© Libro N° 9685. Cosas Nuevas Y Viejas. Chaves, Manuel. Emancipación. Marzo12
de 2022.
Título original: © Cosas Nuevas Y Viejas (Apuntes Sevillanos). Manuel
Chaves, José Nogales
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Original: © Cosas Nuevas Y Viejas. Manuel Chaves
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(Apuntes Sevillanos)
Manuel Chaves
José Nogales
Cosas Nuevas Y Viejas
(Apuntes Sevillanos)
Manuel Chaves
José Nogales
Title: Cosas nuevas y viejas
(apuntes sevillanos)
Author: Manuel Chaves
José Nogales
Release Date: April 19,
2011 [EBook #35905]
Language: Spanish
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OBRAS DE MANUEL CHAVES
Constancia.—Novela.—Imp. de El Cronista.—1891.—El
Posibilista.—1894.—Sevilla.
Hablar por
hablar.—Colección de artículos literarios, satíricos y de
costumbres, publicados de 1890 á 1894.—El Posibilista.—Sevilla.
Bocetos de
una época (1820-1840).—Carta-prólogo de don Manuel
Gómez Imaz.—Librería de Fernando Fe.—1892.—Madrid.—Imp. de Francisco Leal, etc.
Sevilla.—Un tomo en 8.º.—270 páginas.
Pro-Patria.—Homenaje á los heroicos hijos de Sevilla don José
González Cuadrado y don Bernardo Palacios Malaver.—Primera edición: Tipografía
de Díaz y Carballo, etc., etc.—1893.—Segunda edición: Tipografía de Leal y C.ª
1894.—Sevilla.—Folleto en 4.º.—Una lámina.
Páginas
Sevillanas.—Sucesos históricos,
personajes célebres, monumentos notables, tradiciones populares, cuentos
viejos, leyendas y curiosidades.—Con una carta-prólogo de don José Gestoso y
Pérez.—Imp. de E. Rasco, etc. 1894.—Sevilla.—Un tomo en 8.º.—352 páginas.
Pepe-Illo.—Ensayo biográfico, histórico y
bibliográfico.—Resuche, impresor, etc., 1894.—Folleto en 8.º.—Dos láminas.
Una carta del
rey neto y algunas menudencias para ilustrar un
capítulo de la historia.—Imp. de Ángel Resuche, etc., etc.
1894.—Sevilla.—Folleto en 8.º.—Con un retrato y un facsímil.
La Semana
Santa y las Cofradías de Sevilla de 1820 á 1823.—Carta al duque de T'Serclaes.—Imp. de E. Rasco. 1895.—Sevilla.—Cuaderno
en folio.
D. Bernardo
Márquez de la Vega.—Memorias de
la reacción absolutista.—Imp. de El Porvenir, etc., etc.
1896.—Sevilla.—Folleto en 8.º.
Perder el
tiempo.—(Versos).-Con una carta de don Francisco Rodríguez
Marín.—Imp. de El Porvenir, etc 1896.—Sevilla.—Folleto en 8.º.
Historia y
bibliografía de la prensa sevillana.—Prólogo de don Joaquín Guichot y Parody, Cronista oficial de la
ciudad.—Imp. de E. Rasco, etc. 1896.—Sevilla.—Un tomo en folio: XLII-380
páginas.
Discurso de
recepción leído ante la Academia Sevillana de Buenas
Letras el día 11 de Abril de 1899.—Tipografía, Monsalves 17:
1899.—Sevilla.—Folleto en 4.º.—82 páginas.
D. Mariano
José de Larra (Fígaro).—Su tiempo,
su vida y sus obras—Estudio biográfico-crítico y bio-bibliográfico.—Imp.
de La Andalucía. 1898-1899.—Sevilla.—Un tomo en 4.º—244 páginas.
Micer
Francisco Imperial.—Siglo
XIV.—(Apuntes bibliográficos.)—Tipografía, Monsalves 17.—1899.—Sevilla.—Folleto
en 4.º.
La Madre y la
muerte.—Poesía escrita sobre el pensamiento de un cuento
de Hans Cristián Andersen.—Tipografía de «La Industria», etc.,
1899.—Sevilla.—Folleto en 8.º.
El humorismo
en la literatura española el siglo XIX.—Trabajo premiado en los Juegos Florales que celebró el Ateneo de
Sevilla en 25 de Abril de 1900.—Un folleto.
Los teatros
de Sevilla en la segunda época constitucional (1820-1823).—Imprenta de F. Marta-García.—1900.—Un folleto en
8.º.—80 páginas.
D. Diego
Ortiz de Zúñiga.—Su vida y
sus obras.—(Estudio biográfico y crítico.) Premiado en los Juegos Florales que
celebró el Ateneo de Sevilla el 4 de Mayo de 1902.—Imp. de E. Rasco,
etc.—1903.—Sevilla.—Un folleto en 4.º.—VIII-100 páginas.
Cosas Nuevas
y Viejas.—Apuntes sevillanos.—Prólogo de don José
Nogales.—Sevilla: Tipografía, Sauceda 11.—Un volumen en 4.º. francés.
|
Nota del
transcriptor: En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas
del original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el
texto. |
COSAS NUEVAS Y VIEJAS
MANUEL CHAVES
———
(APUNTES SEVILLANOS)
PRÓLOGO DE
D O N J O S É N O G A L E S
SEVILLA
—
Tipografía, Sauceda 11
1904
SR. D. ENRIQUE CARREÑO
Mi excelente amigo: Á su bizarría, á su
generosidad, se debe que estos Apuntes sevillanos salgan á la
luz pública, reunidos y puestos en orden conveniente. ¿Cómo no he de honrarme
escribiendo su nombre de Vd. en la dedicatoria de este mi nuevo libro?
Grande, sincero y mil veces demostrado es el amor
que Vd. tiene por Sevilla, y como de cosas de esta nuestra tierra—viejas unas
por su antigüedad y nuevas otras, por no ser muy
conocidas,—tratan las páginas que siguen, á esto atribuyo la predilección que
me manifestó por ellas, que muy expuesto estuviera á equivocarme si á vanidad
de autor pudiera achacar otra cosa.
Siguiendo relativo orden cronológico van esos
breves artículos, que en las columnas de El Liberal gozaron un
día cierto favor del público: por eso nada he querido alterar de ellos, pues
ampliándolos ó dándoles otra forma, perderían ciertamente el carácter que
tuvieron al ser trazados y que he deseado conservar.
La variedad de los asuntos que forman este libro,
me hace sospechar que ha de mover algo el interés del lector curioso, á quien,
como á Vd., ofrezco ya un detalle de las costumbres de nuestros antepasados, ya
la biografía de un sevillano ilustre, ya la descripción de algún monumento, ó
ya, en fin, la noticia de cualquier caso interesante, habiendo tenido buen
cuidado de basar todos mis escritos sobre auténticos documentos originales ó
sobre noticias del más autorizado origen, no ocultando nunca, para mayor crédito,
su procedencia.
¿Qué más he de decir á Vd. en estas líneas, que ya
para dedicatoria podrán parecerle largas?.... Pongo punto y reciba una vez más
la muestra del reconocimiento y la amistad de su affmo.
Enero, 1904.
Este es un libro que yo vi nacer: mejor dicho, que
contribuí un poco á que naciera. Por esto me juzgo ligado á él con ciertos
vínculos espirituales que me redimen de aquella virginidad de prólogos en que
hasta ahora he vivido. Ni los hice para los libros ajenos, ni los pedí para los
míos.
Y es que, para los ajenos, creí siempre que me
faltaba autoridad; y para los míos, que me faltaba aquella cualidad excelente
que tendrían que poner de manifiesto por anticipado juício de la obra.
Con el presente libro todo aquel propósito casi
huraño ha venido á tierra, y ya he dicho la razón. Ahora, lo que quiero decir
al público es cómo debemos alegrarnos de que lo efímero y volandero se haya
fijado en moldes estables y, como ahora se dice, definitivos.
He aquí cómo nació este libro: en Enero de 1901
comenzó la publicación de El Liberal en Sevilla, de que fuí Director durante algunos meses, con verdadero
regocijo de mi alma. Esta satisfacción tenía dos motivos de índole sentimental:
que era El Liberal y se publicaba en Sevilla.
Al empezar, dije á Manuel Chaves:—¿Por qué no haces
una sección tuya, en que nos traigas algo de lo mucho que sabes y conoces,
acomodándolo al paladar del público numeroso y al molde especial del público
moderno?
Estas invitaciones al trabajo no se le dirijen en
balde á Manuel Chaves, uno de los espíritus trabajadores é inquietos que
afirman, frente á la Andalucía legendaria y pasiva, la Andalucía
productora é inteligente.
Desde el segundo ó el tercer número de El
Liberal apareció la sección titulada «Cosas nuevas y viejas».
Lo que comenzó en Enero acabó en Diciembre. Un año, día por día, servimos á los
lectores la paciente labor de Chaves, que era, burla burlando, un pedazo de
historia, fragmentaria, anecdótica, concentrada, en que había de todo: desde lo
trágico á lo exquisito; desde lo terrible á lo picaresco.
Y esto—hay que decirlo lealmente—aun sin tener en
cuenta otras valiosas condiciones de la producción, revela una profunda cultura
y un magno esfuerzo, que supone por anticipado muchos años de trabajo
perseverante y abrumador, no recompensado sino por la estimación del público.
Acaso porque todos, confesándolo ó no, apreciamos
en mucho aquellas cualidades en que no abundamos, yo admiro la obra paciente é
inteligentísima de los eruditos, de los bibliógrafos, de los escudriñadores de
las fuentes vivas en nuestra literatura, en nuestra
ciencia y en nuestra historia. Y esta obra de perseverancia y sabiduría se
realiza con admirable solidaridad. Como en los esfuerzos científicos, estos
empeños literarios se enlazan, se completan, se ordenan á través de los años y
de los siglos.
Sevilla fué siempre, y lo es ahora, un admirable
taller para esta persistente labor de sabiduría. Yo tengo ganas de decir al
«gran público», á ese público que está formado por cientos de miles de lectores
diarios, quiénes son y qué representan en la moderna cultura española esos
eruditos andaluces cuyos nombres llegaron á él á través de las Academias, de
las Corporaciones oficiales, de las referencias volanderas de los periódicos en
notas fugaces é inexpresivas.
El círculo de lectores se va ensanchando: este es
un excelente síntoma; la Prensa, machete en mano, abre sendas
claras y ventiladas en el bosque enmarañado de nuestra ignorancia secular. Ella
abre el camino; el convoy viene detrás. Es un error el de los
que creen que la Prensa absorbe por completo y para siempre la parte de
inteligencia activa con detrimento del más hondo y apacible saber. La Prensa
abre camino, hace lectores....
Uno de nuestros propósitos era ese: utilizar la
Prensa como vehículo y cargar en ella la cantidad de cosas viejas que
admitiese: así se irían repartiendo. Para esto—exigencias inevitables del
público—había que escoger lo raro, lo ameno, lo interesante: aún no está
el niño grande para ingerir muchas y serias dosis de paciente
estudio.
Y Manuel Chaves cumplió su encargo tan
liberalmente, que con aquella serie de Cosas ha podido componer el presente volumen, ya pasado en
autoridad de cosa juzgada, y lo que es más, aplaudida.
Seguramente ha de haber alguna flor fresca en el
ramillete, pues Chaves tenía materia sobrada á mano, y no es hombre que se la
reserve, al contrario de otros eruditos, que todo lo que pueden lo reservan
como si ganara réditos. Y ¡cuántas otras cosas sabrosísimas, de gran interés
literario é histórico, habrá tenido que reservar y dejar en el fondo de los
cajones, por esta ridícula meticulosidad que ahora nos ha entrado, por esta
pudibundez externa que destierra todos los desenfados del ingenio antiguo, aunque
permite toda licencia al ingenio contemporáneo!
No podemos reproducir los felicísimos y audaces
rasgos de nuestra literatura picaresca, moralmente inofensiva, porque el
donaire es ingenuo, natural y bien encaminado, mientras corren, exquisitamente
encuadernadas, todas las alambicadas porquerías de la literatura francesa,—que
no tienen acceso en otras naciones—y esto me hace pensar en el antiguo problema
de si la moralidad será cuestión de climas... y de lenguajes.
Me place lo exquisito de esa literatura, aunque se
acomoda mi ánimo mejor á los sabrosos desenfados de la nuestra.
Y es que adoro nuestras formas castizas, nuestro
«modo de hacer», el resplandor de nuestro ingenio solariego, la gracia ingenua,
socarrona y admirable de nuestros grandes escritores. Y es más: pienso en que
los señores franceses venían en los siglos XVI y XVII á buscar comedias, á
buscar Autos, á buscar novelas, á empaparse en nuestro ambiente, para fusilar nuestra producción, hacerse el paladar y revendernos
la «lengua de Molière» en nuestra propia salsa...
Era una especie de combinación como la que ahora
hacen con nuestros vinos. Allá van nuestros mostos blancos, fuertes, sensuales,
apetecibles. Los tiñen de negro con singular maestría, los
perfuman, los aderezan, los disponen con sugestivo bouquet, y nos
los revenden con fe de bautismo de Burdeos ó de Borgoña... Total, seis botellas
que vienen, representan el valor de una pipa que va. Ni más ni
menos. Son gastos de nacionalización que nos cargan en cuenta.
Y, ahora que recuerdo: Manuel Chaves también ha
pasado la frontera y nos lo han devuelto, con un acento de lo más tirano. En
los periódicos taurinos del Mediodía, de la Provenza, figura Chavés como
una autoridad in ré taurina, por aquellos folletos sobre Pepe
Illó... y demás documentos del ramo, que ha sacado á luz. Es
delicioso.
Lo que quise decir—y no es poco—es que Chaves es un
escritor que pasó la frontera, precisamente por lo castizo, por lo apegado á
nuestro riñón, por lo que tiene de españolizado, por sus cosas
viejas, que son nuestras cosas.
Y si esto se estima en el extranjero, ¿cómo no lo
habíamos de estimar en nuestra casa!
Sí se estima. Lo sé. He podido apreciarlo
precisamente en estas Cosas viejas, en cuyo nacimiento me llamo un
poco á la parte. Cartas sobre las tales Cosas, recordatorios,
adiciones, rectificaciones, oposición, aprobación, me daban á entender que
interesaban.
Si interesaron entonces, ¿cómo no ahora? Ahora y
siempre.
Son Cosas incitantes, regocijadas
ó trágicas, pero andaluzas. Juntas, no tienen más fin que el de presentar
un estado de alma; separadas, no tienen más objeto que regocijar al
lector ó hacerle sentir la angustia de lo histórico....
Por uno y otro propósito, mi parabién á Manuel
Chaves; mi aplauso al conjunto de eruditos sevillanos, de grandes artistas, de
pacientes trabajadores en el orden intelectual, que han formado una de las
bases de nuestra cultura moderna.
De Sevilla hay que hablar mucho. Pero mucho. Dios
dirá.
JOSÉ NOGALES.
Tradición es, y aun lo afirman algunos
historiadores autorizados, tales como Méndez Silva y Mariana, que el primer
reloj de torre que se conoció en España lo tuvo Sevilla y que éste se instaló
en 1400.
Aquel año vino á esta ciudad el rey don Enrique
III, que parece presenció la ceremonia de colocar en la Giralda el reloj,
dándose al acto toda la importancia que merecía, como así lo señalan las
crónicas.
Construyó la campana del reloj, por encargo del
arzobispo don Gonzalo de Mena, un maestro llamado Alfon Domínguez, del cual
existen diversas memorias, constando también que el reloj y la campana quedaron
instalados en los comienzos del mes de Julio del citado año de 1400.
Un historiador moderno, al tratar este asunto,
escribe: «Que aunque se dice de Valencia que por acuerdo del Consejo general en
16 de Julio de 1378 se encargó un reloj de torre á cierto mecánico extranjero
de paso por la ciudad, sólo consta que en 1403 y en 12 de Febrero resolvió
aquel municipio labrar una campana, y que batiesen las
horas dos servidores asalariados á este propósito.»
Podrán estas noticias ser puestas en duda, pero
respecto á que muy á los comienzos del siglo XV existía en Sevilla un reloj de
torre, hay un dato indudable en las palabras del médico Juan de Aviñón, que en
su libro Sevillana Medicina, hacia 1418, dice: «Y como quiera que
agora seria grave de comer á estas horas ciertas, de aqui adelante nonserá
grave por cuanto nuestro señor el arzobispo de Sevilla, que mantenga Dios mandó
facer un relox que ha de tañer veinticuatro badajadas.»
Después del reloj de la Catedral, es el más antiguo
de los públicos de Sevilla, el reloj de la torre de San Marcos, que data de
1553, y sobre el cual existe esta noticia en un acuerdo de las actas
capitulares, en el cabildo de 22 de Agosto de 1585, donde se nombró á Francisco
Ximénez de Bustillos, mayordomo, para que hiciese aderezar los relojes de San
Marcos y San Lorenzo, «concertándole en el oficial que lo hubiese de hacer, por
lo menos que pudiese, informándose, además, de persona hábil que se encargara
de su reparo y aderezo, dando de ello cuenta á la ciudad para que se le
nombrase y señalase salario.»
La campana del reloj de San Marcos tiene grabada
una inscripción latina que traducida al castellano, dice:
«Nada hay más veloz que el tiempo y para que no
se malgaste, señala o insigne Sevilla, á tus moradores las horas.—El Senado y
el pueblo de Sevilla, cuidó de construir este reloj con sus caudales, para el
bien público, el año de Cristo Salvador de 1553.»
Antes de esta fecha, en 1576, era relojero de San
Marcos y San Lorenzo el maestro Diego Flamenco, quien percibió por el cargo
de concertar los relojes 18.000 maravedís anuales, y en 1589
pruébase que el Cabildo tenía algo abandonado
atender á cargo tan importante, por el siguiente documento inédito:
«Juan Salado y Matías del Monte, relojeros; decimos
que por mandato de vuestra señoria tenemos encargo de concertar los relojes
desta ciudad como maestros en dicho arte los cuales habemos concertado, y
gastado nuestro dinero en aderezarlos. Y porque cada dia se ofrecen cosas que
aderezar en ellos en que es necesario gastar dinero. Y pedimos y suplicamos a
vuestra señoria atento lo susodicho nos mande librar... a cuenta de nuestro
salario porque cualquier otro maestro que los aderezase se le había de pagar lo
que gastara en ello, por estar muchas piezas quebradas las cuales se han de
nuevo y nosotros no pedimos se nos mande librar sino por cuenta de nuestro
salario y por ello... Matias del Monte—Juan Salado».—(Escribanía
de Cabildo, siglo XVI).
La campana lleva además grabadas las armas de la
ciudad y bajo ellas se hace constar que aquel es escudo hispalense.
En 1776 se quitó la primitiva máquina de San
Marcos, estrenándose el nuevo reloj en 13 de Junio del citado año, habiendo
sido construído en Londres por Tomás Hatton, según se lee grabado en la esfera
interior, que es de metal, encontrándose además en dicha esfera el nombre de
Eugenio Escamilla, que fué nombrado relojero del Ayuntamiento de Sevilla en 25
de Febrero de 1789.
El reloj de la torre de San Lorenzo fué también
colocado á fines del siglo XVI y el que actualmente existe se puso en 1853
siendo construído por José Manuel Zugasti en Bilbao, que hizo además el de la
torre de la plaza del Altozano.
De otros antiguos relojes de Sevilla he de recordar
también el de la Audiencia, el del Oratorio de San Felipe Neri,
el del convento de los Remedios, el de los Jerónimos, que ya no existen, el de
La Cartuja y el de San Agustín, que se estrenó en 27 de Junio de 1749.
En el viaje que en 1455 hizo á Sevilla Enrique
IV, El Impotente, acompañábale con su corte—dicen los autores—un
número considerable de moros principales y ricos, los cuales gozaban de gran
favor con el veleidoso monarca.
Mandóse alojar á aquéllos en las casas de nobles y
de acaudalados sevillanos, tocando á D. Diego Sánchez de Orihuela, hospedar uno
llamado Monjarras, que era hombre joven, apuesto y de violento carácter, y el
cual hubo de enamorarse de una hija soltera que D. Diego tenía.
Esta parece que correspondió al fin á los deseos
del hijo del Profeta: pero el bueno de Monjarras, no contento con ello, la robó
de la paterna casa y la sacó de Sevilla casi por la
fuerza, y sin pararse en melindres, como persona apasionada y de alientos que
era.
Y sucedió luego que, cuando Sánchez de Orihuela y
su esposa acudieron al Alcázar á pedir justicia al rey, éste los recibió con
enojo y tuvo la frescura de decirles que, en vez de venir á quejarse, debieran
haber guardado más á la hija: contestación villana que causó la indignación de
cuantos la oyeron.
Mandó luego D. Enrique que nunca más volviera á su
presencia la afligida madre, y divulgadas las noticias de estos actos por la
ciudad, el pueblo se irritó muchísimo y comenzóse á reunir gente delante del
Alcázar en actitud nada pacífica; mas esto, lejos de variar la opinión del rey,
le llevó hasta querer salir á desafiar al pueblo, cosa de que le hizo desistir
el prudente consejo del conde de Benavente.
El resultado de todo fué que Monjarras quedó sin
ningún castigo, pues ninguna diligencia se hizo contra él; que los padres
quedaron sin recibir satisfacción á su deshonor, y que el monarca procedió en
aquella ocasión de la más indigna manera: lo cual no era extraño, tratándose,
como se trataba, de un rey cuya figura es de las más antipáticas en la
historia.
LOS PRIMEROS INQUISIDORES
Y SUS HAZAÑAS
Al año de 1480 se remonta la fundación en Sevilla
del tribunal de la Inquisición, año en que el Papa dió, á instancia de los
Reyes Católicos, la bula autorizando aquel establecimiento, y en 27 de
Diciembre mandó Fernando V á las autoridades de nuestra ciudad, que protegiesen
á los señores del Santo Oficio, que se disponían á pasar á ésta para purgar de
herejía á cuantos cogiesen por delante.
Y en efecto, á los pocos días llegaron á Sevilla
los primeros inquisidores, que fueron el provincial fray Miguel, el vicario
fray Juan, del orden de Santo Domingo, y el doctor Medina, clérigo de San
Pedro, los cuales eran tres mozos como escogidos de intento para la misión que
se proponían llevar á cabo.
Tan listos anduvieron éstos en sus diligencias, que
el 2 de Enero de 1481 se dieron ya las primeras providencias emanadas de la
Inquisición, y las cuales eran nada menos que mandar prender á los cristianos
nuevos, amenazando también á los títulos de Castilla con la privación de ellos
si no acataban al Santo Oficio.
Por entonces era asistente de Sevilla D. Diego de
Merlo, y como este buen señor era fervoroso devoto de las órdenes religiosas,
se dispuso con todo el peso de su autoridad, á proteger á los inquisidores,
tomándoles en mayor afecto y prestándose á
ayudarlos cuanto pudiese en sus diligencias.
Así lo consigna un testigo contemporáneo tan
autorizado como el bachiller Andrés Bernáldez, cura de Los Palacios, el cual
escribe á este propósito en su Crónica de los Reyes Católicos:
«En muy pocos días, por diversos modos y maneras,
supieron (los inquisidores) toda la verdad de la herática pravedad malvada, é
comenzaron de prender hombres é mujeres de los más culpados é metiéronlos en
San Pablo: é prendieron luego algunos de los más honrados é de los más
ricos, Veinticuatros y Jurados, bachilleres é letrados, é hombres
de mucho favor: á éstos prendía el Asistente, é des que esto vieron huyeron de
Sevilla muchos hombres é mujeres: y viendo que era menester, demandaron los
inquisidores el Castillo de Triana, donde se pasaron presos, é allí ficieron su
audiencia, é tenían su Fiscal, é Alguacil é Escribano, é cuanto era necesario,
é hacía proceso, según la culpa de cada uno, é llamaban Letrados de la ciudad
seglares, é á el Provisor, al ver de los procesos é ordenar de las sentencias,
porque viesen cómo se hacía la justicia é no otra cosa: é comenzaron de
sentenciar para quemar en fuego, é sacaron á quemar la primera vez á
Tablada seis hombres é mujeres que quemaron: é predicó Fray Alonso de San
Pablo, celoso de la fe de Jesucristo, el que más procuró en Sevilla esta
Inquisición: é él no vido más de esta quema, que luego dende á pocos días murió
de pestilencia, que entonces en la ciudad comenzaba de andar.»
El primer auto de fe, de condenados á las llamas,
se celebró, pues, en Sevilla el 6 de Enero de 1481 y el segundo el 26 de Marzo,
en que perecieron en la hoguera diez y siete reos, yendo tan en aumento el celo
de los inquisidores, que durante siete años fueron
quemadas más de seiscientas personas y penitenciadas unas cinco mil.
El ya citado Bernáldez apunta en su crónica algunos
de los nombres de las personas más señaladas que aquí fueron las primeras
víctimas de la inquisición, citando entre otras al rabí Diego Susón, padre de
la célebre y hermosa judía conocida por la Susona, y á los
acaudalados hebreos Manuel Sauli y Bartolomé Torralva, al alcalde de la
justicia Juan Fernández Albolasia, al doctor Savariego, fraile de la Trinidad,
y á otros muchos, apuntando también «que quemaron infinidad de huesos de los
corrales de San Agustin é San Bernardo, de los confesos que allí había
enterrados sobre sí, al uso judaico.»
El edificio que hoy ocupa la plaza de abastos de
Triana, está destinada á este uso desde 1825, y hasta 1785 ocupó aquel lugar el
sombrío castillo de San Jorge, donde estableció el tribunal la Inquisición.
La antigüedad del castillo era grande, pues se dice
que á raíz de la reconquista lo entregó Fernando III á los Caballeros de la
Orden de San Jorge, que allí tuvieron largo tiempo su alcaide, que tenía á su
cargo la inspección del edificio.
Establecido en él el tribunal odioso, fué teatro de
las más espantosas escenas, y hasta poco antes de su derribo, existían en los
muros tres lápidas con inscripciones latinas, las cuales recordaban los
horrores del tribunal.
Decía así en la primera:
«Este santo tribunal de la Inquisición contra la
perversidad de los herejes en los reinos de España tuvo principio en Sevilla en
1481, ocupando la silla apostólica Sixto IV, quien la concedió á instancia de
Fernando V é Isabel, que reinaban en dichos reinos. Fué el primer inquisidor
general Fr. Tomás de Torquemada, Prior del convento
de Santa Cruz de Segovia, de la orden de predicadores. ¡Quiera Dios que
permanezca hasta fin del mundo, para amparo y aumento de la fe! Levántate,
Señor, y juzga tu causa. Cógenos las zorras engañosas.»
La segunda estaba concebida en estos términos:
«Año del Señor de 1481, siendo Pontífice Sixto
IV y reyes de las Españas y de las Sicilias los católicos D. Fernando y D.ª
Isabel, tuvo principio aquí el sagrado tribunal de la inquisición contra los
herejes judaizantes, donde después de la expulsión de los judíos y moros hasta
el año de 1524, en que reina el divo emperador de romanos, sucesor de los
mismos reinos por derecho materno, y siendo inquisidor general el reverendísimo
D. Alonso Manrique, arzobispo de Sevilla, VEINTE MIL HEREJES y más
abjuraron el nefando crimen de la herejía, y de todos más
de MIL obstinados en sus herejías por derecho fueron ENTREGADOS
AL FUEGO Y QUEMADOS.»
Por último, en la tercera se leían estas palabras:
«Ayudando y favoreciendo los pontífices
Inocencio VIII, Alejandro VI, Pio III, Julio II, León X, Adriano VI, que,
siendo cardenal de las Españas é inquisidor general, fué ensalzado á Sumo
Pontificado, y Clemente VII, por mandado y á expensas del emperador nuestro
señor, hizo poner estos letreros el Lic. de la Cueva, dictándoles D. Diego de
Cortegana, arcediano de Sevilla. Año del Señor 1524.»
Estas eran las inscripciones edificantes que
existían en los muros de la Inquisición sevillana, que conviene ser recordadas
como muestras de los buenos tiempos.
La tradición toledana del Cristo de la Vega, que
dió origen á la conocida leyenda de Zorrilla, A buen juez mejor testigo,
existe también en Sevilla con alguna variante; así lo prueban Fray Juan de
Zalamanco en su Merced de María Coronado, Pedro de San Cecilio, en
sus Anales de la Orden de los mercenarios, Fray Juan de Mesa,
Muñana y Alonso Sánchez Gordillo.
Más probable es que el autor de Don Juan
Tenorio se inspirase para su hermosa leyenda, en este caso, que en los
sucesos narrados en la Cántiga LXI de D. Alfonso y los Castigos
y documentos del rey D. Sancho que cita el Sr. Picón como orígenes
de A buen juez, mejor testigo.
En el archivo municipal de Sevilla existe una
relación del suceso que no deja de ser curiosa.
Cuéntase allí, que un caballero dió palabra de
casamiento á cierta dama sevillana y noble, poniendo por testigo á la Virgen de
la Merced, cuya escultura existía en la iglesia del convento del mismo nombre.
Alcanzó por tal medio el galán los favores de la bella, pero harto quizás luego
de sus caricias, negóse á cumplir la empeñada palabra, con lo cual la dama, que
no tenía testigos del juramento dado, se le ocurrió la original idea de poner
por testigo á la imagen.
La señora y el caballero, acompañados de un
escribano y de numeroso público, acudieron al
templo donde había de verificarse el extraño juício, consintiendo en aquella
prueba el seductor, pues, como dice Sánchez Gordillo: «Al caballero le pareció
que así no le había de convencer, porque la imagen no había de contestar por
milagro.»
Y el mismo autor añade «que llegando á la presencia
de la Virgen, y puestos los ojos en ella, le dijo la mujer:—Señora mía: Vos
sois testigo de que este hombre, invocando á vos, me dió palabra de ser mi
marido, y mediante ello me obligó.—Dicho esto, la imagen bajó la cabeza como
afirmando la verdad de lo que la mujer decia, y el caballero quedó convencido.»
El estupendo suceso ocurrió, por lo que afirman muy
seriamente los escritores, en 1400. La escultura se conserva hoy en el convento
del Socorro con la cabeza inclinada, según dicen, sin que se sepa que haya
vuelto á mezclarse en que los galanes cumplan su palabra ó la dejen de
cumplir.... Verdad es que milagros de este calibre no son para todos los días.
Así es conocido, más que por su verdadero nombre de
Juan de Padilla, el poeta sevillano, autor de El Retablo de Cristo y Los
doce triunfos de los doce apóstoles, los dos poemas alegóricos más
importantes que produjo la lengua castellana en los fines del siglo XV y
principios del XVI.
Según las más recibidas noticias, nació Padilla en
nuestra ciudad en 1468, perteneciendo su linaje á gente bien acomodada y que de
antiguo tenían su asiento y residencia en la población, debiendo desde su
primera juventud consagrarse al estudio y cultivo de las musas, pues á la edad
de veinticinco años, cantó en un poema las hazañas del famoso don Rodrigo Ponce
de León, poema titulado Laberinto del marqués de Cádiz, que fué
impreso en Sevilla por Ungut y Polono en 1493.
Esta obra estaba dedicada á la duquesa de Arcos; se
componía de unas cien coplas, y según hace constar en su Tipografía
Hispalense don Francisco Escudero, no existe hoy de ella ejemplar
alguno.
El Laberinto es la única
producción que de Juan de Padilla se conoce, escrita siendo seglar, pues las
otras salieron de su pluma cuando ya era monje en el monasterio de la Cartuja,
donde, según expresión de Fernández Espino, «pasó su vida en el solitario
claustro... consagrado al estudio, á la
contemplación del Altísimo y á ensalzar sus maravillas.»
De esta sosegada y pacífica existencia resulta, que
la vida de nuestro poeta tiene en verdad pocos incidentes variados y no ofrece
más interés que los de cualquier vulgar y oscuro fraile de aquellos que
retirados en sus conventos veían deslizar los años iguales y monótonos.
Al cartujano Juan de Padilla se debe el poema Retablo
de la vida de Cristo, que terminó en Diciembre del año 1500, cuya lectura
no resiste hoy el más cachazudo lector y que fué obra impresa en Sevilla
entrado ya el siglo XVI.
Diez y ocho años más tarde, y cuando fray Juan de
Padilla contaba 50 de edad, ponía término á otro poema titulado Los
doce triunfos de los doce apóstoles, que es la principal de sus
producciones, y acerca de la cual ha escrito el autor del Curso
histórico-crítico de la literatura española:
«Donde halló Padilla libre campo á sus estudios
literarios y para gloria de Jesús mismo y de sus discípulos fué en Los
doce triunfos. La intención de seguir las huellas de Dante vese tan marcada
en este poema, aun más que en el Laberinto de Juan de Mena.
Pero el asunto del vate cartujano dábale material más apropósito para seguir la
imitación de la Divina Comedia. Aunque llena también su mente de
las bellezas virgilianas, más ascético que Dante, si lo imita con frecuencia,
no escogió un gentil como éste para guía, sino á san Pablo, quien le dirige y
acompaña por los lugares en que los apóstoles ilustraron su vida con su
elocuente palabra, con sus virtudes y aun con el martirio. Conducido siempre
por san Pablo, entra en las regiones donde sufren tormento los idólatras, los
nigromantes, los hechiceros y otra multitud de réprobos, partiendo
de allí á la santa Jerusalén, mansión de los bienaventurados.»
Como muestra del estilo del poema, copio estas
estrofas sacadas al azar del Triunfo noveno, no desemejante á todos
las demás:
«Yo que lo alto del cielo miraba
bien, como hace el astrónomo sabio,
cuando resguarda por el astrolabio
lo que del polo saber deseaba,
vi que de parte del Euro botava
el gran Sagitario, con arco tirando
saeta de fuego, que pasa vibrando
los aires, y nuve que dura hallaba,
siendo la causa que crepa tronando.
Y vi que tenía de dentro patente,
el grado primero d'aqueste centauro,
al Fi de Latona con rostro de auro,
según se nos muestra contino nitente.
El gran Ofiulco, con él de presente,
con la Serpiente yo vi que salía;
y, por el contrario, cansado caía
el can á la parte de nuestro occidente,
ya que la Liebre se nos escondía.
Aqui tiene casa por la delantera
Júpiter alto por cosa preciosa;
en esta se goza y en otra reposa
poco, teniéndolo por lo trasera.
Contempla, contempla la causa primera,
me dijo mi Guía muy súbitamente;
esto perquiere la estólida gente
dando cien vueltas al polo y esfera,
que fueron criados del Omnipotente.
Miran á veces las Exaltaciones
los Trinos y Cuartos, y más los Sextiles,
y las Conjunciones con buenos oviles,
malas hallando las oposiciones,
asi que mirando las constelaciones,
y augurantes á do no conviene;
por el contrario, su punto les viene
de lo que piensan en sus corazones,
de bien ó de mal que'lefecto contiene.
Asi que, tú mira por lo que subsiste,
y deja la casa del sexto planeta;
verás otra muy más que perfeta
de uno que gloria muy grande se viste.
Basta que digas de como ya viste
subir por lo bajo de vuestro orizon,
este que dicen el sabio Chiron,
maestro d'Archiles, según más oiste
d'aquellos que fingen medio sermón.» etc.
Fray Juan de Padilla falleció antes de mediar el
siglo XVI; su nombre figura con elogio en las páginas de la historia crítica de
nuestra literatura, y Sevilla, que lo tuvo por hijo, deberá siempre
consideración y respeto al nombre de este poeta, de quien sólo he intentado
trazar un ligero apunte.
De las más antiguas fiestas de toros de que en
Sevilla hay documentadas noticias, son las verificadas en el año 1405 para
celebrar el natalicio del infante don Juan, hijo de don Enrique III el
Doliente, infante que nació en Toro en 6 de Marzo del citado año.
Según asiento de los libros de Mayordomazgo del
Archivo municipal, fecha de 20 de Mayo de 1405, se mandó al Mayordomo Juan
Martín «que comprase ciertos toros para lidiar,» y el 10 de Noviembre se
pagaron «á Miguel André, vecino de las Cabezas de San Juan, cuatrocientos é
cinquenta maravedis que ha de aver por apreciacion que fué fecho por juramento
que tomaron por un toro que traxeron aquí á Sevilla para lidiar por las
alegrías que Sevilla mandó fazer por el nacimiento de nuestro señor el
infante don Juan, fijo del Rey don Enrique, nuestro señor, que Dios mantenga.»
En el mismo año consta también que se abonaron el
importe de otros dos toros á Antón Martín, y el de otros á Salvador Díaz, á
Lope Ruiz Galego, de Alcalá, y á Juan Fernández, jurado, de la collación de San
Juan.
Estas reses es probable que se lidiaran en diversos
días de los festejos organizados por el natalicio del hijo del monarca
castellano; y aunque son oscuras y escasísimas las noticias que de aquellas
lidias existen para poderlas detallar en estos
apuntes, he de consignar, sin embargo, que para las tales corridas la ciudad
construyó plazas y tablados frente la Catedral y el Alcázar.
Las fiestas de toros celebradas en la capital de
Andalucía fueron muchas durante la mayor parte del siglo XV, siendo de las más
famosas las que en 1477 y 1478 se verificaron.
En el año primeramente citado visitaron á Sevilla
los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel, permaneciendo en esta ciudad
hasta después de mediar el de 1478, y en 1.º de Julio de este último, dió á luz
la reina un hijo varón (el príncipe don Juan), cuyo nacimiento se celebró en la
ciudad con públicos festejos, entre los cuales hubo fiestas de toros, acordando
la ciudad lidiar veinte, según consta en los cuadernos sueltos de actas
capitulares del Archivo municipal.
Ya anteriormente habíanse celebrado en aquel año
otras corridas de toros, como sucedió el 23 de Abril, cumpleaños de la reina,
corriéndose ocho cornúpetos en el Alcázar, y con la asistencia de la soberana,
aunque es sabido cuánta repugnancia demostró por la lidia de reses bravas.
También el 24 de Junio del citado año de 1477, hubo
corrida en la plaza de San Francisco, repitiéndose otra el día de Santiago, y
costando las reses quince mil maravedís, según las cuentas que aún se
conservan.
En un folleto publicado por D. José Gestoso, con el
título de Los Reyes Católicos en Sevilla, en el que se insertan
interesantes documentos sobre la permanencia de los monarcas castellanos en
nuestra población, se leen los siguientes acuerdos, relativos á fiestas de
toros del año 1478 con motivo del bautizo del Príncipe don Juan.
Mandamiento de la Ciudad á su mayordomo 23 de
Diciembre de 1878: «Et otrosy vos mandamos que dedes e paquedes al
dho. pedro diaz o al que por el los oviere de aver 2.520 mrs. que nos acordamos
e ordenamos en el nuestro cabildo debe mandar dar de cierto gasto que por nro.
mandado fiso en facer las talanqueras é barreras para los toros que se
corrieron por el parto de la Reyna nra. sra. por el batiço del señor
principe.» (Lib. Mayordomazgo.)
—«Libramiento de 200000 mrs. por ocho toros que se
tomaron para lidiar en el Alcazar Real el dia que se batiço el
muy ilustre señor principe de Castilla y dadle mas otros 596 mrs. que monto la
costa que fiso facer en las barreras e talanqueras que se ficieron para lidiar
los dhos toros» (1.º de Julio de 1478.)
Como la índole de estos apuntes permiten entrar en
largos detalles omito el hacer mención de otros festejos á que dieron motivo la
permanencia de los Reyes Católicos en Sevilla, á más de las corridas de toros,
y de éstas baste con las noticias que dejo apuntadas, que ya más adelante
tendré ocasión de tantas otras lidias de reses no menos famosas.
LAS VÍCTIMAS DE LA COMUNIDAD
EN SEVILLA
Historia particular y detallada tiene en los anales
de Sevilla el alzamiento de las comunidades en tiempo del
Emperador, alzamiento que no dejó de tener importancia en la provincia y que en
la ciudad dió origen á sucesos como los desarrollados en Septiembre de 1520.
En el día 17 de aquel mes fué cuando D. Juan de
Figueroa, cabeza de la sublevación con quien se entendieron los conspiradores,
salió de la casa del Duque de Arcos, y con gente armada tomó el Alcázar,
rindiendo al alcaide, que lo era don Jorge de Portugal.
Dos días después los partidarios de la poderosa
casa ducal de Medina Sidonia, se alzaban contra los comuneros triunfantes,
y el capitán Valencia de Benavides asaltaba el Alcázar, derrotaba á las fuerzas
de Figueroa y hacía á éste prisionero después de reñido combate, donde hubo más
de siete muertos y cuarenta heridos de gravedad.
Los duques de Medina, que tan abiertos partidarios
del Emperador se mostraban, más bien por enemigos de la casa de Arcos, su
rival, que por adictos á los flamencos, saborearon su triunfo y exigieron á las
autoridades ejemplar castigo de los comuneros.
Mas como la justicia andaba entonces tan menguada, no se crea que el caballero Figueroa, brazo del
alzamiento, ni los caballeros conspiradores fueron condenados, sino que vino á
descargarse el peso de la ley sobre los que menos habían contribuido al acto,
por ser débiles y no poderosos señores.
Así ocurrió que la justicia echó mano á un pobre
hombre llamado Francisco López Quesero, hijo del pueblo, el cual había
acompañado á las fuerzas de Figueroa que tomaron el Alcázar y estaba preso en
la Cárcel Real, sin que por su modesta posición hubiera nadie que de él se
interesara.
A López Quesero se le dió muerte en la plaza de San
Francisco el 23 de Octubre de 1520, y fué su ejecución cruel y bárbara, pues
murió ahogado á la vista de todo el pueblo de Sevilla, como consta en la Historia
de las Comunidades.
«Lleváronlo (al reo) por las calles acostumbradas,
guardado por gente de á pie y á caballo del duque de Medina Sidonia, hasta la
plaza de San Francisco. Allí lo tuvieron encima del almacén del agua, á do
desque hubo confesado le ahogó un hombre que alquiló el
verdugo, y desnudólo é hízolo cuartos que quedaron allí hasta
la mañana siguiente. E luego por la mañana pusieron la cabeza en la picota, un
cuarto en la puerta del Arenal, otro en la de Minjoar y el otro en la de la
Carne.»
Así pagó el infeliz López Quesero con tan cruento
suplicio, mientras los caballeros quedaron salvos, siendo también poco después
que él ejecutados otros cuantos obscuros hombres del pueblo, como partidarios
de la comunidad en Sevilla, y que sólo habían sido en el
alzamiento partes muy insignificantes.
Con el nombre de motín del Pendón Verde relatan
los historiadores de Sevilla el que estalló en el barrio de la Feria el año
1521, y el cual tomó grandes proporciones y llegó á amenazar seriamente á la
población, ofreciendo con él no poca semejanza, el que en el mismo barrio se
promovió en 1652.
Largo espacio ocuparía relatando con todos los
pormenores que se conservan aquel alzamiento popular, que tuvo por origen la
gran carestía de víveres que se dejó sentir en las clases pobres,
encareciéndose tanto el pan, que el hambre imperó con todos sus horrores en los
barrios bajos de la ciudad y la situación de multitud de familias llegó á ser
verdaderamente desesperada.
Porque hay que hacer constar que, aunque la riqueza
y la opulencia de Sevilla en los siglos XVI á XVII era grande, ésta ha sido con
exceso ponderada por los adoradores del pasado; que los documentos y las
memorias coetáneas de aquellos tiempos prueban de manera bien clara que la
abundancia, el lujo y las sobras eran sólo para el clero y para los nobles,
mientras cientos y cientos de seres vivían en la mayor miseria y sufriendo todo
género de privaciones, sin que sus lamentos fueran oídos, ni por nadie de los
que podían, se atendiese á remediar tamaños males.
Aquel pueblo hambriento, que veía tan cerca á los
poderosos arrastrando doradas carrozas, cubiertos de joyas, luciendo ricas
telas y holgando siempre, mientras él gemía, alzóse formidable, con rugido de
fiera, el mes de Marzo de 1521, y el día 8 se rompieron ya los diques del
sufrimiento y se dispuso á ejecutar, sin que nada lo contuviese.
Así se leen en el Discurso de la Comunidad
de Sevilla (1520) estas noticias, extractadas por don Joaquín Guichot
en la siguiente forma:
«Un llamado Antón Sánchez, de oficio carpintero y
vecino de la misma Feria, se hizo cabeza de motín; y con otros sus iguales
formó una Junta, y ésta convocó, para hacer la demanda en común, á los vecinos
de las collaciones de San Gil, San Martín y otras. Nombraron una comisión de
veinte hombres para que fuesen en voz de todos, á ver al Asistente, y otra para
que se avistase con un caballero Per-Afán, que se ofreció á conferenciar con la
autoridad á fin de hallar medio de atender á la necesidad de aquellos vecinos.
Entre tanto agolpábase la gente; crecía el bullicio, y echadas las campanas á
vuelo, llenóse la plaza de la Feria de innumerable pueblo. Alarmado el
Ayuntamiento con las noticias que le llegaban, trasladóse en cuerpo á la plaza
de la Feria, donde interrogados los cabecillas de la asonada acerca de lo que
pretendían, respondieron ¡trigo! á lo que contestó el
Asistente, que donde lo hubiere se lo mandaría dar. No satisfechos con esta
promesa, fueron tumultuariamente á buscarlo por toda la collación; y como lo
encontrasen en casa del jurado Alava, de su cuñado y de un albarazado,
rompieron las puertas y robaron todo el que hallaron.»
Después de esto, acudieron á unirse á los
amotinados de la Feria gente de otros barrios que corrieron la ciudad enarbolando un antiguo estandarte que en tiempo de
Alfonso X se había tomado á los moros en una batalla, y que custodiábase en el
templo de Omnium Sanctorum, el cual estandarte era de tela verde, de donde vino
á tomar aquella asonada el nombre de la del Pendón Verde.
Tenía todavía el Ayuntamiento su morada en el
edificio del Corral de los Olmos, y allí acudió el pueblo en actitud
amenazadora, arrojando multitud de piedras y pidiendo pan con voces
estentóreas.
En esto intervino en el motín el poderoso marqués
de la Algaba, que trató de pacificar los inquietos ánimos, prometiendo al
pueblo que sería atendido, con lo cual se apaciguó un poco, y cuando el
Asistente envió á la Feria tropas parecieron haberse calmado los ánimos, mas
tuvo la imprudencia de mandar prender algunos vecinos diciendo que había de
ahorcarlos, y sabido esto, el día 9 se reprodujo con caracteres más alarmantes
el alboroto, como lo relata el citado extracto del Discurso de la
Comunidad:
«Venida la mañana, la plebe irritada antes que
intimidada, se lanzó á la calle dando desaforados gritos de venganza, y corrió
en confuso tropel al palacio de los marqueses de la Algaba, pidiendo á estos
señores el cumplimiento de la palabra que el día antes empeñara de alcanzar el
perdón de los revoltosos. Renovósela el marqués manifestándoles que moriría
ó les aseguraría; para lo cual su hijo don Luís fué á conferenciar con las
autoridades. Escarmentada la plebe, no quiso fiar de nadie, mas que de sí
misma, el triunfo de lo que llamaba su razón, y habiendo convocado el mayor
número posible de gente al toque de campana, marchó á la carrera hacia la casa
de Niebla, apoderóse de ella, armóse reciamente, sacó una bandera y piezas de
artillería y fuese á dar libertad á los presos.
Tales proporciones alcanzó desde este punto el motín, que alarmadas seriamente
algunas personas de mucha significación en la ciudad, se ofrecieron á ser
medianeros entre las autoridades y la plebe desenfrenada; extremos que no se
pudieron conciliar, porque esta última se negaba á todo lo que no fuera la inmediata
libertad de los presos, y el Asistente, enojado contra ellos, decía: ¡que
por vida del rey, que los tenía de ahorcar! Con esto se revolvió toda
la ciudad y se puso en punto de armas. Lo que las negociaciones no pudieron
desatar, cortaron las armas. Los plebeyos cercaron la cárcel con mucha gente
armada de espingardas, ballestas y espadas y cuatro piezas de artillería que
sacaron de la casa del duque de Medina Sidonia; rompieron puertas y ventanas y
dieron libertad á los presos.»
Lo copiado da idea harto exacta de aquellos
sucesos, que tuvieron término al tercer día ó sea el 10 de Marzo, en que se
libró una verdadera batalla en las calles, entre el pueblo hambriento y las
autoridades y los nobles, cuyos resultados fueron funestos para los amotinados,
pues la fuerza armada los venció y en la refriega perecieron muchos infelices
de los que se habían alzado pidiendo pan.
Los poderosos, no satisfechos con su triunfo,
fueron, á más, crueles y vengativos, pues mandaron ahorcar á muchos
desgraciados bárbara é inhumanamente....
¡Así eran aquellos benditos tiempos y aquellas
autoridades y aquella nobleza; mientras dominaban y oprimían con su poder,
dejaban al pueblo hambriento perecer en la miseria, y cuando éste pedía pan le
ponía cadenas y lo ahorcaba!
El nombre del famoso músico y compositor sevillano
Francisco Guerrero, no es de aquellos que han quedado, ciertamente, limitados á
la localidad y únicamente entre sus paisanos merece continuos elogios. Fuera de
Andalucía, fuera de España se ha hablado hace mucho tiempo de los méritos de
aquel hombre á quien se han dedicado frases tan entusiastas como las que
escribió el crítico francés Adrián de la Foge.
Guerrero nació en Sevilla en Mayo de 1527, siendo
su padre Gonzalo Sánchez Guerrero, pintor aventajado, si bien algunos biógrafos
confiesan ignorar qué profesión ejercía.
De muy niño, mostró Guerrero aptitudes para la
música, recibiendo las lecciones primeras de un su hermano Pedro, que parece
era muy diestro en el manejo de la vihuela, y más tarde, fué discípulo del
maestro Cristóbal de Morales, que de tanta fama gozó en su tiempo.
Hacia 1545 encontrábase vacante la plaza de
racionero y maestro de capilla de la Catedral de Jaén, y Guerrero, que apesar
de su juventud había ya terminado los estudios, se presentó á hacer oposiciones
á aquel cargo, que ganó muy honrosamente, pasando á la población citada, en
donde permaneció hasta el año de 1548 en que volvió á Sevilla á ver á sus
padres.
Entonces el Cabildo Catedral, que ya tenia
conocimiento y estimaba los méritos de Guerrero, aprovechando su estancia en
Sevilla le propuso darle una plaza de cantor, que aceptó, no volviendo á Jaén
por continuar en su ciudad natal.
El siguiente año de 1549, Guerrero fué invitado á
concurrir á las oposiciones de Magisterio y Ración de la Catedral de Málaga,
donde se presentaron seis opositores, entre los que el músico sevillano obtuvo
la primera plaza.
«Preparado ya para partir á Málaga—dice un
biógrafo—el cabildo, que deseaba tenerlo á toda costa y mejorar su posición,
decidió que el muestro Pedro Fernández, á quien Guerrero llamaba el maestro
de los maestros españoles, fuese jubilado con la mitad de la renta: que sus
funciones fuesen desempeñadas por Guerrero, que recibiría la otra mitad,
conservando al mismo tiempo su sueldo de cantor, y teniendo opción al
Magisterio con todo su sueldo á la muerte de Fernández, que no aconteció hasta
veinte y cinco años más tarde.»
En su plaza continuó Guerrero hasta 1575, siendo
por esta época ya muy apreciado de todos los amantes de la música que entonces
vivían en Sevilla y entre los cuales los había bien inteligentes. A más las
composiciones del maestro eran ya muy numerosas, y entre ellas se contaban dos
fragmentos del Miserere que había remitido á la capilla
pontificia.
Deseaba desde hacía muchos años Guerrero hacer un
viaje á Jerusalén, y el año 1588 se le ofreció ocasión para llevarlo á cabo. El
arzobispo de Sevilla, don Rodrigo de Castro, se dispuso á pasar á Roma y llevó
consigo al maestro, que de allí pensaba dirigirse á Tierra Santa.
Partió, pues, de Sevilla; mas como quiera que el
arzobispo determinó detenerse en Madrid algunos meses, Guerrero, con la anuencia del prelado, salió para Italia,
llegando á Génova, y luego en Venecia se dispuso dar á las prensas muchas de
sus composiciones; y encargando del cuidado de esta impresión á Zarlino, se
embarcó en un navío, que recorrió las costas italianas, y pasando por Dalmacia,
Esclavonia, Albania y Zanthe, al fin desembarcó en Jaffa. Acompañó á Guerrero
en su viaje un discípulo muy querido suyo, y al regreso después de no pocas
vicisitudes, escribió un relato de la expedición que fué impreso en 1592 con el
título de Viaje á Jerusalén que hizo Francisco Guerrero Racionero y
maestro de capilla de la Santa Iglesia de Sevilla, obra de la que se han
hecho varias ediciones.
En 1597 se cita que se publicó en Venecia una obra
musical del maestro sevillano en seis tomos, y cuyo nombre es Molecta,
Francisco Guerrero in Hispalensi ecclesia musicorum, etc., etc.
A las noticias hasta ahora conocidas de la vida del
maestro Guerrero, puedo añadir otra que ofrece cierta curiosidad y que consta
en los libros de acuerdos del Cabildo Catedral de Sevilla, noticias que
galantemente me ha proporcionado el señor Gestoso.
Según se lee en los citados acuerdos, en 1566 se
concedió cierta licencia á Guerrero, en 29 de Enero de 1578 se mandó que se le
dieran cincuenta ducados al mes, en 1582 se hace referencia á que se encontraba
en Roma, y en 1586 en cabildo de 24 de Septiembre se trató de la jubilación del
famoso músico.
En 1588 se mandó que los libros que presentó el
maestro Guerrero en cabildo, se encuadernasen en becerro y pasaran al Archivo,
acordándose años después, en 23 de Julio de 1593, se abonasen al maestro 2.400
reales del libro de canto de órgano que había presentado.
Dos años antes de esta fecha, en 1591, á causa de
las deudas que Guerrero había contraído en Roma, fué detenido en Sevilla, como
así se lee en el acuerdo de 21 de Agosto, en el que para tratar del asunto, se
habla del dinero «que debe de Roma, por lo que está preso y mandado llamar para
ver lo que en ello se haga y se traiga relación de lo que le daban en tiempo de
Farfán al maestro Guerrero, de más de media ración.»
Otro documento también me ha facilitado el señor
Gestoso, que figura en su colección de autógrafos, y el cual lleva la fecha de
1569, siendo un poder otorgado por Guerrero á dos canónigos para cobrar 261
gallinas que le cupieron en dicho año de la ración de que gozaba en la iglesia
Catedral.
Consagrado el artista sevillano al desempeño de su
cargo y á la composición de sus obras, querido y estimado de todos y recibiendo
con frecuencia no pocas pruebas de distinción de personas encumbradas, falleció
en la ciudad que le vío nacer el 8 de Noviembre de 1599, si bien otros autores
señalan la fecha de 1600.
Guerrero fué sepultado en la capilla de la Antigua
de la Catedral, poniéndose por orden del Cabildo una muy laudatoria inscripción
en su sepulcro.
Muchas son las obras musicales que dejó Guerrero, y
de ella citaré las que da noticias La Foge, que son entre otras, á más de seis
misas (1565), las impresas con los títulos Magníficat quatuor vocum, Il
secondo libro di Messe (1584), Il primo libro di salmi á
quattro, Hymnorum in Hispalensi eclesiæ tantum cani, solita, &.
&.
Al pintor y literato Francisco Pacheco, amigo de
Guerrero, se deben las primeras noticias biográficas que del compositor
sevillano se conocen. Pacheco en su libro de los Verdaderos retratos,
que lleva en la portada la fecha de 1599, escribió
un caluroso elogio del maestro con noticias muy curiosas sobre su vida y de una
autenticidad indudable, y á más dibujó el retrato que allí aparece y que es de
los mejores ejecutados de la colección.
