en todas las clases sociales, y
en el extranjero, tan sólo{16} con lo que La
Nación, en Buenos Aires, y otros periódicos de Rusia, Inglaterra, Alemania,
Italia, España y Estados Unidos pagaban por el derecho de publicación de sus
obras, se suma una cantidad que no supone la mayor parte de sus detractores. El
diario de Drumont apareció vergonzoso de odio; el de Rochefort ya se calculará
cómo, y hojas menores andaban por ahí impresas con hiel. «Ha muerto asfixiado,
decía una. ¡Así «los» matan en la fourrière!...» Estas cosas no se
borrarán hasta el día en que Zola sea conducido del cementerio de Montmartre al
Pantheon por el inmenso pueblo reconocido. Blindado, con esas saetas de caribe,
tuvo que luchar en vida; mitridatizado a esos tósigos tuvo que resistir su
constitución de hércules del pensamiento, de artesano del deber. Y así no
claudicó ni rompió nunca con sus propias ansias nobles y generosas. Menestral
de razón y de conciencia, se mantuvo sin descansar en la buena tarea que
ayudará al progreso de la Francia, su madre, y, por lo tanto, de la humana
estirpe. Otros se habían regodeado en mesa de príncipes de la fortuna, habrían
aprovechado su vigor para subir al poder civil, habrían dado a sus vanidades
toda suerte de pastos. El no fué ni mundano siquiera. ¡No sabía estar en un
salón! No sabía conversar con las «gentes». Siendo tan grande, era tímido el
Adamastor, era poco chic el Polifemo. Allá en Medan se vestía
con traje tosco de campesino y pesados zuecos; hablaba con los campesinos,
amaba a sus perros, observaba el campo, que dice su misterio en secreto; hacía
en una islita «su Robinsón{17}». Por las noches, leyendo
hasta muy tarde, oía pasar los trenes bajo sus ventanas. Espiaba las horas al
vuelo. Trabajaba siempre. Como su mujer no fué fecunda, tuvo de un amor
discreto dos hijos, a quienes iba a ver, allí cerca, con el consentimiento de
la admirable esposa. Ella sabía que él era bueno, que tenía un gran corazón su
grande hombre sencillo. Y eso lo gritan los sapos como un baldón. Dicen que por
eso, por sólo eso, el ilustre laborioso era un profesor de perversidad, un
corrompido, un hombre cuya vida privada da asco. Madame Emile Zola estuvo con
esos hijos naturales al lado del cadáver.
Ejemplo de valor moral, ¿cuál mejor que el del
desinteresado defensor de Dreyfus? El caso es reciente y estremeció al mundo.
No es aún, ciertamente, convincentemente sabido que el capitán haya sido un
traidor. El ha asistido al entierro del héroe. Me informan—y hay que averiguar
esto bien—que ha dado para el monumento que se levantará a Zola trescientos
francos... «¡Trescientos francos!» Si esto es verdad, ese rico israelita, me
atrevería a jurarlo, ha sido culpable del crimen que le llevó a la Isla del Diablo.
Mas no se trata de una personalidad mínima, que fué el pretexto de una gran
batalla de justicia. Se trata del poderoso y magnífico talento doblado de
carácter que puso su nombre ante la iniquidad supuesta como una bandera.
«Zola’s name—a barbarous, explosive name, like an anarchist’s bomb»—escribió un
día el agudo Havelock Ellis.{18} Más que un
estallido de bomba, me evoca ese nombre un flamear de bandera, sobre todo si se
pronuncia a la italiana: Zola. Ante las pasiones rabiosas, ante los intereses
del militarismo, esa bandera flameó por la razón, por el derecho, por la
conciencia humana. Estamos en Roma:
Quis numerare queat felics prœmia, Galle,
Militiæ?...................................
................................ quorum
Haud minimum illud erit ne te pulsare togatus
Audeat; immo, et, si pulsetur, dissimulet, nec
Audeat excussos prætori ostendere dentes,
Et nigram in facie tumidis livoribus offam,
Atque oculos, medico nil promittente, relictos.
Vagelio fué poco cuerdo para Juvenal al exponerse
ante los zapatos ferrados de la milicia. Zola sabe con quién han de combatir y
no es Vagelio. El se presenta, ha abandonado su retiro de productor pensante
para entrar a la acción. Ir a la acción es el deber del verdadero pensador de
nuestro tiempo; ir a la acción por las sanas causas y servir a su fe y a su
convicción a riesgo de todo. Otros irían a los capones y perdices, al gozo del
capital adquirido, a cuidar lo que se ha acaparado y a velar por el chorro de
luises que viene de casa del editor Charpentier. Zola lo arrostró todo; expuso,
en efecto, su fortuna, su nombre, antes infamado tan solamente por los peones
de la literatura—y por algunos maestros excomulgados—, lo fué por los sicarios
de la{19} política. Mas él no tuvo vacilaciones en
frente de ningún peligro. Hasta con la muerte se le amenazó. Su bella sangre
italiana, griega y francesa, hirvió con vivo hervir latino. La marea popular
subió en contra suya. No se comprendió su misión. No se tuvo en cuenta su
magnífica valentía, su heroísmo, su respetabilidad intelectual, su soberano
quijotismo. Los yangüeses quisieron apalearle, apedrearle. Así le ha pintado
Henry de Groux en una tela dantesca. Mas ese quijotismo estaba armado de
potente lógica, de decisión, de fortaleza. Entre los soldados y el populacho
resistió, sosteniendo la verdad, la que él creía la verdad. Todas las naciones
de la tierra, desde el Japón hasta la América del Sur; todos los pueblos de la
tierra, de San Petersburgo a Buenos Aires, de Nueva York a Benares, de Santiago
a Roma, desde las más populosas ciudades hasta los más humildes villorrios,
fueron conmovidos por la actitud brava del capitán civil frente a los capitanes
de la espada. Su nombre se vió entonces como una bandera, representación y
signo de lo justo, de lo verdadero y de lo bueno. No fué su acción de un
instante, pues ella desencadenó una tormenta en la patria francesa, que todavía
se presenta con más negros augurios. El porvenir de este gran país será en
mucha parte obra de la influencia del evangelista. Sus palabras han sido
alimento del pueblo. El también ha dejado su gran saco de harina, el «saco de
harina» de que habla en una de sus arengas nuestro general. Los mismos que hoy
le insultan mañana le celebrarán mañana, cuando se haya destruído la{20} miseria pasional de ahora, la locura de las
opiniones transitorias, la ceguedad de las masas vendadas. Ese ejemplo de valor
será saludable a las generaciones. Todo ello entrará en la leyenda que es
historia y será vestido de belleza por los glorificadores que vienen. La gloria
verdadera aguarda a quien poco se preocupó de la gloriola. La gloria de los
serenos combatientes de los sublimes combates. La gloriola acaba con la
persona; la gloria es del alma y va a la inmortalidad. Esto será cuando el
estupendo novelador esté al lado del estupendo poeta, en el Pantheon.
No os extrañéis que junte a esas dos figuras
gigantescas. Si Hugo fué Genio, Zola fué Hombre. No, no fué genio el creador de
los Rougon Maquart, porque el genio está sobre la razón, sobre la lógica, sobre
la realidad. El genio es intuición, y Zola, con ser tan soberbio poeta, fué un
metódico, un inductivo, un matemático. El obró con la razón, con la verdad
cognoscible. El fué el esplendoroso idealista de sus últimas novelas-poemas,
por haber llegado ya hasta el territorio de Utopía, después de compulsar el millón
de documentos que afirmaron la exactitud de su creación anterior. Creía en la
perfectibilidad de la máquina social. Iba hacia el oriente de su sueño con la
fe invencible en la Canaán venidera. Los pueblos tienen necesidad de los
genios, pero quizá más de los verdaderos hombres.
Grabada en mi mente quedará la ceremonia fúnebre en
que vi pasar el carro negro en que iba aquel que resucitó en nuestra época,
llenos de nueva vida,{21} al león, al águila, al
buey... A Lucas, a Marcos, a Mateo. Sobre su tumba, en el cementerio, hablaron
los letrados y el gobierno. Los hombres que llevaban eglantinas rojas
desfilaron. Las arrojaron sobre el gran compañero muerto... Y parecía que había
brotado de repente, «vivo como la sangre», ¡un plantío de amapolas!
Siguiendo en comparaciones suculentas, diré que lo
que trae Máximo Gorki es alimento fuerte y nutritivo; solamente semejante a una
olorosa barbacoa, o a una carne con cuero, o asado al asador—tanto la estepa
está en correspondencia fraternal con la Pampa—. La estepa sería la hermana
pálida.
Gorki es una voz que clama en la estepa; y el mundo
le escucha porque ha tenido la suerte de llegar en buena hora. Gorki es lengua
de pueblo, y se hace oir con el aliento de todo un vasto pueblo; y como es
hondamente humano, su palabra es comprendida por toda la pensativa humanidad.
Es vasto pensador brotado entre las muchedumbres como un alto pino en una
floresta. Observa en el mundo que ha rozado gestos y enigmas. Su espíritu es el
espejo baconiano: speculumm quoddam incaotatum plenum spectris et
visionibus. Su obra, que está repleta de vida, se siente, por lo tanto,
llena de misterio. Es uno de esos autores, muy raros por cierto, que hacen
comprender la divina afirmación de Shakespeare sobre las muchas cosas que hay
en la tierra y en el cielo incomprensibles para nuestra filosofía. Es una alma
inmensa que ha recogido y anotado los gritos, las violencias y los sueños de
sus{25} hermanos que sufren y caen. Es el San Juan
de Dios de los malditos. Con todo esto, naturalmente, comprenderéis que no se
trata de un literato. No es «el distinguido escritor», ni «el eminente
novelista», ni «el célebre hombre de letras». En efecto, se trata de un atorrante.
Entendámonos. Un atorrante argentino, un tramp inglés
o norteamericano, un gueux francés; es el feliz filósofo del
arroyo, el príncipe de la miseria, el hermano de los perros, el abandonado que
abandona, el ser a quien nada preocupa y nada estorba. Gorki no ha sido, pues,
un atorrante; pero ha vivido la vida de un atorrante, de los tristes, de los
pobres, de los hambrientos que en la horrible miseria rusa mascan tinieblas y
beben aguardiente, el veneno nacional; luego, la vida de los obreros, peor por
otros motivos que la de los vagabundos; y en esa enorme nación, cuasi oriental,
en que ha nacido y sufrido, ha sentido las palpitaciones y los suspiros de las
masas pasivas, las manifestaciones de esa enigmática alma rusa, tan propicia a
la visión y al misticismo, entre las labradas arquitecturas, sobre el país
extensísimo y frío, y bajo la opresión de un Gobierno semiteocrático, y de una
vida social abrumadora, extraña a la piedad, en un ambiente de fatalismo. Gorki
trata asuntos que otros escritores rusos han tratado, y tiene algunas veces
semejanza con ellos, con Korolenko, por ejemplo, o con Tolstoï; pero tiene más
verdad que todos, puesto que extrae de su propia carne, de su propia
experiencia; ha escrito «con sangre», como diría el gran loco del{26} Zarathustra. En cuanto a Tolstoï, un escritor de
la penetración de Rachilde, dice con razón: «El conde Tolstoï es un gran señor
incapaz de juzgar las cosas de otra manera que desde lo alto. Gorki, que
casualmente ha visto de cerca la existencia misma de ciertos rusos, dice
verdades, pero no echa su maldición a nadie... porque los verdaderos filósofos
saben que es inútil maldecir o bendecir. Tolstoï puede muy bien ser un loco.
Gorki es ciertamente un cuerdo, y, sobre todo, un poeta ebrio de la naturaleza
antes que de fanatismo.»
Gorki es joven. Desde sus primeros años ha sabido
lo que es la lucha por la vida, por el simple pan, en la tierra de la miseria y
de la nieve. Ha podido observar todos los egoísmos y todas las infamias, y si
no se contaminó, fué por exceso de virtud natural; virtud, fuerza,
valor. Si no hubiese sido un intelectual genial, sería un gran bandido. La mano
del diablo de su suerte le puso todos los malos pasos a la vista, todas las
trampas para hacerle caer: necesidad, mal ejemplo, injusticia, medio corrompido
y alcohol... De todo triunfó el arcángel triste que lleva adentro. Imaginaos un
adolescente casi, lleno de sueños, con un enorme corazón sensitivo y una
admirable comprensión de las cosas y de los hombres, obligado por la más dura
pobreza a trabajar en los más ásperos oficios y a comunicarse tan solamente con
obreros esclavizados, con pobres viciosos; a padecer la crueldad y la
malignidad de los capataces y de los patronos, panadero, herrero, vendedor
ambulante, buhonero, y a encontrarse{27} a cada
paso con el crimen, con el asesinato, con el robo; y al mismo tiempo a
comprender cómo la mayor parte de los criminales eran principalmente obra del
medio, víctimas ellos mismos del daño ambiente. Así creció, así aprendió a leer
y a escribir; así surgió de pronto un colosal revelador de lados desconocidos y
profundos del alma eslava, con un verbo claro y neto, como los hechos, sin
afeites de estilo; pero fotógrafo maravilloso, que deja ver lo interior de las
cosas, algo como los rayos X de la escritura; y desprendiéndose de sus imágenes
sorprendentes un vapor de luz piadosa, un noble amor humano y un respeto por lo
desconocido, por el grave misterio en que vamos a tientas. Dios aparece, se
hace presente, en lo vago, aunque no se nombre a menudo, como en otras obras
rusas en que los ímpetus místicos de esa gigantesca raza pueril se muestran
frecuentemente entre el sufrimiento y el miedo. Mas surgen a cada paso las que
él llama «las grandes y perturbadoras cuestiones que se abren como abismos ante
la razón humana y lo llevan irresistiblemente hacia las tinieblas». El no
asegura «esto es» ni «esto no es». No tiene necesidad de las enseñanzas del
pope, ni hace su oración ante la panagia; pero sabe, como todo verdadero
meditativo, que en las manifestaciones de la naturaleza, y, sobre todo, en el
hombre mismo, hay oculto un secreto que pugna por demostrarse, y que en la
complicación de la existencia no hay un gesto inútil ni un movimiento que no
tenga su razón. Por esto sus ideas de religión no{28} se
hacen decisivas hacia una afirmación teológica, ni caen en el escepticismo; y
sus ideas de justicia están basadas en una moral superior, que sorprende en lo
inexplicado y fatal la causa de los hechos, de manera que, en parte, la
delincuencia es un mal cuya responsabilidad no recae toda en quien viene a ser
como un grano de trigo bajo la piedra triturante de su destino. Una parte de la
culpa no está entre los hombres.
Uno de sus principios es que algo de malo hay en
todo hombre bueno, como algo de bueno hay en todo hombre malo; es la antigua
dualidad, que lucha en el ser humano, elemento. La cordura de Gorki sabe que no
debe nunca ser osado a sobrepasar la lógica categoría. Su temperamento singular
obra adecuado en ese medio de su país, en que una especie de sonambulismo
colectivo parece que se uniese, en las pasivas muchedumbres, a la oriental
resignación de padecimientos seculares.
La organización social rusa ha herido con sus
durezas y angulosidades la delicadeza del espíritu superior, nacido para otra
existencia que la de la inacción y la esclavitud. Sus heridas sangran muy
vivamente. «Precisa haber nacido—dice—en una sociedad civilizada para tener la
paciencia de vivir en ella toda la vida y no sentir nunca el deseo de alejarse
de esa esfera de convenciones penosas, de venenosas mentiras consagradas por el
uso, de ambiciones enfermizas, de estrecho sectarismo, de diversas formas de
falta de sinceridad; en una palabra, de toda la vanidad de vanidades que hiela
el{29} corazón, corrompe la inteligencia y con tan
poca razón se llama la vida civilizada. He nacido y me he criado fuera de esta
sociedad, y, por tal motivo, no puedo aceptar su cultura a fuertes dosis sin
experimentar en seguida la necesidad de salir de su cuadro y olvidar las
complicaciones múltiples, los refinamientos enfermizos de tal existencia.»
Estamos lejos del sentimentalismo de Rousseau. Siguiendo los pasos de Gorki, a
la orilla de los mares natales, o entre las isbas de la campaña, por las calles
de las pequeñas ciudades, como a la entrada de las populosas, vemos, por fin,
que entra en el país Anarquía. Va llevado por amor y por odio, las dos fuerzas
que ritman los latidos de su inmenso corazón.
Su procedimiento es absolutamente sencillo. Ha
visto, ha padecido, y cuenta con una lengua desnuda, pero señalada de gestos,
de ademanes indicadores, iniciadores de hechos venideros o que traen
reminiscencias de hechos pasados. Y aunque la humanidad rusa es verdaderamente
especial, los signos son comprensibles y despiertan las correspondencias en
cualquier otra raza o en cualquier otro rincón del mundo, en donde se sufra, se
llore o se sueñe. Gorki no celebra ni levanta a sus labriegos, obreros pacientes
o malignos, o sus vagabundos; pero les cubre con un velo de lástima, y si no
los absuelve, como la naturaleza, indiferente, tampoco los condena. De pronto
suele señalar en el corolario de una sucesión de acciones o en un hecho aislado
los motivos cerebrales, las perversidades congénitas,{30} y
de acuerdo con esto, con la conciencia moderna, excusa la misma criminalidad.
Todo aparece embebido en ese vapor de vodka que flota sobre el pueblo ruso, ese
alcoholismo alucinante que ayuda a la eclosión de las malas fuerzas secretas en
el silencio de las noches espectrales y llenas de misteriosa complicidad.
La naturaleza atrae a este genial intelecto con su
encanto y su libertad salvaje, y sabe leer en ella, comprende más de un
jeroglífico, pone el oído a más de una voz del más allá. Es una especie de
Novalis ingenuo que ha caminado mucho tiempo teniendo hasta el pecho el lodo
del camino de la vida, pero que ha sido sostenido por la gracia demiúrgica y
por la mirada de las estrellas. Siente que las ideas entre las olas y el aire
pierden su acritud y hasta la vida su valor. Ha tomado más de una vez consejos
del ruido del mar, y se ha apaciguado su alma al soplo infinito. Y ha soportado
las lecciones del vivir ayudado por la bondad del alma universal. Cuando alude
a sucesos de su vida, cuando narra cosas dolorosas de su existencia, las
tempestades que han golpeado su juventud, es de una simple elocuencia
dominadora. Hay, entre otras, una anécdota en uno de sus cuentos que abre una
puerta de claridad sobre su experiencia de bregas, de desconfianzas y de
desconsuelos, en que sólo ha podido triunfar a fuerza de perseverancia, de
labor y de valor. Narra su odisea con un príncipe georgiano, a quien por
lástima tuvo que acompañar y alimentar, él, pobre obrero, en un viaje largo y
miserable hasta{31} Tifflis... «Le daba de comer,
le explicaba los bellos sitios que viera, y recuerdo que una vez, habiéndole de
Baktchisarai, le cité algunos versos de Puchkine. No le produjeron efecto
alguno. «—¡Ah, versos...! Mejores son las canciones. Conocía yo a un georgiano,
Mato Legeava, que sabía cantar... ¡Qué canciones! Gritaba mucho, mucho, parecía
que le clavaran un puñal en la garganta. Mató a un posadero y le enviaron a
Siberia...—» Cada vez que volvíamos a juntarnos perdía un poco más de su
estima, y ni se tomaba la pena de disimularlo. Nuestros asuntos iban mal.
Apenas podía ganar yo un rublo o un rublo y medio por semana, y esto era poco
para dos. Las limosnas que recibía Charko no nos procuraban grandes ventajas.
(El príncipe prefería mendigar a trabajar...) Su estómago era un abismo que
todo lo sorbía: uvas, melones, pescado salado, pan, fruta seca. El abismo
parecía crecer y exigir mayores ofrendas. Charko (el príncipe) me pedía que nos
marcháramos de Crimea, diciendo que estábamos ya en otoño y que aún nos quedaba
gran trecho que recorrer. Convine en ello. Salimos de Crimea y nos dirigimos a
Teodocia, con objeto de ver si se ganaba algún dinero. Volvimos a mantenernos
de fruta seca y de esperanzas. Veinte verstas más allá de Aluchta nos detuvimos
para pasar la noche. Decidí a Charko a andar por la playa. El camino era más largo,
pero yo quería respirar la brisa marina. Encendimos una hoguera y nos tendimos
junto a ella. La noche era espléndida. El mar, de un verde obscuro, chocaba
contra las rocas{32} a nuestros pies, y el cielo,
estrellado, callaba sobre nuestras cabezas. A nuestro alrededor suspiraban la
maleza y las hojas de los árboles olorosos. Aparecía la luna. Un pájaro
cantaba, y sus trinos resonaban en el aire, lleno del ruido dulce y acariciador
de las ondas, y cuando este ruido hubo cesado oyóse el agudo chirrido de un
insecto. Brillaba el fuego alegremente, parecido a un gran ramillete de flores
rojas y amarillas. El vasto horizonte del agua estaba desierto, sin nubes el
cielo, y yo, en el borde de la tierra, soñaba con lo infinito... Embriagado por
la majestuosa belleza de la noche, me desvanecí en una maravillosa armonía de
colores, sonidos y perfumes; el tímido sentimiento de una presencia augusta
embargaba mi corazón, que con fuerza de un júbilo extraño cesó de latir... De
repente Charko se echó a reir. «—¡Já, já! Vaya una cara que pones. ¡Pareces un
carnero! ¡Já, Já!—» Me asusté como si un rayo hubiese caído junto a mí. Era
peor. Sí, mucho peor.»
He citado ese pasaje porque encierra en sí mucha
enseñanza, porque pone de manifiesto la imposibilidad de conciliación entre el
intelectual y los elementos que desgraciadamente componen, tanto en Rusia como
en el resto de la tierra, la joven aristocracia. Esto es lo que provoca lo que
llama el Creador de valores nuevos, «la creciente del nihilismo».
El porvenir habla ya por mil signos; ese destino se
anuncia por todas partes; para escuchar esa música del porvenir todos los oídos
están atentos. «Nuestra civilización europea toda se agita desde{33} hace largo tiempo bajo una presión que va hasta
la tortura, una tensión que crece de diez en diez años, como si quisiera
provocar una catástrofe: inquieta, violenta, precipitada; semejante a un río
que quiere terminar su curso, que no refleja ya, que teme reflejar.» La
filosofía de Gorki es un substrátum de experiencia. Su escuela ha sido la
desgracia en la edad de la ilusión y del amor. Por eso él mismo cree y afirma:
todos los hombres que luchan por la vida, que están presos en su lodo, son más
filósofos que Schopenhauer, porque jamás una idea abstracta tomará una forma
tan precisa como la que el dolor arranca de un cerebro. Este potente candoroso
es un extranjero delante de los retóricos, delante de los arregladores de
fórmulas y de palabras. «Estos se extasían—dice—para sostener su reputación de
hombres que comprenden la belleza, y no porque sientan el encanto sin par de la
gran madre, fuente de toda vida, manantial de fuerza.» En el descanso de los
azares de su vida algunas grandes almas han comunicado con él a través de los
libros.
No es un letrado, no es un leído, mucho menos un
universitario; pero de cuando en cuando uno conoce, por una cita o por una
comparación o reminiscencia, sus autores favoritos o los que han dejado alguna
huella en su mente. Fuera de la literatura rusa se ve que ha leído a
Shakespeare y a Cervantes, y a este último se nota que le ama, gracias al
maravilloso Caballero, como Heine. Ha leído también a Swift, y debe haberle
sabido áspero y fuerte como un trago de vodka. Mas su libro principal es{34} mucho más vasto y más repleto de verdades.
Hablando de un ingrato, dice:
«Me enseñó muchas cosas que no se hallan en los más
abultados libros escritos por los sabios; porque la sabiduría de la vida es
siempre más profunda y más amplia que la sabiduría de los hombres.»
Los libros de Gorki pueden parecer demasiado secos
a los lectores de cosas bonitas, de libritos coquetos y sabrosos, hechos por
desahogados diletantti o por industriales de la literatura;
pueden aparecer inmorales a los hipócritas que se regodean con las peores
obscenidades con tal que vayan disimuladas entre encajes de Francia o decoradas
de estetismo italiano; pueden parecer absurdas a quienes van por el mundo como
dormidos o privados por ingénita estupidez del don de comprensión y de
meditación. El matrimonio Orloff es una obra maestra en todas
partes; los cuentos de Gorki son diamantes en su género. Los tres es
una novela de una fuerza y de un interés tales, que no puede abandonarse una
vez empezada. Es un estudio de fatalidad, una reproducción verídica de una
existencia atormentada y conducida al crimen por la violencia y la
inflexibilidad de la suerte, en un medio cruel y temeroso. La obra interesa
tanto a los sabios que buscan resolver el problema de la justicia, basados en
el estado de la máquina humana y de los medios sociales, como a los que,
espiritualistas esperanzados o convencidos, juzgan que no se mueve la hoja del
árbol sin el influjo de una potencia suprema y secreta. ¿Le seguiremos llamando
Dios, si gustáis?{35}
«Ma gia morte s’appressa: ¡deh! in quell’ora
Madre, m’aiuta lene, lene allora
Quando l’ultimo di ne disfaville
Con la man chiudi le stanche pupille;
E conquisto il demon che intorno rugge,
Cupidamente, all’anima che fugge
Tu, pietosa, o Maria, l’ala distendi:
Ratto la leva al cielo, a Dio la rendi.
No otium, sino ars cum
dignitatem... Se veía que se había refrescado en el agua de Juvencia; la
vida lo amaba.
El admirable Pontífice podía decir: «Entendámonos,
una vez por todas. Hay sentencias que aceptamos porque sí, sin razón alguna,
porque han sido{37} dichas por personajes remotos,
en una lengua muerta más o menos... Así, creemos como una verdad, porque está
en griego, lo de que los amados de los dioses mueren jóvenes. No hay tal cosa.
Los amados de los dioses mueren viejos... Y si, además de eso, son amados de
Dios, mueren más viejos aún, como moriré yo, Arcade de Roma y Obispo del mundo,
León XIII. Los que mueren jóvenes son los amados de los diablos...» Y a fe que
hubiera hablado con mucha razón.
Desde sus primeros versos hasta esa serena y
sentida Nocturna ingemiscentis meditatio que, en los instantes
mismos de su Extrema Unción, pulía y repulía clásicamente, el favor apolíneo se
revela, al propio tiempo que el apego a las formas ilustres y a la lengua
sabia, que hacen del sagrado scholar uno de los últimos cisnes
que habría el de Mantua acogido con placer en su lago sonoro.
No es de gran importancia saber si aquel canto
nocturno fué el último, o si lo fué su composición en honor de San Anselmo:
Puber Beccensi cupide se condere claustro
Patricia Anselmus nobilitate parat,
Sub duce Lanfrancus, studiosus et acer alumnus
Sub patre Herluino crescit et usque pius;
Florentem ingenio juvenem ad cœlestia natum
Quem non perficiat tale magisterium?
Hinc pastor fidel divinæ, hinc munere doctor
Sublimi in superis vertice conspicuus.
Es el caso que supo morir líricamente, y en
belleza,{38} como un cisne. Después lo descuartizó
la Ciencia y lo expuso la Tradición...
Se le ha comparado con un águila, con un águila
blanca, con una blanca águila vieja. Chartran, que lo pintó orando; Laszlo, que
revela sus manos; Benjamín Constant, que quiere mostrar su pensamiento; los
pintores todos, que han dejado en el lienzo la venerable figura, parece que
tuviesen la obsesión del ave jupiterina, que es también pátmica. Cuéntase que,
en un instante de buen humor, se quejó el Papa a uno de esos artistas de que
hubiese insistido tanto en su nariz... En la obra de Laszlo, las manos semejan
garras marfileñas... Ya os he dicho cómo para mí la diestra de León XIII, al
tenerla entre mis dedos, al depositar en ella, sobre la gran esmeralda de la
esposa, mi beso sincero, me pareció una madeja de seda, una flor, un lirio de
cinco pétalos, un viviente lirio pálido, o, acaso, una pequeña ave de fina
pluma... Ha habido diabólicos escritores de calumnias que han dicho que con
esas pálidas manos estrangulaba pajaritos que hacía cazar con redes de seda en
sus jardines. En cuanto a las grandes narices, ciertamente son ellas la que
patentizan la raza aquilina, y por otra parte, el Padre Santo debía haber
sabido que, entre los poetas, de Ovidio a Cyrano, las grandes narices han sido
acariciadas por la gloria; y entre los filósofos, Aristóteles, en el tratado de
los Animales, hace su elogio. No recordaré, por excesivamente profano, el de
Lampridio; pero sí la afirmación de un antiguo autor italiano:{39} «Il
naso grande da argomento d’uomo da bene.»
La nariz, la faz toda, era de águila, como la de
Dante, y como la de Poliziano era de rinoceronte. Voltaire también la tenía de
águila, y cuando he vuelto a ver el busto de Houdon y he renovado en mi memoria
la máscara pontificia, he visto, en verdad, que César Zumeta y Hughes Le Roux
tienen razón: en los labios de Pecci existía la sonrisa de Arouet... Nada quita
esto a su alta potestad, a su fe celeste—lumen in cœlo—, a su misión
sagrada de representar sobre la faz de la tierra al Divino Doctor de la Dulzura.
Quiero fijarme, sobre todo, en su carácter de intelectual; y a propósito de la
sonrisa, certificar que el poeta León XIII era cien veces superior, lira en
mano, al admirable y detestable autor de La Pucelle... Pero ambos
no cazaban moscas.
Poeta y rey, se ha visto mucho, desde el santo rey
David, hasta Oscar de Suecia y Carmen Silva. Eso es fácil y aun decoroso de
ser, cuando no se caza el jabalí o el hombre. Poeta y Pontífice se ha visto
menos, se ha visto rara vez, y tan solamente vienen a mi recuerdo los nombres
de Gregorio el Magno, que inmortalizó el canto católico y que merece el nombre
de poeta; Eneas Silvio Picolomini, y León XIII, que no temían la compañía de
las Piérides y ajustaban sus ideas ortodoxas a la vieja y mágica música que
celebró al pío Eneas o los encendidos labios de Cloe. Los asustadizos tienen el
sedativo antecedente de la homilía de San Buenaventura, que no juzga pecaminosa
la frecuentación de las liras antiguas desechadas por el severo Jerónimo. Mas,{40} ¿qué han sido sino almas artísticas los ministros
de Cristo, que en lo antiguo como en lo moderno han creído con justicia que
honrar a Dios por la Belleza no es más que honrarlo con creces? Como Gregorio,
Agustín amó la música; Ambrosio el milanés, la hermosura litúrgica; Gregorio el
de Nasianzo, la poesía, con toda la falange de los poetas místicos latinos de
la Edad Media; Marbodio el de las gemas, Paulino de Nola, Rústico, Juvenco,
Lactancio, Sedulio y todos los demás que tan bellamente ha exhumado en nuestros
días la noble erudición de M. de Gourmont. Así, dice el venerable Beda hablando
de los viejos poetas cristianos, sus versos inspiraban el desprecio al siglo y
avivaban en las almas el ansia de la vida eterna.
Hicieron suyas también las ideas de la Escritura y
dieron tanto encanto a su poesía, que los más sabios doctores se complacían en
escucharlos. La creación del mundo, la caída del primer hombre, el cautiverio
de Israel, su salida de Egipto y su entrada en la tierra prometida, la
encarnación del Verbo, todas las peripecias de su redención, su resurrección
del sepulcro, su subida al cielo, la venida del Espíritu Santo, la iluminación
de los apóstoles y la maravillosa conquista del mundo por la doctrina de Jesús,
eran alternativamente el objeto de sus cantos. Describían también a grandes
rasgos el terror del juicio futuro, los horrores de la cárcel eterna y el dulce
reposo del reino celestial; pero la pintura de la bondad de Dios y de su
justicia les servía mucho más a menudo para hacer volver a los pecadores{41} al amor del bien y a la práctica de la virtud. En
parte, pueden aplicarse esas palabras a las poesías de Su Santidad difunta. Mas
hay en él relampagueos que turban, de repente, la tranquilidad de la poesía
ungida en el seminario. No en vano se roza uno con el enorme Alighieri. Tiene
León XIII versos domésticos, consejos a la juventud, plegarias y simples
recreos académicos, como su elogio a la fotografía; mas, entre sus poemas
italianos y latinos, hallaréis de pronto la huella de la garra y la señal del
aletazo. En verdad se dice: ¡Ha muerto una vieja águila blanca!
«Va, Benvenuto mio, che tu sei un valente uomo...»
Un Papa es quien dice esas palabras al Cellini, y juzgo que, si León XIII
hubiese estado en lugar de Clemente, habría dicho lo mismo. Pues era varón de
altas vistas, de intelecto fuerte, y que por culpa de la política prosaica y
baja de su siglo no pudo hacer brillar en San Pedro la luz de un nuevo
Renacimiento. Mas, ¿quién mostro un espíritu más liberal que él frente a la
ciencia moderna, con todos sus tanteos e ineficacias, junto a relativas
victorias; o haciendo abrir por vez primera, a la curiosidad de la historia
libre, los secretos de los archivos vaticanos, a punto de decir cuando se le
observó que cierto célebre francés protestante revolvía y anotaba todos los
registros: «¡Qué importa! ¡Decidle que no oculte nada, que lo publique todo!»;
o entrando en la peligrosa cuestión social, de manera que traía a su verdadero
origen y justicia el deber del rico y del proletario? Artista de armiño y
púrpuras papales,{42} como Gregorio, se complacía
en la audición de los cánticos eclesiásticos; como Julio, gustaba de la
arquitectura y de la pintura; como Clemente, de la escultura y de la
orfebrería; como Alejandro, de la suntuosidad y de las magnificencias
decorativas, y más artista que todos, en sí mismo, tenía el secreto del ritmo,
la gracia de la expresión, el cetro del verso. Bien sentiría el ambiente de
paganismo que en la basílica de las basílicas dejaron tantos antecesores suyos
que alegraron la tristeza católica con la resurrección de griegos esplendores,
y colocaron la concha sobre que se posaron los pies de la Anadiomena como pila
de agua bendita.
De todos modos, los dioses ministraban a
Jesucristo: Baco, el vino de la consagración; Ceres, la harina de la hostia;
Hebe, la copa del misterio y del sacrificio. Y Pan, su siringa, convertida en
los tubos del órgano basilical. Y bajo la mirada de Dios han vivido y vivirán
los dioses, porque es mentira que ha muerto ninguno de ellos... Los dioses no
se han ido, los dioses no se van: cambian de forma y continúan animando el
universo y aplicando su influencia sobre el hombre.
El espíritu de León se despertó a la vida artística
desde que, en su Carpineto natal, contempló el espectáculo de una naturaleza
vivaz y palpitante: las viejas casas de piedra, el valle feliz, las parlantes
aguas del Fossa, las metálicas hojas de los olivos, los bosques, en donde el
pintoresco pino italiano dice como en ninguna parte su poema vegetal, y las
alturas rocallosas que se incrustan en el cristal azul{43} de
un cielo incomparable, el cielo donde arde el sol del Lacio.
Y luego, cuando pasados los años de fatigas
estudiosas y de sucesivos triunfos llega, ya anciano, al más elevado de los
tronos, no hay duda que el poeta se sintió en él más alado y satisfecho que
nunca. Tiene en la gloria de su vejez la omnipotencia moral, el esplendor de
los césares y de los visires, los flabeles de Salomón, tres coronas
superpuestas que irradian como constelaciones; seda, púrpura, oro, mármoles
labrados por todos los semidioses del cincel, desde Fidias y Praxíteles hasta
Miguel Angel; tiene eunucos como los príncipes musulmanes, mas eunucos
melodiosos que cantan como los ángeles del teológico paraíso; tiene el anillo
del Pescador y la portantina que conducen los rojos servidores; es una de las
dos mitades de Dios que dijo Hugo; tiene el grato vino de Velletri y la torre
Leonina; palomas, papagayos y pavos reales que decoran su jardín, cuando en sus
paseos va a repetir un exámetro al son del chorro de la fuente, o a ver
representar un antiguo misterio, o a meditar en la suerte del mundo, o a evocar
la llama del Santo Espíritu, o del deus, o del daimon que le
inspiraba. Ardiente pompa cardenalicia, uniformes que traen al presente la
grandeza y el decoro de edades más estéticas, frescos en que los más
maravillosos pintores de la tierra perpetuaron los sueños de los profetas, las
visiones de antiguos iluminados o sus propios sueños o visiones; he ahí lo que
rodea al cantor que bendice. Y viviendo en un tiempo sin{44} armonía,
en una época sin fe y sin belleza, él cultiva con mayor empeño su idioma
armónico, su poético verbo, y es como el Orfeo de las catacumbas, que se
confunde con el divino pastor de Galilea.
