© Libro N° 9698. Arriba Bajo El Techo. Wade Wellman, Manly. Emancipación. Marzo12
de 2022.
Título original: © Up Under the Roof, Manly Wade Wellman
(1903-1986)
Versión
Original: © Arriba Bajo El Techo. Manly Wade Wellman
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Manly Wade Wellman
Arriba Bajo El Techo
Manly Wade Wellman
«Arriba bajo el techo»: Manly Wade Wellman; relato
y análisis
«ARRIBA BAJO EL TECHO»: MANLY WADE WELLMAN; RELATO
Y ANÁLISIS.
Arriba bajo el techo (Up Under the Roof) es un
relato de terror del escritor norteamericano Manly Wade Wellman (1903-1986),
publicado originalmente en la edición de octubre de 1938 de la revista Weird
Tales, y luego reeditado en la antología de 1973: Peores cosas esperan (Worse
Things Waiting).
Arriba bajo el techo, quizás uno de los cuentos de
Manly Wade Wellman menos conocidos, relata la historia de un solitario chico de
doce años, cuya habitación es visitada por una entidad amorfa que se arrastra
en el ático (ver: Black Goo y otras monstruosidades amorfas en la ficción)
SPOILERS.
Las monstruosidades amorfas no son infrecuentes en
el relato de terror. Pensemos, por ejemplo, en las historias de H.P. Lovecraft,
muchas de los cuales terminan con la escalofriante aparición de una afluencia
colosal y sin forma —Él (He, 1928)— o una nube hirviente de fungosa repugnancia
—La casa maldita (The Shunned House, 1928)— o un tumulto de luminosidad amorfa
—El color que cayó del espacio (The Colour Out of Space, 1927—. La imagen de
una entidad similar a una ameba también aparece en Ubbo-Sathla (Ubbo-Sathla,
1933) de Clark Ashton Smith, aunque no tanto como un depredador voraz como el
origen indiferenciado de la vida: sin cabeza, sin órganos ni miembros, las
formas amebianas que eran los arquetipos de la vida terrenal (ver: Vermifobia:
gusanos y otros anélidos freudianos en la ficción)
Es evidente que en las décadas del '20 y el '30 del
siglo pasado había una marcada preocupación de los escritores de terror por
seres amorfos enormes. Sin embargo, estos no siempre aparecen como depredadores
insaciables y descerebrados. En Arriba bajo el techo, por ejemplo, una entidad
amorfa actúa al servicio de un niño oprimido por su familia, quizás como una
manifestación de rabia y dolor reprimidos, transformando estas energías en una
forma cambiante. Así la describe Manly Wade Wellman:
La conciencia de ese sonido creció en mí, primero
lenta y débilmente, luego con una claridad aterradora, durante una serie de
noches cálidas e insomnes. El movimiento era enorme y pesado, de un volumen que
juzgué muy por encima del mío. No se arrastraba o caminaba, pero se movía. Años
más tarde, vería a través de un microscopio el lento andar de una ameba. La
cosa debajo del techo sonaba una ameba se ve.
El narrador de doce años de Arriba bajo el techo
escucha intensamente, noche tras noche, mientras el sonido de la entidad en el
ático aumenta. Este aumento parece ser paralelo al distanciamiento y el
menosprecio que experimenta como miembro no deseado de la casa. En este
sentido, el muchacho afronta sus miedos, que pueden o no ser imaginarios, pero
sin poner a nadie más en peligro. Este elemento es inusual en la ficción de
aquellos años, muy inusual.
