© Libro N° 9700. Asesinato en la Cuarta Dimensión. Ashton Smith, Clark. Emancipación. Marzo12 de 2022.
Título original: © Murder in the Fourth Dimension, Clark Ashton
Smith (1893-1961)
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Original: © Asesinato en la Cuarta Dimensión. Clark Ashton Smith
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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ASESINATO EN LA CUARTA DIMENSIÓN
Clark Ashton Smith
Asesinato en la Cuarta Dimensión
Clark Ashton Smith
«ASESINATO EN LA CUARTA DIMENSIÓN»: CLARK ASHTON
SMITH; RELATO Y ANÁLISIS
Asesinato en la Cuarta Dimensión (Murder in the
Fourth Dimension) es un relato de terror del escritor norteamericano Clark
Ashton Smith (1893-1961), publicado originalmente en la edición de octubre de
1930 de la revista Amazing Detective Tales, y luego reeditado por Arkham House
en la antología de 1964: Cuentos de ciencia y hechicería (Tales of Science and
Sorcery).
Asesinato en la Cuarta Dimensión, probablemente uno
de los cuentos de Clark Ashton Smith menos logrados, relata la historia de un
hombre que, habiendo perdido al amor de su vida a manos de un rival, decide
deshacerse de él a través de un crimen perfecto, en este caso, apuñalándolo en
el Plano Astral, más precisamente cuando ambos se encuentren dentro de la
Cuarta Dimensión.
El cuento combina algunos elementos típicos del
relato de detectives con la ciencia ficción, dando como resultado una pieza
sumamente interesante, aunque alejada de las verdaderas posibilidades de Clark
Ashton Smith, quien se inscribe entre los grandes maestros de la era del Pulp.
Quizás lo más interesante de Asesinato en la Cuarta
Dimensión es la atmósfera que Clark Ashton Smith logra establecer en aquel
reino, donde la única ocupación posible para el asesino es la observación
cíclica, eterna, del crimen que ha cometido. Por otro lado, el dispositivo que
le permite al narrador y a la víctima atravesar el portal interdimensional
hacia la Cuarta Dimensón es comparable, en cierto modo, al que describe H.P.
Lovecraft en Desde el más allá (From Beyond).
A pesar de que Clark Ashton Smith colaboró
enormemente con el Círculo de Lovecraft, escribiendo algunos de los más
importantes cuentos de los Mitos de Cthulhu, no podríamos afirmar que Asesinato
en la Cuarta Dimensión pertenece a este ciclo; sin embargo, vale la pena
insistir en que ambos relatos —el que a continuación compartimos y Desde el más
allá— son protagonizados por dos científicos locos, cuyas presas, y ellos
mismos, son transportados hacia otro plano de existencia a través de un
dispositivo tecnológico, y donde todos terminan atrapados en aquella realidad,
transformando al perpetrador en una víctima de su propia invención.
ASESINATO EN LA CUARTA DIMENSIÓN
Clark Ashton Smith
(1893-1961)
Las siguientes páginas proceden de un cuaderno de
notas descubierto al pie de un roble, en la Avenida Lincoln, entre Bowman y
Auburn. Hubiesen sido desechadas como el trabajo de una mente desordenada si no
hubiese sido por la inexplicable desaparición, ocho días antes, de James
Buckingham y Edgar Halpin. Los expertos aseguran que la letra de mano era
indudablemente la de Buckingham. Un dólar de plata y un pañuelo marcado con las
iníciales de Buckingham fueron también encontrados en los alrededores, no muy lejos
del cuaderno.
No todos creerán que mi odio de diez años hacia
Edgar Halpin era la fuerza que me condujo al perfeccionamiento de una invención
peculiar. Sólo aquellos que han detestado a otro hombre comprenderán la
paciencia con la cual desarrollé mi venganza. La maldad que él me produjo debía
ser expiada, tarde o temprano; y nada menos que su muerte sería suficiente.
