© Libro N° 9697. Arcilla De Innsmouth.
Derleth, August Y Lovecraft, H.P. Emancipación. Marzo12 de 2022.
Título original: © Arcilla De Innsmouth. August Derleth Y H.P. Lovecraft
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Original: © Arcilla De Innsmouth.
August Derleth Y H.P. Lovecraft
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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August Derleth Y H.P. Lovecraft
Arcilla De Innsmouth
August Derleth Y H.P. Lovecraft
«ARCILLA DE INNSMOUTH»: AUGUST DERLETH Y H.P.
LOVECRAFT; RELATO Y ANÁLISIS
«Arcilla de Innsmouth»: August Derleth y H.P.
Lovecraft; relato y análisis.
Arcilla de Innsmouth (Innsmouth Clay) es un relato
de terror de los escritores norteamericanos August Derleth (1909-1971) y H.P.
Lovecraft (1890-1937), publicado por Arkham House en la antología de 1971:
Cosas oscuras (Dark Things).
Arcilla de Innsmouth, posiblemente uno de los
relatos de August Derleth más logrados, narra la historia de Jeffrey Corey, un
escultor que regresa de una larga estadía en París y renta una granja cerca de
la región en donde vivieron sus ancestros: Innsmouth, Massachusetts.
Jeffrey es visitado por Ken, el narrador, quien oye
con asombro las historias acerca de Innsmouth, y sobre una extraña sustancia,
similar a la arcilla, con la que su amigo está esculpiendo una figura femenina
a la que llama Diosa del Mar. La figura tiene braquias y pies palmeados, como
los detestables seres anfibios que, según se dice, viven en el Arrecife del
Diablo y adoran a Dagón.
El pobre Jeffrey Corey comienza a tener sueños
extraños que registra en su diario. Sueña con nadar en las profundidades del
mar, con antiguas ciudades hundidas —R’lyeh, tal vez—, y con una mujer de
aspecto anfibio que lo llama a reunirse con sus antepasados.
Es importante aclarar que Arcilla de Innsmouth fue
escrito por August Derleth. No es un relato de H.P. Lovecraft, aunque Derleth
se haya basado en algunas anotaciones hechas por el maestro de Providence. El
cuento propiamente dicho pertenece a los Mitos de Cthulhu, más específicamente
al Ciclo de Innsmouth, y nos sitúa tiempo después de los hechos ocurridos en La
sombra sobre Innsmouth (The Shadow over Innsmouth).
ARCILLA DE INNSMOUTH
Innsmouth Clay, H.P. Lovecraft (1890-1937) y August
Derleth (1909-1971)
Los acontecimientos relacionados con el extraño
destino de mi amigo el fallecido escultor Jeffrey Corey —si es que el término
fallecido se ajusta a la verdad— se iniciaron a su regreso de París cuando, en
el otoño de 1927, decidió alquilar una casita en la costa, al sur de lnnsmouth.
Corey procedía de una familia de prosapia que estaba lejanamente emparentada
con los Marsh de Innsmouth, si bien dicho parentesco no le imponía obligación
alguna de mantener relaciones con estos sus parientes. En todo caso, existían
ciertos rumores sobre los solitarios y retraídos March que todavía vivían en
aquella ciudad portuaria de Massachussetts, y lo que en ellos se decía no era
lo más adecuado para inspirar a Corey ningún deseo de anunciar su presencia en
los alrededores.
Fui a visitarle un mes después de su llegada,
acaecida en diciembre de aquel año. Corey era un hombre relativamente joven,
pues todavía no había cumplido los cuarenta, y medía seis pies de estatura.
Tenía un cutis fino y lozano, exento de todo ornamento capilar, pero llevaba el
pelo bastante largo, según era entonces costumbre entre los artistas del Barrio
Latino de París. Poseía unos ojos azules muy enérgicos y un rostro anguloso de
mandíbula prominente que destacaba en cualquier grupo de gente, y no sólo por
su penetrante mirada, sino también por el hecho insólito de que, debajo de la
barbilla y de las orejas y en la zona adyacente del cuello, tenía la piel
anormalmente gruesa y surcada de arrugas duras y entrelazadas.
