© Libro N° 9699. Hechos Tocantes Al Difunto Arthur
Jermyn Y Su Familia. Lovecraft, H.P. Emancipación. Marzo12
de 2022.
Título original: © Facts Concerning the Late Arthur Jermyn and
His Family
H.P. Lovecraft
(1890-1937)
Versión
Original: © Hechos Tocantes Al Difunto Arthur Jermyn Y Su Familia. H.P.
Lovecraft
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HECHOS TOCANTES AL DIFUNTO ARTHUR JERMYN Y SU
FAMILIA H.P. Lovecraft
Hechos Tocantes Al Difunto Arthur Jermyn Y Su Familia
H.P. Lovecraft
«ARTHUR JERMYN»:
H.P. LOVECRAFT; RELATO Y ANÁLISIS.
Hechos tocantes al difunto Arthur Jermyn y su
familia (Facts
Concerning the Late Arthur Jermyn and His Family) es un relato de terror del
escritor norteamericano H.P. Lovecraft (1890-1937), publicado por entregas
entre marzo y junio de 1921 en la revista pulp The Wolverine, y reeditado en
1924 en Weird Tales bajo el título: El simio blanco (The White Ape).
Esta reedición, y su consecuente cambio de título,
disgustó profundamente a H.P. Lovecraft, quien sostuvo en una de sus cartas:
Si alguna vez llego a titular un relato: «El simio
blanco», no habrá ningún simio en él.
(If I ever entitled a story: "The White
Ape", there would be no ape in it)
En aquella edición de Weird Tales apareció otro
cuento de terror y un poema de H.P. Lovecraft: El devorador de fantasmas (The
Ghost-Eater) y Némesis (Nemesis).
El argumento principal de Arthur Jermyn gravita en
torno a la locura como maldición hereditaria, algo que H.P. Lovecraft conocía
sobradamente ya que su padre y su madre murieron internados en hospitales
psiquiátricos.
En este contexto, Arthur Jermyn explora uno de los
miedos fundamentales de H.P. Lovecraft: la degeneración y el deterioro mental
como herencia; cuestión que se repite en muchos otros relatos, por ejemplo, en:
La sombra sobre Innsmouth (The Shadow Over Innsmouth).
Arthur Jermyn relata el descenso de su narrador a
los abismos de la locura luego de realizar algunas investigaciones sobre el
pasado de su familia, descubriendo un hecho alientante que repugna a la razón.
Al parecer, esta familia de «sangre pura», según H.P. Lovecraft,
excluyentemente caucásica, sufrió en el pasado algún tipo de intercambio
genético con una «raza menor», aunque decididamente espeluznante, cuyos rasgos
deformes se han prolongado en generaciones posteriores.
Si bien el propio H.P. Lovecraft aclaró en varias
epístolas que el efecto buscado en Arthur Jermyn es describir la progresiva
degeneración física y moral de una familia, sus connotaciones raciales son
evidentes. El suicidio del narrador tras descubrir la polución racial de su
familia es una clara evidencia de ello.
Una posible influencia de Arthur Jermyn acaso pueda
hallarse en las novelas de Tarzán de Edgar Rice Burroughs, donde una tribu de
híbridos, mezcla de humanos y simios, ofende la aséptica armonía de la selva y
sus habitantes.
HECHOS TOCANTES AL DIFUNTO ARTHUR JERMYN Y SU
FAMILIA.
Facts Concerning the Late Arthur Jermyn and His
Family
H.P. Lovecraft (1890-1937)
La vida es algo espantoso; y desde el trasfondo de
lo que conocemos de ella asoman indicios demoníacos que la vuelven a veces
infinitamente más espantosa. La ciencia, ya opresiva en sus tremendas
revelaciones, será quizá la que aniquile definitivamente nuestra especie humana
(si es que somos una especie aparte); porque su reserva de insospechados
horrores jamás podrá ser abarcada por los cerebros mortales, en caso de
desatarse en el mundo. Si supiéramos qué somos, haríamos lo que hizo Arthur
Jermyn, que empapó sus ropas de petróleo y se prendió fuego una noche. Nadie
guardó sus restos carbonizados en una urna, ni le dedicó un monumento
funerario, ya que aparecieron ciertos documentos, y cierto objeto dentro de una
caja, que han hecho que los hombres prefieran olvidar. Algunos de los que lo
conocían niegan incluso que haya existido jamás.