Sin embargo, no me importaba efectuar un simple
crimen, sino más bien la ejecución de la justicia; y, como abogado, sabía cuán
difícil, cuán prácticamente imposible, era el encargo de un crimen que no
dejara evidencias. Por consiguiente, medité larga e infructuosamente sobre la
manera en la cual Halpin debía morir.
No tenía razón suficiente para odiar a Edgar
Halpin. Habíamos sido amigos cercanos durante nuestros días escolares y a
través de los primeros años de nuestra vida profesional, como colegas en la
ley. Pero cuando Halpin desposó la mujer que yo amaba con completa devoción,
toda la amistad cesó de mi parte y fue sustituida por una inexorable enemistad.
Incluso la muerte de Alicia, cinco años después del matrimonio, no hizo ninguna
diferencia. No podía olvidar la felicidad de la cual había sido privado; la felicidad
que ellos habían compartido en esos años, como ladrones que eran.
No debe suponerse que yo era lo bastante indiscreto
como para traicionar mis sentimientos. Halpin era mi socio en la firma de
abogados de Auburn; y yo continué siendo un frecuente invitado en su hogar.
Dudo que él alguna vez se haya dado cuenta de mis sentimientos por Alicia. Soy
de temperamento discreto, moderado; y también soy orgulloso. Nadie, excepto la
misma Alicia, percibió jamás mi sufrimiento; pero incluso ella no sabía nada de
mi resentimiento.
Halpin confiaba en mí; y alimentando como lo hice
la idea de una represalia, cuidé mucho de que continuara confiando en mí. Me
convertí en una necesidad para él en todos los sentidos, lo ayudé cuando mi
corazón era un caldero de veneno; proferí palabras de fraternal afecto y di
palmadas en su espalda cuando más bien le hubiese enterrado una daga. Conocía
todas las torturas y náuseas de un hipócrita. Y día tras día, año tras año,
elaboré mis planes para la venganza final.
Aparte de mis deberes legales, durante esos años me
dediqué a todo lo que estuviera disponible sobre métodos de asesinato. Los
crímenes pasionales me atraían, y leí incansablemente los registros de casos.
Llevé a cabo un estudio de armas y venenos; y mientras los estudiaba me
imaginaba la muerte de Halpin en todas las formas posibles. Imaginé el acto, la
ejecución, en todas las horas del día y de la noche, y en una multitud de
lugares. El único defecto en estos sueños era mi incapacidad para pensar en algún
lugar que asegurara la perfecta imposibilidad de un descubrimiento posterior.
Fue mi inclinación hacia las especulaciones
científicas y la experimentación lo que finalmente me proporcionó la pista que
buscaba.
Estaba familiarizado con la teoría de que otras
dimensiones podían coexistir en el mismo espacio con la nuestra, por razón de
una diferente estructura molecular y ritmo vibracional, haciéndolas intangibles
para nosotros. Un día, mientras estaba enfrascado en mis fantasías, se me
ocurrió que alguna dimensión invisible, si uno pudiera tan solo acceder a ella,
sería el lugar perfecto la perpetración de un homicidio. Todas las evidencias
circunstanciales, así el mismo cuerpo, no existirían. En otras palabras, no
existiría el corpus delicti.
El problema de cómo acceder a esta dimensión era,
por el momento, insoluble. Inmediatamente me dediqué a la tarea de considerar
los problemas que tenían que superarse, y las posibles formas y medios.
Existen motivos por los cuales no me molesto en
exponer en esta narración los detalles de los muchos experimentos en los cuales
me vi involucrado en los siguientes tres años. La teoría que subyacía mis
pruebas e investigaciones era muy simple; pero los procesos involucrados eran
altamente complejos. La premisa era que el ritmo vibracional de los objetos en
la cuarta dimensión podía ser artificialmente reproducido por medio de algún
mecanismo, y que las cosas o personas expuestas a esa influencia podrían ser
transportadas hacia ese reino.
