© Libro N° 9684. Novelas Y Teatro. Cervantes. Emancipación. Marzo12 de
2022.
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Y Teatro. Cervantes
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Cervantes
Novelas Y Teatro
Cervantes
Title: Novelas y teatro
Author: Cervantes
Release Date: February 20,
2005 [EBook #15115]
Language: Spanish
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TOMO XXI
CERVANTES
NOVELAS Y
TEATRO
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HECHA POR
JOSEFINA SELA
Dibujos de F.
Marco.
MADRID, MCMXXII
INSTITUTO -
ESCUELA
JUNTA PARA
AMPLIACIÓN DE ESTUDIOS
TIPOGRAFÍA DE
LA "REVISTA DE ARCHIVOS", OLÓZAGA, I, MADRID
·
HISTORIA DE LOS TRABAJOS DE PERSILES Y SIGISMUNDA
·
·
EL RETABLO DE LAS MARAVILLAS
·
·
Parece que los gitanos y gitanas solamente nacieron
en el mundo para ser ladrones: nacen de padres ladrones, críanse con ladrones,
estudian para ladrones y, finalmente, salen con ser ladrones corrientes y
molientes a todo ruedo, y la gana del hurtar y el hurtar son en ellos como
acidentes inseparables, que no se quitan sino con la muerte. Una, pues, desta
nación, gitana vieja, que podía ser jubilada en la ciencia de Caco, crió una
muchacha en nombre de nieta suya, a quien puso nombre Preciosa, y a quien enseñó
todas sus gitanerías, y modos de embelecos, y trazas de hurtar. Salió la tal
Preciosa la más única bailadora que se hallaba en todo el gitanismo, y la más
hermosa y discreta que pudiera hallarse, no entre los gitanos, sino entre
cuantas hermosas y discretas pudiera pregonar la fama. Ni los soles, ni los
aires, ni todas las inclemencias del cielo, a quien más que otras gentes están
sujetos los gitanos, pudieron deslustrar su rostro ni curtir las manos; y lo
que es más, que la crianza tosca en que se criaba no descubría
en ella sino ser nacida de mayores prendas que de gitana, porque era en extremo
cortés y bien razonada. La abuela conoció el tesoro que en la nieta tenía, y
así, determinó el águila vieja sacar a volar su aguilucho y enseñarle a vivir
por sus uñas.
Salió Preciosa rica de villancicos, de coplas,
seguidillas y zarabandas y de otros versos, especialmente de romances, que los
cantaba con especial donaire. Porque su taimada abuela echó de ver que tales
juguetes y gracias, en los pocos años y en la mucha hermosura de su nieta,
habían de ser felicísimos atractivos e incentivos para acrecentar su caudal; y
así, se los procuró y buscó por todas las vías que pudo, y no faltó poeta que
se los diese.
Crióse Preciosa en diversas partes de Castilla, y a
los quince años de su edad su abuela putativa la volvió a la Corte y a su
antiguo rancho, que es adonde ordinariamente le tienen los gitanos, en los
campos de Santa Bárbara, pensando en la Corte vender su mercadería, donde todo
se compra y todo se vende. Y la primera entrada que hizo Preciosa en Madrid fué
un día de Santa Ana, patrona y abogada de la villa, con una danza en que iban
ocho gitanas, cuatro ancianas y cuatro muchachas, y un gitano, gran bailarín,
que las guiaba; y aunque todas iban limpias y bien aderezadas, el aseo de
Preciosa era tal, que poco a poco fué enamorando los ojos de cuantos la
miraban. De entre el son del tamborín y castañetas y fuga del baile salió un
rumor que encarecía la
belleza y donaire de la Gitanilla, y corrían los muchachos a verla y los
hombres a mirarla. Pero cuando la oyeron cantar, por ser la danza cantada,
¡allí fué ello! Allí sí que cobró aliento la fama de la Gitanilla, y de común
consentimiento de los diputados de la fiesta, desde luego le señalaron el
premio y joya de la mejor danza; y cuando llegaron a hacerla en la iglesia de
Santa María, delante de la imagen de Santa Ana, después de haber bailado todas,
tomó Preciosa unas sonajas, al son de las cuales, dando en redondo largas y
ligerísimas vueltas, cantó un romance.
...y corrían los muchachos a verla y los hombres a mirarla.
El cantar de Preciosa fué para admirar a cuantos la
escuchaban. Unos decían: "¡Dios te bendiga, la muchacha!" Otros:
"¡Lástima es que esta mozuela sea gitana! En verdad en verdad que merecía
ser hija de un gran señor."
Acabáronse las vísperas, y la fiesta de Santa Ana,
y quedó Preciosa algo cansada; pero tan celebrada de hermosa, de aguda y de
discreta, y de bailadora, que a corrillos se hablaba della en toda la Corte. De
allí a quince días volvió a Madrid con otras tres muchachas, con sonajas y con
un baile nuevo, todas apercebidas de romances y de cantarcillos alegres, pero
todos honestos. Nunca se apartaba della la gitana vieja, hecha su Argos,
temerosa no se la despabilasen y traspusiesen; llamábala nieta, y ella la tenía
por abuela. Pusiéronse a bailar a la sombra en la calle de Toledo, y de los que
las venían siguiendo se hizo luego un gran corro; y en
tanto que bailaban, la vieja pedía limosna a los circunstantes, y llovían en
ella ochavos y cuartos como piedras a tablado; que también la hermosura tiene
fuerza de despertar la caridad dormida.
Acabado el baile, dijo Preciosa:
--Si me dan cuatro cuartos, les cantaré un romance
yo sola, lindísimo en extremo, que trata de cuando la Reina nuestra señora
Margarita salió a misa en Valladolid y fué a San Llorente: dígoles que es
famoso, y compuesto por un poeta de los del número, como capitán del batallón.
Apenas hubo dicho esto, cuando casi todos los que
en la rueda estaban dijeron a voces:
--Cántale, Preciosa, y ves aquí mis cuatro cuartos.
Y así granizaron sobre ella cuartos, que la vieja
no se daba manos a cogerlos. Hecho, pues, su agosto, y su vendimia, repicó
Preciosa sus sonajas, y al tono correntío y loquesco cantó el romance.
Apenas lo acabó cuando del
ilustre auditorio y grave senado que la oía, de muchas se formó una voz sola,
que dijo:
--¡Torna a cantar, Preciosica; que no faltarán
cuartos como tierra!
Más de docientas personas estaban mirando el baile
y escuchando el canto de las gitanas, y en la fuga dél acertó a pasar por allí
uno de los tinientes de la villa, y viendo tanta gente junta, preguntó
qué era, y fuéle respondido que estaban escuchando a la
Gitanilla hermosa, que cantaba. Llegóse el Tiniente, que era curioso, y escuchó
un rato, y por no ir contra su gravedad, no escuchó el romance hasta la fin; y
habiéndole parecido por todo extremo bien la Gitanilla, mando a un paje suyo
dijese a la gitana vieja que al anochecer fuese a su casa con las gitanillas;
que quería que las oyese dona Clara su mujer. Hizolo así el paje, y la vieja
dijo que sí iria.
Acabaron el baile y el canto y se fueron la calle
adelante, y desde una reja llamaron unos caballeros a las gitanas. Asomóse
Preciosa a la reja, que era baja, y vió en una sala muy bien aderezada y muy
fresca muchos caballeros que, unos paseándose y otros jugando a diversos
juegos, se entretenían.
--¿Quiérenme dar barato, ceñores?--dijo Preciosa,
que, como gitana, hablaba ceceoso, y esto es artificio en ellas; que no
naturaleza.
A la voz de Preciosa, y a su rostro, dejaron los
que jugaban el juego, y el paseo los paseantes, y los unos y los otros
acudieron a la reja por verla, que ya tenían noticia della, y dijeron:
--Entren, entren las gitanillas; que aquí les
daremos barato.
--Caro sería ello--respondió Preciosa--si nos
pellizcacen.
--No, a fe de caballeros--respondió uno--; bien
puedes entrar, niña, segura que nadie te tocará a la vira
de tu zapato; no, por el hábito que traigo en el pecho.
Y púsose la mano sobre uno de Calatrava.
--Si tú quieres entrar, Preciosa--dijo una de las
tres gitanillas que iban con ella--, entra enhorabuena; que yo no pienso entrar
adonde hay tantos hombres.
--Mira, Cristina--respondió Preciosa--: de lo que
te has de guardar es de un hombre solo y a solas, y no de tantos juntos; porque
antes el ser muchos quita el miedo y el recelo de ser ofendidas. Advierte,
Cristinica, y está cierta de una cosa: que la mujer que se determina a ser
honrada, entre un ejército de soldados lo puede ser. Verdad es que es bueno
huír de las ocasiones; pero han de ser de las secretas, y no de las públicas.
--Entremos, Preciosa--dijo Cristina--; que tú sabes
más que un sabio.
Animólas la gitana vieja, y entraron; y apenas hubo
entrado Preciosa, cuando el caballero del hábito vió un papel
que traía en el seno, y llegándose a ella se le tomó, y dijo Preciosa:
--¡Y no me le tome, señor; que es un romance que me
acaban de dar ahora, que aún no le he leído!
--Y ¿sabes tú leer, hija?--dijo uno.
--Y escribir--respondió la vieja--; que a mi nieta
hela criado yo como si fuera hija de un letrado.
Abrió el caballero el papel, y vió que venía dentro
dél un escudo de oro, y dijo:
--En verdad, Preciosa, que trae esta carta el porte
dentro: toma este escudo que en el romance viene.
--Basta--dijo Preciosa---, que me ha tratado de
pobre el poeta. Pues cierto que es más milagro darme a mí un poeta un escudo
que yo recebirle: si con esta añadidura han de venir sus romances, traslade
todo el Romancero general, y envíemelos uno a uno; que yo les
tentaré el pulso, y si vinieren duros, seré yo blanda en recebillos.
Admirados quedaron los que oían a la Gitanica, así
de su discreción como del donaire con que hablaba.
Los que jugaban le dieron barato, y aun los que no
jugaban. Cogió la hucha de la vieja treinta reales, y más rica y más alegre que
una Pascua de Flores, antecogió sus corderas y fuése en casa del señor
Teniente, quedando que otro día volvería con su manada a dar contento a
aquellos tan liberales señores.
Ya tenía aviso la señora doña Clara, mujer del
señor Teniente, como habían de ir a su casa las gitanillas, y estábalas
esperando como el agua de Mayo ella y sus doncellas y dueñas, con las de otra
señora vecina suya, que todas se juntaron para ver a Preciosa; y apenas
hubieron entrado las gitanas, cuando entre las demás resplandeció Preciosa como
la luz de una antorcha entre otras luces menores; y así,
corrieron todas a ella: unas la abrazaban, otras la miraban, éstas la
bendecían, aquéllas la alababan. Doña Clara decía:
--¡Este sí que se puede decir cabello de oro!
¡Estos sí que son ojos de esmeraldas!
La señora su vecina la desmenuzaba toda, y hacía
pepitoria de todos sus miembros y coyunturas. Y llegando a alabar un pequeño
hoyo que Preciosa tenía en la barba, dijo:
--¡Ay, qué hoyo! En este hoyo han de tropezar
cuantos ojos le miraren.
Oyó esto un escudero de brazo de la señora doña
Clara, que allí estaba, de luenga barba y largos años, y dijo:
--¡Por Dios, tan linda es la Gitanilla, que hecha
de plata o de alcorza no podría ser mejor! ¿Sabes decir la buenaventura, niña?
--De tres o cuatro maneras--respondió Preciosa.
--Y ¿eso más?--dijo doña Clara---. Por vida del
Tiniente, mi señor, que me la has de decir, niña de oro, y niña de plata, y
niña de perlas, y niña de carbuncos, y niña del cielo, que es lo más que puedo
decir.
--Dénle, dénle la palma de la mano a la niña, y con
que haga la cruz--dijo la vieja--, y verán qué de cosas les dice; que sabe más
que un doctor de melecina.
Echó mano a la faldriquera la señora Tenienta, y
halló que no tenía blanca. Pidió un cuarto a sus criadas,
y ninguna le tuvo, ni la señora vecina tampoco. Lo cual visto por Preciosa
dijo:
--Todas las cruces, en cuanto cruces, son buenas;
pero las de plata o de oro son mejores; y el señalar la cruz en la palma de la
mano con moneda de cobre sepan vuesas mercedes que menoscaba la buenaventura, a
lo menos, la mía; y así, tengo afición a hacer la cruz primera con algún escudo
de oro, o con algún real de a ocho, o, por lo menos, de a cuatro; que soy como
los sacristanes: que cuando hay buena ofrenda, se regocijan.
--Donaire tienes, niña, por tu vida--dijo la señora
vecina.
Y volviéndose al escudero, le dijo:
--Vos, señor Contreras, ¿tendréis a mano algún real
de a cuatro? Dádmele; que en viniendo el doctor mi marido os le volveré.
--Sí tengo--respondió Contreras--; pero téngole
empeñado en veinte y dos maravedís, que cené anoche; dénmelos; que yo iré por
él en volandas.
--No tenemos entre todas un cuarto--dijo doña
Clara---, ¿y pedís veinte y dos maravedís? Andad, Contreras, que siempre
fuistes impertinente.
Una doncella de las presentes, viendo la
esterilidad de la casa, dijo a Preciosa:
--Niña, ¿hará algo al caso que se haga la cruz con
un dedal de plata?
--Antes--respondió Preciosa--se hacen las
cruces mejores del mundo con dedales de plata, como sean
muchos.
--Uno tengo yo--replicó la doncella---; si éste
basta, hele aquí, con condición que también se me ha de decir a mí la
buenaventura.
--¿Por un dedal tantas buenasventuras?--dijo la
gitana vieja---. Nieta, acaba presto; que se hace noche.
Tomó Preciosa el dedal y la mano de la señora
Teniente y dijo la buenaventura; y en acabándola encendió
el deseo de todas las circunstantes en querer saber la suya, y así se lo
rogaron todas; pero ella las remitió para el viernes venidero, prometiéndole
que tendrían reales de plata para hacer las cruces. En esto, vino el señor
Tiniente, a quien contaron maravillas de la Gitanilla; él las hizo bailar un
poco, y confirmó por verdaderas y bien dadas las alabanzas que a Preciosa
habían dado; y poniendo la mano en la faldriquera. hizo señal de querer darle
algo; y habiéndola espulgado, y sacudido, y rascado muchas veces, al cabo sacó
la mano vacía, y dijo:
--¡Por Dios que no tengo blanca! Dadle vos, doña
Clara, un real a Preciosica; que yo os le daré después.
...y poniendo la mano en la faldriquera, ...
--¡Bueno es eso, señor, por cierto! ¡Sí, ahí está
el real de manifiesto! No hemos tenido entre todas nosotras un cuarto para
hacer la señal de la cruz, ¿y quiere que tengamos un real?
--Pues dadle alguna valoncica vuestra, o
alguna cosita; que otro
día nos volverá a ver Preciosa, y la regalaremos mejor.
A lo cual dijo doña Clara:
--Pues porque otra vez venga, no quiero dar nada
ahora a Preciosa.
--Antes si no me dan nada--dijo Preciosa---, nunca
más volveré acá. Mas sí volveré, a servir a tan principales señores; pero
trairé tragado que no me han de dar nada, y ahorraréme la fatiga del esperallo.
Coheche vuesa merced, señor Tiniente; coheche, y tendrá dineros, y no haga usos
nuevos; que morirá de hambre. Mire, señora: por ahí he oído decir (y aunque
moza, entiendo que no son buenos dichos) que de los oficios se ha de sacar
dineros para pagar las condenaciones de las residencias y para pretender otros
cargos.
--Así lo dicen y lo hacen los desalmados--replicó
el Teniente---; pero el juez que da buena residencia no tendrá que pagar
condenación alguna, y el haber usado bien su oficio será el valedor para que le
den otro.
--Habla vuesa merced muy a lo santo, señor Teniente
--respondió Preciosa---; ándese a eso y cortarémosle de los harapos para
reliquias.
--Mucho sabes, Preciosa--dijo el Tiniente---.
Calla, que yo daré traza que sus Majestades te vean, porque eres pieza de
reyes.
--Querránme para truhana--respondió Preciosa---, y
yo no lo sabré ser, y todo irá perdido. Si me quisiesen
para discreta, aún llevarme hían; pero en algunos palac|más medran los truhanes
que los discretos. Yo me hallo bien con ser gitana y pobre, y corra la suerte
por donde el cielo quisiere.
--Ea, niña--dijo la gitana vieja--, no hables más;
que has hablado mucho, y sabes más de lo que yo te he enseñado; no te asotiles
tanto, que te despuntarás; habla de aquello que tus años permiten, y no te
metas en altanerías; que no hay ninguna que no amenace caída.
--¡El diablo tienen estas gitanas en el cuerpo!
--dijo a esta sazón el Tiniente.
Despidiéronse las gitanas, y al irse, dijo la
doncella del dedal:
--Preciosa, dime la buenaventura, o vuélveme mi
dedal; que no me queda con qué hacer labor.
--Señora doncella--respondió Preciosa---, haga
cuenta que se la he dicho, y provéase de otro dedal, o no haga vainillas hasta
el viernes, que yo volveré y le diré más venturas y aventuras que las que tiene
un libro de caballerías.
Fuéronse, y juntáronse con las muchas labradoras
que a la hora de las avemarías suelen salir de Madrid para volverse a sus
aldeas, y entre otras vuelven muchas, con quien siempre se acompañaban las
gitanas, y volvían seguras. Porque la gitana vieja vivía en continuo temor no
le salteasen a su Preciosa.
Sucedió, pues, que la mañana de un día que
volvían a Madrid a coger la garrama con las demás
gitanillas, en un valle pequeño que está obra de quinientos pasos antes que se
llegue a la villa, vieron un mancebo gallardo y ricamente aderezado de camino.
La espada y daga que traía eran, como decirse suele, una ascua de oro; sombrero
con rico cintillo y con plumas de diversas colores adornado. Repararon las
gitanas en viéndole y pusiéronsele a mirar muy de espacio, admiradas de que a
tales horas un tan hermoso mancebo estuviese en tal lugar, a pie y solo. El se
llegó a ellas, y hablando con la gitana mayor, le dijo:
--Por vida vuestra, amiga, que me hagáis placer que
vos y Preciosa me oyáis aquí aparte dos palabras, que serán de vuestro
provecho.
--Como no nos desviemos mucho, ni no nos tardemos
mucho, sea en buen hora--respondió la vieja.
Y llamando a Preciosa, se desviaron de las otras
obra de veinte pasos, y así en pie, como estaban, el mancebo les dijo:
--Yo vengo de manera rendido a la discreción y
belleza de Preciosa, que después de haberme hecho mucha fuerza para excusar
llegar a este punto, al cabo he quedado más rendido y más imposibilitado de
excusallo. Yo, señoras mías (que siempre os he de dar este nombre, si el cielo
mi pretensión favorece), soy caballero, como lo puede mostrar este hábito--y
apartando el herreruelo, descubrió en el pecho uno de los más calificados que
hay en España---; soy hijo de Fulano--que por buenos
respectos aquí no se declara su nombre---; estoy debajo de su tutela y amparo;
soy hijo único, y el que espera un razonable mayorazgo. Mi padre está aquí en
la Corte pretendiendo un cargo, y ya está consultado, y tiene casi ciertas
esperanzas de salir con él. Y con ser de la calidad y nobleza que os he
referido, y de la que casi se os debe ya de ir trasluciendo, con todo eso,
quisiera ser un gran señor para levantar a mi grandeza la humildad de Preciosa,
haciéndola mi igual y mi señora. Quiero servirla del modo que ella más gustare:
su voluntad es la mía. Para con ella es de cera mi alma, donde podrá imprimir
lo que quisiere; y para conservarlo y guardarlo no será como impreso en cera,
sino como esculpido en marmóles, cuya dureza se opone a la duración de los
tiempos. Si creéis esta verdad, no admitirá ningún desmayo mi esperanza; pero
si no me creéis, siempre me tendrá temeroso vuestra duda. Mi nombre es éste--y
díjoselo---; el de mi padre ya os le he dicho; la casa donde vive es en tal
calle, y tiene tales y tales señas; vecinos tiene de quien podréis informaros,
y aun de los que no son vecinos también; que no es tan escura la calidad y el
nombre de mi padre y el mío, que no le sepan en los patios de palacio, y aun en
toda la Corte. Cien escudos traigo aquí en oro para daros en arra y señal de lo
que pienso daros; porque no ha de negar la hacienda el que da el alma.
En tanto que el caballero esto decía, le estaba
mirando. Preciosa atentamente, y sin duda que no le debieron de parecer mal ni
sus razones ni su talle; y volviéndose a la vieja, le dijo:
--Perdóneme, abuela, de que me tomo licencia para
responder a este señor.
--Responde lo que quisieres, nieta--respondió la
vieja---; que yo sé que tienes discreción para todo.
Y Preciosa dijo:
--Yo, señor caballero, aunque soy gitana, pobre y
humildemente nacida, tengo un cierto espiritillo fantástico acá dentro, que a
grandes cosas me lleva. A mí ni me mueven promesas, ni me desmoronan dádivas,
ni me inclinan sumisiones, ni me espantan finezas y aunque de quince años (que,
según la cuenta de mi abuela, para este San Miguel los haré), soy ya vieja en
los pensamientos y alcanzo más de aquello que mi edad promete, más por mi buen
natural que por la experiencia. El temor engendra en mí
un recato tal, que ningunas palabras creo y de. muchas obras dudo. Si
quisiéredes ser mi esposo, yo lo seré vuestra: pero han de preceder muchas
condiciones y averiguaciones primero. Primero tengo; de saber si sois el que
decís; luego, hallando esta verdad, habéis de dejar la casa de vuestros padres
y la habéis de trocar con nuestros ranchos, y tomando el traje de gitano,
habéis de cursar dos años en nuestras escuelas, en el cual tiempo me satisfaré
yo de vuestra condición, y vos de la mía; al cabo del
cual, si vos os contentáredes de mí, y yo de vos, me entregaré por vuestra
esposa. Y habéis de considerar que en el tiempo de este noviciado podría ser
que cobrásedes la vista, que ahora debéis de tener perdida, o, por lo menos,
turbada, y viésedes que os convenía huir de lo que ahora seguís con tanto
ahinco; y cobrando la libertad perdida, con un buen arrepentimiento se perdona
cualquier culpa. Si con estas condiciones queréis entrar a ser soldado de
nuestra milicia, en vuestra mano está, pues faltando alguna dellas, no habéis
de tocar un dedo de la mía.
Pasmóse el mozo a las razones de Preciosa, y púsose
como embelesado, mirando al suelo, dando muestras que consideraba lo que
responder debía. Viendo lo cual Preciosa, tornó a decirle:
--No es éste caso de tan poco momento, que en los
que aquí nos ofrece el tiempo pueda ni deba resolverse: volveos, señor, a la
villa, y considerad de espacio lo que viéredes que más os convenga, y en este
mismo lugar me podéis hablar todas las fiestas que quisiéredes, al ir o venir
de Madrid.
--Satanás tienes en tu pecho, muchacha--dijo a esta
sazón la gitana vieja---: ¡mira que dices cosas, que no las diría un colegial
de Salamanca! ¿cómo es esto? que me tienes loca, y te estoy escuchando como a
una persona espiritada, que habla latín sin saberlo.
--Calle, abuela--respondió Preciosa---, y sepa que
todas las cosas que me oye son nonada y son de burlas, para las muchas que de
más veras me quedan en el pecho.
Todo cuanto Preciosa decía, y toda la discreción
que mostraba, era añadir leña al fuego que ardía en el pecho del caballero.
Finalmente, quedaron en que de allí a ocho días se verían en aquel mismo lugar,
donde él vendría a dar cuenta del término en que sus negocios estaban, y ellas
habrían tenido tiempo de informarse de la verdad que les había dicho. Sacó el
mozo una bolsilla de brocado, donde dijo que iban cien escudos de oro, y
diósdos a la vieja; pero no quería Preciosa que los tomaste en ninguna manera;
a quien la gitana dijo:
--Calla, niña; que la mejor señal que este señor ha
dado de estar rendido es haber entregado las armas en señal de rendimiento; y
el dar, en cualquiera ocasión que sea, siempre fué indicio de generoso pecho. Y
acuérdate de aquel refrán que dice: "Al cielo rogando, y con el mazo
dando." Y más, que no quiero yo que por mí pierdan las gitanas el nombre
que por luengos siglos tienen adquerido de codiciosas y aprovechadas. ¿Cien
escudos quieres tú que deseche, Preciosa, y de oro en oro, que pueden andar
cosidos en el alforza de una saya que no valga dos reales, y tenerlos allí como
quien tiene un juro sobre las yerbas de Extremadura? Y si alguno de nuestros
hijos, nietos o parientes cayere, por alguna desgracia,
en manos de la justicia, ¿habrá favor tan bueno que llegue a la oreja del juez
y del escribano, como destos escudos, si llegan a sus bolsas? Tres veces por
tres delitos diferentes me he visito casi puesta en el asno para ser azotada, y
de la una me libró un jarro de plata, y de la otra una sarta de perlas, y de la
otra cuarenta reales de a ocho, que había trocado por cuartos, dando veinte
reales más por el cambio. Mira, niña, que andamos en oficio muy peligroso y
lleno de tropiezos y de ocasiones forzosas, y no hay defensas que más presto
nos amparen y socorran como las armas invencibles del gran Filipo: no hay pasar
adelante de su plus ultra. Por un doblón de dos caras se nos
muestra alegre la triste del procurador y de todos los ministros de la muerte,
que son arpías de nosotras las pobres gitanas, y más precian pelarnos y
desollarnos a nosotras que a un salteador de caminos; jamás, por más rotas y
desastradas que nos vean, nos tienen por pobres; que dicen que somos como los
jubones de los gabachos de Belmonte: rotos y grasientos, y llenos de doblones.
--Por vida suya, abuela, que no diga más; que lleva
término de alegar tantas leyes en favor de quedarse con el dinero, que agote
las de los Emperadores; quédese con ellos, y buen provecho le hagan, y plega a
Dios que los entierre en sepultura donde jamás tornen a ver la claridad del
sol, ni haya necesidad que la vean. A estas nuestras compañeras será forzoso darles algo; que
ha mucho que nos esperan, y ya deben de estar enfadadas.
Por vida suya, abuela, que no diga más; ...
--Así verán ellas--replicó la vieja--moneda déstas
como veen al Turco agora. Este buen señor verá si le ha quedado alguna moneda
de plata, o cuartos, y los repartirá entre ellas, que con poco quedarán
contentas.
--Sí traigo--dijo él galán.
Y sacó de la faldriquera tres reales de a ocho, que
repartió entre las tres gitanillas, con que quedaron más alegres y más
satisfechas que suele quedar un autor de comedias cuando, en competencia de
otro, le suelen retular por las esquinas: "Víctor, Víctor."
En resolución, concertaron la venida de allí a ocho
días, y que se había de llamar, cuando fuése gitano, Andrés Caballero, porque
también había gitanos entre ellos deste apellido.
Andrés (que así le llamaremos de aquí adelante) las
dejó, y se entró en Madrid, y ellas, contentísimas, hicieron lo mismo.
Preciosa, algo aficionada de la gallarda disposición de Andrés, ya deseaba
informarse si era el que había dicho; entró en Madrid, y como ella llevaba
puesta la mira en buscar la casa del padre de Andrés, sin querer detenerse a
bailar en ninguna parte, en poco espacio se puso en la calle do estaba, que
ella muy bien sabía; y habiendo andado hasta la mitad, alzó los ojos a unos
balcones de hierro dorados, que le habían dado por señas, y vió en ellos a un
caballero de hasta edad de cincuenta años, con un hábito
de cruz colorada en los pechos, de venerable gravedad y presencia; el cual
apenas también hubo visto la Gitanilla cuando dijo:
--Subid, niñas; que aquí os darán limosna.
A esta voz acudieron al balcón otros tres
caballeros, y entre ellos vino el enamorado Andrés, que cuando vió a Preciosa,
perdió la color y estuvo a punto de perder los sentidos: tanto fué el
sobresalto que recibió con su vista. Subieron las gitanillas todas, sino la
grande, que se quedó abajo para informarse de los criados de las verdades de
Andrés. Al entrar las gitanillas en la sala, estaba diciendo el caballero
anciano a los demás:
--Esta debe ser, sin duda, la Gitanilla hermosa que
dicen que anda por Madrid.
--Ella es--replicó Andrés--, y sin duda es la más
hermosa criatura que se ha visto.
--Así lo dicen--dijo Preciosa, que lo oyó todo en
entrando--; pero en verdad que se deben de engañar en la mitad del justo
precio. Bonita, bien creo que lo soy; pero tan hermosa como dicen, ni por
pienso.
--¡Por vida de don Juanico mi hijo--dijo el
anciano---, que aún sois más hermosa de lo que dicen, linda gitana!
--Y ¿quién es don Juanico su hijo?--preguntó
Preciosa.
--Ese galán que está a vuestro lado--respondió el
caballero.
--En verdad que pensé--dijo Preciosa--que juraba vuesa merced por algún niño de dos años. ¡Mirad qué don
Juanico, y qué brinco! A mi verdad que pudiera ya estar casado, y que, según
tiene unas rayas en la frente, no pasarán tres años sin que lo esté, y muy a su
gusto, si es que desde aquí allá no se le pierde, o se le trueca.
--Basta--dijo uno de los presentes--; que sabe la
Gitanilla desrayas.
A lo que respondió Preciosa.
--Lo que veo con los ojos, con el dedo lo adivino:
yo sé del señor don Juanico, sin rayas, que es algo enamoradizo, impetuoso y
acelerado, y gran prometedor de cosas que parecen imposibles; y plega a Dios
que no sea mentirosito, que sería lo peor de todo. Un viaje ha de hacer agora
muy lejos de aquí, y uno piensa el bayo, y otro el que le ensilla; el hombre
pone, y Dios dispone; quizá pensará que va a Oñez, y dará en Gamboa.
A esto respondió don Juan:
--En verdad, gitanica, que has acertado en muchas
cosas de mi condición; pero en lo de ser mentiroso vas muy fuera de la verdad,
porque me precio de decirla en todo acontecimiento. En lo del viaje largo has
acertado, pues, sin duda, siendo Dios servido, dentro de cuatro o cinco días me
partiré a Flandes, aunque tú me amenazas que he de torcer el camino, y no
querría que en él me sucediese algún desmán que lo estorbase.
--Calle, señorito--respondió Preciosa--, y
encomiéndese a Dios; que todo se hará bien; y sepa que yo
no sé nada de lo que digo, y no es maravilla que como hablo mucho y a bulto,
acierte en alguna cosa, y yo querría acertar en persuadirte a que no te
partieses, sino que sosegases el pecho, y te estuvieses con tus padres, para
darles buena vejez; porque no estoy bien con estas idas y venidas a Flandes,
principalmente los mozos de tan tierna edad como la tuya. Déjate crecer un
poco, para que puedas llevar los trabajos de la guerra, cuanto más que harta
guerra tienes en tu casa: hartos combates amorosos te sobresaltan el pecho.
Sosiega, sosiega, alborotadito, y mira lo que haces primero que te cases, y
danos una limosnita por Dios y por quien tú eres; que en verdad que creo que
eres bien nacido. Y si a esto se junta el ser verdadero, yo cantaré la gala al
vencimiento de haber acertado en cuanto te he dicho.
--Otra vez te he dicho, niña--respondió el don Juan
que había de ser Andrés Caballero--, que en todo aciertas sino en el temor que
tienes que no debo de ser muy verdadero; que en esto te engañas, sin alguna
duda; la palabra que yo doy en el campo, la cumpliré en la ciudad y adonde
quiera, sin serme pedida; pues no se puede preciar de caballero quien toca en
el vicio de mentiroso. Mi padre te dará limosna por Dios y por mí; que en
verdad que esta mañana di cuanto tenía a unas damas.
Subió, en esto, la gitana vieja, y dijo:
--Nieta, acaba; que es tarde, y hay mucho que hacer
y más que decir.
--Por vida de Preciosita--dijo el padre de
Andrés--que bailéis un poco con vuestras compañeras; aquí tengo un
doblón de oro de a dos caras, que ninguna es como la vuestra, aunque son de dos
reyes.
Apenas hubo oído esto la vieja cuando dijo:
--Ea, niñas, haldas en cinta y dad contento a estos
señores.
Tomó las sonajas Preciosa, y dieron sus vueltas,
hicieron y deshicieron todos sus lazos, con tanto donaire y desenvoltura, que
tras los pies se llevaban los ojos de cuantos las miraban, especialmente los de
Andrés, que así se iban entre los pies de Preciosa como si allí tuvieran el
centro de su gloria.
Despidiéronse las gitanas, y al irse dijo Preciosa
a don Juan:
--Mire, señor: cualquiera día desta semana es
próspero para partidas, y ninguno es aciago; apresure el irse lo más presto que
pudiere; que le aguarda una vida ancha, libre y muy gustosa, si quiere
acomodarse a ella.
--No es tan libre la del soldado, a mi parecer
--respondió don Juan--, que no tenga más de sujeción que de libertad; pero, con
todo esto, haré como viere.
--Más veréis de lo que pensáis--respondió
Preciosa---, y Dios os lleve y traiga con bien, como vuestra buena presencia
merece.
Con estas últimas palabras quedó contento Andrés, y
las gitanas se fueron contentísimas. Trocaron el doblón, repartiéronle entre
todas igualmente, aunque la vieja guardiana llevaba siempre parte y media de lo
que se juntaba, así por la mayoridad, como por ser ella el aguja por quien se
guiaban en el maremagno de sus bailes, donaires, y aun de sus embustes.
Llegóse, en fin, el día que Andrés Caballero se
apareció una mañana en el primer lugar de su aparecimiento, sobre una mula de
alquiler, sin criado alguno; halló en él a Preciosa y a su abuela, de las
cuales conocido, le recibieron con mucho gusto. El les dijo que le guiasen al
rancho antes que entrase el día y con él se descubriesen las señas que llevaba,
si acaso le buscasen. Ellas, que, como advertidas, vinieron solas, dieron la
vuelta, y de allí a poco rato llegaron a sus barracas. Entró Andrés en la una,
que era la mayor del rancho, y luego acudieron a verle diez o doce gitanos,
todos mozos y todos gallardos y bien hechos, a quien ya la vieja había dado
cuenta del nuevo compañero que les había de venir, sin tener necesidad de
encomendarles el secreto; que ellos le guardan con sagacidad y puntualidad
nunca vista. Echaron luego ojo a la mula, y dijo uno dellos:
--Esta se podrá vender el jueves en Toledo.
--Eso no--dijo Andrés--, porque no hay mula de
alquiler que no sea conocida de todos los mozos de mulas que trajinan por
España.
--¡Par Dios,
señor Andrés!--dijo uno de los gitanos---, que aunque la mula tuviera más
señales que las que han de preceder al día tremendo, aquí la transformáramos de
manera que no la conociera ni el dueño que la ha criado.
--Con todo eso--respondió Andrés--, por esta vez se
ha de seguir y tomar el parecer mío. A esta mula se ha de dar muerte, y ha de
ser enterrado donde aun los huesos no parezcan.
--¡Pecado grande!--dijo otro gitano--: ¿a una
inocente se ha de quitar la vida? No diga tal el buen Andrés, sino haga una
cosa: mírela bien agora de manera que se le queden estampadas todas sus señales
en la memoria, y déjenmela llevar a mí; y si de aquí a dos horas la conociere,
que me lardeen como a un negro fugitivo.
--En ninguna manera consentiré--dijo Andrés--que la
mula no muera, aunque más me aseguren su transformación: yo temo ser
descubierto si a ella no la cubre la tierra. Y si se hace por el provecho que
de venderla puede seguirse, no vengo tan desnudo a esta cofradía, que no pueda
pagar de entrada más de lo que valen cuatro mulas.
--Pues así lo quiere el señor Andrés
Caballero--dijo otro gitano--, muera la sin culpa, y Dios sabe si me pesa, así
por su mocedad, pues aún no ha cerrado (cosa no usada entre mulas de alquiler),
como porque debe ser andariega, pues no tiene costras en las ijadas, ni llagas,
de la espuela.
Dilatóse su muerte hasta la noche, y en lo que
quedaba de aquel día se hicieron las ceremonias de la entrada de Andrés a ser
gitano, que fueron: desembarazaron luego un rancho de los mejores del aduar, y
adornáronle de ramos y juncia; y sentándose Andrés sobre un medio alcornoque,
pusiéronle en las manos un martillo y unas tenazas, y al son de dos guitarras
que dos gitanos tañían, le hicieron dar dos cabriolas; luego le desnudaron un
brazo, y con una cinta de seda nueva y un garrote le dieron dos vueltas blandamente.
A todo se halló presente Preciosa, y otras muchas gitanas, viejas y mozas, que
las unas con maravilla, otras con amor, le miraban: tal era la gallarda
disposición de Andrés, que hasta los gitanos le quedaron aficionadísimos.
Hechas, pues, las referidas ceremonias, un gitano
viejo tomó por la mano a Preciosa, y puesto delante de Andrés, dijo:
--Esta muchacha, que es la flor y la nata de toda
la hermosura de las gitanas que sabemos que viven en España, te la entregamos
por esposa, porque la libre y ancha vida nuestra no está sujeta a melindres ni
a muchas ceremonias. Mírala bien, y mira si te agrada, o si vees en ella alguna
cosa que te descontente, y si la vees, escoge entre las doncellas que aquí
están la que más te contentare; que la que escogieres te daremos; pero has de
saber que una vez escogida, no la has de dejar por otra. Con nuestras leyes
y estatutos nos conservamos y vivimos alegres; somos
señores de los campos, de los sembrados, de las selvas, de los montes, de las
fuentes y de los ríos: los montes nos ofrecen leña de balde; los árboles,
frutas; las viñas, uvas; las huertas, hortaliza; las fuentes, agua; los ríos,
peces, y los vedados, caza; sombra las peñas, aire fresco las quiebras, y casas
las cuevas. Para nosotros las inclemencias del cielo son oreos, refrigerio las
nieves, baños la lluvia, músicas los truenos y hachas los relámpagos; para
nosotros son los duros terreros colchones de blandas plumas; el cuero curtido
de nuestros cuerpos nos sirve de arnés impenetrable que nos defiende; a nuestra
ligereza no la impiden grillos, ni la detienen barrancos, ni la contrastan
paredes; a nuestro ánimo no le tuercen cordeles, ni le menoscaban garruchas, ni
le ahogan tocas, ni le doman potros. Del sí al no no hacemos diferencia cuando
nos conviene: siempre nos preciamos más de mártires que de confesores; para
nosotros se crían las bestias de carga en los campos y se cortan las
faldriqueras en las ciudades. No hay águila, ni ninguna otra ave de rapiña que
más presto se abalance a la presa que se le ofrece, que nosotros nos
abalanzamos a las ocasiones que algún interés nos señalen; y, finalmente,
tenemos muchas habilidades que felice fin nos prometen; porque en la cárcel
cantamos, en el potro callamos, de día trabajamos, y de noche hurtamos, o, por
mejor decir, avisamos que nadie viva descuidado de mirar dónde pone su
hacienda. No nos fatiga el temor de perder la honra, ni
nos desvela la ambición de acrecentarla, ni sustentamos bandos, ni madrugamos a
dar memoriales, ni a acompañar magnates, ni a solicitar favores. Por dorados
techos y suntuosos palacios estimamos estas barracas y movibles ranchos; por
cuadros y países de Flandes, los que nos da la naturaleza en esos levantados
riscos y nevadas peñas, tendidos prados y espesos bosques que a cada paso a los
ojos se nos muestran. Somos astrólogos rústicos, porque como casi siempre
dormimos al cielo descubierto, a todas horas sabemos las que son del día y las
que son de la noche; vemos cómo arrincona y barre la aurora las estrellas del
cielo, y cómo ella sale con su compañera el alba, alegrando el aire, enfriando
el agua y humedeciendo la tierra, y luego, tras ella, el sol, dorando
cumbres (como dijo el otro poeta) y rizando montes; ni
tememos quedar helados por su ausencia cuando nos hiere a soslayo con sus
rayos, ni quedar abrasados cuando con ellos particularmente nos toca; un mismo
rostro hacemos al sol que al yelo, a la esterilidad que a la abundancia. En
conclusión, somos gente que vivimos por nuestra industria y pico, y sin
entremeternos con el antiguo refrán: "Iglesia, o mar, o casa real",
tenemos lo que queremos, pues nos contentamos con lo que tenemos. Todo esto os
he dicho, generoso mancebo, por que no ignoréis la vida a que habéis venido y
el trato que habéis de profesar, el cual os he pintado aquí en borrón; que
otras muchas e infinitas cosas iréis descubriendo en él
con el tiempo, no menos dignas de consideración que las que habéis oído.
Calló en diciendo esto el elocuente y viejo gitano,
y el novicio dijo que se holgaba mucho de haber sabido tan loables estatutos, y
que él pensaba hacer profesión en aquella orden tan puesta en razón y en
políticos fundamentos, y que sólo le pesaba no haber venido más presto en
conocimiento de tan alegre vida, y que desde aquel punto renunciaba la
profesión de caballero y la vanagloria de su ilustre linaje, y lo ponía todo
debajo del yugo, o, por mejor decir, debajo de las leyes con que ellos vivían,
pues con tan alta recompensa le satisfacían el deseo de servirlos, entregándole
a la divina Preciosa, por quien él dejaría coronas e imperios y sólo los
desearía para servirla.
A lo cual respondió Preciosa:
--Puesto que estos señores legisladores han hallado
por sus leyes que soy tuya, y que por tuya te me han entregado, yo he hallado
por la ley de mi voluntad, que es la más fuerte de todas, que no quiero serlo
si no es con las condiciones que antes que aquí vinieses entre los dos
concertamos. Dos años has de vivir en nuestra compañía primero que de la mía
goces, porque tú no te arrepientas por ligero, ni yo quede engañada por
presurosa. Condiciones rompen leyes; las que te he puesto sabes: si las
quisieres guardar, podrá ser que sea tuya y tú seas mío, y donde no, aún no es
muerta la mula, tus vestidos están enteros, y de tus
dineros no te falta un ardite; la ausencia que has hecho no ha sido aún de un
día; que de lo que dél falta te puedes servir y dar lugar que consideres lo que
más te conviene. Estos señores no pueden entregarte mi
alma, que es libre y nació libre, y ha de ser libre en tanto que yo quisiere.
Si te quedas, te estimaré en mucho; si te vuelves, no te tendré en menos;
porque, a mi parecer, los ímpetus amorosos corren a rienda suelta, hasta que
encuentran con la razón o con el desengaño; y no querría yo que fueses tú para
conmigo como es el cazador, que en alcanzando la liebre que sigue, la coge, y
la deja, por correr tras otra que le huye. Ojos hay engañados que a la primera
vista tan bien les parece el oropel como el oro; pero a poco rato bien conocen
la diferencia que hay de lo fino a lo falso. Esta mi hermosura que tú dices que
tengo, que la estimas sobre el sol y la encareces sobre el oro, ¿qué sé yo si
de cerca te parecerá sombra, y tocada, cairás en que es de alquimia? Dos años
te doy de tiempo para que tantees y ponderes lo que será bien que escojas o
será justo que deseches; que la prenda que una vez comprada, nadie se puede
deshacer della sino con la muerte, bien es que haya tiempo, y mucho, para
miralla y remiralla, y ver en ella las faltas o las virtudes que tiene.
--Tienes razón ¡oh Preciosa!--dijo a este punto
Andrés---; y así, si quieres que asegure tus temores y menoscabe tus sospechas
jurándote que no saldré un punto de las órdenes que me
pusieres, mira qué juramento quieres que haga, o qué otra seguridad puedo
darte; que a todo me hallarás dispuesto.
