© Libro N° 9705. Cuentos Y Crónicas. Obras Completas Vol. XIV. Rubén
Darío. Emancipación. Marzo 19 de 2022.
Título original: © Cuentos Y Crónicas. Obras Completas Vol. XIV. Rubén
Darío
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Original: © Cuentos Y Crónicas. Obras Completas Vol. XIV. Rubén Darío
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Obras Completas Vol. XIV
Rubén Darío
Cuentos Y Crónicas
Obras Completas Vol. XIV
Rubén Darío
Title: Cuentos Y Crónicas
Obras Completas Vol. XIV
Author: Rubén Darío
Illustrator: Enrique Ochoa
Release Date: April 2, 2016
[EBook #51627]
Language: Spanish
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CUENTOS
Y CRÓNICAS
ES PROPIEDAD
Cuentos y
Crónicas
POR
R U B E N D A R I O
ILUSTRACIONES
DE
Enrique Ochoa
VOLUMEN XIV
DE LAS OBRAS COMPLETAS
ADMINISTRACIÓN
EDITORIAL «MUNDO LATINO»
MADRID
EL CASO DE LA
SEÑORITA AMELIA
(CUENTO DE «AÑO NUEVO»)
Las tres señoritas Revall hubieran podido
hacer
competencia a las tres Gracias.
I
—Caballero—me dijo saboreando el champaña—; si yo
no estuviese completamente desilusionado de la juventud; si no supiese que
todos los que hoy empezáis a vivir estáis ya muertos, es decir, muertos del
alma, sin fe, sin entusiasmo, sin ideales, canosos por dentro; que no sois sino
máscaras de vida, nada más... sí, sino supiese eso, si viese en vos algo más
que un hombre joven de fin de siglo, os diría que esa frase que acabáis de
pronunciar: «¡Oh, si el tiempo pudiera detenerse!», tiene en mí la respuesta más
satisfactoria.
—¡Doctor!
—Sí, os repito que vuestro escepticismo me impide
hablar, como hubiera hecho en otra ocasión.{9}
—Creo—contesté con voz firme y serena—en Dios y su
Iglesia. Creo en los milagros. Creo en lo sobrenatural.
—En ese caso, voy a contaros algo que os hará
sonreir. Mi narración espero que os hará pensar.
En el comedor habíamos quedado cuatro convidados, a
más de Mina, la hija del dueño de casa: el periodista Riquet, el abate Pureau,
recién enviado por Hirch, el doctor y yo. A lo lejos oíamos en la alegría de
los salones la palabrería usual de la hora primera del año nuevo: happy
new year! happy new year! ¡Feliz año nuevo!
El doctor continuó:
—¿Quién es el sabio que se atreve a decir esto es
así? Nada se sabe. Ignoramus et ignorabimus. ¿Quién conoce a
punto fijo la noción del tiempo? ¿Quién sabe con seguridad lo que es el
espacio? Va la ciencia a tanteo, caminando como una ciega, y juzga a veces que
ha vencido cuando logra advertir un vago reflejo de la luz verdadera. Nadie ha
podido desprender de su círculo uniforme la culebra simbólica. Desde el tres
veces más grande, el Hermes, hasta nuestros días, la mano humana ha podido
apenas alzar una línea del manto que cubre a la eterna Isis.{10} Nada
ha logrado saberse con absoluta seguridad en las tres grandes expresiones de la
Naturaleza: hechos, leyes, principios. Yo que he intentado profundizar en el
inmenso campo del misterio, he perdido casi todas mis ilusiones.
Yo que he sido llamado sabio en Academias ilustres
y libros voluminosos; yo que he consagrado toda mi vida al estudio de la
humanidad, sus orígenes y sus fines; yo que he penetrado en la cábala, en el
ocultismo y en la teosofía, que he pasado del plan material del sabio al
plano astral del mágico y al plan espiritual del mago,
que sé cómo obraba Apolonio el Thianense y Paracelso, y que he ayudado en su
laboratorio, en nuestros días, al inglés Crookes; yo que ahondé en el Karma
búdhico y en el misticismo cristiano, y sé al mismo tiempo la ciencia
desconocida de los fakires y la teología de los sacerdotes romanos, yo os digo
que no hemos visto los sabios ni un solo rayo de la luz suprema, y
que la inmensidad y la eternidad del misterio forman la única
y pavorosa verdad.
Y dirigiéndose a mí:
—¿Sabéis cuáles son los principios del hombre?
Grupa, jiba, linga, sharira, kama, rupa, manas, buddhi, atma, es decir: el
cuerpo,{11} la fuerza vital, el cuerpo astral, el
alma animal, el alma humana, la fuerza espiritual y la esencia espiritual...
Viendo a Minna poner una cara un tanto desolada, me
atreví a interrumpir al doctor:
—Me parece que íbais a demostrarnos que el
tiempo...
—Y bien, dijo, puesto que no os placen las
disertaciones por prólogo, vamos al cuento que debo contaros, y es el
siguiente:
—Hace veintitrés años, conocí en Buenos Aires a la
familia Revall, cuyo fundador, un excelente caballero francés, ejerció un cargo
consular en tiempo de Rosas. Nuestras casas eran vecinas, era yo joven y
entusiasta, y las tres señoritas Revall hubieran podido hacer competencia a las
tres Gracias. Demás está decir que muy pocas chispas fueron necesarias para
encender una hoguera de amor...
Amooor, pronunciaba el sabio obeso, con el pulgar de la
diestra metido en la bolsa del chaleco, y tamborileando sobre su potente
abdomen con los dedos ágiles y regordetes, y continuó:
—Puedo confesar francamente que no tenía
predilección por ninguna, y que Luz, Josefina y Amelia ocupaban en mi corazón
el mismo lugar. El mismo, tal vez no; pues los dulces{12} al
par que ardientes ojos de Amelia, su alegre y roja risa, su picardía
infantil... diré que era ella mi preferida. Era la menor; tenía doce años
apenas, y yo ya había pasado de los treinta. Por tal motivo, y por ser la
chicuela de carácter travieso y jovial, tratábala yo como niña que era, y entre
las otras dos repartía mis miradas incendiarias, mis suspiros, mis apretones de
manos y hasta mis serias promesas de matrimonio, en una, os lo confieso, atroz
y culpable bigamia de pasión. ¡Pero la chiquilla, Amelia!... Sucedía que,
cuando yo llegaba a la casa, era ella quien primero corría a recibirme, llena
de sonrisas y zalamerías: «¿Y mis bombones?» He aquí la pregunta sacramental.
Yo me sentaba regocijado, después de mis correctos saludos, y colmaba las manos
de la niña de ricos caramelos de rosas y de deliciosas grajeas de chocolate, los
cuales, ella, a plena boca, saboreaba con una sonora música palatinal, lingual
y dental. El por qué de mi apego a aquella muchachita de vestido a media pierna
y de ojos lindos, no os lo podré explicar; pero es el caso que, cuando por
causa de mis estudios tuve que dejar Buenos Aires, fingí alguna emoción al
despedirme de Luz, que me miraba con anchos ojos doloridos{13} y
sentimentales; dí un falso apretón de manos a Josefina, que tenía entre los
dientes, por no llorar, un pañuelo de batista, y en la frente de Amelia
incrusté un beso, el más puro y el más encendido, el más casto y el más
ardiente ¡qué sé yo! de todos los que he dado en mi vida. Y salí en un barco
para Calcuta, ni más ni menos que como vuestro querido y admirado general
Mansilla cuando se fué a Oriente, lleno de juventud y de sonoras y flamantes
esterlinas de oro. Iba yo, sediento ya de las ciencias ocultas, a estudiar
entre los mahatmas de la India lo que la pobre ciencia occidental no puede
enseñarnos todavía. La amistad epistolar que mantenía con madama Blavatsky,
habíame abierto ancho campo en el país de los fakires, y más de un gurú, que
conocía mi sed de saber, se encontraba dispuesto a conducirme por buen camino a
la fuente sagrada de la verdad. Fuí ¡ay! en busca de la verdad, y si es cierto
que mis labios creyeron saciarse en sus frescas aguas diamantinas, mi sed no se
pudo aplacar. Busqué, busqué con tesón lo que mis ojos ansiaban contemplar, el
Keherpas de Zoroastro, el Kalep persa, el Kovei-Khan de la filosofía india, el
archoeno de Paracelso, el limbuz de Swedemborg; oí la palabra de{14} los monjes budhistas en medio de las florestas
del Thibet; estudié los diez sephiroth de la Kabala, desde el que simboliza el
espacio sin límites hasta el que, llamado Malkuth, encierra el principio de la
vida. Estudié el espíritu, el aire, el agua, el fuego, la altura, la
profundidad, el Oriente, el Occidente, el Norte y el Mediodía; y llegué casi a
comprender y aun a conocer íntimamente a Satán, Lucifer, Ashtarot, Beelzebutt,
Asmodeo, Belphegor, Mabema, Lilith, Adrameleh y Baal. En mis ansias de
comprensión; en mi insaciable deseo de sabiduría; cuando juzgaba haber llegado
al logro de mis ambiciones, encontraba los signos de mi debilidad y las
manifestaciones de mi pobreza, y estas ideas. Dios, el espacio, el tiempo,
formaban la más impenetrable bruma delante de mis pupilas... Viajé por Asia,
Africa, Europa y América. Ayudé al coronel Olcot a fundar la rama teosófica de
Nueva York. Y a todo esto—recalcó de súbito el doctor, mirando fijamente a la
rubia Minna—¿sabéis lo que es la ciencia y la inmortalidad de todo? ¡Un par de
ojos azules... o negros!{15}
II
—¿Y el fin del cuento?—gimió dulcemente la
señorita.
El doctor, más serio que nunca, dijo:
—Juro, señores, que lo que estoy refiriendo es de
una absoluta verdad. ¿El fin del cuento? Hace apenas una semana he vuelto a la
Argentina, después de veintitrés años de ausencia. He vuelto gordo, bastante
gordo, y calvo como una rodilla; pero en mi corazón he mantenido ardiente el
fuego del amor, la vestal de los solterones. Y, por tanto, lo primero que hice
fué indagar el paradero de la familia Revall. «¡Los Revall—me dijeron—las del
caso de Amelia Revall!», y estas palabras acompañadas con una especial sonrisa.
Llegué a sospechar que la pobre Amelia, la pobre chiquilla... Y buscando,
buscando, di con la casa. Al entrar, fuí recibido por un criado negro y viejo,
que llevó mi tarjeta, y me hizo pasar a una sala donde todo tenía un vago tinte
de tristeza. En las paredes, los espejos estaban cubiertos con velos de luto, y
dos grandes retratos, en los{16} cuales reconocí a
las dos hermanas mayores, se miraban melancólicos y oscuros sobre el piano. A
poco, Luz y Josefina: «¡Oh, amigo mío, oh, amigo mío!» Nada más. Luego, una
conversación llena de reticencias y de timideces, de palabras entrecortadas y
de sonrisas de inteligencia tristes, muy tristes. Por todo lo que logré
entender, vine a quedar en que ambas no se habían casado. En cuanto a Amelia,
no me atreví a preguntar nada... Quizás mi pregunta llegaría a aquellos pobres
seres, como una amarga ironía, a recordar tal vez una irremediable desgracia y
una deshonra... En esto vi llegar saltando a una niñita, cuyo cuerpo y rostro
eran iguales en todo a los de mi pobre Amelia. Se dirigió a mí, y con su misma
voz exclamó: «¿Y mis bombones?». Yo no hallé qué decir.
III
Las dos hermanas se miraban pálidas, pálidas, y
movían la cabeza desoladamente...
Mascullando una despedida y haciendo una zurda
genuflexión, salí a la calle, como perseguido{17} por
algún soplo extraño. Luego lo he sabido todo. La niña que yo creía fruto de un
amor culpable es Amelia, la misma que yo dejé hace veintitrés años, la cual se
ha quedado en la infancia, ha contenido su carrera vital. Se ha detenido para
ella el reloj del Tiempo, en una hora señalada ¡quién sabe con qué designio del
desconocido Dios!
El Doctor Z era en este momento todo calvo...
Tenía un parecido tan exacto con
los retratos de María Antonieta...
I
No recuerdo bien quién fué el que me condujo a
aquel grupo de damas, donde florecían la yanqui, la italiana, la argentina... Y
mi asombro encantado ante aquella otra seductora y extraña mujer, que llevaba
al cuello, por todo adorno, un estrecho galón rojo... Luego, un diplomático que
lleva un nombre ilustre me presentó al joven alemán políglota, fino, de un
admirable don de palabra, que iba, de belleza en belleza, diciendo las cosas{24} agradables y ligeras que placen a las mundanas.
—M. Wolfhart, me había dicho el ministro. Un hombre
amenísimo. Conversé largo rato con el alemán, que se empeñó que hablásemos
castellano y, por cierto, jamás he encontrado un extranjero de su nacionalidad
que lo hablase tan bien. Me refirió algo de sus viajes por España y la América
del Sur. Me habló de amigos comunes y de sus aficiones ocultistas. En Buenos
Aires había tratado a un gran poeta y a un mi antiguo compañero, en una oficina
pública, el excelente amigo Patricio... En Madrid... Al poco rato teníamos las
más cordiales relaciones. En la atmósfera de elegancia del hotel llamó mi
atención la señora que apareció un poco tarde, y cuyo aspecto evocaba en mí
algo de regio y de elegante a la vez. Como yo hiciese notar a mi interlocutor
mi admiración y mi entusiasmo, Wolfhart me dijo por lo bajo, sonriendo de
cierto modo:
«¡Fíjese usted! ¡Una cabeza histórica! ¡Una cabeza
histórica!» Me fijé bien. Aquella mujer tenía por el perfil, por el peinado, si
no con la exageración de la época, muy semejante a las «coiffures à la
Cléopâtre», por el aire, por la manera y, sobre todo, después{25} que
me intrigara tanto un galón rojo que llevaba por único adorno en el cuello,
tenía, digo, un parecido tan exacto con los retratos de la reina María
Antonieta, que por largo rato permanecí contemplándola en silencio. ¿En
realidad, era una cabeza histórica? Y tan histórica por la vecindad... A dos
pasos de allí, en la plaza de la Concordia... Sí, aquella cabeza que se peinara
a «la circasiana», «à la Belle Poule», «al casco inglés», «al gorro de candor»,
«à la queue en flambeau d’amour», «à la chien couchant», «à la Diane», a la
tantas cosas más, aquella cabeza...
Se sentó la dama a un extremo del hall, y la única
persona con quien hablara fué Wolfhart, y hablaron, según me pareció, en
alemán. Los vinos habían puesto en mi imaginación su movimiento de brumas de
oro, y alrededor de la figura de encanto y de misterio hice brotar un vuelo de
suposiciones exquisitas. La orquesta, con las oportunidades de la casualidad,
tocaba una pavana. Cabelleras empolvadas, «moscas asesinas», trianones de
realizados ensueños, galantería pomposa y libertinaje encintado de poesía, tantas
imágenes adorables, tanta gracia sutil o pimentada, de página de memoria, de
anécdotas, de correspondencia, de pánfleto... Me{26} venían
al recuerdo versos de los más lindos escritos con tales temas, versos de
Montesquiou Fezensac, de Regnier, los preciosos poemas italianos de Lucini... Y
con la fantasía dispuesta, los cuentos milagrosos, las materializaciones
estudiadas por los sabios de los libros arcanos, las posibilidades de la
ciencia, que no son sino las concesiones a un enigma cada día más hondo, a
pesar de todo... La fácil excitabilidad de mi cerebro estuvo pronto en acción.
Y, cuando después de salir de mis cogitaciones, pregunté al alemán el nombre de
aquella dama, y él me embrolló la respuesta, repitiendo tan sólo lo de lo
histórico de la cabeza, no quedé ciertamente satisfecho. No creí correcto
insistir; pero, como siguiendo en la charla yo felicitase a mi flamante amigo
por haber en Alemania tan admirables ejemplares de hermosura, me dijo
vagamente: «No es de Alemania, es de Austria». Era una belleza «austriaca...» Y
yo buscaba la distinta semejanza de detalle con los retratos de Kucharsky, de
Riotti, de Boizont, y hasta con las figuras de cera de los sótanos del museo
Grevin...{27}
II
—Es temprano aún me dijo Wolfhart, al dejarle en la
puerta del hotel en que habitaba. Pase usted un momento, charlaremos algo más
antes de mi partida. Mañana me voy de París, y quién sabe cuándo nos volveremos
a encontrar. Entre usted. Tomaremos, a la inglesa, un «whisky-and-soda» y le
mostraré algo interesante. Subimos a su cuarto por el ascensor. Un «valet» nos
hizo llevar el bebedizo británico, y el alemán sacó un cartapacio lleno de
viejos papeles. Había allí un retrato antiguo, grabado en madera.
—He aquí, me dijo, el retrato de un antecesor mío,
Theobald Wolfhart, profesor de la Universidad de Heidelberg. Este abuelo mío
fué posiblemente un poco brujo, pero de cierto, bastante sabio. Rehizo la obra
de Julius Obsequens sobre los prodigios, impresa por Aldo Manucio, y publicó un
libro famoso, el Prodigiorum ac ostentorum chronicon, un infolio
editado en Basilea, en 1557. Mi antepasado no lo publicó con su nombre, sino
bajo el pseudónimo de Conrad Lycosthenes.{28} Theobald
Wolfhart era un filósofo sano de corazón, que, a mi entender, practicaba la
magia blanca. Su tiempo fué terrible, lleno de crímenes y desastres. Aquel
moralista empleó la revelación para combatir las crueldades y perfidias, y
expuso a las gentes, con ejemplos extraordinarios, cómo se manifiestan las
amenazas de lo invisible por medio de signos de espanto y de incomprensibles
fenómenos. Un ejemplo será la aparición del cometa de 1557, que no duró sino un
cuarto de hora, y que anunció sucesos terribles. Signos en el cielo, desgracias
en la tierra. Mi abuelo habla de ese cometa que él vió en su infancia y que era
enorme, de un color sangriento, que en su extremidad se tornaba del color del
azafrán. Vea usted esta estampa que lo representa, y su explicación por
Lycosthenes. Vea usted los prodigios que vieron sus ojos. Arriba hay un brazo
armado de una colosal espada amenazante, tres estrellas brillan en la
extremidad, pero la que está en la punta es la mayor y más resplandeciente. A
los lados hay espadas y puñales, todo entre un círculo de nubes, y entre esas
armas hay unas cuantas cabezas de hombres. Más tarde escribía sobre tales
fantásticas maravillas Simon Goulard, refiriéndose al cometa: «Le{29} regard d’icelle donna telle frayeur a plusieurs
qu’aucuns en moururent; autres tombèrent malades». Y Petrus Greusserus,
discípulo de Lichtenberg—el astrólogo—dice un autor, que, habiendo sometido el
fenómeno terrible a las reglas de su arte, sacó las consecuencias naturales, y
tales fueron los pronósticos, que los espíritus más juiciosos padecieron
perturbación durante más de medio siglo. Si Lycosthenes señala los desastres de
Hungría y de Roma, Simon Goulard habla de las terribles asolaciones de los
turcos en tierra húngara, el hambre en Suabia, Lombardía y Venecia, la guerra
en Suiza, el sitio de Viena de Austria, sequía en Inglaterra, desborde del
Océano en Holanda y Zelanda y un terremoto que duró ocho días en Portugal.