Por mucho tiempo todos mis experimentos estuvieron
condenados al fracaso. Estaba caminando a tientas entre misteriosos poderes y
recónditas leyes cuyo principio motriz era totalmente incomprendido. Ni
siquiera insinuaré la naturaleza básica del artefacto que hizo realidad mi
éxito, pues no quiero que otros me sigan a donde yo he ido y se encuentren en
el mismo espanto. No obstante, diré que la deseada vibración fue lograda
gracias a la condensación de rayos ultravioletas en un aparato refractario
fabricado con ciertos materiales muy sensibles, los cuales no nombraré aquí.
La energía resultante era almacenada en una especie
de batería, y podía ser emitida desde un disco suspendido sobre una ordinaria
silla de oficina, exponiendo todo lo que se encontrase debajo del disco a la
influencia de la nueva vibración. El alcance podía ser regulado a corta
distancia por medio de un accesorio aislante. Con el uso del aparato finalmente
tuve éxito en transportar varios artículos a la cuarta dimensión: un recipiente
para comida, un busto de Dante, una biblia, una novela francesa y una casa de
gatos, todos desaparecieron de la vista y el tacto en pocos segundos cuando el
poder ultravioleta fue proyectado sobre ellos.
Sabía que, desde ese momento, los objetos estaban
funcionando como entidades atómicas en un mundo donde las cosas poseen el mismo
ritmo que había sido inducido artificialmente por medio de mi mecanismo.
Antes de aventurarme en el dominio de lo invisible,
era necesario tener algún medio de retorno. Así que inventé una segunda batería
y un segundo disco, a través del cual, por medio de ciertos rayos infrarrojos,
las vibraciones de nuestro propio mundo podían ser reproducidas. Al proyectar
la fuerza desde el disco sobre el mismo lugar donde el recipiente de comida y
los otros artículos habían desaparecido, tuve éxito en traerlos nuevamente.
Todos estaban intactos, y si bien varios meses habían pasado, el gato no había
sufrido en su visita tetradimensional. El artefacto era portable; y tenía
pensado llevarlo conmigo en mi visita al nuevo reino en compañía de Edgar
Halpin.
Yo —pero no Halpin— retornaría nuevamente para
disfrutar de los afanes de la vida mundana.
Todos mis experimentos habían sido llevados a cabo
en total secreto. Para enmascarar su verdadera naturaleza, así como también
lograr cierta privacidad, construí un pequeño laboratorio en el bosque, más
precisamente en un rancho sin cultivar de mi propiedad, ubicado a mitad de
camino entre Auburn y Bowman. A él me retiraba a intervalos variables cuando
tenía tiempo libre, sobre todo para llevar cabo algunos experimentos químicos
de una naturaleza educativa pero muy lejos de ser inusuales. Nunca admití a nadie
en el laboratorio; y no poca curiosidad fue manifestada entre amigos y
conocidos en relación a su contenido y a los experimentos que yo estaba
realizando.
Nunca proferí una sílaba a ninguna persona que
pudiera indicar el verdadero objetivo de mis investigaciones.
Tampoco olvidaré el júbilo que sentí cuando el
artefacto infrarrojo había demostrado su funcionabilidad recuperando el
recipiente de comida, el busto, los dos volúmenes y el gato. Estaba tan ansioso
por la consumación de mi retrasada venganza que ni siquiera consideré un viaje
preliminar a la cuarta dimensión. Había determinado que Edgar Halpin debía
precederme. Sin embargo, sentía que no sería aconsejable comunicarle cualquier
cosa relacionada con la verdadera naturaleza de mi aparato, o de la planificada
excursión.
Halpin, en ese entonces, estaba sufriendo de
ataques recurrentes de una terrible neuralgia. Un día, cuando se había quejado
más de lo usual, le dije, bajo la promesa de una absoluta confidencia, que yo
había estado trabajando en un invento para el alivio de semejantes malestares y
que finalmente lo había perfeccionado.
—Te llevaré al laboratorio esta noche, y podrás
probarlo —le dije—. Te mejorará en un instante: lo único que tendrás que hacer
será sentarte en una silla y dejar que proyecte sobre ti la corriente. Pero no
le digas nada a nadie.
