© Libro N° 9706. España Contemporánea. Obras Completas Vol. XIX. Rubén
Darío. Emancipación. Marzo 19 de 2022.
Título original: © España Contemporánea. Obras Completas Vol. XIX.
Rubén Darío
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Obras Completas Vol. XIX
Rubén Darío
España Contemporánea
Obras Completas Vol. XIX
Rubén Darío
Title: España Contemporánea
Obras Completas Vol. XIX
Author: Rubén Darío
Release Date: June 19, 2017 [EBook #54934]
Language: Spanish
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CONTEMPORÁNEA ***
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Notas del Transcriptor
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ESPAÑA CONTEMPORÁNEA
RUBÉN DARÍO
ESPAÑA CONTEMPORÁNEA
VOLUMEN XIX
DE LAS OBRAS COMPLETAS
ADMINISTRACIÓN
EDITORIAL «MUNDO LATINO»
MADRID
ES PROPIEDAD
ESPAÑA CONTEMPORÁNEA
A EMILIO MITRE Y VEDIA
DIRECTOR DE «LA NACIÓN» DE BUENOS AIRES
AMISTAD Y GRATITUD
R. D.
ÍNDICE
|
|
Páginas. |
|
En el mar |
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En Barcelona |
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Madrid |
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La Legación argentina.—En casa de Castelar |
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Notas teatrales |
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Cyrano en casa de Lope |
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La Coronación de Campoamor |
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Carnaval |
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Una casa museo |
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La Joven literatura |
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La España negra |
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Semana santa |
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Toros |
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La Pardo-Bazán en París.—Un artículo de
Unamuno |
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El Rey |
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Una Exposición |
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La Fiesta de Velázquez |
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|
La cuestión de la revista.—La Caricatura |
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|
Alrededor del teatro |
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Libreros y editores |
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Novelas y novelistas |
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Los Inmortales |
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|
Los Poetas |
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|
Un meeting político |
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|
Un paseo con Núñez de Arce |
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|
Tenorio y Hamlet |
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|
Una Embajada |
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|
Una novela de Galdós |
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|
La Enseñanza |
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|
Fiesta campesina |
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Homenaje a Menéndez Pelayo |
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|
El modernismo |
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Una reina de Bohemia |
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El Cartel en España |
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La Novela americana en España |
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La Crítica |
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La joven aristocracia |
|
|
Congreso social y económico ibero-americano |
|
|
La mujer española |
|
|
Certámenes y Exposiciones |
EN EL MAR
3 de diciembre de 1898.
l agua glauca del río se va quedando atrás y
el barco entra al agua azul. Me encuentro trayendo a mi memoria reminiscencias
de Childe Harold. Siento que estoy en casa propia; voy a España en una nave
latina; a mi lado el sí suena. Sopla un aire grato que trae
todavía el aliento de la Pampa, algo que sobre las olas conduce aún efluvios de
esa grande y amada tierra argentina. Y mientras esta vida de a bordo que ha de
prolongarse por largos días comienza, siento que vuelan sobre la arboladura del
piróscafo enjambres de buenos augurios. De nuevo en marcha, y hacia el país
maternal que el alma americana—americanoespañola—ha de saludar siempre con
respeto, ha de querer con cariño hondo. Porque si ya no es la antigua poderosa,
la dominadora imperial, amarla el doble; y si está herida, tender a ella mucho
más. Los hombres cambian; hay estaciones para los pueblos, el espíritu vital de
la raza puede enfriarse en nivoso; pero ¿floreal y fructidor no anuncian que la
vida primaveral y copiosa ha de llegar, aun cuando en el campo se miren hoy las
ramas sin hojas y la tierra cubierta del sudario? Así pienso en tanto se inicia
a bordo una existencia de monotonía que conocéis bien los que habéis cruzado el
Océano. No os haré la clasificación de Sterne; pero, para un hombre de arte, en
todo viaje hay algo de «sentimental».[2] Las
instantáneas se toman también al paso de los minutos, ya que hay un pequeño
mundo humano en movimiento, en todo lugar en donde se reunen dos personas. La
máquina social en miniatura; un lindo laboratorio de psicología; ejemplares
balzacianos si gustáis, al mover vuestros ojos de un punto a otro del círculo
en que hacéis el obligatorio comercio de la conversación. Una reducción de la
gran capital del Plata podría observarse, un Buenos Aires para escaparate:
banqueros, comerciantes, artistas, periodistas, médicos, abogados, cómicos y
bailarinas; y en todos la misma representación que en la vida ciudadana; los
círculos, las «afinidades electivas», las simpatías; y una poliglocia que os
obliga a entraros por todas las lenguas vivas, así corráis el riesgo de
matarlas. Impera, naturalmente, la música del italiano. Después del crepúsculo,
he ahí que estamos alrededor de una mesa, un argentino, un italiano, un suizo,
un venezolano, un belga, un francés, un centroamericano, un oriental, un
español...; no hay duda de que venimos de Buenos Aires. Y se habla del centro
inmenso que ya queda allá lejos y no puedo dejar de recordar el apóstrofe
admirable: «¡Nave del porvenir, cara nave argentina!...» Y como vamos sobre el
mar, que nos ase el espíritu, surge en creación súbita ante mis ojos mentales
la visión del soberbio navío continental, encendidos sus mil fuegos, al cielo
su bosque de árboles, en cuyo más alto mástil flamea el pabellón del Sol;
pujante la máquina ciclópea; en lo hondo la carga de riquezas, con rumbo hacia
un imperio de paz y de bienandanza, a la hora de la aurora, para la gloria de
la Humanidad.
14 de diciembre.
Mientras el banquero belga conversa de finanzas con
el explorador italiano, que es también un escritor, el médico suizo ha
entablado una partida de piquet con el[3] comerciante
venezolano, y la profesora alemana ataca a Chopín. Le ataca correctamente,
demasiado correctamente, pero Chopín acaba por triunfar de esa ejecución
tudesca de institutriz. Chopín sobre las olas y en una suave hora nocturna;
hace falta la luna; pero no importa, el canto mágico crea el clair de
lune en la misma sustancia musical y el hombre propicio al ensueño
puede fácilmente ejercer la amable función. Y no sé como, vengo a pensar
en ese individuo. ¿Cuál? Voy a deciros. Hay allá entre los
pasajeros de tercera clase, en ese montón de hombres que se aglomera como en un
horrible panal, en la proa del barco, un prisionero. Es un criminal italiano
que camina, por obra de la extradición, a cumplir con la condena de veintiún
años de presidio que ha caído sobre él a causa de un asesinato. Logró escapar a
las Autoridades de Italia y vivió en Buenos Aires cinco años de honrada vida, a
lo que parece. Alguien le descubrió en su incógnito, y la legación italiana
pidió le fuera entregado el reo; el tratado tuvo cumplimiento y el asesino va
hoy a que le pongan la cadena en su patria. Le he visto hosco, zahareño; su
cara, una ilustración de un libro de Lombroso. Esquiva el trato, rehuye la
mirada, y en la muchedumbre de sus compañeros de viaje, va libre y suelto.
Estamos en alta mar; un incendio, un choque, un naufragio, podrían ocurrir, y
ese presidiario tiene igual derecho que cualquiera de nosotros para salvar su
existencia. Es la lógica del marino, y es hermosa. Hoy penetré en el ambiente
infecto de ese rebaño humano que exigiría la fumigación. Era la hora de la
siesta. Quienes dormían en los pasadizos o a pleno sol, quienes en círculos y
grupos jugaban a las cartas, o a la lotería. Aislado por su voluntad, el
condenado, cerca de la borda, miraba al mar. Procurando una especial diplomacia
logré entrar en conversación con él; y a los pocos momentos ese rostro rudo se
aviva, se excita. No, él no es culpable; ha matado en defensa propia; él no
procurará[4] evadirse; va a Italia contento, porque
ya se volverá a abrir la causa y entonces se verá cómo va a brillar su
inocencia. Los ojos convencidos, la palabra sale fácil, el gesto atornilla la
palabra. Italiano y asesino, pienso yo: el amor de seguro anda por medio. Pero
no; se trata de un vil asunto de intereses, de una miserable cuestión de quattrini.
Y entonces siento en verdad que ese hombre es culpable, tristemente culpable.
No ha sido la bella vendetta del que mata porque le roban la
querida o le burlan con la esposa, o le manchan la hija o la hermana; es el
asco del crimen que triplica su infamia. Pero ese desventurado, sin embargo, ha
estado llevando, en un país lejano, una vida de labor y de honradez. En parte
ha lavado su delito. Ha creído estar ya libre, y de pronto he aquí que la
justicia le ase y le arrastra al presidio por el término de una existencia de
hombre. Aquí va en libertad, pero la evasión sería la muerte. ¿Qué pasa por ese
cerebro tosco? ¿Habrá llegado lo autosugestivo hasta hacer que esté convencido
ese infeliz de que es inocente? Y luego vendrá el grillete, el número, el vivir
de muerte de los penados; y si el tiempo le permite acabar su condena, saldrá
el viejo de cabellos blancos, si no a la morte civile de su
paisano Giacometti, a caminar dos duros pasos más en la libertad y caer en la
tumba... La profesora alemana ha dejado a Chopín dormir sobre el atril.
19 de diciembre.
Grado 0. Paso de la línea ecuatorial. Un mar
estañado, cuya superficie invitaría a patinar en un giro infinito. El cielo
pesa en la atmósfera caliente sobre el ondulado desierto. En soledad oceánica
semejante, recuerdo el raro encuentro de un digno ejemplar yanqui. Era en 1892
y a bordo de un vapor de la Transatlántica Española, en viaje de la Habana a
Santander. Casi al paso de la Línea, una mañana muy temprano, despertó a los[5] pasajeros la noticia de que había náufragos a la
vista. Nos vestimos apresuradamente y en un instante la cubierta estaba llena
de ojos curiosos. Se sentía cierta emoción. ¿Quién no ha leído a Julio Verne?
Yo, por mi parte, pensaba ya en una viva reproducción de Gericault: un Radeau
de la Méduse animado y aterrorizador. Probablemente escenas de
canibalismo; aspectos de espanto y de muerte: Tartarin-Pim, ¡Dios mío! El vapor
aminoraba la marcha y ponía su proa al objeto de nuestras miradas: un
barquichuelo que a alguna distancia se advertía, y en el cual, con ayuda del
anteojo, podía notarse un hombre en pie. Pronto llegamos a acercarnos, y al
detenerse el steamer, se oyó una voz que venía del barquichuelo y
que decía en un inglés ladrante del Norte: «¿A qué grados estamos?» El capitán,
conciso, contestó a la pregunta. Preguntó luego: «¿Náufragos?» El hombre
desconocido escribió en un papel, colocó el escrito en una caja de sardinas y
lanzó su proyectil: «Soy el capitán Andrews y voy solo, en este bote, por la
misma ruta de Colón, al puerto de Palos, enviado por la casa del jabón Sapolio,
de Nueva York. Ruego avisar por cable al llegar al continente, el punto en que
se me ha encontrado». «¿Necesita usted algo?» Por toda respuesta el hijo del
tío Samuel nos bombardeó con dos tarros de penmican y otros
dos de arvejas, y, poniendo su vela al viento, nos dejó, no sin el
indispensable all right. Efectivamente, aquel curioso commis
voyageur de la jabonería yanqui, era el Colón de los Estados Unidos
que iba a descubrir España...
20 de diciembre.
El hormiguero de la proa se aglomera; ha advertido
que tiene delante el ojo fotográfico. Un distinguido caballero, miembro de la
Sociedad fotográfica de Aficionados, de Buenos Aires, y el excelente comandante
Buccelli, se ofrecen galantemente como operadores.[6] Desde
el momento en que se ha visto la máquina en el puente, cada cual «posa» a su
manera; quien se encarama a los lugares dominantes, quien se acomoda la gorra,
quien toma aires arrogantes, o falsos, o esquivos, o graciosos. Esa gente
comprende que es objeto de curiosidad, y procura ser mejor en ese instante. La
vieja piamontesa sienta y arregla en la falda al bambino; una muchacha pálida,
de un bello tipo napolitano, se alisa con dos pases de peineta el cabello
oscuro y copioso; un abyecto bausán hace un gesto obsceno, otro una mueca;
éstos abajo, aquéllos en el centro, aquéllos arriba, forman su torre de carne
humana iluminada de ojos de Italia. El fondo es el cielo lleno de luz difusa,
sobre el cual se recortan las figuras agrupadas. Entre esas gentes van
marineros, obreros, trabajadores que han estado en el Plata por algún tiempo,
unos con su pequeña hucha llena, otros en situación idéntica a la que trajeron
de inmigrantes; no han podido resistir al deseo de volver a mirar su musical y
dulce tierra. Hay que observar cómo en ese cafarnaum en que
van confundidos como las cabezas en un barco conductor de ganado en pie, no les
abandona su alegre numen latino. De noche, oís que a la claridad estelar brota
de pronto un coro jubiloso, una barcarola, armoniosamente acordadas las voces;
o una voz sola, impregnada de las ardientes gracias de Nápoles, de la amorosa
melodía de Venecia, o que da al aire marino una de esas canciones de Sicilia
que tienen tan buen perfume de antiguo vino griego. En el día, las mujeres que
lavan sus trapos, los viejos aporreados por la vida, los mocetones de potentes
puños, las testas diversas cubiertas de boinas, gorros o chambergos, los niños
de grandes ojos y magníficas cabelleras, tienen siempre en la faz un rayo de
sol que denuncia la floración inextinguible de la raza, la multiplicada marca
del goce de la existencia que lleva todo el que nace en los países solares de
otoños de oro e incomparables primaveras en triunfo.
Se procede a retratar al criminal. Desde que nos
mira llegar, no cabe en sí de humor gris, y por los ojos se le sale el
disgusto. Quiere ir a ocultarse, pero el comandante le prohibe que se retire, y
con modos amables le indica que no se pretende nada que sea en su contra; que,
al contrario, se le va a hacer el regalo de su fotografía. El sujeto hace un
mal signo, las miradas nos echan brasas, y los labios torcidos no dejan pasar
de seguro, sordamente, bendiciones para los que vamos a perturbarle. Se sienta
de pésima gana en una silla, ve a un lado y otro, saetando con las pupilas, ya
a derecha, ya a izquierda; parece que luchase porque no se le coja el
pensamiento con la mirada; y dirigiéndose al comandante: «¿Para qué me están
retratando ahora? Allá en Buenos Aires hicieron lo mismo. ¡De seguro para
vender el retrato y sacar dinero!» Un momento se ha quedado en tranquilidad,
fijo en una pasajera elegante que curiosea, y entonces la placa hace la figura,
el gesto suspenso bajo el gorro de lana. Él se va a un punto aislado, saca su
pipa, la llena, la enciende y echa una bocanada de humo sobre las olas.
21 de diciembre.
Estamos a la vista de Las Palmas. Tierra española.
EN BARCELONA
1.º de enero de 1899.
l amanecer de un día huraño y frío, luchando
el alba y la bruma, el vapor anclaba en Barcelona. A la izquierda se alzaba
recortada la altura de Montjuich; en frente, en un fondo de oro matinal, el
Tibidabo; y cerca, sobre su columna, Colón, la diestra hacia el mar. Como
todavía no llegase el visitador y médico oficiales, se iban aglomerando
alrededor del steamer las embarcaciones de fruteros y agentes
de hotel, y entre nuestros pasajeros de tercera y la gente hormigueante de los
botes, se iniciaron diálogos vivos. De ellos así uno que gran cosa significa.
Lástima es que no pueda darlo en catalán como lo oí, pues ganaría en hierro. De
todos modos, la cosa es dura.
—¿Cómo te va, noy?
—Bien, como que vengo de América. ¿Qué de nuevo?
—¿Qué de nuevo? Lo mismo de siempre: miseria. Ayer
llegaron repatriados. Los soldados parecen muertos. Castelar se está muriendo.
—¡Mira qué hermosa la estatua de Colón, al
amanecer!
—¡... en Deu! Más valiera le hubiesen sacado los
ojos a ese tal.
La palabra fué peor.
Ya en la claridad del día, las conversaciones se
animan. Se mira una roja barretina; se pescan compras[9] desde
a bordo; al extremo de una vara van las naranjas y las manzanas; y en el día
completo, con el pie derecho, piso el continente y la tierra de España.
Una hora después estoy en el hervor de la Rambla.
Es esta ancha calle, como sabréis, de un pintoresco curioso y digno de nota,
baraja social, revelador termómetro de una especial existencia ciudadana. En la
larga vía van y vienen, rozándose, el sombrero de copa y la gorra obrera,
el smoking y la blusa, la señorita y la menegilda. Entre el
cauce de árboles donde chilla y charla un millón de gorriones, va el río
humano, en un incontenido movimiento. A los lados están los puestos de flores
variadas, de uvas, de naranjas, de dátiles frescos de África, de pájaros. Y
florecida de caras frescas y lindas, la muchedumbre olea. Si vuestro espíritu
se aguza, he ahí que se transparenta el alma urbana. Allí, al pasar, notáis
algo nuevo, extraño, que se impone. Es un fermento que se denuncia inmediato y
dominante. Fuera de la energía del alma catalana, fuera de ese tradicional
orgullo duro de este país de conquistadores y menestrales, fuera de lo
permanente, de lo histórico, triunfa un viento moderno que trae algo del porvenir;
es la Social que está en el ambiente; es la imposición del fenómeno futuro que
se deja ver; es el secreto a voces de la blusa y de la gorra, que todos saben,
que todos sienten, que todos comprenden, y que en ninguna parte como aquí
resalta de manera tan palpable en magnífico alto relieve. Que la ciudad condal,
que estos hombres fuertes de antiguo, que tuvieron poetas en el Roussillón y
duques de Atenas, que anduvieron en cosas de conquistas y guerras por las
sendas del globo, y extendieron siempre su soberbia como una bandera; que esta
tierra de trabajadores, de honradez artesana y de vanidad heroica, esté siempre
de pie manifestando su musculatura y su empuje, no es extraño; y que el
desnivel causante de la sorda amenaza que hoy va por el corazón de la tierra
formando el terremoto de mañana, haya[10] aquí
provocado más que en parte alguna la actitud de las clases laboriosas que
comprenden la aproximación de un universal cambio, no es sino hecho que se
impone por su ley lógica; pero la ilustración del asunto vale por un libro de
comentarios, y esa ilustración os la haré contándoos algo que vi al llegar en
el café Colón. Es éste un lujoso y extenso establecimiento, a la manera de
nuestra confitería del Águila, pero triplicado en extensión; la sala inmensa
está cuajada de mesitas en donde se sirven diluvios de café; es un punto de
reunión diaria y constante; pues en España, aun estando en Cataluña, la vida de
café es notoria y llamativa; y en cada café andáis como entre un ópalo, pues
estas gentes fuman como usinas, y el extranjero siente al entrar en los
recintos la irritación de los ojos entre tanta humana fábrica de nicotina.
¿Quién sabe la influencia que los alcaloides del café y del tabaco han tenido
en estas razas nerviosas, que por otra parte calientan luminosas y enérgicas
llamas y brasas de sol y de vino?
Pues bien, estaba en el café Colón, y cerca de mí,
en una de las mesitas, dos caballeros, probablemente hombres de negocios o
industriales, elegantemente vestidos, conversaban con gran interés y atención,
cuando llegó un trabajador con su traje típico y ese aire de grandeza que marca
en los obreros de aquí un sello inconfundible; miró a un lado y otro, y como no
hubiese mesas desocupadas cerca de allí, tomó una silla, se sentó a la misma
mesa en que conversaban los caballeros y pidió como lo hubiera hecho el mismo
Wifredo el Velloso, su taza. Le fué servida, tomóla; pagó y fuése
como había entrado, sin que los dos señores suspendiesen su conversación, ni se
asombrasen de lo que en cualquiera otra parte sería acción osada e
impertinente. Por la Rambla va ese mismo obrero, y su paso y su gesto implican
una posesión inaudita del más estupendo de los orgullos; el orgullo de una
democracia llevada hasta el olvido de toda superioridad, a punto de que se
diría[11] que todos estos hombres de las fábricas
tienen una corona de conde en el cerebro.
Como voy de paso apenas tengo tiempo de ir tomando
mis apuntes. Observo que en todos aquí da la nota imperante, además de esa
señaladísima demostración de independencia social, la de un regionalismo que no
discute, una elevación y engrandecimiento del espíritu catalán sobre la nación
entera, un deseo de que se consideren esas fuerzas y esas luces, aisladas del
acervo común, solas en el grupo del reino, única y exclusivamente en Cataluña,
de Cataluña y para Cataluña. No se queda tan solamente el ímpetu en la
propaganda regional, se va más allá de un deseo contemporizador de autonomía,
se llega hasta el más claro y convencido separatismo. Allí sospechamos algo de
esto; pero aquí ello se toca, y nos hiere los ojos con su evidencia. Dan gran
copia de razones y argumentos, desde que uno toca el tema, y no andan del todo
alejados de la razón y de la justicia. He comparado, durante el corto tiempo
que me ha tocado permanecer en Barcelona, juicios distintos y diversas maneras
de pensar que van todos a un mismo fin en sus diferentes modos de exposición.
He recibido la visita de un catedrático de la Universidad, persona eminente y
de sabiduría y consejo; he hablado con ricos industriales, con artistas y con
obreros. Pues os digo que en todos está el mismo convencimiento, que tratan de
sí mismos como en casa y hogar aparte, que en el cuerpo de España constituyen
una individualidad que pugna por desasirse del organismo a que pertenecen, por
creerse sangre y elemento distinto en ese organismo, y quien con palabras doctas,
quien con el idioma convincente de los números, quien violento y con una
argumentación de dinamita, se encuentran en el punto en que se va a la
proclamación de la unidad, independencia y soberanía de Cataluña, no ya en
España sino fuera de España. Y como yo quisiese oponer uno que otro pensamiento
al alud, en la conversación con uno[12] de ellos,
habló sencillo, en parábola y en verdad, con una elocuencia práctica
irresistible: «Vea usted, somos como una familia. España es la gran familia
compuesta de muchos miembros; éstos consumen, éstos son bocas que comen y
estómagos que digieren. Y esta gran familia está sostenida por dos hermanos que
trabajan. Estos dos hermanos son el catalán y el vasco. Por esto es que
protestamos solamente nosotros; porque estamos cansados de ser los mantenedores
de la vasta familia. Dos ciudades hay que tienen los brazos en movimiento para
que coman los otros hermanos: Barcelona y Bilbao. Por eso en Barcelona y en
Bilbao es donde usted notará mayor excitación por el ideal separatista; y
catalanistas y bizkaitarras tienen razón. Debería comprender esto, debería
haber comprendido hace mucho tiempo la agitación justa de nuestras blusas, la
capa holgazana de Madrid».
Y riente, alegre, bulliciosa, moderna, quizá un
tanto afrancesada y por lo tanto graciosa, llena de elegancia, Barcelona
sostiene lo que dice, y dice que habría hecho mucho más de lo que hoy nos
asombra y nos encanta, si se lo hubiese permitido la tutela gubernativa, pues
no puede abrir una plaza si no va la licencia de la Corte, y de la Corte van
los ingenieros y los arquitectos y los empleados a agriar más la levadura; y
así, a pasos, a pasos cortos, han adelantado, se han puesto los catalanes a la
cabeza. ¿Qué habría hecho Cataluña autónoma, esta gran Cataluña a cuya faz
maravillosa he creído contemplar bajo el azul, ya a la orilla de su bravo mar,
ya en momentos crepusculares y apacibles, sobre los juegos de agua de su paseo
favorito, en donde un simulacro divino rige armoniosamente una cuadriga de oro?
Sano y robusto es este pueblo desde los siglos antiguos. Sus hijos son
naturales y simples, llenos de la vivaz sangre que les da su tierra fecunda;
sus mujeres, de firmes pechos opulentos, de ojos magníficos, de ricas
cabelleras, de flancos potentes; el paisaje campestre, la costa, la luz, todo
es de una excelencia homérica. Hay[13] niños, hay
hembras, hay campesinos, que se dirían destinados a uno de esos cuadros de
Puvis de Chavannes en que florecen la vida y la gracia primitiva del mundo. Los
talleres se pueblan, bullen; abejean en ellos las generaciones. Por las calles
van la salud y la gallardía; y la fama de grandes pies que tienen las
catalanas, no tengo tiempo de certificarla, pues la euritmia del edificio me
aleja del examen de su base. La ciudad se agita. Por todos lugares la
palpitación de un pulso, el signo de una animación. Las fábricas a las horas
del reposo, vacían sus obreros y obreras. El obrero sabe leer, discute; habla
de la R. S., o sea, si gustáis, Revolución Social; otro mira más rojo, y parte
derecho a la anarquía. No muestran temor ni empacho en cantar canciones
anárquicas en sus reuniones, y sus oradores no tienen que envidiar nada a sus
congéneres de París o de Italia. Ya recordaréis que se ha llegado aquí a la
acción, y memorias sonoras y sangrientas hay de terribles atentados. Y eso que,
en la fortaleza de Montjuich, parece que la inquisición renovó en los
interrogatorios, no hace mucho tiempo, los procedimientos torquemadescos de los
viejos procesos religiosos. Así al menos lo demostró en la Revue
Blanche y luego en un libro que tuvo un momento de resonancia, el
escritor Tarrida del Mármol. La propaganda continúa, subterránea o a la luz del
día, con todo y tener ojos avizores la justicia. Hace poco, en una fiesta
industrial, en momentos en que llegaban amargas noticias de la guerra, ciertos
trabajadores arrancaron de su asta una bandera de España y la sustituyeron por
una bandera roja. Mientras esto pasa en la capa inferior, arriba y en la zona
media, cada cual por su lado, se mueven los autonomistas, los francesistas y
los separatistas. Los unos quieren que Cataluña recobre sus antiguos derechos y
fueros, que no le fueron quitados sino al comenzar este siglo; los otros
pretenden la anexión a Francia, yo no sé por qué, pues la centralización
absoluta de allá les pondría,[14] a lo mejor, en el
mismo caso que el Poitou o la Provenza, y las reales relaciones y simpatías con
el vecino francés no pasan de vagas y platónicas manifestaciones de felibres;
una cigarra canta de este lado, otra contesta del otro: no creo que entre
Mistral y Mossen Jacinto Verdaguer vayan a lograr mejor cosa. Los otros sueñan
con una separación completa, con la constitución del Estado de Cataluña libre y
solo. Claro es que, además de estas divisiones, existen los catalanes
nacionales, o partidarios del régimen actual, de Cataluña en España; pero éstos
son, naturalmente, los pocos, los favorecidos por el Gobierno, o los que con la
organización de hoy logran ventajas o ganancias que de otra manera no
existirían.
Entretanto, trabajan. Ellos han erizado su tierra
de chimeneas, han puesto por todas partes los corazones de las fábricas. Tienen
buena mente y lengua, poetas y artistas de primer orden; pero están ricamente
provistos de ingenieros e industriales.
No bien acabaron de pelear, al principio de la
centuria, se pusieron a la obra productiva. En la labor estaban, y el clarín de
don Carlos les perturbó de nuevo. Desde el año 1842 volvieron a la tarea, no
sin bregar con la prohibición de Inglaterra que a la sazón impedía se
exportasen sus máquinas; se logró que se revocase dicha prohibición y el dinero
catalán cuajó sus fábricas de máquinas inglesas. He de volver a Cataluña, donde
no he estado sino rápidamente, y he de estudiar esa existencia fabril que se desarrolla
prodigiosa en focos como Reus, Mataró, Villanueva, y entre otros tantos,
Sitges, donde tiene su morada el singular y grande artista que se llama
Santiago Rusiñol.
El nombre de Rusiñol me conduce de modo necesario a
hablaros del movimiento intelectual que ha seguido, paralelamente, al
movimiento político y social. Esa evolución que se ha manifestado en el mundo
en estos últimos años y que constituye lo que se dice propiamente[15] el pensamiento «moderno» o nuevo, ha tenido aquí
su aparición y su triunfo, más que en ningún otro punto de la Península, más
que en Madrid mismo; y aunque se tache a los promotores de ese movimiento de
industrialistas, catalanistas, o egoístas, es el caso que ellos, permaneciendo
catalanes, son universales. La influencia de ese grupo se nota en Barcelona no
solamente en los espíritus escogidos, sino también en las aplicaciones
industriales, que van al pueblo, que enseñan objetivamente a la muchedumbre;
las calles se ven en una primavera de carteles o affiches que
alegran los ojos en su fiesta de líneas y colores; las revistas ilustradas
pululan, hechas a maravilla: las impresiones igualan a las mejores de Alemania,
Francia, Inglaterra o Estados Unidos, tanto en el libro común y barato como en
la tipografía de arte y costo.
Cuando vuelva a Barcelona he de ver a Rusiñol en su
retiro de Sitges, una especie de santuario de arte en donde vive ese
gentilhombre intelectual digno de ser notado en el mundo. Entretanto, sabed que
Rusiñol es un altísimo espíritu, pintor, escritor, escultor, cuya vida
ideológica es de lo más interesante y hermoso, y cuya existencia personal es en
extremo simpática y digna de estudio. Su leonardismo rodea de una aureola
gratamente visible, su nombre y su obra. Es rico, fervoroso de arte, humano,
profundamente humano. Es un traductor admirable de la naturaleza, cuyos mudos
discursos interpreta y comenta en una prosa exquisita o potente, en cuentos o
poemas de gracia y fuerza en que florece un singular diamante de
individualidad. En este movimiento, como sucede en todas partes, los que se han
quedado atrás, o callan, o apenas son oídos. Balaguer es ya del pasado, con su
pesado fárrago: el padre Verdaguer apenas logra llamar la atención con su
último libro de Jesús: vive al reflejo de la Atlántida, al rumor de Canigó.
Guimerá, que trabaja al sol de hoy, va a Madrid a hacer diplomacia literaria, y
los madrileños, que son[16] «malignos», le dicen que
conocen su juego, y que hay en el autor de Tierra Baja un
regionalista de más de la marca. Bellamente, noblemente, a la cabeza de la
juventud, Rusiñol, que no escribe sino en catalán, pone en Cataluña una
corriente de arte puro, de generosos ideales, de virtud y excelencia
trascendentes. Por él se acaba de levantar al Greco una estatua en Sitges; por
él los nuevos aprenden en ejemplo vivo, que el ser artista no está en mimar una
Bohemia de cabellos largos y ropas descuidadas y consumir bocks de
cerveza y litros de ajenjo en los cafés y cabarets, sino en
practicar la religión de la Belleza y de la Verdad, creer, cristalizar la
aspiración en la obra, dominar al mundo profano, demostrar con la producción
propia la fe en un ideal; huir de los apoyos de la crítica oficial, tanto como
de las camaraderías inconscientes, y juntar, en fin, la chispa divina a la
nobleza humana del carácter.
Me dijeron que podía encontrar a Rusiñol en el café
de los Quatre Gats. Allá fuí. En una estrecha calle se advierte la curiosa
arquitectura de la entrada de ese rincón artístico. Pasé una verja de bien
trabajado hierro y me encontré en el famoso recinto con el no menos famoso Per
Romeu. Es éste el dueño o empresario principal del cabaret; alto,
delgado, de larga melena, tipo del Barrio Latino parisiense, y cuya negra
indumentaria se enflora con una prepotente corbata que trompetea sus agudos
colores, no sé hasta qué punto pour épater le bourgeois. Pregunté
por Rusiñol y se me dijo que estaba en su mansión de Sitges; por Pompeyo Gener,
que acababa de llegar de París, y se me dijo que a ése no le buscase, pues
solamente la casualidad podría hacer que le encontrara. Y como era día de
marionetas, se me invitó a ver el espectáculo. Los Cuatro Gatos son algo así
como un remedo del Chat Noir de París, con Per Romeu por Salis, un Salis
silencioso, un gentilhombre cabaretier que creo que es pintor
de cierto fuste, pero que no se señala por su sonoridad. Amable, él fué[17] quien me condujo a la salita de representación. En
ella no cabrán más de cien personas; decóranla carteles, dibujos a la pluma,
sepias, impresiones, apuntes y cuadros también completos, de los jóvenes y
nuevos pintores barceloneses, sobresaliendo entre ellos los que llevan la firma
del maestro Rusiñol. Los títeres son algo así como los que en un tiempo
atrajeron la curiosidad de París con misterios de Bouchor, piececitas de
Richepin y de otros. Para semejantes actores de madera compuso Maeterlinck sus
más hermosos dramas de profundidad y de ensueño. Allí en los Cuatro Gatos no
están mal manejados. Llegué cuando la representación estaba comenzada. En el
local, casi lleno, resaltaba la nota graciosa de varias señoritas,
intelectuales según se me dijo, pero que no eran ni Botticelli ni Aubrey
Beardsley, ni el peinado ni el traje enarbolaban lo snob.
Abundaban los tipos de artistas del Boul'Miche;
jóvenes melenudos, corbatas mil ochocientos treinta, y otras corbatas.
Los bocks circulaban, al chillar la vocecilla de los títeres.
Naturalmente, los títeres de los Quatre Gats hablan en catalán, y apenas me
pude dar cuenta de lo que se trataba en la escena. Era una pieza de argumento
local, que debe de haber sido muy graciosa, cuando la gente reía tanto. Yo no
pude entender sino que a uno de los personajes le llovían palos, como en
Molière; y que la milicia no estaba muy bien tratada. Las decoraciones son
verdaderos cuadritos; y se ve que quienes han organizado el teatro diminuto lo
han hecho con amor y cuidado. En el local suele haber además exposiciones,
audiciones musicales y literarias y sombras chinescas. Ya veis que el alma de
Rodolphe Salis se regocijaría en este reflejo. Al salir volví a ver a Per
Romeu, quien puso en mis manos un cartelito en que se anuncia su coin de
artista, en gótica tipografía de antifonario o de misal antiguo, y en la cual
se dice que «Aital estada es hostal pels desganats, es escople de calin pels[18] que sentin l'anyorança de la llar, es museu pels
que busquin lleminadures per l'ánima; es taverna y emparrat, pels que aimen
l'ombra deis pampols, y de l'essencia espremuda del rahim; es gótica
cerveceria, pels enamorats del Nort, y pati d'Andalucía, pels aimadors del
Mig-die; es casa de curació, pels malalts del nostre segle, y cau d'amistat y
harmonia pels que entrin a roplugar-se sota ls portics de la casa. No tindrán
penediment d'haver vingut y si recança si no venen». Ese cabaret es
una de las muestras del estado intelectual de la capital catalana, y el
observador tiene mucho en donde echar la sonda. Desde luego sé ya que en Madrid
me encontraré en otra atmósfera, que si aquí existe un afrancesamiento que
detona, ello ha entrado por una ventana abierta a la luz universal, lo cual,
sin duda alguna, vale más que encerrarse entre cuatro muros y vivir del olor de
cosas viejas. Un Rusiñol es floración que significa el triunfo de la vida
moderna y la promesa del futuro en un país en donde sociológica y mentalmente
se ejerce y cultiva ese don que da siempre la victoria: la fuerza.
Ocasión habrá de hablaros de la obra de Rusiñol y
los artistas que le siguen, cuando torne a Barcelona a sentir mejor y más
largamente las palpitaciones de ese pueblo robusto.
He llegado a Madrid y próximamente tendréis mis
impresiones de la Corte.
MADRID
4 de enero.
on el año entré en Madrid; después de algunos
de ausencia vuelvo a ver el «castillo famoso». Poco es el cambio, al primer
vistazo; y lo único que no ha dejado de sorprenderme al pasar por la típica
Puerta del Sol, es ver cortar el río de capas, el oleaje de características
figuras, en el ombligo de la villa y corte, un tranvía eléctrico. Al llegar
advertí el mismo ambiente ciudadano de siempre; Madrid es invariable en su
espíritu, hoy como ayer, y aquellas caricaturas verbales con que don Francisco
de Quevedo significaba a las gentes madrileñas, serían, con corta diferencia,
aplicables en esta sazón. Desde luego el buen humor tradicional de nuestros
abuelos se denuncia inamovible por todas partes. El país da la bienvenida.
Estamos en lo pleno del invierno y el sol halaga benévolo en un azul de lujo.
En la Corte anda esparcida una de los milagros; los mendigos, desde que salto
del tren me asaltan bajo cien aspectos; resuena de nuevo en mis oídos la
palabra «señorito»; don César de Bazán me mide de una ojeada desde la esquina
cercana; el cochero me dice: «¡pues, hombre!...» dos pesetas, y mi baúl pasa
sin registro: con el pañuelo que le cubre la cabeza, atadas las puntas bajo la
barba, ceñido el mantón de lana, a garboso paso, va la mujer popular, la
sucesora de Paca la Salada, de Geroma la Castañera, de
María la Ribeteadora,[20] de Pepa la
Naranjera, de todas aquellas desaparecidas manolas que alcanzaron a ser
dibujadas a través de los finos espejuelos del Curioso Parlante;
una carreta tirada por bueyes como en tiempo de Wamba, va entre los carruajes
elegantes por una calle céntrica; los carteles anuncian, con letras
vistosas La Chavala y El Baile de Luis Alonso; los
cafés llenos de humo rebosan de desocupados, entre hermosos tipos de hombres y
mujeres, las getas de Cilla, los monigotes de Xaudaró se presentan a cada
instante; Sagasta Olímpico está enfermo, Castelar está enfermo; España ya
sabéis en qué estado de salud se encuentra; y todo el mundo, con el mundo al
hombro o en el bolsillo, se divierte: ¡Viva mi España!
Acaba de suceder el más espantoso de los desastres;
pocos días han pasado desde que en París se firmó el tratado humillante en que
la mandíbula del yanqui quedó por el momento satisfecha después del bocado
estupendo: pues aquí podría decirse que la caída no tuviera resonancia. Usada
como una vieja «perra chica» está la frase de Shakespeare sobre el olor de
Dinamarca, si no, que sería el momento de gastarla. Hay en la atmósfera una
exhalación de organismo descompuesto. He buscado en el horizonte español las cimas
que dejara no hace mucho tiempo, en todas las manifestaciones del alma
nacional: Cánovas muerto; Ruiz Zorrilla muerto; Castelar desilusionado y
enfermo; Valera ciego; Campoamor mudo; Menéndez Pelayo... No está por cierto
España para literaturas, amputada, doliente, vencida; pero los políticos del
día parece que para nada se diesen cuenta del menoscabo sufrido, y agotan sus
energías en chicanas interiores, en batallas de grupos aislados, en asuntos
parciales de partidos, sin preocuparse de la suerte común, sin buscar el
remedio al daño general, a las heridas en carne de la nación. No se sabe lo que
puede venir. La hermana Ana no divisa nada desde la torre. Mas en medio de
estos nublados se oye un rumor[21] extraño y vago
que algo anuncia. Ni se cree que florezcan las boinas de don Carlos, y los
republicanos que fueran esperanza de muchos, en escisiones dentro de su
organización misma, casi no alientan. Entretanto van llegando a los puertos de
la Patria los infelices soldados de Cuba y Filipinas. Quienes a morir como uno
que—parece caso escrito en la Biblia—fué a su pueblo natal ya moribundo, y como
era de noche sus padres no le abrieron su casa por no reconocerle la voz, y al
día siguiente le encontraron junto al quicio, muerto; otros no alcanzan la tierra
y son echados al mar, y los que llegan, andan a semejanza de sombras; parecen,
por cara y cuerpo, cadáveres. Y el madroño está florido y a su sombra se ríe y
se bebe y se canta, y el oso danza sus pasos cerca de la casa de Trimalción. A
Petronio no le veo. He pensado a veces en un senado macabro de las antiguas
testas coronadas, como en el poema de Núñez de Arce, bajo la techumbre del
monasterio
Que alzó Felipe Segundo
Para admiración del mundo
Y ostentación de su imperio.
¿Cómo hablarían ante el espectáculo de las
amarguras actuales los grandes reyes de antaño, cómo el soberbio Emperador,
cómo los Felipes, cómo los Carlos y los Alfonsos? Así cual ellos el imperio
hecho polvo, las fuerzas agotadas, el esplendor opaco; la corona que
sostuvieron tantas macizas cabezas, así fuesen las sacudidas por terribles
neurosis, quizá próxima a caer de la frente de un niño débil, de infancia
entristecida y apocada; y la buena austriaca, la pobre madre real en su hermoso
oficio de sustentar al reyecito contra los amagos de la suerte, contra la
enfermedad, contra las oscuridades de lo porvenir; y que está pálida, delgada,
y en su majestad gentilicia el orgullo porfirogénito tiene como una vaga y
melancólica aureola de resignación.
El mal vino de arriba. No dejaron semillas los
árboles robustos del gran cardenal, del fuerte duque, de los viejos caballeros
férreos que hicieron mantenerse firme en las sienes de España la diadema de
ciudades. Los estadistas de hoy, los directores de la vida del reino, pierden
las conquistas pasadas, dejan arrebatarse los territorios por miles de
kilómetros y los súbditos por millones. Ellos son los que han encanijado al
León simbólico de antes; ellos los que han influído en el estado de indigencia
moral en que el espíritu público se encuentra; los que han preparado, por
desidia o malicia, el terreno falso de los negocios coloniales, por lo cual no
podía venir en el momento de la rapiña anglo-sajona, sino la más inequívoca y
formidable débâcle. Unos a otros se echan la culpa, mas ella es de
todos. Ahora es el tiempo de buscar soluciones, de ver cómo se pone al país
siquiera en una progresiva convalecencia; pero todo hasta hoy no pasa de la
palabrería sonora propia de la raza, y cada cual profetiza, discurre y arregla
el país a su manera. En palacio, ya que no Cisneros o Richelieu, falta siquiera
el Dubois que prepare para Alfonso XIII lo que el francés para Luis XV, niño y
débil: la política interior en caso de vida, la política exterior en caso de
muerte. Cánovas no fué purpurado, en la Monarquía de S. M. Católica, pero
quizás era el único, a pesar de sus defectos, que tuviese buena vista en sus
ojos miopes, buena palabra de salvación o de guía en su lengua andaluza; mas de
los horrores inquisitoriales de Montjuich salió el rayo rojo para él.
Entre las cabezas dirigentes hay quienes reconocen
y proclaman en alta voz que la causa principal de tanta decadencia y de tanta
ruina estriba en el atraso general del pueblo español; reconocen que no se ha
hecho nada por salir de la secular muralla que ha deformado el cuerpo nacional
como el cántaro chino el de un enano; y si se ha dejado enmohecer la
literatura, si ha habido estancamiento y retroceso en el profesorado, a punto
de[23] que de las célebres Universidades lo que
brilla como una joya antigua es el nombre; fuera de pocas excepciones para el
juicio público, el oráculo de la ciencia se encierra en urnas como el comodín
periodístico del señor Echegaray, el teatro que llaman chico atrae a las gentes
con la representación de la vida chulesca y desastrada de los barrios bajos,
mientras en el clásico Español, en las noches en que he asistido, María
Guerrero representaba ante concurrencia escasísima, y eso que el paseo por
Europa y sobre todo el beso de París, le han puesto un brillo nuevo en sus laureles
de oro; la nobleza... La otra noche, en un café-concert que se ha abierto
recientemente y con un éxito que no se sospechaba, me han señalado en un palco
a gastados y encanecidos grandes de España que se entretenían con la Rosario
Guerrero, esa bailarina linda que ha regocijado a París después de la bella
Otero; soy frecuentador de nuestro Casino de Buenos Aires y no me precio de
pacato; pero el espectáculo de esos alegres marqueses de Windsor, aficionados
tan vistosamente a suripantas y señoritas locas de su cuerpo, me pareció propio
para evocar un parlamento de Ruy Gómez de Silva, delante de los retratos, en
bravos alejandrinos de Hugo, o una incisión gráfica de Forain con sus
incomparables pimientas de filosofía. En lo intelectual, he dicho ya que las figuras
que antes se imponían están decaídas, o a punto de desaparecer; y en la
generación que se levanta, fuera de un soplo que se siente venir de fuera y que
entra por la ventana que se han atrevido a abrir en el castillo feudal unos
pocos valerosos, no hay sino la literatura de mesa de café, la mordida al
compañero, el anhelo de la peseta del teatro por horas, o de la colaboración en
tales o cuales hojas que pagan regularmente; una producción enclenque y falsa,
desconocimiento del progreso mental del mundo, iconoclasticismo infundado o
ingenuidad increíble, subsistente fe en viejos y deshechos fetiches. Gracias a
que escritores señaladísimos hacen lo que[24] pueden
para transfundir una sangre nueva, exponiéndose al fracaso, gracias a eso puede
tenerse alguna esperanza en un próximo cambio favorable. Mal o bien, por obra
de nuestro cosmopolitismo, y, digámoslo, por la audacia de los que hemos
perseverado, se ha logrado en el pensamiento de América una transformación que
ha producido, entre mucha broza, verdaderos oros finos, y la senda está
abierta; aquí hasta ahora se empieza, y se empieza bien: no faltan almas
sinceras, bocas osadas que digan la verdad, que demuestren lo pálida que está
en las venas patrióticas la sangre en que se juntaran, como diría Barbey, la
azul del godo con la negra del moro; quienes llevan al teatro de las gastadas
declamaciones el cuadro real demostrativo de la decadencia; quienes quieren
abrir los ojos al pueblo para enseñarle que la Tizona de Rodrigo de Vivar no
corta ya más que el vacío y que dentro de las viejas armaduras no cabe hoy más
que el aire.
Ahora uno que otro habla de regenerar el país por
la agricultura, de mejorar las industrias, de buscar mercados a los vinos con
motivo del tratado último franco-italiano, y hay quienes se acuerdan de que
existimos unos cuantos millones de hombres de lengua castellana y de raza
española en ese continente. Por cierto, la industria pecuaria, dicen, debe ser
protegida. ¿Y la agricultura? Ya en la Instrucción de 30 de noviembre de 1883
se señalaban causas locales del atraso agrícola de España, como la intervención
de la Autoridad municipal en señalar la época de las vendimias, o la de la
recolección de los frutos o esquilmos: la libertad de que en los rastrojos de
uno pazcan los ganados de todos: los privilegios que no admiten al consumo de
una ciudad más que los vinos que produce su término; los que no permiten entrar
una carga de comestibles en un pueblo sin que se extraiga otra de los productos
de su agricultura o de su industria, y otras mil anomalías; poco se ha
adelantado desde entonces, y lo que os dará una idea[25] del
estado de estas campañas en lo relativo a agronomía, es que sepáis que las
máquinas modernas son casi por completo desconocidas; que la siega se hace
primitivamente con hoces, y la trilla por las patas del ganado; ¿qué pensarán
de eso en la Argentina, donde nos damos el lujo de tener a lo yanqui un Rey del
trigo? Se trata ahora de la creación de un ministerio de Agricultura; de
instruir al campesino, que como sabéis, ha permanecido hasta ahora impermeable
a toda noción; pero ya se ha hablado, a propósito de la enseñanza agrícola, de
aumentar, Dios mío, el número de los doctores: ¡hacer doctores en agricultura!
Hay felizmente quien en oportunidad ha combatido el
plan de los dómines agrícolas y señalado un proyecto en que
quedarían bien organizadas las escuelas para capataces, peritos agrícolas e
ingenieros agrónomos, estudios prácticos, de utilidad y aplicación inmediata,
sin borla ni capelo salamanquino. Las campañas están despobladas, y podrían, si
hubiese hombres de empresa y de buen cálculo, repoblarlas; para hacerlo la
misma República Argentina estaría llamada a ser la proveedora de cabezas; las
praderas andaluzas son excelentes para el engorde, y nuevas fuentes de negocios
estarían abiertas para las actividades que a ello se dedicasen en la Península.
Así habría que entrar en arreglos especiales por las restricciones que existen
en las leyes. Mucho podría ser el comercio hispanoargentino, y al objeto, según
tengo entendido, no ha cesado de trabajar el señor ministro Quesada. Aquí
podrían venir las carnes argentinas, ya que no en la común forma del tasajo,
conservadas por los muchos procedimientos hoy en uso; y la mayoría de este
pueblo que tiene casi como base principal de alimentación el bacalao, que
importa de Suecia y Noruega, comería carne sana y nutritiva. Luego sería
cuestión de ver si se adaptaba para el consumo del ejército y marina. Por lo
pronto, la Sociedad Rural de Buenos Aires podría hacer el ensayo, enviando[26] en limitadas cantidades la carne conservada, y por
los resultados que se obtuvieran, se procedería en lo de adelante. España
enviaría sus lienzos, sus sederías, sus demás productos que allí tendrían
colocación; no habría en ningún viaje el inconveniente del falso flete. Estas
apuntaciones pueden ser estudiadas detalladamente por aquellos a quienes
corresponde la tarea. Tales formas de relación entre España y América serán
seguramente más provechosas, duraderas y fundamentales que las mutuas zalemas
pasadas de un ibero-americanismo de miembros correspondientes de la Academia,
de ministros que taquinan la musa, de poetas que «piden» la
lira.
Nótase ahora una tendencia a conocer, siquiera lo
americano nuestro—¡lo del Norte!, ¡ay!, ¡lo tienen ya bien conocido!—, y no
hace muchos días, con motivo de un banquete a escritores y artistas ofrecido
por el representante de Bolivia señor Ascarrunz, hubo declaraciones de parte de
ciertos intelectuales, que son de tenerse muy en cuenta. «En cualquier otro
momento—decía un escritor de los más diamantinos y pensadores, he nombrado a
Julio Burell—, en cualquier otro momento la galantería del señor Ascarrunz habría
sido digna de hidalga gratitud, pero en fin, numerosas han sido las fiestas
hispanoamericanas a cuyo término apenas si ha quedado otra cosa que un poco de
dulzor en la boca y otro poco de retórica en el aire; después, americanos y
españoles han permanecido en sus desconfiadas soledades, colocados en actitud y
con mirada recelosa, cada cual a un lado del gran abismo de la historia...» Y
más adelante: «No, la guerra no levantará ya entre España y América española
sus fieras voces de muerte; lo que estaba escrito, escrito queda. Rebuscadores
de la Historia, curiosos y eruditos, podrán volver la mirada hacia los negros
días de lucha; pero las almas que tienen alas, las almas que tienen luz, los
hombres confesados a un ideal de paz y de amor, no descenderán al antro
sombrío;[27] volarán más alto y bañarán su espíritu
en la claridad de una nueva aurora...» Todo esto se pudo decir hace mucho
tiempo; se pudo hace mucho tiempo combatir el alejamiento de la madre patria
del coro de las dieciséis repúblicas hermanas; pero no se hizo, ni se paró
mientes en ello.
Antes al contrario, apartando a un grupo escasísimo
de hombres como Valera y Castelar, se nos procuró ignorar lo más posible, y
como lo he demostrado en La Nación, de Buenos Aires, y en la Revue
Blanche, de París, la culpa no fué del tiempo esta vez, sino de España.
Gloríanse los ingleses de los triunfos conseguidos por la República
norteamericana, hechura y flor colosal de su raza: España no se ha tomado hasta
hoy el trabajo de tomar en cuenta nuestros adelantos, nuestras conquistas, que
a otras naciones extranjeras han atraído atención cuidadosa y de ellas han
sacado provecho. En las mismas relaciones intelectuales ha habido siempre un
desconocimiento desastroso. Los escritores que entre nosotros valen se han
cuidado poco del juicio de España, y con raras excepciones no han enviado jamás
sus libros a los críticos y hombres de letras peninsulares; en cambio, nuestras
docenas de mediocres, nuestros vates de amojamados pegasos, nuestros prosistas
imposibles, han sido pródigos de sus partos; de aquí que, en parte, se
justifiquen los Clarines y Valbuenas de tiempos recién
pasados. Más; en las mismas redacciones de los diarios en que se dedica una
columna a la tentativa inocente de cualquier imberbe Garcilaso, no se escribe
una noticia por criterio competente de obras americanas que en París o en
Londres o Roma son juzgadas por autoridades universales. Concretando un caso,
diré que la Legación Argentina se ha cansado de enviar las mejores y más serias
producciones de nuestra vida mental, de las cuales no se ha hecho jamás el
menor juicio. Cierto es que, fuera de lo que se produce en España—con las
excepciones, es natural, de siempre, pues existen un[28] Altamira,
un Menéndez y Pelayo, un Clarín, este amable cosmopolita de
Benavente—, fuera de lo que se produce en España, todo es desconocido.
Antes de concluir estas líneas debo declarar que no
creo sea yo sospechoso de falto de afectos a España. He probado mis simpatías,
de manera que no admite el caso discusión. Pero por lo mismo no he de engañar a
los españoles de América y a todos los que me lean. La Nación me
ha enviado a Madrid a que diga la verdad, y no he de decir sino lo que en
realidad observe y sienta. Por eso me informo por todas partes; por eso voy a
todos lugares y paso una noche del «saloncillo» del Español a las reuniones
semibarriolatinescas de Fornos; en un mismo día he visto a un académico, a un
militar llegado de Filipinas, a un actor, a Luis Taboada y a un torero. Y
anoche, a última hora, he ido del Real al Music-hall, y mis interlocutores han
sido: el joven conde de O'Reily, Icaza, el diplomático escritor, Pepe Sabater,
Pinedo y un joven reporter... Ya veis que estoy en mi Madrid.
¡Buenos Aires! Hay que mirarlo de lejos para
apreciarlo mejor. Aquí está la obra de los siglos y el encanto de un país de
sol, amor y vino; París es París; las grandes capitales europeas nos atraen y
nos encantan: pero
¡J'aime mieux ma mie, ô gué!
LA LEGACIÓN ARGENTINA EN CASA DE CASTELAR
10 de enero.
a legación argentina está situada en un
elegante hotel de la calle Alcalá Galiano, núm. 6. Es en el barrio
aristocrático de la Corte, el faubourg Saint-Germain de Madrid. Allí concurrí
anoche, por amable invitación del ministro Quesada, que había quedado de
presentarme a algunos «representativos» de la vida social e intelectual
madrileña: en el arte, Moreno Carbonero; en el periodismo, el marqués de
Valdeiglesias; estos dos me interesaban en gran manera. Fueron puntuales. Es el
primero un tipo nervioso, delgado, de mirada inteligente, no revela al artista
desde luego, pero cuando habéis hablado con él las iniciales palabras, la
chispa ha saltado, iluminando, bajo un bigote fino y negro, una sonrisa bon
enfant. El segundo, de pequeña estatura, rubio, calvo, comunicativo,
meridional; de seguida se manifiesta el clubman, el mundano, el infaltable a
las fiestas y reuniones de la aristocracia, el título reporter, que
hace en su diario, La Época, lo que el príncipe de Sagán hacía en
un tiempo en Le Figaro. La Nación estaba
representada dos veces, pues a mi derecha, en la mesa de la casa argentina,
tenía yo al estimado compañero Ladevese. Pocos momentos después, y ya la
conversación versaba sobre nuestra Prensa y la española. Reconocía el marqués
la[30] inferioridad informativa, por ejemplo, de los
diarios peninsulares, y explicaba cómo en España interesaba poco a la
generalidad lo que sucede fuera de los términos de la tierra propia. No se
sigue, como entre nosotros, el movimiento de los sucesos del mundo; del asunto
Dreyfus, de lo que hay ahora de más sonoro en el periodismo universal, se
publican unas pocas líneas telegráficas. Naturalmente, el interés público, en
tiempo de la guerra, hizo aumentar la vida de los diarios, y la información
tuvo su preferencia; telegrama recibió El Imparcial, o El
Liberal que costó diez mil francos. Mi bonaerensismo se manifiesta;
hago un rápido croquis del desarrollo y fuerza de La Nación;
comento al Diario, etc. Y a propósito de corresponsales, se
protesta por una carta que publica La Época del suyo de Buenos
Aires, en que se dice, entre otras cosas, que todos andamos con el revólver en
el bolsillo, y que no vayan más españoles a la República Argentina, pues son
repetidos con frecuencia los casos en que hay que levantar suscripciones en la
colonia para poder repatriar a los numerosos compatriotas que allá se mueren de
hambre. De esos náufragos hay en todas partes; y, no hay duda de que aquel
periodista exagera.
El actual marqués de Valdeiglesias ha
recibido La Época de manos de su padre, cuyo tacto y largas
vistas en asuntos periodísticos demuéstranse no solamente en la propia hoja
sustentada por él, sino en la antigua Correspondencia de Santa
Ana. La Correspondencia de hoy ha perdido su antiguo
carácter; gorro de dormir, pertenece al pasado. La Época es
en Madrid una especie de Temps, el periódico serio, asentado,
autorizado; con su poco de Fígaro por el mundanismo y el
cuidado de la forma, con la particularidad, digna de elogio, de que demuestra
cierta preferencia por lo intelectual. Es un diario gran-señor; no se vende por
las calles, y si los demás cuestan cinco céntimos, número suelto, y una peseta
la suscripción por mes, La Época vale cuatro pesetas[31] suscripción mensual y quince céntimos número
suelto. Claro es que el tiraje es relativamente reducido. No hay que buscar,
por otros puntos, comparación con nuestros grandes matinales.
Valdeiglesias es un hombre encantador; su
distinción no excluye la abierta gentileza; habla de todo, y sobre todo de arte
y vida social, con una volubilidad y amenidad que hacen de él un conversador
deseable. Desde luego, se me ofrece como cicerone en mis «viajes alrededor y al
centro de Madrid». En un momento me interesa en las colecciones artísticas y de
alto mérito histórico que posee el conde de Valencia de Don Juan; me habla de
los autores de la nobleza, bibliófilos, conocedores de arte y sportmen,
casi por completo desconocidos en el público, escritores de libros que circulan
en ediciones cortísimas y para especialistas; y a propósito de la obra reciente
de Monte-Cristo sobre los salones de Madrid, diserta de
entusiástica manera sobre el movimiento social de esta corte, que es
indiscutiblemente una de las que tienen para sus mantenedores del gran mundo y
para sus huéspedes, singulares atractivos y goces de lo que se puede llamar la
estética de la existencia, en un país en donde, aun en el duelo, parece que
siempre se escuchara como un canto a lo grato del mundo. El Marqués cuando
habla parece que dictase uno de sus artículos amenos y discretos, de una verba
correcta; y ya pasemos a hablar de lo mucho que él ha trabajado y piensa
trabajar para favorecer, después de un ensayo de aplicación que él costearía,
la introducción de las carnes argentinas en España o trate de una reciente
publicación sobre esgrima antigua hecha por un título de Castilla o detalle las
reuniones femeninas, famosas, por vida mía, en Madrid, de nuestra legación, en
donde, hermosa y ricamente, el doctor Quesada sabe recibir a la flor de la
Corte, con bríos y humor que mantiene su vejez fresca y firme, una vejez a lo
Juan Valera—y a lo doctor Quintana—; Valdeiglesias siempre encarna[32] el periodista, es el polílogo vario y chispeante.
Luego Moreno Carbonero. Estaban conversando con el
novelista y diplomático Ocantos, secretario de la legación como sabéis; y a
propósito de un decir del ministro sobre una cabeza que un inglés encontrara en
España y se atribuye hoy a Miguel Ángel o a Donatello...—desde luego dos
maneras tan distintas, dos espíritus de arte tan diversos—oigo, pues, a Moreno
Carbonero que dice: «Yo por mi parte, prefiero, entre Miguel Ángel y Donatello,
a Donatello». Parecióme muy simpáticamente desenvainada aquella opinión por un
maestro que, a pesar de su gran talento, es lo que se llama un «normal»; pero
luego caí de mi ascensión, pues a propósito de la pintura «moderna» y por traer
nosotros el recuerdo del insigne catalán Rusiñol, manifestó que ese arte—y
decía esto después de inclinarse delante del talento del catalán—, que ese
arte—el del mejor Rusiñol, el Rusiñol libre y poeta—era solamente bueno para el
industrialismo del cartel; algo así como la brocha gorda de los telones
teatrales, para ser visto de lejos... Y yo pensaba, aun deteniéndome únicamente
en el affiche, que en uno de Chéret, de Mucha, del admirable
Grasset, del mismo Rusiñol, hay más arte de artista que en muchas telas de
canónicos medallados. Es, por cierto, uno de los mayores pintores de la España
de hoy Moreno Carbonero, y me explico perfectísimamente la razón de su manera
de mirar el contemporáneo arte «intelectual». Él respira su ambiente; ha vivido
en París y ha pasado los años indispensables de Italia; pero queda en él el
meridional absoluto, o mejor, el español inconmovible. Y esto por otra parte
puede ser o será una gran virtud. Ya sabéis, con todo, que es un idealista al
ser nacional; su amor por el Quijote es conocido, y el último cuadro suyo que
he visto representa la aventura del caballero de la Mancha con los carneros.
Picarescamente, esa noche, un respetable amigo suyo calificó ese cuadro como un
símbolo... De lo cual resultaría, por esta vez[33] Moreno
Carbonero simbolista malgré lui. Ahora prepara otro cuadro cuyo
tema está extraído de la enorme usina quijotesca; y nos decía que andaba en
busca de un tipo campesino que tuviese la figura del Sancho que él se imagina;
y que creía haberla encontrado en un bauzán manchego que había visto, como para
ser reconocido por Teresa, Sanchica y el rucio.
Recorremos la casa. Desde luego llama el ojo la
buena cantidad y calidad de viejos tapices en los salones principales, y de los
salones, el amarillo, para el que se ha escogido con sabio gusto esa antigua y
rica tela española que impone su aristocracia arcaica a las imitaciones
chillonas y estofas advenedizas. Por cierto punto la Legación es un pequeño y
valioso museo, pues fuera de tapicería y chirimbolos está lo preferido y mejor
entre todo las tallas, esas obras admirables de la famosa talla española que
hoy se podría llamar un arte olvidado; pues la que ahora se hace no admite ni
un lejano término de comparación con la labor perfecta, aun en la misma
tosquedad de lo primitivo, que antaño se acostumbraba. Aquellos maestros
perdidos en el tiempo no han vuelto a encarnarse, y los escultores de hoy—con
rarísimas excepciones, como ese incomparable Bistolfi, de Italia, y algunos
pocos franceses—desdeñan en todas partes, no sé por qué, la madera, que para
ciertas cosas supera infinitamente a la piedra o el bronce. Y ante un trabajo
de algún desconocido Berruguete... «Vea usted, ¿se puede realizar esto en
mármol?...» Moreno Carbonero se ocupa actualmente en hacer el catálogo de las
colecciones artísticas del ministro argentino, y una vez concluída la obra,
debe resultar por muchos motivos interesante.
¿Y el arte? Y el arte, ¿cómo va en España?
Pues si algo ha quedado sosteniendo la tradición
diamantina del arte español es la pintura. Allí Artal ha dado a conocer
reflejos de la hoguera subsistente. Hay pintores, hay grandes pintores. En el
Museo de Arte[34] Moderno, del que ya os hablaré, he
tenido nobles impresiones, como las que tuve en la iglesia de San Francisco el
Grande. La escuela española contemporánea, de la cual Buenos Aires posee
algunas valiosas muestras—y ya que hablamos de Moreno Carbonero, un cuadro de
este pintor que, según me dijo él mismo, es de los que más quieren entre los
suyos y fué adquirido por el doctor del Valle—, la escuela española
contemporánea tiene justa fama, representada por sus firmas principales, en
toda Europa; y algunos pintores españoles hay, de fuerza y valía, que
cabalmente en Europa son más conocidos que en España, como me
lo decía un artista. Por ejemplo, Baldomero Galofre que, fuera de su ya larga
labor, logrará un bello triunfo si realiza conforme con el plan que conozco su
vasto poema pictórico España. Roma detiene a varios maestros de luz
españoles, de los cuales conocéis más de un cuadro cuajado de sol; París lo
propio, desde en tiempos de los Fortuny y los Madrazos. No he averiguado aún
los detalles de la salida de la producción, de los encargos, de la parte
comercial del asunto. Pero desde luego, os aseguro que en este inmenso imperio
del color, no se agotará jamás la llama artística; y desde Plasencia o Moreno
Carbonero hasta el último pintaplatos que os fastidiará en el café sirviéndoos
la marina o el bodegón como un par de salchichas, todos tienen en la pupila un
don solar que se proclama a cada instante.
—«¿Y el arte en Buenos Aires?» Digo lo que puedo,
alabo los esfuerzos del director del Museo, cito tres o cuatro nombres y me
salvo.
Luego he estado en casa de Castelar. Ya convalece
de su enfermedad última, en la que llegó momento en que se creyera lo llevase a
la muerte. Fuimos tres los que en el momento de la entrevista estuvimos
presentes. Uno, su amigo el banquero Calzado, que hace tanto tiempo reside en
París, y cuya intimidad con el orador data de larga fecha. Otro el ministro de
Bolivia. Desde[35] mi llegada cumplí con informarme
en nombre de la La Nación y propio del estado del antiguo e
ilustre colaborador. Sus primeras palabras, al verme, fueron: «¡Oh, qué
diferencia, del 92, cuando usted me vió por última vez!» En efecto. Recordarán
mis lectores en este diario aquella carta color de rosa que escribí hace siete
años con motivo de un almuerzo que Castelar me ofreciera en su misma casa de
hoy, en la calle de Serrano. Aquel Castelar brillaba aún en la madurez lozana
de una vida que apenas demostraba cansancio, aun cuando en la cúpula había
nevado ya bastante. El orador todavía se afirmaba sobre los estribos de su
pegaso. Los ojos chispeaban vivos en la cara sonrosada; el gesto adornaba la
frase elocuente; la potencia tribunicia se denunciaba a relámpagos. El apetito
se revelaba en aquellas perdices regalo de la duquesa de Medinaceli, aquellas
perdices episcopales regadas con exquisitos vinos de abad. Y Abarzuza, que
todavía no había sido ministro, estaba a su lado. Y sobre la gran calva popular
se encendía en su apogeo un círculo de gloria. Hoy... Me dió ciertamente
tristeza el cuerpo delgado por la dolencia, los ojos un tanto apagados, la voz
algo cansada, el rostro de fatiga, todo el célebre hombre en decadencia. Todo
no; porque en cuanto empezó a hablar, como le tocara el punto delicado de la
política primero y de los asuntos internacionales después, irguió la antigua
cresta, cantó. De lo primero, como quien mira las cosas desde su voluntario
aislamiento; pero expresando su disgusto por las añagazas y trampas al uso; y
su desconsuelo airado por el estado a que han reducido al país los malos
dirigentes. De los segundos, lapidando a frases violentas a los Estados Unidos.
Hay que recordar como ha sido el entusiasmo de Castelar por la república
norteamericana antes de la iniquidad. Y lo mucho que a Castelar han admirado
los yanquis—sin duda alguna por lo que ha tenido de greatest in the
world, a título de Niágara oratorio—. Y el Crisóstomo peninsular hablaba[36] con el despecho razonado de quien ha sido víctima
de un engaño, de un engaño digno del país colosal de los dentistas. «¡Cosas de
este fin de siglo!» nos decía. «Mientras la autocrática Rusia pide a los
pueblos el desarme y aboga por la paz, los Estados Unidos, tierra de la
democracia, son los que proclaman la fuerza por ley y se tornan guerreros. ¡Oh,
es esto para mí como si los castores se hubieran de pronto vuelto tigres! Tengo
en mi casa un retrato de Wáshington, regalo de un ilustre amigo mío
norteamericano; y otro amigo y compatriota me hacía cargos porque tenía yo al
gran anglo-sajón en lugar preferido de mi alcoba». Le contesté que el pobre no
tenía la culpa de lo que hacían sus descendientes, y que el primero en la paz,
el primero en la guerra y el primero en el corazón de sus conciudadanos, sería
el primero en avergonzarse de ellos en esta sazón en que se han convertido en
heraldos y ministros de la violencia y de la injusticia.
Calzado nos decía que durante la enfermedad no ha
cesado un momento Castelar en su labor de siempre. Que su humor no se ha
entibiado, ni sus ejercicios mentales de costumbre han sufrido el menor cambio
ni menoscabo. Es el trabajador de antaño. Entonces él nos dijo de qué manera
había perdido personalmente en su presupuesto constante una renta que no bajaba
de dos mil quinientos a tres mil francos mensuales, pues por voluntad
invencible ha resuelto, desde la última guerra, no escribir una sola línea para
el público de Norte-América. Y en verdad, Castelar ha sido pagado por los
yanquis como muy pocos escritores. Diarios y magazines ha
habido que desembolsasen por un solo artículo quinientos dollars, mil dollars.
Era un Klondike en la imperial Nueva York, o en la estudiosa Boston, o en la
regia Porcópolis. Ese Klondike se lo ha cerrado la lírica sangre gaditana que
corre en sus venas. Un yanqui en su caso escribiría el doble y pediría el
triple por un artículo. Pero ¿qué dirían el Cid y Don Pelayo?
Me despedí de él no sin antes contestar a sus
preguntas sobre América, sobre la salud del general Mitre, sobre nuestros
progresos. Me cita para una larga entrevista próxima, y me encarga envíe sus
mejores recuerdos a sus antiguos compañeros de La Nación. Yo cumplo
con ese grato deber, y ruego a mis colegas de la casa que no se imaginen al
Castelar enfermo y débil de ahora al recibir ese saludo, sino al que tenemos
allí retratado en la sala de redacción: la cabeza fuerte y noble como para
contener un vasto mundo de ideas, los ojos que anuncian la victoria de la
palabra, y bajo el gran bigote, la boca expresiva de donde ha brotado tanta
sonora tempestad verbal, tanta música, tanta encantadora mentira y tanta
voluntad de Dios. Pues nadie puede decir en este siglo lo que escuché de él,
ciertamente conmovido, momentos antes de estrechar su mano al despedirme: «Yo
he libertado a doscientos mil negros con un discurso».
NOTAS TEATRALES
20 de enero.
arios estrenos: La Walkiria en
el Real; Los Reyes en el destierro, en la Comedia; Los
caballos, en Lara. La impresión dominadora que me ha producido la estupenda
obra de Wagner, es de aquellas fascinaciones de arte que eternamente nos duran.
El día está un tanto escandinavo: a través de los vidrios del balcón veo caer
tenaz y triste la nieve. Es, pues, a propósito el momento para hablaros del
estreno de la ópera del Wottan de la música. Mirad primero del palco escénico
al público: es noche de gran pompa; el deslumbramiento es semejante al de la sala
de nuestra Ópera una noche de 9 de julio o de 25 de mayo. Los hermosos tipos
españoles son de beldad famosa, y tan vario caudal de gracia y de maravilla
plástica se aumenta y se ilumina con las constelaciones de la pedrería y la
elegancia de los trajes. La española tiene su estilo de
vestir, como la vienesa, como la bonaerense, como la neoyorkina; pero lo que en
la una hace que porte un Paquin o un Worth con cierta suntuosidad un tanto
abullonada, como inflada de valses, y en la argentina produce la confusión
prodigiosa de la manera con la parisiense y en la otra pone una especie de
matematecidad gimnástica, en estas damas hace que la elegancia francesa se
mezcle en limitada parte con el aire nativo, y para mejor daros una idea de
ciertos ejemplares soberanos, pongo por caso[39] la
andaluza marquesa de Alquibla—os digo que os imaginéis a una maja de Goya
vestida por Chaplin.
Desde luego, las observaciones de Graindorge no han
caducado, y probablemente mientras en el mundo haya le monde,
tendrán su inmediata confrontación en toda sociedad de la tierra. Mas aquí,
donde la cultura no es de aluvión, sino que está filtrada a través de rocas
multiseculares, fuera de aquello frívolo y pasajero que la moda traiga con su
imposición, el sentido social está bien cimentado; y pongo esto a cuento porque
lo primero que noté en la sala regia, con pocas excepciones, es que la alta
sociedad madrileña va al Español para ver y para oir, y al Real para oir y para
ver. Hay en el público de palcos y plateas conocedores insignes en cuestión
musical, y en cuanto al paraíso, como en Buenos Aires, es allí donde se
encuentran los que, según se dice, imponen o rechazan una obra. Mas no oiréis
la conversación molesta del advenedizo enriquecido que llega a su palco a
hacerse notar por su desdén a lo que en la escena pasa; y los fanáticos de
Wagner no han tenido que protestar a causa de ninguna incoherencia en la
ocasión presente. Conforme con los preceptos wagnerianos, nadie llegó retrasado
a la función.
Pues, os digo que aun impera en mí el prodigio de
la armonía y de la melodía, «elementos de la música más espiritual que el
simple ritmo», de Hanslick, y jamás he visto alzarse sobre un trono más
glorioso el alma suprema del gran Germano. Toda alma de artista, en esa noche,
sintió allí clavada la espada divina del genio cual la que está en el fresno
hundida hasta la empuñadura. Yo recordaba que uno de mis mayores disgustos
había sido con un amigo cordial, de más corcheas que yo, pero a quien no podía
demostrar mi sinceridad por Wagner delante de su obstinada sospecha de ver en
mi amor profundo por ese orbe de poesía absoluta un mal pertrechado entusiasmo
de snob... ¡Oh, no! Allí habéis sentido y pensado a Wagner los que
sabéis y podéis[40] sentirle y pensarle; y muchos de
vosotros habéis ido a oir la Misa del Arte a la iglesia de
Bayreuth. Pues aquí es mayor, incomparablemente mayor el número de los
adoradores, de los verdaderos adoradores del santo culto que renueva a
Pitágoras... y mi modesta afición, sin pretensión alguna, sin herir ninguna
cuerda, ni soplar madera ni cobre, ha sido bien acogida. Se me ha dejado rezar,
y eso basta. Madrid es capital que por su gusto musical se distingue, el Real
es de los teatros señalados artísticamente, y entre otras cosas, existe una
Sociedad de conciertos que puede enorgullecer a cualquier gran centro lírico.
No es sino de entusiasmo la impresión que han llevado últimamente Saint-Saëns y
Lamoureux. Pero ¿y La Walkiria?
La sala se dejó subyugar por la potencia sublime,
desde los compases directores de la introducción, corta y llena de
magnificencia, y las primeras frases de Siegmund—desgraciada y necesariamente
traducido en Segismundo—hasta el momento final en que al golpe de la lanza
brota el misterioso fuego, todo fué como el paso de un vasto huracán de mágicos
números, de cadencias únicas, de revelaciones armoniosas; ya Siglinda surja,
encarnación de portento, o Hunding truene o Siegmund en un solo ideal se
lamente; o el dúo del amoroso y deleitoso y único amor de los dos hermanos se
cristalice soberbiamente en la expresión del divino incesto: «Esposa y hermana
eres para mí. ¡Surja, pues, de nosotros la sangre de los Welsas!» o Brunilda
arrebate a Siglinda o pase la prestigiosa y sonora cabalgata, o por fin,
Wottan, dando el sueño con un beso a la Walkiria, ordene el incendio al dios
del fuego maravilloso. El conjunto se destaca como una selva mágica en la que
casi sensible físicamente, el influjo del deus precipita nuestras
emociones también en cabalgata magnífica e incontenible. Cada mente se siente
abrasada, cada espíritu contiene a Gerilda, Waltranta, Schwerleita, Ortlinda,
Helmwigia, Sigruna, Rosweisa, Grimguerda... Y el público[41] de
Madrid, en general, supo apreciar el don olímpico. Aunque hay quien afirme que
del ciclópeo drama musical lo único que ha admirado son las bellezas de la
cabalgata y del fuego encantado...
