© Libro N° 9693. Amina. White, Edward Lucas. Emancipación. Marzo12
de 2022.
Título original: © Amina. Edward Lucas White
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Original: © Amina. Edward Lucas White
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Edward Lucas White
Amina
Edward Lucas White
«AMINA»: EDWARD LUCAS WHITE; RELATO Y ANÁLISIS.
Amina (Amina) es un relato de vampiros del escritor
norteamericano Edward Lucas White (1866-1934), escrito en 1906 y publicado
originalmente edición del 1 de junio de 1907 de la revista The Bellman. Más
adelante formaría parte de la antología de 1927: Lukundoo y otros relatos
(Lukundoo and Other Stories); y desde entonces sería reeditado en numerosas
colecciones, entre ellas: Los durmientes y los muertos (The Sleeping and the
Dead) y El libro negro del hombre lobo (The Black Book of the Werewolf).
Amina, uno de los grandes cuentos de Edward Lucas
White, relata la historia de Waldo, un joven de Maine que se aleja de su
campamento en el desierto persa. Es ayudado por una extraña mujer, llamada
Amina, que habita en una antigua tumba con sus hijos, muchos hijos, una
verdadera jauría de pequeños Ghouls hambrientos [ver: Razas de vampiros]
SPOILERS.
Amina de Edward Lucas White relata la historia de
Waldo, un joven aventurero de Rhode Island que emprende un viaje al interior de
Persia bajo la protección de un cónsul, presumiblemente estadounidense. A pesar
de la advertencia del cónsul, Waldo se separa de su grupo y se encuentra con
una mujer de aspecto inusual, exótico, llamada Amina. Ella lleva el rostro
descubierto, sin adornos, lo cual ya es extraño en aquellas tierras, pero no
tanto como su excepcional musculatura y las largas uñas, como garras, que
crecen en sus pies.
Amina, inesperadamente, habla inglés [«aunque
apenas mueve los labios»]. No es cristiana, ni musulmana, sino que afirma
pertenecer al «Pueblo Libre», sobre el cual se abstiene de brindar mayores
comentarios. Amina le ofrece refugio a nuestro protagonista, sediento y
desorientado, que resulta ser una tumba en ruinas, muy antigua, habitada por
numerosos niños deformes. Eventualmente, Edward Lucas White revela que Amina es
un Ghoul, y que aquellos niños son su última camada de crías [ver: Danny Glick
y los niños-vampiro de Stephen King]
Finalmente, el cónsul intercede y dispara a Amina
dos veces. Cuando Waldo lo acusa de asesinar a una mujer, el cónsul le señala
el cuerpo tendido en el suelo de la tumba, el cual revela todas las
características de esta temible raza del folclore árabe: los Ghouls [ver:
Ghouls: la historia secreta de los Necrófagos en la ficción]
Edward Lucas White introduce varias innovaciones en
Amina. Por ejemplo, enfatiza la naturaleza salvaje de los Ghouls, pero sin
mencionar sus hábitos como necrófagos, y los reduce a una rareza zoológica,
como si se trataran de una versión degradada del ser humano. En definitiva, los
clasifica como una amenaza temporal, no espiritual, y lo hace a través de la
fuerte atracción sexual que Waldo siente hacia Amina.
Resulta inevitable citar la historia de Sidi
Nouman, de Las mil y una noches, como fuente de inspiración para el relato.
Allí, la novia de Sidi, llamada Amina, resulta ser un Ghoul. Al darse cuenta de
que ella evita comer en varias ocasiones, Sidi Nouman finge dormir y, en medio
de la noche, la sigue hasta un cementerio abandonado. Allí la sorprende sentada
en una tumba con una manada de pequeños y hambrientos Ghouls dándose un festín
macabro con un cadáver. Evidentemente, la Amina de Edward Lucas White es la
misma que la de Las mil y una noches; de hecho, en el relato, Waldo reconoce su
nombre de Las mil y una noches, pero ella responde que los del Pueblo Libre
[los Ghouls] «no saben nada de tales locuras».
