© Libro N° 9704. La Caravana Pasa. Obras Completas Vol. I. Rubén Darío.
Emancipación. Marzo 19 de 2022.
Título original: © La Caravana Pasa. Obras Completas Vol. I. Rubén
Darío
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Obras Completas Vol. I
Rubén Darío
La Caravana Pasa
Obras Completas Vol. I
Rubén Darío
Title: La Caravana Pasa
Obras Completas Vol. I
Author: Rubén Darío
Contributor: Alberto
Ghiraldo
Release Date: November 29,
2018 [EBook #58375]
Language: Spanish
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LA CARAVANA
PASA
POR
Rubén Darío
Prólogo
de
Alberto Ghiraldo
Volumen I de las obras
completas.
Administración: Editorial
MUNDO LATINO
Madrid
Es propiedad
Queda hecho el depósito
que marca la ley
PRÓLOGO
RUBÉN DARÍO
El alma de América ha repercutido en el mundo a los
sones portentosos de la lira de este admirable poeta. Admirable y único, porque
en él se ha concentrado el esfuerzo de infinitas generaciones, siendo algo así
como la resultante de la evolución de la gran raza hispana que, allende el mar
Atlántico, condujo el fuego latino sobre el lomo de las carabelas
conquistadoras.
La hora es llegada, pues; la hora de las grandes
afirmaciones sobre la obra de Rubén Darío. Levantemos la voz entonces para
afirmar, definitivamente, lo que ha tiempo viene concretándose en el fondo de
los[viii] espíritus: La influencia decisiva de este poeta en la literatura
española, ya que él es un fruto, el mejor fruto del árbol padre, pero
enriquecido por el aura de las florestas vírgenes, coloreado por luces de
cielos de libertad y sazonado por el sol esplendoroso de los trópicos que doró
su frente de predestinado.
Y sin caer en la vulgaridad de exaltar, vanamente,
la figura de Darío al nivel del creador de una nueva literatura, cosa fuera de
ley natural, establezcamos el lugar verdadero ocupado por este magnífico poeta,
creador, a su vez, eso sí, de un nuevo valor, de una nueva sensibilidad, de la
que va impregnándose toda la literatura española y española-americana,
contagiada por su numen.
Contra la opinión general creo, como lo he dicho en
una reciente impresión literaria, que es a través de Darío, que la joven
literatura española se satura de Francia y de Verlaine... Pero es también a
través de Darío—el poeta que, para quienes saben mirar y ahondar en las cosas y
en los seres, atesora en su espíritu mayor cantidad de luz americana—, que la
joven literatura española adquiere una ductilidad,[ix] una maleabilidad, una tersura, una sutileza,
una sugestión, una energía nuevas, bebidas por el precursor en sus Momotombos
amenazantes y tronadores, en sus florestas bellamente salvajes, en sus cielos
límpidos, en sus soles ardientes y en las gotas de sangre que sus ascendientes,
chorotegas o nagrandanos, mezclaron al tronco hispano, místico y guerrero.
Y he aquí cómo, a pesar de la influencia de París,
americana es la fuerza, americano el fuego, americana la sugestión del estilo
que da modalidad y carácter a este admirable movimiento literario de que es
bandera Darío.
Escuchad cómo, él mismo, ha explicado su situación
artística en estos párrafos, tan llenos de sugestividades, que extraigo de la Historia de mis libros:
«En el fondo de mi espíritu, a pesar de mis
vistas cosmopolitas, existe el inarrancable filón de la raza; mi pensar y mi
sentir continúan un proceso histórico y tradicional; mas de la capital del arte
y de la gracia, de la elegancia, de la claridad y del buen gusto, habría de
tomar lo que contribuyese a embellecer y decorar mis eclosiones autóctonas...
»En Del campo (véase Prosas
Profanas) me amparaba[x] la sombra de
Banville, en un tema y en una atmósfera criollos. La Canción de
Carnaval es también a lo Banville, una oda funambulesca, de sabor
argentino, bonaerense. La Sinfonía en gris mayor trae,
necesariamente, el recuerdo del mágico Theo, del exquisito Gautier y su Symphonie
en blanc majeur.
»La mía es anotada d'apres
nature, bajo el sol de mi patria tropical. Yo he visto esas aguas en
estagnación, las costas como candentes, los viejos lobos de mar que iban a
cargar en goletas y bergantines maderas de tinte y que partían, a velas
desplegadas, con rumbo a Europa. Bebedores, taciturnos o risueños, cantaban en
los crepúsculos, a la popa de sus barcos, mientras exhalaban los bosques y los
esteros cercanos, rodeados de manglares, bocanadas cálidas y relentes
palúdicos...
»Y tal es ese libro (se refiere a Prosas
Profanas) que amo intensamente y con delicadeza, no tanto como obra
propia, sino porque a su aparición se animó en nuestro Continente toda una
cordillera de poesía poblada de magníficos y jóvenes espíritus.»
Y, ya seguro del triunfo, agrega:
«Y nuestra alba se reflejó en el viejo solar.»
Después, aludiendo a Cantos de Vida y Esperanza, dice:
«Español de América y americano de España,
canté, eligiendo como instrumento al hexámetro griego y latino, mi confianza y
mi fe en el renacimiento de la vieja Hispania, en el propio solar, y del otro
lado del Océano, en el coro de naciones que hacen contrapeso, en la balanza
sentimental, a la fuerte y osada raza del norte.»
Y siempre, desde la Sinfonía en gris mayor de Prosas
Profanas hasta el Allá lejos de Cantos de
Vida y Esperanza, un «rememorar constante de paisajes tropicales» lo
embarga, refloreciendo perpetuamente en toda su obra «el recuerdo de la
ardiente tierra natal».
He hablado de predestinación, y nunca como en este
caso podría justificarse el uso de tal vocablo, puesto que una fuerza oculta,
secreta y soberana, parece impulsar a este peregrino del arte que, zaherido por
los necios y por los que no entienden—celui qui-ne-comprends-pas, ¡oh,
Gourmont!—injuriado en su amor[xii] propio—más
bien dicho, en su orgullo inmenso de forjador de belleza—por el insulto,
rastreante y baboso, de toda especie de pedantes y pendolistas sin estro,
anquilosados y grises moluscos sin alma y sin brillantez; perseguido y
calumniado, al iniciarse en su carrera de escritor, por el cúmulo de
analfabetos zafios y leguleyos circundantes; en plena y triunfante juventud,
guiado sólo por el hada milagrosa que lo besó al nacer, échase a andar por el
mundo, el nuevo mundo de su cuna, recorre los lindes de su pueblo y, después,
con su lira al brazo, sale de su Nicaragua lujuriante, va al Salvador, va a
Guatemala, va a Costa Rica, va a Honduras, cruza por segunda vez, en un vuelo
de águila, a Chile, y allí, a raíz de una brega fantástica con la vida, con la
mísera vida que pretende, inútilmente, atarlo por el corazón y el estómago, a
la piedra de sus molinos, en pleno vértigo de iluminado, lanza a los vientos de
la gloria el génesis de toda su obra futura, encerrado, envuelto en el Azul de
sus ensueños. Después... Después, escuchad: Vuelve de Chile a su Momotombo.
Permanece una corta temporada en la tierra que le vió nacer, tal como si
hubiera ido a ella sólo para acumular algunas fuerzas complementarias de su
energía, y el incansable peregrino del arte, lira al brazo de nuevo, parte esta
vez[xiii] en busca de la Cruz del Sur...
Regresa a Chile para entrar a la Argentina por en medio de sus altas cumbres, y
allí, en ese pueblo nuevo, fuerte y predestinado también a cosas grandes, hace
su aparición triunfal.
Ha llegado a su primera y grande etapa. Allí, en la
Argentina, trabajará denodadamente, luchará como un esforzado, bandera y verbo
de su arte, contra todo y contra todos. Convertido en fuerza dinámica, reunirá
a su alrededor a la flor de la juventud llena de ideales y ansiosa de
expandirse; fundará revistas donde ensayarán sus vuelos los pichones que hoy
tienen alas de cóndor; hará periodismo alto, fuerte, educador, sin mácula; será
caudillo literario, a cuyo paso se abrirán rosas perfumadas y ardientes y se
erguirán cactus malignos y punzadores; hará oir su palabra serena, armoniosa,
llena de fuego y de música extraña y sugestiva, en defensa de su credo
renovador; escribirá dos de sus libros fundamentales, Prosas Profanas y Los
Raros, y, por fin, en el cenáculo nocturno, rodeado de los elegidos de
su espíritu, agitado y nervioso, presa del estimulante alcohólico y trágico,
será siempre el apóstol del arte,[xiv] exaltado
hasta el delirio si queréis, embriagado hasta la locura, pero soñando,
perennemente, con la belleza y la luz.
En la Argentina debía terminar su viaje por
América. Ya de allí vendría a Europa para irradiar desde aquí con más poder en
todo el orbe de habla castellana. Cumple así su peregrinación, y durante quince
o más años de batalla sin tregua—porque Darío fué un laborioso, hombre de arte
siempre, absorbido por la idea de la superación, evolucionando y ascendiendo
por la luminosa cuesta de su montaña de ensueño—, realiza esa obra admirable,
de la que son jalones soberbios sus Cantos de Vida y Esperanza, El poema de
Otoño, Peregrinaciones, La caravana pasa, el Canto a la
Argentina y el Canto errante, broche diamantino con
que cierra el ciclo de su acción fecunda interrumpida por temprana muerte.
¿Poeta por antonomasia? Sí, poeta, el poeta, el ser
entregado, todo entero, al arte, a su arte, que era el de poner música
perdurable al pensamiento.
[xv]Apóstol de la belleza, cuya alma, todo sinceridad,
¡Si hay un alma sincera esa es la mía!
alentó vibrando siempre al ritmo musical de la
naturaleza, percibiendo los sonidos más armoniosos, sutiles y puros, para
trasmitirlos, hechos notas de luz, en sus estrofas aladas.
En la lírica española queda para siempre marcada la
influencia de este poeta concretador, envidiable y generoso, de una nueva
sensibilidad, la sensibilidad de su época, que él supo hacer palpable en su
estilo de magno y mágico artífice.
Alberto GHIRALDO
Madrid, 1917.
LIBRO PRIMERO
I
El dicho de que en Francia todo acaba en canciones
es de la más perfecta verdad. La canción es una expresión nacional y Beranger
no es tan mal poeta como dicen por ahí. La canción que sale a la calle, vive en
el cabaret, va al campo, ocupa su puesto en el periódico, hace
filosofía, gracia, dice duelo, fisga, o simplemente comenta un hecho de
gacetilla. Ya la talentosa ladrona señora Humbert anda en canciones, junto con
la catástrofe de la Martinica, y la vuelta de Rusia de M. Loubet. En Buenos
Aires hay poetas populares que dicen en verso los crímenes célebres o los
hechos sonoros, como en Madrid los cantan los ciegos. En Londres se venden
también canciones que dicen el pensar del pueblo, lleno de cosas hondas y
verdaderas, «a tres peniques los cinco metros» de rimas. Ese embotella[5]miento castalioperiodístico es útil a la economía de las
musas.
Dos cancionistas acaban de irse a hacer una jira
alrededor del mundo. Conozco a uno de ellos, a Bouyer, excelente muchacho que
hace versos lindos. Ese viaje alrededor del mundo es con el objeto de hacer
dinero. La empresa es loable, aunque un poco difícil. Esas cigarras corren el
peligro de abandonar la lira en el camino a pesar de la réclame de Le
Figaro, de la protección de las colonias y del talento de los viajeros. La
canción y el cancionista parisienses fuera de París, no resultan. Siempre
consideré la bella y generosa idea del Dr. Cané, en uno de sus artículos, el
establecimiento de un cabaret artístico en Buenos Aires, como
irrealizable. La canción de aquí necesita primero su idioma, sus oficiantes
melenudos, su ambiente singular, la cultura de un auditorio ático. Ya me
imagino en un café criollo, una especie de Quat'z-arts, la figura
de Yon Lug, por ejemplo, cantando, con su melena, y sus pantalones. ¡Pobre
melena, pobres pantalones y pobre Yon Lug! Louise France no saldría dos veces.
Y en cuanto a los hyspas que quisiesen ridiculizar a tales o
cuales personajes mundanos o políticos, no quiero pensar en los percances que
les sucederían.
La calle y el aire libre dan su nota especial a
todo lo que en ellos pasa, cortejo, personas, música o palabra. El mismo
ensueño brota en veces de la calle. ¿Quién no se ha sentido vagamente
sentimental, en la tristeza de una tarde, al oir cómo brota en[6] fatigadas
ondas de melancolía la música soñadora de un organillo limosnero? ¿No ha
escrito un altísimo poeta un maravilloso poema en prosa con ese motivo?
La canción anda por las calles y callejuelas de
París desde hace tiempo. Los triolés de Saint Amand nos dicen algo de las que
se oían por aquí por mi vecindad, en el Pont Neuf. «Se las oye entre ocho y
nueve, las raras canciones del Pont Neuf. Su papel es menos blanco que un
huevo, pero mi lacayo las encuentra bellas. Las canciones del Pont Neuf se unen
a los raros libelos.» El espíritu popular ha florecido siempre en las
canciones, en blancos amorosos, en rosados alegres, o en los rojos furiosos de
las locas carmañolas. Charles Arzano nos renueva la historia de la canción
callejera desde su aparición en ese Pont Neuf y sus alrededores,
...rendez-vous des charlatans,
Des chanteurs de chansons nouvelles.
Los cancionistas eran un poco bohemios, un poco
prestidigitadores o maestros de animales sabios, perros o monos. Y sus cantos
eran solos o acompañados de lamentables violas o violines. Un pobre diablo de
poeta del tiempo de Saint Amand se llamaba el Perigourdin, andaba hecho una
lástima, vendiendo sus composiciones o haciendo que las vendía. Luego hay
otros, como el loco Guillaume, que divertía a Enrique IV y a Luis XIII. Las
mazarinadas aparecieron. Scarron afilaba sus tijeras. La sátira de todos se encarnaba
en volantes estrofas.
Un vent de fronde
A souflé ce matin:
Je crois qu'il gronde
Contre le Mazarin.
Las mujeres no faltan. Ya es la Mathurine compañera
de Guillaume el bufón, ya la terrible verdulera «dame Anne» que andaba en el
mercado y fuera de él esparciendo invectivas contra su regia tocaya de las
bellas manos, Ana de Austria. Desfilan en la curiosa lista de la canción
flotante, Phillipof el ciego, que
...a gueule ouverte et torse
A voix hautaine et de toute sa force
Se gorgiase a dire des chansons;
el cojo Guillaume de Limoges, el Apolo de la Grève,
Mondor y Tabarin su criado, Bruscambille, Duchemin, y el gran charlatán barón
de Grattelard. Bajo Luis XV, Minart y Leclerc, Valsiano y esa hermosa Fanchon,
cantora atrevida, pródiga de su cuerpo, que llevaba encajes de Chantilly en su
delantal. «Verdadera cancionista de las calles, a la Watteau, ningún souper
fin digno de ese nombre se podía dar sin la presencia de la bella
Fanchon, a quien se festejaba y se llamaba por todas partes.»
Bajo la Revolución no surge más figura que la de
Angel Pitou, tan famoso en el mundo gracias a Dumas. Pero la canción callejera
entonces va en coro, en grandes coros trágicos. Lleva el gorro frigio, rojo
como la sangre, y en las puntas de las picas,[8] cabezas.
Después la canción ha degenerado. No aparecen figuras concretas y notables. Los
caricaturistas, como Daumier y Gavarni, se ocupan de ella como una página de
miseria al servicio de la filosofía de su lápiz.
Hoy los cantores ambulantes, como he dicho, son
siempre camelots que venden canciones con ocasión de un suceso cualquiera, así
como venden juguetes, grabados, tarjetas postales o abanicos. Y cantan ellos
del mismo modo que pronuncian discursos o bonimenst. La primavera
es un pretexto, Víctor Hugo otro, Boulanger otro, el 14 de Julio otro; y la
venta aumenta con un hecho criminal de resonancia como el asesinato de
Corancez:
Ecoutez le terrible drame
Qu'à tous ici je vais chanter,
Vous en s'rez tous épouvantés
Et pleurerez á chaudes larmes.
¡Faudrait qu'vous n'ayez rien dans l'âme
Si vous réfusez de me l'acheter!
Un père, un inmonde assassin
Dont le cœur n'était pas humain
Et quin n'est poín digne d'estime,
Commit les plus horribles crimes.
La colère guidant sa main,
Il assomma tout's ses victimes.
La canción, editada generalmente en el Faubourg
Saint-Denis o en la calle du Croissant, lleva su ilustración, su grabado
espeluznante, o amoroso, o patriótico. Así la canción en la calle va presentada
por la pintura, por la música y por la poesía. No podrá[9] quejarse
el aficionado. Los temas cambian como la actualidad, y de este modo la
profesión no tiene tiempo perdido, y la ganancia es segura. Vale más que
asaltar, robar o hacer el oficio de los célebres, por ahora, Leca y Manda,
dueños que fueron de la innominable Casque d'or.
Eugenie Buffet logró gran fama, hace algunos años,
saliendo a cantar para los pobres; y en las calles de París recogió muy buenas
cantidades, ayudada por su agradable figura, su buena voz y su buen talento. La
vi en tiempo de la Exposición, en el París viejo, en el Cabaret de la
pomme de pin. Y la he vuelto a ver en otro cabaret que ha hecho ruido al
fundarse en Montmartre, pues no se podía conseguir el permiso para su
fundación: La Purée. En esos cabarets montmartreses
y en algunos del barrio Latino, se refugia la canción que guarda las
tradiciones y las preeminencias de antaño, aunque muy venida a menos. Los
poetas cancionistas de esos lugares son casi todos comerciantes al pormenor de
talentos sin salida o sin colocación. Esos artistas que tanto han dicho y dicen
de la burguesía, son servidores de ella, histriones de ella. El renombrado
Fursy tiene como clientela la flor mundana y demi-mundana. Los
poetas de su boîte divierten a las cortesanas y a las gentes
de dinero, diciendo sátiras más o menos graciosas contra personalidades
conocidas, y formando, por así decir, una gaceta lírica con todos los sucesos
que llaman la atención pública. El cabaret de Fursy es caro
como un teatro de[10] primer orden, y se va a él
después de comer en casa de Paillard... Esa no es la canción en la calle. Es la
canción del tiempo en que vivimos.
¡Ah! las ilusiones de tantos jóvenes americanos
cuyas cartas recibo, en que me hablan como de un soñado paraíso intelectual de
esos centros en que ellos juzgan triunfantes a la bella Poesía y al Arte
adorado.
Hay, en esos centros, unos cuantos hombres de
bastante talento, aquí donde todo el mundo tiene talento, que le
saben sacar su provecho al oficio de rimar; y unos cuantos pobres diablos que
cantan por unos pocos francos la romanza sentimental o la canción de faits
divers. Y entre los concurrentes, gentes de todo pelaje, mujercitas
fáciles, botticellis que se dicen eterómanas, poetastros, viejos ratés,
o muchachos con fortuna que van a pasar el rato con su amiga. Por una hermosa
poesía, muchas mediocres, escatológicas, o tontamente obscenas. Por una
manifestación de arte, o de sentimiento, un sinnúmero de bufonadas sin sal ni
gracia. No faltan exóticos y rastacueros que aparentan gozar con todo lo que
allí se ve y oye, dando por un hecho que, para ser parisiense, hay que gustar
de ello.
La época actual ha bastardeado las cosas del
espíritu y del entendimiento y corazón. El utilitarismo y la poca fe han
mermado el soñar y el sentir. La vieja lira se ha vuelto un instrumento que hay
que poseer a escondidas, en catimini, como dicen por acá.
Las rimas en Francia están de baja. A pesar de ser
Hugo divinizado, los libros de versos no tienen[11] salida
en las librerías, ni los poetas nuevos logran romper el hielo general. No debe
ser esto signo de progreso, porque en Inglaterra y en los Estados Unidos no hay
familia que no tenga su poeta favorito junto a la biblioteca del hogar.
Los poetas oficiales son como M. Rostand o como M.
Sully Prudhomme... Ni unos ni otros llenan el vacío ideal. Los otros se van
cada cual por su camino, mientras las sombras de Verlaine y Mallarmé
desaparecen entre los cipreses obscuros de una hermosa leyenda. La canción se
echa a la calle...
Prefiero oir el organillo, el «orgue de
Barbarie»...
II
A habido en estos días dos exposiciones que han
atraído la atención parisiense, sobre todo la de la gente elegante: una de
perros, otra de flores. Tan de buen tono es una perrera de distinción, como una
colección de orquídeas o crisantemos.
En la plaza de la Concordia, frente a la exposición
canina, se ha instalado todos los días un grupo singular de hombres y canes,
una especie de pequeño mercado al aire libre: los perros pobres, los perros de
la calle, los «cuatro patas de París» cantados por Bruant cuando Bruant no
tenía rentas. Es algo como el Salón de los Independientes, ante los medallados
y ricos...
Ciertamente, en todo hay clases, hay jerarquías.
Los perros del coloquio de Cervantes no eran del mismo rango que los que
acompañan, decorativos,[14] a los príncipes, en los
retratos de Velázquez, y un perro de ciego no es igual a un perro de
millonario. El otro día, en el hall del Elysée Palace Hôtel, he visto algo que
preocupaba a la servidumbre. Los larbins sonreían, casi se
humillaban... Solicitaban una caricia, una mirada, quizá una mordida... Se
trataba de los perros de la baronesa Hirch, que andaban ahí por los salones,
señores distinguidos aunque importunos y mal educados.
Allí en la exposición se ha reunido una larga
cantidad y variedad del quizá extremadamente alabado animal, que usufructúa la
mejor fama de fidelidad y de nobleza. Todos los pelajes y todas las formas,
desde los enormes mastines hasta los perrillos redondeados como pelotas para
alfileres o semejantes a manguitos. Entre los visitantes he visto personas que
miraban con verdadera ternura a las notables bestias y he recordado la
suscripción abierta por el New York Herald para un hospital de
perros, y a la cual han contribuído con buenas sumas, nobles foxterriers y
blasonados galgos. Y hay, en una isla del Sena, un cementerio cínico que...
—«Cuanto más vivo entre los hombres, amo más a los
perros», dejó dicho alguien. «Yo, agregó un filósofo bastante cuerdo, con quien
departía junto a la gran perrera de las Tullerías, cuanto más vivo entre los
hombres envidio más a los perros. De ellos es la tierra prometida y sus
sucursales: París, Londres, New York. «La más noble conquista del hombre» y el
perro, han logrado gran parte en el imperio del mundo.
La ocurrencia de Calígula fué un presentimiento.
Antes que en París, en los Estados Unidos los perros han llegado, merced a la
complacencia y al capricho de sus amos millonarios, a la filozoología, parangón
de las obras y del sentimiento de los filántropos. Los perros ricos han dado
dinero a los perros pobres, sus hermanos desheredados. La caridad es una noble
virtud.
Los perros parisienses de la élite,
gozan de todas las ventajas de su excepcional posición. Disfrutan de ésta con
un exceso chocante. Los hay que no disimulan su petulancia y su vanidad. Los
hay que van solos, en los carruajes de sus amos al Bosque, en estas dulces
tardes doradas de sol. Miran, desde sus cojines, con un desdén manifiesto; no
bajan de su preeminencia social. Su desdén abarca a los hombres, a los hombres
pobres. Son autoritarios con los perros de la clase media, y tiranos con los
perros callejeros.
Jamás consentirían en una messaliance;
tienen decoro. Hasta hoy, en este favoritismo de que gozan, la gente de buena
voluntad veía algo como una coerción benéfica en los caballos y en los gatos;
pero los gatos se han dado demasiado a la literatura desde Beaudelaire; y
sufren, a causa del civet de liebre, la predilección de los
cocineros de rotiserías mediocres. En cuanto a los caballos
que se dirían exclusivamente favorecidos por las sociedades protectoras de
animales, están demasiado degenerados y abatidos por un servilismo que
retrogradará muchos siglos su progreso... ¡Hay el gran Prix, sí; pero hay
también la hipofagia! En tanto que los perros...
Haraposos, hombres y mujeres, los del mercado
improvisado de perros, estaban allí frente a la terraza de Orangerie. Les
rodeaban un grupo de pobres diablos y de curiosos; y por el aspecto, muchos de
ellos necesitados, hambrientos. Dentro se oía la algazara de los perros
ilustres; perros que valen una fortuna y que lo saben; perros
titulados y con holgadas rentas anuales; perros que tienen cocinero,
veterinario y modisto; perros parvenus, hijos del azar, perros
cristianos y perros judíos.
¡Ah! admirable Teufelsdroeckh.
«A los ojos de la lógica vulgar, ¿qué es el
hombre?—¡Un bípedo omnívoro que usa calzones!» Tú serías hoy impagable para una
conferencia trascendente sobre la psicología de los perros y su relación con
los humanos.
A la puerta de la exposición, un gran perro,
vagabundo, un verdadero «quat'patt's de París», sarnoso, flaco, lleno de
remiendos y peladuras, pero fuerte, con una gran boca que deja ver muy firmes y
agudos dientes, mira hacia adentro con ojos que sin ser humanos podrían decir
muchas cosas.
¡Si él pudiera!...
Turno de las flores.
Esto es más grato. ¿Recordáis las maravillas
florales de la Exposición Universal? Habría que repetir el mismo himno, que
glosar el mismo canto. Flores de todos los climas, de todos los colores y de
todas las formas se presentan en las serres nuevas, en el
jardín de las Tullerías, al lado de la rue Rívoli[17] La
jardinería confina ya con la escultura, con la pintura, con la literatura. Hay
aquí también nobleza y distinción. Junto a las rosas reinas y las princesas
exóticas, están las flores de los campos, las flores rústicas que han recibido
educación, que han aprendido a ser elegantes, que han aumentado y afinado sus
trajes, que saben, al paso del aire, hacer cumplidas reverencias y que pueden
ser cortejadas por las más exigentes mariposas. Un soplo de penetrantes aromas
brota de tantas delicadas carnes, de tantas magníficas corolas. Mil formas se
combinan, se juntan, y todos los tintes lucen a la luz que pasa amorosa por los
vidrios de las galerías. ¡Qué vasta nomenclatura! Las familias se multiplican y
se llega en ocasiones a perder el conocimiento. Rosas, ¿cuántas rosas?
Claveles, ¿cuántas especies de claveles? Llaman las clemátides japonesas de
colores episcopales; los geranios de todos los colores, los caladiums
tropicales, las otras flores de sonantes nombres latinos y griegos; las rosas
siempre, de cien, de mil nombres, desde los de las leyendas hasta los de las
vulgares dedicadas a subprefectos y propietarios; las reina-margaritas, los
jazmines, las múltiples violetas; las cestas de amapolas civilizadas; la
anémona antigua que en el latín de Plinio como bajo el cielo se abre al soplo
del aire: Flos numquam se aperit nisi vento spirante, unde et nomen
ejus. Y otras, y otras, infinitas joyas de los parterres.
Las marquesas, los ministros, militares, ricos
mundanos iban y venían gozando en la fiesta primaveral y perfumada.
El filósofo, silencioso, meditabundo me dijo de
pronto:
—La verdad es que el derecho al pan es
indiscutible.
—Sí, le contesté.
—Y también este otro: que cada cual tenga en la
vida su parte de rosas.
III
ndrianamanitra mby an-trano, en correcto malgacho, quiere decir: «El buen Dios
está en la casa», lo cual se aplica, allá en Tananarive, cuando la luz del sol
invade las habitaciones. Es una manera de expresarse poética, sencilla,
religiosa, como conviene a gentes salvajes, negras, desprovistas de toda
civilización.
En París, capital de la cultura, cuando llega
oficialmente cornacqueada la pobre reina Ranavalo, se la llama «la negrita de
la rue Pauquet», se la aloja en un «garni» de segundo orden, se la pinta como
una mona, en los periódicos; lo cual no obsta para que, en la estación, al
llegar su majestad hova, se haya gritado, a falta de algo mejor: «¡vive la
reine!»
La reinita morena—nigra sum sed formosa—es
bastante agradable y simpática; no es, ni mucho me[20]nos,
una salvaje, puesto que pedalea y lee novelas francesas. Si la pensión que se
la pasa no fuese tan limitada, se entregaría quizá al automovilismo.
Prisionera, después de ser destronada de un modo completamente progresista, ha
vivido en una villa que la sirve de jaula en Argel. Es algo en cambio de su
palacio de plata, en la capital de su reino, en donde, soberana, gozaba de su
libertad poderosa y de sus caprichos. La tierra de su nacimiento es de singular
hermosura; y al llegar a París, no ha dejado de recordarla.
Ese país, hoy bajo la fuerza francesa, es descrito
así por Pierre Mille: «Allí, dice, las tempestades mismas no obscurecen la
claridad del cielo. Las estrellas no son las mismas que en Europa, y la luna es
tan bella y majestuosa que los niños la llaman «abuela», queriendo significar
así su respeto y su afecto por ese astro. La tierra en ese país es roja y casi
sin árboles.
«Los ríos, detenidos por diques frecuentes, se
extienden en los valles y favorecen así el cultivo del arroz, que rinde ciento
por uno. En fin, los habitantes, siendo de origen polinesio, tienen más
inocencia que virtud. Aman el amor, los niños, los cantos fáciles, y, sobre
todo, la luz.»
Como véis son absolutamente bárbaros; y se ha
procurado y se procura infundirles ideas nuevas e importarles diferentes
artefactos, así como iniciarles en los refinados adelantos de nuestro ilustre
Occidente. Como Ranavalo lee los periódicos, se ha encontrado, a su llegada,
con el asunto de la secuestrada de Poitiers, una señorita encerrada por su[21] distinguida madre y su ex suprefecto hermano,
durante un período de veinticinco años, y encontrada medio podrida en un
infecto cuarto; varios procesos de delitos contra natura; un obispo estafador;
un tal príncipe de Vitenval, pontificio, preso por idénticos motivos;
descubrimiento de torturas y castigos vergonzosos en el ejército; la cuestión
dudosa del Figaro; y los odios antisemitas y nacionalistas. Y al
enterarse habrá exclamado: ¡Andrianamanitra mby an-trano! lo
que, como ya sabéis, quiere decir en lengua de Madagascar: ¡El buen
Dios está en la casa!
A la reina se la dan—hay que ser justos—25.000
francos al año; lo cual representan el revenu de cualquiera
buena burguesa retirada de sus negocitos. En cambio, el militarismo nacional
impuso a la honesta república la conquista de un país ya unido a Francia por
lazos morales y políticos, desde el tiempo de Luis XIV. El dulce Mercier fué el
alma de esta campaña heroica que costó a los franceses siete mil soldados
muertos de disentería y fiebres tropicales. La toma de Tananarive no costó un
solo cañonazo: la reina y los príncipes se entregaron a la generosidad de los
invasores. Francia asumió el protectorado directo de la isla. Las cosas andaban
muy bien y ya empezaba a reinar el bienestar en el país, cuando, con pretextos
más o menos fútiles, el general Galieni, secuestró violentamente a Ranavalo, la
despojó de toda autoridad, e hizo fusilar en la plaza pública a los parientes y
ministros de la pobre soberana esclava.
Por eso cuando ahora la preguntan a ésta si ha
tenido noticias de la bas se pone casi a temblar y olvida el
francés que ha aprendido.—«Des nouvelles? Non, non. Jamais des nouvelles.
Rasanjy? Sais pas. Philippe Razafimandimby? Sais pas!» No, no quiere saber
nada. Se imaginará que la van a fusilar.
Y la sobrinita María Luisa, que se llama en
malgacho Zatú, tiene ya nociones de lo que es la civilización europea. Y cuando
la preguntan: «¿Qué quieres ser tú cuando seas grande?» contesta:
—«¡General!»
El año pasado, en la Exposición, tuve oportunidad
de conocer a una señora francesa que había habitado por largo tiempo en
Madagascar. Llevaba consigo a una morenita hova, como de siete años, vestida
con su traje nacional, de lanas y sedas rojas y blancas. El pequeño bronce
vivaz tenía los más lindos ojos negros y una graciosa sonrisa que enseñaba la
finura de sus preciosos dientes. Hablaba la malgachita con toda facilidad el
francés y el inglés, y sus gestos y movimientos denunciaban selección de raza y
origen principal. La señora contaba la historia de su bello hallazgo exótico, y
es singular. Era la niña hija de un alto dignatario. Cuando los pacificadores
de Galieni quisieron sofocar una pretendida rebelión, cuya causa mayor eran
exacciones de colonos aventureros, no encontraron mejor medio que imponer el
terror, y así fusilaron a gran parte de personajes influyentes, cuyo concurso
habría sido justamente indispensable para calmar cualquier movimiento sedicioso
o de protesta. Refugiados los sobrevivientes[23] en
lo intrincado de las selvas, vivieron allí meses de hambre y angustia. Los que
se atrevían a salir servían de blanco a los soldados. Por otra parte no era un
sport nuevo. Los ingleses lo conocen.
Un día, después de una matanza de indígenas,
encontraron abandonada a esa chicuela, en un estado de lamentable extenuación.
La buena señora la recogió y después de muchos cuidados, logró salvarla. La
niña contaba que por largo tiempo había vivido alimentándose de raíces. La
misma señora no cesaba de alabar la inteligencia de su protegida. La raza
hova—decía—es de las más nobles y fáciles de gobernar. Es verdaderamente una
inmensa injusticia la que se ha cometido imponiendo el régimen militar con su
séquito de excesos y sus crueldades. Actualmente todavía se impone allá la ley
marcial. Fusiles y espadas dominan.
Y la niña como que quería agregar:—Andrianamanitra
mby an-trano!...
El redactor de un periódico, recién llegada la
reina Ranavalo, recibió una carta en estos términos: «Señor, quedaré muy
agradecido si me explicáis porqué la reina Ranavalo ha sido recibida de otra
manera que el presidente Krüger. El caso es idéntico. Ambos, víctimas de la
violencia, han tenido que abandonar su patria invadida por el estranjero. La
única diferencia está en que la reina ha sido despojada por hombres que usan
guerreras obscuras y pantalones rojos y el presidente por soldados que tienen
guerreras rojas y pantalones obscuros. Esta[24] diferencia
es muy poco importante para que la suerte de la una sea menos interesante que
la suerte del otro y despierte menos simpatías. Por lo tanto, me preguntó: ¿a
qué causa atribuir la actitud tan contradictoria de la población parisiense?
La respuesta es sumamente sencilla y el periodista
ha contestado en consecuencia. El inglés encuentra muy legítima su acción en el
Transvaal, y condena la del francés en Madagascar; el francés considera que
tenía derecho a tomarse Madagascar; pero que el inglés, al conquistar el
Transvaal, se ha portado como un salteador. «Resulta, decía una notable carta
publicada en La Nación, de Buenos Aires, que cuando la mueve su
pasión, su interés o su conveniencia, la civilización europea es más bárbara
que los bárbaros».
Ciertamente, entre Krüger y Ranavalo hay
considerable diferencia. El viejo boer está libre y la reina no; Krüger tiene
salva toda su fortuna—quince millones, por lo menos, de pesos oro—, y la reina
no dispone sino de lo que el gobierno de Francia la quiere dar, en pupilaje;
Krüger lee la Biblia, y a Ranavalo se le ha contaminado de Ohnet,
Mary, y compañía. Y para colmo de desventuras de la infeliz, cuando ha adoptado
las modas europeas, comprado bicicleta, aprendido un poco de piano y venido a
París con licencia, se la recibe como a una macaca, se la llama negra y fea a
cada paso, y poco falta para que se la proponga una contrata en un circo, para
bailar la bámbula al lado de Chocolat.
Entretanto, ella recibe su pensioncita, que la
viene a ser como el coronelato de Namuncurá.
[25]Y el mariscal Waldersee vuelve ya de la China, en
donde los soldados de la civilización desventraron chinitas tan monas como
María Luisa Zatú. En el sur de Marruecos se pacifica. En Cuba la
enmienda Platt protege a la isla ex española. Tacna y Arica no saben a qué
atenerse. En el Transvaal, Cecil Rhodes hospeda a Jameson, el del raid, en su
mansión que tiene un jardín, según nos cuenta Jean Carrère, como no lo tuvieron
Césares romanos, lleno de flores raras y de leones enormes prisioneros...
Decididamente, Andrianamanitra mby an-trano.
IV
UELO encontrarme con gentes imaginativas y con
gentes prácticas, con caballeros de la célula y doctores místicos, con personas
que todo lo arreglan como dos y dos son cuatro y con personas que están
esperando en estos momentos el caballo blanco del Apocalipsis. Toda la
biblioteca Alcan me merece mucho respeto, y doble la figura de los santos
padres que inspiran esa y otras bibliotecas parecidas. Los espiritualistas
hasta el éxtasis y los swedenborguianos de la rue Thouin, me inspiran vagos
temores que algunas risueñas ideas suelen aminorar. A propósito de una autopsia
ruidosa que tuvo por anfiteatro el del hospital Saint-Antoine, y en la cual
unos estudiantes de buen humor rellenaron de periódicos el cráneo de un ex
gendarme—simbólica ocurrencia,—multiplicaron su hígado y desparramaron[28] sus demás miembros, se ha hablado y escrito mucho
en París. He oído la opinión de los de la célula, y no encuentran de particular
en el hecho sino la mala administración del hospital; los del caballo blanco,
por el contrario, me han prometido para dentro de muy poco tiempo, la
destrucción del mundo por el fuego del cielo. No sé qué dirá la «Camarde» de la
sabia tranquilidad de los unos y de las bíblicas seguridades de los otros; pero
algo debe preparar después de tantas ofensas, olvidos y burlas ante los cuales
ese cómico descuartizamiento de un difunto agente de orden público, es poca
cosa. La verdad es que No hay que jugar con la muerte, y París está
jugando con ella, sin mirar que desde lo obscuro de su abismo, horrible como en
el fresco del campo-santo pisano, esa flaca fatal ve mucho más allá de sus
ausentes narices.
Desde luego el olvido. ¿Quién recuerda, en el
bullicio de esta vida de continuos placeres en la lucha incesante por el
dinero, por la posición o por la fama—que todo en el fondo es uno,—quién
recuerda que tiene que morir? Es el perpetuo ejercicio de los sentidos, y la
fatiga consiguiente. Cuando llega la hora, todo el mundo está
desprevenido. Si se es algo, la noticia irá en las secciones de crónica social
de los periódicos, y a nadie se le ocurrirá que tal cosa pueda acontecerle. Las
ofensas son más. La frecuencia del duelo es una de tantas manifestaciones.
Otra, la destrucción de la vida en su germen, los fraudes del amor, las
connivencias de M. y Mme Saturno. La estadística enseña
resultados increíbles, y la simple conversación con un portero instruye[29] como un libro. Las «hacedoras de ángeles» han
ocupado tanto a la justicia, como la cirugía galante que abelardizó una crecida
clientela de damas ultraprudentes, partidarias de la despoblación francesa.
Estos terribles menoscabos a la vida, son otros tantos insultos a la Muerte,
que se ve privada de gran parte de su cosecha y suplantada en sus futuras
funciones.
La burla es peor. Existe en Montmartre un cabaret,
que puede ser considerado como uno de los templos en que mayor culto recibe la
estupidez y la grosería humanas. Se llama el cabaret du Néant, y es
una de las «curiosidades» que el recién llegado a París se ve obligado a
visitar, inducido por el cicerone, por el amigo bromista, por la guía o por
haber oído hablar del obscuro rincón en que se toma a la muerte como un
inconcebible pretexto de bufonería. Atenas no habría consentido ese infecto
bebedero, y en otra capital que no se llamase París no habría ni policía ni
público para la siniestra farsa. La fachada del cabaret está
pintada de negro y una lámpara verdosa ilumina la entrada. Ya en lo interior,
os reciben unos cuantos croquemorts con saludos fúnebres, y os
llaman la atención las decoraciones absolutamente mortuorias. Calaveras,
tibias, esqueletos, inscripciones tumbales hieren la vista en las paredes; y
las mesitas para los consumos, están substituídas por ataúdes. El croquemort que
hace de mozo, al servir lo que se le pide, no deja de acompañarlo con
comentarios escatológicos, y de evocar ideas de carroña y de inmundicia; las
provocaciones al asco suelen ir acompañadas de insultos grotes[30]cos,
y todo esto, por lo general, es recibido por un público singular, con risas
aprobativas:
Luego se pasa a una especie de teatrito, en donde,
por un juego óptico, se presencia la descomposición de un cadáver. Y he
encontrado un típico personaje en ese antro: una infeliz muchacha, que cuando
el lúgubre barnum pregunta al público: «¿No hay quien quiera hacer de muerto? y
no surge de los asistentes el mozo ocurrente, o la joven lista, se presta—dos
francos la noche—a la macabra apariencia. Se ve entrar a la persona en el
ataúd, y se va advirtiendo poco a poco la lividez, la podredumbre, la cuasi liquefacción
y el esqueleto. El resultado es un ¡uff! de desahogo, al salir de tan abyecta
cueva. ¡Cuán lejos, en el camino de lo infinito, el fresco de Lorenzetti!»
Tengo gran estimación por los médicos y gran
devoción por la medicina, entre otras cosas, porque Esculapio es hijo de Apolo.
Por esto mismo he sentido correr frío por mis venas cuando he oído a varios
estudiantes de medicina ciertos informes y juicios. «Yo, señor, me dijo uno,
voy a recibir mi título dentro de poco, pero ni ejerceré mi profesión, ni me
pondré jamás en manos de un colega.» ¿Me habla usted del desprecio de la
muerte, de los chistes cadavéricos, de bromas de carabin? Aún hay
algo peor en los internados. ¿Qué diría usted si le dijese que suelen verse y
no con rara frecuencia, casos de absurdas necrofilias, e inconcebibles
profanaciones por inicuos farsantes? Pues bien, el desprecio de la[31] vida, la burla de la vida, es algo que da
escalofríos. ¿Ha leído usted Les Morticoles, de León Daudet? ¿Le
han narrado casos curiosos? Yo le diré de uno observado por mí.
Llega un infeliz, el profesor diagnostica:
apendicitis. Ya sabe usted la enfermedad que estuvo hace poco de moda. Va uno a
operar. Se le abre el vientre al pobre paciente, se ve, y se encuentra que no
tiene en absoluto tal apendicitis. El profesor, muy tranquilo: «¡Está bien,
cósanle!» ¿No es esta la peor de las vivisecciones y la más horrible de las
infamias?
Otro caso. Un marido, recién casado, va a consultar
a un médico, acompañado de su señora. Era un asunto ginecológico. El
matrimonio, rico. El doctor asegura al marido que hay que hacer una operación,
una operación muy ligera, cosa de cortos instantes, «mientras usted se fuma un
cigarrillo». Y el marido enciende el suyo, y se queda, no sin cierto temor,
esperando los resultados de la carnicería, en la antesala. Yo, me dice mi
amigo, tenía el cloroformo y otro ayudante el pulso; el doctor comenzó a operar,
y a poco vi un chorro de sangre que se elevaba casi hasta el techo. No hubo
remedio posible.
El médico, asustado, dijo: ¡Ça y est! Unos
instantes después la mujer era cadáver; el ayudante tuvo que salir a dar la
noticia al marido, pues el doctor tenía, y con razón, miedo de que le matara. Y
como éste, otros tantos casos. Naturalmente, esto no lo dicen los Doyen, los
Albarrán, los Mauclair. Otros me narran historias que serían hoffmanescas si no
fuesen netamente repugnantes, de las horas[32] inútiles
del internado. Cuando el reciente hombre descuartizado, que es todavía
incógnita para la policía, se supuso una broma de estudiantes. ¡Ah, las bromas!
hay imbéciles que para asustar al profano, se lanzan hasta hacer sospechar, con
ambiguas reticencias, ocurrentes antropofagias. Ante esta clase de internos,
futuros doctores, me complazco en recordar a buenos amigos míos, del hospital
San Roque de Buenos Aires, excelentes muchachos que cuando las fatigas de la
obligación y del estudio concluían, pasaban sus horas libres hablando de arte,
dibujando o interpretando en el armonium a Wagner, a Beethoven, a Grieg.
¿Y los vagos rumores de enfermedades sostenidas, de
monstruosos abortos, de verdaderos asesinatos en favor de impertérritos
herederos, de esos que han tenido su comentario mejor en una popularísima
caricatura de Caran D'Ache, y los encierros de gentes en su sana razón en
manicomios y casas de salud? Cierto; esto sucede en todas partes, y entre
vosotros podéis señalar algunos ejemplos que la prensa ha hecho visibles y
resonantes; pero en esta vastísima capital del placer, del oro, del amor, los
hechos son muchos.
Los camelots venden juguetes
macabros, el esqueleto se prodiga en dijes y pisapapeles. En una ocasión no
lejana se dió un concierto en las catacumbas y se flirtó al
amor de una sensación nueva. La poesía de Rollinat, que hoy ya nadie recuerda,
tuvo muchos aficionados, y Mademoiselle Squelette muchos
intérpretes. La Gran Histrionisa genial Sarah Bernhardt, hizo famoso su
féretro-lecho. La duquesa[33] de Pomar, tocada de
teosofía, daba bailes en donde aparecía, según se dice, el espectro de María
Stuart; y el de Esseintes de Huysmans, cuyo modelo en carne y hueso es el conde
Robert de Montesquieu Fezensac, ofrecía comidas negras, a las que no hubiera
tenido inconveniente en sentarse la sombra del Comendador.
