© Libro N° 9707. Letras. Obras Completas Vol. VIII. Rubén
Darío. Emancipación. Marzo 19 de 2022.
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Obras Completas Vol. VIII
Rubén Darío
Letras
Obras Completas Vol. VIII
Rubén Darío
Title: Letras
Obras Completas Vol. VIII
Author: Rubén Darío
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Release Date: January 24,
2016 [EBook #51029]
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LETRAS
I
En efecto; si la palabra es un ser viviente,
es a causa del espíritu que la anima: la idea.
Así, pues, las ideas, con sus carnes de palabras,
vivientes, activas, se congregan, hacen sus ciudades, tienen sus casas. La
ciudad es la biblioteca, la casa es el libro.
Helas allí como los humanos seres; hay ideas
reales, augustas, medianas, bajas, viles, abyectas, miserables. Visten también
realmente, medianamente, miserablemente. Tienen corona de oro, tiara, yelmo,
manto o harapos. Imperiosas o humilladas, se alzan o caen, cantan o lloran. Evocadas por el hombre, dejan sus habitáculos,
abandonan sus alvéolos, resuenan en el aire, o, silenciosas, penetran en las
almas por los ojos. Luego vuelven a sus casas, después de hacer el bien o el
mal.
II
Tenéis aquí una vieja catedral: es un misal
antiguo. Muestra sus ferradas y pesadas puertas; sus muros, sus esculturas, sus
vidrios coloreados, sus rotondas, sus flechas, sus agujas, sus campanarios. En
los nichos de las mayúsculas viven los santos, las vírgenes, los mártires. A su
rededor clama un pueblo de ideas santas, canta como a son de órgano o al vago
vibrar de tiorbas celestes. Las ideas angélicas, encarnadas en palabras castas
y blancas, dicen en coro rezos, himnos, glorias, hosannas. Las
martirizadas pasan purpúreas, cerca de los azules y oros que pulieron los
monjes. Unas llevan los ramos de lirios en las manos, otras clavos, coronas de
espinas o palmas. ¡Palmas! Cuando el triunfo de Nuestro Señor Jesucristo llena
las vastas naves, el pueblo de ideas fieles se congrega. Es el ambiente de los
profetas, el mundo de los doctores, la atmósfera de los beatos. Un incienso de
fe perfuma el aire. Los altares, bellos de oro y de cirios, presentan la
magnificencia mística de sus arquitecturas. Por las cornisas, por los tallados
de las puertas, por los calados de las piedras, piruetean los demonios bufos con los frailes obscenos; un cabrón que termina
en largo y crespo follaje vegetal, quiere ascender hasta la soberbia expansión
de los maravillosos e historiados rosetones.
Esa vieja historia es un castillo feudal. Ois el
cuerno del enano, entráis por el puente levadizo. Encontraréis dentro al
castellano, a la castellana, a los pajes, a las dueñas. Las ideas están
vestidas a la usanza de entonces; todo es hierro, lorigas, caparazones; en los
cintos las espadas, en los blancos cuellos las golas; en los puños gerifaltes.
Y suena el rumor de las mesnadas de ideas. Ellas claman, vitorean, dicen
decires, cantan cantos, tienen sus fiestas, sus cacerías; pelean bravas, juran
y se signan, saben de respeto y de honor, de Dios y de los caballeros. De
noche, al calor del buen hogar, cuentan cuentos.
En esa Ilíada pasa, truena un
mundo de ideas gigantescas; viven en palabras desmesuradas, altas, vibrantes,
sonoras, primitivas, divinas. Hay ideas que pasan desnudas como Venus; otras
que ululan como Hécuba; otras heroicas y veloces como Aquiles. En esa portentosa
ciudad griega por donde quiera os halaga la maravilla del ritmo, reina la
música en su sentido original; al mandato de una lógica imperiosa, todo se
mueve obedeciendo al número; al paso escucháis cómo hacen vibrar el bosque de
aritmética las cigarras del verso.
En ese usado Ars Amandi os sonríen
variadas y graciosas ideas femeninas. Provocan, llaman a la
batalla del amor; así como ese ojeado Aretino, propiedad quizá de alguna
refinada marquesa del tiempo pasado, es un curioso prostíbulo.
En las bibliotecas existe el «inferi», como en
ciertos museos los gabinetes secretos, y en los estereoscopios las vistas
reservadas. ¿En dónde había de estar sino en el infierno la Faustina del
divino Marqués?
III
Los impresores y los encuadernadores son los
arquitectos de las ideas congregadas. Ellos les levantan sus palacios, o las
alojan en casas burguesas; las adornan de formas elegantes, caprichosas,
modernas, graves, cómicas; las ilustran, las refinan o las ponen en aislados
ghetos; las colocan, las recaman de oro como si fuesen personas imperiales;
tapizan sus casas con las pieles de los animales, con costosos pergaminos,
telas ricas, sedas y galones. Muchas, fastuosas y vulgares, moran en palacetes
opulentos de keapsake; otras, hermosísimas, puras, nobles, llevan pobremente en
ediciones modestas su perfecta gracia gentilicia.
Las primeras son semejantes a ricas herederas, feas
y estúpidas; las otras a princesas olvidadas, hijas de reyes caídos,
virginales, supremas, avasalladoras por la sola virtud de su potencia nativa.
Hay unas heroicas, yámbicas, masculinas. Hay las soldados, espadachines,
verdugos, perros furiosos. ¡No toquéis a los que manejan ideas!
Allí viven las ideas en sus casas, en sus ciudades
e imperios, las bibliotecas; tienen sus Parises, sus Londres, sus aldehuelas,
sus villas. En las puertas de sus mansiones se ven nombres anunciadores de sus
jerarquías, desde la Biblia hasta Bertoldo, desde
Hugo hasta el Sr. X. Pues todo en ellas sucede como en los hombres, y así, son
unas porfirogénitas, otras plebeyas. Y como el hombre también, unas mueren y
caen en el olvido; otras ascienden a la inmortalidad, por la suma gloria del
genio.
PARÍS Y LOS ESCRITORES EXTRANJEROS
El marqués de Rojas vivía en París hace larguísimos
años. Antiguo diplomático, ha conocido buen número de testas coronadas y ha
permanecido en casi todas las cortes de Europa. Sus estudios preferidos han
sido investigaciones históricas, la literatura, y sobre todo, los asuntos
financieros, disciplina en que sobresale. Sus gustos, sus hábitos eran los de
un gran señor; y la vida de París le sentaba tan bien, que ostentaba, no sin un
justo orgullo, una florida y animada senectud. Mas una vez que se le conocía y
se le trataba, se veía que el venezolano persistía,
a pesar del tiempo, del medio y de las frecuentaciones. Y en sus libros se
revela poderoso el espíritu hispanoamericano. Lo propio puede decirse de un
cubano eminente, D. Enrique Piñeyro. Crítico de alto valer, pensador ponderado,
muy erudito en literaturas extranjeras y en la española, sobre todo, guarda en
su espíritu la savia cubana, el aliento del terruño. Antiguo compañero de
colegio, amigo de la infancia, amigo hasta los últimos días, de José María de
Heredia, el poeta francés, ha publicado, después de varios libros sobre asuntos
literarios diversos, una monografía sobre José María de Heredia. ¿El cubano
francés? No, el cubano del todo, el autor de la oda al Niágara. En ese trabajo,
dice un periódico, «discurre el señor Piñeyro con su acostumbrada sobriedad
acerca de la vida breve y agitada del cantor del Niágara, y a través de su
prosa clara como las ondas de un río, se destaca con calor y vida la figura del
gran poeta; se le ve muy joven estudiando a Homero y leyendo la Biblia en la
ciudad oriental; más tarde le vemos investirse de abogado ante la Audiencia de
Camagüey y ejercer la carrera al lado de su tío Ignacio en la poética Matanzas.
En esta ciudad se le ve esconderse y huir fugitivo
para desembarcar luego tiritando de frío en Boston, peregrinar en varias
ciudades americanas enseñando el español, sin saber aún el inglés, hasta que
apoyado con la influencia poderosa de Roca Fuerte,
surge en Méjico como uno de los consejeros de Guadalupe Victoria, el primer
presidente constitucional de aquella república. Allí trabaja tranquilo, crea
familia, y como obedeciendo a un sino incontrastable, le vemos pronto envuelto
en los tormentosos acontecimientos políticos que señalaron el paso por el
Gobierno mejicano del general Santa Ana. Mientras tanto aquí en Cuba se le
había condenado a muerte, y cuando, decepcionada el alma y desfallecido el
cuerpo, pidió y obtuvo regresar a la patria para abrazar a su madre, no
encontró nave que le trajera a tiempo, pues antes la muerte, que le venía
acechando, le arrebató la vida a los treinta y seis años escasos de haberla
padecido. Y ni aun sus restos han podido recogerse, pues cerrado el cementerio
en donde fué enterrado, se mezclaron las osamentas para conducirlas al azar a
otra parte.»
Tal es la vida del egregio poeta cubano; tal es la
gran figura literaria cuya biografía traza con mano firme y límpida el señor
Piñeyro. Si en el renombrado crítico hubiese prendido bien la parisina, la
monografía hubiera sido escrita sobre el famoso sonetista, miembro de la
Academia francesa. La hubiera escrito en francés o la habría hecho traducir,
para que fuera gustada, ante todo, por el público parisiense; habría hablado
muy poco de la época de los primeros estudios en la Habana, y habría sido minucioso
en recuerdos respecto a la intimidad de Heredia con Hugo, con Gautier
y con todos los parnasianos; habría hablado de su salón literario, de su
biblioteca, de sus obras de arte, y el escritor no habría revelado su origen de
ninguna manera. Para el parisiense no existe otro lugar habitable más que
París, y nada tiene razón de ser fuera de París. Se explica así la antigua y
tradicional ignorancia de todo lo extranjero y el asombro curioso ante
cualquier manifestación de superioridad extranjera. Ante un artista, ante un
sabio, ante un talento extranjero, parecen preguntar: ¿Cómo, este hombre es
extranjero y sin embargo tiene talento? Y el meteco que se parisianiza llega al
mismo grado de exclusivismo que el legítimo parisiense de París.
El poeta cubano Augusto de Armas llegó a la gran
ciudad ya poseído de la locura de París.
Escribió versos franceses admirables, se llenó del
espíritu luteciano, fué en el barrio latino como cualquier joven poeta francés
de ensueños y melena—y se lo comió París. No existía entonces el arribismo. El
pobre criollo vivía en su ilusión de gloria, dedicó poesías a todos los
mamamuchis de entonces, y fuera de Banville, que le escribió una carta amable,
nadie le hizo caso.
Muchos de los que hemos venido a habitar en París
hemos traído esa misma ilusión. Mas hemos tomado rumbos diferentes. Yo he sido
más apasionado y he escrito cosas más «parisienses» antes de venir a París que
durante el tiempo que he permanecido en París. Y jamás pude encontrarme sino extranjero entre estas gentes; y ¿en dónde están
los cuentecitos de antaño...? Gómez Carrillo es un caso único. Nunca ha habido
un escritor extranjero compenetrado del alma de París como Gómez Carrillo. No
digo esto para elogiarle. Ni para censurarle. Señalo el caso. El es quien dijo,
yo no recuerdo dónde, que el secreto de París no le comprendían sino los
parisienses. Los parisienses ¡y él! Si no ha llegado a escribir sus libros en
francés, es porque no se dedicó a ello con tesón. Mas en su estilo, en su
psicología, en sus matices, en su ironía, en todo, ¿quién más parisiense que
él? Muerto Jean Lorrain, no hay entre los mismos franceses un escritor más
impregnado de París que Gómez Carrillo.
Revolviendo nombres y categorías puede observarse:
Tourguenieff estuvo siempre en la estepa, Heine en el Walhalla, Wolff y Max
Nordau en el ghetto, Eusebio Blasco en Fornos, Moreas en la Morea, la señorita
Vacaresco en Rumania, Cantilo y Daireaux en la Argentina, Marinetti en Milán,
Bonafoux en España... Carrillo es el meteco más parisiense de París. ¡Pues
bien! El mismo Carrillo comienza a reconocer que más de una vez se ha sentido
desarraigado en la babilónica metrópoli. Y él no puede quejarse de París, que
bien se lo pudo tragar como se tragó a Augusto de Armas y a tantos otros. París
le dió su gracia verbal, su versatilidad femenina, su sonrisa y el gusto por el
refinamiento de sus placeres. Carrillo vino muy joven. Habitó en el barrio latino en un tiempo en que aún existía la bohemia y
se amaba la poesía y el amor buenamente. Apenas si comenzaban a causar su
efecto los venenos baudelaireano y verlaineano. Carrillo alcanzó las veladas de
«La Plume». Tuvo buenos compañeros. Le halagaron desde entonces; le publicaron
en aquella revista su retrato—un Carrillo adolescente y muy medalla romana—y
logró una, dos y no sé cuántas Mimís, en la edad más hermosa, con cuerpo y alma
de estreno. Con el tiempo evolucionó, con las ventajas y desventajas del
medio... No creo que pudiera nunca separarse de París, aunque haya llegado a
reconocer más de una de las falsías y engaños de la adorable cortesana que lo
hechizó.
*
* *
Acabo de leer un pequeño libro del escritor
dominicano Tulio M. Cestero. En estas páginas hay una sensación de París,
expresada en un diálogo de transparente fondo psicológico. El autor expresa el
encanto, el embrujamiento parisiense en el espíritu hispanoamericano, y el
peligro del torbellino que atrae. No sé que haya permanecido largo tiempo en la
ciudad luminosa. Lo que sí sé es que ha peleado ruda y bravamente en las
revoluciones de su país, que es, entre los de la América revolucionaria, el
país de las revoluciones. «Hemos hecho la guerra, dice, desde los días del
descubrimiento. En el alma nacional lidian la tristeza
del indio, el dolor del negro esclavo y la nostalgia del español aventurero,
terrible herencia de odios que nos ha hecho un pueblo triste y levantisco.» Ha
descrito, en prosa orgullosa y gallarda, escenas de las luchas arduas en que ha
tomado parte. Deja ver ingenuidades de roca nativa, y en ellas el más puro oro
cordial y diamantes generosos. Aun perfumada el alma del soplo de las patrias selvas,
llega a Lutecia. Está en el bulevar. Párrafos del diálogo que he citado nos
darán la impresión que buscamos:
«Marcelo.—El bulevar... ¿Has leído la
reciente novela del corrosivo ironista La Jeunesse? Cuántos pensamientos en
nuestras tierras de América se orientan hacia esta congestionada arteria donde
el placer y el dolor forman una ola impetuosa. Venir a París, trotar por el
bulevar, es la aspiración tenazmente perseguida de los intelectuales,
políticos, mercaderes y mundanos de nuestras tierras calientes. Y casi tienen
razón. Es única esta vía que encierra un mundo en algunos metros; ni Picadilly,
de Londres, ni Unter den Linden, de Berlín, ni Broadway, de Nueva York,
producen esta impresión de onda que acaricia y flagela al mismo tiempo; es una
corriente que arrastra. Sí, pero es un río formado por los apetitos, las
ambiciones, los dolores, las alegrías en delirio que bajan rugientes de
Montmartre, de Batignolles, del barrio latino, de más lejos aún, de los cuatro
puntos cardinales del globo, y en confluencia forman esta corriente que parece
mansa y es pérfida, poderosa, cuyos remansos son
las terrazas de los cafés. ¡Qué gloria enfrenarla y domarla; pero qué energías
formidables se necesitan! Sondear su fondo me marea, y las bascas amargan mis
labios.
Andrés.—Por el contrario, yo siento una sensación de
fuerzas nuevas, alegres, un vehemente anhelo de conquistar el aplauso de esos
hombres y el amor de esas mujeres; de erigirme un pedestal con las cabezas
erguidas bajo las plumas o las sedas de los sombreros caros, y me digo cada
vez: «París, tú serás mío».
Marcelo.—Ilusión.
Andrés.—París es inconquistable, indomable; olvida en la
noche sus amores del alba. Es inútil empeño querer aprisionar el agua en el
puño. Es en las tierras de América, que nuestros padres han regado con sangre,
donde hemos de realizar la acción de nuestros sueños. A París viene todo el oro
de nuestras minas, en monedas y en pensamientos; y a los que llegan fuertes,
jóvenes, sanos, con la primavera en el alma, París los devuelve enfermos,
viejos, rotos. Café de la Paix, Americain, Maxim’s, cocotas, sombreros,
sonrisas, grupas. Marcelo ha de sentir el influjo, la atracción, y después de
una noche blanca, después de una borrachera, ha de exclamar al ir en el frío de
una madrugada parisiense: «Me envuelve la ola, me desarraiga, me arrastra, en
el torrente, voy aguas abajo... Este cielo es un trapo sucio y no hay sol, no
hay sol... el sol». Ciertamente, en París no sólo
hay grupas y sonrisas de venta, y cafés alegres. Mas, entre todos los que
vienen, nadie prefiere Madame Curie a Mademoiselle Liane de Pougy. Y París,
sobre todo, es mujer. Es la hembra. Y Cestero se va al Congreso de La Haya y
luego partirá para Santo Domingo, a pelear quizá con los revolucionarios. Pero
donde, por dentro y por fuera, tendrá el sol. Su sol.
Ignoro si tuvo ocasión antes de morir, el lamentado
André Theuriet, de conocer el volumen en que me ocupo. Tan sincero y apasionado
«forestier» habría gozado de todo corazón con ver tratada tan sutil y
delicadamente lo que llamaríamos el alma de esas cosas tan amables y tan
encantadoras que representan como la gracia femenina en el mundo de las
plantas. Las flores aman, las flores tienen designios, las flores luchan y
vencen en contra de las disposiciones del destino. Uno rememora las
concepciones de Ovidio; y se llega a imaginar que algo que se relaciona con lo
humano obra en la planta después de misteriosas y
extraordinarias metamorfosis.
En el poema latino Dafne se transforma en laurel,
Siringa en caña, Narciso en flor de su nombre, Driope en loto, Jacinto en flor,
Mirra en árbol, Adonis en anémona, las Ménades en árboles, Ayax en jacinto,
Apolo en olivo. ¿Quién no ha visto, con la ayuda del pensamiento y de la
imaginación, gestos y ademanes en los árboles, coquetería, o modestia, o
lujuria, o voluptuosidad, u orgullo en el imperio floral? El buen sentido de
las naciones ha hecho muy justas denominaciones simbólicas, y el sencillo y antiguo
«Lenguaje de las flores» contiene una crecida cantidad de correspondencias,
como diría un swedenborguiano. Es el mismo Swedenborg quien dice esto: «El
hombre se asemeja a los animales por las afecciones y los apetitos de su
natural; se abandona a los impulsos de ese apetito y se acerca a los animales
con que tiene más correspondencia y relación. De allí viene que en uso
ordinario se le compare con ellos. Si es de un carácter dulce, pacífico, se
dice: es un cordero. Si es duro, implacable, cruel, se le califica de oso,
tigre; si es voraz, de lobo; si es glotón, de cerdo; si es engañador, de zorro,
y así de tantas otras maneras de decir, fundadas en las correspondencias entre
el hombre y los animales; correspondencias o relaciones conocidas, pero sobre
las cuales no se reflexiona lo bastante para darnos cuenta de mil cosas, tanto
naturales como espirituales, que el hombre ignora. Esta
correspondencia existe también con el reino vegetal.» Esta última frase la
subraya Robert de Montesquiou a propósito de las «Flores animadas» de
Grandville. Un delicioso poeta mejicano, ya desaparecido, Manuel Gutiérrez
Nájera, animó líricamente también a esas lindas criaturas, en sus versos sobre
«La misa de las flores», inspirados por unos de Víctor Hugo en las «Chansons
des rues et des bois».
J’errais. Que de charmantes choses!
Il avait plu; j’étais crotté;
Mais puisque j’ai vu tant de roses,
Je dois dire la vérité.
J’arrivais tout près d’une église,
De la verte église du bon Dieu,
Où qui voyage sans valise
Ecoute chanter l’oiseau bleu,
C’était l’église en fleurs...
Y en otra poesía también se animan las flores, en
la que él titula «Celebración del 14 de Julio en la floresta»; y en otra aún,
«La santa capilla», que acaba:
La bouche de la primavère
S’ouvre et reçoit le saint rayon;
Je regarde la rose faire
Sa première communion.
Maeterlinck, por su parte, observa la íntima
volición de las vegetales familias, sujetas a la tierra, mas sin embargo,
conmovidas por la universal ley de fecundación y de vida. Él no trae nada
nuevo, como lo ha advertido; mas de hechos conocidos en
botánica él saca consecuencias que hacen meditar, une con una suerte común el
alma de las flores con el alma de los hombres... Saint Pierre, el dulce e
ingenuo Saint Pierre, aplicaba a tales asuntos sus inofensivas filosofías. Mas
ya hay distancia entre el seráfico abuelo y el creador enigmático de
Tintangiles, de Maleine, explorador sombrío de lo desconocido, de la muerte,
del ensueño, de la previsión, del azar, del destino.
Es después del descenso repetido a la más obscura y
temerosa de las minas del cerebro, que viene el místico moderno, a inclinarse
en observación sobre el cáliz de una rosa, sobre la blancura de un lirio. Y a
vislumbrar en el fondo de todos esos deliciosos aparatos, una luz de
probabilidad consoladora, en el perpetuo enigma en que se agita la humanidad
desde lo recóndito del tiempo.
LUIS BONAFOUX «BOMBOS Y PALOS»
*
* *
La obra de Bonafoux demuestra lo vano de la
diferencia que ha querido hacerse entre escritores y periodistas. No existe
después de todo sino esto: hay periodistas que saben escribir y periodistas que
no saben escribir; hay quienes tienen ideas y quienes no tienen ideas. Y, como
decía una vez el sesudo y acre Paul Groussac, más o menos: hay quienes no
escriben ni bien ni mal; ¡no escriben! Mas hay artículos de periodista que
valen, por fondo y forma, lo que un buen libro. Desconfiad de la fecundidad, de
la cantidad. De Magnard díjose que escribía sonetos políticos. Las
crónicas de Bonafoux serían así sonetos, rondeles, letrillas, sin rimas:
aladas, picantes, ligeras, pesadas, con su poco de miel, con su
poco de amargura, tal como hubieran podido complacer a cierto ruiseñor alemán
que anidó en la peluca de Voltaire según confesión propia, y a quien también se
puede colocar entre los «periodistas». ¿No es un periodista ya aquel Séneca
antiguo que nos ha dejado tan singulares «crónicas» avant la lettre?
Para buscar antecesores a Bonafoux no hay necesidad
de ir a extranjeras tierras. Sus abuelos mentales están en España. Se ha
hablado de Heine. Pero ¿no es Cervantes uno de los espíritus que más influencia
tuvieron en el atormentado y maravilloso teutón? Estaba yo releyendo en estos
días el «Centón epistolario» del bachiller Fernand Gómez de Cibdareal, cuando
recibí la reciente obra «Bombos y Palos»; y leyendo el libro nuevo observé que
a través de largos siglos, había más de una relación ancestral con el libro
viejo. He allí otro periodista, aquel bachiller que escribía, antes de
Barrionuevo, sus cuartillas a las personas, como hoy se escriben a los diarios.
Mas la vida moderna y la lucha del vivir, y los años que dejan ver lo amargo de
las cosas humanas, han puesto en mi amigo Bonafoux una acritud que no desea
disimularse, y que aparece casi siempre en su producción.
¡Por Dios! Encontramos gentes que de todo sonríen,
o ríen, satisfechos, y que todo lo encuentran excelente
en el mejor de los mundos posibles. No está mal que ante la fácil «candidez»
surjan de tanto en tanto los protestantes contra las inevitables miserias en
las tragedias y sainetes de la hostil existencia cotidiana. Y luego, a desfacer
entuertos. He allí la parte del eterno Quijote, en el defensor de los débiles,
sin curarse de si una vez los galeotes libertados, no se volverán contra él y
le lapidarán, como es muy de razón que así sea. ¡Y el amor de la verdad, el
peligroso amor de la verdad! Decir la verdad, gritar la verdad, a riesgo de las
naturales consecuencias, y prestar para ello su vocabulario al argot, a los
clásicos, a Quevedo sobre todo, y, sin temor a lo escatológico, ¡al mismo
general Cambronne! Y en seguida gemir por un niño mártir, por un dolor ajeno,
por una tristeza que necesita consuelo... Bonafoux el Feroz se convierte en San
Luís Bonafoux.
*
* *
Al recorrer este último libro, no puedo menos que
pensar: ¡Si Bonafoux escribiese sus memorias! Pues hay aquí las más sabrosas
páginas sobre españoles e hispanoamericanos en París. Artistas, escritores,
diplomáticos, hombres de bien y pillos están tratados conforme con sus
merecimientos. Y desenfadadamente, para unos maneja el sonoro instrumento en
que por lo general se percute la piel de los asnos; para otros, también
desenfadadamente, emplea un nudoso garrote. Sobre
todo, no caben en él disimulo y engaño. Mentiri nescio. Mas,
en medio de esas tareas, no descuida el ir una que otra vez a dar una vuelta
por su jardín. Y allí están, cultivadas casi con pudor, casi a escondidas,
bellas rosas de arte, frescos lirios de sentimiento, frías y pomposas
hortensias de fantasía. Lo cual no obsta para que, en cuanto sale de nuevo a la
diaria faena, no deje de gritar por ejemplo: ¡Vaya cardo! y lo dé por espuertas
a los que de ello han menester.
En Asnières, lugar florido, lejos de los ruidos de
París, tiene hace tiempo su casa de trabajo y de reposo, al amor de su familia,
pues es varón de orden y de hogar. Cuando viene a París, casi siempre está
acompañado. La persona que con él podéis ver, puede ser un príncipe destronado,
un periodista, un hombre de negocios, un anarquista. Unos le buscan por asuntos
de bombos y otros por asuntos de bombas... Tal su ministerio.
Tiene larga fama. Hay quienes en Río Janeiro, o en
Tánger, leen tales o cuales diarios por el artículo de Bonafoux. Y lleva la
carga de su talento, con talento. Y la cinta de la Legión de Honor, con honor.
Et je danse dans l’herbe avec des pieds fourchus.