Lycosthenes sabía muchas cosas maravillosas. Los peregrinos que retornaban de
Oriente contaban visiones celestes. ¿No se vió en 1480 un cometa en Arabia, de
apariencia amenazante y con los atributos del Tiempo y de la Muerte? A los
fatales presagios sucedieron las devastaciones de Corintia, la guerra en
Polonia. Se aliaron Ladislao y Matías el Huniada. Vea usted este rasgo de un
comentador: «Las nubes tienen sus flotas como el aire sus ejércitos»; pero
Lycosthenes,{30} que vivía en el centro de
Alemania, no se asienta sobre tal hecho. Dice que en el año 114 de nuestra era,
simulacros de navíos se vieron entre las nubes. San Agobardo, obispo de Lyon,
está más informado. Él sabe a maravilla a qué región fantástica se dirigen esas
ligeras naves. Van al país de Magonia, y sólo por reserva el santo prelado no
dice su itinerario. Esos barcos iban dirigidos por los hechiceros llamados tempestarii.
Mucho más podría referirle, pero vamos a lo principal. Mi antecesor llegó a
descubrir que el cielo y toda la atmósfera que nos envuelve están siempre
llenos de esas visiones misteriosas, y con ayuda de un su amigo alquimista
llegó a fabricar un elixir que permite percibir de ordinario lo que únicamente
por excepción se presenta a la mirada de los hombres. Yo he encontrado ese
secreto, concluyó Wolfhart, y aquí, agregó sonriendo, tiene usted el milagro en
estas pastillas comprimidas. ¿Un poquito más de whisky?
No había duda de que el alemán era hombre de buen
humor y aficionado, no solamente al alcohol inglés, sino a todos los paraísos
artificiales. Así, me parecía ver en la caja de pastillas que me mostraba,
algún compuesto de opio o de cáñamo indiano.{31}
—Gracias—le dije—no he probado nunca, ni quiero
probar el influjo de la «droga sagrada». Ni hachis, ni el veneno de Quincey...
—Ni una cosa ni otra. Es algo vigorizante,
admirable hasta para los menos nerviosos.
Ante la insistencia y con el último sorbo de
whisky, tomé la pastilla, y me despedí. Ya en la calle, aunque hacía frío, noté
que circulaba por mis venas un calor agradable. Y olvidando la pastilla, pensé
en el efecto de las repetidas libaciones. Al llegar a la plaza de la Concordia,
por el lado de los Campos Elíseos, noté que no lejos de mí caminaba una mujer.
Me acerqué un tanto a ella y me asombré al verla a aquellas horas, a pie y
soberbiamente trajeada, sobre todo cuando a la luz de un reverbero vi su gran
hermosura y reconocí en ella a la dama cuyo aspecto me intrigase en el
«réveillon»: la que tenía por todo adorno en el cuello blanquísimo un fino
galón rojo, rojo como una herida. Oí un lejano reloj dar unas horas. Oí la
trompa de un automóvil. Me sentía como poseído de extraña embriaguez. Y,
apartando de mí toda idea de suceso sobrenatural, avancé hacia la dama que
había pasado ya el obelisco y se dirigía del lado de las Tullerías.{32}
—«Madame, le dije, madame...» Había comenzado a
caer como una vaga bruma, llena de humedad y de frío, y el fulgor de las luces
de la plaza aparecía como diluído y fantasmal. La dama me miró al llegar a un
punto de la plaza; de pronto, me apareció como el escenario de un
cinematógrafo. Había como apariencias de muchas gentes en un ambiente como el
de los sueños, y yo no sabría decir la manera con que me sentí como en una
existencia a un propio tiempo real y cerebral... Alcé los ojos y vi en el fondo
opaco del cielo las mismas figuras que en la estampa del libro de Lycosthenes,
el brazo enorme, la espada enorme, rodeados de cabezas. La dama, que me había
mirado, tenía un aspecto tristemente fatídico, y, cual por la obra de un
ensalmo, había cambiado de vestiduras, y estaba con una especie de fichu cuyas
largas puntas le caían por delante; en su cabeza ya no había el peinado a «la
Cléopatre», sino una pobre cofia bajo cuyos bordes se veían los cabellos
emblanquecidos. Y luego, cuando iba a acercarme más, percibí a un lado como una
carreta, y unas desdibujadas figuras de hombres con tricornios y espadas y
otras con picas. A otro lado un hombre a caballo, y luego una especie de
tablado...{33} ¡Oh, Dios, naturalmente!: he aquí la
reproducción de lo «ya visto»... ¿En mí hay reflexión aún en este instante? Sí,
pero siento que lo invisible, entonces visible, me rodea. Sí, es la guillotina.
Y, tal en las pesadillas, como si sucediese, veo desarrollarse—¿he hablado ya
de cinematógrafo?—la tragedia... Aunque por no sé cual motivo no pude darme
cuenta de los detalles, vi que la dama me miró de nuevo, y bajo el fulgor color
de azafrán que brotaba de la visión celeste y profética, brazo, espadas, nubes
y cabezas, vi cómo caía, bajo el hacha mecánica, la cabeza de aquella que poco
antes, en el salón del hotel, me admirara con su encanto galante y real, con su
aire soberbio, con su cuello muy blanco, adornado con un único galón color de
sangre.
III
¿Cuánto tiempo duró aquel misterioso espectáculo?
No lo sabría decir, puesto que ello fué bajo el imperio desconocido en que la
ciencia anda a tientas; el tiempo en que el{34} ensueño
no existe, y mil años, según observaciones experimentales, pueden pasar en un
segundo. Todo aquello había desaparecido, y, dándome cuenta del lugar en donde
me encontraba, avancé siempre hacia el lado de las Tullerías. Avancé y me vi entre
el jardín, y no dejé de pensar rapidísimamente cómo era que las puertas estaban
aun abiertas. Siempre bajo la bruma pálida de aquellas nocturnas horas, seguí
adelante. Saldré, me dije, por la primera puerta del lado de la calle Rivoli,
que quizás esté también abierta... ¿Cómo no ha de estar abierta?... ¿Pero era o
no era aquel jardín el de las Tullerías? Arboles, árboles de obscuros ramajes
en medio del invierno... Tropecé al dar un paso con algo semejante a una
piedra, y me llené, en medio de mi casi inconsciencia, de una sorpresa
pavorosa, cuando escuché un ¡ay! semejante a una queja, parecido a una palabra
entrecortada y ahogada; una voz que salía de aquello que mi pie había herido, y
que era, no una piedra, sino una cabeza. Y alzando hacia el cielo la mirada vi
la faz de la luna en el lugar en que antes la espada formidable, y allí estaban
las cabezas de la estampa de Lycosthenes. Y aquel jardín, que se extendía vasto
cual una selva, me llenó del encanto{35} grave que
había en su recinto de prodigio. Y a través de velos de ahumado oro refulgía
tristemente en lo alto la cabeza de la luna. Después me sentí como en una
certeza de poema y de libro santo, y, como por un motivo incoherente, resonaban
en la caja de mi cerebro las palabras: «¡Ultima hora! ¡Trípoli! ¡La toma de
Pekín!» leídas en los diarios del día, Conforme con mis anhelos de lo divino,
experimentando una inexpresable angustia, pensé: «¡Oh, Dios! ¡Oh, Señor! ¡Padre
nuestro...!»
Volví la vista y vi a un lado, en una claridad
dulce y dorada, una forma de lira, y sobre la lira una cabeza igual a la del
Orfeo de Gustave Moreau, del Luxemburgo. La faz expresaba pesadumbre, y
alrededor había como un movimiento de seres, de los que se llaman animados
porque almas se manifiestan por el movimiento, y de los que se llaman
inanimados porque su movimiento es íntimo y latente. Y oí que decía, según me
ayuda mi recuerdo, aquella cabeza: «¡Vendrá, vendrá el día de la concordia, y
la lira será entonces consagrada en la pacificación!» Y cerca de la cabeza de
Orfeo vi una rosa milagrosa, y una hierba marina, y que iba avanzando hacia
ellas una tortuga de oro.{36}
Pero oí un gran grito al otro lado. Y el grito,
como el de un coro, de muchas voces. Y a la luz que os he dicho, vi que quien
gritaba era un árbol, uno de los árboles coposos, lleno de cabezas por frutos,
y pensé que era el árbol de que habla el libro sagrado de los musulmanes. Oí
palabras en loor de la grandeza y omnipotencia de Alá. Y bajo el árbol había
sangre.
Haciendo un esfuerzo, quise ya no avanzar, sino
retroceder a la salida del jardín, y vi que por todas partes salían murmullos,
voces, palabras de innumerables cabezas que se destacaban en la sombra como
aureoladas, o que surgían entre los troncos de los árboles. Como acontece en
los instantes dolorosos de algunas pesadillas, pensé que todo lo que me pasaba
era un sueño, para disminuir un tanto mi pavor. Y en tanto, pude reconocer una
temerosa y abominable cabeza asida por la mano blanca de un héroe, asida de su
movible e infernal toisón de serpientes: la tantas veces maldecida cabeza de
Medusa. Y de un brazo, como de carne de oro de mujer, pendía otra cabeza, una
cabeza con barba ensortijada y oscura, y era la cabeza del guerrero Holofernes.
Y la cabeza de Juan el Bautista; y luego, como viva, de una{37} vida
singular, la cabeza del Apostol que en Roma hiciera brotar el agua de la
tierra; y otra cabeza que Rodrigo Díaz de Vivar arrojó, en la cena de la
venganza, sobre la mesa de su padre.
Y otras que eran la del rey Carlos de Inglaterra y
la de la reina María Estuardo... Y las cabezas aumentaban, en grupos, en
amontonamientos macabros, y por el espacio pasaban relentes de sangre y de
sepulcro; y eran las cabezas hirsutas de los dos mil halconeros de Bayaceto; y
las de las odaliscas degolladas en los palacios de los reyes y potentados
asiáticos; y las de los innumerables decapitados por su fe, por el odio, por la
ley de los hombres; las de los decapitados de las hordas bárbaras, de las prisiones
y de las torres reales, las de los Gengiskanes, Abdulhamides y Behanzines...
Dije para mí: ¡Oh, mal triunfante! ¿Siempre
seguirás sobre la faz de la tierra? ¿Y tú, París, cabeza del mundo, serás
también cortada con hacha, arrancada de tu cuerpo inmenso?
Cual si hubiesen sido escuchadas mis interiores
palabras, de un grupo en que se veía la cabeza de Luis XVI, la cabeza de la
princesa de Lamballe, cabezas de nobles y cabezas{38} de
revolucionarios, cabezas de santos y cabezas de asesinos, avanzó una figura
episcopal que llevaba en sus manos su cabeza, y la cabeza del mártir Dionisio,
el de las Galias, exclamó:—¡En verdad os digo, que Cristo ha de resucitar!
Y al lado del apostólico decapitado vi a la dama
del hall del hotel, a la dama austriaca con el cuello desnudo; pero en el cual
se veía como un galón rojo, una herida purpúrea, y María Antonieta,
dijo:—¡Cristo ha de resucitar! Y la cabeza de Orfeo, la cabeza de Medusa, la
cabeza de Holofernes, la cabeza de Juan y la de Pablo, el árbol de cabezas, el
bosque de cabezas, la muchedumbre fabulosa de cabezas, en el hondo grito,
clamó:
—«¡Cristo ha de resucitar! ¡Cristo ha de
resucitar!...»
—Nunca es bueno dormir inmediatamente después de
comer—concluyó mi buen amigo el doctor.{39}
LA EXTRAÑA MUERTE DE FRAY PEDRO
Ilustrísimo señor, a Fray Pedro
lo henos encontrado muerto.
I
—Este—me dijo—fué uno de los vencidos por el
diablo.
—Por el viejo diablo que ya chochea—le dije.
—No—me contestó—; por el demonio moderno que se
escuda con la Ciencia.—Y me narró el sucedido.
Fray Pedro de la Pasión era un espíritu perturbado
por el maligno espíritu que infunde el ansia de saber. Flaco, anguloso
nervioso, pálido, dividía sus horas conventuales entre la oración, las
disciplinas y el laboratorio, que le era permitido por los bienes que atraía a
la comunidad. Había estudiado,{44} desde muy joven,
las ciencias ocultas. Nombraba, con cierto énfasis, en las horas de
conversación, a Paracelsus, a Alberto el Grande; y admiraba profundamente a ese
otro fraile Schawartz, que nos hizo el diabólico favor de mezclar el salitre
con el azufre.
Por la ciencia había llegado hasta penetrar en
ciertas iniciaciones astrológicas y quiromáticas; ella le desviaba de la
contemplación y del espíritu de la Escritura. En su alma se había anidado el
mal de la curiosidad, que perdían a nuestros primeros padres. La oración misma
era olvidada con frecuencia, cuando algún experimento le mantenía cauteloso y
febril. Como toda lectura le era concedida y tenía a su disposición la rica
biblioteca del convento, sus autores no fueron siempre los menos equívocos. Así
llegó hasta pretender probar sus facultades de zahorí, y a poner a prueba los
efectos de la magia blanca. No había duda de que estaba en gran peligro su
alma, a causa de su sed de saber y de su olvido de que la ciencia constituye,
en el principio, el alma de la Serpiente que ha de ser la esencial potencia del
Antecristo, y que para el verdadero varón de fe, initium sapientiæ est
timor Domini.{45}
II
¡Oh, ignorancia feliz, santa ignorancia! ¡Fray
Pedro de la Pasión no comprendía tu celeste virtud, que ha hecho ciertos a los
Celestinos! Huysmans se ha extendido sobre todo ello. Virtud que pone un
celestial nimbo a algunos mínimos, de Dios queridos, entre los esplendores
místicos y milagrosos de las hagiografías.
Los doctores explican y comentan altamente, cómo
ante los ojos del Espíritu Santo las almas de amor son de mayor manera
glorificadas que las almas de entendimiento. Ernest Hello ha pintado, en los
sublimes traux de sus Fisonomías de Santos, a esos beneméritos
de la caridad, a esos favorecidos de la humildad, a esos seres columbinos,
simples y blancos como los lirios, limpios de corazón, pobres de espíritu,
bienaventurados hermanos de los pajaritos del Señor, mirados con ojos cariñosos
y sororales por la puras estrellas del firmamento. Joris Karl, el merecido
beato, quizá más tarde consagrado, a pesar de la literatura, en el{46} maravilloso libro en que Durtal se convierte,
viste de resplandores paradiasíacos al lego guardapuercos que hace bajar a la
pocilga la admiración de los coros arcangélicos, y al aplauso de las potestades
de los cielos. Y Fray Pedro de la Pasión no comprendía eso...
El, desde luego creía, creía con la fe de un
indiscutible creyente. Mas el ansia de saber le azuzaba el espíritu, le lanzaba
a la averiguación de secretos de la naturaleza y de la vida, a tal punto, que
no se daba cuenta de cómo esa sed de saber, ese deseo indominable de penetrar
en lo vedado y en lo arcano de universo era obra del pecado, y añagaza del
Bajísimo, para impedirle de esa manera su consagración absoluta a la adoración
del Eterno Padre. Y la última tentación sería fatal.
III
Acaeció el caso no hace muchos años. Llegó a manos
de Fray Pedro un periódico en que se hablaba detalladamente de todos los{47} progresos realizados en radiografía, gracias al
descubrimiento del alemán Röentgen, quien llegara a encontrar el modo de
fotografiar a través de los cuerpos opacos. Supo lo que se comprendía en el
tubo Crookes, de la luz catódica, del rayo X. Vió el facsimil de una mano cuya
anatomía se transparentaba claramente, y la patente figura de objetos
retratados entre cajas y bultos bien cerrados.
No pudo desde ese instante estar tranquilo, pues
algo que era un ansia de su querer de creyente, aunque no viese lo sacrílego
que en ello se contenía, punzaba sus anhelos...
¿Cómo podría él encontrar un aparato como los
aparatos de aquellos sabios, y que le permitiera llevar a cabo un oculto
pensamiento, en que se mezclaban su teología y sus ciencias físicas...? ¿Cómo
podría realizar en su convento las mil cosas que se amontonaban en su enferma
imaginación?
En las horas litúrgicas de los rezos y de los
cánticos, notábanlo todos los otros miembros de la comunidad, ya meditabundo,
ya agitado como por súbitos sobresaltos, ya con la faz encendida por repentina
llama de sangre, ya con la mirada como estática, fija en{48} lo
alto, o clavada en la tierra. Y era la obra de la culpa que se afianzaba en el
fondo de aquel combatido pecho, el pecado bíblico de la curiosidad, el pecado
omnitranscendente de Adán, junto al árbol de la ciencia del Bien y del Mal. Y
era mucho más que una tempestad bajo un cráneo... Múltiples y raras ideas se
agolpaban en la mente del religioso, que no encontraba la manera de adquirir
los preciosos aparatos. ¡Cuánto de su vida no daría él por ver los peregrinos
instrumentos de los sabios nuevos en su pobre laboratorio de fraile aficionado,
y poder sacar las anheladas pruebas, hacer los mágicos ensayos que
abrirían una nueva era en la sabiduría y en la convicción humanas... Él
ofrecería más de lo que se ofreció a Santo Tomás... Si se fotografiaba ya lo
interior de nuestro cuerpo, bien podría pronto el hombre llegar a descubrir
visiblemente la naturaleza y origen del alma; y, aplicando la ciencia a las
cosas divinas, como podría permitirlo el Espíritu Santo, ¿por qué no aprisionar
en las visiones de los éxtasis y en las manifestaciones de los espíritus
celestiales, sus formas exactas y verdaderas?