«Francisco Guerrero—escribe su coetáneo y amigo—fué
el más diestro de su tiempo en el arte de la música; escribió de ella tanto,
que considerados los años que vivió y las obras que compuso, se hallan muchos
pliegos para cada día, y esto las de mano; su música es de excelente sonido y
agradable trabazón; compuso muchas misas, salmos, etc.»
A más de Pacheco, elogió también al compositor
hispalense, entre otros poetas, Vicente Espinel, quien dijo de él
«...que si en la ciencia es más que todos diestro,
es tan grande cantor como maestro.»
Dando todas estas opiniones á conocer que los
méritos de aquel hombre no fueron ciertamente ignorados para sus coetáneos,
como con otros muchos ha ocurrido, á quien la posteridad ha tenido luego que
vindicar.
La música de Guerrero tiene, como dice un crítico,
«devoción, gravedad y corrección», y la Catedral de Sevilla puede honrarse con
haber tenido un varón de tan relevantes méritos entre los muchos que puede
citar.
Eslava admiraba grandemente las composiciones del
músico del siglo XVI, y de él hizo repetidos elogios siempre, habiendo
investigado con fortuna sobre los pormenores de la vida del maestro á quien he
dedicado un recuerdo con estos ligeros apuntes.
El número de infelices esclavos berberiscos,
mulatos y negros que existían en Sevilla en los siglos XVI y XVII, era bastante
considerable y apenas había familia regularmente acomodada que no tuviese á su
servicio dos ó más de ellos, hombres, mujeres ó muchachos, entregados al
servicio doméstico, ó bien á duros trabajos manuales, con escasa humanidad de
sus amos.
La vida de aquella gente era en extremo aflictiva y
como si no fuera poco lo que los dueños en ellos ejecutaban, las autoridades
cuidaban muy altamente de refrenar en todo cualquiera de sus expansiones.
Curiosísimo es el bando que en 1569 hizo publicar
la ciudad sobre los esclavos, confirmando una ordenanza, cuyo documento se
conserva en el Archivo Municipal en la Colección de Papeles Importantes,
tomo I.
Este escrito, que es un verdadero cuadro de
costumbres, revela la situación de aquella clase infeliz, así como no deja de
tener su pincelada que retrata una sociedad acerca de la cual tanto se ha
falseado.
Dice así el bando:
«En la muy noble e muy leal ciudad de Seuilla,
Viernes quatro días del mes de Nouiebre, de mil e quinientos y sesenta y nueve
años, estado ayutados en las casas dl cabildo desta ciudad, según que lo han de
vso y costumbre, el muy magnífico señor Doctor Juan
de Lieuana, Theniente de Assistente, y algunos de los señores Regidores, e
Jurados della, en el dicho Cabildo, fue vista y leyda vna ordenança fecha por
los señores Fieles Executores desta ciudad, su thenor de la qual, y de lo que
la ciudad en razon dello passo, y de ciertos autos de pregones que estan al pie
de lo proveydo por la dicha ciudad es esto que se sigue:
Por quanto en esta ciudad ay muchos negros, y
negras, y moriscos, y moriscas que son esclauos y esclauas captivas: y con las
ocasiones que ay en ellas de tauernas y bodegones se entran en ellas á comer, y
beuer, y se emborrachan, y hazen mal acondicionados, y soberuios, y borrachos,
y hazen y cometen delitos que todo redunda en daño y perjuyzio de sus amos: por
que gastan sus haziendas en librarlos de las trauesuras y delictos que hazen, y
no son en prouecho para seruir: y lo que es peor, que como los dichos esclauos
se hazen tan á vizios e viciosos con la ocasión de las dichas tauernas e
bodegones que toman y hurtan á sus dueños dineros y ropas, hasta las mantas y
aderezos de los cauallos y mulas, y lo que hallan en sus casas y aun se
estienden á hazer otros hurtos, todo para comer y beuer en las tabernas y
bodegones y los mismos tauerneros y bodegoneros, y sus mugeres e hijas, e
personas que tiene en las tauernas y bodegones se lo compran y toman empeñado,
y en prendas del dinero que dan sobre ellas, á los dichos esclauos y esclauas
por el vino y comida que les da. Y como pasa esto entre los esclauos y el
tauernero y bodegonero, no se pueden aueriguar los dichos hurtos: e todo ello
redunda en daño y perjuycio de los señores de los dichos esclauos. Y como cosa
que toca tanto al bien, y pro comun de la republica desta ciudad, e vecinos e
moradores della, y de su tierra. Nos los fieles
Executores desta ciudad y su tierra: con acuerdo del muy magnífico señor
Licenciado Arriola, executor de la vara della. Ordenamos y mandamos que ningún
tauernero, bodegonero, ni mesonero, ni ventero, ni personas que guisan y dan de
comer en esta ciudad y su tierra, y jurisdicion, arrabales, ni Triana, no
acojan en sus casas, tauernas, ni bodegones á los dichos esclauos ni esclauas,
negros ni blancos: ni les den de comer, ni beber en ellas publica ni
secretamente, pan, ni vino, ni carne ni otros mantenimientos algunos, sino
lleuare cédula del amo cuyo fuere, diziendo que por andar á
jornal el tal esclauo, o esclaua, no come en su casa, ni sean osados de
venderles pan, ni vino, ni carne, ni pescado, ni otro mantenimiento alguno, ni
compren, ni reciban dellos prendas algunas vendidas, ni empeñadas, ni para
guardarselas, aunque digan que son suyas, ni les den pan, ni vino, ni bastimentos
sobre ellas, sopena quel tauernero, bodegonero, guisandero, y ventero, y
mesonero, o persona que tenga camas que fuere y passare contra lo contenido en
esta ordenança, o contra cosa alguna, o parte della, cayga en pena de mil
marauedis y diez dias de carzel por la primera vez, e por la segunda la pena
doblada, y sea traydo á la verguença publicamente: e por la tercera vez le sean
dados cien açotes, y sea desterrado desta ciudad y su tierra e jurisdicio por
tiepo de quatro años: y que los dichos bodegoneros, tauerneros, mesoneros, ni
venteros, y personas que dan camas, y guisan de comer, no se puedan escusar, ni
escusen que no sabian que los dichos esclauos y esclauas eran captiuos: y que
los dichos esclauos y esclauas les dixeron que erran horros. E pedimos e
supplicamos al muy Ilustre Cabildo y regimieto desta ciudad que cofirmen y
aprueuen estas ordenança y la apregonen publicamente. Alonso Nuñez, García de
León, Diego Nuñez, don Juan de Torres Ponce de
León, Joan de Almonacir escriuano...»
En la citada fecha de 1569 fué confirmado aquel
acuerdo, no tardando luego en venir en años sucesivos, otras y otras órdenes,
bandos y disposiciones que estrechaban más la situación de los esclavos.
Sin embargo, con ser tan penosa ésta se empeoró con
el tiempo, y en el siglo XVII, la católica majestad de Felipe IV dío orden en
1637 para que, de todos los de Sevilla, se formase un registro y conforme á él
fueran recogidos de casa de sus amos y se llevasen á la cárcel real, de donde
pasarían luego nada menos que á remar á las galeras.
El 22 de Abril, se pregonó en nuestra ciudad esta
orden del monarca, causando gran pánico en los esclavos, pues tan dura era y
tan estrecha, que en el pregón entraban todos los varones, incluso los
niños de pecho, y así fué que los desgraciados, al saberla, procuraron
ocultarse con sus mujeres é hijos, protegidos, como era natural, por los amos.
Mandó el rey de Madrid para ejecutar la orden de
aprehender á los esclavos, á un alcalde de casa y corte, llamado don Pedro
Amesqueta, el cual era hombre que, abusando de los poderes de que estaba
revestido, ejecutó su comisión de la manera más violenta y usando de los
procedimientos más duros y arbitrarios.
A mediados de 1637 habían ya llegado á Sevilla
presos multitud de esclavos de los pueblos de la provincia, los cuales fueron
en 24 de Agosto embarcados y conducidos á Cádiz, donde los llevó á Levante para
remar en las galeras, y otros muchos salieron de nuestra ciudad á pie, siendo
conducidos á Cartagena.
Mas no quedó aquí ni con mucho el asunto, pues
sabiendo Amesqueta que aún era grande en Sevilla el
número de esclavos ocultos por sus amos, comenzó á echar á éstos fuertes multas
para que los denunciasen, como ocurrió á una mujer de Pilas, á quien por
habérsele huido una esclava le hicieron pagar 300 ducados, y al Veinticuatro
Torres que tuvo que aflojar 400 y verse envuelto en un proceso.
Largo tiempo siguió la cuestión de la caza de
esclavos en Sevilla, tomando cada día más grave aspecto en todo el año de 1638,
y las Memorias sevillanas dan cuenta en el 1639 de esta
noticia que no deja de ser interesante el reproducirla:
«El Asistente hizo notificar á los dueños de los
esclavos que los entregasen para las galeras. Al principio tomaban uno de quien
tenía dos: después vino otra orden y no dejaban ninguno y prendían cuantos se
encontraban porque se escondieron todos. Esto fué á principios de Mayo de este
año de 1639, y á 18 de él llevaron con colleras á embarcar
para Sanlúcar ó el Puerto, 102 esclavos, negros, mulatos y berberiscos, con
gran lástima y más de los casados, cuyas mujeres hacían mil extremos. Después
se fué apretando á los dueños de los escondidos con penas de mil y dos mil
ducados, que por no pagarlos fueron entregando muchos y todos los llevaron.»
Tal fué el inhumano procedimiento que aquellos
piadosos varones del siglo XVII seguían con sus esclavos, á quienes tanto
maltrataban y en contra de quienes encima levantaron mil calumnias, y
condenaron á remar en galeras, como premio á los servicios que habían prestado.
No he de citar éstos, pero sí mencionaré el caso
que registra la crónica de un esclavo que, habiendo huído, don Pedro Amesqueta
prendió á su amo y le echó una fuerte multa, lo cual, sabido por el berberisco,
que berberisco era, se presentó voluntariamente
para que su dueño fuese puesto en libertad, acto que tanta impresión produjo,
que la dura justicia de entonces se vió obligada á usar alguna vez de la
clemencia y dejó libre al dueño, y al infeliz también le puso en libertad.
Hijo de Logroño han creído algunos biógrafos á este
poeta sevillano, á causa de haber residido en aquel punto durante su infancia y
ser su padre natural de la Rioja.
Llamóse éste Pedro Fernández Salinas, fué hombre de
desahogada posición y contrajo matrimonio en Sevilla con doña María de Castro,
habiendo de este enlace cuatro hijos, entre ellos á Juan de Salinas, que vino
al mundo en la capital de Andalucía, el 24 de Diciembre de 1559.
Viudo el padre del futuro poeta, trasladóse á
Logroño llevándose consigo á sus hijos, y Juan, en edad conveniente, comenzó
sus estudios, cursando el latín y siendo enviado más tarde á Salamanca, donde
estudió cánones y leyes, y donde se graduó al fin de doctor.
No veía Salinas gran porvenir para él en el estado
seglar y así se decidió por el eclesiástico,
haciendo un viaje á Florencia, punto en que residía un su hermano, y á Roma,
donde permaneció algún tiempo, y consiguió del Papa una canongía en Segovia,
que sirvió ya de sacerdote, según apuntan sus biógrafos.
Después de haber sufrido una grave enfermedad que
puso en peligro su vida, y muerto su padre, Juan de Salinas se dispuso á
regresar á España, permaneciendo cuatro años en Segovia y fijando al cabo su
residencia en Sevilla, de donde por tan largo tiempo había faltado.
Era á la sazón arzobispo don Pedro de Castro y
Quiñones, quien haciendo aprecio de los méritos del doctor Salinas y teniéndole
personalmente en gran estima, le ofreció una canongía á la que éste renunció
por causas que se ignoran.
Pasado algún tiempo fué nombrado visitador del
arzobispado y administrador del hospital de San Cosme y San Damián, llamado
de Las Bubas, cargo que el cabildo de la ciudad le concedió con
general aprobación de sus individuos.
Amante de las bellas letras desde su primera
juventud, había Salinas cultivado la poesía con no escaso aprovechamiento,
demostrando singular facilidad para las composiciones de circunstancias en las
que á veces hizo gala de no común gracejo.
Nunca se imprimieron reunidas, en vida del autor,
sus composiciones; pero casi todas ellas corrían manuscritas por Sevilla,
dándole no escaso renombre y haciendo que algunos de sus coetáneos les
prodigasen elogios, que ciertamente pecaban de una marcada exageración.
Tuvo Salinas muy estrecha amistad con casi todos
los eruditos y poetas que en Sevilla vivieron en su tiempo, mereciendo citarse
á Jiménez Enciso, á Jáuregui, á don Diego Maldonado
Dávila (colector después de sus composiciones) y al famoso obispo de Bona don
Juan de Sal, de quien el autor que nos ocupamos habló en algunas de sus
poesías.
Frecuentaba también mucho Salinas el trato de la
familia del analista Ortiz de Zúñiga, de quien fué padrino de bautismo y de
quien habló en una poesía, así como de su hijo don Juan Ortiz de Zúñiga.
Algunos trabajos en prosa se imprimieron de
Salinas, entre los que cita Gallardo el Prólogo á las Meditaciones
para cada día del año (1602) y la Dedicatoria al Sermón
fúnebre de la madre Dorotea, escrito por Alonso Sanz.
En la vida de esta beata Dorotea, que se hizo
célebre en Sevilla, publicada por Gabriel de Aranda, se habla en varios pasajes
de Juan de Salinas, con marcado elogio, y en igual sentido se expresan otros
autores que encarecen mucho su ciencia y virtudes.
Larga fué la vida del doctor Juan de Salinas, que
llegó hasta edad de ochenta y tres años, falleciendo el 5 de Enero de 1642, en
el citado hospital de San Cosme y San Damián, donde continuaba ejerciendo el
cargo de administrador. Salinas fué enterrado por el clero de Santa Catalina en
el convento de monjas de los Reyes.
Como ya consigné, don Diego Maldonado y Dávila
recogió y coleccionó en un tomo las composiciones del doctor Salinas,
manuscrito que poseyó Gallardo, y del que da noticias detalladas en su
bibliografía.
También el marqués de Jerez tenía un volumen
autógrafo de versos del autor, pudiendo ser estudiados con detenimiento sus
méritos en la Biblioteca Rivadeneyra y en los dos libros que
con el título de Poesías del doctor Juan de Salinas publicaron
los bibliófilos andaluces en 1869.
«En sus primeros tiempos, dice don Adolfo de
Castro, fué Salinas poeta de muy buen gusto literario, y en los últimos se
convirtió en conceptista y en todos demostró un gran ingenio, sazonado de
burlas y de gran delicadeza en la declaración de afectos amorosos.»
En efecto, la musa de Salinas no fué dada á asuntos
graves y de elevación, luciendo principalmente en epigramas y composiciones
ligeras, algunas de las cuales tienen títulos como estos: A un clérigo
que no quiso prestar al doctor las mulas y era muy puerco. A un
fraile viejo, mentiroso y falto de dientes. A una dama que
fingiendo descuido enseñó las ligas al doctor, etc.
En este género de versos, que prueban el espíritu,
un tanto chancero, de Salinas, es donde más lucía su ingenio, que llegó hasta
componer un poema burlesco sobre los Ejercicios de San Ignacio, que
fué impreso después de haber corrido por largo tiempo manuscrito con no poca
aceptación.
Salinas, á semejanza de Pedro de Quirós y de otros
poetas de la escuela sevillana, sus contemporáneos, no dejó ninguna obra de
pretensiones ni de verdadera importancia, dedicándose á cultivar la poesía en
composiciones sueltas, la mayoría breves.
Sus romances son muy estimables (véanse los que
insertó D. Agustín Durán) habiendo pasado por anónimos algunos de ellos y
siendo otros falsamente atribuidos á Góngora.
Tuvo el autor objeto de estos apuntes, felicísima
disposición para versificar y un ingenio vario y ameno, siendo más dado á
ensayarse en el género festivo que no en el grave y elevado. El conceptismo
deslució un tanto el mérito de algunos de sus trabajos, pero en todos ellos
aventaja con mucho á no pocos de los que en el mismo género alcanzaron cierto
nombre.
En resumen: Salinas es digno de ocupar un puesto
entre los buenos poetas sevillanos del siglo XVI, y con razón le tributaron
elogios sus contemporáneos y no se los ha escaseado la posteridad.
El largo espacio de terreno comprendido en la
orilla izquierda del Guadalquivir, desde la entrada del puente de barcas hasta
la muralla que unía la torre del Oro con la de la Plata, fué llamado desde muy
antiguo el Arenal.
Hasta nuestros días ha llegado una antiquísima
memoria de aquel lugar, en parte del cual hizo construir don Alfonso El
Sabio las Atarazanas. Hoy mismo, en uno de los muros exteriores del
edificio de la Caridad, consérvase una lápida, dentro de dos fustes de mármol
rojo, en la cual, en caracteres monacales, está en relieve una inscripción
latina del siglo XIII, que perteneció á las Atarazanas y que traducida al
castellano dice así:
«Séate conocida cosa, que esta casa y toda su
fábrica hizo el sabio y claro en sangre don Alonso, rey de los españoles. Fué
este movido á reservar las galeras y naves de los suyos
contra las fuerzas del viento austral, resplandeciendo en arte completo lo que
antes fué Arenal informe. En la era de 1290 (año 1152).»
En el siglo XVI, cuando el comercio con el Nuevo
Mundo estaba para Sevilla en su mayor apogeo y las embarcaciones de todos
países llegaban á nuestro puerto, era el Arenal sitio el más animado y
bullicioso de la ciudad y Lope de Vega, que lo conocía, dió á una de sus
comedias por título El Arenal de Sevilla, haciendo del lugar la
siguiente descripción que pone en boca de doña Laura y de Urbana en la escena
primera de la obra:
—¡Famoso está el Arenal!
—¿Cómo lo deja de ser?
—No tiene á mi parecer
todo el mundo vista igual.
Tanta galera y navío
mucho al Betis engrandece.
—Otra Sevilla parece
que está fundada en el río.
—Como llegan á Triana
pudieran servir de puente.
—No lo he visto con más gente.
—¿Quieres que me siente, Urbana?
—Mejor será que lleguemos
hasta la torre del Oro
y todo ese gran tesoro
que va á las Indias, veremos.
—Como cubierto se embarca,
no mueve mis pasos tardos.
¿De qué sirve el ver en fardos
tanta cifra y tanta marca?
—Notable es la confusión.
—Lo que es más razón que alabes
es ver salir de estas naves
tanta diversa nación.
Las cosas que desembarcan,
el salir y entrar en ellas
y el volver después á vellas
con otras muchas que embarcan.
Por cuchillos el francés
mercerías y Ruán,
lleva aceite; el alemán
trae lienzo, fustán, llantés;
carga vino de Alanís;
hierro trae el vizcaino
el cuartón, el tiro, el pino,
el indiano el ámbar gris,
la perla, el oro, la plata,
palo de campeche, cueros,
toda esta arena es dineros.
¡Un mundo en cifras retrata!
En la citada comedia saca á escena Lope los tipos
más característicos que entonces frecuentaban el Arenal, y así se ven desfilar
por el teatro, tapadas, soldados, mozos de galeras, arraeces, bravos,
comerciantes, aguadores, ladrones, criados y forasteros, pudiendo considerarse
esta obra del Fénix de los ingenios, á más de su mérito
indiscutible, como un cuadro de costumbres sevillanas de su tiempo.
El autor acentúa más la nota en elogio de Arenal haciendo
decir al Forastero en la escena IX estos versos:
Préciese de su edificio
Zaragoza enternamente;
Segovia de su gran puente,
Toledo de su artificio;
Barcelona del tesoro,
Valencia de su hermosura,
la corte de su ventura
y de sus almenas Toro;
Burgos del antigua espada
del Cid por tantos escrita,
Córdoba de su Mezquita,
y de su Alhambra, Granada;
de sus sepulcros León,
Avila del fuerte suelo,
Madrid de su hermoso cielo,
salud y buena opinión;
y de su hermoso Arenal
sólo se precia Sevilla,
que es vistosa maravilla
y una plaza universal.
Con el transcurso de los tiempos, habiéndose alzado
edificios desde la Puerta de Triana al Postigo del Carbón, y construído de
nuevo los Malecones, se formó entre éstos y la orilla del río una alameda en la
que se plantaron cuatro filas de álamos, y que tomó el nombre de paseo del
Arenal.
Lo agradable de aquel lugar, la hermosa vista que
desde él se disfrutaba, y la animación que allí solía reinar por el movimiento
del puerto, hicieron que el paseo fuese de los predilectos del pueblo sevillano
y que disfrutara por largos años de gran boga.
En el plano de la ciudad que mandó hacer Olavide
siendo Asistente de Sevilla, figura ya indicada la Alameda del Arenal, y lo
mismo en el que en 1788 se publicó durante el mando de Lerena, pudiendo decirse
que por entonces era aquel terreno de los más concurridos de la ciudad.
Don Leandro Fernández de Moratín, que visitó á
Sevilla por entonces, así lo consigna, y otros escritores de la localidad hacen
memoria en diversos trabajos de lo ameno del paseo y de la multitud que á
diario lo frecuentaba.
Por los arrecifes cruzaban por las tardes lujosas
carrozas y los modestos asientos de ladrillo se veían siempre ocupados por un
público aristocrático que lucía sus más preciadas y ricas galas.
A la entrada del paseo se comenzó á fines del siglo
XVIII á construir el monumento llamado Triunfo de la Trinidad, que se elevó á
instancias de fray Diego José de Cádiz, y el cual monumento era obra de
escasísimo mérito, y fué derribada hacia la mitad del pasado siglo, sin haberse
llegado á terminar por completo.
No lejos del monumento, se encontraba la Cruz
de la Charanga, nombre éste que también se daba á uno de los álamos, el más
corpulento y que más sobresalía entre los allí plantados, y alrededor del cual
se formaban aquellas tertulias de desocupados de que habla don José Somoza en
sus Recuerdos y en el artículo El árbol de la Charanga,
donde dice pintando lo agradable de aquel lugar: «...A la izquierda está
el Paseo del Arenal, paseo siempre concurrido; á la derecha el
puente de barcas y un dilatado horizonte azul, por el que se oculta el sol en
su occidente por entre una multitud de palos y velachos de embarcaciones
ancladas.»
Hacia 1808 se hicieron algunas reformas en el
Arenal, con las que ganaron en comodidad los paseantes, habiéndose por entonces
llevado á cabo varias obras en el puente allí inmediato, que cubría uno de los
brazos del arroyo Tagarete.
Punto como lo era el paseo del Arenal de amplitud y
gran concurrencia, cuando los días de la invasión francesa, lo escogieron las
autoridades imperiales para llevar á cabo no pocos espectáculos públicos, con
los que procuraban distraer al pueblo.
Allí el mariscal Soult pasó revista á las tropas,
allí se quemaron vistosos castillos de fuegos
artificiales; hubo cucañas, carreras á caballo por diestrísimos ginetes,
conciertos de bandas militares, iluminaciones y otros regocijos.
El paseo del Arenal, cuando en 29 de Agosto de 1812
penetraron en nuestra ciudad los soldados españoles, fué teatro de sangrientas
escenas y de verdaderos rasgos de heroísmo, y algunos días después se enterró á
la entrada del paseo el coronel inglés Alejandro Ducan, que murió
violentamente, y cuyo sepulcro fué destruido por el populacho en 1816.
Volvieron para el paseo del Arenal días de
esplendidez, transcurridos aquellos años de la guerra, y en 1823, cuando
Fernando VII visitó á Sevilla, este monarca paseaba con gran frecuencia en
carruaje por la orilla del río, donde era objeto de no pocas manifestaciones de
los absolutistas. Y se dió el caso que, saliendo una tarde el rey
de los toros, á causa de haber intervenido en los desahogos de los blancos algunos
constitucionales, se promovió un feroz escándalo, en el que hubo garrotazos,
carreras y no pocos heridos.
Con motivo de otras visitas de reyes se ha adornado
después de 1823 el paseo del Arenal, alzándose en él graciosos arcos de
follajes y vistosos transparentes.
Habiendo el Asistente Arjona derribado el murallón
de la Torre del Oro y edificádose el Salón de Cristina, comenzó el público
elegante y aristocrático á abandonar el viejo Arenal; llevado de las novedades
y atractivos que el nuevo sitio de esparcimiento y recreo le ofrecía.
Este abandono fué en aumento después de 1834, y
como quiera que por las autoridades locales se olvidó por completo el adorno y
cuido de aquella alameda, desaparecieron de ella los antiguos árboles que le
prestaban agradable sombra, los primitivos asientos
y los aguaduchos donde tan animadas tertulias se formaban.
Por los alrededores del Arenal se veía en los
buenos tiempos del paseo muy variados tipos y personajes callejeros, no
faltando nunca por las tardes, los chiquillos de la candela que,
provistos de mecha, ofrecían lumbre á los transeúntes fumadores; los viejos que
exhibían á golpe de tambor las sorprendentes vistas de la máquina
óptica, los vendedores de confites, los maestros de esgrima que acudían á
la palestra pública, y para que nada faltase á aquel cuadro, era frecuente ver
en los Malecones ó frente á la Resolana de la Caridad ó al pie del Triunfo,
algunos frailes misioneros que escogían aquellos puntos para predicar, como
ocurría al célebre padre Verita.
Una nota característica ha conservado hasta
nuestros días y conserva actualmente el Arenal: refiérome al mercado que allí
se establece en el mes de Diciembre y que se ve tan concurrido el día de
Nochebuena y los sucesivos de Pascua.
Álzanse entonces, en lo que fué frondosa alameda,
puestos de juguetes y de frutas, sin que en manera alguna falten los
instrumentos populares, característicos de los citados días, siendo grande el
concurso que acude al Arenal á llevar á cabo las indispensables compras de
pavos, nueces, castañas, turrones y todos los comestibles del ritual.
Para concluir, el Arenal en su aspecto más triste,
ya que hemos recorrido á la ligera su historia, es cuando el Guadalquivir se
desborda y la ciudad se ve amenazada con los peligros de las inundaciones que
tantos estragos han causado en todos los tiempos. Entonces cubren las aguas el
viejo paseo, y aquel lugar tan ameno y agradable presenta un cuadro imponente,
cuadro que no es necesario describir, pues hartas
veces lo han presenciado por desgracia los sevillanos.
El viejo Arenal lleva hoy el nombre de Paseo de
Colón, nombre que se le dió en 1892, cuando las fiestas del centenario del
descubrimiento de América. De su pasado, de sus días de esplendor, no queda ya
más que el recuerdo.
La reforma luterana que apareció en Sevilla á
mediados del siglo XVI propagóse en la ciudad de un modo rapidísimo, y tuvo
infinitos adictos, personajes, en su mayoría, de posición y de talento, como lo
fueron Rodrigo de Valer, el doctor Egidio, el doctor Constantino Ponce de la
Fuente, el prior de San Isidro del Campo, García Arias, el padre Arellano,
Ponce de León, el médico Losada, fray Casidoro de Reina, Fernando de San Juan y
otros cientos, cuya enumeración sería enojosa.
De entre todos aquellos primeros protestantes, he
de recordar á uno que tiene no poco relieve y á quien por su actividad y el
género de propaganda á que se dedicaba, debióse
singularmente la propagación de la doctrina de Lutero.
Llamábase Julián Hernández y se le conocía
por Julianillo, era mozo astuto y ardientísimo partidario de la
reforma, con lo cual puede suponerse el contacto frecuentísimo y estrecho en
que estaba con todos los iniciados.
Bien por comisión ó bien de propia iniciación llevó
Hernández á cabo una empresa que, por ser entonces en extremo arriesgada, tal
vez se confió á él como más listo y astuto.
Ansiaban los protestantes sevillanos poseer
escritos propagadores de la nueva doctrina, que á cientos se publicaban en
Alemania y los Países Bajos; y como la posesión de los tales libros y su
introducción en España era dificilísima, pensaban en mil modos para burlar á la
Inquisición, que tenía puesta toda su atención en la reforma para aniquilarla.
Julianillo Hernández partió en 1556 de Sevilla y
recorrió los principales focos del luteranismo, poniéndose en relaciones con
los principales apóstoles del protestantismo y dirigiéndose después á Ginebra,
donde residió algunos meses.
En esta ciudad adquirió ejemplares de los libros
más famosos que se habían dado por los reformadores, y ya dueño de ellos, puso
en práctica el ingenioso medio que discurrió para introducirlos en España y
traerlos á Sevilla.
A este efecto, disfrazóse perfectamente de arriero,
y previniendo dos grandes toneles, fabricados de intento, los llenó con los
numerosos volúmenes adquiridos, emprendiendo su viaje de regreso.
En 1557, Julianillo Hernández llegaba á Sevilla:
con su carga, había atravesado la península entera sin que ni justicia ni
persona alguna sospechase que en aquellos dos toneles
iban las armas más poderosas contra la religión del Estado, y que tanto efecto
iban á producir.
Cuando los protestantes sevillanos tuvieron
conocimiento de la llegada de Julianillo, inmediatamente acudieron con gran
cautela á ocultar el cargamento, siendo repartidos los libros en el monasterio
de San Isidro del Campo, en casa de don Juan Ponce de León y en la de la dama
doña Isabel de Baena, ardiente protestante, en cuyo domicilio se reunían con
frecuencia los luteranos.
Merced al ingenio de Julianillo,
pudieron los reformadores entregarse á las lecturas que tanto deseaban,
comenzando entonces el mozo á repartir volúmenes cautelosamente, siendo menos
afortunado en esta empresa, pues por ello vino su perdición y la de infinidad
de protestantes.
Un ejemplar del libro titulado Imagen del
Antichristo, lo vío una mujer que tenía algún vago conocimiento de lo que
pasaba y denunció á la Inquisición el foco protestante, cayendo el tribunal
entonces rápidamente sobre el asunto, y en poco tiempo fueron encerrados en el
castillo de Triana más de 800 luteranos, que no tardaron en perecer en la
hoguera y en el garrote.
Sin tiempo para ponerse á salvo, cayó Julianillo también
en las garras del Santo Oficio, y después de doce meses de prisión, el 22 de
Diciembre de 1560 salió con el auto de fe, siendo quemado vivo en unión de 34
protestantes más, entre los que se hallaban doña Ana de Rivera, doña Francisca
Ruíz, doña Francisca de Chaves, monja de Santa Isabel; María Gómez, Leonor
Núñez, sus tres hijas Elvira, Teresa y Lucía; doña Catalina Sarmiento, doña
María y doña Luisa Manuel, y fray Diego López, fray Barnardino Valdés, fray
Domingo Churruca, fray Gaspar de Porres y fray Bernardo de San Jerónimo, de alguno de los cuales haré más adelante especial
mención.
La célebre abulense doña Teresa Sánchez Cepeda,
cuyos escritos místicos son tan famosos y á quien la iglesia colocó en los
altares en 1622, bajo el nombre de Santa Teresa de Jesús, visitó durante su
vida á Sevilla, para fundar un convento en nuestra población, permaneciendo en
ésta desde el 26 de Mayo de 1575 hasta el 4 de Junio de 1576.
Llegó, pues, el citado día la madre Teresa de
Jesús, acompañada de seis monjas, sus compañeras, instalándose provisionalmente
en una modesta casa de la calle de las Armas, en la cual estuvieron viviendo
con gran estrechez y miseria, siendo al principio socorridas por una señora
llamada doña Leonor de Valera, y más tarde por el prior de la Cartuja, que
influyó á favor de las religiosas con otras personas de algún valimiento.
Allí pasó la madre Teresa de Jesús algunos meses
sin que pudiera, según eran sus propósitos, adelantar «gran cosa
en la fundación del convento, y aunque contó con el apoyo de algunos que le
fueron afectos y le auxilió mucho en sus trabajos» D. Lorenzo Sánchez Cepeda,
su hermano, que á la sazón vino de Indias, costóle gran trabajo encontrar casa
más espaciosa para instalarse.
Dió al fin la fundadora con un edificio en la calle
de Pajería, hoy Zaragoza, y á propósito de éste escribe en una de sus cartas:
«No se pasó poco para pasarnos á ella (á la nueva
casa) porque quien la tenía no la quería dejar. Los frailes franciscos, como
estaban juntos, vinieron luego á requerirnos que en ninguna manera nos
pasásemos é ella.»
Ya en la nueva casa, la actividad de la madre
Teresa de Jesús, hizo que se habilitase lo mejor que se pudo, contando con
algunos fondos y aumentándose la comunidad; pero entonces comenzaron á
levantarse calumnias contra la fundadora, intimándola el padre Salazar para que
no hiciese más fundaciones; y denunciándola por entonces á la Inquisición como
sospechosa de herejía, ilusiones, falsa devoción y revelaciones imaginadas, una
beata que había vivido en la recién fundada casa religiosa, ayudada por un clérigo
de quien dice fray Diego de Yepes que era «hombre hipocondríaco, escrupuloso,
ignorante y expuesto al error.»
Siguióse el proceso contra la madre Teresa de
Jesús, pasando á interrogarla á su casa los inquisidores, llevando con gran
ruído los jueces á caballo, notarios, alguaciles y familiares, y después de
largo tiempo, la Inquisición mandó que el expediente se suspendiese, quedando,
sin embargo, la fundadora obligada á presentarse ante el tribunal de Sevilla
siempre que éste lo reclamase.
Estando en nuestra población la célebre hija de
Avila, fué retratada por el napolitano Juan de Narduck, que había sido discípulo de Coello y que á la sazón era
religioso lego conocido con el sobrenombre de fray Juan de la Miseria,
conservándose hoy este retrato en el convento de carmelitas de San José, y el
cual, si no es una perfecta obra de arte, es por lo menos, el más auténtico
retrato que existe de la reformadora.
La casa que ésta habitó en Sevilla túvola en gran
estima y de ella escribía que «no la había mejor ni mejor puesta. Paréceme que
no se ha de sentir en ella el calor. El patio parece hecho de alcorza.»
En 27 de Mayo de 1576 celebróse en aquella casa una
gran fiesta religiosa, á la que asistió el arzobispo, fiesta que la misma
fundadora describió con muchos pormenores, y algunos días después salió de la
ciudad, dirigiéndose á Castilla, donde prosiguió sus fundaciones.
Aquel edificio que la mística escritora habitó en
Sevilla en la calle Pajería, fué convento hasta 1588, y el año 1882 el
edificio, que se había conservado casi como estuvo en el siglo XVI, fué
derribado, colocándose después en el que se levantó sobre su área, una lápida
en la fachada que recuerda la fundación de la madre Teresa de Jesús y su
estancia en nuestra ciudad.
El noble caballero sevillano don Juan Ponce de
León, hijo de don Rodrigo, conde de Bailén, fué, como ya he indicado
anteriormente, uno de los más decididos y ardientes partidarios que la reforma
luterana tuvo en Sevilla en el siglo XVI, y predilecto discípulo del doctor
Egidio.
Su elevada posición social, su ilustración y el
importante papel que hacía en la sociedad sevillana, contribuyeron
poderosamente á que su propaganda en favor del protestantismo le diera muchos
resultados, logrando, durante bastante tiempo, que ni á las autoridades
eclesiásticas ni á las seculares trascendiera su conducta, apesar de la
actividad que éstas desplegaban para destruir y aniquilar cuanto en Sevilla
tuviera sospecha siquiera de luteranismo.
Fué al fin descubierto en 1558, con otras muchas
importantes personas, que pagaron con sus vidas en las hogueras, y permaneció
antes largos meses preso, siendo al fin condenado por el tribunal odioso.
La sentencia dada contra Ponce de León es un
documento bastante curioso, del cual existe una copia manuscrita en la Colección
de Papeles del conde del Aguila del Archivo municipal, y de ella
reproduciré la parte más interesante, que dice así:
«... Atentos los autos y méritos de este proceso,
que dicho fiscal probó bien y cumplidamente su acusación y querella: damos y
pronunciamos su intención por bien probada, y que el dicho don Juan Ponce de
León no probó cosa alguna que le pudiese relevar. Por ende: debemos declarar y
declaramos al dicho Juan Ponce, haber sido y ser hereje,
apóstata, luterano, dogmatizador y enseñador de la dicha secta de Lutero y
sus secuaces: hallándose en algunos ayuntamientos y conventículos con otras
personas secretamente, á donde se trataba de la dicha maldita secta y sus
errores, en grandísima ofensa de Dios Nuestro Señor y de su Santa Fe católica y
Ley evangélica, y haber sido justo y disimulado confitente, y que las
confesiones que hizo fueron más por reservar la vida que por salvar el alma, y
por ello haber caído é incurrido en la Sentencia de Excomunión mayor, y estar
ligado de ella y en todas las otras penas en que caen é incurren los tales
herejes, luteranos, dogmatizadores y enseñadores de nueva secta y errores que,
á título de cristianos, hacen y cometen semejantes delitos; y en confiscación y
perdimiento de todos sus bienes, en los cuales le condenamos y
aplicamos á la Cámara y Fisco de S. M. desde el tiempo que cometió dichos
delitos á esta parte, cuya declaración en nos reservamos. Otrosí: relajamos la
persona de dicho Don Juan Ponce de León á la Justicia y Brazo
seglar, y especialmente al muy magnífico señor Licenciado Lope de León,
Asistente por S. M. en esta ciudad y á sus lugares tenientes en el dicho
oficio, á los cuales muy afectuosamente rogamos que se hagan benigna y
piadosamente con el dicho don Juan, y porque el delito de la
heregía es tan gravísimo que no se puede buenamente punir ni castigar en las
personas que lo cometen, y las penas se extienden á sus descendientes:
por ende declaramos sus hijos y nietos de dicho don Juan Ponce por línea masculina sean inhábiles
para poder tener cualquier oficio público, ó de honra, ó beneficios
eclesiásticos, y que no pueden usar de las otras cosas prohibidas á los
hijos y nietos de los semejantes condenados así por dicho común, Leyes y
Pragmáticas de estos Reinos como por institución del Santo Oficio, las cuales
habemos aquí por expresadas: y por esta nuestra sentencia juzgando así lo
pronunciamos y mandamos en estos escritos y por ellos.—El Obispo de
Tarazona.==El Licenciado Andrés Gasco.==El Licenciado Carpio.==El Licenciado
Juan Obando.»
El 24 de Septiembre de 1559 se celebró el auto de
fe en que salió don Juan Ponce de León: después de relajado y entregado al
brazo secular, se le dió garrote y se consumió su cuerpo en el Quemadero del
prado de San Sebastián, con otros de los más señalados protestantes sevillanos.
El haber sido el pintor sevillano Juan del Castillo
maestro de artistas que tanto renombre y gloria alcanzaron, como Murillo,
Zurbarán, Alonso Cano y Pedro de Moya, ha hecho que su nombre sea por esto
citado más que por las obras que dejó á la posteridad, dignas de elogio,
ciertamente, no pocas de ellas.
Hermano de otro pintor también, Agustín del
Castillo (1565-1626), nació Juan en el año de 1584, siendo desde muy joven
manifiesta su inclinación por el dibujo, que aprendió bajo la dirección de Luis
Fernández, en cuyos lienzos censúrase la escasa frescura y la pobreza de
colorido.
Juan del Castillo pintó multitud de cuadros en su
juventud, la mayoría de los cuales se han perdido hoy, y que le atrajeron
general estimación, pues apartándose de las reglas que su maestro le indicara,
dió un gran paso para destacar su personalidad.
Demostrando grandes condiciones para la enseñanza,
á Castillo acudieron no pocos discípulos, siendo su academia la que más frutos
obtuvo para el arte, de aquellas otras que tenían en sus talleres el clérigo
Roelas, Herrera el Viejo y Francisco Pacheco.
A la academia
de Castillo acudió cuando contaba doce años, en 1630, Bartolomé Murillo,
llevado al estudio por cercano pariente, no faltando algunos autores que
apunten que el luego celebérrimo artista sevillano era sobrino de su maestro.
En abril de 1611, Castillo, vecino á la sazón del
Salvador, se recibió de hermano de la Doctrina Cristiana, como
hombre devoto que era, habiendo noticias de que en años después hizo un viaje á
Granada, donde, según Arana de Varflora, «hizo algunas pinturas y
en ellas se conoce su manera de pintar, que era fresca y pastosa.»
Para el convento de Monte Sión ejecutó Castillo, de
vuelta en su ciudad natal, catorce lienzos, siendo este templo el que llegó á
reunir más producciones del pintor objeto de estas líneas.
En el altar mayor dejó una Asunción, La
Visitación de Santa Isabel á la Virgen, La Encarnación, El
Nacimiento de Jesús, La Adoración de los Reyes, los cuatro
doctores de la Iglesia, San Buenaventura y un crucificado, y en otros retablos
las imágenes de Santo Domingo, Santo Tomás y San Vicente Ferrer.
De estos cuadros, que permanecieron en dicho
convento hasta 1810, fueron algunos, tras bastante tiempo, llevados al Museo
Provincial, donde en la actualidad se encuentran, á más de dos medios puntos en
tabla que representan á San José y el Niño trabajando, y la muerte del mismo
santo.
Estos citados son los más notables cuadros de Juan
del Castillo, y en los que pueden apreciarse por completo sus méritos y su
estilo de pintura, debiendo citar aquí también otras obras como las siguientes,
que conservaron varios particulares y elogió Amador de los Ríos en 1844 cuando
dió á luz su libro Sevilla pintoresca.
D. Manuel
López Cepero poseía una Asunción y una Sagrada Familia;
don Pedro García, un lienzo de los Desposorios de la Virgen, en
figuras de tamaño natural, un San Miguel y un Ángel de
la Guarda, y el señor Suárez de Urbina un San Pedro y
un San José con Jesús, cuadro este último de pequeñas dimensiones.
De otras pinturas de Juan del Castillo se han
perdido no pocas, que fueron celebradas en su tiempo y de las cuales sólo la
memoria queda.
Con su academia muy concurrida de discípulos,
continuó el maestro residiendo en Sevilla hasta 1639, año en que, por motivos
que ignoro, se trasladó á Cádiz, donde fijó su residencia.
Allí ejecutó también algunos lienzos, pero la vida
del artista tuvo pronto término, falleciendo á mediados del año 1640, según
apuntan los más autorizados biógrafos.
Las obras de Juan del Castillo han sido estudiadas
por los críticos con atención é imparcialidad, diciendo uno de ellos, juzgando
los méritos del artista, que apesar del estilo que en la enseñanza recibiera,
«guiado por favorable inclinación, dióse á copiar el modelo vivo y á estudiar
la realidad, con lo cual mejoró su arte y dictó provechosas reglas, siempre más
á lo tocante al dibujo que al color, á sus discípulos.»
En la historia de la pintura sevillana indica
Castillo un gran paso de adelanto, y puede decirse que dejó muy atrás á su
hermano Agustín y aun á su sobrino Antonio, también artista.
Contemplando los lienzos de Juan del Castillo y
viendo aquel modo de ejecutar un tanto frío y académico, viene enseguida á la
memoria la enseñanza que dió á Murillo, resaltando al punto cómo éste nada
conservó de su maestro, y haciéndose de un estilo propio, con el cual fundó una escuela y del que tuvo tantos fervorosos
admiradores.
El lienzo de la Visitación, el
del Nacimiento y los restantes que se encuentran hoy en el
Museo provincial, son, como ya indiqué, las principales obras de Castillo, y
aunque á ellas no dejan de poner reparos los críticos, todos reconocen los
méritos que indudablemente tuvo su autor.
«No podemos llamar reaccionario en arte á
Castillo—escribe Sentenach—antes bien, dejándonos arrastrar con las corrientes
que se iniciaban, abandona el neo-clasicismo: pierde, inspirado por Herrera,
algo de la tirante corrección greco-romana; observa la naturaleza y aunque con
pocas fuerzas para elevarse á grandes alturas, desvía á sus discípulos de los
senderos trillados y los encamina por el que ha de conducirlos á nuevas y
encantadas regiones.»
Para terminar: el pintor sevillano no llegó á
escalar la región reservada á los genios; faltóle en primer lugar hondo
sentimiento y espíritu para sus obras; pero fué un artista en conjunto bien
digno de elogio por su obra general, y la dulce memoria que dejó como maestro
de Zurbarán, de Alonso Cano, de Murillo y de tantos otros hará siempre que su
nombre viva unido al de aquellos grandes hombres y la posteridad lo respete.
La Santa Hermandad, instituída por los Reyes
Católicos con el objeto de perseguir y castigar á los ladrones y malhechores,
puede decirse que estaba en todo su esplendor durante el siglo XVI, siendo sus
individuos muy numerosos, y como quiera que los cargos de cuadrilleros,
secutores, etc., traían consigo ciertos privilegios y fueros, eran éstos muy
solicitados.
Para ejercer dichos cargos hacíase requisito
indispensable, á más de tener harto probada la buena conducta moral, ser
persona de alguna significancia y prestigio, pertenecer á hidalga familia y no
ejercer ciertos oficios ó cargos incompatibles con la justicia de que habían de
investirse.
Ninguna de estas cualidades parece que tuvo en
cuenta, en 1587, un zapatero que había en Sevilla, llamado Luís Sánchez, el
cual era popular entre la gente de baja ralea, y valiéndose de resortes que
supo hábilmente tocar y de la influencia del canónigo y arcediano don Alonso
Fajardo de Villalobos, obispo titular de Esquilache, consiguió que el
Provincial de la Santa Hermandad le diese el cargo de secutor, el cual era
provechoso por las ganancias y gajes varios que traía consigo.
Revestido el zapatero de su autoridad, comenzó á
ejercerla tan ufano y orondo; pero el hombre no
contaba con la huéspeda, y ésta fué un su enemigo llamado Juan Pérez, que se
propuso amargar la satisfacción del flamante secutor, presentando al cabildo de
la ciudad un escrito contra Sánchez, el cual no deja de ser curioso, y que por
esto y por ser inédito hasta ahora, lo copio de su original, que dice así:
«Muy ilustres señores.—Juan Pérez de esta
ciudad, como uno del pueblo, y para el bien público, digo que el Provincial de
la Hermandad, ha nombrado por secutor de hermandad á un hombre llamado Luis
Sánchez el cual es hombre infame y es zapatero que usa dicho
oficio con delantal delante de los pechos y golpeando con un box,
llamando la gente y calzando zapatos á negros y blancos y limpiándoles
los pies, y además de esto, sirve al obispo Esquilache en lo que le manda.
Asimismo el dicho Luís Sánchez, suele cometer delitos crímenes,
especialmente el susodicho estuvo preso en la cárcel real de esta ciudad por
mandado del alcalde Bonifacio, por haber vendido mucha cantidad de trigo, y fué
sentenciado á graves penas é destierro, que pasó la causa ante Juan de Castro,
escribano. Por todo lo cual el dicho Luís Sánchez no puede ni debe ser recibido
al dicho oficio de secutor, porque lo pretende para hacer cosas no
debidas é cometer delitos. Por tanto, pido y suplico á vuestra señoría no
sea admitido ni recibido al dicho oficio de secutor, y que vuestra señoría
mande dar y dé por ninguno el dicho nombramiento, é no haber lugar de se hacer
el nombramiento é en todo haga se provea lo que más convenga á su servicio, por
lo cual etc. etc.—Juan Pérez.» (Archivo municipal: Varios, Antiguo.)
Esta solicitud pasó á cabildo, y habiendo tenido
conocimiento de ella el zapatero, furioso de ver cuán mal quedaba
su persona, buscó á su enemigo y le dió una monumental paliza, con lo que
parece quedó vengado... y sin que nadie le despojase del cargo de secutor,
apesar de lo de los delitos crímenes.
La más notable y acabada de cuantas puertas tuvo en
lo antiguo Sevilla, fué la de Triana, cuya traza se debió, según las opiniones
más autorizadas, al notable arquitecto Juan de Herrera. Fué concluída aquella
puerta, verdaderamente monumental, á fines de 1588, derribándose para hacerla
otra primitiva que estaba á la entrada del barrio de la Cestería.
Constaba la puerta de Triana de un solo cuerpo de
arquitectura, de estilo dórico, y presentaba dos fachadas de gran elevación y
magnífico aspecto. A ambos lados de sus arcos, existían cuatro colosales
columnas que descansaban en sólidos pedestales y sostenían una gran cornisa, en
la que se hallaba un espacioso balcón de largo barandal, rematando el monumento
con un ático triangular adornado de pirámides.
Sobre el balcón existía una lápida cuya inscripción
latina decía lo siguiente, según la traducción castellana de un autor, muy
versado en nuestras antigüedades:
Siendo poderosísimo rey de las Españas y de muchas
provincias por la parte del orbe Felipe II, el amplísimo regimiento de Sevilla
juzgó deber ser adornada esta nueva puerta de Triana, puesta en nuevo sitio,
favoreciendo la obra y asistiendo á su perfección don Juan Hurtado de Mendoza,
conde de Orgáz, superior vigilantísimo de la misma floreciente ciudad en el año
de la salud cristiana de 1588.
A un lado de esta puerta estaba uno de los husillos
del río, cuya obra la conmemoraba otra lápida de pomposa y larga inscripción,
colocada en 1633, siendo asistente el conde de la Corzana, y sobre el arco
estaba el llamado Castillo, en el que se hallaban varias celdas,
que servían de prisión á los nobles y caballeros de importancia.
Era esta puerta la más adornada en las festividades
públicas; sus dos portillos laterales eran los que más tarde se cerraban, y por
su arco principal entraron los monarcas Felipe V, en 1729; Carlos IV, en 1796;
José I, en 1810; Fernando VII, en 1823, y la reina Isabel II, en 1862.
Cerca de la puerta se encontraba á principios del
siglo XIX, en un hueco de la pared, el célebre cafetín llamado de Julio
César, donde se reunía por la noche gente maleante, que tenía siempre
cuentas pendientes con la justicia.
Las más importantes obras efectuadas en la puerta
de Triana fueron las que se llevaron á cabo en 1787, siendo Asistente don José
Ábalos. Entonces se renovaron las dos fachadas, «restituyéndose—como dice un
historiador—á sus columnas la altura que correspondía,
pues antes su basamento subía hasta el tercio de las columnas, quizá para
afianzar en él los tablones con que se calafateaba la puerta en las ocasiones
de riadas.»
Delante del monumento se extendía el espacioso
llano, donde después se ha construído la calle de Reyes Católicos, y este lugar
era en extremo concurrido por los desocupados y paseantes, que allí acudían á
tomar el sol en invierno y á refrescarse en las noches del estío.
La puerta de Triana, que era la más inmediata para
dar acceso al puente de barcas y al populoso barrio de la margen derecha del
Guadalquivir, era punto de gran tránsito, y por ella se veían casi siempre
grupos de viajeros, recuas de los trajinantes, coches de camino, etc., etc.
Cerca del monumento existían dos fuentes, una de
las cuales se conserva todavía, aunque muy variada, y se construyó en 1816 por
el Asistente don Francisco Laborda y Pleyler.
Entre muchos recuerdos históricos, que iban unidos
á la puerta, mencionaré el de la muerte del conde del Aguila en 1808, el de la
entrada de las tropas españolas en 1812 y el del general López Baño, que en
1823 derribó á cañonazos sus hojas para salvar á la ciudad del furor de los
absolutistas.
El monumento al fin fué derribado en 1869, sin que
bastara á impedir su destrucción, ni lo magnífico de la obra, ni los recuerdos
que tenía.
Sabido es que la construcción de este paseo se debe
al Asistente don Francisco Zapata, conde de Barajas, el cual, de un lugar tan
infecto y malsano como era aquel, que se llamaba la Laguna por ser punto donde
se estancaban las aguas, hizo un hermoso lugar de recreo y esparcimiento para
el pueblo sevillano.
Levantado el terreno y nivelado, formadas ocho
hileras de árboles hasta el prado de Belén, y construídos cómodos asientos y
bellas fuentes de mármol, el conde de Barajas puso á la entrada del paseo dos
magníficas columnas de granito gris, que medían 8'90 metros y uno de diámetro,
las cuales es opinión general que debían pertenecer á algún templo que tuvo
Sevilla en tiempo de los romanos.
Levantadas las columnas sobre pedestales, se
pusieron, como remate de ellas, dos estatuas, una de Hércules y otra de Julio
César, las cuales dieron nombre al paseo, que el vulgo llamó desde poco
después, Alameda de Hércules.
En la actualidad se encuentran casi borradas las
inscripciones que entonces se grabaron en los pedestales, y aunque ya son por
algunos conocidas, creo de oportunidad copiarlas aquí.
La inscripción de Hércules dice:
«Al Hércules Augusto Emperador, César Carlos
quinto, hijo del rey don Filipo, nieto del rey don Fernando, viznieto del rey
don Juan, piadoso, feliz, gálico, germánico, túrcico, africano, que mucho más
allá de las columnas de Hércules, dilatada su gloria por el Nuevo Mundo,
terminó su imperio con el Océano, su fama con el Cielo. Al héroe sagrado,
meritísimo de la República cristiana, por su eterna piedad y virtud, el Senado
y pueblo de Sevilla dedicadísimo á su sagrada memoria y majestad.»
«Reinando en Castilla el católico y muy alto y
poderoso rey don Felipe II, y siendo asistente de esta ciudad el ilustrísimo
señor conde de Barajas, mayordomo de la reina nuestra señora: Los ilustrísimos
señores, Sevilla, mandaron hacer estas fuentes y alamedas, traer el agua de la
fuente del Arzobispo con industria, acuerdo y parecer del dicho señor
Asistente, siendo obrero mayor, el magnífico señor Juan Díaz, Jurado, alcalde
el año de MDLXXIIII.»
En la de Julio César se contiene todo esto:
«A don Francisco Zapata conde de Barajas, Asistente
vigilantísimo de esta Ciudad, mayordomo del rey, y amante muy equitativo de la
justicia, por haber limpiado esta antigua y abandonada laguna de las aguas
inmundas de toda la ciudad, convirtiéndola en un paseo muy extenso, sembrado de
frondosos árboles y regados con fuentes perennes, dando así á los ciudadanos un
cielo más saludable y un viento más fresco en los ardores del estío; y por
haber restituído á su antiguo origen el arroyo de las aguas del Arzobispo,
interrumpido por la antigüedad y abandonado, trayendo sus aguas á varias calles
de la Ciudad para grande consuelo del pueblo sediento: por haber
trasladado aquí las columnas de Hércules, con un trabajo comparable á los del
mismo Hércules: por haber hermoseado la Ciudad con puertas magníficamente
fabricadas y por haberla gobernado con suma humanidad, el Senado y Pueblo de
Sevilla le consagran este monumento en testimonio de su amor y gratitud, en el
año 1598.»
«A la liberalidad del augusto Felipe segundo hijo
del divino Carlos, nieto del gran Felipe, biznieto del divino Maximiliano
rebiznieto del divino Federico, piadoso, fiel, máximo, católico, germánico,
francisco, británico, bélgico, índico, africano, túrcico en tierra y mar,
emperador invictísimo, porque con nuevos ornamentos y prerrogativas confirmados
también y dadas de nuevo ilustres leyes municipales, ha aumentado y ennoblecido
esta ciudad como á óptimo príncipe de esta romulense colonia restaurador amabilísimo
el cabildo de los sevillanos.»
En los Libros de Caja del siglo
XVI, que se guardan en el Archivo Municipal, existen multitud de asientos
relativos á las obras de construcción de la Alameda, pudiendo verse allí en
detalle cuán grandes sumas se invirtieron y cuánto interés puso el conde de
Barajas en embellecer el paseo.
La Alameda fué durante el siglo XVII, el lugar más
concurrido de Sevilla por los paseantes y sitio predilecto de damas y galanes
que allí acudían á entregarse á sus amorosas expansiones, y con razón ha dicho
un escritor ilustre que era aquel «el terreno de la belleza y el lujo, y el
teatro del trato ameno y conciertos amorosos».
