Libro N° 9562. Cuentos Valencianos. Blasco Ibáñez, Vicente.
© Libro N° 9562. Cuentos Valencianos. Blasco Ibáñez, Vicente. Emancipación.
Febrero 5 de 2022.
Título original: © Cuentos Valencianos. Vicente Blasco Ibáñez
Versión
Original: © Cuentos Valencianos. Vicente Blasco Ibáñez
Circulación conocimiento libre,
Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://www.gutenberg.org/files/66514/66514-h/66514-h.htm
Licencia Creative
Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el
nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Fondo:
https://i.pinimg.com/originals/10/91/c9/1091c9b191a2ac98e91bc7726f71da54.png
Portada E.O. de Imagen original:
https://www.gutenberg.org/files/66514/66514-h/images/cover.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
CUENTOS VALENCIANOS
Vicente Blasco Ibáñez
Cuentos Valencianos
Vicente Blasco Ibáñez
Title: Cuentos Valencianos
Author: Vicente Blasco Ibáñez
Release Date: October 11, 2021 [eBook #66514]
Language: Spanish
Character set encoding: UTF-8
Produced by: Ramón Pajares Box and the Online
Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was produced
from images generously made available by The Internet Archive/Canadian
Libraries)
*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK CUENTOS
VALENCIANOS ***
Nota de transcripción
·
Los errores de imprenta han sido corregidos.
·
La ortografía del texto original ha sido actualizada de acuerdo con las
normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
·
Se han puesto tildes a las mayúsculas; se han espaciado las rayas, salvo
las iniciales de diálogo; se ha completado el emparejamiento de las comillas y
de los signos de exclamación e interrogación.
·
Las páginas en blanco han sido eliminadas.
p. 1
CUENTOS VALENCIANOS
p. 2
OBRAS DEL MISMO AUTOR
· La condenada (cuentos).
· En el país del arte (viajes).
· Arroz y tartana (novela).
· Flor de Mayo (novela).
· La barraca (novela).
· Entre naranjos (novela).
· Sónnica la cortesana (novela).
· Cañas y barro (novela).
· La Catedral (novela).
· El Intruso (novela).
· La Bodega (novela).
· La Horda (novela).
· La maja desnuda (novela).
· Oriente (viajes).
· Sangre y arena (novela).
· Los muertos mandan (novela).
· Luna Benamor (novela).
ARGENTINA Y SUS GRANDEZAS
OBRAS TRADUCIDAS DEL AUTOR
Terres maudites (Traducción de G. Hérelle),
París.
Fleur de Mai (Traducción de G. Hérelle),
París.
Boue et Roseaux (Traducción de Maurice Bixio),
París.
Contes Espagnols (Traducción de G. Menetrier),
París.
Dans l’ombre de la cathédrale (Traducción de
G. Hérelle), París.
Terras malditas (Traducción de Napoleão
Toscano), Lisboa.
A Cathedral (Traducción de Riveiro de Carvalho
y Moraes Rosa), Lisboa.
Die Kathedrale (Traducción de Josy Priems),
Zurich.
Flor de Mayo (Traducción de Josy Priems),
Zurich.
Erdfluch (Traducción de Wilhelm Thal), Berlín.
Schilfund Schlamm (Traducción de Wilhelm
Thal), Berlín.
Der Eindringling (Traducción de J. Broutá),
Berlín.
De Vloek (Traducción del doctor A. A. Fokker),
Haarlem.
Waar Oranjeboomen Bloeien (Traducción del Dr.
A. A. Fokker), Amsterdam.
Chalupa (Traducción de A. Pikhart), Praga.
Marná Chlouba (Traducción de A. Pikhart),
Praga.
Ah, il pane!... (Traducción de F. Gelormini),
Palermo.
Hvad en Mand har at gove (Traducción de
Johanne Allen), Copenhague.
Vinnyi Sklad (Traducción de M. Watson),
Petersburgo.
Bodega (Traducción de K. G.), Petersburgo.
Prokliatac Pole (Traducción de M. Watson),
Petersburgo.
Sobor (Traducción de M. Watson), Petersburgo.
Duoyñoy vistrel (Traducción de M. Watson),
Petersburgo.
Geleznodorognoy Zaiaz (Traducción de M.
Watson), Petersburgo.
Naloguiza obnagnenaia (Traducción de M.
Watson), Petersburgo.
Arènes sanglantes (Traducción de G. Hérelle),
París.
La Horde (Traducción de G. Hérelle), París.
A cortezan de Sagunto (Traducción de Riveiro
de Carvalho y Moraes Rosa), Lisboa.
O Intruso (Traducción de Carvalho), Lisboa.
p. 3
V. Blasco Ibáñez
CUENTOS VALENCIANOS
F. Sempere y Compañía, Editores
VALENCIA
p. 4Esta Casa Editorial obtuvo Diploma de Honor y Medalla de Oro en
la Exposición Regional de Valencia de 1909 y Gran Premio de Honor en la
Internacional de Buenos Aires de 1910.
Derechos de traducción reservados en todos los países,
incluso Suecia y Noruega.
Imp. de la Casa Editorial F. Sempere y Comp.ª — Valencia
p. 5
CUENTOS VALENCIANOS
Dimòni
I
Desde Cullera a Sagunto, en toda la valenciana vega no había pueblo ni
poblado donde no fuese conocido.
Apenas su dulzaina sonaba en la plaza, los muchachos corrían desalados,
las comadres llamábanse unas a otras con ademán gozoso y los hombres
abandonaban la taberna.
—¡Dimòni! ¡Ya está ahí Dimòni!
Y él, con los carrillos hinchados, la mirada vaga perdida en lo alto y
soplando sin cesar en la picuda dulzaina, acogía la rústica ovación con la
indiferencia de un ídolo.
Era popular y compartía la general admiración con aquella dulzaina
vieja, resquebrajada, la eterna compañera de susp. 6 correrías, la que,
cuando no rodaba en los pajares o bajo las mesas de las tabernas, aparecía
siempre cruzada bajo el sobaco, como si fuera un nuevo miembro creado por la
Naturaleza en un acceso de filarmonía.
Las mujeres, que se burlaban de aquel insigne perdido, habían hecho un
descubrimiento: Dimòni era guapo. Alto, fornido, con la cabeza
esférica, la frente elevada, el cabello al rape y la nariz de curva audaz,
tenía en su aspecto reposado y majestuoso algo que recordaba al patricio
romano, pero no de aquellos que en el período de austeridad vivían a la
espartana y se robustecían en el Campo de Marte, sino de los otros, de aquellos
de la decadencia, que en las orgías imperiales afeaban la hermosura de raza colorando
su nariz con el bermellón del vino y deformando su perfil con la colgante
sotabarba de la glotonería.
Dimòni era un borracho. Los privilegios de su
dulzaina, que por lo maravillosos le habían valido el apodo, no llamaban tanto
la atención como las asombrosas borracheras que pillaba en las grandes fiestas.
Su fama de músico le hacía ser llamado por los clavarios de todos los
pueblos, y veíasele llegar carretera abajo siempre erguido y silencioso, con la
dulzaina en el sobaco, llevando al lado, como gozquecillop. 7 obediente,
al tamborilero, algún pillete recogido en los caminos, con el cogote pelado por
los tremendos pellizcos que al descuido le largaba el maestro cuando no
redoblaba sobre el parche con brío, y que si cansado de aquella vida nómada
abandonaba al amo, era después de haberse hecho tan borracho como él.
No había en toda la provincia dulzainero como Dimòni; pero
buenas angustias les costaba a los clavarios el gusto de que tocase en sus
fiestas. Tenían que vigilarlo desde que entraba en el pueblo, amenazarle con un
garrote para que no entrase en la taberna hasta terminada la procesión, o
muchas veces, por un exceso de condescendencia, acompañarle dentro de aquella
para detener su brazo cada vez que lo tendía hacia el porrón. Aun así
resultaban inútiles tantas precauciones, pues más de una vez, marchando grave y
erguido, aunque con paso tardo, ante el estandarte de la cofradía,
escandalizaba a los fieles rompiendo a tocar la Marcha Real frente
al ramo de olivo de la taberna, y entonando después el melancólico De
profundis cuando la peana del santo patrono volvía a entrar en la
iglesia.
Y estas distracciones de bohemio incorregible, estas impiedades de
borracho,p. 8 alegraban a la gente. La chiquillería pululaba en torno de
él, dando cabriolas al compás de la dulzaina y aclamando a Dimòni;
y los solteros del pueblo se reían de la gravedad con que marchaba delante de
la cruz parroquial y le enseñaban de lejos un vaso de vino, invitación a la que
contestaba con un guiño malicioso, como si dijera: «Guardadlo para después».
Ese después era la felicidad de Dimòni, pues representaba el
momento en que, terminada la fiesta y libre de la vigilancia de los clavarios,
entraba en posesión de su libertad en plena taberna.
Allí estaba en su centro, junto a los toneles pintados de rojo oscuro,
entre las mesillas de cinc jaspeadas por las huellas redondas de los vasos,
aspirando el tufillo del ajoaceite, del bacalao y las sardinas fritas que se
exhibían en el mostrador tras mugriento alambrado, y bajo los suculentos
pabellones que formaban, colgando de las viguetas, las ristras de morcillas
rezumando aceite, los manojos de chorizos moteados por las moscas, las oscuras
longanizas y los ventrudos jamones espolvoreados con rojo pimentón.
La tabernera sentíase halagada por la presencia de un huésped que
llevaba tras sí la concurrencia, e iban entrando los admiradoresp. 9 a
bandadas; no habían bastantes manos para llenar porrones; esparcíase por el
ambiente un denso olor de lana burda y sudor de pies, y a la luz del humoso
quinqué veíase a la respetable asamblea, sentados unos en los cuadrados
taburetes de algarrobo con asiento de esparto y otros en cuclillas en el suelo,
sosteniéndose con fuertes manos las abultadas mandíbulas, como si estas fueran
a desprenderse de tanto reír.
Todas las miradas estaban fijas en Dimòni y su
dulzaina.
—¡L’agüela! ¡Fes l’agüela!
Y Dimòni, sin pestañear, como si no hubiera oído la petición
general, comenzaba a imitar con su dulzaina el gangoso diálogo de dos viejas,
con tan grotescas inflexiones, con pausas tan oportunas, con escapes de voz tan
chillones, que una carcajada brutal e interminable conmovía la taberna,
despertando a las caballerías del inmediato corral, que unían a la baraúnda sus
agudos relinchos.
Después le pedían que imitase a La Borracha, una mala piel
que iba de pueblo en pueblo vendiendo pañuelos y gastándose las ganancias en
aguardiente. Y lo mejor del caso es que casi siempre estaba presente la aludida
y era la primera en reírse de la gracia con que el dulzainero imitaba susp. 10 chillidos
al pregonar la venta y las riñas con las compradoras.
Pero cuando se agotaba el repertorio burlesco, Dimòni,
soñoliento por la digestión del alcohol, lanzábase en su mundo imaginario, y
ante su público silencioso y embobado, imitaba la charla de los gorriones, el
murmullo de los campos de trigo en los días de viento, el lejano sonar de las
campanas, todo lo que le sorprendía cuando por las tardes despertaba en medio
del campo sin comprender cómo le había llevado allí la borrachera pillada la
noche anterior.
Aquellas gentes rudas no se sentían ya capaces de burlarse de Dimòni,
de sus soberbias chispas ni de los repelones que hacía sufrir al tamborilero.
El arte, algo grosero, pero ingenuo y genial de aquel bohemio rústico, causaba
honda huella en sus almas vírgenes y miraban con asombro al borracho que, al
compás de los arabescos impalpables que trazaba con su dulzaina, parecía
crecerse, siempre con la mirada abstraída, grave, sin abandonar su instrumento
más que para coger el porrón y acariciar su seca lengua con el glu-glu del
hilillo del vino.
Y así estaba siempre. Costaba gran trabajo sacarle una palabra del
cuerpo. De élp. 11 sabíase únicamente por el rumor de su popularidad que
era de Benicófar, que allá vivía en una casa vieja, que conservaba aún porque
nadie le daba dos cuartos por ella, y que se había bebido, en unos cuantos
años, dos machos, un carro y media docena de campos que heredó de su madre.
¿Trabajar? No, y mil veces no. Él había nacido para borracho. Mientras
tuviese la dulzaina en las manos, no le faltaría pan, y dormía como un príncipe
cuando, terminada una fiesta y después de soplar y beber toda la noche, caía
como un fardo en un rincón de la taberna o en un pajar del campo, y el pillete
tamborilero, tan ebrio como él, se acostaba a sus pies cual un perrillo
obediente.
II
Nadie supo cómo fue el encuentro; pero era forzoso que ocurriera, y
ocurrió. Dimòni y La Borracha se juntaron y
se confundieron.
Siguiendo su curso por el cielo de la borrachera, rozáronse para marchar
siempre unidos el astro rojizo de color de vinop. 12 y aquella estrella
errante, lívida como la luz del alcohol.
La fraternidad de borrachos acabó en amor, y fuéronse a sus dominios de
Benicófar a ocultar su felicidad en aquella casucha vieja, donde por las
noches, tendidos en el suelo del mismo cuarto donde había nacido Dimòni,
veían las estrellas que parpadeaban maliciosamente a través de los grandes
boquetes del tejado, adornados con largas cabelleras de inquietas plantas.
Aquella casa era una muela vieja y cariada que se caía en pedazos. Las noches
de tempestad tenían que huir como si estuvieran a campo raso, perseguidos por
la lluvia, de habitación en habitación, hasta que por fin encontraban en el
abandonado establo un rinconcito donde entre polvo y telarañas florecía su
extravagante primavera de amor.
¡Casarse!... ¿para qué? ¡Valiente cosa les importaba lo que dijera la
gente! Para ellos no se habían fabricado las leyes ni los convencionalismos
sociales. Les bastaba el amarse mucho, tener un mendrugo de pan a mediodía, y
sobre todo algún crédito en la taberna.
Dimòni mostrábase absorto, como si ante su vista se
hubiese abierto ignorada puerta mostrándole una felicidad tan inmensa como
desconocida. Desde la niñez,p. 13 el vino y la dulzaina habían absorbido
todas sus pasiones; y ahora, a los veintiocho años, perdía su pudor de borracho
insensible, y como uno de aquellos cirios de fina cera que llameaban en las
procesiones, derretíase en brazos de La Borracha, sabandija
escuálida, fea, miserable, ennegrecida por el fuego alcohólico que ardía en su
interior, apasionada hasta vibrar como una cuerda tirante, y que a él le
parecía el prototipo de la belleza.
Su felicidad era tan grande, que se desbordaba fuera de la casucha.
Acariciábanse en medio de las calles con el impudor inocente de una pareja
canina, y muchas veces, camino de los pueblos donde se celebraba fiesta, huían
a campo traviesa, sorprendidos en lo mejor de su pasión por los gritos de los
carreteros, que celebraban con risotadas el descubrimiento. El vino y el amor
engordaban a Dimòni; echaba panza, iba de ropa más bien cuidado que
nunca y sentíase tranquilo y satisfecho al lado de La Borracha, aquella
mujer cada vez más seca y negruzca que, pensando únicamente en cuidarle, no se
ocupaba en remendar las sucias faldillas que se escurrían de sus hundidas
caderas.
No le abandonaba. Un buen mozo como él estaba expuesto a peligros; y no
satisfechap. 14 con acompañarle en sus viajes de artista, marchaba a su
lado al frente de la procesión, sin miedo a los cohetes y mirando con cierta
hostilidad a todas las mujeres.
Cuando La Borracha quedó embarazada, la gente se moría
de risa, comprometiéndose con ello la solemnidad de las procesiones.
En medio él, erguido, con expresión triunfante, con la dulzaina hacia
arriba como si fuese una descomunal nariz que olía al cielo; a un lado el
pillete, haciendo sonar el tamboril, y al opuesto La Borracha,
exhibiendo con satisfacción, como un segundo tambor, aquel vientre que se
hinchaba cual globo próximo a estallar, que la hacía ir con paso tardo y
vacilante y que en su insolente redondez subía escandalosamente el delantero de
la falda, dejando al descubierto los hinchados pies bailoteando en viejos zapatos
y aquellas piernas negras, secas y sucias como los palillos que movía el
tamborilero.
Aquello era un escándalo, una profanación, y los curas de los pueblos
sermoneaban al dulzainero:
—Pero ¡gran demonio! Cásate al menos, ya que esa perdida se empeña en no
dejarte ni aun en la procesión. Yo me encargaré de arreglaros los papeles.
p. 15Pero aunque él decía a todo que sí, maldito lo que le seducía la
proposición. ¡Casarse ellos! ¡Bueno va!... ¡cómo se burlaría la gente! Mejor
estaban así las cosas.
Y en vista de su tozuda resistencia, si no le quitaron las fiestas, por
ser el más barato y mejor de los dulzaineros, despojáronle de todos los honores
anexos a su cargo, y ya no comió más en la mesa de los clavarios, ni se le dio
el pan bendito, ni se permitió que entrasen en la iglesia el día de la fiesta
semejante par de herejazos.
III
Ella no fue madre. Cuando llegó el momento, arrancaron en pedazos, de
sus entrañas ardientes, aquel infeliz engendro de la embriaguez.
Y tras el feto monstruoso y sin vida, murió la madre ante la mirada
asombrada de Dimòni, que, al ver extinguirse aquella vida sin
agonía ni convulsiones, no sabía si su compañera se había ido para siempre o si
acababa de dormirse como cuando rodaba a sus pies la botella vacía.
p. 16El suceso tuvo resonancia, y las comadres de Benicófar se agrupaban
a la puerta de la casucha para ver de lejos a La Borracha tendida
en el ataúd de los pobres y a Dimòni en cuclillas junto a la
muerta, voluminoso, lloriqueando y con la cerviz inclinada, como un buey
melancólico.
Nadie del pueblo se dignó entrar en la casa. El duelo se componía de
media docena de amigos de Dimòni, haraposos y tan borrachos como
este, que pordioseaban por los caminos, y del sepulturero de Benicófar.
Pasaron la noche velando a la difunta, yendo por turno cada dos horas a
aporrear la puerta de la taberna pidiendo que les llenasen una enorme bota, y
cuando el sol entró por las brechas del tejado, despertaron todos, tendidos en
torno de la difunta, ni más ni menos que los domingos por la noche cuando en
fraternal confianza caían en algún pajar a la salida de la taberna.
¡Cómo lloraban todos!... Y ahora la pobrecita estaba allí en el cajón de
los pobres, tranquila como si durmiera, y sin poder levantarse a pedir su
parte. ¡Oh, lo que es la vida!... ¡Y en esto hemos de parar todos!
Y los borrachos lloraron tanto, que al conducir el cadáver al cementerio
todavía les duraba la emoción y la embriaguez.
Todo el vecindario presenció de lejos elp. 17 entierro. Las buenas
almas reían como locas ante espectáculo tan grotesco.
Los amigotes de Dimòni marchaban con el ataúd al
hombro, dando traspiés que hacían mecerse rudamente la fúnebre caja como un
buque viejo y desarbolado. Y detrás de aquellos mendigos iba Dimòni con
su inseparable instrumento bajo el sobaco, siempre con aquel aspecto de buey
moribundo que acababa de recibir un tremendo golpe en la cerviz.
Los chiquillos gritaban y daban cabriolas ante el ataúd, como si aquello
fuese una fiesta, y la gente reía, asegurando que lo del parto era una farsa y
que La Borracha había muerto de un hartazgo de aguardiente.
Los lagrimones de Dimòni también hacían reír. ¡Valiente
pillo! Aún le duraba el cañamón de la noche anterior y lloraba
lágrimas de vino al pensar que ya no tendría una compañera en sus borracheras
nocturnas.
Todos le vieron volver del cementerio, donde por compasión habían
permitido el entierro de aquella gran perdida, y le vieron también cómo con sus
amigotes, incluso el enterrador, se metía en la taberna para agarrar el porrón
con las manos sucias de la tierra de las tumbas.
p. 18Desde aquel día, el cambio fue radical. ¡Adiós, excursiones
gloriosas, triunfos alcanzados en las tabernas, serenatas en las plazas y
toques estruendosos en las procesiones! Dimòni no quería salir
de Benicófar, ni tocar en las fiestas. ¿Trabajar?... eso para los imbéciles.
Que no contasen con él los clavarios; y para afirmarse más en esta resolución,
despidió al último tamborilero, cuya presencia le irritaba.
Tal vez en sus ensueños de borracho melancólico había pensado, mirando
el hinchado vientre de La Borracha, en la posibilidad de que con el
tiempo un muchacho panzudo con cara de pillo, un Dimoniet,
acompañase golpeando el parche las escalas vibrantes de su dulzaina. Ahora sí
que estaba solo. Había conocido la dicha para que después su situación fuese
más triste. Había sabido lo que era amor para conocer el desconsuelo; dos cosas
cuya existencia ignoraba antes de tropezar con La Borracha.
Entregose al aguardiente con el mismo fervor que si rindiera un tributo
fúnebre a la muerta; iba roto, mugriento, y no podía revolverse en su casucha
sin notar la falta de aquellas manos de bruja, secas y afiladas como garras,
que tenían para él cuidados maternales.
p. 19Como un búho, permanecía en el fondo de su guarida mientras
brillaba el sol, y a la caída de la tarde salía del pueblo cautelosamente, como
ladrón que va al acecho, y por una brecha del muro se colaba en el cementerio,
un corral de suelo ondulado que la Naturaleza igualaba con matorrales, en los
que pululaban las mariposas.
Y por la noche, cuando los jornaleros retrasados volvían al pueblo con
la azada al hombro, oían una musiquilla dulce e interminable que parecía salir
de las tumbas.
—¡Dimòni!... ¿Eres tú?
La musiquilla callaba ante los gritos de aquella gente supersticiosa,
que preguntaba por ahuyentar su miedo.
Y luego, cuando los pasos se alejaban, cuando se restablecía en la
inmensa vega el susurrante silencio de la noche, volvía a sonar la musiquilla,
triste como un lamento, como el lloriqueo lejano de una criatura llamando a la
madre que jamás había de volver.
p. 21
¡Cosas de hombres!...
Cuando Visentico, el hijo de la siñá Serafina, volvió
de Cuba, la calle de Borrull púsose en conmoción.
En torno de su petaca, siempre repleta de picadura de la Habana,
agrupábase la chavalería del barrio, ansiosa de liar pitillos y escuchar
estupendas historias con credulidad asombrosa.
—En Matanzas tuve yo una mulatita que quería nos casáramos lueguito...
lueguito. Tenía millones, pero yo no quise porque me tira mucho esta tierresita.
Y esto era mentira. Seis años había permanecido fuera de Valencia, y
decía tener olvidado el valenciano, a pesar de lo mucho que le tiraba
la tierresita. Había salido de allí con lengua, y volvía con un merengue
derretido, a través del cual las palabras tomaban el tono empalagoso de una
flauta melancólica.
p. 22Por su lenguaje y las mentiras de grandiosidad con que asombraba a
la crédula chavalería, Visentico era el soberano de la calle, el motivo de
conversación de todo el barrio. Su casaquilla de hilo rayado con vivos rojos,
el bonete de cuartel, el pañuelo de seda al cuello, la banda dorada al pecho
con el canuto de la licencia, la tez descolorida, el bigotillo picudo y la
media romana de corista italiano, habíanse metido en el corazón de todas las
chavalas y lo hacían latir con un estrépito solo comparable al fru-fru de
sus faldas de percal, almidonadas en los bajos hasta ser puro cartón.
La siñá Serafina estaba orgullosa de aquel hijo que la
llamaba mamá. Ella era la encargada de hacer saber a las vecinas
las onzas de oro que Visentico había traído de allá, y al número que marcaba,
ya bastante exagerado, la gente añadía ceros sin remordimiento. Además, se
hablaba con respeto supersticioso de cierto papelote que el licenciado
guardaba, y en el cual el Estado se comprometía a dar tanto y cuanto... cuando
mudase de fortuna.
