© Libro N° 9694. Amor. Páginas Del Diario De Un Cazador.
De Maupassant, Guy. Emancipación. Marzo12 de 2022.
Título original: © Amour, Guy de Maupassant (1850-1893). Páginas
del Diario de un cazador
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Original: © Amor. Páginas Del Diario De Un Cazador. Guy De Maupassant
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Páginas Del Diario De Un
Cazador
Guy De Maupassant
Amor
Páginas del Diario de un cazador
Guy de Maupassant
Nací con las emociones del hombre primitivo, muy
poco atenuados por los razonamientos de la civilización. Amo la caza, y la
bestia ensangrentada, con sangre en su plumaje. Me hace desfallecer de placer.
Aquel año, al final del otoño, se presentó frío, y
mi primo Karl de Ranyule me invitó a cazar con él en el bosque; había patos
magníficos en los pantanos de su posesión.
Mi primo, un buen mozo de cuarenta años, con mucha
vida en el cuerpo, bruto y semicivilizado, de alegre carácter, dotado de ese
esprit gaulois que tan agradablemente vela las deficiencias del ingenio, vivía
en una especie de cortijo con aires de castillo señorial, escondido en un
amplio valle.
Adornaban las colinas hermosos bosques señoriales,
con árboles antiquísimos y poblados de caza excelente. Algunas veces se abatían
allí águilas soberbias, y esos pájaros errantes, que raramente se aventuran en
países demasiados poblados para su azorada independencia, encontraban en
aquella selva secular asilo seguro, como si reconocieran en ella alguna rama
que en otros tiempos los acogiera durante sus excursiones sin rumbo.
Mi primo lo cuidaba con esmero digno del mejor de
los parques, y con razón, pues era aquel pantano la mejor región de caza que he
conocido. Entre aquellos innumerables islotes verdes que le daban vida había
arroyuelos estrechos por los que se deslizaban las barcas. Mudas sobre el agua
muerta, frotando los juncos, ahuyentaban a los peces y a los pájaros que
desaparecían, éstos entre las espigas, aquellos entre las raíces de las altas
hierbas.
Soy admirador apasionado del agua: el mar demasiado
grande, demasiado vivo, de imposible posesión; los ríos que pasan, que huyen,
que se van, y, sobre todo, los pantanos en que bulle la vida indescifrable de
los animales acuáticos. Un pantano es un mundo sobre la tierra, un mundo
aparte, con vida propia, con pobladores permanentes y con habitantes de un día;
con sus ruidos, con sus voces, y, singularmente, con un característico
misterio; nada que tanto turbe, que tanto inquiete, que tanto asuste algunas
veces. ¿Por qué ese miedo singular que se siente en esas llanuras cubiertas de
agua? ¿Será por el rumor vago de las aguas, por los fuegos fatuos, por el
silencio profundo que lo envuelve en las noches de calma, por la bruma
caprichosa que viste con sudario de muerte a los juncos, por el hervor casi
imperceptible de aquel mundo tan dulce, tan fugaz; pero más aterrador a veces
que el estruendo de los cañones de los hombres y de las tempestades del cielo?
¿Qué tendrán en común los pantanos de los países del ensueño y esas regiones
espantables que ocultan un secreto inescrutable y peligroso?
Un misterio profundo, grave, flota sobre aquellas
brumas: ¡el misterio mismo de la creación! ¿No fue en el agua sin movimiento y
fangosa, en la humedad triste de la tierra, mojada bajo los colores del sol,
donde vibró y surgió a la luz el primer germen de vida?
Llegué por la noche a casa de mi primo. Hacía un
frío que helaba las piedras.
Durante la comida en la vasta sala, donde los
muebles y las paredes y el techo estaban cubiertos de pájaros disecados, y
donde hasta mi primo, con aquella chaqueta de piel de foca, parecía un animal
exótico de los países helados, el buen Karl me dijo lo que había preparado para
aquella misma noche.
Debíamos ponernos en marcha a las tres de la
madrugada, con objeto de llegar a las cuatro y media al punto designado para la
cacería. Allí nos habían construido una cabaña para abrigarnos de ese viento
terrible de la mañana que rasga las carnes como una sierra, la corta como una
espada, la hiere como una aguja envenenada, la retuerce como tenazas y la quema
como el fuego.
Mi primo se frotaba las manos.
—Nunca he visto una helada como esta. —me decía.
Y a las seis de la tarde teníamos 12 grados bajo
cero.
Apenas terminada la comida, me eché en la cama y me
quedé dormido, mirando las llamas que regocijaban la chimenea. A las tres en
punto me despertaron. Me abrigué con una piel de carnero, y después de tomar
cada uno dos tazas de café hirviendo y dos copas de coñac abrasador, nos
pusimos en camino acompañados por un guarda y por nuestros perros Plongeon y
Pierrot.
Al dar los primeros pasos me sentía helado. Era una
de esas noches en que la tierra parece muerta. El aire glacial hace tanto daño
que parece palpable; no lo agita soplo alguno; diríase que está inmóvil;
muerde, traspasa, mata los árboles, los insectos, los pajarillos que caen
muertos sobre el suelo duro y se endurecen en seguida para el fúnebre abrazo
del frío. La luna, en el último cuarto, pálida, parecía también desmayada en el
espacio; tan débil que no le quedaban ya fuerzas para marcharse y se estaba allí
arriba inmóvil, paralizada también por el rigor del cielo inclemente. Repartía
sobre el mundo luz apagadiza y triste, esa luz amarillenta y mortecina que nos
arroja todos los meses al final de su resurrección.