En el siglo XVIII, haciéndose necesarias algunas
reformas en el antiguo paseo, las llevó á cabo en 1764 el asistente don Ramón
Larumbe; el cual coronó su obra levantando al final de la Alameda dos ridículas
columnas, parodia de las puestas por el conde de
Barajas, las cuales remataron en dos leoncillos de piedra, al pie de los que su
señoría, deseando perpetuar la memoria del trabajo, hizo grabar estas líneas,
ya casi borradas hoy:
«—NO8DO—Reinando en España la católica
magestad de don Carlos III, siendo asistente de esta ciudad el señor don Ramón
de Larumbe del orden de Santiago, del consejo de S.M., intendente general del
ejército de los cuatro reinos de Andalucía y superintendente general de rentas,
se acabó la obra de la cañería de la fuente del Arzobispo en 28 de Enero de
1764 y la distribución de su agua consiste en el pilar del arzobispo, la de la
fuente de Córdoba, seis pilas de esta Alameda y la de san Vicente y de gracia
al convento de esta de capuchinos, hermandad de san Hermenegildo, san Basilio,
Belen y san Francisco de Paula y se pone esta lápida en virtud de acuerdo del
ilustre cabildo de la ciudad, habiendo sido diputado de esta obra el señor
veinticuatro don Juan Alonso de Lugo y Aranda.»
«—NO8DO—Reinando etc., etc., se construyeron
estas dos columnas que coronan los leones que sostienen las reales armas y las
de Sevilla. Se hicieron los asientos, alcantarillas y terraplenes, levantándose
los pretiles de las zanjas, se pusieron los pilares para el riego, desagüe
completo de árboles de esta Alameda, todo por dirección de los señores
Asistentes, siendo diputado el señor don Gregorio de Fuentes y Veralt,
veinticuatro del Ilmo. Cabildo cuya obra costeó de los propios y arbitrios y se
acabó el año de 1765.»
La Alameda continuó todavía durante bastante tiempo
disfrutando del favor de los sevillanos, hasta que, como dice con mucho donaire
el duque de Rivas en su bello artículo Los Hercules, «á la margen
del Guadalquivir, ya escombrado de mercaderes y
mercaderías, apareció entre la puerta de Triana y la Torre del Oro otra
Alamedita (el Arenal), que aunque nació enfermiza, empezó á hacer gracias
cuando niña y á llamar la atención cuando joven, hasta que desbancó ¡cosa natural!
á la Alameda, ya vetusta y provecta, y le echó á cuestas nada menos (¡ánimas
benditas!) el dictado de Vieja, que la desplomó.»
Por estos tiempos hacía ya muchos años que se
celebraban allí las clásicas veladas de San Juan y San Pedro, que tan
características notas ofrecían de nuestras fiestas populares, y las cuales
renuncio á describir aquí, cómo se verificaban entonces.
En los comienzos del siglo XIX, era ya manifiesta y
patente la decadencia del paseo cuyo aspecto era en verdad poco ameno y
agradable, pues con gran detrimento del ornato, había abandonado su cuido el
municipio.
Entre los episodios dignos de ser recordados que
tuvieron lugar en la Alameda en los largos años de nuestras revueltas
políticas, citaré un gran banquete que allí se celebró en 1820 á las tropas de
Riego, al cual asistió el mismo general, que á la hora de los brindis leyó uno
en muy medianos versos que había escrito su hermano el canónigo don Miguel del
Riego.
En 1823 y el triste día 13 de Junio, en que tantos
excesos cometieron las turbas absolutistas, al estallar aquella tarde el
depósito de pólvora que estaba establecido en el edificio de la Inquisición, la
Alameda ofreció un triste cuadro, pues en ella cayeron no pocos restos humanos
de los que fueron víctimas de aquella catástrofe.
Pacífico y solitario estuvo el viejo paseo durante
muchos años, hasta que hacia 1840 y 1844 empezaron á utilizarlo ciertos
elementos para punto de sus reuniones y aún vive quien recuerda cómo allí se
juntaban por tarde y noche numerosos grupos de
exaltados que leían en voz alta El Huracán, El Guirigay y
otras publicaciones hostiles al gobierno y aun á las instituciones, dando lugar
aquellas lecturas, á que con frecuencia se caldearan los ánimos y tuviera que
intervenir la fuerza armada, como ocurrió en diversas ocasiones.
No fué sólo entonces la Alameda teatro de escenas
semejantes, pues éstas se repitieron en aquellos años de pronunciamiento y
motines, llegando, como en 1861 y 1873, á tomar los sucesos verdadera
importancia.
Á decir verdad, el paseo de que me voy ocupando es
de los que menos reformas han sufrido de todos los de Sevilla, pues las obras
que en diversas ocasiones se han llevado allí á cabo han sido, por lo general,
de escasa importancia, y sólo secundarias. Después de 1850 desaparecieron las
fuentes que en el centro de la Alameda existían, y hace años se trasladó al
final la pila de la Plaza de San Francisco, se rodearon de sencilla verja los
Hércules, se reformaron algunos asientos de la entrada, intentándose plantar un
jardín en ambos lados, que no llegó á prosperar por descuido.
Si de día era la Alameda punto por lo general
sosegado y tranquilo, de noche era peligroso por más de un concepto.
La falta de alumbrado y vigilancia, favorecía mucho
á los pájaros de cuenta que por allí vagaban entre las sombras, siendo muy
frecuente que el incauto transeunte que por necesidad atravesaba dados ya el
toque de ánimas el paseo, se viera sorprendido por malhechores que lo
maltrataban y despojaban de cuanto llevase encima.
A más eran aquellas tinieblas muy buscadas
por Aspasias y Proserpinas de barrio, que no
tenían quien las molestase, siendo los viejos árboles y los asientos, á diario, mudos testigos de escenas que puede imaginarse el
lector.
Como punto de los más bajos de la ciudad la Alameda
ha sido siempre de los que primero se inundan, ofreciendo aquella ancha
superficie de agua un cuadro que siempre acuden á contemplar los sevillanos con
cierta curiosidad.
No citaré la fecha de las muchas inundaciones del
paseo, pero haré mención de la riada de 1796, en que las aguas llegaron hasta
cerca de los balcones de algunas casas como indica el azulejo colocado en el
edificio que hace esquina á la calle Santa Ana, y de la de 1876, en que se
desbordó el Guadalquivir, causando grandes destrozos en todo el barrio de San
Lorenzo y en el de la Feria.
Estas inundaciones dejan siempre al viejo paseo en
estado harto deplorable, y como quiera que pocas veces se trata de acudir como
corresponde á la reparación de los desperfectos ocasionados en la Alameda,
ofrece á los paseantes bien pocos atractivos.
Ningún paseo como la Alameda pudiera, por su
extensión y sus condiciones, transformarse en uno de los más agradables de la
ciudad, levantando el terreno, variando por completo la antigua traza y
formando allí amenos jardines, que serían gala y ornato de la población.
Desde hace pocos años, la Alameda se ve
extraordinariamente concurrida en las tardes y noches de estío, habiéndose
establecido allí gran número de puestos de agua, refrescos, helados, etc.,
alrededor de los cuales se instalan multitud de mesas y sillas, que se ven
ocupadas por la concurrencia de trasnochadores hasta la salida de la aurora.
Allí se ven durante todas las horas de las calurosas noches, alegres grupos y
tertulias de ellos y ellas, y se escuchan
cantos flamencos, notas de guitarras, repiqueteo de palillos, risas y vivos
diálogos...
Y aquí hago punto en este ligero bosquejo que he
intentado trazar de la Alameda Vieja que fundó el conde de Barajas, paseo el
más antiguo de Sevilla, que es el que más larga historia tiene y por el que
tantas generaciones pasadas han discurrido.
LA HERMANDAD DE LOS NIÑOS PERDIDOS
Si actualmente son tantos los niños y adolescentes
abandonados, que en las capitales viven entre las mayores privaciones y
miserias, puede calcularse á qué gran número llegarían éstos en los tiempos
pasados, y cuán amarga y triste sería su condición en la sociedad.
De aquí nació aquella multitud de vagabundos, de
muchachos maleantes que acostumbrados á viciosos hábitos, y en frecuente
contacto con gente corrompida, crecían, se hacían hombres, terminando las más
de las veces su existencia en la horca ó en las galeras del rey.
Sevilla, población importantísima, el siglo XVI,
era centro en el que se acogía un mundo de pícaros, como los que
tan admirablemente retrató Cervantes en Rinconete y Cortadillo, y
alrededor de toda aquella hampa, pululaban niños y mozalbetes, de quienes nadie
cuidaba y á quienes nadie procuraba apartar de tan extraviados caminos.
Con el laudable intento de protejer á la infancia
desvalida y remediar los males de los adolescentes, reuniéronse unos cuantos
hombres de buena voluntad, y hacia el año de 1589 formaron una hermandad con el
nombre del Santo Niño Perdido, la cual, sin el apoyo de las
autoridades, y sosteniéndose únicamente con el dinero de los hermanos y las
limosnas que recogía, logró bien pronto prestar muy señalados servicios.
Al efecto lograron alquilar una casa modesta, en la
cual reunieron camas, mantas y algunos muebles, nombrando por alcaldes de la
cofradía á don Andrés de Losa y don Cristóbal Pareja; tomaron un administrador,
que lo fué el clérigo don José Martín, y alquilaron para el servicio dos
criados y una mujer anciana.
Dieron principio los hermanos á su buena obra,
redactando los estatutos de la congregación y comenzando á llevar al recién
fundado instituto á los niños que encontraban, pues según el mismo alcalde
Cristóbal de Losa decía en un documento que tengo á la vista: «...cada uno de
los hermanos andaban por las calles de noche, y si en algún portal ó en algún
rincón hallábamos algún niño desamparado del trato humano, lo llevábamos á
nuestra casa por aquella noche, dándole de cenar y regalándole, y al otro día lo
llevábamos á nuestra Casa para que allí se remediase con los demás...»
Añadiendo también estos párrafos que explican la
misión de los hermanos:
«Cuando veíamos alguna mujer ó hombre que andaba
pidiendo limosna con muchachos se los quitábamos, y llevábamos á
la casa porque no se quedasen toda la vida pordioseros y los poníamos con amos
á su servicio.» «Item, que cuando sabíamos que alguna niña había quedado
huérfana por haberle faltado padre ó madre y no tener de qué sustentarse, la
llevábamos á Casa y así de ordinario las había en ella de seis y siete años y
niños de dos á tres años y lo hacíamos lavar, limpiar y envolver, teniendo para
esto una mujer anciana, honrada que lo hacía amaneciendo ellos todas las
mañanas de tal suerte que era asco llegar á ellos y asi lo lababan y limpiaban
y vestian camisa limpia y si la mujer no hiciere esto con caridad como lo hacia
con ningun interés se le podía pagar.»
También recogían los hermanos á los mozalbetes
raterillos, á los cuales tenían algunos días sujetos, procurando corregirlos, y
á unos y á otros buscaban luego colocación con algún amo, ó les ponían á
aprender algún oficio mecánico, llegando, como la hermandad comprobó por sus
libros, á haber colocado á unos 600 muchachos durante los primeros años del
instituto.
Así iba la hermandad siguiendo su obra meritoria y
prestando señalados servicios, cuando un día de los comienzos de 1591 se
presentó en la casa de la hermandad el veinticuatro don Juan Pérez de Guzmán y
con dos ó tres alguaciles se apoderó por fuerza de cuanto allí había,
llevándose cuarenta niños que á la sazón estaban recogidos y cargando con las
camas, las mantas y demás menaje, así como con algún trigo, cebada, garbanzos y
habas, que había sido adquirido por el administrador.
Los niños, muchos de los cuales estaban leprosos y
en situación harto triste, fueron llevados por orden del veinticuatro á
la Casa de la Doctrina, quedando disuelta la Asociación, y á los
pocos días el alcalde Losa, se dirigió al Ayuntamiento con una enérgica
solicitud clamando contra el atropello que en la
benéfica Asociación se había cometido, y pidiendo que se disolvieran los niños
y los objetos secuestrados.
Entonces empezaron los tratos y conferencias de los
hermanos con los señores del cabildo, siguiendo Losa con sus solicitudes, en
una de las cuales de 1593 decía pintando el estado en que habían quedado los
muchachos vagabundos: «Andan perdidos por las calles y plazas, y yo, como
persona que comenzó esta obra, le deseo remedio, porque veo andan los niños de
siete y ocho años desamparados, rotos y aun encueros por los rincones y poyos
de la ciudad, donde se quedan á dormir, que en este tiempo aun los muy bien
arropados y abrigados lo pasan con dificultad y trabajo; y la semana de Pascua
amaneció muerta de frío una mujer, y así las criaturas tienen mayor peligro.»
Poco después el cabildo nombró una comisión para
que informase de si debía constituirse de nuevo la hermandad, y en este informe
se leen párrafos como el que voy á copiar, bien curioso por cierto, y que
prueba que en aquellos benditos tiempos de prosperidad, bienandanza y riqueza,
por los que tanto suspiran los neos, la miseria revestía en las ciudades más
importantes terribles caracteres.
«... La ciudad, calles y plazas, están
llenas de muchachos pequeños que andan perdidos pidiendo limosna y
muriéndose de hambre, y quedándose á dormir por los poyos y portales desnudos,
casi encueros y expuestos á muchos peligros como se ha visto algunas
veces por la experiencia, que han sucedido entre otros pícaros á quien se
llegan, y otros amaneciendo muertos del hielo y así mismo se
han multiplicado los ladrones porque hay infinitos muchachos que lo son, y los
clérigos de San Salvador se quejan que después de
que se quitó la casa de los niños hallan en la iglesia detrás de los retablos
muchas bolsas de las que quitan los tales ladrones muchachos».
Esta pincelada retrata lo que era la ciudad en los
tiempos prósperos en que tanto se ha decantado el bienestar y el desahogo de
las clases menesterosas.
En resumen: como quiera que la comisión informó
favorablemente su dictamen, suscrito por don Bartolomé Lope de Mesa,
veinticuatro, y don Juan Farfán de los Godos, jurado, porque no sólo debía
volverse á formar la hermandad, sino ser protegida por el Ayuntamiento,
designándose caballeros del cabildo que la inspeccionasen, en sesión de 20 de
Marzo de 1593 se acordó, conforme á lo propuesto, que volviera á establecerse
la cofradía, la cual terminó en el siglo XVII, en que ya, sin que ningún don
Juan Pérez de Guzmán la hiciera desaparecer, le cogió la reducción de
hospitales que llevó á cabo el arzobispo de Sevilla.
Para lance pesado, el que le ocurrió á fines del
siglo XVI en Sevilla al teniente de asistente D. Luís Sumeño de Porras. Bien
merece recordarse en estos apuntes y he de hacerlo así, pues ofrece una gráfica
nota de aquellos tiempos.
Al tal D. Luís tocóle para su daño hacia 1591, ser
juez en una causa por la cual fué condenado un reo, el cual tenía algunos
parientes y amigos que con gran ahinco trabajaron por librarle de la pena, sin
que pudiera conseguirlo, pues Sumeño de Porras se mostró inflexible.
Viéndose burlados y llenos de la mayor indignación
y odio hacia el juez, acordaron vengarse, y concibieron un plan que no tardaron
en llevar á cabo.
A principios de 1593, el tribunal de la Inquisición
recibió un largo escrito, en el cual se delataba á D. Luís como culpable del
delito de herejía y judeismo, delito que había
permanecido oculto é impune hasta entonces, haciéndose la delación tan en
forma, tan detallada y minuciosa y con tan marcadas y expresas circunstancias,
que los del Santo Oficio tomáronla por buena, y holgándose del servicio que á
la religión iban á prestar, presentáronse en casa
del teniente de Asistente, y con gran sorpresa suya, lo arrancaron del lado de
su esposa, doña Jerónima Monardes, hija del famoso médico, y dieron con él en
las cárceles del castillo de Triana.
Formóse rápidamente el proceso, con todos los
requisitos de la ley inquisitorial; mas como Sumeño de Porras negábase en
absoluto á confesarse autor de los crímenes que se le acusaban, fué sometido á
cruel tortura en diversas ocasiones, pero, aunque nada dijo, túvosele por
convicto y fué condenado á salir en auto público de fe y llevado luego al Prado
de San Sebastián, en donde había de ser quemado vivo.
«Mas sucedió—escribe don José María Montero de
Espinosa en su Relación histórica de la judería de Sevilla—que la
víspera del día en que se había de ejecutar este espantoso y horroroso castigo
venían á esta ciudad los malvados delatores con objeto de ver la dicha escena y
á holgarse de su indigna venganza, y en una de las posadas de Alcalá de
Guadaira estaban todos en un cuarto hablando del caso, y del auto que venían á
presenciar, y unos con otros decían:—Mañana veremos arder aquel pícaro y le
oiremos crujir los huesos—y además proferían otras expresiones semejantes
con las cuales se jactaban y regocijaban de sus pérfidos sentimientos, y daban
á entender claramente habían sido ellos los autores de aquel horrendo castigo,
cuya conversación fué oida de otros pasajeros que la casualidad hizo estar en
el cuarto inmediato, los que sospecharon la mucha malicia que el asunto
contenía y tomando cautelosamente las señas, nombre, casa y posada donde se
dirigían, vinieron aceleradamente y dieron cuenta al tribunal.»
Dudaron al principio los inquisidores, temiendo que
se les escapase la presa que ya tenían tan segura, pero tantas
fueron las protestas de los que afirmaban la inocencia, que los del tribunal
acordaron suspender la ejecución de D. Luís Sumeño de Porras, y buscaron á los
delatores, cuyas señas tenían.
Siguieron entonces largas diligencias y puesta en
claro la felonía de que había sido víctima el teniente de asistente le dieron
libertad al fin y al cabo, después de tenerle largos meses en las mazmorras
inquisitoriales, con todas las consiguientes molestias y perjuicios.
Los falsos delatores, dicen antiguas memorias que
fueron castigados, sin que se especifique el castigo, que tal vez no fuera gran
cosa, pues entonces los delitos de delación eran cuestión de poca monta para
los inquisidores.
Sumeño de Porras pudo al fin escapar de las garras
del tribunal, ¡pero cuántos y cuántos inocentes como él perecieron en las
garras del tribunal odioso, sin que nadie pudiera salvarlos!
D. Diego de Ulloa, canónigo de la catedral
sevillana á fines del siglo XVI, era sobrino del cardenal arzobispo D. Rodrigo
de Castro, motivo por el cual, el hombre gozaba de gran influencia y vara alta,
lo que, unido á su carácter, un tantico orgulloso y con sus puntos de
altanería, hacíanle hombre de trato difícil y poco agradable.
Andaba con frecuencia el señor Ulloa traspunteado
con los canónigos, sus compañeros, y aun con otras personas eclesiásticas, y
una de las que con quien no estaba muy á derechas por ciertos resentimientos,
era con el licenciado D. Alonso Alvarez Córdoba, arcediano de Niebla, varón
prudente y virtuoso, respetado y querido.
El tal arcediano, que frecuentaba mucho la
basílica, acudió á ella el 21 de Diciembre de 1595 á practicar sus cuotidianas
oraciones, y muy contrito y devoto se hallaba arrodillado cerca del coro,
mientras se cantaban las vísperas, á las que asistían también gran
número de fieles, cuando héte aquí que cruzó la nave D. Diego de Ulloa, muy
orondo y llevando puesta su capa de coro.
Lo mismo fué ver el sobrino del arzobispo al
arcediano Alvarez Córdoba, se fué para él y con mal talante le dirigió la
palabra. Alzóse del suelo D. Alonso, y allí mismo comenzó un vivo diálogo, en
el que se recordaron antiguos resentimientos, se
sacaron á relucir actos por una y otra parte y empleándose palabras impropias
del lugar y de las personas que las decían.
De pronto montó en cólera el canónigo Ulloa, y
alzando el brazo dió una tremenda bofetada al arcediano, que súbito contestó
con otra no menos contundente y sonora, y al ruído de ellas, cuantos estaban
alrededor volvieron los rostros viendo con asombro y sorpresa á los dos
eclesiásticos que se acometían furiosamente y luchaban como jayanes á brazo
partido.
Andaba no lejos de allí un hermano de D. Diego de
Ulloa, el cual también era canónigo, y al enterarse de la escena acudió en
defensa de su hermano, y «viendo trabada la pendencia—dice la historia—arrebató
la espada á uno de los criados que le acompañaban, y armado con ella y seguido
de los otros sus criados y de los de su hermano, que desnudaron las suyas, se
arrojó sobre el arcediano de Niebla, en cuyo auxilio tuvieron tiempo de llegar
algunas de las personas que estaban en la iglesia, y que también espada en mano
se opusieron á tan sacrílega y brutal agresión.»
A esto se había alborotado todo el templo, gritaban
las mujeres, se revolvían los hombres, suspendiéronse las vísperas,
y en confuso tropel salieron los canónigos del coro, llegando á oportuno
tiempo, pues por la fuerza se apoderaron de D. Alonso Alvarez Córdoba, que
hubiera allí mismo perecido si no lo encierran en la tribuna del órgano.
Los hermanos Ulloa y sus criados fueron obligados á
salir del templo, y más tarde el señor Provisor mandó encarcelar á los
primeros, siendo conducido el arcediano de Niebla á su casa, acompañado del
Deán y de un canónigo para mayor seguridad.
Afortunadamente, al cabo de muchos días don Alvaro
y don Diego hicieron las paces, condenándoles á una leve pena y dándoseles
licencia «para ir el día de año nuevo á la procesión donde se ganan los recles (el
tiempo que se permite á los prebendados estar ausentes del coro para su
descanso y recreación) de todo el año», según se lee en el extracto de donde
tomo las noticias de este curioso suceso.
Y por si alguno duda de su veracidad, le diré que
todo él consta con más extensión y pormenores con otros casos parecidos, en
un Informe secreto que el regente de la Audiencia de Sevilla
elevó al monarca sobre diferencias que hubo entre el Arcediano de
Niebla y un sobrino del cardenal Arzobispo de Sevilla, del cual informe existe
copia, y que lleva la fecha de 27 de Febrero de 1596.
Jaime Bolen era escocés y vivía en Sevilla á fines
del siglo XVI dedicado al comercio. Fué denunciado á la Inquisición como hereje
de los peores, y preso en el castillo de Triana, se le formó proceso, del cual
resultó que el tal Jaime no se contentaba con las herejías propias, que ya era bastante, sino que hacía propaganda de ellas,
como diríamos hoy, habiendo hecho á muchos partidarios de sus opiniones.
Bolen era hombre de carácter firme, y así, como
quiera que desde que cayó en las garras de los del Santo Oficio no pudo hacerse
muchas ilusiones de su porvenir, se propuso dar muestras de su entereza, y ni
las amenazas, ni los sermones, ni el tormento hicieron en él efecto alguno,
afirmándose con jactancia reo en las herejías de que se le acusaba, por lo cual
fué condenado á ser quemado vivo en el prado de San Sebastián.
Y en efecto, el día 13 de Octubre de 1596 salió en
auto público de fe, con sambenito y coroza, sin que por el camino, desde las
cárceles á San Pablo, y de allí al Quemadero, diese muestras de
abatirse su espíritu ni hacer caso alguno de las exhortaciones que frailes é
inquisidores le dirigieron repetidas veces.
Llegó á la hoguera Jaime con la misma presencia de
ánimo, y llamó poderosamente la atención de la inmensa concurrencia, que el reo
no hiciera movimiento alguno ni lanzara la menor queja cuando las llamas
comenzaron á quemar sus carnes, y que apesar de su horrible muerte, ni su
rostro se alteró ni se vieron en él muestra alguna de sufrimiento físico.
La noche de la muerte de Jaime Bolen ocurrió un
caso curioso, y fué que, cuando las sombras envolvieron el Prado de San
Sebastián, acudieron á él tres hombres, y misteriosamente subieron al Quemadero y
recogieron las cenizas de las víctimas, que depositaron con el mayor respeto en
una caja que á prevención traían, retirándose muy luego con igual cautela.
Pero alguien debió presenciar el caso ó tener
conocimiento, pues seis días después, los ministros del Santo Oficio
sorprendieron á los tres hombres, como así lo consigna el autor de los Sucesos
de Sevilla, contemporáneo del caso.
«En viernes 18 de Octubre, día de San Lucas
Evangelista—dice—prendieron á un maestro y dos marineros de un navío inglés,
porque cogieron las cenizas de Jaime Bolen, escocés hereje, porque decían ellos
que había muerto santo, porque no se movió ni dijo mandamiento cuando lo
quemaron vivo, que fué cosa de ver.»
Los tres marineros también fueron quemados por la
Inquisición, pero es fácil suponer que nadie se ocuparía en recoger sus
cenizas, que ya se sabía lo caras que costaban.
Aunque las memorias sevillanas no han conservado su
nombre, un coetáneo dice que era muchacha bonita y muy graciosa y despejada.
A fines del siglo XVI, esta moza estaba al servicio
de unas señoras que, aun pasando por recatadas y prudentes, recibían con
sospechosa intimidad á un señor canónigo, el cual debía ser persona de ancha
conciencia y no muy apropósito para resistir las
tentaciones, pues el enemigo llevóle á poner los ojos en la criada de las
señoras, sin andarse con otros miramientos.
No debió la sirvienta ser muy sorda á las
proposiciones del de los hábitos, por cuanto éste prometióle, en ciertas
entrevistas, que si se ablandaba le daría cien ducados y le proporcionaría un
marido que ni de perlas.
Cayó la inexperta moza en las garras del gavilán,
pero apenas éste satisfizo su capricho, huyó bonitamente el cuerpo, no
volviendo á cuidarse más ni de los ducados prometidos ni de la muchacha, que en
vano trató de hacerle cumplir su ofrecimiento.
Viendo la infeliz que todo era inútil y que su
desliz estaba á punto de hacerse público en un determinado tiempo, escapó de su
casa, dejó á las señoras y luego con su crío fué á dar de moza en un mesón de
los muchos que existían en la calle de la Albóndiga.
Allí estaba la burlada muchacha el año de 1597,
cuando la noche del 15 de Mayo, en que se hallaba en el patio de palique con
varios trajinantes y huéspedes, llamaron á la puerta con recios golpes, y
abierta ésta de pronto, penetró en el mesón nada menos que el Asistente don
Pedro Arias de Bobadilla, conde de Puñonrostro, seguido de sus alguaciles, que
iba aquella noche, como otras, de ronda visitando las casas públicas y posadas,
para limpiarlas de mala gente.
No tardó el conde en fijarse en la linda muchacha,
cuyo donaire y gracejo no podía pasar inadvertido, y llamándola aparte le dijo
estas mismas palabras:
—¿Qué haces tú aquí?
—Señor, estoy sirviendo de moza.
Y como viera el Asistente que contestaba con
turbación, añadióle:
—Mira que soy el conde de Puñonrostro y si no me
cuentas la verdad tengo que mandarte dar doscientos azotes...
Entonces ella, viéndose en peligro, contó de pé á
pá al conde su historia con el canónigo, su nombre y señas, y las de las
señoras á quienes servía y en dónde tenía su vivienda, sin olvidar en modo
alguno de repetir lo de los doscientos ducados prometidos y pintar con negros
colores la situación en que se encontraba.
El conde llamó al mesonero, y como éste confirmase
la relación de la joven, se despidió el Asistente diciendo que ya tomaría
providencia sobre aquel caso y se fué á seguir su ronda.
Al día siguiente y á la hora de la siesta mandó el
Asistente con gran prisa llamar al canónigo á su casa, el cual montó en su
mula, como era costumbre, y con sus criados fué muy orondo á ver lo que se le
ofrecía á su señoría, bien ageno, por cierto, de la sorpresa que le aguardaba.
Recibió Puñonrostro con mucha cortesía y respeto al
señor canónigo, hízolo pasar á sus habitaciones, y cuando ya estaban sentados
frente á frente, le dijo de pronto:
—«Vuesa merced ha de saber que cierta mujer se me
ha encomendado y me ha dicho cómo vuesa merced se aprovechó de ella y que le
prometió no sé qué dinero para su casamiento y nunca se acordó vuesa merced de
cumplir la palabra que dió.»
El canónigo quedóse al oir aquello todo confuso,
pero reponiéndose comenzó á negar muy obstinadamente y tan cerrado, que el
conde hubo de amostazarse y amenazarlo con dar cuenta del suceso al arzobispo y
al Nuncio en Madrid.
En vista de esto, y como no había salida, contó la
verdad el eclesiástico, diciendo muy serio que por
olvido y no otra cosa, había dejado de aflojar los cien ducados, pero que los
daría al punto en cuanto llegase á su casa.
Despidiólo el conde con la misma cortesía y le vió
bajar hasta la calle; pero allí, con gran asombro, se encontró el canónigo con
que los criados del Asistente, por orden de éste, le habían escondido la mula,
con lo cual tomó gran agravio y subió de nuevo, quejándose al de Puñonrostro de
la falta de confianza que en él se tenía. El conde le manifestó sin rodeos que
mientras no diera el dinero no había de devolverle su cabalgadura, para que no
fuese tan flaco de memoria; y al escuchar que el señor canónigo exponía, como
razón suprema, que le era imposible atravesar á aquellas horas de la siesta las
calles de Sevilla á pie y sin criados, dijo con mucha flema el conde Asistente:
—«No se le dé nada á vuesa merced ir con la siesta
por amor de mí, que yo, por cierto que soy tan regalado como el que más, y ando
á pie con sol y con agua, de noche y de día, y no es mucho que pase este poco
de sol hasta su casa por amor á mí.»
Entonces, viendo el canónigo que no había arreglo y
que el conde estaba en lo firme, se fué más que de prisa á su casa y entregó
corrido y despechado los cien ducados á los criados del Asistente, el cual con
toda formalidad dió la cantidad á la seducida moza.
De la certeza de este hecho atestigua un
contemporáneo de él tan puntual y autorizado como D. Francisco Ariño, que lo
relata en su obra Sucesos de Sevilla, cuyo manuscrito original
existe en la Biblioteca Colombina y fué publicado hace años por los Bibliófilos
Andaluces. Y de que el conde de Puñonrostro era capaz de hacer cosas como
aquella atestiguan otras muchas que llevó á cabo durante
los pocos años que gobernó la ciudad, de 1597 á 1599, y de algunas de las
cuales algo diré más adelante.
EL VERANEO DE ANTAÑO EN SEVILLA
De cómo veraneaban nuestros antepasados de la
capital de Andalucía, curioso es decir algo, pues detalles son estos que pintan
las costumbres de épocas cuyo conocimiento nunca deja de ofrecer interés.
Hablaré, pues, de aquellos benditos tiempos en que nadie salía de viaje y en
que la vida carecía de todas las necesidades y comodidades de hoy.
Escriben algunos autores que don Fernando el
Católico solía decir: los veranos se han de tener en Sevilla y los
inviernos en Burgos; y es de suponer que esto sólo lo diría, en lo que
respecta á nuestra ciudad, refiriéndose á las comodidades de las antiguas casas
con sus patios, sus fuentes y sus pisos bajos, porque en otro respecto no
creemos que dijera ninguna gran cosa su alteza.
La vida moderna ha modificado la fisonomía de
Sevilla, que ya ha perdido hace tiempo, en parte, aquel aspecto de población
moruna, en donde las casas estaban construídas con
toda seguridad y atención para el interior, y donde las calles estrechas y
tortuosas, las lóbregas travesías y los pesados arcos prestaban frescura y
sombra á los cansados transeuntes en los días caniculares.
Del verano sevillano en el siglo XVI consignó
Morgado algunas noticias que no dejan de ser interesantes, y que me parece de
propósito citar aquí:
«Los patios de las casas—dice—(que en casi todos
los hay) tienen los suelos de ladrillo raspado. Y entre la gente más curiosa,
de azulejos con sus pilares de mármol. Ponen gran cuidado en lavarlos y
tenerlos siempre muy limpios, que con esto y con las velas que les ponen por
alto no hay entrada de sol ni el calor del verano, mayormente por el regalo y
frescura de las muchas fuentes de pie de agua de los caños de Carmona, que hay
por muchas de las casas enmedio de los patios.»
Y más adelante, hablando de las costumbres
veraniegas de Sevilla y de la saludable que de bañarse tenían sus habitantes,
apunta el mismo Morgado las siguientes líneas:
«Usan (las mujeres) mucho los baños, como quiera
que hay en Sevilla dos casas de ellos. Los unos en la collación de San
Ildefonso, junto á su iglesia, y los otros en la collación de San Juan de la
Palma, que han permanecido en esta ciudad desde el tiempo de los moros... No
pueden entrar los hombres en estos baños entre día por ser tiempo diputado
solamente para las mujeres, ni por consiguiente mujer ninguna siendo de noche,
que los hombres la tienen toda por suya con la misma franqueza que las mujeres
tienen el día por suyo...»
No se olvidó el autor de darnos algunos detalles de
cómo estaban las casas de baños en aquellos días de 1587, en que escribía, y
así añadió lo siguiente:
«A las grandes salas donde se bañan salen sus caños
que corren de agua caliente y también fría. Con lo cual, y cierto ungüento que
se da, refrescan y limpian sus cuerpos sin que se extrañe en Sevilla el irse á
bañar unas y otras damas cuando no quieren ir disimuladas, por ser este uso en
ellas de tiempo inmemorial.»
La casa de baños de San Ildefonso existió hasta
1762, época en que ya habían desaparecido las otras dos que también pertenecían
á la época árabe y que estaban situadas la primera en la hoy calle de
Aposentadores en San Juan de la Palma, y la segunda en el lugar que ocupa la
capilla de Jesús en la calle Marqués de Tablantes, antes de los Baños.
Si los establecimientos para remojarse los
sevillanos tenían, pues, verdadera importancia, no era menor la que tenían las
vallas y cajones que de antiguo se colocaban en el río y los cuales constituían
una de las mayores distracciones de nuestros paisanos en los meses caniculares.
De antiguo cuidaron las autoridades de la ciudad
del buen orden y gobierno de estos baños del Guadalquivir, dando multitud de
providencias, bandos y edictos para evitar abusos, y así en los escritos
publicados por el cabildo se hacía constar que: «Aunque no es de esperar que la
gente de juicio falte á unas reglas que aspiran á su propia seguridad y á que
se observe el mejor orden de honestidad y decencia... como hay personas que por
satisfacer sus caprichos, sus vicios ó diversiones no perdonan medio alguno,
aunque sea peligroso para conseguirlo, se castigará á éstas por la más ligera
contravención.»
Los cajones y vallas se situaban en los Humeros, en
la Macarena y la Barqueta, al pie del puente de barcas, delante del colegio de
San Telmo y en la orilla de Triana, frente al convento de los Remedios.
En el siglo XVIII y principios del XIX, estaban
designadas con toda claridad las horas para remojarse los dos sexos, haciéndolo
las mujeres «desde la madrugada hasta las once de la mañana, los hombres hasta
el toque de oraciones, dejando los baños enteramente desocupados para que
entraran las mujeres hasta las diez de la noche.»
No son pocos los autores que trataron en diferentes
ocasiones de la decidida afición de los sevillanos al baño, y entre ellos
recordaré que Agustín de Rojas escribía estas líneas el siglo XVII:
«—¿Y aquella limpieza de los baños?
—Esa es una de las cosas más peregrinas que tiene.
—Mujer conozco yo en Sevilla que todos los sábados
por la mañana ha de ir al baño, aunque se hunda de agua el cielo.
—Por eso se dijo: la que del baño viene hace lo que
quiere.
—Dicen que para cuando salen del baño acostumbran á
llevar... una botella con vino que es el mejor manto para aguantar el frío.»
Si los sevillanos eran en lo antiguo dados al baño,
no lo eran menos al hielo, del cual se hacía un extraordinario consumo en la
ciudad, que poseía en Constantina gran número de pozos de nieve, suficientes
para atender al consumo público, y á más de esto no faltaban asentistas que por
su cuenta traían el hielo de otros puntos y que realizaban, por lo general, un
buen negocio, como se desprende de las noticias que he recogido respecto á un
tal Esteban Monparler, una Teresa Vilches y un Francisco Candor, que surtieron
á Sevilla por largos años del siglo XVII y XVIII de hielo en las estaciones
veraniegas.
Vendíase por los neveros á cinco cuartos la libra
de nieve, y á juzgar por todos los indicios, aquellos sevillanos de antaño
sentían más necesidad que los actuales del consumo del hielo, y así no
solamente el vino, los refrescos y otras bebidas las helaban, sino también las
frutas, las confituras y otros diversos comestibles.
Hasta el siglo XVII no se generalizó en Sevilla el
uso del hielo, pues en el XVI todavía no estaba muy extendida esta afición por
la nieve y las bebidas frías, como pasaba en otros puntos, y así se deduce de
las palabras que el médico sevillano Nicolás Monardes consignaba en su libro
sobre el uso de la nieve, publicado en 1571.
«Una cosa me maravilla mucho: que siendo esta
ciudad de Sevilla una de las más insignes del mundo, en la cual siempre ha
habido muchos grandes y señores y caballeros muy principales y mucha gente
noble, que no haya habido nieve, etc., etc.»
Las veladas que con motivo de las festividades de
determinados santos se celebraban en los diversos barrios y arrabales de la
ciudad constituían una de las mejores distracciones del veraneo, siendo famosas
entre otras las de San Antonio, las de San Juan y San Pedro, las de Santa Ana y
Santiago, la de los Angeles, la de la Virgen de los Reyes, San Roque, San
Bernardo, San Bartolomé, San Agustín y los Terceros.
Cada una de estas veladas tenía su fisonomía
característica y en casi ninguna de ellas faltaba su procesión y rosario, arcos
de follaje, fuegos de artificio y mucho de baile, cantos, buñuelos y dulces,
sin que escaseasen tampoco las broncas y los alborotos para dar más colorido al
cuadro.
La gente pacífica y grave, las personas sosegadas y
de buenas costumbres, huían de estos regocijos, y así, después de
la comida y después de la indispensable siesta, cuando ya el sol comenzaba á
ocultarse, salían de sus casas, limitando su distracción á pasearse por el
Arenal, la Alameda ó la Barqueta, donde no podía faltarles su ratito de
descanso en algún puesto de agua de los más acreditados, y en el cual, por lo
general, se formaba á la misma hora su poquito de tertulia.
Allí los señores consumían su vaso de horchata ó de
agua con anises y sus gotas de nitro y al toque de Oraciones se retiraban con
igual parsimonia y tranquilidad á sus casas hasta el día siguiente en que había
de repetirse idéntico ejercicio.
Los sevillanos de antaño, que eran gente de
posibles, y á quienes no bastaba el fresco de sus patios entoldados y sus
habitaciones del piso bajo, solían trasladarse á muchas de las fincas ó casas
de placer que había en los alrededores de la ciudad, particularmente
próximas á la orilla del río, y en donde, libres de cuidados y con todo
sosiego, comían, rezaban, dormían y tomaban el fresco, respirando aire libre y
desembarazado, que les fortificaba el cuerpo y el espíritu.
Otros, por lo general, gente joven y alegre,
tampoco dejaban de salir fuera de la población en busca de agradables brisas.
Por las tardes y á las primeras horas de la noche, siempre se veían grupos de
ellos y de ellas que dejando atrás las puertas de la ciudad se dirigían á los
melonares.
Allí se pasaban ratos muy deliciosos, pues nunca
faltaba entre raja y raja de melón su poquito de baile y cante, desatándose las
lenguas y reinando la algazara y el regocijo.
En las hermosas noches de luna de Agosto, bajo un
cielo estrellado, respirando el aire puro del campo, ¡qué gratas
resultaban aquellas fiestas de los melonares, y qué grato el regreso con las
primeras luces del día, navegando en ligeras barquillas que surcaban las aguas
del río tranquilas y serenas y rizadas apenas por las brisas del amanecer...!
Casa sevillana en verano sin gazpacho, sin talla
para el agua fresca, no la había, y lo mismo el rico que el pobre consumían
gran cantidad del clásico plato andaluz y tenían en lugar preferente el
tallero, donde las alcarrazas limpias y rezumantes conservaban el agua como la
propia nieve.
Costumbres y usos del verano antiguo sevillano han
desaparecido en mucho; únicamente queda el calor sofocante y abrumador, el sol
de fuego que abrasa y del que protestan los que no salen á veranear, como
seguramente protestarían nuestros padres y abuelos.
Con harta razón se ha escrito que el famoso pintor
Luís de Vargas regeneró la escuela sevillana, pues su obra fué de las que más
influyeron en el siglo XVI en sus contemporáneos, gloria que con él
compartieron Flores y el célebre maese Pedro de Campaña.
En Sevilla nació Luís de Vargas hacia el año de
1506, siendo hijo de un pintor de escaso mérito llamado Juan de Vargas, cuyas
obras son desconocidas. Se dice que Diego de la Barrera fué el primer maestro
que tuvo el artista, quien, en un principio, se dedicó á pintar en sarga, y
deseando luego encontrar más ancho campo para realizar sus aspiraciones, y para
instruirse bajo la dirección de los grandes maestros del renacimiento italiano,
á la edad de veintiún años partió de Sevilla.
En Roma se encontraba cuando el saqueo de la ciudad
en 1527 por las tropas de Borbón, y de allí se trasladó á Pisa, volviendo
después á la ciudad de los césares, en donde trabajó con verdadero entusiasmo y
afán, estudiando las maravillas artísticas.
En Italia—ha escrito un autor—Luís de Vargas «se
encontró con un arte exhumado, con un mundo desenterrado. Aquellos mármoles
desnudos, aquellas formas tan correctas, eran un ideal que resucitaba, que se
hacía necesario, porque la Edad Media había atronado la forma, había roto la
proporción y este mal tenía que desaparecer.»
Trabajó de continuo y lleno del mayor entusiasmo,
vivió Luís de Vargas en Italia unos 28 años, según apuntan sus biógrafos,
regresando al cabo á Sevilla, donde contrajo matrimonio.
En su ciudad natal comenzó á trabajar Luís de
Vargas, llamando bien pronto la atención sus obras ejecutadas al óleo y al
fresco, que desde entonces tuvieron grandes apasionados é imitadores.
A Luís de Vargas acudieron no pocos jóvenes
deseosos de recibir sus lecciones, teniendo discípulos tan aventajados como
Diego de Concha, Lucas Valdivieso, Francisco Venegas y Luís Fernández.
Dice Pacheco en su libro de Verdaderos
retratos, que al ver Luís de Vargas las obras que por entonces ejecutaba en
Sevilla Pedro de Campaña, deseando perfeccionarse más en el arte, tornó á
Italia, donde permaneció dos años, al cabo de los cuales volvió á su patria,
dando entonces comienzo la época más fecunda de su vida en producciones
artísticas.
Entonces ejecutó en el templo de San Pablo el
fresco de la Virgen del Rosario (hace mucho tiempo desaparecido), el San
Miguel dominando al demonio y la Virgen, que se encuentra hoy en el
Museo de Louvre, y algunos retratos notables, como el de la duquesa de Alcalá y
el del padre Contrera, que existe en la sacristía de los Cálices.
En 1552 fundó el mercader Francisco Baena la
capilla del Nacimiento en la Catedral, pintando para el retablo Luís de Vargas
ocho tablas, representando en la principal la Adoración de los pastores,
y en las otras los Evangelistas, la Encarnación, la Circuncisión y la Epifanía.
Al número de veintiocho llegaron las obras que Luís
de Vargas dejó á la Basílica sevillana, sobresaliendo de entre todas el cuadro
llamado de la Gamba en la capilla de la Concepción.
Esta tabla, verdadera joya de arte, que representa
una alegoría de la Concepción, ha sido unánimemente elogiada, y con razón dice
de ella un crítico: «Lo grandioso del dibujo, la valentía de las actitudes y la
riqueza del colorido superan á todo encarecimiento.» En el mismo retablo se
ven, pintados también por Luís de Vargas, los apóstoles San Pedro y San Pablo,
los doctores de la Iglesia y el retrato del Chantre Juan de Medina, fundador de
la capilla.
Tuvo el artista de que vamos tratando singular
acierto para el dibujo á lápiz, y de éstos alcanzó
á ver algunos Ceán Bermúdez, y fué muy inteligente en música, tocando con
habilidad y destreza el laúd.
En la sacristía de San Lorenzo existía en 1844 una
Concepción de Luís de Vargas, y de su mano eran dos santos que estaban en un
altar del Convento de Madre de Dios, el fresco del Juicio universal en
el patio de la Misericordia y los dos cuadros del retablo de Santa María la
Blanca, pintados en 1564 y representando el primero á Cristo muerto en los
brazos de la Virgen, con otras figuras, y el segundo la Impresión de
las llagas de San Francisco.
El cabildo catedral pagó á Luís de Vargas en 1563,
4.000 reales por la pintura hecha á «espaldas del Sagrario del Santísimo
Sacramento» y otras cantidades por los adornos del monumento, trabajando en los
años de 1564 y siguientes en los frescos de la Giralda, que representaban
apóstoles, evangelistas y santos patronos, cuyas pinturas se encuentran hoy
casi perdidas.
Treinta y seis obras, todas de verdadera
importancia, llegaron á reunirse en Sevilla de Luís de Vargas, algunas de las
cuales han desaparecido ó pasado á enriquecer otros museos y colecciones.
El famoso pintor murió en la ciudad que le vió
nacer en 1568, dejando un hijo, de quien habla con elogio Francisco Pacheco en
su ya citado libro de Retratos.
No hemos de estudiar en estos apuntes la
personalidad artística de Luís de Vargas, harto juzgada por la crítica; sus
obras, sin llegar al número de las de otros de sus contemporáneos, le han
señalado un puesto entre los grandes pintores sevillanos, puesto que nadie le
disputa ni le ha escatimado.
Verdadero reformador de la pintura, en su patria
dió á conocer los encantos y bellezas del arte
italiano, seduciendo con su colorido, su dibujo y el vigor de sus creaciones.
Fué Vargas de dulce trato y agudo ingenio, según
sus coetáneos, los cuales encarecían sus moderadas costumbres y religiosidad,
diciendo que á solas se entregaba á muy duras penitencias y largas
meditaciones.
El pintor sevillano que con tanto entusiasmo, con
tanta constancia y amor estudió aquel espíritu riente y aquella vida exuberante
del renacimiento, no acudió sin embargo á los mitológicos asuntos, ni á los
dioses del paganismo, como tantos otros, inspirando todas sus creaciones el
sentimiento religioso de su tiempo, del que fué uno de los más acertados
intérpretes en el pincel.
Luís de Vargas dejó un nombre ilustre y Sevilla se
honra con poderlo contar entre sus más inspirados y geniales artistas.
El marqués de Tarifa de vuelta de su viaje á
Jerusalén, al comenzar las obras de su palacio, llamado vulgarmente casa de
Pilato, estableció un Vía-Crucis que, partiendo del edificio,
terminaba en el monumento de la Cruz del Campo, que en el siglo XV alzó el
Asistente don Diego de Merlo.
Esta vía sacra fué famosa en Sevilla por las
multitudes que la recorrían durante los siglos XVI y XVII, y durante los
viernes de Cuaresma, la Semana Santa y los días 3 de Mayo, 16 de Julio y 14 de
Septiembre, en que se hacían fiestas á la Cruz, en todo el largo trayecto que
media desde la puerta de la casa de Pilato al templete de la Cruz del Campo, y
que es á algo más de 997 metros, se veían transitar procesiones, hermandades,
penitentes y numeroso pueblo.
La primera cruz de la vía sacra era de mármol y aún
se conserva en la fachada del palacio; las otras seguían por la calle de San
Esteban, continuando á distancia conveniente, alzadas entre las filas de álamos
que se veían paralelos al antiguo acueducto conocido por Caños de Carmona.
Los días de recorrer la estación, acudían allí gran
número de frailes franciscanos, que eran como los encargados de
regular la procesión, y el cordón de gente serpenteaba á lo largo del camino,
produciéndose más de una vez bullicio y alborotos, que turbaban la grave
seriedad del piadoso ejercicio.
Cubiertos los rostros y vestidos con túnicas
blancas ó negras, iban muchos penitentes, llevando á hombros pesadas cruces;
otros, desnudas las espaldas, se iban azotando con la mayor furia que era de
ver: estos, traían grillos ó esposas á las manos; aquellos se iban dando
martirio con un cilicio; y como quiera que hombres y mujeres iban rezando en
voz alta y entonando fúnebres salmodias, el cuadro presentaba en conjunto un
aspecto lúgubre y sombrío, de lo más característico de aquellos tiempos.
Como los devotos sueltos iban también á veces
hermandades, que conducían imágenes sobre andas, y éstas hacían la estación con
gran parsimonia, regresando á la ciudad, casi siempre, después de cerrada la
noche.
A esto debiéronse no pocos escándalos y abusos, que
sabido es que el Diablo no duerme, y así sucedía con frecuencia que el regreso
de los penitentes por aquellos campos, alumbrados sólo por las hachas de cera,
era á veces tumultuoso y poco edificante, por manera que Luzbel se complacía en
tentar á la multitud que con tan piadoso fin recorría aquellos lugares.
En más de una ocasión las autoridades eclesiásticas
y civiles tuvieron que intervenir en tales procesiones de penitencia, á las que
hubo pícaros que acudían con fines no muy santos, aprovechándose de lo
encubierto de los rostros, la mezcla de sexos, y las obscuridades de las
noches.
A mediados del siglo XVIII esta procesión de Vía-Crucis comenzó
á decaer de visible manera por muchas y diversas causas, desapareciendo luego
muchas de las cruces que se alzaban en el camino en
1816, y otras posteriormente, cuando ya estaba por completo en desuso la
práctica de recorrer esta famosa Vía-sacra.
Las procesiones de penitencia á la Cruz del Campo,
nota gráfica de la España de los siglos XVI y XVII, merecían ser descritas muy
al pormenor, ya que el pincel de un artista lo trasladó al lienzo en un curioso
é interesante cuadro que conservaba en su palacio de San Telmo el duque de
Montpensier.
La actividad desplegada por el tribunal de la Fe,
en Sevilla, en el siglo XVI, excede á cuanto pueda decirse, siendo continuas
las prisiones, los tormentos y los autos, en los que casi á diario salían
innumerables víctimas acusadas de herejía luterana, de molinistas,
de judaizantes, de hechiceros, iluminados, etc. etc.
Las cárceles del castillo de Triana estaban
repletas de infelices presos que aguardaban la muerte más ó menos próxima,
siendo muchas también las mujeres que allí gemían en los lóbregos calabozos, y
las cuales, sin consideración alguna y contra todo
sentimiento de humanidad, eran tratadas cruelmente por los negros carceleros.
De la situación de aquellas desgraciadas, muchas de
las cuales tenían consigo á sus hijos, de cierta edad y de pecho algunos, da
idea un curiosísimo documento inédito hasta ahora, prueba irrecusable de lo que
era el tribunal de la fe.
Este documento, que lleva la fecha de 1569, es un
dato, prueba de las piadosas costumbres de entonces; es con
toda su sencillez un grito de dolor de aquellas desventuradas mujeres, á las
que no sólo se privaba de libertad, sino de alimento y de lo más necesario para
la vida.
El escrito va dirigido al Cabildo de la ciudad y
dice así:
«Ilustrísimo señor: Las que estamos en penitencia,
presas en esta cárcel perpetua del Santo Oficio de la Inquisición,
besamos las manos de vuestra señoría ilustrísima, y á ella humildemente
suplicamos; diciendo que nosotras somos pobres mujeres y padecemos muchas
necesidades, y por ser nuestra miseria y pobreza tanta, no podemos
mercar trigo, si no es en el Pósito, para sustentarnos. Suplicamos por amor
de Dios Nuestro Señor, nos mande vuestra señoría dar dicho trigo del Pósito,
con nuestro dinero, y de esta manera podremos sustentar nuestras vidas
y hijos, y para esto al real oficio y á la clemencia de vuestra señoría
ilustrísima imploramos para que se nos haga esta merced y limosna.—Las
mujeres presas y reclusas en esta cárcel perpetua en penitencia.»—(Archivo
Municipal, Escribanías de Cabildo).
Tristes reflexiones se desprenden de la lectura de
este documento, al cual cuantos comentarios pudieran hacerse resultarían
pálidos.
Algunas de aquellas infelices mujeres fueron
ejecutadas poco días después, en 1573, donde salieron en auto público 70
penitenciadas en el mes de Enero y en 25 de Noviembre 60 reconciliadas, y
siendo 20 quemadas.
Durante los siglos XVI y XVII la pena de muerte en
Sevilla se practicaba con tanta frecuencia que como dice muy bien don Aureliano
Fernández Guerra, apenas había semana en que no se llevasen á cabo una ó más
ejecuciones.
El pueblo acudía á presenciar estos actos con gran
alboroto y como cosa corriente era el salir á ver los ahorcados, cuyos restos
eran luego llevados á la mesa del rey en Tablada, y á fin de año sus huesos se
enterraban con cierta solemnidad en el templo de San Miguel.
Las memorias sevillanas y las notas recogidas por
diligentes curiosos, consignan entre las muchas ejecuciones algunas que por la
calidad de los reos, los delitos que cometieron y otras diversas circunstancias
salieron de lo corriente y llamaron poderosamente la atención.
Tal ocurre con algunos que voy á recordar y que
bien merece recogerse en estos apuntes sevillanos.
Cuatro frailes ahorcados no es caso que suele darse
con frecuencia; por esto merece citarse la fecha del 26 de Julio de 1536, en
que el pueblo hispalense presenció tal suceso.
Fray Alonso de Badajoz, prior del convento de San
Agustín; fray Andrés de la Cruz, fray Rodrigo de Rocha, prior de Córdoba, y
fray José Piloto, doctor en teología, reuniéronse en el día 22 de Julio de
1536, y se dirigieron en busca del Provincial de la orden agustina, fray Juan
de las Casas.
Habían los cuatro religiosos fraguado un terrible
plan contra el citado Provincial, y, sorprendiéndolo en una de las celdas del
citado convento, le dieron muerte, sin que se pusiera en claro, apesar de las
diversas opiniones, el motivo del crimen.
Huyeron los autores de él, procurando ocultarse;
mas descubiertos y presos en la misma Sevilla, se les degradó públicamente y
fueron después colgados de la horca de Buenavista, ante inmensa muchedumbre.
Los cuatro frailes criminales fueron recogidos
luego por los agustinos, que depositaron sus cadáveres en las bóvedas de una
capilla de la iglesia, conservándose el enterramiento hasta los últimos tiempos
en que el templo estuvo abierto al público.
Otra muy comentada ejecución, fué la de don Pedro
Vallecillo, y que se llevó á cabo en Marzo de 1554.
Era don Pedro un presbítero natural de Ecija, que
vivía en Sevilla y hombre de no muy buenos instintos y peores mañas, cuyo fin
fué al cabo lamentable.
Tenía el mal clérigo, entre otros grandes vicios,
el del robo, y aunque cometió algunos en pequeño, en el mes de
Marzo de 1552 acechó á cuatro hombres que dormían la siesta, y armado de una
daga les dió muerte, despojándolos de cuanto dinero y objetos llevaban consigo.
Al poco tiempo fué preso, y en el manuscrito
de Efemérides sevillanas, de donde tomo esta noticia, se lee:
«Al cabo de veintiún meses de prisión en el
castillo de Triana, lo degollaron y dieron garrote en el mármol de la Cuadra, y
pasadas dos horas lo enterraron en el Sagrario, acompañándole más de quinientos
clérigos y muchos religiosos de todas órdenes, y un grande acompañamiento del
cuerpo.»
Persona principal y de noble linaje fué la que
subió al patíbulo en 24 de Enero de 1580.
Llamábase don Fernando de Saavedra, y estaba
emparentado con muchas familias de alta posición social.
Este don Fernando tenía una cuñada, mujer que había
sido de don Sancho Ponce, la cual gozaba de un mayorazgo que excitó en mal hora
la codicia de Saavedra. Y llegó á tanto su mal pensamiento, que mandó matar á
doña María, su cuñada, pagando á los asesinos y tomando él parte material en el
delito.