En la Comedia, el estreno de Los reyes en
el destierro, como comprenderéis, extraída de la novela de Daudet. Autor de
la pieza y gozador del triunfo y del provecho, Alejandro Sawa. De Sawa también
os he hablado desde París—pues en verdad he sido yo el judío errante de La
Nación—hace algunos años. Él fué quien me presentó a Jean Carrère, cuando
la émeute de los estudiantes y los escándalos del café
D'Arcourt, en el 93. Allá en París hacía Sawa esa vida hoy ya imposible, que se
disfrazó en un tiempo con el bonito nombre de Bohemia. Es más parisiense que
español y sus aficiones, sus preferencias y sus gustos tienen el sello del
Quartier Latin. Lo cual no obsta para que sea casado, hombre de labor de cuando
en cuando—y querido de todos en Madrid—. A su vuelta, después de muchos años,
de Francia, ha sido recibido fraternalmente, y la suerte buena no le ha sido
esquiva, pues con el arreglo que ha hecho ahora para el teatro, ha obtenido una
victoria intelectual y positiva. Para Buenos Aires sé que no tengo que entrar a
detallar o recordar los tipos especiales que se barajan en la producción del
pobre Petit-Chose. Sólo diré que Sawa ha logrado hilvanar bien
su scenario y tejer su juego con habilidad y con el talento
que todo el mundo le reconoce.
Sawa—debo decirlo—continúa, a pesar de su triunfo,
de su encantadora hijita y de su barba que anuncia ya la vejez entrante, tan
formal como hace siete años. Me había prometido una escena de su obra para este
correo, primicia muy agradable. En efecto, no le he vuelto a ver.
A Sellés sí le he visto, un día después del estreno
de[42] Los caballos. Es personal y
literariamente muy simpático, y pongo el vulgar adjetivo porque así se
comprenderá mayormente. Este académico de la Española es, sin duda alguna, el
más juvenil de los inmortales; no el más joven, porque el conde la Viñaza y el
poeta Ferrari son los benjamines. El más anciano ya se sabe que es Menéndez y
Pelayo. Y he aquí que en un teatro de arte chico, de chulerías y
cosas de esa guisa, se presenta Sellés con esta obra, parte de una trilogía
que, según él deja decir, es simbolista. Altamente estimo al autor del Nudo
gordiano, y sobre todo, su tendencia a hacer un teatro de ideas, aquí en la
tierra del parlar y del inflar.
Pero crea el señor Sellés que es infantil, que es
de una ingenuidad conmovedora el nombrar a Ibsen, o a Hauptmann, o a Sudermann,
como alguien lo hiciera delante de mí, a propósito de sus obras. Llamar teatro
simbolista al del señor Sellés, es como poner bajo las tentativas del dibujante
Chiorino: «dibujo prerrafaelita». En el teatro de Antoine, en el de l'Œuvre, su
obra difícilmente habría sido admitida; porque el reconocer su castiza y propia
lengua no significa en este caso nada; cuando se quiere hacer obra de ideas no
se hace obra de palabras. Esta pieza, como dejo apuntado, pertenece a una
trilogía, cuya primera parte ha sido puesta en escena por Novelli. Hay una
tendencia social que se ruboriza de su mismo impulso a la libertad futura.
Parece que no ha estudiado el señor Sellés como debía el más arduo de los
problemas contemporáneos, y el anarquismo «para familias» que ha procurado
presentar en su pieza, no provocará en los intelectuales sino una sonrisa. El
río es más vasto y más profundo; y, para citar un tipo, venir a encarnar en el
maestro de escuela, en España, la tendencia salvadora de la obra social—¡aquí
donde el pobre maestro de escuela es sinónimo de atorrante!—, es
simplemente inefable. La tela paradojal está bien bordada de oro fino
castellano; la forma regocija el amor patrio gramatical, y el poeta es el poeta
de siempre.[43] Aquí se da del cher maître;
y yo le digo por eso: Querido maestro, sus caballos se han
desbocado, pero... à rebours.
Y el miércoles próximo en el Español, estreno
de Cyrano de Bergerac. Nada diré hasta después de la
representación; pero os mando los versos que me encargara la revista Vida
Literaria con tal motivo.
CYRANO EN ESPAÑA
He aquí que Cyrano de Bergerac traspasa
De un salto el Pirineo. Cyrano está en su casa.
¿No es en España, acaso, la sangre vino y fuego?
Al gran gascón saluda y abraza el gran manchego.
¿No se hacen en España los más bellos castillos?
Roxanas encarnaron con rosas los Murillos,
Y la hoja toledana que aquí Quevedo empuña
Conócenla los bravos cadetes de Gascuña.
Cyrano hizo su viaje a la luna: más antes
Ya el divino lunático de don Miguel Cervantes
Pasaba entre las dulces estrellas de su sueño
Jinete en el sublime pegaso Clavileño.
Y Cyrano ha leído la maravilla escrita
Y al pronunciar el nombre del Quijote, se quita
Bergerac el sombrero: Cyrano Balazote
Siente que es lengua suya la lengua del Quijote.
Y la nariz heroica del gascón se diría
Que husmea los dorados vinos de Andalucía.
Y la espada francesa, por él desenvainada,
Brilla bien en la tierra de la capa y la espada.
¡Bienvenido Cyrano de Bergerac! Castilla
Te da su idioma, y tu alma como tu espada brilla
Al sol que allá en tus tiempos no se ocultó en
España.
Tu nariz y penacho no están en tierra extraña,
Pues vienes a la tierra de la Caballería.
Eres el noble huésped de Calderón. María
Roxana te demuestra que lucha la fragancia
De las rosas de España con las rosas de Francia.
Y sus supremas gracias, y sus sonrisas únicas
Y sus miradas, astros que visten negras túnicas
Y la lira que vibra en su lengua sonora
Te dan una Roxana de España encantadora.
¡Oh poeta! ¡Oh celeste poeta de la facha
Grotesca! Bravo y noble y sin miedo y sin tacha
Príncipe de locuras, de sueños y de rimas:
Tu penacho es hermano de las más altas cimas,
Del nido de tu pecho una alondra se lanza,
Un hada es tu madrina, y es la Desesperanza;
Y en medio de la selva del duelo y del olvido
Las nueve musas vendan tu corazón herido.
¿Allá en la luna hallaste algún mágico prado
Donde vaga el espíritu de Pierrot desolado?
¿Viste el palacio blanco de los locos del Arte?
¿Fué acaso la gran sombra de Píndaro a encontrarte?
¿Contemplaste la mancha roja que entre las rocas
Albas forma el castillo de las Vírgenes locas?
¿Y en un jardín fantástico de misteriosas flores
No oíste al melodioso Rey de los ruiseñores?
No juzgues mi curiosa demanda inoportuna,
Pues todas estas cosas existen en la luna.
¡Bienvenido Cyrano de Bergerac! Cyrano
De Bergerac, cadete y amante, y castellano
Que trae los recuerdos que Durandal abona
Al país en que aun brillan las luces de Tizona.
El Arte es el glorioso vencedor. Es el Arte
El que vence el espacio y el tiempo; su estandarte.
Pueblos, es del espíritu el azul oriflama.
¿Qué elegido no corre si su trompeta llama?
Y a través de los siglos se contestan, oid:
La Canción de Rolando y la Gesta del Cid.
Cyrano va marchando, poeta y caballero
Al redoblar sonoro del grave Romancero.
Su penacho soberbio tiene nuestra aureola.
Son sus espuelas finas de fábrica española.
Y cuando en su balada Rostand teje el envío,
Creeríase a Quevedo rimando un desafío.
¡Bienvenido, Cyrano de Bergerac! No seca
El tiempo el lauro; el viejo Corral de la Pacheca
Recibe al generoso embajador del fuerte
Molière. En copa gala Tirso su vino vierte.
Nosotros exprimimos las uvas de Champaña
Para beber por Francia y en un cristal de España.
CYRANO EN CASA DE LOPE
2 de febrero de 1899.
n efecto, como os lo había anunciado, «Cyrano
está en su casa». Ha llegado a España con muy buen pie y mediante los ocho o
diez mil francos que, según tengo entendido, recibió de antemano el excelente
poeta Rostand. El triunfo ha sido sonoro: y nariz por nariz, la de Díaz de
Mendoza, en Madrid, ha valido lo que la de Coquelin en París. En la de
Bergerac, ha dicho con su oportuno chiste de siempre Mariano de Cávia, que
quedarían muy bien plantados los quevedos en España. Me place
haber coincidido en lo del noble caballero de la torre de San Juan Abad, en
unos de mis versos anteriores, con el vibrante y agudo periodista. El Cyrano
español no es otro que Quevedo; en ambos puso la Luna «madre nutriz, con su
leche, quilo del mundo», que dice la sabia doña Oliva de Sabuco, el rayo que
hace los locos de poesía; y ambos fueron hombres de amor y de generosas
empresas de espada.
La comedia heroica de Rostand, por otra parte, no
es otra cosa que una obra de capa y espada de la más buena cepa española, como
me lo hiciese notar al llegar el libro del Cyrano a Buenos
Aires, un culto y sagaz compañero. Es una comedia de capa y espada que ha
podido escucharse en el modernizado Corral de la Pacheca, como si fuese obra
legítima de cualquier resucitado, porque los actuales, con las excepciones que
sabéis, no[46] encuentran mejor ni más provechosa
fuente que las hazañas, hechos y gestos del chulo, ese «compadrito» madrileño.
El éxito, pues, ha sido absoluto. La noche del estreno estaba en el Español el
todo Madrid de las letras, y la belleza social tenía soberbia representación.
No os supongáis que se trate de algo semejante a una «primera» de la Comédie
Française; aquí no existe aristocracia literaria; todo va revuelto y el
veterano de la gloria castellana se codea con el tipo interlope que
han bautizado con el extraño nombre de Currinche. Un diario
como El Nacional, con motivo de haber invitado Fernando Mendoza a
los ensayos, y sobre todo al ensayo general, a personas extrañas al teatro,
decía con loable franqueza: «Allá en París se invita en tales casos a la
Prensa, a los autores dramáticos, novelistas, críticos, académicos, actrices
vacantes, personalidades del gran mundo... En una ciudad de dos millones de
habitantes, donde nadie tiene por qué combatir una obra, se puede invitar a mil
espectadores que van sin prevenciones, ni envidias, ni espíritu de
concurrencia, a presenciar un ensayo general; y a la crítica para que pueda con
tiempo estudiar la obra y dar cuenta de ella dos días después,
cuando ya el público de pago la haya visto; y un ensayo general es una especie
de consagración del drama o comedia que el público irá a ver confiado en la
nota, siempre benévola para el autor reputado, que la Prensa seguramente dará.
¿Pero aquí? Aquí, en esta cabeza de partido de Europa que se llama Madrid, y en
la que todos nos conocemos, nos abrazamos y nos odiamos... aquí, donde hay un
estado constante de celos y de envidias y de pequeñeces inevitable en el
estrecho medio ambiente en que vivimos; aquí, donde toda la vida literaria está
circunscrita a la Carrera de San Jerónimo y la calle del Príncipe... aquí, en
fin, donde las Empresas viven de diez docenas de familias ricas y de doscientos
espectadores pobres, de los cuales la mitad son autores rencorosos o Empresas
rivales... permitir que asistan a[47] un ensayo
general los amigos y los enemigos, los autores españoles que han de ver gastos
enormes y cultos rendidos a autores franceses, los empresarios del frente y los
de al lado... ¡Qué equivocación tan lamentable y qué desconocimiento del país
en que se vive!» Quien esas líneas escribió parece que tuviese bien conocido su
ambiente; pues, en realidad, nada menos que por intermedio de Eusebio Blasco se
ha manifestado en público lo que antes escuchara yo en privado: la miserable
cuestión de las «perras» chicas y grandes... Ved como, al día siguiente del
estreno, ese escritor cuyo arte singular es harto y de antiguo famoso, se
expresa, agrediendo de paso a la América que ignora: «Podremos creer que en la
casa de Lope de Vega no deben hacerse traducciones; podremos creer también que,
de estrenar una obra extranjera cuyo éxito ha sido esencialmente literario en
París, debieron haberla adaptado en verso castellano poetas de nombre. Aquí
donde tenemos desde Núñez de Arce hasta Manuel Paso, desde Dicenta a José Juan
Cadenas; desde Manuel del Palacio hasta Rodolfo Gil, desde Sellés hasta Gil
(Ricardo), tantos y tantos poetas notabilísimos, los catalanes, regionalistas
furibundos teniendo en Barcelona unos teatros tan hermosos, en cuanto hacen un
drama o una traducción se vienen a Madrid y se imponen en el primer teatro de
la nación, y se pone a su disposición todo el dinero de las Empresas. Todo esto
vemos y de ello protestamos, sin ánimo de ofender a nadie y en defensa de los
autores de Madrid, que son, hoy por hoy, en los tres teatros de verso que hoy
funcionan, pospuestos a los autores franceses. El Cyrano de
Bergerac le gustó mucho al público anoche. Es obra de dinero,
como se dice en la jerga teatral. Melodrama para la exportación a
Buenos Aires, Chile, Bolivia, y allí
alborotará. ¿Cómo no? Lo encontrarán lindo y
el estilo parecerá de perlas».
El que habla es Eusebio Blasco, instruído sobre el
estado de las aduanas literarias sudamericanas por los[48] poetas
de Sucre o de Cochabamba, a quienes ha prologado, o quizá, casi estamos
seguros, por persona a quien él conoce bastante, poeta de peso—el hombre de
Huanchaca, el boliviano expresidente Arce, que compró la cama de la emperatriz
Josefina. Y fijáos primero en la generosidad del artista de Los curas
en camisa e introductor de Pañuelos blancos y de toda
clase de lencería francesa: la casa de Lope cerrada a toda idea que no huela al
aceite de las propias olivas, cuando la casa de Molière y la casa de
Shakespeare no se cierran; proteccionismo de las vejeces más o menos gloriosas,
a cuyo regimiento pertenece, o de amistades y simpatías personales, con daño de
tres jóvenes modestos que han hecho un plausible esfuerzo; repudio de lo
catalán, sin duda por las lecciones de arte y trabajo que Barcelona da;
expulsión de lo bello francés a causa seguramente de que lo
propio anda escaso; y, punto de mira principal, el dinero, el ansiado dinero—,
cuya lindeza no nos atrevemos a contradecirle. ¿Cómo
no? ¡Oh, no, buen señor!
Primero ha sido el talento de Rostand y después han
llegado los miles de francos; y en cuanto a Cyrano de Bergerac, si como en el
diálogo de Cávia se encontrase en la villa y corte a estas horas buscaría en
vano la hidalguía de Quevedo y se volvería a su París, con Dreyfus y todo.
Pero, hablemos del estreno.
Un escritor de la nueva generación y de un talento
del más hermoso brillo—he nombrado a Manuel Bueno—ha escrito que «el nombre de
Cyrano de Bergerac parece un reto». «Hay—dice—en las seis sílabas que lo
componen, un no sé qué de ostentoso atrevimiento que desafía». Ello es un
hecho, que al oído se comprueba sin necesidad de haber leído el Cratilo de
Platón. Entre las letras que componen ese nombre suenan la espada y las[49] espuelas, y se ve el sombrero del gran penacho. ¿Y
admitirás que el nombre es una representación de la cosa?—pregunta Sócrates en
el diálogo del divino filósofo—Cratilo asiente. Cyrano tiene un nombre suyo como
Rodrigo Díaz de Vivar, como Napoleón, como Catulle Mendés. Los nombres dicen ya
lo que representan. Pues ese poeta farfantón y nobilísimo, de sonoro apelativo,
debía ser bien recibido en un país en donde por mucho que se decaiga, siempre
habrá en cada pecho un algo del espíritu de Don Quijote, algo de
«romanticismo». ¡Romanticismo! «Sí—clama Julio Burell—romanticismo. Pero hoy el
romanticismo que muere en Europa revive en América y en Oceanía. Cyrano de
Bergerac—una fe, un ideal, una bandera, un deprecio de la vida—se llama Menelik
en Abysinia, Samory en el Senegal, Maceo en Cuba y en Filipinas Aguinaldo...»
Verter el prestigioso alejandrino de Rostand al
castellano era ya empresa dificultosa. Ni pensar siquiera en conservar el mismo
verso, pues hay aquí crítica que aseguraría estar escrita en «aleluyas»
la Leyenda de los siglos. Todo lo que no sea en metros usuales,
silva, seguidilla, romance, sería mal visto, y renovadores de métrica como
Banville, Eugenio de Castro o D'Annunzio, correrían la suerte del buen Salvador
Rueda... Los tres catalanes—Martí, Vía y Tintorer—que tradujeron la obra, se
fueron directamente a la silva y al romance; y ni siquiera intentaron poner en
versos de nueve sílabas la balada o la canción llena de gracia heroica y
alegre:
Ce sont les cadets de Gascogne
De Carbon de Castel-Jaloux
Bretteurs et menteurs sans vergogue
Ce sont les cadets de Gascogne...
y tan desairadamente se convirtió en:
Son los cadetes de la Gascuña
Que a Carbón tienen por capitán...
Luego hicieron cortes lamentables, como en el
parlamento de Cyrano, sobre la nariz, y cambios más lamentables[50] aún,
como trocar la frase final, la frase básica de ¡Mon panache! por: La
insignia de mi grandeza... ¡Qué queréis! por una palabra castiza se dan
aquí diez ideas; y es muy posible que si Cyrano dice claramente: Mi
penacho, nadie hubiera comprendido, o ese galicismo arruina la obra. De
todos modos, los catalanes han llenado bien su tarea, hasta donde es posible en
el medio en que tenían que presentarse.
La evocación teatral, el scenario, fué
de una deliciosa impresión desde el primer momento, desde que apareció el local
del Palacio de Borgoña, lugar de las representaciones dramáticas en el París de
1640. Creo demás, para el público de Buenos Aires, hablar del argumento
del Cyrano de Rostand; todo se ha publicado cuando el estreno
en París, y los que se interesan en estos asuntos han leído la comedia en el
original. La nota principal del comienzo de la obra la señaló la aparición de
María Guerrero, una Roxana que, eso sí, no han tenido los parisienses,
encantadoramente caracterizada, una «preciosa», preciosísima. Los detalles
perfectamente estudiados, artistas bellas y cómicos discretos; cuando el
gordinflón Montfleuri aparece y Cyrano surge y Roxana sonríe, ya la
concurrencia está dominada. Fernando Mendoza, que ha progresado mucho con sus
viajes, se conquista los aplausos desde luego; las simpatías, que tanto hacen
con el público, están ganadas de antemano.
Las gasconadas se suceden, y al llegar la escena
del desafío con Valvert, el triunfo se deja divisar: y al final, cuando Cyrano
se va a acompañar a su amigo Lignière para defenderlo contra cien—¡Con quince
luché en Zamora!—la ovación primera estalla, al sonar en silva castellana los
últimos alejandrinos:
Ne demandiez-vous pas pourquoi, mademoiselle,
Contre ce seul rimeur, cent hommes furent mis?
C'est parce qu'on savait qu'il est de mes amis.
En el acto segundo, en su hostería aparece el poeta
y pastelero Ragueneau, encarnado por aquel tan buen[51] cómico
que conocéis, Díaz, un gracioso que en la Renaissance supo hacer admirar la
tradición de su clásico carácter. La llegada de Cyrano, los poetas, famélicos;
la carta escrita a Roxana, la entrevista con ésta, la confidencia de ella y el
desengaño de él; la llegada de los cadetes; la provocación de Christian—hecha
con gran propiedad por el joven artista que también conocéis, Allens Perkins—la
conversación entre Cyrano y Christian; el final del acto en versos en que los
traductores se han llenado indudablemente del espíritu del original—¡Non,
merci!—; todo esto hace que el telón caiga en una tempestad triunfante de
entusiasmo.
El acto tercero entra en plena victoria. La escena
del balcón agrada, por la justeza con que la silva ha podido interpretar el
verso de Francia. Matrimonio de Christian y Roxana, y venganza de De Guiches,
que manda a los cadetes de Gascuña a levantar el sitio de Arras, contra los
españoles. El entusiasmo se duplica.
El cuarto es el del campamento, admirablemente
puesto; los cadetes hambrientos; Castel Jaloux—muy bien esculpido por Cirera—y
Cyrano, figuras sobresalientes; y la escena hermosa del pífano conmueve al
auditorio... Ah, los alejandrinos de Rostand; pero la silva sigue haciendo lo
que puede, y el espíritu triunfa. Y he ahí a Roxana; aparece
en la carroza que sabéis, con el buen Ragueneau, de cochero, que enarbola su
látigo de salchicha; el lunch inesperado; la llegada de De
Guiches, el diálogo de Roxana y Christian, la nobleza de ese cordial sin
talento; triunfo del alma de Cyrano; la lucha; la muerte de Christian; y, con
el pañuelo de Roxana por bandera, el combate con los españoles; el triunfo de
éstos; y la pregunta; «¿Quiénes son esos locos que así saben morir?», con la
respuesta de Cyrano.
Ce sont les cadets de Gascogne,
de Carbon de Castel-Jaloux...
Ciertamente os digo, que todo eso fué merecedor de
la tormenta de aplausos y exclamaciones que coronó el[52] acto.
Para llegar al último, suave, otoñal, crepuscular, vespertino, a la caída de
las hojas. De esos adjetivos tomad el que gustéis para la figura de María
Guerrero, de religiosa, con su toca como una gran mariposa negra sobre la
frente—Cyrano llega a morir, después de tantos años de silenciosa pasión,
delante de la que ama; y en una escena de delirio glorioso y melancólico, al
amor de la luna triste. La lune s'attristait... Y yo no he visto a
Coquelin, ni a Richard Mansfield, los dos mejores Cyranos, como que
el uno es el acreedor y ha encarnado su «alma» según dice Rostand en la
dedicatoria; pero Díaz de Mendoza ha creado bravamente, muy bravamente su
papel; y, como le dice en una carta cierto linajudo marqués, al artista grande
de España: «Si hasta ahora fuiste el cómico de los señores, desde ayer eres el
señor de los cómicos». He ido a saludarle al «saloncillo» en un entreacto, a
ese saloncillo de descanso en donde los infaltables Echegaray, Llana, Ladevese
y otros más, hacen su tertulia todas las noches, rodeados de retratos de
autores y presididos por la gracia de María Guerrero. Y he encontrado al
hidalgo entusiasta del arte, y que, signo de su tiempo, lo es altivamente y
gallardamente, sobre preocupaciones de linaje, siguiendo una vocación imperiosa
y pudiendo agregar a sus armas de conde de Bazalote las dos máscaras.
El aparecimiento de Cyrano de Bergerac,
en estos momentos podría ser y debía ser saludable y reconfortante. A propósito
de estos actores, recuerdo que Paul Costard hizo una muy atinada observación.
La de que Cervantes se hubiese arrepentido de su victoria contra la bella
locura de la caballería. Don Quijote, después de todo, no es más que la
caricatura del ideal: y sin ideales, pueblos e individuos no valen gran cosa.
Ni Cyrano habría cedido a las añagazas de los políticos de la débâcle
«¡Non merci!» ni quien se quedó manco en Lepanto habría quedado sin
perecer glorioso en Cavite o en Santiago de Cuba. El espíritu sanchesco sirve
de lastre[53] a las almas nacionales o individuales,
impide toda ascensión; el romántico espíritu de la caballería es capaz de
convertir a un seco y aritmético yanqui en un héroe, a un cow-boy en un
Bayardo. Y por el contrario, todo pueblo, como todo hombre que desdeña el
ideal, esto es el honor, el sacrificio, la gloria, la poesía de la historia y
la poesía de la vida, es castigado por su propio olvido. A través de las lanzas
prusianas se ve pasar el cisne de Lohengrin, y mientras España fué caballeresca
y romántica, siempre tuvo la visión del celeste caballero Santiago. Esta triste
flacidez, esta postración y esta indiferencia por la suerte de la patria,
marcan una época en que el españolismo tradicional se ha desconocido o se ha
arrinconado como una armadura vieja. Los politiciens y los
fariseos de todo pelaje e hígado prostituyeron la grande alma española. Y aun
la religión, que ha perdido hasta su vieja fiereza inquisitorial en la tierra
fogosa de los autos de fe, se convirtió en una de las ventosas cartaginesas que
han ido poco a poco trayendo la anemia al corazón de la Patria; y si por el
sable sin ideales se perdieron las Antillas, por el hisopo sin ideales y sin fe
se perdieron las Filipinas. Y el honor, ¿por qué se perdió? Creo que el fuerte
vasco Unamuno, a raíz de la catástrofe, gritó en un periódico de Madrid de modo
que fué bien escuchado su grito: ¡Muera don Quijote! Es un
concepto a mi entender injusto. Don Quijote no debe ni puede morir; en sus
avatares cambia de aspecto, pero es el que trae la sal de la gloria, el oro del
ideal, el alma del mundo. Un tiempo se llamó el Cid, y aun muerto ganó
batallas. Otro, Cristóbal Colón, y su Dulcinea fué la América. Cuando esto se
purifique—¿será por el hierro y el fuego?—quizá reaparezca, en un futuro
renacimiento, con nuevas armas, con ideales nuevos, y entonces los hombres
volverán a oir, Dios lo quiera, entre las columnas de Hércules, rugir al mar,
con sangre renovada y pura, el viejo y simbólico león de los iberos.
LA CORONACIÓN DE CAMPOAMOR
19 de febrero.
algo de casa de Campoamor con una impresión de
tristeza. Se trata de su coronación... Romero Robledo, al cerrarse la
exposición de las obras de Casimiro Sáinz—ese pobre artista que como André Gill
fué a parar a un manicomio—, el célebre político ha iniciado ahora la
pintoresca apoteosis que han obtenido en este siglo en España, Quintana,
Zorrilla y Núñez de Arce. No es la primera vez que de ello se trata. Parece que
anteriormente por dos ocasiones se ha intentado esa espléndida humorada en
acción, pero el poeta ha protestado por tan vistosos honores y se ha encerrado
en su casa a pasar sus últimos años en la burguesa existencia de un rentista
que padece de reumatismos. ¡Así fué el gran gesto de nuestro Guido, negándose a
la apoteosis con que se le hubiera querido obsequiar! Pero ¡qué gran diferencia
de poeta a poeta! La bella cabeza del lírico argentino, la máscara del viejo
Pan, las barbas fluviales, la conversación juvenil, el alma fresca, la
confianza en la vida de su patria vigorosa y nueva; ir a visitar a Guido es un
placer intelectual, alegre y reconfortante; y a veces toca, como sabéis,
helénica y admirablemente, la flauta, mientras le hacen de bajos sus vecinos,
los leones de Palermo. Y Campoamor, caduco, amargado de tiempo a su pesar,
reducido a la inacción después de haber sido un hombre[55] activo
y jovial, casi imposibilitado de pies y manos, la facies penosa, el ojo sin
elocuencia, la palabra poca y difícil... y cuando le dais la mano y os
reconoce, se echa a llorar, y os habla escasamente de su tierra dolorida, de la
vida que se va, de su impotencia, de su espera en la antesala de la muerte...
os digo que es para salir de su presencia con el espíritu apretado de
melancolía.
La figura de Campoamor resalta en la poesía
española de este siglo con singular magnitud. Si aquí hubiese un Luxemburgo en
que habitasen, reconocidos por los pájaros, las rosas y los niños, los poetas
de mármol y de bronce, los simulacros de los artistas cristalizados para el
tiempo en la obra del arte, las tres estatuas que se destacarían representando
esta centuria lírica, serían la de Zorrilla en primer término, la de Núñez de
Arce y la de Campoamor. No lejos, por fondo un macizo de flores apacibles, tendría
su busto Becquer, que por tener algo de septentrional ha sido excomulgado
alguna vez por ciertos inquisidores de la Academia de la Lengua y de la
tradición formalista.
Zorrilla encarna toda la vasta leyenda nacional, y
es su espíritu el espíritu más español, más autóctono de todos, desde el mundo
múltiple en que se desbordó su fantasía, una de las más pletóricas y musicales
que haya habido en todas las literaturas, hasta la impecabilidad clásica y
castiza de su forma, en medio de las gallardías de expresión y de los caprichos
de ritmo que le venían en antojo. Núñez de Arce, con vistas a Francia, y muy
particularmente hacia el castillo secular y formidable de Leconte de Lisle,
representa un momento del pensamiento universal en el pensamiento de su
generación en España, una tentativa de independencia de la tradición, la duda
filosófica de mediados de siglo; su fray Martín habla como el abad Hieronimus
de los Poemas Bárbaros, y los alejandrinos del impasible francés
hallan resonancia paralela en los endecasílabos del nervioso[56] y
vibrante castellano. Campoamor ha realizado en cierto modo una dualidad que se
creería imposible, al ser al mismo tiempo aristocrático y popular: aristocrático
por su elegante y amable filosofía, por su especialísima gracia verbal y
métrica; popular, porque siempre va por llanos caminos, y su expresión es
semejante a un arroyo donde cualquier caminante puede beber el agua a su gusto
con sólo darse el trabajo de inclinarse a cogerla. De los tres, el poeta más
poeta fué, sin duda alguna, Zorrilla, «el que mató a don Pedro y el que salvó a
don Juan», poeta en su vida, poeta hasta su muerte en todo y por todo, a
término de hacer oir un discurso en verso a los académicos de la Española;
poeta delante del cadáver de Larra, poeta triunfante con su Tenorio,
poeta cortesano del emperador de la barba de oro en Méjico; poeta ya viejo y
necesitado, cuando Castelar sostuvo en las Cortes la urgencia de proteger con
una pensión a esa viva reliquia gloriosa, a ese millonario de sueños y de
rimas, propietario del cielo azul «en donde no hay nada que comer». Núñez de
Arce ha sido ministro, hombre político, y hoy mismo gobernador del Banco
Hipotecario; la juventud intelectual, por lo que he observado, tiene pocas
simpatías por él. Campoamor es un buen burgués de provincia que ha sido también
senador y consejero de Estado, y que continúa gozando de la renta que le dan
sus tierras. Los jóvenes le tienen gran estima y afecto. A Zorrilla se le
coronó, allá en Granada, en fiesta en que él puso a danzar todos sus gnomos y
silfos; a Núñez de Arce se le coronó hace poco tiempo; ahora, como os he dicho,
se piensa en coronar a Campoamor.
Yo no sé cómo aquí realizarán esta fiesta,
indudablemente plausible en cuanto se trata de honrar la divina virtud, la suma
gracia del arte, pero fácil a la sonrisa, inevitable en el humor de nuestro
tiempo en que francmasonería, filatelia, volapuk, librepensamiento y versos, en
el sentido melenudo de la palabra, pasan bajo la[57] mirada
irresistible de la diosa Eironeia. Mirad que resucitar a estas horas ceremonias
contemporáneas de Corina, colocarle a nuestro eminente vecino don Fulano de Tal
el gajo verde que circunda la cabeza de Tasso o de Dante, ante un concurso, por
obra de su época, iconoclasta, que ha oído desde hace largos años decir a don
Gaspar: «Ya venciste, Voltaire, ¡maldito seas!», que apenas compra los libros
de rimas y que acaba de introducir de París el café-concert, el modernismo en
el arte y los automóviles, es asunto que en Buenos Aires se prestaría
maravillosamente para glosas de un picor en que son especiales los jengibres
criollo-cosmopolitas.
He dicho que al ilustre anciano se le había antes
querido coronar dos veces, y que en ambas había declinado la manifestación.
Para saber su temperamento en el caso actual, le
hice una visita en unión de uno de los más notables talentos del Madrid de
ahora, el médico y escritor José Verdes Montenegro, que, entre paréntesis,
acaba de publicar una interesante introducción a la versión que de una novela
reciente del hijo de Tolstoi—El preludio de Chopín—ha hecho un autor de
esta Corte. Ciertamente no fué de agrado el gesto que vi cincelarse en la
enferma faz de Campoamor cuando le pregunté el estado de su ánimo sobre la
coronación, y de sus labios, que apenas permiten pasar las palabras, entre una
tentativa de protesta dejó escapar una interjección absolutamente española,
pero quizá de origen griego, pues el hermano de Safo tuvo el mal gusto de
tenerla por nombre. Mientras un criado le llevaba el alimento a la boca—«¡santo
Dios, y éste es aquél!»—aquella ruina venerable movía la cabeza, y con la
mirada decía muchas doloras crepusculares llenas de cosas tristísimas.
¡Coronación a estas alturas de vejez en que la nieve se ha amontonado tanto
sobre la vida que ya uno apenas puede darse cuenta de que existe! Podría él
preguntarse: «¿es que vivo aún?»[58] Se le decía que
todo se haría bien hecho, que dada la persona que encabeza la iniciativa, no
podía la fiesta ser sino un regio triunfo social e intelectual. ¿Oía?
¿entendía?
El seguía haciendo sus dolorosos movimientos de
cabeza; hasta que, cuando nombramos a Romero Robledo, dejó caer estas palabras:
«¡A ese no le hacen justicia!»
De todos modos, la fiesta, según tengo entendido,
va a realizarse, y esta misma noche he de asistir en casa de doña Emilia
Pardo-Bazán a una reunión de hombres de letras y de política, reunión convocada
por la célebre escritora para tratar de ese tópico.
Ya era hora de despedirnos. Campoamor, en el estado
en que está, en cuanto se levanta de la mesa tiene que ir al lecho. Todavía nos
mira fija, fijamente: nos da la mano, que apenas puede apretar la nuestra; y de
pronto se le enrojecen los ojos, va a llorar... Mi compañero me dice:
«Vámonos». Salimos con rapidez.
11 de febrero.
Reunión, anoche, en casa de doña Emilia
Pardo-Bazán. Sorpresa mía, al oir anunciar a doña Emilia, a sus invitados, que
la fiesta es dedicada mitad al asunto Campoamor y mitad a quien estas líneas
escribe. Fijáos: ese anciano hidalgo que llega ceremonioso a saludar a la
condesa douairière de Pardo-Bazán, es el duque de Tetuán; y el
hidalgo joven que cojea un poco apoyado en un bastón, al lado de don José
Echegaray, es el conde de las Navas. Cerca de Eugenio Sellés, académico, está
el próximo «inmortal» Emilio Ferrari. Carlos M. Ocantos conversa con el
periodista francés René Halphen. El doctor Tolosa Latour está entre los dos
celebérrimos cronistas de salón, Kasabal y Monte-Cristo.
Más allá, dos o tres marqueses, cuyos títulos no se me quedan en la memoria; y
las señoritas de Quiroga, hijas de doña Emilia.[59] Le
doy la mano a un tuerto, de la dinastía bretoniana; es Luis Taboada. Un ciego
se adelanta—siempre ducal, siempre suscitando rumores afectuosos a su paso,
siempre con una elegancia que es proverbial desde su juventud, a punto de que
en los salones de Wáshington se le apellidaba Bouquet; se diría que
su ceguera realza ahora su distinción: es el autor de Pepita Jiménez—es
don Juan Valera. En un grupo oigo decir entre otras palabras: «Buenos
Aires... La Nación... Mitre... Centenario de Colón...» A un
caballero, a quien reconozco en seguida, recuerdo que le he sido presentado por
Cánovas en otro tiempo: es el señor Romero Robledo. Se forman corrillos. Heme
aquí de pronto colocado por doña Emilia entre dos altas damas que representan
lo más intelectual de la nobleza femenina de España: la marquesa de la Laguna y
la condesa de Pinohermoso. Desde luego es ya mucho que estas dos linajudas
señoras se interesen por cosas de la literatura. De antiguo la nobleza, con las
excepciones sabidas, fué ignorante y poco amiga de asuntos que hicieran pensar.
Hoy, con excepciones más sabidas aún, las cortes europeas son como las
aristocracias plutocráticas de países sin armoriales; hay la cultura precisa
para no hacer resaltar una ignorancia que sería desdorosa, pero lo principal se
va al sport y demás conocimientos mundanos.
La poca conversación con estas damas me da a
entender que hay justicia en tenerlas en la estima mental que se las tiene,
quedando resaltantes, a mi juicio, la duquesa de la Laguna por el esprit,
la condesa de Pinohermoso por las opiniones discretas.
¿Y el asunto Campoamor a todo esto? Nadie habla de
ello por el momento. Apenas un señor que ha visto al viejo poeta esta misma
tarde, cuenta que le ha preguntado: «¿Y usted se dejará por fin coronar?», y
que él le ha contestado: «Yo no me dejo, pero me van a coronar». Observo que
todo el mundo mira a Romero Robledo como a un sér más o menos olímpico. Él
habla de[60] que la coronación se realice en el
Retiro. Se levantaría una tribuna especial; se decoraría todo con el arte y el
fausto de que se puede disponer; y luego, el recinto guarda memorias ilustres
de los tiempos en que Felipe IV sabía ser un monarca intelectual. Y doña Emilia
habla de lo que ha dicho Castelar en el banquete de hace dos días: que a él no
le parece bien la coronación de un poeta lírico, porque éste expresa opiniones
y sentimientos individuales; a un poeta épico, se explica, porque representa el
alma de una colectividad, de un pueblo... Y doña Emilia, a defender a
Campoamor, y a decir que cabalmente los poetas llamados épicos—¿han todos expresado
epopeyas en el alto sentido?—son momentáneos y manifiestan pensamientos y
sentimientos que pasan; en tanto que los poetas líricos o individuales han
puesto en la expresión de su yo la expresión del alma eterna de los hombres; y
así, lo que han cantado y rimado hace muchos siglos, subsiste hoy como emergido
de almas y corazones contemporáneos nuestros. Homero nos interesa en la
despedida de Andrómaca, porque eso es humano y particular a cada sér que tenga
sensibilidad cordial; pero cuando es absolutamente épico, no interesa hoy, sino
a la erudición o a la pedantería. Cuando doña Emilia demostraba esto a Valera,
yo decía en mi interior lo que Víctor Hugo en otra ocasión dijese a la misma
doña Emilia: ¡Voilà bien l´Espagnole!
Como entre los humos del té pidiese yo al señor
Romero Robledo detalles sobre la próxima coronación, me dice que todavía no hay
nada definido; que se ha iniciado nada más el asunto, pero que marcha con tan
buen aire, que todo augura un éxito colosal. Y aquí dos cosas curiosas, una del
señor Romero Robledo y otra de la señora Pardo-Bazán. El uno dice: «¡Vamos a
hacer algo que dejará eclipsado lo que París hizo por Víctor Hugo!...» Y la
otra cuenta esta anécdota que el periodista francés la dejaría pasar, pero yo
no: «Cuando se publicaron las Doloras de Campoamor, Víctor
Hugo, celoso[61] de esa gloria, dijo: «Voy a hacer
un volumen de Doloras, como las de Campoamor», y escribió ¡Chansons
des rues et des bois!»
¡Oh, doña Emilia! Es el caso que en esta ocasión no
podría decir la frase huguesca de su autobiografía de los Pasos de
Ulloa: «¡Voilà bien l´Espagnole!»... Y si ella arguyera, casi me
pondría yo de parte de la señora de Lockroy...
Nos quedamos en petit comité; se
despide la mayor parte de los invitados, y nos instalamos cerca de una roja y
buena chimenea. Valera encanta y divierte, castellano y florentino, con su
conversación especial; doña Emilia hace recitar a Ferrari, y dice ella versos
alemanes e italianos. Y está más brillante que nunca, más brava que nunca,
después de una de esas gallardas anécdotas de Valera, cuando a alguien se le
antoja hablar de las inmediatas desventuras de España, y a este propósito un
conde ignorante expele dos o tres inepcias estadísticas, y con un
desconocimiento completamente ibero-americano, lanza esta frase: «La Habana
era, al perderla España, la ciudad más grande, culta y rica de la América
española».
El secretario argentino se pone nervioso, me hace
señas y me voy a mi casa pensando en la «azul y blanca» de Obligado, a
escribir, contento de mi continente, y de la capital de mi continente, para mi
diario.
CARNAVAL
17 de febrero.
e carnaval s'amuse... y Madrid se disfraza y danza y toca las
castañuelas. Se ha divertido el pueblo con igual humor al que hubiese tenido
sin Cavite y sin Santiago de Cuba. Hay filósofos de periódico que protestan de
tan jovial e inconmovible ánimo; hay humoristas que defienden la risa y la
alegría nacionales y que creen que «bien merecen la fiesta los pueblos que
saben divertirse». ¡En hora buena! Yo me siento inclinado a estar de parte de
los últimos y reconozco la herencia latina. Tácito y Suetonio (Anal. III, 6,
Cal. 6) nos han dejado constancia de que los duelos públicos se suspendían en
Roma los días de juegos públicos, o mientras se celebraban ciertos sagrados
ritos. El luto español no se advierte al paso del cortejo de la Locura, y aquí,
más que en ninguna parte, los duelos con pan—y ¡toros!—son menos.
Se ha enterrado la Sardina en su día, en el día de
la simbólica ceniza; y en medio de la pompa carnavalesca, un periódico ha hecho
desfilar una carroza macabra con el entierro de Meco, ese típico
personaje que representa a la España de hoy. La mascarada en cuestión era de un
pintoresco bufo-trágico indiscutible: la caricatura de los políticos del
desastre, las ollas del presupuesto por incensarios; Meco camino
del cementerio y tras la fúnebre mojiganga, una murga trompeteando a todo[63] pulmón la marcha de Cádiz. Decid si no es un modo
de divertirse con lívidos reflejos a lo Poe, y si en este carnaval no ha
habido, si no la mascarada de la muerte roja, la mascarada de la muerte negra.
Y como un diario hablase de una broma política dada a Sagasta en su casa, la
grave Época ha publicado con terrible intención, que «no
informado del todo el apreciable colega, ha omitido dar cuenta de otra broma,
o, mejor, bromazo que después dió al jefe del Gobierno una numerosa comparsa
vestida con más propiedad que la ya célebre compañía de los cadetes de
la Gascuña. Fué el caso que al filo de la media noche, cuando más
plácidamente reclinado estaba en cómoda butaca el señor Sagasta contemplando
cómo se reducían a cenizas los troncos de su chimenea, ni más ni menos que
nuestras posiciones ultramarinas, y evocando mentalmente los hechos todos de su
larga y aprovechada vida, sonó en la antesala ruido de extraña música, así como
el rascar de huesos con que suelen acompañar sus tangos los negros de Cuba. Se
abrió la puerta y entró la mascarada. Precedíale un estandarte enlodado que en
otro tiempo fué rojo y amarillo, adornado ahora de oro y azul. A pesar de los
desgarrones y manchas del carnavalesco estandarte, podían leerse estos nombres:
Cavite, Santiago, San Juan de Puerto Rico. Seguían luego con carátulas que
representaban rostros demacrados y cadavéricos, unos cuantos jóvenes que
parecían viejos, cojos unos, mancos otros, con el traje de rayadillo hecho
jirones por las malezas de la manigua... Éstos ofrecieron al señor Sagasta una
caja de guyaba fina. Tan grotesca era la catadura de las susodichas máscaras y
tan oportuno le pareció el susodicho regalo al presidente, que el buen señor
prorrumpió en ruidosas carcajadas. También le hicieron desternillar de risa los
prisioneros de Filipinas. Iban disfrazados, con propiedad casi deshonesta,
de desnudos y traían en azafate de abacá, ramos de
sampaguitas. Mezclado con los anteriores entraron en el gabinete[64] del señor Sagasta marinos de Cavite y de Santiago
con cabezas tan artísticas y muecas tan significativas, que no parecía sino que
sus poseedores habían estado meses enteros debajo del agua...»
Ese acero fino es del marqués de Valdeiglesias. Y esa pintura que hace resaltar
que estamos en un país en que aun flota el espíritu de Goya, es un comentario
mejor que cualquier otro, del estado moral que aquí se impone en estos
momentos. Ese capricho dice la verdad de una manera
risueñamente sombría. Pues bien, me temo que pocos ojos se hayan fijado en la
corrosión del agua fuerte, mientras se apagaba en los aires el son de las
dulzainas de Valencia.
Las dulzainas las trajeron los estudiantes
valencianos que han venido a la Corte, con naranjas y claveles, con muchachas
hermosísimas, a cantar y a bailar y a pedir para un sanatorio que pronto ha de
llenarse de repatriados. Ha sido esa estudiantina una nota vibradora y sana,
por más que puedan visarla los cronistas a ultranza, en el cuadro de la fiesta
general. Aun queda en esta juventud escolar un resto de las clásicas costumbres
de sus semejantes medioevales, un rayo de la alegría que sorbían con el vino
los estudiantes de antaño, un buen ánimo goliardo, la frescura de una juventud
que no empaña el aliento de las grandes capitales modernas. Y entre lo bueno
que han hecho al llegar a ésta, ha sido la visita al palacio, pues han ido a
llevarle ciertamente un poco de sol a ese pobre reyecito enjaulado que ha
tenido una ocasión de sonreir.
Lucen los estandartes de las distintas facultades;
con extrañas vestimentas, los dulzaineros que han tenido por principal kapellmeister a
un ruiseñor, como el pifanista de Daudet; la comparsa de la boda, florida de
pañuelos y de ramos frescos y de mejillas finas como de seda de flor, y en los
ojos de esas mujeres la salvaje y agresiva luz levantina; y los cuerpos
eurítmicos y ricos de gracia sensual, cuellos de magnífica pureza,[65] senos y piernas armoniosas; son el vivo encanto
entre las notas detonantes y decorativas de las mantas y de los cestos de
frutas. Y en la sala del palacio en que se les recibe, los que fingen
labradores se ponen a departir echados en el suelo, los de las bandurrias y
guitarras se ordenan, y al aparecer la reina y su familia, un trueno de cuerdas
inicia la marcha real. Los que representan la boda animan su risueño grupo de
trajes vistosos. Luego es la danza regional del U y el Dos;
y las canciones y las coplas que dos estudiantes improvisan, a dos versos cada
uno, y los donsainers que tocan en sus instrumentos de legado
arábigo sones originales que danzan las parejas, músicas perfumadas de rosas de
la Huerta, cadencias y ritmos de una melodía que en vano procuraría esquivar su
origen muslímico; y el canto y la danza bordan, cincelan paisajes que en una
lejanía histórica puede evocar el soñador. La austriaca triste se ve como
iluminada de música, el reyecito anémico debe sentir correr por sus venas un
rojo estremecimiento; las princesas y los cortesanos sienten en medio de los
muros antiguos y de los solitarios y maravillosos habitáculos, una invasión de
aire libre, una irrupción de la vigorosa naturaleza, una momentánea aparición
del alma sonora de la España popular; es un sorbo de licor latino apurado en
horas de decaimiento en una copa labrada por el moro. La reina admira un rico
pañuelo de randas que una valenciana luce en la cabeza, y la valenciana se
quita de la cabeza el pañuelo y se lo da a la reina. Un estudiante ofrece a una
princesita un cesto de limones con el mismo gesto que si fuesen de oro. El
señor rector anda por allí con su frac y su discurso, negro entre la fiesta de
colores. En los ojos del rey niño juega una inusitada llama, y la buena Borbón
de la infanta Isabel está en su elemento. Ya el rector leyó su pliego, ya
vuelven a sonar las dulzainas morunas y las valencianas a tejer estrofas con
caderas, piernas y brazos. Ya se va la comparsa, ya quedan los[66] príncipes
solos con su grandeza; ya va a su retiro el pequeño monarca, acompañado de una
aya invisible... pero que el ojo del poeta alcanza a distinguir y a reconocer,
pálida, muy pálida.
Entretanto Madrid ha bailado como nunca. No hay
recuerdo de una época en que las gentes se hayan entregado a tal ejercicio con
mayor entusiasmo. En el Real, en todos los teatros, bailes de sociedades y
gremios; en los salones mundanos bailes de cabezas y de trajes; en las calles
mismas, mascaradas con una guitarra y unas castañuelas por toda música, se han
descaderado a jotas. Los disfraces han abundado; y mientras uno materialmente
no puede dar un paseo por las calles sin que le impidan el paso los mendigos,
mientras la prostitución, comprendida la de la infancia y causada por el hambre
en este buen pueblo, se instala a nuestros ojos a cada instante; mientras los
atracos o robos en plena calle hacen protestar a la Prensa todos los días, se
han gastado en los tres de carnaval trescientas mil pesetas en confetti y
serpentinas. Parece que pasase con los pueblos lo que con los individuos, que
estas embriagueces fuesen semejantes a la de aquellos que buscan alivio u
olvido de sus dolores refugiándose en los peligrosos paraísos artificiales. O
que la cigarra española después de haber pasado cantando tanto tiempo, a la
hora de los cierzos y en el frío del invierno siguiese el consejo de la
hormiga: «¡Bailad ahora!» De todas maneras os aseguro que esta alegría es un
buen síntoma: enfermo que baila no muere. Y la belleza de estas mujeres
españolas, la abundancia de belleza sobre todo, y de frescura y de vida sana,
dan idea de la más fecunda mina de almas y de cuerpos robustos, de donde pueden
salir los elementos del mañana. Y yo no sé si me equivoque, pero noto que a
pesar del teatro bajo y de la influencia torera—en su mala significación, es
decir, chulería y vagancia—, un nuevo espíritu, así sea homeopáticamente, está
infiltrándose en las generaciones flamantes.[67] Mientras
más voy conociendo el mundo que aquí piensa y escribe, veo que entre el montón
trashumante hay almas de excepción que miran las cosas con exactitud y buscan
un nuevo rumbo en la noche general.
He de ocuparme especialmente en estas
manifestaciones de una reacción saludable y que auguraría, con tal de que esos
luchadores se uniesen todos en un núcleo que trabajase por la salud de España,
un movimiento digno de la patria antigua. Por lo demás, las fiestas no hacen
daño, y con fiestas y toros hubo un Gran Capitán y un duque de Alba. El
Aranjuez de la princesa de Éboli corresponde en cierto modo al Retiro de Felipe
IV. Las máscaras suelen ser del agrado de los héroes, y cuando el Cid se casa y
va el rey sacando los granos de trigo de entre los senos de Jimena, divierte a
las gentes un hombre de buen humor que va vestido de diablo.
Lo que hay es que los que quieran proclamar la
reconstrucción con toda verdad y claridad han de armarse de todas armas en esta
tierra de las murallas que sabéis. Hay que luchar con la oleada colosal de las
preocupaciones; hay que hacer verdaderas razzias sociológicas,
hay que quitar de sus hornacinas ciertos viejos ídolos perjudiciales, hay que
abrir todas las ventanas para que los vientos del mundo barran polvos y
telarañas y queden limpias las gloriosas armaduras y los oros de los
estandartes; hay que ir por el trabajo y la iniciación en las artes y empresas
de la vida moderna, «hacia otra España», como dice en un reciente libro un
vasco bravísimo y fuerte—el señor Maeztu—; y donde se encuentran diamantes
intelectuales como los de Ganivet—¡el pobre suicida!—, Unamuno, Rusiñol y otros
pocos, es señal de que ahondando más, el yacimiento dará de sí.
UNA CASA MUSEO
24 de febrero.
i del borrascoso conde de las Almenas que al
abrirse las cortes ha vuelto a ser la voz que clama después del desastre, el
hombre que dice a los generales verdades corrosivas y heridoras; ni del
banquete que se le ha dado a Luis París, empresario de la Ópera, por su triunfo
de la reciente temporada del Real bajo cuyas techumbres aun resuena el paso de
la cabalgata de las Walkirias; ni de la próxima venida, en la primavera, de la
compañía de Bayreuth, con sus directores y orquesta, lo cual implica una
excepcional victoria de Wagner en este país del Sol; ni del maestro Zumpe, que
ha traído con su batuta alemana un aliento de vida nueva al movimiento musical
de esta Corte que es por cierto digno de larga atención; ni de las reuniones de
Zaragoza en donde se ha tratado de la regeneración de España en sonoras y
pintorescas arengas; ni de otros tópicos de ocasión os hablaré, por
transmitiros las sensaciones de arte que acabo de experimentar en una casa que
es al mismo tiempo un museo, y que, indiscutiblemente es la mejor puesta a este
respecto, de todo Madrid, con ser famosa y admirable la del conde de Valencia
de Don Juan; me refiero a la garçonnière que en la cuesta de
Santo Domingo habita el director de La España Moderna, José Lázaro
y Galdeano.
Es José Lázaro acreedor al elogio por su amor a las[69] letras y artes; ha sostenido y sostiene la revista
de más fuerza que hoy tiene España entre los grandes periódicos: ha publicado
más de quinientos libros de autores extranjeros, haciéndolos traducir para su
propagación en ediciones baratas y elegantes; su correspondencia, en ese punto,
ha sido con escritores que se llaman Tolstoi, Gladstone, Ibsen, Richepin; ha
llenado su casa de preciosidades antiguas, de armas, libros, joyas, encajes,
cuadros, bronces, autógrafos; ha viajado por toda Europa y se prepara este año
para ir a Spitzberg; es el amigo de todo sabio, de todo escritor, de todo
artista que visita este país; es joven, soltero, muy rico; sus aficiones
intelectuales no le impiden hacer una vida mundana; y cuando vuelve, por
ejemplo, de una excursión del interior de España, ocupa la tribuna del Ateneo y
obtiene el aplauso y la aprobación de todos; creo que su camisa está muy cerca
de ser la camisa del hombre feliz. Yo le fuí presentado hace siete años, al
mismo tiempo que dos escritores extranjeros, el novelista griego Bikelas—de
quien os he hablado ya ha tiempo en La Nación—Maurice Barrès. A
este propósito recuerdo una curiosa anécdota referente al célebre jardinero de
su «yo». Sucedió que Barrès tenía gran interés en presenciar una corrida de
toros; era el momento en que se movía en su cerebro más de un capítulo «de la
sangre, de la voluptuosidad y de la muerte». Quería ya que no documentarse,
impresionarse, y manifestó a Lázaro el deseo que tenía de ir a la plaza, en
compañía de una moza que se trajera de París, graciosa de su persona, fina y
pimpante, flor de bulevar. Lázaro le consiguió un palco; pero el amigo y
prologuista del general Mansilla díjole que prefería impregnarse de color
local, de ambiente, y que para ello deseaba ver la función desde el tendido,
mezclado a la gente popular. Se le hicieron algunas observaciones, mas no se
pudo vencer el capricho de los parisienses, y se enviaron a Barrès dos asientos
de tendido, a la sombra. Cuéntase por acá que el[70] viejo
Dumas se presentó en la plaza de toros de Sevilla, en una tarde de oro y
alegría, con chaqueta de torero, pantalón ajustado, faja y... sombrero de copa.
Os podéis imaginar la «ovación» de que sería objeto entre los habitantes del
barrio de Triana el hombre del Monte-Cristo. Algo semejante ocurrió cuando en
el tendido de Madrid se vió aparecer una pareja originalísima: él trajeado como
para el Grand Prix, y ella con una de esas toilettes primaverales
que encantan la Cascada o Armenonville. Pero la cosa fué en aumento cuando al
comenzar los banderilleros sus suertes, el francés y su compañera aplaudían
desusadamente; y cuando, al llegar los picadores, comenzó el desventrar de los
caballos por los toros, Barrès se puso de pie, y sus protestas a gritos
desolados llamaron la atención, y las aceitunas de sus vecinos, que comían
rebanadas de salchichón y bebían vino en bota. Las interjecciones llovieron y
hubo que ir a sacar de su puesto a la dama desmayada y al cultivador del «yo».
He recordado esta historia divertida, tiempos después, al leer esas páginas
supremas de pensamiento y de hondura psicológica, con ese estilo personalísimo
del renaniano y stendhaliano—¡poderosa suma!—que ha dado tan bello libro
sobre la sangre, la voluptuosidad y la
muerte.
La casa de Lázaro está cerca de la de don Juan
Valera y el general Martínez Campos; y enfrente de la del duque de Frías, el
gran señor de romántica vida que arrebatara en época hoy legendaria la mejor
joya de la embajada inglesa... De los balcones se ve la casa de la novela—que
costó la inmensa fortuna del duque—y, al dulce oro de una tarde que hubiera
podido ser de primavera, hablábamos de esos sueños vividos.
Luego fuí a visitar las telas viejas, los cuadros
auténticos y admirables—¡oh, mi buen amigo Schiaffino, y cómo le he
recordado!—Lo de Tiépolo, cabezas dibujadas con la conocida magistral manera.
Un hermosísimo cuadro de la época rafaelita, de tonalidad única, a modo[71] de creerse imposible que se haya podido lograr la
conservación de tanta riqueza de color. Un Ribera que desearían muchos Museos;
riquísimos trípticos bizantinos; retratos de valor histórico y de un abolengo
artístico que desde luego se impone; y más y más preciadas cosas en que resalta
con aristocracia absoluta, como soberano, santa «panagia» de esa casa del Arte,
un Leonardo de Vinci.
Esta presea de la pintura es un cuadrito pequeño,
un retrato, el de un tipo seguramente contemporáneo de la Gioconda; maravilloso
andrógino, de una fisonomía sensual y dolorosa a un tiempo, en la cual todo el
poema de la visión del artista incomparable está cristalizada, como en un suave
y prodigioso diamante. Es una «ficción que significa cosas grandes», como decía
el maestro en palabras que han florecido en el alma d'annunziana. Me gusta más
todavía este retrato enigmático que el mismo sublime retrato de Monna Lissa. La
mirada está impregnada de luz interior; el cabello es de un efecto que
sobrepasa los efectos esencialmente pictóricos; el ropaje—que es hermano de la
Gioconda—muestra la mano original; y el fino y delicado plasticismo de las
armoniosas facciones, denuncia, clama la potencia del porfirogénito
poeta-sapiente de la Anatomía, del príncipe de los maestros de la
pintura de todos los siglos. Del Museo de Berlín vinieron a intentar llevarse
tan magnífica obra, pero el dueño no quiso la buena suma del oro alemán. Al
Louvre fué en persona a mostrar su tesoro, y también recibió propuestas. El
cuadrito sigue imperante en tierra española.
Entre tanta rica colección de cosas de arte, me
llaman la atención dos mantillas que pertenecieron a una altísima dama de la
nobleza madrileña, que pasó sus últimos años en apuros y pobrezas y tuvo un
entierro modesto, humilde, después de haber recibido, en tiempos de pompa, a
los monarcas en sus salones. De ella era también un anillo de solitaria
belleza, una perla cuyo oriente[72] se destaca
singular entre finas chispas, todo de un gusto de exquisitez hoy no usada, y
que seguramente adornó en no muy lejanos tiempos dedos principales que muestran
su gracia nobiliaria en los retratos de Pantoja. De ella asimismo una peineta
que ostenta en su semicírculo tantas amatistas como para las manos de diez
arzobispos.
De las joyas en mi rápida visita paso a los libros:
primero los incunables alemanes e italianos; eucologios de Amsterdam; hermosas
ediciones de España, las espléndidas de Montfort, de Sancha, de la Imprenta
Real; varios infolios pertenecientes a la biblioteca del infante Don Sebastián;
una crónica de Pero Niño, de severa elegancia tipográfica; rollos hebreos,
pergaminos gemados de mayúsculas que revelan la fina y paciente labor de la
mano monacal; sellos de Don Alfonso el Sabio; prodigiosas
caligrafías arábigas, autógrafos de un valor inestimable. Buena parte de todo
lo que adorna esta mansión fué expuesta en la Exposición Histórica europea y
americana que se celebró en esta capital, con motivo del Centenario de Colón, y
en el actual palacio de la Biblioteca y Museo de Arte Moderno.
Al ir revistando tan estupenda colección de riqueza
bella, pensaba yo en cómo muchas de las cosas que atraían mis miradas eran
parte del desmoronamiento de esas antiquísimas Casas nobles que, como la de los
Osunas, han tenido que vender al mejor postor objetos en que la historia de un
gran reino ha puesto su pátina, oros y marfiles rozados por treinta manos
ducales en la sucesión de los siglos, hierros de los caballeros de antaño;
muebles, trajes y preseas que algo conservan en sí de las pasadas razas fundadoras
de poderíos y grandezas... Y recordaba la amarga comedia de Jacinto
Benavente: La comida de las fieras...
Y antes de partir fuí otra vez a dar mi saludo de
despedida a la creación del divino Leonardo. Y parecíame que la majestad del
arte diese razón a la caída de todo[73] edificio que
no tenga por base la potencia mental. Esa faz reproducida o imaginada por el
maestro luminoso vive y comunica su inmortal misterio, su hechizo supremo, a
toda alma que se acerque a su mágica influencia, cual si desprendiese de la
obra del pincel la maravilla avasalladora de una virtud secreta. Y a través de
la fugaz onda temporal, esa dominación arcana se perpetúa, y la imperecedera
diadema se hace más radiosa al tocar sus perlas invisibles el vuelo de las
horas.
LA JOVEN LITERATURA
3 marzo de 1899.
caba de representarse en Granada un drama
póstumo de Ángel Ganivet: coyuntura inapreciable para hablar del pensamiento
nuevo de España. Pues Ganivet, especial personaje, era quizás la más adamantina
concreción de ese pensamiento.
El propio se ha encarnado en su Pío Cid, simbólico
tipo, en el cual el antiguo caballero de la Mancha realiza, a mi entender, un
avatar. Ganivet era uno de esos espíritus de excepción que significan una
época, y su alma, podría decirse, el alma de la España finisecular. No conozco
la obra que se ha dado recientemente a la escena, El escultor de su
alma; pero desde luego, creo poder afirmar que se trata meramente de una
autoexposición psíquica; es el mismo Pío Cid, de la Conquista del Reino
de Maya, el último conquistador español Pío Cid. Antójaseme que en Ganivet
subsistía también mucho de la imaginativa morisca, y que la triste flor de su
vida no en vano se abrió en el búcaro africano de Granada. Su vida: una leyenda
ya, de hondo interés.
Desde luego, un joven, que sube a la torre nacional
a divisar el mundo, luego se encamina a la ideación de una nueva patria en la
patria antigua: en Pío Cid hay simiente para una España futura. Después, cosa
que[75] sorprenderá a quien tenga conocimiento de
las costumbres literarias de todas partes y sobre todo de este país: Ganivet no
tenía enemigos, y por lo general, si conversáis con cualquiera de los
intelectuales españoles, os dirá: «Era el más brillante y el más sólido de
todos los de su generación». En la Corte tuvo sus bregas, sus comienzos de
gloria. Hubo una pasión, toda borrasca, que según se dice fué la causa de su
muerte. Entró a la carrera consular, tan propicia a la literatura, aunque no lo
parezca por los roces de lo mercantil; y continuó en su labor ideológica y
artística. Sabía ruso, danés, casi todos los idiomas y dialectos de los países
boreales, sabía lenguas antiguas, escribió un libro curiosísimo sobre las
literaturas del Norte; publicó otro de sol y de música, al par que una obra de
cerebral, sobre su Granada la bella, en el país de Hamlet; produjo
más libros, y un emponzoñado día, un mal demonio le habló por dentro, en lo
loco del cerebro, y él se tiró al Volga. Así acabó Pío Cid su vida humana. Su
vida gloriosa y pensante ha de ir creciendo a medida que su obra sea mejor y
más comprendida. Entonces se verá que en ese sér extraño había un fondo de
serena y pura nobleza bajo la tempestad de su temperamento; que vivió de amor,
de abrasamiento genial y murió también por amor, en la forma de un cuento. En
la Conquista del reino de Maya exprime todos sus zumos de
amargas meditaciones, y su forma busca la escritura artística, que en Los
Trabajos no se advierte. Aun vemos desarrollarse el período
cervantesco; pero las encadenadas y ondulantes oraciones, van por lo general
repletas de médula. La obra queda sin concluir; o mejor dicho, tuvo la
conclusión más lógica al propio tiempo que más extraña, en la unión de una
fábula escrita y una vida. Pío Cid debía concluir con quitarse la existencia.
No es él quien habla en el diálogo, pero Olivares, un personaje de Los
Trabajos, dice en cierta página del libro: «Se exagera mucho, y además,
alguna vez tiene uno que morirse,[76] porque no
somos eternos. Entre morirse de viejo apestando al prójimo o suprimirse de un
pistoletazo, después de sacarle a la vida todo el jugo posible, ¿qué le parece
a usted?... Yo, por mí, les aseguro que no llegaré a oler a rancio.—Cada cual
entiende la vida a su modo—dijo Pío Cid—y nadie la entiende bien.—Ahora ha
dicho usted una verdad como un templo—dijo Olivares—. Lo mejor es dejar que
cada uno viva como quiera y que se mate, si ese es su gusto, cuando le venga la
contraria». ¡El pobre Ganivet! Llegó el trágico minuto, abrió la puerta
misteriosa y pasó. De las Cartas finlandesas escribe Vincent
en el Mercure, que «no es una obra dogmática, antes bien familiar;
en el punto de vista no es español, es humano: el autor, en efecto, que conoce
perfectamente toda la Europa, gusta de hacer recorrer a sus conceptos distintas
latitudes; agregad a eso un sentido muy real de nuestra época, una información
que va de Ibsen a Maeterlinck, de Tolstoi a Galdós: ninguna pedantería; una
dulce sensibilidad que afecta disimularse tras un velo de ironía. En fin, un
libro de actualidad perfecta en que la Finlandia es vista por un espíritu
desembarazado de prejuicios y por un latino». El crítico francés, demasiado
benévolo por lo general en sus revistas de letras españolas, no ha pasado por
esta ocasión de lo justo. Ganivet, escritor de ideas, más que de bizarrías
verbales, merece el estudio serio, el ensayo macizo de la crítica de autoridad.
Nicolás María López, otro granadino, amigo y compañero suyo, habla, además, del
drama que acaba de representarse, de otras obras póstumas que están en su
poder: Pedro Mártir, en tres actos, y Fe, Amor y Muerte,
drama, dice «profundamente psicológico, con ideas alucinadoras y extrahumanas,
con una fuerza trágica tan extraña y sutil, que parece romper los moldes de la
vida y entrar en los senos de la muerte». Rara y bella figura, en este triste
período de la vida española, y que parece haber absorbido en sí todos los
generosos y altos ímpetus de la[77] raza. Y recuerdo
el sintético acróstico latino de Pío Cid, en Los Trabajos, Arimi:
Artis initium dolor
Ratio initium erroris.
Initium sapientisæ vanitas.
Mortis initium amor.
Initium vitae libertas.
Jacinto Benavente es aquel que sonríe. Dicen que es
mefistofélico, y bien pudieran ocultarse entre sus finas botas de mundano, dos
patas de chivo. Es el que sonríe: ¡temible! Se teme su crítica florentina más
que los pesados mandobles de los magulladores diplomados; fino y cruel, ha
llegado a ser en poco tiempo príncipe de su península artística, indudablemente
exótica en la literatura del garbanzo. Se ha dedicado especialmente al teatro,
y ha impuesto su lección objetiva de belleza a la generalidad desconcertada.
Algunas de sus obras, al ser representadas han dejado suponer la existencia de
una clave; y tales o cuales personajes se han creído reconocer en tales o
cuales tipos de la Corte. Como ello no es un misterio para nadie, diré que
en El marido de la Téllez, por ejemplo, el público quiso descubrir
la vida interior y artística de cierta eminente actriz casada con un grande de
España y actor muy notable; y en La comida de las fieras, entre
otras figuras se destacó la de una centroamericana, millonaria, casada con un
noble sin fortuna y hoy marquesa por obra de Cánovas del Castillo. Benavente
niega que haya tomado sus tipos del natural; pero el parecido es tan perfecto
que toda protesta se deshace en una sonrisa. La comida de las fieras fué
basada, seguramente, en el caso penoso de la venta en subasta de las riquezas
seculares que contenía la Casa de los Osunas. Los personajes son de una
humanidad palpitante; y he de citar estas frases de Hipólito, al finalizar la
comedia: «Porque en lucha he vivido siempre; porque viví desde muy joven en
otras tierras donde la[78] lucha es ruda y franca.
¿Por qué vinimos a Europa? En América el hombre significa algo; es una fuerza,
una garantía... se lucha, sí, pero con primitiva fiereza, cae uno y puede
volver a levantarse; pero en esta sociedad vieja, la posición es todo y el
hombre nada... vencido una vez, es inútil volver a luchar. Aquí la riqueza es
un fin, no un medio para realizar grandes empresas. La riqueza es el ocio; allí
es la actividad. Por eso allí el dinero da triunfos y aquí desastres... Pueblos
de historia, de tradición; tierras viejas, donde sólo cabe, como en las
ciudades sepultadas de la antigüedad, la excavación, no las plantaciones de
nueva vegetación y savia vigorosa».
En Figulinas y Cartas de
mujeres no puede dejarse de entrever la influencia de ciertos
franceses: un poco aquí Gyp, otro poco allí Lavedan y Prevost; la parisina aplicada
al alto mundo madrileño que Benavente ha bien estudiado. Benavente es caballero
de fortuna, y mientras leo un sutil arranque suyo en Vida literaria y
se ensaya en la Comedia un arreglo suyo del Twelfth night, tropiezo
con lo siguiente en la cuarta plana de un diario:
«Se venden los pastos de rastrojera y barbechera,
del término de Jetafe, divididos en lotes o cuarteles, cuya venta tendrá lugar
en pública subasta, ante la Comisión del gremio de labradores, en la Casa
Consistorial, donde está de manifiesto el pliego de condiciones, el día 19 del
actual, a las diez de su mañana.—Jetafe 9 de marzo de 1899.—Por la
Comisión, Jacinto Benavente.»
De mí diré que con toda voluntad juntaría a mis
sueños de arte una estancia entre las montañas de González, junto a las riberas
del Paraná de Obligado, o en la Australia Argentina de Payró.
Día llegará en que la literatura tenga por precisa compañera la tranquilidad
del espíritu en la lucha por la vida y el trabajo industrial o rural como
contrapeso al ya terrible surmenage. Los ingleses y los
norteamericanos han comenzado a[79] aleccionarnos, y
un gentleman-farmer artista no es un ave rara. Dejo como última
nota el Teatro fantástico de Benavente, una joya de libro que
revela fuerza de ese talento en que tan solamente se ha reconocido la gracia.
Fuerza por cierto; la fuerza del acero del florete, del resorte; finura sólida
de ágata, superficie de diamante. Es un pequeño «teatro en libertad», pero
lejos de lo telescópico de lo Hugo y de lo suntuoso que conocéis de Castro. Son
delicadas y espirituales fabulaciones unidas por un hilo de seda en que
encontráis a veces, sin mengua en la comparación, como la filigrana mental del
diálogo shakespeareano, del Shakespeare del Sueño de una noche de
verano o de La tempestad. El alma perspicaz y
cristalinamente femenina del poeta crea deliciosas fiestas galantes, perfumadas
escenas, figurillas de abanico y tabaquera que en un ambiente Watteau salen de
las pinturas y sirven de receptáculo a complicaciones psicológicas y problemas
de la vida.
Este modernista es castizo en su escribir y es lo
castizo en su discurso como la antigüedad en el mérito de ciertas joyas o
encajes, en puños de Velázquez o preseas de Pantoja. Y al conocerle, en el café
Lion d'Or, que es su café preferido, he visto en su figura la de un hidalgo
perteneciente a esa familia de retratos del Greco, nobles decadentes,
caballeros que pudieran ser monjes, tan fáciles para abades consagrados a Dios
como para hacer pacto con el diablo. En las pálidas ceras de los rostros se transparentan
las tristezas y locuras del siglo. Así Jacinto Benavente. En toda esta débâcle con
que el décimonoveno siglo se despide de España, su cabeza, en un marco
invisible, sonríe. Es aquel que sonríe. Mefistofélico, filósofo, filoso, se
defiende en su aislamiento como un arma; y así converse o escriba, tiene
siempre a su lado, buen príncipe, un bufón y un puñal. Tiene lo que vale para
todo hombre más que un reino: la independencia. Con esto se es el dueño de la
verdad y el patrón de la mentira. Su cultura cosmopolita,[80] su
cerebración extraña en lo nacional, es curiosa en la tierra de la tradición
indominable; pero no sorprende a quien puede advertir cómo este suelo de
prodigiosa vida guarda, para primaveras futuras, las semillas de un Raimundo
Lulio. Ahora trabaja Benavente por realizar en Madrid la labor de Antoine en
París o la que defiende George Moore en Londres: la fundación de un teatro
libre. Dudo mucho del éxito, aunque él me halagaría habiéndoseme hecho la honra
de encargarme una pieza para ese teatro. Pero el público madrileño, Madrid,
cuenta con muy reducido número de gentes que miren el arte como un fin, o que
comprendan la obra artística fuera de las usuales convenciones. Cuando no
existe ni el libro de arte, el teatro de arte es un sueño, o un probable
fracaso. No hay una élite. No se puede contar ni con el elemento
elegantemente carneril de los snobs que ha creado Gómez
Carrillo con sus graciosas y sinuosas ocurrencias. Conque, ¿para quiénes el
teatro?
Junto a Benavente me presentan a Antonio Palomero,
o sea Gil Parrado. Este pseudónimo, nombre de un gracioso tipo
clásico, no está mal en quien, con sales autóctonas nos revela un Raul Ponchón
madrileño, un rimador seguro, un cancionero bravísimo, en cuanto puede
permitirlo el género político: Aristófanes en couplets o
yambos con castañuelas. El libro de flechas de humor maligno y risueño que
forman los «Versos políticos» de Palomero, Gacetas rimadas, tiene
un prólogo, en verso, de Luis Taboada. Creo que fué Gutiérrez Nájera quien
escribió un día que en medio de la noche del arte español contemporáneo, Luis
Taboada era tal vez el único «artista». Era una broma del «duque Job» mejicano,
excusable por su falta de conocimiento del grupo español, digamos así, secreto,
que hace una vida ciertamente intelectual.
Y además, en su tiempo—hace de esto ocho o diez
años—las cosas andaban de Barrantes a Valbuena. Pues[81] Gil
Parrado no pudo tener mejor protagonista que el desopilante Homero
fragmentario de la vida cursi de Madrid, puesto que él quiso ser el Píndaro de
las cursilerías épicas de la política. Conociendo la labor y la propaganda
estética de quien escribe estas líneas, ellas no pueden sino ser vistas como la
mayor prueba de sinceridad. Mas Palomero no es solamente Gil Parrado.
Además de los alfileres de su conversación, de las más interesantes que un
extranjero hombre de letras puede encontrar en la Corte, su crítica teatral se
estima justamente, y en el cuento y el artículo de periódico, sobresale y
comunica la intensidad de su vibración, el contagio de su energía indiscutible.
Mariano de Cávia dice de él hablando de sus Trabajos forzados, que
es «un literato culto, agudo y sincero»; gratifícale además con «popular y
brillante». Cávia sabe lo que se dice, él, maestro de única escritura en su
país que ha logrado unir, en la faena asperísima del periodismo, la flexible
gracia autóctona a las elegancias extranjeras. ¡Quevedo en el bulevar, Dios
mío! Y cuando Cávia alaba a Palomero es justo, y yo que conozco la
transparencia de este talento, me complazco en deciros que aquí, entre lo poco
bueno y nuevo, esto es de lo que en la piedra de toque deja una suave y firme
estela de oro fino.