--No quiero juramentos, señor Andrés, ni quiero
promesas; sólo quiero remitirlo todo a la experiencia deste noviciado.
--Sea ansí--respondió Andrés--. Sola una cosa pido
a estos señores y compañeros míos, y es que no me fuercen a que hurte ninguna
cosa, por tiempo de un mes siquiera; porque me parece que no he de acertar a
ser ladrón si antes no preceden muchas liciones.
--Calla, hijo--dijo el gitano viejo--; que aquí te
industriaremos de manera, que salgas un águila en el oficio; y cuando le sepas,
has de gustar dél de modo, que te comas las manos tras él. ¡Ya es cosa de burla
salir vacío por la mañana y volver cargado a la noche al rancho!
--De azotes he visto yo volver a algunos desos
vacíos--dijo Andrés.
--No se toman truchas, etcétera--replicó el
viejo--: todas las cosas desta vida están sujetas a diversos peligros, y las
acciones del ladrón, al de las galeras, azotes y horca; pero no porque corra un
navío tormenta, o se anegue, han de dejar los otros de navegar. ¡Bueno sería
que porque la guerra come los hombres y los caballos, dejase de haber soldados!
Cuanto más, que el que es azotado por justicia entre nosotros, es tener un
hábito en las espaldas, que le parece mejor que si le
trujese en los pechos, y de los buenos. El toque está en no acabar acoceando el
aire en la flor de nuestra juventud y a los primeros delitos; que el mosqueo de
las espaldas, ni el apalear el agua en las galeras, no lo estimamos en un
cacao. Hijo Andrés, reposad ahora en el nido debajo de nuestras alas; que a su
tiempo os sacaremos a volar, y en parte donde no volváis sin presa, y lo dicho
dicho: que os habéis de lamer los dedos tras cada hurto.
--Pues para recompensar--dijo Andrés--lo que yo
podía hurtar en este tiempo que se me da de venia, quiero repartir docientos
escudos de oro entre todos los del rancho.
Apenas hubo dicho esto cuando arremetieron a él
muchos gitanos, y levantándole en los brazos y sobre los hombros, le cantaban
el "¡Víctor, víctor, y el grande Andrés!", añadiendo: "¡Y viva,
viva Preciosa, amada prenda suya!"
Las gitanas hicieron lo mismo con Preciosa, no sin
envidia de Cristina y de otras gitanillas que se hallaron presentes; que la
envidia también se aloja en los aduares de los bárbaros y en las chozas de
pastores como en palacios de príncipes, y esto de ver medrar al vecino que me
parece que no tiene más méritos que yo, fatiga.
Hecho esto, comieron lautamente; repartióse el
dinero prometido con equidad y justicia; renováronse las alabanzas de Andrés;
subieron al cielo la hermosura de Preciosa. Llegó la
noche, acocotaron la mula, y enterráronla de modo, que quedó seguro Andrés de
ser por ella descubierto; y también enterraron con ella sus alhajas, como
fueron silla, y freno, y cinchas, a uso de los indios, que sepultan con ellos
sus más ricas preseas.
De todo lo que había visto y oído, y de los
ingenios de los gitanos, quedó admirado Andrés, y con propósito de seguir y
conseguir su empresa sin entremeterse nada en sus costumbres, o, a lo menos,
excusarlo por todas las vías que pudiese, pensando exentarse de la jurisdición
de obedecellos en las cosas injustas que le mandasen, a costa de su dinero.
Otro día les rogó Andrés que mudasen de sitio y se alejasen de Madrid, porque
temía ser conocido si allí estaba; ellos dijeron que ya tenían determinado irse
a los montes de Toledo, y desde allí correr y garramar toda la tierra
circunvecina. Levantaron, pues, el rancho, y diéronle a Andrés una pollina en
que fuese; pero él no la quiso, sino irse a pie, sirviendo de lacayo a
Preciosa, que sobre otra iba, ella contentísima de ver cómo triunfaba de su
gallardo escudero, y él ni más ni menos, de ver junto a sí a la que había hecho
señora de su albedrío.
De allí a cuatro días llegaron a una aldea dos
leguas de Toledo, donde asentaron su aduar, dando primero algunas prendas de
plata al alcalde del pueblo, en fianzas de que en él ni en todo su término no
hurtarían ninguna cosa. Hecho esto, todas las gitanas viejas,
y algunas mozas, y los gitanos, se esparcieron por todos los lugares, o, a lo
menos, apartados por cuatro o cinco leguas de aquel donde habían asentado su
real. Fué con ellos Andrés a tomar la primera lición de ladrón; pero aunque le
dieron muchas en aquella salida, ninguna se le asentó; antes correspondiendo a
su buena sangre, con cada hurto que sus maestros hacían se le arrancaba a él el
alma, y tal vez hubo que pagó de su dinero los hurtos que sus compañeros habían
hecho, conmovido de las lágrimas de sus dueños; de lo cual los gitanos se
desesperaban, diciéndole que era contravenir a sus estatutos y ordenanzas, que
prohibían la entrada a la caridad en sus pechos, la cual en teniéndola, habían
de dejar de ser ladrones, cosa que no les estaba bien en ninguna manera.
Viendo, pues, esto Andrés, dijo que él quería hurtar por sí solo, sin ir en
compañía de nadie; porque para huír del peligro tenía ligereza, y para
acometelle no le faltaba el ánimo; así, que el premio o el castigo de lo que
hurtase quería que fuese suyo.
Procuraron los gitanos disuadirle deste propósito,
diciéndole que le podrían suceder ocasiones donde fuese necesaria la compañía,
así para acometer como para defenderse, y que una persona sola no podía hacer
grandes presas. Pero, por más que dijeron, Andrés quiso ser ladrón solo y
señero, con intención de apartarse de la cuadrilla y comprar por su dinero
alguna cosa que pudiese decir que la había hurtado, y
deste modo cargar lo que menos pudiese sobre su conciencia. Usando, pues, desta
industria, en menos de un mes trujo más provecho a la compañía que trujeron
cuatro de los más estirados ladrones della; de que no poco se holgaba Preciosa,
viendo a su tierno amante tan lindo y tan despejado ladrón; pero, con todo
esto, estaba temerosa de alguna desgracia; que no quisiera ella verle en
afrenta por todo el tesoro de Venecia, obligada a tenerle aquella buena
voluntad los muchos servicios y regalos que su Andrés le hacía.
Poco más de un mes se estuvieron en los términos de
Toledo, donde hicieron su Agosto, aunque era por el mes de Septiembre, y desde
allí se entraron en Extremadura, por ser tierra rica y caliente. Pasaba Andrés
con Preciosa honestos, discretos y enamorados coloquios, y ella poco a poco se
iba enamorando de la discreción y buen trato de su amante, y él, del mismo
modo, sí pudiera crecer su amor, fuera creciendo: tal era la honestidad,
discreción y belleza de su Preciosa. A doquiera que llegaban, él se llevaba el
precio y las apuestas de corredor y de saltar más que ninguno; jugaba a los
bolos y a la pelota extremadamente; tiraba la barra con mucha fuerza y singular
destreza; finalmente, en poco tiempo voló su fama por toda Extremadura, y no
había lugar donde no se hablase de la gallarda disposición del gitano Andrés
Caballero y de sus gracias y habilidades, y al par desta fama corría la de la
hermosura de la Gitanilla, y no había villa, lugar ni
aldea donde no los llamasen para regocijar las fiestas votivas suyas, o para
otros particulares regocijos. Desta manera iba el aduar rico, próspero y
contento. Fueron de parecer los gitanos de ir a Sevilla, pero la
abuela de Preciosa dijo que ella no podía ir a causa que los años pasados había
hecho una burla en Sevilla a un gorrero llamado Triguillos, muy conocido en
ella, al cual le había hecho meter en una tinaja de agua hasta el cuello,
desnudo en carnes, y en la cabeza puesta una corona de ciprés, esperando el
filo de la media noche para salir de la tinaja a cavar y sacar un gran tesoro
que ella le había hecho creer que estaba en cierta parte de su casa. Dijo que
como oyó el buen gorrero tocar a maitines, por no perder la coyuntura, se dió
tanta priesa a salir de la tinaja, que dió con ella y con él en el suelo, y con
el golpe y con los cascos se magulló las carnes, derramóse el agua, y él quedó
nadando en ella, y dando voces que se anegaba. Acudieron su mujer y sus vecinos
con luces, y halláronle haciendo efectos de nadador, soplando y arrastrando la
barriga por el suelo; y meneando brazos y piernas con mucha priesa, y diciendo
a grandes voces: "¡Socorro, señores, que me ahogo", tal le tenía el
miedo, que verdaderamente pensó que se ahogaba. Abrazáronse con él, sacáronle
de aquel peligro, volvió en sí, contó la burla de la gitana, y, con todo eso,
cavó en la parte señalada más de un estado en hondo, a pesar de todos cuantos
le decían que era embuste mío; y si no se lo estorbara un
vecino suyo, que tocaba ya en los cimientos de su casa, él diera con entrambas
en el suelo, si le dejaran cavar todo cuanto él quisiera. Súpose este cuento
por toda la ciudad, y hasta los muchachos le señalaban con el dedo y contaban
su credulidad y mi embuste.
Esto contó la gitana vieja, y esto dio por excusa
para no ir a Sevilla. Los gitanos determinaron de torcer el camino a mano
izquierda.
Dejaron, pues, a Extremadura y entráronse en la
Mancha, y poco a poco fueron caminando al reino de Murcia. En todas las aldeas
y lugares que pasaban había desafíos de pelota, de esgrima, de correr, de
saltar, de tirar la barra y de otros ejercicios de fuerza, maña y ligereza, y
de todo salía vencedor Andrés.
Una mañana se levantó el aduar, y se fueron a
alojar en un lugar de la jurisdición de Murcia, tres leguas de la ciudad, donde
le sucedió a Andrés una desgracia que le puso en punto de perder la vida; y fué
que, después de haber dado en aquel lugar algunos vasos y prendas de plata en
fianzas, como tenían de costumbre, Preciosa y su abuela, y Cristina con otras
dos gitanillas, y Andrés, se alojaron en un mesón de un viuda rica al cual
tenia una hija, de edad de diez y siete o diez y ocho años, algo más desenvuelta
que hermosa, y, por más señas, se llamaba Juana Carducha. Esta, habiendo visto
bailar a las gitanas y gitanos, la tomó el diablo, y se propuso tomar por marido a Andrés si él quisiese,
aunque a todos sus parientes les pesase; y así, buscó coyuntura para decírselo
y hallóla en un corral, donde Andrés había entrado a requerir dos pollinos.
Llegóse a él, y con priesa, por no ser vista, le dijo:
--Andrés--que ya sabía su nombre---, yo soy
doncella y rica; que mi madre no tiene otro hijo sino a mí, y este mesón es
suyo, y amén desto, tiene muchos majuelos, y otros dos pares de casas. Hasme
parecido bien: si me quieres por esposa, a ti está; respóndeme presto, y si
eres discreto, quédate, y verás qué vida nos damos.
Admirado quedó Andrés de la resolución de la
Carducha, y con la presteza que ella pedía le respondió:
--Señora doncella, yo estoy apalabrado para
casarme, y los gitanos no nos casamos sino con gitanas: guárdela Dios por la
merced que me quería hacer, de quien yo no soy digno.
No estuvo en dos dedos de caerse muerta la Carducha
con la aceda respuesta de Andrés, a quien replicara si no viera que entraban en
el corral otras gitanas. Salióse corrida y asendereada, y de buena gana se
vengara si pudiera. Andrés, como discreto, determinó de poner tierra en medio,
y desviarse de aquella ocasión que el diablo le ofrecía, y así, pidió a todos
los gitanos que aquella noche se partiesen de aquel lugar. Ellos, que siempre
le obedecían, lo pusieron luego por obra, y cobrando sus
fianzas aquella tarde, se fueron.
La Carducha ordenó de hacer quedar a Andrés por
fuerza, ya que de grado no podía; y así, con la industria, sagacidad y secreto
que su mal intento le enseñó, puso entre las alhajas de Andrés, que ella
conoció por suyas, unos ricos corales y dos patenas de plata, con otros brincos
suyos, y apenas habían salido del mesón, cuando dió voces, diciendo que
aquellos gitanos le llevaban robadas sus joyas; a cuyas voces acudió la
justicia y toda la gente del pueblo. Los gitanos hicieron alto, y todos juraban
que ninguna cosa llevaban hurtada y que ellos harían patentes todos los sacos y
repuestos de su aduar. Desto se congojó mucho la gitana vieja, temiendo que en
aquel escrutinio no se manifestasen los dijes de la Preciosa y los vestidos de
Andrés, que ella con gran cuidado y recato guardaba; pero la buena de la
Carducha lo remedió con mucha brevedad todo, porque al segundo envoltorio que
miraron dijo que preguntasen cuál era el de aquel gitano gran bailador; que
ella le había visto entrar en su aposento dos veces, y que podría ser que aquél
las llevase. Entendió Andrés que por él lo decía, y riéndose, dijo:
--Señora doncella, ésta es mi recámara y éste es mi
pollino: si vos halláredes en ella ni en él lo que os falta, yo os lo pagaré
con las setenas, fuera de sujetarme al castigo que la ley da a los ladrones.
Acudieron luego los ministros de la justicia
a desvalijar el pollino, y a pocas vueltas dieron con el
hurto; de que quedó tan espantado Andrés y tan absorto, que no pareció sino
estatua, sin voz, de piedra dura.
--¿No sospeché yo bien?--dijo a esta sazón la
Carducha--. ¡Mirad con qué buena cara se encubre un ladrón tan grande!
A todo callaba Andrés, suspenso e imaginativo, y no
acababa de caer en la traición de la Carducha. En esto, se llegó a él un
soldado bizarro, sobrino del Alcalde, y sin más ni más alzó la mano, y le dió
un bofetón, tal, que le hizo volver de su embelesamiento y le hizo acordar que
no era Andrés Caballero, sino don Juan y caballero; y arremetiendo al soldado
con mucha presteza y más cólera, le arrancó su misma espada de la vaina, y se
la envainó en el cuerpo, dando con él muerto en tierra.
...le arrancó su misma espada de la vaina, y se la envainó en el cuerpo, ...
Aquí fué el gritar del pueblo; aquí el amohinarse
el tío Alcalde; aquí el desmayarse Preciosa, y el turbarse Andrés de verla
desmayada; aquí el acudir todos a las armas y dar tras el homicida. Creció la
confusión, creció la grita, y por acudir Andrés al desmayo de Preciosa, dejó de
acudir a su defensa; finalmente, tantos cargaron sobre Andrés, que le
prendieron y le aherrojaron con dos muy gruesas cadenas. Bien quisiera el
Alcalde ahorcarle luego, si estuviera en su mano; pero hubo de remitirle a
Murcia, por ser de su jurisdición. No le llevaron hasta otro día, y en el que
allí estuvo pasó Andrés muchos
martirios y vituperios, que el indignado Alcalde, y sus ministros, y todos los
del lugar le hicieron. Prendió el Alcalde todos los más gitanos y gitanas que
pudo, porque los más huyeron. Finalmente, con la sumaria del caso y con una
gran cáfila de gitanos, entraron el Alcalde y sus ministros con otra mucha
gente armada en Murcia, entre los cuales iba Preciosa y el pobre Andrés, ceñido
de cadenas, sobre un macho, y con esposas y piedeamigo. Salió toda Murcia a ver
los presos; que ya se tenía noticia de la muerte del soldado. Pero la hermosura
de Preciosa aquel día fué tanta, que ninguno la miraba que no la bendecía, y
llegó la nueva de su belleza a los oídos de la señora Corregidora, que por
curiosidad de verla hizo que el Corregidor su marido mandase que aquella
gitanica no entrase en la cárcel, y todos los demás sí, y a Andrés le pusieron
en un estrecho calabozo, cuya escuridad y la falta de la luz de Preciosa le
trataron de manera, que bien pensó no salir de allí sino para la sepultura.
Llevaron a Preciosa con su abuela a que la Corregidora la viese, y así como la
vió dijo:
--Con razón la alaban de hermosa.
Y llegándola a sí, la abrazó tiernamente, y no se
hartaba de mirarla, y preguntó a su abuela que qué edad tendría aquella niña.
--Quince años--respondió la gitana--, dos meses más
a menos.
--Esos tuviera agora la desdichada de mi
Costanza. ¡Ay, amigas, que esta niña me ha renovado mi
desventura! --dijo la Corregidora.
Tomó, en esto, Preciosa las manos de la
Corregidora, y besándoselas muchas veces, se las bañaba con lágrimas y le
decía:
--Señora mía, el gitano que está preso no tiene
culpa, porque fué provocado: llamáronle ladrón, y no lo es; diéronle un bofetón
en su rostro, que es tal, que en él se descubre la bondad de su ánimo. Por Dios
y por quien vos sois, señora, que le hagáis guardar su justicia, y que el señor
Corregidor no se dé priesa a ejecutar en él el castigo con que las leyes le
amenazan; y si algún agrado os ha dado mi hermosura, entretenedla con
entretener el preso, porque en el fin de su vida está el de la mía. El ha de ser
mi esposo, y justos y honestos impedimentos han estorbado que aún hasta ahora
no nos habemos dado las manos. Si dineros fueren menester para alcanzar perdón
de la parte, todo nuestro aduar se venderá en pública almoneda, y se dará aún
más de lo que pidieren. Señora mía, si sabéis qué es amor, y algún tiempo le
tuvistes, y ahora le tenéis a vuestro esposo, doleos de mí, que amo tierna y
honestamente al mío.
Estando en esto, entró el Corregidor, y hallando a
su mujer y a Preciosa llorosas y encadenadas, quedó suspenso, así de su llanto
como de la hermosura; preguntó la causa de aquel sentimiento, y la respuesta
que dió Preciosa fué soltar las manos de la Corregidora y
asirse de los pies del Corregidor, diciéndole:
--¡Señor, misericordia, misericordia! ¡Si mi esposo
muere, yo soy muerta! ¡El no tiene culpa; pero si la tiene, déseme a mí la
pena; y si esto no puede ser, a lo menos, entreténgase el pleito en tanto que
se procuran y buscan los medios posibles para su remedio; que podrá ser que al
que no pecó de malicia le enviase el cielo la salud de gracia.
Con nueva suspensión quedó el Corregidor de oír las
discretas razones de la Gitanilla, y que ya, si no fuera por no dar indicios de
flaqueza, le acompañara en sus lágrimas. En tanto que esto pasaba, estaba la
gitana vieja considerando grandes, muchas y diversas cosas, y al cabo de toda
esta suspensión e imaginación, dijo:
--Espérenme vuesas mercedes, señores míos, un poco;
que yo haré que estos llantos se conviertan en risa, aunque a mí me cueste la
vida.
Y así, con ligero paso se salió de donde estaba,
dejando a los presentes confusos con lo que dicho había. En tanto, pues, que
ella volvía, nunca dejó Preciosa las lágrimas ni los ruegos de que se
entretuviese la causa de su esposo, con intención de avisar a su padre, que
viniese a entender en ella. Volvió la gitana con un pequeño cofre debajo del
brazo, y dijo al Corregidor que con su mujer y ella se entrasen en un aposento;
que tenía grandes cosas que decirles en secreto. El Corregidor, creyendo que algunos hurtos de los gitanos quería descubrirle, por tenerle propicio en
el pleito del preso, al momento se retiró con ella y con su mujer en su
recámara, adonde la gitana, hincándose de rodillas ante los dos, les dijo:
--Si las buenas nuevas que os quiero dar, señores,
no merecieren alcanzar en albricias el perdón de un gran pecado mío, aquí estoy
para recebir el castigo que quisiéredes darme; pero antes que le confiese
quiero que me digáis, señores, primero, si conocéis estas joyas.
Y descubriendo un cofrecico donde venían las de
Preciosa, se le puso en las manos al Corregidor, y en abriéndole, vio aquellos
dijes pueriles; pero no cayó lo que podían significar. Mirólos también la
Corregidora, pero tampoco dió en la cuenta: sólo dijo:
--Estos son adornos de alguna pequeña criatura.
--Así es la verdad--dijo la gitana--; y de qué
criatura sean lo dice ese escrito que está en ese papel doblado.
Abrióle con priesa el Corregidor, y leyó que decía:
"Llamábase la niña doña Costanza de Azevedo y de Meneses; su madre, doña
Guiomar de Meneses, y su padre, don Fernando de Azevedo, caballero del hábito
de Calatrava. Desparecíla día de la Ascensión del Señor, a las ocho de la
mañana, del año de mil y quinientos y noventa y cinco.
Traía la niña puestos estos brincos que en este cofre están guardados."
Apenas hubo oído la Corregidora las razones del
papel, cuando reconoció los brincos, se los puso a la boca y dándoles infinitos
besos, se cayó desmayada. Acudió el Corregidor a ella, antes que a preguntar a
la gitana por su hija, y habiendo vuelto en sí, dijo:
--Mujer buena, antes ángel que gitana, ¿adonde está
el dueño, digo, la criatura cuyos eran estos dijes?
--¿Adónde, señora?--respondió la gitana--. En
vuestra casa la tenéis: aquella gitanica que os sacó las lágrimas de los ojos
es su dueño, y es sin duda alguna vuestra hija; que yo la hurté en Madrid de
vuestra casa el día y hora que ese papel dice.
Oyendo esto la turbada señora, soltó los chapines,
y desalada y corriendo salió a la sala adonde había dejado a Preciosa, y
hallóla rodeada de sus doncellas y criadas, todavía llorando; arremetió a ella,
y sin decirle nada, con gran priesa le desabrochó el pecho y miró si tenía una
señal pequeña, a modo de lunar blanco, con que había nacido, y hallóle ya
grande; que con el tiempo se había dilatado. Luego, con la misma celeridad, la
descalzó, y descubrió un pie de nieve y de marfil, hecho a torno, y vio en él
lo que buscaba; que era que los dos dedos últimos del pie derecho se trababan
el uno con el otro por medio con un poquito de carne, la cual, cuando niña, nunca se la habían querido cortar, por no darle pesadumbre.
El pecho, los dedos, los brincos, el día señalado del hurto, la confesión de la
gitana, y el sobresalto y alegría que habían recebido sus padres cuando la
vieron, con toda verdad confirmaron en el alma de la Corregidora ser Preciosa
su hija; y así, cogiéndola en sus brazos, se volvió con ella adonde el
Corregidor y la gitana estaban.
Iba Preciosa confusa, que no sabía a qué efeto se
habían hecho con ella aquellas diligencias, y más viéndose llevar en brazos de
la Corregidora, y que le daba de un beso hasta ciento. Llegó, en fin, con la
preciosa carga doña Guiomar a la presencia de su marido, y trasladándola de sus
brazos a los del Corregidor, le dijo:
--Recebid, señor, a vuestra hija Costanza; que ésta
es sin duda: no lo dudéis, señor, en ningún modo; que la señal de los dedos
juntos y la del pecho he visto, y más, que a mí me lo está diciendo el alma
desde él instante que mis ojos la vieron.
--No lo dudo--respondió el Corregidor, teniendo en
sus brazos a Preciosa--; que los mismos efetos han pasado por la mía que por la
vuestra; y más, que tantas puntualidades juntas, ¿cómo podían suceder, si no
fuera por milagro?
Toda la gente de casa andaba absorta, preguntando
unos a otros qué sería aquello, y todos daban bien lejos del blanco; que ¿quién
había de imaginar que la Gitanilla era hija de sus señores?
El Corregidor dijo a su mujer, y a su hija, y a la
gitana vieja que aquel caso estuviese secreto hasta que él le descubriese; y
asimismo dijo a la vieja que él la perdonaba el agravio que le había hecho en
hurtarle el alma, pues la recompensa de habérsela vuelto mayores albricias
merecía, y que sólo le pesaba de que sabiendo ella la calidad de Preciosa, la
hubiese desposado con un gitano, y más con un ladrón y homicida.
--¡Ay!--dijo a esto Preciosa--, señor mío, que ni
es gitano ni ladrón, puesto que es matador. Pero fuélo del que le quitó la
honra, y no pudo hacer menos de mostrar quién era, y matarle.
--¿Cómo que no es gitano, hija mía?--dijo doña
Guiomar.
Entonces la gitana vieja contó brevemente la
historia de Andrés Caballero, y que era hijo de don Francisco de Cárcamo,
caballero del hábito de Santiago, y que se llamaba don Juan de Cárcamo,
asimismo del mismo hábito, cuyos vestidos ella tenía cuando los mudó en los de
gitano. Contó también el concierto que entre Preciosa y don Juan estaba hecho
de aguardar dos años de aprobación para desposarse o no; puso en su punto la
honestidad de entrambos y la agradable condición de don Juan. Tanto se
admiraron desto como del hallazgo de su hija, y mandó él Corregidor a la gitana
que fuese por los vestidos de don Juan. Ella lo hizo ansí, y volvió con otro
gitano que los trujo.
En tanto que ella iba y volvía, hicieron sus padres
a Preciosa cien mil preguntas, a quien respondió con tanta discreción y gracia,
que aunque no la hubieran reconocido por hija, los enamorara. Preguntáronla si
tenía alguna afición a don Juan. Respondió que no más de aquella que le
obligaba a ser agradecida a quien se había querido humillar a ser gitano por
ella; pero que ya no se extendería a más él agradecimiento de aquello que sus
señores padres quisiesen.
--Calla, hija Preciosa --dijo su padre-- (que este
nombre de Preciosa quiero que se te quede, en memoria de tu pérdida y de tu
hallazgo); que yo, como tu padre, tomo a cargo el ponerte en estado que no
desdiga de quién eres.
Suspiró oyendo esto Preciosa, y su madre, como era
discreta, entendió que suspiraba de enamorada de don Juan, dijo a su marido:
--Señor, siendo tan principal don Juan de Cárcamo
como lo es, y queriendo tanto a nuestra hija, no nos estaría mal dársela por
esposa.
Y él respondió:
--Aún hoy la habemos hallado, ¿y ya queréis que la
perdamos? Gocémosla algún tiempo; que en casándola, no será nuestra, sino de su
marido.
--Razón tenéis, señor--respondió ella--; pero dad
orden de sacar a don Juan, que debe de estar en algún calabozo.
--Si estará--dijo Preciosa--; que a un
ladrón, matador, y, sobre todo, gitano, no le habrán dado
mejor estancia.
--Yo quiero ir a verle, como que le voy a tomar la
confesión--respondió el Corregidor---, y de nuevo os encargo, señora, que nadie
sepa esta historia hasta que yo lo quiera.
Llegóse la noche, y siendo casi las diez, sacaron a
Andrés de la cárcel, sin las esposas y el piedeamigo; pero no sin una gran
cadena que desde los pies todo el cuerpo le ceñía. Llegó deste modo, sin ser
visto de nadie, sino de los que le traían, en casa del Corregidor, y con
silencio y recento le entraron en un aposento donde estaban solamente doña
Guiomar, el Corregidor, Preciosa y otros dos criados de casa. Pero cuando
Preciosa vió a don Juan ceñido y aherrojado con tan gran cadena, descolorido el
rostro y los ojos con muestra de haber llorado, se le cubrió el corazón, y se
arrimó al brazo de su madre, que junto a ella estaba, la cual, abrazándola
consigo, le dijo:
--Vuelve en ti niña; que todo lo que vees ha de
redundar en tu gusto y provecho.
Con todo esto, quería saber de Andrés, si la suerte
encaminase sus sucesos de manera que le hallase esposo de Preciosa, si se
tendría por dichoso, ya siendo Andrés Caballero, o ya don Juan de Cárcamo.
Así como oyó Andrés nombrarse por su nombre, dijo:
--Pues Preciosa no ha querido contenerse en los
límites del silencio, y ha descubierto quién soy, aunque esa
buena dicha me hallara hecho monarca del mundo, la tuviera en tanto, que
pusiera término a mis deseos, sin osar desear otro bien sino el del cielo.
--Pues por ese buen ánimo que habéis mostrado,
señor don Juan de Cárcamo, a su tiempo haré que Preciosa sea vuestra legítima
consorte, y agora os la doy y entrego en esperanza, por la más rica joya de mi
casa, y de mi vida, y de mi alma; y estimadla en lo que decís, porque en ella
os doy a doña Costanza de Meneses, mi única hija, la cual, si os iguala en el
amor, no os desdice nada en el linaje.
Atónito quedó Andrés viendo el amor que le
mostraban, y en breves razones doña Guiomar contó la pérdida de su hija y su
hallazgo, con las certísimas señas que la gitana vieja había dado de su hurto;
con que acabó don Juan de quedar atónito y suspenso, pero alegre sobre todo
encarecimiento: abrazó a sus suegros; llamólos padres y señores suyos; besó las
manos a Preciosa, que con lágrimas le pedía las suyas.
Vistióse don Juan los vestidos de camino que allí
había traído la gitana; volviéronse las prisiones y cadenas de hierro en
libertad y cadenas de oro; la tristeza de los gitanos presos, en alegría, pues
otro día los dieron en fiado. Recibió el tío del muerto la promesa de dos mil
ducados, que le hicieron porque bajase de la querella y perdonase a don Juan.
Dijo el Corregidor a don Juan que tenía por nueva
cierta que su padre don Francisco de Cárcamo estaba
proveído por corregidor de aquella ciudad, y que sería bien esperalle, para que
con su beneplácito y consentimiento se hiciesen las bodas. Don Juan dijo que no
saldría de lo que él ordenase; pero que, ante todas cosas, se había de desposar
con Preciosa. Concedió licencia el Arzobispo para que con sola una amonestación
se hiciese. Hizo fiestas la ciudad, por ser muy bien quisto el Corregidor, con
luminarias, toros y cañas el día del desposorio; quedóse la gitana vieja en
casa; que no se quiso apartar de su nieta Preciosa.
Llegaron las nuevas a la Corte del caso y
casamiento de la Gitanilla; supo don Francisco de Cárcamo ser su hijo el
gitano, y ser la Preciosa la Gitanilla que él había visto, cuya hermosura
disculpó con él la liviandad de su hijo, que ya le tenía por perdido, por saber
que no había ido a Flandes; y más porque vió cuan bien le estaba el casarse con
hija de tan gran caballero y tan rico como era don Fernando de Azevedo. Dió
priesa a su partida, por llegar presto a ver a sus hijos, y dentro de veinte
días ya estaba en Murcia, con cuya llegada se renovaron los gustos, se hicieron
las bodas, se contaron las vidas, y los poetas de la ciudad, que hay algunos, y
muy buenos, tomaron a cargo celebrar el extraño caso, juntamente con la sin
igual belleza de la Gitanilla. Y de tal manera escribió el famoso licenciado
Pozo, que en sus versos durará la fama de la Preciosa mientras los siglos
duraren.
Olvidábaseme de decir cómo la mesonera descubrió a
la justicia no ser verdad lo del hurto de Andrés el gitano, y confesó su culpa,
a quien no respondió pena alguna, porque en la alegría del hallazgo de los
desposados se enterró la venganza y resucitó la clemencia.
En Burgos, ciudad ilustre y famosa, no ha muchos
años que en ella vivían dos caballeros principales y ricos: el uno se llamaba
don Diego de Carriazo, y el otro, don Juan de Avendaño. El don Diego tuvo un
hijo, a quien llamó de su mismo nombre, y el don Juan otro, a quien puso don
Tomás de Avendaño. A estos dos caballeros mozos, como quien han de ser las
principales personas deste cuento, por excusar y ahorrar letras, les llamaremos
con solos los nombres de Carriazo y de Avendaño. Trece años, o poco más, tendría
Carriazo, cuando, llevado de una inclinación picaresca, sin forzarle a ello
algún mal tratamiento que sus padres le hiciesen, sólo por su gusto y antojo,
se desgarró, como dicen los muchachos, de casa de sus padres, y se fué por ese
mundo adelante, tan contento de la vida libre, que en la mitad de las
incomodidades y miserias que trae consigo no echaba menos la abundancia de la
casa de su padre, ni el andar a pie le cansaba, ni el frío le
ofendía, ni el calor le enfadaba: para él todos los tiempos del año le eran
dulce y templada primavera; tan bien dormía en parvas como en colchones; con
tanto gusto se soterraba en un pajar de un mesón como si se acostara entre dos
sábanas de Holanda. Finalmente, él salió tan bien con el asumpto de pícaro, que
pudiera leer cátedra en la facultad al famoso de Alfarache.
En tres años que tardó en parecer y volver a su
casa aprendió a jugar a la taba en Madrid, y al rentoy en las Ventillas de
Toledo, y a presa y pinta en pie en las barbacanas de Sevilla; pero con serle
anejo a este género de vida la miseria y estrecheza, mostraba Carriazo ser un
príncipe en sus cosas: a tiro de escopeta, en mil señales, descubría ser bien
nacido, porque era generoso y bien partido con sus camaradas. En Carriazo vió
el mundo un pícaro virtuoso, limpio, bien criado y más que medianamente discreto.
Pasó por todos los grados de pícaro, hasta que se graduó de maestro en las
almadrabas de Zahara, donde es el finibusterræ de la
picaresca.
El último verano le dijo tan bien la suerte, que
ganó a los naipes cerca de setecientos reales, con los cuales quiso vestirse, y
volverse a Burgos y a los ojos de su madre, que habían derramado por él muchas
lágrimas. Despidióse de sus amigos, que los tenía muchos y muy buenos;
prometióles que el verano siguiente sería con ellos, si enfermedad o muerte no
lo estorbase; dejó con ellos la mitad de su alma, todos
sus deseos entregó a aquellas secas arenas, que a él le parecían más frescas y
verdes que los campos Elíseos. Y por estar ya acostumbrado de caminar a pie,
tomó el camino en la mano, y sobre dos alpargates se llegó desde Zahara hasta
Valladolid, cantando "Tres ánades, madre". Estúvose allí quince días
para reformar la color del rostro, sacándola de mulata a flamenca, y para
trastejarse, y sacarse del borrador de pícaro y ponerse en limpio de caballero.
Todo esto hizo según y como le dieron comodidad quinientos reales con que llegó
a Valladolid, y aún dellos reservó ciento para alquilar una mula y un mozo, con
que se presentó a sus padres honrado y contento. Ellos le recibieron con mucha
alegría, y todos sus amigos y parientes vinieron a darles el parabién de la
buena venida del señor don Diego de Carriazo su hijo.
Entre los que vinieron a ver el recién llegado
fueron don Juan de Avendaño y su hijo don Tomás, con quien Carriazo, por ser
ambos de una misma edad y vecinos, trabó y confirmó una amistad estrechísima.
Contó Carriazo a sus padres, y a todos, mil magníficas y luengas mentiras de
cosas que le habían sucedido en los tres años de su ausencia; pero nunca tocó,
ni por pienso, en las almadrabas, puesto que en ellas tenía de contino puesta
la imaginación, especialmente cuando vio que se llegaba el tiempo donde había
prometido a sus amigos la vuelta. Ni le entretenía la caza, en que su padre le
ocupaba, ni los muchos, honestos y gustosos convites que
en aquella ciudad se usan le daban gusto: todo pasatiempo le cansaba, y a todos
los mayores que se le ofrecían anteponía el que había recebido en las
almadrabas.
Avendaño su amigo, viéndole muchas veces
melancólico e imaginativo, fiado en su amistad, se atrevió a preguntarle la
causa, y se obligó a remediarla, si pudiese y fuese menester, con su sangre
misma. No quiso Carriazo tenérsela encubierta, por no hacer agravio a la grande
amistad que profesaban; y así, le contó punto por punto la vida de jábega, y
cómo todas sus tristezas y pensamientos nacían del deseo que tenía de volver a
ella: pintósela de modo, que Avendaño, cuando le acabó de oir, antes alabó que vituperó
su gusto. En fin, el de la plática fué disponer Carriazo la voluntad de
Avendaño de manera, que determinó de irse con él a gozar un verano de aquella
felicísima vida que le había descrito, de lo cual quedó sobremodo contento
Carriazo, por parecerle que había ganado un testigo de abono que calificase su
baja determinación. Trazaron ansimismo de juntar todo el dinero que pudiesen; y
el mejor modo que hallaron fué que de allí a dos meses había de ir Avendaño a
Salamanca, donde por su gusto tres años había estado estudiando las lenguas
griega y latina, y su padre quería que pasase adelante y estudiase la facultad
que él quisiese; y que del dinero que le diese habría para lo que deseaban.
En este tiempo propuso Carriazo a su padre que tema
voluntad de irse con Avendaño a estudiar a Salamanca. Vino su padre con tanto
gusto en ello, que hablando al de Avendaño, ordenaron de ponerles junios casa
en Salamanca, con todos los requisitos que pedía ser hijos suyos. Llegóse el
tiempo de la partida; proveyéronles de dineros, y enviaron con ellos un ayo que
los gobernase, que tenia más de hombre de bien que de discreto. Los padres
dieron documentos a sus hijos de lo que habían de hacer, y de como se habían de
gobernar para salir aprovechados en la virtud y en las ciencias, que es el
fruto que todo estudiante debe pretender sacar de sus trabajos y vigilias,
principalmente los bien nacidos. Mostráronse los hijos humildes y obedientes;
lloraron las madres; recibieron la bendición de todos; pusiéronse en camino con
mulas propias y con dos criados de casa, amén del ayo, que se había dejado
crecer la barba, por que diese autoridad a su cargo.
En llegando a la ciudad de Valladolid dijeron al
ayo que querían estarse en aquél lugar dos días para verle, porque nunca le
habían visto, ni estado en él. Reprehendiólos mucho el ayo, severa y
ásperamente, la estada, diciéndoles que los que iban a estudiar con tanta
priesa como ellos no se habían de detener una hora a mirar niñerías.
Los mancebitos, que tenían ya hecho su agosto, y su
vendimia, pues habían ya robado cuatrocientos escudos de oro que llevaba su
mayor, dijeron que sólo los dejase aquel día, en el cual
querían ir a ver la fuente de Argales, que la comenzaban a conducir a la ciudad
por grandes y espaciosos acueductos. En efecto, aunque con dolor de su ánima,
les dió licencia.
Los mancebos, con sólo un criado y a caballo en dos
muy buenas y caseras mulas, salieron a ver la fuente de Argales, famosa por su
antigüedad y sus aguas. Llegaron, y cuando creyó el criado que sacaba Avendaño
de las bolsas del cojín alguna cosa con que beber, vió que sacó una carta
cerrada, diciéndole que luego al punto volviese a la ciudad y se la diese a su
ayo, y que en dándosela les esperase en la puerta del Campo. Obedeció el
criado, tomó la carta, volvió a la ciudad, y ellos volvieron las riendas, y aquella
noche durmieron en Mojados, y de allí a dos días, en Madrid, y en otros cuatro
se vendieron las mulas en pública plaza, y hubo quien les fiase por seis
escudos de prometido, y aun quien les diese el dinero en oro por sus cabales.
Vistiéronse a lo payo, con capotillos de dos haldas, zahones o zaragüelles y
medias de paño pardo. Ropero hubo que por la mañana les compró sus vestidos, y
a la noche los había mudado de manera, que no los conociera su propia
madre. Puestos, pues, a la ligera y del modo que Avendaño quiso y supo, se
pusieron en camino de Toledo ad pedem litteræ y sin espadas;
que también el ropero, aunque no atañía a su menester, se las había comprado.
Dejémoslos ir, por ahora, pues van contentos y
alegres, y volvamos a contar lo que el ayo hizo cuando abrió la carta que el
criado le llevó y halló que decía desta manera:
"Vuesa merced será servido, señor Pedro
Alonso, de tener paciencia y dar la vuelta a Burgos, donde dirá a nuestros
padres que, habiendo nosotros sus hijos, con madura consideración, considerado
cuán más propias son de los caballeros las armas que las letras, habemos
determinado de trocar a Salamanca por Bruselas, y a España por Flandes. Los
cuatrocientos escudos llevamos; las mulas pensamos vender. Nuestra hidalga
intención y el largo camino es bastante disculpa de nuestro yerro, aunque nadie
le juzgará por tal, si no es cobarde. Nuestra partida es ahora; la vuelta será
cuando Dios fuere servido, el cual guarde a vuesa merced como puede y estos sus
menores discípulos deseamos. De la fuente de Argales, puesto ya el pie en el
estribo para caminar a Flandes.--Carriazo y Avendaño."
Quedó Pedro Alonso suspenso en leyendo la epístola,
y acudió presto a su valija, y el hallarla vacía le acabó de confirmar la
verdad de la carta; y luego al punto, en la mula que le había quedado, se
partió a Burgos a dar las nuevas a sus amos con toda presteza, porque con ella
pusiesen remedio y diesen traza de alcanzar a sus hijos; pero destas cosas no
dice nada el autor desta novela, porque así como dejó
puesto a caballo a Pedro Alonso, volvió a contar de lo que les sucedió a
Avendaño y a Carriazo a la entrada de Illescas, diciendo que al entrar de la
puerta de la villa encontraron dos mozos de mulas, al parecer andaluces, en
calzones de lienzo anchos, jubones acuchillados de anjeo, sus coletos de ante,
dagas de ganchos y espadas sin tiros; al parecer, el uno venía de Sevilla y el
otro iba a ella. El que iba estaba diciendo al otro:
--Esta noche no vayas a posar donde sueles, sino en
la posada del Sevillano, porque verás en ella la más hermosa fregona que se
sabe: Marinilla la de la venta Tejada es asco en su comparación. Es dura como
un mármol y zahareña como villana de Sayago, y áspera como una ortiga; pero
tiene una cara de pascua y un rostro de buen año: en una mejilla tiene el sol,
y en la otra la luna; la una es hecha de rosas y la otra de claveles, y en
entrambas hay también azucenas y jazmines. No te digo más sino que la veas, y
verás que no te he dicho nada, según lo que te pudiera decir, acerca de su
hermosura.
Con esto se despidieron los dos mozos de mulas,
cuya plática y conversación dejó mudos a los dos amigos que escuchado la
habían, especialmente a Avendaño, en quien la simple relación que el mozo de
mulas había hecho de la hermosura de la fregona despertó en él un intenso deseo
de verla.
En repetir las palabras de los mozos y en
remedar y contrahacer
el modo y los ademanes con que las decían entretuvieron el camino hasta Toledo;
y luego, siendo la guía Carriazo, que ya otra vez había estado en aquella
Ciudad, bajando por la Sangre de Cristo, dieron con la posada del Sevillano;
pero no se atrevieron a pedirla allí, porque su traje no lo pedía. Era ya
anochecido, y aunque Carriazo importunaba a Avendaño que fuesen a otra parte a
buscar posada, no le pudo quitar de la puerta de la del Sevillano, esperando si
acaso parecía la tan celebrada fregona. Entrabase la noche, y la fregona no
salía; desesperábase Carriazo, y Avendaño se estaba quedo; el cual, por salir
con su intención, con excusa de preguntar por unos caballeros de Burgos que
iban a la ciudad de Sevilla, se entró hasta el patio de la posada; y apenas
hubo entrado, cuando de una sala que en el patio estaba vio salir una moza, al
parecer de quince años, poco más o menos, vestida como labradora, con una vela
encendida en un candelero.
No puso Avendaño los ojos en el vestido y traje de
la moza, sino en su rostro, que le parecía ver en él los que suelen pintar de
los ángeles; quedó suspenso y atónito de su hermosura, y no acertó a
preguntarle nada: tal era su suspensión y embelesamiento. La moza, viendo aquel
hombre delante de sí, le dijo:
--¿Qué busca, hermano? ¿Es por ventura criado de
alguno de los huéspedes de casa?
--No soy criado de ninguno, sino
vuestro--respondió Avendaño, todo lleno de turbación y
sobresalto.
No soy criado de ninguno, sino vuestro...
La moza, que de aquel modo se vio responder, dijo:
--Vaya, hermano, norabuena; que las que servimos no
hemos menester criados.
Y llamando a su señor le dijo:
--Mire, señor, lo que busca este mancebo.