No era feo y sus correctas facciones poseían una
extraña cualidad hipnótica que solía fascinar a quienes lo conocían por primera
vez. Cuando fui a visitarle, estaba bien instalado y había empezado a trabajar
en una estatua de Rima, la Mujer-Pájaro, que prometía convertirse en una de sus
mejores obras.
Tenía almacenadas provisiones para un mes, que
habla ido a comprar en Innsmouth, y le encontré más locuaz que de costumbre,
sobre todo acerca de sus lejanos parientes de esta ciudad, donde se hablaba no
poco de ellos, aunque tampoco abiertamente, en tiendas y establecimientos
públicos. Por reservados e insociables, los Marsh despertaban cierta curiosidad
natural en sus convecinos, y como esta curiosidad nunca había quedado
satisfecha del todo, se habla ido formando en torno a ellos un cúmulo
impresionante de leyendas y habladurías que se remontaban hasta cierta
generación pasada, notable esta por haberse dedicado al tráfico marítimo con
las islas del Pacífico meridional. Lo que se comentaba de ellos era demasiado
vago y no significaba nada para Corey, pero contenía tales insinuaciones sobre
horrores desconocidos que mi amigo confiaba en poder algún día enterarse más a
fondo.
No es que él estuviera obsesionado con el tema,
sino que —según explicó— se hablaba tanto de ello en el pueblo que era
prácticamente imposible ignorarlo. Me dijo también que pensaba hacer una
exposición para tantear el mercado, hizo referencia a varios amigos de Paris y
a sus años de estudio en dicha capital, disertó brevemente sobre el vigor de
las esculturas de Epstein y comentó la alborotada situación política del país.
Cito estos temas de conversación para dejar patente que Corey estaba
perfectamente normal cuando le visité por primera vez tras su regreso de
Europa. Por supuesto, en Nueva York le había visto fugazmente cuando llegó,
pero no había hablado con él largo y tendido como en aquel diciembre de 1927.
Antes de volver a verle, o sea, en el mes de marzo
siguiente, recibí una carta suya bastante asombrosa, cuyo meollo iba contenido
en el último párrafo, al cual parecía conducir, como a una apoteosis final, el
resto de la misiva.
—Quizá te hayas enterado por la prensa de ciertos
hechos que han ocurrido aquí en Innsmouth hace un mes. No tengo una información
clara de lo sucedido, pero tiene que haberse publicado en algún periódico,
aunque no desde luego en los de Massachussetts, que lo han silenciado por
completo. Lo único que he podido averiguar del asunto es que se presentó en la
ciudad un nutrido grupo de oficiales federales de algún tipo y se llevaron a
varios ciudadanos, entre ellos a algunos de mis parientes, aunque no te sé decir
a quiénes, pues todavía no me he preocupado de enterarme ni siquiera de cuántos
son. O eran, que también puede ser.
»Lo que he podido averiguar en Innsmouth se refiere
a ciertos negocios montados con las islas del Pacífico, a los que evidentemente
se dedicaba todavía alguna compañía naviera de la ciudad, por muy raro que esto
pueda parecer, ya que los muelles están prácticamente abandonados y además ya
no sirven para los barcos de ahora, que suelen tocar en puertos mayores y más
modernos. Aparte las razones que hayan motivado esa acción federal, está el
hecho indiscutible —y de mayor importancia para mí, como pronto verás— de que,
coincidiendo con la operación de Innsmouth, aparecieron varios buques de guerra
no muy lejos de la costa, en las cercanías del llamado Arrecife del Diablo, y
allí ¡arrojaron numerosas cargas de profundidad!