¡Duerme en paz, vieja águila cándida que te has
perdido en el desconocido sueño! Asciende, alma rítmica, que saliste como de un
copo de espuma o de un císnico plumón. El mundo sigue en su lucha incesante; la
humanidad continúa en su inacabable guerra; los sabios de buena voluntad van en
la obscuridad en busca de un secreto que no encontrarán nunca; las pasiones
siguen ardiendo entre los incensarios del demonio; las naciones se miran con el
recelo de los individuos; los reformadores claman sus sueños al viento; tan
solamente el Arte sigue en la misma altura solar, todo de luz y de intuición
sagrada, mirando las obras humanas con ojos de infinito. Un día os dije: «Sois
filósofo, y volando sobre lo moderno habéis ascendido a la fuente de la Summa;
sois teólogo, y en vuestras pastorales dais la esencia de vuestro pensamiento,
caldeado por las lenguas de fuego del Santo Espíritu; sois justo, y de vuestro
altísimo trono dais a cada cual lo que es suyo, aun cuando con el César no
andéis en las mejores relaciones; sois poeta, y discurriendo y cantando en
exámetros latinos y en endecasílabos italianos habéis alabado a Dios y su
potencia y gracia sobre la tierra.
«Allí, en vuestro palacio, en la Stanza della
Segnatura, Rafael, a quien llaman el divino, ha pintado cuatro figuras que
encierran los puntos cardinales{45} de vuestro
espíritu. La Filosofía, grave sobre las cosas de la tierra, muestra su mirada
penetradora y su actitud noble; la Justicia, en la severidad de su
significación, es la maestra de la armonía; la Teología, sobre su nube, está
vestida de caridad, de fe y de esperanza; mas la Poesía parece como que en sí
encerrase lo que une lo visible y lo invisible, la virtud del cielo y la
belleza de la tierra; y así, cuando vayáis a tocar a las puertas de la
eternidad, no dejará ella de acompañaros y de conduciros, en la ciudad
paradisíaca, al jardín en donde suelen recrearse Cecilia y Beatriz, y en donde,
de seguro, no entran los que tan solamente fueron justos.» Tal habrá
acontecido, ¡oh, santísimo Padre y querido poeta! Y no debéis de haber
encontrado muchas dificultades en la Jerusalem celeste. ¿Qué mejor guía para el
Paraíso que aquel que fué guiado por Virgilio y cuya obra estupenda tuvisteis
siempre en compañía de vuestro breviario?
LIBROS VIEJOS A ORILLAS DEL SENA
Ancianas biblias, caducos misales, forman pilas
sobre el parapeto. Colecciones de ilustraciones viejas hacen largas trincheras.
Y entre las cajas de los «bouquinistes» está la profusa tentación de los
aficionados. Allí hay de todo. Hay sus pequeños «inferii», de cosas prohibidas,
vulgares novelas cantaridadas, tratados secretos para colegiales y gentes de
cierto jaez. Especialistas ofrecen clásicos de Aldo Manucio, o de las
memorables imprentas de Flandes. Ya ha pasado el tiempo en que se podía
encontrar una ganga por casualidad, la joya bibliofílica que valía dos o tres
mil francos y costaba treinta o cuarenta céntimos. Hoy todos esos vendedores
estacionados a lo largo de los «quais» saben perfectamente lo que venden, y las
buenas fortunas de los buscadores de antaño se hacen casi imposibles. No
obstante, la baratura de lo que por lo general allí se encuentra, es notable.
La obra rara, con todo, allí como en todas partes, habrá que pagarla caro.
Octave Uzanne ha escrito un interesante folleto
sobre los vendedores de libros de las orillas del Sena. Otros escritores han
pintado la curiosa vida de esos sedentarios del aire libre que, invierno y
verano, bajo la nieve o bajo el sol, tienen por oficio sacudir el polvo a su
mercancía y aguardar al cliente{49} o al transeunte
que se siente atraído por la fila de cajas y los montones de papel impreso. Los
tipos de vendedores son variados, como los de los fieles bibliómanos. No
escasea entre los primeros el erudito, que os da una lección de historia de la
tipografía, de ediciones princeps, de incunables, mientras os vende un
apolillado Horacio o Cicerón. Entre los segundos se ven apacibles profesores,
sabios condecorados, simples sabios. He creído en más de una ocasión
encontrarme con la amable figura de M. Bergeret... Lo que es a M. Anatole
France no he visto jamás, demasiado metido en políticas y socialismos como
está, él, el más aristocrático de los escritores franceses, que desaparece de
repente de París y aparece en los palacios de príncipes italianos, sus amigos,
o se va a Egipto, o a Atenas... No tiene ya tiempo de ir a las deleitosas
correrías del bibliófilo, que en un tiempo fueron su placer. Junto a los
respetables profesores, al lado de los tranquilos amantes de la sabiduría,
detiene el vuelo una bandada de poetas y artistas jóvenes, cabelludos aún, o
mondos, de modestas indumentarias, aires pensativos, ojos llenos de ensueños,
miradas llenas de ideas. Pobres como los ruiseñores, compran poco, hojean mucho.
Abundan los libros de estudio. Es que los estudiantes tienen un gran recurso
cuando se sienten atacados de la tradicional inopia. Saben que el vendedor les
compra con seguridad, a un precio relativo, sus volúmenes. Así, un código
comentado contiene muchos almuerzos, muchas comidas en las cremerías del{50} Quartier. Esos volúmenes siempre tienen salida, y
duermen en su caja como en un Monte de Piedad. Son muchos los «magazines»
ingleses y las publicaciones científicas de todas las partes del mundo. El
Instituto provee largamente a los «bouquinistes». Hay pilas incontables de
tesis, antiguas y recientes, y obras enviadas a eminentes académicos, con
sendas y elogiosas dedicatorias.
Lo que más se encuentra, naturalmente, son novelas,
novelas de todas clases y de infinitos autores, desde los del
siglo XVIII hasta los de nuestros días, ejemplares de libros que
«acaban de aparecer», a 3,50 francos, y que se venden por 80 céntimos. Hay
rimeros de gloria fallida, arrobas de ingenio desperdiciado y averiado,
copiosas cosechas de musas trashumantes que trabajaron para el olvido,
esfuerzos inútiles... Allí yace la vanidad de la cantidad. Allí reposan los que
han «hecho obra»: ¡tantos volúmenes, tantos tomos de crítica, tantas
novelas...! ¡Nada, nada, nada! A diez, a quince, a veinte céntimos. La letanía
de nombres desconocidos es abrumadora. Abrid un libro, y alguna chispa de
talento encontráis siempre. Es el muladar de los ratés y el
cementerio de los mediocres.
Impresos en elegantísimo papel, en formatos
artísticos, con magníficas ilustraciones, suelen hallarse autores mundanos que
han pagado bien caro una tentativa de consagración literaria. Poetas
francorrumanos y franco brasileños, antiguos diplomáticos que conocieron a la
princesa de Belgiojoso, rastacueros cosmopolitas de las letras, están
representados{51} por tomos de versos, momias de
poemas, marchitos homenajes, exhumadas galanterías, adornadas generalmente con
el retrato de los autores... Vanidad de vanidades y la más inofensiva de las
vanidades. Allí duermen arrivistas de ayer, y llegan los de hoy a comenzar su
sueño de mañana. En cambio, no he encontrado jamás, en la ensalada barata de
esos cajones de literatura usada, ni un tomo de los sonetos de Heredia, ni una
«plaquette» del pobre Lelian. Generalmente, lo barato es lo que merece la
baratura. Impreso por Vanier, el editor de los decadentes, de terrible memoria,
ha consagrado un volumen de versos que se titula Humbles Mousses.
Allí leo los siguientes versos que traduzco, pues veréis que el caso merece la
pena:
LOS VERDADEROS RICOS
Vosotros, que sabéis ganar el pan de cada día
Y, cubiertos de arpillera o de lienzo,
Dormís bajo los grandes techos, casi al aire libre,
O bajo la cabaña, humilde morada;
Hacia los ricos hoteles de piedra, donde el oro
abunda
En donde pensáis que estaríais mejor,
Guardáos de lanzar una mirada envidiosa:
¡Sois vosotros los felices de este mundo!
Los pórticos de mármol y los artesonados
Ocultan el cielo, las corrientes aguas;
Cuando se tiene la idea de acumular rentas,
¿Se sabe acaso el encanto de los estíos?{52}
Ni una sola de las felicidades que hacen amar la
vida
Se da por el dinero;
La luz serena y el aire, el azul cambiante,
El sol, de alma encantada,
El hechizo de los grandes bosques y la gracia de
las flores,
El césped, el perfume de las rosas,
La embriagante dulzura de las innumerables cosas
Bellas de formas o de colores,
Vienen a ofrecerse, sin pedir nada
Al más modesto de los transeuntes,
Mientras que en pleno aburrimiento, hastiado, privado de sentir,
Bosteza el dueño del dominio.
Pronto, cansado de los objetos que apenas ha
querido,
Está sin necesidades y sin goce:
Saturado de todos los placeres que da el oro,
No desea nunca nada más.
¿Sabe acaso si hay en la tierra un sólo ser que le
ame?
El hombre afligido de tesoros,
Se halaga esperando un amor compartido:
Una dote lo atrajo a él mismo.
Su corazón está lleno de sospechas adormidas,
Y mientras que el pobre diablo
Tiene la dicha de creer en la amistad sincera,
El duda de todos sus amigos.
¡Ah! compadecedle a ese rico; cuando el alma
alegre,
Y sin cuidado del mañana
Le véis, caminando, la mano en la mano,
Su palacio hecho a la soberbia,{53}
Vosotros tenéis la amistad, el amor, aun la alegría
De admirar la simple Naturaleza,
Y ese poderoso no puede, ¡oh, triste criatura!
Comprarlos con su oro.
El autor de eso se llama François Haussy, pero ese
es el pseudónimo que oculta el nombre de Federico Humbert, el marido de Madame
Humbert; que hoy, en la prisión de Fresnes, paga, con ella, las famosas estafas
que conocéis. Es decir, no las paga; las purga... Federico Humbert es un poeta
a treinta y cinco céntimos en el quai des Augustins...
Mi reconocido orgullo ha recibido en esos mismos
lugares importantes lecciones, ¡oh, mis colegas de América! Por allí he
comprado unas Prosas profanas, con la dedicatoria borrada, a
treinta céntimos. Los que enviáis libros a estos literatos y poetas, a estos
«queridos maestros», no sabéis que irremisiblemente vais a parar al montón de
libros usados de los muelles parisienses. He comprado, entre otras obras de
amigos míos, un tomo dirigido a Jean Richepin por un joven hispanoamericano,
tomo de estudios sobre autores de Francia, en los cuales estudios hay uno del
susodicho maestro, ditirámbico, ultrapindárico. La dedicatoria, lo más
respetuosamente escrita, y dentro del libro, y en la parte dedicada a Richepin,
una carta sentida y humilde. Pues bien, Richepin ni se dió cuenta del libro, ni
le importó un ardite la dedicatoria, ni tocó la carta; y por treinta céntimos
hice el rescate...{54} Qué mucho, si un eminente
crítico ha mandado vender en tas gran número de autores
editados por el Mercure, sin cuidarse de borrar bien dedicatorias
como las que he hallado en las Ballades, de Paul Fort... ¿No os
decía que entre los libros viejos de las orillas del Sena se recogen lecciones
de... filosofía, y valiosísimos granos de experiencia? Si no, os lo certifico
ahora.
Más allá del Instituto hay un intermedio entre
libros y libros, el que llenan las cajas de vendedores de medallas, de
curiosidades, monedas antiguas, condecoraciones, alfarería desenterrada, y una
especie de museo de Historia natural en miniatura. Hipocampos secos, como los
que venden los muchachos napolitanos de la costa, corales, piedras preciosas,
verdaderas e imitadas, hierros viejos de los que regocijan a Santiago Rusiñol,
asignados, autógrafos, esculturas. Allí hay cosas de todos los siglos, desde
fragmentos de objetos de la época cuaternaria hasta escarapelas del tiempo de
la Revolución. Y más allá, continúa la serie de cajas de libros, custodiados
por sus taciturnos vendedores.
Hoy vuelvo contento, porque he visto a una niña
rubia comprar por un franco cincuenta, y una sonrisa muy rosada, una Nuestra
Señora de París, no lejos de la armoniosa y serena Catedral; porque lejos
de los malos hombres que murmuran y que odian, he saludado al otoño que acaba
de llegar; y porque he adquirido un Quevedo impreso en Bruselas en tiempo del
IV Felipe, hermoso, claro, con tapas de pergamino, por sesenta céntimos.{55}
Hace poco se inauguró la estatua de un gran hombre
bajo el auspicio de los socialistas ateos. Ahora bien, leed estas líneas: «No
quisiera Dios que yo parezca jamás desconocer la grandeza del catolicismo y la
parte que le toca en la lucha que sostiene nuestra pobre especie contra las
tinieblas del mal. ¡Cuánto bien brota aún en el seno de las aguas revueltas de
esa fuente inextinguible, en donde la humanidad ha bebido, por tan largo
tiempo, la vida y la muerte! ¡Aun en esta edad de decadencia, y a pesar de las
faltas llevadas al extremo con una obstinación sin igual, el catolicismo da
pruebas de un asombroso vigor! ¡Qué fecundidad en su apostolado de caridad!
¡Cuántas almas excelentes entre esos fieles que no sacan de sus pechos más que
leche y miel, dejando a otros el ajenjo y la hiel! ¡Cómo a la vista de esas
tiendas, ordenadas en la llanura, y entre las cuales se pasea aún Jehová, se
desea, con el profeta infiel, bendecir a aquel que se quisiera maldecir y
decir: «¡Cuán bellos son tus pabellones! ¡Cuán encantadoras tus moradas!» A
pesar de los límites obligados que el catolicismo pone a ciertos lados del
desenvolvimiento intelectual, ¡cuántos espíritus que, sin las fundaciones
religiosas hubieran{57} permanecido sepultados en
la vulgaridad o en la ignorancia, le deben su despertamiento! ¿En dónde
encontrar algo más venerable que San Sulpicio, esa imagen viviente de las
antiguas costumbres, esa escuela de conciencia y de virtud, en donde se da la
mano a Francisco de Sales, a Vicente de Paúl, a Fenelón?
Aun en esa asociación, a veces un poco inocente,
entre el catolicismo y los restos de la vieja sociedad francesa; en ese
neocatolicismo, a menudo desabrido, ¡cuánta distinción todavía! ¡Qué atmósfera
pura y honrada! ¡Qué esfuerzo ingenuo hacia el bien! ¡Ah! Guardémonos de creer
que Dios ha dejado para siempre esa vieja iglesia. Ella se rejuvenecerá como el
águila, reverdecerá como la palmera; pero es preciso que el fuego la depure,
que sus apoyos terrenales se rompan, que se arrepienta de haber esperado demasiado
en la tierra, que borre de su orgullosa basílica: Christus regnat,
Christus imperat, que no se crea humillada cuando ocupe en el mundo una
posición que no será grande sino a los ojos del espíritu.» ¿Quién ha escrito
tales palabras, si no completamente ortodoxas, muy de acuerdo con la doctrina
de quien dijo: «Mi reino, ¿no es de este mundo?» Ernest Renan. El orador que
hoy pronunciase ese discurso en las Cámaras francesas sería calificado de
clerical. Lo que hay es que, a pesar del antiguo espíritu religioso del pueblo,
la fe ha sufrido aquí duros embates y todos los buenos anuncios, entre los
cuales las grullas de Vogüe y tales o cuales conversiones notorias han sido
simplemente{58} ruidos de ideas aisladas o
acontecimientos literarios. Cuando el snobismo tendió al catolicismo, la
religión padeció una verdadera desgracia. La religiosidad de moda y la oración
elegante hicieron más daño que el inofensivo satanismo intelectual y el
mediocre cientificismo ateísta. El último, verdadero y peligroso enemigo de
toda creencia en el pensamiento contemporáneo, ha sido el antecristo alemán,
que fué empujado por la amenaza de una espada de fuego hasta el manicomio.
Mas la Iglesia sufre hoy ataques más formidables
que los que la simple política puede dirigirle en cuestiones terrenales, o los
que lanzarle pueden filosóficos arietes modernísimos, más poderosos que las
pasadas flechas volterianas. Se trata de las revoluciones en el propio seno, de
la renovación de antiguas oposiciones contra el dogma, de la resurrección de un
cisma, en fin, más dañoso que todas las connivencias de afuera, y que enciende,
después de largos siglos, fuegos que pueden producir un verdadero incendio en
la romana basílica de las basílicas.
Hace poco tiempo un sesudo y sapiente escritor
español—he nombrado a D. Edmundo González Blanco—demostraba, en un artículo
admirable de vigor, la posibilidad de una iglesia nacional en España. «Ya que
no tenemos en nuestra alma colectiva una fe robusta y personal que oponer al
formalismo dominador del Vaticano, aprovechemos la que haya para constituir
nuestra comunión nacional, nuestra iglesia independiente, nuestro catolicismo
patriótico.{59} Filipinas acaba de darnos el
ejemplo; y esa necesidad social, hoy más que nunca sentida, se impone en lo
sucesivo como una condición de prosperidad pública.» El golpe conmovería,
ciertamente, a la curia romana, y parece que hay en el clero español
partidarios de la autonomía religiosa, de la iglesia independiente nacional,
hasta con el detalle de su misa propia, de la vuelta al uso del antiguo rito
muzárabe.
Pues bien, todo eso es poca cosa con lo que
encierra el siguiente suelto publicado ayer por Le Figaro: «El
cardenal Richard, arzobispo de París, acaba de prohibir, por carta, a los
alumnos de todos sus seminarios la asistencia a los cursos que el señor abate
Loisy enseña en la Sorbona, en la Escuela de Altos Estudios. En la misma carta
exhorta a todos los seminaristas que posean las dos últimas obras del señor
abate Loisy a que las entreguen a sus superiores. Creemos saber que la comisión
de Estudios Bíblicos instituída por León XIII no tardará en pronunciar su
juicio sobre los libros acusados.» ¿Cuál es la doctrina que se condena del
abate Loisy? Yo no he leído los libros de este sacerdote; pero sí sé que no es
un défroqué más o menos sonoro, a la manera del padre Jacinto,
del abate Charbonnel. M. Jean de Bonnefon, que es ducho en la materia, nos dice
que la condenación o la absolución del abate Loisy es en realidad el fin o la
transformación de la iglesia romana. «Es la conclusión de diez y nueve siglos
de fe o el prefacio de un culto futuro.» Por mucho menos se quemó a Savoranola.
La reforma{60} que se desea en España es
sencillamente de forma, y tiene razonables antecedentes; la tentativa del
cismático francés va al fondo de la creencia, mina la base dogmática. El abate,
que es persona de mucha ciencia humana, comienza por afirmar viejas herejías:
Que Jesucristo no afirmó que fuese Dios, ni se juzgó nunca como tal; que el
Pentateuco no es obra de Moisés; que el libro del Génesis, el de Tobías, el de
Job, el de Judith, son simple literatura; que «todo el Antiguo Testamento está
escrito sin ningún cuidado de la verdad objetiva, y no es más que un objetivo
arqueológico de edificación religiosa». Eso, dicho por Renan, por Strauss, por
Max Nordau, está perfectamente; pero la afirmación es de un sacerdote,
sacerdote que no abandona ni la tonsura ni el hábito, y que cree servir así a
la verdad y a Dios, y trabaja porque la Iglesia entera sea de su opinión. Lo
principal está en lo referente al Nuevo Testamento: «La divinidad de Jesucristo
no está escrita en el Evangelio. La Resurrección, la institución de los
Sacramentos, la jerarquía de la Iglesia, todo eso puede ser artículo de fe, si
se tiene fe. El cuarto Evangelio no tiene ningún valor histórico; la
resurrección de Lázaro es un símbolo.» ¡Cómo debe estremecerse, en lo
invisible, la sombra de Torquemada! Con la Nueva Jerusalem swedenborguiana, con
las mil y una sectas del cristianismo yanqui, con el flamante profeta Elías y
su productiva Sión, con tolstoístas y ultraevangelistas, la Iglesia no tiene
nada que temer. Pero el abate Loisy es un dulce y piadoso enemigo íntimo que,
si no se{61} anula pronto, causará trascendentales
perjuicios, y éstos los quiere evitar su eminencia el cardenal Richard, el
fuerte viejecito que quiso confesar a Hugo. Es una nueva aparición de la
incompatibilidad entre el progreso y la fe, entre la religión y la ciencia,
entre la razón terrestre y la razón celeste. León XIII y su Santo Tomás no
dejarán de tener culpa en la valentía del osado abate. Lumen in Cœlo no
quiso iluminar en la ocasión; veremos si Ignis ardens, que aparece
tan benigno, quemará, así sea metafóricamente.
En verdad, la obra del abate Loisy, con su aspecto
moderno y superescolar, no es nueva. A través del océano del tiempo es un
mugrón del arrianismo, llegado tras el biprincipismo gnóstico. Cristo ha sido
el blanco de famosas herejías: Si Arrio y los suyos niegan su divinidad,
Eutiquio le suprime toda humanidad, aboliendo así la redención, y Nestorio,
estableciendo la división entre la parte divina y humana, destruía la unidad
que constituye teológicamente el Hijo, ¿cuántos heresiarcas más se han atrevido
con el más sagrado de los misterios cristianos? Sin embargo, entonces se
discurría en el terreno de la filosofía religiosa, de la ciencia divina, de las
doctrinas que dieron nacimiento y desarrollo a la patrología.
El abate Loisy es de última hora. Viene con la
ciencia de hoy, es profesor «en Sorbona» y sabe lenguas orientales,
arqueología, todo lo que sabía Renan. «—¡Bah, bah, bah, bah!; no sé hablar—dice
el formidable profeta, y alguien que muy poco tenía{62} de
cura, Büchner, escribe en su libro, no religioso por cierto: «La fe tiene
raíces en indisposiciones del alma inaccesibles a la ciencia.»
El cardenal Richard se preocupa grandemente del
caso. Lo que debe hallar más grave su eminencia, y con él todos los católicos,
es que el abate no renuncia a su sacerdocio ni a su título de católico, y cree
servir al «más grande de los hombres», en su calidad sacerdotal y profesoral.
Demás decir, que ha caído multiplicadas veces bajo el anatema de la Iglesia. El
abate Loisy, simplemente, en el concepto católico, es un excomulgado. En él
están contenidos todos los antiguos heresiarcas, desde Arrio hasta Berenger. Su
exegesis renaniana, por el caso de su ministerio, no puede menos de causar el
mayor escándalo entre los sinceros y firmes creyentes. Y su condenación o
absolución por Pío X será la continuación de la normal doctrina católica,
apostólica, romana, o el krack del Espírito Santo.
Maurice Rollinat fué un poeta de talento, ni mayor,
ni menor; en todo caso, en las antologías entrará como un poeta menor, a causa
de ser su obra casi toda reflejo y eco; reflejo lejano de Poe, eco de
Baudelaire. Su poética no alcanzó al simbolismo ni se quedó completamente en el
Parnaso. Su alma fué la de un romántico puro, exacerbado, pues hasta en su
licantropía tuvo un antecesor en el antiguo batallón huguiano.
Apareció su nombre repentinamente y se apagó de
pronto, como un fuego fatuo o de artificio. Era en los tiempos de la
impasibilidad parnasiana por un lado y de la sequedad naturalista por otro.
Apenas Richepin había puesto por un momento agitación con sus Chansons
des Gueux. El ambiente era propicio para otra cosa. Rollinat apareció como
cultivador de «flores del mal», rimador y músico macabro. Cantaba en cabarets y
salones versos baudelerianos{65} con música suya, y
canciones propias, aullantes, gimientes, con una voz lúgubre y un aire más
lúgubre aún. Era en los tiempos en que Sarah Bernhardt, entre cuatro cirios, se
complacía en dormir en un ataud... Sarah Bernhardt se encantó con el nuevo
lírico, que tan bien sentaba a sus nervios. Era en los tiempos en que aquel mal
sujeto, que se llamaba Albert Wolf, hacía y deshacía reputaciones en las
primeras columnas de Le Figaro, y Albert Wolf dedicó un elogioso
artículo al lírico que agradaba a Sarah Bernhardt, y París reconoció en seguida
que Maurice Rollinat tenía genio. La moda estaba por las neurosis, verdaderas o
falsas. ¿Rollinat era sincero, o era un poseur?
La tragedia lamentable de sus últimos días, después
de tantos años de no variar de actitud, aun lejos de París y sus literaturas,
fuerzan a creer que el pobre poeta era sincero. Cuando más, podría suceder que
el hábito de estar agitado y la obligación estética de la desesperación le
hayan al fin perturbado el cerebro y acabado por lanzarle en el abismo a que
tantas veces se asomó. Luego los venenos del carácter, los modificadores del
pensamiento, los paraísos artificiales que no son sino infiernos verdaderos,
llámense alcohol, morfina, cloral, le acabaron de empujar en el reino temeroso
de las tinieblas enemigas. Una vez más se hace palpable la verdad que encierra
un decir que se encuentra entre los principios de la antigua Cábala: «No hay
que jugar al fantasma, porque se llega a serlo.» Ese más allá tan desconocido
hoy como en los más recónditos{66} siglos, contiene
todo lo que hay de profundamente misterioso en el universo, la esencia del
pensamiento, el secreto de la locura, la verdad del ensueño, la razón de la
muerte. Claro es que los que tenemos una creencia religiosa cualquiera, no
contamos con la última hipótesis del último estudioso y con la última
suposición del más flamante descubridor de absoluto. Rollinat en otras épocas
habría sido tratado por el exorcismo y, posiblemente, quemado; por menos se
quemó a otros. Hoy ha muerto en una clínica, gracias a que los antiguos
teólogos están sustituídos por los modernos psiquiatras, lo cual está
reconocido como una ley del progreso.
Uno solo de los libros del desventurado os dará una
idea de la caja de Pandora y urna de los demonios que era su pobre
cráneo: Las neurosis, dividido en cinco partes: «Las almas», «Las
lujurias», «Los espectros» y «Las tinieblas». Un médico os dirá: «Delirio de la
persecución, lipemanía, parálisis general»; un doctor de la Iglesia os
declararía francamente: «Posesión». Dice ese volumen las torturas de la
persecución del fantasma del crimen, el superaguzado instinto del daño: los
vagos estremecimientos, las alucinaciones, el silencio, las extrañezas de la
música, el alma de Chopin y de Poe, los horrores de la pasión carnal, las
crueldades de la carne, la felicidad femenina, las pesadillas, las torturas,
los gatos, las serpientes, los tísicos, el suicidio, el gusano de tierra, la
«leche de serpiente», los lagartos verdes, el idiota, el miedo, el amante
macabro,{67} la señorita esqueleto, la muerta
embalsamada, el sonámbulo, la bebedora de ajenjo, el ladrón, el bohemio, el
enterrado vivo, el soliloquio de Troppmann, el verdugo monómano, el monstruo,
el loco, la cefalalgia, la mala suerte, la enfermedad, la hipocondríaca, la
quimera, la locura, el mal de ojo, la navaja de barba, la vilanela del diablo,
la rabiosa, los ojos muertos, el abismo, la ruina, las agonías lentas, el
ataud, la Morgue, la putrefacción, el silencio de los muertos, el infierno, el
epitafio, De profundis... Todos esos son títulos o temas de sus
poesías, y las poesías corresponden al tema... Todo eso se recitaba y se sabía
de memoria en los salones parisienses... Platos especiales, versos faisandès,
complemento del estremecimiento nuevo traído por el otro maestro infeliz,
Baudelaire. Mas en la suposición de que en Rollinat fuese natural esa manera de
mirar la existencia por su parte obscura, fúnebre y diabólica, en el público no
podía durar lo que era impuesto por la moda, y la moda pasó y no se volvió a
hablar más del féretro de Sarah Bernhardt ni de las canciones tenebrosas del
sombrío melenudo «que se parecía a un lobo».
Se dijo que se había ido al campo a llevar una vida
de campesino. Otros libros de versos suyos, en que hasta el sentimiento de la
naturaleza está expresado con su preocupación, con su obsesión eterna,
llegaron, pero ya no tuvieron el éxito que los primeros poemas de sombra, de
noche, de miedo y de sangre. El pintor sueco Allan Osterlind, que fué de sus
íntimos, ha narrado algo de su vida en la{68} campaña.
Osterlind recordaba las largas noches de invierno, en Fresselines, en que el
poeta pasaba al piano, cantando con su voz potente y singular, que iba de bajo
a tenor, las melodías originales inspiradas en sus versos campestres: «La
canción de la perdiz gris», «El cementerio de las violetas», «Los cuervos».
Contaba su vida entre sus perros y gatos, y el gozo del poeta en recibir a sus
amigos, en retenerlos hasta por la mañana a la hora en que la poción de cloral
le procuraba un sueño pesado, surcado de sueños fantásticos... Casado, en la
paz del campo, adonde cuentan que solía salir con gruesos zuecos, de pesca, de
excursión, no pudo, sin embargo, encontrar la tranquilidad. Frecuentó demasiado
las regiones del miedo: harto provocó el terror en sus libros y en su vida.
Solía errar entre ruinas y lugares sombríos. La enfermedad, llamémosle la
enfermedad, le había agarrado con sus uñas potentes. La vida se vengaba de él
entregándole por completo a lo que está más allá de ella, a los delirios, a los
terrores, al imperio de las tinieblas enemigas.
Veinte años después de su separación de París,
ciudad de su éxito y de su perdición, volvió. Hace como tres meses... ¿A qué
viene Rollinat? ¿A traer un nuevo libro en que renuncia a las sombras y saluda
el bien que hay bajo el cielo azul? ¿A cantar un alba de paz, de felicidad
humana, de amor entre los pueblos, de bienhechor comercio, de deseada armonía?
No; viene a dejar en el Instituto Pasteur a su mujer, que ha sido mordida por
un perro rabioso.{69} Y días después el amargo
hombre, todo nervios y terror, sabe que no se ha podido salvar a su mujer, que
ha muerto de la más horrible muerte: de rabia.
En seguida, en su desesperación, vuelve al campo,
en donde no puede estar un sólo momento tranquilo; recurre a los narcóticos, a
los brevajes de olvido; pero la fatalidad lo tiene ya bien atado: la locura
llega, violenta, y hay que traerlo a una casa de salud, a las cercanías de
París, a Ivry, a la clínica del doctor Moreau, de Tours. Allí muere, y mañana
lo entierran.
Esta noche, después de escritas las líneas
anteriores, he abierto el volumen de Las neurosis y me he
quedado ciertamente estupefacto al encontrarme con un poema, que es extraño que
a ninguno de los necrólogos de Rollinat haya llamado la atención... Es algo que
espanta... Para coincidencia es demasiado... Luego, la casualidad, es algo tan
misterioso... La poesía, «escrita hace veinte años», es la siguiente, que
traduzco literalmente:
LA RABIOSA
¡Quiero morder! ¡Retiraos!
¡La noche cae sobre mi memoria
Y la sangre sube a mis ojos locos!
¡Ved! Mi boca, torcida y negra,
Babea a través de mis cabellos rojos.
Ya he hecho horribles hoyos
En mis dos pobres manos de marfil,
Y he golpeado mi cabeza a fuertes golpes.
¡Quiero morder!{70}
Calmaría mi sed en vuestros cuellos
Si pudiese todavía beber.
¡Oh! Siento en mi mandíbula
Una rabia abominable:
¡Por favor! ¡Atrás! ¡Retiraos!
¡Quiero morder!
Se comprende que, después del horroroso desenlace
del accidente de que fué víctima su esposa, y más templada que nunca la sed
ardiente de sus nervios, haya sentido el postrer estallido, y antes que en el
suicidio, que tanto temía, como lo revela en varios de sus viejos versos, antes
que en la muerte, se haya hundido en la locura, haya caído en el manicomio.
Oh! comme je comprends l’amour de Baudelaire
Pour ce grand Ténébreux qu’on lit en frissonnant!
dice alguna vez, hablando de Edgar Poe. «Los malos
maestros», diría con razón Jean Carrère. En otra parte escribe:
A force de songer, je suis au bout du songe;
Mon pas n’avance plus pour le voyage humain,
Aujurd’hui comme hier, hier comme demain.
Rengaine de tourment, d’horreur et de mensonge!
Il me faut voir sans cesse, où que mon regard plonge,
En tous lieux, se dresser la Peur sur mon chemin,
Satan fausse mes yeux, l’ennui rouille ma main,
Et l’ombre de la Mort devant moi se prolonge.
El Miedo y la Muerte, por siempre. Y sus
dedicatorias... a Barbey, a Bloy, a Rops, a Charles Buet,{71} al
doctor Julien... Seguramente Rops pintó su «Bebedora de ajenjo» por los versos
que Rollinat dedicara a aquel médico. Quisiera traduciros el rondel de «La
locura», profético..., como el «Mal de ojo»... o el «Horóscopo», en que
... soudain, de dressant dans la brume
Devant mes pas,
Un long Monsieur coiffé d’un chapeau haut de forme
Me dit tout bas
Ces mots qui s’accordaient avec la perfidie
De son abord:
—Prenez garde; car vous avez la maladie
Dont je suis mort.
Pero no dejaré de transcribir íntegro el
«Epitafio», que es de una horrible actualidad y que hará meditar a los
reflexivos:
Quand on aura fermé ma bière
Comme ma bouche et ma paupière,
Que l’on inscrive sur ma piérre:
—«Ci-git le roi du mauvais sort.
»Ce fou dont le cadavre dort
»L’afreux sommeil de la matière,
»Fremit pendat sa vie entière
»Et ne songea qu’au cimetière.
»Jour et nuit, par toute la terre,
»Il traina son cœur solitaire
»Dans l’epouvante et le mystêre,
»Dans l’angoisse et dans le remord.
»Vive la mort! Vive la mort!
Sin embargo, en la última página de su tremendo
libro se le escapa, a pesar de su obsesión malsana, un clamor que pide
piedad: Mon Dieu... Dios haya, por fin, en la eternidad, libertado
del dolor el alma del que fué condenado en vida, y salve a los poetas de buena
voluntad del imperio de Las tinieblas enemigas.
ALGUNAS NOTAS SOBRE JEAN MOREAS
Hace diez años tuve el honor de hablar por primera
vez en nuestra América del talento y de la obra de Jean Moreas. Llegaba yo a
Buenos Aires, como cónsul general de Colombia, vía París... En
este soñado París había recogido las impresiones espirituales que más tarde
fueron Los Raros. Iba con cosecha{74} de
ilusiones y amables locuras... Mi sueño, ver París, sentir París, se había
cumplido, y mi iniciación estética en el seno del simbolismo me enorgullecía y
me entusiasmaba... Juraba por los dioses del nuevo parnaso; había visto al
viejo fauno Verlaine; sabía del misterio de Mallarmé, y era amigo de Moreas.
¡Amigo de Moreas! Esto me llenaba ampliamente. Porque sabía que el poeta había
nacido en Grecia y solía encontrar en los senderos de los bosques, adonde iba a
soñar, sátiros velludos que remedaban a Hércules, armados de ramas nudosas.
¡Cómo ignoran todo esto los profesores!
¿Cómo conocí a Moreas? Gómez Carrillo trabajaba
entonces en casa del temible editor Garnier, y yo lo veía con la frecuencia que
deseaba. El era ya gran conocedor del barrio Latino y muy mezclado a la
entonces hirviente bohemia intelectual de La Plume. Conocía a casi
todos los miembros de los cenáculos de la época; sabía yo su intimidad con
Verlaine, Tailhade y otros. Así, cuando un día se me apareció y me dijo: «Esta
noche lo espera Moreas; vendré a buscarlo», se lo agradecí muy vivamente.