Arthur Jermyn salió al páramo y se prendió fuego
después de ver el objeto de la caja, llegado de África. Fue este objeto, y no
su raro aspecto personal, lo que lo impulsó a quitarse la vida. Son muchos los
que no habrían soportado la existencia, de haber tenido los extraños rasgos de
Arthur Jermyn; pero él era poeta y hombre de ciencia, y nunca le importó su
aspecto físico.
Llevaba el saber en la sangre; su bisabuelo, el
barón Robert Jermyn, había sido un antropólogo de renombre; y su tatarabuelo,
Wade Jermyn, uno de los primeros exploradores de la región del Congo, y autor
de diversos estudios eruditos sobre sus tribus animales, y supuestas ruinas.
Efectivamente, Wade estuvo dotado de un celo intelectual casi rayano en la
manía; su extravagante teoría sobre una civilización congoleña blanca le
granjeó sarcásticos ataques, cuando apareció su libro, Reflexiones sobre las diversas
partes de África. En 1765, este intrépido explorador fue internado en un
manicomio de Huntingdon.
Todos los Jermyn poseían un rasgo de locura, y la
gente se alegraba de que no fueran muchos. La estirpe carecía de ramas, y
Arthur fue el último vástago. De no haber sido así, no se sabe qué habría
podido ocurrir cuando llegó el objeto aquel. Los Jermyn jamás tuvieron un
aspecto completamente normal; había algo raro en ellos, aunque el caso de
Arthur fue el peor, y los viejos retratos de familia de la Casa Jermyn
anteriores a Wade mostraban rostros bastante bellos. Desde luego, la locura
empezó con Wade, cuyas extravagantes historias sobre África hacían a la vez las
delicias y el terror de sus nuevos amigos. Quedó reflejada en su colección de
trofeos y ejemplares, muy distintos de los que un hombre normal coleccionaría y
conservaría, y se manifestó de manera sorprendente en la reclusión oriental en
que tuvo a su esposa. Era, decía él, hija de un comerciante portugués al que
había conocido en África, y no compartía las costumbres inglesas. Se la había
traído, junto con un hijo pequeño nacido en África, al volver del segundo y más
largo de sus viajes; luego, ella lo acompañó en el tercero y último, del que no
regresó.
Nadie la había visto de cerca, ni siquiera los
criados, debido a su carácter extraño y violento. Durante la breve estancia de
esta mujer en la mansión de los Jermyn, ocupó un ala remota y fue atendida tan
sólo por su marido. Wade fue, efectivamente, muy singular en sus atenciones
para con la familia; pues cuando regresó de África, no consintió que nadie
atendiese a su hijo, salvo una repugnante negra de Guinea. A su regreso,
después de la muerte de lady Jermyn, asumió él enteramente los cuidados del niño.
Pero fueron las palabras de Wade, sobre todo cuando
se encontraba bebido, las que hicieron suponer a sus amigos que estaba loco. En
una época de la razón como e! siglo XVIII, era una temeridad que un hombre de
ciencia hablara de visiones insensatas y paisajes extraños bajo la luna del
Congo; de gigantescas murallas y pilares de una ciudad olvidada, en ruinas e
invadida por la vegetación, y de húmedas y secretas escalinatas que descendían
interminablemente a la oscuridad de criptas abismales y catacumbas inconcebibles.