»Las explosiones removieron de tal manera los
fondos marinos que poco después las mareas fueron trayendo a la orilla toda
clase de residuos, entre ellos una arcilla azul muy especial. A mí me recuerda
mucho a una arcilla de ese color que se podía encontrar en algunas zonas del
interior del país y que solía usarse para hacer ladrillos, sobre todo hace
años, cuando todavía no había métodos más modernos de fabricación. Bueno, lo
que importa es que cogí toda la arcilla que pude, antes de que el mar se la volviera
a llevar, y que me he puesto a modelar con ella una figura completamente
distinta de otras esculturas mías. La titulo provisionalmente Diosa Marina y
estoy entusiasmado porque promete mucho. Cuando vengas la semana que viene,
estoy seguro de que te gustará todavía más que mi Rima.
Contrariamente a sus suposiciones, sin embargo, la
nueva estatua de Corey me produjo una extraña repulsión desde el primer momento
que la vi. Representaba una figura esbelta, excepto en su estructura pélvica,
que a mí me pareció demasiado pesada, y Corey había decidido dotarla de
membranas entre los dedos de los pies.
—¿ Por qué? — le pregunté.
—Pues no sé bien por qué —contestó-. La verdad es
que no lo tenía planeado, pero me salió así.
—-¿Y de esas especies de grietas en el cuello? ——me
refería a una zona que parecía haber sido retocada recientemente.
Se rió con cierto embarazo y asomó a sus ojos una
extraña expresión.
—También a mi me gustaría poder darte una
explicación satisfactoria de esas señales — dijo— La verdad es que ayer por la
mañana, al levantarme, descubrí que había debido levantarme en sueños y ponerme
a trabajar, pues ahí en el cuello, debajo de las orejas, en ambos lados, había
como unas grietas que parecían..., bueno, que parecían branquias. Ahora estoy
arreglando el estropicio.
—Quizá le vayan bien las branquias a una diosa
marina —opiné.
—Yo creo que se las he debido poner en sueños por
lo que oí anteayer en Innsmouth, que fui a comprar algunas cosas que me hacían
falta. Nuevas habladurías sobre el clan de los Marsh. Según se decía, parece
que algunos miembros de la familia vivían encerrados por propia voluntad a
causa de ciertas deformidades físicas relacionadas con una leyenda que también
tenía que ver con ciertos indígenas de las islas del Pacífico. Es el típico
cuenta fantástico que la gente ignorante se apropia y embellece a su gusto, aunque
reconozco que éste es distinto de casi todos, pues lo normal es que se ajusten
a un esquema moral judeo-cristiano. Por la noche soñé con esas historias y
evidentemente me levanté sonámbulo y plasmé parte del sueño en mí Diosa Marina.
Aunque me pareció bastante extraño, no hice más
comentarios sobre el incidente. Lo que decía Corey parecía lógico y me
interesaban mucho más las tradiciones populares de Innsmouth que los
desperfectos sufridos por la Diosa Marina. Además me desconcertó un tanto la
visible preocupación que advertí en Corey.
Mientras charlábamos del tema que fuera, se le veía
animado y normal, pero no pude por menos de observar que, en cuanto se hacía un
silencio en la conversación, él se quedaba pensativo y ausente, como si tuviera
algo in mente de lo que no se atrevía a hablar; algo que le producía una
angustia indefinida, pero de lo cual no sabía nada a ciencia cierta, o por lo
menos tan poco que prefería no expresarlo verbalmente. Pero la preocupación se
le manifestaba de diversos modos: en la mirada distante, en expresiones fugaces
de desconcierto, en furtivas miradas a la lejanía del mar, en que al hablar
paseaba inquieto de un lado a otro, en su forma de eludir el tema, como si aún
le quedara mucho que reflexionar sobre él.