Pero por otro lado de su genealogía, la sangre que
corría en sus venas era bien gala: descendía de Rabelais por Panurgo. Tenía de
él la risa estallante, el don de las bromas enormes, la pasión de las aventuras
y la alegre imprevisión. Debo agregar que no era todo lo que esa naturaleza
valiente y leal había tomado al compañero bastante cobarde y bastante perverso
de Pantagruel, de Epistemón y de frère Jean des Entommeures. Cómo, con ese
doble origen, nació hijo de gendarme en su muy prosáico cheflieu de
cantón de l’Eure, es lo que sería difícil de explicar. Sabéis que, como el
mundo contemporáneo no tiene lugar para los seres fantásticos de antes, él se
encontró arrojado en la existencia azarosa de los personajes de la novela
cómica de Scarron: cómico errante como Destin o La Rancune; yendo de escena de
provincia a escena de provincia; tan detestable actor por otra parte (no lo
ocultaba él mismo) como excelente poeta».
Hugólatra, discípulo de Banville, compañero de
Baudelaire, de Mendès, de los jóvenes poetas que hoy peinan canas o duermen en
la tumba, Glatigny vivió en un tiempo de entusiasmo que hoy nos
parece tan lejano, y exprimió el jugo de sus «viñas locas» y lanzó, lleno de un
fuego apolíneo, sus «flechas de oro». No pensó nunca en el mañana. Le persiguió
naturalmente la miseria; le abrumó la vida de café; le engañaron los colegas,
las mujeres, el éxito, las máscaras: la Gloria, ella no, no le olvidó.
Glatigny es uno de tantos Don Quijotes como vagan
por el mundo. Solamente, en el drama funambulesco de Mendès muere sin recobrar
la cordura. Su Dulcinea, sus visiones, hechas de fantasía y deseo, le acompañan
en la agonía, y, seguramente, aunque sin confesión y sin buen sentido, se va a
la mortal sombra misteriosa, más feliz. Se va para siempre en su postrer
«salida».
*
* *
He aquí el drama: En un pequeño pueblo normando
vive Glatigny, con su padre, un simple gendarme. El poeta, que como ya sabéis,
si tiene en el alma una estrella, esa estrella está encerrada en el cuerpo de
un sátiro, que danza sobre la hierba con sus pies hendidos, el poeta está en
vagos amoríos con la empleada del correo, Emma, pobre mujer que está
ciertamente enamorada del fantástico joven, y que, mayor que él, le quiere casi
maternalmente. Una compañía de cómicos de la legua pasa por el pueblo. Están sin
un cuarto y quieren irse sin pagar el hospedaje. Así, de noche, comienzan a
poner en práctica la fuga. Entre ellos hay una guapa
mocetona, Lizane, querida de uno de los cómicos, Fassin—pues hay allí tres de
los que figuran en las Odas funambulescas de Banville: Neraut, Fassin y
Grédelu. En momentos en que Lizane ha saltado por una ventana a la calle, medio
vestida, Glatigny sale de casa de Emma; al ruido se esconde Lizane en un
boscaje próximo. Glatigny la divisa y corre hacia ella. El sátiro y la ninfa.
Palabras, audacias, versos lindos. Glatigny se enamora y, con anuencia de
Lizane, que le ha contado la vida de los poetas de París que ella conoce, allá
en el café—¡sueños de Glatigny!—se va con los de la farándula a la capital, no
sin antes pagar, con dinero que le ha dado la misma Lizane, la cuenta del
hotelero; y halagado por la canción que es como la Marsellesa de sus ensueños:
Avec nous l’on chante et l’on aime!
Nous sommes frères des oiseaux.
Croissez, grands lys! chantez, ruisseaux!
Et vive la sainte Bohème!
Y en el pueblecito queda la triste Emma, que ha
hecho todo lo posible con sus súplicas para que la voluptuosa cómica errante le
deje a su amado.
En el acto segundo Glatigny está ya en París, y en
casa de Émile de Girardin que está para ser nombrado ministro, y cuya
secretaría va a solicitar el bohemio. Mal vestido, pero ya con cierta fama y
con un tupé colosal, comienza en la antesala del
periodista famoso y rico por comerse los bizcochos y beberse el oporto de los
visitantes.
Entra en esto Mme. d’Elfe, una embajadora—la
célebre princesa de Meternich, que aún vive en Viena—llena de elegancia y de
gracias. Viene a politiquear, intrigante y buena amiga de Napoleón III, con
Girardin. Diálogo lleno de curiosas cosas, entre poeta y embajadora. Ella queda
sorprendida y contenta de las ocurrencias y galanterías del flaco y lírico
tipo, que le confía su calidad de poeta y de actor y que incontinenti le hace
unos versos, que escribe en un precioso carnet de la princesa. Ésta arranca la
hoja escrita, y ofrece el carnet a Glatigny, que rehusa el regalo. El carnet
está cubierto de piedras preciosas. En cambio pide la rosa roja que adorna el
tocado de la alta dama; la cual accede, pero viendo que el galante hombre va a
besar la flor, le dice orgullosamente:
...Pourtant quelque jour de peine plus étrange
Et moins fière, s’il vous plaisait de faire l’echange,
N’hésitez pas. N’importe quand, et n’importe où,
Renvoyez moi la fleur, vous aurez le bijou.
...Je ne crois pas vous la rendre jamais!
exclama Glatigny. Y envuelve la rosa en un
autógrafo de Banville que él guarda preciosamente. La conversación sigue hasta
la llegada de Girardin, al cual pide la princesa que modifique un artículo que
está ya en prensa. El diarista accede, manda suspender la tirada y busca a su
secretario, que ha partido; la princesa le
recomienda a Glatigny, que empieza al instante sus funciones... que abandonará
pronto por voluntad propia. Sale Girardin. Y entra Lizane, que había quedado
fuera esperando al poeta. Conversación agitada. Lizane manifiesta que, una vez
más, quiere dejarle, e ir a probar fortuna en calidad de cocota.
—¿Ah? ríe Glatigny.
...Oui, j’ai fait emplette,
D’un nom ducal, chez la marchande de toilettes
Hermine de Bréda.
Está bien. Y se despiden. No sin que antes le
aconseje Lizane al abandonado que se junte con la hija de un músico de
cervecería, la adolescente Cigalón, no bonita, pero que está profundamente
enamorada de él. El acto acaba con la salida de Glatigny de su famosa
secretaría y con el horror de Girardin y la risa de los que llegan y acaban de
leer el diario recién aparecido. ¡El loco había escrito en verso el artículo
dictado!
Tercer acto. La cervecería des Martyrs, que M.
Audebrand acaba de desenterrar en uno de sus últimos libros. Centro de la
bohemia, lugar en que se encuentran todos los comedores de azur y bebedores de
toda clase de cosas, pintores, músicos, poetas melenudos, batalladores, templo
tumultuoso en que se lanzan las más raras paradojas, se ríe, se combate, se
besa a las muchachas y se imaginan todas las filosofías y locuras. El icono de
ese lugar es el de Mürger. Allí aparecen personajes
como Olivier Metra y Courbet, tipos como el del fracasado Morvieux, que son de
todos los tiempos, y el coro de buscadores, de seguidores, de acólitos, de
bohemios. Glatigny está desesperado por la separación de Lizane, y no comprende
o no hace caso de la pasión ingenua de la pobre hija del músico de Cigalón, que
procura darle algún consuelo. Ella sabe por qué sufre el poeta y le dice sus
más suaves palabras y le anuncia que la otra ha de volver, que no sufra, que
pronto ha de verla. Y Lizane vuelve, porque su amante, el cómico Tassin, está
preso, porque no solamente vive de ella sino que ha robado. Y engaña de nuevo a
Glatigny, que cree ciertas sus promesas de amor, sus frases que le enloquecen.
La desventurada Cigalón ve el gozo del que ama por el retorno de Lizane, y
llena de pena, al verlos partir juntos, va a llevarse a su padre, al
músico raté, comedor de haschis, que vive su miseria en paraísos
artificiales; y cuando quiere levantarle de la mesa en que está inclinado, le
encuentra muerto.
En el acto cuarto Glatigny está unido a Emma y
ambos trabajan en la Alhambra, ella en su repertorio cantaridado, él como
improvisador. El público ve, al mismo tiempo, el escenario de la Alhambra, el
cuarto de vestirse de Lizane y el de las demás artistas. Lizane, en una escena
se muestra triste y de mal talante; y como Glatigny la pregunta el motivo, ella
le hace ver que necesita dinero, bastante dinero, para vivir sólo para él, una vida de amor... El desastrado soñador se
desespera... y por fin promete a la pérfida el dinero. Tiene allí cabalmente la
rosa ya seca de la princesa d’Elfe; y en una salida que hace Lizane a escena,
él envía a la princesa, que casualmente está en un palco, la rosa. Y en seguida
recibe el carnet, que pasa a manos de Lizane. A esto ha venido a buscarla
Tassin, que ha cumplido el tiempo de su prisión, y ella se va con él, mientras
Glatigny improvisa ante el público, acompañado por el violín de Cigalón... La
desesperación de Glatigny es inmensa, y mayor la de Cigalón, que ha de echarse
al Sena en breve.
El último acto. El poeta, el amante pródigo, ha
vuelto a su pueblo natal, ya tísico; y vive unido a Emma, que le recibió con
los brazos y el corazón abiertos. Él guarda el recuerdo de sus pasados días. En
su gastado cuerpo no han muerto ni el soñador ni el sátiro. Pero la enfermedad
ha ganado ya mucho terreno, todo el terreno. Y cuando llega la noche y Emma le
acuesta, después de un acceso, él finge quedarse tranquilo, dormir. La buena
mujer se va confiada a su reposo. Y el lunático, el Quijote de la rima y de la
carne, se levanta, como en un delirio. Le ha vuelto más viva que nunca su
locura; busca su maleta vieja, sus papeles viejos, y sale a proseguir sus
aventuras, sale a la calle, y al campo, sobre la nieve... Y muere en su sueño,
con el beso de la esperanza en los labios:
Bah! je leur reviendrai chargé d’or et de gloire!
Ahí le
encuentran por la mañana, helado de muerte y de nieve.
—«Pauvre petit!»—suspira la pobre Emma.
*
* *
De uno de los pasados dramas en verso de Mendès
decía Jules Lemaître que parecía escrito por Víctor Hugo. Este parece escrito
por Rostand, siendo asimismo y por lo tanto huguesco, de un Hugo modernizado.
Hay en Glatigny bastante de Cyrano. ¿No son ambos hermanos por la luna y por el
quijotismo? Al uno le amortaja el otoño, al otro el invierno... A ambos hieren
amor e imposible. Mendès ha hecho todo lo que ha querido, con su talento tan
fuerte, tan bello y tan flexible. Ha hecho cosas como Hugo, como Leconte de
Lisle, como Banville, como Baudelaire, como Verlaine, como los parnasianos,
como los simbolistas, como los decadentes. Y además, como Mendès. Tiene una
obra enorme y varia, y un espíritu siempre fresco y vivaz. Es, indudablemente,
un gran virtuoso; pero es también, indudablemente, un grande y magnífico poeta.
El amor completo, el sabor de la gloria, el impulso
generoso, la concepción luminosa, necesitan del buen estado de nuestras
vísceras. La ciencia de las ciencias se llama Higiene.
Mientras nuestra alma permanece en su casa de
carne, nuestra alma es fisiológica... Ordenémosle bien su casa. Con nuestro
principal poder, con nuestra principal riqueza: la voluntad... De pronto
observo: ¿este optimismo no será sospechoso? Arthur Symons ha escrito: «La
mayor parte de los que han escrito de una manera seductora sobre el aire libre
de lo que llamamos las cosas naturales y florecientes, han sido enfermos:
Thoreau, Richard Jeffries, Stevenson. El hombre fuerte tiene tiempo de ocuparse
en otra cosa, puede abandonarse a pensamientos abstractos sin tener un
lanzamiento al cerebro, puede perseguir objetivamente las consecuencias morales
de la acción, no está condenado a los solos elementos de la existencia. Y en su
tranquila aceptación de los privilegios de la salud ordinaria, no encuentra
ningún lugar para ese éxtasis lírico de las acciones de gracias que un día
claro o una noche tranquila despierta en el enfermo.» ¿Y si para la exaltación
del arte el hombre «sano» no existe, por lo menos en lo que toca al aparato
nervioso? Tanto mayor razón entonces de fortalecernos y mantener en el mejor
estado posible el mecanismo de la máquina animal. Y en tal caso, evitar ante
todo cualquiera de las puertas señaladas con un
peligroso signo mágico, por las cuales se entra en los paraísos artificiales.
Epicuro, Anacreonte, se quedan a la entrada. Omar Kayam, Poe, Musset, Quincey,
Verlaine, penetran, y cuando retornan vienen pálidos de haber visto el infierno
de los infiernos.
*
* *
El personaje principal de la novela de León Daudet
es un joven médico que en lo mejor del goce de su fresca juventud se siente
presa de la tuberculosis. Para calmar sus males, o por el terror de su dolencia
irremediable, se entrega a la morfina. Entre las más horribles agitaciones de
su vicio, cuando el remedio ha resultado peor que la enfermedad, una resolución
firme, ayudada por la constancia de buenos espíritus, por un noble amor, y a la
verdad, por los medios que puede procurar una fortuna, triunfa de todo el daño.
La voluntad ha vencido a la tuberculosis y a la morfinomanía. Esa es toda la
novela. Los incidentes son variados y curiosos. El estilo es el que el autor ha
hecho admirar por su vigor y concentración en obras anteriores.
Pierre Guisanne, el héroe, a pesar de su dedicación
a la medicina, «n’est pas un savant, c’est un artiste», como pensaban sus
camaradas; y al sentirse tuberculoso ha de haber recordado quizás ciertas
palabras de Thomas de Quincey, en las que se
refiere a que «bien podría ser (el opio), y lo pienso según un hecho
absolutamente convincente para mí, el único remedio que haya, no para curar
cuando ya ha estallado, sino para detener, cuando se halla en estado latente,
la tisis pulmonar, ese azote tan temible en Inglaterra.» Guisanne se deja
poseer del espanto de la muerte inevitable. El opio, o su alcaloide, le libra
de la fatal idea fija, le crea un estado de alma nuevo, le mata el miedo. Ante
la perspectiva del anonadamiento en la tumba, se acelera su deseo de vivir. Se
impone el soplo de la vida ardiente. Él va en un querer frenético al placer y a
la embriaguez que le hace aprovechar la eternidad de los instantes. La furia
del gozo por la inminencia del aniquilamiento. Recuérdense las admirables
páginas de Renan en la Abadesa de Jouarres. Es un «parisiense», una
«persona muy parisiense», ese joven deseoso de todos los goces y que lleva la
existencia de París como la más agradable de las cargas. Su viejo padre vive en
provincia, es un sabio discreto. Él cumple con el programa del buen vividor en
la capital de las capitales: amigos diversos, también «muy parisienses»,
queridas, diversiones, elegancias, citas, adulterios, ventajas de soltero. Hay
tipos perfectamente delineados y copiados, seguramente, de lo vivo, de los
conocimientos de M. Daudet; gentes de letras, ridículos y malos, exquisita
canalla; mujercitas, «snobinettes», como dicen en París, impregnadas de vicio y
de vicios; donjuanes vaudevillescos, y, demás está
decirlo, cocotas de fama y clubmen; y también generosas almas, excelentes
corazones, varones de bondad y experiencia, y un lirio de mujer, la novia
salvadora. Cuando de repente, brota la primera sangre por la boca y el gozador
contempla en su imaginación el fantasma de la tuberculosis, todas las ilusiones
se vienen abajo. Alguien turba la fiesta... El se hace ver por uno de sus
profesores, Contrat, hombre de seso y con conocimiento del mundo. «La voluntad,
le dice, es lo contrario de la preocupación. Ella es un esfuerzo momentáneo,
pero serio, en tanto que la preocupación es una vana y constante «revêrie»...
¿Sois creyente? Guisanne le contesta que es casi indiferente en materia
religiosa. Que ha nacido en la religión católica, que tiene simpatía por las
ideas de libertad que hay en ella y que son un feliz contrapeso al fanatismo
materialista; pero no practica desde la edad de doce años, desde que perdió a
su madre. «Je vous avoue que n’ai pas prié...»—¡Ah, tanto peor!, dice Contrat.
«Contrat se había levantado y venía hacia mí lentamente, como si hablase a sí
mismo en una semimeditación.—«Sí, he notado que los creyentes resisten más, en
ese caso, que los otros. Es una escalera que hay que volver a subir... y ellos
tienen una rampa; ¿comprendéis? Os parecerá divertido que el viejo maestro os
hable de este modo. Ciertamente, yo he sido un famoso escéptico. Pero estoy en
vía de evolucionar. Mi sobrina Blanca es tal vez la causa..., o la
experiencia..., o el trabajo de los abuelos en mí... En
todo caso vuestra sensibilidad ha permanecido cristiana. Sin duda. Y bien, mi
querido hijo, poneos en la actitud moral que corresponde a la esperanza del
milagro lo más a menudo que podáis. Quiero decir, implorad de vuestra voluntad,
de las fuerzas desconocidas, de lo que gustéis, la curación súbita y radical...
Hay un estado de receptividad moral para el bien como para el mal; eso es lo
que es verdad, y los tejidos no son insensibles a eso. El escepticismo
predispone a la ruina.»
Esto constituye la base principal de la fabulación,
que hay que considerar como tomada de algún ejemplo viviente, ya que no
relacionada con el más útil, digno y generoso de los casos autobiográficos.
Así, pues, Guisanne, con todo, y su respeto por el profesor, se deja vencer por
el terror inmediato, y antes que recurrir a la fuerza voluntaria o a la fe
religiosa, se intoxica.
Un compañero médico le dice: «Yo no me atrevo a
aconsejarte el opio porque es contrario a todas las doctrinas corrientes... y
luego es el diablo para librarse de él...» El enfermo vacila, pero después cae
en la tentación. El opio le engaña, le hace vivir en sus delicias ficticias, y
le aleja la idea de la muerte. Al recurrir al opio en su situación—lo he
dicho,—Guisanne ha debido recordar a Thomas de Quincey. El caso es casi el
mismo, hay demasiada similitud. Y tanto más si se recuerda que el autor inglés
pudo vencer también en absoluto su vicio, nada menos que después de más de cincuenta años de ser dominado por él. La
voluntad fué seguramente más poderosa al luchar con triple fuerza de hábito y
triple terreno ganado. Es verdad que de Quincey confiesa que la primera vez
empleó el opio para calmar una fuerte e invencible neuralgia dental, y otra
vez, más tarde, por una molestísima dolencia del estómago. Mas en una parte de
las Confessions of an opium eater, dice claramente: «Al principio
de mi carrera como comedor de opio, había sido señalado como una futura víctima
de la tisis pulmonar, y me lo habían dicho más de una vez. Bien que las
conveniencias humanas hubiesen hecho acompañar esa sentencia sobre mi suerte de
palabras alentadoras; que se me haya dicho, por ejemplo, que los temperamentos
varían a lo infinito, que nadie podía fijar límites a los recursos de la
medicina o a defecto de los remedios a las fuerzas curativas de la sola
naturaleza, no era menos preciso un milagro para quitarme la convincción de que
era un caso condenado. Tal era el resultado definitivo de esas comunicaciones
agradables; era bastante alarmante y llegaba a hacer más aun por tres motivos.
Primero, esta opinión era formulada por las autoridades más fidedignas del
mundo cristiano, conviene a saber los médicos de Clifton y de las fuentes
termales de Bristol, que ven más enfermedades pulmonares en un año que todos
sus colegas de Europa en un siglo; esta afección, como he dicho, era un azote
muy propio de la Gran Bretaña, pues depende de los accidentes locales,
del clima y de las variaciones continuas que sufre. No era, pues, sino en
Inglaterra donde podía estudiarse; para profundizar ese estudio era preciso
visitar los alrededores de Bristol, etc.»
Y en otra parte:
«El lector sabe que cuando llegamos a los cuarenta
años, todos somos locos o médicos, según el proverbio de nuestros abuelos
(«fool or physicien»)... Presumo que ese proverbio significaba esto: que a esa
edad se puede exigir de un hombre que acepte la responsabilidad de su propia
salud. Es, pues, de mi deber ser, en ese sentido, un médico, de garantizar, en
cuanto la previsión humana puede garantizar algo, mi propia salud corporal. En
cuanto a eso, lo he logrado, según testimonios prácticos y ordinarios. Y agrego
solemnemente, que sin el opio no hubiera logrado eso. ¡Hace treinta y cinco
años, sin duda ninguna, que estaría enterrado!»
A Guisanne también le sirvió de mucho el opio o la
morfina.
Mas, como a Quincey, el exceso le trajo un
sinnúmero de penalidades, de sufrimientos que constituían otra y más terrible
enfermedad. «No hay enfermedad peor que el alcohol», decía Poe. Que la morfina,
dicen los morfinómanos. Y al describir los temerosos efectos del abuso, León
Daudet parece que pone las impresiones de su propio individuo. Así Santiago
Rusiñol, otro victorioso, ha escrito una página alucinante sobre esos mismos
terroríficos efectos.
El héroe de esta novela de Daudet, después de una
inaudita brega consigo mismo, ayudado de buenos consejeros, se resuelve a ir a
un sanatorio alemán, donde un especialista ha de librarle de su fardo infernal
de pesadillas. Allí la ciencia hace lo que puede lograr; mas es el ejercicio de
la voluntad el que, en resumen, realiza el verdadero milagro. Un alma nueva
nace, o más bien, el alma ligada y prisionera rompe sus hierros y cuerdas.
En todo esto hay escenas incidentales de un
positivo interés y descritas de modo magistral. En ciertas partes, no se puede
menos que recordar que el autor tiene una íntima herencia del creador de Jack y
de Petit Chose. El hermoso optimismo fundamental no hace sino
realzar y dorar del más bello oro espiritual esta obra bienhechora.
El fondo religioso y consolador es tanto más de
admirar, cuanto que viene de un trabajador vigoroso de ideas y de sensaciones,
de un hombre nutrido de ciencia, y de un criterio no por cierto empapado en
aguas de azúcar sentimentales. No es una pluma afeminada y dulce la que ha
escrito cerca de veinte volúmenes, todos masculinos y combativos, o nutridos de
ideas medulares o reveladores de músculo y garra, como L’Astre Noir, Les
Morticoles, Le Kamtchatka o Le Voyage de
Shakespeare.
Y no es sino harto conocida su potencia de pugil en
los encuentros periodísticos y entre las apacherías
de la política. Su libro reciente es un libro de bien. Más de un enfermo de la
voluntad encontrará alivio y tal vez curación en esas páginas saludables.
En el elemento joven pude apreciar más de un
vigoroso y lozano talento. Entre ellos llamó mi atención Elysio de Carvalho, de
quien conocía las primeras obras y el plausible entusiasmo y la pasión
artística siempre sincera.
En los últimos movimientos de ideas que se han
desarrollado y han triunfado en el mundo literario, ha habido entre los
luchadores quienes han sido intermediarios entre los grupos pensantes,
iniciadores de relaciones, propagadores, vinculadores, anunciadores,
introductores de espíritus hermanos o de obras afines. De éstos, unos se han
envuelto en la luz de su propia emanación; otros, modestos, pero eficaces, han
laborado por el triunfo de su ideal secundando el
ajeno impulso, dando su contribución de ideas o ayudando a la definitiva
victoria de los maestros y al mantenimiento de la fe y de la perseverancia en
los compañeros de campaña.
Y mérito innegable y siempre digno de
reconocimiento será el de los que, a más de la realización de sus personales
ambiciones, han contribuído a esa especie de confraternidad espiritual
internacional que ha sido uno de los distintivos especiales de la evolución que
se inició en Francia con el nombre de simbolismo y que, alcanzando hasta
nosotros después de otros «ismos», dió por resultado un nuevo triunfo para el
arte humano y el definitivo reconocimiento del poder de la libertad y de la
individualidad.
Entre esos propagadores e intermediarios entre las
«élites» más o menos numerosas, no podrá nunca olvidarse a Elysio de Carvalho,
en el Brasil; a Pedro Emilio Coll y Pedro César Dominici, en Venezuela; a
Urueta, Valenzuela, José Juan Tablada y el grupo de la Revista Azul y
de la Revista Moderna, en Méjico; a Luis Berisso, Jaimes Freyre y
Díaz Romero, en la Argentina; a Rodó y Pérez Petit, en el Uruguay; a Santiago
Argüello, Mayorga, Turcios, Troyo, Acosta y Ambrogi, en Centro América; a
González y Contreras, en Chile; a Clemente Palma, Román, Albujar y otros, en el
Perú; a Silva, Valencia y Darío Herrera, en Colombia; a dos o tres buenos
poetas en el Ecuador; a Iraizos y Mortajo, en Bolivia;
al culto y noble Gondra, en el Paraguay.
Carvalho fué el paladín de la revolución
intelectual en la juventud brasilera. En relación con los leaders de
Europa, llevó su entusiasmo hasta a afiliarse a pequeñas agrupaciones que en el
mismo París tuvieron una efímera vida; tal el mentado naturismo, que no tuvo
más razón de ser en pleno afianzamiento simbolista que el talento impaciente de
unos cuantos. En el Brasil, la aparición de un joven combatiente como Carvalho
llamó la atención de todos, provisto como iba, según el decir de José
Verissimo, «de una rica si bien desordenada y no menos interesante actividad
mental... Todo en él revestía un bello entusiasmo juvenil, sincero y vigoroso,
servido por un talento que aparecía real en medio de la extravagancia de su
precoz literatura, de la anarquía de sus ideas y de la multiplicidad de sus
propagandas estéticas. ¡Curioso! Este mozo exuberante, franco hasta la
prodigalidad, ávido, sin duda, de surgir, mas con derecho a ello, al cabo
ingenuo y bueno, fué, por sus mismos compañeros de juventud y literatura nueva,
discutido, negado, calumniado.» Bien ha estado al recordar esos comienzos de la
labor de Elysio de Carvalho, ahora que, como comprueba el mismo Verissimo, la
personalidad del autor de «As modernas correntes esthéticas na literatura
brazileira» queda situada definitiva y dignamente en las letras de su país.
*
* *
La producción
de Elysio de Carvalho se relaciona, como he dicho, con las últimas
manifestaciones mentales que han conmovido el Arte y la Filosofía en el mundo
europeo y cuyas repercusiones han influído en los espíritus estudiosos y
entusiásticos de todas las naciones.