No era extraño, pues, que un hombre de tantas prendas, rodeado del
ambiente de la popularidad y poseedor de irresistibles seducciones, trajese
loca a Pepeta (a) La Buena Mosa, una vaca brava que por lasp.
23 mañanas revendía fruta en el Mercado, y con su falda acorazada, pañuelo
de pita, patillas en las sienes y puntas de bandolina en la frente, pasaba la
vida a la puerta de su casa, tan dispuesta a arañarse con la primera vecina
como a conmover toda la calle con alguno de sus escándalos de muchachota cerril.
La gente consideraba naturales y justas las relaciones cada vez más
íntimas entre Visentico y Pepeta. Eran la pareja más distinguida del barrio, y
además, antes de que él se fuese a Cuba ya se susurraba si había algo entre
ellos.
Lo que ya no le parecía tan claro a la gente es lo que diría el Menut,
un chicuelo enteco y vicioso, empleado en el Matadero para repartir la carne;
un pillete con la mirada atravesada y grandes tufos en las orejas, que siempre
iba hecho un asco, y de quien se murmuraba si en distintas ocasiones había
afanado borregos enteros.
La Pepeta estaba loca; solo una caprichosa como ella podía haber
aguantado dos años los celos machacones y las exigencias tiránicas de un
granuja rabiosillo, al que ella con su potente brazo de buena moza era capaz de
deshacer la cara de un solo revés.
Y ahora iba a ocurrir algo. ¡Vaya si ocurriría! Adivinábanlo los vecinos
solo conp. 24 ver al Menut, quien con aspecto de perro
abandonado pasaba el día vagando por la calle, tan pronto en el cafetín
de Panchabruta como frente a la casa de Pepeta, siempre sucio,
con la camiseta listada de azul y la blusa al cuello impregnadas de la
hediondez de la sangre seca.
Ya no repartía carneros a los cortantes de la ciudad; olvidaba su
carrito mugriento, y embrutecido por la sorpresa, queriendo llenar aquel algo
que le faltaba, solo sabía beberse águilas en el cafetín o ir
tras Pepeta, humilde, cobarde, encogido, expresándose con la mirada más que con
la lengua. Pero ella estaba ya despierta. ¿Dónde había tenido los ojos?...
Ahora le parecía imposible que hubiese querido a aquel bruto, sucio y borrachín.
¡Qué abismo entre él y Visentico!... una figura de general, un chico muy
gracioso en el habla, que cantaba guajiras y bailaba el tango como un ángel, y
que, en fin, si no tenía millones y una mulata, ya se sabía que era por lo
mucho que le tiraba la tierresita.
Indignábase al ver que aquel granujilla, forrado en la mugre de la carne
muerta, aún tenía la pretensión de que continuase lo que solo había sido un
capricho... una condescendencia compasiva... ¡Arre allá! Cuando no manifestase
su cariño con zarpadasp. 25 y aprendiese a decirla ¡flor de guayaba! y
¡mulatita! como el otro, entonces podría ponerse en su presencia.
La buena moza fue inflexible, acabó por no escuchar, y desde entonces la
calle de Borrull tuvo un alma en pena, que fue el Menut.
En las noches de verano, cuando el calor arrojaba a las familias en
medio de la calle y se formaban corros en torno de las cenas servidas sobre
mesitas de zapatero, la gente veía pasar al celoso chiquillo recatándose en la
sombra, misterioso y fatídico como un traidor de melodrama.
La aparición terrorífica pasaba varias veces ante la puerta de Pepeta,
lanzando miradas espeluznantes al coro que hacía la corte a la buena moza, y
después desvanecíase por un escotillón: el cafetín donde el Menut,
cual nuevo Prometeo, entregaba sus entrañas a las rampantes garras de las águilas amílicas.
¡Qué noches aquellas! Los nuevos amores de Pepeta tenían la acera por
escenario y por coro aquel corrillo donde sonaba el acordeón, y ella recibía
honores de reina festejada. A su lado, la madre, una vieja insignificante que
no abría la boca sin recibir un bufido de Pepeta.
La calle, tostada todo el día por el sol,p. 26 revivía con los
primeros soplos de la noche.
Los lóbregos faroles, cuyos palmitos de gas parecían pintados en la
pared con almazarrón, dejábanlo todo en fresca penumbra; en las puertas
destacábanse las manchas blancas de la gente casi en paños menores: chorreaban
rítmicamente los balcones con el riego de las plantas; en cada balaustrada
asomaba un botijo, y de arriba, de aquel cielo oscuro que parecía un lienzo
apollillado transparentando lejana luz, descendía un soplo húmedo que reanimaba
a la tierra, arrancándola suspiros de vida.
En todas las puertas sonaban el acordeón con su chillona melancolía, la
guitarra con su rasgueo soñador, el canto a coro desentonado y estridente, y
algunas veces en las esquinas estallaba una tempestad de aullidos, el estrépito
de la lucha cuerpo a cuerpo, y los antipáticos perros chatos chocaban sus
amenazantes cabezas de foca, hasta que el silletazo de algún vecino de buena
voluntad los ponía en dispersión.
Despedazábanse en los corros enormes sandías; hundíanse las bocas en
tajadas como medias lunas; pringábanse las caras con el rojo zumo; extendíanse
los arrugados moqueros bajo la barba para no mancharse, y al fin, la gente, con
el vientre hinchado de agua, sumíase en dulce beatitud,p. 27 escuchando
como angélicas melodías los arañazos de los acordeones.
Y a esta hora de digestión líquida, al cantar el sereno las once y estar
los corrillos más animados, era cuando a lo lejos la difusa luz de los faroles
marcaba algo que se aproximaba balanceándose, trazando zigzags como una barca
sin timón, echando la pesada ancla en cada esquina.
Era el padre de Pepeta, que con la gorra desmayada y el pañuelo de
hierbas en una mano volvía de la taberna. Saludaba a la reunión con tres
gruñidos, despreciaba las insolencias de la hija, y se hundía por fin en la
oscuridad de su casa, maldiciendo a los avaros caseros que, para fastidiar a
los pobres, hacen siempre las puertas estrechas.
En aquellas horas de regocijo público, en medio de la calle, acariciados
por la expansión de todos los vecinos, se arrullaban el licenciado y Pepeta;
él, dulzón y empalagoso, hablándole al oído; ella, grave, estirada y seria,
apretando los labios como si estuviera ofendida, porque una chavala que se
respete debe poner siempre al novio cara de perro. Los hombres son muy
presuntuosos, y si llegan a comprender que una está chiflada por ellos... ya,
ya.
Y mientras tanto, la pobre alma en penap. 28 a la puerta del
cafetín, con la garganta abrasada por el amílico y el corazón en un puño,
oyendo de cerca las bromitas de sus amigachos y a lo lejos las canciones del
corro de Pepeta, unos retazos de zarzuela repetidos con monotonía abrumadora.
Pero ¡qué cargantes eran los amigos del cafetín! ¿Que Pepeta no le
quería ya? Bueno; dale expresiones... ¿Que él era un chiquillo y le faltaba
esto y lo de más allá? Conformes; pero aún no había muerto, y tiempo le quedaba
para hacer algo. Por de pronto, a Pepeta y al Cubano se los
pasaba por tal y cual sitio. Ella era una carasera y él un
mariquita con su hablar de chiquillo y su peluca rizada. Ya les arreglaría las
cuentas.... A ver, tío Panchabruta: otra águila de petróleo
refinado. De aquel que está en el rincón, en el temible tonel que ha enviado al
cementerio tres generaciones de borrachos.
Y el fresco vientecillo, haciendo ondear la listada cortina de la
puerta, arrojaba todos los ruidos de la calle en el ambiente del cafetín,
cargado del calor del gas y los vahos alcohólicos.
Ahora cantaban a coro en casa de Pepeta:
Vente conmigo y no temas
estos parajes dejar...
p. 29
Adivinaba la voz de ella, rígida y fría como siempre, y la otra aguda y
mimosa, la del cubano, que decía: Vente conmigo, con una intención
que al Menut parecía arañarle en el pecho. Conque vente
conmigo, ¿eh?... ¡Cristo! Aquella noche iba a arder todo en la calle de
Borrull.
Y se lanzó fuera del cafetín sin llamar la atención de los bebedores,
acostumbrados a tan nerviosas salidas.
Ya no era el alma en pena; iba rectamente a su sitio, a aquel corro
maldito que tantas noches había sido su tormento.
—Tú, Cubano, ascolta.
Movimiento de asombro, de estupefacción. Calló el organillo, cesó el
coro y Pepeta levantó fieramente la cabeza. ¿Qué quería aquel pillete? ¿Había
por allí algún borrego que robar?...
Pero sus insolencias de nada sirvieron. El licenciado se levantaba
estirando fanfarronamente su levitilla de hilo.
—Me paese... me paese que ese muchachito se
la va a cargar por torpe.
Y salió del corro, a pesar de las protestas y consejos de todos.
Pepeta se había serenado. Podían estar tranquilos; ella lo aseguraba. No
llegaría la sangre al río. El Menut era un chillón que no
valía un papel de fumar, y si se atrevíap. 30 a hacer pinitos ya le
limpiaría los mocos el otro. Vaya... a cantar. No debía turbarse la buena
armonía por un bicho así.
Y la tertulia reanudó su canto débilmente, de mala gana, mirando todos
con el rabillo del ojo a los dos que estaban plantados en el arroyo, frente a
frente.
Que la que aquí es prima donna,
reina en mi casa será...á...á
Pero al hacer una pausa se oyó la voz del Menut, que decía
lentamente, con rabia y acentuando las palabras como si las mascase:
—Tú eres un morral... sí señor; un morral.
Todos se pusieron en pie, rodaron las sillas, cayó el acordeón al suelo,
lanzando un quejido, pero... ¡quiá! por pronto que acudieron ya era tarde.
Se habían agarrado como gatos rabiosos, clavándose las uñas en el
cuello, empujándose, resbalando en las cortezas de sandía y lanzando sucias
blasfemias.
Y el Cubano de pronto se bamboleó para caer como un
talego de ropa, y en aquel momento desvaneciose la melosidad antillana, y el
lenguaje de la niñez reapareció junto con la desgracia.
—¡Ay, mare mehua!... ¡Mare mehua!
p. 31Retorcíase sobre los adoquines como una lagartija partida en dos,
agarrábase el vientre allí donde había sentido la fría hoja de la navaja,
comprimiendo instintivamente el bárbaro rasgón, al que asomaban los intestinos
cortados, rezumando sangre e inmundicia.
Corría la gente desde los dos extremos de la calle, para agolparse en
torno del caído; sonaban pitos a lo lejos, poblándose instantáneamente los
balcones, y en uno de ellos la siñá Serafina, en camisa,
desmelenada, sorprendida en su primer sueño por el grito de su hijo, daba
alaridos instintivamente, sin explicarse todavía la inmensidad de su desgracia.
Pepeta retorcíase con epilépticas convulsiones entre los brazos de
varios vecinos; avanzaba sus uñas de fiera enfurecida, y no pudiendo llegar
hasta el Menut, le escupía a la cara siempre los mismos insultos
con voz estridente, desgarradora, que despertaba a todo el barrio:
—¡Lladre!... ¡Granuja!...
Y el autor de todo estaba allí, sin huir, con su figurilla triste y
desmedrada, el cuello desollado por varios arañazos, el brazo derecho teñido en
sangre hasta el codo y la navaja caída a sus pies. Tan tranquilo como al
degollar reses en el Matadero, sinp. 32 estremecerse al sentir en sus
hombros las manos de la policía, con una sonrisita que plegaba ligeramente los
extremos de su boca.
Salió de la calle con los brazos atados sobre la espalda, y la blusa
encima, la innoble cara llena de arañazos, hablando con su escolta de
municipales, satisfecho, en el fondo, de que la gente se agolpase a su paso,
como en la entrada de un personaje.
Cuando pasó ante el cafetín, saludó con altivez a sus amigotes que,
asombrados, como si no hubiesen presenciado el suceso, le preguntaban qué había
hecho.
—Res; còses d’hòmens.
Y contento con su suerte, erguido y triunfante, siguió el camino de la
cárcel, acogiendo el infeliz las miradas de la curiosidad con la prosopopeya de
la estupidez satisfecha.
p. 33
La cencerrada
I
Todos los vecinos de Benimuslín acogieron con extrañeza la noticia.
Se casaba el tío Sènto, uno de los prohombres del pueblo, el primer
contribuyente del distrito, y la novia era Marieta, guapa chica, hija de un
carretero, que no aportaba al matrimonio otros bienes que aquella cara morena,
con su sonrisa de graciosos hoyuelos y los ojazos negros, que parecían
adormecerse tras las largas pestañas entre los dos rodetes de apretado y
brillante cabello que, adornados con pobres horquillas, cubrían sus sienes.
Por más de una semana esta noticia conmovió al tranquilo pueblecito, que
entre una inmensidad de viñas y olivares alzaba sus negruzcos tejados, sus
tapias de blancura deslumbrante, el campanario con su montera de verdes tejas y
aquella torrep. 34 cuadrada y roja, recuerdo de los moros, que destacaba
soberbia sobre el intenso azul del cielo su corona de almenas rotas o
desmoronadas como una encía vieja.
El egoísmo rural no salía de su asombro. Muy enamorado debía estar el
tío Sènto para casarse, violando tan escandalosamente las costumbres
tradicionales. ¿Cuándo se había visto a un hombre que era dueño de la cuarta
parte del término, con más de cien botas en la bodega y cinco mulas en la
cuadra, casarse con una chica que de pequeña robaba fruta o ayudaba en las
faenas de las casas ricas para que la diesen de comer?
Todos decían lo mismo. ¡Ah, si levantase la cabeza la siñá Tomasa,
la primera mujer del tío Sènto, y viese que su caserón de la calle Mayor, sus
campos y su estudi, con aquella cama monumental de que tan
orgullosa estaba, iban a ser para la mocosuela que en otros tiempos la pedía
una rebanada de pan!
Aquel hombre debía estar loco. No había más que ver el aire de adoración
con que contemplaba a Marieta, la sonrisa boba con que acogía todas sus
palabras y las actitudes de chaval con que se mostraba a los cincuenta y seis
años bien cumplidos. Y las que más protestaban contra aquelp. 35 hecho
inaudito eran las chicas de las familias acomodadas, que, siguiendo las
egoístas tradiciones, no hubieran tenido inconveniente en entregar su morena
mano a aquel gallo viejo, que se apretaba la exuberante panza con la faja de
seda negra y mostraba sus ojillos pardos y duros bajo el sombraje de unas cejas
salientes y enormes que, según expresión de sus enemigos, tenían más de media
arroba de pelo.
La gente estaba conforme en que el tío Sènto había perdido la razón.
Cuanto poseía antes de casarse y todo lo que había heredado de la siñá Tomasa,
iba a ser de Marieta, de aquella mosca muerta que había conseguido turbarle de
tal modo, que hasta las devotas a la puerta de la iglesia murmuraban si la
chica tendría hecho pacto con el malo y habría dado al viejo polvos seguidores.
El domingo en que se leyó la primera amonestación, el escándalo fue
grande. Después de la misa mayor, había que oír a los parientes de la siñá Tomasa.
Aquello era un robo, sí señor; la difunta se lo había dejado todo a su marido,
creyendo que no la olvidaría jamás, y ahora el muy ladrón, a pesar de sus años,
buscaba un bocado tierno y le regalaba lo de la otra. No había justicia en la
tierra si aquello se consentía.p. 36 ¡Pero vaya usted a reclamar en estos
tiempos! Bien decía don Vicente, el siñor retor, que ahora todo
está perdido. Debía mandar don Carlos, que es el único que persigue a los
pillos.
Así vociferaban en los corrillos de la plaza los que se creían
perjudicados por el futuro matrimonio, ayudándoles en la murmuración casi todos
los vecinos de Benimuslín.
El caso era que tal casamiento no acabaría bien. Aquel vejestorio
atacado de rabia amorosa estaba destinado a llorar su calaverada. ¡Pequeños
iban a ser los adornos!... Todo el pueblo sabía que Marieta tenía un
novio, Tòni el Desgarrat, un vago que había pasado la niñez con
ella correteando por las viñas, y ahora, al ser mayor, la quería con buen fin,
esperando para casarse que le entrasen ganas de trabajar y perder la costumbre
de beberse en la taberna los cuatro terrones de su herencia en compañía de su amigo
el dulzainero Dimòni, otro perdido que venía a buscarle del
inmediato pueblo para tomar juntos famosas borracheras, que dormían en los
pajares.
Los parientes de la siñá Tomasa miraban ahora con
simpatía al Desgarrat. Este se encargaría de vengarles.
p. 37Y los mismos que antes le despreciaban, los ricachos que volvían la
cara al encontrarle, buscábanle en la taberna el día de la primera
amonestación, plantándose ante el muchachote, que estaba sentado en un taburete
de cuerda con la vistosa manta sobre las rodillas, la colilla pegada al labio y
la mirada fija en el porrón, que herido por un rayo de sol, reflejaba inquieta
mancha roja sobre el cinc de la mesilla.
—Che, Desgarrat —le decían con sorna—, Marieta se casa.
Pero el Desgarrat acogía esta burla levantando los
hombros. Aquello aún había de verse. Hasta el fin nadie es dichoso, y él... ¡recordóns!
ya sabían todos que era muy hombre para vérselas con el tío Sènto, que también
la echaba de terne.
Así era, y por lo mismo todos esperaban un choque ruidoso.
Allí iba a pasar algo.
Al tío Sènto —según propia afirmación— nadie le ganaba a bruto.
Levantaba mucho peso en las elecciones, tenía grandes amigos en Valencia, había
sido alcalde varias veces y estaba acostumbrado a enarbolar en medio de la
plaza el grueso gayato de Liria para sacudirle dos palos con
la mayor impunidad al primero que le incomodaba.
p. 38II
Llegó el momento de las cartas dotales. El tío Sènto no hacía las cosas
a medias, y además, buena era Marieta y su familia para despreciar la ocasión.
En trescientas onzas la dotaba el novio, sin contar la ropa y las
alhajas pertenecientes a su primera mujer.
La casa de Marieta, aquella casucha de las afueras sin más adorno que el
carro a la puerta y dos o tres caballerías flacas en el establo, fue visitada
por todas las chicas del pueblo.
Aquello era un jubileo. Todas formando grupo, cogidas de la cintura o de
las manos, pasaban ante el largo tablado cubierto por blancas colchas, sobre el
cual los regalos y la ropa de la novia ostentábanse con tal magnificencia, que
arrancaban exclamaciones de asombro:
—¡Reina y santísima! ¡Qué cosas tan preciosas!
La ropa blanca clasificada por tamaños, apilada en altas columnas que
casi llegaban al techo, cuidadosamente doblada, algo morena,p. 39 como
tejido fuerte, pero con un olor a limpieza y lejía que daba gloria; todo a
docenas de docenas, desde las camisas hasta los trapos de cocina, con iniciales
de colores chillones y guarnecidas con profusión de randas las ropas de uso
interior: los vestidos de seda, gruesos y crujientes, con vivos reflejos
metálicos; las faldas de rameado percal mostrando una fresca florescencia de
primavera; las mantillas con sus sutiles y complicados arabescos; los corsés
blancos y negros pespunteados de rojo, delatando con impudencia en sus rígidos
contornos el cuerpo de la novia; y encerrados en sus marcos de cartón, los
pañolones de Manila, con aves fantásticas volando en un cielo de seda blanca, y
grupos de chinos, unos bigotudos y fieros, otros pelones y bobos, admirando con
sus caritas de porcelana a las sencillas muchachas, que soñaban despiertas en
aquellos misteriosos países donde los hombres gastan faldas y tienen ojitos de
cerdo. Después venían los regalos de los amigos, en su mayoría pilillas de agua
bendita para la alcoba, con sus ángeles de porcelana; cajas con cuchillos y
cubiertos de plata, y dos grandes candelabros que descollaban majestuosamente.
Eran el regalo del marqués, del cacique de la comarca, el hombre más eminentep.
40 de España, según el tío Sènto, el cual, siempre que se trataba de
sacarle diputado por el distrito, estaba tan dispuesto a empuñar el garrote
como a echarse la escopeta a la cara.
Y como digno final de aquella exposición, en lugar preferente
ostentábanse las joyas chispeando sobre la almohadilla granate de los estuches:
las uvas de perlas para las orejas, los alfileres de pecho con sus complicados
colgajos, las grandes horquillas de oro para los caracoles de las sienes, las
tres agujas con cabezas de apretadas perlas que habían de atravesar el airoso
rodete y aquel aderezo, famoso en Benimuslín, que la siñá Tomasa
había comprado en catorce onzas de la calle de las Platerías.
¡Vaya una suerte la de Marieta! Ella se hacía la modesta, enrojeciendo
cada vez que ponderaban su futura felicidad, pero había que ver los lagrimones
de la madre, una mujercilla flaca, arrugada e insignificante, y la emoción del
carretero, que iba como un criado tras su futuro yerno, guardándole todas las
consideraciones debidas a un ser superior.
Por la noche fue la lectura de las cartas. Llegó don Julián el notario
en su vieja tartana acompañado de su acólito, un infeliz de cara hambrienta con
el tintero dep. 41 cuerno asomado a un bolsillo y el papel sellado bajo el
brazo.
Don Julián fue entrado casi en triunfo en la cocina, donde ya estaba
preparada una mesilla para el escribiente con velón de cuatro brazos.
¡Qué hombre tan sabio aquel! Leía las escrituras en valenciano e
intercalaba en el árido texto chistes de su cosecha... Vamos, que no había
palurdo que pudiera estar serio en presencia de aquel señor siempre grave, que
tenía cierto aire eclesiástico, con su largo paletó negro semejante a una
sotana, el rostro carrilludo y frescote, cuidadosamente afeitado, y las recias
gafas montadas en la frente, lo que era para los vecinos de Benimuslín un
capricho inexplicable propio de los grandes talentos.
Comenzó el notario a dictar en voz baja; garrapateaba el escribiente en
los pliegos de papel sellado, y mientras tanto iban llegando los amigos de casa
con el cura y el alcalde, y desaparecían del largo tablado los regalos de boda
para dejar sitio a los macizos bizcochos espolvoreados de azúcar, los platos
de amargos y las tortas finas secas como
cartón, a más de una docena de botellas de rosa y marrasquino.
Tosió varias veces don Julián, púsosep. 42 en pie tirando de las
solapas de su paletó, y todos quedaron en silencio, mientras él agarraba los
pliegos escritos con la tinta todavía fresca y comenzaba a leer en valenciano.
¡Qué hombre tan chistoso! Al nombrar al novio hizo una mueca grotesca, y
el tío Sènto fue el primero en celebrarlo con una ruidosa carcajada; al mentar
a la novia saludó a Marieta con una reverencia de baile y volvió a repetirse la
risa; pero cuando llegaron las condiciones del contrato, todos se pusieron
graves: un viento de egoísmo y de avaricia parecía soplar en aquella cocina, y
hasta la novia levantaba la cabeza con los ojos brillantes y las alillas de la
nariz dilatadas por la emoción al oír hablar de onzas, de la viña de la Ermita
y del olivar del Camino Hondo: todo lo que iba a ser suyo. El tío Sènto era el
único que sonreía satisfecho de que tan honorable concurso apreciara hasta
dónde llegaba su generosidad.
Así se hacían las cosas. Los padres de Marieta lloraban y las vecinas
movían la cabeza con expresión de asentimiento. A un hombre así se le podía
entregar una hija sin remordimiento alguno.
Cuando el papelote quedó firmado, comenzaron a circular los dulces y las
copas.p. 43 El notario lucía su ingenio, mientras el famélico escribiente
se atracaba en representación propia y de su principal.
Aquel don Julián era el encanto de su rudo auditorio. Ya verían de lo
que era capaz el día de la boda. Don Vicente el cura y él se habían de
emborrachar, brindando por la felicidad de los novios: palabra de honor.
A las once terminó la fiesta de las cartas. El cura acababa de retirarse
escandalizado de estar en pie a aquellas horas teniendo que decir la misa
primera; el alcalde le había acompañado, y salió por fin el tío Sènto con el
notario y el escribiente, los que llevaba a dormir a su casa.