Esa noche me esperaba Moreas y Carrillo fué a
buscarme. Encontramos al poeta del Pelerin Passionné en un
café del barrio, creo que en el Vachette. Estaba a su lado su entonces
compañero menor y ayudante en sus líricas campañas, Maurice Duplessis. Y
encontré a un Moreas sereno, sonoro, admirable parlante, amable, noblemente
fraternal, sin buscar ni admitir la familiaridad cara a los irreflexivos y a
los insensatos. Y como le dijese que el{75} holandés
Bijvanck acababa de publicar un libro en que se trataba de la leyenda
moreana—vanidad cómica, frases asustadoras, autolatría—, me dijo simplemente
con su voz de bronce, del profesor de Hilversum: «Ce monsieur est un imbécile!»
Hablamos toda esa noche de arte, de ideal, de belleza—es decir, él habló...
Como cerraron el Vachette, nos fuimos a otra parte, y luego a otra. A las seis
de la mañana estábamos comiendo almendras verdes en los Halles... Todo eso es
el pasado—¡ah!, como mi fresca juventud.
Las páginas que publiqué en La Nación sobre
Moreas fueron hechas en el mar, en la travesía. Llevaba mis apuntaciones y mis
recuerdos recientes y la grata sensación de aquella generosa intelectualidad.
Confieso que jamás he encontrado un alma ni más augustamente firme, ni más
poseída de la fuerza de su propio conocimiento, ni más elevada en su concebir
la vida, ni más pura en su humanidad, que el alma límpida, ínclita y piadosa de
Jean Moreas. Es asombroso cómo ha podido conservar su diafanidad y su excelsitud
ese espíritu de excepción en esta ciudad de las duras intrigas, de las crespas
batallas; los roces ásperos no han hecho más que abrillantar sus facetas, como
a las piedras finas. Primero sonrieron de él la rutina y la inepcia; luego le
atacaron la rivalidad y la envidia. El siguió adelante. Procuró expresarse,
manifestarse mejor siempre. No solicitó el éxito, no cortejó a la réclame.
Desdeñó cetros de pasajeros instantes literarios. Dejó pasar los cortejos, las
máscaras que desaparecen...{76} Y modificándose,
mejorándose, siempre siendo el mismo, cultivó su maravilloso jardín, que por un
lado confina con la selva y por el otro con el mar, la selva sagrada, en donde
están sus abejas del Himeto, y la vital Thalassa, por donde pasó la nave Argos.
Y así, con su modestia más orgullosa que el continente de todos los reyes, fué
simplemente, tranquilamente, haciendo de su vida el poema principal de sus
poemas, de la meditación su más sincera inspiradora y de su íntimo consejo su
más bella coraza de oro homérico. Retirado en una casa que está cerca del
campo, ha hecho sus magistrales Stances y ha concluído
su Iphigénie, la desde hace tanto tiempo anunciada e incubada
tragedia. El no buscó nunca a nadie, no pidió jamás nada. A su retiro le fué a
buscar, hace más de un año, la Legión de Honor. Y hoy, con el triunfo de
Orange, lejos ya las luchas de escuelas, desaparecidos en la historia de las
letras francesas los buenos combates de los simbolistas y decadentes, aclarado
el campo intelectual, surge definitiva la figura del lírico resucitador de las
hermosuras clásicas, del admirador de los antiguos coros, de quien nos viene a
decir en pleno siglo de decadencia moral y de derrotas estéticas la palabra de
la Belleza eterna, la lección de virtud y de sacrificio, el canto de heroísmo y
de gracia robusta que la tierra del Arte indestructible ha de recordar por los
siglos de los siglos al agitado espíritu del mundo.
Sus victorias actuales no le deben hacer olvidar ni
menospreciar sus primeras victorias. No hay que{77} renegar
de la juventud. Las Syrtes, el Pelerin, las obras
primigenias, inician la obra por venir, la obra presente. Nuestros primeros
actos afirman nuestras decisiones futuras. Mejorarse no es contradecirse.
Simplificarse no es desdecirse. Cada momento tiene su fórmula, tiene su
expresión. Cada estación la naturaleza es distinta en sus manifestaciones. Y no
hay mejor certificación y aprobación de la espiga dorada que el pan—o la
hostia.
Paris, je te ressemble; un instant le soleil
Brille dans ton ciel bleu, puis sudain c’est la brume,
Au vent septentrion si tu te fais pareil,
Tu passes les pays que le zéphyr parfume.
Triste jusqu’à la mort, en même temps joyeux,
Tout m’est concours heureux et sinistre présage;
Sans cause l’allegresse a pleuré dans mes yeux,
Et le sombre destin sourit sur mon visage.
Moreas llama a la fatalidad necesidad. Digamos,
pues, que es necesario que haya hombres como Moreas, poetas como Moreas, que
vivan en París, que se parezcan a París y que de repente digan palabras
universales, sentimientos totales, logos substancial, verbo de humanidad:
«Hélas! que le soleil est doux!», clama una de sus heroínas. Y eso que es tan
sencillo, que lo puede decir el primer ciego que pase por la calle, es en la
trágica estrofa acuñado para la relativa eternidad de las letras.
Cuando he vuelto a París a establecerme—por
siempre—no he procurado buscar con frecuencia a mi amigo de antaño. Sé lo que
tienen de impertinente{78} la admiración
intempestiva y la solicitud irrazonada. Por otra parte, no busco ni visito a
nadie, y esta es una mala condición de mi carácter en mis tareas. No he sido
hecho para la visita ni fabricado para la interview. Tanto peor
para mí, que no he gozado de la familiaridad de los chers maîtres.
No obstante, a Moreas le he vuelto a ver. Triste, con su melancolía altiva y
con sus canas. Allí, en el café Napolitaine, junto a Mendes, viejo, junto a
Courteline y otros señores de la literatura y periodistas grandes y pequeños. Y
Moreas, notaba yo, no estaba en su centro. Después, juntos, y con Carrillo—¡un
Carrillo cuán otro!—con Duplessis—¡un Duplessis cuán cambiado!—hemos solido
recordar las horas de hace diez años, cuando pasé para Buenos Aires, cargado de
ilusiones y de sueños, y fuimos a comer almendras verdes a los mercados, una
mañana de Mayo, en que nacía dulce el sol.
La Iphigénie actual estaba ya
empezada en aquellos días. En tal ocasión dije que el poeta preparaba una pieza
para la Comedia Francesa, y que, dados sus antecedentes, era dudosa la
aceptación. Aquella pieza es la tragedia actual, que, de seguro, de la antigua
memorable escena del teatro romano de Orange, pasará al primer escenario de
Francia.
Gloria sea dada al severo ordenador de admirables
escenas y al siempre magnífico rimador de perfectos versos. No creáis que es
exageración deciros que los versos de Moreas—los mejores de Moreas—son
superiores a los de los más inconmovibles clásicos de la literatura francesa.
Este descendiente de{79} los Píndaros y de los
Sófocles se expresa con singular majestad en el verbo de los Racine y de los
Chenier, y he aquí también uno que mamó leche amaltea y dijo en la mejor lengua
de Francia el decoro y la potestad del dios cuyo arco es argentino.
Leed estos fragmentos, llenos de majestad verbal y
de sabia armonía. Esto es del coro del quinto acto:
Iphigénie, hélas! c’est pour une autre fête
Où couléront des pleurs
Que les Grecs vont mêler les boucles de ta tête
D’un chapelet de fleurs
Telle, en riche apparat, victime couronnée,
Pour désarmer le ciel,
Une pure génisse à la peau tachetée
S’approche de l’autel,
Noble vierge d’Argos, dans la verte prairie
Près des courantes eaux,
Au milieu des bouviers tu ne fus pas nourrie
Au son des chalumeaux.
Tu croissais sage et belle; une reine, ta mère,
Avec un soin jaloux,
T’élevait pour te voir dans le palais prospère
D’un prince ton époux.
Et pourtant, ô malice où le monde s’obstine!
Une brutale main
Avec le fer aigu fera de la poitrine
Jaillir ton sang humain.
Ah! comment l’incarnat qui pare ton visage
D’un charme virginal.
Et la fierté décente et la fleur de ton âge
Sauraient vaincre le mal,{80}
Puisque l’ambition, la fraude et l’impudence,
Le vice injurieux
Ont fait que les mortels sont livrés sans défense
A la haine des dieux!
Y esto de Ifigenia al coro:
Et vous, femmes, quittant le deuil et le regrets
Vous ferez retentir des chants qui seront dignes
D’Artemis au grand cœur qui lance au loin ses traits
Et parcourt sur un char Claros féconde en vignes.
Où sont les vases d’or et les libations?
Que la flamme à l’autel consume lés offrendes.
O rapide Artemis qui règnes sur les monts,
Je donne sans trembler le sang que tu demandes.
Voici ma chevelure et mon front virginal;
Venez, couronnez-moi de fleurs et de feuillage.
Jeunes femmes, frappez le sol d’un pas égal
En célébrant ma mort comme un heureux présage.
Je triomphe de Troie et fais tomber à bas
Sa forte citadelle et sa muraille antique,
Et pour fixer enfin la chance des combats,
J’efface de mon sang l’oracle prophétique.
O retraites d’Aulis, ô bords, golfe profond,
Je vous devrai la gloire! Argos, ô ma patrie,
Pour un illustre exemple et ce destin, qui sont
Présens des immortels, Argos, tu m’as nourrie?
La prensa celebra la victoria de Moreas, los
críticos oficiales lo saludan, su nombre adquiere de pronto popularidad. A la
representación de la obra, a la par de los letrados parisienses que fueron a
aplaudir a Silvain-Agamemnon, a Lambert fils Aquiles,{81} y
a la brava Luisa Silvain, y a la joven y brillante Roch, y a la clamorosa
Tessandier, asistieron campesinas de los contornos, que lloraron de veras, bajo
sus cofias blancas, por las desventuras de la dolorosa Ifigenia.
¡Y Moreas, como siempre, solitario soñador de
armoniosos sueños, sigue su camino en la austera melancolía de su vida, sin
profanar el don divino que recibió con la luz en su tierra maternal y gloriosa,
poeta, poeta siempre, señor de los cisnes, dueño del laurel verde!
A PROPÓSITO DE Mm. DE NOAILLES
La condesa de Noailles no es una basbleu.
Es una bella flor humana llena de mental esencia,{84} que
se exterioriza en formas de armonía. Es una rara perla perfumada, como las del
mar de Ormuz. Es una aparición de figura poética y legendaria en pleno París
del siglo XX. Es una joven exquisita, de veinte años, divina de frescura y
gracia, que demuestra simplemente que se puede tener un nombre ilustre, un
marido, un automóvil, vestirse en la calle de la Paix y poner su alma cantante
y soñadora en las alas de los versos. Nada tiene que ver esta sacerdotisa
apolínea, o pánica, con los pantalones del feminismo. Ella vaga en los bosques,
comunicando, ronsardizando, como antaño, en la libertad de su naturaleza:
Car dans ce temps, haute et paisible
La Nature, ses bois, ses eaux,
N’avalent pas cette ame sensible
Qui plus tard fit pleurer Rousseau.
Lelianiza también; pues no teme acercarse desde su
morada heráldica a coger las flores sinceras y modernísimas del pobre Lelián.
¡Una dama aristocrática, honorable, adorable, que frecuenta a Verlaine! ¿Qué
dirían entre nosotros, y en otras partes, los que solamente ven del desdichado
fauno la máscara socrática y la repugnante ebriedad? La condesa de Noailles es
verlainiana en su sencilla delicadeza. El encanto natural, la comunicación
secreta e íntima con el Universo, de manera que el espíritu propio se confunda
con el espíritu del mundo, la conciencia de que nuestra voz es una{85} unidad individual en voz total infinita, y que
nuestro minúsculo espejo interior es en realidad tan vasto que en él se mira
todo lo que existe, hacen que del jardín lírico de esta singular poetisa vuelen
al azul muy maravillosas alondras. Ella canta a Príapo, dios de los jardines; y
la ignorancia tiembla creyendo renovada la oda de Pirrón. Canta la eternamente
nueva canción de las florestas primaverales, de los frescos verjeles, de las
flores recién nacidas, de los nidos, de la hermosura melodiosa de un momento
matutino; y la gloria y la alegría de amar, razón y triunfo inmenso de la vida.
Y se singulariza en la campaña francesa, en las ciudades y aldeas de su patria,
en donde encuentra una revelación de ensueño o un motivo de atracción. Y
siempre es el alma amante en el cuerpo amoroso, que vibra al soplo del
armonioso viento. Dice todo lo que ve y todo lo que siente. Se siente amada y
lamenta el paso del tiempo, porque con él se irán su juventud y su sed de amor:
Pourtant tu t’en iras un jour de moi, jeunesse,
Tu t’en iras, tenant l’Amour entre tres bras.
Je souffrirai, je pleurerai, tu t’en iras,
Jusqu’à ce que plus rien de toi ne m’apparaisse.
Ronsard se consolaba con ser leído a la
chandelle por la amada envejecida; y Ponsard—¡hay distancia!—dijo la
misma cosa en un soneto a la famosa Ratazzi. La musa, cuyos versos celebro,
desea «ser amada después de la muerte», y dice:{86}
Et qu’un jeune homme alors, lisant ce que j’écris,
Sentant par moi son cœur emu, troublé, surpris,
Ayant tout oublié des compagnes réelles,
M’accueille dans son âme el me préfère à elles.
Hay un admirable estudio del conde Robert de
Montesquiou-Fezensac sobre los inconvenientes de los nobles y grandes señores
que se dedican a asuntos artísticos o literarios. Tienen, desde luego, la
oposición de las gentes de su casta, que no son por lo general muy dadas a
cosas del espíritu, desde los tiempos en que la nobleza ostentaba como un lujo
la ignorancia. Los artistas, por su lado, no los acogen sino con cierta
hostilidad, quizá consecuencia de la antigua humillación del mecenismo. La
clase poderosa, que ve la superioridad intelectual como una fuerza que no
posee, opone su indiferencia o su desdén. Son dos elementos contrarios,
difíciles de unir, sin llegar a las utopías de Rebell. El público, a su vez,
acoge casi siempre la producción del autor blasonado—en nuestros países el rico
autor—como labor de dilettante, como ocio de aficionado. En muchos
casos hay gran razón, pero suele haber injusticia. En cuanto a la dama, a la
mujer de alcurnia, que se atreve a tales empresas, las dificultades suelen ser mayores.
La sostenida inferioridad ancestral, la ligereza, las preocupaciones mundanas,
la maledicencia, la social inveterada hipocresía, el flirt moderno,
las atenciones de la moda, las influencias religiosas y la agresividad
intelectual masculina se presentan ante las tentativas de una{87} vocación.
Se necesita ser una voluntad, un carácter, para oponerse a todo eso, para
luchar, para vencer. En todas partes del mundo ha habido y hay las brillantes
excepciones que confirman la regla. No me refiero, de ningún modo, a las
agitadas y sonoras viragos del feminismo militante.
Sin pretender de ninguna manera sostener la vieja
cuestión teológica, yo no creo en la igualdad espiritual del hombre y de la
mujer. Obsérvese que no hablo de inferioridad, sino de igualdad. La Naturaleza
es la sabia ordenadora y tiene sus leyes absolutas; en este caso la ley se
llama fisiología. No insistiré en el tema, que nos llevaría a puntos delicados
que conocen mis lectores y que han sido y son muy tratados científica y
cómicamente. Creo, sin embargo, en que, así como hay hombres de alma femenina,
hay mujeres de alma e inteligencia masculinas.
A decir verdad, no es simpático el tipo de la
literata, de la marisabidilla, de la cultilatiniparla de nuestro tiempo. Ni la
de tiempo alguno. En todo caso, quedémonos con las cortesanas artistas de la
antigüedad, con las sutiles inspiradas de todos los tiempos, pero en ningún
caso con lo que significa la palabra española marimacho. Cuando se toca de
cerca a la cuestión doméstica, seamos más explícitos, y digamos con el
excelente Chrisale:
J’aime bien mieux pour moi qu’en épluchant des
herbes,
Elle accommode mal les noms avec les verbes,
Et redise cent fois un bas et méchant mot,
Que de brûler ma viande ou saler trop mon pot,
Je vis de bonne soupe et non de beau langage.
{88}
Sería, es indudable, mucho mejor tener ambas cosas,
buen lenguaje y buena sopa. No sólo de pan vive el hombre. Podría argüirse que
las bellas y honestas damas que se dedican a la literatura están rodeadas de
los esplendores de la fortuna; y, por lo tanto, no tienen nada que ver con los
puntos de media y con las cacerolas. Al contrario, toda verdadera alta dama de
antaño, como de ahora, se conoce en esto; en que no por el cuidado de su
belleza y por la distinción de su jerarquía ha dejado en abandono el capítulo
importante y clásico de los asuntos caseros, desde la reina Penélope hasta la
reina Victoria. Y luego, se puede escribir el Heptameron y
hacer los ricos platos de dulce que sabía confeccionar la Margarita de las
Margaritas. Hay una larga serie de madamas que han dejado muy buenas obras y
que han sido muy hacendosas. Se habla de la sopa de coles de Mme. Dacier, una
sopa famosa, aunque no tanto como la traducción de Homero de esa misma señora.
La Scudery, la de Deshouillers, la de Genlio, la de Maintenon, la de Sevigné,
la de Staël, muy plausibles mujeres de su casa. Les faltaría ortografía a
algunas; pero orden doméstico, economía y ojo listo, eso no.
Lo que no es aceptable son las ridículas
impertinentes, las excesivas Filamintas, las que se deleitan con Trissotin y
quieren abrazar a Vadius por amor del griego. Hoy no hay muchas de éstas, dado
que el griego hay muy pocos Vadius que lo sepan. Pero hay la snob,
la decadente, la wagnerista, la partidaria{89} del amor libre, la Eva nueva, la
doctora escandinava ibseniana y la estudiante rusa que tira balazos. Confieso
que prefiero las preciosas, que me quedo con Filaminta, con Belisa y con
Armanda.
No hay en Francia la cantidad de authoresses que
en Inglaterra y los Estados Unidos; pero hay una gran cantidad de mujeres que
escriben, autoras de libros científicos, sabias como Clémence Royer, que ha
muerto hace poco, periodistas valientes y ágiles, novelistas, poetisas, fuera
de las grandes damas que hacen política, y conservan los pocos, los raros
salones semejantes a los que antes tuviera una madame de Girardin, o, más
recientemente, Mme. Adam.
Unas cuantas personalidades se destacan en el
copioso grupo. Cierta revista muy mundana—Femina—ha propuesto como tema
de un concurso, a sus suscriptoras, la elección de una Academia de mujeres
francesas, paralela a la de los cuarenta. Hace algunos años esa misma cuestión
fué actualidad, y se hizo una lista de las que resultaron elegidas en plebiscito:
Mmes. Edmond Adam, Marie-Anne de Bovet, condesa Colonna, Jeanne Chauvin, Judith
Cladel, Alfonso Daudet, Dieulafoy, Judith Gautier, M. L. Gagneur, Eugène Garcin,
Henry Greville, Gyp, Manœel de Grandfor, Robert Halt, Paulina Kergomard,
Leconte de Nouy, Jean Laurenty, Nelly Lieutier, Daniel Lesueur, Max Lyan,
Jeanne Mayrel, Hector Malot, Michelet, Marni, Luisa Michel, María Mangeret,
Mesureur, Mendès, María L. Néron, de Peyrebrune, Rachilde, Rostand,
Clémence{90} Royer, Ratazzi, G. Rénard, Mary Summer, Séverine, Simonne Arnaux,
Marcel Tinayre, Vincens. Algunas de ellas han muerto, pero los huecos podrían
llenarse. Solamente, si tal Academia llegara a realizarse, sería uno de los
mayores triunfos del ridículo en la historia de las ocurrencias humanas. Ya hay
bastante con el que ha caído durante tanto tiempo sobre la de «inmortales»
varones. Entre todos esos nombres los hay dignos de la mayor estimación y aun
admiración, y los hay medianos y casi desconocidos. No puede haber parangón
alguno entre, por ejemplo, Judith Gautier y la señora Malot, entre Rachilde y
la señora Tinayre. ¡Así sucede bajo la Cúpula!
Las cabezas femeninas que más brillan, son, ante
todo, las de esas dos admirables luchadoras que van a la acción, que ponen
voluntad y talento al servicio del bien, la ardorosa Luise Michel, o la
pacificadora Severine. Luego vienen las de puro intelecto, las
imaginativas y ultrapensantes; en un exceso de vitalidad y de fuerza, esa rara
Mme. Vallete, o sea Rachilde, aparece como el cerebro femenino más
complicado y vigoroso, no sólo de su siglo, sino de todos los siglos. Hace unos
diez años escribía yo de ella un retrato, en que mis entusiasmos de entonces
iban hacia la parte extrañamente diabólica y misteriosamente pecadora de su
obra. Hoy, con mayor reflexión, no veo ya a la escritora sadista—Sade
toujours—, a la juglaresa incendiaria, sino a la sesuda y terrible
filósofa, a la formidable destructora, a la Sybila de la anarquía, cuyas
ideas,{91} hoy manifestadas en nuevas novelas, o en críticas singulares, se
puede no seguir, pero no se puede dejar de admirar.
Después están las estudiosas, como Lucía Félix
Faure; las «maestras», como Judith Gautier. Y luego las musas, para coronar el
pensamiento femenino francés. La deliciosa señora del doctor Mardrus, nacida
entre la obra hermética y mágica de Mallarmé y los cuentos árabes que su marido
ha vertido, esas Mil noches y una noche, de los que parece
emergida. La señora de Rostand, que dicen que tiene más talento que el autor
de Cyrano; la señora de Mendès, bella, que hace versos hechiceros,
y que antes se llamaba Claire Sidoine, y algunas otras que no nombro. Pero
¿cómo olvidar el talento especial de esa temible Gyp? Hay, por
último, una novelista de actualidad, alabada por los periódicos, y que es
bella, muy bella: me refiero a Jeanne de la Vaudère. Aseguran que sus libros se
venden mucho, y que está de moda en los salones. No hay nada más
intencionalmente obsceno, ni más desprovisto de arte, que las lucubraciones de
esta distinguida joven de letras.
SUR MON PORTRAIT
O vous! ne cherchez pas en ces trais la beauté.
Il est des fleurs qui sont moins belles que la rose,
Mais comme un papillon un court instant se pose,
L’espoir des joies d’autruil sur elle est arrêté.
He aquí algo muy verlainiano; e indudablemente a la
autora no le han de haber permitido conocer a Verlain:
VIEUX CARROSSES
Aux temps lointains, où vos banquettes de velours,
Frolaient le frais volant des blanches mousselines,
Tandis qu’un chant sereint et doux de mandolines,
Descendait lentament du faîte blanc des tours;
Vous en avez tant vus, de satins et d’atours...!
Le marchepied, usè par la haute bottine,
Caresse, en souvenir, la mante incarnadine
Et fait gémir le sable roux des vieilles cours...!
Quand, au retour du bal, sous la mantille blanche,
Et sous le grand col blanc, la large et plate manche,
Une veine poudrée ouvrait vos rideaux clairs;
Elle jetait au loin son evantail, et lasse,
Fâle, elle s’étendait, noble et pleine de grace,
Posant sur le velours sa main de rose chair.
{95}p/
Y este otro soneto:
A LA JEANNE D’ARC, DE CHAPU
Vers quel ange du ciel qui se montre à demi,
Tournes-tu ton regard, dans la plaine boisée...?
Calme et belle, à genoux, dans la fraiche rosée,
Tu vois la France en deuil, vierge de Domrémy!
Mais quelque séraphin ou quelque rêve ami
Te montre, en vision, cette tombe embrasée
Où tu laissas s’enfuir ta colère apaisée,
Où tu mourus sereine, aux yeux de l’ennemi.
Tous tes pas, vers le ciel, étaient marqués de mousse,
Et sur ton front brillait une lueur si douce,
Rayon qui s’échappa du sourire de Dieu!
Ta gloire, en lac de sang, s’étendit sur la terre,
Et dans un marbre pur, les hommes de ce lieu
Voulurent te revoir, à l’ombre du mystere.
Ved la opinión del poeta de Les Humbles:
«Cuando el padre y la madre de Antonine Coullet me mostraron los versos de su
niña y me dijeron que la authoress tenía diez años, quedé
estupefacto, como quedarán todos los lectores. Pero a mi encantada sorpresa
sucedió en seguida un sentimiento de inquietud. Pensaba con tristeza, con
piedad casi, en el pequeño prodigio, en la niña fenómeno, y me imaginaba ya un
rostro melancólico y ajado, una inteligencia recalentada, un cerebro viejo
antes de tiempo. ¡Y bien, no! No se trata de ningún modo de una primicia
obtenida artificialmente, de una planta de estufa. Antonine Coullet no ha
aprendido nunca la prosodia, y no está aún muy segura de su ortografía.{96} Tiene buen aspecto, le gusta jugar, ha guardado
intacta la ingenuidad de su edad. Esta musa infantil es una verdadera niñita.
Solamente ella ha leído ya muchos versos, y por un don extraordinario los ha
hecho, naturalmente, sin darse cuenta, por decir así, como un rosal da sus
flores. Hace versos, y encontraréis en ellos, sin duda, reminiscencias,
palabras cuyo sentido no puede conocer, ideas que, ciertamente, no comprende.
Pero probadlos esos versos por la lectura en alta voz, como se prueba la
calidad de las monedas, haciéndoles sonar, y reconoceréis que esos son buenos y
bellos versos, armoniosos, llenos de imágenes, en donde se estremece también
muy a menudo una sensación verdadera. Por mi parte quedo confundido ante tal
precocidad. La palabra «vocación», tan grave de pronunciar, sin embargo, me
viene espontáneamente a los labios. Hay que decir, como Chateaubriand después
de haber leído las primeras odas del jovencito Víctor Hugo: «¿Niño sublime?»
No; sería demasiado. Pero, viejo poeta, conmovido por el don poético de esta
niña, recuerdo que, a su edad, Mozart ha compuesto sus primeras sonatas. Ese
hombre de genio principió también como niño-prodigio. Ante esta mignonne Antonine
pienso en el pequeño Wolfang, sentado al piano.»
Yo creo que Coppée tiene razón en ponerse triste.
Ante un caso semejante al de la niña Antonine o la niña Carmen, hay que
recordar que los niños-prodigios, con muy raras excepciones, mantienen las
promesas de su infancia. Los demasiado amados de{97} los
dioses mueren brutos... todos hemos visto a esos maravillosos compañeros de
colegio que dejan asombrados a los profesores; generalmente acaban de modestos
industriales o alcaldes de villa. En la mujer la precocidad es más peligrosa
aún. El fin de una superdespierta de diez años es terrible de pensar...
El record de la precocidad femenina creo que lo ha ganado
cierta niñita que, con motivo de una enquête, envió a una gran
revista mundana la carta siguiente: «Señora: Creo que estoy ya en edad de
casarme, y que soy muy capaz de ser una buena madre de familia. Os confío a vos
esto porque estudiais seriamente la cuestión, pero no me atrevería a decirlo en
mi casa. Sé bien que se me respondería: «¡Pero si no tienes más que doce años!»
¡Como si esto fuese una razón! ¿Acaso no se puede ser razonable a los doce años
y adorar u ocuparse de un hogar y de sus hijos? La edad no tiene nada que ver
con el asunto; y tengo en mi familia una tía de setenta y siete años a quien
papá y mamá llaman «la vieja loca» porque ha perdido toda su fortuna al juego
de los caballitos. Yo no tengo nada de loca. No creo en el petit Noël,
ni en las historias que hacen dormir y que se cuentan a los niños. Y si se me
dejara ponerme en menage, y... comprar niños, se haría mucho mejor
que obligarme a jugar todo el día con una muñeca que no puedo amar
verdaderamente «puesto que no sufre». Esa joya los padres podrán apreciarla. Es
un caso que hace pensar en la posibilidad de la transmigración de las almas...
Es un caso de teratología psíquica.{98}
He hablado alguna vez de Jacqueline Pascal, la
hermana del gran Blas. Ella también fué un caso de temprana frondosidad mental,
y deleitó con sus lucubraciones primigenarias a las gentes de su tiempo. Tuvo
también algo que no tienen, por lo común, las niñas-prodigios: la belleza.
«Parfaitement belle, et la plus agréable du monde par la gentilesse de son
esprit et de son humeur à six ans elle est deja souhaitée partout», dice en su
biografía Mme. Perrier. La petite Pascal publicó, como
la petite Coullet de ahora, un volumen de versos. Pero no
pensaba lo mismo que esa mademoiselle de doce años que se quiere casar y
comprar hijos, y que no estima en nada la relación con sus muñecas. Jacqueline,
por el contrario, a pesar de que sabía que los hijos no se compran, puesto que
compuso un epigrama: «Sur le mouvement que la reyne a senti de son enfant», no
desdeñaba los juegos pueriles: «elle était sans cesse après ses poupées». Se
buscan en los primeros intentos las primeras revelaciones del alma. Le dió la
viruela y quedó horrible. Digna hermana de su profundo hermano, sufrió con
paciencia. Doce años tenía cuando desempeñaba, a pesar de su cara picada, un
papel en el Amour tyrannique, de Scudery, y encanta al cardenal Le
Richelieu, que decía de la familia de Blas: «J’en veux faire quelque chose de
grand». Luego se gana en Rouen el premio anual discernido a la mejor
composición sobre la Concepción de la Virgen, y cambia versos nada menos que
con Corneille.
Entre los grandes nombres femeninos de la historia{99} no es la precocidad un común distintivo; sin
embargo, para saber en su tiempo lo que una Oliva Sabuco de Nantes, hay que
haber sido un prodigio de estudio y de comprensión desde muy tierna edad. En
Santa Teresa todo es más intuitivo. En la tradicional cultura italiana hay
ejemplos admirables. Pongo por caso una famosa donna María Gaetana Agnesi, de
quien el canónigo Frisi escribió un entusiástico elogio. Júzguese por estos
datos: A los cinco años hablaba muy bien francés y estudiaba latín. A los once,
conocía perfectamente latín y griego. Escribió en esta lengua un tratado de
mitología y un léxico grecolatino de más de trece mil voces escogidas. Además
sabía el español, el hebreo, el alemán. Como Cornelia Piscopia era un
«oráculo settilingue». De Brosses, que la conoció, escribía a su
amigo el presidente Bonhier en una carta estos párrafos deliciosos que merecen
ser citados: «Debo darle noticia, mi querido presidente, de una especie de
fenómeno literario de que acabo de ser testigo, y que me ha parecido «una cosa
piú estupenda», que el Duomo de Milán... Vengo de casa de la signora Agnesi. Se
me ha hecho entrar en un grande y bello salón, en donde he encontrado treinta
personas de todas las naciones de Europa sentadas en círculo, y la señorita
Agnesi sola con su hermanita en un canapé. Es una niña de diez y ocho a veinte
años, ni fea ni bonita, que tiene el aire muy sencillo y muy dulce. Nos han
traído mucha agua helada, lo que me pareció un preludio de buen augurio. No
esperaba, al ir allí, sino conversar ordinariamente con{100} esa
señorita; en lugar de eso, el conde Belloni, que me llevaba, ha querido hacer
una especie de «acto» público: ha comenzado por dirigir a esa jovencita una
bella arenga en latín, para ser comprendido por todo el mundo. Ella le ha
contestado muy bien; después de lo cual se han puesto a disputar en la misma
lengua sobre el origen de las fuentes y sobre las causas del flujo y reflujo
que, como el mar, tienen algunas. Ella ha hablado como un ángel sobre estas
materias; yo nada he oído sobre eso que me haya satisfecho tanto. Después, el
conde Belloni me rogó que disertara lo mismo con ella sobre el asunto que
quisiese, con tal que fuese un asunto filosófico o matemático. He quedado estupefacto
al ver que me era preciso arengar de improviso y hablar durante una hora en una
lengua que uso tan poco. Sin embargo, sea lo que sea, le he hecho un hermoso
cumplimiento; después hemos disputado, primero, sobre el modo con que el alma
puede ser impresionada por los objetos corporales, y cómo éstos se comunican
con los órganos del cerebro; y en seguida sobre la emanación de la luz y sobre
los calores primitivos. Loppin ha disertado con ella sobre la transparencia de
los cuerpos y sobre las propiedades de ciertas curvas geométricas, de lo cual
no he comprendido nada. El le habló en francés y ella le pidió permiso para
contestarle en latín, temiendo que los términos de arte no fuesen fáciles de
recordar en lengua francesa. Habló a maravilla sobre todos esos temas, sobre
los cuales no estaba más prevenida que nosotros. Es muy apegada a la filosofía{101} de Newton, y es cosa prodigiosa ver a una
persona de su edad comprender tan bien puntos tan abstractos. Pero, por mucho
que me haya asombrado su doctrina, más me asombra oirla hablar latín, lengua
que seguramente no debe usar mucho, con tanta pureza, facilidad y corrección.
Después que le hubo contestado a Loppin, nos levantamos, y la conversación se
hizo general. Cada persona hablaba con ella en su lengua propia.»
Ya se ve que ésta supera a todas nuestras
cultilatiniparlas de la actualidad, estudiantas ibsenianas y feministas
marisabidillas, y aun a nuestras más famosas doctoras y musas contemporáneas. Y
el caso de Gaetana no es único. En 1726 se publicó en Venecia una obra en dos
volúmenes, de la cual he visto un ejemplar en la Biblioteca Nacional, obra cuyo
título es: Componimenti poetici delle piú illustri rimatrici d’ogni
secolo, por Luisa Bergalli. En dicha obra se publican trabajos de 250
poetisas y sus biografías. Luisa Bergalli fué un prodigio, prosista, autora de
versos, traductora de Terencio. «Doctissiman fœminam Terentianis versionibus
celebrem; et comico opere Italicorum excellentissime»—; dice de ella el
entusiasta Barbieri. Eran, sin duda, tiempos muy diferentes de los nuestros, de
cake-walk, flirt y otras disciplinas semejantes. En nuestra época apenas sin
ridículo se le permite saber chino a Judit Gautier y persa a Madame Dulafoy.
A creer en lo que afirma un autor inglés,
indiscutible humorista, se pudo leer en Londres, en el siglo{102} antepasado,
el anuncio teatral siguiente: «La semana próxima los personajes de Coroliano y
de Enrique VIII serán representados por Miss Biddy, niñita de cuatro años, que
ha desempeñado los mismos papeles hace diez y ocho meses con tanto éxito en
Dublin, y que no está enteramente curada de su coqueluche.» Aquí la precocidad
toca los límites de lo extraordinario y bufón. Robert de Montesquiou, al contrario,
cuenta de una su amiguita y pariente, niña-prodigio y deleitable alma
primaveral, cosas singulares. Si el caso particular es verdaderamente
raro—dice—, el hecho no lo es en sí. «La infancia es poeta»—ha dicho Mme.
Valmore—. Y Víctor Hugo ha escrito estos versos, que son una noble explicación
del precoz milagro:
Il est, ou ne sait quel nuages de figures
Que les enfants, jadis vénérés des augures,
Aperçoirent d’en bas et quis les fait parler,
Ce petit voit peut-être un œil étinceler...
La «inspiración» se ejerce entonces en el sentido
exacto de su etimología in spirat, y sopla en el virginal y
delicado instrumento como el viento en un arpa eolia. Los «inefables» acentos
de la dulce Marcelina tienen algo de esa infantil inspiración prorrogada, y es
a menudo por eso por lo que nos cautivan. Muchas palabras de niños contienen
ese infandum que nos hace estremecer como algo de no
humanamente expresado que viene de muy alto y cuyo misterioso timbre no se
encuentra sino en algunas{103} revelaciones-espíritus.
Mi pequeña poetisa no sabía escribir. Estaba muy contenta jugando, y lejos en
apariencia—y en realidad—de toda preocupación literaria. De repente se
verificaba el prodigio.
Citaré también algunos poemitas de esta asombrosa
chiquilla de la nobleza francesa—hoy ya crecidita y bella como un astro—.
Estos, en prosa, que parecen sacados de antología china:
LAS TRES PERLAS DEL MAR
Tres barcos muy extraordinarios eran, de lejos,
como tres perlas.
Flotaban muy lindamente. La mar los hacía más
bellos, como si los amase.