Así Manuel Bueno, el redactor que en El
Globo escribe todos los días esa paginita que lleva la firma de Lorena,
con el título general de «Volanderas». Verdes Montenegro ha hecho para el libro
primigenio de Bueno un prólogo de sustancia y espíritu al propio tiempo que de
justicia y cariño. De Verdes Montenegro os hablaré en otra ocasión más
detenidamente. De su ahijado literario os diré que ha recibido en su alma mucho
sol de nuestra pampa y a su oído ha cantado la onda caprichosa de nuestro gran
río. Es un vasco. Vasco, así como ese especialísimo y robusto Grandmontagne,
que ha injertado una rama de ombú en el árbol sagrado de Guernica, para que más
tarde nazcan—¡Dios lo quiera,[82] y ya se ven los
brotes!—flores de un perfume singular, rosas fraternales del color del tiempo,
iluminadas de porvenir, en tierra de Mitre y Sarmiento, en la capital del
continente latino, al amparo del satisfecho sol. El joven Bueno anduvo por Buenos
Aires, padeció tormento de inmigración y penurias de mozo de intelecto que va a
hacer fortuna por el Azul y Bahía Blanca... Y vuelto a su tierra, no es de los
que vienen con arranques despechados de fracasadas bohemias, de existencias
adoloridas de nuestra necesaria ley de trabajo, de ese Buenos Aires cuya fuente
social es para los labios del mundo, y que en el progreso corresponde, con su
pirámide de mayo, índice indicador, a los obeliscos de París y Nueva York.
Bueno es aquí, en su labor diaria, nota
extemporánea, y tan parisiense que hay quienes le denuncien de afectación. Pero
no es poco servicio intelectual el servir a un pueblo ese plato escogido, todos
los días, esa ala de faisán, después de la sopa de política española y antes
del asado político también. Bueno, como Lorena, da un eco que aquí,
aunque tiene semejantes en la Prensa, permanece en su individualidad. No seré
yo quien oculte su ligereza de juicio habitual, su insinceridad quizás, también
habitual; ¡pero es tan bello el gesto!
Ricardo Fuente es el director de El País.
Quizá envíe a La Nación una información interesantísima sobre
este diario de oposición, que ha tenido sobre sí la atención de Madrid y de
España, y que, periódico que ha respondido al eco popular, ha sido quizás el
que ha tenido mayor número de intelectuales en su redacción. En París, un Intransigeant se
explica: en Buenos Aires, el antiguo Nacional, también; en
Madrid, El País de hoy es un caso de extremada curiosidad. Los
redactores, desde hace mucho tiempo—el diario es republicano absoluto—van a la
cárcel periódicamente. Allí se dice la verdad a son de truenos de tambores y
trompetas. La censura ha tenido en esa hoja la mejor lonja en que cortar,[83] y las estereotipias, a las cuatro de la mañana,
han sido en tiempo de la guerra brutalmente descuartizadas.
El capítulo de la censura, publicado cuando ésta se
ha levantado, ha sido de sensación. Un detalle curioso es, que mi artículo «El
triunfo de Calibán», publicado en Buenos Aires, fué mutilado en El País y
dado intacto en La Época... En ese diario, El País, han
escrito Dicenta, Maeztu, etc., y Romero Robledo puso allí su gran sombra...
Ricardo Fuente es el director. Cuando uno piensa en ese abominable Villemesant
que nos pinta Daudet o que nos acaba de retocar Claretie; cuando recuerdo a
ciertos directores europeos y americanos, en quienes el elegante shylokismo se
junta a un irrespeto voluntario de todo lo intelectual, pienso en este buen
Fuente, que como el pobre parisiense Fernand Xau, sabe juntar—en su tan
limitada esfera—la autoridad al tino y la comprensión a la afabilidad. Ser
director de un diario ¡qué difícil tarea! Son como las perlas rosadas y negras
aquellos a quienes se puede aplicar la frase inglesa: That is a man.
Ser un director querido de sus redactores es de lo más difícil del mundo, así
se llame uno Magnard o Valdeiglesias, Bennet o Láinez. Fuente lo es. Pero es
que él propio es un trabajador de la Prensa que ha subido con mérito a ese
puesto; y quizá, y sin quizá, tanta bondad personal hace daño a su posición.
Porque no ha de ser quien dirige una tan complicada máquina un compañero de sus
redactores en toda la extensión de la palabra, sino en lo que ella tiene de
aprecio necesario y benevolencia justa; y ¡ay de aquel director que no se calce
sus botas imperiales, y no ponga a su gallo, empezando en casa, a cantar claro
y bien, como ese Arthur Meyer del Gaulois, tan combatido sin
embargo! Fuente es el tipo ideal del director para sus redactores; pero su
gallo no se ha alzado hasta ahora...
Se alza, personal y simpático, en el articulista,
en el literato, de quien dice Joaquín Dicenta: «El camino literario de Fuente
se halla trazado con líneas vigorosas.[84] Puede
seguirle sin retroceder y sin temblar. No hay cuidado de que le tiren al suelo
de un empujón; tiene los músculos muy duros». En el volumen De un
periodista—del cual en Buenos Aires se ha reproducido bastante—, hay la
manifestación de la contextura de un artista; la fuga contenida de un amante
del estilo que atan las usanzas de la limitación del diario; las explosiones
ideales o sentimentales sujetas por la línea señalada, o la hora de la Prensa,
la preferencia al telegrama, la tiranía de la información. ¿Qué periodista no
sabe de esto? Y así nos habla de Augusto de Armas, nos pinta rápidas acuarelas
húmedas del más rico sentimiento, o apuntes de una fiereza de lápiz cuyo blanco
y negro nos seduce por su juego de luz y de sombra.
LA «ESPAÑA NEGRA»
18 de marzo.
o hace muchos días hice una corta visita a
Aranjuez. Si Versalles recuerda a una coja encantadora en la historia, Aranjuez
guarda aún el perfume de una tuerta hechicera: bien vale un viaje a ese
bello buen retiro de los príncipes castellanos, el ir a
rememorar a la princesa de Éboli. Entre los olorosos y evocadores boscajes
resucitan las lejanas escenas, y hay en el ambiente de los jardines y alamedas
como dormidos ecos galantes que no aguardan sino el enamorado o el poeta que
sepa despertarlos. En el Palacio Real y la Casa de Labrador es un espíritu de
tristeza el que impera, desde que penetráis en las suntuosas y solitarias
mansiones. Al recorrer los innumerables habitáculos, adornados de siglos de
oro, de plata, de mármol, de ónix, de ágata, de seda, de marfil, al respirar
bajo esas techumbres que han cubierto tanta hora trágica, feliz o misteriosa,
en la vida de muchos monarcas de España, sobrecoge el sombrío momento, la sala
ha tiempo sin vida, la luna que retrató en su fondo las imágenes pasadas, la
hora detenida en un reloj de Manuel de Rivas; el cojín en que se reclinó la
cabeza de Felipe II, el fresco, el cuadro, el dije, o la estofa vieja con su
atractivo peculiar y triste... Y el conserje que dice su aprendida relación, y
se descubre ante un cuadro que representa una capilla de El Escorial en que se[86] está diciendo la misa... Viene a la mente la
España negra.
Acababa de leer ese libro reciente de Émile
Verhaeren y Darío de Regoyos, La España negra; y la novela española
de Barrès Un amateur d'âmes; y el volumen positivo sobre la
evolución política y social de España, de Yves Guyot: en todos la observación,
la sugestión, la imposición, de la nota oscura, que en este país contrasta con
el lujo del sol, con la perpetua fiesta de la luz. Por singular efecto
espectral, tanto color, tanto brillo polícromo, dan por suma en el giro de la
rueda de la vida, lo negro.
Es la tierra de la alegría, de la más roja de las
alegrías: los toros, las zambras, las mujeres sensuales, Don Juan, la
voluptuosidad morisca; pero por lo propio es más aguda la crueldad, más
desencadenada la lujuria, madre de la melancolía; y Torquemada vive, inmortal.
Granada existe, abierta al sol, como el fruto de su nombre, perfumada, dulce,
ácidamente grata; pero hay una Toledo, concreción de tiempo, inmóvil y seca
como una piedra, y entre cuyos muros sería insólita y fuera de lugar una
carcajada. Allí no caben, al calor que abrasa la aridez de Castilla, otros
amores que los tristes o fatalmente trágicos, y Maurice Barrès, la pasión que
hace amargamente florecer en recinto semejante, es la nefasta y ardorosamente
paladeada de un incesto. Verhaeren anota sus impresiones dolorosas, copia, al
agua fuerte, paisajes cálidos y calcinados, colecciona sus almas violentas y
bárbaras como los productos de una flora tropical, excesiva y rara. Domina
atávicamente su sangre belga la fiereza de la España que apretara a sus
antepasados entre los hierros del duque de Alba; los espectáculos de la torería
le dejan ver la cristalización sangrienta que yace bajo el subsuelo de esta
raza, cuya energía natural se complica de la ruda necesidad de las torturas; y
el concepto de la muerte y de la gracia, enlutados y caldeados por un
catolicismo exacerbante,[87] por una tradición feroz
que ha podido encender las más horriblemente hermosas hogueras y aplicar los
martirios más purpúreos y exquisitos. El arte revela ese fondo incomparable. La
imaginaria religiosa hace de las naves de los templos, lúgubres morgues que
me explico hayan conmovido a Verhaeren como a cualquier visitante de
pensamiento que traiga sus pasos por estas iglesias sangrientas en que Ribera o
Montañés, entre tantos, exponen al espanto humano sus lamentables Cristos.
Un español de gran talento me decía: «En cada uno
de nosotros hay un alma de inquisidor». Cierto. Fijáos, y decid si José Nakens
no se junta, paralelamente, en lo infinito—así las dos líneas matemáticas—con
Tomás de Torquemada. Es la misma fe terrible, la intransigencia que llega hasta
la ceguedad, la aplicación del potro, la certeza en la salvación por el
sufrimiento, tan magníficamente iluminada en el drama de Hugo. Los
conquistadores y los frailes en América no hicieron sino obrar instintivamente,
con el impulso de la onda nativa; los indios despedazados por los perros, los
engaños y las violencias, las muertes de Guatimozin y Atahualpa, la esclavitud,
el quemadero y la obra de la espada y el arcabuz, eran lógicos, y tan solamente
un corazón excepcional, un espíritu extranjero entre los suyos, como Las Casas,
pudo asombrarse dolorosamente de esa manifestación de la España Negra. «Mi
morena», dice Mariano de Cávia.
Las sombrías políticas de antaño se reproducen hoy,
claro que sin la perdida magnificencia; pues de Polavieja a Antonio Pérez hay
cien atlánticos de distancia y las ducales espuelas de don Fernando Álvarez de
Toledo retrocederían sobre sus agudas estrellas ante las botas de don Valeriano
Weyler... Pero aun la sombra de Roma cae sobre el palacio de Madrid; los
confesores áulicos tienen su papel, las intrigas son las mismas con diferencia
de personajes y de alturas mentales. ¡España[88] va
a cambiar!, se grita en el instante en que la injusta y fuerte obra del yanqui
se consuma. Y lo que cambia es el Ministerio.
La verbosidad nacional se desborda por cien bocas y
plumas de regeneradores improvisados. Es un sport nuevo. Y la
zambra no se interrumpe. «España—dice un escritor de Francia—ha querido, sin
duda, evocar esos grandes Estados del Oriente antiguo que se derrumbaban en la
embriaguez pública». No, no ha querido evocar nada. Obra por sí misma: esa
alegría es un producto autóctono, entre tanta tragedia; es el clavel: es la
flor roja de la España Negra. Así, cuando de nuevo los conservadores han vuelto
al Poder, se ha creído en el exterior que la reacción provocaría la revolución.
¡Las inquisitoriales historias de Montjuich están cercanas; los sucesores de la
guerra han sido tan rudos en su lección y las agitaciones provinciales del
regionalismo se han repetido tanto! Nada. Quietud. Estancamiento. Apenas ruido
de regaderas alrededor del tronco fósil del carlismo. Tan sólo, en lo futuro
del tiempo, el hervor del fermento social.
Se combate el vaticanismo; Castelar habló; otras
cabezas surgieron protestantes, a la salida de Silvela. Y se pronuncia el
nombre del padre Montaña; el inevitable confesor, cuyo hábito, en el curso de
la Historia, está siempre tras el trono de S. M. Católica. Se dice que la
religiosidad española no es sino formal; que el papa no es la potencia hacedora
en la vida política y social, sino hasta muy limitado punto. He encontrado
sirviendo de señal en un libro viejo, un documento curiosísimo, que os pondrá a
la vista el sentir y pensar de muy buena parte del pueblo español. Es una serie
de proposiciones que se enviarían en cierta época a las congregaciones de Roma,
para ser resueltas. Fírmalas don Ángel García Goñi, a 14 de abril de 1877. Este
caballero fué, según me informan, abogado distinguido del foro matritense, y
muy mezclado en asuntos de política eclesiástica.
PROPOSICIONES QUE SE CONSULTAN CON LAS
CONGREGACIONES DE ROMA
«Si se puede ser partidario de la persona[1] del
rey Don Alfonso XII de España, por creerle monarca legítimo, sin
ser por esto católico liberal.
»Si aun en la hipótesis inadmisible de que fuera
un usurpador y siguiese las corrientes racionalistas o se
abrazase a la política doctrinaria, sería lícito al pueblo
español por sí, alzarse en armas contra él, para destronarlo,
dada la situación política de aquel país, y caso negativo, si a pesar de esto
podría intentarlo, siguiendo al llamamiento que le hiciera otra persona que
invocase, con más o menos fundamento, sus derechos al trono, o si en la duda de
quien sea el verdadero rey, debe respetarse el hecho de la posesión
de la autoridad y obedecer lo existente.
»Si de ser lícito el alzamiento a
que se refiere la proposición anterior es hoy conveniente o de probable éxito o
de tenerse por temerario.
»Si considerando el estado de las conciencias y la
escasa resistencia que los tronos oponen en nuestros días a la revolución,
puede decirse que deja de ser católico el
monarca que sanciona la tolerancia de cultos disidentes. Entiéndase
esta proposición no para preguntar si realiza un acto nulo en sí,
porque éste parece evidente, sino en el sentido de si por tal hecho revela el
monarca odio al catolicismo, o pueden aquellas circunstancias y el deseo de
consolidar el orden público, cuando los revoltosos enarbolan la bandera de
la tolerancia, o con ella hacen la oposición al
rey, mitigar algo la gravedad de este acto.
»Si dado el hecho de haberse sancionado por
el monarca la libertad y tolerancia de cultos, o
cometídose [90]cualquier atropello a los sagrados
derechos de la Iglesia católica, es lícito trabajar dentro de
las vías legales para destronar al rey acusándole por su conducta, o si
únicamente pueden censurarse sus actos sin el fin ulterior de quitarle la
posesión de la autoridad: si para juzgar este hecho hay que distinguir entre el usurpador y
el príncipe legítimo, y cuál de estas calificaciones ha de aplicarse al posesor
de la autoridad, cuando el pueblo en que impera no tiene opinión unánime sobre
este punto. Si la proposición 63 del Sillabus, de 8 de diciembre de 1864,
condena la insurrección en este caso y si es aplicable al monarca cuya legitimidad es
reconocida por unos y negada por otros súbditos.
»Si los verdaderos católicos pueden
estar al servicio doméstico de los monarcas católico-liberales y
asistir a sus recepciones oficiales y fiestas, y si pueden defender su derecho
dinástico y su autoridad, sirviendo voluntariamente en sus
ejércitos.
»Si se puede ser partidario del régimen
representativo y constitucional, sin ser por ello católico
liberal.
»Qué entiende la Santa Iglesia Romana por
sistema parlamentario y si se puede sostener su conveniencia
en nuestros días, sin dejar de ser católico ultramontano.
»Si, supuestas unas o ambas afirmaciones, es lícito desear
el planteamiento en España de la Constitución de 23 de mayo de 1845, por
considerarla apropiada a las necesidades presentes del pueblo español, o si la
doctrina de este Código es católico-liberal, y, por lo tanto,
inconciliable con los derechos e intereses del catolicismo, determinando en
semejante supuesto, cuáles son los artículos que deberían suprimirse o
modificarse para que fuese francamente católica.
»Si aun siendo mala esta Constitución pueden ser
tenidas por católico-liberales aquellas personas que sostienen la conveniencia
de haberla restablecido en España en el año 1875, como base del orden
político, sin perjuicio de reformarla en sentido más restrictivo.
»Si es lícito a un católico verdadero prestar
juramento a la vigente Constitución española, publicada en 30 de junio de 1876
y con qué salvedades.
»Si es lícito y conveniente trabajar
en las elecciones como elector y como elegible, con el fin de
defender el catolicismo; y en todo caso, si es enteramente libre opinar
en pro o en contra de esta conveniencia.
»Si el sufragio universal considerado,
no como fuente de la soberanía del Derecho o
del Poder, sino únicamente como forma de elección, es
incompatible con el catolicismo y está condenado por la proposición 60 del
Sillabus.
»Si puede un verdadero católico servirse de
la Prensa periódica para propagar y defender la doctrina de
Jesucristo y los derechos de la Santa Iglesia Romana; si puede también
concurrir a los Ateneos, Academias y demás Centros
donde impera el racionalismo y el liberalismo,
para combatir estas absurdas teorías, oponiendo a ellas las conclusiones
católicas. Si esto es conveniente y si es enteramente libre opinar
en pro o en contra de su oportunidad.
»Si la llamada libertad de la Prensa,
entendida, no como un derecho individual, sino como una concesión
temporal del poder supremo, y, por lo tanto, revocable, y
aun así limitada por las leyes que castigan las transgresiones
de la doctrina católica y del orden político y social
constituyen un principio católico-liberal; y si la previa censura
forma parte integrante del uso de esta libertad para que sea compatible con el
catolicismo.
»Qué entiende la Santa Iglesia Romana por liberalismo;
si es lo mismo que sistema parlamentario y constitucional...
»Si los católicos, al defender el catolicismo y los
derechos de la Santa Iglesia Romana, deben ajustar sus acciones a la legalidad
establecida en los diferentes países, utilizando los medios que ella les
proporcione, o si es más conveniente que contentándose con la obediencia
pasiva a los Poderes constituídos, se separen de aquélla[92] y unidos trabajen para conseguir sus fines. Cuál
es, en resumen, la conducta que deben seguir en las actuales circunstancias, y
si es completamente libre opinar y obrar en uno u otro
sentido.—Ángel García Goñi.—Madrid, abril 14 de 1877.»
Es este un trabajo de casuística política española,
que os abre un mirador hacia el panorama moral de la Nación. La Iglesia, unida
al Estado cada día más, a pesar de las expropiaciones territoriales, de las
reacciones progresistas y de los trabajos del radicalismo. «La libertad y la
individualidad—dice Georges Lainé—son sentimientos accidentales que España ha
siempre desconocido. La antigüedad y el Oriente no han imaginado otra forma de
gobierno que el despotismo fanático y sospechoso, de tiranos, que se inmiscuyen
en la intimidad de las conciencias. España no ha podido desprenderse de esa
concepción, ni bajo el régimen del librepensador Carlos III, ni bajo la del
intolerante Felipe II; el libre pensamiento castellano no fué entonces sino una
variedad nueva de la intolerancia y del despotismo; si hubiese osado suprimir
la religión del Estado, hubiera sido para reemplazarla por una filosofía del
Estado; pero bruscamente, sin preparación, el siglo XIX rompió ese molde
social».
Mal podría yo, católico, atacar lo que venero; mas
no puedo desconocer que el catolicismo español de hoy dista en su pequeñez
largamente aun del terrible y dominante catolicismo de los autos de fe. Esa
corrompida dominación religiosa de Filipinas ha sido, como bien lo conoce ya el
mundo, la causa principal de la pérdida cuya fatalidad no hubo un juicio
certero que la presintiese. Habiendo perdido su poderío antiguo, la clerecía no
tomó siquiera el rumbo que podría levantarla a su justo puesto en España católica,
en donde, ya que no como cuerpo, particularmente se protegiesen las artes y las
ciencias. No es un sueño de poeta el pensar como el escritor que antes he
citado, en el papel reservado a[93] la Iglesia en lo
porvenir, con tal de que la barca simbólica fuese con buen timonel: la Iglesia,
dice, es una admirable institución, porque reposa sobre el amor y es el eterno
asilo de todos los Franciscos de Asís, de todas las santas Teresas, de todos
los Vicentes de Paúl del futuro. Todos los que aman, todos aquellos para
quienes el amor es el único fin de la existencia, se lanzarán un día hacia la
Iglesia, sea que—por privilegio de Dios—entren directamente, sea que, paganos,
les haya sido preciso, de desilusión en desilusión, seguir el camino indicado
por Platón: del amor de los bellos cuerpos ascender al amor de las ideas, de la
Venus terrestre a la Venus celeste.
Y en España, en donde el catolicismo forma parte, o
está unido tan íntimamente al alma general, a tal extremo que España ha de ser
siempre católica o no será; quizá en el tiempo venidero, en el resurgimiento
que ha de cumplirse, reverdezca el árbol nuevo, ya que no con las pompas
escarlatas de la hoguera y del auto de fe, en la luz de la vida nueva, en la
gloria de la intelectualidad, libre de las manchas grises, de las taras
vergonzosas que ahora contribuyen al descrédito de la alta doctrina; la «locura
de la cruz» no es la insensatez de la cruz.
¡Oh sí! el Máximos de Ibsen podría venir, más no
sería sino el mismo soberano Jesucristo, un emperador galileo cuyo fin sería
siempre la paz y el triunfo de la verdadera vida. El Anticristo nació en este
siglo en Alemania; conquistó muchas almas; se apasionó primero por el Graal
santo y renegó luego de su mayor sacerdote; creó el tipo de soberbia humana, o
superhumana, aplastando la caridad de Jesús; predicó el odio al doctor de la
Dulzura; desató o quiso desatar los instintos, los sexos y las voluntades; consiguió
un ejército de inteligencias, y se cumplió por él más de una profecía. Pero el
Anticristo alemán está en el manicomio, y el Galileo ha vencido otra vez.
[1]Lo
subrayado está en el manuscrito.
SEMANA SANTA
31 de marzo.
evilla rebosa de forasteros; Toledo lo propio;
a Murcia van los trenes llenos de viajantes. No faltan en las estaciones los
indispensables ingleses provistos de sus minúsculas «detective». Es en las
provincias en donde la santa semana atrae a los turistas. Madrid es
religiosamente incoloro, y lo que hace notar que se pasa por estos días de
fiestas cristianas, es que desde ayer, por decreto del alcalde—un descendiente
del ilustre Jacques de Liniers—, no circulan durante el día vehículos por la
capital. Las campanas no suenan, reemplazadas litúrgicamente por las matracas,
y jueves y viernes estas mujeres amorosas en la devoción, recorren las calles
cubiertas con sus famosas mantillas. En medio de la multitud, algo he advertido
de una vaga y dolorosa tristeza. Se escucha que viene a lo lejos una suave
música llena de melancolía; despacio, despacio. Luego se va acercando y se oye
una canción, seis voces, dos femeninas, dos de hombre, dos infantiles. El coro
pasa, se diría que se desliza ante vuestros ojos y a vuestros oídos. Son ciegos
que van cantando canciones, pidiendo limosna. Se acompañan con violines,
guitarras y bandolinas. Con sus ojos sin día miran hacia el cielo, en busca de
lo que preguntaba Baudelaire. Lo que cantan es uno de esos motivos brotados del
corazón popular, que dicen, en su corta y sencilla notación, cosas[95] que nos pasan sobre el alma como misteriosas
brisas que hemos sentido no sabemos en qué momento de una vida anterior. Se
diría que esos ciegos han aprendido su música en monasterios, pues traen sus
voces algo como piadosa resonancia claustral. La concurrencia que va al paseo
no para mientes. Por los balcones asoman unas cuantas caras curiosas. De lo más
alto de una casa, de una pobre buhardilla, cae para los ciegos una moneda de
cobre.
En las iglesias se ostentan las pompas sagradas.
Los caballeros de las diversas Ordenes asisten a las ceremonias. La
indumentaria resucita por instantes épocas enterradas. Mas ayer se cumplió con
una antigua usanza en la mansión real que, con toda verdad, más que ninguna
otra manifestación, ha podido llevar los espíritus hacia atrás, en lo dilatado
del tiempo. Me refiero al acto de lavar los pies a los pobres y reunirles a la
mesa, la reina de España. Esta costumbre arranca de siglos; instituyóla Fernando
III de Castilla en 1242.
Desde muy temprano el patio de palacio se fué
llenando de gente. Visto desde lo alto era una aglomeración oleante de
mantillas, sombreros de copa, oros y colores de uniformes. Suena un son de
pífanos. Es el desfile pintoresco de las alabardas. Medio día. Compases de un
himno por una banda de palacio, y la familia real se presenta en marcha hacia
la capilla. Por un momento desaparece el rumor de la vida actual. Esa aparición
nos hace pensar en un mundo distinto, en apariencias encantadoras que a las
alturas de esta época ruda para la poesía de la existencia, tan solamente
surgen a nuestra contemplación en el teatro o en el libro. He aquí que esta
buena archiduquesa que sostiene hoy la diadema de Su Majestad Católica, brota
de un cuadro, sale de una página de vieja historia, se desprende de un cuento;
toda blanca, real, tristemente majestuosa, pues no alcanza a ocultar que su
alma no es un lago tranquilo. De sus espaldas se extiende el gran manto; la
larga cola[96] pórtala un hidalgo, el mayordomo
marqués de Villamayor. El continente impone, el gesto habla por la raza. Por
corona lleva María Cristina una constelación de brillantes, y sutil como una
onda de espuma, la mantilla blanca le cubre el casco de la cabellera. La
princesita de Asturias, que ya viste de largo, va toda ella hecha una rosa,
rociada de perlas. Hay en esa joven una distinción graciosa que seduce en medio
de la corte, y que no advertís en los retratos expuestos en los escaparates de
los fotógrafos y que dan la figura un tanto picante de una modistilla. La
infanta Isabel—muy simpática para todos los madrileños, y absolutamente
Borbón—va de un amarillo triunfante, y sobre la magnificencia de su manto
heliotropo resplandecen las joyas. El altar arde en luces y oros. Los príncipes
y los cortesanos parecen orar, con unción y fe. Calvas ebúrneas, barbas blancas
sobre estrellas de oro y de piedras preciosas, galones y entorchados, se
inclinan al movimiento de los oficios. Serenamente armoniosa, la música de la
capilla despierta a Mozart. Como un incienso se esparce por los ámbitos,
envuelve todos los espíritus, así entre tantos se erijan los incrédulos,
la Primera Sinfonía.
En el Salón de las Columnas el gran crucifijo
central está envuelto en un lienzo violeta, en el altar, que se destaca sobre
un tapiz de asunto religioso. En las tribunas, con los ministros, entre el
Cuerpo diplomático y los Grandes de España, están la infanta Isabel y la
duquesa de Calabria y la princesa de Asturias.
En los lados del salón, sentados en bancos negros,
hay doce mujeres pobres y trece hombres pobres. No sé que vaga luz brota de
esas humildes almas en las miradas.
Suenan las dos palmadas de costumbre; es que se
acerca la reina con su séquito. La reina viene a paso augusto, entre el obispo
y el nuncio. Precédela un grupo de religiosos y cantores, y una cruz
alta. Ante diem festum Paschæ... resuena la voz del subdiácono; la
música,[97] el canto vuela sobre el recinto. De
pronto, María Cristina está ya ciñéndose una toalla, mientras las duquesas,
llenas de diamantes, las condesas fastuosas, descalzan a los convidados
miserables. La reina con una esponja y con la toalla enjuga los lamentables
pies de esas gentes, que en un halo de inexplicable asombro deben sufrir
extraña angustia. El representante del papa vierte el agua de un ánfora. Os
aseguro que por todo pecho presente pasa una conmoción. Y en ese mismo
instante, dos voces hablaban al oído del observador meditabundo. La una era la
del demonio de la calle, el demonio de la murmuración que se cuela por los
misterios de las casas y se propaga en la frase afilada por la inevitable
malignidad humana. Esa voz hablaba a la oreja izquierda y decía: «Es hermoso,
es de un simbolismo grandioso y conmovedor ese acto de humildad que recuerda a
las Isabeles de Hungría, que nos aleja del ambiente contemporáneo asfixiante de
egoísmo, quemante de odio y de mentira; pero... ¿y la miseria? ¿Y los
innumerables mendigos que andan por la Corte y por toda España crujiendo de
hambre? ¿Y los martirios de Montjuich? ¿Y el anarquismo, flor de los parias? ¿Y
la prostitución infantil instalada a los ojos de la capital de S. M. Católica?»
Y continuaba: «Por ahí se dice que la «austriaca» es avara; que manda arreglar
el calzado y los vestidos usados de las infantitas; que hace pagar su
«pupilaje» en palacio a la infanta Isabel; que su caridad no se demuestra
espléndida en demasía; que en Londres está acaparando millones; que la duquesa
de Cánovas, a quien ella antes llamara «la reina de la Guindalera», la
gratifica justamente con el apodo de «la institutriz»...» Mas la voz que
hablaba a la oreja derecha decía: «No, no hay que proclamar la injusticia o la
mala visión como una ley de verdad. Esa noble señora está en una altura que hay
que apreciar de lejos; y poco harán en su contra las murmuraciones áulicas, los
despechos palaciegos. Su misión maternal es admirable, y[98] las
tempestades que han pasado por la corona de torres de la Patria la han visto
siempre digna y ejemplar, sosteniendo la infancia endeble de su hijo, dolorida
por las penas nacionales, triste en su viudez hasta hoy libre de calumnia.
Ciertamente, no es una Isabel II, por ninguna clase de generosidad. No
derrocha, pero sostiene asilos, da justas y silenciosas limosnas. Es una reina
buena».
Y hela allí, en el salón de armas, sirviendo a los
mismos pobres a la mesa. Le ayudan varios señores en su tarea. Esos garçons de
semejante comedor se llaman el marqués de Ayerbe, el duque de Sotomayor, el
duque de Granada de Ega, el conde de Revillagigedo, el marqués de Comillas, el
conde de Atarés, el marqués de Santa Cristina, el marqués de Velados. Todos
pudieran entrar en un parlamento huguesco; todos se cubren ante el rey, todos
tienen a la cintura la llave de oro. Así las damas que descalzaron a los miserables
eran una condesa de Sástago, una duquesa de Medina Sidonia, una marquesa de
Molíns, una de Sanfelices. Desde lo alto, en el soberbio techo—Giaquinto
pinxit—todo un revuelto Olimpo, de un paganismo rococo, se debatía, en
vibrantes fugas de colores sobre las magnificencias católicas.
Esta ha sido para mí más que la procesión mediocre,
o las celebraciones eclesiásticas en los templos, la verdadera nota principal
de la semana santa en la corte española. Pues si hoy la reina, en el ceremonial
del viernes santo en la capilla real, ha hecho cambiar por cintas blancas las
cintas negras de los procesos, al indultar a los reos de muerte, después de
besar el lignum crucis, ayer, ha estado, en un acto antiguo, más
cerca de Jesucristo.
¿España es verdaderamente religiosa? Creo que, en
el fondo, no. Cuenta Georges Lainé que preguntó a un sacerdote gaditano: «¿Hay
una corriente de opinión republicana muy marcada en el bajo pueblo de Cádiz?»[99] El sacerdote le contestó: «Todos los obreros de
Cádiz son republicanos, anticatólicos, y, un gran número, anarquistas». Puede
también asegurarse que la mayoría de los obreros de toda España es poco
religiosa, influída por corrientes liberales primero y luego por la cuestión
social. En Barcelona, principalmente, el viento nuevo ha desarraigado mucho
árbol viejo. En Andalucía, en Castilla buena parte del clero ha contribuído,
con su poco cuidado de los asuntos espirituales, a debilitar las creencias. El
alto clero español cuenta con cabezas eminentes, con sabios y con varones
virtuosos; pero en las regiones inferiores no es un mirlo blanco el sacerdote
de sotana alegre, amigo de juergas, de guitarras y mostos. La navaja no es
tampoco, en ciertos ejemplares, desconocida.—El sacerdote sanguinario y cruel no
ha sido escaso en las guerras carlistas. En cuanto a moralidad, es éste el país
en donde el «ama del cura» y las «sobrinas del cura» son tipos de comedia y
cantar. Ello no quiere decir que, como en toda viña humana y en la del Señor,
no haya casos de corrección y de virtud evangélicas. El cura de aldea de aquel
honesto Pérez Escrich no abunda, pero se puede encontrar en la campaña
española. La enseñanza religiosa en la España interior se queda en lo
primitivo, en la plática pastoral que precede a la idolatría católica de
figuras también primitivas; en las procesiones originalísimas.—En la España
negra de Verhaeren y Regoyos podéis observar curiosos croquis. En San Juan de
Tolosa, por ejemplo, en Guipúzcoa, donde existen esas esculturas bárbaras que
hacen decir al escritor: «El rezar cara a cara con estos Nazarenos y Santos
debe hacer reir o alucinar». En efecto, son figuras, bonshommes como
labrados a hacha, con asimetrías deformes y aires de idiotismo o de malignidad;
Cristos de rostros funestos, o como dibujados por James Ensor, Cristos que
dan miedo, bajo sus cabelleras de difuntos, entre los nichos oscuros de los
altares. La semana santa en Guipúzcoa; los pasos[100] de
Azpeitia con sus siniestras estatuas, son otra cosa que la semana santa de
Sevilla, con sus esculturas artísticas, sus palios lujosos, sus pasos con
imágenes de arte, sus vírgenes vestidas como emperatrices bizantinas: todo oro,
terciopelo, hierro, y más oro; y las saetas, esos cantos que brotan en su aguda
tristeza, quejidos del pueblo, dolorosas y sonoras alondras de una raza. O la
semana santa de Toledo, entre la antigüedad gris y seca de esa petrificación de
tiempo. En las fiestas de San Juan Degollado, en la isla de Gaztelugache, cerca
del cabo Machichaco, puede verse aún la Edad Media, con la devoción idólatra y
temerosa, los romeros y penitentes que suben una cuesta de rodillas,
despedazándose sobre la piedra. Los niños van vestidos de negro y violeta. Y
los disciplinantes de Rioja, en San Vicente de la Sonsierra: hombres que se destruyen
las espaldas con azotes, a la vista del público, y luego, cuando el lomo está
todo amoratado de golpes o hinchado de disciplinazos, se les raya con bolas de
cera llenas de vidrios filosos. Regoyos nos cuenta de otros martirios, como el
ir tocando una gran campana por las calles, o pasar con los pies descalzos
sobre pedruscos y chinas. Allí la sangre humana se vierte en realidad cada
jueves santo.
Pero junto a todas esas manifestaciones de
religiosidad nefasta y milenaria encontraréis siempre la guitarra, el vino, la
hembra. El torero tiene una imagen a la que reza antes de ir a la corrida, a la
fiesta de la sangre. Los antiguos peregrinos que iban a Santiago de Compostela
con el bordón y la calabaza eran excelentes pillos y bandoleros que hubo que
perseguir. En ciertas procesiones andaluzas hay pleitos por si una santa virgen
vale más que otra, y al elogiar a la propia imagen se injuria con epítetos de
la hampa a la santa imagen contraria. Se forman partidos por este o aquel
Cristo, por este o aquel santo milagroso. En Galicia pasa lo propio. Un
escritor gallego me cuenta que un tío suyo muy devoto, después de sufrir un
gran dolor moral, se[101] encerró en su gabinete, y
con una filosa faca se puso a dar de puñaladas a un Crucifijo familiar. No es
raro que al ir a dejar a la iglesia en los pueblos, a una imagen, los
conductores se detengan un rato en la taberna. En 1820 los madrileños saquearon
el palacio de la Inquisición; degüello de frailes ha habido que quedará por
siempre famoso. España es el país católico por excelencia; pero Rothschild ha
sido el amo por intermedio del judío Bauer; y se ha transigido por razones muy
humanas, con la fundación de templos protestantes.
El fanatismo español, según Buckle, se explicaría
por las luchas con las invasiones arábigas; pero Ives Guyot hace notar, con
justicia, que antes había habido los grandes choques con los visigodos
arrianos. La conversión de Recaredo señala un buen punto de partida. De lo más
remoto parte la veta religiosa, desde la venida de los primeros cristianos. No
hay lugar importante de España que no guarde el recuerdo tradicional o
histórico de un santo o de un apóstol cristiano. San Pablo desembarcó en las
costas levantinas, y Tarragona pretende que fué el fundador de su iglesia. En
Bética fué la conversión del prefecto Filoteo, del magnate Probo y su hija
Xantipa. El mismo apóstol estuvo en Andalucía, en Écija y en otros puntos de la
Península. Écija tuvo a San Rufo, obispo nombrado por San Pablo Narbonense;
Santiago estuvo en Braga, en donde fué primer obispo. El viaje de la cabeza de
Santiago, con los Siete Discípulos, en la parva navis, es una
hermosa perla de tradición narrada en el latín del Cerratense. La cabeza de
Santiago destruyó el último templo de Baco: Liverum novum: ¡pero ya
quedaba el vino! San Pedro envió a otros discípulos. Geroncio quedó en Italia.
Pamplona recuerda a Saturnino y Honesto; Marmolejo a Máximo; Guadix a Torcuato;
Granada a San Cecilio; Ávila a San Segundo; Tarifa a San Esicio; Andújar a San
Eufrasio; Cabra a San Texifonte; Almería a San Indalecio. Zaragoza pretende
tener la primera iglesia fundada en España: allí[102] triunfan
los mártires y la Pilarica. Toledo tuvo a San Eugenio, en tiempo del papa
Clemente. Gerona cuenta con San Narciso. Por todas partes retoña, si regáis un
poco, la raíz cristiana, por tantos motivos; pero la savia pagana de la tierra
no está destruída. La latina se explica. Se gusta en las procesiones de la
pompa, de los oros lujosos, de la decoración de las imágenes, y con el pretexto
de la devoción se da suelta a los nervios y a la sangre, floreciendo de rojo la
España Negra. No se abandonan los asuntos de este mundo por los del otro; y la
Inquisición misma, en sus orígenes, tuvo más causas políticas que religiosas.
El quemadero después agregó ese halago terrible al divertimiento popular; auto
de fe o corrida de toros viene a dar lo mismo. En ciertos templos andaluces el
catolicismo deja ver a través de sus adornos y símbolos las líneas y arabescos
moriscos: en las almas pasa algo semejante. Cierto es que Mahoma sonríe más que
Jesucristo en los ojos sevillanos de bautizadas odaliscas.
País de Carlos V, de Felipe II, de Carlos II el
Hechizado; país de la expulsión de los judíos y de los moros: su fe no
llega muy a lo profundo. Creedme: la brava España llevó la cruz al mundo nuevo
nuestro, a lejanas tierras, la impuso por la fuerza, de manera koránica;
pórtala sobre el oro de la corona, sobre la cúpula del palacio real; pero
España es como la espada: tiene la cruz unida a la filosa lámina de acero.
¡TOROS!
6 de abril de 1899.
os durazneros alegres se animan de rosa; el
Retiro está todo verde, y con la primavera llegaron los toros. Se han vuelto a
ver en profusión los sombreros cordobeses, los pantalones ajustados en absurda
ostentación calipigia, las faces glabras de las gentes de redondel y chuleo. El
día de la inauguración de las corridas fué un gran día de fiesta. Pude saludar
varias veces por la calle de Alcalá al espíritu de Gautier. Era el mismo
ambiente de los tiempos de Juan Pastor y Antonio Rodríguez; las calesas estacionadas
a lo largo de la vía, las mulas empomponadas, los carruajes que pasan llenos de
aficionados y las mantillas que decoran tantas encantadoras cabezas. Parece que
en el aire fuese la oleada de entusiasmo; todo el mundo no piensa sino en el
próximo espectáculo, no se habla de otra cosa; las corbatas de colores detonan
sobre las pecheras; las chaquetas parece que se multiplicasen, los cascabeles
suenan al paso de los vehículos; en los carteles chillones se destaca la figura
petulante del Guerra. ¡El Guerra!...
Su nombre es como un toque de clarín, o como una
bandera. Su cabeza se eleva sobre las de Castelar, Núñez de Arce o Silvela; es
hoy el que triunfa, el amo del fascinado pueblo. ¡El Guerra! Andalusamente,
Salvador Rueda, no hallando otra cosa mejor que decirme de su torero, me clava:
«¡Es Mallarmé!» Vamos, pues, a los toros.
«Se ha dicho y repetido por todas partes que el
gusto[104] por las corridas de toros se iba
perdiendo en España, y que la civilización las haría pronto desaparecer; si la
civilización hace eso, tanto peor para ella, pues una corrida de toros es uno
de los más bellos espectáculos que el hombre puede imaginar». ¿Quién ha escrito
eso? El gran Theo, el magnífico Gautier, que vino «tras los montes» a ver las
fiestas del sol y de la sangre; Barrès, después, hallaría la sangre, la
voluptuosidad y la muerte. Es explicable la impresión que en el hombre que
«sabía ver» harían las crueles pompas circenses. No es posible negar que el
espectáculo es suntuoso; que tanto color, oros y púrpuras, bajo los oros y
púrpuras del cielo, es de un singular atractivo, y que del vasto circo en que
operan esos juglares de la muerte, resplandecientes de sedas y metales, se
desprenden un aliento romano y una gracia bizantina. Artísticamente, pues, los
que habéis leído descripciones de una corrida o habéis presenciado ésta, no
podéis negar que se trata de algo cuya belleza se impone. La congregación de un
pueblo solar a esas celebraciones en que se halaga su instinto y su visión, se
justifica, y de ahí el endiosamiento del torero.
Nodier raconte qu'en Espagne... Fácil es imaginarse el entusiasmo de Gautier
por esta España que aparecía en el período romántico como una península de
cuento; la España de los châteaux, la España de Hernani y otra
España más fantástica si gustáis, y la cual, aun cuando no existiese, era
preciso inventar. Esa venía en la fantasía de Gautier, y los toros vistos por
él correspondieron a la mágica inventiva. En la calle de Alcalá le arrastró, le
envolvió el torbellino pintoresco; los calesines, las mulas adornadas, los
bizarros jinetes, las tintas violentas calentadas de sol de la tarde, los
característicos tipos nacionales. El arte le ase a cada momento y si un tronco
de mulas le trae a la memoria un cuadro de Van der Meulen, un episodio torero
le recordará más tarde un grabado de Goya. Aquí encuentra la famosa[105] manola, que ha de hacerle escribir una no menos
famosa canción cuyos ¡alza! ¡hola! se repetirán en lo porvenir
a la luz de los café-concerts. El detalle le atrae; documenta y
hace sonreir la sinceridad con que corrige a sus compatriotas buscadores de
«color local»: se debe decir torero, no toreador; se
debe decir espada, no matador. Ya enmendará luego la
plana a Delavigne diciéndole que la espada del Cid se llama tizona y no tizonade,
para resultar con que hay una estocada en la corrida que se llama a
vuela pies. ¡Oh! el español de los franceses daría asunto para curiosas
citas, desde Rabelais hasta Maurice Barrès, pasando por Víctor Hugo y Verlaine.
Los toros atrajeron la atención del poeta de los Esmaltes y Camafeos. Cuando
iba a sentarse en su sitio, en la plaza, «experimenté—dice—un deslumbramiento
vertiginoso. Torrentes de luz inundaban el circo, pues el sol es una araña
superior que tiene la ventaja de no regar aceite, y el gas mismo no lo vencerá
largo tiempo. Un inmenso rumor flotaba como una bruma de ruido sobre la arena.
Del lado del sol palpitaban y centelleaban miles de abanicos y sombrillas». «Os
aseguro que es ya un admirable espectáculo, doce mil espectadores
en un teatro tan vasto cuyo plafón sólo Dios puede pintar con el azul
espléndido que extrae de la urna de la eternidad». Después serán las peripecias
de los juegos, la magnificencia de los trajes y capas; los mismos sangrientos
incidentes, caballos desventrados, toros heridos, y el público tempestuoso, un
público de excepción cuyo igual no sería posible encontrar sino retrocediendo a
los circos de Roma; todo con sol y música y clamor de clarines y banderillas de
fuego. Él hace su resumen: «La corrida había sido buena: ocho toros, catorce
caballos muertos, un chulo herido ligeramente; no podía desearse nada mejor».
Que por razones de imaginación y sensibilidad artística hombres como Gautier se
contagien del gusto por los toros que hay en España, pase; pero es el caso que
ese contagio invade a los extranjeros[106] de todo
cariz intelectual, y no es raro ver en el tendido a un rubio commis-voyageur dando
muestras flagrantes del más desbordado contentamiento.
Lo que es en España será imposible que llegue un
tiempo en que se desarraigue del pueblo esta violenta afición. Antes y después
de Jovellanos ha habido protestantes de la lidia que han roto sus mejores
flechas contra el bronce secular de la más inconmovible de las costumbres. En
las provincias pasa lo propio que en la capital. Sevilla parece que regase sus
matas de claveles con la sangre de esas feroces soavetaurilias;
allí las fiestas de toros son inseparables del fuego solar, de las mujeres
cálidamente amorosas, de la manzanilla, de la alegría furiosa de la tierra; la
corrida es una voluptuosidad más, y la opinión de Bloy sobre la parte sensual
del espectáculo encontraría su mejor pilar en el goce verdaderamente sádico de
ciertas mujeres que presencian la sangrienta función. La Sevilla de las
estocadas de Mañara, de la molicie morisca, de las hembras por que se desleía
Gutierre de Cetina, de las sangres de Zurbarán, de las carnes femeninas de
Murillo, de las gitanillas, de los bandidos generosos, tiene que ser la Sevilla
del clásico toreo. Bajo Fernando III ya los mozos de la nobleza tenían su plaza
especial para el ejercicio del sport preferido. Partos reales
o la toma de Zamora, se celebraban con toros. El cardenal arzobispo don Rodrigo
de Castro prohibió durante un jubileo las corridas. La ciudad luchó con su
ilustrísima y venció apoyada por Felipe II. La corrida se da, y en ella
Veinte lacayos robustos
con ellos delante salen:
morado y verde el vestido
espadas doradas traen,
de ser don Nuño y Medina
dan muestra y claras señales,
que aunque vienen embozados
no pueden disimularse.
En tiempos de Felipe IV «toreó a caballo don Juan
de Cárdenas, un truán del duque, de excelente humor, con tanta destreza y
bizarría, que al toro más furioso dió una muy buena lanzada: Mató S. M. tres
toros con arcabuz»—dice un revistero de la época. Felipe V quiso sustituir la
corrida por «juegos de cabezas», pero lo francés fué derrotado por lo español.
¡Ayer como hoy los toros for ever! No ha habido aquí poeta ni
millonario que haya sido tan afortunado en favores femenidos como Pepe Hillo.
Cierto es que en París y en nuestro tiempo, Mazzantini y Ángel Pastor no han
podido quejarse de las damas. En Zaragoza la afición se pretende que viene
desde los romanos. Don Juan de Austria fué obsequiado allí con toros. A Felipe
V le hicieron ver los aragoneses una corrida, de noche, en Cariñena. Los
navarros, entre un son de violín de Sarasate y un do pectoral de Gayarre,
toros, y ello viene de antaño. Soria, con sus fiestas de las Calderas, pues
toros. Valencia, florida y armoniosa de colores y cantos, tenía ya toreros en
tiempo de Don Alfonso el Sabio. Y entre sus célebres aficionados
cuenta a un conde de Peralada y Albatera, don Guillén de Rocafull. Y hasta en
la España del Norte, en la España gris, aun cuando la Naturaleza proteste, la
afición procura su triunfo, y bajo el cielo empañado, en la tierra donostiarra,
toros. Salamanca, toros. Toledo, Valladolid, toros. Solamente entre los
catalanes no han vencido sino a medias los cuernos.
No obstante, hay apasionados de la lidia que
lamentan la decadencia torera; dicen que hoy no existe «el amor al arte», que
los espadas son simples negociantes, y los ganaderos, así sean descendientes de
Colón, dan—como dice Pascual Millán, notable taurógrafo—«toros raquíticos, sin
sangre, ni bravura, ni trapío». Los días pasados, en Aranjuez, conocí a un
hombre atento y afable que, a través de su conversación con coleta, deja ver
cierta cultura y buen afecto a América. Me habló del Río de la Plata, y de Chile,
y de su amigo don Agustín[108] Edwards. Es el
célebre Ángel Pastor. Sufre grandemente. En lo mejor de su carrera, todavía
fuerte y joven, ha tenido la desgracia de romperse un brazo. Ya no podrá trabajar;
la mala suerte le ha salido al paso peor que un toro bravo, y le ha cogido. Y
habla también Pastor de lo malo que hoy anda el toreo, de la decadencia del
arte, de lo clásico y de lo moderno, como hablaría
un profesor de Literatura o de Pintura. Pero no le falta el brillante gordo en
el dedo y la consideración de todo el mundo. El hotel mejor de Aranjuez es el
suyo. Y la tradicional gentileza y obsequiosidad, suyas son también.
Decadentes o no decadentes, los toros seguirán en
España. No hay rey ni Gobierno que se atreva a suprimirlos. Carlos III tuvo esa
mala ocurrencia y luego se vieron sus defectos. Jovellanos, en su carta a
Vargas Ponce, no tuvo empacho en sostener que la diversión no es propiamente
nacional, porque Galicia, León y Asturias han sido muy poco toreras. ¿Qué
gloria nos resulta de ella? exclamaba. ¿Cuál es, pues, la opinión de Europa en
este punto? Con razón o sin ella ¿no nos llaman bárbaros porque conservamos y sostenemos
las fiestas de toros? Negó el valor a los toreros, y proclamó su general
estupidez fuera de las cosas de la lidia. Sostuvo el daño que ésta producía a
la agricultura, pues cuesta más la crianza de un buen toro para la plaza que
cincuenta reses útiles para el arado; y a la industria, pues los pueblos que
ven toros no son por cierto los más laboriosos. En cuanto a las costumbres, el
párrafo que dedica a la influencia de los toros en ellas quedaría perfecto al
injertarse en un capítulo del Cristophe Colomb devant les taureaux,
de León Bloy. Hay una muy bien meditada página del cubano Enrique José Varona
sobre la psicología del toreo, en que encuentra la base humana del gusto por
esas crueles diversiones, en el sedimento de animalidad persistente a través de
la evolución de la cultura social. La teoría no es flamante y antes que
sostenida[109] por argumentos científicos, estaba
ya incrustada en la sabiduría de las naciones.
Pero si no hay duda de que colectivamente el
español es la más clara muestra de regresión a la fiereza primitiva, no hay
tampoco duda de que en cada hombre hay algo de español en ese sentido, junto
con el de la perversidad, de que nos habla Poe. Y la prueba es el contagio,
individual o colectivo; el contagio de un viajero que va a la corrida llevado
por la curiosidad en España, o el contagio de un público entero, o de gran
parte de ese público, como el de París o Buenos Aires, en donde la diversión se
ha importado, corriéndose el riesgo de que, si la curiosidad es atraída primero
por el exotismo, venga después la afición con todas sus consecuencias.
En América, no creo que en Buenos Aires, a pesar de
lo numeroso de la colonia española y de la sangre española que aun prevalece en
parte del elemento nacional, el espectáculo pudiese sustentarse por largo
tiempo; pero pasada la cordillera, y en países menos sajonizados que Chile, el
caso es distinto. Desde Lima a Guatemala y Méjico queda aún bastante savia
peninsular para dar vida a la afición circense.
En cualquier pueblo, dice Varona, sería funesto
para la cultura pública espectáculo semejante; entre los españoles y sus
descendientes, infinitamente más. Las propensiones todas de su carácter,
producto de su raza y de su historia, los inclinan del lado de las pasiones
violentas y homicidas. Por lo que a mí toca, diré que el espectáculo me domina
y me repugna al propio tiempo—no he podido aún degollar mi cochinillo
sentimental.
Puesto que las muchedumbres tienen que divertirse,
que manifestar sus alegrías; serían más de mi agrado pueblos congregados en sus
días de fiesta, en un doble y noble placer mental y físico, escuchando, a la
griega, una declamación, bajo el palio del cielo, desde las gradas[110] de un teatro al aire libre; o la procesión de
gentes, hombres y mujeres y niños, que fuesen, en armoniosa libertad, a cantar
canciones a las montañas o a las orillas del mar. Pero puesto que no hay eso, y
nuestras costumbres tienden cada día a alejarse de la eterna poesía de las
cosas y de las almas, que haya siquiera toros, que haya siquiera esas plazas
enormes como los circos antiguos, y llenas de mujeres hermosas, de chispas, de
reflejos, de voces, de gestos.
Créame el nunca bien ponderado doctor Albarracín,
que mis simpatías están de parte de los animales, y que entre el torero y el
caballo, mi sensibilidad está de parte del caballo, y entre el toro y el torero
mis aplausos son para el toro.
El valor tiene poca parte en ese juego que se
estudia y que lo que más requiere es vista y agilidad. No sería yo quien
celebrase el establecimiento de una plaza de toros entre nosotros; pero tampoco
batiría palmas el día que España abandonase esos hermosos ejercicios que son
una manifestación de su carácter nacional.
No olvidaré la impresión que ha hecho en mí una
salida de toros; fué en la corrida última.
El oleaje de la muchedumbre se desbordaba por la
calle de Alcalá; cerca de la Cibeles pasaba el incesante desfile de los
carruajes; la tarde concluía y el globo de oro del Banco de España reflejaba la
gloria del Poniente, en donde el sol, como la cola de un pavo real
incandescente, o mejor, como el varillaje de un gigantesco abanico español,
rojo y amarillo, tendía la simétrica multiplicidad de sus rayos, unidos en un
diamante focal. Los ojos radiosos de las mujeres chispeaban tempestuosamente
bajo la gracia de las mantillas; vendedoras jóvenes y primaverales pregonaban
nardos y rosas; flotaba en el ambiente un polvo dorado, y en cada cuerpo
cantaban la sangre y el deseo, el himno de la nueva estación. Los toreros
pasaban en sus carruajes, brillando al fugaz fuego vespertino; una música
lejana[111] se oía y en el Prado estallaban las
risas de los niños.
Y comprendí el alma de la España que no perece, la
España reina de vida, emperatriz del amor, de la alegría y de la crueldad; la
España que ha de tener siempre conquistadores y poetas, pintores y toreros.
¡Castillos en España! dicen los franceses. Cierto:
castillos en la tierra y en el aire, llenos de leyenda, de historia, de música,
de perfume, de bizarría, de color, de oro, de sangre, de hierro, para que Hugo
venga y encuentre en ellos todo lo que le haga falta para labrar una montaña de
poesía; castillos en que vive Carmen y se hospeda Esmeralda, y en donde los
Gautier, los Musset y los artistas todos de la tierra pueden abrevarse de los
más embriagadores vinos de arte. Y en cuanto a vos, don Alonso Quijano el
Bueno, ya sabéis que siempre estaré de vuestro lado.
LA PARDO-BAZÁN EN PARÍS
UN ARTÍCULO DE UNAMUNO
10 de abril.
oña Emilia está ahora por París; ha hablado a
los franceses de la España de ayer, de la España de hoy y de la España de
mañana... Como casi siempre, dos versiones llegan, una del éxito de la
conferenciante, otra del fracaso. Creo desde luego en la primera. Los franceses
(fuera de la tradicional cortesía y de la no menos tradicional novelería) han
oído en su idioma, a una mujer muy inteligente, muy culta, que les ha hablado
desembarazadamente de un tópico que todavía no ha perdido su actualidad; el problema
español, después de la débâcle. La señora Pardo-Bazán cuenta desde
hace tiempo con largas simpatías y amistades del otro lado de los Pirineos,
desde sus visitas al desván de los Goncourt, desde La
cuestión palpitante. Es colaboradora de más de una revista parisiense, y
luego, para su buena recepción, tenía la excelente «guardia de honor» de La
Fronde. No deja de haber murmuradores que encuentran raro lo de que España
vaya a ser representada intelectualmente, en la Sociedad de Conferencias, por
una mujer. «Después de todo—me decía un espiritual colega—es lo que tenemos más
presentable fuera de casa».
Y ciertamente, como no fueran Menéndez y Pelayo o[113] Galdós a París, en esta ocasión no sé quién
mejor que doña Emilia hubiera podido hablar en nombre de la cultura española.
La de doña Emilia es variada y por decir así europea, a pesar de su siempre
probado retorno al terruño después de sus excursiones a tales o cuales islas
mentales de pensadores extranjeros. En ella lo nacional no alcanza a ser
ocultado completamente por propósitos de arte o pasiones intelectuales. Su
catolicismo, por ejemplo, ha hendido como una vieja y fuerte proa, las oleadas
naturalistas y las filosofías de última hora. Su forma literaria no ha podido
asimilarse nunca nada extraño a la tradición castellana; y encuentro de una
justicia que no ha menester muchas demostraciones para vencer, sus pasadas
tentativas para conseguir, lo que por derecho propio se le debe, un sillón de
la Real Academia Española.
Y es un personaje simpático y gallardo, esta brava
amazona que en medio del estancamiento, del helado ambiente en que las ideas se
han apenas movido en su país en el tiempo en que le ha tocado luchar, ha hecho
ruido, ha hecho color, ha hecho música y músicas, poniendo un rayo rojo en la
palidez, una voz de vida en el aire, a riesgo de asustar a los pacatos,
colocándose masculinamente entre los mejores cerebros de hombre que haya habido
en España en todos los tiempos.
Es la señora Pardo-Bazán de cierta edad, todavía
guapa y exuberante de vida. Su trato es amenísimo y desde el primer momento, si
lo merecéis, tenéis su aprecio intelectual y se abre su amable confianza.
Pocas veces puede encontrarse unida tan llana
franqueza con tan inconfundible distinción. Vive en su casa de la calle Ancha
de San Bernardo, en compañía de su madre la condesa viuda de Pardo-Bazán, de
sus hijas las señoritas de Quiroga y su hijo don Jaime, que, entre paréntesis,
le ha resultado un gran partidario de don Carlos. En la casa se celebran con
bastante frecuencia reuniones a que concurren personajes políticos y de la[114] nobleza, y principalmente, hombres de letras y
artistas. Puede asegurarse que no hay escritor o artista extranjero que no sea
invitado a estas recepciones, y como doña Emilia habla la mayor parte de las
lenguas europeas, se entiende con cada cual en su idioma. Sus libros han tenido
una fama creciente en toda Europa y ha sido traducida la mayor parte de ellos
en las principales naciones.
Desde hacía algunos días circulaba la noticia de
que la señora Pardo-Bazán iría a París a dar una conferencia sobre España. En
el Journal des Débats apareció un artículo de Boris de
Tannemberg anunciando a los parisienses la llegada de la escritora, y poco
después, ella partía, en efecto, a llenar su compromiso.
Ecos varios, como he dicho al comenzar, llegan de
la conferencia, y en los extractos de ella aparecen, como puntos principales,
las dos leyendas de España, la «leyenda áurea» y la «leyenda negra».
La leyenda áurea, es decir, una España
heroica, noble, generosa, potente, cuna del valor y la hidalguía. La leyenda
negra, una España codiciosa, sangrienta, avara, inquisitorial, terriblemente
peligrosa al progreso humano. La primera, dice la señora Pardo-Bazán, ha sida
la causa de los desastres actuales. Ella se arraigó tanto en el espíritu de la
Nación, que formó un pueblo optimista, quijotesco, vanidoso, que con castillos
en el aire compensaría su decadencia y su pobreza. Los hombres dirigentes, los
guías de la política del reino en los últimos años, se dejaban cegar por los
mirajes y perdían el concepto de la realidad.
La leyenda negra tendría por origen la envidia de
otras naciones, y sobre todo, las rivalidades religiosas y políticas empezadas
desde el siglo XVI con el soplo del protestantismo que veía como su principal
enemigo a la poderosa España católica de entonces. Así lo comprende un erudito
escritor, el señor Maldonado Macanaz, en un artículo que ha dado a la
publicidad en esta[115] ocasión. Pero de los tres
puntos en que se basa la leyenda negra, que son la conquista española, la
Inquisición, la decadencia que se iniciaba en el siglo XVII y las figuras de
Carlos I y de Felipe II, se desprende que no ha habido demasiada injusticia en
Europa cuando se ha formado esa leyenda «de color oscuro» con bases tan
innegablemente sombrías. No habría manera de paliar las atrocidades de la
conquista, pues aun suprimiendo la relación del padre Las
Casas, que es obra de varón verecundo y cristiano, no se pueden negar las
imposiciones a sangre y fuego de los conquistadores, la deslealtad que más de
una vez salta a la vista, así en Méjico como en el Perú, y tantas páginas rojas
y negras que aportan su color a la leyenda. La inquisición está en el mismo
caso, pues aun concediendo, desde el punto de vista de una crítica especial,
defensas de aquella institución como lo hace Menéndez y Pelayo, y aun
observando que no solamente España encendió las hogueras religiosas, resulta
siempre que es en España en donde el espíritu inquisitorial halló su verdadera
encarnación; por ello el inquisidor de los inquisidores será siempre el
inquisidor español; ya a través de la Historia, ya en el cuento de Poe, en el
drama de Hugo o en el dibujo de Ensor. La leyenda áurea constituye el lado
nervioso del alma española, y solamente los desaciertos de los políticos de
última hora han podido hacer que se empañase. Es la de una España romántica,
una España generosa y grande que alza sus vastos castillos de gloria sobre la
selva poética del Romancero; una España de valor y de caballería que ha clavado
en el bronce del tiempo, con nombres épicos, toda una serie de nobles
victorias, de orgullosas conquistas. Sobre su pintoresco escenario lleno de sol
y de música el alma española aun sustenta la grandeza y el brillo del pasado,
digan lo que quieran los pesimistas y los que han perdido toda esperanza de
regeneración. No hace daño a España, como doña Emilia cree, no le ha hecho daño[116] el recuerdo y mantenimiento de la leyenda de oro
de su historia; sino que malaventurados políticos y ministros modernistas a su
manera, hayan descuidado el cimentar el presente apoyados en la gloria
tradicional. Para la reconstrucción de la España grande que ha de venir,
aquella misma áurea leyenda contribuirá con su reflejo alentador, con su brillo
imperecedero. España será idealista o no será. Una España práctica, con olvido
absoluto del papel que hasta hoy ha representado en el mundo, es una España que
no se concibe. Bueno es una Bilbao cuajada de chimeneas y una Cataluña sembrada
de fábricas. Trabajo por todas partes; progreso cuanto se quiera y se pueda;
pero quede campo libre en donde Rocinante encuentre pasto y el Caballero crea
divisar ejércitos de gigantes.
Varias publicaciones de Madrid, desde hace poco,
han empezado a ocuparse con alguna atención de literatura hispanoamericana.
Comenzó el diario El País, siguió la Revista Nueva,
interesante y de carácter moderno, y luego el conocido y afamado
periódico Vida Nueva, ha comenzado a publicar una hoja mensual con
el título América y que se dedicará, como su título lo indica,
al pensamiento americano. Como la dirección me pidiese un artículo de
introducción a dicha hoja, hícelo refiriéndome a uno del señor Unamuno,
publicado en La Época, y en el cual, con motivo de la Maldonada de
Grandmontagne, hablaba de las letras americanas en general y de las argentinas
en particular, con un desconocimiento que tenía por consecuencia una
injusticia. El señor Unamuno es un eminente humanista, profesor de la antigua
Universidad de Salamanca, en donde tiene la cátedra de literatura griega. Se ha
ocupado de nuestra literatura gauchesca con singular talento; pero no conoce
nuestro pensamiento militante, nuestro actual[117] movimiento
y producción intelectual. Comencé con tomar de un número de La Nación datos
del yanqui Carpenter y hacer un largo párrafo de estadística. Luego dije lo que
otras veces he dicho sobre nuestra escasa producción, y sobre las esperanzas en
un futuro proficuo. Y como él se refiriese al demasiado parisienismo que creía
ver en la literatura de Buenos Aires, manifesté lo que en este párrafo se verá:
«Hay que esperar. América no es toda argentina;
pero Buenos Aires bien puede considerarse como flor colosal de una raza que ha
de cimentar la común cultura americana; y desde luego, puede hoy verse como el
solo contrapeso, en la balanza continental, de la peligrosa prepotencia
anglo-sajona. Nuestras letras y artes tienen que ser de reflexión. No puede
haber literatura en un país que ha empezado por cimentar el edificio positivo
de mañana; después de la base sociológica, de la muralla de labor material y
práctica, la cúpula vendrá labrada de arte. Por lo pronto, nos nutrimos con el
alimento que llega de todos los puntos del globo. Hemos tenido necesidad de ser
políglotas y cosmopolitas, y mucho tiempo antes de que la Real Academia
Española permitiese usar la palabra trole, nos habíamos hecho del
aparato. Decadentismos literarios no pueden ser plaga entre nosotros; pero con
París, que tanto preocupa al señor Unamuno, tenemos las más frecuentes y
mejores relaciones.
»Buena parte de nuestros diarios es escrita por
franceses. Las últimas obras de Daudet y de Zola han sido publicadas por La
Nación al mismo tiempo que aparecían en París; la mejor clientela de
Worth es la de Buenos Aires; en la escalera de nuestro Jockey Club, donde Pini
es el profesor de esgrima, la Diana, de Falguière, perpetúa la
blanca desnudez de una parisiense. Como somos fáciles para el viaje y podemos
viajar, París recibe nuestras frecuentes visitas y nos quita el dinero
encantadoramente. Y así, siendo como somos un pueblo[118] industrioso,
bien puede haber quien en minúsculo grupo procure en el centro de tal pueblo
adorar la belleza a través de los cristales de su capricho. ¡Whim!—diría
Emerson. Crea el señor Unamuno que mis Prosas profanas, pongo por
caso, no hacen ningún daño a la literatura científica de Ramos Mexía, de Coni o
a la producción regional de J. V. González; ni las maravillosas Montañas
de Oro de nuestro gran Leopoldo Lugones perturban la interesante labor
criolla de Leguicamón y otros aficionados a ese ramo que ya ha entrado en
verdad en dependencia folklórica. Que habrá luego una literatura de cimiento
criollo, no lo dudo; buena muestra dan el hermoso y vigoroso libro de Roberto
Payró, La Australia Argentina y las obras del popularísimo e
interesante Fray Mocho».
EL REY
25 de abril.
ace algunas tardes, por un punto de la Casa de
Campo en que suele turbar el silencio del bosque reverdecido de tropel de
jacas, un jinete, el rodar de un cupé, he visto pasar al rey Don
Alfonso con su madre y sus hermanitas. Iba el carruaje despacio, y así pude
observar bien el aspecto de Su Majestad infantil. No está tan crecido como los
retratos nos lo hacen ver; pero muestra lo que se dice une bonne mine.
Tiene la cara, ya señaladamente fijos los rasgos salientes, de un Austria; es
la de Felipe IV niño. Es vivaz y sus movimientos son los de quien se fortifica
por la gimnasia. Los ojos son hermosos y elocuentes, la frente maciza sería un
buen cofre para ideas grandes; el cuerpo no es robusto, pero tampoco es canijo.
La leyenda de un reyecito enclenque y cabezudo, de un niño raquítico, se ha
concluído. El muchacho real ha pasado los peligrosos años de su niñez y entra
en la pubertad con buen pie. No es esto decir que las leyes de herencia no
puedan, cuando menos se piense, aparecer con sus imposiciones. La misteriosa
aya pálida, su dama blanca, puede presentarse cerca de él, en un instante
inesperado; pero por hoy, Don Alfonso es príncipe que sonríe, que monta a
caballo, que hace sus estudios militares,[120] y si
de esta manera continúa, hay Borbón para largo tiempo.
Es cierto que sus años primeros han sido penosos y
enfermizos, y que razón hubo en llegar a creer que podría hacerse trizas el
frágil vaso al menor choque. Pero los cuidados de doña Cristina han sido
excepcionales; a madre como esta reina, es difícil superarla. No se ha dado
punto de reposo previéndolo todo, dedicándose antes que a cualquier otro grave
asunto a la salud de su hijo, preparando, mullendo el nido para su aguilucho,
no teniendo su mayor confianza sino en sí misma, y después de velar por la vida
física, trazar un plan de educación, un método de cultura moral. Este ya es
otro capítulo y habrá que ver si el acierto ha guiado la obra.
Desde luego, el rey Don Alfonso XIII ha tenido y
tiene ayos honorables, de la más pura nobleza, hombres de excelencia
incomparable para guiar por buena senda los despiertos instintos de su
príncipe; pero en nuestra época se exige algo más que eso; formar el alma, el
carácter del rey, enseñarle a dominar sus pasiones, darle lecciones de
moralidad y de religión, es ya mucho; pero habría que ayudar a formarse al
mismo tiempo al rey y al hombre; hacerle comprender el espíritu de su tiempo,
alargar sus vistas en el horizonte moderno; hacerle salvar los muros de la
tradición, prepararle para las exigencias de su época. Él aparece en un tiempo
en que si los Maquiavelos son imposibles, los Lorenzos de Médices son
inencontrables.
El profesor de Oviedo don Adolfo Posada se ha
planteado en La España moderna el problema de la educación del
rey; la dificultad de la educación de un rey constitucional. Indudable: los
monarcas absolutos no tienen delante de sí más que la demostración de su
poderío; el príncipe, desde que tiene uso de razón, sabe su superioridad, su
grandeza; la actitud de sus súbditos respecto a él, la costumbre del mando, la
obediencia de los que le rodean, definen desde un principio el sistema[121] educativo que hay que seguir. De Burrho a
Bossuet no hay gran diferencia. Más la educación de un monarca constitucional
implica varias anomalías. Los reyes de hoy, los reyes con Cámaras y ministerios
responsables, los reyes que reinan y no gobiernan, puede decirse que son simples
personajes decorativos. Los antiguos esplendores, la misma parte estética de la
representación real, adquiere hoy, en medio de su brillo cierto por el valor
histórico, por sus viejos símbolos, un vago prestigio de ópera cómica; y apena
el confesar que las funciones más respetables por la vieja resurrección de
soberbias costumbres palatinas y las pompas de los magníficos ceremoniales,
evocan, a nuestro pesar, la necesidad de una partitura. La imaginación del
príncipe niño se impresiona desde el comienzo de su despertamiento a la
existencia que le rodea, con las manifestaciones de una vida falsa o equívoca.
No será sino con harta dificultad que de la noción de soberanía que ha
penetrado primero en su cerebro, pase a la noción de una existencia democrática.
«Los niños, esos pequeños salvajes—dice el señor Posada—, no conciben sino
reyes completos». En palacio, la manera de ser para con él de las personas que
le rodean, afianza por una parte en el príncipe la posesión de su papel
de rey completo; no será sino con mucha dificultad que se le
inculcará luego el legítimo valor de esas demostraciones, la significación de
su rango de simple porta-corona. Don Alfonso, por ejemplo, sabe ya que es el
jefe absoluto, pues los viejos generales inclinan ante él sus barbas blancas:
sabe que tiene el toisón de oro sobre su uniforme de cadete—pasajero uniforme
que será mañana sustituído por el de generalísimo—; sabe que es el rey. Conozco
una bonita anécdota. Un día, por alguna pequeña falta no sé si en sus lecciones
o en otra cosa, fué castigado con encierro. El niño se debatía entre los ayos
que le llevaban a su prisión, pero la orden se cumplió. Entonces, ya encerrado,
Don Alfonso daba grandes voces,[122] deliciosamente
furioso. Se le decía que no gritase, y él contestaba: «¡He de gritar más
fuerte! ¡Que me oigan los españoles! ¡Que sepan que tienen preso a su rey! ¡Que
vengan a sacarme los españoles!»
Sabe, pues, que es el jefe de los españoles; y la
idea de su soberanía no puede estar mejor arraigada. Pero sé otra anécdota.
Otro día, de paseo, se detuvo Don Alfonso delante de un naranjero. Hay que
advertir que adora las naranjas, y que a esta edad, entre el globo de Carlos V
y una naranja, se queda con ésta. Pues he aquí que se detiene delante del
naranjero y le dice: «Dame unas naranjas; pero yo no tengo con qué pagártelas.
¡Imagínate, yo, el rey de España, no tengo en el bolsillo ni una perrilla!» Confesaba
el pobre su pobreza con la más encantadora desolación. Ignoro si el naranjero
le dió las frutas y si los ayos le permitieron comérselas; pero ello revela que
Don Alfonso sabe ya que los reyes de hoy no se comen todas las naranjas que
quieren y que suelen andar sin un cuarto.
Se dice que los primeros años del rey han sido de
cuidadoso aislamiento, que no se le ha puesto en contacto con otros niños de su
edad, contacto tan necesario; que se le ha recluído, sin otra compañía para sus
juegos que la de sus hermanas. Podría creerse por ello en una infancia
entristecida, bajo la mirada de una madre que ha sido abadesa de un convento.
Eso no es cierto. El rey ha tenido sus compañeros, naturalmente, escogidos
entre la alta nobleza. El más íntimo ha sido el jovencito hijo del conde la Corzana,
por un lado Morny y por otro Sexto... Es claro que la reina vigila sus
amistades y compañías. Otro niño íntimo del rey es el hijo del conde de
Casa-Valencia. El cual hace algunos años tuvo el siguiente diálogo con su
amiguito coronado: «Aquí no hay buenas carreras de caballos. Yo las voy a ver
ahora muy buenas; y ustedes no». «¿Cómo es eso?» «Me voy a Londres. Tío Antonio
(Cánovas del Castillo) ha nombrado a papá embajador.» «¿Y cómo no lo he[123] sabido yo, el rey?» dijo la minúscula majestad
en toda la posesión de su papel.
En general los reyes son educados militarmente. En
España no se lleva tan a la alemana el método, pero Don Alfonso conoce bien el
manejo de las armas, será buen jinete como su padre; y aunque no haga el
caporal a la continua como uno de esos ferrados Hohenzollern, tiene amor a la
carrera y se decía en estos días que pronto haría vida de guarnición en la
Academia de Toledo. Esto es de dudarse mucho, por la madre. Sé que en lo íntimo
de la familia, la educación del rey es lo más burguesamente posible. La reina
es en el hogar como cualquier respetable señora que se preocupa de los menores
detalles de su home; sencilla y poco ostentosa hasta llegar a
murmurar los descontentadizos cortesanos, de su avaricia. «¿Qué quiere usted
que hagamos—me decía un caballero—con una señora que le cobra su pupilaje a las
infantas en Palacio y que manda poner medias suelas a los zapatos de sus
hijas?» Descartando las exageraciones, no creo que el pueblo prefiriese una
reina derrochadora delante de la miseria que abruma a las clases bajas, a una
reina económica que hace lo que puede por socorrer los infortunios de los
menesterosos; que es aclamada a la puerta de los asilos que visita y sostiene.