Aparte de sus expansiones de alma, de la revelación
de sus íntimos sueños e ideologías, en versos y prosas de audacia y de
elegancia, de altivez y de ansia moral, como sus «Horas de Febre», su «Alma
antiga», tradujo admirablemente a su idioma la célebre Balada carcelaria de
Osear Wilde y los «Poemas» de este mismo poeta. Narró el proceso de su
educación filosófica y artística en su «Historia de um cerebro»; se afilió—más
o menos pasajeramente—a lo que aquí se llamó naturismo, en su «Delenda
Carthago». Nietzsche tuvo en él un admirador; Stirner un apasionado
propagandista, comentador y biógrafo. Toda nueva idea, todo nuevo impulso en el
pensamiento contemporáneo halló en él un apoyo y un entusiasmo. Razones claras
me impiden ocuparme de una de sus últimas producciones: «Rubén Darío», estudio
crítico (1906). Mas he de decir que tal trabajo figura hermosamente entre el
magistral aunque fragmentario estudio sobre el mismo autor, de Rodó y los de
González Blanco, Henríquez Ureña, Pardo Bazán, Martínez Sierra, Alberto
Ghiraldo, Ricardo Rojas y Díaz Romero.
El amor de la novedad y de la combatividad,
naturalmente despertaron en unos ya el asombro, ya
la voluntad hostil; más también tuvo Carvalho su cosecha de simpatías y sus
conquistas justas. Su puro fervor de Belleza y su anhelo de verdad, le han
colocado entre los excelentes. Pertenece a esa aristocracia inconfundible de la
idea, que no se compadece con la mediocridad ni con la chatura.
Naturalmente, con el tiempo, los primeros fuegos
juveniles se han aminorado, y a la incondicional determinación ha sucedido una
manera reflexiva y serena que no por eso deja de conservar la fuerza y la
sinceridad de antaño.
Y es que jamás consideró este hombre de cultura y
este artista íntegro, la facultad de pensar y el don de escribir, sino con toda
la seriedad y la profundidad que requiere tal condición que innegablemente
coloca al ser humano en superior jerarquía. Abominados sean los histriones del
pensamiento y los apaches de la pluma, que prostituyeron la singular virtud que
pudo servirles para propia elevación y bien de almas hermanas.
Los defectos de Carvalho en sus primigenias
producciones han sido los del árbol demasiado copioso de savia y de follaje,
defectos de los años en que, poseídos del brío primaveral, los espíritus tienen
asimismo exuberancia de savia y de follaje. «Una visión extraordinaria y que
engrandezca las cosas vistas, también es un defecto», dice José Verissimo con
su habitual exactitud de juzgar. Elysio de Carvalho, y como él muchos de los
que en la América latina han seguido y proclamado las
nuevas ideas, se señaló por su exageración en el sostenimiento de sus
principios; mas esa exageración ha sido, si se quiere, benéfica y precisa en
los iniciales momentos de la proclamación de los flamantes credos; y luego, una
vez pasadas las agitaciones y violencias de la lucha, una vez abierto el camino
por donde los intelectos habían de comenzar su viaje al ideal, vino la
tranquilidad, la calma de raciocinio, la posible mesura en la elocuencia—que en
determinados caracteres y medios es a veces difícil de conseguir—y la elevación
serena de criterio que, con gran complacencia de todos los intelectuales
brasileños, sin distinción de escuelas o de preferencias estéticas, se ha
manifestado en «As modernas correntes esthéticas na literatura brazileira», la
reciente obra que motiva estas líneas.
Entre toda la producción argentina, pongo por caso,
de hace unos veintitantos años, tan solamente los nombres de Andrade, Guido
Spano, y luego Obligado y Oyuela, se impusieron a la atención de las repúblicas
hermanas. Hoy la obra de un Lugones adquiere proporciones continentales; mas no
se ignoran, en el Sur ni en el Centro de América, ni en las Antillas, los
esfuerzos o la obra realizada de otros artistas de la palabra, de otros hombres
de pensamiento, ni la constante virtud de entusiasmo que anima a los consagrados
de la juventud. Hay mayor intercambio de ideas. Se comunican los propósitos y
las aspiraciones. Se cambian los estímulos. Hay muchas simpatías trocadas y
muchas cartas. Los imbéciles no evitan el afirmar: sociedad de elogios mutuos.
No se hace caso a los imbéciles. Los libros y las cartas se siguen trocando. No
otra cosa se hacía en latín, entre los sabios humanistas del Renacimiento.
Entre los escritores que desde hace algún tiempo se
han dado a conocer está Tulio M. Cestero, originario de la República
dominicana. Es joven; cursa la vida intensa y la gracia del arte. Su
florecimiento en Santo Domingo no es sino propio de un país que ha dado a las
bellas letras hispanoamericanas, desde pasadas épocas, figuras de gran valer.
Por Menéndez Pelayo conocemos algo del período colonial, en que se ufana
gentilmente aquel popular Meso Mónica, de tan fino
y autóctono ingenio. La cesión a Francia, por el Tratado de Basilea, y la
ocupación por los haitinianos, durante veintidós años, de la parte española de
la isla, produjeron la emigración a Venezuela y Cuba de gran número de familias
principales, gloriosas en los líricos y literarios anales; de ahí los Rojas
venezolanos, los Heredia, a que pertenecieron los dos José María, y cuya casa
solariega existía, según tengo entendido, en la capital dominicana, hasta hace
algunos años, frente al cuartel edificado en el reinado de Carlos III; y los
Delmonte, de Cuba. Después de la proclamación de la república en 1844, las
personalidades eminentes, en las letras, no han sido pocas. Allá en la época
romántica hay un Félix Delmonte, no privado del don de armonía, como su amiga y
preferida la alondra. Apartándose un tanto de la influencia europea, Nicolás
Ureña ameniza el paisaje y las costumbres. Un varón de alma compleja y de vigor
verbal, Meriño, es a un mismo tiempo jefe del estado y de la iglesia. Luego
surge Emiliano Tejera, escritor, investigador, que escribió su célebre folleto
aclarando la verdad sobre los restos de Colón y sosteniendo que son los que
están en Santo Domingo. Aparecen el historiador García, el polemista Mariano
Cestero; y el que es considerado como el primero en su patria, el novelista
Galván. Una musa es justamente famosa, Salomé Ureña, vigorosa y pindárica, sin
perder la gracia y el encanto de su alma femenina. Pérez,
modernizado en los últimos años, cantó castizamente las leyendas y sufrimientos
de los indios quisqueyanos. Billini, presidente, no desdeña ni los dones
apolíneos ni los atractivos de la novela. Por todos los géneros espiga el
talento de un Henríquez y Carvajal. Penzón vuelve la vista al pasado y busca la
tradición y el tema legendario. Más recientemente aparecen Gastón Deligne,
poeta, que hoy se siente atraído por nuestro movimiento reformador; Rafael
Deligne, poeta, crítico y dramaturgo; Pellerano, que se distingue por amante
del color y de la vida locales; Fabio Fiallo, espíritu nobilísimo y elevado,
que en su «Primavera sentimental», celebrada por Díaz Rodríguez, inició sus
delicadezas ideológicas y su culto de la hermosura exquisita. Un hombre
potente, de rasgos geniales, combativo y dominador del verbo, Deschamps.
Américo Lugo, docto y elegante, perito en cosas y leyes de amor y galantería;
el poeta Aibar; los hermanos Henríquez Ureña, de los cuales Max ha escrito
páginas de crítica que yo prefiero y guardo con alto aprecio. Osvaldo Bazil,
gallardo y generoso, en lo florido de su juventud, hoy en Cuba, bajo la
advocación divina de la Lira. Ya véis que hay sus motivos para que Tulio
Cestero haya nacido en esa isla fecunda y solar que fué deleite de los ojos del
iluminado y profético Navegante.
Cestero es un espíritu inquieto ante la vida,
nacido para los esfuerzos y las bregas. Este lírico de la prosa, cuya cultura
es completamente europea, ha tenido que desarrollar
sus energías de carácter y de intelecto en un medio hostil a las dedicaciones
al puro arte. Él sabe, por propia experiencia, lo que son revoluciones,
pronunciamientos. Ha andado con su fusil, o su sable, por los montes patrios,
entre fieras, víboras, guerreando por su caudillo o por su presidente. Conoce
las excursiones por los bosques y los movimientos de las guerrillas. Alma
gentil, escribe su «Jardín de los sueños», mas tiene un admirable y práctico
sentido de la realidad. Si se le ocurre, escribirá lindamente a una mujer:
«Bella, sé piadosa, y convierte tus ojos milagrosos al alma-océano de aguas
muertas y profundas—del amante prosternado que arrancará a las entrañas de la
tierra avara el oro virgen para el anillo de tus bodas». Y, si se le ocurre,
mandará fusilar en las maniguas al coronel criollo sublevado. Soles y vientos
de aquellas latitudes le han amacizado el cuerpo y el alma. Ello no es un
inconveniente para que haya labrado finas páginas en libros suaves. El poema en
prosa después de la acción, la lírica después de la estrategia, o antes. El
bregador que existe en él ha publicado también páginas de campaña en que el
estilo se revela apto también a ejercicios de músculo y a maneras de fortaleza.
Yo le veo vagar por la montaña. Si encuentra flores, formará un ramo para la
primera gallarda moza que le cautive. Si no, desgajará un árbol para encender
fuego y hacer su barbacoa con el primer venado que alcance su carabina. Algo de Gastibelza, si gustáis, de un Gastibelza de tierra
ardiente, a quien si su doña Sabina y el aire de la montaña le vuelven loco, le
hacen decir bellos decires de amor y de combate.
Hace tiempo leí sus «Notas y escorzos», capítulos
de crítica literaria; sus impresiones de viaje «Por el Cibao», de las que casi
nada recuerdo. Su «Del Amor», es obra de despertamiento, de pasión exuberante,
de juventud y de savia temprana. Mas su folleto político «Una campaña»,
publicado en 1903, llamó grandemente mi atención por el modo robusto de narrar,
amena y bizarramente, sucesos que no han tenido en la América nuestra sino
señaladas plumas de valor que los traten. Hemos sido célebres por nuestras revoluciones,
y Europa no conoce aún el libro que bellamente e intensamente diga tanta cosa
extraordinaria, terrible y pintoresca, porque ese libro no se ha escrito
todavía.
En «El jardín de los sueños» este autor está
seducido por el esteticismo, y muestra una viva preocupación del estilo. Hay
sutileza, escritura «artista», prosa galante, paisajes al «claire de lune»,
relentes románticos e influencias simbolistas. Se advierte el amor de las
gracias plásticas, de ritmo, de la concreción de la expresión noble. Sus
lecturas son de la más reciente literatura; y cuando creéis encontrar una
reminiscencia de Laforgue, pasa el soplo d’annunziano. Hay ideas, plasticidad y
música «avant toute chose». Al madrigalizar, eleva los asuntos, poetiza el
medio, se transporta a otras épocas más bellas, o
dora, con el oro de la ilusión o de la fantasía, el tema inmediato. Veo sobre
todo a un poeta, al parecer, en ocasiones, sentimental, y en ocasiones
impasible en la labor de orfebrería que prefiere. Después viaja. Los viajes son
bienhechores y precisos para los poetas. «Navegar es necesario; vivir no es
necesario». Navega, pues, para venir a esta Europa que todos ansiamos conocer.
La moderna literatura nuestra está llena de viajeros. Casi no hay poeta o
escritor nuestro que no haya escrito, en prosa o verso, sus impresiones de
peregrino o de turista. Se pasa, como Robert de Montesquiou, «del ensueño al
recuerdo.» Como todo está dicho, en lo que se refiere a lo contenido en
ciudades y museos, no queda sino la sensación personal, que siempre es nueva,
con tal de apartar la obsesión de autores preferidos y la imposición de páginas
magistrales que triunfan en la memoria. Es esto difícil, antes de que la
tranquilidad de la vida reflexiva llegue. Cestero, en sus narraciones de viaje,
se aparta dichosamente de los escollos del bedekerismo y de los peligros de la
obra recordada. Esto no quita que no le acompañen el recuerdo de espíritus
amados en sus periplos. Mas noto que los viajes en él, las frecuentaciones
diplomáticas y los contactos de París, han marchitado un tanto la frescura
franca de las floraciones de antaño. Parece que el entusiasmo, sal del arte, no
está en él con la abundancia de los pasados días.
Yo no le pido una fe señalada, pero sí una fe. En
verdad, el paulatino conocimiento de las asperezas del mundo crea los peores
escepticismos; para librarse de esto sirve tan solamente la voluntad, la
elevación de la conciencia, la virtud de un ideal. Si ha de poner Europa sobre
esa amable psique el peso de un materialismo que le impida el vuelo, quédese el
artista y el combatiente haciendo sabrosas prosas y nuevas revoluciones en el
país dominicano. Y si ha de perder, Dios no lo quiera, su original nobleza de
espíritu, su respeto y adoración por la sinceridad, su pasión por lo sagrado
del arte, si ha de aprovechar los dones divinos en el daño y en la mentira, si
ha de mirar el misterio demiúrgico de la palabra como arma de malhechor o como
útil de saltimbanqui, si ha de abandonar lo que, privilegio singular, trajo
desde el materno vientre por la volición suprema, la pureza y la dignidad
mentales, la única razón moral de existir—que en la primera revuelta en que lo
tome el general contrario, sin formación de causa, le fusile. Mas si no, suya
será la gloria.
UN POETA PORTUGUÉS EN LA INDIA
Aunque este último ha amado y soñado en Portugal,
en donde florecieron sus mirtos, y aunque en su vergel antiguo fué encendida la
pasional hoguera, es en Oriente en donde clama a la mujer amada:
Volta a cinza que guarda outro fogo de amor.
Allá en las regiones lejanas en donde habita
recordará las nieves de antaño. Recordará que «en Coimbra, en el Jardín, una
dulce mañana de fin de invierno fino y claro, Ella y su Hermana, pasaban para
la misa ideal de las Ursulinas.
Um arco iris desmaiava em Santa Clara,
Um mais roseo perfume espargiam as rosas,
Uma fonte cantava, as rôlas ja cantavam,
E logo presenti que a primavera entrava
Com as roseas Irmãs eguaes e harmoniosas,
Rosas roseas a face, alvor de rosa as saias,
A deixarem um rastro em flor no ar e o chão...
Todo o sangue subiu aos ramos nas olaias.
Todo meu sangue me floriu no coração.
Yo me imagino que en su existencia en los exóticos
reinos de antiguas leyendas y teogonías, pasará el poeta horas prosaicas a
causa de las invasiones civilizadoras. Las caravanas de las agencias turísticas
le perturbarán en sus recogimientos, y quizá algún
cargo administrativo aplane en cotidianas tareas idealizadas colinas de
encantamiento. Mas todo esto, por la virtud voluntaria, puede ponerse como una
subvida «a côté», dado que la única vida es aquella que nuestra voluntad
declara y que nuestro espíritu reconoce, contra todas las dificultades de la
circunstancia. Y en todo poeta hay un terrible o dulce filósofo.
Las citas y los epígrafes indican las lecturas y
las predilecciones de Osorio de Castro. Es un «moderno» y un aristócrata.
Considera con justeza que la facultad de pensar humanamente es el sumo poder
del ser humano,—humanamente y divinamente; y que por algo el cerebro corona el
edificio, bajo la redondez de su cúpula.
Mas penetremos en la hermosa colonia de poesía.
*
* *
Al eco de la música d’annunziana—«Nel plenilunio di
calendimaggio»—se comunica con el mundo de las hadas.
Mab, a Rainha Fada côr de jade,
Dá beija-mão a sua côrte em festa.
Veem Fadas dos Montes, da Floresta,
Veem das Grutas de oiro e claridade.
Por los labios de Mab se expresan la Ilusión, el
Amor, la Esperanza. Y la mujer surge en su gracia y omnipotencia carnal.
Después exóticas figuras pasan, como la amorosa
chiquinha cuya faz de encanto japonés se entrevé. Chiquinha, que tiene «la
gracia de la mujer de nuestra sangre y la gracia de la exótica sangre». En las
tristezas de la tarde es un desvanecimiento de íntimas «saudades». Se esfuma la
ronda de las horas. Suena la canción del agua:
Aguas serenas e ligeiras
Passae de leve para o mar.
Aguas novinhas e palreiras
Ponde-vos todas a cantar.
¿Hay en el rimador un creyente? ¿Su paganismo
termina en un anhelo de mortalidad cristiana? Más bien se ve un lejano
resplandor de fe en los comienzos de la juventud. «¡Viña de inmortalidad, dame
tu vino de luz eterna! ¡Ah, que «saudade» de la dulce creencia en Jesús, en mi
infancia de sueño! Era para mí el mundo misterioso jardín. Y no el abismo
horrible que veo ante mí ahora. Viña de inmortalidad, dame el fruto de la
verdad y el vino de la eterna aurora». Anatole France le seduce con su Thaïs de
Alejandría. Uno como sentimiento barresiano, basado en un decir de la antología
griega, le hace preguntar a los muertos el secreto de las agitaciones de la
vida. En un sueño de delicias amorosas, momentos de pasión: «Claro día de
aquella primavera extinta, y por siempre refloreciendo en el sueño de lo
pasado... Aguamarina de sus ojos, lindo reir de luz que enamoraba
y era un vino hechizado!» Hay una linda balada que tiene un perfume de jardines
lejanos:
Pallidas rosas de Chimbel,
Coitadas d’ellas, a murchar,
Sem que a sua alma o aroma e o mel
As abelhas vão procurar.
E’ uma agonia bem cruel
Longe do sol desabrochar.
Pallidas rosas de Chimbel,
Coitadas d’ellas a murchar.
Lá fóra o sol sobre o vergel
Põe toda em flor a terra e o ar
E ellas a beira do marnel
Estão ás grades a scismar
Pallidas rosas de Chimbel.
Él ha frecuentado todos los vergeles de poesía que
han deleitado al mundo. En todo el imperio de la mujer se define y provoca lo
que antaño se llamaba la inspiración. Para la musicalización verbal de su
sueño, o de sus fantasías, de sus idealizaciones o de sus ímpetus cordiales, el
poeta emplea las clásicas maneras, o se deja seducir por las sabias libertades
que han invadido las métricas de todas las lenguas. Hay composiciones
absolutamente normales, las hay de un aire parnasiano, las hay modernísimas.
Mas el tono general obedece sin duda alguna a las influencias del pasado
movimiento simbolista. ¿Qué poeta de estos últimos tiempos no ha sentido en
todas partes esas influencias?
La obra de Osorio de Castro, cuando se complica de
exotismo, de ese exotismo vivido de quien como él habita ha largo tiempo aquel
continente misterioso, adquiere singular personalidad.
Cantó Camoens sus endechas para una bárbara
esclava, y aquí encontramos renovado aquel son de lira. Es en loor siempre de
la hembra ardiente y amorosa que concentra en sí la llama de su sol y de su
cielo, e íntimas y misteriosas llamas.
Rosto singular
Olhos socegados,
Preos e cansado
Mas não de matar.
Tal dice el antiguo. El lírico actual nos habla de
la misma encarnación que adquiere una fuerza simbólica:
O Sita, castisima Esposa
Kali sangrenta e tenebrosa
Irmã de tigre e capellos
Energia da nossa Raça,
Todas quebram a tua graça
Teus manilhados tornozellos.
La atracción de las cosas, el enigma de la
naturaleza ha de despertar ansias que se expresarán en rimadas armonías, o
correspondencias que se exteriorizarán en trozos musicales. Y en medio del
ambiente asiático os sorprenderá escuchar tal reminiscencia de Vigny, tal eco
de arieta de Verlaine, o de melodía poemal. El
amador canta a la mujer y a las mujeres. Estas pasan en un amable desfile. Yo
veo las inglesas viajeras, amantes de la literatura y de excursiones; francesas
de paso, buscadoras de las bellas aventuras de là-bas; portuguesas
intelectuales, nobles y finas, amigas de la naturaleza y de los viajes aéreos
en compañía de los poetas. Las inglesas suelen decirles lindas verdades que
complacen el sentido shakespeareano. Por ejemplo, esta verdad gentil, expresada
bajo el cielo de Aden: «It is better to have loved and lost than never to have
loved at all». A esa hija de Albión que tales cosas emite, aplaudiría sin duda
alguna nuestra Teresa de Jesús.
*
* *
Ved rosas de sangre y de piedad. Deteneos en ese
«beautiful Bombay»; escuchad, a la orilla del mar, cantares de melancólicas
insinuaciones. Vuelve un eco de los pasados madrigales, de las primeras
delicias juveniles, de los primeros despertamientos del deseo.
Con una gracia de virtuoso os narrará el portalira
un idilio sajónico. Se celebrará el prestigio de antiguas proezas de familiares
caballeros. Habrá una variada confusión de rememoraciones y de sensaciones, y
junto a un paisaje de Goa se encenderá en su dulce fuego azul la bahía de
Nápoles; y después de una evocación mortuoria, se tornará a la eterna tentación
femenina. He ahí la sonatina de las hojas caídas y
el cuento del rey de Brocelianda, de la más feliz y sonora elegancia. He ahí a
Sisina:
Sisina, a Rosea e Flava, a graça do Velabro.
He ahí un cuento de monjas, a propósito de las
cuales sabemos que, como reza en la Historia de la Fundación del convento de
Santa Mónica de Goa, «las sutilezas con que el común adversario procura impedir
las obras del servicio de Dios, son todas como suyas; mas cuando este Señor
quiere que ellas aparezcan a la luz, importan poco sus sutilezas y sus ardides.
Halla el poeta asuntos en bellos hechos pasados, y así recuerda las leyendas de
la India, de Gaspar Correa, o la Historia trágico-marítima del naufragio del
gran galeón San Juan en la costa del Natal, el año 1552. O canta el sitio de
San Francisco de Goa, arcaicamente:
Gritos de morte, pragas de furor,
E as labaredas tresdobrando o horror...
ó la dramática muerte de don Juan de Eça.
Mas nada es tan de mi placer como los cantos en que
surge la poesía índica, con sus perfumes, sus notas, su extraña melancolía, y
«surumba» y «oh Dunga»... Y como en el libro viene la notación musical, he
hecho que lindos labios de Europa me den la ilusión de las voces de la tierra
brahamánica.
Sati, es un poema que me deleita en su rareza de tema y de decoración; y
bien me gustaría departir de tan mágicos asuntos, en aquellas regiones
ensoñadas, con Osorio de Castro y su amigo «el fino Lírico de Guserathe»,
Ardeshir Framji Khabardar. «¿Cómo se puede ser persa?», dice la frase célebre
francesa... Yo encuentro tan natural el ser hindú, o persa, o japonés!...
En verdad os digo que este poeta me ha hecho un
precioso regalo. Por él he pasado instantes especiales en un reino de hechizo.
Por él he escuchado el launim de la canción de la bayadera que ha compuesto
Djaiégri Maneken Shirodcârine. Por él sé que «allá lejos» se llaman las
bayaderas: Zaiu, Sazerên, Tará, Gangá, Priaga, Anahany, Calhiâne, Mogrên Vigei,
Baigy, Surata, Nanum, Baghèn, Gultchábou, Camenên, Mâinâ, Nonan, Mothu,
Sarassepâti, Manequên...
Y todo eso es, para mí, excelente.
No sin razón asegura que en Inglaterra tiene
aquella lilial mujer muchos admiradores; Mauricio espera que ha de canonizarse
a Eugenia, pues es de aquellas que el Soberano Pontífice honra profundamente.
¿Se quieren milagros? ¿Qué milagros mayores que la conversión de su hermano
Mauricio y la de Barbey d’Aurevilly? El conde católico está en su razón. Por lo
que respecta al nombre, será lindo en el santoral: Santa Eugenia de Guérin,
virgen. ¿Y por qué no mártir? ¿No sufrió lo
inexpresable en su vida de penar, por sí, por su hermano, por los tristes y los
pobres todos? La obra que le ha consagrado el conde de Colleville pudiera
decirse que pertenece a la hagiografía. Con justicia Coppée cree percibir, por
las flores recogidas en el jardín de la doncella, un olor de santidad. El
personaje no puede ser para Coppée más simpático.
Ha tenido desde sus primeros años una hermana que
le consagró su vida, que ha sido todo para él... «ce qui m’émeut plus que tout,
ayant vécu auprè d’une excellente sœur qui ne me quitta jamais...» Pues el amor
de Eugenia para Mauricio era todo el amor, ternuras de madre, suavidades de
esposa, cuidados sacerdotales, todo en un ambiente de Leyenda Dorada,
impregnado de perfume bíblico, y más que bíblico, cristiano. Eugenia era un
espíritu. Creyérase que la fisiología no tenía que ver con ella. Nada manifiesta
del niño enfermo y doce veces impuro... Tanto alejamiento de lo terreno explica
la adoración que por ella sienten sus devotos. Sobre todo si se la compara con
la alta dama de hoy, en quien las principales preocupaciones son principalmente
mundanas y sportivas. M. de Colleville no deja de señalar a este respecto las
respetables excepciones: Madame de Mac-Mahon, Mme. de Cureville, la baronesa de
Puille, Mme. de Saint Laurent, Mme. de Brigde, Mme. de Boury, «todas las que
batallan por Dios y por la patria». Eugenia, es verdad, tenía poco de
combativa. Era una monja sin hábito. Dios la llamó.
Con tanta más razón que no era bonita. Como no tuvo devaneos ni pasiones
amorosas, toda su femenina facultad se concentró en su hermano, y ese ardor
sororal fué al propio tiempo la delicia y la amargura de su existencia.
Colleville la define: «el perfecto modelo de la fille de race,
absolutamente virtuosa y cristiana, ella es a la vez de una distinción acabada,
de una educación exquisita, habla una lengua divina, y esta artista maravillosa
hace ella misma su cocina, hila en su rueca, socorre a los enfermos, visita a
los moribundos. Es leyendo a Platón, Fenelón, Bossuet, Corneille, cuando ella
descansa de las tareas del hogar, es enseñando el Catecismo a los pobrecitos,
hablando de Dios a los vagabundos, cuando ella emplea la lengua más noble y más
sencilla del siglo XVII».
Tal arcaismo de expresión da en efecto a los
escritos de Eugenia de Guérin un aire suranné, que le sienta a
maravilla y le da el aspecto de otra edad, de tiempos más puros o menos
contaminados que el siglo XIX en que escribiera.
Los Guérin son de origen veneciano. Guarini. La
suntuosa Venecia de la más bella de las épocas reaparecerá en el paganismo
íntimo del autor del Centauro, que debe haber amado como artista la
Anadiómena de las ciudades. Mauricio y Eugenia, bajo el amparo de Dios,
formaron la pareja perfumada de virtud casi angélica, que con los soplos del
diablo y en los antiguos existires venecianos se habría transformado en una de
aquellas locas llamaradas de incestos patricios que
enrojecen las crónicas del tiempo. La noble ascendencia llega hasta ella
diluída en fe religiosa y en caridad columbina. He dicho que no era linda; mas
sus biógrafos hacen resaltar su distinción innata y su sencillez de casta flor.