Luego he pensado que debería haber tomado entonces
la iniciativa de explorar esta su preocupación que tan manifiesta me resultaba,
pero no lo hice. Me pareció que no era asunto mío y que hacerle más preguntas
sobre el tema equivaldría a invadir su intimidad. Aunque éramos amigos desde
hacía mucho tiempo, pensé que yo no tenía ningún derecho a meterme en una
cuestión que sólo le incumbía a él. Además, él no me dio pie para hacerlo. Como
supe más adelante, cuando Corey ya había desaparecido y yo tomado posesión de
sus bienes -según él mismo había dejado dispuesto en un documento redactado al
efecto—, fue por esta época cuando él empezó a garabatear extrañas anotaciones
en un diario que llevaba y que hasta entonces sólo le había servido para
apuntar ideas y detalles relativos a su trabajo. Cronológicamente, es en este
punto de la secuencia de hechos acaecidos durante los últimos meses de Jeffrey
Corey donde deben insertarse dichas extrañas anotaciones.
»7 marzo. Esta noche, sueño rarísimo. Algo me
impulsó a bautizar a la Diosa Marina. Esta mañana me encuentro la pieza húmeda
en cabeza y hombros, como si lo hubiera hecho yo. Arreglo el desperfecto como
si no tuviera más remedio que hacerlo, aunque tenía pensado embalar a Rima. Me
preocupa lo compulsivo del asunto.
»8 marzo. Sueño que voy nadando en compañía de
hombres y mujeres qué parecen sombras. Cuando les he visto las caras me han
parecido demasiado familiares, como si las hubiera visto alguna vez en un álbum
antiguo. Hoy, en el drugstore de Hammond, escucho taimadas insinuaciones y
sugerencias grotescas sobre los March, como siempre. Cuentan que el bisabuelo
Jethro vive en el mar. ¡Y tiene branquias! Lo mismo dicen de algunos Waite ,
Gilman y Elliot. Me acerco a la estación de ferrocarril a preguntar una cosa y oigo
la misma historia. Los nativos llevan decenios alimentándose del tema.
»10 marzo. No cabe duda de que me he vuelto a
levantar en sueños, pues han aparecido unas leves modificaciones en la Diosa
Marina. También tiene señales como de que alguien la hubiera rodeado con los
brazos. Ayer la estatua estaba seca y esas señales habría que haberlas hecho
con un cincel. Pero parece como si las hubieran imprimido en arcilla blanda.
Toda la obra estaba húmeda esta mañana.
»11 marzo. Experiencia nocturna realmente
extraordinaria. Quizá el sueño más intenso de toda mi vida, por lo menos el más
erótico. Casi no puedo todavía acordarme de él sin excitarme. He soñado que una
mujer desnuda se me metía en la cama, cuando yo ya estaba acostado, y se
quedaba allí hasta el amanecer. Ha sido una noche de amor (o tal vez sea más
correcto decir de lujuria) como no había conocido desde Paris. ¡Y tan real como
aquellas noches del Barrio Latino! Quizá demasiado real, porque me he levantado
exhausto. Además, he debido tener un dormir muy inquieto, porque la cama estaba
completamente deshecha.
»12 marzo. Idéntico sueño. Exhausto.
»13 marzo. Vuelvo a soñar que nado. En las
profundidades del mar. Al fondo del abismo, una ciudad. ¿Ryeh, R’lyeh? ¿Algo
llamado Gran Thooloo?
De estos sueños, de estos extraños asuntos, apenas
habló Corey cuando estuve visitándole en marzo. Yo le había encontrado un poco
tenso y él lo achacó a que no dormía muy bien. Dijo que no descansaba, por
pronto que se acostara. También me preguntó entonces si había oído alguna vez
las palabras Ryeh o Thooloo y yo, naturalmente, le contesté que no. Sin
embargo, al segundo día de estar allí tuve ocasión de volverlas a oír. Habíamos
ido a Innsmouth, lo cual suponía un paseíto en coche de unas cinco millas, y no
tardé en darme cuenta de que el verdadero motivo de ir no era comprar
provisiones, como me había dicho Corey.