Hay una literatura faisandée, que huele
mucho a cadaverina con su poco de cantárida; a ella pertenecen, para señalar un
ejemplo, ciertos cuentos de M. Jean Lorrain, caro a lectores reblandecidos.
La guillotina ha sido llamada por un escritor «el
espectáculo nacional», como los toros de España; y hay gentes, sobre todo en un
especial medio femenino, que buscan esos sangrientos pimientos eróticos, para
condimentar deseos insaciados y animar ensueños viciosos.
Claro, que no es todo París, hay que fijarse bien y
claramente, no es todo París, sin excepción; pues hay un París que trabaja y es
inmenso ese París, y hay un París que reza, inmenso también, aunque parezca
esto una eminente paradoja. Gran parte de la enfermedad está sostenida por la
carne cosmopolita que dominguea en la ciudad fabulosa y maelstrómica.
Pero de un modo o de otro, París, en medio de su
gloria, en medio de la alegre agitación de sus pecados amables y terribles; en
medio de la avalancha de oro que un solo soplo de sus labios hace rodar al
abismo; en medio de tantas músicas y canciones que no hacen oir las quejas de
los de abajo, de los que están, como los muertos, en sus negras[34] catacumbas, miseria y hambre; en medio de una
primavera que presenta incesantemente sus flores y un otoño continuo que da sus
frutos a los paladares favorecidos de la suerte; en medio de un paraíso de
locura en que la mujer en su sentido más carnal y animal, es la reina
invencible y la devoradora todopoderosa, ha olvidado que hay algo inevitable y
tremendo, sobre los besos, sobre los senos, sobre la alegría, sobre la música,
sobre el capital, sobre la lujuria, sobre la risa, sobre la primavera y sobre
el otoño; y este algo es sencillamente la Muerte; la Muerte, a la cual se
olvida, o se ofende, o se burla.
No hay que meter periódicos en el cráneo de los
muertos, como el mozo del hospital Saint-Antoine. Se pueden poner al tanto de
lo que pasa.
No hay que dar conciertos en las catacumbas. Se
puede despertar la Muerte; y ponerse a bailar, como en la Edad Media...
Ese sería el desquite de la Muerte...
V
N distinguido asesino inglés, o al menos apellidado
Smith, ha intentado, con mal éxito, degollar a una vieja cortesana retirada, ya
sin cotización en plaza, pero que tiene automóvil. Las señoritas de Pougy y
otras Oteros, se han estremecido ante sus diamantes. En Maxim's la noticia del
suceso hizo palidecer muchas caras bonitas. El hecho del día ha sido la
preocupación de esas damas, que por mucho tiempo tendrán que pensar
en los inconvenientes de su lucrativa carrera. Han parado mientes en que, en
Babilonia y en el mundo ou l'on s'amuse, bajo una buena levita se
oculta un buen estrangulador, y en que Smith es uno más en la lista de los
Pranzinis, Prados y compañía.
¡Ah! estas graciosas desplumadoras de pichones y
gallos viejos, encuentran de repente la garra de[36] la
bestia bruta que por quitarlas el collar les quiebra el lindo cuello, o les
pega una puñalada, o les ahoga, o emplea las armas principio de siglo del héroe
de ahora: la pelota de plomo en la cáscara de la mandarina, y el anillo atado a
la fina cuerda. Y no será quien las mate el hambriento desesperado de los
suburbios o el marlou de gorra y blusa. Será uno de esos
desechos humanos, uno de esos intrusos de todas partes, caballeros de
industria, «rastas» empobrecidos y sin oficio, rondadores de mesas de juego,
componedores de amor ajeno a tanto la pieza, parásitos de hetairas y candidatos
a la momentánea o larga celebridad que ofrece el aparato de M. Deibler.
En los cafés de mujeres elegantes y venales, habéis
visto esos extraños tipos, de nacionalidades dudosas, valacos, griegos,
levantinos, americanos del norte y también del sur, rubios u obscuros,
elegantemente vestidos, con prendedores hirientes, bigotes tziganos, conocidos
de muchos sin que ninguno sepa a punto fijo quiénes son, amigos confianzudos de
las más señaladas Emilianas y Margaritas, y que levantan a su paso vagas
interrogaciones: «¿De qué vive éste? ¿Cómo gasta, cómo derrocha?» Vive, casi
siempre, de los calaveras que le prestan y de las mujeres que le dan. Pero de
repente, una noticia circula al son de los valses húngaros, por las mesas
envanecidas de champaña: «¡Sabes! Fulano, preso. Una estafa. O un robo.» Cuando
el aventurero es de hígados negros, la campanada anuncia un asesinato. ¿Cuántos
de esos van por el bosque, haciendo el rico, en equipajes[37] ajenos?
¿Cuántos se sientan a jugar en los casinos al lado de títulos y personajes,
hasta que un día se les agarra en la engañifa, se les echa a puntapiés, o se
les desenmascara?
Mas, es cerca de «esas damas» donde ellos
aprovechan con más frecuencia, pseudo protectores, «señores de compañía» como
el grotesco tipo que acaba de presentar Coolus, secretarios, o perros de presa.
Por ese camino se llega a todo. El dinero a que están acostumbrados les hace
falta de pronto, y hay que buscarlo de cualquier manera. Tienen muchas amigas
de las carreras, del aperitivo, de la cena, del teatro, conocen sus joyeros,
sus habitaciones, sus hábitos. Y así, de cuando en cuando, una pobre pecadora
muere de sangrienta y trágica muerte.
Esas damas...
¡Preciosas estatuas de carne, pulidas y lustradas
como dijes, como joyas, flores, o animales encantadores, estuches de placer,
maestras de caricias, dignas de una corona de emperatriz, ducales, angelicales,
y tan brutas, tan ignorantes, tan plebeyas en su mayoría!
Cuando más os deleitan un gesto atávico, un modal
hereditario, os revelan la antigua granja, el gallinero, el lavadero o la
cocina maternales. Todas las aguas de Lubín, todas las invenciones de Lenteric
no bastarán a quitar la original mancha nativa; todos los roces con Gales, con
Borbón o con Sagán no las suavizarán la aspereza de generaciones de[38] servidumbre y vulgaridad, y cuando el carácter
exalta o se agria brotan de los más bellos labios palabras y hacen los más
blancos brazos gestos, que piden la portería o el mercado.
Ésta nació en un pueblecito de provincia; vino a
París no se sabe cómo; quiso trabajar y no pudo; le cayó del cielo de un lecho
casual una liga medianamente favorable. Abandonada, fué soubrett, y
de criada de señora alegre, fué arrebatada por tal viejo vicioso que la lanzó,
es el término. Tuvo suerte, y hoy posee una mediana educación, un hotelito,
caballos, y su nombre figura en las crónicas del Gil Blas.
Esa otra es gallega. Sirvió en Madrid en una casa
de huéspedes. Todos los estudiantes supieron en su pensión de a dos pesetas lo
que era el amor de la sirvientita, cuya cara primaveral era un plantío de
sonrisas, y cuya generosidad no tuvo límites. ¿Quién le enseñó a bailar el vito
y el fandango? ¿Quién la levantó de tan bajo como había caído? ¿Qué ángel le
mostró el camino de París, y quién la hizo descaderarse ante un concurso de
periodistas? Es el hecho que triunfó en un instante, y sus castañuelas hicieron
llover luises. Los jóvenes vivos y los viejos bobos la llenaron de diamantes.
¡Qué de diamantes! Sus diamantes fueron tan célebres como sus conquistas. Torpe
como un pato, tiene en su época la celebridad de una Aspasia. Tiene hotel,
casas que alquila, todavía más diamantes, y mil trompetas que anuncian al mundo
el reinado de su belleza.
Aquélla, tuvo por cuna un montón de coles, se[39] corrompió casi en la niñez, circuló por los
barrios parisienses, en noches de frío, en busca del paseante trasnochador. La
casualidad la hizo hallar su suerte buena en un desconocido. Ascendió. Ganó.
Acaparó. Juega a los caballos. Su llegada a Niza y Monte-Carlo causa siempre
sensación.
Aquella otra, ¿se acordará del pobre pintor que fué
su amor primero en un cuartucho del barrio Latino? ¿Se acordará de las noches
danzantes de Bullier? ¿De la escasa cena a la madrugada, en los mercados?
Quizá, porque se la suele ver en ocasiones pasear sus trajes de Doucet por
cafetines del Boul' Mich y saludar a sus antiguos conocimientos.
Las obreritas miran con envidia a estas desdichadas
con fortuna, cuyas faldas, cuyos sombreros, valen un año de trabajo en un
taller matador. El lujo las fascina, ese lujo gritón y exhibicionista; y el ver
a las ilustres pelanduscas en compañía del lord, del conde y del millonario. Y
no sospechan los lados duros y trágicos de esos aparatos de placeres, a quienes
el placer mismo martiriza.
Algunas empiezan ya a guardar dinero, a poner en el
Banco economías, y suelen ser menos frecuentes los fines de fiesta a lo Cora
Peral. Pero la riqueza no es segura y un crecido tanto por ciento va siempre a
los hospitales y a la miseria degradada, cuando un ímpetu salvador no lleva la
vieja carne inútil al Sena. Las que logran asegurar los años últimos, ya se
sabe en lo que paran. Como el diablo viejo, en fraile; la diablesa gastada, en
devota.
Hay sus raros ejemplos de afición a la literatura,
y sobre todo a las tablas. Lo primero no deja de ser[40] una
especie de réclame, como en el caso de Mlle. de Pougy; y lo otro no
es más que el affiche viviente, la muestra plástica, el
escaparate del «restaurador» que pone a la vista lo que atrae a los amantes de
la bonne chére, o si queréis, bonne chair...
¿Habéis estado alguna vez, pasada la media noche,
en casa de Maxin? Cito este lugar, por ser uno de los que más ha estado de moda
en este último tiempo. Una muchedumbre de beldades caras se instala en las
mesas, que no tardáis en ver coronadas del indispensable cordon-rouge o
extrady. Caballeros de todos portes invaden el recinto y entablan la partida
amorosa de la cena, mientras los tziganos, que casi siempre son españoles,
italianos y franceses, martirizan los violines en un suplicio orféico que no cesa.
Jovencitos adinerados y más que maduros marcheurs se disputan
la primacía del halago a las mujeres, radiantes de joyas, maravillosamente
vestidas, irresistibles de vicio. Hay sonrisas, charlas, risas, y no son raros
los insultos. Allí están las varias Guerreros, estranguladas de perlas,
repartiendo sus tentaciones españolas; allí varias yanquis, soberbias y duras,
con las manos pesadas de brillantes; y las innumerables Fulanas de Tal Cosa,
Perengana de Tal Otra, francesas con su falso apelativo nobiliario, graciosas,
atrayentes, pálidas de noches blancas, a pesar de los afeites. Y se come y se
bebe; y cuando llega la madrugada, ya las mesas se han apartado y el baile se
inicia, y dale Valse bleue y demás músicas en boga. Por el
lado del bar[41] pasan los equívocos chasseurs que
llevan mensajes; por otro circulan los mozos serviles, renovando la champañada.
Y la quête de los músicos, completa los indispensables
desembolsos. (¿Qué diríais al saber que los violineros del Café de
París se han ganado en un año de propinas setenta y tantos mil
francos?) Y las mozas se alegran más y más. Cada cual cuenta con su presa. Y el
inadvertido mozalbete no consulta su cartera; y el animado gagá no
halla qué hacer con su emperatriz de a tantos luises. Y hay entre ellas celos y
recelos. La ninfa no esconde a veces a la verdulera, y la marquesita Watteau no
oculta que sabe el vocabulario de su papá el cochero.
El triunfo está a la salida, cuando cada víctima se
lleva a su compañera del brazo. No se cambiaría un caballero de éstos, en ese
instante, por el mismo ex príncipe de Gales.
Allí he visto auténticos potentados asiáticos e
inconfundibles majestades yanquis; conocidos lores, y, ¡qué honor para el
continente! gran variedad de afortunados hispano-americanos.
Allí he visto—y ya comprenderéis que no he asistido
como uno de tantos, pues no tengo inconveniente en manifestaros que no me llamo
Vanderbildt, y que la buena mensualidad que me paga La Nación no
me alcanzaría para dos noches;—allí he visto, con cierto pesar, a ricos
argentinos, desparramar los billetes azules, esfumar los oros con
prodigalidades que no dejaban mal puesta la bandera... Pero os juro que más de
una vez he tenido la tentación de decir a uno de esos notables gozado[42]res de la vida: «Señor, es una bella pasión la pasión de
la belleza, y la grata compañía de estas princesas, envidiable desde todo punto
de vista, de oído, de olfato, de tacto. Tenéis un capital que no palidece ante
el de algunos de estos nababs cosmopolitas. No sería yo quien os aconsejara
tomar la vida por su lado obscuro, cuando las estancias producen tanto y no
gastáis sino los intereses de vuestro haber total. Pero permitidme que os haga
esta pequeña observación. Con lo que gastáis en una semana de superfluos
derroches, podría seguir por mucho tiempo sus estudios un joven pintor, músico,
escultor, escritor, de los muchos que en vuestro país son pobres, y podrían más
tarde dar honra y brillo a la patria. Con lo que gastáis en dos semanas
podríais obsequiar al Museo nacional de Bellas Artes, una hermosa obra, que
acrecentaría al naciente emporio artístico; con lo que gastáis en un año—y
hablo de gastos absolutamente sin razón—¡calculad lo que podríais hacer!»
Pero, casi siempre, cuando voy a hablar esto,
suenan los violines, se esparce la Valse bleu, se interponen
los chasseurs, hace cuatro reverencias el sommelier...
¡Y esas damas...!
VI
O que se llama aquí la Gran Semana, es dedicada
principalmente a «la más noble conquista del hombre»; «la más noble conquista
del hombre» ya se sabe que es el caballo.
Ya fué la fiesta de Auteuil, en donde, con la
complacencia de un día amoroso y dorado, se vió un brillante ejército de
mujeres deliciosas, vestidas con el arte de encantamiento que los costureros
saben; irrupción de rostros sonrientes, trajes de primavera, sombreros y
sombrillas que alegran de armoniosos colores el espectáculo: un ir y venir de
gentes elegantes; en las tribunas una aglomeración de notas encantadoras; y
cerca, los lagos, los carruajes ostentosos, también con su carga de belleza y
de riqueza; ya Chantilly, con su Derby que hace competencia y vence en Epsom,
Chantilly, lugar aristo[44]crático y deleitoso; ya
Longchamps, adornado de lujo e hirviente de mundo; al Gran Prix, con sus pompas
y ruido.
El entusiasmo que hay en París por las carreras,
sólo puede compararse al que hay en España por los toros. Se juega mucho, se
juega demasiado. El sport actual no ve la mejora de la raza caballar sino en la
ganancia. El cuadro estético interesa poco. La equitación, atacada por la
bicicleta y el automóvil, está en decadencia. Saxon, Jocely, Chéri son
aclamados, más que como «violentos hipógrifos», como fuentes de entradas, de
francos o de luises. Los que pierden, ciertamente, no aclaman al cuadrúpedo
triunfante. Pero por el momento los nombres de los ganadores van hasta las
constelaciones. Desde 1873, una larga lista señala triunfos sucesivos—tal una
enumeración de papas, de reyes o de generales: The Ranger, Vermont, Gladiateur,
Ceylan, Férvacques, The Earl, Glaneur, Sornette, Cremome, Boïard, Trent,
Salvator, Kisber, Si-Cristope, Thurio, Nubienne, Robert-Devil, Foxhall, Bruce,
Frontín, Little Duhk, Paradox, Mintin, Tenebreuse, Stuart, Vasistas, Fitz,
Roya, Clamart, Rueil, Ragotski, Dolman Baghtche, Andree Arreau, Doge, Le Roi
Soleil, Pert, Semandria, hasta el glorioso bruto de ahora, Chéri,
cuyo propietario, Caillaut, no cabe en su orgullo. Calígula no andaba muy
errado. Las publicaciones sportivas son numerosísimas y el público las compra
como el periódico noticioso, el diario preferido. Los principales cafés y bars
tienen un servicio de información inmediata para las carreras; las gentes del
alto mundo, tanto como las del bajo, tienen su animal favorito y apues[45]tan. Los suicidios a consecuencia de pérdidas en los
hipódromos no son escasos. Hay quienes opinan que las carreras son útiles y de
alta moralidad política. Las ha llamado alguien «pararrayos de las
revoluciones», exactamente como Huysmans llama pararrayos de las tempestades
diurnas a los conventos. El pueblo se divierte, dicen, y así no hay temor de
que se subleve. Panem et circenses. Mas no se fijan que las
carreras sin el pan, no contentan a los proletarios; y lo que se está
preparando en lo nebuloso del porvenir, por obra del fermento popular, y de la
miseria negra que contrasta con la insolencia de la riqueza exhibicionista, no
es la caída de un ministerio más o menos Waldeck, o de una república más o
menos radical o clerical; es algo que soñó demasiado hermoso Hugo y que previó
demasiado rojo Heine; algo que le va a quitar el automóvil al príncipe
D'Arenberg y las caballerizas a M. Edmond Blanc. Eso no lo sabe tanto orgulloso
satisfecho de los que tienen por Homero a Jean Lorrain y por gráfico retratista
al mordiente Sem.
Grandes sportwomen hay, que se apasionan por el
juego elegante, y otras que son dueñas de haras. Por mucho tiempo
la vizcondesa d'Harcourt hizo lucir sus caballos, con sus jockeys blanco y oro.
Hoy se ve siempre en la tribuna a la duquesa d'Uzés, a la de Noailles, a muchas
duquesas; a las condesas de Roederer, de Le Marois, de Saint-Phallier, de Portales,
a la princesa Murat, y cien otras nobles más, y señoras de propietarios
de écurie, y mundanas en profusión tanto como semi-mundanas...
Y es desde luego una parada de elegancias, una ex[46]posición
de trajes y joyas, en competencia; visión de sedas y encajes sutiles, visión de
flores y de sombreros, de sonrisas, de gestos graciosos. Del lado de los
hombres, el todo d'Hozier, la banca, los negocios, los clubs. Entre las barbas
blancas, la del duque de Chartres y del rey Leopoldo, y las patillas que
enmarcan la cara dura del barón Alfonso de Rothschild. Luego el grupo de los
comisarios, dueños de caballos, corredores, etc., y la tribuna de entraîneurs y
jockeys.
Los jugadores y curiosos pobres están más allá,
bajo los árboles, a la hora del salchichón al aire libre, y junto a la reja en
el momento de la corrida de las ligeras bestias.
Y cuando la carrera empieza es el enorme griterío,
la expectación, la impaciencia por saber cuál ha de ser el dichoso ganador; y
los nombres de los animales que corren en competencia se pronuncian entre el
ruido, mientras los caballos van por la pista como la bola en la ruleta. Así,
como el entraîneur de M. Caillaut, propietario de Chéri,
llegase tarde cuando el Gran Prix se corría, no encontró lugar en la tribuna en
que le correspondía estar, y no supo la victoria de los caballos de su amo sino
por las exclamaciones que entre la tempestad de gritos llegaban a sus oídos: se
nombraba a Saxon, el ganador de Chantilly, y al inglés Lady
Killer, hasta que el hábil hombre de caballeriza sintió un soplo de alegría
al oir aclamar en último instante a Tibère y a Chéri.
Desde el presidente de la República al último camelot,
pasa en triunfo el nombre del vencedor, los[47] colores
del patrón adquieren un nuevo brillo y como que, al pasear al bruto triunfante,
se dejase ver, en cuatro patas flacas y con una cabeza soberbia, la imagen de
la vanidad, pasajera y momentánea. Pues el doble event es cosa
rara, y Saxon, ganador en Chantilly, no tuvo el gran premio. Y ese
principado hípico tiene el fin de todos los principados humanos. Arquías hacía
ya lamentarse al corcel antiguo triunfador en la carrera; «me he visto, dicen
los versos de la Antología, coronado, en otra época, en las orillas del Alfeo;
gané dos veces el premio junto a la fuente Castalia; y obtuve aclamaciones de
la muchedumbre y aplausos, en Nemea y en el Istmo; a la piedra de Nisipo pasaba
como llevado por el aire, ¡Oh desdoro! hoy doy vueltas a la piedra de un
molino, en ruin ocupación, y sufro el látigo». Los Saxon y
los Chéri no irán, gracias a los progresos de la industria, a
hacer harina; pero no está en lo imposible que sus gloriosas carnes sean
mañana, cuando la vejez llegue, consumidas en beefteaks de culinaria
subrepticia, o claramente ofrecidos a la hipofagia parisiense. No serán los
primeros outsiders víctimas del apetito.
Un bello espectáculo es sin duda alguna el desfile,
cuando las horas doradas de la tarde ponen en el Bosque su ambiente de amorosa
alegría, en esta estación que hace hervir las savias y precipitarse la sangre.
El presidente de la República se retira, y generalmente es aclamado a su paso.
Una interminable procesión de vehículos se extiende, en un resonar sordo de
cascos y un sacudimiento de sonorosos arneses. Pasa el mundo oficial, el gran
mundo, los[48] batallones de clubmen. Las hetairas
no son las menos miradas como comprenderéis—, la Emilienne d'Alençon en su cab
inglés, la Otero en su equipaje superior al del mismo millonario Chauchard, y
todas las celebridades de la gracia en venta y del amor profesional. Se
disemina el inmenso río de carruajes y automóviles y bicicletas. Quiénes van a
los restaurants del Bosque, quiénes a la ciudad. París murmura, se estremece,
bañado de fuego vespertino, y al entrar a la plaza de la Concordia, al ver el
casco de oro de los Inválidos, las lejanas agujas de Santa Clotilde y, en el
inmenso forum que engrandece y alegra el espíritu al propio
tiempo, el obelisco sobre el fondo verde de las Tullerías; al respirar este
ambiente y sentir filtrarse en uno el alma del día, se experimenta un singular
placer. Se viene de coronar a un caballo; pero no importa. Allá está enterrado
Napoleón, aquí respiró Víctor Hugo; sentimos como que vamos sobre el pecho del
mundo.
Venimos de la coronación de un caballo; en Atenas
también se hacía lo mismo. Un caballo bueno vale más que un general malo. Y
luego, «la más noble conquista del hombre» siempre ha sido compañera de la
gloria; no se concibe a Alejandro sin Bucéfalo, al Cid sin Babieca; no puede
haber Santiago en pie, Quijote sin Rocinante ni poeta sin Pegaso. El caballo es
noble, es generoso, es bueno. Merece más que los elogios de M. de Buffon.
Lo lamentable es que en el sport moderno, lo
repito, en las carreras, no se tenga por mira el espec[49]táculo
estético, sino el lucro, el azar, la ganancia. La gran pelousse equivale
a una mesa de billar, a una carpeta de juego. La Gran Semana es la semana de la
ostentación del lujo por un lado y la apoteosis del juego por otro. Dicen que
esto es el 14 de Julio sportivo. Hay razón en decir eso. Mas no es envidiable
la celebración desde aquel punto de vista.
Mejorar la raza caballar es una gran cosa. Se ha
llegado en esto a resultados admirables. Mejorar las razas humanas sería
indiscutiblemente mejor. Mejorar los cuerpos, mejorar las almas. No la
persecución imposible de una humanidad perfecta, pues esto no está en la misma
naturaleza; pero sí un progreso relativo, seguir el camino que muchos
conductores de ideas han señalado y señalan para bien de los pueblos. Es mucho
el contraste entre la maravillosa exposición de bienestar y de riqueza sobrante
y desafiadora, y la enorme miseria que se agita, y el enorme aplastamiento del
obrero por la masa del capital.
La noche del Grand Prix he visto a la célebre
Fagette, una mediocre divette que sale a las tablas con un
«bolero» que cuesta millón y medio. No es equivocación del corrector: millón
y medio.
Luego, se asustan de Ravachol.
La mejor conquista del hombre tiene que ser, Dios
lo quiera, el hombre mismo.
VII
udus.
O para decirlo en moderno, sport; o para decirlo en
castizo, deporte. Yo, por mi parte, nunca diré deporte; primero, porque así
dicen los puristas, y luego, porque esa palabra no quiere decir las fiestas de
agilidad y los concursos de fuerzas, que, en nuestros días, dominan el
aburrimiento de los desocupados del mundo.
Ludus es en latín, y esto puede ya hacer que me perdonen ciertos jueces
que no me permito atender, sobre todo cuando voy a hablaros del sport francés,
asunto agradable.
Hay aquí desde hace tiempo un despertamiento de
afición a las cosas sportivas que tanto dan que hacer a los anglosajones, a
punto que se creería que ellos son los inventores. El ejercicio es humano; la
fuerza sorda es bárbara; la gracia en la fuerza es[52] latina;
la elegancia es latina. Por eso se ha necesitado descender en el concepto de la
ornamentación personal hasta la chatura de nuestro tiempo, para que Pool sea el
árbitro de la sastrería masculina, y que la elegancia tenga su papa en Londres.
La elegancia es helénica y latina. Ella hace que el gladiador busque un bello
gesto para la muerte, y que al toro del sacrificio se le pongan pámpanos y
rosas en los cuernos. Ella hace que los aspectos de los centauros y lapitas en
el mármol de las metopas se afirmen hermosos y decorosos.
No puede haber comparación, sino para mengua de lo
moderno, en el concepto de la hermosura, entre los juegos antiguos que
celebraba Píndaro y los de ahora, que cantan el Auto-Vélo o
el París Sport. Pero aun así, los actuales ejercicios y
divertimientos ofrecen cuadros y escenas de innegable atractivo. El teufteur,
el pneu y los diversos matchs de velocidad o agilidad, que hoy están de moda,
entrarían difícilmente en la oda. El automóvil ha encontrado un robusto poeta
en prosa en Paul Adam, y algún pequeño poeta ha celebrado a las varias bellezas
que se visten de oso y se ponen caretas extraordinarias para ir a gozar de las
delicias del torbellino de polvo, sobre el demonio de caucho y hierro,
fulminador de pavos, patos, gallinas y perros, cuando no del desventurado
peatón.
Otra vez he hablado de las carreras de caballos.
Hoy se interesa el público por las carreras de automóviles. «¡El caballo se
muere! ¡El caballo ha muerto!» gritan algunos. Pero el Grand Prix no deja de
ser la fiesta por excelencia, y Auteuil y Chantilly y[53] demás
lugares de hipógrifos con pedigree, se siguen viendo tan concurridos como
siempre. Un periodista afirma que «un simple Rothschild puede franquear en una
armazón eléctrica, en diez y siete horas y media, la distancia que separa
Stuttgard de París; es decir, setecientos fulgurantes kilómetros, y eso en el
momento mismo en que la pobre Kizil Kourgan—ilustre yegua—hija de Eolo, gana el
antiguo premio de los hipódromos vieux jeu, y da vueltas ante el
presidente de la República. ¿Qué decís, oh días del corcel caro a Píndaro, y
qué vais a hacer? Triste sport de tortugas, ¿qué nos quieres? El Grand Prix de
París me parece tan lejano en la historia como las lupercales en honor del dios
Pan. Epsom, Longchamps, Auteuil y Chantilly, otros tantos nombres que suenan a
viejo régimen, viejos principios y radotage. Yo estoy por los
pneus, por los teuf-teufs, por los autos,—y los express son
nuestras diligencias.» A lo cual otro le contesta que el automóvil no es para
todo el mundo, pues hay que ser rico para pagarse las delicias de los 100 por
hora. No ha llegado tampoco el tiempo en que el caballo sea únicamente un comestible
en las carnicerías hipofágicas. «Creemos, dice el bravo defensor del animal
poético que relincha en Job y galopa en Virgilio, creemos que los autos no
reemplazarán jamás nuestra caballería armada, la cual, con las actuales
máquinas de guerra y con las que nos prepara el porvenir, se hacen más y más
indispensables. Esas solemnidades hípicas cuya ironía os parece risible, son,
pues, más útiles y de un orden más elevado que nunca, y el día que anunciáis en
que se[54] abolirán las corridas de caballos,
mientras el caballo volverá a las pampas; el día, en fin, en que «los coraceros
cargarán en triciclos a petróleo»—no es broma, eso está en el artículo—ese día
encontrará mejor su lugar en carnaval que aquel predicho por vos, en que «el
caballo gordo, despacio, coronado de pámpano, mitológico y comestible»,
desfilará por el bulevar. El mismo Paul Adam ha preconizado la potencia
destructora de los automóviles de guerra, y lo que se creía una imaginación
suya se ha visto confirmado por la opinión de revistas técnicas y algún ensayo
práctico en el ejército inglés. Pero nada le quitará al caballo su triunfo
estatuario y su belleza lírica. No hay que olvidar que Pegaso es caballo.
El ping-pong revoluciona las horas del salón, sin
el encanto del aire libre del lawn-tennis. Pero vino de Inglaterra y vence. La
pesca tiene sus aficionados, los de la paciencia inaudita con caña, y los de la
red, a l'épervier en los ríos cercanos, sobre todo en el
amable Marne; o en el mismo Sena, o en Lagny, Andresy, Chelles o Poissy. El
caballo de silla tiene sus campeones y amadores, como ese pobre millonario, el
joven Sterne, sobrino del pintor Carolus Durad, que acaba de matarse en un
steeple. Hace poco se han efectuado los steeples militares en Verie-Saumur, donde
hará un año se ejercitaba con lucimiento algún jinete argentino. Los concursos
hípicos se verifican en Vichy, Limoges, Roubaix, Brest, Rouen, Nancy, Poitiers,
Bologne-sur-Mer y[55] Spa. Por lo general, son
pruebas de obstáculos, saltos de fosos, de barreras y de ríos. Son famosos los
Habits-Rouges de París. Y hay luego los tiradores de armas, desde los de la
esgrima de sala hasta los aficionados al cañón, que van a probarse en
Fontainebleau.
El jockey es un personaje; el pelotari aún figura;
el maestro de billar se hace nombrar; los entraîneurs tienen
como los Watson, de las caballerizas Rotschild, sueldos de embajadores. Y
aquellos hombrecitos que corren los caballos, monos de seda, ligeros y osados,
con los colores tales o cuales, logran conquistas amorosas que tan solamente
tuvieron un tiempo los tenores, y que hoy pudieran apenas disputarles los
toreros. Dígalo ese muchacho yanqui, de diez y ocho años, Rieff...
Los concursos ciclistas van uno tras otro, en donde
se ponen en liza Meyers, Grogna, Ellegaard y cien más, cuando no negro
prodigio, como Major Taylor.
Los más a la antigua son los atletas. Desde la
resurrección de los famosos juegos olímpicos, hay todos los años campeones que,
como en la vieja Grecia, se disputan el lauro de la carrera, del disco, del
salto. Los triunfadores, en imagen, son popularizados por la fotografía, como
antes el bronce o el mármol en Pitia u Olimpia honraba a los corredores,
gimnastas o pancraciastas. En los vasos de Volci o en la estatua de Mirón se
admiran los antiguos cuerpos amacizados de ejercicio y en posturas nobles y gallardas,
que, por más que hagan, no pueden igualar los gimnastas, luchadores y
discóbolos[56] de ahora. Antes que el maravilloso
estadio que inmortalizan las helénicas antologías, lo que evocan, vencedores y
todo, es la feria, el tablado de Neuilly, las barracas anuales de los bulevares
exteriores.
Otros son los del remo, como los que tuvieron
también su celebración de campeonato el día mismo en que se concluía la carrera
automovílica París-Viena y se verificaba la fiesta del Grand Prix de Paris
Cycliste. El Rowing Club proclamó a Roche y d'Helley campeones de Francia en
doble-scull; a Hiser campeón de los juniors en skiff, y a Prével campeón de
Francia en skiff. No hay la locura seria de los oxfordianos y cambridgianos;
los aficionados se ejercitan con pasión, pero no con la decidida convicción patriótica
que los colegas de ultra Mancha.
¡Ah! y esa carrera París-Viena, ¡lo que ha dado que
hablar! No hay carrera de esas en que no haya su muerto, o cuando menos su
herido. Como los que tienen automóvil son gentes de fortuna, nobles o
burgueses, sucede que los anarquistas tienen en la máquina violenta una
colaboradora de más de la marca. Ya van varios millonarios muertos por la
pasión de la velocidad. Aquí sí que confunden precipitación con velocidad; y
así un Cahan d'Anvers fué lanzado por su auto a la otra vida;
y Vanderbilt estuvo el otro día en gran peligro de perder la suya; y muchos
otros eminentes automovilistas, aun testas coronadas como el rey de Italia, han
pasado por ciertos peligros que el modesto y elegante caballo,[57] y
aun mejor el vehículo de San Francisco, no ofrecen a quienes se dedican a
ellos.
No niego que hay su belleza en el automóvil, y que
una vez puesto uno en la silla, se va ensanchando Castilla delante del
armatoste formidable y no se acuerda uno más de los aplastados, desde el
momento en que se siente aplastador. La gloria de ir como en un vuelo fabuloso,
dominando el espacio en un monstruo casi mitológico o bíblico, puesto que ha
habido quien crea que Eliseo al dejar su manto lo hizo yéndose en un
automóvil avant la lettre; el placer físico de la ligereza, de
sentirse liviano como el aire mismo, son cosas innegables, pese a los que, como
yo, no pueden ver pasar una máquina de esas sin cierta sublevación de ánimo.
Pero, tal como se usa, es un placer inestético y sucio. Inestético, porque
jamás la mejor dion o mercedes, o deschamps,
equivaldrá en gracia y elegancia a un soberbio carruaje tirado por tronco más
soberbio aún de brillantes caballos; y porque para hacer esas vertiginosas
caminatas hay que vestirse de máscara, con inusitados balandranes o capas
esquimalescas; y sucio, porque mientras no se rieguen con petróleo todos los
caminos del mundo, el que se atreva a correr parejas con el huracán resultará
lleno de polvo, negro de tierra, incómodo y feo. Y luego, es un sport para
privilegiados. La más barata máquina cuesta cuatro mil, seis mil, y ocho mil
francos. Las hay de cincuenta mil, de cien mil, y no sé si de doscientos mil. Y
no todos somos el cha.
Todo sport tiene su encanto, su placer relativo;
natación, caza, pesca, remo, duelos a primera san[58]gre,
billar, turf, teuf-teuf y compañía El placer está en no llegar a la
exageración, en no romperse el alma por hacer 101 kilómetros; el no ahogarse
por querer pasar el Canal de la Mancha; el no pescar una insolación antes que
una trucha, caña en mano. El ejercicio y la distracción hacen más amable la
vida con tal de que ésta no se exponga inútilmente.
Si el perilustre Mr. Vanderbilt, conocido del payo
Roqué, me dijese.—«Voy a regalar a usted un automóvil, y va usted a hacer 103
por hora», yo le contestaría:—«Muchas gracias, Mr. Vanderbilt, J'aime mieux ma
mie ô gue! J'aime mieux ma mie!»
VIII
A vuelta de Jules Bois de la India ha coincidido
con un despertamiento de curiosidad para los estudios psíquicos. Le
Journal y Le Matin han publicado relaciones de
milagros, reportajes de personas iniciadas en los asuntos del au-delà;
y han hablado sacerdotes, médicos, magos, espiritistas y videntes. He creído
oportuno, pues ocuparme en este asunto; y me he dirigido a un amigo mío muy
versado en lo que pasa de tejas arriba, artista y teólogo, perteneciente a los
círculos swendemborguianos y espíritu convencido. He hablado ya de él en otra
ocasión: me refiero a G. Núñez.
Era una tarde opaca, como de comienzos otoñales;
llegué a la casa de mi amigo con objeto de saber su opinión a propósito de los
milagros de Lourdes. Le encontré en medio de su familia y en unión de su
inseparable Henri De Groux. Una gran Biblia estaba abierta en una mesa.
Mientras el crepúsculo[60] penetraba por los vidrios
de los balcones, una de las hijas del artista despertaba suavemente en el
piano, música vaga, triste, como adecuada al momento.
Debo advertir que creo en absoluto en la sinceridad
de mi amigo. A pesar de que muchas veces he oído de sus labios narraciones,
sucedidos y hechos personales que parecerían increíbles, no me han sorprendido
tanto, después de haberme dedicado, en otros tiempos, a lecturas teosóficas y
ocultistas. Las historias y experimentos de Núñez, no me parece que sobrepasen
a lo que todos conocemos en William Crookes, H. P. Blavatsky, Richet, Lombroso
y tantos otros. Núñez es un oculista cristiano; y, repito, es un hombre
sincero. Es este el principal valor de su opinión.
Sentadas mis proposiciones y hechas mis preguntas,
quedóse mi amigo meditando. Luego, comenzó a hablar:
—No pueden, me dijo, negarse los hechos. El mismo
canónigo Brettes, dice que esas maravillas están anunciando en renacimiento de
fe.
Animado por la lectura de esas polémicas y
opiniones, había creído oportuno publicar algo de lo que yo creo comprender
sobre los innegables milagros que se han producido y se siguen produciendo en
Lourdes. Es muy cierto que la humanidad está esperando hoy un nuevo fiat
lux.
Es muy cierto que aguardamos ese fiat lux,
que venga a restablecer el orden moral que todos ansiamos.
Nos encontramos en plena era de lo metafísico.
Tenemos, por lo tanto, que hablar de todos los
asuntos metafísicamente. Lo que es del «espíritu», «espíritu es», como dice el
Evangelio, y lo que es de la «carne», «carne es». Tenemos, pues, que estudiar
los milagros de Lourdes, desde el punto de vista espiritual, pues son un efecto
material que nos admira, y para comprender su significación hay que estudiar
sus causas.
Yo, como todos los que amamos la verdad, he estado
durante años esperando el santo advenimiento de esa fe tan deseada, y después
de muchos estudios he llegado a conseguir aquella voz del alma que Dios concede
a los que buscan sinceramente. Fundando mis razones en esa verdad, en esa fe,
voy a decir lo que sé sobre este singular y discutible fenómeno de los milagros
de Lourdes y a poner de acuerdo a los que, como facciones opuestas todas ellas
en guerra, buscan la solución y no la encuentran.
Tenemos enfrente una dificultad parecida a la del
huevo de Colón. Vamos a verla. Vamos a romperla.
Según declaraciones personales del canónigo
Brettes, el clero romano no quiere imponer al mundo católico la creencia en los
milagros de Lourdes, y en sus palabras textuales califica de ignorante, de
hombre de mala fe y de otras cosas que se abstiene de escribir, a todo aquel
que se atreva a asegurar que el rebaño católico está obligado por Roma a
sostener como artículo de fe que los milagros de Lourdes son auténtica obra del
cielo.
[62]M. Brettes sabe muy bien lo que está diciendo. Sus
palabras son la expresión de todo el clero romano.
Este sabio e inteligente prelado añade a renglón
seguido que los hombres pueden salvarse sin que sea para ello indispensable
creer en los milagros de Lourdes, pero que su salvación sería más segura y
fácil si creyeran. Por otra parte, monsieur Brettes cree firmemente en ellos y
declara haber presenciado diez y siete curaciones milagrosas que se efectuaron
entre cincuenta enfermos que él personalmente condujo en peregrinación al santo
lugar de las aguas encantadas.
El que sepa leer entre renglones observará que el
clero romano no se atreve a imponer la creencia en los milagros de Lourdes como
dogma de la religión romana, porque en presencia de los hechos imposibles de
negar, hay un vago presentimiento que les está diciendo que Lourdes puede
llegar a ser su propia ruina, pues si por un lado la evidencia de los hechos
los obliga a defender la existencia de los milagros, por otra parte ve y palpa
que dichos milagros no tienen carácter divino; y si se niegan a reconocerlos
como verdades del cielo, no por eso dejan de preconizarlos, de predicarlos y de
desplegar en su honor todo el culto y respeto y pompa eclesiástica, con toda la
grandeza y lujo que son capaces de ostentar cuando lo crea necesario.
El clero romano está dando al mundo el ridículo
espectáculo de un pueblo arrodillado ante un rey que ellos mismos han
reconocido, y que no se atreven a coronar, porque le temen. Esa misma es la
actitud[63] de M. Brettes. En su carácter de prelado
romano no le es posible reconocer a Lourdes como una verdad, pero en su opinión
particular se postra ante esa verdad que le es imposible negar.
Estas cosas tienen un sentido muy hondo, pues al
mismo tiempo que Roma desconfía de Lourdes, las medallas, las imágenes, las
reliquias y las aguas embotelladas como de Vichy o las de Huyady Janos circulan
por el mundo católico recomendadas por todos los clérigos, dando con este
proceder una prueba irrefutable de que sin querer dar la cara, están ellos
mismos persuadidos de una verdad que no comprenden y temen reconocer
abiertamente. Los milagros de Lourdes han puesto a Roma en un triste
predicamento.
La ausencia completa de grandeza y majestad que se
observa en ellos, los tiene perplejos, pues si es incontestable que hay
curaciones milagrosas (eso no lo puede negar nadie), esos milagros no llegan
nunca a la altura de dignidad y nobleza de los milagros que se relatan en los
Evangelios y en el Viejo Testamento. Son de carácter interior y limitado.
Imperfectos.
Monsieur Naudeau, hombre inteligente y sincero,
presintiendo la verdad simple y sencilla, pregunta al canónigo de Brettes por
qué no se ve nunca en Lourdes el renacimiento de un brazo o de una pierna
amputada.
Si yo hubiera estado presente le hubiera preguntado
a M. de Brettes por qué no se ha visto nunca en Lourdes un muerto resucitado
por las aguas milagrosas.
Todo el clero romano, empezando por el papa y
acabando por el sacristán, se hubiera visto imposibilitado de dar una respuesta
satisfactoria.
¿Es que Dios le ha señalado un límite a la Reina de
los Angeles, para producir milagros?
¿Por qué no se ven en Lourdes otros milagros sino
el de la curación de enfermos?
Jesucristo resucitaba muertos, calmaba tempestades,
convertía el agua en vino, andaba sobre los mares, dividía cinco panes para que
comieran y se hartaran 5.000 personas.
¿Cómo es que a su Santísima Madre en Lourdes no le
ha permitido curar sino a un diez por ciento de miles de enfermos que imploran
la salud?
El clero romano, que sabe estas cosas, no ha
establecido a Lourdes artículo de fe católica, porque no tiene mucha confianza
en el autor del milagro, y tiene razón; pues si esos milagros dimanaran de la
Divina Providencia, las virtudes de las aguas no estarían tan circunscriptas
como se ve que están.
Los milagros verdaderos que proceden de Dios, no
están limitados en manera alguna: son netos, redondos, francos, completos.
San Pedro y San Pablo resucitaron muertos, como
consta en los Actos de los Apóstoles.
Según la teneduría de libros de las oficinas de
Lourdes, los enfermos restablecidos en salud no han pasado nunca de un diez por
ciento (información que se le dió a M. Emile Zola), y, sin embargo, es sabido
que hay gente que ha hecho el viaje a Lourdes durante ocho y diez años
consecutivos sin lograr que el milagro los toque.
No puede darse mayor fe que la de esos
desgraciados. Nunca logran su curación, a pesar de su persistencia, y, sin
embargo, Jesús ha dicho que la fe transporta las montañas. Jesús no ha mentido,
pero los hombres trastornan su fe; ahí está la explicación.
¿Debemos creer, por los fiascos de Lourdes, que los
poderes de Dios sean limitados o encuentren en el mundo material obstáculos
imprevistos para realizarse?
No. Pero es lo cierto que nos encontramos en
Lourdes con un dilema colosal. Hélo aquí: O Dios se encuentra imposibilitado
para curar a todos los enfermos que van allí, o le ha puesto un freno al autor
de los milagros para que no traspase los límites determinados por su infinita
sabiduría.
El mismo M. de Brettes reconoce que hay en todo eso
un designio particular de Dios que nosotros los hombres ignoramos. Tiene razón.
Eso no puede negarse, como ha habido también un designio de Dios, y esto
tampoco puede negarse—en las apariciones de espíritus (que M. de Brettes
reconoce) y sus hechos ampliamente demostrados por los hombres de ciencia que
no son capaces de mentir, y entre los cuales se nombra a M. Camille Flammarión,
William Krookes, Zoelner y otros.
También ha habido designio particular de la
Providencia cuando permitió que el príncipe de Gales, hoy rey de Inglaterra,
presenciara los milagros portentosos hechos por los fakires indios, y que han
sido relatados en sus viajes para asombro de los que los leen. Ya se ve por
todo eso que Dios[66] prepara un renacimiento de fe,
como dice M. de Brettes.
El clero romano sabe o debe saber estas cosas. El
mismo canónigo dice en su conferencia con Naudeau, que la aparición de los
espíritus es un hecho, y si él y el clero romano saben a qué atenerse con
respecto a los espíritus y a sus mentirosos milagros, habrán observado también
que todos ellos tienen un mismo carácter, que todos están limitados a ciertos
casos y a condiciones determinadas. Como pasa en Lourdes.