¡Si en Lourdes hubiese habido un Kodak, durante el
tiempo de las visiones de Bernardetta!{49} ¡Si en
el momento en que Jesús, o su Santa Madre, favorecen con su presencia corporal
a señalados fieles, se aplicase convenientemente la cámara obscura...!
¡Oh, cómo se convencerían los impíos, cómo
triunfaría la religión! Así cavilaba, así se estrujaba el cerebro el pobre
fraile, tentado por uno de los más encarnizados príncipes de las tinieblas.
IV
Y avino que, en uno de esos momentos, en uno de los
instantes en que su deseo era más vivo, en hora en que debía estar entregado a
la disciplina y a la oración, en su celda se presentó a su vista uno de los
hermanos de la comunidad, llevándole un envoltorio bajo el hábito.
—Hermano, le dijo, os he oído decir que deseábais
una de esas máquinas, como esas con que los sabios están maravillando al mundo.
Os la he podido conseguir. Aquí la tenéis.
Y depositando el envoltorio en manos del{50} asombrado Fray Pedro, desapareció, sin que éste
tuviese tiempo de advertir que, debajo del hábito, se habían mostrado, en el
momento de la desaparición, dos patas de chivo.
Fray Pedro, desde el día del misterioso regalo,
consagróse a sus experimentos. Faltaba a maitines, no asistía a la Misa
excusándose como enfermo. El padre provincial solía amonestarle, y todos le
veían pasar extraño y misterioso y temían por la salud de su cuerpo y por la de
su alma.
Y perseguía su idea dominante. Probó la máquina en
sí mismo, en frutos, llaves, dentro de libros y demás cosas usuales. Hasta que
un día...
O más bien una noche, el desventurado se
atrevió, por fin, a realizar su pensamiento. Dirigióse al templo,
receloso, a pasos callados. Penetró en la nave principal y se dirigió al altar
en que, en el tabernáculo, se hallaba expuesto el Santísimo Sacramento. Sacó el
copón. Tomó una sagrada forma. Salió veloz para su celda.{51}
V
Al día siguiente, en la celda de Fray Pedro, se
hallaba el Sr. Arzobispo delante del padre provincial.
—Ilustrísimo señor, decía éste; a Fray Pedro le
hemos encontrando muerto. No andaba muy bien de la cabeza. Esos sus estudios
creo que le causaron daño.
—¿Ha visto su reverencia esto?—dijo su señoría
ilustrísima, mostrándole una revelada placa fotográfica que recogió del suelo,
y en la cual se hallaba, con los brazos desclavados y una dulce mirada en sus
divinos ojos, la imagen de Nuestro Señor Jesucristo.
BAJO LAS LUCES
DEL SOL NACIENTE
Los cerezos florecían, y entre sus ramas
alegres se divisaba un monte azul.
Artistas y artesanos realizaban labores
extraordinarias, que llegaban a las naciones lejanas como de imperios de
cuento. Se educaba la sonrisa y se inculcaba la afabilidad. Se conservaban con
respeto las antiguas y sagradas tradiciones en el dulce ambiente de una
existencia sencilla. Se desconocía el egoísmo y se practicaba la más perfecta y
blanda cortesía. Los preceptos del viejo Confucio ordenaban la severidad y la
imparcialidad a jueces ceremoniosos. Había un profundo concepto de la justicia
y de la virtud, un aspecto innato de la superioridad jerárquica, y el superior
era bondadoso, y sumiso y sagaz el inferior. Bonzos sabios enseñaban la fuerza
de las plegarias y la fe en las potencias ocultas. La paciencia y la tenacidad
eran virtudes comunes; eran desconocidas, o raras, la doblez, la inquina, la
traición. La poesía se mezclaba a la vida cotidiana. El amable «saké» hacía
cantar más tiernamente a las «samisén». Se tenían para el huésped los más
amables «sayonaras». Se pasaban horas de miel y caricias, con sutiles amorosas
que tenían nombres de{61} piedras ricas, de pájaros
lindos, de flores exquisitas. Gloriosos «samurayes» se vestían como grandes y
metálicos insectos. Viejos peregrinos sabían fábulas e historias inauditas.
Pintores únicos tomaban detalles de la naturaleza y de la vida, de manera que
detenían en un papel de seda el aletazo de una carpa, el salto de un tigre o el
vuelo de una garza. Campesinos pacientes sembraban el arroz al abrigo de sus
agudos sombreros de floja paja. Se tenía el culto preciso de los antepasados y
se sabía por seguro que hay buenos dioses y perversos demonios. Shintoistas o
budhistas, los hombres cumplían con los preceptos de sus religiones, aceptaban
los consejos de sus sacerdotes, y al lado de las divinidades veneraban a los
héroes de la acción o del pensamiento. Se predicaba y se sostenía firme el amor
al país y la adhesión inmensa al Mikado. Había una idea tan grande del honor,
que el suicidio en casos especiales formaba parte de las costumbres. Se tenía
el temor de lo divino y desconocido, y se saludaba la memoria de los abuelos.
Se amaba como en ninguna parte a los niños; como en ninguna parte se obedecía a
la autoridad paternal, y ante las vasijas de calada madera había siempre, en
tibores de prodigiosa{62} porcelana, ramos
floridos. El conjunto de principios que los letrados infundían al pueblo, se
reducía a pocas palabras. Decían: «Hay un Dios superior. Tiene como atributos
la inteligencia, el valor, el amor. Por la unidad de su espíritu y de su
energía vital fueron creados el dios Takanu Musubi y la diosa Kanmi Musuti, que
forman, con su padre, una augusta Trinidad. De la unión de estos dos nacieron
otros dioses, y, por último, los divinos antecesores de la familia imperial y
de la raza humana: Yzanagi e Yzanami. El alma del hombre es, por tanto, origen
divino e inmortal. Su cuerpo fué creado también por la energía divina; pero no
contiene de ésta lo bastante para ser inmortal. El deber del hombre es
cultivar, primero, las tres virtudes divinas, después las siete virtudes que de
ellas se derivan: la lealtad al emperador, la piedad filial, la castidad, la
obediencia a los superiores, la sinceridad en la amistad, la bondad y la
misericordia. El camino de la virtud es el de la felicidad. La ley de la causa
y del efecto reina en el mundo presente y en el mundo futuro. El mayor criminal
puede merecer el perdón, y aun el favor de Dios, si se arrepiente con
sinceridad. A cada uno se le tomarán en cuenta sus{63} acciones,
y por ellas será recompensado o castigado en el mundo futuro». Los japoneses,
pues, estaban en completo estado de barbarie.
En efecto, hace ya tiempo, el mundo intelectual
conoció toda la barbarie que revelaron los Goncourt a la curiosidad y al arte
occidentales. Se supo que maravillosos pinceles estaban dotados de desconocidos
prestigios. Una civilización contemporánea de Nabucodonosor se había conservado
a través de siglos e invasiones. Sabios y poetas, que estudian los clásicos
chinos, meditaban y enseñaban. Brotaban de los hornos las ricas obras de los
alfareros de Satzuna. Un misterio legendario flotaba sobre la región nipona,
tan extraña como las naciones orientales en que se mueven las magias de
Sheherazada. El pueblo que, según la frase de Voltaire «jamás ha sido vencido»,
guardaba con admiración religiosa el nombre y el recuerdo de sus héroes, de los
violentos caballeros y marinos que rechazaron a los enemigos mongoles y
libraron la integridad del territorio.
Un sano y vigoroso feudalismo mantenía en lo alto
la seguridad del gobierno, y abajo la felicidad del pueblo. Los poetas escriben{64} poemas en que se cantan la fidelidad y el amor en
flor eternamente. Las danzarinas saben bailes de argumento, que regocijan
discretamente a los espectadores. Los fieles no faltan a las ceremonias de los
templos, y hay pompa hermosa y nobleza ritual. Lafcadio Hearn nos explica lo
que es el Shinthoismo. Shinto significa carácter en su sentido más elevado:
valor, cortesía, honor, y, sobre todo, lealtad. Shinto significa piedad filial,
amor al deber, voluntad siempre lista al abandono de la vida por un principio,
y sin preguntar el por qué. Está en la docilidad del niño, en la dulzura de la
mujer. Es también conservador, saludable freno a las tendencias del espíritu
nacional, fácilmente inclinado a dejar lo mejor del pasado para precipitarse
con ardor en las modernidades extranjeras. Es una religión transmitida en una
impulsión hereditaria hacia el bien, en un puro instinto moral. Es, en una
palabra, toda la vida emocional de la raza: El alma del Japón. Así, el
renunciamiento a la propia satisfacción, hasta a la vida, por la común
felicidad, el deber cumplido, el sacrificio voluntario y cordial, eran
características de esos singulares salvajes. Y en su sacro libro del Kodjiki
aprendían ejemplos de tiempos{65} remotos, como el
siguiente: «El príncipe Mayoana, de edad de siete años solamente, después de
haber matado al asesino de su padre, se había refugiado en casa del Gran
Tsubura, y las multiplicadas flechas semejaban un campo de cañas. El Gran
Tsubura se adelantó, y quitando sus armas de su cinto se prosternó ocho veces,
y dijo: «La princesa Kará, mi hija, que tú te has dignado llamar hace poco,
está a tus órdenes, y te ofrezco, además, cinco graneros de arroz. Si humilde
esclavo de tu grandeza, me presto a luchar hasta el fin, no conservo la
esperanza de vencer; al menos, puedo morir antes de abandonar a un príncipe que
ha puesto en mí su confianza al penetrar en mi casa». Habiendo así hablado,
volvió a tomar sus armas, y se lanzó de nuevo en el combate. Mas las fuerzas le
abandonaron, y había agotado ya todas sus flechas. El Gran Tsubura dijo: «Ya no
tenemos flechas, y nuestras manos están heridas; no podemos ya combatir. ¿Qué
nos resta que hacer?» «No nos queda nada que hacer», respondió el príncipe.
«Ahora, quítame la vida.» Y el Gran Tsubura tomó su sable y quitó la vida al
príncipe. Luego, haciendo girar el arma contra sí mismo, hizo caer a sus pies
su propia cabeza.»{66}
Esas eran las lecturas de antaño, las que los
ministros del culto comentaban y las generaciones comprendían, infundiendo así
cada día en los corazones nuevos las antiguas virtudes. «La conciencia, dice
Hearn, llega a ser el solo guía, por la doctrina de la intuición, que no tiene
necesidad de decálogo o de código fijo que señale las obligaciones morales.
«Teólogo y filósofo, dice Motoonori, que todas las ideas morales necesarias al
hombre le son sugeridas por los dioses y son de la misma naturaleza instintiva
que las que le obligan a comer cuando tiene hambre, y a beber cuando tiene sed.
El, el sapiente Hirata: «Toda acción humana es la obra de un dios.» Y de nuevo
Motoonori: «Haber comprendido que no hay ni camino que conocer, ni ruta que
seguir, es seguramente haber comprendido el camino de los dioses.» Y otra vez
Hirata: «Si tenéis deseos de practicar la verdadera virtud, aprended a tener
temor de lo invisible, cultivad vuestra conciencia, y no os apartéis nunca del
camino recto.» Y luego: «La devoción a la memoria de los antepasados es el
resorte de todas las virtudes. El que no olvida nunca sus deberes para con
ellos, no puede ser irrespetuoso con los dioses ni con sus padres.{67} Un hombre semejante está siempre fiel a su
príncipe y a sus amigos, bueno y dulce con su mujer y con sus hijos.» Así
pensaba el Japón viejo. Semejante atraso estaba oculto tras la puerta que, los
hombres colorados, fueron a abrir a cañonazos.
Y a cañonazos se despertó a la vida y a la
civilización de Occidente el Japón viejo, y se convirtió en el Japón nuevo.
«Hoy, dice sonriendo afiladamente el japonés
Hayashi a un periodista parisiense, hoy tenemos acorazados, tenemos torpedos,
tenemos cañones. ¡Los mares de la China se enrojecieron con la sangre de
nuestros muertos, y con la sangre de los que nosotros matamos! Nuestros
torpedos revientan; nuestros shrapnells crepitan, nuestros cañones arrojan
obuses; morimos y hacemos morir; y vosotros, los europeos, decís que hemos
conquistado nuestro rango, ¡que nos hemos civilizado! Hemos tenido artistas,
pintores, escultores, pensadores. En el siglo XVI editábamos en
japonés las fábulas de Esopo. ¡Éramos entonces bárbaros!»
¡Oh, sí! Hoy están los descendientes de los
antiguos daimios completamente civilizados. Al jiu-jitsu nacional,
han agregado los conocimientos adquiridos en el Creusot y en{68} Essen.
Se les obligó a aprender la ciencia de la guerra en establecimientos
occidentales; se les demostró que pasar la vida feliz, sin derramamientos de
sangre, sin soldados, sin militarismo, sin cañones Krupp, era el colmo de lo
salvaje. Se les enseñaron los caracteres occidentales para que pudieran leer
los diarios nacionalistas de Francia, los discursos de M. Jaurés, las obras de
Kipling; así supieron lo interesante del nacionalismo, lo útil del socialismo,
lo superior del imperialismo. Como son hábiles y emprendedores, los nipones
tuvieron pronto arsenales de ideas nuevas, tuvieron nacionalistas, socialistas,
imperialistas. Se dieron una constitución. Se vistieron como se visten los
hombres de Londres, que es como se visten los hombres de todo el Occidente.
Vieron claramente que sonreir siempre es malo, ser afable es dañoso, ser piadoso
es ridículo. Se convencieron de que ser de presa es lo mejor sobre la
superficie de la tierra. Se militarizaron; se armaron, fueron excelentes
discípulos de los carniceros de los países cristianos. Destruyeron toda la
poesía posible, convirtieron a Madame Chrisantème en institutriz inglesa y en
enfermera. Se lanzaron al asesinato colectivo con un apetito sobrehumano. Oku,
Kuroko, Togo,{69} entran en la categoría de
semidioses. Se trató de matar al mayor número de rusos posible. Se trató de
volar barcos, de «dinamitar» puentes, de arrasar batallones. Se va a la
conquista, al degüello, al odio. ¿En dónde está ese mundo de vagos ensueños,
ese mundo como lunas extra-terrestres, como astral, que admiré en las escenas,
en la maravillosa actriz Sada Yacco que era una revelación de belleza exótica y
peregrina? ¿En dónde están los antiguos pintores Kakemonos, los antiguos
Outamaros y Hokusais? ¿En dónde las nobles creencias, los generosos ideales, la
dulzura del carácter, las genuflexiones, las pintorescas amorosas, el alma
antes encantadora del pasado Japón?... En la Mandchuria, la tierra se llenó de
cadáveres... Los mares chinos se enrojecieron de sangre.
Se mira a los Estados Unidos con aire de desafío,
con amor a la guerra...
La civilización ha triunfado...
Y veo en un país lejano
una vieja ciudad.
—Animula, blandula, vagula, ¿a dónde vas?
—¡Voy a Jerusalén!—me dice mi pobre alma.
Y allá se va, camino de Jerusalén, sin bordón de
peregrino, sin alforja de caminante, sin sandalias de romero. Ella va a la
fiesta, arrastrada por su deseo, sin temor de las asperezas del viaje, sin
miedo a los abismos, a las fieras y a las víboras.{76}
Tal parece que fuese llevada por una ráfaga
milagrosa, o sostenida por el amoroso cuidado de cuatro alas angélicas. Ella no
sabe hoy de las tristezas, de las maldades y de las tinieblas de la vida. Deja
la ciudad de los infames publicanos, de los odiosos fariseos, de las pintadas y
ponzoñosas prostitutas. Ha sentido como el llamamiento de una sagrada
primavera, y se ha abierto fresca y virginal como una blanca rosa. Un perfume
celeste la baña, y ella a su vez exhala su perfume íntimo, su ungüento de fe y
de amor. Un sol de vida le pone en su debilidad, fortaleza; en sus mejillas
pálidas, una llama de niñez; en su frente, tan combatida por el dolor, una
refrescante guirnalda florida. ¿Que vendrán las espinas después?...
Ella no sabe eso. Hoy cree sólo en las flores y las
palmas; hoy debe asistir a la entrada triunfal del Rey Jesús. Armoniza sus más
bellas canciones de gloria, para repetirlas en honor de quien viene. Clamará
con el coro de los sencillos, con la lengua del pueblo que acompaña con
jubilosos hosannas al Príncipe del Triunfo.
Se han borrado de su memoria las penas pasadas, no
quiere poner su pensamiento en los amargores futuros. Como en un inspirado{77} paso, sigue su ruta, y, tan ligera va, que el
aire no la siente pasar. Las montañas nada son para ella. Va sobre las
cambroneras sin que sus pies desnudos se hieran; los leones de la selva la
miran con cariñosos ojos, y se dicen: «He allí la pobre alma que va a
Jerusalén, hoy, Domingo de Ramos»; las tempestades se ciernen sobre su cabeza,
pero ella es invencible delante de las tempestades; el tórrido fuego de los
desiertos no marchita una sola de las flores de su corona; las palmas que lleva
en sus manos, con un gesto glorioso, están llenas de su primera frescura; la
alondra lírica y cristalina dícele: «Hermana, apresura el paso para que llegues
a tiempo». Y yo la sigo con ojos apasionados: «¡Sí, alma mía, acude, no tardes,
vuela a Jerusalén!».
—«Yo soy tu infancia»—, me dice una voz entre
tanto. Dícemelo una voz encantadora que regocija y deleita mis potencias.