Estaba clarísimo que Corey iba de caza. Sin duda
había decidido averiguar todo lo que pudiera de su familia y, con esta
finalidad, recorrió diversos puntos de la población, desde el drugstore de
Ferrand hasta la biblioteca pública, cuyo anciano bibliotecario mostró una
extraordinaria reserva en lo tocante a las viejas familias de Jnnsmouth y
alrededores. Sin embargo, mencionó los nombres de dos viejos de la localidad
que habían conocido a algunos Marsh, Gilman y Waite de su época. Era posible
encontrarlos a cualquier hora en cierto bar de Washington Street.
Por muy deteriorado que estuviese, Innsmouth es la
clase de pueblo que fascina inevitablemente a todo el que se interesa por la
arqueología y la arquitectura, pues tiene más de cien años y la mayoría de sus
edificios —exceptuando los del barrio de los negocios— datan de muchos decenios
antes del cambio de siglo. Aunque muchos de ellos estaban desiertos y algunos
incluso en ruinas, los rasgos arquitectónicos de las casas reflejan una cultura
desaparecida hace ya tiempo de la escena americana. A medida que nos
acercábamos a la zona portuaria, por Washington Street, se veían más pruebas
evidentes de la reciente catástrofe. Había edificios en ruinas —dinamitados por
los federales, según me han contado— y nadie se había esforzado mucho en
arreglar los desperfectos, pues todavía quedaban bocacalles totalmente
bloqueadas por los escombros.
Ya en los muelles, parecía que habían destruido una
calle entera, por lo menos toda una fila de viejos edificios que en su día
habían servido de almacenes del puerto, aunque hacía mucho tiempo que estaban
abandonados. Al acercarnos a la orilla del mar, todo lo invadió un hedor
empalagoso y nauseabundo de claro origen marino. Era más intenso que el olor a
pescado podrido que se produce a veces en las aguas estancadas de la costa, o
también del interior.
Según Corey, la mayoría de los almacenes volados
había sido propiedad de Marsh; se había enterado en el drugstore de Ferrand. En
realidad, los miembros de las familias Waite, Gilman y Llliott habían sufrido
muy pocas pérdidas. Casi toda la fuerza de la expedición federal había recaído
sobre las propiedades de los Marsh. Sin embargo, había sido respetada la Marsh
Refining Company, que se dedicaba a manufacturar lingotes de oro y todavía daba
empleo a algunos de los lugareños que no vivían de la pesca. Pero la Marsh
Refining Company ya no dependía directamente de ningún miembro del clan Marsh.
El bar —cuando por fin llegamos— era del siglo
pasado y resultaba evidente que en él no se había introducido ninguna mejora
desde entonces. Detrás del mostrador había un individuo desaliñado leyendo el
Arkham Advertiser, y en la barra, al fondo, había un par de viejos sentados,
uno de ellos dormido. Corey pidió una copa de brandy y yo otra. El hombre del
mostrador no disimuló su cauto interés hacia nuestras personas.
—¿Seth Akins? —preguntó Corey.
El hombre señaló con la cabeza a su parroquiano
dormido.
—¿Qué suele beber? —volvió a preguntar Corey.
—De todo.
—Póngale otro brandy.
El tabernero sirvió el brandy en una copa mal
lavada y la depositó en el mostrador. Corey la llevó hasta donde estaba el
viejo dormido, se sentó junto a el y le despertó.
—Bébase una copa conmigo —le invitó.
El viejo levantó la vista, revelando un rostro
hirsuto y unos ojos legañosos bajo la mata de pelo enmarañado y cano. Vio el
brandy, lo cogió, con sonrisa incierta, y se lo bebió. Corey empezó a
interrogarle como si sólo pretendiera charlar un rato con un viejo habitante de
Innsmouth. Al principio se refirió en términos generales al pueblo y a la
comarca que se extendía a su alrededor entre Arkham y Newburyport.