Si bien es un relato muy breve, con escasa
caracterización, el personaje de Amina exhibe una profundidad que me
impresionó. Por supuesto, se trata de un Ghoul que se alimenta de viajeros
desprevenidos y, en épocas de escasez, de cadáveres; pero su accionar, de algún
modo, su naturaleza maternal [tiene una gran camada que alimentar], la vuelve
sumamente terrenal, casi como una leona que caza para sus cachorros.
Definitivamente es una de las vampiresas más agradables que he conocido [ver:
La maternidad fallida en «Drácula»]
La historia de Amina es recurrente en el relato de
terror. Por ejemplo, Clark Ashton Smith ambienta su historia de 1934: El Ghoul
(The Ghoul), durante el reinado del califa Vathek; y narra la historia de un
joven que realiza un pacto con un Ghoul para asegurarse de que el cadáver de su
difunta esposa, llamada Amina [que aquí no es un necrófago sino su posible
cena], no sea profanado.
Uno de los cuentos favoritos de H.P. Lovecraft
[aunque no lo menciona en su ensayo El horror sobrenatural en la literatura a
pesar de su evidente influencia en su propia obra] es Amina. Sin embargo, se
refirió al autor en términos elogiosos:
[Muy notables, a su manera, son algunas de las
extrañas concepciones del novelista y cuentista Edward Lucas White, la mayoría
de cuyos temas surgen de sueños reales. El Sr. White imparte una cualidad muy
peculiar a sus cuentos: una especie de glamour oblicuo que tiene su propio tipo
distintivo de convencimiento.]
Podemos observar claramente la influencia de Amina
en la ficción de Lovecraft a través de la naturaleza canina de los Ghouls de
Edward Lucas White:
[Waldo sintió náuseas. Lo que vio no fue el frente
de una mujer, sino más bien la parte inferior de un viejo fox-terrier con
cachorros, o de una cerda blanca, con su segunda camada; desde la clavícula
hasta la ingle, diez ubres colgantes, dos filas mutiladas, fibrosas y
flácidas.]
H.P. Lovecraft parece haberse inspirado en este
modelo canino del Ghoul de Edward Lucas White para sus propios necrófagos en El
modelo de Pickman (Pickman's Model) [ver: De la luz a la oscuridad: psicología
de «El modelo de Pickman»]. Así relata el narrador un cuadro del artista
maldito, titulado: La lección (The Lesson), cuyas conclusiones coinciden con
las de Edward Luchas White en cuanto a la similitud, incluso a un posible
vínculo genético, entre los Ghouls y los Humanos:
[Imagina un círculo de cosas parecidas a perros, en
cuclillas, enseñándole a un niño humano a alimentarse como ellos. Ya conoces el
viejo mito de los Changelings, supongo. Pickman estaba mostrando lo que les
sucede a esos bebés robados, cómo crecen, y luego comencé a ver una relación
horrible en los rostros de las figuras humanas y no humanas. Estaba, en todas
sus gradaciones de morbosidad, entre lo no humano y lo degradadamente humano,
estableciendo un vínculo y una evolución sardónica. ¡Las cosas caninas se
desarrollaron a partir de mortales!]
Los Ghouls de Edward Lucas White y Lovecraft
influyeron poderosamente en Los moradores debajo de las tumbas (The Dwellers
Under the Tomb) de Robert E. Howard, donde la relación entre los Ghouls y los
Humanos continúa. Para Edward Lucas White, estas criaturas son una antigua raza
que habita en un mundo de engaño, en las fronteras de nuestra realidad física.
Para Lovecraft y Howard, son el producto de la decadencia genética, de la
involución del ser humano que ha mutado en una bestia repugnante [ver: Los Perros
de Tindalos y los ángulos del tiempo]
AMINA
Edward Lucas White
(1866-1934)
(Traducido al español por Sebastián Beringheli para
El Espejo Gótico)
Waldo, frente a la realidad de lo increíble —como
él mismo lo habría expresado— estaba completamente aturdido. En silencio,
permitió que el cónsul lo condujera desde la tibia penumbra del interior, a
través del portal ruinoso, hacia el cálido y deslumbrante brillo del paisaje
desértico. Hassan lo siguió, sin mirar atrás. Sin decir palabra, había tomado
la pistola de Waldo de su mano insensible.