Porque en lo íntimo de mi ser se despliega, como un
inmenso e incomparable lienzo azul, en que surge decorada por virtud
maravillosa, la estación de mi existencia en que los cielos eran propicios y la
tierra amable y buena como una nodriza. A mis narices viene un olor de yerbas
olvidadas, de flores que há tiempo no he vuelto a ver; a mis ojos florece{78} una aurora de visiones, que me atraen con una
magia imperiosa; a mis oídos llegan notas de lejanas armonías, que han dormido
por largo espacio de años bellas princesas del bosque de mi vida; mi tacto es
halagado por el roce de aires amigos, que acariciaron los bucles rubios de mi
infancia, y reconozco el troquel de que saltó mi primer pensamiento, limpio y
sonoro como una medalla argentina.
Y veo, en un país lejano, una vieja ciudad de
gentes sencillas, en donde Jesucristo habría encontrado ejemplares de sus
perfectos pescadores. Sobre los techos de tejas arábigas de las casas bajas
pasa un vuelo vencedor en la mañana del Domingo de Ramos: la salutación y el
llamamiento que cantan las grandes campanas de la Catedral en que duermen los
huesos de los obispos españoles. El alba ha encontrado la calle principal
decorada de arcos de colores y alfombrada de alfombras floridas; en esas
alfombras, tosco artista ha dibujado aves simbólicas, grecas, franjas y
encajes, plantas y ramos de una caprichosa flora. La policromía del suelo
fórmanla tintes fuertes y vivos: maderas de las selvas nativas, rosas para el
rosal, hojas frescas para los verdes, y, para el blanco{79} maíz
que el fuego reventó la noche anterior, cuando a los granos trepitantes
acompañaron alegres canciones. Las gentes han madrugado, si no han pasado en
vela la noche del sábado; han madrugado y están vestidas de fiesta, aguardando
la hora de la misa. Así, cuando ha dado la señal el campanario, el desfile
comienza: severas autoridades, familias de pro, licenciados de largas levitas
flotantes; la cruel Mercedes, la dulce Narcisa, la rara Victoria, los elegantes
y el pueblo en su pintoresco atavío nacional. El sol que llega, todo de oro y
púrpura dominicales, tornazola los rebozos de seda de esas mujeres morenas.
Allá va el bachiller que lee a Voltaire y se confiesa una vez al año, por la
cuaresma, o antes si espera haber peligro de muerte: va a la misa. Sobre
aquella ciudad, feliz como una aldea, ciérnese todavía un soplo del buen tiempo
pasado. Es aún la edad de las virtudes primitivas, de los intactos respetos y
de la autoridad incontrastable de los patriarcas. Para ir al templo preceden
los cabellos blancos a los grupos de fieles. Y la campana grande alegra a
todos; todos los corazones reciben el propio influjo; rige las voluntades un
mismo ritmo de impulsión. La campana grande es la lengua de{80} la
ciudad; ella despierta reminiscencias de sucesos memorables, orgullos populares
y orgullos patricios. Cuando habla, creeríase que un espíritu supremo la
inspira y que anuncia, en su idioma de bronce, la piedad del cielo.
Visión de los altares de llamas y pétalos. Son del
potente órgano de Pamplona; voces angelicales de los niños; clamores de los
sochantres; un velo de incienso envuelve y aroma la ancha nave: ese misterioso
y litúrgico perfume que tiene figura corporal, encarnado en su humo fugitivo,
es el ambiente en que pueden dejarse entrever, bajo las cúpulas eclesiásticas,
los seres puros del Paraíso. Y el cuerpo mismo, al aspirarlo, mientras el alma
se eleva con la plegaria, goza en una como sagrada sensualidad. Visión del
sacerdote: la simbólica del gesto; el poder de las evocaciones divinas: la
hostia, nieve sobre la pompa de los oros y la gracia ascendente de los cirios,
¡Suena, suena, haz estallar tu alma por tus tubos, órgano de Pamplona que toca
el organista de barba larga.
Y he ahí que un niño meditabundo está arrodillado
delante del sacrificio. Id al Himalaya, y entre las más blancas nieves de la
más alta cumbre, buscad el copo que en sí{81} contenga
la blancura misma: esa es su alma. Id al Sarón bíblico y, entre todos los
lirios, escoged el que escogería para entrar en el Paraíso la más pura de las
bienaventuradas: esa es su fe. Y ese niño, en medio de su oración y de su
contrición, siente un eco nuevo en lo secreto de su ser, eco que responde a la
inmortal anunciación de la Lira.
¡Palmas! La procesión ha aparecido ya; hacia el
azul del Señor dirigen las alas las jaculatorias; las músicas tienden en los
aires sus arcos de harmonías; del campanario, como de un sacro y encantado
palomar, desbandadas de palomas, de palomas de oro, los himnos de las campanas
se ciernen sobre las gentes. Hosannas de los trombones y violines; hosannas de
las plantas; hosannas de los celestes violoncelos. Bajo la seda y el oro de un
palio pomposo como una casulla de gala, va Jesucristo sobre una asna; el prefecto
lleva la asna del fiador. Obra de desconocido e ingenuo escultor de la escuela
quiteña, Nuestro Señor está hermoso y real sobre su cabalgadura. Sus atavíos
son los de un arzobispo; lleva magna capa sostenida por un paje eclesiástico;
sus ojos dulces miran como si mirasen lo infinito; su cabellera nazarena le cae
en rizos sobre los hombros;{82} su mano derecha,
detenida en un gesto hierático, bendice al mundo. Así va, seguido de gran
muchedumbre, sobre las alfombras policromas y olorosas, bajo las arcadas de
banderolas. Pendientes de los arcos, veis curiosas cosas: frutas doradas,
cestos de flores, pelicanos con el pecho herido, garzas reales, águilas y
palomas, monstruosos caimanes, inauditas tarascas, serpientes y quimeras.
El olor de la tierra húmeda únese a la exhalación
perfumada de las enormes flores de palmera, gruesos chorros de oro impregnado
de fino óleo aromoso, y cuyos granos son, para los naturales, a manera de
primitivos confetti. ¡Palmas! Por todas partes veréis la inclinación gallarda
de los ramos sonoros y frescos, imprimiendo al conjunto extraño, como un
concepto de belleza antigua y peregrina. Palmas llevan los viejos; mujeres y
niños hay coronados de palma. Y la procesión va por la calle mayor, la calle Real,
con una solemnidad llena de gozos y fragancias. Y he allí que al llegar a un
punto dado, bajo el más bello arco de colores, hay una hermosa granada de plata
que deja entrever granos de oro. Y cuando el palio pasa debajo de ella, y el
Señor del Triunfo se detiene un{83} instante, la
bella fruta oriental se abre, como reventada de sol y de savia, y de su seno
vuelan, como un grupo de mariposas que se pusiesen en libertad, hojas impresas
que lleva el aire sobre la muchedumbre, y que tienen, en honra de Jesucristo
triunfante, versos. ¡Versos! Sí, versos rimados malamente, sentidos buenamente;
logro inapreciable para la muchedumbre que acompaña al Nazareno, que, con la
diestra, en un gesto hierático, bendice al mundo. ¡Oh, potestades de los
cielos! ¡Vosotras podéis ver quién, cual si fuese un infante real, siente como
hecha de un oro divino su corona de palmas del Domingo de Ramos! Es ese niño
que ha llegado de la iglesia, y está cerca de la anciana abuela de cabellos
crespos y recogidos como una marquesa de Boucher.
Es ese niño meditabundo, triste en su alegría, como
si estuviese sintiendo ya la llegada de su Viernes Santo. ¡Es ese niño que ha
rimado los versos infantiles de la granada oriental, símbolo de su corazón, que
se abrirá para regar por ley infalible, sobre la tierra sus íntimas armonías,
los perfumes misteriosos de su sangre vital, la esencia de su pobre alma,
enferma desde entonces, de la recóndita y adorada enfermedad del ensueño!{84}
Y aquella palma mística es para él un símbolo. Sus
ojos pueriles miran de pronto, como en un vago éxtasis, una figura, que cerca
del Cristo lleva una palma en la mano. Es una figura de maravilloso aspecto,
semejante a un arcángel, vestida de fortaleza y de luz; su frente aureolada se
destaca sobre el profundo y sacro azur; su diestra alza en la mano una imperial
palma de oro; su voz suena con harmonía intensa y dominante, como la voz de un
dios: «¡Yo soy, oh, niño, exclama, quien te viene a hechizar y arrastrar para
siempre en el triunfo del Domingo de Ramos! He aquí la palabra simbólica: ¡Yo
soy la Gloria! Yo vengo a mostrarte el miraje de las soñadas Babilonias de
plata, los sublimes Eldorados, las Jerusalenes que han de atraer tu pensamiento
y tu sér todo, pues has nacido predestinado para desconocidos padecimientos,
por amor de las Visiones y la pasión de las Palmas!»
Y el niño escucha aquellas palabras, sintiendo en
su débil persona como la insuflación de una vida nueva; y su pequeño corazón
palpita en un desconocido propósito de obrar y realizar cosas grandes.
Más tarde, las palmas del domingo guárdanse en las
casas de los creyentes, como poderosos{85} e
invencibles talismanes. Queda junto a los retablos antiguos, junto a los
santo-cristos que guardaban los lechos familiares, los ramos que el tiempo
seca, y que las canículas doran y tornan más sonoros y livianos. Cuando suenan
los truenos y caen los aguaceros diluviales bajo el cielo negro cebrado de
relámpagos, fórmanse de las palmas benditas del Domingo de Ramos coronas
salvadoras. Coronados de palmas, los habitantes de la ciudad feliz no temen las
amenazas de la tormenta. Y he aquí que el niño triste, precoz enamorado de la
Lira, sembró en el huerto de su corazón y en el jardín de su suerte un ramo de
aquellas frescas hojas, y el ramo, a pesar de crueles inviernos, de ásperos
huracanes, de voraces langostas, de hoces afiladas, ha crecido y producido
otros ramos nuevos.
De allí ha cortado, en este día esplendoroso, sus
dos palmas gallardas, la pobre alma que hace su peregrinación a Jerusalén, como
sostenida por cuatro alas angélicas que enviara un bondadoso decreto del Padre
de la Esperanza.
—«¡Vengo de Jerusalén»!, dice mi pobre psique. Y he
aquí que miro en sus ojos más luz, y en sus mejillas una pura y juvenil llama{86} de sangre. Vuelve reconfortada, para arrostrar
las tinieblas y elementos que la combaten en el habitáculo del debil y vibrante
cuerpo. Pues es ella la víctima ofrecida, por la ley suprema, a las fuerzas
desconocidas que ponen cerco a su frágil domicilio. En la bóveda del cráneo,
son los pensamientos y los sueños que nacen entre las marañas del cerebro; los
nervios que, como una cruel túnica, se extienden; las pasiones que se desatan
por las puertas de los sentidos; y el omnipotente y tentacular pulpo del sexo
cuya cueva obscura es el sepulcro. Después, las luchas del Mundo y del Demonio
encarnados en la Maldad ingénita y en la Estupidez humana; los truenos de la
vida, las rachas, los ventiscos de las rudas horas amargas, de odiosa espuma;
los relámpagos de la concupiscencia; los rayos de la soberbia; las lívidas
nubes de la envidia; los aborrecimientos desconocidos; los granizos
inmotivados; la Mujer—¡Misterium!—con su arcana misión de pecado y de
llanto; el crimen; y, sobre todo, en el fondo de esa implacable tempestad,
guardianes de la vasta Puerta del Universo: obscuro, obscuro, el dolor; pálida,
pálida, la Muerte...
¡Dame, alma de mi infancia, una hoja de tu palma
bendita para coronar mi frente!{87}
Al amor de la mañana, o cuando comienza
la tarde, he aquí lo que suele verse en los
jardines de París...
No lejos del Arco del Carrousel, en que la guerra y
la Ley están representadas, un grupo de gente de diversas condiciones y edades,
forma valla, mira en silencio. Un hombre de aspecto tranquilo y serio, cerca
del césped, sobre el que salta y vuela una inmensa bandada de gorriones, saca
de su bolsillo un pan y lo desmenuza. Luego, comienza a llamar: ¡Juliette!... Y
una fina gorrioncita se desprende de la bandada chilladora y saltante, y se va
a colocar en la cabeza, en los hombros, en la mano del hombre. «Louise, Jean,
Friederic, Mimi, Toto, Mussette».
Los pájaros libres del jardín, que entienden por
sus nombres respectivos, van todos a la voz que les llama. Y es un revoloteo
incesante alrededor del amigo que regala, y una fiesta a que, por otra parte,
están completamente acostumbrados. Unos cazan la miga al vuelo, otros la toman
en la mano, otros la recogen del suelo.
El hombre les habla, les acaricia, les regaña.{93} Prends garde, gourmand. «Ten cuidado,
glotón». «No seas atrevido, Robert». «Señorita, así no se come»... «Insolentes,
ahora vais a ver». Les trata con naturalidad, con amistad, con confianza, con
familiaridad. Todos ellos le conocen, y él conoce a todos ellos, a pesar de tener
todos igual uniforme, y de no haber nada más semejante a un gorrión, como una
gota de agua a otra gota de agua. Y se ve que ese personaje, cuyo nombre todos
ignoran, tiene verdadero amor por sus pajaritos, y que no falta un solo día,
desde hace muchos años, a cumplir con su amable tarea, de manera que, si
faltase una sola vez, habría verdadera alarma entre el mundo alado que puebla
los ramajes de las Tullerías, y que si llegase a faltar para siempre, los
pobres animales estarían de duelo, a menos que su alma en libertad fuese
visible para ellos en la transparencia de los aires.
Mas, en verdad, una vez se ausentó, enfermo de la
vista, y hubo duelo entre los pájaros y gozo a su retorno.
En el jardín del Luxemburgo, cerca del palacio, al
lado de las galerías del Odeón, muchas veces he encontrado a diferentes
personas que dan de comer a los pajaritos; pero, sobre todo, no dejo nunca de
ver a un{94} viejecito, de aspecto venerable, de
ropas modestas, que lleva en su solapa la cinta de la Legión de Honor. ¿Qué
sabio, qué poeta será? ¿O qué filósofo anciano que venga con un espíritu
semejante al de su antepasado Descartes a admirar la mano de Dios, y a «conocer
y glorificar al obrero por la inspección de sus obras?» Otras veces, es un
caballero enorme, que se sienta en los bancos para llenar su obligación, varón
de gordura extraordinaria, que tiene una cabeza de niño gigantesco. Los pájaros
se le posan sobre el extensísimo pecho, sobre los hombros de elefante, le
revuelan por el magnífico vientre, y en ramilletes temblorosos se le prenden de
las manos regordetas, llenas de bizcochos. No puedo de dejar de pensar: bueno,
como todos los gordos. Cerca de él una viejecita de luto, con un niño, reparte
también su ración. A veces conversa con los pájaros, a veces con el niño, a
ambos les habla con el mismo tono. Los animales conocen a todos, pero con el
anciano de la Legión de Honor hay mayores relaciones. Le siguen, cuando les
deja, a saltitos; se diría que le hablan en su idioma; se le sientan en el
veterano sombrero de copa; le llaman de lejos. El se vuelve; los sonríe; parece
que se despide hasta el día siguiente.{95}
Y nada es más suavemente impresionante, en la
frescura de la mañana o en la melancolía de la tarde. Acaba uno de leer los
diarios, de ver la obra del mal, del odio, la lucha de las pasiones, el hervor
de los vicios. Larga lista de crímenes, de escándalos, de injusticias. Los
asesinatos, las infamias, las intrigas, todo el endemoniado producto de una
inmensa ciudad de tres millones de habitantes. Va uno por los bulevares, y ve
pintada en la mayor parte de los rostros con que se encuentra, la codicia, la ferocidad,
la vanidad y la lujuria; habla uno con prójimos, con conocidos, llenos de
hieles, de ponzoñas, de vitriolos; encuentra uno más allá, astucias, intrigas,
rebajamientos, prostituciones, la caza al sou, la caza al franco,
la caza al luis, al billete, al cheque, los aires de neurosis que soplan sobre
las terrazas; los asesinos elegantes; los espadachines cobardes; los
ambiciosos; los ratés; la vergüenza de abajo; los crímenes de
arriba; Sodoma por una parte y Lesbos por otra; lo artificial entronizado; las
podredumbres cotidianas; la farsa continua, la negación de Dios. Y hay aquí
estas gentes que vienen a dar de comer a los pajaritos...
Sí, porque París tiene un vasto cuerpo; es{96} un vasto cuerpo como el cielo de Swedenborg, o el
universo de Campanella. Tiene un organismo propio, semejante a los astros de
Bruno, animali intellettuali: tiene una cabeza, unos brazos, un
corazón, un vientre y un sexo; tiene sus grandes pensamientos, sus grandes
sentimientos, y sus buenas y malas acciones, y sus bellos gestos y la banda
gris del Sena que refleja los diamantes celestes.
Por el barrio en que habité está el cerebro, está
la cabeza. Por algo, en el argot parisiense, sorbonne quiere
decir cabeza. Allí está el órgano pensante, la juventud de las escuelas, las
grises piedras que vieron pasar a Abelardo, el hogar de la enseñanza. Unos
cuantos meditativos viejos, en sus encierros silenciosos, compulsan los
conocimientos del pasado, trabajan en la ciencia del presente, piensan en el
porvenir; un ejército de jóvenes se prepara a la obra de los maestros. Es el
Colegio de Francia, es el Instituto, la Escuela de Medicina, todas las escuelas
y laboratorios y en donde se forman y se desarrollan los sabios, y aprenden a
concretar sus sueños los artistas. Es el Panteón, son los museos.
Las cátedras de ese centro están en actividad.
Profesores y alumnos siguen por el{97} camino
comenzado desde hace siglos. Aquí se escucha el ruido de la humanidad, se busca
cómo penetrar el misterio de las cosas, cómo mejorar la existencia; la
filosofía investiga, induce, deduce; la ciencia experimenta, analiza; se labora
por el mejoramiento social, por el perfeccionamiento individual. De las
cátedras se extiende un continuo río de ideas, de que benefician la industria,
el comercio, la salud. Y los ojos de París están también allí, en el
Observatorio, escudriñando la altura, fijos en los astros.