Como persona noble que era don Fernando Saavedra,
fué degollado con una espada y su cadáver estuvo expuesto en el tablado hasta
la tarde en que se le dió enterramiento.
Horrible fué otro crimen cometido por un berberisco
y su manceba en la persona del marido de ésta, pero el castigo no lo fué menos.
Las Efemérides sevillanas que figuran en la colección de
papeles del conde del Aguila relatan con breve concisión el caso, expresándose
de este modo:
«En 9 de Marzo de 1788 atenacearon y dieron garrote
é hicieron cuartos á un berberisco, y pusieron la mano en la esquina del Baño
de la Palma y quemaron en la chamiza, á la morisca
bañera, porque ella y él (que estaban amancebados) mataron al marido y lo
echaron á cocer, porque no hediese, en el caldero en que se calienta el
agua; y unas mujeres, queriendo por una ventanilla sacar una poca de agua
caliente, lo vieron muerto.»
Por último, para terminar, citaré estas dos
ejecuciones que ocurrieron entrado ya el siglo XVII, en que tantas hubo, á
alguna de las cuales, más adelante dedicaré especial lugar.
D. Diego de Ulloa de la Chica, presbítero y fraile
carmelita que vivía ya en Sevilla en 1590, fué expulsado de la orden por su
mala conducta, en la que, lejos de enmendarse, se aferró más y más, llegando
hasta el punto de que, impulsado por el robo, asesinó en 1622 á un vecino del
Arquillo Las Roelas, llamado don Juan González, el cual era sacerdote y
capellán de la parroquia de San Lorenzo.
Tuvo por cómplice en su crimen á un corchete
llamado Andrés, del que no sólo se sirvió para asesinar al capellán, sino á
otro hermano suyo que con él vivía.
Ulloa de la Chica fué degradado públicamente por el
obispo auxiliar don Juan de la Sal, y el día 20 de Mayo de 1623, fué
arrastrado, ahorcándole frente al citado arquillo de Roelas, en unión del
corchete Andrés, «á quien se le cortó la cabeza y la mano derecha, que se
pusieron por algunos días en un árbol de la vecina Alameda.»
En 1633 y el día 15 de Julio ahorcaron y cortaron
la mano derecha á un joven hijo del carnicero de los Abades, mozo de vida
licenciosa y aficionado á lo ajeno y que, para su mal, cometió un sacrílego
robo que produjo gran escándalo.
El erudito don Diego Ignacio de Góngora consigna el
caso brevemente en un manuscrito, y de él se viene en conocimiento
de que el hijo del carnicero, favorecido por las sombras de la noche, penetró
en la iglesia de San Roque con los más perversos instintos.
Ya en el templo, dirigióse á uno de los altares, y
cogió una custodia, que era de plata y de gran mérito, dejando la Sagrada Forma
sobre la mesa del altar, y huyendo luego, sin ser visto de quienes pudieran
capturarlo.
Al día siguiente, cuando fué conocido el robo,
promovióse gran alboroto en el barrio, poniéndose en aquel punto en movimiento
la justicia, la cual tuvo la suerte de dar, de allí á pocos días, con el ladrón
sacrílego, que, encerrado en la Cárcel Real, fué condenado á muerte muy luego.
La custodia se rescató con gran contento de los
feligreses, los cuales costearon después una solemne función religiosa de
desagravios.
El ladrón no fué solo á cometer su delito, sino que
tuvo dos cómplices, como así lo consigna Góngora, el cual dice:
«Ayudóle en el sacrílego robo un clérigo, que había
sido fraile, y una mozuela. A ésta diéronla, el mismo día de la ejecución del
reo, doscientos azotes. El clérigo huyó, con que no lo prendieron.»
Los paseos y jardines públicos de Sevilla no dejan
de ofrecer materia abundante para ocuparse de ellos, por su historia, su
importancia local, las transformaciones que han tenido y los sucesos más ó
menos interesantes que en ellos se han desarrollado. Tal ocurre, por ejemplo,
con el paseo llamado del Salvador.
Dice Cervantes en Rinconete y Cortadillo:
«Avisólos su adalid (el asturiano) de los puestos donde habrían de
acudir: por la mañana á la carnicería y á la plaza de San Salvador...»
y más adelante, añade: «Todas estas liciones tomaron bien de memoria, y otro
día bien de mañana se plantaron en la plaza de San Salvador.»
Esta era entonces centro de gran movimiento y
tránsito y mercado de la fruta, que por estar enclavado en barrio tan céntrico
y rico é inmediata á otros puntos de venta como los del pan y las pescaderías,
acudía gran concurrencia á ella y atronaban de continuo toda la collación los
gritos y el vocerío de vendedores esportilleros, mozos, criados, justicias,
etc. etc.
En aquellos tiempos se alzaban en la plaza dos
cruces, una de piedra y otra de hierro, y desde 1574, el hospital de San Juan
de Dios, que aún existe, y la colegial del Salvador, cuyo edificio se comenzó á
reedificar en 1671.
La plaza del Salvador era teatro con frecuencia, en
el siglo XVII, de muy variadas escenas; allí se celebraron más de una vez
fiestas de toros y cañas, para solaz de los canónigos de la Colegiata, y á las
que acudía siempre el pueblo con gran regocijo y alboroto.
Desapareció el mercado de fruta en los años de la
invasión francesa, y entonces se construyó el paseo, habiéndose, hacia 1816,
edificado la capilla que existe en las gradas del templo del Salvador, y á la
cual trasladóse la imagen de la Virgen del Carmen, que estuvo hasta entonces en
un retablo de la calle de las Sierpes, según escriben veraces autores.
El paseo se construyó con regular elevación,
subiendo á él por convenientes escalinatas, plantándose en él árboles y
colocándose asientos de piedra, tal y conforme aparece en láminas de la época,
como la que figura en el libro de Alvarez Miranda, Glorias de Sevilla.
Desde poco después de 1817, comenzó á celebrarse en
esta plaza una velada á la Virgen del Carmen, la cual tuvo años de no poco
esplendor, viéndose entonces adornada la capilla con vasos de colores y con
banderas y arcos el paseo, alrededor del cual se instalaban puestos de
avellanas, de turrones, de garbanzos y de los célebres alfajores que vendían
las serranas de enaguas rayadas, chaquetas de paño y sombreros de castor.
De estas veladas aún queda hoy algo, si bien de
nota incolora, sin aquel sabor característico, pues ya no se ven allí ni los
majos decidores, ni las majas desenvueltas, ni todos aquellos tipos sevillanos
que con tanta exactitud retrataba don José Bécquer en sus acuarelas y lienzos.
La solemnidad del Corpus era también de gran
resonancia para la plaza del Salvador, como lo sigue siendo hoy, y desde
antiguo se entolda gran parte de ella para el
tránsito de la procesión y se coloca en la puerta del Salvador la imagen de la
Virgen de las Aguas, que compartió su fama popular con la de los Reyes, y sobre
la que corren, como sabido es de todos, las más peregrinas tradiciones.
Días del año en que ofrece gran animación el paseo
que es objeto de estas líneas, son los de Semana Santa, pues por el recinto
cruzan casi todas las cofradías que hacen estación á la Catedral, y es de ver
en aquellas tardes y noches y en la madrugada del Viernes Santo, el aspecto
del Salvador (como los sevillanos le dicen) donde se apiña la
multitud bulliciosa y poco devotamente, desarrollándose escenas que no es cosa
de detenerse en describir ni enumerar siquiera.
Las noches de estío, esas noches de Julio y Agosto
en Sevilla, en que el calor es sofocante, acude un público bastante numeroso al
paseo del Salvador en busca de alguna agradable brisa; allí se pasa las horas
tranquilamente el desocupado, viendo á los corros de niños que juegan, á la
gente joven que pasea, á los viejos que dormitan ó á los que toman sorbetes y
refrescos en los puestos de agua, siendo aquel, campo muy aproposito para
conquistas de niñeras y criadas de servicio que incautamente creen en las promesas
de chicucos domingueros y militares sin graduación.
Diversas modificaciones ha sufrido el paseo del
Salvador desde que estaba elevado y tenía sus escalinatas por los años de 1840,
desapareciendo el alto hacia 1860, y, motivado por recientes sucesos,
desaparecieron aquellos asientos de piedra que desde tiempo primitivo tuvo,
sustituyéndose por los de hierro que tiene en la actualidad y que invitan al
descanso al transeunte.
Para concluir, diremos que el paseo del Salvador
sería susceptible hoy de algunas mejoras
importantes, que contribuirían á su embellecimiento y comodidad, para llevar á
cabo las cuales, sería necesario efectuar el derribo de algunos edificios, con
lo que ganaría, ensanchándose, lugar tan céntrico y concurrido como lo es aquél
y tan predilecto de muchos sevillanos.
Pertenece el licenciado Roelas al número de
aquellos grandes pintores que florecieron en Sevilla en los siglos XVI y XVII,
y que tanta honra dieron á su patria y tan apreciables obras legaron á la
posteridad.
Como ocurre con otros artistas y escritores de
aquellas centurias, no son muchas las noticias biográficas que de Roelas se
conservan, y después de las que apuntaron Arana de Varflora y Ceán Bermúdez,
aparte de algunos documentos sueltos, no se han podido ampliar gran cosa, ni
han sido por cierto muchos los datos encontrados que dieran luz sobre la vida
de aquel famoso maestro, pudiéndose sólo, como lo hago, reunir algunos detalles
desperdigados en otros textos.
Nació en la capital de Andalucía hacia 1560, y se
dedicó de muy joven á los estudios, obteniendo el grado de licenciado, y más
tarde se ordenó de sacerdote, por lo que vulgarmente es conocido por el clérigo
Roelas.
Sin embargo, la verdadera profesión de aquel
sevillano había de quedar olvidada, por ser lo que, empezando en él como mera
afición, vino con el tiempo á darle legítimo renombre.
Inclinado desde mozo al dibujo, estudió éste en su
patria, siendo discípulo de Antonio Arfián, ignorándose en qué fecha, y con el
deseo de perfeccionarse en el arte, abandonó España.
Roelas trasladóse á Italia y allí estudió,
especialmente, las obras de Ticiano, haciendo verdaderos y notables progresos,
que se pusieron bien de manifiesto en cuantas obras llevó entonces á cabo.
Regresó después de algunos años á Sevilla, donde ya
pintaban no pocos famosos artistas, y en 1603 obtuvo una prebenda en la capilla
de Olivares, pueblo de la provincia, y capilla que más tarde fué elevada á
colegiata, pintando allí, entre otros lienzos, dos cuadros muy notables con
asuntos de la vida de la Virgen, y en 1606 otros dos para el convento de Santa
Isabel, de Sevilla.
En 1607 contaba ya Roelas con no pocos discípulos
que se apresuraron á recibir sus lecciones, viéndose siempre muy concurrida su
academia, de la cual salieron, andando el tiempo, pintores como Juan de Uceda
Castroverde, Varela y el gran Zurbarán.
Pintó Roelas en 1609 el cuadro de Santiago que
existe en la capilla de la Catedral, donde llegaron á reunirse hasta ocho
lienzos suyos, entre los que se citan con elogio el
retablo de la capilla de los Jácomes, hoy muy restaurado.
Para el convento de la Encarnación y el de san
Agustín, pintó cinco grandes cuadros y nueve para la Merced, pero casi todas
estas obras son hoy desconocidas y habían desaparecido ya de dichos templos
muchas en 1844.
Encontrábase Roelas en Madrid en 1616, y allí no
pudo conseguir como deseaba la plaza de pintor de cámara de Felipe III, que se
dió á Bartolomé Gómez, pero ejecutó diversas obras para el palacio real, que ya
no existen, pintando por aquellos años el cuadro de Moisés que hoy se ve en el
Museo del Prado, los que estaban en la Merced Calzada y una Concepción que en
1800 existía en la Academia de San Fernando.
En Madrid y Sevilla residió el clérigo Roelas
indistintamente largas temporadas, ejecutando para su patria obras como
la Muerte de san Isidoro que existe en el altar mayor de dicho
templo, el San Pedro libertado de la prisión que se encuentra
en la capilla de la iglesia del mismo nombre, el Martirio de santa
Lucía de la iglesia dedicada á esta santa, y el Martirio de
san Andrés que estuvo en la capilla de los Flamencos en santo Tomás y
hoy se admira en el Museo provincial, donde se guardan además una Santa
Ana con la Virgen, un San Ignacio y una Concepción.
Nueve cuadros existían en el Hospital del Cardenal
hechos por Roelas, (tales como el de la Muerte de San Hermenegildo y
varios martirios de frailes) y uno en el Hospital de los Viejos que
desapareció el siglo XVIII, sustituyéndose por otro lienzo de pésima ejecución
y oscura mano.
En 1624 fué Roelas nombrado canónigo de la
colegiata de Olivares, á cuyo punto se trasladó en definitiva el artista, que
ya en distintas épocas había allí residido.
Tranquilo y sosegado y sin dejar el cultivo del
arte, continuó Roelas en Olivares, donde falleció
en 23 de Abril de 1625, siendo enterrado en aquel pueblo.
El licenciado Juan de las Roelas es uno de los
grandes maestros sevillanos que á tan alto lugar llevaron la pintura de nuestra
patria.
Notabilísimo dibujante fué aquel hombre y así lo
demostró en todas sus obras, donde á más se admira un bellísimo colorido, que
pone bien de manifiesto la influencia que en el artista ejerció la escuela
veneciana, cuando la estudió detenidamente durante su permanencia en Italia.
Muchos son los cuadros que se han perdido del
clérigo Roelas, pues en Sevilla llegaron á reunirse en diversos templos hasta
cuarenta y siete grandes pinturas de este artista, siendo no pocas de ellas las
que pasaron á poder de particulares, y por desgracia salieron después de
nuestra ciudad y de la península.
Aún existen no pocas de verdadera importancia para
admiración de los inteligentes, y entre ellas merecen especial mención las que
se encuentran en el templo de la Universidad, de la Sacra Familia; El
Nacimiento y la Adoración de los Reyes, en Santa Isabel;
el Bautista y Evangelista, en San Lorenzo; la
Virgen del Rosario, en Santa Ana (que fué restaurado muy torpemente); El
martirio de san Andrés, en el Museo, el San Pedro y
el Santiago ya citados; el de varios santos en San Juan de la
Palma, y otros que dan bien acabadas pruebas del indiscutible mérito de su
autor.
Con razón dice de él un crítico que «fué gran
artista y produjo muchas y muy grandiosas obras, todas ellas de superior
mérito». No entraré á detenerme en ellas, particularmente, pero sí diré que
cuantos críticos, propios y extraños, se han
ocupado de las obras de este autor, están conformes en tributarle los mayores
elogios.
Pacheco, Ceán Bermúez, Arana de Varflora, Pons,
Madrazo, Gestoso, etc., etc., que analizaron con detenimiento las creaciones
del clérigo-pintor, han hecho justicia á sus méritos, que fueron reconocidos
por sus coetáneos.
Hay en las obras de Roelas, á más del conocimiento
profundo del dibujo, un acertadísimo buen gusto para la composición de las
figuras, siendo de los artistas de su tiempo uno de los que con más exactitud
copiaron de la realidad, tan falseada por algunos con verdadero propósito.
Roelas, trasladando al lienzo el modelo tal cual lo
veían sus ojos, no dejó por eso de imprimir un verdadero sentimiento de gran
artista á sus creaciones, en las que han podido estudiar muchos la belleza de
lo real sin acudir á lo mentido y artificioso.
En cuanto al hombre, dejó gratísima memoria por sus
bellas prendas; «la piedad—dice Arana—formó el carácter de Roelas, y esta
virtud le hizo dar muchas limosnas y no desdeñarse de hacer pinturas
gratuitamente cuando algunos pobres se las pedían.»
Dejó un nombre ilustre como artista y un nombre
honrado como hombre: ¿qué mejor elogio puede hacerse del pintor sevillano?
Los vecinos del barrio de la Feria presenciaron en
Diciembre de 1574 un espectáculo que les entretuvo bastante y fué objeto de los
más sabrosos y varios comentarios.
A la puerta de la iglesia de Omnium Sanctorum se
colocaron, de orden de la justicia, dos altas escaleras de mano; y en cada una
de ellas pusieron á dos jóvenes y no mal parecidas mujeres, siendo también
curioso el que una de las tales estaba vestida en traje masculino con
gregüescos y calzas.
Antes de exponer á las dos mozas á la pública
vergüenza, fueron paseadas por la ciudad montadas en dos pollinos, desnudas las
espaldas y los pechos y seguidas del verdugo, que propinó á cada una cien
azotes, con arreglo á la sentencia que se les había impuesto.
Permanecieron encaramadas en la escalera un día
entero las dos hembras, siendo la causa de aquel castigo el hecho siguiente:
Una de las mujeres tenía grandes ansias por cobrar
un dote de 100 ducados que le correspondía si se casaba, mas ella no demostraba
ninguna afición al casamiento, y sí muy grande al dinero y á una su íntima
amiga, con la cual convino un ingenioso plan que, al ser malogrado, la puso
en aquella triste situación.
Trató con la amiga que se disfrazase con traje de
varón, el cual no debía sentarle mal, y que, como tal varón, la galanteara y
pidiera en casamiento, llevando las cosas tan adelante que, con la complicidad
de un sujeto de la curia eclesiástica, comenzaron á sacar los papeles para ir
al altar, recibir las bendiciones y cobrar los apetecidos ducados.
En estos pasos estaban, cuando la superchería fué
descubierta y condenadas más tarde... ¡Los 100 ducados del dote se convirtieron
en 100 azotes y en pasar la vergüenza de la exhibición, si es que las dos mozas
la tenían!
Uno de los más temidos valentones que á fines del
siglo XVI había en Sevilla, donde tantos se encontraban, era Gonzalo Xeniz,
cuya vida aventurera y ladronesca pudiera ser objeto de un libro.
Hablan de este mozo de chapa algunos autores
contemporáneos, y la fama de sus fechorías ha llegado hasta nosotros,
presentándolo como tipo acabado de aquellos bravucones que tan admirablemente
pintaba Cervantes en Rinconete y Cortadillo,
Quevedo en el Buscón y Cristóbal de Chaves en La
cárcel de Sevilla.
Huyendo de las garras de la justicia andaba el
ínclito Xeniz en 1595, cuando el 26 de Julio acudió á un ventorrillo de la
Puerta de la Barqueta, en el cual se juntaron gran número de rufianes y mujeres
de vida airada á divertirse alegremente, como gente de ancha conciencia que
era.
Allí estaba toda la taifa picaresca, comiendo,
bebiendo, cantando y entregándose á desahogos no muy honestos, cuando fué
cercado el ventorrillo por gran número de alguaciles que llevaban á la cabeza
nada menos que al Asistente de Sevilla, don Pedro Carrillo de Mendoza, conde de
Priego.
Enterados los valentones de lo que pasaba, salieron
armados á defenderse, trabándose entonces una formal batalla en la cual Gonzalo
Xeniz, que hizo varios disparos con un pistolete, logró escaparse, dejando
burlados á los que ansiaban cogerlo.
Pero si aquella vez estuvo afortunado, no lo estuvo
en otro encuentro que al poco tiempo tuvo, y fué preso, mandándosele á la
galera de Málaga como cabo de escuadra, de donde volvió en Agosto de 1596,
siendo entonces puesto en libertad porque al mozo no le faltaban amigos.
Mas apenas se vió en la calle, reanudó sus
fechorías, por lo cual el conde de Priego mandó prenderle de nuevo. Y hé aquí
que el 4 de Octubre del citado año, Xeniz, viéndose en el apurado trance de que
iba á ser capturado por los alguaciles que le habían sorprendido en unión del
Asistente, disparó contra éste un pistoletazo, que por gran casualidad no acabó
con la vida del conde.
Y aquí tuvo término la existencia del valentón,
pues el 17 de Octubre de 1596 fué ahorcado en la Plaza de San
Francisco, y su cadáver, hecho cuartos, se puso en el lugar del ventorrillo de
la Puerta de la Barqueta, como consigna Ariño en los Sucesos de Sevilla.
Digno émulo de Gonzalo Xeniz fué otro matón
coetáneo suyo y el cual compartió con él las hazañosas empresas, viniendo á la
postre á tener también desgraciado fin poco tiempo antes que el intrépido
compañero.
Juan García, llamado también El Bravo de
las Galeras, era un mozo fiero y atrevido, soldado y terror de los vecinos
de Triana en 1593.
Continuas pendencias, alborotos y escándalos
promovía el bravucón y sus amigos, y en uno de aquellos lances acudió en mal
hora á poner paz un corchete llamado Gordillo, que ya era bien conocido de
García, el cual fué lo mismo verle que arremeterle armado de una daga.
Con ella le infirió multitud de heridas, y
dejándole ya muerto, huyó á esconderse en alguno de los rincones de Triana,
donde tenía gentes que por miedo le favorecían.
Al poco tiempo un alcalde de corte y un alguacil
acudieron á Triana con objeto de capturar al bravo, empresa que era más difícil
de lo que ellos creían.
Era esto el día 2 de Julio del citado año de 1593,
y con motivo de la captura se produjo en Triana un verdadero motín, que las
crónicas sevillanas registran y que apunta Ariño en su libro de Sucesos.
Como quiera que la fuerza dispuesta para prender al
bravucón era insuficiente, hubo que reclamarla mayor, llegando el caso á tener
que dar el toque de rebato en la iglesia de Santa Ana, á fin de que acudiera
gente que auxiliara á la justicia.
Con ella fué tropa y hasta el marqués de Peñafiel
tuvo que intervenir con su autoridad personalmente, llegando á
tomar tales proporciones el escándalo, que puso en alarma á Triana y á Sevilla
entera: tal fué la heróica defensa que de su persona hizo el valentón.
Fué preso al cabo, y al siguiente día, 3 de Julio,
le ahorcaron en la orilla del río, quedando con aquella ejecución en
tranquilidad muchos vecinos de Triana, que durante largo tiempo anduvieron
siempre amenazados con los desmanes y excesos de furor del Bravo de las
Galeras, cuyo recuerdo duró largo tiempo entre la gente de su laya que
tanto abundaba en Sevilla en los siglos XVI y XVII.
El señor don Fernando Arias de Bobadilla, conde de
Puñonrostro, fué Asistente de la capital de Andalucía y se hizo célebre, como
ya dije, por los actos que cometió y por sus justicias, que tenía singular
manera de ejecutarlas.
Cuéntanse de él infinitas cosas que son dignas, por
cierto, de ser recordadas, y como su autoridad era poderosa y su carácter en
extremo duro, llegó á ser el terror de la gente de
los barrios, en particular de los comerciantes y vendedores de artículos de
primera necesidad.
El año 1597, en que tomó posesión de su cargo el
conde, mandó pregonar un bando, por el cual se condenaba en la pena de
doscientos azotes á los que vendiesen los artículos á más precio que el
señalado ya de antemano; y como quiera que el cumplimiento de la orden no fué
guardado ni mucho menos como debiera, el conde empezó á llevar á cabo los
castigos con extraño rigor y sin que por un momento dejase pasar la más leve
falta.
Diariamente salían por las calles de la ciudad
comerciantes montados en burros, recibiendo los golpes de la penca, y
panaderos, hortelanos, pescaderos, carniceros, etc., etc., veíanse á cada
momento sorprendidos por la visita del conde en persona, que era implacable en
sus resoluciones.
Llegó en éstas á la barbarie, pues como no tenía
nadie que le pusiese coto y en Madrid se le habían confirmado plenos poderes
para ejercer como juez absoluto, se despachaba á su gusto de una
manera brutal y cruel.
Tal sucedió con una pobre mujer, que fué víctima de
su señoría, y por un delito harto insignificante para la pena que sufrió.
La tal mujer tenía por las mañanas su puesto de
frutas en el barrio de la Feria, y para su desgracia el día 6 de Mayo de 1597,
sorprendióla el conde vendiendo ciruelas y cerezas á más alto precio que el
señalado.
Al punto la mandó prender y aquella misma tarde fué
azotada públicamente, llevando colgadas al cuello, para mayor vergüenza, las
frutas, pero tan tremendos resultaron los golpes que sobre la infeliz cayeron,
que enfermó de gravedad y el día 9 del mismo mes de Mayo espiró la infeliz,
según consigna el diario de Ariño.
El mismo autor añade: «Seis días después á otra
mujer, porque vendía pepinos á más de la postura, la pasearon por las calles
con los pepinos al pescuezo y le dieron doscientos azotes.»
Como estos dos, pudiera citar infinidad de casos
que prueban la manera con que Puñonrostro hacía justicia, y lo que era en el
siglo XVI un Asistente de Sevilla.
Las obras del pintor Francisco de Herrera, á quien
generalmente se conoce por Herrera El Viejo, para diferenciarlo de
su hijo, del mismo nombre y también artista, son universalmente celebradas, y
el título de su autor es de los que gozan en justicia un puesto de preferencia
entre los antiguos pintores sevillanos.
Por otra parte, es Herrera una persona digna de
estudio; en su vida hay diversos incidentes que merecen ser recordados; y
aunque estos apuntes no permiten gran extensión, he de procurar condensar
cuanto sea necesario para dar á conocer al artista sevillano.
Nació éste, según se cree, en 1576, y fué su
maestro en el arte Luís Fernández, que lo fué
también de Pacheco, quien á la par de Herrera aprendió el dibujo y las primeras
lecciones de pintura.
Herrera comenzó de joven á llamar la atención de
las personas inteligentes de Sevilla con sus lienzos, y se dice que los
primeros que presentó al público fueron los cuatro que figuran en el altar
mayor de la iglesia de San Martín, representando pasajes de la vida de este
santo.
Instruído también en el grabado en cobre, ejecutó
no pocos trabajos por este procedimiento, mereciendo citarse la portada del
libro publicado en Sevilla en 1610 por Estupiñán y en el que se relatan las
fiestas llevadas á cabo para la beatificación de san Ignacio.
Por entonces tenía taller abierto Herrera y contaba
con frecuentes encargos, habiendo hacia 1613 acudido á recibir sus lecciones
don Diego Velázquez de Silva, que á la sazón contaba catorce años, pero que
pronto tuvo que separarse de tal maestro, dicen, por la violencia de su
carácter, poco apropósito para dedicarse á la enseñanza.
De este natural poco sufrido, huraño y dado á la
cólera, vinieron no pocos disgustos y sinsabores á Herrera, quien con
frecuencia se veía solo y sin que ninguno de los muchos jóvenes aventajados que
entonces había en Sevilla, quisiese acudir á su casa. «He oído muchas
veces—dice Ceán—decirlo á pintores viejos de Sevilla: que cuando no tenía
Herrera discípulos y esto era muy frecuente, mandaba á su criada bosquejase los
lienzos, y antes que se secasen los colores formaba él con una brocha las
figuras y ropajes.»
Por los años á que me voy refiriendo pintó Herrera
para san Agustín la Asunción y Coronación de la Virgen;
para san Antonio dos Apóstoles; para la ermita de la
Encarnación en Triana, siete cuadros con pasajes de la vida de la Virgen, obras
todas que se han perdido, y el Triunfo de san Hermenegildo, que
estaba en el altar mayor de dicho templo y que hoy se conserva en el Museo
provincial.
Hacia 1619 fué acusado Herrera de monedero falso, y
como quiera que el artista considerábase perdido y próximo á caer en las garras
de la justicia, huyó á buscar asilo en el convento de san Hermenegildo.
Allí estaba cuando en 1623 visitó Sevilla Felipe
IV, y se cuenta por tradición que habiendo admirado mucho el rey el citado
cuadro, que es de gran tamaño, y en el que aparece el santo con san Leandro y
san Isidoro, preguntó quién lo había ejecutado. Presentáronle entonces á
Herrera, diciéndole cuál era su situación y los motivos por que se le
perseguía. El monarca le dejó libre, diciéndole que quien sabía ejecutar obras
como aquella, no había menester el oro ni la plata.
Vuelto Herrera á su casa, continuó trabajando, pero
siempre apartado del trato de las gentes, siempre solitario y siempre mal
humorado.
Una nube negra pesaba sobre el alma del artista, de
quien, no pudiendo resistirlo ni aun los miembros de su familia, una su
hermana, que con él vivía, se apartó para entrar en un convento. Más tarde, su
hijo Francisco le robó mil pesos que tenía ahorrados y se huyó á Italia, donde
siguió aprendiendo la pintura, que ya había comenzado, y de donde no regresó
hasta que murió su padre.
Ejecutó éste dos cuadros para el convento de Santa
Inés, representando la Sacra Familia y el Espíritu Santo, otro para el altar
mayor del Hospital establecido en la calle Colcheros, que se conservaba en
1836, y el magnífico retablo del Juicio final que
existe en san Bernardo y del que dice un crítico «que es tal vez la más
grandiosa obra que brotó de sus afamados pinceles.»
Herrera pintaba también con mucha destreza al
fresco, ejecutando no pocas obras por este procedimiento, y entre las cuales
cita Varflora las ejecutadas en los conventos de la Merced y
de san Pablo y san Buenaventura.
En 1633, pagóle el cabildo de la ciudad ciertas
cantidades por la iluminación de una estampa de san Fernando y terminó algunas
pinturas para san José, siendo en gran número los cuadros de Bodegones que
hizo, los cuales estaban en poder de particulares y ya en tiempo de Ceán habían
casi todos desaparecido de Sevilla para ir á parar á los museos extranjeros.
En el Louvre se conserva hoy un cuadro que
representa á san Bernardo dictando las reglas de la Orden, que es
una de las más acabadas obras de Herrera.
Este, muy anciano ya, marchó á Madrid en 1650,
donde se estableció y ejecutó algunas obras al fresco y no pocos grabados,
impresos en diversas obras.
El año 1656 falleció Francisco Herrera en la córte,
siendo enterrado su cadáver en el templo de san Ginés.
A más de los cuadros que pintó el maestro sevillano
para los templos de esta ciudad que he citado, se encuentran hoy en el Museo
provincial las siguientes obras: Visión de san Basilio, dos
santos de la orden franciscana, Un santo obispo, san
Gregorio, san Demetrio, san Antonio, san
Pedro, Sebaste, santa Dorotea, santa
Gertrudis, Un santo religioso bernardino y la Apoteosis
de san Hermenegildo, ya citada. A más existen algunos originales en poder
de particulares, tales como un san Nicolás de Bari, que posee el
señor Gestoso y que está ejecutado con mucha valentía.
De las cuarenta y siete grandes obras que de la
mano de Herrera había en Sevilla hacia 1830 se han perdido muchas, pero sin
duda las que quedan son las más importantes y las más apropósito para estudiar
por completo á este artista, que fué de los primeros en apartarse de las reglas
de los antiguos maestros, ejecutando libre, espontáneamente y con atrevimiento
y valentía.
Distinguíase poderosamente en el claro-obscuro y en
el conocimiento de la anatomía, y todas sus producciones, por la manera
especial de hacer y la rudeza de los rasgos, parece que retratan su carácter.
De éste se ha escrito mucho, tachándosele, como ya
dije, de violento y desabrido en extremo. Tal vez por esto en vida no fué muy
elogiado Herrera de sus coetáneos que le miraron con prevención, y únicamente
Lope de Vega le dedicó algunos versos en el libro segundo de su famoso Laurel
de Apolo.
Del maestro sevillano se dice que «dibujaba con
cañas y manejaba el color con gruesas brochas», teniendo singular destreza para
ello, y terminando su obra con una rapidez que pasmaba.
Triste y abandonado, falleció el notable artista á
solas con las negruras de sus pensamientos y la melancolía de su espíritu, y si
dejó á las generaciones futuras obras hermosas, no tuvo el consuelo de que ni
sus amigos y discípulos recordasen su nombre con ternura y derramasen lágrimas
por su memoria.
El Fénix de los ingenios
españoles, aquel que se alzó con el cetro de la monarquía cómica,
visitó á Sevilla en los primeros años del siglo XVII, y si bien de su estancia
en nuestra población no son hasta ahora muy detalladas y completas las noticias
que existen, pueden, sin embargo, servir para dar asunto á uno de estos apuntes
históricos.
El año 1600 llegó á esta capital de Andalucía el
gran poeta, que se hallaba entonces en toda la fuerza de su juventud y con toda
la lozanía de su portentoso ingenio, y no vino solo, pues le acompañaba doña
María de Luján, hermosa mujer, con quien tenía hacía tiempo amorosas
relaciones, de las cuales eran fruto dos niñas, á la sazón de corta edad, y de
nombres Mariana y Angela.
La amante del poeta acompañóle durante todo el
tiempo de su estancia en Sevilla, y aquí quedó, cuando Lope, en 1601, emprendió
un viaje á Madrid y Toledo para evacuar algunos negocios particulares, viaje
del que no tardó en regresar al lado de aquella mujer á quien cantaba en sus
poesías con el nombre de Lucinda.
Por cierto que á su regreso corrió entre los
literatos sevillanos un soneto contra Lope, el cual algunos han atribuido á
Cervantes, que á la sazón también residía en nuestra ciudad, y cuya enemistad
con el Fénix de los ingenios es
bien conocida, no estando tampoco éste tardo en atacar al autor del Quijote en
varios de sus escritos.
La pluma de Lope, jamás ociosa, no podía estarlo en
Sevilla, y así fué; aquí escribió varias comedias, entre las que se
cuentan La corona merecida, y algunos autos, como El hijo
pródigo y El viaje del alma, representándose durante
aquellos años por las compañías de Vergara y Villalva, algunas obras de Lope,
que aunque ya conocidas en otras partes no lo eran aún del público sevillano.
El cuadro de costumbres que relata en El
Fénix de Sevilla, de que ya me ocupé, es buena prueba de que aquel gran
hombre supo identificarse en el ambiente de las costumbres sevillanas.
Poesías escribió también Lope muchas en Sevilla, y
de ellas merece recordarse la carta que dirigió en 1603 á un amigo, y en la
cual dice:
«...Pan de Sevilla regalado y tierno,
masado con la blanca y limpia mano
de alguna que os quisiera para yerno.
Jamón presunto de español marrano
de la sierra famosa de Aracena,
á donde huyó del mundo Arias Montano.
Vino aromatizado que sin pena
beberse puede siendo de Cazalla,
y que ningún cristiano lo condena.
Agua de la Alameda en blanca talla,
¿dejáis por el bizcocho de galera
y la zupia que embarca la canalla,» etc. etc.
En Diciembre de 1603 terminó Lope de Vega su
obra El peregrino en su patria, que fué impresa en Sevilla, y de la
cual tanto se han ocupado los críticos y los biógrafos del fecundísimo autor.
Acompañado de su amante, joven y hermosa, á quien adoraba y que procuraba hacerle dichoso, considerado
y tenido en alto aprecio por todos y agasajado por cuantos hombres de letras
había en la capital de Andalucía, la estancia de Lope en nuestra ciudad debió
serle en extremo agradable, y de ella conservó siempre gratísimos recuerdos,
como se desprende de algunos pasajes de sus obras.
A fines de 1604, Lope marchó de Sevilla,
dirigiéndose primero á Madrid y después á Toledo, donde tuvieron fin sus
relaciones amorosas con Lucinda (á lo menos públicamente), pues algún tiempo
después, el poeta contrajo matrimonio con doña Juana de Guardo...
D. Cayetano Alberto de la Barrera, Hartzenbusch,
Asensio, y don José Sánchez Arjona últimamente en sus Anales del teatro
en Sevilla, al ilustrar la vida de Lope de Vega, se han ocupado de su
estancia en nuestra población, á la cual he dedicado un recuerdo en las
anteriores líneas, como he de hacerlo á otros hombres ilustres por cualquier
concepto que visitaron nuestra ciudad.
Esto de la afición á los dulces ha sido cosa
antigua en nuestra ciudad, como así lo prueba la importancia que siempre tuvo
el gremio de confiteros y lo numerosos que ya en el siglo XVI eran los
establecimientos dedicados á la venta y fabricación de dulces de las clases más
variadas.
Esto movió á no pocos de los confiteros, para mejor
orden y disposición, á nombrar examinadores del gremio y formar ordenanzas,
las cuales fueron aprobadas por el rey Felipe III en 20 de Mayo de 1606, el
cual encarecía la utilidad, expresando: «Nos fué hecha relación que el trato y
confituría en ella (en Sevilla) era muy grueso, por ser muy grande..... Porque
siendo las conservas y confituras, regalos de enfermos y para personas ricas,
convenía que la dicha obra fuese buena y que fuese y se hiciese con buenos
azúcares, y no echando otras mezclas, para que se supiese y se entendiese cómo
se había de hacer cada cosa, y no se vendiesen cosas malas y falsas.....»
Las tales ordenanzas no dejan de
ser curiosas y contienen algunos detalles de interés para el conocimiento de
cómo estaba constituido el gremio, y de sus artículos hemos de dar una idea,
teniendo á la vista el texto, que consta de veintiuna disposiciones, haciendo
muy especialmente constar en la primera que de allí
en adelante «...ninguna persona, de cualquier estado ó condición que
sea, pueda tener tienda pública ni secreta sin que primero haya de preceder y
preceda examen de dicho oficio, el cual examen se ha de hacer ante los veedores
del dicho oficio de confiteros...»
En las ordenanzas se manda que el
que tuviera tienda y no fuera examinado, se le castigaría con multas y otras
penas, que se formase un libro con las denuncias y que en la elección de
veedores se tuviese la mayor justicia y sinceridad.
Que ya la gente del gremio estaba en el secreto de
adulterar los confites y engañar al pueblo se ve que no era cosa nueva, pues
así se desprende de los capítulos 30 y 31, que dicen:
«Item ordenamos que ningún oficial de confituría
sea osado á mezclar la confitura que hiciese con almidón, harina, ni otras
misturas, so pena de perdida la dicha colación y de seis mil maravedís por
la primera vez, y por la segunda sea privado
del dicho oficio de confitero por seis meses y no tenga más tienda, y por
la tercera que la justicia ordinaria proceda á hacerle
conforme la calidad y gravedad del delito—31. Item ordenamos que los canelones
de sidra, ó canela, avellanas ó anís liso ó labrado, culantro liso ó
labrado, almendra pelada ó raída y entera, y piñones y grajeas, á todo esto sea
y se haga de un azúcar blanco, de arriba á bajo, sin otra mistura, so pena de
dos mil maravedís por la primera vez, y por la segunda pena
doblada, y por la tercera vez sea perdida la dicha colación y
no tenga tienda por seis meses.»
En los artículos 12, 13 y 14, se especifican
algunas de las confituras más en boga de entonces, con indicaciones de las
materias de mejor calidad de que habían de confeccionarse, recomendando
con insistencia «que el azúcar rosado y los bocadillos sean
conservados con azúcar, fresco y blanco, y el azahar cubierto, confitado y en
conserva, sea de buen azúcar, blanco de remate, etc.» no dejando de estar
especificados otros particulares en los cuales se recomendaba el más exacto
cumplimiento.
Estas ordenanzas de 1606 fueron posteriormente
confirmadas en Febrero de 1649, en Abril de 1675 y en Septiembre de 1680, y en
1723 se imprimieron por Francisco Sánchez Reciente, con este título:
—Ordenanzas de el oficio de los maestros
confiteros de Sevilla y su reinado, en virtud de cédula de su majestad y
señores de su real consejo, que se mandaron imprimir siendo veedores Bartolomé
de Marchena y Luís de Bonilla, maestros de dicho oficio, etc.
Las confiterías sevillanas de antaño tenían un
aspecto general que no dejaba de ser característico; en el mostrador no se
exhibían los dulces para excitar el apetito: antes por el contrario, se
ocultaban los toscos tableros, que sólo se sacaban á petición del comprador;
los botes con los almíbares y las conservas se colocaban en largas hileras en
la estantería, en cuyo testero principal no faltaban nunca una hornacina, con
una escultura religiosa ó con un cuadro devoto, ante el que ardía cierta
lamparilla de aceite, y completaban el menaje del establecimiento dos grandes
velones, una bandeja con jarro, vasos, un peso de cobre y uno ó dos bancos
toscos, en los cuales tomaban asiento y descansaban por las tardes los amigos
del dueño, que nunca dejaban de formar allí su tertulia, más ó menos numerosa.
En el siglo XVII hubo en Sevilla algunos confiteros
que fueron célebres por su habilidad en la confección de los dulces, y de entre
ellos han pasado á la posteridad, digámoslo así,
Pedro de Libosna, Bartolomé Gómez y Jerónimo de Barco, que no tenían
competidores en las conservas, la carne de membrillo, los mazapanes y los
canelones de sidra, canela, avellana ó anís.
Una vez cada año, el día de San Juan Bautista, se
hacía la visita de inspección, como si dijéramos, por todos los
establecimientos de confitería, y era de ver con qué gravedad y ceremonia el
teniente de Asistente, acompañado por el escribano de cabildo, examinaba
cacerolas, calderos, medidas y moldes, se enteraba del estado de los productos
y se informaba prolijamente del personal y de su pericia para elaborar las
delicadas confituras.
Dábase el caso alguna vez que no se encontraba tal
ó cual establecimiento con todos los requisitos que las estrechas Ordenanzas disponían
y entonces ya estaba la fiesta en la casa, pues el dueño que se veía amenazado,
protestaba, tratando de atenuar la falta, y la justicia, que era inflexible, se
revestía de toda su autoridad, dando esto lugar á escenas por demás animadas.
Esto de ser maestro confitero no
era cosa á que todo el mundo podía llegar, como por ejemplo, los esclavos,
acerca de lo cual decían las ordenanzas: «...Que no puede ser
examinado ningún esclavo, so pena de dos mil maravedís, y que le
quiten la tienda, aplicada la pena, como dicho es, y el que lo examinara sea
privado del oficio perpetuo de examinador.»
Tenía el gremio de confiteros su hermandad de
cofradía, la cual llegó en cierta época á ser de las más ricas y que más
continuo y lucido culto sostenían, como así en papeles antiguos consta.
No haré memoria de los muchos pleitos y litigios
que durante el siglo XVII se siguieron por el gremio, con motivo de la tasa
puesta á los dulces con otras causas, enredos que
no dejaron de perjudicar á todos los del oficio con crecidos desembolsos y
competencias nada beneficiosas y que trajeron una situación nada próspera, de
la que tardó mucho en reponerse el gremio.
La situación de los moriscos que residían en
Sevilla al terminar el siglo XVI era en verdad comprometida y en muchas
ocasiones fueron tratados con la mayor crueldad por las autoridades y por el
mismo pueblo.
Mas como si fuesen pocos los castigos que se les
imponían por la Inquisición y por otras autoridades, en el año de 1600 se
vieron amenazados de un peligro que á todos ellos podía pesarle.
El 16 de Mayo hiciéronse por algunos correr las
voces de que los moriscos preparaban un motín para levantarse en armas de
acuerdo con los de Córdoba, y en dicho día aparecieron en la iglesia de Santa
Ana, de Triana, y en otros puntos, pasquines dando la voz de alerta á las
autoridades, con lo cual se consiguió alarmar la ciudad, comenzando enseguida
diligencias y pesquisas en contra de los moriscos,
los cuales, en realidad, nada habían hecho, ni ningún proyecto tenían de turbar
la paz de la ciudad.
Se efectuaron algunas prisiones, pero entonces un
vecino de Triana llamado García Montano, hombre que gozaba de crédito, alzó su
voz cuando empezaban los injustos castigos, y unido á otros cristianos
acudieron al Asistente, marqués de Montesclaros, haciéndole presente cuán sin
fundamentos eran las voces que contra los moriscos se habían levantado.
Convencido de la verdad, el marqués publicó un
bando para que los moriscos no fueran molestados, pero apesar de su orden hubo
revueltas y alborotos, y en el mismo mes de estos sucesos fueron quemados tres
de ellos que estaban hacía algún tiempo presos en las cárceles del tribunal de
la Inquisición.
Empeorando por días el estado de los moriscos
sevillanos llegó á ser verdaderamente aflictiva su situación más adelante: la
vigilancia se hizo más estrecha y más frecuentes los castigos, en tanto que se
acrecentaba la campaña decisiva que contra ellos elevaron los elementos
religiosos, entre los que se encontraba la del padre Juan de Ribera, arzobispo
de Valencia, patriarca de Antioquía y enemigo acérrimo de aquella infeliz raza.
Cedió al fin Felipe III á la opinión de la junta
nombrada al efecto y en la que se encontraba el inquisidor general, y dió
aquella célebre orden de expulsión de los moriscos del reino, impolítica y
cruel medida, con la cual se disminuyó grandemente la población de España, pues
perdió un millón de habitantes, se quitaron brazos á la agricultura y se
deshicieron multitud de familias.
A principios de 1610 súpose en Sevilla, después de
algún tiempo de incertidumbres, que amenazaba la orden del
monarca decretando la expulsión, y con objeto de prevenir cualquier incidente
que pudiera sobrevenir, las autoridades tomaron medidas en extremo rigurosas.
El 17 de Enero del año citado se señaló para
publicar el bando con todas las formalidades, presentando aquel día la ciudad
extraordinario movimiento por haber la medida revuelto los ánimos un poco.
Salió el pregón del bando por la mañana á recorrer
la ciudad, figurando en la comitiva un juez especial que había venido para
entender en el asunto y, como era de costumbre, los alguaciles y el pregonero.
Seguíanla por las calles infinidad de moriscos, que
al escuchar el pregón prorrumpieron en llantos y lamentos, siendo imposible
relatar las escenas lastimosas que se desarrollaban en los lugares donde había
más casas habitadas por familia de los infelices que eran expulsados, y así lo
da á entender estas palabras de un autor coetáneo, el cual escribe que «fué día
de gran tribulación y amargo desconsuelo para esta gente, que, aunque malos
cristianos é indicados de traición, no podían salir sin pena de esta tierra,
donde habían nacido.»
Como la orden del rey era terminante y exigía la
más inmediata ejecución de los moriscos sevillanos, viéronse
en la precisión, mal de su grado, de malbaratar los bienes que poseían, con
gran provecho para los que en la ciudad quedaban, que adquirieron á ínfimos
precios cosas de gran valor, y propiedades de importancia.
A los pocos días de la publicación del bando
comenzaron á salir de Sevilla los moriscos en gran número,
siendo aquella expulsión una de las primeras causas, que, uniéndose luego á
otras de varios órdenes, contribuyó poderosamente á la decadencia en que cayó
la capital de Andalucía al mediar el siglo XVII.
El conde de Teba era mozo galán y de carácter un
tanto ligero, poco dado á meditar sus actos, y esto vino á traerle más de un
lance como el que le ocurrió en 1614 con don Rodrigo Ortiz de Zárate, caballero
de los más significados de la nobleza sevillana.
Entró el conde en la tarde del 1.º de Febrero de
dicho año en casa de unas damas á quienes visitaba y encontró allí á don
Rodrigo, que también frecuentaba el trato de las señoras con más ó menos
intimidad.
Después de cruzar algunas palabras ambos
caballeros, el conde, que aquel día no andaba muy bien humorado, pidió al de
Zárate un pistolete que tenía y después de cogerlo súbitamente, le amenazó en
serio con él, recordándole no se sabe qué antiguos resentimientos, y luego, con
ademán un tanto brusco, le quitó la espada que llevaba de cinto, y sin andarse
con miramientos, fué hacia una ventana que en la estancia había y arrojó por
ella á la calle el acero con gran sorpresa de las damas.
Montó en cólera don Rodrigo por aquella que
reputaba gravísima ofensa y aunque allí le detuvieran por el pronto las damas,
salió de la casa jurando y perjurando que había de matar al conde en venganza
de lo de la espada.
No era para dudar de que estos propósitos del
ofendido caballero quedasen en tales, y así fué, que sabiéndolos algunos
amigos, pusieron el caso en conocimiento del Asistente, que lo era entonces el
conde de Palma, y éste, deseando evitar el lance, y con la esperanza de un
arreglo, mandó llamar el mismo día á su casa al conde de Teba y á don Rodrigo
de Zárate.
Pero aquella entrevista, que con la mejor intención
preparó el Asistente, fué harto desgraciada, pues, al verse frente á frente los
dos enemigos, después de algunas frases altas, Ortiz de Zárate acometió de
pronto furiosamente al conde, y con una espada lo hirió traidora y mortalmente,
sin que pudiera impedirlo el de Palma, que por sujetar al agresor sufrió
también de éste algunos golpes.
Los criados del Asistente acudieron al ruído de la
lucha, y viendo á uno en tierra y á su amo ensangrentado, dieron tan tremenda
paliza á don Rodrigo, que poco faltó para que allí mismo hubiera espirado.
Este suceso, por las personas que intervinieron en
él, y por las circunstancias en que se desarrolló, fué objeto de la atención de
toda Sevilla y causó gran sorpresa á todos el saber que la madre de don Rodrigo
se querelló al Consejo diciendo nada menos que su hijo había sido llamado á
casa del Asistente para que el conde lo asesinase, y que éste, en propia
defensa, se vió obligado á herir.
En el proceso que se formó que fué muy ruidoso y
dilatado, corrieron bien los escudos, por lo cual Ortiz de Zárate pasó, por
toda pena, desterrado á Madrid, donde murió algún tiempo después.
Y ocurrió entonces que, al divulgarse el
fallecimiento, se hizo público un documento que había escrito y firmado de su
puño don Rodrigo el día después de haber dado muerte
al de Teba, en el cual confesaba ser falsa la suposición de haber sido llamado
á engaño á casa del Asistente, documento que él mismo ordenó que no se diese á
conocer hasta ocurrir su muerte, y en el cual se decía:
«Yo D. Rodrigo de Zárate, por descargo de mi
conciencia, digo: Que aunque en la confesión que se me tomó dije, que el conde
de Palma y otras personas me llevaron engañosamente á matarme, con título de
amistad entre mí y el conde de Teba, y yo vine á ello. Y así fuí en compañía
del dicho conde de Palma en su coche. Y estando en su casa, y queriendo darme
satisfacciones el conde de Teba, dije yo que no era menester. Y aguardando
ocasión que estuviese descuidado, herí al conde de Teba, porque llevaba esa intención,
y por eso no había querido satisfacciones, etc............
Y son testigos de esta declaración el P. Fr. Alonso
Bohorques, Rector del Colegio de San Alberto; Fr. Agustín Velázquez; el P. Fr.
Miguel Guerra, y el P. Fr. Gaspar de Cebes, del Orden de San Francisco.—Fecha
en Sevilla á 2 de Febrero de 1614.—D. Rodrigo Ortiz de Zárate.»
Tal fué el curioso suceso que las crónicas
sevillanas registran, y por el que se ve que todos los caballeros de antaño no
eran un modelo en esto de la caballerosidad.
Estaba avecindado en la villa de Utrera, á los
comienzos del siglo XVII, un caballero, de nombre don Pedro de Córdoba y
Guzmán, el cual era tío y tutor de una linda joven que en su misma casa se
había educado, y la cual tenía una fortuna á que no era cosa de hacerle ascos.
La tal sobrina, aunque el don Pedro la tenía
guardada con gran recato, que tocaba en tiranía irritante (se ignora con qué
intenciones) no lo estuvo tanto que pudiera sustraerse á las miradas de un
mancebo de buen porte, el cual se enamoró perdidamente de la utrerana doncella,
siendo, para satisfacción suya, correspondido, y de tal correspondencia vino
luego el peor daño.
Opúsose furiosamente el tutor al casamiento de su
pupila, sin que hubiera quien le convenciera, porque ya se sabe á qué estado de
odiosa y repugnante oposición llegan á veces padres, madres y tutores en esto
de las bodas, lo cual, visto por el fogoso galán, deseando librar á su adorada
de aquel Argel donde gemía cautiva, hizo en Sevilla las diligencias necesarias
para poderla sacar por el Juez de la Iglesia, y corrientes los papeles volvió á
Utrera en compañía del Alguacil Mayor del Cardenal para lograr la realización
de sus ansias.
A los pocos días presentóse el galán en casa de don Pedro, con su Alguacil, á pedir la mano de la niña,
siendo recibido con toda gravedad por el tutor, el cual díjoles, después de
oirlos y con mucha flema, que aguardase un momento, pues iba á avisar á su
sobrina.
Salió en efecto de la habitación y dirigiéndose al
cuarto de la joven, sin más palabras, sacó un puñal, y sorprendiéndola
desprevenida, la asesinó vil y cobardemente de dos puñaladas en el pecho,
volviendo muy tranquilamente á donde el galán aguardaba, á quien manifestó que
su sobrina estaba vistiéndose y no tardaría en salir y que él corría á la calle
á avisar á una señora vecina y amiga de la casa, para que fuese testigo de la
concesión de la mano que iba á hacer.
Descubierto á los pocos momentos el crimen, don
Pedro de Córdoba y Guzmán no tardó en ser preso y traído á la cárcel real de
Sevilla, siendo condenado á muerte al poco tiempo.
El día 2 de Marzo de 1604, el asesino fué degollado
por el verdugo Francisco Vélez en la Plaza de San Francisco, y apunta el
documento contemporáneo de donde saco esta noticia, que el interés que despertó
el caso fué extraordinario, publicándose del suceso muchos romances populares.
Entre los años de triste memoria para los
aficionados sevillanos al arte de Talía lo fué él de 1620, pues en él se
incendió y destruyóse por completo el famoso corral de el Coliseo,
donde tan célebres representantes trabajaron y que tan favorecido era por el
público de nuestra población.
Habíase acordado la construcción del Coliseo hacia
1601 por la ciudad, estando á cargo de la dirección de las obras el maestro
mayor Juan de Oviedo, terminándose el edificio, que era el mejor que de su
clase hasta entonces había tenido Sevilla, en 1607, llevándose en él á cabo
importantes reformas por los años de 1614.
La compañía de Cristóbal Ortiz y los hermanos
Valencianos trabajaban á mediados de 1620 en el Coliseo, con gran satisfacción
de todos, cuando vino á poner súbitamente término al regocijo, la catástrofe
ocurrida el jueves 25 de julio.
Aquella tarde representábase una comedia de Andrés
de Claramonte titulada San Onofre ó el rey de los desiertos, la
cual había obtenido gran éxito y era muy celebrada por todos.
Tocaba la obra á su término, á las ocho de la
noche, cuando súbitamente corrió la voz de que en el coliseo se había declarado un incendio, el cual empezó porque
una bujía prendió fuego en una de las simuladas nubes de papel y tela.
No se acudió á tiempo por los dependientes de la
escena y con extraordinaria rapidez levantóse la llama, que llegó hasta el
techo, el cual pronto comenzó á arder, causando el asombro, la confusión y la
angustia en el público y en los comediantes.
Una Relación contemporánea del
suceso que se conserva en la Biblioteca Colombina, y que debió ser escrita por
un testigo ocular, dice al llegar á este punto:
«El humo, la confusión, voces y llantos,
particularmente de las mujeres, fué tan grande, que unas se arrojaban de las
ventanas, otras de los corredores y otras caían desmayadas, medio muertas; fué
mucho mayor el daño que la turbación les causó, que el que el mismo fuego les
pudiera hacer, si advertidamente y con orden fueran saliendo; pero como el
miedo de la muerte no da lugar á estos discursos, cayendo unas y tropezando
otras en las caídas, empezaron juntamente con el humo á subir al cielo las
voces y quejas de los que se ahogaban sin remedio, como las de los que
faltándoles ya las mujeres, ya los maridos, ya los hijos, ya los parientes y
amigos, juzgaban el peligro en que quedaban aunque estaban ya fuera. No
perdieron la ocasión los ladrones antes más animados de codicia que de lástima,
hubo algunos tan atrevidos que se entraron dentro del Corral, antes
que el fuego estuviese apoderado de todo; y viendo las mujeres en el estado que
se ha dicho, en lugar de sacarlas del peligro, les quitaban las joyas y lo que
podían; llegando la inhumanidad á tanto, que me afirman que (la verdad tenga su
lugar) algunos las acababan de ahogar para robarlas más á su sabor, sin que á
esto pudieran dar remedio los que lo veían, cuyo
peligro propio no daba lugar á cuidar del ajeno.»