Salió su amo y preguntóle qué buscaba. El respondió
que a unos caballeros de Burgos que iban a Sevilla, uno de los cuales era su
señor, el cual le había enviado delante por Alcalá de Henares, donde había de
hacer un negocio que les importaba, y que junto con esto le mandó que se
viniese a Toledo y de esperase en la posada del Sevillano, donde vendría a
apearse, y que pensaba que llegaría aquella noche, o otro día, a más tardar.
Tan buen color dió Avendaño a su mentira, que a la cuenta del huésped pasó por
verdad, pues le dijo:
--Quédese, amigo, en la posada; que aquí podrá
esperar a su señor hasta que venga.
--Muchas mercedes, señor huésped--respondió
Avendaño---, y mande vuesa merced que se me dé un aposento para mí y un
compañero que viene conmigo, que está allí fuera; que dineros traemos para
pagarlo tan bien como otro.
--En buen hora--respondió el huésped.
Y volviéndose a la moza, dijo:
--Costancica, di a Argüello que lleve a estos
galanes al aposento del rincón, y que les eche sábanas
limpias.
--Sí haré, señor--respondió Costanza; que así se
llamaba la doncella.
Y haciendo una reverencia a su amo, se les quitó
delante. Avendaño salió a dar cuenta a Carriazo de lo
que había visto y de lo que dejaba negociado; el cual por mil señales conoció
cómo su amigo venía herido de la amorosa pestilencia; pero no le quiso decir
nada por entonces, hasta ver si lo merecía la causa de quien nacían las
extraordinarias alabanzas y grandes hipérboles con que la belleza de Costanza
sobre los mismos cielos levantaba.
Entraron, en fin, en la posada, y la Argüello, que
era una mujer de hasta cuarenta y cinco años, superintendente de las camas y
aderezo de los aposentos, los llevó a uno que ni era de caballeros ni de
criados, sino de gente que podía hacer medio entre los dos extremos. Pidieron
de cenar; respondióles Argüello que en aquella posada no daban de comer a
nadie, puesto que guisaban y aderezaban lo que los huéspedes traían de fuera
comprado; pero que bodegones y casas de estado había cerca, donde sin escrúpulo
de conciencia podían ir a cenar lo que quisiesen. Tomaron los dos el consejo de
Argüello, y dieron con sus cuerpos en un bodego.
Lo poco o nada que Avendaño comía admiraba mucho a
Carriazo. Por enterarse del todo de los pensamientos de su amigo, al volverse a
la posada, le dijo:
--Conviene que mañana madruguemos, porque antes que
entre la calor estemos ya en Orgaz.
--No estoy en eso--respondió Avendaño---; porque
pienso antes que desta ciudad me parta ver lo que dicen que hay famoso en ella,
como es el Sagrario, el artificio de Juanelo, las Vistillas de San Agustín, la
Huerta del Rey y la Vega.
--Norabuena--respondió Carriazo--: eso en dos días
se podrá ver.
--En verdad que lo he de tomar de espacio; que no
vamos a Roma a alcanzar alguna vacante.
--¡Ta, ta!--replicó Carriazo---. A mí me maten,
amigo, si no estáis vos con más deseo de quedaros en Toledo que de seguir
nuestra comenzada romería.
--Así es la verdad--respondió Avendaño.
En estas pláticas llegaron a la posada, y aún se le
pasó en otras semejantes la mitad de la noche.
Durmió el que pudo hasta la mañana, la cual venida,
se levantaron los dos, entrambos con deseo de ver a Costanza. A entrambos se
los cumplió Costanza, saliendo de la sala de su amo, tan hermosa, que a los dos
les pareció que todas cuantas alabanzas le había dado di mozo de mulas eran
cortas y de ningún encarecimiento. Su vestido era una saya y corpiños de paño
verde, con unos ribetes del mismo paño. Los corpiños eran bajos; pero la
camisa, alta, plegado el cuello, con un cabezón labrado de seda negra, puesta
una gargantilla de estrellas de azabache sobre un pedazo
de una coluna de alabastro: que no era menos blanca su garganta; ceñida con un
cordón de San Francisco, y de una cinta pendiente, al lado derecho, un gran
manojo de llaves. No traía chinelas, sino zapatos de dos suelas, colorados, con
unas calzas que no se le parecían, sino cuanto por un perfil mostraban también
ser coloradas. Traía tranzados los cabellos con unas cintas blancas de
hiladillo; pero tan largo el tranzado, que por las espaldas le pasaba de la
cintura; el color salía de castaño y tocaba en rubio; pero, al parecer, tan
limpio, tan igual y tan peinado, que ninguno, aunque fuera de hebras de oro, se
le pudiera comparar. Pendíanle de las orejas dos calabacillas de vidrio, que
parecían perlas: los mismos cabellos le servían de garbín y de tocas.
Cuando salió de la sala, se persignó y santiguó, y
con mucha devoción y sosiego hizo una profunda reverencia a una imagen de
Nuestra Señora, que en una de las paredes del patio estaba colgada; y alzando
los ojos, vió a los dos que mirándola estaban, y apenas los hubo visto, cuando
se retiró y volvió a entrar en la sala.
Resta ahora por decir qué es lo que le pareció a
Carriazo de la hermosura de Costanza; que de lo que le pareció a Avendaño, ya
está dicho, cuando la vió la vez primera. No digo más sino que a Carriazo le
pareció tan bien como a su compañero; pero enamoróle mucho menos; y tan menos,
que quisiera no anochecer en la posada, sino partirse luego
para sus almadrabas. Acudieron los mozos de los huéspedes a pedir cebada; salió
el huésped de casa a dársela, maldiciendo a sus mozas, que por ellas se le
había ido un mozo que la solía dar con muy buena cuenta y razón, sin que le
hubiese hecho menos, a su parecer, un solo grano. Avendaño, que oyó esto, dijo:
--No se fatigue, señor huésped: déme el libro de la
cuenta; que los días que hubiere de estar aquí, yo la tendré tan buena en dar
la cebada y paja que pidieren, que no eche menos al mozo que dice que se le ha
ido.
--En verdad que os lo agradezca, mancebo--respondió
el huésped---, porque yo no puedo atender a esto; que tengo otras muchas cosas
a que acudir fuera de casa. Bajad; daros he el libro, y mirad que estos mozos
de mulas son el mismo diablo, y hacen trampantojos un celemín de cebada con
menos conciencia que si fuese de paja.
Bajó al patio Avendaño y entregóse en el libro, y
comenzó a despachar celemines como agua, y a asentarlos por tan buena orden,
que el huésped, que lo estaba mirando, quedó contento; y tanto, que dijo:
--Pluguiese a Dios que vuestro amo no viniese, y
que a vos os diese gana de quedaros en casa; que a fe que otro gallo os
cantase. Porque el mozo que se me fué, vino a mi casa, habrá ocho meses, roto y
flaco, y ahora lleva dos pares de vestidos muy buenos, y va gordo como una
nutria. Porque quiero que sepáis, hijo, que en esta casa
hay muchos provechos, amén de los salarios.
--Si yo me quedase--replicó Avendaño---, no
repararía mucho en la ganancia; que con cualquiera cosa me contentaría a trueco
de estar en esta ciudad, que me dicen que es la mejor de España.
--A lo menos--respondió el huésped---, es de las
mejores y más abundantes que hay en ella; mas otra cosa nos falta ahora, que es
buscar quien vaya por agua al río; que también se me fué otro mozo que con un
asno que tengo famoso me tenía rebosando las tinajas, y hecha un lago de agua
la casa; y una de las causas porque los mozos de muías se huelgan de traer sus
amos a mi posada es por la abundancia de agua que hallan siempre en ella;
porque no llevan su ganado al río, sino dentro de casa beben las cabalgaduras
en grandes barreños.
Todo esto estaba oyendo Carriazo, el cual, viendo
que ya Avendaño estaba acomodado y con oficio en casa, no quiso él quedarse a
buenas noches, y más, que consideró el gran gusto que haría a Avendaño si le
seguía al humor; y así, dijo al huésped:
--Venga el asno, señor huésped; que también sabré
yo cinchalle y cargalle como sabe mi compañero asentar en el libro su
mercancía.
--Sí--dijo Avendaño---, mi compañero Lope Asturiano
servirá de traer agua como un príncipe, y yo le fío.
Enjaezó Carriazo el asno, y subiendo en él de
un brinco, se encaminó al río, dejando a Avendaño muy
alegre de haber visto su gallarda resolución.
He aquí tenemos ya (en buena hora se cuente) a
Avendaño hecho mozo del mesón, con nombre de Tomás Pedro, que así dijo que se
llamaba, y a Carriazo, con el de Lope Asturiano, hecho aguador:
transformaciones dignas de anteponerse a las del narigudo poeta.
Al día siguiente caminaba nuestro buen Lope Asturiano la
vuelta del río, por la cuesta del Carmen, puestos los pensamientos en sus
almadrabas y en la súbita mutación de su estado. O ya fuese por esto, o porque
la suerte así lo ordenase, en un paso estrecho, al bajar de la cuesta, encontró
con un asno de un aguador, que subía cargado; y como él descendía, y su asno
era gallardo, bien dispuesto y poco trabajado, tal encuentro dió al cansado y
flaco que subía, que dió con él en el suelo, y por haberse quebrado los
cántaros, se derramó también el agua, por cuya desgracia el aguador antiguo,
despechado y lleno de cólera, arremetió al aguador moderno, que aún se estaba
caballero, y antes que se desenvolviese y apease le había pegado y asentado una
docena de palos tales, que no le supieron bien al Asturiano. Apeóse, en fin;
pero con tan malas entrañas, que arremetió a su enemigo, y asiéndole con ambas
manos por la garganta, dió con él en el suelo, y tal golpe dió con la cabeza
sobre una piedra, que se la abrió por dos partes,
saliendo tanta sangre, que pensó que le había muerto.
Otros muchos aguadores que allí venían, como vieron
a su compañero tan mal parado, arremetieron a Lope y tuviéronle asido
fuertemente, gritando:
--¡Justicia, justicia! ¡Que este aguador ha muerto
a un hombre!
Y a vuelta destas razones y gritos, le molían a
mojicones y a palos. Otros acudieron al caído, y vieron que tenía hendida la
cabeza y que casi estaba expirando. Subieron las voces de boca en boca por la
cuesta arriba, y en la plaza del Carmen dieron en los oídos de un alguacil, el
cual, con dos corchetes, con más ligereza que si volara, se puso en el lugar de
la pendencia, a tiempo que ya el herido estaba atravesado sobre su asno, y di
de Lope asido, y Lope rodeado de más de veinte aguadores que no le dejaban
rodear, antes le brumaban las costillas de manera, que más se pudiera temer de
su vida que de la del herido, según menudeaban sobre él les puños y las varas
aquellos vengadores de la ajena injuria.
Llegó el alguacil, apartó la gente, entregó a sus
corchetes al Asturiano, y antecogiendo a su asno, y al herido sobre el suyo,
dió con ellos en la cárcel, acompañado de tanta gente, y de tantos muchachos
que le seguían, que apenas podía hender por las calles. Al rumor de la gente,
salió Tomás Pedro y su amo a la puerta de casa, a ver de qué procedía
tanta grita, y descubrieron a Lope entre los dos
corchetes, lleno de sangre el rostro y la boca; miró luego por su asno el
huésped, y vióle en poder de otro corchete que ya se les había juntado;
preguntó la causa de aquellas prisiones; fuéle respondida la verdad del suceso;
pesóle por su asno, temiendo que le había de perder, o,
a lo menos, hacer más costas por cobrarle que él valía. Tomás Pedro siguió a su
compañero, sin que le dejasen llegar a hablarle una palabra; tanta era la gente
que lo impedía y el recato de los corchetes y del alguacil que le llevaba.
Finalmente, no le dejó hasta verle poner en la cárcel, y en un calabozo, con
dos pares de grillos, y al herido en la enfermería, donde se halló a verle
curar, y vió que la herida era peligrosa, y mucho, y lo mismo dijo el cirujano.
El alguacil se llevó a su casa los dos asnos, y más cinco reales de a ocho que
los corchetes habían quitado a Lope.
Volvióse a la posada lleno de confusión y de
tristeza; halló al que ya tenía por amo con no menos pesadumbre que él traía, a
quien dijo de la manera que quedaba su compañero, y del peligro de muerte en
que estaba el herido, y del suceso de su asno. Díjole más: que a su desgracia
se le había añadido otra de no menor fastidio, y era, que un grande amigo de su
señor le había encontrado en el camino y le había dicho que su señor, por ir
muy de priesa y ahorrar dos leguas de camino, desde Madrid había pasado por la
barca de Azeca, y que aquella noche dormía en Orgaz, y
que le había dado doce escudos que le diese, con orden de que se fuese a
Sevilla, donde le esperaba.
--Pero no puede ser así--añadió Tomás---, pues no
será razón que yo deje a mi amigo y camarada en la cárcel y en tanto peligro:
mi amo me podrá perdonar por ahora; cuanto más que él es tan bueno y honrado,
que dará por bien cualquier falta que le hiciere, a trueco que no la haga a mi
camarada. Vuesa merced, señor amo, me la haga de tomar este dinero y acudir a
este negocio; y en tanto que esto se gasta, yo escribiré a mi señor lo que
pasa, y sé que me enviará dineros que basten a sacarnos de cualquier peligro.
Abrió los ojos de un palmo el huésped, alegre de
ver que en parte iba saneando la pérdida de su asno. Tomó el dinero, y consoló
a Tomás, diciéndole que él tenía personas en Toledo de tal calidad, que valían
mucho con la justicia, especialmente una señora monja, parienta del Corregidor,
que le mandaba con el pie, y que una lavandera del monasterio de la tal monja
tenía una hija que era grandísima amiga de una hermana de un fraile muy
familiar y conocido del confesor de la dicha monja; la cual lavandera lavaba la
ropa en casa...
--Y como ésta pida a su hija, que sí pedirá, hable
a la hermana del fraile, que hable a su hermano, que hable al confesor, y el
confesor a la monja, y la monja guste de dar un billete (que será cosa
fácil) para el Corregidor, donde le pida encarecidamente
mire por el negocio de Tomás, sin duda alguna se podrá esperar buen suceso. Y
esto ha de ser con tal que el aguador no muera, y con que no falte ungüento
para untar a todos los ministros de la justicia; porque si no están untados,
gruñen más que carretas de bueyes.
En gracia le cayó a Tomás los ofrecimientos del
favor que su amo le había hecho, y los infinitos y revueltos arcaduces por
donde le había derivado; y aunque conoció que antes lo había dicho de socarrón
que de inocente, con todo eso, le agradeció su buen ánimo y le entregó di
dinero, con promesa que no faltaría mucho más, según él tenía la confianza en
su señor, como ya le había dicho. En resolución, dentro de quince días estuvo
fuera de peligro el herido, y a los veinte declaró el cirujano que estaba del
todo sano, y ya en este tiempo había dado traza Tomás como le viniesen
cincuenta estudos de Sevilla, y sacándolos él de su seno, se los entregó al
huésped con cartas y cédula fingida de su amo; y como al huésped le iba poco en
averiguar la verdad de aquella correspondencia, cogía el dinero, que, por ser
en escudos de oro, le alegraba mucho. Por seis ducados se apartó de la querella
el herido; en diez, y en el asno y las costas, sentenciaron al Asturiano. Salió
de la cárcel; pero no quiso volver a estar con su compañero. Díjole que
lo que pensaba hacer era, ya que él estaba determinado de seguir
y pasar adelante con su propósito, comprar un asno y usar el oficio de aguador
en tanto que estuviesen en Toledo; que con aquella cubierta no sería juzgado ni
preso por vagamundo, y que con sola una carga de agua se podía andar todo el
día por la ciudad a sus anchuras, mirando bobas.
--Antes mirarás hermosas que bobas en esta ciudad,
que tiene fama de tener las más discretas mujeres de España, y que andan a una
su discreción con su hermosura; y si no, míralo por Costancica, de cuyas sobras
de belleza puede enriquecer, no sólo a las hermosas desta ciudad, sino a las de
todo el mundo.
--Paso, señor Tomás--replicó Lope--: vámonos
poquito a poquito en esto de las alabanzas de la señora fregona, si no quiere
que, como le tengo por loco, le tenga por hereje.
--¿Fregona has llamado a Costanza, hermano
Lope?--respondió Tomás--. Dios te lo perdone y te traiga a verdadero
conocimiento de tu yerro.
--Pues, ¿no es fregona?--replicó el Asturiano.
--Hasta ahora le tengo por ver fregar el primer
plato.
--No importa--dijo Lope--no haberle visto fregar el
primer plato, si le has visto fregar el segundo, y aun el centésimo.
--Yo te digo, hermano--replicó Tomás--, que ella no
friega, ni entiende en otra cosa que en su labor, y en ser guarda de la plata
labrada que hay en casa, que es mucha.
--Pues ¿cómo la llaman por toda la ciudad --dijo
Lope-- la fregona ilustre, si es que no friega? Mas sin duda debe
de ser que como friega plata, y no loza, la dan el nombre de ilustre. Pero,
dejando esto aparte, dime, Tomás: ¿en qué estado están tus esperanzas?
--En el de perdición--respondió Tomás--; porque en
todos estos días que has estado preso nunca la he podido hablar una palabra.
--Pues ¿qué piensas hacer con el imposible que se
te ofrece en la conquista desta Porcia, desta Minerva y desta nueva Penélope,
que en figura de doncella, y de fregona, te enamora, te acobarda y te
desvanece?
--Haz la burla que de mí quisieres, amigo Lope; que
yo sé que estoy enamorado del más hermoso rostro que pudo formar la naturaleza,
y de la más incomparable honestidad que ahora se puede usar en el mundo.
Costanza se llama, y no Porcia, Minerva o Penélope. No es posible que, aunque
lo procuro, pueda un breve término contemplar, si así se puede decir, en la
bajeza de su estado, porque luego acuden a borrarme este pensamiento su
belleza, su donaire, su sosiego, su honestidad y recogimiento, y me dan a entender
que debajo de aquella rústica corteza debe de estar encerrada y escondida
alguna mina de gran valor y de merecimiento grande. Finalmente, sea lo que se
fuere, yo la quiero bien. Y ya te he dicho, amigo, que puedes hacer tu gusto, o
ya en irte a tu romería, o ya comprar el asno y hacerte
aguador, como tienes determinado.
Al otro día acudió Tomás a dar cebada, y Lope se fué al
mercado de las bestias, que es allí junto, a comprar un asno que fuese tal como
bueno.
Habiendo salido aquel día Costanza con una toca
ceñida por las mejillas, y dicho a quien se lo preguntó que por qué se la había
puesto, que tenía un gran dolor de muelas, Tomás, a quien sus deseos avivaban
el entendimiento, en un instante discurrió lo que sería bueno que hiciese, y
dijo:
--Señora Costanza, yo le daré una oración en
escrito que a dos veces que la rece, se le quitará como con la mano su dolor.
--Norabuena--respondió Costanza--; que yo la
rezaré, porque sé leer.
--Ha de ser con condición--dijo Tomás--, que no la
ha de mostrar a nadie; porque la estimo en mucho, y no será bien que por
saberla muchos se menosprecie.
--Yo le prometo--dijo Costanza--, Tomás, que no la
dé a nadie; y démela luego, porque me fatiga mucho el dolor.
--Yo la trasladaré de la memoria--respondió
Tomás--, y luego se la daré.
Estas fueron las primeras razones que Tomás dijo a
Costanza y Costanza a Tomás en todo el tiempo que había que estaba en casa, que
ya pasaban de veinticuatro días. Retiróse Tomás, y escribió la oración, y tuvo lugar de dársela a Costanza sin que nadie lo viese, y
ella, con mucho gusto y más devoción, se entró en un aposento a solas, y
abriendo el papel, vió que decía desta manera:
"Señora de mi alma: Yo soy un caballero
natural de Burgos; si alcanzo de días a mi padre, heredo un mayorazgo de seis
mil ducados de renta. A la fama de vuestra hermosura, que por muchas leguas se
extiende, dejé mi patria, mudé vestido, y en el traje que me veis, vine a
servir a nuestro dueño; si vos lo quisiéredes ser mío, por los medios que más a
vuestra honestidad convengan, mirad qué pruebas queréis que haga para enteraros
desta verdad; y enterada en ella, siendo gusto vuestro, seré vuestro esposo y
me tendré por el más bien afortunado del mundo."
En tanto que Tomás entendió que Costanza se había
ido a leer su papel, le estuvo palpitando el corazón, temiendo y esperando, o
ya la sentencia de su muerte, o la restauración de su vida. Salió, en esto,
Costanza, tan hermosa, aunque rebozada, que si pudiera recebir aumento su
hermosura con algún accidente se pudiera juzgar que el sobresalto de haber
visto en el papel de Tomás otra cosa tan lejos de la que pensaba había
acrecentado su belleza. Salió con el papel entre las manos hecho menudas
piezas, y dijo a Tomás:
--Hermano Tomás, esta tu oración más parece
hechicería y embuste que oración santa, y así, yo no la
quiero creer ni usar della, y por eso la he rasgado, porque no la vea nadie que
sea más crédula que yo. Aprende otras oraciones más fáciles, porque ésta será
imposible que te sea de provecho.
En diciendo esto, se entró con su ama, y Tomás
quedó suspenso; pero algo consolado, viendo que en solo el pecho de Costanza
quedaba el secreto de su deseo.
En tanto que esto sucedió en la posada, andaba el
Asturiano comprando el asno donde los vendían; y aunque halló muchos, ninguno
le satisfizo, puesto que un gitano anduvo muy solícito por encajalle uno que
más caminaba por el azogue que le había echado en los oídos que por ligereza
suya; pero lo que contentaba con el paso desagradaba con el cuerpo, que era muy
pequeño, y no del grandor y talle que Lope quería, que le buscaba suficiente
para llevarle a él por añadidura, ora fuesen vacíos o llenos los cántaros.
Llegóse a él, en esto, un mozo, y dijole al oído:
--Galán, si busca bestia cómoda para el oficio de
aguador, yo tengo un asno aquí cerca, en un prado, que no le hay mejor ni mayor
en la ciudad; y aconséjole que no compre bestia de gitanos, porque aunque
parezcan sanas y buenas, todas son falsas y llenas de dolamas; si quiere
comprar la que le conviene, véngase conmigo y calle la boca.
Creyóle el Asturiano, y díjole que guiase adonde
estaba el asno que tanto encarecía. Fuéronse los dos mano
a mano, como dicen, hasta que llegaron a la Huerta del Rey, donde a la sombra
de una azuda hallaron muchos aguadores, cuyos asnos pacían en un prado que allí
cerca estaba. Mostró el vendedor su asno, tal, que le hinchó el ojo al
Asturiano, y de todos los que allí estaban fué alabado el asno de fuerte, de
caminador y comedor sobremanera. Hicieron su concierto, y sin otra seguridad ni
información, siendo corredores y medianeros los demás aguadores, dió diez y
seis ducados por el asno, con todos los adherentes del oficio. Hizo la paga
real en escudos de oro. Diéronle el parabién de la compra, y de la entrada en
el oficio, y certificáronle que había comprado un asno dichosísimo, porque el
dueño que le dejaba, sin que se le mancase ni matase, había ganado con él en
menos tiempo de un año, después de haberse sustentado a él y al asno
honradamente, dos pares de vestidos, y más aquellos diez y seis ducados con que
pensaba volver a su tierra.
Amén de los corredores del asno, estaban otros
cuatro aguadores jugando a la primera, tendidos en el suelo, sirviéndoles de
bufete la tierra y de sobremesa sus capas. Púsose el Asturiano a mirarlos, y
vió que no jugaban como aguadores, sino como arcedianos, porque tenía de resto
cada uno más de cien reales en cuartos y en plata. Llegó una mano de echar
todos el resto, y si uno no diera partido a otro él hiciera mesa gallega.
Finalmente, a los dos en aquel resto se les acabó el
dinero y se levantaron; viendo lo cual el vendedor del asno, dijo que si
hubiera cuarto, que él jugara, porque era enemigo de jugar en tercio. El
Asturiano dijo que él haría cuarto. Sentáronse luego, anduvo la cosa de buena
manera, y queriendo jugar antes el dinero que el tiempo, en poco rato perdió
Lope seis escudos que tenia, y viéndose sin blanca, dijo que si le querían
jugar el asno, que él le jugaría. Acetáronle el envite, y hizo de resto un
cuarto del asno, diciendo que por cuartos quería jugarle. Dijole tan mal, que
en cuatro restos consecutivamente perdió los cuatro cuartos del asno, y
ganóselos el mismo que se le había vendido; y levantándose para volverse a
entregarse en él, dijo el Asturiano que advirtiesen que él solamente había
jugado los cuatro cuartos del asno; pero la cola, que se la diesen, y se le
llevasen norabuena.
Causóles risa a todos la demanda de la cola, y hubo
letrados que fueron de parecer que no tenía razón en lo que pedía, diciendo que
cuando se vende un carnero o otra res alguna, no se saca ni quita la cola, que
con uno de los cuartos traseros ha de ir forzosamente. A lo cual replicó Lope
que los carneros de Berbería ordinariamente tienen cinco cuartos, y que el
quinto es de la cola, y cuando los tales carneros se cuartean, tanto vale la
cola como cualquier cuarto; y que a lo de ir la cola junto con la res que se
vende viva y no se cuartea, que lo concedía; pero que la suya no fué vendida,
sino jugada, y que nunca su intención fué jugar la cola,
y que al punto se la volviesen luego con todo lo a ella anejo y concerniente,
que era desde la punta del celebro, contada la osamenta del espinazo, donde
ella tomaba principio y decendía, hasta parar en los últimos pelos della.
--Dadme vos --dijo uno-- que ello sea así como
decís, y que os la den como la pedís, y sentaos junto a lo que del asno queda.
--¡Pues así es! --replicó Lope--. Venga mi cola; si
no, por Dios que no me lleven el asno si bien viniesen por él cuantos aguadores
hay en el mundo; y no piensen que por ser tantos los que aquí están me han de
hacer superchería, porque soy yo un hombre que me sabré llegar a otro hombre y
meterle dos palmos de daga por las tripas, sin que sepa de quién, por dónde, o
cómo le vino; y más, que no quiero que me paguen la cola rata por cantidad,
sino que quiero que me la den en ser y la corten del asno, como tengo dicho.
Al ganancioso y a los demás les pareció no ser bien
llevar aquel negocio por fuerza, porque juzgaron ser de tal brío el Asturiano,
que no consentiría que se la hiciesen, y uno dellos, que parecía de más razón y
discurso, los concertó en que se echase la cola contra un cuarto del asno a una
quínola, o a dos y pasante. Fueron contentos, ganó la quínola Lope, picóse el
otro, echó el otro cuarto, y a otras tres manos quedó sin asno. Quiso jugar
el dinero; no quería Lope; pero tanto le porfiaron todos,
que lo hubo de hacer, con que hizo el viaje del desposado, dejándole sin un
solo maravedí; y fué tanta la pesadumbre que desto recibió el perdidoso, que se
arrojó en el suelo y comenzó a darse de calabazadas por la tierra. Lope, como
bien nacido y como liberal y compasivo, le levantó y le volvió todo el dinero
que le había ganado, y los diez y seis ducados del asno, y aun de los que él
tenía repartió con los circunstantes, cuya extraña liberalidad pasmó a todos; y
si fueran los tiempos y las ocasiones del Tamorlán, le alzaran por rey de los
aguadores.
Con grande acompañamiento volvió Lope a la ciudad,
donde contó a Temas lo sucedido. No quedó taberna, ni bodegón, ni junta de
pícaros donde no se supiese el juego del asno, el esquite por la cola y el brío
y la liberalidad del Asturiano; pero como la mala bestia del vulgo, por la
mayor parte, es mala, maldita y maldiciente, no tomó de memoria la liberalidad,
brío y buenas partes del gran Lope, sino solamente la cola; y así, apenas hubo
andado dos días por la ciudad echando agua, cuando se vió señalar de muchos con
el dedo, que decían: "Este es el aguador de la cola." Estuvieron los
muchachos atentos, supieron el caso, y no había asomado Lope por la entrada de
cualquiera calle, cuando por toda ella le gritaban, quién de aquí y quién de
allí: "¡Asturiano, daca la cola! ¡Daca la cola, Asturiano!" Lope, que se vió asaetear de tantas lenguas y con tantas voces,
dió en callar, creyendo que en su mucho silencio se anegara tanta insolencia;
mas ni por esas; pues mientras más callaba, más los muchachos gritaban; y así,
probó a mudar su paciencia en cólera, y apeándose del asno, dió a palos tras
los muchachos, que fué afinar el polvorín y ponerle fuego, y fué otro cortar
las cabezas de la serpiente, pues en lugar de una que quitaba, apaleando a
algún muchacho, nacían en el mismo instante, no otras siete, sino setecientas,
que con mayor ahinco y menudeo le pedían la cola. Finalmente, tuvo por bien de
retirarse a una posada que había tomado fuera de la de su compañero, y de
estarse en ella hasta que la influencia de aquel mal planeta pasase, y se
borrase de la memoria de los muchachos aquella demanda mala de la cola que le
pedían.
Seis días se pasaron sin que saliese de casa, si no
era de noche, que iba a ver a Tomás y a preguntarle del estado en que se
hallaba, el cual le contó que no había podido hablar
una sola palabra con Costanza. Lope le contó a él la priesa
que le daban los muchachos pidiéndole la cola, porque él había pedido la de su
asno, con que hizo el famoso esquite. Aconsejóle Tomás que no saliese de casa,
a lo menos, sobre el asno, y que si saliese, fuese por calles solas y
apartadas, y que cuando esto no bastase, bastaría dejar el oficio, último
remedio de poner fin a tan poco honesta demanda. Retiróse, con
esto, a su posada Lope, con determinación de no salir della en otros seis días,
a lo menos, con el asno.
Las once serían de la noche, cuando de improviso y
sin pensarlo vieron entrar en la posada muchas varas de justicia y, al cabo, el
Corregidor. Alborotóse el huésped, y aun los huéspedes; porque así como los
cometas cuando se muestran siempre causan temores de desgracias e infortunios,
ni más ni menos la justicia, cuando de repente y de tropel se entra en una
casa, sobresalta y atemoriza hasta las conciencias no culpadas. Entróse el
Corregidor en una sala, y llamó al huésped de casa, el cual vino temblando a
ver lo que el señor Corregidor quería. Y así como le vió el Corregidor, le
preguntó con mucha gravedad:
--¿Sois vos el huésped?
--Sí, señor --respondió él--; para lo que vuesa
merced me quisiere mandar.
Mandó el Corregidor que saliesen de la sala todos
los que en ella estaban y que le dejasen solo con el huésped. Hiciéronlo así, y
quedándose solos, dijo el Corregidor al huésped:
--¿Dónde está una muchacha que dicen que sirve en
esta casa, tan hermosa, que por toda la ciudad la llaman la ilustre
fregona?
--Señor --respondió el huésped--, esa fregona
ilustre que dicen es verdad que está en esta casa; pero ni es mi
criada, ni deja de serlo. --No entiendo lo que decís,
huésped, en eso de ser y no ser vuestra criada la fregona.
--Yo he dicho bien --añadió el huésped--; y si
vuesa merced me da licencia, le diré lo que hay en esto, lo cual jamás he dicho
a persona alguna.
--Primero quiero ver a la fregona que saber otra
cosa; llamadla acá --dijo d Corregidor.
Asomóse el huésped a la puerta de la sala, y dijo:
--¿Oíslo, señora? Haced que entre aquí Costancica.
Sin aguardar que otra vez la llamasen, tomó, Costanza,
una vela encendida sobre un candelero de plata, y con más vergüenza que temor
fué donde el Corregidor estaba.
Así como el Corregidor la vió, mandó al huésped que
cerrase la puerta de la sala; lo cual hecho, el Corregidor se levantó, y
tomando el candelero que Costanza traía, llegándole la luz al rostro, la anduvo
mirando toda de arriba abajo; y como Costanza estaba con sobresalto, habíasele
encendido la color del rostro, y estaba tan hermosa y tan honesta, que al
Corregidor le pareció que estaba mirando la hermosura de un ángel en la tierra;
y después de haberla bien mirado, dijo:
--Huésped, ésta no es joya para estar en el bajo
engaste de un mesón. Digo, doncella, que no solamente os pueden y deben
llamar ilustre, sino ilustrísima; pero
estos títulos no habían de caer sobre el nombre de fregona, sino
sobre el de una duquesa.
--No es fregona, señor --dijo el
huésped--; que no sirve de otra cosa en casa que de traer las llaves de la
plata, que por la bondad de Dios tengo alguna, con que se sirven los huéspedes
honrados que a esta posada vienen.
--Con todo eso --dijo el Corregidor--, digo,
huésped, que ni es decente ni conviene que esta doncella esté en un mesón. ¿Es
parienta vuestra por ventura?
--Ni es mi parienta, ni es mi criada; y si vuesa
merced gustare de saber quién es, como ella no esté delante, oirá vuesa merced
cosas que, juntamente con darle gusto, le admiren.
--Sí gustaré --dijo el Corregidor--; y sálgase
Costancica allá fuera, y prométase de mí lo que de su mismo padre pudiera
prometerse; que su mucha honestidad y hermosura obligan a que todos los que la
vieren se ofrezcan a su servicio.
No respondió palabra Costanza, sino con mucha
mesura hizo una profunda reverencia al Corregidor, y salióse de la sala, y
halló a su ama desalada esperándola, para saber della qué era lo que el
Corregidor la quería. Ella le contó lo que había pasado, y cómo su señor
quedaba con él para contalle no sé qué cosas que no quería que ella las oyese.
No acabó de sosegarse la huéspeda, y siempre estuvo
rezando hasta que se fué el Corregidor y vió salir libre
a su marido, el cual, en tanto que estuvo con el Corregidor le dijo:
--Hoy hacen, señor, según mi cuenta, quince años,
un mes y cuatro días que llegó a esta posada una señora en hábito de peregrina,
en una litera, con una niña recién nacida, y acompañada de
cuatro criados de a caballo, y de dos dueñas y una doncella, que en un coche
venían. Traía asimismo dos acémilas cubiertas con dos ricos reposteros, y
cargadas con una rica cama y con aderezos de cocina; finalmente, el aparato era
principal, y la peregrina representaba ser una gran señora; y aunque en la edad
mostraba ser de cuarenta o pocos más años, no por eso dejaba de parecer hermosa
en todo extremo. Venía enferma y descolorida, y tan fatigada, que mandó que
luego le hiciesen la cama, y en esta misma sala se la hicieron sus criados. Yo
y mi mujer preguntamos a éstos quién era la tal señora
y cómo se llamaba, de adónde venía y adónde iba, y por qué causa se vestía
aquel hábito de peregrina. A todas estas preguntas, que le hicimos no hubo
alguno que nos respondiese otra cosa sino que aquella peregrina era una señora
principal y rica de Castilla la Vieja, y que porque había algunos meses que
estaba enferma de hidropesía, había ofrecido de ir a Nuestra Señora de
Guadalupe en romería, por la cual promesa iba en aquel hábito. En cuanto a
decir su nombre, traían orden de no llamarla sino la señora peregrina. Esto
supimos por entonces; pero a cabo de tres días que, por enferma, la señora peregrina se estaba en
casa, una de las dueñas nos llamó a mí y a mi mujer de su parte; fuimos a ver
lo que quería, y a puerta cerrada y delante de sus criadas, casi con lágrimas
en los ojos, nos dijo creo que estas mismas razones: "Señores míos, los
cielos me son testigos que sin culpa mía me hallo en un riguroso
trance y me veo obligada, por cuestión de honra, a apartar de mi
lado a esta niña. Y es menester, amigos, busquéis con todo
secreto donde llevarla a criar, buscando también mentiras que decir a
quien la entregáredes; que por ahora será en la ciudad,
y después quiero que se lleve a una aldea. De lo que después se hubiere de
hacer, cuando de Guadalupe vuelva lo sabréis, porque el tiempo me habrá dado
lugar de que piense y escoja lo mejor que me convenga."
...que llegó a esta posada una señora en hábito de peregrina, ...
Aquí dió fin a su razonamiento la lastimada
peregrina, y principio a un copioso llanto, que, en parte, fué consolado por
las muchas y buenas razones que mi mujer le dijo. Finalmente, ésta
se fué a buscar donde llevar la niña, que era la
más hermosa que mis ojos hasta entonces habían visto, y es esta misma que vuesa
merced acaba de ver ahora.
Fué la madre a su romería.
Cuando volvió, estaba ya la niña dada a criar por mi orden, con nombre de mi
sobrina, en una aldea dos leguas de aquí. En el bautismo se le puso por nombre
Costanza; que así lo dejó ordenado su madre, la cual, contenta de lo que yo había
hecho, al tiempo de despedirse me dió una cadena de oro,
que hasta agora tengo, de la cual quitó seis trozos, los cuales dijo que
traería la persona que por la niña viniese. También cortó un blanco pergamino a
vueltas y a ondas, a la traza y manera como cuando se enclavijan las manos y en
los dedos se escribe alguna cosa, que estando enclavijados los dedos se pueden
leer, y después de apartadas las manos queda dividida la razón, porque se
dividen las letras, que en volviendo a enclavijar los dedos, se juntan y
corresponden de manera, que se pueden leer continuadamente: digo que el un
pergamino sirve de alma del otro, y encajados se leerán, y divididos no es
posible, si no es adivinando la mitad del pergamino; y casi toda la cadena
quedó en mi poder, y todo lo tengo, esperando el contraseño hasta ahora, puesto
que ella me dijo que dentro de dos años enviaría por su hija, encargándome que
la criase, no como quien ella era, sino del modo que se suele criar una
labradora; que la perdonase el no decirme su nombre, ni quién era; que lo
guardaba para otra ocasión más importante. En resolución, dándome cuatrocientos
escudos de oro y abrazando a mi mujer con tiernas lágrimas, se partió,
dejándonos admirados de su discreción, valor, hermosura y recato. Costanza se
crió en el aldea dos años y luego la truje conmigo, y siempre la he traído en
hábito de labradora, como su madre me lo dejó mandado. Quince años, un mes y
cuatro días ha que aguardo a quien ha de venir por ella, y la mucha tardanza me
ha consumido la esperanza de ver esta venida; y si en
este año en que estamos no vienen, tengo determinado de prohijalla y darle toda
mi hacienda, que vale más de seis mil ducados, Dios sea bendito.
Resta ahora, señor Corregidor, decir a vuesa
merced, si es posible que yo sepa decirlas, las bondades y las virtudes de
Costancica. Ella, lo primero y principal, es devotísima de Nuestra Señora;
confiesa y comulga cada mes; sabe escribir y leer; no hay mayor randera en
Toledo; canta a la almohadilla como unos ángeles; en ser honesta no hay quien
la iguale. Pues en lo que toca a ser hermosa, ya vuesa merced lo ha visto.
Calló el huésped, y tardó un gran rato el
Corregidor en hablarle; tan suspenso le tenía el suceso que el huésped le había
contado. En fin, le dijo que le trujese allí la cadena y el pergamino; que
quería verlo. Fué el huésped por ello, y trayéndoselo, vió que era así como le
había dicho. Tuvo por discreta la señal del conocimiento y juzgó por muy rica a
la señora peregrina que tal cadena había dejado al huésped; y teniendo en
pensamiento de sacar de aquella posada la hermosa muchacha cuando hubiese concertado
un monasterio donde llevarla, por entonces se contentó de llevar sólo el
pergamino, encargando al huésped que si acaso viniesen por Costanza, le avisase
y diese noticia de quién era el que por ella venía, antes que le mostrase la
cadena, que dejaba en su poder. Con esto, se fué, tan admirado del cuento y suceso de la ilustre fregona como
de su incomparable hermosura.
Todo el tiempo que gastó el huésped en estar con el
Corregidor y el que ocupó Costanza cuando la llamaron, estuvo Tomás fuera de
si, combatida el alma de mil varios pensamientos, sin acertar jamás con ninguno
de su gusto; pero cuando vio que el Corregidor se iba y que Costanza se
quedaba, respiró su espíritu y volviéronle los pulsos, que ya casi desamparado
le tenían. No osó preguntar al huésped lo que el Corregidor quería, ni el
huésped lo dijo a nadie sino a su mujer; con que ella también volvió en si, dando
gracias a Dios que de tan grande sobresaltó la había librado.
El día siguiente, cerca de la una, entraron en la
posada con cuatro hombres de a caballo dos caballeros ancianos de venerables
presencias, habiendo primero preguntado uno de dos mozos que a pie con ellos
venían si era aquella la posada del Sevillano; y habiéndole respondido que sí,
se entraron todos en ella. Apeáronse los cuatro y fueron a apear a los dos
ancianos, señal por do se conoció que aquellos dos eran señores de los seis.
Salió Costanza con su acostumbrada gentileza a ver los nuevos huéspedes, y apenas
la hubo visto uno de los dos ancianos cuando dijo al otro:
--Yo creo, señor don Juan, que hemos hallado todo
aquello que venimos a buscar.
Tomás, que acudió a dar recado a las
cabalgaduras, conoció luego a dos criados de su padre, y
luego conoció a su padre y al padre de Calmazo, que eran los dos ancianos a
quien los demás respectaban; y aunque se admiró de su venida, consideró que
debían de ir a buscar a él y a Carriazo a las almadrabas: que no habría faltado
quien les hubiese dicho que en ellas, y no en Flandes, los hallarían; pero no
se atrevió a dejarse conocer en aquel traje: antes, aventurándolo todo, puesta
la mano en el rostro, pasó por delante dellos y fué a buscar a Costanza, y
quiso la buena suerte que la hallase sola; y apriesa y con lengua turbada,
temeroso que ella no le daría lugar para decirle nada, le dijo:
--Costanza, uno de estos dos caballeros ancianos
que aquí han llegado ahora es mi padre, que es aquel que oyeres llamar don Juan
de Avendaño: infórmate de sus criados si tiene un hijo que se llama don Tomás
de Avendaño, que soy yo, y de aquí podrás ir coligiendo y averiguando que te he
dicho verdad en cuanto a la calidad de mi persona, y que te la diré en cuanto
de mi parte te tengo ofrecido. Y quédate adiós; que hasta que ellos se vayan no
pienso volver a esta casa.
No le respondió nada Costanza ni él aguardó a que
le respondiese, sino volviéndose a salir, cubierto como había entrado, se fué a
dar cuenta a Carriazo de cómo sus padres estaban en la posada. Dió voces el
huésped a Tomás, que viniese a dar cebada; pero como no pareció, dióla él
mismo. Uno de los dos ancianos llamó aparte a una de las
dos mozas gallegas, y preguntóle cómo se llamaba aquella muchacha hermosa que
habían visto, y que si era hija o parienta del huésped, o huéspeda de casa. La
Gallega le respondió:
--La moza se llama Costanza; ni es parienta del
huésped ni de la huéspeda, ni sé lo que es.
El caballero, sin esperar a que le quitasen las
espuelas, llamó al huésped, y retirándose con él aparte en una sala, le dijo:
--Yo, señor huésped, vengo a quitaros una prenda
mía que ha algunos años que tenéis en vuestro poder; para quitárosla os traigo
mil escudos de oro, y estos trozos de cadena, y este pergamino.
Y diciendo esto, sacó los seis de la señal de la
cadena que él tenía. Asimismo conoció el pergamino, y alegre sobremanera con el
ofrecimiento de los mil escudos, respondió:
--Señor, la prenda que queréis quitar está en casa;
pero no está en día la cadena ni el pergamino con que se ha de hacer la prueba
de la verdad que yo creo que vuesa merced trata; y así, le suplico tenga
paciencia; que yo vuelvo luego.
Y al momento fué a avisar al Corregidor de lo que
pasaba, y de como estaban dos caballeros en su posada, que venían por Costanza.