Las montañas parecían flores a los barcos; y los
barcos parecían a las montañas chorros de agua.
Los barcos fueron lejos, muy lejos... hasta que ya
no se vió nada...
SOBRE EL AGUA
Eleonora deja su anular rozar las aguas cuyo color
veía obscurecerse a través de su esmeralda. El rosa de la carne surgía como un
fruto en ese verde gris; una pequeña cúpula de cristal, levantada por la uña,
rodeaba el dedo, formando un globo a través del cual aparecía como un objeto
precioso.
EL INSECTO
El niño abrió lentamente su pequeña mano. El
escarabajito estaba vuelto de espaldas, como una{104} minúscula
tortuga. Después se levantó, se puso a correr con toda ligereza de sus patas de
hilo. Eleonora hizo un puente con su mano; la coccinela recorrió los dedos, dió
vuelta al más chiquito y subió sobre la perla de un anillo, en donde se quedó
un momento. Luego, extendiendo sus alas que se reflejaron en la perla,
enrojeciéndola, voló».
Esta es una verdadera perla, digna de una verdadera
niña y de un verdadero prodigio.
Mas, ¡oh, tristeza! ¿No habéis visto con profunda
pena esas compañías infantiles que suelen recorrer los países representando
piezas hechas para los actores grandes? Macabras y horribles son las barbas
postizas de los galanes jóvenes impúberes; las declaraciones de amor a
jovencitas en formación, y las coqueterías ácidas de ellas. ¿Cómo puede agradar
esa especie de prostitución de la niñez? Aquí en París había un teatrito de
esos en un «pasaje», en el cual tan solamente hallarían complacencia lectores de
la Justina, del «divino» marqués o de la Antijustina,
del Retif.
Los frutos que se anticipan a su tiempo, o que, por
manejos y artes de horticultor, precipitan su madurez, no son buenos al
paladar. En las almas pasa lo propio. La excesiva precocidad, en talento como
en crimen, no puede sino ser signo de degeneración. Debe afligirse un padre
ante el espectáculo de un retoño que se hace árbol antes de tiempo. En los
paseos públicos, en los jardines, suelen verse aquí niñitas que en sus maneras
y aspectos son Linianitas de Pougy, bebés de las Camelias. Si no{105} con el espíritu pervertido, con una idea muy
especial de la existencia, crecen y se desarrollan chicuelas como la autora de
la carta que he citado, la que quiere hogar y comprar hijos. Si a los doce años
se piensa así, ¿qué será a los veinte?
Ce sont les cadets de Gascogne
De Carbon de Castel-Jaloux,
Bretteurs et menteurs sans vergogne
Ce sont les cadets de Gascogne...
Diez luises por lo menos. L’Aiglon, La
Samaritaine, la mar de luises. Escribe cuando quiere, como quiere, en donde
quiere. Su pegaso tiene una excelente caballeriza, y como cierto caballo de
cierta novela de Henry de Regnier, «hace» monedas de oro. Siendo su fama
parisiense, es mundial. Ha tenido el honor de que un poeta chicaguense quiera
disputarle sus hallazgos. Don Quijote le ha tendido la mano a través de los
Pirineos. M. de Vogüe le dice sin ironía: «En pocos días llegáis a ser rey de
la escena, emperador, mesías, poeta nacional y luego poeta universal.» Ninguna
exageración le sienta mal. Su gloria es gascona. Tiene la suerte de hablar en
una lengua que todo el mundo entiende. Sus piezas son representadas y
aplaudidas en todos los teatros de la tierra. El poeta Mendès escribe de la{109} Francia: «La patria de Corneille, Hugo y
Rostand». Su mujer, que puede hacer tan bellos versos como él, se dedica a
admirarle y a quererle, y a hacerle una musa, una esposa y una amante
incomparable. A los treinta y cuatro años es el Napoleón de la rima, el César
de las tablas. La muchedumbre no le discute. La nobleza le sonríe, la sabiduría
le aplaude. El, sencillamente, habla. «He encontrado la felicidad en Cambo.
Allí paseo, respiro, sueño. Voy a hacerme construir una casa en un sitio
incomparable. Tengo flores, tengo montañas, tengo el agua del gentil Nive,
tengo la compañía de magníficos vascos. He ahí mi vida. ¿Para qué recargarla de
cuidados superfluos? ¿Y por qué he de trabajar a la fuerza? ¿Qué es esa
obligación de trabajo que se quiere imponer a todo el mundo? Si no tengo ganas
de trabajar, ¿por qué he de trabajar?» Hombre feliz, Rostand, el rey Rostand,
el que hace nacer a su Cyrano en una cuna de oro y a su Aguilucho en
un nido de marfil. Y luego él mismo se da a entender pescador de luna, en
Lunel, cazador de sueños en Cambo, acaparador de dicha en todas partes. ¡Veinard!:
Rostand, o la Felicidad.
Todo no está, en la lógica de la existencia, muy
puesto en razón. Es un caso excepcional... Y, en realidad de verdad, ¿para
quién debía vaciar su cornucopia la riqueza, sino para el artista que tan bello
uso sabe hacer de ella? Hay en el inmenso vulgo la creencia de que, al
contrario, al artista le es necesaria la penuria, la miseria. Hay absurdos
bimanos{110} que saben y repiten que Cervantes no
cenó cuando concluyó el Quijote; que Homero fué un mendigo; que
muchos grandes poetas vivieron y murieron en el sufrimiento y en la escasez. A
título de poeta me decía una vez un amable hotentote: «Dios quiera que nunca le
sonría a usted la fortuna», y pensaba hacerme un cumplimiento. Cumplimiento que
se haría al pato y al ganso, cuyas patas se clavan para engordarles el hígado
que ha de ser paté-de-foie-gras, o al pájaro armonioso cuyos ojos se sacan para
que su canto sea mejor, según se asegura. No. El ruiseñor canta mejor bien
mantenido y en jaula de oro. El pensamiento nace mejor sin cuidados, sin los
miserables cuidados de la vida cotidiana. Horacio cantaba hermosamente en su
quinta, colmado de los oros del César; Lamartine nunca tuvo más melodía que
cuando fué príncipe de riqueza; la lírica ancianidad de Hugo fué fecunda y
frondosa al calor de los millones. ¿Qué no hubieran hecho Laforgue con fortuna,
Verlaine poderoso, Mallarmé con rentas copiosas? La gloria de D’Annunzio es
pactolizada. Y el talento innegable de Rostand no se alzaría tanto si, como se
sabe muy bien, no hubiese sido sostenido por la omnipotencia de los cheques.
Sus dramas han sido lanzados como cocotas. ¿Cuántos talentos como el de Rostand
habrán desaparecido ignorados en Francia por no tener la llave que abre todas
las puertas en nuestro tiempo de negocios? Claro es que lo que Dios no da, ni Salamanca
ni el Banco de Francia lo prestan.
La mediocridad, la ineptitud, no serán nunca más{111} que ineptitud y mediocridad, a pesar de cuantas
maneras de brillar ofrezca el dinero. Lo primero es ser pescador de luna; si se
pesca desde un puente de plata, la dicha es mayor. Nadie como el artista sabe
valorar y amar los bellos espectáculos, los exquisitos interiores, el mármol,
la seda, el oro, el lujo, en cuyo medio las almas comunes no saben qué hacer,
entre el gozo irrazonado y el fastidio...
¿Es injusta la suerte con M. Rostand? De ninguna
manera. El mérito del portalira es evidente. Solamente que, lo que es un grato
jardín, como el «Verger de Coquelín», se confunde bajo el imperio de la réclame con
un monte olímpico. Se ha llegado a pronunciar la palabra genio. ¡No, por Dios!
Talento. Se ha dicho: «El verbo de la Francia». ¡No, por Dios! El verbo de la
Francia se llama Rabelais, Pascal, Voltaire, Hugo. M. Rostand, que sucede a M.
de Bornier en su sillón de la Academia Francesa, es un poeta superior a M. de
Bornier. Es un poeta elegante, delicado, bravo, sonoro, ágil, excelente
rimador; y como teatral, como poeta de la escena, de primer orden. Nada más. ¡Y
es mucho eso! No se burle de él la imbecilidad. No hay muchos como él. Pero hay
otros que son más que él, y que no logran sus victorias porque no los lanzan
los arregladores de fama y porque no hablan a la muchedumbre en el idioma de la
muchedumbre. Axel no logra lo que Cyrano. Y entre Rostand y Villier de l’Isle
Adam hay su distancia...
En todo esto hay algo de consolador. Y es el hecho{112} de que, por más que se diga, un poeta ha sido el
ídolo de París en momentos en que tan solamente logran laureles y premios los
automovilistas y los reyes de la bicicleta. Looping-the-loop; sí, pero también
el ideal, la poesía. El clown de Banville hizo también una especie de
looping-the-loop, y entonces fué cuando dió aquel salto que le hizo romper el
plafón azul del cielo y desaparecer en lo infinito. Rostand, o la Felicidad...
Sin embargo, he ahí que el unánime triunfo se ve turbado por agrias protestas.
Ya es un crítico que, entrando en comparaciones, encuentra en cualidades
diferentes al autor del Aiglón, inferior a Banville, a Mendés, a
Ponchon. Ya es un fogoso meridional, del puro riñón del Mediodía—no hay peor
cuña que la del mismo palo—, Jean Carrère, que es, con el victorioso, terrible
y flagelante. Y señala esa victoria resonante como exteriorización de un mal
francés que trae decadencia y mengua nacionales: el histrionismo. Diríase que
ha leído a M. Groussac en ciertas páginas de antaño. «¡Ah! ¡Mirad nuestra
historia desde hace un cuarto de siglo! ¡Mirad nuestra vida en estos últimos
años! ¿Qué amamos? ¿Qué celebramos? ¿Qué contemplamos? El teatro, los actores,
los autores dramáticos. ¿Qué acontecimientos nos conmueven en nuestra vida
interior? ¡Acontecimientos de teatro! Cuando se quemó la Comedia Francesa los
diarios, al unísono, hablaban de un desastre nacional; parecía que la Francia
había concluído su misión. Una pobre actricilla se quemó allí: duelo universal.
Se la enterró con una pompa solemne que no conocerá{113} nunca
un libertador de la patria o un descubridor de nuevas rutas. ¿Cuál ha sido el
gran asunto de las polémicas en estos años recientes? ¡La querella de M.
Claretie y sus cómicos! ¡Una mediocre cabotina no se puede enojar con su
director sin que el ministro se mezcle y toda la prensa se revuelva! ¿Y de qué
nos enorgullecemos en nuestras relaciones con el vasto mundo? De nuestras
piezas dramáticas, del éxito de nuestros actores, de las tournées
triomphales, de nuestras grandes vedettes. Mme. Réjane no puede
volver de Inglaterra sin que se la vaya a esperar al desembarcadero, como si
acabase de conquistar pueblos nuevos. Mme. Sarah Bernardt nos representa en
América, y M. Coquelin es nuestro supremo intérprete con reyes y emperadores.»
Y luego señala las palabras de Claretie, que hablaba de la «misión civilizadora
de M. Truffier», y la locura de los diarios con cualquier acontecimiento de
bambalinas. El teatro es todo, dirige todo, absorbe todo, aumenta todo,
aniquila todo y nos oculta nuestra propia situación. Lo más doloroso, en
efecto, es que, semejantes a los actores que se embriagan con su papel, nos
embriagamos con esa gloria ficticia del teatro, y creemos en una grandeza que
no es sino la ilusión de la escena. Creemos que los pueblos aclaman a Francia
cuando aplauden a los actores franceses, y no suponemos todo lo que hay para
nosotros de desprecio real en esa exaltación ruidosa de nuestra superioridad
teatral. ¡Oh, cuánta ironía sangrienta y sarcasmo hasta hacer llorar a los que
saben comprender había en la actitud de ese emperador{114} feudal
y guerrero, soñador de imperio y de expansión mundial, que recibía como
representante de la Francia, a su ilustre valet de comédie!»
Monsieur Jean Carrère, que también es poeta, exagera un poco como meridional;
pero no deja de tener razón, sin que la teatralidad sea un desdoro para este
país brillante y amable. Juvenal alaba ya la elocuencia de los galos, que
enseñaron sus gestos y palabras a los britanos. Juana de Arco representó un
papel que el buen Dios de los ejércitos escribió expresamente para ella. Y un
Papa calificó al gran Emperador que fué a las Pirámides y a Santa Elena,
tragediante, comediante... Rostand defiende las tablas, la teatralidad, la vida
de las máscaras. No hay sino leer su discurso de entrada a la Academia. Que
aproveche de su vida, bella comedia; mientras, como para todo el mundo, llega
la mano invisible que baja el telón.
I
Los diarios.
Acabo de releer las deliciosas memorias de Goldoni.
En ellas hay un capítulo dedicado a los periódicos. El comediógrafo se asombra
ya de «l’inmensa quantitá di fogli che si spacciano ogni giorno in Parigi». El
hombre más curioso y más desocupado del mundo no podría leerlas todas, dice,
aunque emplease en ello todo su tiempo. Cita los más importantes. El Journal
de Paris, célebre a la sazón por un canard ruidoso. Este
periódico anunció que un lionés había descubierto la manera de caminar sobre el
agua, y que había realizado la prueba con todo éxito. La afirmación no era
cierta. Pero quiso la buena suerte de la publicación que tres años después un
extranjero caminó, en efecto, sobre el Sena con unos zapatos de su invención.
El Journal de París no quedó ya como mentiroso... Goldoni
habla también de la Gazette de France. Aparecía entonces dos veces
por semana, «y si no da las noticias más frescas, las da en cambio más
seguras».
El Journal Europeen era «una
gaceta inglesa traducida al francés». Muy dedicada a cosas parlamentarias, y
muy buscada por el público. El Mercure de France había dejado
de publicarse mensualmente y aparecía, más pequeño, cada sábado. Cita con
elogio el Año Literario, de Freron. El Journal des Savants «non
e fatto per tutti». La Gazette des Tribuneaux{117},
útil para empleados y curiales, y el Journal de l’Agriculture, para
los cultivadores. El más afortunado era la Bibliothéque des Romans.
Merecía ser leído el Journal de Litterature, «benissimo scritto e
molto giudizioso nelle sue critiche». Solamente hay en ese tiempo dos diarios:
el Journal de París y el Journal de France.
«Objeto principal de este último es el anunciar los bienes muebles e inmuebles
que se venden o alquilan, de las cosas de que querían deshacerse los
posesores», etc., etc. En cuanto al Journal de Paris, «algunas
veces el público lamenta que no sea bastante rico de noticias». Y el buen
Goldoni se pregunta: ¿pero puede un diario ser rico de noticias todos los días?
Y luego, ¿se puede decir todo, escribir todo, imprimir todo? No sospechaba por
cierto en lo porvenir la información actual, el diario en que cuotidianamente
se dice todo, se escribe todo, se imprime todo.
En verdad, el diario propiamente dicho, no empezó
sino con la Revolución. Rivarol apareció con su finura y brillantez;
Desmoulins, con su elocuencia; otros más si no buenos escritores, plumas
activas. Las luchas de ideas, los choques políticos, hacían necesaria la hoja
con su noticia, su proclama o su comentario. Marat, terrible colega, lanza
su Ami du Peuple; y el periodismo furioso y sanguinario tiene
iniciadores como d’Hebert y Fréron, a quien Goldoni calificaba de «uomo molto
istruito e sensatissimo». En el Directorio Babeuf funda su Journal de
la Liberté de la Presse. Se escribe mucho y hay no sólo libertad, sino
libertinaje.{118}
Bajo el poder del emperador no hay expansión para
la prensa. Después nacerán los Carrel, los Constant, los Paul Louis Courrier,
precursores de los luchadores de hoy, Clémenceau, Rochefort, Drumont y
compañía.
A la vuelta de los Borbones hay un despertamiento.
El periódico cuenta con plumas como las de Bonald, Lamennais, Chateaubriand,
que sustentan los principios conservadores, mientras el liberalismo tiene a
Cousin, Guizot, Royer-Callard, Foy, Miguet, Thiers, etc. Más tarde, típicos
representantes aparecerán, maestros como Janin y el gran Louis Veuillot.
Girardin, como dice en una buena frase M. Edmond Pilon, crea la Presse
d’un coup de plume et tue Armand Carrel d’un coup d’épée. A través de los
cambios políticos, brillan los Louis Blanc, los Raspail, Hugo mismo, que fué
colosal periodista. El segundo imperio llenó los diarios de literatos y poetas.
Nacieron los Scholl, los Saint-Víctor, los Gautier, los Vacquerie. La guerra y
la Comuna pasaron. Hubo una transformación en todo. Los diarios cambiaron de
ideas, de rumbo, o suavizaron sus tendencias. El número ha aumentado
largamente. Y un soplo venido de los Estados Unidos, ha propagado últimamente
el espíritu yanqui en el diarismo, como ha creado el magazin, fotográfico,
de actualidad y de curiosidad.
¿Quién no sabe que el Temps es el
más serio y autorizado de los diarios parisienses? Sus cortos artículos
editoriales resumen en juicios, casi siempre acertados, los movimientos de la
política mundial.{119} En cada número un redactor
representa el pensamiento espiritual, la crítica fina, Pierre Mille o Nozieres,
por ahora. Allí se publican las «interviews» famosas, «los paseos y visitas» de
un eminente reporter: M. Adolphe Brisson. La crítica literaria y dramática
cuenta siempre con dos «normaliens» de fuste. Los que han firmado, firman, o
firmarán esas secciones, han sido, son o serán de la Academia Francesa. Los
asuntos militares los tratan en largos artículos dos militaristas fuertes, como
los hermanos Margueritte. Un reposado gentleman-farmer envía de cuando en
cuando agradables cartas sobre agricultura. En el folletín hay casi siempre una
novela extranjera.
En cuanto a información, el Temps es
de los más adelantados, y sus noticias son siempre de buen origen. Antes de
pasar adelante, he de advertir que es inútil buscar aquí una información
semejante a la de los grandes diarios yanquis, ingleses y argentinos.
El Figaro, que ha pasado recientemente
por una crisis resonante, guarda su carácter tradicional, moderado y mundano.
Se conserva la usanza de los «sonetos políticos», de Magnard. Siempre, el
redactor en jefe, da su opinión sobre la situación, si no en catorce versos, en
más o menos espacio que el que ellos ocuparían. El primer artículo es
literario, o de actualidad, firmado por un nombre célebre, o en vísperas de
serlo. Un redactor hay, cuotidianamente, para un asunto de interés actual en la
vida parisiense, y, entre la legión de sus reporteres,{120} cuenta
con el reporter parisiense por excelencia M. Chincholle, y con un hábil
interviewista, M. Huret. Mantiene en la mayor parte de las capitales europeas
corresponsales que están, o aparentan estar, en todos los secretos de
cancillería y de salón. Como crítico teatral firmaba Henry Fouquier; hoy llena
la tarea Emanuel Arene. Recientemente el Figaro ha llamado a
Catulle Mendés a su colaboración literaria fija, y el buen poeta dice, en prosa
y verso, cada quince días, impresiones, sensaciones e ideas.
El Gaulois es el rival mundano
del Figaro. Su clientela es monárquica y de alto rango. En su
redacción se guardan todas las conveniencias. Tiene una sección muy
interesante, sus blocnotes parisienses. Como el Temps y
el Figaro, se vende a quince céntimos. Manifiesta también
preferencia por la literatura y el arte. Conservador y todo, tiende a mejorar
como empresa. El Journal des Debats es el viejo periódico
sabio y correcto de antaño. Tiene una clientela especial y distinguida. Guarda
la tradición del folletín de crítica dramática. Sus colaboradores son casi
todos miembros del Instituto. Es el periódico senador, antiguo par de Francia.
El Journal ha comenzado con gran éxito y ha seguido una vida
de éxitos. Diario cuyo director literario es M. José María de Heredia, tiene un
estado mayor de excelentes literatos como redactores. Cuenta también con buenos
periodistas, en el sentido exacto de la palabra. Se distinguen en esto su
redactor policial y su vulgarizador científico. En cuanto a sus plumas
principales, las hay fuertes, admirables para{121} la
revista y para el libro, como la de M. Paul Adam, cuyos artículos muy sesudos,
atrevidos y macizos, no son muy propios del diario; Michel Prince publica sus
diálogos picantes; André Theuriet, sus impresiones y cuentos campestres;
«Severine» hace su propaganda humanitaria; Mezervy dice sus historietas
voluptuosas; Hugues la Roux, sus viajes e impresiones, y así otros cuantos
colaboradores fijos. La crítica teatral la hace el poeta Mendés. Tiene buenos
reporteres, como Naudeau, y tres escritores risueños: Pouchon, famoso sacerdote
de Baco; Alphonse Allais, que es en París lo que Luis Taboada en Madrid y
Eustaquio Pellicer en Buenos Aires, y Franc Nohain, un humorista en versos
amorfos, que recibe las confidencias de las cafeteras, de los billares, de las
muñecas y de otras cosas así, y que agarra una rima y no la suelta hasta no
acabar con la paciencia de sus lectores.
El Matin, que en su nueva época ha
iniciado un movimiento de información y de actividad diarística que le ha sido
muy provechoso, y el Français, que aparece por la tarde, en dos o
tres ediciones, son de una misma empresa. Publican siempre un artículo de
actualidad, un cuento y muchas noticias locales y extranjeras. Sus redactores
principales son Ch. Laurent y H. Harduin. Tienen un crecido número de
colaboradores y reporteres que han tenido ingeniosas ideas e iniciativas, como
el que se tiró al Sena para ver si lo salvaban los perros de la policía, y se
quedó una noche escondido en un sarcófago del Louvre, y George Daniel que se ha
disfrazado de mil{122} maneras y ha ejercido cien
oficios para contar sus aventuras a los parisienses. El Echo de Paris,
órgano del nacionalismo, es un diario bien hecho, bien informado, con una buena
sección de telegramas del extranjero, y que se distingue como L’Eclair por
sus interviews. Hay otros cuantos diarios, pero se harían estas líneas
interminables si hablara de todos.
El establecimiento del New York Herald,
en París, la invasión yanqui, las relaciones más estrechas con los Estados
Unidos, han traído al periodismo nueva vida. Ya son señalados los redactores
políticos que hacen su largo editorial, los extensos capítulos, de antes, o las
dilatadas vociferaciones. Se busca decir en pocas líneas mucho. No se declaman
las antiguas tiradas. En cambio, en todo, en literatura, en arte, en sport, se
aumenta la parte informativa, el elemento curioso, la anécdota inédita. Con
esto ha llegado también la réclame. Hay diarios que dan primas a
sus suscriptores; otros, como el Journal, han inundado de carteles
vistosos los muros de París, recomendando tal o cual folletín espeluznante, y
ofreciendo un premio de valor a la persona que averiguase el final de la novela
y la suerte de cada uno de los personajes, después de publicados los primeros
capítulos. El Matin y el Français han
iniciado las sorpresas. Los redactores del periódico, desde el
redactor en jefe hasta el último reporter, han salido por las calles a ofrecer
un sobre cerrado a las personas que andan con el diario ostensiblemente. Los
sobres contienen billetes de mil francos,{123} automóviles,
una villa amueblada y otros regalos de mayor o menor precio.
El Journal siguió el ejemplo, y lanzó una especie de
combinaciones que eran simplemente una lotería, por lo cual la ley cayó sobre
la tentativa. Hoy hace lo mismo que el Matin. Naturalmente,
esa auto-réclame no la hacen diarios graves y estirados. Entre
esos, el Figaro ofrece a sus suscriptores el aliciente de las
invitaciones a sus fiestas y recepciones. Hay otros medios. El Matin envió
a un redactor a dar la vuelta al mundo en el menor tiempo posible; el Journal hizo
lo mismo. Luchan a quien más acapara la atención pública. El Journal acaba
de lograr una gran victoria: ¡ha sacado del presidio a un condenado a
perpetuidad, inocente, según se ha probado; le ha traído a París, le ha
banqueteado, le ha hecho aclamar por el pueblo en la estación del ferrocarril!
El Matin se ha puesto pálido... Sería necesario algo más
sensacional: un condenado a muerte, inocente también, arrancado a la
guillotina... Pero eso no es fácil.
¿El papel político de cada diario? Conforme a los
intereses del partido que lo sostiene. ¿El tono habitual de ellos? En un
curioso estudio de M. de Noussanne, sobre la prensa francesa, hay una serie de
frases y palabras usuales en el repertorio de cada uno. La Croix:
«Este gobierno nefasto... El ejército encarna la patria... No queremos por
prueba... En cambio... Los francmasones... La francmasonería... Revuelta... Los
revoltosos... Dios... Castigo... Misericordia... Cólera... Cristiandad...{124} Anticristiana... Obolo... Pequeño óbolo...
Documentos... Escándalo... Perfidia...» L’Aurore: «Los gobernantes,
explotadores y ladrones... Los bandidos, los asesinos galoneados...
matadores... carniceros y violadores... Yo quiero... Yo... Yo haré... Yo he
dicho... Yo he citado... Yo repito... Las órdenes de la conciencia... Las luces
de la razón... Los pretorianos... Brutos... Policía... Malhechores civiles y
militares... Cadáveres... Barbarie... Fuego y sangre... Cobardías...
Atrocidades... Infamias...» La Libre Parole, órgano, como se sabe,
de los antisemitas: «Este Ministerio de muerte y de ruina... El ejército
desorganizado... Yo... Yo soy... Yo sé... Ya veis... Ya veréis... Imaginad...
Notad... Escuchad... Desde el punto de vista de... Hay... Hay más... El ejército...
Los judíos... La judería... El oro... Los cosmopolitas... Israel... El país...
Canalladas... Traidores... Abominable... Inmundo...» El Figaro:
«Cuando se tiene el honor de ser un hombre de gobierno... Es preciso...
Respetamos demasiado el ejército... El respeto de las instituciones... El
respeto de las leyes... El respeto del orden... La libertad... Las
libertades... La masonería... Los jacobinos... Las pasiones... Sospechas...
Sospechosos...» La Patrie: «El Ministerio de vergüenza y de
traición... El ejército francés sobre todo... Así pues... Ved aquí... Ved...
Desde la guerra... La lección del pasado... Parlamentarismo... Incoherencia...
Fe... Ley... Odiosos sectarios... Sin patria... Nuestros adversarios... Los
peores bandidos...{125} La libertad... Las
libertades violadas... Este pueblo... Un gran pueblo... Las conciencias
francesas... Deber patriótico... Derechos imprescriptibles... Esperanzas
invencibles...»
Por sus palabras los conoceréis.
Las naciones, decía Littré, tienen, en bien o en
mal, el periodismo que merecen.
II
Las revistas.
Hay en el mundo intelectual ciertas mentiras
convencionales, una de ellas ésta: la Rue de Deux Mondes es un
cuadernote ilegible; no se puede tener en la mano sin que el sueño no llegue a
rendir al lector; es una revista vieja para viejos; cuartel de inválidos,
refugio de veteranos. Nada de esto es cierto sino en parte muy relativa. La
noble revista ha contado siempre entre sus colaboradores autores jóvenes y
brillantes: es una publicación no extraña a la amenidad y suficientemente
valiente para dar acogida a obras a veces arriesgadas, desde las de la Sand
hasta las de D’Annunzio; es abierta a las corrientes de ideas extranjeras, y en
sus páginas han tenido lugar en toda época trabajos de escritores de todas
partes del mundo. Siempre ha habido en su redacción una pluma hábil
cosmopolita: antes era M. de Mazade, hoy es M. de Wizewa. En ella fueron
juzgados, a su tiempo, los libros de Sarmiento, entre otros americanos.{126}
Lo que sí es cierto es que la Revue de Deux
Mondes es la academia de la prensa. Los autores franceses que escriben
en ella son candidatos para un asiento bajo la Cúpula, cuando no figuran en el
número de los Cuarenta. Su opinión oficial, representada siempre por un crítico
de seso, no es ciertamente revolucionaria ni independiente. Para eso están las
revistas de otra índole. De Buloz a Brunetière, la dirección es la misma. La
revista que lleva como norma la seriedad y el buen sentido no pretende, por
otra parte, más que ser leída por el grupo que constituye su especial
clientela. Y en cuanto al color de sus ideas es invariable, como el salmón de
su cubierta.
En realidad, la revista más respetable, si el
respeto se mide por la edad, sería el Mercure de France, cabalmente
la revista más independiente, más atrevidamente intelectual, más sólidamente
moderna. Su fundación data de 1672. Goldoni, en sus citadas Memorias, dice:
El Mercurio de Francia, llamado antes el Mercurio Galante,
ha variado ahora el orden de su distribución. En vez de un volumen al mes, da
una parte cada sábado. Este trabajo es hecho por una sociedad de literatos:
comprende cuanto se refiere a las artes, las ciencias, la literatura, los
teatros, las noticias políticas, y ha siempre conservado el antiguo uso de los
enigmas y logogrifos, de los cuales da la explicación en el volumen sucesivo.
El vocablo enigma debe entenderlo cualquiera, pero el de logogrifo puede
muy bien ser desconocido{127} de muchas personas:
yo, por ejemplo, no tenía de él noticia alguna en Italia. He aquí la
explicación que se encuentra en el diccionario de Trevoux: «Logogrifo: especie
de símbolo en palabras enigmáticas; consiste en cualquier alusión equívoca, o
mutilación de palabras, por el cual se varía el sentido literal de la cosa
significada: de manera que está entre el equívoco, o el verdadero enigma o
emblema.» Las palabras de Goldoni toman hoy un picante valor, cuando se sabe
que ha sido en su reciente época el Mercure de France el campo
de aparición y el lugar de batalla de los simbolistas de la literatura, de los
enigmistas del arte. Los ingenuos emblemas de antaño se cambiaron en prosas
extraordinarias y raras, en poesía misteriosa y cabalística, con el curso del
tiempo. La verdad: esa revista, en su período contemporáneo, ha sido la Revue
de Deux Mondes de los intelectuales en el mundo entero, de Rusia a los
Estados Unidos, de París a Tokio, de Roma a Buenos Aires. Es ella la causante
principal del movimiento de ideas que en arte y filosofía adquirió en estos
últimos tiempos una expansión internacional y una potencia cosmopolita. El
decadentismo desapareció con señaladas individualidades: el simbolismo dejó de
ser una escuela para dejar en la obra personal de sus principales sostenedores
la verificación del triunfo de una tendencia, de la victoria de una lucha
mental que ha influído en todas partes en las creaciones del espíritu y en el
arte de exteriorizar las ideas. Ya pasó el tiempo en que se hablaba de esta
publicación como una de las{128} tantas tentativas
de los «nuevos», de los «jóvenes»; los nuevos de ayer son hoy casi viejos; los
jóvenes, reconocidos maestros. Desapareció Verlaine, desaparecieron Mallarmé y
Villiers de l’Isle Adam, dejando en la historia de las letras francesas el
resplandor de su luz indiscutible. Quedan los fuertes en su madurez: Henry de
Regnier, altísimo poeta; Remy de Gourmont, cuya obra compleja, profunda, sabia,
vigorosamente encantadora, dentro de poco tiempo, como la de Nietzsche, quizá
conmueva al mundo. Madame Rachilde, la inteligencia más rara, a mi entender,
que ha tenido una mujer sobre la tierra; Jules de Gaultier, hábil manejador de
ideas, filósofo inesperado, cuyos recientes libros De Kant a Nietzsche y El
Bovarismo recomiendo a nuestros espíritus de meditación, a nuestras
inteligencias que no temen el vértigo de las altas especulaciones; Barthélemy,
que ha escrito una obra sobre Carlyle que es una obra maestra, y una pléyade de
estudiosos, de trabajadores, exploradores en plena selva de ideas, o mineros de
futuro. El Mercure tiene la particularidad de tener una
redacción cosmopolita, y en cada número hay una reseña del movimiento
intelectual universal en secciones especiales. Los «epílogos» de Gourmont y los
juicios de Mme. Rachilde son verdaderos atractivos para los sibaritas de las
letras.
El Correspondant es una revista
admirablemente dirigida, de gran mérito por la calidad de su colaboración y que
sostiene las ideas del elemento conservador{129} y
religioso. Es poco leída en el gran público, pero muy leída en las clases
altas, en que no soplan vientos de fronde ni se agitan otros
problemas que los del sostenimiento de los antiguos ideales y regímenes.
La Grande Revue fué fundada a raíz
de la famosa cuestión Dreyfus, y su director es el célebre abogado Labori.
Según su programa, se señala esta publicación por dos caracteres esenciales:
«desde el punto de vista intelectual, la independencia absoluta de toda escuela,
pues conviene acoger lo que hay de excelente o de verdaderamente original en
todos los géneros: desde el punto de vista material, la periodicidad mensual,
pues en presencia de las múltiples ocupaciones de la vida moderna y del número
creciente de obras de toda suerte que hay que recibir a veces, solamente para
recorrerlas, una publicación consistente en un grueso volumen mensual,
compuesto con cuidado para que todo interese, y por lo tanto completo y menos
costoso que las obras similares, no tiene sino ventajas». A lo cual se puede
observar que hay una buena cantidad de revistas mensuales tan nutridas o más
que esa revista y que su lectura se resiente de pesadez y de sequedad.
La Revue Bleu es hebdomadaria,
como su adlátere la Revue Scientifique. Se
distingue por la variedad y la actualidad de sus temas, y asimismo por lo
escogido de su cuerpo de colaboradores. Por lo que toca a sus ideas, se adorna
de un sabio eclecticismo que no le aleja ninguna simpatía.{130}
No se puede decir lo mismo de la Revue
Blanche. Esta es una de las más intelectuales y, sin disputa, la más
combatiente, emprendedora y activa. Es anárquica, demoledora y nutrida de
ideas. Su colaboración es cosmopolita, como la de Mercure, y puede
asegurarse que jamás se ha escrito en ella una sola página en que no haya
audacia y talento. Lo subido de su color—¡a pesar de su candidez apelativa!—le
ha atraído los odios de los reaccionarios, pero le ha dado también una inmensa
boga en el mundo pensante, tanto en Francia como en el extranjero. Ha hecho
campañas sonoras y memorables, como la de Montjuich, dirigida por Tarrida del
Mármol, y la del descubrimiento de las crueldades cometidas en las prisiones
militares francesas. Es uno de los órganos que más han dado a conocer el actual
pensamiento ruso; y toda idea nueva y osada tiene en él un defensor y un
propagandista, así en literatura, como en ciencia, como en política. En ella
nació a la vida de la celebridad el combatiente Gohier.
La Revue Universelle es una
continuación perpetua del diccionario Larousse. Es un término medio entre la
ilustración y la revista. Mezcla la colaboración de ideas con las actualidades
y curiosidades, aumentando su prestigio de divulgación con sus numerosos
fotograbados.
La Revue de Paris es
aristocrática, de un mundano intelectualismo y ofrece a sus lectores de cuando
en cuando lo más celebrado de autores extranjeros en boga. No se distingue por
ninguna particularidad.{131} Parece que, sin
embargo, tiene una, y no la menos interesante para los escritores: es la que
más caro paga la colaboración entre todas las revistas publicadas en París.
La Plume es de hermosa historia. Fué un tiempo, con
el Mercure, el palenque de los poetas y escritores nuevos. Ha
pasado por mil vicisitudes: en ella nacieron a la vida de la gloria muchos
autores hoy ilustres. Actualmente ha adquirido fuerzas y se presenta
flamantemente como una de las mejor escritas y más artísticamente
presentadas. La Plume daba en sus primeros tiempos banquetes,
en realidad modestos ágapes, pero que tenían la especialidad de ser presididos
por una celebridad del arte, de la ciencia, de la literatura. Hoy ha acentuado
su carácter artístico: inicia exposiciones, publica muy interesantes
monografías sobre los mejores pintores o escritores, y aunque ha vuelto a las
antiguas comidas, éstas no tienen ni la resonancia ni la alegría de las otras,
según parece. La juventud, hélas!, ha pasado.
Como su nombre lo indica, la Revue
Hebdomadaire aparece cada semana. Es de un formato reducido, un
cuadernito siempre lleno de curiosos artículos, poesías y novelas. Antes daba
la preferencia a las novelas y reproducía obras conocidas. Hoy todo lo que
publica es inédito, y la dirección procura mejorar cada día. Lástima es que se
insista en el tamaño reducido, que, indudablemente, no hace bien a la revista.