Cuantos esfuerzos se hacían por todos para atajar
el incendio resultaban entonces inútiles: en vano trabajaban los que estaban á
salvo por acudir al remedio y en vano se echaba mano de cuantos medios se
disponían entonces en aquellos desgraciados casos.
Desde gran distancia se veían las llamas, denotando
las grandes proporciones del incendio, y la noticia corrió rápidamente por la
ciudad, acudiendo á la calle de los Alcázares y á la Encarnación las
autoridades y multitud de personas, ya movidas por curiosidad ó por el interés
que les inspirara la suerte de los espectadores.
El Asistente, que lo era á la sazón el conde de
Peñaranda, puede decirse que en aquellos difíciles momentos no estuvo ni tardo,
ni desacertado en sus medidas, así como los tenientes y el alguacil mayor que
le secundaron.
«Dividieron—escribe D. José Sánchez Arjona—en dos
cuadrillas, los albañiles, peones y demás gente que acudió á prestar auxilio;
la primera dedicada á salvar las personas que había aún dentro del corral y
la segunda á derribar las casas que confinaban con el coliseo, logrando aislar
y dominar el incendio que duró hasta las tres de la mañana del día 26, no
quedando en pié más que las cuatro paredes y el cuarto de la puerta de la
calle.»
Grandes fueron las pérdidas que aquella catástrofe
produjo, y en la que, según los datos, perecieron unas veinte personas, en su
mayoría mujeres y niños pequeños, que ni tuvieron medios de ponerse en salvo,
ni hubo ocasión de acudir á tiempo en su auxilio.
Un detalle para terminar: de los actores, según la
relación, pudieron todos librarse de las llamas, y de uno de ellos
dice: «El que hacía la figura de San Onofre salió casi
desnudo, con una mata de yedra por paños menores, y los muchachos le siguieron
dándole ¡Vaya! hasta su casa, que estaba lejos.»
LA MADRE CATALINA
Y MAESTRO VILLALPANDO
Escribir la historia detallada de lo que fué la
secta de los alumbrados en Sevilla durante los siglos XVI y
XVII, sería trazar el más interesante cuadro que retratase con toda verdad uno
de los aspectos más gráficos de la sociedad de aquellos tiempos, que no era en
verdad modelo de virtudes, de religiosidad, y de pureza de costumbres.
Pero como de nada sirve querer desfigurar la
historia, el estudio de los documentos, papeles y antigüedades viene á destruir
la dorada leyenda, dando á conocer con toda la realidad lo que fueron nuestros
antepasados, que vivieron en todo el esplendor de la monarquía absoluta.
Casi á mediados del siglo XVI, la secta de
los alumbrados, de la que fueron fundadores
dos sacerdotes, Chamizo y Alvarez, en unión de otros varios presbíteros más,
apareció en Sevilla, siendo su propagación rapidísima; y como quiera que la
Inquisición anduvo algo tardía en intervenir en el asunto, cundió de tal modo,
que beatas, frailes, clérigos y personas relacionadas con el elemento
eclesiástico, se infestaron á cientos de la doctrina.
Era esta una absurda mezcla de misticismo y
sexualidad de superstición fanática y despreocupación; valiéndose de lo
sobrenatural para cometer los actos de la más desenfrenada lujuria y del más
refinado placer material.
Un autor, tan poco sospechoso como Menéndez Pelayo,
ha escrito estas líneas, explicando la herejía de los alumbrados.
«La doctrina que afectaban profesar se reducía á
recomendar á sus secuaces larga oración y meditación sobre las llagas de Cristo
Crucificado, de la cual oración, hecha del modo que ellos aconsejaban, venían á
resultar movimiento del sentido, gruesos y sensibles, ardor en la
cara, sudor y desmayos, dolor de corazón y movimientos libidinosos, que
aquellos infames llamaban derretirse en amor de Dios. Una vez
alcanzado el éxtasis, el alumbrado se tornaba impecable y le
era lícita toda acción cometida en tal estado... Las afiliadas de la secta
vestían de beatas con toca y sayal pardo. Andaban siempre absortas en la
supuesta contemplación, mortecinas y descoloridas, y sentían un ardor
terrible que las quemaba, unos saltos y ahíncos en el corazón que las
atormentaba, y una rabia y molimiento en todos sus huesos y miembros que las
tenía desatinadas y descoyuntadas..... El padre Alvarez les certificaba que aquello
era efecto y gracia del Espíritu Santo; y llevando al último extremo la
profanación y el sacrilegio, comulgaba diariamente á sus beatas con varias
hostias y partículas, diciéndoles que mientras
más Formas, más gracia, y que no duraba la gracia en el alma más de
cuanto duraban las especies sacramentales.»
La lista de los alumbrados sevillanos
sería interminable, y en gran número salían en los autos de fe, y aunque de
todos en completo se ignoran los nombres y las circunstancias de sus procesos,
de muchísimos existen noticias anteriores bien detalladas.
Estas noticias, por las cuales se viene en
conocimiento de lo que era una parte de la población de Sevilla entonces, son
en extremo curiosas y dignas de ser recordadas, máxime cuando el mayor número
de los alumbrados pertenecían al sexo bello y eran, además,
jóvenes y bien parecidas.
No he de relatar en detalles casos de alumbrados y alumbradas jóvenes,
pero solo recordaré uno que produjo gran escándalo é hizo la comidilla en la
población, siendo los protagonistas del suceso la beata carmelita Catalina de
Jesús y el clérigo Juan de Villalpando.
La tal beata era natural de Linares, y de joven
tenía su residencia en Sevilla, donde se tocó de la herejía, y el maestro
Villalpando, que había nacido en Garachino (Tenerife) llegó también de mozo á
la capital de Andalucía, trabando ambos estrecha amistad, que llegó á ser, por
sus locuras, de las más peligrosas.
La beata y el clérigo fueron los fundadores de una
congregación de alumbrados, compuesta de hombres y mujeres que,
hacia 1620, comenzaron á reunirse en lugares apropósito, y en los cuales se
entregaban á las prácticas á que acostumbraban los de la secta.
Aquellas reuniones llegaron á ser en extremo
numerosas y animadas, y á ellas asistían infinidad de personas, la mayoría
embaucadas por la madre Catalina y por el maestro,
que para ello tenían, sin duda, especiales dotes.
Las heréticas prácticas de ellos y sus
proposiciones, eran las de todos los alumbrados, tales como las
predicaciones contra el matrimonio; sus diversas opiniones sobre los
mandamientos, la oración y otros actos religiosos, según consta en la relación
del proceso, de la beata y el clérigo:
Catalina de Jesús se averiguó que «se trataba
regaladamente y se entretenía en comidas y cenas de conversación y de huelgas
en el campo con clérigos, sus devotos; y que con uno, en particular, tenía
tanta comunicación y amistad, que se estaba con ella todas las noches hasta las
diez y las once, y muchas veces solos y á oscuras, y que él tenía llave maestra
de una puerta falsa de casa de las susodichas, por donde entraba de noche y de
madrugada, y que viniendo él de fuera de Sevilla y saliendo de predicar iba á
ver á la susodicha antes de entrar en su casa, haciéndose sospechar que no era
bueno su trato: y que ella apoyaba y encarecía mucho la santidad del dicho
clérigo y de otros sus devotos para acreditarlos; y de uno dijo que tenía
oración en el sér de Dios, y otras cosas semejantes, de que fué testificada por
149 testigos, que se le dieron en publicación».
El maestro Villalpando, por su parte, «había tenido
de muchos años muy particular comunicación con una beata, á quien tenía por
maestra y rendida la obediencia, á cuya casa acudía muy de ordinario de día y
de noche, hasta muy tarde, á las diez y las once, donde lo hallaban cuando lo
buscaban para salir á dar los Sacramentos á los enfermos de la parroquia donde
era cura, y muchos ratos de la noche estaba con ella sin el menor escrúpulo á
oscuras, y entraba en la dicha casa de noche y de madrugada por
una puerta falsa con llave que él tenía de ella, y que tenía retratos de la
dicha beata, unos pintados, otros de talla, en barro, y los abonaba y
encarecía, diciendo que los había hecho por tenerla por mujer muy santa».
Las reuniones de alumbrados que la
madre Catalina y el clérigo presidían, fueron ya tan frecuentes, y las
deshonestidades tantas, que al fin y á la postre, cuando las cosas habían
llegado al escándalo y eran muchas las mujeres seducidas por ambos, la
inquisición tomó cartas en el asunto y los dos fueron presos, terminando allí y
viniendo á tierra todas sus reuniones y conventículos.
En el proceso formado á la beata y su amigo, se
pusieron en claro todos los particulares que eran menester, y ambos, en unión
de diez reos más, salieron en el auto de fe que se celebró en San Pablo en el
último día de Febrero de 1627, y del cual se lee en la Relación que
existe en la Biblioteca Colombina, reproducida por don Joaquín Guichot.
«El deseo que el pueblo tenía de saber la
resolución que se tomaba en las causas del Maestro Juan de Villalpando y
de Catalina de Jesús, que habían sido presos por este Santo Oficio
muchos días había, lo movió de manera que con ser este Auto particular, vino á
ser el más solemne y de mayor concurso de gente, así de la ciudad como
forastera, que jamás se ha visto en otro; pues con ser muy grande la distancia
que hay desde las casas del Santo Oficio hasta el dicho convento y la Iglesia
de él, que es de las mayores de esta ciudad, hubo gran dificultad en pasar los
presos y el acompañamiento del Santo Oficio por las calles y en entrar en dicha
Iglesia, según todo estaba ocupado de gente que se había prevenido y tomado
lugar desde la media noche.»
La madre Catalina fué condenada á estar reclusa
seis años en un convento ú hospital, á rezar todos los días de su vida el
rosario, á confesar con quien la Inquisición le señalase y á ayunar todos los
viernes, ordenándose también «que se cogiera por edictos públicos cualesquiera
cosa de su persona ó vestidos que se hallan dado por reliquias ó cualquier
retrato suyo y todos sus escritos de molde ó de mano.»
En cuanto al maestro Villalpando, se retractó en
público de las veinte y dos proposiciones que le fueron señaladas y se le
condenó á estar preso cuatro años en un monasterio sin poder decir misa, y á
ser privado de administrar durante su vida los sancionamientos y á pagar 200
ducados y á hacer ciertos ejercicios religiosos....
Con aquellas sentencias desaparecieron de la escena
los dos famosos alumbrados que tanto ruido dieron, terminando
su vida obscuramente y arrepentidos, según es de creer, de sus pasadas locuras
y escándalos.
El Asistente de Sevilla en 1621 era el conde de
Peñaranda, el cual dió pruebas de ser hombre de carácter tal, que lo retrata el
siguiente hecho, rigurosamente histórico:
Varios muchachos de esta ciudad se encontraban
reunidos entregándose á diversos juegos, con frecuencia inocentes pero cayeron
cierto día en uno que ya no lo era tanto y fué decir que estaban formando
cierta conjura para á uno de ellos proclamarlo rey, como si esto fuera cosa que
en sus manos estuviese.
Tuvieron conocimiento de la broma algunos
alguaciles, y un día, en que los muchachos estaban reunidos, fueron
sorprendidos por la autoridad, y aunque escaparon algunos, lograron ser siete
de ellos presos, seis de Sevilla y el último, hijo de un noble cordobés y el
cual muchacho no pasaba de 13 años.
Enterado el conde de Peñaranda del caso, lo tomó
tan á pechos, que encausó á los jóvenes imberbes, haciendo que contra ellos se
formase un proceso formal, nada menos que como perturbadores de la tranquilidad
del reino. Y así, aceleró los trámites de una injusta causa de Estado, despachó
correos á la Corte, abultando infamemente los hechos, y la sentencia fué condenar á muerte á los mozos, que tal era la
justicia en aquellos tiempos.
En el mes de Enero fueron ejecutados los siete
mancebos en la Plaza de San Francisco, escribiendo D. Diego Ignacio de Góngora
en el manuscrito que está en la Colombina, estas palabras sobre el suceso, que
no creo se pondrán en duda:
«Este hecho lo referían así mis padres y mayores
que lo vieron: y decían que había causado mucha lástima y compasión en Sevilla,
porque la poca edad de los supliciados daba prueba manifiesta del ningún
fundamento y sustancia del delito y de la acusación. Atribuyeron á rigor y suma
celeridad del Asistente, en la ejecución del castigo; mas como era materia tan
grave de suyo, y que á las voces que corrían se debía dar cumplida satisfacción
para escarmiento y ejemplo, su señoría no perdonó diligencia ni admitió término
dilatándola. Se dijo que el padre de uno de ellos, que era muy rico, ofreció
sumas considerables de dinero por el perdón del hijo. En fin, la ejecución fué
espectáculo que acongojó el ánimo de los que la vieron.»
La historia de Cosme Sevaro, es de las más famosas
que registran las memorias sevillanas.
Catalán era Cosme, ejercía el oficio de sastre en
la calle de los Fundidores, hoy de Hernando Colón, y estaba casado con Manuela
Tablante, hermosa hembra, la cual gustó más que de su marido de un robusto mozo
llamado José Márquez, oficial que en la tienda estaba, y como ambos eran
jóvenes y de sangre inquieta, no tardaron en entenderse muy á su sabor y sin
que nada llegase á sospechar el buen alfayate de lo que pasaba en su misma
casa.
Hubo de descubrir éste, después de mucho tiempo, su
deshonra; pero no fué hombre de los que se dan á la justa cólera, ni menos
pensó en vengar el agravio con propia mano, sino que entabló querella ante
escribano, y, presos la Tablante y Márquez, se les condenó á la última pena en
22 de Octubre de 1624.
Pero muchas simpatías debían de tener los reos
entre cierta gente de Sevilla, cuando, apenas se colocó el tablado para la
ejecución, un grupo numeroso de hombres lo destruyó, y otro que se hizo
enseguida fué deshecho y quemado también la noche del 24 del citado Octubre.
Por fin, con auxilio de la tropa, se puso un tercer tablado, y el 25 por la mañana, después de haber
tomado las autoridades grandes precauciones, llevaron allí á los dos reos y al
sastre Cosme, que debía presenciar el castigo.
Mas hé aquí que, cuando llegaron los amantes y
estaban en el patíbulo, comenzó á levantarse un rumor sordo en el público que
llenaba la plaza y el cual fué tomando mayores proporciones, hasta oirse por
algunos sitios la palabra perdón.
Entonces apareció por el arco del convento de San
Francisco un gran número de frailes en procesión con velas encendidas, llevando
en alto un crucifijo, y los cuales, venciendo la resistencia de los soldados,
se abrieron paso con dificultad y subieron al tablado con priesa,
arrodillándose ante el sastre pidiéndole con sentidas expresiones que perdonara
á los culpables.
La esposa cayó también á los pies del marido y
entonces se desarrolló una escena por demás original.
«Clamaban—dice el manuscrito del conde del
Aguila—los alaridos de la gente porque la mujer era hermosa: cuatro de los
religiosos se abrazaron con el marido sin dejarle menear y ayudados de otros y
diciendo á grandes voces:—Ya ha perdonado—echaron abajo á la mujer, que
dió un salto por la escalera como una gata, y sin cesar las voces de—Ya ha
perdonado—fué notable el alarido y contento de todos, y se la llevaron en
volandas á San Francisco. Cosme, alzando el brazo, lo meneaba muy depriesa,
haciendo señales de que no era verdad, pero seguían las voces de perdón y
echaron en el bullicio del tablado abajo al adúltero medio muerto y lo llevaron
también á San Francisco, quedando allí Cosme llorando.»
El final de la historia fué que José Márquez pasó á galeras, que el sastre catalán perdonó algunos días
después á su amable costilla haciéndola que entrara en un convento; pero
Manuela Tablante, que era mujer de empuje, escapó del convento y vivió suelta
muchos años en toda libertad para entregarse á mil amoríos en la ciudad, por
los que se hizo famosa.
En verso y prosa se publicaron y circularon
profusamente por Sevilla á raíz del suceso multitud de relaciones á
cual más curiosas y de las cuales se conservan algunas de que no he de hacer
mención por lo dilatado que resultaría este apunte y en todas ellas se
encuentran curiosos detalles sobre el nunca visto suceso de Cosme Sevaro.
Andaba por Sevilla en los comienzos del siglo XVII,
un sujeto á quien todos conocían con el nombre del hermano Juan de Jesús María,
el cual iba por las calles con hábito de tercero ó ermitaño y
con mucha humildad y constancia pedía limosna para las huérfanas.
Como parecía hombre pacífico y su edad era mayor de
los cincuenta años, entraba y salía fácilmente en muchas casas,
siendo no despreciable la cantidad de maravedises que diariamente reunía, de
los cuales daba pruebas que los empleaba en santos fines su aspecto de pobreza
y humildad de su pelaje.
Así anduvo el limosnero de huérfanas durante mucho
tiempo y llegó á hacerse popular en Sevilla, sin que nadie sospechase de él que
pudiera ser otra cosa que un sano varón, temeroso de Dios....
Pero ¡ay! que los que no obran recto, por muy
redomados é hipócritas que sean, al fin y á la postre son descubiertas sus
arterías, y esto vino á pasarle al hermano Juan de Jesús María, á quien en 1623
la Inquisición echó el guante y metió en prisiones, quitándole para siempre de
andar correteando por calles y plazas de limosnero de huérfanas pobres.
Y con razón obraron entonces los de la vela
verde, porque de diligencia en diligencia averiguaron del hermanito las
siguientes gracias, las cuales fueron probadas todas con testigos y con los
detalles necesarios.
Juan de Jesús María había «dicho proposiciones
heréticas y blasfemias, en particular que estaba tres veces confirmado en
gracia, una por los pecados mortales, otra por los veniales y otra por las
imperfecciones; dijo que lo bautizó la Santísima Trinidad, y que el Angel de su
Guarda era Nuestra Señora: que no tenía necesidad de la intercesión de los
Santos ni de las imágenes que eran añagazas: que Nuestro Señor le había
concedido un Jubileo como á San Francisco: que todas las personas que le dieran
limosnas para entrar dos hijas monjas no se habían de condenar: dijo, que
mientras más veces comía y bebía se sentía más bien para la oración; que con
los abrazos comunicaba á las mujeres el Espíritu y amor de Dios, y así las
abrazaba y besaba diciendo que de él no se pegaba
nada de la comunicación de las mujeres, porque estaba en el estado de la
inocencia, y que no tenía nada de la carne de Adán, etc., etc.,» probándosele
también que hacía creer á muchos que sacaba almas del Purgatorio, que había
subido al cielo nada menos y que allí lo habían bautizado; que tenía éxtasis y
que durante mucho tiempo no habían sido otros sus propósitos que hacerse pasar
por ser santo digno de ser venerado en los altares.
Mal año fué, con todo esto probado, para el hermano
ermitaño, el año de 1624, pues el 30 de Noviembre salio en el auto público de
fé celebrado en la Plaza de San Francisco con 43 penitenciados más, siendo
condenado á sufrir cien azotes de los más enérgicos, á «reclusión perpétua en
un hospital ú convento donde no comulgase sino las Pascuas, ó para ganar algún
jubileo en artículo de la muerte.»
Los públicos azotes los sufrió el hermano Juan de
Jesús María el 12 de Diciembre, en que paseó las calles de Sevilla, de muy
distinta manera que en otro tiempo lo había hecho, y todas estas noticias
constan en el antiguo manuscrito que existe en la Biblioteca Colombina de
sucesos sevillanos.
Jerónima Jacinta era mulata, estaba casada con un
sujeto de no muy buenos antecedentes, y vivía en Sanlúcar de Barrameda en el
primer tercio del siglo XVII.
El marido de la Jerónima, ó bien fuera porque se
cansase de ella, cosa que no tiene mucho de extraño, ó porque anduviera en
pasos no muy buenos, fué lo cierto que de la noche á la mañana se huyó de su
lado y procuró por cuantos medios pudo, que su cara mulata no volviese á tener
de él más noticias.
Esto, naturalmente, desesperó á la mujer, que debía
estar muy prendada de su hombre, del que no le era fácil pasarse sin su
compaña, por cuanto comenzó á hacer muchas y muy activas diligencias sobre el
paradero del desenamorado esposo, y viendo que sus pesquisas no le daban
resultado, consultó á varias amigas, las cuales la informaron que para que
volviese al hogar el marido, no tenía sino que consultar con una famosa
hechicera que era especialista en tal linaje de asuntos.
Ella se decidió bien pronto, y cuando ya estaba
dispuesta á ir al antro de la bruja, informóla otra amiga, que también era
mulata, que con que enviase á la maga una trenza de la camisa, ella se la
volvería luego con tal virtud adobada, que,
practicando puntualmente lo que le fuese ordenado, ya estaría entrando por las
puertas el infiel marido.
Entregó la Jacinta su trenza, con algún dinero que
le exigieron, pues no era cosa de dar la felicidad de balde, y recuperó á los
pocos días su trozo de camisa, mandándole á decir la bruja que con que lo
quemase á fuego muy vivo era lo suficiente para que viese cumplidos los
vehementes deseos.
Quemóse la trenza, pero en vano esperó días y
semanas el retorno del marido, y ya desesperada, fué tanto su odio y la
indignación que contra la hechicera estalló en su pecho que, decidida, salió de
Sanlúcar y vínose á Sevilla, donde se presentó ante el tribunal de la
Inquisición, denunciando á la bruja con todos sus pelos y señales, y haciéndose
los siguientes cargos que constan en el traslado sacado de la relación
del auto de fé celebrado el Domingo de Cuaresma última de Febrero del año de
1627, y que no dejan de ser chistosos.
Dijo Jerónima Jacinta "que había visto que la
dicha mujer había echado suertes tres ó cuatro veces con unos granos de cebada,
echándolos en un puchero con agua, contándolos y diciendo: Saque,
machaque, Barcebú, Barrabás, el demonio mayor del infierno; y que luego
tomaba un Christo poco mayor que la palma de la mano, y teniéndole sobre la
misma palma, con un cuchillo hacía unas rayas en sus mismos dedos y otras en el
suelo y en la pared, y luego las borraba soplando, y que cuando las hacía
rezaba entre sí, y que tenía un paño todo en que había un pedazo de cabello
como mostacho de hombre y la dicha mujer le dijo que aquello era para echar
suertes; y que había comprado un asno prieto por doce ducados para darlos á los hombres; y que vendía cada migaja por
ocho reales; y que cuando echaba las suertes con la cebada, sacaba un papel
donde tenía un pedazo de ara consagrada, y que á ella le había dado un pedazo
diciendo que era buena para traer amigos.»
La Inquisición tomó en cuenta la denuncia, y
haciendo sus averiguaciones, echó mano á la mujer de los hechizos con la
intención de poner coto á sus habilidades.
Pero fué lo gracioso que, de tal manera se las
arregló la bruja, que dejó por embustera y falsa á la denunciadora, que no pudo
por su mal probarle nada de lo que contra ella había denunciado.
Con esto pagó á la postre la mulata, pues la
obligaron á declararse calumniadora y salió en el ya citado auto de fe de 1627,
en compañía de otros condenados como la beata Catalina de Jesús, el clérigo
Juan de Villalpando, de quienes ya me ocupé, el esclavo Domingo Vicente, Luisa
Narváez y otros pájaros de cuenta.
En resumen, la mulata Jacinta fué condenada á «salir
con coroza blanca, á sufrir doscientos azotes y diez años de destierro»,
siendo de suponer que no le quedarían ganas de consultar con más brujas, ni de
hacer más averiguaciones para atraer al fementido esposo.
El veinticuatro de Sevilla, D. Fernando Melgarejo,
hombre de alta posición y muy conocido de todos fué de aquellos que dejan fama
entre sus contemporáneos, bien que ésta no era de las envidiables, aunque sí
muy sonada.
Era don Fernando marido de doña Luisa Maldonado,
señora formal y grave, pero sin duda, su demasiada gravedad y rigor debieron
aburrir al marido, caso que no es raro, y puso los ojos en una hermosa y alegre
sevillana llamada doña Dorotea Sandoval, unida en el dulce lazo del matrimonio
con un sujeto cuyo nombre calla la historia, y por cierto que es gran lástima.
Correspondido en sus amorosas pretensiones,
Melgarejo, que debía ser de aquellos á quien inquieta poco el qué dirán,
contando con el beneplácito del marido de doña Dorotea, fuese á vivir con la
dama saliendo con rumbo á los gastos de la casa y no poniendo tasa en muebles,
joyas y caprichos.
Así duró la cosa mucho tiempo, y al cabo de años,
deseando cortar aquel escándalo, que en la ciudad era público por la calidad
del héroe, los alcaldes del Crimen de la Audiencia intervinieron en el asunto,
desterrando de la ciudad á doña Dorotea, que á poco
volvió tranquilamente á seguir la antigua vida, pues la influencia de Melgarejo
era grande y su carácter pesaba mucho en autoridades y personas.
Tenía el señor veinticuatro un natural violento,
con facilidad montaba en cólera inusitada, razón por la que era llamado por el
vulgo Barrabás: y así se explica que en cierta ocasión, como
sorprendiera á un mozalbete haciendo desde la ventana de una casa frontera
señas á doña Dorotea en punto en que ésta también estaba al balcón, cogió á su
amante violentamente y allí mismo dióle una monumental paliza, á la vista del
honrado marido, que mientras zurraban á su esposa le decía con mucha flema:
—«Amiga, ¿cuántas veces te dije que no te asomases
á esa ventana; mira que el señor don Fernando ha de venir á saberlo y ha de
costarte muy caro?»—Y dirigiéndose al iracundo veinticuatro, le repetía:—«Señor
don Fernando, prometo á usted que tiene menos culpa Dorotea de lo que le han á
usted encarecido.»
A consecuencia de este escándalo y de otros que
siguieron, la hermosa apaleada huyó á un convento; pero el marido, haciendo
presente que estaba enferma, la sacó de él, volviendo todo al mismo estado,
hasta el 16 de Junio de 1627, en que falleció doña Dorotea de Sandoval, con
gran sentimiento de Melgarejo, que dió las mayores muestras de dolor.
Éste mandó decir misas á la difunta en todos los
templos de Sevilla, costeó gran funeral, y el 17 de Junio, que fué el entierro,
lo presidió el propio amante, asistiendo al acto los caballeros principales de
Sevilla, apesar de que todos eran tan morales y tan piadosos y devotos.
Poco tiempo después murió también la esposa de
Melgarejo, doña Luísa Maldonado, pero de su entierro, cuando nada dicen las
relaciones antiguas, prueba que debió de no revestir la pompa y solemnidad que
el de la famosa Dorotea.
El marqués de la Algaba, noble sevillano que en la
primera mitad del siglo XVII era muy conocido en la ciudad, tuvo un desafío con
el Asistente de la ciudad, el cual desafío fué célebre por circunstancias
diversas, y cuyo motivo fué el siguiente:
En la casa de los jesuitas hubo una gran función
religiosa á fines de Agosto de 1628, y para asistir á ella como era propio de
su rango, el marqués de la Algaba mandó á los ignacios que le
colocaran en lugar preferente del templo una gran silla con su reclinatorio y
almohadas. Mas hete aquí, que á la dicha función ocurriósele asistir también al conde de la Puebla Asistente de la ciudad,
y al ver el sillón preparado para otro, mandólo quitar sin más miramiento,
porque entendía que si él, que era tan alta autoridad, no tenía preferencia, no
debía permitir que ningún marqués de la Algaba ni de ninguna parte la tuviera
en su presencia.
Y aquí fué el origen del desafío, porque el marqués
montó en cólera y retó al conde, acudiendo los dos rivales á los pocos días á
las inmediaciones de la ermita de San Sebastián, donde se batieron briosamente,
mas cuando era más empeñada la lucha se rompió la espada del Asistente, parando
sus golpes el de la Algaba.
Entonces dice un documento:
«Acudieron amigos de ambos, mediaron y terminó la
contienda. El Regente de la Real Audiencia los procesó, prendió y dióles su
respectiva casa por cárcel, con centinelas de vista. El año siguiente (1629) el
marqués de la Algaba se libró, merced al indulto general concedido, en
celebridad del nacimiento del Príncipe Don Baltasar Cárlos.»
Sobre este desafío se hicieron infinitos
comentarios, encontrándose muy divididas las opiniones sobre la conducta que
siguieron los dos contendientes, no siendo menos las conversaciones á que dió
margen otro suceso ocurrido poco tiempo después y en el que también
intervinieron como partes principales personas de noble abolengo.
Del apellido Esquivel existían dos familias
principales el siglo XVII, y para distinguirlas, el vulgo añadía á sus
apellidos los nombres de los barrios donde tenían sus casas solariegas,
llamando así á unos Esquiveles de San Vicente y á otros Esquiveles
de San Pedro. Estos últimos eran varios
caballeros, los cuales encontráronse en la mañana del 16 de Septiembre del
citado año del de 1629 con un individuo, también de calidad, y con el cual
habían tenido en diversas ocasiones disputas y rivalidades.
El encuentro fué, ciertamente, desgraciado, pues
apenas se vieron los rivales, enzarzáronse de palabras, tirando de las espadas,
y, con gran cólera, se arremetieron briosamente; mas como quiera que los
Esquiveles eran varios, y en auxilio de ellos vinieran algunos criados, vióse
el caballero, que estaba solo, obligado á huir, arrojando el acero.
Persiguiéronle los otros, y viendo en su huída el
apurado sujeto abierta la puerta de la iglesia de San Pedro, penetró en ella en
el momento en que un cura decía misa, arrojándose á sus pies todo afligido y
lleno de terror pánico.
Pero los perseguidores no se detuvieron y también
entraron atropelladamente en el templo con las espadas desnudas, y hasta el pie
del altar persiguieron al enemigo sin consideraciones ni respetos algunos,
diciendo el antiguo manuscrito de efemérides sevillanas, donde se cuenta el
suceso, que «el sacerdote se quitó la casulla y echósela encima al caballero; y
apesar de esta prevención, sus contrarios le dieron de estocadas, pasando la
casulla, y lo mataron. Antes de morir tuvo tiempo de confesar, y perdonó á los
agresores, que salieron precipitadamente de la iglesia, uno de ellos mal
herido.»
Este asesinato, que conmovió á toda la ciudad por
las circunstancias que le rodearon y las personas que en él intervinieron, no
pudo ser castigado por la justicia, pues los autores materiales del hecho
desaparecieron, tal vez protegidos por los instigadores, si bien se dijo que
todos, pobres y fugitivos, no tardaron en tener un
desagradable fin.
El prior del monasterio de frailes cartujos de
Santa María de las Cuevas, en 1630, era un varón respetable, no sólo por su
mucha ciencia sino por sus virtudes, que al decir de todos, las poseía en alto
grado, tanto más dignas de encarecer si se tiene en cuenta que ya en el siglo
XVII no regía en aquella casa toda la rigurosa observancia de las estrechas
reglas de la orden, como lo fueron en los primeros tiempos que siguieron á su
fundación.
Este prior tenía muy estrecha conciencia y se
andaba con gran tiento y pulso en lo del examinar detenidamente á los monjes,
siendo en extremo celoso é inflexible cuando de sus condiciones morales y
conducta se trataba.
Por esto, algo debió observar que no fuera de su
agrado ni le pareciera conveniente, cuando se negó á dar licencia para órdenes,
á un monje llamado don Pedro Pavón, el cual de
contínuo demostraba cuántos y grandes eran los deseos que de verse con tales
licencias tenía.
Y como quiera que Pavón fuese hombre de carácter
violento, y en la negativa de su prior viese, ofuscadamente tal vez, algo de
personal enemiga, exaltóse hasta tal punto, que la mañana del 19 de Diciembre
levantóse de tan mal talante y con tan negras intenciones, que sin más ni más
se fué derecho á la celda del prior, donde éste se hallaba tranquilamente,
acompañado de un lego que le servía.
Entró Pavón resueltamente, y casi sin hablar
palabra, se precipitó sobre el prior, y armado de un puñal lo hundió varias
veces en el pecho de su víctima, que cayó en tierra sin poder defenderse.
Rápido, y presa de insana y criminal furia, Pedro Pavón acometió enseguida al
lego, que huyó despavorido, sin que lograra, apesar de su diligencia, librarse
de una terrible puñalada que le atravesó la garganta.
A los gritos de los heridos acudieron los frailes,
quienes después de muchos esfuerzos, consiguieron sujetar al criminal mientras
otros recogían los ensangrentados cuerpos.
Diez y siete días después de aquel suceso (28 de
Diciembre), expiró el prior, y como el crimen había sido conocido en toda
Sevilla, produciendo la mayor sensación, fué inmenso el concurso que acudió al
monasterio de la Cartuja y á ver el funeral y entierro, al que también asistió
el Asistente, vizconde de la Corzana, y los caballeros veinticuatros, con otras
muchas personas graves y de alta significación en la ciudad.
Y escribe don Diego Ignacio de Góngora, que al
cadáver del prior le pusieron «corona de mártir» y que el lego
murió el día 30 sin que para él hubiese lo de la corona, aunque en verdad
también la merecía.
En cuanto al criminal, aunque lo sentenciaron á ser
entregado al brazo secular para quitarle la vida, se probó que estaba loco, y
lo encerraron en el convento de San Juan, en donde se dice que murió por los
años de 1678.
Para que este succeso fuese todavía más digno de
llamar la atención, vino á unirse á él lo extraordinario del siguiente cuento
que consigna cándidamente Góngora.
«En el convento de Miraflores, un cartujo virtuoso,
que conocía al Prior de Sevilla (sin saber lo que acá había pasado) vío que
Santa Justa y Rufina (!) presentaron en el cielo al Prior de Sevilla con una
guirnalda de flores y una rica capa carmesí, en los brazos de Nuestra Señora.
Así se ve pintado en una lámina en la hospedería alta del convento, y el
entierro en la baja.»
Todo esto aumentó, como es consiguiente, la fama
del asesinato del Prior de las Cuevas, suceso que entretuvo por largo tiempo á
las gentes, y que bien merece consignarse, para saber como la gastaban algunos
hombres del siglo XVII, cuando los contrariaban sus superiores.
Bien conocida es la historia de la originalísima
mujer doña Catalina de Erauso, monja en San Sebastián, que mal avenida con su
sexo, se fugó del convento en 1607, á la edad de quince años, y disfrazada de
hombre, marchó á Indias, donde siguió por mucho tiempo una vida llena de lances
y aventuras, que no es del caso recordar, sentando después plaza en el
ejército, donde por su valiente comportamiento y los muchos hechos de armas en
que tomó parte, logró el grado de alférez. Y sabido es también, cómo fué allí
descubierto su sexo y vuelta á España en 1624, donde la fama de sus hechos y
extraña historia, se divulgó bien pronto, llamando la atención de todos,
alcanzando tanto renombre, que en 1625, el rey Felipe IV le mandó dar 800
escudos en premio de su valor y el título de alférez, y el papa Urbano VIII le
concedió especial permiso para que durante su vida usase, como hasta allí lo
había hecho, el traje masculino.
Esta singular mujer estuvo en Sevilla en 1630,
cuando su nombre era conocidísimo en toda la península, y aquí permaneció breve
tiempo, disponiéndose para embarcar de nuevo á América, siendo aquél su último
viaje, pues la monja alférez desapareció en 1635, sin que se
volviese más á saber de ella.
En Junio del citado año de 1635 doña Catalina de
Erauso vestida con su traje militar, paseó las calles de la capital de
Andalucía, excitando la curiosidad de todo el pueblo, y siendo recibida en las
casas más principales, donde suspendía á cuantos la escuchaban con el relato de
sus novelescas aventuras.
El día 4 de Julio fué á la Catedral sevillana
la monja alférez, donde oyó misa, y cuenta un testigo que, á su
entrada y salida del templo, la rodeó la gente curiosa, que la siguió por las
calles hasta su posada.
Vivía entonces en Sevilla el celebre pintor
Francisco Pacheco, y este artista, excitada su curiosidad por aquella mujer
singular, la llamó á su estudio y le hizo un notable retrato al óleo, retrato
del cual da las siguientes noticias don José María Asensio.
«Pacheco aprovechó su permanencia en Sevilla (la de
la monja alférez) para hacer su retrato, cuyo original, vendido, según parece,
por un comisario de guerra sevillano al coronel B. Shepeler, encargado de
negocios de Prusia en Madrid, vino á parar á poder de don José María Ferrer,
quien lo publicó en la historia de aquella mujer extraordinaria en la edición
que se hizo en París en 1829.»
El capitán Miguel de Chazarreta, que iba de general
de la flota de Indias en 1630, se dispuso á llevar con sus tropas, á la monja
alférez, y según el testimonio del contador Manuel Fernández Pardo, oficial
mayor que era entonces de la Contaduría de la Casa Contratación de Sevilla, en
los libros de dicha Contaduría se sentó la cédula del rey y el pasaje de la
famosa guipuzcoana con el título de el alférez doña Catalina de Erauso.
Un antiguo escritor de curiosidades sevillanas, el
ya nombrado don Diego Ignacio de Góngora, da noticias de
la estancia en Sevilla de doña Catalina, y escribe en este punto las siguientes
líneas:
«Yo hablé con el P. Fray Nicolás de Rentería,
religioso capuchino, que murió portero en el convento de religiosos capuchinos
de Sevilla, hombre ya muy anciano, que, siendo mozo y seglar, había estado en
las Indias, en la provincia de Nueva España, el cual me dijo que había conocido
á la monja alférez en Veracruz, donde tenía una recua de mulos
para llevar las ropas y mercaderías que traían la flota á Méjico y tierra
adentro y bajar la planta que embarcaban los galeones, y que había realizado
mucho caudal en este género de tráfico y ocupación.»
Partió la monja alférez de nuestra
ciudad en el verano del mismo año de 1630 con la gente del capitán Chazarreta,
dejando por largo tiempo recuerdo de su estancia en Sevilla y recuerdos en la
memoria de todos de su porte y traza, y que describe así uno de sus biógrafos:
«Era Catalina demasiado alta como mujer, aunque no
tenía la estatura ni la presencia de un arrogante mozo. De cara no era fea ni
bonita. Eran negros, brillantes y muy abiertos sus ojos y las fatigas más que
los años alteraron pronto sus facciones. Llevaba los cabellos cortos como los
hombres, y perfumados, según la moda. Vestía á la española. Poseía aire
marcial, llevaba bien la espada y su paso era ligero y elegante. Sólo sus manos
tenían algo de femeninas, en las palmas más que en los contornos, y su labio
superior estaba cubierto de negro y ligero bozo, que, sin ser verdadero bigote,
daba un aspecto viril á su fisonomía.»
Tal era, físicamente, aquella monja sin par, y
tales las curiosas noticias que existen de su estancia en Sevilla, donde tanto
llamó la atención de las gentes.
LA ÚLTIMA HAZAÑA DE UN VALENTÓN
Juan Morán era mozo de chapa, valentón de oficio,
aficionado á lo ajeno y hombre que había en su larga carrera cometido
tantas tropelías, que al cabo y al fin vino á dar en que la justicia le
condenase á la pena de horca, como remate á sus numerosos delitos.
Al efecto, el día 6 de Septiembre de 1633,
reuniéronse en la Audiencia los alcaldes de Sala, y con todas las ceremonias
comenzaron la relación de la causa del ínclito Morán, que muy contrito y
arrepentido, al parecer, escuchaba la relación de la cuenta interminable de sus
crímenes.
Mas de pronto, acordándose el valentón de lo que
había sido, y encendiéndose su sangre toda ante la idea de que iba á morir sin
honra ni provecho, tuvo un arrebato vehementísimo, y sacando un cuchillo que
oculto llevaba, fué su primera acción acometer al alcaide de la cárcel, Antonio
Brito, que estaba más próximo, hiriéndole de una terrible puñalada que lo
derribó, y al punto, sin perder instante, cogió una espada á otro sujeto, y
armado de ella subió las gradas del estrado con intención de asesinar á sus severos
jueces.
En la sala se produjo una confusión espantosa:
todos gritaban, todos estaban en movimiento, y los señores alcaldes, que se
vieron venir sobre ellos á Juan Morán, saltaron de sus sillones y detrás de los
asientos muy agazapados procuraron esconderse llenos de terror, pues todos se
veían ya atravesados por el acero del bravo.
Así lo hubiese ejecutado el valentón si no da la
casualidad que, ya en el estrado, tropezase y cayese, en cuyo punto se
arrojaron sobre él alguaciles, mozos y público y le hirieron ferozmente.
Media hora después estaba la horca levantada en la
Plaza de San Francisco y á ella fué arrastrado Juan, á quien habían cargado de
cadenas.
Después de ejecutado el valentón se le cortó una
mano, que se clavó en la puerta de la Cárcel real, siendo este el desgraciado
fin de la vida de Juan Morán, de cuyos hechos he visto más de una antigua
relación impresa.
En la calle de Harinas existía una posada de las
más acreditadas de la ciudad y de la que era dueño un matrimonio que tenía
cierto capital, pacíficamente adquirido en el ejercicio de su comercio.
La esposa era, según las memorias, mujer muy
hermosa, y á lo que parece, debía de estar prendada de su marido, y ser, á más,
honesta y muy cumplidora de sus deberes.
En el año de 1633, un caballero navarro y de
posición, que vino á Sevilla á particulares asuntos, hospedóse en la posada de
la calle de Harinas, y como quiera que el tal fuese joven y de sangre inquieta,
comenzó á requebrar á la mujer del posadero, con tanta insistencia y tan
arriscado, que la mujer llegó á alarmarse, viéndose precisada á tomar algunas
medidas para defenderse del peligro que la amenazaba.
Don Bernardo de Beamonte, que así se llamaba el
caballero, era, como buen navarro, testarudo, y la negativa de sus pretensiones
amorosas le empeñó más y más en ellas, dándose el caso de que la posadera, para
evitar encuentros y asechanzas, adoptase, como
prudente medida, la de irse por algunos días á vivir con ciertos lejanos
parientes.
Entonces don Bernardo, que no debía ya estar muy en
su juicio, dedicóse á buscarla por toda la ciudad, y así anduvo el hombre
varios días bebiendo los vientos, sin resultado alguno. Mas héte aquí que el
Sábado Santo, al pasar el enamorado por las gradas de la Catedral, vió salir de
la Basílica á la hermosa posadera, que acababa de oir la misa mayor, y lo mismo
fué verla se dirigió como un rayo á la mujer, que, asustada de la actitud de
don Bernardo, volvió á entrar en la iglesia, temiendo algún desastre.
Y no fueron, á la verdad, infundados sus temores,
pues el caballero acercóse á ella, volviendo á reiterar sus pretensiones con
violenta y turbada actitud, causándole tal explosión de enojo y cólera el
verse, como en otras tantas ocasiones, rechazado, que allí mismo tiró de la
daga y con ella se avanzó á la mujer, hiriéndola gravemente en el hermoso
rostro, causa de sus desazones y de sus inquietudes.
El escándalo que á la puerta del templo se produjo
fué enorme, y aprovechando entonces la confusión de los primeros momentos, don
Bernardo huyó entre la gente, llegando á buscar asilo al convento del Carmen,
que era el recurso entonces de los que cometían un delito.
Allí quedó oculto el navarro por unos días, sin que
la justicia supiera su paradero, ni tampoco lo conociese el marido de la
posadera, que tenía gran empeño en dar con el que tanto propósito había
demostrado en deshonrarle.
Pero de allí á poco el esposo, fué más afortunado
que los golillas, y habiendo sabido el lugar donde
don Bernardo de Beamonte se ocultaba, el día 28 de Marzo de 1633, fuése muy
disimuladamente al convento, y habiendo conseguido llegar hasta la celda que
servía de prisión al caballero, lo encontró descansando muy descuidado, y sin
andarse con más palabras, le asesinó con un cuchillo.
Preso el matador, fué juzgado inmediatamente, pero
tales fueron las circunstancias que en el hecho concurrían, que la justicia, el
día 18 de Abril, lo puso en libertad bajo fianza, según consta en las Memorias sevillanas
de donde tomo la noticia de este suceso.
Lo que no dicen las Memorias es si
el rostro de la mujer quedó muy desfigurado con las cicatrices de las heridas
que le causó su acalorado pretendiente, á quien tan caro costó el prendarse de
posadera honesta.
No hacen memoria alguna los historiadores, de un
escribano del crimen de la real Audiencia, que vivió en Sevilla hace tres
siglos, y por cierto que es gran lástima, y es imperdonable olvido, pues el tal
quedó como hombre famoso y dió mucho que hablar en la ciudad y metió en ella
ruído, teniendo que intervenir en sus asuntos el mismo rey Felipe IV y todo el
Concejo, como verá el que siga leyendo.
Don Roque Simón era el nombre del escribano, y
aunque en un principio tenía escasa fortuna, tomó un Oficio, y apenas se vió
con él, supo darse tales trazas, empleó tales manejos y se metió con gente de
tal calaña, que llegó pronto á revestirse por sí de una autoridad con la cual
llevó á cabo los más desatinados desmanes.
Claro que en principio tuvo por protectores á los
alcaldes que le ayudaron, pero andando el tiempo, y dicho sea de verdad, llegó
el escribano á imponerse de modo, que señores muy graves de la Audiencia le
tenían miedo y dejábanle por esto hacer cuanto le viniese en mientes, que no
era poco.
El buen don Roque era toda una hormiguita
aprovechada, y así no fué extraño que con gran asombro de muchos
le vieran en poco tiempo dueño de fincas, con criados, caballos y lleno de
grandes comodidades.
Verdad es que para tenerlas, no reparaba en
escrúpulos, y así se las manejaba de manera harto donosa, siendo protector de
rufianes y valentones, á quienes sacaba el dinero por tenerlos al amparo de la
justicia, teniendo de su particular predilección á Juan de Barrio, rufián
célebre en Sevilla por sus tropelías, y á otros no menos conocidos como
Francisco de Espino, Francisco Bautista, Medrano y Escamilla, siendo también
muy señalada su protección á la Garrida y á María Pérez, dos
mozas de chapa, regatonas de pescado en la Costanilla.
Con otros vendedores de pescado y con los de
diversos artículos, cometía el escribano no pocos atropellos y hacíales, con
amenazas, que le dieran lo mejor que había en el mercado, como cualquier
municipal de nuestros días, y cierto viernes de Cuaresma, como no había un
pescado que quería, la emprendió á golpes con un vendedor, á quien encima mandó
á la cárcel.
Aceptada como medida de mayor aprovechamiento,
andaba también el escribano con los del contrabando y tenía con la mayor
desvergüenza, una falúa para introducir géneros en la ciudad, siendo no pocos
los abusos y desmanes que llevaba á cabo con otro compinche en el río, donde á
más impuso su autoridad á los pescadores de Triana.
Y para que se vea cómo las gastaba Roque Simón,
copiaré del manuscrito de la Información, estos dos casos:
«El verano pasado, porque el nevero que vendía en
la Alameda no le guardó nieve, fué á su casa y lo injurió con muy malas
palabras y lo hizo, por su autoridad, llevándolo á la cárcel de la audiencia,
donde lo tuvo tres días, haciéndole muchas
molestias, de que hubo muy grande nota....»
«En la Pascua Florida, que agora pasó, porque un
hombre que te trujo unos jamones pidió dos reales por la traída, embistió con
él y le dió de bofetadas á mano abierta y de empellones y coces en el Oficio de
Mateo de Sisa.»
Esto de abofetear á los que le parecía, era
procedimiento que usaba con frecuencia el famoso escribano del crimen, y así,
en cierta ocasión la emprendió á bofetones con un sastre en su mismo despacho;
en otra con un sillero de calle Colcheros, y con los vendedores ambulantes de
la Costanilla y el Salvador lo hacía con frecuencia, llegando en sus valentías
á hechos como éste, que da gráfica idea de lo que era el mozo, y que para él no
existía el respeto y consideración al sexo débil.
«Iten que por maltratar á algunas personas con
quien tiene enemistad, se acompaña con los alguaciles, que rondan, tomando la
administración de la justicia por color para sus intereses, como lo hizo
con doña Gerónima de Ledesma, que tiene casa de posada en la calle
de Bayona, y rondando con Lorenzo López, alguacil de la Justicia, fué á su casa
y la deshonró de muy feas y afrentosas palabras, dándole muchos golpes y
empellones, y lo mismo hizo en otra ocasión con doña Francisca de
Villalobos, llamándola de... haciéndola presa en la cárcel, en que hay
mucha nota.»
En fin, para que nada le faltase á Roque Simón,
también le daba por las faldas y andaba siempre enzarzado en amoríos y enredos
femeninos, como así se hizo constar en su información, diciendo que «ha muchos
años que está amancebado y en pecado público, con mucha nota y escándalo,
primero con doña Ana Tabique, á quien ampara, y
después de ella con doña F. de Ledesma, y siendo casado, come y duerme
con ella, y da mala vida á su mujer muy públicamente, y por celos
de un clérigo lo hizo prender y tuvo mano para que, siendo ordenado,
lo llevasen con los de la leva.»
Siguiendo su acostumbrado procedimiento, Roque
Simón insultó y prendió sin motivo alguno, en 8 de Octubre de 1636, á un
panadero del Salvador, llamado Lope Gordillo; pero aquel atropello no le salió
tan bien como todos, pues sabiéndolo el teniente mayor del Asistente, que tenía
deseos de poner ya coto al escribano, hizo prender á Roque, llegando á tanto la
osadía de amigos y compinches que la sala de alcaldes se llevó la causa.
Entonces la ciudad recurrió al rey, que, enterado
del caso, envió en 20 de Noviembre de 1636 una provisión al regente de la
Audiencia de Sevilla, que lo era don Paulo de Arias Temprado, mandándole que
abriese inmediatamente escrupulosa información sobre la vida y
milagros del famoso Roque y que se remitiera al Concejo.
A esta Información, que se comenzó
inmediatamente, pertenecen los párrafos que más arriba dejo copiados, siendo
gran lástima que, así como se conserva en el Archivo Municipal (Papeles
importantes: Tomo 3) el documento, no le acompañen las últimas noticias de
las penas que se impusieron á Roque Simón.
Verdad que bien pudiera haber ocurrido que, por
su buena mano, quedase sin castigo ó con castigo leve, que tal ocurría á
veces con la justicia de antaño.
Cuando ya parecían extinguidos en Sevilla los
protestantes, que tanto dieron que hacer á la Inquisición y á las justicias en
el siglo XVI, alzáronse en los comienzos del siguiente rumores de que los
reformadores intentaban de nuevo promover inquietudes, y ante el temor de que
se volviera á los días del doctor Constantino de la Fuente, de Cipriano Valera
y de Egidio, los señores del Santo Oficio abrieron el ojo y comenzaron una
persecución activísima contra cuantos pudieran, aun de muy lejos, resultarles
sospechosos de herejía luterana.
Por este tiempo, que no era á la verdad el más
apropósito, vino á la capital de Andalucía huyendo de su patria nativa un
portugués, de apellido Perea, hombre listo, y cuyas ideas en materias
religiosas no dejaban de ser harto sospechosas.
Perea tenía mucho de aventurero y no poco de
valentón, y así fué que no tardó en ponerse en contacto con gente de baja
ralea, y bien fuera por convicciones, bien por buscar con aquello medios de ir
viviendo, dedicóse, embozada y ocultamente, á hacer propaganda de luteranismo
en terreno que, ciertamente, no estaba preparado para que la semilla
fructificase, como antes había sucedido.
Reunió Perea algunos adeptos, gente de poca monta, pero no tardaron en llegar á oídos de la Inquisición
los manejos del portugués, y en los comienzos de 1636 decidieron apoderarse de
su persona.
Al efecto, una noche presentáronse los inquisidores
en su casa, donde le sorprendieron en una de las habitaciones de ella, sin que
Perea hiciese resistencia alguna; antes al contrario, con muy prudente actitud
y mesurado tono, hizo presente á los esbirros del tribunal que estaba á
disposición de ellos, rogándoles, sin embargo, que aguardasen algunos
instantes, pues tenía urgencia de evacuar una imperiosa necesidad en que nadie
podía sustituirle.
Asintieron ellos, y Perea entró en otra estancia
inmediata á la que se encontraba, cerrando pudorosamente la puerta de ella.
Pasaron algunos minutos y hasta un cuarto de hora,
y viendo los de la vela verde que se dilataba la ausencia, y
que no contestaba á las voces que le dieron, penetraron en la habitación,
viendo con sorpresa que el pájaro había volado por una ventana que se hallaba
abierta y la cual daba á un callejón excusado y tortuoso.
Salieron los inquisidores chasqueados y furiosos de
la casa del portugués, sin que fuera posible dar más con su persona, apesar de
las activas diligencias que se llevaron á cabo, y de los varios medios que se
pusieron en práctica.
El 23 de Agosto de 1637, celebró la Inquisición
auto de fe en San Marcos, y en él se leyó la causa de Perea, el cual,
averiguadas todas sus heregías, era condenado á ser quemado vivo.
Pero como el portugués no se hallaba á mano, los
inquisidores tuvieron que contentarse con quemar una estatua de cartón y paja,
que lo representaba con toda propiedad, y Góngora dice, haciendo mención de
este suceso: «Súpose más tarde que (Perea) estaba
en Holanda y por eso se quemó su estatua entre otras.»
Y esta fué de las pocas veces que con ingenio pudo
un reo burlar al odioso tribunal, estando ya casi cogido en sus garras.
El marqués de Buenavista murió de manera violenta
el año 1638, y las causas de esta desgracia, que fueron en verdad curiosas,
bien merecen ser consignadas.
Hallábase la mañana del 21 de Diciembre del citado
año, en el edificio de la Aduana, don Martín de Medina, marqués de Buenavista,
presenciando las ventas que allí se hacían, cuando, por motivo de un negocio
que estaba haciendo un sujeto llamado Francisco Ginés, enzarzóse con él de
palabras, que bien pronto subieron de punto, pues el tal marqués era, y esto le
venía de familia, colérico y nada prudente.
Como quiera que interviniesen algunas personas en
la disputa, éstas lleváronse al señor marqués, mal de su grado,
y la cosa quedó por entonces allí, si bien no había de tardar en llegar á un
funesto extremo.
Algunas horas después de la disputa, ocurriósele á
Francisco Ginés, acompañado de un sirviente, pasar por casa del de Buenavista
en ocasión en que éste estaba á la puerta, y lo mismo fué verlo el señor,
comenzó á insultarlo con las mismas descompuestas palabras y aun otras de más
grueso calibre, que hicieron fijar la atención de los transeuntes y personas
que por allí á la sazón discurrían.
Escuchaba Ginés todo aquel chaparrón de insultos
con cierta resignación, limitándose á contestar alguna vez al marquesito,
aconsejándole la calma, cosa que también el criado hacía, lo cual tomó el joven
caballero á poquedad y achicamiento de ánimo, por lo que, exaltándose más y
más, llegó á levantar su espada con intención de descargarla sobre el prudente
Ginés, lo cual ya acabó con la medida de su paciencia, y colmada con creces, se
retiró á su domicilio, que no estaba muy lejos del de su señoría; pero al llegar
á este punto dejaré la palabra á un historiador, que dice:
«El Francisco Ginés entró en su casa y trajo su
espada, y embistió con el marqués de Buenavista, y apartándolos los que se
hallaron allí, el criado le dió una herida mortal, de la cual murió dentro de
dos días ó tres; y los agresores escaparon; y andando el tiempo, dentro de un
año se libró el Ginés y el criado se desapareció.»
Y el mismo curioso autor contemporáneo de estos
sucesos, añade, después de haber dicho que el padre del marqués habíale afeado
á su hijo la primera disputa en la Aduana, aquella tarde del día 21 de
Diciembre de 1638:
«Los parientes del difunto, que son muchos y muy
calificados, conocieron la razón, y que su propia presunción y
soberbia le quitó la vida al don Martín de Medina, marqués de Buenavista, si ya
no discurrimos que el no haber querido desistir, habiéndose interpuesto el
padre, y reprendídole diciéndole que estaba muy soberbio y vano, le ocasionó la
muerte, como sucederá con los que no obedecen á sus padres.»