Las calles estaban oscuras. Más allá de la casa de Marieta estaba la
densa lobreguez de los campos, de la que salían rumores de follaje y cantos de
grillos. Sobre los tejados parpadeaban las estrellas en un cielo de intenso
azul. Ladraban los perros en los corrales, contestando a los relinchos de las
bestias de labor. El pueblo dormía, y el notario y su ayudante andaban con
precaución, temiendo tropezar con algún pedrusco de aquellas calles
desconocidas.
—¡Ave María purísima! —gritaba a lo lejos una voz acatarrada—; las onse...
sereno.
Y don Julián sentíase algo intranquilop. 44 en aquella lobreguez.
Le parecía ver bultos sospechosos, y en la esquina de la calle, espiando la
puerta de Marieta, creyó distinguir gente en acecho...
¡Allá va! Y sonó un terrible chasquido, como si se rasgara a un tiempo
toda la ropa blanca de la novia, y de la esquina surgió una gruesa línea de
fuego que avanzó rápida y serpenteante con un silbido atroz, que puso los pelos
de punta al buen notario.
Era un enorme cohete. ¡Vaya una broma! El notario se arrimó tembloroso a
una puerta, mientras el escribiente casi caía a sus pies, y allí estuvieron los
dos durante unos segundos, que les parecieron siglos, viendo con angustia cómo
el petardo iba de una pared a otra como fiera enjaulada, agitando su rabo de
chispas, conteniendo por tres o cuatro veces su silbante estertor, hasta que
por fin estalló en horrendo trueno.
El tío Sènto había permanecido valientemente en medio de la calle... ¡Redéu!
ya sabía él de dónde venía aquello.
—¡Chentòla indesent! —gritó con voz ronca por la rabia.
Y agitando su enorme gayato avanzó amenazante, como si
tras la esquina fuese a encontrar al Desgarrat con toda la
parentela de la siñá Tomasa.
p. 45III
Las campanas de Benimuslín iban al vuelo desde el amanecer.
Se casaba el tío Sènto, noticia que había circulado por todo el
distrito, y de los pueblos inmediatos iban llegando amigos y parientes, unos a
caballo en sus bestias de labranza con el sobrelomo cubierto con vistosas
mantas, y otros en sus carros con sillas de cuerda atadas a los varales, en las
que iba sentada toda la familia, desde la mujer con el pelo reluciente de
aceite y la mantilla de terciopelo, hasta los chicos que lloriqueaban por las
maternales bofetadas recibidas cada vez que atentaban a la limpieza de sus
trajes de fiesta.
La casa del tío Sènto era un verdadero infierno. ¡Qué movimiento! Desde
el día anterior que allí no se descansaba. Las vecinas que gozaban justa fama
de guisanderas, iban por el corral con los brazos remangados y el vestido
prendido atrás con alfileres, mostrando las blancas enaguas, mientras que cerca
de la gran higuera algunos muchachos atizaban las hogueras de secos sarmientos.
p. 46Aquello era un matadero. El cortante del pueblo, cuchillo en mano,
les abría el gañote a las gallinas; los chicuelos dedicábanse con el mayor
entusiasmo a pelar los cadáveres; revoloteaban nubes de plumas, pegándose al
suelo manchado de sangre, y en las vacilantes llamas tostábase la flácida piel,
todavía erizada de cañones, pasando después las víctimas a ser colgadas de una
rama de la higuera, donde la tía Pascuala, vieja criada de la casa, con
delicadezas de cirujano experto, abríalas en canal, sacando los higadillos y
los ovarios, bocados exquisitos para el almuerzo de todos los ayudantes de
cocina.
Daba gloria ver tan alegre agitación. Aquellas gentes, que en el resto
del año vivían condenadas a manejar la azada de sol a sol, sin más consuelo que
el tomate crudo, la sardina mohosa y el áspero bacalao, se embriagaban de grasa
en la gigantesca inundación de comida. ¡Lo que hace tener dinero! Bien se
estaba en una casa como aquella con todo lo que Dios cría de bueno.
Las paellas mostrábanse con la panza hollinada y las
entrañas brillantes como plata, esperando el momento de chillar sobre las
llamas: el arroz en sacos; los caracoles de montaña en enormes cazuelas
orladasp. 47 de sal, saliendo del agua para enseñar sus movibles cuernos
al sol naciente; en un rincón toda una hornada de rollos,
esparciendo en aquel ambiente de sangre y grasa el perfume fragante del pan
caliente y tierno; las especias a libras en una caja de latón; y de la bodega
salían pellejos y más pellejos, que caían temblorosos en el suelo como cuerpos
palpitantes; unos enormes, conteniendo el vino rojo para la comida, y otros más
pequeños, guardando el néctar de la bota del rincón, aquel
patriarca del que se hablaba en el pueblo con respeto y que con su colorcillo
claro y su corona de brillantes hacía caer al más valiente.
¿Y de dulces?... ¡Ave María! El tío Sènto se había traído toda una
confitería de Valencia. En sacos estaban los confites para tirar, las almendras
roñosas, los canelados, todos aquellos proyectiles de azúcar y almidón, duros
como balas, que habían de cubrir de chichones las cabezas de la pedigüeña
chiquillería; y dentro, en el estudi, guardábanse las cosas finas:
las tortadas cubiertas de flores de caramelo y rematadas por mariposas que
temblaban sobre un alambre; los tiernos pasteles de espuma, las bandejas
monumentales henchidas de frutas confitadas, todos aquellos primores que desde
la puerta, pálidos de emoción yp. 48 chupándose el dedo con avaricia,
contemplaban los chicos de los convidados.
La fiesta prometía. El gozo reflejábase en los rostros rubicundos; en el
corral se desataban los pellejos para hacer cataduras y tomar fuerzas, y por si
algo faltaba, allá en la calle sonó la alegre dulzaina con escalas que parecían
cabriolas. Hasta Dimòni estaba en la fiesta; bien decían que
el novio no reparaba en gastos. Había que darle vino para que tocase mejor, y
el enorme vaso iba de mano en mano desde el corral hasta la puerta de la calle,
donde Dimòni empinaba el codo con gravedad, dejando el sobrante
a su pelado tamborilero.
Ya era hora. Don Vicente esperaba en la iglesia, las campanas habían
enmudecido y toda la comitiva nupcial salió en busca de la novia: ellas con su
vestido hueco y la mantilla a los ojos, y los hombres arrastrando sus recias
capas azules de larga esclavina y alto cuello, que les ponía rojas las orejas.
Todo el pueblo esperaba a la puerta de la iglesia. Algunos parientes de
la siñá Tomasa, violando la consigna de familia, estaban allí
en última fila, y no pudiendo resistir la curiosidad, se empinaban pies en
punta para ver mejor.
Primero, una turba de muchachos dando cabriolas en torno de Dimòni,
que soplabap. 49 con la cabeza atrás y la dulzaina en alto, como si esta
fuese una gran nariz con la que husmeaba el cielo, y después venían los novios;
él con su sombrerón de terciopelo, su capa con mangas que le congestionaban el
sudoroso rostro, y por bajo de la cual asomaban los pies con calcetines
bordados y alpargatas finas.
¿Y ella? Las mujeres no se cansaban de admirarla. ¡Reina y siñora!
Parecía una de Valencia con la mantilla de blonda, el pañolón de Manila que con
el largo fleco barría el polvo; la falda de seda hinchada por innumerables
zagalejos, el rosario de nácar al puño, un bloque de oro y diamantes como
alfiler de pecho y las orejas estiradas y rojas por el peso de aquellas
enormes polcas de perlas que tantas veces había ostentado la
otra.
Esto sublevaba a los parientes de la difunta.
—¡Lladre! ¡més que lladre! —rugían mirando al tío Sènto.
Pero este se metió en la iglesia con expresión satisfecha, chispeándole
los ojuelos bajo las enormes cejas; y tras él desfilaron los padrinos, el
alcalde con su ronda, escopeta al hombro, y todos los convidados sudando la
gota gorda bajo el peso de las ceremoniosas capas, con grandes pañuelos dep.
50 atadas puntas pasados por el brazo y henchidos de confites que habían
de tirar a la salida de la iglesia.
Los curiosos que quedaron en la puerta miraban a la taberna de la plaza.
Hacia ella se fue el dulzainero, como si le molestasen los sonidos del órgano,
y allí se encontró con el Desgarrat y sus amigotes, lo
peorcito del pueblo, gente sospechosa que bebía silenciosamente, cambiando
guiños y sonrisas con los enemigos del tío Sènto.
Algo se tramaba; las mujeres comentaban el caso con voz misteriosa, como
si temieran que el pueblo fuese a arder por los cuatro costados.
Ya iba a salir la comitiva. ¡Gran Dios, qué batahola! Del polvo parecía
surgir toda aquella chiquillería desgreñada y sucia que se arremolinaba en la
puerta gritando ¡Armeles, confits!... mientras que Dimòni se
aproximaba rompiendo a tocar la Marcha Real.
¡Allá va! Y el mismo tío Sènto soltó como un metrallazo el primer puñado
de confites que, rebotando sobre las duras testas, se hundieron en el polvo,
donde los buscaba a gatas la gente menuda, mostrando al aire las sucias
posaderas.
Y desde allí hasta casa de los novios, fue aquello un bombardeo: la
comitiva sinp. 51 cansarse de tirar confites y la ronda del alcalde
teniendo que abrir paso a patadas y palos.
Al pasar frente a la taberna, Marieta bajó la cabeza y palideció, viendo
cómo sonreía burlonamente su marido mirando al Desgarrat, el cual
contestó a la sonrisa con un ademán indecente. ¡Ay! Aquel condenado se había
propuesto amargar su boda.
El chocolate esperaba. ¡Cuidado con atracarse! Era don Julián el notario
quien lo aconsejaba: había que pensar en que dentro de dos horas sería la gran
comida. Pero a pesar de tan prudentes consejos, la gente arremetió con los
refrescos, los cestos de bizcochos, los platos de dulce, y en poco tiempo quedó
rasa como la palma de la mano aquella mesa, que tenía alrededor más de cien
sillas.
La novia mudábase de traje en el estudi, quedando en fresco
percal, los morenos brazos casi desnudos y brillándole sobre el luciente
peinado las perlas de sus agujas de oro.
El notario charlaba con el cura, que acababa de llegar con gorrito de
terciopelo y el balandrán a puntas. Los convidados huroneaban por el corral,
enterándose de los preparativos de la comida; las mujeresp. 52 se habían
puesto frescas y formaban corrillos charlando de sus asuntos de familia;
correteaban los chicos en las cercanías del estudi, atraídos por el
tesoro que encerraba, y en la puerta de la calle sonaba la incansable dulzaina
de Dimòni mientras que la granujería se empujaba dándose
cachetes, o rodaba en el polvo por alcanzar los puñados de confites que venían
de dentro.
Llegó el instante solemne, y las paellas burbujeantes y
despidiendo azulado humo fueron colocadas sobre la mesa.
Los convidados se apresuraron a ocupar sus asientos: ¡vaya un golpe de
vista! Lo que decía el cura con asombro: ¡ni en el festín de Baltasar! Y el
notario, por no ser menos, hablaba de las bodas de un tal Camacho, que había
leído en no recordaba qué libro.
La gente menuda comía en el corral.
Y allí también, en una mesita como de zapatero, estaba Dimòni,
el cual a cada instante enviaba el acólito adonde estaban los pellejos para que
llenara el porrón.
¡Cuerpo de Dios, y qué bien lo hacía toda aquella gente! Las dentaduras,
fortalecidas por la diaria comida de salazón, chocaban alegremente y los ojos
miraban con ternura aquellas paellas como circos, en las
cuales los pedazos de pollo eran casi tantosp. 53 como los granos de
arroz, hinchados por el substancioso caldo.
Con el pañuelo al pecho a guisa de servilleta, había bigardón que
tragaba como un ogro, mientras las mujeres hacían dengues, llevándose a la boca
la puntita de la cuchara con dos granos de arroz, mostrando esa preocupación de
la mujer campesina que considera como una falta de pudor el comer mucho en
público.
Aquello era un banquete de señores; no se comía en la misma paella,
sino en platos, y bebíase en vasos, lo que embarazaba a muchos de los
comensales, acostumbrados a arrojar un mendrugo sobre el arroz como señal de
que era llegado el momento de pasar el porrón de mano a mano.
La cortesía labriega mostrábase con toda su pegajosidad y falta de
limpieza. Ofrecíanse de un extremo a otro del banquete un muslo tierno y
jugoso, y de unos dedos a otros llegaba a su destino. Todo eran obsequios, como
si cada uno no tuviese en su plato lo mismo que le ofrecían.
Marieta apenas si comía. Estaba al lado de su marido con la cabeza baja.
Palidecía, contraíase su frente reflejando penosos pensamientos y miraba con
alarma a la puerta de la calle, como si temiera alguna aparición del Desgarrat.
p. 54Aquel maldito era capaz de todo. Aún le parecía oír las últimas
palabras de la noche en que se despidieron para siempre. Se acordaría de él, ya
que por avaricia quería casarse con el tío Sènto; y ella sabía que aquel bruto
con su cara de hereje era capaz de hacer algo que fuese sonado. Lo más raro era
que a pesar de sus temores, el furor del Desgarrat le producía
cierta inexplicable satisfacción. No había remedio; aquel maldito le tiraba mucho.
No en balde se habían criado juntos.
La comida se animaba. Estaban ya limpias las paellas; ahora
entraban los primores de la tía Pascuala y la gente acometía los pollos asados
y rellenos, las fuentes enormes de lomo con tomate, toda la cocina indígena,
sólida y pesada, que desaparecía en las fauces siempre abiertas de aquellos
glotones.
Los graciosos alegraban la comida. El cura declaraba que ya no podía
más, y el notario pellizcábale el tirante abdomen, buscando un huequecito para
convencerle de que debía llenarlo. Algunos comenzaban a estar alumbrados, y con
lengua estropajosa les decían a los novios cosas que hacían guiñar los ojillos
al tío Sènto y enrojecer a Marieta.
Llegaron los postres con el famoso vinop. 55 de la bota del rincón,
y se sacaron del estudi las tortadas, los pasteles y las
tortas finas.
Como moscas salieron del corral todos los chicuelos, con el pecho y la
cara embadurnados de arroz y grasa, yendo a meterse entre las rodillas de sus
madres, sin quitar ojo de los postres tentadores.
Marieta púsose en pie con un plato en la mano, y comenzó a dar vueltas a
la mesa. Había que regalar algo a la novia para alfileres; era la costumbre. Y
los parientes del novio, a quienes convenía estar en buenas relaciones, dejaban
caer sobre el redondel de loza la media onza o la dobleta fernandina, monedas
relucientes y frotadas con anticipación para que perdiesen la negra pátina
adquirida en largo encierro.
—¡Pera agulletes! —decía Marieta con vocecita mimosa.
Y era un gozo ver la lluvia de oro que caía sobre el plato. Todos
dieron, hasta el notario, que soltó cinco duros pensando en que ya se la
vengaría al presentar la cuenta de honorarios, y el cura, con gesto de dolor,
sacó dos pesetas alegando como excusa la pobreza de la Iglesia por culpa del
liberalismo. ¡Ah, si mandasen los suyos!...
Marieta, abriendo el amplio bolsillo dep. 56 su falda, vació el
plato con un alegre retintín que regocijaba el oído.
La cosa marchaba. Hablaban todos a un tiempo, y la gente deteníase en la
calle para admirar la alegría de los convidados.
Aquel vinillo claro, coronado de brillantes, surtía efecto. Todos
querían brindar.
—¡Bomba... bombaa! —aullaban los más alegres.
Y se ponía en pie un socarrón, vaso en mano, y después de mirar a todos
lados con sonrisa maliciosa que prometía mucho, rompía así:
Brindo y bebo
y quedo convidao para aluego.
Todos, a pesar de que este chiste le oyeron ya a sus abuelos, acogíanle
con grandes risotadas, y gritaban palmoteando:
—¡Vítor... vítooor!
Y tras esta muestra de ingenio venían otras, todas ellas tan rancias, no
faltando quien se lanzaba a improvisar cuartetas rabudas en honor de los
novios.
El notario estaba en su elemento. Aseguraba que el tío Sènto acababa de
pellizcarle por debajo de la mesa creyendo que sus piernas eran las de Marieta;
hablaba de la próxima noche de un modo que hacía ruborizar a las jóvenes y
sonreír a las madres,p. 57 y el cura, alegrillo y con los ojos húmedos y
brillantes, intentaba ponerse serio, murmurando bonachonamente:
—¡Vamos, don Julián! Orden, que estoy aquí.
El vino hacía revivir la brutalidad de los comensales. Gritaban puestos
en pie, derribando con sus furiosos manoteos botellas y vasos; cantaban
acompañados por la dulzaina de Dimòni, a cuyo son saltaban en el
corral algunas parejas, y al fin, instintivamente, dividiéronse en dos bandos y
de un extremo a otro de la mesa comenzaron a arrojarse puñados de confites con
toda la fuerza de sus poderosos brazos, acostumbrados a luchar con la ingrata
tierra y las tozudas bestias de carga.
¡Qué divertido era aquello! El tío Sènto reía muy complacido, pero el
cura huyó con las mujeres a refugiarse en el estudi, y el notario
se ocultó debajo de la mesa.
Caían los cristales de las alacenas hechos añicos; quebrábanse los
vasos; un ruido de tiestos sonaba continuamente, y los campeones se enardecían
hasta el punto de que, no encontrando confites a mano, se arrojaban los restos
de bizcochos y los fragmentos de platos.
—Pròu; ya teníu pròu —gritaba el tío Sènto cansado de sufrir
golpes.
p. 58Y en vista de que le desobedecían púsose en pie y a empellones los
echó al corral, donde los enardecidos mozos continuaron la fiesta arrojándose
proyectiles menos limpios.
Entonces fue cuando las mujeres volvieron al banquete con el asustado
cura. ¡Reina y siñora! aquello no estaba bien. Era un juego de
brutos. Y se dedicaron a auxiliar a los descalabrados, que se limpiaban la
sangre sonriendo, sin cesar de decir que se habían divertido mucho.
Volvieron a sentarse todos a la revuelta mesa, en la cual el vino
derramado y los residuos de la comida formaban repugnantes manchas.
Pero allí no se ganaba para sustos, y algunas respetables matronas
saltaron de sus asientos, afirmando entre chillidos medrosos que algo iba por
debajo de la mesa que las pellizcaba las abultadas pantorrillas.
Eran los chicos que, no ahítos de confites, buscaban a gatas los
residuos de la batalla.
—¡Qué granujería tan endemoniada! ¡Pachets... fòra fòra!
Y a coscorrones fue expulsada aquella invasión de desvergonzados
buscadores.
Pues señor, bien iba la boda. Había que reconocer que la gente se
divertía.
p. 59
Y fuera gangueaba la dulzaina, haciendo locas cabriolas, como si
estuviera contagiada de aquel regocijo tan brutal como ingenuo.
IV
A las diez de la noche quedaba ya poca gente en casa de los novios.
Desde el anochecer que comenzaron a salir del establo los carritos y las
caballerías enjaezadas. La mayoría de los convidados emprendían el regreso a
sus pueblos, cantando a grito pelado y deseando a los novios una noche feliz.
Los de Benimuslín se retiraban también, y en las oscuras calles veíase a
más de una mujer tirando trabajosamente del vacilante marido, que era incapaz
de excesos en los días normales, pero que en una fiesta se ponía alegre como
cualquier hombre.
La vieja tartana del notario saltaba sobre los baches del camino,
dormitando don Julián con las gafas en la punta de la nariz y dejando que
guiase su escribiente, a pesar de que este se sentía tan trastornado como su
principal.
p. 60Ya no quedaban en la casa más que los padres de Marieta y algunos
parientes.
El tío Sènto mostraba impaciencia. Cada mochuelo a su olivo. Después de
un día tan agitado, ya era hora de dormir. Y bajo las enormes cejas brillábanle
los ojuelos con expresión ansiosa.
—¡Adiós, filla mehua! —gritaba la madre de Marieta—.
¡Adiós!...
Y lloraba abrazándose a su hija, como si la viera en peligro de muerte.
Pero el padre, el viejo carretero, que llevaba media bodega en la panza,
protestaba con lengua torpe y socarrona indignación: ¡Redéu! No parecía
sino que a la chica la habían sentenciado y la llevaran al carafalet.
Vamos, hombre, que era cosa de caerse de risa. ¿Tan mal le había ido a la madre
cuando se casó?
Y empujaba a su vieja para desasirla de Marieta, que también derramaba
lágrimas; y entre suspiros y gimoteos fueron hasta la puerta, que cerró el tío
Sènto, pasando después los cerrojos y la cadena.
Ya estaban solos. Arriba, en el granero, dormía la tía Pascuala; en la
cuadra se acostaban los criados; pero en el piso bajo, en la parte principal de
la casa, solo estaban ellos entre los desordenados restos delp.
61 banquete y a la luz vacilante de un velón monumental.
Por fin ya la tenía: allí estaba sentada en una poltrona de esparto,
encogiéndose como si quisiera achicarse hasta desaparecer.
El tío Sènto estaba intranquilo, y en la vehemencia de su pasión senil
no sabía qué decir. ¡Recordóns! no le había ocurrido lo mismo cuando se
casó con Tomasa. Lo que hace la edad.
Por algo tenía que empezar, y rogó a Marieta que entrase al estudi.
¡Pero bonita era la chica! ¡Criatura más terca y arisca no la había visto el
tío Sènto!
No; ella no se meneaba, no entraba en el estudi aunque
la matasen; quería pasar la noche en aquel sillón.
Y cuando el novio intentaba acercarse, replegábase medrosica como un
caracol, faltándole poco para hacerse un ovillo sobre el asiento de cuerda.
El tío Sènto se cansó de tanto rogar. Bueno; ya que ese era su capricho,
que pasase buena noche.
Y agarrando rudamente el velón se metió en el estudi.
Marieta tenía un horror instintivo a la oscuridad. Aquella casa grande y
desconocida, la causaba miedo; creyó ver en lap. 62 sombra la cara ancha y
pecosa de la siñá Tomasa, y trémula, con paso precipitado,
creyendo que alguien la tiraba de la falda, se metió en el estudi siguiendo
a su marido.
Ahora se fijaba en aquella habitación, la mejor de la casa, con su
sillería de Vitoria, las paredes cubiertas de cromos religiosos con apagadas
lamparillas al frente y sus colosales armarios de pino para la ropa.
Sobre la ventruda cómoda, con agarraderas de bronce, elevábase una
enorme urna llena de santos y de flores ajadas; rodeábanla candelabros de
cristal con velas amarillas, torcidas por el viento y moteadas por las moscas;
cerca de la cama la pililla de agua bendita, con la palma del domingo de Ramos,
y junto a ellas, colgando de un clavo, la escopeta del tío Sènto; un mosquetón
con dos cañones como trabucos, cargados siempre de perdigón gordo por lo que
pudiera ocurrir.
Y como suprema muestra de magnificencia, como complemento del mueblaje,
aquella cama famosa de la siñá Tomasa, complicada fábrica de
madera tallada y pintada, ostentando en la cabecera media corte celestial, y
con un monte de colchones, cuya cima cubría el rojo damasco.
El marido sonreía satisfecho de su triunfo.
p. 63¿No veía ella cómo por fin entraba? Debía obedecerle siempre y no
ser tonta. Él solo deseaba su bien, por lo mismo que la quería mucho.
El viejo, a pesar de su rudeza, decía esto con expresión dulzona, como
si aún tuviera en su boca algún confite de la comida, y extendiendo las manos
con audacia.
—Estigas quiet —decía Marieta con voz sofocada por el
miedo—. No s’acòste.
Y mudaba de sitio, huyendo de su marido. Iba de una parte a otra mirando
con ansiedad las paredes, como si esperara ver en ellas un agujero, algo por
donde poder escapar.