El cónsul atravesó la arena de grava, a unos
cincuenta pasos de la esquina suroeste de la tumba, hasta un trozo de pared no
del todo arruinada desde la que se veía claramente la entrada de la tumba.
—Hassan —ordenó—, mira.
Hassan dijo algo en persa.
—¿Cuántas crías había? —preguntó el cónsul a Waldo.
Waldo se quedó mudo.
—¿Cuántos jóvenes viste? —preguntó de nuevo el
cónsul.
—Casi veinte o más —respondió Waldo.
—Eso es imposible —espetó el cónsul.
—Parecía haber dieciséis o dieciocho —afirmó Waldo.
Hassan sonrió y gruñó. El cónsul le quitó dos
pistolas, le entregó las suyas a Waldo y rodearon la tumba hasta un punto
aproximadamente a la misma distancia de la esquina opuesta. Al lado de la tumba
había un bloque de piedra a la sombra de la pared.
—Conveniente —dijo el cónsul—. Siéntate en esa
piedra y apóyate contra la pared, ponte cómodo. Estás un poco conmocionado,
pero estarás bien en un momento. Deberías comer algo, pero no tenemos nada. De
todos modos, toma un buen trago de esto.
Se quedó junto a él mientras Waldo jadeaba por el
brandy.
—Hassan te traerá su cantimplora antes de irse
—prosiguió el cónsul—. Bebe mucho, porque debes quedarte aquí por algún tiempo.
Y ahora, préstame atención. Debemos extirpar estas alimañas. El macho, juzgo,
está ausente. Si hubiera estado en algún lugar, ahora no estarías vivo. Las
crías no pueden ser tantas como dices, pero supongo que tenemos que lidiar con
diez, una camada llena. Debemos ahuyentarlos. Hassan regresará al campamento en
busca de combustible y el guardia. Mientras tanto, tú y yo debemos asegurarnos
de que ninguno escape.
Tomó la pistola de Waldo, abrió la recámara, la
cerró, examinó el cargador y se la devolvió.
—Ahora mírame de cerca —dijo.
Se alejó, mirando a su izquierda más allá de la
tumba. Luego se detuvo y juntó varias piedras.
—¿Ves estas?
Waldo asintió.
El cónsul regresó, pasó en la misma línea, mirando
a su derecha más allá de la tumba, y luego, a una distancia similar, levantó
otro pequeño túmulo, volvió a gritar y volvió a ser respondido. De nuevo
regresó.
—¿Ahora estás seguro de que no puedes confundir
esas dos marcas que hice?
—Muy seguro —dijo Waldo.
—Es importante —advirtió el cónsul—. Voy a volver a
donde dejé a Hassan, para mirar allí mientras él no está. Vigilarás aquí.
Puedes caminar con la frecuencia que desees a cualquiera de esos montones de
piedras. De cualquiera de los dos deberías poder verme. No te desvíes, porque
tan pronto como Hassan se pierda de vista, dispararé a cualquier cosa en
movimiento. Siéntate aquí hasta que me veas establecer límites similares para
mi guardia: ve al lado más alejado y luego dispara a cualquier cosa en movimiento
que no esté en mi línea de patrulla. Mantente alerta a tu alrededor. Existe una
posibilidad entre un millón de que el macho regrese a la luz del día; la
mayoría son nocturnos, pero esta guarida es evidentemente excepcional. Mantente
alerta.
»Y ahora escúchame. No debes tener ningún
sentimentalismo tonto acerca de cualquier parecido imaginario de estas alimañas
con los seres humanos. Dispara y dispara a matar. No solo es nuestro deber, en
general, abolirlos, sino que será muy peligroso para nosotros si no lo hacemos.