A un lado y otro se extienden los brazos. Es el
París que trabaja, las extremidades llenas de fábricas, cuajadas de usinas de
telares, de chimeneas. Por allí, constantemente, bullen las muchedumbres de
obreros que forman la vitalidad productora: los obreros que saben leer y
luchar, los trabajadores que salen de sus labores y van a las universidades
populares a comunicar con sus hermanos intelectuales, ya en el faubourg
Saint-Antoine, ya en Montreuil-sous-Bois, en Grenelle, o en
Boulogne-Billancourt, de un punto a otro, de Asnières a Charenton, de Vincennes
a Puteaux, a Levallois, a Courbevoie. Pues los brazos de París manejan
alternativamente herramientas y libros, antorchas e{98} ideas.
Son brazos robustos e inteligentes, y también terribles.
El inmenso vientre y el sexo están en el centro, en
ese trecho en que los grandes bulevares juntan todos los apetitos, deseos y
vicios nacionales y extranjeros, desde la Magdalena hasta la Plaza de la
República y los alrededores de la Opera. Allí se come bien y se peca mejor. La
riqueza y el lujo hacen su exhibición, la gula encuentra cien dorados refugios
en que saciar sus más exquisitos caprichos, y el amor fácil halla el suntuoso y
babilónico prostíbulo ambulante que ha dado a esta capital, digna de superior
renombre, el de ser el lugar de cita y el casino de las naciones.
Y el corazón de París late por todas partes, y
riega su sangre por todo el resto del magnífico cuerpo. Ese corazón anima a las
individualidades silenciosas y discretas que hacen el bien callado a los
hospicios y lugares de asilo, a los conventos en que sin engaño se reza y se
sostiene, como dice Huysmans el de la Oblación, el pararrayo. Cuando ese
corazón quiere hablar se llama Severine, como se llamaba Luisa
Michel. El hace ir sin pompa a las viejas caritativas a llevar pan y carbón a
sus pobres; él sostiene a las{99} infinitas
muchachas honestas que, viviendo con el lupanar a la vista, prefieren ir a la
fábrica para dar de comer a la madre inválida o al hermanito enfermo; él se
revela, por fin, en los que se ahogan por salvar suicidas, en el médico que va
a ver el infeliz y le deja con la receta el dinero para pagarla, en las nobles
cooperativas, y hasta en el cochero viejo que se mata porque se le murió el
caballo, que era su antiguo compañero. ¡El buen París! ¿Quién dice que tan
solamente hay aquí muñequitas de carne, y hombres con profesión de pez? Que
venga a ver los talleres llenos, las iglesias, las universidades populares,
y... a los hombres que dan de comer a los pajaritos.
No hay que reir mucho de Margot si llora por el
melodrama, y si viejas solteronas se enamoran de sus gatos. No hay que buscar
el lado cómico de las Sociedades protectoras de animales. No debe ser
ridiculizado ningún sentimiento de origen noble. Y el cariño hacia la
naturaleza—paisajes, animales, flores o aguas—y las simpatías por las
manifestaciones amables de ella, proclamarán siempre su origen generoso. Sin
anonadar nuestra personalidad humana en la ataraxia de Zenón o la apatía
epicúrea, tengamos la{100} pasión del universo, la
tendencia a nuestra unidad. Así como nada conforta tanto como la presencia de
los bosques o la contemplación del Océano, nada suaviza más las asperezas del
espíritu que la visión de una rosa en su tallo, o un pájaro sin trabas ni
jaula, que salta y vuela por donde quiera, y canta sin inquietudes bajo el
cielo. Quizás la luminosa alegría que nada podrá destruir en el alma de esta
Galia feliz, viene de su simbólica alondra, maestra de libertad, amante de
claridad, ebria de frescor y de canto matutino. Tengamos el amor de las rosas y
de los pájaros, de las mariposas, de las abejas. Es un medio de comunicación
con lo Universal, con la divinidad. Maeterlinck, en el libro admirable que
conocéis, ha oído la iniciada voz de Virgilio:
Ese apibus partem divinæ mentis et hansitus.
Athereos dixere: Deum manque ire per omnes.
Terrasque tractusque maris, extumque profundum.
Nada más conmovedor que la petición que, hace algún
tiempo, dirigieron al Congreso belga los miembros de un instituto de ciegos.
Sabido es que en ambas partes a los pájaros
cantores, para que canten mejor, les sacan los ojos, sin duda acordándose del
divino{101} Melesígenes, que también supo ser
armonioso sin los suyos...
En Bélgica hacen lo mismo, y esos ciegos del
instituto han intercedido por los ojos de los pajaritos.
Yo sé que hay gentes que sonríen de todas esas
cosas, que hallan todo sentimentalismo fuera de moda, y que juzgan nefelibatas
a los que no se levantan todos los días con el único propósito de aumentar sus
rentas por la buena o por la mala. Yo sé que hay muchas gentes que retorcerían
con gusto el pescuezo a todos los cisnes del Caistro, y enviarían una buena
perdigonada a los ruiseñores de las melodiosas florestas. Yo sé que en
filosofía priva mucho actualmente la ferocidad, el egoísmo, la crueldad. Pero
esos son nietzschistas furiosos y danzantes, ante los cuales iría yo a dar un
abrazo al hombre que da de comer a los pajaritos...
Una copiosa cabellera. Unos ojos
de ensueño y de voluntad, juventud,
mucha juventud: un poeta.
I
—Yo nací del otro lado del Océano, en la tierra de
las pampas y del gran río. Desde mi pubertad me sentí Abel; un Abel resuelto a
vivir toda mi vida y a desarmar a Caín de su quijada de asno. Afligí a mis
padres, puesto que muy temprano vieron en mí el signo de la lira. Se me rodeó
de guarismos en el ambiente de las transaciones, y salté la valla. De todo el
himno de la patria sólo quedó en mi espíritu, cantando, un verso: ¡Libertad!
¡libertad! ¡libertad! Y me sentí desde luego libre por mi íntima volición.
Y conocí a un hermano mayor, a un compañero, que
tendiéndome la diestra me señaló un vasto campo para las luchas y para los
clamores, me inició en el sentimiento de la solidaridad humana, aquel joven
bello y atrevido{108} de vida trágica y de versos
fuertes. Mi bohemia se mezcló a las agitaciones proletarias, y aun adolescente,
me juzgué determinado a rojas campañas y protestas. Fraseé cosas locamente
audaces y rimé sonoras imposibilidades. Mi alma, anhelante de ejercicios y
actividades, fluctuó en su primavera sobre el suburbio. No sabía yo bien adonde
iba, sino adonde me llamaban lejanos clarines. Me imbuí en el misterio de la
naturaleza, y el destino de las muchedumbres, enigma fué para mí, tema y
obsesión. Ardí de orgullo. Consideréme en la solidaridad humana, vibrantemente
personal. Nada me fué extraño, y mi yo invadía el universo, sin otro bagaje que
el que mi caja craneana portaba de ensueños y de ideas.
Mi espíritu era un jardín. Mis ambiciones eran
libertad humana, alas divinas. Y, como no encontraba campana mejor que la que
levantaba el alma de los desheredados, de los humildes, de los trabajadores, me
fuí a buscar a Cristos por los mesones de los barrios bajos y por los pesebres.
Creí—aurora irreflexiva—en la fuerza del odio, sin comprender toda la
inutilidad de la violencia. No acaricié el instrumento de mis cantos, sino que
le apreté contra mi corazón con una{109} como furia
desmedida. Comprendía que yo había nacido para ser una vasta comunidad sedienta
de justicia, buscadora de inauditas bienaventuranzas. Mi derrotero iba siempre
hacia el azul. Para todo el comprimido río de mis ideas juveniles no hallé
mejor salida que el cauce de las sensaciones y las cataratas de las palabras.
Mi rebeldía iba coronada de flores. No tenía más compañeros que los que veía
dispuestos a las luchas nobles y los buenos combates. Yo creí ver pasar «el
gran rebaño». Yo lo soñé una noche cavernosa que evocaba apariciones de muertas
humanidades, mientras pensaba, apartado de los hombres como un condor solitario
adormecido en la grandeza de las peladas cumbres, con la visión desesperante de
una colmena humana miserable que recortábase en la blanca sábana de nieve como
un borrón en una página alba. Al fin, hálito cristiano me inspiró en aquella
hora y la estrofa que otras veces abofeteara a los oídos, se retorció en un
gesto de insultador.
Amé la grandilocuencia, pues sabía que los profetas
hablaban en tropos a los pueblos y los poetas y las pitonisas en enigmas a las
edades. Buscaba en veces la oscuridad. Me preocupaba a todas horas la
interrogación{110} de lo fatal. Oía hablar al
hierro. Mi primer amor no fué de rosas soñadas, sino de carne viva. Me amacicé
desde muy temprano a los golpes de la existencia. Fuí a acariciar el pecho de
la miseria. Y surgió el amor. ¿Romántico? Hasta donde dorara la pasión la más
sublime de las realidades, representada en una adolescente rosa femenina. Todo,
es verdad, estaba dorado por la felicidad, hasta la tristeza y la penuria de
los que fuesen favoritos de mi lástima. Mis ideales de venturanza humana no se
aminoraron, sin embargo; mas se dulcificaron a pesar de mis impulsos y
proclamas de brega, por la virtud de una alma y de una boca de mujer. Vida,
sangre y alma busco y encuentro en la mujer de mis dilecciones. Mas no por eso
olvidé el sufrimiento de los que consideraba mis hermanos de abajo, cuyas primeras
angustias fuí a buscar hasta las pretéritas y cíclicas tradiciones de la India.
Mi carácter se encabritaba en veces,
¡bravo potro salvaje
que no ha sentido espuelas de jinete!
No pude nunca comprender el rebajamiento de las
voluntades, las villanías y miserias{111} que
manchan en ocasiones las más finas perlas. En ocasiones huía de la ciudad y
hallaba en la inmensidad pampeana vuelos de poemas que se confundían con ansias
íntimas. El ritmo universal se confundía con mi propio ritmo, con el correr de
mi sangre y el hacer de mis versos. De retorno a la urbe, hablaba a las
muchedumbres. Vivía cara a cara con la pobreza, pero en un ambiente de
libertad, de libertad y de amor. Con el vigor de la primera edad, con mi tesoro
de ilusiones y de ensueños, no pude evitar momentos de delirio, de desaliento,
de vacilaciones. Consagréme caballero de la rebeldía, pero sintiendo siempre
las dificultades de todo tiempo. Llegué a comprender las fatalidades, de la
injusticia, y mi simpatía fué a los grandes caídos, Satán, Caín, Judas.
Encontré por fin estrecha mi tierra con ser tan ancha y larga, y vi más allá
del mar el porvenir. Solicité los éxodos y ambicioné la vida heroica. El Océano
fué una nueva revelación para mis alas mentales. El amor mismo fué animador de
mis designios de conquista. En el viejo continente proseguí en mis anhelos
libertarios. Tomé parte en luchas populares, vi el incendio, la profanación; oí
los alaridos de la Bestia policéfala y creí en el mejoramiento{112} de
la humanidad por el sacrificio y por el escarmiento. Revivían en mi mente las
antiguas leyendas de mi tierra americana y las autóctonas divinidades de los
pasados tiempos reaparecían en mis prosas combativas y en mis estrofas amplias
y sonantes. «La historia del viejo ombú despertó el alma de las tres razas que
dormían en mí». Y el viento de Europa, el soplo árido, al mover mis largos
cabellos, me infundió un nuevo y desconocido aliento.
Y luego fué como un despertar, como una nueva
visión de vida. Comprendí la inutilidad de la violencia y el rebajamiento de la
democracia. Comprendí que hay una ley fatal que rige nuestras vidas,
instantáneas en la eternidad. Supe, más que nunca, que nuestra redención del
sufrir humano está solamente en el amor. Que el pozo del existir debe ser
nuestra virtud del paraíso. Que el poema de nuestra simiente o de nuestro
cerebro es un producto sagrado. Que el misterio está en todos, y, sobre todo,
en nosotros mismos y que puede ser de sombra y de claridad. Y que el sol, la
fruta y la rosa, el diamante y el ruiseñor se tienen con amar.{113}
II
Así habló el bizarro poeta de larga cabellera, en
una hora armoniosa en que la tarde diluía sus complacencias dulces en un aire
de oro. El cuarto era modesto; el antiguo libertario revelaba sus aristocracias
de artista, con el orgullo de su talento, con su amada, condesa auténtica, y
con una Juventud llena de futuro más auténtica aún.
Y salimos al hervor de París.
Una vaga tristeza flota en la costa extensa
y solitaria...
LA MAREA
Las embarcaciones, quietas, echadas sobre un
costado, o con las quillas hundidas en el fango, parece que aguardan la
creciente que ha de sacarlas de la parálisis. A lo lejos, un cayuco negro
semeja un largo y raro carapacho; sobre una gran canoa está, recogida y
apretada entre cuerdas, la gavia. Agrupados como una quieta banda de cetáceos
rojos y oscuros, dormitan los grandes lanchones. Un marinero ronca en su
chalupa. Las balandras ágiles aguardan la hora del viento.
Los boteros «chumecas» arreglan sus botes y sus
pangaschatas. A la orilla del mar,{120} los
pantalones arremangados sobre la rodilla, apoyado en un remo, un chileno
robusto canta entre dientes una zamacueca. Empieza a oirse el apagado y suave
rumor del agua que viene. Suena el aire a la sordina.
La primera barca que ha recibido la caricia de la
ola, cabecea, se despierta, vuelve a agitarse, curada de la nostalgia del
movimiento. De allá, de donde vienen los chinos pescadores, sale, al viento la
vela radiada, un junco ligero. Cual si se viniese desenrollando una enorme tela
gris, avanza la marea, trayendo a la playa su ruido de espumas y sus
convulsivas agitaciones.
El vagido del mar aumenta, y se oye semejante al
paso de un río en la floresta. Es un vagido continuado, en un tono opaco, tan
solamente cambiado por el desgarramiento sedoso y cristalino de la ola que se
deshace.
¡Canta en voz baja, pon tu órgano a la sordina, oh,
buen viento de la tarde! Canta para el marino que partirá para un largo viaje,
cuando alegre el agua azul la armoniosa visión de un blanco vuelo de goletas.
Canta para el pescador que tenderá la red; canta para el remero negro, risueño
y de grandes gestos elásticos; canta para el chino que va a pescar, todavía con
la divina{121} modorra de su poderoso y sutil opio.
Y canta, mientras la marea sube, para los viajeros, para los errantes, para los
pensativos, para los que van sin rumbo fijo, tendidas las velas, por el mar de
la vida, tan áspero, tan profundo, tan amargo como el inmenso y misterioso
océano.
A UNA BOGOTANA (Pasillo en prosa.)
El pasillo, señora, hermosa niña, es como un lento
y rosado vals. Vea usted cómo aquellos dos enamorados pueden llevar el compás,
en medio de la más ardiente conversación. El dice que los lindos ojos de una
mujer valen por todos los astros, y los lindos labios por todas las rosas. Como
ella quiere demostrar lo contrario, le mira con los bellísimos ojos suyos, le
sonríe con sus inefables labios, que son en un todo iguales a aquellos con que
la señorita de Abril dió el primer beso al caballero de Mayo. El pasillo,
señora, hermosa niña, es como un lento y rosado vals.
¡Oh, sí, sí! La fuerza de una pasión es mayor,
infinitas veces, que el empuje de ese{122} enorme y
poderoso Tequendama. ¿Usted conoce la catarata?
Dicen que sus aguas saltan de un clima a otro. Que
allá abajo hay palmas y flores; que arriba, en la roca que conoció la espada de
Bolívar, hace frío. ¡Qué delicia estar allá abajo, señora, dos que se quieren!
La soberana armonía de la naturaleza pondría un palio augusto y soberbio al
idilio. Al ruido del salto no se oirían los besos. ¡Idilio solitario y
magnífico! ¿Sabe usted, señora, que tengo deseos de que se casen dos amables
solteros al comenzar a florecer los naranjos? Efraim Isaacs con Edda Pombo. ¡Qué
envidiable pareja! ¿Está usted agitada? El pasillo, señora, hermosa niña, es
como un lento y rosado vals.
* * *
En cuanto las heridas alas de mi Pegaso me lo
permitan, heridas, ¡ay, por dolores hondos y flechas implacables!—iré, señora,
a la Vía Láctea, a cortar un lirio de los jardines que cuidan las vírgenes del
paraíso. Al pasar por la estrella de Venus cortaré una rosa, en Sirio un
clavel, y en la{123}
Al pasar por la estrella de Venus cortaré
una rosa...
enfermiza y pálida Selene una adelfa. El ramo se lo
daré a una suave y pura mujer que todavía no haya amado. La rosa y el clavel la
ofrecerán su perfume despertador de ansias secretas. El lirio será comparable a
su alma cándida y casta. En la adelfa pondré el diamante de una lágrima, para
que sea ella ofrenda de mi desesperanza. Bien se conversa al compás de esta
blanda música. El pasillo, señora, hermosa niña, es como un lento y rosado
vals.
* * *
Conque ¿se va? ¡Feliz, muy feliz viaje! Así sucede
en la vida. El alba, que abre los ojos de una diana de liras, dura un momento;
dichoso el monje que oyó, por largos siglos, cantar al ruiseñor de la leyenda,
¡Adiós, golondrina, adiós paloma! Pero ¿quiere hacerme un dulce favor? Cuando
llegue usted a su gigantesco Tequendama, deshoje, a mi memoria, la flor que
lleva en su corpiño, y arrójela en las locas espumas que allá abajo, sobre las
rosas, junto a las palmas, hacen temblar sus iris... El pasillo, señora,
hermosa niña, es como un lento y rosado vals.{126}
LA VIRGEN NEGRA (Havre).
En Normandía de Francia, yendo del Havre a Orcher,
se encuentra un pueblecito coronado por una bella estatua de la Virgen. Llaman
a este divino icono «La Virgen Negra». ¡Quién rimase latín de himnos y
secuencias para hallar una cuenta de oro que agregar al rosario precioso de la
Letanía! La Virgen está en bronce, en un lugar alto; domina el mar y el campo.