Si no sintiera tanto miedo en la oscuridad, pronto hubiera abierto la
puerta del estudi, huyendo de aquella lucha insostenible.
El tío Sènto la concedía una tregua e iba desnudándose con resignada
calma.
—¡Pero qué tonta eres! —decía con entonación filosófica.
Y repetía la frase un sinnúmero de veces, mientras se quitaba las
alpargatas y los pantalones de pana, desliándose la negra faja para que el
vientre recobrase su hinchada elasticidad.
Oyose a lo lejos el reloj de la iglesia dando las once.
p. 64Era ya hora de acabar aquella situación ridícula; ¿se acostaba
Marieta, sí o no?
Y el tío Sènto hizo con tal imperio la pregunta, que la novia levantose
como un autómata, volvió su rostro a la pared y comenzó a desnudarse con
lentitud.
Quitose el pañuelo del cuello, y después, tras largas vacilaciones, el
corpiño fue a caer sobre una silla.
Quedó al descubierto el ceñido corsé de deslumbrante blancura, con
arabescos rojos; y más arriba la morena espalda de tonos calientes, como el
ámbar, cubierta de una suave película de melocotón sazonado y rematada por la
cerviz de adorable redondez, erizada de rizados pelillos.
Aproximábase el tío Sènto cautelosamente, moviéndose al compás de sus
pasos el blanducho y enorme abdomen. No debía ser tonta: él la ayudaría a
desnudarse.
E intentaba meterse entre ella y la pared para verla de frente y apartar
aquellos brazos cruzados con fuerza sobre el exuberante y firme pecho, oprimido
por las ballenas del corsé.
—¡No vullc! ¡no vullc! —gritaba con angustia la
muchacha—. ¡Apartes d’ahí!... ¡Fuxca!
Con fuerza inesperada empujó aquella audaz panza que la cerraba el paso,
y siemprep. 65 ocultando su pecho, fue a refugiarse entre la cama y la
pared.
El tío Sènto se amoscaba. Aquello ya pasaba de broma, y él no se sentía
capaz de contemplaciones. Fue a seguir a Marieta en su escondrijo, pero apenas
se movió, ¡redéu! parecía que el pueblo se venía abajo, que la casa era
asaltada por todos los demonios del infierno, o que había llegado el juicio
final.
¡Vaya un estrépito! Eran latas de petróleo golpeadas a garrotazo limpio;
cabezones agitando sus innumerables cascabeles, enormes matracas y grandes
cencerros sonando todos a un tiempo, y al poco rato disparáronse cohetes que
silbaban y estallaban junto a la reja del estudi. Por las
rendijillas de las maderas penetraba un resplandor rojizo de incendio.
Adivinaba él lo que era aquello y a quién lo debía. Si la pena fuera
un sòu, si no hubiese presidio para los hombres, ya arreglaría él a
aquella pillería.
Y juraba y pateaba, despojado ya de su fiebre amorosa, sin acordarse de
Marieta, que asustada al principio por el infernal estrépito, lloraba ahora,
creyendo que sus lágrimas podían arreglarlo todo.
Ya se lo habían dicho sus amigas. Se casaba con un viudo y tendría
cencerrada.
p. 66¡Pero qué cencerrada, señores! Era en toda regla, con coplas
alusivas que la gente celebraba con carcajadas y relinchos, y cuando cesaba
momentáneamente el estrépito de latas y cencerros, sonaba la dulzaina con sus
gangueos burlones, y una voz acatarrada que conocía Marieta (¡vaya si la
conocía!) hablaba de la vejez del novio, de lo carasera que
había sido la novia y del peligro en que estaba el tío Sènto de ir al día
siguiente al cementerio si quería cumplir su obligación.
—¡Morrals! ¡Indeséns! —rugía el novio, e iba loco por
el estudi manoteando como si quisiera exterminar en el aire
aquellas coplas que venían de fuera.
Pero una malsana curiosidad le dominaba. Quería ver quiénes eran los
guapos que se atrevían con él, y de un bufido apagó el velón, abriendo después
un ventanillo de la reja.
La calle entera estaba ocupada por el gentío. Algunos haces de cáñamo
seco ardían con rojiza llama, y su resplandor de incendio abarcaba el corro
principal de la cencerrada, dejando en la oscuridad el resto de la muchedumbre.
Allí estaban los autores. El Desgarrat al frente y toda
la parentela de la siñá Tomasa. Pero lo que más indignaba al
tíop. 67 Sènto era que estuviese allí Dimòni acompañando
con su dulzaina las indecentes coplas, cuando el muy ladrón había recibido dos
horas antes dos duros como dos soles por su trabajo en la boda. ¡Y cómo se reía
aquel hereje cada vez que su amigo el Desgarrat cantaba una
desvergüenza!
Había para hacer un disparate.
Lo que más alteraba al tío Sènto, aunque él lo callase, era ver que
aquel insulto a su persona lo presenciaba medio pueblo, los mismos que antes le
temían o le buscaban humildes e imploraban su favor. Su estrella se eclipsaba.
Todos le perdían el respeto después de su calaverada casándose con una chica.
Despertábase su soberbia de hombre rudo acostumbrado a imponer su
voluntad, y temblaba de pies a cabeza ante los feroces insultos.
Conformábase con el ruido: que golpeasen cuanto quisieran, pero que no
cantase aquel perdido, pues sus coplas le aglomeraban la sangre a los ojos.
Pero el Desgarrat era infatigable, la gente acogía las
coplas con aullidos de entusiasmo, y el viejo, ya trastornado, se hacía atrás
como si en la oscuridad del estudi fuese a buscar algo.
Aún permaneció en el ventanillo viendop. 68 cómo la multitud abría
paso a algunos amigos del Desgarrat que conducían en hombros
un objeto largo y negro.
—¡Gori, gori, gori! —aullaba la multitud, parodiando el canto de los
entierros.
Y el novio vio pasar en la punta de un palo, a guisa de un guión, unos
cuernos, enormes, leñosos y retorcidos, y después un ataúd, en cuyo fondo
descansaba un monigote con dos grandes marañas de pelo en lugar de las cejas.
¡Cristo, aquello era para él! Ya se atrevían a lanzarle en el rostro
aquel apodo de Sellut que nadie había osado proferir en su
presencia.
Rugió apartándose del ventanillo, buscó a lo largo de la pared, a
tientas en la oscuridad, algo apoyó en su rostro contraído por la rabia y
sonaron dos truenos que hicieron parar en seco la ruidosa cencerrada. Había
tirado a ciegas, pero tal era su deseo de matar, que hasta estaba seguro de
haber acertado.
Se apagaron las rojas antorchas, oyose el rumor de la gente que huía
apresurada y algunas gritaban desde la calle:
—¡Pillo... asesino! El Sellut es. Asómat,
granuja.
Pero el tío Sènto nada oía. Estaba plantado en medio del estudi como
asombradop. 69 de lo que había hecho, con la caliente escopeta quemándole
las manos.
Marieta, poseída de pasmo, gimoteaba en el suelo. Su estertor ansioso
era lo único que oía él, y dirigiendo su furia a lo que más cerca tenía,
murmuraba con ferocidad:
—¡Calla... cordóns!... ¡Calla o te mate a tú!...
El tío Sènto no salió de su estupor hasta que golpearon rudamente la
puerta de la calle.
—¡Abran a la Guardia Civil!
Debían estar levantados los criados desde mucho antes, pues la puerta se
abrió, acercándose al estudi el ruido de culatas y zapatos
claveteados.
Cuando el tío Sènto salió a la calle entre los dos guardias, vio el
cadáver del Desgarrat hecho una criba. No se había perdido un
perdigón.
Los compañeros del muerto amenazáronle de lejos con sus navajas;
hasta Dimòni, tambaleando por el vino y la emoción, le apuntaba
fieramente con su dulzaina, pero él nada veía, y se alejó cabizbajo, murmurando
con amargura:
—¡Bonica nit de novios!
p. 71
La apuesta del esparrelló
La oí una tarde de invierno, tumbado en la arena, junto a una barca
vieja, sintiendo en los pies los últimos estremecimientos de la inmensa sábana
de agua que espumeaba colérica bajo un cielo frío, ceniciento y entoldado.
Nazaret, con su extenso rosario de blancas casuchas, estaba a nuestras
espaldas, y a mi lado un viejo pescador, momia acartonada, que parecía bailar
dentro de su traje de bayeta amarilla, hinchado de aire. Echábase la gorrilla
de seda sobre una oreja y chupaba su pipa con la gravedad de un moro, en
cuclillas, trazando con la mano, como un manojo de sarmientos, complicados
arabescos en la arena.
Había llovido fuerte allá por las montañas de Teruel; el río arrojaba en
el mar su agua arcillosa y fría, y todo el golfo teñíase de un amarillo
rabioso, que a lop. 72 lejos debilitábase hasta tomar tonos de rosa. La
estrecha faja verde que recortaba el límite del horizonte delataba que era un
mar lo que parecía inundación de tisana.
Y mientras mirábamos la rojiza extensión, en cuyo límite se marcaba como
ligera nubecilla el cabo de San Antonio, la arremangada gente de Nazaret tiraba
de los bolichones o se arrojaba en el agua sucia.
El viejo adivinaba el éxito de la pesca. Aquel era un buen día. Iban a
caer los esparrellóns como moscas.
Y eso que el esparrelló era el bicho más ladino y
malicioso que se paseaba por el golfo.
¿Que no lo sabía yo? Pues atención, que para comprender cómo las gastaba
el tal animalito, iba a contarme un cuento, que indudablemente sería un
sucedido, pues de no ser así, no se lo habría contado a él su padre.
Y el buen viejo, siempre en cuclillas, sin soltar la pipa comenzó a
contarme el sucedido con su seriedad de lobo de playa, en un
valenciano pintoresco, cuyas palabras silbaban al pasar por entre las
despobladas encías.
***
También aquel día había crecido el río,p. 73 y cerca de la orilla
resbalaba el bolichó traidoramente por entre las turbias olas,
arrastrando hacia la arena seca a los incautos peces, atraídos por la frescura
del agua dulce y sucia.
El esparrelló del cuento, panzudo, pequeñito y
vivaracho, un pilluelo que correteaba por los escondrijos y rincones del golfo
con grave disgusto de su familia, acababa de ver caer a todos los suyos entre
las mallas de una red. Se salvó él por ligereza, y como era un perdis y los
sentimientos de familia no están muy arraigados en su especie, solo se le
ocurrió huir mar adentro, moviendo graciosamente la colita, como si quisiera
decir:
—Sálveme yo y perezca la familia: mejor es el agua turbia que el aceite
de la sartén.
Pero cerca de la entrada del puerto oyó un poderoso ronquido que
conmovía las aguas, como si el suelo del mar se estuviera desgarrando.
El esparrelló dejose caer en línea recta, y en una
hondonada abierta por las dragas en el fango, vio tumbado como un canónigo a
un reig corpulento, que lo menos pesaba cuatro arrobas; un
animalote insolente y matón que cobraba el barato en todo el golfo y apenas
movía una agalla hacía temblar a todo el escamado enjambre.
p. 74¡Vaya un modo de dormir! Cansado de las aguas verdes y tranquilas
cargadas de calor y de luz, le placía la frescura y la semioscuridad del barro
líquido que arrastraba el río, y roncaba como si estuviera en una alcoba con
las cortinas corridas.
El esparrelló quiso pasar un buen rato con el terrible
personaje, pero sus malas intenciones no iban más allá del deseo de divertirse
a costa ajena, y se limitó a pasar y repasar por las jadeantes narices del
coloso, haciéndole cosquillas con las finas púas de su cola.
Pero bueno era el reig para inquietarse por tales
caricias. A fuerza de sufrir cosquillas cesó de roncar y se incorporó un poco
moviendo su poderosa cola, pero tumbose sobre el otro costado, y siguió
bramando con la tranquilidad del que, seguro de su fuerza, no teme peligros.
—¡Animal! —le gritaba el pececillo junto a una agalla—; ¡animal,
despiértate!
—¿Eh? —exclamaba el reig entre dos ronquidos con su
bronca voz de borracho.
—Que te despiertes. Hay por ahí un belén de mil demonios. La gente de
Nazaret ha roto hostilidades, y a miles se lleva prisioneros a los nuestros.
—Allá vosotros. Eso va con la morralla y no con personas de mi clase.
p. 75—Es que para ti también hay. Por arriba va la barca del Toto explorando,
y si ha oído tus ronquidos, ahora mismo tienes aquí el bolichó de
cuerdas, y mañana estás en la Pescadería hecho cincuenta cuartos.
—¡Cincuenta demonios! —roncó con furia el reig, y dando un
furioso coletazo abandonó la cama de barro, poniéndose en facha de escapar,
mientras al ladino esparrelló le temblaban todas las escamas
con las convulsiones de una risita aguda e insolente.
El reig se amoscó al ver que tomaban a broma su
prudencia, y avanzando el cuerpo hacia el diminuto bicho, quiso reconocerle en
la semioscuridad.
—¿Eres tú, granuja? Tú acabarás mal; y si no fuera porque me tacharían
de ingrato, lo que no corresponde a una persona de mi edad y mi peso, ahora
mismo te tragaba. ¿Crees tú, mocoso, que me dan miedo todos esos pelambres que
vienen a buscarnos en el fondo de las aguas? Soy demasiado guapo para dejarme
coger. Pregúntale a ese Toto de quien hablas cuántas veces de
una morrá le he roto el bolinchón de cuerdas. Si repito muchas
veces la fiesta le arruino. Pero tengo conciencia; antes que hacer daño a un
padre de familia prefiero huir a tiempo, y me va tan ricamente con este
sistema, que mientras los de mi familiap. 76 han ido a morir faltos de
respiración en la playa, yo escapo siempre, y aquí me han de caer las escamas
de puro viejo.
—Lo mismo soy yo —dijo con petulancia el pececillo—; los míos se han
dejado arrastrar, pero a mí no me falta ligereza, y aquí estoy. Es gran cosa el
ser pequeño.
—Quita allá, bicho ruin. Lo que vale es ser grande como yo, con más
fuerza que un caballo y capaz de llevarse por delante de un empujón todas las
redes de esos pelagatos.
Y para demostrar su fuerza, en menos de un segundo dio dos o tres
coletazos con la aviesa intención de pillar desprevenido al esparrelló,
y con tanto empuje, que si lo alcanza lo revienta.
Pero el granuja se echó a un lado oportunamente, amoscado por tan
villanas caricias.
—Fuerte sí que lo eres; convenido. Si no salto me partes, y eso no está
bien entre personas decentes, que deben ser agradecidas. Pero en cambio soy más
ligero: corro más que tú. Mira como tu cola no me alcanza.
—¿Tú correr más?... ¡Jo! ¡jo! ¡jo!
Tan graciosa era la afirmación del petulante pececillo, que el reig se
revolcaba con convulsiones de risa, y sus carcajadas, sonorasp. 77 como
ronquidos, hacían hervir el agua.
—Calla, condenado, que el Toto debe andar por arriba.
La advertencia devolvió al reig su seriedad, pero le
cargaba que aquel bicho insignificante sacara a colación a cada momento el
nombre del pescador, y quiso vengarse.
—¿Que tú corres más? —dijo con su expresión de jaque testarudo—; eso
pronto se verá. Hagamos una apuesta: a ver quién llega antes al cabo de San
Antonio. Apostaremos... ¡vaya! ya está. Si yo llego antes te dejarás comer en
castigo a tu fanfarronería, y si quedo rezagado te protegeré siempre y seré tu
siervo. ¿Conviene, chiquitín?
¡Pobre esparrelló! Le temblaban todas las escamas al verse
metido en porfía con tan peligroso bruto, pero entre ser devorado al momento o
de allí a unas horas, optó por lo último.
—Conforme, grandullón —contestó con risita forzada—; cuando quieras
empezaremos.
—Vamos a las aguas verdes, que esto está turbio.
Y lentamente, moviendo con indolencia la cola, como dos buenos amigos
que salenp. 78 a tomar el fresco, el reig y el esparrelló llegaron
al sitio donde se aclaraban las aguas con un dulce tono de esmeralda líquida.
El gigante dio unos cuantos coletazos alegres, roncó, haciendo hervir el
agua con sonoras burbujas, y se puso en facha para correr.
—Mira, chiquitín: sé que te quedarás atrás, pero no pienses en huir,
porque te buscaría por todo el golfo. Aunque grandote, no soy tan bruto como
crees.
—Menos palabras, y al avío.
—¿Vaya, chiquillo?
—Cuando quieras.
—Pues ¡va!
¡Caballeros y qué modo de correr! Aquel reig era una
tempestad. Al primer coletazo salió como un rayo, envuelto en espuma, moviendo
un estrépito de todos los demonios. Tan ciego iba, que casi se estrelló los
morros contra la popa de una fragata inglesa cargada de guano que había
naufragado veinte años antes y estaba hundida en la arena como una carroña
carcomida por los miles de pececillos que se albergaban en su vientre.
Pasó adelante sin sentir el encontronazo, jadeante, enfurecido, moviendo
a un tiempo cola, aletas y agallas, de un modop. 79 vertiginoso, con un
ruido y un hervor que conmovía todo el golfo.
¿Y el esparrelló? ¡Pobrecito! quiso seguir a su corpulento
enemigo, pero el hervor de la espuma le cegaba, la violenta ondulación
producida por cada coletazo del reig le hacía perder camino, y
a los pocos minutos se sentía rendido por una carrera tan loca.
Pero el animalito panzudo era un costal de malicias. Esforzándose, llegó
hasta la cabeza del reig, y fijándose en las grandes agallas que se
abrían y cerraban con movimiento automático, hizo una graciosa evolución y se
coló por una de ellas.
No se estaba mal allí. Viajar gratis, a doble velocidad y acostadito en
aquel nido forrado de suave escarlata, era una dicha.
—¡Je! ¡je! ¡je! —reía socarronamente el pececillo sacando la cabeza por
la ventana de su guarida.
Y el reig daba un salto, murmurando:
—Ese bicho ruin me da alcance. Oigo su risita burlona. Corramos,
corramos.
Y cada carcajada del esparrelló era como un espuelazo
para el pescadote.
¡Qué loca carrera! Aquella cola poderosa batía los profundos algares, y
en el verdoso espacio flotaban arremolinados los pardos hierbajos, mientras que
las larvas, las indefinibles mucosidades que vivían misteriosamentep.
80 en el seno de los estercoleros submarinos, salían escapadas huyendo del
brutal azote.
Después de los algares, las colinas sumergidas, aquellos peñascales en
cuyas cuevas jugueteaban los peces recién nacidos, transparentes y diáfanos
como sombras.
¡Qué espantosa revolución llevaba el reig a estos
tranquilos lugares!
Le conocían bien por sus brutales majaderías, por sus caprichos de matón
que alarmaban a todo el golfo, y las plantas submarinas que tapizaban los
peñascos agitaban sus puntiagudas y verdes cabelleras, como si quisieran gritar
con angustia:
—¡Atención, que llega ese loco!
Las almejas, gente tranquila que huye del ruido, al ver aproximarse el
torbellino de espuma y furiosos coletazos, replegábanse medrosicas, cerrando
herméticamente las dos hojas de su negra vivienda; los erizos apelotonábanse,
formaban el cuadro, presentando por todos lados sus haces de agudas bayonetas;
los calamares sentían tal miedo, que se envolvían en su diarrea de tinta; los
gatos de mar sacaban por entre las piedras sus chatas cabezas y vientres
atigrados con trémula inquietud; las lapas agarrábanse a la roca con más fuerza
que nunca; los langostinos ocultaban su transparenciap. 81 de nácar bajo
el brillante fanal de alguna caracola hueca; los salmonetes huían en bandadas,
esparciéndose como el brillante chisporroteo de una hoguera aventada, y en
aquel mundo verdoso e inquieto, el paso veloz del enfurecido animalote producía
entre los torbellinos de la espuma un hervor de carmín y plata, de escamas que
despedían al huir fantásticos reflejos y colas que se agitaban con la ansiedad
del pánico.
Una rozadura del reig bastó para arrancarle dos patas a
una langosta, y la pobrecita, apoyada en un salmonete que se prestaba a ser su
procurador, emprendió la marcha hacia las Columbretes, para pedir justicia y
venganza a algún tiburón de los que rondan aquellas islas.
Dos alegres delfines que estaban acabando de merendarse un atún
putrefacto, levantaban sus morros de cerdo y se burlaban de su amigote
gritando:
—¡A ese, a ese, que está loco!
Y decían verdad; si no estaba loco, poco le faltaba; aquella maldita
risa del esparrelló la tenía siempre en los oídos, y el pobre
animal corría y corría espoleado por la vergüenza de ser vencido.
Por fortuna, en el verdoso y confuso horizonte comenzaron a marcarse las
masas negras de las estribaciones submarinas delp. 82 cabo, con sus
profundas cuevas, donde las señoras del golfo en estado interesante iban a
depositar sobre el tapiz de hierba fina sus innumerables huevos.
El jadeante reig, que no podía ya con su alma, llegó junto a
las rocas y dijo con angustioso ronquido:
—Ya llegué.
Pero la vocecilla cargante contestó con timbre de falsete:
—Yo primero.
El muy granuja acababa de saltar desde el interior de la agalla, y se
pavoneaba ante el hocico del cansado reig, como si hubiera llegado
mucho antes.
El sencillo animalote no sabía qué hacer. Sintió tentaciones de darle un
trompis al insolente bicho que lo convirtiese en papilla, pero encorvándose se
llevó varias veces la cola entre los ojos y se rascó con expresión reflexiva.
—Bueno —roncó por fin—. En esto debe haber trampa, pero la palabra es
palabra. Mocoso, manda lo que quieras; seré tu criado.
***
Y el viejo pescador, terminado su cuento, sonreía y guiñaba los ojos
maliciosamente.
p. 83Aquello era de los tiempos en que los pescados hablaban, pero
tenía intríngulis.
¿Que no lo adivinaba? Pues era sencillo: que en este mundo puede más el
listo y el astuto que el fuerte que todo lo fía al corazón y a la acometividad.
Que vale ser más esparrelló pequeño y malicioso, que reig enorme
y sencillote. Que acometiendo de frente y arrollándolo todo solo se consigue
ser vehículo del listo que se esconde en la agalla para salir a tiempo.
Y el vejete me miraba con tal expresión de malicia y lástima, que me
ruboricé, murmurando para adentro:
—Este tío me conoce.
p. 85
La caperuza
Vivía yo entonces en el piso segundo, y tenía por vecino en el primero a
don Andrés García, fiscal de profesión, figura arrogante, con muchas canas en
la barba, el más buen mozo de cuantos vestían toga con vuelillos en la
Audiencia; un hombre, en fin, que realizaba en su físico ese ideal de la
justicia majestuosa e imponente.
Todas las tardes, al bajar la escalera, oía los mismos gritos a través
de la puerta. «¡Pilín!... ¡vida mía!... ¡rey de los pillos!... ¡ven
aquí, príncipe de Asturias!...»
Era la familia que se entregaba en cuerpo y alma al culto de su ídolo.
El fiscal, que acababa de llegar hambriento, anonadado por sus derroches de
elocuencia, que enviaban gente a presidio, abrazaba a su mujer y ambos reían y
gritaban como unos locos en torno de la niñera, que mantenía en sus brazos al
tirano de la casa, al únicop. 86 señor, a Pilín, un granuja
que apenas tenía un año y a quien bastaba un leve grito para que los padres
palideciesen de inquietud y las criadas corriesen aturdidas, no sabiendo cómo
cumplir a un tiempo tantas órdenes contradictorias.
¡Vaya un matrimonio especial! La mujer era casi una niña, una señorita
algo boba que aún no había salido de su asombro al verse madre. Miraba a su
marido con respeto: era tímida, de carácter dúctil, y como siempre sucede en
los matrimonios desiguales por la edad, donde la amistad suple al amor, don
Andrés era padre y esposo a un tiempo, cuidando tanto de la madre como del
niño.
Lo único que sacaba de su apatía característica a la joven señora era el
pequeñín, juguete raro al que amaba con pasión inextinguible y que no se
parecía a ninguno de los que formaban sus delicias cinco o seis años antes.