Lo habitual en estos protagonistas jóvenes y
acechados por criaturas inciertas es mostrarse impotentes ante la amenaza. Es
interesante contrastar el relato de Manly Wade Wellman con el clásico posterior
de Theodore Sturgeon: Sombra, sombra en la pared (Shadow, Shadow on the Wall,
1950), donde el tema de la impotencia infantil se desarrolla a través de un
niño que crea una entidad sombría, tentacular —mezcla de araña y gorila—, la
cual termina absorbiendo a su maltratadora madrastra. También vale la pena mencionar
el cuento de Richard Matheson: Nacido de hombre y mujer (Born of Man and Woman,
1950), donde un chico deforme es despreciado y mantenido encerrado en un
sótano, donde acumula suficiente rabia asesina como para proyectarla en una
entidad indeterminada; y La cosa en el sótano (The Thing in the Cellar, 1932)
de David H. Keller, donde un muchacho es literalmente obligado a enfrentar sus
miedos al ser atado ante la entrada al sótano (ver: El Horror siempre viene
desde el Sótano)
El protagonista de Arriba bajo el techo de Manly
Wade Wellman parece el candidato más improbable para enfrentar el horror que se
arrastra en el ático. Después de todo, su autoestima ha sido progresivamente
pulverizada por el maltrato de sus familiares. Sin embargo, lo hace, y
exitosamente, además (ver: Georgie vs. Pennywise: el sótano arquetípico)
Es curioso cómo varían estos ciclos en relación al
comportamiento estandar de personajes que se enfrentan al mismo problema, en
este caso, el horror informe. Arriba bajo el techo relata la historia de un
chico que enfrenta sus miedos, y sale victorioso. Otros ejemplos, como los que
hemos dado anteriormente, apuntan en otro sentido. Indudablemente algo cambió
en la década del '40, donde los chicos impotentes de la ficción se
transformaron en una amenaza para sus padres, como en Hora Cero (Zero Hour,
1947), de Ray Bradbury, donde los niños de todo el mundo conspiran en secreto
con los extraterrestres para conquistar el mundo (ver: Monstruología: cuatro
categorías para lo monstruoso en la ficción)
Es probable que esta amplia variedad de motivos en
relación a los niños y las sustancias proteicas conscientes en la ficción tenga
una explicación simple. ¿Qué es una cosa amorfa sino una especie de plastilina
capaz de tomar la forma del miedo o la ira de un niño pero también la
desesperación y ansiedad de sus padres?
Ahora bien, a pesar de todos estos elementos, sin
dudas muy interesantes, Arriba bajo el techo puede resultar ligeramente
decepcionante al lector acostumbrado a los finales clásicos, donde el
enfrentamiento es inevitable. Manly Wade Wellman decide no monstrar al monstruo
al final. Después de todo, nada de lo que el niño hubiese encontrado bajo el
techo habría sido más aterrador de lo que el lector puede imaginar. Esta
decisión es valiente —aunque, insisto, algunos pueden sentirse engañados— y
demuestra que Arriba bajo el techo es la historia de un chico despreciado que
reune el coraje para desafiar sus circunstancias, y no al monstruo bajo el
techo.
ARRIBA BAJO EL TECHO
Up Under the Roof, Manly Wade Wellman (1903-1986)
(Traducido al español por Sebastián Beringheli para
El Espejo Gótico)
Cuando tenía doce años vivía en una vieja y
destartalada casa de dos pisos, construida en forma cuadrada y con techo a dos
aguas. Las habitaciones de arriba miraban en direcciones diferentes, formando
una cruz con un pasillo y una escalera en el centro. En la parte trasera, sin
terminar, solo había baúles, cajas y muebles rotos. Esta parte de la casa
estaba caliente y polvorienta, y se abría hasta la cima de su frontón. Justo
encima de la entrada al vestíbulo central se abría un triángulo oscuro, vacío,
que conducía a la cueva inclinada sobre los techos de las habitaciones. Este
trastero se llamaba buhardilla, aunque no era una buhardilla real. La
buhardilla real era ese espacio oscuro, debajo del techo.
Yo era la persona más joven de la casa por más de
una década, y mi juventud parecía molestar a todos. Constantemente me
recordaban mi estupidez e inexperiencia infantiles. Nadie sintió que los años
me curarían y con el tiempo llegué a compartir esa opinión. Traté de nunca
hacer una declaración o aventurar una opinión que no hubiera sido expresada
previamente por uno de mis mayores. Incluso así, recibí muchos desaires y
correcciones, y aprendí a encerrarme en mí mismo.
El salón de la planta baja estaba lleno de libros,
y leí mucho en ellos, incluida casi la totalidad de una antigua Enciclopedia
Británica. Este gusto por la lectura atrajo una curiosa atención por parte de
mis tutores; de vez en cuando uno de ellos sugería a los demás que me
capacitaran para la ley o el ministerio.
Nunca se me consultó sobre mi propia ambición, lo
que habría conmocionado a la familia. Quería ser un buceador de aguas
profundas.