Hay poca o ninguna solidaridad en las comunidades musulmanas, pero en los
comparativamente pocos puntos sobre los que existe consenso se actúa con
asombrosa rapidez y vigor. Un asunto en el que no hay desacuerdo es que incumbe
a cada hombre ayudar a erradicar estas criaturas. La buena y antigua costumbre
bíblica de apedrear hasta la muerte es el modo de linchar a los indígenas aquí.
Estos asiáticos modernos son bastante capaces de aplicarlo contra cualquiera de
estos monstruos. Si dejamos que uno se escape y corra el rumor, podemos
precipitar un estallido de prejuicio racial difícil de afrontar. Dispara, digo,
sin vacilación ni piedad.
—Entiendo —dijo Waldo.
—No me importa si lo entiendes o no —dijo el
cónsul—, quiero que actúes. Dispara si es necesario.
Y se fue.
En ese momento apareció Hassan, y Waldo bebió de su
cantimplora casi todo su contenido. Después de su partida, el primer estado de
alerta de Waldo pronto dio lugar a la mera resistencia a la monotonía de la
observación y la intensidad del calor. Su malestar se convirtió en sufrimiento,
y con la furia del resplandor seco, los dolores de la sed y su desconcierto
mental, Waldo se movía en un sueño despierto cuando Hassan regresó con dos
burros y una mula cargada con matorrales. Detrás de las bestias se rezagaba el
guardia.
El trance de Waldo se convirtió en una pesadilla
cuando el humo hizo efecto y comenzó la batalla. Sin embargo, no solo no se le
exigió que se uniera a la matanza, sino que también se le ordenó que se
mantuviera alejado. Se mantuvo mucho en segundo plano, viendo solo una parte de
la matanza, ya que su curiosidad no le permitió abstenerse de ver.
Sin embargo, se sintió todo un asesino al
contemplar los diez pequeños cadáveres dispuestos en fila, y el recuerdo de su
vigilia y su final, de hecho, de todo el día, aunque fue el día de su aventura
más maravillosa, permanece para él como el recuerdo roto de una fantasmagoría.
Esa mañana Waldo se había despertado temprano. Las
experiencias de su viaje por mar, las vistas en Gibraltar, en Port Said, en el
canal, en Suez, en Adén, en Mascate y en Basora habían formado una transición
del todo inadecuada de la decorosa regularidad de la vida en Nueva York e
Inglaterra a la asombrosa maravilla de las inmensidades del desierto.
Todo parecía irreal y, sin embargo, la realidad de
su extrañeza lo asediaba tanto que no podía sentirse como en casa. No podía
dormir profundamente en una tienda de campaña. Después de recomponerse, estuvo
largo rato consciente y se levantó temprano, como esta mañana, justo al
comienzo del falso amanecer.
El cónsul estaba profundamente dormido, roncando
ruidosamente. Waldo se vistió tranquilamente y salió; mecánicamente, sin ningún
propósito ni previsión, tomando su arma. Afuera encontró a Hassan, sentado, con
la pistola sobre las rodillas, la cabeza hundida hacia adelante, tan
profundamente dormido como el cónsul. Ali e Ibrahim habían abandonado el
campamento el día anterior en busca de suministros. Waldo era la única criatura
despierta; porque los guardias, acampados a poca distancia, no eran más que troncos
alrededor de las cenizas de su fuego.
Parecía un momento para disfrutar bajo el
resplandor blanco del falso amanecer, la reaparición mágica de las
constelaciones y la breve y última gloria del firmamento cargado de estrellas,
ese breve frescor que compensó un poco la mañana calurosa, el día ardiente y el
noche cálida. Se sentó en una roca, a algunos pasos de la tienda. Al girar la
pistola en las manos, sintió una tentación irresistible de vagar solo, de
pasear solo por el fascinante vacío del árido paisaje.
Cuando comenzó la vida en el campamento, esperaba
encontrar al cónsul, esa combinación de deportista, explorador y arqueólogo, un
guardián particularmente tranquilo. Había esperado una libertad absolutamente
ilimitada en la espaciosa extensión de los páramos. La realidad que había
encontrado era exactamente contraria a sus ideas preconcebidas. La primera
orden judicial del cónsul fue:
—Nunca te pierdas de vista de mí o de Hassan a
menos que él o yo te enviemos con Ali o Ibrahim. No dejes que nada te tiente a
deambular solo. Incluso un paseo es peligroso. Es posible que pierda de vista
el campamento antes de darse cuenta.