Mucho le había costado. En su memoria, donde se borraban las cosas con
facilidad, quedaba aún brumoso y sombrío el recuerdo de aquellos tres días de
tormento, de espantoso potro, de susto y sorpresa más que de dolor, con la casa
alborotada por sus berridos y el marido sudoroso, jadeante, con los lentes
inseguros, preparando medicinas y riñendo por torpesp. 87 a las criadas.
Pero ya todo había pasado, no volvería más, no señor: ella lo aseguraba con una
firmeza cándida que hacía reír; y ahora, en premio a sus tormentos, tenía al
lindo monigote, a aquel bebé de carne y hueso, a quien todos
en la casa llamaban Pilín, por bautizarle con tan extravagante
nombre la rústica niñera, una criadita cerril que, en opinión de algunos, la
habían cazado con lazo en las montañas de Chelva.
Por la mañana, cuando el señor estaba en la Audiencia salvando la
sociedad a fuerza de oratoria indignada, la mamá se entretenía con Pilín,
dando rienda suelta a sus aficiones de colegiala traviesa, que la maternidad no
había extinguido. Madre e hijo tenían moralmente la misma edad. Pilín pataleaba
como un gatito panza arriba sobre la alfombra del salón, mostrando sus rosadas
desnudeces, lanzando aulliditos a falta de palabras, diciendo sin duda, en el
misterioso lenguaje de la lactancia, que su mamá era una loca; y ella, ajando
sus vestidos lujosos, que se llevaban la mitad de la paga del fiscal, moviendo
grotescamente su linda cabecita despeinada, andaba a gatas en torno del bebé,
hacía el perro para asustarle, y si sus gracias arrancaban una risita al mimado
príncipe de Asturias, entonces llegaba a la demencia de su borracherap.
88 cariñosa, se arrojaba sobre él, le agarraba la cabezota enorme cubierta
de pelillos rubios, su bola de oro, según ella decía, y
cuando Pilín gimoteaba próximo a la sofocación, la caricia
bajaba, tibia, cariñosa, y la infantil señora, con tanta unción como si adorase
la santa faz, besuqueaba furiosa las nalgas de rosa del muñeco con esa fuerza
de estómago que solo tienen las madres.
¿Y él?... Estaba sublimemente ridículo en la adoración de aquel monigote
que le llegaba a los cuarenta y cinco bien cumplidos. La mamá y el niño salían
a recibirle en la escalera, y los vecinos veíamos cómo después de comerse a
besos a Pilín, se lo echaba al hombro y se metía dentro andando con
majestad, como un San Cristóbal, con chistera y lentes. ¡Y pensar que por bajo
del bigote aún le revoloteaba la vindicta pública, la
espada vengadora de la ley, la acusación justa... todas
las palabrotas con que regalaba veinte años de presidio al primero que caía
bajo su mirada iracunda de acusador!
Los periódicos se hacían lenguas de su elocuencia, de la lógica con que
formulaba sus acusaciones, pero él así hacía caso de tales elogios, como si
fuesen dirigidos al Gran Turco. La fama le preocupaba poco: lo único que le
enorgullecía era ser padrep. 89 de Pilín, y que su mujer, que
antes era tan poquita cosa, tuviese unos pechos abultados, fuertes, siempre
llenos, y la abnegación bastante rara de criar a su hijo.
Salía poco de casa. Los autos y Pilín le absorbían, y
por las mañanas tenía que hacer un penoso esfuerzo para entregar el niño a la
mamá y marcharse a la Audiencia. ¡Qué ministros los de Justicia! De seguro que
no eran padres. Porque vamos a ver: ¿qué perdería la magistratura con que él
llevase a Pilín a la Sala, sentándolo a su lado para que
presenciara los triunfos del papá?
Las noches eran terribles para don Andrés. Los pisos de cartón y
tabiques de papel que fabrica la moderna arquitectura, nos permitían a los
vecinos oír sus paseos desesperados, las cancioncillas a media voz con que
intentaba aplacar a aquel granuja que llevaba en brazos, sonriente de día, pero
malhumorado de noche, y con el especial gusto de que nadie durmiera en la casa.
¡Pobre don Andrés! Recordando murmuraciones de las criadas, me lo imaginaba
dando vueltas por el salón, en camisa, las piernas desnudas, los pies en
pantuflos, y a pesar de todo, grave y digno, luciendo su barba de apóstol y los
brillantes lentes con la misma majestad que cuando, cruzándosep. 90 la
toga sobre el pecho, se sentaba en el terrible banco. Y en vez de reírme
infundíame respeto la santa paciencia de aquel hombre, que se veía padre cuando
ya caminaba hacia la vejez y que para aplacar al energúmeno que llevaba en
brazos pasaba la noche cantando cancioncillas con voz de falsete y recordando
las óperas oídas cuando estudiante, mientras la señora roncaba cara a la pared.
Pero en cambio, de día, aquello era gozar. Ninguno de sus ascensos le
había producido tan profunda impresión como las monadas de su hijo.
Cuando Pilín contraía con una sonrisa su carita, marcando los
adorables hoyuelos de sus carrillos, don Andrés lo conmovía todo con sus
carcajadas de gigante bondadoso, y si el chiquitín lanzaba uno de sus rugidos
de alegría, que parecían el grito de guerra de un apache, el respetable fiscal
saltaba y chillaba como un loco. Y luego, ¡qué gusto aquello de sentirse en la
barba las trémulas manecitas que tiraban tercamente de los pelos, y qué dulces
estremecimientos se sentían al acariciar la cabezota peliblanca que latía por
entre los huesos tiernos y mal unidos!...
Aquello era una borrachera de cariño, una idolatría molesta para las
criadas, pues menudeaban las órdenes: «A ver, cierrep. 91 usted pronto ese
balcón, no se constipe el niño.» «Cuidado, muchacha, que puede caerse el
señorito.»
En aquella casa no se vivía más que para ser esclavo del dicho señorito.
Antes una mota de polvo en la mesa del despacho ponía furioso a don Andrés, y
ahora los alguaciles, al recoger los autos, tropezaban con algún zapatito
tamaño como cáscara de nuez, y hacían muecas ante ciertas manchas sospechosas
en los respetables folios.
Porque eso sí; el monigote, alentado por la servidumbre de sus mayores,
era un terrible anarquista, un demoledor de lo existente, que reía como un
bandido cuando lograba ofender con el más atroz de los insultos a la justicia
humana. No lo entraban en el despacho y lo ponían en la mesa sin que hiciera de
las suyas, y mientras el padre, embobado y con la pluma en alto, le hablaba
cual si pudiera entenderle, él sonreía hipócritamente, y mientras tanto, ¡zas!
lanzaba por bajo una ruidosa protesta que inutilizaba algún escrito de
conclusiones en que el papá amontonaba párrafos de estilo elevado, pidiendo
garrote vil para cualquier enemigo de la sociedad. Y no había medio de
enfadarse de veras. Ponía el grito en el cielo ante aquella ofensa irreparable
que arrojaba indeleble mancha sobrep. 92 el ministerio
fiscal, echaba del despacho a la madre y al hijo, acusándola a ella del
atentado, pero a los pocos minutos ya estaba allí la señora riendo como
siempre, con el Pilín grotescamente disfrazado. Aquella cabeza
de chorlito adoraba la boquita de viejo de su nene, decía que al reír tenía
cierto aire de payaso y encontraba diversión enharinándole la carita con los
polvos de su tocador y encasquetándole en la cabeza un cucurucho de papel, una
caperuza de mágico prodigioso. No caía en sus manos pliego de papel de oficio
que no le convirtiese en caperuza para Pilín, y era de ver el coro
de carcajadas que estallaba en el despacho ante el puntiagudo cucurucho. Reía
la madre su invención tantas veces repetida, acompañábala el fiscal con sus
carcajadas ruidosas y hasta Pilín lanzaba chillidos, muy
satisfecho de su fachita grotesca.
Pero no eran todo alegrías para don Andrés. Felicitábanle muchas veces
por sus triunfos de orador, por aquellos elogios de la prensa.
—¡Ah! sí... los periódicos —contestaba con distracción—. Hombre, a
propósito. Esta mañana hablaban de la difteria. ¿Sabe usted los estragos que
hace esa pícara? ¡Oh! ¡cosa tan terrible para los niños!
Lo decía de un modo que no daba lugarp. 93 a dudas. ¡Ah! Si la tal
difteria se personalizase, si se convirtiera en un ser de carne y hueso y la
tuviera él en el banquillo de los acusados... no tendría frío con lo que la
tiraría encima.
Y la terrible enfermedad debió ofenderse por los malos pensamientos de
don Andrés, y un día, ¡cataplum! metiose por las puertas del principal y su
primer anuncio fue apretarle la garganta a Pilín.
¡Gran Dios! Aquello fue una catástrofe que lo revolvió todo
instantáneamente; algo semejante a la explosión de una bomba, al incendio de un
buque, donde todos corren azorados por el peligro, sin saber qué hacer.
Vosotros, infelices, que vestidos de paño pardo arrastráis una cadena en
Ceuta y se os abren las carnes al recordar las terribles palabras de aquel que
os acusaba, hubierais sentido asombro al ver al hombre austero como la ley,
inquebrantable como el castigo, indignado como la venganza, pálido ahora,
nervioso, pasando las noches inclinado sobre una cuna, estremeciéndose ante una
respiración ronca, asfixiada, ocultándose en los rincones para quitarse los
lentes y pasarse las manos por los ojos, gritando con acento desesperado: «¡Pilín...
hijo mío, no te mueras!»
Pero por malos que seáis, no hubieraisp. 94 gozado con la caída del
hombre inexorable, al verle después sombrío, reconcentrado, ante la misma cuna
cubierta de flores blancas, pasando la mano temblorosa sobre la pálida frente
de Pilín, helada con ese frío especial que sube por el brazo hasta
el corazón, y mirando de vez en cuando al cielo con expresión desesperada, como
si por allá arriba anduviese algún prófugo contra el que preparaba la más
terrible de las acusaciones.
¡Pobre Pilín! ¿Qué has hecho? No más caperuzas; ya no te
burlarás de la ley lanzando tu ruidosa protesta sobre la vindicta pública; tu
eterna cuna será esa cajita blanca, coquetona, acolchada como una bombonera,
que tu padre mira con ganas de deshacerla de una patada; ya no tendrás quien te
acaricie la fina piel, quien besuquee la redonda faz con que escupías a la
justicia; tu esclava está ahora mirando la pared con fijeza estúpida, abiertos
los ojos como platos, con el asombro y el temor de una niña que ve romperse
entre sus manos el más lindo juguete.
Bien emprendes tu viaje. Tu padre te coloca sobre el almohadillado de
esa blanca barquilla que va a conducirte a lo desconocido; y partes
indiferente, sin que te hagan estremecer las lágrimas que, resbalandop.
95 tras unos lentes, caen sobre tu piel, ni te conmueven los alaridos de
alguien que allá dentro da de cabeza contra las paredes.
En la calle suenan los cánticos de la parroquia; los señores del margen,
escuadrón grave, estirado, de negra ropa y brillante sombrero, te ven pasar con
la indiferencia del que está acostumbrado a sucesos más graves, y emprendes la
marcha sobre los hombros de cuatro chicos reclutados en las porterías de la
vecindad, que expresan su dolor hurgándose las narices con la mano que les
queda libre.
Ya está lejos tu casa, los Estados donde imperabas como reyecillo
absoluto; ahora solo te quedan la compasión oficial, los lamentos de buena
educación, ese cortejo imponente y negro que te abandona en las afueras,
satisfecho de haber cumplido con el compañero, charlando un rato de sus
asuntos, mientras seguía tu blanco nido, y nosotros, los de última fila, los
que veíamos un instante tu carita al subir la escalera, pensamos ahora con
tristeza que no nos desvelará más tu nocturno lloriqueo.
¡Adiós, Pilín! Desapareces en un hueco de esa tétrica
anaquelería, donde quedan almacenados y con rótulo los infinitos productos de
la muerte. ¡Di adiós a todo! Al caliente salón donde te revolcabas panzap.
96 arriba; a la mamá, loca en sus expansiones; al padre, que habrías hecho
bailar de cabeza a tener tú gusto en ver de tal modo a un representante de la
más cruel y respetable de las profesiones. Viniste para mostrar lo frágil de la
comedia humana, para hacer ver que dentro de un acusador terrible hay siempre
un hombre, y ahora, diablillo encantador, te vas satisfecho de tu triunfo. La
noche que se acerca será tu madre; ¡adiós, tibias caricias! Tu piel de raso,
tan adorada, ya no tendrá más besos que los del viento y la lluvia...
Por la noche entré en casa de mi vecino. La señora estaba adentro, en el
salón, rodeada de sus amigas, ahogando con sus gemidos furiosos las frases
hechas y los consuelos de encargo con que la abrumaban.
Él estaba en el despacho con la cabeza entre los puños, mirando
fijamente con sus ojos de miope, enrojecidos y amoratados, un cucurucho de
papel arrugado, la última caperuza de Pilín arrojada
casualmente sobre la mesa. El hueco del embudo era siniestro. Tenía la misma
expresión de fúnebre vacío que se notaba en la casa, libre de aquel monigote
que lo llenaba todo con sus gritos; hacía recordar la abultada cabeza
peliblanca, la bola de oro, que la muerte se había tragado.
p. 97Me escuchó distraído; no tengo la seguridad de que llegara a
enterarse de mis palabras. De pronto le vi extender su mano automáticamente y
encasquetarse la caperuza en el cogote, como si sintiera horror al vacío que
mostraba el cucurucho.
¡Qué grotesco era aquello! Las barbazas de apóstol, la mirada vaga y
extraviada, y la puntiaguda caperuza por remate. Verdaderamente era ridículo...
tan ridículo, que yo sentía un nudo en la garganta, y varias veces me froté los
ojos para impedir que brotara algo.
p. 99
Noche de bodas
I
Fue aquel jueves para Benimaclet un verdadero día de fiesta.
No se tiene con frecuencia la satisfacción de que un hijo del pueblo, un
arrapiezo, al que se ha visto corretear por las calles descalzo y con la cara
sucia, se convierta, tras años y estudios, en todo un señor cura: por esto
pocos fueron los que dejaron de asistir a la primera misa que cantaba Visantet,
digo mal, don Vicente, el hijo de la siñá Pascuala y el tío
Nèlo, conocido por el Bollo.
Desde la plaza, inundada por el tibio sol de la primavera, en cuya
atmósfera luminosa moscas y abejorros trazaban sus complicadas contradanzas
brillando como chispas de oro, la puerta de la iglesia, enorme boca por la que
escapaba el vaho de lap. 100 multitud, parecía un trozo de negro cielo, en
el que se destacaban como simétricas constelaciones los puntos luminosos de los
cirios.
¡Qué derroche de cera! Bien se conocía que era la madrina aquella señora
de Valencia, de la que los Bollos eran arrendatarios, la cual
había costeado la carrera del chico.
En toda la iglesia no quedaba capillita ni hueco donde no ardiesen
cirios; las arañas cargadas de velas centelleaban con irisados reflejos, y al
humo de la cera uníase el perfume de la flores que formaban macizos sobre la
mesa del altar, festoneaban las cornisas y pendían de las lámparas en apretados
manojos.
Era antigua la amistad entre la familia de los Bollos y
la siñá Tona y su hija, famosas floristas que tenían su puesto
en el mercado de Valencia, y nada más natural que las dos mujeres hubiesen
pasado a cuchillo su huerto, matando la venta de una semana para celebrar
dignamente la primera misa del hijo de la siñá Pascuala.
Parecía que todas las flores de la vega habían huido para refugiarse
allí, empujándose medrosicas hacia la bóveda. El Sacramento asomaba entre dos
enormes pirámides de rosas y los santos ángeles del altarp. 101 mayor
aparecían hundidos hasta el dorado vientre en aquella nube de pétalos y hojas
que, a la luz de los cirios, mostraban todas las notas de color, desde el verde
esmeralda y el rojo sanguíneo hasta el suave tono del nácar.
Aquella muchedumbre que estrujándose olía a lana burda y sudor de salud,
sentíase en la iglesia mejor que otras veces, y encontraba cortas las horas de
ceremonia.
Acostumbrados los más de ellos a recoger como oro los nauseabundos
residuos de la ciudad, a revolver a cada instante en sus campos los
estercoleros en los cuales estaba la cosecha futura, su olfato estremecíase con
intensa voluptuosidad, halagado por las frescas emanaciones de las rosas y los
claveles, los nardos y las azucenas, a las que se unía el oriental perfume del
incienso. Sus ojos turbábanse con el incesante centelleo de aquel millar de
estrellas rojas, y les causaba extraña embriaguez el dulce lamento de los
violines, la grave melopea de los contrabajos y aquellas voces que desde el
coro, con acento teatral, cantaban en un idioma desconocido, todo para mayor
gloria del hijo del Bollo.
La muchedumbre estaba satisfecha. Miraba la deslumbrante iglesia como un
palacio encantado que fuese suyo. Así, entrep. 102 músicas, flores e
incienso, debía estarse en el cielo, aunque un poco más anchos y sudando menos.
Todos se hallaban en la casa de Dios por derecho propio. Aquel que
estaba allí arriba sobre las gradas del altar, cubierto de doradas vestiduras,
moviéndose con solemnidad entre azuladas nubecillas, y a quien el predicador
dedicaba sus más tonantes períodos, era uno de los suyos, uno más que se
libraba del rudo combate con la tierra para hacer concebir incesantemente a sus
cansadas entrañas.
Los más, le habían tirado de la oreja por ser mayores, otros, habían
jugado con él a las chapas, y todos le habían visto ir a Valencia a recoger
estiércol con el capazo a la espalda, o arañar con la azada esos pequeños
campos de nuestra vega, que dan el sustento a toda una familia.
Por eso su gloria era la de todos; no había quien no creyese tener su
parte en aquel encumbramiento, y las miradas estaban fijas en el altar, en
aquel mocetón fornido, moreno, lustroso, resto viviente de la invasión
sarracena, que asomaba por entre níveos encajes sus manazas nervudas y
vellosas, más acostumbradas a manejar la azada que a tocar con delicadeza los
servicios del altar.
p. 103También él en ciertos momentos paseaba su miraba con expresión de
ternura por aquel apiñado concurso. Sentado en sillón de terciopelo, entre sus
dos diáconos, viejos sacerdotes que le habían visto nacer, oía conmovido la voz
atronadora del predicador ensalzando la importancia del sacerdote cristiano y
elogiando al nuevo combatiente de la fe que con aquel acto entraba a formar
parte de la milicia de la Iglesia.
Sí, era él: aquel día se emancipaba de la esclavitud del terruño,
entraba en este mundo poderoso que no repara en orígenes: escala accesible a
todos, que se remonta desde el mísero cura, hijo de mendigos, al Vicario de
Dios; tenía ante su vista un porvenir inmenso, y todo lo debía a sus
protectores, a aquella buena señora obesa y sudorosa bajo la mantilla de blonda
y el negro traje de terciopelo, y a su hijo, al que el celebrante, por la
costumbre de humilde arrendatario, había de llamar siempre el señorito.
Los peldaños del altar mayor que le elevaban algunos palmos sobre la
muchedumbre, percibíalos él en su futura vida como privilegio moral que había
de realzarle sobre todos cuantos le conocieron en su humilde origen. Los más
generosos sentimientos le dominaban. Sería humilde,p. 104 aprovecharía su
elevación para el bien; y envolvía en una mirada de inmenso cariño a todas las
caras conocidas que estaban abajo, veladas por el intenso vaho de la fiesta; su
madrina, el tío Bollo y la siñá Pascuala, que
gimoteaban como unos niños con la nariz entre las manos, y aquella Toneta, la
florista, su compañera de infancia, excelente muchacha que erguía con asombro
la soberbia cabeza de beldad rifeña, como si no pudiera acostumbrarse a la idea
de que Visantet, aquel mozo al que trataba como un hermano, se había convertido
en grave sacerdote con derecho a conocer sus pecadillos, a absolverla.
Continuaba la ceremonia. El nuevo cura agitado por la emoción, por la
felicidad y por aquel ambiente cargado de asfixiantes perfumes, seguía la
celebración de la misa como un autómata, guiado muchas veces por sus
compañeros, sintiendo que las piernas le flaqueaban, que vacilaba su robusto
cuerpo de atleta, y sostenido únicamente por el temor de que la debilidad le
hiciera incurrir en algún sacrilegio.
Como si se moviera en las nieblas de un sueño, realizó todas las partes
que quedaban del misterio de la misa: con insensibilidad que le asombraba,
verificó aquella consumación en la que tantas veces habíap. 105 pensado
emocionado, y después del Tedeum cayó desvanecido en la
poltrona, cerrados los ojos y sintiéndose sofocado por aquella antigua casulla
codiciada por los anticuarios, orgullo de la parroquia, y que tantas veces
había mirado él siendo seminarista como el colmo de sus ambiciones.
Un penetrante perfume de rosa y almizcle, el ruido de agua agitada, le
volvieron a la realidad.
La madrina le lavaba y perfumaba las manos para la recepción final, y
toda la compacta masa abalanzábase al altar mayor queriendo ver de cerca al
nuevo cura.
La vida de superioridad y respetos comenzaba para él. La señora, a la
que había servido tantas veces, besábale las manos con devoción y le llamaba
don Vicente, deseándole muchas felicidades después de sus místicas bodas con la
Iglesia.
El nuevo cura, a pesar de su estado, no pudo reprimir un sentimiento de
orgullo y cerró los ojos como si le desvaneciera el primer homenaje.
Algo áspero y burdo oprimió sus manos. Eran las pobres zarpas del
tío Bollo, cubiertas de escamas por el trabajo y la vejez. El cura
vio inundadas en lágrimas, contraídas por conmovedora mueca, las cabezas
arrugadas y cocidas al sol de susp. 106 pobres padres, que le contemplaban
con la expresión del escultor devoto que, terminada la obra, se prosterna ante
ella creyéndola de origen superior.
Lloraba la gente contemplando el apretado grupo en que se confundía la
dorada casulla con las negras ropas de los viejos, y las tres cabezas unidas
agitábanse con rumor de besos y estertor de gemidos.
El impulso de la curiosa muchedumbre rompió el grupo conmovedor, y el
cura quedó separado de los suyos, entregado por completo al público, que se
empujaba por alcanzar las sagradas manos.
Aquello resultaba interminable. Benimaclet entero rozaba con besos
sonoros como latigazos aquellas manos velludas, llevándose en los labios
agrietados por el sol y el aire una parte de los perfumes.
Ahora sí que, agobiado por la presión de aquella multitud que se
apretaba contra la poltrona, falto de ambiente y de reposo, iba a desmayarse de
veras el nuevo cura.
Y en la asfixiante batahola, cuando ya se nublaba su vista y echaba
atrás la cabeza, recibió en su diestra una sensación de frescura, difundiéndose
por el torrente de su sangre.
Eran los rojos labios de la buena hermana, de Toneta, que rozaban su
epidermis,p. 107 mientras que sus negros ojos se clavaban en él con
forzada gravedad, como si tras ellos culebrease la carcajada inocente de la
compañera de juegos, protestando contra tanta ceremonia.
Junto a ella, arrogante y bien plantado como un Alcides, con la manta
terciada y la rapada testa erguida con fiereza, estaba otro compañero de la
niñez, Chimo el Moreno, el gañán más bueno y más bruto de todo
Benimaclet, protegiendo a la arrodillada muchacha con la gallardía celosa de un
sultán y mirando en torno con sus ojillos marroquíes, que parecían decir: «¡A
ver quién es el guapo que se atreve a empujarla!»
II
La comida dio que hablar en el pueblo.
Seis onzas, según cálculo de las más curiosas comadres, debió gastarse
la buena de doña Ramona para solemnizar la primera misa del hijo de sus
arrendatarios.