Era inquisidor mayor de Sevilla en 1638 el señor
don José Ortiz de Sotomayor, personaje campanudo, de gran coranvobis, soberbio
como él sólo y tan poseído de su persona y cargo, que se hacía servir como un
reyezuelo despótico y arbitrario.
Este señorón andaba algo picado con el Cabildo
Catedral por diversas causas, y deseando hacer ostensión de lo que valía y de
cuánto era su poder, el día 14 de Agosto del citado año, en el cual celebrábase
en la Basílica sevillana una gran fiesta por cierta bula que había concedido el
Papa, y el templo estaba lleno de autoridades, de personajes y de muchos fieles
y fielas, presentóse el inquisidor á
manera de principote indio, rodeado de criados y seguido de un paje que le
llevaba la falda del traje talar.
Esto de la falda alzada no era permitido más que al
arzobispo, por lo cual, cuando los canónigos que estaban en el Coro supieron la
forma en que el inquisidor llegaba á la puerta del templo, mandaron á decirle
con urgencia, que si quería entrar en la Catedral se dejase de que le llevaran
la cola.
Cuando esto supo el señor Ortiz de Sotomayor,
púsose colérico y envió recado á los canónigos diciendo que con falda alzada
había de entrar y que no había más que aguantarlo, dando esto motivo á diversos
recados y dimes y diretes que casi interrumpieron toda la gravedad de la
solemnidad religiosa y dió bastante que murmurar al concurso, terminando el
incidente, por entonces, con que el hinchado inquisidor entrase en el templo y
saliese de él muy orondo y ufano, seguido del pajecito que le llevaba la discutida
falda.
Alborotóse el cabildo eclesiástico, y no queriendo
que le pusiesen el pie delante en cuestión de tanta trascendencia, envió á
Madrid un canónigo para que trajese resolución de los altos poderes para saber
á qué ajustarse en adelante.
Y fué lo bueno que la tal resolución vino contraria
al inquisidor, pues se decía en ella que cuando fuese á la iglesia con el
tribunal podría llevar la cola alzada, bajándola al llegar á la capilla mayor,
pero que nunca se permitiese ni esto cuando fuese solo.
La rabia del señor don José, al conocer la nueva,
fué terrible, pero no tuvo otro medio por entonces que acatar lo mandado,
terminando así esta cuestión de faldas.... eclesiásticas.
Costumbre muy arraigada era en las mujeres
españolas en los siglos XVI y XVII salir á la calle cubiertas con mantos, y de
las más afectas á ese uso lo fueron las damas de Andalucía, y particularmente
las sevillanas, que en esto de ir tapados los rostros como en otros varios
hábitos que tenían, veíanse claros los restos de costumbres mahometanas de
lejanos días que no habían podido desechar, dado que aunque ellas no quisieran,
algo de sangre moruna por sus venas corría.
Era el manto en las mujeres de Sevilla, prenda de
gran estima é imprescindible en multitud de ocasiones, aun para las de más
elevada posición, como dice el bachiller Luís de Peraza, que en el siglo XVI
escribía: «Las más ricas usan trajes de mantos de paño fino y
largos, y de raso, y de tafetán y de sarga....» y en los comienzos de la
centuria siguiente apuntaba Alonso de Morgado en la Historia de
nuestra población: «Usan (las sevillanas) vestidos muy redondos, se precian de
andar muy derechas y menudo el paso, y así las hace el buen donaire y gallardía
por todo el reino, en especial por la gracia con que lozanean y se
tapan los rostros con los mantos y miran de un ojo y en especial se
precian de muy olorosas, etcétera, etcétera.»
Prenda muy apropósito era el tupido manto para las
aventuras y galanteros, que como dijo el poeta
«siempre el manto fué en España
tapa enredijos de amor....»
y con harta frecuencia los autores de aquellos
tiempos se lamentaban de los lances á que el uso de tal prenda daba lugar y en
los cuales había con frecuencia tajos y cuchilladas de galanes rivales ó de
burlados esposos y amantes.
Fundándose, pues, en graves razones que se tuvieron
muy en cuenta, las Cortes celebradas en 1586 prohibieron que las mujeres fuesen
tapadas «por los inconvenientes que de esto resultaba» mas como quiera
que tal prohibición poco ó nada llegó á cumplirse, Felipe II dió una pragmática en
igual sentido en 1594 y Felipe III otra en 1614, que dicho sea de paso y aunque
contrariara á los monarcas y á sus justicias, no consiguieron desterrar el uso
del manto, ni mucho menos, de los dominios españoles.
En Sevilla, por ejemplo, fueron en vano las
amonestaciones de los Asistentes de la ciudad y las predicaciones de no pocos
frailes, que tomando muy á pecho esto de que las damas no lucieran sus lindos
rostros por calles y plazas, llamaron al manto arma de Satanás, cubierta
del pecado, etc., amenazando con el enojo de la divinidad y hasta con las
eternas penas de los profundos infiernos.
Así las cosas subió al trono el rey Felipe IV y
aunque ya se sabe que este monarca fué muy dado á aventuras y que su reinado es
el de las comedias de tapadas y embozados, tantas
fueron las quejas que recibió y tantas las representaciones que los cabildos de
algunas ciudades le hicieron, que el 12 de Abril de 1639 dió una pragmática con
toda la fuerza de ley votada en Cortes, la cual era
de no poco rigor y llevaba el propósito de conseguir de una vez por medio del
temor á las penas, la completa desaparición de prenda tan cara para el sexo
bello como lo era el manto.
Así, en la dicha pragmática se leen párrafos como
el siguiente, que á título de curiosidad reproduzco y que dice así:
«....Mandamos que en estos reinos y señoríos todas
las mujeres, de cualquier estado y calidad que sean, anden
descubiertos los rostros, de manera que puedan ser vistas y conocidas, sin que
en ninguna manera puedan tapar el rostro en todo ni en parte con mantos,
ni otra cosa, y acerca de lo susodicho, se guarden, cumplan y ejecuten las
dichas pragmáticas y leyes con las penas en ellas contenidas y demás de
los tres mil maravedís que por ellas se imponen en la primera vez
caigan é incurran en perdimiento del manto, y de diez mil maravedís
aplicados por tercias partes, y por la segunda los
dichos diez mil maravedís sean veinte y se
pueda poner pena de destierro, según la calidad y estado de la mujer. Y por lo
que contiene la infalible ejecución y observancia de todo lo suso, mandamos que
donde no hubiese denunciador se proceda de oficio, y que ningún consejo, ni
otros tribunales, juez, ni justicia de estos reinos, puedan moderar la dicha
pena ni dejarla de ejecutar, y si lo contrario hiciesen se les hará cargo de
ello á las visitas y residencias y se les impondrán las mismas penas que por
esta ley se imponen....»
El 26 del mencionado mes de Abril la pragmática se
publicó en Sevilla por los puntos de costumbre y con las formalidades de
ordenanza. Y para mayor circulación, y que llegase á conocimiento de todos, se
imprimió con real privilegio en el mismo año de 1639 en casa de Francisco de
Lyra, con este título:
—Premática en que su magestad manda que ninguna
mujer ande tapada, sino descubierto el rostro, de manera que pueda ser vista y
conocida, so las penas en ella contenidas y de las demás que tratan de lo
susodicho.... Impreso en Sevilla, etc., etc.»
Grande disgusto tuvieron las damas hispalenses al
conocer el documento, habiendo muchas á quienes no les asustó ni lo de la multa
de los veinte mil maravedís, ni lo de la pérdida del manto, y se presentaron
envueltas en él por las calles, en las iglesias y en los corrales de La
Montería y en el Coliseo.
De aquí surgieron no pocos lances, y aunque algunas
mujeres alegaban, para excusarse de cumplir la pragmática, los privilegios ó
fueros que gozaban su padre y marido, viendo que tampoco este recurso les daba
resultado, y que las gentes de la justicia no andaban tardías en las denuncias,
en más de una ocasión excitaban á sus deudos y allegados para que buscaren
medios é influencias con que dejar de cumplir lo ordenado por el rey.
Pero durante algún tiempo nada pudieron conseguir
las sevillanas en favor de su prenda tan estimada, dándose el caso de que no
pocas se excusaban de salir con la frecuencia que antes lo hacían, por no
hacerlo en cuerpo y con el rostro descubierto, ocurriendo también que á algunos
comerciantes les quitasen las prendas que vendían, como ocurrió en 20 de Agosto
de 1639, en que, al decir de Góngora, «el teniente mayor Pedro de Soria mandó
quemar en una tienda unos guarda-infantes, con gran gusto de los muchachos.»
Pero campaña que la mujer emprende tarde ó temprano
la gana, y así sucedió entonces, que á cabo de algún tiempo la pragmática quedó
sin cumplimiento y volvieron á verse por las tortuosas calles de Sevilla y á
todas horas, lo mismo que antes, las misteriosas
tapadas, cebo de galanes, y que eran nota tan característica en la España de
aquellos tiempos.
El caso ocurrido con el padre, maestro Vilches, del
convento de Nuestra Señora de la Merced calzada, es digno de ser recordado,
porque, en verdad, tiene interés y curiosidad.
Hombre muy docto en sagrada teología, versado en
letras, de austero carácter y puras costumbres, era el reverendo Vilches, por
todo lo cual estaba en el mejor concepto, no sólo entre la respetable
comunidad, sino también entre cuantos lo conocían y frecuentaban su trato.
Por esto á todos indignó el saber en 1637, que á
persona tan respetable le hubieran robado la cantidad de 2.000 ducados en su
celda, y más, porque el autor del robo había sido un fraile lego que le servía,
y el cual desapareció súbitamente, sin que fueran de resultado alguno las pesquisas activas que se llevaron á cabo por
encontrarle.
Así quedó la cosa, lamentando todos que varón tan
respetable hubiera sido víctima de aquella mala acción, pasando el tiempo y no
volviendo á saberse más del aprovechado lego.
El año de 1640 llegó al convento de la Merced el
padre Provincial de la Orden y comenzó la inspección de la casa, conforme á la
comisión que traía.
Pero mejor que yo, relata lo sucedido entonces,
autor tan grave y piadoso como el del manuscrito de Efemérides
sevillanas, el cual dice: «El Provincial reconoció faltaba cantidad
considerable de dinero de las arcas de la Redención, en las cuales, por
supuesto, debía tener alguna intervención el maestro Vilches. El Provincial
quiso buscar el dinero en la celda de los religiosos, haciendo escrutinio en
ellas; y bien fuese por alguna sospecha, ó por poco afecto que le tuviese, ó
por dar ejemplo para que los otros no se excusasen, ni lo sintiesen, empezó por
la celda del maestro Vilches. En ella encontró una alhacena tabicada (decían
que estaba en la misma pieza donde él dormía), hízola abrir y en ella hallaron
los huesos del fraile lego que él había muerto.»
La sorpresa que esto produjo fué grande y el
escándalo en Sevilla al saberse el suceso subió de punto, sin que valieran
cuantos medios pusieron en práctica los frailes para impedir que se divulgara.
El padre maestro Vilches fué preso, costando mucho
trabajo la formación de la causa, pues los religiosos se negaron á declarar
ante la justicia «ó por política que observaban ó por precepto que les había
impuesto el prelado» con lo cual la gente tuvo ocasión de hacer muchos y
muy variados comentarios sobre el suceso, quedando como más
aclarado «que el dinero de las Arcas de la Redención le había sacado el dicho
padre Vilches, y gastádolo, y que de ello había sido sabedor el religioso lego;
y que cautelándose no lo descubriese, lo mató, porque él riñendo con el M.
Vilches lo amenazó.»
Y fué el fin de esta historia, que en Septiembre
del año 1640 fué condenado el padre maestro á reclusión perpetua en el
convento, donde se dice que murió muchos años después, contrito y muy
arrepentido de su fechoría.
Don Juan de la Cruz era Alcaide de la cárcel real
en 1641, cargo que desempeñó durante no poco tiempo y el cual era bastante
codiciado por muchos, dado que en sí llevaba entonces ciertas ventajas y
ganancias no despreciables, si bien nada legales.
Este buen Alcaide tenía por aquel año bajo su
custodia un número considerable de presos acusados del resello de moneda, los
cuales eran gente levantisca de suyo, que unída á los valentones, ladrones y
demás gentualla, traían de contínuo revuelta la
prisión, célebre con grandes escándalos y pendencias.
Así andaban las cosas, cuando la noche del 26 de
Marzo de 1642, don Juan de la Cruz se disponía á hacer la acostumbrada ronda
por las dependencias de la cárcel para cerciorarse de la seguridad en que
quedaban los detenidos.
Pero héte aquí que al llegar nuestro Alcaide á
la Reja grande, con lento paso y grave continente, muy penetrado de
la seriedad de su cargo, fué súbitamente acometido por dos de los presos,
quienes á viva fuerza le sujetaron apoderándose del manojo de llaves que tenía,
sin que en auxilio del don Juan vinieran ni corchetes ni guardias.
Y como quiera que el golpe de mano debía estar ya
preparado de tiempo atrás y ser sabedores de él los presos todos, prodújese al
punto gran zalagarda en las salas, y en un abrir y cerrar de ojos se comenzaron
á abrir rejas y calabozos con gran estrépito y algarabía, corriendo un grupo de
más de cuarenta y tres presos hasta la puerta de la calle, por donde salieron
con alborozo, y algunos, «con grillos se fueron hasta la Iglesia Mayor.»
Los detenidos por el resello de monedas, hasta
diecisiete, escaparon todos, desperdigándose por la ciudad, y otras de varios
delitos salieron con ellos, sin que fuera posible nunca más echarles el guante,
pues bien procuraron huir de las garras de alguaciles y tropas.
Al conocerse esta fuga al día siguiente, 27 de
Marzo, produjóse en la ciudad el consiguiente escándalo, viniendo á levantarse
un rumor, que fué tomando cuerpo, y el cual era que el Alcaide, D. Juan de la
Cruz, no fué tan sorprendido como parecía con aquella fuga, y que para dejarse
atropellar había recibido de antemano más de una reluciente moneda de oro.
Y para completar la noticia de esta fuga de presos,
apuntaré que de todos ellos «no volvieron á coger—dice un manuscrito—más de un
vecino de Castilleja, que se llamaba José Antonio, que volviendo al lugar á
matar al Alcalde que lo prendió, le volvieron á asir, y traído á la cárcel,
intentó otra vez hacer fuga, y lo ahorcaron. Era de 21 años y tenía muertes
varias y otros delitos.»
Frecuentes eran en verdad los lances que en las
calles de Sevilla ocurrían á las rondas por las calles, mientras el vecindario
se entregaba al reposo, y entre aquéllos merece ser recordado uno que fué
consignado por un autor contemporáneo, que existe en el manuscrito de la
colección del conde del Aguila.
Mediado el año 1642 y obtenida la licencia
correspondiente, habían empezado á salir de ronda por las noches los Alcaldes
de Crimen, á los cuales temían con razón la gente maleante, que favorecida por
las sombras, vagaba con propósitos nada santos por el intrincado laberinto de
las callejas de nuestra población.
Persona de tanta significación como lo era el
alcalde don Leonardo Henriquez, rondaba la noche del 14 de Agosto por el barrio
de la Feria, acompañado de sus alguaciles, y había más que mediado la noche,
cuando acertó á tropezar en su marcha con unos soldados, de lo cual vino á
surgir el lance que á unos y á otros costó bien caro.
Eran aquellos soldados pertenecientes á una de las
compañías de milicia que por entonces se formaban en nuestra ciudad, y en ella
iba un sargento, mozo bravucón y perdonavidas, de aquellos echados para
adelante y de los que, por cuestiones de poca monta, tiraban del acero y no se
paraban nunca en las consecuencias de sus acaloramientos.
Frente á frente el Alcalde y la tropa, mediaron
algunas palabras sobre el paso por la calle, y las que, por el tono y alcance
con que se dijeron, dieron motivo á que, sin más ni más, los alguaciles y los
soldados se acometieran, aquéllos con espadas y pistolas y éstos con las
alabardas, trabándose allí mismo singular combate.
El sargento, todo iracundo y furioso, cargó contra
el alcalde don Leonardo Henriquez, que recibió tres estocadas, las cuales
dieron con él en tierra, siendo de consignar que apenas los alguaciles vieron
caído al alcalde y que los soldados llevaban la mayor ventaja, huyeron
precipitadamente por las callejas que encontraron más á mano, buscando en las
sombras facilidades á su fuga y desamparando cobardemente al pobre hombre que,
con desgarradores é inútiles gritos, pedía favor, viendo su muerte próxima.
Y así hubiera sucedido si entre los vecinos que al
alboroto y pendencia despertaron, no hubiese habido un mulato que con
resolución llegó á ponerse frente del sargento y de
los soldados, rogándolos que no rematasen al alcalde cuando ya se disponían á
clavarlo con las alabardas.
Alborotados los de tropa, salieron en confusión de
la Feria á la Alameda, y durante todo el trayecto insultaron y apalearon á
algunos inocentes transeuntes, apedrearon varias casas y causaron varios
destrozos, dispersándose luego temerosos de las consecuencias que les
esperaban.
Don Leonardo Henriquez debió la vida al mulato,
pues, según refiere el texto del Archivo Municipal, el tal «cójele en brazos, y
metido en una tienda donde fué conocido, lo llevaron á su casa, en coche.»
En la Alameda fué herido el sargento, pero no pudo
ser entonces capturado, cosa que no se verificó hasta el 18 de Octubre, en que
á vuelta de muchas pesquisas y con no poca fuerza, pudo el bravo ser reducido á
prisión.
Seis días después tuvo término y fin la vida del
sargento, que murió ahorcado en la plaza de San Francisco el 23, y aunque con
él habían caído presos varios soldados de los que tomaron parte en la refriega,
parece que éstos llegaron más tarde á conseguir la libertad.
Tal es el suceso ocurrido á la ronda de noche en
1642, digno, por cierto, de ser recordado entre las curiosas memorias
sevillanas de otros tiempos.
EL CONTADOR DE LA CONTRATACIÓN
Vivió en Sevilla un caballero, de nombre don Diego
Villegas, que tenía el cargo de Juez Contador Mayor de la Casa de Contratación,
era persona muy bien relacionada y tenía muchos y buenos amigos.
Uno de éstos lo era don Juan Antonio Alcázar,
caballero del Hábito de Calatrava, y que ejercía en la Contratación el cargo de
Juez oficial.
En la mañana del 19 de Abril de 1643 se encontraban
reunidos don Diego y don Juan Antonio, en un aposento del domicilio del
primero, cuando hé aquí que surge una disputa entre ambos, y subiendo de tono
la cosa, encolerizóse hasta tal punto el señor Contador, que, cogiendo un
puñal, arremetió contra su amigo y de un solo golpe lo dejó cadáver.
Entonces salió de su casa, pues nadie había
presenciado el crimen, y en la calle acertó á encontrarse á dos señores, que
eran don Felipe y don Buenaventura Alcázar, primos de la víctima, y á los
cuales dijo Villegas que había matado á un hombre y les rogaba les diesen
asilo.
Ellos, que ignoraban quién fuese la persona
asesinada, lo llevaron á ocultar al convento de San Francisco, y al divulgarse á poco el crimen, se mandaron poner
guardias en las salidas del convento, mientras el asunto era objeto de todas
las conversaciones en la ciudad y las familias del muerto y del matador sufrían
las mayores inquietudes y zozobras.
Quince días permaneció oculto don Diego Villegas,
en una celda, y era ya opinión de muchos que tal vez se habría fugado, cuando
el día 6 de Mayo, en las primeras horas de la noche, oyeron los frailes un gran
ruido, y acudiendo á un patio, vieron en él destrozado el cuerpo del matador de
Alcázar.
Don Diego Villegas se había arrojado desde la
ventana de su celda.
Y el manuscrito que tengo á la vista, donde consta
esta curiosa noticia, añade «que don Diego estaba loco, y siempre lo fué, como
se vió en muchas ocasiones, y así se dió licencia para enterrarlo en sagrado.»
Por graves delitos cometidos en una vida inquieta y
turbulenta, fué condenado por la justicia á severísimas penas, D. Bernardino de
Córdoba y Roelas, caballero sevillano que tenía en la ciudad muchos deudos y
amigos y á más estaba emparentado con personas de significación y categoría.
Pasó su causa al Consejo de Cámara, comenzando
entonces D. Bernardino á poner en juego su influencia y á mover resortes, á fin
de que se le indultase y echara tierra al asunto; pero parece que, leido con
detenimiento el proceso en la Corte, pesó tanto la relación de los delitos en
los severos jueces y movióles tanto á indignación, que, lejos de obrar
benignamente, enviaron orden á Sevilla para que al punto fuera preso el
caballero, y degollado, conforme á su calidad, en la plaza de San Francisco.
El día 23 de Junio de 1644, el alcalde don Leonardo
Henriquez, de quien ya me he ocupado, sabiendo que don Bernardino se encontraba
en el inmediato pueblo de Castilleja, se dirigió á este punto con algunos
alguaciles para cumplir la orden de prisión, encontrando al reo muy sosegado en
su casa comiendo con su mujer y bien ajeno del peligro que le amenazaba.
Conocida por el caballero la misión que tenía el
Alcalde, negóse desde luego á darse á prisión muy resueltamente, trabándose
vivo diálogo entre unos y otros, al cual quiso poner término la autoridad,
haciendo que los corchetes se avanzasen á don Bernardino y lo redujeran á
prisión por la fuerza. Pero éste, que debía estar en guardia, tiró de una daga
é hirió mortalmente á Lorenzo Gómez, escribano que se hallaba presente, y luego
azuzó á un perro mastín que tenía consigo, el cual era de tan fiera condición que,
arrojándose sobre los corchetes, comenzó á dar dentelladas á unos y á otros,
produciendo graves mordeduras á todos aquellos que habían intentado apoderarse
de su amo.
Cuando más empeñada era la lucha y más
desesperadamente se resistía don Bernardino, éste recibió un tiro por la
espalda que le hizo caer sin vida, y de allí á poco fué muerto también el fiel
perro que tanto le defendió, terminando de tan trágico modo aquella sangrienta
escena.
El manuscrito de D. Diego Ignacio de Góngora que
hace mención de este suceso, dice, refiriéndose á los incidentes ocurridos con
el cadáver del desgraciado D. Bernardino:
«El Alcalde quiso traer á Sevilla el cuerpo de
aquel malaventurado caballero; los religiosos del convento de Descalzos
franciscos, y otros de la Orden Tercera se interpusieron para que quedase allí.
Esto sabido por el acuerdo, envió luego al alguacil mayor por el cuerpo para
degollarlo en la Plaza de San Francisco, á fin de que sirviera de ejemplo y
escarmiento; pero ya estaba enterrado, y se quedó así.»
EL CABILDO ECLESIÁSTICO Y LAS FIESTAS DE TOROS
En diversas ocasiones se han suscitado discusiones
y polémicas sobre la conformidad y disconformidad de la Iglesia con la fiesta
de toros, y aunque no es esta ocasión de tratar aquí esta materia, que es por
cierto harto trillada, voy á ocuparme únicamente y con la vista de auténticos
datos, de una costumbre hoy perdida por completo, cual es la de asistir el
cabildo eclesiástico á las fiestas de toros en los siglos XVI y XVII, en que lo
hacían con toda la pompa y toda la gravedad del caso, sin que por ello perdiese
nada tan elevada corporación, ni en particular sus individuos, que eran todas
personas serias y de campanillas.
Y no solamente asistía el cabildo á los toros y las
cañas, sino que de sus fondos hacía crecidos gastos en tales fiestas, así en el
adorno del estrado que ocupaba, como en rodearse en él de ciertas comodidades y
regalarse muy cumplidamente, conforme su clase requería.
Así, por ejemplo, en las corrídas de toros
celebradas en la plaza de San Francisco el lunes 16 de Septiembre de 1647, gastó el cabildo Catedral 294 reales y
medio, siendo algunas de las partidas del tenor siguiente:
«De seis arrobas y una cuarta de nieve á
20 reales y 20 maravedises—De veinte y dos libras de anís, canelones y
ciruelas de Génova 100 maravedís.—De tortas y vino, 20.»
Las fiestas de toros que se verificaron el 5 de
Febrero de 1670 fué también presenciada por los señores canónigos y en el Libro
de veedor del archivo Catedral se lee: «Asistió el Cabildo de esta
Santa Iglesia en el lugar que se le señaló, que fueron dos arcos y medio de los
balcones, en el cual sitio estuvieron muy estrechos con haber ido muchos menos
señores de los que son.... Va el Cabildo por la tarde en forma, con bonetes, y
esta vez se llevó por mandado del Cabildo dulces en esta manera: cajas de piezas
que cabían una libra, y estas atadas con listones encarnados; y vino y hipocrás
y agua de canela y agua clara, todo en nieve; lleváronse cuatro docenas de
vidrios de Venecia, tres salvillas y tres fuentes....» etc., etc.
En estas fiestas que se daban en honor del conde de
Villaumbrosa, que había sido nombrado presidente del Consejo de Castilla, los
canónigos obsequiaron al Asistente y mandaron arrojar á la plaza una fuente
de dulces, dando prueba de su generosidad y largueza.
Igualmente las dió el cabildo eclesiástico en los
toros y cañas que se jugaron el 30 de Septiembre y el 2 de Octubre de 1673, no
faltando tampoco su asistencia á la función del 25 de Junio de 1674, en que «se
estrenaron los escaños morados que para ese efecto se hicieron, y se puso el
sitio alfombrado con las alfombras iguales y la colgadura fué de la verde, un
paño de á tres y dos de á seis y tres escudos de las armas de la Iglesia
repartidas en cuatro paños.»
El cabildo de la colegiata del Salvador también
asistía á las fiestas de toros y en particular á la
que se celebraba en la plaza delante de la iglesia constando de ello noticias
como esta que recogió Matute de papeles de 1638:
«El 10 de Agosto se celebraron corridas de toros en
la plaza del Salvador en obsequio de Nuestra Señora de las Aguas: estuvieron
convidados al balcón del Cabildo de dicha Colegial, el Provisor, Juez
de la Iglesia y otros sujetos de distinción á quienes después se
sirvió un buen refresco». (Noticias relativas á la historia de Sevilla,
página 120).
No he de detenerme á hacer especial mención de
otras muchas fiestas de toros y cañas, á las que, con toda pompa, concurran los
señores canónigos, haciendo sólo mención, por las noticias que existen de
ellas, de las cañas y rejones del 25 y 27 de Septiembre de 1687, y de las de
toros y cañas de 6 y 8 de Febrero de 1700, verificadas para festejar la llegada
á Sevilla del almirante de Castilla.
Y por cierto que en esta fiesta se dobló lo de
regalarse, y según el documento que copió Collantes de Terán y dió á luz en
el Archivo Hispalense, en el palco de la Catedral no se consumió
más que lo siguiente:
«Nueve garrafas de frío, tres de cada género de á
treinta y seis vasos cada una.—Ciento veinte y cinco libras de dulce muy rico,
para los señores; así los que fueran como los que dejaran de ir, y los señores
coadjutores una libra para cada uno.—Media arroba de dulce hecho en monjas,
para la fuente que el señor dean pasa al Asistente.—Arroba y media de dulce
inferior en piezas muy pequeñas también empapeladas, para en tres fuentes echar
á la plaza...—Dieciseis libras de bizcochos de espumilla, para en cuatro
fuentes repartir los señores con la bebida antes del dulce.—Media arroba de
vino hipocrás, etcétera».
Con todo esto es seguro que se endulzarían bien el
paladar sus señorías, y no es aventurado suponer que aún sobraría algo para los
pajes y la servidumbre.
Como se ve, pues, los capitulares eclesiásticos
eran grandes aficionados á los toros en aquellos tiempos y no dejaría de ser
curioso el aspecto que ofrecería el palco del cabildo Catedral, que era siempre
de los más lujosos, adornado de sus ricas telas y con anchos y cómodos sillones
de terciopelo y oro, en los cuales muy arrellanados los señores seguían los
incidentes de la lidia, entretenidos en sabrosa plática remojada con los dulces
y refrescos.
Perdióse luego la costumbre de asistir el cabildo
Catedral á las fiestas de toros, que siguieron frecuentando las demás
autoridades, y la verdad que fué gran lástima, pues si hoy siguiera se evitaría
que los eclesiásticos tuviesen que ir recatándose, como lo hace el que gusta de
esta diversión.
De su matrimonio con doña Beatriz Cabrera y
Sotemayor, tuvo el célebre pintor Bartolomé Esteban Murillo tres hijos, hembra
una, nacida en 1657, y varones los otros, que vinieron al mundo en 1661 y 1663.
El mayor de éstos llamóse Gaspar, y se bautizó en
el templo de Santa Cruz, según en la partida consta, el 22 de Octubre del
citado año de 1661. De este hijo del gran artista sevillano voy á ocuparme,
pues de los otros son muy escasas las noticias que se conocen: doña Francisca
entró de monja en el convento de Madre de Dios y don Gabriel pasó á América,
donde sólo se sabe que murió muy anciano, sin otras circunstancias.
Don Gaspar Esteban Murillo, heredero inmediato del
ilustre pintor llegó á adquirir una buena posición en Sevilla, dejando á su
muerte grata memoria en cuantos fueron sus amigos. Muy joven, y viviendo aún su
padre, se dedicó á la carrera eclesiástica, y protegido, á lo que se dice, por
don Juan Veitia Linaje, obtuvo un beneficio en la iglesia de Carmona, el cual
disfrutaba cuando en 1682 falleció Bartolomé Esteban Murillo, que le nombró en
su testamento albacea de sus bienes, en unión de D. Justino de Neve y de D.
Pedro Villavicencio.
Tres años después de la citada fecha, ó sea en
1685, obtenía D. Gaspar una canongía en la catedral sevillana, de la que tomó
posesión el día 1.º de Octubre, y escriben algunos autores como Ceán Bermúdez,
L. Alfonso y otros, que «por haber descuidado el cumplir con la práctica de
hacer juramento de protestación de fe en el tiempo que mandaba el concilio, fué
el novel canónigo condenado por el cabildo en 30 de Abril de 1688 á perder los
frutos de todo un año, 8.000 reales de vellón, que se aplicarían á gastos de
reparación del templo, con lo cual don Gaspar se conformó gustoso al saber que
se invertían en utilidad de las bellas artes.»
Hay que advertir que el hijo de Murillo fué por
ellas muy apasionado, sobre todo por la pintura, la cual aprendió teniendo tan
gran maestro como su padre, y al decir de Matute, cultivó el arte por afición,
imitando con mucho acierto el estilo del autor de sus días.
La vida de don Gaspar deslizóse tranquila y
sosegadamente en la ciudad de Sevilla que le vió nacer, consagrado al ejercicio
de su ministerio, y rindiendo fervoroso culto á la memoria de su padre, cuyo
nombre había de ser honra y gloria de España.
Con caracteres en extremo simpáticos aparece la
figura de don Gaspar Esteban Murillo, alma sencilla, natural bondadoso,
espíritu creyente y sincero y hombre de fe, que entre otras muy estimables
cualidades, poseía la de ser en extremo dado á las obras filantrópicas,
acudiendo, siempre que podía, al socorro de los seres verdaderamente
necesitados.
En los comienzos del año de 1709 desarrolláronse en
Sevilla unas calenturas malignas, las cuales ofrecían peligroso contagio, del
que fallecieron no pocas personas, contándose entre ellas muchos clérigos é
individuos del cabildo catedral, pues según los
historiadores, atacó á éstos con preferencia el mal por el contacto en que á
diario estaban con multitud de pobres infestados; que acudían á las gradas de
la basílica y al palacio arzobispal á recibir limosnas.
Hirió de muerte aquella dolencia á don Gaspar
Esteban Murillo, que falleció el día 1.º de Mayo del mismo año de 1709, dejando
sus bienes al Hospital llamado de Los Venerables, siendo sepultado
el hijo del gran pintor en la nave de San Pablo de la Catedral, y colocándose
sobre su sepulcro una inscripción latina, que, según la traducción castellana
que da González de León, dice:
==«H. S. E.==D. Gaspar Esteban Murillo y Cabrera,
Canónigo de esta santa iglesia Metropolitana y Patriarcal, varón de buenas
costumbres, modesto y dotado de un alma apta para toda piedad. Liberal para con
los pobres á los que dejó herederos de sus bienes.—Murió de edad de 47 años en
el de 1709, el día 1 de Mayo.==R. Æ. D. E. D. A.»
Tales son las memorias que existen de aquel varón
justo, que llevó con dignidad un nombre famoso, y que ni envidioso ni
envidiado, murió con la satisfacción de un alma honrada y con la tranquilidad
del que ha cumplido con su deber.
Los historiadores y analistas sevillanos han
consignado todos ó casi todos, la venida á nuestra ciudad de una embajada
japonesa en 1614, que, á la verdad, tal suceso no era frecuente ni mucho menos,
y sí extraño entonces, por lo que llamó poderosamente la atención.
Como recuerdo de aquella visita queda hoy un
interesante documento, el cual es una carta escrita en japonés, la que fué
entregada por los embajadores al Ayuntamiento con toda solemnidad y que se
custodia en el Archivo del Municipio para interés de las personas aficionadas á
las históricas curiosidades.
No he de detallar los diversos motivos de aquel
caso, que se debió principalmente á las gestiones que en el Japón y en el ánimo
del rey de Vojú hizo un fraile misionero hijo de Sevilla, donde había vivido en
1574, fray Luís Sotelo, el que más tarde sufrió allí cruento martirio.
El 30 de Septiembre del citado año de 1614 el
cabildo de la ciudad vióse sorprendido con una comunicación en la cual se le
ponía en conocimiento que acababan de llegar en las flotas los representantes
diplomáticos del rey de Vojú, que se dirijían á Sevilla á ofrecer una carta al
Municipio, siguiendo luego su viaje para la corte y para
Roma, donde tenian el propósito de visitar al pontífice Pío XI.
Como el suceso no era para menos, se apresuró el
Asistente D. Diego Sarmiento y Sotomayor, conde de Salvatierra, á llevar á cabo
los preparativos para recibir á los huéspedes dignamente y así hizo que en el
Alcázar se dispusiera lo conveniente para alojarlos y que la ciudad saliera con
toda gravedad á recibirlos cuando entraron en ella el día 23 de Octubre.
Llegaron, pues, los japoneses acompañados del padre
Luís Sotelo, excitando extraordinariamente la atención del pueblo, los portes y
vistosos trajes, las armas y adornos que el embajador Fraxecuera Rocuyemon
lucía y los personajes que le acompañaban.
Dos días después de su llegada, se presentaron el
embajador y su séquito en las Casas Consistoriales, siendo recibido con
ceremonia por los veinticuatros y el Asistente, el cual recogió la carta de que
era portador Fraxecuera Rocuyemon, mediando frases de cumplido y diplomacia
entre unos y otros por medio del padre Sotelo, que hacía de intérprete.
La carta, que iba fechada en la Corte de Tenday á
26 de Octubre de 1613, es en extremo curiosa y en ella hay párrafos como éste
dirigido á la ciudad, según la traducción.
«Y sabiendo la grandeza y riqueza de esa noble
república, y también que es patria del Padre Fray Luís Sotelo, de verdad he
cobrado á V. S. grande y particular amor: y la causa principal que á ello nos
mueve, es porque el primer hombre que nos enseñó en este Reino, el camino de la
verdad y la Santa Ley de Dios, es rama brotada y salida de esa generosa raíz.»
«....Ansí mismo recibiremos particular gusto de que V. S. encamine á los dichos nuestros embajadores para
que lleguen en paz y prosperidad á la presencia y lugares que son dichos y los
ampare con su favor, para que nuestra pretensión é deseo mejor se efectúe,
poniendo las diligencias en ello que pareciere más á propósito. También habemos
sabido que en esa república se juntan muchos navíos de todo el mundo, y por esa
causa asisten en ella muchos pilotos y otras personas muy diestras en la
navegación. V. S. mande juntarlos, y averiguar con ellos si es posible
navegarse derechamente desde el Japón á esa Ciudad; por qué derrotas y en qué
partes ó puertos se puede llegar; enviándonos razón de todo, para que siendo
posible, nuestros navíos naveguen esa carrera todos los años, y nuestro deseo
más bien se cumpla y nuestra amistad está más firme y comunicable. Las demás
cosas las sabrá V. S. de parte del Padre Fray Luís Sotelo, á quien nos
remitimos en todo. Si algo del gusto y servicio de V. S. se ofreciere en este Reino,
avisándonos se acudirá á ello con puntualidad.»
Con la carta entregó el embajador al Asistente una
espada de gran mérito y valor, siendo despedido luego á la puerta del
Ayuntamiento con la misma ceremonia que había entrado.
Cuatro ó cinco días permanecieron aún los japoneses
en Sevilla, siendo siempre seguidos por multitud de personas á todos los
lugares que visitaban, abandonando después la ciudad, de la que salieron bien
satisfechos.
«Agasajados los embajadores—dice el señor
Guichot—pasaron á la corte, donde el rey les dió solemne audiencia y los
encaminó á Roma, donde llegaron ya muy entrado el año siguiente. A 3 de
Noviembre de 1619 recibiólos el Pontífice en Consistorio público del Sacro
Colegio de los Cardenales, con suma benignidad y agrado y de
la misma manera los despidió, con respuestas y presentes de reliquias, pinturas
y otras cosas sagradas.»
La espada que los embajadores dejaron á la ciudad
se ha perdido, pero la carta existe, habiendo en 1882 testificado de su
autenticidad, los japoneses que en aquél año visitaron nuestra ciudad, y
posteriormente, en 1901, un catedrático de la Universidad de Yedo.
Para terminar, diré que el padre Luís Sotelo, al
volver al Japón, cayó en manos del gobernador de Nagasaki en 1622, siendo preso
y condenado á morir quemado á fuego lento, llevándose á cabo la bárbara
sentencia en 25 de Agosto de 1624.
Entre las muchas hermandades de cofradías que en el
siglo XVII estaban establecidas en Sevilla, se contaba la de las Negaciones
y Lágrimas de San Pedro, que había sido organizada por los estudiantes del
Colegio de Santa María de Jesús (Universidad), fundado por Maese Rodrigo, y que
durante algún tiempo gozó de cierta prosperidad y desahogo.
Esta hermandad, que debió establecerse en fecha
posterior á la que señala Bermejo y Carballo en sus Glorias religiosas
de Sevilla, hallábase instalada en la parroquia de San Miguel, cuando
solicitó en 1628 permiso del Ayuntamiento para celebrar una corrida de toros en
la Plaza del Duque, como se desprende de este documento, hasta ahora inédito,
cuyo original existe en el Archivo municipal:
«Don Pedro Morel Alcalde de la cofradía nuevamente
instituida Dolor de las tres negaciones de san Pedro sita en la parroquial de
san Miguel desta Ciudad digo—que los hermanos de ella tenemos obligacion de
hacer en cada año una fiesta en el tiempo que determinaremos á nuestro padre
san Pedro y por ser esta la primera quisieramos hacerla más suntuosa
corriendo unos toros sueltos en la plaza intitulada barrio del
Duque. Por tanto—A V. E. Pido y suplico mande concedernos y nos conceda
licencia para que podamos correr ocho toros y nos dé facultad
para poder arrendar las bocas de las calles para limpieza y gastos de la dicha
plaza del Duque.—Otro sí se nos de licencia que la carne de los dichos toros se
pueda pesar en la carnecería ocho maravedís menos conforme á la sedula de los
Sres. Jurados y pido justicia. † Don Pedro Morel.»
Esta solicitud fué leída en Cabildo que presidió el
Asistente conde de la Puebla del Maestre en viernes 9 de Junio del citado año
de 1628, acordándose lo siguiente, según consta en el acta capitular de dicho
día y dice así:
«Leí la petición de don Pedro Morel alcalde de la
cofradía nuevamente instituída dolor de las tres negociaciones de san Pedro en
que dicen que quieren hacer la fiesta y piden licencia para correr ocho toros
sueltos con atajar las calles y otras cosas que se
contienen en la dicha petición;
Acordose de conformidad que no á lugar dar la
licencia que piden para correr los toros sueltos ni atajarse las calles ni
hacer tablados y que las partes acudan á S. S. de el señor conde asistente para
que sirviendose de dar licencia para que estos toros se corran con conteros se
sirva S. S. de mandar ser guardado la provición en el consumo de la carne.»
No tengo noticias de si los cofrades llegaron á
realizar su propósito de la fiesta que tenían proyectada, ni de las
circunstancias que acompañarían á ésta, dado que se llegase á celebrar; pero
por los anteriores documentos, de los que me facilitó noticia don L. Güeto, se
ve que las hermandades sevillanas eran tan aficionadas antaño como hoy á
organizar fiestas de toros para recaudar fondos con que atender á su
sostenimiento, sin que hayan cejado en sus propósitos apesar de las muchas
prohibiciones de la autoridad eclesiástica y de las negativas de la civil, en
solo este punto.
La cofradía de las Negaciones duró
hasta el siglo XVIII, y Matute consigna en sus Anales esta
noticia en el año 1720 y que creo complementa el presente apunte:
«El cabildo eclesiástico extendió sus deseos á la
reforma de algunos abusos en las procesiones de penitencia que hacían estación
en la Semana Santa y negó licencia para que saliese á la hermandad y cofradía
de los estudiantes bajo la advocación de las Negaciones y Lágrimas de
San Pedro. Desde el año 1691 ya sonaba como antigua esta cofradía, pues
presidía á la de Nuestra Señora de la Antigua, establecida en san Pablo; más
como solo tenía un paso con la estatua de san Pedro, era
necesario que se agregase á otra, bajo cuyo estandarte cumplían su estación y tomaban cena. No habría sido incómoda
su compañía si las travesuras juveniles no hubieran desazonado á los demás
cofrades hasta el punto de no querer admitirlos en ninguna, por lo que se
unieron á los mulatos, pues hasta los negros esquivaban la compañía de los
estudiantes que al fin dejaron de salir, pues su memoria solo llega al año 1727
en que salieron de la iglesia de los Clérigos Menores el Jueves Santo en la
tarde.»
La antigua fiesta del obispillo, que
los estudiantes celebraban la víspera del día de San Nicolás de Bari,
verificóse por última vez en Sevilla en 1641, prohibiéndose á causa de los
tumultos que entonces se originaron.
Parece que el día 5 de Diciembre de aquel año, los
escolares del colegio de Maese Rodrigo, escogieron por obispillo á
un estudiante nuevo, según costumbre, el cual se llamaba Esteban Dongo, y
colocándole su mitra de papel, comenzaron en la puerta de los estudios á
rendirle el burlesco acatamiento que era uso; mas en vez de limitarse á las
bromas corrientes, se entusiasmaron demasiado, alborotando
mucho y dedicándose á recorrer las calles, en las cuales atacaban á cuantas
mujeres y hombres veían al paso, haciendo detenerse los coches y arrojando de
ellos á los que los ocupaban para que se inclinasen ante el obispillo.
No se limitaron á estos desahogos, con los que ya
estaba bien alborotada la población, sino que por la tarde acudieron en gran
tropel y confusión al teatro de la Montería, y penetrando en él, arrollaron al
público, ocupando aposentos y bancos, obligando á los actores á que volviesen á
empezar la representación, que ya estaba próxima á concluir.
Si la entrada fué tumultuosa, más lo fué la salida
de los estudiantes, pues trabaron una gran pendencia con varios caballeros,
saliendo á relucir espadas y pistoletes, resultando algunos heridos graves por
ambas partes de los contendientes.
Estos sucesos fueron los que motivaron que la
Audiencia decretase la prohibición de la fiesta del obispillo.
El nombre del escultor Pedro Duque Cornejo y
Roldán, es bien conocido de los amantes de las artes sevillanas, pues el número
de sus obras es muy dilatado y encierran verdadero mérito.
El año 1677 nació en Sevilla, dedicándose desde muy
joven al dibujo y siendo discípulo del famoso Pedro Roldán, con quien empezó el
estudio de la escultura, donde no tardó en hacer notables progresos.
A poco fueron buscadas sus estatuas en Sevilla,
recibiendo numerosos encargos de obras, algunas de ellas importantes. Así fué,
que al construirse el retablo mayor del Sagrario de la Catedral en 1706, por
Jerónimo de Barbás, Duque Cornejo trabajó en su adorno, y más tarde, hizo los
ángeles y figuras de uno de los órganos de la Catedral, construído hacia 1724.
Dejó el artista otras obras en la basílica, y en
santa Marta y san Hermenegildo cita González de León algunas esculturas de su
mano.
En Mayo de 1725, Duque Cornejo firmó escritura para
ejecutar algunas estatuas en la Cartuja del Paular, á donde se trasladó luego,
siendo muy elogiadas las obras que allí dejó.
Vuelto á Sevilla, siguió con afán dedicado al
trabajo, y la casa del artista, en la cual tenía su taller, situada en la calle
Beatos, collación de santa Marina, fué durante mucho tiempo frecuentada por no
pocos jóvenes amantes de la escultura, que acudían allí á tomar lecciones del
maestro.
Treinta y ocho figuras hizo Duque Cornejo para
diversos templos de Sevilla, tales como san Pablo, san Felipe, el Salvador, san
Marcos, san Pedro y san Luís, etcétera, mereciendo especial mención las
estatuas de las mártires Justa y Rufina, las de san Antonio Abad, la Virgen del
Rosario y el Nacimiento.
A más de éstas, pueden citarse con elogio las que
trabajó en mármol para dos altares del Sagrario y los dos soldados romanos que
hizo para la hermandad de Jesús del Silencio.
Cuando Felipe V y su corte estuvieron en Sevilla,
la reina nombró á Duque Cornejo escultor de cámara en 1732, y al año siguiente
de 1733, al marchar el rey en el mes de Mayo, se trasladó el artista á Madrid,
en donde solicitó en vano ser nombrado escultor de cámara del monarca.
Hizo Duque Cornejo algunas esculturas en la capital
de España, y volvió á Sevilla años después, marchando al poco tiempo á Granada,
donde fué llamado para ejecutar varias figuras y adornos en la capilla de las
Angustias.
Duque Cornejo, á más de dedicarse á la traza de no
pocos retablos, pues tenía decidida afición á la arquitectura, á más de
ejecutar pinturas como las del monasterio de la Cartuja de las Cuevas,
«tenía—dice un autor—mucha facilidad en la invención, por lo que se conservan
en Sevilla gran numero de los dibujos que hacía para los plateros y otros artistas, sobre papel blanco y en tinta de
China, tocados de pluma».
Terminadas sus obras en Granada, y tras una corta
residencia en Sevilla, Duque Cornejo se trasladó á Córdoba, en cuya Catedral
labró la sillería del coro y los púlpitos, con gran esmero y cuidado.
Allí siguió residiendo el artista, que muy anciano
falleció en dicha ciudad el año 1757, según apunta Ceán Bermúdez. Duque Cornejo
no fué uno de los grandes escultores cuyo nombre se pronuncia hoy con
admiración en todas partes, pero tuvo suficientes méritos para figurar
dignamente entre sus coetáneos y aventajar á muchos de sus paisanos que por
entonces florecían.
«En medio—escribe Arana de Varflora—de
las extravagancias que habían corrompido su arte en aquel tiempo, tuvo Cornejo
un modo agradable y una manera airosa que le dieron mucho crédito á sus obras.»
Carecemos de un catálogo de éstas y no he de
enumerar ni las más conocidas en los presentes datos biográficos, apuntando de
paso que algunas se han perdido y no faltan tampoco otras que se le han
atribuído falsamente y sin gran fundamento.
Duque Cornejo sabía con acierto dar movimiento á
las figuras, y tuvo fantasía y novedad para los adornos, aunque no siempre le
resultaran éstos del mejor gusto.
Suceso fué, en verdad, que llamó la atención en
Sevilla, y sostuvo durante un buen período de tiempo la atención general, el
ocurrido el año de 1681, el cual es bien digno de referirse en estos apuntes,
conforme á las noticias que de él hasta nosotros han llegado.
Era por entonces alcalde de la Justicia don Cándido
de Molina y Sotomayor, hombre grave y que gozaba fama de severo, con quien no
valían chanzas y á quien, con razón, temía la gente maleante y cuantos tenían
cuentas pendientes con la casa de la plaza de San Francisco.
Paseaba, pues, don Cándido el día 15 de Marzo del
ya citado año de 1681 por la Alameda de Hércules, cuando fué avisado que dos
mujeres que por allí vivían andaban cambiando monedas falsas, y lo mismo fué el
tener tal noticia, acompañado de dos alguaciles y del escribano don Jerónimo de
Parga, presentóse en la casa que le habían señalado como residencia de las
mujeres, á las cuales sorprendió, comenzando el registro del domicilio.
Aprovechando un momento de descuido, una de las
hembras pudo huir, sin ser vista, yendo á refugiarse al convento de San
Francisco de Paula, según después se supo, y ya
bien asegurada la otra, dijo llamarse Leonor de Silva, ser casada con un sujeto
de nombre Juan Ruíz, del cual no sabía nada hacía tres meses, pero tenía
noticias de que vivía con unas hermanas suyas en la calle del Azafrán.
El registro en casa de la mujer dió por resultado
que se le encontrasen efectivamente una gran cantidad de reales de plata de á
ocho y de á cuatro, siendo falsas todas las monedas, las cuales se recogieron,
y para no perder tiempo, como hombre listo que era, enviada la moza á la
cárcel, corrió el alcalde de la justicia, don Cándido Molina, á la calle
Azafrán, donde pensaba encontrar al Juan Ruíz.
Llegó el alcalde con su gente á la casa que le
habían indicado, y encontrándola cerrada, llamó á la puerta repetidas veces,
saliendo á los golpes una mujer por cierta ventanilla alta, la que dijo que
allí vivía, efectivamente, la persona que se buscaba, pero que había salido
hacía algunas horas, ignorando cuál sería la de su regreso.
Mas aquella visita inesperada de don Cándido vino á
descubrir todo el secreto que perseguía, pues siendo aquel lugar el que servía
de fábrica para las monedas falsas encontradas á las mozas, y hallándose allí
oculto á la sazón uno de los dos monederos, don Juan Troncoso, éste, creyéndose
perdido, se dispuso á ponerse en salvo.
Así precipitadamente, ocultó donde mejor pudo una
espuerta de monedas recién blanqueadas, tomó capa y sombrero, y, armándose de
una carabina, se arrojó por un tejado á un solar inmediato.
Creyóse allí por un momento en salvo, pero los
alguaciles de don Cándido, que le habían visto, le intimaron á rendirse;
el otro intentó defenderse desde el solar, pero á la postre, haciéndose cargo
de su situación, saltó á la calle, y allí echóse á los pies del alcalde cuando
mandó dispararle, así como á la mujer que en la casa estaba y que resultó ser
su esposa, Ana de Córdoba.
Preso ya aquel pájaro, no tardó el monedero Juan
Ruíz en caer en las garras de la justicia, capturándolo el mismo don Cándido
Molina Sotomayor á las pocas noches en la plazuela del Horno, después de
arriesgados trabajos.
Encerrados en la cárcel los dos monederos, con
tanta prisa se llevó la causa, que el miércoles 16 de Abril los reos estaban ya
condenados; pero cuando fueron á leerles la sentencia, Juan Ruiz protestó
iracundo y produjo el mayor alboroto, y Troncoso enarbolando una silla, trató
de estrellarla en la cabeza del escribano, y como no pudiera hacerlo, subió á
una baranda próxima y por ella se hubiera arrojado á no sujetarle á tiempo el
cura de San Vicente y dos franciscanos que habían venido para auxiliar á los condenados.
El 17 de Abril mostráronse ya los reos con más
sosiego, viendo que cuantos esfuerzos hicieran resultarían inútiles, y así
despidiéronse de sus mujeres y sus hijos, se dispusieron á bien morir,
sufriendo la última pena el siguiente día 18 de Abril muy de mañana, en la
misma cárcel y no en el sitio acostumbrado.
Los cuerpos de Ruíz y Troncoso no fueron quemados
como en la sentencia se hacía notar, sino que por instancias de la Hermandad de
la Caridad se sepultaron con cierta pompa.
Tal fué el curioso caso de monederos falsos de
Sevilla, del que existe una puntual relación publicada á raíz del suceso y la
cual lleva este título.
—Segunda relación verdadera en que á la letra se
contiene todo el hecho de la causa que el licenciado don Cándido de Molina y
Sotomayor, Alcalde de la justicia de la ciudad de Sevilla, mandó escribir
contra don Juan Troncoso, de edad veintiséis años, y don Juan Ruíz, de edad de
veintisiete, por monederos y expendedores de plata falsa.—Y la sentencia de
garrote y fuego que dicho Juez dió contra los dichos reos, y modo con que se
ejecutó su muerte el día 18 de Abril de este presente año de 1681.—Con
licencia, impreso en Sevilla por Toribio López de Haro, en las Siete Revueltas.
Esta relación que está escrita en cinco romances,
contiene detalles muy curiosos del suceso y la conservaba en su biblioteca el
marqués de Jerez de los Caballeros.
En el hospital de los Inocentes, situado en la
calle Real de san Marcos, casa cuya fundación debióse en 1436 á Marcos de
Contreras, estuvo albergado desde 1681 un loco natural de Arcos de la Frontera,
llamado Amaro Rodríguez, el cual llegó á hacerse célebre en Sevilla y adquirió una singular popularidad, de tal modo, que no había
persona chica ó grande que no le conociese.
Estribó esa fama principalmente en que dió en la
manía de pronunciar sermones, los cuales eran de lo más chistoso y disparatado
que pueda imaginarse; y como el tema naturalmente de la mayoría de ellos eran
los asuntos religiosos, tratábalos de tal manera el loco, que no había persona
que no se parase á escucharlo.
Amaro Rodríguez tiene en su vida de cuerdo una nota
dramática, pues según las noticias que figuran al frente de sus sermones, «fué
casado y su locura provino de haber hallado á su mujer en íntima
correspondencia con un fraile, á la cual se atribuye el íntimo rigor con que
les sacude siempre que los coje por delante.»
Comenzó Amaro á hacerse popular hacia 1657, pues
como su locura era pacífica, iba por las calles de la ciudad sermoneando á
troche y moche en donde le parecía, hasta que en 29 de Octubre de 1681 fué
recogido en la casa de Inocentes, donde con otros infelices era destinado á
recoger limosnas para el hospital diariamente por los sitios públicos, limosna
que le daba muy buen resultado á la casa, que con tal de oir los despropósitos
teológicos y los macarrónicos latinajos de don Amaro, todos solían darle dinero.
Iba el loco por las calles cubierta la cabeza con
un bonete rojo: decíase predicador apostólico y canónigo de santa
Catalina; acompañábale por lo general otro postulante, y en el lugar donde
le parecía conveniente se detenía, y ya sobre una piedra ó encaramado en una
ventana ó en otro lugar semejante alzaba el grito, no tardando en verse rodeado
de un numeroso grupo de gente desocupada y maleante, la cual, si bien celebraba
sus dichos, solía con frecuencia interrumpir los macarrónicos latines y los panegíricos de don Amaro, que contestaba con
donosas puyas y desvergüenzas á sus interruptores, ó bien harta ya su
paciencia, salía corriendo tras alguno armado de un par de piedras ó de un
palo, sin que nunca, sin embargo, se diera el caso de agredir á nadie.
Las fiestas de la iglesia, los santos del día ó
determinadas personas y circunstancias del momento, servían de tema para sus
discursos, y en todos ellos había largas cuchufletas y donaires contra los
frailes, que más de una vez ellos mismos se paraban á escuchar al loco cuando
lo encontraban á su paso.
«Todavía al cabo de más de un siglo—dice la nota
del XVIII, copiada por D. Juan Gualberto Gonzalez,—andan de boca en boca las
graciosísimas ocurrencias por los sermones esparcidos, satíricos, estravagantes
ó grotescos, con citas oportunas, aunque estupendas, de los sagrados textos, en
que se descubre un buen ingenio y el don de aproximar las ideas que parecían
más remotas, dándole ocasión las más de las veces el mero sonido de las
palabras, que interpretaba á su manera.»