Paréceme en su cultura discreta y exquisita, nutrida de vidas de santos y de
filósofos dulces. Cuando tenía catorce años, al despertar de la juventud,
momento crítico en las niñas, ella «era entonces primitiva y casi ignorante,
pero dotada de una bondad suma, como Francisco de Asís; amaba las bestias y
conversaba con los pájaros». Es muy otra que Jacqueline Pascal. No ha nacido
para las humanidades. Creo que no sabe griego ni latín; mas podría conversar
con su hermana la alondra y su hermano el ruiseñor. Su fina lengua sabe, como
muy pocas, alabar a Dios. Diríase que en ella no existe sexo. Y la facultad
maternal que pudo tener se deriva toda en la pasión de su hermano, a quien
trata como a un hijo, como a un esposo, como a un amigo.
Encanta esa vida gentil. La jovencita aprende a
leer en la Imitación de Jesucristo y en San Francisco de
Sales. Y ella enseña a su hermano menor, a su predilecto fraternal, a leer y a
rezar, y a sentir la hermosura de la naturaleza, todo con una tendencia divina.
Es matinal como las aves del bosque. Se complace en cultivar su inteligencia,
pero se dedica asimismo a los trabajos de la casa. Dice sus oraciones, se pasea
por el campo, visita a los enfermos.
En el dominio familiar del Cayla lleva una vida de
«año cristiano». Un día escribirá a Mauricio estas palabras: «Sacarme de aquí
es como sacar a Paula de su gruta; es preciso que sea por ti que yo pueda dejar
mi desierto, por ti por quien Dios sabe que iría al extremo del mundo. ¡Adiós
al claro de luna, al canto de los grillos, al glú glú del arroyo! Antes tenía
también al ruiseñor; mas siempre algún encanto falta a nuestros encantos. Ahora
nada, sino mi plegaria a Dios y el sueño.»
La prosa de la mujer amable y predestinada se
desliza a modo de un agua de fuente. Es transparente, cristalina. Bajan a
ella—se pensaría—a beber los corderos del amor divino, los corzos blancos de la
caridad. Mauricio, que empieza la vida al claror de esa alba, no ha de olvidar
nunca tanta candidez celestial, a pesar de las tempestades de París y de las
tempestades de su propia alma de artista, en que palpitan violentos los jugos
de la tierra.
Deseaba la hermana estar siempre al lado del
hermano, y asistía a sus clases, hasta a la de latín; «cela m’aidera à
comprendre mes offices», decía ella: ¡Cuan lejos del cotillón y del bridge! Por
su parte, Mauricio, se manifestaba castamente enamorado de Eugenia.
Hélas! le monde entier sans toi
N’a rien qui m’atache à la vie.
«El sentimiento que inspiraba a Pablo estas
palabras para Virginia, no era más sincero que el mío.»
En efecto, son dos almas que se aman de amor, excluyendo toda sombra de malicia
o pecado. Ella se aplica hasta a tareas de lavandera, evocando para el caso a
Nausica, Santa Catalina de Sena y a las princesas de la Biblia. A los veinte
años, sin belleza, es, sin embargo, atrayente. Lamartine ha dejado de ella un
agradable retrato en que hace notar «el contorno armonioso del rostro» y «el
talle esbelto y flexible que hace resaltar las formas del cuerpo». Toda ella se
consagra a la devoción y a las prácticas religiosas. A la devoción, a las
prácticas religiosas y a su hermano. Escribe versos inocentemente románticos. Y
cuando la tristeza la invade, tiene el remedio de la oración. Los tempranos
desencantos de Mauricio la hacen sufrir, y no cesa de darle, por lo tanto,
buenos consejos. Él, soñador, como todos los de su tiempo, está enfermo de lo
que se llama en estos momentos «el mal del siglo». Ella desearía verle dedicado
a la carrera religiosa, confesarse con él, como la madre de San Francisco de
Sales se confesaba con su hijo. Y luego, él tiene que ir a París. ¡París! ¡El
pecado, la corrupción, el campo del demonio! Y deja Mauricio el Cayla y parte a
la gran ciudad a continuar sus estudios. Comienza a escribir en los periódicos,
se une a su maestro Lamennais, y cuando Lamennais se insurge contra la
autoridad papal, Mauricio comparte sus opiniones, cosa que desola a Eugenia.
Esta, entretanto, escribe sus admirables cartas y su Diario. Este
libro es tenido como uno de los más bellos
producidos por un cerebro femenino. Es un breviario ideal para las ascensiones
espirituales. «Jamás su prosa deja ver el esfuerzo, dice Colleville; escribe
con una naturalidad y una facilidad maravillosa, canta como el pájaro,
naturalmente, así su pensamiento, se impone victoriosamente, nos seduce y nos
penetra de esa religión que lo vivifica.»
La publicación de esa obra excelente se debe a
Barbey d’Aurevilly y a Tributien. «No sé por qué, dice ella, en mí el escribir
es como en la fuente correr.» La vida de su hermano en París la inquieta. Sobre
todo, sus decaimientos de fe. Comenzaba a aparecer en Mauricio el
despertamiento pagano. Pan se le había revelado y su oído oía en la sonora
tierra el galope del antiguo centauro. Piensa su hermana en casarlo. Él se
enamora de Mlle. de Bayne, pero le rehusan la mano de tal señorita. Enfermo,
retorna al Cayla, en donde se repone.
Vuelto a París, un nuevo amor le consuela, y logra
casarse con una joven originaria de Batavia, que le adora. Pero la tisis ha
hecho presa ya de él.
Así regresa al dominio paterno. Eugenia,
estoicamente cristiana, viendo perdido el cuerpo, se dedica más que nunca a la
cura del espíritu. Logra su objeto y muere Mauricio en la absoluta fe católica.
Ella continuará hablando con el ausente, con quien espera juntarse por siempre
en la inmortalidad. «Del Calvario al cielo el camino no
es largo. La vida es corta, y ¿qué haríamos de la eternidad sobre la tierra?»
Su pensamiento no se separará nunca de su hermano.
«Él y yo eramos los dos ojos de una misma frente.» No cesará de rezar por él,
de encomendarlo a Dios. «Bueno es llorar, pero no sin la plegaria. La plegaria
es el rocío del purgatorio.» Luego, continuará su misión de dulcificadora de
almas, con Barbey d’Aurevilly, íntimo amigo de Mauricio. Del dandy byroniano y
un tanto satánico que era entonces el Condestable, hizo ella el paladín
católico, el caballero de la Iglesia. «Es, pues, dice Colleville, un hecho, que
el novelista, el crítico, el pensador, ha sido después de su conversión el
servidor más decidido y más convencido de la Iglesia romana, y que es
ciertamente a Eugenia a quien se debe esa milagrosa conversión.»
El dolor que le causó la pérdida de su hermano
hízola hasta pensar entrar en religión; mas su deber de hija le impidió
realizar esos propósitos. Y así bien queda la frase del crítico inglés en que
la llama la Antígona cristiana. «Sin mi padre yo iría tal vez a juntarme con
las hermanas de San José a Argel. Al menos, mi vida sería útil. ¿Qué hacer
ahora? Mi vida la había entregado a ti, mi pobre hermano. Tú me decías que no
te dejara nunca. En efecto, he permanecido cerca de ti hasta verte morir. ¿Qué
voy a buscar ahora en las criaturas? Reposar en un pecho humano, ¡ay! Yo he
visto cómo nos lo quita la muerte. Mejor apoyarme,
Jesús, sobre vuestra corona de espinas. ¡Cuántas veces he soñado ser hermana de
caridad para encontrarme cerca de los moribundos que no tienen ni hermana ni
familia! Hacer veces de todo lo que les falta de amoroso, cuidar sus
sufrimientos y hacerlos volver el alma a Dios. ¡Oh, bella vocación de mujer,
que a menudo he envidiado! Pero ni esa ni otra: todas están cortadas.»
Y en otra parte:
«No comprendo cómo las mujeres que no tienen piedad
no mueren todas locas. ¿Qué llegar a ser bajo tantas impresiones destructoras?
Todo nos es hierro y fuego, nos rasga o nos quema, pobres mujeres que somos.»
En verdad, es una santa. El tota in utero se
convierte toda en espíritu. Para ella no existieron los goces de la carne. A su
hermano tocaron las tempestades de la duda, las negruras de la incertidumbre y
la furia misteriosa de los sentidos, la savia pánica. «Yo he anudado mis brazos
alrededor del busto del centauro y del cuerpo del héroe y del tronco de las
encinas. Mis manos han tocado las rocas, las aguas, las plantas innumerables y
las más sutiles impresiones del aire.» Sobre la floresta sonora en que Mauricio
se compenetra con el monstruo divino, como la paloma blanca de las leyendas
sagradas, el alma de Eugenia voló al cielo.
ARTHUR SYMONS «RETRATOS INGLESES»
Para mí, Symons es atrayente desde que, hace años,
me entusiasmaron sus esfuerzos por la Belleza en su
inolvidable Savoy, el magazin intelectual tan refinado que él
dirigía, acompañado por aquel prodigioso artista que se llevó la muerte
demasiado temprano, y que tuvo por nombre Aubrey Beardsley. En esa publicación
leí por primera vez prosas y versos de Symons, el cual llevó a colaborar en su
revista a lo más brillante de la juventud literaria del momento. El mismo
Aubrey Beardsley publicó allí los capítulos de su inconcluso y deleitosamente
alucinante Under the hill; y sus dibujos allí aparecidos junto con
los del Yellow Book, están entre los mejores de toda su producción.
Esas revistas excepcionales, para un público restricto, no podían tener larga
vida. Hoy se las disputan los coleccionistas.
La traducción que acaba de hacerse en francés de
los Portraits de Symons, pone de actualidad esa simpática
figura de aristócrata del arte,—aunque estas dos palabras parezcan una
redundancia, una vez que el arte es excelencia y por lo tanto aristocracia. ¿Se
ha de llamar crítica a las opiniones y maneras de ver de un poeta? Pasa la
palabra porque no hay otra para la comprensión de la generalidad. Los «Retratos
Ingleses» están hechos con una intensidad que llama a la admiración, y que no
recuerdan otras maneras e interpretaciones anteriores. Es que Symons, por la
virtud de su genio poético, se compenetra con el alma de los modelos, y va a
buscarles, él sabe en qué rincón de sus florestas mentales, cuervo, paloma,
unicornio o león.
Fuera de los retratos, hay en el volumen algunas
apreciaciones estéticas aparte, como las páginas en que trata «del hecho en
literatura» y sobre «lo que es la poesía». No dejarán de sentirse contrariados
por lo que posiblemente llamarían arranques paradógicos, los acostumbrados a
los juicios ya hechos y a canónicos modos de ver. Paradoja se dirá cuando se
lea por ejemplo: «La invención de la imprenta ha contribuído a la ruina de la
literatura». O bien: «El diario es el flagelo, la peste negra del mundo moderno.»
Mas mirad bien los desarrollos de las postulaciones. La paradoja ha sido en
todos los tiempos propia de alados espíritus. Fijaos hoy mismo en España: dos,
tres, cuatro, de sus principales hombres de letras diríase que no escriben sino
paradojas. Mirad bien en Symons los desarrollos de las postulaciones: «La
invención de la imprenta ha contribuído a la ruina de la literatura». ¿Por qué?
los trabajos de los copistas y la memoria de los hombres, no fatigada todavía
con un relleno excesivo, preservaron toda la literatura que lo merecía. Las
obras que era preciso saber de memoria, o que eran copiadas por mano lenta y
cuidadosa, no se prodigaban a las gentes que no las querían; quedaban en manos
de los hombres de gusto. El primer libro abrió la vía al primer periódico, y un
periódico es algo destinado al olvido y aun a la destrucción. Con la
destrucción querida de la obra impresa, el respeto por la literatura se
desvaneció, y se acabó por emplear un mismo término
para designar un poema y las «noticias del día». Del mismo modo, lo que antes
hubiera sido un arte para algunos, llega a ser un oficio para una multitud; y
mientras que en la pintura, la escultura, la música, el simple hecho de
producir significa generalmente un ensayo de producción artística, el empleo de
las palabras impresas y escritas ha llegado necesariamente a no tener más
importancia que lo que, según el decir de un poeta español, es «el cacareo del
animal humano» (?). Tales razonamientos explican lo cortante de las
afirmaciones, y dan a entender que se trata de un criterio que abomina la
casilla y la peluca. Muy justamente ha dicho de Symons Andrés Ruyters que
«tiene en el movimiento intelectual inglés un lugar considerable, menos a causa
de la influencia que bien quiere ejercer, que porque posee en el más alto grado
ese don de animación que hace de la crítica, no una fría policía literaria,
sino una viva y ardiente interpretación». En efecto, no veo entre todos los
críticos conocidos ninguno que más libremente se coloque en el ambiente del arte
puro. Queda aparte la mecánica literaria y aun la contraposición de ideas que
darían a entender un sectarismo cualquiera. A través de la arquitectura de la
obra, va directamente a la psique productora, y define su tipo y la atmósfera
mental en que se produce.
Los «portraits» no están recargados por el detalle
documentario; la vitalidad interior de la figura es completa. He ahí que se
presentará a Thomas de Quincey, conocido tan solamente
en Europa después de la publicación de los Paraísos artificiales,
de Baudelaire, y cuyas Confesiones, de lo más interesante que para
el estudio de la anomalía cerebral puede encontrarse. Symons nos explica el
motivo intelectual de su fatigoso procedimiento narrativo, y da el buen consejo
de leerlo «con paciencia, raramente y por fragmentos». Para quien haya leído
las páginas autobiográficas del famoso comedor de opio, no serán sino de un
valor concentrativo incomparable las siguientes palabras del psicólogo-poeta:
«Escribe ciertamente por el placer de escribir, y también para desembarazarse
de todas las telarañas que obscurecen su cerebro. Su espíritu es fino, pero sin
dirección; sus nervios vibran de sensaciones mórbidas y ellos hablan en todas
sus obras. Es un hombre de ciencia fuera del mundo, un hombre que se interesa a
su espíritu en sí mismo, y no porque es el suyo; tiene el ideal del sabio, de
un estilo separado de lo que expresa. «Tal la personalidad pensante y
escribiente de quien tenía como la única miseria sin descanso... «el fardo de
lo incomunicable.»
Del yanqui Hawthorne expresa el sentido casuístico,
y colócale de par con Tolstoï, como el único novelista del alma: «Obsedido por
lo que es obscuro, peligroso, en los confines del bien y del mal, por lo que es
realmente anormal, si debemos aceptar la humana naturaleza como una cosa
establecida entre los límites de la responsabilidad y de la conciencia de las
relaciones sociales.» No hay poco de parentesco
íntimo con Poe en el autor de Twice-Told Tales, sin tener las alas
arcangélicas y el profundo y transcendente sentido matemático. Mas Baudelaire,
por el lado del pecado, habría simpatizado también con él. Así Barbey. De tal
manera he pensado siempre en Hawthorne al ver, por ejemplo, aquella aguafuerte
de Rops para Las Diabólicas, que hay en Le bonheur dans le
crime. Evocación del vínculo que en la obra hawthorniana une a Miriam y
Donatello, a Hester y a Arthur Dimmesdale.
Otro retrato es el de William Morris, el poeta y
poetizador de la vida. «Era el tipo perfecto del artista, y no contento con
trabajar en su propio oficio, la poesía, extendió los principios del arte a una
muchedumbre de técnicas secundarias, la tapicería, la decoración de muros, la
imprenta, que él aprendió, como los artistas del Renacimiento aprendieron todas
las artes y todos los oficios.» Mas también, como aquellos artistas, llevó a la
vida cotidiana las cosas del arte y de las artes, haciendo de tal guisa de la
existencia una obra artística,—hasta los límites posibles. Tal su pasión social
tan concentrada, no fué sino una caridad de aristócrata que por la belleza
quería ayudar y levantar el espíritu de la muchedumbre de abajo. Feliz vivir el
de aquel práctico lírico que vivía contento, como dice en uno de sus versos, de
pasar sus días
...Haciendo bellas rimas viejas
En loor de las muertas castellanas y de los amables caballeros.
Otro retrato
es el de Wálter Pater, que también fué un prodigioso retratista de retratos
imaginarios... En dos rasgos véis surgir aquel admirable y poderoso intelecto:
«Wálter Pater era un hombre en el cual la fineza y la sutileza de emoción se
unían a una exacta y profunda erudición; en el cual una personalidad
singularmente llena de encanto encontraba para expresarse un estilo
absolutamente propio y absolutamente nuevo, que era el más preciosamente y el
más curiosamente bello de todos los estilos ingleses.» Entusiasta por toda la
producción del maestro, mira y admira, no solamente al crítico, sino al autor
de obras originales que cuentan entre lo más definitivo y valioso de toda la
lectura victoriana. De la misma manera nos presenta a George Meredith, esa alta
alma orgullosa de su ideación y de su singular poder verbal, que tantos puntos
de contacto tiene con el francés Stéphane Mallarmé. Meredith, que escribe el
inglés «como una lengua sabia», y que tanto en prosa como en verso llega a una
casi perfección que se creería inaccesible. ¡Un decadente! Sea. La palabra
decadente, dice Symons, ha sido en Francia y en Inglaterra—en todas partes, hay
que decir—empequeñecida hasta no ser más que una estampilla para una escuela
particular de recientísimos escritores. Lo que decadencia significa
en literatura realmente, es esa sabia corrupción de lenguaje por la cual el
estilo deja de ser orgánico y llega a ser, persiguiendo tal medio de expresión,
o tal belleza nueva, deliberadamente anormal. Esto
ya más o menos lo había expresado en página memorable Théophile Gautier, a
propósito de Baudelaire.
De Rober Lois Stevenson sabemos que era un artista
desdeñoso, enamorado del estilo, y, para decirlo así, de una manera apasionada;
y sin embargo, era popular. A propósito de él hace ver Symons el error de los
críticos que suelen hacer elogios aun fuera de razón, sin dar a comprender a la
muchedumbre leyente el verdadero valor de un escritor o de un poeta.
Otro retrato es el de John A. Symons, cuya
autobiografía es una obra maestra, y que era un «carácter» intelectual; otro es
el de Rober Buchanan, que escribió bellas prosas y bellos versos, y que sin
embargo no era sino un combatiente, un irreductible polemista, especie de León
Bloy, poeta, que se proclamara ante todo un hombre entre los hombres. Otro
retrato es el de Wilde, hecho con comprensión y serenidad, escrito con nobleza.
Y siguen otros como los de Hubert Crackantorpe, el artista tan personal e independiente;
Rober Criages, el puro lírico; el «patético» Austin Dobson. Y es poeta y nada
más que poeta; Stephen Phillips, que se me antoja el Rostand de Inglaterra; el
pobre alcohólico y bohemio admirable de poesía que fué Ernest Dowson, que murió
joven, gastado, por lo que no había nunca sido la vida para él, dejando algunos
versos que tienen lo patético de las cosas demasiado jóvenes y demasiado
frágiles aún para envejecer. Y todos esos retratos
afirman la seguridad de la mano, la fina y potente mirada interior, la
transparencia del juicio, la auténtica virtualidad incontaminada del ánimo, la
obra de un maestro. Y no hay sino aplaudir a Arthur Herbert, que imprime a la
inglesa tan bellos libros ingleses en lengua francesa.
A un lado del camino vemos de cuando en cuando
cuadros pastoriles o agrícolas. La tierra es pobre de árboles. Sobre las
colinas nos hacen pensar en nuestro Don Quijote los molinos de viento. Pegado a
los filos de la tierra se ve el ajonc con sus pompones de oro.
En los cuadrados de hortalizas, la patata, modesta, pero dignamente, luce cerca
de la madre col sus flores claras. Encontramos
muchachas robustas, campesinos, soldados. De pronto, al acabar de subir una
cuesta, se presenta a nuestra vista el panorama de Camaret. Las casitas grises
pegadas a la costa, las barcas de pesca en la bahía, la espuela de roca que se
interna en el mar y en cuya roseta se aloja la iglesita de
Notre-Dame-de-Roch-Amadour y el famoso y vetusto castillo de Vauban. Al frente,
sobre lo alto, se destaca el semáforo, y se miran como en un cuento de
caballero las torres del manoir en que sueña y piensa
Saint-Pol-Roux, no lejos del chalet de Antoine, el histrión ilustre.
Bajo un árbol estamos, ya cerca de la puerta en
donde nos reciben amables el perro gris y la criada rubia. En el salón hay
panoplias de armas, el piano, los retratos de los hijos y las dos insignias
pirográficas que Gauguin tenía en su casa de arte allá en Tahiti, donde pintó
con sol extraño, metiendo su alma por los ojos entre almas primitivas y
descubriendo las partes secretas de la Belleza. Y cuelgan, secas ya, las ramas
rituales que vinieron de la iglesia donde se repartieron en el día del triunfo
de Jesús.
Estamos luego en un saloncito blanco y oro.
Sobre el marco del espejo hay pintada una fantasía
marina. En la mesa libros de poetas, en cuyas páginas dicen las sendas
dedicatorias los más admirativos conceptos. Y he aquí al dueño de casa. Viste
el traje en que recorre a pie todos estos contornos. Terciopelo castaño,
polainas de cuero, zapatos sólidos. La melena de
antaño está un tanto recortada. El rostro es dulce, la mirada del más bello
oriente, el gesto acogedor, la voz con blandura e inflexiones de bondad. Ya ha
hablado fraternalmente; ya no nos deja partir sin que almorcemos con él; ya
habla de América como de un país de encanto, y aunque confunde a Buenos Aires
con el Brasil, a pesar de los periplos paternales, no importa. Este gran
despertador de valores del verbo es un sencillo. Este «raro» es un familiar.
Suele inclinarse de tanto en tanto cuando habla, habituado como está a portar
su carga de pensamiento. Una formidable conciencia de su valer le aisla
indiferente a los vanos esfuerzos de los adoradores del momento.
Su espíritu ha descifrado lo hondo de la
inscripción del Templo délfico. Y al oído le han repetido: Platón, lo Bello es
el esplendor de lo Verdadero; Platino, lo Bello es la idea de lo Verdadero;
Gœthe, hay diosas augustas que reinan en la soledad; alrededor de ellas no hay
ni lugar ni tiempo; se turban cuando se habla de ellas. La Bruyère, aquel que
no considera al escribir sino el gusto de su siglo, piensa más en su persona
que en sus escritos; hay siempre que tender a la perfección, y entonces, esta justicia,
que nos es a veces negada por nuestros contemporáneos, la posteridad sabe
otorgárnosla.—Con tales ensalmos bien aprendidos se abren innumerables sésamos
invisibles.
El meridional que ha cantado tan bellamente a la sonora Marsella, ha extraído de los silencios de
Bretaña ricos diamantes de concentración. Asombra la joyería metafórica y el
prodigio de combinaciones ideícas; es el dominio del iris y la sujeción de
todas las gamas; y el volcar de la aladínica mina íntima un inacabable tesoro.
Emperador de las Imágenes, rey de las Analogías, es
para mí un gran placer la comunicación fraternal con tal creador de nuevas
existencias y conceptos, y mirar, por el don amistoso, como la del argentino
Lugones, como la del griego Moreas, transparente su alma. Tales tratos
inmunizan contra la mirada de los basiliscos y las ponzoñas de los escorpiones.
Être admiré n’est rien, l’affaire est d’être aimé,
dijo un lírico de sufrimiento. Saint-Pol-Roux ha
logrado ambas cosas.
Se presentó, toda ella un bouquet de gracia, Mme.
Saint-Pol-Roux. Es parisiense de París, y a pesar de sus largos años de Bretaña
hay en su acento un grato acento montmartrés. Nos sentamos a la mesa. Y
aparecen también Cœcilien, tan celebrado por su prosa gallarda como por buen
nadador y mozo de corazón, y Loredán, en la flor de los catorce años, y Divine,
la diminuta y gentil madrina de la antigua chaumière de
Roscanvel. Y así todo, desde el pescado hasta el champaña entablamos la más
sabrosa de las charlas. Descubro a Ricardo Rojas, ojos de fauno, cuando al
decir sus años aplaudimos tanta juventud. Y nos
vamos luego, con un gran cariño y una admiración grande, frescos aun los labios
de la espuma del montebello.
Y ya de vuelta, al descender las colinas en la
tarde de ámbar, pienso en la obra vasta de ese solitario que ha huído de la
ciudad dorada y martirizadora, y que va descendiendo su existencia apoyado en
su bastón de cordura. El fué con los del alba simbolista, de los que comenzaron
a practicar la libertad mental sin dejar por eso de amar a sus maestros «como a
dioses», siendo los dos maestros, el uno un pobre profesor de inglés, el otro
un bohemio desventurado, ebrio de alcoholes y de dolores. Es el poeta de sus Anciennetés,
en que canta en «el tiempo abstracto de lo solo» el orgullo humano hecho una
llama, a su manera, la arcilla ideal de Hugo, de la reina primitiva, de la
«rosa maligna»; la vuelta de Odises; el chivo emisario en el mundo judío, la
divina Magdalena,
La femme au cœur plus grand qu’un lever de soleil
Lázaro y el Gólgota, en versos que hubieran sido de
un Leconte de L’Isle flexible y trascendente.
Aquellos pasados «reposorios» que aparecían en el
primer Mercure, y hoy coleccionados en series que forman una
sucesión de, como dice el poeta, «temas filosóficos, símbolos de alma,
notaciones de estaciones, pinturas de horas, magias de fenómenos», constituyen
una de las obras más hondas y más puramente artísticas de la última época intelectual. Son de esas criaturas cerebrales
que suelen resucitar a través de los siglos.
Concentraré. Aún me deleita, como la primera vez,
aquella inicial significación de las alondras. «Les coups de ciseaux gravissent
l’air.» Es el poemal comienzo de la vida en la sucesión cotidiana. Son el
clarín del gallo, «la diana» y la salida del sol. De poner los ojos en una rata
nace una música de ideas, y aun de ver la ropa lavada que tiende la madre en la
aldea. Cada paso en la existencia da nacimiento a una lírica expansión.
Interpreta el tiempo, el número, el espacio. Siempre está en él el pensamiento.
Las apariencias se expresan, se entrelazan las alegorías. ¿Es prosa, es verso?