Era una satisfacción ver en la casa más grande del pueblo aquella mesa
interminable cubierta de cuanto Dios cría de buenop. 108 en el mundo,
fuera del bacalao y las sardinas, y contemplar en torno de ella una
concurrencia tan distinguida. Aquello era todo un suceso, y la prueba estaba en
que al día siguiente saldría en letras de molde en los papeles de Valencia.
En la cabecera estaban el nuevo sacerdote, casi oprimido por las
blanduras exuberantes de los otros curas que habían tomado parte en la
ceremonia, los padrinos y aquel par de viejecillos que llorando sobre sus
cucharas se tragaban el arroz amasado con lágrimas. En los lados de la mesa
algunos señores de la ciudad convidados por doña Ramona, y los amigos de la
familia junto con lo más distinguido del pueblo, labradores
acomodados que, enardecidos por la digestión del vino y la paella, hablaban del
rey legítimo que está en Venecia y de lo perseguida que en estos tiempos de
liberalismo se ve la religión.
Era aquello un banquete de bodas. Corría el vino, se alegraba la gente y
sonreía la madrina con las bromas trasnochadas de sus compañeros de mesa,
aquellas tres moles que desbordaban su temblona grasa por el alzacuello
desabrochado, y el roce de cuyas sotanas hacía enrojecer de satisfacción a la
bendita señora.
El único que mostraba seriedad era elp. 109 nuevo cura. No estaba
triste: su gravedad era producto de ensimismamiento. Su imaginación huía
desbocada por el pasado, recorriendo casi instantáneamente la vida anterior.
La vida de todos los suyos, su elevación en aquel mismo lugar donde
había sufrido hambre, aquel aparatoso banquete, le hacían recordar la época en
que la conquista del mendrugo mohoso le obligaba a recorrer los caminos, capazo
a la espalda, siguiendo a los carros para arrojarse ávidamente, como si fuese
oro, sobre el reguero humeante que dejaban las bestias.
Aquella había sido su peor época, cuando tenía que gemir y alborotar
horas enteras para que la pobre madre se decidiera a engañarle el hambre nunca
satisfecha con un pedazo del pan guardado con mísera previsión.
La presencia de Toneta, aquel moreno y gracioso rostro que se destacaba
al extremo de la mesa, evocaba en el cura recuerdos más gratos.
Veíase pequeño y haraposo en el huerto de la siñá Tona,
aquel hermoso campo cercado de encañizadas en el que se cultivan las flores
como si fuesen legumbres. Recordaba a Toneta, greñuda, tostada, traviesa como
un chico, haciéndole sufrir conp. 110 sus juegos, que eran verdaderas
diabluras, y después el rápido crecimiento y el cambio de suerte; ella a
Valencia todos los días con sus cestos de flores, y él al Seminario protegido
por doña Ramona, que, en vista de su afición a la lectura y de cierta viveza de
ingenio, quería hacer un sacerdote de aquel retoño de la miseria rural.
Luego venían los días mejores, cuyo recuerdo parecía perfumar dulcemente
todo su pasado.
¡Cómo amaba él a aquella buena hermana, que tantas veces le había
fortalecido en los momentos de desaliento!
En invierno salía de su barraca casi al amanecer, camino del Seminario.
Pendiente de su diestra, en grasiento saquillo, lo que entre clase y
clase había de devorar en las alamedas de Serranos: medio pan moreno con algo
más que, sin nutrirle, engañaba su hambre; y cruzado sobre el pecho a guisa de
bandolera, el enorme pañuelo de hierbas envolviendo los textos latinos y
teológicos, que bailoteaban a su espalda como movible joroba. Así equipado
pasaba por frente al huerto de la siñá Tona, aquella pequeña
alquería blanca con las ventanas azules, siempre en el mismo momento que se abría
su puerta para dar paso a Toneta, fresca, recién lavada,p. 111 con el
peinado aceitoso y llevando con garbo las dos enormes cestas en que yacían
revueltas las flores mezclando la humedad de sus pétalos.
Y juntos los dos, por atajos que ellos conocían, marchaban hacia
Valencia, que por encima del follaje de la Alameda marcaba en las brumas del
amanecer sus esbeltas torres, su Miguelete rojizo, cuya cima parecía encenderse
antes de que llegasen a la tierra los primeros rayos del sol.
¡Qué hermosas mañanas! El cura, cerrando los ojos, veía las oscuras
acequias con sus rumorosos cañaverales; los campos con sus hortalizas que
parecían sudar cubiertas del titilante rocío; las sendas orladas de brozas con
sus tímidas ranas, que al ruido de pasos arrojábanse con nervioso salto en los
verdosos charcos; aquel horizonte que por la parte del mar se incendiaba al
contacto de enorme hostia de fuego; los caminos desde los cuales se esparcía
por toda la huerta chirrido de ruedas y relinchos de bestias; los fresales que
se poblaban de seres agachados, que a cada movimiento hacían brillar en el
espacio el culebreo de las aceradas herramientas, y los rosarios de mujeres que
con cestas a la cabeza iban al mercado de la ciudad saludando con sonriente y maternal
¡bòn día! ap. 112 la linda pareja que formaban la florista garbosa
y avispada y aquel muchachote que con su excesivo crecimiento parecía escaparse
por pies y manos del trajecillo negro y angosto, que iba tomando un
sacristanesco color de ala de mosca.
El matinal viaje era un baño diario de fortaleza para el pobre
seminarista, que oyendo los buenos consejos de Toneta, tenía ánimos para sufrir
las largas clases, aquella inercia contra la que se revelaba su robustez, su
sangre hirviente de hijo del campo y las pesadas explicaciones en cuyo
laberinto penetraba a cabezadas.
Separábanse en el puente del Real: ella hacia el Mercado en busca de su
madre; él a conquistar poco a poco el dominio de las ciencias eclesiásticas, en
las cuales tenía la certeza de que jamás llegaría a ser un prodigio. Y apenas
terminaba su comida en las alamedas de Serranos, en cualquier banco compartido
con las familias de los albañiles que hundían sus cucharas en la humeante
cazuela de mediodía, Visantet, insensiblemente, se entraba en la ciudad, no
parando hasta el mercadillo de las flores, donde encontraba a Toneta atando los
últimos ramos y a su madre ocupada en recontar la calderilla del día.
Tras estos agradables recuerdos quep. 113 constituían toda su
juventud, venía la separación lenta que la edad y la divergencia de
aspiraciones habían efectuado entre los dos. No en balde crecían en años y no
impunemente sometía él al estudio su inteligencia virgen y pasiva.
En la última parte de su carrera comenzó a sentir con vehemencia el
fervor profesional. Entusiasmábase pensando que iba a formar parte de una
institución extendida por toda la tierra, que tiene en su poder las llaves del
cielo y de las conciencias; le enardecían las glorias de la Iglesia, las luchas
de los papas con los reyes en el pasado y la influencia del sacerdote sobre el
magnate en el presente. No era ambicioso, no pensaba ir más allá de un modesto
curato de misa y olla; pero le satisfacía que el hijo de unos miserables
perteneciese con el tiempo a una clase tan poderosa, y mecido por tales
ilusiones, se entregó de lleno a la vocación que iba a sacarle del subsuelo
social.
Cuando no estaba en Valencia en el Seminario, prestaba en Benimaclet
funciones de sacristán, y llegó a ser hombre sin sentir apenas el despertar de
la virilidad en su vigorosa complexión.
Su voluntad de campesino tozudo anulaba las exigencias del sexo, que le
causabanp. 114 horror, teniéndolas como tentaciones del Malo.
La mujer era para él un mal necesario e imprescindible para el sostenimiento
del mundo; la bestia impúdica de que hablaban los Santos
Padres.
La belleza era amenazante monstruosidad: temblaba ante ella poseído de
repugnancia y sordo malestar, y solo se sentía tranquilo y confiado en
presencia de aquella beldad que, vestida de blanco y azul, pisando la luna,
yergue su cabeza en los altares con arrobadora dulzura. Su contemplación
provocaba en el seminarista explosiones de indefinible cariño, y también
participaba de este aquella otra criatura terrenal y grosera a la que él
consideraba como hermana.
No era sacrilegio ni mundana pasión. Toneta resultaba para él una
hermana, una amiga, un afecto espiritual que le acompañaba desde su infancia:
todo, menos una mujer. Y tal era su ilusión, que en aquel momento, entre la
algazara del banquete, entornando los ojos, le parecía que se transformaba, que
su rostro vulgar y moreno dulcificábase con expresión celestial, que se elevaba
de su asiento, que su falda rameada y su pañuelo de pájaros y flores,
convertíase en cerúleo manto, lo mismo que en la otra, cuya belleza se ensalza
con losp. 115 más dulces nombres que ha producido idioma alguno...
Pero sintió a sus espaldas algo que le hizo despertar de la dulce
somnolencia.
Era la siñá Tona, la madre de la florista, que
abandonando su asiento venía a hablar con el cura.
La buena mujer no podía conformarse con el nuevo estado del hijo de su
amiga. Como buena cristiana sabía el respeto que se debe a un representante de
Dios; pero que la perdonasen, pues para ella Visantet siempre sería Visantet,
nunca don Vicente, y aunque la aspasen, no podría menos que hablarle de tú. Él
no se ofendería por eso, ¿verdad? Pues si lo había conocido tan pequeño... si
era ella quien lo había llevado de pañales a la iglesia para que lo
cristianasen, ¿cómo iba a hacerle tales pamplinas a un chico a quien
consideraba como hijo? Aparte de esta falta de respeto, ya sabía que en casa se
le quería de veras. Si no vivieran el tío Bollo y la siñá Tomasa,
Toneta y ella eran capaces de irse con él como amas de llaves; pero ¡ay, hijo
mío! no iba el agua por esa acequia. Aquella chiquilla estaba muertecita
por Chimo el Moreno, un pedazo de bruto de quien nadie tenía nada
que decir, mejorando lo presente; se querían casar en seguida, antes de San
Juanp. 116 si era posible, y ella ¿qué había de hacer?... En casa faltaba
un hombre; el huerto estaba en poder de jornaleros, ellas necesitaban la sombra
de unos pantalones, y como el Moreno servía para el caso
(siempre mejorando lo presente), la madre estaba conforme en que la chica se
casara.
Y la habladora vieja interrogaba con los ojos al cura, como esperando su
aprobación.
Bueno; pues a eso se había acercado ella... ¿A qué? A
decirle que Toneta quería que fuese él quien la casase. ¿Teniendo un capellán
casi en la familia, para qué ir a buscarlo fuera de casa?
El cura no dudó; le parecía muy natural la pretensión. Estaba bien; los
casaría.
III
El día en que se casó Toneta, fue de los peores para el nuevo adjunto de
la parroquia de Benimaclet.
Cuando la ceremonia hubo terminado, don Vicente despojose en la
sacristía de sus sagradas vestiduras, pálido y trémulo como si le aquejase
oculta dolencia.
El sacristán, ayudándole, hablaba delp. 117 insufrible calor.
Estaban en julio, soplaba el poniente, la vega se mustiaba bajo aquel soplo
interminable y ardoroso que antes de perderse en el mar había pasado por las
tostadas llanuras de Castilla y la Mancha, y con su ambiente de hoguera
agrietaba la piel y excitaba los nervios.
Pero bien sabía el nuevo cura que no era el poniente lo que le
trastornaba. ¡Buenas estarían tales delicadezas en él, acostumbrado a todas las
fatigas del campo!
Lo que sentía era arrepentimiento de haber accedido a celebrar la boda
de Toneta. ¡Cuán poco se conocía! Ahora iba comprendiendo lo que se ocultaba
tras el afecto fraternal nacido en la niñez.
Él, sacerdote desligado de las miserias humanas, sentía un sordo
malestar después de bendecir la eterna unión de Toneta y Chimo; experimentaba
idéntica impresión que si le acabasen de arrebatar algo que era suyo.
Le parecía hallarse aún en la capilla mirando casi a sus pies aquella
linda cabeza cubierta por la vistosa mantilla. Nunca había visto tan hermosa a
Toneta, pálida por la emoción y con un brillo extraño en los ojos cada vez que
miraba al Moreno, que estaba soberbio con su traje nuevo y su ringlot azul
de larga esclavina.
p. 118Podía decirse que el cura acababa de ver por primera vez a Toneta.
La hermana ideal, que en su imaginación casi se confundía con la figura azul
que pisaba la luna, habíase convertido de pronto en una mujer.
Él, que jamás había descendido con su vista más allá de la fresca boca
siempre sonriente, y que miraba a Toneta como esas imágenes de lindo rostro que
bajo las vestiduras de oro solo guardan los tres puntales que sostienen el
busto, pensaba ahora, con misteriosos estremecimientos, que había algo más, y
veía con los ojos de la imaginación el terrible enemigo con todas sus
redondeces rosadas y sus graciosos hoyuelos: la carne, arma poderosa del Malo con
que abate las más fuertes virtudes.
Odiaba al Moreno, su compañero de la niñez. Era un buen
muchacho, pero no podía tolerarse que su rudeza brutal hubiera de ser la eterna
compañera de la florista. No debía consentirse, lo afirmaba él, que estaba
arrepentido de haber realizado la boda.
Pero inmediatamente sentíase avergonzado por tales pensamientos, se
ruborizaba al considerar que aquella protesta era envidia, impotencia que se
revolvía en forma de murmuración.
Hacíale daño el contemplar la felicidadp. 119 ajena, aquella
explosión de amor que venía preparándose, amor legítimo, pero que no por esto
molestaba menos al cura.
Se iría a casa. No quería presenciar por más tiempo la alegría de la
boda; pero cuando salió de la sacristía, se encontró con la comitiva nupcial
que estaba esperándole, pues la siñá Tona se oponía a que se
hiciera nada sin la presencia de su Visantet.
Y por más que se resistió, tuvo que seguir el camino de aquel huerto del
que tantos recuerdos guardaba, y entre las faldas rameadas y coloridas como la
primavera, los pañuelos de seda brillantes y los reflejos tornasolados de la
pana y el terciopelo, causaba un efecto lastimoso el suelto manteo y aquel
desmayado sombrero de teja que avanzaba con lentitud, como si en vez de cubrir
un cuerpo vigoroso y exuberante de vida, fuesen los de un viejo achacoso.
Una vez en el huerto, ¡qué de tormentos! ¡qué cariñosas solicitudes que
le parecían crueles burlas! La siñá Tona, en su alegría de
madre, enseñábale todas las reformas hechas en la alquería con motivo del
matrimonio. ¿Se enteraba Visantet? Aquel estudi era el
dormitorio de los novios y aquella cama sería la del matrimonio,p. 120 con
su colcha de azulada blancura y complicados arabescos, que a Toneta le habían
costado todo un invierno de trabajo.
Bien estarían allí los novios. Qué blandura, ¿eh? Y la inocente vieja
creía hacer una gracia obligando al cura a que tocase los mullidos colchones y
apreciase en todos sus detalles la rústica comodidad de aquella habitación, que
a la noche había de convertirse en caliente nido.
Y después seguían los tormentos, las intimidades fraternales, que
resultaban para él terribles latigazos: aquel bruto del Moreno que
no se recataba de hablar en su presencia, bromeando con sus amigotes sobre lo
que ocurriría por la noche, con comentarios tales, que las mujeres chillaban
como ratas y sofocadas de risa le llamaban ¡pòrc! y ¡animal!; y
Toneta, que en traje de casa, al aire sus morenos y redondos brazos, se
aproximaba a él rozando su sotana con la epidermis fina y caliente,
preguntándole qué pensaba de su casamiento y acompañando sus palabras con fijas
miradas de aquellos ojos que parecían registrarle hasta las entrañas.
¡Ira de Dios! La gente le hacía tanto caso como si fuese un muerto que
hablara; aquella mujer se atrevía a tratarle con un descuido que no osaría con
el gañán másp. 121 bestia de los que allí estaban: no era un hombre, era
un cura, y al pensar en esto tan amargo, creía que todos le miraban con
respetuosa compasión, y una llamarada de rabia enturbiaba su vista.
Bien pagaba los honores de su clase, la elevación sobre la miseria en
que nació. Él, el más respetado de la reunión, don Vicente, el gran sacerdote,
miraba con envidia a aquellos muchachotes cerriles con alpargatas y en mangas
de camisa.
Hubiera querido ser temido, como ellos, a los que no osaban aproximarse
mucho las mujeres por miedo a audaces pellizcos, y sobre todo no inspirar
lástima, no ser tenido como una momia santa, en cuyos oídos resbalaban las
palabras ardientes sin causar mella.
Cada vez se sentía más molesto. Durante la comida estuvo al lado de los
novios, sufriendo el ardoroso contacto de aquel cuerpo sano y fragante, que
parecía esparcir un perfume de flor carnosa, y que en la confianza de la
impunidad se revolvía libremente sin cuidado a empujar, o se inclinaba sobre él
y al decirle insignificantes palabras le envolvía en su cálido aliento. Y
después aquel Chimo con su salvaje ingenuidad, creyendo que tras la misa de por
la mañana todo era ya legítimo, corroídop. 122 por la impaciencia, tomando
con sus dedos romos la redonda barbilla de Toneta, entre la algazara de los
convidados, y hundiendo las manos bajo la mesa, mientras miraba a lo alto con
la expresión inocente del que no ha roto un plato en su vida.
Aquello no podía seguir. Don Vicente se sentía enfermo. Oleadas de
sangre caldeaban su rostro, parecíale que el viento seco y ardoroso que
inflamaba la piel se había introducido en sus venas, y su olfato dilatábase con
nervioso estremecimiento, como excitado por aquel ambiente de pasión carnívora
y brutal.
No quería ver; deseaba olvidar, aislarse, sumirse en dulce y apática
estupidez; y guiado por el instinto, vaciaba su vaso, que la cortesanía
labriega cuidaba de tener siempre lleno.
Bebió mucho, sin conseguir que aquel sentimiento de envidia y de
despecho se amortiguase; esperaba las nieblas rosadas de una embriaguez ligera,
algo semejante a la discreta alegría de sus meriendas de seminarista, cuando a
los postres él y sus compañeros, con la más absoluta confianza en el porvenir,
soñaban en ser papas o en eclipsar a Bossuet; pero lo que llegó para él fue una
jaqueca insufrible, que doblaba su cabeza, como si sobre ella gravitasep.
123 enorme mole y que le perforaba la frente con un tornillo sin fin.
Don Vicente estaba enfermo.
La misma siñá Tona, reconociéndolo, le permitió, con
harto dolor, que se retirase de la fiesta, y el cura, con paso firme, pero con
la vista turbia y zumbándole los oídos, se encaminó a su casa, seguido de su
alarmada madre, que no quiso permanecer ni un instante más en la boda.
No era nada; podía tranquilizarse: el maldito poniente y la agitación
del día. No necesitaba más que dormir.
Y cuando penetró en su cuarto, en la casita nueva que habitaba en el
pueblo desde su primera misa, tiró el sombrero y el manteo, y sin quitarse el
alzacuello ni tocar su sotana, se arrojó de bruces con los brazos extendidos en
su blanca cama de célibe, extinguiéndose inmediatamente los débiles destellos
de su razón y sumiéndose en la lobreguez más absoluta.
IV
Poblose la negra inmensidad de puntos rojos, de infinitas y movibles
chispas, como si aventasen gigantesca hoguera; sintió quep. 124 caía y
caía como si aquel desplome durase años y fuese en una sima sin fondo, hasta
que por fin experimentó en todo su ser un rudo choque, conmoviéndose de pies a
cabeza, y... despertó en su cama, tendido sobre el vientre, tal como se había
arrojado en ella.
Lo primero que el cura pensó fue que había pasado mucho tiempo.
Era de noche. Por la abierta ventana veíase el cielo azul y diáfano,
moteado por la inquieta luz de las estrellas.
Don Vicente experimentó la misma impresión de las damas de comedia que
al volver en sí lanzan la sacramental pregunta: «¿En dónde estoy?»
Su cerebro sentíase abrumado por la pesadez del sueño, discurría con
dificultad y tardó en reconocer su cuarto y en recordar cómo había llegado
hasta allí.
De pie en la ventana, vagando su turbia mirada por la oscura vega, fue
recobrando su memoria, agrupando los recuerdos que llegaban separados y con
paso tardo, hasta que tuvo conciencia de todos sus actos, antes de que le
rindiera el sueño.
¡Bien, don Vicente! ¡Magnífica conducta para un sacerdote joven que
debía ser ejemplo de templanza! Se había emborrachado; sí, esta era la palabra,
y había sidop. 125 en presencia de los que casi eran sus feligreses. Lo
que más le molestaba era el recuerdo de los motivos que le impulsaron a tal
abuso.
Estaba perdido. Ahora que se aclaraba su inteligencia, aunque sus
sentidos parecían embotados, horrorizábase ante el peligro y protestaba contra
la pasión que pretendía hacer presa en su carne virgen. ¡Qué vergüenza! Salido
apenas del Seminario, sin contacto alguno con esa atmósfera corruptora de las
grandes ciudades, viviendo en el ambiente tranquilo y virtuoso de los campos, y
próximo, sin embargo, a caer en los más repugnantes pecados. No; él resistiría
a las seducciones del Malo; acallaría el espíritu tentador que para
mortificante prueba se había rebelado dentro de él: afortunadamente, la torpe
embriaguez con su sueño le había devuelto la calma.
Oyéronse a lo lejos campanas que daban horas. Eran las tres... ¡Cuánto
había dormido! Por esto se sentía ya sin sueño, dispuesto a emprender la tarea
diaria.
Desde aquella ventana, abierta en las espaldas de la modesta casita,
veíase la inmensa vega, que a la difusa luz de las estrellas marcaba sus masas
de verdura y las moles de sus innumerables viviendas. La calma era absoluta. No
soplaba ya elp. 126 poniente, pero la atmósfera estaba caldeada, y los
ruidos de la noche parecían la jadeante respiración de los tostados campos.
Perfumes indefinibles había en aquel ambiente, que aspiraba con delicia
el joven cura, como si quisiera saturar el interior de su organismo del aire
puro de los campos.
Su vista vagaba en aquella penumbra, intentando adivinar los objetos que
tantas veces había visto a la luz del sol. Esta distracción infantil parecía
volverle a los tranquilos goces de la niñez, pero sus ojos tropezaron con una
débil mancha blanca, en la que creía adivinar la alquería de la siñá Tona
y... ¡adiós tranquilidad, propósitos de fortaleza y de lucha!
Fue un rudo choque, una conmoción rápida; huyeron arrolladas la calma y
la placidez: desapareció el dulce embotamiento, despertó la carne, sacudiendo
la torpeza de los sentidos, y otra vez subió hasta sus mejillas aquella
llamarada que le hacía pensar en el fuego del infierno.
Sintió en su imaginación que se desgarraba denso velo, como si aún
estuviera en la tarde anterior, admirando aquellos brazos morenos de sedoso y
ardiente contacto, al par que recibía la fragancia de la carne, cuyo misterio
acababa de revelársele.
p. 127Y en aquel momento, ¡oh Malo tentador! el
infeliz, mirando la oscura vega veía, no la blanca e indecisa alquería, sino
el estudi envuelto en voluptuosa sombra, aquella cama cuya
blandura tanto había ensalzado la siñá Tona, y sobre el
mullido trono lo que para otros era felicidad y para él horrendo pecado, lo que
jamás había de conocer y le atraía con la irresistible fuerza de lo prohibido.
La maldita imaginación ponía junto a sus ojos las tibias suavidades, los
dulces contornos, los finos colores de aquella carne desconocida; y la
agitación del infeliz iba en aumento, sentía crecer dentro de sí algo animado
por el espíritu de la rebelión; la virilidad que se vengaba de tantos años de
olvido inflamando su organismo, haciendo que zumbasen sus oídos, enturbiando su
vista y dilatando todo su ser, como si fuese a estallar a impulsos del deseo
contenido y falto de escape.
Aquello era la tentación en toda regla; pensó en los santos eremitas, en
San Antonio, tal como le había visto en los cuadros, cubriéndose los ojos ante
impúdicas beldades, tras cuyas seducciones se ocultaban los diablos
repugnantes; pero allí no había espíritus malignos por parte alguna: lo único
real que acompañaba a las evocadonesp. 128 de su imaginación, era la
cálida noche con aquel suave ambiente de alcoba cerrada y los ruidos
misteriosos del campo que sonaban como besos.