Al principio, Waldo accedió, luego protestó:
—Tengo una buena brújula de bolsillo. Sé cómo
usarla. Nunca perdí mi camino en los bosques de Maine.
—No hay kurdos en los bosques de Maine —dijo el
cónsul.
Sin embargo, al poco tiempo, Waldo notó que los
pocos kurdos que vio parecían gente sencilla y pacífica. No había encontrado
peligro, ni siquiera el atisbo de una aventura. Su guardia armada, de una
docena de grasientos andrajosos, había pasado el tiempo holgazaneando con
inquietud.
Waldo también notó que el cónsul parecía
indiferente a las ruinas, que su sentido de la topografía era más frío que
tibio, que no mostraba ardor en la búsqueda de la caza. Había aprendido
suficientes dialectos para escuchar conversaciones repetidas sobre «ellos».
«¿Has oído hablar de alguno por aquí?» «¿Alguien ha sido asesinado?» «¿Algún
rastro de ellos en este distrito?» Y tales consultas que pudo hacer en las
diversas conversaciones con los nativos. En cuanto a quiénes eran «ellos», no
recibió ninguna aclaración.
Luego le preguntó a Hassan por qué estaba tan
restringido en sus movimientos.
Hassan hablaba algo de inglés y lo obsequió con
historias de Afrits, Ghouls, espectros y otras extrañas presencias legendarias;
de los genios que aparecen en forma humana, que hablan todos los idiomas,
siempre alerta para atrapar a los infieles; de la mujer cuyos pies se torcían
al revés a la altura de los tobillos, atrayendo a los desprevenidos a un
estanque y ahogando a sus víctimas; de los fantasmas malignos de los bandoleros
muertos, más terribles que sus compañeros vivos; del espíritu en la forma de un
asno salvaje, o de una gacela, atrayendo a sus perseguidores al borde de un
precipicio y él mismo pareciendo correr sobre una extensión de arena, un mero
espejismo, disolviéndose cuando la víctima caía a la muerte; del duende en la
apariencia de una liebre que finge cojear, o de un pájaro terrestre que finge
tener un ala rota, arrastrando a su perseguidor tras él hasta que encuentra la
muerte en un pozo invisible.
Ali e Ibrahim no hablaban inglés. Por lo que Waldo
pudo entender, sus largas arengas contaban historias similares o insinuaban
peligros igualmente vagos e imaginarios. Estos cuentos de fantasmas infantiles
simplemente despertaron el anhelo de Waldo.
Ahora, mientras estaba sentado en una roca,
anhelando disfrutar del cielo perfecto, el aire claro y temprano, el paisaje
amplio y solitario, junto con la sensación de tenerlo para él solo, le parecía
que el cónsul era simplemente cauteloso por naturaleza, demasiado cauteloso. No
había peligro. Daría un buen paseo, quizá mataría algo y seguro que estaría de
vuelta en el campamento antes de que el sol calentase.
Se incorporó.
Unas horas más tarde estaba sentado sobre un
albardilla a la sombra de una tumba en ruinas. Toda la zona que habían estado
atravesando estaba llena de tumbas y restos de tumbas, prehistóricas,
bactrianas, persas, sasánidas o mahometanas, esparcidas por todas partes en
grupos o solitarias. Desaparecidos por completo están los rastros más débiles
de las ciudades, pueblos y aldeas, casas efímeras o chozas temporales en las
que habían vivido las innumerables generaciones de dolientes. Las tumbas,
construidas de manera más duradera que las meras viviendas de los vivos,
permanecieron.
Completas o ruinosas, o reducidas a meros
fragmentos, estaban por todas partes. En ese distrito eran todas de un mismo
tipo. Cada una estaba abovedada y debajo era cuadrada, su única puerta miraba
hacia el este y se abría a una gran habitación vacía, detrás de la cual estaban
las cámaras mortuorias.