El ritmo impera. Y hay verso y prosa, o solo verso, según el entender
mallarmeano.
Yo he respirado los perfumes de la Rosa y me he
herido en las Espinas del camino... Del sol me he abrevado con el que nació en
el Mediodía y no he perdido nunca su don apolíneo; y con brazos de fuego he
penetrado la floresta del misterio, clamando, por donde Mæterlinck habla en voz
baja...
Largas páginas tendría que escribir para hacer un
estudio de esta producción de psíquicas piedras preciosas. Desde el primero
hasta el reciente tomo de los Reposorios, la maestría se ha querido
demostrar, lográndolo, poseída de don infuso, extraordinario. ¿Quién le llamó
pastor? ¿Quién le llamó loco? Pastor de ideas, loco de poesía, con más
filosofía que las bibliotecas y ardiendo en amor
humano. ¡Ser pastor, Dios mío, ser pastor como Apolo, como Jesucristo! estado,
por consiguiente divino.
Rara vez habréis leído en ningún autor tal
maravilla de transposiciones conceptuales en un discurso prestigioso casi todo
constituído de alusión. Y la manera es por extremo singular de armonía y de
libre voluntad. El poeta dice en cortos períodos sonoros las voliciones íntimas
de las cosas, los secretos del vínculo, las correspondencias de las plantas y
de los animales, Gaspard Hauser en el arca de Noé, Orfeo que ha habitado en
París. ¿Quién aseguraba que tan solamente en el Norte florecía bajo las nieblas
el árbol del misterio? De misterio vivía envuelto en sol Raimundo Lulio, en un
día hecho de pedrerías; de misterio arden aún las mágicas Mil y una
Noches, y por Saint-Pol-Roux del misterio vienen, de una selva encantada de
misterio, su blanca Paloma, su negro Cuervo, su Pavo real.
«Por mínimo que fuese, yo he sido, tal vez por
momentos, el protagonista del gran Pan», dice alguna vez.
Es la reducción del Universo al servicio del poeta,
en cuya alma, por divina virtud, se juntan todo el tiempo y todo el espacio. ¿A
quién se parece Saint-Pol-Roux? Primeramente, «a sí mismo», y luego, a la
Poesía. Mas no por ser tal flor de propio carácter dejará de tener tales
relaciones. Hay en la obra de Saint-Pol-Roux esencias que creéis distinguir en
el ramo singular. Esencia de Píndaro y esencia de
Ezequiel, esencia de Rabelais y esencia de Virgilio, esencia de Góngora y
esencia de Hugo, esencia de Gœthe y esencia de Mallarmé... Mas, sobre todo,
esencia del día y esencia de la noche, esencia del cielo y esencia de la
tierra, esencia de la Vida y esencia de la Muerte. ¡La Muerte! Desde Orcagna,
desde la danza Macabra, nadie ha podido como él traer por el poder del Arte
ante nuestros ojos, personalizada y vestida de símbolos, a la siniestra Flaca,
a la Dama de la Hoz. Una vez lograda esa caza de prodigio, volvió a los reinos
vitales.
Y así continúa, coleccionando en el receptáculo de
los libros la riqueza que extrae de sus hondos senos propios. Y para andar
entre las gentes preciso le es el hablar el idioma de todos los días, vivir la
diaria vida. Sus pescadores, sus vecinos sencillos, le aman. Cuando pasa por
las calles del pueblo todo el mundo le señala con afecto.
Con las rocas habita, en una altura, en frente del
mar. Abajo tiene arena blanda; sedas de espuma. Y en el invierno, el viento
hace temblar el manoir. Se levanta matinal. Trabaja fumando su pipa. La luz de
su lámpara sirve de faro a las barcas de pesca que vuelven por la madrugada.
Pero, tanto en lo lejano de los astros apenas
vislumbrados con el aún impotente telescopio, como en lo recóndito de la vida
atómica, hay un infinito ignorado. La geografía ha avanzado mucho. Mas ¿está
todo el globo ya en nuestros nutridos inventarios? Hay todavía rincones
inviolados. Y está el Polo, guardado aún por la enorme y blanca esfinge que
surge en una de las más maravillosas creaciones o supervisiones de Poe.
*
* *
Tales temas tientan hoy a más de un escritor de
imaginación. Wells, el inglés, ha sido el conquistador de la celebridad
inmediata por sus novelas extraordinarias. Hay antecesores ilustres, y con
razón se ha citado a este respecto los nombres de Poe,
de Villiers de l’Isle Adam, y aun el del venerable y pueril Julio Verne.
Otros pueden agregarse, en cierto sentido, como
Lytton Bullver o Rider Hagard. En Francia, y tratándose únicamente de la
sorpresa intelectual producida por la obra de Wells, no habían aparecido aún
seguidores del autor británico. M. Charles Derennes, cuya reciente obra El
pueblo del Polo acabo de leer, me parece que inicia la serie de los
imitadores, y a pesar de lo que en su contra tiene toda imitación, el libro de
que trato logra el propósito, y podría pasar por «du Wells», si no apareciese
en medio de los más interesantes momentos de la acción el inevitable «esprit»,
que echa a perder la intensidad de lo que nos conmueve y hace pensar.
La fabulación es sencilla; y el procedimiento
conocido: prólogo explicativo, manuscrito encontrado. El autor cuenta que en
Septiembre del año de 1906 se encontraba en Saint-Margarit Bay, pueblo del
condado Real, en la costa del Paso de Calais, a seis millas de Dover. Allí se
junta con un su amigo, Luis Valentón, profesor del Colegio de Francia, miembro
del Instituto, que ha hecho grandes exploraciones en Siberia, y que ha
descubierto muchas cosas; entre ellas un esqueleto de animal desconocido que
habría regocijado al sabio Ameghino y que él califica de antroposauro. Este
animal, explica Valentón, es contemporáneo de los primeros hombres, y la
inteligencia humana y la inteligencia... antroposauria han
debido, en una época, existir juntamente...
Hay una comparación que me parece explicar bien la
manera con que las especies evolucionan, se transforman y salen las unas de las
otras. Imaginada familia que posee una casa en un país fértil. Los campos la
nutren, nutren a los primeros hijos y aun, quizás, a los hijos de esos hijos;
pero la raza se multiplica, el terreno no basta ya, y pronto tienen las nuevas
generaciones que ir a buscar fortuna a otra parte. Esos hombres llegan a ser lo
que la naturaleza de su patria de adopción quiere que sean; si el país es, por
ejemplo, cubierto de bosques y poblado de animales, serán cazadores y no
agricultores como sus hermanos y primos que han quedado en la tierra original
de la raza.
Así, abandonando los pantanos primitivos donde
vivían los monstruosos saurios de las viejas edades, ciertas especies han, poco
a poco, ganado la tierra firme, se han cubierto de pelo, y de ellas han salido
las razas mamíferas. Pero las especies fraternas que habían permanecido en los
pantanos no dejaron de transformarse menos en el sentido del progreso, y
entonces, ¿qué de extraño hay en que una o varias de ellas hayan llegado, como
la especie humana, hasta la posesión de un cerebro dotado de razón y de inteligencia,
punto culminante del progreso que nos es permitido concebir para un ser
viviente?
En resumen; queda casi afirmada la existencia del
antroposaurio, rival único del primate triunfante, del
rey de la creación. Mas ¿dónde existe el antroposaurio? «Quelque part il y a
quelque chose», dice el miembro del Instituto. Y entrega al autor un
manuscrito, encontrado cerca de los hielos polares entre una lata de gasolina—,
como el de un cuento de Poe fué encontrado en una botella.
*
* *
En el manuscrito cuenta un tal Vénasque las más
raras aventuras. Después de una introducción sobre los antecedentes familiares
y su modo de ver y de pensar, presenta a un su amigo llamado Ceintra,
ingeniero, preocupado del problema de la navegación aérea. Ambos se proponen
construir un dirigible con el cual pueden ir nada menos que a descubrir el
Polo—, anticipándose así a los proyectos de la expedición Wellmann, de que
tanto se ha hablado últimamente. Se ensayó un primer globo cerca de París. Para
el segundo se pensó en un lugar cercano a las regiones árticas, «a fin de que
las condiciones climatéricas durante las experiencias y durante el viaje fuesen
las mismas». Escogieron Kabarowa, aldea samoyeda, al Sur del estrecho de Yugor,
a la entrada del mar de Mara, último lugar habitado que vió Nansen antes de
internarse entre las nieves polares.
Para abreviar detalles: el dirigible dió buen
resultado y ambos amigos se embarcaron con rumbo a lo desconocido. Después de
pasada una vasta región glacial, se encuentran conque la
temperatura desciende. Y, primera sorpresa extraordinaria, entran en la
verdadera parte polar de la tierra, en donde el día, según lo advierten, es de
color violeta. Descubren aspectos extraños, vegetaciones distintas a las
conocidas. El paisaje no tenía verdaderamente nada de terrestre. Y fué mucho
peor cuando, de pronto, el manto de bruma que cubría el horizonte se desgarró y
el sol del Polo apareció en el extremo de la llanura, inmenso y semejante a un
escudo de metal empañado; el poder del dueño de la Tierra parecía aquí
aniquilado por el de la singular fuerza luminosa que había invadido el cielo;
ningún rayo emanaba de él, y se veía en la claridad violeta como una luciérnaga
bajo el brillo de una lámpara de arco. A esa luz misteriosa perciben el vuelo
de no conocidos pájaros. La influencia de un gran peso de ondas eléctricas se
reconoce en el ambiente. Quieren huir, pero no pueden mover el globo, a pesar
de funcionar bien el motor; y la barquilla, que tiene gran parte acerada, es
atraída por un enorme imán, como el del cuento de Simbad. Por de pronto, los
viajeros viven de sus provisiones, y tienen de ellas copioso depósito. Se
convencen, con todo, de que son prisioneros de seres inteligentes que les
rodean sin dejarse vencer por ellos.
En la tierra encuentran huellas de un animal
ignorado. La arcilla suave y flexible había netamente guardado la huella del
paso de un animal... Un paso aquí, otro allá...
tiene el aspecto de una huella de bípedo, o, mejor, de un animal que utiliza
únicamente para caminar sus miembros posteriores y su cola: algo como un
kanguro... ¿Se trata del iguanodon...? Quizá hay rebaños de iguanodones, de
iguanodones domesticados... Como el lector comprende, el antroposaurio va a
aparecer. Han encontrado, en ciertas rocas, o en la tierra, puertas metálicas.
Han oído ruidos subterráneos. Y luego, se dan cuenta de que les han robado
varias piezas del motor. Advierten que la luz especial que allí forma el día es
producida a voluntad. Por fin, un ser, el «ser» de esos lugares, se deja ver.
«Desde que hube observado ese cráneo extremadamente desarrollado, hipertrofiado
en partes, y como hinchado de un exceso de cerebro; desde que, sobre todo, los
grandes ojos iluminados de un reflejo interior, se fijaron en los míos, comprendí
definitivamente que esa criatura estaba dotada de razón.
»Pero el aspecto del monstruo no recordaba en nada
el del hombre. Estaba acurrucado sobre sus miembros posteriores, y debía andar
apoyándose en su fuerte cola; sus brazos grotescos y cortos, en lugar de caer
en el reposo, a lo largo de los costados, parecían restos de manos, sino dedos
unidos directamente a los puños, dedos desunidos y larguísimos, más largos que
los brazos, al parecer, y semejantes a tentáculos. Sobre, la cara, nada de
pelos; una piel descolorida y pálida que me hacía pensar en una cabeza de
ternero pelada. Los ojos redondos, ligeramente
salientes y metidos, sin párpados visibles en las órbitas prominentes. En lugar
de nariz, dos hoyos profundos de donde salía vapor; abajo, la raja desmesurada
de una boca de reptil provista de muchos dientes agudos que no llegaban a
cubrir los labios delgados y córneos. En las comisuras de los labios, que se
juntaban casi a las orejas movibles y minúsculas, salía un poco de saliva. El
mentón no existía, o desaparecía bajo los lisos repliegues de pellejo blando
que había sobre el cuello y la parte superior del tronco. Después, por dos
veces, los párpados se agitaron, y velaron un instante los ojos, blancos,
tenues, casi diáfanos, como los de las serpientes o de los pájaros».
Poco a poco, Vénasque llega a hacerse vagamente
comprender por señas de algunos de los monstruos. Mas el ingeniero Ceintras se
vuelve loco, y, una vez que han podido penetrar en el imperio subterráneo de
los habitantes del Polo, si Vénasque tiene tiempo para observar un sistema de
gobierno, una ciencia y una vida social singulares, su compañero, armado de una
carabina, asesina una cantidad increíble de antroposaurios; el paso de los dos
humanos ha sido una catástrofe en ese mundo recóndito. El loco se pierde entre
los hielos, una vez salido de las entrañas de la tierra; y Vénasque puede aún
escribir su relación antes de la inevitable desaparición. Ese es el resumen de
la obra.
*
* *
Desde luego,
como he dicho, el libro interesa. Desgraciadamente, en lo mejor de la
narración, un diálogo que se quiere hacer espiritual, la cosa parisiense, la
«blague» bulevardera, descompone la tensión curiosa del que lee. Algunas
descripciones del novelista hacen pensar en otros autores. La luz producida por
una fuerza especial que maneja un sabio tan solamente dedicado a eso, recuerda
el «vril» de la también subterránea «raza futura» de lord Lytton. La labor de
los polares y hasta su superdesarrollado cerebro, tienen más de un punto de
semejanza con los selenitas y con los marcianos de dos novelas de Wells muy
conocidas. A pesar de todo, me ha complacido le lectura de este volumen, que no
tiene nada que ver con el adulterio y el apachismo ambientes, y cuyo autor
busca en problemas científicos atrayentes como las más bien urdidas fábulas, un
tema que hace pensar y mantiene la atención viva.
«Es un libro que está por hacerse, a pesar de lo
agotado que parecía el tema: Hércules y Sileno, precursores del valeroso
hidalgo Don Quijote y de su escudero Sancho. Hércules, libertador de los
oprimidos, amparo de los débiles, castigo de los tiranos y espanto de los
monstruos, tiene tales analogías con el ingenioso hidalgo de la Mancha, que
hasta la protección de Palas Atenea, diosa de la sabiduría, parece sentar el
principio de que también al hijo adulterino de Júpiter le sorbieron el seso los
libros, más o menos de caballerías.»
La comparación de Don Quijote con Hércules me parece nueva e ingeniosa. La de Sancho y Sileno la
había hecho ya el gran Hugo en un capítulo de su William Shakespeare.
«En Cervantes—dice—, un recién llegado entrevisto
en Rabelais, hace decididamente su entrada: es el buen sentido. Se le ha
percibido en Panurgo, se le ve de lleno en Sancho. Llega como el Sileno de
Plauto, y él también puede decir: Soy el Dios montado sobre un asno.»
El señor de Val busca los puntos de semejanza en
los dos héroes. Hércules, en su destierro, condenado por Anfitrión, rey de
Tebas, haciendo vida pastoril, y don Quijote, enamorado y poeta, en Sierra
Morena. En las «salidas» hubo indudablemente muchos «trabajos»; las aventuras
de los molinos de viento, en la venta, lo del yelmo de Mambrino, la liberación
de los presos, el caballero del bosque, los leones, a los cuales se pueden
agregar el descenso a la cueva de Montesinos, los batanes, los cuadrilleros, el
barco encantado y tantos otros momentos de la vida heroica del caballero de los
caballeros.
Todo esto, desde cierto punto de vista, es
comparable con las hazañas del esposo de Deyanira. Mas, a mi entender, la
psicología, digamos así, de los dos personajes, es absolutamente distinta.
Además, Don Quijote es inseparable de Rocinante. Es el «caballero». Diríase que
sin su caballería está incompleto. Cuando no va en Rocinante hacia el heroísmo,
va en Clavileño hacia el ensueño. Hércules no cabalga. La única vez que usa de corceles es cuando ya consumido su cuerpo por las
llamas en la cumbre del Œta, en soberbia apoteosis, y bajo su olímpico aspecto
de inmortal, asciende, por orden de Júpiter, hasta los astros, en un carro
tirado por una cuadriga:
Quem pater omnipotens inter cava nubila raptum
Quadrijugo curru radiantibus intulit astris.
Podríase comparar don Quijote, a ese respecto, con
Belerofonte, con Perseo, ambos jinetes de Pegaso y sublimes caballeros
andantes. Cervantes cita poco a Hércules. En la primera parte del Quijote,
cuando habla de las lecturas del héroe, dice:
«Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en
Roncesvalles había muerto a Roldán el encantado valiéndose de la industria de
Hércules, cuando ahogó a Anteón, el hijo de la Tierra, entre los brazos.»
Hércules es el prototipo de la fuerza bruta,
aunque, según las palabras de Muller, «lo heroico-ideal está expresado con la
mayor fuerza en Hércules, quien fué preeminentemente un héroe nacional
helénico. Su semejante bíblico es Sansón. Don Quijote es el Espíritu
cabalgante, el Ideal caballero. Otros hay que pudiéranse nombrar a su respecto:
el ya dicho Perseo, San Jorge, Santiago, Astolfo—y todo Poeta que monta en
Pegaso.
Don Quijote es casto. Hércules es tan lascivo como
Pan. En el canto en que Deyanira se dirige a su esposo en las Nereidas,
de Ovidio, ella enumera alguna de las eróticas fazañas
del formidable marcheur. Le habla de sus amoríos errantes y
variados. «Cualquier mujer, le dice, puede ser madre por obra tuya.» Le
recuerda la violación de Angea y el «pueblo de mujeres», nietas de Teutra, de
las cuales gozó, y la tremenda Onfalia, que afemina al beluario, y le hace
hilar a sus pies como a una esclava. Don Quijote no encuentra siquiera a
Dulcinea y n se deja tentar por la carne, siempre con el alma de hinojos ante
la figura soñada. Hércules, por fin, es el semidiós medio bandido, y don
Quijote, aunque él asegure, al compararse con don San Jorge y don San Diego y otros
caballeros canonizados, que ellos pelearon a lo divino y él a lo humano, es un
paladín medio santo.
¿Y Sancho y Sileno? Ya hemos visto cómo Hugo hace
la comparación en su libro sobre Shakespeare. Sancho es también inseparable de
su asno. Recordaré el párrafo del admirable capítulo:
«Llega como el Sileno de Plauto y él también puede
decir: Soy el Dios montado sobre un asno. La cordura en seguida, la razón muy
tarda; es la historia extrema del espíritu humano. ¿Qué de más cuerdo que todas
las religiones? ¿Qué de menos razonable? Morales verdaderas, dogmas falsos. La
cordura está en Homero y en Job; la razón, tal como debe ser para vencer los
prejuicios, es decir, completa y armada en guerra, no estará sino en Voltaire.
El buen sentido no es la cordura y no es la razón. Es un poco de lo uno y un poco de lo otro, con un
matiz de egoísmo. Cervantes lo pone a caballo sobre la ignorancia, y al mismo
tiempo, acabando su irrisión profunda, da por caballería al heroísmo la fatiga.
Así muestra, en uno después del otro, el uno con el otro, los dos perfiles del
hombre y las parodias, sin más piedad para lo sublime que para lo grotesco. El
hipógrifo llega a ser Rocinante. Detrás del personaje ecuestre, Cervantes crea
y pone en marcha el personaje asnal. Entusiasmo entra en campaña. Ironía sigue
al paso. Los altos hechos de Don Quijote, sus espolazos, su gran lanza
enderezada, son juzgados por el asno; perito en molinos. La invención de
Cervantes es magistral, hasta el punto que hay entre el hombre tipo y el
cuadrúpedo complemento, adherencia estatuaria, el razonador como el aventurero
hace un solo cuerpo con la bestia, que le es propia, y no se puede desmontar ni
a Don Quijote ni a Sancho Panza.»
El asno de Sancho es silencioso y paciente, el asno
de Sileno de Plauto está dotado del don de la palabra, como el de Balaan, como
el que dialoga en Turmeda, como el que habla largamente al filósofo Kant en el
poema de Víctor Hugo. El asno ha tenido insignes cantores desde Grecia y Roma,
hasta Daniel Heinsius, hasta Hugo, hasta nuestro buen Lugones. Cierto es que,
el dulce animal de las largas orejas, además de conducir a Sancho y a Sileno,
sirvió de caballería triunfal al Señor de Amor en su entrada a Jerusalén.
El señor Calzado fué el amigo más íntimo de
Castelar, y quien, sin alardes de humillante mecenismo, ayudó pecuniariamente
al gran orador, en ocasiones en que éste necesitaba de su apoyo. Calzado, rico
banquero muy conocido en París, y al propio tiempo persona de superior cultura,
ha escogido, entre las muchas cartas que recibiera, las principales.
¿De qué manera—dice en el prólogo—he procedido al
ordenar estas cartas? Desde luego he hecho poco uso de aquellas cortas
circulares que me enviaba Castelar periódicamente, al mismo tiempo que a otros
cuatro amigos, las cuales dictaba a su secretario para que sacase copias de
ellas. Doy preferencia a las íntimas, porque reflejan idénticos pensamientos
con mayor espontaneidad y abandono, bien que ofrezcan el peligro de hacerme
parecer inmodesto, aceptando elogios inmerecidos y expansiones que el lector, con
su buen criterio, achacará indudablemente a la parcialidad del amigo. Después
he eliminado lo agresivo, lo que, dicho en la intimidad y con el calor y la
vehemencia de la lucha, pudiera ofender a muchos que fueron amigos suyos y son
sus primeros admiradores. Por el deleznable fin de sazonarle a la curiosidad
pública manjares, con la sal y pimienta del escándalo, hubiera faltado a
deberes elementales. Tampoco he querido suavizar aquellas frases de ingenio tan
peculiares en él, verdaderos zarpazos de león, para convertirlos en vulgares
arañazos de gato. Suprimiéndolas sencillamente, si no doy gusto a los
aficionados al escándalo, dejo en pie la idea, el concepto, que por faltar un
adjetivo o un donaire no pierden su razón y su virtualidad.»
El compilador, respecto a las necesidades de aquel
grande hombre que cumplió con el deber estético de darse la mejor vida posible,
agrega:
«No me he creído con derecho a suprimir lo relativo a sus apuros económicos, porque ponen en relieve su
laboriosísima existencia, su trabajo diario de diez horas, y cómo el hombre que
ocupó los primeros puestos en la nación murió tan pobre que cuatro amigos
tuvieron que pagarle el entierro. ¡Y no fué un entierro nacional, si fueron
nacionales el duelo y el quebranto!»
Al leer la correspondencia de Castelar se ve ante
todo la facilidad de fuente que había en aquel surtidor de ideas y de cláusulas
armoniosas. Castelar en sus cartas, como en sus novelas, como en sus artículos,
es el Castelar de los discursos, es siempre el orador. Hace su frase, busca la
cadencia y el efecto, redondea su hipérbaton. Así era también en su
conversación. Y, a propósito, fué Castelar quien me presentó a su amigo
Calzado, una vez que almorzamos en su casa de la calle de Serrano. Otra cosa que
se advierte en seguida es la vehemencia meridional en todo, y una facultad de
dar en todo, un soplo de lirismo.
Claro que lo que principalmente preocupa al
escritor se ve que es la política, y de política tratan la mayor parte de las
epístolas. Tanto como la política española dijérase que le interesa la
francesa; y se sienten sus protestas, sus enojos, sus críticas, llenas de
fogosidad. No queda muy bien Gambetta ante sus juicios. Y cuando Castelar se
exalta, no se para en señalar hasta el defecto de ser tuerto.
También resalta el ingenuo y natural orgullo de
quien sabía lo que era y lo que valía. Esa águila tiene
mucho de pavo real. Y la verdad es que los oros y colores de su estilo brillan
lindamente al sol. Hugo tenía también ese conocimiento de lo desmesurado de su
genio, y asimismo mostraba su soberanía con sencillez, simplemente, como un
león. Y hay que ver el cambio de cumplimientos olímpicos entre el gran francés
y el gran español.
Y todo eso estaba perfectamente. Castelar no iba a
dirigir sus pomposos elogios a M. Tartampion, ni Víctor Hugo sus inciensos
pontificios a Juan de las Viñas.
Otra cosa que advertiréis es el trabajo formidable
de aquel cerebro excepcional. Aunque la política le quitase mucho tiempo, él se
arreglaba de modo que, mientras había libros suyos en prensa, iban sus
larguísimas y profusas correspondencias a Buenos Aires, a Montevideo, a
Venezuela, México, a Nueva York, fuera de su colaboración en diarios y revistas
europeas. Ganaba mucho dinero, es verdad; puede decirse que nadie aquí ha
sacado tanto oro de sus tinteros. Pero gastaba mucho; su vida de gran señor y
de hombre de buen gusto le costaba un dineral, y ya habéis visto cómo Calzado
cuenta que cuatro amigos tuvieron que pagar su entierro.
Hay en esas cartas opiniones sobre hechos y sobre
gentes, sobre arte, vida pública; paisajes rápidos, soñaciones e intenciones de
poeta. Escribe en una parte, desde Étretat:
«Tengo el valor de predicar a un poeta prusiano,
muy amigo de Bismark, su agente en Roma, que
Alemania debe reconciliarse con Francia, como se ha reconciliado con Italia,
volviéndole Milán y Venecia. Por consiguiente, debe volver a Francia, Metz y
Estraburgo.»
Una tablita:
«Querido Adolfo: Aquí me tienes en la soledad más
completa. Frente de mis balcones se extiende el Mediterráneo, que me envía sus
frescas y a veces tempestuosas brisas; en torno de la casa una multitud de
colinas sombreadas por pinos de Italia, y en cuyas cañadas crecen las higueras,
los naranjales y las palmas.»
Política europea:
«Estoy indignado con ese bárbaro zar moscovita.
Después de haber echado los pobres servios al campo, todavía los insulta.
Después de haber convertido el ejército servio en ejército ruso, todavía escupe
por el colmillo. Ayer comí en casa de Layard con tres diputados conservadores
del Parlamento inglés. Me dijeron que Alejandro ladra, pero no muerde.»
Un buen párrafo para Gambetta, en Noviembre del 76:
«La campaña de Gambetta me admira más cada día. Es
el verdadero talento político que hay en la democracia francesa. Por él, y sólo
por él, vivirá la República. Si hoy tengo tiempo te incluiré una carta en
español para que se la traduzcas de viva voz al francés, felicitándole y
felicitándome por sus triunfos, que son también triunfos de la democracia
europea.»