—Gracias, viejo amigo —contestó—. Ciertamente
estaré agradecido si puedes hacer algo para aliviar este condenado dolor. Se
siente como si fueran taladros eléctricos penetrando a través de mi cabeza todo
el tiempo.
Yo había elegido el momento cuidadosamente, porque
todas las cosas debían favorecer el mantenimiento del secreto. Halpin vivía en
las afueras; y estaba solo para la ocasión, habiendo su ama de llaves salido
para una breve visita a un familiar enfermo. La noche estaba oscura y
neblinosa; y me puse en marcha hacia la casa de Halpin, recogiéndolo poco
después de la hora de la cena, cuando pocas personas estaban fuera de sus
casas. No creo que nadie nos haya visto cuando abandonamos la ciudad.
Conduje a través de una rústica y poca transitada
ruta la mayor parte del trayecto. No nos topamos con nadie.
Halpin profirió una exclamación de sorpresa cuando
encendí las luces del laboratorio.
—Ni siquiera había soñado que tenías tantas cosas
aquí —comentó, observando con respetuosa curiosidad.
Señalé la silla sobre la cual estaba suspendido el
dispositivo ultravioleta.
—Toma asiento, Ed —dije—. Pronto curaremos todo lo
que te aqueja.
—¿Seguro que no vas a electrocutarme? —bromeó.
Un estremecimiento de violento triunfo corrió a
través de mí cuando él se sentó. Todo estaba ahora en mi poder, y el momento de
la recompensa por los diez años de humillación y sufrimiento estaba al alcance
de mi mano. Halpin, no sospechaba nada: el pensamiento de cualquier daño a su
persona, o alguna traición de mi parte, habría sido increíble para él.
Colocando mi mano bajo mi abrigo, acaricié la empuñadora del cuchillo de caza
que llevaba.
—¿Todo listo? —pregunté.
—Seguro, Mike. Adelante.
Había encontrado el ángulo exacto que envolvería
todo el cuerpo de Halpin sin afectar la silla. Fijando mi vista sobre él,
presioné el pequeño tirador que encendió la corriente de los rayos vibratorios.
El resultado fue instantáneo. Su cuerpo se esfumó como una bocanada de humo.
Por un momento aún podía ver sus contornos, y la mirada de fantasmal asombro en
su rostro.
Quizás sería un motivo de asombro que, habiendo
aniquilado a Halpin en lo que a toda existencia terrenal concernía, yo no
estaba satisfecho simplemente dejándolo en el plano invisible hacia el cual él
había sido transportado. Pero la maldad que yo había sufrido era una úlcera en
mi interior, y no podía soportar la idea de que él aún vivía, en cualquier
forma o sobre cualquier plano. Nada sino la muerte absoluta sería suficiente
para extinguir mi resentimiento; y la muerte debía ser infligida por mis propias
manos.
Ahora sólo restaba seguir a Halpin dentro de ese
reino, cuyas características y condiciones no tenía idea. Estaba seguro, no
obstante, de que podía entrar y retornar a salvo. El regreso del gato no dejaba
ningún espacio para la duda en ese sentido.
Apagué las luces y, sentándome en la silla con el
dispositivo infrarrojo portátil en mis brazos, encendí el poder ultravioleta.
La sensación era la de estar cayendo a una
velocidad de pesadilla dentro de un gran abismo. Mis oídos estaban sordos por
el intolerable trueno del descenso. Un espantoso malestar se apoderó de mí, y,
por un momento, estuve cerca de perder la consciencia en el negro vórtice que
parecía absorberme hacia la nada.
Entonces la velocidad de la caída fue reduciéndose
poco a poco, y suavemente me posé sobre algo sólido. Había un tenue brillo que
creció mientras mis ojos se acostumbraban a él, y por esta luz vi a Halpin
parado a unos pocos pies de distancia. Detrás de él había oscuras y amorfas
rocas, y los vagos contornos de un paisaje desolado de montañas bajas y
llanuras primordiales. Si bien yo podría haber deducido qué esperar, estaba de
alguna manera sorprendido por el carácter del medio ambiente en el cual me hallaba.