La Revue Brittannique desapareció.
Es una lástima, pues desde que Pichot la fundara, no dejó de ser{132} una publicación seria, informada
intelectualmente y bien organizada como empresa. Era también una de las
revistas que más se ocupaban de la actividad mental extranjera, siempre tan
poco conocida entre los escritores de este país.
Hay una enorme cantidad de revistas especiales,
desde las sabias filosóficas y profesionales hasta las que son órganos de
grupos y escuelas, como L’Effor o la Revue Naturiste,
sin contar con las innumerables de letras y artes que se fundan, viven un poco
de tiempo y se acaban. Fundación y fundición.
LA EVOLUCIÓN DEL RASTACUERISMO
La etimología de M. Wiener es, como otras
semejantes, muy poco segura; pero en todo caso, mejor{134} que
la que hace venir la palabra de la jerga del Greluche de Meilhac, brasileño de
pega. Su hablar—«¿Quo resta buena avatas salem pampas?»—es de la misma especie
que el turco de cierta farsa clásica. Parecida a la opinión de M. Wiener es la
que trae el Larousse: «Otros pretenden que los primeros americanos del Sur,
cuya prodigalidad y lujo chillón llamaron la atención, eran antiguos hacendados
enriquecidos con la venta de pieles y cueros. Se les había llamados
«rascacueros», y de allí «rastacueros». ¿Aurelien Scholl inventó su personaje
de D. Iñigo Rastacuero, marqués de los Saladeros, o en efecto, como él lo
afirmaba siempre, el tipo fué amigo suyo y persona en carne y hueso? Es de
creer que el finado expresidente del «Cercle de l’Escrime» tuvo muchas
oportunidades de conocer a muchos americanos del Sur, cuyos hábitos y figura
pudieron dar vida a su retratado. «Desde el día en que D. Iñigo Rastacuero, marqués
de los Saladeros, bajó en el hotel del Louvre, desde donde irradió sobre la
sociedad parisiense, pocos extranjeros han osado presentarse en el café de la
Paix sin haberse encasquetado un título cualquiera.» Rastacuero, «que debía dar
su nombre a la gran tribu de los exóticos», está aún presente en todas las
memorias: una cara de pain d’épice; dos ojos negros, con el
movimiento de rotación de los ventiladores; una gran nariz de loro, bajo la
cual un espeso bigote de alambre se retorcía orgullosamente poniéndole un punto
de admiración en cada mejilla. Tenía en su bolsillo pepitas de oro y naipes,
cartas de Hernán{135} Cortés y direcciones de
damas. Cuando estaba sin blanca, Rastacuero hacía un viajecito a la América del
Sur y volvía algunos meses después con dos millones en cartera. Se decía que
había ido a matar a alguien en la Cordillera de los Andes, y que traía sus
despojos. Al partir, tenía cuidado de dejar su dirección: «poste restante, en
Buenos Aires», o «poste restante, en Valparaíso». Rastacuero tenía los dedos
cargados de sortijas; una cadena de reloj que hubiera podido servir para atar
el ancla de una fragata; tres perlas, gruesas como huevos de garza, le servían
de botones de camisa, y usaba un alfiler de corbata que era una garra de tigre
rodeada de brillantes. El personaje que corresponde a las señas del de Scholl
se puede aún encontrar, con más o menos variantes en todos lugares. Y algún
personal motivo de malignidad tuvo el famoso cronista para hacerlo aparecer
como argentino o como chileno. No solamente de Valparaíso y de Buenos Aires
venían y vienen a París los dueños de las pepitas de las garras de tigre y de
los bigotes de alambre. Y justo fué el redactor del Figaro, Gaston
Jollivet, al decir en un artículo: «Muchos parisienses enriquecidos son
rastacueros»; cosa que ha repetido hace poco, y de manera dura, Luis Bonafoux:
«Rastacuería o Rastilandía están en todas partes...»
Pero ¿en qué consiste esencialmente el ser
rastacuero? ¿En ser exótico? Jamás se le ocurriría a nadie aplicar el
calificativo a Krüger o a Li-Hung-Chang. ¿En el amor y uso de las piedras
preciosas?{136} Nadie se atreverá a tachar de
rastacuero a Robert de Montesquiou... ¿En los muchos anillos en las manos? Mi
buen amigo Ernesto Lajeunesse anda con las suyas semejantes a las de un rey
bárbaro. ¿En el tipo? El mismo Scholl tuvo bigotes de alambre y muchos
parisienses tienen los ojos de D. Iñigo. ¿En el color? El pain d’épice no
se le puede aplicar a todos los exóticos. ¿El derroche inopinado y ridículo?
Los petits-sucriers abundan en este maravilloso país.
A mi entender, el rastacuerismo tiene como
condición indispensable la incultura; o, mejor dicho, la carencia de buen
gusto. Desde lejanos tiempos, desde los embajadores que envió Harun-al-Raschid
a Carlomagno, los diplomáticos y los viajeros extranjeros de fausto y de
riqueza han venido a París a dejar una huella de oro y de lujo. Se necesitó que
viniesen de tales o cuales países americanos opulentos caciques o arregladores
de empréstitos para que la célebre figura representativa surgiese. Puesto que
de esos países vinieron, no los más cultos, sino los más hábiles, con todos los
defectos nativos sin barnizar. Parvenus o señorones de aldea,
creyeron que Lutecia era conquistable con exceso de colorines y mala
ostentación de grandezas. Luego fueron los ingenuos ricachos, como el personaje
de una de las novelas del escritor chileno señor A. del Solar. Y el rastacuero
agrega entonces a su mujer y a sus hijas, esas hijas que formarán lo que
llamaba Juan Montalvo matrimonios deslayados; jóvenes ricas que se casan con
nobles arruinados.{137} Por eso el mismo Scholl se
atrevió a decir en otra ocasión: «Casi todas las extranjeras sin marido son
rastacueras.» En cuanto a los que no osan presentarse en el café de la Paix sin
encasquetarse un título cualquiera, los hay de la manera más sonoramente
grotesca. Millones incásicos o aztecas compran títulos del Papa—y no en el café
de la Paix, sino en el mismo mundo de la nobleza—, surgen los Iñigos marqueses
y príncipes. La injusticia aparente que se ve en el parisiense contra el
hispanoamericano, habiendo tantos valacos, griegos y levantinos que merecen el
epíteto célebre, se explica por tales razones y ejemplos.
Raspacueros, rascacueros, arrastracueros, siempre
hay cueros en la palabra, y como en donde de manera principal abundan los
ganados y de donde vienen los cueros es de la América del Sur, y en especial
del Río de la Plata, el epíteto, con etimologías comprensibles, como la de M.
Wiener, se singulariza. Solamente es de asombrar que a los yanquis,
comerciantes en pieles, en tocinos, en jamones; archimillonarios y
derrochadores, y tipos de grandes rastacueros delante del Eterno, por derroches
y extravagancia, no se les aplique el dictado de rastacuero. ¿Por qué? ¿Por la
falta del color de pain d’épice o de forro de bota,
como dijo el jesuíta Coppée? Pues entonces que no se llame rastacuero al más
estupendo de los hispano-americanos, al célebre Guzmán Blanco, que era culto,
hermoso, de puro tipo caucásico y que casó a una de sus hijas{138} con
el hijo del arbiter elegantiarum del segundo Imperio, M. de
Morny. ¡Ah! muchos rasca, raspa o arrastracueros entroncan hoy en árboles
genealógicos de la nobleza europea por virtud de los mismos cueros. Y eso no es
nuevo... Tan no es nuevo, que en su latín lo decía ya en lo antiguo el
maravilloso y rudo Juvenal:
Neu credas ponendum aliquid discriminis inter
Unguenta et corium. Lucri bonus est odor ex re
Qualibet. Ylla tuo sententia semper in ore
Versetur, Dis atque ipso Jove, digna, poetæ:
Unde habeas quaerit nemo; sed oportet habere.
No, el rastacuero no tiene nacionalidad, tiempo ni
profesión, ni necesita de fortuna para serlo—el rastacuero tal como se entiende
en París, una vez adoptada la palabra—. Buckinghan no era un rastacuero, ni el
duque de Osuna, ni Aguado el banquero. Pero sí tales tipos singulares, cuyos
nombres se olvidan, italianos, españoles, argentinos, peruanos, chilenos,
mejicanos, bolivianos; cuatro caballos, título inesperado o desenterrado, pompa
de encargo, propinas del chá, cuando no juego sospechoso; sport a
la mala, matrimonio de agencia o intermediario, castillo súbito, relaciones
compromitentes.
La evolución del rastacuerismo se nota en su
civilización. La extravagancia exterior en la decoración personal, en las
maneras de derroche violento y copioso, han dado paso a una especie de
compenetración{139} con la alta sociedad
parisiense—nunca en el riñón del Fauboug—, sobre todo después de que los
millonarios yanquis han abierto la mayor parte de las puertas antes cerradas
herméticamente. El «brasilero» de Meilhac y Halévy no existe hoy, sino corregido
y aumentado por la facilidad de relaciones.
Y en cuanto a la manera de juzgar, ha cambiado
también. Se dice entre el demimonde: «¡Qué «rasta» estás esta
noche!», para alabar un lujo o una elegancia. Y en ese mismo medio mundo no
hace muchos años, cuando los Prados y Pranzinis, la palabra «rastacuero» era un
insulto... y una alabanza. En el mundo literario he oído llamar «rasta» a M. de
Heredia, y en el alto mundo a notables individualidades se les da la
calificación en diarios mundanos...
Los verdaderos están en todas partes...
...Ellos van, ellos y ellas, en los automóviles,
vestidos de cueros...; ellos van, ellos y ellas, bajo la noche fría, en los
magníficos carruajes, vestidos de pieles...; ellos van, ellos y ellas, indignos
de sus riquezas, por todas partes, con los huevos de garza y las garras de
tigre de que hablaba el mosquetero Scholl.
Cueros y perfumes, los internacionales
Guarangos: Unguenta et corium...
—Entrez!
El artista argentino, con sus manos llenas de la
tierra del trabajo, sus cabellos revueltos, su barba crecida, su cuerpo robusto
que envuelve la larga blusa, el gesto amable, la sonrisa hospitalaria, me
acoge.
La modelo no ha dejado la tarima. Su bella
plástica, acostumbrada a la visión de tantos ojos, queda tranquila ante la
contemplación de un artista más. Yo ruego al escultor amigo que no interrumpa
su tarea, y por largo rato gozo del espectáculo que no me cansaría nunca. Ver
crear, ver surgir la forma{142} expresiva, alma
inmóvil de la materia, entre las manos de un obrero intelectual, es hermoso.
De cuando en cuando examino el recinto, que ya
conozco. Es el mismo estudio modesto en donde he visto nacer y morir, por la
voluntad descontentadiza de su autor, muchas obras que no alcanzaron el grado
de su deseo; el mismo modesto, modestísimo estudio, en donde he oído al gran
Rodin dar alabanza y estímulo al joven estatuario que sueña con el día feliz en
que a su patria llegue el triunfo del arte verdadero y desinteresado, del arte
sincero y noble de que los pueblos tienen necesidad como del pan. En un rincón
veo, envuelta en sus paños, la nueva obra que he venido a visitar, la que ha
satisfecho a su creador lo suficiente para librarse del martillo iconoclasta.
En las paredes están las reproducciones de piezas
anatómicas y fragmentos de yeso, copias de trozos célebres. No lejos encuentro
varias maquettes del ideado monumento de un héroe argentino. A
un lado el estante de los libros, que suple a los amigos en la vida cuasi
ascética de este solitario estudioso y serio, serio hasta la melancolía.
Puesta a un lado, después de largo rato de labor,
la figura que está en estudio actualmente, la modelo descansa. Luego se viste
cerca de la salamandra que da su sabroso calor, y se despide de nosotros
sonriente, con un apretón de manos y un sonoro arrivederci de
su linda boca de Italia.
Entonces veo la obra nueva «Las pecadoras».{143}
Rogelio Irurtia es joven, pero su talento es de una
fuerza sólida y madura. Comenzó sus estudios en Buenos Aires, ha hecho el viaje
a Italia, indispensable para todo artista, y luego ha venido a París pensionado
por el Gobierno. De un carácter concentrado, retraído, tímido como todos los
vigorosos, ha vivido siempre dedicado a su arte, en esta maravillosa metrópoli
de las metrópolis, y ninguno de los halagos y tentaciones de este ambiente de
placeres lo ha arrancado a su meditación y a su ensueño, defendido por una
labor continua y una soledad discreta. En las almas de los artistas existen las
vírgenes cuerdas y las vírgenes locas. La de Irurtia es de las cuerdas. Su
cultura no es extensa, pero es firme. No quiere hacer literatura de mármol o de
bronce. Ha encarnado simplemente y humanamente el problema de la vida. Ha
puesto los ojos de su espíritu y de su cuerpo en el espectáculo del sufrimiento
humano. Como Constantin Mennier, se ha sentido conmovido por el Trabajo, y como
Rodin, a quien admira, por la dominación del amor omnipotente que arde en la
tierra. Y ha visto directamente, sin lentes de preocupación ni anteojos
académicos. Con esto está ya significado que no existe en él la tendencia a lo
retórico y menos a lo bonito, ni la sujección a los fríos cánones de los
dirigentes diplomados. Es un talento leal consigo mismo. Aunque tiene sus
admiraciones, no juzga que tenga que sujetarse nadie al yugo de los maestros,
por grandes que sean, a la imitación de estilos o maneras que cuando valen y
vencen, es que son manifestaciones{144} de
temperamentos, exteriorizaciones de potencias individuales. Así, siempre ha
sido hasta cruel con su propia producción. Ha intentado y vuelto a intentar dar
realidad a su pensamiento, y, como lo he dicho antes, ha destruído lo que no ha
satisfecho a su propósito. Entre otras, he sentido la desaparición, el año
pasado, de una «Maternidad» expresiva y de singular ejecución. En verdad, el
grupo actual, la creación reciente, merece vivir, y vive por su propia razón.
«Las pecadoras» afirman un maestro de mañana y una innegable fuerza de ahora.
Quien así sabe representar uno de los más duros aspectos del dolor humano,
merece el aplauso de todos y el orgullo de los suyos. «Las pecadoras»—me
dice—son mujeres que, agobiadas por el peso de sus remordimientos, vagan sin
patria, sin otra esperanza que la Cruz, ¡su única consolación!». En efecto, son
las fatales máquinas de amor, el pobre y terrible rebaño de prostitución, el
animal de belleza y miseria, la castigadora víctima, la hembra apocalíptica en
cuya frente se lee la palabra Misterium. Este concepto de la eterna
Magdalena, y su fin de esperanza, es raro en un artista que piensa en este
formidable París moderno en una época en que se proclama el endiosamiento de la
cortesana, y en que toda idea de cristianismo lucha contra gruesas oleadas de
positivismo, de sensualismo, de indiferencia y de crueldad.
La cortesana, la pecadora de hoy, sale significando
la danza, con su cuerpo deformado por el uso del corsé, pero admirable, del
taller de Falguiere, o{145} deja, cuando muere,
millones en joyas que se venden en la casa de remates. Es el ídolo, es la
tirana, es la dueña. Cierto es que esos son tipos de cortesanas y no la
cortesana. La pecadora de Irurtia ha caído, y vaga luego como una sombra de duelo
y de pena. Mientras Popea tiene siempre litera, otras de sus infelices
compañeras acechan por las Suburras. En la obra de que me ocupo, la idea es
cristiana, la «obscura total idea», para emplear una frase de Schiller en su
correspondencia con Goethe. Si el autor, con un amor pagano, ha modelado las
formas, y con un cuidado antiguo ha tratado la drapérie, es
modernísimo en la expresión y en la comprensión del sujeto. ¿Hay alguna
reminiscencia en ese estilo que brega por ser personal? Es posible. El autor no
asiste al taller de Fidias en esta presente Atenas; pero, de hacerlo, entre
Agorácrito y Alcámenes, sería Alcámenes, por sus ímpetus de independencia, por
su anhelo incesante de libertad. Esa independencia la ha demostrado no
dejándose arrastrar por la moda o por el snobismo, que hacen de la violencia
rodiniana la única manera aceptable en escultura. Pero al lado de un Rodín, ¿no
existe, por ejemplo, un Bartholomé?
Volviendo al tema del grupo, Afrodita tiene hoy un
culto praxiteliano. Las hetairas son representadas como sacerdotisas de amor
carnal; es el tiempo en que en los Salones los maestros exponen, en esculturas
policromas, como en la antigüedad, el poema del cuerpo femenino, tan solamente
visto a la luz de la filosofía del placer. Es el tiempo en que{146} a
esos escultores corresponden eminentes escritores paganizantes, como M. Paul
Adam y M. Pierre Louys. Cratina es modelo y se frecuenta la casa de Friné. Irurtia,
cristiano, mira el más allá, sin limitarse exclusivamente a oir las doctrinas
de los seguidores de Epicuro. Su visión es áspera y tenebrosa, pero tras esa
tiniebla hay una luz para él indiscutible. El comprende a las Marías de Magdala
y a las Marías de Egipto. Yo no sé que otro, antes que él, haya extraído del
negro tema de la Trata de blancas una obra semejante. En este sentido, este
trabajo une a su mérito estético un valor moral. Digo moral, no moralizador...
Irurtia no es miembro de Liga, ni periodista, ni soldado de la Salvation Army,
ni amigo del senador Berenger. Es un artista.
¡Un artista!
Es tiempo ya de que ese gran país sepa lo que las
patrias deben a las artes. Ya el lujo dejó para el cuerpo la ostentación, la
riqueza. Ahora, lo que al espíritu le toca. Hay que seguir el ejemplo de los
Estados Unidos, que siendo nación de trabajo enorme, protege hoy largamente a
sus artistas. «Somos, un país esencialmente agrícola y pecuario.» Entendido.
Hace miles de años una rama de la raza indogermánica, los griegos, llegó al más
admirable cultivo y gozo del arte; pero antes, en Grecia, habitaban los pelasgos,
que eran esencialmente agricultores. El cultivo de la tierra, el pastoreo,
fueron primero que la Lira, que el carro de Terpis, que el mármol labrado por
Policleto, que el triunfo completo{147} del arte en
la tierra armoniosa y divina. Luego, el arte ateniense, ¿dónde encuentra sus
mejores seguidores? En el Peloponeso; pero, sobre todo, entre los trabajadores,
entre los activos e industriosos argivos. El pueblo etrusco fué también primero
un pueblo de trabajo y de empresas prácticas: filotecnon etnos. Las
grandes ciudades artísticas italianas fueron ciudades industriosas y
comerciantes. ¿Por qué la República Argentina, que hoy asombra al mundo por sus
progresos materiales y prácticos, no ha de llegar a brillar en la civilización
humana por sus artistas, sobre todo contando con abundancia de «espíritu
primo», de talento nativo? Dígase lo que se diga, en la juventud argentina hay
un tesoro colosal de porvenir. Para lograrlo, hay que pensar en el toro
nacional... ¿Cómo?
Hay un mito antiguo—recientemente tratado por M.
Paul Adam, a propósito de la obra de Franz Cumont, sobre los Misterios de
Mithra—que parecería inventado de propósito para el pueblo argentino. «Es un
símbolo maravilloso, dice, el venerado por el culto de Mithra, el joven dios
pérsico, cuyo culto secreto han propagado los legionarios romanos a través de
la Europa occidental desde los tiempos de César.»
La leyenda dice que el héroe nacido de la roca
volcánica, con la antorcha y la espada en las manos—tal la humanidad ya
provista de inteligencia industriosa—, persiguió al toro brutal que reinaba
entonces sobre la tierra, lo asió por los cuernos, lo montó, lo fatigó durante
una carrera furibunda, y{148} luego, habiéndolo
echado en tierra, se lo llevó, arrastrándolo, a su caverna. Pero el búfalo no
se resignó a estar domado. Se escapó, atropelló, persiguió a débiles y
pacíficos. Entonces, «por orden del Sol», Mithra, mediador entre lo
incognoscible y el mundo sensible, corrió, ayudado por su perro, hacia el
monstruo destructor. Lo esperó a la hora en que volvía cerca de la caverna a
llevar la devastación. Lo agarró por el hocico, le torció el pescuezo, lo venció,
y el dios hundió su espada en el flanco de la víctima jadeante. Entonces hubo
este prodigio: «Del cuerpo del bruto moribundo nacieron todas las hierbas y
plantas saludables que cubrieron el suelo de verdor. De su medula espinal
germinó el trigo que dió el pan, y de su sangre la viña que produjo el brevaje
sagrado de los misterios. El espíritu maligno quiso lanzar contra el animal
agonizante las criaturas inmundas, para emponzoñar en él la fuente de la vida;
el escorpión, la hormiga, la serpiente, intentaron inútilmente devorar las
partes genitales y beber la sangre del cuadrúpedo prolífico; pero no pudieron
impedir la prosecución del milagro. La simiente del toro, recogida y purificada
por la Luna, produjo toda especie de animales útiles, y su alma, protegida por
el perro, fiel compañero de Mithra, se elevó hasta las esferas celestes, en
donde, divinizada, llegó a ser, bajo el nombre de Silvano, guardián de los
rebaños.» La estela que decoraba los templos del dios militar eternizaba la
memoria de esta fecundidad bienhechora. El tauroctono se mostraba allí bajo la
apariencia de un joven robusto y bello,{149} en el
instante en que, los ojos al cielo, inmola la salvajez de la bestia. A la
derecha y a la izquierda de la presa palpitante dos pequeñas imágenes le
representaban aún llevando antorchas, signos de la luz espiritual en cuyo
nombre se cumplía el sacrificio. Este perfecto símbolo instruía a los soldados
en su deber y los justificaba. Era para abolir la barbarie destructora, era
para permitir la obra del espíritu sabio, legislador y pacificador, que los
ejércitos de Roma podían, sin crimen, atacar a las hordas y multitudes
bestiales que pululaban en los países sin cultura antes de invadir un día los
países que las artes fertilizan, antes de arruinar allí las fuerzas
bienhechoras. Pero una vez conquistadas, sometidas, educadas esas multitudes, a
su vez cultivan la tierra, edifican las ciudades en que se congregan los
traficantes, los ricos, los artistas, los pensadores. Y de esas nuevas fuentes
de inteligencia brota más luz para alumbrar las vías de la felicidad humana.
Matar el toro era así fecundar el mundo. M. Paul Adam encontraría que en el
país de las pampas, bajo el Sol de la patria argentina, casi todo el mito se ha
cumplido. Se combatió la barbarie, la tiranía, la destrucción; se cultivó la
tierra, Silvano protegió los ganados; se fundaron las ciudades, llenas de
industriosos y de ricos. ¿Qué falta? La llegada del Arte, la victoria de la
inteligencia y del espíritu. ¡Que llegue pronto! El Sol brilla. Mithra lo
quiera.
Entonces no tendrán por qué desconsolarse o
abatirse los talentos jóvenes como Irurtia. La ciudad{150} será
lo que debe ser en la nobleza y decoro municipales. Las ferias rurales tendrán
su contrapeso en las exposiciones intelectuales.
Me despedí del autor de «Las pecadoras» deseándole
vida resistente, voluntad perseverante, esperanza y valor. Tengo la conciencia
de que en este «nuevo» hay un gran artesano del ideal, que es lo que todo
artista plástico debe ser. Cuide la Argentina sus talentos, como hacen los
prácticos yanquis. No se proteja lo mediocre importado, pudiendo tener lo
sublime nacional.
Su primera labor se ajusta a las tradiciones, sigue
las ideas y enseñanzas de maestros imbuídos en el clasicismo. Se hace al oficio
oficial, y no hay duda de que en ello aprende la gramática de la estatuaria, la
indispensable regla, las normas académicas que sirven hasta a los más
atrevidos, cuando son atrevidos que tienen genio. Clésinger, si no era un
genio, tenía genio. Su obra fecunda lo demuestra hasta en sus trabajos más
defectuosos. Estaba lejos de la chatura de muchos de sus contemporáneos patentados,
y en ciertas creaciones suyas fué, puede decirse, un revolucionario, un
«nuevo», y no sin razón tuvo la simpatía y el aplauso de Gautier, y
principalmente, en este caso, de Baudelaire.
Clésinger tuvo una travagliata vita,
como dice el admirable Benvenuto de la suya. Mas, como el mismo, bravo y
estupendo artista, gozó, en días dichosos, de esplendores y de honores. Para mí
es un espíritu igual al de aquellos soberbios hombres del Renacimiento, de
aquellos cinceladores, pintores, arquitectos, escritores, poetas, que sabían
comprender el gozo de la vida y aprovechar para la propia exaltación de la
existencia sus dones de superioridad mental, su potencia comprensiva y su
vibrante hiperestesia.{154}
Clésinger tuvo una travagliata vita,
comió un tiempo el pan de miseria preciso a todo victorioso futuro, y cuyo seco
y áspero gusto hace saborear mejor los champañas del triunfo. No sé si, como el
autor del Perseo, tuvo la suerte de contemplar una salamandra entre las llamas
y de tener la inmunidad contra los escorpiones; mas, sí, cuentan sus biógrafos
y narran sus amigos que la enemistad y la envidia no lo perdieron nunca de
vista, ni aun cuando desapareció de la competencia por la puerta negra del
sepulcro. El otro día, un joven escultor hispanoamericano, de fuerte talento,
me contaba sus duras penas; y no hice sino leerle un fragmento de carta de
Clésinger para que se fuese consolado. «Si me hubieseis visto, escribía a un
amigo, estos días últimos, trabajando, sin fuego, en un desván, hubierais
tenido compasión de mí; mi padre hubiera llorado al ver mi miseria y mi hambre,
porque tenía hambre, y siempre esa palabra: nada, nada, me hacía trabajar más
que dormir; en fin, después de haber concluído mi dibujo, lo he expuesto: un
inglés lo ha encontrado de su gusto y me lo ha comprado por cincuenta francos
(cincuenta francos, ¡qué fortuna!); haré otros». En las notas de Mme de
Courrière, como en detallado y lujoso volumen de Estinard, se hace resaltar esa
época de sufrimiento y de capricho que forma la parte más interesante de la
vida de Clésinger. Sufrimiento y capricho, ¿no aparecen siempre en toda
existencia de intelectual? Es el whim del pensador anglosajón
y la dolorosa y misteriosa venganza de las potencias ocultas que se sienten{155} divisadas o rozadas. Este escultor buscó la
libertad desde la adolescencia, combatió de cien maneras, y tuvo la pasión de
Italia, y fué correspondido. Ella le enseñó el secreto de sus pierres
de jadis, y si no le dió un León X, por culpa del tiempo, le ofreció un
excelente Pío IX la amistad de grandes señores descendientes de los protectores
de Leonardo y de Miguel Angel y la hospitalidad vaticana, al favor de la
púrpura cardenalicia. Allí refinó su paganismo; allí pudo soñar y evocar épocas
de belleza libre y de mística resurrección. Allí aprende y comprende el arte
cesáreo que debe crearle simpatías en la corte francesa del segundo Imperio, el
que ha de hacerle rememorar en su estatua de Napoleón I al dorado caballero que
está ante el Capitolio. Allí ama a Cleopatra.
La milagrosa reina que, a la par de la de Saba,
todavía hacer sentir al mundo el perfume de su voluptuosidad, tuvo en Clésinger
un magnífico adorador. La Femme piquée pour un serpent, quizá la
más bella representación escultórica de la soberbia y sensual fascinadora. Me
explico, cuando su aparición, el éxito, los ataques, la defensa del crítico
Thoré y la tragedia de Delphine Gay, y después, ¡hasta la bacante de
Moreau-Vautier, del Luxembourg! Carne admirable, forma vencedora, en la última
palpitación, plasmada en mármol para la inmovilidad de las cosas eternas. Lo
que apenas recordaba en una piedra grabada del museo Florentino un artista de
la antigüedad, lo renovó espléndidamente el gran romántico de Besançon. Luego
surgirá,{156} hierática, su Cleopatra del loto, la
reina ante César, trabajo que se cuenta entre las obras maestras de todos los
museos de la tierra. Luego, ¡la Cleopatra moribunda! Clésinger dejó una
armoniosa teoría de figuras llenas de gracia, musas, estaciones, danzarinas;
pero no hay que olvidar que era un vigoroso, que era dueño de la fuerza, que
era el maestro de los leones y de los búfalos. Domaba la soberbia leonina,
poéticamente, colocando sobre los lomos de la bestia fiera amores o mujeres. El
había comprendido la belleza de los países pastoriles, donde en los vastos
llanos, en las inmensas pampas, se alza la orgullosa figura de la vaca, sagrada
en la India; del toro, que se quedó con la soberbia de Júpiter. El sabía
adornar los palacios, o las entradas de esas grandes fiestas pecuarias, de esas
exposiciones que son el lujo de la ganadería inglesa, yanqui o argentina, y que
saben contar los Whitman y los José Marti. Su «Toro romano», como el farnesio,
dice la imperiosa salvajez de la bestia noble; sus búfalos tienen en su testuz
la familiaridad del huracán; son hermosos y monstruosos... Deformis
scapulis torus eminet... dice en alguna parte Plinio. Mugen. Viven. Se
les aplicaría el epigrama clásico a la vaca de Mirón.
Otro lado en que se revela la impetuosidad del
estatuario, es en su amor por la escultura militar, lo que él llamaba sus
«hombres de hierro». «No tengo más confianza que en ellos, decía. Espero que
esas estatuas militares, Hoce, Kléber, Carnot, Marceau, me traerán buena
suerte, a mí que no he dejado de{157} ser nunca
soldado y patriota». «En efecto, había intentado, dice uno de sus biógrafos,
hacer revivir a los generales de la Revolución y había logrado encontrar un
acento muy personal para sus evocaciones militares. Su tarea quedó inacabada.»
Como muchos intelectuales irreflexivos no supo
tener en cuenta la parte práctica de la vida. Fué siempre un joven, y esto fué
una virtud y un defecto. El sol y la luna del país de Bohemia no se apagaron
jamás para él. Pero era también, como él se complacía en decirlo, un soldado.
Gustaba de las bellezas terribles de la guerra que hacen la gloria de los
grandes «hombres de hierro».
En el manejo de la línea, en la lucha con la
expresión, en la creación de la forma soñada, encontró un campo de acción y de
descanso la tempestad de sus nervios, la tempestad que lleva en su interior
todo intuitivo, todo creador, todo poeta, todo artista. Sus retratos no revelan
el padecimiento, aunque la boca y los ojos digan más de una melancolía; la que
tradujo en «Perseo y Andrómeda».
Un día pasó la muerte, estúpidamente como a menudo,
y se lo llevó. Dejó una larga herencia de mármoles, de bronces, de yesos,
bustos, estatuas, obras monumentales. La política le fué fatal, pues se enterró
al mismo tiempo que Gambetta, y, como a otros grandes artistas, la muchedumbre
lo pospuso en su atención al tribuno. Luego, llegó el olvido; y hoy hay un
despertamiento, el despertamiento que antecede, en los vedados ilustres, a la
cierta resurrección en la gloria, en la posteridad.
Antes de aparecer en el teatro, Miss Duncan había{160} danzado en la intimidad, para regalo de
señalados amigos, como en los salones de la princesa Polignac, y en una fiesta
dada en honor de Rodin, en pleno aire, en la amable campaña, hizo la gracia de
un espectáculo único, digno de poetas y de artistas. Faltaba allí tan solamente
D’Annunzio, para decir en un laude el retorno de los
dioses, vía Nueva York.
Es nuevo y es bello, de encantadora belleza, ese
resucitar de viejas visiones. Y natural es que sea una norteamericana la que
realice el prodigio, porque si hay un país en donde el cultivo del cuerpo y de
la euritmia humana hace modernos los días pindáricos, ese país es el gran país
de los Estados Unidos. Debo advertir que en nuestros centros latinos y
católicos las danzas de Miss Isadora tienen que aparecer perfectamente
inmorales: «Jóvenes que estáis bailando, al infierno vais marchando»; y siendo
Miss Isadora una filósofa danzante que proclama como sus principales
maestros—¡de baile!—a Darwin y a Haeckel, predica la libertad de la naturaleza,
la desnudez, como Pierre Louys, y predica con el ejemplo: su cuerpo está apenas
cubierto con una especie de kiton; otras veces usa las túnicas botticellescas,
y siempre la fina tela parece como si estuviese húmeda. No hay malla ninguna, y
se necesita una despreocupación completamente artística, o un esfuerzo de
intelectualidad de que no son capaces todos los espectadores de un teatro, para
no ver en la armoniosa anglosajona otra cosa que la Primavera de Sandro o
Ariadna perseguida por Baco.{161}
Pero, repito, el espectáculo es bello, da un
positivo deleite estético, y un estatuario como Rodin es justo que se haya
sentido feliz al ver encarnadas y con movimiento las figuras de los
bajorrelieves, de las pinturas de las ánforas. ¿Habrá podido esa mujer joven,
vigorosa, robusta, llena de vida, impregnada de literaturas, filosofías y artes
libres; habrá podido esa pagana mantener su ideal artístico libre de
contaminación en la región de las ideas, en la castidad cerebral de una vestal
del ritmo, de una sacerdotisa de Terpsícore? La bailarina de los pies desnudos,
que es elegantemente pedante y muy de su tierra, ha escrito páginas curiosas
que desenvuelven su teoría de la danza del porvenir, y a propósito de sus
brazos blancos, de sus clásicas zapatetas y de sus lindos hallazgos, ya habéis
visto cómo se proclama discípula del autor del Origen de las Especies.
Podía agregar al inevitable Nietzsche, catedrático de gozo dionisiaco, que mira
en el baile la mayor manifestación de la libertad de la vida, como una acción
enérgica y sublime. La danza para Miss Isadora no debe tener ningún artificio y
debe ser nada más que una transposición o concentración del ritmo universal en
el ritmo humano. Más que danza, la suya, es mímica; es la animación de la
escultura femenina, y sus ademanes y pasos son renovados de los kernóforos,
ándema, kaladismos, etc., que se pueden hallar en Laborde. Ella ha pasado
largas horas en los museos, y ha visto animarse los mármoles; y a la actitud
fija de las figuras escultóricas ha agregado el gesto anterior y{162} el gesto posterior, completando así el poema de
la forma, por el movimiento armonioso que cambia bellamente las líneas.
La iniciadora de esta danza, que ella dice del
porvenir, es, pues, una descubridora del pasado. En todo caso es una creadora
de belleza que amaría Fidias y que halagaría Barnum... Miss Isadora no es
hermosa, pero quizá de tanto contemplar las figuras de los museos se parece a
ciertas estatuas y a ciertas mujeres de los pintores primitivos. El cuerpo es
soberbio, y cuando se presenta triunfa de algo verdaderamente delicado: la
dificultad, la rareza de encontrar un pie perfecto. La impresión helénica se siente.
Para apreciar en su valer las danzas de esta mujer original hay que tener
indispensables nociones de cultura clásica.
Imaginaos en un sencillo decorado una figura casi
alada, en una turbadora semidesnudez femenina, pero que os evoca en seguida las
creaciones de la clara y encantadora mitología de Grecia. Ya es Euridice, ya
Eco, ya Ariadna. Con el gesto, con el rostro, con el movimiento cambiante,
dulcemente lento o ágilmente vivo, se explica el dolor de Orfeo o la
expectativa al son de la flauta pánica que produce luego el gozo de la ninfa o
la fuga ante la persecución de Baco enamorado, el temor y el temblor, todo lírico,
espléndido y sensual. Hay saltitos y cambios de lugar que parecerían por un
instante ridículos en ese rico y frondoso cuerpo sonrosado; pero la magia de la
evocación vence del momento peligroso y el deus que posee a la
danzarina mima{163} se manifiesta de manera
incontrastable y estupenda. Ahora, un buen señor de negocios, que va al teatro
a hacer su digestión, quizá encontrará todo eso absurdo o se fijará en cosas
que no son propiamente el sutil hechizo de esta obra y de ese acto de arte. Yo
de mí diré que ante la sugerente performance sentí venir a mis
labios la lírica invocación. «Oh, vosotras, que reinais sobre las ondas del
Cefiso, cuyas riberas nutren generosos corceles, ¡oh, Gracias!, a quienes no se
canta lo bastante, diosas de la brillante Orcómenes, protectoras de la antigua
raza de Minias, escuchad los votos que os dirijo. Si hay en la vida de los
mortales algún encanto y adorno, lo deben a vosotras; vosotras dispensáis la
cordura, la belleza, el valor. Los dioses mismos no presiden jamás ni danzas ni
festines sin llamar a las augustas Gracias; son ellas las que regulan todo en
el cielo, y sentadas al lado del dios que lleva un arco de oro, del vencedor de
Python, adoran eternamente la gloria del dios del Olimpo. Amable Aglae,
Eufrosina que te complaces con los cantos de la lira, hijas del más potente de
los dioses, escuchadme; y tú, Talía, que sonríes a nuestros himnos, lanza una
mirada sobre esas danzas ligeras que celebran una feliz victoria; pues vengo en
mis versos a cantar a Asópico, con el modo lidio; a Asópico, por quien la
ciudad de Minias triunfa en Olimpia. Y tú, Eco, desciende a las sombrías
moradas de Proserpina, y lleva a Cleódano tan gloriosa noticia; dile que tú has
visto combatir a su hijo, y que la victoria de alas de oro ha puesto sobre su{164} joven frente la corona de las luchas gloriosas.»