Y en Agosto del 77, refiriéndose a un discurso
pronunciado por Gambetta:
«Aunque he dicho a América que me había gustado el
discurso de Lila, te digo a ti que no me ha gustado nada. Cada día encuentro a
ese mozo más gárrulo y más vacío. Luego, a su altura, no se comprometen los
hombres públicos en procesos de imprenta como cualquier pelafustán de baja
talla.»
Después, aún hay cosas peores contra Gambetta. Un
sabroso párrafo culinario:
«Las últimas chucherías salen de provincias y
llegarán antes de dos días. Haced un almuerzo español. Freid las morcillas,
asad las longanizas, hervid las batatas de Málaga, coced los blancos de Elda,
desgranad las granadas; reunid a todo esto el turrón y luego preguntad dónde se
quedan Chevet y Compañía.»
Pues Castelar amaba como pocos los placeres de la
mesa. Y ya he hablado en uno de mis libros de ciertas perdices, regalo de la
duquesa de Medinaceli, que me hizo saborear aquel hombre glorioso de alma
infantil.
¿El archiduque naufragó? ¿El archiduque ha sido
encontrado en el Río de la Plata? ¿El archiduque está en el Japón? Después de
leer el buen libro de Garzón sobre Jean Orth, no
tenemos la certeza de nada de eso. Quizás esto vale más, pues archiduque
encontrado, leyenda acabada; y es siempre mejor que Barbarroja esté en su
ignorada gruta, haciendo compañía probablemente a Enoch y a Elías. Y luego, yo
creo que Garzón es tan artista que ha dejado escaparse al príncipe hacia su
sueño de soledad—, quedándose con el pretexto, es natural, de escribir un bello
volumen.
Este tuvo el consiguiente éxito cuando apareció en
castellano. A pesar de estar escrito en nuestra lengua, tan poco leída en
Europa, se habló bastante de él en Italia, en Alemania y en Austria. La versión
francesa lo hará conocer mayormente. La crítica española le ha sido favorable,
y sus colegas y amigos de América han tenido para el autor gentiles opiniones.
Manuel Bueno proclama su «mérito indiscutible»; Emilio Mitre reconoce el
interés y la agradable literatura del libro; Eduardo Wilde encuentra «páginas
encantadoras»; Daniel Muñoz aplaude esta obra «variada en su unidad»; García
Ladevese asegura que «son los libros escritos como Jean Orth los
que consuelan de la impotente literatura de decadencia»; y Gómez Carrillo
cuenta que se ha «olvidado de almorzar» por leer Jean Orth. Esto
que parece más bien un prière d’insérer, no es sino un ramillete de
justicias. Al cual yo agrego, gustoso, mis cumplimientos.
*
* *
Hace algún
tiempo, visitando la admirable mansión de Miramar que posee en la isla de
Mallorca el archiduque Luis Salvador, vi en una capilla construída no lejos de
la legendaria gruta de Raimundo Lulio, una estatua de mármol, simulacro de
nuestra católica Virgen. En el zócalo una inscripción recuerda las dos visitas
que a Miramar hiciera la emperatriz que tan bellas páginas inspiró a Maurice
Barrès, y que el doctor Christomanos biografiara fervorosamente. Y en tal
inscripción se ponía bajo el amparo y la protección de la Maris Stella, a la
porfirogénita viajera que en Corfú descansa en su Achilleion, frente al
monumento que consagrara a su admirado Heine, de sus errantes fatigas. La
Estrella del Mar no pudo desviar, por ley de la superioridad divina, el arma
del anarquista que, a las orillas del lago de Ginebra, hirió a la soberana y
solitaria señora. Y al leer la inscripción votiva no pude menos que recordar a
Jean Orth que, como el holandés errante, se perdió en lo incógnito del mar
sobre su barco fantasma. Tiene Garzón una hermosa página en que los datos
fatídicos se amontonan como puñales en el proceso histórico de esa familia
predestinada. Quizá poseído del terror de su sangre, el príncipe perdido
abandonó la existencia palatina de Viena y en compañía de la hembra elegida,
vestido de su pseudónimo, se fué en busca de paz, de acción, de horas
tranquilas y amorosas.
Su caso queda entre los enigmas de la historia. Su vida es una novela que justamente ha tentado la
pluma de un escritor de fantasía y entusiasmo, que ha hecho juntarse en el
camino de la leyenda el Río de la Plata y el bello Danubio azul. El hallazgo
del príncipe hubiera sido una victoria periodística destructora de ilusiones;
el triunfo literario en que me ocupo deja felizmente el campo libre a la
suposición y a la imaginación.
El temperamento caballeresco de Garzón se aviene a
maravilla con la aventura romántica del archiduque navegante, y su habilidad de
escritor sale ufana del intento de demostrarnos la posibilidad de que
actualmente existe en alguna parte el que casi todo el mundo ha creído muerto
en el mar.
*
* *
Contraste curioso ofrece el autor, entre estas
páginas laboradas con una firme preocupación y elegancia de estilo, y su diaria
tarea de Le Fígaro, en donde con períodos erizados de guarismos y
de manera concentrada y expositiva, hace la propaganda de las riquezas y de los
progresos de la América nuestra, sobre todo de la maravillosa República
Argentina. Gracias a esto, le perdonarán sus amigos de estancia y automóvil sus
apasionados devaneos con las bellas letras que no son de cambio. El Fígaro parisiense
ha ganado mucho, es indudable, en nuestro continente y en nuestro mundo
hispanoparlante, con el trabajo asiduo de su redactor platense. Y nuestras
repúblicas, a su vez, han logrado por fin tener en
Europa un expositor útil y fidedigno y serio, de su civilización y de sus
elementos de riqueza y de cultura. Tanto más, que a la propaganda simplemente
comercial e industrial de la hoja cotidiana, se agregará pronto la social y
artística en Le Figaro Illustré.
Amigo de las elegancias y de las distinciones,
alejado de los murmuradores charlatanes y de los folicularios de países latinos
que abundan en las colonias de París, puede Garzón entretener sus vagares de
mundano, escribiendo con pluma fina libros como su Jean Orth y
como La entraña del bulevar, que aparecerá en breve.
En el tiempo relativamente corto en que ha logrado
ser el primer hispanoamericano que ha entrado a formar parte de la redacción
activa de un gran diario, ha llegado a conocer la vida parisiense como muy
pocos extranjeros la conocen. Conversar con él es un placer. Y así, entre
anécdota y frase oportuna, os narrará cosas del mundo internacional de la
Metrópoli, como traerá a cuento sus días de juventud y de lucha, en su amada
tierra original. Trofeo forman, en su gabinete de trabajo, los ponchos costosos
de los gauchos, las espuelas, la guitarra del payador, las boleadoras que han
detenido carreras de avestruces y de potros en las vastas pampas. Y bajo esos
trofeos suelen verse lindas sonrisas francesas, monóculos literarios; o tal o
cual barba blanca de personaje.
Aunque ya ha nevado sobre él, guarda con bizarra
actitud sus bríos de antaño, que recuerdan sus antiguos compañeros de
periodismo en el Plata, hoy casi todos diplomáticos y hombres de estado. Y es
soltero. Garzón para la garçonnière.
Este escritor y este periodista, ambos en el mejor
sentido de la palabra, es, como lo he dicho en otra ocasión y en este nuestro
querido Fígaro habanero, un romántico modernizado. A pesar del
continuo contacto con esta inquietante ultracivilización, conserva viejas
virtudes castizas, que Dios le guarde siempre. Cree en la nobleza, en el
carácter, en la amistad, en el honor, en la cortesía. Y aunque ya todo eso casi
no está de moda, él lo sabe lucir de manera envidiable. Y es que este dandy,
que hubiera sido amigo de Barbey d’Aurevilly, tiene también el dandismo «por
dentro».
Puede ajustarse al pecho coraza férrea y dura;
Puede regir la lanza, la rienda del corcel;
Sus músculos de atleta soportan la armadura...
Pero él busca en las bocas rosadas leche y miel.
Artista, hijo de Capua, que adora la hermosura,
La carne femenina prefiere su pincel;
Y en el recinto oculto de tibia alcoba obscura
Agrega mirto y rosas a su triunfal laurel.
Canta de los oarystis el delicioso instante,
Los besos y el delirio de la mujer amante,
Y en sus palabras tiene perfume, alma, color.
Su ave es la venusina, la tímida paloma.
Vencido hubiera en Grecia, vencido hubiera en Roma
En todos los combates del arte o del amor.
Mi admiración fué siempre la misma, aun después de
la nueva moda de revisar valores. Siempre le tuve por un admirable artífice de
la palabra y por un espíritu alta y elegantemente romántico. Fué uno de los
pajes predilectos del emperador de la Leyenda de los Siglos. Cuando la muerte
de Gautier, cuya hija Judith fué la primera esposa de Mendès, Víctor Hugo
escribió a éste:
«Hautevill-Housse, 23 Octobre 1872. 5 heures du
soir.—C’était prévu et c’est affreux. Ce grand poète, ce grand artiste, cet
admirable cœur, le voilà donc parti! Des hommes de 1830 il ne reste plus que
moi. C’est maintenant mon tour. Cher poète, je vous serre dans mes bras. Mettez
aux pieds de Mme. Judith Mendès mes tendres et
douloureux respects.»
Alma muy 1830, queda hasta su último día la de
Mendès. Yo no le traté personalmente, y vale más. Le ví muchas veces en París,
y sobre todo en su café preferido, el Napolitain, donde, alrededor de una mesa,
a la izquierda de la entrada, se reunen todas las tardes a conversar y tomar
aperitivos unos cuantos hombres de letras y periodistas. Allí reinaba Mendès,
teniendo a su lado a un gran amigo suyo, Courteline. Vi algunas ocasiones a
Moreas, entre otros comediógrafos, poetas y cronistas. Una tarde vi también que
llegó a buscar a su marido Madame Jane Catulle Mendès, bella, elegante, muy
«parisiense.» Su marido, apartando un poco el guante, descubrió el rosado puño
de su mujer y le dió gentilmente un beso. Ella, poco tiempo después, recuerdo
que publicó un lindo tomo de poesías, en que en plausibles estrofas se
manifestaba muy enamorada de él. Los versos eran exquisitos. No pasó mucho sin
que ocurriese la separación de los cónyuges. Esto, en París, es muy sencillo.
Era ese poeta amable, de noble continente y gestos
de hombre «nacido». Y era israelita. Nació dotado de gran belleza. Se cuenta
que cuando llegó a París, muy joven, una noche, al presentarse en un palco,
acompañado de su madre, llamó la atención su rostro de príncipe de cuento.
Fué un bizarro conquistador de amores. Hizo poética
su vida. Hasta sus últimos años tenía, en un cuerpo
ya cargado de edad, el alma fresca. Su muerte ¿un suicidio? Imposible.
Anacreonte muere de otra cosa. Si la existencia no tuviese esos golpes
violentos, debidos a una misteriosa lógica absurda, Mendès debió morir
académico. Aunque más peligrosa a la blancura de los azahares, si su obra, allá
en los primeros pasos, le llevó a la cárcel, como a Richepin, no tiene la
brutalidad del Turiano. Y de seguro Mendès no hubiera escrito Père et
mère... En cambio, Zo, Lo y Jo, sus antiguas figuritas predilectas,
antecesoras de todas las Claudinas, hubieran concurrido a oir el discurso de
recepción bajo la Cúpula.
*
* *
Era el poeta. Su crítica, sus cuentos, sus dramas,
sus novelas, eran de poeta. A todo le daba valor armonioso. Puede decirse que
no tenía creencias religiosas o que las tenía todas bajo el imperio de la
poesía. Ese judío escribió páginas inefables, no sin el inseparable perfume
venusino, en el Evangelio de la Santísima Virgen y en Santa
Teresa. Todas las teogonías tenían para él, como para todos los poetas, los
prestigios del misterio, del símbolo, del mito. Su inspiración vuela por todas
las latitudes. Ya comprende e interpreta, desde sus primeros poemas, el encanto
nórdico, explorando las brumas y las nieves del país en donde suavemente y
fantásticamente brilla el sol de media noche, y hace dialogar a Snorr y Snorra; ya su pasión wagneriana, tan sólo superada
en él por su pasión hugueana, le hace escribir una exégesis poemática de la
obra del Thor musical, y novelas como aquella en que narra a su manera la
legendaria vida del Rey Virgen; ya con su Hesperus flota en el
mundo de Swedenborg, o con Panteleia crea una música astral y
deliciosa. Como su dios Hugo, él tenía toda la lira, aunque más pequeña, y
también sabía agregar la cuerda de bronce.
Tenía un admirable don de asimilación, y,
voluntariamente, o por sugestiones sucesivas, dejó en su obra numerosa algo que
hubiera firmado Hugo, algo que se confundiría con lo de Gautier, con lo de
Leconte de L’Isle, con lo de Banville, con lo de Heredia. Es cierto que él
perteneció, y se glorió siempre de ello, a la familia parnasiana, que se
desarrolló bajo el ramaje del patriarcal Roble romántico.
El fué bondadoso con los poetas que vinieron
después de su generación. No careció de enemigos, ésto conforme con su mérito.
Mas da a quien lo merece el justo elogio con sus crónicas, y en su voluminoso
trabajo sobre la poesía francesa en el siglo XIX, que escribió por encargo
oficial.
Lo que nunca pudo ver con buenos ojos ni oir con
benévolas orejas fué el verso libre. Que no le hablasen del verso libre. Y eso,
siendo como era un gran conocedor de secretos musicales, un wagnerista, y
habiendo escrito en prosa rítmica y rimada los más encantadores «lieds de
France». Es una joya ese librito, en el que a los
lieds de Mendès viene unida la música de ya no recuerdo cuál joven autor
parisiense.
De todas las artes es la música la que más se
compadece con la mentalidad israelita, y este poeta tenía la facultad musical
en el verbo, que en el pentágrama tuvieron y tienen muchos artistas de su raza.
Yo admiro el buen tino del padre de Mendès que supo
comprender desde la niñez de su hijo la verdadera vocación. ¿Qué digo tino?
Debo decir don de profecía, pues si le impulsó a las letras en lo fragante y
primaveral de su ensoñadora juventud, vió desde la cuna el laurel verde y así
le llamó con nombre de poeta. El padre de Chapelain fué menos avisado, y su
cosecha fué, como dicen los franceses, plutôt maigre.
Era el poeta. Un poeta pagano, alerta siempre, que
sabía amar con elegancia y lirismo las mujeres y el vino; por lo cual debe
haberle encantado el consejo luterano que leyera inscrito en letras góticas en
las cervecerías alemanas, cuando, en sus días de estudiante, cantara en
Heidelberg el Gaudiamus igitur después de los salamander,
en los coros de escolares teutónicos. ¡Gentil epicúreo! Casi septuagenario, se
regalaba con primicias ofrecidas por la Fama y por la Voluptuosidad. Su primera
esposa era una musa; se separa de ella y se consuela con otra musa adoradora de
Wagner como él; en seguida, su esposa es musa también; se separa de ella y se consuela con la amistad de una bella cortesana de
letras.
Es muy de París, como hubiera sido muy de Atenas.
Con sus corbatas de seda blanca y fina bajo su cuello doblado, con su en
bon point, con sus cabellos entre plata y oro, su cara de Cristo
satisfecho, con su indumentaria, si no de dandy nunca descuidada, me parecía
más joven que todos los que a su rededor se congregaban, más joven que el mismo
Moreas, tan lleno de juventud, y desde luego más joven que otros amigos
jóvenes, pero de espíritu y corazón matusalénicos.
Luego se batía por cosas de arte y de poesía,
defendía a sus maestros y daba la sangre por sus ideas estéticas. Un escritor y
conferenciante, ya difunto, le agujereó el vientre en una de esas bizarras
cyranadas.
Sabía latín bien; debe haber sabido griego, pues
hizo muy buenas humanidades; el alemán debe haberle sido familiar, puesto que
cursó en Alemania estudios universitarios. En cuanto a su español, si nos
atenemos a las citas que alguna vez hiciera, y a los nombres estrafalarios de
ciertos personajes de su Santa Teresa, debe haberlo conocido y
hablado como un cisne francés...—No debe haber existido la tradición sefardita
en su familia paterna—desde luego su madre era cristiana, según tengo
entendido. Si no, ya hubiese parlado un sabroso castellano viejo, como el que
habla el doctor Nordau; y si no, portugués.
Como crítico, siempre manifestaba para toda obra extranjera el parti pris, el modo de
ver francés. Sus funciones de crítico teatral en el Journal parisiense
fueron arduas. El hijo del judío rico, en sus últimos años, que debían haber
sido de rentas y reposo relativo, tenía que trabajar como un negro para llenar
sus necesidades de gentleman y de mundano. Porque era poeta con renombre de
bohemio, el amigo de Glatigny y su resurrector, y el cliente del Napolitaine lo
era también de Ritz y comía—como comió la noche de su muerte—en casa del
banquero Openheimer.
*
* *
Sobre el movimiento literario contemporáneo francés
tuvo ciertas expansiones, hace algún tiempo, con un escritor que fué a
conversar con él a ese respecto. Creo que Mendès vivía en ese tiempo en la
calle Boccador, frente a la Legación de Nicaragua. El visitante pinta su
gabinete de trabajo, lleno de libros, y en el que resalta, dignamente
enmarcado, un autógrafo de Hugo, «La siesta» de El arte de ser abuelo.
Y habla del poeta, que se presenta sonriente y casi joven:
«M. Mendès ha visto morir el romanticismo,
desenvolverse los destinos del Parnaso, nacer y morir el simbolismo; pero los
años no le pasan, sobrevive a todos los naufragios alerta y alegre.»
Y Mendès da su opinión sobre la literatura francesa
contemporánea. Para él no hay nada nuevo. Por otra
parte, que se lea su «Rapport sur la Poesie». Con justicia se sulfura contra
las escuelas. ¿Acaso había antes escuelas?, dice. «Hugo siempre negó haber
fundado una escuela; en todos sus prefacios se acordó de protestar. El Parnaso
no es tampoco una escuela. Era una agrupación de amigos que se estimaban y que
trabajaban juntos; pero nuestras tendencias eran tan poco comunes, que nada se
parece menos a la obra de Heredia que la de Coppée, a la de Sully-Prudhomme que
la mía...»
Y luego:
«Cada poeta hace su obra como puede, como lo
entiende, lo menos mal posible. Eso es todo. La escuela simbolista, la escuela
romana, la escuela naturista, grupos sistemáticos y artificiales, ¡qué
tontería! ¡Vedlos! Pasan su vida redactando proclamas y olvidan hacer obras.—No
hay nada nuevo después de los prefacios de Cronwell y de Hernani.
Todavía viven de eso todos; los comentan, los discuten, los niegan; pero es
alrededor de ellos que se baten.»
Y el poeta se expresa poco amable con las técnicas
nuevas. Los poetas jóvenes creen encontrar a cada paso un nuevo camino; pero
siempre siguiendo las huellas de sus antecesores.
«Hacen ahora tragedias clásicas. ¿Y por qué? Porque
yo he hecho Medea. Así se grita: ¡renacimiento clásico! Pero si yo
tenía derecho de hacer Medea sin ver en ese asunto más que un
motivo interesante de teatro. Entonces, porque he escrito El
hijo de la Estrella se deberá clamar: ¡renacimiento bíblico! No. Cada
poeta es libre de ir a extraer su inspiración de donde bien le parezca, sin que
se pueda interpretar ese esfuerzo particular como una tendencia general.
Corneille ha hecho tragedias griegas y tragedias españolas. Todos los asuntos
son buenos; sólo el talento del poeta les da valor.»
Y cuenta que un día un amigo de Alejandro Dumas lo
invitó a comer, ofreciendo darle «un excelente asunto para una pieza». Dumas
fué a la comida, y preguntó a su amigo, que quizá sería el mismo Mendès:—¿Y ese
asunto?—Es éste: un joven y una joven quieren casarse; pero el padre no quiere.
En efecto, afirma el poeta, con eso hacéis El Cid, sólo que depende
del modo que esté tratado el asunto.
Tenía sus admiraciones especiales: Rostand, Madame
de Noailles. Con todo y no creer en los nuevos poetas, siempre estaba pronto a
dar buenos consejos y a alentar a los que a él se acercaban. M. Saint-George de
Bouhelier le debe mucho de su renombre.
Y con buenos lustros encima, era un formidable
laborioso, pues teniendo a su cargo la crítica teatral de un diario parisiense,
y casi la dirección literaria del mismo, tenía tiempo para hacer vida social y
escribir dramas, comedias, cuentos, novelas, todo lo imaginable. Su pegaso
estaba enyugado, como el de la poesía de Schiller y el del dibujo de Retzsche.
Pero, de pronto, quedaba libre, y de un solo lírico
impulso se elevaba al azul.
*
* *
Con motivo de su muerte se han repetido los ataques
que la murmuración, con razón o sin ella, propagaban en su contra. Hemos
quedado en que nadie es perfecto en la tierra. Los defectos que se le achacan,
los pecados que se le critican, los tienen en el mundo infinitos fulanos, sólo
que en él si existieron, como parece muy probable, resaltan más al brillo de su
talento, al resplandor de su obra, que si no durará ha tenido su triunfo de
belleza. Pero a veces la crítica aparta el prestigio de los dones singulares y
se empeña en medirlo todo con igual rasero. Poco científico y poco justo.
Cartouche no es Benvenuto Cellini, y Soleilland no es César Borgia.
A esas afirmaciones, me complazco ahora en agregar
otras.
Ese aristócrata—Antonio de Zayas pertenece a la
nobleza—, ese hombre de protocolo y ese hombre de mundo, tiene un respeto y una
pasión profunda por la dignidad del pensamiento y por la pureza del Arte. Sabe
que el ciego Homero tuvo templos como los semidioses y que la lira es un
instrumento sagrado aun en la época de los gramófonos y de las pianolas. Con su
dignidad gentilicia trata a las musas, y ellas le corresponden con dones
preciados y envidiables sonrisas. Tributario de la Diplomacia, peregrino de la Carrera,
ha vivido en países extranjeros, en climas ásperos para el hijo de una tierra
armoniosa y solar, y su noble pasión por las bellas letras le ha consolado, con
la juventud y el amor, en sus horas frígidas y brumosas, pues, como Ovidio, ha
podido escribir:
Solus ad egressus missus septempticis Istri
Parrhasiae gelido Virginis axe premor.
De esas
oficiales peregrinaciones ha habido felices consecuencias poéticas. Los
paisajes distintos, las costumbres exóticas, las evocaciones históricas y los
espectáculos pintorescos han inspirado a nuestro artista de la palabra
preciosas preseas, entre las cuales rítmicos «joyeles bizantinos». Él estuvo en
ese Oriente europeo que ha cambiado de pronto al influjo del tiempo nuevo;
alcanzó a ver la vida de la Turquía misteriosa y un poco miliunanochesca que
han europeizado esos niños y ancianos terribles que se llaman los Jóvenes
Turcos. Su saber y su gusto de poeta le hicieron aprovechar del lado bello y
peregrino de las cosas. Y en armoniosas y bien sonantes estrofas nos regaló con
sus impresiones y sensaciones orientales.
Él lleva consigo su luz y su sol nativos. Así os
explicaréis cómo, según nos ha narrado en cierta hermosa página, sus Paisajes,
esos versos que se dirían impregnados de llama andaluza y de calor castellano,
fueron acordados «en las inmediaciones del Círculo Polar Ártico, durante el
rigor del invierno, cuando, rodeado de nieve por todas partes y perdida la
mirada en los turbios cristales del Melar, contemplaba en lontananza como único
límite del horizonte, inmóviles ejércitos de abetos, solemnes como obeliscos
funerarios.»
De tal modo su espíritu hizo brotar ardientes rosas
bajo toldos de brumas en instantes cimerianos. Sus Retratos antiguos,
sus Noches blancas, su Leyenda, son la prueba del
constante ingenio y la maestría elegante de un
artífice que, consciente y vigoroso, ha adornado su juventud con frescos y bien
ganados laureles. Su reciente traducción de la obra poética de Heredia ha
aumentado sus prestigios.
Se le ha querido absurdamente afiliar a esta o
aquella tendencia literaria; quiénes le hacen seguidor de los clásicos, quiénes
le declaran parnasiano, quiénes le bautizan con el absurdo epíteto de
modernista. Los primeros se fijan en algunas de sus poesías construídas según
los cánones de la poética ortodoxa castellana; los otros en la voluntaria
ausencia de todo subjetivismo emocional, en la impasibilidad escultural de
tales sonetos; los otros en sus novedades de expresión, en su virtuosismo
rítmico. Él es simplemente un poeta, un artista del verbo; sincero, de
conciencia, y como tal capaz de contradicciones en el proceso de su evolución
mental, y en lo que no ataña a las ideas primordiales. Es un admirable evocador
de figuras y escenarios del pasado. Hay en él como la herencia de una visión
ancestral. Su énfasis es atávico, así como su buen gusto y sus aptitudes de
aristócrata. Y no es un refinado hasta el límite decadente como el francés
Montesquiou-Fesenzac, sino el descendiente de los viejos poetas españoles que a
un tiempo amaban la lira y las máscaras, el arcabuz y la espada de Toledo.
Viajero y políglota, ha procurado siempre alejarse
de toda heterodoxia de lenguaje, de ser en todo y por todo de su tierra. Y su
misma simpatía por Heredia, tiene de seguro por razón el
abolengo intelectual y familiar del sonetista franco-cubano, que tuvo
ascendientes conquistadores como el bizarro don Pedro, fundador de Cartagena de
Indias.
No soy yo amigo de las traducciones en verso. Un
poeta es intraducible. Si el traductor es otro poeta, hará obra propia. El
canto del poeta extranjero no será comprendido sino por los que entienden su
música original. Con todo, alabo la traducción que Antonio de Zayas ha hecho de
la obra herediana, porque ha dado a España la poesía de un poeta que tenía
mucho en su espíritu de español; porque ha realizado su labor con nobleza y
mucho conocimiento, y porque parece en ocasiones que, al ser refundida y troquelada
con la alianza del metal castellano, vibrase más sonora la medalla francesa.
Lleno de distinción, verboso—¡como que posee, signo
de raza, el don oratorio!—amable y rebosante de hidalguía, joven, unido a una
gentil dama de gran cultura que le ha acompañado en sus viajes y que es encanto
de su casa; con títulos de nobleza y ejecutorias de talento; feliz, en lo
relativo de este mundo; así vive su lozano vivir este mi buen amigo que acabará
sus días, Deo volente, embajador y académico entre los hombres, y
portalira glorioso premiado por los dioses.