Los fines de la Providencia al permitir esos
milagros, no son otros que el restablecimiento de la fe contra la ciencia
experimental, contra el materialismo moderno y la filosofía positiva, que sin
esos obstáculos que se oponen a su progreso se despeñarían como un torrente
maligno. Dios ha querido desacreditar y destruir la ciencia de mala ley que se
esfuerza en atacar el principio espiritual de la naturaleza.
El triunfo no puede ser más completo, pues aunque
el clero católico se encuentre en un gran predicamento, la existencia de Dios y
del mundo espiritual está bien probada. La ciencia y el positivismo moderno han
sufrido y sufren un golpe mortal con los portentos de Lourdes. Lo espiritual ha
vencido a lo material.
Con la misma piedra, sin embargo, Dios ha matado
dos pájaros: a la ciencia materialista, y al catolicismo romano. Ambos van a
morir en Lourdes. Voy a explicar por qué y de qué manera los milagros de
Lourdes van a ser el Waterloo del clero romano.
Esta vieja y venerada institución no se atreve a
declarar a Lourdes como artículo de la fe romana, y al mismo tiempo se
encuentra, hoy por hoy, altamente comprometida a declararse abiertamente sin
reticencias ni hipocresías, puesto que atribuye los milagros a la influencia y
poderes de la Purísima Concepción; hemos de ver muy pronto que Roma en su
agonía reconoce oficialmente a Lourdes como milagro de la Virgen, y cuando este
reconocimiento tome la forma canónica y esté sancionado por la infalibilidad, hemos
de ver que las aguas pierden sus virtudes y Roma se quedará abochornada, como
sucedió con el cementerio de Saint Medard, en el siglo antepasado. La ciencia
positiva, por otra parte, no tiene fuerzas en lo que ha dicho hasta hoy para
negar a Dios y al alma, pero les sobra con las que tiene para negar con éxito
las supercherías romanas.
Las razones que expone M. de Brettes para
justificar el hecho de que esos milagros se efectúen con preferencia en
Francia, no están bien explicadas en su conferencia con M. Naudeau. M. de
Brettes no ha querido confesar que la Francia es hoy el país más materialista
de la tierra. No sentaría bien en un clérigo romano semejante declaración,
puesto que Roma no desea hoy otra cosa que tener de su parte a la fille
aînée de l'église a la primera de las naciones latinas, a la más rica,
y a la que podría poner a su disposición capitales, ejército, escuadras y un
millón de hombres, dado caso de que la Francia doblara la rodilla a su
santidad. Francia sería la más preciosa perla en la tiara de los papas.
Dice M. de Brettes que la prueba de que Dios ha
preferido a la Francia para esas manifestaciones, es que hay enfermos que hacen
el viaje a Lourdes cinco y seis veces, y que su fe permanece. No me parece que
una cosa sea consecuencia de la otra; pero, en fin, que recuerde M. de Brettes
que la Francia es el país de los Enciclopedistas, de Voltaire, de Diderot; que
recuerde que en Francia fusilaron a un arzobispo en los tiempos de la Comuna, y
que recuerde por fin que en Francia casi no hay sino materialistas y católicos
fanáticos. Que recuerde que en Francia están hoy expulsando las congregaciones,
y que aunque esto no sea completamente grave para Roma, prueba muy bien de una
manera o de otra que la Francia es un país con quien no pueden contar
abiertamente.
Por otra parte, yo creo que si Dios permite esas
maravillas en Francia no es con el objeto de proteger a Roma, sino para
extinguir la incredulidad que reina en este importante país. M. de Brettes es
un clérigo muy discreto en lo que dice. Lo reconozco, y admiro su talento.
Ahora bien. «Un milagro, según la explicación que
da el ilustre canónigo, es un fenómeno que se produce fuera de las reglas
ordinarias, por la intervención directa de la Divinidad.» Eso podría negarse
por los textos sagrados; pero pasemos adelante. Continúa el canónigo diciendo
que las reglas ordinarias no son las reglas que rigen en el mundo. Así es como
la resurrección de un muerto (según el canónigo), es menos grande que la
creación de un ser humano, y la mies del campo que se produce todos[69] los años es un milagro mayor que el de la división
de los cinco panes entre 5.000 personas.
Yo, por mi parte, creo que son tan grandes el uno
como el otro, pero reconozco que M. de Brettes es un pensador y, por lo tanto,
le preguntaría lo siguiente:
¿Por qué Dios, en Lourdes, no puede resucitar a un
muerto, siendo esto más fácil que hacer nacer el número de niños que
seguramente nace allí diariamente?
¿Por qué Dios no puede curar más que un diez por
ciento de los enfermos que van a Lourdes, ni reconstituir piernas amputadas, ni
repartir su bien y su bondad con la misma abundancia con que Cristo dió de
comer a 5.000 hombres, y con la seguridad y grandeza con que levantó a Lázaro,
ya podrido, de su sepulcro, y con la certeza que Dios da la mies al campo?
No creo que esos milagros sean hechos por Dios, y
si no lo son, son obra de su enemigo.
Son obra del Genio del Mal. De la entidad Demonio.
Y si fuera Dios quien los hiciera, no resultaría un
diez por ciento del milagro, sino el milagro completo, pues según derrama Dios
la luz del sol sobre justos e injustos, y llueve sobre buenos y malos, como
dice Jesús, asimismo daría alivio y curación a todos los que se toman el
trabajo de ir a Lourdes para ser curados por la gracia Divina.
Sin embargo, Roma, que desconfía mucho del milagro
de Lourdes, quiere valerse de él para prolongar por más tiempo su dominio en el
mundo.
El poder y el prestigio romanos están en las
últimas, y Roma hace hoy alianzas con todo lo que cree que puede salvarla. Esa
es su política presente.
Suponiendo que los milagros de Lourdes sean hechos
por Dios con el objeto de levantar la fe católica y proteger a Roma y sus
clérigos, éstos están dando ejemplo de una inconcebible ingratitud al Ser
Supremo, no reconociendo esos milagros como artículo de fe; y si no, dan prueba
de una gran apostasía entregándose hipócritamente a la especulación con un
hecho que no creen procedente de la Divina Providencia.
Además de eso, debemos observar que esa celeste
religión está recibiendo desde hace tiempo los golpes más rudos que la política
del mundo puede darla. Por todas partes está perseguida. Ella cree que tiene
vida eterna, pero toma sus precauciones atesorando cuanto puede por si vienen
los malos días. Hoy no hay en ella sino especulación. Amor al dinero.
Esa religión querida y protegida por Dios, perdió
en 1870 el poder temporal de los papas, milagro, en mi concepto, más grande que
el de Lourdes; perdió anteriormente a la Inglaterra y a los países reformados;
pierde su prestigio de día en día hasta el punto que la misma España, la nación
más católica del mundo, quiere expulsar a sus religiosos; y sus congregaciones
no saben dónde sentar el pie, pues su decadencia es manifiesta y conocida de
todos. Eso sí es obra de la Divina Providencia.
¿No tiene Dios otro medio de salvarla que haciendo
milagros con un diez por ciento de verdad? S[71]i Dios
quisiera restablecer la Iglesia romana en su anterior grandeza, otros medios
tendría de hacerlo sin recurrir a esas cosas.
Los designios de la Providencia son otros. Más bien
parece que quiere acabar con ella. En efecto, ¿Qué ha hecho el catolicismo
romano en el siglo xix? ¿Qué le deben los hombres? La ruina de España. La
ruina y la anarquía de las repúblicas sudamericanas. La pobreza de Italia. La
decadencia actual de la Francia. Los países católicos están perdidos, pobres,
ignorantes, infelices, debiles, y Roma quiere continuar dirigiendo el mundo
habiendo sido un árbol que ha producido tan malos frutos.
¿Y cree Roma que Dios no ve estas cosas?
¿Cree Roma que puede continuar la adoración de
huesos muertos en los tiempos presentes, y las simonías, y el comercio de
almas, y la serie de iniquidades espantosas que insultan a Dios, y que cometen
diariamente en el nombre de un Dios todo amor, que murió en una cruz para
salvarnos?
Si yo creyera en la transmisión hereditaria de las
llaves de Pedro, diría desde luego que de dos llaves entregadas a los
pontífices romanos, ellos no han sabido usar sino una, y ésta es la que ha
abierto las puertas del infierno y lo ha desencadenado como torrente espantoso
sobre el mundo, y entre los hombres. La otra llave no han sabido usarla sino
para abrirse ellos mismos las puertas de su propio cielo, que consiste en el
poderío, el lujo y los deleites.
—¿Sabe usted, le dije, que habla como un clarín del
Juicio final? ¿Y los milagros?
—Para comprender las cosas de procedencia
espiritual hay que estudiarlas espiritualmente.
El fenómeno de Lourdes es espiritual en el fondo.
Busquemos, pues, su explicación en el sentido espiritual que encierra, pues en
el espíritu es donde hay que buscar las causas, y las causas no pueden
conocerse estudiando los efectos; hay que proceder por el orden opuesto; buscar
la causa para conocer el efecto. El hecho material que presenciamos en Lourdes,
es un efecto, un hecho palpable, pero para encontrar su significación hay que
buscarla en las causas que lo producen, y éstas las iremos esclareciendo poco a
poco hasta que aclaremos bien lo que tenemos delante.
Como Dios no es un ser sujeto a vanidades ni a
caprichos, ni es lícito suponer que haga lo que hace para ser mirado por los
hombres, nos vemos forzados a convenir que los milagros de Lourdes, así
imperfectos como son, han sido permitidos por Dios para que los hombres
aprendamos con ellos algo que nos interesa saber.
El estudio y la observación en los tiempos
presentes en la historia de la humanidad, nos están revelando que el mundo ha
de cambiar de un momento a otro; que está cambiando. El canónigo de Brettes ha
dicho, con mucha razón, que la crisis presente es demasiado fuerte. Que estamos
en una época de agonía, de angustia, y que el sér humano implora la Verdad,
cueste lo que cueste. Que es preciso que la Verdad se presente, que aparezca.
El sér humano la llama a gritos, la invoca, la quiere. Una revolución moral está
a la vista. Esas son sus palabras.
Todos los grandes pensadores están diciendo lo
mismo. No hay quien no lo observe, y, sin embargo, mentira parece, nadie quiere
darse cuenta de que estamos entrando en el gran día del Juicio final. Monsieur
Brettes lo presiente.
Nadie se da cuenta de esa Verdad. Todos creen que
aquel gran día está a una distancia inconmensurable de nosotros, sin advertir
que lo tenemos encima.
No me sería difícil explicar las razones en que
reposa ese engaño, pero, como quiera que sea, en ese gran día hay muchas cosas
que están condenadas a perecer, y una de ellas es la religión católica,
apostólica, romana.
El que quiera verlo claro, que lea los capítulos
XVII y XVIII del Apocalipsis y se convencerá de ello; verá a esta religión
tratada como una mujer vestida de oro y pedrería, con un cáliz en la mano lleno
de abominaciones y un nombre en la frente: Misterium, etcétera.
Roma está condenada a desaparecer, y lo prueba su
decadencia y su perdido prestigio.
Una nueva religión vendrá en que se adorará a
Cristo en toda su gloria.
La gloria de Cristo va brillando más y más cada
día, y el hombre observador notará que hay una gran verdad que se abre paso en
medio de esta crisis, que aparece como envuelta en nubes, pero que cada día se
ve más clara.
Esa es la nueva religión. La verdad cristiana en
toda su pureza.
—¿Y el Antecristo?... me atreví a preguntar.
[74]—Aquí es donde vamos a encontrar la solución del
misterio de Lourdes; pero antes es necesario saber quién es el Antecristo.
El Antecristo no es un guerrero (como se ha dicho),
que ha de venir del Oriente con grandes ejércitos cual otro Atila, a destruir
la religión católica, apostólica, romana. Eso es un absurdo. No se necesita
tanta fuerza y aparato semejante para destruir una institución que ya a estas
horas está agonizando.
Cuando sepamos quién es el Antecristo, hemos de
verlo cara a cara tal cual es; pero antes de desenmascararlo es conveniente que
oigamos algunas palabras de los apóstoles, y especialmente de San Pablo, que lo
tiene bien apuntado con el dedo.
Oigamos a San Pablo, hablando del Juicio final:
«No os engañe nadie en manera alguna; porque no
vendrá aquel día sin que venga antes la Apostasía, y se manifieste el hombre de
pecado, el hijo de perdición.
El que se opone y se levanta sobre todo lo que se
llama Dios o es adorado; tanto que, como Dios, se asienta en el templo de Dios,
haciéndose parecer Dios, ¿No os acordáis que cuando estaba con vosotros, os
decía esto?
Y vosotros sabéis qué es lo que impide ahora para
que a su tiempo se manifieste. Porque ya se obra el misterio de iniquidad:
solamente que el que ahora impide, impedirá hasta que sea quitado del medio.
Y entonces será manifestado aquel inicuo,
al cual el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con la claridad
de su venida.
Aquél cuya venida será, según la operación de
Satanás, con toda potencia, y señales, y milagros mentirosos.
Y con todo engaño de iniquidad obrando en los que
perecen.»
(II de los Tesalonicenses. Cap. II, 3-10.)
El Antecristo es La Muerte.
La muerte es un ser invisible, un espíritu malvado
que habita en el mundo y que no desea ni hace otra cosa que trabajar por
separarnos de la tierra. En otra Epístola de San Pablo, hablando también del
Juicio final, dice lo siguiente:
«El postrer enemigo que será destruído es la
muerte.»
(1a. de Corintios XV, 25.)
Ese hombre invisible es el hombre de pecado, el
hijo de perdición de que habla San Pablo.
Nosotros no hemos visto en la muerte sino el
fenómeno natural con todos sus horrores, pero no hemos visto la causa de ese
fenómeno. Vamos a verla.
Si los hombres no pecaran nunca, ese hombre
invisible no podría entrar en nosotros y habitar en nuestro cuerpo, pues el
hombre no fué creado por Dios para morir como se muere, sino para transformarse
de otra manera, y si fuéramos justos y no pecáramos nunca, seríamos al mismo
tiempo inteligentes, sobrios, precavidos, y ese inicuo hijo de pecado y
perdición no encontraría ocasiones de sorprendernos con su cortejo de
enfermedades sucias y dolorosas y asquerosas que prepara con astucia en[76] nuestro cuerpo, destruyendo nuestro organismo y
arrebatándonos antes del tiempo en que nuestra transformación, semejante a la
crisálida que se transforma en mariposa, hubiera de efectuarse. La muerte se
desencadenó entre los hombres por medio de Caín, primer homicida en el mundo
(la de Corintios XV, 21).
Ese hombre invisible, con la astucia que lo
caracteriza, se ceba también en los animales, pero no con tanto celo como en
los hombres, y por eso las enfermedades son menos frecuentes en ellos. Sabido
es que los espíritus entran en los animales como entraron en los puercos que
Jesús expulsó del loco de los sepulcros. (Marcos V, 13.)
La muerte tiene dominada a la humanidad por
el miedo, el espanto, el terror.
La muerte vino al mundo por Caín.
El que quiera abrir una Biblia, encontrará un
pequeño diálogo entre Caín y el Eterno, que ya sabía que Caín había de asesinar
a Abel.
El Eterno le dice lo siguiente:
Si hicieres bien, ¿no serás aceptado? Mas si no
hicieres bien, el pecado está a la puerta. Y a ti estará sujeta su
voluntad y tú serás su señor. (Génesis IV, 7.)
Quiere decir que el pecado está obligado a hacer la
voluntad del genio homicida. El pecado, pues, abre las puertas a la
muerte.
Caín fué el primer homicida que hubo entre los
hombres, y su espíritu ha dominado a la humanidad entera desde entonces acá.
Jesucristo vino al mundo precisamente para des[77]hacer la obra de la muerte. Él no padeció jamás
enfermedad, porque nunca pecó, ni tampoco murió de lo que llaman muerte
natural, porque le mataron, y para revelarle a los hombres la gran
mentira de la muerte, resucitó con su cuerpo y apareció varias veces
después, delante de más de 500 personas, según el Nuevo Testamento. (la. de
Corintios XV, 6.)
Los cristianos de la iglesia primitiva sabían estas
cosas (ya olvidadas), y por eso vemos en los crucifijos el cráneo y los huesos
debajo de los pies de Jesús. Es una tradición que viene desde entonces. El
espíritu de la muerte puede entrar y salir en el cuerpo del pecador si así le
conviene. Su puerta es el pecado, como le dijo el Eterno a Caín, y el pecado
hace su voluntad.
Las enfermedades de los hombres son pecados
funcionando en un organismo humano. Es lo que querían decir los apóstoles
cuando decían que «todo pecado engendra la muerte.» La enfermedad
es la materialización de un pecado. Se abriga en la carne.
La lepra (enfermedad incurable hoy), la curaban los
sacerdotes de Leví con ritos y ceremonias religiosas que Jehova mismo reveló a
Moisés.
Jesucristo les decía a los enfermos que curaba:
«tus pecados te son perdonados»; y otras veces: «vete y no peques más». La
enfermedad es efecto del pecado, que se anida en la carne y la destruye.
La muerte (el hombre invisible), se burla de los
doctores y sus drogas.
Los milagros operados por reliquias, huesos de
muertos, tierra de sepulcros, aguas encantadas, et[78]cétera,
son milagros de hombre invisible, de Caín, que como dice San Pablo,
se sienta en el templo de Dios, haciéndose parecer Dios.
Ahí lo tenemos en Lourdes, subido en los altares y
realizando milagros mentirosos.
Cuando ese hombre invisible, a quien la enfermedad
obedece, no ha llegado todavía a destruir alguno de los órganos indispensables
de la vida, la curación se opera con sólo retirarse del cuerpo enfermo, como
sucede con las enfermedades nerviosas, parálisis, reumatismo y todas las
enumeradas por M. Darieux en su entrevista con M. Naudeau. Pero cuando se ha
destruído uno de los órganos indispensables del organismo, el hombre invisible
no puede reconstruirlo, porque al infierno no le es dado crear sino matar.
Esa es la razón porque en Lourdes no se pueden ver
muertos resucitados, ni piernas reconstruidas, y que las famosas aguas no
pueden curar sino un diez por ciento de los enfermos.
Algunos de los que se curan tienen apariencia de
muy enfermos, pero no lo están en realidad. Si fuera posible hacerles una
autopsia, se encontrarían sus órganos enteros todavía, aunque enfermos muy
graves en apariencia.
Milagros semejantes a los de Lourdes se han visto y
se ven en todas partes del mundo, con todas las religiones; en el siglo pasado,
cuando la muerte del diácono jansenista François de París, se vieron las mismas
maravillas en el cementerio de Saint-Médard, hasta el punto que se tuvo que
cerrar por orden del rey. Las curaciones eran idénticas.
[79]La ciencia moderna ha dado un paso muy importante,
descubriendo que las enfermedades son ejércitos de animales microscópicos
destruyendo un organismo humano. Muy bien. Ya se empieza a ver que en la muerte
hay un principio de vida. Lo único que falta es descubrir al capitán de esos
minúsculos ejércitos. Ese es el hombre invisible, el genio de destrucción que
está en nosotros y que en todas partes se ha sentado en los altares haciéndose
pasar por Dios. En el antiguo Egipto, bajo la forma descarnada de Isis; en la
Caldea, como un pez enorme; entre los negros de Africa, como un cocodrilo; en
China, como un dragón, etc., etc.
Los hombres de todos los países y en todos tiempos,
aterrados por el espectáculo de la muerte con su espantoso estado mayor de
enfermedades y terriblezas, le atribuyó a la muerte poderes divinos y suprema
omnipotencia.
No pudiendo imaginarse a ese Dios sino bajo aspecto
horroroso, creyeron ver su símbolo en animales espantosos, como cocodrilos,
serpientes y otras fieras asquerosas que realizaban en ellos la idea de la
potencia destructora. De aquí viene el origen de aquellas idolatrías que tan
salvajes nos parecen hoy. Pero no nos hagamos ilusiones; nosotros mismos, los
civilizados del siglo xx, somos víctimas de los mismos errores, pues si es
cierto que no adoramos serpientes ni dragones, veneramos como dioses encarnados
a aquellos de nuestros semejantes que mejor han sabido matar hombres en grandes
cantidades. La muerte nos engaña de mil maneras para echarnos fuera del mundo.
Hoy se ven na[80]ciones que se despueblan por los vicios
y la corrupción. Esa es su obra. Por último, los milagros de Lourdes son
milagros del inicuo invisible, traídos por el infierno y permitidos por Dios
para que sepamos que hay un más allá que no vemos con los ojos, pero desde
donde se dirige la máquina del mundo.»
Me despedí, no sin cierta inquietud.
Era ya la noche.
Un tranvía eléctrico pasó ante mi vista. Subí y
partí.
LIBRO SEGUNDO
I
RES horas de mar y héme aquí en Londres. La inmensa
ciudad está lluviosa, lodosa, y una tempestad ha hecho chasquear sobre ella
rayo tras rayo. De Victoria Station al hotel me lleva el cab y
al cab lo lleva empujando el viento. Al paso desfilan las
casas obscuras rayadas de lluvia. Lluvia que ya arrecia, ya persiste cernida, y
que me ha de aguar la visita por varios días. Mas como no tengo tiempo que
perder, encontrado un amable amigo que me espera, nos lanzamos a la calle.
Enorme, bulle el profuso amontonamiento de hombres, cinco millones casi, en su
fabuloso inmóvil océano de sombrías construcciones partido por el glauco
Támesis sobre el que flotan brumas y pesadillas. ¡Capital potente y misteriosa!
Cuantas veces la visitéis, siempre os dominará bajo el influjo de su severa fuerza.
(¿En dónde estás, dulce sonrisa femenina de París?) Viril orgullo en las cosas
mismas, aspecto de humana[84] dignidad en las
manifestaciones monumentales, serena majestad en la naturaleza. Es explicable
en estas gentes confiadas en sí mismas, el ímpetu a la dominación, la necesidad
leonina; porque no es el leopardo, sino el león del escudo el que, sobre la
isla, vuelve la mirada a los cuatro puntos del horizonte.
Esta gente va, va. ¿Adónde va? Adelante, más
adelante. Lo dicen en sus divisas, en sus proloquios, cortos, porque no son
verbosos como nosotros los latinos, raza de retores. Y lo hacen. País de
rapiña, se dice; tanto peor para los que no puedan resistirle y caigan bajo su
zarpa... Esta gente va, va.
Gallia causidicos docuit facunda britannos;
pero no son pródigos en sus palabras ni de gestos,
como el vecino de enfrente; van a lo que consideran indicado por su deber; su
deber les dice ser vigorosos, crecer, engrandecerse más y más; y es el caso que
desde ese navío anclado se tiene en jaque al mundo. Sin entrar a las pedagogías
de M. Demolins, no es difícil explicarse que ese vigor colectivo viene del
ejercicio de la energía individual. Ser hombres; ese es el oficio de los
ingleses. This was a man es elogio shakespeareano. En ninguna
parte se amacizan por igual cuerpo y espíritu como en la Gran Bretaña. La
conciencia propia y particular ha creado la conciencia nacional y común. El
orgullo norteamericano tiene aquí su origen, y las recientes fanfarronadas del
millonario Carnegie, metido a periodista, debían haber comenzado por esa profe[85]sión. Pero el yanqui, como buen advenedizo—advenedizo
colosal, es cierto—, es rastacuero y exhibicionista. El inglés es silencioso y
guarda su íntimo conocimiento y convencimiento. Su respectability forma
parte de su coraza. La raíz celta y la raíz anglosajona nutrieron de savia
concentrada el tronco nativo; y desde la heptarquía hasta la dominación danesa
y la conquista normanda, se fué desarrollando el árbol de Guillermo, que fué el
árbol de Isabel, que fué el árbol de Victoria. No sabemos que exista aún acero
para hacer un hacha que pudiera cortarle.
El inglés, generalmente, es fuerte y grande, bien
musculado, de movimientos ágiles y seguros; pero no se crea que todo el mundo
es en Londres coloso. Fuera de los policemen y de magníficos
ejemplares de la raza anglosajona que sobresalen, el tipo medio es de un
equilibrado desarrollo. Mas una cosa he de advertir: la inglesa fea de las
caricaturas y la elegancia que siguen los anglómanos del extranjero, también un
poco y hasta un mucho caricatural, son para la exportación. Sí, he visto en mis
viajes de Italia, de España, de Francia, las caravanas de la agencia Cook, con
muestras de la más exquisita fealdad; pero en Londres no he dado un paso sin
encontrarme con deliciosas figuras de mujer; de un particular atractivo y
dignas de ser incontinenti madrigalizadas y amadas. En cuanto a la fashión,
en lo que he advertido, se sigue a la letra por los verdaderos gentlemen el
principio aristocrático de Brummel: La elegancia suprema consiste en no hacerse
notar.
El sentimiento de la dignidad personal y el respeto
de sí mismo, son innatos en todo inglés. Esto obliga a la reserva. Cada inglés
es isla. En su unidad y solidaridad moral, nada tiene el país soberbio que
envidiar al mundo. Es dueño de Shakespeare y del Océano. Impera el oro en la
tierra; los norteamericanos hablan de sus millonarios... Bastará nombrar a este
imperial Beit, jefe de la casa Vernher, Beit and Co., propietario de la mitad
de las minas del Africa del Sur, y, sobre todo, las de Kimberley...
Algunos agudos espíritus han creído ver en el
coloso los síntomas de una decadencia. Es el efecto de la residencia tenaz de
las repúblicas africanas. W. H. Darvey, en el Mercure de France, y
Andrew Carnegie en la Nineteenth Century, han presentado razones y
datos que traerían por consecuencia la disminución del antiguo poderío, la
constancia de un desmoronamiento en la base del secular edificio. La marina,
que antes se creía invencible, estaría hoy, según datos técnicos y estadísticos,
en condiciones que dejan mucho que desear; el comercio, en merma; el poder
militar, impotente para decidir de una vez la cuestión boer. Durante las
guerras de Napoleón, dice el almirante Seymour, con un gran genio como Nelson a
la cabeza de nuestra marina, sabéis qué dificultades no tuvo para descubrir aun
las idas y venidas de sus enemigos; sabéis que, a despecho de su infatigable
vigilancia, Napoleón logró escaparse de Egipto después de la destrucción de su
marina en el combate del Nilo; recordáis las luchas desesperadas de Nelson en
el gobierno, a propósito de la[87] falta de barcos y
de hombres; y todo eso con el mayor genio conocido para el mando. ¿Creeréis que
nuestra marina en esa época era igual y aun un poco superior a la del resto de
la Europa reunida? ¿Y a qué iguala nuestra marina actualmente? ¡Apenas a las
Francia y Rusia combinadas! ¿Y dónde está el Nelson, en estas condiciones mucho
más difíciles? Es un estado de cosas que debe hacer reflexionar. Y los
calculadores, alarmados de la oposición, claman a los imperialistas tenaces el
peligro económico. El comienzo de la época victoriana no fué copioso a este
respecto. El tesoro inglés padecía las consecuencias de las guerras que
turbaron los albores de la pasada centuria. Mientras en las altas regiones se
verificaban los apuros, descendían sobre el pueblo los aumentos de impuestos,
que eran recibidos con las protestas consiguientes. Así la situación al
advenimiento de la difunta reina. Por muchos esfuerzos logrados no se mejoró
ese difícil estado de cosas hasta el año 45, más o menos. Se realizaron
economías, y la deuda pública fué suavizada en los últimos años.
Mucho tiempo—casi todo el reinado de Victoria,—la
cordura vigiló la hacienda, con escasos intervalos, hasta el año 97, en que
empezaron nuevos y extraordinarios gastos. Calculad con algunos datos sobre lo
que se ha aumentado nada más que en el ramo de guerra y marina. El año de la
coronación de la reina Victoria, 1837, los gastos de guerra y marina eran algo
más de 300.000.000 de francos. Cincuenta años después han subido ya a
762.500.000 francos. Hay que advertir, naturalmente, que las[88] fuentes
de entradas crecieron en igual relación o algo más. Diez años después se ve
aumentado el mismo presupuesto a más de mil millones. Después, en este último
tiempo, ha llegado a 1.575.000.000.
Así los impuestos se han multiplicado. Hace menos
de diez años eran de 1.875.000.000 de francos y este año han subido a
3.050.000.000. Sin contar los gastos de guerra, esa suma apenas basta para
llenar el presupuesto ordinario del país. Los prudentes se miran con temor,
pensando en que las tendencias, tanto en el Parlamento como fuera de él, van a
mayores empresas. El imperialismo pide sangre y oro, ¡Pero son tan fuertes
estos hombres!
Entretanto, Chamberlain cuida sus orquídeas.
Roberts es colocado en el sentimiento popular entre Marlborough y Wellington, y
al nuevo Iron Duque se le regala un buen por qué de libras
esterlinas, juntando a la gloria el sentido práctico. Declara Kitchener fuera
de la ley a los boers aún resistentes. El hard man demuestra
que es el steel lord y que merece serlo. Y el rey Eduardo, que
parece decir como su antecesor Enrique IV, en el drama tan bellamente vertido
por Cané:
I have long dream'd of such a kind of man
So surfeit-swell'd, so old, and so profane;
But being awake, loide despise my dream,
se prepara medioevalmente para su coronación del
año entrante—lo que no le impide seguir siendo rey de la moda y partidario del
automovilismo.
Encuentro por las calles de Londres soldados
vestidos de kaki, con la flamante medalla que acaba[89] de
colocarles en el pecho el rey Eduardo. Parece que su majestad cuida de llevar
bien la corona como el «ocho reflejos». Así sea.
Interesante monarca el rey Eduardo. Se creía, antes
de morir la reina Victoria, que al pueblo británico no sería simpático el
reinado del célebre príncipe de Gales. Una vez éste en el trono—When thou
dost oppear I am as I have been...—se ha visto que todo ha continuado de la
misma manera. El rey, aclamado y querido, ha enterrado al ruidoso calavera de
antaño. Él ha entrado en su papel, y puede decirse que es un digno soberano de
su nación. Cada rey tiene el reino que merece. Guillermo II es estudiante y vive
casi siempre en ópera wagneriana; Alfonsito XIII acaba de presentarse por
primera vez en el coso madrileño y ha sido aclamado por la tauromaquia
nacional; Inglaterra, «país tradicionalista y práctico en que la decoración de
la vida social yustapone armoniosamente vestigios de arte gótico a
construcciones de usina», está muy satisfecha con un rey que viste púrpura,
armiño y oro, se coloca en la cabeza la corona de los viejos monarcas, ante su
parlamento animado de fórmulas y ceremoniales, y luego, con un habano en la
boca, se va en su automóvil, en menos de una hora, de Londres a Windsor; visita
el yate que ha de disputar la copa a los yanquis, o se interesa por sus
caballos Diamond Jubilee, Ambusch o Persimmon. Ese rey sportman es grato a su
país de sportmen, es amable para los ciudadanos que gustan del tiro al blanco
en Bisley, del remo en Henley, de las carreras en Ascot o en Epsom. El corpore
sano de los universitarios, es una[90] de
las causas de la robustez, de la salud de la nación. Como algunos de nuestros
repúblicos americanos, como algunos de nuestros directores de pueblos, el rey
se interesa por las razas caballares, gusta de los ejercicios físicos, pero
sabe su Shakespeare admirablemente, entiende de arte a maravilla, y puede
consultar su Homero en griego y su Horacio en latín, como os lo certificarán
sus compañeros de Oxford y de Cambridge.
No es Eduardo un príncipe guerrero. Llega ya tarde
al trono y mal sentarían aires marciales y feroces al arbiter
elegantiarum de los reyes y al rey de los gentlemen. El gran país de
presa es odiado en la tierra toda; y ese odio se ha agriado más por los
recientes sucesos africanos; mas es casi cierto que si el rey de la Gran
Bretaña se presenta en esa misma Francia recelosa, será, como en Italia,
acogido con la misma simpatía que la poderosa anciana imperial que pasaba con
sus hindús y su burrito. La reina Alejandra, por su parte, es digna del cariño
de sus súbditos y del respeto de los extraños. ¿No es acaso la princesita que
cosía modestamente en compañía de su hermana, una zarina futura, en días de
escasa fortuna en Copenhague? ¿No es la culta doctora en música de la
Universidad de Irlanda? Y sobre todo, ¿no posee un carácter sencillo y amable
desde la altura en que acompaña a su marido y no sabe adornar de suave majestad
la gracia encantadora de su belleza? En Sandringhan como en Marlborough Palace,
ha sabido ser una ejemplar señora, y en la corte de su suegra una ejemplar
princesa.
II
IENTRAS Waldersee se ponía en camino de Pekín a
Berlín, tuve ocasión de ver en París y en Londres sendas pantomimas en sendos
circos, en los cuales se representaba la guerra de China. Había chinitas
preciosas y chinos muy ridículos y feos, y bizarros y bonitos oficiales de
Europa que les quitaban las muchachas a los chinos y ainda mais les
daban palos; había batallas con música y fuegos vivos, en que los chinos
cobardes salían corriendo y los soldados de Francia cantaban la Marsellesa y se
tomaban un fuerte; soldados ingleses con la chaquetilla roja; marinos rusos muy
grandes; oficiales americanos con sombreros de cowboy y enorme revólver;
italianos coronados con colas de gallo, y japoneses menudos que, ni carne ni
pescado, hacen el caucásico sin dejar de ser el mongólico. De todo ello resul[92]taba que los celestes son un pueblo bárbaro e infeliz al
cual hay que descuartizar en provecho de nuestro glorioso Occidente.
De esas farsas pintorescas, pirotécnicas y
filosóficas me acordaba al ir por Witechapel a ver la exposición china que se
halla abierta en la Art Gallery del barrio de Jack the Ripper.
Fijaos bien, lectores; es el barrio del destripador, el barrio terrible, y voy
a él, no a la taberna a ver a los asesinos, sino a una galería de arte, en
donde se exponen objetos raros, curiosos y preciosos que enseñan mucho de la
vida y del sentido artístico del imperio chino. Así, pues, el barrio que os
imagináis poblado de gentes dantescas y en donde, en efecto, se encuentran como
en otros puntos, por ciertas callejuelas, pobres diablos y diablesas ebrios,
posee lugares de estudio y de cultivo espiritual y organiza exposiciones que no
podemos tener nosotros. ¿Por qué? Porque aquí la iniciativa particular se
emplea en obras que aprovechan a la cultura común. Y esta exposición, por
ejemplo, que se sostiene con lo que los visitantes quieren dejar, unos pocos
céntimos, si gustáis, se realiza porque asociaciones religiosas o bancarias
como la British and Foreing Bible Society, la London Missionary Society, la
Hong-Kong and Shanghai Banking Corporation, y personas como lady Hannen, lady
Hart, sir Walter Hilier, sir William Des Vœux, sir Claude Macdonald y otros,
han enviado objetos y cuadros de que son propietarios y que constituyen la
exhibición. La entrada no cuesta nada, y, como he dicho, el que quiere deja
algo para los gastos de sostenimiento. Allí se dan lecturas que[93] explican
el significado de muchas cosas, y, ya sea con intención conquistadora, ya con
deseo de divulgar conocimientos, se hace ver lo que es esa inmensa nación
asiática que, o será comida o comerá, según lo han de ver los años.
El local de la exposición no es muy extenso, pero
en él se contiene notable cantidad de objetos y documentos del celeste imperio.
Ya estaréis pensando que algo de todo eso habrá sido comprado y mucho
perteneciente al botín de las tropas que demostraron en la tierra de Lao-Tseu
la dulzura de nuestra civilización. Desde luego, veo una bandera imperial, de
riquísima seda amarilla, con caracteres que me hacen envidiar los conocimientos
de madama Judith Gautier, o de Alexandre Ular. Según los datos del catálogo,
esta bella pieza fué tomada en 1900 en los fuertes de Shan Hai-Kuan, por sir
Walter Hillier y 18 soldados, aunque los chinos que los ocupaban eran 5.000.
Paso ante maniquíes vestidos de truculentos
guerreros, ante la Puerta de los Espíritus, y cuadros y fotografías que
representan escenas de la vida china, y un gran mapa de Asia, en el cual está
bien señalada la región celeste, como un plato que habrá que dividir, tocando
la mejor parte, a no dudarlo, a estos terribles importadores de misioneros y de
opio... Hay rollos decorativos con representaciones religiosas y un par de
«paraguas de diez mil nombres», paraguas de honor. Esto merece su explicación.
Cuando en China se quiere honrar notablemente a una persona, se le regala un
gran paraguas de seda, en el cual van bordados o escritos los nom[94]bres de los donantes. Cuando muere el personaje a quien
se ha regalado tan extraño presente, éste se lleva en el entierro. ¡El paraguas
de honor! Cedo el dato gustosamente al lápiz de Mayol. Veo un dormitorio, en el
cual una cama construída y ataraceada en Ningpo. Es una cama de lujo con
cobertores de finas telas, y que me enseña cómo los ricos chinos no usan
colchones, sino mullidas colchas. De todos modos, no debe ser muy cómodo dormir
en cama semejante. Una mesita hay cerca, para jugar al ajedrez, y dos sillas,
todo incrustado con habilidad y gusto completamente orientales.
Hay muestras interesantes del arte pictórico chino;
sus faltas de perspectiva, la manera singular de ver los objetos, en planos
contradictorios, choca desde luego; pero no hay que olvidar, que como dice una
conocedora, Mrs. Little, «antes de que Giotto naciera, los chinos pintaban la
figura humana como no pueden hoy hacerlo». Y cuenta esta misma señora que en la
ciudad de Chung-King, ha conocido un pintor de flores maravilloso, que vende
sus pinturas... por centímetro cuadrado, por decirlo así.
Las lacas son variadas y valiosas, y hay ejemplares
de la rara laca roja de Soa-Chow, cuyo secreto de fabricación se perdió cuando
el incendio de aquella ciudad, devastada en la rebelión Tai-Ping de hace
cincuenta años. Incomparable de riqueza los bordados que hay en ropas
femeninas,—muy parecidas por otra parte a las masculinas. Y los rollos suceden
a los rollos, y las banderas amarillas a las banderas amarillas. Luego vienen
fotografías de[95] los templos, confucistas,
taoistas y budistas. A los taoistas se debe principalmente el extremo culto a
los antepasados, que los chinos tanto conservan y defienden. Ya recordaréis la
amenaza de las potencias, en tiempo de la última guerra, de hacer desenterrar
los huesos de las antiguas tumbas imperiales.
Veo fotografías de bonzos y objetos pertenecientes
al culto, y reproducciones de ídolos e ídolos legítimos. Allí está el dios del
Fuego, el dios del Mundo Inferior, el dios de la Música y el feo dios de la
Guerra. Sabido es que los chinos miran con gran desdén la carrera de las armas,
así como reverencian altamente la de las letras. Quiera Dios que continúen con
tales ideas, pues ya os imaginaréis qué pasaría con el inmenso pueblo bien
armado, jingoísta e imperialista, y con muchos Rud-Yard-Ki-Pling, cantando la
conquista y el exterminio de los bárbaros de Occidente.
Buda, en bronce y madera, entrecruza sus piernas
como un sastre y expresa el éxtasis; la virgen Kwan-Yin está, madona amarilla,
cercada de raros candeleros y aun más raros incensarios. Junto a un vaso de
bronce cloisonné, vése una antigua pintura que representa a Buda y
que proviene de un convento de lamas tibetanos. Figuras mil en papel de arroz;
y vestidos de la clase pobre; pinturas al óleo hechas hace más de cincuenta
años—, los japoneses han creído innovar al presentar las suyas en la pasada
exposición. Luego, maniquíes de cera vestidos de seda, figurando actores y
juglares; y modelos de juncos con sus velas cuadradas. Es de notarse la
colección de acuarelas de asuntos chinos, paisajes,[96] vistas
urbanas, edificios que presenta miss Gordon-Cumming. Maravillas de habilidad se
confunden, hechas de plato o marfil, cucharas, pimenteros, junquitos, cajas,
pipas; y al lado tejas amarillas de la tumba de los emperadores Ming;
incensarios de bronce labrados finamente, y que representan monstruos como el
Ki-lin. Un magnífico vaso de cristal de roca parece extraído de un palacio
miliunanochesco. De tiempos anteriores a Cristo son los vasos sagrados que
figuran cabezas de dragones y varios monstruos, y hay un precioso vaso de
sacrificio, de oro y plata, de la más extraña y bella orfebrería. Y bronces, y
más bronces, de pagodas, de palacios, de monasterios. Es también de raro valor
la colección de jades labrados.
No es muy curiosa la de monedas modernas, como el
papel moneda antiguo. Los chinos, como sabéis, lo usan desde hace muchos
siglos. Marco Polo comienza uno de los capítulos de sus viajes, al hablar de un
lugar que visitó: «Los habitantes de esta ciudad son idólatras y usan papel
moneda».
La parte relativa a la imprenta es de interés,
sobre todo para un hombre de letras. Hay muchos libros viejos impresos en
planchas, y hay impresiones modernas hechas con caracteres movibles. Llama la
atención el sello imperial, un sello enorme, con grandes caracteres, que deben
significar las virtudes y potencias del Hijo del Cielo. Y tres números del
decano de los diarios del universo: la Gaceta de Pekín. Al lado
vénse carteles, invitaciones en enormes tarjetas o en trozos de rica seda, y un
libro de caja de lo más extraño.
[97]Hay instrumentos de música. Conocéis la anécdota
del embajador chino, que creyó lo mejor de la ópera el momento en que la
orquesta templaba sus violines. Y de mí diré que los músicos chinos que he oído
en los teatros celestes de la Habana y otros lugares, no me han entusiasmado.
Pero eso debe ser cuestión de costumbre y de iniciación... Porque si no, no
podría haberle pasado lo que le pasó a Confucio. Este filósofo se conmovió una
vez tanto con un trozo musical de su país, que no probó un bocado de carne por
tres días seguidos. Y eso que la escala china se compone solamente de cinco
notas; los instrumentos pueden ir en tonos desacordes; sus melodías van siempre
al unísono, y otras tantas condiciones que a nuestros gustos no sientan bien.
Aquí veo violines bicordes; la especie de órgano llamado cheng, un
laúd de diez cuerdas; címbalos que acompañan en los templos las plegarias.
Y más perfiles y más jades, con decoraciones de
leyenda y de pesadilla. Aquí está en jade el Ki-lin, cuerpo de ciervo, cola de
zorro y cabeza de unicornio. Saludo la tumba de Confucio representada en
miniatura, y admiro al pasar las porcelanas, ya antiquísimas, ya de fabricación
no tan lejana en el tiempo. Se recuerdan versos de Gautier y de Hugo, y al
emperador Houng-Li, bajo cuyo poder se descubrió el arte de esta exquisita
alfarería, y al emperador Wac-Li, bajo cuyo poder se escribieron unos versos que
deben ser muy hermosos, y en los cuales se nombra por primera vez la porcelana.
Se miran piezas de todas formas y de varios colores, so[98]bre
todo un vaso de la dinastía Ming, cuya arquitectura y adornos son de la más
exótica elegancia y gracia. Hay representados varios caballeros y emblemas
budistas como el parasol, que significa el honor; dos peces, que significan la
abundancia; el loto, que está dedicado a Buda, y otras tantas cosas más. Y una
tacita preciosa, con los más brillantes colores; y varios pequeños vasos, con
mariposas, con pájaros, con flores, de la más delicada pasta y del más
admirable tono.
No acabaría en muchas páginas, si me detuviera a
admirar tantas cosas que revelan en aquellas almas extrañas una comprensión y
una observación de la vida y de la naturaleza, que no es propiamente para
tratarlas de salvajes e irles a incendiar sus palacios y casas y a robarles sus
tesoros y asesinarles sus niños. ¡Sus niños! He visto retratos, fotografías
encantadoras de chinos chicos y de chinas adolescentes, bellas, bellísimas en
su gracia singular de seres como venidos de otro astro, de seres misteriosos que
tienen otras sensaciones y otro concepto de la vida que el que con nuestra
civilización nos hemos hecho nosotros.
Tés y plantas odoríferas, sedas, ceras, esmaltes,
metales, ricos trabajos por artistas de manos ágiles y como aéreas líneas que
han trazado esos dedos sutiles y visto ojos como de pájaros; arquitecturas de
cuento, paramentos de cuento, casas, cosas, ideas, manifestaciones de gentes de
fábula, almas antiguas como el mundo, ¿no es más bien un lugar de paz y
ensueño, esa China noble y poética que se ha ido a despertar a cañonazos?
III
ARTÍ rápido a Dunkerque. De Brujas, toda paz, toda
quietud, espiritual y natural, a Dunkerque, en donde se colgaban todos sus
escabeles los actores de la comedia patriótica, en una danza de naves, con
música de cañones y Mariana recibía con su más amable sonrisa y hacía su mejor
reverencia al dueño del Oso. Decir las durezas de mi viaje, las apreturas en
las estaciones de ferrocarril, la falta de correspondencia de trenes, los roces
horribles de las aglomeraciones, las difíciles comidas en los restaurants, la
cama por ochenta francos en cuartos compartidos, lo fabuloso del tupe cocheril
y otras cosas que deseo echar en olvido, sería historia amarga y larga, sin
contar con la demanda de papeles por la policía a cada instante, y la
imposibilidad de poder acercarse a mirar la faz de los autócratas cuando éstos
pa[100]saron por la ciudad de Jean Bart, veloces, como
por un tubo de acero, empujados por un soplo. ¿Un soplo de miedo?...