Multitud de dichos y de ingeniosidades se
encuentran en tales sermones, y en cuanto á sus sentencias, sirva esta de
ejemplo:
«En tiempo del mencionado señor ilustrísimo don
Ambrosio Ignacio Espínola y Guzmán, arzobispo de esta ciudad de Sevilla, se
construyó en su palacio una magnífica escalera de piedra de jaspe, y como Amaro
iba diariamente al palacio á procurar limosna, luego que vió concluida la
escalera subió por ella y preguntó á los pajes que estaban al paso que cuánto
había costado aquella alhaja: le dijeron una cantidad excesiva, por oir lo que
se le ocurriera á Amaro, el que respondió con gran prontitud:
—Muy santo debe ser su ilustrísima, pues se ha
atrevido á hacer lo que no hizo Cristo, pues el diablo le pidió á su Divina
Majestad que convirtiese las piedras en pan y su ilustrísima lo ha hecho al
revés porque el pan de las pobres lo ha convertido en piedras que sólo sirven
para obstentar la grandeza y vanidad de este mundo. Allá se haya santa Marta
con sus pollos, que en llegando el día de la cuenta, quien hubiese gastado
menos, saldrá mejor librado.»
Amaro Rodríguez se sabe que falleció en Sevilla el
23 de Abril de 1865, siendo su cadáver enterrado en la iglesia de san Marcos.
La fama del loco duró mucho tiempo en Sevilla, y
algunos que tuvieron la curiosidad escribieron varios de sus chistosos
sermones, los cuales se conservan en un códice del siglo XVII, según se los
escucharon y se imprimió por la Sociedad de Bibliófilos Andaluces.
Allí hay recogidos treinta y nueve sermones con
algunas sentencias, y de ellas dice una nota que prueba el efecto que causaron
las peroraciones del loco en su tiempo:
«Los mismos inquisidores, los mismos frailes, las
personas más timoratas los leían y celebraban á solas y á coro, sin temor de
caer en mal paso de excomunión y denuncia, y he visto á algunos afectísimos á
los frailes y al Santo Oficio, llorar de risa con los despropósitos de Amaro.»
Se llamó en el mundo don Pedro José Romero y en la
religión fray Pedro de san José; había nacido en Villamanrique y residía en el
convento de San Diego de Sevilla, hacia la penúltima década del siglo XVII.
El buen fray Pedro vino á contagiarse de las
herejías de Molinos y aquí estuvo su perdición, bien que él trató de ocultar
los graves pecados y sólo con sus íntimos explayábase en sus predicaciones y en
sus actos, que eran por cierto de los más peregrinos.
Hacia 1685 llegaron á la Inquisición los rumores de
las herejías de fray Pedro de san José, pero á fin de dar el golpe en seguro
decidió vigilarle, y como de la tal vigilancia resultó la comprobación de las
sospechas á principios de 1686, cuando más ajeno estaba el fraile cogiéronle
preso, permaneciendo en las mazmorras tres años, hasta el día 10 de Julio de
1689 en que salió en el auto de fe, celebrado en el castillo de Triana.
No perdieron en aquellos tres años el tiempo los
del Santo Oficio en sus averiguaciones sobre los hechos de fray Pedro, pues con
tanta fortuna llevaron sus diligencias y tan al menudo inquirieron, que no
faltó paso de molinista que no descubrieran, ni acción por él
cometida que escapase á su conocimiento, de lo cual
resultó un proceso tan voluminoso, que para darle lectura en el auto de fe se
redujo á los cargos más sustanciales, y aun así y todo invirtió el secretario
en leerlo tres horas.
Allí resultó que fray Pedro aconsejaba mal á sus
hijas de confesión, á quienes hacía creer que Jesucristo le había revelado que
nada de lo que hiciese era pecaminoso, que se había hecho profeta por dón
especial, que decía estaba destinado á ser Pontífice, y que entonces
haría apóstolas á sus hijas de confesión, que habían luego de
crucificarlo en la Cruz del Campo, y que, enterrado en Tablada, resucitaría á
los tres días; que en Babilonia había nacido ya el Anticristo, que tendría de
predicar por manera harto maravillosa, con otras muchas sandeces y disparates,
con los cuales había tenido embaucados á muchos y producido grande escándalo.
Días antes del auto, fray Pedro de san José confesó
todos sus delitos, arrepentido de ellos muy sinceramente, y abjuró de
vehementi, por lo cual se libró de una muerte cierta, fulminándose contra
él la sentencia, cuya parte principal reproduzco, según la inserta en su Relación
histórica de la judería de Sevilla, Montero de Espinosa:
...«Fallamos que, atento al proceso fulminado
contra fray Pedro de san José, que presente está, que le debemos declarar y
declaramos por hereje, hipócrita, iluso, infestado del error de los
alumbrados y profeta falso y por haberlo sido, mandamos sea sacado de
la sala de este Santo Tribunal con sambenito de dos aspas, estando en pie dicho
reo siempre, y absuelto, se le quite; y al día siguiente sea llevado á su
convento con ministros y secretario de esta causa, y en presencia de toda
comunidad, excepto los novicios, se lea todo el dicho proceso y sentencia y que
allí se le dé una disciplina circular; y le privamos para siempre de confesar y predicar y que no tenga
voto activo ni pasivo, y que salga desterrado por diez años de Sevilla, Jerez y
Villamanrique y Madrid y los lugares á éstos ocho leguas en contorno, y que los
primeros seis años esté recluso en el convento que le fuese señalado y que allí
sea enseñado del confesor que le dieren por director de su conciencia,
enseñándole la doctrina cristiana; y que todo el dicho tiempo en los actos de
comunidad tenga el último lugar de todos, y por esta nuestra definitiva (sentencia),
juzgando benignamente, así lo pronunciamos y mandamos, etc., etc.»
Hasta aquí lo que se sabe de la historia de fray
Pedro de San José, que debió darse por satisfecho de haber salido con vida de
las garras inquisistoriales.
Desde muy remota fecha era costumbre en Sevilla que
figurasen en la procesión del Corpus buen número de cuadrillas de hombres y
mujeres, que caprichosamente vestidos, danzaban y tañían instrumentos, siendo
los tales danzantes de lo que más llamaba la atención del pueblo,
y tan estimados eran de éste, que en cierta ocasión que se intentaron suprimir
y modificar, se produjo un grave conflicto, como ocurrió el año de 1690, según
las crónicas relatan.
El citado año un caballero veinticuatro, don Andrés
de Herrera, hizo una proposición á fin de que las danzas se
suprimiesen, no haciéndose por lo pronto caso alguno de su escrito por el
Ayuntamiento; pero el hombre se conoce que no se dió por vencido, y ocultamente
trabajó en favor de su idea, convenciendo al Asistente y á otras personas hasta
el punto de que ocurrieran los siguientes sucesos:
En la mañana del día del Corpus citado, que fué el
25 de Mayo, súpose con gran sorpresa que el Arzobispo y el Asistente prohibían
de golpe que las danzas ni entrasen en la Catedral, ni fueran en la procesión,
y si acaso aparte de ella, cosa que, sabida por los comisionados de la ciudad
para organizar la fiesta, procuraron enterarse bien del hecho, y, conociendo su
certeza, no pudieron conseguir que el Asistente desistiese del acuerdo que, sin
parecer de la corporación, había tomado, por lo cual, consultados los abogados
allí mismo, apelaron á la Audiencia, que se reunió acordándose avisar
inmediatamente á la Catedral para que la procesión no saliese hasta nueva
orden.
Entonces el Cabildo Catedral y el tribunal de la
Inquisición se dispusieron á esperar mientras en la Audiencia continuaban las
diligencias comenzadas á toda prisa, terminando éstas revocándose el acuerdo
del Asistente y mandándose que al punto fueran las danzas á la Catedral.
Y la importante Relación coetánea
del hecho, que existe manuscrita en la Colombina, dice al llegar á este punto,
tratando del alboroto popular, que entonces se promovió:
«El pueblo, considerando las embajadas tan
continuas y rendimientos de la Real Audiencia, y que en su puntual hora la
torre no hacía la señal para la procesión y que era llegado el medio día, se
juntó todo en la plaza de san Francisco hasta la Iglesia Mayor, entrando unos y
saliendo otros, contristados de ver se les frustraba al parecer el consuelo de
ver por las calles la procesión y llegaron todos á hacer tan diversos como
melancólicos y tristes discursos. Las religiones y eclesiásticos regulares convocados
les faltaban los discursos y clamaban á su Dios á cuya fiesta como obligados
venían á asistir. Los prudentes y timoratos, con lágrimas, con ansia, clamaban
ante la Divina Majestad pidiendo disolviera las dificultades que se podían
ofrecer. La gente popular, unos impacientes y otros con sobrada cólera, otros
no bien intencionados, prorrumpían en melancólico y desordenado motivo que cada
uno fabricaba diversas especies sin acertar con el principal por discurrir y no
bien en todos. En lo alterado este mar populoso llegó la noticia para que
entrasen las Danzas en la iglesia; fué tal la alegría universal que concibió el
pueblo, que sin ponderación puedo asegurar que de puro júbilo se vió á todos
hacer poco menos demostraciones que las de las mismas Danzas, á cuyo tiempo fué
dado principio á salir la procesión, y entrando en forma la Ciudad á ocupar su
lugar y á oir la misa que se le tenía prevenida mientras se va ordenando.»
A estas líneas que dejo extractadas hay que añadir
que el conflicto, lejos de resolverse allí, tomó nuevo aspecto, pues el
arzobispo se negó entonces á prestar su concurso y á transigir con lo de
las danzas, enviando á decir á las corporaciones y á los
religiosos, que ya estaban formados en las gradas de la Catedral, que se
dispersaran, causando nuevo motivo de alboroto, de enojo y de sorpresa.
No relataré minuciosamente las idas y venidas, las
palabras vivas y los comentarios que entonces entre las autoridades mediaron, y
cuál serio, formal y grave, fué el corte que tomó el asunto.
«Los diputados de la procesión—sigo extractando de
la Relación y otros prebendados acudieron á esperar las
religiones, que aun no habían salido todas. Los beneficiados, que estaban
revestidos para llevar la Custodia, con notificación de las censuras, se
desnudaron, las Cruces de las parroquias se fueron, el clero se aterró y se fué
de la Iglesia, las más de las cofradías se fueron. Vista esta confusión por
todo el pueblo, los sacristanes huyendo y las cofradías de la misma suerte, fué
tal en este punto el tropel y clamor de la voz popular, que se oyeron cosas
dignas de escribirse...»
«No es posible poder reducir ni hay testimonio con
que explicar lo que en este trance se vió y oyó, y los milagros por la Divina
Magestad, en que á vista de tal inquietud y resolución, no permitió que hubiese
otra cosa que voces.»
Entonces, por orden de la Audiencia, con los que
aún no se habían dispersado, la procesión siguió con la Hermandad de los
Sastres, la de san Diego, los capuchinos, los mercenarios, los agustinos y los
frailes del Carmen, asistiendo también el tribunal de la Inquisición, los
canónigos y el Asistente, que con harto despecho tuvo que concurrir llevando
delante á los de las danzas, motivo principal del alboroto y los
cuales bailaron durante el tránsito, como si nada hubiera ocurrido, con general
regocijo.
Las cuatro de la tarde eran cuando la procesión
regresó al templo Catedral, terminando sin otro incidente la fiesta del Corpus
de aquel día, que dejó memoria entre los sevillanos largo tiempo.
Antiguas son en Sevilla las procesiones del rosario
que durante las primeras horas de la noche y por las madrugadas recorrían las
calles de la ciudad cantando oraciones, pero los historiadores señalan como la
época de que arranca el gran apogeo de tales actos religiosos, los últimos años
del siglo XVII, en que sufrieron notables reformas que contribuyeron á su gran
desarrollo.
Don Antonio M. Espinosa y Cárcel, dice al hablar
del año 1690, que «desde este año comenzaron á salir en Sevilla los rosarios
con cruz y estandarte (ó sin-pecado) y faroles, aumentándose la devoción cada
día en los términos de grandeza y aparato que hoy (1796) se ven con admiración
de todos.»
Fué, á creer á los analistas, el rosario de la
hermandad de la Virgen de la Alegría de san Bartolomé, el primero que salió con
sus luces é insignias, disputándose con él la antigüedad el de san Pablo,
organizado por cierto fray Pedro Martín de Ulloa, y á estos dos siguieron
rápidamente otros muchos que hicieron reformas por entonces.
La constitución de hermandades del rosario tomó
gran incremento en escaso tiempo, y de entre ellas he de citar
algunas de las principales, como lo fueron las de la Merced, san Roque, el
Pópulo, los Dolores, la Cruz del Rodeo, los Viejos, san Acasio, san Telmo, la
Virgen de los Angeles, los Clérigos Menores, santa Ana la Pastora, san Nicolás,
san Benito y san Alberto.
A más de éstas, había otras muchas de menos
importancia, y puede decirse que, al mediar la décima octava centuria, no
existía en Sevilla iglesia, convento, capilla, cruz ó retablo donde no
estuviese formada una hermandad, que por las noches recorría las calles, más ó
menos devota y gravemente, con sus campanillas, su cruz, su estandarte y sus
grandes faroles.
Hacia 1732 el rosario del Sagrario empezó á
competir en lucimiento con las demás, y en 1735 comenzaron á salir de Santa
Cruz los formados por mujeres, según las noticias de Enrique Andrade, teniendo
también aquel año principio, para que nada faltase, uno de niños, al cual dió
gran impulso un fraile llamado Diego Tomás de los Ríos.
Para que el lector calcule hasta dónde llegó esto
de las hermandades de rosarios, consignaré tan sólo que entre las de hombres,
mujeres y niños había en Sevilla 128 en 1758, como así consta en los Anales,
y era de ver que apenas quedaba noche del año en que no salieran tres ó más á
la calle, sin contar la más principal y numerosa, que era la que al toque del
alba salía de la capilla de las gradas de la Catedral, á la que estaban
afiliados todos los comerciantes del barrio del Sagrario y personas de no poca significación.
Tan excesivo número de hermandades daban origen á
competencias y rivalidades entre unas y otras, por muy varios motivos, y en
particular las de los barrios bajos, compuestas en su mayoría de gentes de
armas tomar y de mozos del brazo de hierro y de la
mano airada, tenían con frecuencia en mitad de la calle y entre las sombras de
la noche agrias disputas y pendencias, donde los devotos venían siempre á las
manos, propinándose sendos bofetones, palos y farolazos que dieron con justicia
origen á la fama legendaria que aún todavía conservan los Rosarios de
la aurora.
Para aquellos nuestros abuelos, era el rosario por
la noche una distracción como otra cualquiera á falta de alguna más variada, y
así se explica que antes del devoto ejercicio y durante el tránsito menudeasen
mucho las libaciones en las tiendas de montañés, y que los hermanos estuviesen
en no pocas ocasiones muy lejos de guardar aquella compostura y devoción que el
caso reclamaba.
Los rosarios de mujeres, sobre todo, dieron origen
á no pocos excesos, en los que más de una vez viéronse obligados á intervenir
los alguaciles, pues como no todas las hijas de Eva que á ellos concurrían
hacíanlo sólo por el rezo, y como con frecuencia los mozos de empuje se unían á
la procesión con intenciones no muy piadosas, resultaban de aquí escenas poco
edificantes.
Las rivalidades entre los individuos de unas y
otras hermandades, llegaban á ser á veces terribles y los odios
irreconciliables, aunque el origen de todo era tan santo, y en cuantas
ocasiones podían molestarse los hermanos, las aprovechaban con creces, usando
de todos los medios.
Como anuncio de los rosarios de madrugada era la
salida de los hermanos campanilleros, que recorrían en las primeras
horas de la noche las calles embozados en capas, deteniéndose en determinado
punto, y entonando coplas de carácter religioso, á las cuales acompañaban con el repiqueteo de unas campanillas de mano que
llevaban al efecto.
Estos campanilleros formaban parte
de las mismas hermandades del rosario, y eran, por lo general, gente obrera, y
algunos llegaban á adquirir singular destreza en el manejo de la campanilla.
Los sábados, generalmente, salían á la calle
los campanilleros por los barrios de la Feria, de la Macarena,
de san Bernardo ó de Triana, teniendo siempre no pocos curiosos que le rodeaban
cuando se detenían á echar sus tonadas ante la puerta de alguna casa, de cuyos
inquilinos recogían buenas limosnas para el culto del rosario.
La música de los campanilleros era
extraña y de un singular carácter, pero no dejaban de ser menos curiosas las
letras de sus coplas, entre las cuales las había del tenor siguiente:
El demonio como es tan travieso
agarró una piedra y rompió un farol,
y salieron los padres Franciscos
y lo apedrearon en el callejón.
El invito del rey san Fernando
luchando con moros, Sevilla ganó,
con el mundo en la mano derecha
y en la otra la espada y en la otra el pendón.
Un devoto por ir al rosario
por una ventana se quiso tirar,
y la Virgen María le dice:
—Detente devoto, por la puerta sal.
Todas estas y otras muchas llevaban un estribillo,
que se repetía cientos y cientos de veces, y el cual era por este estilo:
«Devotos, venid;
devotos, llegar,
que la Virgen María nos llama;
su santo rosario
venid á rezar.»
Algunos cantores de los campanilleros llegaron
á adquirir cierta celebridad, no sólo en la hermandad á que pertenecían, sino
en todo el barrio, principalmente en los tiempos en que más en auge estuvieron,
entablándose en no pocas ocasiones competencias muy empeñadas entre los
cantores de una parroquia y los de otra, competencias de las cuales resultaron
algunas veces disgustos y altercados.
A fines del siglo XVIII y á la primera mitad del
XIX, el tipo del hermano campanillero era popularísimo en Sevilla y el nombre
de alguno de ellos ha pasado á la posteridad, como ocurrió con el llamado
Felipe Batato, de quien decía la copla:
«Si lo llaman pa ir al rosario
dice que está enfermo, que no puede ir;
si lo llaman pa i á la taberna,
dice que se esperen, que se va á vestir.»
En los primeros años del siglo XIX comenzó en
Sevilla la decadencia de los rosarios nocturnos, que después de los tres años
de invasión francesa no volvieron ya á su antiguo esplendor, y disueltas ó
extinguidas más tarde las hermandades, sólo queda como menguado recuerdo de
aquellos actos de religión, en que nuestros abuelos pasaban el tiempo, el
rosario de la aurora, que aún sale tres veces al año de la capilla de la
Angustia, en las gradas de la Catedral.
Catalina Briguela tenía por nombre y era natural
del Puerto de Santa María, donde vivió algún tiempo y en diversas temporadas en
Sevilla, población en que llegó á ser muy conocida por la gente devota y en
donde vino al fin y á la postre á sufrir mal de su grado, infamante pena y duro
castigo.
El día 18 de Diciembre de 1695, el pueblo que
acudió á la iglesia de santa Ana de Triana, donde la Inquisición celebró auto
público de fe, vió salir á Catalina Briguela en unión de cinco mujeres y dos
hombres que por sus pecados se vieron en tan apurado trance.
El delito de que se acusaba á la Briguela era
grave, pues según resultó de la lectura de la causa, desde la edad de siete
años había la mujer mantenido pacto con el demonio, edad harto
temprana, que prueba cuánta era la precocidad de la niña y cuán varios son los
caprichos del Satan, que hace diabluras como estas de escoger criaturas para
echarles la garra.
El tribunal de la Inquisición sentenció á Briguela
á sufrir doscientos azotes por las calles de la ciudad á hacer duras
penitencias por determinado tiempo y á ocho años de destierro de los cuatro
reinos de Andalucía.
La vida de la reo no dejaba de ofrecer incidentes
curiosos, que todos se pusieron bien en claro durante las diligencias del
proceso, en el que declararon muchas personas que juraron gravemente haber sido
testigos de cuán formal y estrecho era el pacto que tenía la reo hecho con el
diablo.
Parece que la moza, que era beata de hábitos, no
sólo se contentaba con su pacto diablesco, sino que inducía á las jóvenes á que
se entregasen á Satanás, sin duda porque á ella le iba muy bien con aquella
compaña.
En el Puerto de Santa María y en Sevilla, María
Briguela reunía en su casa á personas adictas, y con ellas se entretenía en
prácticas de hechicerías, las cuales no se celebraron con tanto misterio que no
trascendiesen al vecindario, con gran escándalo para todos, pues el demonio
parece que tomaba parte en aquellas reuniones, no sólo para cosas contrarias á
la religión, sino para excitar á sus poseídos á las mayores desvergüenzas y
deshonestidades.
Vivió la beata mucho tiempo de ésta tan torcida
manera y sin apartarse del mal camino, siendo muy frecuente en ella las
visiones y los transportes, los cuales le acometían con frecuencia, causando la
mayor admiración en cuantos la rodeaban y que quedaban suspensos de verla
revolverse por los suelos, dar grandes gritos, agitarse toda y sufrir las
mayores crueldades.
Cuando volvía en conocimiento la beata, contaba
cosas estupendas á sus amigas, y relataba sus conversaciones con Luzbel, y las
confidencias que éste les hacía en las cuales trataba con la mayor llaneza de
las cosas pasadas, presentes y futuras, dejando
tales relaciones con la boca abierta á todos los incautos que las oían.
Farsa burda era aquella en que la Briguela no
dejaba de sacar provecho, pues que siempre tenía quien la regalase, por tal de
oirla.
El año 1690 parece que vino á unirse con Catalina
otra mujer que también andaba en esto del pacto con el demonio, y no es cosa de
relatar los estragos que en algunas almas sencillas hicieron con sus malas
artes y con sus abominaciones.
De esto vino la perdición de la ilusa, pues un
pariente de cierta moza á quien habían ganado para sus hechicerías, denunció á
la Briguela al tribunal de la Inquisición, quien la puso en sus cárceles en
1693, donde permaneció hasta el 18 de Diciembre del citado 1695 en que salió en
santa Ana en público como lo cita Montero de Espinosa en su Colección
de autos que llamaban de fé.
No siempre había de ser el verdugo el que azotase á
los reos, y por eso en cierta ocasión fué el propio verdugo el que salió á la
vergüenza pública montado en el borrico y sufriendo sobre sus espaldas los
golpes de la penca.
Esto ocurrió en 1698 el día 10 de Octubre, y la
causa del castigo fué que el tal verdugo tenía el feo vicio de la blasfemia,
costándole las palabras gruesas que en una ocasión dijo, 200 azotes dados tan á
conciencia, que el hombre estuvo curándose largo tiempo y á punto de perder la
vida.
El azotado verdugo se llamaba Onofre Bartola y era
hombre de historia un tanto original, que bien merece recordarse. En una
ocasión prendió la justicia á varios ladrones, y uno de ellos, hombre
despejado, á lo que se vió, suplicó con grandes instancias le concediesen la
plaza de ejecutor de la justicia, y como quiera que á la sazón ésta se hallaba
mal servida porque el verdugo andaba enfermo y achacoso, y el solicitante, que
era el propio Onofre, ofreció desempeñar el puesto por la mitad del sueldo, le fué
encomendado; pero tantas fueron las bellaquerías y malas acciones que cometió á
partir de entonces, que la Audiencia lo condenó á cárcel perpetua, y á no salir
de ella sino cuando tenía que ejercer su triste
misión, muy escoltado, y así que daba fin de ella volvían á encerrarle.
Parece que en la prisión, como su espíritu era
inquieto y turbulento, traía siempre revueltos á los demás presos, gente de la
hería, nada pacífica ni sosegada, y esto dió motivo á que, denunciado por
blasfemo horrendo, saliese un día por las calles de Sevilla á sufrir los
infamantes azotes; y no quedó aquí el castigo, sino que la Inquisición lo
reclamó y le hizo á fin de 1699 salir en auto público, encorozado y con una
mordaza, enviándolo luego á sufrir seis años de galeras.
Del tiempo en que estaba preso el ínclito Onofre he
encontrado la curiosa noticia en el Archivo Municipal en la Carpeta 39 de
Acuerdos para librar de 1699 y que puede servir de dato para ilustrar la vida
del azotado verdugo:
«En la muy noble y leal ciudad de Sevilla, en
sábado 11, días del mes de Abril de 1699, en el Cabildo que la ciudad tuvo y
celebró este día en que se juntaron sus señorías el señor marqués de
Valdehermoso, Asistente de esta ciudad y algunos de los caballeros veinticuatro
y jurados según costumbre, fué leído un memorial dado por Onofre Bartola en que
dice está ejerciendo el oficio de ejecutor de la justicia y que se halla preso
en la cárcel real, y sumamente pobre, suplica á la ciudad lo admita por tal ejecutor,
señalándole lo que es estilo y socorriéndole por ahora con lo que la ciudad
fuese servido, en que recibiría merced; y visto por la ciudad y por su señoría
el señor Asistente se acordó de conformidad remitir el dicho memorial á los
señores tenientes para que hagan informe sobre su contenido y que al dicho
Onofre Bartola se le diesen por ahora cien reales por cuenta
del salario de ejecutor de la justicia que se le hubiere de señalar, siendo á
propósito para ello y que se tenga presente en la
contaduría esta libranza para cuando llegue el caso, etc.»
Cumpliendo en las galeras la condena que se le
impuso después del auto de fe murió Onofre Bartola, y así tuvo fin la airada
vida de aquel ejecutor de la justicia, que fué á la par reo y verdugo.
LOS HERMANOS DEL PECADO MORTAL
En el siglo XVIII y aun á principios del XIX,
interrumpía, durante las noches, el silencio de las calles de Sevilla, una voz
lúgubre y monótona que más de una vez despertaba á los pacíficos vecinos y
llevaba el terror á los chiquillos que descansaban en sus casas.
Aquella voz era la de los hermanos de la Congregación
del santo celo por la salvación de las almas y conversión de las que están en
Pecado Mortal (que tal era su título), hermanos que con un cepillo de
madera colgado á la cintura para las limosnas, una campanilla y una linterna,
correteaban la ciudad desapareciendo cuando las primeras luces del nuevo día
comenzaban á iluminar el cielo.
Poco después de la Queda salían
los hermanos, que tenía cada uno de ellos la misión de recorrer un barrio, del
que llegaban á conocer todos sus rincones, encrucijadas y callejas; iban por
entre las sombras con paso reposado y lento, y en determinados lugares se
detenían y bajando el embozo de la capa, con tono quejumbroso gritaban:
—¡Para hacer bien y decir misas por los que
están en pecado mortal!
A este grito agitaban la campanilla, no faltando,
por lo regular, de allí á poco, la voz de un vecino que entreabría la ventana,
y al tome hermano, arrojaba alguna moneda á nuestro hombre, que
seguía su camino impasible á otro y otros sitios, donde repetía su pregón y sus
campanillazos, entonando algunas veces una á manera de saeta, del
tenor siguiente:
«Si en esta noche murieres,
hombre que estás en pecado
¡considera dónde fueres!»
La tal congregación del Pecado mortal,
fué creada en Sevilla hacia 1723, siendo su principal organizador un librero de
Marchena, establecido en la calle Génova, el cual, en unión de otros devotos,
formaron los estatutos y reglas, estableciéndose en la iglesia del convento de
san Francisco, donde más tarde costearon una Virgen de la Esperanza, pues á
ésta y al Cristo Coronado de Espinas, tenían por patronos los
congregantes.
El 9 de Abril del año de 1724 fué la primera noche
en que los hermanos del Pecado Mortal salieron por las calles
á recoger limosnas, y éstas debieron darles buenos resultados, pues en pocos
años llegaron á reunir un fondo bastante considerable, el cual aplicaban, entre
otros objetos, á casar á los enamorados que vivían maritalmente, para sacarles del pecado, como
cándidamente escribe un autor.
La congregación del Pecado Mortal,
salía anualmente de misiones por las parroquias de san Julián, san Marcos, san
Ildefonso y Omnium Sanctorum, á donde iba en procesión, y en las que
sermoneaban largo y tendido los frailes franciscanos, que se entraban y salían
por las casas de esas populosas collaciones, con el propósito de limpiar de
pecado al vecindario.
Los hermanos que paseaban las calles para recoger
las limosnas eran de los de más ánimos y presencia, pues había que tener ambas
cosas para andar de noche por la ciudad en invierno y verano, expuestos á más
de un percance y á las varias asechanzas y lances que entonces á cada paso se
ofrecían.
Los criminales y malhechores, los vagos y pájaros
de cuenta, que vagaban por calles y plazas, tenían en el pregón del Pecado
Mortal un aviso que le daba el alto en sus fechorías, y más de una vez
en el hermano un testigo mudo de sus actos.
Esta antipática y lúgubre figura de la campanilla y
el pregón desaparecieron por completo hace ya más de noventa años, pero la
congregación del Pecado Mortal siguió y puede decirse que aún
subsiste.
Cuando en 1840 fué derribado el convento de san
Francisco, se trasladaron los hermanos al templo de san Ildefonso, y de allí
fueron más tarde al de San Buenaventura, donde todavía y anualmente organizan
algunas misiones por los pueblos de la provincia misma, que por lo general,
pasan inadvertidas y en nada consiguen llamar la atención.
La congregación de El santo celo por la
salvación de las almas y conversión de los que están en pecado mortal, fué de aquellas instituciones religiosas que dieron una
nota gráfica la España negra y á la sociedad supersticiosa de nuestros abuelos,
aunque parezca extraño y con cierto orgullo se envanecen algunos autores de que
Sevilla fué la primera que la tuvo entre las capitalas de España.
UN PARTIDARIO DEL ARCHIDUQUE DE AUSTRIA
La guerra de sucesión, tan funesta para España,
hizo, como sucede en casos tales, multitud de víctimas fuera de los campos de
batalla, y más en aquella en que el número de partidarios de la causa del
archiduque de Austria era en un principio mayor que el de los Borbones.
Esto ocurrió también en Andalucía, donde se
conspiró un buen tiempo, si bien luego tratóse de borrar las huellas de tales
pasos, y siendo tal vez no pocos de los que luego prestaron acatamiento á
Felipe V, los que promovieron y fomentaron ocultamente las conjuras.
Uno de los individuos que en Sevilla se señaló más entre los partidarios del archiduque fué D. Cristóbal
Guerrero de Aguilar, el cual tenía el destino de administrador de la sal, y era
además uno de los más distinguidos familiares de la Inquisición por su noble
alcurnia y la posición que ocupaba.
Guerrero de Aguilar mezclóse en todos los manejos
contra la dinastía de Borbón, y estableció correspondencias con muchas personas
significadas, siendo durante los años 1702 y 1703 uno de los más activos
agentes de la casa de Austria.
En los comienzos de 1704, D. Cristóbal fué preso
por haberse probado que en uno de los frecuentes viajes que por entonces hizo,
había traído varias cartas, documentos y alocuciones del famoso cardenal
Cienfuegos, los cuales estaban dirigidos á excitar los ánimos de autoridades,
comunidades y personas significadas, en contra de la nueva dinastía.
Juzgado Guerrero de Aguilar por su delito, ninguna
clemencia tuvieron para él los jueces, condenándolo á muerte después de algún
tiempo de prisión y de haber practicado muchas y enojosas diligencias en
averiguación de los que en Sevilla parecían estar en contacto con el reo y
favorecer sus trabajos.
El administrador de la sal fué ahorcado en la plaza
uno de los primeros días de Mayo de 1774, y en la noche de su muerte una
procesión de frailes de san Francisco subió al patíbulo, descolgó el cadáver,
lo amortajó allí mismo, y colocándolo en un féretro, después de entonar largas
salmodias, lo condujeron al convento más próximo, donde le dieron sepultura.
Esto fué muy comentado en la ciudad, pues de los
frailes franciscanos de la Casa Grande se decía, no sin fundamento, que eran
partidarios del Archiduque, y aun que habían
enviado en diversas ocasiones ocultamente cantidades crecidas para el
sostenimiento de las tropas enemigas de la casa de Borbón.
El día 16 de Junio de 1718, fiesta del Corpus, una
vecina de la collación de San Vicente, llamada Juana Teresa Parrado, y la cual
era criada del convento del Dulce Nombre de Jesús, robó la sagrada forma del
viril, guardándola en su pecho, y después de partirla, la colocó sobre un altar
de Jesús Nazareno.
Esta profanación que, como es de suponer, causó
gran escándalo en Sevilla, fué consignada por algunos escritores en papeles y
hojas sueltas, y la autora del hecho fué presa y llevada á la Inquisición,
donde sufrió castigo, saliendo en auto público de fe el 10 de Diciembre de
1719, condenándosela á doscientos azotes y á destierro, y en desagravio de la
Divinidad se hicieron luego numerosas funcionos en los templos de Sevilla.
Juana Parrado, según las relaciones coetáneas, no
era una cualquiera como parece, pues, tenía nada menos que pacto con el
demonio, á quien trataba con mucha llaneza, y me parece de
verdadera curiosidad para conocer detalles de aquella individua y del suceso
que la hizo célebre, reproducir estas líneas del manuscrito de fray José de
Muñara, y que no dejan de ser donosas.
En ellos después de relatar el sacrilegio cuenta
como fué descubierto y da á conocer quien era la autora, en esta forma:
«...El día siguiente (17 de Junio) subió el
sacristán á renovar una bujía de cera junto al viril y reparó faltaba la
Sagrada Hostia; dió aviso á los sacristanes y entristeciéronse las monjas y
hicieron rogativas, disponiendo se consagrase una Hostia y se colocase en el
viril para manifestar á S. M. en la misa mayor. Una religiosa llamada la madre
Espíritu Santo hizo oración con muchas lágrimas delante de una santa imagen de
Jesús Nazareno que está en un altar (en blanco) y vió sobre los manteles
del altar media Hostia; dió aviso y el capellán registró el altar y halló la
otra mitad de la Hostia debajo de los manteles del mismo altar y creyendo era
aquella la misma Hostia que estuvo en el viril la puso en unas corporales y un
sacerdote la consumió en la misa. Estaba en el convento sirviendo una mujer
mulata llamada Juana Teresa Parrado, de quien las monjas tenían muchas
sospechas de que era mala cristiana y dando aviso al señor visitador que es nombrado
por el duque de Medina Sidonia para este convento por privilegio especial del
Papa, hizo sus obligaciones, y negando la dicha mulata con alguna turbación,
fué dada cuenta al señor provisor, siendo amenazada la mulata si no confesaba
la verdad, que sería castigada y atormentada, dijo que la mañana del dicho día 17 de Junio muy temprano el Demonio
la sacó por la reja de una tribuna y teniéndola en el aire junto al viril le
dijo sacase la Sagrada Hostia y se la entró en el seno y habiéndola vuelto el
Demonio á la tribuna había ella partido la Hostia y arrojándola sobre el
referido altar. Los señores inquisidores formaron autos, y vista la
declaración de la mulata la llevaron á sus cárceles: allí confesó hacía
muchos años que vivía con mucha llaneza y familiaridad con el Demonio, el cual
en forma de hombre la acariciaba y se acostaba con ella en su cama (¡!)
no declaró otros delitos sino los referidos de que resultaba huir de los santos
sacramentos y oir misa sin veneración y atención.» (Antigüedades y novedades
sevillanas.)
Juana Teresa Parrado, que tenía veinte y ocho años
de edad, después de salir en auto, que se celebró en san Pablo, como dije al
principio, en 10 de Diciembre de 1719; á los comienzos del siguiente corrió las
calles de la ciudad sufriendo los doscientos azotes impuestos posando luego al
destierro, donde quizá continuara su llaneza y familiaridad con el
Demonio, pues como cándidamente apunta Matute en sus Anales, la mulatita
«se afirmaba que desde niña había tenido pacto con él.»
Cuando al oscurecer del día 27 de Noviembre de 1723
los vecinos de Sevilla se disponían á recogerse en sus casas para entregarse al
reposo se vieron sorprendidos por el ruído que por varias calles promovía el
toque de trompetas y atabales, el paso de caballos y las voces de no poco
concurso que rodeaban á los ginetes.
La causa de todo aquello era la siguiente. Por la
tarde se había recibido de Madrid un pliego conteniendo la Pragmática
sanción que su majestad mandaba observar sobre trajes y otras cosas,
fechada en San Ildefonso á 15 días del mismo mes, y el Asistente que lo era don
Alonso Pérez de Saavedra, marqués de la Jarosa, apenas hubo recibido el
documento, había convocado á cabildo con gran prisa, para dar cuenta de él, y
como su señoría consideraba de mucha urgencia que la orden real llegase á
conocimiento de todos, se comisionó allí mismo al marqués de Gandul para que,
aunque fuese de noche, se publicara la pragmática con todas las solemnidades de
rúbrica.
En efecto, se organizó la comitiva para la
ceremonia, figurando en ella el teniente de Asistente don Isidoro Palomino, el pregonero Sebastian Francisco, los
alguaciles de los Veinte, los trompetas y atabales.
El primer pregón dióse, como de costumbre, á las
puertas del Ayuntamiento, siguiendo los otros ante la Audiencia, el palacio
Arzobispal, el Alcázar, y el barrio de la Feria, siendo necesario que algunos
mozos, con antorchas, alumbrasen al pregonero, que se desgañitaba en medio del
camino por enterar al vecindario, cómo quería Felipe V que se vistieran sus
vasallos de allí en adelante.
La tal pragmática sobre trajes, aunque reproducía
algunas disposiciones de otras, era más estrecha y tenía nuevas y grandes
disposiciones que no dejan de ser curiosas y que causaron no poco disgusto á
los galanes sevillanos, muy dados al lujo en sus trajes y personas.
El rey prohibía que se usase más de encajes finos,
cintas de plata y oro, terciopelos rayados, etc., como no fuera con cierta
moderación muy limitada; añadía que los menestrales, barberos, labradores y
especieros no podían llevar vestidos de seda, y vedaba en absoluto que ni
hombres ni mujeres luciesen aderezos y adornos de piedras falsas, que entonces
se labraban con gran perfección, imitando á los legítimos.
Las libreas que habían de llevar los pajes, lacayos
y criados se mandaba que fuesen del menor lujo posible, mencionándose también
el número que había de haber de éstos y sus trajes en ciertas ocasiones.
En cuanto á las galas femeninas, decía Felipe V
casi ruborizado:
...«Por cuanto son muy de mi real desagrado
las modas escandalosas en trajes de mujeres y contra la
modestia y decencia que en ellos se debe observar, ruego y encargo á todos los
obispos y prelados de España que, con celo y
discreción, procuren corregir estos excesos y recurran en caso necesario á mi
Consejo, donde mando se les dé todo el auxilio conveniente.»
Pero no era en los trajes únicamente en lo que
aquel rey disponía, sino que, con el propósito de disminuir el número de
carruajes, que debían estorbarle, dictaba severas disposiciones contra los
adornos, pinturas y galas que solían ponerse en las carrozas, literas, calesas,
estufas, etc., no dejando de ser donoso el que señalaba las personas á quienes
estaba permitido andar en coche y las que lo tenían vedado, en esta forma:
...«No podrán tener coches... los
alguaciles de corte, escribanos de provincia y número, ni otros ningunos,
ni tampoco lo han de poder tener los notarios, procuradores, agentes de
pleitos y de negocios, los recaudadores, si no es por otro
título, y tampoco lo podrán tener ni los mercaderes con tienda abierta,
ni los de lujos, plateros, maestros de obras, etc.»
En fin, para que nada faltase en que el rey
interviniera, ponía tasa á lo que á los novios les diese gana de regalar á sus
prometidas, marcándoles hasta dónde podían llegar en sus dádivas, diciendo:
«por cuanto exceso de joyas y vestidos, y otras cosas que se daban y hacen al
tiempo del desposorio... ninguna persona de cualquier estado, calidad y
condición que fuere, pueda dar ó diere á su esposa y mujer en joyas y vestidos
en causa alguna más que lo que montase la octava parte del dote que de ella
recibiese.»
Hasta 29 artículos tenía la famosa pragmática, que
se mandó cumplir con tanto rigor, que allí se ordenaba que el que la
desobedeciese tendría de pena por la primera vez cuatro años de
presidio cerrado á África, y por la segunda ocho años de galeras.
El Asistente conde de la Jarosa, que tanto se
apresuró á pregonar las órdenes reales, como antes dije, no fué menos severo en
su cumplimiento, haciendo practicar escrupulosos registros con frecuencia, y
por sastrerías, tiendas de ropas y cocheras, y sin que tuviera consideración
alguna á los intereses que perjudicaba, descargó toda su justicia sobre
obreros, artesanos y fabricantes, que respiraron con satisfacción cuando dejó
su cargo, tres años después, en 1725.
Y para que se viera que él era el primer cumplidor
de la pragmática, como quiera que en ella se ordenaba que todas las autoridades
y justicias vistieran de negro, en el primer cabildo que la ciudad celebró el 7
de Diciembre de 1723, se presentó todo enlutado, empuñando su vara, y obligó á
que con igual traje negro fuesen todos los caballeros, desde el escribano
Castillo hasta el último portero.
Al ocuparme en páginas anteriores de la asociación
del Niño Perdido que existió el siglo XVI, algo dije del lamentable abandono en
que estaba en la antigüedad la infancia desvalida. Las calles veíanse
continuamente llenas de muchachos que, sucios, andrajosos y hambrientos,
crecían abandonados á sus instintos, sin que ni las autoridades eclesiásticas
ni las civiles, ni otras corporaciones, se cuidasen de atender á ellos, apesar
de que de tan pingües rentas disponían.
Aquellos infelices, de cuya educación nadie se
ocupaba, vivían de la manera más miserable, comían cuando encontraban donde
robarlo, dormían al raso, y en su infantil edad, el continuo roce con gente
perversa y el abandono de toda educación tenían harto prematuramente
prostituidas sus almas y enviciadas y torcidas sus conciencias; pues los tales
rapazuelos, que por los sitios públicos enseñaban sus miserias, podían ser
maestros en raterías, licenciados en la carrera rufianesca y carne dispuesta
para consumirse en la horca, en las galeras ó en los presidios.
Esto, que tanto daño venía á traer á la sociedad y que tan poco hablaba en favor de la cultura, mal era
al que debía ponerse remedio, y aunque algunos sobre ello parasen mientes,
nadie de significación llevó á la práctica ninguna medida, y vino á partir la
obra bienhechora, como algunas veces sucede, del más débil y del que con menos
medios parece contar para llevarla á cabo.
Y así fué entonces. Un pobre hombre, de humilde
posición, sin trato social y sin carrera alguna, de ilustración escasísima,
pero de alma buena y sensible, movido de un noble sentimiento de humanidad,
solo y sin apoyo, hízose al comenzar el siglo XVIII, el verdadero protector de
la infancia desvalida, que á los poderosos ningún interés prestaba.
Era aquel hombre natural de la parroquia de San
Pedro de Píneres, del Concejo de Haller (obispado de Oviedo), llamábase Toribio
de Velasco y Alonso, había venido á Sevilla de joven y no tenía otro oficio que
vender por las calles añalejos, estampitas, novenas, romancillos ó pliegos de
aleluyas, con cuyas escasas ganancias atendía á su frugal alimento y á pagar su
modesto cuarto, que en una pobre casa de la calle del Peral le servía de
morada.
Toribio de Velasco, que por andar siempre de plaza
en calle, era testigo de aquel abandono en que los infelices desvalidos yacían,
comenzó á mezclarse entre los muchachos, y con palabras dulces y persuasivas,
procuraba atraerse á los más pequeños y menos maleados, regalándoles estampas y
dulces, y haciéndoles que les prestasen ya alguna atención, y al aire libre,
recitábales la doctrina ó algunas máximas de moral de las más sencillas.
Así anduvo nuestro buen hombre por los años de 1720
y 24 y era muy frecuente encontrarlo por la mañana y
tarde, ya en el monte del Baratillo, bien junto á una puerta, ó bien en medio
de una plazuela rodeado de muchachos á los cuales daba enseñanza, y tan de la
confianza de algunos fué haciéndose Toribio con paciencia y dulzura, que las
horas en que tenía costumbre de dar su lección, poníase en el extremo de una
calle ó plazoleta y allí sacaba de debajo de su capa raída y sucia una
campanilla que agitaba con fuerza, y á su toque se veían de distintas partes
acudir á los niños, que más de una vez dejaban instintivamente el juego para
rodear al pobre montañés y escuchar sus toscas palabras.
Ni las burlas de los incorregibles ni lo penoso de
la espontánea tarea, hiciéronle flaquear, llegando á conseguir, después de
muchos meses, que varios de los muchachos fueran á su pobre casa de la calle
del Peral, con lo que ya pudo decir que había echado los cimientos á su futuro
instituto.
Allí atrajo también á algunos hijos de vecinos
pobres, y con las limosnas que él mismo pedía, y sacrificando sus escasísimos
ahorros, pudo luego alquilar un departamento en una casa de vecindad de la
Alameda, donde en Julio de 1725 llegó á reunir, con cierto carácter de escuela,
á muchos niños, consiguiendo también comprar vestidos á 18 de los más
abandonados, los cuales se recogieron y allí pasaron las primeras clases de
enseñanza.
Había por entonces ya cundido la noticia de la
meritoria obra de Toribio de Velasco y llegado á oídos del arzobispo y del
Asistente, y entonces una persona interesada en ello, sin dar su nombre, envió
á la casa 50 ducados, con lo que puede decirse que comenzaron sus fondos.
Tan rápidos fueron en adelante los progresos del
benéfico establecimiento, y tanta la actividad desplegada por
su fundador, que aquél hubo de trasladarse á edificio más amplio en la calle
Real de san Marcos, al sitio de la Inquisición Vieja, y un escritor sevillano
dice á este propósito:
«Apesar de no contar con ninguna renta, el número
de niños crecía por manera, que llegaban en el año de 1727 á ciento, por lo que
fué necesario trasladarse.... y proveerse de maestros de escribir y contar, y
aun de gramática latina, por si alguno se inclinaba al estado eclesiástico:
también se dispusieron talleres en que aprendiesen los oficios de zapateros,
sastres, polaineros, cardadores de lana y otros de primera necesidad, de lo
que, informado el rey, lo socorrió con diez mil pesos, y además mandó á la Ciudad
que le proporcionaran sitio apropósito para que labrase casa, cuyo real decreto
fué cumplido, señalándose una bien espaciosa fuera de la puerta de Triana, como
quiera que ya constaba de ciento y cincuenta niños, cuya subsistencia se
apoyaba sólo en la caridad sevillana.»
No llegó Toribio de Velasco á ver instalada su casa
en dicho punto, pues anciano y enfermo, murió en la tarde del día 23 de Agosto
de 1730, siendo trasladado con gran pompa su cadáver desde la calle Real de san
Marcos, al convento de san Pablo, en que fué sepultado, y en su testamento dejó
elegido sucesor de su puesto á un su compañero que le había ayudado hasta allí,
llamado Antonio Manuel Rodríguez, el cual procuró durante el tiempo que estuvo
al frente del establecimiento, seguir las huellas del fundador.
En 1738, no habiendo podido realizarse el proyecto
del edificio en las afueras de la puerta de Triana, se trasladó la escuela á
una casa de la Calzada á la Cruz del Campo, de donde pasó en 1776 á ocupar el
edificio de san Hermenegildo, residencia que fué de
los jesuítas, donde estuvo hasta que se trasladó en 1785 á la plaza de Pumarejo
y á un espacioso edificio, en que permaneció hasta su extinción, primero en
1823 y completa en 1836.
Puede decirse que, cuando el heredero de Toribio de
Velasco, Antonio Manuel, dejó la casa en 1749, comenzó á decaer tan útil
establecimiento, que desde entonces administró un eclesiástico del que dice
Matute que «de cuyo poco celo é inteligencia, resultó un lastimoso atraso,
habiéndose reducido á 50 el número de niños.... y se puede asegurar que (el
establecimiento) jamás volvió á ver los felices días de su fundación.»
No son muy abundantes las noticias que existen de
la primitiva fundación del hermano Toribio, y las más importantes á más de las
que dan Asensio, Collantes y los papeles del conde del Aguila, se encuentran en
un libro que vió la luz en Madrid en 1766, escrito por el padre Baca y cuyo
título es el siguiente:
—«Los toribios en Sevilla breve noticia de la
fundación de su hospicio, su admirable principio, sus gloriosos progresos y el
infeliz estado en que al presente se halla: su autor el M. R. P. Fr. Gabriel
Baca, de la orden de la Merced, etcétera. La da á luz para ejemplo y
acción de gracias al Todo-Poderoso, D. Miguel Carrillo, canónigo de aquella
santa Patriarcal Iglesia, y la dedica al rey nuestro señor, como padre el más
poderoso de sus vasallos pobres y desvalidos.—Madrid, etcétera, 1766.»
Nada más que una confusa memoria queda hoy de aquel
bienhechor de los niños desvalidos, de aquel pobre Toribio de Velasco, que con
alma cándida y buena, llevó á cabo en nuestra ciudad una de las obras más
meritorias que pueden darse.... Sevilla no ha dedicado hasta ahora un solo
recuerdo al que hizo bien desinteresadamente; y en
la población donde tantos nombres que nada dicen se ostentan en las vías
públicas, aún no se ha ocurrido á nadie siquiera el poner á una calle el nombre
de Toribio de Velasco.
El gremio de sastres, que siempre ha sido muy
numeroso en Sevilla, cuando el viaje á esta ciudad de Felipe V en 1729, se
propuso obsequiar al rey, ardiendo en entusiasmo monárquico de tal modo y
manera, que en su obsequio dejase atrás cuanto en el mismo sentido pudieran
hacer otros.
Así fué que nada se les ocurrió á los buenos
alfayates que formaban la Hermandad de san Mateo, más ingenioso que el
organizar una cabalgata alegórica con el título de El piadoso Eneas de
las Españas, la cual fué cosa de ver, y bien merece que me ocupe de ella,
siguiendo con toda fidelidad las relaciones contemporáneas, que por lo
puntuales y verídicas no han de prestarse á dudas.
En la organización de tal cabalgata es seguro que
exprimieron su magín los sastres, ayudados, tal vez, por algunos
de los más doctos ingenios, logrando ser el asombro de la ciudad.
Salió la cabalgata á ver á los reyes llevando
delante el pregonero, los ministros de la justicia y los escribanos, todos
ellos vestidos con trajes de colorines, que, á juzgar por la descripción que de
ellos conozco, aunque embobaran á las gentes sencillas, eran harto ridículos y
estrafalarios.
Seguían á éstos nada menos que 66 sastres,
precedidos de un clarinero, vestidos de turcos, á su manera, con mucho de
cintajos y medias lunas, estandartes y escudos, donde iban escritos pésimos
versos en elogio del rey, que no había más que pedir.
Y á los turcos seguían 40 alfayates más á caballo,
y luego una cuadrilla numerosa á pie con chupas y sombreros de plumas, y los
cuales llevaban unos tarjetones con ingeniosidades de este tenor:
«La aguja, que es nuestro timbre,
despunta por esos aires
pirámides y monumentos
de Filipo Quinto el grande.
Dédalos son, no dedales
nuestros blasones, pues todos
saben volar en obsequio
de nuestros reyes gloriosos.
Para hacer á nuestros reyes
obsequio que bien les venga,
ha sido tan corto el tiempo
que apenas está de prueba.
En obsequio de unas bodas
este gremio contribuye
al ver de estas voluntades
y coronas el pespunte.
De telas del corazón
este festejo tejido,
con los que en él se han cosido
hebras los afectos son.
Presto para tanta fiesta
se echaron nuestros hilvanes,
que para tales esfuerzos
siempre son bravos los sastres.»
Por último, después de la tal cuadrilla venía el
carro alegórico del Piadoso Eneas de las Españas, mescolanza
religiosa-mitológica-teatral, en la que iba una figura representando á Felipe V
en forma de Eneas, otro á san Fernando y otro á la Sibila, que tenía el doble
significado de representar también á la Virgen María, para aclaración de lo
cual llevaba un tarjetón con estos versos:
«María, mejor Sibila,
no á Eneas, sino á Filipo,
le muestra en Fernan tercero
de que en Lis, Leon y Castillo.»
En el carro alegórico se mostraba también el
antiguo pendón de la hermandad de los sastres, que tenía por patrón á san
Mateo, y cerraba por último toda aquella comitiva un buen número de danzantes y
cantores que entonaban versos en loor del monarca, de la reina y de los
príncipes.
Con gran parsimonia y lucimiento, fué recorriendo
las calles de Sevilla la alegoría del Piadoso Eneas de las Españas,
sin que nada se opusiera á su esplendor, siendo todo del particular agrado de
Felipe V, cosa que colmó en extremo los deseos de los alfayates, los cuales,
con el fin de que su acto quedase inmortalizado, mandaron escribir y publicaron
un folleto describiendo toda la fiesta, folleto que fué impreso el mismo año de
1729 por la viuda de don Francisco Leefdael, y en
el cual se leían estas palabras al frente del soneto dedicatorio:
Al muy alto y muy poderoso monarca, árbitro de dos
mundos, á Felipe V, el animoso rey de las Españas, el gremio de sastrería de
Sevilla humilde saluda y reverente obsequia.
¡Lástima que el nombre del anónimo poeta, que se
despachó á su gusto en aquellas intrincadas ingeniosidades, no haya pasado á la
posteridad!
Cuando las sombras de la noche se extendían sobre
Sevilla en aquellos tiempos de la Inquisición y de los monarcas absolutos, era
preciso ser hombre de más de mediano valor para atreverse á recorrer solo las
calles, la mayoría de las cuales eran estrechas, tortuosas y en las que
abundaban las lóbregas travesías, las encrucijadas sombrías y los rincones
misteriosos y los pesados arquillos de feísimo aspecto.
Los faroles y candilejas que las hermandades solían
poner en retablos y cruces que tanto abundaban, era el único
alumbrado que podía guiar al transeúnte en aquellas tinieblas, por las que se
resistían á penetrar en no pocos barrios las rondas y las patrullas que de
tiempo en tiempo tenían obligación de recorrer sus demarcaciones.
Los criminales, los ladrones, la gente de malísimo
vivir, eran únicamente los paseantes que desde el toque de la Queda hasta
ser de día vagaban por las calles, y rara era la mañana en que en las
collaciones de la Feria, san Vicente, santa Cruz, la Macarena ó san Pedro, no
aparecía algún hombre muerto ó se tuviese noticia de alguna casa robada ó de
algún atropello bárbaro cometido entre las sombras y el silencio.
Dueña en absoluto era la gente maleante de la
ciudad por las noches, y únicamente en alguna gran solemnidad, se solían hasta
las nueve ó las diez iluminar las casas por el vecindario por apremiantes
órdenes del Asistente.
Hasta el siglo XVIII no se les ocurrió á las
autoridades locales la feliz idea de que estableciendo alumbrado público,
podrían evitarse muchos desmanes que favorecidos por las sombras se cometían, y
á este efecto se ensayó el plan que ya en otras capitales se había llevado á
cabo.
Era en 1732 Asistente interino don Manuel Torres, y
á este buen señor, así como á su inmediato sucesor, don Rodrigo Caballero
Illanes, se deben los primeros ensayos de alumbrado, pues ordenaron al
vecindario que desde las primeras horas de la noche del invierno de aquel año
hasta las doce, los vecinos colocasen en las ventanas de sus casas faroles que
disipasen de algún modo las espesas tinieblas.
El día 15 de Octubre comenzó á cumplirse lo
ordenado por las autoridades, y es curioso el hacer constar que hubo una
verdadera oposición por parte de la gente de los barrios
bajos á la novedad de los faroles, dándose con frecuencia el caso que apenas
eran encendidos muchos de ellos, los mozos de barrio y algunos pájaros de
cuenta destruían á pedradas los cristales, volviendo á dejar las calles en
aquellas sombras que tanto favorecían sus planes.
Así continuaron las cosas muchos años, apesar de
los edictos de 1754, 1757 y 1758, siendo inútiles cuantos esfuerzos se hicieron
por obligar á respetar el alumbrado, que siguió constituído únicamente por los
farolillos que adornaban las cruces y retablos, que sostenían sus hermandades y
cofradías.