El verano era caluroso y mi habitación, en el lado
norte, tenía una sola ventana. Los rayos del sol caían directamente sobre las
paredes inclinadas, lo que proporcionaba poco aislamiento. Dormía mal, molesto
por sueños extraños y vívidos. A veces me despertaba, me rascaba nerviosamente
en las axilas y las ingles, escuchando cada susurro de los álamos afuera y los
crujidos de las vigas.
Después de un tiempo, no estoy seguro exactamente
cuándo, comencé a escuchar algo más.
La conciencia de ese sonido creció en mí, primero
lenta y débilmente, luego con aterradora claridad, durante varias noches
cálidas y despiertas. Era algo arriba, entre el techo y el techo, algo grande,
torpe y cauteloso.
Recuerdo haberme dicho a mí mismo una vez que era
una rata, pero en el momento en que se me ocurrió el pensamiento, supe que era
una mentira tonta. Las ratas saltan y corretean, son ligeras y seguras. Esto
era enorme y pesado, de una masa que juzgué era mucho más voluminosa que la
mía; y se movía, digo, con un sigilo lento e inseguro que tenía un ritmo
sostenido, en cierto modo.
No se arrastraba ni caminaba, pero se movía.
Años después vi a través de un microscopio el lento
caminar de una ameba. La cosa debajo del techo sonaba como se ve una ameba: una
masa que extiende una parte delgada de sí misma hacia un extremo, luego rueda y
fluye toda su sustancia hacia el mismo lugar, y así se arrastra. Solo que debe
haber sido muchos miles de veces más grande que una ameba.
Al poco tiempo, estaba escuchando el ruido todas
las noches. Lo aguardaba, despierto, hasta que cruzaba el techo por encima de
mí. Con el ruido siempre venía el miedo, un miedo que no disminuía con el
tiempo.
Miraba en la oscuridad, mi lengua se secaba entre
mis dientes y las yemas de mis dedos hormigueaban como si me hubiera frotado
dolorosamente. En mi espalda brotaban, abanicaban y aventaban pequeñas alas
involuntarias de frío, haciendo que mi columna se contrajera y temblara como si
el hielo se mezclara con la médula. Sabía que el techo caería sobre mí alguna
noche como una gran piedra de molino y luego se derrumbaría sobre mi cama. Algo
enorme y suave se soltaría de los pedazos rotos y se esparciría sobre mí.
No se podía hablar del tema, lo sabía muy bien.
Mucho antes, había aprendido que nadie escucharía ni le importaría. Como ya he
dicho, los demás habitantes de esa casa me molestaban. Una vez, cuando un chico
vecino de quince años me dio una paliza terrible en el patio delantero, todos
observaron desde la ventana de nuestro frente, pero ninguno se movió para
ayudarme, ni siquiera cuando pensé que caería muerto a los pies desdeñosos de
mi enemigo.
Cuando, cansado de pegarme en la cara con los
nudillos, se retiró, me arrastré como pude hacia la casa, donde tuve que
tolerar un sermón durante una hora. Hoy no puedo recordar exactamente lo que se
instó contra mí, pero las lágrimas que no había derramado por el dolor brotaron
bajo el regaño.
Cosas como esa me hicieron dudar a la hora de pedir
ayuda.
Una mañana, durante el desayuno, pregunté si los
demás habían oído algo extraño; pero sólo me reprendieron por interrumpir una
discusión sobre política local.
Esa noche el ruido fue más fuerte y aterrador que
nunca. Comenzó por encima de otra habitación, y luego se deslizó por mi techo,
más y más lento hasta que se detuvo justo encima de mi cama. En ese momento me
pareció que el listón y el yeso no eran más fuertes que una telaraña, y que la
entidad era incalculablemente más terrible que el príncipe y padre de todas las
arañas. Se agachó allí, casi a mi alcance, regodeándose y hambriento, dando
vueltas en su oscura mente el problema de cuándo y cómo apoderarse de mí.
No podría haberme movido de mi cama, ni siquiera
podría haber gritado.
La cosa y el miedo estuvieron siempre conmigo,
noche tras noche y semana tras semana, hasta un día después de la mitad del
verano, un día oscuro y lluvioso.
Estaba solo en la casa, cansado de escuchar la
lluvia y el susurro de las hojas mojadas afuera. Había agotado los libros de la
sala y me acordé de un montón de revistas ilustradas, muy antiguas, en el
ático. Subí las escaleras. El lugar era increíblemente feo y cerrado, con una
especie de luz marrón reflejada por las vigas sin pintar y el interior de las
tejas. Encontré las revistas y comencé a hojearlas.