Miedo... Mientras Francia se ponía de gala para
saludar al emperador aliado; mientras se preparaba Compiègne, antiguo nido de
águilas, para recibir a la bicéfala de las Rusias; mientras Nicolás y su linda
mujer se alistaban con el mejor humor posible a escuchar marsellesas y a entrar
de fiesta en donde han de sonreir a Liberté, dar la mano a Egalité e
ir del brazo de Fraternité; mientras se disponen las trompetas de
los saludos y los violines de los bailes, y todo el mundo está muy contento, en
espera de un regio y regalado divertimiento... quelqu'un, troubla la
fête, allá lejos, en los Estados Unidos, quelqu'un que
quita la vida al jefe de la inmensa república imperialista que estaba por
tender un tentáculo a la América del Sur; y quelqu'un hijo de
un país que se llama Polonia... Nicolás se puso pálido; pues no es cómodo ya el
oficio de Rey, habiéndose llegado a fuerza de civilización a tener en perpetua
realidad la prueba simbólica de Dionisio de Siracusa.
Mas la cita estaba dada, y debía cumplirse con el
pequeño prólogo suavizado de Dantzig, suavizador para Guillermo, amado
primo, que busca a las claras el flirt.
Cuando llegué a Dunkerque, la ciudad hervía de gozo
municipal y forastero; mas en verdad, fuera de las manifestaciones de gremios
aislados y de la pompa y engalamiento oficiales, no encontré que hubiese allí
un foco de entusiasmo, una de esas fiebres que ponen a los pueblos en delirio
en ocasiones se[101]mejantes. No encontré, por ejemplo,
el estremecimiento ciudadano de París cuando la llegada de Krüger, o cuando la
primera venida de este mismo zar. Quizá serían las precauciones, absolutamente
rusas, tomadas para evitar un atentado, las cuales llegaron a impedir casi por
completo que los dunkerqueses contemplasen la figura de las imperiales
personas; o, quizá también, una disminución del ardor con que se tomó al
principio la alianza, cuando no estaba tan menguante la inquina con el alemán;
o quizá, porque no deja de estar en buen sentido del populo la
filosofía que oí hacer a un quidam, frente al arco de triunfo, elevado ante
los bassins del puerto:—«¡Mirad!—decía, y en voz alta, de modo
que no sé cómo no fué arrestado—; ¡mirad! ¡tanta bandera y tanto lampion por
un hombre que viene a quitarnos dinero!»
La ciudad presentaba un aspecto florido, toda
ceñida de estandartes, pabellones, banderas y banderolas. La noche anterior a
la llegada del zar, las iluminaciones hacían de toda la población un inmenso
ramo de fuegos de colores; y, por el lado del mar improvisaban el día, un día
blanco y deslumbrante en el vago tapiz de la sombra, los focos y reflectores de
la escuadra. Imposibles los hoteles, los cafés rebosando de gentes, las calles
con arcos de linternas, estofas vistosas y bombas japonesas; la catedral empavesada
como una colosal nave; las músicas resonando a lo lejos; los grupos circulando
por todas partes; todo el mundo en espera del acontecimiento del siguiente día,
la entrevista, más que la revista. Aunque no se ocultaba en las conversaciones
el des[102]pecho del pueblo: «¿Somos acaso unos parias
para que se nos prohiba que le miremos?» Mas este despecho se aminoraba por la
causa: el Gobierno quería prevenir cualquier atentado; nadie podría acercarse
al séquito; la línea misma del ferrocarril por donde habría de pasar el tren,
estaría como en Rusia, guardada por doble fila de soldados.
A las siete de la mañana del día 18, M. Emile
Loubet se embarcaba en el Casini, para ir al encuentro del Standart,
yate imperial. Las olas hacían bailar los barcos, y los cañones daban un
continuo trueno. Nadie más que las gentes oficiales pudo llegar al punto de
desembarco. La revista: vasta cuadrilla y tempestuoso cañoneo. El zar, por fin,
llegó a tierra, y con él la zarina: él de uniforme, ella de negro, dicen los
que los percibieron. Yo no vi con el anteojo, desde lejos, más que muñequitos,
al son de los clarines y de las bocas de fuego. Llegaba en los aires el severo
himno ruso y la siempre impetuosa Marsellesa; y los aires deben haberse
encontrado perplejos al presentarse cosas tan contradictorias: «¡Dios salve
al zar!»... y: «¡contra nosotros se ha levantado el
estandarte sangriento de la tiranía!»...
Loubet, cuya buena madre aldeana, quizá, daría en
ese instante de comer a sus gallinas en la casa de campo de Montelimar, iba del
brazo de la zarina Alix; Alix, la zarina de Rusia, que aparece allá, en la
pompa de su corte semiasiática, semejante a una emperatriz bizantina, ídolo
autocrático de un colosal imperio cuasi bárbaro. En la galería que une el
desembarcadero con la Cámara de Comercio, un grupo de pescadoras, de ropas
obscuras y blancas cofias,[103] ofrece a Alix un
pez de plata sobre un cojín de seda. El séquito se detiene en la Cámara de
Comercio. En Dunkerque, el zar Nicolás, el Pacificador, es saludado por la
Guerra y hospedado por el Dinero. Y son luego los cortesanos, los protocolares,
las presentaciones y los salamalecs. Y el ágape, en que han de
oirse nuevas protestas de amistad y liga, y los brindis que llegan y repiten en
esa manera oficial, que cree decirlo todo y no dice nada, palabras que parecen
simpáticas y fraternas, pero de las cuales los siglos sonríen.
Luego el tren partió con los porfirogénitos
huéspedes, hacia Compiègne. El recuerdo de Luis el Piadoso sería propicio al
emperador, y el de Juana de Arco a la emperatriz, y a ambos los de Napoleón y
María Luisa, en cuyas alcobas iban a dormir.
Cuando el maire de Compiègne
ofreció a la emperatriz un ramo de brezos, su flor preferida, M. José María de
Heredia había ya lanzado el suyo por las columnas de su diario. No era un
soneto. Eran versos serios, académicos y mediocres, como si hubiesen sido de
encargo. Versos a la emperatriz a la cual trataba de vous... Car
le poète seul peut tutoyer les rois. Rostand, por su parte, encargado
oficial esta vez, había escrito una oda, en la cual dice a su majestad cosas
como ésta:
En revenant de Danemark,
Vous avez, pour gagner ce parc
Passé devant chez Jeanne D'Arc.
[104]Ante los malos versos aristocráticos, prefiramos
los buenos versos anarquistas. En la presente ocasión, las musas de la Cúpula
no han ayudado al ilustre autor de los Trofeos, y el autor de Cyrano.
París no sabía si iría a recibir la visita de los
soberanos amigos. Tras el bouquet de brezos y el cumplimiento,
se durmió en el castillo de Compiègne, donde debe vagar algunas noches una
sombra cesárea que extrañaría mucho ver al amo de los cosacos en íntima unión
con la República francesa. Se consolaría observando que el Bósforo no es ruso
todavía.
La revista de Dunkerque, como las grandes maniobras
del Este, eran el principal objeto de la venida de los autócratas; al día
siguiente, pues, el 19, se dirigieron al campo de operaciones. El zar montó a
caballo, galopó a su placer, se hizo explicar cañones, almorzó tarde y
precipitado, examinó el nuevo freno hidráulico en la artillería, meditó ante el
nuevo cañón de 75 milímetros, vió desfilar los batallones, las corazas, los
penachos, las espadas desnudas, las lanzas, los uniformes vistosos, oro, hierro,
acero, escarlata, oyó las bandas y el ensordecedor trompeterío; bebió el vino
del soldado bajo la tienda de campaña, y sumó en su interior la fuerza de la
aliada república con la fuerza de sus dominios inmensos; y después de esto,
recordando quizá el pasado Congreso de la Haya celebrado junto a la gracia
sonrosada y joven de la última flor de la rama de Orange, habrá repetido el
verso del lírico italiano:
¡Io vo gridando pace, pace, pace!
[105]Y he pensado en que aquel pobre y grande Castelar,
que vivió y murió tachado de poeta, tuvo una palabra profética al escribir, a
la orilla de la muerte, esta sensación del porvenir: «El descontento del
gobierno italiano, producido recientemente a consecuencia de sus fracasos
diplomáticos en la cuestión de China; las dificultades suscitadas entre Francia
e Inglaterra por el Sudán y el Nilo; el aumento de la escuadra inglesa, que ha
necesitado una suspensión de la amortización y un déficit de importancia; el
cambio de América, que ha modificado su temperamento industrial y trabajador
para marchar a la guerra y a la conquista; el reparto de la China, deseado por
universales ambiciones; los progresos del ferrocarril ruso en la Mongolia; los
conflictos del Transvaal entre la presidencia de Krüger y la dictadura del
desequilibrio del Napoleón del Cabo; las amenazas contra Portugal y sus
colonias; los temores y los espantos, tan fundados como legítimos, de nuestra
desgraciada España; la rivalidad de Turquía y de Grecia, de Francia y de
Prusia, de Rusia e Inglaterra; los motines de Austria; el movimiento interior
que reclama y pide una Alemania más considerable, y numerosa que la Alemania
actual; los gérmenes de desacuerdo entre las primeras potencias por consecuencia
de las extensiones territoriales de sus colonias. Todas estas cosas dicen que
después de la exposición de 1900 no tendremos una hora de paz, y que los
elementos de guerra estarán diseminados y extendidos por todas partes.» Mas
como el zar Nicolás ha sido el coronado mensajero de pacificación universal,
ante el cual hombres como el bravo[106] periodista
Stead han creído ver un ser casi elegido por la Providencia, pronuncia después
de la revista frases que no cuentan con la codicia de las naciones y con las
trampas de los políticos, esta gran manifestación de guerra, como la revista
naval de Dunkerque, serían, ¡oh, paradoja! el mejor sostén de la paz en el
mundo.
Y tras la revista, el sacrocesáreo ortodoxo visita
la basílica de Reims, en que han sido consagrados los reyes de Francia; allí el
representante de la paz, esto es, de Cristo, le recibe en su pompa ritual, rojo
entre negras sotanas. Allí, bajo el rosetón que corona la doble entrada, ante
la estatua de la Virgen, entre las estatuas de santos que decoran la vieja
arquitectura, el cardenal arzobispo saluda al jefe de la iglesia rusa, que
penetra en la catedral católica. Y la catedral dice en su inscripción de
entrada: Deo Optimo Maximo. Prudente sería su eminencia para no
rozar la religión rusogreca ni hablar con untuosa diplomacia pontificia, ya que
de uniones se trata, de la unión de las cristianas iglesias. En el Diario
de Pedro el Grande, al referirse a la visita que aquel duro emperador
hiciera a París en 1717, se lee: «El 3 de Junio su majestad se presentó en la
Academia, donde los doctores de la Sorbona trataron ante su majestad de la
unión en la fe, diciendo que sería fácil establecerla. A lo que su majestad se
dignó responderles que este asunto era grave y que era imposible arreglarlo en
un breve término; que por lo demás, su majestad se ocupaba principalmente de
asuntos militares. Pero que si lo deseaban en realidad, no tenían más que
escribir a los obispos rusos[107], pues este era un
asunto importante, que exigía una asamblea eclesiástica; al mismo tiempo se
dignó prometer a los doctores que si escribían a los obispos rusos, ordenaría a
éstos contestar según la autoridad que Dios les había dado.» Como véis, aquel espeso
autócrata tenía la malicia fina. No se trató ahora en Reims con doctores de la
Sorbona, sino con un purpurado de la república, bajo el pontificado de León el
Diplomático.
Después fué el día de real holgorio en Compiègne:
paseos en el parque lleno de encantos, el bello parque poblado de arboledas
magníficas, de estatuas que saben secretos eclógicos y aguas tranquilas
realzadas de cisnes; y por la noche, en el teatro del mismo castillo, la fiesta
de gala, con declamación, danzas preciosas y divertimientos lindos y delicados
como conviene a los reyes. Y la emperatriz con su diadema imperial, y el zar,
pequeño y apretado en su uniforme y en su orgullo, formando un contraste curioso
con el bueno, honesto y sonriente Loubet, la excelente presidenta y el coro de
ministresas burguesas que han tenido que estudiar con profesor de baile la
reverencia, y que lo que menos pudieran tener sería al taburete en la corte de
Francia, la almohada en la corte de España. Y Millerand por allí, al antiguo
atacador de este mismo zar; elementos que se rozan con el socialismo,
contemporizando con elementos autocráticos; la república de los Derechos del
Hombre, el país que se precia de ir adelante en la historia con la bandera de
la libertad, festejando al jefe de un imperio en que reina el despotismo más
absoluto, en donde Tolstöi bajo Nico[108]lás, sufre por
sus ideas más que Soloviov bajo Alejandro; el país que predica la soberanía de
la prensa, unido al país en donde el caviar tradicional
empuerca y mutila periódicos y libros; la tierra en donde por todas partes se
encuentran las letras L. E. F., hecha una con la tierra en donde el Knut existe
y la Siberia continúa siendo lugar de deportación y de castigo, y en donde los
estudiantes acaban de ser apaleados y heridos y muertos. Es cosa verdaderamente
singular. Los versos de Rostand resuenan en el teatrito:
En revenant de Danemark
Vous avez, pour gagner ce parc
Passé devant chez Jeanne D'Arc...
La tierra de Juana de Arco, con la tierra que se ha
tragado a la desventurada Polonia. El grande anciano de la lesnaia-Polonia lo
acaba de aclamar a los cuatro vientos de la justicia y de la verdad: la unión
entre Francia y Rusia es un enorme absurdo y una mentira colosal.
Pedro el grande, que era inculto, hasta limpiarse
los dedos en los trajes de sus vecinas de mesa, vino aquí a observar
civilización: la observó, junto con la cara de la hábil viuda Scarrón. El
abuelo del actual zar, Alejandro I, vino también, pero con otro objeto, después
de Austerlitz, después de Friedland, después de Eylau y después de la paz de
Tilsit; vino en compañía de los Borbones, y entonces no se le[109] cantaron
marsellesas. Alejandro II vino o estrechar amistades con Napoleón III, lo que
no obstó para que en el 70 la Francia estuviera sola. Alejandro III no vino,
pero dice que dijo estas palabras: «La Francia debe ser grande, para que la
Rusia se desarrolle. La Rusia debe ser fuerte y armada hasta los dientes, para
que la Francia viva en paz». ¿No creeríais oir en el cuento de Perrault el toc,
toc, toc, del lobo en la puerta de la cabaña? Nicolás ha venido porque ama a
Francia, dicen unos; otros, porque quiera saber cómo está de armas el aliado;
otros, por un empréstito. Este joven zar aseguran que, siendo niño, al ver un
álbum con vistas de París, exclamó: «¡oh comme je voudrais la visiter!»
Quizá sea París su fascinación, y como el gran rey crea que bien vale una misa.
París le ha correspondido. Ni en sus Lividias, Petersburgos y Vladivostocks; ni
cuando siendo zarewich recorrió medio mundo, encontró nunca acogida tan
formidablemente satisfactoria cual la que le brindó París en su primer viaje.
Por todas partes va regando frases que halagan el amor propio francés. Y cuando
el metropolita de San Petersburgo, Paladius, le casó con la princesa Alix, la
mujer que tomaba era, según se cuenta, una adoradora de Francia. Cuando la
visita a esta capital, Nuestra Señora de París recibió como correspondía a los
devotos de Nuestra Señora de Kazan. Hasta se ha encontrado una descendencia
francesa a Alix de Hesse. Una hija de Santa Isabel de Hungría se casó en el
siglo xiii con Enrique el Magnánimo, duque de Brabante y príncipe de
la casa de Lorena. Hijo de ellos fué Enrique el Niño, quien[110] abandonó
el ducado y fué a Hungría, donde fundó una rama nueva que fué después la casa
de Hesse. La genealogía tiene más utilidad y oportunidad de lo que aparenta. Es
una dulce y bella mujer la zarina de Rusia que está al lado de su esposo como
un escudo de marfil. Desgraciadamente, ¿no era hecha de marfil y rosas
fragantes y de espirituales perlas, aquella infeliz Elisabeth de Austria que
encontró en Ginebra, en su soledad errante, el puñal que va derecho y no
distingue?
¡Terrible vida la de un César como el zar eslavo!
Aparte de las víctimas que el anarquismo ha hecho y sigue haciendo por todos
los lugares de la tierra, tiene en su propio país la misteriosa sombra del
nihilismo, que duerme, pero no ha muerto; y el recuerdo de su padre, el coloso
Alejandro, despedazado por las bombas, debe venir a cada instante a su mente,
aun en los momentos del hogar y del amor. Porque está visto que cuando llega la
hora señalada por lo desconocido, el príncipe de las Mil y una Noches, encerrado
en su torre, muere violentamente, y el monarca encuentra su asesino en su
centinela o en su ayuda de cámara. Parece que mientras mayor potencia opresora
se aglomerase arriba, por ley de presión, asciende la fuerza de abajo.
No vino esta vez a París el zar, claramente se
mira, no porque no tuviese deseos, o porque tan sólo hiciera su visita a la
marina y al ejército, como lo dió a entender en el brindis de Bhéteny el
presidente; no vino porque la policía rusa no lo quiso consentir de ninguna
manera, porque hay muchos[111] rusos vigilados en
París, y porque de donde menos se pensara podía brotar la certera locura de
cualquier libertario.
Porque: es bella y triunfante una coronación cuasi
divina bajo el amparo del Santo Sínodo, en ceremoniales que recuerdan la
prestigiosa Bizancio que Jean Lombard ha evocado de tan magnífico modo; es
bello y grandioso el dominar el imperio más potente del globo, y ser aún, en el
siglo xx, las dos divinas mitades de que habla Hugo, papa y emperador; son
soberbias las excursiones a Livadia, y la mirada omnipotente sobre el mar
Negro, y la caza del oso con parientes de real sangre; es dulce e imperial tener
por esposa una animada y rubia figura de icono, «ser que parece que anda en las
nubes», ser nefelibato; tener como guardias dorados gigantes, rudos y pomposos
heiducos; comer a la mesa más exquisita del mundo; poder lanzar hordas de
cosacos como los hunos de Atila, cabalgar con los húsares de Grodno o con los
soldados del Preobrajensky; poseer el Kremlin en Moscú, el Palacio de Invierno,
el Anichkoff y el Ermitaje en Petersburgo; y el Tsarkeio-Selo, y el de
Peterhof, Versalles ruso; ser saludado «padrecito» por el mujick, cuando se va
en el chato drosky o en la rápida troika; reunirse con la familia de coronas y
diademas en la mesa del «suegro de Europa», allá en Fredensborg; tener por
antepasados a los majestuosos Romanoff, autócratas de hierro; reposar en la
Casa de Pesca en Finlandia, a la orilla del río lleno de peces como de oro y
plata; recibir de más de 120 millones de hombres, en lenguas distintas, el
respeto y la casi ad[112]oración como Imperatorkij
Goubernator y como cabeza de la iglesia; y todo eso para estar en el
continuo cuidado de un condenado a muerte que no sabe si logrará el indulto...
estas cosas son la sonrisa de la Boca de Sombra.
En el 98, por orden del emperador Nicolás, decía
el Messager Oficiel, de Saint-Petersburgo, que «el mantenimiento de
la paz general y una reducción posible de los armamentos excesivos que pesan
sobre todas las naciones, se presentan en la situación actual del mundo entero,
como el ideal a que deberían tender los esfuerzos de todos los gobiernos. Los
deseos humanitarios y magnánimos de su majestad el emperador, mi augusto amo,
están allí enteramente dirigidos. En la convicción que ese elevado fin responde
a los intereses más esenciales y a los votos legítimos de todas las potencias,
el gobierno imperial cree que el momento presente sería más favorable a la
rebusca, en la vía de la discusión internacional, de los medios más eficaces
para asegurar a todos los pueblos los beneficios de una paz real y durable, y a
poner ante todo un término al desarrollo progresivo de los armamentos actuales.
Penetrado de ese sentimiento, su majestad se ha dignado ordenarme proponer a
todos los gobiernos cuyos representantes están acreditados cerca de la corte
imperial, la reunión de una conferencia que habría de ocuparse en ese grave
problema.
»Esta conferencia sería, con la ayuda de Dios, de
un feliz presagio para el siglo que va a empezar; ella juntaría en su haz
poderoso los esfuerzos de todos los Estados que buscan sinceramente hacer[113] triunfar la gran concepción de la paz universal,
sobre los elementos de perturbación y de discordia. Ella cimentaría al propio
tiempo sus acuerdos por una consagración solidaria de los principios de equidad
y de derecho sobre los cuales reposan la seguridad de los Estados y el
bienestar de los pueblos.» De allí el Congreso de la Haya. ¿Qué salió de esa
conferencia en la capital de la fresca Guillermina? Inglaterra saltó sobre el
Africa del Sur; Alemania agarró más fuertemente la Alsacia y la Lorena; Francia
apuró sus fábricas del Creusot; la China fué «castigada» por la pacífica y
civilizadora Europa; y hoy Nicolás, cuyo ferrocarril transiberiano conduce las
más sanas intenciones, viene en visita de paz, a admirar marinos y soldados,
nuevos armamentos y nuevas invenciones para matar mejor. Los perros de la destrucción
y de la muerte están mejor amaestrados que nunca: Death and destruction
dog... dice Shakespeare. El sueño de la paz universal queda reducido a
espuma en esa revista de Reims, tierra florida de dulce vino de champaña. Allá
en las largas estepas, en las chozas de los pobres, la figura del zar es
colocada al lado de la milagrosa panagia, y San Félix Faure está a su lado.
Rusia, Francia, Alemania, Inglaterra, los amenazantes yanquis, el entero mundo
civil está listo para la matanza y para la rapiña. Los reyes, por más que
busquen la paz, son siempre, en la inmensa fauna humana, águilas, las águilas
son pájaros de presa, son carnívoras. Mas en lo hondo de la montaña misteriosa,
en lo profundo de los valles del porvenir, se oyen de cuando en cuando sones de[114] cuernos, ladridos, tropeles. Se mira en el
Oriente como una alba terrible. Los pueblos presienten algo: el presente está
en cinta: y quién sabe si de repente el hombre a tientas encontrará el camino
que desde el principio de los tiempos le tiene señalado la voluntad infinita,
el Dios de todas las razas y de todas las almas.
¡Entonces será tal vez el advenimiento de la
Justicia y de la Paz!
IV
NA noticia llega: el príncipe consorte de los
Países Bajos, le ha pegado a su mujer... Sensación. Indignación... Sonrisa...
¡Cómo! ¿Ese muchachón teutón, educado a la prusiana, ha podido levantar la mano
contra una reinita que París ha visto, saludado y aplaudido, entre el ruido y
alegría de los bulevares?
...La reina habría dicho a su marido algunas
palabras, en la mesa, que provocaron después la cólera del Mecklemburgo...
¡Cómo! ¿Las majestades y las altezas se tiran los platos y se tratan
exactamente como el vecino del entresuelo, o del primero, o del segundo?
La Prensa comenta el hecho, comenta y aumenta, e
inventa... Los salones de Europa tienen por muchos días un asombroso y
pimentado tema que gustar... Guillermina, que es, con Nicolás, la soberana[116] de la paz... ¡Buena está la paz! Los caballeros
franceses que quedan, censuran ásperamente a ese caballero de ultra Rhin que
olvida el precepto oriental: ni con una rosa... Exigen al príncipe de Holanda
que se esté bien quieto, dentro de su queso.—Los detalles llegan. El príncipe
es un hombre poco galante, muy seco, muy militar, muy soudard.
Desde los primeros días del matrimonio, se le ha visto alejarse más y más de la
reina, demostrarle diferencia y desvío, él que no tiene más oficio que ser el
marido de su mujer... Los detalles aumentan. El príncipe debe y bebe... Los
acreedores pasan sus cuentas y la reina no quiere saber nada de eso, de las
cuentas enormes del príncipe Enrique... En cuanto a su afición báquica, se
complica de pasión cinegética y el príncipe prefiere irse al campo, con sus
amigos a permanecer junto a su esposa. Además, se dice que el consorte no tiene
simpatías por Holanda, y los holandeses le pagan en la misma moneda... La reina
se disgusta, se enferma... Salen a su defensa oficiales de su real casa, que
son heridos en duelo por el marido espadachín. El castillo de Loo está en
conmoción.
Por otra parte, trae el telégrafo nuevas que
desmienten todo eso... No, no ha pasado nada en el castillo de Loo, y los racontars no
tienen fundamento ninguno... El príncipe Enrique no debe nada a nadie y sus
relaciones con la reina están en perfecto estado. La corte está apenada por
todas esas invenciones, obra de malintencionados socialistas... La
indisposición de su graciosa majestad ha tenido otras causas que las que las
que se murmuran y van por[117] las gacetas, por
la Gazzette de Hollande... La reinita del cuento azul, o de poemita
en prosa de Gaspard de la Nuit, la favorita de la paz, vive en paz con su
marido, quien no tiene inconveniente en apartarse de los negocios del Estado
por consagrarse por entero a las funciones para que ha sido elegido. Cuando
deja la grata compañía de Guillermina, es para dedicarse a la agricultura...
Hay en ello siempre el idilio.
¡Hélas! como se dice por aquí. ¡Y cuán cotidiana es
la vida, según el verso del admirable montevideano Jules Laforje, áun para los
que viven en palacios reales, y han nacido porfirogénitos! Verdad: no se
necesita de anarquistas amenazadores para que se tenga por poco envidiable, una
cantidad de derecho divino y una figuración en el almanaque de Gotha.
Hablaba el ministro argentino una vez, en Bruselas,
con una de las princesas, mujer cuerda y de inteligencia, y a propósito de
algo, concluyó una de sus frases: ...«para las que tienen la dicha, o la
desgracia, de ser princesa»... Le malheur, monsieur le ministre, le
malheur!...», contestó en seguida su alteza real. Le malheur... Ciertamente,
no es una historia de dichas la de las testas coronadas, y circunscribiéndonos
al caso de la reina de Holanda, el hogar y el trono no pueden caber, sino con
raras excepciones, en el mismo sitio... Las Jantipas coronadas han sido muchas,
y reyes que puedan señalarse como modelos de virtud conyugal son tan
escasos.... El prudente Ulises queda para Homero con[118] la
reina Penélope, que sabía tejer, y la princesa Nansicaa, que sabía lavar su
ropa.
En nuestro tiempo, con dirigir la vista alrededor
de Europa, hay para estarse quieto, en la apacible medianía horaciana, en la
descansada vida de fray Luis o en la modesta burguesía que tiene su ideal
supremo en un automóvil.
Mirad allá en Rusia, en donde hoy, según se ve,
reina la más envidiable paz doméstica bajo las techumbres de los palacios
imperiales, no puede borrarse el no muy lejano recuerdo de un matrimonio como
el del zar Pedro III, el marido de la gran Catalina... Ser el marido de la gran
Catalina... ¡Morir como murió ese pobre zar Pedro...! No, en verdad, no era ese
un hogar modelo, ni de varios grandes duques, cuyas aventuras y desventuras
suenan por ahí. En Austria, la tragedia... Vagará por mucho tiempo, en Mayerling,
la sombra de aquel pobre príncipe heredero, muerto de tan romántica muerte con
la Vetsera... Para que su buena esposa después se case con un elegido de su
corazón; y luego se hable del divorcio de la condesa de Lonyay... Agregad las
varias méssalliances cuajadas de anécdotas, ya cómicas o
dramáticas...
En Italia, todo muy bien... Solamente, un gran rey
de grandes bigotes, es apellidado el Galantuomo. Y luego, en el
reinado siguiente, en la paz de la corte, una bicicleta francesa va por allí,
dando vueltas, causando perturbaciones... en la familia.
En Alemania, perfectamente, en las altas regiones;
pero escándalo sonoro y granducal, en el país de Hesse y de Aquel...
En España como es de razón, por el sol y por la
sangre. Hay libros, memorias, cuentos, anécdotas, chascarrillos. Isabel II, Don
Francisco de Asís... Alfonso XII, el rey Barbián... La reina Mercedes que pasa
malos ratos, la reina Cristina, que quiere irse a casa de su familia... el Papa
que Interviene. Y los matrimonios que vienen. La infanta Eulalia y su divorcio
ruidoso... Un pueblo entero queriendo impedir que se case una joven infanta con
un joven Caserta... ¡Es delicioso el goce del hogar, en el esplendor de la
corte de España!
En Servia... Este era un rey que se llamaba
Milano... Por España anda la viuda, que fué tan hermosa, la reina Natalia... Se
ha hecho católica, reza mucho... El hijo se casó con una señora que es hoy la
reina Draga... Y en su palacio pasan cosas, cosas tan tristes... ¡Y tan
ridículas... Fué un matrimonio por amor, el del hijo del rey Milano y de la
reina Natalia!
En Rumania, la reina continúa haciendo literatura y
la señorita Vacaresco también, aquí en París... Esta pobre señorita Vacaresco,
que pensaba posibles los cuentos azules, que creía llegar a ser reina, o cuando
menos, esposa morganática, según se cuenta... Para venir a parar aquí, soltera,
siempre, haciendo versos, coronada poetisa por la Academia francesa, y
recitando en casa del ministro Haití...
En Portugal...
¿Los príncipes de antes eran más felices que los de
ahora?... Hay quien achaca la culpa de las desventuras de los actuales al
periodismo, al reporterismo. Antaño la maledicencia cortesana no transcendía[120] como hoy, a las hojas de los periódicos; los
decires iban de boca en boca, tan solamente circulaban en las cortes, en el
plano superior... Ahora, todo va a todos. Y las debilidades de los afortunados
son el regocijo de los de abajo... El pueblo siente un verdadero placer en la
demostración práctica de que todos los seres privilegiados que tienen una
corona o una autoridad, están sujetos a las mismas pequeñas miserias que el más
humilde de los hombres. Y como el periodismo no deja noticia sin publicar y
detalle sin aprovechar, las alcobas imperiales y reales son exhibidas a la
mirada de un público lleno de odios y malignidades.
Volviendo, pues, al caso tan comentado de la reina
de Holanda, hay que convenir en que la posición del príncipe no es de las más
envidiables. Del rey de Dinamarca se ha dicho que es «el suegro de Europa». Es
una inestimable ventaja. En el príncipe Enrique de Mecklemburgo, la situación
es desventajosísima: la nación es su suegra. En todo otro Estado, el papel de
príncipe consorte habría sido lleno de inconvenientes y de molestias; pero en
Holanda, en donde la reina es el ídolo del pueblo, en donde todo el mundo está
con los ojos fijos para velar por su completa tranquilidad y por su dicha, el
puesto es de todo punto incómodo. De aquí han venido los recientes ruidos, con
base real o ficticia, pero que tienen por un momento la atención y curiosidad
de Europa dirigidas al castillo de Loo.
La verdad, según personas bien informadas, es que
el matrimonio es muy dichoso, la reina y el rey se quieren mucho, y todo lo que
se ha dicho ha sido[121] producto de muchas
imaginaciones. La más enamorada pareja está sujeta a pequeñas nubes estivales.
Algún instante hay en que el mejor amor interrumpe su constante faz por un
ligero choque, que suele tener siempre exquisitas consecuencias y aumentos de
afecto, si es posible. Uno de esos instantes ha sido sorprendido por alguien,
que ha aumentado el hecho, y la bola de nieve ha llegado al alud periodístico.
La reina Guillermina, por su belleza, por su juventud, por sus bellos gestos
como el de tender la mano al errante y lamentable viejo Krüger, por las
cualidades de su espíritu, de su carácter, de su corazón es adorada de sus
súbditos. Al príncipe le tienen en perpetua observación, como a quien se ha
confiado una joya incomparable o la existencia de un hijo. Y los celos públicos
son terribles. Por algo se ha silbado en los music-halls holandeses el retrato
del príncipe Enrique, después de saludar con aclamaciones y aplausos el de la
reina... El príncipe hace lo que puede, para pasar inadvertido, para dejar que
la reina sea única y exclusivamente saludada, para apartar su persona de las
miradas del pueblo. Y cuando va con su graciosa mujer, ya en la Haya, o en la
linda población de Apeeldorn, en donde se ha elevado un monumento conmemorativo
de las regias nupcias, él hace como que no escucha, y apenas si saluda, ante
las manifestaciones de la muchedumbre. Sabe bien que él es nadie—el esposo de
su majestad;—y parte, desde que lo puede, a la campaña, a interesarse por
cuestiones agrícolas y a cazar.
Es muy conocido el cuento del rey que andaba en[122] busca de la camisa del hombre feliz, y que nunca
la encontró, pues el hombre más feliz que había en todos sus Estados no tenía
camisa... No es muy probable que esa prenda se encontrase hoy en ninguna de las
cortes de Europa.
¡Quizá, como nos hace pensar cierta filosofía, la
camisa del hombre feliz existe, y es la que a uno le ponen cuando va a dormir
el último sueño...! Si se la ponen.
V
OS franceses suelen mirar con cierto menosprecio a
los belgas. Cuando digo los franceses, digo sobre todo los parisienses. Es una
injusticia, y Víctor Hugo no pensaba de la misma manera. Baudelaire fué cruel,
en «su corazón puesto al desnudo». Hugo vivió aquí desterrado, Baudelaire
también: Hugo por la política, Baudelaire, por la vida. No sé si Baudelaire se
arrepintió; pero los intelectuales belgas de hoy han olvidado la amargura del
hombre del estremecimiento nuevo. Intelectuales y en su parte latina, Bélgica
está unida a Francia y ha dado a la literatura francesa contemporánea buena
parte de sus mejores espíritus. «¡Eh, Eh! ¡Bruselles! Vous n'avez qu'a vous
bien tenir vous autres ici. ¡Bruxelles, oui, je n'en dis pas plus!» Es
Villiers de l'Isle Adam el que habla y es Mallarmé el que lo cuenta. Aquí vino[124] Hugo, aquí sufrió Verlaine, aquí sufrió
Baudelaire; y Mallarmé aquí regó satisfecho en su campo propicio, mucho de la
simiente de sus sembrados mágicos. Los Verhaeren, los Maeterlinck, los
Rodenbach, como poco antes y ahora los Huysmans, acrecen la común heredad del
pensamiento de lengua francesa, siendo en Francia entre los nativos los
primeros. «Bruselas, se dice, es un París chico.» Mas si Bruselas imita a
París; Bélgica no sigue a Francia. Aparte está su gran movimiento industrial;
sus ciudades de trabajo, flamencas y walonas representan las propias energías,
conservadas de la activa vitalidad de antaño. Son los hombres sanos y fuertes,
pesadamente alegres, ruda flotación de pueblo. La flamenca canta, por boca de
uno de sus más bravos poetas:
Mon homme est fort.
Dans tout le port
On sait les fardeaux qu'il souleve;
Il a le cœur au bon endroit.
Il marehe vite et marche droit...
Son sang monte comme la sève...
Je suis heureuse de mon sort.
Mon homme est fort.
Mon homme est fort.
Le froid du nord
Le soleil pas plus que la grêle
N'usera son cuir de flamand:
C'es en vain qu'en leur tournoiemet
La neige et le vent pêle-mêle
Le cernent. Intact il en sort
Mon homme est fort.
[125]Las mujeres también, fuerte son, hermosas de
carnes, frescas de colores; y el primer día, al llegar, pude contar: uno, dos,
tres, diez, muchas Rubens y Jordaens. Bruselas peripuesta a la moderna, tiene,
verdad, en pequeño, mucho del París bulevardero, con poco de aquella
sensualidad ambiente que lo cantaridiza todo. La ciudad trepida al paso de los
tranvías eléctricos; los carruajes circulan, y deja su mal olor o bufa cuando
menos lo pensáis, el odioso automóvil; y las bicicletas pasan a cada instante por
las avenidas y desfilan por el bosque de la Cambre. Hay cafés con terrazas, en
las vitrinas se ven retratos de bellas parisienses, sobre todo el de la
señorita Cleo de Merode; en las librerías se venden con profusión libros de
franceses; las damas se visten con Doucet o Paquín, o cualquiera de esos
señores; se lucha por Wagner; Sarah y Coquelin vienen a trabajar en estos
teatros; los diarios tienen algunos redactores franceses. Me diréis que todo
eso pasa en Buenos Aires también. Perfectamente. No argumento, sino que
certifico.
Al que está acostumbrado al francés de París, el de
aquí parece duro y amarsellado. Otra cosa que extraña es el cambio de carácter
en la población. Tienen fama de insolentes los cocheros belgas. ¡Jamás podrán
igualar a los parisienses! El servilismo del larbín no se
encuentra tampoco aquí. Aquí no os estrujan a genuflexiones y a s. v.
p. La obra social ha adelantado mucho. El obrero conserva aún el
orgullo de los gremios antiguos. En cuanto a la burguesía no hay que olvidar
que es en su fondo la misma que ennoblecieron los pintores de siglos[126] gloriosos. El mejor maire tiene
algo de vulgar; en el último burgomaestre se cree hallar algo de dignidad
atávica...
Una de las ocurrencias biliosas e injustas de
Baudelaire fué ésta. «Los belgas piensan en banda». El pensamiento belga está,
por el contrario, compuesto de individualidades. Bastaría con señalar
actualmente a Rodenbach, a Lemonnier, a Maeterlinck, a Felicien Rops, y a ese
potente Wiertz, cuyo atrevimiento y libertad anteceden a tentativas
revolucionarias artísticas que han triunfado en el mundo, y al cual sería una
injusticia no considerar como un precursor. Aquí laboran silenciosos sabios y
artistas, trabajadores de la transformación social, aquí viven tranquilos; aquí
he visto la persona venerable del viejo Reclus pasar bajo la sombra fresca de
la avenida Luisa, cuyos árboles, ahora pálidos de otoño, son hospitalarios y
acogen pensativos.
En el bosque de la Cambre, paisajes y lugares a que
la naturaleza y el hombre contribuyen, entretienen la mirada, brindan su regalo
de salud y de belleza. No os libraréis del restaurant a la moda en que se
retienen mesas y os asesinan alma y paciencia los violines de los tziganos, ni
tampoco de la amenaza vandálica del chauffeur. Mas hallaréis
amables umbrías, dulces rincones en que vagar y meditar, y en donde lo que
menos pensáis es en que aquí reina el rey Leopoldo, ese señor bien que
tiene una estancia negra que se llama el Congo.
[127]Kiekenfretter quiere decir en flamenco comepollos. Jordaens
y sus reyes glotones y obesos me han traído a hablaros del apetito brabanzón, y
en cadenas de ideas, de la comida bruselesa. Aquí se come mucho, y juro que muy
bien; así los refinados encuentran la bonne chère que sueñan,
los cultivadores del estómago la sana y bondadosa cocina local, cuyas
carbonadas y gallinas asadas con compotas de fruta, llaman el acompañamiento
del lambic. Hallaréis buenos vinos; pero las cervezas os brindan su reino; los
reyes de Jordaens todos son parientes de Gambrinus. Y comiendo bien y bebiendo
bien, el pueblo es francamente alegre—-; lejos las pálidas faces de los
ajenjistas de París, la inmensa bruma verde que envuelve tantos espíritus en
aquella alegría nerviosa y torturada; aquí, por la tarde o al anochecer, he
solido encontrar grupos de muchachos y muchachas que van por las calles cogidos
de los brazos como en las rondas de las kermeses, y lanzando sus cantos en
coro, muchachos robustos, muchachas con carrillos como manzanas, de estos
mismos que en el florecimiento de su pubertad dejan ver, bajo la corta falda,
las más firmes y torneadas piernas.
Como en todas partes, gusto más de la parte vieja
de la ciudad que de la nueva. La ciudad, en sus signos monumentales, habla de
grandes cosas pasadas; y tan solamente en San Marcos de Venecia he sentido el
respetuoso placer de la contemplación, de la evocación de siglos difuntos, que
en la Grand Place, a la cual Hugo, con alguna exageración, llamara la primera
del mundo. Nada más hermoso que[128] este conjunto
de nobles arquitecturas en que la Maison du Roy es cincelada joya, las casas de
las corporaciones, bellas páginas de piedra, y el Hotel de Ville, osado y
soberbio, la más admirable catedral cívica que haya labrado la legendaria
masonería gótica. La imaginativa de los antiguos escultores se revela en
simples detalles de una concepción definitiva, que forman en el vasto libro
arquitectónico, lecciones estupendas en la interpretación de la faz humana y en
el simbolismo zoológico. Al entrar, nada más, podéis adivinar ciertas páginas
de Huysmans y ciertos gestos de Henri de Groux, en un simple murciélago lapidario
o un rostro humano decorativo.
Las casas históricas con su estilo, sus dorados, su
aristocracia de monumentos, parece que aguardan la presencia de cortejos reales
o procesiones de dignatarios. Y mientras miro y admiro, me solicita una
muchacha que vende flores, ofreciéndome pompísimas rosas, y pasa una lechera
flamenca con su carrito tirado por tres magníficos y pacientes perros.
Un pensamiento que no dejará de despertarse en
vuestra mente es el del perdido poderío español... Aún vaga por aquí la sombra
del «duque de sangre», y las estatuas fraternales de los condes de Egmont y de
Hornes, en el square del Petit Sallón, fijan en bronce el duro recuerdo. Se
perdió Flandes; se perdió la América continental, se perdió Cuba...; el general
Weyler no tendrá a mal que se le compare con don Fernando Alvarez de Toledo...
[129]Santa Gudula es hermana de Notre-Dame de París, de
la familia de tantas otras iglesias venerables en que las dos torres góticas se
alzan, enormes centinelas del tabernáculo, trabajadas por la virtud de siglos
de fe; urnas vastas en que se guardaba la esperanza cristiana y cuyas anchas
ojivales puertas se abren hacia las bullentes ciudades, como con sed de almas.
Tan descriptos están los monumentos, que no caben
de ellos ya más que las impresiones. Diríase que el tourisme ha
profanado todos los santuarios de la tierra en que la religión y el arte
conservan sus reliquias y elevan sus plegarias. La agencia Cook borra todas las
huellas sagradas e interrumpe las meditaciones de los fervorosos que aún
quedan. Es un complemento del experimentalismo... Mientras admiro en el severo
templo los vitraux de Van Oreley y de Frans Florís, hay unas cuantas personas
que rezan en el más profundo y piadoso silencio; mas de pronto una tropa
(¿tropilla?) de viajeros con cornacq hace su irrupción y se percibe que la
gente que ora sufre con la entrada de la caravana. La voz del guía pronuncia en
inglés con mediano tono de discurso: «Aquí tenéis el cenotafio de Juan II,
duque de Brabante y de Margarita de York, 1312 a 1318; y enfrente el del
archiduque Ernesto, gobernador general de los Países Bajos, etc...»
La vista del palacio de Justicia da idea de un
aplastamiento; es un edificio de Babilonia; lo rechoncho en lo enorme; la gran
corona que remata el monumento semeja la tapa de una colosal pieza de postre en
una mesa de Brobdignac. Polaert, el[130] arquitecto,
pensaba poner en lo alto una pirámide hindú; sus planes no se pudieron llevar a
la práctica por imposibilidad material, y se construyó un domo con estatuas. Se
alaba mucho esta gigantesca ensalada de estilos: hay griego, egipcio, asirio,
romano, romántico, renacimiento. A mi entender, es una creación semiyanqui que
asombra por su tamaño, y que queda bien entre las cosas greatest in the
world.
Prefiero ir a admirar el Mercado, esa obra maestra
de la ferreteria moderna, que encontró un cantor magnífico y férreo en
Huysmans, y en donde el metal domado une la solidez a la gracia y a la
elegancia; trabajo ciclópeo y artístico que no se cita ni se recomienda en las
guías.
¿Cómo no hablaros de la gloria municipal de
Bruselas, el muñequito de bronce que ha llegado a ser un símbolo, y que, en
ejercicio de una de las más prosaicas funciones fisiológicas, ha adquirido el
cariño popular, renombre y honores, todo como un hombre? Como habrá muchos de
mis lectores que no sepan lo que es el Manneken-Pis, trataré de decirlo en
pocas palabras. Cuéntase que un noble ciudadano de Bruselas tenía un niño a
quien quería entrañablemente, el cual niño desapareció un día sin que su padre,
que lo hizo buscar por todas partes, diese con su paradero. Por fin, fué
encontrado en la calle, y en una posición difícil de explicar si se guardan las
conveniencias. Hacía... lo que un personaje de Rabelais para apagar incendios;
no tanto como Sancho en una de las más bravas aventuras de Don Quijote...; lo
que se dice en un usual latín después de Domine labia... Si con
tantas indicaciones hay[131] quien no haya
comprendido, que haga el viaje a la capital brabanzona y vea lo que está
haciendo Manneken-Pis.
En conmemoración del hallazgo, el padre del niño
hizo elevar la estatua, que se atribuye a Duquesnoy. Después, ésta tuvo tanta
fama como la de Pasquino en Roma. Fué robada dos veces y encontrada. Luis XV le
concedió la orden del Espíritu Santo; en ciertas épocas la han vestido de
guardia cívico; se la mezcla en política; una vieja solterona la dejó mil
francos de herencia, como a un simple gato o perro, y la municipalidad paga a
un valet de chambre, para que la cuide, 200 francos anuales.