En 1760 el Asistente, D. Ramón Larrumbe, dando una
prueba de cultura, volvió á tomar disposiciones sobre el asunto, y el día 27 de
Octubre se fijó é hizo publicar un bando en el cual se leen estos párrafos:
«Manda el señor Asistente que todos los vecinos de
esta ciudad, barrio de Triana y sus arrabales, desde 1.º de Noviembre próximo
hasta fin de Abril del año que viene, pongan faroles en lo exterior de las
casas, que den luz á las calles y pasos públicos; lo que han de ejecutar desde
media hora después de oraciones hasta las once de la noche: pena al que
contraviniere lo mandado, de dos ducados por la primera vez, cuatro por la
segunda y ocho por la tercera, aplicándose dichas multas al ministro, soldado ó
persona que denunciare la contraversión en el todo ó parte de lo mandado...» Y
más adelante se añadía: «Que desde las once de la noche en
adelante, ningún vecino de cualquier calidad y condición que sea,
pueda andar sin luz por las calles, llevándola por sí ó por sus criados con
linterna, farol, acha ó mechón; pena al que contravenga, siendo persona
distinguida, de seis ducados de multa con la referida aplicación; y al que no
sea de esta circunstancia se le tendrá por persona
sospechosa, y se le tendrá en la cárcel, para que averiguado su modo de vivir,
se le dé el destino correspondiente, etc., etc.»
Por último, se acordaba que á las ocho de la noche
se cerrasen todos los bodegones, botillerías y tabernas, adoptándose otras
disposiciones para mantener el sosiego y la seguridad de la ciudad.
Pero tales acuerdos, apesar del buen celo que el
Asistente y sus delegados tuvieran, no fueron bien cumplidos ni mucho menos
como se ordenaba, y lo del alumbrado público vino á quedar como antes durante
diez años poco más ó menos, aun habiéndose repetido los bandos en
1761 y 1766.
En el bando de 20 de Octubre de 1770, se volvió con
más energía á encarecer la necesidad del alumbrado, por el Asistente D. Pablo
de Olavide, añadiendo esto, que da idea de cómo andaba la seguridad pública por
las noches en las calles de Sevilla:
«Habiendo acreditado la experiencia no se había
podido evitar que en horas extraordinarias transiten personas
sospechosas, pues en fraude de ellas se ha verificado encontrarse sujetos de
esta clase después de las doce de la noche, con la cautela de
llevar luz é ir separados para que no se les pudiese detener por las rondas:
considerando su señoría que en semejantes horas nadie sin motivo urgente debe
estar fuera de sus casas y que el mero hecho de carecer de esta legítima causa le
constituye en sospecha», se ordenaba que fueran detenidos cuantos vecinos
fuesen encontrados, como medida más expedita.
Disposición fué esta, que se confirmó y amplió más
tarde en otro bando del mismo Olavide de 22 de Octubre de 1772, en el que se
lee: «Toda persona que se encuentre después de dada las doce de la
noche hasta el primer toque del alba, que
no sean sujetos conocidos, en quien desde luego se excluye toda sospecha y que
aunque lleve luz y vaya solo, no se verifique causa legítima urgente que le
precise á transitar á aquella hora, cuya verificación (¡!) se haya de hacer en el
pronto por la ronda ó patrulla que lo aprediesen, y no acreditándose la
urgencia, se ponga preso y haga justificación de su vida y
costumbres para tomar la providencia correspondiente conforme á lo que
resulte...»
Ya se ve, pues, que entre el mal alumbrado y la
gente non sancta, era harto arriesgado transitar por las calles en
los buenos tiempos de la fe y de las venerandas tradiciones, pudiendo decirse
que apesar de repetirse nuevos bandos sobre alumbrado en 1777 y 1779, hasta
1791 no contó Sevilla con un verdadero servicio, gracias al Asistente Ábalos,
que, por cuenta del Ayuntamiento y cargando una contribución á los propietarios
de casas, colocó faroles en todas las calles, los cuales faroles eran de forma
adecuada y de dos mecheros, durando el alumbrado desde 1.º de Octubre de 1792
al 24 de Junio de 1793, las noches que no hacía luna, y terminando en el
comienzo del verano.
D. José Ábalos nada olvidó para el mejor resultado
de la reforma, y á este fin montó un cuerpo de celadores ó faroleros á los
cuales ordenaba que «los mozos del alumbrado deben aderezar
sus faroles diariamente, de forma que se hallen corrientes para encenderlos á
las horas señaladas; cada uno recorrerá su partido de continuo para avivar el
que se amortigüe ó encender el que se apague con atraso. Estas maniobras las han
de hacer con actividad y prontitud: para ello y que no tenga disculpa, han de
ser mirados mientras lo ejecuten con la detención y preferencia debida al
público, á quien sirven, no deteniéndose con
pretexto alguno á que siga su ruta por las personas más privilegiadas».
Desde los tiempos de Ábalos el alumbrado público
siguió con diversas alternativas, siendo objeto de lucro para contratistas y
negocio seguro para algunos graves señores, en perjuicio del pueblo en general,
hasta que don José Manuel Arjona, hacia 1827, lo reorganizó con muy buen
acuerdo, estableciendo los faroles triangulares sobre pescantes de hierro.
En 1839 tenía Sevilla mil faroles de un nuevo
sistema inaugurado en 13 de Agosto de 1836, faroles de reverbero que causaron
no poca admiración del pueblo.
Por último, terminaré estos apuntes consignando que
al establecerse el gas, la calle de las Armas fué la primera que tuvo el nuevo
alumbrado, poniendo término á aquellos tiempos en que nuestros abuelos tenían
de noche la ciudad con luz... y á oscuras.
No sólo en el extranjero, y en estos nuestros
tiempos de sociedades protectoras de animales han existido hospitales y casas
donde se cuidasen con el mayor esmero á los irracionales para procurar su
conservación, tan útil á la sociedad. En Sevilla y en el siglo XVIII, existió
un hospital perruno, cosa que quizá muchos ignoren, y acerca del cual he de
escribir algunas líneas.
Hacia fines del año 1763, comenzó á iniciarse en la
raza canina de la población una enfermedad algo extraña, la cual atacaba á
los chuchos con tanta violencia, que en dos ó tres días eran
muertos.
Esto, que al principio no llamó mucho la atención,
atrájola luego poderosamente cuando en Abril y á principios de Mayo, se
recrudeció de tal manera la enfermedad, que por las mañanas aparecieron las
calles de Sevilla llenas de perros de todas castas que habían muerto durante la
noche.
Preocupadas ya con esto las autoridades locales y
temiendo que aquella epidemia perruna fuese contagiosa y pusiese en peligro al
vecindario, el buen Asistente, que lo era á la sazón don Ramón Larrumbe,
dirigióse á la Sociedad de Medicina en 26 de Mayo, á fin de que este Cuerpo interviniera en el asunto, y, examinando
detenidamente á los canes atacados, informase del riesgo que pudiera ofrecer á
la salud pública.
Por lo pronto el Ayuntamiento se encargó de
enterrar á los perros en un sitio determinado, extramuros de la ciudad,
nombrándose también una comisión del Cabildo que auxiliase á los doctores en
sus trabajos.
La Real Sociedad de Medicina, que había tenido su
origen hacia 1697, y cuyos estatutos fueron aprobados por el rey en 1700,
estaba entonces establecida en la calle de Levíos, y allí, en habitaciones
convenientes que dispusieron al efecto, acordó la Sociedad trasladar á los
canes enfermos, formando el hospital perruno.
Dice Matute en sus Anales que
los chuchos estaban allí muy cuidadosamente asistidos y que se
«separaban en los diversos departamentos, según el grado que advertían en su
enfermedad», consignando también que para asistirlos se nombraron á seis
enfermeros, prosiguiendo en tanto los doctores sus estudios para dar con el
padecimiento y los medios de combatirlo.
Preciso es confesar que hubo el mayor acierto, pues
el plan de curación empleado dió unos resultados excelentes, de tal modo, que
las defunciones perrunas comenzaron á disminuir con gran complacencia de los
amos, que volvían á recuperar sanos y salvos á sus mastines, pechones, rateros,
galgos y podencos, cuyas vidas habían visto en peligro.
La epidemia desapareció á fines de Julio y Agosto
por completo, dictaminando los doctores que el mal no había sido contagioso,
como se pensó, y que fué un catarral maligna con ofensa á los pulmones (palabras
de Matute), ampliándose luego todo lo ocurrido y los caracteres de la
enfermedad en el trabajo que más tarde insertó la Sociedad
de Medicina, en el tomo VI de sus Memorias.
Véase cómo los sevillanos de 1764 se mostraron
humanitarios con la raza canina, hasta el punto de darla un hospital, raza tan
maltratada luego, que en 1812 se ordenó por bando, que se matasen sin
contemplaciones cuantos perros vagaban por la ciudad y que aún es víctima de
los laceros municipales, que de tan cruel persecución las hacen blanco.
Una de las cómicas más aplaudidas y festejadas de
los públicos de Andalucía, á fines del siglo XVIII, era Rosa Pérez, la cual dió
no poco que hablar con sus galanteos, y tuvo gran número de ardientes
partidarios, que en más de una ocasión riñeron por ella apasionadas disputas,
tan frecuentes en aquellos tiempos entre los aficionados al teatro.
Tenía la actriz lindo palmito y gracia natural, con
lo que, como era de suponer, andaban por ella muchos galanes bebiendo los
vientos y haciendo no pocas locuras, algunas de las
cuales fueron bastantes ruidosas, dado que á la comedianta no le desagradaban
las aventuras.
Su repertorio era muy vario, y cuentan que se
distinguía, no sólo en la declamación, sino en el canto, para el cual poseía
muy felices condiciones, habiendo memoria de que los mayores triunfos los
obtuvo por su voz, dotada de raro atractivo.
Dejando para los que escriban la historia del arte
escénico el seguir paso á paso la carrera artística de la Rosa Pérez, á quien
sus contemporáneos elogiaron mucho, diré sólo que esta carrera tuvo súbitamente
fin, término y acabamiento, cuando no lo esperaban, ciertamente, los finos
apasionados de la actriz, ni el público, que tantas y tantas veces le había
aplaudido al verla en escena interpretar los más diversos papeles.
El día 2 de Febrero de 1800, el convento de santa
María la Real, de Sevilla, vióse engalanado y lleno de concurrencia, en la que
figuraban muy señaladas personas de la ciudad, las cuales presenciaron la
profesión religiosa de la antes tan aplaudida y festejada actriz Rosa Pérez,
que se convirtió en sor Rosa de Jesús María.
Los motivos que impulsaron á aquella linda mujer de
no vulgar talento á renunciar á la vida y sepultarse en las frías lobregueces
de un claustro, no es cosa que yo sepa y nada apuntaré por no alterar los
hechos con suposiciones más ó menos gratuítas; pero sí es cierto que á la
profesión de la actriz, se dió por la gente devota gran resonancia, que los
padrinos fueron de la más encumbrada nobleza y que la solemnidad tuvo un brillo
y esplendor inusitado.
Y para que nada faltase en aquel acto, arrojáronse
á los concurrentes en diversas ocasiones, durante la función, multitud de aleluyas,
en las cuales un poeta anónimo, que firmaba F. M.
C., quizá antiguo admirador de la cómica, esprimió su ingenio en octavas
reales, alusivas al acto, algunas de las cuales eran del tenor de estas que á
título de curiosidad reproduzco:
Rosa, sin duda alguna que nacistes
para aplausos: los hombres admirastes:
al mundo con tu acento sorprendistes,
y elogios de las gentes escuchastes.
Desengañada, al claustro te vinistes
y aquí el reposo con placer hallastes;
hay siempre quien te aplauda con anhelo;
antes era la tierra, ahora es el cielo.
Canta Rosa, su voz tiene pendiente
un cúmulo de humanas atracciones
zozobrando en el rápido torrente
de aplauso general y aclamaciones.
Viénese al claustro, llora penitente
y al cielo le merece aceptaciones;
Rosa, tu suerte siempre la mejoras
feliz si cantas, más feliz si lloras.
No fué esta aplaudida comedianta de Sevilla la
única que dió fin á su carrera de tal modo: que algunas más que ella, después
de lucir en las tablas sus gracias y donaires y después de pasar lo mejor de la
vida, alegre y regocijadamente, se retiraron á descansar al convento, donde
dieron grandes muestras de virtudes.
Porque ya se sabe: el diablo harto de carne,
etcétera, etcétera....
CÓMO EMPLEÓ UN DÍA EL REY JOSÉ
El 9 de Febrero de 1810 encontrábase en Sevilla el
rey José I, acompañado de su corte y sus ministros, y aquel día fué destinado
por el monarca á visitar varios edificios notables y establecimientos
industriales de la ciudad, con el sano propósito de ponerse de cierto modo en
contacto con el pueblo, y recibir de éste algunas pruebas de afecto, de las
que, á decir verdad, al llegar á la población andaba algo necesitado.
Así, pues, aquella mañana, después del almuerzo,
José salió del Alcázar, llevando consigo al ministro del Interior, al
Intendente de la provincia y á algunos oficiales, y á caballo se dirigió á la
Fábrica de Tabacos.
Era aquel sitio apropósito para recibir cierto
homenaje popular, pues en los distintos talleres trabajaban entonces más de mil
operarios (aún no había todavía cigarreras), y como era de suponer, ellos no
habían de permanecer mudos ante la presencia del nuevo monarca.
Así ocurrió, en efecto; el rey recorrió con el
superintendente las amplias dependencias, donde se fabricaba el rapé, las del
tabaco suelto y las de los cigarros, siendo en todas ellas vitoreado por los
trabajadores, los cuales recibieron por encargo del
José un socorro en metálico que les fué equitativamente repartido.
De la Fábrica de Tabacos, pasó el monarca á visitar
el museo de antigüedades, que estaba establecido en uno de los salones bajos
del Alcázar, museo que se debió principalmente al célebre don Francisco de
Bruna, y que se formó en gran parte con las estatuas y objetos sacados en las
excavaciones de Itálica.
Visto el museo, la comitiva regia salió de nuevo,
pasando al edificio de la Lonja, cuya planta baja recorrió el Bonaparte, muy
complacido al parecer y haciendo notar la semejanza que encontraba entre aquel
edificio y los otros del tiempo de Felipe II que había visitado, subiendo al
piso principal, donde se encontraba el Archivo de Indias.
Pero allí tuvieron los visitantes una grave
contrariedad, y fué que habiendo mostrado el rey deseos de ver las cartas de
Hernán Cortés, de Pizarro, de Almagro y de los principales conquistadores de
América, hubo que manifestarle que no se encontraban allí, pues la Junta
Suprema, al acercarse los franceses, se llevó á Cádiz cuantos documentos,
planos, cartas y papeles pudo, con objeto de salvarlos de que cayesen en poder
de los invasores.
José I salió con esto muy contrariado del Archivo
de Indias, y aunque empleó parte de la tarde en recorrer algunas fábricas
particulares para inspirar simpatías á los obreros, notósele desde luego un mal
disimulado enojo.
El día 9 lo terminó el rey asistiendo por la noche
al teatro Principal, donde el Ayuntamiento había dispuesto en honor suyo una
función extraordinaria, en la que hubo, á más de la representación de La
dama sutil, cantata en elogio del rey, sainete de circunstancias y bailes
andaluces, que entretuvieron en extremo á la
oficialidad y á las tropas invasoras.
Era aquella la primera función teatral á que José
asistía en Sevilla, y á su entrada y salida del coliseo, fué vitoreado por
diversos grupos de afrancesados que le siguieron hasta su regreso al Alcázar.
Estas manifestaciones dieron motivo á las cándidas
líneas que la Gaceta de Sevilla, escrita por Lista, insertaba en su
número del sábado 10 de Febrero:
«Anoche asistió S. M. á la función que le había
ofrecido la Ciudad en el teatro, el cual ha sido abierto al cabo de dos años
que permaneció cerrado. Hubo una cantata, comedia, sainete y varias danzas de
las propias del país. El teatro estaba ocupado por las personas que habían sido
convidadas. S. M. fué recibido con entusiasmo y se mostró contento de los
afectos que le manifestó aquel concurso numeroso y lucido. S. M. tuvo la bondad
de hacer que el corregidor estuviese á su lado durante la representación; parece
ha querido con esta demostración corresponder á la ciudad por los buenos
sentimientos que le manifestaba.»
La cantata que se entonó en el
teatro era obra del poeta D. Manuel M.ª Arjona, y su autor la había escrito
para que se entonase en un concierto ante el rey José, en Córdoba, cosa que no
llegó á verificarse. De la letra, ya olvidada hoy, sólo copiaré los últimos
versos, que decían:
«....Tal vez se mire en aterido invierno
gemir el campo en languidez marchita
sufriendo su rigor y hielo eterno.
Mas súbito Favonio el vuelo agita
y ya al impulso de Pomona tierno
el orbe renovado,
se ve de hermosas flores coronado.
Así la España
que triste yace
en llanto baña
su hermosa faz.
Mas se complace
mas se reanima
y á tu presencia
¡oh Rey piadoso!
goza en reposo
ya la influencia
de la alma paz.»
A la salida del teatro, como ya dije, el rey José I
fué vitoreado, retirándose luego á su palacio á descansar.
Con todo lo que dejo apuntado puede enterarse el
lector de estas Cosas nuevas y viejas, de cómo empleó el rey José
Bonaparte el día 9 de Febrero de 1810, octavo de su residencia en Sevilla.
El año de 1812 fué uno de los de más dura prueba y
de más triste recordación para los sevillanos del siglo pasado.
Dominada la ciudad por las tropas francesas desde
hacía veinte y tres meses, y habiendo desde los comienzos de Enero recrudecido
la guerra en toda la provincia, pronto comenzaron á sentirse los tristes
efectos de aquella situación anormal, de manera harto lamentable y sensible á
todos.
El mal tiempo y los estragos del continuo batallar
en los campos de la provincia, trajeron consigo la pérdida de las cosechas,
aumentando la carestía de los artículos de primera necesidad hasta el punto de
que en la capital el hambre se inició con todos sus horrores.
«La hogaza de pan con peso de tres libras—dice
Martín Villa—subió á 24 y 30 reales: las familias acomodadas sintieron la
escasez y miseria: los más pobres y los más desvalidos fallecían desmayados en
las calles, y en las casas más caritativas se cuidaban de poner con aseo y
alguna decencia, arrimados á la pared de la calle, los despojos de la cocina
para que los indigentes pudiesen rebuscar entre ellos alguna cosa con que
aliviar el hambre que los devoraba.»
Imposible de atajar aquellos males por entonces,
fueron en aumento con harta desgraciada rapidez, y en los meses de primavera de
1812, la población ofrecía el espectáculo más triste, como da idea un acuerdo
capitular de 8 de Junio, en el cual se lee:
....«Que se represente al excelentísimo señor
General en jefe y á las demás autoridades, la imposibilidad de poder cumplir
con los pedidos que se hacen, y que si se llevan á efecto, cree la
municipalidad está muy próxima la total ruina de esta ciudad,
siendo demasiado notoria la decadencia y despoblación que
se nota con todo lo demás que se tenga por oportuno manifestar por los señores
comisionados D. Eduardo Valvidares y D. Fernando de Iriarte, de quienes espera
la municipalidad sabrán desempeñar este cargo con todo el esmero y prontitud
posibles, de que tantas pruebas tienen dadas.» (Act. 2.ª Escribanía.)
Las autoridades francesas seguían en tan triste
situación exigiendo cantidades é imponiendo diferentes arbitrios sobre
particulares y corporaciones, siendo harto censurable la conducta de los
proveedores del ejército imperial que habían acaparado el trigo, aumentándose
así los horrores del hambre.
Procuraban, no obstante, los invasores, que la
verdadera situación de la ciudad se desconociese fuera de ella, y aun se
esforzaban por ocultar cuanto podían, aquí mismo, los estragos del mal, y así,
pues, ni se insertaban noticias en la Gaceta de Sevilla sobre
este punto, ni dejaban salir correspondencia que del daño tratase, castigando
muy severamente á los que propagaban por cualquier medio el conocimiento de
aquellas miserias.
En tal situación, y viendo la urgencia de socorro
que el pueblo necesitaba, pusieron en práctica uno que no dejó de dar algún
resultado.
Al efecto abrieron una suscripción casi forzosa
entre las personas de capital, para sostener con ella dos repartos de sopa
diaria, que habían de hacerse en los barrios más populosos y á los vecinos
pobres que se hallaban faltos de todo alimento y tantos eran á la sazón.
Sobre esta sopa que los invasores repartían
públicamente, cayó el pueblo hambriento, siendo lastimoso, á decir de un
contemporáneo, el cuadro que ofrecían los puntos donde se hacía la
distribución, pues á más de dar clara prueba del infinito número de gente que
vivía en la miseria, demostraba á qué menguada situación habían venido familias
antes acomodadas, y á quienes se veía entonces acudir con sus pucheros á
recoger aquel socorro.
Mas la sopa de los invasores no era bastante á
remediar los males, y entonces se fundó por iniciativa del poeta don Félix José
Reinoso, que se había ofrecido á la causa francesa, un hospital que no dejó de
prestar excelentes servicios.
«La obra del hospital—ha escrito el mismo
Reinoso—fué recibiendo su incremento á medida de sus auxilios. Las camas
llegaron muy en breve al número de 70 en el hospital de hombres y de 85 en el
de mujeres. El total de los enfermos fué de 703, asistidos con tal esmero, cual
no es común en las enfermerías públicas. Además de la curación se les sirvió
durante la convalecencia en salas separadas; y después de su salida se dió á
todos una muy buena comida diaria por tiempo proporcionado á su debilidad, pero
nunca menos de veinte días. Ciento ocho duró la hospitalidad.... Para esta
empresa se abonaron 300 reales diarios por la tesorería de provincia, y se
destinó además el capital de 106.760 reales, valor de fincas puestas en rifa
que no se ejecutó por no haberse despachado todos los billetes.... Gravísimas
dificultades hubo que vencer en aquella penuria
para proporcionar estos auxilios, mas al fin se vencieron todas por la dichosa
casualidad de no estar el mariscal francés en Sevilla.»
Efectivamente, el mariscal Soult, no queriendo dar
mucha publicidad á la situación verdadera del pueblo de Sevilla, se opuso
cuando regresó á la ciudad á que se insertase en el periódico oficial el
movimiento de enfermos y el estado del hospital, el cual duró hasta fines de
Agosto de 1812, en que los franceses salieron de Sevilla.
Y esta sopa económica para el pueblo y la fundación
del hospital, dan idea bien gráfica de lo que era la capital de Andalucía bajo
la dominación extranjera.
LAS LECTURAS PÚBLICAS DEL CAFÉ DEL TURCO
La inauguración del régimen constitucional en
Sevilla, en Marzo de 1820, trajo á la ciudad extraordinaria animación y
movimiento, siendo raro el día en que no se desarrollaban algunos importantes
sucesos, que servían de comidilla al público y daban margen á largos
comentarios.
Además, como los ánimos de los liberales estaban harto exaltados y las noticias que á diario llegaban
de los diversos puntos de la península, en los que se iba proclamando la
Constitución, no dejaban de ser interesantes, se despertó en los patriotas una
fiebre de conocer cuanto sucedía, y una manía discutidora que dió origen á la
organización de tertulias, reuniones y sociedades, en las cuales, con más ardor
si cabe que de 1812 á 1814, se empeñaron las más reñidas luchas.
El café de la Cabeza del Turco, situado
en lugar tan céntrico como la calle de las Sierpes, había servido ya en la
primera época liberal de centro de los enemigos del absolutismo, y entonces
volvió á ser lo mismo, llegando durante los tres años, á los tiempos de su
mayor apogeo y celebridad.
Era en 1820 dueño del café de la Cabeza del
Turco, don Luís Tolva, hombre patriota, si los había, gran admirador de
Riego y Quiroga, y cuya mujer, doña María Josefa Piñalosa, dejaba atrás á su
marido, en esto de las ideas liberales.
Tolva, deseando que aquel numeroso concurso que á
diario llenaba el café, estuviese al corriente de cuanto sucedía, estableció en
el local una especie de cátedra en la cual un ciudadano de buenos pulmones
tenía la misión de leer por las tardes y las noches los periódicos en alta voz,
así los que se publicaban en Sevilla, como los de la corte y otros de las
provincias más importantes, que á todos se suscribió el buen Tolva, con la
mejor y más sana de las intenciones.
Para que las lecturas se hiciesen con todo orden y
diesen provechosos frutos, don Luís Tolva redactó con gran pulso y meditación
un Reglamento, que constaba de trece artículos, y el cual fué
aprobado en 14 de Abril por el jefe superior político, Moreno Daoiz.
El original de este Reglamento, que
poseo, da exacta idea de lo que eran aquellas tertulias del famoso Café
del Turco, y ofrece una nota bien característica de la época en que fué
redactado.
La forma en que se hacía la lectura está bien
expresada, pues en el artículo tercero se lee que «la pieza destinada para el
efecto, es en la que antes estaba la mesa del billar. En ella habrá un
asiento algo más elevado que los demás para el que lea los
papeles, á fin de que pueda oirse con comodidad y los señores suscriptores
tendrán asiento preferente alrededor, en la inmediación de aquél, pero las
puertas del salón estarán abiertas para los demás que quieran oir las noticias.»
Como se ve, los que querían empaparse bien de las
lecturas y estar con desahogo abonaban una cantidad mensual, la cual era de
ocho reales, con los que Tolva atendía al pago de las suscripciones, que
llegaron á ser bastante numerosas.
Y no dejaba de ser gracioso, que según el
reglamento «concluída la lectura de cada artículo podrá cualquiera hacer las
observaciones que guste», con lo que fácil es calcular que el salón de lectura
se convertía en centro de las más acaloradas discusiones, que terminaban á
veces de manera harto tumultuaria y hasta con la intervención de la autoridad.
Otras veces, después de la lectura de algún
artículo exaltado inserto en La Sombra de Lacy, en El Argos,
en El Grito de Riego, ó en El Zurriago, y tras
violentos discursos y empeñadas polémicas, todo aquel concurso se arrojaba á la
calle y recorría varios lugares, dando vivas y mueras, hasta quedar rendidos.
En el Reglamento se hace también
constar «que si algún suscritor necesita enterarse más al pormenor de algunos papeles, podía hacerlo en las horas restantes del día
sin salir de la habitación, que el que quisiera suscribirse había de poner su
nombre en una lista formada al efecto, y que el «dueño del café no lleva otro
interés que proporcionar un entretenimiento á los señores que lo favorezcan.»
El salón de lectura del Turco se veía siempre muy
concurrido durante la segunda época constitucional y se dió el caso en ciertas
ocasiones, que no estando el público conforme con las ideas de algunos
artículos, con toda algazara arrojasen los periódicos á la letrina entre
grandes aplausos.
Las lecturas públicas en el Turco compitieron
en forma y alboroto con las reuniones de la Sociedad Patriótica establecida
en el exconvento de Regina y en ambas adquirieron relieve y notoriedad gran
número de liberales cuya oratoria pintoresca producía siempre el mayor efecto.
En Junio de 1823 tuvo término y desastroso fin el
salón de lectura, y cuando el día 13 las turbas realistas saquearon el
establecimiento, destrozaron la tribuna, quemaron el mobiliario y prendieron
fuego á cuantos papeles liberales había allí coleccionados, los cuales tanto
habían entusiasmado á los ardientes patriotas sevillanos.
LAS DAMAS SEVILLANAS Y LA BANDERA LIBERAL
La prudencia en unas, el temor natural en otras y
la presión ejercida sobre todas, hizo que cuando derrocado el sistema liberal,
en 1823, las damas sevillanas que, siguiendo nobilísimos impulsos, se habían
señalado por sus ideas afectas á la libertad, durante la época constitucional,
negasen aquéllos y tratasen de borrar por diversos medios cuanto pudiera
comprometerlas con las sanguinarias autoridades absolutistas, que nada
respetaban.
Además los elementos reaccionarios, esos eternos
perturbadores que, con sus demasías han provocado siempre la discordia y
turbado la paz de los pueblos, achacándolo luego hipócrita y villanamente á las
almas libres y honradas, trataron entonces de recobrar su influencia perdida
sobre la mujer, obligando á algunas, como el padre Garzón hizo con una señora
(cuyo nombre callo porque viven de ella descendientes) que, como penitencia por
haber dado en público vivas á Riego, fuese á cierta parroquia de las más concurridas
y que á la hora de misa mayor atravesase de rodillas el templo, con los brazos
en cruz y como expuesta á la pública vergüenza por su delito...
Mas aunque tanto y tanto se trató luego por los
realistas de borrar la participación que el bello sexo tomó en la revolución,
no pudieron hacer desaparecer todas las pruebas que esto probaban; así sucedió
con el generoso acto que las más principales damas sevillanas llevaron á cabo
en 1821 costeando y haciendo con sus propias manos una bandera que regalaron á
los Milicianos Nacionales de nuestra ciudad, en que figuraba lo más florido de
la juventud; como dice un autor, «dejaban las comodidades y el regalo de su
casa para empuñar las armas en defensa de la libertad, sufriendo todas las
penalidades y malos ratos de la vida de campaña.»
Con razón ha escrito el señor Velilla en un
artículo titulado Liberales y realistas, que «la mayor parte de
ellas (las españolas), sin distinción de condiciones, se habían apasionado por
la Constitución y la libertad, á lo menos en Andalucía, donde más arraigo tenía
la causa liberal,» y esto puede probarse con una multitud de hechos y con
nombres bien conocidos de esta región.
Acogido, pues, con gran entusiasmo el proyecto de
regalar las banderas á la Milicia Nacional de Sevilla, se abrió la
suscripción, en la que es cierto que sólo se admitían señoras, formándose una
lista que fué encabezada por doña Josefa de O Denoju, hermana del jefe superior
político, y por doña María de los Dolores Mendieta de Carvajal, esposa del
poeta don Tomás José González Carvajal y madre del conde del Cazal, á quien
todos recuerdan en Sevilla.
Esta lista, que existe original en el Archivo
Municipal (Escribanías de Cabildo), lleva escrita al frente estas
patrióticas palabras, que dan idea del espíritu que animaba á las damas
liberales hispalenses:
—Si nuestros hermanos, parientes y amigos se han apresurado á alistarse voluntariamente para defender
la patria y sostener nuestra sabia constitución, á las sevillanas nos toca,
poseídas de los mismos sentimientos, presentarles las banderas que los reuna
contra sus enemigos y los empeñe más y más en su defensa, para cuyo patriótico
fin se abre una suscripción para ocurrir á los gastos indispensables y cuya
lista es la siguiente.
Y á continuación seguían las firmas de las dos
citadas señoras y en la larga lista familias tan distinguidas y conocidas como
doña Francisca Dominé, doña María Arana de Cavaleri, condesa de Villapineda,
doña María Teresa Núñez de Prado, condesa de Montelirio, marquesa de San Gil,
doña María de los Dolores Gómez de Olavarrieta, doña Josefa del Aguila de
Ureta, doña María Irureta, la marquesa de Torres, la marquesa de Castilleja,
doña María del Rosario Ibarra y Le Roy, doña María Juana de Madariaga, doña Teresa
Manuel de Villena y otras muchas, cuya enumeración habría de ocupar demasiado
espacio.
Concluidas las banderas, que eran de ricas telas y
estaban bordadas con gran primor, fueron entregadas solemnemente á la Milicia
Nacional de Sevilla, la cual las recibió con gran estima y aprecio; y
cuando llegaron los días difíciles y tristes de 1823, en que las tropas de
Angulema invadieron á Sevilla, y los bravos milicianos siguieron á Cádiz los
últimos restos del gobierno constitucional, llevando consigo aquel monarca
traidor, infame y trapacero, el emblema de unas almas libres en que manos
cariñosas y delicadas habían trabajado ondeó en el Trocadero á la vista de los
soldados de la Santa Alianza.
Muchos de aquellos jóvenes apuestos de la milicia,
no volvieron jamás á Sevilla, y perecieron víctimas del furor
reaccionario, derramando su sangre generosa en defensa de la libertad.
Y por esto tal vez, expresando el dolor de aquella
marcha que para algunos no tendría la alegría del regreso, una voz amante, una
voz de mujer dulce y amorosa cantó con suspiros y lágrimas:
«El día que se fueron
los milicianos,
aquel día mis ojos
no se secaron.
¡No se secaron
el día que se fueron
los milicianos!»
Son los jardines llamados de las Delicias gala y
ornato de Sevilla, por su situación, sus condiciones y las bellezas que
ofrecen. La fama de que gozan no es, á la verdad, injustificada, y con razón
han sido más de una vez elogiados por plumas extrañas, en que no podía caber la
parcialidad á que inclinaría el cariño de los naturales de esta tierra.
El lugar donde se construyeron las Delicias fué en
un tiempo árido campo, inmediato al cual estaba aquella casa de placer donde un
día sesteó Felipe II, llamada de la Bella Flor, y que dió nombre al
otro paseo de la orilla del río, que bien merece capítulo aparte.
Ya en el siglo XVIII, y en tiempos del Asistente
Dávalos, se formó una glorieta adornada con árboles, fuente, pirámides y
asientos que fué la admiración de nuestros antepasados, mas aquel sitio puede
decirse que no llegó á embellecerse por completo y á convertirse en uno de los
más hermosos de las afueras de Sevilla, hasta los años en que ejerció el cargo
de Asistente el célebre D. José Manuel de Arjona, á quien se debieron no pocas
mejoras materiales de la población.
Escogió Arjona con buen acierto aquel lugar para
edificar tales jardines, comenzándose las obras en 1826, y dándose por
terminadas en 1829, con gran satisfacción de los sevillanos.
El árido campo se convirtió en ameno lugar de
recreo, y en él surgieron los copudos árboles, las calles enarenadas, las
caprichosas sendas, los cuadros de flores, el estanque de limpias aguas, las
rústicas casitas, los cenadores cubiertos de ramaje, las fuentes marmóreas, las
estatuas, los jarrones, y todo aquel hermoso jardín á quien el pueblo dió el
nombre de Delicias.
Para contribuir más al embellecimiento de tal
sitio, trajeron plantas hasta entonces no conocidas en Sevilla, las cuales se
procuró cuidar con gran esmero, no siendo extraño que en poco tiempo la mayor
parte de ellas sirviese para recreación de los paseantes.
Por último se dotó de abundante agua para el riego
de los nuevos jardines, instalándose una máquina de vapor próxima á la orilla
del Guadalquivir y para la cual se llevó á cabo una construcción hecha al
efecto de sencilla y sólida arquitectura, obra de don Melchor Cano. En las
paredes púsose una lápida que conmemoraba aquellas obras y que decía así:
«Siendo rey don Fernando VII, pío, feliz,
restaurador, don José Manuel de Arjona, Asistente de la ciudad, renovó los
paseos antiguos: hizo otros nuevos; formó un plantel para la reposición de los
árboles, construyó cañerías, puso y exornó con un templete gótico esta máquina
de vapor para regar la alameda y los sembrados inmediatos.—Año de 1829.»
Tuvo Arjona particular predilección por aquellos
jardines, que venciendo no pocos obstáculos, no habían levantado á su
iniciativa, y cuando dejó el puesto de Asistente para
marchar á la corte, dejó iniciados diferentes proyectos para mejorarlos y
aumentar su embellecimiento.
A partir de 1835, en las Delicias se llevaron á
cabo algunas reformas, que no nos he de detenerme en enumerar prolijamente,
pero las cuales, ni entonces ni después han transformado en lo esencial la
forma y traza que desde su principio tuvieron los jardines...
Estos se ampliaron en un gran trozo que se exornó
convenientemente, construyéndose más tarde una gruta artificial, y poco antes
de la citada fecha trasladáronse allí no pocos bustos y estatuas de mármol, que
estaban repartidas en algunos paseos del interior de la ciudad, como el del
Museo, en cuyo centro se alzaba la fuente que corona la estatua del robusto
niño, de belleza un tanto grotesca, á quien el vulgo conoce por el niño
del caracol.
Entre los citados bustos y estatuas, muchos de los
cuales pertenecieron al antiguo palacio de Umbrete, propiedad de la Mitra
hispalense, existen algunos de dioses de la mitología y de personajes romanos
que no carecen de mérito artístico, y que señalaría con algún detenimiento de
buen grado. También se colocó en el centro del estanque la estatua del guerrero
que fundió el célebre Bartolomé Morell el siglo XVI y que coronó la fuente en
la plaza de San Francisco.
Durante más de medio siglo, las Delicias
constituyeron el orgullo de los sevillanos, que fuera de los paseos del
interior de la ciudad, no tenían jardines tan amenos y lugar tan agradable para
solazarse como aquel; mas la moda se inclinó al inmediato paseo de la orilla
del río, y entonces la concurrencia acudió allí á ver y ser vista dejando poco
á poco la obligación que antes se había impuesto de
transitar por las enarenadas calles y bajo los llorones, naranjos y limoneros
de las Delicias.
¡Y qué grato es el pasearse por ellas en los
hermosos días de la estación de las flores bajo un cielo purísimo, respirando
la atmósfera embalsamada, mientras la brisa suave mece con dulce murmullo las
hojas de los árboles!...
Mas apesar de todas estas bellezas, las Delicias
serían susceptibles hoy de algunas importantes mejoras, que llevadas á cabo
conforme á modernos planes, aumentarían ciertamente los atractivos de aquellos
lugares y los harían ser más favorecidos por el público. Quizás entonces la
multitud que por las tardes acude á la orilla del río no pasaría indiferente
ante las puertas del vergel levantado por el Asistente Arjona y que en otros
días fué punto de reunión necesaria de la buena sociedad, expansión de femeniles
bellezas y centro de la elegancia y de la moda de la capital de Andalucía.
Sin embargo de todo, las Delicias tienen hoy un
rival terrible, con el que en vano intentan competir, y que le ha disputado,
sin duda con gran ventaja, la predilección de los sevillanos. Este rival es el
Parque de María Luisa, el hermoso parque que la ciudad posee desde hace pocos
años y que tan concurrido se ve así en los serenos días del invierno, como en
las mañanas de primavera y en las tardes de verano...
Después de uno de los períodos más activos de su
vida y cuando por todos los públicos cultos de Europa circulaba el anuncio de
la famosa obra El consulado y el imperio, Luís Adolfo Thiers
emprendió un viaje por diferentes naciones, siendo una las que visitó España,
viniendo hasta el mediodía, y deteniéndose en Sevilla cerca de una semana.
De la estancia de Mr. Thiers en la capital se
conocían muy pocas noticias hasta que un sobrino de don Juan Nicasio Gallego
tuvo la oportunidad de dar á luz unas cartas que poseía, cartas curiosas y que
fueron escritas á su ilustre tío por el deán de Sevilla don Manuel López
Cepero, á raíz del viaje del célebre historiador francés.
Con estas cartas y con algunas referencias insertas
en la Prensa de entonces, se puede conocer al pormenor cómo empleó el tiempo en
esta ciudad Thiers, y cuan disgustadas dejó por cierto, de su estancia á no
pocas personas, á quienes puso en situación bien poco airosa, y con quienes se
condujo de manera harto original y con extraña despreocupación.
El sábado 20 de Septiembre de 1845, Thiers llegó á Sevilla en la Diligencia, hospedándose en la posada
de Europa, establecida en la calle de Gallegos, y como quiera que ya de la
visita tenían anuncio las autoridades y algunas personas de significación,
acudieron éstas á saludarle á su alojamiento, pero se retiraron de él mohinas y
contrariadas, cuando los de la posada les hicieron presente que el viajero se
había retirado á su habitación, dando orden terminante de que á nadie en
absoluto recibiría.
Aquella noche misma, algunos de los franceses
residentes en Sevilla, creyendo obsequiar á su compatriota, fueron á darle una
serenata, pero parece que el ilustre diplomático no estaba tampoco para músicas
y no dejó muy contentos á los filarmónicos.
Famoso y tradicional es que los extranjeros que por
primera vez nos visitan, ya por costumbre, ya porque no pueden resistir la
seducción, ó porque tienen efectivamente gusto en ello, buscan en Andalucía más
que otra cosa con curiosidad las costumbres y tipos populares, de los que
tienen la mayoría las más absurdas creencias; y en este punto puede decirse que
el grave político francés perdió toda su gravedad y se propuso en Sevilla echar
una cana al aire, como suele decirse, y correr su juerguecita,
creyendo que aquellas calaveradas no habían ciertamente de tener resonancia ni
pasar á conocimiento de las generaciones siguientes.
Así Thiers, el día después de su llegada, 21 de
Septiembre, empleó sus horas de este modo, que cuenta López Cepero, á su amigo
el autor de El dos de Mayo:
...«Estaba dispuesta una novillada y concurrió á
ella dicho personaje, rodeado de gente juglar y baladí, muy poco conforme á la
categoría que se le supone, y con esta chusma pasó toda la noche en un corral
de la calle Jimios, entre gitanos y mujerzuelas, lo
más asqueroso que se usa en las fiestas de candil á que sólo aun entre la
canalla suele verse algún día de campo, estando desterrado en todo lugar y
tiempo de la gente de mediana educación y decencia.»
El tal corral de la calle Jimios era famoso en
Sevilla, y más famoso por vivir en él un hombre llamado el maestro Félix,
viejo zumbón, dicharachero y gitanesco, entre bailarín y cantaor,
que tenía gran popularidad entre el majío y que era pájaro de cuenta por muchos
motivos.
Este conspicuo sujeto fué el encargado de
entenderse nada menos que con el famoso Thiers, el cual debió pasar muy buenos
ratos en su compañía y en el de las hembras y mozos de tronío que para festejar
al francés se reunieron en la calle Jimios, al olor de un buen pago.
Allí se organizó el baile y hubo vino en
abundancia, durando la juerga dos ó tres días, en los cuales
hubo derroche de bebida y comida é hizo el francés las mayores locuras, un
tanto alegrete por el mosto, llegando á esto que, con no poco gracejo, relata
el deán sevillano:
Llevó á cabo en el baile «cosas muy ajenas, no ya
de persona de tan alto rango, sino de todo hombre de regular educación.... Las
mozuelas que danzaban derribaban con su pie el sombrero que Mr. Thiers tenía en
la cabeza, y por necesidad formaban con sus piernas un ángulo recto, cuyo
vértice se acercaba á la cara del observador, el cual, con risas y palmadas,
aplaudía la desenvoltura, reclamando la repetición.»
En tanto que el francés andaba entregado á aquellas
diversiones, la gente de letras de Sevilla lo buscaba por todas partes,
extrañando mucho y no pudiendo explicarse cómo no había parecido ni por
el Liceo filarmónico, ni por la
Academia, ni por el Museo de pinturas, ni por los teatros, ni por las
bibliotecas, ni había mostrado interés alguno en conocer los monumentos y las
joyas de arte que en ellos se guardan.
Y se dió el caso, que aunque lo esperaban, no fué á
visitar la Catedral, dejando plantado á López Cepero el día 24; sólo á la
mañana siguiente entró y salió sin ser conocido, y cuando ninguna de las
preciosidades que en el templo se guardan pudo admirar.
En resumen, Thiers abandonó Sevilla el viernes 26
de Septiembre, teniendo apenas tiempo para comer con el capitán general que lo
invitó varias veces á su mesa, y dejando con la conducta que siguió en la
ciudad harto enojados á los sevillanos cultos, como tan claramente se desprende
de las citadas cartas.
Esta fué la visita del grave historiador francés á
la capital de Andalucía, y los estudios que para su famosa
obra del Consulado y el imperio hizo en ella.
LA INAUGURACIÓN DEL TEATRO DE SAN FERNANDO
La inauguración del teatro de San Fernando fué un
verdadero acontecimiento, y al recuerdo de aquella gran temporada de 1847-48,
bien merece que dedique algunas líneas antes de terminar este libro.
Fué el local que hoy ocupa el coliseo, como es
sabido, hospital del Espíritu Santo. Este hospital existía desde muy remota
fecha y en 1587 se reunieron en él otros menores, agregándole las rentas de
treinta y ocho de los que entonces se suprimieron, con lo que creció mucho su
importancia, comenzando por aquel tiempo á labrar el espacioso edificio que
ocupaba en la calle Colcheros.
Estaba destinado el hospital para la curación de
llagas y de enfermos de tisis, y en 1837, al reunirse todos los hospitales en
el de la Sangre, se trasladó allí por orden de la Junta de Beneficencia, dueña
entonces del local, que conservó la iglesia y destinó á oficinas y almacenes el
resto del edificio.
En 1838 celebró allí sus veladas el Liceo
Sevillano y en 1844 he encontrado las primeras noticias sobre la idea
de levantar en el sitio un teatro, en estas líneas que se leen
en el libro de actas del Ayuntamiento, correspondiente á la sesión de 11 de
Noviembre:
«Se dió cuenta de un oficio del Sr. Jefe Superior
Político, trasladando la Real Orden de 2 del actual por la que S. M. concedía
su real permiso á la Junta de Beneficencia para construir un teatro en
fincas de su propiedad, para acudir al sostén de los objetos de dicho ramo,
bajo el concepto de que haya de proceder subasta solemne. El Sr. Alcalde leyó
con este motivo una comunicación que le había dirigido el Sr. Conde de
Vistahermosa, contestando á otra en que S. S. le recomendaba el pronto éxito de
este asunto y una carta particular que le acompañaba.»
En Mayo de 1845, vendido ya el edificio por la
Junta, el jefe político, Hezeta, ofició al Ayuntamiento invitándolo á que se
suscribiese por algunas acciones á la empresa que se formaba en Sevilla para
levantar un teatro en la calle de Colcheros, opinando la comisión de Hacienda
según informe de 28 del citado mes, que la ciudad se debía suscribir por seis
acciones, en vista de lo cual se acordó en cabildo secreto, conservar ciertos
derechos sobre el teatro que se edificase. Con esto no se conformó la Sociedad,
quien en 14 de Junio hizo una solicitud al Municipio pidiendo se revocase el
acuerdo de los derechos sobre el coliseo, cosa que se llevó á cabo.
Pasando por alto las diversas alternativas que
sufrió la obra del nuevo teatro y los artífices que en ella tomaron parte y
otros detalles de relativa curiosidad, apuntaré que, terminado el edificio, su
exorno y el numeroso decorado, se señaló para el día 21 de Diciembre del citado
año de 1847 la inauguración del teatro con una compañía de ópera, en que
figuraban artistas de los que más fama gozaban entonces en el mundo del arte.
En la lista de aquella compañía aparecen los
siguientes cantantes:
Prima donna absoluta, Carlota Vittadini; prima donna, Luisa
Cocco; comprimaria, Cuterina Persoli; contralto, Luisa
Perzoli; primer tenor absoluto, Giovani Soliere; tenor,
Benedecto Galliani; comprimario, Antonio Cordero; primer
bajo barítono, Giusepe Manensi; primer bajo, Carlos
Porto; segundo bajo, Antonio Casanova; maestro director,
Vicente Schira; maestro de coros, Mateo Torres.
En la citada lista se hace tambien constar que el
número de coristas llegaría á treinta y cinco, que la orquesta la formarían
cuarenta y cinco profesores y que el director sería don Silverio López Uria,
maestro de música muy conocido en Sevilla entonces y compositor á veces de
medianas piezas y zarzuelas, de las que ya nadie se acuerda.
Antes de la inauguración del teatro se repartió
profusamente por la ciudad un prospecto, en donde la empresa hacía presente al
público lo necesario que era cultivar el buen teatro en esta ciudad y el deseo
que se sentía de tener uno de la importancia del de San Fernando. En aquel
impreso se leían estas líneas:
«Hace tiempo que esta capital necesitaba un teatro
digno de ella. Sevilla, que es la primera de Andalucía y la segunda de España,
reclamaba imperiosamente un edificio de esta clase que por su belleza,
proporciones y magnificencia pudiese contener con decoro y comodidad al público
que asiste á estas representaciones. Con efecto, si los teatros han sido
siempre una muestra de la cultura y civilización de los pueblos, forzoso es que
hasta en la parte material correspondan á la categoría de cada ciudad, y que el
mérito de las representaciones esté en armonía con su ilustración....» Y más
adelante se decía que los empresarios, «notando el
afán que había en Sevilla por volver á gozar de las representaciones líricas,
enviaron al extranjero, aunque fuera de temporada, á una persona entendida para
que á cualquier precio les ajustara una compañía de excelentes artistas... Nada
se atreven á decir de su mérito, por más que gocen de alta reputación en
Italia, porque también ha de juzgarlos el público, y en estas materias es
infalible. Sólo advierte que la rebaja en los precios de las entradas y
localidades, no es ahora tan notable como desean, aunque mayor que hasta aquí,
por los muchos gastos que han hecho para formar su Compañía en tiempo
extraordinario; mas pueden asegurar al público que en la temporada ordinaria
que comienza en la Pascua de Resurrección, serán los precios más cómodos...»
En el mismo edificio y cercano á la puerta
principal, se estableció un café llamado de Los Lombardos, en la calle del
mismo nombre, café y billares que se abrieron al público el 19 de Diciembre.
La noche de la inauguración del coliseo fué, como
ya he dicho, el 21, y á ella concurrieron las autoridades, las personas más
significadas, todos los buenos aficionados á la música y las más hermosas
mujeres, que lucían aquella noche sus más preciadas galas.
La ópera escogida fué Los Lombardos,
que cantaron la Vittadini, la Cocco, Salieri, Galliani y Manensi.
De lo que resultó aquella primera función dan
noticias los periódicos de la época que entonces veían la luz en la capital, y
el Diario de Sevilla hacía la más completa descripción,
apurando todos los adjetivos y frases hechas, que ya se usaban entonces y de
las que tanto se ha abusado después por los revisteros de teatros.
Por cierto que un periódico que á poco se publicó, llamado La Platea, apareció llevando en
la portada una vista de la sala del coliseo grabada en madera, que, aunque de
tosco dibujo, da idea de cómo estaba en sus comienzos el interior del teatro,
con su gran lucerna de aceite pendiente del techo, sus anchas lunetas, su tertulia
de señoras y su telón primitivo, pintado por D. Antonio Cabral Bejarano.
No deja de parecerme de alguna curiosidad el
consignar los precios del abono para aquella temporada, que constó de sesenta funciones,
y que eran en esta forma:
Palcos plateas, 1.260 reales.—Palcos principales, 1.080.—Palcos
de tornavoz, 900.—Anfiteatro, 200.—Lunetas, 200.—Delanteros
de tertulia, 90.—La entrada costaba tres reales, y las noches de estrenos
de óperas ó de iluminación, llegaba á una peseta.
Los Lombardos debieron gustar bastante al público, pues la
ópera se representó, después del día de la inauguración, en cuantas noches hubo
espectáculo hasta el 2 de Enero de 1848 y á la citada obra siguieron Sonámbula, Atila, Lucrecia
Borgia, Hernani y Favorita.
De todas estas, Atila fué la que
por entonces más agradó, poniéndose muy en boga su partitura en Sevilla, hasta
el punto que no había tertulia más ó menos cursi, donde no fuera de rigor
cantar algún trozo de Atila, por la joven romántica ó el enamorado
galán.
Tres eran los teatros que á la sazón había abiertos
en Sevilla: el Principal, el de la Misericordia y el de la Feria, y en ellos
funcionaban en aquel tiempo tres compañías dramáticas, que entusiasmaban
con El terremoto de la Martinica, La terrible noche de un
proscrito, Marta la romantina, El campanero de San
Pablo.
Ninguno de los tres teatros sintió como el viejo
Principal la apertura del de San Fernando, rival
desde aquel día, y rival terrible, del coliseo que la famosa Sciomeri había
inaugurado á fines del siglo XVIII, y por el que habían pasado tantas
alternativas prósperas y adversas.
Y así ocurrió, en efecto; desde que se inauguró San
Fernando, el Principal sintió los desastrosos efectos de una competencia, á la
que más tarde tuvo que sucumbir.
Ni de aquella primera temporada de 1847 á 1848, ni
de las que inmediatas le siguieron, me he de ocupar aquí. Recordar sólo aquella
inauguración del teatro de San Fernando en la noche del 21 de Diciembre de
1847, ha sido el propósito que me ha movido á tomar la pluma, cerrando con
estas líneas el presente libro, donde he reunido algunos apuntes sevillanos de
interés y curiosidad, algunas Cosas nuevas y viejas, cuyo
conocimiento creo habrá entretenido á mis lectores.
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PÁGINAS |
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Portada |
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Dedicatoria |
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Al que leyere... |
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Los antiguos relojes, |
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Cómo las gastaba un rey, |
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Los primeros inquisidores y sus hazañas, |
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Tradición..., |
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|
El Cartujano, |
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|
Antiguas fiestas de toros, |
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|
Las víctimas de la comunidad en Sevilla, |
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|
El Pendón Verde, |
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|
Francisco Guerrero, |
|
|
Los esclavos de Sevilla, |
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|
Juan de Salinas, |
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|
El Arenal, |
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|
Julianillo Hernández, |
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|
Santa Teresa en Sevilla, |
|
|
Un Ponce de León, |
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|
Juan del Castillo, |
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|
Un zapatero de antaño, |
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|
La puerta de Triana, |
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|
La Alameda de Hércules, |
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|
La Hermandad de los Niños Perdidos, |
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|
Don Luis Sumeño de Porras, |
|
|
Un arcediano y un canónico, |
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|
El escocés hereje, |
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|
La moza y el Asistente, |
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|
El veraneo de antaño en Sevilla, |
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|
Luís de Vargas, |
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|
Procesión de Vía-Crucis, |
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|
Las presas de la Inquisición, |
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Ejecuciones, |
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El Salvador, |
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|
Juan de las Roelas, |
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|
Las dos amigas, |
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Los valentones, |
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El Asistente y las fruteras, |
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Herrera el Viejo, |
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Lope de Vega en Sevilla, |
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|
Confiteros y confiterías, |
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Los moriscos, |
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|
Caballeros de antaño, |
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|
El tutor y la pupila, |
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|
El incendio de «El Coliseo», |
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|
La madre Catalina y maestro Villalpando, |
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|
Crueldad de un Asistente, |
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|
El sastre catalán, |
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|
El hermano Juan de Jesús, |
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|
La mulata y la hechicera, |
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Barrabás, |
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|
Desafíos y riñas entre nobles, |
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El prior de las Cuevas, |
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La monja alférez, |
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La última hazaña de un valentón, |
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La hermosa posadera, |
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Espejo de escribanos, |
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El portugués Perea, |
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El marqués de Buenavista, |
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Un inquisidor humillado, |
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Las tapadas, |
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El maestro Vilches, |
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Una fuga de presos, |
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Las rondas de noche, |
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El contador de la Contratación, |
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Don Bernardino y su mastín, |
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El cabildo eclesiástico y las fiestas de
toros, |
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El hijo de Murillo, |
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|
La embajada japonesa, |
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Cofrades y toros, |
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El obispillo, |
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Duque Cornejo, |
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|
Los monederos falsos, |
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El loco Amaro, |
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Fray Pedro de San José, |
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Las danzas del Corpus, |
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|
Las procesiones del rosario, |
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La beata Briguela, |
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El verdugo azotado, |
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Los hermanos del Pecado Mortal, |
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|
Un partidario del archiduque de Austria, |
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|
Profanación, |
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Trajes y adornos, |
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Toribio de Velasco, |
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|
La fiesta de los sastres, |
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|
Con luz.... y á oscuras, |
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|
Un hospital de perros, |
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|
La Rosa Pérez, |
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|
Cómo empleó un día el rey José, |
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|
Beneficencia invasora, |
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|
Las lecturas públicas en el café del Turco, |
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|
Las damas sevillanas y la bandera liberal, |
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|
Las Delicias, |
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|
Mr. Thiers en Sevilla, |
|
|
La inauguración del teatro de San Fernando, |
|
End of the Project Gutenberg EBook of Cosas nuevas
y viejas, by
Manuel Chaves
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK COSAS
NUEVAS Y VIEJAS ***


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