E Isadora ha sido para mí Aglae, Eufrosina, Talía y Eco, siendo la misma
Terpsícore; y por ella he creído ver la victoria de Asópico de Orcómenes, niño
vencedor en la carrera del estadio, y las danzas que lo celebran, y la divina
Hélade, con su sol de miel y su aire de amor. Y he pensado en lo que gozaría mi
ilustre amigo Guido Spano ante esta Gracia danzante, antigua griega de carne
viva.
Lo pagano de Miss Isadora viene también de los
pintores del Renacimiento. Ella ha ido a Grecia, pasando por Italia. Botticelli
la habría retratado, y el poeta Lorenzo el Magnífico le habría dedicado una de
sus canzone a ballo, por ser su danza una consolatio
grossisima, como diría el viejo Antoine Arène.
Mas, entendámonos: la palabra danza no es
propiamente aplicable a la representación de la Duncan. Danzas son las de las
bayaderas, y ouled-nail, las jotas y tarantelas, el minué, la
gavota, el vals y la polka, hasta el funambulesco cake-walk. Las de Miss Duncan
son más bien actos mimados, poemas de actitudes y de gestos, sin sujeción nada
más que al ritmo personal, sin reglas propias fuera de lo que indica la
naturaleza. Así debió haber bailado más o menos el ilustre rey coreográfico
David; así Salomé, la de azules cabellos; así los elfos que canta Leconte de
L’Isle, y así, en una noche de luna, coronada la cabellera de jazmines, no sé
si en Lima o en Bolivia, doña Juana Manuela Gorriti, según testimonio{165} del poeta Ricardo Jaimes Freire. Para Miss
Duncan no es precisa la música, o la música, en el sentido helénico, está en
ella misma, la música silenciosa de sus gestos. La danza, según su teoría, se
ritma por la música pitagórica, y el ritmo de las esferas, el ritmo de todo lo
existente, se resume en su propio rítmico movimiento, al impulso musical de su
espíritu. Esto, como véis, es un poco más complicado que los entrechats de
la Cleo de Merode o de Zambelli. Para las bailarinas comunes es verdadera la
definición del barón de Massias: el canto es la palabra de la música, y la
danza es el gesto del canto. Para Isadora, no. Ella entra en filosofías y es
demasiado antigua. Por otra parte, ambas cosas, filosofía y baile, se
compadecen. Sócrates enseñaba a bailar a la misma Aspasia. La mima de los
desnudos pies no tiene nada que ver con las Camargo, Guimard, Bernay, Mauri; su
alma y sus piernas son de Tracia. Nada le enseñan Blasis y Lemaître y Noverre.
Su inspiración no se encuentra en el diccionario de Compan; mas Luciano la
reconocería discípula de Thea, frigia o cretense. Hello, furiosamente bíblico,
le perdonaría quizá su desnudez, y el divino Stéphane la haría perseguir en el
bosque por un fauno de su siesta. Mima griega, pues, tiene en nuestra
civilización un velo que sus antecesores helénicos no tenían; lo que se llama
la decencia. He aquí lo que dice Compan, autoridad en la materia: «A fin de que
los intermedios de las piezas de teatro fuesen agradables, los griegos buscaron
cómo hacerlos interesantes. Después{166} que se
representaba un acto, los bailarines lo repetían con saltos y gestos, y eso,
siguiendo una cierta música imitativa de lo que se había representado. Esos
bailarines fueron llamados «mimos». Se hace notar que esos bailarines fueron
siempre muy ignorantes en el arte de imaginar una intriga, conducirla, sostener
los caracteres y llegar a un buen desenlace. Con gestos indecentes hacían una
mezcla monstruosa de tonterías burlescas y preceptos morales. Tenían la cabeza
afeitada y los pies desnudos. Se cubrían con pieles de animales...» Ya véis que
hay diferencia. Isadora supera en el tiempo la representación antigua, y hace
admirar un florecimiento de este culto. Siente y piensa. A su arte se aplica la
definición de Hippeau: la pantomima es la figuración de ideas y sentimientos.
Isadora está más cerca de Sada Yacco y de Severin que de Mariquita.
Ahora bien, la adorable yanqui ha agregado una nota
que los antiguos griegos no conocieron: el ensueño. Imagináos que realiza este
prodigio: baila nocturnos de Chopin. Y no es ridículo. Os da el clair-de-lune con
su cuerpo melodioso. Y ois cantar al ruiseñor, y hasta perdonáis los
veinticinco francos de la butaca.
Un día llegó en que hube de verle por fin. Calle de
Saint-Péres, en su casa de libros. Una casa de libros, viejos tapices, obras de
arte. Se pasa antes por un patio, en donde hay un pozo y unos árboles. Pierre
de Querlon, un alma singular, describió eso en páginas sutiles y amables. Esas
páginas eran hoy más bellas, porque él era joven y acaba de morir.
He visto primero a una prima y a un hermano de M.
de Gourmont. Ella es la sobrina y heredera del escultor Clésinger, de quien os
he hablado en otra vez. El es un joven delicado, fino, casi esquivo, que
encierra un gran talento. M. Jean de Gourmont, cuyos pensares y decires sobre
literatura son en el Mercure un buen regalo. La morada es
silenciosa y triste, como conviene. Hay un ambiente de quietud y de ensueños,
apenas turbado, según parece, por uno que otro demonio, entre otros el demonio
Elzevir, diría Hugo.{169}
Yo entré con cierto temor y timidez. No he podido—y
ya estoy al medio del camino de la vida—llegar a ser familiar, confianzudo con
el talento superior, y, sobre todo, con un hombre como M. Rémy de Gourmont.
París no me ha inficionado de su bulevardismo igualitario, y en un maestro que
es verdaderamente un maestro no veo yo a mi «querido colega».
M. de Gourmont es uno de los pocos maestros que aún
hoy merezcan ese nombre. Yo, al estar sentado frente a él en su gabinete de
estudio, al verle con su ropa monacal de labor entre libros y libros, junto a
un soberbio Clésinger dorado de penumbra, apoyado en su mesa cargada de
manuscritos y de volúmenes, y al hundir mi mirada en la suya, y al oirle hablar
poco y difícil, hondo y seguro, pasé a otra época y a otro momento. Me creí
estar en casa de un Erasmo, que fuese un Pascal, que fuese un Lulio. Sé bien que
estos nombres no quedan bien para nuestro siglo y para nuestras costumbres;
pero recordad siempre que os hablo en la sinceridad de mi conciencia, y que
Pascales y Erasmos no existen muchos actualmente para la comparación. Así,
pues, llegué tímido; salí encantado. Agradecido lo estaba antes, puesto que he
merecido a M. de Gourmont juicios demasiado benévolos y defensas demasiado
justas. Cuando por ahí se asombraban de que mis Prosas profanas fueran
versos, el autor del Latin mistique me escribía del título: «C’est
une trouvaille», para asombro de ciertas ignorancias. Encontré en él, bajo
su indumentaria{170} de fraile, una nerviosidad
inquietante revelada por cierta quietud leonina; y por fin, mi hombre, mi autor
admirado: un odio profundo a lo vulgar, a lo mezclado, a lo híbrido, al
socialismo, al nacionalismo, al cientificismo oficial, al vulgarismo, a la
moral de regla y a lo inmoral de regla, a todo dogma, a todo profesor, a todo
doctor diplomado, a toda disciplina, a toda obligación. Y, sobre todo, el odio
a lo estúpido; y más que a lo estúpido, a lo tonto. ¡Cuando yo decía que no es
para todas las gentes! Y cuando yo os decía mi inquietud por la irrupción del
Kodak y de la interview a su celda, a su refugio...
¿Qué importan las genealogías? Stemmata
quid faciunt? Importan mucho, sobre todo, en este caso. Pierre de
Querlon dice: «Desciende de la familia de los pintores, grabadores, tipógrafos,
de los siglos XV y XVI, a que perteneció aquel Gilles de
Gourmont a quien se deben las primeras impresiones hechas en París en
caracteres griegos y hebreos.» Además, por parte de madre, Malherbe es uno de
sus antecesores. Pero yo sé de uno más, que ninguno de sus biógrafos ha
nombrado, y que explicaría ciertas conquistas mentales y actitudes audaces de
este perfecto pensador y libre filósofo: Hernán Cortés. La combatividad
ancestral se ejerce en otros planos y elementos; pero, como el antepasado, como
el ancêtre, ante el problema de la vida, una vez llegado a una
convicción en el océano de las sofías, ha quemado sus naves.{171}
El que hubiera sido en otras épocas benedictino
sapiente y creyente, el que ha creado tanta figura y castillo de ideal y de
ensueño, tiende cada vez más a la explicación de la existencia fuera de toda
teología. Yo admiro, pero no aplaudo; dado que, después de todo, no estoy por
lo de quedarse en una costa desconocida con la ceniza de los únicos bajeles.
Para mi uso particular tengo a bien conservar una pequeña nave, una navicella,
una parva navis, si no completamente católica, muy cristiana. Eso
sí; los remos son de marfil y las velas son de púrpura. Y ella conduce a alguna
parte.
En los orígenes filosóficos, este cerebro, que se
creería primero influído de un soplo platónico, se junta más, en su madurez, a
la observación y al criterio aristotélico, por su investigación sobre el
secreto humano, por su manera de encarar el enigma de nuestro ser. Solamente
que se basa en lo que Aristóteles no comprendía: la libre acción del hombre en
el universo.
He ahí lo que es este buscador de infinito y
analizador de lo que cae bajo la lente de su criterio: un sabio del
siglo XX, que corresponde a lo que era un amante de la sabiduría en la
Grecia antigua, a un profesor en Sorbona en la Edad Media: para resumir en una
comparación las faces de ese espíritu habría que buscar nombres que no son
tampoco de nuestro tiempo. He nombrado a Pascal: no estaría de más nombrar a
Descartes. Un Descartes que no se interesa demasiado en el pasaporte de la
verdad y un Pascal sin el abismo.{172}
Su erudición está aparte de la de los simples
eruditos de biblioteca y academia. En la inmensa selva de la producción humana
ha herborizado con una atención pasmosa y un gusto supremo. Estudio de
religiones y estudio de lenguas; estudio de poéticas y estudio de dramáticas;
estudio de razas y de costumbres, fisiología, etnología, folk-lor.
Estudia después de lo que hay en los libros, en las palabras, en las doctrinas,
lo que hay en la naturaleza. Se baja a ver una hormiga después que ha examinado
una teoría. Escribe un capítulo de experimentación científica, un escolio, una
apostilla, una nota, luego un verso. Yo no sé de qué rincón de su estancia, de
qué cajón de su biblioteca, saca un caballo de ébano y marfil, como el de
Kamaralakmar del cuento árabe. Se monta y se va al azul. Aparece el
«conquistador» de la armonía lírica, mágica. Porque habréis comprendido que ese
caballo extraordinario es, complicadamente, Pegaso. ¿No es verdad, Simona? Al
menos si tú no lo sabes, la nieve lo sabe, el molino lo sabe, los árboles y la
tierra lo saben. Su poesía es ardientemente concentrada, amorosamente serena.
Su bucólica es misteriosa, su paganismo es religioso; mas después de todo,
Nunc in Aristippi furtim precepta relabor.
Más que el Gourmont de hoy—¿por qué no decirlo?—me
place aquel Gourmont de antaño—¡de ese antaño no tan lejano!—que convenía a mis
mirajes de juventud. Leyendo una página de la Física de{173} amor, por ejemplo, tengo nostalgia del
ambiente de las Letanías de la Rosa, de las Prosas morosas...
Sin embargo, cada estación de la vida tiene sus frutos, y de ese robusto árbol
mental la savia siempre es la misma.
En alguna ocasión he de realizar un verdadero
ensayo sobre la obra de M. de Gourmont: Sixtine, novela de la vida
cerebral; el Latin mistique, que tanto alabara Huysmans, y que es
labor de concienzudo sabio al par que poeta; Lilith, poema
dialogado de una extraordinaria concepción y de una purísima forma; Le
Fantôme, en que está entrevisto el enigma de la mujer a través de un
extraño ceremonial de ideas y de sensaciones, en un rito a la vez carnal y
cuasi religioso; Théodat, la pieza dramática que dió tanto que
decir cuando se representó, en el Théatre D’Art, en los floridos días del
simbolismo; el admirable ensayo sobre Idéalisme; las joyas verbales
de Fleurs de jadis; la secreta hermosura del Château
singulier, y de las Proses moroses; la Historie
tragique de la princesse Phenisa, los Hieroglyfes y
las Histoires magiques, que en realidad lo son; Phocas,
prodigiosa resurrección; y luego su obra de crítica, las decisivas y
famosas Masques, que ilustró tan originalmente Valloton; su
profunda y sólida Esthetique de la langue française, la Culture
des idées, Le probleme du style, que destruye los sueños de
inmortalidad de los que juzgan que todo se hace por recetas, y ese Chemin
de Velours, de una filosofía tan nueva y de un tan agudo interés. Y luego
las novelas, como Les Chevaux de Diomeds,{174} en
que el psicólogo seguro se une al celebrante de las glorias sensuales, o Le
songe d’une femme, castillos en el aire y placer animal, ensueño y abrazo.
Y después sus cuentos y tal o cual creación perfecta, como ese
shakespeareano Vieux Roy, que la América latina conoce en
castellano gracias a la versión de nuestro armonioso y soñador Díaz Romero.
Y, por último, la obra poética, corta, pero de
especial riqueza de calidad, la cual, sí, no puede ser gustada sino por
entendimientos escogidos. Así, Les saintes du Paradise, las Oraisons
mauvaises y tales cuales poemas perdidos en las revistas. Sin contar
con la vasta labor de las ediciones de ciertos autores antiguos que este
bibliófilo entre los bibliófilos ha sabido dirigir, con un arte y un gusto que
harán regocijarse en su eternidad el alma del abuelo Gillis. Y con los
incomparables Epilogues, reflexiones, consideraciones, concreciones
filosóficas, que, reunidos a la manera de algunos libros de Nietzsche, forman
un trabajo de alto valer, macizo y firme bajo su ligera apariencia.
Su último libro, la Fisique de l’Amour,
es un admirable estudio sobre la función sexual en la naturaleza; hay un
deleitable maridaje de ciencia y de arte. El pensador y el artista son en este
caso—como en el de Maeterlink—uno mismo. Y los que logran absorber el sutil
vapor de ideas que se desprende de la obra de ese solitario, de ese aislado, de
ese maestro meditabundo, son recompensados con la íntima voluptuosidad de
comprender y admirar.{175}
A éste es al único intelectual de por aquí que he
podido llamar verdaderamente «amigo» durante un tiempo, en este ambiente en
donde cada día me siento más extranjero... Me lo presentaron la admiración, el
arte, la pobreza. Le he tratado íntimamente,{176} en
compañía del poeta Amado Nervo. Era allá en la época de la Exposición. Los tres
nos juntábamos en casa de un músico iluminado, teósofo y swedemborguiano, que
nos quería convertir... No duró mucho su tentativa, sino sospecho que todos
hubiéramos ido a parar a la casa de Italia que ha hospedado a de Groux, a menos
que no nos metiesen aquí cerca, en Charenton.
Mas ¿ha habido verdaderamente motivo para
aprisionar como orate al desventurado artista? No hay duda de que su aspecto,
su indumentaria, sus maneras, acusan cierta excentricidad...; ¡pero entonces
habría que encerrar al ochenta por ciento de las gentes!... Además, para los
que siguen al pie de la letra las teorías y los decires de los señores
Lombroso, Nordau y compañía, el autor del «Cristo de los ultrajes» no es, ni
puede ser, una persona normal y sana... Si se le trata, el diagnóstico se
confirma, y si se le oye juzgar a los hombres, y especialmente a los artistas
de su tiempo, se le declarará digno de la ducha y de la camisa de fuerza. Su
figura es igual, según León Bloy, a la de Ernest Hello. Bloy también ha escrito
en alguna parte que de Groux lleva consigo el daño y la desgracia, que es jetattore...,
y esto después de ponerlo a la altura del sol y de la luna como artista...
«¡Buen servicio le debo!», me decía en ricanant el pobre
pintor. Alguien me ha afirmado que éste tuvo una parte de su vida en auge y
ganancia; que entonces ayudó a todo el que lo solicitaba. Mas la perra suerte,
la mala sombra, como dicen en España, la guigne, como dicen aquí,
le ha{177} perseguido toda su vida. A tal grado,
que me explico aseguren que se halla atacado del delirio de la persecución.
No se pueden recibir tantos palos de lo
desconocido; no se puede ser la cabeza de turco de lo invisible sin sentirse
una natural inquietud, que acaba por desencuadernar los sesos. Y luego, en la
dolorosa esclavitud de un artista selecto que, tiene que padecer horribles
promiscuidades y la tiranía del industrialismo, las injusticias de la crítica,
que no señala el éxito sino al que la paga; y en las durezas de la vida de
necesidad de quien no quiere prostituir su talento, en el aislamiento de su
orgullo, con los nervios vibrantes a cada paso, con la sangre revuelta de rabia
ante las imprudencias de la réclame, no encontrando sino sonrisas
de desdén en unos, conmiseración ineficaz en otros, dificultades para trabajar,
penas íntimas y la rebusca cotidiana de lo preciso..., no sé quién,
estoicamente, pudiera resistir. Pues aquí la lucha es enormemente mayor que en
ninguna parte, y las dificultades y los inconvenientes para un artista, para un
hombre de pensamiento se multiplican más que para nadie. Así son de numerosos
los naufragios. Así es infinito el número de los desaparecidos en la tormenta
de París. De miles no queda ni el nombre ni el recuerdo. El arrivismo ha traído
después el más funesto de los males, el crack de la gloria y el imperio de la
gloriola. Es el momento para los prestidigitadores de la fama. Es el momento
para los amantes del instante, del éxito, del succés. Los espíritus
aislados, los que no entran{178} en la corriente,
son señalados. Y aun de esos, hay quienes aflojan.
En verdad, si algún pecado atrae el misterioso
castigo de la «fuerza enemiga» en Henri de Groux, o es el de la carne, o es el
del orgullo. Su obra no es, ni con mucho, casta; pues en sus desnudeces más
olímpicas y paganas aparece una concepción del encanto femenino completamente
católica; es decir, lujuriosa. La antigua Venus imponente y sencilla, impulsora
de las fuerzas naturales, tiene poco que ver con esas figuras ambiguas nacidas
al influjo de preocupaciones teológicas y soplos demoníacos. Hay mucho de
dantesco en el conjunto de sus pinturas, y mucha semilla medioeval, que ha
hecho brotar a través del tiempo, en medio de las intranquilidades y
exacerbaciones de los fines del siglo pasado, una extraña vegetación de cactus
y orquídeas infernales. A pesar de las conquistas de la eternamente
perfeccionable y corregible corporación de los sabios, el Diablo, como el Dios
del famoso director de periódico, será «siempre de actualidad.»
En cuanto al orgullo del artista, es enorme,
ciertamente, aumentado por los injustos triunfos de la mediocridad y por el
inconcebible rebajamiento del gusto general en nuestra época, tan llena de
indiferencia por las altas cosas mentales. El sustenta su categoría, abomina a
los predicadores de la igualdad, cara a los pequeños, y mira sus semejantes tan
solamente en otros tiempos pasados. Eso no se lo perdonan los acomodaticios
fabricantes y los que{179} aceptan la imposición de
la chatura común. El no figura en la cáfila de pagadores de biografías y
autorretratos de tal diario de mostrador y pulpería; él no se echa por la calle
del medio a hacer retratos mundanos; dice, donde quiera que le pongan atención,
lo mal que piensa de los Carolus Durán y otros del Instituto; ríe con risa
maligna; tiene la ocurrencia corrosiva, la broma ácida; agregad a esto el no
ser propiamente un Adonis, antes bien un «tipo» singular, el soñar
continuamente, el fracasar en cuanta tentativa de mejorar de fortuna ha hecho,
y el monologar a veces por la calle... decidme si no es muy explicable que
buenos burgueses florentinos y mal intencionados compatriotas, de consuno, le
hayan hecho ir a parar al manicomio... De donde, felizmente, logró escaparse, y
en donde encontró tema para otro de sus poemas pictóricos extraordinarios... El
también, como el Gibelino, a quien admira y ha interpretado, puede decir que
vuelve del infierno.
Es de todas maneras una existencia trágica la suya,
y su obra es como su existencia. El conflicto estalla por la hostilidad del
medio y su ninguna voluntad de adaptación. Es un desarraigado de un lejano
siglo, un extranjero en la humanidad que presencia la lucha rusojaponesa... Un
día he visto en su taller algunos de los «retratos» que ha hecho: Dante,
Wagner, Luis II de Baviera, León Bloy, Baudelaire, entendidos a su modo
extraño, misterioso... Un libro había por allí: las Fleurs du mal...
¡Eso ha sacado de las malas compañías! Y si al primer{180} llegado
se le preguntase qué piensa de la carrera fatigosa y de la vida de de Groux, de
seguro que os saldría con el eterno recurso de la bohemia. De Groux, sin
embargo, es cabalmente algo muy distinto del tipo tradicional del bohemio.
Desde luego, y a pesar de su faz a veces rubicunda y sus frecuentaciones del
café, es sobrio. Es casado, tiene familia. Es triste y serio, como no toque en
la conversación un asunto que haga estallar su bilis en carcajadas hirientes.
Como todo hombre de su intelecto, tiene una leyenda, que se yuxtapone a la
realidad de su trabajado pasar. Ha sufrido días muy duros, temporadas harto
amargas, que su ex amigo Bloy ha dejado ver de manera bien transparente en
su Mendiant ingrant y en su reciente Mon Journal.
Ha intentado cien veces el seguir un trabajo ordenado que le diese la
realización de tanto cuadro en proyecto como tiene ideado; mas hay algo, sin
duda alguna, algo que le acosa y le hace siempre desmayar en medio de la tarea:
es un perseguido de la miseria. No le han faltado mecenas temporarios, cuyos
apoyos no le han servido sino para reposar un tanto en su carrera de fatigas y
penurias. El primero fué el rey Leopoldo, su compatriota; el último fué, según
él mismo me lo contara hace como un año, la princesa de Wolkenstein-Trotzburg,
esposa del embajador austriaco en París, dama que se distingue por su
entusiasmo por Wagner y que ha sabido apreciar el mérito de de Groux.
En cuanto a los vendedores de cuadros y dueños de
salas de exposición han sido para el asendereado{181} artista,
según su impresión y experiencia, feroces. Los usos y gestos de ese temible
grupo han sido denunciados más de una vez por escritores valientes,
desgraciadamente no en la prensa diaria, que por más de una razón no aceptaría
tales claridades, sino en revistas de circulación reducida. Allí han hablado
los Mauclair y los Peladan. Allí se han expuesto las criminales maniobras de
los lanzadores de renombre en provecho propio; de los que preparan sus stocks
de telas para pregonar el mérito de tal o cual impresionista vivo o muerto; de
los mantenedores de la crítica simoníaca; de los explotadores del talento; de
los martirizadores del desconocido genial; de los usureros de la fama y
asesinos de la necesidad.
Se han expresado sus intrigas y sus añagazas, y
cómo desuellan a los pobres artistas que llegan a sus puestos, y cómo se hacen
pagar enormemente el derecho de una exposición, y cómo ellos, a su vez, lanzan,
es la palabra, y ponen de actualidad tal talento averiado, tal amateur con
fortuna o tal olvidada mediocridad, a la que se hace el boniment para
engañar a las gentes.
Si los turiferarios de la falsa gloria le han
evitado, de Groux ha tenido en cambio la aprobación de ciertos excelentes. Remy
de Gourmont, Heredia, han sido sus amigos; Mirbeau, Verhaeren, Camile
Lemonnier, Eockoud, Fontainas y el tremendo Bloy, han escrito sobre él páginas
brillantes de entusiasmo. El último, en su apocalíptica fuga, ha clamoreado{182} la grandeza del genio de de Groux a los cuatro
puntos cardinales. De pocos pintores de estos tiempos, y de todos los tiempos,
se han dicho palabras semejantes. Hace ya años escribía el fuerte Lemonnier:
«Ese joven Henri de Groux, ese espíritu impermeable y virgen sobre el cual se
ha deslizado sin penetrarle la corrosiva educación de un tiempo propicio a los
malignos y funestos, a los instintivos, de repente se denuncia épico, afiebrado
de cataclismos, torturado de imágenes sangrientas, sin parentesco con ninguna
escuela, sin analogía con sus antecesores, sino es tal vez con Delacroix,
hambriento de destrozos y carnicerías, todo empurpurado de sus flujos
bermejos». Y Jules Destree: «Al lado de ese temperamento de colorista que le
acerca a Delacroix al punto que se le pudiera aplicar muy adecuadamente los
versos de Baudelaire:
Delacroix, lac de sang hanté des mauvais anges,
Ombragé par un bois de sapins toujours, verts,
Ou, sous un ciel chagrin, des fanfares ét ranges
Passent, comme un soupir étouffé de Weber.
Al lado de esos dones prestigiosos y sutiles, su
parentesco con los primitivos es muy cierto. Como ellos, tiende sobre todo a
ser sugestivo. Su realismo es cuidadoso de la naturaleza y de la verdad, pero
es evocador del ensueño, se lanza más lejos que la realidad, con proyecciones
de más allá, en el infinito del pensamiento, de misterio y de sueño por{183} todas partes esparcido y flotante alrededor de
nosotros, realismo con brotes de alma, sobrenaturalismo que es la expresión más
alta del arte verídico y grande.» «Es únicamente un artista, un filósofo»,
afirmaba André Fontainas. El diálogo entre el rey Leopoldo y el pintor, contado
por Charles Buet, es curioso: «—Monsieur de Groux—dijo el rey visitando el
Salón—; conocía ya la obra de vuestro padre. Es la primera obra vuestra que
veo. Habéis hecho una cosa muy extraña, pero es una página notable.
Quisiera haceros algunas preguntas.—Tengo la certeza, sire,—respondió Henri de
Groux—, de haber hecho, en efecto, una cosa muy extraña y seguramente
intolerable para el philistin. Así me siento feliz de que haya
tenido la fortuna de gustaros.—Sí; pero ¿por qué los habéis
hecho a todos tan obstinadamente feos?—Sire, pensé que los sentimientos
que ellos expresaban no debían embellecerlos.—Pero el Cristo
mismo, ¿por qué es tan feo? ¿Por qué expresa el pavor, el espanto?—La tradición
le representa bello y lleno de esperanza.—He pensado que el Cristo, siendo Dios
que se ha hecho hombre para asumir todos los dolores y todas las miserias
humanas, no podía ser bello, al menos de la belleza vulgar, y que en esa
circunstancia había debido asumir el miedo, el miedo físico, y aun la
apariencia, el aspecto de la culpabilidad».—Lo que decís es interesante, pero
muy audaz.» «Tal vez, agrega Buet, pues Henri de Groux no es heterodoxo
pintando a Jesús feo, que los primitivos han siempre representado así, según un
texto de Tertuliano, del tratado{184} De carne
Christi, y según también la palabra del salmista: Ego sum verneis
et non home, opprobrium hominum et abjetio plebis.» Y sobre ese mismo
cuadro del «Cristo de los ultrajes» declaraba William Ritter: «¡Y bien! El
«Cristo de los ultrajes», que sólo la música había osado por el genio
fulgurante de Juan Sebastián Bach, Henri de Groux, en fin, nos lo ha dado, y
nos lo ha dado tal, que el suplicio de Matho, entregado a la plebe de Cartago
en Salambó, no es nada al lado de esta espantable pena.» Y Octave Mirbeau:
«Bajo su aparente ingenuidad de primitivo, M. Henri de Groux es un pintor
consumado; es maravillosamente hábil en el juego de los colores. Sus telas
tienen el aspecto de objetos preciosos, de materia lujosa que deben, ante todo,
mostrar las obras de arte. Hay en él una mezcla de tapicero persa y de
imaginero gótico, con todo un golpe de acentuaciones a la Rembrandt. Sus telas
son meticulosamente compuestas; desde el punto de vista del color, es el color
el que guía y dirige. En su aparente desorden es minuciosamente lógico, y su
imaginación, que es viva, que es desbordante de verbo, no va sino hasta donde
el color le indica ir. Su «Moisés salvado de las aguas», así como sus bohemios,
son puras obras maestras de colorista. La alegría de esas telas estalla en
sonoridades soberbias», Y Charles Morice: «¡La vida, la verdad de la vida! Es
ella la que de Groux, en los ojos de los músicos y de los poetas y de otros
héroes, y en las obras por su pincel comentadas, ve y nos muestra con el gesto
imperioso de una voluntad orgullosa{185} de no
ceder bajo el peso del pensamiento.» «Artista violento, tumultuoso, conmovedor,
siempre original, que llega a una intensidad de realización y de evocación que
se impone a la imaginación y fuerza a la memoria, tal se afirma», dice Charles
Salunier. «Es, ante todo, un poeta», señala Ivanoe Rambosson. Su nombre es
célebre en el arte contemporáneo «de excepción», como diría Vittorio Pica. Este
mismo crítico italiano ha estudiado en una de sus más bellas obras el talento y
la producción de Henri de Groux. He aquí cómo describe un cuadro terrible: «Les
trainards, rêve aprés la bataille»; «Rappresentava un campo dopo la bataglia:
in alto della tela scorgevansi le case del vicino villagio; in primo e secondo
piano v’ra una confusione raccapricciante di cadaveri e di carrogne sbudellate
e sanguinolenti, di ferilli in agonia, di sconquassati ordegni guerreschi e, in
mezzo a tale cuenta rovina, avanzavansi, a passi cauti, cinque o sei losche
figure di depredatori di cadaveri, seguiti da carretini, tirate da grossi cani
di Terranovae sovraccarricho di spoglie.
Lo spettaculo era allucinante, macabro, espettrale
e, ad acrescere l’orrore, contribuiva tanto la voluta mancanza anche del più
piccolo lembo di firmamento quanto le deficienze di prospettiva e l’uniforme
tinta verdastra, evocante il colore della putrefazione. Como esprimere con
parole la terribilitá di quei cadaveri aggroviagliati, affastellati l’uno
sull’altro, chiarrati disgustosamente di sangre, con le budella serpeggianti
fuori dal ventre? ¿Come esprimere{186} il supremo
orrore di quegli occhi vitrei e spalancati, che nessuna mano pietosa aveva
chiusi?»
Pues, en realidad, Henri de Groux es un artista de
horror y de misterio.
Su obra, complicada y ya vasta, abarca varios
ciclos: el ciclo dantesco, el wagneriano, el napoleónico, fuera de variados y
alucinantes espectáculos de imaginación y enigma que se ha complacido en
trasladar a la tela.
Es uno de los pocos artistas gráficos que hayan
logrado evocar los extraños ambientes y percepciones de los sueños, y esas
cosas raras e inexplicables que supiéranse de otras existencias y que se
encuentran en tales páginas de extraordinarios escritores, como Poe, Mallarmé,
Quincey.
Sus páginas de sombra y espanto llegan a la
angustia de ciertas pesadillas. Su visión tenebrosa hace pensar en los bajos
fondos de la demonología, en tormentosos terrores milenarios, signos y
conjunciones astrales, lluvias de sangre, presagios y apariciones funestas. Es
un prodigioso expresador de pavores y un fatal evocador y comentador del
fantasma que nos habita. En su «Morituri» surge la Muerte cabalgante sobre la
desolación de la campaña llena de cadáveres; en sus «Vendanges» traduce la
irrupción de las cóleras siniestras populares en el corazón de la noche; su
Napoleón no es el dios dueño del Aguila como Júpiter, sino un Napoleón de
desolación, de meditación, de triste humanidad. Es el espectro de los
espectros, ya en la vida retirada de Rusia, ya en la caída de Waterloo o en
Santa{187} Elena; Napoleón, ojeroso, meditabundo,
miserable, bajo la tempestad de Dios. De su «Cristo de los ultrajes» nadie ha
hablado como el tonante Bloy: «Es el sufrimiento del Cristo, tal como lo han
contado los santos visionarios en libros de diamantes que sobrevivirán al
juicio final de las literaturas; tal como lo han certificado los testigos que
se hacían «degollar» para obedecer a la orden de ser «configurados en su
muerte»; tal, en fin, como la Iglesia, no de la Edad Media, sino de todos los
siglos, lo enseña en su pavorosa Liturgia. Es el huracán de las torturas
imaginables, sin el contrapeso de ninguna eficaz piedad para el agonizante
voluntario, cuyo último suspiro extingue el sol y turba las constelaciones.»
Sus cuadros dantescos, más que ilustraciones de
la Divina Comedia, son telas poemales que trasponen la idea del
poeta a la concepción del artista. Lo propio sus encarnaciones wagnerianas. Mas
en lo que he de insistir es en su don milagroso de revelador, o, mejor dicho,
recordador de otros planos psíquicos, de otras rememoraciones de confusas
existencias, misterioso siempre; misterioso en su orientalismo insinuante de
detalles y perspectivas, misterioso en sus figuras de mujeres ultraturbadoras y
de un más que humano secreto; ni la Eva dormida, o la Palas sentada, o la
carnal Jezabel, o la acre y almizclada adolescente del frontispicio diabólico
del «Pehor», de Gourmont; misterioso en sus aglomeradas muchedumbres, en la
manifestación del alma baja y feroz de los populachos, de la erupción{188} de instintos crueles y bestiales de las heces
humanas; misterioso en las actitudes y miradas de sus héroes y hasta de sus
animales y larvas, sus leones, sus águilas, sus caballos, sus buhos, sobre todo
sus buhos; o ya en sus mitologías, o en las reminiscencias de malos sueños; en
su cultura macabra de las facies cadavéricas, en las alusiones satánicas y
relentes de ultratumba, en la traslación de la atmósfera sensible de «cuento»,
de leyenda, de delirio o de locura.
Buen artista, de Groux es compasivo con los
humildes de abajo, con el pueblo que sufre la tiranía de la estupidez
triunfante. Mas no se mezcla con los brutales elementos. Quiere «sólo un
déspota, el Genio», como dice brava y aristocráticamente ese cantor de las
rojas esperanzas que tiene por nombre Alberto Ghiraldo. Tiene el horror de la
burguesía ostentosa e ignara de la nobleza decadente y rebajada, del
igualitarismo, tan odioso como imposible. Baudelaire ha sido uno de sus
peligrosos guías en su senda de tinieblas y de espantos. De tanto frecuentar el
reino de lo desconocido, en donde no se camina sino tanteando el lado de los
abismos y negros despeñaderos, y en donde no puede prestarle sus ojos
nictálopes su amigo el buho, es probable que su cerebro no se encuentre
completamente fácil para el diario comercio de los hombres. Es posible también
que en el imperio de las tinieblas enemigas cuente con más de una animosidad. Y
si, como asegura Bloy, se ha olvidado por completo de Dios, todo él está
vulnerable para los puñales invisibles.{189}
El ha ofrecido seguir en su tarea de creador de
cosas misteriosas, y de su contacto con la locura en el manicomio italiano ha
de sacar nuevas apariencias de horrores visionarios. Si de la nocturna
confabulación de contrarias fuerzas sale su fatal sentencia, será una pérdida
para el alto arte, un duelo para el pensamiento. Será el golpe final para
quien, desde la cuna, fué señalado a la desgracia y al dolor como víctima de un
influjo saturnino, de una influencia maligna, diría el pobre Lelian.