No es demasiado. En todas partes hay hombres que en
la política, las letras, las ciencias y demás disciplinas hacen cosas peores
que Manneken-Pis, y tienen buenas posiciones y ganan pingües rentas.
VI
A sola palabra Trianón evoca el espíritu y la vida
de toda una época. Se acerca, en el tiempo, como un perfume antiguo; se oye un
son de viola de amor, un minué en el clavicordio de la abuela; se mira, con los
ojos entrecerrados de la memoria melancólica, un conjunto de suntuosidades y
elegancias. Los arriesgados ejercicios de la coquetería, las declaraciones de
los caballeros y las sutiles conversaciones de los abates; horas de encaje y
seda; embarques para Citeres; idilios rústicos entre pastores gongorinos y
pastoras «preciosas». Collar de horas que fué como una guirnalda de rosas que
cubriese de pronto una ola de púrpura. Tiempo encantador, ciertamente, que
tiene su parangón en los libros de cuentos de hadas y que adoraban los
Goncourt. Hoy, ese tiempo florido hace escribir algunos buenos libros; inspira
a ciertos poetas musicales deleitosas poe[134]sías;
interesa a los compradores de cuadros y a los modistos y peluqueros, con
ocasión de los bailes de trajes o cabezas empolvadas. ¡Buen baile de cabezas dió
fin a la perenne fiesta en que la reina María Antonieta imperaba de todas
guisas!
Los lugares que sirvieron de teatro a tantas
maravillas, tienen hoy en su severa soledad una dulce tristeza que no querría
ser perturbada. Versalles y sus rincones de amor y de recuerdo, parece que no
deberían profanarse con ruidos modernos, con vulgares paradas contemporáneas.
Déjense las umbrías de los nobles bosques, las gloriosas y abandonadas
arquitecturas, a los soñadores, a los enamorados, a los solitarios. Esas lindas
gracias del siglo xviii que quedan en memorias que parecen leyendas,
y se admiran en cuadros y retratos que semejan sitios y figuras de encanto,
gocen de la quietud que les dió su trágico final.
Eso han pensado algunos parisienses con motivo de
un acontecimiento mundano que ha ocupado grandemente la atención en estos días.
Cierto grupo de damas de la alta sociedad ha querido resucitar por unas cuantas
horas aquel hermoso vivir. Mas ha habido grandes dificultades. La vieja y
restringida aristocracia, no ve con buenos ojos algunas iniciativas que vienen
de la nobleza adventicia. Una verdadera condesa, con verdaderos cuarteles,
protesta ante la intromisión en asuntos de su sola incumbencia, de tal o cual
marquesa o condesa de ultramar, coronada de perlas heráldicas en virtud de los
millones de papá. Cierto es que entre las iniciadoras había nobles de
auténticos pergaminos, como una La[135] Rochefoucauld
y una Folingnac; pero la persistente imposición de tal miss Gould, por ejemplo,
devenida condesa de Castellane, arruga muchas frentes. «En el hameau de
la reina, observa alguien, antes las grandes damas hacían papel de fermières;
hoy las fermières intentan hacer de grandes damas.» Otro dice:
«He soñado mucho con las bellas figuras que animaron tan admirables escenarios
para arriesgarme a ir a padecer con la desilusión de personas actuales
desprovistas de toda poesía.» Pasada la reunión, un cronista anota, junto a una
Clermont-Tonnerre, «noblezas del Ural y de las Cordilleras». El poeta
Montesquiou-Fezensac se asusta encontrando allí «cabezas que rehusaría
seguramente la guillotina»; y el Jean Lorrain, desventrado cien veces por
Laurent Tailhade, agrega en verso:
La pique en les voyant recule epouvantée. Con todo, la celebración histórica ha sido
variada, alegre y hermosa. Las princesas de hoy, aburguesadas de gustos y
aficiones, cuentan, sin embargo, con preciosos ejemplares; y con dinero, todo
se dora y se imita. En los salones actuales, los abates de antaño están
sustituídos por ciertos sacerdotes distinguidos que el autor del Journal
d'un défroqué ha sabido retratar, y los Copée, Lemaître y Barrés,
reemplazan el espíritu del buen tono de la vieja Francia. No han faltado
pavanas y minuetos bailados por bailarinas; y la taimada madame de Thébes ha
hecho de Cagliostro, diciendo la buena ventura y vendiendo amuletos para
ganar dinero y para ser amado. Hay que confesar que los segundos se
vendieron más que los primeros.
[136]La resurrección de una época no se hace únicamente
con trajes costosos y comparsas teatrales. Ciertos juegos necesitan señalado
estado moral y cultivo espiritual. Cuando lo griego y lo romano estuvo de moda,
en época distinta de la Francia, flotaba por las salas como un ambiente de
academias. Las damas se ilustraban y, petulantes o marisabidillas,
representaban con perfección sus papeles. Los salones oían con frecuencia las
palabras de los sabios, los discursos de los poetas, las agudezas de los hombres
de ingenio. Madama Recamier invitaba. Ahora, los nobles legítimos y los
advenedizos, con notadas excepciones, al decir de los bien informados, no se
han ocupado en la cita de elegancia que se dieron más que de la carrera de
automóviles París-Berlín, y otros asuntos de igual transcendencia estética. Las
berquinadas tienen otro nombre. Lancret, Fragonard, Watteau, nada tienen que
ver ante Woth, Paquín o Redfern. Un Morgan cualquiera se lleva a Chicago o a
Nueva York tesoros del más puro arte francés; el señor de Iturri, tucumano
según me dicen, y amigo íntimo de Montesquiou-Fezensac, descubre en un convento
de Versalles la tina en que se bañaban la Montespan y el rey juntos y la
instala en Neully.
¡Ah, el alma fina del siglo de las frágiles y
pomposas elegancias y de las gracias sutiles, del siglo de Florian y de
Boucher, no pertenece, como otras tantas cosas, a los ricos de hoy! Es la
herencia de los artistas, de los Verlaine, los Samain, de los Helleu. Los
pobres príncipes de belleza y de armonía tienen este desquite.
Cuentan que el ya muy nombrado poeta de los «olores
suaves», uno de los pocos portalira de que la nobleza puede hoy glorificarse,
dió una fiesta en Versalles en honor del Pauvre Lelian, a la cual
fiesta concurrió buen golpe de bellas marquesitas, duquesitas, princesitas y
baronesitas de su parentela y amistad.
No sé qué cara pondría el viejo fauno delante de
ellas, como no sea la máscara satiríaca que solía expresar la alegría pánica y
báquica. Mas entre todas, ¡qué impresión haría la presencia del triste y
terrible poeta, triste de amor, terrible de dolor! Ninguna, supongo, fuera de
la malsana curiosidad, o el superficial snobismo.
La nobleza femenina, en todas partes, se dedica hoy
con preferencia al sport, se interesa mucho por el cuerpo, descuida bastante el
espíritu. Este rumbo siguen las jóvenes «bien» de nuestras democracias y la
adinerada burguesía universal.
La bicicleta ha juntado al príncipe con el hortera,
la «Mors» une el chocolate con la flor de lis. Y entre todos los sports hay
uno, nivelador también, en el divertimiento y en el flirt: la caridad... La
fiesta de Trianón, como la del Bazar memorable, era una fiesta de caridad.
He querido, principalmente, en estas líneas hacer
notar la cuestión del conflicto de las noblezas, la antigua y tradicional y la
adquirida. El papel en que se coloca a las americanas ricas casadas con
títulos, es poco envidiable.
Un alto desdén, justificado hasta cierto punto, e
irremisible, se cierne sobre las cabezas recién ilustradas con la corona
nobiliaria.
[138]No borrará toda la catarata del Niágara
pactolizada, la mancha nativa de Porcópolis, o de Oil City. En todas partes
existe, en el gran cuerpo de la aristocracia, una aristocracia chica y cerrada,
que no transige ni admite mescolanzas ni componendas. D'Hozier frunce el
entrecejo ante los reyes del acero y los barones del dollar. Hay nobles
arruinados que se ponen a precio, y nobles de manga ancha que contemporizan con
las plutocracias exóticas; pero las tres docenas de familias que vienen de muy
lejos en la historia, y que miran sobre el hombre a los titulados de Luis XIII
acá son impenetrables en su mayoría. La messaliance es cosa
rarísima. Para eso se fué a las cruzadas.
Reflexionen las niñas que en nuestras Américas
incuben la lejana esperanza de entrocar en el árbol genealógico de uno de estos
viejos nombres europeos. Es bonito, «viste mucho», como dicen en España, eso de
oirse llamar Madame la Comtesse, Madame la Marquise, Madame la Princesse; pero
desde el momento en que se sabe que ese tratamiento es para una «galería»
especial, que el verdadero núcleo a que se aspira rechaza la solidaridad y se
señala a cada momento la liga; que su paso levantará siempre un equívoco murmullo
y provocará más de una afilada sonrisa; que la coburguisación, digamos así, o
la adquisición de un marido, por lo general de escaso intelecto, de costumbres
poco ejemplares y de salud casi siempre averiada, no valen la pena de
sacrificar una juventud y una vida a la va[139]nidad más
improductiva, creo que no habrá una sola que prefiera a un dorado ridículo y a
un flordelisado martirio, ser cabeza de ratón entre los suyos, en su casa, en
su tierra, en su sociedad, en su patria.
Ahora, la nobleza del dinero, lo que hace resonar
el globo con su metal desparramado, los principados del cheque, las baronías
del casino, el armonial de hierro y caucho, los marquesados del jeckey, los
cuarteles del yate eso es otra cosa.
Yo sé de un filósofo a quien admiro.
Guarda ovejas en la pampa.
VII
ARÍS, ardiente me ha soplado con boca de horno
empujándome a la orilla del mar, a Dieppe, frente a Inglaterra, en el Canal de
la Mancha. Es lo que está más cerca de París, para pasar el tiempo de verano al
amparo del frescor marino, sin ir a los deliciosos y peligrosos paraísos de la
Costa de Azur, de la Grande Bleue. He llegado en días gratos y de espectáculos
pintorescos. Buena cosecha, o si queréis, pesca de impresiones.
Anidado, cerca del agua, comienzo por dar un buen
vistazo a la ciudad. La cual se divide en dos partes: la elegante y muy
moderna, ceñida de villas y chalets, que se extiende por la calle Aguado hasta
el viejo castillo y el morisco edificio del Casino, y la que contiene el bario
de Pollet, en donde está el puerto. Calles interiores estrechas, casas sin
carác[142]ter, más no exentas de uno que otro golpe
pintoresco. Por las cuadradas ventanas que se decoran de tiestos floridos como
en España o Italia, suele aparecer la faz graciosa de una muchacha, o la vieja
coronada de apretado trapo blanco, muy semejante a un gorro de dormir.
Por la Grande Rue, un comercio y un vivir de ciudad
de pocos ruidos. No encuentro mucho de original, como no sean los escaparates
de labores en marfil que un tiempo tuvieron tanta boga y renombre. Al paso, en
una plaza, la Nacional, veo a Duquesne en bronce, gran dieppense aquel marino;
crespa y larga cabellera, bravo talante, firme en sus botas, bocina en mano.
Cerca una vieja iglesia, con su torre que recuerda la de Saint Jacques, de
París, y que lleva el mismo nombre, afirma la nobleza severa del arte antiguo
que la levantó y la fuerza de la olvidada piedad.
Una callejuela me hace caer de pronto en pleno
mercado de cosas marinas, la Poissonnerie. En un instante pasan por mi mente
figuras de Thwlow; versos de Richepin. Un olor salado flota en el aire. De las
barcas que atracan al muelle sacan los cestos de mariscos; los azulados
bonitos, anchas y sonrosadas rayas, plomizas anguilas, aranques como puñales, y
el «cardenal de los mares» todavía sin su púrpura, y enormes cangrejos y
erizadas centollas. Como salidos de un baño de rosas se miran los salmonetes,
de rosas y madreperlas; lácteos, azulados y semitransparentes, los calamares;
como pasados por laminador, los lenguados grises; y los gordos peces mayores,
dejando entrever la flor es[143]carlata de las agallas.
Aquí de Simón Pedro, aquí de Tobías, aquí de las Mil Noches y una Noche y de
Brillat Savarín. ¡Y los admirables tipos de gentes de mar! No hace falta sino
saber dibujar, eroquer, tanta cara singular, tanto aspecto lleno de
carácter: la anciana revendedora que asiste al remate, fuera del recinto propio
del mercado; la joven más fresca que el pez recién sacado, y perfumada de mar
también, atrayente con su rostro encendido, sus copiosos cabellos, su sonrisa;
los viejos y duros pescadores, cabezas de pipa como hechos en madera; narices
rojas, barbas en barboqueio o herradura; el bigote afeitado, las anchas
manazas, las firmes patazas; quien con el arete de oro a la oreja, o la
cachimba entre los dientes, y en la mirada una profundidad inmensa, esa
profundidad serena e inmensa que comunica la frecuencia del Océano, el azul de
los golfos, lo vasto del cielo, a los hombres que viven y trabajan sobre las
olas, acostumbrados así a los cantos del alba, a la dulzura de las saladas
brisas, como a las injurias de la espuma y las bofetadas de la tempestad.
El lugar de la venta del pescado no es muy extenso.
Es una sólida galería de hierro, con puestos laterales, en donde las pescadoras
exponen sus artículos ¿Es una obsesión, o es la asendereada ley del medio?
Parece que todas estas mujeres, las de edad como
las mozas, tuviesen en su rostro algo de pescado; los ojos y las bocas, sobre
todo, casi ictiomorfos... Una pescaderita de quince años, que ríe con finos
dientes y tiene en su cabellera reflejos de[144] algas,
se me antoja que tiene algo de sirena. Guardo y paso.
Ante sus langostas, me detiene con su figura una
robusta anciana, como sacada de no sé qué olvidado cuadro. Bajo el cucurucho
blanco del gorro dos macizas arracadas de oro puro descienden hasta los
hombros; un corpiño obscuro aprisiona auténticos y generosos testimonios de
maternidad; una falda corta acampanada, deja ver las columnas de las piernas
cubiertas por medias de lana; sobre los duros zuecos, dos bien construídas
carabelas en que un Colón de Liliput podría ir a descubrir en Noche Buena no
importa cuál América de nacimiento.
La venta es buena. Al día siguiente han de comenzar
las fiestas. Así, pasan a mi lado haciendo sus compras varios burgueses de
Dieppe; y, nota parisiense entre la concurrencia, blanca toda, fina, bella, una
señorita que ha bajado de su carruaje, llega, acompañada del groom, compra un
buen paquete de langostinos y se va, rápida como un pájaro.
El apetito, más que despierto, me hace dirigirme a
un restaurant vecino, cerca de las arcadas del Café Suizo—aquí, como en todas
partes del universo, hay un café Suizo.—Comida barata sabrosa, marisco fresco,
ausencia de vino y presencia de sidra, rica sidra de ámbar o de topacio, pues
en Normandía, como en el paraíso terrenal, triunfa la manzana. Mientras
almuerzo, oigo de lejos cantar la draga en el canal, como un gran grillo de
hierro.
El día comienza a ponerse opaco. Se hace recordar
la vecindad de Inglaterra. Mientras en París se[145] derriten
los sesos de las gentes, aquí se siente un grato frescor. Después del café, me
dirijo a la playa. Llega al desembarcadero un vapor de Newhaven. La niebla
aumenta poco a poco. Casi ha invadido todo el mar, toda la costa. La tarde
naciente se ahuma. Empieza a vocear, triste, insistente, la campana de la
bruma, allá en el faro. La campana, en tiempo de niebla, hace las veces de la
luz; es el faro del oído. Las olas llegan a la arena en actividad y
encrespamiento que hacen resbalarse a la continua los guijarros; mas no es la
soberbia acompasada que enarca las gruesas marejadas cuando se enoja el viento.
El agua no carnerea, hierve, en la enorme extensión, sin rasgarse. De cuando en
cuando una vela fantasma, una sombra de barca, se percibe en el tupido vapor
flotante; a través del aire espeso llegan lejanos ruidos de sirenas y de
esquilas. La humedad se insinúa en la piel, barba y cabellos. Se gusta la sal
del ambiente.
El sol, que se asemejaba a luna una, o a un astro
de pesadilla, no logra hacerse paso entre las espesas nubazones. Así se desliza
el tiempo hasta la noche, en que se aclara un tanto el espacio. Las luces de
los faros rielan sobre las aguas. Las aguas, más tranquilas, dan campo a la
mirada que puede ya lanzarse al horizonte. Quietud.
Volvía yo de recorrer el bulevar marítimo, a eso de
las diez, cuando una aglomeración de muchedumbre, un son de trompetas y un
brillo de antorchas en la sombra de una calle me hicieron detener.[146] ¿Qué capitulo de viejo libro estaba viendo? Ante
el pueblo reunido, había dos heraldos, de armas y un regidor, montados en
sendos caballos un pelotón de arcabuceros y otro de arqueros. Uno de los
heraldos desenrolló un largo papel, y con una gran voz, dijo:
Or, tost, accourez tous, faictes bonne silence et
oyez.
Es nom des schevins et tout ayant étè par eux
arresté avec très honorable sire Charles des Marets, capitaine du Chastel et de
la ville de Dieppe, pour Notre Roy et soubverain segneur Charles le septième.
Faisons assavoir:
Que le jour de demain, dimanche, septième de
Juillet, se doibvent tenir en ceste cité des festes soulennelles et espéciales
pour le resjouissement et grand proffit de tous.
Adonc, en celluy jour de demain, sus le midy ou
environ, si haura par les voies et carrefours de ceste ville, une belle y
avenante monstre numéreuse a la vérité diré, jusques a passer cinq censt
parsonnes, et figurant, sommairement et comme par abrégé, avec personnages les
mieux en point que puet estre, les faicts les plus illustres en l'histoire de
Dieppe à travers les âages et les plus dignes de ramentevance.
Et maintenant, cecy dit, de vostre part, bourgeoys,
manans et vilains, faut jà vous retirer. Et sitôf que s'oyra covre feu soner,
bien nous vos advison que tout bruyt se doibt cesser, que toute chandoille de
sieu ou resine doibt estre esteinte.
[147]Et bien vous préparez, par un bon somme, à estre
frais et dispoz pour célébrer dignement et alégrement la grant journée de
demain.
¡NOEL! ¡NOEL! ¡VIVE LA FRANCE!
Como el grupo era pintoresco, la música alegre y la
noche fresca, seguí a los heraldos de Charles des Marets «capitaine du Chastel
et de la ville de Dieppe», entre el regocijo de crecido número de pescadores y
pescadoras que iban en la procesión, y así escuché varias veces el pregón. Y
siguiendo después el consejo de prepararme con un buen sueño, para estar frais
et dispoz para la fiesta próxima, me encaminé a mi hospedaje, en
donde, al amor del mar, dormí gratamente, hasta que la animación de la aurora
entró por los cristales de mi ventana y la armoniosa lengua de las olas me dió
los buenos días.
Bueno era ese, de sol claro, de cielo lavado y
bruñido. La ciudad, llena de banderas, se agita en su fiesta. Gente del lugar y
forastera circula por las calles principales e invade la playa. Se oyen a lo
lejos gritos, cantos y petardos. Camelots de París venden
sonoros mirlitones. En la Grande Rue se extiende un mercado improvisado, un
mercado de aves, de manteca y quesos, de verduras, de productos de la campaña;
y en la plaza Nacional se instala un bazar de cuanto os podáis imaginar de cosas
viejas y nuevas, con el aditamento de muy baratas. Hay desde frenos hasta
calzoncillos, y mientras un zapatero remendón elogia las botas claveteadas que[148] ha rejuvenecido, un vistoso charlatán canta su
ditirambo delante de una cabellera fenómeno que debe su famosa riqueza a una
botella de agua milagrosa.
Llegan los trenes de París y Rouen repletos de
gente. Los vecinos de Treport, Puy, Varengeville, aumentan la suma de
visitantes. Se advierten tipos de la capital, mujercitas del bulevar, y no
faltan cabezas del Barrio Latino y de Montmartre. No son los que menos se notan
los ingleses. Hay bastantes bicicletas, y, bufando, se han hecho presentes dos
o tres automóviles. Los marinos y pescadores no ponen buena cara al hipógrifo
de caucho.
El cortejo, el gran cortejo histórico «Dieppe a
través de los siglos», comenzará a desfilar dentro de poco.
El cortejo. Era primero el siglo xv, y venía a
la cabeza dando al aire sus sones la fanfarra de la milicia burguesa. Son los
tiempos en que los dieppenses, fatigados de la lucha con el inglés, acaban de
volver a su independencia, por obra y empuje de Desmarest. Allí viene Desmarest
tras el preboste de los comerciantes, los ballesteros casqueados y forrados en
sus túnicas rojas, los regidores de negro, los trompeteros violeta, azul y
encarnado, y los heraldos de armas con dalmáticas y cota. Es el bravo Desmarest
o Des Mares, caudillo desde la adolescencia, y que luego, brazo poderoso, fué
creciendo en empuje hasta sus acciones en Dieppe y Bures, y a quien después de
rudo batallar y vencer, no pudo la muerte arrancar del mundo sino cuando en el
descanso de su ancianidad, había llegado a ciento quince años.
Viene después Dieppe en el siglo siguiente en la
época de su mayor auge. Este tiempo opulento se anuncia desde luego con oros y
colores. Un grupo de niños llega con palmas doradas en las manos y sombreros de
airosas plumas sobre las rosadas cabezas. Preceden a Descellier, el geógrafo
que antes de Gerardo Mercator publicaba su planisferio que mejoraba los
trazados ptoloméicos. Viene Descellier en el carro de la hidrografía enseñando
a sus discípulos, pues, según las palabras de Asseline, a propósito de las cartas
marinas, «le sieur Pierre des Cheliers, preste a Arques, a eu la gloire
de'avoir ètè le premier qui en a fait en France. Aussi estoit-il un si habile
géographe et astronôme qu'il fit une sphère plate, au milleu de laquelle en
voioit un globe qui représentait toutes les parties du monde.» Vestido de negro
pasa en su carro, que imita una bella boiserie que existe en
el castillo de Gaillón; y tras él la música de los arcabuceros, negro y azul,
jóvenes pajes, a la manera florentina, y precedidos de sus capitanes, el
armador magnífico y fuerte Jean Angó, aquél que solo y con flota propia,
declaró la guerra al rey de Portugal, sin que nada tuviese que ver en la
empresa el gran rey Francisco. Angó es la figura más brillante de Dieppe. Por
él la ciudad, antes de que las luchas de religión contribuyesen a su ruina, se
levantó a una situación de riqueza y de poderío. Angó heredaba de su padre el
espíritu. Como él, Angó se lanzó a empresas coloniales en la India y en
América. De allá viniéronle riquezas en sus navíos, y con ellas llevó vida de
príncipe, opulento, lujoso, y al mismo tiempo de pensar maduro y jui[150]cioso. Hizo aquí construir un palacio admirable. «La
fachada, de madera de encina, había sido esculpida por los más hábiles artistas
y representaba escenas de navegación, combates entre ingleses y normandos. Los
cuadros y las estatuas de los más grandes maestros ornaban ese palacio, y le
daban un aire de magnificencia incomparable. Desde sus ventanas Jean Angó
tendía sus miradas sobre el puerto, sobre el mar y sobre el valle de Arques.»
Francisco I le visitó, y la ciudad permitió al magnate que las fiestas fuesen
pagadas con su peculio. El rey quedó maravillado de la fastuosidad de su
anfitrión. Hubo lujo de vajilla italiana, en plata labrada, viandas exquisitas
y vinos incomparables, arcos de triunfo, y, para paseo por el mar, barcas
doradas que corrieron las aguas con buen tiempo y cielo propicio. Angó murió en
la pobreza, y he recordado su grandeza de un tiempo ante la piedra tumbal que
cubre sus viejos huesos, en la iglesia de Saint-Jacques.
Redoble de tambores. Acorazados de cuero y en la
cabeza el casco, pasan los soldados de la milicia burguesa; los oficiales de a
caballo van casqueados también, y brillan sus coseletes de hierro. Los gremios
desfilan en seguida, los de la industria del hierro que llevan jubón azul; los
de la cerveza, violeta, y los del marfil, en cuero de gamuza. Amarilla y negra
la banda de la guardia real, lanza su música, y oro y negro y a la espalda un
manto, los heraldos del rey. Sigue el gobernador Aymar de Charles, con su
uniforme de caballero de Malta; el capitán de Vardes luce su jubón gris, y
luego seis[151] pajes azules en grandes caballos,
antes del gran escudero que porta el real estandarte, anunciador del rey
soberbio, cuya magnífica armadura relampaguea al sol. Allí va luego el «padre
de la agricultura», el buen Sully, de negro, al que hacen fondo los suizos
vestidos de verde. Es el tiempo en que Enrique IV ha venido a Dieppe antes de
la batalla de Arques y de Ivry, en que hubo de salir triunfante del duque de Mayenne.
Tras el tiempo caballeresco y heroico, el siglo
pomposo. Semejantes a otros tanto Aramises y Portos, los mosqueteros a caballo,
gran chambergo emplumado, coraza y larga capa negra de terciopelo, desfilan
seguidos del gobernador Montigny. El rey Sol es aún niño, y en una carroza de
gala va en compañía de Ana de Austria, la de las bellas manos. La reina está
representada por una graciosa moza que saluda linda y realmente. A caballo
sigue el rojo Mazarino, y un grupo de cortesanos le acompaña. Llegan gentes de
mar. Son los hombres de Duquesne. Allá, sobre una reducción de la Sainte
André, el gran marino, el orgulloso calvinista que desecha por su fe el
bastón de mariscal, está de pie. Angó era el fuerte armador del comercio;
Duquesne es el hombre de la guerra. Es el combatiente de Suecia como
vicealmirante de Cristina; es el reorganizador de la armada francesa y el jefe
de la expedición de Nápoles; es el luchador feliz contra españoles, ingleses y
holandeses; es el generoso vencedor de Ruyter, el bloqueador de Chio y el temor
del Dux veneciano. Cuando Duquesne murió, el rey le negó una sepultura...
[152]Tambores. A compás marchando van ocho tamborcitos,
luego una banda militar y el pabellón. Dos ujieres de la ciudad se adelantan
al maire y al cuerpo comunal; en todos los negros trajes lucen
tan sólo las hebillas de plata de los zapatos. Y luego Balidar. ¿Quién es
Balidar? Es el desconocido turbulento y terrible, el que impuso su nombre como
una bandera de amenaza en la Mancha, el corsario de quien John Bull supo mucho,
y que en Roscoff, cansado de pelear bajo el poder de Napoleón, puso a su casa
balcón de plata maciza, y freía monedas de plata y oro para
arrojárselas al populacho bien calientes. Cuando la independencia americana,
Balidar fué a pedir carta de corsario, y no se supo más de él que su paso por
las costas mejicanas. Ese fué Balidar. Así, pasa orgulloso entre sus hombres de
mar; síguele un grupo de marinos veteranos; luego, la guardia consular y los
trompetas vestidos de amaranto o blancos brandeburgos. En su caballo blanco
cierra la marcha Napoleón, el Napoleón de largos cabellos del tiempo consular.
Unos cuantos oficiales le acompañan; los húsares, de azules dormanes van tras
él. Tal ve Dieppe pasar su pasado. Un pasado casi legendario, de empresas
bravas y singulares conquistas, con princesas bellas, reyes gallardos, bizarros
capitanes, corsarios temerarios, magníficos marinos. Y así inaugura el Dieppe
de hoy su bulevar marítimo, que pone hacia las olas que vieron tantas proezas,
un balcón extenso para los veraneantes que no, es por cierto, de plata, como el
de Balidar.
«Al principio no había nada.» El mar cubría la
mitad de la playa y la marea llegaba hasta el valle del Arques. Luego hubo un
lento retiro, de siglos. Un día se creó la pelouse donde hoy
se alzan los grandes hoteles de la calle Aguado. Creció allí hierba y pastaron
rebaños. La ciudad prosperaba, comerciaba y entonces los ingleses, como
siempre, aparecieron. Los échevins alzaron entonces
fortificaciones, y tres grandes torres para polvorines. Luego vino la
iniciación de los baños de mar en Dieppe. La sociedad parisiense comenzó a
venir en «largas diligencias», y la moda se hizo. A comienzos de este siglo ya
venía mucha gente cuando la duquesa de Berry afirmó la boga. Se construyó un
teatro, se alzó un casino para los grandes señores de la Restauración. En 1836,
el Estado vendió los terrenos en que antes había fortalezas. Se levantaron
casas y se creó la calle Aguado, cuyo nombre tiene a causa del banquero español
que intentó dotar a Dieppe de un ferrocarril, intentó, pero no lo realizó. La
calle, sin embargo, lleva su nombre. Napoleón III quiso pasar su luna de miel
en Dieppe. Eugenia quedó encantada del lugar. Gracias a ella se embelleció y
prosperó en poco tiempo. Veinticinco años después la ciudad hizo fuertes gastos
para el establecimiento de sus primeros casinos. Los terrenos de la playa
centuplicaron su valor, y el Estado, interviniendo entonces, vendió a la ciudad
la playa en 451.000 francos. En 1895 el alumbrado eléctrico fué introducido.
Así continuó hermoseándose, hasta que se observó el daño que causaban a la
plaza las invasiones del mar. La municipalidad dieppense resolvió la
construcción del[154] bulevar, una sólida muralla,
flanqueada de rotondas provista de un parapeto con un ancho trottoir
carrelé alumbrado con numerosos postes de luz eléctrica. Entre este
bulevar y la calle Aguado se extiende la espaciosa plaza llena de césped. El
bulevar tiene cerca de un kilómetro de largo, es un paseo excelente y fué
construído por el ingeniero Herzog.
LIBRO TERCERO
I
E recibido un libro importante y curioso, de M.
Henri d'Alméras, Avant la Gloire. El autor ha tenido la amabilidad
de enviarme un ejemplar antes de que aparezca en las librerías. Es un volumen
que trata, en un estilo sin penachos, sencillo, a veces malicioso y casi
siempre espiritual, de los comienzos de muchos grandes nombres de las letras
francesas contemporáneas. Grandes nombres es mucho decir. Hay en la obra mezcla
de grandes y medianos. Lo mismo que «gloria» habría quedado mejor sustituída
por «celebridad». El autor ha averiguado con paciencia e interés los detalles
de los comienzos y primeros pasos de los escritores que figuran en su obra,
desde que, completamente desconocidos, hicieron los iniciales esfuerzos para
lograr renombre. Los escritores son de diferentes tamaños. Los hay enormes,
como Zola, y chatos, como Ohnet. El libro es ameno y logra que el lector se
interese por más de un precioso dato.
¡Los comienzos! Es decir, los sueños, las
esperanzas, el entusiasmo. Esos principios son más bellos muchas veces que las
más triunfantes victorias. Siquiera porque toda esperanza es hermosa, y todo
logro quita el placer de esperar y da el cansancio humano de lo conseguido. La
posesión de la gloria es lo mismo que la posesión de la mujer.
El libro de M. D'Alméras está lleno de anécdotas,
que son la sonrisa de tantas luchas. Él ha buscado documentarse en
conversaciones, lecturas y recuerdos. Comienza con Alejandro Dumas, hijo, de
cuyo nacimiento habla su padre en sus Memorias con estas palabras: «El 29 de
Julio de 1824, mientras el duque de Montpensier venía al mundo, a mí me nacía
un duque de Chartres, plaza de los Italianos, número 1.» Cuenta sus primeros
años de colegio, sus versos, porque hizo versos. Su entrada en el mundo, muy
joven, y estos paternales consejos, muy del viejo Dumas: «¡Ya eres hombre!
Escucha mis instrucciones. Cuando se tiene el honor de llamarse Alejandro
Dumas, no se debe vivir como un mercachifle o como un hortera. Se come en el
Café de París. Se tiene lindas mujeres y se les paga regiamente. No se priva
uno de nada. Anda, hijo mío, y cuenta conmigo. En tres o cuatro años, si
quieres casarte—porque al fin se llega a eso—te daré trescientos mil francos
para comenzar.» Demás decir que Dumas, hijo, siguió con todo empeño el consejo
de su padre, y en muy poco tiempo llegó a tener cincuenta mil francos de
deudas. Cuando le pidió al autor del Montecristo para pagar,
aquél le contestó: «¿Cómo diablos te voy a poder dar cincuenta mil francos[159] para pagar, yo que debo seiscientos mil?» Con
todo, el hijo, que se vió en la necesidad de pedir prestado a muchos amigos,
hasta en verso, murió rico y avaro.
De los Goncourt hay noticias que ya conocemos en
algunas páginas autobiográficas, como las referentes a la publicación de En
18... No son de los que menos han sufrido en su iniciación, los dos
hermanos Zemgano de la escritura artística. Solicitudes, fracasos, desdenes de
editores, incomprensión, amarguras de toda especie acompañaron su entrada a la
literatura. En cuanto a Alfonso Daudet, M. D'Alméras se ha encontrado el
trabajo hecho, en el encantador Petit Chose. Mas hay otros puntos
nuevos y páginas bien narradas sobre la juventud del padre de Tartarín. «El
joven escritor, dice en su párrafo, había escapado, gracias a una casualidad
feliz—la protección de un hombre de esprit—a la negra miseria de
los comienzos, de que no se avergonzó jamás. Ya no estaba expuesto a comer con
un apetito de diez y ocho años, por toda comida, un pedazo de pan y un trozo de
salchichón. No corría ya el riesgo de verse echado, por un bárbaro propietario,
por algunas mensualidades atrasadas, y pasar la noche—felizmente en verano—en
un banco del Luxemburgo.» Y la anécdota del «paso de Fromont jeune et
de Risler aîné.» Son las primeras ganancias serias que aseguran la vida.
Esa novela, de una observación tan penetrante y tan conmovedora, había sido
compuesta en medio del París industrial, en un cuadro material y moral que le
convenía, a maravilla. »Mi gabinete, escribía el autor,[160] años
más tarde, daba sobre los verdores y los negros enrejados de un jardín. Pero
más allá de esta zona de frescor y de trinos de pájaro, había la vida obrera de
los barrios, la recta humareda de las usinas, el rodar de los carretones, y aún
oigo sobre el pavimento de un corralón vecino el ruido de una carretilla de
comercio que en la época de los regalos iba llena de tambores para niños. La
vuelta, la salida de los talleres, las campanas de las fábricas pasaban sobre
mis páginas a hora fija. Ni el menor esfuerzo para conseguir el color, la
atmósfera ambiente; estaba lleno de ello.» Fromont jeune et Risler aîné—que
la Academia debía coronar en su sesión de 15 de Noviembre de 1875—tuvo un gran
éxito de Prensa y llegó muy pronto a ese número de ediciones que asegura—a
veces injustamente—a un escritor el mérito de su obra. En el mes que siguió a
la puesta en venta, Alfonso Daudet había sido invitado a almorzar en casa de su
editor Charpentier. Este, cuando se levantaron de la mesa, le dijo en voz baja:
«No os olvidéis, ante todo, antes de iros, de pasar a la caja.» Cuando él se
presentó, un poco conmovido, ante la ventanilla, el cajero le entregó en luises
de oro, en monedas de a cinco francos y en moneda menuda, según dese
manifestado, una suma muy respetable—los primeros beneficios del libro—. Daudet
salió como un loco, tomó un coche para llegar más pronto a su casa, subió la
escalera rapidísimo, entró sofocado, encantado, en la pieza en que se
encontraba su mujer, y después de haber arrojado a manos llenas sobre la
alfombra, sin tener fuerzas para decir una palabra,[161] el
dinero que acababa de dársele, bailó lo que después se llamó entre los suyos
«el paso de Fromont jeune et de Risler aîné». Y con ese paso
de ballet fué como entró en la gloria».
De Maupassant hace notar la rapidez en la
reputación, desde sus primeros trabajos. De paso habla de sus versos. De éstos
se dijo que revelaban un excelente prosista. Sin entrar en esas sutiles
distinciones, es el caso que en Maupassant había un verdadero poeta ahogado
después en necesidades de producción y de oficio. ¡Voilà le mort
d'amour avec savandière! Veamos algunas líneas de M. D'Alméras: «Sabía
sacar partido maravilloso de su literatura, fabricada concienzudamente y con
método. Se le pagaba lo que valía, lo cual es muy raro en el mundo de las
letras. Evitaba las colaboraciones a la ventura y las casas cuya prosperidad no
le parecía bastante cierta. Su reputación aumentaba cada día». Bel Ami le
colocó en primer rango entre los novelistas, nuevos y viejos, y le dió gloria.
Así, en cuatro años de vida literaria llegó a la cima; pero ya se desarrollaba
en él, como una enfermedad incurable, ese doloroso estado de alma que debía
emponzoñar todas sus alegrías. El medio de los literatos, de los artistas, en
que estaba obligado a vivir, le repugnaba más y más, y a los treinta años
experimentaba el cansancio y los disgustos de un escritor envejecido y
fatigado. El periodismo, con su necesidad banal y monótona, no le interesaba
ya: «No tengo sino un deseo en mi vida—escribía a un director de revista—; y es
el de no escribir jamás una sola línea en ningún diario del mundo»; y agregaba
esta[162] otra confesión, que muestra hasta qué
punto estaba desencantado: «Tengo una imperiosa necesidad de no oir hablar más
de literatura, de no hacerla más, de no vivir en eso y de ir a respirar lejos
un aire menos artístico que el nuestro». Todo esto, en verdad, es excesivo,
pero se explica. A través de lo justo de esos desencantos prematuros se
transparenta la inquietud mental del enfermo, que debía acabar por perderse en
la locura y en la violenta muerte.
De Verlaine hay poco que no se sepa en su
accidentada vida. Por otra parte, él ha dejado mucha confesión, recuerdos y
páginas de autobiografía. Saint-Paul-Roux descubrió en el campo a un labrador,
tío del pobre Lelián. Poco nuevo hay en este libro que pueda interesar a los
verlainistas. Por lo que toca a Catulle Mendès, sí hay noticias escasamente
sabidas. Desde luego, estos versos escritos en la infancia, y que son inéditos:
Le poêle brûlant, rouge, accroupi dans son angle
Comme un âne poussif par sa corde étranglé.
Râlait sous une bande en cuivre roux, qui sangle
Son gros ventre d'argile aux feux tout écaillé.
Aunque apoyado largamente al principio por su
padre, Mendès no dejó de pasar horas muy duras, después de haber fundado varias
revistas y alzado y derribado muchos castillos en el aire. «Casi célebre ya,
aquél, a quien se llamaba el Clodión de la pequeña literatura, gastaba mucho y
ganaba poco. Allá por 1868, la recomendación de la princesa Matilde le hizo
obtener una plaza de expedicionario—90 francos al mes sin contar
gratificaciones—en no[163] sé qué ministerio que
dependía del mariscal Vaillant. La primera vez que Catulle Mendès se presentó
en su oficina, un ujier vino a buscarlo de parte del mariscal Vaillant.
Persuadido, con ese tocante candor de la juventud que la mayor edad no corrige
casi, de que se le va a ofrecer un puesto digno de él, entra, lleno de
confianza y buscando fórmulas de gratitud, en una gran pieza en que se
encontraba un hombre gordo en mangas de camisa. El hombre gordo se vuelve
apenas, y con una voz brusca:
—¿Es usted el que ha escrito esto?—le dijo
mostrándole un ejemplar del Román d'une nuit, con las páginas sin
cortar.
—Sí, señor—respondió Mendès; pero, a una seña de
las personas que estaban presentes, corrigió:—Sí, mariscal.
—No lo he leído, pero me parece que es
inconveniente. Yo no quiero en mis oficinas empleados que escriban
inconveniencias. ¡Lárguese!
Así terminó la carrera burocrática de Catulle
Mendès. La princesa Matilde, resentida de que se hubiese echado tan poco
atentamente a su protegido, el yerno de su viejo amigo Gautier, le estableció
una pensión. Poco tiempo después, la gloria y el provecho llegaron.
Mucho se sabe de la leyenda de Jean Richepin. En su
vida, la leyenda y la realidad se confunden. Nació en Argel; su padre fué un
médico militar, y fué bautizado por un sacerdote que había sido zuavo.
Veinte años más tarde comienzan sus esfuerzos para
proclamarse turanio, bohemio y por épater a las gentes. Fué
periodista, profesor, gimnasta y[164] pasó mil
necesidades. Fué soldado. Usó un gran sombrero que fué célebre.
—«¿Qué es ese sombrerón?—murmuraban las gentes ya
conquistadas.
—Es Jean Richepin, joven poeta de porvenir. Se
habla muy bien de las obras que va a escribir.»
Luego fué la gran campanada de la Chanson
des Gueux, por el cual libro de versos fué llevado a la prisión de
Sainte-Pelagie.
Después dejó París. «Otro quizá habría quedado
aplastado, definitivamente vencido por la persistencia de su mala suerte; pero
el vigor físico, en Richepin, venía en ayuda del vigor moral. Después de haber
cantando a los gueux, no vaciló en serlo él mismo, y el rudo oficio
de cargador en los muelles de Burdeos permitió al poeta esperar días mejores.
Vuelto a París, pudo entrar en el Gil Blas y encontró una
colaboración seria. Eso no era aún la gloria, pero sí la vida asegurada».
Después fué cómico, con Sarah Bernhardt, en Nana Sahib, y luego fué
célebre.
En las páginas sobre Sardou son de señalar las que
tratan de su espiritismo. Sardou se apasionó de esos estudios desde la llegada
del medium Homc. Conocidos son sus dibujos y sus escritos de ese género; ya se
sabe que todavía persevera en sus creencias y en sus experimentos. En cuanto a
su estreno teatral, fué con la Taverne des étudiants, y la historia
de esa comedia es de lo más interesante y sugerente.
A Jules Lemaître, hoy perdido en los laberintos
obscuros de la política, la suerte le vino por el lado[165] del
normalismo. En la Escuela Normal se inició en las letras, y hasta escribió
versos, no completamente católicos.
Qui ne la connaissait, hélas!
Aux bons endroits du Boule-Miche?
Mon Dieu! comme elle parlait gras
Et buvait sec la pauvre biche!
O Nini,
N, i, ni,
C'est fini.
Elle n'avait jamais un sou
Elle était franche et facile,
On l'appelait Nini Voyou.
«Encore une étoile qui file.»
Ya véis que cuesta mucho creer que eso sea del
actual sostenedor del nacionalismo en unión de Coppée. Vinieron después los
trabajos críticos, la seriedad, la celebridad, las ganancias. Un artículo duro
contra George Ohnet hizo ruido. D'Alméras tiene a este propósito una frase
deliciosa: «Attaquer le talent de George Ohnet, c'était dire du mal d'un
absent.»
¿Y Scholl? Aquí están también los comienzos de este
famoso periodista, hoy muy viejo, a quien algunos creen muerto. Son también
interesantes y ayudan a conocer esa personalidad ya casi desaparecida, pero que
tuvo el imperio de la crónica.
C'est le mousquetaire Aurélien Scholl,
Au Palais-Royal, le soir, quand il passe,
Les arbres, courbant leur front avec grâce,
Lui disent: Bonjour, Monsieur Rivarol.
[166]En las páginas sobre Claretie encontramos cómo fué
que el actual administrador de la Comedie Française aprendió español: llevando
los libros y la correspondencia de un comisionista en mercaderias. Hay un
detalle asimismo muy curioso. ¿Quién conoce la primer novela de Claretie, Les
secrets d'Exili? Esta obra no se ha publicado en francés. Véase cómo. El
autor había guardado su manuscrito en un colegio, y un chileno lo descubrió y
lo mandó a la América del Sur. He aquí por qué esa obra apareció en un diario
de Chile, en español. ¿Cuál fué ese diario? ¿Quién fué ese chileno? ¿Quién sabe
en Chile detalles sobre ese asunto?
Y así sobre el perilustre Montepin, sobre Zola,
sobre Anatole France y otros autores menos altos. M. d'Améras ha compuesto su
libro y le ha hecho amable a la lectura, con el halago que presentan las cosas
inéditas, las confidencias, los lados ocultos o poco sabidos de la existencia
de los hombres notables.
La moral de la obra está en que no hay que
desesperar si la suerte se presenta poco favorable al principio. Casi todos los
dueños de la gloria y de la fortuna han tenido que luchar, que sufrir, que
pasar horas muy amargas, muy terribles. Con fe y con voluntad han triunfado.
Después ha venido la fama, y con ella el dinero, precipitado actual de la
celebridad, ya que no de la verdadera y soberana Gloria.
II
O se sabría ignorar que París ha atraído y atrae a
la intelectualidad de todos los lugares del mundo. Numerosos artistas y
escritores extranjeros hacen de París su residencia preferida. No se encuentra
en ninguna parte este ambiente espiritual y esta contagiosa vibración de vida.