Especialmente, era una temeridad hablar de forma delirante de los seres que
poblaban tales lugares: criaturas mitad de la jungla, mitad de esa ciudad
antigua e impía... seres que el propio Plinio habría descrito con escepticismo,
y que pudieron surgir después de que los grandes monos invadiesen la moribunda
ciudad de las murallas y los pilares, de las criptas y las misteriosas
esculturas.
Sin embargo, después de su último viaje, Wade
hablaba de esas cosas con estremecido y misterioso entusiasmo, casi siempre
después de su tercer vaso en el Knight’s Head, alardeando de lo que había
descubierto en la selva y de que había vivido entre ciertas ruinas terribles
que él sólo conocía. Y al final hablaba en tales términos de los seres que allí
vivían, que lo internaron en el manicomio. No manifestó gran pesar cuando lo
encerraron en la celda enrejada de Huntingdon, ya que su mente funcionaba de forma
extraña. A partir de! momento en que su hijo empezó a salir de la infancia, le
fue gustando cada vez menos el hogar, hasta que últimamente parecía
amedrentarlo. El Knight’s Head llegó a convertirse en su domicilio habitual; y
cuando lo encerraron, manifestó una vaga gratitud, como si para él representase
una protección. Tres años después, murió.
Philip, el hijo de Wade Jermyn, fue una persona
extraordinariamente rara. A pesar del gran parecido físico que tenía con su
padre, su aspecto y comportamiento eran en muchos detalles tan toscos que todos
acabaron por rehuirle. Aunque no heredó la locura como algunos temían, era
bastante torpe y propenso a periódicos accesos de violencia. De estatura
pequeña, poseía, sin embargo, una fuerza y una agilidad increíbles. A los doce
años de recibir su título se casó con la hija de su guardabosque, persona que,
según se decía, era de origen gitano; pero antes de nacer su hijo, se alistó en
la marina de guerra como simple marinero, lo que colmó la repugnancia general
que sus costumbres y su unión habían despertado. Al terminar la guerra de
América, se corrió el rumor de que iba de marinero en un barco mercante que se
dedicaba al comercio en África, habiendo ganado buena reputación con sus
proezas de fuerza y soltura para trepar, pero finalmente desapareció una noche,
cuando su barco se encontraba fondeado frente a la costa del Congo.
Con el hijo de Philip Jermyn, la ya reconocida
peculiaridad familiar adoptó un sesgo extraño y fatal. Alto y bastante
agraciado, con una especie de misteriosa gracia oriental pese a sus
proporciones físicas un tanto singulares, Robert Jermyn inició una vida de
erudito e investigador. Fue el primero en estudiar científicamente la inmensa
colección de reliquias que su abuelo demente había traído de África, haciendo
célebre el apellido en el campo de la etnología y la exploración. En 1815,
Robert se casó con la hija del séptimo vizconde de Brightholme, con cuyo
matrimonio recibió la bendición de tres hijos, el mayor y el menor de los
cuales jamás fueron vistos públicamente a causa de sus deformidades físicas y
psíquicas. Abrumado por estas desventuras, el científico se refugió en su
trabajo, e hizo dos largas expediciones al interior de África. En 1849, su
segundo hijo, Nevil, persona especialmente repugnante que parecía combinar el
mal genio de Philip Jermyn y la hauteur de los Brightholme, se fugó con una vulgar
bailarina, aunque fue perdonado a su regreso, un año después. Volvió a la
mansión Jermyn, viudo, con un niño, Alfred, que sería con el tiempo padre de
Arthur Jermyn.
Decían sus amigos que fue esta serie de desgracias
lo que trastornó el juicio de Robert Jermyn; aunque probablemente la culpa
estaba tan sólo en ciertas tradiciones africanas. El maduro científico había
estado recopilando leyendas de las tribus onga, próximas al territorio
explorado por su abuelo y por él mismo, con la esperanza de explicar de alguna
forma las extravagantes historias de Wade sobre una ciudad perdida, habitada
por extrañas criaturas. Cierta coherencia en los singulares escritos de su antepasado
sugería que la imaginación del loco pudo haber sido estimulada por los mitos
nativos. El 19 de octubre de 1852, el explorador Samuel Seaton visitó la
mansión de los Jermyn llevando consigo un manuscrito y notas recogidas entre
los onga, convencido de que podían ser de utilidad al etnólogo ciertas leyendas
acerca de una ciudad gris de monos blancos gobernada por un dios blanco.