A la sombra de tal tumba se sentó Waldo. No había
disparado a nada, se había perdido, no tenía idea de la dirección del
campamento, estaba cansado, acalorado y sediento. Había olvidado su botella de
agua.
Recorrió con la mirada la vasta y desolada
perspectiva, el turquesa invariable del cielo se arqueaba sobre el ondulado
desierto. Lejanas colinas rojizas a lo largo del horizonte se enroscaban en los
menos lejanos montículos pardos que, sin diversificarlo, amontonaban el paisaje
amarillo. La arena y las rocas con uno o dos arbustos flacos y hambrientos
componían la vista más cercana, interrumpida aquí y allá por ruinas
desmoronadas de un blanco deslumbrante o veteadas, de gris. El sol no había
estado mucho tiempo sobre el horizonte, pero toda la superficie del desierto
temblaba de calor.
Mientras Waldo estaba sentado contemplando el
panorama, una mujer dobló la esquina de la tumba.
Todas las mujeres del pueblo que Waldo había visto
usaban yashmaks o alguna otra forma de cubrirse la cara o velo. Esta mujer
tenía la cabeza descubierta y sin velo. Llevaba una especie de prenda de color
marrón amarillento que la envolvía desde el cuello hasta los tobillos, sin
mostrar la línea de la cintura. Sus pies, desafiando las arenas abrasadoras,
estaban descalzos.
Al ver a Waldo, se detuvo y lo miró fijamente como
él la miraba a ella. Observó la postura poco europea de sus pies, no vueltos
hacia afuera, pero con las líneas internas paralelas. No llevaba tobilleras,
observó, ni pulseras, ni collares ni pendientes.
Pensó que sus brazos desnudos eran los más
musculosos que jamás había visto en un ser humano.
Sus uñas eran puntiagudas y largas, tanto en las
manos como en los pies. Su pelo era negro, corto y despeinado, pero no parecía
salvaje ni desagradable. Sus ojos sonreían y sus labios tenían el efecto de
sonreír, aunque no se abrían ni un poco, sin mostrar los dientes detrás de
ellos.
—Qué lástima —dijo Waldo en voz alta—, que ella no
hable inglés.
—Hablo inglés —dijo la mujer, y Waldo notó que,
mientras hablaba, sus labios no se abrieron perceptiblemente—. ¿Qué quiere el
caballero?
—¡Hablas ingles! —exclamó Waldo, poniéndose de pie
de un salto—. ¡Qué suerte! ¿Dónde lo aprendiste?
—En la escuela de la misión —respondió ella, con
una sonrisa divertida jugando en las comisuras de su boca—. ¿Qué puedo hacer
por ti?
Hablaba sin apenas acento extranjero, sino muy
despacio y con una especie de gruñido que iba de sílaba en sílaba.
—Tengo sed —dijo Waldo—, y me he perdido.
—¿El caballero vive en una tienda de campaña
marrón, con forma de medio melón? —inquirió ella con una extraña y retumbante
nota entre sus labios apenas separados.
—Sí, ese es nuestro campamento —dijo Waldo.
—Yo podría guiar al caballero —murmuró—; pero está
lejos, y no hay agua por ese lado.
—Primero quiero agua —dijo Waldo—, o leche.
—Si te refieres a la leche de vaca, no tenemos.
Pero tenemos leche de cabra. Hay de beber donde yo vivo —dijo, cantando las
palabras—. No está lejos.
—Guíame —dijo él.
Ella comenzó a caminar, Waldo, con su arma bajo el
brazo, a su lado, caminaba rápida y silenciosamente. Waldo apenas podía
seguirle el ritmo. Mientras caminaban, a menudo se rezagaba y notaba cómo sus
prendas de vestir se aferraban a una espalda esbelta y bien formada, una
cintura prolija y caderas firmes.