Si la inmigración a este respecto no es mayor, débese a que París no consiente
el triunfo constante de un extranjero. Un escritor, un sabio o un artista, será
alabado en este centro en tanto que su nombre llegue de lejos. Cuando ese
artista, ese escritor o ese sabio, instalado en París, se convierte en un
rival, cuando su producción llega a hacer competencia a la producción propia,
se le atacará, se le demolerá o se le desdeñará.
Strindberg, entre cien, pagó cara su carta de
vecindad parisiense; D'Annunzio no ha vuelto a pensar en escribir en francés, y
Sienkiewicz, aun allá en Varsovia, por sus multiplicadas ediciones, es ape[168]llidado ya le juif polonnais. Viven, pues,
aquí muchos hombres de letras, extranjeros, que escriben para sus respectivos
países, o como Max Nordau, para públicos de distintas naciones.
La literatura hispanoamericana es, como lo he dicho
en otra ocasión, completamente desconocida. Apenas el Mercure de France abrió
por algún tiempo en sus páginas una sección, que ha desaparecido. Por otra
parte, todo lo hispanoamericano se confunde con lo netamente español. Y es
digno de notar que gran parte de la élite de las letras de
nuestras repúblicas vive hoy en París.
En épocas pasadas, París albergó a notables
personalidades de la intelectualidad de nuestro continente. La figura más alta,
indiscutiblemente, fué la de Alberdi. El chileno Bilbao fué aquí donde recibió
las lecciones directas de sus maestros Lamennais y Quinet. El colombiano Torres
Galcedo, diplomático y escritor de muy buenas intenciones, logró hacerse una
personalidad un tanto parisiense, y Jules Janin le escribió un prólogo para un
libro de versos. Héctor Varela, de bulliciosa memoria, hizo por un instante
volver la vista hacia sus fuegos artificiales. Numa Pompilio Llona, el
respetable poeta ecuatoriano, tuvo muy buenas amistades en la corte de Hugo.
Más recientemente, otro ecuatoriano genial muy poco
conocido en la América de este lado de los Andes, Juan Montalvo, pasó los
últimos años de su vida, duros y penosos, bajo este cielo. Demás decir que en
cuanto murió se le levantó una estatua en Quito o Guayaquil.
Actualmente residen en París, establecidos desde[169] hace tiempo, el célebre filólogo colombiano J.
Rufino Cuervo y el crítico cubano Enrique Piñeiro. El señor Cuervo es un
prodigioso trabajador de infinitas pequeñeces transcendentalmente
lexicográficas. ¡Es el autor asombroso del Diccionario de regímenes!
Es, indudablemente, un lingüista sabio, y la Academia española se inclina ante
su inmensa labor, que ocupará, concluída, varios estantes. El señor Piñeiro
publicó hace muchos años en Nueva York un libro sobre poetas modernos, que
puede considerarse como una de las más serias y elevadas obras de crítica
intentadas en la América latina. El señor Cuervo continúa en su tarea
lexicológica fabulosa, que ha hecho que en Colombia se le compare, con ventaja,
a Littré.
Entre los diplomáticos hay algunos nombres. El
ministro de Guatemala, D. Fernando Cruz, ha, en sus tiempos floridos, «pulsado
la lira», y Clori y Filis le agradecieron más de un bouquet galante,
allá en tierra guatemalteca. Su secretario, Domingo Estrada, ha publicado
prosas y versos muy estimables, entre estos últimos la traducción de Las
Campanas, de Poe. Recientemente ha merecido tener éxito su librito bien
sentido sobre José Martí.
El marqués de Peralta, ministro de Costa Rica,
parece que no tiene su conciencia bien tranquila respecto a asuntos del
Parnaso, y, ahondando en sus recuerdos, se encontraría más de una ligera
confabulación en las musas. Fernández Guardia, secretario de la Legación, autor
de un muy bonito volumen de cuentos, es de los más notables escritores de los
países centroamericanos.
A este respecto se lleva la palma de poeta el
secretario de la Legación argentina, García Mansilla, cuyos versos, de una
elegancia discreta, y escritos en francés, no quieren traspasar los límites del
salón, en donde se tratan confidencialmente con las flores de Magdalena Lemaire
y las músicas de Benberg.
El marqués de Rojas es un escritor de sólido saber,
y cuya autoridad en asuntos económicos es por todos acatada.
El ministro de Chile, Señor Blest Gana, es autor de
varias novelas que tuvieron en su época gran acogida. Si Miguel de Unamuno las
lee, irá Martín Rivas junto con Nastasio a la Universidad de Salamanca. El ex
presidente de Honduras, Marco Aurelio Soto, uno de los dos miembros honorarios
de la Real Academia Española, y que hizo el Luis XIV bastante bien hecho, en
Tegucigalpa, hace años que no tiene nada que ver con la literatura, lo propio
que el señor Gustavo Baz, encargado de Negocios de Méjico. Hay otros literatos
residentes en París, los activos, algunos de ellos no desconocidos en Buenos
Aires.
Luis Bonafoux, corresponsal del Heraldo de
Madrid y el director del Heraldo de París, es un crítico
temido y de autoridad en España. Es nacido en Puerto Rico, pero se le considera
como español. El señor Bonafoux, satírico violento, elegante y sutil cuando
sujeta sus ímpetus flagelantes, y de una aspereza que en Francia tan solamente
podría com[171]pararse con las justicias e injusticias
de Bloy o de Tailhade, casi siempre tiene razón cuando ataca. Como cuentista ha
publicado, entre otras cosas, un reciente pequeño volumen de narraciones
y nouvelles, en donde hay verdaderos hallazgos de invención y
bellas gracias de estilo.
Miguel Eduardo Pardo, autor de una buena novela
venezolana, Todo un pueblo, es un temperamento de luchador y
acompaña en el Heraldo de Madrid al señor Bonafoux. Escribe
allí generalmente sobre asuntos políticos sudamericanos, y en especial sobre
los sucesos de su patria, Venezuela, en donde, dado su carácter, no será
difícil verle ocupar un puesto público.
Otro venezolano reside en París, cuyo nombre entre
los intelectuales argentinos es saludado con simpatía y respeto: ha nombrado a
Manuel Díaz Rodríguez. Es éste un espíritu de excepción, de los pocos que
forman la naciente y limitada aristocracia mental de nuestra América. Es un
entendimiento serio y reflexivo, aislado de las bulliciosas tentativas de un
arte de moda, como de las filas de momias que duermen entre sus bandelettes tradicionales.
Desde su primer libro, la nobleza de su pensamiento y la distinción de su
estilo le colocaron en un lugar aparte en nuestra literatura. Confidencias
de Psiquis, De mis romerías, Cuentos de color nos
pusieron en comunión con una de las más fervientes almas de arte que hayan
aparecido en tierra americana. Dentro de poco se publicará una novela, obra de
médula y aliento, muy americana en su psicología, y muy europea en la forma
arquitectural del libro, que[172] revela desde
luego en el autor la seguridad y la fuerza de un maestro. Y el señor Díaz
Rodríguez es aún muy joven, apenas roza la treintena. Yo quisiera que todos los
nuevos talentos de América cultivasen la propia personalidad con la firmeza y
discreta gallardía de este generoso trabajador. La publicación de Ídolos
rotos, si no se pudiera llamar con el usado clisé, un acontecimiento
literario, causará innegable agrado. Y levantará los más justos y sinceros
aplausos en los grupos pensantes de las repúblicas de lengua española. Esta es
de las novelas que, traducidas, pueden incorporar una literatura hasta hoy
ignorada, como la hispanoamericana, al movimiento cosmopolita. La idea de Max
Nordau no anda muy lejos de la verdad, al ver en lo porvenir una rica primavera
para el pensamiento americano. Si Europa llega a poner su curiosidad en
nuestros productos intelectuales, habrá de comenzar por obras como las del
señor Díaz Rodríguez.
Amado Nervo, el poeta mejicano, se ha establecido
también en esta capital de las capitales. Buen artista, buen monje de la
belleza, buen muchacho, lleva su nombre con toda seguridad; se le conoce, y al
llamársele, no se miente. Sensitivo, verleniano, virtuoso en la ejecución del
verso, y, sobre todo, sincero y de conciencia, que en esto, como en todo, es lo
principal, tiene su triunfo seguro. He dicho que es mejicano, y, naturalmente,
es en Méjico donde se le ataca. El ambiente de París ha dado nuevas vibraciones
a los nervios de Nervo, y hecho el indispensable y complementario viaje a
Italia, el fiel laborioso prepara nuevas obras que han de superar[173] desde luego a Perlas negras y
a Místicas, en donde un cuidado de métier y una
preocupación de técnica y de décor, apartaban la fuente oculta de
la íntima poesía de verdad y de vitalidad que empieza a aparecer en Savia
enferma. Hay en el fondo de este poeta mucha savia sana, y es la que hemos
de ver pronto en poemas de energía y de gozo, en una epifanía espiritual, en
una exaltación de las propias fuerzas, sobre la simple «literatura», y que
llevará en sí una virtud comunicativa de anhelos de bien, de esparcimientos de
puro y caritativo arte. ¡Gloria sea dada en la tierra y en el cielo a los
artistas de buena voluntad!
Vargas Vilas es un escritor genial, novelista y
poeta. Su vida es también un poema, de luchas y de triunfos en la política
agitada de nuestras repúblicas hispanoamericanas. Su obra, incorrecta como un
torbellino, sonora como un mar, es una obra de bien. Vargas Vilas no es ni de
su tiempo ni de su país. Su época habría sido la de la Italia del Renacimiento,
y su país, esa misma Italia que él ama y en la cual su espíritu se ha aparecido
y ha creado páginas de amor, dolor y belleza.
Rufino Blanco Fombona es un artista delicado y
raro, al propio tiempo que un espíritu osado y violento; hay en sus versos
trino y aletazo, suave pluma y garra de bronce. Sus cuentos son páginas de
emoción y de pasión. La juventud, con todos sus dones primaverales y todas sus
exuberancias irreflexivas, se abre paso en toda la producción, ya considerable,
de este autor brillante y elegante. Ha viajado mucho y ha gozado mucho. Conoce
el color de[174] todas las cabelleras amorosas, y
le han dicho «yo te amo» en todas las lenguas conocidas. Mañana será la madurez
y el peso del pensamiento y la acción provechosa que su patria espera. Hoy, en
la copa de oro, es justo y natural ver deshojar rosa y rosa o disolverse una
perla.
Un folleto publicado en Nueva York hace algún
tiempo, El continente enfermo, causó bastante ruido en algunas
repúblicas hispanoamericanas. Su autor, un venezolano, César Zumeta, exponía
con valiente franqueza las dolencias y vicios continentales, los peligros de
nuestras democracias, la constitución dañada del social organismo, las
consecuencias fatales de las malas políticas y lo inevitable de la amenaza
yanqui. Este folleto ocasionó la publicación de un libro de alto mérito del
señor Francisco Bulnes, mejicano. Como hombre de letras, el señor Zumeta merece
un renombre superior al que ha logrado por su labor sociológica. Un libro suyo,
de calidad exquisita, pero abrumado por un título que recuerda los cuadernos de
escuela primaria: Escrituras y lecturas, conocido por un escaso
número de lectores y apreciado en su justo valor por limitadísimo grupo
intelectual, bastaría para dar a su autor la autoridad y consideración
respetuosa. Es un sincero adorador de belleza. Produce poco y muy de tiempo en
tiempo. En París sostiene precariamente una revista de intereses americanos,
que, a pesar del talento de su director, no es sino una de tantas, por culpa
esencialmente criolla.
El Mercure de France tenía como
redactor de su sección de letras hispanoamericanas, a Pedro Emilio[175] Coll, también, como el señor Zumeta, de
Venezuela. Espíritu fino y delicado, Coll ha publicado escasamente; pero lo
poco suyo conocido nos revela una fuerza mental sobre la mentalidad provisional
de nuestra América. Como todo lo poco que pesa y se impone en las repúblicas de
lengua española. ¡Estas repúblicas de Sud América son en todo tan
provisionales! exclamaba con su sabia ironía monsieur Rémy de Gourmont, en uno
de sus últimos Epilogues.
«POLONIO.—¿Qué leéis, monseñor?
HAMLET.—Palabras, palabras, palabras.
POLONIO.—¿Pero de qué se trata?
HAMLET.—¿Entre quiénes?
POLONIO.—Quiero decir ¿de qué asunto trata el libro
que leéis?
HAMLET.—¡Calumnias! El perverso satírico afirma que
los viejos tienen la barba gris, el rostro lleno de arrugas, que sus ojos
vierten ámbar y goma, y que unen a la falta de entendimiento una gran debilidad
de piernas; lo cual creo plenamente, y, sin embargo, no me parece honesto
hallarlo consignado en tales términos, pues vos mismo, señor, seríais de mi
misma edad, si os fuera posible andar hacia atrás como el cangrejo.
POLONIO, in péctore.—Aunque todo lo que
habla son locuras, no deja de tener en el fondo cierto método.»
Esta cita de Shakespeare sirve de prólogo al primer
libro de Coll, Palabras, unida a estas exclamaciones de Hamlet,
en las maravillosas Moralités Legendaires: «¡Ah, qué solo estoy! Y
en verdad, la[176] época no es culpable de ello.
Tengo cinco sentidos que me atan a la vida; pero, este sexto sentido este
sentido de lo infinito... Soy joven todavía, y en tanto goce de mi excelente
salud, todo irá bien. ¡Pero la Libertad! ¡La Libertad! Sí, me marcharé de aquí
y viviré anónimo entre gentes honradas y me casaré para siempre, la cual será
la más hamlética de mis ideas. Pero hoy es preciso obrar, es necesario
objetivarse. ¡Adelante por sobre las tumbas, como la Naturaleza!»
Estas preferencias inducen al conocimiento de un
temperamento. Como crítico, el señor Coll ha dado a conocer, siempre con amable
optimismo, en sus revistas del Mercure, la producción intelectual
de la América española en estos últimos años. Es una lástima que su partida a
Venezuela haya puesto fin a tan plausible tarea.
Otro venezolano aún, Pedro César Dominici, una de
las más activas y abiertas inteligencias de su país, publicó el año pasado una
novela, La tristeza voluptuosa, de innegable valor psicológico,
aunque torturada de descuidos de forma; que no tendrían en absoluto excusa por
ser voluntarios.
Bolivia tiene un representante en el joven poeta
Franz Tamayo, autor de un libro de Odas muy meritorias que se
dirían calcadas en Hugo. Este culto talento, cuyo solo contrapeso está en la
difícil digestión de unas cuantas filosofías y variedad de erudiciones,
honrará, si su voluntad persevera, al pensamiento de su patria, ya glorioso en
el mundo de la nueva poesía, con el solo nombre de Ricardo Jaimes Freyre.
Argentino es el señor Soto y Calvo, autor de
picantes páginas de viajes, y que por su mentado Nastasio ha
juntado a lo que la naturaleza le dió lo que Salamanca le presta. Los méritos
poéticos del señor Soto y Calvo han sido revelados a nuestro público por el
sabio rector de la Universidad salmantina, ¡mozo jinetazo ahijuna! que no halla
inconveniente es estudiar a un tiempo la patrología griega y ser el escoliasta
de Martín Fierro o Anastasio el Pollo.
Argentino asimismo es Manuel Ugarte, joven cuyo
talento ponderado y buscador ha logrado la realización de más de una bella joya
de arte. Su sobriedad le ha impedido los pasos en falso, las caídas icarias. No
tiende sino hasta donde sus fuerzas le alcanzan y el pegaso, en los vuelos
precisos, jamás se ha dislocado un solo hueso. Su vaso es pequeño; pero cuando
lo necesita, se fabrica otro más grande, y bebe así en sus dos vasos. Sabe lo
que se propone, y el cielo de París le ha alentado en sus deseos. Sus versos
son siempre gratos; bellos algunas veces. Busca la originalidad y se aparta de
la extravagancia. En prosa es claro y pictórico cuando describe. Es socialista,
y aun creo que en el fondo de sus voliciones, anarquista:
Y argentino Angel Estrada, cuyo libro El
color y la piedra tanta agitación causó con su aparecimiento en Buenos
Aires. Como el Dr. Cané, no pocos hemos sido los que hemos visto como un signo
de vida nueva en la juventud argentina—yo digo en la juventud americana—el
hermoso aparecer de este joven talento, cuyo libro primigenio tiene todo el
color y la gracia del primer fruto de un árbol sano y[178] gozoso
de savia. Generoso temperamento ante la naturaleza, espíritu religioso y al
propio tiempo dueño de la libertad del arte, ha viajado mucho, y en todos
lugares, los paisajes de la tierra, las luces del cielo, las armonías de las
cosas le han hecho vibrar como un instrumento acordado, y el don de Dios ha
hecho fluir la digna idea en noble ritmo, en la música de la palabra. Ya
conocido en nuestro mundo intelectual por su poema especular, en que el alma de
Rodenbach se romantiza en la emoción lírica de una juventud coronada de sueños,
su obra en prosa vino a asentar la fuerza de su pasión artística, la discreción
aristocrática de su buen gusto. Nuevas poesías han brotado al influjo de climas
diversos, y nuevas páginas de impresiones y de recuerdos, mentales y
sentimentales.
Las prosas cantan en su música interna de ideas y
evocaciones más sutilmente aún que en sus cuerdas de palabras; son las hermanas
de los versos, educados ambos por la misma voluntad paternal, en un cuidado de
armonía y en un anhelo de ascensión que se diría tienen las mismas voces y las
mismas alas. Mayor sobriedad, el desdén de la preocupación puramente
«artística», y que asoma con más frecuencia, apareciendo entre la riqueza
del décor, el alma sincera y fresca del poeta, que sabe la
inmensidad de su virtud íntima y tiene el orgullo de su tesoro—, orgullo que no
se muestra más que benévolo en el don de su primavera.
Todos estos escritores y poetas que he rápidamente
nombrado, y yo el último, vivimos en París; pero París no nos conoce en
absoluto, como ya lo he di[179]cho otras veces. Algunos
tenemos amigos entre las gentes de letras; pero ninguno de estos señores
entiende el español. El Mercure abrió la rubrique de
letras hispanoamericanas, hoy desaparecida por un extremado cosmopolitismo, y
M. Finot, director de la Revue et Revue des Revues, al encargarme
un estudio sobre el movimiento intelectual argentino, fué franco en no
ocultarme que tomaba el asunto casi como perteneciente al folk-lore. Así, de la
literatura malaya se pasa a la literatura dominicana o a la poesía de las islas
Fidji. Desgraciadamente todo es cuestión de moda. Hace algunos años todo lo
ruso privaba y luego lo escandinavo. Se hizo una estación en Italia con
D'Annunzio y la Serao, y hoy se grita ¡Vive la Pologne Monsieur! a
causa del fatigante y asenderado Quo Vadis? A nosotros no nos ha
tocado aún el momento; y mucho es que el poeta Díaz Romero encuentre su prosa
traducida en revista como el Mercure, a propósito de Albert Samaín.
Cuando uno piensa que hace más de dos meses que Bjorsterne Bjornson se
encuentra en París y que si no fuera un grupo de naturistas y otros entusiastas
que han pensado en hacer representar una obra suya, nadie sabría que el pobre
grande hombre está en la enorme capital...
III
El acontecimiento del día es la entrada a la
Academia del marqués de Vogüé, su discurso y la respuesta de José María de
Heredia. El «preux» y el conquistador. Se ha visto más que nunca que la
Academia es, ante todo, un oficial salón aristocrático. La fiesta ha sido un
triunfo del mundanismo y de la nobleza. Allí había Gotha, d'Hozier y el Almanach
des châteaux. La pompa solemne era sacada de una página de historia. El
académico entrante y el que le recibía tienen una buena parentela de armaduras.
Heredia lleva en su blasón, si mal no recuerdo, una ciudad de plata bajo una
palmera de oro, o viceversa; Vogüé, un gallo de oro sobre campo azul.
Como es natural, Vogüé hace el elogio de su
antecesor, el duque de Broglie. Habla de su vivaz inteligencia, de su espíritu
penetrante e incisivo y del[182] fondo vigoroso de
su alma. Y no calla sus lados opuestos y defectuosos, como su timidez. ¿Quién
diría que el fuerte duque de Broglie fuera un tímido? «Este hombre, cuyo coraje
cívico y valentía moral no se desmintieron nunca, era un tímido que el contacto
de sus semejantes embarazaba, a quien un acto de autoridad costaba un penoso
esfuerzo. Su naturaleza, un poco dura, sujeta a extrañas distracciones, no
respondía siempre a los impulsos de su corazón o a las intenciones de su
perfecta cortesía.» Cuestión de «raza». Tanto en un discurso como en otro, a
cada momento se habla de raza. Largos párrafos van desenvolviéndose, evocando
rasgos históricos, presentando tipos vigorosos de mariscales, de estadistas o
de obispos. Aguarda uno el momento en que, por fin, llegue la parte de las
letras, objeto principal, al parecer, de la Academia. Y llega sin gran brillo, aunque
respetable, la cita de la obra intelectual del duque de Broglie. Algún
sentimental lamentaría que no aparezca en todo el discurso una sola vez citado
el nombre del pobre Doudan, el áulico preceptor, el filósofo doméstico, el fiel
cronista de los Broglie. Cierto es que no era sino un criado para el cerebro.
El discurso de Vogüé es una obra maestra de ese
estilo correcto, distinguido, eminente, que conviene a los escritores de su
laya, temerosos o desdeñosos de la metáfora; literatura de buen tono. En un
párrafo, creeríase oir una repetición de la escena de los retratos en Hernani...
«Francisco María de Broglie, el primero que sirviera a Francia y que se hizo
matar a los cincuenta y seis años por su patria adopti[183]va—Víctor
Mauricio, que fué el primer mariscal de su nombre—; Francisco María, el
lugarteniente preferido de Villars, que fué el último en dejar el campo de
batalla de Malplaquet y entró el primero en la de Denain, y que a su vez
mariscal de Francia, peleaba aún en Bohemia a los setenta años, Víctor
Francisco, tercer mariscal, el vencedor de Bergen y de Sondershausen; su
hermano, el discreto y valiente depositario del secreto del rey; su
hijo Mauricio, obispo de Gante, quien resistió a Napoleón y preparó la
emancipación de la Bélgica. Otros aún, cuyos servicios, no por ser menos
brillantes fueron menos abnegados.» Los párrafos y las frases van en el
discurso guardando su categoría; sin precipitaciones ni violencias. La
admiración misma se manifiesta con pulcritud. Aun en los pasajes en que se
trata de política, nada revela que se altere la noble limitación de la pieza
académica. Apenas en un punto, a propósito de la actitud de Broglie con
Chateaubriand, expresa: «Una voz solamente salió del círculo habitual de sus
trabajos y de su moderación habitual, Las Memorias de ultratumba acaban
de aparecer; esta confesión póstuma del genio, que descubría sin prudencia las
más secretas llagas de un alma desgarrada, y mostraba, sin velos, todo lo que
la irremediable flaqueza humana puede mezclar de pequeñeces y de egoísmo a las
sublimes aspiraciones del patriotismo. El joven crítico se indignó. Vertió su
indignación en rasgos de un raro vigor y viril elocuencia en que flagelaba con
mano implacable las tristes confidencias de un viejo lúgubre, las injustas
recriminaciones del político desengañado, le[184]vantando
la piedra de su tumba para verter la calumnia, en la seguridad y la
irresponsabilidad de la muerte.» Confesaréis que, aun lo de «viejo lúgubre»,
aplicado nada menos que a Chateaubriand en tal recinto, guarda siempre ciertas
conveniencias.
La producción intelectual de Broglie aparece, ya
que no grandiosa, respetable. Como historiador, su Historia de la
Iglesia y del Imperio Romano en el siglo IV, le da una buena base. Es una
obra de estudio, de reflexión y de labor, pero hecha con un criterio parcial en
cuanto a ideas religiosas, y muy lejos de un procedimiento estrictamente
científico. En dos revistas, la Revue des Deux Mondes y
el Correspondant, dejó gran parte de sus lucubraciones el autor
blasonado que, a los cuarenta años, era acogido por la Academia, bendecido por
Pío IX y defendido por Lacordaire.
M. de Heredia, para responder a la aristocrática
arenga, se puso todos sus hierros españoles; sacó la vieja espadona del abuelo
de Cartagena, y tuvo gestos de adelantado que ni el mismo Pedrarias Dávila o
Pedro de Mendoza. Sabido es que Heredia tiene la nobleza homérica de los
fundadores de ciudades, y guarda en su salón, como una joya heráldica, una
evocación de «L'Ancêtre» por Claudius Popelin.
Su discurso fué otro desfile de figuras nobiliarias
y de hechos heroicos, iluminados esta vez por el resplandor meridional de su
verbo de poeta, y en la música de un idioma sonoro y metálico. Hay allí una
gran cantidad de sonetos perdidos.
El severo y magnífico D. José María ha demostra[185]do una ocasión más que el deus no
abandona a los favorecidos de las Gracias en ninguna ocasión, así sea en la
ardua de contestar el discurso académico de un Vogüé. Galeras conquistadoras,
choques de armas, vuelos de gerifaltes, todos los trofeos aparecen en el
animado fondo de esa prosa elegante y soberbia. No dejará él de dirigir sus
párrafos genealógicos a propósito de los Vogüé, como al cubrirse por vez
primera un grande de España. «En el año de 1084 Bertrand de Vogüé funda el
monasterio de San Martín de Villadieu. Raymond de Vogüé estuvo en la tercera
cruzada, si he de creer a una escritura fechada en 1191 en el campo cristiano,
bajo los muros de Ptolemais sitiada, por la cual el buen caballero recibe
prestados de algún judío o lombardo ochenta y cinco marcos de plata. Paso, en
el curso de los siglos, más de un Raymond, Jorges, Pedros, Geoffroys y
Audebertos. De todos esos barones, caballeros o donceles, los mayores
guerreaban, se casaban con herederas y vivían noblemente, acreciendo su dominio
y su descendencia. Grandes bailíos de espada del alto y bajo Vivarais,
caballeros de la Orden, se asentaban en los estados de la nobleza de Languedoc.
Los menores eran obispos o canónigos de Viviers y de Trois-Châteaux, o entraban
en la Orden de San Juan de Jerusalén, mientras que las hijas no casadas se
hacían religiosas o abadesas de Saint-Bernard d'Alais y de Saint-Benoît
d'Aubenas.» Con toda la dignidad del caso, el hidalgo enumera todas las glorias
familiares de ese antiguo y frondoso árbol de Vogüé, en que han florecido
muchos reyes magos; conviene a saber, varios[186] Gaspares,
Baltasares y Melchores, uno de los cuales ocupaba ya un sillón de la Academia
Francesa y es uno de los escritores más eruditos, discretos y sabrosos de estas
letras contemporáneas. M. de Heredia quiere disculparse, en un pasaje de su
persistencia, en tratar esos asuntos personales, y da por excusa que en la
Academia, «l'homme, quel qu'il soit, n'est estimé qu'à sa valeur personnell».
Haciendo el elogio de toda la ilustre parentela, halaga al recién venido y de
paso a la Corporación que, como la otra que sabéis, pretende o aparenta fijar,
limpiar y dar esplendor a la lengua de Flaubert y de Baudelaire—, dos que no
pertenecieron al senado «inmortal».
La prosa de M. de Heredia tiene mucho de
marcialidad; cosa no extraña en el traductor de Bernal Díaz, y
compulsador de tanta crónica y página de viejos soldados escritores. El épico
penacho de crin aparece de cuando en cuando. Y la gallardía, la superbia lírica,
no abandonará en todo el tiempo al adorador de Musagetes. Por esto no puedo
menos que imaginarme una vaga sonrisa en ciertos colegas suyos que se sientan
en el ilustre Instituto única y exclusivamente «por su valor personal».
«¡Poeta, pensarán, poeta!» mientras los pensamientos heroicos y las cláusulas
sonantes se van por el aire de la inmortalidad
Comme un vol de gerfaults hors de charniers nata.
Los méritos del marqués de Vogüé son, por otra
parte, positivos, y su entrada a la Academia estaba[187] prevista
desde hacía tiempo. Además, era ya miembro del Instituto en su sección de
Inscripciones y Bellas Letras. Los trabajos de ese noble son muchos y enormes.
M de Heredia saluda admirado esas Iglesias de la Tierra Santa, Templo
de Jerusalén, Siria Central, Inscripciones semíticas,
que han colocado a su autor en un honorable puesto entre los modernos
arqueólogos: «Vos habéis fijado las reglas sobre la paleografía fenicia y
aramea, aclarado más de un punto de historia por las inscripciones y la
numismática, establecido el carácter del arte fenicio, revelado el arte
chipriota, explicado la representación religiosa y comercial de los hebreos y
de los arameos en Siria, y arrojado una luz nueva sobre los palmirianos y los
nabateos, esos dos pueblos que el comercio del Oriente hizo tan prósperos y que
han desaparecido dejando dos maravillas: las ruinas de Thadmor y las de Petra.
Cuando en 1868 fuiste elegido miembro libre de la Academia de Inscripciones y
Bellas Letras, ya estábais considerado desde hacía largo tiempo como uno de los
maestros de la arqueología oriental». Ya veis, pues, que en este caso las
brillantes armas de Heredia rinden bien los honores, y esos honores son justos,
puesto que se hacen a un aristócrata del estudio y de la sabiduría, antes, o al
mismo tiempo que al descendiente de una docena de mariscales y una veintena de
duros y «ferrados» barones, matizados de amatistas con varias abadesas y
dignatarios episcopales.
La Academia une, después de todo, a los hombres de
genio que alberga como a los mediocres de espíritu resplandecientes de
apellidos, en una misma[188] tarea, vaga y eterna:
hacer el diccionario. Un diccionario que se está haciendo desde hace muchísimo
tiempo y que, probablemente, no se acabará nunca. Sospecho que ese es el
secreto de la «inmortalidad». Si algún poeta está en su puesto en tan misteriosa
y dilatada tarea, es M. de Heredia, que tardó los años que se sabe en dar a luz
sus famosos sonetos.
Ya hay, pues, dos de Vogüé en el ilustre recinto
«bajo la Cúpula», como se dice por aquí. El vizconde Melchor guarda silencio
desde hace algún tiempo. No hay que olvidar que se le deben libros resonantes y
meritorios, y que es un gran admirador y celebrador del espíritu y de la
solidaridad latinos. Él fué quien, oficialmente, digamos así, presentó la obra
de Gabriel D'Annunzio a los franceses.
El marqués, una vez en posesión de su silla, podrá
hacer notar a su pariente que falta otro Vogüé todavía en el Instituto, para
que quede completo el número de los reyes magos tradicionales.
IV
OR fin Enrique Heine tendrá su estatua en París,
verdadera patria suya. Sabido es que su patria original, la tierra de su
nacimiento, Alemania, no ha consentido en que se levante el menor monumento.
Razones ha tenido Alemania para no tratar con
excesivo cariño al portalira de la sardónica musa, que le dijo y cantó tantas
verdades. Amor con amor se paga. Mas lo cierto es que los profetas y las
patrias no han hecho nunca buenas migas. Un profeta molesta mucho al
vecindario, perturba al cura, inquieta al alcalde; vale más que vaya a otra
parte a hacer sus profecías. Si no se va, se le crucifica, se le apalea o se le
desdeña. Pero entonces, sí, inmediatamente que muere, se le dedica una calle o
se le inaugura un simulacro de mármol o de bronce. Heine amó grandemente a
Francia; amó, sobre todo, a[190] París, respiró
este ambiente, sufrió aquí la terrible enfermedad que tanto le hizo padecer, y
reposa en un rincón del cementerio de Montmartre. Allí están los despojos de
aquel que dijo: «Yo soy un ruiseñor alemán que vino a hacer su nido en la peluca
de Voltaire.»
Un ruiseñor alemán... Cantó divinamente aquel
ruiseñor. Cantó divina y dolorosamente; así Dios, según dicen, saca los ojos a
sus pájaros de poesía para que canten mejor.
Muchas gracias. Valdrá más, entonces, no cantar ni
bien ni mal. ¿Por qué la desventura ha de ser condición del genio, y, sobre
todo, de los maestros de la armonía, desde Homero, rey de los ciegos y de los
cisnes?
Heine, dulce y áspero, risueño y sollozante a
veces, padeció muchísimo, espiritual y corporalmente. Por eso se construyó su
fina armadura de ironía, su escudo de desdén, su espada de amargura. Y de esa
manera, alejado de los olimpos de un Goethe, o de la serena meditación de un
Novalis, rompe con todos los dioses y desconfía de todos los hombres. Apenas
algo antecesor en esto de Nietzsche, dedica una parte de su admiración a los
grandes conquistadores, a los acaparadores de la gloria que, como el emperador francés,
dominan en los siglos. Francia le atrajo con el irresistible encanto de sus
seducciones. Alemania, gran madre, sin embargo, Germania mater, no
ha llenado los sueños y aspiraciones de más de uno de sus ilustres hijos. Fuera
de sus cazadores de absoluto, Fichte, Schelling, Hegel, están los que protestan
y se erizan. «Previendo mi[191] muerte, dice
Schopenhauer, declaro: que desprecio la patria alemana, a causa de su
estupidez, y que me avergüenzo de pertenecer a ella.» Y Heine: «El pueblo
prusiano, es siempre el mismo pueblo de muñecos pedantes; siempre el mismo
ángulo recto a cada movimiento, y, en el rostro, la misma suficiencia helada e
estereotipada. Se apretaban, siempre tan tiesos, tan estirados, tan estrechos
como antes, y derechos como una I. Diríase que se han tragado la vara de cabo
con que antes les zurraban». «Es el país chato de Europa», escribe de su
Alemania el flagelante Nietzsche: Das Flachlan Europas.
Pero la verdad es que aquel judío melodioso ha
entrado a la eterna Walhalla de la gloria, si no a la consideración oficial del
imperio de Guillermo II. Si en su Alemania, si en su Atta
Troll, si en muchas partes de su obra admirable, zahiere la patria que no
le fué maternal ni simpática, extrajo de ella misma una inmensa riqueza
poética. En la luz de sus claros de luna cristalizó más de un collar de perlas
del más mágico oriente; hay versos suyos eternamente húmedos de rocío de sus
florestas y campos; el ensueño alemán flota, con su legendaria bruma, en el
canto musical y entristecido del prusiano rhenano.
De su permanencia en París, Gautier nos ha dejado
algunas páginas muy bellas. Cuando sufría el ruiseñor alemán, ya herido por su
dolencia, no en la peluca de M. de Voltaire, sino en la silla de enfermo de la
que no podía levantarse, le pinta un escritor, habitando rue de la
Chataigneraie en Montmorency: «Vivía solo, pobre, orgulloso, cuidado por su
mujer, que era muy bella, un poco vulgar. La amaba mu[192]cho
y le toleraba, sin embargo, un compañero bastante desagradable: un loro
hablador. Era una gran condescendencia de su parte, pues el menor ruido le
irritaba. No podía ni resistir el tic-tac de un reloj en el bolsillo de un
visitante; su sensibilidad exacerbada transformó la mitad de su existencia en
áspera agonía. Pasó sus días como un desollado vivo.»
Suplicio prometeano, suplicio dantesco. Hay en él
entonces algo de un Job irónico. No cabe en su delicadeza de imaginativo y de
sensitivo la dura blasfemia, el desahogo brutal. Las abejas de su jardín
zumban, melancólicamente, y extraen su miel heráclea de los más amargos ajenjos
y gencianas.
Es interesante, vivamente interesante el culto, el
cariño admirativo de la pobre y trágica emperatriz de Austria, Isabel la
mártir, por la memoria y la obra del lírico alemán.
La tontería ultrapatriótica rechazó a éste de
Berlín; la torpeza antisemita le negó la ciudadanía de Viena. No quisieron en
la capital austriaca su estatua porque era israelita. No querían el azor ni los
ejemplos buenos, por nacer en «vil nio» y «por los decir judío» como reza el verso
de Rabbi Sem Tob. La princesa atrida, entonces, en su villa de Corfú le levantó
su monumento. Muerta la emperatriz y puesto a la venta el Achilleion, un
millonario italiano ha querido ser generoso también con el poeta, y ha dado la
estatua para que sea colocada en la tumba del cementerio de Montmartre. No ha
de faltar el día de la inauguración el cumplido homenaje de Pa[193]rís.
El primero de los satíricos modernos, según el sentir de Menéndez Pelayo; pero
sobre todo, el poeta, el melodioso y triste poeta, tendrá flores en su sepulcro
y se celebrará su gloria como en lugar propio.
Sí; Heine el volteriano es ciudadano de París,
Heine, el admirador de Napoleón, tiene ganada su carta de ciudadanía francesa.
¿Recordáis la balada? Dos granaderos, prisioneros
en Rusia, volvían a Francia. Y al entrar en país alemán, inclinaron la frente.
Allí escucharon ambos esta triste noticia, la Francia perdida, el gran ejército
vencido y mutilado y el emperador, el emperador prisionero. Entonces, los dos
granaderos se pusieron a llorar juntos, al saber tan tristes nuevas. El uno
dijo: «¡Cuánto dolor siento! ¡Cómo me arde mi vieja herida!» El otro dijo: «La
canción ha concluído; yo también quisiera morir; tengo, sin embargo, mujer e
hijo en la casa que, sin mí, perecerían. Qué me importa mi mujer, qué me
importa el hijo: tengo más alto un deseo mejor. Que mendiguen cuando tengan
hambre. ¡Mi emperador, mi emperador prisionero!
»Hermano, concédeme lo que te ruego: si muriere
ahora, lleva mi cadáver a Francia, entiérrame en la tierra de Francia. La cruz
de honor con la cinta roja me la colocarás sobre el pecho; me pondrás el fusil
en la mano y me ceñirás mi espada.
»Quedaré acostado así, el oído atento, como un
centinela en la tumba, hasta que escuche al fin los aullidos del cañón y el
sonar de cascos de los caballos relinchantes.
»Mi emperador entonces, tal vez pasará sobre mi
tumba, mil espadas se chocarán y brillarán. Así, saldré todo armado de la
tumba, para proteger al emperador, ¡al emperador!...»
Pocas liras francesas han celebrado con más bello
sonar la grandeza del Cabito, del Petit Caporal.
M. George d'Esparbes debe hacerse presente en la
fiesta de Heine, su antecesor, en el culto de la leyenda del Aguila.
Tanto peor para las patrias que desconocen a sus
hijos ilustres; tanto peor para las patrias cuando los hijos gloriosos las
dicen con justicia: «No tendrás mis huesos». Alemania hará construir cien
monumentos más a sus mariscales, políticos y Césares.
Heine descansa contento en París.
Tiempo después de escritas las anteriores líneas he
asistido a la inauguración del monumento, un modestísimo monumento. No hubo,
pues, regalo de millonario. Tanto mejor.
V
OS artistas—uno argentino, el señor Irurtia, otro
mejicano, el señor Ramos Martínez—, me habían invitado para ir con ellos esta
mañana al campo, a respirar el fresco aire y ver los hermosos paisajes que
ellos trasladan a la tela. Había que levantarse temprano. Yo fuí muy matinal y
me dirigí a buscarlos a la rue Campagne Première. Nos encaminamos luego a la
Avenue du Maine en donde debíamos sacar a otro compañero. Serían las seis, más
o menos. El cielo estaba tranquilo y claro. Caminábamos conversando alegremente
de proyectos, de luchas, de obras por hacer, de sueños por realizar. De
repente, al llegar a la avenida, uno de mis amigos llama la atención:
—«Eh, miren allá, en el cielo. Santos Dumont,
seguramente». Un globo, no lejos, estaba a nuestra vista. Se dirigía como hacia
el lado de Mont Rouge.
Yo hice notar que Santos Dumont, según los diarios,
había llegado hacía dos o tres días, de los Estados Unidos, bastante enfermo.
Seguimos mirando el aerostato, que se acercaba más, cuando no pudimos menos de
lanzar un grito: «¡Se quema!» Del globo salió una luz, una llama, y se produjo
una detonación, un corto trueno, y luego un humo que nos llenó de espanto a
todos, a nosotros y a unos cuantos transeuntes que se habían detenido a ver...
No; es algo tan horrible que no encuentro cómo escribirlo. La impresión penosa
me dura, y el recuerdo me durará por toda la vida. El globo reventado descendió
en un momento, arrastrado por el pesado aparato que servía de barquilla. Fué
tan rápido eso, que no nos dimos cuenta exacta del tiempo; unos pocos segundos.
Oímos el ruido del choque, horroroso choque, como a unos doscientos metros...
El espanto parecía que había paralizado a todo el mundo. Mis amigos y yo no nos
hablábamos una sola palabra hasta momentos después, que pasaron varios
automóviles que venían en socorro de los aeronautas. A lo largo de la avenida,
cerca de la rue de la Gaîté, estaban los restos del globo, y bajo ellos, los
despedazados restos de dos bravos hombres: el pobre señor Severo, diputado
brasileño, émulo de Santos Dumont, y su mecánico, M. Sachet. A poco llegaban
las camillas y se recogían los cuerpos... Yo no quise ver... sacos sangrientos
de carne y huesos deshechos... Luego supimos que allá, en el parque de
Vaugirard, la pobre mujer del aeronauta y su hijito mayor, habían presenciado,
locos de terror, la caída...
Ya no pensamos más en paseo ni en paisajes... Nos
volvimos, rudamente conmovidos, enfermos, a nuestras casas. No, no olvidaré
esto nunca, nunca...
Este pobre señor Severo, brasileño como Santos
Dumont, había venido a París con el objeto de encontrar gloria, gloria y
provecho, superando a su ya famoso compatriota. Aún no vieron algunos con
buenos ojos el aparecer de este competidor, en los días mismos en que aquel
joven aeronauta lograba sus mejores triunfos. Se apartó toda idea de envidia y
mala intención, cuando se supo que fué a iniciativa de Severo, que el Congreso
del Brasil acordó un premio valioso a Santos Dumont. Pero es el caso que él
también estaba poseído por el demonio del invento, y unía a su carácter
tesonero un valor singular. Lo que le faltaba, según dicen los entendidos, eran
conocimientos prácticos en la navegación aérea, pues no había subido en globo a
pesar de sus estudios teóricos, sino dos o tres veces, lo cual hace más
temeraria la tentativa que le ocasionó la muerte. Un hombre más en la larga
lista de los devorados por la ciencia, de los rechazados y destruídos por la
fuerza secreta de la naturaleza, que no quiere dejarse conocer y vencer. Muchos
designios desconocidos se oponen a la conquista del universo, al humani
generis potentiam et imperium in rerum, de Bacón. Después de que muchos han
caído, después de que la muerte y la desgracia han deshecho mil constancias y
paciencias, un día llega en que alguien logra dar un paso adelante, entrar un
poco en el[198] campo ambicionado. Enorme es el
martirologio de la ciencia, y su número acrecerá hasta lo infinito. Es
constante el que un abanderado caiga y otro recoja la bandera. Y el ejército
silencioso sufre mermas y claros que se reponen luego. Caen las construcciones,
explotan los laboratorios, muelen las máquinas, envenenan los gases, fulminan
las fuerzas eléctricas, emponzoñan los microbios, y los consagrados a hacer
adelantar la felicidad y el progreso humanos siguen en su labor ardua y
paciente.
En la lucha con los elementos, el aire resiste,
misterioso y traidor. Muchísimos son ya los que han corrido la suerte del
antiguo Icaro; muchos los imprudentes y osados.
Recuerdo haber visto en el museo Borbónico un vaso
pintado en que representa a Dédalo poniéndose las alas, ayudado por Minerva.
Juzgo que esta pintura debía estar en el escudo de cada aeronauta, pues la
cordura debe presidir a cada tentativa, so pena de exponerse a la irremediable
catástrofe. Al echar a volar de la prisión cretense en que los tenía
aprisionados el rey Minos, llevaban alas iguales Dédalo y su hijo Icaro; pero
éste no escuchó los consejos prudentes de su padre y fué precipitado en el Egeo.
Así, los Icaros modernos deben tener siempre fijo el significado del mito
griego.
El desgraciado Severo, como el hijo de Dédalo, fué
víctima del fuego; al uno los rayos del sol derritieron la cera de sus alas, y
al otro el encendido motor hizo explotar el hidrógeno de su globo. La trágica
prosa de estos infelices estrellados en pleno París, convertidos en una
sangrienta masa, supera[199] en su horror al
poético descenso del personaje legendario a las aguas de un mar armonioso.
Severo era fatalista. «Si he de morir hoy, dijo, moriré.» Y murió. Era también
bastante meridional. Gustaba de las hermosas frases, y llevaba en su barquilla
papeles impresos en que «El Brasil saludaba a Francia desde el Pax». Su
entusiasmo era superior a su reflexión, cosa que no ocurre en los verdaderos
sabios... Su ímpetu poético le fué fatal, y su noble impaciencia de victoria.
Pensaba construir después de su primer triunfo un gran globo que se llamaría
Jesús, y con el cual atravesaría el Océano. Soñaba en la paz humana, en la
conquista de tranquilidad del mundo por la ciencia y por la virtud cristiana.
La casualidad, que es misteriosa pariente de la ironía, hizo que el globo
llamado Pax cayese con su creador Severo en la calle de la Gaîté, y que el
globo Jesús quedase en proyecto en el despedazado cerebro del lamentable
brasileño.