Yo le conozco desde hace ya algunos años. Solía
encontrarle en la célebre tertulia de D. Juan Valera y en casa de la condesa de
Pardo Bazán. Su conversación es tan amena como sus escritos. Su cultura es
sólida y su carácter no está agriado de pesimismos, a pesar de haberle coartado
su actividad física una penosa dolencia que ha hecho aún más sedentaria su vida
de religioso de los libros. Adora a su España, es andaluz y se encanta con la
región asturiana, que le ha hecho producir páginas hermosas. «¡Ah! exclama, si
yo no hubiese nacido bajo los verdes nopales de Gibralfaro, rezado la primera
vez ante el altar de la Virgen de Araceli, y estudiado Derecho romano a la
sombra de la torre de los Siete Suelos; si no debiera, en parte, mis pocas
felices inspiraciones—si tuve alguna—al elixir del Tío Pepe, y si
la Reina del Guadalquivir, con su Giralda, que, destacándose sobre el cielo,
parece signo de admiración por tanta y tanta grandeza, no me hubiese prohijado
más tarde, renegaría de mi tierra para hacerme asturiano y beber en el borde de
la herrada el agua cristalina y fría en donde pesca la lóndriga la
riquísima trucha, y para dormir la siesta a la sombra «proyectada por el ancho
alero del hórreo», siquiera me despertase alguna vez la fuina persiguiendo
a los pichones en el palomar cercano».
Mas es un purísimo hijo de Andalucía, y en su obra encontraréis alternados, como pasa en la
existencia de esa tierra solar, la alegría y la tristeza andaluzas, ambas
intensas y cordiales.
Yo no conozco todas las ya numerosas obras del
conde de las Navas, pero algunas que he leído me han procurado momentos de
amable solaz, me han conmovido o me han enseñado muchas cosas interesantes,
raras, curiosas o divertidas. No ha llegado a mis manos La docena del
fraile, que se publicó con un prólogo de Carlos Frontaura, jovial escritor
cuyo nombre hoy dice poco y es por muchos ignorado, pero que tuvo en su época
fama de ingenio fino y despierto. ¡Un infeliz! es una novela
que se diría romántica si no fuese el estudio observado de la realidad, el
trasunto de una vida, expuesta con procedimientos que poco se relacionan con lo
moderno y menos con lo que hoy se llama modernista, con sutileza psicológica
que nada tiene de bourgetiana, y con una gran penetración de sentimiento en lo
que puede haber de más humano y al mismo tiempo de más español.
De más está decir que todavía, cuando publicó López
Valdemoro ese libro, no había aparecido aún por estas tierras peninsulares la
influencia del más loco y terrible de los filósofos anticristianos, y que, con
todo y su cultura universal y variada, es y permanece fiel al espíritu
tradicional de su patria y conserva su pensar absolutamente ortodoxo, a pesar
de que se siente el estremecimiento de su alma ante el eterno misterio de la vida y de la muerte. ¡Un infeliz! el
protagonista, es el que, en medio de los humanos lobos, cree en el bien, en la
dignidad, en el honor, y, sobre todo, es capaz de amar de veras hasta el
sacrificio, hasta el heroísmo, hasta la soñada eternidad. El tipo no es común,
pero existe, y, sobre todo, ha existido, principalmente entre estos hidalgos
españoles.
En una edición de doscientos cincuenta ejemplares,
en papel de hilo, hoy agotada, publicó la primera serie, que no conozco, de sus
interesantes Cosas de España, la cual primera serie fué escrita en
colaboración con D. Manuel R. Zarco del Valle. Trátase en ese volumen, que se
imprimió en Sevilla, de varios asuntos: Máscara de los artífices de la platería
de México (1621); Entrevista de Carlos I y Francisco I (1538); La fuerza en
España; La destreza en España; Don Josef Daza y su arte del Toreo; Los bufones
en España y El tropezón de la risa. No han llegado a mi
conocimiento tampoco su Chavala, historia disfrazada de novela;
ni La media docena, cuentos y fábulas para niños, obra declarada de
texto, ni algunas otras de sus producciones. En la segunda serie de Cosas
de España, que poseo, hay monografías llenas de erudición sabrosa y
entretenida.
La que trata del Tabaco, aunque no muy extensa,
está escrita con verdadero amore y será leída con agrado
especial por los fumadores. (En América hemos tenido, entre otros, dos grandes fumadores delante del Eterno, ambos generales: en la
del Norte, el general Grant, y en la del Sur, el general Mitre). Hay muchos
datos peregrinos y citas bibliográficas sobre el origen del tabaco y el placer
de fumar. Ignoro si mi eminente amigo conoce un librito, o más bien folleto,
del cual encontré un ejemplar en uno de mis paseos por los puestos de libros de
viejo de los «quais» de París; me refiero al Traité-Théorique et
practique-de-Culotage des pipes-œuvre posthume-de Culot, librepenseur-Philosophe
éphectique-Professeur honoraire de pipe à la Société Œnofine-Membre-de
plusieurs Sociétés buvantes-Avec les lumières de M. P. R. fumeur
émerite.—Paris.—Etienne Sausset, Libraire Editeur.—Galeries de l’Odéon. Si
no ha leído el conde de las Navas ese opúsculo, y llega a leerlo, su buen humor
tendrá un nuevo momento de expansión, pues el francés tiene el verbo ágil y
picante y es un ferviente adorador de la «nicotiana tabacum».
Los otros trabajos de la segunda serie de las Cosas
de España, se refieren a Juan de la Cosa y su Mapa-mundi; a la Noche Buena;
a don Fernando Colón—a propósito de las muchas discusiones que ha habido sobre
si ese hijo del Almirante fué natural o legítimo—; a las Estatuas; a los Juegos
de pelota, y al Robinsón español. En todas esas páginas demuestra el escritor
que van iguales su talento de expositor y sus condiciones de «chercheur» y de
«curieux».
No han llegado a mi poder los Cuentos y
chascarrillos andaluces; pero sí he admirado a La
niña Araceli, y el escenario andaluz en que se mueve su gracia y todo ese
vivir de la famosa tierra que aún aman los moros; como me satisfizo El
procurador Yerbabuena, entre lo cómico y lo amoroso, y Retama,
el rústico, víctima de lo duro de la suerte, de la universal fatalidad que no
conoce lo bueno ni lo malo, lo justo ni lo injusto. La pelusa es
una novelita, o, como dicen los franceses, una «nouvelle», y, para seguir con
ellos, una «tranche de vie». El argumento se desarrolla en la Corte. Hay en la
narración la misma perspicacia y la misma desenvoltura ingeniosa con que el
conde ha hecho vivir los personajes y tipos de sus novelas andaluzas.
Otros libros: La decena, cuentos y
chascarrillos, inventados o recogidos de labios de amigos de buen humor.
Literatura de buena digestión y de buena conciencia. De allende el
Pajares, paisajes y cuentos trasladados e inspirados al amor del cielo y
del suelo de Asturias. Yo he pasado algunos veranos en esa región amable y me
explico el entusiasmo del autor por tierra tan llena de encantos y atractivos,
tierra sonriente en medio de una como natural melancolía y un como flotante
ensueño.
Mas una de las fases principales del espíritu del
conde de las Navas, es su faz de bibliófilo en el verdadero sentido de la
palabra. Él tiene el amor de los libros y frecuenta con asiduidad y cariño esas
casas de las ideas. No podría encontrar el rey Alfonso
XIII ni sacerdote más fervoroso, ni vigilante más celoso, a quien confiar el
santuario intelectual riquísimo que es su Biblioteca. Sabida es la gran
importancia de ella y las joyas bibliofílicas que contiene. El conde tiene
también su biblioteca particular que, según tengo entendido, es muy digna de
sus gustos y de su talento. El afecto a los libros demuestra un alma plácida y
un fondo bondadoso. La buena erudición aleja los malos sentimientos. Erasmo, o
M. Bergeret, tienen que sernos simpáticos. Además, tened por entendido que un
bibliófilo no morirá nunca aplastado por un 40 HP, o despedido por un
aeroplano. Pocos, poquísimos dice López Valdemoro en una parte de su
tratado De libros, son los verdaderos bibliófilos que aman el libro
en alma y cuerpo, por lo que dice, por su rareza en el mercado y por la buena
ropa con que aparece vestido. Si a este propósito se preguntara a don Francisco
Rodríguez Marín: «Después de las de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, ¿con qué
gran pérdida nacional cree usted que se cerró la lista de nuestro inmenso
despojo?», me atrevo a asegurar que el ilustre escritor sevillano respondería
inmediatamente: «Con la venta de la magnífica biblioteca del marqués de Xerez
de los Caballeros». Al poner el conde de las Navas tal respuesta en boca del
señor Rodríguez Marín, deja ver que él habría contestado en igual caso la misma
cosa. Él ha escrito sobre los amigos y enemigos del libro—hombres, mujeres e
insectos...—; sobre las erratas, de las cuales cita
celebérrimas; sobre el tamaño del libro; sobre los libros españoles de
sastrería; sobre el plan de un libro que se propone escribir respecto al vino;
sobre la venta de libros con dedicatorias autógrafas; sobre el arte de la
encuadernación, y sobre otras semejantes disciplinas.
Y en todo lo suyo encontraréis claridad, elegancia,
nobleza, gracia oportuna, documentado saber. Lo que él os diga, tened por
sabido que no lo encontraréis en las fáciles y usuales enciclopedias. ¡Por
Dios! Ha escrito sobre las gallinas, y para ello ha consultado ciento catorce
obras impresas y nueve manuscritos.
Recientemente hizo un viaje a Lourdes y publicó
sus Impresiones de un incurable. Esas impresiones son las de un
cristiano sincero, las de un católico prudente. Él ha leído todo lo que a
Lourdes se refiere, desde Lasserre hasta Zola, desde el abate Archelet hasta el
doctor Baraduc, desde el P. Camboné hasta Huysmans, Gourmont y tantos otros,
creyentes o ateos. Él cree en el poder de la fe y en la especialidad del
milagro, y sabía que él, en su peregrinación, no alcanzaría la
curación como otros. Él no es fanático; mas escucha en veces a la ciencia
misma, decir por boca de sabios como Ramón y Cajal: «A despecho de los inmensos
progresos acumulados en el pasado siglo, la fisiología cerebral del
entendimiento y de la voluntad, continúan siendo el enigma de los enigmas...
por mucho que se descubra no se llegará a
contemplar objetivamente el pensamiento, ni se averiguará por qué un movimiento
en lo objetivo resulta una percepción en lo subjetivo».
Del conde de las Navas han dicho: Picón, «que tiene
un estilo en que andan mezcladas por partes iguales la corrección, la sencillez
y la gracia»; el finado P. Blanco García, «que Alarcón hubiera firmado sin
escrúpulo algunos cuentos de La docena del fraile»; la condesa de
Pardo Bazán, le hace notar «su gran riqueza de diccionario»; Le Quesnel, afirma
que es «un artiste ciseleur, ou mieux un artiste joaillier qui ne cesse de
sertir des perles»—; y de su obra sobre el espectáculo nacional, dicen unos
cuantos inmortales que es magistral y merecedora de todo aplauso.
Pero entonces, vuelvo a asombrarme: ¿Por qué no
ocupa el sillón que de derecho le corresponde en la Real Academia Española, el
Excelentísimo señor don Juan Gualberto López Valdemoro, conde de las Navas y
Bibliotecario Mayor del Rey don Alfonso XIII?
Así era. Salíamos del cementerio de Nuestra Señora
de la Almudena; acabábamos de dejar bajo la tierra al poeta y escritor José
Nogales. Y había una tristeza muy grande en el ambiente, en todas las cosas.
Nada más lleno de la ceniza del otoño y de la pena del otoño que esta tarde. Yo
no voy casi nunca a entierros. Padezco la fobia de la muerte y desde mi niñez
me emponzoñó el terror católico. Quizás en la antigua Grecia, habría acompañado
con cantos alegres y con flores, los despojos de un amigo. Mas ya en mis
primeros años me poseyó el espanto de la Desnarigada.
Recuerdo que en la ciudad nicaragüense de León,
cuando un vecino estaba para expirar, tocaban en los campanarios de las viejas
iglesias un son lento y doloroso que infundía pavor, el toque de agonía. Al
oirlo, en todas las casas se rezaba, encomendando a Dios el alma del
agonizante. Eso ha desaparecido, felizmente. Pero en mi espíritu quedó la
huella de tanta temerosa impresión mediœval. Así siempre he procurado no
escribir ciertas palabras, no ocuparme en ciertos asuntos y no ir a los
entierros.
...A acompañar a Nogales si fuí. Yo no le vi nunca.
No fuí amigo personal suyo. Mas aparte de que era un compañero en La
Nación, tenía todas mis simpatías por lo noble de su espíritu, por lo
caballeresco de su manera, por lo castizo, por lo elegante y lo sensitivo.
Luego, en medio de la comedia literaria, era un sincero, decía con claridad y
franqueza su sentir y su pensar, y daba a cada cual lo suyo. Por eso creo que a
su entierro, si concurrieron algunos hombres de letras y hombres de gloria,
faltaron tales o cuales rozados por las firmes verecundias de Nogales.
...La procesión iba triste y lentamente, precedida
por el fúnebre carro modesto, sin una sola corona. Vi en la concurrencia a
Moret, a Canalejas, a Galdós y a Blasco Ibáñez, a Moya y a Castrovido, a Querol
y a Benlliure. Yo iba en compañía de Valle-Inclán y de Antonio Palomero. Y
hablábamos de la triste vida de las letras, de la terrible vida del periodismo,
del vicio de la publicidad. Una
vez que se ha probado de ella, ¡hasta el fin! Raros son los casos de
liberación. He ahí un hombre que vivía relativamente feliz en provincia y
quien, si le hubiese faltado un poco de talento, habría tenido algo más de
existencia, exenta de luchas y de afanes. Según sé, poseía algunas tierras, y
cultivaba las bellas letras en los periódicos de su región, gratamente. Pero ganó
un día un premio en el concurso de cuentos promovido por un diario de la Corte,
y a la Corte se vino lleno de ilusiones. ¿A qué? A afianzar su renombre
literario, a hacer labor de periodista, sin dejar de ser lo que fué: un artista
y un talento literario de primer orden. Esos artículos que aquí, a la francesa,
llaman crónicas, y que son vistos aun por muchos que los escriben, como cosa de
poca monta, como producción del instante y para el olvido, tuvieron en él un
buen obrero que dejó mucho de valor antológico. Mas el cuento fué su trabajo
preferido y aquel en que mayormente se hicieron notar su imaginación bizarra y
su don de buen lenguaje y su culto de la tradición castiza. Su prosa era sana y
fluida, quizá oliente todavía al terruño provincial y nativo; y si atavismos
buscárais, habría que dar el gran salto hacia Grecia, de donde parecía traer su
pasión de luz y de prosa marmórea el que pudiera ser considerado a través de
tiempo y espacio un español homérida.
Dicen los que le trataron íntimamente que era de
humor jovial y de carácter íntegro y generoso. Aún
en las penas de la enfermedad parece que guardaba sus sonrisas. Y eso que,
antes de la gravedad que le llevó al cementerio, padeció la pérdida de la
vista, y para cumplir sus compromisos con los periódicos en donde trabajaba, se
ponía a dictar miltonianamente, a una bella y joven hija suya, sus juicios y
sus fabulaciones.
Si el sepulcro es la paz, paz tenga inacabable el
compañero que ha partido.
La noticia de ese homenaje ha tenido en toda España
la mejor acogida y se ha aplaudido con todo entusiasmo. Mariano es muy admirado
y muy querido. Se juntan en su caso las dos cosas del verso de Musset:
Être admiré n’est rien: l’affaire est d’être aimé.
Es el caso rarísimo de un hombre de talento sin
enemigos. A través de la política, en su faena de periodista ha pasado
sonriendo sin que le hayan rasgado las carnes los
garfios salientes de los zarzales de los partidos. Siempre ha estado al alcance
de su pensamiento una idea generosa que su pluma ha servido con buen humor y
con gallardía. Su estilo ameno, ductil y elegante, es la transposición de su
persona. Su cultura es varia y su don de oportunidad incomparable.
«Es único—dice El Imparcial—. Humanista
y culto, a la manera de hombres insignes del siglo XVII y de muy
contados de días posteriores, trajo al periodismo español, en pleno fragor de
luchas políticas, una renovación de orientaciones y de ambiente. Su humorismo,
castizamente español, burlón sin encono, ridiculizador sin acritudes, no tiene
en el periodismo español más precedente ni semejante que el de Fígaro.»
Algunas veces se notará en su prosa cierta acidez,
pero ella no es dañosa ni aun para aquellos a quienes va destinada. Es una
acidez de manzana, de fruto sabroso. Tan castizos como él hay pocos, y, sin
embargo, aparece libre de la hiperlogia española, de la elocuencia. Su
discurrir es culto al propio tiempo que sencillo; en él va la alusión para los
refinados, la reminiscencia para el erudito y la frase llana para el pueblo. Es
el perfecto periodista.
*
* *
Ya he dicho en otra ocasión mi pensar respecto a
eso del periodismo. Hoy y siempre, un periodista y un
escritor se han de confundir. La mayor parte de los fragmentarios son
periodistas. ¡Y tantos otros! Séneca es un periodista. Montaigne y de Maistre
son periodistas, en un amplio sentido de la palabra. Todos los observadores y
comentadores de la vida han sido periodistas. Ahora, si os referís simplemente
a la parte mecánica del oficio moderno, quedaríamos en que tan sólo merecerían
el nombre de periodistas los reporters comerciales, los de los sucesos diarios,
y hasta éstos pueden ser muy bien escritores que hagan sobre un asunto árido
una página interesante, con su gracia de estilo y su buen por qué de filosofía.
Hay editoriales políticos escritos por hombres de reflexión y de vuelo, que son
verdaderos capítulos de obras fundamentales—y eso pasa.
Hay crónicas, descripciones de fiestas o
ceremoniales, escritas por reporters que son artistas, las cuales aisladamente
tendrían cabida en libros antológicos, y eso pasa. El periodista que escribe
con amor lo que escribe no es sino un escritor como otro cualquiera. Solamente
merece la indiferencia y el olvido aquel que premeditadamente se propone
escribir para el instante palabras sin lastre e ideas sin sangre. Muy hermosos
y muy útiles y muy valiosos volúmenes podrían formarse con entresacar de las
colecciones de los periódicos la producción escogida y selecta de muchos
considerados como simples periodistas.
Cávia, de quien apenas si se ha publicado alguna
que otra pequeña selección de artículos, ha tratado
en los suyos de omnia re scibilli, de letras, de arte, de poesía,
de ciencia y, sobre todo, de cosa pública, dando a cada cual lo suyo, haciendo
siempre justicia, una justicia sonriente, un si es no es campechana, no sin
mostrar cuando el caso lo ha requerido, que sus abejas productoras de muy
sabrosa miel tienen un agudo y eficaz aguijón, que, como él diría, «hace pupa».
Como clásicas han quedado sus famosas revistas de toros. Nadie como él para
narrar las peripecias pintorescas de la lidia; nadie como él para conocer la
calidad de un torero.
Por largo tiempo fué el Homero alerta, y con un
buen par de ojos, del coso. Sin abusar del especial tecnicismo que convierte
algunas páginas de esos artículos en jergas erizadas para el no ducho, sabía
contarlo y calificarlo todo con insuperable gracejo; y en sus revistas
aparecían siempre, sin arrastrarlos, sin forzarlos, el asunto de actualidad, la
nota del día, el hecho culminante, en una aplicación que ni de intento. Dejó la
literatura torera y se aplicó a esas sus impresiones del día, comento de sucedidos
y magistrales improvisaciones. Aunque en él no haya nada improvisado, a pesar
de las exigencias del periódico, porque bien nutrido como está, bien
pertrechado en toda suerte de disciplinas, siempre encuentra para toda
circunstancia la anécdota aplicable, la cita precisa, el recuerdo a propósito,
el refrán irremplazable, el verso o la frase en castellano o en cualquier
idioma vivo o muerto. El inglés, el francés, el
italiano, el portugués, los conoce perfectamente. En cuanto al latín no sé si
le conoce, pero sí que, como Sarmiento, si no sabe latín sabe latines.
¿Tiene una filosofía? Quizá la tenga guardada en
alguna gaveta de su mesa de trabajo. Sólo sé que en él no han hecho mella
ninguna de las importadas modas de pensar que han sido tan sonadas en estos
últimos tiempos. ¿Tiene una religión? También lo ignoro; pero sí sé que está en
excelentes relaciones con su paisana la Pilarica. Ateo, no es ni escéptico ni
pesimista. Jamás se ha burlado de un culto ni se ha encarnizado contra ningún
presbítero, ulema, pastor o rabino. Cree que todavía no es de mal gusto amar a
la patria y sentir entusiasmo por sus glorias al soñar en su engrandecimiento.
Es uno de los pocos que no dejan decaer las esperanzas de Juan Español. Es un
fiel discípulo de nuestro Maestro Don Miguel de Cervantes y tiene afectos y
ternuras para nuestro Señor Don Quijote de la Mancha.
*
* *
Por su don de comprensión es menester alabarle. Los
limitados, los retraídos, aunque sean dotados de fortaleza, no gustan de los
que en todo tienen la facultad de discernir. Mariano lleva su alegre discreción
a todas partes y nada le es extraño, desde la teología hasta la gramática.
Tiene sus caprichos. Un día, para indicar ciertas reformas
urgentes, anuncia que el museo del Prado se ha quemado, y hasta después de irlo
a ver la gente no se fija en el doble sentido de la ocurrencia. Otra ocasión,
recientemente, se le antoja que debe rechazarse la palabra inglesa foot-boll,
ser sustituída por una de su composición, «balompié». Y la gente, en su mayor
parte, le hace caso a Mariano y comienza a decir y a escribir «balompié».
Ha escrito versos en francés, bien hechos; no sé si
en latín, pero ciertamente en castellano como estos con que me obsequió
en El Imparcial, cuando la aparición de mis Cantos de Vida
y Esperanza, en tercetos monorrimos que compuso al modo litúrgico:
RAPSODIA
Ven, oh, musa de Rubén,
Ven a refrescar mi sien,
O a encenderla en llamas cien.
Que así eres aura sutil
O tienes con rayos mil,
Visión fiera o flor de abril.
Ya de vida y esperanza,
Ya de erótica añoranza,
Ya de plácida bonanza
Son tus cantos. Mas también
Haces plañir a Rubén
Trenos de Jerusalén.
Cuando presagia el fatal
Fin del América austral
Presa del Nemrod boreal.
No por el Mañana llores
Mientras el Hoy te da amores,
Risas, brisas, flores loores.
Cantando al Cisne de Leda
Con rima grácil y leda
Contenta tu ánima queda,
Musa andante de Rubén,
Que el americano Edén
Truecas por el parisién.
Otrora algo de tu sol
Buscas en el arrebol
Del horizonte español.
Rezas ante Don Quijote,
Para que dé nuevo brote
De vida al Reino del Zote,
Y ante el recuerdo de Goya,
En vez del «Aquí fué Troya»,
Nos brindas fúlgida joya.
Para lo bello y el Bien,
¡Vive, oh, Musa de Rubén,
Por siempre jamás, amén!
No ha sido hostil como otros para los nuevos
poetas; pero sí ha sido y es implacable para los poetas malos; nuevos y viejos.
Una cualidad habrá que reconocerle entre todas, y es ella la distinción. Es
algo de abolengo. Su estilo, aun cuando emplee términos del pueblo y trate de
tópicos ultramodernos, siempre es de capa y espada. Quevedo en el bulevar, como
antes le llamara. Como todo el mundo, claro que ha sufrido; pero con un supremo
estoicismo: no ha mostrado nunca sus quebrantos; y, a la
japonesa, ha opuesto siempre al duelo su sonrisa.
Mariano ha creado unas «marionetas» que le sirven
de intérprete de sus opiniones y de sus críticas, de vez en cuando. Madame de
la Pilongue, una francesa importada que vale por tres; el profesor Humbugman,
de la Universidad de Pluncake; Don Vicente de la Recua, Barón de la Reata,
suelen representar sus oportunos papeles en el pasar de los cotidianos
acontecimientos. También ha resucitado por su influjo otro personaje, creación
de uno de los que él considera como precursores y maestros, el perínclito don
Patricio Buena Fe, que no deja de parecemos un poco fuera de su centro y otro
poco Falot, en esta época de autos, aviación y demás cosas
precursoras del Antecristo...
*
* *
Ahora se trata de cuál sea la forma más indicada
para rendir el homenaje. Hay un nombre célebre, una vida generosa y treinta y
tantos años de labor. Por de pronto, está muy bien la lápida en la casa donde
nació. Ahora estará muy bien pensar en darle la casa donde muera. Mariano ha
sido la cigarra del periodismo. Ha desdeñado la intriga y la cábala, no ha
querido ser más que un hombre de pluma y de libertad y no ha solicitado los que
para él hubieran sido fáciles honores y prebendas. Ha sido un trabajador formidable en su temperamento acerado y hoy está tan vigoroso
de intelecto como antaño. Pero ¡qué diablos! Uno no es de granito, y un día
llega en que el cerebro necesita reposo, en que de las batallas del espíritu se
sale quebrantado, aunque uno las gane. Y para los soldados del pensamiento no
hay cuartel de inválidos. Dígalo el Mariscal Zorrilla, cuya corona de platería
anduvo, en la ancianidad del glorioso, en una casa de empeño...
Pide la Prensa que Cávia entre a la Academia. La
honra es merecida; pero no es Mariano para ir a sentarse gravemente a su sillón
en la terrible tarea de cocinar el diccionario. A menos que haga lo que Anatole
France en la Academia Francesa: no ir nunca a las sesiones. No veo yo a Mariano
discutiendo un vocablo con el señor Cotarelo, o con el padre Mir. Mas si ello
ha de ser, preparémonos a saborear el que será exquisito discurso de recepción
del Benjamín de los inmortales españoles. Aunque ha hecho y hace más por el
idioma desde las columnas de su periódico que lo que hacer podría entre los
conservadores oficiales.
Y todo eso estará muy bien; pero estamos en el
tiempo de ser prácticos. Hay que ser como los ingleses. El esfuerzo y la gloria
son un valor que se cotiza. No a todos ha de tocar el premio Nobel; y los
homenajes positivos son los más preciados homenajes. Cierto es que El
Imparcial ha apoyado y apoya eficazmente a ese escritor que le ha dado lo mejor del jugo de su cerebro; mas no se
trata de algo que deba hacer El Imparcial solo, sino toda la
prensa y los poderes que ella mueva.