Don Alfonso XIII no podrá quejarse de no haber tenido en la entrada de la vida
una ejemplar madre, una buena mamá, que ha sido para él una
encarnación de la Providencia.
Hubo un tiempo en que el rey estuvo casi invisible.
Su salud era apagadiza, su aspecto no ayudaba a alentar a los partidarios de su
dinastía. Se decía que era lo más probable su muerte. Mas apareció por fin, en
una recepción. Se hallaba sentado en el Trono, junto a su madre y sus hermanas.
El cuerpo diplomático estaba delante de él. Se notaba que el niño real había
pasado por una crisis; pero sus grandes y brillantes ojos se iluminaban de
vida. De pronto se vió una cosa inaudita[124] que
pasó, como un relámpago, sobre todos los protocolos. Un deseo vivo se había
despertado en aquella cabecita, y no hubo vacilación para llenarlo. Don
Alfonso, a la mirada de todos, dió un salto, y antes que nadie pudiese
detenerlo, se había montado en uno de los dos leones de bronce que están a los
dos lados del Trono. El hecho podría tener su significado si el porvenir fuese
propicio tras la disipación de las tempestades. Asegúrase que Zola, que vió en
una temporada de verano en San Sebastián al pequeño rey, quiso pintarle más
tarde en uno de los capítulos de su Docteur Pascal. Yo he vuelto a
leer esta obra para confrontar el retrato, y si en Clotilde podría entrever los
pensamientos de la reina que ansía penetrar en el futuro de su hijo, no puede
reconocerse en el animado y ágil monarca de España ninguno de esos «delfinitos exangües
que no han podido soportar la execrable herencia de su estirpe, y se duermen,
consumidos de vejez y de imbecilidad, a los quince años». Moralmente, la
formación del rey fuera de la influencia maternal, dependerá de los
preceptores. El ideal sería hacer primero a man, para en seguida
dejar obrar el desarrollo del propio carácter, lograr el self made king.
¿Qué preceptor a propósito? ¿Un Saavedra Fajardo, un Bossuet o un Ernesto
Curtius? Para un monarca esencialmente católico, parecería de ley junto al
príncipe, un religioso. Más hoy los inconvenientes de tal sistema no necesitan
demostración. Las alharacas que levanta la presencia del padre Montaña,
confesor de la reina, dejan sospechar lo que haría un preceptor con hábito de
cualquier Orden. La educación esencialmente religiosa está, pues, fuera de la
pedagogía. La idea de Posada de la fundación de una escuela especial en que el
rey se instruyese, en relación y contacto con otros niños, parece difícil,
dadas las tradiciones de la monarquía en España, a pesar de haber habido un
seminario de nobles, en donde cuéntase que el niño Fernando VII recibió un
pelotazo, jugando con el niño Simón Bolívar.[125] Más
bien estaría la adopción de un sistema como el de la familia imperial
germánica. El emperador Federico, después de recibir su educación palatina, se
matriculó en Bonn y el emperador Guillermo en el Lyceum Fridericianum de
Cassel. Ambos se han puesto en contacto con los alemanes de su edad, han hecho
vida común con sus súbditos, y en el medio de los estudiantes, se han
compenetrado con el alma del país. Por lo demás, no puede ser mejor la síntesis
de Posada: «Un rey que en su infancia recibiera el influjo bienhechor del roce
con los niños, que tratase a todo el mundo de igual a igual; un rey que pasara
luego su juventud en medio de los jóvenes de su edad y de todas las condiciones
sociales en un Instituto adecuado, que asistiera luego en una Universidad o en
varias a sus cátedras, viendo en ellas cómo las desigualdades humanas no son
siempre cosa del nacimiento, sino obra del mérito personal y resultado del
trabajo; un rey que estudiase su oficio, que viajara mucho, hasta por los
países donde sin reyes viven las gentes honrada y pacíficamente; un rey así podría
ser, ante todo, un buen ciudadano que llevara en el alma la íntima convicción
de que sus elevadas funciones, aun cuando llegaron a él por obra y milagro de
la herencia, son funciones que deben desempeñarse en bien de la sociedad o del
Estado, a quien, en definitiva, corresponde disponer de ellas». Mucho de bueno
produjo en Don Alfonso XII su infancia de rey en exil, y mucho
contribuyeron a la formación del carácter del Pacificador esos
primeros pasos por la vida como un simple particular—Alfonso García y Pérez—,
como él se solía llamar en los hoteles, en días del destierro.
Hasta hoy ha habido que vencer toda suerte de
obstáculos y aquel admirable Cánovas no ha sido la menor fuerza para encaminar
hacia el porvenir deseado al hijo de su hechura. Hay que recordar cómo ha sido
la vida de este pequeño rey, puede decirse desde el vientre materno. El
matrimonio de su padre con la austriaca—de[126] nacionalidad
fatalmente desgraciada, tanto en España como en Francia—después de la pasajera
luna de miel con Doña María de las Mercedes, que dura el espacio de una aurora,
en el Aranjuez tan líricamente florecido en los versos de Don Carlos;
los años de un matrimonio no del todo amoroso y semiturbado por ésta y aquella
expansión de Don Alfonso XII, cuyo excelente humor estaba casi siempre sobre la
razón de Estado; la muerte, el agostamiento de la existencia de aquella
majestad demasiado apasionada de Anacreonte; el embarazo de Doña María
Cristina, previsto por el ojo perspicaz del gran ministro conservador; el
parto, casi a las miradas de los políticos recelosos; el advenimiento del rey
nuevo que aseguraba en el Trono la continuación de la dinastía. Se creyó que
Alfonso XIII no alcanzaría a llegar a la edad de coronarse, ya fuera por causa
de su organismo maleado en su origen, ya porque un inesperado movimiento
pudiera impedir el logro de los deseos de sus partidarios; pero de ambas cosas
se triunfó, de las amenazas de la enfermedad y de las amenazas de la política.
No creáis exageraciones como las del yanqui Bonsal, que juzgaba no hace mucho
tiempo, con la imaginación recalentada por la guerra, que «la posición del rey
es patética, personal y políticamente considerada; que las revelaciones que
para otros sólo llegan con la edad, él ha tenido que sufrirlas en su niñez; que
él sabe que nacer rey no da más garantías de felicidad que el nacer campesino;
que sabe ya con sobra de razones, que no hay en la Península persona alguna en
cuya lealtad y devoción pueda confiar, a excepción de su madre, desamparada
mujer y reina impopular en tierra extraña»; y que «los muchachos americanos se
afligirían si pensaran en este pequeñuelo nacido para la púrpura y vestido de
ceremonia desde la cuna, que no tiene compañeros de infancia para sus juegos,
porque nadie es igual al rey». Esto es no darse cuenta exacta de lo que aquí
pasa en ese mundo no tan velado a los ojos de los simples mortales,[127] y juzgar a estas horas con criterio pesimista a
través de las historias de Saint-Simon o de las memorias de madame Aulnoy. Por
momentos terribles ha pasado España en que el Trono hubiera podido ser cercado
de tormentas, y la regente y sus hijos habrían tenido que ir a aumentar la
lista de los reyes de Daudet; pero prevaleció el concepto de la Patria en los
partidos contrarios y ni carlistas ni republicanos intentaron seriamente nada.
Desde las soñaciones que hacen evocar la frente de Don Carlos ceñida por la
corona hasta los deseos un tanto románticos de una regencia en que la infanta
Isabel la Chata estaría a la cabeza, no son sino perfumes de
vino español, aroma de claveles que perturba uno que otro cerebro. Por hoy Don
Alfonso, según lo que se alcanza a divisar, puede esperar tranquilo la hora de
su reinado. Lo que no han podido los errores e ineptitudes de Gobiernos
absurdos o culpables, no lo realizará el hombre del palacio de Loredano, ni
menos los divididos partidarios de la república. Por ahora Don Alfonso XIII no
se calienta el cerebro con tantas historias y filosofías, y prefiere su esgrima
y su jaquita. Hace muy bien. Tiempo tendrá mañana de saber de monólogos
huguescos y de sentir lo que pesa ese instrumento tan extraño en este fin de
siglo, llamado cetro. Su mismo nombre le exige mucho. En el desfile de la
Historia irá a ocupar su puesto. Me lo imagino delante de sus antepasados
homónimos, como en una escena semejante a la de los retratos en Hernani.
Es el comparecimiento de los Alfonsos: el I, férrea flor de Covadonga, todavía
con la pura savia goda, fuerte como un roble de sus bosques, lancero formidable
de Cristo, terror de la morería, y en el corazón primitivo, un diamante de
nobleza; el II, casi iluminado, favorecido con manifestaciones extranaturales,
hombre de lecturas y de meditaciones, Alfonso el Casto; el
III, el Magno, bizarro y aguerrido desde lo fresco de la juventud,
terror del mogrevita, varón de tanta fe como valor; el IV, quien como más tarde
el césar Carlos V,[128] buscaría en un monasterio
la tranquilidad espiritual, fanático y solitario; el V, el de los
buenos fueros, legislador y espíritu de consejo, también luchador feliz con
los infieles y sostenedor de la fe; el VI, que aparece soberanamente,—a su lado
la figura del Mío Cid—el rey de la conquista de Toledo, y que tuvo la previsión
de ver hacia abajo y favorecer al pueblo con leyes bondadosas y fueros justos;
el VII, Alfonso el Emperador; el VIII, que perpetuó el nombre suyo
en las Navas de Tolosa; siendo después al propio tiempo que caballero de
combate, amante de la sabiduría, el IX; el X, formidable figura, cerebro y
brazo, el rey de las Partidas, alquimista y poeta, astrónomo y filósofo, cuya
palabra aun hoy se escucha y se escuchará en los siglos, ya comience: Ficieron
los omes... o inicie los balbuceos encantadores en sus toscas estrofas; el
XI que juntó la habilidad política al vigor militar, monarca de largas vistas y
uno de los más amantes de sus súbditos; todos esos pasarán por la mente de Don
Alfonso XIII como las figuras extrañas y fantásticas de una linterna mágica,
iluminadas por las palabras de los cronistas, realzadas por las explicaciones
de sus preceptores; están demasiado alejados por las centurias, por bastas
cordilleras de tiempo. Son los abuelos de los retablos y de las armaduras, los
que duermen por siempre en los sarcófagos y cuyas vidas interesan como los
cuentos. A quien verá muy de cerca, animado por la palabra maternal, por el
inmediato eco de su vida, será a su padre. Será para él el rey modelo; y
honrará la memoria del Pacificador. No dejarán de ir a llamar su
atención los venticellos de la famosa juventud de Don Alfonso
XII, el rey buen muchacho. Sobrarán cortesanos que le refieran las
aventuras picantes de papá, las influencias conocidas de cierto sonoro duque
cuyo título pecador no llegará con buen viento nunca a los oídos de la reina
regente. Y ya vendrá entonces la hora de saber España cuál senda tomará su
nuevo príncipe. Sea ella de felicidad. Y Dios ponga, en los años de las futuras
luchas políticas[129] y palaciegas, sobre el
espíritu de Don Alfonso XIII, algo de la áurea miel que hacía grata su
infancia, cuando todas sus ambiciones se reducían a salir a la calle «con
capa», y llamaba a sus hermanitas, a la una Pitusa y a la
otra Gorriona.
UNA EXPOSICIÓN
12 de mayo de 1899.
e recorre todo el paseo de Recoletos; se deja
atrás la columna de Cristóbal Colón, se llega hasta el monumento de
Isabel la Católica, osadamente llamada por los burlones «la huída a
Egipto»; sobre una eminencia del terreno se destaca el palacio de la
Exposición, la cúpula gris en el azul fondo del cielo. Al palacio fué la reina
a inaugurar la fiesta artística, y su vestido primaveral, tenue, pintado de
flores delicadas, lucía como emergido de una luz de acuarela. Hubo pompa social
y música e himno alusivo, mucho alto mundo y rica suma de belleza. El vernissage se
había verificado hacía pocos días, y fué poco menos que un desastre. Cuatro
gatos y los pintores. Se diría un vernissage en nuestro Salón
del Ateneo. No podemos negar que somos de una misma familia. ¡Cuán lejos de la
cita que se dan en París, en igual caso, la elegancia florecida de la estación,
la moda inteligente, la distinción mundana! Estos señores duques y estos
señores condes, si por acaso se hallan en la gran ciudad, no faltan al rendez-vous.
Aquí, no. Entre una exposición y una corrida, la corrida. Los pintores no
hallan qué hacer, y desde luego, con singulares casos en contrario, arte no
hacen. Los ricos no protegen como antaño a los artistas; y el Gobierno hace
poquísima cosa. ¡Y decir que lo único que les queda a los españoles es esta
mina de luz, el[131] decoro orgulloso de su
pintura, la noble tradición de su escuela, su tesoro de color! A un paso está
París. Se imitan los usos elegantes, las comedias, las novelas, hasta el
café-concert, pero no las nobles costumbres que enaltecen y honran al talento y
al arte. Escasos, muy escasos, son aquí los artistas que tengan de qué vivir;
los ricos son señalados. Por lo tanto, la lucha por la peseta está ante todo.
Es inútil pretender encontrar el enamorado de un ideal de belleza, el
consagrado a su pasión intelectual. Se pinta como se escribe, como se esculpe,
con la puntería puesta al cocido patrio, buscando la manera de réussir,
de caer en gracia al público que paga. Se asombran de que en la actual
exposición abunden los cuadros tristes, enfermedades, hambres, harapos,
mendigos. Los pintores de antaño, aun pintores de príncipes, señalan ya la
marcada afición por los lisiados, zarrapastrosos, piojosos, feos pobres; únase
a esto el modelo constante, el hormigueo de limosneros que anda por las calles,
el tipo del eterno cesante siempre en ayunas, que aparece en el teatro, en la
caricatura y en los corrillos de vagos de la Puerta del Sol, y el resultado son
estas exhibiciones de miseria, esta representación de escenas de la vida baja y
famélica. Fuera de contadas telas de este Salón, en que profesores favorecidos
instalan el estiramiento y el énfasis del retrato nobiliario, el aire y el
uniforme de algunos excelentísimos señores, el interior elegante, lo que abunda
es la anécdota de la existencia penosa de la gente inferior, el hogar apurado
de la clase media, o la chulapería andante, o el medio obrero. Los pintores,
aquí, en su mayor parte, como los escritores, no pueden emprender sin error
asuntos de la vida aristocrática, porque no la frecuentan; y los ricos, los
nobles, no querrán adornar sus palacios con cuadros sin nobleza ni distinción;
repetirán siempre el ôtez-moi ces magots! del rey francés. El
gusto de la generalidad, por otra parte, no se demuestra, y un escritor
nacional llega a afirmar que este público[132] es
«el más indocto en Europa en materia de Bellas Artes», no sin falta de
fundamento.
Difícil sería contemplar algo del espíritu de
España a través de las obras de este certamen. ¿En dónde está la España
católica? Tal o cual rincón de iglesia, una que otra imagen de encargo, manera
jesuíta; el único que evoca el espíritu de los antiguos místicos es Rusiñol,
con uno de sus cuadros. ¿Y la España patriótica? En Grecia, después de los
triunfos, surgen aladas o ápteras de la piedra, las maravillosas victorias, y
tras el desastre se alza la Nike funeraria, que simboliza el sentimiento
popular. De igual manera se fundía el bronce romano. Tras las guerras de
Flandes se desborda la alegría en las telas risueñas de los geniales pintores
de kermeses; y cuando acaba de pasar la débâcle francesa, los
cuadros se encienden en odio al prusiano: se reconstruyen escenas heroicas, se
rememoran actos sublimes, se pinta el sueño de la victoria, o el soldado que
quema «el último cartucho». Entre todos los cuadros de esta exposición, fuera de
una escena de hospital militar y ciertas sentimentales consecuencias de la
campaña no parece que se supiese la historia reciente de la humillación y del
descuartizamiento de la Patria. Esto tiene más clara explicación. La guerra fué
obra del Gobierno. El pueblo no quería la guerra, pues no consideraba las
colonias sino como tierras de engorde para los protegidos del presupuesto. La
pérdida de ellas no tuvo honda repercusión en el sentimiento nacional. Y en el
campo, en el pueblo, entre las familias de labradores y obreros, aun podía
considerarse tal pérdida como una dicha: ¡así se acabarían las quintas para
Cuba, así se suprimiría el tributo de carne peninsular que había que pagar
forzosamente al vómito negro! El cuadro de historia casi no está representado;
el retrato no abunda; en cambio, el paisaje y la marina se multiplican por
todos lados. No es esto malo, pues se advierte que al ir hacia la naturaleza,
hacia la luz, se mantiene la tradición. En conjunto,[133] la
exposición es mala. El viajero que al llegar a Madrid y sin haber visitado el
Museo de Arte Moderno, quisiese darse cuenta de la pintura española
contemporánea por lo que ahora se exhibe, saldría con una triste idea de la
actual España artística. Recorríamos, con Carlos Zuberbühler, las salas llenas
de cuadros, y no podíamos dejar de notar cómo en la más que modesta tentativa
del Salón de Buenos Aires no se admitirían los estupendos asesinatos de dibujo,
las obscenidades de color, los ostentosos mamarrachos que aquí un Jurado
complaciente deja pasar y aun coloca en la cimaise. La cantidad es
larga, lo poco de buena calidad se pierde entre el profuso amontonamiento de lo
mediocre y de lo pésimo. Las firmas principales no han concurrido todas, y las
que han venido al concurso lo han hecho con producciones ya expuestas y
juzgadas, o con medianos esfuerzos. De seguro la razón de la esquivez está en
el 1900 de París. Después de todo, quizá tengan razón; porque el estímulo de la
tierra propia, como veis, es nulo; y el halago de París, atrayente, mágica flor
de gloria segura.
No, no es éste el arte pictórico de la España de
hoy. Con sus deficiencias y todo, el Museo de Arte Moderno puede considerarse
como el Luxemburgo madrileño. Sé las quejas: que Raimundo Madrazo no tiene un
solo cuadro en el Museo, ni Barbudo, ni Jiménez Aranda, y que lo que hay de
Fortuny y de Domingo no es de lo mejor de estos artistas y que de Villegas no
hay más que dos acuarelas; mientras que las medianías eminentes firman docenas
de cuadros. Pero hay lo suficiente de Pradilla, de Casado, de Rosales, de Gisbert,
de Moreno Carbonero, de Plasencia, de Muñoz Degrain, del admirable Haes, de
Sorolla, para que el visitante se sienta bañado del maravilloso esplendor que
brota de tanta riqueza solar, y reconozca que este don divino de la comprensión
del día, fué dado a los pintores de España con singular generosidad. Casi no
hay exposición europea en donde los medallados extranjeros no sean españoles.
Los[134] aficionados yanquis, las pinacotecas de
Munich, de Londres, de Berlín, de Viena, adquieren a altos precios las pinturas
españolas. Buena parte de los maestros emigran, abren sus estudios en centros
donde cosechan más. Preguntaba yo a uno de los jurados de esta exposición, un
colorista de gran mérito, Manuel Ruiz Guerrero, por qué no había concurrido a
la fiesta de la cultura nacional con uno de esos cuadros suyos tan animados de
cálidos tonos, tan prestigiosos, tan llenos de vida luminosa; y él, con aire de
desencanto,—y con los baules listos para ir a dar un paseo por Buenos Aires—,
me decía: «Y para qué?» À quoi bon? dicen los franceses. Y
como Ruiz Guerrero, otros maestros, ante la indiferencia de sus compatriotas,
buscan en extranjeros países lo que no hallan en la casa propia, o se retraen y
dejan invadir las salas de las exposiciones por los kilómetros de tela que
manchan las señoritas aficionadas y los facinerosos del caballete.
Después de recorrer estos salones, diríase que para
los pintores españoles no existe el mundo interior. El mismo paisaje no es sino
la reproducción inanimada de tierra, de árboles, de aguas, solitarios o con
acompañamiento de figuras anecdóticas; sin que la secreta vida de la Naturaleza
se presente una sola vez, y mucho menos el alma del artista, que contagiara con
su íntima sensación al espectador atraído. «La realidad», se dice; y se nombra
a Velázquez. Cierto, Velázquez pintaba la realidad; pero sus colores animaban
no solamente rostros, sino caracteres; y con un bufón y un perro deja entrever
todo un espectáculo histórico. Goya es realista; pero ese potente dominador de
la luz y de la sombra ponía en sus creaciones, o en sus copias de lo natural,
quíntuple cantidad de espíritu. Sus incursiones al bosque misterioso de las
almas humanas le daban su singular dominio. Los escultores actuales son
alabados por sus tangibles condiciones de realismo: «¡Cuánta anatomía saben!»
Hacen huesos, nervios, gestos, contracciones que[135] dejen
campo a estudios de esqueleto o de musculatura; pero no hacen carne, no hacen
vida, no hacen pensar, como las figuras de Trentacoste o Bistolfi, para no
citar franceses, en la circulación de una sangre maravillosa bajo la epidermis
de mármol o de bronce.
Entre lo expuesto hay regular cantidad de grandes
machines, y en casi todas un lujo de tubos se desborda, una agrupación de
todas las charangas de los ocres y de los rojos, un desborde de azules, el
estrépito de las chirimías y gaitas de la paleta, con sacrificios de dibujo,
incomprensión de valores y relaciones, y tristeza de composición. Mas aquí y
allá, busca buscando, se encuentra lo de mérito, y algo diré de ello, en cuanto
me ayuden mis notas asidas al paso en mis visitas.
Uno de los clous de la exposición
es un cuadro de Raurich, que desde luego atrae por su originalidad y su vigor.
Es un gran mazizo de tierra asoleada en primer término, una pequeña altura en
cuya falda medran unos cuantos chaparros cuya sombra mancha de violeta oscura
el terreno reseco. En el fondo se divisa un azulado monte; y a la derecha, en
choque violento, con el amarilloso tono de la tierra, el mar al sol, de un azul
ofensivo, se deja ver, espumante en las olas que llegan a la costa. La gran
masa está plantada con hermosa osadía, y se calca en el cielo soberbiamente;
los detalles se avaloran con el atrevimiento de la pincelada, que en veces
diría espatulazo, toques espesos de un relieve insolente, pero Raurich, a
quienes le censuren por esto puede decir lo que Rembrandt a los que notaban el
espesor de su pincelada al marcar los puntos luminosos: «Yo soy pintor y no
tintorero». Y agregaba, a los que hacían tales observaciones de cerca, a los
que no sabían mirar, apreciar esos toques de lejos: «Un cuadro no se hace para
ser olido; el olor del aceite es dañoso». Y encuentro esta tela admirable, y
tan solamente observaría que el mar no tiene perspectiva y aparece como falto
de nivel.
Sorolla presenta una tela meritoria, Componiendo
la[136] vela, en la cual habría que
señalar al par que las condiciones de color, que acreditan a este pintor, y su
estudio del movimiento, la nimiedad en la rebusca de un efecto como el atigrado
de luz y sombra que produce el sol al pasar entre las hojas. Por otra parte,
sus figuras, muy bien hechas, tienen ojos que no miran, gestos que no dicen
nada, es un mundo de verdad epidérmica, de realidad por encima. Esto mismo digo
de los personajes de su escena de mar, El Almuerzo a bordo: en el
ancho bote, bajo las velas, unos cuantos marineros toman su alimento en la
fuente común. Maneja Sorolla con habilidad el claroscuro; los tipos están bien
agrupados, la inevitable «realidad» está conseguida.
Moreno Carbonero ofrece una nueva escena del Quijote,
la aventura con el vizcaíno. Cervantes ha tenido un sinnúmero de intérpretes,
desde antiguos tiempos. Cuando en el castillo de Fontainebleau, Dubois pintaba
las aventuras de Teágenes y Cariclea y Le Primatice interpretaba a Homero, en
el de Cheverni Jean Mosnier se dedicaba a la historia de Astrea y a las
aventuras del ingenioso Hidalgo manchego. Más tarde, Charles Coypel se apasiona
por este mismo asunto, al cual Pater y Natoire se aplicarán también y consagrarán
dibujos Tremolières y Boucher. Esto solamente en Francia. Otros artistas de
Europa, especialmente los ingleses, se han complacido desde antaño en tales
asuntos, hasta el fuerte y noble Frank Brangwyn con sus recientes ilustraciones
del Quijote de Gubbin. Pocos, sin embargo, han logrado ser
visitados por el verdadero espíritu de Cervantes. En España un maestro como
Moreno Carbonero ha intentado la evocación, pero creo que sus propósitos de
excesiva verdad le han alejado de la intención cervantesca. No hay que olvidar
que Don Quijote es la caricatura del ideal; pero siempre en un ambiente de
ideal. Desde luego, y con todo y haber dejado un dibujo verbal perfecto de su
héroe Cervantes, no puede uno reconocer a Don Alonso Quijano el Bueno,
al Caballero de[137] la Triste Figura, en la mayor
parte de las encarnaciones de los pintores y escultores. A propósito, hay en
esta misma exposición una serie de ilustraciones de Jiménez Aranda, muy
notables como dibujo, pero que no tienen nada de personajes cervantescos; esos
Quijotes y esos Sanchos son un Juan y un Pedro de cualquier parte, vestidos
para representar un papel. Moreno Carbonero me manifestaba una vez que para
Sancho había encontrado un modelo en la campaña manchega. El de Don Quijote
sería un precioso hallazgo. Pero luego habría que agregar al modelo el alma del
andante caballero, animarle con una chispa que no se encuentra a voluntad
cuando no es el genio el que impera.
La intelectualidad de Moreno Carbonero no es para
discutirla; y en este cuadro impone su sabiduría de colorido, su impecabilidad
de factura; pero Don Quijote tampoco es Don Quijote, aunque Sancho sea Sancho.
Los otros personajes quedan tan alejados en su término, que casi no dicen nada,
y el episodio pierde con esto su mayor interés. Cuando Pierre de Hondt alababa
los Quijotes de Coypel no dejaba de hacer notar el valor del acompañamiento, de
los personajes secundarios que siempre ayudan a la animación del suceso. No he
de olvidar dejar anotado que la sensación de la árida Mancha está dada por el
artista de modo magistral. Es éste el terreno reseco que recorrieron Rocinante
y el rucio con sus dos inmortales jinetes. La conciencia de la indumentaria y
la resurrección de la época son completas; pero repito mi pensar: tanta
realidad hace daño a la idealidad del tipo, a lo, por decir así, grotesco
angélico que hay en el héroe que Cervantes creara con tanto amor y amargura.
Salus infirmorum de Menéndez Pidal sale de la pura realidad,
para ofrecernos una dulce impresión de fe, una escena de suave religiosidad. Un
pobre padre lleva ante el altar de la Virgen un niño enfermo. A su lado ora la
madre enlutada. El sacerdote, de sobrepelliz y estola,[138] acompañado
del pequeño monago reza también por el enfermito. Esto es verdad, es realidad,
pero hay asimismo una entrevisión de más allá, sopla un aire suave de misterio,
y se siente que esas almas humildes recibirán su bien de Dios. ¡Cuán otra La
Herencia del Héroe del Sr. Suárez Inclán, de un sentimentalismo
ocasional, de forzada factura; escena de comedia para la Tubau, dolor sin
verdad! Verdad e intención, sí, se advierten en la tela de Santamaría, El
Precio de una madre: la familia rica que va a llevarse a la joven nodriza,
de la campaña a la ciudad; y el marido que se queda con el chico propio y la
primera paga no muy satisfecho, mientras su mujer, buena moza de ricas ubres
rurales, se le va con el muchacho ajeno. Este cuadro y un alto relieve de Mateo
Inurria, La Mina de carbón, son de las muy raras notas que hagan
pensar en un arte socialista en la exposición presente.
LA FIESTA DE VELÁZQUEZ
15 de junio de 1899.
loja, muy flojamente se han celebrado las
fiestas del «pintor de los reyes y rey de los pintores». Cuando el centenario
de Calderón, hubo inusitadas pompas y agitaciones académicas que hicieron
murmurar a Verlaine en un soneto. Es verdad que la España de entonces no estaba
en la situación actual; pero, con todo, a España no le ha faltado nunca ganas y
dinero para divertirse; y don Diego de Silva Velázquez bien valía una verbena.
Por Rembrandt acaba de hacer relucir todas sus alegrías Holanda, presididas las
fiestas por la «naranjita» real à croquer, Guillermina. Aquí el
Gobierno ha hecho poca cosa, y el entusiasmo de los artistas no ha podido
suplir todo. Inauguración de la Sala Velázquez en el Museo del Prado; recepción
en Palacio, inauguración de la estatua obra de Marinas; y se acabó. Tiempo hubo
de sobra para realizar algo digno de la ilustre memoria, y con un poco de buena
voluntad se hubiese rendido el tributo justo a quien con Cervantes lleva el
nombre de España a lo más alto de la gloria universal. Inglaterra envió a sir
Edward J. Poynter, Francia a Carolus Durán y a Jean Paul Laurens—todos
caballeros cubiertos delante de Velázquez—. Todos tres, el día en que se
descubrió la estatua, saludaron al maestro antiguo y al arte que une los
espíritus de todos los climas y razas en la misma luz y adoración[140] imperiosa. En la Sala de Velázquez se ha reunido
todo lo suyo existente en el Museo; y al cuadro de «Las Meninas», se le ha
colocado de manera que triplica la ilusión.
¡Famoso empeño, descubrir a estas horas al gran
pintor! No es mi intención haceros un largo capítulo en que no hallaríais nada
nuevo; antes bien y a mucho andar, algún extracto de lo que con mayor
prolijidad y competencia podéis aprovechar en Justi o en Stirling, en Madrazo o
en Lefort, en Curtis o en Michel o en la reciente obra monumental que ha dado
al público Beruete con prólogo de Bonnat. Pero mi buena suerte ha hecho llegar
a mis manos un libro casi desconocido, que se ha puesto a la venta, a pesar de
estar impreso desde 1885; me refiero a los Anales de la vida y obras de
Diego de Silva Velázquez, escrito con ayuda de nuevos documentos por G. Cruzada
Villaamil. Madrid, librería de Miguel Guijarro. Y de este libro, sí,
os diré algo, aprovechando la ocasión. El año de 1869, el autor, por cargo
oficial que a la sazón desempeñaba, tuvo oportunidad de registrar el archivo
del Palacio Real de Madrid, y entre papeles e inventarios del tiempo de Felipe
IV y su hijo, encontró gran número de documentos de alto interés, referentes a
Velázquez. No dejó de observar que otra mano había andado por ahí antes que la
suya, la cual mano extrajo buena cantidad de papeles valiosísimos. En posesión
de esos documentos, y los que luego consiguió en Simancas y en el archivo histórico
nacional, nutrido de buena, aunque escasa bibliografía velazquina, y armado de
su experiencia de crítico de arte, el señor Cruzada Villaamil dió comienzo y
fin a su obra, que dedicó al rey Don Alfonso XII, por haber este monarca
apoyado su empresa. Muertos ya Don Alfonso y el autor, se dió fin a la
impresión del libro, y, creo que por causas de testamentaría, u otro motivo
judicial, es el caso que los pliegos, todavía sin encuadernar, yacen en su
depósito. De esos pliegos sueltos es el ejemplar que está en mi poder, el cual
debo a la amabilidad de un distinguido caballero de la Corte.
En estos Anales se nos presenta a
Velázquez en su vida y en sus obras, sencilla y claramente, al paso de los
días. Es un arsenal precioso para el Taine o el Ruskin de más tarde. El señor
Cruzada Villaamil escribía sin dificultad y sin estilo, o más bien, su prosa es
de esa prosa académica que por tan largo tiempo ha subsistido entre estos
escritores, a largas circunvoluciones de períodos, cansadora, monótona, pesada.
Pero la carta, la anécdota, el documento, interesan y atraen. Comienza la obra
con una exposición del estado de la pintura en el reinado de los Felipe II y
III, y resaltan las figuras del «divino» Morales, el mudo Navarrete, Sánchez
Coello el portugués, Carvajal Barroso y Pantoja, mientras en Italia se alza la
soberana persona del viejo Ticiano, quien no dejó de ser aprovechado por el
Segundo Felipe y pintó para el Escorial «El Martirio de San Lorenzo» y la
«Santa Cena». Felipe III no impulsa tanto el arte, aunque artistas italianos
que residían en España prosiguiesen en su labor continua. Este período tiene, no
obstante, de notable la llegada de Rubens, enviado por el duque de Mantua a
Valladolid. Curiosa es la nomenclatura de los regalos que traía el flamenco:
«para Su Majestad una hermosa carroza tallada—que el señor Villaamil cree sea
la que hoy se conoce en las reales caballerizas como el coche de doña
Juana la loca,—con sus caballos; doce arcabuces, de ellos seis de ballena y
seis rayados; y un vaso de cristal de roca lleno de perfumes. Para la condesa
de Lemus, una cruz y dos candelabros de cristal de roca. Para el secretario
Pedro Franqueza, dos vasos de cristal de roca y un juego entero de colgaduras
de damasco con frontales de tisú de oro. Veinticuatro retratos de emperatrices
para don Rodrigo Calderón, y para el duque de Lerma un vaso de plata de grandes
dimensiones, con colores, dos vasos de oro y gran número de pinturas, que
consistían en copias, mandadas sacar en Roma al pintor Pedro Facchetti, de los
cuadros más preciados de aquel tiempo». La opinión que Rubens tuviera de los[142] pintores españoles en tal momento es digna de
notarse. Él escribía al secretario del duque de Mantua, Iberti, que el duque de
Lerma «quiere que en un momento pintemos muchos cuadros, con ayuda de pintores
españoles. Secundaré sus deseos, pero no los apruebo, considerando el poco
tiempo de que podemos disponer, unido a la miserable insuficiencia y
negligencia de estos pintores, y de su manera—a la que Dios me libre de
parecerme en nada—absolutamente distinta de la mía». Y en otra parte: «El duque
de Lerma no es del todo ignorante de las cosas buenas; por cuya razón se
deleita en la costumbre que tiene de ver todos los días cuadros admirables en
Palacio y en El Escorial, ya de Ticiano, ya de Rafael, ya de otros. Estoy
sorprendido de la calidad y de la cantidad de estos cuadros, pero modernos no
hay ninguno que valga». Rubens partió, y acaeció el incendio de El Pardo, en
donde se perdieron tesoros pictóricos. Así el reino de Felipe III concluye para
la vida artística.
Felipe IV fué el rey artista: escritor, pintor,
actor, algo tenía entre las paredes del cerebro de lo que hoy anima las
aficiones y bizarría de Guillermo de Alemania. Los pintores, tanto como los
poetas, fueron protegidos, y entre todos, el fuerte Velázquez no cesa en su
labor. Los retratos se multiplican, y son sus modelos desde las princesas hasta
los bufones y los perros. No dejó la malquerencia de visarle, la envidia de
morderle. El monarca, no obstante, le sostuvo en su favor. Lo cual regocijaba
al buen Francisco Pacheco que viera los comienzos de su amado don Diego, allá
en su obrador de Sevilla. Es de interés la descripción de la casa de Pacheco en
donde se reunían escritores, poetas, artistas de toda especie, a charlar y
discurrir; no faltó a tales reuniones cierto manco que creara cierta novela
inmortal.
Tanto quiso Pacheco a don Diego, que le dió su hija
por mujer. «Después de cinco años de educación y enseñanza, le casé con mi
hija, movido de su virtud, limpieza[143] y buenos
portes, y de las esperanzas de su natural y grande ingenio». «Y porque es mayor
la honra de maestro que la de suegro, ha sido justo estorbar el atrevimiento de
alguno que se quería atribuir esta gloria quitándome la corona de mis postreros
años». Página misteriosa es la de los amores de Velázquez. Quizá su matrimonio
fué hechura exclusiva de su maestro, sin que la pasión tuviera la menor parte.
Influído por Tristán y por lo tanto por el Greco, afianzóse el
artista en su vigor de colorido, al brillo de la gloriosa luz veneciana. Es en
1622. Velázquez va a visitar El Escorial, y para ello parte para la Corte con
buenas recomendaciones y con el encargo de hacer el retrato de Góngora. Con
buen viento llega, y le reciben sus paisanos los andaluces, entre los cuales
estaba la alta influencia del conde-duque de Olivares. De allí a poco, hace el
retrato del rey. En este orden siguen los años que duró la vida del pintor, con
gran copia de documentos, con cartas curiosas; con papeles en los cuales se ve
que no era muy envidiable el puesto de Velázquez en Palacio, a pesar de todo lo
que entonces era considerado como una honra. Al artista se le concedió la
comida palaciega en esta forma: «Diego Velázquez, mi pintor de Cámara, he hecho
merced de que se le dé por la despensa de mi casa una ración cada día en
especie como la que tienen los barberos de mi cámara, en consideración de que
se le debe hasta hoy de las obras de su oficio que ha hecho para mi servicio; y
de todas las que adelante mandare que haga, haréis que se note así en los
libros de la casa. (Hay una rúbrica del rey). En Madrid, a 18 de septiembre de
1628.—Al conde los Arcos, en Bureo».
Como ésa hay otras tantas llamativas notas en el
grueso volumen del señor Villaamil; y en cuanto a la parte de la obra
artística, análisis de los cuadros, legitimidad de algunos dudosos, y otros
puntos de esta especie, dicho libro es de aquellos que no deben faltar en la
biblioteca de un Museo, o de un artista estudioso; y es una lástima[144] que no se ponga a la venta, por las razones que
dejo expuestas anteriormente.
Quise hablar con sir Edward J. Poynter pero no me
fué posible encontrarle. En cambio, puedo transmitir mis impresiones de una
entrevista con Jean Paul Laurens y Carolus Durán. Son dos tipos completamente
opuestos. Laurens es el hombre de labor, el artista austero y consagrado a su
ideal de una manera tiránica. Durán es el elegante pintor de los salones, el
retratista de las princesas de la aristocracia y de las princesas plutocráticas
de los Estados Unidos... No hay que negar su habilidad suma, sus dotes de
ejecución, su colorido, su dibujo, las condiciones todas que le han llevado a
la presidencia de la Sociedad de Artistas Franceses, y a la fama universal y a
la fortuna. Han pasado escuelas modernísimas y tentativas varias delante de su
inconmovible invariabilidad. Carolus Durán ha sonreído de todo, y,
comprendiendo su tiempo, sigue la corriente.
Su cabeza es la hermosísima cabeza de un Lohengrin
adonjuanado; el cuerpo, elegante, a pesar de la imposición del vientre en lucha
con la gimnasia y con la esgrima. La melena y la soberbia barba, nevadas de
días y noches de buena vida; el ojo perspicaz y voluptuoso, como la boca; el
gesto principesco. Carolus Durán, munido de su indispensable y
parisiensísima pose, es un hombre encantador. Me habló de
Velázquez, de la pintura española, todo esto en español, pues lo habla
correctamente, aunque de cuando en cuando le falta el vocablo. Le hablé de
Buenos Aires. «Buenos Aires...» Conoce poco. Lo que él conoce es Nueva York.
¡Ya lo creo!... No obstante, sabía que en Buenos Aires está la «Diana» de
Falguière y que la ciudad tiene cerca de un millón de habitantes. Nuestros
ricos sudamericanos, decididamente, debían acordarse algo más de que es preciso
tener un retrato de Carolus Durán.
Jean Paul Laurens parece al pronto un hombre seco y
hasta adusto. Y debe tener muy temerosa idea de los[145] periodistas,
pues antes de serle presentado por Ruiz Guerrero, apenas me contestaba una que
otra palabra. Luego—fué en el Círculo de Bellas Artes—, se abrió, en la más
grata franqueza, sonriendo amablemente su dura cabeza de apóstol. Me habló
también del arte español y de Velázquez, y me hizo un curioso croquis verbal de
su compañero y amigo Carolus Durán, con quien había estado en oposición, «pero
siempre en la nobleza y altitud del arte». «Buenos Aires. Sí. ¿Conoce usted a
Sívori? He ahí uno que tiene algo dentro de la cabeza. Pero, pauvre
garçon! ¿qué hace por allá? Là-bas es imposible
todavía hacer arte. ¿Es usted amigo suyo? Dígale que no haga pintura para
cocineras. Hay que hacer arte por dentro, para uno mismo, en la
independencia del provecho y de la moda. En América no se entiende de ese modo,
¿no es así? Mucho industrialismo artístico; y así se pierden los talentos y las
disposiciones que da la Naturaleza. Dígale usted a Sívori que dice su maestro
Laurens que haga arte por dentro, y que no se cuide de cuadros para
la cocina».
Traduzco al pie de la letra, hasta donde puede
permitirlo el vuelo de la conversación.
Volví a verle.
El Círculo de Bellas Artes dió una fiesta íntima,
por decir así, a los artistas extranjeros.
Almorzamos bajo un toldo, al amor de altos árboles,
en el jardín del Círculo, casi desecho hacía pocos días por el más formidable
de los pedriscos de que hay memoria en Madrid. Los vinos españoles animaron la
fiesta, y se comió al aire libre, al son de una orquesta de guitarras. Jean
Paul Laurens sonreía en su gravedad bajo sus espejuelos; Carolus Durán llevaba
el compás de los tangos y de las seguidillas y sevillanas. Cuando el poeta
Manuel del Palacio ofreció la fiesta, ya se oía por allí el ruido de las castañuelas
de las bailaoras. Habló Durán, en español; brindó Laurens, que estrechó la mano
al joven Marinas, el de la estatua. «¡Yo me complazco[146] en
descubrirle!» dijo. En un instante, tras el champaña, ya estaba la tarima
puesta para la pareja del baile. Eran dos muchachas; la vestida de hombre, con
el ceñido incitante calipigio, morena; la otra blanca, con admirables ojos y
cabellos obscuros. Bailaron, pero antes de que comenzasen ellas al grito de las
guitarras, Carolus Durán se puso a esbozar unas sevillanas, con levantamiento
de pierna y meneo de caderas que no había más que pedir. Primero todos nos
quedamos abasurdidos, como diría Roberto Payró; pero después, no
pudimos menos de decir: ¡ole! Jean Paul Laurens sonreía. Sir
Poynter no estaba en la fiesta. Si llega a estar, nadie le quita de sus
británicos labios un irremediable shocking!
Bailó, pues, la pareja de danzantes de oficio; mas
había una nota de color que ya había llamado la atención de los extranjeros:
una familia de gitanos. El viejo, bien preparado, con disfraz de guardarropía,
modelo de Doré, para no dejar perder la influencia del «color local»,
obstentaba desde el calañés hasta la faja imposible y la chaquetilla fabulosa,
y el bastón de enorme contera. La vieja gitana, de ojos de cuencas negras; y
las gitanillas, tan cervantinas como antaño, una de doce, una de quince, otra de
veinte años. Cuando la pareja de baile cesó, llegaron los gitanos. Bailaron
todas las hembras, pero las dos menores se llevaron la palma. Sobre todo la más
chica, que bailaba, según el decir de Carolus Durán, «como una princesita
rusa». Bailaba en efecto maravillosamente. Era el son uno de esos fandangos en
que se va deslizando el cuerpo con garbo natural y fiereza de ademán que nada
igualan, en una sucesión de cortos saltos y repique de pies, en tanto que la
cara dice por la luz de los ojos salvajes, mil cosas extrañas, y las manos
hacen misteriosas señas, como de amenaza, como de conjuro, como de llamamiento,
como en una labor aérea y mágica. Todo en un torbellino de sensualidad cálida y
vibrante que contagia y entusiasma,[147] hasta
concluir en un punto final que deja al cuerpo en posición estatuaria y fija,
mientras las cuerdas cortan su último clamor en un espasmo violento. Después
fué otra danza en que la zingarita triunfó de nuevo. Ágil, viva, una paloma que
fuera una ardilla, moviendo busto y caderas, entornando los párpados no sin
dejar pasar la salvaje luz negra de sus ojos en que brillaba una primitiva
chispa atávica, se dejaba mecer y sacudir por el ritmo de la música, y
dibujaba, esculpía en el aire armonioso un poema ardiente y cantaridado al par
que traía a la imaginación un reino de pasada y luminosa poesía. Entonces se
daba uno cuenta del valor de sus trajes abigarrados, sus rojos, sus ocres, sus
garfios de cabello por las sienes, sus caras de bronce, sus pupilas de negros
brillantes. Sonreían como si embrujasen; sus dedos sonaban como castañuelas.
Carolus Durán puso dentro del corpiño de la
gitanilla un luis de oro.
LA CUESTIÓN DE LA REVISTA
LA CARICATURA
n España, como entre nosotros—¡es un triste
consuelo!—, no se ha llegado todavía a resolver el problema de la revista. Es
singular el caso que aquí, en donde se ha contado con elementos a propósito
desde hace largo tiempo, acaezca a este respecto lo propio que en nuestros
países de progreso reciente. España no cuenta en la actualidad con una sola
revista que pueda ponerse en el grupo de los «grandes periódicos» del mundo; no
existe lo que llamaremos la revista institución—Revue des Deux Mondes, Nuova
Antologia, Blackwood's o North American Revue.
La España Moderna, que podría ocupar el puesto principal, se
sostiene gracias al cuidado y entusiasmo de su propietario el señor Lázaro. No
faltan los escritores de revistas, y la prueba es que las revistas extranjeras
tienen colaboradores españoles de primer orden—; he encontrado principalmente a
Ramón y Cajal, el eminente sabio que acaba de partir a los Estados Unidos a dar
conferencias, llamado por una de las mejores universidades; a Salillas, el
antropólogo; y a un escritor cuyo nombre en Europa, en el mundo del estudio, es
bien conocido: Rafael Altamira, profesor de la Universidad de Oviedo.
¿Cuál es la causa de que en España no prospere la
revista? Primeramente, la general falta de cultura. En Inglaterra, o en
Francia, no hay casa decente en donde no se encuentre una de esas publicaciones
condensadoras del pensamiento nacional y reflectoras de las ideas universales.
Para el parisiense de cierta posición, de atmósfera, llamémosla así,
«senatorial», burgués de cualquier profesión elevada, propietario que se receta
sus lecturas, o buen varón de la nobleza, la Revue des Deux Mondes es
una costumbre, o una necesidad. No hablaré, además, de tales o cuales revistas
pertenecientes a estas o aquellas agrupaciones, políticas o religiosas; son
legión. Albareda, que realizó aquí los esfuerzos que en Buenos Aires los
señores Quesada, tuvo que ver la lamentable desaparición de su obra, y, si no
ha acontecido lo mismo al señor Lázaro, es porque lucha bravamente contra todo
peligro. Las tentativas han sido muchas desde hace largos años, en este siglo,
que entre tantas peregrinas cosas, es el siglo de la revista. El Teatro
Crítico del padre Feijóo, puede muy bien considerarse en el siglo
XVIII como una gran revista española, en cierto sentido; en la centuria actual
la crítica de revista se cristaliza en Fígaro, aunque sean muy
anteriores a los escritos de Larra algunas otras publicaciones que se asemejan
al tipo de la revista. Si no tan antiguo como el francés, hubo en la corte
española un viejo Mercurio. Asimismo, otras publicaciones
periódicas y en forma de folleto que, a la manera del Teatro Crítico del
padre Feijóo, eran redactadas por un solo escritor. Entre las muchas revistas o
semirevistas de aquel tiempo, he de citar, aunque sin orden cronológico, además
del Mercurio, El Censor, El Pensador matritense, El
Correo de los Ciegos, El Pobrecito Hablador, de Larra, el Semanario
Pintoresco, el Museo pintoresco, la Revista Española,
la Revista Mensajero, El Laberinto, de Antonio Flores y
Ferrer del Río, La lectura para todos, el Periódico para
todos, El Museo Universal, La Ilustración de Madrid,
la Revista Española de Ambos Mundos, la Revista[150] Ibérica, la Revista
Hispanoamericana, La Abeja, de Barcelona, La Revista de
Ciencias, Literatura y Arte, de Sevilla, la Minerva, o el Revisor
General, El Criticón, de Bartolomé Gallardo, la Crónica
Científica y Literaria, el Almacén de Frutos literarios,
la Miscelánea, las Cartas Españolas, la Lectura
para todos, la Revista de Madrid y El Europeo de
Aribau. Entre las que he citado, muchas han sido ilustraciones, magazines,
del tipo de revista para familias, variadas e ilustradas a la manera del
antiguo Magasin pittoresque, de París. Las hubo que tenían un
carácter puramente literario y científico; algunas, como La Abeja,
se limitaron a ofrecer traducciones de varios autores extranjeros,
especialmente alemanes, y no pocas intentaron producir un movimiento
intelectual elevando el nivel de cultura, sin conseguirlo por desgracia.
Las últimas revistas, puramente tales, en forma de
cuadernos, tipo Revue des Deux Mondes, que lucharon con todo
heroísmo, fueron la Revista de España, fundada por don José Luis
Albareda, y la Revista Contemporánea. La de Albareda contaba con
colaboradores de primera línea, con las autoridades de la época, como don
Manuel de la Revilla y don Juan Valera en lo referente a la crítica; pero poco
a poco fué perdiendo su interés, disminuyó la colaboración, y el público, que
no necesita mucho para proteger su pereza cerebral, abandonó las suscripciones.
La Revista Contemporánea fué creada por don José del Perojo.
Era una publicación más científica y filosófica que de literatura y arte. Al
lado de importantes trabajos españoles, se insertaban traducciones de autores
en boga. Allí se publicó la primera novela rusa que haya aparecido en España,
una de las mejores de Turgenev: Humo. También la Revista
Contemporánea fué paso a paso enflaqueciendo, por falta del apoyo
público. Dirigióla por algún tiempo don José de Cárdenas. Es seguro que el
motivo del decaimiento estribó en lo que por lo general causa la muerte de las
revistas. Los que las dirigen, por pobres tacaños, quieren henchir[151] el cuaderno con trabajos que no les cuestan
dinero, y recurren a la falange de los grafómanos que hacen fluir gratis los
productos de sus inagotables sacos; reunen suscriptores entre sus amigos y
conocidos, que por fin se cansan de la continua bazofia, y rompen, a veces con
la amistad, el recibo de la suscripción. Nada más grotesco que el director de
una publicación que cuenta para ella «con sus amigos». La Revista
Contemporánea está dirigida hoy por don Rafael Álvarez Sereix, y está
bastante mejor que en tiempo de Cárdenas; pero según tengo entendido, se
produce también por colaboración espontánea, sin redactores ni
colaboradores fijos, interesados en su mantenimiento y progreso.
La Revista Hispanoamericana se
fundó con muy buenos propósitos, pagaba con esplendidez los trabajos; pero no
supo el director conducirla, faltó buena administración en el sentido de la
propaganda; no encontró eco, por lo tanto, y murió no sin costarle a su editor
varios miles de duros. La Revista Mensual tuvo corta vida y
estaba hecha à l'instar de la Revue générale de
Bruselas. El Ateneo, con excelentes elementos, se fundó para
publicar las conferencias, discursos, etc., dados en el Ateneo de Madrid. No interesó,
a pesar de su material de importancia. La América, de Eduardo
Asquerino, con colaboración americana, en un inaudito cafarnaum,
pletórica, concluyó igualmente. La España Moderna comenzó con
bríos y colaboración española escogidísima. Luego se aumentó con la Revista
Internacional que dió a conocer a muchos autores extranjeros; pero
la Revista Internacional concluyó muy pronto, y la España
Moderna, como lo he manifestado ya, con una suscripción relativamente
escasa, se sigue publicando gracias al loable desinterés de su director y dueño
don José Lázaro. La Revista crítica de Historia y Literatura españolas,
portuguesas e hispanoamericanas, tuvo un brillante aparecimiento, con
colaboración de primer orden, nacional y extranjera, en que resaltaban
especialistas tan eminentes[152] como Menéndez y
Pelayo y Farinelli. Esta revista continúa, dirigida por don Rafael Altamira;
pero paréceme que lleva una vida lánguida y que no aparece con la regularidad
que sería de desear.
Ha habido algunas revistas interesantes, de ramos
especiales, y entre las de derecho y administración se distinguió una publicada
por don Emilio Reus, la Revista de Legislación y Jurisprudencia.
Todas las corporaciones científicas, de ingenieros, arquitectos, militares,
etcétera, publican órganos especiales que, por lo general, dan pobre idea de la
cultura del elemento oficial. Casi siempre, no se encuentran sino indigentes
reflejos del saber fundamental de otras naciones. Exclusivamente de arte, ya
sea a la manera de la Gazette des Beaux Arts, o a la manera
del Studio, o sus similares alemanes, no existe ninguna.
Las revistas independientes, producidas por el
movimiento moderno, por las últimas ideas de arte y filosofía, y de las que no
hay país civilizado que no cuente hoy con una, o con varias, tuvo aquí su
iniciación con Germinal, de filiación socialista, apoyada por lo
mejor del pensamiento joven. Murió de extremada vitalidad quizás... Demás decir
que en Cataluña, sí, hay revistas plausibles, que, más o menos, dan muestra de
la fuerza regional, como L'Avenç, Catalunya, Revista
Literaria y La Renaixensa. Vida Nueva, con
formato de diario, es una especie de revista semanal, y es de lo mejor que se
publica en Madrid. Revistas puramente intelectuales e independientes, al modo
de Mercure de France, Revue Blanche o La
Vogue, de París, del Yelow Book; o el Savoy, de
Londres, la Rasegna, de Milán, Chap Book o Bibelot,
de los Estados Unidos, Revista Moderna, de México, o Mercurio
de América y El Sol, de Buenos Aires, no hay más que una,
a la manera de La Vogue o de la antigua Revue
Indépendante, de París, la Revista Nueva. Es ciertamente
extraño que, existiendo un grupo de escritores y artistas que sienten y
conocen, así sea incipiente y escasamente[153] el
arte moderno, no hayan tenido un órgano propio. Creo que la causa de esto se
basa en el carácter de la juventud literaria, en lo general poco amiga del
estudio y sin entusiasmo. La Revista Nueva se propone reunir
todos esos elementos dispersos, y desde luego cuenta con varias firmas de las
más cotizables en literatura castellana actual. Ha tenido la dirección el buen
talento de no hacerla sectaria ni aislada en un credo o bajo un solo criterio.
Pueden caber en ella y caben los versos de los que intentan una renovación en
la poesía castellana y los versos demasiado sólidos del vigoroso pensador señor
Unamuno; los sutiles bordados psicológicos de Benavente y las paradojas
estallantes de Maeztu; los castizos chispazos de Cávia y las prosas macizas de
Unamuno, que valen más que sus versos, aunque él no lo crea. Además, la Revista
Nueva está en relación con Europa y América, y su colaboración aumenta
cada día. Quiera Dios que no vaya, también, una buena mañana, a amanecer
atacada de la enfermedad mortal de las revistas.
Las ilustraciones no son pocas en España, y entre
ellas van a la cabeza la antigua Ilustración Española y Americana,
fundada por don Abelardo de Carlos, y la Ilustración Artística, de
Barcelona. La Ilustración Española y Americana está asentada
sobre inconmovibles bases, entre las primeras del mundo. Sus redactores son de
por vida, como el invariable Fernández Bremón, o el que fué don Peregrín García
Cadena. Su forma, sus grabados, la colocan en el grupo de L'Illustration,
de París, Illustrated London News, Graphic y sus
semejantes de Berlín, Roma, Munich o Nueva York. Con los progresos del
fotograbado, ha disminuído un tanto la aristocracia de sus viejos grabados en
madera, que alternan hoy con el inevitable clisé de actualidad. Aunque su plana
mayor se compone de escritores veteranos, tiene campo abierto para las
manifestaciones del pensamiento nuevo, como se sepan guardar «las
conveniencias», pues hay que recordar que si La Ilustración Española y
Americana[154] es popularísima, no deja por eso
de ser el periódico preferido de las clases altas, y eso tanto en España como
en la América española.
La Ilustración Artística, de Barcelona,
viene en seguida, y se distingue por su preferencia de los asuntos artísticos,
fiel a su nombre. Uno de sus colaboradores fijos es doña Emilia Pardo-Bazán.
Los Estados Unidos han enseñado al mundo la manera
como se hace un magazin conforme con el paso violento del
finisecular progreso. Los adelantos de la fotografía y el ansia de información
que ha estimulado la Prensa diaria, han hecho precisos esos curiosos cuadernos
que periódicamente ponen a los ojos del público junto al texto que les
instruye, la visión de lo sucedido. El Blanco y Negro va aquí
a la cabeza; luego vienen la Revista Moderna, El Nuevo
Mundo y algunas otras como el Álbum de Madrid, que publica
retratos de escritores y artistas, artículos literarios y poesías. El Blanco
y Negro es muy parecido a nuestro Buenos Aires o
a Caras y Caretas, con la insignificante diferencia de que posee un
palacio precioso, tira muchos miles de ejemplares y da una envidiable renta a
su propietario el señor Luca de Tena. En Barcelona hay varias revistas
como Barcelona Cómica más o menos literarias y artísticas;
y La Saeta, periódico picante por sus fotograbados, por lo común
desnudos, poses de malla o camisa, género Caramán Chimay y aun
más pimentados.
La caricatura tiene por campo una o dos páginas de
cada «almacén» o revista ilustrada. Casi siempre, la política y la actualidad
es lo que forma el argumento. Pero no existe hoy un caricaturista como el
famoso Ortego, por ejemplo. Como todo, la caricatura ha degenerado también.
Ortego, me decía muy justamente el señor Ruiz Contreras, director de la Revista
Nueva, ha sido el rey de la caricatura en España; ninguno de los otros
puede compararse con él; él creó la semblanza de
todos los políticos y monarcas, de todos los personajes de la[155] revolución;
él hizo a Montpensier imposible, con una caricatura. Si analizáramos la
influencia que ha tenido Ortego en el porvenir de la Nación, nos
horrorizaríamos. En este pueblo impresionable, una nota se agiganta y se hace
un libro, un chisme se transforma en historia y una calumnia en débâcle inmensa.
Más daño que todos sus enemigos le hicieron a Montpensier las caricaturas de
Ortego, ¿fundadas en qué? Pues en que Montpensier tenía una huerta de naranjas.
«El rey naranjero». Esto bastó para desacreditarle. Como bastó, para hundir a
don Carlos, pintarle un día rodeado de bailarinas y sacripantas. Ortego, además
de su intención profunda, tuvo una ventaja sobre todos, y es que dibujaba
maravillosamente. Solía también encontrar en el personaje un rasgo fisonómico
para su caricatura, y acertaba tanto en la elección, que no era posible ninguna
variante. Su Narváez, su Prim, su Sagasta, su Isabel II, son inolvidables.
Asimismo se dedicó mucho a la caricatura de costumbres, en la que hizo
prodigios. En esto era un inmediato descendiente de Gavarni. El pueblo de
Madrid, con sus toreros, con sus curas, con sus manolas, sus majos, sus cursis,
sus hambrientos, sus oficinas, sus teatros y sus verbenas, aparece y resucita
en los dibujos de Ortego, que son para el historiador un documento de
grandísima importancia. Hace algunos años se reunieron los dibujos de Ortego en
álbumes especiales, pero la publicación, con ser de tanto interés para todos,
no se hizo popular. El público estaba distraído con otra cosa.
Luque, Padró, Perea y Alaminos han hecho casi
solamente, la caricatura política. Menos hábiles en el dibujo, buscaban la
intención en las ideas; sus caricaturas tienen más bilis que lápiz;
demuestran sus odios políticos más que su arte. Iban sólo a hacer daño; más que
revolucionarios de su tiempo, eran anarquistas. Destruían con el ridículo,
aumentándolo, inventándolo a veces. Perea se dedicó luego a la especialidad de
toros y[156] sus dibujos de La Lidia han
circulado por todo el mundo. Sojo ha sido también un político de lápiz; dibuja poco:
todo el interés de su obra se basa en el pensamiento. Cilla y Mecachis explotan
por algún tiempo la crítica de costumbres. Cilla inventa los
personajes, mucho más que los toma de la realidad; ha creado varios tipos que
repite constantemente. Así ha hecho Mars en París. Cilla es en el dibujo en
España algo como López Silva en sus versos. Nada más alejado de la verdad, nada
más falso que los chulos de López Silva, a quien llaman el heredero de don
Ramón de la Cruz; y sin embargo, se ha convenido en que los chulos de López
Silva son los verdaderos, y por tales se les mira y admira; y queriendo hablar
en chulo, la gente joven habla en López Silva. Lo mismo sucede con los dibujos
de Cilla. Nadie es exactamente como lo que Cilla dibuja, pero, a fuerza de
verla, parece más real su mentira que la realidad. Más humano es Mecachis:
y como más humano es también menos monótono; como observa y copia, varía más.
Después de Ortego, Mecachis. Todos los demás, excelentes periodistas.
Ángel Pons, que hoy está en México, empezó bien; pero también tiene más ideas
que dibujo; tampoco es un observador. Y muy observador de la caricatura
extranjera, como Rojas su discípulo. Puede decirse que casi todos los actuales
dibujantes se proveen de inventiva y de rasgos felices en las revistas de otras
naciones. Apeles Mestres y Pellicer saben dibujar y dibujan de firme. Mestres
ha hecho caricaturas admirables en los periódicos satíricos catalanes. Es
un moralista, como casi todos los verdaderos caricaturistas. Es de
recordar una caricatura publicada en La Esquella, de Barcelona. Un
coche fúnebre, con ocho caballos empenachados y otro con un jaco de mala
muerte; y la leyenda: Com mes richs mes besties: Como más ricos,
más animales. Pellicer conoce su arte y estudia las costumbres. Sus dibujos son
documentos y sus ilustraciones de obras admirables estudios. Para las obras
completas de Larra[157] ha dibujado tipos
como Fígaro pudo concebirlos; a Larra le ha hecho como era.
Ese retrato ha quedado definitivo para el futuro,
con un valor de época, inimitable. Pellicer ha superado en esto al mismo
Madrazo. Moya y Sileno, Rojas y Sancha trabajan profusamente y
tienen bastante demanda; Sileno ilustra principalmente
el Gedeón, y sobresale en la sátira política. Sancha se ha hecho un
puesto especial, apoyado en el Fligene Blatter, y deformando, hace
cosas que se imponen. Sus deformaciones recuerdan las imágenes de los espejos
cóncavos y convexos; es un dibujo de abotagamientos o elefantiasis; monicacos
macrocéfalos e hidrópicas marionetas. Marín estudia mucho, y apoyado en Forain,
hace excursiones al bello país de Inglaterra. Es un erudito de lo moderno, un
simpático artista, cuyo modelo principal debe de ser una elegantísima y singular
mujer, apasionada de D'Annunzio y fascinada por París. Leal da Cámara,
portugués, joven, de indiscutible talento, dibuja en Madrid, un tanto
desganado, con el pensamiento puesto en Jossot, a quien conoce, y animado por
el espíritu de Cruikshank, a quien seguramente ignora.
AL REDEDOR DEL TEATRO
4 de julio de 1899.
spero empieza el verano en Madrid. Desde que
los calores se inician, el desbande a la villégiature comienza.
Se abren los nocturnos refugios, entre ellos el Buen Retiro, con su teatro y
sus conciertos en los jardines; se instalan las horchaterías con sus
incomparables aguas dulces que entusiasmaron a Gautier, servidas por frescas y
sabrosas muchachas, la mayor parte denunciadoras de su gracia levantina; los
sombreros de paja hacen su entrada y uno que otro panamá de «repatriado» da su
blanca nota tropical. ¿A dónde ir después de comer? Se ha inaugurado en el
Madrid Moderno, allá lejos, un teatrito al aire libre, en el Parque de Rusia.
En compañía de un autor dramático, buen observador y excelente copain,
allá me voy, animado por las estrellas que pican de oro el fino azul de la
noche. Al pasar por el Prado, me siento detener por un grupo de niños que, a la
claridad del cielo, asidos de las manos, cantan acompasadamente. ¿Qué cantan?
Son unas de esas antiguas canciones que han venido de siglo en siglo y de labio
en labio, repetidas en las rondas infantiles, al crepúsculo de las tardes de
mayo y en las abrasantes noches de estío. Apuro la oreja, y me llega:
Un pajarito va, carabí,
Cantando el pío, pío, carabí,
El pío, pío, pá, carabí, hurí, hurá.
Luego, en otro tono:
Papá, si me deja usted...
Un ratito a la alameda (bis)
Con los hijos de Medina
Que llevan rica merienda (bis).
Al tiempo de merendar
Se perdió la más pequeña (bis).
Y luego, en otro ritmo:
Quien fuera tan alta
Como la luna,
Ay, ay,
Como la luna,
Para ver los soldados
De Cataluña.
Ay, ay,
De Cataluña,
De Cataluña vengo
De servir al rey.
Ay, ay,
De servir al rey.
Con licencia absoluta
De mi coronel.
Ay, ay,
De mi coronel.
Al pasar el arroyo
De Santa Clara,
Ay, ay,
De Santa Clara,
Me se cayó el anillo
Dentro del agua,
Ay, ay,
Dentro del agua,
Por sacar el anillo
Saqué un tesoro,
Ay, ay,
Saqué un tesoro.
Con la Virgen de plata
Y el Niño de oro,
Ay, ay,
Y el niño de oro.
La música tiene el perfume de un vino viejo y sano.
Su sencillez y su gracia vieillotte hablan de otros tiempos, y
el espíritu observador y meditativo coge al paso en esa flor armoniosa una gota
de poesía. Pasa una manuela, es decir, una victoria, y en ella nos
encaminamos al Parque de Rusia. Dejando atrás la Puerta de Alcalá, después de
recorrer muchas calles llenas de polvo, llegamos. Un gran jardín, con laguneta,
columpios, glorietas y kioscos rústicos, mal cuidado y mal presentado. Un restaurant y
un teatro. Cuando se alzó el telón habría unas ochenta personas en todo el
recinto, y ellas no se aumentaron mucho hasta el momento de partir. El
espectáculo... El Casino de la Boca, a la par, es suntuoso,
el Cosmopolita de la calle Veinticinco de Mayo, cualquiera de
nuestros café-concert de segundo orden es una Alhambra londinense
o un Jardín de París, en comparación con estas abominables
iniciaciones en el finisecular divertimiento. En el extinto Variétés,
a fuerza de pesetas, se logró presentar algo escasamente semejante a nuestro
teatrito de la calle Maipú; había siquiera dos o tres números que pudiesen
despertar el gusto por el exótico espectáculo. Henry Lyonnet, en su libro sobre
el teatro en España, observa lo poco preparado que está el terreno para la importación
parisiense; pero es el caso que a estas horas, en la calle de Alcalá hay dos
teatritos en que alternan tarde y noche cantaoras y bailaoras flamencas
con divettes traídas de Barcelona, de Marsella, o de París, y
en uno de ellos he visto a una famosa pensionista de Nollet, la Nella Martini,
cantando siempre sus desairados y pornográficos couplets de la Pulga.
En el Parque de Rusia se dió principio a la función
con una cuadrilla de osados vejestorios, una parodia del Moulin Rouge. Las
bailarinas, seguramente improvisadas para el caso, aun cuando pretendían
encender a la escasa concurrencia, resultaban de un efecto moralizador
indiscutible: ¡ni que hubiesen sido del Ejército de Salvación! Luego salió a
decir su canción en argot una[161] flaca
veterana, retirada seguramente del oficio, a quien nadie entendió una sola
palabra; y otra le siguió, grivoise, igualmente detestable. Si no
aparece en seguida Pilar Monterde, una española de cuerpo encantador, que baila
las danzas nacionales con mucha gracia aunque un poco para París,
la parte primera del espectáculo hubiera petrificado de fastidio a la
asistencia. La segunda la desempeñó un discípulo de Frégoli, llamado
Minuto—italiano, de Rosario de Santa Fe, ¡qué pensáis!—y la gente le aplaudió
largamente, y con mucha justicia. Entre él y la Monterde se salvaron la noche.
Ahora, a la ciudad. Y he ahí que no se encuentra a la salida ni coche ni
tranvía. Los que salen primero logran atrapar uno que otro, y los demás... a
seguir el camino por las calles empolvadas, con calor y fatiga. No me quejo
sino vagamente, del percance, con mi amigo el autor; pero aprovecho la caminata
para hablar sobre teatro. María Guerrero debe de estar a la sazón, al partir de
Buenos Aires, con rumbo a su buena villa de Madrid; Antonio Vico, en sus
postreros años de arte, va a América a hacer lo que debió hace mucho tiempo,
corriendo el riesgo de una desilusión.
Durante el invierno funcionan regularmente en
Madrid dos compañías dramáticas, la del Español, dirigida por la Guerrero y su
marido, y la de la Comedia, cuyo director fué por más de veinte años Emilio
Mario y ahora es Emilio Thuillier. Mario es otra venerable ruina. Los bizarros
papeles de antaño, los «galanes» muy a la francesa, que tanto brillaron, han
quedado en la memoria de los que presenciaron sus pasados triunfos; hoy Mario
hace maravillosamente el característico, y creo no pretenderá emular los esfuerzos
fatigados de Vico. En la primavera también suele trabajar la compañía de la
Tubau—otra abuela—y en otros teatros aparecen y desaparecen como por obra de
encantamiento, varias compañías que no hallan donde plantar sus escuetas
raíces. Entretanto que el apodado «género chico»[162] prolonga
en los teatros de la Zarzuela y Apolo indefinidamente sus temporadas, el
«género grande» limita las suyas al invierno y desaparece de la Corte con la
llegada de las primeras rosas. La compañía del teatro Lara, que no pertenece al
género chico ni al grande, cultiva la declamación sin música, en obritas de uno
o dos actos (algunas representa de tres), pero no estrena ninguna, limitándose
en días de gala, beneficios o noches excepcionales, a reprises de
las piezas ya juzgadas y aplaudidas por el público y que juzga pertinentes; su
temporada se mantiene durante toda la primavera.
En invierno recorren los escenarios de provincia
algunas compañías, encabezadas por Vico, Miguel Cepillo, Sánchez de León, Luisa
Calderón, Julia Cirera, Antonio Perrín, García Ortega, dando a conocer aquellas
piezas que Madrid ha aprobado; pues la centralización en este caso es absoluta,
no teniendo cabida en la Corte la única excepción, el teatro regional catalán.
Cuando las compañías del Español, la Comedia y La Princesa terminan su labor de
Madrid, pasan a provincias y recorren los teatros de Barcelona, Sevilla,
Zaragoza, Bilbao, Valencia, y otros más de menor calidad. Varias de las
compañías dramáticas de provincia, en verano descansan. Ya por Pascua, suele
venir a la Corte alguna compañía extranjera que da sus representaciones en la
Comedia, en el Moderno, o en la Princesa. Generalmente las compañías son
italianas, aunque Sarah Bernhardt me parece ha estado unas dos veces y se
anuncia la llegada de Réjane, en una tournée por Europa.
Novelli ha conquistado desde hace tiempo a los
madrileños, y últimamente la Mariani, desde luego superior a todas estas
actrices, con excepción de la Guerrero, ha sido excelentemente acogida. El
género chico, en verano como en invierno, continúa con varios teatros abiertos,
ofreciendo estrenos todos los días, y sosteniendo las obras de sus favoritos
hasta quinientas noches. Es la chulapería triunfante, el dúo del mantón y el
pantalón[163] obsceno, el barrio bajo que se
impone, con defensores que cuando alguien protesta de tanta vulgar exploración,
sacan a cuento a Goya y al bastante asendereado don Ramón de la Cruz. Este,
como sabéis, se llama hoy López Silva.
No obstante, en estos últimos años ha habido
loables tentativas de renovar el ambiente teatral, de sacar la atención del
mundo de las chulapas y de los chulos. Se ha traducido algo moderno. Se ha
hecho algo de Ibsen, El Enemigo del Pueblo; de Sudermann, Magda;
de Lavedan, El Príncipe d´Aureac, con el título de El Gran
Mundo, entre las conocidas obras de Dumas, Sardou, Pailleron; y han osado
en una plausible campaña, los autores de algunos trabajos originales, Guimerá
con su María Rosa, Dicenta con su Juan José, Benavente
con Gente conocida, Ruiz Contreras con El Pedestal. La
Dolores de Codina y Juan José, con fuerza y bríos hoy no
usados aquí; María Rosa iniciando una tentativa de teatro
socialista, con el mismo Juan José, Gente conocida trayendo
las escenas libremente extraídas, sinceras, de la vida, con un análisis hondo,
e ironía que parece a flor de piel, pero que penetra, señalan un buen trecho
conquistado para un arte escénico futuro. Murió Feliú y Codina, que había
pretendido la realización de un teatro regional, de todas las regiones
españolas, una especie de geografía escénica de la Península. Así después
de La Dolores, aragonesa, vino María del Carmen,
murciana, y luego La Real Moza, andaluza. Feliú era un firme
trabajador, de gran talento, y un delicioso músico del verso, de este verso
español sonoro y sin matices. Joaquín Dicenta, que acertó tan bravamente
con Juan José, no avanzó con El Señor feudal, y,
desanimado, o mejor, poseído ya del deseo de la fija ganancia, se fué hacia la
zarzuela. Así escribió en unión de su amigo Paso el libreto de Curro
Vargas, extraído de una novela de Pedro Antonio de Alarcón. Guimerá
persistió, con su tesón catalán. Consiguió en Tierra baja dos
actos notabilísimos—el[164] tercero desmerece tanto
que puede suprimirse—. De todos modos, esa obra, en Madrid, como en París, como
en Buenos Aires, ha revelado un gran manejador de ideas y un potente
poeta. El Padre Juanico buscó el éxito a la manera de Feliú y
Codina. Parecería que hubiese acaparado la herencia del autor de La
Dolores; pero Guimerá es una fuerza, y después de tantear sus
conveniencias, ha de volver sin vacilar a su rumbo verdadero: el drama
socialista, el drama actual e intenso, del hombre y de la tierra. Difícil es el
público para resistir ciertos intentos. Un Curel o un Mirbeau no tendrían, por
lo pronto, oyentes; la autoridad tendería su mano al instante. De Los
Tejedores de Hauptmann se arregló El Pan del Pobre con
cien atenuaciones. Praga y Rovetta, al ser servidos, van ya aguados.
Benavente, después de Gente conocida,
ofreció con copa de excelente vino español preparado a la francesa: El
Marido de la Téllez. Luego dió La Farándula, una
equivocación... de los cómicos, que no la comprendieron, y la hicieron de una
manera dolorosa; después alcanza su más resonante victoria con La
Comida de las Fieras. Es difícil que, en lo sucesivo, sobrepase las
exquisiteces de intención, la variedad escénica, el equilibrio, la gracia, el
vuelo psicológico, la ironía trascendental y el interés de su última obra. Y
aquí empieza el desencanto, porque, si el público se deja conducir y agradece
el regalo de la forma nueva, el actor, hasta viéndola muy aplaudida, se resiste
a aceptarla. Ello no es raro. En todas partes, todo cabot, grande o
chico, y son pocos los casos de excepción, es impenetrable a la concepción
artística y yerra, por lo común, al estimar la opinión del público. Un sir
Irving, es caso raro. Si no hubiera habido un Antoine y un Hugue Poe en París,
aun andarían de teatro en teatro, durmiendo en las gavetas directoriales,
verdaderas obras maestras, y sería desconocido más de un triunfador de hoy.