No se arredran los que tienen la fiebre del
descubrimiento. No les atemoriza la terrible lección de un antecesor que
fracasa en un drama espantoso. Todos saben que hay escollos y dificultades, y
lo que es peor, la probable muerte. No importa. La fe va de guía; la fe, que es
ciega. Así el desventurado Severo. Así tantos otros. Pilatre de Rieres no
aleccionó a Zambeccari, ni Zambeccari a Giffard, ni Giffard, entre muchos, a
Woelfert, ni Woelfert a Jagels, ni Jagels a los Tissanddier, a Renard y Krebs,
a Santos Dumont y al soñador del Pax y del Jesús.
Los chinos y los japoneses tienen dioses horribles
de los elementos. Los dioses del aire, de la tierra,[200] del
fuego, son seres a quienes hay que hacer sacrificios y no ofender en sus
distintos reinos. La iglesia católica reconoce en cada elemento una potencia
que obedece a sus conjuros, y a los cuales el sacerdote bendice en día
señalado, conforme al ritual. Mas el esfuerzo humano va conquistando a cada
paso el dominio del mundo, en continua lucha con lo desconocido. Y dioses
nuevos se descubren: el dios de la electricidad, el dios del vapor asientan más
y más su potencia sobre la faz de la tierra. Mas para alcanzar esas victorias,
¡cuántas víctimas, cuánta sangre, cuánta vida!
¡Pleno cielo! cantaba Hugo. Ninguna conquista más
atrayente, más grande, más transcendental que la del espacio. La locomoción
aérea dirigida y voluntaria, es el cambio de la existencia actual; el
advenimiento de una nueva era, la revolución más decisiva en el estado actual
de las sociedades humanas. La guerra no desaparecería de entre los hombres;
pero sí mil leyes, convenciones y modos de ser. Hay en ello mucho en que soñar,
y la sonrisa del lápiz ha trazado ya más de una graciosa imaginación con ese tema.
Se explica el entusiasmo de un inventor, al creer
ya en su poder las riendas del huracán, el imperio del cielo azul. Ser como el
águila o el cóndor, sobre la pequeñez de las fronteras y de las aduanas, y
realizar una vez más la grandeza del mito, siendo sencillamente y con fuerza
simplemente humanas, una voluntad casi divina. Es, en verdad, demasiado
hermoso. Mas la esfinge, no se deja vencer fácilmente. La energía de lo oculto
se manifiesta contra[201] el hombre invasor que se
atreve a rasgar el velo de lo misterioso.
Et les bûchers flambaient, multipliés, dans l'air
Fétide, consumant la pensée et la chair
De ceux qui, de l'antique Isis levant les voiles
Emportaient l'âme humaine au delà des étoiles.
Así dice el poeta, y así se cumple. Y así se ha ido
en el penoso y largo camino desde el hombre lacustre hasta los Pasteur y los
Edisson, desde Tubalcaín hasta Eiffel, desde el fabuloso hasta los modernos
Icaros.
—¿Qué hará usted ahora?—han preguntado a Santos
Dumont después del trágico suceso de la Avenue du Maine.
—Recomenzar—contestó.
Y comenzará de nuevo. Y quizá él también vaya a
aumentar la lista de los sacrificados, por la noble tenacidad que hace a los
héroes y a los sabios. ¿Creerá él también en la fatalidad?
El elemento que pasa por la naturaleza entera y al
cual llamamos vulgarmente fatalidad, toma un aspecto brutal y bárbaro, dice
Emerson. Y Chaucer: El destino, ministro general que ejecuta todo aquí abajo—la
cosa prevista por Dios—, es tan fuerte, que, así el mundo entero hubiese jurado
lo contrario, por sí o por no, un acontecimiento que no llega en mil años,
llegaría en un día dado; pues, ciertamente, nuestros deseos o apetitos,
guerreros o pacíficos, de odio o de amor, están aquí gobernados por una presidencia
superior.
[202]Y si el luchador ha de triunfar, triunfará, pues la
fatalidad del bien es igual a la fatalidad del mal, y en donde el acorazado que
sabe adonde se dirige, se hunde, la carabela de Colón, pasa guiada por el
destino hacia en donde ha de aparecer la deseada América.
Icaro ha de ser, por fin, dueño del elemento con
que ha tanto tiempo brega. De las legendarias alas a la aviación actual, los
trofeos ganados son muchos. La raza es generosa y potente. Eupalamo, que
inventó los barcos, y cuyo laberinto, que se creía invención de la fantasía,
acaban de encontrar felices arqueólogos fué un ser de carne y hueso y el
maravilloso arquitecto fué el abuelo de Icaro. Hoy surge un hijo de la tierra
americana, que representa la antigua estirpe y que quizá sea el señalado por la
suerte para el logro definitivo.
Es de notarse que es el nuevo continente quien da
hoy esos nombres a la gloria. Y Severo muerto, y Santos Dumont en la obra que
le posee, son lustre y orgullo, no solamente del Brasil, sino también de la
América toda. O para decir mejor, de la humanidad.
LIBRO CUARTO
I
NA sensación de bosque. Los árboles llenos de hojas
forman cúpulas de frescura de donde se escapa suave rumor y una incesante
polémica de pájaros. La fuente de Médicis evoca la gracia italiana que trajo
aquella magnífica María, flor florentina. Las estatuas se duplican en el agua
especular. A lo largo de las alamedas juegan los niños de piernas desnudas. Más
allá, frescas muchachas se divierten con el lawntenis. Bandadas de
gorriones saltan familiares sobre el terreno cubierto de hierba menuda y fina.
Vuelan palabras, gritos, risas. La fuente central, frente al palacio, lanza su
chorro verticalmente, que el aire transforma en una larga pluma cristalina y
espumosa. En los bancos, al amor del delicioso ambiente, las gentes leen sus
periódicos o sus libros. Varias mujeres hacen su labor. Uno que otro[206] pintor copia rincones pintorescos. Abro mi
diario y recorro sus columnas: la nueva ley sobre el servicio militar; una
endemoniada en un convento; detalles sobre la catástrofe de la Martinica;
todavía los Humbert... Llegan a mis oídos los acentos de una música militar.
Por una almeada un sacerdote despacioso se adelanta; frente a él vienen dos
estudiantes que discuten. Oigo la palabra laico... He ahí las dos
fuerzas que hoy en Francia luchan con encarnizamiento... Y recuerdo la pregunta
de Zola: «¿Adónde váis, jóvenes; adónde váis, estudiantes, que recorréis las
calles manifestando, arrojando en medio de nuestras discordias la bravura y la
esperanza de vuestros veinte años?—Vamos a la humanidad, a la verdad, a la
justicia.» La Francia de mañana, los hombres de lo porvenir, no todos siguen el
mismo rumbo. Hay la juventud atada a las tradiciones y prejuicios, y la juventud
violenta de deseo, llena de ansias de futuro, dispuesta a la conquista de la
felicidad humana. Hay la juventud gárrula, los hijos de papá, los
trasnochadores de la taberna del Pantheon y otros d'Harcourts, y los laboriosos
que siguen una carrera y la coronan, y no cesan de estudiar y bregar noche y
día, dando lecciones, viviendo del propio esfuerzo, en tarea y en dignidad. Hay
los ciegos o vendados por la influencia de la educación sectaria,
voluntariamente inútiles, o poseídos de su idea parcial, y los que con los ojos
bien abiertos buscan la vía segura, confían en la fuerza del pensamiento y se
abrevan de ciencia vestidos de constancia y acorazados de voluntad. No creo
mucho en las exageraciones de cierta juventud[207] laica,
que confinan con la filosofía de la crueldad y del absoluto egoísmo so pretexto
de librar el alma de todo yugo dogmático. Ser laico, dice Lavisse, no es
limitar al horizonte visible el pensamiento humano, ni prohibir al hombre el
ensueño, y la perpetua rebusca de Dios; es reinvindicar para la vida presente
el esfuerzo del deber. No es querer violentar, no es despreciar las conciencias
aún detenidas en el encanto de las viejas creencias; es rehusar a las
religiones que pasan, el derecho de gobernar a la humanidad que dura. No es odiar
tal o cual iglesia o todas las iglesias juntas; es combatir el espíritu de odio
que sopla de las religiones, y que ha sido causa de tantas violencias,
carnicerías y ruinas. Ser laico no es consentir en la sumisión de la razón al
dogma inmutable, ni la abdicación del espíritu humano delante de lo
incomprensible; es no afiliarse a ninguna ignorancia. Es creer que la vida vale
la pena de ser vivida, rechazar la definición de la tierra «valle de lágrimas»,
no admitir que las lágrimas sean necesarias y bienhechoras, ni que el
sufrimiento sea providencial; es no tomar partido por ninguna miseria. Es no
esperar en un juez que está sentado más allá de la vida, que ha de dar de comer
al hambriento, de beber al sediento, de reparar las injusticias y de consolar a
los que lloran; es librar batalla contra el mal en nombre de la justicia. Ser
laico es tener tres virtudes: la caridad, es decir, el amor a los hombres; la
esperanza, es decir, el sentimiento bienhechor de que un día vendrá, en la
posteridad lejana, en que se realizarán los ensueños de justicia, de paz y de
felicidad que, mirando al cielo,[208] acariciaban
los lejanos antepasados; la fe, es decir, la voluntad de creer en la victoriosa
utilidad del esfuerzo perpetuo. Estas palabras, escuchadas del labio del sabio
maestro, me parecen simplemente una interpretación moderna de la antigua idea
cristiana. Y no encuentro la razón de ser del anticristianismo que en estos
momentos se manifiesta en una parte del joven pensamiento francés. Un ideal de
verdad, de justicia y de paz universal no está en contradicción con la doctrina
del Nazareno, como la fe, la esperanza y la caridad. El dañó está en el
estrecho clericalismo. La juventud idealista francesa oye desde hace tiempo el
anuncio de un alba nueva, de una aurora de redención, y lo que ve surgir de
cuando en cuando, en una noche cada vez más obscura, son manifestaciones
medioevales, apariciones de retroceso, odios sectarios, nacionalismo odioso,
antisemitismo ferozmente arcaico, el elogio de las matanzas de religión, el
despertamiento de las Dragonadas, la dormida Montagne Pelée de los ancestrales
rencores que hace erupción cuando menos se piensa, poniendo en peligro la
ciudad de libertad, de igualdad, de fraternidad que se va construyendo poco a
poco. Una parte de la juventud se esfuerza en evitar el mal. Las otras partes
la han amenazado, la han burlado, se le han opuesto. Los descendientes de la
Revolución no han dejado, no dejan de proseguir su campaña, alentados por unos
cuantos maestros. Ellos buscan que la educación política se emprenda sobre
bases sólidas para que luego mantenga el edificio de la nación. Nuestro objeto,
dicen, es hacer la educación republicana de las jóvenes[209] generaciones
de nuestro país. Su profesión de fe filosófica, política, social y artística,
está concentrada en este verso de Fernand Gregh:
Aimer le vrai, rêver le beau, dire le juste.
Ponen frente al viejo ensueño semita del Evangelio,
la «unión de la cordura antigua y de la ciencia moderna.» Luchan entre la
anarquía moral por un ideal moderado, «en nombre de la Verdad contra los
Dogmas, en nombre del Derecho contra la Fuerza, en nombre de la Justicia contra
todas las iniquidades sociales.» Otros van más lejos y traspasan los muros de
la ciudad utópica de la comunidad humana, mientras se mueren en su ingrato
oficio los Trublions de Anatole France. El ejército se mira combatido por los
que, como el marqués de Rochefort, abanderado del Estado Mayor, atacan de todas
guisas la idea del militarismo. «Ah, voilà assez longtemps qu'on nous embête
avec l'honneur militaire!» grita ese furioso viejo gamin. Drumont
predica el patriotismo, al propio tiempo que llama al Ministerio de la Guerra
«una caverna, un lugar de perpetuos escándalos, una cloaca que no podría
compararse a los establos de Augías». El coronel Villebois-Mareuil, en una
carta resonante, confiesa que «ciertamente, los galones no valen la pena.» El
diputado nacionalista Alfonso Humbert, llama al pabellón símbolo de la patria,
una «loque tricolore». El mismo Rochefort escribe que «nuestros vencedores no
son más crueles respecto de nosotros que lo que nosotros hemos sido feroces con
nuestros ven[210]cidos, y que «il faut absolument en
finir avec le rêgne des soudards». Cassagnac deja constancia de que, bajo la
república, se prefiere siempre a «un imbécil o a un canalla, y que el Estado
Mayor está compuesto de imbéciles, de vanidosos y de ganapanes». Edmond
Lepelletier demuestra que los jefes del ejército comienzan ya a ser escogidos
entre los antiguos alumnos de las casas religiosas. Se citan versos de Coppée:
Vous portez, mon bel officier
Avec une grâce parfaite,
Votre sabre a garde d'acier;
Mais je songe à notre défaite.
Cette pelisse de drap fin
Dessine à ravir votre taille;
Vous êtes charmant, mais enfin
Nous avons perdu la bataille,
On lit votre intrépidité
Dans vos yeux noirs aux sourcils minces
Aucun mal d'être bien ganté!
Mais on nous a pris deux provinces.
Vos soldats sont-ils vos enfants?
Etes-vous leur chef et leur père?
Je veux le croire et me défends
D'un doute qui me désespère.
Lemaître declara que las promociones se hacen en el
ejército entre los «flexibles, los intrigantes y los imprudentes», Charles de
Freycinet, senador y tres[211] veces ministro de la
Guerra, afirma que hoy la vida del soldado más bien merma que aumenta su valor
moral. M. Jules Delafosse, diputado conservador, asegura que con el servicio
militar obligatorio y universal, no podrían rivalizar en obra de mal, «ni las
epidemias mortíferas, como la peste o el cólera, ni las convulsiones del mundo
físico, como los terremotos y los ciclones, ni las catástrofes devastadoras,
como los incendios y las inundaciones». Y esto lo escuchan los jóvenes
espíritus que han cantado la Marsellesa y que piensan en futuros ataques a la
integridad de la patria. Otros piensan en otra patria mayor, en los intereses
universales, en la solidaridad de los hombres. No admiten la divisa romana en
el concepto romano de la patria: Tu regere imperio populos, Romane,
Memento, y oyen palabras que, como la de Paul Bert, les dicen: «Queremos
que se respete la patria, porque allí vemos una expresión, una de las
manifestaciones más elevadas de la libertad humana.» La patria no se define por
los límites naturales; no se define por la lengua, por la raza; no tiene que
ver casi con la geografía, la lingüística, la etnografía. La patria se
constituye por el libre y mutuo consentimiento de hombres que quieren vivir
bajo un régimen político y social que han libremente creado o adoptado. Se
cimenta por el recuerdo de las luchas sostenidas para conquistar ese estado
social, por la fraternidad de los campos de batalla, de la sangre vertida y
también por las aspiraciones comunes y por los intereses comunes. El peligro
está, indudablemente, bien señalado, y contra él van los franceses de buena
voluntad, jóvenes[212] y viejos. Los sueños
libertarios por bellos que sean, no dejan de estar muy lejanos. Los hombres de
lo pasado, los representantes de las viejas ideas, se diría que son los únicos
que tienen valor, energía, voluntad.
Ellos defienden bravamente su terreno conquistado
desde tantos siglos, y no se dejarán destruir, armados como están de todas
armas, y con un vigor que no demuestran los contrarios.
A un paso se alza la cúpula del Pantheon. A un paso
está el Museo. Reinan un ambiente de gloria y un soplo de arte. El arte, la
ciencia, la investigación del misterio humano, la liberación de todos los
espíritus por medio de la Verdad y de la Belleza, he ahí la verdadera salvación
de la Francia, de la tierra, de la humanidad entera. Los grandes creadores de
luz son los verdaderos bienhechores, son los únicos que se opondrán al torrente
de odios, de injusticias y de iniquidades. He ahí la gran aristocracia de las
ideas, la sola, la verdadera que desciende al pueblo la impregna de su aliento,
le comunica su potencia y su virtud, le transfigura y le enseña la bondad de la
vida. Y es el camino hacia lo desconocido, en busca del secreto de nuestro ser.
Mientras en la calle se entrechocan las antipatías y las hostilidades, mientras
los portavoces de las pasiones violentas y malignas agotan sus terribles
diccionarios, mientras se gastan en campañas miserables, i en trabajos de
destrucción y de rencor fuerzas que podrían ser empleadas en bien de la
comunidad, en provecho de la república, unos cuantos sabios prosiguen en sus
laboratorios sus investigaciones; unos cuantos pen[213]sadores
se afanan en la solución de más de un problema benéfico; unos cuantos artistas
se aislan en su obra diaria, en la metódica labor que crea poco a poco la obra
durable. Y hay por eso que confiar, que no desesperar. A la consecución de
altos fines tiende el impulso vehemente de las almas nuevas. No sabemos si ese
pálido joven de larga cabellera que acaba de pasar con un libro debajo del
brazo es uno de los salvadores de mañana. Lo que sí sabemos es que los
salvadores de mañana no están entre los danzantes de Bullier y donjuanes de la
terraza. Felizmente, la juventud estudiosa americana que viene a París, buena
parte encara los grandes problemas y consagra a la observación y a los libros
sus mejores horas. No toda viene a bailar y beber.
He de ocuparme en los estudiantes americanos. He de
escribir de su vida y de sus esfuerzos. He de visitarlos en los hospitales, en
los laboratorios, en los talleres. Y he de contar la existencia del artista,
pensionado o no, que pasa sus horas en la esperanza de su visión, en la fe en
su arte, en el amor de su propósito. Estos no van a gritar a los monomios, ni
buscan recomendaciones. Aprenden las maneras de la juventud libre y sana. No
desdeñan reir, a pesar de la arruga que el pensamiento les cincela en la
frente. Piensan en engrandecer la patria lejana, con todo y la indiferencia de
los gobiernos y las sociales miserias, cegueras e injusticias. Miran, observan
las agitaciones de las naciones europeas, los progresos, las tentativas, los
fracasos y las victorias. Meditan en sus pensiones, en sus cuartos, en sus estu[214]dios más o menos pobres. Sonríen a uno que otro amor
pasajero. Y, a la hora de los poetas, suelen venir a respirar olor de bosque
bajo los árboles del jardín próximo, como estos verdes y frescos del
Luxemburgo.
II
Jean Finot, al hablar de la Inglaterra enferma, no
deja de hacer notar la vitalidad creciente de los Estados Unidos. No poco le ha
servido para sus estudios y comparaciones la obra de M. Stead sobre la
americanización del mundo, la cual tiene como epígrafe una frase de Cobden, en
1835: «We fervently believe that our only chance of national prosperity lies in
the timely remodelling of our system, so as to put it as nearly as possible
upon an equality with the improved management of the Americans.» M. Stead
considera con razón como el más grande fenómeno político, social y comercial,
la ascensión de la gran república al primer puesto entre las potencias del
mundo.
El valiente periodista ha dicho claramente a sus
connacionales: Si no renunciamos a un ficticio or[216]gullo
y no imitamos los procedimientos de los americanos, y no trabajamos para la
concordia y unión del english-speaking world, vamos a quedar
reducidos a la posición mediocre de Holanda o de Bélgica.
«Los norteamericanos se esfuerzan con inaudito
despliegue de energía en rehacer el mundo a su imagen y semejanza. Y la
americanización universal ha comenzado. Inglaterra está invadida. Irlanda es
más americana que inglesa. Un irlandés preferirá siempre, y estará orgulloso de
ser ciudadano americano, a ser súbdito de la Gran Bretaña. La mayoría de los
irlandeses miran con hostilidad al imperio británico. El partido revolucionario
irlandés es en América donde tiene su base, sus banqueros, sus comités. Cada día
Irlanda está más americanizada, más y más asimilada a las ideas de la
democracia del Oeste.
»Lo que América ha dado a los irlandeses es mucho
más valioso que dollars. Es únicamente en las ciudades de la Unión Americana
donde los irlandeses han tenido oportunidad de desplegar aquellas facultades
políticas, cuyo ejercicio se les niega en su tierra natal.» M. Stead es un
escritor franco, que no disfraza nunca su pensamiento y que habla claro.
Las Antillas están llamadas a la anexión a los
Estados Unidos; y es muy significativa una caricatura yanqui en que van, en
forma de pollitos, a caer bajo el sombrero-trampa del Tío Sam. En cuanto al
Canadá, juzga M. Stead que será la primera entre todas las antiguas colonias
inglesas que se separe del Imperio para echarse en brazos de la forma republi[217]cana, aunque no para una anexión a los Estados Unidos.
Sin embargo, hay muchos partidarios de ella, sobre
todo entre los canadienses de origen francés.
Australia está influenciada por los principios de
la república americana. En la organización del Australian Commonwealth se ha
tenido la mira puesta en los Estados Unidos. «El nuevo parlamento no tiene un
año, pero ya ha formulado una petición de grandes alcances para la adopción de
una doctrina de Monroe para el Pacífico.» Por lo que toca a la vida y
costumbres, los australianos son mucho más americanos que ingleses, como lo han
hecho notar algunos escritores y viajeros, entre ellos Henry George.
De paso, notemos una de las principales bases de la
fuerza norteamericana en la inmigración. Son enormes aumentos de aspiraciones y
energías las que han ido a acrecer la potencia propia. «La emigración, que a
menudo es mirada por los americanos como un elemento de peligro, ha
probablemente contribuído más que nada, excepto el puritanismo en la educación
de la Nueva Inglaterra, a la formación de la república.» El profesor Starr ha
asombrado recientemente con su afirmación de que, si no fuese el continuo influjo
de la emigración extranjera con sus prolíficas familias, el tipo genuíno
americano se aproximaría al piel roja, y, como el piel roja, estaría llamado a
desaparecer. El país ha sido «un crisol de naciones».
La americanización de Europa va en una rápida
progresión, aunque a ella se opongan unos cuantos[218] espíritus
defensores y previsores, cuyo principal representante y director es el
emperador de Alemania. M. Stead tiene una frase muy feliz a su respecto: es
Canuto, dice, enfrente del mar. La ola no deja de avanzar poco a poco a pesar
de todas las protestas y de todos los esfuerzos. Y el viaje reciente del
príncipe Enrique ha podido convencer al magnate viajero de la verdadera fuerza
yanqui en su centro y origen, y el kaiser, una vez más, habrá sido bien
informado. A esta oposición del kaiser obedecen las nuevas disposiciones y las
nuevas tendencias de encauce de la emigración de que he hablado en una de mis
correspondencias anteriores. Pero oigamos: «No hay ciudades más americanizadas
en Europa que Hamburgo y Berlín. Son americanas en la rapidez de su progreso,
americanas en su nerviosa energía, americanas en su pronta apropiación de las
facilidades para el rápido transporte. El americano se encuentra mucho más en
su casa, a pesar de la diferencia de idioma, en la concentrada y febril energía
de la vida de Hamburgo y de Berlín, que en las más estacionarias y
conservadoras ciudades de Liverpool y Londres. El manufacturero alemán, el
armador alemán, el ingeniero alemán, están prontos a emplear las más recientes
máquinas americanas. La máquina de escribir americana impera tanto en Alemania
como en la Gran Bretaña; y, lo que es mucho más importante, el estanciero
americano continúa proveyendo de pan y tocino, en cantidades cada vez mayores,
la mesa alemana». Hay además la transfusión de ideas políticas, que ha
preocupado mucho al emperador, con justo motivo.
La influencia norteamericana en el imperio otomano
se ha entrevisto recientemente, a propósito de la captura de miss Stone. El
misionero yanqui ha fundado colegios y centros que, al propio tiempo, son de
propaganda evangélica y de provecho para los Estados Unidos. En Bulgaria, la
mujer mas influyente era una discípula de la famosa miss Stone; la señora W. B.
Kossuroth. Si el gobierno americano hubiese querido tomar la cosa a pechos,
cuando el secuestro sonoro, «las Estrellas y Listas hubieran flameado pronto
sobre las aguas del mar de Mármara, y el trueno de los cañones americanos
hubiera sonado la agonía de la dinastía otomana. Ningún poder sobre la tierra
hubiera podido detener el avance de los barcos americanos, y ninguna potencia
de Europa, por supuesto, se habría atrevido a intentarlo.»
En el resto de Europa la americanización ha tomado
otras vías. La invasión es sentida por todos y en la conciencia de todos parece
incontenible.
En Asia, los Estados Unidos, después de la guerra
con España, han llegado a ser un poder activo con la toma de las islas
Filipinas. El influjo del capital americano en China y en el Japón ha ido en
aumento desde hace tiempo.
Por lo que entrañan y lo que dejan gráficamente
significado, las caricaturas son muy valiosas lecciones, y en este caso hay
innumerables obras de dibujantes ingleses y americanos.
En una está el «Colonel Jonathan J. Bull», o lo que
llegará a ser John Bull. En un fondo londinense, pero lleno de casas a lo
yanqui, está plantado John[220] Bull, la
personificación simbólica de Inglaterra. Pero viste un traje que participa del
traje propio conocido y del del tío Sam. A su lado está el águila americana,
pero con cabeza de león, del león británico. Esa híbrida mezcla quiere decir
demasiado para detenerse a explicarla. El dibujo es del Punck.
Ya he hecho referencia al sombrero-trampa que coge
los pollitos de las Antillas. En otra caricatura, a propósito de la tarifa Wal,
se alude a la anexión de Cuba. La única salvación está, ante el muro levantado,
en un santos-dumont que se llama Annexation y que va montado
por un cubano. Ambas caricaturas son de origen yanqui.
Hay otra del Punck de Nueva York,
en que, ante las naciones de Europa, gallos enjaulados en la jaula de la
doctrina de Monroe, se pasea, gallo enorme entre los pollos de las naciones
latinas de América, el Uncle Sam. En otra el mapa de la América del Sur forma
una cabeza cuyo sombrero es el del mismo Tío. En otra, con motivo de la
terminación del tratado Clayton Bulwer, John Bull se inclina descubierto al
abrir una puerta por la que entra orgulloso, armado de pico y pala, a abrir el
canal de Nicaragua, el Tío consabido. En otra, un monstruo, una extraordinaria
serpiente marina formada de arados, locomotoras, vagones, bolsas de trigo,
máquinas agrícolas, barricas y algodón, avanza hacia el continente europeo, y a
su vista salen corriendo, espantados, los tipos representativos de las naciones
de Europa, John Bull el primero. Y en otras, ya es John Bull que sale a pasear
por su propio país, y se encuentra con que todas las propiedades que ve están[221] compradas por capitalistas norteamericanos; ya
es el mismo John Bull que trabaja en una oficina en donde todo es «made in U.
S.», o en una calle no encuentra tranvía en que subir que no sea de Compañía
americana. Aquí va Jonathan llevándose un talego que representa el comercio del
mundo, y a su paso atropella a las naciones del viejo mundo; más allá se
demuestran las victorias seguidas de los Estados Unidos en materia de sport. O
se ve a John Bull víctima de una pesadilla, viendo por todas partes tíos
Samueles que le estorban el paso, que le prenden, que le juzgan, que le pegan
en el box, que le dejan sentarse, que le vencen a la carrera o que se ganan
todos los aplausos en los teatros. Por un lado, un retrato charge de
Pierpont Morgan, cubierto con un sombrero que simboliza los truts y
vestido de un chaleco de dollars. En otra parte, él mismo, como Atlas, lleva el
mundo al hombro; y en otras tiene los tentáculos de un pulpo, o va en una
bicicleta cuyas dos ruedas son los dos hemisferios del planeta.
¿Cuáles son los medios con que la dominadora
América americaniza? Tiene la religión, por medio de sus innumerables ejércitos
de misioneros y asociaciones de todos los cultos e iglesias americanas.
Hasta el espiritismo ha sido un útil medio en sus
manos. Luego, la obra del Christian Endeavour movement, se ha extendido en toda
tierra de habla inglesa.
Su influencia en el mundo intelectual y en el
periodístico es grande. Desde el almanaque del Poor Richard hasta los ensayos
de Emerson y la obra so[222]ciológica de Henry George.
En el siglo pasado ha dado dos poetas de una originalidad y vuelo que se han
impuesto al Universo: Poe y Whitman. Sus humoristas han contagiado a todas las
literaturas de la tierra, a punto de hacer pesado en más de un autor «gai»
francés el tradicional y ligero espíritu de la risa gala. Novelistas como
Bellamy han logrado fama en un momento. Sus diarios son los colosos del
diarismo mundial, y sus «magazines» son insuperables. En arte tienen un
movimiento enorme que comienza a conocer el mundo; y la pintura saluda a
Vhistler como la escultura a St. Gaudens, entre los grandes maestros. Su
ciencia ha conseguido varias victorias. Su teatro ha invadido plenamente a
Inglaterra. Su sociedad se ha ennoblecido por alianzas, gracias a su riqueza.
Yanquis son la virreina de la India, lady Curzon, como la duquesa de
Marlborough, y como muchas tituladas de todas las cortes de Europa. En el mundo
del sport son reyes los yanquis. Y el Truts tiene carta de
ciudadanía americana. Son los directores actuales de la Fuerza en la Humanidad.
III
A vieja cuestión del canal interoceánico se renueva
de tiempo en tiempo. En estos momentos, se agita en los Estados Unidos y tiene
naturalmente gran repercusión en Francia. ¿Se realizará el canal por fin? ¿Cuál
de los canales? ¿El de Nicaragua? ¿El de Panamá? ¿Los dos? Colombia, Nicaragua,
Costa Rica están a la espera de las resoluciones definitivas. El proyecto de
Nicaragua parece ganar terreno; el cadáver de Panamá se diría conmovido
eléctricamente como la rana de Galvani. M. Buno-Barilla lanzó aquí hace algunos
meses un llamamiento a los panamistas, en el buen sentido de la palabra, para
interesarlos en favor de una empresa que podría resarcir las antiguas pérdidas;
nadie hizo caso. M. Hutin hizo un viaje a los Estados Unidos para tratar de
ofrecer al yanqui los restos de Panamá, a[224] un
buen precio. Las influencias y los ofrecimientos usuales en los medios
políticos americanos, no han escaseado. Nada se ha resuelto todavía.
Entretanto, los norteamericanos se posesionan poco a poco de Nicaragua, en
donde el gobierno ha comenzado por hacer concesiones que han sido aminoradas
por declaración del presidente Zelaya, pero que, por parte de los Estados
Unidos, han sido mantenidas, según las primeros versiones que la Prensa hizo
conocer; es decir, cesiones territoriales a un lado y otro del futuro canal,
con derecho de establecer guarniciones militares y tribunales de justicia. No
se podrá alegar, pues, en tal caso, la «soberanía» de la república
centroamericana, aunque hay que confiar en el reconocido patriotismo y tacto
político del general Zelaya.
El señor Crisanto Medina, antiguo ministro de
varias repúblicas de Centro América en Europa, persona de consejo y habilidad,
que conoce perfectamente la cuestión del canal, como que ha sido actor en
muchos preliminares de ella, ha ido recientemente a Nicaragua, y no es de dudar
que sus indicaciones hayan sido escuchadas en el gobierno. Ha escrito con
oportunidad una interesante historia del canal interoceánico, que reviste la
mayor actualidad. No es el señor Medina de los dudosos, él cree probable que llegará,
tarde o temprano, la necesidad, para el comercio del mundo, de los dos canales,
el de Panamá y el de Nicaragua. Por de pronto, y por más que se asegure que los
entusiasmos norteamericanos por el istmo nicaragüense son aparentes y tan sólo
manifestados para encontrar más fáciles las[225] ofertas
del Panamá, abandonado por la mano francesa, parece extraordinario que se pueda
suponer interés en continuar la ruta fracasada de Lesseps. Me ha tocado visitar
en compañía de ingenieros desolados ante el espectáculo ciertamente conmovedor,
aquel inmenso cementerio de construcciones, aquel colosal osario de máquinas,
entre las ruinas, en el lugar fatídico en que la imprudencia por un lado y el
delito por otro, enterraron un sinnúmero de vidas y un sinnúmero de ahorros de
pobres gentes... Proseguir, animar de nuevo las viejas dragas llenas de
herrumbre, volver a turbar con nuevos ruidos el silencio que dejó allí la más
formidable de las «débacles», una especie de Sedán económico de Francia, sería
una locura que no cabe, sobre todo, en cerebros yanquis. Pero, todo puede ser.
Los días pasados, en casa del señor Medina,
recorría yo las líneas que ha dedicado a la obra ístmica. Él hace primero, y
antes de entrar en recuerdos y apreciaciones personales, una reseña ligera de
las tentativas que, a través de los siglos, se han iniciado para unir los dos
océanos. Tiene el buen gusto de no citar la previsión de Séneca: «aquí está la
vasta puerta de dos mares» demasiado mellada por el uso que de ella han hecho
cuantos han tenido que ocuparse en el asunto. Habla de los ingenieros del Renacimiento,
que fueron a buscar oro de Cipango, y que señalaron varias rutas factibles.
Refiriéndose a ellos, cuenta que M. de Lesseps le dijo un día: Ils
n'étaient pas fixés! Él tampoco, el pobre grande hombre n'était
pas fixé!...
—Vea V., me dice el señor Medina—mientras la[226] madera crepita en la chimenea de su «bureau» de
diplomático, en la rue Boccador—; vea V. lo curioso que es ese proyecto de un
antiguo español, Diego de Mercado, cuya relación se ha encontrado hace poco en
los archivos de Sevilla: «Diego de Mercado no era un ingeniero; tampoco era un
geógrafo. Él mismo dice modestamente a su soberano, Felipe III, que es
«fabricante de pólvora, y antiguo soldado, a la sazón vecino desta ciudad de
Santiago, de la provincia de Goathemala.» No obstante, sus descripciones son de
una precisión admirable, y sus proyectos no carecen de buen sentido práctico.
Principia Diego de Mercado por diseñar un cuadro muy completo de los puertos de
San Juan al Norte y San Juan al Sur de Nicaragua; y explica en seguida la
conformación del río San Juan y las muchas, pero no insuperables, dificultades
que ofrece para la navegación a causa de sus arenas, sobre todo de sus
raudales. Luego indica el trabajo que sería necesario hacer en él. Hace en seguida
comparaciones entre los puertos de Panamá, Colón, San Juan del Norte y San Juan
del Sur, y después de algunas descripciones prolijas y entusiastas, en las
cuales el buen Diego de Mercado revela su alma de flamenco, hablando con más
entusiasmo de los cereales que de las selvas vírgenes; después de un largo
examen de las riquezas conocidas del suelo costarricense y de las riquezas y
misterios y de la costa de Mosquitia, cuyo nombre primitivo de Sierra
del Oro (Saguzgalpa), hace germinar en su imaginación ensueños de
fortuna y de conquista, llega a su proyecto de canal y lo expone con sencillez
y[227] claridad en páginas que muestran su gran
deseo de ser útil a la humanidad y al rey. Diego de Mercado fué un hombre
estudioso y perspicaz, de buena voluntad y de fe entera, que comprendió desde
luego las grandes ventajas que la canalización de Nicaragua ofrecía a la
navegación universal en cambio de un ligero sacrificio. El rey Don Felipe III,
no obstante, debe de haber dado muy poco crédito a sus palabras, puesto que aun
teniendo seguridad de que, según sus propias palabras, «los trabajadores
llevarían la obra a cabo sin necesidad de pagarles salario alguno», dejó sin
respuesta definitiva la proposición de su leal vasallo.
Antes habían ya hecho propuestas semejantes al
emperador Carlos V, Hernán Cortés y Angel de Saavedra; el primero señalaba como
utilizable el curso del Darien y creía hacedero el canal por Panamá, basado en
los estudios hechos por Vasco Núñez de Balboa en 1513; Cortés optaba por
Tehuantepec, y encargó de hacer los estudios a Gonzalo de Sandoval. Carlos V se
encogió de hombros. Tenía otras cosas que intentar. Luego, un aventurero
portugués, llamado Antonio Galvao, encontró hacedero el canal por cuatro vías
diferentes: Nicaragua, el istmo de Méjico, Panamá, entre el golfo de Uraba y el
golfo de San Miguel. Felipe II recibió los pedidos de López de Gomara para que
llevase a la práctica la obra del canal. Mucho tiempo pasó sin que ningún paso
importante se diese. El fundador del Banco de Inglaterra, William Patterson,
hizo que su rey aprobase un plan de colonización del Darien y de un canal por
ese punto; aunque[228] la expedición se organizó,
no pudo efectuarse. Después tenemos la iniciativa de Bolívar, que, naturalmente,
encontraba muy factible la obra por el istmo panameño; el Libertador se ocupó
en el asunto antes y después de la realización de sus sueños políticos.
La primera expedición científica fué en tiempo y
por orden de Carlos III. «Dos ingenieros eminentes, dice el señor Medina, uno
francés y otro español, Martín de la Bastide y Manuel Galistro, fueron a Panamá
y a Nicaragua; examinaron el terreno, hicieron minuciosos sondajes y volvieron
a Europa con un proyecto favorable a Nicaragua (y no a Panamá, como dicen
algunos historiadores), según consta del Abanico Geográfico que
Martín de la Bastide depositó en la Biblioteca Nacional de París en 1805, es
decir, en el mismo año del nacimiento de Ferdinand de Lesseps.»
No pudo tener buena acogida el plan de esos dos
ingenieros; el tiempo y el medio no estaban de su parte. Es el tiempo y el
medio pintados y evocados magistralmente en ese Enfant d'Austerlitz que
acaba de producir el genial poder de Paul Adam. Todo lo envolvía el soplo
agitado de la Revolución, y luego el estruendo y la tempestad de las guerras
imperiales. En cambio, a comienzos del siglo pasado, fueron legión los
proyectos y tentativas. Los grandes países, hace notar el señor Medina,
enviaban entonces comisiones tras comisiones, y los sabios iban personalmente a
América. Es la época del barón de Humboldt, panamista, también en el buen
sentido, avant la lettre. Por parte de Nicaragua estaban Crosman,
Baily, Félix Belly, Childs, Tay y[229] otros; y
Tehuantepec tenía a varios, sobre todo norteamericanos, por interés de vecindad
y, por tanto, de absorción. «El historiador D. Alejandro Marure refiere que un
hijo de Nicaragua, el señor Manuel Antonio de la Cerda, jefe que fué después de
aquel Estado, tuvo la gloria de ser el primer centro americano que promoviese
(en Julio de 1823) el asunto del canal, y explica los motivos que le impidieron
llegar a un resultado. El señor Cañas, ministro de Centro América en
Wáshington, en un oficio dirigido al departamento de Estado, en 1825, propuso
la cooperación de Centro América con los Estados Unidos para abrir el canal por
la provincia de Nicaragua. Como consecuencia, el famoso Clay, entonces
secretario de Estado, comunicó sus instrucciones a Williams, ministro de la
Unión en Centro América, para hacer las investigaciones necesarias y aún se
celebró un contrato para la construcción del canal, que adolecía de defectos
consiguientes a la ignorancia en que por falta de estudios exactos, se estaba
todavía sobre el costo y las necesidades de la obra.» Entonces fué cuando el
gobierno centro-americano recurrió a Holanda. La política europea echó abajo
las buenas intenciones de la compañía holandesa que se organizó. Centro América
intentó de nuevo, esta vez con los Estados Unidos, en tiempo del presidente
Jackson. Hace tiempo que se solicita la boca del lobo... Las negociaciones
siguieron su curso hasta que, en 1853, el Senado adoptó una resolución
excitando al presidente a abrir negociaciones al efecto de proteger por
tratados a cualesquiera compañía o individuos que[230] acometiesen
la construcción del canal, para los Estados Unidos lo mismo que para las demás
naciones. En 1849, los Estados Unidos dieron dos buenos pasos a ambos lados del
istmo: obtuvieron una concesión del ferrocarril de Panamá, y firmaron un
tratado con Nicaragua para la apertura del canal. Inglaterra paró la oreja; y a
propósito de los indios de la Mosquitia, celebró el famoso tratado de
Clayton-Bulwer, tan llevado y traído en estos últimos tiempos.
En 1880, siendo presidente de Nicaragua el general
Zavala, se firmó el contrato Cárdenas-Menocal, que quedó en nada. En 1884 firmó
en Wáshington el ministro Zavala un tratado, «en virtud del cual los Estados
Unidos se comprometían a construir el canal con acompañamiento de ferrocarriles
y telégrafo, concediendo Nicaragua no sólo el territorio al efecto, sino una
faja de dos y media millas inglesas de ancho en toda la longitud de la obra. La
empresa sería virtualmente administrada por el gobierno americano quien
entregaría al de Nicaragua una tercera parte de los productos netos.» Este
tratado no obtuvo la ratificación del Senado americano; Cleveland lo retiró.
Luego hubo otros arreglos y contratos que caducaron sin resultado ninguno.
Respecto a la tristemente célebre Compañía
Universal del Canal de Panamá, el señor Medina es más explícito. «Tendré que
tratarla, dice, con más detalles, por haber sido testigo presencial de los
acontecimientos desde su origen hasta el fracaso definitivo.» Así, recuerda el
primer Congreso científico que haya tratado del canal, en Amberes, el año de
1871,[231] de donde salió muy recomendado el
proyecto por el Darien, entre los ríos Tuyra y Atrato, presentado por M. de
Gogorza. En 1875 la cuestión fué tratada en el Congreso de Geografía de París.
Se trató de la reunión de un Congreso internacional que decidiría. Ya Lesseps
aparece; y luego el Sindicato que él apoyaría y que tuvo por presidente al
general Türr. Conseguidos los capitales, la Comisión de estudio que debía
dictaminar fué enviada. La Comisión partió para América en Noviembre del 76.
Iba a bordo del vapor Lafayette, y entre sus miembros se contaban
el ingeniero Reclus, el oficial italiano Bixio, Víctor Celler y seis ingenieros
más, bajo las órdenes de Luciano Napoleón Bonaparte Wyse. Tocóle al señor
Medina ir en ese vapor en tal ocasión. Varios de los miembros de la Comisión
eran amigos personales suyos y hace memoria de sus impresiones.
Sabido es que en ese tratado se estipula que las
partes contratantes se comprometen a no ejercer un contrato exclusivo sobre el
canal, a no alzar fortificaciones en él, a no ejercer dominio alguno sobre
Nicaragua, Costa Rica, la costa Mosquitia ni parte alguna de la América
Central, ni directamente, ni por medio de alianzas o protectorados. Ya se sabe
cómo es la política de los países anglosajones, y cómo saben interpretar, según
el caso, sus tratados y sus doctrinas. El canal no pudo tampoco hacerse entonces.
Luego fué la invasión filibustera de Walker. Si Walker triunfa, el canal
estaría hace tiempo abierto. En el 63 los Estados Unidos, que ya tenían
plantado el jalón del ferrocarril en Panamá, propusieron a Colombia la
construcción del canal; tales[232] condiciones
ponían, que Colombia no aceptó. «Se dice—agrega el señor Medina—que el príncipe
Luis Napoleón estuvo en San Juan del Sur, y fué uno de los más entusiastas
partidarios del canal por Nicaragua, aunque más tarde, dueño ya de un imperio,
no hizo nada para llevar a la práctica la realización de sus ensueños
juveniles.» En efecto, Napoleón III publicó un estudio sobre el canal de
Nicaragua, muy meditado e importante, y del cual, ya en tiempos en que era
emperador, se ocupó el Instituto de Francia. Pero la cosa no pasó a más. El
señor Medina habría podido investigar y darnos a conocer algo de las relaciones
estrechas que ligaron al monarca francés y al ministro nicaragüense Castellón.
«En nuestras largas conversaciones—cuenta el
diplomático centro-americano—, los ingenieros y, especialmente, Bonaparte Wyse
y Bixio, me hicieron ver la importancia decisiva de la misión que ellos
llevaban, asegurándome que, una vez sus estudios terminados, la obra se
ejecutaría sin demora, gracias al poderío y a la influencia de Lesseps, en
quien la Europa toda había depositado una confianza ilimitada después de Suez.
Yo lo creía también así, y, naturalmente, no dejé pasar una sola de las
ocasiones que se me presentaron para influir en sus ánimos, haciéndoles ver las
mil ventajas que Nicaragua ofrecía a la empresa; indicándoles la clemencia
relativa del clima, la densidad de la población, superior a la de Panamá, la
abundancia de maderas y víveres, etcétera. Tan pronto como terminaran sus
estudios en el istmo y firmaran un contrato con el gobierno colombiano, tenían
la idea de pasar a Nicaragua con[233] igual objeto.