Durante su conversación, debió de proporcionarle sin duda muchos detalles
adicionales, cuya naturaleza jamás llegará a conocerse, dada la espantosa serie
de tragedias que sobrevinieron de repente.
Cuando Robert Jermyn salió de su biblioteca, dejó
tras de sí el cuerpo estrangulado del explorador; y antes de que consiguieran
detenerlo, había puesto fin a la vida de sus tres hijos: los dos que no habían
sido vistos jamás, y el que se había fugado. Nevil Jermyn murió defendiendo a
su hijo de dos años, cosa que consiguió, y cuyo asesinato entraba también, al
parecer, en las locas maquinaciones del anciano. El propio Robert, tras
repetidos intentos de suicidarse, y una obstinada negativa a pronunciar un solo
sonido articulado, murió de un ataque de apoplejía al segundo año de su
reclusión.
Alfred Jermyn fue barón antes de cumplir los cuatro
años, pero sus gustos jamás estuvieron a la altura de su título. A los veinte,
se había unido a una banda de músicos, y a los treinta y seis había abandonado
a su mujer y a su hijo para enrolarse en un circo ambulante americano. Su final
fue repugnante de veras. Entre los animales del espectáculo con el que viajaba,
había un enorme gorila macho de color algo más claro de lo normal; era un
animal sorprendentemente tratable y de gran popularidad entre los artistas de
la compañía. Alfred Jermyn se sentía fascinado por este gorila, y en muchas
ocasiones los dos se quedaban mirándose a los ojos largamente, a través de los
barrotes.
Finalmente, Jermyn consiguió que le permitiesen
adiestrar al animal asombrando a los espectadores y a sus compañeros con sus
éxitos. Una mañana, en Chicago, cuando el gorila y Alfred Jermyn ensayaban un
combate de boxeo muy ingenioso, el primero propinó al segundo un golpe más
fuerte de lo habitual, lastimándole el cuerpo y la dignidad del domador
aficionado. Los componentes de «El Mayor Espectáculo del Mundo» prefieren no
hablar de lo que siguió. No se esperaban el grito escalofriante e inhumano que
profirió Alfred, ni verlo agarrar a su torpe antagonista con ambas manos,
arrojarlo con fuerza contra el suelo de la jaula, y morderlo furiosamente en la
garganta peluda. Había cogido al gorila desprevenido; pero éste no tardó en
reaccionar; y antes de que el domador oficial pudiese hacer nada, el cuerpo que
había pertenecido a un barón había quedado irreconocible.
Arthur Jermyn era hijo de Alfred Jerrnyn y de una
cantante de music-hall de origen desconocido. Cuando el marido y padre abandonó
a su familia, la madre llevó al niño a la Casa de los Jermyn, donde no quedaba
nadie que se opusiera a su presencia. No carecía ella de idea sobre lo que debe
ser la dignidad de un noble, y cuidó que su hijo recibiese la mejor educación
que su limitada fortuna le podía proporcionar. Los recursos familiares eran
ahora dolorosamente exiguos, y la Casa de !os Jermyn había caído en penosa
ruina; pero el joven Arthur amaba el viejo edificio con todo lo que contenía. A
diferencia de los Jermyn anteriores, era poeta y soñador. Algunas de las
familias de la vecindad que habían oído contar historias sobre la invisible
esposa portuguesa de Wade Jermyn afirmaban que estas aficiones suyas revelaban
su sangre latina; pero la mayoría de las personas se burlaban de su
sensibilidad ante la belleza, atribuyéndola a su madre cantante, a la que no
habían aceptado socialmente.