Aquí, mucho costó a Benavente conseguir que su Gente conocida fuese
representada[165] con esmero. Habíanla dejado
para último día de temporada, convencidos los cómicos de que la
obra no pasaría del segundo acto. Por fortuna, semejante atentado no llegó a
cristalizarse en crimen, y Gente conocida, al quedarse en cartera,
fué al año siguiente el mayor succès de la temporada. No bastó
tal enseñanza para reducir a la gente de bastidores, y al ensayar La
Comida de las Fieras, hacíanlo llenos de desconfianza, sin comprender una
sola línea de lo que tenían entre manos, aunque, según parece, poniendo una
regular suma de buena voluntad.
Mas, pasado el triunfo, ¿suponéis que se dieron por
vencidos y convencidos? Según ellos, la comedia fué aplaudida, no por lo que
tiene de arte moderno, sino por lo que tiene de salsa «cómica»; no por lo
exacto de la delicada pintura social, ni por el procedimiento, sino por lo que
sazona el chiste, por lo que hay para sus paladares únicamente
saboreable. No es esto de causar extrañeza si se tiene en cuenta que La
Dolores, obra puramente nacional, popular, clara, sin medias tintas, del
tipo más corriente en la escena española, pasó por todos los teatros madrileños
sin ser recibida en ninguno, dándose el caso duro de que su autor, para no
resignarse a la condena y dando en esto señal de buen tino, fuese a estrenarla
en Barcelona, donde se dió treinta y tantas veces. A fin de temporada, Mario se
resolvió a estrenarla en Madrid, y María Guerrero se negó a hacerse cargo del
papel que más tarde había de ser uno de los más brillantes de su repertorio, y
causa de mucha gloria y provecho. Es conocido el pleito que sostuvo el autor
con la actriz por esa negativa. El camino que ofrecieron a Guimerá los teatros
de la Corte no fué tampoco exento de tropiezos. Enrique Gaspar, conocido autor
cómico, tradujo, para que Calvo lo estrenara en Barcelona, Mar y Cielo.
Guimerá era visto como un «genio regional», pero no podía penetrar las murallas
chinas de Madrid. Por fin, Ricardo Calvo se decidió a[166] poner
en escena en el Español Mar y Cielo, versión de Gaspar, y el éxito
ruidoso hizo que después apareciese una María Rosa, echegarayizada
por don José. No es, pues, Echegaray, como lo ha asegurado la señora
Pardo-Bazán en su conferencia de París, quien presentó a Guimerá en Madrid,
sino el cónsul autor don Enrique Gaspar.
Galdós, con toda y su colosal réclame de
novelista, no inspiró tampoco mucha confianza. Su Realidad no
encontró simpatías en la Princesa, donde reinan la Tubau y su marido Ceferino
Palencia. Fué recibida la pieza en la Comedia, por obra de la cortesía que
siempre tuvo Mario con los grandes, y que hay que agradecerle. Y Realidad venció.
Nadie podía esperar que aquella dolorosa y extraña fantasía pudiese tener un
buen resultado en las tablas. Y lo tuvo. El drama de Galdós debió haber
convencido a los practicones que, si eso no era romper moldes,
como se dice, era cortar ligaduras y trabas. No sucedió así. Aun se anuncian los
éxitos de dramas cosidos a los viejos cánones, a ridículas usanzas
persistentes. Después de Realidad obtuvo gloria legítima
Galdós llevando a la escena La Loca de la casa y La de
San Quintín, y si en sus obras posteriores no ha sido tan afortunado, no
hay que echar la culpa al público, sino a la precipitación industrial que se ha
impuesto en su labor el dichoso escritor de los Episodios Nacionales. Los
Condenados, Voluntad y La Fiera hasta
cierto punto superan a sus obras anteriores, pero hay en su construcción y
arquitectura descuidos que las perjudican. Esta sí que fué y será siempre una
condición de la obra escénica. En la novela puede impunemente ir lastreando el
riblo un capítulo pesado, con tal que lo demás, alado y vigoroso, o sutil y
aéreo, mantenga en su vuelo al espíritu. Mas en la pieza teatral no puede
aflojarse ni decaer una sola escena, porque la atención a la inmediata marca el
descenso.
No es suficiente que se afiance una justa intención
y[167] que la idea total y básica se asiente con
solidez; hay que sostener la intensidad; la obra del teatro tiene muy señalada
extensión, cuenta con una cantidad determinada de tiempo, y por lo tanto, se ha
de ser sintético, no cabe analizar.
Ya hecho autor, Dicenta encontró
resistencia para su Juan José. He visto el original de la obra y
leído en el reparto el nombre de «María» tachado, y, en su lugar puesto:
«señorita Martínez». Lo cual quiere decir que la primera actriz, que en esta
ocasión era la señora Tubau, no quiso encargarse del papel. Tampoco lo tuvo en
la obra Emilio Mario, y Juan José, desechado por el primer actor y
la primera actriz, hizo con actores jóvenes una carrera triunfal, excepcional,
pocas veces vista.
Ahora se preparan las formaciones para el próximo
octubre. ¿Vendrá María Guerrero a su Español? Le será muy difícil encontrar
otro Cyrano de Bergerac. Como ya apenas cuenta con Echegaray, cuyos
repetidos fracasos prueban, no su falta de talento sino su falta de tino en no
retirarse a tiempo, para hacer buena compañía a Guimerá necesita del elemento
nuevo. Dos jóvenes tiene ya en casa: López Ballesteros, y Ansorena. No es
bastante. La troupe que se empieza a formar para la Comedia
consta de muchos nombres, pero de pocos elementos para obras de cierto fuste.
Lara seguirá como siempre. En general, los autores encontrarán las mismas
dificultades y sus trabajos los mismos jueces de criterio imposible. No
habiendo comités de lectura, como en todo teatro culto de la tierra, no
buscando los señores actores obras sino papeles, y sin una crítica ilustrada
que sirva de guía, todo el teatro en España está sometido a la voluntad o al
capricho de los actores dirigentes. En Madrid hay que encomendarse, para lo
alto, a María Guerrero y a Emilio Thuillier.
La Real Academia Española, que no hace sino el
Diccionario, pudo en este caso hacer algo. Dispone de premios de alguna
importancia—de 5.000 y 2.500 pesetas—legados[168] por
buenos señores, amantes del teatro, para que se concediesen, periódicamente, a
la mejor obra dramática. Pudo perfectamente la Real Academia admitir obras no
representadas; aun fué objeto de discusión si debía hacerlo así, y, por mi
parte, creo que debía hacerlo de esa manera; pero para mayor comodidad y menor
compromiso y far niente, resolvió limitarse a «las que mayor éxito
logren», con lo cual sometió de modo implícito su fallo al fallo previo de los
directores de empresa. La Academia da, pues, las pesetas a quienes amparan
María Guerrero y Emilio Thuillier. En esta situación se encuentra el teatro en
el momento en que escribo, y así se abrirá la temporada de 1900. Muerto Feliú y
Codina, Echegaray gastado, Galdós desanimado, Guimerá buscando el éxito
productivo, Benavente piensa en una obra ligera, puramente cómica destinada
a una actriz como la Pino, buena y azucaradita solamente para esas fiestas;
Dicenta va a Andalucía a escribir libretos de zarzuelas grandes; Sellés—de la
Real Academia Española—, se prepara a seguir la misma labor; Leopoldo Cano, sin
producir nada desde hace tiempo; Gaspar de cónsul, Blasco de socialista
cristiano, y la crítica ilustrada, con perdón del señor Canals y del crítico
de La Ilustración, sin nacer aún. Los jóvenes encuentran mejor
traducir, y se pertrechan. Y así están las máscaras del teatro que fué en un
tiempo el primero del mundo.
—¿Si tomáramos un vaso de horchata? digo a mi amigo
el autor.
LIBREROS Y EDITORES
14 de julio.
asta hace poco tiempo—y aun hoy mismo, en la
mayor parte de las repúblicas, hacia el Norte—el sueño rosado de un escritor
hispanoamericano era tener un editor en España. Por esos países los Gobiernos
suelen costear las ediciones de los poetas y escritores, con la condición de
que los agraciados les sean gratos en política. No hay otro recurso de hacerse
leer como no surja un inesperado Mecenas. En Buenos Aires poco tiene que ver el
Gobierno con las musas, y los editores, ya sabemos que, en realidad, no
existen... He querido explorar ese punto en España, y en verdad os digo que he
salido del antro vestido de desilusión. Editores y libreros desconsuelan.
Un hombre de letras que quiera vivir aquí de su
trabajo, querrá lo imposible. La revista apenas alienta, el libro escasamente
se sostiene; todo producto mental está en krach continuo. Lo
único que produce dinero es el teatro, cierto teatro. El que logra hacer
una Verbena de la paloma, o una Gran Vía, y puede
continuar en sucesivos partos de ese género, ya tiene la gruesa renta
asegurada. El señor Jackson Veyán, a quien achacan mediocridad literaria e
incurable ripiorrea, puede reirse de sus enemigos al embolsar sus miles de
duros anualmente. Los editores de teatro, o más bien, los que[170] compran
la propiedad de las obras teatrales, tienen mejor fama que los de libros. Son
más abiertos, más generosos, y hasta autores principiantes hallan en ellos su
providencia.
En esta nuestra curiosa madre patria, en épocas
pasadas, y aun en la actualidad, los centros intelectuales de la Península
fueron y son las farmacias y las librerías. Decíame un amigo madrileño: «En las
farmacias hácense más versos que ungüentos, y en las librerías se derrochan más
palabras que pesetas». En la Corte, como en provincias, las librerías son punto
de reunión donde acude un número dado de clientes y aficionados, a conversar, a
hojear las nuevas publicaciones y a perder el tiempo. En Madrid todavía existe
lo que se podría llamar tertulia de librería, aunque no como en tiempos
pasados. En casa de Fe, al caer la tarde, podéis encontrar a Manuel del
Palacio, a Núñez de Arce, con su inseparable amigo Vicente Colorado, al señor
Estelrich, italianista de nota, a otras figuras, grandes, medianas y chicas del
pensamiento español. En casa de Murillo no dejaréis de ver cotidianamente las
barbas rojas del académico Mariano Catalina. Hace bastantes años era Durán
quien reunía en su establecimiento famosos contertulios. Era este Durán hombre
de cultura y metido en letras; bibliógrafo de mérito, muchos varones ilustres
salieron de su casa muy satisfechos después de una consulta. Conocía todos los
libros, todas las ediciones, todas las noticias. Era una especie de Bibliophile
Jacob de Madrid, buen parlante y provechoso amigo intelectual. Hoy no existe un
solo librero como aquél; y la erudición la suplen los que hay con el aguzado
instinto de un comercio genuinamente israelita. Paul Groussac, en sus viajes
por el continente americano, hallaba a cada paso comprobada la superioridad de
nuestras incipientes librerías bonaerenses, en comparación con las del resto de
la América española. Pues bien, las librerías de Madrid son de una indigencia
tal, sobre todo en[171] lo referente al movimiento
extranjero, que a este respecto Fe, que es el principal, o Murillo, o cualquier
otro, están bajo el más modesto de nuestros libreros. En Madrid no existe
ninguna casa comparable a las de Peuser o Jacobsen, o Lajouane. París está a un
paso y me ha sucedido leer en La Nación el juicio de un libro
francés antes de que ese libro hubiese llegado a Madrid. El que no encarga
especialmente sus libros a Francia, Inglaterra, etc., no puede estar al tanto
de la vida mental europea. Es un mirlo blanco un libro portugués. De libros
americanos, no hablemos. La casa de Fe es estrechísima, y Fe no se atreve a
mudar de local, quizá poseído del temor de que otra más elegante y espaciosa no
se advirtiese tan concurrida. Además de dos pequeños mostradores en que se
exponen obras castellanas, uno que otro libro de América, a la izquierda,
libros extranjeros, a la derecha, hay, junto al escritorio del jefe de la
casa—, rincón estrechísimo—una mesita en que se presentan las últimas novedades
españolas. A esa mesita se acercan y tocan los asiduos del establecimiento;
unos cortan las páginas y leen las obras de corta extensión, de pie; concluyen,
y dejan el ejemplar. En toda España hay poca afición a comprar libros; quizá
sea por esto que las librerías son de una pobreza desoladora. Hay que dar
vuelta al problema de Fígaro: «¿No se lee porque no se escribe, o
no se escribe porque no se lee?» decía él. Digamos: «¿No se compran libros
porque no se saben vender, o no se saben vender porque no se compran?» Lo
cierto es que los libros se venden poco y mal, y, como en Buenos Aires, los
culpables son los libreros. Todo comerciante hace lo posible por despachar su
mercancía, y procura colocar y recomendar; el librero limita su negocio a dar
lo que le piden y no hace ofertas ni recomendaciones. Desde algún tiempo a esta
parte se han establecido las ventas a plazos, pero eso es para facilitar la
adquisición de las grandes publicaciones ilustradas. El anuncio sólo se emplea
en casos[172] muy especiales, y los catálogos que
publican algunos libreros no tienen resonancia ninguna.
Hubo un tiempo—y ya va lejos—en que las librerías
de lance—libros usados y antiguos—tenían mucho movimiento e importancia y
publicaban periódicamente catálogos numerosos. De aquellas librerías apenas
queda rastro; unas han desaparecido, y otras redujeron su negocio hasta un
simple «cambalache» de bouquiniste. Rico sigue publicando
catálogos, y un joven de muchos alientos, Vindel, tiene un negocio de esta
clase, de bastante importancia. Vindel es hoy algo como lo que fué Durán,
guardada la diferencia de educación, clase y tiempo. Este joven sabe mucho de
libros viejos y hace su comercio de «novedades» en frecuente relación con los
anticuarios de París y Londres; publica libros raros y curiosos, como los
Bibliófilos Sevillanos, y en su oficio es una especialidad. Me han contado la
historia de Vindel: interesante y extraña novela, que él debía hacer escribir e
imprimir a un ejemplar único. Sería el más raro de sus libros.
Los jóvenes le han conocido en el Rastro de Madrid, con la cuerda al hombro,
haciendo recados y comprando y vendiendo pobres mercancías. Nadie se explica
cuándo, cómo ni dónde aprendió lo que sabe. Su fortuna se la debe a la buena
suerte. Le cayó una lotería de quince mil duros, y así comenzó a realizar
compras importantes. Ha ido a París y a Londres, en ocasiones en que se han
anunciado ventas de libros y subastas de bibliotecas particulares y se ha dado
vida de gran señor. Vindel se mueve en su negocio como si operase en un gran
país; tiene sus desencantos y sus apuros, pero es obstinado y fuerte. Y es el
que más entiende su oficio, el que tiene más elementos bibliográficos y el más
abierto.
De los libreros de actualidades, el que más negocio
hace es Fernando Fe; a su casa acude en busca de libros la mayoría de las
gentes que los compran, y es acaso el que más comercio tiene con las
provincias. Las librerías[173] de José Ruiz—Guttemberg—,
San Martín, Manuel Hernández y algunas otras, son, en mayor o menor escala,
establecimientos análogos al de Fe. Victoriano Suárez se dedica principalmente
a los libros de texto y envíos a América. Hay librerías que tienen
especialmente obras profesionales, unas de medicina, otras de jurisprudencia,
como la de Leopoldo Martínez, otras como la de Hernando, de primera enseñanza y
otros libros de propaganda católica. No sé que haya en la actualidad ninguna
librería protestante o que lleve francamente el nombre de tal. Trabaja mucho en
España la Sociedad Bíblica, pero no consigue que se lean mucho sus volúmenes y
folletos. Aquí cualquiera se permite ser un mal católico, pero pocos renuncian
a llamarse católicos. Se precisa la independencia y el buen humor de José Zahonero
para llegar a ser obispo protestante.
He hablado de los libreros antes que de los
editores; con tener aquéllos tan poca importancia, éstos la tienen menos. Debo
advertir que me refiero solamente a los editores de obras literarias; los de
obras científicas no abundan, y por lo que noto, se limitan a la explotación de
la enseñanza. Un Alcán, ni para muestra.
En los buenos tiempos románticos florecieron en
Madrid muy famosos editores como Roig y Mellado. No enriquecerían a los poetas
llenos de apetito de entonces, pero por lo menos les quitaban el hambre. En
medio siglo ha perdido Madrid mucho de su ambiente literario. Zorrilla, como
poeta lírico, no sacaría hoy a su editor un puñado de onzas para sus caprichos,
como el año 1840. Apenas un puñado de garbanzos, y gracias. Hay de aquellos
tiempos volúmenes de poesías de autores desconocidos, hechos en casas editoriales
que, por lo menos, pagaron la edición. Hoy quien no esté abonado por el nombre,
no encontrará sino el desdén de no importa cuál editor. De entonces acá es
cierto que se ha apagado el entusiasmo. Los periódicos publicaban folletines de
versos que la gente leía sin duda; la novela[174] estaba
un tanto canija; pero, a pesar de su flacura y anemia, había editores para
ella. Es verdad que la prensa ayudaba mucho a los libros; los periódicos, en
general, cuidaban de su parte literaria, y aunque no hubiese grandes críticos,
porque la crítica nunca tuvo en España muchos ni muy competentes devotos,
teníanse en cuenta la bibliografía y se hablaba y se discutía alrededor de una
obra nueva. Hoy la Prensa no se ocupa de un libro nuevo a conciencia. No hay
críticos fijos en las redacciones. El libro se anuncia, a lo más en una
gacetilla—la misma para todos los periódicos—que por lo general manda hecha el
editor interesado; y los artículos firmados por nombres de autoridad obedecen a
móviles amistosos o de camaradería, antes que a cualquier preocupación
artística, o literaria. Hasta hace algún tiempo, el envío de dos ejemplares de
un libro a una redacción hacía que se hablase de la obra con más o menos
laconismo; hoy ni las obras de los más sonantes autores—Galdós, Pereda, Palacio
Valdés, Pardo-Bazán, Valera, etc.—encuentran eco en la Prensa. Galdós, con
empresa especial para sus libros y con el sentido comercial que le distingue,
anuncia sus nuevos Episodios Nacionales en la cuarta plana de
los diarios, junto al aviso en que el novelista santanderino Pereda recomienda
su fábrica de jabón; Valera se da por satisfecho con las atenciones de su
público y las traducciones que le hacen en el extranjero, y Palacio Valdés, que
tiene un desdén profundo por la crítica de su país, ni siquiera envía sus
libros a las redacciones, escribe para ser vertido al inglés y leído en Nueva
York y en Londres.
Hasta los libreros y editores van dejando la
costumbre de enviar los dos ejemplares de prensa, al ver la inutilidad del
procedimiento.
Las ediciones de los románticos—algunas muy bien
hechas y muy parecidas a las de los franceses—debieron ser numerosas.
Demuestran más que el valor de los poetas, el entusiasmo del público. Desde
Salas de Quiroga[175] hasta Romero Larrañaga—ayer,
hoy y mañana ilustres desconocidos—un ejército de cabelludos desbocados exuberó
en prosas y versos que tuvieron la vida de una col. Sus ediciones—de las que se
suelen encontrar ejemplares muy hermosos en los puestos de librería de viejo—no
se cotizan, como en otros países, por motivos esencialmente tipográficos y de
curiosidad literaria. La primera edición de los Romances del
duque de Rivas no vale más que dos pesetas, y he visto vender en quince una
primera edición de los trece primeros volúmenes de Poesías de
Zorrilla. Del Trovador de García Gutiérrez y Los
Amantes de Teruel de Hartzenbusch, si aparecen las ediciones
primitivas, se confunden en los montones de comedias que se venden por lotes,
con las más recientes, y se cotizan a veces a menor precio que las que acaban
de aparecer, porque «son viejas». Las primeras obras de Campoamor corren igual
suerte. En la época romántica se fundaron las «Galerías dramáticas», y creo que
el editor Delgado fué el primero que intentó el negocio. Hasta entonces, y
sobre todo en los siglos XVII y XVIII había habido impresores que coleccionaban
preferentemente comedias y las imprimían a dos columnas. Aun aparecieron
impresas así las de Moratín y las tragedias de Jovellanos y Quintana. Luego se
adoptó para comedia el 16º; así aparecieron las primeras de Bretón de los
Herreros, y al fin se agrandó la forma, estableciendo la primera galería el
tamaño corriente y el formato que hoy se usa para las obras teatrales. Así como
ahora lo que sobra en las galerías son títulos, al principio faltaban, y para
presentar un catálogo copioso de obras nuevas y nombres nuevos, Delgado ofrecía
buenas pesetas por todas las obras que le llevaban los principiantes. Imprimía
los originales sin leerlos siquiera. Sólo así se concibe que hayan llegado a
publicarse muchas obras entre las cuales me ha llamado la atención, y no por
sus bellezas, una de Campoamor, que debió escribir el poeta cuando tenía quince[176] años. Se vivía en aquel mundo literario en una
inocencia arcádica. La Prensa aplaudía las fogosas redondillas y los ingenuos
sonetos. El bisoño Orfeo, recién llegado de provincia, encontraba un colega
cortesano que le presentase a un editor; las tentativas se estimulaban; de una
tertulia salía con frecuencia un nombre nuevo: el público se dejaba seducir por
aquellas fascinaciones. Un epigrama daba la vuelta a la ciudad, y una poesía
solía conquistar la buena voluntad de un ministro. Renduel no existía, ni
Lemerre tampoco; pero algo semejante animaba en España a los excelentes hijos
de Apolo. Es de lamentar que un Valera no deje escrita la historia íntima de la
literatura española de este siglo. Sería muy interesante ver cómo se producen y
se agitan las corrientes por un momento dominadoras de todo y que desaparecen
en este país nervioso, impresionable y de mil faces.
Don Wenceslao Ayguals de Izco quizá fué el primer
editor literario de empresa. Don Wenceslao acometía la novela, se lanzaba por
la poesía, autor fecundo y atrevido; dirigió un periódico, la Risa,
en que escribieron todos los famosos de la época, y supo fundar un negocio de
publicidad en grande escala; falsificó en castellano Los Misterios de
París y el espíritu de Sué, con su Hija de un jornalero y
su Marquesa de Bella Flor.
Gaspar y Roig y Ángel Fernández de los Ríos
hicieron bibliotecas ilustradas del tamaño y forma de los magazines,
y a ellos se debe en gran parte el sostenimiento de la cultura literaria, pues
hicieron traducir y publicaron muchas obras francesas e inglesas con buenas
ilustraciones intercaladas en el texto y a precios hasta entonces desusados.
Asimismo alternaban con los extranjeros Espronceda y el duque de Rivas,
Carolina Coronado y Fernández y González. En competencia con los cuadernos cultos
de la Biblioteca Universal y de la Biblioteca Gaspar, aparecieron las entregas
de novelas de un género especial. Era el desborde de la fantasía endiablada[177] de Fernández y González, el torrente sentimental
de Pérez Escrich, la honesta narración «a la papá» que humedeció los pañuelos
de varias generaciones en España y América, y a cuyo recuerdo aun suspiran las
porteras agradecidas. Ambos novelistas ganaban muchas onzas de oro y
enriquecieron a sus editores. Pero la novela por entregas también pasó, al
vuelo del tiempo, y el honrado Escrich murió en la pobreza después de cazar
mucho y escribir otro tanto, pues su vida en la Corte se deslizó como canta una
quintilla suya:
Escrich es un cazador
Que pasa días felices
Persiguiendo con ardor
En el campo a las perdices
Y en Madrid al editor.
Como en Valencia durante muchos años la Biblioteca
de Cabreziro hacía buena obra publicando libros de mérito, más tarde en
Barcelona La Maravilla dió al público novelas e historia a precios reducidos, y
alcanzó popularidad. Por allí salieron a mezclarse con el pueblo español Walter
Scott y Dumas el viejo. No hay duda de que del año de 1840 al 1860 se publicaba
y leía más en la Península que lo que ahora se publica y se lee. Los editores
de Barcelona que hoy trabajan mucho, lo hacen de modo principal para la
exportación y con escaso cuidado. En Madrid apenas hay editores literarios. Las
bibliotecas económicas de vulgarización a dos reales aumentan y producen
continuamente. La primera fué la de Pi, la Biblioteca Universal, hecha por el
patrón de la francesa del mismo título, aunque a precio duplicado (la
Bibliothèque Universelle sólo cuesta veinticinco céntimos); siguióla en
Valencia la Biblioteca Selecta y en Barcelona la Biblioteca Diamante. Antonio
Zozaya intentó cuerdamente su Biblioteca Filosófica—también a dos reales—y dió
a conocer al gran público, cierto[178] que como en
un botiquín, a los filósofos antiguos y modernos, desde Aristóteles hasta
Schopenhauer.
No dejaré de recordar el impulso que dió a las
obras ilustradas, con sus libros bien presentados y económicos, el editor
Cortezo, barcelonés, en su Biblioteca de Artes y Letras, con encuadernaciones a
la inglesa, y sus buenos grabados; a tres pesetas volumen, dió mucho bueno. La
Biblioteca franco-española y el Cosmo editorial inundaron el país de
traducciones, por lo común mediocres y malas; una importó al divino Montepín, a
la otra se le debe agradecer la presentación de Zola. Lázaro y Galdeano, director
de la España Moderna, y de quien ya os he hablado, hombre de buen
gusto y de fino tacto, ha invertido una fortuna en traducciones. Al comenzar en
París la Collection Artistique Guillaume, Sanz de Jubera quiso aquí
imitarla. Error. El fracaso vino luego. Editores de novela como Charpentier, o
de poesía como Lemerre no hay en España ninguno. El editor Cortezo intentó
fundar en Barcelona una biblioteca de novelas contemporáneas, pero tuvo que
abandonar la empresa. El problema es sencillo. Los editores quieren firmas
reputadas, nombres hechos, quieren la seguridad de la venta, la salida del
producto. Los jóvenes, y entre ellos muchos que acudirían a formar esa
biblioteca, no son recibidos, y, cuando publican uno que otro trabajo, lo hacen
por cuenta propia. Ello no es nuevo. Pérez Galdós, Pardo-Bazán, Palacio Valdés,
que antes de ser conocidos tuvieron que publicar ellos sus obras, se han
acostumbrado a eso, y ahora, ya célebres, no se resignan a sufrir la tutela de
Shylock de un editor. ¿Qué ventaja le reportaría al señor Pereda, por ejemplo,
un editor que le diera de sus obras menos de lo que ahora le paga Suárez, que
se las administra por un 35 por 100? Si cuando empezaban esos escritores
hubiese habido un editor de comprensión y talento que les acogiese y ayudase,
como Charpentier a Zola, a Daudet, a Goncourt, estarían todos unidos ahora a la[179] sombra de un buen árbol editorial, que a su vez
se habría nutrido de rica savia y sería amparo siempre de los nuevos. Aquí el
editor no quiere hacer obras, sino ser contratista de obras hechas.
La guerra, el desastre, han traído ahora un
movimiento que algo hace esperar para mañana, o para pasado mañana. No hay que
olvidar que los ingleses llaman a esto the land of «mañana». Se ha
producido algo más en estos tiempos que antes de la Débâcle, en
novela, estudios sociales, crítica, anuarios, etc. Han aparecido nombres
nuevos, y los mismos nombres viejos han aparecido como con un barniz nuevo. No
hablo de la producción catalana, que cuenta con el libro de arte en fondo y
forma; L'Avenç, por ejemplo, no tiene nada que envidiar a Empresas
como el Mercure de France, o la de Deman, de Bruselas. Tal es la
actual España editorial.
Allí entre nosotros solemos quejarnos. Yo ya no me
quejo. Aguardemos nuestro otoño. ¡Oh! argentinos, creed y esperad en ese gran
Buenos Aires.
NOVELAS Y NOVELISTAS
24 de julio.
caba de publicar don Juan Valera una novela
nueva, Morsamor. Hace ya días que el libro ha aparecido, y la
crítica «oficial»[2] no
ha dicho una sola palabra, si se exceptúa el saludo de Cávia al aristocrático y
veterano autor de Pepita Jiménez. Don Juan Valera se encuentra, a
pesar de su ceguera y de los ataques del tiempo, en una ancianidad que se puede
llamar florida.
Hablando de un argentino, en cuyos largos años ha
nevado ya mucho, pero que se conserva maravillosamente, decía José Martí: «Es
un lirio de vejez». El aspecto de don Juan Valera dice la salud y la paz
mental. Hace algunos meses presidió, con sus ojos sin luz, una sesión pública
de la Real Academia; Menéndez Pelayo le leía el discurso, y parecía que, con
suave sonrisa y leves movimientos de cabeza, Valera se aprobase a sí mismo, al
correr los períodos cristianamente fluviales de su prosa académica. Tiene muy
feliz memoria, y su conversación es de aquellas que encantan. Sus sábados han
sido famosos entre las gentes de letras. La muerte ha raleado algo el grupo de
sus contertulios. En siete años, encuentro de menos al duque de Almenara, a don[181] Miguel de los Santos Álvarez, a varios más que
tuve la honra de conocer en la casa de la Cuesta de Santo Domingo.
El joven don Luis, hijo de don Juan, se ha casado
con una hija del duque de Rivas, nieta del autor del Don Álvaro y
de los Romances, la cual solía asistir a las reuniones literarias
de los Sábados. La casa de Valera es la de un hidalgo noble de estirpe y de
pensamiento. Que los bríos del escritor se sostienen, lo dicen la constancia en
la labor y el mantenimiento de la bella virtud del entusiasmo. El nombre de
Valera es conocido en toda Europa; se le ha traducido mucho. Antes que las
heroínas de las novelas de Armando Palacio Valdés fuesen luciendo su garbo
español por el extranjero, ya la «señorita» Pepita Jiménez «andaba en lenguas»
por el mundo. Tiene conquistadas el ilustre maestro generales simpatías y el
respeto de todos. Si algo ha podido hacerle daño, ha sido su extremada
benevolencia en ciertos casos, aunque se defiende casi siempre con una delicada
ironía. Ha hecho mucho por hacer conocer aquí las letras americanas. Sus
célebres Cartas son de ello buena prueba.
A pesar del cansancio natural que produce este
estilo común a todos los escritores peninsulares—hoy en vías de adquirir, por
los nuevos, flexibilidad y variedad—, la prosa de Valera se lee con el agrado
que se deriva de su inconfundible distinción. Su lengua trasparente deja ver a
cada paso la arena de oro del castizo fondo, y en su manera, de una elegancia
arcaica, de una gracia antigua, se observa siempre el gesto ducal, el aire
nobiliario. Como Buffón, él también posee sus manchettes, con la
diferencia de que no se las tiene que poner para escribir, porque no se las ha
quitado nunca. Se le ha observado su apego por asuntos de cierto picor erótico;
y ha habido quienes se hayan escandalizado de sus llamadas libertades. En
realidad no es el hecho para tanto.
No son las suyas sino figuras de pecado que pueden[182] circular sin temor entre el concurso de las
«honestas damas» de nuestro tiempo, de las cuales habría él sido, si le hubiese
venido en deseo, el incomparable cronista, el Brantome enguantado de piel de
Suecia. Buena cantidad de pimienta y demás aromas y picantes especias hay en el
tesoro clásico de novelas ejemplares y picarescas, para que no puedan aparecer
hoy, mostrando sus naturales gracias, mujeres españolas de cepa autóctona y de
indiscutibles atractivos, como Pepita Jiménez, Juanita la Larga,
Rafaela la Generosa. Don Juan es autor de formas y de fórmulas.
No varían mucho de las de fray Luis de Granada.
Esto es una curiosidad y hasta cierto punto un mérito. Se cree aquí que los
americanos estamos imbuídos exclusivamente en la literatura francesa, sin saber
que nos hacen su visita provechosa todas las literaturas extranjeras. Se
entiende que hablo de Buenos Aires. Sin salir de nuestro periodismo—guardando
las distancias—no se sospecha que hay un Ebelot, francés, un Ceppi, italiano, y
en sus puestos consiguientes, un Loweinstain, inglés, un Clímaco Dos Reis, portugués,
que escriben castellano en nuestros periódicos sin que se les note el
acento.
Y, consagrando el purismo, se habla con respecto al
castellano de América y en especial del de la República Argentina, con espanto
castizo, con horror académico, para venirnos, por opinión de su más conspicuo
crítico, con que don Juan Valera, a quien estimamos y admiramos en su legítimo
valer, es superior en algún punto a Flaubert o a Anatole France.
Esto no es una excepción. Ya os he dicho que un
espíritu tan informado y sutil como doña Emilia Pardo-Bazán no ha vacilado en
hacer de Víctor Hugo un émulo de Campoamor. Por lo general, aquí se compara lo
propio con lo extranjero, cuando no con aire de superioridad, con un convencido
gesto de igualdad. No se dan cuenta de su estado actual.
No se dan cuenta de que quitando a Cajal y a
algunos dos o tres más en ciencias, y a Castelar en su rareza oratoria, no les
conoce el mundo más que por sus toreros y sus bailaoras. Pongo naturalmente a
un lado a los pintores. Y esto no es sino lo que oigo decir y reconocer por
hombres de pensamiento imparcial y sin preocupaciones, que desean para su
hermoso país una renovación, un cambio, una vuelta a la pasada grandeza. Decía,
pues, que uno de los incondicionales méritos del eminente Valera estriba en su
anticuada gracia estilística, en su impecabilidad clásica, en ese purismo que
hoy combaten humanistas como Unamuno. Ciertamente, leído a pocos, saboreado a
sorbos, ese estilo agrada, pero después de varias páginas, el cansancio es
seguro. Esto llega hasta lo insoportable en el santanderino Pereda, el hombre
del «sabor de la tierruca» que para decir los restos de la comida dice «los
relieves del yantar». Le censura a Valera cierta crítica quisquillosa, su
tendencia a la rica mina amatoria, su hasta cierto punto complacencia erótica.
El amor le subyuga, es claro, como a todo artista. Las gafas del censor en este
caso deberían hacer leer bajo el simulacro del Dios los conocidos versos del
señor de Voltaire:
Qui que tu sois, voici ton maître;
Il l'est, le fut, ou le doit être.
Valera se deleita, es verdad, en asuntos de esta
clase, pero lo hace con tanta discreción y, sobre todo, con tanto talento, que
sus historias desnudas o semiveladas se escuchan como la relación perfumada y
sugestiva brotada del anecdotario de un abate galante. Más atrevida es doña
Emilia Pardo-Bazán, y sus novelas adquieren en sus pasajes escabrosos doble
sabor por venir de fuente femenina.
Doña Emilia, mujer de vasta cultura, muy conocedora[184] de literaturas extranjeras y escritora fecunda,
es también bastante famosa fuera de España. Naturalista, desde los buenos
tiempos del naturalismo, ha permanecido en su terreno realizando el curioso
maridaje de un catolicismo ferviente y una briosa libertad mental. Ha escrito
la novela gallega y la novela de la corte, ambas con el conocimiento directo
del asunto a que su vida de alta dama de Madrid y terrateniente de La Coruña le
ha ofrecido campo. Sus últimas novelas han tenido menos resonancia que las
primeras, sin motivo especial, pues sus cualidades de vigor y brillantez son
las mismas. Cuenta con gran habilidad, y es uno de los primeros cuentistas
españoles actuales.
Armando Palacio Valdés puede asegurarse que escribe
para el extranjero, para ser traducido. Su clientela está en Londres, en Nueva
York, en Boston, no en Madrid. Se me asegura que cuando publica un libro no
manda ejemplares a la Prensa madrileña, sino con raras excepciones. No se
señala ciertamente por calidades de estilo, y se conoce que no tiene grandes
preocupaciones de arte; pero narra con verdad y color y sobre todo es un gran
técnico, un constructor de primer orden. Por otra parte, el autor de El
Origen del Pensamiento no está por descubrir como un fuerte talento,
como una de las más hermosas figuras de la España intelectual.
El famoso don Benito Pérez Galdós ha vuelto a cavar
en la antigua mina de Episodios Nacionales; convertido en el
Charpentier de sí mismo, se ha industrializado y fabrica de un modo prodigioso.
Casi no hay mes sin episodio, y el público observa que la ley de antaño era
otra. A pura novela se ha construído un elegante hotel en Santander y es hombre
de fortuna.
Era tiempo de dedicarse a la labor para sí
mismo, como me decía Jean Paul Laurens de la pintura, a la obra de arte y
de idea en que el alma ponga toda su esencia, en la libertad del soñado y
perseguido ideal.
Don José María de Pereda, propietario de una
fábrica[185] de jabón, descansa en sus conquistas.
Regionalista rabioso, su mundo se concentra en el Sardinero o en Polanco; su
estética huele a viejo, su cuello se mantiene apretado en la anticuada
almidonada golilla. Es un espíritu fósil, pero poco simpático a quien no tenga
por ideal lo rancio y lo limitado. Hay que leer esa Sotileza que
han traducido al francés, hay que leerla en el idioma extranjero para ver lo
que queda en el esqueleto, despojada de sus afectaciones de dicción: un colosal
y revuelto inventario.
El valenciano Blasco Ibáñez es fuerte, enérgico,
sencillo como un buen árbol; lleva como la esencia de su tierra y en su rostro
el reflejo de un atávico rayo morisco. La Barraca le ha
colocado recientemente entre los primeros novelistas españoles. Es joven, y los
vientos de la política le han envuelto. Como diputado a Cortes ha hecho bien
sonoras campañas, con mayor felicidad que el francés Barrès y el italiano
D'Annunzio. Cierto es que lo que menos hay en él es un esteta, en el buen
sentido de la palabra, porque aquí tiene uno muy malo. Sí, Blasco Ibáñez es el
hombre natural, de su país de flores y fierezas, de cantos y bizarrías, y su
alma sincera y sana va por la vida con una libertad aquilina. Y tiene ese
potente varón de lucha el pecho de un sensitivo. Como a todos los pensadores
contemporáneos, preocúpale el áspero problema del hombre y de la tierra y está
naturalmente con los de abajo, con los oprimidos. En sus palabras del
Parlamento como en sus escritos, se manifiesta su continua ansia de combate. En La
Barraca se exterioriza en las musculaturas del estilo uno de esos
espíritus de gladiador, o de robusto constructor, a la Zola. La onda mental
corre sin tropiezos con un ímpetu de fecundación que denuncia la original
riqueza. Libros como ese no se hacen por puro culto de arte, sino que llevan
consigo hondos anhelos humanos; son[186] páginas
bellas, pero son también generosas acciones y empresas apostólicas. Pinta con
colores de vida escenas de su tierra que para el lector extranjero son de un
pintoresco interesantísimo. Es la «huerta», trozo paradisíaco, rincón de amor y
de vigor, saturado de energías primitivas, y en donde la Naturaleza pone por
igual en el hombre dulzuras y rudezas. En esa tierra es en donde cantan las
dulzainas sus sones de reminiscencias africanas y las muchachas danzan llenas
de sol. Alrededor de la barraca surgen, en la obra de mi eminente amigo, tipos
bañados de sombra y luz, en aguas fuertes de una hermosa intensidad. Es el
desgraciado tío Barret, el asesino de don Salvador el terrateniente; es esa
alma salvaje de Pimentó, y su mujer, la Pepeta, que en la narración, en medio
de su revuelo de pájaro zahareño, se enternece de maternidad; es la figura
graciosa y buena de Roseta; y sobre todo, la vigorosa persona de Batiste, fiero
y alto ante el peligro, pero vencido al fin por una funesta fatalidad; todo en
una sucesión de cuadros, que encantan o se imponen en su valor de verdad a
punto de contagiar de angustia o de sufrimiento; tal la muerte del hijo de
Batiste, la de Pimentó, y el incendio de la Barraca, en el cual, sin pecado,
creo sentir un potente aliento homérico.
Blasco Ibáñez es de contextura maciza, cabelludo y
de bravas barbas, ojo fino que va a lo hondo, amable o terrible: su
conversación es, sin penachos meridionales, franca y vivaz; es un bon
garçon ese soldado de tormentas. Por lo de Montjuich ha luchado con
entusiasmo, en unión de otros dos escritores, Dionisio Pérez, redactor de Vida
Nueva, novelista cuyo Jesús ha tenido cierta resonancia
tanto en España como en América, también hombre de combate y de talento
tesonero, y Rodrigo Soriano, cuyo nombre La Nación ha hecho
conocer en Buenos Aires; carácter de irresistible simpatía, autor de libros
varios sobre asuntos distintos, pues si hace cuentos encantadores, sus críticas
artísticas son de interés[187] y amenidad notorios,
como sus artículos de periodista; y en todo una fácil manera, un estilo de
escritor mundano, al tanto de todo lo que pasa en el extranjero, cosa rara
aquí; un diletantismo discreto y un innegable tono personal. Su amistad con Emilio
Zola es sabida; y el ilustre maestro le ofreció asistir al meeting proyectado
en San Sebastián, en favor de la revisión del proceso de Montjuich. Otros
novelistas buscan también vías nuevas.
Un distinguido amigo escritor me manifiesta que la
novela española no existe hoy, como la francesa, la inglesa, la rusa. ¿Por qué?
«Porque las costumbres españolas comenzaron a perderse a fines del siglo XVII,
y la novela fundada en las costumbres no tiene carácter nacional si aquéllas no
son propias, nacionales. Habría que remontarse a los clásicos para encontrar
«costumbres», y, por consiguiente forma especial del género novelesco. Acaso el
triunfo de Alarcón, y, sobre todo, el de Pereda, estriban sólo en esa cualidad:
sus obras tienen mucho de la tierra en que se formaron. Lo mismo podría decirse
de Fernán Caballero». No creo lo propio. En la literatura universal los
españoles tienen ese aislado tesoro que se llama la novela picaresca, hoy
ciertamente olvidado. Pero si es verdad que los novelistas de España, del siglo
XVIII a esta parte, han sido influídos por corrientes exteriores, academicismo,
romanticismo, bon sens, socialismo, realismo, naturalismo,
psicologismo, etc., a través de la imitación ha permanecido visible el carácter
nacional. Larra mismo fué tentado por Walter Scott, y ¿quién más español que
él, a pesar de su conocimiento de literaturas extranjeras? Justamente ha
escrito don Juan Valera a quien estas líneas traza:
«Todos tenemos un fondo de españolismo que nadie
nos arranca ni a veinticinco tirones. En el famoso abate Marchena, con haber
residido tanto tiempo en Francia, se ve el español: en Cienfuegos es postizo el
sentimentalismo[188] empalagoso a lo Rousseau, y el
español está por bajo. Burgos y Reinoso son afrancesados y no franceses. La
cultura de Francia, buena y mala, no pasa nunca de la superficie. No es nada
más que un barniz transparente, detrás del cual se descubre la condición
española». Fernán Caballero realizó la novela andaluza, junto a los admirables
cuadros de Estébanez y Mesonero Romanos. Hoy mismo, las novelas de Salvador
Rueda y Reyes son puramente andaluzas. La novela gallega nos la ha dado, aun
vestida con modas extranjeras, la egregia doña Emilia; la novela vasca tendría
su sola representación con esa admirable y fuerte Paz en la Guerra,
de Miguel de Unamuno. Existe, pues, no solamente la novela española, de Galdós,
Palacio Valdés, Valera o Alas, sino la novela regional.
Hubo un tiempo en que reinó el folletín. Eugenio
Sué tuvo su doble, en Madrid, en don Wenceslao Aicuals de
Izco. Los Misterios de París se multiplicaron en María
o la Hija de un Jornalero y en la Marquesa de Bella Flor.
El socialismo romántico de entonces encontró excelente campo de este lado de
los Pirineos. Luego vino la época de aquel buen Pérez Escrich, que causó muchos
llantos a nuestras madres y abuelas, pues la inundación de entregas
sentimentales no fué tan sólo en la Península, sino que recorrió la América
entera. Lo propio daba el Cura de la Aldea, que el Mártir
del Gólgota, o la Mujer Adúltera. Tras él vino Antonio de
Padua, caro a las modistas y señoritas ansiosas de ensueños burgueses. Y otros
de la misma harina que encontraron fácil la explotación de esos antiliterarios
filones. Puesto muy distinto es el de don Manuel Fernández y González, una
especie de Dumas el viejo, fecundo y brillante de imaginación, productor
incansable, tonel de cuartillas, al que la pobreza soltaba la espita,
intrigador colosal y cuyo espíritu galopante no deja de encenderse de tanto en
tanto con bellas chispas de arte.
El diluvio de entregas pasó. Algunos libros
aparecieron[189] de corta extensión, como los de
las bibliotecas francesas. Eran El Escándalo, de Alarcón, y
la Pepita Jiménez, de Valera. La literatura recobraba su puesto,
así fuese en aislados esfuerzos. Alarcón, escritor de hábil inventiva, sutil y
emotivo, causó gran impresión con su novela de espíritu hondamente conservador,
o neo, como aquí se dice, a la cual novela habría de oponerse, en
un combate de doctrina moral más que de ideología, la Doña Perfecta,
de Galdós. Valera asimismo se impuso desde luego por la delicada elegancia de
su manera, por la resurrección de antiguos prestigios nacionales, por el
abolengo impoluto de su estilo. Valera tenía la gracia, Galdós conquistó con la
fuerza. Pereda, que publicara sus Escenas montañesas desde
1894, no tuvo verdadera resonancia sino muchos años después. Pedro
Sánchez y El Sabor de la Tierruca señalan el
principio de su renombre. Después llegaron la Pardo-Bazán, Leopoldo Alas,
Armando Palacio Valdés. Se creaba ya la novela de ideas. Al surgir victoriosos
esos nombres, un grupo en que bien podía haber un talento igual, mas no certera
orientación, se presentaba, en el deseo de hacer algo nuevo, de encauzar en
España la onda que venía de Francia. Era la época del naturalismo. Nadie se
atrevería a negar el valer mental de López Bago, de Zahonero, de Alejandro
Sawa; pero la importación era demasiado clara, el calco subsistía. López Bago,
en cuya buena intención quiero creer, tuvo un pasajero éxito de escándalo y de
curiosidad. Sus obras eran abominadas por los pulcros tradicionalistas y por
los mediocres que le envidiaban su buen suceso. Se trataba de verbosos
análisis, de pinturas de vicio, escenas burdelescas, figuras al desnudo y
frases sin hoja de parra. Zahonero siguió un naturalismo menos osado. Sawa, muy
enamorado de París, y más artista, se apegó a los patrones parisienses, y
produjo dos o tres novelas, que aun se recuerdan. Alejandro Sawa es un escritor
de arte, insisto, y el naturalismo[190] no fué
propicio a los artistas: era una literatura áptera.
He de hablar de Silverio Lanza, un cuentista muy
original, cuyo nombre es escasamente conocido. Sin perder el sabor castizo que
suele aparecer con frecuencia en sus narraciones, este escritor tiene todo el
aire de un extranjero en su propio país. Es un humorista al propio tiempo que
un sembrador de ideas. Pero en su humor no encontraréis mucho el chiste
nacional, sino el humor de otras literaturas. Su ideología se
agria de cierta aspereza al rozar problemas que se relacionan con defectos y
tachas de su misma patria. «Y si habla mal de España, es español», dice
Bartrina en uno de sus versos. Pero no es este el caso. Es que se trata de un
hombre de pensamiento que se subleva ante las desventajas de su patria en
comparación con otras naciones, a las cuales desearía sobrepasase en el camino
del progreso humano, ante los vicios característicos que habría que combatir, y
los inconvenientes de educación que habría que subsanar. Silverio Lanza es un
hombre de guerra. Se ha repetido el caso de Stechetti y Olindo Guerrini. Olindo
Guerrini en esta vez se llama en España Juan Bautista Amorós. Entre sus libros,
sobresalen Cuentecillos sin importancia, Ni en la vida ni
en la muerte y los Cuentos políticos. Recientemente Ruiz
Contreras ha tenido la acertada idea de llamarle a la Revista Nueva,
en donde sus cuentos ofrecen como antes,—extrañamente vertebrados, llenos de
oscuridad que seduce, enseñadores de atormentadas gimnasias de estilo, al decir
mucho en cortas oraciones, incoherentes con premeditación, y teniendo siempre a
su servicio la mitad del Genio,—compañera del Ensueño, la Ironía. El director
de esa revista me decía que a su sentir era Lanza «acaso el más fuerte y el más
arrojado. Silverio Lanza no ha sufrido la menor decepción. Desde que publicó la
primera obra, El Año triste, no ha cambiado una sola vez de senda.
Es un carácter, un hombre, una inteligencia superior,[191] y
triunfará, logrando ser en la literatura española un personaje aislado sin
antecesores y acaso también sin descendientes». Lo creo. La libertad por él
proclamada con el ejemplo, que ha hecho resaltar en esta literatura de estilo
uniforme—hablo en general—o uniformado, para decirlo mejor, su inconfundible
individualidad, dará aquí buenos frutos, cuando el aire circule, cuando el
aliento universal pase bajo estos cielos; el individualismo traerá consigo—y ya
empieza a iniciarse, después del desastre—una floración flamante y saturada de
perfumes nuevos.
Al paso observo un pequeño huerto bien cultivado,
lejos del parque inglés de Palacio Valdés, de las granjas montañesas de Pereda
y Galdós y de la rica quinta gallega de doña Emilia. El huerto es de José M.
Matheu, cuyas excelentes cualidades de novelador son reales. Este es un
modesto; se ruboriza de la audacia. Suave y metódicamente ha creado unos
cuantos caracteres que ha alojado en sus libros, en donde si esas buenas notas
resaltan, falta en cambio la divina virtud de la ironía, el culto del arte de la
frase, las cambiantes estaciones del estilo.
Ortega Munilla, creo que, demasiado entregado a la
política, ha permanecido sin producir un solo libro desde hace algún tiempo. De
cuando en cuando florece su ingenio en algún cuento, que recuerda al vibrante
narrador de otros días, el novelista de conciencia y el prosista aquilatado.
¿Taboada? A Taboada también hay que contarle ya entre los novelistas. El paso
de la narración corta a la novela lo ha hecho, como sus semejantes, Mark Twain
y Alphonse Allais. Este gracioso de España como el clownesco yankee y el
incoherente francés, ha obtenido un enorme éxito con su obra después del
continuado éxito periodístico de cuentos y crónicas desopilantes. Su mérito no
puede ponerse en duda. Es una originalidad. Es el cronista incomparable de la
vida cursi. Su Viuda de Chaparro se ha casi agotado en[192] pocos días. Hace reir, con un si es no es de
amargor, que, en verdad, merece su latín. Aquel de Ovidio, si gustáis:
...medio de fonte leporum
Surgit amari aliquid...
La novela de Unamuno, Paz en la Guerra,
es de esas obras que hay que penetrar despacio; no en vano el autor es un
maestro de meditación, un pensativo minero del silencio. Es la novela un
panorama de costumbres vascas, de vistas vascas, pero es de una concentrada
humanidad que se cristaliza en bellos diamantes de universal filosofía. El
profesor de Salamanca es al mismo tiempo el euskalduna familiar con la tierra y
el aire, con el cielo y el campo. Su pupila mental ve transparentemente el
espectáculo de la vida interior en luchas de caracteres y pasiones, en el olear
de la existencia ciudadana o campesina. Sus figuras las extrae como de bloques
de carne viva; y es un poderoso manejador de intenciones, de hechos y de
consecuencias. Y en su manera no hay ímpetus, no hay relámpagos.
Tranquila lleva la pluma, como quien ara. Para
leerle, al principio se siente cierta dificultad: pero eso pasa presto para dar
lugar a un placer de comprensión que nada iguala. Este es uno de los cerebros
de España, y una de las voluntades. Lo que su paisano de Loyola, San Ignacio,
enseñó con sus Ejercicios a Maurice Barrès, él lo ha aprendido
en los ejercicios de su alma, en la contemplación de la vida, en su tierra
honorable y ruda con la rudeza de lo natural y de lo primitivo incontaminado y
sano. Antes he amado, por innata simpatía, a esos hombres fuertes de Vasconia,
que adoran su cielo y su tierra feraz y su libertad, en la conservación de una
vida de grandeza antigua, que cantan tan sonoras canciones de meditación y amor
y danzan tan bizarras danzas; marineros, herreros, campesinos, nobles todos,
veneran un árbol y han tenido un bardo como Iparraguirre;[193] pero
jamás he comprendido el alma vasca como cuando me he impregnado de las páginas
de Unamuno. El amor allí tiene el hervor de la prístina savia; los elementos
conspiran para la fraternidad con el hombre, la tierra besa a la carne, la
savia se une a la sangre; el abrazo, la cópula, debía ser como un sacramento, o
como ley sagrada. Son razas poseedoras de la serena energía, de la fuerza
donada por los viejos dioses, esa ilustre fuerza que saluda Gladstone junto al
árbol de Guernica, que pinta Puvis de Chavannes, y a la cual invoca el canto
cuando, en su Provenza, Mistral empuña ante el concurso conmovido la simbólica
copa.
[2]La
crítica «oficial» ha hablado por boca de don Leopoldo Alas: «Valera no es como
los pedantes Flaubert y France...»
LOS INMORTALES
22 de septiembre de 1899.
ronto aparecerá la nueva edición del
Diccionario de la Real Academia Española. La casa editorial de Hernando da la
última mano al grande y lujoso mamotreto. El señor Echegaray ha explicado ya en
la Prensa muchos de los nuevos términos científicos que la Corporación ha
decidido adoptar. Dentro de poco el volt se llamará voltio y
el culomb culombio. En cuanto a la palabra trolley,
queda sencillamente convertida en trole, como hace muchos días tuvo la
amabilidad de comunicármelo mi eminente amigo Eugenio Sellés. Ignoro si
el presupuestar de Ricardo Palma tendrá cabida esta vez en el
léxico. Mas lo cierto es que hay novedades, y es posible que el chistoso
pedante de Valbuena prepare otra «fe de erratas». Veremos lo que se limpia, lo
que se fija y lo que se da de esplendor, para recordar nuestro Horacio y
su jus et norma loquendi.
Estos inmortales cumplen con su deber conservador
sobre todo; de las tres partes del lema prefieren el fijar. Sus sesiones
parecen de una amenidad muy discutible. Ha pasado ya de moda el murmurar de sus
hechos y gestos. En Francia todavía las palmas verdes y el espadín provocan una
que otra ocurrencia. Aquí es poco decorativa la representación, y un libro no
se vende más porque el autor pueda poner debajo de su nombre:[195] De
la Real Academia Española. La labor de los excelentísimos e ilustrísimos,
fuera de las papeletas del Diccionario, es poco activa: la publicación de
algunas obras, como las que dirige Menéndez Pelayo, y la adjudicación de varios
premios.
La Real Academia se fundó en 1713, y trece años
después apareció el primer tomo del Diccionario; otros trece años pasaron para
que pudiesen publicarse los otros cinco de aquella primera edición. El rey
ordenó que se diesen a la Academia mil doblones al año. Aprobada por Felipe V,
logró especiales concesiones. Los académicos quedaban en cierto modo y para
ciertas ventajas iguales a la servidumbre de la Real Casa. En 1793 se les
favoreció con la renta anual de 60.000 reales. Desde 1793 tuvo su local, en la
célebre casa de la calle Valverde, hasta que hace poco tiempo se ha instalado
en edificio especial que hizo construir con propios fondos.
Los inmortales de Francia son cuarenta; los de
España sólo llegan a treinta y seis, sin que yo sepa el motivo. Lo que no cabe
duda es que el sillón 41.º de Houssaye, que aquí corresponde al 37.º, existe en
la academia del marqués de Villena como en la academia de Richelieu... No deja
de haber aquí también su partido «de los duques». La política no anda asimismo
muy alejada de las influencias que privan en el reino de la gramática. Ved un
simple desfile de figuras. El director actual es el conde de Cheste. Muy viejo,
antiguo militar, muy querido en la Corte; hace algún tiempo que no asiste a las
sesiones académicas. El conde de Cheste dejará una obra extensa principalmente
de traducciones. Hasta hace poco, obsequiaba a sus colegas con buenas comidas y
candorosos versos. Secretario perpetuo es hoy don Miguel Mir, desde la muerte
de Tamayo y Baus; censor, Núñez de Arce; bibliotecario, Catalina; tesorero, el
marqués de Valmar; vocal administrativo, Sellés, e inspector de publicaciones
Menéndez Pelayo.
El marqués de Valmar es un verdadero aristócrata.
Este viejo hidalgo, muy erudito, en sus primeros años literarios escribió para
el teatro. Su obra más considerable es un estudio acerca de la poesía
castellana en el siglo XVIII. Se le debe la publicación de las Cantigas
del Rey Sabio. Su vejez se desliza entre libros y comodidades; es un
caballero que ha sabido proteger, cuando ha podido, a los jóvenes de verdadero
valer que le pedían su apoyo literario y social. Mucho le debe a este respecto
el señor Menéndez Pelayo. Demás decir que el marqués de Valmar, noble y
literato, ha pertenecido al cuerpo diplomático.
Campoamor llevó su humor a la Academia. No sé que
haya contribuído mucho a la cocina del Diccionario; pero si encontráis en la
nueva edición algunas humoradas, creed que son suyas, a menos que no sean de
don Juan Valera. Es de pensarse que en el secreto del ministerio, en lo más
intrincado de la tarea filológica, sabrá poner una gota de su espíritu ático
este marqués del estilo que habría sido amigo de Barbey. Más que los ratones de
los estantes empolvados, le conocen las alegres liebres que, según Hugo, telegrafían al
buen Dios en las mañanas de primavera: ¡content! Por lo demás,
Pepita Jiménez conversa muy amigablemente con fray Luis de Granada.
Don Enrique de Saavedra, duque de Rivas,
emparentado con don Juan Valera, es, sobre todo, el hijo de su padre. Su mayor
título académico es ser obra de don Ángel, hermano por lo tanto de Don
Álvaro o la fuerza del sino. La herencia espiritual no fué en este caso
completa, y don Enrique es a don Ángel lo que Francisco o Carlos Hugo al César
de los poetas franceses.
Don Cayetano Fernández es un señor presbítero
adobado de humanidades. Su candidatura a la Academia salió de Palacio. Ha sido
el áulico profesor de las infantas viejas. Creo que ha escrito un volumen
de Fábulas morales. Moral: Timeo hominem unius libri.
Don Gaspar Núñez de Arce ilustra con su poesía el
árido senado. Es el Sully-Prudhon de los españoles, o el José María de Heredia.
Don Eduardo de Saavedra es ingeniero de caminos. Se
le abrieron las puertas de la Academia por su ciencia, como a Lesseps. Dicen
que tiene gran talento. Alcalá Galiano es otro hijo de su padre. Ha traducido a
Byron, en verso. Ignoro si el sacrificio fué antes o después de entrar en la
Academia.
Don Mariano Catalina se distingue entre otras cosas
por sus barbas rojas, y por sus ideas, que son completamente opuestas al color
de sus barbas. Sus dramas valen mucho más de lo que se ha dicho de ellos. En
ese reaccionario hay un varón de fibra. Le silbaron, injustamente, y se dedicó
a otras cosas. Su manera es parecida y anterior a la de Echegaray, menos
descoyuntada y más española; sus versos aceptables, es decir, malos. Es editor
de la colección de escritores castellanos, que publica, entre otros libros
importantes, la Historia de las Ideas Estéticas y demás obras
de Menéndez Pelayo.
Don Marcelino entró muy joven en la Academia, como
se recordará. Hiciéronle triunfar por una parte su saber enciclopédico y vasto,
por otra su conocida filiación conservadora. No hay duda de que sus
conocimientos son asombrosos: don Marcelino sabe más que todos los académicos
juntos, y sus trabajos han sido y son los de un gran crítico, los de un
verdadero sabio. La edición monumental de Lope y la Antología lo
demuestran.
Pidal y Mon escribe correctamente.
El señor Mir escribe con muchas intenciones
académicas, y, como la mayor parte de los escritores de su país, se toma muy
escaso trabajo para pensar. Siempre esa onda lisa del período tradicional cuya
superficie no arruga la menor sensación de arte, el menor impulso psíquico
personal. Ha publicado un libro en que se descubre sinceridad e independencia,
libro antijesuítico y de largo nombre: Los Jesuítas de puertas adentro
y un[198] Barrido hacia afuera de la
Compañía de Jesús. Escribe la historia de Cristo y memorias o monografías
académicas; en lo académico suspiraréis por un poco de literatura o de
sentimiento artístico, y en lo religioso es en vano buscar el espíritu de los
antiguos místicos—única cosa que el académico español podía perseguir.
Balaguer acaba de publicar uno de los innumerables
volúmenes de que constan sus obras. No parece que le preocupen gran cosa los
asuntos de instituto. Maestro en gay saber, vive mucho para las musas.
Commelerán entró en la Academia en ocasión famosa.
Se sabe que luchó con Galdós y que la candidatura del novelista fué pospuesta.
Se escribió mucho con este motivo, y hubo enérgicas protestas. No veo tanto la
razón. El señor Commelerán sabe más latín y más lingüística que el señor
Galdós; es más útil en las tareas de la Academia. Además, el novelista debía
entrar tarde o temprano. No estaba en el mismo caso de Zola... Commelerán es un
incansable trabajador en sus estudios oficiales. Tuvo en un tiempo aficiones
literarias y, apasionado de Calderón, hizo algo para el teatro, que no llevó a
la escena. Publica ahora un gran Diccionario latino y libros de texto que son
bien juzgados.
Fabié es de una eminencia especial; para unos es un
sabio; para otros, lo contrario de un sabio. No es digno, a mi entender, de lo
uno ni de lo otro. En sus escritos se ve, además de la irremediable corrección,
mucha cultura clásica y legítima solidez.
Ha preferido en sus disciplinas, a lecturas
insustanciales y nuevas, generalmente obras de segunda mano, el desempolvar
pergaminos viejos en los rincones de archivos y bibliotecas; de ahí que la
crítica histórica tenga en el señor Fabié uno de sus más serios representantes
en España.
Del señor Silvela diré que, hijo de un padre
ilustre y hermano de otra notable inteligencia española, vale muchísimo más que
lo que él se figura. Tiene atracción[199] y un
inmenso número de amigos que le siguen. Con todo, su política es mejor que su
literatura, literatura de aficionado. Lo cual no quita que encontréis en sus
discursos páginas admirables.
Colmeiro es un sabio. Nada más que un sabio.
El señor Fernández y González es un arabista
insigne, según aseguran los que dicen que entienden el árabe. Se me ha hablado
mucho de su talento de crítico, y conozco estudios suyos nutridos de doctrina;
pero no he podido encontrar su libro La Crítica en España, del cual
se cuentan maravillas.
El conde de Buenos Aires, don Santiago Alejandro de
Liniers, hoy alcalde de Madrid, tiene ante todo su alta posición social y
pecuniaria. Ha publicado un libro, Líneas y Manchas, y ha sido
periodista. Exprimiendo toda la producción de esta excelente medianía, no se
sacaría la cantidad de pensamiento y de arte que hay en una sola página de su
sobrino Ángel Estrada.
De don Luis Pidal y sus obras confieso mi absoluta
ignorancia.
Manuel del Palacio, tan conocido en el Río de la
Plata, es otro poeta de la Academia. Vive ahora un tanto retirado, después de
que el duque de Almodóvar tuvo la peregrina ocurrencia de quitarle su empleo en
la Administración; por lo cual la indignación de su verso envió unas cuantas
abejas de su jardín a picar al caballero, como él dice «un poquito duque y un
poquito tuerto». Arquíloco es mal enemigo.
La ciencia por un lado y el teatro por otro,
apadrinaron a don José Echegaray para entrar a ocupar su sillón. Castelar le
hizo el dudoso favor de compararle con Goethe al contestarle su discurso de
recepción. El señor Echegaray es un hombre eminente, «de lo mejorcito que aquí
tenemos», me dice don Leopoldo Alas; pero su enciclopedismo de nociones en este
tiempo de las especialidades le coloca en una situación que fuera de su país
sería poco grata para su orgullo.
Sellés, conquistador del teatro, desde su
sonoro Nudo Gordiano, continúa escribiendo piezas en un acto, y aun
se dice que abordará el libreto de zarzuela, sin que se perturbe el decorum de
su noble compañía.
Al conde de Viñaza le he conocido en casa del
secretario de la legación argentina. Es uno de los académicos más jóvenes.
Estudioso y erudito, tiene entre otras obras suyas un libro muy interesante
sobre Goya; y prepara un estudio, que será de indudable valor, acerca de la
historia del grabado en Europa, y especialmente en España, para lo cual cuenta
con copiosos datos inéditos y planchas antiguas de colecciones hasta hoy
desconocidas.
El señor Moret está en la Academia oficialmente.
Hubo una ocasión que para celebrar un acontecimiento resolvieron los académicos
ofrecer un sillón al ministro del ramo. Le tocó al señor Moret, que casualmente
ocupaba entonces el Ministerio. El señor Moret, por otra parte, es orador
agradabilísimo y su palabra debe animar y flexibilizar las secas discusiones.
Pérez Galdós, para el reglamento, vive en el paseo
de Areneros, núm. 46; pero en realidad reside en Santander, en la villa que se
ha levantado a fuerza de novela. Ya he dicho que presentó su candidatura la
primera vez y fué vencido por el latinista Commelerán. En poco tiempo se
cumplió su voluntad. Pereda, el montañés, según la guía, vive también en la
Corte, en la calle de Lista, núm. 3; pero en realidad vive en Santander, en
Polanco, y como las novelas no se le pactolizan como a Galdós, a pesar de que
es rico, sigue fabricando jabón. El señor Pereda debería no separarse de la
Real Academia, no faltar a sus sesiones. Es él quien escribe los
relieves del yantar; por limpiar, fijar y dar esplendor a las
sobras de la comida.
El señor Balard, académico electo, es el poeta
meloso y falso que ya conocéis, y crítico de una limitación asombrosa, que
beneficia no obstante en España la más injusta de las autoridades.
Don Daniel de Cortázar es ingeniero de minas, hijo
del[201] autor de un muy conocido tratado de
matemáticas elementales. Su ciencia le ha ganado la honra. Los académicos aquí,
como en Francia, quieren tener de todo en su casa.
El último académico electo es el poeta Ferrari. Su
candidatura ha brotado de los salones influyentes que frecuenta y en donde sus
recitaciones son proverbiales... Conste que una vez yo le he visto defenderse
con bravura—y al fin sucumbir—en casa de doña Emilia Pardo-Bazán.
La Academia cuenta con innumerables miembros
correspondientes, en Europa y América española, y con dos miembros honorarios,
ambos de la América Central: uno de Honduras, otro del Salvador. Esto os
causará alguna sorpresa, pero he aquí la explicación. El presidente de
Honduras, Marco Aurelio Soto, hace mucho tiempo ordenó por decreto gubernativo
que en la República se usase, al menos en todos los documentos y publicaciones
oficiales, la ortografía de la Real Academia Española. Supongo que acompañaría
el decreto con alguna demostración de afecto académico más práctica. El
presidente del Salvador, Rafael Zaldívar, hombre muy inteligente, viajó un día
por España, con gran séquito y con la pompa de un príncipe exótico. Tengo
entendido que dió a la Academia asimismo valiosas pruebas de amistad. Se le
correspondió con una sesión especial en su honor. Todas las personas de su
comitiva tuvieron nombramiento de miembro correspondiente. De aquí que los dos
únicos miembros honorarios sean esos expresidentes centroamericanos.
La labor de la Real Academia, dígase bien claro, es
en nuestro tiempo inocua, como la de los inmortales franceses. Hacen el
diccionario, reparten premios más o menos Montyon y coronan obras mediocres y
correctas.
Aquí se defiende el purismo, la virginidad de esta
vieja lengua que ha dado y dará tantas vueltas. Y esos defensores tienen eco en
ciertas naciones de América; pues[202] como reza un
decir magistral—cito de memoria—«cuando el purismo desaparezca de Salamanca se
encontrará en algún cholo de Lima o en el morro de un negro mejicano». En ese
continente, en las aldeas más primitivas no falta el barrigudo licenciado abarrotado
o abarretado que persiga el le y el lo, y el caso
y la concordancia, y entre tortilla de maíz y tortilla de mais no haga su
discursito en caribe en defensa de los fueros del idioma.
No puedo menos que concluir citando las palabras de
un ilustre profesor de la más célebre de las Universidades españolas: «Hay que
levantar voz y bandera contra el purismo casticista, que apareciendo en el
simple empeño de conservar la castidad de la lengua castellana, es en realidad
solapado instrumento de todo género de estancamiento espiritual, y lo que es
aún peor, de reacción entera y verdadera. Eso del purismo envuelve una lucha de
ideas. Se tira a ahogar las de cierto rumbo, haciendo que se las desfigure para
vestirlas a la antigua castellana. Se encierra en odres viejos el vino nuevo
para que se agrie». Y luego: «Hay que hacer el español internacional con el
castellano, y si éste ofreciese resistencia, sobre él, sin él, o contra él. El
pueblo español, cuyo núcleo de concentración y unidad dió al castellano, se ha
extendido por dilatados países, y no tendrá personalidad propia mientras no
posea un lenguaje en que sin abdicar en lo más mínimo de su modo peculiar de
ser, cada una de las actuales regiones y naciones que lo hablan hallen perfecta
y adecuada expresión a sus sentimientos e ideas. Hacen muy bien los
hispanoamericanos que reivindican los fueros de sus hablas y sostienen sus
neologismos, y hacen bien los que en la Argentina hablan de lengua nacional.
Mientras no internacionalicemos el viejo castellano, haciéndolo español, no
podemos vituperarles los hispanoespañoles, y menos aún podrían hacerlo los
hispanocastellanos, y hacen muy bien en ir a educarse a París, porque de allí
sacarán, por poco que saquen, mucho más[203] que de
este erial, ya que lo que aquí mejor puede dárseles, la materia prima de esa
lengua, consigo la llevan y con libros pueden perfeccionarla».
El autor de esas líneas se llama Miguel de Unamuno.
Aquí y entre nosotros protestarán especialmente de ellas los que no se llaman
ni son nada, pas même académiciens.
LOS POETAS
Madrid, 24 de agosto de 1899.
l modesto Manzanares no es muy propicio a los
cisnes. Antes lo eran el Darro, que como se sabe tiene arenas de oro, y el
Genil que las tiene de plata. Los cisnes viejos de la madre patria callan hoy,
esperando el momento de cantar por última vez. Ya os he hablado de Campoamor,
cuando se pensó en su coronación, ceremonia de que no se ha vuelto a ocupar
nadie, a pesar de las buenas intenciones del Círculo de Bellas Artes, cuyo
presidente, el señor Romero Robledo, manifestara tanta excelente voluntad. El
anciano poeta sigue cada día más enfermo. Últimamente no ha podido contestar a
una enquête iniciada por una revista de París, La
Vogue, sobre el asunto Dreyfus. Casi imposibilitado de moverse, sufre en su
retiro horas dolorosas, y visitarle es ir a pasar momentos de pena. Sus últimos
versos son una que otra dolora dolorida que ha publicado la España
Moderna, una que otra humorada en que se depositan las últimas gotas que
quedan del humor antiguo en el vaso de ese espíritu que fuera tan bellamente
lozano, tan frescamente juvenil. Ahora es cuando hay que volver los ojos al
viejo tesoro prodigado, aquella poesía tan elegante en sus sutiles arquitecturas
y tan impregnada del amargor que el labio del artista siente al primer sorbo de
vida.
Recordad aquellas perlas brillantes de ironía, de
las[205] doloras; y aquellos pequeños poemas que
conducen por una corriente de sonoras transparencias verbales a la finalidad de
una inevitable melancolía, la melancolía que por ley fatal florece en los
jardines de la humana existencia. ¡Amable filósofo! Daba la lección de verdad
adornada de la gracia de su música, su música personal, inconfundible en toda
la vasta orquesta poética de las musas castellanas.
Núñez de Arce, también silencioso. Dirige las
oficinas del Banco Hipotecario, y Luzbel, anunciado hace largos
años, no se concluye. Dicen que padece el poeta de enfermedad gástrica, y así
debe ser por el continuo gesto de displicencia que presenta su faz. No es ya el
tiempo de los Gritos del Combate y de la Visión de
fray Martín. El vate de antes se encuentra ya transpuesto en época que
desconoce sus pasados versos, el alma de sus pasados versos, alojada hoy en una
casilla de retórica. No es esto desconocer el inmenso mérito de ese noble
cultivador del ritmo, que ha dominado a más de una generación con su métrica de
bronce. Hoy España no cuenta con poeta mejor. Más aún, no existe reemplazante.
Cuando deje de aparecer en el nacional Parnaso esa dura figura de combatiente
que ha magnificado con su severa armonía la lengua castellana, no habrá quien
pueda mover su armadura y sus armas. Porque Núñez de Arce, dígase lo que venga
en antojo a los que no es simpático intelectual o personalmente, ha sido un
admirable profesor de energía. En verso, pero de energía. Ha mezclado más de
una vez la prosaica política en sus imprecaciones, y ha sido ministro de
Ultramar cuando había ministros de Ultramar. Ha sido con su manera sonante y
oratoria un parlador de multitudes, un dirigente del espíritu público de su
época. Y si de algo se resiente el conjunto de su obra, es de haber sacrificado
más de una paloma anacreóntica o cordero de égloga a la diosa de pechos de
hierro que no tiene corazón, a la Patria, en su más triste ídolo: el ideal de
un momento. Porque el[206] mayor pecado de este
poeta es no haber empleado sus alas para subir en el viento del universo, sino
que se ha circunscrito a su terruño, al aire escaso de su terruño aun en los
poemas de tema humano en que debiera haber prescindido de tales o cuales
ideales de grupo. Krausistas y neos han tenido en esta tierras liras en sus
batallones. La obra de Núñez de Arce aun persiste. Su puesto, como he dicho, se
mantiene el primero. Que su Visión de fray Martín tenga por
origen el abad Hieronimus de Leconte de l'Isle, que La Pesca tenga
la fisonomía familiar de la copiosa producción coppeista, eso no obsta a la
marca individual de este forjador de endecasílabos; endecasílabos de Toledo que
vibran y riegan su resonante son: spargens sonus. Mas eso no basta
al deseo de la juventud que observa la deslumbradora transfiguración del arte
moderno. No dice nada a las almas nuevas el conocido alternar del endecasílabo
en la estrofa núñezdearcina, que por otra parte, es estrofa dantesca, del Dante
de las poesías amatorias. Y Núñez de Arce queda solo ante su ara, o ante su
Banco Hipotecario, como el finalizado Campoamor entre el recuerdo y la tumba.