En una suposición, habría dicho que la cuarta
dimensión sería una tierra más colorida, compleja y variada, de múltiples
tonalidades y formas y ángulos. A pesar de ello, con su espantosa y primitiva
desolación, el lugar era verdaderamente ideal para la realización del acto que
me había propuesto.
Halpin se me acercó en la luz incierta. Había
asombro y una mirada casi idiota en su rostro.
—¿Qué pasó? —al fin pudo articular.
—No importa lo que pasó. Eso es nada en comparación
con lo que ocurrirá ahora.
Coloqué el dispositivo portátil en el suelo
mientras hablaba.
La mirada de asombro aún estaba en el rostro de
Halpin cuando saqué el cuchillo y lo apuñalé. En esa estocada, todo el odio
reprimido, todo el ulceroso resentimiento de diez años insufribles fueron
finalmente vindicados.
Cayó, se estremeció un poco y yació quieto. La
sangre manaba muy lentamente y formó un charco. Recuerdo haberme preguntado
acerca de su lentitud, aún entonces, pues el derrame parecía continuar a través
de las horas y los días.
De alguna manera, permanecí allí. Estaba
obsesionado por un sentimiento de irrealidad. Sin lugar a dudas, la tensión
bajo la cual había estado, el estrés diario de intensas emociones y una década
de esperanzas aplazadas, me habían dejado incapaz de comprender la consumación
final de mi deseo, cuando éste al fin se cumplió.
Al final decidí que era tiempo de regresar;
seguramente no ganaba nada permaneciendo al lado del cuerpo en medio del
inenarrable espanto del paisaje de la cuarta dimensión. Coloqué el dispositivo
en una posición donde sus rayos podían ser proyectados sobre mí, y presioné el
interruptor.
Fui consciente de un vértigo repentino, y sentí que
estaba a punto de iniciar otro descenso dentro de los insondables y
vertiginosos abismos. Pero nada sucedió, y descubrí que aún estaba parado al
lado del cuerpo en el mismo horroroso entorno.
El asombro y una creciente consternación me
abatieron. Aparentemente, y por alguna desconocida razón, el dispositivo no
trabajaría en la manera en la que confiadamente esperaba. Quizás, en estos
novedosos alrededores existía alguna barrera que obstaculizaba el desarrollo
del poder infrarrojo. No lo sé; pero de cualquier modo allí me encontraba, en
un apuro verdaderamente singular y muy lejos de ser agradable.
No sé por cuánto tiempo me afané en un creciente
frenesí con el mecanismo, esperando que algo se haya averiado temporalmente y
que pudiese ser reparado, si la causa era descubierta. Sin embargo, todos mis
intentos fueron en vano: la máquina se encontraba en perfecto estado, pero la
fuerza necesaria no estaba disponible. Probé exponer pequeños artículos a la
influencia de los rayos. Una moneda de plata y un pañuelo se disolvieron y
desaparecieron muy lentamente, y sentí que debieron haber regresado a los niveles
de la existencia mundana. Pero evidentemente la fuerza vibracional no era lo
suficientemente poderosa como para transportar un ser humano.
Finalmente arrojé el dispositivo al suelo, bajo la
sobrecarga de una violenta desesperación que se había apoderado de mí. Sentí la
necesidad de acción muscular, de un movimiento prolongado; así que emprendí
inmediatamente la exploración del extraño reino en el cual yo me había
involuntariamente aprisionado.
No era un paisaje terrenal: sino una tierra como la
que podría haber existido antes de la creación de la vida. Estaban los
ondulantes espacios vacíos y desolados bajo el gris uniforme de un cielo sin
luna o sol, estrellas o nubes, desde el cual un incierto y difuso brillo era
arrojado sobre el mundo de abajo. No había sombras, pues la luz parecía emanar
de todas direcciones. En algunos lugares el suelo era un polvo gris y en otros
un viscoso lodo gris; y las montañas que ya he mencionado eran como las espaldas
de monstruos prehistóricos surgiendo desde el limo primordial.