Acababa de comer el Corregidor, y con el deseo que
tenía de ver el fin de aquella historia, subió luego a caballo y vino a la
posada del Sevillano, llevando consigo el pergamino de la
muestra. Y apenas hubo visto a los dos caballeros, cuando, abiertos los brazos,
fué a abrazar al uno, diciendo:
--¡Válame Dios! ¿Qué buena venida es ésta, señor
don Juan de Avendaño, primo y señor mío?
El caballero le abrazó asimismo, diciéndole:
---Sin duda, señor primo, habrá sido buena mi
venida, pues os veo, y con la salud que siempre os deseo. Abrazad, primo, a
este caballero, que es el señor don Diego de Carriazo, gran señor y amigo mío.
--Ya conozco al señor don Diego --respondió el
Corregidor--, y le soy muy servidor.
Y abrazándose los dos, después de haberse recebido
con grande amor y grandes cortesías, se entraron en una sala, donde se quedaron
solos con el huésped, el cual ya tenía consigo la cadena, y dijo:
--Ya el señor Corregidor sabe a lo que vuesa merced
viene, señor don Diego de Carriazo: vuesa merced saque los trozos que faltan a
esta cadena, y el señor Corregidor sacará el pergamino, que está en su poder, y
hagamos la prueba que ha tantos años que espero a que se haga.
--Desa manera --respondió don Diego--, no habrá
necesidad de dar cuenta de nuevo al señor Corregidor de nuestra venida, pues
bien se verá que ha sido a lo que vos, señor huésped, habréis dicho.
--Algo me ha dicho; pero mucho me quedó por saber.
El pergamino, hele aquí. Sacó don Diego el otro, y
juntando las dos partes se hicieron una, y a las letras del que tenía el
huésped, que eran E T E L S Ñ V D D R, respondían en el otro pergamino éstas: S
A S A E AL ER A E A, que todas juntas decían: ÉSTA ES LA SEÑAL VERDADERA. Cotejáronse
luego los trozos de la cadena, y hallaron ser las señas verdaderas.
--¡Esto está hecho! --dijo el Corregidor--. Resta
ahora saber, si es posible, quién son los padres desta hermosísima prenda.
--El padre --respondió don Diego-- yo lo soy; la
madre ya no vive: basta saber que fué tan principal que pudiera yo ser su
criado.
A estas razones llegaba don Diego cuando oyeron que
en la puerta de la calle decían a grandes voces:
--Díganle a Tomás Pedro, el mozo de la cebada, cómo
llevan a su amigo el Asturiano preso; que acuda a la cárcel, que allí le
espera.
A la voz de cárcel y de preso,
dijo el Corregidor que entrase el preso y el alguacil que le llevaba. Dijeron
al alguacil que el Corregidor, que estaba allí, le mandaba entrar con el preso,
y así lo hubo de hacer.
Venía el Asturiano todos los dientes bañados en
sangre, y muy mal parado, y muy bien asido del alguacil, y así como entró en la
sala, conoció a su padre y al de Avendaño. Turbóse, y por no ser conocido, con
un paño, como que se limpiaba la sangre, se cubrió el rostro. Preguntó el Corregidor que qué había hecho
aquel mozo, que tan mal parado le llevaban. Respondió el alguacil que aquel
mozo era un aguador que le llamaban el Asturiano, a quien los muchachos por las
calles decían: "¡Daca la cola, Asturiano; daca la cola!", y luego en
breves palabras contó la causa porque le pedían la tal cola, de que no riyeron
poco todos. Dijo más, que saliendo por la puente de Alcántara, dándole los
muchachos priesa con la demanda de la cola, se había apeado del asno, y dando
tras todos, alcanzó a uno, a quien dejaba medio muerto a palos; y que
queriéndole prender se había resistido, y que por eso iba tan mal parado.
"¡Daca la cola, Asturiano; daca la cola!"...
Mandó el Corregidor que se descubriese el rostro, y
porfiando a no querer descubrirse, llegó el alguacil y quitóle el pañuelo, y al
punto le conoció su padre, y dijo todo alterado:
--Hijo don Diego, ¿cómo estás desta manera? ¿Qué
traje es éste? ¿Aún no se te han olvidado tus picardías?
Hincó las rodillas Carriazo, y fuese a poner a los
pies de su padre, que, con lágrimas en los ojos, le tuvo abrazado un buen
espacio. Don Juan de Avendaño, como sabía que don Diego había venido con don
Tomás su hijo, preguntóle por él; a lo cual respondió que don Tomás de Avendaño
era el mozo que daba cebada y paja en aquella posada. Con esto que el Asturiano dijo se acabó de apoderar la admiración en todos los
presentes, y mandó el Corregidor al huésped que trujese allí al mozo de la
cebada.
--Yo creo que no está en casa--respondió el
huésped--; pero yo le buscaré.
Y así, fué a buscalle.
Preguntó don Diego a Carriazo que qué
transformaciones eran aquéllas, y qué les había movido a ser él aguador y don
Tomás mozo de mesón. A lo cual respondió Carriazo que no podía satisfacer a
aquellas preguntas tan en público; que él respondería a solas.
Estaba Tomás Pedro escondido en su aposento, para
ver desde allí, sin ser visto, lo que hacían su padre y el de Carriazo. Teníale
suspenso la venida del Corregidor y el alboroto que en toda la casa andaba. No
faltó quien le dijese al huésped como estaba allí escondido; subió por él, y
más por fuerza que por grado, le hizo bajar; y aun no bajara si el mismo
Corregidor no saliera al patio y le llamara por su nombre, diciendo:
--Baje vuesa merced, señor pariente; que aquí no le
aguardan osos ni leones.
Bajó Tomás, y con los ojos bajos y sumisión grande
se hincó de rodillas ante su padre, el cual le abrazó con grandísimo contento,
a fuer del que tuvo el padre del Hijo Pródigo cuando le cobró de perdido.
Ya, en esto, había venido un coche del Corregidor,
para volver en él, pues la gran fiesta no permitía volver
a caballo. Hizo llamar a Costanza, y tomándola de la mano, se la presentó a su
padre, diciendo:
--Recebid, señor don Diego, esta prenda, y
estimalda por la más rica que acertáredes a desear. Y vos, hermosa doncella,
besad la mano a vuestro padre, y dad gracias a Dios, que con tan honrado suceso
ha enmendado, subido y mejorado la bajeza de vuestro estado.
Costanza, que no sabía ni imaginaba lo que le había
acontecido, toda turbada y temblando, no supo hacer otra cosa que hincarse de
rodillas ante su padre, y tomándole las manos se las comenzó a besar
tiernamente, bañándoselas con infinitas lágrimas que por sus hermosísimos ojos
derramaba.
En tanto que esto pasaba, había persuadido el
Corregidor a su primo don Juan que se viniesen todos con él a su casa; y aunque
don Juan lo rehusaba, fueron tantas las persuasiones del Corregidor, que lo
hubo de conceder; y así, entraron en el coche todos. Pero cuando dijo el
Corregidor a Costanza que entrase también en el coche, se le anubló el corazón,
y ella y la huéspeda se asieron una a otra, y comenzaron a hacer tan amargo
llanto que quebraba los corazones de cuantos le escuchaban.
El Corregidor, enternecido, mandó que asimismo la
huéspeda entrase en el coche, y que no se apartase de su hija, pues por tal la
tenía, hasta que saliese de Toledo. Así, la huéspeda y todos entraron en el coche, y fueron a casa del Corregidor, donde fueron bien
recebidos de su mujer, que era una principal señora. Comieron regalada y
sumptuosamente, y después de comer contó Carriazo a su padre cómo por amores de
Costanza don Tomás se había puesto a servir en el mesón, y que estaba enamorado
de tal manera della, que sin que le hubiera descubierto ser tan principal como
era siendo su hija, la tomara por mujer en el estado de fregona. Vistió luego
la mujer del Corregidor a Costanza con unos vestidos de una hija que tenía de
la misma edad y cuerpo de Costanza, y si parecía hermosa con los de labradora,
con los cortesanos parecía cosa del cielo: tan bien la cuadraban, que daba a
entender que desde que nació había sido señora y usado los mejores trajes que
el uso trae consigo.
Entre el Corregidor y don Diego de Carriazo y don
Juan de Avendaño se concertaron en que don Tomás se casase con Costanza,
dándole su padre los treinta mil escudos que su madre le había dejado, y el
aguador don Diego de Carriazo casase con la hija del Corregidor.
Desta manera quedaron todos contentos, alegres y
satisfechos, y la nueva de los casamientos y de la ventura de la
fregona ilustre se extendió por la ciudad, y acudía infinita gente a
ver a Costanza en el nuevo hábito, en el cual tan señora se mostraba como se ha
dicho.
Un mes se estuvieron en Toledo, al cabo del
cual se volvieron a Burgos don Diego de Carriazo y su
mujer, su padre y Costanza, con su marido don Tomás. Quedó el Sevillano rico
con los mil escudos, y con muchas joyas que Costanza dio a su señora: que
siempre con este nombre llamaba a la que la había criado. Dio ocasión la
historia de la fregona ilustre a que los poetas del dorado
Tajo ejercitasen sus plumas en solenizar y en alabar la sin par hermosura de
Costanza, la cual aún vive en compañía de su buen mozo de mesón, y Carriazo ni
más ni menos, con tres hijos, que sin tomar el estillo del padre ni acordarse
si hay almadrabas en el mundo, hoy están todos estudiando en Salamanca; y su
padre, apenas vee algún asno de aguador, cuando se le representa y viene a la
memoria el que tuvo en Toledo, y teme que cuando menos se cate ha de remanecer
en alguna sátira el "¡Daca la cola, Asturiano! ¡Asturiano, daca la
cola!"
HISTORIA DE LOS TRABAJOS DE PERSILES Y SIGISMUNDA
Donde el capitán da cuenta de las grandes fiestas
que acostumbraba a hacer en su reino el rey Policarpo.
--"Una de las islas que están junto a la de
Hibernia me dio el cielo por patria: es tan grande, que toma nombre de reino,
el cual no se hereda, ni viene por sucesión de padre a hijo; sus moradores le
eligen a su beneplácito, procurando siempre que sea el más virtuoso y mejor
hombre que en él se hallara; y sin intervenir de por medio ruegos o
negociaciones, y sin que los soliciten promesas ni dádivas, de común
consentimiento de todos sale el rey y toma el cetro absoluto del mando, el cual
le dura mientras le dura la vida o mientras no se empeora en ella. Y con esto,
los que no son reyes procuran ser virtuosos para serlo, y los que lo son,
pugnan serlo más para no dejar de ser reyes; con esto se cortan las alas
a la ambición, se atierra la codicia, y aunque la
hipocresía suele andar lista, a largo andar se le cae la máscara y queda sin el
alcanzado premio; con esto los pueblos viven quietos, campea la justicia y
resplandece la misericordia, despáchanse con brevedad los memoriales de los
pobres, y los que dan los ricos, no por serlo son mejor despachados; no agobian
la vara de la justicia las dádivas ni la carne y sangre de los parentescos:
todas las negociaciones guardan sus puntos y andan en sus quicios; finalmente,
reino es donde se vive sin temor de los insolentes y donde cada uno goza lo que
es suyo.
"Esta costumbre, a mi parecer justa y santa,
puso el cetro del reino en las manos de Policarpo, varón insigne y famoso, así
en las armas como en las letras, el cual tenía cuando vino a ser rey dos hijas
de extremada belleza, la mayor llamada Policarpa y la menor Sinforosa; no
tenían madre, que no les hizo falta cuando murió sino en la compañía: que sus
virtudes y agradables costumbres eran ayas de sí mismas, dando maravilloso
ejemplo a todo el reino. Con estas buenas partes, así ellas como el padre se
hacían amables, se estimaban de todos. Los reyes, por parecerles que la
malencolía en los vasallos suele despertar malos pensamientos, procuran tener
alegre el pueblo y entretenido con fiestas públicas y a veces con ordinarias
comedias; principalmente solenizaban el día que fueron asumptos al reino con
hacer que se renovasen los juegos que los gentiles
llamaban Olímpicos, en el mejor modo que podían. Señalaban premio a los
corredores, honraban a los diestros, coronaban a los tiradores y subían al
cielo de la alabanza a los que derribaban a otros en la tierra. Hacíase este
espectáculo junto a la marina, en una espaciosa playa, a quien quitaban él sol
infinita cantidad de ramos entretejidos que la dejaban a la sombra; ponían en
la mitad un suntuoso teatro, en el cual, sentado el rey y la real familia,
miraban los apacibles juegos. Llegóse un día déstos, y Policarpo procuró
aventajarse en magnificencia y grandeza en solenizarle sobre todos cuantos
hasta allí se habían hecho; y cuando ya el teatro estaba ocupado con su persona
y con los mejores del reino, y cuando ya los instrumentos bélicos y los
apacibles querían dar señal que las fiestas se comenzasen, y cuando ya cuatro
corredores, mancebos ágiles y sueltos, tenían los pies izquierdos delante y los
derechos alzados, que no les impedía otra cosa el soltarse a la carrera sino
soltar una cuerda que les servía de raya y de señal, que en soltándola habían
de volar a un término señalado, donde habían de dar fin a su carrera, digo que
en este tiempo vieron venir por la mar un barco que le blanqueaban los costados
el ser recién despalmado, y le facilitaban el romper del agua seis remos que de
cada banda traía, impelidos de doce, al parecer, gallardos mancebos, de
dilatadas espaldas y pechos y de nervudos brazos; venían vestidos de blanco
todos, sino el que guiaba el timón, que venía de
encarnado, como marinero. Llegó con furia el barco a la orilla, y el encallar
en ella y el saltar todos los que en él venían en tierra fué una misma cosa.
Mandó Policarpo que no saliesen a la carrera hasta saber qué gente era aquélla
y a lo que venía, puesto que imaginó que debían de venir a hallarse en las
fiestas y a probar su gallardía en los juegos. El primero que se adelantó a
hablar al rey fué el que servía de timonero, mancebo de poca edad, cuyas
mejillas, desembarazadas y limpias, mostraban ser de nieve y de grana; los
cabellos, anillos de oro; y cada una parte de las del rostro tan perfecta, y
todas juntas tan hermosas, que formaban un compuesto admirable. Luego la
hermosa presencia del mozo arrebató la vista y aun los corazones de cuantos le
miraron, y yo desde luego le quedé aficionadísimo. Lo que dijo al rey:
"--Señor, estos mis compañeros y yo, habiendo
tenido noticia destos juegos, venimos a servirte y hallarnos en ellos, y no de
lejas tierras, sino desde una nave que dejamos en la isla Scinta, que no está
lejos de aquí; y como el viento no hizo a nuestro propósito para encaminar aquí
la nave, nos aprovechamos de esta barca y de los remos y de la fuerza de
nuestros brazos. Todos somos nobles y deseosos de ganar honra, y por la que
debes hacer, como rey que eres, a los extranjeros que a tu presencia llegan, te
suplicamos nos concedas licencia para mostrar o nuestras
fuerzas o nuestros ingenios, en honra y provecho nuestro y gusto tuyo.
"--Por cierto--respondió Policarpo--,
agraciado joven, que vos pedís lo que queréis con tanta gracia y cortesía, que
sería cosa injusta el negároslo. Honrad mis fiestas en lo que quisiéredes;
dejadme a mí el cargo de premiároslo: que, según vuestra gallarda presencia
muestra, poca esperanza dejáis a ninguno de alcanzar los primeros premios.
"Dobló la rodilla el hermoso mancebo y se
inclinó la cabeza en señal de crianza y agradecimiento, y en dos brincos se
puso ante la cuerda que detenía a los cuatro ligeros corredores; sus doce
compañeros se pusieron a un lado, a ser espectadores de la carrera. Sonó una
trompeta, soltaron la cuerda, y arrojáronse al vuelo los cinco; pero aún no
habrían dado veinte pasos, cuando, con más de seis se les aventajó el recién
venido, y a los treinta, ya los llevaba de ventaja más de quince; finalmente,
se los dejó a poco más de la mitad del camino, como si fueran estatuas
inmovibles, con admiración de todos los circunstantes, especialmente de
Sinforosa, que le seguía con la vista, así corriendo como estando quedo, porque
la belleza y agilidad del mozo era bastante para llevar tras sí las voluntades,
no sólo de los ojos de cuantos le miraban. Comenzó luego la invidia a
apoderarse de los pechos de los que se habían de probar en los juegos, viendo
con cuánta facilidad se había llevado el extranjero el precio de la carrera. Fué el segundo certamen el de la esgrima: tomó el ganancioso la
espada negra, con la cual, a seis que le salieron, cada uno de por sí, les
cerró las bocas, mosqueó las narices, les selló los ojos y les santiguó las
cabezas, sin que a él le tocasen, como decirse suele, un pelo de la ropa. Alzó
la voz el pueblo, y de común consentimiento le dieron el premio primero. Luego
se acomodaron otros seis a la lucha, donde con mayor gallardía dio de sí
muestra el mozo: descubrió sus dilatadas espaldas, sus anchos y fortísimos
pechos, y los nervios y músculos de sus fuertes brazos, con los cuales, y con
destreza y maña increíble, hizo que las espaldas de los seis luchadores, a
despecho y pesar suyo, quedasen impresas en la tierra. Asió luego de una pesada
barra que estaba hincada en el suelo, porque le dijeron que era el tirarla el
cuarto certamen; sompesóla, y haciendo de señas a la gente que estaba delante
para que le diesen lugar donde el tiro cupiese, tomando la barra por la una
punta, sin volver el brazo atrás, la impelió con tanta fuerza, que, pasando los
límites de la marina, fué menester que el mar se los diese, en el cual bien
adentro quedó sepultada la barra. Esta monstruosidad, notada de sus contrarios,
les desmayó los bríos, y no osaron probarse en la contienda. Pusiéronle luego
la ballesta en las manos y algunas flechas, y mostráronle un árbol muy alto y
muy liso, al cabo del cual estaba hincada una media lanza, y en ella, de un
hilo, estaba asida una paloma, a la cual habían de tirar
no más de un tiro los que en aquel certamen quisiesen probarse.
"Uno, que presumía de certero, se adelantó y
tomó la mano, creo yo, pensando derribar la paloma antes que otro; tiró, y
clavó su flecha casi en el fin de la lanza, del cual golpe, azorada la paloma,
se levantó en el aire; y luego, otro no menos presumido que el primero, tiró
con tan gentil certería, que rompió el hilo donde estaba asida la paloma, que
suelta y libre del lazo que la detenía, entregó su libertad al viento y batió
las alas con priesa. Pero el ya acostumbrado a ganar los primeros premios
disparó su flecha; y, como si mandara lo que había de hacer, y ella tuviera
entendimiento para obedecerle, así lo hizo, pues, dividiendo el aire con un
rasgado y tendido silbo, llegó a la paloma y le pasó el corazón de parte a
parte, quitándole a un mismo punto el vuelo y la vida. Renováronse con esto las
voces de los presentes y las alabanzas del extranjero; el cual en la carrera,
en la esgrima, en la lucha, en la barra y en el tirar de la ballesta, y entre
otras muchas pruebas que no cuento, con grandísimas ventajas se llevó los
primeros premios, quitando el trabajo a sus compañeros de probarse en ellas.
Cuando se acabaron los juegos, sería el crepúsculo de la noche; y cuando el rey
Policarpo quería levantarse de su asiento, con los jueces que con él estaban, para
premiar al vencedor mancebo, vió que, puesto de rodillas ante él, le dijo:
"--Nuestra nave quedó sola y desamparada; la
noche cierra algo escura; los premios que puedo esperar, que por ser de tu mano
se deben estimar en lo posible, quiero, ¡oh gran señor!, que los dilates hasta
otro tiempo, que con más espacio y comodidad pienso volver a servirte.
"Abrazóle el rey, preguntóle su nombre, y dijo
que se llamaba Periandro. Quitóse en esto la bella Sinforosa una guirnalda de
flores con que adornaba su hermosísima cabeza, y la puso sobre la del gallardo
mancebo, y, con honesta gracia, le dijo al ponérsela:
"--Cuando mi padre sea tan venturoso de que
volváis a verle, veréis cómo no vendréis a servirle sino a ser servido."
Cuenta Periandro el suceso de su viaje.
--"El principio y preámbulo de mi historia, ya
que queréis, señores, que os la cuente, quiero que sea éste: que nos
contempléis a mi hermana y a mí, con una anciana ama suya, embarcados en una
nave cuyo dueño, en el lugar de parecer mercader, era un gran corsario. Las
riberas de una isla barríamos; quiero decir que íbamos
tan cerca de ella que distintamente conocíamos, no solamente los árboles, pero
sus diferencias. Mi hermana, cansada de haber andado algunos días por el mar,
deseó salir a recrearse a la tierra; pidióselo al capitán, y como sus ruegos
tienen siempre fuerza de mandamiento, consintió el capitán en el de su ruego, y
en la pequeña barca de la nave, con solo un marinero, nos echó en tierra a mí y
a mi hermana y a Cloelia, que éste era el nombre de su ama. Al tomar tierra vio
él marinero que un pequeño río, por una pequeña boca, entraba a dar al mar su
tributo; hacíanle sombra por una y otra ribera gran cantidad de verdes y
hojosos árboles, a quien servían de cristalinos espejos sus transparentes aguas.
Rogámosle se entrase por el río, pues la amenidad del sitio nos convidaba.
Hízolo así, y comenzó a subir por el río arriba, y habiendo perdido de vista la
nave, soltando los remos, se detuvo y dijo: "Mirad, señores, del modo que
habéis de hacer este viaje, y haced cuenta que esta pequeña barca que ahora os
lleva es vuestro navío, porque no habéis de volver más al que en la mar os
queda aguardando, si ya esta señora no quiere perder la honra y vos que decís
que sois su hermano, la vida." Díjome, en fin, que el capitán del navío
quería darme a mí la muerte, y que atendiésemos a nuestro remedio, que él nos
seguiría y acompañaría en todo lugar y en todo acontecimiento. Si nos turbamos
con esta nueva júzguelo el que estuviere acostumbrado a recebirlas malas de los bienes que espera. Agradecíle el aviso y ofrecíle la
recompensa cuando nos viésemos en más felice estado. "Aun bien--dijo
Cloelia--, que traigo conmigo las joyas de mi señora." Y aconsejándonos
los cuatro de lo que hacer debíamos, fué parecer del marinero que nos
entrásemos el río adentro; quizá descubriríamos algún lugar que nos defendiese,
si acaso los de la nave viniesen a buscarnos. "Mas no vendrán--dijo--,
porque no hay gente en todas estas islas que no piense ser cosarios todos
cuantos surcan estas riberas, y en viendo la nave o naves luego toman las armas
para defenderse, y si no es con asaltos nocturnos y secretos, nunca salen
medrados los cosarios." Parecióme bien su consejo; tomé yo el un remo y
ayúdele a llevar el trabajo. Subimos por el río arriba, y habiendo andado como
dos millas, llegó a nuestros oídos el son de muchos y varios instrumentos
formado, y luego se nos ofreció a la vista una selva de árboles movibles que de
la una ribera a la otra ligeramente cruzaban; llegamos más cerca, y conocimos
ser barcas enramadas lo que parecían árboles, y que el son le formaban los
instrumentos que tañían los que en ellas iban. Apenas nos hubieron descubierto,
cuando se vinieron a nosotros y rodearon nuestro barco por todas partes.
Levantóse en pie mi hermana, y, echándose sus hermosos cabellos a las espaldas,
tomados por la frente con una cinta leonada o listón que le dio su ama, hizo de
sí casi divina e improvisa muestra; que, como después supe, por tal la tuvieron todos los que en las
barcas venían, los cuales, a voces, como dijo el marinero, que las entendía,
decían: "¿Qué es esto? ¿Qué deidad es ésta que viene a visitarnos y a dar
el parabién al pescador Carino y a la sin par Selviana de sus felicísimas
bodas?" Luego dieron cabo a nuestra barca y nos llevaron a desembarcar no
lejos del lugar donde nos habían encontrado.
¿Qué deidad es ésta que viene a visitarnos?
"Apenas pusimos los pies en la ribera, cuando
un escuadrón de pescadores, que así lo mostraban ser en su traje, nos rodearon,
y uno por uno, llenos de admiración y reverencia, llegaron a besar las orillas
del vestido de Auristela, mi hermana, la cual, a pesar del temor
que la congojaba de las nuevas que la habían dado, se mostró a aquel punto tan
hermosa, que yo disculpo el error de aquellos que la tuvieron por divina. Poco
desviados de la ribera, vimos un tálamo en gruesos troncos de sabina
sustentado, cubierto de verde juncia, y oloroso con diversas flores, que
servían de alcatifas al suelo; vimos ansimismo levantarse de unos asientos dos
mujeres y dos hombres, ellas mozas y ellos gallardos mancebos; la una, hermosa
sobremanera, y la otra, fea sobremanera; el uno, gallardo y gentil hombre, y el
otro, no tanto; y todos cuatro se pusieron de rodillas ante Auristela, y el más
gentil hombre dijo: "¡Oh, tú, quienquiera que seas, que no puedes ser sino
cosa del cielo! Mi hermano y yo, con el extremo a
nuestras fuerzas posible, te agradecemos esta merced que nos haces honrando
nuestras pobres y ya de hoy más ricas bodas. Ven, señora, y si, en lugar de los
palacios de cristal que en el profundo mar dejas, como una de sus habitadoras,
hallares en nuestros ranchos las paredes de conchas y los tejados de mimbres,
o, por mejor decir, las paredes de mimbres y los tejados de conchas, hallarás,
por lo menos, los deseos de oro y las voluntades de perlas para servirte. Y
hago esta comparación, que parece impropia, porque no hallo cosa mejor que el
oro ni más hermosa que las perlas." Inclinóse a abrazarle Auristela,
confirmando con su gravedad, cortesía y hermosura la opinión que della tenían.
El pescador menos gallardo se apartó a dar orden a la demás turba a que levantasen
las voces en alabanzas de la recién venida extranjera y que tocasen todos los
instrumentos en señal del regocijo. Las dos pescadoras, fea y hermosa, con
sumisión humilde, besaron las manos a Auristela, y ella las abrazó cortés y
amigablemente. El marinero, contentísimo del suceso, dió cuenta a los
pescadores del navío que en el mar quedaba, diciéndoles que era de cosarios, de
quien se temía que habían de venir por aquella doncella, que era una principal
señora, hija de reyes; que para mover los corazones a su defensa le pareció ser
necesario levantar este testimonio a mi hermana. Apenas entendieron esto,
cuando dejaron los instrumentos regocijados y acudieron a los bélicos, que tocaron "¡Arma, arma!" por entrambas riberas.
"Llegó en esto la noche; recogímonos al mismo
rancho de los desposados, pusiéronse centinelas hasta la misma boca del río,
cebáronse las nasas, tendiéronse las redes y acomodáronse los anzuelos, todo
con intención de regalar y servir a sus nuevos huéspedes; y, por más honrarlos,
los dos recién desposados no quisieron aquella noche pasarla con sus esposas,
sino dejar los ranchos solos a ellas, y a Auristela y a Cloelia, y que ellos,
con sus amigos, conmigo y con el marinero, se les hiciese guarda y centinela; y
aunque sobraba la claridad del cielo por la que ofrecía la de la creciente
luna, y en la tierra ardían las hogueras que el nuevo regocijo había encendido,
quisieron los desposados que cenásemos en el campo los varones y dentro del
rancho las mujeres. Hízose así, y fué la cena tan abundante, que pareció que la
tierra se quiso aventajar al mar, y el mar a la tierra, en ofrecer la una sus
carnes y la otra sus pescados.
"Pasóse la noche; vino el día, cuya alborada
fué regocijadísima, porque con nuevos y verdes ramos parecieron adornadas las
barcas de los pescadores; sonaron los instrumentos con nuevos y alegres sones;
alzaron las voces todos, con que se aumentó la alegría; salieron los desposados
para irse a poner en el tálamo donde habían estado el día de antes;
vistiéronse Selviana y Leoncia de nuevas ropas de boda.
"Celebróse la fiesta, y luego salieron de
entre las barcas del río cuatro despalmadas, vistosas por las diversas colores
con que venían pintadas, y los remos, que eran seis de cada banda, ni más ni
menos; las banderetas, que venían muchas por los filaretes, ansimismo eran de
varios colores; los doce remeros de cada una venían vestidos de blanquísimo y
delgado lienzo, de aquel mismo modo que yo vine cuando entré la vez primera en
esta isla. Luego conocí que querían las barcas correr el palio, que se mostraba
puesto en el árbol de otra barca, desviada de las cuatro como tres carreras de
caballo; era el palio de tafetán verde, listado de oro, vistoso y grande, pues
alcanzaba a besar y aun a pasearse por las aguas. El rumor de la gente y el son
de los instrumentos era tan grande, que no se dejaba entender lo que mandaba el
capitán del mar, que en otra pintada barca venía. Apartáronse las enramadas
barcas a una y otra parte del río, dejando un espacio llano en medio, por donde
las cuatro competidoras barcas volasen, sin estorbar la vista a la infinita
gente que desde el tálamo y desde ambas riberas estaba atenta a mirarlas; y
estando ya los bogadores asidos de las manillas de los remos, descubiertos los
brazos, donde se parecían los gruesos nervios, las anchas venas y los torcidos
músculos, atendían la señal de la partida, impacientes por la tardanza, y fogosos, bien ansí como lo suele estar el generoso can de
Irlanda, cuando su dueño no le quiere soltar de la trailla a hacer la presa que
a la vista se le muestra.
"Llegó, en fin, la señal esperada, y a un
mismo tiempo arrancaron todas cuatro barcas, que no por el agua, sino por el
viento parecía que volaban. La que traía por insignia a la Buena Fortuna,
cuando estaba desmayada y casi para dejar la empresa, apretó, como decirse
suele, los puños, y, deslizándose por un lado, pasó delante de todas.
Cambiáronse los gritos de los que miraban, cuyas voces sirvieron de aliento a
sus bogadores, que, embebidos en el gusto de verse mejorados, les parecía que,
si los que quedaban atrás entonces les llevaran la misma ventaja, no dudaran de
alcanzarlos ni de ganar el premio, como lo ganaron, más por ventura que por
ligereza. En fin: la Buena Fortuna fué la que la tuvo buena entonces.
--"La fiesta de mis pescadores, tan regocijada
como pobre, excedió a las de los triunfos romanos: que tal vez en la llaneza y
en la humildad suelen esconderse los regocijos más aventajados. Pero como las
venturas humanas estén por la mayor parte pendientes de hilos delgados, y los
de la mudanza fácilmente se quiebran y desbaratan, como se quebraron las
de mis pescadores, y se retorcieron y fortificaron mis
desgracias, aquella noche la pasamos todos en una isla pequeña que en la mitad
del río se hacía, convidados del verde sitio y apacible lugar. Holgábanse los
desposados, y ordenaron que en aquella isla del río se renovasen las fiestas y
se continuasen por tres días. La sazón del tiempo, que era la del verano, la
comodidad del sitio, el resplandor de la luna, el susurro de las fuentes, la
fruta de los árboles, el olor de las flores, cada cosa déstas de por sí, y
todas juntas, convidaban a tener por acertado el parecer de que allí
estuviésemos el tiempo que las fiestas durasen.
"Pero apenas nos habíamos reducido a la isla,
cuando, de entre un pedazo de bosque que en ella estaba, salieron hasta
cincuenta salteadores armados a la ligera, bien como aquellos que quieren robar
y huír, todo a un mismo punto; y como los descuidados acometidos suelen ser
vencidos con su mismo descuido, casi sin ponernos en defensa, turbados con el
sobresalto, antes nos pusimos a mirar que acometer a los ladrones, los cuales,
como hambrientos lobos, arremetieron al rebaño de las simples ovejas, y se
llevaron, si no en la boca, en los brazos, a mi hermana Auristela, a Cloelia,
su ama, y a Selviana y a Leoncia, como si solamente vinieran a ofendellas,
porque se dejaron muchas otras mujeres a quien la naturaleza había dotado de
singular hermosura. Yo, a quien el extraño caso más colérico que suspenso me puso, me arrojé tras los salteadores, los seguí con los ojos y
con las voces, afrentándolos, como si ellos fueran capaces de sentir afrentas,
solamente para irritarlos a que mis injurias les moviesen a volver a tomar
venganza de ellas: pero ellos, atentos a salir con su intento, o no oyeron, o
no quisieron vengarse, y así se desaparecieron; y luego los desposados y yo,
con algunos de los principales pescadores, nos juntamos, como suele decirse, a
consejo, sobre qué haríamos para enmendar nuestro yerro y cobrar nuestras
prendas. Uno dijo: "No es posible sino que alguna nave de salteadores está
en la mar, y en parte donde con facilidad ha echado esta gente en tierra, quizá
sabidores de nuestra junta y de nuestras fiestas. Si esto es ansí, como sin
duda lo imagino, el mejor remedio es que salgan algunos barcos de los nuestros,
y les ofrezcan todo el rescate que por la presa quisieren, sin detenerse en él,
tanto más cuanto que las prendas de esposas, hasta las mismas vidas de sus
mismos esposos merecen en rescate." "Yo seré--dije entonces--el que
haré esa diligencia: que, para conmigo, tanto vale la prenda de mi hermana como
si fuera la vida de todos los del mundo." Lo mismo dijeron Carino y
Solercio, ellos llorando en público, y yo muriendo en secreto.
"Cuando tomamos esta resolución, comenzaba
anochecer; pero, con todo eso, nos entramos en un barco los desposados y yo,
con seis remeros; pero, cuando salimos al mar descubierto, había acabado de cerrar la noche, por cuya escuridad no vimos bajel alguno.
Determinamos de esperar el venidero día, por ver si con la claridad
descubríamos algún navío, y quiso la suerte que descubriésemos dos, el uno que
salía del abrigo de la tierra, y el otro que venía a tomarla; conocí que el que
dejaba la tierra era el mismo de quien habíamos salido a la isla, así en las
banderas como en las velas, que venían cruzadas con una cruz roja; los que
venían de fuera las traían verdes, y los unos y los otros eran cosarios. Pues
como yo imaginé que el navío que salía de la isla era el de los salteadores de
la presa, hice poner en una lanza una bandera blanca de seguro; vine arrimando
al costado del navío, para tratar del rescate, llevando cuidado de que no me
prendiese. Asomóse el capitán al borde, y cuando quise alzar la voz para hablarle,
puedo decir que me la turbó y suspendió y cortó en la mitad del camino un
espantoso trueno que formó el disparar de un tiro de artillería de la nave de
fuera, en señal de que desafiaba a la batalla al navío de tierra. Al mismo
punto le fué respondido con otro no menos poderoso, y, en un instante, se
comenzaron a cañonear las dos naves, como si fueran de dos conocidos y
irritados enemigos. Desvióse nuestro barco de en mitad de la furia, y desde
lejos estuvimos mirando la batalla; y habiendo jugado la artillería casi una
hora, se aferraron los dos navíos con una no vista furia. Los del navío de
fuera, o más venturosos, o, por mejor decir, más valientes, saltaron
en el navío de tierra, y en un instante desembarazaron toda la cubierta,
quitando la vida a sus enemigos, sin dejar a ninguno con ella.
"Viéndose, pues, libres de sus ofensores, se
dieron a saquear el navío de las cosas más preciosas que tenía, que por ser de
cosarios no era mucho, aunque en mi estimación eran las mejores del mundo,
porque se llevaron de las primeras a mi hermana, a Selviana, a Leoncia y a
Cloelia, con que enriquecieron su nave, pareciéndoles que en la hermosura de
Auristela llevaban un precioso y nunca visto rescate. Quise llegar con mi barca
a hablar con el capitán de los vencedores; pero como mi ventura andaba siempre
en los aires, uno de tierra sopló y hizo apartar el navío. No pude llegar a él
ni ofrecer imposibles por el rescate de la presa, y así fué forzoso el
volvernos, sin ninguna esperanza de cobrar nuestra pérdida; y, por no ser otra
la derrota que el navío llevaba que aquella que el viento le permitía, no
podimos por entonces juzgar el camino que haría, ni señal que nos diese a
entender quiénes fuesen los vencedores, para juzgar siquiera, sabiendo su
patria, las esperanzas de nuestro remedio. El voló, en fin, por el mar
adelante, y nosotros, desmayados y tristes, nos entramos en el río, donde todos
los barcos de los pescadores nos estaban esperando. No sé si os diga, señores,
lo que es forzoso deciros: un cierto espíritu se entró entonces en mi pecho,
que, sin mudarme el ser, me pareció que le tenía más que de hombre, y así,
levantándome en pie sobre la barca, hice que la rodeasen
todas las demás y estuviesen atentos a éstas o otras semejantes razones que les
dije: "La baja fortuna jamás se enmendó con la ociosidad ni con la pereza;
en los ánimos encogidos nunca tuvo lugar la buena dicha; nosotros mismos nos
fabricamos nuestra ventura, y no hay alma que no sea capaz de levantarse a su
asiento; los cobardes, aunque nazcan ricos, siempre son pobres, como los avaros
mendigos. Esto os digo ¡oh amigos míos! para moveros y incitaros a que mejoréis
vuestra suerte y a que dejéis el pobre ajuar de unas redes y de unos estrechos
barcos, y busquéis los tesoros que tiene en sí encerrados el generoso trabajo:
llamo generoso al trabajo del que se ocupa en cosas grandes. Si suda el cavador
rompiendo la tierra, y apenas saca premio que le sustente más que un día, sin
ganar fama alguna, ¿por qué no tomará, en lugar de la azada, una lanza, y, sin
temor del sol ni de todas las inclemencias del cielo, procurará ganar con el
sustento fama que le engrandezca sobre los demás hombres? La guerra, así como
es madrastra de los cobardes, es madre de los valientes, y los premios que por
ella se alcanzan se pueden llamar ultramundanos. ¡Ea, pues, amigos, juventud
valerosa, poned los ojos en aquel navío que se lleva las caras prendas de
vuestros parientes, encerrándonos en estotro que en la ribera nos dejaron,
casi, a lo que creo, por ordenación del cielo! Vamos tras él, y hagámonos
piratas, no codiciosos, como son los demás, sino
justicieros, como lo seremos nosotros. A todos se nos entiende el arte de la
marinería; bastimentos hallaremos en el navío, con todo lo necesario a la
navegación, porque sus contrarios no le despojaron más que de las mujeres; y si
es grande el agravio que hemos recebido, grandísima es la ocasión que para
vengarle se nos ofrece. Sígame, pues, el que quisiere, que yo os suplico, y
Carino y Solercio os lo ruegan, que bien sé que no me han de dejar en esta
valerosa empresa."
"Apenas hube acabado de decir estas razones,
cuando se oyó el murmureo por todas las barcas, procedido de que unos con otros
se aconsejaban de lo que harían, y entre todos salió una voz que dijo:
"Embárcate, generoso huésped, y sé nuestro capitán y nuestra guía, que
todos te seguiremos." Esta tan improvisa resolución de todos me sirvió de
felice auspicio, y, por temer que la dilación de poner en obra mi buen
pensamiento no les diese ocasión de madurar su discurso, me adelanté con mi
barco, al cual siguieron otros casi cuarenta; llegué a reconocer el navío:
entré dentro, escudriñéle todo, miré lo que tenía y lo que le faltaba, y hallé
todo lo que me pudo pedir el deseo que fuese necesario para el viaje.
Aconsejéles que ninguno volviese a tierra, por quitar la ocasión de que el
llanto de las mujeres y el de los queridos hijos no fuese parte para dejar de
poner en efeto resolución tan gallarda. Todos lo hicieron así, y desde allí se
despidieron con la imaginación de sus padres, hijos y
mujeres. ¡Caso extraño, y que ha menester que la cortesía ayude a darle
crédito! Ninguno volvió a tierra, ni se acomodó de más vestidos de aquellos con
que había entrado en el navío, en el cual, sin repartir los oficios, todos
servían de marineros y de pilotos, excepto yo, que fuí nombrado por capitán por
gusto de todos. Y, encomendándome a Dios, comencé luego a ejercer mi oficio, y
lo primero que mandé fué desembarazar el navío de los muertos que habían sido
en la pasada refriega, y limpiarle de la sangre de que estaba lleno; ordené que
se buscasen todas las armas, ansí ofensivas como defensivas, que en él había,
y, repartiéndolas entre todos, di a cada uno la que, a mi parecer, mejor le
estaba; requerí los bastimentos, y, conforme a la gente, tanteé para cuántos
días serían bastantes, poco más o menos. Hecho esto, y hecha oración al cielo,
suplicándole encaminase nuestro viaje y favoreciese nuestros tan honrados
pensamientos, mandé izar las velas, que aún se estaban atadas a las entenas, y
que las diéramos al viento, que, como se ha dicho, soplaba de la tierra, y, tan
alegres como atrevidos, y tan atrevidos como confiados, comenzamos a navegar
por la misma derrota que nos pareció que llevaba el navío de la presa.
"Veisme aquí, señores que me estáis
escuchando, hecho pescador y casamentero rico con mi querida hermana, y pobre
sin ella, robado de salteadores y subido al grado de capitán contra ellos: que
las vueltas de mi fortuna no tienen un punto donde paren
ni términos que las encierren.
--"Dos meses anduvimos por el mar sin que nos
sucediese cosa de consideración alguna, puesto que le escombramos de más de
sesenta navíos de cosarios que, por serlo verdaderos, adjudicamos sus robos a
nuestro navío y le llenamos de innumerables despojos, con que mis compañeros
iban alegres, y no les pesaba de haber trocado el oficio de pescadores en el de
piratas, porque ellos no eran ladrones sino de ladrones, ni robaban sino lo
robado.
"Sucedió, pues, que un porfiado viento nos
salteó una noche, que, sin dar lugar a que amainásemos algún tanto o
templásemos las velas, en aquel término que las halló, las tendió y acosó, de
modo que, como he dicho, más de un mes navegamos por una misma derrota; tanto,
que, tomando mi piloto el altura del polo donde nos tomó el viento, y tanteando
las leguas que hacíamos por hora, y los días que habíamos navegado, hallamos
ser cuatrocientas leguas, poco más o menos. Volvió el piloto a tomar la altura,
y vió que estaba debajo del norte, en el paraje de Noruega, y con voz grande y
mayor tristeza dijo: "Desdichados de nosotros, que si el viento no nos
concede a dar la vuelta para seguir otro camino, en éste
se acabará el de nuestra vida, porque estamos en el mar glacial, digo, en el
mar helado; y si aquí nos saltea el hielo, quedaremos empedrados en estas
aguas." Apenas hubo dicho esto, cuando sentimos que el navío tocaba por
los lados y por la quilla como en movibles peñas, por donde se conoció que ya
el mar se comenzaba a helar, cuyos montes de hielo, que por dentro se formaban,
impedían el movimiento del navío. Amainamos de golpe, porque, topando en ellos,
no se abriese, y en todo aquel día y aquella noche se congelaron las aguas tan
duramente y se apretaron de modo que, cogiéndonos en medio, dejaron al navío
engastado en ellas, como lo suele estar la piedra en el anillo. Casi como en un
instante comenzó el hielo a entumecer los cuerpos ya entristecer nuestras
almas, y haciendo el miedo su oficio, considerando el manifiesto peligro, no
nos dimos más días de vida que los que pudiese sustentar el bastimento que en
el navío hubiese, en el cual bastimento desde aquel punto se puso tasa y se
repartió por orden, tan miserable y estrechamente, que desde luego comenzó a
matarnos la hambre. Tendimos la vista por todas partes, y no topamos con ella
en cosa que pudiese alentar nuestra esperanza, si no fué con un bulto negro
que, a nuestro parecer, estaría de nosotros seis o ocho millas; pero luego
imaginamos que debía de ser algún navío a quien la común desgracia de hielo
tenía aprisionado. Este peligro sobrepuja y se adelanta a
los infinitos en que de perder la vida me he visto, porque un miedo dilatado y
un temor no vencido fatiga más el alma que una repentina muerte: que en el
acabar súbito se ahorran los miedos y los temores que la muerte trae consigo,
que suelen ser tan malos como la misma muerte. Esta, pues, que nos amenazaba,
tan hambrienta como larga, nos hizo tomar una resolución, si no desesperada,
temeraria, por lo menos, y fué que consideramos que, si los bastimentos se nos
acababan, el morir de hambre era la más rabiosa muerte que puede caber en la
imaginación humana; y así, determinamos de salirnos del navío y caminar por
encima del yelo, y ir a ver si en el que se parecía habría alguna cosa de que
aprovecharnos, o ya de grado, o ya por fuerza.