Cada vez que se apresuraba y la alcanzaba, la
examinaba con miradas intermitentes, desconcertado de que su cintura, tan bien
marcada en la columna, no mostrara una definición particular al frente; que el
contorno desde el cuello hasta las rodillas, perfectamente informe bajo sus
envolturas, no tuviese ni sugerencia de firmeza u ondulación. También remarcó
el parpadeo divertido de sus ojos y la línea comprimida de sus labios rojos,
demasiado rojos.
—¿Cuánto tiempo estuviste en la escuela de la
misión? —inquirió él.
—Cuatro años —respondió ella.
—¿Eres cristiana? —preguntó.
—El Pueblo Libre no se somete al bautismo —afirmó
simplemente, pero con un poco más de gruñido monótono entre sus palabras.
Sintió un extraño escalofrío al observar los labios
apenas movidos por los que se abrían paso las sílabas.
—Pero no llevas velo —no pudo resistirse a decir.
—El Pueblo Libre nunca lleva velo —replicó.
—¿Entonces no eres mahometana?
—El Pueblo Libre no es musulmán.
—¿«Pueblo Libre»? ¿Quiénes son? —soltó él
imprudentemente.
Ella le lanzó una mirada siniestra. Waldo recordó
que tenía que lidiar con una asiática. Recordó las tres preguntas permitidas.
—¿Cuál es tu nombre? —inquirió.
—Amina.
—Ese es un nombre de las Las mil y una noches
—aventuró.
—El Pueblo Libre no sabe nada de tales locuras.
La invariable cerrazón de sus labios al hablar, el
lento murmullo entre las sílabas, lo golpearon aún más cuando sus labios se
curvaron pero no se abrieron.
—Pronuncias tus palabras de una manera extraña
—dijo.
—Tu idioma no es el mío —respondió ella.
—¿Cómo es que aprendiste mi idioma en la escuela de
la misión y no eres cristiana?
—Enseñan a todos en la escuela de la misión —dijo—,
y las doncellas del Pueblo Libre son como las otras doncellas a las que
enseñan, aunque, cuando crecen, no son como los habitantes de las ciudades. Por
eso me enseñaron como a cualquier muchacha de pueblo, sin conocerme por lo que
soy.
—Te enseñaron bien.
—Tengo el don de lenguas —pronunció
enigmáticamente, con una extraña nota de triunfo haciendo retumbar las palabras
a través de sus labios inmóviles.
Waldo sintió un horrible escalofrío en todo su
cuerpo.
—¿Estás lejos de tu casa?
—Mi casa está allí —dijo, señalando la entrada de
una gran tumba justo delante de ellos.
El arco totalmente abierto los admitió en un
interior bastante espacioso, fresco con la temperatura constante de la gruesa
mampostería. No había basura en el suelo. Waldo, aliviado de escapar del
resplandor abrasador del exterior, se sentó en un bloque de piedra a medio
camino entre la puerta y el tabique interior, y apoyó la culata de la pistola
en el suelo. Por el momento lo cegó el cambio del insistente brillo de la
mañana del desierto a la borrosa luz gris del interior.
Cuando se le aclaró la vista, miró a su alrededor y
observó, frente a la puerta, el agujero irregular que dejaba abierto el
mausoleo profanado. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, se
sobresaltó tanto que se puso de pie. Le pareció que desde sus cuatro esquinas
la habitación bullía de niños desnudos. Para su inexperta conjetura parecían
tener dos años, pero se movían con la seguridad de niños de ocho o diez.
—¿De quién son estos niños? —exclamó él.
—Míos —dijo ella.
—¿Todos? —protestó.
—Todos —respondió ella con un curioso bullicio
reprimido en su comportamiento.
—Pero hay veinte de ellos —gritó.
—Cuentas mal en la oscuridad —dijo ella—. Hay
menos.
—Ciertamente hay una docena —sostuvo él, girando
mientras los niños bailaban y correteaban.
—El Pueblo Libre tiene familias numerosas —dijo.
—Pero todos tienen la misma edad —exclamó Waldo con
la lengua seca contra el paladar.
Ella se rio, una risa desagradable y burlona.