Ellos, allá, en el tibio lecho, rodeados de la discreta oscuridad que
había de guardar en profundo secreto los delirios de la más grata de las
iniciaciones; él, solo, inaccesible a toda efusión, planta parásita en un mundo
que vive por el amor, sintiendo penetrar hasta su tuétano el eterno frío de
aquella cama de célibe.
De allá lejos, de la blanca casita, parecía salir un soplo de fuego que
le envolvía, calcinando su carne hasta convertirla en cenizas. Creyó que la
vista de aquel nido de amores y la voluptuosa noche eran lo que le excitaba, y
huyó de la ventana, moviéndose a ciegas en su lóbrega habitación.
No había calma para él. También en aquella lobreguez la veía, creyendo
sentir en su cuello el roce de los turgentes brazos y en sus labios ardorosos
aquel fresco beso que le había despertado de su desvanecimiento el día de la
primera misa. La combustión interna seguía, y el sufrimiento ya no era moral,
pues la tensión de todo su ser producíale agudos dolores.
¡Aire! ¡frescura! Y en el silencio de la lóbrega habitación sonó un
chapoteo dep. 129 agua removida, los suspiros de desahogo del pobre cura
al sentir la glacial caricia en su abrasada piel.
Lentamente volvió a la ventana, calmado por la fría inmersión. Un
sentimiento de profunda tristeza le dominaba. Se había salvado, pero era
momentáneamente: dentro de él llevaba el enemigo, el pecado que acechaba pronto
a dominarle y vencerle, y aquella tremenda lucha reaparecería al día siguiente,
al otro y al otro, amargando su existencia mientras el ardor de una robusta
juventud animase su cuerpo. ¡Cuán sombrío veía el porvenir! Luchar contra la
Naturaleza, sentir en su cuerpo una glándula que trabajaba incesantemente y que
con solo la voluntad había de anular, vivir como un cadáver en un mundo que
desde el insecto al hombre rige todos sus actos por el amor parecíale el mayor
de los sacrificios.
La ambición, el deseo de emanciparse de la miseria, le había enterrado.
Cuando creía subir a envidiadas alturas, veíase cayendo en lobregueces de fondo
desconocido.
Sus compañeros de pobreza, los que sufrían hambre y doblaban la espalda
sobre el surco, eran más felices que él, conocían aquel atractivo misterio que
acababa dep. 130 revelarse y que el deber le obligaba a ignorar
eternamente.
Bien pagaba su encumbramiento. ¡Maldita idea la de aquella buena señora
que quiso hacer un sacerdote del mocetón fornido, que antes que continencias
necesitaba esparcimientos y escapes para su plétora de vida!
Subía, sí, pero encadenado para siempre; se hallaba por encima de las
gentes entre las que nació, pero recordaba sus estudios clásicos, la fábula del
audaz Prometeo, y se veía amarrado para siempre a la roca inconmovible de la fe
jurada, indefenso y a merced de la pasión carnal que le devoraba las entrañas.
Su firme devoción de campesino aterrábase ante la idea de ser un mal
sacerdote: el sexo, que había despertado en él para siempre como inacabable
tormento, desvanecía toda esperanza de tranquilidad; y en este conflicto, el
cura, asustado ante el porvenir, se entregó al desaliento e inclinando su
cabeza sobre el alféizar, cubriéndose los ojos con las manos, lloró por los
pecados que no había cometido y por aquel error que había de acompañarle hasta
la tumba.
Una húmeda sensación de frescura le hizo volver en sí.
Amanecía. Por la parte del mar rasgábasep. 131 la noche marcando
una faja de luminoso azul: la verdura de la vega y la dentellada línea de
montañas iban fijando sus esfumados contornos; lanzaban sus últimos parpadeos
las estrellas, rodaba el fiero alerta de los gallos de alquería, y las
alondras, como alegres notas envueltas en volador plumaje, rozaban las cerradas
ventanas anunciando la llegada del día.
¡Magnífico despertar! Tal vez a aquella hora Toneta, recogiéndose el
cabello y cubriendo púdicamente con el blanco lienzo los encantos que solo un
hombre había de conocer, saltaba de la cama y abría el ventanillo de su estudi para
que la aurora purificarse el ambiente de pasión y voluptuosidad.
El cura salió de su cuarto con los ojos enrojecidos y la frente
contraída por penosa arruga, perenne recuerdo de aquella noche de bodas en que
la compañera de su infancia había visto de cerca el amor, y él se había unido
con la desesperación, la más fiel de las esposas.
Abajo en la cocina encontró a su madre que preparaba el desayuno, y la
pobre vieja no pudo comprender aquella amarga mirada de reproche que el cura le
lanzó al pasar.
Paseó maquinalmente por el corral hastap. 132 que sus pies
tropezaron con una espuerta de esparto, vieja, rota, cubierta por una costra de
basura, igual a la que él llevaba a la espalda cuando niño.
Era el pasado que reaparecía para echarle en cara su infidelidad.
¿No se había emancipado de la miseria de su clase? Pues ya lo tenía
todo; que comiera, que se regodeara con la satisfacción de ser considerado como
un ser superior.
Lo otro, lo desconocido, lo que le hacía temblar con intensa emoción,
era para los infelices, para los que luchaban por la vida.
El cura gimió con desesperación, sintiendo en torno de él el vacío y la
frialdad, pensando que si sus manos, ahora consagradas, hubiesen seguido
porteando el mísero capazo, estaría en tal instante arrebujado en aquella
blanda cama del estudi nupcial, viendo como Toneta, al aire
sus hermosos brazos y marcada bajo el fino lienzo su robustez armoniosa, se
contemplaba en el espejo sonriendo ruborizada con los recuerdos de la noche de
bodas.
Y el pobre cura lloró como un niño; lloró hasta que el esquilón de la
iglesia con su gangueo de vieja comenzó a llamarle a la misa primera.
p. 133
La corrección
A las cinco, la corneta de la cárcel lanzaba en el patio su escandalosa
diana, compuesta de sonidos discordantes y chillones, que repetían como
poderoso eco las cuadras silenciosas, cuyo suelo parecía enladrillado con carne
humana.
Levantábanse de la almohada trescientas caras soñolientas, sonaba un
verdadero concierto de bostezos, caían arrolladas las mugrientas mantas,
dilatábanse con brutal desperezamiento los robustos e inactivos brazos,
liábanse los tísicos colchones conocidos por petates en el
mísero antro y comenzaba la agitación, la diaria vida en el edificio antes
muerto.
En las extensas piezas, junto a las ventanas abarrotadas, por donde
entraba el fresco matinal renovando el ambiente cargado por el vaho del
amontonamiento de la carne, formábanse los grupos, las tertuliasp. 134 de
la desgracia, buscándose los hombres por la identidad de sus hechos; los
delincuentes por sangre eran los más, inspirando confianza y simpatía con sus
rostros enérgicos, sus ademanes resueltos y su expresión de pundonor salvaje;
los ladrones, recelosos, solapados, con sonrisa hipócrita; entre unos y otros,
cabezas con todos los signos de la locura o la imbecilidad, criminales
instintivos de mirada verdosa y vaga, frente deprimida y labios delgados,
fruncidos por cierta expresión de desdén; testas de labriego extremadamente
rapadas, con las enormes orejas despegadas del cráneo; peinados aceitosos con
los bucles hasta las cejas; enormes mandíbulas, de esas que solo se encuentran
en las especies feroces inferiores al hombre; blusas rotas y zurcidas;
pantalones deshilachados y muchos pies gastando la dura piel sobre los rojos
ladrillos.
A aquella hora asomaban en las piezas las galoneadas gorras de los
empleados, saludados con el respeto que inspira la autoridad donde impera la
fuerza; pasaban los cabos, vergajo al puño, con sus birretes blancos, escasos
de tela, como de cocinero de barco pobre, y comenzaban los quinceneros la
limpieza de la casa, la descomunal batalla contra la mugre y la miseria que
aquel amontonamiento de robustez inútilp. 135 dejaba como rastro de vida
al agitarse dentro del sombrío edificio.
Los quinceneros eran la última capa de aquella sociedad
de miserables, los parias de la esclavitud, los desheredados de la cárcel. El
último de los presos resultaba para ellos un personaje feliz, y le contemplaban
con envidia al verle inmóvil en la pieza, haciendo calcetas con
estrambóticos arabescos o tejiendo cestillos de abigarrados colores.
Con la escoba al hombro y arrastrando los cubos de agua, pasaban
macilentos y humildes ante los penados, pensando en cuándo llegarían a
ser de causa y tendrían el honor de sentarse en el banquillo
de la Audiencia por algo gordo, librándose con esto de doblar todo
el día el espinazo sobre los rojos baldosines e ir pieza tras pieza lavando el
hediondo piso sin quitar la vista del cabo y del cimbreante vergajo, pronto a
arrollarse al cuerpo como angulosa serpiente.
Iban descalzos, andrajosos, mostrando por los boquetes de la blusa la
carne costrosa, libre de camisa; con la cara pálida, la piel temblona por el
hambre de muchos años y el horrible aspecto de náufragos arrojados a una isla
desierta. Eran los chicos de la cárcel, los que se preparaban ap. 136 ser
hombres en aquel horrible antro, siempre condenados a quince días de arresto
que no terminaban nunca, pues apenas los ponían en la puerta y aspiraban el
aire de las calles, la policía, como madre amorosa, devolvíalos a la cárcel
para atribuirse un servicio más e impedir que la adolescencia desamparada
aprendiese malas cosas rodando por el mundo.
Eran en su mayoría seres repulsivos, frentes angostas con un cerquillo
de cabellos rebeldes que sombreaban como manojo de púas las rectas cejas;
rostros en los que parecía leerse la fatal herencia de varias generaciones de
borrachos y homicidas; carne nacida del libertinaje brutal que estaba
aderezándose para ser pasto del presidio; pero entre ellos había muchachos
enclenques e insignificantes, de mirada sin expresión, que parecían esforzarse
por seguir a los compañeros en su oscuro descenso; y extremando la ley de
castas hasta lo inverosímil, resultaban los víctimas de aquellos mismos que
pasaban como esclavos de los presos.
El más infeliz era el Groguet, un muchacho paliducho y débil
por el excesivo crecimiento y sin energías para protestar. Cargaba con los
enormes cubos, y agobiado bajo su peso subía la interminable escalera,p.
137 pensando en el tiempo feliz en que tenía por casa toda la ciudad,
durmiendo en verano sobre los cuévanos del Mercado y apelotonándose en el
invierno en el quicio del respiradero de alguna cuadra.
Castigábanle por torpe. Muchas veces, al cruzar el patio, quedábase
mirando aquel sol que se detenía en el borde de los sombríos paredones, sin
atreverse nunca a bajar hasta el húmedo suelo; y cuando el vergajo le avivaba
el paso, lanzaba entre dientes un ¡mare mehua! y le parecía ver la paraeta del
Mercado, aquella mesilla coja con la calabaza recién salida del horno; tras la
cual estaba su madre cambiando ochavos por melosas rebanadas y peleándose por
la más leve palabra con todas las de los puestos vecinos que la hacían
competencia.
Ya habían pasado muchos años, pero él se acordaba, como si estuviera
viéndolo, de aquellos ojos sin pestañas, ribeteados de rojo, horribles para los
demás, pero amorosos para él; de aquella mano seca que al acariciarle la
cerdosa cabeza manchábala de pringue meloso; de aquella cama en que soñaba
abrazado a su madre, y ahora... ahora dormía en una manta que le prestaba por
caridad alguno de su pieza; y si en verano se tendía sobre ella, en
inviernop. 138 servíale para taparse, recostando el cuerpo sobre los húmedos
baldosines, resignado a helarse por debajo con tal de sentir arriba un poco de
calor.
Niño, a pesar de sus amarguras, vendía el pan de la cárcel por diez
céntimos para una partida de pelota en el patio o un racimo de uvas, y a la
hora del rancho echábase a la espalda la mano izquierda, y mirando con envidia
a los que empuñaban un mendrugo, hundía su cuchara en el insípido rancho para
engañar el estómago con ilusorio alimento.
Y así vivía, sin estar aún enterado de por qué razones se preocupaban de
él y lo enviaban a la cárcel quince días, para volver a meterlo apenas pisaba
la calle. Le cogió la policía en una de sus redadas; pilláronle en el Mercado,
su casa solariega: tal vez conocían su afición a la fruta, que él consideraba
de posesión común, y desde entonces viose condenado a no gozar de libertad más
que unas pocas horas cada quince días.
Sabía que le pillaban por blasfemo. ¿Qué sería aquello? Y,
sin saber por qué, recordaba que los agentes, cuando intentaba escaparse, le
daban de bofetadas con acompañamiento de interjecciones en que barajaban a Dios
y los santos.
p. 139El muchacho, siempre en la duda de qué significaría su título
de blasfemo, resignábase con su suerte, sin sospechar que se
publicaban periódicos con sueltos escritos por los mismos interesados en que se
hablaba del gran servicio prestado el día anterior por el cabo Fulano y
fuerza a sus órdenes, prendiendo al terrible criminal conocido por el Groguet.
Y aquel bandido de quince años iba creciendo en la cárcel, trabajando
como una bestia, aprendiendo a ratos perdidos el caló del
crimen, oyendo la novelesca relación de interesantes atracos y mirando como
hombres sublimes a los carteristas y enterradores,
señores muy listos y bien portados que iban por el patio con sortijas y reloj
de oro y que tiraban el dinero, siendo reverenciados por todos los presos. ¡Ay!
¡Si él pudiese llegar por el tiempo a la altura de aquellos tíos!
Pero sus aspiraciones eran más modestas. Había nacido para bestia de
carga y solo deseaba que le dejasen trabajar con tranquilidad; que no fuesen a
buscarle cuando no se metía con nadie.
En una de sus salidas quiso vender periódicos, pero apenas lanzó los
primeros gritos, ya tenía en el cuello la zarpa de un tío bigotudo, de aquel
mismo de quien decíap. 140 en la cárcel la gente de la marcha que
poniéndole dos o tres duros en la mano era capaz de no ver el sol en mitad del
día y de dejar que robasen un reloj en sus mismas narices.
Otra vez, al cumplir la quincena, levantó el vuelo y no paró hasta el
puerto, donde con un saco en la cabeza a guisa de caperuza, dedicábase a la
descarga de carbón, andando con la agilidad de una mona por el madero tendido
entre el muelle y el vapor inglés. Lo pasaba tan ricamente; comía de caliente,
¡y con pan! en una taberna; pero a los pocos días quiso su desgracia que
asomase por allí los bigotes uno de sus sayones, y otra vez a la cárcel para
que pudiera publicarse con fundamento la consabida gacetilla sobre el
terrible Groguet y el inmenso servicio del cabo Fulano y
fuerza a sus órdenes.
Así iba corrigiéndose el bandido de sus terribles crímenes, que él no
sabía cuáles fuesen, y oyendo a los ladrones la relación de sus hazañas,
estremeciéndose al escuchar el relato de los asesinos y teniendo que resistirse
a monstruosas solicitudes que le aterraban, preparábase para ser hombre honrado
cuando la policía le quisiera dejar tranquilo.
No le cogerían más; estaba decidido:p. 141 aquella era la última
quincena que pasaría. Cuando terminase no se detendría ni un instante en la
ciudad; iría al puerto para esconderse en cualquier barco; se metería bajo los
asientos de un vagón de ferrocarril; el propósito era huir lejos, muy lejos,
donde no sacasen al Groguet en letras de molde ni le conociera
ningún cabo Fulano.
Y el muchacho, que antes vivía en la cárcel con resignada indiferencia,
esperó impaciente el término de la quincena.
Por fin llegó el momento. El Groguet a la calle con
todo lo que tenga.
¡Lo que él tenía! Valiente sarcasmo. Ganas de trabajar, de regenerarse,
de verse libre de aquella estúpida persecución... y nada más.
Se sacudió como un perro mojado antes de salir de la pieza; no se limpió
de los zapatos el polvo de la cárcel, porque carecía de ellos, y lanzose por el
entreabierto rastrillo como un gorrión fuera de la jaula.
Vamos, que ahora se fastidiaba para siempre el tío de los bigotes.
Pero se detuvo en el umbral, aterrado como ante una visión: allí estaba
él, en la pared de enfrente, con otro fariseo de su clase, sonriendo los dos
como si les complaciera el terror del muchacho.
Intentó escapar; pero inmediatamentep. 142 sintió la velluda zarpa
en el cuello y fue zarandeado con acompañamiento de... esto y aquello en Dios y
la Virgen.
Como medida de previsión otra quincena. Y sin dar gracias a la sociedad,
que se preocupaba de él para mejorar su índole perversa, atravesó otra vez el
portón en busca del vergajo que enseña y de las conversaciones de la cárcel que
moralizan.
Iba preso de nuevo por blasfemo. Y lo mejor del caso era que
al salir de la cárcel no había abierto la boca y únicamente al sumirse de nuevo
tras el férreo rastrillo, pensando, sin duda, en los ojos enrojecidos y sin
pestañas y en la mano huesosa y acariciadora, murmuraba, abatido su lamento de
los grandes dolores:
—¡Ay, mare mehua!
p. 143
Guapeza valenciana
I
Buenos parroquianos tuvo aquella mañana el cafetín del Cubano.
La flor de la guapeza, los valientes más valientes que campaban en Valencia por
sus propios méritos; todos cuantos vivían a estilo de caballero andante por la
fuerza de su brazo; los que formaban la guardia de puertas en las timbas, los
que llevaban la parte de terror en la banca, los que iban a tiros o cuchilladas
en las calles, sin tropezar nunca, en virtud de secretas inmunidades, con la
puerta del presidio, estaban allí, bebiendo a sorbos la copita matinal de
aguardiente, con la gravedad de buenos burgueses que van a sus negocios.
El dueño del cafetín les servía con solicitud de admirador entusiasta,
mirando de reojo todas aquellas caras famosas, y nop. 144 faltaban
chicuelos de la vecindad que asomaban curiosos a la puerta, señalando con el
dedo a los más conocidos.
La baraja estaba completa. ¡Vive Dios! que era un verdadero
acontecimiento ver reunidos en una sola familia, bebiendo amigablemente, a
todos los guapos que días antes tenían alarmada la ciudad y cada dos noches
andaban a tiros por Pescadores o la calle de las Barcas, para provecho de los
periódicos noticieros, mayor trabajo de las casas de Socorro y no menos fatiga
de la policía, que echaba a correr a los primeros rugidos de aquellos leones,
que se disputaban el privilegio de vivir a costa de un valor más o menos
reconocido.
Allí estaban todos. Los cinco hermanos Bandullos, una
dinastía que al mamar llevaba ya cuchillo; que se educó degollando reses en el
Matadero y con una estrecha solidaridad lograba que cada uno valiera por cinco
y el prestigio de la familia fuese indiscutible. Allí Pepet, un valentón
rústico que usaba zapatos por la primera vez en su vida y había sido extraído
de la Ribera por un dueño de timba, para colocarlo frente a los terribles Bandullos,
que le molestaban con sus exigencias y continuos tributos; y en torno de estas
eminencias de la profesión, hasta una docena de valientesp. 145 de segunda
magnitud, gente que pasaba la vida penando por no trabajar; guardianes de casa
de juego que estaban de vigilancia en la puerta desde el mediodía hasta el
amanecer, por ganarse tres pesetas, lobos que no habían hecho aún más que
morder a algún señorito enclenque o asustar a los municipales, maestros de
cuchillo que poseían golpes secretos e irresistibles, a pesar de lo cual habían
perdido la cuenta de las bofetadas y palos recibidos en esta vida.
Aquello era una fiesta importantísima, digna de que la voceasen por la
noche los vendedores de La Correspondencia a falta de «¡el
crimen de hoy!»
Iban todos a comerse una paella en el camino de Burjasot, para
solemnizar dignamente las paces entre los Bandullos y Pepet.
Los hombres, cuanto más hombres, más serios para ganarse la vida.
¿Qué se iba adelantando con hacerse la guerra sin cuartel y reñir
batalla todas las noches? Nada; que se asustaran los tontos y rieran los
listos, pero, en resumen, ni una peseta, y los padres de familia expuestos a ir
a presidio.
Valencia era grande y había pan para todos. Pepet no se metería para
nada con la timba que tenían los Bandullos, y estosp. 146 le
dejarían con mucha complacencia que gozase en paz lo que sacara de las otras.
Y en cuanto a quiénes eran más valientes, si los unos o el otro, eso
quedaba en alto y no había por qué mentarlo: todos eran valientes y se iban
rectos al bulto: la prueba estaba en que después de un mes de buscarse, de
emprenderse a tiros o cuchillo en mano, entre sustos de los transeúntes,
corridas y cierres de puertas, no se habían hecho el más ligero rasguño.
Había que respetarse, caballeros, y campar cada uno como pudiera.
Y mediando por ambas partes excelentes amigos, se llegó al arreglo.
Aquella buena armonía alegraba el alma, y los satélites de ambos bandos
conmovíanse en el cafetín del Cubano al ver cómo los Bandullos mayores,
hombres sesudos, carianchos y cuidadosamente afeitados con cierto aire monacal,
distinguían a Pepet y le ofrecían copas y cigarros; finezas a las que respondía
con gruñidos de satisfacción aquel gañán ribereño, negro, apretado de cejas, enjuto
y como cohibido al no verse con alpargatas, manta y retaco al brazo, tal como
iba en su pueblo a ejecutar las órdenes del cacique. De su nuevo aspecto solo
le causaba satisfacción la gruesa cadena de reloj y un par de sortijas conp.
147 enormes culos de vaso, distintivos de su fortuna que le producían
infantil alegría.
El único que en la respetable reunión podía meter la pata era el menor
de los Bandullos: un chiquillo fisgón e insultadorcillo que abusaba
del prestigio de la familia, sin más historia ni méritos que romper el capote a
los municipales o patear el farolillo de algún sereno siempre que se
emborrachaba; hazañas que obligaban a sus poderosos hermanos a echar mano de
las influencias pidiendo a este y al otro que tapasen tales tonterías a cambio
de sus buenos servicios en las elecciones.
Él era el único que se había opuesto a las paces con Pepet, y no
mostraba ahora en un día de concordia y olvido, la buena crianza de sus
hermanos. Pero ya se encargarían estos de meter en cintura a aquel bicho ruin
que no valía una bofetada y quería perder a los hombres de mérito.
Salieron todos del cafetín formando grupo por el centro del arroyo, con
aire de superioridad, como si la ciudad entera fuese suya, saludados con
sonriente respeto por las parejas de agentes que estaban en las esquinas.
¡Vaya una partida! Marchaban graves, como si la costumbre de hacer miedo
les impidiese sonreír; hablaban lentamente,p. 148 escupiendo a cada
instante, con voz fosca y forzada, cual si la sacaran de los talones, y se
llevaban las manos a las sienes atusándose los bucles y torciendo el morro con
compasivo desprecio a todo cuanto les rodeaba.
Por un contraste caprichoso, aquellos buenos mozos malcarados exhibían
como gala el pie pequeño, usaban botas de tacón alto adornadas con pespuntes,
lo que les daba cierto aire de afeminamiento, así como los pantalones estrechos
y las chaquetas ajustadas, marcando protuberancias musculosas o míseros
armazones de piel y huesos en que los nervios suplían a la robustez.
Los había que empuñaban escandalosos garrotes o barras de hierro
forradas de piel, golpeando con estrépito los adoquines, como si quisieran
anunciar el paso de la fiera; pero otros usaban bastoncillos endebles o no se
apoyaban en nada, pues bastante compañía llevaban sobre las caderas con el
cuchillo como un machete y la pistola del quince, más segura que el revólver.
Aquel desfile de guapos detúvose en todos los cafetines del tránsito
para refrescar con medias libras de aguardiente, convidando a los policías
conocidos que encontraban al paso, y cerca de las doce llegaron a la alquería
del camino de Burjasot,p. 149 donde la paella burbujeaba ya sobre los
sarmientos, faltando solo que la echasen el arroz.