Todo habían estado en silencio, excepto por la
lluvia afuera. Pero, en medio de mis búsquedas, vino el sonido de algo que
reptaba, tal vez desde la abertura que conducía por encima de los techos. Algo
astuto y pesado estaba allí, mirándome.
En un segundo había huido escaleras abajo y hacia
la puerta principal.
No fue un aumento de valor lo que me hizo detenerme
antes de salir corriendo, solo una consideración sensata, aunque desesperada.
Podría salir de casa y deprimirme en la calle lluviosa hasta que alguien
regresara. Entonces tendría que volver yo también, y con el tiempo tendría que
irme a la cama. Entonces la criatura que hacía el ruido bajaría; no esperaría
más, porque me había visto. Fluiría, se derramaría al suelo, a través de mi
puerta, y se arrastraría a la cama conmigo. Sabría cómo se veía, de qué color
era y qué quería conmigo.
Sobrevino entonces una fría determinación, no sé de
dónde, endureciendo mis miembros y mi cuello como serrín nuevo vertido en una
muñeca vacía. Caminé lentamente por la casa hasta el pie de las escaleras. Allí
me detuve, tratando de levantarme hasta el último escalón. No pude, me volví y
caminé hacia el porche trasero. Allí, sobre una caja de madera, había un hacha
de mano. Estaba opaca y oxidada, y se bamboleaba sobre su mango, pero la tomé y
esta vez subí los escalones lentamente, uno tras otro, con respiraciones largas
y entrecortadas. Las viejas tablas crujían bajo mis pies, como horrorizadas por
mi estúpido atrevimiento.
Llegué al vestíbulo superior y regresé al ático.
Estaba más oscuro que cuando vine por primera vez a
buscar las revistas. Me obligué a mirar hacia la abertura triangular, y eso
requirió toda mi fuerza de voluntad, pero no había nada que ver.
Metí el mango del hacha en el cinturón y arrastré
un escritorio viejo y pesado, cargado de polvo, contra la pared junto a la
puerta. Sobre eso coloqué una silla rota; luego una caja de velas,
precariamente de punta. Por fin me subí al escritorio, a la silla, a la caja.
Mi barbilla llegó al nivel del umbral de la caverna negra. Fue como contemplar
un charco de tinta.
Me sujeté de una viga y me incorporé lentamente. La
caja de velas se volcó y cayó bajo mis pies, golpeando el suelo con un
estrépito como una explosión. Enseguida me arrastré dentro del ático. El pico
del techo estaba tan bajo sobre mi cabeza que apenas podía ponerme de rodillas.
Saqué el hacha y traté de mantenerla en mi boca,
como un puñal de pirata. Pero era demasiado grande y pesado, así que lo sujeté
en mi mano derecha. Luego, de rodillas y con la mano izquierda, avancé sobre
las vigas. Cada centímetro me sumergía más profundamente en la oscuridad, y
cuando pasé por delante de una gran chimenea tosca, bien podría haber estado en
una mina de carbón.
Primero fui directamente al frente de la casa.
Palpé a lo largo de la pared y en las esquinas. Podía ver la luz en el otro
extremo, parcialmente obstruida por la chimenea. Arrastrándome hacia atrás,
exploré a tientas el espacio sobre el dormitorio sur. Por último, entré en la
cámara sobre mi propia habitación, donde siempre había escuchado los sonidos.
No encontré nada.
Siempre terminaba con esas tres palabras cuando, lo
suficientemente grande como para ser escuchado, contaba esta historia en años
posteriores. Pero supe entonces, y sé ahora, que había algo, o que había habido
algo. Hasta que me obligué a enfrentarlo, ese algo había sido un peligro
mortal. Si hubiera hecho algo más, habría venido a buscarme. Lo que habría
seguido, estoy seguro de que nadie puede imaginarlo.
Pero desde ese momento en adelante no hubo el menor
murmullo de ruido bajo el techo. Llegué a dormir tan profundamente que tenía
que ser sacudido por las mañanas. Tampoco volví a conocer el miedo, ni siquiera
en la guerra.
Manly Wade Wellman (1903-1986)
(Traducido al español por Sebastián Beringheli para
El Espejo Gótico)


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