La delicadeza poética de Arthur Jermyn era mucho
más notable si se tenía en cuenta su tosco aspecto personal. La mayoría de los
Jermyn había tenido una pinta sutilmente extraña y repelente; pero el caso de
Arthur era asombroso. Es difícil decir con precisión a qué se parecía; no
obstante, su expresión, su ángulo facial, y la longitud de sus brazos producían
una viva repugnancia en quienes lo veían por primera vez.
La inteligencia y el carácter de Arthur Jermyn, sin
embargo, compensaban su aspecto. Culto, y dotado de talento, alcanzó los más
altos honores en Oxford y parecía destinado a restituir la fama de intelectual
a la familia. Aunque de temperamento más poético que científico, proyectaba
continuar la obra de sus antepasados en arqueología y etnología africanas,
utilizando la prodigiosa aunque extraña colección de Wade. Llevado de su
mentalidad imaginativa, pensaba a menudo en la civilización prehistórica en la
que el explorador loco había creído absolutamente, y tejía relato tras relato
en torno a la silenciosa ciudad de la selva mencionada en las últimas y más
extravagantes anotaciones. Pues las brumosas palabras sobre una atroz y
desconocida raza de híbridos de la selva le producían un extraño sentimiento,
mezcla de terror y atracción, al especular sobre el posible fundamento de
semejante fantasía, y tratar de extraer alguna luz de los datos recogidos por
su bisabuelo y Samuel Seaton entre los onga.
En 1911, después de la muerte de su madre, Arthur
Jermyn decidió proseguir sus investigaciones hasta el final. Vendió parte de
sus propiedades a fin de obtener el dinero necesario, preparó una expedición y
zarpó con destino al Congo. Contrató a un grupo de guías con ayuda de las
autoridades belgas, y pasó un año en las regiones de Onga y Kaliri, donde
descubrió muchos más datos de lo que él se esperaba. Entre los kaliri había un
anciano jefe llamado Mwanu que poseía no sólo una gran memoria, sino un grado de
inteligencia excepcional, y un gran interés por las tradiciones antiguas. Este
anciano confirmó la historia que Jermyn había oído, añadiendo su propio relato
sobre la ciudad de piedra y los monos blancos, tal como él la había oído
contar.
Según Mwanu, la ciudad gris y las criaturas
híbridas habían desaparecido, aniquiladas por los belicosos n’bangus, hacía
muchos años. Esta tribu, después de destruir la mayor parte de los edificios y
matar a todos los seres vivientes, se había llevado a la diosa disecada que
había sido el objeto de la incursión: la diosa-mono blanca a la que adoraban
los extraños seres, y cuyo cuerpo atribuían las tradiciones del Congo a la que
había reinado como princesa entre ellos. Mwanu no tenía idea del aspecto que debieron
de tener aquellas criaturas blancas y simiescas; pero estaba convencido de que
eran ellas quienes habían construido la ciudad en ruinas. Jermyn no pudo
formarse una opinión clara; sin embargo, después de numerosas preguntas,
consiguió una pintoresca leyenda sobre la diosa disecada.
La princesa-mono, se decía, se convirtió en esposa
de un gran dios blanco llegado de Occidente. Durante mucho tiempo, reinaron
juntos en la ciudad; pero al nacerles un hijo, se marcharon de la región. Más
tarde, el dios y la princesa habían regresado; y a la muerte de ella, su divino
esposo había ordenado momificar su cuerpo, entronizándolo en una inmensa
construcción de piedra, donde fue adorado. Luego volvió a marcharse solo. La
leyenda presentaba aquí tres variantes. Según una de ellas, no ocurrió nada más,
salvo que la diosa disecada se convirtió en símbolo de supremacía para la tribu
que la poseyera. Este era el motivo por el que los n’bangus se habían apoderado
de ella. Una segunda versión aludía al regreso del dios, y su muerte a los pies
de la entronizada esposa. En cuanto a la tercera, hablaba del retorno del hijo,
ya hombre —o mono, o dios, según el caso—, aunque ignorante de su identidad.