Manuel del Palacio, tan conocido en el Río de la
Plata, vive también flotante en las brumas de su Olimpo muerto. Bueno, triste,
aun guarda una chispa de entusiasmo que brilla en el fino azul de sus ojos
penetrantes. Esa tristeza suya me recuerda cierto pequeño poema de Baudelaire,
el de los viejos juglares. Pasó para del Palacio el buen tiempo en que un
soneto espiritual daba la vuelta a la Corte entre preciosos comentarios, pasó
el tiempo de la diplomacia lírica que ponía en humor jovial a los bonaerenses,
gracias a este excelente don Manuel, entonces ministro en el Río de la Plata, y
al nunca bien ponderado colombiano señor Samper. Hoy está aún más amargado el
ingenioso poeta, porque ha quedado cesante de su empleo de secretario de la
orden de Isabel la Católica, por obra del duque de Almodóvar. El cual no[207] ha contado con que la indignación del verso
debía venir. Y ha venido. No hace muchas noches nos leía don Manuel a varios
amigos las vengadoras ocurrencias de su musa:
Alegre por fuera
y triste por dentro,
con la carga encima
de muchos inviernos,
muchos desengaños
y muchos recuerdos,
voy ya por el mundo
a paso de espectro,
como va entre brumas
la nave hacia el puerto.
A mi espalda quedan
cada vez más lejos,
placeres y glorias,
quimeras y sueños;
y al fin del camino,
que cercano veo,
dos sombras me aguardan
olvido y silencio.
Centinelas mudos
del reposo eterno,
¿pensáis que ya tardo?
Pues no estéis inquietos:
ni os odio, ni os amo,
ni os busco, ni os temo.
Cansado de luchas
del alma y el cuerpo
para toda empresa
inútil me siento.
De hacer beneficios
que era mi embeleso,
un ministro imbécil
me quitó los medios,
y nunca a los pobres
negando consuelo
al darles mis lágrimas
les doy cuanto tengo,
de lo cual resulta
que, de puro bueno,
la vida me paso
haciendo pucheros,
¿y vale la pena
de vivir para esto?
Sirva usted a su patria,
defienda el derecho;
por él y por ella
sufra usté destierros,
prisiones, calumnias
y otros vilipendios,
y cuando juicioso
la edad le haya vuelto,
logre entre los sabios
pasar por discreto
y entre los tunantes
fama de no serlo,
mientras llega el día
en que un majadero,
un poquito duque
y un poquito tuerto
por chiripa jefe
de elevado centro,
venga y diga: «¡Basta!
¡Vaya usté a hacer versos!»
Y usté que en la lengua
nunca tuvo pelos,
le responda: «¡Sánchez,
Vaya usté a paseo!»
Manuel del Palacio, a quien poéticamente el
satírico señor Alas tasaba en cincuenta céntimos, es decir, cincuenta céntimos
de poeta, da señales de perseverancia de cuando en cuando en las revistas de la
Corte, aunque no ya con la frecuencia de antaño. Cuando la guerra, se puso él
también en campaña contra el yanqui; sus «chispas» no produjeron desde luego
ningún incendio. El señor don Sinesio Delgado, Casimiro Prieto y Manuel del
Palacio fueron los tres patriotas del consonante.
Manuel Reina ha logrado recientemente un triunfo
con su Jardín de los Poetas. Lírico de penacho, en color un
Fortuny. Ha llamado la atención desde ha largo tiempo, por su apartamiento del
universal encasillado académico hasta hace poco reinante en estas regiones. Su
adjetivación variada, su bizarría de rimador, su imaginativa de hábiles
decoraciones, su pompa extraña entre los uniformes tradicionales, le dieron un
puesto a parte, alto puesto merecido. Le llaman discípulo e imitador del señor
Núñez de Arce. No veo la filiación, como no sea en la manera de blandir el
verso. Núñez de Arce es más severo, lleva armadura.—Reina va de jubón y
gorguera de encajes, lleno de su bien amada pedrería. No hay versos suyos sin
su inevitable gema. En el Jardín de los Poetas se ven sus
preferencias mentales, un tanto en choque, por la variedad de las figuras. Su
jardín es trabajo de virtuoso. Cada poeta le da su reflejo, y él aprovecha la
sugestión felizmente.
¿Grilo? Es una situación literaria especialísima la
de Grilo. Es el poeta laureado de España, aunque España no tenga oficialmente
poeta laureado. Su barril de malvasís, o pongamos de Jerez, debe tenerlo por
obra y gracia de la infanta doña Isabel, y demás gentes de palacio. Grilo ocupa
un lugar especialísimo, semejante al de ese pobre míster Austin en Inglaterra.
Los intelectuales, y aun la mayoría, sonríen ante la parada de esa áulica musa
de ocasión que dice sus rimas con acompañamiento de piano. Grilo es el poeta de
la reina Isabel, de la reina regente, del rey, y de las innumerables marquesas
y duquesas que gustan de leer el día de su santo un cumplimiento en renglones
musicales. ¡Aun hay melenas! La poesía suya es de esa azucarada y húmeda
propicia a las señoras sentimentales y devotas. Según se me informa, la
protección práctica de sus altas favorecedoras es eficaz, y ese ruiseñor no
puede quejarse de los cañamones del mecenato.
Don José Echegaray, a quien Castelar hizo el
peregrino[210] obsequio de compararle con Goethe,
no ha vuelto a taquiner la musa. Es sabido que de todo
entiende, y gratifica periódicamente a sus compatriotas con la información de
una ciencia de colegiales. El ingeniero poeta goza de una enorme popularidad, y
cada vez que yo manifiesto mi asombro por la ocurrencia castelarina, no falta
quien se asombre de mi asombro. Su musa concluyó en los empujes de sus dramas
elásticos, en las tiradas de la Guerrero. Ferrari es también un poeta de salón,
y he tenido la honra de compartir con él una noche el curioso éxito de una
recitación para ladies and gentlemen. No puede negarse su mérito,
bajo el árbol frondoso de don Gaspar. Don Juan Valera ha hecho versos
correctísimos; hoy ya no los hace. Menéndez Pelayo asimismo ha frecuentado el
Helicón. Este erudito humanista, cuando se le presenta una niña con su álbum,
sale del paso con escribir unas estrofas de su antigua composición:
Puso Dios en mis cántabras montañas...
Salvador Rueda, que inició su vida artística tan
bellamente, padece hoy inexplicable decaimiento. No es que no trabaje; pues
ahora mismo acabo de ver el manuscrito de un drama de gitanos—otro modo de ver
que el de Richepin—que piensa someter a los cómicos en la temporada próxima;
pero los ardores de libertad ecléctica que antes proclamaba un libro tan
interesante como El Ritmo, parecen ahora apagados. Cierto es que su
obra no ha sido justamente apreciada, y que, fuera de las inquinas de los
retardatarios, ha tenido que padecer las mordeduras de muchos de sus colegas
jóvenes; dándose el caso de que se cumpliese en él la palabra del celeste y
natural Francis Jammes: «Los que más te hayan nutrido con las migajas de tu
mesa, los que te atacarán serán aquellos que más te hayan imitado y aun
plagiado». Los últimos poemas de Rueda no han correspondido a las[211] esperanzas de los que veían en él un elemento de
renovación en la seca poesía castellana contemporánea. Volvió a la manera que
antes abominara: quiso tal vez ser más accesible al público y por ello se
despeñó en un lamentable campoamorismo de forma y en un indigente alegorismo de
fondo. Yo, que soy su amigo y que le he criado poeta, tengo el derecho de hacer
esta exposición de mi pensar.
Dicenta ha encontrado su filón en las tablas, y no
hace otra cosa que obras para el teatro, como su compañero Paso. Se nombra
mucho a Ricardo Gil. He buscado sus obras, las he leído; no tengo que daros
ninguna noticia nueva. Es la poesía que conocéis, con un copioso número de
aedas, entre los cuales, estos nombres más resaltantes: Catarineu, Ansorena,
Morera, Galicia, Melchor de Palau. El espíritu regional cuenta con buenos
representantes. Hay ahora un poeta de Murcia que ha conquistado Madrid, Vicente
Medina. Se le ha elevado a alturas insospechables, se le ha declarado vencedor.
Es verdad que trae con su emoción, con su sencilla facultad de ritmo, su gracia
dialectal y su fondo de sensitivo, una nota desconocida hasta hoy; es un
hallazgo. Pero lo monocorde de su manera llega a fatigar, con la repetición de
la queja, una queja continua, picada de diminutivos que por su copia llegan a
causar otra impresión que la buscada por el poeta. De todas maneras Vicente
Medina es un excelente poeta campesino.
El señor Vaamonde ha intentado algunos cambios de
ritmo, algunas flexibilizaciones de verso, y ha conseguido interesar. Después
de la guerra, publicó un libro de inspiración patriótica. Los catalanes tienen
buenos poetas, desde su padre Verdaguer, el de la Atlántida, hasta
los modernos Maragall, Pajes de Puig, y Maten. Son infinitos los rimadores
y mestres en gay saber. Los andaluces forman también su grupo, con
Díaz Escobar, especialista en cantares, Arturo Reyes, de la familia
de Rueda, como el joven Villaespesa, bello talento en vísperas[212] de
un dichoso otoño, y otros escanciadores de sol y manzanilla. Los vascos no sé
que tengan un poeta representativo; debe haber varios, que escriban en su
idioma y no quieran confundirse con el Parnaso de la Maquetania. Pero con
Unamuno basta para tener aún en la lírica representación digna en la Corte.
Los jocosos son legión. Los diarios y revistas
publican una cantidad increíble de chistes rimados, y periódicos como el Liberal tienen
un redactor especial que trata asuntos de actualidad, en verso. Pues aquí
Felipe Pérez y González, como antes Antonio Palomero o José María Granés, tiene
por tarea dar diariamente cierta cantidad de estrofas a los lectores, sobre
sucesos del momento. Y la gente paga, y pues lo paga, es justo.
UN «MEETING» POLÍTICO
4 de octubre de 1899.
e asistido hace pocas noches a un meeting republicano.
Sabía que la concurrencia sería numerosa, y procuré llegar a tiempo, para no
perder en ese acto ninguno de los hechos y gestos del «pueblo soberano».
Nuestro compañero Ladevese, uno de los organizadores, me había conseguido un
puesto de prensa. Allí me senté, cerca de un francés y un ruso. Era enorme
aquel hervor humano. Todo el circo de Colón lleno, y por las entradas, la
aglomerada muchedumbre hacía imposible que penetrase la gente que todavía
quedaba en las calles cercanas. No gusto mucho del contacto popular. La
muchedumbre me es poco grata con su rudeza y con su higiene.—Me agrada tan
solamente de lejos, como un mar; o mejor, en las comparsas teatrales, florecida
de trajes pintorescos, así sea coronada del frigio pimiento morrón. Esta gente
republicana, debo declarar que estaba con compostura, a la espera de los
discursos, y cuando la campanilla presidencial se hizo oir, el silencio fué
profundo.
El presidente, hombre de años, y sin duda de
respetabilidad, inicia su alocución de apertura, con cierta gravedad, y luego,
a la bonne franquette, como habla con cierta dificultad, se
explica: «Estos dientes no son los míos, y por eso...» El buen pueblo está
contento. Se encarga a un pésimo lector las cartas recibidas de personajes[214] extranjeros. El pobre hombre mutila a Goblet y
le convierte en mumsiú René, y no hay medio de que oiga al soplón
que al lado le corrige; Clemansó, Clemansó; él sigue
impertérrito: Cle-men-ceau, Cle-men-ceau. El público protesta, no
por el descuartizamiento de los apellidos franceses, portugueses e italianos,
sino porque no se oye nada, y un varón de buena voluntad salta a la tribuna y
se ofrece para leer. Al fin acaban las cartas, que Ladevese oye descuartizar
con impaciencia visible—pues gracias a sus buenas relaciones han venido—, y él
va a pronunciar un discurso.
Se sabe que el conocido corresponsal de La
Nación y ex secretario de Ruiz Zorrilla es español, por consiguiente,
demás está decir que es orador. Desde sus primeras palabras fué acogido con los
más nutridos aplausos. Dijo a los partidarios de la república que es el momento
de que el pueblo vuelva a ser lo que fué hace treinta y un años. Ahora que la
Patria está más abatida después de las recientes catástrofes, es hora de
levantarse. «Yo estoy seguro de que este pueblo volverá a ser grande, fuerte y
libre. Algunos al verte por la desdicha y el dolor postrado, se figuran que
estás de rodillas... ¡No, no estás de rodillas! Levántate y cubrirás con tu
sombra a los que hoy aparecen más altos». En este punto nuestro amigo recibe
una sonora y larga ovación. «Pero si estas reuniones han de ser útiles a la
idea que las inspiran, es preciso que salga de ellas algo práctico, y nada más
práctico que señalar las causas de nuestra impotencia, para remediarlas. Una de
las principales causas del estado en que nos vemos es el funesto y
antidemocrático sistema de las jefaturas personales»; Ruiz Zorrilla, a quien
por cierto se le acusaba de querer ejercer una jefatura personal, quejábase
amargamente de ese sistema funestísimo en una democracia, y muchas veces, allá
en la emigración, nos decía:
«Si me duele la cabeza, le duele la cabeza a todo
el partido; si me duele el brazo, a todo el partido le duele[215] el
brazo». «Con motivo de este meeting hemos tocado otra de las
lamentables consecuencias de jefaturas personales. Hay republicanos que para
venir a tomar parte en este fraternal abrazo, han ido a pedir permiso a un
jefe... y luego no han venido. El republicano que para abrazar a sus hermanos
necesita el permiso de un jefe, ¡valiente republicano estará...» Se oyó primero
una voz de las filas laterales, luego cien voces, luego gritos de todos lados,
dicterios, protestas, insultos. Unos contra otros; era una tormenta de
interjecciones, de amenazas. Y nuestro buen Ladevese se paseaba al ruido de
aquella tempestad, esperando el silencio. Que al fin se hizo. Reconquistó su
público el orador y prosiguió: «A las jefaturas personales deben reemplazar las
direcciones democráticas. Verdad es que ya se ha hecho algo en ese sentido.
Pero al hacerlo se ha incurrido siempre en el error de excluir sistemáticamente
de esas direcciones a todos los elementos revolucionarios. Por eso no existe la
estrecha armonía que debiera haber entre directores y dirigidos.—Nadie ignora
que mientras el pueblo quiere la lucha, hay hombres que quieren la república
sin esfuerzo y sin peligro. Sin duda esperan que va a caer llovida de las
nubes... y ya ven lo que cae de las nubes: ¡contribuciones, jesuítas y
epidemias!» Aquí, mientras el pueblo aplaude rabiosamente, yo no puedo dejar de
observar una guapísima muchacha, elegantemente vestida, que en uno de los
palcos da muestras del más vivo entusiasmo. La republicana ostenta el par de
ojos más librepensadores que os podáis imaginar, y, decididamente, manifiesta
el propósito de romper sus guantes.
El orador hace ver la conveniencia de la unión. La
república, una vez constituída, velará por la suerte de los que
trabajan.—Concluye con estas palabras:
«En todo estamos conformes los republicanos. Y como
lo estamos además en que nuestra fraternidad, que hoy vamos a sellar aquí, sea
la fraternidad de la lucha, podemos darnos ese abrazo.
»La organización de la república la decidirá la
soberanía nacional, representada en Cortes constituyentes cuyo fallo todos
acataremos. Y como la república que queremos no ha de ser sólo para los
republicanos, sino que ha de ser, como el sol, para todos los españoles, yo
tengo la esperanza de que este abrazo ha de extenderse a todos los patriotas de
buena voluntad, que aunque no militan en nuestro campo, desean para España
mejores días. También a ellos les abro mis brazos y a aquellos que hace treinta
y un años estuvieron con nosotros, les digo: ¡Ya ha llegado la hora de pasar el
puente! A pasarlo y estaremos en seguida unidos todos los españoles. Y no
olvidéis que el río no se pasa sólo por el puente sino también por el vado. Si
para pasar el río queréis nuestra mano, la mano del pueblo es fuerte; ¡nosotros
os la daremos! ¡Arriba y adelante! Sólo viven los que luchan y sólo de los que
luchan es la victoria. ¡Si el que ayer hizo treinta y un años pasó el puente a
la cabeza del ejército, el que hoy lo pase lo pasará al frente de un pueblo!»
Ladevese es rodeado y aclamado. Luego sube a la tribuna un joven zaragozano,
que se descubre como un copiosísimo orador. Y luego varios más. Se habló con
libertad completa. El representante de la autoridad parece a veces querer
protestar, cuando son ya demasiado violentos los golpes a la monarquía. Bien
puede ser la tolerancia convencimiento de que no se trata más que de palabras,
palabras y palabras... De pronto un hombre del campo solicita hablar. Él
también quiere decir su discurso, y, a vuelta de varias observaciones del
presidente, «Evaristo Jiménez habla en nombre del pueblo de Colmenar de Oreja».
Y habla bien. Untado de periódicos, aborrecedor de los curas, probable
suscriptor de El Motín, sus palabras brotan con una facilidad de
fuente. Su retórica pasa de pronto a un color poco diplomático y de indudable
irreverencia para con el congreso católico de Burgos. «Allí nos han arrojado el
guante; nosotros debemos recogerlo y darles con él[217] por
los hocicos...» El pueblo aplaude al temerario paleto. El presidente le llama
al orden; mi muchacha de los ojos soberbios continúa en su entusiasmo. El
«orador» se retira, no sin protestar. Al pasar por mi lado le oigo decir: «¡Qué
van a ser republicanos éstos!» La gente vocifera y la tempestad vuelve a
estallar en el circo. Por fin se logra la tranquilidad, y el meeting sigue:
se aprueban las conclusiones formuladas por la Comisión iniciadora y se nombra
una Comisión ejecutiva encargada de realizar los acuerdos.
Persona informada me da los datos siguientes: El
local en que solían celebrarse las grandes reuniones políticas de los partidos
era el circo del Príncipe Alfonso, que estaba situado en el paseo de Recoletos,
frente al Palacio de la Biblioteca y Museos. Aquel circo, al que se le llamaba
Circo de Rivas por el nombre de su propietario, fué demolido hace algunos
meses. Allí se celebró una reunión memorable en los últimos meses de 1868, en
la cual se fundó el Partido Republicano español. Acababa el Gobierno revolucionario
de Serrano y de Prim de lanzar al país un manifiesto en favor de las
instituciones monárquicas (redactado por Núñez de Arce, a quien el Gobierno
encargó de aquel trabajo) y entonces los republicanos contestaron a aquel
manifiesto convocando al Circo de Rivas a todos sus correligionarios de Madrid.
Presidió la reunión el decano de la democracia española don José María Orense,
y hablaron en ella Castelar, Pi y Margall, Figueroa, Salmerón y otros grandes
oradores. Acordóse lanzar al país un manifiesto declarando que quedaba fundado
desde aquel día el Partido Republicano. Todos los arriba citados—menos
Salmerón—y una multitud de republicanos no tan conocidos, firmaron aquel
manifiesto, que fué el principio de la propaganda republicana en España. A la
reunión, donde el entusiasmo fué numeroso, acudieron 4.000 personas. Todas las
que allí cabían. Desde entonces hubo en dicho circo numerosas reuniones
políticas. Una de las últimas[218] que se
celebraron, pocos años antes de la demolición, fué cuando los republicanos de
Madrid emplazaron a los diputados y a los concejales del partido para que
diesen al pueblo explicaciones acerca de la conducta que seguían en el Congreso
y en el Ayuntamiento, calificada de apática y tibia. Aquella reunión fué un
continuo tumulto; el público insultó y maltrató despiadadamente a los diputados
y a los concejales, y hasta volaron algunas sillas lanzadas contra los
oradores. Estos abandonaron el local, y se suspendió la reunión entre silbidos.
El 11 de febrero de 1897, habiéndose hecho la unión entre las fracciones que
acaudillaban Salmerón, Muro, Ezquerdo, y los disidentes del partido de Pi y
Margall,—Menéndez Pallarés y Vallés y Ribot—convocaron, todos estos reunidos, a
un meeting en el Circo de Colón, local mucho más espacioso que
el Circo de Rivas. Tratábase de hacer una gran ostentación de fuerzas populares
republicanas con motivo del aniversario de la proclamación de la República del
1873, y como todas las parcialidades republicanas—menos la federal pactista de
Pi—estaban unidas, esperábase que el Circo de Colón, en cuya sala caben 6.000
personas, se llenase. La concurrencia de público fué muy grande, pero el Circo
de Colón no se llenó. Asistirían unos 5.000 republicanos. Nunca hasta entonces
se había visto a tantos republicanos juntos en el local cerrado. La reunión fué
en extremo tumultuosa. El público silbó terriblemente a Salmerón y a Ezquerdo.
Los discursos fueron sin cesar interrumpidos por las protestas y los gritos
hostiles del auditorio. Salmerón se encaró con el público y empezó a
insultarle; la lucha entre el público y Salmerón se prolongó más de media hora,
y, después de aquella reunión agitadísima, no habían vuelto los republicanos de
Madrid a celebrar ninguna reunión pública. Los prohombres republicanos, a pesar
de las circunstancias por que España ha pasado desde entonces, esquivaban
presentarse ante el pueblo. Al meeting de «fraternidad
republicana»[219] del 29 de septiembre último,
celebrado en el Circo de Colón, han acudido 8.000 personas. Como ya he dicho,
el circo estaba completamente lleno, comprendida la pista, y en la calle se
quedaron cerca de 3.000 personas que no consiguieron entrar en el local.
De modo que ésta ha sido la reunión republicana más
numerosa que ha habido en Madrid.
UN PASEO CON NÚÑEZ DE ARCE
13 de octubre.
omienza en la Carrera de San Jerónimo el ir y
venir de las gentes a la hora del paseo de la tarde. La Carrera de San Jerónimo
es la calle de Florida de Madrid. Mucha vitrina elegante, mucho carruaje que va
y viene; y por la noche mucha luz y alegría de ciudad moderna.
En la librería de Fe, poco antes del crepúsculo,
encontré hace algunos días al poeta Núñez de Arce con su amigo Vicente
Colorado, también poeta. Hacía algún tiempo que no veía al maestro, y le hallé,
aunque quejoso de su salud, bastante mejor que como le viera la reciente vez.
Tras hablar unas cuantas cosas del obligado asunto América, se le ocurrió: «¿Si
diéramos un paseo?» Acepté con gusto, y salimos los tres hacia el Prado.
Despacio, pues don Gaspar no puede fatigarse. El
tiempo estaba fresco, el aire era grato; el cielo lucía afable; pero el poeta
desde que comenzó a conversar con nosotros, parecía verlo todo gris. Como yo le
preguntase si tenía algún trabajo en obra, si escribía algo.
—No, nada, me contestó, fuera de las cartas que
escribo a un diario de Buenos Aires.
Y con un aire de vago desencanto:
—Ah, amigo Darío, mi tiempo ha pasado. Soy ya
viejo, y las musas, como hermosas hembras que son, no[221] gustan
de los viejos. El campo es ahora de quien se llama...
—Maestro—le interrumpí—, eso quien menos lo puede
decir es usted. El amor y el gozo de la vida tienen a Anacreonte y Hugo...
—Lo que de Hugo vale verdaderamente fué escrito en
su juventud.
No quise contradecirle.
Pero el hábil Colorado, cuyo ingenio es mucho,
apoyado en su antiguo cariño y en su amistad íntima, le increpó con amable
irrespeto. «Es que usted se está poniendo insoportable de pesimismo». Y le
manifestó que era cosa de los años, que en la juventud todo lo vemos lleno de
una luz de rosa. (Lo cual no es cierto en nuestro tiempo; decía yo en mi
interior.)
Núñez de Arce prosiguió entonces en un largo parlar
todo ornado de bellas frases de decepción. No creo ni en la misma vida. ¿Acaso
sabemos algo de lo que hay tras el impenetrable velo de la eterna Isis? ¡La
Ciencia! Pues la Ciencia no ha conquistado sino un pequeñísimo reino, el reino
de lo experimental. La débâcle a que se ha hecho tanto ruido
no hace mucho tiempo, no puede ser más cierta. ¿El arte? Campo para las
ilusiones; total, nada, puesto que las ilusiones no son más que humo vago que
deshace el menor viento de la vida. El fracaso impera en todo. La sociedad,
después de tantos siglos, no ha logrado aún resolver el problema de su misma
organización. Véanse las rojas flores que brotan en tal terreno: se llaman
socialismo, anarquismo, nihilismo. ¡La nacionalidad española! un sueño. Al
primer cañonazo que se oiga en la Península, ya verán cómo se deshace la
nacionalidad española. Yo volví a tocar el tema del arte y de la literatura.
«Ah, el arte, la literatura: todo está en plena decadencia. Francia es el más
patente ejemplo. Los ideales se levantan, se ven como bellos mirajes y luego no
se logran nunca. Es el inmenso camino cuyo fin no se encuentra ni se encontrará
jamás, a pesar del vuelo continuo[222] de las
humanas aspiraciones». Y así seguía, con su voz pectoral, un tanto apagada, y
en sus ojos vivaces había una chispa fugitiva y en sus labios se marcaba una
sonrisa que podía decir resignación y convencimiento.
Entretanto yo me decía—siempre para mí sobre todo—:
Gaspar Núñez de Arce,
...Don of course
A true Hidalgo, free from every stain
Of Moor or Hebrew blood, he traced his source
Through the most Gothic gentleman of Spain...
Don Gaspar Núñez de Arce, sin duda alguna el primer
poeta de la España de hoy, parecería por sus negros mirares y sus
desconsoladores decires, un espirite extranjero, un alma septentrional, rara
bajo su cielo de alegría, si no se supiese que en el fondo del alma española
crece siempre una oscura rosa. Puede tener un rocío de creencia o no tenerlo.
Este fuerte poeta es un Carlos V sin fe que se encierra en su Escorial interior
y celebra los funerales de su propia poesía, de sus propios ensueños, de su propia
gloria. Y no es nuevo en él este modo de pensar y de ver los cuatro puntos
cardinales de la existencia. Allá, ya lejos en el siglo, se oyen aún sus Gritos
del combate, y ya había resonado en sus oídos el fracaso producido por la
risa de Voltaire, a quien en nombre de sus sueños agonizantes o muertos
maldecía en el último endecasílabo de un soneto célebre; decía a los poetas que
colgaran, en un desconsuelo bíblico, sus harpas, de los llorosos sauces.
Gracias a que la férrea contextura de su estro daba animación para la lucha, no
se caía en el anonadamiento voluntario. Por esos tiempos, o poco después,
miraba con cruel desdén al pobre Becquer, que vivía de pan de amor y vino de
sueño. Sonreía el caballero vestido de su pesada armadura, de los que él
llamaba «suspirillos germánicos»: le disgustaba el poco de azul que fué a traer
en su ramillete de vergissmeinnichts de Alemania, para
suavizar el escarlata[223] de sus claveles, el
artista triste de las Rimas, que después de todo, era esta cosa
formidable: un corazón.
En el Prado reían los niños: la tarde desfallecía
risueña; en el poniente se fundía una montaña de oro de sol. Don Gaspar
proseguía en sus doctrinas. La muerte es lo único que nos interesa
verdaderamente, pues da la clave del enigma, Isis aparece entonces sin velo. El
hombre no mata nada: todo se muere. El hombre cree inventar algo:
todo está ya inventado; todo ha sido. De pronto, en un yacimiento de tiempo,
descúbrese alguna cosa; eso es todo. Pero nada de lo que se cree nuevo es
nuevo. La palabra de la Escritura dice una inconmovible verdad cuando
dice: Nihil novi sub sole. El hombre vive en la lucha perpetua con
la vida y consigo mismo porque, pasada la divina estación de la juventud,
quiere ver, quiere saber, quiere conseguir la posesión de un fantasma,
descubrir lo imposible, y la realidad le hiere y le desconsuela. El hombre sólo
es feliz en el instante de su primavera.
Miré en los ojos a don Gaspar, y canté en mi
memoria el recuerdo:
¡Oh recuerdos, encantos y alegrías
De los pasados días!
¡Oh gratos sueños de color de rosa!
¡Oh dorada ilusión de alas abiertas
Que a la vida despiertas
En nuestra breve primavera hermosa!
—Yo, ya estoy viejo, repito, y creo ver en lo que
dije la verdad; o lo que me parece la verdad, porque, ciertamente, ella no ha
mostrado su faz nunca; su desnudez no ha sido profanada por nadie. Crea usted,
me dijo, que la juventud es lo único que vale la pena, y esto por su jardín de
ilusiones; esto es, por lo que existe.
Yo volví a clamar dentro de mi: «¡Oh poeta, oh
querido amigo y maestro! no haces obra de bien predicando el desencanto, tú que
sabes la perenne renovación[224] de las cosas, el
placer del vivir, con todo y la persecución del dolor; no debes, porque hayas
pasado ya mucho más del medio del camino de la vida, quedarte en tu primera
etapa, y no mostrar a la juventud sedienta de ideal nada más que el infierno;
tú bien debes saber que en la tercera está situada la gloria incomparable del
Paraíso, así haya que pasar para penetrar en sus dominios bajo el arco de la
Ilusión. La misión del poeta es cultivar la esperanza, ascender a la verdad por
el ensueño y defender la nobleza y frescura de la pasajera existencia terrenal,
así sea amparándose en el palacio de la divina mentira. Te ha tocado un difícil
momento en la historia de tu patria; momento de vacilaciones y de derrumbes, de
dudas y de miserias; pero tú no colgaste el harpa del «lloroso sauce». Antes
bien, elevaste por tu sonora y acerada poesía las almas, reavivaste el amor a
lo bello; de la duda hiciste hermosas esculturas de palabras en que vió la
joven generación cómo se esculpía el castellano en potentes estrofas; con
el Idilio tomaste a la inagotable viña de amor, cuyo jugo dará
sangre a la poesía y al arte por los siglos de los siglos. No, no intentes
destruir una sola ilusión. En verdad te digo que retoñará en mil partes. La
obligación de la vejez sabia, es decir a los que vienen coronados de flores, en
su estación de encantos, en palabras de luz, lo que dice la Boca de Sombra. Hay
un caballero cantado en tus poemas, que podía servirte de admirable ejemplo. Es
aquel maravilloso Raimundo, amoroso de amor, padre de enigmas, profesor de
ilusiones, capitán de ensueños, aquel Raimundo que encontró oculto el símbolo
del dolor eterno entre los pechos de la mujer amada e imposible. Pues bien,
Raimundo Lulio no se fué por el camino de la desesperanza, sino que, como entró
en el templo, montado en su caballo, ascendió a las estrellas, cabalgante en su
pegaso, en seguimiento siempre del ideal. Aquel inmenso poeta, aquel príncipe
del símbolo, aquel sabio, te señala una buena pauta que seguir.[225] No pasa el tiempo para los poetas que tienen el
alma firme y libre; para los que no reconocen fronteras, preocupaciones,
limitaciones: las musas son como dices, muchachas fragantes y frescas, pero no
tienen inconveniente en ir a dormir con Booz, o acostarse en el lecho del viejo
David.»
Y no sé en qué libro antiguo he leído que Abisag,
después de sus nupcias con el anciano rey del harpa, quedó en cinta y dió a luz
una estrella.
TENORIO Y HAMLET
10 de noviembre 1899.
ada comienzo de noviembre, al empezar a asarse
las castañas y a inflarse los buñuelos, es sabido que Don Juan Tenorio hace su
visita a Madrid. Este año ha estado también el taciturno príncipe de Dinamarca.
Hamlet, encarnado en Sarah, la prodigiosa comedianta que ha logrado cristalizar
la más inconmovible juventud. Don Juan se ha visto en casi todos los teatros y
han sido largo asunto de discusión las innovaciones de un cómico que ha querido
presentar un Tenorio como cortado por molde de comedia francesa a la moderna,
un Tenorio a quien se ha amputado el apéndice que Cyrano llevara hasta delante
del Eterno Padre, y Don Juan también, un apéndice que constituye en esos
caballeros parte vital y precisa: ¡el penacho!
Pues el actor de la Comedia, Thuiller, ha creído
oportuna la variación, y dió un Don Juan despenachado. Dijo a la sordina la
décima zorrillesca; quiso imponer lo natural en punto en que la naturalidad
huelga; el hombre que convida a comer a los difuntos ha hablado como un tipo de
Dumas hijo o de Lavedan; Doña Inés del alma mía ha tenido que corresponder en
igual tono a las declaraciones de su caballero; esto ha sido un flirt en
vez de la tradicional tempestuosa pasión manifestada; la famosa cavatina ha
sido una causerie; el público se ha mostrado sorprendido, le han
cambiado[227] a su Don Juan; la crítica censuró al
actor, pero los empresarios demostraron que los críticos aplaudieron en la
temporada pasada lo que hoy han señalado como defectuoso. Lo cierto es que el
señor Thuiller ha errado. El Tenorio tipo de leyenda no cabe en la pauta de
conservatorio reformista que ha querido imponerle. Don Juan, el idealizado por
los poetas y cuyo contacto según Musset engrandece, no tiene nada que ver con
el personaje histórico de quien Sevilla posee un retrato—el señor de Mañara—por
otra parte, muy feo, y al cual seguramente el actor no querría copiar. El
nuestro, el de todo el mundo, es un antiguo amigo, our ancient friend
Don Juan, que dice el sublime y donjuanesco lord. Para darle vida, no es
preciso que el actor se desgañite y gesticule como un loco, cual lo hemos visto
en los infinitos Tenorios que nos ha dado la declamación española, pues
desgraciadamente no hay cómico de la legua que no quiera entenderse con su
correspondiente convidado de piedra. Mas algunos grandes actores ha habido que
en España han penetrado en el carácter de Don Juan, sin menoscabarle ni
hipertrofiarle. Calvo fué uno bueno, para no citar anteriores, y Vico, y aun
otro actor de poco renombre pero de reconocido talento, Pedro Delgado, que este
año ha hecho el Tenorio en... en el pueblo de Écija.
No se puede hablar de Don Juan sin
recordar al pobre Zorrilla, que decía con justa amargura, poco antes de morir:
«mi Don Juan produce un puñado de miles de duros anuales a sus
editores, y mantengo con él en la primera quincena de noviembre, a todas las
compañías de verso de España». Él ha contado de admirable manera el génesis de
su drama, que por cierto no fué recibido por el público con el triunfo que más
tarde consiguiera. Fué en el año de 1844, en febrero. El actor Latorre
necesitaba una obra flamante para su rentrée en la villa y
corte. Zorrilla era quien debía entregar la obra. Había él refundido en ese
tiempo Las Travesuras de Pantoja; y[228] registrando
las comedias de Moreto, tuvo la idea de la pieza; y con el Burlador y
la refundición de Solís, manifestó a Latorre que se comprometía a entregarle
un Don Juan en el término de veinte días.
No conocía Zorrilla, según propia confesión,
ni Le Festin de Pierre, de Molière, ni el libreto de Da Ponte, ni
lo que había ya hecho en Europa con más o menos igual argumento. «Sin darme,
dice, cuenta del arrojo a que me iba a lanzar, ni de la empresa que iba a
acometer; sin conocimiento alguno del mundo ni del corazón humano; sin estudios
sociales ni literarios para tratar tan vasto como peregrino argumento; fiado
sólo en mi intuición de poeta y en mi facultad de versificar, empecé mi Don
Juan, en una noche de insomnio, por la escena de los ovillejos del segundo
acto, entre Don Juan y la criada de Doña Inés de Pantoja». Los ovillejos los
compuso a oscuras, y sin escribirlos; a pura memoria los retuvo. Del plan de la
obra apenas si tenía hilos tendidos. Su plan era «conservar la mujer burlada de
Moreto y hacer novicia a la hija del comendador, a quien mi Don Juan debía
sacar del convento, para que hubiese escalamiento, profanación, sacrilegio y
todas las demás puntadas de semejante zurcido». Comenzó a escribir, pues, sin
saber por donde iba. La musa le supo guiar. Puso a Don Juan en su piel; y
Ciutti, es el nombre de un criado italiano que había tenido Zorrilla, en el
café del Turco de Sevilla; el hostelero Butarelli, uno que vivía en la calle
del Carmen el año 1342, y de quien fué huésped el poeta. De Ciutti, el de carne
y hueso, ved el retrato que traza en cuatro rasgos: «Ciutti era un pillete muy
listo, que todo se lo encontraba hecho, a quien nunca se encontraba en su
sitio, al primer llamamiento, y a quien otro camarero iba inmediatamente a
buscar fuera del café, a una de dos casas de la vecindad, en las cuales se
vendía vino más o menos adulterado, y en otra, carne más o menos fresca.
Ciutti, a quien hizo célebre mi drama, logró fortuna, según me han dicho, y se
volvió a Italia».
He hablado alguna vez de los postreros años de
Zorrilla, cuando, en una existencia de enfermedad y pobreza, llevaba en su
vejez todavía un rayo de sus antiguos fuegos; y veía ganar dinero, mucho
dinero, con sus viejas obras, a editores a quienes en otro tiempo las vendiera
en lamentables condiciones. Entonces fué cuando Castelar sostuvo en las Cortes
la necesidad de pensionar al lírico, y la pensión fué negada a quien era
propietario del cielo azul, «en donde no hay nada que comer».
Hemos visto en Madrid el discutido Hamlet de París.
Sarah-Hamlet. Discusión hubo sobre si Hamlet fué rechoncho o delgado, alto o
bajo; en lo que no puede haber es sobre lo bello de la soberana creación que
realiza la gran francesa. Como lo ha acostumbrado Sarah, la compañía que ha
traído ha sido mediocre; de modo que toda la atención se ha concentrado en la
«princesa del gesto y reina de la actitud». Sorprende desde luego el poder de
la trágica al cambiar casi por completo su conocida voz de oro, por una voz de
hierro, o mejor, de acero. En la masculinización de su papel el prodigio se
impone. Desde que aparece el príncipe au pourpoint noir, el hechizo
está realizado. Apenas si uno tiene tiempo de protestar por los cortes y aun
descuartizamientos que se han perpetrado en la obra, como el suprimir, entre
otras cosas, la escena de Hamlet ante el rey que ora, o el diálogo de los
sepultureros. Pero en las partes básicas de la tragedia, el encanto aportado
por Sarah vale por una de las más inmensas sensaciones de arte que puedan
experimentarse.
Hay, entre muchas, una escena en el primer acto en
que el dominio es absoluto, y en la frase final el auditorio siente un gran
sacudimiento:
But break, my heart; for I must hold my tongue,
que Sarah hace vibrar en su francés: «Mais
éclate, mon cœur, car il faut rester bouche close!»
La interpretación de Sarah es de esas acciones
artísticas que pueden apasionar hasta la violencia. Me explico la estocada de
Vanor a Mendés.
Aquí Sarah se ha impuesto, a pesar de que no es muy
común el dominio de la lengua francesa en el público. Cierto es que el público
de Sarah Bernhardt ha sido de lo más aristocrático de que se compone el «todo
Madrid».
Quienes han admirado a sir Irving, quienes conocen
el «juego» de Monet-Sully, quienes recuerdan a los potentes trágicos italianos
de este siglo, hasta Novelli, con su Hamlet gesticulador,
están de acuerdo en que no ha habido palacio de carne humana en que se hospede
como en propio habitáculo el espíritu del soñador pensativo de Elseneur, como
la carne nerviosa y eléctrica de Sarah Bernhardt; ella es el príncipe delicado,
pero fuerte de nervios, que le hacen ser buen esgrimista; lejos de la fuerza
musculosa, pues él mismo exclama en una escena, hablando de su tío incestuoso:
«But no more than my father,—Than I to Hercules...»
UNA EMBAJADA
a embajada extraordinaria alemana presidida
por el príncipe Albrecht ha sido en estos días nota de actualidad. Él es un
buen gigante teutón, digno representante de su tierra militar y férrea. Le ha
traído el Águila Negra al adolescente rey Don Alfonso XIII, que en la ceremonia
palatina ha dicho un muy bonito discurso en francés. No ha habido revistas
militares, por disposición de gran cordura. Pero los príncipes extranjeros han
visto mucho de la España grande e indestructible: han visto la sala de Velázquez
en el Prado, han tenido otras varias impresiones que les han podido dar a
entender que por más que la obra de los malos gobiernos traiga ruina y desastre
a la patria española, queda un rico fondo de fecundidad y de vida de donde
brote una España dueña de su porvenir.
Han podido admirar también la otra noche, en el
Teatro Real, la soberbia mina de hermosura que se encierra en este pueblo lleno
de bizarrías y hechizos. La aristocracia mostraba joyas de juventud y de
belleza de que pocos países pueden enorgullecerse.
Ya es el tipo de grandes ojos negros y cabelleras
de una riqueza incomparable que pesan sobre los cuellos armoniosos como la
carga capilar que agobia a una d'annunziana virgen de las
rocas; ya el tipo semiarábigo, que denuncia la andaluza procedencia; o la mujer
maciza del Norte que en su opulencia guarda el orgullo[232] gentilicio
de una raza generosa. Y mientras la Darclée hacía su Manón bravamente, yo veía
al coloso alemán recorrer con sus gemelos el jardín de los palcos. Allí tenía
la fragante flora humana del país solar que ha vivido en un ambiente de
heroísmo caballeresco bajo un cielo de poesía; allí las descendientes de los
más preclaros nombres de la nobleza española, mantenedoras de la gracia que
pintaron tantos pinceles ilustres y que cantaron tantos luminosos poetas.
Y algo de don Alonso Quijano el Bueno decía
a mi alma: «Deja que la bala dum-dum se ensaye en el boer, y
que el fin del siglo XIX sea de sangre y matanzas razonadas o sin razón.
Alguien ha dicho que Krupp es Hegel y que Chamberlain es Darwin. No hay que
desesperar. Estos descorazonamientos científicos pueden ser sucedidos por razonables
y necesarios vínculos líricos. Nunca es malo Don Quijote. Y Guillermo II hace
versos y pinta cuadros y escribe óperas e himnos. España no debe pensar ahora
en guerras y cosas que le han enseñado lo vario de la suerte y lo frágil de la
grandeza. Y cuando el César germánico envía un águila negra, se le debería
corresponder con una paloma blanca.»
UNA NOVELA DE GALDÓS
26 de octubre de 1899.
tro nuevo «episodio nacional» estalla en los
escaparates de librería, con sus colores amarillo y rojo en la cubierta,
formando bandera española. Y bajo el título, y el 7.000 que se refiere a los
ejemplares, la esfinge sentada sobre el globo nos anuncia que aparece un libro
más en que se tiene por divisa Arte, Naturaleza y Verdad. Ya os he dicho del
ordenado fabricar del maestro novelador. No censuro—sino todo lo contrario—el
método y la exactitud en el término de la producción. Eso indica que la voluntad
priva sobre el talento, lo cual es razón que honra al carácter humano. Lo que
lamento es que se transparente, hasta casi llegar al público, un plan
industrial con mengua de propósitos mentales. Quién encuentra una familia como
la Rougon Macquart, quién la Historia de España. El Sr. Galdós pudo comenzar en
los tiempos de Vamba y concluir en los de Sagasta. Habríase llenado una
biblioteca y desbordado el capital de la casa editora. Pero el potente autor
de Gloria, de León Roch, de la primera serie de
los Episodios, no tiene el derecho de descender en calidad por
ascender en cantidad. Yo respeto y saludo ese admirable y sereno talento que ha
producido innegables obras maestras; pero ese mismo respeto es el que me hace
contristarme ante una fecundidad inquietante, porque la obra precipitada de
ahora no resiste[234] comparación con la madura de
antaño. Claro está que un libro de Pérez Galdós no podrá nunca ocultar el
lustre original; no será un libro malo jamás, ni un libro mediocre, que es
peor. Pero se advierte que falta la gestación indispensable en partos de esta
índole—gestación casi siempre elefantina—. Sale el libro flojamente vertebrado,
un si es no es anémico, con marcada tendencia al raquitismo; aunque se
observan—como en los ojos del niño—reflejos y chispazos del alma paternal. Son
libros faltos de tiempo. La Estafeta romántica está escrita de
julio a agosto de este año, en que van publicándose ya cuatro episodios.
Cabalmente acabo de salir de la inmensa floresta de Fécondité, y al
dejarla he visto el tiempo que Zola ha empleado en ella. Cerca de un año. Es el
lapso más corto para realizar una labor de conciencia, sin llegar a la
religiosidad flaubertiana. Zola, con todo y su simétrica tarea de gran obrero,
sabe que tiene que elevarse a sus Cuatro Evangelios con la mayor energía y el
aliento de su idea, y que no es sino con ímpetu aquilino y ansias de grandeza
moral como podrá escudriñar a su manera las que llama San Agustín «montañas del
Señor», para bien de su patria la Francia. Bien podría el señor Galdós dar a
España un libro cada año, en el cual libro pusiese la esencia saludable de su
pensamiento y ayudase a la obra social y al resurgimiento de la nación
española. De estos volúmenes se ocupa escasamente y mal la crítica de casa; y
la extranjera, por respeto al nombre del autor, suele hacer una que otra compte
rendu, aunque sea como la de M. Vicent, del Mercure de France,
que ha hojeado seguramente el libro, y ha sacado en claro, traducida una
novedad del título de La campaña del maestrazgo. Su precario español
le haga confundir campaña con campana, y traduce: La cloche du
Maestrazgo.
Es el caso de decir que ha oído campanas y no sabe
dónde.
No veo que en la Prensa de Madrid se le haya hecho[235] la menor observación al ilustre novelista,
respecto a ese producir absolutamente mecánico. No hay duda que causa el
silencio, la consideración a sus altos méritos y a su celebridad. Él propio
debía notar que si antes el aparecimiento de un libro suyo era lo que llama el
clisé un acontecimiento literario, hoy apenas conmueve la atención y suscita
uno o dos artículos de complacencia y las rituales gacetillas. Es natural que
nunca su producción será colocada entre la copia innumerable y repetida de los
multíparos conejos de las letras.
Veamos la Estafeta romántica.
En estos libros, donde dice Benito Pérez
Galdós, no se pone el aditamento: De la Real Academia Española.
Debía hacerse, pues pocos escritores contemporáneos contribuyen más a sostener
dignamente la amojamada castidad del idioma.
Con ser heterodoxa la médula, lo exterior va
siempre en una lengua conservadora y depurada y cuya espontaneidad non infiere
el menor agravio a su legítimo y castizo abolengo. Esta novela de que trato
está compuesta de una serie de cartas, y de ahí que sea Estafeta.
Romántica es por la época en que el argumento se desarrolla. Y el ser la novela
en cartas, quizás, no sea ajeno al título, pues el género en dicha época tuvo
su boga. Consta la obra de cuarenta cartas en que se desarrolla una intriga
amorosa, se trata de la política del tiempo y de literatura. El autor no ha
descuidado la documentación; se ve que se ha tomado el trabajo de informarse en
las mejores fuentes; y pone ante el lector, viviente y palpitante, esa curiosa
vida de comienzos de siglo.
Algo de lo más interesante es el episodio de la
muerte de Larra, narrada y comentada en el curso de estas epístolas.
Figura en la estafeta una carta simulada de don
Miguel de los Santos Álvarez, el amigo íntimo de Espronceda[236] y
de Fígaro. No hay duda de que el señor Galdós trató a Álvarez y de
sus labios obtuvo muy interesantes informes. Yo tuve oportunidad de conocer a
dicho personaje en casa de don Juan Valera, y no dejé pasar la ocasión de
despertar en más de un punto sus recuerdos, especialmente en lo referente a la
amistad estrecha que le unía con el poeta del Diablo Mundo.
Álvarez, ya muy viejo y bastante sordo, no había perdido sus facultades de
delicioso parlante.
El general Mansilla ha publicado en sus
interesantes causeries algo sobre la vida de aquel original
ingenio en Buenos Aires. Es sabido que, creo que en tiempo de Rozas, fué al Río
de la Plata, enviado por el Gobierno español. Él se complacía en rememorar
aquella época de su vida y guardaba muy buenas impresiones de sus noches y días
americanos. Digo noches, porque don Miguel de los Santos fué incorregible
noctámbulo durante toda su larga existencia. A los setenta y tantos inviernos,
y hasta muy poco antes de su muerte, era de los últimos en abandonar a la
madrugada el tresillo del Casino. «Vea usted, me decía, dicen que el trasnochar
es malo. Tengo de hacerlo tantos años y me va perfectamente.»
La carta fingida de Álvarez al tipo principal de la
novela, Fernando Calpena, está escrita de manera que bien podía considerarse
como no apócrifa. Es alabar demasiado la inteligencia del Pilar creerla capaz
de una imitación palpablemente difícil. Y Galdós, en esta carta, como en muchas
de las del libro, demuestra que posee una flexibilidad de pensamiento que no
siempre es un don de los fuertes. Todavía no se ha escrito la vida íntima de la
época en que pasan estos sucesos de la Estafeta, y no se conocen detalladamente,
pongo por caso, las causas que condujeron a Larra a suicidarse. El romanticismo
tuvo, sin duda alguna, gran parte en el arrebato de aquel brillante espíritu.
Era el tiempo en que el romanticismo estaba más en el ambiente que en la
literatura,[237] y en que, en París, como cuenta el
doctor Verón en sus memorias, un serio y conservador hombre de letras, después
de atacar y negar la revolución romántica con la pluma, se fué a echar al Sena,
por causa de un amor imposible. Larra, según dicen, se mató también por amor.
Su querida, una dama casada, cortó la intimidad obligada por la severidad de su
confesor. El poeta no pudo lograr que se reanudasen las relaciones y, enamorado
de veras como estaba, se precipitó en la muerte. No puedo dejar de haceros
conocer el párrafo de la carta de Álvarez a Calpena, en que trata del
desgraciado acontecimiento, y que, como digo, debe estar basado en algunas
conversaciones entre Galdós y don Miguel: «Supe yo la muerte de Larra al día
siguiente del suceso, o sea el 14 de febrero. Fuí a verle con otros amigos a la
bóveda de Santiago, donde habían puesto el cadáver, allí me encontré a Ventura
y a Roca de Togores, tan afligidos como yo y Hartzenbusch, que me acompañaba.
¿Y por qué?... decíamos todos, que es lo que se dice en estos casos.—¿Cuál ha
sido el móvil?... Quién hablaba de un arrebato de locura; quién atribuía tal
muerte al estallido final de un carácter, verdadera bomba cargada de amargura
explosiva. Tenía que suceder, tenía que venir a parar en aquella siniestra caída
al abismo. ¿Y ella? Si alguien la culpaba en momentos de duelo y emoción, no
había razón para ello. No era ya culpable. Por querer huir del pecado, había
surgido la espantosa tragedia. En fin, querido Fernando, suspiramos fuerte y
salimos después de bien mirado y remirado el rostro frío del gran Fígaro,
de color y pasta de cera, no de la más blanca; la boca ligeramente
entreabierta, el cabello en desorden; junto a la derecha, el agujero de entrada
de la bala mortífera. Era una lástima ver aquel ingenio prodigioso caído para
siempre, reposando ya en la actitud de las cosas inertes. ¡Veintiocho años, una
gloria inmensa alcanzada en corto tiempo con admirables, no igualados escritos,
rebosando hermosa ironía, de picante gracejo, divina burla de[238] las
humanas ridiculeces!... No podía vivir, no. Demasiado había vivido; moría de
viejo, a los veintiocho años, caduco ya de la voluntad, decrépito, agotado. Eso
pensaba yo, y salí, como te digo, suspirando y me fuí a ver a Pepe Espronceda,
que estaba en cama con reuma articular que le tenía en un grito. ¡Pobre Pepe!
Entré en su alcoba y le hallé casi desvanecido en la butaca, acompañado de
Villalta y Enrique Gil, que acababan de darle la noticia. El estado de ánimo
del gran poeta no era el más a propósito para emociones muy vivas, pues a más
de la dolencia que le postraba, había sufrido el cruel desengaño que acibaró lo
restante de su vida. Ignoro si sabes que Teresa le abandonó hace dos meses. Sí,
hombre, y... En fin, que esto no hace al caso. Gran fortuna ha sido para las
letras patrias que Pepe no haya incurrido en la desesperación y demencia del
pobre Larra. Gracias a Dios, Espronceda sanará de su reuma y de su pasión y
veremos concluído el Diablo Mundo, que es el primer poema del ídem...
Sentéme a su lado y hablamos del pobre muerto. En un arranque de suprema
tristeza, vi llorar a Espronceda; luego se rehizo trayando a su memoria, y a la
de los tres allí presentes, los donaires amargos del Pobrecito hablador,
el romanticismo caballeresco del Doncel, y el conceptismo lúgubre
de El Día de Difuntos. También hablaron de ella, y tal y qué sé yo,
diciendo cosas que no reproduzco por creerlas impropias de la gravedad de la
historia. Villalta y Enrique Gil se fueron, porque tenían que dar infinitos
pasos para organizar el entierro de Fígaro con el «mayor
lucimiento posible», y me quedé solo con el poeta, el cual, de improviso, dió
un fuerte golpe en el brazo del sillón diciendo: «¡Qué demonio! Ha hecho bien».
Yo rebatí esta insana idea como pude, y para distraerle, recité versos, de los
cuales ningún caso hacía. A media tarde entró de nuevo Villalta con Ferrer del
Río y Pepe Díaz. Espronceda sintió frío y se metió en la cama. Yo, caviloso y
cejijunto, hacía mis cálculos para ver de dónde sacaría la ropa de luto[239] que necesitaba para el entierro...» Luego narra
lo acontecido en el entierro, con la nota saliente del aparecimiento de
Zorrilla, «de la estatura de Hartzenbusch, y con menos carnes; todo espíritu y
melenas; un chico que se trae un universo de poesía en la cabeza»; el triunfo
del poeta en un tiempo en que los banqueros y los ministros se entusiasmaban
con los versos, y los festejos de que fué objeto. Zorrilla no duerme esa noche;
al día siguiente va a ver a Álvarez, le toma su chocolate y le da la estupenda
noticia de que le han colocado en el Porvenir, Pacheco y Pastor
Díaz, ¡con treinta duros de sueldo! Toda la carta está escrita ingeniosa y
vibrantemente, es un documento de verdad; y crea el mismo Pérez Galdós que ella
no es obra de Pilar ni suya, don Miguel de los Santos Álvarez se la ha dictado
desde el otro mundo como otros espíritus lo han hecho con Hugo o Claretie...
¡El señor Galdós ha sido espiritista sin saberlo!
La intriga principal de la novela no interesa tanto
como esos episodios en que se resucita la vida privada de la España de aquellos
días. Lo anecdótico histórico triunfa sobre la inventiva del escritor. Hay
cartas que sobresalen, como las firmadas por la joven Gracia, la cual pone en
su escritura mucho de su nombre, aunque escasísima ortografía. En este caso
podría ella decir, con gran justicia, que la ortografía no es lo primero, y que
epitológrafa de tanto vuelo como madame de Sevigné, no era muy católica en
tales disciplinas.
Entre otras figuras que aparecen en el desfile de
personajes, está la del célebre banquero Salamanca, pero apenas esbozada y
falta de detalles, que habrían sido muy del agrado del lector contemporáneo.
Apenas si se entrevé algo de la juventud de Zorrilla; no se nos informa de la
vida intelectual del semiargentino Ventura de la Vega. De Espronceda habrían
sido muy bien recibidos datos sobre sus amores con la famosa Teresa del no
menos famoso canto. Pudo el señor Galdós aumentar la parte íntima de sus tipos,
para lo cual no le faltarían seguramente[240] buenos
informantes. Muchas gentes hay en España que han vivido parte de esa época, no
tan remota, y que, testigos de varios hechos, ayudarían eficazmente a la
documentación del novelista.
A propósito del suicidio de Larra. La primera vez
que fuí a visitar a Mariano de Cávia, este excelente camarada y escritor de tan
rico ingenio, me llevó a uno de los balcones de su casa, y señalándome uno de
la casa de enfrente, que forma esquina en la calle de Amnistía, me dijo: «Cada
vez que me asomo veo allí una página de gran filosofía». Y me explicó de qué
manera en aquella casa se había dado muerte uno de los más firmes y finos
talentos de la España de este siglo, el pobre Mariano José de Larra. En lo
primaveral de la juventud, en un tiempo en que todo favorecía al encumbramiento
de su personalidad, al definitivo triunfo, a la gloria segura, aquel hombre,
que había recibido de la implacable Eironeia las más temibles
armas del estilo, los más sutiles venenos del pensamiento, fué una víctima de
ella misma. La aventura pasional se cristalizó en un diamante de sangre, y
aquel amargo dueño de la sátira murió por desdenes de amor, muerte de buen romántico.
No querráis nunca ver el reverso de la sonrisa.
LA ENSEÑANZA
8 de septiembre.
efiérenme que cuando hace poco tiempo estuvo
vacante la plaza de verdugo, hubo entre los que la solicitaron abogados y
médicos. Un amigo mío terrateniente, me asegura haber empleado como guarda
forestal a un abogado. Esto no es una rareza. En los países menos civilizados,
como en los más florecientes, ya se conoce lo que es el proletariado
intelectual. En el país de mi nacimiento hay quien puede decir más de una vez:
«¡licenciado, lústrame las botas!», y en Buenos Aires, cuando fuí secretario
del director general de Correos y Telégrafos, recuerdo solicitudes para puestos
de escribiente u otros más modestos, en que los recomendados podían responder
al vistoso apelativo «doctor». En toda la América latina el titulismo es
endémico; pero el origen está aquí, en la tierra clásica en que se asienta
Salamanca. El mal está en la raíz.
La ignorancia española es inmensa. El número de
analfabetos es colosal, comparado con cualquier estadística. En ninguna parte
de Europa está más descuidada la enseñanza.
La vocación pedagógica no existe. Los maestros, o
mejor dicho, los que profesan la primera enseñanza, son desgraciados que suelen
carecer de medios intelectuales o materiales para seguir otra carrera mejor. El[242] maestro de escuela español es tipo de caricatura
o de sainete. Es el eterno mamarracho hambriento y escuálido, víctima del
Gobierno; pero persona de valía y al tanto de las cosas de su tierra, me
demuestra que realmente no son por lo general dignos de mejor suerte esos
maniquíes de cartilla y palmeta. «Los niños, me dice, no aprenden siquiera a
leer en la enseñanza primaria. De gramática no hablemos, raro es el que sabe lo
más elemental y escribe con ortografía. Y no habiendo aprendido a leer, no es
posible aprender a estudiar. El maestro de primaria, por lo general ignorante,
carece de todos los conocimientos y de la mansedumbre necesaria para cumplir su
misión, pero tiene la bastante soberbia para suponerse dueño y señor de sus
párvulos en la escuela. Como todo buen español con su poco de autoridad, quiere
que ésta resplandezca constantemente a los ojos de todos, y ¡ay del que no la
acate! Lo primero que exige es la humildad, él que no es humilde, y la
obediencia, él que con su proceder descubre la alegría del mando. Los niños,
hartos de ser traídos y llevados sin más ni más, sueñan en que llegue su hora
de mandar. Un hombre por conveniencia se aviene bien a todo; pero el niño
entiende antes la justicia que la conveniencia, y el maestro no cuida
generalmente de razonar sus actos: es un rey absoluto. En la mala enseñanza
primaria está el origen de todos los males. El maestro, cuando pica muy
alto—pican hasta los más ruines—, no quiere que le llamen maestro sino profesor.
Este título incoloro lo prefieren al de maestro, porque generalmente se llaman
profesores los que dan cursos en Institutos y Universidades; bien es verdad que
también se llaman profesores los barberos y sacamuelas. El profesor de primeras
letras da sus explicaciones (aquí son oradores todos los que hablan), que los
niños no entienden, porque en vez de facilitar la comprensión, hace discursos,
esperando que sus infelices discípulos le crean un hombre superior. También
hace sus libros, y el más imbécil tiene[243] una
gramática, una geografía, una historia o unas matemáticas; generalmente les da
por los estudios gramaticales. Todos velan por la integridad del purismo.
Gramática hay por esas escuelas en que al niño le es absolutamente imposible
aprender; el afán de definir de un modo nuevo condúceles a los mayores
disparates; y los pobres muchachos aprenden de memoria lo que debiera ser base
de su estudio y es origen de su abotagamiento intelectual. Tampoco se cultiva
mucho la escritura; unos adoptan la española, otros la inglesa, casi nadie
enseña a escribir; total, que a los diez años de edad y cinco de materias,
pasan los párvulos de la enseñanza elemental a la segunda enseñanza, sin haber
aprendido siquiera a leer y escribir. De cada 100 niños aprobados de ingreso en
el Instituto, 90 saben apenas firmar y no hay uno que escriba al dictado
correctamente; la lectura también pertenece para ellos a las ciencias
ocultas; y sin saber escribir ni leer, les meten en latines. El catedrático
de Instituto, y más aún el de colegios particulares, no está preparado para la
enseñanza; cuando más, conoce vagamente la asignatura que explica, pero no
penetra en la mente de los niños. El profesor, como el maestro, tiene la
monomanía del discurso. Todos los días hace su explicación en forma oratoria
altisonante; si no tiene un libro de texto propio, no se ajusta en todo a
ningún autor y obliga a los alumnos a tomar apuntes; así acaban los cursos, y
la mayoría de los estudiantes no se ha enterado aún de lo que sean las asignaturas
que cursaron; algunas definiciones, alguna clasificación, algún razonamiento
aislado: cuatro lecciones prendidas con alfileres, que se olvidan luego, y el
que tiene la suerte de salir aprobado no vuelve a pensar en aquellas cosas. Así
el niño que salió de la primera enseñanza, virgen de conocimientos elementales,
sale de la segunda sin comprender las ciencias y las letras que debieron
determinar su vocación, y no emprende la carrera que le aconseja su instinto,
sino la que sus padres[244] le imponen por considerarla
más lucrativa. Las Universidades aparecen con mejor organización; hay en ellas
algunos profesores sabios y cultos—un Posada o Unamuno figurarían en su
especialidad en cualquier Universidad del mundo—; aunque por lo general, vicios
de constitución y lo que viene desde el origen, la falta de conocimientos
elementales, no permitan a los alumnos aprovecharse de la enseñanza superior;
con todo y no ser ésta deplorable como las otras, deja mucho que desear».
Unamuno, precisamente, ha dicho en una serie de luminosos artículos mucho y muy
interesante acerca de la enseñanza superior en España.
Pero mucho más que las Universidades dejan que
desear las Escuelas de ingenieros y las Academias militares. Nombrándose de
Real orden los profesores, y siendo aptos para el cargo de profesor todos los
individuos del escalafón después de un cierto número de años de servicio,
resulta que en ciertas épocas y en ciertos cuerpos que tienen su centro de
enseñanza en buena población, todo el mundo quiere ir a desempeñar cátedras, no
por sus aficiones a la asignatura, sino por la residencia. Y, en cambio, a otros
hay que enviar a la fuerza a quien explique, y claro es que no van los más
aptos, sino los más desvalidos. Conceder aptitud para desempeñar una asignatura
por el mero hecho de haberlo cursado, es una estupidez colosal; y cuando la
asignatura es cálculo diferencial, mecánica, geología, construcción, botánica,
química, sube de punto el disparate. Así en las escuelas y academias especiales
se repiten todos los errores de que viene siendo víctima el joven desde que
tuvo la mala idea de ponerse a estudiar, y esta vez aumentados prodigiosamente.
Me dicen cosas monstruosas de tales centros de enseñanza, y si no las refiriese
persona muy culta y muy conocedora, serían increíbles. En una clase de
topografía, después de trabajar todo el año entre los alumnos y el profesor, al
hacer las prácticas de fin de curso no consiguieron cerrar un perímetro. Las
clasificaciones[245] botánicas y mineralógicas, los
experimentos químicos, no van más allá. Muchos libros, muchas horas de clase,
muchas horas de estudio; mucho atiborrarse de teorías, leyes y teoremas; pero
la ciencia, la verdadera ciencia no aparece.
De algo semejante se quejan en algunos países
europeos, pero la falta de conocimientos elementales no sea tal vez tan grande
como en España en nación alguna. Precisamente la cuestión del sumernage preocupa
en Francia a muchos espíritus cultos que desean dar al estudio una marcha menos
violenta y no tan apartada de la vida práctica.
Es verdaderamente lastimoso ver a los jóvenes
sufriendo por ocho años la ingestión de voluminosos tratados, rozando las más
graves teorías científicas, para venir al fin, terminada la prueba oficial, a
trabajar, los que trabajan, con el auxilio de los anuarios de bolsillo
extranjeros. Tanta ecuación, tanta integración, para sujetarse a las fórmulas
calculadas ya de resistencia, pendientes, velocidades, etc.; tanta bambolla de
experimentación para someterse a las apreciaciones, no siempre exactas, de una
cartilla de análisis. La verdad es que si esto no fuera terrible sería bufo.
Luego la influencia clerical en la enseñanza. La
alta clase española está convencida de que no se puede recibir una buena
instrucción sino en establecimientos religiosos. Hay multitud de colegios
regentados por Ordenes religiosas; ahí están las Universidades libres de
Deusto, manejadas por los jesuítas; el Escorial, por los padres agustinos, y
así otros centros docentes. La experiencia ha demostrado aquí y en otras muchas
partes que los internados son funestísimos.
La institución libre de enseñanza que empezó hace
tiempo con muchos bríos, fracasó por completo. Para esa forma nueva se unieron
a don Francisco Giner muy buenas inteligencias, y no consiguieron nada; lo cual
prueba que o ellos no supieron enseñar, o el sistema[246] no
es aplicable a esta raza; yo creo ambas cosas.
Para ese género de enseñanza se necesita en el
profesor un instinto paternal y humano que no permiten la frivolidad y ligereza
españolas: y en el alumno una atención y voluntad que las mismas causas hacen
imposibles.
Lo que habría que hacer en España sería formalizar
la enseñanza elemental, leer y escribir correctamente, gramática y aritmética.
Esta antigualla sería más que suficiente base para que luego cada cual siguiese
su rumbo. Probablemente ahora es cuando hay menos cultura general en la
Península, a pesar de la revolución y de los esfuerzos de algunos
cosmopolitistas. El siglo XVIII fué más culto que este fin de siglo; y si las
Universidades llegaron entonces a una situación calamitosa, fué por falta de
administración y gobierno, por la preponderancia clerical, que ahora nuevamente
amenaza con mayores ímpetus, por falta de base, por incultura elemental, por
cubrir con el relumbrón académico la miseria de una ignorancia vasta.
No hacen falta reformas, ni planes nuevos ni
estudios novísimos. Lo que necesita con urgencia la juventud española es que le
enseñen a leer, ¡que no sabe!, que se mueran de una vez todos los
maestros agonizantes, en cuyas manos se deshilacha como una vieja estofa el
espíritu nacional, y que se pongan las fabulosas «Cartillas» en manos de
hombres de conciencia, hombres que den al abecedario la importancia de un
cimiento sobre el cual ha de apoyarse el edificio de la común cultura.
Santiago Alba, ¡buena cabeza!, a propósito del
soñado libro de Desmolins se pregunta: ¿El régimen escolar español forma
hombres? ¡Y con la universal voz se contesta: no! Hay mucha disposición, mucho
reglamento—; ¡estamos en el reino del expediente del cual hemos sido herederos
directos!—, y en el fondo, nada. Todo en los papeles. Alba ha hecho una
comparación estadística.—El 1 ½ por 100 (0,73 por habitante) del total del
Estado[247] consagra éste en España a la pública
instrucción, mientras Francia el 6 ½ (5,82 francos por habitante), Italia el 2
½ (1,75); y hasta Portugal el 2 ¼ (1,11). No hablemos de Inglaterra, donde el
espíritu anglo-sajón y la riqueza del país por el mismo espíritu creado
permiten dedicar a la enseñanza el 8 ½ por 100 del presupuesto total, esto es,
más de siete francos por individuo. Entrando en lo hondo del asunto, la palabra
del señor Alba no puede ser más franca ni más justamente dura. «¿Es que
nuestros bachilleres, dice, nuestros abogados, nuestros médicos, nuestros
ingenieros, nuestros peritos mercantiles y hasta nuestros militares y nuestros
marinos, no son víctimas también del inevitable chauffage, de que
Demolins abomina escandalizado y dolorido? Bachilleres incapaces de escribir
una carta con ortografía, abogados ignorantes al salir de la Universidad de lo
más rudimentario de la profesión; médicos que no saben ni tomar el pulso;
ingenieros a quienes se hunde la primera obra en que ponen mano; peritos
mercantiles que no podrían llevar regularmente ni un libro diario;—en
fin, militares a quienes «no caben en la cabeza» cien hombres y marinos de
cuyos viajes da precisa y exacta cuenta el número de las averías del barco que
dirigen, entonan a coro himno grandioso al admirable sistema que empieza por
hacer inútiles a cientos de hombres de uno de los pueblos más reconocidamente
despiertos del planeta.»
Lo dice el vulgo con toda claridad: «Aquí el
bachiller, el abogado, el médico, el ingeniero, el perito mercantil, el
militar, y el marino que llegan de veras a serlo «se hacen» por sí solos cada
uno en su casa, en su hospital, en su taller, en su cuartel o en su barco; lo
que estudian en el Instituto, en la Universidad, en la escuela, o en la
Academia, es sólo por coger el título o la estrella».
En lo relativo especialmente a la enseñanza
superior, ha iniciado ahora, como he dicho, el catedrático de griego de la
Universidad de Salamanca, señor Unamuno, una campaña nobilísima y valiente.
FIESTA CAMPESINA
18 de noviembre.
n hombre del campo me invitó hace pocos días a
ver la fiesta de su aldea, en tierra de Ávila. Se trata de un lugar llamado
Navalsauz, a algunas leguas de la vieja ciudad de santa Teresa. Mis deseos de
conocer las costumbres campesinas de España encontraban excelente oportunidad.
Acepté. Una buena mañana tomé el tren para Ávila, en cuya estación me esperaba
mi invitante, en compañía de dos hijos suyos, robustos mocetones que tenían
preparadas las caballerías consiguientes. No permanecí en la ciudad ni un solo
momento. Fué cosa de llegar, montar y partir. Pero, debo deciros algo de la
buena bestia en que hube de pasar por esos campos. Era el inseparable de
Sileno, el compañero de Sancho, el interlocutor de Kant, el amigo de
Pascarella. Manso, filosófico, doctoral, aunque en tal o cual punto del camino
se manifestase más de una vez mal humorado o asustadizo. La carretera se
extendía entre campos cultivados. A un lado y otro había labriegos arando con
sus arados primitivos. Se cultiva el centeno, trigo, algarrobas, garbanzos,
cebada y patatas. El paisaje no deja de ser pintoresco, limitado por alturas
lejanas, cerros oscuros, manchados de altos álamos y chatos piornos,
bajo cuyas espesuras es fama que se agita el más poblado mundo de liebres y
conejos. En el tiempo del viaje, se encuentran a un lado de la carretera
mesones o[249] ventas harto pobres, que nada tienen
que ver con los caserones que en la árida Castilla se le antojaban castillos a
Don Quijote.
En una hubimos de pernoctar.
Mi amigo grita con una gran voz: «¿Hay posada?»
«Sí, señor; pasen ustedes.» Y de la casa maltrecha
sale la figura gordinflona del ventero. Mientras los mocetones llevan los
burros al pienso, heme allí conducido a la cocina, donde una gran lumbre
calienta olorosas sartenes, y conversan en corro otros viajeros, todos de las
aldeas próximas, de higiene bastante limitada, pero gentes de buen humor que se
charlan y se pasan de cuando en cuando una bota. Entré yo también al corro y de
la bota gusté—un vinillo de las villas del Barranco—, así como compartiera más
de una vez con los gauchos de las pampas, también al amor de un buen fuego y en
la cocina de la estancia, al mate amargo y la ginebra. La cena estuvo
suculenta, y luego fué el pensar en dormir. ¿Camas? Ni soñarlo. Cada cual
duerme en los aparejos y recados; quién en la cocina, para no perder lo sabroso
del calor; quién en la cuadra. Yo prefiero la vecindad de la lumbre y entro en
esa escena de campamento. Por otra parte, no me es posible dormir. Esos
benditos de Dios roncan con una potencia abrumadora; y así, fabricando
castillos «en España», o viajando por el país de mis recuerdos, paso toda la
noche, hasta que los gallos anuncian el alba y el ventero me lleva una taza de
leche recién ordeñada. A poco estoy otra vez sobre mi asno, que lleva un pasito
ligero y no poco molesto, mientras hace no sé qué señas con sus orejas al paso
de la fría brisa matutina.
¡Bello día en el fragante y bondadoso campo! Sale
un claro sol; comienzan a verse las ovejas, y me gratifican con un concierto;
los pastores abrigados con sus zamarras, poco limpios y con aspecto de
perfectos brutos, quitan a mi mente toda idea de pastor quijotiz; mis
compañeros de viaje se detienen con conocidos que vienen[250] de
los villorrios cercanos, lo cual es un pretexto para repetidos saludos a la
bota. Y mi burrito sigue impertérrito, en tanto que me llegan de repente soplos
de los bosques, olientes a la hoja del pino. Es una cosa asombrosa, dice Bacon,
que en los viajes por mar, donde no se ve sino el cielo y el agua, los hombres
tienen, sin embargo, la costumbre de hacer diarios; y en los viajes por tierra,
donde hay tantas distintas cosas que notar, casi nunca los hacen, como si los
casos fortuitos o los hechos inesperados merecieran menos ser notados y
apuntados que las observaciones que se hacen por una deliberación premeditada.
Ni por mar ni por tierra he acostumbrado tales apuntaciones; pero si hubiese
tenido un libro de notas a la mano, en esa mañana deliciosa habría escrito, sin
apearme de mi simpático animal: «Hoy he visto, bajo el más puro azul del cielo,
pasar algo de la dicha que Dios ha encerrado en el misterio de la Naturaleza».
Este mismo sol y la sonrisa de este mismo campo vieron los ojos de la divina
Doctora, que se encendiera en la incandescencia de su misticismo, hasta la
maravilla del éxtasis y la comunicación con lo extraterrestre y lo
supernatural.
El almuerzo fué en el camino, gracias a mi
provisión de pâté de foie-gras, queso manchego y pollo frío.
Seguimos la caminata todo el día hasta llegar a la posada de Santa Teresa, en
donde está el cuartel de la guardia civil; y al declinar la tarde, estamos ya
en las cercanías de Navazuelas. El terreno cambia, se suceden las cuestas y
honduras; y de pronto me indican lo que debo hacer. «Señorito, ¡a pata!»
Obedezco, y continúo el camino llevando el burro del ronzal, hasta llegar a la
Navazuelas, en donde vuelvo a enfourcher al benemérito rucio.
Y diviso el pueblo: un montoncito de casucas entre peñascos.
Al entrar a la aldea se me señala la iglesia; muy
chica, medio caída, con una alameda al lado de la puerta; y situada en
medio del camposanto... Mi asombro es grande[251] cuando
no veo una sola cruz, así fuese la más tosca y miserable.
Me instalo en casa de «mi amigo». Calcularéis ya
que el confort no es propiamente suntuoso.