No había señal de insectos o vida animal, no había
árboles ni hierbas, y ni siquiera una brizna de éstas, un parche de musgo o
liquen, tampoco un rastro de algas. Muchas rocas estaban esparcidas
caóticamente a través de la desolación; y sus formas eran semejantes a las que
demonios idiotas podrían haber ideado en imitación de la obra de Dios. La luz
era tan lúgubre que todas las cosas se desvanecían a corta distancia; y no
podía decir si el horizonte estaba cerca o lejos.
Debí haber vagado por varias horas, manteniendo un
curso progresivo tan directo como pude. Tenía una brújula: un objeto que
siempre llevaba conmigo; pero se rehusó a funcional, y me vi forzado a concluir
de que no habían polos magnéticos en este nuevo mundo.
Repentinamente, mientras giré una pila de las
enormes rocas amorfas, me topé con un cuerpo humano que yacía en el suelo, y me
dije incrédulamente que era Halpin. La sangre aún manaba desde su abrigo, y el
pozo que había formado no era más grade que cuando yo inicié mi exploración.
Estaba seguro de que no había andado en círculos.
¿Cómo, entonces, pude yo haber retornado a la escena del crimen? El enigma casi
me enloqueció mientras lo reflexioné; y me puse en marcha con frenético vigor
en la dirección opuesta de aquella que había tomado anteriormente.
En todos los aspectos, la escena a través de la
cual ahora caminaba era idéntica de la que se extendía al otro lado del cuerpo.
Era difícil creer que las bajas montañas, los sombríos niveles del polvo, la
luz, las monstruosas rocas, no eran las mismas. Saqué mi reloj con la intención
de cronometrar mi progreso; pero las manecillas se habían detenido en el mismo
instante en que me zambullí dentro del espacio desconocido desde mi
laboratorio.
Luego de caminar una enorme distancia, durante la
cual, y para mi sorpresa, no me sentía fatigado en lo absoluto, regresé una vez
más al cuerpo. Por un momento, pensé que verdaderamente me había vuelto loco.
Ahora, luego de una duración de tiempo —o
eternidad— que no puedo calcular, estoy escribiendo a lápiz este relato en las
hojas de mi cuaderno de notas. Lo escribo al lado del cuerpo de Edgar Halpin,
del cual no he podido escapar; pues una veintena de excursiones dentro de los
penumbrosos reinos en todas direcciones han terminado trayéndome de regreso a
él.
El cuerpo aún está fresco y la sangre no se ha
secado.
Aparentemente, lo que conocemos como tiempo no
existe en este mundo, o en cualquier caso está seriamente desordenado en su
acción; y la mayoría de los normales efectos están igualmente ausentes. Incluso
el espacio mismo tiene la propiedad de retornar al mismo punto. Los movimientos
voluntarios que yo he ejecutado podrían ser considerados como una especie de
secuencia temporal; pero en lo que respecta a las cosas involuntarias existe
poco o ningún movimiento temporal. No experimento ni cansancio físico ni hambre;
pero el horror de mi situación no puede ser expresado en un lenguaje humano.
Cuando haya finalizado de escribir esta relato
precipitaré el cuaderno a los niveles de la vida mundana por medio del
dispositivo infrarrojo. Alguna oscura necesidad de comunicarle a otros sobre mi
situación, me ha llevado a un acto del cual nunca me creí capaz: confesar.
Aparte de eso, la redacción de mi relato es, al
menos, un indulto temporal de la desesperada locura que muy pronto caerá sobre
mí, y del gris y eterno horror del limbo en el cual me he condenado a mí mismo
junto al cuerpo incorruptible de mi víctima.
Clark Ashton Smith (1893-1961)


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