Mas ojalá, robusteciéndose, si es posible, en las
ásperas luchas, cobrando aliento después de las sacudidas de la hostil suerte,
halle en la labor metódica un consuelo y una salvación.
Aunque, ¡la pobreza es tan infame!
Se presentan ya muchos candidatos al puesto de
bibliotecario del Arsenal. Se habló un poco de la desaparición del célebre
artista del soneto. Se escribieron unos cuantos artículos. Después, ha venido
el silencio sobre el que partió en lo gris del otoño. No obstante, queda de él
mucho, en poco. Un libro. Ese libro vivirá. Mil hay que dejan cien volúmenes
para el olvido y para los ratones.
Fué, como es sabido, cubano de nacimiento, pero
esto es un accidente que apenas advertís en tal reminiscencia de uno o dos
sonetos. El fué poeta francés, completamente francés, a pesar de sus pergaminos{192} de «conquistador», a pesar del «ancêtre», del
fundador de ciudades. Nació en Cuba, como su maestro Leconte de Lisle nació en
la isla Borbón, o como Julio Laforgue nació en Montevideo. Mas su gloria es
absolutamente francesa, porque su alma se nutrió en Francia, sin conservar casi
nada del perfume de las islas natales. Vagamente ese perfume le llega una vez,
a la orilla del mar... No es el mismo caso el de otro José María que hoy
comienza a engarzar en hermosos collares perlas de Francia: José María Cantilo.
Si llega el triunfo futuro, será gloria argentina, a pesar de la lengua de
adopción en que exprime sus líricos pensares.
Hay la idea común de que los parnasianos fueron
simples artesanos del verso, fabricantes de piezas de orfebrería. «Nosotros,
que cincelamos los versos como copas», decía uno de los más grandes entre
ellos. El verbo humano y el ritmo divino tienen tal virtud, que no le es
posible al artífice más impasible labrar una copa que no esté siempre llena de
algo. La copa vacía es imposible. Siempre habrá en el vino de poesía diluído un
sentimiento, un pensamiento. Y en las urnas de José María de Heredia se conserva
un licor precioso que ganará calidades envejeciendo. Ciertamente fué un orfebre
como todos los del Parnaso. Tenía el cuidado de la rima, la preocupación de la
palabra y, naturalmente, el orgullo del pensamiento. No hay uno solo de los
«impasibles» que no tenga en su estrofa, en la apariencia, fría, un
estremecimiento emocional, pues emoción hay hasta en las más profundas
especulaciones mentales.{193}
Lo que distingue a Heredia es la frecuencia del
mármol y del metal, materiales de su labor. La dedicatoria a su madre en «Les
Trophées» es una lápida romana. La mayor parte de sus sonetos son casi
epigráficos, dignos de una estela. Heredia no escribió una sola línea que no
fuese monumental. De allí esa augusta disposición de los conceptos, esa noble
euritmia rítmica, esa belleza grandiosa de sus pequeños templos de catorce
columnas.
Se le reprocha su parto elefantino, tardío y único.
¿Se habría preferido que amontonase en las librerías volúmenes sobre volúmenes,
a la manera de tanto fecundo multíparo de la literatura cuya prole, sin dolor
creada, servirá tan sólo por su inanidad y número para hacer más pesada y más
invisible la losa del más justificado de los olvidos?
A pesar de amables muestras de simpatía, a pesar de
la cita que en una ocasión me dio el maestro por medio del poeta Angel de
Estrada, nunca fuí a verle, ni a su casa, ni a la Biblioteca del Arsenal, de
que era administrador, después de Nodier, de Alexandre Duval, del bibliófilo
Jacob, de Loredan Larchey, de Edouard Thierry y de Henri de Bornier. Mas sé que
todos los que a él se acercaron quedaron encantados de sus afabilidades
señoriles, de su fondo hidalgo, de su generosidad espiritual. No creo que le
agradase mucho hablar el español, el cual, según tengo entendido, pronunciaba
con acento francés. Estaba, por otra parte, un poco sordo; así es que la
entrevista que tuvo con Núñez de Arce, hace{194} años,
debe haber sido curiosa, dado que el poeta español hablaba muy poco y muy mal
el francés.
Heredia era amado de la juventud, de esa juventud
acusada tantas veces de iconoclasticismo y de irrespeto para con los maestros.
A esta acusación contesta con mucha justicia un claro y valiente espíritu,
André Fontainas: «Decid, muertos ilustres, y demasiado pronto numerosos,
Verlaine, Mallarmé, ¿quién, pues, venía piadosamente a la soledad en que se os
abandonaba?, y vos, magnánimo superviviente de una época valiente, León Dierx,
¿quién os rodea de fervor y de afección mas que nosotros? ¿Quiénes, pues, José
María de Heredia, desde los primeros años literarios venían con un orgullo
tímido a consultaros, a entregaros sus esperanzas y a confiaros sus dudas?» Y
es que el carácter acogedor y la noble confianza que inspiraba el perfecto
lírico daban a los principiantes un amable calor de entusiasmo, un seguro
estímulo, un deseo de proseguir en la prueba de Pegaso. Y era el alma misma de
ellos la que sentía la espuela de oro. El mismo Fontainas expresa en conceptos
amorosos tales impresiones: «Nadie como él, José María de Heredia, ningún aîné supo
acoger, lleno de una bondad igual, a los principiantes, a quienes prodigaba con
simpatía sus consejos fraternales. ¿Quién, entre esos, tan numerosos, a quienes
su casa fué abierta, ha podido perder el recuerdo de los primeros minutos de su
primera visita? Cuando desfalleciendo casi de temor y de respetuosa incertidumbre
el recién llegado era introducido a un vasto{195} y
claro gabinete cuadrado, sonoro de voces vibrantes y alegres, se habría sentido
presa de un vértigo extraño y temeroso, si el Poeta, suspendiendo con un ademán
alguna disertación tumultuosa, no acorriese casi de un salto a él, a darle la
bienvenida, con abundancia y precisión que daban al espíritu ansioso y
encantado a la vez el tiempo de reponerse, de admirar, y de comprender a un
tiempo, y amar a ese hombre, que se revelaba completamente en su movimiento de
cordialidad franca y de calurosa acogida.» Tal dicen los que se le aproximaron.
Mi proverbial condición ursina no me permitió poder apreciar personalmente la
gentileza hospitalaria del hidalgo.
La casa estaba llena de gloria y de letras. Ya
sabéis que sus tres hijas se casaron con escritores. Hasta la hora actual,
parece que son felices, y ningún rumor de divorcio se ha oído. Una de las
jóvenes, la casada con Henry de Regnier, es mujer de gran talento, y se ha
hecho notable por sus poesías, publicadas casi todas en la Revue de
Deux Mondes, y, sobre todo, por las novelas que ha firmado con el
pseudónimo de Gerard d’Houville, nombre de un abuelo maternal de brava y
pintoresca vida. Su salón era uno de los pocos que quedan exclusivamente
literarios, y allí se reunía mucha parte de la élite de la
mentalidad francesa contemporánea.
En Cuba (¡naturalmente!) se ha escrito el único
artículo que conozco en que se decrete y anuncie la desaparición en el olvido
de la obra herediana. «Les{196} Trophées» de
Heredia! Cuando hoy hay quien exhume y comente los seccionales del lejano y
encriptado Du Bartas. Se ignorará en lo porvenir a Heredia si se borra por
completo la historia de la poesía francesa en el siglo XIX, en la cual él es
ciertamente un «antillano»; tiene su isla.
Sí, vivirá por su unidad sólida y su contextura, y
por el material aere perennius, esa «Leyenda de los siglos» en
miniatura, ese museo di camera, esa labor cuyo defecto sólo es la
casi completa perfección. Tal la de su maestro Leconte de Lisle, y la de su
antecesor Chenier. Poesía pura y lengua pura. Y tanta confianza había en el
alma del poeta en lo futuro, que el primer soneto de la colección está dedicado
al Olvido:
Le temple est en ruine au haut du promontoire...
. . . . . . . . . .
Mais l’Homme, indifferent au rêve des aieux
Ecoute sans frémir, du fond des nuits sereines,
La Mer qui se lamente en pleurant les Sirènes.
Todo el vasto espectáculo humano, la leyenda y la
historia, supo concretarlo en magníficas cristalizaciones que siempre causarán
admiración a los comprendedores de la virtud artística. Como Hugo, en su
cíclico poema, abarca todas las épocas del mundo: los mitos, los héroes, los
dioses, la vida y el ensueño. En Grecia y Sicilia, he ahí primero la gran
figura de Herakles, ya vencedor del león de Nemea, o cerca del lago de
Estinfalia, «todo sangriento, sonreir al gran cielo azul». He ahí a Neso,{197} cuyo sueño turba «el caliente olor de las yeguas
de Epiro»; la centauresa que de noche tiembla «à l’appel lontain des ètalons»;
la admirable metopa partenoniana de los centauros y lapitas; la fuga de
centauros que sienten la muerte cerca, «et flairent dans la nuit une odeur de
lion.» O bien Afrodita surge de la sangre de Urano; y Jasón y Medea aparecen
como en un cuadro de Gustave Moreau, en el soneto dedicado a ese pintor. En el
«Termodonte» véis pasar a los potros blancos, rojos de la sangre de las
Vírgenes. En «Artemis», la diosa se presenta como llena de un primitivo y
olímpico sadismo, y luego pasará, cazadora, saltando entre sus molosos; y la
flauta pánica resonará en una ninfea. Pan surge, «el Caprípede, divino cazador
de ninfas desnudas». Su risa asusta a las ninfas en el baño. He ahí un vaso
cincelado, en cuyos flancos han de encontrar más tarde nuevas visiones poetas
como Regnier y Samain. He ahí, como en la estatua de Clésinger, el león que «en
rugissant d’amour mord les fleurs de son frein». Baco, conquistador, triunfa a
las orillas del Ganges. Las mujeres de Biblos celebran los funerales de Adonis;
Circe siente los perros sagrados que la siguen aullando. En un soneto
dialogado, la «Sphinx», muestra Heredia lo que habría podido hacer si hubiera
escrito tragedias. En otro, «Marsyas», hace recordar el Marsyas de mármol del
Louvre.
Un amor especial tiene para Pegaso, ya «alargue
sobre la mar su grande sombra azul», ya, montado por Perseo, cuando «bat le
ciel ebloui de ses ailes{198} de flamme», o cuando
sus alas «aux amants enlacés font un tiède berceau».
En los epigramas y bucólicas es un admirable
evocador de la vida antigua. Cabreros, pastores, términos; inscripciones
votivas; clamores de orgullo, libaciones funerarias, naves que parten;
esclavos, sembradores, viejos chivos propiciatorios; niños muertos en flor; un
corredor como el que en el Luxemburgo tiene fijado su ímpetu de bronce; un
cochero como los que cantan las odas pindáricas; Pegaso de nuevo; o bien estas
palabras que hoy son para dichas por sus propios labios fríos:
Aux yeux se sont fermés à la lumière heureuse,
Et maintenant habite, hélas! A pour jamais,
L’inexorable Erebe et la Nuit Ténébreuse.
En «Roma y los bárbaros» saludaréis el bajel de
Virgilio. Conoceréis al discreto Galo, y reencontraréis la flauta griega en
labios de un pastor. El poeta se dirige a Sextius, y hace constar que la vida
es breve, como cantó el otro, y que «no hay primavera en el país frío de las
sombras». He ahí luego cuadros, viñetas, medallas de la vida romana. He ahí una
sonrisa latina, o la soberbia figura de Aníbal, y en los versos a un
triunfador, una frase que se diría dicha a sí propia por el artífice:
Grave-les dans la frise et dans les bas-relief
Profondement, de peur que l’avenir te frustre...
Aparece Cleopatra, en una tarde, «semejante a{199} un gran pájaro de oro que espía a lo lejos su
presa.» Luego el Imperator sangriento; y el célebre soneto en que Antonio ve en
los ojos puntuados de oro de Cleopatra:
Toute une mer immense ou fuyaient des galères.
Y el «pequeño museo» se engrandece; a los sonetos
epigráficos suceden la Edad Media y el Renacimiento. Y Heredia siempre está en
su terreno de labrador de mármoles, de marfiles y de oros. Y es el vidriero que
decora las catedrales con asuntos de primitivo; y renueva a Benvenuto. En
«l’Estoc» hace recordar el soneto que sobre César Borgia escribió Verlaine, y
en otra medalla, dejaría complacidos los gustos del marqués de Bradomín.
Pasan los recuerdos de dos poetas de su linaje,
Petrarca y Ronsard; y es un lujo de orfebrería, luego, y de esmaltes que
contribuyen a la gloria fraternal de Claudis Popelin.
En los conquistadores, puede decirse que se recrea
en la gloria del Antepasado, el fundador de Cartagena de Indias, D. Pedro de
Heredia, por el cual sus últimos descendientes pueden timbrar su escudo con
«une Ville d’argent qu’ombrage un palmier d’or.» En el Oriente y los Trópicos,
se precisa la influencia de Leconte, y, claro que la de Hugo. Es allí donde, de
paso, en un terceto, hay una reminiscencia del origen cubano del poeta.
Fuera de su «pequeño museo», quedan de Heredia{200} una traducción de Bernal Díaz del Castillo, un
«Romancero», inferior a lo que en este sentido se encuentra en la «Leyenda de
los Siglos», y «Les Conquérants de l’Or», fragmento épico que poca cosa puede
agregar a su gloria.
Vivirán, pues, las medallas, los bajos relieves,
las estatuetas, los templetes, las logias que construyó con amor y pasión de
artista. Y vivirán, sobre todo, porque puso en ellos su vida y su alma, su
constante esfuerzo y su adoración a la Belleza pura.
Por otra parte, él no quiso nunca regenerar la
sociedad ni cambiar el mundo. No se dedicó a la pistonuda carrera de apóstol.
Era un cuerdo.
Lo que sí se advierte en el primer momento es que
la manera de pensar y de escribir ha cambiado. La liberación de la
intelectualidad es un hecho, y más que la europeización, la universalización
del alma española. En mi «España contemporánea» he hablado del movimiento
mental que por la influencia del simbolismo francés transformó las letras
hispano-americanas. Ese movimiento, aunque tardío, llegó a{202} España,
y dió nueva vida a las letras españolas. Se acabaron el encantamiento, la
sujeción a la ley de lo antiguo académico, la vitola, el patrón que antaño
uniformaba la expresión literaria. Concluyó el hacer versos de determinada
manera, a lo Fray Luis de León, a lo Zorrilla, o a lo Campoamor, o a lo Núñez
de Arce, o a lo Becquer. El individualismo, la libre manifestación de las
ideas, el vuelo poético sin trabas, se impusieron. Y eso trajo una floración
nueva y desconocida. Y el nivel de los espíritus subió. Hasta hace pocos años,
apartando al gran Zorrilla, los poetas castellanos estaban en segundo o tercer
término entre los de Europa. Ahora, entre los poetas jóvenes de España, los hay
que pueden parangonarse con los de cualquier Parnaso del mundo. La calidad es
ya otra, gracias a la cultura importada, a la puerta abierta en la vieja
muralla feudal. Nombraré algunos de esos nuevos poetas.
Antonio Machado es quizá el más intenso de todos.
La música de su verso va en su pensamiento. Ha escrito poco y meditado mucho.
Su vida es la de un filósofo estóico. Sabe decir sus ensueños en frases hondas.
Se interna en la existencia de las cosas, en la naturaleza. Tal verso suyo
sobre la tierra habría encantado a Lucrecio. Tiene un orgullo inmenso,
neroniano y diogenesco. Tiene la admiración de la aristocracia intelectual.
Algunos críticos han visto en él un continuador de la tradición castiza, de la
tradición lírica nacional. A mí me parece, al contrario, uno de los más
cosmopolitas, uno de{203} los más generales, por lo
mismo que lo considero uno de los más humanos.
Su hermano Manuel, que ha permanecido en París
durante varios años, es muy diferente. Este es fino, ágil y exquisito. Nutrido
de la más flamante savia francesa sus versos parecen escritos en francés, y
desde luego puedo asegurar que son pensados en francés. Es en muchas de sus
poesías—por ejemplo, en «Caprichos», de título goyesco—un verleniano de la más
legítima procedencia. Con los elementos fonéticos del castellano ha llegado a
hacer lo que en francés no han logrado muchos seguidores del prodigioso Fauno.
Sus «arietas» son perfectas. En cuanto a sus resurrecciones de viejos metros y
sus tentativas de versolibrismo, indican un gran virtuoso y un artista de la
palabra.
Otro es D. Ramón Pérez de Ayala: Es un poeta
asturiano, pero que es castellano, pero que es cosmopolita; joven, luego rico
en primavera, luego sonriente, luego ágil de pensamiento, luego amador de la
libertad, luego soñador. D. Ramón Pérez de Ayala tiene un nombre que trasciende
a líricas vejeces, a pergaminos venerandos, a flores secas halladas en un
breviario de arcipreste enamorado de las musas. D. Ramón Pérez de Ayala es un
poeta absolutamente del siglo XX, con igual educación estética que nuestros
mejores poetas hispano-americanos actuales, y con una hermosa independencia de
espíritu que le hace decir lo que quiere, cantar de la manera más sencillamente
posible. Mas hay que advertir que la sencillez es en este caso lo más
dificultoso.{204} Ahora todos queremos ser
sencillos... Todos nos comemos nuestro cordero al asador después que lo hemos
tenido encintado en el hameau de Versalles. El Sr. Pérez de
Ayala se expresa a veces con reminiscencias clásicas, arando en el antiguo y
fecundo campo con los apacibles bueyes de Berceo y de Juan Ruiz; y su arado, de
modernísima fábrica, hiere la tierra con igual virtud que los venerables y
rudos hierros viejos. He leído «La paz del sendero», manifestación primigenia
de esta fragante alma. Tiene el autor demasiado talento para que sonríamos ante
la premura de un dolor fatal apenas entrevisto. Desde esos primaverales años
clama una voz de hondo y meditabundo poeta, animado por el infuso saber, amargo
don del destino.
Con sayal de amarguras, de la vida romero,
Topé tras luenga andanza con la paz del sendero.
Fenecía del día el resplandor postrero.
En la cima de un álamo sollozaba un jilguero.
No hubo en lugar de tierra la paz que allí reinaba.
Parecía que Dios en el campo moraba.
Y los sones del pájaro que en lo verde cantaba,
Morían con la esquila que a lo lejos temblaba.
La flor de madreselva, nacida entre bardales,
Vertía en el crepúsculo olores celestiales.
Veíanse blancos brotes de silvestres rosales,
Y en el cielo las copas de los álamos reales.
Y como de la esquila iba besando el son{205}
Al canto del jilguero, mi pobre corazón
Sintió como una lluvia buena de la emoción;
Entonces a mi vera vi un hermoso garzón.
Este garzón venía conduciendo el ganado,
Y este ganado era por seis vacas formado;
Lucidas todas ellas, de pelo colorado,
Y la repleta ubre de pezón sonrosado.
Dijo el garzón:—Dios guarde al señor forastero.
—Yo nací en esta tierra. Morir en ella quiero
Rapaz.—Que Dios le guarde. Perdióse en el sendero.
En la cima del álamo sollozaba el jilguero.
Sentí en la misma entraña algo que fenecía.
Y quedó dulcemente otro algo que nacía.
En la paz del sendero se anegó el alma mía.
Y de emoción no osé llorar. Atardecía.
Tal es la manera de exteriorizarse que tiene esta
fragante alma en su más amable estación. Es una primavera sentimental color de
otoño. Hay después sensaciones rurales y familiares que tan solamente pueden
compararse a las de Francis Jammes. Son de una modernidad intensa, y en su
manera clara y en su ingenuidad desnuda hay mucho de lo que complica en nuestro
espíritu el acendrado cultivo mental. ¡Cuán extraordinario es encontrar en las
almas nuevas de todos los puntos del mundo la alegría! Pérez de Ayala no es una
excepción. De la tristeza principesca e hiperestésica de Juan R. Jiménez, a la{206} casi rústica de «La paz del sendero», no hay
gran diferencia. Es una diferencia de decoración, de ambiente, de música. El
sutil veneno es el mismo. Hay amor, naturalmente; amor de verdad, a la antigua,
amor de clair-de-lune y de adoración romántica. Lo sexual no
tiene gran importancia cuando la primera ilusión llega con sus manos llenas de
jazmines. Cuando el poeta de los «Jardines lejanos» ve que sus princesas de ilusión
tienen blancos y rosados senos, es que un fauno-diablo, Verlaine quizá, le ha
hablado al oído.
He de señalar, sobre todo, una cosa. Pérez de
Ayala, de abolengo literario que obliga, es en la generación a que pertenece de
los poetas que piensan. Las nuevas influencias que han transformado la poesía
castellana han traído con la renovación de la forma un grande amor a las ideas.
Un escritor de gran valer y de extrañas violencias, el Sr. Unamuno, se enreda
en eso de las ideas, desdeña las ideas, sin ver que ellas son nuestra única
manifestación, el único fruto que da constancia de la existencia del árbol
humano. Nuestro ibseísmo no es una fantasía, y el sabio no halló sino una gran
verdad con lo de «pienso, luego soy». Pensemos, pues, y que el sentir no se
excluya, pues el sentimiento mismo se produce en nuestra máquina cerebral. El
palacio de Psique está entre las paredes del cráneo, allí donde Cajal y
compañeros van encontrando desconocido en la mina misma de los pensamientos.
Otro es Antonio de Zayas, poeta diplomático. Es{207} un señor. Continúa la tradición propia; es de la
familia de los viejos poetas hidalgos, prendados de nobleza, de prestigios, de
heroísmo, de ceremonia. Con todo, su vocabulario, su elegancia decorativa, los
saltos libres de su pegaso, le ponen entre los innovadores. A veces «con
pensamientos nuevos hace versos antiguos», y con pensamientos antiguos hace
versos nuevos. El verso libre en España no ha llegado a la licencia de ciertos
versolibristas franceses, con todo y haber escrito Manuel Machado versos
libérrimos. Los de Antonio de Zayas son voluntariamente sujetos a un ritmo
general que no desentona ni se rompe nunca. En «Paisajes» los hay magistrales.
Hay una oración por el alma de Felipe II que en cualquier literatura honraría a
un poeta; pero que en este caso concentra el alma española, la cristaliza en un
diamante verbal sorprendente. Sus «sonetos» se resienten de heredianos algunos:
los escritos en alejandrinos. Los otros siguen la influencia gallarda que nos
viene de los grandes sonetistas del siglo de oro: Quevedo y el admirable
Góngora.
Del poeta más sutil y sentimental, Juan R. Jiménez,
he dicho en otra ocasión lo que pensaba. Hablaba yo de su don musical. Decía de
él...: «lejos del desdoro de la imitación y ajeno a la indigencia del calco, ha
aprendido a ser él mismo—être soi même—, y dice su alma en versos
sencillos como lirios y musicales como aguas de fuente. Este poeta está
enfermo, vive en un Sanatorio, en Madrid. Así,{208} en
su poesía no busquéis salud gozosa ni rosas de risa. Cuando más, a veces, una
sonrisa, una sonrisa de convaleciente,
Convalescente di squisitti mali...
pero en la cual se insinúa uno de los más grandes
misterios de la vida».
Otro es Francisco Villaespesa. Enamorado de todas
las formas, seguidor de todas las maneras, hasta que se encontró él mismo, si
es que se ha encontrado. Dice ya sus propios ensueños y canta su mundo interior
de modo que, ciertamente, seduce y encanta. También es cierto que ha sufrido
mucho, y que no hay mejores indicaciones que las de Nuestro Maestro el Dolor.
En resumen: un movimiento nuevo se ha iniciado
desde hace algún tiempo y ha producido ya los mejores frutos. No puede negarse
que hoy impera una influencia extranjera, cosmopolita, pero principalmente
francesa e italiana. Mejor dicho, d’annunziana. (Villaespesa, Pujol—un joven
poeta que comienza con los mejores bríos, muy sentimental, muy musical, muy
elegante, muy poeta; Nilo Fabra, que ha expresado sus quereres y soñares con
modos refinados, dando a veces un tono menor que traduce sus prematuras melancolías
contagiosamente.)
No dejan de encontrarse—sobre todo, en los sujetos
a las ordenanzas académicas—gestos pasados,{209} libreas
mentales, poesías «a la manera de...», o a l’instar, como se diría
en París. Mas los que imperan son los otros.
Hay, por ejemplo, uno de los más nuevos, Andrés
González Blanco, que se ha impuesto desde los comienzos. Sus versos revelan una
gran cultura, una gran mentalidad, y, como antes se decía, una gran
«inspiración». En estas líneas olvido, seguramente, a otros buenos poetas,
gentiles adoradores de las musas. Mas hay que ver que aquí indico únicamente
mis preferencias.
I
Desilusión del milagro.
Yo voy a lo que más puede interesar vuestra
curiosidad y halagar vuestra fantasía. Os ofreceré un poco de maravilloso.
Sabía yo que la catedral de Oviedo poseía un tesoro
de reliquias más rico que el de cualquier basílica italiana o que el de Nuestra
Señora de París; y que entre las cosas que aquí se encuentran las hay
extraordinarias. Yo me había imaginado muchas de ellas a través de cristales de
poesía. Saludé, pues, la torre esbelta y labrada, la plazoleta antigua y
estrecha, y me encontré en el ambiente oloroso a incienso de las vastas naves
ojivales. Era la hora del coro y los canónigos celebran el oficio. Resonaba el canto
llano. Un órgano se hacía oir de tanto en tanto. Y como vibrantes chirimías,
las voces de los monagos se unían a los agudos del instrumento. Uno de esos
levitas en miniatura andaba por ahí con su balandrán y su blanca sobrepelliz. A
una seña se me acercó. Le pregunté por el lugar de las reliquias, y el duende,
no exento de gravedad, me dijo que tuviese paciencia por unos instantes. Y fué
a unir su voz con la de sus compañeros, allá, junto al facistol. Algunos
minutos después salió acompañado de dos canónigos. A una indicación les seguí.
Entramos por una puerta cercana a la sacristía.
Subimos una escalera; bajamos otra corta. Henos ante otra puerta junto a la
cual hay una campana que el monaguillo hace sonar dos veces. Entre tanto, los
canónigos rezan. Uno de ellos, algo encorvado, misterioso, de ojos agudos,
llama mi atención.{213} Mientras le miro me
instruye en voz baja un poeta del país que me acompaña: «—Ese es un bravo y
terrible sacerdote... Ha sido periodista de combate, hombre de empuje... Le
llaman El Angelón...»
La puerta se había abierto, y tanto El Angelón,
semejante a un Claudio Frollo, como el otro canónigo, nos precedieron al entrar
al Relicario, sin dejar de mascullar sus rezos. Entraba claridad por la puerta
y no recuerdo si por algún ventanillo; mas el monago encendió un cirio, y con
el tono y manera de un cicerone que se respeta, comenzó a pronunciar su sabida
lección y a mostrar a mi intranquila curiosidad un cúmulo de sacras maravillas.
Poco me faltó del «Breve sumario de las santas reliquias que en la cámara santa
de Oviedo se veneran manifiestas, fuera del arca santa, después que por la
misericordia divina, por el año de mil setenta y cinco, a instancia del señor
Rey Don Alfonso el VI, fué abierta con asistencia de varios de los prelados de
España, que por la general devastación del reino se hallaban refugiados en
dicha ciudad; y asimismo de las indulgencias concedidas a este santuario, que
ganan los que visitan y asientan cofrades en virtud de esta bula». Poco me
faltó, digo; pero con lo que percibí tuve para copiosa provisión de ensueños en
una exploración de invisible por espacio y tiempo.
Mas antes os he de decir la historia milagrosa de
estas riquezas benditas, tal como consta en episcopales documentos. Reinaba
Cosroes de Persia sobre Jerusalem, dominada por sus ejércitos, cuando{214} por disposición divina fué llevada de la ciudad
superilustre a tierras africanas una caja, hecha en «madera incorruptible», por
cristianos que habían recibido la doctrina de los apóstoles mismos. Siempre
prodigiosamente, la caja erró de Africa a Cartagena de España, de Cartagena a
Sevilla, de Sevilla a Toledo, de Toledo al Monte Sacro de Asturias y del Monte
Sacro a la iglesia de San Salvador, de Oviedo, «donde dicha arca fué abierta, y
hallaron en ella los fieles muchos cofrecitos de oro, de plata, de marfil y de
coral, los cuales, abiertos con suma veneración, ciertas cédulas atadas a cada
reliquia de las que dentro estaban, manifiestamente declaraban lo que cada una
era». El arca estaba central ante mí, mas cubierta de antiguas chapas y bien
labrada orfebrería. Y dentro del arca, algunos de los objetos venerados que no
se muestran sino en señalados días del año, con ocasión de fiestas especiales y
con gran aparato ritual y manifestaciones de fe.
La vocecita dijo:—«Esta es una pequeña parte de la
sábana santa en la cual envolvió José de Arimatea el cuerpo de Nuestro Señor
Jesucristo.» Yo sentía una vaga emoción, con un vago perfume de infancia..., a
pesar de que un mal diablillo me andaba por lo interior diciéndome: «¡Muy bien,
muy bien! ¿Qué van a decir, si usted cuenta esto, ciertos amigos suyos que
saben tanto del protoplasma?» Dejé murmurar al diablillo, y vi en frente de mí,
bajo un fanal en un marco de oro, un trozo de tela blanca,{215} que
me pareció demasiado blanca para tantos siglos, y muy semejante a ciertos
tejidos manchesterianos. Mas luego abandoné las influencias razonadoras, y con
el admirable poder imaginativo pude agrandar el pedazo de tela y ver el
inmortal cuadro del descendimiento, y el del lavado del santo cuerpo, y la
piedad del vecino hierosolimitano que primero que todos los celebrantes de la
misa colocó sobre el Corporal la misteriosa y carnal Hostia antes de la
transubstanciación.
Continuaba el rezar de los canónigos, y la fina
vocecita casi no se daba tiempo:—«Estas son ocho espinas de la Corona Sagrada,
de la Corona cruel que los judíos pusieron en la cabeza de Nuestro Redentor.» Y
vi, en una a modo de custodia, las negras espinas, que más bien se me
representaron clavos. Recordé una que antes viera en ya no sé cuál templo
romano, y la corona despojada de sus espinas que se muestra el Jueves Santo a
los fieles en la basílica parisiense, corona que parece un círculo de secos mimbres...
Mas surgió en la lejanía de lo pasado, en la tarde lívida y eléctrica del
Calvario, la dolorosa y portentosa Figura, con la frente ceñida por la diadema
de martirio, sangre y palidez, amargura humana y desconsuelo divino.
—«He aquí—prosiguió la lengua infantil—un pedazo de
la caña que los judíos pusieron a Cristo por burla.» Recordé a las iluminadas,
a las videntes Emerich y Agreda. Lo que pude ver fueron unas a manera de dos
hojas de palma resecas, de amarillento color. Mas se apareció la indestructible
canalla{216} burladora e insultadora de las
majestades espirituales, y el triste Cristo, vestido de melancolía, soportando
la tortura de las risas miserables.
—«Un pedazo de la túnica inconsútil...» no logro
verla en el relicario; «de su sepulcro», tampoco; «de los pañales en que estuvo
envuelto en el pesebre», tampoco, «del pan de la última cena», esto sí. Me hace
pensar en los panes encontrados en las ruinas de Pompeya. Y después me entra un
pueril deseo... Si pudiera probarse esa supernatural pasta, en la cual, antes
que por las palabras de la consagración, estuvo la carne simbólica de la
divinidad, simbólica y efectiva para el creyente... ¡Y si probando esos relieves
del ágape de los 13 no conseguiría uno la visión de lo inmortal, la potencia de
lo infinito, los dones que traen las lenguas de fuego del Santo Espíritu...!
Mas el monago no da paz a la palabra:—«He aquí uno
de los treinta dineros porque Jesucristo, nuestro bien, fué vendido por
Judas.»—¿En dónde está? «Dentro de esa caja.»—Lo creo.—¡Judas, desastrado
Judas, precioso chivo emisario del cristiano triunfo, pobre cabeza de turco de
la Redención! El libro de Petruccelli della Gatina es un curioso libro... Mas,
sobre todo, hay que meditar, ¡oh creyentes mis hermanos!, en que Judas cumplió
las disposiciones del Padre; y en que sin la obra inconsciente suya no
se hubieran cumplido las profecías.
En cuanto a este dinero, uno de los treinta
famosos, creo que debería sacarse de aquí, de esta quieta y venerable catedral
ovetense, y llevarse a París,{217} a ser guardado
en la caja de Rosthschild, o a otra parte cualquiera del mundo, a la casa de
otro congénere, donde pudiera devengar los racionales intereses.
Ocultos también están los que canta la boca del
eclesiástico gnomo «preciosos cabellos y vestidura de la Santísima Virgen;
lienzos humedecidos con la leche de la misma Madre de Dios.» Aquí mi duda no
fué sino teológica. Pregunta: ¿Fué por disposición divina llevada a la
inmortalidad de los cielos María con todo lo que constituyó su cuerpo mortal
sobre la tierra? ¿El día de la Ascensión, no subió la Virgen, completa e
intacta, al empíreo? Si esto es de fe, no corto sacrilegio están cometiendo los
canónigos que conservan y se glorian de poseer algo de la figura corporal de
María, madre de Jesucristo, en San Salvador de Oviedo. Yo opino que habría que
sacar a la luz esos cabellos. Y si son, en efecto, ya veríais, como en el poema
de Hugo los de Cristo en la mano del sayón, tornarse éstos hebras de luz
sobrenatural; notar los sabios una descomposición en la máquina del día, y la
humanidad sentir entrársele por los ojos una miel de aurora que haría desleírse
las almas en un deseo de amor universal y de fe profunda.
Después, aquí están un lignum-crucis, que no me
interesa tanto después del buen trozo, que parece petrificado, del tesoro de
Notre-Dame; un pedazo del pez asado y del panal de miel que Jesús comió con los
apóstoles después de la Resurrección—cosas que no me mostraron—; tierra sobre
que puso{218} los pies Jesucristo cuando subió a
los cielos, y tierra del sepulcro de Lázaro; algo de la piedra que cerró el
sepulcro del Señor, y del ramo de oliva que llevó en sus manos cuando la
entrada en Jerusalem. Nada de esto veo con mis ojos carnales. Me presentan una
redoma «con sangre derramada por el costado de una imagen que los cristianos
habían hecho a semejanza de Jesucristo, a la cual los judíos, obstinados por su
antigua incredulidad, fijaron por señal o blanco, y con una lanza hirieron el
costado derecho, del cual salió sangre y agua.» No veo nada, absolutamente
nada, en la opaca redoma. Pero credo.
Mas he aquí que vienen en seguida, chillados por el
monaguillo: algo de la frente y cabellos de San Juan Bautista; un hueso del
mismo San Juan Bautista: reliquias de los doce apóstoles ¡y de los profetas!;
la suela de la sandalia del pie derecho del apóstol San Pedro, que me parece de
un cuero demasiado fresco, como diría Mark Twain; un buen pedazo del pellejo de
San Bartolomé, que se asemeja a viejo pellejo de cerdo; la cartera, ¡sí, la
cartera! de San Andrés, semejante a esas bolsas en que los gauchos guardan el
tabaco; cabellos, ¡oh, profanación!, con que la Magdalena enjugó los pies de
Jesús, y huesos y reliquias de todos los que vais a oir: San Juan, San Esteban,
San Lorenzo, San Vicente, Santos Cosme, Damián, Esteban papa, Cipriano,
Facundo, Primitivo, Justo, Pastor, Fructuoso, Emeterio, Celedonio, Adriano,
Mamés, Verísimo, Máximo, Vedulo,{219} Pantaleón,
Cucufate, Sulpicio, Eugenio, Eulogio, Víctor, Sergio, Bachio, Juliano, Félix,
Pedro el Exorcista, Eugenio, otro Félix, Fausto, Colegio, Esportalio, Hieremías,
Martino, obispo Cristóbal, Grato Luciano, Tirso, Librada, Ana, Natalia, Agueda,
Justa, Rufina, Servanda, Germana, Beatriz, Petronila, Eulalia de Barcelona,
Emilia, Pomposa y una navaja de la rueca con que fué martirizada Santa
Catalina.