"Púsose en obra nuestro pensamiento, y en un
instante vieron las aguas sobre sí formado, con pies enjutos, un escuadrón
pequeño, pero de valentísimos soldados, y siendo yo la guía, resbalando,
cayendo y levantando, llegamos al otro navío, que lo era casi tan grande como
el nuestro. Había gente él que, puesta sobre el borde, adevinando la intención
de nuestra venida, a voces comenzó uno a decirnos: "¿A qué venís, gente
desesperada? ¿Qué buscáis? ¿Venís, por ventura, a apresurar nuestra muerte y a
morir con nosotros? Volveos a vuestro navío, y si os faltan bastimentos, roed
las jarcias y encerrad en vuestros estómagos los embreados leños, si es
posible, porque pensar que os hemos de dar acogida será
pensamiento vano y contra los preceptos de la caridad, que ha de comenzar de sí
mismo. Dos meses dicen que suele durar este yelo que nos detiene; para quince
días tenemos sustento; si es bien que le repartamos con vosotros, a vuestra
consideración lo dejo." A lo que yo le respondí: "En los apretados
peligros toda razón se atropella; no hay respeto que valga ni buen término que
se guarde. Acogednos en vuestro navío de grado, y juntaremos en él el
bastimento que en el nuestro queda, y comámoslo amigablemente, antes que la
precisa necesidad nos haga mover las armas y usar de la fuerza." Esto le
respondí yo, creyendo no decían verdad en la cantidad del bastimento que
señalaban; pero ellos, viéndose superiores y aventajados en el puesto, no
temieron nuestras amenazas ni admitieron nuestros ruegos; antes arremetieron a
las armas y se pusieron en orden de defenderse. Los nuestros, a quien la
desesperación, de valientes, hizo valentísimos, añadiendo a la temeridad nuevos
bríos, arremetieron al navío y casi sin recebir herida le entraron y le
ganaron, y alzóse una voz entre nosotros que a todos les quitásemos la vida por
ahorrar de balas y de estómagos por donde se fuese el bastimento que en el
navío hallásemos. Yo fuí de parecer contrario, y, quizá por tenerle bueno, en
esto nos socorrió el cielo, como después diré, aunque primero quiero deciros
que este navío era el de los cosarios que habían robado a mi hermana y a las
dos recién desposadas pescadoras. Apenas le hube
reconocido, cuando dije a voces: "¿Adónde tenéis, ladrones, nuestras
almas? ¿Adónde están las vidas que nos robastes? ¿Qué habéis hecho de mi
hermana Auristela y de las dos, Selviana y Leoncia, partes, mitades de los
corazones de mis buenos amigos Carino y Solercio?" A lo que uno me
respondió: "Esas mujeres pescadoras que dices las vendió nuestro capitán,
que ya es muerto, a Arnaldo, príncipe de Dinamarca."
--"En tanto que los míos andaban escudriñando
y tanteando los bastimentos que había en el empedrado navío, a deshora, y de
improviso, de la parte de tierra descubrimos que sobre los hielos caminaba un
escuadrón de armada gente, de más de cuatro mil personas formado. Dejónos más
helados que el mismo mar vista semejante, aprestando las armas, más por muestra
de ser hombres que con pensamiento de defenderse. Caminaban sobre sólo un pie,
dándose con el derecho sobre el calcaño izquierdo, con que se impelían y resbalaban
sobre el mar grandísimo trecho, y luego, volviendo a reiterar el golpe,
tornaban a resbalar otra gran pieza de camino; y desta suerte, en un instante
fueron con nosotros y nos rodearon por todas partes, y uno de ellos, que, como
después supe, era el capitán de todos, llegándose cerca
de nuestro navío, a trecho que pudo ser oído, asegurando la paz con un paño
blanco que volteaba sobre el brazo, en lengua polaca, con voz clara, dijo:
"Cratilo, rey de Bituania y señor destos mares, tiene por costumbre de
requerirlos con gente armada, y sacar de ellos los navíos que del hielo están
detenidos, a lo menos la gente y la mercancía que tuvieren, por cuyo beneficio
se paga con tomarla por suya. Si vosotros gustáredes de acetar este partido,
sin defenderos, gozaréis de las vidas y de la libertad, que no se os ha de
cautivar en ningún modo; miradlo, y si no, aparejaos a defenderos de nuestras
armas, continuo vencedoras."
"Contentóme la brevedad y la resolución del
que nos hablaba. Respondíle que me dejase tomar parecer con nosotros mismos, y
fué el que mis pescadores me dieron, decir que el fin de todos los males, y el
mayor de ellos, era el acabar la vida, la cual se había de sustentar por todos
los medios posibles, como no fuesen por los de la infamia; y que, pues en los
partidos que nos ofrecían no intervenía ninguna, y del perder la vida estábamos
tan ciertos, como dudosos de la defensa, sería bien rendirnos y dar lugar a la
mala fortuna que entonces nos perseguía, pues podría ser que nos guardase para
mejor ocasión. Casi esta misma respuesta di al capitán del escuadrón, y al
punto, más con apariencia de guerra que con muestras de paz, arremetieron al
navío, y en un instante le desvalijaron todo, y trasladaron cuanto
en él había, hasta la misma artillería y jarcias, a unos cueros de bueyes que
sobre el hielo tendieron; liándolos por encima, aseguraron poderlos llevar
tirándolos con cuerdas, sin que se perdiese cosa alguna. Robaron ansimismo lo
que hallaron en el otro nuestro navío, y, poniéndonos a nosotros sobre otras
pieles, alzando una alegre vocería, nos tiraron y nos llevaron a tierra, que
debía de estar desde el lugar del navío como veinte millas. Paréceme a mí que
debía de ser cosa de ver caminar tanta gente por cima de las aguas a pie
enjuto, sin usar allí el cielo alguno de sus milagros.
"En fin, aquella noche llegamos a la ribera,
de la cual no salimos hasta otro día por la mañana, que la vimos coronada de
infinito número de gente, que a ver la presa de los helados y yertos habían
venido. Venía entre ellos, sobre un hermoso caballo, el rey Cratilo, que, por
las insignias reales con que se adornaba, conocimos ser quien era; venía a su
lado, asimismo a caballo, una hermosísima mujer, armada de unas armas blancas,
a quien no podían acabar de encubrir un velo negro con que venían cubiertas. Llevóme
tras sí la vista, tanto su buen parecer como la gallardía del rey Cratilo, y,
mirándola con atención, conocí ser la hermosa Sulpicia, a quien la cortesía de
mis compañeros pocos días antes habían dado la libertad
que entonces gozaba. Acudió el rey a ver los rendidos, y, llevándome el capitán
asido de la mano, le dijo: "En este solo mancebo ¡oh
valeroso rey Cratilo! me parece que te presento la más rica presa que en razón
de persona humana hasta agora humanos ojos han visto." "¡Santos
cielos! --dijo a esta sazón la hermosa Sulpicia, arrojándose del caballo al
suelo--. O yo no tengo vista en los ojos, o es éste mi libertador,
Periandro." Y el decir esto y añudarme el cuello con sus brazos, fué todo
uno, cuyas extrañas y amorosas muestras obligaron también a Cratilo a que del
caballo se arrojase y con las mismas señales de alegría me recibiese. Entonces
la desmayada esperanza de algún buen suceso estaba lejos de los pechos de mis
pescadores; pero cobrando aliento en las muestras alegres con que vieron recebirme,
les hizo brotar por los ojos el contento y por las bocas las gracias que dieron
a Dios del no esperado beneficio: que ya le contaban, no por beneficio, sino
por singular y conocida merced. Sulpicia dijo a Cratilo: "Este mancebo es
un sujeto donde tiene su asiento la suma cortesía y su albergue la misma
liberalidad; y aunque yo tengo hecha esta experiencia, quiero que tu discreción
la acredite, sacando por su gallarda presencia--y en esto bien se vee que
hablaba como agradecida, y aun como engañada--en limpio esta verdad que te
digo. Este fué el que me dió libertad después de la muerte de mi marido; éste
el que no despreció mis tesoros, sino el que no los quiso; éste fué el que,
después de recebidas mis dádivas, me las volvió mejoradas, con el deseo de
dármelas mayores, si pudiera; éste fué, en fin, el que,
acomodándose, o, por mejor decir, haciendo acomodar a su gusto el de sus
soldados, dándome doce que me acompañasen, me tiene ahora en tu
presencia." Yo, entonces, a lo que creo, rojo el rostro con las alabanzas,
o ya aduladoras o demasiadas, que de mí oía, no supe más que hincarme de
rodillas ante Cratilo, pidiéndole las manos, que no me las dió para besárselas,
sino para levantarme del suelo. En este entretanto, los doce pescadores que
habían venido en guarda de Sulpicia, andaban entre la demás gente buscando a
sus compañeros, abrazándose unos a otros, y, llenos de contento y regocijo, se
contaban sus buenas y malas suertes: los del mar, exageraban su yelo, y los de
la tierra, sus riquezas. "A mí--decía el uno--me ha dado Sulpicia esta
cadena de oro." "A mí--decía otro--esta joya, que vale por dos de
esas cadenas." "A mí--replicaba éste--me dió tanto dinero." Y
aquél repetía: "Más me ha dado a mí en este solo anillo de diamantes que a
todos vosotros juntos."
"A todas estas pláticas puso silencio un gran
rumor que se levantó entre la gente, causado del que hacia un poderosísimo
caballo bárbaro, a quien dos valientes lacayos traían del freno, sin poderse
averiguar con él. Era de color morcillo, pintado todo de moscas blancas, que
sobremanera le hacían hermoso; venía en pelo, porque no consentía ensillarse del
mismo rey; pero no le guardaba este respeto después de puesto encima, no siendo
bastantes a detenerle mil montes de embarazos que ante él
se pusieran, de lo que el rey estaba tan pesaroso, que diera una ciudad a quien
sus malos siniestros le quitara. Todo esto me contó el rey breve y
sucintamente.
--"La grandeza, la ferocidad y la hermosura
del caballo que os he descrito tenían tan enamorado a Cratilo, y tan deseoso de
verle manso, como a mí de mostrar que deseaba servirle, pareciéndome que el
cielo me presentaba ocasión para hacerme agradable a los ojos de quien por
señor tenía, y a poder acreditar con algo las alabanzas que la hermosa Sulpicia
de mí al rey había dicho. Y así, no tan maduro como presuroso, fuí donde estaba
el caballo, y subí en él sin poner el pie en el estribo, pues no le tenía, y arremetí
con él, sin que el freno fuese parte para detenerle, y llegué a la punta de una
peña que sobre la mar pendía, y, apretándole de nuevo las piernas, con tan mal
grado suyo como gusto mío, le hice volar por el aire y dar con entrambos en la
profundidad del mar; y en la mitad del vuelo me acordé que, pues el mar estaba
helado, me había de hacer pedazos con el golpe, y tuve mi muerte y la suya por
cierta. Pero no fué así, porque el cielo, que para otras cosas que él sabe me
debe de tener guardado, hizo que las piernas y brazos del poderoso caballo
resistiesen el golpe,
sin recebir yo otro daño que haberme sacudido de sí el caballo y echado a
rodar, resbalando por gran espacio. Ninguno hubo en la ribera que no pensase y
creyese que yo quedaba muerto; pero cuando me vieron levantar en pie, aunque
tuvieron el suceso a milagro, juzgaron a locura mi atrevimiento.
Le hice volar por el aire y dar con entrambos en la profundidad del mar.
"Volví a la ribera con el caballo, volví
asimismo a subir en él, y, por los mismos pasos que primero, le incité a saltar
segunda vez; pero no fué posible, porque, puesto en la punta de la levantada
peña, hizo tanta fuerza por no arrojarse, que puso las ancas en el suelo y
rompió las riendas, quedándose clavado en la tierra. Cubrióse luego de un sudor
de pies a cabeza, tan lleno de miedo, que le volvió de león en cordero y de
animal indomable en generoso caballo, de manera que los muchachos se atrevieron
a manosearle, y los caballerizos del rey, enjaezándole, subieron en él y le
corrieron con seguridad, y él mostró su ligereza y su bondad, hasta entonces
jamás vista; de lo que el rey quedó contentísimo y Sulpicia alegre, por ver que
mis obras habían respondido a sus palabras.
"Tres meses estuvo en su rigor el yelo, y
éstos se tardaron en acabar un navío que el rey tenía comenzado para correr en
convenible tiempo aquellos mares, limpiándolos de cosarios, enriqueciéndose con
sus robos. En este entretanto, le hice algunos servicios en la caza, donde me
mostré sagaz y experimentado, y gran sufridor de trabajos; porque en ningún
ejercicio corresponde así al de la guerra como el de la
caza, a quien es anejo el cansancio, la sed y la hambre, y aun a veces la
muerte. La liberalidad de la hermosa Sulpicia se mostró conmigo y con los míos
extremada, y la cortesía de Cratilo le corrió parejas. Los doce pescadores que
trujo consigo Sulpicia estaban ya ricos, y los que conmigo se perdieron,
estaban ganados. Acabóse el navío; mandó el rey aderezarle y pertrecharle de
todas las cosas necesarias largamente, y luego me hizo capitán dél, a toda mi
voluntad, sin obligarme a que hiciese cosa más de aquella que fuese de mi
gusto. Y después de haberle besado las manos por tan gran beneficio, le dije que
me diese licencia de ir a buscar a mi hermana Auristela, de quien tenía noticia
que estaba en poder del rey de Dinamarca. Cratilo me la dió para todo aquello
que quisiese hacer, diciéndome que a más le tenía obligado mi buen término,
hablando como rey, a quien es anejo tanto el hacer mercedes como la afabilidad
y, si se puede decir, la buena crianza. Esta tuvo Sulpicia en todo extremo,
acompañándola con la liberalidad, con la cual, ricos y contentos, yo y los míos
nos embarcamos, sin que quedase ninguno.
"La primer derrota que tomamos fué a
Dinamarca, donde creí hallar a mi hermana, y lo que hallé fueron nuevas de que,
de la ribera del mar, a ella y a otras doncellas las habían robado cosarios.
Renováronse mis trabajos, y comenzaron de nuevo mis lástimas, a quien
acompañaron las de Carino y Solercio, los cuales creyeron
que en la desgracia de mi hermana y en su prisión se debía de comprehender la
de sus esposas.
"Barrimos todos los mares, rodeamos todas o
las más islas destos contornos, preguntando siempre por nuevas de mi hermana,
pareciéndome a mí, con paz sea dicho de todas las hermosas del mundo, que la
luz de su rostro no podía estar encubierta por ser escuro el lugar donde
estuviese, y que la suma discreción suya había de ser el hilo que la sacase de
cualquier laberinto. Prendimos cosarios, soltamos prisioneros; restituímos
haciendas a sus dueños, alzámonos con las mal ganadas de otros, y con esto, colmando
nuestro navío de mil diferentes bienes de fortuna, quisieron los míos volver a
sus redes y a sus casas y a los brazos de sus hijos, imaginando Carino y
Solercio ser posible hallar a sus esposas en su tierra, ya que en las ajenas no
las hallaban. Antes desto llegamos a aquella isla, que, a lo que creo, se llama
Scinta, donde supimos las fiestas de Policarpo, y a todos nos vino voluntad de
hallarnos en ellas. No pudo llegar nuestra nave, por ser el viento contrario, y
así, en traje de marineros bogadores, nos entramos en aquel barco luengo, como
ya queda dicho. Allí gané los premios, allí fuí coronado por vencedor de todas
las contiendas, y de allí tomó ocasión Sinforosa de desear saber quién yo era,
como se vió por las diligencias que para ello hizo. Vuelto al navío, y
resueltos los míos de dejarme, les rogué que me dejasen
el barco, como en premio de los trabajos que con ellos había pasado.
Dejáronmele, y aun me dejaran el navío, si yo le quisiera, diciéndome que, si
me dejaban solo, no era otra la ocasión, sino porque les parecía ser sólo mi
deseo, y tan imposible de alcanzarle, como lo había mostrado la experiencia en
las diligencias que habíamos hecho para conseguirle.
"En resolución: con seis pescadores que
quisieron seguirme, llevados del premio que les di y del que les ofrecí,
abrazando a mis amigos, me embarqué, y puse la proa en una isla
bárbara, de cuyos moradores sabía ya la costumbre y la falsa profecía que los
tenía engañados, la cual no os refiero porque sé que la sabéis. Di al través en
aquella isla; fuí preso y llevado donde estaban los vivos enterrados: sacáronme
otro día para ser sacrificado; sucedió la tormenta del mar; desbaratáronse los
leños que servían de barcas; salí al mar ancho en un pedazo dellas, con cadenas
que me rodeaban el cuello y esposas que me ataban las manos; caí en las
misericordiosas del príncipe Arnaldo, que está presente, por cuya orden entré
en la isla para ser espía que investigase si estaba en ella mi hermana, no
sabiendo que yo fuese hermano de Auristela, la cual otro día vino en traje de
varón a ser sacrificada. Conocíla, dolióme su dolor, previne su muerte con
decir que era hembra, como ya lo había dicho Cloelia, su ama, que la acompañaba;
y el modo cómo allí las dos vinieron, ella lo dirá cuando
quisiere. Lo que en la isla nos sucedió, ya lo sabéis, y con esto y con lo que
a mi hermana le queda por decir, quedaréis satisfechos de casi todo aquello que
acertare a pediros el deseo en la certeza de nuestros sucesos."
En un lugar, no muy pequeño ni muy grande, de
cuyo nombre no me acuerdo, y en mitad de la plaza dél, había mucha
gente junta, todos atentos mirando y escuchando a dos mancebos que, en traje de
recién rescatados de cautivos, estaban declarando las figuras de un pintado
lienzo que tenían tendido en el suelo; parecía que se habían descargado de dos
pesadas cadenas que tenían junto a sí, insignias y relatoras de su pesada
desventura; y uno dellos, que debía de ser de hasta veinticuatro años, con voz
clara y en todo extremo experta lengua, crujiendo de cuando en cuando un
corbacho, o, por mejor decir, azote que en la mano tenía, le sacudía de manera
que penetraba los oídos y ponía los estallidos en el cielo, bien así como hace
el cochero, que, castigando o amenazando sus caballos, hace resonar su látigo
por los aires.
Entre los que la larga plática escuchaban, estaban
los dos alcaldes del pueblo, ambos ancianos, pero no tanto el uno como el otro.
Por donde comenzó su arenga el libre cautivo, fué diciendo:
--Esta, señores, que aquí veis pintada, es la
ciudad de Argel, gomia y tarasca de todas las riberas del mar Mediterráneo,
puerto universal de cosarios, y amparo y refugio de ladrones, que, deste
pequeñuelo puerto que aquí va pintado, salen con sus bajeles a inquietar el
mundo, pues se atreven a pasar el plus ultra de las colunas de Hércules, y a
acometer y robar las apartadas islas, que, por estar rodeadas del inmenso mar
Océano, pensaban estar seguras, a lo menos de los bajeles turquescos. Este
bajel que aquí veis reducido a pequeño, porque lo pide así la pintura, es una
galeota de ventidós bancos, cuyo dueño y capitán es el turco que en la crujía
va en pie, con un brazo en la mano, que cortó a aquel cristiano que allí veis,
para que le sirva de rebenque y azote a los demás cristianos que van amarrados
a sus bancos, temeroso no le alcancen estas cuatro galeras que aquí veis, que
le van entrando y dando caza. Aquel cautivo primero del primer banco, cuyo
rostro le disfigura la sangre que se le ha pegado de los golpes del brazo
muerto, soy yo, que servía de espalder en esta galeota; y el otro que está
junto a mí es éste mi compañero, no tan sangriento, porque fué menos apaleado.
Escuchad, señores, y estad atentos: quizá la aprehensión deste lastimero cuento os llevará a los oídos las amenazadoras y
vituperosas voces que ha dado este perro de Dragut, que así se llamaba el
arráez de la galeota, cosario tan famoso como cruel, y tan cruel como Falaris o
Busiris, tiranos de Sicilia; a lo menos, a mí me suena agora el rospeni,
el manahora y el denimaniyoc, que, con coraje
endiablado, va diciendo que todas éstas son palabras y razones turquescas,
encaminadas a la deshonra y vituperio de los cautivos cristianos: llámanlos de
judíos, hombres de poco valor, de fee negra y de pensamientos viles, y, para
mayor horror y espanto, con los brazos muertos azotan los cuerpos vivos.
Parece ser que uno de los dos alcaldes había estado
cautivo en Argel mucho tiempo, el cual, con baja voz, dijo a su compañero:
--Este cautivo, hasta agora, parece que va diciendo
verdad, y que en lo general no es cautivo falso; pero yo le examinaré en lo
particular, y veremos cómo da la cuerda; porque quiero que sepáis que yo iba
dentro desta galeota, y no me acuerdo de haberle conocido por espalder de ella,
si no fué a un Alonso Moclin, natural de Vélez-Málaga.
Y volviéndose al cautivo, le dijo:
--Decidme, amigo, cúyas eran las galeras que os
daban caza, y si conseguistes por ella la libertad deseada.
--Las galeras--respondió el cautivo--eran de don Sancho de Leyva; la libertad no la conseguimos, porque no nos
alcanzaron; tuvímosla después, porque nos alzamos con una galeota que desde
Sargel iba a Argel cargada de trigo; venimos a Orán con ella, y desde allí a
Málaga, de donde mi compañero y yo nos pusimos en camino de Italia, con
intención de servir a su majestad, que Dios guarde, en el ejercicio de la
guerra.
--Decidme, amigos--replicó el alcalde--:
¿cautivastes juntos? ¿Llevaron os a Argel del primer boleo, o a otra parte de
Berbería?
--No cautivamos juntos--respondió el otro
cautivo--, porque yo cautivé junto a Alicante, en un navío de lanas que pasaba
a Génova; mi compañero en los Percheles de Málaga, adonde era pescador.
Conocímonos en Tetuán, dentro de una mazmorra; hemos sido amigos, y corrido una
misma fortuna mucho tiempo; y, para diez o doce cuartos que apenas nos han
ofrecido de limosna sobre el lienzo, mucho nos aprieta el señor alcalde.
--No mucho, señor galán--replicó el alcalde--, que
aún no están dadas todas las vueltas de la mancuerda; escúcheme y dígame:
¿Cuántas puertas tiene Argel, y cuántas fuentes, y cuántos pozos de agua dulce?
--¡La pregunta es boba!--respondió el primer
cautivo--; tantas puertas tiene como tiene casas, y tantas fuentes, que yo no
las sé, y tantos pozos que no los he visto, y los trabajos que yo en él he
pasado me han quitado la memoria de mí mismo; y si el
señor alcalde quiere ir contra la caridad cristiana, recogeremos los cuartos y
alzaremos la tienda, y a Dios aho, que tan buen pan hacen aquí como en Francia.
Entonces el alcalde llamó a un hombre de los que
estaban en el corro, que al parecer servía de pregonero en el lugar, y tal vez
de verdugo cuando se ofrecía, y dijóle:
--Gil Berrueco, id a la plaza, y traedme aquí luego
los primeros dos asnos que topáredes; que, por vida del rey nuestro señor, que
han de pasear las calles en ellos estos dos señores cautivos, que con tanta
libertad quieren usurpar la limosna de los verdaderos pobres, contándonos
mentiras y embelecos, estando sanos como una manzana y con más fuerzas para
tomar una azada en la mano, que no un corbacho para dar estallidos en seco. Yo
he estado en Argel cinco años esclavo, y sé que no me dais señas dél en ninguna
cosa de cuantas habéis dicho.
--¡Cuerpo del mundo!--respondió el cautivo--. ¿Es
posible que ha de querer el señor alcalde que seamos ricos de memoria, siendo
tan pobres de dineros, y que, por una niñería que no importa tres ardites,
quiera quitar la honra a dos tan insignes estudiantes como nosotros, y juntamente
quitar a su majestad dos valientes soldados, que íbamos a esas Italias y a esos
Flandes a romper, a destrozar, a herir y a matar los
enemigos de la santa fe católica que topáramos? Porque, si va a decir verdad,
que en fin es hija de Dios, quiero que sepa el señor alcalde que nosotros no
somos cautivos, sino estudiantes de Salamanca, y, en la mitad y en lo mejor de
nuestros estudios, nos vino gana de ver mundo y de saber a qué sabía la vida de
la guerra, como sabíamos el gusto de la vida de la paz. Para facilitar y poner
en obra este deseo, acertaron a pasar por allí unos cautivos, que también lo
debían de ser falsos como nosotros agora; les compramos este lienzo y nos
informamos de algunas cosas de las de Argel, que nos pareció ser bastantes y
necesarias para acreditar nuestro embeleco; vendimos nuestros libros y nuestras
alhajas a menosprecio, y, cargados con esta mercadería, hemos llegado hasta
aquí; pensamos pasar adelante, si es que el señor alcalde no manda otra cosa.
--Lo que pienso hacer es--replicó el alcalde--daros
cada cien azotes, y, en lugar de la pica que vais a arrastrar en Flandes,
poneros un remo en las manos que le cimbréis en el agua en las galeras, con
quien quizá haréis más servicio a su majestad que con la pica.
--¿Querráse--replicó el mozo hablador--mostrar
agora el señor alcalde ser un legislador de Atenas, y que la riguridad de su
oficio llegue a los oídos de los señores del Consejo, donde, acreditándole con
ellos, le tengan por severo y justiciero, y le cometan
negocios de importancia, donde muestre su severidad y su justicia? Pues sepa el
señor alcalde que summum jus, summa injuria.
--Mirad cómo habláis, hermano--replicó el segundo
alcalde--, que aquí no hay justicia con lujuria: que todos los alcaldes deste
lugar han sido, son y serán limpios y castos como el pelo de la masa; y hablad
menos, que os será sano.
Volvió en esto el pregonero, y dijo:
--Señor alcalde, yo no he topado en la plaza asnos
ningunos, sino a los dos regidores Berrueco y Crespo, que andan en ella
paseándose.
--Por asnos os envié yo, majadero, que no por
regidores; pero volved y traeldos acá, por sí o por no, que quiero que se
hallen presentes al pronunciar desta sentencia, que ha de ser, sin embargo, y
no ha de quedar por falta de asnos; que, gracias sean dadas al cielo, hartos
hay en este lugar,
--No le tendrá vuesa merced, señor alcalde, en el
cielo--replicó el mozo--si pasa adelante con esa reguridad. Por quien Dios es,
que vuesa merced considere que no hemos robado tanto que podemos dar a censo ni
fundar ningún mayorazgo; apenas granjeamos el mísero sustento con nuestra
industria, que no deja de ser trabajosa, como lo es la de los oficiales y
jornaleros. Mis padres no nos enseñaron oficio alguno, y así, nos es forzoso
que remitamos a la industria lo que habíamos de remitir a las manos si tuviéramos
oficio. Castíguense los que cohechan, los escaladores de
casas, los salteadores de caminos, los testigos falsos por dineros, los mal
entretenidos en la república, los ociosos y baldíos en ella, que no sirven de
otra cosa que de acrecentar el número de los perdidos, y dejen a los míseros
que van su camino derecho a servir a su majestad con la fuerza de sus brazos y
con la agudeza de sus ingenios, porque no hay mejores soldados que los que se
trasplantan de la tierra de los estudios en los campos de la guerra; ninguno
salió de estudiante para soldado que no lo fuese por extremo, porque cuando se
avienen y se juntan las fuerzas con el ingenio, y el ingenio con las fuerzas,
hacen un compuesto milagroso, con quien Marte se alegra, la paz se sustenta y
la república se engrandece.
Admirados estaban todos los circunstantes, así de
las razones del mozo, como de la velocidad con que hablaba, el cual,
prosiguiendo, dijo:
--Espúlguenos el señor alcalde, mírenos y
remírenos, y haga escrutinio de las costuras de nuestros vestidos, y si en todo
nuestro poder hallare seis reales, no sólo nos mande dar ciento, sino seis
cuentos de azotes. Veamos, pues, si la adquisición de tan pequeña cantidad de
interés merece ser castigada con afrentas y martirizada con galeras; y así,
otra vez digo que el señor alcalde se remire en esto, no se arroje y precipite
apasionadamente a hacer lo que, después de hecho, quizá le causara pesadumbre.
Los jueces discretos castigan, pero no toman venganza de los
delitos; los prudentes y los piadosos mezclan la equidad con la justicia, y,
entre el rigor y la clemencia, dan luz de su buen entendimiento.
--Por Dios--dijo el segundo alcalde--, que este
mancebo ha hablado bien, aunque ha hablado mucho, y que, no solamente no tengo
de consentir que los azoten, sino que los tengo de llevar a mi casa y ayudarles
para su camino, con condición que le lleven derecho, sin andar surcando la
tierra de una en otras partes, porque, si así lo hiciesen, más parecerían
viciosos que necesitados.
Ya el primer alcalde, manso y piadoso, blando y
compasivo, dijo:
--No quiero que vayan a vuestra casa, sino a la
mía, donde les quiero dar una lición de las cosas de Argel, tal, que de aquí
adelante ninguno les coja en mal latín en cuanto a su fingida historia.
Los cautivos se lo agradecieron, y los
circunstantes alabaron su honrada determinación.
Llegóse el día, y tomaron los peregrinos el camino de
Valencia; los cuales, otro día, al salir de la aurora, que por los balcones de
Oriente se asomaba, barriendo el cielo de las estrellas y aderezando el camino
por donde el sol había de hacer su acostumbrada carrera, Bartolomé, que así
creo se llamaba el guiador del bagaje, viendo salir el
sol tan alegre y regocijado, bordando las nubes de los cielos con diversas
colores, de manera que no se podía ofrecer otra cosa más alegre y más hermosa a
la vista, y con rústica discreción dijo:
---Verdad debió de decir el predicador que
predicaba los días pasados en nuestro pueblo cuando dijo que los cielos y la
tierra anunciaban y declaraban las grandezas del Señor. Pardiez que, si yo no
conociera a Dios por lo que me han enseñado mis padres y los sacerdotes y
ancianos de mi lugar, le viniera a rastrear y conocer viendo la inmensa
grandeza destos cielos, que me dicen que son muchos, o, a lo menos, que llegan
a once, y por la grandeza deste sol que nos alumbra, que, con no parecer mayor
que una rodela, es muchas veces mayor que toda la tierra, y más que, con ser
tan grande, afirman que es tan ligero que camina en venticuatro horas más de
trecientas mil leguas. La verdad que sea, yo no creo nada desto; pero dícenlo
tantos hombres de bien, que, aunque hago fuerza al entendimiento, lo creo. Pero
de lo que más me admiro es que debajo de nosotros hay otras gentes, a quien
llaman antípodas, sobre cuyas cabezas, los que andamos acá arriba, traemos
puestos los pies, cosa que me parece imposible; que, para tan gran carga como
la nuestra, fuera menester que tuvieran ellos las cabezas de bronce.
Rióse Periandro de la rústica astrología del mozo,
y díjole:
--Buscar querría razones acomodadas ¡oh Bartolomé!
para darte a entender el error en que estás y la verdadera postura del mundo,
para lo cual era menester tomar muy de atrás sus principios; pero acomodándome
con tu ingenio, habré de coartar el mío y decirte sola una cosa: y es que
quiero que entiendas por verdad infalible que la tierra es centro del cielo;
llamo centro un punto indivisible a quien todas las líneas de su circunferencia
van a parar; tampoco me parece que has de entender esto; y así, dejando estos
términos, quiero que te contentes con saber que toda la tierra tiene por alto
el cielo, y en cualquier parte della donde los hombres estén han de estar
cubiertos con el cielo; así que, como a nosotros el cielo que ves nos cubre,
asimismo cubre a los antípodas que dicen, sin estorbo alguno, y como,
naturalmente, lo ordenó la Naturaleza, mayordoma del verdadero Dios, criador
del cielo y de la tierra.
No se descontentó el mozo de oír las razones de
Periandro, que también dieron gusto a Auristela, a la condesa y a su hermano.
Con estas y otras cosas iba enseñando y entreteniendo el camino Periandro.
De allí a algunos días, llegó nuestro hermoso
escuadrón a un lugar de moriscos, que estaba puesto como una legua de la
marina, en el reino de Valencia. Hallaron en él, no mesón en que
albergarse, sino todas las casas del lugar con agradable
hospicio los convidaban; viendo lo cual, Antonio dijo:
--Yo no sé quién dice mal desta gente, que todos me
parecen unos santos.
--Con palmas--dijo Periandro--recibieron al Señor
en Jerusalén los mismos que de allí a pocos días le pusieron en una cruz. Agora
bien: a Dios y a la ventura, como decirse suele, acetemos el convite que nos
hace este buen viejo, que con su casa nos convida.
Y era así verdad, que un anciano morisco, casi por
fuerza, asiéndolos por las esclavinas, los metió en casa, y dio muestras de
agasajarlos no morisca, sino cristianamente. Salió a servirlos una hija suya,
vestida en traje morisco, y en él tan hermosa, que las más gallardas cristianas
tuvieran a ventura el parecería: que en las gracias que Naturaleza reparte,
también suele favorecer a las bárbaras de Citia, como a las ciudadanas de
Toledo. Esta, pues, hermosa y mora, en lengua aljamiada, asiendo a Costanza y a
Auristela de las manos, se encerró con ellas en una sala baja, y, estando
solas, sin soltarles las manos, recatadamente miró a todas partes, temerosa de
ser escuchada, y, después que hubo asegurado el miedo que mostraba, les dijo:
--¡Ay, señoras, y cómo habéis venido como mansas y
simples ovejas al matadero! ¿Veis este viejo, que con vergüenza digo que es mi
padre, véisle tan agasajador vuestro? Pues sabed que no pretende otra cosa sino ser vuestro verdugo. Esta noche se han de llevar en
peso, si así se puede decir, diez y seis bajeles de cosarios berberiscos, a
toda la gente de este lugar, con todas sus haciendas, sin dejar en él cosa que
les mueva a volver a buscarla. Piensan estos desventurados que en Berbería está
el gusto de sus cuerpos y la salvación de sus almas, sin advertir que, de
muchos pueblos que allá se han pasado casi enteros, ninguno hay que dé otras
nuevas sino de arrepentimiento, el cual les viene juntamente con las quejas de
su daño. Los moros de Berbería pregonan glorias de aquella tierra, al sabor de
las cuales corren los moriscos de ésta, y dan en los lazos de su desventura. Si
queréis estorbar la vuestra y conservar la libertad en que vuestros padres os
engendraron, salid luego de esta casa y acogedos a la iglesia, que en ella
hallaréis quien os ampare, que es el cura, que sólo él y el escribano son en
este lugar cristianos viejos. Hallaréis también allí al jadraque Jarife, que es
un tío mío, moro sólo en el nombre, y en las obras cristiano. Contaldes lo que
pasa, y decid que os lo dijo Rafala, que con esto seréis creídos y amparados; y
no lo echéis en burla, si no queréis que las veras os desengañen a vuestra
costa: que no hay mayor engaño que venir el desengaño tarde.
El susto, las acciones con que Rafala esto decía,
se asentó en las almas de Auristela y de Constanza, de manera que fué creída, y
no le respondieron otra cosa que fuese más que agradecimientos. Llamaron luego a Periandro y a Antonio, y, contándoles lo que pasaba, sin
tomar ocasión aparente, se salieron de la casa con todo lo que tenían.
Bartolomé, que quisiera más descansar que mudar de posada, pesóle de la
mudanza; pero, en efeto, obedeció a sus señores. Llegaron a la iglesia, donde
fueron bien recebidos del cura y del jadraque, a quien contaron lo que Rafala
les había dicho. El cura dijo:
--Muchos días ha, señores, que nos dan sobresalto
con la venida de esos bajeles de Berbería; y aunque es costumbre suya hacer
estas entradas, la tardanza de ésta me tenía ya algo descuidado. Entrad, hijos,
que buena torre tenemos, y buenas y ferradas puertas la iglesia, que, si no es
muy de propósito, no pueden ser derribadas ni abrasadas.
--¡Ay--dijo a esta sazón el jadraque--, si han de
ver mis ojos, antes que se cierren, libre esta tierra destas espinas y malezas
que la oprimen! ¡Ay, cuándo llegará el tiempo que tiene profetizado un abuelo
mío, famoso en la astrología, donde se verá España de todas partes entera y
maciza en la religión cristiana, que ella sola es el rincón del mundo donde
está recogida y venerada la verdadera verdad de Cristo! Morisco soy, señores, y
ojalá que negarlo pudiera; pero no por esto dejo de ser cristiano: que las
divinas gracias las da Dios a quien él es servido, el cual tiene por costumbre,
como vosotros mejor sabéis, de hacer salir su sol sobre los buenos y los malos,
y llover sobre los justos y los injustos. Digo, pues, que
este mi abuelo dejó dicho que, cerca de estos tiempos, reinaría en España un
rey de la Casa de Austria, en cuyo ánimo cabría la dificultosa resolución de
desterrar los moriscos de ella, bien así como el que arroja de su seno la
serpiente que le está royendo las entrañas, o bien así como quien aparta la
neguilla del trigo, o escarda o arranca la mala yerba de los sembrados. Ven ya,
¡oh venturoso mozo, y rey prudente!, y pon en ejecución el gallardo decreto de
este destierro, sin que se te oponga el temor que ha de quedar esta tierra
desierta y sin gente, y el de que no será bien la que en efeto está en ella
bautizada; que, aunque éstos sean temores de consideración, el efeto de tan
grande obra los hará vanos, mostrando la experiencia, dentro de poco tiempo,
que, con los nuevos cristianos viejos que esta tierra se poblare, se volverá a
fertilizar y a poner en mucho mejor punto que agora tiene. Tendrán sus señores,
si no tantos y tan humildes vasallos, serán los que tuvieren católicos, con
cuyo amparo estarán estos caminos seguros, y la paz podrá llevar en las manos
las riquezas, sin que los salteadores se las lleven.
Esto dicho, cerraron bien las puertas,
fortaleciéronlas con los bancos de los asientos, subiéronse a la torre, alzaron
una escalera levadiza, llevóse el cura consigo el Santísimo Sacramento en su
relicario, proveyéronse de piedras, armaron dos escopetas, dejó el bagaje mondo
y desnudo a la puerta de la iglesia Bartolomé el mozo, y
encerróse con sus amos; y todos, con ojo alerta y manos listas, y con ánimos
determinados, estuvieron esperando el asalto, de quien avisados estaban por la
hija del morisco. Pasó la media noche, que la midió por las estrellas el cura;
tendía los ojos por todo el mar que desde allí se parecía, y no había nube que
con la luz de la luna se pareciese, que no pensase sino que fuesen los bajeles
turquescos; y, aguijando a las campanas, comenzó a repicallas tan apriesa y tan
recio, que todos aquellos valles y todas aquellas riberas retumbaban, a cuyo
son los atajadores de aquellas marinas se juntaron y las corrieron todas; pero
no aprovechó su diligencia para que los bajeles no llegasen a la ribera y
echasen la gente en tierra. La del lugar, que los esperaba, cargados con sus
más ricos y mejores alhajas, adonde fueron recebidos de los turcos con grande
grita y algazara, al son de muchas dulzainas y de otros instrumentos, que,
puesto que eran bélicos, eran regocijados, pegaron fuego al lugar, y asimismo a
las puertas de la iglesia, no para esperar a entrarla, sino por hacer el mal
que pudiesen; dejaron a Bartolomé a pie, porque le dejarretaron el bagaje;
derribaron una cruz de piedra que estaba a la salida del pueblo, llamando a
grandes voces el nombre de Mahoma; se entregaron a los turcos, ladrones
pacíficos y deshonestos públicos. Desde la lengua del agua, como dicen,
comenzaron a sentir la pobreza que les amenazaba su mudanza, y la deshonra en que ponían a sus mujeres y a sus hijos. Muchas veces, y quizá
algunas no en vano, dispararon Antonio y Periandro las escopetas; muchas
piedras arrojó Bartolomé, y todas a la parte donde había dejado el bagaje, y
muchas flechas el jadraque; pero muchas más lágrimas echaron Auristela y
Constanza, pidiendo a Dios, que presente tenían, que de tan manifiesto peligro
los librase, y ansimismo que no ofendiese el fuego a su templo, el cual no
ardió, no por milagro, sino porque las puertas eran de hierro, y porque fué
poco el fuego que se les aplicó. Poco faltaba para llegar el día, cuando los
bajeles, cargados con la presa, se hicieron al mar, alzando regocijados lilíes,
y tocando infinitos atabales y dulzainas, y en esto vieron venir dos personas
corriendo hacia la iglesia, la una de la parte de la marina, y la otra de la de
tierra, que, llegando cerca, conoció el jadraque que la una era su sobrina
Rafala, que, con una cruz de caña en las manos, venía diciendo a voces:
--Cristiana, cristiana y libre, y libre por la
gracia y misericordia de Dios!
La otra conocieron ser el escribano, que acaso
aquella noche estaba fuera del lugar, y, al son del arma de las campanas, venía
a ver el suceso, que lloró, no por la pérdida de sus hijos y de su mujer, que
allí no los tenía, sino por la de su casa, que halló robada y abrasada. Dejaron
entrar el día y que los bajeles se alargasen, y que los atajadores
tuviesen lugar de asegurar la costa, y entonces bajaron
de la torre y abrieron la iglesia, donde entró Rafala, bañado con alegres
lágrimas el rostro, y acrecentando con su sobresalto su hermosura, hizo oración
a las imágenes y luego se abrazó con su tío, besando primero las manos al cura.
El escribano, ni adoró ni besó las manos a nadie, porque le tenía ocupada el
alma el sentimiento de la pérdida de su hacienda. Pasó el sobresalto, volvieron
los espíritus de los retraídos a su lugar, y el jadraque, cobrando aliento
nuevo, volviendo a pensar en la profecía de su abuelo, casi como lleno de
celestial espíritu, dijo:
--¡Ea, mancebo generoso; ea, rey invencible;
atropella, rompe, desbarata todo género de inconvenientes, y déjanos a España
tersa, limpia y desembarazada desta mi malla casta, que tanto la asombra y
menoscaba! ¡Ea, consejero tan prudente como ilustre, nuevo Atlante del peso de
esta monarquía, ayuda y facilita con tus consejos a esta necesaria
transmigración; llénense estos mares de tus galeras, cargadas del inútil peso
de la generación agarena; vayan arrojadas a las contrarias riberas las zarzas,
las malezas y las otras yerbas que estorban el crecimiento de la fertilidad y
abundancia cristiana! Que si los pocos hebreos que pasaron a Egipto
multiplicaron tanto, que en su salida se contaron más de seiscientas mil
familias, ¿qué se podrá temer de éstos, que son más y viven más holgadamente?
No los esquilman las religiones, no los entresacan las
Indias, no los quintan las guerras; todos se casan, todos, o los más,
engendran, de do se sigue y se infiere que su multiplicación y aumento ha de
ser innumerable. ¡Ea, pues, vuelvo a decir; vayan, vayan, señor, y deja la taza
de tu reino resplandeciente como el sol y hermosa como el cielo!
Dos días estuvieron en aquel lugar los peregrinos,
volviendo a enterarse en lo que les faltaba, y Bartolomé se acomodó de bagaje,
los peregrinos agradecieron al cura su buen acogimiento y alabaron los buenos
pensamientos del jadraque, y, abrazando a Rafala, se despidieron de todos y
siguieron su camino.