Sin duda los imaginativos negros habían sacado el máximo partido de lo que
subyacía debajo de tan extravagante leyenda, fuera lo que fuese.
Arthur Jermyn no dudó ya de la existencia de la
ciudad que el viejo Wade había descrito; y no se extrañó cuando, a principios
de 1912, dio con lo que quedaba de ella. Comprobó que se habían exagerado sus
dimensiones, pero las piedras esparcidas probaban que no se trataba de un
simple poblado negro. Por desgracia, no consiguió encontrar representaciones
escultóricas, y lo exiguo de la expedición impidió emprender el trabajo de
despejar el único pasadizo visible que parecía conducir a cierto sistema de criptas
que Wade mencionaba. Preguntó a todos los jefes nativos de la región acerca de
los monos blancos y la diosa momificada, pero fue un europeo quien pudo
ampliarle los datos que le había proporcionado el viejo Mwanu. Un agente belga
de una factoría del Congo, M. Verhaeren, creía que podía no sólo localizar,
sino conseguir también a la diosa momificada, de la que había oído hablar
vagamente, dado que los en otro tiempo poderosos n’bangus eran ahora sumisos
siervos del gobierno del rey Alberto, y sin mucho esfuerzo podría convencerlos
para que se desprendiesen de la horrenda deidad de la que se habían apoderado.
Así que, cuando Jermyn zarpó para Inglaterra, lo hizo con la gozosa esperanza
de que, en espacio de unos meses, podría recibir la inestimable reliquia
etnológica que confirmaría la más extravagante de las historias de su
antecesor, que era la más disparatada de cuantas él había oído. Pero quizá los
campesinos que vivían en la vecindad de !a Casa de los Jermyn habían oído
historias más extravagantes aún a Wade, alrededor de las mesas del Knight’s
Head.
Arthur Jermyn aguardó pacientemente la esperada
caja de M. Verhaeren, estudiando entretanto con creciente interés los
manuscritos dejados por su loco antepasado. Empezaba a sentirse cada vez más
identificado con Wade, y buscaba vestigios de su vida personal en Inglaterra,
así como de sus hazañas africanas. Los relatos orales sobre la misteriosa y
recluida esposa eran numerosos, pero no quedaba ninguna prueba tangible de su
estancia en la Mansión Jermyn.
Jermyn se preguntaba qué circunstancias pudieron
propiciar o permitir semejante desaparición, y supuso que la principal debió de
ser la enajenación mental del marido. Recordaba que se decía que la madre de su
tatarabuelo fue hija de un comerciante portugués establecido en África.
Indudablemente, el sentido práctico heredado de su padre, y su conocimiento
superficial del Continente Negro, lo habían movido a burlarse de las historias
que contaba Wade sobre el interior; y eso era algo que un hombre como él no debió
de olvidar. Ella había muerto en África, adonde sin duda su marido la llevó a
la fuerza, decidido a probar lo que decía. Pero cada vez que Jermyn se sumía en
estas reflexiones, no podía por menos de sonreír ante su futilidad, siglo y
medio después de la muerte de sus extraños antecesores.