Así pensaban regresar a Europa con todos los elementos necesarios para que la
resolución del Congreso pudiera darse con entera imparcialidad y perfecto
conocimiento del asunto. Pero cuando Bonaparte Wyse regresó de Colombia y
Nicaragua, resultó que sólo con el primero había celebrado contrato para la
construcción del canal de Panamá. Esta era la situación cuando se reunió el
Congreso internacional que debía resolver definitivamente el punto.» Aquí los
recuerdos personales del señor Medina se precisan. «Reunióse el Congreso en
París, y celebró sus sesiones en el hotel de la Sociedad de Geografía, en los
días 15 a 29 de Mayo del año de 1879. El elemento extranjero en dicho Congreso
se componía de 62 delegados, representantes de Alemania, Austria, Bélgica,
China, España, Estados Unidos, Colombia, Gran Bretaña, Hawai, Holanda, Méjico,
Noruega, Perú, Portugal, Rusia, Suecia y Suiza. En cuento a las Repúblicas de
Centro América, sólo estaban allí representadas: el Salvador, por el ilustrado
publicista colombiano D. José María Torres Caicedo (con quien el señor Medina
tuvo un duelo célebre); Costa Rica, por don Manuel M. Peralta. Yo representaba
entonces a Guatemala. Además de estos delegados extranjeros, había en el
Congreso más de ochenta representantes franceses, en su mayor parte ingenieros
distinguidos y casi todos hombres de verdadero talento y de real sabiduría;
pero que, habiendo sido hábilmente escogidos por M. de Lesseps, estaban
dispuestos a apoyar sus planes y a formar siempre la mayoría necesaria al
triunfo de su inquebrantable[234] voluntad. Para
llevar a cabo metódicamente sus labores científicas, dividióse el Congreso en
cinco Comisiones especiales, y a mí me tocó en suerte, a pesar de mis escasos
méritos, ser el vicepresidente de la primera de ellas y de dirigir sus debates
durante las ausencias del ilustre sabio francés M. Levasseur. Tratábase, ante
todo, en el seno de esta Comisión de establecer, gracias a datos y cálculos
estadísticos, los rendimientos probables del canal, para poder, desde luego,
estar seguros de la equitativa relación que debía existir entre el capital
empleado y los dividendos futuros. En este sentido traté siempre de inclinar
los ánimos en favor de Nicaragua, basándome en cifras exactas, pues todos o
casi todos los proyectos de apertura de la vía interocéanica por el Lago y el
San Juan, marcaban la necesidad de un capital menor al que era indispensable
para llevar a cabo la obra en el Darien, y, por lo mismo, ofrecían más
probabilidades de ganancias para los accionistas. Esta cuestión era, en el
fondo, una de las más importantes, y si mis ideas hubiesen prevalecido entonces,
no hay duda de que la opinión pública hubiera ejercido una presión contra
Panamá; pero el público no prestó gran interés a ese punto de detalle y dejó
obrar a los hombres que, estando encargados de hacer los cálculos estadísticos,
con una libertad hasta cierto punto fantástica, debían decidir, en última
instancia. Dispuesto M. de Lesseps a no aceptar a Nicaragua sino en último
caso, pidió que los datos fueran calculados con toda la posible largueza,
basándolos en el tráfico probable del porvenir, teniendo en cuenta el aumento
gradual[235] que habría obtenido el comercio
cosmopolita cuando el canal empezase a funcionar; es decir, estableciendo los
cálculos según lo que ese aumento estaba llamado a producir en 1866. El
tonelaje previsto fué de 7.250.000. A pesar de la elevación en tal cifra fué
necesario subir el precio primitivamente fijado como derechos de tránsito del
canal; y, aun con todo eso, apenas se llegaba a obtener los rendimientos
indispensables para pagar los intereses del capital que se necesitaba invertir
en la obra. No así adoptando el proyecto Menocal por Nicaragua, que revelaba
una economía de 500.000.000, comparado con el presupuesto hecho para Panamá,
por el ingeniero Ribourt.»
Las revelaciones del señor Medina son muchas y muy
interesantes. Sería de desear que extendiese sus Memorias, que aumentase los
detalles y diese a luz un verdadero libro que, de seguro, contendría datos
curiosos, previsiones cumplidas y rasgos pintorescos. Recuerda el informe de
Levasseur y los estudios de la cuarta Comisión del Congreso, compuesta de los
más sabios ingenieros del universo, y que tenía que ocuparse de la parte
técnica de los proyectos, que fueron muchos. Me llama grandemente la atención
lo que rememora de una carta de M. Lucien Puydt y que leyó en una sesión el
secretario de la Comisión. Era un eco anticipado de la catástrofe que debía
venir, un anuncio del formidable «Panamá» que debía minar la base de la gloria
del Gran Francés. En esa carta se decía que «M. de Lesseps se ocupa
exclusivamente del éxito y del porvenir de la compañía civil, y que la cuestión
de[236] la apertura del canal, desde el punto de
vista del interés universal, queda regalada a un plan secundario, y su solución
subordinada a la aceptación del proyecto de su protegido.»
Más, mucho más contienen las apuntaciones y la
riquísima Memoria del señor Medina, respecto a los entretelones de la cuestión
del canal, de asuntos técnicos y pasos diplomáticos, tanto en Europa como en
los Estados Unidos. No dejaré de citar sus impresiones en las últimas sesiones
de ese Congreso con M. de Lesseps. «La opinión extranjera, dice el señor
Medina, se había pronunciado casi con unanimidad en favor de Nicaragua. Viendo
esa presión desinteresada, M. de Lesseps se dirigió confidencialmente a mí y me
dijo textualmente lo que sigue: «El sentimiento de la mayoría del Congreso
parece pronunciarse en favor de Nicaragua; yo no tengo ningún interés personal
en que se favorezca tal o cual vía, tanto más, cuanto que los gastos hechos por
el Sindicato de exploración Türr y Wyse pueden ser reembolsados por la compañía
que se forme; pero sería necesario formalizar algunas bases de arreglo con el
gobierno de Nicaragua, porque si el Congreso opta por el canal de Nicaragua y
enviamos después un comisionado a tratar con aquel gobierno, sin arreglo previo
de ningún género, las pretensiones serán tales que no habrá modo de hacer un
contrato realizable. ¿Hay alguien aquí autorizado para hacer cualquier
ofrecimiento en nombre de Nicaragua?» «Yo sabía desgraciadamente que no, y me
limité a asegurar a M. de Lesseps, como amigo de Centro América, que Nicaragua
compren[237]dería demasiado sus intereses para demostrar
la intransigencia que él temía, y le insté para que dejara que el Congreso se
pronunciase libremente; pero mis instancias, como las de otros, se estrellaron
contra los temores de M. de Lesseps y contra la presión del Sindicato
colombiano que trabajaba por que la decisión fuera enteramente favorable a sus
proyectos.» Lesseps se decidió firmemente por Panamá. En la votación general la
mayoría de los representantes extranjeros se abstuvo. Entonces resultaron 87
votos por Panamá, y sólo 8 por Nicaragua. El Gran Francés había triunfado...
Ahora es en los Estados Unidos. Se verá, por fin,
cuál será la vía elegida por los yanquis, pues ellos son los que han de hacer
práctico tanto proyecto. Por Panamá, o por Nicaragua o por ambas partes, ellos
buscan que América sea para los americanos. O para la humanidad... que habla
inglés.
IV
N almirante de la marina de Francia se quejaba los
días pasados, en el Congreso, de las disposiciones del gobierno que suprimen a
bordo de los barcos de la armada toda manifestación religiosa, desde luego la
bandera con la cruz, que se izaba durante el sacrificio de la misa, y después,
la misma misa... «No sé qué mal puede hacer a la marina francesa, decía el
almirante, el signo y el nombre de Cristo, cuando en Francia casi todos son
cristianos, y en una enorme mayoría, católicos.» Una vez puesta la atención en
estos asuntos, la verdad que encontraréis es que el espíritu que anima a este
país no es el de un pueblo ateo. Un espiritualismo histórico impregna la médula
de la raza, y no es por cierto una seca filosofía lo que subsiste junto con la
claridad tradicional al influjo lejano del ensueño celta. Aun[240] en
la locura diluviar de la Revolución, la idea de la divinidad queda flotante.
«Si no existiese Dios, dice un demoledor, sería preciso inventarlo». Los
hombres de la Enciclopedia, aun los osados como D'Alember, confinan con la
tolerancia. Toda la literatura clásica converge a una concepción deísta.
Dieu laissa-t-il jamais ses enfants au besoin?, es la voz de Racine en Atalia;
mientras Corneille deja el drama cristiano encarnado en toda su intensidad en
su admirable Poliuto... A veces una explosión revela los ardientes
elementos contenidos en el seno de la nación, las exasperaciones del fanatismo,
el fermento de una creencia demasiado recelosa; según los tiempos, la
complicación de causas se caracteriza, y así es el movimiento de las Cruzadas,
la revocación del edicto de Nantes, la noche de San Bartolomé, y en nuestros
lamentables tiempos el antisemitismo reforzado del veneno de políticas caseras.
Mas un soplo religioso agita todas las florestas, pasa por todas las ciudades,
y no está echada en el olvido la antigua divisa Gesta Dei per Francos;
la corona de los emperadores de Occidente fué colocada en la frente del gran
Carlomagno por las manos de un Papa, y la ampolla de San Remy aún guarda en
Reims el recuerdo de Juana de Arco... Son cosas que tiene en entredicho la
república francmasona o pseudosocialista... No pertenece al reino de lo
imposible que las palabras a Clovis sean repetidas más tarde a tantos fieros
sicambros... No está destruída, ni con mucho, en esta Francia generosa, la
savia de la conciencia religiosa. Hay unas frases de Tolstoï, que así dicen:
«No ignoro que, si[241]guiendo una opinión extendida en
nuestro tiempo, la religión es un prejuicio del que la humanidad está ya libre,
y resultará de esto que no existe en nuestro tiempo conciencia religiosa común
a todos los hombres... Sé también que esta opinión pasa por ser la de las
clases más ilustradas de nuestra sociedad. Los hombres que no quieren reconocer
el verdadero sentido del cristianismo, inventando toda suerte de doctrinas
filosóficas y estéticas para ocultar a sus propios ojos la sinrazón de su vida,
esos hombres no pueden ser de otra opinión. Sinceramente o no, confunden la
idea de un culto religioso, y rechazando el culto, se imaginan rechazar con el
mismo golpe a la conciencia religiosa. Pero todos esos ataques contra la religión,
todas esas tentativas de establecer una filosofía contraria a la conciencia
religiosa de nuestro tiempo, todo eso prueba bastante claramente la existencia
de aquella conciencia, y que ella reprueba la vida de los hombres que la atacan
y la contradicen. Si se determina en la humanidad un progreso, es decir, un
paso hacia adelante, preciso es necesariamente que algo designe a los hombres
la dirección que deben seguir en la marcha. Pues tal ha sido siempre el papel
de las religiones. Toda la historia nos demuestra que el progreso de la
humanidad se ha verificado siempre bajo la guía de una religión. Y como el
progreso no se detiene, como su marcha ha de continuar durante mucho tiempo,
mucho tiempo necesita también una religión propia.» Es lo que acontece en todas
partes y en Francia en particular, revelado por signos que un día son las
grullas de M. de Vogüé; otro,[242] las tendencias
artísticas y literarias de una élite; otro, la palabra de tal o
cual representante del espíritu universitario, como M. Brunetiere. A una
inclinación exagerada, responden un enderazamiento y un impulso en ángulo
igual. Veremos, quizá pronto, la contraparte de la ley de las Congregaciones.
Tómese como ejemplo la ley Falloux, de cuya abrogación se trata en estos
momentos.
En 1850, el ministro Falloux propuso la ley que
lleva su nombre y que fué aceptada, en favor de la enseñanza primaria de las
Congregaciones religiosas. En 1886, la ley de 30 de Octubre quitó los
privilegios. Actualmente, el maestro de primaria religioso tiene los mismos
grados que el institutor laico. Y la resultante es que, si en 1849, según la
declaración del hermano Philippe ante la Comisión extraparlamentaria, los
Hermanos de la Doctrina Cristiana, solamente, enseñaban unos 200.000 niños, y
las Hermanas de la Caridad, cerca de 120.000 niñas, hoy las Congregaciones
sostienen, según los mejores datos estadísticos, por lo menos 1.600.000 niños.
Acaba de ser juzgado en consejo de guerra el
soldado Grasselin, del batallón de artillería, después del soldado Delsol—dos
especies de «doukhobors»,—influencia de Tolstoï en el medio del «pioupiou». No
he de presentaros sino un fragmento del interrogatorio:
—«El 19 de Noviembre se os ha dado la misma orden;
os habéis negado a ejecutarla. Pasan días y seguís con la misma actitud de
oposición. Se os ha leído el Código penal cinco veces. Ruegos, amena[243]zas, reprensiones, nada ha logrado vencer vuestra
obstinación. ¿Por qué obráis así?
—»Jesucristo ha dicho: No matarás.
Amaos los unos a los otros. Yo no he querido ser dañoso para nadie.
—»Abrir una culata no es dañar a nadie.
—»Más tarde se me habría dado un fusil; un fusil
sirve para matar, como el hierro del arado sirve para cultivar la tierra.
—»En fin, no teníais que discutir; se os daba una
orden.
—»Sobre mis superiores, que son hombres, está el
Cristo.
—»Por último, ¿no queréis ir a la guerra?
—»No.
—»¿Aceptáis, al menos, someteros a la ley?
—»No para matar. Que se me ordene hacer otra cosa.
—»¿Haríais lo que se os mandó, abrir las culatas,
ahora?
—»Querría prometer, pero no cumpliría. No podría
cumplir. Esto no es insubordinación, es sumisión a mi conciencia.»
Esto no está tomado del «acta» de ningún mártir, no
está en la Leyenda Dorada ni en los Bollandistas: está en los periódicos. Todo
el mundo ha podido leerlo. Muchos se han encogido de hombros, y han creído que
esos dos casos son simplemente casos clínicos. Esos dos soldados que toman al
pie de la letra los mandamientos de Jesucristo no son irresponsables, puesto
que han sido condenados... y son ciertamente significativos.
[244]La aristocracia francesa y la alta burguesía no son
anticristianos. Es la república la que—y esto no siempre—ha sido hostil a las
creencias nacionales. Y aun en la república no ha habido gobiernos
antirreligiosos, sino ministerios antirreligiosos. La Revolución ha sido, según
el P. Delaporte, «este acto de felonía de la Francia oficial para con el
Hombre-Dios.»
Este activo sacerdote lleva a un plan decisivo su
concepción de la salud de la patria. «Dos perspectivas se ofrecen a nosotros:
una, la de la vuelta de las naciones a la aceptación de la soberanía de Dios;
otra, la de la potencia que se disfraza con nombres diversos: revolución,
ciencia, estado laico, soberanía del sufragio universal. Lo que hay que hacer
es restablecer el orden verdadero. El orden verdadero es la preeminencia de la
sociedad religiosa, la sola absolutamente esencial.»
Es el lenguaje de un bravo sectario. «¡Leed, releed
el Evangelio!—dicen otros.—El Evangelio está descuidado aún en los colegios de
enseñanza religiosa, en los seminarios; hay que volver a él y dejarse guiar por
él.» Así lo ha hecho M. François Coppée; y el otro día le he visto, por el
jardín del Luxemburgo, muy contento y rejuvenecido... Antes, uno de los
personajes de su drama Pour la couronne, certifica el bien de tales
fuentes:
—Qui t'a rendu si bon?
Ma mére et l'Evangile.
El evangelismo no está ausente en la literatura[245] contemporánea más en boga. ¿Quién diría que un
tan fino inmoralista como Paul Bourget lo predica discretamente? Cristo ha sido
y continúa siendo una preocupación de los intelectuales y de los socialistas,
así se le considere como un simple cartel, como dice Severini con
demasiado oratorio irrespeto: «El tribuno pálido, clavado, como el primer affiche socialista,
sobre el madero del Gólgota.» Jules Guesde declaraba en una sesión del
Congreso, la del 19 de Febrero de 1794: «Estamos obligados a dejar constancia
de que hay en esta asamblea, al menos un miembro, el abate Lemire, que
representa el Evangelio del Cristo, ante el cual se inclinan hoy los
socialistas». Los anarquistas mismos, si cuentan con elegantes blasfemos como
M. Tailhad, tienen poetas que no desdeñan nombrar al Divino Libertario en
versos como éstos:
Puisque le Christ, le sang, les pleurs
Tyrans! no'ont pu former vos cœurs
Aux sentiments de la Colombe:
Gare la bombe!
Cuando llega la Cuaresma, los diarios suelen
presentar muestras de literatura fervorosa, a propósito de los oradores
sagrados. Los conferencistas como monsieur Brunetiere, son casi considerados
como apóstoles; y lo cierto es que muchas de sus conferencias tienen el arte y
el tono de los mejores sermones y homilias. Y con Brunetiere, otros cuantos
severos y respetables varones. Para mí todo eso no vale en piedad, y fe
verdaderas una plegaria del Verlaine de Sagesse.
A través de los últimos salones se ha visto también
el arte preocupado de religiosidad. Después de las grandes «machines» de
Munckassy, nada ha causado tanto ruido como las reconstituciones de Tissot. Las
profanaciones de Juan Beraud no dejan de ser también señal de una idea en
marcha. Hasta los pintores mundanos se han sentido influídos, y M. Carolus
Duran tiene su Calvario, como el museo de cera Grevin tiene su pasión en
tiempos de Semana Santa.
Al dar cuenta del Salón del Champ de Mars, en 1894,
hacía notar M. Turquet: «Llama la atención el número de cuadros religiosos. Los
unos son puramente religiosos y representan escenas de la historia cristiana;
los otros, inspirados por un profundo sentimiento religioso, reproducen escenas
de la vida moderna.
Los que piensan, se preguntarán lo que quiere decir
ese movimiento en el mundo de los artistas, y ese renuevo en un arte que los
escépticos se felicitaban de ver desaparecer. Eso no es sin motivo; y
corresponde evidentemente a un nuevo estado de alma en la nación. No solamente
los cuadros religiosos y los que están impregnados de sentimiento religioso son
numerosos, sino que atraen a los visitantes. He querido darme cuenta de la
impresión producida, y he escuchado a menudo las observaciones hechas. Rara vez
he oído reir; raramente he visto burlarse. Es un signo del tiempo, que deben
tomar en cuenta los que quieren gobernar el país.» Hay que apartar del
movimiento religioso las comedias del diletantismo, las misas wagnerianas y el[247] preciosísimo decorativo de un misticismo
literario completamente superficial. Mas los casos de recogimiento, las
victorias morales como la de Huysmans, son, sí, de atraer al observador. La
Samaritana de M. Rostand frecuenta demasiado la calle de la Paix, como la María
Magdalena de M. Massenet; pero los frescos de Besnard dicen demasiado, y en
tales monasterios de París, un núcleo de creyentes artistas oye aún el
verdadero canto de la música antigua que dice cosas de Dios, y se oyen flautas
angélicas como en los versos de Schiller:
Sie flœten so süs,
Wie Stimmen der Engel im Paradies...
La provincia está llena de religiosidad, desde la
clara Provenza hasta la negra Bretaña. Las pinturas realistas hechas con el
talento que distingue al conde Austin de Croze, no son completamente
imparciales. M. de Croze es un enemigo declarado del clericalismo. Mas tanto en
la provincia como en el centro, la verdadero levadura religiosa no debe ser
confundida con la obra de una política que tiene muy poco de evangélica. La
Francia cristianísima, lo es, a pesar de los errores comprometedores de los
sectarios y de las campañas ruidosas de un clero harto combatido.
Suelo penetrar en los templos—Saint Severin, Notre
Dame, Saint Eustache—lejos de la devoción elegante y ostentosa—, y allí veo,
siempre, muchas buenas almas francesas, con humildad, en silencio, haciendo una
cosa muy sencilla e inmensa, que se creería que ya no se hace, y menos en
París,—orando.
V
E recibido de M. Jacques Morland la comunicación
siguiente: «En un discurso reciente, el emperador Guillermo II ha proclamado de
nuevo la pretensión del espíritu germánico a una supremacía mundial.»
Parece, no obstante, que una reacción se produce
contra la influencia intelectual alemana que fué tan fuerte en maestros como
Renán y aun Taine en Francia, y en la mayor parte de los espíritus de la
segunda mitad del siglo xix.
Las victorias de 1870 han valido a Alemania un
ascendiente universal. Los franceses, vencidos, estuvieron por reconocer esa
preponderancia y creyeron deben instruirse en el país de sus vencedores.
De vuelta de ultra-Rhin, los jóvenes franceses se
interrogan, se felicitan de algunos fecundos procedimientos de trabajo
adquiridos en las universidades alemanas, pero muchos confiesan una decepción.
[250]Numerosos síntomas indican un descenso de esa
autoridad que se había acordado a la cultura germánica.
Hace dos años, el célebre crítico dinamarqués,
Georg Brandes, al dar una serie de conferencias en Hungría sobre las diferentes
civilizaciones europeas, preconizó el genio francés, con gran enojo de los
diarios de Berlín, de Leipzig y de Hamburgo.
Hoy las estadísticas demuestran que los estudiantes
ingleses comienzan a desertar de las universidades alemanas para venir a
instruirse a París.
En fin, en Alemania misma, Nietzsche, después de
Goethe y Schopenhauer, ha hablado de sus compatriotas con desdén.
Se cree interesante hacer una «enquête» entre
algunos sabios, filósofos, literatos y artistas franceses y extranjeros, con el
objeto de obtener testimonios competentes que no podrían ser suplidos por un
examen personal. El Mercure de France emprende esta «enquête»,
sin «parti pris», solamente para aclarar la opinión y también el juicio de los
alemanes, si es posible, respecto a su propio valor.
«¿Qué piensa usted sobre la influencia alemana
desde el punto de vista general intelectual, y más especialmente desde el punto
de vista filosófico y moral en la América del Sur?
¿Esta influencia existe aún y se justifica por sus
resultados?»
Siendo muy niño, allá en mi país natal, recuerdo
haber tenido, por primera vez, la sensación de la influencia alemana, gracias a
un famoso asunto Eisenstuck: el pequeño puerto de Corinto amenazado[251] por las bocas de fuego de los buques de guerra
alemanes. Fué mucho después que leí la Crítica de la razón pura...
Después de recorrer casi toda la América española y
de haber residido por algún tiempo en varias de las Repúblicas, creo poder
afirmar que las ideas alemanas no han encontrado ni pueden encontrar buen
terreno en nuestro continente. A medida que la civilización ha avanzado, el
pensamiento naciente ha buscado diversos rumbos en los tanteos de un comienzo
deseoso y entusiasta. Filosófica y moralmente se ha seguido hasta hace algunos
años por el antiguo cauce español. Pero una tendencia continua al progreso ha hecho
que cada movimiento de ideas europeo haya tenido allá repercusión. Las «ideas
abuelas», como las llama M. Paul Adam, han fructificado sobre todo; la mental
savia latina se ha mantenido incólume, a pesar del poderoso y vecino elemento
bárbaro. Toda gran voz humana se ha hecho oir allá por el órgano de la Francia.
La América latina, después de la Revolución, en el orden de las ideas, mira en
Francia su verdadera madre patria. Cuando en España causó una especie de
revolución filosófica un mediocre profesor alemán poco admirado en su país—he
nombrado a Krause—, el contagio no pasó el Atlántico, y la América española
estuvo libre de él. En cambio, Comte encontró allá largas simpatías y el
positivismo discípulos y seguidores. Si hoy Nietzsche ha obrado en algunas
intelectualidades, ha sido después de pasar por Francia.
Ciertamente, alguna parte de la juventud
hispanoamericana se ha educado en Alemania y ha logrado[252] grandes
progresos desde el punto de vista profesional. No nos falta el médico que
guarda en su cara el recuerdo de los estúpidos duelos universitarios y la
dilatación de estómago de los aún más estúpidos trasegamientos obligatorios de
cerveza. Pero no se tiene, en el grupo pensante, puesta la mirada y el ensueño
en Berlín ni en Bonn, sino en París. Aun algunos de nuestros mejores
intelectuales que por sangre y cultura tienen más de un punto de contacto con
los alemanes, como el argentino doctor Bunge, autor del notable libro sobre
la Educación, el centro-americano Ramón Salazar y el colombiano
Pérez Triana, son a su manera lógicos y a su estilo claros, influídos
voluntariamente o no, por los pensadores y escritores franceses. Chile es quizá
el único país de la América hispana en donde el espíritu alemán haya logrado
alguna conquista. De Ventura Marín a Valentín Letelier, los estudios
filosóficos dan un paso enorme del aula hispanocatólica a la enseñanza
universitaria alemana. Con todo, después de las doctrinas de un Lastarria, no
creo que las ideas del señor Letelier, representante el más conspicuo de las
tendencias germánicas en Chile, influyan mayormente sobre sus compatriotas.
Las victorias alemanas sobre Francia han producido,
naturalmente, en aquellos países nuevos un acrecentamiento del militarismo. La
divisa chilena cierto es que parece pensada por Bismarck: Por la razón
o la fuerza. En cada pequeña República no ha faltado un pequeño
conquistador que quiera hacer de su país una pequeña Prusia. El progreso ha
llegado a la importación del casco de punta y del paso gim[253]nástico
marcial. En ciertos gobiernos una moral a uso de tiranos se ha implantado. Pero
esos gobiernos han caído, caen o presto caerán, al impulso del pensamiento
nuevo, de la mayor cultura, de la dignidad humana. Los sudamericanos que
meditan en la verdadera grandeza de los pueblos, los hombres de buena voluntad
y de juicio noble, no se hacen ilusiones sobre la virtud y alteza del alma
alemana.
Se conocen los versos célebres de Arndt:
Deutsche Freiheit, deutscher Gott,
Deutscher Glauber ohne Spott,
Deutsches Herz und deutscher Stahl
Sind vier Helden allzumal.
Y sabemos que la libertad de los alemanes es tanta,
que casi no hay día en que no haya un proceso de lesa majestad; que el dios de
los alemanes no es otro que el bíblico «dios de los ejércitos», que les ayudó
en Sedán; que la buena fe sin burla la conoció muy bien Jules Favre por el
«canciller de hierro», y París sitiado nada menos que por Wagner, y que el
acero de los alemanes cuesta muy caro a las pobres naciones militarizadas de la
América española, en donde hay la desgracia de tener un agente de la casa
Krupp.
No, no puede ser simpático para nuestro espíritu
abierto y generoso, para nuestro sentir cosmopolita, ese país pesado, duro,
ingenuamente opresor, patria de césares de hierro y de enemigos netos de la
gloria y de la tradición latina.
[254]Los eruditos de la última gaceta os dirán que han
aprendido que no hay raza latina, y que en Europa misma los elementos
componentes de la nacionalidad española o francesa son todo menos latinos en su
mayor parte. «La nacionalidad latina, responderá Paul Adam, es toda de ideas,
no de sangre.» Nosotros somos latinos por las ideas, por la lengua, por el
soplo ancestral que viene de muy lejos. «En la América del Sur, ha escrito M.
Hanotaux, ramas vigorosas han florecido sobre el viejo tronco latino y le preparan
el más brillante porvenir.» En países como los nuestros, en que, ante todo, se
busca hoy un ideal comercial, han podido deslumbrar, junto con la victoria de
las armas, las conquistas de la industria y del comercio alemanes hasta hace
poco preponderantes. Pero ese ideal, absolutamente cartaginés, no podría ser
durable. Tenemos a la vista el ejemplo de los Estados Unidos. El país de
Caliban busca también las alas de Ariel. Y volviendo a la Alemania, un escritor
francés que la conoce mucho y que ha sido el introductor de Nietzsche en
Francia, acaba de expresar: «Los Heine, los Boerne, los Herwegh—para no nombrar
sino poetas—, han encontrado entre nosotros una segunda patria y la libertad de
escribir. Sin duda, los tiempos han cambiado, y la Alemania de los Hohenzollern
ha reemplazado gloriosamente el caos de las Germanias de antes. La holgura ha
venido, la prosperidad material, pero también la arrogancia y la hinchazón. Se
trabaja, se gana dinero, pero ya no se tiene tiempo de tener espíritu. No se impide
a Hegel profesar, pero es tal vez porque no hay otro Hegel. Se tiene[255] el orgullo de las libertades políticas, pero ¿se
admite acaso la libertad moral? Hace algunas semanas ha circulado una protesta
entre los escritores alemanes. En ella se pedía la abrogación del párrafo 166
del Código penal del imperio, que se refiere a los «ultrajes a las
instituciones religiosas». ¿Y a propósito de qué? A propósito de una traducción
alemana de un volumen de Tolstoï, titulado El sentido de la vida, y
que contenía, entre otras cosas, la Respuesta al Sínodo, volumen
confiscado en Leipzig—y no en Rusia—. El escritor polaco Estanislao
Przybyzewski, que publicaba sus obras en lengua alemana, tuvo que dejar Berlín
hace algunos años. Escribe ahora libremente en Varsovia. Lejos de mejorar las
condiciones intelectuales de Alemania, ¿no se agravan más?
La tiranía de la opinión pública iguala a la
severidad policial y la estrechez de espíritu no fué quizá nunca como hoy. Hace
cincuenta años, Max Stirner, hizo aparecer Lo único y su propiedad,
sin ser inquietado. Hoy, los calabozos de Weichselmünde, le enseñarían a
reflexionar. Hace cien años, los poetas románticos se mostraban por todas
partes con sus queridas... y Goethe sonreía. ¿Es que, acaso, musicalmente, nos
habrá conquistado el espíritu alemán? No me parece que el wagnerismo mecánico
de la moda haya obrado muy transcendentalmente en nuestros talentos musicales.
Por más que se diga, somos, más que otra cosa,
hijos mentales de Francia, de la civilización latina. Un impulso latino
mantiene nuestro anhelo de libertad y de belleza. Los mismos defectos son
hereda[256]dos y tradicionales cuando no reflejados o
impuestos por una ley simpática.
Y hay atrevidos descendientes del «ruiseñor alemán
que hizo su nido en la Peluca de Voltaire», que dicen y cantan la verdad a la
orgullosa patria. Así Oscar Panizza, el autor de Parisiana, que
vive aquí, como Heine, y que ha sido tan atacado y perseguido por sus versos
valientes y ásperos, y que habiendo reconocido en Francia una madre
intelectual, la celebra y anuncia sus futuras victorias, a despecho de la
patria original.
Las patrias madrastras deben cuidarse de los hijos
que desconocen y ofenden.
VI
A. Viallate acaba de publicar en una de las
revistas más importantes, La Revue de París, un estudio en que, con
motivo del Congreso panamericano de Méjico, trata de las relaciones de la gran
república norteamericana con sus hermanas menores del Sur, y de las varias
tentativas hechas para extender la influencia yanqui por todo el continente.
Comienza por hacer notar que durante la guerra de la independencia, los Estados
Unidos no prestaron ayuda oficial alguna a los pueblos hispano-americanos que
luchaban por su libertad; pero, que no obstante, los ciudadanos norteamericanos
demostraron sus simpatías. Por otra parte, los Estados Unidos fueron quienes
primeramente reconocieron su rango de naciones a las antiguas colonias de
España. Desde entonces aparece el pensamiento de las ventajas fu[258]turas que el país anglosajón entrevé, y es el célebre
Henry Clay, representante de Kentucky, el que expresa en el Congreso estas
palabras en 1818: «La América española, una vez independiente, cualquiera que
sea la forma de gobierno que sus habitantes elijan, estará necesariamente
animada por un sentimiento americano y guiada por una política americana.
»Y en 1820, la América del Sur, dice, a la hora
actual tiene 18.000.000 de habitantes.
»La población de esos países se desenvolverá con
una rapidez igual a la nuestra. En veinticinco años se puede prever que será de
36.000.000; en cincuenta años de 72.000.000. Los Estados Unidos tienen ahora
10.000.000 de habitantes. Gracias al carácter de nuestra población, nuestra
nación será siempre la primera de este continente desde el punto de vista
industrial y comercial. Imaginad cuál será la potencialidad de ambos países y
la importancia de sus relaciones comerciales cuando nosotros tengamos 40.000.000
de habitantes, y la América del Sur 70.000.000.» Aunque los cálculos de Clay no
hayan salido exactos, puesto que hoy los Estados Unidos cuentan 66.000.000 y la
América española 55.000.000, la idea del orador no ha desaparecido, afianzada
después por la doctrina de Monroe. A pesar de las declaraciones de Mac Kinley y
de Roosevelt, los Estados Unidos buscan no solamente influencia, sino también
dominación. Han demostrado ya prácticamente buen apetito.
Habla M. Viallate de las varias tentativas de unión
hispanoamericana, que, desde Bolívar, se han hecho.[259] El
libertador no envió invitación a los Estados Unidos para la conferencia de
Panamá en 1824. Pero el año siguiente los gobiernos de Colombia y Méjico
pidieron al de la Unión que enviase sus representantes. Era secretario de
Estado el mismo Henry Clay, y, aunque el entonces presidente Quincy Adams, no
estaba muy bien dispuesto a entrar a esas vías, Clay lo convenció, viendo en
ese Congreso, según sus palabras, «el principio de una era nueva en los asuntos
humanos.» Veía un inmenso triunfo para la democracia universal, y la
demostración más clara, a los pueblos europeos dominados por la monarquía, del
valor y grandeza de las instituciones republicanas. Clay, dice M. Viallate,
temía también una unión de la América latina, de la cual estuviesen
completamente excluídos los Estados Unidos. Dos grupos de origen, de lengua, de
aspiraciones diferentes se encontrarían creados en el continente americano. La decisión
de Adams para enviar representantes a Panamá, tuvo gran oposición en el Senado.
El Congreso se verificó, y con ningún éxito, en 1826. No hubo más delegados que
los de Colombia, Centro América, Méjico y Perú.
Desde 1825 a 1845, los Estados Unidos no se
preocupan de la América latina. Tanto rehusaron intervenir en la cuestión de
las islas Falkland, entre la Argentina e Inglaterra en 1831 como el año de
1840, cuando dejaron a Francia e Inglaterra tomar parte en la cuestión de la
Argentina con el Uruguay. En 1835 y en 1848, no se dieron por entendidos de la
ocupación inglesa en Nicaragua—como tampoco en el no lejano desembarco en el
puerto nicaragüense[260] de Corinto.—Atacaron a
Méjico y se anexionaron Tejas en 1835, y en 1848 Nuevo Méjico y California.
Buchanan proyectaba el establecimiento de un protectorado sobre las provincias
mejicanas septentrionales, y pedía al Congreso el derecho de entrar, en caso
necesario, en territorios de Méjico, Nicaragua y Nueva Granada, para defender
las personas y los bienes de los ciudadanos americanos. Si el Congreso hubiera
cedido, el presidente de los Estados Unidos hubiera sido pronto el dictador de
la América Central. Las tentativas del filibustero Walker en Nicaragua no fueron
sino vistas con gran simpatía en los Estados Unidos.
La intervención europea en Méjico, en tiempo de
Maximiliano, hizo que la república anglosajona tomase su papel de defensora de
Sud-América, por el temor del establecimiento de una monarquía en el
vecindario; pero las cuestiones peruano-chileno-españolas, que trajeron como
consecuencia actos como el bombardeo de Valparaiso, los dejaron tranquilos: y
como dice M. Viallate, los Estados Unidos se proponían impedir a Europa
instalarse de fijo, aunque fuese disimuladamente, en la América del Sur, pero
no querían defender a las repúblicas latinas contra las consecuencias naturales
de sus faltas políticas. Esto se acaba de ver confirmado una vez más con la
actitud que tomaron con motivo de las amenazas de Alemania en Venezuela.
¿La causa? El mal uso que de su independencia y
autonomía han hecho las naciones de la América española, manteniéndose desde su
separación de la madre patria en revolución continua, retardando su[261] progreso y dando al mundo todo el espectáculo
más desconsolador y lamentable. Las cuestiones territoriales fueron causa
continua de desavenencias, y las varias tentativas de un arreglo por el
arbitraje no tuvieron ningún resultado en las varias conferencias de Lima. La
conferencia de Panamá iniciada por Colombia en 1880, no pudo realizarse a causa
de la guerra del Perú y Chile. Luego fué la iniciativa de los Estados Unidos
bajo la presidencia de Garfield. En ese momento, la situación política en la
América latina estaba muy perturbada. Chile, vencedor del Perú, amenazaba
imponer a éste condiciones de paz que le habrían casi anulado, mientras que
Méjico se preparaba a posesionarse de Guatemala. Blaine vió el peligro que
había para los Estados Unidos en dejar libre carrera a esas ambiciones. Ellos
no tenían interés en ver desarrollarse indefinidamente la potencia de un
pequeño número de Estados en el hemisferio Sur; por otra parte, esas guerras
presentaban siempre el peligro de una intervención europea que podría
solicitar, así fuese pagando con una parte de su independencia la potencia más
débil. Blaine estaba convencido de la necesidad para los Estados Unidos de
hacerse los árbitros de las querellas entre las naciones sudamericanas. Era
preciso hacer aceptar por esas potencias el principio del arbitraje. Ese debía
de ser el objeto de un Congreso panamericano cuya idea hizo aceptar al
presidente. La muerte de Garfield, asesinado meses después de la inauguración,
llevó al vicepresidente Arthur a la presidencia. Éste resolvió continuar la
política de su predecesor, y el 29 de Noviembre de 1881[262],
Blaine dirigía a las naciones independientes de la América invitaciones a un
Congreso que se verificaría en Wáshington al año siguiente, «con el objeto de
estudiar y discutir los medios de impedir en lo futuro los horrores de las
luchas crueles y sangrientas entre países casi siempre de la misma sangre y
lengua, o las calamidades mayores aún de la guerra civil.» Las ideas de Blaine
fueron más claras después. «No hemos llevado nuestras relaciones con la América
española tan cuerdamente y tan firmemente como pudimos hacerlo. Durante más de
una generación nada hemos hecho para atraernos las simpatías de esos países.
Deberíamos hacer todos los esfuerzos posibles para ganarnos su amistad.
Mientras que las grandes potencias europeas aumentan constantemente su poderío
territorial en Africa y en Asia, lo que nosotros debemos hacer es acrecentar
nuestro comercio con las naciones americanas. Ningún campo nos ofrece una
cosecha tan abundante, ninguno ha sido tan poco cultivado. Nuestra política
extranjera debería ser una política americana en el sentido más amplio; una
política de paz, de amistad y de desenvolvimiento comercial.» La conferencia no
se realizó porque el Congreso no votó los créditos necesarios, a la salida de
Blaine, en 1881.
En 1884 el Congreso creó una Comisión para estudiar
«los mejores medios de asegurar las relaciones internacionales y comerciales
más íntimas entre los Estados Unidos y los países de Centro y Sud-América.» Se
vió que el comercio norteamericano había perdido mucho, y después de varios
tanteos, se[263] encontraron bien dispuestas todas
las repúblicas, con excepción de Chile, a celebrar tratados de reciprocidad
comercial con los Estados Unidos. En 1888, la ley de 24 de Mayo autorizó al
presidente a invitar a las naciones independientes de América a una conferencia
en Wáshington, «con el objeto de discutir un plan de arbitraje para el arreglo
de las diferencias susceptibles de nacer entre ellos en lo futuro, y estudiar
las cuestiones relativas al mejoramiento de las relaciones comerciales, al
establecimiento de las comunicaciones directas entre esos países y al
desarrollo del comercio recíproco, capaz de asegurar a sus productos mercados
más extensos.» La conferencia se reunió, como es sabido, en Wáshington. Blaine
presidió, y en su saludo de bienvenida habló de «confianza sincera» y «ayuda
mutua»; pero los diarios hablaban con demasiada claridad de las intenciones
ogrescas. «Queremos, decía el Sun, de Baltimore, monopolizar, si es
posible, el comercio de la América central y meridional, no por la baratura y
buena calidad de nuestros productos, sino encerrando a esos países en nuestra
tarifa protectora. Queremos poder entrar en los puertos de esos países,
mientras que la entrada en ellos será prohibida a nuestros competidores
europeos.» Era un lazo tendido a todos los mercados latinoamericanos. Poco se
habló en el Congreso de arbitraje; todo fué casi alrededor del comercio, y a
cada paso salía a relucir la palabra de Monroe. Entonces fué cuando el
representante argentino contestó con su célebre frase: «La América para la
humanidad.»
[264]El escritor francés demuestra cómo la obra
económica del Congreso de Wáshington fué casi tan vana como su obra política.
Luego se ocupa de ese inútil Bureau de las repúblicas americanas,
que aún se mantiene en la capital anglosajona. En realidad, el mundo comercial
ignora su existencia y no se cuida casi de él.»
Se refiere luego a las repetidas tentativas
norteamericanas para lograr el dominio de los mercados de las demás repúblicas.
Ya son los trabajos en la Exposición de Chicago, ya la fundación del Philadelphia
Commercial Museum, la reciente Exposición de Buffalo y el Congreso de
Méjico. Citaré a este respecto las palabras de M. Viallate: «Con menos prisa
que hace diez años, las repúblicas sudamericanas han aceptado la invitación de
Méjico. Algunas de ellas no parecían esperar que el Congreso pudiese llegar a
un resultado serio. Además, la situación política no se ha modificado en el
hemisferio meridional. Los peligros de revolución y de guerra son siempre
grandes; los diferentes gobiernos no han adquirido una estabilidad interior
bien sólida; apenas si se puede fiar en la calma que ofrecen desde hace algunos
años un pequeño número de entre ellas. La situación internacional no es mejor,
y esos pueblos de la misma lengua y de la misma raza continúan ofreciendo el
triste espectáculo de hermanos enemigos, siempre listos a despedazarse. Poco
tiempo antes de la apertura del Congreso, un conflicto que dura todavía estalló
entre Venezuela y Colombia. El odio entre Chile y el Perú, consecuencia de la
guerra de 1880, no está cerca de calmarse,[265] y
existe, desde hace muchos años un estado de antagonismo latente entre Chile y
la República Argentina, que ha estado por traer la guerra al mismo tiempo en
que sus plenipotenciarios discutían en Méjico los medios de hacerla imposible.
En fin, los triunfos recientes de los Estados Unidos, sus conquistas nuevas,
sus éxitos industriales mismos, no son para no causar a las naciones de la
América latina naturales cuidados. Ellas vacilan en unir demasiado
estrechamente su porvenir político al de tamaña potencia: tener en ella un protector
interesado que tiene demasiados medios de transformarse un día en dueño
autoritario.» Respecto al Congreso, la obra política, concluye, en lo que
concierne a las ambiciones de los Estados Unidos, ha fracasado. Su obra
económica no podría tener resultado mejor. Los Estados Unidos, según el
articulista, tienen infinitos obstáculos que vencer en la América del Sur,
aunque hayan logrado la supremacía en el Golfo de Méjico. No cree, como algunos
estadistas, que esté muy próxima la hegemonía de los Estados Unidos sobre el
continente todo, con perjuicio de los intereses de Europa. El peligro existe,
pero puede ser evitado. Y concluye: «La orgullosa afirmación de mister Olney,
cuando la querella de los Estados Unidos e Inglaterra, a propósito de
territorios de Venezuela, de que «los Estados Unidos son hoy prácticamente
soberanos sobre el continente americano», no está de ningún modo de acuerdo con
la realidad de los hechos. Ellos aspiran a serlo, es verdad, y el colosal
desarrollo de sus riquezas, la profunda confianza que tienen en sí mismos, les
ha[266]cen creer en la fácil realización de esos
ambiciosos deseos; pero están lejos de haberlo logrado. Puede esperarse que la
construcción del canal interoceánico traiga el establecimiento de un
protectorado más o menos disfrazado de los Estados Unidos sobre los pequeños
Estados de la América Central; se puede prever que las Antillas escapen poco a
poco a la dominación europea para caer en las de ellos. Quizá, también, si anda
falto de cordura y prudencia, Méjico, a pesar de su importancia, concluya por
ser asimismo un satélite de los Estados Unidos. Les será preciso a éstos mucho
más largo tiempo y muchísimos más grandes esfuerzos para extender su hegemonía
sobre las naciones sudamericanas, suponiendo que puedan llegar a ello. Sin
duda, los Estados Unidos verán aumentarse sus relaciones comerciales con esos
países y participarán de los efectos de crecimiento y prosperidad que parecen
estarles reservados. El desarrollo de su potencia industrial, la reconstrucción
de su marina mercante, les ayudará mucho; pero, por muchos años aún la gran
corriente comercial de la América del Sur continuará dirigiéndose hacia Europa,
cualesquiera que sean los medios que empleen los Estados Unidos para
desviarla. Y si el Brasil, la Argentina y Chile, abandonando sus
querellas intestinas y sus rivalidades, hallasen la estabilidad política y se
consagrasen a cultivar las riquezas maravillosas de su suelo, se podría ver, en
un cuarto de siglo, o en medio siglo, constituirse en esa región naciones
potentes, capaces de contrapesar a la América anglosajona, y de hacer en lo de
adelante vano el sueño[267] de hegemonía
panamericana acariciado por los Estados Unidos.»
Subrayo las palabras finales, porque ellas son la
expresión del juicio que la Europa sensata y previsora tiene de nuestras
repúblicas, ante la amenaza del imperialismo yanqui. Es de desear que nuestros
hombres de Estado se fijen en estas manifestaciones. El estudio que he
extractado, encierra la opinión del criterio serio europeo, y ojalá los
pensadores nuestros tomen en cuenta estas altas vistas[1].
[1] Recomiendo a quienes interese, en este sentido,
un reciente artículo del Times sobre el imperialismo
americano. «El canal de Nicaragua», en el Kolnische Zeistung. Y «La
lucha por la preponderancia en la América del Sur», en el Frankfurter
Zeitung.
Acabóse de imprimir este libro en Madrid, en el
establecimiento tipográfico de José Yagües Sanz, el día xxvii de Junio del año
mcmxvii
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Pasa, by Rubén Darío
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PASA ***


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