Estamos en el imperio de lo primitivo. Buen fuego,
sí, se me ofrece, y ricos chorizos y patatas, y sabroso vino. Duermo a
maravilla. A la mañana siguiente, vivo en plena pastoral. Se me conduce aquí y
allá, entre cabras y vacas y ovejas. Estoy en la pastoría. Después,
a la iglesia, en donde las mozas están adornando a la Virgen. Las mozas, en
verdad, no eran muy guapas, pero las había bastante agraciadas. El traje de la
paleta es curioso y llamativo. Más de una vez lo habréis visto en las comedias
y zarzuelas. Falda corta y ancha, de gran vuelo que deja ver casi siempre
macizas y bien redondas pantorrillas; la media o calceta es blanca y el zapato
negro. En corpiños y faldas gritan los más furiosos colores. Al cuello llevan
un pañuelo, también de vivas tintas y flores, y otro en la cabeza, atado por
las puntas debajo de la barba. Les cuelgan de las orejas hasta los hombros
enormes pendientes, y usan gargantillas y collares en gran profusión. El pelo
va recogido en un moño de ancha trama y resalta sobre el moño la gran peineta
que a veces es de proporciones colosales, como la primera que, según dicen, se
usó en Buenos Aires a principios de siglo. Generalmente no llevan sortijas en
sus pobres manos oscuras, hechas a sacar patatas y cuidar ganados. No estamos propiamente
en Arcadia, y Virgilio no repetiría, por ningún concepto en este caso, las
frases que en su décima égloga prorrumpe Galo, hijo de Polión. Al entrar yo en
la iglesia, las muchachas cantaban, adornando con gran muchedumbre de flores la
imagen de la patrona, la Virgen del Rosario. Después fuéronse a casa de las
mayordomas, al obligado convite: castañas, higos y vino. Por la noche, en medio
de la cena, en la casa en que se me hospedaba, las mozas tiraron las cucharas
de pronto y echaron a correr[252] fuera. Era el
tambor que sonaba a la entrada del lugar; venía de un pueblo vecino, y su son
con el de la gaita haría danzar esa misma noche, en la plaza, a las alegres
gentes. Luego pude observar algo de un fondo ciertamente pagano. Las mozas
formaron un ramo de laurel, cubierto de frutas varias y dulces, para ser
llevado a la iglesia al día siguiente. Mientras tanto, vi venir del campo a
varios mozos con grandes ramas verdes que iban poniendo sobre los techos de
ciertas casas. Se me explicó que en donde había una muchacha soltera colocaba
ramos su novio o su solicitante. Era extraño en verdad para mí ver al día
siguiente coronadas de follaje casi todas las casitas del villorrio. Del pueblo
vecino también llegó el señor cura, un cura joven, alegre y de buena pasta,
bastante distinto del tipo de Pérez Escrich. Ya tuve con quien conversar:
política, más política y un poco de literatura. Al curita le fueron a buscar
los varones, con el tambor a la cabeza del concurso, mientras el campanario
llamaba a la misa. Las mozas, vestidas de fiesta, esperaban en el camposanto.
El alcalde está allí también, con su vara y sus calzones cortos y su ancho
sombrero y su capa larga. Las mozas abren la puerta para que pasen el señor
cura y la «justicia», y detrás todos los hombres. La puerta vuelve a cerrarse,
y ellas quedan fuera. Entonces, en coro, empezaron a cantar:
Tres puertas tiene la iglesia,
Entremos por la mayor
Y haremos la reverencia
A ese divino Señor...
La puerta sigue cerrada. Y ellas:
Tres puertas tiene la iglesia,
Entremos por la del medio
Y haremos la reverencia
A la reina de los cielos...
Y otra vez:
Tres puertas tiene la iglesia,
Entremos por la más chica
Y haremos la reverencia
A la señora justicia...
Abre las puertas, portero,
Las puertas de la alegría
Que venimos las doncellas
Con el ramo p'a María...
Al llegar aquí contesta una voz dentro:
Las puertas ya están abiertas
Entren si quieren entrar.
Confitura no tenemos
Para poder convidar.
Entran las buenas mozas, a pesar de que no hay
confitura y, cerca de la pila de agua bendita vuelven a cantar a pleno pulmón:
Tomemos agua bendita,
mis amiguitas y yo,
Tomemos agua bendita
Vamos al altar mayor.
Tomemos agua bendita,
Amigas y compañeras,
Tomemos agua bendita
Vamos a llevar la vela.
Al llegar aquí van todas con aquel famoso ramo de
laurel ornado de peras, manzanas y guindas, y con la vela, que ha llegado de
alguna cerería de Madrid o Ávila, al altar mayor, a hacer la ofrenda a la
Virgen. Las estrofas de esa inocente métrica de aldea se suceden entretanto. En
todo se admira que, al menos en las mujeres, hay cierta suma de religiosidad y
de fe sencilla, junto con el amor al divertimiento, lo cual es mucho en una
aldea que no pone cruces a sus muertos. La procesión[254] viene
en seguida. Se conduce a la Virgen por la calle, cantando el rosario, y se
vuelve a depositar la imagen. Allí hay un interesante remate de la mayordomía
del año entrante y otras tantas pequeñas preeminencias.
Por la tarde se reanuda el baile con la gaita y el
tambor, en la pradera, donde se merienda gozosamente. Por la noche, baile y más
baile. Por largo tiempo resonarán en mis oídos la aguda chirimía y el tan tan
del tambor, ese tambor infatigable. Todavía hasta el chocolate cural, se pasa
por la rifa del célebre ramo. Aun queda, el día que viene, tiempo para que
sigan danzando mozos y mozas, en tanto que los viejos aldeanos vuelven al campo
a su tarea de sacar patatas.
Yo volví a tomar mi burrito, camino de Ávila, en
donde probé las más ricas aceitunas que os podáis imaginar, con mi amigo el
campesino. No dejé de recordar al cuerdo Horacio:
Non afra ovis descendat in ventrem meum
Non attagen Jonicus
Incundior quam lecta de pinguissimis
Oliva ramis arborum...
HOMENAJE A MENÉNDEZ PELAYO
27 de diciembre de 1899.
a reanudado Menéndez Pelayo la serie de
conferencias que desde hace algún tiempo da en el Ateneo, sobre un tema que no
puede ser más apropiado para sus admirables facultades: los grandes polígrafos
españoles. No posee el célebre humanista facultades oratorias; pero en la
lección su voz resonante y enérgica vence toda dificultad. El auditorio le
escucha siempre con interés y provecho, aunque la concurrencia no sea en
ocasiones tan numerosa como se debía esperar supuestas la autoridad y la gloria
del maestro.
Menéndez Pelayo está reconocido fundadamente como
el cerebro más sólido de la España de este siglo; y en la historia de las
letras humanas pertenece a esa ilustre familia de sacerdotes del libro de que
han sido ornamento los Erasmos y los Lipsios. Aun físicamente, al ver el
retrato grabado por Lemus, he creído reconocer la figura del gran rotterdamense
profanada por la indumentaria de nuestro tiempo. Y cuando en la conversación
amistosa escucho sus conceptos, pienso en un caso de prodigiosa metempsícosis,
y juzgo que habla por esos labios contemporáneos el espíritu de uno de aquellos
antiguos ascetas del estudio que olvidara por un momento textos griegos y
comentarios latinos. Es difícil encontrar persona tan sencilla dueña de tanto
valer positivo; viva antítesis del pedante, archivo de[256] amabilidades;
pronto para resolver una consulta, para dar un aliento, para ofrecer un
estímulo. Posee una biblioteca valiosísima, allá en Santander, lugar de su
nacimiento y donde pasa los veranos. Ha poco ha muerto su padre, que llevaba el
mismo nombre suyo, y que era un notable profesor de matemáticas. Tiene un
hermano, don Enrique, doctor en medicina y aficionado a los versos. En Madrid,
como en Santander, es don Marcelino un formidable trabajador. Aquí dirige la
Biblioteca Nacional y publica muy eruditos estudios en la Revista de
Bibliotecas y Museos; dirige la edición académica monumental de las obras
de Lope de Vega; mantiene activa correspondencia con sabios extranjeros; da sus
lecciones en la Universidad y sus conferencias en el Ateneo, que luego formarán
una de sus obras más importantes; en resumen, es un raro ejemplo de
laboriosidad y de potencia mental, y como en los años de su juventud, tiene una
memoria incomparable y un entusiasmo que constituye la parte más simpática y
hermosa de su talento.
Acaban de ofrecerle un justo homenaje unos cuantos
sabios y eruditos humanistas, con motivo de cumplir veinte años de profesorado.
El homenaje lo forman dos gruesos volúmenes llenos de muy curiosas
investigaciones y estudios; inmejorable regalo para el obsequiado. Los nombres
de los que ofrecen tal muestra de admiración al ilustre español, son
autoridades entre los estudiosos. De sentir es que entre ellos no aparezca
ningún representante de la América española. En cambio, uno de los mejores
trabajos ha sido escrito por un profesor de Pensilvania. Haré una ligera reseña
de lo que contienen estos respetables tomos.
El prólogo ha sido escrito por D. Juan Valera.
Nadie mejor que él podría llenar la tarea. Amigo de Menéndez Pelayo desde los
primeros pasos intelectuales de éste, ha sido uno de los que más han
contribuído a las victorias logradas por quien ocupó un sillón de la Real
Academia[257] a los veintidós años. Traza, pues, un
retrato exacto y animado del querido discípulo y compañero, al mismo tiempo que
nos presenta un cuadro del decaimiento de la cultura española y lo mucho que ha
hecho y hace el autor de las Ideas estéticas y de Los
heterodoxos por colocar en su verdadero punto muchos elementos de
gloria nacional olvidados por los propios y negados por los extraños. «Fuerza
es confesar, por desgracia, dice Valera, que España está en el día
profundamente decaída y postrada. Su regeneración requiere, sin duda, un gran
poder político, sabio y enérgico, ejercido con voluntad de hierro y con
inteligencia poderosa y serena; pero tal vez antes de esto, y para orientarse,
y para descubrir amplio horizonte, y para abrir ancho y recto camino, se
requiere que formemos de nosotros mismos menos bajo concepto, y no nos
vilipendiemos, sino que nos estimemos en algo, siendo la estimación, no
infundada y vaga, sino conforme con la verdadera exactitud, y sin recurrir a
gastados y pomposos ditirambos y a los recuerdos, que hoy desesperan más que
consuelan, de Lepanto, San Quintín, Otumba y Pavía. Aunque me repugna emplear
frases pomposas, que hacen el estilo declamatorio y solemne, no atino a
explicar mi pensamiento sino diciendo que don Marcelino Menéndez y Pelayo ha
venido a tiempo a la vida y ricamente apercibido y dotado de las prendas
conducentes para cumplir, hasta donde pueda cumplirla un solo hombre, la misión
anteriormente indicada, para invocar sin vaguedad y sin exageraciones nuestra
importancia en la historia del pensamiento humano, y para señalar el puesto que
nos toca ocupar en el concierto de los pueblos civilizadores, concierto del que
formamos parte desde muy antiguo y del que no merecemos que se nos excluya. La
misión, pues, de don Marcelino, ya que nos atrevemos a llamarla misión, no es
puramente literaria, sino que tiene mayor amplitud y trascendencia».
El tomo primero del homenaje, lo inicia el conocido[258] hispanista francés Alfred Morel-Fatio,
publicando unas cuantas cartas, correspondencia interesante entre el famoso
bibliotecario de Colbert e historiador Etienne Baluze y el marqués de Mondéjar.
El marqués escribe en castellano y Baluze en latín. Baluze se excusa de no
corresponder en lengua española: «Hoc ideo dico, Excellentissime Domine, ut
accipias excusationem meam, quod ad humanissimas et elegantissimas litteras
tuas non respondeo eadem lingua qua scriptae sunt». Y el marqués le
contesta: «Me sucede lo mismo a mí con el latino que a usted con el español,
entorpeciéndonos igualmente a entrambos la falta del uso». Los conceptos de
esta correspondencia se refieren a envíos de datos y libros, a cambio de
noticias entre eruditos estudiosos, y si el marqués es dignamente admirativo y
afectuoso con su amigo parisiense, Baluze no le escatima las más elegantes
frases latinas de cumplimiento y reverencia.
Un inglés, muy conocedor de letras castellanas,
James Fitzmaurice-Kelly, trata sobre Un hispanófilo inglés del siglo
XVII. Este fué Leonardo Digges, probable amigo de Shakespeare y Ben Jonson
y traductor del Poema trágico del español Gerardo y desengaño del amor
lascivo. Y M. Leo de Rouanet, que ha traducido al francés algo del teatro
español, se ocupa de un auto inédito de Valdivieso, existente en la Biblioteca
Nacional de Madrid. El señor Luanco logra demostrar que el libro de la Clavis
Sapientiae, tenido por obra de Don Alfonso el Sabio, no es de
dicho rey, con todo y estar probada su afición a estudios herméticos. El señor
Cotarelo, cuyos trabajos de erudición son tan meritorios—especialmente entre
otros, sus páginas sobre don Enrique de Villena—, habla de los traductores
castellanos de Molière. Siento que a una labor tan completa hayan faltado en
absoluto noticias referentes a traducciones hispanoamericanas, que de algunas
piezas las hay buenas, como la del Misántropo por el
centroamericano Gavidia.
Ernesto Mérimée, sobrino del autor de Colomba,
y[259] profesor creo que en Tolosa de Francia, ha
contribuído con un Ramillete de flores poéticas de Alejandro de Luna,
que se encuentra en la biblioteca municipal de Montauban. Este de Luna es un
autor hasta hoy completamente desconocido, y el descubrimiento de M. Mérimée
parece de muy relativa importancia.
El músico Pedrell hace un paralelo entre Palestrina
y Victoria, maestro de capilla eminente, contemporáneo del célebre italiano. El
P. Blanco García, conocido por su obra sobre literatura española e
hispanoamericana, rectifica algunos datos biográficos de fray Luis de León. Un
erudito italiano, Benedetto Croce, aporta un valioso contingente a la
literatura cervantina, con sus Due Illustrazioni al Viaje del Parnaso,
del Cervantes. Y el señor Estelrich, autor de un notable libro sobre la
poesía italiana en España, escribe un estudio acerca de los traductores
castellanos de las poesías líricas de Schiller. Arturo Farinelli inserta en
castellano una notable disquisición respecto al origen del Convidado de Piedra.
Es de admirar el caudal de conocimientos de este extranjero en lo referente a
letras castellanas. Además, es un verdadero políglota, y escribe con igual
corrección en español, italiano y alemán. El señor Apraiz, cervantista afanoso,
enriquece con varias curiosidades el estudio y culto del autor nacional. El
señor Franquesa y Gómez, se ocupa de una comedia inédita, sobre el tema
de Don Juan Tenorio, de don Alonso de Córdoba Maldonado.
Mario Schiff contribuye, en francés, con algo que
es de verdadera «sensación» para los eruditos y en especial para los dantistas.
El general Mitre de seguro tendrá en el asunto gran interés. Se trata nada
menos que del hallazgo en la Biblioteca Nacional de Madrid, de la primera
traducción de la Divina Comedia al castellano, la de don
Enrique de Villena, cuyo manuscrito habían considerado perdido investigadores
como Amador de los Ríos, el mismo Menéndez Pelayo, Cotarelo, y antes de ellos,
Pellicer. El señor Schiff, entre los papeles de la[260] colección
Osuna, en la Biblioteca encontró dicho manuscrito. Este consta de CCVIII hojas
de papel; contiene la Divina Comedia en italiano, escrita en
Italia y probablemente en Florencia; el explicit del Paraíso
tiene la fecha de 10 de noviembre de 1354.
El Inferno tiene al margen muchos
comentarios latinos, pocos el Purgatorio, ninguno el Paradiso.
También al margen está la versión española en prosa; según Schiff, la misma
mano que escribió los comentarios escribió la traducción. Por lo demás, la
letra del marqués de Santillán se reconoce en notas marginales y apostillas. El
traductor es de una fidelidad que llega al calco; con los elementos de
entonces, el marqués de Santillán tenía la misma «teoría del traductor» del
general Mitre. Es una versión la suya al pie de la letra; y a veces la prosa
sigue el ritmo del verso y aun el consonante. Como curiosidad, copiaré algo del
canto primero.
«Principia el actor Dante:
»1. En el medio del camino de nuestra vida, me
fallé por una espesura o silva de árboles oscura en do el derecho camino estaba
amatado.
»2. E quanto a dezir qual era es cosa dura, esta
selva salvaje áspera e fuerte, que pensando en ella renueva mi miedo.
»3. Tanto era amargo que poco más es la muerte; mas
por contar del bien que yo en ella fallé diré de las otras cosas que a mi ende
fueron descubiertas».
Y más adelante:
«27. Pues eres tú aquel Virgilyo y aquella fuente
que espandyo de fablar tan largo río, respondí yo a él con vergonosa fruente.
»28. O de los otros poetas honor e lumbre. Válame
agora el luengo estudio e gran amor que me fiz buscer los tus libros.
»29. Tú eres el mi maestro y el mi actor, tú eres
sólo aquel del qual yo tomé el fermoso estilo que ma fecho honor».
Y en el pasaje de Ugolino:
«1. La boca se levantó de la fiera viendo aquel
pecador... etc».
Algunas veces, la mala copia del escribiente
italiano hace cometer a don Enrique de Villena equivocaciones y traduce una
cosa por otra. Pero en todo caso, su traducción es de un inmenso precio, no
solamente para los eruditos, sino también para los críticos y poetas. Allí se
ve el verdadero valor de ciertas palabras correspondientes a la expresión
dantesca, y la necesidad de emplear hoy ciertos arcaísmos eficaces para
transparentar la fuerza o la gracia del divino poema.
Pero dejaré para otra carta algunos de los
principales trabajos de que consta el Homenaje a Menéndez Pelayo, pues hablar
de todos es poco menos que imposible en el espacio de que dispongo y dada la
índole de estas informaciones.
Sobresalen en el copioso homenaje a Menéndez Pelayo
otros trabajos de importancia. Con una corta introducción en latín, publica el
sabio Boehmer cuarenta cartas de Alonso de Valdés, todas inéditas: Alfonsi
Valdesii litteras XL ineditas—Marcellino, Immo Marcello—De vicennalibus
cathedrae gratulabundus—Trans partium fines offert—E clara valle Getmanie
Eduardus Boehmer. Es un verdadero regalo de erudito. Algo inédito, aunque
de un valor relativo, ofrece el señor Serrano y Sanz; dos canciones de
Cervantes, que no tienen otro mérito que la procedencia, y el haber sido
escritas en ocasión famosa, cuando la pérdida de la Armada. Comienza la
primera:
Vate fama veloz las prestas alas,
rompe del Norte las cerradas nieblas,
aligera los pies, llega y destruye
el confuso rumor de nuevas malas,
y con tu luz desparce las tinieblas
del crédito español que de ti huye, etc.
Y la segunda:
Madre de los valientes de la guerra,
archivo de católicos soldados,
crisol donde el amor de Dios se apura,
tierra donde se ve que el cielo entierra
los que han de ser al cielo trasladados
por defensores de la fe más pura, etc.
Persona de mucha erudición es el señor don Ramón
Menéndez Pidal, uno de los organizadores del homenaje. Contribuye con nutridas
notas para el Romancero del conde Fernán González, y da la agradable noticia de
que en breve tratará tan importante materia el insigne don Marcelino.
Un arabista de nota, don Francisco Pons, trata de
dos obras importantísimas del polígrafo árabe Aben Hazan. La una lleva por
título: Collar de la paloma acerca del amor y los enamorados, y es,
nos dice el expositor, una guía completa de estrategia erótica para cuantos
aspiran a los lauros del triunfo en las contiendas amorosas. El único ejemplar
que hoy se conoce de dicha obra, se halla en la biblioteca de la Universidad de
Leyden. La otra es el Libro de las Religiones y de las Sectas.
Es muy alabado entre autoridades competentes el
trabajo que aporta don Eduardo Hinojosa: El Derecho en el poema del Cid.
Es curiosa labor, y se necesita ciertamente gran paciencia de estudioso y amor
a estas disciplinas para realizarla. En ella están expuestos los episodios
del Poema que se relacionan con el Derecho, y se estudia la
obra toda en lo que tiene que ver con lo jurídico.
Don Cristóbal Pérez Pastor comunica datos
desconocidos para la Vida de Lope de Vega. Ellos vienen a aumentar los que el
mismo Menéndez Pelayo descubriera no ha mucho, y que, según dicen, le pusieron
en conflicto con la Real Academia. Parece que Lope resulta varón demasiado
alegre en su vida privada, y el director de la edición monumental de sus obras
cree que todo[263] debe publicarse, así el ilustre
fraile aparezca un poco galeoto y otro poco libidinoso. El conde de la Viñaza
nos habla de dos libros inéditos del maestro Gonzalo Correas, autor de que
trata escasamente Nicolás Antonio en su Bibliotheca Hispana Nova.
Se trata de un eminente estudioso, tocado de reforma ortográfica, y antecesor,
por lo tanto, del distinguido señor Kabezón, de Valparaíso, como se verá por
esta cita: «De la arte mía Griega ia se tiene esperienzia en esta universidad;
aora va mexorada i en romanze i kon la perfeta ortografía kastellana...»
De otra obra inédita escribe la señora Michaelis de
Vasconcellos, escritora portuguesa. Es un manuscrito perteneciente a la
biblioteca del señor Fernando Palha: Tragedia de la insigne reyna doña
Isabel, por el condestable don Pedro de Portugal. La eminente lusitana
prueba su largo saber y su fineza de criterio en sus observaciones y
comentarios al valioso códice cuatrocentista. Un buen estudio es el de Toribio
del Campillo acerca del Cancionero de Pedro Marcuello; es un
homenaje al mismo tiempo al sapiente y laborioso aragonés Latassa, que
enalteciera tanto las letras en su región. Cierra el primer volumen don Juan
García, tratando de antigüedades montañesas, aborígenes, cuevas, dólmenes y
etimologías de la provincia en que se asienta Santander.
La duquesa de Alba es muy amiga de Menéndez Pelayo.
Supo ella que se trataba de este homenaje y alentó al señor Paz y Melia, para
que ampliase un estudio comenzado sobre la Biblia llamada de la Casa de Alba, o
sea la traducción hecha por Rabi Mosé Arragel de Guadalfajara. La versión fué
hecha por pedido del maestre de Calatrava don Luis de Guzmán. El señor Paz y
Melia narra, apoyado en curiosa documentación, la génesis de la obra, y los
afanes del judío traductor, que no se resolvió a llevar a término su empresa
sino casi obligado por el señor cuyo vasallo era. Es de inestimable mérito este
estudio bibliográfico, y habría sido de gran valor para el[264] bibliógrafo
que en una sabia revista francesa acaba de publicar una monografía acerca
de Las Biblias españolas.
Llaman «el Menéndez Pelayo de Cataluña» a don
Antonio Rubio y Lluch, eminente amigo mío de quien hace algunos años hablé
en La Nación, con motivo de sus traducciones de novelas griegas
contemporáneas. Hay, en efecto, entre ambos muchos puntos de semejanza. Los
dos, compañeros en los primeros estudios, han tenido igual tesón en sus
preferidas tareas; los dos han seguido idénticos rumbos; los dos son ortodoxos
y conservadores; los dos profesores de Universidad, y los dos poseen dotes
cordiales y de carácter que les hacen ser queridos por compañeros, discípulos y
amigos. Rubio ha querido esta vez ofrendar a su ilustre colega un estudio sobre
la lengua y cultura catalanas en Grecia en el siglo XIV. La preparación de
Rubio en tal asunto puede asegurarse que es única. Conoce entre otras cien
cosas, admirablemente, el griego antiguo y el griego moderno: ha dedicado
largos años de su vida a profundizar sus investigaciones en archivos y
bibliotecas nacionales y extranjeros, y su reciente viaje a Grecia es una conmovedora
odisea en la historia de su vida tranquila y laboriosa. He oído la narración de
sus propios labios, cuando al pasar por Barcelona tuve el gusto de recibir su
amable visita. Cuando le vi entrar, no le reconocí. Está casi ciego, y esta es
la parte trágica del episodio. Contóme como había realizado un viaje a su amada
Hélade, enviado por la Diputación provincial barcelonesa. Iba lleno de ideas y
de bellos sueños artísticos, y con la ardiente voluntad de dedicarse a sus
duras labores de investigación en los archivos atenienses, cuando, al llegar,
repentinamente, sin causa reconocida, siente que todo se le hace sombra, ¡que
está ciego! Volvió a su patria y pudo ver escasamente, con un ojo; y, así,
cuando más necesitaba de luz, volvió a Grecia, trabajó allá con inaudito valor,
a riesgo de quedar definitivamente ciego, recogió los datos que[265] pudo, y retornó a Barcelona, en donde poco a
poco lleva a cabo la obra monumental que ha de ser entre las suyas la que más
contenga de su inteligencia y de sus probados esfuerzos. Un corto fragmento de
esa obra, según tengo entendido, es lo que en el homenaje aparece ofrecido a su
fraternal amigo Marcelino.
Si no existen en España sociedades como las
dantescas en Italia y las shakespearianas en Inglaterra, individualmente, el
cervantismo tiene muchos cultivadores. Hubo un tiempo en que los comentarios y
exégesis del Quijote y los temas referentes a Cervantes,
llegaron a convertirse en inocente manía.
No pertenece a ese género la contribución del señor
Eguilaz y Yanguas, notas etimológicas que aclaran y explican algunas palabras
usadas por el autor del Ingenioso Hidalgo. Muchos conocimientos lingüísticos
revela el señor Eguilaz; pero no he podido menos que recordar a mi querido
amigo el doctor Holmberg, en su célebre arenga sobre la filología del profesor
Calandrelli, cuando el erudito español afirma muy seriamente que la
palabra ajedrez se deriva de la voz sánscrita chaturanga.
El ilustre Federico Wolff envía desde Suecia un
capítulo sobre las Rimas de Juan de la Cueva, primera parte; y ofrece a su
«querido colega» una canción inédita del desventurado poeta. J. de Hann, desde
el colegio de Bryn Mawr, en Pensilvania, escribe con erudición insuperable y en
un castellano castizo sobre un tema que en la misma Península apenas cuenta en
lo moderno con las páginas documentadas de Cotarelo y los escritos
antropológicos de Salillas. Míster Hann diserta sobre Pícaros y
Ganapanes.
Se ocupa en un notable estudio de la filosofía de
Raimundo Lulio, don Julián Ribera, relacionando los orígenes de las doctrinas
del célebre mallorquín, con los trabajos análogos de un filósofo árabe,
Mohidin, sobre el cual discurre dilatadamente, también en este[266] mismo
volumen, don Miguel Asin. Extensa es asimismo la monografía del señor Lomba
sobre el rey Don Pedro en el teatro, y de un mérito aquilatado entre eruditos
lo que ha remitido el insigne Hübner acerca de los más antiguos poetas de la
Península. Es de llamar la atención cómo demuestra este sabio que el nacimiento
no significa nada para la nacionalización de un hombre ilustre. Séneca,
Quintiliano, Pomponio Mela, Columela y Marcial, naturales de España, no son
españoles sino romanos. Un autor inglés, dice, nacido casualmente en Bombay o
en Calcuta no forma parte de la literatura india. Así en nuestros días José
María de Heredia es un poeta francés y no cubano, o hispanoamericano. Hübner se
refiere en su trabajo, pues, a los poetas que en lo antiguo escribieron en
tierra española y cita dísticos o composiciones más largas latinas, que ha
copiado de epitafios y otras inscripciones.
El doctor don Roque Chabas, canónigo de la catedral
de Valencia, demuestra, con documentos irrefragables, que la condenación de las
obras de Arnoldo de Vilanova fué hecha con injusticia, apasionadamente y con
violación de las prescripciones canónicas. No es la primera vez que el doctor
Chabas se ocupa en el famoso teólogo, de quien dice Menéndez Pelayo que es
«varón de los más señalados en nuestra historia científica y aun en la general
de la Edad Media». Ya antes había publicado, en el Boletín de la Real
Academia de la Historia, el testamento de Arnoldo, de lo que habló el Journal
des Savants. El doctor Chabas es espejo de constancia y laboriosidad en tan
difíciles empresas, pero su talento y su buena suerte le hacen lograr
verdaderos triunfos, como el hallazgo que acaba de tener. Es algo de tal
importancia, que ha de hacer mucho ruido en el mundo de las academias y de los
eruditos y trabajadores de la historia. La Nación es el primer
periódico que da la noticia, pues en la Península no se ha publicado aún nada a
este respecto. El doctor Chabas ha encontrado[267] en
un archivo valenciano—creo que en el de la Metropolitana—hasta unas cuarenta
cartas de la familia Borgia, o Borja, en tiempo del pontificado de Alejandro
VI. El texto de ellas vendría a afirmar de nuevo la exactitud de la singular
vida de sensualidad y de escándalo que imperaba en la corte vaticana y en la
familia que produjo al duque de Gandía y al raro César, tan maravillosamente
retratado en versos de Verlaine. Quedará, pues, por tierra toda la labor de
Gregorovius, lo que no es poco. Hay una carta, de un picor especial, en que
Lucrecia, donna Lucrecia, comunica que «papá» está enojado, porque el joven
César no se preocupa mucho de cumplir con sus obligaciones nupciales... Y otras
de un inestimable precio.
Me han dicho que el obispo de Valencia quiso
prohibir al doctor Chabas la publicación de tan reveladores documentos. Este se
dirigió al cardenal Sancha exponiéndole el caso, e igual cosa hizo con el Padre
Santo. Tanto su eminencia como León XIII, le han autorizado, según tengo
entendido, para que haga la publicación, estimando que ello no trae consigo
ningún menoscabo a la religión y a la verdadera fe y moral cristianas. Ambos
han demostrado con esto que estamos ya muy lejos de cuando un fundador de Universidad,
el gran cardenal Ximénez de Cisneros, mandaba quemar códices árabes, como
Zumárraga códices mejicanos.
Pío Rajna contribuye con algunas observaciones
topográficas sobre la Chanson de Roland, escritas en italiano;
largamente se ocupa de la jurisdicción apostólica en España y el proceso de don
Antonio Covarrubias D. P. de Hinojosa; y Antonio Restori envía desde Italia un
curioso y ameno escrito acerca de un cuaderno de poesías españolas, que
perteneció a donna Ginevra Bentivoglio. Casi un verdadero libro dedica el señor
Rodríguez Villa a don Francisco de Mendoza, almirante de Aragón. El marqués de
Jerez envía a su amigo Menéndez Pelayo unas cuantas papeletas bibliográficas.
Don Juan Catalina[268] García escribe sobre el
segundo matrimonio del primer marqués del Cenete, cuya narración es de tal
manera interesante, que parece la fabulación intrincada y sentimental de una
novela; con el aditamento de detalles ultranaturalistas que claman por el
latín. Otro escritor italiano, Alfonso Miola, diserta sobre Un
Cancionero manoscritto brancacciano. Muy importante para arqueólogos y
estudiosos de historia es el tratado de Iliberis, o examen de los documentos
históricos genuinos iliberitanos, por el señor Berlanca. El señor Rodríguez
Marín se refiere a Cervantes y la Universidad de Osuna en un
copioso escrito. Don Pedro Roca ha ofrecido una muy erudita monografía sobre el
origen de la Academia de Ciencias; y don José María de Pereda cierra
pintorescamente esta fuerte labor de sabios con una narración: De cómo
se celebran todavía las bodas en cierta comarca montañosa enclavada en un
repliegue de lo más enriscado de la cordillera.
Tal ha sido el regalo que se ha hecho, a los veinte
años de cátedra, al moderno Erasmo español, a quien bien sienta el caluroso
elogio de Justo Lipsio: O magnus decum hispanorum!
EL MODERNISMO
28 de noviembre.
uede verse constantemente en la Prensa de
Madrid que se alude al modernismo, que se ataca a los modernistas, que se habla
de decadentes, de estetas, de prerrafaelistas con s, y todo. Es cosa que me ha
llamado la atención no encontrar desde luego el menor motivo para invectivas o
elogios, o alusiones que a tales asuntos se refieran. No existe en Madrid, ni
en el resto de España, con excepción de Cataluña, ninguna agrupación, brotherhood,
en que el arte puro—o impuro, señores preceptistas—se cultive siguiendo el movimiento
que en estos últimos tiempos ha sido tratado con tanta dureza por unos, con
tanto entusiasmo por otros. El formalismo tradicional por una parte, la
concepción de una moral y de una estética especiales por otra, han arraigado el
españolismo que, según don Juan Valera, no puede arrancarse «ni a veinticinco
tirones». Esto impide la influencia de todo soplo cosmopolita, como asimismo la
expansión individual, la libertad, digámoslo con la palabra consagrada, el
anarquismo en el arte, base de lo que constituye la evolución moderna o
modernista.
Ahora, en la juventud misma que tiende a todo lo
nuevo, falta la virtud del deseo, o mejor, del entusiasmo, una pasión en arte,
y sobre todo, el don de la voluntad. Además, la poca difusión de los idiomas
extranjeros,[270] la ninguna atención que por lo
general dedica la Prensa a las manifestaciones de vida mental de otras
naciones, como no sean aquellas que atañen al gran público; y después de todo,
el imperio de la pereza y de la burla, hacen que apenas existan señaladas
individualidades que tomen el arte en todo su integral valor. En una visita que
he hecho recientemente al nuevo académico Jacinto Octavio Picón, me decía este
meritísimo escritor: «Créame usted, en España nos sobran talentos; lo que nos
falta son voluntades y caracteres».
El señor Llanas Aguilaniedo, y uno de los escasos
espíritus que en la nueva generación española toman el estudio y la meditación
con la seriedad debida, decía no hace mucho tiempo: «Existen, además, en este
país cretinizado por el abandono y la pereza, muy pocos espíritus activos;
acostumbrados—la generalidad—a las comodidades de una vida fácil que no exige
grandes esfuerzos intelectuales ni físicos, ni comprenden, en su mayoría, cómo
puede haber individuos que encuentren en el trabajo de cualquier orden un
reposo, y al propio tiempo un medio de tonificarse y de dar expansión al
espíritu; los trabajadores, con ideas y con verdadera afición a la labor,
están, puede decirse, confinados en la zona Norte de la Península; el resto de
la nación, aunque en estas cuestiones no puede generalizarse absolutamente,
trabaja cuando se ve obligado a ello, pero sin ilusión ni entusiasmo». En lo
que no estoy de acuerdo con el señor Llanas, es en que aquí se conozca todo, se
analice y se estudie la producción extranjera y luego no se la siga. «Sin duda,
dice, no nos consideramos elevados a una altura superior, y desde ella nos
damos por satisfechos con observar lo que en el mundo ocurre, sin que nos pase
por la imaginación secundar el movimiento».
Yo anoto. Difícil es encontrar en ninguna librería
obras de cierto género, como no las encargue uno mismo. El Ateneo recibe unas
cuantas revistas del carácter[271] independiente, y
poquísimos escritores y aficionados a las letras están al tanto de la
producción extranjera. He observado, por ejemplo, en la redacción de la Revista
Nueva, donde se reciben muchas buenas revistas italianas, francesas,
inglesas, y libros de cierta aristocracia intelectual aquí desconocida, que aun
compañeros míos de mucho talento, miran con indiferencia, con desdén, y, sin
siquiera curiosidad. Demás decir que en todo círculo de jóvenes que escriben,
todo se disuelve en chiste, ocurrencia de más o menos pimienta, o frase
caricatural que evita todo pensamiento grave. Los reflexivos o religiosos de
arte, no hay duda, que padecen en tal promiscuidad.
Los que son tachados de simbolistas no tienen una
sola obra simbolista. A Valle Inclán le llaman decadente porque escribe en una
prosa trabajada y pulida, de admirable mérito formal. Y a Jacinto Benavente,
modernista y esteta, porque si piensa, lo hace bajo el sol de Shakespeare, y si
sonríe y satiriza lo hace como ciertos parisienses que nada tienen de estetas
ni de modernistas. Luego, todo se toma a guasa. Se habló por primera vez de
estetismo en Madrid y, dice el citado señor Llanas Aguilaniedo: «funcionó en
calidad de oráculo la Cacharrería del Ateneo, donde se recordó
a Oscar Wilde... Salieron los periódicos y revistas de la Corte jugando del
vocablo y midiendo a todos los idólatras de la belleza, por el patrón del
fundador de la escuela, abusándose del tema, en tales términos, que ya, hasta
los barberos de López Silva consideraban ofensiva la denominación, y se
resentían del epíteto. Por este camino no se va a ninguna parte».
En pintura el modernismo tampoco tiene
representantes, fuera de algunos catalanes, como no sean los dibujantes que
creen haberlo hecho todo con emplomar sus siluetas como en los vitraux,
imitar los cabellos avirutados de las mujeres de Mucha, o calcar las
decoraciones de revistas alemanas, inglesas o francesas. Los catalanes,[272] sí, han hecho lo posible, con exceso quizá, por
dar su nota en el progreso artístico moderno. Desde su literatura que cuenta
entre otros con Rusiñol, Maragall, Utrillo, hasta su pintura y artes
decorativas, que cuentan con el mismo Rusiñol, Casas, de un ingenio digno de
todo encomio y atención, Pichot y otros que como Nouell-Monturiol se hacen
notar no solamente en Barcelona sino en París y otras ciudades de arte y de
ideas.
En América hemos tenido ese movimiento antes que en
la España castellana, por razones clarísimas: desde luego, por nuestro
inmediato comercio material y espiritual con las distintas naciones del mundo,
y principalmente porque existe en la nueva generación americana un inmenso
deseo de progreso y un vivo entusiasmo, que constituye su potencialidad mayor,
con lo cual poco a poco va triunfando de obstáculos tradicionales, murallas de
indiferencia y océanos de mediocracia. Gran orgullo tengo aquí de poder mostrar
libros como los de Lugones o Jaimes Freire, entre los poetas, entre los
prositas poemas, como esa vasta, rara y complicada trilogía de Sicardi. Y digo:
esto no será modernismo, pero es verdad, es realidad de una vida
nueva, certificación de la viva fuerza de un continente. Y, otras
demostraciones de nuestra actividad mental—no la profusa y rapsódica, la de
cantidad, sino la de calidad, limitada, muy limitada, pero que bien se presenta
y triunfa ante el criterio de Europa: estudios de ciencias políticas, sociales.
Siento igual orgullo. Y recuerdo palabras de don Juan Valera, a propósito de
Olegario Andrade, en las cuales palabras hay una buena y probable visión de
porvenir. Decía don Juan, refiriéndose a la literatura brasileña, sudamericana,
española y norteamericana, que «las literaturas de estos pueblos seguirán
siendo también inglesa, portuguesa y española, lo cual no impide que con el
tiempo o tal vez mañana, o ya, salgan autores yanquis que valgan más que cuanto
ha habido hasta ahora en Inglaterra, ni impide tampoco que nazcan en Río de[273] Janeiro, en Pernambuco o en Bahía escritores que
valgan más que cuanto Portugal ha producido; o que en Buenos Aires, en Lima, en
Méjico, en Bogotá o en Valparaíso lleguen a florecer las ciencias, las letras y
las artes con más lozanía y hermosura que en Madrid, en Sevilla y en
Barcelona».
Nuestro modernismo, si es que así puede llamarse,
nos va dando un puesto aparte, independiente de la literatura castellana, como
lo dice muy bien Remy de Gourmont en carta al director del Mercurio de
América. ¿Qué importa que haya gran número de ingenios, de grotescos si
gustáis, de diletanti, de nadameimportistas? Los verdaderos consagrados saben
que no se trata ya de asuntos de escuelas, de fórmulas, de clave.
Los que en Francia, en Inglaterra, en Italia, en
Rusia, en Bélgica han triunfado, han sido escritores, y poetas, y artistas de
energía, de carácter artístico, y de una cultura enorme. Los flojos se han
hundido, se han esfumado. Si hay y ha habido en los cenáculos y capillas de
París algunos ridículos, han sido por cierto «preciosos». A muchos les
perdonaría si les conociese nuestro caro profesor Calandrelli, pour
l'amour du grec. Hoy no se hace modernismo—ni se ha hecho nunca—con simples
juegos de palabras y de ritmos. Hoy los ritmos nuevos implican nuevas melodías
que cantan en lo íntimo de cada poeta la palabra del mágico Leonardo: Cosa
bella mortal passa, e non d'arte. Por más que digan los juguetones ligeros
o los niños envejecidos y amargados, fracasa solamente el que no entra con pie
firme en la jaula de ese divino león, el Arte—que como aquel que al gran rey
Francisco fabricara el mismo Vinci, tiene el pecho lleno de lirios.
No hay aquí, pues, tal modernismo, sino en lo que
de reflexión puede traer la vecindad de una moda que no se comprende. Ni el
carácter, ni la manera de vivir, ni el ambiente, ayudan a la consagración de un
ideal artístico. Se ha hablado de un teatro, que yo creí factible[274] recién llegado, y hoy juzgo en absoluto
imposible.
La única brotherhood que advierto
es la de los caricaturistas; y si de músicas poéticas se trata, los únicos
innovadores son—ciertamente—los risueños rimadores de los periódicos de
caricaturas.
Caso muy distinto sucede en la capital del
principado catalán. Desde L'Avenç hasta el Pèl &
Ploma que hoy sostienen Utrillo y Casas, se ha visto que existen
elementos para publicaciones exclusivamente «modernas», de una élite artística
y literaria. Pèl & Ploma es una hoja semejante al Gil
Blas illustré, de carácter popular, mas sin perder lo aristo; y siempre en
su primera plana hay un dibujo de Casas, que aplauden lápices de Munich,
Londres o París. El mismo Per Romeu, de quien os he hablado a propósito de su
famoso cabaret de los Quatre Gats, ha estado
publicando una hoja semejante, con ayuda de Casas, y de un valor artístico
notable.
En esta capital no hay sino las tentativas
graciosas y elegantes del dibujante Marín—que logró elogios del gran Puvis—, y
las de algún otro. En literatura, repito, nada que justifique ataque, ni
siquiera alusiones. La procesión fastuosa del combatido arte moderno ha tenido
apenas algunas vagas parodias... ¿Recordáis en Apuleyo la pintura de la que
precedía la entrada de la primavera, en las fiestas de Isis? (Mét. XI, 8) Pues
confrontad.
UNA REINA DE BOHEMIA
23 de diciembre 1889.
n estos días ha venido a despedirse de Madrid
la célebre Mme. Rattazzi, que con el nombre de Barón Slock, dirige
en París la Nouvelle Revue Internationale, antiguas Matinées
espagnoles. Sin ser archimillonaria, esta señora, verdadera reina del país
de Bohemia, ha mantenido casa puesta durante mucho tiempo, en tres o cuatro
puntos de Europa. Conocida es en gran parte su curiosa vida. Poetisa,
novelista, periodista, mujer de mundo sobre todo, caprichosa y rara cuando se
le sube el Bonaparte a la cabeza, se ha casado tres veces y ha consagrado un
perpetuo culto al amor y al arte. Fué su primer marido el conde de Solms; el
segundo, el famoso hombre público italiano Rattazzi; el tercero, el español
señor de Rute.
Ya la princesa está muy vieja; con mucho trabajo
habrá debido resignarse a la tiranía del tiempo. Hoy viene a cerrar su casa
madrileña y a decir adiós a España, a la que tanto quiere. Anteanoche ha dicho
conmovida ese adiós, en verso, ante un concurso de amigos. Todavía tiene
energías para trabajar y vuelve a París a proseguir en su labor; pero ya no
verá más el cielo de España, ni volverá a escuchar las líricas salutaciones que
antaño le dirigiera Castelar. Su memoria está poblada[276] de
recuerdos singularísimos; su existencia toda ha pasado entre grandezas dichosas
y terribles tragedias.
Nieta de Luciano, y por lo tanto, sobrina del
emperador, ha recorrido en triunfo todas las cortes europeas, en tiempos en que
su belleza era cantada por los más gloriosos poetas. Si esta señora publicase
sus memorias, que es probable tenga escritas, serían de lo más interesante.
Posee autógrafos, artículos, versos, cartas amorosas de las primeras
personalidades de este siglo; y no sé hasta qué punto esté de acuerdo con
George Sand, que en una ocasión, a propósito de la publicación de las cartas de
Lamennais, la decía: «Yo pienso como Eugenio Sué, que los muertos continúan
amándonos, pero nosotros les debemos aún más de lo que nos deben, sobre todo, a
señalados muertos, tan ultrajados y calumniados en vida, por haber amado y
procurado el bien. El excelente Sué se inquietaba por las negligencias de
estilo de sus propias cartas y nos pedía las revisáramos. Si Lamennais hubiese
visto de nuevo las suyas, habría corregido también. En fin, yo contradigo aún a
nuestro pobre Sué, en esto: que debemos atenernos todos a no escribir una línea
que no pueda ser mostrada y publicada. No quiero pensar en lo que llegarán a
ser mis cartas. Quiero persuadirme de que cuando son íntimas no saldrán de la
intimidad benevolente». ¡La pobre Sand, que ha sido tan traída y llevada cuando
la publicación de su correspondencia, y no hace mucho, cuando la resurrección
del famoso Pagello! Eugenio Sué había escrito antes a María Letizia: «Creedme,
mi querida María, un hombre honrado no se ruboriza jamás de ver expuestas sus
opiniones, sus acciones, o sus pensamientos... Cuando escribe un hombre de
nuestra posición, un escritor, sabe bien que sus cartas son desgraciadamente
autógrafos y que, dentro de veinte o cuarenta años, serán entregadas
necesariamente a la curiosidad o a la simpatía, por la persona a quien han sido
dirigidas, o por sus herederos. Ya lo habéis visto[277] por
Balzac. A cada carta íntima que escribía a vuestra madre, le ponía a la
cabeza: Brûler, y vos obedecíais como ella a esta indicación,
mientras que las demás no tenían nada indicado, como si él adivinara el papel
posible que debían representar en tiempo más o menos lejano. Hay, sin embargo,
un caso, en que el silencio más escrupuloso se exige, por las simples leyes del
pudor, y es cuando las cartas han sido dirigidas a la mujer y no al escritor.
La mujer de letras es excusable siempre, loable a menudo, cuando busca hacer
conocer por su correspondencia a un amigo literario o político que haya
pertenecido a su salón; es censurable y poco delicado cuando turba el silencio
del cementerio por revelaciones amorosas».
La señora Rattazzi haría muy mal en no formar el
más interesante de los libros con tanto valioso documento como posee. Siendo
muy joven, tuvo el placer de que Alfredo de Musset la hiciera versos.
Sainte-Beuve fué uno de sus galanteadores y el viejo Dumas llegó, en días de
mayor gloria, a ser su amanuense, copiándole, ¡todo un drama! Con Ponsard,
el flirt es innegable como lo demuestra este soneto:
Hier dans votre sein, ma montre est descendue;
Le pays lui parut sons doute bien orné,
Car pour voir chaque site elle a tant cheminé
Que la pauvre imprudente à la fin s'est perdue.
Elle battait bien fort, vous l'avez entendue,
Mais vous ne saviez pas que j'eusse imaginé
D'y renfermer au fond mon cœur emprisonné;
C'était lui qui battait sur votre gorge nue.
Depuis ce temps, il bat d'un mouvement si vif,
Dans le cachot doré qui le retient captif,
Que ma montre en une heure achève la semaine.
C'est ainsi qu'à l'en croire il s'est passé des
mois
Depuis que je vous vis pour la dernière fois;
Il s'est passé pourtant une journée à peine.
En otros versos, Ponsard ronsardiza:
Lorsque vous atteindrez le bout de la carrière,
Vieillie et regardant longuement en arrière,
Quand vous n'entendrez plus le langage d'amour,
Vous puissiez retrouver dans ces feuilles fanées
Un peu du doux parfum de vos jeunes années,
Et dire: Je fus belle et bien aimée un jour.
Que fué muy bella lo dicen los retratos de sus
mejores épocas, los de su primera juventud y los de su plena lozanía. No ha
sido su hermosura majestuosa belleza de matrona clásica, sino belleza delicada
y fina, lo que expresa el delicioso vocablo francés mignonne.
Víctor Hugo estuvo enamorado de ella, y no hay duda de que los suyos son los
más valiosos autógrafos que conserva la anciana princesa. El poeta admiraba
toda su beldad, pero sentía singular predilección por el pie, que debe
indudablemente haber conocido al natural. Creo que me agradeceréis que os dé a
conocer aquí algunas de esas curiosas cartas que dejan ver un lado poco
conocido del gran lírico. Él llamaba a la princesa Rodope, y a sí mismo se
bautizaba, con modesta naturalidad, Esquilo.
«Hauteville-House, 13 de noviembre. ¿Seríais,
señora, bastante buena para decirme si La leyenda de los siglos,
que habéis recibido, es la que os he enviado, pues el honrado correo imperial
juzga a propósito interceptar la mayor parte de mis envíos? Algunos diarios que
por ello se han quejado, en el extranjero, tal vez han llegado a vos. En todo
caso, quizá os lleve el libro yo mismo, si Italia de aquí a entonces está ya
libre, como lo espero. Permitidme que, esperando el gran artículo prometido por
vos al público, os agradezca las veinte líneas encantadoras que habéis escrito
sobre La leyenda de los siglos. Y concededme, señora, la gracia de
besar vuestra mano, toda radiante de poesía. Pongo a vuestros pies todos los
homenajes de mi alma y de mi espíritu.»
«Querida y sublime Rodope, un pensamiento al
despertarme,[279] un pensamiento de recogimiento y
de adoración, al leer esas páginas tan tristes, tan melancólicas y tan dulces;
dejadme en este ensueño depositar un beso sobre vuestro pie desnudo, pues, como
dice Hesíodo, el pie desnudo es celeste. Si mi audacia os enoja,
castigad mi carta quemándola.»
«17 de julio. No me pidáis ni verso ni prosa;
pedidme, señora, que me conmueva hasta el fondo del alma por una carta como la
que recibo; pedidme que os admire, que os aplauda, que os contemple—de muy
lejos, ¡ay!—. Pedidme que comprenda que una mujer como vos es una obra maestra
de Dios. Los poetas no hacen sino Ilíadas; sólo Dios hace mujeres como vos; es
así cómo se demuestra. Todo lo que me decís me conmueve. No puedo pensar sin un
pesar melancólico, y casi amargo, en el lugar casi radiante en que me habéis
colocado en vuestra imaginación. Es la gloria, señora, semejante lugar; ¡y ello
hubiera podido ser mejor que la gloria!... Dejadme que me incline ante vuestra
soberanía de gracia, de belleza y de espíritu, y permitid que a la distancia, y
sin intentar franquear toda esta mar y toda esa tierra que nos separan, y
quedando en mi sombra, y replegándome en ella aún más profundamente y más
resueltamente, me ponga, en pensamiento al menos, a vuestros pies, señora.»
«Hauteville-House, 1.º de julio. Vuestro encantador
envío me llega, señora en medio de una nube de cartas políticas (algunas muy
sombrías), como una estrella en un torbellino. No sabría deciros con qué
emoción he visto ese deslumbrador retrato, que se parece a vuestro espíritu al
mismo tiempo que a vuestro rostro, y la graciosa firma que lo subraya; buscad
otra palabra que dé las gracias: je vous remercie no es
suficiente.»
«2 de enero de 1883. El sombrío Esquilo da las
gracias a la deslumbradora y divina Rodope. Las tinieblas están más que
nunca enamoradas de la estrella. Vuestros pensamientos y vuestras
cartas son perlas, de esas perlas[280] ardientes de
que habla el Korán. Sería preciso tener todo lo que vos tenéis, la dignidad
mezclada a la pasión, la gracia exquisita y el deslumbrante espíritu; sería
preciso ser vos misma, para que un hombre en el mundo pudiera creerse digno de
vos. Me parece que si estuviese cerca de vos, en vez de estar tan lejos, os
tomaría algo de vuestra alma, os robaría como Prometeo a los dioses, esa
llamada celeste que está en vos. Pero estás en Roma ¡ay! Dejadme en este
ensueño hablaros y evocaros... ¡Oh, señora! Quien dice grandeza dice franqueza,
y vos sois franca porque sois grande. Desde hace doce días espero el coup
d'Etat; espiaba y aguardaba... Hay que partir, ahora. Heme aquí de nuevo en
el torbellino, en el vaivén, en el movimiento continuo. Escribidme, escribidme.
Esquilo envía a Rodope toda su alma, todos sus ensueños.—Víctor Hugo.»
Ahora, en sus postreros años, todas esas cosas
viven en la memoria de la antigua beldad, como pétalos de una seca flor entre
las hojas de un viejo libro. La princesa, como he dicho, todavía va a Portugal,
a Turquía, a Austria, en jiras artísticas o periodísticas. Es la sombra errante
de su pasado. Además, ha sufrido durísimos golpes. Uno de ellos la muerte de
una hija, a quien amaba mucho. Estando en Aix-les-Bains, un ómnibus decapitó a
la niña que jugaba, cerca de la villa de la madre. Su hija Isabel, hija de
Rattazzi, se casó en España, y su marido está en un manicomio. Y como éste
muchos sufrimientos, muchas penas. Con esto paga a la suerte el ser de sangre
napoleónica y tener talento. Y admiro a esta gran bohemia, de familia imperial,
que ha sido bella y ha sabido defenderse de la vida, al amor de los versos y de
los besos.
EL CARTEL EN ESPAÑA
l escribir mis primeras impresiones de España,
a mi llegada a Barcelona, hice notar que una de las particularidades de la
ciudad condal era la luminosa alegría de sus calles, enfloradas en una
primavera de affiches. Así como en Buenos Aires se está aún con el
biberón a este respecto, en España no se ha salido de la infancia. León
Deschamps afirma que ello es en el arte en general y más especialmente en el
arte decorativo. El francés exagera. Le bastaría haber puesto los ojos en un
estudio recientemente publicado en la Revue Encyclopédique por
Mélida, para convencerse de lo contrario. Si algo hay que en este general
marasmo sostenga el espíritu antiguo de la gloriosa nación, es el arte. Las
exposiciones—aunque la última haya dejado que desear—se suceden copiosas,
sustentadas por el Círculo de Bellas Artes en Madrid y por el Concejo municipal
en Barcelona. Las pequeñas revistas ilustradas hacen lo que pueden por
desarrollar el gusto público. La arquitectura busca, en modelos nuevos,
amplitud y gracia. El arte decorativo alcanza notable vuelo en Cataluña. La
decoración teatral, cuyos Rubé y Chaperón han sido Busato y Amalio Fernández,
progresa a ojos vistas. El arte antiguo español tiene un núcleo de apasionados
en la Sociedad de Excursionistas; y en el Ateneo las cátedras de arqueología y
de historia del arte están muy bien mantenidas. Lo que hay es, como ya lo he
manifestado en vez anterior, que la protección de las clases ricas es nula, y
que el Gobierno[282] tampoco se ocupa, como en
tiempos de ilustres memorias, de favorecer la expansión de los talentos
españoles. En la última exposición fué de gran resonancia la compra de un
cuadro de Sorolla hecha por una dama de la aristocracia. No se dijo después de
esto, que ninguna alta personalidad de la Real Casa, o título rico, hubiese
hecho adquisiciones entre lo poco de mérito que había en el certamen que inició
la primavera y cerró la granizada colosal del pasado mayo, antes de término.
Pero, hablemos del cartel o affiche...
Desde hace largos años, los carteles vistosos se
han usado en España para anunciar las famosas ferias de Sevilla, de Valencia,
la fiesta de la Virgen del Pilar de Zaragoza, y corridas de toros en días de
gala.
Tales carteles no son desde luego del género de los
carteles comerciales de hoy. En ellos se procura ante todo llamar la atención
del transeunte con la reproducción criarde de los pintorescos
tipos de las provincias, o majas de ojos grandes y rojas sonrisas, toros y
toreros.
Como fondo puede verse ya la iglesia de la ciudad,
o el coso. Ultimamente se han visto carteles anunciadores de las exposiciones
de pinturas, de las fiestas del carnaval y para algunas representaciones
teatrales. Estos aún en número muy reducido, pero se va estableciendo la
costumbre.
En los carteles de torería ha predominado, como en
los de las fiestas provinciales, y, puede decirse, como en la mayor parte de
las nuevas tentativas, el grito hiriente de los colores, el llamamiento feroz
del color, con su tiranía engañosa; esta terrible potencia del color, que, como
dice Barbey D'Aurevilly, hace creer en la verdad de la mentira.
Con razón sorprende a Deschamps esta acentuación
del crudo colorido, y de los oros verdaderamente pronunciados. La falta de
originalidad es notoria, pero en esto no sólo en España, sino también en el
resto de Europa[283] se nota actualmente. Son
cuatro, son seis, pongamos diez, affichistas originales; los
demás combinan varios procedimientos, o imitan francamente tales o cuales
maneras. En el arte «moderno», en literatura como en todo, un aire de familia,
una marca de parentesco se advierte en la producción de distintas naciones,
bajo climas diferentes. El primitivismo, el prerrafaelismo inglés, ha
contagiado al mundo entero. El arte decorativo de William Morris y demás
compañeros se refleja en el arte decorativo universal desde hace algunos años.
Y en lo que al cartel se refiere, Aubrey Beardsley perdura en una falange de
artistas ingleses, norteamericanos y de otras partes. El mismo yanqui Bradley,
que tiene personalidad propia, no negaría la influencia del malogrado y
misterioso maestro. Dudley Hardy también ha extendido su sugestión a muchos de
sus contemporáneos. Y en Francia, basta con nombrar a Chéret para reconocer a
cada paso, en obras de otras firmas, la imitación o el calco de sus figuras, la
atracción de sus llameantes locuras de color. ¿En nuestros ensayos de Buenos
Aires no se ve la persecución de Mucha? Por lo tanto, no es de extrañar que
aquí sea el arte del cartel un arte de reflexión.
Hace algún tiempo una casa industrial muy conocida,
la que fabrica el más conocido aún anís del Mono, abrió un concurso para
anunciar su licor. Entonces se notó por primera vez que había en España una
cantidad de cartelistas bastante notables que antes no se sospechaba.
Aparecieron «trescientos monos haciendo trescientas mil monerías», como en los
clásicos versos. Pero el mono mejor, el que se llevó el primer premio, fué el
del catalán Casas, quien presentó dos carteles, con sus monos correspondientes
acompañados de dos españolas monísimas. En el uno el animalito
sobre un trípode, vierte a la chula, envuelta en un mantón lujoso de alegres
tonos, una copa de anís; en el otro la chula—¡precioso modelo, por vida
mía!—tiene en la diestra la copa[284] y con la
izquierda lleva asido a su mono. Casas es uno de los mejores artistas actuales
en España; con Rusiñol sostiene sabia y cuerdamente un modernismo bien
entendido, en la capital de su Cataluña. Se le señalan maneras imitadas de
autores extranjeros, y Deschamps escribe a propósito de una de sus últimas
producciones, Pèl & Ploma, los nombres de Ibels y de Lautrec.
Lo que hay es que tanto Casas como Rusiñol y los «nuevos» de la joven escuela
catalana, como los escritores, están al tanto de lo que en el mundo entero se
produce de las evoluciones del arte universal contemporáneo, y siguen lo que se
debe seguir del pensamiento extranjero; los métodos, como tan
sabiamente lo ha dicho en ocasión reciente y a propósito de otras disciplinas
en Buenos Aires el doctor Juan Agustín García hijo. Después se desarrolla la
concepción individual en el ambiente propio, en el medio propio. No otra cosa
encuentro yo en las obras artísticas y literarias del admirable artista de
Sitges.
Rusiñol ha hecho carteles dignos de nota, y que el
escritor francés de que he hablado juzga sin observación, con criterio más que
ligero, precipitado. Que Rusiñol sea un chercheur, perfectamente de
acuerdo. «Todos sus affiches son de aspecto diferente». Nego.
Le teatro artístico interior (sic) est un effet de nuit très
remarquable. ¿M. Deschamps no ha podido siquiera darse cuenta de lo que se
trata? Teatro artístico es el nombre del teatro libre que
quería Benavente fundar en Madrid; Interior, es el título de un
drama, cuyo autor es harto conocido en La Plume, de que es director
M. Deschamps, y cuyo nombre, en letras bien grandes, está al pie del
cartel: M. Maeterlinck. El «efecto de noche» es una delicada y
profunda rêverie en negro y violeta, si mal no recuerdo,
interpretación de la obra vaga y dolorosa del poeta belga. En todos los
carteles de Rusiñol su espíritu se transparenta, como en todas sus pinturas,
como en todo lo suyo, y aun siendo de manera distinta, por ejemplo, el[285] cartel de L'allegría que passa,
puesto que cada tema debe tener una interpretación diversa, se advierte que
también «pasa» por allí el mismo aliento de enfermiza poesía que en la visión
del ensueño del affiche de Oracions hecho en
colaboración con Utrillo, o en esa otra página de melancolía que anuncia el
bello libro de Fulls de la vida.
Riquer es un entusiasta. Ha fundado revistas
artísticas à l'instar de similares extranjeras y de la que
entre nosotros realizaría el sueño de Schiaffino, si existiera; Luz ha
sido una de ellas, y tuvo poca vida. Riquer conoce a maravilla el arte moderno.
Sus ilustraciones, sus dibujos le han dado aquí justa originalidad. En sus
carteles hay el mismo talento buscador y feliz. Es un hábil sinfonista del
color, así le haga detonar demasiado en sus graciosas combinaciones. Sus Crisantemas son
deliciosas en su claro origen sajón; Bradley mismo no tiene muchos carteles
superiores a éste; su figurita para las galletas y bizcochos de Grau y Compañía
es de un encanto innegable sobre su armoniosa decoración. A Utrillo se le
compara con Steinlen. No hay duda de que el hombre de Ferros d'Art y
la figura del Anuario Riera, pongo por caso, parecen de la mano del
artista parisiense; pero ¿la exquisita noya del cartel de las
aguas de Cardo? Utrillo es fuerte, es vigoroso; mas cuando un soplo
suave le llega, la gracia está con él.
Marcelino Unceta es especialista, como Pérez, en
corridas de toros. Sus picadores, sus potentes y cornudas bestias, sus espadas,
todas las gentes del circo nacional que hace vivir su talento pictórico, son de
primer orden. Pero sus carteles no corresponden bien visto a lo que se entiende
por pintura de affiche. Son figuras que pueden entrar en un cuadro
de género, tipos de estudio para verdaderas telas de composición.
A Xaudaró, el caricaturista, no le considero en la
misma línea de los cartelistas catalanes, aun de los nuevos como Gual, que
revela un brío y un talento que no se[286] discuten.
Xaudaró lleva al cartel sus mismas caricaturas; el eterno enano macrocéfalo, la
exageración del gesto, la deformación, no por cierto a causa de un exceso de
comprensión del dibujo. Sus bonshommes fatigan ya en su
incesante repetición. En la expectación del cartel resultan fuera de su centro;
se ve que se han salido de los álbumes de su autor o de las páginas
humorísticas de las revistas semanales. Navarrete sí merece mención, por su
franqueza de dibujo y su colorido—siempre con la nacional exageración
naturalmente—. Tanto él como casi todos los dibujantes de España han usado y
abusado de la línea gruesa que recorta la figura como el emplomado de los vitraux.
Desde la aparición de carteles que han dado a Alfonso Mucha su celebridad, esa
afición ha aumentado, como la de imitar al affichista de Sarah
Bernhardt la manera de desenvolver las cabelleras de sus figuras, como en
cintas y volutas.
Yo no he tenido la suerte de encontrar esos
carteles de que habla M. Deschamps—que desde luego no ha estado en España según
creo—en que pintores españoles han ensayado crear aquí un arte de cartel
nacional. Lo que he visto, sí, son muchos reflejos, muchas imitaciones, muchos
calcos. Buena voluntad no falta y talento sobra. No será una rareza que esa
creación buscada se realice. Desde luego se ve que en el cartel español se
salen de la rebusca del atractivo por la desnudez. No sé que motivo haya, como
no sea el eterno de la atracción del desnudo, para anunciar una máquina de
coser, unas píldoras o unas lámparas, con señoritas en cueros, como hace la
mayor parte de los cartelistas franceses. Pero aquí hay muchas bellezas que
reproducir halagando la mirada del público, en este país de hermosos rostros
femeninos y verdadero imperio de flores; Sattler tenía a su disposición el
ensueño en su país del Norte, para hacer florecer de una flor rara su affiche del
periódico Pan. ¿Qué cosas, al claro día, no puede decir la paleta
española, con la ayuda de la verdad de su sol?
LA NOVELA AMERICANA EN ESPAÑA
a escrito el novelista don José María de
Pereda una carta a un editor madrileño que se propone publicar una serie de
novelas de autores americanos, en la cual carta, después de aplaudir la
empresa, hace declaraciones que conviene notar. Desde luego, el desconocimiento
que existe en la Península de todo el movimiento literario de las repúblicas
hispanoamericanas. Después la afirmación de que la novela americana existe; o
más bien, de que hay novelistas americanos a quienes él pone sobre su cabeza.
El desconocimiento de que habla el célebre escritor montañés es
centuplicadamente mayor que lo que él supone, no sólo en lo que tiene que ver
con la literatura, sino con la vida política y social y aun con la más
elemental geografía. Y no me refiero al vulgo, o gentes de cultura
rudimentaria, sino a personas de valía mundana y hombres de ciencia, artes y
letras. Toda América es tierra caliente; lo que si para París es
excusable, no lo puede ser por motivo alguno para el país que nos ha enviado
con sus conquistadores, su habla, su religión, sus buenas cualidades y sus
defectos. He conocido parisiense de París, literato y orientalista, para quien
no tenía secretos el más modesto personaje del Ramayana, pero que de San Martín
y de Bolívar no[288] sabía sino que el uno era un
santo y el otro un sombrerero. La ignorancia española a este respecto es más o
menos como la de un parisiense. Nuestros nombres más ilustres son completamente
extraños. Por lo general, en política, la erudición llega a Rosas. Diario
importante ha habido que al publicar una noticia de la reciente guerra
boliviana la ha encabezado con toda tranquilidad: La guerra de Chile.
En la conversación, podéis oir que se confunden el Brasil, el Uruguay, o el
Paraguay con Buenos Aires. Y en literatura, todo lo nuestro es
irremediablemente tropical o cubano. Nuestros poetas les evocan un pájaro y una
fruta: el sinsonte y la guayaba. Y todos hacemos guajiras y tenemos algo de
Maceo. Tal es el conocimiento. No exagero.
«Introdúzcanse, popularícense aquí las obras
literarias de nuestros consaguíneos de allá, dice amablemente el señor Pereda,
y las corrientes intelectuales de simpatía y de afecto serán dobles y
recíprocas, y, por tanto, más poderosas. Yo me honro con la amistad de muchos
escritores hispanoamericanos, vivo con ellos en frecuente trato epistolar, y
por eso sé lo que en España pensamos de sus respectivas naciones cuantos aquí
las conocemos por sus libros, espejos fieles de su cultura y de sus tendencias.
Hablando sólo de novelistas, porque solamente de ellos se trata ahora, afirmo
sin vacilaciones, que cuentan las mencionadas Repúblicas con algunos
tan buenos como los mejores de Europa, etc». La buena voluntad es
manifiesta en el hidalgo. Él ha querido quizás decir «como los mejores de
España»; pero aun así, la lisonja no pierde su aumento. Desde los tiempos de la
conquista a esta parte, son raros los americanos que han podido ocupar en
España un alto puesto intelectual. Además, los que han figurado han sido más
españoles que americanos, puesto que no han debido su americanismo más que al
azar del nacimiento. Colocar a don Ventura de la Vega entre los poetas
argentinos, vale tanto como incluir entre los poetas cubanos a José María de
Heredia,[289] de la Academia Francesa. Baralt
residió casi toda su vida en España, si mal no recuerdo. El cardenal Moreno
nació en Guatemala; pero el primado no era por cierto guatemalteco. El general
Riva Palacio se mezcló con los españoles; pero por más que lo intentara,
prevalecía el perfume del pulque nativo ante el olor del jerez adquirido. Su
españolismo era de diplomacia. Los glóbulos de sangre que llevamos, la lengua,
los vínculos que nos unen a los españoles no pueden realizar la fusión. Somos
otros. Aun en lo intelectual, aun en la especialidad de la literatura, el
sablazo de San Martín desencuadernó un poco el diccionario, rompió un poco la
gramática. Esto no quita que tendamos a la unidad en el espíritu de la raza.
Pero, volviendo a la afirmación del señor de
Pereda, y haciendo todos los esfuerzos posibles para mostrarme optimista, no
diviso yo, desde Méjico hasta el Río de la Plata, no digo nuestro Balzac,
nuestro Zola, nuestro Flaubert, nuestro Maupassant, (¡oh, perdonad!) sino que
no encuentro nuestro Galdós, nuestra Pardo-Bazán, nuestro Pereda, nuestro
Valera. A menos que saludemos a Pereda en el señor Picón Febres, de Venezuela,
y a doña Emilia en la señora Carbonero, del Perú. En todo el continente se ha
publicado, de novela, en lo que va de siglo, y ya va casi todo, una
considerable cantidad de buenas intenciones. Del copioso montón desearía yo
poder entresacar cuatro o cinco obras presentables a los ojos del criterio
europeo. La novela americana no ha pasado de una que otra feliz tentativa.
La María del colombiano Jorge Isaacs es una rara excepción. Es
una flor del Cauca cultivada según los procedimientos de la jardinería
sentimental del inefable Bernardino. Es el Pablo y Virginia de
nuestro mundo. No sé si Büchner o Molleschott, envió a Isaacs una felicitación
entusiasta: y el sabio Dozy se manifestó conmovido. Dos generaciones americanas
se han sentido llenas de Efraimes y de Marías. Lo cierto es que en esa ingenua
y generosa fabulación[290] hay un indecible encanto
humano, de frescura juvenil y de verdad, que si al llegar al medio del camino
de la vida nos hace sonreir, cuando no nos hace suspirar, en los años
primaverales es un delicioso breviario de amor. Pero fuera de la María de
Isaacs, que el señor Pereda califica con mucha intención de novela del «género
eterno», fuera de ese idilio solitario ¿qué nos queda? En la República
Argentina se ha cultivado la novela. Se ha cultivado, sí. ¿Y el producto?
Saludo con respeto la novela del doctor López; pero, con muchísimo respeto la
coloco a un lado. No me parece que pueda pretender la representación de la
novela americana. Mi pobre y brillante amigo Julián Martel realizó el plausible
esfuerzo de La Bolsa, obra llena de talento, de promesas, de vida,
pero pastiche. El autor de los Silbidos de un vago forma
con sus novelas un grupo aparte. Es de lo más valioso en las letras argentinas
esa producción a la diabla, vibrante, valiente, chispeante; pero a la cual
falta la gloria del arte, virtud de inmortalidad. Apoyado por Zola, Antonio
Argerich escribe una novela; otra tentativa. Carlos María Ocantos escribe
novelas absolutamente españolas cuyo argumento se desarrolla en Buenos Aires.
Nos queda una obra de resonancia: Amalia de Mármol. Quitadle
su valor histórico, su alcance político, su base de «episodio nacional».
Encontraréis que el furioso y admirable yámbico resulta un mediocre novelador.
Las novelas de Groussac son novelas europeas por todo sentido, y la primera
razón es que el autor es un europeo. Grandmontagne con su trilogía realiza, o
anuncia, lo que puede ser mañana la novela argentina. Para mí el primer
novelista americano o el único hasta hoy ha sido el primer novelista argentino:
Eduardo Gutiérrez. Ese bárbaro folletín espeluznante, esa confusión de la
leyenda y de la historia nacional en escritura desenfadada y a la criolla,
forman, en lo copioso de la obra, la señal de una época en nuestras letras. Esa
literatura gaucha es lo único que hasta hoy puede atraer la curiosidad[291] de Europa: ella es un producto natural,
autóctono, en su salvaje fiereza y poeta va el alma de la tierra. El poeta de
ese momento embrionario es Martín Fierro, y en esto estoy absolutamente de
acuerdo con el señor de Unamuno.
Chile ha tenido también cultivadores, pero ninguno
de los que han pretendido hacer novela chilena ha vencido al viejo Blest Gana.
Sin embargo, Blest Gana, escritor sin estilo, fabulador de poco interesantes
intrigas, está ya casi olvidado. Su novela no es la novela americana. Surge
ahora en Chile un talento joven que es firme esperanza; ha demostrado la
contextura de un novelista de base nacional, sostenido por la precisa cultura,
la necesaria cultura, sin la cual nada será posible; me refiero al hijo de Vicuña
Mackenna, a Benjamín Vicuña Mackenna Subercasseaux, de nombre un poco largo
para nombre de autor. Del Perú no conozco novelista nombrable, aunque hay
buenos cuentistas entre los jóvenes literatos, lo que no es poco. Ricardo Palma
ha podido realizar una obra que habría completado su fama de tradicionista: la
novela de la colonia. Lo propio el boliviano Julio L. Jaimes, cuyas
reconstrucciones del buen tiempo viejo de Potosí demuestran su maestría en esos
asuntos. Venezuela ha tenido novelistas locales, cuya obra total se esfuma ante
un solo cuento de Díaz Rodríguez. Este escritor podría darnos la novela
venezolana, americana; pero se queda en su jardín de cuentos, de innegable
filiación europea. En Colombia los que han escrito novelas forman legión. Colombia
es el país de la fecundidad, en talento, en mediocridad, en todo. Por algún
lado allá todo el mundo es Tequendama. Pues entre toda la balumba de novelas
colombianas tan solamente florece para el mundo, orquídea única de esos tupidos
bosques, la caucana María. Ultimamente un escritor de combate,
artista leonino, malgré lui, ha escrito una novela-poema, con la
inevitable mira política. Hablo de Vargas Vila. En Centro[292] América
sólo hay dignos de cita José Milla, autor de varias curiosas novelas de
argumento colonial, escritor de ingenio muy castizo, persona grata seguramente
al señor de Pereda; Salazar y Enrique Gómez Carrillo, todos guatemaltecos de
nacionalidad, pero el primero, fruto legítimo de España, el segundo saturado de
Alemania, el tercero parisiense de adopción y vecino del Boul' Mich. En Méjico,
como en Colombia muchos novelistas han surgido, desde Altamirano hasta Gamboa;
pero la novela mejicana se espera aún.
Ya ve el señor de Pereda que su bondad es un tanto
abultadora. Nuestro organismo mental no está constituído todavía, y si en
lírica podemos presentar dos o tres nombres al mundo, toda la novela americana
producida desde la independencia de España hasta nuestros días no vale este
solo nombre, por otra parte poco simpático para mí: Benito Pérez Galdós.
Una novela americana acaba de publicarse en Madrid,
de la cual quiero hablar a los lectores de La Nación. Todo
un pueblo. Su autor es Miguel Eduardo Pardo, venezolano, residente en
París, y que ha vivido por algún tiempo en esta Corte. El libro es una obra de
bien y de valor. Alguien ha dicho que en vez de llamarse Todo un pueblo,
debería ser todo un continente. En efecto, con la excepción de los
dos pueblos cuerdos que van a la cabeza de la América española, el resto puede
reclamar como retrato propio el libro de Pardo. Se trata del famoso South
America, un South America que se extiende hasta la
frontera de los Estados Unidos. Yo no sé si su autor ha querido ponernos a la
vista su Venezuela; pero por más de un retrato hecho a lo vivo, se sacaría por
consecuencia que sí. Mas lo que pasa en las doscientas y tantas páginas del
libro puede tener por escenario más de un país americano que conozco. Es la
lucha del espíritu[293] de civilización con un
estado moral casi primitivo que permite el entronizamiento del caudillaje en
política, del fanatismo en religión, y en lo social de una vida, o retardada en
la que confina con la choza de antes, o advenediza hasta producir ese fruto de
exportación único y de legítima procedencia hispanoamericana: el
rastaquouere. En este libro de literato hay el pensamiento de un sociólogo.