Estaba entre él y la entrada, y como la mayor parte de la luz provenía de ella,
no podía ver sus labios.
Waldo estaba confundido y volvió a sentarse. Los
niños circulaban a su alrededor, parloteando, riendo, haciendo ruidos que
indicaban alegría.
—Por favor, tráeme algo fresco para beber —dijo
Waldo, y su lengua no solo estaba seca sino grande en su boca.
—Podremos beber en breve —dijo—, pero estará
caliente.
Waldo comenzó a sentirse incómodo. Los niños hacían
cabriolas a su alrededor, balbuceando extraños ruidos guturales, lamiéndose los
labios, señalándolo, con los ojos fijos en él, lanzando miradas ocasionales a
su madre.
—¿Dónde está el agua?
La mujer permaneció en silencio, con los brazos
colgando a los costados. A Waldo le pareció que era más baja de lo que había
sido afuera.
—¿Dónde está el agua? —repitió.
—Paciencia, paciencia —gruñó ella, y dio un paso
cerca de él.
La luz del sol caía sobre su espalda y formaba una
especie de halo alrededor de sus caderas. Parecía aún más baja que antes. Había
algo furtivo en su porte, y los pequeños se rieron maliciosamente.
En ese instante sonaron dos disparos de fusil casi
como uno solo. La mujer cayó boca abajo en el suelo. Los bebés chillaron en un
coro estridente. Luego saltaron en cuatro patas con una rapidez explosiva, se
tambalearon en una carrera tambaleante hacia el agujero en la pared y, con un
grito espantoso, ella levantó los brazos y giró hacia atrás, se dobló y se
contorsionó como un pez moribundo. Entonces se puso rígida, se estremeció y se
quedó quieta.
Waldo, con sus ojos horrorizados fijos en su
rostro, incluso en su asombro notó que sus labios no se abrían.
Los niños, lanzando leves gritos de consternación,
treparon por el agujero en la pared interior, desapareciendo en el vacío más
allá. Apenas se había ido el último cuando el cónsul apareció en la puerta con
la pistola humeante en la mano.
—Ni un segundo demasiado pronto, muchacho
—exclamó—. Ella solo iba a saltar.
Amartilló el arma y empujó el cuerpo con el cañón.
—Muerta —comentó—. ¡Qué suerte! Generalmente se
necesitan tres o cuatro balas para hacer el trabajo.
—¿Asesinaste a esta mujer? —acusó Waldo ferozmente.
—¿Asesinar? —resopló el cónsul—. ¡Asesinar! Mira
eso.
Se arrodilló y abrió los labios, dejando al
descubierto no dientes humanos, sino pequeños incisivos, muelas en forma de
cúspide, muy separadas; y caninos superpuestos, largos y afilados, como los de
un galgo: una dentición feroz, mortal, carnívora, amenazante y combativa.
Waldo sintió escalofríos, pero el rostro y la forma
aún dominaban su horrorizada simpatía por su humanidad.
—¿Le disparas a las mujeres porque tienen los
dientes largos? —insistió Waldo, asqueado por la horrible muerte que había
presenciado.
—Eres difícil de convencer —dijo el cónsul con
severidad—. ¿Llamas a eso una mujer?
Le quitó la ropa al cadáver.
Waldo sintió náuseas. Lo que vio no fue el frente
de una mujer, sino más bien la parte inferior de un viejo fox-terrier con
cachorros, o de una cerda blanca, con su segunda camada; desde la clavícula
hasta la ingle, diez ubres colgantes, dos filas mutiladas, fibrosas y flácidas.
—¿Qué clase de criatura es? —preguntó débilmente.
—Un Ghoul, muchacho —respondió el cónsul
solemnemente, casi en un susurro.
—Pensé que no existían —balbuceó Waldo—. Pensé que
eran míticos. Pensé…
—Puedo creer muy bien que no haya ninguno en Rhode
Island —dijo el cónsul con gravedad—. Pero esto es Persia, y Persia está en
Asia.
Edward Lucas White (1866-1934)
(Traducido al español por Sebastián Beringheli para
El Espejo Gótico)


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