El zócalo de su estatua está vestido de verdura por
una fresca invasión de enredaderas. La Virgen Negra es patrona de los
marineros. Desde su trono de piedra muestra su niño Jesús al mar; y por ella,
muchos hijos de pescadores ven llegar a la casa pobre, después de las
tempestades, blancas barcas chorreando agua salada.
¡María Stella! La estrella del mar tiene al Dios hijo en los
brazos. ¡Orgullosa con su delfín, franceses! Esa reina de la Francia celeste,
en su maternidad, es la que libra de los vientos y de las rocas vuestras
barcas, y la que hace madurar vuestras uvas, que dan la{127}
En Normandía de Francia, yendo del Havre
a Orcher, se encuentra un pueblecito coronado
por una bella estatua de la Virgen.
sangre y las danzas. Vosotros, campesinos de
Orcher, marineros del Havre, sabéis hacer su fiesta con el canto de los
campanarios, los cirios nuevos y las ofrendas florales.
Ella, que es estrella de la mañana, es también el
faro, la estrella de la noche. Cuando el sol se va queda su sol sublime. ¡Stella
Vespertina! Encarnada en el más duro de los metales, ha puesto en él
su enternecimiento y su gracia. Así esa gran Virgen, formidable en su bronce,
tiene el propio encanto, la misma humildad materna de las vírgenes delicadas de
los lienzos y de las místicas esculturas policromas que están en los templos.
De todas las manos que a ella se tienden bajo la tormenta, ¿cuál es la que no
halla apoyo? Tú, que te hundes, no tienes en tus labios sino palabras de
blasfemia y de desesperanza...
El milagro existe. El milagro lo cuentan pescadores
canosos, domadores de vientos. El que no cree en el milagro, no ha rogado nunca
en una inmensa desgracia, no ha tenido jamás el momento de pedir llorando, con
el alma, un algo de su piedad y de su dulzura a la madre María. Ella tiene
siempre la sonrisa en sus místicos labios. Ella tiene a{130} cada
instante el gesto de salvación, la mirada de aliento, lo que apacigua a
Behemot, y lo que detiene a Leviathan.
Su hermosa cabeza imperial y maternal se mueve
entoldada por un zodiaco de virtudes. La ola enorme del mar que ella tiene a
sus pies, no hace su obra brutal si ella la mira. Cada bruma le reza, cada
espuma le canta. El vago y fugitivo iris tiene siempre, para que ella pase,
listo su puente. Las gaviotas vuelan alrededor de la media luna que ella pisa.
«Madre María—dice la golondrina—, ya volví de la
tierra de Africa.»
«Madre María—dice la anciana abuela—, ¿nada malo ha
pasado al grumete?»
«Madre María—dice una mariposa blanca—, la niña
rubia que aguarda al novio, te está tejiendo una guirnalda de rosas rojas.»
Y en el campo cercano, más allá de las «villas»,
donde los árboles se ven recortados como los encajes, está el hombre rural, que
ama su fuerte buey y su caballo normando.
El ruega también a la Virgen Negra de Harfleur por
la cosecha, por la felicidad de la campiña, por la flor y el fruto. Ella, la
madre, escucha asimismo la plegaria del cultor.
Quizá tuviere alguna pequeñita predilección{131} por las gentes de mar, porque... ¡pasan por
tantos peligros! ¡van tan lejos! ¡son tan bravos y serenos, y cantan tan
alegres canciones! Mas no, ella es la misma para todos.
Bajo su manto de oscuro metal se agrupan todas las
oraciones. ¿Son muchas? El manto crece, se agranda, se agiganta. ¿Son más?
Crecen tanto como si fuese el mismo cielo azul, constelado de gemas siderales.
Allí cabe todo lo creado. Allí encuentra abrigo la plegaria de la humanidad, y
el Angelus que reza cada crepúsculo de la tarde, el alma del mundo.
Viejos de largas barbas canas; hombres
fuertes; hombres jóvenes.
LOS MISERABLES
Los «gueux» franceses, los
«tramps» yankis, los «atorrantes»
argentinos.
El «Gueux».
Harapientos, con fragmentos de zapatos, sombreros
de todas las formas imaginables, sucios y abollados; con las caras abotagadas y
las narices rojas de alcohol; viejos, de largas barbas canas; hombres fuertes:
hombres jóvenes, bajo el viento, bajo el sol, bajo la noche, pueblan sus
lugares preferidos.
¿Dónde viven? No tienen lugar fijo, o se amontonan
en ocultas covachas, o vagan noctámbulos, para dormir a pleno sol en un{138} paseo público, junto a una estación de
ferrocarril o en las gradas de un edificio.
La miseria es tan antigua como el hombre. En el
cielo fabuloso de la Grecia se conocía ya la mendicidad. Aro o Areo fué un
pordiosero del país de Itaca. El zaparrastroso pretendió nada menos que casarse
con Penélope, y Ulises, su noble rival, se deshizo de él de un puñetazo.
Las manifestaciones de la miseria son las que han
cambiado con los tiempos y las costumbres.
El gueux de la Francia de hoy no
es el mismo de la época de Villón. Especiales causas políticas y sociales
engendraron aquellos vendangeurs de costé, aquellos temibles
mendigos y rateros que adoptaron por patrono, cosa curiosa en verdad, al rey
David: «David, le roy, seige prophète».
Víctor Hugo ha reconstruído, en su admirable Notre
Dame, la célebre Corte de los Milagros. Villón, en sus Testamentos,
ha dejado una pintura vivísima de la canalla de su tiempo. El frecuentó los más
ocultos rincones de la miseria, y, como dice J. de Marthold: «Il sait le nom de
tous les malandrins, orphelins, et claque-patins, celui de toutes les filles et
de tous les mauvais lieux;{139} item connaît-il
celui de tous les représentants de l’autorité et de la loi, mouchards, soldats
du guet, geôliers, geôlières même, greffiers, auditeurs, procureurs, lieurenant
criminel, bourreau, celui de tous les corps de garde, de tous les cachots et
tous les gibets.»
Tan les conocía, que estuvo a punto de ser
entregado al Monsieur de París, de entonces, como el mismo Gringoire.
La diferencia que se puede notar entre los
miserables de antaño y los de nuestra época es que sobre aquéllos parece que
hubiera flotado un aire de alegría, y hoy reina en el mundo, en todas las
clases, la tristeza, el pesimismo. Aun en medio de sus oscuros conciliábulos,
de sus hambres y pillerías, tenían los de antes una canción en los labios, una
carcajada. El raro rey Luis Onceno mira reir a su pueblo, y le deja reir,
porque sabe que «rire est déjà se venger». La fiesta de los Tontos distrae a
los gueux, que son amigos de las farsas y de las locuras.
Luego, lo que llamaremos la policía, de entonces,
los angelz, están listos para evitar los golpes de los malhechores, y recorren
los lugares sospechosos.
En cuanto a la Corte de los Milagros, se{140} componía de gentes activas, en su peligrosa
industria de falsa mendicidad, cojos fingidos, falsos ciegos, etc., etc. De
todo eso hay hoy también. Los castigos eran crueles y se aplicaban con
frecuencia. Maître François Villón solía predicar la moral entre las turbas de
vagabundos endiablados, al mismo tiempo que escribía sus célebres baladas en
el jargon de la poco noble «camaradería».
De Villón a los héroes de Richepin, el tipo de
los gueux parisienses ha cambiado por completo.
Nuevas ideas, nuevos elementos, han producido
distintos resultados. Obsérvese con Malato cuántos cambios no ha traído, por
ejemplo, la introducción del uso de ciertos estimulantes, de alcoholes nuevos,
de bebidas que desconocieron las generaciones anteriores. Y con los alcoholes,
las negras filosofías. Existe en la alta Italia una enfermedad que se
llama pellagra, y que proviene de exclusiva alimentación compuesta
de polenta y castañas. Así, ciertos libros han causado en el
pueblo una como pellagra moral, y el principal síntoma de la
terrible dolencia es una amarga tristeza, que se revela hasta cuando habla el
alma del desheredado de{141} la vida, del paria,
por boca de sus cancioneros.
Arístides Bruant, el aeda de los gueux,
canta en su Mirliton:
T’es dans la rue, va, chez-toi!
La casa del mendigo, del hambriento, es la calle:
la misma de los canes sin dueños. Como ellos, los caídos, están en su casa, van
por todas partes en sus horribles déshabillés, se tambalean, se
tienden en los bancos de los jardines públicos. La miseria les arranca hasta el
último jirón de vergüenza. No son ya hombres. Y por la noche, junto a las
avenidas obscuras, cerca de los puentes solitarios, o en innominables tabernas,
quien les habla al oído es el crimen.
Bruant es un conocedor admirable de ese bajo mundo
de París en que se agitan todas las miserias que su filosofía de cancionero
sabía pintar y compadecer en su Cabaret.
«Yo no sé, escribe un conocedor del dueño del Mirliton,
que nadie comprenda mejor que Bruant, y exprese como él en su verdadero «argot»
la inconsciencia de esos parias de la sociedad, que ¡Dios mío! no son más malos
que el común de los mortales ¡y cuán interesantes!{142}»
Yo les condenaba; pero después que les he visto de cerca y he leído a Bruant,
les excuso, y no experimento por el condenado que oye del fondo de su celda
levantar el cadalso, más que una inmensa piedad. Se quiere hacer de la mayor
parte de los criminales seres irresponsables. Serían sobre todo inconscientes,
como una de las formas de la irresponsabilidad; pero, en todo caso, es Bruant
quien ha puesto primero el dedo en la llaga. Ciertamente, el cancionero harto
disculpa las fechorías y hazañas del «apache» y de la peligrosa compañera de
éste; mas la caridad y la compasión tienen sus límites, y la sociedad y
justicia tienen que ver como enemigos a esos sombríos desventurados que saben,
entre otras cosas, dar el coup du père François, lo mismo que una
puñalada, al pobre transeunte que, en hora propicia al crimen, tiene la
desgracia de pasar cerca de ellos.
En la canción de Bruant A’ Saint-Ouen,
uno de esos parias sociales muestra su áspera vida. En el primer couplet dice
cómo, en un mal día, a la orilla del Sena, fué engendrado. Después, desde niño,
está condenado a trabajar como un negro para comer. En esa infancia no hay una
sola sonrisa. En la juventud, el amor es sencillamente canino.{143}
Y el final:
Enfin, je n’ sais pas comment
on peut y vivre honnêt’ment,
c’est un rêve;
mais on est récompensé,
car, comme on est harassé,
quand on crêve...
l’cim’tière est pas ben loin,
á Saint-Ouen.
Es la absoluta sujeción a la fatalidad, el
acatamiento a las leyes de la suerte y la renuncia y olvido de toda esperanza.
En Heureux, Bruant presenta al viejo vagabundo, en tiempo de
invierno. Cuando le muerde las carnes la brisa fría y la necesidad de descansar
le hace buscar un refugio, él se va tranquilamente a meterse como un ratón en
su cueva, entre los tubos viejos del acueducto.
Et puis, doucett’ment, on s’endort...
. . . . . . . . . .
Alors on sent comme un’caresse,
on s’allong’ comm’dans un bon pieu...
Et l’on rêv’ qu’on est à la messe
où qu’, dans le temps, on priait l’ bon Dieu.
La miseria en París tiene muchísimas fases. Sus
tipos varían, desde el clásico personaje{144} de
arrugado sombrero de pelo y levita indescriptible, hasta la madre mendiga, el
«apache» siniestro, el «rigolard», etc.
La caridad no puede matar tantas hambres, por más
que se establezcan lugares donde haya sopas baratas o gratuitas; y por su parte
el anarquismo, con la idea de su soupe-conférence, hábilmente
fundada y dirigida por los «compañeros» Rousset y Onin, mientras daba el
alimento que podía a los hambrientos, les predicaba sus doctrinas; y la lógica
les entraba por el estómago.
“El Tramp”.
Si hay un sér que tenga grande semejanza con
el atorrante argentino, aparte de su mayor tendencia criminal,
es el que en los Estados Unidos se llama tramp.
Para hacer la comparación, baste con presentar el
tipo, apoyados en Fred. S. Root, quien ha tratado el asunto en una conferencia,
hace ya tiempo.
El tramp ¿es un ladrón, un
vagabundo, un asesino, un mendigo? Sí y no.
El tramp, como le llaman en los Estados
Unidos, y especialmente en el Canadá, es un{145} producto
extraordinario de nuestra moderna civilización. Puede tener todos los defectos,
y ser tramp sin tener ninguno. Como el atorrante.
El tramp, en su calidad de mendigo de
profesión, es fácil de conocer y de describir. Se presenta a la puerta de una
villa, por ejemplo, y pide una limosna. Su rostro inflamado denuncia una vida
de débauche, y sus vestidos desgarrados y en desorden son una
verdadera caricatura de todo lo que es decente y elegante; sus ojos hundidos
tienen miradas agresivas, y cuando se fijan, parecen decir: «Dame de comer
pronto, o quemo tus establos y la casa, y asesino al dueño».
El tramp vagabundo es perezoso,
borracho muy frecuentemente, lleno de todos los vicios, y de un trato brutal.
En una palabra, es el terror de los lugares poco poblados, y el problema de las
grandes ciudades.
Una ciudad de Massachussets solamente ha alojado
852.000 tramps, los cuales, con muy pocas excepciones, debían su
estado a la intemperancia.
Existe, sin embargo, otra especie de tramps,
que no pertenece a la clase de los tramps mendicantes: es
el tramp por fuerza, digámoslo así.{146}
El tramp puede reunir en sí todo
lo que hay de abominable, puede tener todas las depravaciones y todos los
vicios; pero es un hecho innegable que el tramp obrero ha sido
obligado a serlo, a causa de los cambios industriales de este siglo.
Hace cincuenta años, el tramp no
existía en la Nueva Inglaterra. ¿Por qué existe hoy, y por millares? Al
procurarse una civilización más refinada, ¿los hombres han llegado a ser más
indolentes? ¿Es acaso por decreto de la providencia, que el tramp está
llamado a invadir la América entera? ¿El tramp llega a serlo,
por no ser suficientemente inteligente para luchar con quien lo es más? ¿El
cristianismo del siglo XIX tiene una palabra para el vagabundo? Son
estos problemas de no fácil solución.
¿Por qué en América, donde el suelo es generoso
hasta la prodigalidad, hay hombres hambrientos, miserables y desesperados? ¿No
hay campos que ondulan verdaderos mares de trigo?
Hay sus causas indudablemente. Esos tramps que
no lo son sino por necesidad, han pertenecido al gremio de los trabajadores, y
aun querrían volver al seno de la clase obrera; pero las máquinas han vuelto{147} inútiles los útiles, e inútiles a
muchos obreros.
Ejemplo: En los Estados Unidos se puede atravesar a
caballo las grandes llanuras de California y de Dakota, milla por milla, sin
encontrar la más humilde habitación, allí donde antes de la invención
de las máquinas agrícolas se encontraban miles de hombres.
Es verdad que las máquinas contribuyen, al fin, a
la distribución de la riqueza, que hacen bajar los precios de los productos y
los ponen al alcance de todas las bolsas; pero es un hecho también que los
primeros efectos de la introducción de las máquinas tienden a privar a los
obreros de su única fortuna: el trabajo.
Es de notar, sí, que la pobreza y el poco éxito
del fermier inglés son debidos a la falta de máquinas propias
para dar impulso a la producción de sus tierras.
Por la sola razón de las máquinas, millares de
obreros son despedidos de las fábricas; las máquinas que reemplazan a los
trabajadores pueden ser manejadas por pocos empleados. Eso mismo establece un
enorme aumento de cesantes en todos los centros industriales, de desempleados
que no encuentran empleo. Los obreros van de ciudad{148} en
ciudad, en espera de encontrarlo. No lo hallan, se desazonan y se deslizan por
la pendiente que les hace caer en la dantesca región del tramp.
No todos los tramps pertenecen a
esa clase, en verdad; pero un gran número de ellos, sí. En 1885 se vió el caso
de que hubiesen 100.000 hombres sin ocupación, y no por culpa de ellos.
Empujado por su mala situación, sin encontrar en qué emplearse, el hombre
comienza a desesperar de su destino, y cuando llega a la desesperación tiene
dos salidas enfrente: el suicidio, o la vida del tramp.
La falta de trabajo es, pues, una de las
principales causas de la existencia de este parásito social. La emigración
continua es otra, y esto completa el problema. Los que sobresalen en alguna
especialidad pueden siempre abrirse algún camino entre las muchedumbres; pero
esos constituyen las excepciones. Las posiciones aceptables para hombres de
ciencia o de letras son cada día más difíciles de obtener. Los sueldos de los
tenedores de libros, dependientes, empleados (hombres y mujeres) disminuyen
constantemente. ¿Por qué los conductores y cocheros de los tranways están tan
mal remunerados? Porque los directores de las compañías{149} pueden
encontrar al mismo precio cuantos cocheros y conductores quieran.
En los diarios se leen avisos como éste:
«Se necesita un hombre fuerte para cuidar un
enfermo de enfermedad contagiosa.»
Más de cien solicitantes llegan antes de que pasen
veinticuatro horas. Eso dará una idea de la necesidad que hay en la clase de
que hemos hablado.
Otra gran causa de que exista el tramp obrero,
son las detenciones de los trabajos mineros. Las minas se encuentran en manos
de unos cuantos capitalistas, y éstos las manejan a su antojo. Por ejemplo:
hace algunos años, muchos individuos que representaban juntos una suma de cien
millones de dólares, se reunieron para aconsejar la suspensión de los trabajos
mineros, a fin de alzar el precio del carbón. El resultado fué que miles de
mineros se vieron de repente sin trabajo, mientras que aquellos individuos se
ganaban una suma de ocho millones de dólares, a causa del alza.
Los grandes capitalistas, sobre todo aquellos que
se encuentran a la cabeza de las empresas mineras de carbón o de hierro,
pueden, a su gusto, echar al arroyo miles de obreros, con sólo alzar el precio
de{150} las materias primas, deteniendo la
producción.