En junio de 1913 le llegó una carta de M. Verhaeren
en la que le notificaba que había encontrado la diosa disecada. Se trataba,
decía el belga, de un objeto de lo más extraordinario; un objeto imposible de
clasificar para un profano. Sólo un científico podía determinar si se trataba
de un simio o de un ser humano; y aun así, su clasificación sería muy difícil
dado su estado de deterioro. El tiempo y el clima del Congo no son favorables
para las momias; especialmente cuando consisten en preparaciones de
aficionados, como parecía ocurrir en este caso. Alrededor del cuello de la
criatura se había encontrado una cadena de oro que sostenía un relicario vacío
con adornos nobiliarios; sin duda, recuerdo de algún infortunado viajero, a
quien debieron de arrebatárselo los n’bangus para colgárselo a la diosa en el cuello,
a modo de talismán. Comentando las facciones de la diosa, M. Verhaeren hacía
una fantástica comparación; o más bien aludía con humor a lo mucho que iba a
sorprenderle a su corresponsal; pero estaba demasiado interesado
científicamente para extenderse en trivialidades. La diosa momificada,
anunciaba, llegaría debidamente embalada, un mes después de la carta.
El envío fue recibido en Casa de los Jermyn la
tarde del 3 de agosto de 1913, siendo trasladado inmediatamente a la gran sala
que alojaba la colección de ejemplares africanos, tal como fueran ordenados por
Robert y Arthur. Lo que sucedió a continuación puede deducirse de lo que
contaron los criados, y de los objetos y documentos examinados después.
De las diversas versiones, la del mayordomo de la
familia, el anciano Soames, es la más amplia y coherente. Según este fiel
servidor, Arthur ordenó que se retirase todo el mundo de la habitación, antes
de abrir la caja; aunque el inmediato ruido del martillo y el escoplo indicó
que no había decidido aplazar la tarea. Durante un rato no se escuchó nada más;
Soames no podía precisar cuánto tiempo; pero menos de un cuarto de hora
después, desde luego, oyó un horrible alarido, cuya voz pertenecía inequívocamente
a Jermyn. Acto seguido, salió Jermyn de la estancia y echó a correr como un
loco en dirección a la entrada, como perseguido por algún espantoso enemigo. La
expresión de su rostro —un rostro bastante horrible ya de por sí— era
indescriptible. Al llegar a la puerta, pareció ocurrírsele una idea; dio media
vuelta, echó a correr y desapareció finalmente por la escalera del sótano.
Los criados se quedaron en lo alto mirando
estupefactos; pero el señor no regresó. Les llegó, eso sí, un olor a petróleo.
Ya de noche oyeron el ruido de la puerta que comunicaba el sótano con el patio;
y el mozo de cuadra vio salir furtivamente a Arthur Jermyn, todo reluciente de
petróleo, y desaparecer hacia el negro páramo que rodeaba la casa. Luego, en
una exaltación de supremo horror, presenciaron todos el final. Surgió una
chispa en el páramo, se elevó una llama, y una columna de fuego humano alcanzó
los cielos. La estirpe de los Jermyn había dejado de existir.
La razón por la que no se recogieron los restos
carbonizados de Arthur Jermyn para enterrarlos está en lo que encontraron
después; sobre todo, en el objeto de la caja. La diosa disecada constituía una
visión nauseabunda, arrugada y consumida; pero era claramente un mono blanco
momificado, de especie desconocida, menos peludo que ninguna de las variedades
registradas e infinitamente más próximo al ser humano... asombrosamente
próximo. Su descripción detallada resultaría sumamente desagradable; pero hay dos
detalles que merecen mencionarse, ya que encajan espantosamente con ciertas
notas de Wade Jermyn sobre las expediciones africanas, y con las leyendas
congoleñas sobre el dios blanco y la princesa-mono. Los dos detalles en
cuestión son estos: las armas nobiliarias del relicario de oro que dicha
criatura llevaba en el cuello eran las de los Jermyn, y la jocosa alusión de M.
Verhaeren a cierto parecido que le recordaba el apergaminado rostro, se
ajustaba con vívido, espantoso e intenso horror, nada menos que al del sensible
Arthur Jermyn, hijo del tataranieto de Wade Jermyn y de su desconocida esposa.
Los miembros del Real Instituto de Antropología quemaron aquel ser, arrojaron
el relicario a un pozo, y algunos de ellos niegan que Arthur Jermyn haya
existido jamás.
H.P. Lovecraft (1890-1937)


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