Akins habló con entera libertad. Corey le invitó a
otra copa y luego a otra. Pero la locuacidad de Akins desapareció en cuanto
Corey le mencionó a las antiguas familias, especialmente a los Marsh. El viejo
adoptó una actitud claramente cautelosa y de vez en cuando lanzó fugaces
miradas a la puerta, como si le hubiera gustado escapar de la situación. Corey,
sin embargo, le apretó bien las clavijas y Akins terminó por ceder.
—Bueno, supongo que ya no importa hablar ——dijo por
fin—. Casi todos los Marsh se han ido desde que vinieron los federales hace un
mes. Y nadie sabe adónde, pero no han vuelto. ——El viejo empezó a irse por las
ramas, pero por fin, después de muchos circunloquios, abordó el tema del
comercio con las Indias orientales——: El que empezó el negocio fue el capitán
Obed Marsh, que algo se traía entre manos con aquellos indios orientales. Se
trajeron algunas mujeres de allí y las tenían en la casa grande que había construido.
Y después, a los jóvenes Marsh, se les puso esa pinta extraña y les dio por
irse nadando al Arrecife del Diablo y se estaban allí horas enteras y no es
normal pasar tanto tiempo bajo el agua. El capitán Obed se casó con una de esas
mujeres y los jóvenes Marsh se fueron a las Indias orientales y trajeron más.
El negocio de los Marsh no se vino abajo como otros. Los tres barcos del
capitán Obed, que eran el bergantín Columbia, el pailebote Sumatra Queen y otro
bergantín, el Hetty, navegaron por los océanos sin sufrir un solo accidente. Y
esa gente, o sea, los orientales y los Marsh, empezaron una especie de religión
nueva que la llamaban Orden de Dagón. Y se hablaba mucho de ellos en voz baja y
de lo que pasaba en sus reuniones, y los jóvenes, bueno, a lo mejor se
perdieron, pero el caso es que nadie los volvió a ver. Y luego, ya sabe, pues
por entonces se habló mucho de sacrificios, o sea humanos, pero no desapareció
ningún Marsh ni Gilman ni Waite ni Ellioth, o sea, que ninguno de ellos se perdió
o lo que fuera. Y también se murmuraban cosas de un sitio llamado Ryeh y de
algo llamado Thooloo, que para mi tienen que ver con ese tal Dagón.
Al llegar a este punto, Corey le interrumpió para
aclarar este particular, pero el viejo no supo contestarle y yo no comprendí
hasta después el motivo del súbito interés de Corey.
Akins prosiguió:
—La gente no quería tener que ver con los Marsh ni
con los otros tampoco. Pero a los Marsh es a los que más se les había puesto
esa pinta extraña. Algunos se pusieron tan terribles que no los sacaban de casa
sino de noche, y se pasaban todo el tiempo nadando en la mar. Nadaban como
peces, según decían, que yo no lo vi. Ya la gente, de estas cosas ni hablaba,
porque vimos que el que hablaba demasiado desaparecía como aquellos jóvenes y
nunca se volvía a saber de él. El capitán Obed aprendió muchas cosas en Ponapé,
que se las enseñaron los canacos, y eran cosas sobre unos que los decían «los
profundos», que vivían debajo del agua. Y se trajo toda clase de figurillas y
tallas que representaban peces y otras cosas marinas que no eran peces y que
Dios sabe lo que eran.
—¿Qué hizo con esas tallas? —intervino Corey.
—Las que no llevó al Templo de Dagón, las vendió. Y
a buen precio, que ya lo creo que se las pagaron bien. Pero ya no quedan. Y
tampoco hay ya Orden de Dagón y no se ha vuelto a ver a los Marsh por estos
alrededores desde que dinamitaron los almacenes. Y no los arrestaron a todos,
no señor. Dicen que los Marsh que quedaban se fueron a la orilla de la mar y se
metieron en el agua y se ahogaron —-el viejo soltó una carcajada áspera——, pero
nadie ha visto ningún cadáver de los Marsh, ningún cuerpo ha aparecido en la
orilla.