Que se haga, pues, algo que valga la pena, algo
fundamental y algo contante y sonante. Y que se haga pronto, ahora que Mariano
está todavía joven. No pase como lo que cuentan de cierto militar español, que
cuando, ya viejo, le llevaban su sueldo de Capitán General, exclamaba:
—¿Y ahora para qué? ¡Si me hubiesen dado esto
cuando yo era teniente...!
En mi primaveral adolescencia era ya Cuba para mí
una tierra de poesía. La «Perla de las Antillas» era en verdad una inmensa y
maravillosa perla, llena de mansiones ilusorias y de paisajes de encanto, como
los paisajes de las Mil y una noches que el prestigioso verbo
del Dr. Mardrus nos ha hecho conocer. Yo he tenido el amor de las islas, y
entre todas Ceylán y Cuba me han atraído como dos soberbias mujeres; la una
perfumada de las más finas canelas, la otra olorosa a
rosas y jazmines. En pasados tiempos conocí a dos peregrinos que aumentaron mi
entusiasmo. Era el uno un poeta rubio, bizarro y caballeresco, que recorría
nuestro continente en una jira de leyenda, diciendo versos de amor y de patria,
conquistando simpatías para la causa de la libertad cubana y damas para sus
apetitos sentimentales y voluptuosos de don Juan errante. Se llamaba José
Joaquín Palma. Era quien había escrito ciertos versos que, encontrados entre
los papeles de Olegario Andrade, fueron publicados como del autor de la Atlántida,
rectificándose luego la equivocación.
El otro era un fogoso y armonioso orador, que en
los intermedios de sus bravas campañas patrióticas decía rimas de pasión y
cuentos de ensueños en los salones donde era su palabra un atractivo y un
hechizo. Se llamaba Antonio Zambrana. Ambos me hablaban de las dulzuras de su
tierra, de sus mujeres incomparables y de sus nidos de amor. Me llegaba un
aroma de bosques de la Isla de las Islas, un aroma de bosques entre ruidos de
mar. Soñaba con las maravillas de un suelo lleno de vida bajo un cielo todo azul
lleno de sol. Y era la visión de jardines deliciosamente criollos, exacervantes
de olores, sonoros de arrullos de paloma, de cantos de pájaros, del revolar de
las milanesianas cimarronzuelas de rojos pies... Y, como en Oriente, calcadas
en el zafiro del celeste fondo, «las palmas ¡ay! las palmas deliciosas» que
hicieron suspirar a Heredia el castellano,
nostálgico de ellas junto a la catarata yanqui.
Soñaba yo con la Habana como con una capital de
placer y de deleite. Una decoración extraña y pintorescas fortalezas sobre las
olas, playas adornadas de árboles y flores del trópico; calesas en que iban
marquesas blancas de grandes ojeras; criados negros, terribles y fieles;
elegancias europeas en un ambiente tibio de pereza sensual, y, sobre todo, una
cálida gracia que embargaría los sentidos y haría ensoñar de tal manera que se
sentiría pasar la vida como una onda de miel y una caricia de seda. Y mi adolescencia
se estremecía ante tantas imaginaciones.
Yo decía: Amar allá en Cuba debe ser amar. Decía:
El gozo en Cuba debe ser un multiplicado gozo. Y sentía como el sabor de un
beso de rara sulamita, con un algo de azúcares de níspero, de ámbar, y de la
miel y de la leche que regocijaron el paladar del querido colega, del perfecto
enamorado lírico que se llamaba Salomón.
Muchos años pasaron y pude por fin estar unas
horas—las que el vapor me permitía—en tierra cubana. No tuve tiempo de
verificar mi ensueño antiguo. Esas horas las pasé entre poetas y almas
generosas que me manifestaron su confraternidad y su cariño en un banquete
inolvidable. Entreví, sí, jardines, elegancias, ardientes poemas de carne, ojos
milagrosos. Y con los poetas, entre tanta vida, la única visita que pude hacer
fué a la Muerte. Ciertamente—el motivo no lo recuerdo—nos
dirigimos al cementerio, en aquel día un tanto opaco, con otros amigos, Kostia
el perspicuo, Hernández Miyares, cuya gentil arrogancia se arregla muy bien con
su amabilidad cordial; Raoul Cay, aquel charmant Raoul en cuya
casa bebimos un té digno de Confucio y nos vestimos de mandarines chinos con
espléndidos trajes auténticos, mientras en el salón el General Lachambre hacía
la corte a la soberbia María, hoy su respetable viuda; Julián del Casal, atormentado
y visionario como Nerval, todo hecho un panal de dolor, un acerico de penas, ya
con algo de ultratumba en las extrañas pupilas, y que hoy reposa en la paz y en
la gloria que merecieron su corazón de niño desventurado y sus versos de hondo
y exquisito príncipe de melancolías; Pichardo, el que es hoy laureado poeta de
la Isla, y yo.
Tengo presente que íbamos conversadores y que
retornamos menos locuaces y con alguna vaga tristeza. ¿Es que comprendimos que
la visita debía ser pronto pagada?... Poco tiempo después llegó la Misteriosa,
en su carro negro, a casa de nuestro pobre Julián.
Y fué en esa tarde de la visita al cementerio, como
en las horas del ágape amistoso, cuando por primera vez comuniqué con el alma
poética de Manuel Serafín Pichardo—a quien su pueblo aclama entre los
primeros—pudiendo apreciarle entre los vinos y las rosas, y junto a los
cipreses. Desde esa época «ha pasado mucha agua bajo los puentes».
El destino nos ha llevado a unos a un punto, o otros a otro. Con el poeta que
acaba de ser moralmente coronado por su patria, nos hemos encontrado, al azar
de la vida, una noche, en un teatro de Madrid, creo que en una representación
de Réjane. Cambiamos unas palabras y no nos hemos vuelto a ver. Hoy le escribo
estas para su libro de versos. Lo hago con sincero placer, a pesar de una
preocupación que ya raya en mí en supersticiosa: casi todo pórtico que he
levantado a la fábrica intelectual de un amigo, me ha caído encima...
Me encantan los versos de Pichardo, antes que todo,
porque no veo en él a un fanático de escuelas, o maniático de maneras. No se
propone enseñar, ni ponerse los hábitos apolillados de fray Luis de León, o los
casacones de Quintana, ni entablar ningún flirt con mis pasadas princesas
azules... Menos se propone componer el mundo; por lo cual le felicito de todo
corazón, no viendo la necesidad absoluta de que todos nos dediquemos a la
carrera de apóstol. Bellamente, noblemente, gallardamente, expresa el poeta sus
pensares y sentires en ritmos varios, y en veces veréis en él reminiscencias
clásicas, en veces, sobre el modo moderno, escucharéis muy sutiles melodías,
rapsodias elegantes y tal cual sonata sentimental chopinizada a la luz de la
bella luna de su patria.
A este noble poeta no le pueden acusar de no cantar
las cosas de su tierra. Patriótico, familiar, o pintor de caracteres, almas y
paisajes, ha escrito poesías que son productos cubanos
genuínos, autóctonos. Yo no sé de versos más hermosamente gráficos que
ese Danzón que exterioriza todo el picante de la molicie
lujuriosa, al mismo tiempo que transciende al perfume del corazón del terruño;
relentes de Africa, atavismos voluptuosos, ecos de legendarios ingenios, noches
de libertad jocunda, aguardiente fuerte y caña dulce y labios rojos.
El poeta va a España y allí sufre la tentación de
todo artista. Allá ha de producir cincelados sonetos castellanos à
l’instar de las labradas orfebrerías de Gautier; ha de externar su
espíritu de adorador de hermosas visiones en poemas que se demuestran sentidos
y brotados espontáneamente, con el influjo de ese soplo arcano que ha producido
en el mundo tantas maravillas y que antes se llamaba «inspiración». Si el
calificativo se usase todavía, podría decirse de este autor que es un lírico
verdaderamente inspirado.
Tiene en su rica colección una parte fúnebre que
podríamos llamar la loggia de los duelos. Allí están los afectuosos cenotafios,
los «mármoles negros», las urnas votivas, las lápidas recordatorias, los
conceptos consagrados a seres admirados o amados que han desaparecido en la
eternidad. No puedo menos que señalar los versos que dedica a Julián del Casal,
al triste Julián del Casal, a quien yo también amé mucho, pagando así la más
pura de las admiraciones y el más sincero de los afectos.
Hay en este volumen poemas de dolor, ecos de
desgarraduras, crujidos de fibras y de entrañas, lamentos lanzados al choque de
la vida. Tal lo que se contiene en «La copa amarga». Hay otros poemas de
entusiasmo, de impresiones literarias—algunas no muy de mi predilección, como
los afamados versos «A Rostand»—en que no dejan de manifestarse siempre la
bizarría, el bello gesto del esparcidor de flores o del portapalma que se
acerca a decorar el altar de su ídolo o el simulacro de su dios. En ocasiones
es escultórico, y más de una vez sus composiciones hacen recordar la dignidad
métrica de su semipaisano Heredia el francés.
La poesía doméstica que ha tentado a Pichardo es
para mí cosa peregrina y extraña. No porque la considere ingenua, arrierée y
a la papá, sino porque juzgo poco a sus anchas a las nueve musas para danzar
libremente ante los lares... Y eso que el portentoso Hugo las hizo hacer las
más lindas evoluciones en El Arte de ser abuelo. Con todo, ¡los
niños tienen tan frescas sonrisas y tan claras miradas! ¡Y Pichardo las ha
interpretado tan hondamente!
Otra cosa es la canción galante que este poeta
cultiva y prefiere y la cual vuela libre y atrevida como una abeja. Abeja que
en este caso tiene mucho en donde revolar y en donde posarse en esa tierra de
Cuba, florecida de beldades, y en donde hay tanto
Tipo oriental, nívea tez
Y el endrino pelo en haz...
Insistiré:
todas las mujeres bellas del mundo tienen sus encantos especiales; mas el
encanto de la mujer cubana es único por su algo de Oriente, por una fascinación
misteriosa, porque por pudorosa que sea hay en ella como un incesante y secreto
llamamiento. Ovidio lo diría mejor que yo:
Scilicet ut pudor est quamdam cœpine
Sic alio gratum est incipienti pati.
Y esto lo digo de las pocas cubanas que en mis
peregrinaciones por el mundo he encontrado. ¡Cómo será la delicia en el paraíso
ardiente de la Isla!
Réstame referirme a las traducciones que de varios
poetas ha hecho Pichardo. No puedo aplaudirlas sino como originales, porque no
creo en la posibilidad de una traducción de poeta que satisfaga. Apenas en
prosa se puede dar a entrever el alma de una poesía extranjera. En verso el
intento es inútil, así sea el traductor otro poeta y sea hombre de arte y de
gusto, llámese Llorente, Díez-Canedo, Leopoldo Díaz, Valencia, o Pichardo. Lo
que el lector obtendrá será una poesía de Pichardo, de Leopoldo Díaz, de Valencia
o de Llorente, o de Díez-Canedo, no de Verlaine, de Poe, de Mallarmé o de
Gœthe. Don Miguel de Cervantes sabía bien lo que se decía con lo del revés de
los tapices.
Y he aquí lo más conocido, lo más reproducido, lo
más gustado de mi amigo Pichardo: las «Ofélidas».
El nombre evoca en seguida a la pálida enamorada shakespeareana, muerta bajo
las flores; «¡flores sobre la flor!» Y el triunfo de esas poesías cortas,
intensas, comprensivas, expresivas, sensitivas, consiste en su intimidad; en
que dejan ver lo interior del poeta, los caprichos, las amarguras, las heridas.
Son pequeños estuches que encierran joyas con secretos, alfileres con más o
menos ponzoña o con casi invisibles manchas sangrientas... Son fragmentos de
vida, he ahí la razón de su boga. Por eso casi todos los grandes poetas que han
escrito «ofélidas» han ido en seguida al corazón de las gentes. Las de Heine se
llaman «Intermezzo», las de Bécquer «Rimas», las de Verlaine «Parallélement»...
Allá lejos, Catulo habría gustado de todas ellas.
Yo saludo a Pichardo, al gran poeta de Cuba, al
aparecer su brillante libro, en cuya cubierta la musa medio desnuda,
destacándose en el fondo de la sagrada selva, muestra sus blancos pechos
erectos, cerca de los cisnes, de los bienhechores, melodiosos y olímpicos
cisnes.
«Le temps et le verve que vous lui donnerez sont
des beaux éloges, dénués de la fadeur des cassolettes et de l’écœurement des
encensoirs. La louange n’est pas une; et, surtout, pas
forcément suave: elle peut être acidulée; ce n’est pas la pire. Et le
«toujours Lui, Lui partout!» de votre brillante critique, représente une salve
d’applaudissements qui a bien son prix. La gentiane est amère, le pavot empoisonné,
la belladone, vénéneuse: elles n’en sont pas moins des fleurs salutaires,
belles, entre toutes, que plusieurs, non des moins difficiles, preféreront au
jasmin. Et leur gerbe, déposée au socle d’un buste, l’honore autant que le
ferait la flore étoilée.»
Los poemas de Marinetti son violentos, sonoros y
desbridados. He ahí el efecto de la fuga italiana en un órgano francés. Y es
curioso observar, que aquel que más se le parece es el flamenco Verhaeren. Pero
el hablaros ahora de Marinetti es con motivo de una encuesta que hoy hace, a
propósito de una nueva escuela literaria que ha fundado, o cuyos principios ha
proclamado con todos los clarines de su fuerte verbo. Esta escuela se llama El
Futurismo.
Solamente que el Futurismo estaba ya fundado por el
gran mallorquín Gabriel Alomar. Ya he hablado de esto en las Dilucidaciones,
que encabezan mi Canto errante.
¿Conocía Marinetti el folleto en catalán en que
expresa sus pensares de futurista Alomar? Creo que no, y que no se trata sino
de una coincidencia. En todo caso, hay que reconocer la prioridad de la
palabra, ya que no de toda la doctrina.
¿Cuál es ésta?
Vamos a verlo.
*
* *
1. «Queremos cantar el amor del peligro, el hábito
de la energía y de la temeridad». En la primera proposición paréceme que el
futurismo se convierte en pasadismo. ¿No está todo eso en Homero?
2. «Los elementos esenciales de nuestra poesía
serán el valor, la audacia y la rebeldía». ¿No está todo eso ya en todo el
ciclo clásico?
3. «Habiendo hasta ahora magnificado la literatura
la inmovilidad pensativa, el éxtasis y el sueño, queremos exaltar el movimiento
agresivo, el insomnio febriciente, el paso gimnástico, el salto peligroso, la
bofetada y el puñetazo». Creo que muchas cosas de esas están ya en el mismo
Homero, y que Píndaro es un excelente poeta de los deportes.
4. «Declaramos que el esplendor del mundo se ha
enriquecido con una belleza nueva: la belleza de la velocidad. Un automóvil de
carrera, con su cofre adornado de gruesos tubos semejantes a serpientes de
aliento explosivo... un automóvil rugiente, que parece que corre sobre
metrallas, es más bello que la Victoria de
Samotracia». No comprendo la comparación. ¿Qué es más bello, una mujer desnuda
o la tempestad? ¿Un lirio o un cañonazo? ¿Habrá que releer, como decía Mendès,
el prefacio del Cronwell?
5. «Queremos cantar al hombre que tiene el volante,
cuyo bello ideal traspasa la Tierra lanzada ella misma sobre el circuito de su
órbita». Si no en la forma moderna de comprensión, siempre se podría volver a
la antigüedad en busca de Belerofontes o Mercurios.
6. «Es preciso que el poeta se gaste con calor,
brillo y prodigalidad, para aumentar el brillo entusiasta de los elementos
primordiales». Plausible. Desde luego es ello un impulso de juventud y de
conciencia, de vigor propio.
7. «No hay belleza sino en la lucha. No hay obra
maestra sin un carácter agresivo. La poesía debe ser un asalto violento contra
las fuerzas desconocidas, para imponerles la soberanía del hombre». ¿Apolo y
Anfion inferiores a Herakles? Las fuerzas desconocidas no se doman con la
violencia. Y, en todo caso, para el Poeta, no hay fuerzas desconocidas.
8. «Estamos sobre el promontorio extremo de los
siglos... ¿Para qué mirar detrás de nosotros, puesto que tenemos que
descerrajar los vantaux de lo Imposible? El Tiempo y el
Espacio han muerto ayer. Vivimos ya en lo Absoluto, puesto que hemos ya creado
la eterna rapidez omnipotente». ¡Oh, Marinetti! El automóvil es un pobre escarabajo soñado, ante la eterna Destrucción que se
revela, por ejemplo, en el reciente horror de Trinacria.
9. «Queremos glorificar la guerra—sola higiene del
mundo,—el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas,
las bellas Ideas que matan, y el desprecio de la mujer». El poeta innovador se
revela oriental, nietszcheano, de violencia acrática y destructora. ¿Pero para
ello artículos y reglamentos? En cuanto a que la Guerra sea la única higiene
del mundo, la Peste reclama.
10. «Queremos demoler los museos, las bibliotecas,
combatir el moralismo, el feminismo y todas las cobardías oportunistas
utilitarias».
11. «Cantaremos las grandes muchedumbres agitadas
por el trabajo, el placer o la revuelta; las resacas multicoloras y polifónicas
de las revoluciones en las capitales modernas, la vibración nocturna de los
arsenales y los astilleros bajo sus violentas lunas eléctricas; las estaciones
glotonas y tragadoras de serpientes que humean, los puentes de saltos de
gimnasta lanzados sobre la cuchillería diabólica de los ríos asoleados; los
paquebots aventureros husmeando el horizonte; las locomotoras de gran pecho,
que piafan sobre los rieles, como enormes caballos de acero embridados de
largos tubos, y el vuelo deslizante de los aeroplanos, cuya hélice tiene
chasquidos de bandera y de muchedumbre entusiasta.» Todo esto es hermosamente
entusiástico y, más que todo, hermosamente juvenil.
Es una plataforma de plena juventud; por serlo, tiene sus inherentes cualidades
y sus indispensables puntos vulnerables.
*
* *
Dicen los futuristas, por boca de su
principal leader, que lanzan en Italia esa proclama—que está en
francés, como todo manifiesto que se respeta—porque quieren quitar a Italia su
gangrena de profesores, de arqueólogos, de ciceroni y de anticuarios. Dicen que
Italia es preciso que deje de ser el «grand marché des brocanteurs». No estamos
desde luego en pleno futurismo cuando son profesores italianos los que llaman a
ilustrar a sus pueblos respectivos un Teodoro Roosevelt y un Emilio Mitre.
Es muy difícil la transformación de ideas
generales, y la infiltración en las colectividades humanas se hace por capas
sucesivas. ¿Que los museos son cementerios? No nos peladanicemos demasiado. Hay
muertos de mármol y de bronce en parques y paseos, y si es cierto que algunas
ideas estéticas se resienten de la aglomeración en esos edificios oficiales, no
se ha descubierto por lo pronto nada mejor con que sustituir tales ordenadas y
catalogadas exhibiciones. ¿Los Salones? Eso ya es otra cosa.
La principal idea de Marinetti es que todo está en
lo que viene y casi nada en lo pasado. En un cuadro antiguo no ve más que «la
contorsión penosa del artista que se esfuerza en romper
las barreras infranqueables a su deseo de expresar enteramente su ensueño.»
Pero ¿es que en lo moderno se ha conseguido esto? Si es un ramo de flores cada
año, a lo más, el que hay que llevar funeralmente a la «Gioconda», ¿qué haremos
con los pintores contemporáneos de golf y automóvil? Y ¡adelante! Pero ¿a
dónde? Si ya no existen Tiempo y Espacio, ¿no será lo mismo ir hacia Adelante
que hacia Atrás?
Los más viejos de nosotros, dice Marinetti, tienen
treinta años. He allí todo. Se dan diez años para llenar su tarea, y en seguida
se entregan voluntariamente a los que vendrán después. «Ellos se
levantarán—¡cuando los futuristas tengan cuarenta años!—ellos se levantarán al
rededor de nosotros, angustiados y despechados, y todos exasperados por nuestro
orgulloso valor infatigable, se lanzarán para matarnos, con tanto mayor odio
cuanto que su corazón estará ebrio de amor y de admiración por nosotros.»
¡Y en este tono la oda continúa con la misma
velocidad e ímpetu!
¡Ah, maravillosa juventud! Yo siento cierta
nostalgia de primavera impulsiva al considerar que sería de los devorados,
puesto que tengo más de cuarenta años. Y, en su violencia, aplaudo la intención
de Marinetti, porque la veo por su lado de obra de poeta, de ansioso y valiente
poeta que desea conducir el sagrado caballo hacia nuevos horizontes.
Encontraréis en todas esas cosas mucho de excesivo; el
son de guerra es demasiado impetuoso; pero ¿quiénes sino los jóvenes, los que
tienen la primera fuerza y la constante esperanza, pueden manifestar los
intentos impetuosos y excesivos?
*
* *
Lo único que yo encuentro inútil es el manifiesto.
Si Marinetti con sus obras vehementes ha probado que tiene un admirable talento
y que sabe llenar su misión de Belleza, no creo que su manifiesto haga más que
animar a un buen número de imitadores a hacer «futurismo» a ultranza, muchos,
seguramente, como sucede siempre, sin tener el talento ni el verbo del
iniciador. En la buena época del simbolismo hubo también manifiestos de jefes
de escuela, desde Moreas hasta Ghil. ¿En qué quedó todo eso? Los naturistas
también «manifestaron» y la pasajera capilla tuvo resonancia, como el
positivismo, en el Brasil. Ha habido después otras escuelas y otras proclamas
estéticas. Los más viejos de todos esos revolucionarios de la literatura no han
tenido treinta años.
El calvo D’Annunzio no sé cuántos tiene ya, y
fíjese Marinetti que el glorioso italiano goza de buena salud después de la
bella bomba con que intentó demolerle. Los dioses se van y hacen bien. Si así
no fuese no habría cabida para todos en este pobre mundo. Ya se irá también
D’Annunzio. Y vendrán otros dioses que asimismo tendrán que
irse cuando les toque el turno, y así hasta que el cataclismo final haga
pedazos la bola en que rodamos todos hacia la eternidad, y con ella todas las
ilusiones, todas las esperanzas, todos los ímpetus y todos los sueños del
pasajero rey de la creación. Lo Futuro es el incesante turno de la Vida y de la
muerte. Es lo pasado al revés. Hay que aprovechar las energías en el instante,
unidos como estamos en el proceso de la universal existencia. Y después
dormiremos tranquilos y por siempre jamás. Amén.
|
|
Págs. |
OBRAS COMPLETAS
DE
FRANCISCO VILLAESPESA
TOMOS PUBLICADOS
I.—Intimidades.—Flores de almendro.
II.—Luchas.—Confidencias.
III.—La copa del rey de Thule.—La musa enferma.
IV.—El alto de los bohemios.—Rapsodias.
V.—Las horas que pasan.—Veladas de amor.
VI.—Las joyas de Margarita: Breviario de amor.—La
tela de Penélope.—El Milagro del vaso de agua.
VII.—Doña María de Padilla.—La cena de los
cardenales.
VIII.—El Milagro de las Rosas.—Resurrección. Amigas
viejas.
IX.—Las granadas de rubíes.—Las pupilas de
almotadid.—Las garras de la pantera.—El último Abderramán.
X.—Tristitiæ rerum.
XI.—La leona de Castilla.—En el desierto.
XII.—El rey Galaor. El triunfo del amor.
EDITORIAL MUNDO LATINO
Barbieri, 1 duplicado.—Apartado 502
——MADRID——
Las librerías de España y América deberán dirigir
sus pedidos a la
Sociedad General Española de Librería.
Diarios, revistas y publicaciones (S. A.)
——FERRAZ,——21 MADRID——
|
ciuda griega=> ciudad griega {pg 7} |
|
En estas paginas=> En estas páginas {pg
17} |
|
los intectuales=> los intelectuales {pg
18} |
|
Es el mismo Sweendenborg=> Es el mismo
Swedenborg {pg 23} |
|
Gentón epistolario=> Centón epistolario
{pg 29} |
|
ella en su rerepertorio=> ella en su
repertorio {pg 39} |
|
Confesions of an opium eater=>
Confessions of an opium eater {pg 49} |
|
quitarme la convinción=> quitarme la
convincción {pg 49} |
|
Lep Morticoles=> Les Morticoles {pg 51} |
|
los últimos movientos=> los últimos
movimientos {pg 54} |
|
naturalmentedes pertaron=> naturalmente
despertaron {pg 57} |
|
Nel plenilunio di calendimaagio=> Nel
plenilunio di calendimaggio {pg 71} |
|
«It is better to have loved and los than
never to have lovei at all»=> «It is better to have loved and lost than
never to have loved at all» {pg 75} |
|
Arthur Simons es un poeta y escritor
inglés=> Arthur Symons es un poeta y escritor inglés {pg 89} |
|
casa de arte allá en Taliti=> casa de
arte allá en Tahiti {pg 100} |
|
más admirativos cenceptos=> más
admirativos conceptos {pg 100} |
|
Etre admire n’est rien, l’affaire est
d’être aimé,=> Être admiré n’est rien, l’affaire est d’être aimé, {pg 102} |
|
como Lytton Bwllver=> como Lytton
Bullver {pg 110} |
|
los selanitas=> los selenitas {pg 116} |
|
ya dicho Perso=> ya dicho Perseo {pg
119} |
|
CATULLE MENDÉS=> CATULLE MENDÈS {pg 135} |
|
mes tendres et donloureux=> mes tendres
et douloureux {pg 137} |
|
conocimiento tampoco=> conocimiento
tammpoco {pg 156} |
|
facultad de discenir=> facultad de
discernir {pg 171} |
|
alegre discrección=> alegre discreción
{pg 171} |
|
Es algo de abolego=> Es algo de abolengo
{pg 173} |
|
en a ancianidad=> en la ancianidad {pg
175} |
|
que Cavia entre=> que Cávia entre {pg
175} |
|
bebimos un te=> bebimos un té {pg 180} |
|
l’ocœurement des encensoirs=>
l’écœurement des encensoirs {pg 188} |
|
Teodoro Rooselvet=> Teodoro Roosevelt
{pg 192} |
|
Saint-Poul-Roux=> Saint-Pol-Roux {pg
197—índice} |
End of the Project Gutenberg EBook of Letras, by
Rubén Darío
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LETRAS ***


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