Karl y yo íbamos uno al lado del otro, con la
espalda encorvada, las manos en los bolsillos y la escopeta debajo del brazo.
Nuestro calzado, envuelto en lana a fin de que pudiéramos caminar sin resbalar
por la escurridiza tierra helada, no hacía ruido: yo iba contemplando el humo
blancuzco que producía el aliento de nuestros perros. Pronto estuvimos a la
orilla del pantano y nos internamos por una de las avenidas de juncos que la
rodean.
Nuestros codos, al rozar con las largas hojas del
junco, iban dejando en pos de nosotros un ruido misterioso que contribuyó a que
me sintiese poseído, como nunca, por la singular y poderosa emoción que hace
siempre nacer en mí la proximidad de un pantano. Aquel en el cual nos
encontrábamos estaba muerto, muerto de frío.
De pronto, al revolver una de las calles de juncos,
apareció a mi vista la choza de hielo que habían levantado para ponernos al
abrigo de la intemperie. Entré en ella, y como todavía faltaba más de una hora
para que se despertaran las aves errantes que íbamos a perseguir, me envolví en
mi manta y traté de entrar un poco en calor. Entonces, echado boca arriba, me
puse a mirar a la luna, que, vista a través de las paredes vagamente
transparentes de aquella vivienda polar, aparecía ante mis ojos con cuatro cuernos.
Pero el frío del helado pantano, el frío de
aquellas paredes, el frío que caía del firmamento, se metió hasta mis huesos de
una manera tan terrible que me puse a toser. Mi primo Karl, alarmado por
aquella tos, me dijo lleno de inquietud:
—Aunque no matemos mucho hoy, no quiero que te
resfríes; vamos a encender lumbre.
Y dio orden al guardia para que cortara algunos
juncos. Hicieron un montón de ellos en medio de la choza, que tenía un agujero
en el techo para dejar salir el humo; y cuando la llama rojiza empezó a
juguetear por las cristalinas paredes, éstas empezaron a fundirse suavemente y
muy poco a poco, como si aquellas piedras de hielo echaran a sudar. Karl, que
se había quedado fuera, me llamó.
Salí y me quedé absorto. La choza, en forma de
cono, parecía un monstruoso diamante rosa, colocado de pronto sobre el agua
helada del pantano. Y dentro se veían dos sombras fantásticas: las de nuestros
perros que se estaban calentando. Un graznido extraño, graznido errante,
perdido, se oyó allá en lo alto, por encima de nuestras cabezas. El reflejo de
nuestra hoguera despertaba a las aves salvajes.
No hay nada que me conmueva tanto como ese primer
grito de vida que no se ve y que corre por el aire sombrío, rápido, lejano,
antes de que se aparezca en el horizonte la primera claridad de los días de
invierno. Me parece, a esa hora glacial del alba, que ese grito fugitivo,
escondido entre las plumas de un pajarraco, es un suspiro del alma del mundo.
—Apaguen la hoguera —decía Karl—, que ya amanece.
Y, en efecto, comenzaba a clarear, y las bandadas
de patos formaban amplias manchas de color, pronto borradas en el firmamento.
Brilló un fogonazo en la oscuridad; Karl acababa de
disparar; los perros salieron a la carrera. Entonces, de minuto en minuto, unas
veces él, otras yo, nos echábamos la escopeta a la cara en cuanto por encima de
los juncos aparecía la sombra de una tribu voladora. Y Pierrot y Plongeon, sin
aliento, gozosos, entusiasmados, nos traían, uno tras otro, patos
ensangrentados que, moribundos, nos miraban melancólicamente.
Había amanecido un día claro y azul; el sol iba
levantándose allá, en el fondo del valle. Ya nos disponíamos a marcharnos
cuando dos aves, con el cuello estirado y las alas tendidas, se deslizaron
bruscamente por encima de nuestras cabezas. Tiré. Una de ellas cayó a mis pies.
Era una cerceta de pechuga plateada. Entonces se oyó un grito en el aire, grito
de pájaro que fue un quejido corto, repetido, desgarrador; y el animalito que
había salvado la vida empezó a revolotear por encima de nuestras cabezas mirando
a su compañera, que yo tenía muerta entre mis manos. Karl, rodilla en tierra,
con la escopeta en la cara, la mirada fija, esperaba a que estuviese a tiro.
—¿Has matado a la hembra? —dijo—. El macho no
escapará.
Y, en efecto, no se escapaba. Sin dejar de
revolotear por encima de nosotros, lloraba desconsoladamente. No recuerdo
gemido alguno de dolor que me haya desgarrado el alma tanto como el reproche
lamentable de aquel pobre animal, que se perdía en el espacio. De cuando en
cuando huía bajo la amenaza de la escopeta, y parecía dispuesto a continuar su
camino por el espacio. Pero no pudiendo decidirse a ello, pronto volvía en
busca de su hembra.
—Déjala en el suelo —me dijo Karl—. Verás como se
acerca.
Y así fue. Se acercaba, inconsciente del peligro
que corría, loco de amor por la que yo había matado.
Karl tiró: aquello fue como si hubiera cortado el
hilo que tenía suspendida al ave. Vi una cosa negra que caía; oí el ruido que
produce al chocar con las juncos. Pierrot me la trajo en la boca.
Metí al pato, frío ya, en un mismo zurrón... y
aquel mismo día salí para París.
Guy de Maupassant (1850-1893)


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