Al llegar a este punto de la narración, ocurrió un
incidente verdaderamente singular. De pronto, el viejo se fijó en mi compañero,
abrió los ojos desmesuradamente, dejó caer la quijada y le empezaron a temblar
las manos. Durante unos instantes quedó como congelado en la misma postura.
Pero al momento se bajó del taburete, giró y corrió tambaleándose a la calle
con un grito largo y desesperado que pronto fue barrido por el viento invernal.
Decir que quedamos asombrados seria poco.
La súbita huida de Seth Akins había sido tan
inesperada que Co-rey y yo nos miramos atónitos. No fue sino algún tiempo
después cuando se me ocurrió que la supersticiosa mente de Akins debía haber
flaqueado al ver las extrañas arrugas que tenía Corey en el cuello, debajo de
las orejas. En el curso del diálogo con el viejo, la gruesa bufanda con que
Corey se protegía del frío viento de marzo se había ido aflojando y, por fin,
se había escurrido del todo, dejando a la vista esa zona de piel espesa y como
agrietada que siempre había formado parte del cuello de Jeffrey Corey dándole
cierta apariencia de vejez.
No se me ofreció ninguna otra explicación, pero no
se la mencioné a mi amigo por no alterarle más, que bastante lo estaba ya.
—¡Vaya galimatías! —exclamé cuando nos vimos de
nuevo en Washington Street.
Corey afirmó con la cabeza, pero me di cuenta de
que algunos aspectos de la narración del viejo le habían impresionado, y no
gratamente por cierto. Consiguió sonreír sin ningún entusiasmo y, como
respuesta a mis ulteriores comentarios, se limitó a encogerse de hombros, como
si no quisiera hablar de lo que habíamos oído contar a Akins. Durante toda la
velada estuvo llamativamente silencioso y preocupado. Recuerdo que me sentí
algo molesto al notar que no quería compartir conmigo la carga secreta que le abrumaba.
Pero, naturalmente, sospecho que sus propios pensamientos le debían parecer tan
fantásticos e increíbles que prefirió no comunicármelos por si hacía el
ridículo ante mí.
Así, pues, tras hacerle varias preguntas de tanteo
y comprobar que las eludía, no volví a tocar el tema de Seth Akins y las
leyendas de Innsmouth.
A la mañana siguiente regresé a Nueva York.
Nuevas citas textuales del Diario de Jeffrey Corey
»18 marzo. Esta mañana me despierto convencido de
que no he dormido solo. Señales en almohada y cama. Habitación y cama muy
húmedas, como si una persona empapada se hubiera acostado junto a mí. Sé
intuitivamente que era una mujer. ¿Pero cómo? Me asusta pensar que la locura de
los Marsh se esté empezando a apoderar de mí. Pisadas en el suelo.
»19 marzo. ¡Ha desaparecido la Diosa Marina! La
puerta está abierta. Durante la noche ha debido entrar alguien y llevársela. El
dinero que le puedan dar por ella no compensa el riesgo. No se han llevado nada
más.
»20 marzo. Me he pasado la noche soñando todo lo
que dijo Seth Akins. ¡He visto al capitán Obed en el fondo del mar!
Ancianísimo. ¡Con branquias! Buceaba hasta muy por debajo de la superficie del
Atlántico, más allá del Arrecife del Diablo. Muchos más, hombres y mujeres. ¡El
aspecto inconfundible de los Marsh! ¡Oh, el poder y la gloria!
»21 marzo. Noche del equinoccio. Un dolor pulsátil
en el cuello durante toda la noche. No he podido dormir. Me he levantado y he
dado un paseo hasta el mar. ¡Cómo me atrae el mar! Nunca me había dado cuenta
como ahora. Y, sin embargo, recuerdo que ya de niño — ¡y en mitad del
continente! — me gustaba jugar a que oía el sonido del mar, el romper de las
olas, el silbido del viento sobre las aguas. Todavía me queda una sensación
tremenda de que algo va a pasar.