¡Ah, no!
Y El Angelón y su compañero siguen rezando.
Y luego me muestran «una parte de la vara con que
Moisés dividió las aguas del mar Rojo, ¡y veo un fragmento de palito como un
lápiz, yo, que soñaba con tal luminoso garrote que al agitarse en el aire
pondría espanto en el tropel de los truenos y en la madriguera de los rayos!
Y después se me muestra «una cruz de oro purísimo,
labrada por mano de los ángeles», y que clama ser labor de plateros bizantinos;
y se me dice que existen aquí mismo: una piedra del monte Sinaí, sobre la cual
ayunó Moisés; maná que llovió Dios a los israelitas en el desierto; ¡el manto
del profeta Elías!; huesos de los tres niños del horno de Babilonia, Ananías,
Azarías y Misael; una de las «hidras» en que Cristo convirtió el agua en vino;
los cuerpos de los mártires Eulogio y Lucrecia; el de Santa Eulalia de Mérida,
el de San Vicente Abad, y los de San Julián y de San Serrano, y la espaldilla
de San Pedro Regalado y otros huesos más...{220}
¡Ah, no! ¡Ah, no! Sospecho que el angelito, El
Angelón y su colega me están jugando una mala pasada... Guardo, orantes y
piadosos barnums, mis cristales de poesía y mi fe para mejor ocasión.
Tomad dos pesetas... ¡Creo en Dios! Creo en Dios...
Pero, ¡idos al diablo!
II
A la orilla del mar.
Me he venido a un rincón asturiano, pequeño,
solitario, sin más casino que ásperas rocas, ni más automóviles que los
cangrejos—ante el caprichoso Cantábrico.
Está el pueblo de San Esteban de Pravia a un paso
de Oviedo, junto a la desembocadura del Nalón. La ría semeja más bien un lago.
En frente se divisa un viejo castillo en ruinas que da nombre a un cercano
caserío; y más allá del lado del mar, está la población de Arenas. Más allá no
debía decir, sino más acá, puesto que escribo en ella, en una casita nueva y
fresca, que tiene un mirador frente a las olas. San Esteban está al pie de una
pequeña altura; hay pocos habitantes, una fábrica de conservas marinas y un
restaurant que se ve bullicioso y se siente sonoro los domingos. La Arena es
lugar de pescadores, y por el lado de la costa tiene una{221} que
otra casita pintoresca que alquilan las pocas familias que vienen durante el
verano.
Desde la que yo ocupo veo, en frente, el muelle en
construcción que avanza en el mar, las colinas cultivadas, a un lado y a otro,
la costa abrupta que termina su diseminación de rocas obscuras.
Las mañanas doradas de sol, o empañadas de bruma,
son tranquilas y serenas. Por la calle no pasa más que una que otra vendedora
de pescado, y, una vez por semana, el hortelano, que viene con su asnillo
cargado de frutas y verduras. Ayer oí una inusitada algazara, y un son de
panderetas. Me asomé a la ventana y me encontré con un oso, que la no muy bien
aprendida danza ensayaba en dos pies. Dos cobrizos gitanos cantaban su melopea,
un mono saltarín volteaba al extremo de una cuerda y unos cuantos muchachos admiraban
el espectáculo.
Por la tarde salen, con el sol aún picante, las
lanchas de los pescadores. Las filas de remos brillan a la luz áurea, y las
embarcaciones del trabajo rudo y arduo toman el aspecto de galeras antiguas en
desfile. Allá lejos se van, a buscar el bonito o atún, y la suella, la
rebosilla y la sardina. Cuando se enciende el poniente es el retorno, a la
vela. La mar brava, o el agitado nordeste, impiden a veces la pesca. Y la mala
faena se ve en los rostros de los pescadores, cuando se acercan a la costa, en
donde hay redes tendidas y mujeres que aguardan.
Viven estos excelentes hombres en pobres
habitaciones. Tienen algunos un huertecito que aprovechan para sembrar maíz,
patatas y coles. Esto no{222} les deja morir cuando
falta el producto del trabajo. Tienen una iglesia chica y triste, en donde los
más devotos forasteros retroceden ante el formidable ejército de pulgas, que
sin duda el rey de las moscas, o sea Satán mismo, mantiene allí para perjuicio
de los católicos veraneantes. Se divierten cada ocho días los buenos pescadores
jugando a los bolos y emborrachándose convivialmente con vino de dos «perrones»
botella. Sabréis que dos perrones son veinte céntimos de peseta.
El carácter de estas gentes curtidas por vientos y
mares es pacífico y amable. Jamás he visto ni oído escándalos o riñas. Además,
son generosos y altruístas. Unos a otros se ayudan y confortan. Cuando uno está
en días de enfermedad o de escasez, los que pueden le prestan el apoyo que les
es posible. Hablan su jerga asturiana casi siempre en voz alta, y esto se
explica por la cotidiana labor que tienen sobre el mar, en donde están hechos a
dominar el fragor de las aguas y el ruido de las rachas.
Estos mares son duros. El Cantábrico tiene
celebridad terrible. Y aun en esta parte que ahora me parece tan poco hostil,
pasan, en ciertas épocas, dramas tremendos. «Por allí—me dice un pescador,
señalándome el extremo del rompeolas—, por allí murieron el invierno pasado
catorce hombres. No se pudo salvar ni uno solo.» Estas aguas cambian de humor
con rarísima rapidez; tan pronto hay calma azul, tan pronto carnerea la espuma.
Recuerdo ya viejos versos:{223}
Claudicante, viejo, solo.
Viene del Polo el Invierno.
Eolo sopla en su cuerno
Saludando al rey del Polo.
Al son del cuerno de Eolo
Lanza el gran mar su clamor.
Sobre el oceánico hervor
Da el tritón su canto extraño,
Y con su crespo rebaño
Pasa el terrible pastor...
Como todas las gentes de mar, como las de
Normandía, como las de Bretaña, éstas tienen sus devociones religiosas, su
patrón celeste, su representante y delegado delante del Eterno Padre, Comodoro
de los huracanes y Soberano Almirante de los ciclones de la muerte. Aquí es el
bueno y tradicional San Telmo el que enciende sus iluminaciones en los árboles
de los barcos en noches de tempestad, y aquí, en la procesión anual, va vestido
de marinero, con la mano en el timón, entre los cantos y músicas, sobre la ría
en calma. Esta fiesta, según se me informa, se verificará pronto, y ya tendré
entonces ocasión para describírosla.
No han progresado mucho que digamos estos lugares
desde el año de 1794, en que se publicaron las Memorias históricas del
principado de Asturias y obispado de Oviedo, por el Dr. D. Carlos González
de Posada, canónigo de Tarragona; libro editado en esa ciudad por el impresor
Pedro Cavals. Allí, en unas cuantas notas geográficas, se dice de La Arena:
«Puerto de mar a la boca del río Nalón,{224} dos
leguas y media distante de Avilés, y de corta población.» Y de San Esteban:
«Puerto de 50 vecinos en la misma boca del Nalón y frente a La Arena, sin más
distancia que el río en medio; pueden fondear en él fragatas de 30 cañones; en
sus inmediaciones se ha fabricado un dique o ribera, donde se depositan las
maderas que bajan para la real armada por el río desde los montes del Tineo,
Cangas, Salas, Miranda, Quirós, Lena, Aller, Langreo y otras partes. Estos dos
puertos son del concejo de Pravia, cuya capital es la villa del mismo nombre,
corte otro tiempo de algunos reyes de Asturias, etc.»
Esta quietud, esta pasividad, este tranquilo reposo
en la naturaleza, ha de cambiar con las invasiones de vida moderna que están
transformando a España. A un paso está Gijón, que es hoy uno de los emporios
comerciales y manufactureros de la península, ciudad «europea» actualmente y
cuya riqueza progresiva asombra. De ahí vendrá el soplo, el impulso, que ha de
cambiar todo esto. Y perderá La Arena su poesía, ¡hélas!, y ya habrá aquí
veraneantes que pasearán sus modas, y correrán por la playa otros automóviles
que los cangrejos, y habrá casino con sus correspondientes petits-chevaux,
y los que como yo buscan la actual paz y sosiego que dan estas cosas
primitivas, se irán con la música y los sueños a otra parte. Aunque pronto no
habrá rincón del mundo en donde refugiarse. La unificación del planeta será
absoluta. Los manes de Ruskin y compañeros mártires se estremecerán en{225} la eternidad, y sobre el globo uniforme
prodigará sus bostezos la humanidad uniformada.
Hay en la playa unas ocho o diez casetas de baño.
La clientela no es numerosa, mas se aumenta el día festivo y el domingo con los
visitantes que llegan de Oviedo. Las casetas son arrastradas por bueyes; y se
ve pintoresco el buen animal del campo cuando camina llevando su edificio
minúsculo hacia las olas.
A Hugo le daba horror, y lo dijo en versos poco
graves, el imaginarse a Venus con pantalones. El Maestro habría experimentado
algo más tremendo al contemplar la figura de algunas bañistas en estas castas
costas. He advertido que no solamente la robusta y venerable matrona, sino la
guapa y gallarda señorita, se enfundan en unos camisones prosaicos que las
envuelven desde el cuello a los pies. Al verlas, ciertamente, el tritón más
salaz recule épouvanté. Mas no percatan las pudorosas damas que las
tales túnicas resguardadoras de misterios, una vez que se mojan, se pegan al
cuerpo como los paños de los escultores a las estatuas de barro en los
talleres, y que la indiscreción de la tela es entonces de una realidad irónica
y flagrante.
He notado que las puestas de sol no son aquí, al
menos por estos días, prestigiosas, ricas de colores y fuegos. Pocas veces he
visto libre de nieblas la raya de lápiz horizontal. El sol, al irse, no se
muestra sino a través de opacidades que apenas se tiñen de una difusa claridad
de viejos oros. Tan solamente una vez formaron las nubes del fondo una{226} como cordillera de montañas obscuras, cuyos
filetes bruñía de un fuego vivo y rojo al poniente en fusión. Mas el astro no
se veía. Fué más tarde cuando, de repente, en medio de la cordillera negra, se
abrió una tronera de metal incandescente, a través de la cual pasó un chorro
solar. Duró esto unos instantes. Luego el disco vívido se fué opacando y se
tornó color de sangre, cubierto de nuevo por los nubarrones amontonados. La
cordillera se deshizo. Se fué como derrumbando blandamente aquella aglomeración
de masas enormes y obscuras. El mar, que fué primero gris, luego plateado,
luego violeta, luego verdoso, luego gris otra vez, se azuló profunda y nocturnamente
en el último momento crepuscular. Grupos de gaviotas iban de un punto a otro de
las aguas, que hacían su ruido de cascadas agitando sus sempiternos algodones
sonantes, sus madejas de encajes sedosos; y coincidió la llegada de una vela
latina, de una rezagada barca pescadora, con la aparición, siempre
enigmáticamente luminosa, del milagro de las estrellas.
III
San Telmo.
Ha pasado la fiesta de los marineros pescadores. El
patrón ya sabéis que es San Telmo, el de los{227} fuegos.
Si la religiosidad ha mermado entre estas buenas gentes, la superstición queda.
En Dios se puede tener poca fe; pero lo que es en San Telmo... Desde por la
mañana, temprano, sonaron los petardos y cohetes y se oyeron músicas por las calles
del pueblecito de La Arena. San Esteban también estaba en movimiento. Ambos
vecindarios se unieron para la fiesta. En la iglesia de La Arena hubo misa con
sermón. La gente endomingada tuvo fervor. Estalló la gaita en una intempestiva
Marcha Real cuando el sacerdote alzó.
Yo partí a San Esteban, al restaurant El Brillante,
que es de D. Edmundo Díaz, un «cher confrère», pues es director de una revista
y escritor ameno. Allí almorcé en una terraza con vista a la ría, por donde
debía pasar la procesión. Y vi muy hermosas mozas, muy elegantes señoritas que
llegaron de Oviedo. Hasta hubo por allí un automóvil y uno que otro kodak en
finas manos.
La procesión fué después del almuerzo. Desde donde
yo estaba pude dominar todo el espectáculo. El panorama era delicioso, al amor
de una fresca temperatura. Era una decoración de nacimiento; en frente de mí,
casitas blancas con techos rojos; allá, en la otra banda, casitas de
«preseppio», y la colina pintoresca y cultivada en el fondo, al lado del
Castillo y de La Arena. En La Arena divisaba ir y venir de gentes, mover de
barcas, humo de cohetes. Y a este lado la población risueña, el «Brillante» en
fiesta. El agua del Nalón, que corre al mar, azulada, argentada. El cielo de
cobalto, rejado de vellones,{228} manchado de
pincelazos de nieve. No lejos del lugar en donde escribía mis apuntaciones,
está la casa del profesor Altamira, del hombre grave y estudioso que sabe
tantas cosas. Es un «cottage» rojo, con barandas blancas, con un jardincillo en
que hay verdores apacibles, flores e higueras.
Suenan a lo lejos tres bombas. Va a comenzar la
procesión. El cielo se ha azulado aún más, como un cielo napolitano; y el agua
está como el cielo, y es como un milagro azul que todo lo envolviera. «Je suis
hanté: Azur! azur! azur!...» Veo venir algo que suscita en mi mente
reminiscencias de Venecia, de una Venecia antigua y legendaria. Hasta el acento
con que hablan los marineros que pasan bajo el balcón a que me asomo me parece
veneciano. Y la ría, que es un lago suizo a veces, se me antoja ahora una especie
de Canalazzo. Se acerca más y más la procesión en barcas. Entre las pequeñas de
los pescadores viene, como un Bucentauro, gallardamente, el vaporcito en que
está el santo. Y en el vapor del santo, y en otros que atrás vienen, y en las
barcas de los pescadores, y en otras llenas de vecinos y curiosos forasteros,
todo es una fiesta de banderas y banderolas, amarillo y rojo. ¡España! ¡España!
¡España!
Y ya no, no es una fiesta veneciana la que
presencio, no es el triunfo marino del Bucentauro; es una fiesta española y
asturiana. Son los buenos pescadores de un rincón del Cantábrico, que celebran
el día de su patrón celeste, San Telmo. La impresión no es de soberbia, ni de
función imponente por sus{229} lujos y pompas. No
caen de las lanchas, como de las góndolas señoriales, paños de seda flecados y
bordados de oro. La obsesión del cielo azul, agua azul, banderas y sombrillas
sobre el cristal especular.
Aquí, a mi lado, charlan las damas, con ese son
dulce de la provincia, de que ha hablado el perspícuo Azorín. Y hay son de
músicas sobre las aguas de la ría. Las pesadas dragas, a un lado, descansan,
pues es el día de gozo ritual para estos pueblos de pescadores y labradores. En
la procesión viene adelante un barco negro, florecido y risueño de banderas; y
trae el estandarte, un gonfalón rojo y oro. Y en la embarcación en que pasa el
santo, van vecinos notables, autoridades, curas con sus roquetes y sus sobrepellices.
Y veo luego la muchedumbre que acompaña, y una bandera roja, y una cruz de
plata. Y hay por todas partes alegría, la alegría de un día de regatas.
¡Buen San Telmo, que sabes de los furores del mar,
de las terribles rabias oceánicas, de galernas y aquilones, sé amigable y
cordial con tus gentes de La Arena y San Esteban que, curtidos de sol y vientos
ásperos, van a exponer la vida todos los días en la pesca de la sardina, del
calamar, del atún! Aleja las malas artes de los «espumeiros», y a la racha de
mala intención apártala de la vela que empuja la barca en que va el trabajador
de las olas. ¡Sé propicio, buen San Telmo de los fuegos eléctricos, a estos
pobres hombres! Tienen madres vestidas de negras telas viejas, esposas flacas,
hijos anémicos.{230} Dales buen tiempo, mucha
pesca, y así saborearán la borona del terruño, se alimentarán mejor, beberán
más sanamente. ¡Pórtate bien, San Telmo, porque viene por ahí un diablo rojo
que anda conquistando a los pobres del mundo, negando dioses y descabezando
santos!
IV
San Telmo se porta bien.
... Estaba yo ayer departiendo con Evaristo, mi
barquero. El cual es un marinero rubio, seco, de ojos chispeantes. Tiene sus
lecturas, y se las da de «espíritu fuerte» entre sus compañeros. No obstante,
me dijo en medio de la conversación:
—Yo creo haber visto al diablo, señor.
—¿Cómo, Evaristo?
Y me contó una su nocturna aventura, complicada con
un caso telepático que complacería al duque de Argyll.
—Melo de la Morena—me dijo—era un pescador como yo.
Nos conocíamos desde muchachos y fuimos muchas veces juntos a la faena de la
sardina.
Una noche—de esto hace poco tiempo—volvía yo por la
ría, del lado en que se pescan los salmones, más allá del puente de Muros...
Era como la media noche, y había obscuridad grande. Cuando al acercarme{231} en la lancha un tanto hacia la ribera,
oigo:—«¡Evaristo! ¡Evaristooo!—Y la voz era tan espantosa y desusada, que se me
erizaron los cabellos. No obstante, como yo venía acompañado de mi viejo padre,
reconocimos juntos la voz de Melo de la Morena.—Es Melo de la Morena, dije
yo.—Es la voz de Melo de la Morena, afirmó mi padre—. Pero, ¿qué andará
haciendo a estas horas por aquí? ¿Y por qué su voz nos da miedo? Los gritos
seguían pavorosos. Yo no creo en esas cosas, señor. Yo he leído que todo eso es
superstición. Pero, de acuerdo con mi padre, nos alejamos ligeros del lugar, y
de unos cuantos golpes de remo llegamos pronto a la casa. Por la mañana vi a
Melo de la Morena:—Melo, ¿qué andabas haciendo anoche tan lejos, por el puente
de Muros, como a las doce?—Yo estaba en mi cama, dijo Melo.—Pues mi padre y yo
hemos oído tu voz que nos llamaba—. Yo me acosté muy temprano, repuso Melo—. Y
lo terrible del caso es, señor, que un mes después Melo de la Morena, que fué a
la sardina, se ahogó, y a mí me tocó sacar el cadáver del agua.
—A todo esto, Evaristo—le dije—, no ha aparecido el
diablo.
—Es verdad—contestó—. Eso fué otra noche. Y digo
sería el «diaño»; aunque no sé francamente si sería él... Usted verá. Y me
narró sus aventuras de otra noche. Volvía a su casa, ya tarde, y cerca de las
ruinas del Castillo de San Martín oyó que su padre le llamaba desde una barca
para que le llevase a su casa. Acercóse, y vió una figura blanca, de{232} pie.—Vamos, padre; dijo Evaristo.—Ya
voy—respondió la figura blanca—. Pero no se movía. Y Evaristo se cansó de
llamar, y la figura seguía diciendo «ya voy». Hasta que Evaristo vió que
aquello era cosa diabólica y se acercó más y descargó un remazo sobre la
figura. La cual se deshizo como un humo.
—Evaristo—le dije—, indudablemente era el «diaño».
En esto estábamos cuando vimos pasar una mujer
llorando, que corría hacia la costa. Y un hombre que llegó después, nos gritó:
—Una lancha se ha volcado, y traía trece hombres.
Allá por la punta del muelle.
Fuimos a ver lo que pasaba.
El mar no estaba tan revuelto, mas soplaba un
fuerte viento nordeste que había causado el desastre. A la vista de los que
estábamos, en la costa, una barca de las que tornaban de la pesca se encontraba
volcada. Se notaba el movimiento de los salvadores en las otras barcas.
¿Cuántos pobres pescadores se ahogarían? Yo oí cerca de mí gritos y sollozos.
Viejas desoladas se llevaban las manos a la cabeza, tendían los brazos hacia
las grandes olas. Mujeres más jóvenes, seguramente esposas, lloraban también. Lloraban
niños; todo el mundo lloraba. Y la concurrencia de vecinos aumentó. Se rezaba.
Se escuchaban lamentaciones: «¡Pobreciños!, pobreciños!» Una mujer andrajosa,
alta, aullaba como una Hécuba. «Aquélla—me dijeron—tiene un hijo en la pesca;
aquella otra tiene dos hijos; aquella otra su{233} marido
y un hijo.» Así era la desolación. Jamás mis nervios han estado más vibrantes,
ni mi corazón más apretado. En mí se refleja todo ajeno dolor; y aquella escena
era para conmover a un hombre de bronce.
Y una anciana, toda trémula, no cesaba de repetir:
«¡San Telmo, señor San Telmo, líbralos!» Al cabo de un largo rato vióse que de
nuevo las lanchas se ponían en marcha, rumbo al acostumbrado desembarcadero.
Todos nos dirigimos allá. ¿Habían quedado en el agua algunos pescadores?
¿Cuántos? ¿Qué rugido, qué clamor maternal íbamos a
escuchar entre el grupo de mujeres cuando se acercasen a la playa los marineros
y diesen cuenta del desastre? Se advertía que la lancha volcada venía a
remolque, y que en algunas de las otras había tripulantes de ella. Por fin
doblaron las embarcaciones el extremo del muelle, y entraron en la boca de la
ría. Pronto estuvieron al habla, y las gentes empezaron a reconocer a los que
venían. «Aquel es Pedrín.» «Aquel es Basilio.» «Aquel es Juan.» «Allá viene Anselmo.»
Y venían voces de ellos: «¡No hay cuidado ninguno!» «¡Todos salvados!»
Todo fué entonces alegría. Desembarcaron mojados
los náufragos. Uno de ellos venía muy enfermo, pero pronto se repuso. El
«espumeiro» y la muerte quedaban vencidos. Yo creí del caso decir al buen San
Telmo:
—¡San Telmo, te has portado bien!{234}
V
Un eclipse.
Siendo España un país favorecido por los
«eclipses»—desde que se pone el sol en sus dominios...—he aquí que la reciente
manifestación solar ha atraído a estas tierras, por unos momentos, la atención
del mundo. De todas partes llegaron los sabios que pasan su vida ocupándose en
los asuntos del cielo, y todos ellos, o casi todos ellos, como los antiguos
astrólogos, son viejos, lo cual parece demostrar que, cuanto más se aleja el
pensamiento de la tierra, más se alarga la vida. Vino Gaussen el patriarcal, con
su cara de Hugo melenudo; vino Jansen venerable, con sus ojos meditativos y
profundos entre la nieve de su senectud; vino Rayet sonriente con su corona de
invierno, y otros cuantos más, con los más jóvenes, con los coroneles de la
artillería óptica, y con las ayudantas, la inevitable compañía femenina, las
cantineras de las batallas astronómicas. Llegaron de Inglaterra, Callendar que,
de panamá y traje de playa, parece que anduviese en busca de casino, cuando
anda por las nubes como un poeta nefelibata o no nefelibata, y en cálculos e
inventos como el de su máquina para investigar la intensidad calorífica de la
corona solar; Fouler, fino y estudioso, y Rayner que compite con Cahen, que
compite{235} con Moulloy, que compite con Bonfield:
entre todos brillan, a través de sus espejuelos, los ojos de sir Norman
Lockyer, dulces de mirar hacia la altura. Y hay más ingleses. De Francia
llegaron Deslandres, Fabry, Azambuja y el lírico Flammarion, cabelludo como un
cometa, y más franceses grandes y medianos, todos llenos de ciencia. De
Holanda, Ryland y Wilterdink, y más holandeses, graves y sabidores. De Austria,
Boltzmann, y más austríacos; de Alemania, Olmsted, Hartmann, Dugan, y más
alemanes; de Suecia, un buen grupo en que resplandece astralmente el gran
Arrhenius, con Gustave Kobb; de Italia, los más notorios y más eficaces
cazadores de secretos celestes, y de Estados Unidos un batallón, a cuya cabeza
está el sesudo Campbell, director del californiano observatorio de Lick. La
América latina estaba felizmente representada por Méjico, con un excelente
cuerpo de astrónomos mejicanos, y Chile tenía a Ernest Greve, del observatorio
de Santiago. Confieso que me sorprendió no encontrar un representante
argentino, uno de esos bravos centinelas de la ciencia que montan guardia en
Córdoba y en La Plata.
Las instalaciones fueron excelentes, y el Gobierno
español y las autoridades recibieron a los enviados de las distintas naciones
con cordialidad y la tradicional hidalguía. Flammarion, sobre todo, el más
literato de los astrónomos, y por eso el más popular en todos los lugares
adonde han llegado sus obras, es decir, en toda la tierra civilizada, fué
saludado como un verdadero príncipe de la ciencia,{236} y
paseó en carruajes reales y los monarcas le agasajaron, a él y a su excelente
señora, que hace a maravilla, con dignidad serena, su papel de sabia consorte.
Las diversas ciudades y pueblos en donde se instalaron los campamentos
astronómicos ganaron crecidamente, pues por el motivo científico, el turismo
europeo invadió por esos días la Península; y, como sucede en ocasiones
semejantes, todo se puso por las barbas del sol y los cuernos de la luna:
hoteles, habitaciones en casas particulares, alimentación y cuanto se hubo
menester. Lord inglés hubo que pagó dos mil pesetas diarias el departamento
para su familia. Y era como en el cuento del rey y los huevos. «¿Son muy raros
aquí los comestibles y las habitaciones? No, señor; lo que son raros son los
lores y los eclipses.» Así en Burgos, en Alcalá de Chisvert, en Castellón, en
Sigüenza, en Cistierna, en Almazán, en todos los puntos elegidos por los sabios
para sus observaciones, el negocio fué pingüe.
En España fueron grandes el movimiento y la
curiosidad. Los trenes, la víspera y la mañana del fenómeno, iban cargados de
gente a los lugares estratégicos. Y había de todas clases de trenes, como de
todas clases de curiosos: trenes de lujo y trenes modestos, y hasta esos que
aquí llaman «botijos», en que todo el mundo se embotella por más que módico
precio.
Ya sabréis, naturalmente, que el Rey Alfonso, Rey
de su tiempo y de su edad, no ha querido faltar a la cita de Burgos. Allá fué,
con su agilidad y bizarría{237} de siempre, en su
automóvil, y la Reina y las Infantas también fueron, desde el palacio de
Miramar de San Sebastián, en donde se hallaban cumpliendo con las exigencias
del veraneo. Y tras el Rey, la Reina y las Infantas, ya os imaginaréis la muchedumbre
elegante que se desprendió de sus nidos de villegiatura para
ir a la ciudad del Cid Campeador, en el taf-taf de moda o por el ferrocarril.
Burgos fué la capital del eclipse, y el Rey aprovechó su permanencia para poner
la primera piedra del monumento que se levantará al Mío Cid, y para inaugurar
una nueva estación ferroviaria. Asimismo visitó conventos, hizo jiras cercanas
y se preparó para ir en seguida a cazar rebecos a los picos de Europa. Visitó
las instalaciones astronómicas nacionales y extranjeras, departiendo, como se
sabe, en lenguas diversas, gracias a su educación políglota. Adolescente que pasa
a hombre, fué vivaz, móvil, fué de un lado a otro, miró todo, se informó de
todo; y sabiendo que, a pesar de ser Rey, el sol no podía retardar por él la
función, estuvo, como todo el mundo, a la hora señalada, en el mejor punto para
contemplar la maravilla misteriosa que se mostró en el firmamento.
El eclipse pasó. Y de todas partes dicen que,
cuando reapareció la luz del sol, la gente ha gritado, aplaudiendo «¡Bravo!» No
lo entiendo.
Esto no es nuevo. Pedro Antonio de Alarcón, el
célebre autor del Escándalo y del Diario de un testigo
de la guerra de Africa, presenció el eclipse de sol del 18 de Julio de
1860, y en las impresiones que de{238} él escribió,
dice lo siguiente: «El día estaba sereno y caluroso. El sol inundaba de luz las
soledades del espacio, animando y engrandeciendo el vastísimo paisaje. Largos y
monótonos zumbidos de cigarras y de otros insectos voladores poblaban el aire
de un sordo y soñoliento murmullo, que convidaba a la siesta. Callaban las
aves, adormecidas por el calor, y callaban también los hombres, atentos al
deicidio que se preparaba en los cielos... Eran ya las dos... la hora anunciada
y esperada hace tiempo por los astrónomos...
... El eclipse había principiado, pero aún no se
percibía alteración ninguna en la luz del sol.
A eso de las dos y treinta empezaron a palidecer
las nubes, mientras el mar se ponía cada vez más sombrío.
La luz del sol era blanca como la de la luna, y la
sombra de los cuerpos intensamente negra, pero de vagos contornos.
El cielo estaba despejado; la atmósfera, diáfana.
¡El sol se hallaba en el mediodía, y, sin embargo, se aproximaba la noche!
Nuestros semblantes se iban poniendo lívidos... Una claridad fúnebre, que ya no
era semejante a la luna, sino a la de la luz eléctrica, alumbraba
fantásticamente la ciudad y las ruinas del Anfiteatro. Las nubes tomaban un
color gris, como el de la ceniza. El mar continuaba obscureciéndose... ¡En esto
(todo lo que yo digo sucedió en menos de un segundo), en esto expira
instantáneamente el último fulgor, cambian de aspecto todas las cosas, vense
lucir las estrellas cerca del astro agonizante,{239} levántase
un espantoso viento, hace frío, corren las nubes, ennegrece el mar, camina la
sombra a nuestros pies, parece ser que se desquicia el cielo, como cuando se
muda una decoración en el teatro; muere el sol... y sustitúyelo un astro nunca
visto, un meteoro fúnebre y grandioso; más bello que todo lo imaginado por el
hombre! Un grito de terror sale de mil pechos. Las gentes sencillas que nos cercan
creen indudablemente que se ha acabado el mundo. Pero al ver que el sol ha sido
reemplazado por aquel fenómeno tan hermoso y sorprendente, nuevo alarde del
poder y de la sabiduría del Eterno, prorrumpe en un aplauso, en un viva, en un
«bravo», en una aclamación frenética y entusiasta.»
Don Pedro Antonio de Alarcón explica, pues, el
motivo del aplauso; lo explica como poeta y como creyente. Yo supongo más bien
semejante explosión de entusiasmo teatral una manifestación vulgar, no del
pueblo, sino del público, de la concurrencia semileída, que celebra el hecho
como el final de una función pirotécnica, o del ensayo de una nueva lámpara de
luz eléctrica...
Ahora, he aquí mis impresiones personales.
... Yo estaba a la orilla del mar, en una pequeña
terraza, o más bien jardinillo de la casa en que habitaba a las orillas del
Cantábrico. La mañana había estado a trechos brillante, a trechos nublada. Más
o menos, desde las once el sol comenzó a mostrarse con intermitencias. Había
caído una cernida llovizna en las primeras horas y el aire estaba fresco. Las{240} olas formaban gran movimiento. No había, en lo
que la vista alcanzaba, ni una sola barca pescadora. Comenzaron a salir de las
casas vecinas algunos curiosos. No lejos, entre cardos y hierbas, picoteaban en
el suelo varias gallinas. Muy cerca de mí, unos cuantos pájaros diminutos y
grises, que llaman andarines, están alertas, vivarachos, afanosos; saltan de
las tapias al suelo, y hacen por la vida. Todo el mundo miraba el cielo con un
vidrio ahumado. Yo hice lo que todo el mundo, y apunté hacia Helios,
consagrándole un recuerdo a mi compañero Martín Gil. Y vi que ya había pasado
lo que llaman el primer contacto. En la bola incandescente del sol noté la
intrusión de la luna. Varias veces observé, a medida que lo negro iba
aumentando sobre la superficie solar. Y el sol fué cambiando de aspecto; ya fué
una bolsa de oro, ya una raja de melón, ya una hoz.
La luz se había ido poniendo rojiza, y flotaba
sobre el mar y sobre la tierra como una extrañeza fantasmagórica. Y fué de
pronto el eclipse total. Al crepúsculo enfermizo que iba en progresión, sucedió
una noche súbita, no de completa obscuridad, sino iluminada vagamente por uno
como temeroso efluvio de luz. Vi los rostros de las gentes lívidos. Las
gallinas habían buscado su refugio nocturno; los vivaces «andarines» dejaron de
merodear, se juntaron como para el peligro. Dejaban acercarse a las gentes sin
miedo, iban de un lugar a otro indecisos, y por último se acurrucaron junto a
un muro. Habían salido unas pocas barcas. La obscuridad no{241} me
dejaba percibirlas. Mas en la consternación de la Naturaleza toda, oía yo el
son del mar como el comentario de un misterioso coro.
En larga banda pasó un ejército de gaviotas, quizá
en busca de los nidos. Un repentino frío invadió la atmósfera. Sentí un
verdadero malestar físico y una innegable inquietud moral. Mis ojos
contemplaban allá arriba un astro milenario, un meteoro de funestos augurios.
Yo no había visto nunca un eclipse; pero ese astro no me era desconocido: yo
había, seguramente, tenido esa visión en muchos sueños; en verdad, era el mismo
sol enfermo de mis pesadillas, de mis padecimientos hipnagógicos. Y pensé luego
en las ancestrales angustias, en los terrores medioevales. ¿Se equivocaría la
ciencia? ¿No habría gran verdad en el espanto de la humanidad antigua, que veía
yo reflejado en el inmenso espanto de la Naturaleza? Sobre el fondo celeste se
destacaba un sol negro. Y ese sol negro tenía un nimbo, un nimbo de luz blanca,
un nimbo roto en rayos desiguales, de plata, de una plata que en momentos
tuviese un tenue resplandor color de rosa. Era como una enorme hostia de sombra
rodeada de una corona coruscante. Era el astro que antaño hacía temblar a los
hombres, el astro de las guerras, el nuncio de las pestes, el precursor de las
catástrofes.
Y no lejos del mensajero de las cosas infaustas y
fatales, brilló por un momento, maravilloso, el diamante de Venus.
A un viejo criado que está cerca de mí, y que se
consterna, le preguntó: «¿Qué tiene usted?» «Tengo{242} miedo»,
me dice. Y esa era la palabra; había miedo sobre el agua lívida del mar; miedo
sobre el monte cercano; miedo en el aire; un soplo de miedo flotaba sobre la
tierra conmovida.
Hasta que volvió a salir el sol. Y cantó el gallo.
Y los andarines anduvieron y piaron por el jardín. Los pescadores que volvieron
manifestaron que una gran cantidad de sardina había desaparecido, como llena de
súbita locura, en el momento del eclipse. Surgió como una nueva mañana, y el
día de oro continuó su rumbo. La Naturaleza recobró su tranquilidad. Volvió a
pasar sobre las olas la banda de gaviotas. Leí este párrafo de la «Crónica de
los Reyes Católicos», de Bernáldez, en que habla «del espantoso eclipse que el
sol fizo: «...El dicho año de mil e cuatrocientos y setenta y ocho, a
veintinueve días del mes de julio, día de Santa Marta, a medio día, fizo el sol
un eclipse, el más espantoso que nunca los que hasta allí eran nacidos vieron,
que se cubrió el sol del todo e se paró negro, e parecían las estrellas en el
cielo como de noche; el cual duró así cubierto gran rato, fasta que a poco a
poco fué descubriendo, e fué gran temor en las gentes y fuían a las iglesias, y
nunca de aquel hora tornó el sol en su color, ni el día esclareció como en los
días de antes solía estar, y así se puso el sol muy caliginoso». Buen
Bernáldez, que no sospechaba el coronium, pero que vivía en una
época en que todavía se temía el poder de Aquel a quien no es hoy de buen gusto
nombrar.{243}
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Rostand, o la felicidad |
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La evolución del rastacuerismo |
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El escultor argentino Irurtia |
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Clésinger y su obra |
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Lo que queda de Heredia |
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Nuevos poetas de España |
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En Asturias: |
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I. Desilusión del milagro |
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II. A la orilla del mar |
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III. San Telmo |
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|
IV. San Telmo se porta bien |
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|
V. Un eclipse |
Acabóse de imprimir este libro en Madrid, en la TIPOGRAFÍA YAGÜES el día x de
Mayo del año mcmxviii
Editorial “MUNDO LATINO”
APARTADO 502.—MADRID
===Extracto del Catálogo general===
End of the Project Gutenberg EBook of Opiniones, by
Rubén Darío
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK OPINIONES
***


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