Con esos detalles es fácil darse cuenta de que
el tramp, es decir, el hombre errante de plaza en plaza, fatigado,
extenuado, en busca del trabajo que no obtiene, es el resultado inevitable de
un sistema industrial desorganizado y establecido contra todo principio de
humanidad.
La llegada anual a los Estados Unidos de muchos
cientos de miles de emigrantes, creó una gran población en los centros
industriales, y en consecuencia engrosó el número ya enorme de obreros sin
empleo.
Ese problema del tramp, del gueux,
es uno de los más formidables de nuestra época, por la sola razón de que las
causas que lo producen no le dan ninguna esperanza de alivio.
¿Recuerda el lector que haya estado en los Estados
Unidos aquellas plazas llenas de desocupados de todas cataduras, aquellos
negros cuadros del barrio italiano, o del Bowery?{151}
El «Atorrante»
El atorrante argentino ha llenado
antes la población, a medida que ha ido en aumento la vida europea, por decirlo
así.
La inmigración ha ayudado entonces, como en los
Estado Unidos, al desarrollo de esa plaga, que poco a poco fué menguando. Que
la miseria toma creces en Buenos Aires, es cosa innegable.
Que también existe como en todas las grandes
ciudades la industria del mendigo, es verdad. Pero junto a la falsa miseria
está la verdadera, que ciertas buenas personas conocen. La primera toca a la
policía; la segunda a la caridad.
La Nación, el gran diario de Buenos Aires, publicó hace años
una comunicación en que se leen estas palabras: «Los que voluntariamente nos
hemos impuesto la obligación de visitar a los pobres, nos damos cuenta exacta
de la gran miseria que hay en nuestra rica capital. No se trata del atorrantismo,
sino de verdaderos pobres, de familias necesitadas que no tienen qué comer, y
que en las noches crudas de invierno tiritan de frío. No tienen ni cama, ni
colchones, ni frazadas, ni{152} nada con que poder
hacer entrar en calor sus cuerpos; duermen en el suelo como los animales,
siendo ésta la causa principal, si no la única, de las enfermedades que
padecen».
Y hoy pasa lo mismo.
El atorrante duerme a la bartola,
se quema la sangre con venenosos aguardientes, y así pasa las noches heladas. O
si no, se deja morir acariciado por la pereza, o por el desdén de la vida, y
amanece comido de caranchos, o ahogado en el río, o tieso y abandonado entre
los muelles, o en cualquier oscuro rincón.
Desilusionados italianos, franceses, ingleses,
españoles, rusos, hombres de todas partes, componen ese vago ejército. Viven,
se alimentan y mueren cínicamente; es decir, como los perros.
A esta clase de ilotas debe dirigirse la mirada del
sociólogo, pues encierra un amargo problema. Y a los pobres enfermos, a los
verdaderos necesitados, víctimas de la desgracia, la bondad de las manos
generosas.{153}
Fabuloso París, eternamente renombrado
como el paraíso de las delicias
amorosas.
Los anuncios luminosos, a la yanki, brillan fija o
intermitentemente en los edificios, y los tzíganos rojos comienzan en los cafés
y restaurants, sus valses, sus cake-wals, sus zardas, y su hoy indispensable
tango argentino, por ejemplo: Quiero papita.
Un pintoresco río humano va por las aceras, y
la tiranía del rostro, que decía Poe, se ve por todas partes. Son
todos los tipos y todas las razas: los yankis importantes e imponentes,{158} glabros y duros; los levantinos, los turcos y
los griegos, parecidos a algunos sud-americanos; los chinos, los japoneses y
los filipinos, con quienes se confunden por el rostro de Asia; el inglés, que
en seguida se define; el negro de Haití o de la Martinica, afrancesado a su
manera, y el de los Estados Unidos, largo, empingorotado y simiesco, alegre y
elástico, cual si estuviese siempre en un perpetuo paseo de la torta. Y el
italiano, y el indio de la India y el de las Américas, y las damas respectivas,
y el apache de hongo y el apache de gorro, y el empleado que va a su casa, y la
gracia de la parisiense por todas partes, y todo el torrente de Babel, al grito
de los camelots, al clamor de las trompas de automóvil, al
estrépito de ruedas y cascos, mientras las puertas de los establecimientos de
diversión o de comercio echan a la calle sonora sus bocanadas de claridad
alegre.
El morne Sena se desliza bajo los
históricos puentes, y su agua refleja las luces de oro y de colores de puentes,
barcos y chalanas. El panorama es de poesía. En el fondo de la noche calca su H
de piedra sombría Notre-Dame. De las ventanas de los altos pisos sale el brillo
de las lámparas. En la orilla{159} izquierda del
gran río parisiense, por donde hay aún gentes que sueñan, artistas y
estudiantes, el movimiento en la luminosidad de bulevares y calles se acentúa,
y autobuses y tranvías lanzan sus sones de alerta. Mimí, modernizada, pasa en
busca de, sonríe por, o va del brazo con Rodolfo, el Rodolfo del vigésimo
siglo. Ya no se ve entrar a las cervecerías y cafés el béret de
antaño, y junto a las mesas se oyen, tanto como el francés, las lenguas
extranjeras, sobre todo los varios castellanos de la América nuestra. Un
japonés de sombrero de copa flirtea con una muchacha rubia; un negro fino y
platudo se lleva a la más linda bailadora de Bullier. Aunque Bullier no sea ya
como antes, a él acuden los que gustan de la danza en el país de los escolares.
Así, después que ha pasado la comida en la taberna del Panteón para unos, para
otros en bouillons o crémeries, propicios a la
economía o a la escasez, es a Bullier, donde principalmente se dirigen, como no
sea a algún cine o cabaret de cancionistas. Después los cafés
se llenan, los discos de fieltro se multiplican en las mesitas; hasta que el
vecindario que tranquilo duerme se suele despertar por la madrugada, a los
cantos en coro de los noctámbulos.{160}
En la orilla derecha, por la enorme arteria del
bulevar, los vehículos lujosos pasan hacia los teatros elegantes. Luego son las
cenas en los cafés costosos, en donde las mujeres de mundo que se cotizan
altamente se ejercen en su tradicional oficio de desplumar al pichón. El pichón
mejor, cuando no es un azucarerito francés como el que aun se
recuerda, es el que viene de lejanas tierras, y, aunque el rastacuerismo va en
decadencia, no es raro encontrar un ejemplar que mantenga la tradición.
Cerca de la Magdalena y de la Plaza de la Concordia
está el lugar famoso que tentara la pluma de un comediógrafo. Allí esas damas enarbolan
los más fastuosos penachos, presentan las más osadas túnicas, aparecen forradas
academias o traficantes figurines, para gloria de la boîte y
regocijo de viejos verdes, anglosajones rojos y universales efebos de todos
colores, poseídos del más imperioso de los pecados capitales, bajo la urgente
influencia del extra-dry. Allí, como en tales o cuales establecimientos de los
bulevares, se consagra la noce verdaderamente parisiense, para
el calavera de París, o d’ailleurs, que cuenta con las rentas de un
capital, o con los productos de una lejana estancia,{161} puesta,
hacienda, rancho, fundo o plantación.
Por la calle del faubourg Montmartre y de
Notre-Dame-de-Lorette, asciende todas las noches una procesión de fiesteros,
tanto cosmopolitas como parisienses, afectos al Molino-Rojo y a las noches
blancas.
Nadie tiene ya recuerdos literarios y artísticos
para lo que era antaño un refugio de artistas y de literatos. Además, se sabe
ya la mercantilización del Arte. Pero existen Montoya y otros que no quieren
que la Musa sea atropellada por el automóvil.
Lo incómodo para la ascensión a la sagrada butte es
la afluencia de apaches de todas las latitudes y de apachas de todos los tonos.
Cuando se llega ya bajo la iluminación del Molino-Rojo, si se tiene la
experiencia de París, acompañada de un poco de razonamiento, entra uno a un
cabaret artístico; si se es el extranjero recién llegado con cheques u oros en
el bolsillo, entra a esos establecimientos llenos de smokings, relucientes de
orfebrería, adornados de espaldas esbeltas y por el rojo de los tziganos, y en
donde la botella de champaña obligatoria se ostenta en la heladera.
Estas son las casas con nombres de abadía{162} rabelesiana o de roedor difunto. Allí, los
indispensables violinistas hacen bailar a las hetairas, o heteras, que
convierten en champaña los luises de los gentlemen ciertos o dudosos;
danzarines de España, o de Italia, o de Inglaterra, demuestran las tentaciones
de las jotas, garrotines, tarantelas, o gigues; M. Berenger no
estaría muy tranquilo desde luego si presenciase tales ejercicios
coreográficos, y sobre todo cuando las machichas brasileñas y los tangos platenses
son interpretados con floriture montmartresa, exagerando la nota en un ambiente
en que la palabra pudor no tiene significado alguno. Pero como esos centros no
son para las niñas que comen su pan en tartines, como aquí se dice,
están en tales fiestas a sus anchas quienes vienen de los cuatro puntos del
mundo en busca del fabuloso París, eternamente renombrado como el paraíso de
las delicias amorosas y de los goces de toda suerte. A pesar de lo que se diga,
es para el amante de la diversión y del jolgorio, para los derrochadores del
dinero y de la salud, un imán irresistible. El chino en su China, el persa en
su Persia, el más remoto rey bárbaro y negro que haya pasado por el paraíso
parisiense, recordará siempre sus encantos y pensará en el retorno.{163}
Es que, si en cualquier gran ciudad moderna puede
encontrarse confort, lujo, elegancia, atracciones, teatros, galanterías, en
ninguna parte se goza de todo eso como en París, porque algo especial circula
en el aire luteciano, y porque la parisiense pone en la capital del goce su
inconfundible, su singular, su poderosísimo hechizo, de manera que los reyes de
otras partes, reyes de pueblos, de minas, de algodones, de aceites, o de
dólares, a su presencia se convierten en esclavos, esclavos de sus caprichos, de
sus locuras, de sus miradas, de sus sonrisas, de su manera de andar, de su
manera de hablar, de su manera de recogerse la falda, de comer una fruta, de
oler una flor, de tomar una copa de champaña, de oficiar, en fin, como la más
exquisita sacerdotisa de la diosa hija de la onda amarga, patrona
de la ciudad de las ciudades, y cuyos devotos y peregrinos habitan todos los
países de la tierra.
* * *
París nocturno es luz y único, deleite y armonía;
y, hélas! delito y crimen... No lejos de los amores magníficos
y de los festines{164} espléndidos, va el amor
triste, el vicio sórdido, la miseria semidorada, o casi mendicante, la
solicitud armada, la caricia que concluye en robo, la cita que puede acabar en
un momento trágico, en el barrio peligroso, o en la callejuela sospechosa.
Mas los felices no se percatan de estas cosas. Los
que van al bar elegante en un 40 H. P. no piensan en el proletariado del
placer. Ni el extranjero pudiente viene a fijarse en tales comparaciones. El ha
venido con la visión, con el ensueño de un París nocturno, único y maravilloso.
Halla todo lo que necesita para sus inclinaciones y sus gustos. Sabe que con el
oro todo se consigue, en las horas doradas de la villa de oro, en donde el Amor
transforma ese rincón de alegría, en donde hace algunos años todavía se soñaban
sueños de arte y se amaba con menos desinterés. Aun los tiempos del Chat
noir se recuerdan con vagas nostalgias. ¡Se dice que los artistas de
hoy, los mismos artistas! no piensan más que en la ganancia, y que el asno
Boronali, del Lapin Agile, es el único artista verdaderamente
independiente. Así, los hombres cabelludos y con anchos pantalones y con pipas,
que se ven por Montmartre, no son artistas siquiera. El talento mismo, en{165} ellos no es ciego; no lleva venda, cuando más un
monóculo, que por lo general es un luis de Francia, una libra esterlina, o un
águila americana. Y ese amor que no ciega, en París se ve mejor de noche que de
día.
¿Qué pálida princesa difunta es conducida
á la isla de la muerte?...
I
La isla de los muertos.
Cavadas en las volcánicas rocas mordidas y rajadas
por el tiempo, se ven, a modo de nichos obscuros, las bocas de las criptas, en
donde, bajo el misterioso, taciturno cielo, duermen los muertos. La lámina
especular de abajo refleja los muros de ese solitario{172} palacio
de lo desconocido. Se acerca, en su barca de duelo, un mudo enterrador, como en
el poema de Tennyson. ¿Qué pálida princesa difunta es conducida a la isla de la
Muerte?... ¿Qué Elena, qué adorable Yolanda? ¡Canto suave, en tono menor, canto
de vaga melodía y de desolación profunda! Acaso el silencio fuese interrumpido
por un errante sollozo, por un suspiro; acaso una visión envuelta en un velo
como de nieve...
Allí es donde comienza la posesión de Psiquis; en
esa negrura es donde verás quizás brotar, pobre soñador, de la obscura larva,
las alas prestigiosas de Hipsipila. A tu isla solemne ¡oh, Boeklin! va la reina
Betsabé, pálida. Va también, con un manto de duelo, la esposa de Mauseolo, que
pone cenizas en el vino. Va Hécuba, y ¡horrible trance! va silenciosa,
mordiendo su aullido, clavando sus dedos en los dolorosos, maternales pechos.
Va Venus, sobre su concha tirada por las blancas palomas, por ver si vaga gimiendo
la sombra de Adonis. Va la tropa imperial de las soberbias porfirogénitas, que
amaron el amor al mismo tiempo que la muerte. Va en un esquife divino, con un
arcángel por timonel, la Virgen María, herido el pecho por los siete puñales.{173}
Más allá de las solitarias islas en donde
descansan los pájaros viajeros...
II
Idilio marino.
Más allá de las solitarias islas en donde descansan
los pájaros viajeros, en el reino en que Leviatán domina, sobre una roca, está
entronizada la Vencedora, en la irresistible omnipotencia de su desnudez.
En su blanca piel está la sal, el perfume marino de
Anadiómena, y la serpiente de las olas hace ver una vez más, amorosa y
humillada, el soberano triunfo del encanto femenino. Europa sobre el lomo del
toro, la Bella y la Fiera, la Mundana del pintor moderno, que, desnuda, corta
las uñas al león. Un tritón velludo y escamoso hace cantar su ronco caracol, en
tanto que el monstruo recibe una caricia de la tentadora mujer, que bajo el
inmenso cielo ofrece su fatal hermosura en el abandono de su supremo impudor.
Suena la risa del tritón, que muestra
su cabeza de sileno oceánico...
III
Sirenas y tritones.
Con más sonoridad que el ruido del caracol, suena
la risa del tritón, que muestra su cabeza de sileno oceánico, ceñida con hojas
de las desconocidas viñas que crecen en los campos submarinos, y rosas de una
flora extraña e ignorada, cortadas entre líquenes y flotantes medusas. Tras él
se infla una faz batraciana, boca redonda y carnuda, ojos saltones. Se ven
danzar las ondas. En el seno de una se hunde, con un salto natatorio, una ninfa
de opulentos muslos, que tiene aletas en los talones. Más allá, otra erige sus
pechos, y su cabeza coronada de algas. Con asombro jocoso viene un Sancho
centauro acuático, braceando; la grupa está sobre la ola, y la espuma le forma
un cerco hirviente y blanco por la redondez de la barriga, en la{180} cual muestra su honda mancha, como la señal de
un golpe de espátula, el ombligo.
En primer término, en la transparencia del agua,
una sirena extiende su bifurcada y curva cola de pescado, negro y plata; a flor
de espuma, tiembla la doble rotundidad en que termina el talle.
La faz medrosa mira hacia un punto en que algo se
divisa, y casi no atiende la hembra al tritón fáunico, que la atrae,
invitándola a una cita sexual, tal como en la tierra, al amor del gran bosque,
lo haría Pan con Siringa.{181}
Cerca del blando tronco de la haya,
estariais
vos, señorita, con vuestro sombrero blanco, vuestro
vestido blanco y vuestra alma blanca.
IV
Día de Primavera.
Cerca del blando tronco de la haya, estariais vos,
señorita, con vuestro sombrero blanco, vuestro vestido blanco, y vuestra alma
blanca. Yo tendría mi negro dolor. Procuraría haceros soñar dulces sueños, y el
laúd no tendría para vos sino los más acariciadores sonidos.—Sí, dice ella, mas
esa villa italiana... ¿no será la morada de la más infeliz de las mujeres? Los
árboles sombríos forman un misterioso recinto de duelo. El agua de los arroyos
parece monologar extrañas historias de amores difuntos. El crepúsculo inunda,
con su tenue tinta de melancolía, todo el paisaje. El anciano que contempla
meditabundo las ninfas, parece la encarnación de un triste pasado. Los niños{184} que juegan cerca de la «villa», no alcanzan a
hacer que mi alma encuentre una sola nota de alegría.
Nuestra alma, a veces, contagia con sus males el
alma de las cosas.{185}
V
Los Pescadores de Sirenas.
Péscame una ¡oh, egipán pescador! que tenga en sus
escamas radiantes la irisada riqueza metálica que decora las admirables
arenques. Péscame una, cuya cola bifurcada pueda hacer soñar en el pavo real
marino, y cuyos costados finos y relucientes tengan aletas semejantes a
orientales abanicos de pedrería; péscame una que tenga verdes los cabellos,
como debe tenerlos Lorelay, y cuyos ojos tengan fosforescencias raras y mágicas
chispas, cuya boca salada bese y muerda, cuando no cante las canciones que
pudieran triunfar de la astucia de Ulises, cuyos senos marmóreos culminen
florecidos de rosa y cuyos brazos, como dos albos y divinos pithones, me aten
para llevarme a un abismo de ardientes placeres, en el país recóndito{186} en donde los palacios son hechos de perlas, de
coral y de concha de nácar. Mas esos dos sátiros que se divierten en la costa
de alguna ignorada Lesbos, Tempe o Amatunte, son ciertamente malos pescadores.
El uno, viejo y fornido, se apoya en un grueso palo nudoso, y mira con cómica
extrañeza la sirena asustada y poco apetecible que su compañero ha pescado.