--Berganza, amigo, dejemos esta noche el Hospital en guarda de la confianza...
QUE PASO ENTRE CIPION Y BERGANZA, PERROS DEL
HOSPITAL DE LA RESURRECCIÓN, QUE ESTÁ EN LA CIUDAD DE VALLADOLID, FUERA DE LA
PUERTA DEL CAMPO, A QUIEN COMÚNMENTE LLAMAN LOS PERROS DE MAHUDES
CIPIÓN.--Berganza, amigo, dejemos esta noche el
Hospital en guarda de la confianza y retirémonos a esta soledad y entre esas
esteras, donde podremos gozar sin ser sentidos desta no vista merced que el
cielo en un mismo punto a los dos nos ha hecho.
BERGANZA.--Cipión hermano, óyote hablar, y sé que
te hablo, y no puedo creerlo, por parecerme que el hablar nosotros pasa de los
términos de naturaleza.
CIPIÓN.--Así es la verdad, Berganza, y viene a ser
mayor este milagro en que no solamente hablamos, sino en que hablamos con
discurso, como si fuéramos capaces de razón, estando tan sin ella, que la
diferencia que hay del animal bruto al hombre, es ser el hombre animal
racional, y el bruto, irracional.
BERGANZA.--Todo lo que dices, Cipión, entiendo, y
el decirlo tú y entenderlo yo me causa nueva admiración y nueva maravilla. Bien
es verdad que en el discurso de mi vida diversas y muchas veces he oído decir
grandes prerrogativas nuestras; tanto, que parece que algunos han querido
sentir que tenemos un natural distinto, tan vivo y tan agudo en muchas cosas,
que da indicios y señales de faltar poco para mostrar que tenemos un no sé qué
de entendimiento, capaz de discurso.
CIPIÓN.--Lo que yo he oído alabar y encarecer es
nuestra mucha memoria, el agradecimiento y gran fidelidad nuestra; tanto, que
nos suelen pintar por símbolo de la amistad.
BERGANZA.--Bien sé que ha habido perros tan
agradecidos, que se han arrojado con los cuerpos difuntos de sus amos en la
misma sepultura. Otros han estado sobre las sepulturas donde estaban enterrados
sus señores, sin apartarse dellas, sin comer, hasta que se les acababa la vida.
Sé también que después del elefante, el perro tiene el primer lugar de parecer
que tiene entendimiento; luego, el caballo, y el último, la jimia.
CIPIÓN.--Ansí es; pero bien confesarás que ni has
visto ni oído decir jamás que haya hablado ningún elefante, perro, caballo o
mona; por donde me doy a entender que este nuestro hablar tan de improviso cae
debajo del número de aquellas cosas que llaman portentos. Pero sea lo que
fuere, nosotros hablamos, sea portento o no; que lo que
el cielo tiene ordenado que suceda, no hay diligencia ni sabiduría humana que
lo pueda prevenir; no sabemos cuánto durará esta nuestra ventura, sepamos
aprovecharnos della, y hablemos toda esta noche, sin dar lugar al sueño que nos
impida este gusto, de mí por largos tiempos deseado.
BERGANZA.--Y aun de mí, que desde que tuve fuerzas
para roer un hueso, tuve deseo de hablar, para decir cosas que depositaba en la
memoria, y allí, de antiguas y muchas, o se enmohecían o se me olvidaban.
Empero ahora, que tan sin pensado me veo enriquecido deste divino don de la
habla, pienso gozarle y aprovecharme dél lo más que pudiere, dándome priesa a
decir todo aquello que se me acordare, aunque sea atropellada y confusamente,
porque no sé cuándo me volverán a pedir este bien, que por prestado tengo.
CIPIÓN.--Sea ésta la manera, Berganza amigo: que
esta noche me cuentes tu vida y los trances por donde has venido al punto en
que ahora te hallas, y si mañana en la noche estuviéremos con habla, yo te
contairé la mía; porque mejor será gastar el tiempo en contar las propias que
en procurar saber las ajenas vidas.
BERGANZA.--Siempre, Cipión, te he tenido por
discreto y por amigo, y ahora más que nunca, pues como amigo quieres decirme
tus sucesos y saber los míos, y como discreto has
repartido el tiempo, donde podamos manifestallos.
CIPIÓN.--Habla hasta que amanezca, o hasta que
seamos sentidos; que yo te escucharé de muy buena gana, sin impedirte sino
cuando viere ser necesario.
BERGANZA.--Paréceme que la primera vez que vi el
sol fué en Sevilla, y en su matadero, que está fuera de la Puerta de la Carne;
por donde imaginara (si no fuera por lo que después te diré) que mis padres
debieron de ser alanos de aquellos que crían los ministros de aquella
confusión, a quien llaman jiferos. El primero que conocí por amo fué uno
llamado Nicolás el Romo, mozo robusto, doblado y colérico, como lo son todos
aquellos que ejercitan la jifería: este tal Nicolás me enseñaba a mí y a otros
cachorros a que, en compañía de alanos viejos arremetiésemos a los toros y les
hiciésemos presa de las orejas. Con mucha facilidad salí un águila en
esto. Un día puse pies en polvorosa, y tomando el
camino en las manos y en los pies, por detrás de San Bernardo, me fuí por
aquellos campos de Dios, adonde la fortuna quisiese llevarme. Aquella noche
dormí al cielo abierto, y otro día me deparó la suerte un hato o rebaño de
ovejas y carneros. Así como le vi, creí que había hallado en él el centro de mi
reposo, pareciéndome ser propio y natural oficio de los perros guardar ganado,
que es obra donde se encierra una virtud grande, como es amparar y defender de
los poderosos y soberbios los humildes y los que poco
pueden. Apenas me hubo visto uno de tres pastores que el ganado guardaban
cuando diciendo: "¡To, to!" me llamó, y yo, que otra cosa no deseaba,
me llegué a él, bajando da cabeza y meneando la cola. Trújome la mano por el
lomo, abrióme la boca, escupióme en ella, miróme las presas, conoció mi edad, y
dijo a otros pastores que yo tenía todas las señales de ser perro de casta.
Llegó a este instante el señor del ganado sobre una yegua rucia a la jineta,
con lanza y adarga, que más parecía atajador de la costa que señor de ganado.
Preguntó al pastor: "¿Qué perro es éste, que tiene señales de ser
bueno?" "Bien lo puede vuesa merced creer--respondió el pastor--, que
yo le he cotejado bien, y no hay señal en él que no muestre y prometa que ha de
ser un gran perro. Agora se llegó aquí, y no sé cúyo sea, aunque sé que no es
de los rebaños de la redonda." "Pues así es--respondió el señor--,
ponle luego el collar de Leoncillo, el perro que se murió, y denle la ración
que a los demás, y acaríciale porque tome cariño al hato y se quede en
él." En diciendo esto se fué, y el pastor me puso luego al cuello unas
carlancas llenas de puntas de acero, habiéndome dado primero en un dornajo gran
cantidad de sopas en leche. Y asimismo me puso nombre y me llamó Barcino.
Vime harto y contento con el segundo amo y con el nuevo oficio; mostréme solícito
y diligente en la guarda del rebaño, sin apartarme dél
sino las siestas, que me iba a pasarlas, o ya a la sombra de algún árbol, o de
algún ribazo o peña, o a la de alguna mata, a la margen de algún arroyo de los
muchos que por allí corrían. Y estas horas de mi sosiego no las pasaba ociosas,
porque en ellas ocupaba la memoria en acordarme de muchas cosas, especialmente
en la vida que había tenido en el Matadero. Pero habrélas de callar, porque no
me tengáis por largo y por murmurador.
CIPIÓN.--Por haber oído decir que dijo un gran
poeta de los antiguos que era difícil cosa el no escribir sátiras, consentiré
que murmures un poco de luz, y no de sangre; quiero decir que señales, y no
hieras ni des mate a ninguno en cosa señalada; que no es buena la murmuración,
aunque haga reír a muchos, si mata a uno; y si puedes agradar sin ella, te
tendré por muy discreto.
BERGANZA.--Yo tomaré tu consejo, y esperaré con
gran deseo que llegue el tiempo en que me cuentes tus sucesos; que de quien tan
bien sabe conocer y enmendar los defetos que tengo en contar los míos, bien se
puede esperar que contará los suyos de manera que enseñen y deleiten a un mismo
punto. Digo, pues, que yo me hallaba bien con el oficio de guardar ganado, por
parecerme que comía el pan de mi sudor y trabajo, y que la ociosidad, raíz y
madre de todos los vicios, no tenía que ver conmigo, a causa que si los días
holgaba, las noches no dormía, dándonos asaltos a menudo y
tocándonos a arma los lobos; y apenas me habían dicho los pastores: "¡Al
lobo, Barcino!", cuando acudía, primero que los otros perros, a la parte
que me señalaban que estaba el lobo; corría los valles, escudriñaba los montes,
desentrañaba las selvas, saltaba barrancos, cruzaba caminos, y a la mañana
volvía al hato, sin haber hallado lobo ni rastro dél, anhelando, cansado, hecho
pedazos y los pies abiertos de los garranchos, y hallaba en el hato, o ya una
oveja muerta, o un carnero degollado y medio comido del lobo. Desesperábame de
ver de cuán poco servía mi mucho cuidado y diligencia. Venía el señor del
ganado; salían los pastores a recebirle con las pieles de la res muerta;
culpaba a los pastores par negligentes, y mandaba castigar a los perros por
perezosos; llovían sobre nosotros palos, y sobre ellos reprehensiones; y así,
viéndome un día castigado sin culpa, y que mi cuidado, ligereza y braveza no
eran de provecho para coger el lobo, determiné de mudar estilo, no desviándome
a buscarle, como tenía de costumbre, lejos del rebaño, sino estarme junto a él;
que pues el lobo allí venía allí sería más cierta la presa. Cada semana nos
tocaban a rebato, y en una escurísima noche tuve yo vista para ver los lobos,
de quien era imposible que el ganado se guardase. Agácheme detrás de una mata,
pasaron los perros, mis compañeros, adelante, y desde allí oteé, y vi que dos
pastores asieron de un carnero de los mejores del aprisco y le mataron, de manera
que verdaderamente pareció a la mañana que había sido su
verdugo d lobo. Pasméme, quedé suspenso cuando vi que los pastores eran los
lobos, y que despedazaban el ganado los mismos que le habían de guardar. Al
punto hacían saber a su amo la presa del lobo, dábanle el pellejo y parte de la
carne, y comíanse ellos lo más y lo mejor. Volvía a reñirles el señor, y volvía
también el castigo de los perros. No había lobos; menguaba el rebaño; quisiera
yo descubrillo; hallábame mudo; todo lo cual me traía lleno de admiración y de
congoja. "¡Válame Dios!--decía entre mí--. ¿Quién podrá remediar esta
maldad? ¿ Quién será poderoso a dar a entender que la defensa ofende, que las
centinelas duermen, que la confianza roba y el que os guarda os mata?"
CIPIÓN.--Y decías muy bien, Berganza; porque no hay
mayor ni más sotil ladrón que el doméstico, y así, mueren muchos más de los
confiados que de los recatados; pero el daño está en que es imposible que
puedan pasar bien las gentes en el mundo si no se fía y se confía. Mas quédese
aquí esto, que no quiero que parezcamos predicadores. Pasa adelante.
BERGANZA.--Paso adelante, y digo que determiné
dejar aquel oficio, aunque parecía tan bueno, y escoger otro, donde por hacerle
bien, ya que no fuese remunerado, no fuese castigado. Volvíme a Sevilla, que es
amparo de pobres y refugio de desechados; que en su grandeza no sólo caben los
pequeños, pero no se echan de ver los grandes. Arriméme a
la puerta de una gran casa de un mercader, hice mis acostumbradas diligencias,
y a pocos lances me quedé en ella. Recibiéronme para tenerme atado detrás de la
puerta de día, y suelto de noche; servía con gran cuidado y diligencia; ladraba
a los forasteros y gruñía a los que no eran muy conocidos; no dormía de noche,
visitando los corrales, subiendo a los terrados, hecho universal centinela de
la mía y de las cosas ajenas. Agradóse tanto mi amo de mi buen servicio, que
mandó que me tratasen bien y me diesen ración de pan y los huesos que se
levantasen o arrojasen de su mesa, con las sobras de la cocina, a lo que yo me
mostraba agradecido, dando infinitos saltos cuando veía a mi amo, especialmente
cuando venía de fuera; que eran tantas las muestras de regocijo que daba, y
tantos los saltos, que mi amo ordenó que me desatasen y me dejasen andar suelto
de día y de noche. Como me vi suelto, corrí a él, rodéele todo, sin osar llegarte
con las manos, acordándome de la fábula de Isopo, cuando aquel asno tan asno,
que quiso hacer a su señor las mismas caricias que le hacía una perrilla
regalada suya, que le granjearon ser molido a palos. Parecióme que en esta
fábula se nos dio a entender que las gracias y donaires de algunos no están
bien en otros. Este mercader, pues, tenía dos hijos, el uno de doce y el otro
de hasta catorce años, los cuales estudiaban gramática en el estudio de la
Compañía de Jesús; iban con autoridad, con ayo y con
pajes que les llevaban los libros y aquel que llaman vademecum. El
verlos ir con tanto aparato, en sillas si hacía sol, en coche si llovía, me
hizo considerar y reparar en la mucha llaneza con que su padre iba a la Lonja a
negociar sus negocios, porque no llevaba otro criado que un negro, y algunas
veces se desmandaba a ir en un machuelo aun no bien aderezado.
CIPIÓN.--Hais de saber, Berganza, que es costumbre
y condición de los mercaderes de Sevilla, y aun de las otras ciudades, mostrar
su autoridad y riqueza, no en sus personas, sino en las de sus hijos; porque
los mercaderes son mayores en su sombra que en sí mismos. Y como ellos por
maravilla atienden a otra cosa que a sus tratos y contratos, trátanse
modestamente; y como la ambición y la riqueza muere por manifestarse, revienta
por sus hijos, y así los tratan y autorizan como si fuesen hijos de algún príncipe;
y algunos hay que les procuran títulos, y ponerles en el pecho la marca que
tanto distingue la gente principal de la plebeya.
BERGANZA.--Ambición es, pero ambición generosa, la
de aquel que pretende mejorar su estado sin perjuicio de tercero.
CIPIÓN.--Pocas o ninguna vez se cumple con la
ambición que no sea con daño de tercero.
BERGANZA.--Ya hemos dicho que no hemos de murmurar.
CIPIÓN.--Sí, que yo no murmuro de nadie.
BERGANZA.--Ahora acabo de confirmar por verdad lo
que muchas veces he oído decir. Acaba un maldiciente murmurador de echar a
perder diez linajes y de caluniar veinte buenos, y si alguno le reprehende por
lo que ha dicho, responde que él no ha dicho nada; y que si ha dicho algo, no
lo ha dicho por tanto; y que si pensara que alguno se había de agraviar, no lo
dijera.
CIPIÓN.--Así es verdad, y yo confieso mi yerro, y
quiero que me le perdones, pues te he perdonado tantos; echemos pelillos a la
mar, como dicen los muchachos, y no murmuremos de aquí adelante; y sigue tu
cuento, que le dejaste en la autoridad con que los hijos del mercader tu amo
iban al estudio de la Compañía de Jesús.
BERGANZA.--Digo que los hijos de mi amo se dejaron
un día un cartapacio en el patio, donde yo a la sazón estaba; así del vademecum y
fuíme tras ellos, con intención de no soltalle hasta el estudio. Sucedióme todo
como lo deseaba: que mis amos, que me vieron venir con el vademecum en
la boca, asido sotilmente de las cintas, mandaron a un paje me le quitase; mas
yo no lo consentí, ni le solté hasta que entré en el aula con él, cosa que
causó risa a todos los estudiantes. Lleguéme al mayor de mis amos, y, a mi
parecer, con mucha crianza, se le puse en las manos, y quedéme sentado en
cuclillas a la puerta del aula, mirando de hito en hito al maestro que en la
cátedra leía. No sé qué tiene la virtud, que, con
alcanzárseme a mí tan poco, o nada, della, luego recibí gusto de ver el amor,
el término, la solicitud y la industria con que aquellos benditos padres y
maestros enseñaban a aquellos niños, enderezando las tiernas varas de su
juventud, porque no torciesen ni tomasen mal siniestro en el camino de la
virtud, que juntamente con las letras les mostraban. Consideraba cómo los
reñían con suavidad, los castigaban con misericordia, los animaban con
ejemplos, los incitaban con premios y los sobrellevaban con cordura, y,
finalmente, cómo les pintaban la fealdad y horror de los vicios, y les
dibujaban la hermosura de las virtudes, para que, aborrecidos ellos y amadas
ellas, consiguiesen el fin para que fueron criados. Mis amos gustaron de que
les llevase siempre el vademecum, lo que hice de muy buena
voluntad; con lo cual tenía una vida de rey, y aun mejor, porque era
descansada, a causa que los estudiantes dieron en burlarse conmigo, y
domestiquéme con ellos de tal manera, que me metían la mano en la boca y los
más chiquillos subían sobre mí; arrojaban los bonetes o sombreros, y yo se los
volvía a la mano limpiamente y con muestras de grande regocijo. Dieron en darme
de comer cuanto ellos podían, y gustaban de ver que cuando me daban nueces o
avellanas, las partía como mona, dejando las cáscaras y comiendo lo tierno. Tal
hubo que, por hacer prueba de mi habilidad, me trujo en un pañuelo gran
cantidad de ensalada, la cual comí como si fuera persona.
Era tiempo de invierno, cuando campean en Sevilla los molletes y mantequillas,
de quien era tan bien servido, que más de dos Antonios se
empeñaron o vendieron para que yo almorzase, Finalmente, yo pasaba una vida de
estudiante sin hambre y sin sarna, que es lo que más se puede encarecer para
decir que era buena. Desta gloria y desta quietud me vino a quitar una señora
que, a mi parecer, llaman por ahí razón de estado, que cuando con ella se
cumple se ha de descumplir con otras razones muchas. Es el caso que a aquellos
señores maestros les pareció que la media hora que hay de lición a lición la
ocupaban los estudiantes, no en repasar las liciones, sino en holgarse conmigo;
y así, ordenaron a mis amos que no me llevasen más al estudio; obedecieron,
volviéronme a casa y a la antigua guarda de la puerta, y, sin acordarse señor
el viejo de la merced que me habían hecho de que de día y de noche anduviese
suelto, volví a entregar el cuello a la cadena y el cuerpo a una esterilla que
detrás de la puerta me pusieron. ¡Ay, amigo Cipión, si supieses cuán dura cosa
es de sufrir el pasar de un estado felice a un desdichado! Mira: cuando las miserias
y desdichas tienen larga la corriente y son continuas, o se acaban presto con
la muerte, o la continuación dellas hace un hábito y costumbre en padecellas,
que suele en su mayor rigor servir de alivio; mas cuando de la suerte
desdichada y calamitosa, sin pensarlo y de improviso, se sale a gozar de otra suerte próspera, venturosa y alegre, y de allí a poco se
vuelve a padecer la suerte primera, y a los primeros trabajos y desdichas, es
un dolor tan riguroso, que si no acaba la vida es por atormentarla más
viviendo. Digo, en fin, que volví a mi ración perruna, y a los huesos que una
negra de casa me arrojaba, y aun éstos me dezmaban dos gatos romanos; que, como
sueltos y ligeros, érales fácil quitarme lo que no caía debajo del distrito que
alcanzaba mi cadena. Cipión hermano, así el Cielo te conceda el bien que
deseas, que, sin que te enfades, me dejes ahora filosofar un poco; porque si
dejase de decir las cosas que en este instante me han venido a la memoria de
aquellas que entonces me ocurrieron, me parece que no sería mi historia cabal
ni de fruto alguno.
CIPIÓN.--Advierte, Berganza, no sea tentación del
demonio esa gana de filosofar que dices te ha venido; porque no tiene la
murmuración mejor velo para paliar y encubrir su maldad disoluta que darse a
entender el murmurador que todo cuanto dice son sentencias de filósofos, y que
el decir mal es reprehensión, y el descubrir los defetos ajenos, buen celo. Y
no hay vida de ningún murmurante que, si la consideras y escudriñas, no la
halles llena de vicios y de insolencias. Y debajo de saber esto, filosofea ahora
cuanto quisieres.
BERGANZA.--Seguro puedes estar, Cipión, de que más
murmure, porque así lo tengo prosupuesto. Es, pues, el
caso, que como me estaba todo el día ocioso, y la ociosidad sea madre de los
pensamientos, di en repasar por la memoria algunos latines que me quedaron en
ella de muchos que oí cuando fuí con mis amos al estudio, con que, a mi
parecer, me hallé algo más mejorado de entendimiento, y determiné, como si
hablar supiera, aprovecharme dellos en las ocasiones que se me ofreciesen; pero
en manera diferente de la que se suelen aprovechar algunos ignorantes. Hay
algunos romancistas que en las conversaciones disparan de cuando en cuando con
algún latín breve y compendioso, dando a entender a los que no lo entienden que
son grandes latinos, y apenas saben declinar un nombre ni conjugar un verbo.
CIPIÓN.--Por menor daño tengo ése que el que hacen
los que verdaderamente saben latín, de los cuales hay algunos tan imprudentes,
que hablando con un zapatero o con un sastre arrojan latines como agua.
BERGANZA.--Deso podemos inferir que tanto peca el
que dice latines delante de quien los ignora como el que los dice ignorándolos.
CIPIÓN.--Para saber callar en romance y hablar en
latín, discreción es menester, hermano Berganza.
BERGANZA.--Así es, porque también se puede decir
una necedad en latín como en romance.
CIPIÓN.--Dejemos esto, y comienza a decir tus
filosofías.
BERGANZA.--Ya las he dicho: éstas son que acabo de
decir.
CIPIÓN.--¿Cuáles?
BERGANZA.--Estas de los latines y romances, que yo
comencé y tú acabaste.
CIPIÓN.--¿Al murmurar llamas filosofar? ¡Así va
ello! Canoniza, canoniza, Berganza, a la maldita plaga de la murmuración, y
dale el nombre que quisieres; que ella dará a nosotros el de cínicos, que
quiere decir perros murmuradores; y por tu vida que calles ya y sigas tu
historia.
BERGANZA.--¿Cómo la tengo de seguir si callo?
CIPIÓN.--Quiero decir que la sigas de golpe, sin
que la hagas que parezca pulpo, según la vas añadiendo colas.
BERGANZA.--Habla con propiedad; que no se llaman
colas las del pulpo. Y digo que, no contenta mi fortuna de haberme quitado de
mis estudios y de la vida que en ellos pasaba, tan regocijada y compuesta, y
haberme puesto atraillado tras de una puerta, y de haber trocado la liberalidad
de los estudiantes en la mezquinidad de la negra, ordenó de sobresaltarme en lo
que ya por quietud y descanso tenía. Mira, Cipión, ten por cierto y averiguado,
como yo lo tengo, que al desdichado las desdichas le buscan y le hallan, aunque
se esconda en los últimos rincones de la tierra. Dígolo porque la negra de
casa, una vez, me trujo una esponja frita con manteca; conocí su maldad;
vi que era peor que comer zarazas, porque a quien la come
se le hincha el estómago y no sale dél sin llevarse tras sí la vida; y acordé
de poner tierra en medio. Halléme un día suelto, y sin decir a Dios a ninguno
de casa, me puse en la calle; por un agujero de la muralla salí al campo, y
antes que amaneciese me puse en Mairena, que es un lugar que está cuatro leguas
de Sevilla. Quiso mi buena suerte que hallé allí una compañía de soldados, que,
según oí decir, se iban a embarcar a Cartagena. Estaban en ella cuatro
rufianes, y el atambor era uno que había sido corchete, y gran chocarrero, como
lo suelen ser los más atambores. Determiné de acomodarme con él, si él
quisiese, y seguir aquella jornada, aunque me llevase a Italia o a Flandes;
porque me parece a mí, y aun a ti te debe parecer lo mismo, que puesto que dice
el refrán: "Quien necio es en su villa, necio es en Castilla", el
andar tierras y comunicar con diversas gentes hace a los hombres discretos.
CIPIÓN.--Es eso tan verdad, que me acuerdo haber
oído decir a un amo que tuve de bonísimo ingenio, que al famoso griego llamado
Ulises le dieron renombre de prudente por sólo haber andado muchas tierras y
comunicado con diversas gentes y varias naciones; y así, alabo la intención que
tuviste de irte donde te llevasen.
BERGANZA.--Es, pues, el caso que el atambor, por
tener con qué mostrar más sus chacorrerías, comenzó a enseñarme a bailar al son
del atambor y a hacer otras monerías, tan ajenas de poder
aprenderlas otro perro que no fuera yo, como las oirás cuando te las diga. En
menos de quince días, con mi buen ingenio y con la diligencia que puso el que
había escogido por patrón, supe saltar por el Rey de Francia y no saltar por la
mala tabernera; enseñóme a hacer corvetas como caballo napolitano, y a andar a
la redonda como mula de atahona, con otras cosas que, si yo no tuviera cuenta
en no adelantarme a mostrarlas, pusiera en duda si era algún demonio en figura
de perro el que las hacía. Púsome nombre del perro sabio y no
habíamos llegado al alojamiento cuando, tocando su atambor, andaba por todo el
lugar pregonando que todas las personas que quisiesen venir a ver las
maravillosas gracias y habilidades del perro sabio, en tal casa, o en tal
hospital, las mostraban, a ocho, o a cuatro maravedís, según era el pueblo,
grande o chico. Con estos encarecimientos no quedaba persona en todo el lugar
que no me fuese a ver, y ninguno había que no saliese admirado y contento de
haberme visto. Triunfaba mi amo con la mucha ganancia; y viendo cuán bien sabía
imitar el corcel napolitano, hízome unas cubiertas de guadamací y una silla
pequeña, que me acomodó en las espaldas, y sobre ella puso una figura liviana
de un hombre, con una lancilla de correr sortija, y enseñóme a correr
derechamente a una sortija que entre dos palos ponía; y el día que había de
correrla pregonaba que aquel día corría sortija el perro
sabio, y hacía otras nuevas y nunca vistas galanterías, las cuales de mi
santiscario, como dicen, las hacía, por no sacar mentiroso a mi amo. Llegamos,
pues, por nuestras jornadas contadas a Montilla, villa del famoso y gran
cristiano Marqués de Priego, señor de la casa de Aguilar y de Montilla.
Alojaron a mi amo, porque él lo procuró, en un hospital, echó luego el
ordinario bando, y como ya la fama se había adelantado a llevar las nuevas de
las habilidades y gracias del perro sabio, en menos de una hora se llenó el
patio de gente. Alegróse mi amo viendo que la cosecha iba de guilla, y mostróse
aquel día chacorrero en demasía. Lo primero en que comenzaba la fiesta era en
los saltos que yo daba por un aro de cedazo, que parecía de cuba; conjurábame
por las ordinarias preguntas, y cuando él bajaba una varilla de membrillo que
en la mano tenía, era señal del salto; y cuando la tenía alta, de que me
estuviese quedo. El primer conjuro deste día--memorable entre todos los de mi
vida--fué decirme: "Ea, Gavilán amigo, salta por la pompa y aparato de
doña Pimpinela de Plafagonia. ¿No te cuadra el conjuro, hijo Gavilán? Pues
salta por el bachiller Pasillas, que se firma licenciado sin tener grado
alguno. ¡Oh, perezoso estás! ¿Por qué no saltas? Pero ya entiendo y alcanzo tus
marrullerías: ahora salta por el licor de Esquivias, famoso al par del de
Ciudad Real, San Martín y Ribadavia." Bajó la varilla y salté yo, y noté
sus malicias y malas entrañas. Volvióse luego al pueblo,
y en voz alta dijo: "No piense vuesa merced, senado valeroso, que es cosa
de burla lo que este perro sabe; veinte y cuatro piezas He tengo enseñadas, que
por la menor dellas volaría un gavilán; quiero decir que por ver la menor se
pueden caminar treinta leguas. Sabe bailar la zarabanda y chacona mejor que su
inventora misma; bébese una azumbre de vino sin dejar gota; entona un sol
fa mi re tan bien como un sacristán; todas estas cosas, y otras muchas
que me quedan por decir, las irán viendo vuesas mercedes en los días que
estuviere aquí la compañía; y por ahora dé otro salto nuestro sabio, y luego
entraremos en lo grueso. Con esto suspendió el auditorio que había llamado
senado, y les encendió el deseo de no dejar de ver todo lo que yo sabía.
Volvióse a mí mi amo, y dijo: "Volved, hijo Gavilán, y con gentil agilidad
y destreza deshaced los saltos que habéis hecho; pero ha de ser a devoción de
la famosa hechicera que dicen que hubo en este lugar." Apenas hubo dicho esto,
cuando alzó la voz la hospitalera, que era una vieja, al parecer, de más de
sesenta años, diciendo: "¡Bellaco, charlatán, embaidor, aquí no hay
hechicera alguna! Si lo decís por la Camacha, ya ella pagó su pecado, y está
donde Dios se sabe; si lo decís por mí, chacorrero, ni yo soy ni he sido
hechicera en mi vida; y si he tenido fama de haberlo sido, merced a los
testigos falsos, y a la ley del encaje, y al juez
arrojadizo y mal informado, ya sabe todo di mundo la vida que hago, en
penitencia, no de los hechizos que no hice, sino de otros muchos pecados, otros
que, como pecadora, he cometido. Así que, socarrón tamborilero, salid del
hospital; si no, por vida de mi santiguada que os haga salir más que de
paso." Y con esto comenzó a dar tantos gritos y a decir tantas y tan
atropelladas injurias a mi amo que le puso en confusión
y sobresalto; finalmente, no dejó que pasase adelante la fiesta en ningún modo.
No le pesó a mi amo del alboroto, porque se quedó con los dineros, y aplazó
para otro día y en otro hospital lo que en aquél había faltado. Fuése la gente
maldiciendo a la vieja, añadiendo al nombre de hechicera el de bruja. Con todo
esto, nos quedamos en el hospital aquella noche; y encontrándome la vieja en el
corral solo, me dijo: "¿Eres tú, hijo Montiel? ¿Eres tú, por ventura,
hijo?" Alcé la cabeza y miréla muy de espacio; lo cual, visto por ella,
con lágrimas en los ojos se vino a mí, y me echó los brazos al cuello. Esto que
ahora te quiero contar te lo había de haber dicho al principio de mi cuento, y
así excusáramos la admiración que nos causó el vernos con habla. Porque has de
saber que la vieja me dijo: "Hijo Montiel, vente tras mí, y sabrás mi
aposento, y procura que esta noche nos veamos a solas en él, que yo dejaré
abierta la puerta; y sabe que tengo muchas cosas que decirte de tu vida y para
tu provecho." Bajé yo la cabeza en señal de obedecerla,
por lo cual ella se acabó de enterar en que yo era el perro Montiel que
buscaba, según después me lo dijo. Quedé atónito y confuso, esperando la noche,
por ver en lo que paraba aquel misterio o prodigio de haberme hablado la vieja;
y como había oído llamarla de hechicera, esperaba de su vista y habla grandes
cosas. Llegóse, en fin, el punto de verme con ella en su aposento, que era
escuro, estrecho y bajo, y solamente claro con la débil luz de un candil de
barro que en él estaba; atizóle la vieja y sentóse sobre una arquilla, y
llegóme junto a sí, y, sin hablar palabra, me volvió a abrazar. Lo primero que
me dijo fué:
"Bien esperaba yo en el Cielo que antes que
estos mis ojos se cerrasen con el último sueño te había de ver, hijo mío, y ya
que te he visto, venga la muerte y lléveme desta cansada vida. Has de saber,
hijo, que en esta villa vivió la más famosa hechicera que hubo en el mundo, a
quien llamaron la Camacha de Montilla; tuvo fama que convertía los
hombres en animales, lo que yo nunca he podido alcanzar cómo se haga. Sea lo
que fuere, lo que me pesa es que yo ni tu madre, que fuimos discípulas de la
buena Camacha, nunca llegamos a saber tanto como ella.
"Tu madre, hijo, se llamó la Montiela,
que después de la Camacha fué famosa; yo me llamo la Cañizares, si
ya no tan sabia como las dos, a lo menos de tan buenos deseos como cualquiera
dellas. Tu madre no murió de enfermedad alguna, sino de dolor de que supo que la Camacha, su maestra, de envidia que la tuvo
porque se le iba subiendo a las barbas en saber tanto como ella, o por otra
pendenzuela de celos, que nunca pude averiguar, un día, convirtió a
sus tres hijos en perros. La Camacha se fué y se llevó los cachorros;
yo me quedé con tu madre, la cual no podía creer lo que le había sucedido.
Llegóse el fin de la Camacha, y estando en la última hora de su vida llamó a tu
madre y le dijo que no tuviese pena: que ellos volverían a su ser cuando menos
lo pensasen. Tomólo tu madre de memoria, y yo lo fijé en la mía para si
sucediese tiempo de poderlo decir a alguno de vosotros; y para poder conoceros,
a todos los perros que veo de tu color los llamo con el nombre de tu madre, no
por pensar que los perros han de saber el nombre, sino por ver si respondían a
ser llamados tan diferentemente como se llaman los otros perros. Y esta tarde,
como te vi hacer tantas cosas, y que te llaman el perro sabio, y,
también, como alzaste la cabeza a mirarme cuando te llamé en el corral, he
creído que tú eres hijo de la Montiela, a quien con grandísimo gusto doy
noticia de tus sucesos. Lo que has de hacer, hijo, es encomendarte a Dios allá
en tu corazón, y espera que éstas, que no quiero llamarlas profecías, sino
adivinanzas, han de suceder presto y prósperamente; que, pues la buena de la
Camacha las dijo, sucederán, sin duda alguna, y tú y tu hermano, si es vivo, os
veréis como deseáis.
"De lo que a mí me pesa es que estoy tan cerca
de mi acabamiento que no tendré lugar de verlo."
Finalmente, me dijo que aquella noche pensaba
untarse para ir a uno de sus usados convites, y que cuando allá estuviese,
pensaba preguntar a su dueño algo de lo que estaba por sucederme.
Levantóse y tomando el candil se entró en otro
aposentillo más estrecho; seguíla, combatido de mil varios pensamientos y
admirado de lo que había oído y de lo que esperaba ver. Colgó la Cañizares el
candil de la pared, y con mucha priesa, sacando de un rincón una olla vidriada,
metió en ella la mano, y murmurando entre dientes, se untó desde los pies a la
cabeza, que tenía sin toca. Antes que se acabase de untar me dijo que, ora se
quedase su cuerpo en aquel aposento sin sentido; ora desapareciese dél, que no
me espantase, ni dejase de aguardar allí hasta la mañana, porque sabría las nuevas
de lo que me quedaba por pasar hasta ser hombre. Díjele bajando la cabeza que
sí haría, y con esto acabó su untura, y se tendió en el suelo como muerta.
Llegué mi boca a la suya, y vi que no respiraba poco ni mucho.
Quise morderla, por ver si volvía en sí, y no hallé
parte en toda ella que el asco no me lo estorbase; pero, con todo esto, la así
de un carcaño y la saqué arrastrando al patio; mas ni por esto dió muestras de
tener sentido. Allí, con mirar al cielo y verme en parte ancha, se me quitó el
temor; a lo menos se templó de manera que tuve ánimo de esperar a ver en lo que paraba la ida y vuelta de aquella mala hembra y lo
que me contaba de mis sucesos. Se pasó la noche y se vino d día, que nos halló
a los dos en mitad del patio, ella no vuelta en sí, y a mí junto a ella, en
cuclillas, atento, mirando su espantosa y fea catadura. Acudió la gente del
hospital, y viendo aquel retablo, unos decían: "Ya la bendita Cañizares es
muerta; mirad cuán desfigurada y flaca la tenía la penitencia"; otros, más
considerados, la tomaron el pulso, y vieron que le tenía, y que no era muerta,
por do se dieron a entender que estaba en éxtasis y arrobada, de puro buena.
Otros hubo que dijeron: "Esta vieja, sin duda, debe de ser bruja, y debe
de estar untada; que entre los que la conocemos, más fama tiene de bruja que de
santa." Curiosos hubo que se llegaron a hincarle alfileres por las carnes,
desde la punta hasta la cabeza; ni por eso recordaba la dormilona, ni volvió en
sí hasta las siete del día; y como se sintió acribada de los alfileres y
mordida de los carcañares, y magullada del arrastramiento fuera de su aposento,
y a vista de tantos ojos que la estaban mirando, creyó, y creyó la verdad, que
yo había sido el autor de su deshonra; y así, arremetió a mí, y echándome ambas
manos a la garganta, procuraba ahogarme, diciendo: "¡Oh, bellaco,
desagradecido, ignorante y malicioso! Y ¿es este el pago que merecen las buenas
obras que a tu madre hice y de las que te pensaba hacer a ti?" Yo, que me
vi en peligro de perder la vida entre las uñas de aquella
fiera arpía, sacudíme, y asiéndola la zamarreé y arrastré por todo el patio; y
ella daba voces, que la librasen de los dientes de aquel maligno espíritu.
Con estas razones de la mala vieja creyeron los más
que yo debía de ser algún demonio de los que tienen ojeriza continua con los
buenos cristianos, y unos acudieron a echarme agua bendita, otros no osaban
llegar a quitarme, otros daban voces que me conjurasen; la vieja gruñía; yo
apretaba los dientes; crecía la confusión, y mi amo, que ya había llegado al
ruido, se desesperaba, oyendo decir que yo era demonio. Otros, que no sabían de
exorcismos, acudieron a tres o cuatro garrotes, con los cuales comenzaron a
santiguarme los lomos; escocióme la burla, solté la vieja, y en tres saltos me
puse en la calle y en pocos más salí de la villa, perseguido de una infinidad
de muchachos, que iban a grandes voces diciendo: "¡Apártense, que rabia el
perro sabio!" Otros decían: "¡No rabia, sino que es demonio en figura
de perro!" Con este molimiento, a campana herida salí del pueblo,
siguiéndome muchos que indubitablemente creyeron que era demonio, así por las
cosas que me habían visto hacer como por las palabras que la vieja dijo cuando
despertó de su maldito sueño. Dime tanta priesa a huir y a quitarme delante de
sus ojos, que creyeron que me había desaparecido como demonio; en seis horas
anduve doce leguas, y llegué a un rancho de gitanos, que estaba en un campo junto a Granada; allí me reparé un poco, porque
algunos de los gitanos me conocieron por el perro sabio, y con no pequeño gozo
me acogieron y escondieron en una cueva, porque no me hallasen si fuese
buscado, con intención, a lo que después entendí, de ganar conmigo, como lo
hacía el atambor mi amo. Veinte días estuve con ellos.
CIPIÓN.--Antes, Berganza, que pases adelante, es
bien que reparemos en lo que te dijo la bruja, y averigüemos si puede ser
verdad la grande mentira a quien das crédito. Mira, Berganza, grandísimo
disparate sería creer que la Camacha mudase los hombres en bestias; todas estas
cosas y las semejantes son embelecos, mentiras o apariencias del demonio; y si
a nosotros nos parece ahora que tenemos algún entendimiento y razón, pues
hablamos siendo verdaderamente perros, o estando en su figura, ya hemos dicho que
éste es caso portentoso y jamás visto, y que aunque le tocamos con las manos no
le habernos de dar crédito, hasta tanto que el suceso dél nos muestre lo que
conviene que creamos. ¿Quiéreslo ver más claro? La Camacha fué burladora falsa,
y la Cañizares embustera, y la Montiela tonta, maliciosa y bellaca, con perdón
sea dicho, si acaso es nuestra madre, de entrambos o tuya; que yo no la quiero
tener por madre.
BERGANZA.--Digo que tienes razón, Cipión hermano, y
que eres más discreto de lo que pensaba; y vengo a pensar y creer que todo lo
que hasta aquí hemos pasado, y lo que estamos pasando, es
sueño, y que somos perros; pero no por esto dejemos de gozar deste bien de la
habla que tenemos y de la excelencia tan grande de tener discurso humano todo
el tiempo que pudiéremos.
CIPIÓN.--De buena gana te escucho, por obligarte a
que me escuches cuando te cuente, si el cielo fuere servido, los sucesos de mi
vida.
BERGANZA.--Al cabo de veinte días los gitanos me
quisieron llevar a Murcia. No me pareció bien el viaje que llevaban, y así,
determiné soltarme, como lo hice, y saliéndome de Granada di en una huerta de
un morisco, que me acogió de buena voluntad, y yo quedé con mejor, pareciéndome
que no me querría para más de para guardarle la huerta, oficio, a mi cuenta, de
menos trabajo que el de guardar ganado; y como no había allí altercar sobre
tanto más cuanto al salario, fué cosa fácil hallar el morisco criado a quien
mandar y yo amo a quien servir. Estuve con él más de un mes, no por el gusto de
la vida que tenía, sino por el que me daba saber la de mi amo, y por ella la de
todos cuantos moriscos viven en España. ¡Oh, cuántas y cuáles cosas te pudiera
decir, Cipión amigo, desta morisca canalla, si no temiera no poderlas dar fin
en dos semanas! Como mi amo era mezquino, como lo son todos los de su casta,
sustentábame con pan de mijo y con algunas sobras de zahinas, común sustento
suyo; pero esta miseria me ayudó a llevar el Cielo por un modo tan extraño como el que ahora oirás. Cada mañana, juntamente con
el alba, amanecía sentado al pie de un granado, de muchos que en la huerta
había, un mancebo, al parecer estudiante, vestido de bayeta, no tan negra ni
tan peluda, que no pareciese parda y tundida. Ocupábase en escribir en un
cartapacio, y de cuando en cuando se daba palmadas en la frente y se mordía las
uñas, estando mirando al cielo; y otras veces se ponía tan imaginativo que no
movía pie ni mano, ni aun las pestañas: tal era su embelesamiento. Una vez me
llegué junto a él sin que me echase de ver; oíle murmurar entre dientes, y al
cabo de un buen espacio dió una gran voz, diciendo: "¡Vive el Señor que es
la mejor octava que he hecho en todos los días de mi vida!" Y escribiendo
apriesa en su cartapacio, daba muestras de gran contento; todo lo cual me dio a
entender que el desdichado era poeta. Hícele mis acostumbradas caricias, por
asegurarle de mi mansedumbre; écheme a sus pies, y él, con esta seguridad,
prosiguió en sus pensamientos y tornó a rascarse la cabeza y a sus arrobos, y a
volver a escribir lo que había pensado. Después de haber escrito algunas coplas
de una comedia, con mucho sosiego y espacio sacó de la
faldriquera algunos mendrugos de pan y obra de veinte pasas, que, a mi parecer,
entiendo que se las conté, y aun estoy en duda si eran tantas, porque
juntamente con ellas hacían bulto ciertas migajas de pan que las acompañaban.
Sopló y apartó las migajas, y una a una se comió las
pasas y los palillos, porque no le vi arrojar ninguno, ayudándolas con los
mendrugos, que, morados con la borra de la faldriquera, parecían mohosos, y
eran tan duros de condición, que aunque él procuró enternecerlos paseándolos
por la boca una y muchas veces, no fué posible moverlos de su terquedad; todo
lo cual redundó en mi provecho, porque me los arrojó, diciendo: "¡To, to!