Con esta misma fecha —21 de marzo— me escribió
Corey su última carta. En ella no decía nada de los sueños, pero sí del dolor
del cuello:
—No es de la garganta, eso está claro. No me cuesta
tragar. Parece que el dolor se localiza en esa zona de piel gruesa, o rugosa, o
agrietada, como quieras llamarla, que tengo debajo de las orejas. Pero no te lo
puedo describir. No es como el dolor de una tortícolis, o de una rozadura, o de
un golpe. Es como si la piel se me fuera a romper hacia fuera, pero al mismo
tiempo llega hasta muy hondo. Y, además, no puedo quitarme de la cabeza que
esta a punto de pasarme algo. Algo que temo y deseo a la vez. Me obsesiona un
concepto que yo denomino, a falta de otras palabras, conciencia ancestral.
Le contesté aconsejándole que fuera a un médico y
prometiéndole que iría a visitarle a primeros de abril. Pero para entonces
Corey había desaparecido. Había pruebas de que había bajado a la orilla y
penetrado en el océano, aunque no era posible determinar si su intención había
sido la de nadar o la de quitarse la vida. Se descubrieron huellas de sus pies
desnudos en lo que quedaba de aquella extraña arcilla arrojada en febrero por
el mar, pero no había pisadas de vuelta. No había dejado ningún mensaje de despedida,
pero sí instrucciones para mí sobre la forma de disponer de sus efectos.
Me nombraba administrador de sus bienes, lo que
parecía indicar que tampoco él debía tenerlas todas consigo. Se buscó el cuerpo
de Corey —aunque sin gran entusiasmo— a lo largo de la costa, lo mismo a un
lado que a otro de Innsmouth, pero la búsqueda resultó infructuosa. Al
presidente del comité de encuesta no le fue difícil dictaminar que Corey había
hallado la muerte por imprudencia.
La reseña de los hechos que parecen relacionados
con el misterio de esta desaparición no debe finalizarse sin añadir un sucinto
relato de lo que vi en el Arrecife del Diablo el día 17 de abril, al atardecer.
Era un crepúsculo apacible. El mar parecía un espejo y no corría ni un soplo de
viento. Yo estaba terminando de arreglar los asuntos de Corey y me apeteció
remar un rato en el mar. Las habladurías relativas al Arrecife del Diablo me
llevaron inevitablemente hacia lo que quedaba de él: unas pocas rocas melladas
y rotas que sobresalían de la superficie, cuando la marea estaba baja, a una
milla larga del pueblo. El sol se había puesto, por el cielo de occidente se
extendía un suave resplandor y el mar tenía un color cobalto profundo hasta
donde alcanzaba la vista.
Acababa de llegar al arrecife cuando se produjo un
gran alboroto en el agua. La superficie marina se quebró en muchos lugares. Me
detuve y permanecí inmóvil, esperando que una escuela de delfines emergiera de
un momento a otro y disfrutando anticipadamente del espectáculo.
Pero no eran delfines. Eran ciertos moradores del
mar de cuya existencia yo no tenía conocimiento.
Realmente, a la menguante luz del crepúsculo, los
escamosos nadadores parecían peces humanos. Excepto una pareja, los demás
permanecieron alejados del bote donde yo estaba. Aquella pareja —una hembra de
extraño color arcilloso y un macho— llegaron a acercarse bastante al bote,
desde donde yo los miraba con una mezcla de sentimientos a la que no era ajena
esa clase de terror que hunde sus raíces en un profundo temor a lo desconocido.
Pasaron nadando cerca de mí, emergiendo y sumergiéndose, y cuando se alejaban,
el más claro de piel se volvió hacia mí y me dirigió una mirada deliberada
mientras emitía un extraño sonido gutural que no dejaba de guardar cierta
semejanza con mi nombre:
—¡Jack!
Me quedé con la clara e inconfundible convicción de
que aquella criatura marina con branquias tenía la cara de Jeffrey Corey.
Todavía sueño con ella.
H.P. Lovecraft (1890-1937)
August Derleth (1909-1971)


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