Este saca la red, y no parece satisfecho de su pesca. De los cabellos de la
sirena chorrea el agua, formando en el mar círculos concéntricos. Sobre las
testas bicornes y peludas se extiende, al beso del día, un fresco follaje,
mientras reina en su fiesta de oro, sobre nubes, tierra y olas, la antorcha del
sol.{187}
La Habana aclamaba a Ana, la dama
más agarbada, más afamada.
Entonces, yo les hablé de una curiosidad, en verdad
de las más peregrinas, que hice insertar, siendo muy joven, en una revista que
dirigía allá en la lejana Nicaragua un mi íntimo amigo. Es un cuento corto, en
el cual no se suprime una vocal, sino cuatro. No encontraréis otra vocal más
que la a. Y os mantendrá con la boca abierta. ¿Su autor? Sudamericano,
seguramente, quizás antillano, posiblemente de Colombia. Ignoro e ignoré{192} siempre su nombre. He aquí la lucubración a que
me refiero:
AMAR HASTA FRACASAR
(Trazada para la A.)
La Habana aclamaba a Ana, la dama más agarbada, más
afamada.—Amaba a Ana Blas, galán asaz cabal, tal amaba Chactas a Atala.
Ya pasaban largas albas para Ana, para Blas; mas
nada alcanzaban. Casar trataban, mas hallaban avaras a las hadas, para dar
grata andanza a tal plan.
La plaza llamada Armas, daba casa a la dama; Blas
la hablaba cada mañana; mas la mamá, llamada Marta Albar, nada alcanzaba. La
tal mamá trataba jamás casar a Ana hasta hallar gran galán, casa alta, ancha
arca para apañar larga plata, para agarrar adahalas[1].
¡Bravas agallas!—¿Mas bastaba tal cabala?—Nada ¡cá! ¡nada basta a atajar la
llama aflamada!
Ana alzaba la cama al aclarar; Blas la hallaba ya
parada a la bajada. Las gradas callaban{193} las
alharacas adaptadas a almas tan abrasadas. Allá, halagadas faz a faz, pactaban
hasta la parca amar Blas a Ana, Ana a Blas. ¡Ah! ¡ráfagas claras bajadas a las
almas arrastradas a amar! gratas pasan para apalambrarlas[2] mas,
para clavar la azagaya[3] al
alma. ¡Ya nada habrá capaz a arrancarla!
Pasaban las añadas[4].
Acabada la marcada para dar Blas a Ana las sagradas arras, trataban hablar a
Marta para afrancar[5] a
Ana, hablar al abad, abastar saya, manta, sábanas, cama, alhajar casa ¡cá!
¡nada faltaba para andar al altar!
Mas la mañana marcada, trata Marta ¡mala andanza!
pasar a Santa Clara al alba, para clamar a la Santa adaptada al galán para Ana.
Agarrada bajaba ya las gradas; mas ¡caramba! halla a Ana abrazada a Blas, cara
a cara. ¡Ah! la a nada basta para trazar la zambra armada. Marta araña a Ana,
tal arañan las gatas a las ratas; Blas la ampara; para parar las brazadas a
Marta, agárrala la{194} saya. Marta lanza las
palabras más malas a más alta garganta. Al azar pasan atalayas, alarmadas a tal
algazara, atalantadas a las palabras:—¡acá! ¡acá! ¡atrapad al
canalla-mata-damas! ¡amarrad al rapaz!—Van a la casa: Blas arranca tablas a las
gradas para lanzar a la armada; más nada hará para tantas armas blancas. Clama,
apalabra, aclara ¡vanas palabras! nada alcanza. Amarra a Blas, Marta manda a
Ana para Santa Clara; Blas va a la cabaña. ¡Ah! ¡Mañana falta!
¡Bárbara Marta! avara bajasa[6],
al atrancar a Ana tras las barbacanas sagradas (algar[7],
fatal para damas blandas). ¿Trataba alcanzar paz a Ana? ¡Ca! ¡Asparla[8],
alafagarla, matarla! tal trataba la malvada Marta. Ana, cada alba, amaba más a
Blas; cada alba más aflatada, aflacaba más. Blas, a la banda allá la mar, tras
Casa Blanca, asayaba[9],
a la par gran mal; a la par balaba[10],
allanar las barras para atacar la alfana[11],
sacar la amada, hablarla, abrazarla...{195}
Ha ya largas mañanas trama Blas la alcaldada: para
tal, habla. Al rayar la alba, al atalaya, da plata, saltan las barras, avanza a
la playa. La lancha, ya aparada[12],
pasa al galán a la Habana. ¡Ya la has amanada[13] gran
Blas; ya vas a agarrar la aldaba para llamar a Ana! ¡Ah! ¡Avanza, galán,
avanza! Clama alas al alcatraz, patas al alazán ¡avanza, galán, avanza!
Mas para nada alcanzará la llamada: atafagarán[14],
mas la tapada, taparanla más. Aplaza la hazaña...
Blas la aplaza; para apartar malandanza, trata
hablar a Ana, para Ana nada más. Para tal alcanzar, canta a garganta baja:
La barca lanzada
allá al ancha mar
arrastra a la Habana
canalla-rapaz.
Al tal mata-damas
llamaban asaz,
mas jamás las mata,
las ha para amar.{196}
Fallar las amarras
hará tal galán,
ca, brava alabarda
llaman a la mar.
Las alas, la alaba,
la azagaya... ¡Bah!
nada, nada basta
a tal batallar.
Ah, marcha, alma Atala
a dar grata paz,
a dar grata andanza
a Chactas acá.
Acabada la cantata, Blas anda para acá, para allá,
para nada alarmar al adra[15].
Ana agradada a las palabras cantadas salta la cama. La alma. La alma la da al
galán. Afanada llama a ña Blasa, aya[16] parda
ña Blasa, zampada a la larga, nada alcanza la tal llamada; para alzarla, Ana
la jala las pasas. La aya habla, Ana la acalla; habla más; la
da ahajas para ablandarla. Blasa las agarra. Blanda ya, para acabar, la parda
da franca bajada a Ana para la sala magna. Ya allá, Ana zafa aldaba tras aldaba
hasta dar{197} a la plaza. Allá anda Blas. ¡Para,
para Blas!
Atrás va Ana. ¡Ya llama! ¡Avanza, galán, avanza!
Clama alas al alcatraz, patas al alazán. ¡Avanza, galán, avanza!
—¡Amada Ana!...
—¡Blas!...
—¡Ya jamás apartarán a Blas para Ana!
—¡Ah, jamás!
—¡Alma amada!...
—¡Abraza a Ana hasta matarla!
—¡Abraza a Blas hasta lanzar la alma!...
A la mañana tras la pasada, alzaba ancla para
Málaga la fragata Atlas. La cámara daba lar para Blas, para Ana...
Faltaba ya nada para anclar; mas la mar brava,
brava, lanza a la playa la fragata: la vara.
La mar trabaja las bandas: mas brava, arranca
tablas al tajamar; nada basta a salvar la fragata. ¡Ah, tantas almas lanzadas
al mar, ya agarradas a tablas claman, ya nadan para ganar la playa! Blas nada
para acá, para allá, para hallar a Ana, para salvarla. ¡Ah! tantas brazadas,
tan gran afán para nada; hállala, mas la halla ya matada. ¡Matada!... Al palpar
tan gran mal nada bala ya, nada trata alcanzar. Abraza a la
amada. «¡Amar hasta fracasar!» clama... Ambas{198} almas
abrazadas bajan a la nada[17].
La mar traga a Ana, traga a Blas, traga más... ¡ca! ya Ana hablaba a Blas para
pañal, para fajas, para zarandajas. «¡Mamá, ya, acababa Ana. Papá, ya, acababa
Blas!...»
Nada habla la Habana para sacar a plaza a Marta,
tras las pasadas; mas la palma canta hartas hazañas para cardarla la lana.
Et voilà. ¿Quién me dirá el nombre del autor?{199}
|
CUENTOS |
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Pags. |
|
El caso de la señorita Amelia (cuento de
Año Nuevo). |
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|
Cuento de Pascua. |
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|
La extraña muerte de Fray Pedro. |
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CRÓNICAS |
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|
Bajo las luces del sol naciente. |
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|
Mi domingo de Ramos. |
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|
Hombres y pájaros. |
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|
Primavera apolinea. |
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|
Visiones pasadas. |
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|
Los miserables. |
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|
París nocturno. |
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|
Poemas de arte. |
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|
Curiosidades literarias. |
EDITORIAL “MUNDO LATINO” APARTADO 502.—MADRID
CATALOGO PROVISIONAL (EXTRACTO DEL CATÁLOGO GENERAL)
|
|
Pesetas |
|
OBRAS COMPLETAS |
|
|
DE RICARDO DE LEÓN (de la Real Academia
Española) |
|
|
Edición del Banco de España. Ocho volúmenes
en 4.º, encuadernados en tela, con alegorías de Coullaut Valera y retrato del
autor, por Vacqué |
50,00 |
|
A plazos (5 pesetas mensuales) |
60,00 |
|
DE FRANCISCO VILLAESPESA |
|
|
I.—Intimidades.—Flores de Almendro |
3,00 |
|
II.—Luchas.—Confidencias |
3,00 |
|
III.—La copa del Rey de Thule.—La musa
enferma |
3,00 |
|
IV.—El alto de los Bohemios.—Rapsodias |
3,00 |
|
V.—Las horas que pasan. (Veladas de amor) |
3,00 |
|
VI.—Las joyas de Margarita: Breviario de
amor.—La |
|
|
tela de Penélope.—El milagro del vaso de
agua |
3,00 |
|
VIl.—Doña María de Padilla.—La cena de los
cardenales |
3,00 |
|
VIII.—El milagro de las
rosas.—Resurrección.—Amigas viejas |
3,00 |
|
IX.—Las granadas de rubíes.—Las pupilas de
Almotadid.—Las garras de la pantera.—El último Abderramán |
3,00 |
|
X.—Tristitiæ rerum. |
3,00 |
|
XI.—La leona de Castilla.—En el desierto. |
3,00 |
|
XII.—El rey Galaor.—El triunfo del amor. |
3,00 |
|
DE RUBÉN DARÍO |
|
|
(Ilustraciones de Ochoa) |
|
|
Tomos publicados: |
|
|
I.—La caravana pasa. |
3,50 |
|
II.—Prosas profanas. |
3,50 |
|
III.—Tierras solares. |
3,50 |
|
IV.—Azul. |
3,50 |
|
V.—Parisiana. |
3,50 |
|
VI.—Los raros. |
3,50 |
|
VII.—Cantos de vida y esperanza. |
3,50 |
|
VIII.—Letras. |
3,50 |
|
IX.—Canto a la Argentina. |
3,50 |
|
X.—Opiniones. |
3,50 |
|
XI.—Poema del otoño y otros poemas. |
3,50 |
|
XII.—Peregrinaciones. |
3,50 |
|
Ediciones especiales de lujo. |
|
|
HENRIK IBSEN |
|
|
TEATRO COMPLETO |
|
|
I.—Catilina. La tumba del guerrero. La
castellana de Ostrat. |
3,50 |
|
II.—La fiesta de Solhaug. Olaf Liliekrans.
Los guerreros en Helgeland. |
3,50 |
|
III.—Los pretendientes a la corona y La
comedia del amor. |
3,50 |
|
IV.—Brand |
3,50 |
|
V.—Peer Gynt |
3,50 |
|
VI.—La unión de la juventud. Las columnas
de la sociedad. La casa de una muñeca |
3,50 |
|
VII.—Emperador y Galileo |
3,50 |
|
VIII.—Espectros. Un enemigo del pueblo. El
pato silvestre |
3,50 |
|
IX.—La casa de Rosmer. La dama del mar.
Hedda Gabler |
3,50 |
|
X.—El constructor Solness. El niño Eyolf.
Al despertar de nuestra muerte |
3,50 |
|
JOSÉ FRANCÉS |
|
|
El año artístico 1915 |
6,00 |
|
» »»tela |
8,00 |
|
El ano artístico 1916 (con 250 grabados) |
10,00 |
|
»»»»»tela |
12,00 |
|
El año artístico 1917 (con 250 grabados) |
11,50 |
|
»»»»»tela |
13,00 |
|
COLECCIÓN DE AUTORES ESPAÑOLES |
|
|
NOVELAS |
|
|
Edmundo González Blanco.—Jesús de Nazareth |
3,00 |
|
José Francés.—La estatua de carne |
3,00 |
|
—El alma viajera |
3,50 |
|
López de Saá.—Los indianos vuelven |
3,50 |
|
—Bruja de amor |
3,50 |
|
W. Fernández Flórez.—La procesión de los días |
3,00 |
|
Elías Cerdá.—Don Quijote en la guerra |
2,00 |
|
V. García Martí.—Don Severo Carvallo |
2,50 |
|
María Luisa Latil.—Según labremos. |
3,00 |
|
—Genoveva. |
2,50 |
|
Eugenio Noel.—El allegretto de la Sinfonía VII. |
3,00 |
|
—Cuentos. |
3,50 |
|
Rafael Cansinos-Assens.—Las cuatro gracias. |
3,50 |
|
Francisco Delicado.—La lozana andaluza. |
3,00 |
|
J. de Lucas Acevedo.—La Caja de Pandora. |
3,00 |
|
Martín de la Cámara.—Vidas llameantes. |
3,00 |
|
ESTUDIOS Y CRÓNICAS |
|
|
Emiliano Ramírez Angel.—Bombilla-Sol-Ventas. |
3,00 |
|
J. M. Carretero.—Lo que sé por mí (dos series). |
3,00 |
|
J. Costa.—Alemania contra España. |
3,00 |
|
Pedro Pellicena.—Los Cosacos. |
3,50 |
|
Margarita de la Torre.—Jardín de damas curiosas. |
3,50 |
|
Fola Igurbide.—El Actor. |
3,50 |
|
Alberto Ghiraldo.—Los nuevos caminos. |
3,50 |
|
Enciso.—El soneto en España. |
3,00 |
|
POESÍAS |
|
|
José Montero.—Yelmo florido (con ilustraciones). |
4,00 |
|
Zurita.—Pícaros y donosos. |
3,00 |
|
Mauricio Bacarisse.—El esfuerzo. |
3,00 |
|
Eliodoro Puche.—Libro de los elogios galantes y de los
crepúsculos de otoño. |
2,50 |
|
—Corazón de la noche. |
2,50 |
|
Emilio Carrere.—El retablo de los poetas. (Antología). |
3,50 |
|
TEATRO |
|
|
Muñoz Seca y López Núñez.—El Rayo. |
3,00 |
|
H. Ibsen.—Dramas líricos. |
2,00 |
|
—La castellana de Ostrat. |
2,00 |
|
LAS GRANDES FIGURAS DE LA GUERRA EUROPEA |
|
|
Biografías de los generales: Alberto I de
Bélgica.—Joffre.—Sir Jhon French.—Lord Kitchener. Con preciosas fototipias, a |
3,00 |
|
COLECCION DE AUTORES EXTRANJEROS |
|
|
Traducidas por Felipe Trigo, Rafael
Cansinos y Pedro de Répide. |
|
|
Victoriano de Saussay.—La ciencia del beso |
3,50 |
|
René Emery.—Santa María Magdalena |
3,50 |
|
Maquiavelo.—Obras festivas: La Mandrágora.—El P.
Alberico.—La Celestina.—El archidiablo Belfegor |
3,00 |
|
Claudia Lemaitre.—Juegos de Damas |
3,50 |
|
Procopio.—Historia secreta |
3,50 |
|
Anónimo.—Teatro persa |
3,50 |
|
CELEBRIDADES ESPAÑOLAS |
|
|
I.—Bécquer (encuadernados en tela) |
3,50 |
|
II.—Zorrilla (ídem) |
3,50 |
|
III.—Espronceda (ídem) |
3,50 |
|
COLECCION SELECTA |
|
|
Tomás de Quincey.—Los últimos días de Kant |
1,00 |
|
Kalidasa.—El reconocimiento de Sakuntala |
1,00 |
|
Rousseau.—Discurso sobre las artes y las ciencias |
1,00 |
|
—Origen de la desigualdad entre los hombres |
1,00 |
|
Luciano de Samosata.—La diosa de Siria |
1,00 |
|
L. Sterne.—Viaje sentimental de un inglés a Francia |
1,00 |
|
F. Alvarado.—El filósofo rancio. (Cartas) |
1,50 |
|
COLECCION CIENCIA Y ARTE |
|
|
Ricardo Yesares.—¿Qué quieres aprender? Electricidad.
Encuadernado en tela |
3,50 |
|
—¿Qué quieres ser? Automovilista.
Encuadernado en tela |
3,50 |
|
OBRAS VARIAS |
|
|
Sthendal.—Del amor |
6,00 |
|
E. M. Segovia (Oficial del Banco de España).—Los
documentos de crédito |
5,00 |
|
Rivero.—Legislación de clases pasivas. Volumen de
500 páginas, encuadernado en tela |
10,00 |
|
R. Yesares.—Ayuda memoria del mecánico electricista.
Un volumen, encuadernado en tela |
1,50 |
|
LIBROS DE CARTAS |
|
|
El arte de escribir cartas |
1,00 |
|
Manual epistolar (encuadernado en tela) |
2,00 |
|
Cartas amorosas |
0,60 |
|
Epistolario de amor (encuadernado) |
2,00 |
NOTAS:
[1] Adahalas,
lo mismo que adehalas.
[2] Apalambrar,
incendiar.
[3] Azagaya,
dardo.
[4] Añadas,
el tiempo de un año.
[5] Afrancar,
dar libertad, licencia.
[6] Bajasa,
mujer mala.
[7] Algar,
caverna o cueva.
[8] Aspar,
atormentar.
[9] Asayar,
experimentar.
[10] Balar,
desear ardientemente.
[11] Alfana,
iglesia. Voz de la germania.
[12] Aparar,
preparar.
[13] Amanar,
poner a la mano. Ya la tienes a mano.
[14] Atafagar,
fatigar, sofocar.
[15] Adra,
porción de un barrio, barriada.
[16] Aya,
se dice vulgarmente de las criadas de razón.
[17] Almas
por cuerpos, Dios me libre de la impiedad.
End of the Project Gutenberg EBook of Cuentos y
crónicas, by Rubén Darío
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUENTOS Y
CRÓNICAS ***


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