Toma, que buen provecho te hagan." "¡Mirad --dije entre mí--qué
néctar o ambrosía me da este poeta, de los que ellos dicen que se mantienen los
dioses y su Apolo allá en el cielo!" En fin, por la mayor parte, grande es
la miseria de los poetas; pero mayor era mi necesidad, pues me obligó a comer
lo que él desechaba. En tanto que duró la composición de su comedia, no dejó de
venir a la huerta, ni a mí me faltaron mendrugos, porque los repartía conmigo
con mucha liberalidad, y luego nos íbamos a la noria, donde, yo de bruces y él
con un canjilón satisfacíamos la sed como unos monarcas. Pero faltó el poeta, y
sobró en mí la hambre, tanto, que determiné dejar al morisco y entrarme en la
ciudad a buscar ventura, que la halla el que se muda. Al entrar de la ciudad vi
que salía del famoso monasterio de San Jerónimo, mi poeta, que, como me vio, se
vino a mí con los brazos abiertos, y yo me fuí a él con nuevas muestras de
regocijo por haberle hallado. Luego al instante comenzó a desembaular pedazos
de pan, más tiernos que los que solía llevar a la huerta,
y a entregarlos a mis dientes sin repasarlos por los suyos, merced que con
nuevo gusto satisfizo mi hambre. Los tiernos mendrugos y el haber visto salir a
mi poeta del monasterio dicho me pusieron en sospecha de que tenía las musas
vergonzantes, como otros muchos las tienen. Encaminóse a la ciudad, y yo le
seguí, con determinación de tenerle por amo, si él quisiese, imaginando que de
las sobras de su castillo se podía mantener mi real. De lance en lance vine
a parar en casa de un autor de comedías y con una compañía llegué
a esta ciudad de Valladolid, donde en un entremés me dieron una herida que me
llegó casi al fin de la vida; no pude vengarme, por estar enfrenado entonces, y
después, a sangre fría, no quise; que la venganza pensada arguye crueldad y mal
ánimo. Cansóme aquel ejercicio, no por ser trabajo, sino porque veía en él
cosas que juntamente pedían enmienda y castigo; y como a mí estaba más el
sentillo que el remediallo, acordé de no verlo, y así, me acogí a sagrado, como
hacen aquellos que dejan los vicios cuando no pueden ejercitallos, aunque más
vale tarde que nunca. Digo, pues, que viéndote una noche llevar la linterna con
el buen cristiano Mahudes, te consideré contento y justa y santamente ocupado;
y lleno de buena envidia quise seguir tus pasos, y con esta loable intención me
puse delante de Mahudes, que luego me eligió para tu compañero y me trujo a
este hospital. ¿Ves cuan larga ha sido mi plática? ¿Ves mis muchos y
diversos sucesos? ¿Consideras mis caminos y mis amos
tantos? Pues todo lo que has oído es nada, comparado a lo que te pudiera
contar.
CIPIÓN.--Y con esto pongamos fin a esta plática;
que la luz que entra por estos resquicios muestra que es muy entrado el día, y
esta noche que viene, si no nos ha dejado este grande beneficio de la habla,
será la mía, para contarte mi vida.
BERGANZA.--Sea ansí, y mira que acudas a este mismo
puesto.
(Salen CHANFALLA y la CHERINOS.)
CHANFALLA.--No se te pasen de la memoria, Chirinos,
mis advertimientos, principalmente los que te he dado para este nuevo embuste.
CHIRINOS.--Chanfalla ilustre, lo que en mí fuere,
tenlo como de molde; que tanta memoria tengo como entendimiento, a quien se
junta una voluntad de acertar a satisfacerte que excede a las demás potencias.
CHANFALLA.--Chirinos, poco a poco estamos ya en el
pueblo, y estos que aquí vienen deben de ser, como lo son sin duda, el
Gobernador y los Alcaldes. Salgámosles al encuentro, y date un filo a la lengua
en la piedra de la adulación; pero no despuntes de aguda.
(Salen el GOBERNADOR y BENITO
REPOLLO, alcalde;JUAN Tostado, regidor, y PEDRO
CAPACHO, escribano.)
Beso a vuesas mercedes las manos. ¿Quién de vuesas
mercedes es el Gobernador de este pueblo?
GOBERNADOR.--Yo soy el Gobernador; ¿qué es lo que
queréis, buen hombre?
CHANFALLA.--A tener yo dos onzas de entendimiento,
hubiera echado de ver que esa peripatética y anchurosa presencia no podía ser
de otro que del dignísimo Gobernador de este honrado pueblo.
GOBERNADOR.--Y bien, ¿qué es lo que queréis, hombre
honrado?
CHIRINOS.--Honrados días viva vuesa merced que así
nos honra; en fin, la encina da bellotas, el pero, peras; la parra, uvas, y el
honrado, honra, sin poder hacer otra cosa.
BENITO.--Sentencia ciceronianca, sin
quitar ni poner un punto.
CAPACHO.--Ciceroniana quiso decir el
señor alcalde Benito Repollo.
BENITO.--Siempre quiero decir lo que es mejor, sino
que las más veces no acierto; en fin, buen hombre, ¿qué queréis?
CHANFALLA.--Yo, señores míos, soy Montiel, el que
trae el Retablo de las Maravillas; hanme enviado a llamar de la corte los
señores cofrades de los hospitales, porque no hay autor de comedias en ella, y
perecen los hospitales; y con mi ida se remediará todo.
GOBERNADOR.--Y ¿qué quiere decir Retablo de las
Maravillas?
CHANFALLA.--Por las maravillosas cosas que en él se
enseñan y muestran, viene a ser llamado Retablo de las Maravillas; el cual
fabricó y compuso el sabio Tontonelo debajo de tales paralelos, rumbos, astros y estrellas; con tales puntos, caracteres y observaciones,
que ninguno puede ver las cosas que en él se muestran, que tenga alguna raza de
confeso, o sea hijo de padres ladrones; y el que fuere
contagiado destas dos tan usadas enfermedades, despídase de ver las cosas jamás
vistas ni oídas de mi Retablo.
BENITO.--Ahora echo de ver que cada día se ven en
el mundo cosas nuevas. Y ¡qué! ¿se llamaba Tontonelo el sabio que el Retablo
compuso?
CHERINOS.--Tontonelo se llamaba, nacido en la
ciudad de Tontonela; hombre de quien hay fama que le llegaba la barba a la
cintura.
BENITO.--Por la mayor parte, los hombres de grandes
barbas son sabihondos.
GOBERNADOR.--Señor regidor Juan Tostado,
yo determino, debajo de su buen parecer, que esta noche se despose la señora
Teresa Tostada, su hija, de quien yo soy padrino, y en
regocijo de la fiesta, quiero que el señor Montiel muestre en vuestra casa su
Retablo.
JUAN.--Eso tengo yo por servir al señor Gobernador,
con cuyo parecer me convengo, entablo y arrimo, aunque haya otra cosa en
contrario.
CHIRINOS.--La cosa que hay en contrario es, que si
no se nos paga primero nuestro trabajo, así verán las figuras como por el cerro
de Ubeda. ¿Y vuesas mercedes, señores Justicias, tienen conciencia y alma en
esos cuerpos? Bueno sería que entrase esta noche todo el
pueblo en casa del señor Juan Tostado, o como es su gracia,
y viese lo contenido en el tal retablo, y mañana, cuando quisiésemos mostralle
al pueblo, no hubiese ánima que le viese: no, señores, no, señores; ante
omnia nos han de pagar lo que fuere justo.
BENITO.--Señora autora, aquí no os ha de pagar
ninguna Antona, ni ningún Antoño; el señor regidor Juan Tostado os
pagará más que honradamente, y si no el Concejo. ¡Bien conocéis el lugar por
cierto! Aquí, hermana, no aguardamos a que ninguna Antona pague por nosotros.
CAPACHO.--¡Pecador de mí, señor Benito Repollo, y
qué lejos da del blanco! No dice la señora autora que pague ninguna Antona,
sino que le paguen adelantado, y ante todas cosas, que eso quiere decir ante
omnia.
BENITO.--Mirad, escribano Pedro Capacho; haced vos
que me hablen a derechas, que yo entenderé a pie llano; vos, que sois leído y
escribido, podéis entender esas algarabías de allende, que yo, no.
JUAN.--Ahora bien, ¿contentarse ha el señor autor
con que yo le dé adelantados media docena de ducados? Y más, que se tendrá
cuidado que no entre gente del pueblo esta noche en mi casa.
CHANFALLA.--Soy contento; porque yo me fío de la
diligencia de vuesa merced y de su buen término.
JUAN.--Pues véngase conmigo, recibirá el
dinero y verá mi casa y la comodidad que hay en ella para
mostrar ese Retablo.
CHANFALLA.--Vamos, y no se les pase de las mientes
las calidades que han de tener los que se atrevieren a mirar el maravilloso
Retablo.
BENITO.--A mi cargo queda eso, y séle decir que por
mi parte puedo ir seguro a juicio, pues tengo el padre alcalde; cuatro dedos de
enjundia de cristiano viejo rancioso tengo sobre los cuatro costados de mi
linaje: miren si veré el tal Retablo.
CAPACHO.--Todos le pensarnos ver, señor Benito
Repollo.
JUAN.--No nacimos acá en las malvas, señor Pedro
Capacho.
GOBERNADOR.--Todo será menester, según voy viendo,
señores Alcalde, Regidor y Escribano.
JUAN.--Vamos, autor, y manos a la obra; que
Juan Tostado me llamo, hijo de Antón Tostado y
de Juana Macha; y no digo más en abono, y seguro que podré ponerme cara a cara
y a pie quedo delante del referido Retablo.
CHERINOS.--Dios lo haga.
(Entranse JUAN Tostado y CHANFALLA.)
GOBERNADOR.--Señora autora, ¿qué poetas se usan
ahora en la Corte, de fama y rumbo, especialmente de los llamados cómicos?;
porque yo tengo mis puntas y collar de poeta, y pícome de la farándula y
carátula. Veinte y dos comedias tengo, todas nuevas, que se ven las unas a las
otras; y estoy aguardando coyuntura para ir a la Corte y
enriquecer con ellas media docena de autores.
CHERINOS.--A lo que vuesa merced, señor Gobernador,
me pregunta de los poetas, no le sabré responder; porque hay tantos, que quitan
el sol; y todos piensan que son famosos. Los poetas cómicos son los ordinarios
y que siempre se usan, y así no hay para qué nombrallos. Pero dígame vuesa
merced, por su vida: ¿cómo es su buena gracia? ¿Cómo se llama?
GOBERNADOR.--A mí, señora autora, me llaman el
Licenciado Gomecillos.
CHERINOS.-->¡Válame Dios! ¿Y que vuesa merced es
el señor Licenciado Gomecillos, el que compuso aquellas coplas tan famosas
de Lucifer estaba malo, y tómale mal de fuera?
GOBERNADOR.--Malas lenguas hubo que me quisieron
ahijar esas coplas, y así fueron mías como del Gran Turco. Las que yo compuse,
y no lo quiero negar, fueron aquellas que trataron del diluvio de Sevilla; que
puesto que los poetas son ladrones unos de otros, nunca me precié de hurtar
nada a nadie: con mis versos me ayude Dios, y hurte el que quisiere.
(Vuelve CHANFALLA.)
CHANFALLA.--Señores, vuesas mercedes vengan, que
todo está a punto, y no falta más que comenzar.
CHIRINOS.--¿Está ya el dinero in Corbona?
CHANFALLA.--Y aun entre las telas del corazón.
CHIRINOS.--Pues doyte por aviso, Chanfalla, que el
Gobernador es poeta.
CHANFALLA.--¿Poeta? ¡Cuerpo del mundo! Pues dale
por engañado, porque todos los de humor semejante son hechos a la macacona,
gente descuidada, crédula y no nada maliciosa.
BENITO.--Vamos, autor, que me saltan los pies por
ver esas maravillas.
(Entranse todos.)
(Salen JUANA Tostada y TERESA
REPOLLA, labradoras; la una como desposada, que es la Tostada.)
TOSTADA.--Aquí te puedes sentar, Teresa Repolla
amiga, que tendremos el Retablo enfrente; y pues sabes las condiciones que han
de tener los miradores del Retablo, no te descuides, que sería una gran
desgracia.
TERESA.--Ya sabes, Juana Tostada,
que soy tu prima, y no digo más. Tan cierto tuviera yo el cielo como tengo
cierto ver todo aquello que el Retablo mostrare. Por el siglo de mi madre, que
me sacase los mismos ojos de mi cara, si alguna desgracia me aconteciese bonita
soy yo para eso.
JUANA Tostada.--Sosiégate,
prima, que toda la gente viene.
(Entran el GOBERNADOR, BENITO REPOLLO,
JUAN Tostado, PEDRO CAPACHO, el autor y la autora y
otra gente del pueblo, y un sobrino de Benito que ha de ser aquel gentilhombre
que baila.)
CHANFALLA.--Siéntense todos; el Retablo ha de estar detrás de este repostero, y la autora también.
GOBERNADOR.--El señor Montiel comience su obra.
BENITO.--Poca balumba trae este autor para tan gran
Retablo.
JUAN.--Todo debe de ser de maravillas.
CHANFALLA.--Atención, señores, que comienzo:--¡Oh
tú, quienquiera que fuiste, que fabricaste este Retablo con tan maravilloso
artificio, que alcanzó renombre de las Maravillas! Por la virtud
que en él se encierra, te conjuro, apremio y mando que luego incontinente
muestres a estos señores algunas de las tus maravillosas maravillas, para que
se regocijen y tomen placer, sin escándalo alguno. Ea, que ya veo que has
otorgado mi petición, pues por aquella parte asoma la figura del valentísimo
Sansón, abrazado con las colunas del templo, para derriballe por el suelo y
tomar venganza de sus enemigos. ¡Tente, valeroso caballero, tente, por la
gracia de Dios Padre; no hagas tal desaguisado, porque no cojas debajo y hagas
tortilla tanto y tan noble gente como aquí se ha juntado!
BENITO.--¡Véngase, cuerpo de tal, conmigo! Bueno
sería que, en lugar de habernos venido a holgar, quedásemos aquí hechos plasta.
¡Téngase, señor Sancho, pesia a mis males, que se lo ruegan buenos!
CAPACHO.--¿Veisle vos, Tostado?
JUAN.--Pues ¿no le había de ver? ¿Tengo yo los ojos
en el colodrillo?
CAPACHO [aparte].--Milagroso caso es
éste: así veo yo a Sansón ahora como el Gran Turco. Pues en verdad que me tengo
por legítimo y cristiano viejo.
CHIRINOS.--¡Guárdate, hombre, que sale el mesmo
toro que mató al ganapán en Salamanca! ¡Échate, hombre; échate, hombre; ¡Dios
te libre! ¡Dios te libre!
¡Échense todos, échense todos! ...
CHANFALLA.--¡Échense todos, échense todos!
¡Húchoho! ¡húchoho! ¡húchoho!
(Echanse todos y alborótanse.)
BENITO.--El diablo lleva en el cuerpo el torillo;
sus partes tiene de hosco y de bragado; si no me tiendo, me lleva de vuelo.
JUAN.--Señor autor, haga, si puede, que no salgan
figuras que nos alboroten, y no lo digo por mí, sino por estas mochachas que no
les ha quedado gota de sangre en el cuerpo de la ferocidad del toro.
Tostada.--Y ¡cómo, padre! No pienso volver en mí en tres
días; ya me vi en sus cuernos, que los tiene agudos como una lesna.
JUAN.--No fueras tú mi hija y no lo vieras.
GOBERNADOR [aparte].--Basta que todos
ven lo que yo no veo; pero al fin habré de decir que lo veo, por la negra
honrilla.
CHIRINOS.--Esa manada de ratones que allá va,
deciende por línea recta de aquellos que se criaron en el arca de Noé; dellos
son blancos, dellos albarazados, dellos jaspeados, y
dellos azules, y finalmente, todos son ratones.
Tostada.--¡Jesús! ¡Ay de mí! ¡Ténganme que me arrojaré por
aquella ventana! ¿Ratones? ¡Desdichada! Amiga, apriétate las faldas y mira no
te muerdan; y ¡monta que son pocos! Por el siglo de mi abuela, que pasan de
milenta.
REPOLLA.--Yo sí soy la desdichada, porque se me
entran sin reparo ninguno; un ratón morenico me tiene asida de una rodilla.
¡Socorro venga del cielo, pues en la tierra me falta!
CHANFALLA.---Esta agua, que con tanta priesa se
deja descolgar de las nubes, es de la fuente que da origen y principio al río
Jordán; toda mujer a quien tocare en d rostro se le volverá como de plata
bruñida, y a los hombres se les volverán las barbas como de oro.
Tostada.--¿Oyes, amiga? Descubre el rostro, pues ves lo
que te importa. ¡Oh, qué licor tan sabroso! Cúbrase, padre, no se moje.
JUAN.--Todos nos cubrimos, hija.
BENITO.--Por las espaldas me ha calado el agua
hasta la canal maestra.
CAPACHO [aparte].--Yo estoy más seco
que un esparto.
GOBERNADOR [aparte].--¿Qué diablos
puede ser esto, que aún no me ha tocado una gota, donde todos se ahogan? C|empiezo
a pensar mal de la honradez de mis padres.
CAPACHO.--Fresca es el agua del santo río Jordán; y
aunque me cubrí lo que pude todavía me alcanzó un poco en los bigotes, y
apostaré que los tengo rubios como un oro.
BENITO.--Y aun peor cincuenta veces.
CHERINOS.--Allá van hasta dos docenas de leones
rampantes y de osos colmeneros; todo viviente se guarde; que, aunque
fantásticos, no dejarán de dar alguna pesadumbre, y aun de hacer las fuerzas de
Hércules, con espadas desenvainadas.
JUAN.--Ea, señor autor, ¡cuerpo de nos! ¿Y agora
nos quiere llenar la casa de osos y de leones?
BENITO.--¡Mirad qué ruiseñores y calandrias nos
envía Tontonelo, sino leones y dragones! Señor autor, y salgan figuras más
apacibles, o aquí nos contentamos con las vistas, y Dios le guíe, y no pare más
en el pueblo un momento.
Tostada.--Señor Benito Repollo, deje salir ese oso y
leones, siquiera por nosotras, y recebiremos mucho contento.
JUAN.--Pues, hija, de antes te espantabas de los
ratones, ¿y agora pides osos y leones?
Tostada.--Todo lo nuevo aplace, señor padre.
CHIRINOS.--Esa doncella que agora se muestra tan
galana y tan compuesta, es la llamada Herodías, cuyo baile alcanzó en premio la
cabeza del Precursor de la vida; si hay quien la ayude a bailar verán
maravillas.
BENITO.--Esta sí ¡cuerpo del mundo! que es
figura hermosa, apacible y reluciente. Sobrino Repollo,
tú que sabes de achaque de castañetas, ayúdala y será la fiesta de cuatro
capas.
SOBRINO.--Que me place, tío Benito Repollo.
(Tocan la Zarabanda.)
CAPACHO.--¡Toma mi abuelo, si es antiguo el baile
de la Zarabanda y de la Chacona!
BENITO.--¡Ea, sobrino! ... Pero diga,
señor autor, si esa Herodías es judía, ¿cómo vee estas maravillas?
CHANFALLA.--Todas las reglas tienen excepción,
señor Alcalde.
(Suena una trompeta o corneta dentro del teatro,
y entra un furrier de compañías.)
FURRIER.--¿Quién es aquí el señor Gobernador?
GOBERNADOR.--Yo soy: ¿qué manda vuesa merced?
FURRIER.--Que luego, al punto, mande hacer
alojamiento para treinta hombres de armas, que llegarán aquí dentro de media
hora, y aun antes, que ya suena la trompeta. Y adiós.
(Vase.)
BENITO.--Yo apostaré que los envía el sabio
Tontonelo.
CHANFALLA.--No hay tal; que esta es una compañía de
caballos, que estaba alojada dos leguas de aquí.
BENITO.--Ahora yo conozco bien a Tontonelo, y sé
que vos y él sois unos grandísimos bellacos; y mirá que
os mando que mandéis a Tontonelo no tenga atrevimiento de enviar estos hombres
de armas, que le haré dar docientos azotes en las espaldas, que se vean unos a
otros.
CHANFALLA.--Digo, señor alcalde, que no los envía
Tontonelo.
BENITO.--Digo que los envía Tontonelo, como ha
enviado las otras sabandijas que yo he visto.
CAPACHO.--Todos las habernos visto, señor Benito
Repollo.
BENITO.--No digo yo que no, señor Pedro Capacho.
(Vuelve el furrier.)
FURRIER.--Ea, ¿está ya hecho el alojamiento?, que
ya están los caballos en el pueblo.
BENITO.--¿Qué, todavía ha salido con la suya
Tontonelo? Pues yo os voto a tal, autor de humos y de embelecos, que me lo
habéis de pagar.
CHANFALLA.--Séanme testigos que me amenaza el
alcalde.
CHIRINOS.--Séanme testigos que dice el Alcalde que
lo que manda S.M. lo manda el sabio Tontonelo.
BENITO.--Atontoneleada te vean mis ojos, plega a
Dios todopoderoso.
GOBERNADOR.--Yo para mí tengo que verdaderamente
estos hombres de armas no deben de ser de burlas.
FURRIER.--¿De burlas habían de ser, señor
Gobernador? ¿Está en su seso?
JUAN.--Bien pudieran ser atontonelados; como esas
cosas habemos visto aquí. Por vida del autor, que haga salir otra vez a la
doncella Herodías, por que vea este señor lo que nunca ha visto; quizá con esto
le cohecharemos para que se vaya presto del lugar.
CHANFALLA.--Eso en buen hora, y veisla aquí a de
vuelve, y hace de señas a su bailador a que de nuevo la ayude.
SOBRINO.--Por mí no quedará, por cierto.
BENITO.--Eso sí, sobrino, cánsala, cánsala; vueltas
y más vueltas; ¡vive Dios, que es un azogue la muchacha! ¡Al hoyo, al hoyo! ¡A
ello, a ello!
FURRIER.--¿Está loca esta gente? ¿Qué diablos de
doncella es ésta y qué baile y qué Tontonelo?
CAPACHO.--¿Luego no vee la doncella herodiana el
señor furrier?
FURRIER.--¿Qué diablos de doncella tengo de ver?
CAPACHO.--Basta: de ex illis es.
GOBERNADOR.--De ex illis es,
de ex illis es.
JUAN.--De ellos es, de ellos, el señor furrier; de
ellos es.
FURRIER.--Por Dios vivo, que si echo mano a la
espada, que los haga salir por las ventanas, que no por la puerta.
CAPACHO.--Basta, de ex illis es.
BENITO.--Basta; de ellos es, pues no vee nada.
FURRIER.--¡Canalla! Si otra vez me dicen que soy de
ellos no les dejaré hueso sano.
BENITO.--Nunca los confesos ni ladrones fueron
valientes; y por eso no podemos dejar de decir: de ellos es, de ellos es.
FURRIER.--¡Cuerpo de Dios con los villanos!
Esperad.
(Mete mano a la espada y acuchíllase con todos, y
la Cherinos descuelga la manta y dice:)
El diablo ha sido la trompeta y la venida de los
hombres de armas; más parece que los llamaron con campanilla.
CHANFALLA.--El suceso ha sido extraordinario; la
virtud del Retablo se queda en su punto, y mañana lo podemos mostrar al pueblo;
y nosotros mismos podemos cantar el triunfo de esta batalla diciendo: ¡Vivan
Chirinos y Chanfalla!
FIGURAS SIGUIENTES:
CIPIÓN, romano.
IUGURTA, romano.
Gayo MARIO, romano.
QUINTO FABIO, romano.
CUATRO SOLDADOS ROMANOS.
DOS NUMANTINOS, EMBAJADORES.
TEÓGENES, numantino.
CARAVINO, numantino.
CUATRO GOBERNADORES NUMANTINOS.
MARANDRO, numantino.
DOS SACERDOTES NUMANTINOS.
UN HOMBRE NUMANTINO.
Un Demonio.
CUATRO MUJERES DE NUMANCIA.
LIRA, doncella.
DOS CIUDADANOS NUMANTINOS.
UNA MUJER DE NUMANCIA.
UN HIJO SUYO.
Otro hijo de aquélla.
UNA MUJER DE NUMANCIA.
UN SOLDADO NUMANTINO.
GUERRA.
ENFERMEDAD.
HAMBRE.
VARIATO, muchacho, que es el
que se arroja de la torre.
UN NUMANTINO.
ERMILIO, soldado romano.
Entra CIPIÓN, y IUGURTA y MARIO y un alarde de
soldados armados a lo antiguo, sin arcabuces, y CIPIÓN se sube sobre una peña
que estará allí, y dice:
CIP. En el fiero ademán, en
los lozanos
Marciales aderezos y vistosos,
Bien os conozco, amigos, por romanos:
Romanos, digo, fuertes y animosos;
Mas en las blancas y
delicadas manos,
Y en las teces de rostros tan lustrosos,
Allá en Bretaña parecéis criados,
Y de padres flamencos engendrados.
El general discuido vuestro,
amigos,
El no mirar por lo que tanto os toca,
Levanta los caídos enemigos,
Que vuestro esfuerzo y opinión apoca.
Desta ciudad los muros son testigos,
Que aun hoy está cual bien fundada
roca,
De vuestras perezosas fuerzas vanas,
Que sólo el nombre tienen de romanas.
¿Paréceos, hijos, que es
gentil hazaña
Que tiemble del romano nombre el mundo,
Y que vosotros solos en España
Le aniquiléis y echéis en el profundo?
¿Qué flojedad es ésta tan extraña?
¿Qué flojedad? Si yo mal no me fundo,
Es flojedad nacida de pereza,
Enemiga mortal de fortaleza.
¿Pensáis que sólo atierra la
muralla
El almete y la acerada punta,
Y que sólo atropella la batalla
La multitud de gentes y armas junta?
Si esfuerzo de cordura no señala
Que todo lo previene y lo barrunta,
Poco aprovechan muchos escuadrones,
Y menos infinitas municiones.
Si a militar concierto se
reduce
Cualque pequeño ejército
que sea,
Veréis que como sol claro reluce,
Y alcanza las victorias que desea;
Pero si a flojedad él se conduce,
Aunque abreviado el mundo en él se vea,
En un momento quedará deshecho
Por más reglada mano y fuerte pecho.
Avergonzaos, varones
esforzados,
Porque, a nuestro pesar, con arrogancia,
Tan pocos españoles, y encerrados,
Defiendan este nido de Numancia.
Deciséis años son, y más, pasados,
Que mantienen la guerra y la ganancia
De haber vencido con feroces manos
Millares de millares de romanos.
No me huela el soldado otros
olores
Que el olor de la pez y de resina,
Ni por golosidad de los sabores
Traiga siempre aparato de cocina:
Que el que usa en la guerra estos
primores,
Muy mal podrá sufrir la cota fina;
No quiero otro primor ni otra fragancia,
En tanto que español viva en Numancia.
En blandas camas, entre juego
y vino,
Hállase mal el trabajoso Marte;
Otro aparejo busca, otro camino;
Otros brazos levantan su estandarte;
Cada cual se fabrica su destino;
No tiene allí fortuna alguna parte;
La pereza fortuna baja
cría;
La diligencia, imperio y monarquía.
Estoy con todo esto tan seguro
De que al fin mostraréis que sois romanos,
Que tengo en nada el defendido muro
Destos rebeldes bárbaros hispanos,
Y así, os prometo por mi diestra y juro
Que, si igualáis al ánimo las manos,
Que las mías se alarguen en pagaros,
Y mi lengua también en alabaros.
Míranse los soldados unos a otros, y hacen señas a
uno dellos, que se llama GAYO MARIO, que responda por todos, y dice:
GAYO. Si con atentos ojos
has mirado,
Inclito general, en los semblantes
Que a tus breves razones han mostrado
Los que tienes agora circunstantes,
Cuál habrás visto sin color, turbado,
Y cuál con ella, indicios bien bastantes
De que el temor y la
vergüenza a una
Nos aflige, molesta e importuna:
Vergüenza, de mirar ser
reducidos
A término tan bajo por su culpa,
Que viendo ser por ti reprehendidos,
No saben a esa falta hacer disculpa;
Temor, de tantos yerros cometidos;
Y la torpe pereza que los culpa
Los tiene de tal modo, que se holgaran
Antes morir que en esto se hallaran.
Pero el lugar
y tiempo que los queda
Para mostrar alguna recompensa,
Es causa que con menos fuerza puedan
Fatigarte el rigor de tal ofensa.
De hoy más, con presta voluntad y leda,
El más mínimo déstos cuida y
piensa
De ofrecer sin revés a tu servicio
La hacienda, vida, honra en sacrificio.
Admite, pues, de sus intentos
sanos
Al justo ofrecimiento, señor mío,
Y considera al fin que son romanos,
En quien nunca faltó del todo brío.
Vosotros levantad las diestras manos,
En señal que aprobáis el voto mío.
S.1.° Todo lo que habéis dicho confirmamos.
S.2.° Y lo juramos todos.
TODOS.
Sí juramos.
CIP. Pues, arrimado a tal ofrecimiento,
Crece ya desde hoy mi confianza,
Creciendo en vuestros pechos ardimiento,
Y del viejo vivir nuestra mudanza.
Vuestras promesas no se lleve el viento;
Hacerlas verdaderas con la lanza;
Que las mías saldrán tan verdaderas,
Cuanto fuere el valor de vuestras veras.
S.1.° Dos numantinos con seguro vienen
A darte, Cipión, una embajada.
CIP. ¿Por qué no llegan ya? ¿En qué se detienen?
SOL. Esperan que licencia les sea dada.
CIP. Si son embajadores, ya la tienen.
SOL. Embajadores son.
CIP.
Daldes entrada.
Entran dos numantinos, embajadores.
N.1.° Si nos das, gran
señor, grata licencia,
Decirte he la embajada que traemos;
Do estamos, o ante
sola tu presencia,
Todo a lo que venimos te diremos.
CIP. Decid; que adonde quiera doy audiencia.
N.1.° Pues con ese seguro que tenemos,
De tu real grandeza concedido,
Daré principio a lo que soy venido.
Numancia, de quien yo soy
ciudadano,
Inclito general, a ti me envía,
Como al más fuerte capitán romano
Que ha cubierto la noche y visto el día,
A pedirte, señor, la amiga mano,
En señal de que cesa la porfía
Tan trabada y cruel de tantos años,
Que ha causado sus propios y tus daños.
Dice que nunca de la ley y
fueros
Del Senado romano se apartara,
Si el insufrible mando y
desafueros
De un cónsul y otro no le fatigara.
Ellos con duros estatutos fieros,
Y con su extraña condición avara,
Pusieron tan gran yugo a nuestros cuellos,
Que forzados salimos del y dellos,
Y, en todo el largo tiempo que
ha durado
Entrambas partes la
contienda, es cierto
Que ningún general hemos hallado
Con quien poder tratar algún concierto.
Empero agora, que ha querido el hado
Reducir nuestra nave a tan buen puerto,
Las velas de la gavia recogemos,
Y a cualquiera partido nos ponemos.
No imagines que temor nos
lleva
A pedirte las paces con instancia,
Pues la larga experiencia ha dado prueba
Del poder valeroso de Numancia.
Tu virtud y valor es quien nos ceba,
Y nos declara, que será ganancia
Mayor que cuantas desear podemos
Si por señor y amigo te tenemos.
A esto ha sido la venida
nuestra.
Respóndenos, señor, lo que te place.
CIP. ¡Tarde de arrepentidos dais la muestra!
Poco vuestra amistad me satisface.
De nuevo ejercitad la fuerte diestra,
Que quiero ver lo que la mía hace;
Quizá que ha puesto en ella la ventura
La gloria nuestra y vuestra sepoltura.
A desvergüenza de tan largos
años,
Es poca recompensa pedir paces.
Seguid la guerra y renovad los daños.
Salgan de nuevo las valientes haces.
N.1.° La falsa confianza mil engaños
Consigo trae; advierte lo que haces,
Señor, que esa arrogancia
que nos muestras,
Remunera el valor en nuestras diestras;
Y pues niegas la paz que con
buen celo
Te ha sido por nosotros demandada,
De hoy más la causa nuestra con el cielo
Quedará por mejor calificada,
Y antes que pises de Numancia el suelo,
Probarás dó se extiende la indignada
Fuerza de aquel que, siéndote enemigo,
Quiere ser tu vasallo y fiel amigo.
CIP. ¿Tenéis más que decir?
N.
No: mas tenemos
Que hacer, pues tú, señor, ansí lo
quieres,
Sin querer la amistad que te ofrecemos,
Correspondiendo mal de ser quien eres.
Pero entonces verás lo que podremos
Cuando nos muestres tú lo que pudieres;
Que es una cosa razonar de paces,
Y otra romper por las armadas haces.
CIP. Verdad decís; y ansí, para mostraros
Si sé tratar en paz y hablar en guerra,
No os quiero por amigos aceptaros,
Ni lo seré jamás de vuestra tierra.
Y con esto podéis luego tornaros.
N. ¿Que en esto tu querer, señor, se
encierra?
CIP. Ya te he dicho que sí.
N.2.° Pues,
¡sus!, al hecho;
Que guerra ama el numantino pecho.
Salen TEÓGENES y CARAVINO, con otros tres numantinos,
gobernadores de Numancia, y siéntanse.
TEÓG. Paréceme, varones
esforzados,
Que en nuestros daños con rigor
influyen
Los tristes signos y contrarios hados,
Pues nuestra fuerza humana desminuyen.
Tiénennos los romanos encerrados,
Y con cobardes manos nos destruyen.
Ni con matar muriendo no hay vengarnos,
Ni podemos sin alas escaparnos.
Mirá si imagináis algún
remedio
Para salir de tanta desventura,
Porque este largo y trabajoso asedio
Sólo promete presta sepoltura.
El ancho foso nos estorba el medio
De probar con las armas la ventura,
Aunque a veces valientes, fuertes brazos,
Rompen mil contrapuestos embarazos.
CAR. ¡A Júpiter pluguiera soberano
Que nuestra juventud sola se viera
Con todo el cruel ejército romano
Adonde el brazo rodear pudiera,
Que allí al valor de la española mano
La misma muerte poco estorbo hiciera
Para dejar de abrir franco camino
A la salud del pueblo numantino!
Mas pues en
tales términos nos vemos,
Que estamos como damas encerrados,
Hagamos todo cuanto hacer podemos
Para mostrar los ánimos osados:
A nuestros enemigos convidemos
A singular batalla; que, cansados
Deste cerco tan largo, ser podría
Quisiesen acabarle por tal vía.
Y cuando este remedio no
suceda
A la justa medida del deseo,
Otro camino de intentar nos queda,
Aunque más trabajoso a lo que creo:
Este foso y muralla que nos veda
El paso al enemigo que allí veo,
En un tropel de noche le rompamos,
Y por ayuda a los amigos vamos.
N.1.° O sea por el foso, o por la muerte,
De abrir tenemos paso a nuestra vida;
Que es dolor insufrible el de la muerte,
Si llega cuando más vive la vida.
Remedio a las miserias es la muerte,
Si se acrecientan ellas con la vida,
Y suele tanto más ser excelente
Cuando se muere más honradamente.
N.2.° Esta insufrible hambre macilenta,
Que tanto nos persigue y nos rodea,
Hace que en vuestro parecer consienta,
Puesto que temerario y duro sea;
Muriendo, excusaremos tanta afrenta;
Y quien morir de hambre
no desea,
Arrójese conmigo al foso, y haga
Camino su remedio con la daga.
N.3.° Primero que vengáis al trance duro
Desta resolución que habéis tomado,
Paréceme ser bien que desde el muro
Nuestro fiero enemigo sea avisado,
Diciéndole que dé campo seguro
A un numantino y a otro su soldado,
Y que la muerte de uno sea sentencia
Que acabe nuestra antigua diferencia.
Son los romanos tan soberbia
gente,
Que luego aceptarán este partido;
Y si lo aceptan, creo firmemente
Que nuestro amargo daño
ha fenecido,
Pues está un numantino
aquí presente,
Cuyo valor me tiene persuadido
Que él solo contra tres de los romanos
Quitará la victoria de las manos.
Para morir, jamás le falta
tiempo
Al que quiere morir desesperado.
Siempre seremos a sazón y a tiempo
Para mostrar muriendo el pecho osado;
Mas, porque no se pase en balde el tiempo,
Mira si os cuadra lo que he demandado,
Y, si no os parece, dad un modo
Que mejor venga y que convenga a todo.
TEÓG. Yo desde aquí me ofrezco, si os parece
Que puede de mi esfuerzo algo fiarse,
De salir a esta duda que
se ofrece,
Si por ventura viene a efectuarse.
CAR. Más honra tu valor claro merece;
Bien pueden de tu esfuerzo confiarse
Más difíciles cosas, y aun mayores,
Por ser el que es mejor de los mejores.
Y pues tú ocupas el
lugar primero
De la honra y valor con causa justa,
Yo, que en todo me cuento por postrero,
Quiero ser el heraldo de
esta justa.
N.1.° Pues yo con todo el pueblo me prefiero
Hacer de lo que Júpiter más gusta,
Que son los sacrificios y oblaciones,
Si van con enmendados corazones.
N.2.° Vámonos, y con presta diligencia
Hagamos cuanto aquí propuesto habernos.
Antes que la pestífera dolencia
De la hambre nos ponga en los extremos.
Si tiene el cielo dada la sentencia
De que en este rigor fiero acabemos,
Revóquela, si acaso lo merece
La presta enmienda que Numancia ofrece.
Vanse.
Salen dos numantinos vestidos como sacerdotes
antiguos, y han de traer asido de los cuernos en medio un carnero grande,
coronado de oliva y otras flores, y un paje con una fuente de plata y una
toalla, y otro con un jarro de agua, y otros dos con dos jarros de vino, y otro
con otra fuente de plata con un poco de incienso, y otros con fuego y leña, y
otro que ponga una mesa con un tapete donde se ponga todo lo que hubiere en la
comedia, en hábitos de numantinos; y luego los
sacerdotes, dejando el uno el carnero de la mano, diga, y han de entrar
TEÓGENES y muchos numantinos.
S.1.° Señales ciertas de
dolores ciertos
Se me han presentado en el camino,
Y los canos cabellos tengo yertos.
S.2.° Si acaso yo no soy mal adivino,
Nunca con bien saldremos de esta impresa.
¡Ay, desdichado pueblo numantino!
S.1.° Hagamos nuestro oficio con la priesa
Que nos incitan los agüeros tristes.
Poned, amigos, hacia aquí esa mesa.
S.2.° El vino, incienso y agua que trujistes
Poneldo encima, y apartaos afuera,
Y arrepentíos de cuanto mal hicistes;
Que la oblación mejor
y la primera
Que se ha de ofrecer al alto cielo
Es el alma limpia y voluntad sincera.
S.1.° El fuego no le hagáis vos en el suelo,
Que aquí viene brasero para ello,
Que así lo pide el religioso celo.
S.2.° Lavaos las manos y limpiaos el cuello.
Dad acá el agua: ¿el fuego no se enciende?
N. No hay quien pueda, señores,
encendello.
S.2.° ¡Oh Júpiter! ¿Qué es esto que pretende
De hacer en nuestro daño el hado esquivo?
¿Cómo el fuego en la tea no se enciende?
N. Ya parece, señor, que está
algo vivo.
S.2.° Quítate afuera. ¡Oh flaca llama escura,
Que dolor en mirarte tal recibo!
¿No miras
cómo el humo se apresura
A caminar al lado de Poniente,
Y la amarilla llama, mal segura,
Sus puntas encamina hacia el
Oriente?
¡Desdichada señal, señal notoria
Que nuestro mal y daño está patente!
S.1.° Aunque lleven romanos la victoria
De nuestra muerte, en humo ha de tornarse
Y en llamas vivas nuestra muerte y gloria.
S.2.° Pues debe con el vino ruciarse
El sacro fuego, dad acá ese vino,
Y el incienso también que ha de quemarse.
Rocía el fuego con el vino a la redonda, y luego
pone el incienso en el fuego, y dice:
Al
bien del triste pueblo numantino
Endereza, ¡oh gran Júpiter!, la fuerza
Propicia, del contrario
amargo sino.
Ansí como este ardiente fuego
fuerza
A que en humo se vaya el sacro incienso,
Así se haga al enemigo fuerza
Para que en humo, eterno padre
inmenso,
Todo su bien, toda su gloria vaya,
Ansí como tú puedes y yo pienso;
Tengan los cielos su poder a
raya,
Ansí como esta víctima tenemos,
Y, lo que ella ha de haber, él también
haya.
S.1.° Mal responde el agüero; mal podremos
Ofrecer esperanza al pueblo triste,
Para salir del mal que poseemos.
Hácese ruido
debajo del tablado con un barril lleno de piedras, y dispárese un cohete
volador.
S.2.° ¿No oyes un ruido,
amigo? Di, ¿no viste
El rayo ardiente que pasó volando?
Presagio verdadero de esto
fuiste.
S.1.° Turbado estoy; de miedo estoy temblando.
¡Oh qué señales!, a lo que yo veo,
¡Qué amargo fin están pronosticando!
¿No ves un escuadrón airado y
feo?
¿Vees unas águilas feas que pelean
Con otras aves en marcial rodeo?
S.2.° Sólo su esfuerzo y su rigor emplean
En encerrar las aves en un cabo,
Y con astucia y arte las rodean.
S.1.° Tal señal vitupero y no la alabo,
¿Aguilas imperiales vencedoras?
¡Tú verás de Numancia presto el cabo!
S.2.° Aguilas, de gran mal anunciadoras,
Partíos, que ya el agüero vuestro
entiendo,
Ya en efecto contadas
son las horas.
S.1.° Con todo, el sacrificio hacer pretendo
De esta inocente víctima, guardada
Para pagar el dios del gesto horrendo.
S.2.° ¡Oh gran Plutón, a quien
por suerte dada
Le fué la habitación del
reino oscuro
Y el mando en la infernal triste morada!
Atapa la profunda escura boca
Por do salen las tres fieras hermanas
A hacernos el daño que nos toca,
Y sian de
dañarnos tan livianas
Sus intenciones, que las lleve el viento,
Como se lleva el pelo de estas lanas.
Quita algunos pelos del carnero y échalos al aire.
S.1.° Y ansí como te baño y
ensangriento
Este cuchillo en esta
sangre pura,
Con alma limpia y limpio pensamiento,
Ansí la tierra de Numancia
dura
Se bañe con la sangre de romanos,
Y aun los sirva también de sepoltura.
Sale por el hueco del tablado un DEMONIO hasta el
medio cuerpo, y ha de arrebatar el carnero y volverse a disparar el fuego y
todos los sacrificios.
S.2.° Mas ¿quién me ha arrebatado de
las manos
La víctima? ¿Qué es esto, dioses santos?
¿Qué prodigios son estos tan insanos?
No os han
enternecido ya los llantos
Deste pueblo lloroso y afligido,
Ni la arpada voz de aquestos cantos;
Antes creo que se han
endurecido,
Cual pueden inferir en las señales
Tan fieras como aquí han acontecido.
Nuestros vivos remedios son
mortales;
Toda nuestra pereza es diligencia,
Y los bienes ajenos, nuestros
males.
NUM. En fin, dado han los cielos la sentencia
De nuestro fin amargo y miserable.
No nos quiere valer ya su clemencia;
Lloremos,
pues es fin tan lamentable,
Nuestra desdicha; que la edad postrera
Dél y de nuestras fuerzas siempre hable.
Salen CIPIÓN, IUGURTA, y MARIO, romanos.
CIP. En forma estoy
contento en mirar cómo
Corresponde a mi gusto la ventura,
Y esta libre nación soberbia domo
Sin fuerzas, solamente con cordura.
En viendo la ocasión, luego la tomo,
Porque sé cuánto corre y se apresura,
Y si se pasa; en cosas de la guerra,
El crédito consume y vida atierra.
Juzgaba de ésa el loco
desvarío
Tener los enemigos encerrados,
Y que era mengua del romano brío
No vencellos con modos más usados.
Bien sé que lo habrán dicho; mas yo fío
Que, los que fueren plácticos soldados
Dirán que es de tener en mayor cuenta
La victoria que menos ensangrienta.
¿Qué gloria puede haber más
levantada,
En las cosas de guerra que aquí digo,
Que, sin quitar de su lugar la espada,
Vencer y sujetar al enemigo?