La tragedia que anima la narración tiene por escenario un pedazo de esas
Américas cálidas, con sus ciudades semicivilizadas y sus campañas pletóricas de
vida, sembradas de bosques en que impera la más bravía naturaleza y en donde se
refugia el alma del indio, el alma libre del indio de antaño, afligida de la
opresión y decaimiento de los restos de tribus del indio de ahora. Y es la
preponderancia de los descendientes de los conquistadores, de los mestizos
enriquecidos; el producto de la raza de los aventureros y hombres de presa que
llegaron de España y la raza indígena, que dió por resultado «una sociedad sin
génesis bien esclarecido», que tuvo como las sociedades europeas su
aristocracia, su clase media y su plebe. La primera, más anémica y por ende
menos copiosa que la abundante clase media, engendró seres degenerados y
enclenques los cuales seres, creyendo a pie juntillas en su alcurniada
descendencia, se proclamaron de la noche a la mañana raíces, ramas, flores y
capullos de aquellos árboles egregios que fueron orgullo genealógico del pueblo
que por casualidad hizo nido en las montañas de la egregia Villabrava.
Villabrava, como he dicho, puede estar en la república americana que el lector
guste. En política es esa interminable serie de revueltas, motines, asesinatos,
pandillajes, asonadas, pronunciamientos; los feroces coronelotes zambos y los
crueles generalotes indios; el aventurero que logra en países semejantes altos
puestos públicos, a fuerza de habilidad y audacia; los oradores de oratoria
rural, los diputados fantoches y guapetones, ¡y La Patria! ¡La
Libertad! ¡El 93! ¡Los derechos[294] del
hombre! la Prensa grotesca, adulona o de presa; los distinguidos
personajes que rodean a su excelencia; la policía de verdugos; los vicios
desbragados al son de las bandas palaciegas... ¡oh!, es eso de un pintoresco de
opereta que mezcla lo terrible con lo bufo. Pues bien, de eso hay mucho en el
decorado de la obra de Pardo; y en el fondo el problema de la regeneración, o
mejor, de la verdadera civilización de esas comarcas. Claro es que en la fábula
debía haber su llama de amor, y la hay; es la lámpara que arde en su pureza
entre las agitaciones del cómico y sangriento carnaval. Pardo es escritor de
prosa violenta, algo desenfadada, pero se ve que ama el arte por los lujos
verbales que ostenta el caballo en que un duque puede entrar en la iglesia,
lleva herraduras de plata. Sobre las rocas de su tierra deja un reguero de
bellas chispas.
LA CRÍTICA
Madrid, 1899.
ace algún tiempo decía Leopoldo Alas: «En
literatura estamos muy mal. Muchos no lo notan siquiera, o porque su grosera
naturaleza no da importancia a lo espiritual, no siendo de interés egoísta, o
por falta de gusto y de inteligencia; otros sí lo notan... pero quieren ganar
amigos, no perderlos, y hacen como si creyeran que todo va perfectamente.
Censuras generales, anodinas, que no ponen el dedo en la llaga ni comprometen,
eso sí; todo lo que se quiera. Pero censura directa, concreta, personal,
con motivo de este autor, de esta obra ¡oh! nadie se atreve. Hablo de la
censura bien intencionada, imparcial, desapasionada, por amor al arte. No llamo
censura a los gritos del rencor, de la enemistad, de la burla baladí, que todo
lo mancha y pisotea por dar que reir a los malvados, a los imbéciles y a los
envidiosos. Ruindades y cascabeles de bufón inmoral, casi inconsciente en sus
injusticias de Momo, no faltan. Alardes de procaz insulto, de falta de respeto
a ideas y legítimas autoridades, abundan; pero eso ¿qué tiene que ver con la
crítica honrada, concienzuda, edificante?»
El señor Alas se refiere, como veis, a la crítica
que censura; yo encuentro iguales o más lamentables tachas en la crítica que
quisiera tender a sociológica; en la crítica[296] que
admira. Pero ante todo, ¿existe la crítica española? Un amigo escritor me
contestaba:
«Crítica, no hay; hay críticos.» Desde mi llegada
he buscado en libros y periódicos alguna manifestación nueva. Los pocos
reconocidos como maestros callan, o porque los órganos principales no solicitan
sus opiniones o porque el desencanto les ha poseído. Valera prefiere volver a
la novela; Balart hacer versos de cuando en cuando; Clarín, el más
militante de todos, escribe paliques en vez de ensayos, porque los paliques se
los entienden. En las publicaciones de cierta autoridad, revistas e
ilustraciones, ejercen unos cuantos veteranos anónimos, cuyas palabras no
encuentran el más débil eco; extraen sus pensares de antiguas alacenas, los
exponen a propósito de cualquier tópico y los vuelven a guardar. Los hay que
tienen cierto nombre como eruditos en materias especiales; pero a uno de éstos
he visto juzgar en la revista más seria de España, y en cuatro líneas, como
obra mediana y de autor que promete, el magistral Del Plata
al Niágara—de Groussac—, y deleitarse en el espacio de dos o tres páginas
con cualquier producto nacional, que entre nosotros apenas lograría ser
mencionado en la sección bibliográfica de un diario.
Ciertamente, de Larra a estos tiempos, la crítica
en España ha tendido a salir de la estrechez formalista y utilitaria. Quedan
rezagos de la época hermosillesca y dómines tendenciosos, a quienes mataría una
ráfaga de aire libre. Las pocas figuras sobresalientes en la mediocridad común
han conseguido hacer entrar alguna luz tras muchos esfuerzos; pero esos rayos
quedan aislados. La crítica tiene que encogerse, tiene que rebajarse para ser
aceptada. No se demuestra la voluntad de pensar, en ninguna clase de muntales
especulaciones. Y Luis Taboada dice una corrosiva verdad—que me permito creer
de terrible intención—cuando afirma que en España entre «el señor de Ibsen» y
él, él. Así os explicaréis que Clarín siga en una incontenible
exuberancia de paliques,[297] y que ese grotesco y
distinguido gramático de Valbuena tenga lectores.
Hay que advertiros que en revistas y diarios,
apartando los nombres célebres que conocéis, todo escritor, malo o bueno, es
crítico. La tendencia que entre nosotros se acentúa, y que en todo país culto
es hoy ley del especialismo, es aquí nula. Todo el mundo puede tratar de
cualquier cosa con un valor afligente. ¿Hay que dar cuenta de una exposición
artística, que juzgar a un poeta o a un músico, o a un novelista?—El director
de la publicación confiará la tarea al primero de los reporters que
encuentre. Aquí no hay más especialistas que los revisteros de toros; los
cuales revisteros también hacen crítica teatral, o lo que gustéis, con la mayor
tranquilidad propia del público.
Pero hay autoridades notorias. Ante todo Menéndez
Pelayo, cuyas preocupaciones de ortodoxia no han impedido que sea el más amplio
al mismo tiempo que el más sólido criterio de la literatura española en este
siglo. Es una vasta conciencia, unida a un tesón incomparable. Hace algunos
años he tenido ocasión de tratarle íntimamente, cuando vivía en su departamento
del hotel de Las Cuatro Naciones. Hacía vida mundana, no faltaba a las
reuniones de sociedad; tenía su cátedra; y sin embargo, le sobraba tiempo para
escribir en varias revistas, informarse de los libros en cuatro o cinco
idiomas, que llegaban del extranjero, y proseguir en su labor propia, en la
producción de tanta obra saturada de doctrina, maciza de documentación,
imponente de saber y de fuerza. Es el enorme trabajador de los Heterodoxos y
de las Ideas estéticas. Creo que abandonó su antiguo proyecto de
escribir una Historia de la literatura española. Su labor realizada vale
verdaderos tesoros, que son desde luego más estimados en su justo valer en el
extranjero que en España; fuera se pesan su ciencia y su conciencia; aquí se
admira su fetiche, y se le coloca entre varias beneméritas momias.
Entregado a estudios universales, a labores de
dificilísima erudición, la crítica de Menéndez Pelayo no se aplica a la
producción actual, como no sea a trabajos que tengan relación con sus señaladas
disciplinas. Encerrado en la Biblioteca Nacional, cuyo director es, continúa en
sus tareas benedictinas, lejos de las agitaciones cuotidianas y en relación tan
sólo con los eruditos y sabios de otros países.
Don Juan Valera, en sus últimos años, ha vuelto a
la novela. No se lee más aquella sabrosa crítica suya en que las ideas
expresadas no tenían tanto valor como la manera de expresarlas. No es esto
decir que el famoso trabajo sobre el Romanticismo en España, o sobre el Quijote,
carezca de vigor ideológico; pero su manera, que desenvuelve tan gratamente las
más sutilísimas complicaciones, ha sido el principal distintivo de su
excepcional talento. Su cultura es mucha, y posee esa cosa hoy muy poco
española en el terreno de la crítica: distinción. Lo cual no obsta a que a
través de la trama de sus discursos aparezca cierta fina malignidad, un buen
humor picaresco, que suele dar a los más calurosos elogios una faz de burla. Y
esto es de tal modo, que los enconados o los envidiosos suelen ver aún en los
más sinceros aplausos de don Juan, un sentido oculto y desventajoso para los
que él cree dignos de su alabanza.
Lo cierto es que tiene singular habilidad para
manejar contradicciones y recrearse recreando con paradojas. Teje alrededor de
una idea complicadas redes, traza ingeniosos laberintos en donde él camina con
toda holgura y sin peligro, mientras sus lectores poco avisados caen en la
trampa o juzgan salir del enredo cuando más en él se internan. Y no obstante,
yo creo en la lealtad de sus opiniones. A este respecto le encuentro mucho de
semejante con Anatole France.
Leopoldo Alas, o sea Clarín, ha sufrido
la imposición de un público poco afecto a producciones que exijan la[299] menor elevación intelectual. Clarín ha
demostrado ser un literato de alto valer, un pensador y un escritor culto, en
libros y ensayos que fuera de su país han encontrado aprecio y justicia;
mientras los lectores españoles no han podido sino gustar sus cualidades de
satírico, obligándole así a una inacabable serie de charlas más o menos
graciosas, en que, para no caer en ridículo, tiene que desperdiciar su talento
ocupándose generalmente de autores cursis, de prosistas hueros y poetas
«hebenes». Taboada en el Parnaso. Y ese es el autor de páginas magistrales como
sus antiguas Lecturas, o su ensayo sobre Baudelaire, o
el de Daudet y tantos otros. En América se tiene por esto una
idea falsa de Leopoldo Alas. Este es un hombre serio: desde hace mucho tiempo
doctor en derecho y profesor de Oviedo, y entregado siempre a lecturas graves y
poco risueñas. Mas tiene que reir y hacer reir a tontos y a malignos, so pena
de no colocar sus estudios de médula y enseñanza: pues como lo acaba de decir
un diario—El Liberal—, el «Madrid Cómico va en camino de ser
el primer periódico literario de España». Claro está que el señor Alas escribe
esos artículos con una precipitación febril que se ve claramente en cada uno de
ellos, y así se explica que algunas dos veces haya confundido en el Madrid
Cómico a Richepin con... Montepín, y haya hecho la célebre comparación
entre Flaubert, Eberts y Anatole France, con el Valera de Morsamor. Clarín,
pues, actualmente, no escribe crítica, como no sea para el extranjero. ¡Aquí,
lo que pagan bien son paliques: pues paliques!
El señor Balart también hace mucho tiempo que no
critica. Este escritor, cuya fama de poeta ha oscurecido su renombre de
crítico, ha sido comparado con Lemaître y France a título de impresionismo. En
mi entender, no ha habido en el señor Balart más que una nueva faz del eterno
pedagogo autoritario, que se conmueve reglamentariamente y falla en última
instancia sobre todas las estéticas; y así como su censura es estrecha, su
elogio[300] es desmesurado. Se le ve en ocasiones
pasar impasible ante una manifestación artística, ante una idea llena de
novedad y de belleza, y cantar los más sonoros himnos a la mediocridad
apadrinada, o a lo que por algún lado halaga sus tendencias personales, sus
propios modos de ver. Se celebran sus críticas de arte, y jamás ha demostrado
en tales asuntos sino la más completa chatura, la «flatitud» de un criterio
áptero, impermeable a toda onda de arte puro. Viene de los antípodas de un
Ruskin. Yo no me explico la conquista de su autoridad a este respecto sino por
la falta de competencias y por la inconmovilidad con que la mayoría se deja
imponer toda suerte de pontificados. La misma minoría intelectual no protesta
sino en voz baja, y, sin fuerzas tampoco para poder imponerse, deja que la
corriente siga.
Como crítico de arte sobresale Jacinto Octavio
Picón, el novelista cuyo último libro sobre Velázquez ha tenido muy buena
acogida en España y fuera de España. Su crítica teatral ha tenido también una
época de boga. A este respecto se distingue entre todos sus colegas, el crítico
de El Español, señor Canals. Al menos es quien trata con más
certidumbre y más entusiasmo las obras de que le toca dar cuenta en su tarea
periodística.
Podría señalar algunos otros nombres como el del
señor González Serrano—después de recordar la pérdida que sufrió el pensamiento
español con la muerte del catalán Ixart—, pero sería la revista harto larga. En
la juventud surge hoy una que otra esperanza, y no es poco lo que ha de dar en
un cercano porvenir cerebro tan bien nutrido y generoso como el del autor
de Alma Contemporánea, Llanas Aguilaniedo, cuyos comienzos han
entusiasmado al mismo descontentadizo Clarín. Llanas es un
estudioso y un reflexivo. Comprendo lo grave que encierra el trabajo de pensar
y de juzgar. Hay una luz individual que él ha descubierto dentro de su propio
espíritu, y siguiendo el consejo de Emerson, la persigue. En lo moral, en lo
intelectual, cultiva la buena virtud[301] de la
higiene. Llega a una época en que, si sabe dirigir su propia voluntad, hará
mucho bien a la nueva generación de su país. No es su libro primigenio, sino la
apertura de una larga vía. En esas páginas hay mucho justo y original y no poco
reflejo e injusto. Pero el esfuerzo supera a todo lo que sus compañeros han
producido. Antes que él está Martínez Ruiz, curioso y aislado en el grupo de la
juventud española que piensa. De él he de tratar en otra ocasión, como del
vasco nietzschista Ramiro de Maeztu, que está llamando la atención de los que
observan, por su fuerza y su singularidad.
LA JOVEN ARISTOCRACIA
uando el rey de España recibe a los nuevos
grandes que deben cubrirse delante de él, es costumbre que cada cual diga unas
cuantas frases en que, después de recordar la gloria de sus antepasados y el
timbre de sus blasones, ofrezca al monarca sus servicios y protestas de
lealtad. Sorprendió hace algún tiempo el discurso de cierto joven grande de
España, que más o menos, dijo a la reina estos conceptos: «Señora, mis abuelos
fueron mis abuelos y su gloria es de ellos; yo soy ingeniero y mi título y mi
trabajo es lo único que puedo poner a los pies de vuestra majestad». Lo
llamativo y simpático de la nota, despertaba en la generalidad este pensar:
«¡Hay, pues, nobles que trabajan!» La sorpresa era justa. Es un hecho
reconocido que en nuestras sociedades modernas, según la frase reciente de M.
de Montmorand, ce qui caractérise le noble, c'est son oisiveté, son
inaptitude au travail.
En todas partes, y por su propia culpa, la nobleza
ha perdido terreno.
Las necesidades de la vida actual, el desarrollo
del comercio, las ambiciones de la gran burguesía, han trastornado un tanto los
armoriales: y el día en que un Rothschild ha sido ennoblecido a causa de su
dinero, el espíritu de Dozier flotó sobre las salazones de Chicago.
Desacreditada y todo, la nobleza impone sus pergaminos.[303] Las
señoritas adineradas de los Estados Unidos, y por no quedarnos atrás, algunas
de la América del Sur, pagan a buen precio el derecho de poder ostentar una
corona marcada en su ropa blanca, o pintada en la portezuela del carruaje. En
nuestras democracias, la presencia de un noble siempre es decorativa en la vida
social. Huelen esos caballeros, mal educados, ignorantes, obtusos, pero casi
siempre ¡visten tan bien! A América suelen llegar gentlemen y escrocs;
nobles verdaderos y nobles falsos. Algunos han ido a parar a la penitenciaría
de Buenos Aires.
La nobleza francesa, que en estos últimos tiempos
ha dado tan poco edificantes espectáculos, diríase que constituye el más claro
tipo de decadencia. Su incapacidad es tan solamente igualada por su ligereza; y
si en algo puede confiar la estabilidad de la república, es en la ineptitud
intelectual y flaqueza moral que se revela en ese plantío de gardenias y
claveles. Con gran justicia un escritor de criterio certero, Paul Duplan, dice,
en un estudio reciente: «Cuando se estudia la historia de nuestro país de cien
años acá, queda uno estupefacto de la increíble incoherencia sociológica y
política de los nobles. Hacen constantemente lo contrario de lo que se podría
prever; están siempre a caballo cuando se debería estar a pie; parlanchines y
ruidosos cuando deberían estar silenciosos y prudentes; pierden en la vida
pública el tacto que conservan en sus salones; empujan la república a la
izquierda con la intención de atraerla a la derecha; demasiado católicos al fin
del siglo XIX después de haber sido volterianos al fin del siglo XVIII, pierden
el contacto con la democracia y se obstinan en confiar sus hijos a los
religiosos, cuando debían hacerlos educar en nuestros colegios; caen en el
snobismo inglés, cuando debían hacer prevalecer la elegancia francesa; chismosos
y maldicientes; descontentos y vejados bajo la Restauración, bajo Luis Felipe,
bajo Napoleón III, bajo la tercera república; vuelven la espalda[304] a la ciencia contemporánea que no es clerical y
quieren que lo sea; se hacen ridículamente zurrar el 16 de mayo; se meten en
«la Baulange»; exageran el antisemitismo después de haber adoptado a los
grandes judíos, aceptado sus regalos y frecuentado sus castillos, sus yates y
sus cacerías. En fin, gentes en su mayor parte surannés y vieux
jeu, aun en el dominio de sus placeres. Han quedado como cazadores
diligentes, y ¿qué ardor les devora? Por ejemplo, la caza a la carrera como en
las épocas prehistóricas: cansar, en nuestras pequeñas florestas, a un
desgraciado animal, casi amansado, que a menudo no quiere correr; entregarle a
la ferocidad de los perros y gozar con ese terror y con esa muerte. ¿Y el
estúpido tiro de pichón? ¡Qué singular élite, la de esta nobleza
ociosa e ingenua, que no tiene otra carrera que el matrimonio de dinero!»
La nobleza española no ha llegado a este último
estado, hay que confesarlo. (¿Es por falta de cotización?) Pero nada señala que
la patria española pueda esperar algo de sus grandes o de su aristocracia. A
pesar de que buena parte de las principales familias educan a los hijos en
pensiones inglesas, es difícil encontrar aquí el gentleman-farmer blasonado.
Los propietarios de tierras de labranza, o los ganaderos, o arriendan o dejan
los trabajos al cuidado de administradores, que poco interés han de tomarse, como
no sea el propio provecho. El propietario cobra sus rentas, sin que se le
ocurra pensar en introducir mejoras, o aplicar la experiencia de otros países,
en procedimientos o maquinaria.
Algunos se dedican a la política; raros, rarísimos,
como Valdeiglesias, al periodismo. Señalados son los que en las letras tienen
nombre, o se consagran a estudios especiales. En cuanto a los grandes nombres
científicos, ni Cajal, ni Federico Rubio, ni Builla, ni Posada, ni Pedro
Dorado, ni Augusto Linares, pertenecen a la nobleza... En el teatro, durante el
tiempo que llevo en Madrid, dos títulos han presentado al público sendos[305] arreglos del francés. En cambio, hay un actor
grande de España, y varios emparentados con linajudas casas. Ahora bien, con la
última estadística a la vista, he contado 41 duques, 358 marqueses, 203 condes,
30 vizcondes y 49 barones.
De antiguo he sabido la poca afición al trabajo de
la nobleza española, a causa sobre todo de las preeminencias de la hidalguía y
de los mayorazgos.
Familias llenas de oro y acostumbradas al regalo,
mal podían pensar en otra cosa que en los privilegios de su grandeza. En
tiempos de Felipe II, el duque del infantado tenía 90.000 ducados de renta; el
de Medina de Río Seco, 130.000; el de Osuna, 130.000; dependían de ellos más de
30.000 familias feudatarias. Los duques de Alba, de Nájera, y de Zúñiga poseían
tierras que daban 80.000, 60.000 y 70.000 ducados de renta, en Castilla la
Vieja; el de Medinaceli, en Toledo, 150.000; en Granada, Extremadura y Jaén,
los duques de Medina Sidonia, de Arcos y de Feria, 150.000, 70.000 y 60.000. En
Cataluña y Valencia los duques de Gandía y Córdoba, 80.000 ducados de renta
cada uno. (Ms. de Denys Geoffroy. V. Weiss).
Algunas de estas familias todavía conservan mucho
de sus pasadas riquezas. Otras, como la de los Osuna, han tenido que caer bajo
el martillo del rematador.
La juventud aristocrática, como he dicho, se educa
generalmente en el extranjero: Inglaterra y Bélgica son los países preferidos.
La educación es esencialmente religiosa. Siempre,
en las altas familias está la influencia del sacerdote.
Si el joven sigue una carrera, una vez obtenido el
título se dedica a vivir de sus rentas; se case o no se case, en Madrid y en el
extranjero, la vida social y el sport le absorberán todo su
tiempo. La moda inglesa, el britanismo, se apodera de algunos; otros tienden a
la vida chulesca. Son amigos de los toreros, y, los días de corrida, van a la
plaza con indumentaria que pregona sus aficiones, en lujosas calesas tiradas
por mulas llenas de cascabeles,[306] o en sus
espléndidos carruajes. Hoy que medra el café-concert, hay quienes se aficionan
a las divettes. Por lo que toca a la vida íntima, a la familia,
naturalmente, diré que no la conozco. Se me dice, no obstante, que el padre
Coloma exagera un poco sus Pequeñeces.
Las antiguas virtudes esencialmente españolas,
parece que también han desaparecido. Dejo la palabra a don Santiago Alba.
«Por de pronto, ya hemos revelado y hemos aprendido
que sin una educación positiva no conservan los pueblos algo de que nosotros
hubimos de creernos depositarios, a través de los siglos de los siglos,
simplemente por el mágico efluvio de nuestras glorias legendarias: el valor y
el patriotismo. Mientras que aquí la aristocracia de la sangre y la del
dinero—con ligeras y honrosísimas excepciones—seguíase divirtiendo en plena
guerra «a fin de evitar perjuicios al comercio y a la industria», allá, en el
pueblo de los «mercachifles», todo un batallón de millonarios pedía puesto en
la guerra y recibía en la vanguardia el saludo de los fusiles españoles».
El faineantismo da esos peligrosos
frutos.
La joven nobleza también ha sabido divertirse de
bastante sonoras y extraordinarias maneras. No generalizo: pero un buen
ramillete de hechos os hará ver que la «indiada» de Buenos Aires no tendría
mucho de que ufanarse ante ciertos ejemplos de por acá. En todos lugares
la jeunesse dorée es censurada por causa de su poco juicio y
de su humor, y nuestra América no está fuera de la regla. Durante
mi permanencia en Chile pude observar la campaña que la Prensa entablara contra
la famosa «juventud dorada» de Santiago; y en Buenos Aires he visto cómo se
protesta ante las hazañas de los «indios», hoy ya casi desaparecidos, o
destituídos por precarios aunque estrepitosos compadritos. Hay que consolarse
con que el caso ha sido de todos los tiempos; y Alcibíades al cortar la cola a
su perro, y Erostrato incendiando el templo de Diana, eran ya precursores. En[307] la grave Inglaterra podéis recordar las proezas
realizadas por los distintos Clubs de que nos habla Hugo en una de sus más
bellas novelas. Los hechos sucedían entre jóvenes de la nobility y
de la gentry. La broma se convertía a veces en crimen. Se divertían
«decentemente», dice Hugo. Había el She romps club, cuyos miembros
ponían con los pies para arriba a la primera mujer que pasaba por la calle; si
se oponía, se la azotaba. Los del Merry-dances «hacían bailar
por negros y blancas las danzas de los picantes y de los tintirimbas del Perú,
especialmente la mozamala. Los del Hellfire tenían por
especialidad cometer sacrilegios. Los de Las cabezadas las
daban a las gentes. Los del Fun rompían espejos y retratos,
mataban perros, hacían circular falsas noticias, incendiaban, hacían daño en
las casas. Los del Mohock, reían hiriendo y martirizando a pobres
transeúntes». Y concluye Hugo: «Esos eran, al principio del siglo XVIII, los
pasatiempos de los opulentos ociosos de Londres. Los ociosos de París tenían
otros. Monsieur de Charolais soltaba un tiro a un burgués a la puerta de su
casa. De tout temps la jeunesse s'est amusée». Ya veis una vez más
que nada hay nuevo bajo el sol.
Ahora, veamos algunos hechos graciosos de nuestros
parientes los hidalgos.
En un pueblo de la provincia de Segovia, el duque
de S. F. tuvo la humorada de dar una cacería, a la que invitó especialmente al
cura. De pronto, en lo más intrincado del bosque, aparece un grupo numeroso de
«damas alegres» con la indumentaria de Diana y sus ninfas.
El joven conde de F. S. y el primogénito de los
marqueses de R., una mañana de invierno, al salir de una juerga,
tuvieron a bien bañarse en el estanque helado del Retiro, de donde fueron
sacados medio muertos.
El hijo del conde de P. R. y el del conde de F. S.,
en una noche de verano encuentran en el paseo de Recoletos a una joven
aguadora, y con unas tijeras ejercen de[308] peluqueros
profanando una de las bellas poesías de Gauthier... Estos mismos jóvenes
risueños encerraron en una leñera de una casa en la calle de Isabel la Católica
a la portera, e hicieron apalear por el portero a un quidam.
Un sobrino del duque de V. se divierte tanto, que
la familia resuelve enviarlo a Filipinas. Allá es sumamente atendido por el
Arzobispo, que le ofrece desde luego su coche. El joven acepta y lo aprovecha
para ir a ciertas casas. Las gentes que pasaban y veían allí situados el coche
y los cocheros de su ilustrísima, se hacían cruces: «¡Qué casas visita el señor
Arzobispo!»
Un personaje ya citado penetra en una casa de
juego, y revólver en mano se adueña del dinero. Nadie le dice una palabra. Al
día siguiente vuelve; pero hay listos dos sujetos «de buena voluntad» que le
meten en un coche, le llevan al camino de Chamartín de la Rosa y le pegan tal
paliza que queda casi sin vida.
El marquesito de R., temible por lo que llama el
sabio Cajal el matonismo, arruinó a un tabernero de la plaza de
Santa Cruz, con la célebre frase «apunte usted». El infeliz se dejó arruinar
sin proferir una queja.
A veces la farsa es trágica. En una provincia, dos
caballeros joviales encuentran a una desgraciada y «porque está melancólica»
determinan echarla al río. Lo hacen, y la mujer se ahoga.
En un balcón de cierta casa de la calle de la Palma
tuvo toda una noche vestidas de Eva a tres jóvenes del batallón de Citeres, el
duquesito de S. F.
Un burgués rico, andaluz y muy chistoso, va con una
dama en un carruaje; ordena al cochero que vuelque, y resulta la dama con las
piernas rotas. Otra vez se complace en meter a un bufón popular en el vientre
de un caballo muerto.
El hijo de un gran general entra en un café sable
en mano cierta noche con una compañera de escasa indumentaria. Hace desalojar
la sala y la convierte en alcoba[309] de placer.
Este mismo va a una funeraria y encarga un servicio para cierto difunto que
estaba muy vivo en su casa.
El nieto de un célebre escritor, hijo del conde de
C. A., y emparentado con la más alta nobleza, estando en el teatro de cierta
ciudad, contestó el saludo de un amigo que estaba en la platea, tirando de su
palco silla tras silla. El mismo rompió en Gijón todo el servicio de un café,
sin la menor protesta del dueño. Después, en un teatro de otra ciudad,
suspendió la función a garrotazos.
A veces las cosas resultan mal. Al hijo natural de
un insigne hombre político le asesinaron en la calle de la Flor unos cuantos
chulos.
En Almería un joven distinguido va a una casa de
diversión. La dueña se opone a que entre, y él la deja muerta de un tiro.
Tres de los ya señalados ataron una noche a un
sereno ante la estatua del teniente Ruiz—cara a Julio Ruiz.
Un buen día el marquesito R... necesita dinero, y
saca y lleva a una casa de préstamos las más ricas ropas de la señora marquesa.
El conde de P... apuesta con un amigo que irá a
París a ganarse la vida pidiendo limosna y tocando la guitarra por las calles.
Y lo hace.
Hay otras tantas cosas delicadas de citar, por la
altura de los personajes que tomaron parte; pero que, aunque la Prensa no se
haya ocupado de ellas, están en la memoria de todo Madrid.
Así, nuestros indios con su fun ya
veis que se han quedado un poco atrás. Sus ocurrencias no son causadas por el
soplo que viene de la Pampa y que aun trae el eco del malón. La «indiada» de
las noches alegres bonaerenses tendría que aprender de los descendientes de
ilustres casas, de jóvenes cuyos cuarteles de familia tienen la consagración de
muchos reyes. La filosofía del asunto sería que el deseo del mal por el mal es
innato, y que el[310] sentido de la perversidad de
que habla Poe duerme en su célula, esperando la oportunidad de aparecer. El
estudio y el trabajo son los únicos antídotos contra ese veneno natural e
íntimo. Con ellos se doma la fierecilla que va con nosotros. Mas en las clases
ricas y extrañas a todo lo que no sea capricho y goce de la existencia, entre
la ociosidad y el fastidio, el trabajo y el estudio no pueden obrar. Agregar a
esto los privilegios sociales, la pobreza fisiológica y la degeneración
demostrada de las familias nobiliarias, y decidme si se puede «hacer patria»
con tales elementos.
No, no puede aguardar nada España de su
aristocracia. La salvación si viene, vendrá del pueblo guiado por su instinto
propio, de la parte laboriosa que representa las energías que quedan del
espíritu español, libre de políticos logreros y de pastores lobos.
CONGRESO SOCIAL Y ECONÓMICO IBERO-AMERICANO
21 de febrero de 1900.
a Sociedad Unión Ibero-Americana trabaja en
estos momentos porque se celebre un Congreso, que denomina social y económico,
y al cual concurrirían las Repúblicas americanas y España con objeto de
estrechar y aumentar las relaciones sociales comerciales. Con Congreso, o sin
Congreso, ya era tiempo de ocuparse en este asunto. La situación en que se
encuentra la antigua Metrópoli con las que fueron en un tiempo sus colonias no
puede ser más precaria. La caída fué colosal. Las causas están en la conciencia
de todos. La expansión colonial de otras naciones contrasta, al fin de la
centuria, con las absolutas pérdidas de la que fué señora de muchas colonias.
Después del desastre, recogida en su propio hogar, piensa con cordura en la
manera de volver a recuperar algo de lo perdido, ya que no en imposibles
reconquistas territoriales, lo que pueda en el terreno de las simpatías
nacionales y de los mercados para su producción. Reconocido está ya, que la
culpa de la decadencia española en América no ha sido, como en el verso, obra
«del tiempo». Ha sido[312] culpa de España. En
cuanto a los males interiores, cierto es que no pocos se los causó el
descubrimiento del nuevo mundo. Esos 50 millones de habitantes; 24 millones de
kilómetros cuadrados; 48 Españas en extensión, «donde se derramó nuestra sangre,
se malgastó nuestra vida, y sólo suenan como un recuerdo los acentos de nuestra
lengua», que dice el escritor andaluz señor Ledesma, les fueron perjudiciales
al reino conquistador. No porque sin la obra de Colón hubiese completado el
gran Cardenal su empresa africana, sino porque aquel Klondike continental sería
el cebo de aventureros ambiciosos, y envenenaría de oro fácil las fuentes
industriales de la Península. El hidalgo, conquerant de l'or no
tendrá sino que procurarse «peluca y espada, desdeñando oficios y comercio»,
como escribe en uno de sus libros Juan Agustín García, al citar a Gervasoni y
una Cédula real: «De las Indias he sido avisado que muchas personas que de acá
pasan, puesto que en ésta solían trabajar e vivían e se mantenían con su
trabajo, después que allá tienen algo, no quieren trabajar, sino folgar el
tiempo que tienen, de manera que hay muchos: de cuya causa yo envío a mandar
que el Gobernador apremie a los de esta calidad para que trabajen en sus
faciendas». Eso hacía España una vez realizada la conquista del oro, folgar el
tiempo que tenía. Primero fué el tiempo del aumento del poderío, la sujeción
del sol en sus dominios; más ya con Felipe II empieza la carcoma y el
decaimiento. Esto a pesar de la riqueza natural, tan copiosamente señalada por
entusiastas como Mariana o Miñano. Wiss se embelesa en repetir la enumeración
de tantos elementos de riqueza, en varios climas y en tierras fecundísimas. Al
par que los distintos productos ofrecen un copioso acervo para la exportación,
ésta está favorecida por la extensión de las costas y la buena condición de los
puertos mediterráneos y atlánticos. Todo esto era aprovechado en el siglo XVI.
El movimiento fabril y el desarrollo comercial[313] acrecían
la riqueza. Los tejidos se fabricaban en numerosos establecimientos.
Solamente en Segovia, cuyos paños se tenían por los
más bellos de Europa, trabajaban 34.000 obreros. Según de Jonnes, en 1519 se
contaban en Sevilla 6.000 telares de seda, y habría 130.000 obreros en la
fabricación de sedería y tejidos de lana. Hay que leer a este respecto el
estudio que sobre las industrias antiguas sevillanas ha publicado el erudito
señor Gestoso y Pérez—que tiene inédito un «Ensayo de un Diccionario de
artistas industriales que florecieron en Sevilla desde el siglo XIII hasta el
siglo XVIII, inclusive»—, para darse cuenta del progreso alcanzado en aquella
época y en aquella provincia, en lo referente a la producción industrial. Las
marinas mercantes de Inglaterra y Francia eran inferiores a la española. El
inflado Moncada puede escribir del puerto sevillano: «es la capital de todos
los comerciantes del mundo. Poco ha que la Andalucía estaba situada en las
extremidades de la tierra, pero con el descubrimiento de las Indias ha llegado
a estar en el centro». La riqueza estaba en fruto; diríase que España era la
nación de las naciones; solamente el ojo visionario de Campanella advertía
peligros en lo oscuro del porvenir; y notaba que como hoy a Inglaterra, tenían
ojeriza todos los pueblos del mundo al pueblo fuerte y rico que dominaba.
Ciertamente habían de cumplirse los temores del autor de la Monarquía
Hispánica y con los sucesores de Felipe II vendría el descenso a
nación de segundo orden, la pérdida en los distintos dominios, la decadencia
militar y la mengua en el comercio. La escasez de barcos se acentuó tanto, que
ya bajo Carlos el Hechizado se hacían servicios oficiales a
Cuba y a las Canarias, por medio de buques genoveses. Los productos escaseaban,
pues los cultivos fueron dejados, y los campos, un tiempo florecientes, estaban
despoblados de trabajadores, a punto de que no solamente en ambas Castillas,
sino también en la productiva región andaluza,[314] el
abandono era absoluto. Disminuyó a una cantidad mínima la exportación de la
lana, en lugares como Cuenca. Los telares y sederías quedaban reducidos a
señalado número. El movimiento comercial, con la renta de los productos del
país, vino muy a menos; la exportación a las colonias de América fué nula, y
España tuvo que empezar a proveerse en otros países manufactureros. De más está
decir que otras naciones aprovecharon el caso para colocar sus mercaderías en
las tierras americanas.
Con la funesta expulsión de los moros padecieron
grandemente la agricultura y la industria. Aquellas gentes laboriosas por
religión y por necesidad habían aumentado inmensamente la riqueza de la
península no solamente con sus labores fabriles, sino con el cultivo de los
campos, como esa maravillosa huerta de Valencia que les fué pingüe y que tanto
hermosearon y aprovecharon. Una vez realizada la expulsión, claro es que el
movimiento comercial e industrial, sostenido por ellos, mermó y luego concluyó.
Ya en el reinado de Felipe III, a la decadencia en los trabajos del campo se
juntó una baja de población notabilísima. En Cataluña misma estaban
deshabitadas «las tres cuartas partes de los pueblos». En plenas Cortes, y bajo
Felipe IV, se clamó contra la amenaza de una ruina segura. «Pues era llana y
evidente, dice Céspedes y Meneses, que si este estado se aumentase, al paso
mismo que hasta allí, habría de faltar a los lugares habitantes y vecinos, los
labradores a los campos y los pilotos a la mar... y desdeñando el casamiento,
duraría el mundo un siglo sólo». Weiss demuestra la decadencia de la
agricultura, entre otros motivos, por la disminución progresiva de la población
española desde el reinado de Felipe II hasta el advenimiento de los
Borbones—Miguel calcula, apoyado en Ustariz, en cinco millones setecientas mil
almas la población de España bajo Carlos I—; la amortización eclesiástica—«los
capitales quitados a la agricultura y a la[315] industria
para sepultarse para siempre en los conventos»—; los mayorazgos en las familias
nobles y las devastaciones anuales de las campiñas por los ganados
trashumantes. Muchos daños se debieron al «honrado Concejo de la mesta».
El oro americano, como antes he apuntado, fué
ponzoñoso para el movimiento industrial peninsular. La baja de los metales fué
de cuatro quintas partes en un siglo; y el aumento de la mano de obra causó el
alza de valor en la producción fabril.
Se desdeñaron los productos naturales de las
tierras americanas, dejando que se aprovecharan de ellos mercaderes de
Inglaterra y Holanda, y fijos tan sólo en el codiciado producto de las minas.
«A poco, dice Weiss, dejaron las fábricas de la Metrópoli de abastecer las
necesidades de las colonias, porque eran pocos los obreros y escaseaban las
primeras materias». «Las colonias, agrega, suministraban bastante oro para
permitir a los fabricantes continuar sus trabajos, aunque lo caro de los
jornales les impidiese introducir sus productos en Francia, Italia y otros
puntos de Europa. Para esto hubiera sido necesario que procurase España
satisfacer las demandas de las colonias e hiciese imposible el comercio de
contrabando, pero ¡quién había de creerlo! los españoles tuvieron por una
calamidad el trueque de los productos de la industria nacional por el oro del
nuevo mundo, y le atribuyeron la repentina alza de todos los artículos de
primera necesidad. Hubieran querido que América les remitiese sus metales preciosos
sin llevarles en cambio los objetos fabricados en su país». El comercio con
América desde aquellos tiempos fué tratado con singular error; en los comienzos
hubo libertad de tráfico entre España y sus dependencias. Carlos V puso algunas
trabas y Felipe II ordenó un porcentaje de salida, el 5, otro de llegada, el
10, a las mercancías para las Indias. El aumento del llamado almojarifazgo fué
un golpe más. En América aumentaba el contrabando de otras[316] naciones,
y se dió el caso que cita Humboldt, de que los mineros de América comprasen de
tres a cuatro mil quintales de pólvora anualmente, en los almacenes del reino,
en tanto que la sola mina Valenciana consumía de diez y nueve mil quinientos a
diez y nueve mil seiscientos. En tiempo de Felipe III, hasta 1612, bajaron
tanto las rentas, que el quinto de las minas de Potosí, Perú y Nueva España,
con otras entradas de América—dos millones doscientos setenta y dos mil
ducados, fuera de gastos—, estuvieron empeñadas a los genoveses. Bajo el
reinado de Isabel se hizo algo por la agricultura y la industria en las
colonias americanas; pero luego los españoles que iban a establecerse no se
cuidaban sino de engordar la hucha. Por lo que toca al Río de la Plata, basta
leer las obras de J. A. García, hijo, para darse cuenta de la obra de los
virreyes, y de los hidalgos inmigrantes. Anualmente iban dos escuadras, a
Méjico y al Perú, con objetos de comercio. Esos eran los galeones que volvían
cargados de oro. Ulloa narra pintorescamente la manera de comerciar entre los mercaderes
americanos y españoles. Los pobres indios eran inicuamente engañados y
explotados por la misma codicia de los corregidores. El comercio disminuyó; y a
mediados del siglo XVII ya España no podía abastecer sus colonias. Los
extranjeros, en cambio, aumentaban su venta; de Portugal salían «doscientos
buques de trescientas a cuatrocientas toneladas con ricos cargamentos de telas,
sedas, paños, tejidos de lana, de oro y de plata, artículos que compraban los
portugueses a los flamencos franceses, ingleses y alemanes. Los embarcaban en
Lisboa, Oporto, Mondigo, Viana, y en los puertecillos de Lagos, Villanova, Faro
y Tavira, situados en el reino de los Algarbes. Llegados al Brasil, sus navíos
subían al Río de la Plata, cuando cesaba de ser navegable, se desembarcaban las
mercancías y se las conducía por tierra, atravesando el Paraguay y el reino de
Tucumán, a Potosí y a Lima, de donde era fácil enviarlas a las principales[317] ciudades del Perú. Los comerciantes españoles
establecidos en aquellos puntos tenían sus corresponsales en el Brasil, lo
mismo que en Sevilla y Cádiz, y como los derechos cobrados en Portugal de los
géneros destinados al Brasil eran más bajos que los que se percibían en
aquellas dos ciudades, los portugueses podían darlos más baratos que los
españoles». Puede verse a este respecto la Relación dirigida a
Felipe III por Alonso de Cianca. Los empleados de la Corona ya se sabe qué
clase de obra realizaban, y qué clase de gente eran en su mayor parte.
El consejo de Indias enviaba no varones de mérito,
sino hábiles sacadores de dinero. Fuera de los virreyes de Méjico y el Perú,
grandes de España favorecidos, los demás eran duchos expoliadores. Los
capitanes generales y demás enviados a Cuba, al engorde proverbial, tenían sus
antecesores entre los paniaguados de Indias. Comercio descuidado con la
Metrópoli, aumento por lo tanto del contrabando extranjero. Los holandeses,
ingleses y franceses introducían largamente sus mercaderías. Hamburgo no se
quedaba atrás; y la China misma vendía manufacturas en puertos como Guayaquil y
Acapulco. El mal estado comercial entre la Península y sus colonias continuó
hasta el advenimiento de los Borbones. Algo hizo por mejorar las relaciones
Felipe V. Carlos III transformó en 1764 el sistema comercial que se había
empleado desde la conquista. De La Coruña salían fijamente una vez al mes para
las Antillas y dos veces al mes para el Río de la Plata barcos que
establecieron de modo regular el intercambio. La independencia vino. Y desde la
paz hasta la época actual el comercio español en América ha pasado por diversas
fluctuaciones, llegando por fin al más lamentable descenso. Las Cámaras de
Comercio poco han hecho, y la diplomacia ha sido nula en sus gestiones. También
es cierto que la antigua Metrópoli no se ha acordado de que existíamos unos
cuantos millones de hombres de lengua castellana[318] en
ese continente, hasta que las necesidades traídas por la pérdida de sus últimas
posesiones americanas se lo han hecho percatar. El Congreso proyectado hará
algo, como no se vaya todo en discursos. En lo social, se podrán crear nuevos y
más estrechos vínculos, sobre toda ahora que la producción intelectual
americana empieza, primeriza y todo, a imponerse. Pero hacen falta españoles de
buena voluntad que digan a su patria la verdad, y que no la vayan a
desacreditar en nuestras repúblicas. Una docena de españoles como Carlos
Malagarriga, en cada una de las repúblicas americanas, harían más que los
guitarristas de la prensa y bailaores de la tribuna que van a América a hacer
daño a su propia tierra. Sobran en España talentos y entre nosotros buenas
voluntades que pueden realizar una unión proficua y mutuamente ventajosa. La
influencia española, perdida ya en lo literario, en lo social, en lo artístico,
puede hacer algo en lo comercial, y esto será a mi ver el alma del futuro
congreso.
«Es un hecho patente—dice un documento oficial—,
traducido además en cifras, que, a la infausta hora en que hubimos de abandonar
nuestra soberanía en Cuba, Puerto Rico y Filipinas, representaba nuestro
comercio de exportación a esas posesiones, en los últimos tiempos en que pudo
verificarse, de un modo regular, la considerable suma de 241 millones de
pesetas, o lo que es igual, el 25 por 100, aproximadamente, de la total
exportación de la Península». Y otro: «En el primer quinquenio de 1880 a 1884,
exportábamos un total de 62 millones a todos los mercados americanos; en
cambio, en 1896 nuestra exportación quedaba reducida a 46 millones... Por
ejemplo: En la República Argentina, donde en aquel período nuestra cifra de
exportación ascendía a 17 millones, ha bajado a 10. En la República del
Uruguay, de 11 millones ha descendido a 6». Es decir, de 62.564.000 pesetas,
del año de 1890 al 1898, se ha reducido a unos cuarenta millones y pico. En la
Junta del Comercio de Exportación,[319] del
ministerio de Estado, demostró la gravedad de tal situación el señor Rodríguez
Sampedro, «España, decía, señora al principio del presente siglo de todos
aquellos territorios poblados por su raza, con comunidad de idioma, de hábitos
y de costumbres, ha perdido casi por entero sus mercados, de tal modo, que hoy
se anteponen comúnmente a ella Inglaterra, Alemania, Francia, Austria, Italia y
Bélgica, figurando nuestro comercio, al principio del postrer quinquenio, tanto
en la importación como en la exportación, el último de todos, y cifrando para
la República Argentina el 2,20 por 100 de su comercio, al de exportación; para
Méjico el 8 por 100 en la primera y el 11,60 en la segunda; para el Perú, 2,50
por 100 y 0,60, respectivamente; y todavía, con parecer esta situación
imposible de empeorar, sigue decreciendo manifiestamente, pues al concluir el
quinquenio de 1897, los resultados son 1,40 por 100 para la importación, y 3
por 100 para la exportación respecto a la Argentina, 2 por 100 para la primera
y 10,30 para la segunda en Méjico; 0,08 y 0,90, respectivamente, en cuanto al
Brasil; y 0,10 y 0,50 en el comercio con el Perú, pudiendo decirse que en
muchas partes de los citados países su comercio con España ha desaparecido,
mientras el de Inglaterra, promediando los datos de su importación y de su
exportación, es más del 33 por 100 del total; de un 20 por 100 el de Alemania;
de un 23 el de Francia y así sucesivamente». El Congreso, pues, vendrá si se
realiza, a tratar de ver cómo se mejoran las transacciones comerciales entre
España y las repúblicas americanas; pero no tendrán poco que modificar en las
leyes actuales los legisladores, que quieren que el arreglo se lleve a buen
término. ¿Ha sido acaso poco lo que ha trabajado el ministro argentino señor
Quesada para la simple cuestión del tasajo y carnes conservadas? El Gobierno
español parece que apoyará la labor del Congreso y se harán invitaciones
oficiales a los Gobiernos hispanoamericanos. Si los Gobiernos aceptan, es
posible que una vez más se cometa[320] el error de
elección cuando se trate de los representantes. Al saberse la noticia del
Congreso, en cada una de las pequeñas repúblicas de América-Villabravas, que
dice Eduardo Pardo, habrá un grupo de compadres intrigantes que quieran venir a
ver bailar el fandango, y a conocer a la Reina; y en cuyos labios pugna por
salir la gran palabra «Señores»...
LA MUJER ESPAÑOLA
Marzo de 1900.
ace pocos días, el último de Carnaval, hubo en
el palacio de una distinguida señora, casada con un millonario y diplomático
mejicano, una improvisada y elegantísima reunión de máscaras, que largamente
han cantado los habituales cronistas de salón, y entre todos, y sobre todos, mi
incansable y ameno amigo el marqués de Valdeiglesias. La particularidad de la
fiesta fué que a ella concurrieron aristocráticas y bellas damas de esta corte,
con el pintoresco mantón de Manila y otros adornos no menos nacionales. Y el
entusiasmo fué inmenso; y hasta hubo quien dijese: ¡ole! con
la disculpa de los días de locura. Ese entusiasmo fué natural. ¡Es tan difícil
en la aristocracia de España encontrar una belleza puramente española! Como en
todas las altas clases de la tierra, el britanismo por un lado y el
parisienismo por otro han hecho su invasión. No deja de ser lamentable. Una
maja de Goya vestida por Chaplin es algo encantador y desconcertante; pero me
habrán de confesar que una maja de Goya vestida por Goya es mucho mejor. No es
que yo pretenda que estas duquesas de ahora vuelvan al osado peinetón, a
mantilla perpetua y a los paseos por las arboledas de San Antonio de la
Florida, sino que está a la vista de los amantes de la viva estatuaria humana
la desaparición de uno de los más bellos tipos que hayan[322] halagado
al arte: el tipo español, cuya línea propia se ha bastardeado y confundido
entre curvas francesas y restas anglo-sajonas. La moda, ¡he ahí el enemigo! En
esto estoy apoyado por un talento que sobre ser certeramente estético, es una
mujer: la señora Pardo-Bazán. Doña Emilia considera como enemigos de la clásica
gracia española los vestidos pesados y de corte masculino del país de las
misses; los impermeables y abrigos largos, ciertos calzados, y sobre todo, los
formidables sombreros de París. La naturaleza procede y enseña lógicamente; ha
ordenado los seres y las cosas de la tierra según las latitudes; y sabe por qué
los escandinavos son rubios y los abisinios negros; por qué las inglesas tienen
cuellos de cisne y las mujeres flamencas preponderantes asideros. A las
españolas las dió diversos modelos, según las distintas regiones peninsulares,
pero el tipo verdadero, el tipo generalizado por la poesía y por el arte, es el
de la morena de maravillosos y grandes ojos oscuros, un tanto potelée,
ondulada, y casqueada de ricos cabellos negros; ni alta ni baja; todo esto
animado por un producto marino y venusino, que en este sentido no tiene nombre
correspondiente en ninguna otra lengua: sal. Ya en sus tiempos,
Gautier afirmaba que para ver la verdadera danza española había que ir a París;
hoy en pintura, los que hacen admirar al mundo la gracia femenina de España,
son extranjeros, como Sargent y Engelhart, ¿nos conformaremos dentro de poco
con buscar en viejas telas y grabados la que fué tan original y graciosa
belleza hispánica? La moda ha comenzado a hacer su daño en la educación. Para
toda joven de buena familia que se vaya a educar al extranjero, se importa la
indispensable institutriz, casi siempre inglesa o tudesca, a veces francesa.
La gouvernante empieza su obra de moldeo y la flexibilidad
nativa entra en la jaula angular de una disciplina por lo general very
english. Los trajes, de corte igualmente angular, contribuyen a la
reformación del[323] original encanto curvilíneo.
Una vez la niña crecida, sus gustos y sus costumbres tenderán a lo extranjero.
Hubo una elegancia española: apenas si se recuerda en algún baile de trajes.
Porque la moda lo requiere, los opulentos cabellos negros se tiñen de rubio o
de rojo; el airosísimo andar de antaño se transforma, los gestos y maneras se
aprenden. Se fué primero chic, después vlan,
después pschut, después smarl, después swell.
No se leen buenos libros castellanos; ¿pero qué señora no se ruborizaría de no
conocer a Ohnet en el original? Se viaja, se veranea, se adora a Worth, a
Laferrière, a Doucet. Visten con gran lujo; pero rara vez se llegan a confundir
con una parisiense; desdeñando la riqueza propia, no consiguen el tesoro ajeno.
Y son encantadoras. Hace algunos años un embajador oriental, al presenciar un
desfile de altas damas en Palacio, expresó una frase descontentadiza y poco
galante para la nobleza femenina que acompañaba a la Reina. Hoy, en igual caso,
proclamaría la hermosura y la gentileza de beldades como doña Sol Stuard, hija
de la duquesa de Alba y otras cuyos nombres constelan la crónica social. Hay
diversos tipos que se imponen; pues en la Corte se hallan representadas las
distintas provincias. Desde luego, la mujer suavemente morena, de un moreno
pálido, cara ovalada, cuello columbino, boca sensual y mirada concentradamente
ardiente, cuerpo en que se ritman felinas ondulaciones; y la rosada y firme de
plasticidades, de cabellos dorados, un tanto gruesa; y la belleza decadente y
tradicional, de los retratos en cuyas manos puso Pantoja tan preciadas gemas;
rostros con algo de las figuras de los primitivos; de un óvalo marcado, como se
ve en la pequeña infanta María Teresa, de Velázquez; y dotadas de un aire que
si indica la floración de razas crepusculares, impone su orgullo gentilicio y
su antigüedad heráldica. En el pueblo se encuentra conservado mucho del antiguo
donaire. La chula ostenta su ritmo natural, sus impagables gestos; y va a los
toros y a las fiestas con legítimas[324] prendas
que alegran los ojos y marcan el color local tan deseado por los viajeros que
buscan arte y novedad. En la Ópera, la sala es igual a todas las salas de
capitales modernas; el patrón cosmopolita impuesto por la elegancia francesa
vence e iguala. Apenas los rostros, la llama de los ojos, un movimiento
atávico, denuncian la sangre maternal, la originalidad patria.
El alemán Hans Parlow recientemente y todos los
turistas y observadores que visitan a España, notan que en estos últimos
tiempos la sociedad española, el alto mundo madrileño, se divierte poco. No se
vaya a creer que las damas vivan en una existencia lúgubre—algo como en las
páginas de madame Anloroy—dadas a la soledad y al aislamiento, en contacto tan
solamente con frailes y monjas, y en plegarias y rezos, bajo una atmósfera de
tiempos de Felipe II. Ciertamente, las grandes familias actuales dan pocas recepciones,
raras fiestas; no hay en la Corte un ambiente como el de comienzos de siglo o
bajo Isabel II; y la mayor parte de los bailes, banquetes y reuniones, son
ofrecidos por el Cuerpo diplomático. Por cierto que se distingue el ministro
argentino doctor Quesada en reunir de cuando en cuando en la Legación los más
bellos palmitos titulados. Mas la mujer española gusta de divertirse; va a
París, va a Londres, o a Italia, y en la temporada del veraneo, convierte en
ciudades de alegría y de hechizo San Sebastián y Biarritz. La Corte es un tanto
triste porque sobre ella se extiende la sombra de la Reina. Ese viejo palacio,
enorme, sombrío y fastuoso que asustó al fino pájaro de Francia que se llama
Réjane, es en verdad una vasta basílica de tristeza, que necesita, para no
contagiar con su embrujamiento, reinas risueñas como doña Isabel, y reyes
barbianes como Alfonso. La Regente, que guarda aún la gravedad conventual de
sus funciones religiosas de soltera, cuya vida de casada no fué muy agradable
en lo íntimo del hogar, y cuya vida ha sido cercada de tantos cuidados,
penalidades y desventuras, no tiene ciertamente motivos[325] para
estar vestida de color de rosa. La única que pone una nota jubilosa en la
mansión real es la infanta Isabel, la infanta popular, amiga de los artistas,
un poco virago, aficionada a cazar, a cabalgar, valiente sportman,
generosa, caritativa, melómana, muy madrileña, y cuyo sans gene le
atrae por todas partes, y sobre todo en el pueblo, innegables simpatías. La
infanta en sus departamentos de Palacio tiene un teatro en que hace trabajar a
los actores que son de su preferencia y amistad: y allí mismo representan
comedias, aficionados pertenecientes a la aristocracia. A esas representaciones
no asisten más que la Familia Real y la servidumbre de Palacio. En algunas
casas suelen señoritas y caballeros hacer piececitas francesas, con toda
corrección y propiedad. Algo lejanos están los tiempos en que damas de lo más
encumbrado representaban en el palacio de la de Montijo La bella Helena de
Blasco.
No existen salones literarios, en el sentido
francés del vocablo. Doña Emilia Pardo-Bazán suele invitar a algunas tertulias
en que priva el elemento intelectual; y don Juan Valera ha tenido sus sábados
en que, fuera de las señoras de su familia y las hijas del duque de Rivas, no
han asistido más que hombres. La duquesa de Denia de cuando en cuando invita a
su mesa a señalado número de artistas y hombres de letras; lo propio hace el
barón del Castillo de Chirel. Pero el barómetro de intelectualidad está marcando
sus grados reveladores; el poeta preferido de la aristocracia es Grilo. Hay
damas inteligentes y cultas que, como he dicho, viajan y se instruyen; pero son
perlas negras o rosas azules las que sobresalen. La duquesa de Alba se interesa
en trabajos de erudición e historia y pone a la disposición de los estudiosos
el inagotable archivo de su casa; la duquesa de mandas es muy entendida en
ciencias; las duquesas de Medinaceli y de Benavente son aficionadas a las
letras; la condesa de Pino Hermoso y la marquesa de la Laguna imponen su
espiritualidad en los salones. La hija de esta última,[326] Gloria,
tiene fama de agregar a la herencia de la gracia materna nuevas pimientas y
sales.
La clase media, acomodada o no, sigue los rumbos de
la clase alta. Basta la más ligera observación para comprender que se ha
adelantado mucho en instrucción primaria, desde la época no muy distante en que
una señorita apenas sabía leer y escribir. Me refiero, es claro, a lo común,
pues antes y después de don Oliva Sabuco de Nantes y de Santa Teresa, ha habido
notadas españolas que hayan competido con los varones en disciplinas mentales.
Las preciosas no dejaron a su tiempo de aparecer en las cultilatiniparlas.
Quevedo aquí hizo su caricatura como en Francia Molière su charge.
En este siglo las literatas y poetisas han sido un ejército, a punto de que
cierto autor ha publicado un tomo con el catálogo de ellas—¡y no las nombra a
todas!—Entre todo el inútil y espeso follaje, los grandes árboles se levantan:
la Coronado, la Pardo-Bazán, Concepción Arenal. Estas dos últimas,
particularmente, cerebros viriles, honran a su patria. En cuanto a la mayoría
innumerable de Corinas cursis y Safos de hojaldre, entran a formar parte de la
abominable sisterhood internacional a que tanto ha contribuído
la Gran Bretaña con sus miles de authoresses. Para ir hacia el
palacio de la mantenida Eva futura, las falta a éstas cambiar el pegaso por la
bicicleta.
El señor Sanz y Escartín, catalán, en una notable
obra que ha agregado Alcán en París a su biblioteca filosófica, dice que antes
que las leyes son los sentimientos y las ideas, los que están llamados a
reformar las costumbres actuales españolas, que tantos males han causado; y que
lo primero es educar a la mujer. Esto me hace pensar en idéntica idea que la de
madame Necker de Saussure, y su comparación de la voz femenina en los coros
cantantes. No admite discusión la eficacia del procedimiento, y venimos a parar
que en este punto hay algo de aquello «en que consiste la superioridad de los
anglo-sajones». No se trata de implantar en España el[327] cultivo
del «tercer sexo»; ni el espíritu nativo, ni la tradición lo permitirían; pero
sí de abrir a la mujer fuentes de trabajo, que la libertasen de la miseria y de
los padecimientos actuales. Puede asegurarse que en raros países del mundo se
presenta el espantoso dato estadístico siguiente: en España, 6.700.000 mujeres
carecen de toda ocupación, y 51.000 se dedican a la mendicidad. Fuera de las
fábricas de tabacos, costuras y modas y el servicio doméstico, en que tan
míseros sueldos se ganan, la mujer española no halla otro refugio. El señor
Alba, en un notabilísimo estudio que muchas veces he citado, asegura que conoce
algunos casos en que grandes industriales y almacenistas de tejidos o de
novedades, no han vacilado en dar a sus hijas un puesto en el negociado de
correspondencia, en el de contabilidad y en la alta dirección de la sección de
confecciones para señoras y niños. Estas empleadas, dice, tienen un
sueldo asignado en la casa, con arreglo al cual visten, gastan en diversiones y
caprichos y hasta abonan al fondo de familia una cantidad por su manutención.
Acostumbradas así a vivir por cuenta propia, no se parecen en nada al resto de
nuestras pobres mujeres, siempre dependientes de la tacañería o la prodigalidad
ajenas. Sobre todo, en la vida íntima de las familias a que aludo, no existen
las preocupaciones que crea el temor al porvenir y, por ello, el afán de un
necesario casamiento de las hembras. Es este un buen ejemplo que ojalá se
propagase en la burguesía de este país, aunque ello choque un poco con las
costumbres arraigadas y sea bastante yanqui. Eso quitaría la obsesión del novio
rico en unas y en otras la de «un príncipe italiano por lo menos», de que habla
Campoamor. La ociosidad y la miseria, en la clase media y en la baja, son un
admirable combustible para la prostitución. En París ya en 1847 había tres mil
profesores de música, mujeres, profesoras de idiomas y aun de historia. La
Soborna había establecido un curso femenino, con grados y diplomas. Hoy, ¿hasta
dónde no se ha llegado?[328] En cuanto a los
Estados Unidos, desde 1870 a la fecha, las arquitectas han subido de 1 a 53;
las pintoras y escultoras de 412 a 15.340; las escritoras, de 159 a 3.174; las
dentistas, de 24 a 417; las ingenieras, de 0 a 201; las periodistas, de 35 a
1.536; las músicas, de 5.753 a 47.300; las empleadas públicas, de 414 a 6.712;
las médicas y cirujanas, de 527 a 6.882; las contables, de 0 a
43.071; las copistas—a mano y máquina—y secretarias, de 8.016 a 92.834; las
taquígrafas y tipógrafas, de 7 a 58.633. Y esto sin contar las actrices, que de
692 han llegado a 2.862; las clergy-ladies, de 67 a 1.522, y las
directoras de teatro, de 100 a 943. Aquí, con la escasez de trabajo y con las
preocupaciones existentes, ¿qué hace una joven que no tiene fortuna? Además de
los trabajos que he señalado, no la queda otro recurso que los coros del teatro,
que ya se sabe para dónde van; los puestos de horchateras y camareras de café,
limitados y peligrosos para la galería, pues para ejercerlos hay que ser guapa;
y el baile nacional, para el país, o para la exportación. Y las Oteros son
escasísimas. De aquí que un francés, en viendo a una española, sólo piense en
el petit air de guitare, ollé. ¡Las que quieren ser honradas y
trabajar, encuentran costura, por ejemplo, se destrozan los pulmones, y por
todo el día de labor sacan una pobre peseta! Hay quienes lo soportan todo y, o
se echan un novio también pobre, y se van a vivir una vida de privaciones, o
mueren sacrificando vida y belleza. En la galantería tampoco pueden encontrar
un paraíso... La vida galante es aquí poco productiva, para las tristes
máquinas del amor. La cocotte no se encuentra aquí como en
París o Londres. La mayoría de infelices caídas va a parar a horribles
establecimientos. Como la gracia y la belleza abundan en el pueblo, es esta una
de las capitales en que el amor fácil tiene mayor número de lamentables
víctimas. Aun cruzan por las callejas tortuosas las viejas dueñas. Y la mujer
española, entre las mil y tres, es la preferida de don Juan.
CERTÁMENES Y EXPOSICIONES
7 de abril de 1900.
n estos días cuatro exposiciones: la del Salón
Amaré, la de carteles de El Liberal, la del concurso del Blanco
y Negro y la de fotografías de La Ilustración Española y
Americana. Antes de que la Casa Amaré inaugurase su salón, la capital de
España no contaba con un local en que se expusiesen, con fines comerciales, las
obras de los buenos artistas. En uno que otro punto solía verse, en
promiscuidad inaudita, la obra de firmas notables y la amontonada bazofia
oleosa que riega en incontenido flujo un ejército de cocineros del caballete.
Barcelona tenía su Salón Parés, en donde suele encontrarse bastante bueno.
Madrid ofrece ya al comprador un centro aceptable; los señores Amaré han
querido hacer algo como Le Barc Bouteville o Durand-Ruel, y por ello deben estarles
agradecidos los artistas peninsulares. He visitado la casa.—Antes del salón en
que se exhiben los cuadros, he visto la sección de muebles. No he encontrado
nada de particular. Inglaterra, Alemania, Francia han tenido en estos últimos
años un gran desarrollo en sus artes aplicadas a la industria. Holgaría aquí
toda comparación con esos países.—Pero, aún Italia, cuenta con artistas que en
la fabricación del mueble sostienen un carácter propio, exteriorizan una
inventiva individual dentro de la tradición nacional: quiero nombrar, por
ejemplo, a Bugatti y a Eugenio Quarti. En la Casa Amaré no hay una sola nota
nueva a este respecto.—Todo es bonito; y es decir esto, que el
público queda[330] encantado. Todo bien elaborado;
más inútil buscar nada de creación. Vi en los diarios que cierto inglés había
comprado en una regular cantidad un juego de dormitorio, para llevarlo a
Londres. Me mostraron el célebre juego—más o menos modern style!—Y
pensé: el caso es muy inglés: ¡Este sí que importa naranjas al Paraguay!
La sala es pequeña, suficiente para el mercado;
tiene muy buena luz y está elegantemente puesta. Háse inaugurado con excelentes
firmas. Al entrar, halaga la vista un cuadrito de Cecilio Plá, La araña:
una mujer, por cierto encantadora de coquetería, sentada, y en actitud de
atraer la mosca masculina; la figura es preciosa y de mucha gracia de factura;
podría achacársele el ser muy «efecto de salón», muy «cubierta de Figaro
illustré»; ¿pero qué le puede importar eso al señor Plá, cuya principal
admiradora es en la Corte la infanta doña Isabel?...
El señor Alcalá Galiano, creo que pariente de don
Juan Valera, e ilustrador de una reciente edición de Juanita la larga,
expone una pequeña tela, castigo de las pupilas, de una violencia de tintes que
no superarían todos los cromos del poeta andaluz Salvador Rueda. Son unos
gitanos en viaje, bajo el más fuerte de los soles; quizá sea el cuadro espejo
de la realidad; mas suponiendo que los gitanos se vistiesen con el alma de las
cochinillas, el jugo de las esmeraldas y el espíritu esencial de los ocres, no
llegarían jamás, me parece, a la realización de esta escena bañada de una luz
indecorosa y embijada de colores insultantes.
Cuatro Benlliures exponen: don Blas, don José, don
Juan Antonio y don Mariano. Me parecen todos de condiciones plausibles, pero me
detengo en un cuadro de don Blas. Reproduce un interior de iglesia, el de la
Basílica de San Francisco de Asís. El pintor ha logrado, ante todo, imponer la
serenidad mística del recinto; ha tratado los planos de admirable manera, y ha
obtenido la sensación del ambiente. Se revela al propio tiempo que entendido
detallista, hábil imaginador de sus tubos,[331] en
su justo y discreto colorido, y esto es ya bastante en un medio artístico en
que el virtuosismo impera en toda su potencia. Digno de nota es también el
trabajo de don José, Pobres de San Francisco. Este mismo artista se
distinguió en la última exposición de Bellas Artes de Venecia, con su
cuadro San Francesco al convento di S. Chiara.
Se ve que los Benlliure hallan en el autor de
las Fioretti temas e inspiraciones.
¡Que él les favorezca con la constancia y la
revelación continua del maravilloso frate Sole!
Don Aureliano de Beruetes el autor del notable
libro sobre Velázquez, que se publicó en francés con prólogo de Bonnat, y cuya
edición española es probable que no se vea nunca, tiene en esta exposición una
tela interesante, una impresión sentida y bien trasladada, en las orillas del
Tajo. El señor Berruete es un paisajista de mérito y no es la menor de sus
cualidades una sobriedad muy rara entre sus colegas.
Mariano Fortuny... ¿no os despierta este nombre el
recuerdo de una fiesta de color, de una página de Gautier? El artista que hoy
lleva ese nombre es el hijo del glorioso, del de la Vicaría. La
gloria asimismo será para él. Y de mí diré que le consagro toda mi simpatía,
pues sé que en él alienta un noble espíritu de arte, a quien Angelo Conti, en
armoniosa amistad, dedicara uno de los más puros libros de belleza que se hayan
publicado en este siglo, per la ricchezza del tuo ingegno e per la
bontá del tuo volere. La educación artística de este autor es casi toda
italiana, a punto de que respecto a él diga un crítico del valer de Vittorio
Pica: Mariano Fortuny figlio, che io non mi so rassegnare a non
considerare como un pitore italiano... En el Salón Amaré hay un
estudio suyo, dedicado por cierto a su tío Raimundo de Madrazo. Es una figura
de mujer, de factura delicada, cuyas cualidades de dibujo están realzadas por
la vida interior, por el alma que se transparenta a través de las líneas y
toques de color.
Es la distinción el mejor de los dones de este
artista;[332] la distinción, rara virtud, que hizo
brillar en un bello retrato expuesto en el certamen veneciano, el cual retrato
alababa el crítico que he citado por su técnica sabia, «por su elegancia
exquisita y fascinadora, que hace pensar en las estampas inglesas coloreadas,
del siglo pasado».
Un saludo respetuoso y admiración a la obra del
maestro Carlos de Haes. En la última Exposición de Bellas Artes, o Salón de
Madrid, hubo una sala dedicada al pobre y gran pintor belga español, que en sus
últimos años fué preso de la locura. Haes, el maestro de una generación de
pintores, quien enseñó la ciencia del paisaje y dió la clave del sentimiento de
la naturaleza, intérprete de admirables marinas y de vivientes campañas, lejos
de las rudas manifestaciones de las paletas apopléticas, de las atronadoras
murgas coloristas; Haes, el buen Haes, que debía tener un busto a la entrada
del Museo de Arte Moderno. Hay de él aquí una marina, noble y serena, que se
destaca en su marco, soberanamente, entre toda la habilidad circunstante.
Noto una buena cabeza de estudio de Bannas y me
detengo ante una escena del Quijote, de Jiménez Aranda. He de repetir lo que
otra vez he expresado de este autor: sus traslaciones de las escenas
cervantinas dan a entender que el dibujante es excelente, pero el comprensivo,
el revelador pictórico del gran novelista no se muestra.
Otra cosa es Moreno Carbonero, con todo y no ser un
triunfo de alta visión artística su cuadro enviado a la Exposición de París. En
esa tela, ¡cuanto métier!
Mas en un cuadrito que aquí encuentro, La
primera salida de Don Quijote, el espíritu de Cervantes le ha ayudado. Ese
es el amanecer, la blanca aurora en las rosadas puertas del Oriente; y ese es
Don Quijote, que parte a sus aventuras. La poesía del cuadro es de comunicación
inmediata, y la técnica, con ser mucha, no impide el paso suave de la gracia
invisible.
Don Raimundo de Madrazo—¿cuántos son los ilustres?[333] ¡Saluez!—muestra una vendedora de flores,
fresca, floral. Quisiera hablaros de otros cuadros, detenerme ante algo de
Marinas, de Martínez Cubells, de Masriera; pero Muñoz Degrain me llama con dos
telas concienzudas: Laguna de Venecia y Bahía y puerto
de Pasajes. En ambas el pincel libre hace admirar su maestría de juego,
quizá de un vero demasiado atrevido en la sinfonía veneciana,
peligrosa ésta por la suma de obras maestras que han brotado al amor de la
divina ciudad; en la otra tela, cálida y sentida en su conjunto, como detallada
en bizarrías de colorido francamente magistrales, trae por algo a la memoria la
bravura incomparable de Favretto, y el favor del numen en premio de la pasión
de la luz.
No he de dejar de citar un Monaguillo de
Pinazo, hecho con la mayor franqueza de pincel, y una Cocina de
Emilio Sala, de valor técnico, de color sabio, pero en donde la única figura no
se sabe a punto fijo qué hace. El señor Saint-Aubin, de quien en otra ocasión
he hablado, ha enviado dos trabajos en que, como otras veces, se distingue su
talento de compositor; es también un enamorado del sol. Del célebre Sorolla hay
también dos telas en que, como siempre, prueba su vasto dominio de la pintura y
su indigente comprensión del arte.
Amador del arte es Raurich, que no tiene gran fama,
y cuyo cuadro principal en la Exposición del año pasado, si tuvo pocos
estimadores fué blanco, en cambio, de muchas saetas. El poema-paisaje de
Raurich, en esta sala, se llama Otoño y produce el
contemplarlo un deleite misterioso de poesía. ¡Es un estado de alma, un estado
de corazón! Es una unión íntima del espíritu de la naturaleza, que tiende a
manifestarse, con el espíritu del artista; y en esa soledad de agua y de
árboles esa unión se traduce; y en la melancolía de las hojas secas y del
ambiente, del paisaje todo, hay un encanto secreto, que en estrofas de suaves
colores penetra en nosotros por la senda visual, a despertar en nuestro
interior reminiscencias de lejanos ensueños.
Algo, muy poco, se expone de escultura, sin que
nada de lo expuesto pueda llamar seriamente la contemplación. Todo, por lo
común—como en la mayoría de los pintores—, es de asunto temal. Tiende a su
colocación en la vidriera de bric-a-brac; la anécdota cocó o
mediocremente sentimental; el busto de misia Todo-el-Mundo, o los inevitables
animales. Aquí se hacen ver una madona de Trilles, que sale de lo usual, y un
alto relieve de Susillo, del malogrado Susillo, que se encuentra al paso,
aunque no está en el catálogo: La Oración en el Huerto. El pobre
Susillo, que se suicidó no hace mucho tiempo, produjo algunas obras que dicen
lo que pudo llegar a ser, a pesar de la sonora victoria de más de un
picapedrero condecorado. Queda suyo poco, pero que conserva su recuerdo entre
los artistas: La Primera contienda, en el Museo de Sevilla,
el Aquelarre y algo más de indiscutible fuerza.
Al salir del Salón Amaré no he podido menos de
consagrar un recuerdo al señor Artal, que tanto hace por el arte español en
Buenos Aires; y al propio tiempo, a Carlos Malagarriga, que ha tenido el
valiente patriotismo de decir la verdad a los artistas de su patria respecto al
arte peninsular en la Argentina. No es superior, ni con mucho, la exposición
Amaré, por ahora, a las exposiciones que el señor Artal ha llevado a cabo, a
costa de sacrificios, es decir, perdiendo en casa de Witcomb. Es el caso, pues,
que no se produce nada nuevo ni sobresaliente, porque el público que compra—que
es escaso—no quiere otra cosa que lo que está acostumbrado a pagar. Lo que no
se vende aquí va a Buenos Aires, en donde, más o menos, se empieza a gustar el
buen arte, y hacen competencia los pintores franceses e italianos. Los pintores
españoles que ciertamente valen—con las excepciones consiguientes—venden en
Europa mismo, o en los Estados Unidos. Esos son los que buscan sendas no usadas
de bello arte, y que, por lo general, no gustan en su país.
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Contemporánea, by Rubén Darío
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