Que, cuando la victoria es granjeada
Con la sangre vertida del
amigo,
El gusto mengua que causar pudiera
La que sin sangre tal ganada fuera.
Tocan una trompeta del muro de Numancia.
IUG. Oye, señor, que de
Numancia suena
El son de una trompeta, y me aseguro
Que decirte, algo desde allá se ordena,
Pues el salir acá lo estorba el muro.
Caravino se ha puesto en una almena,
Y una señal ha hecho de seguro:
Lleguémonos más cerca.
CIP.
Ea, lleguemos.
No más: que desde aquí lo entenderemos.
Pónese CARAVINO en la muralla, con una bandera o
lanza en la mano, y dice:
CAR. ¡Romanos!; ¡Ah,
romanos! ¿Puede acaso
Ser de vosotros esta voz oída?
MAR. Puesto que más abajas, y hables paso,
De cualquier tu razón será entendida.
CAR. Decid al general que alargue el paso
Al foso, porque viene dirigida
a él una embajada.
CIP.
Dila presto,
que yo soy Cipión.
CAR.
Escucha el resto.
Dice Numancia, general prudente,
Que consideres bien que ha muchos años
Que entre la nuestra y tu romana gente
Duran los males de la
guerra extraños,
Y que, por evitar que no se aumente
La dura pestilencia destos daños,
Quiere, si tú quisieres, acaballa
Con una breve y singular batalla.
Un soldado se ofrece de los
nuestros
A combatir cerrado en estacada
Con cualquiera esforzado de los vuestros,
Para acabar contienda tan trabada;
Y al que los hados fueren tan siniestros,
Que allí le dejen sin
la vida amada,
Si fuere d nuestro, darémoste la tierra;
Si el tuyo fuere, acábese la guerra:
Y por seguridad deste
concierto,
daremos a tu gusto las rehenes.
Bien sé que en él vendrás, porque estás
cierto
De los soldados que a tu cargo tienes,
Y sabes que el menor, a campo abierto,
Hará sudar el pecho, rostro y sienes
Al más aventajado de Numancia;
Ansí que está segura tu ganancia.
Porque a la ejecución se venga luego,
Respóndeme, señor, si estás en
ello.
CIP. Donaire es lo que dices, risa y juego,
Y loco el que piensa de hacello.
Usad el medio del humilde ruego,
Si queréis que se escape vuestro cuello
De probar el rigor y filos diestros
Del romano cuchillo y brazos nuestros.
La fiera que
en la jaula está encerrada
Por su selvatoquez y fuerza dura,
Si puede allí con mano ser domada,
Y con el tiempo y medios de cordura,
Quien la dejase libre y desatada
Daría grandes muestras de locura.
Bestias sois, y, por tales, encerradas
Os tengo donde habéis de ser domadas.
Mía será Numancia a pesar
vuestro,
Sin que me cueste un mínimo soldado,
Y el que tenéis vosotros por más diestro,
Rompa por ese foso trincheado;
Y si en esto os parece que yo muestro
Un poco mi valor acobardado,
El viento lleve agora esta
vergüenza,
Y vuélvala la fama cuando venza.
Vanse CIPIÓN y los suyos, y dice CARAVINO.
CAR. ¿No escuchas más,
cobarde? ¿Ya te ascondes?
¿Enfádate la igual justa batalla?
Mal con tu nombradía correspondes;
Mal podrás de este modo sustentalla;
En fin, como cobarde me respondes.
Cobardes sois, romanos, vil canalla,
Con vuestra muchedumbre confiados,
Y no en los diestros brazos levantados.
En formado escuadrón,
o manga suelta
En la campaña rasa, do no pueda
Estorbar la mortal fiera revuelta
El ancho foso y muro que
la veda,
Será bien que, sin dar el pie la vuelta?
Y sin tener jamás la espada queda,
Ese ejército mucho bravo
vuestro
Se viera con el poco flaco nuestro;
Mas, como siempre estáis
acostumbrados
A vencer con ventajas y con mañas,
Estos conciertos, en valor fundados,
No los admiten bien vuestras marañas;
Liebres en pieles fieras
disfrazados,
Load y engrandeced vuestras hazañas,
Que espero en el gran Júpiter dejaros
Sujetos a Numancia y a sus fueros.
Vase, y torna a salir fuera con TEÓGENES, y
CARAVINO, y MARANDRO, y otros.
TEÓG. En términos nos tiene
nuestra suerte,
Dulces amigos, que sería ventura
De acabar nuestros daños con la muerte;
El desafío no ha importado un
cero;
¿De intentar qué me queda? No lo siento,
Uno es aceptar el fin postrero.
Esta noche se muestre el
ardimiento
Del numantino acelerado pecho,
Y póngase por obra nuestro intento.
El enemigo muro sea deshecho;
Salgamos a morir a la campaña,
Y no como cobardes en estrecho.
Bien sé que sólo sirve esta
hazaña
De que a nuestro morir se
mude el modo,
Que con ella la muerte se acompaña.
CAR. Con este parecer yo me acomodo;
Morir quiero rompiendo el fuerte muro,
Y deshacello por mi mano todo;
Mas tienen una cosa mal
siguro:
Que, si nuestras mujeres saben esto,
De que no haremos nada os aseguro.
Cuando otra vez tuvimos
presupuesto
De huírnos y dejallas, cada uno
Fiado en su caballo y vuelo presto,
Ellas, que el trato a ellas
importuno
Supieron, al momento nos robaron
Los frenos, sin dejarnos sólo uno.
Entonces el huír nos
estorbaron,
Y ansí lo harán agora fácilmente,
Si las lágrimas muestran que mostraron.
MAR. Nuestro disinio a todas es patente,
Todas lo saben ya, y no queda alguna
Que no se queje dello amargamente,
Y dicen que, en la buena o
ruin fortuna,
Quieren en vida o muerte acompañaros,
Aunque su compañía os sea importuna.
Entran cuatro mujeres de Numancia, cada una con un
niño en brazos y otros de las manos, y LIRA, doncella.
Veislas aquí do vienen a rogaros
No las dejéis en tantos embarazos;
Aunque seáis de acero han de ablandaros;
Los tiernos
hijos vuestros en los brazos
Las tristes traen: ¿no veis con qué
señales
De amor les dan los últimos abrazos?
M.1.ª ¿Qué pensáis, varones claros?
¿Revolvéis aún todavía
En la triste fantasía
De dejarnos y ausentaros?
¿Y a los libres hijos vuestros
Queréis esclavos dejallos?
¿No será mejor ahogallos
Con los propios brazos vuestros?
No apresuréis el camino
Al morir, porque su estambre
Cuidado tiene la hambre
De cercenarla contino.
M.3.ª Hijos de estas tristes madres,
¿Qué es esto? ¿Cómo no habláis
Y con lágrimas rogáis
Que no os dejen vuestros padres?
Baste que la hambre insana
Os acaben con dolor,
Sin esperar el rigor
De la aspereza romana.
Decildes que os engendraron
Libres, y libres nacistes,
Y que vuestras madres tristes
También libres os criaron.
Decildes que, pues la suerte
Nuestra va tan decaída,
Que, como os dieron la
vida,
Ansí mismo os den la muerte;
¡Oh muros de esta ciudad!
Si podéis hablar, decid,
Y mil veces repetid:
"¡Numantinos, libertad
Los templos, las casas
vuestras
Levantadas en concordia!
Hoy piden misericordia
Hijos y mujeres vuestras.
Ablandad, caros varones,
Esos pechos diamantinos,
Y mostrad, cual numantinos,
Amorosos corazones;
Que no por romper el muro
Se remedia un mal tamaño;
Antes en ello está el daño
Más propincuo y más seguro."
LIRA. También las tristes doncellas
Ponen en vuestra defensa
El remedio de su ofensa
Y el alivio a sus querellas.
Desesperación notoria
Es ésta que hacer queréis,
Adonde sólo hallaréis
Breve muerte y larga gloria.
Mas ya que salga mejor
Que yo pienso esta hazaña,
¿Qué ciudad hay en España
Que quiera daros favor?
Mi pobre ingenio os advierte
Que si hacéis esta salida,
Al enemigo dais vida
Y a toda Numancia muerte.
De vuestro acuerdo gentil
Los romanos burlarán;
Pero, decidme: ¿qué harán
Tres mil con ochenta mil?
Aunque tuviesen abiertos
Los muros y su defensa,
Seríades con ofensa
Mal vengados y bien muertos.
Mejor es que la ventura
O el daño que el cielo ordena,
O nos salve o nos condena
Dé la vida o sepoltura.
TEÓG. Limpiad los ojos húmidos del llanto,
Mujeres tiernas, y tené entendido
Que vuestra angustia la sentimos tanto,
Que responde al amor nuestro subido.
Ora crezca el dolor, ora el quebranto
Sea por nuestro bien disminuído,
Jamás en muerte o vida os dejaremos;
Antes en muerte y vida os serviremos.
Pensábamos salir al foso,
ciertos
Antes de allí morir que de escaparnos,
Pues fuera quedar vivos aunque muertos,
Si muriendo pudiéramos vengarnos;
Mas, pues nuestros
disinios descubiertos
Han sido, y es locura aventurarnos,
Amados y hijos y mujeres nuestras,
Nuestras vidas serán de hoy más las
vuestras.
Sólo se ha de mirar que el
enemigo
No alcance de nosotros triunfo o gloria;
Antes ha de servir él de testigo
Que aprueben y determinen la historia;
Y si todos venís en lo que digo,
Mil siglos durará nuestra memoria,
Y es que no quede cosa aquí en Numancia
De do el contrario pueda hacer ganancia.
En medio de la plaza se haga
un fuego,
En cuya ardiente llama licenciosa
Nuestras riquezas todas se echen luego,
Desde la pobre a la más rica cosa;
Y esto podréis tener a dulce juego,
Cuando os declare la intención honrosa
Que se ha de efectuar después que sea
Abrasada cualquier rica presea.
Y para entretener por algún
hora
La hambre que ya roe nuestros huesos,
Haréis descuartizar luego a la hora
Esos tristes romanos que están presos.
Y sin del chico al grande hacer mejora,
Repártase entre todos, que con esos
Será nuestra comida celebrada
Por España, cruel, necesitada.
CAR. Amigos, ¿qué os parece? ¿Estáis en esto?
Digo que a mí me tiene
satisfecho,
Y que a la ejecución se venga presto
De un tan extraño y tan honroso hecho.
TEÓG. Pues yo de mi intención os diré el resto:
Después que sea lo que digo hecho,
Vamos a ser ministros todos luego
De encender el ardiente y rico fuego.
M.1.ª Nosotras desde aquí ya comenzamos
A dar con voluntad nuestros arreos,
Y a las vuestras las vidas entregamos
Como se han entregado los deseos.
LIRA. Pues caminemos presto; vamos, vamos,
Y abrásense en un punto los trofeos
Que pudieran hacer ricas las manos,
Y aun hartar la codicia de romanos.
Vanse todos, y salen dos NUMANTINOS.
N.1.° ¡Derrama, dulce
hermano, por los ojos
El alma en llanto amargo convertida!
¡Venga la muerte y lleve los despojos
De nuestra miserable y triste vida!
N.2.° Bien poco durarán estos enojos;
Que ya la muerte viene apercebida
Para llevar en presto y breve vuelo
A cuantos pisan de Numancia el suelo.
En la plaza mayor ya levantada
Queda un ardiente y cudiciosa hoguera,
Que de nuestras riquezas menistrada,
Sus llamas suben a la cuarta esfera.
Allí, con triste priesa
acelerada
Y con mortal y tímida carrera,
Acuden todos, como santa ofrenda,
A sustentar las llamas con su hacienda.
Allí la perla del rosado Oriente,
Y el oro en mil vasijas fabricado,
Y el diamante y rubí más excelente,
Y la estimada púrpura y brocado,
En medio del rigor fogoso ardiente
De la encendida llama se ha arrojado:
Despojos que pudieran los romanos
Hinchir los senos y ocupar las manos.
Aquí salen con cargas de ropa por una parte y
éntranse, por otra.
Vuelve
al triste espectáculo la vista;
Verás con cuánta priesa y cuánta gana
Toda Numancia en numerosa vista
Aguija a sustentar la llama insana;
Y no con verde leño o seca arista,
No con materia al consumir liviana,
Sino con sus haciendas mal gozadas,
Pues se guardaron para ser quemadas.
N.1.° Si con esto acabara nuestro daño,
Pudiéramos llevallo con paciencia;
Mas, ¡ay!, que se ha de dar, si no me
engaño,
De que muramos todos cruel sentencia.
¡Primero que el rigor bárbaro extraño
Muestre en nuestras
gargantas su inclemencia,
Verdugos de nosotros nuestras manos
Serán, y no los pérfidos
romanos!
Han ordenado que no quede
alguna
Mujer, niño ni viejo con la vida,
Pues al fin la cruel hambre importuna
Con más fiero rigor es su homicida.
Sale una mujer con una criatura en los brazos y
otra de la mano, y ropa para echar en el fuego.
MADR. ¡Oh duro vivir
molesto!
¡Terrible y triste agonía!
HIJO. Madre, ¿por ventura, habría
Quien nos diese pan por esto?
MADR. ¿Pan, hijo? ¡Ni aun otra cosa
Que semeje de comer!
HIJO. Pues ¿tengo de fenecer
De dura hambre rabiosa?
¡Con poco pan que me deis,
Madre, no os pediré más!
MADR. Hijo, ¡qué pena me das!
HIJO. ¿Por qué, madre, no queréis?
MADR. Sí quiero; mas ¿qué haré,
Que no sé donde buscallo?
HIJO. Bien podréis, madre, comprallo;
Si no, yo lo compraré.
Mas, por quitarme de afán,
Si alguno conmigo topa,
Le daré toda esta ropa
Por un pedazo de pan.
MADR. ¿Qué mamas, triste criatura?
¿No sientes que, a mi despecho,
Sacas ya del flaco pecho,
Por leche, la sangre pura?
Lleva la carne a pedazos,
Y procura de hartarte,
Que no pueden ya llevarte
Mis flacos, cansados brazos.
Hijos, mi dulce alegría,
¿Con qué os podré sustentar,
Si apenas tengo qué os dar
De la propia sangre mía?
¡Oh hambre terrible y fuerte,
Cómo me acabas la vida!
¡Oh guerra, sólo venida
Para causarme la muerte!
HIJO. ¡Madre mía, que me fino!
Aguijemos. ¿A dó vamos,
Que parece que alargamos
La hambre con el camino?
MADR. Hijo, cerca está la plaza
Adonde echaremos luego
En mitad del vivo fuego
El peso que te embaraza.
Tocan al arma con gran priesa, y a este rumor sale
CIPIÓN, y IUGURTA, y MARIO, alborotados.
CIP. ¿ Qué es esto,
capitanes? ¿Quién nos toca
Al arma en tal sazón? ¿Es, por ventura,
Alguna gente desmandada y
loca
Que viene a demandar su sepoltura?
Mas no sea algún motín el que provoca
Tocar al arma en recia coyuntura:
Que tan seguro estoy del enemigo,
Que tengo más temor al que es amigo.
Sale QUINTO FABIO con el espada desnuda, y dice:
QUIN. Sosiega el pecho,
general prudente,
Que ya de esta arma la ocación se sabe,
Puesto que ha sido a costa de tu gente,
De aquel en quien más brío o fuerza cabe.
Dos numantinos con soberbia frente,
Cuyo valor será razón se alabe,
Saltando el ancho foso y la muralla,
Han movido a tu campo cruel batalla.
A las primeras guardas
envistieron,
Y en medio de mil lanzas se arrojaron,
Y con tal furia y rabia arremetieron,
Que libre paso al campo les dejaron.
Las tiendas de Fabricio acometieron,
Y allí su fuerza y su valor
mostraron
De modo, que en un punto seis soldados
Fueron de agudas puntas traspasados.
Con presta diligencia
discurriendo
Iban de tienda en tienda, hasta que
hallaron
Un poco de bizcocho, el cual cogieron;
El paso, y no el furor, atrás tornaron.
El uno de ellos se escapó huyendo;
nbsp; Al otro mil espadas le
acabaron,
Por donde infiero que la hambre ha sido
Quien les dió atrevimiento tan subido.
CIP. Si, estando deshambridos y encerrados,
Muestran tan demasiado atrevimiento,
¿Qué hicieran siendo libres y enterados
En sus fuerzas primeras y ardimiento?
¡Indómitos! ¡Al fin seréis domados,
Porque contra el furor vuestro violento
Se tiene de poner la industria nuestra,
Que de domar soberbios es maestra!
Vanse todos.
Sale una mujer, armada con una lanza en la mano y
un escudo, que significa la GUERRA, y trae consigo la ENFERMEDAD y la HAMBRE:
la ENFERMEDAD arrimada a una muleta y rodeada de paños la cabeza, con una
máscara amarilla; y la HAMBRE saldrá con un desnudillo de muerte, y encima, una
ropa de bocací amarilla y una máscara descolorida.
GUERR. Hambre, Enfermedad, ejecutores
De mis terribles mandos y severos,
De vidas y salud consumidores,
Con quien no vale ruego, mando o fieros,
Pues ya de mi intención sois sabidores,
No hay para qué de nuevo encareceros
De cuánto gusto me será y contento
Que luego, luego, hagáis mi mandamiento.
La fuerza incontrastable de
los hados,
Cuyos efectos nunca salen vanos,
Me fuerzan que de mí sean ayudados
Estos sagaces mílites romanos.
Ellos serán un tiempo
levantados,
Y abatidos también estos hispanos;
Pero tiempo vendrá en que yo me mude,
Y dañe al alto y al pequeño ayude;
Que yo, que soy la poderosa
Guerra,
De tantas madres desterrada en vano,
Aunque quien me maldice a veces yerra,
Pues no sabe el valor de esta mi mano,
Sé bien que en todo el orbe de la tierra,
Seré llevada del valor hispano
En la dulce ocasión que estén reinando
Un Carlos, y un Filipo, y un Fernando.
ENF. Si ya la Hambre, nuestra amiga querida.
No hubiera tomado con instancia
A su cargo de ser fiera homicida
De todos cuantos viven en Numancia,
Fuera de mí tu voluntad
cumplida,
De modo que se viera la ganancia
Fácil y rica que el romano
hubiera,
Harto mejor de aquello que se espera.
Mas ella, en cuanto su poder
alcanza,
Ya tiene tal el pueblo numantino,
Que de esperar alguna buena andanza,
Le ha tomado las sendas y el camino;
Mas del furor la rigurosa lanza,
La influencia del contrario sino,
Le trata con tan áspera violencia,
Que no es menester hambre ni dolencia.
El Furor y la Rabia, tus
secuaces,
Han tomado en su pecho
tal asiento,
Que, cual si fuese de romanas haces,
Cada cual de esa sangre está sediento.
Muertos, incendios, iras son sus paces;
En el morir han puesto su contento,
Y, por quitar el triunfo a los romanos,
Ellos mesmos se matan con sus manos.
HAMBR. Volved los ojos, y veréis ardiendo
De la ciudad los encumbrados techos.
Escuchad los suspiros que saliendo
Van de mil tristes, lastimados pechos.
Oíd la voz y lamentable estruendo
De bellas damas a quien, ya deshechos
Los tiernos miembros de ceniza y fuego,
No valen padre, amigo, amor ni ruego.
Cual salen las ovejas
descuidadas,
Siendo del fiero lobo acometidas,
Andar aquí y allí descarriadas,
Con temor de perder las simples vidas,
Tal niños y mujeres desdichadas,
Viendo ya las espadas homicidas,
Andan de calle en calle, ¡oh hado insano!,
Su cierta muerte dilatando en vano.
No hay plaza, no hay rincón, no hay calle
o casa
Que de sangre y de muertos no esté llena;
El hierro mata, el duro fuego abrasa,
Y el rigor ferocísimo condena.
Presto veréis que por el suelo tasa
Hasta la más subida y alta almena,
Y las casas y templos más
preciados
En polvo y en cenizas son tornados.
Venid; veréis que en los
amados cuellos
De tiernos hijos y mujer querida,
Teogenes afila agora y prueba en ellos
De su espada cruel corte homicida,
Y cómo ya, después de muertos ellos,
Estima en poco la cansada vida,
Buscando de morir un modo extraño,
Que causó en el suyo más de un daño.
GUERR. Vamos, pues, y ninguno se descuide
De ejecutar por eso aquí su fuerza,
Y a lo que digo sólo atienda y cuide,
Sin que de mi intención un punto tuerza.
Vanse, y sale TEÓGENES con dos espadas desnudas y
ensangrentadas las manos.
TEÓG. Sangre de mis entrañas
derramada,
Pues sois aquella de los hijos míos;
Mano, contra ti mesma
acelerada,
Llena de honrosos y crueles bríos;
Fortuna, en daño mío conjurada;
Cielos, de justa piedad vacíos:
Ofrecedme en tan dura, amarga suerte,
Alguna honrosa, aunque cercana muerte.
Valientes numantinos, haced
cuenta
Que yo soy algún pérfido romano,
Y vengad en mi pecho vuestra afrenta,
Ensangrentando en él espada y mano.
Una de estas espadas os presenta
Mi airada furia y mi
dolor insano;
Que, muriendo en batalla, no se siente
Tanto el rigor del último accidente.
Vase, y sale CIPIÓN, y IUGURTA, y QUINTO FABIO, y
MARIO, y ERMILIO y otros soldados romanos.
CIP. Si no me engaña el
pensamiento mío,
O salen mentirosas las señales
Que habéis visto en Numancia,
del estruendo
Y lamentable son, y ardiente llama,
Sin duda alguna que recelo
y temo
Que el bárbaro furor del enemigo
Contra su propio pecho no se vuelva.
Ya no parece gente en la muralla,
Ni suenan las usadas centinelas;
Todo está en calma y en silencio puesto,
Como si en paz tranquila y sosegada
Estuviesen los fieros numantinos.
MAR. Presto podrás salir de aquesa duda,
Porque, si tú lo quieres, yo me ofrezco
De subir sobre el muro, aunque me ponga
Al riguroso trance que se ofrece,
Sólo por ver aquello que en Numancia
Hacen nuestros soberbios enemigos.
CIP. Arrima, pues, ¡oh Mario!, alguna escala
A la muralla, y haz lo que prometes.
MAR. Id por la escala luego, y vos, Ermilio,
Haced que mi rodela se me traiga,
Y la celada blanca de las plumas;
Que a fe que tengo de
perder la vida
O sacar de esta duda al campo todo.
ERM. Ves aquí la rodela y la celada;
La escala vesla allí: la trajo Limpio.
MAR. Encomiéndame a Júpiter inmenso,
Que yo voy a cumplir lo prometido.
IUG. Alza más la rodela, Mario,
Encoge el cuerpo, y encubre la cabeza.
¡Animo, que ya llegas a lo
alto!
¿Qué ves?
MAR. !Oh
santos dioses! Y ¿ qué es esto?
IUG. ¿De qué te admiras?
MAR. De
mirar de sangre
Un rojo lago, y de ver mil cuerpos
Tendidos por las calles de Numancia,
De mil agudas puntas traspasados.
CIP. ¿Qué? ¿No hay ninguno vivo?
MAR.
¡Ni por pienso!
A lo menos, ninguno se me ofrece
En todo cuanto alcanzo con la vista.
CIP. Salta, pues, dentro, y mira por tu vida.
Salta MARIO en la ciudad. Síguele Iugurta y
al poco rato torna a salir el primero por la muralla,
y dice:
MAR. En balde, ilustre general
prudente,
Han sido nuestras fuerzas ocupadas.
En balde te has mostrado diligente,
Pues en humo y en viento son
tornadas
Las ciertas esperanzas de victoria,
De tu industria contino
aseguradas.
En lamentable fin la triste historia
De la ciudad invicta de Numancia
Merece ser eterna en la memoria;
Sacado han de su pérdida
ganancia;
Quitádote han el triunfo de las manos,
Muriendo con magnánima constancia;
Nuestros disinios han salido
vanos,
Pues ha podido más su honroso intento
Que toda la potencia de romanos.
El fatigado pueblo en fin
violento
Acaba la miseria de su vida,
Dando triste remate al largo cuento.
Numancia está en un lago
convertida,
De roja sangre y de mil cuerpos llena,
De quien fué su rigor propio homicida.
De la pesada y sin igual
cadena
Dura de esclavitud se han escapado
Con presta audacia, de temor ajena.
En medio de la plaza levantado
Está un ardiente fuego temeroso,
De sus cuerpos y haciendas sustentado.
Al tiempo llegué a verlo, que
el furioso
Teogenes, valiente numantino,
De fenecer su vida deseoso,
Maldiciendo su corto amargo
sino,
En medio se arrojaba de la llama,
Lleno de temerario desatino,
Y al arrojarse dijo:
"Clara fama,
Ocupa aquí tus lenguas y
tus ojos
En esta hazaña, que a contar te llama.
¡Venid, romanos, ya por los
despojos
Desta ciudad, en polvo y humo vueltos,
Y sus flores y frutos en abrojos!"
De allí, con pies y
pensamientos sueltos,
Gran parte de la tierra he rodeado,
Por las calles y pasos más revueltos,
Y un solo numantino no he
hallado
Que poderte traer vivo siquiera,
Para que fueras dél bien informado
Por qué ocasión, de qué suerte
o manera
Acometieron tan grave desvarío,
Apresurando la mortal carrera.
CIP. ¿Estaba, por ventura, el pecho mío
De bárbara arrogancia y muertes lleno,
Y de piedad justísima vacío?
¿Es de mi condición, por
dicha, ajeno
Usar benignidad con el rendido,
Como conviene al vencedor que es bueno?
¡Mal, por
cierto, tenían conocido
El valor en Numancia de mi pecho,
Para vencer y perdonar nacido!
QUIN. Iugurta te hará más satisfecho,
Señor, de aquello que saber deseas,
Que vesle vuelve lleno de despecho.
Asómase IUGURTA a la muralla.
IUG. Prudente general, en
vano empleas
Más aquí tu valor. Vuelve
a otra parte
La industria singular de que te arreas.
No hay en Numancia cosa en que
ocuparte.
Todos son muertos, y sólo uno creo
Que queda vivo para el trunfo darte,
Allí en aquella torre, según
veo.
Yo vi denantes un muchacho; estaba
Turbado en vista y de gentil arreo.
CIP. Si eso fuese verdad, eso bastaba
Para trunfar en Roma de Numancia,
Que es lo que más agora deseaba.
Lleguémonos allá, y haced
instancia
Como el muchacho venga aquestas manos
Vivo, que es lo que agora es de
importancia.
Dice VARIATO, muchacho, desde la torre:
VAR. ¿Dónde venís, o qué
buscáis, romanos?
Si en Numancia queréis entrar por fuerte,
Haréislo sin contraste, a pasos llanos;
Pero mi lengua desde aquí os
advierte
Que yo las llaves mal guardadas tengo
Desta ciudad, de quien trunfó la muerte.
CIP. Por ésas, joven, deseoso vengo,
Y más de que tú hagas insperiencia,
Si en este pecho piedad sostengo.
VAR. ¡Tarde, cruel, ofreces tu clemencia,
Pues no hay con quien usarla: que yo
quiero
Pasar por el rigor de la sentencia
Que con suceso amargo y
lastimero
De nuestros padres y
patria tan querida
Causó el último fin terrible y fiero!
QUIN. Dime: ¿tienes, por suerte,
aborrecida,
Ciego de un temerario desvarío,
Tu floreciente edad y tierna vida?
CIP. Tiempla, pequeño joven, templa el brío;
Sujeta el valor tuyo, que es pequeño,
Al mayor de mi honroso poderío;
Que desde aquí te doy la fee y
empeño
Mi palabra, que solo de ti seas
Tú mismo el propio, el conocido dueño;
Y que
de ricas joyas y preseas
Vivas lo que vivieres abastado,
Como yo podré darte y tú deseas,
Si a mí te entregas y te das de grado.
VAR. Todo el furor de cuantos ya son muertos
En este pueblo y en polvo reducido,
Todo el huir los
pactos y conciertos,
Ni el dar a sujeción jamás oído,
Sus iras, sus rancores descubiertos,
Está en mi pecho solamente unido.
Yo heredé de Numancia todo el brío;
Ved, si pensáis vencerme, es desvarío.
Patria querida, pueblo
desdichado,
No temas, ni imagines que admire
De lo que debo ser de ti engendrado,
Ni que promesa o miedo me retire,
Ora me falte el suelo, el cielo, el hado,
Ora vencerme todo el mundo aspire;
Que imposible será que
yo no haga
A tu valor la merecida paga.
Que si a esconderme aquí me
trujo el miedo
De la cercana y espantosa muerte,
Ella me sacará con más denuedo,
Con el deseo de seguir tu suerte;
De vil temor pasado, como puedo,
Será la enmienda agora osada y fuerte,
Y el temor de mi edad tierna, inocente
Pagaré con morir osadamente.
Yo os aseguro, ¡oh fuertes
ciudadanos!,
Que no falte por mí la intención vuestra
De que no triunfen pérfidos
romanos,
Si ya no fuere de ceniza nuestra.
Saldrán conmigo sus intentos vanos,
Ora levanten
contra mí su diestra,
O me aseguren con promesa incierta
A vida y a regalos ancha puerta.
Tened, romanos, sosegad el
brío,
Y no os canséis en asaltar
el muro;
Con que fuera mayor el poderío
Vuestro, de no vencerme estad seguro.
Pero muéstrese ya el intento mío,
Y si ha sido el amor perfecto y puro
Que yo tuve a mi patria tan querida,
Asegúrelo luego esta caída.
Arrójase el muchacho de la torre, y dice CIPIÓN:
CIP. ¡Oh! ¡Nunca vi tan
memorable hazaña!
¡Niño de anciano y valeroso pecho,
Que, no sólo a Numancia,
mas a España
Has adquirido gloria en este hecho!
Con tal vida y virtud heroica, extraña,
Queda muerto y perdido mi derecho.
Tú con esta caída levantaste
Tu fama, y mis victorias derribaste.
Que fuera viva y en su ser
Numancia,
Sólo porque vivieras me holgara;
Tú solo me has llevado la ganancia
Desta larga contienda, ilustre y rara;
Lleva, pues, niño, lleva la ganancia
Y la gloria que el cielo te prepara,
Por haber, derribándote, vencido
Al que, subiendo, queda más caído.
Salen MARTÍN CRESPO, alcalde, recién
elegido; su mozo Pedro de Urdemalas y SANCHO MACHO y DIEGO TARUGO,
regidores.
TAR. Plácenos, Martín
Crespo, del suceso;
Desechéisla por otra de brocado,
Sin que jamás un voto os salga avieso.
ALC. Diego Tarugo, lo que me ha costado
Aquesta vara, sólo Dios lo sabe,
Y mi vino y capones y ganado.
El que no te conoce, ese te
alabe,
deseo de mandar.
SANCH.
Yo aqueso digo;
Que sé que en él todo cuidado cabe.
Véala yo en poder de mi
enemigo,
Vara que es por presentes adquirida.
ALC. Pues ahora la tiene un vuestro amigo.
SANCH. De vos, Crespo, será tan bien regida,
Que no la doble dádiva ni ruego.
ALC. No, juro a mí, mientras tuviere vida.
Cuando mujer me informe,
estaré ciego;
Al ruego del hidalgo, sordo y mudo;
Que a la severidad todo me entrego.
TAR. Ya veo en vuestro tiempo, y no lo
dudo,
Sentencias de Salmón, el rey discreto,
Que el niño dividió con hierro agudo.
ALC. Al menos de mi parte, yo prometo
De arrimarme a la ley en cuanto pueda,
Sin alterar un mínimo decreto.
SANCH. Como yo lo deseo, así suceda,
Y adiós.
ALC. Fortuna os
tenga, Sancho Macho,
En la empinada cumbre de su rueda.
TAR. Sin que el temor o amor os ponga empacho,
Juzgad, Crespo, terrible y brevemente,
Que la tardanza en toda cosa tacho;
Y adiós quedad.
ALC. En
fin, sois buen pariente.
Entranse SANCHO MACHO y DIEGO TARUGO.
Pedro, que escuchando estás,
¿Cómo de mi buen suceso
El parabién no me das?
Ya soy alcalde y confieso
Que lo seré por demás,
Si tú no me das favor,
Y muestras algún primor
Con que juzgue rectamente;
Que te tengo por prudente,
Más que a un cura y a un doctor.
PEDR. Es aqueso tan verdad,
Cual lo dirá la experiencia,
Porque con facilidad
Luego os mostraré una ciencia,
Que os dé nombre y calidad.
Llegaraos Licurgo apenas,
Y la celebrada Atenas
Callará sus doctas leyes:
Envidiaros han los reyes
Y las escuelas más buenas.
Yo os meteré en la capilla
Dos docenas de sentencias
Que al mundo den maravilla,
Todas con sus diferencias
Civiles o de rencilla;
Y la que primero a mano
Os viniere, está bien llano
Que no ha de haber más que ver.
ALC. Desde hoy más, Pedro, has de ser,
No mi mozo, mas mi hermano.
Ven, y mostrarásme el modo
Como yo ponga en efeto
Lo que has dicho, en parte, o todo.
PEDR. Pues más cosas te prometo.
ALC. A cualquiera me acomodo.
Entranse el ALCALDE y PEDRO.
Salen otra vez SANCHO MACHO y TARUGO.
SANCH. Mirad, Tarugo, bien siento,
Que aunque el parabién le distes
A Crespo de su contento,
Otro paramal tuvistes
Guardado en el pensamiento;
Porque, en efeto, es mancilla
Que se rija aquesta villa
Por la persona más necia
Que hay desde Flandes a Grecia,
Y desde Egipto a Castilla.
TAR. Hoy mostrará la experiencia,
Buen regidor Sancho Macho,
Adónde llega la ciencia
De Crespo, a quien yo no tacho
Hasta la primera audiencia;
Y pues agora ha de ser,
Soy, Macho, de parecer,
Que le oigamos.
SANCH. Sea
así,
Aunque tengo para mí
Que un simple en él se ha de ver.
Entran LAGARTIJA y HORNACHUELOS, labradores.
HORN. ¿De quién, señores,
sabremos
Si el alcalde en casa está?
TAR. Aquí los dos le atendemos.
LAG. Señal es que aquí saldrá.
SANCH. Tan cierta, que ya le vemos.
Salen el ALCALDE y REDONDO, escribano, y PEDRO.
ALC. ¡Oh valientes
regidores!
RED. Siéntense vuesas mercedes.
ALC. Sin ceremonia, señores.
TAR. En cortés exceder puedes
A los corteses mayores.
ALC. Siéntese aquí el escribano,
Y a mi izquierda y diestra mano
Los regidores estén;
Y tú, Pedro, estarás bien
A mis espaldas.
PEDR.
Es llano.
Aquí en tu capilla están
Las sentencias suficientes
A cuantos pleitos vendrán,
Aunque nunca pares mientes
A la relación que harán.
Y si alguna no estuviere,
A tu asesor te refiere;
Que yo lo seré de modo
Que te saque bien de todo,
Y sea lo que se fuere.
RED. ¿Quieren algo, señores?
LAG. Sí
querríamos.
RED. Pues digan, que aquí está el señor alcalde,
Que les hará justicia rectamente.
ALC. Perdónemelo Dios lo que ahora digo,
Y no me sea tomado por soberbia:
Tan tiestamente pienso hacer justicia,
Como si fuese un sonador romano.
RED. Senador, Martín Crespo.
ALC. Allá
va todo.
Digan su pleito apriesa y brevemente;
Que apenas me le habrán
dicho, en mi ánima,
Cuando les dé sentencia rota y justa.
RED. Recta, señor alcalde.
ALC. Allá
va todo.
HORN. Prestóme Lagartija tres reales;
Volvíle dos; la deuda queda en uno,
Y él dice que le debo cuatro justos:
Este es el pleito, brevedad, y dije.
¿Es aquesto verdad, buen Lagartija?
LAG. Verdad; pero yo hallo por mi cuenta,
O que yo soy un asno, o que Hornachuelos
Me queda a deber cuatro.
ALC.
¡Bravo caso!
LAG. No hay más en nuestro pleito, y me rezumo
En lo que sentenciare el señor Crespo.
RED. Rezumo por resumo: allá va todo.
ALC. ¿Qué decís vos a esto, Hornachuelos?
HORN. No hay que decir: yo en todo me arremeto
Al señor Martín Crespo.
RED. Me
remito,
Pese a mi abuelo.
ALC. Dejadle
que arremeta;
¿Qué se os da a vos, Redondo?
RED. A
mí nonada.
ALC. Pedro, sácame, amigo, una sentencia
Desa capilla, la que está más cerca.
RED. Antes de ver el pleito ¿hay ya sentencia?
ALC. Ahí se podrá ver quién es Callejas.
PEDR. Léase esta sentencia, y punto en boca.
RED. "En el pleito que tratan N. y F..."
PEDR. Zutano con Fulano significan
La N. con la F. entre dos puntos.
RED. Así es verdad, y digo, "que en el pleito
Que trata este Fulano con Zutano,
Que debo condenar, fallo y condeno
Al dicho puerco de Zutano a muerte,
Porque fué matador de la criatura
Del ya dicho Fulano". Yo no atino
Qué disparate es éste deste puerco,
Y de tantos Fulanos y Zutanos;
Ni sé cómo es posible que esto cuadre
Ni esquine con el pleito de estos hombres.
ALC. Redondo está en lo cierto: Pedro amigo,
Mete la mano y saca otra sentencia;
Podría ser que fuese de provecho.
PEDR. Yo, que soy asesor vuestro, me atrevo
De dar sentencia luego cual convenga.
LAG. Por mí, mas que la dé un jumento nuevo.
SANCH. Digo que el asesor es extremado.
HORN. Sentencia, norabuena.
ALC. Pedro,
vaya,
Que en tu magín mi honra deposito.
PEDR. Deposite primero Hornachuelos,
Para mí el asesor, doce reales.
HORN. Pues sola la mitad importa el pleito.
PEDR. Así es verdad; que Lagartija el bueno
Tres reales de a dos os dió prestados,
Y destos le volvistes dos sencillos,
Y por aquesta cuenta
debéis cuatro,
Y no, cual decís vos, no más de uno.
LAG. Ello es ansí, sin que le falte cosa.
HORN. No lo puedo negar, vencido quedo,
Y pagaré los doce con los cuatro.
RED. Ensúciome en Catón y en Justiniano,
¡Oh Pedro de Urde, montañés famoso,
Que así lo muestra el nombre y el ingenio!
HORN. Yo voy por el dinero, y voy corrido.
LAG. Yo me contento con haber vencido.
Entranse LAGARTIJA y HORNACHUELOS.
Salen CLEMENTE y CLEMENCIA, hija de
Martín Crespo, como pastor y pastora, embozados.
CLEM. Permítase que hablemos embozados
Ante tan justiciero ayuntamiento.
ALC. Mas que habléis en un costal atados,
Porque a oír, y no a ver, aquí me siento.
CLEM. Los siglos, que renombre de dorados
Les dió la antigüedad, con justo intento,
Ya se ven en los nuestros, pues que vemos
En ellos de justicia los extremos.
Vemos un Crespo alcalde.
ALC.
Dios os guarde.
Dejad aquesas lonjas a una parte.
RED. Lisonjas decir quiso.
ALC. Y
porque es tarde,
De vuestro intento en breve nos dad parte.
CLEM. Con verdadera lengua, cierto alarde
Hace de lo que quiero, parte a parte.
ALC. Decid; que ni soy sordo, ni lo he sido.
CLEM. Desde mis tiernos años,
De mi fatal estrella conducido.
Sin las nubes de engaños,
El sol, que en este velo está escondido,
Miré para adoralle,
Porque esto hizo el que llegó a miralle.
Sus rayos se imprimieron
En lo mejor del alma, de tal modo,
Que en sí la convirtieron.
Todo soy fuego, yo soy fuego todo,
Y con todo, me hielo,
Si el sol me falta, que me eclipsa un
velo.
Grata correspondencia
Tuvo mi justo y mi cabal deseo;
Que amor me dió licencia
A hacer de mi alma rico empleo.
En fin, esta pastora,
Así como la adoro, ella me adora.
A hurto de su padre,
Que es de su libertad duro tirano,
Que ella no tiene madre,
De esposa me entregó la fe y la mano
Y agora, temerosa
Del padre, no confiesa ser mi esposa.
Teme que el padre rico
Se afrente de mi humilde medianía,
Porque hace el pellico
Al monje en esta edad de tiranía.
El me sobra en riqueza,
Pero no en la que da naturaleza.
Como él, yo soy tan bueno:
Tan rico no; y a su riqueza igualo
Con estar siempre ajeno
De todo vicio perezoso y malo,
Y entre buenos es fuero
Que valga la virtud más que el dinero.
Pido que ante ti vuelva
A confirmar el sí de ser mi esposa,
Y en serlo se resuelva,
Sin estar de su padre temerosa,
Pues que no aparta el hombre
A los que Dios juntó en su gracia y
nombre.
ALC. ¿Qué respondéis a esto,
Sol, que entre nubes se cubrió a deshora?
CLEM. Su proceder honesto
La tendrá muda, por mi mal, agora;
Pero señales puede
Hacer, con que su intento claro quede.
ALC. ¿Sois su esposa, doncella?
PEDR. La cabeza bajó; señal bien clara
Que no lo niega ella.
SANCH. Pues ¿en qué, Martín Crespo, se repara?
ALC. En que de mi capilla
Se saque la sentencia, y en oílla.
Pedro, sácala al punto.
PEDR. Yo sé que ésta saldrá pintiparada,
Porque, a lo que barrunto,
Siempre fué la verdad acreditada
Por atajo o rodeo,
Y esta sentencia lo dirá que leo.
Saca un papel de la capilla, y léele Pedro.
"Yo,
Martín Crespo, alcalde, determino
Que sea la pollina del pollino."
RED. Vaso de suertes es vuestra capilla:
Y ésta que ha sido agora pronunciada,
Aunque es para entre bestias, maravilla,
Y aun da muestras de ser cosa pensada.
CLEM. El alma en Dios, y en tierra la rodilla,
La vuestra besaré, como a extremada
Coluna que sustenta el edificio
Donde moran las ciencias y el juicio.
ALC. Puesto que redundara esta sentencia,
Hijo, en haberos dado el alma mía,
Porque no es otra cosa mi Clemencia,
Me fuera de gran gusto y alegría;
Y alégrenos agora la presencia
Vuestra, que está en razón y en cortesía,
Pues ya lo desleído y sentenciado
Será sin duda alguna ejecutado.
CLEM. Pues con ese seguro, padre mío,
El velo quito y a tus pies me postro.
Mal haces en usar deste desvío,
Pues soy tu hija y no espantable monstro;
Tú has dado la sentencia
a tu albedrío,
Y si es injusta, es bien que te dé en
rostro;
Pero si justa es, haz que se apruebe,
Con que a debida ejecución se lleve.
ALC. Lo que escribí, escribí: bien dices, hija;
Y así, a Clemente admito por mi hijo,
Y el mundo deste proceder colija,
Que más por ley que por pasión me rijo.
SANCH. No hay alma aquí que no se regocija
De vuestro no pensado regocijo.
TAR. Ni lengua que a Martín Crespo no alabe
Por hombre ingeniosísimo y que sabe.
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PÁGS. |
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LA GITANILLA |
5 |
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LA ILUSTRE FREGONA |
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HISTORIA DE LOS TRABAJOS DE PERSILES Y
SIGISMUNDA |
119 |
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NOVELA Y COLOQUIO QUE PASÓ |
181 |
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EL RETABLO DE LAS MARAVILLAS |
213 |
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EL CERCO DE NUMANCIA |
231 |
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PEDRO DE URDEMALAS |
275 |
End of the Project Gutenberg EBook of Novelas y
teatro, by Cervantes
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK NOVELAS Y
TEATRO ***


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