Cuando se sentaban a comer estaban medio borrachos, mas no por esto
perdieron su fúnebre y despreciativa gravedad.
II
Eran gentes de buenas tragaderas y pronto salió a luz el fondo de la
sartén, viéndose por los profundos agujeros que las cucharas de palo abrían en
la masa de arroz el meloso socarraet, el bocado más exquisito de la
paella.
De vino, no digamos. A un lado estaba el pellejo, vacío, exangüe,
estremeciéndose con las convulsiones de la agonía, y las rondas eran
interminables, pasando de mano en mano los enormes vasos, en cuyo negro
contenido nadaban los trozos de limón, para hacer más aromático el líquido.
A los postres, aquellas caras perdieron algo de su máscara feroz; se
reía y bromeaba, con la pretina suelta para favorecer la digestión y lanzando
poderosos regüeldos.
Salían a conversación todos los amigosp. 150 que se hallaban
ausentes por voluntad o por fuerza; el tío Tripa, que había muerto
hecho un santo después de una vida de trueno; los Donsainers,
huidos a Buenos Aires por unos golpes tan mal dados, que el asunto no se pudo
arreglar aun mediante el mismo gobernador de la provincia, y la gente de menor
cuantía que estaba en San Agustín o San Miguel de los Reyes, inocentones que se
echaron a valientes sin contar antes con buenos protectores.
¡Cristo! Que era una lástima que hombres de tanto mérito hubieran muerto
o se hallaran pudriendo en la cárcel o en el extranjero. Aquellos eran
valientes de verdad, no los de ahora, que son en su mayoría unos muertos de
hambre, a quienes la miseria obliga a echárselas de guapo a falta de valor para
pegarse un tiro.
Esto lo decía el Bandullo pequeño, aquel trastuelo, que
se había propuesto alterar la reunión, pinchando a Pepet, y a quien sus
hermanos lanzaban severas miradas por su imprudencia. ¡Criatura más
comprometedora! Con chicos no puede irse a ninguna parte.
Pero el escuerzo ruin no se daba por entendido. Tenía mal vino y parecía
haber ido a la paella por el solo gusto de insultar a Pepet.
p. 151Había que ver su cara enjuta, de una palidez lívida, con aquel
lunar largo y retorcido, para convencerse de que le dominaba el afán de
acometividad, el odio irreconciliable que lucía en sus ojos y hacía latir las
venas de su frente.
Sí señor; él no podía transigir con ciertos valientes que no tienen
corazón, sino estómago hambriento; ruqueròls que olían todavía
al estiércol de la cuadra en que habían nacido y venían a estorbar a las
personas decentes. Si otros querían callar, que callasen. Él no; y no pensaba
parar hasta que se viera que toda la guapeza de esos tales era mentira, cortándoles
la cara y lo de más allá.
Por fortuna estaban presentes los Bandullos mayores,
gente sesuda que no gustaba de compromisos más que cuando eran irremediables.
Miraban a Pepet, que estaba pálido, mascando furiosamente su cigarro, y le
decían al oído, excusando la embriaguez del pequeño:
—No fases cas: está bufat.
Pero buena excusa era aquella con un bicho tan rabioso. Se crecía ante
el silencio e insultaba sin miedo alguno.
Lo que él decía allí lo repetía en todas partes. Había muchos
embusteros. Valientes de matamòrta como los melones malos.p.
152 Él conocía un guapo que se creía una fiera porque le habían vestido de
señor; mentira, todo mentira. El muy fachenda, hasta intentaba presumir y le
hacía corrococos a María la Borriquera, la cordobesa que cantaba
flamenco en el café de la Peña... ¡Ya voy!... Ella se burlaba del muy bruto;
tenía poco mérito para engañarla; la chica se reservaba para hombres de valía,
para valientes de verdad; él, por ejemplo, que estaba cansado de acompañarla
por las madrugadas cuando salía del café.
Ahora sí que no valieron las benévolas insinuaciones de los hermanos
mayores. Pepet estaba magnífico, puesto de pie, irguiendo su poderoso
corpachón, con los ojos centelleantes bajo las espesas cejas y extendiendo
aquel brazo musculoso y potente, que era un verdadero ariete.
Respondía con palabras que la ira cortaba y hacía temblar:
—Això es mentira. ¡Mocós!
Pero apenas había terminado, un vaso de vino le fue recto a los ojos,
separándolo Pepet de una zarpada e hiriéndose el dorso de la mano con los
vidrios rotos.
Buena se armó entonces... Las mujeres de la alquería huyeron dentro
lanzando agudos chillidos; todo el honorable concurso saltó de sus silletas de
cuerda, rascándosep. 153 el cinto, y allí salió a relucir un verdadero
arsenal: navajas de lengua de toro, cuchillos pesados y anchos como de
carnicería, pistolas que se montaban con espeluznante ruido metálico.
La reunión dividiose instantáneamente en dos bandos. A un lado los Bandullos cuchillo
en mano, pálidos por la emoción, pero torciendo el morro con desprecio ante
aquellos mendigos que se atrevían a emanciparse, y al otro, rodeando a Pepet,
todos, absolutamente todos los convidados, gente que había sobrellevado con
paciencia el despotismo de la familia bandullesca y que ahora veía ocasión para
emanciparse.
Miráronse en silencio por algunos segundos, queriendo cada uno que los
otros empezaran.
¡Vaya, caballeros! La cosa no podía quedar así... Allí se había
insultado a un hombre, y de hombre a hombre no va nada.
Al fin, el reñir es de hombres.
Era una lástima que la fiesta terminase mal, pero entre hombres ya se
sabe; hay que estar a todo. Dejar sitio y que se las arreglen los hombres como
puedan.
Los amigos de Pepet, que estaban en sus glorias y se mostraban fieros
por la superioridad del número, colocáronse ante losp. 154 Bandullos mayores,
cortándoles el paso con los cuchillos y sus palabras.
En ocasiones como aquella había que demostrar la entraña de valiente.
Nada importaba que fuese su hermano. Había insultado y debía probar sin ayuda
ajena que tenía tanto de aquello como de lengua.
Pero las razones eran inútiles. Estaban frente a frente los dos
enemigos, a la puerta de la alquería, bajo aquella hermosa parra por entre
cuyos pámpanos se filtraban los rayos del sol dorando las telarañas que
envolvían las uvas.
El pequeño, extendiendo la diestra armada de ancha faca y cubriéndose el
pecho con el brazo izquierdo, saltaba como una mona haciendo gala de la esgrima
presidiaria aprendida en los corralones de la calle de Cuarte.
Todos callaban. Oíase el zumbido de los moscardones en aquella tibia
atmósfera de primavera, el susurrar de la vecina acequia, el murmullo del trigo
agitando sus verdes espigas y el chirriar lejano de algún carro, junto con los
gritos de los labradores que trabajaban en sus campos.
Iba a correr sangre, y todos avanzaban el pescuezo con malsana
curiosidad, para dar faltas y buenas sobre el modo de reñir.
p. 155El bicho maldito no se inquietaba y seguía insultando. ¡A ver! Que
se atracara aquel guapo y vería cuán pronto le echaba la tanda al
suelo.
Y vaya si se atracó. Pero con un valor primitivo; no con la arrogancia
del león, sino con la acometividad del toro; bajando la dura testa, encorvando
su musculoso pecho con el impulso irresistible de una catapulta.
De una zarpada se llevó por delante tambaleando y desarmado al
pequeño Bandullo, y antes de que cayera al suelo le hundió el
cuchillo en un costado, de abajo arriba, con tal fuerza, que casi lo levantó en
el aire.
Cayó el chicuelo llevándose ambas manos al costado, a la desgarrada
faja, que rezumaba sangre, y hubo un murmullo de asombro casi semejante a un
aplauso.
¡Buen pájaro era aquel Pepet! Cualquiera se metía con un bruto así.
Los Bandullos lanzáronse sobre su caído hermano,
trémulos de coraje, y hubo de ellos que requirieron sus armas con
desesperación, como dispuestos a cerrar con aquel numeroso grupo de enemigos y
morir matando para desagravio de la familia, que no podía consentir tal
deshonra.
Pero les contuvo un gesto imperiosop. 156 del hermano mayor,
Néstor, de la familia, cuyas indicaciones seguían todos ciegamente. Aún no se
había acabado el mundo. Lo que él aconsejaba y siempre salía bien: paciencia y
mala intención.
El pequeño, pálido, casi exánime, echando sangre y más sangre por entre
la faja, fue llevado por sus hermanos a la tartana, que aguardaba cerca de la
alquería desde que trajo por la mañana todo el arreglo de la
paella.
¡Arrea, tartanero!... ¡Al Hospital! Donde van los hombres cuando están
en desgracia.
Y la tartana se alejó dando tumbos, que arrancaban al herido rugidos de
dolor.
Pepet limpió su cuchillo con hojas de ensalada que había en el suelo, lo
lavó en la acequia y volvió a guardarlo con tanto cariño como si fuese un hijo.
El ribereño había crecido desmesuradamente a los ojos de todos aquellos
emancipados que le rodeaban, y de regreso a Valencia, por la polvorienta
carretera, se quitaban la palabra unos a otros para darle consejos.
A la policía no había que tenerle cuidado. Entre valientes era de rigor
el silencio. El pequeño diría en el Hospital que no conocía a quien le hirió, y
si era tan ruin quep. 157 intentara cantar, allí estarían sus hermanos
para enseñarle la obligación.
A quien debía mirar de lejos era a los Bandullos que
quedaban sanos. Eran gente de cuidado. Para ellos, lo importante era pegar, y
si no podían de frente, lo mismo les daba a traición. ¡Ojo, Pepet! Aquello no
lo perdonarían, más que por el hermano, por el buen sentimiento de la familia.
Pero al valentón ribereño aún le duraba la excitación de la lucha y
sonreía despreciativamente. Al fin aquello tenía que ocurrir. Había venido a
Valencia para pegarles a los Bandullos; donde estaba él no quería
más guapos; ya había asegurado a uno; ahora que fuesen saliendo los otros y a
todos los arreglaría.
Y como prueba de que no tenía miedo, al pasar el puente de San José y
meterse todos en la ciudad amenazó con un par de guantadas al que intentara
acompañarle.
Quería ir solo por ver si así le salían al paso aquellos enemigos.
Conque... ¡largo, y hasta la vista!
¡Qué hígado de hombre! Y la turba bravucona se disolvió, ansiosa de
relatar en cafetines y timbas la caída de los Bandullos, añadiendo
con aire de importancia que habían presenciado la terrible gabinetá dep.
158 aquel valentón que juraba el exterminio de la familia.
Bien decía el ribereño que no tenía miedo ni le inquietaban los Bandullos.
No había más que verle a las once de la noche marchando por la calle de las
Barcas con desembarazada confianza.
Iba a la Peña, a oír a su adorada novia la Borriquera.
¡Mala pécora! Si resultaba cierto lo que aquel chiquillo insultador le
había dicho antes de recibir el golpe, a ella le cortaba la cara, y después no
dejaba botella ni títere sano en todo el café.
Aún le duraba la excitación de la riña, aquella rabia destructora que le
dominaba después de haber hecho sangre.
Ahora, antes que se enfriase, debieran salirle al encuentro los Bandullos,
uno a uno o todos juntos. Se sentía con ánimos para de la primera rebanada
partirlos en redondo.
Estaba ya en la subida de la Morera, cuando sonó un disparo y el
valentón sintió un golpe en la espalda, al mismo tiempo que se nublaba su vista
y le zumbaban los oídos.
¡Cristo! Eran ellos que acababan de herirle.
Y llevándose la mano al cinto, tiró dep. 159 su pistola del quince,
pero antes de que volviera la cara, sonó otro disparo y Pepet cayó redondo.
Corría la gente, cerrábanse las puertas con estrépito, sonaban pitos y
más pitos al extremo de la calle, sin que por esto se viese un kepis por parte
alguna, y aprovechándose del pánico abandonaron los Bandullos la
protectora esquina, avanzando cuchillo en mano hacia el inerte cuerpo, al que
removieron de una patada como si fuese un talego de ropa.
—Ben mòrt está.
Y para convencerse más, se inclinó uno de ellos sobre la cabeza del
muerto, guardándose algo en el bolsillo.
Cuando llegaron los guardias y se amotinó la gente en torno del cadáver,
esperando la llegada del juzgado, viose a la luz de algunos fósforos la cara
moruna de Pepet el de la Ribera, con los ojos desmesurados y vidriosos y junto
a la sien derecha una desolladura roja que aún manaba sangre.
Le habían cortado una oreja como a los toros muertos con arte.
p. 160III
El entierro fue una manifestación.
Aún quedaba sangre de valiente: la raza no iba a terminar tan pronto
como muchos creían.
Los amos de las casas de juego marchaban en primer término tras el
ataúd, como afligidos protectores del muerto, y tras ellos todos los matones de
segunda fila y los aspirantes a la clase; morralla del mercado y del matadero
que esperaba ocasión para revelarse, y hacía sus ensayos de guapeza yendo a
pedir alguna peseta en los billares o timbas de calderilla.
Aquel cortejo de caras insolentes con gorrillas ladeadas y tufos en las
orejas, hacía apartarse a los transeúntes, pensando en el gran golpe que se
perdía la Guardia civil.
¡Qué magnífica redada podía echarse!
Pero no; había que respetar el dolor sincero de aquella gente, que
lloraba al muerto con toda su alma, con una ingenuidad jamás vista en los
entierros.
¿Era así como se mataba a los hombres?p. 161 ¡Cobardes!... ¡morrals!...
¡y después querían los Bandullos pasar por bravos! Santo y
bueno que le hubiesen tirado el hígado al suelo riñendo cara a cara, pues a
esto están expuestos los hombres que valen; pero matarlo por la espalda y con
pistola para no acercarse mucho, era una canallada que merecía garrote. ¡Morir
a manos de unos ruines un chico que tanto valía! Parecía imposible que la
prensa no protestase y que la ciudad entera no se sublevara contra los Bandullos.
¿Y lo de cortarle la oreja? Ambusteros, más que ambusteros.
Eso está bien que se haga con uno a quien se mata de frente; en casos así hay
que guardar un recuerdo, pero... ¡vamos! cuando no hay de qué y solo tienen
ciertas gentes motivo para avergonzarse, irrita que se pongan moños. Y lo más
triste era que muerto Pepet, el valiente de verdad, el guapo entre los guapos,
los Bandullos camparían como únicos amos, y las personas
decentes, que eran los demás, tendrían que juntarse para que les diesen las sobras
y poder comer. ¡Tan tranquilos que estaban, amparados por aquel león de la
Ribera que se había propuesto acabar con los Bandullos!...
Los que más irritados se mostraban eran los neófitos, los aprendices que
no habían estrenado la tea que llevaban cruzadap.
162 sobre los riñones; los que no tenían aún categoría para vivir de la
tremenda, pero que sentían por Pepet la misma adoración de los salvajes ante un
astro nuevo.
Y todos ellos, que pretendían meter miedo al mundo con un solo gesto,
lloraban en el cementerio, en torno de la fosa, al ver los húmedos terrones que
caían sobre el ataúd.
¿Y un hombre así, más bien plantado que el que paró al sol, se lo habían
de comer la tierra y los gusanos?... ¡Retapones! aquello partía el
corazón.
La chavalería esperaba con ansiosa curiosidad las ceremonias de
costumbre en tales casos; algo que demostrase al que se iba que aquí quedaba
quien se acordaba de él.
Sonó un glu-glu de líquido, cayendo sobre la rellena
fosa. Los compañeros de Pepet, foscos como sacerdotes de terrorífico culto,
vaciaban botellas de vino sobre aquella tierra grasienta, que parecía sudar la
corrupción de la vida.
Y cuando se formó un charco rojizo y repugnante, toda aquella hermandad
del valor malogrado tiró de las teas y uno por uno fueron
trazando en el barro furiosas cruces con la punta del cuchillo, al mismo tiempo
que mascullaban terribles palabrasp. 163 mirando a lo alto, como si por el
aire fueran a llegar volando los odiados Bandullos.
Podía Pepet dormir tranquilo. Aquellos granujas recibirían las tornas...
si es que se empeñaban en comérselo todo y no hacer parte a las personas
decentes. ¡Lo juraban!
Y al mismo tiempo que los cuchillos de la comitiva trazaban cruces en el
cementerio, los Bandullos entraban en el Hospital, graves,
estirados, solemnes, como diplomáticos en importante misión.
El pequeño sacaba por entre las sábanas su rostro exangüe, tan pálido
como el lienzo, y únicamente en su mirada había una chispa de vida al preguntar
con mudo gesto a sus hermanos.
Debía saber algo de lo de la noche anterior y quería convencerse.
Sí; era cierto. Se lo aseguraba su hermano mayor, el más sesudo de la
familia. El que atacase a los Bandullos tenía pena a la vida.
Mientras viviesen todos, cada uno de los hermanos tendría la espalda bien
cubierta. ¿No le habían prometido venganza? Pues allí estaba.
Y desliando un trozo de periódico, arrojó sobre las sábanas un muñón
asqueroso, cubierto de negros coágulos.
El pequeño lo alcanzó sacando de entrep. 164 las sábanas sus brazos
enflaquecidos, ahogando con penosos estertores el dolor que sentía en las
llagadas entrañas al incorporarse.
—¡La orella!... ¡La orella d’eixe lladre!
Rechinaron sus dientes con los dos fuertes mordiscos que dio al
asqueroso cartílago, y sus hermanos, sonriendo complacidos al comprender hasta
dónde llegaba la furia de su cachorro, tuvieron que arrebatarle la oreja de
Pepet para que no la devorase.
p. 165
El femater
I
El primer día que a Nelet le enviaron solo a la ciudad, su inteligencia
de chicuelo torpe adivinó vagamente que iba a entrar en un nuevo período de su
vida.
Comenzaba a ser hombre. Su madre se quejaba al verle jugar a todas
horas, sin servir para otra cosa, y el hecho de colgarle el capazo a la espalda
enviándolo a Valencia a recoger estiércol equivalía a la sentencia de que en
adelante tendría que ganarse el mendrugo negro y la cucharada de arroz,
haciendo algo más que saltar acequias, cortar flautas en los verdes cañares o
formar coronas de flores rojas y amarillas en los tupidos dompedros que
adornaban la puerta de la barraca.
Las cosas iban mal. El padre, cuando no trabajaba los
cuatro terrones en arriendo, iba con el viejo carro a cargar vino enp.
166 Utiel; las hermanas estaban en la fábrica de sedas, hilando capullo;
la madre trabajaba como una bestia todo el día, y el pequeñín, que era el
gandul de la familia, debía contribuir con sus diez años, aunque no fuera más
que agarrándose a la espuerta, como otros de su edad, y aumentando aquel
estercolero inmediato a la barraca, tesoro que fortalecía las entrañas de la
tierra, vivificando su producción.
Salió de madrugada, cuando por entre las moreras y los olivos marcábase
el día con resplandor de lejano incendio. En la espalda, sobre la burda camisa,
bailoteaban al compás de la marcha el flotante rabo de su pañuelo anudado a las
sienes y el capazo de esparto, que parecía una joroba. Aquel día estrenaba
ropa; unos pantalones de pana de su padre, que podían ir solos por todos los
caminos de la provincia sin riesgo de perderse, y que acortados por la tía
Pascuala, se sostenían merced a un tirante cruzado a la bandolera.
Corrió un poco al pasar por frente al cementerio de Valencia, por
antojársele que a aquella hora podían salir los muertos a tomar el fresco, y
cuando se vio lejos de la fúnebre plazoleta de palmeras, moderó su paso hasta
ser este un trotecillo menudo.
p. 167¡Pobre Nelet! Marchaba como un explorador de misterioso territorio
hacia aquella ciudad que, bañada por los primeros rayos del sol, recortaba su
rojiza crestería de tejados y torres sobre un fondo de blanquecino azul.
Dos o tres veces había estado allí, pero amparado por su madre, agarrado
a sus faldas, con gran miedo a perderse. Recordaba con espanto la ruidosa
batahola del Mercado y aquellos municipales de torvo ceño y cerdosos bigotes,
terror de la gente menuda; pero a pesar de los espantables peligros, seguía
adelante, con la firmeza del que marcha a la muerte cumpliendo su deber.
En la puerta de San Vicente se animó viendo caras amigas; fematers de
categoría superior, dueños de una jaca vieja para cargar el estiércol y sin
otra fatiga que tirar del ramal gritando por las calles el famoso pregón: «Ama,
¿hiá fem?»
Uno de ellos era vecino del muchacho, y hasta se susurraba si andaba
enamorado de una de sus hermanas, aunque no hacía más que dos años que estaba
pensando en declarar su pasión, circunstancias que no impidieron que con pocas
palabras diese un susto a Nelet.
De seguro que no llevaba licencia. ¿Nop. 168 sabía lo que era? Un
papelote que había que sacar soltando dinero allá en el Repeso. Sin ella había
que menear bien las piernas para huir de los municipales. Como le pillasen,
flojas patás le iban a soltar. Conque ¡ojo, chiquet!
Y fortalecido por tan consoladoras advertencias, el pobre chico entró en
la ciudad, buscando los callejones más solitarios y tortuosos, mirando con
codicia los humeantes rastros que dejaban los caballos sobre los adoquines, sin
atreverse a meter en su espuerta tales riquezas por miedo de agacharse y sentir
en el hombro la mano de un sayón con kepis.
Aquello forzosamente había de acabar mal.
Se olvidó de todo en una plazoleta, viendo cómo jugaban al toro un grupo
de pelones de larga blusa y grueso bolsón de libros, retardando el momento de
entrar en la escuela; pero de improviso sonó el grito de ¡la ful!
anunciando la aparición de un municipal de los más feos, y todos se desbandaron
al galope como tribu de salvajes sorprendida en lo mejor de sus misteriosos
ritos.
Nelet huyó despavorido, pensando que en la maldita ciudad no se ganaba
para sustos, la giba de esparto siempre sobrep. 169 su espalda y
atropellando en la desbocada carrera a una vieja que barría tranquilamente su
portal.
No era floja la paliza que le soltarían en casa al verle de vuelta con
el capazo vacío, y esta consideración fue lo que le dio valor. Llegaban hasta
él los gritos de los otros fematers en las inmediatas calles,
agudos, insolentes, como cacareos de gallo, y tímidamente, temblando de que
alguien le oyese, murmuró con voz que parecía el balido de un cordero: «Ama,
¿hiá fem?»
Y así recorrió un par de calles.
—Entra, chiquillo, entra.
Era una buena mujer que le hacía señas indicándole las barreduras que
acababa de amontonar junto a una puerta. ¡Pero qué simpática resultaba aquella
mujer! El regalo no era gran cosa; polvo, puntas de cigarro, mondaduras de
patatas y hojas de col; el estiércol de una casa pobre. Nelet lo recogió todo
con la satisfacción del aventurero que triunfa por primera vez, y siguió
adelante mirando los balcones, los pisos superiores, que él llamaba casas
grandes, donde se comía bien, y en las covachas de la cocina había para
meter la mano y el codo.
Pero ¡rediel! (y se rascó la roja frente llena de arañazos)
estaba perdiendo el tiempo.p. 170 Había olvidado sus relaciones de la
ciudad: la casa de Marieta, su hermana de leche, donde había estado algunas
veces con su madre.
Y tras indecisiones y rodeos dio por fin con la calle sombría y
solitaria cerca de los juzgados, y el caserón de húmedo patio en cuyo piso
principal vivía don Esteban el escribano.
Aquella mañana era de desgracias.
En el patio estaba la portera, una bruja que le recibió escoba en mano,
faltando poco para que le saludase con dos hisopazos en la cara.
Ella no quería marranos que le ensuciasen la escalera. Todos los
inquilinos tenían su femater. ¡Largo, granuja! ¡Quién sabe si
subiría con intención de robar algo!
Y el tímido labradorcillo, retrocediendo ante la iracunda bruja,
protestaba con voz débil, repitiendo siempre la misma excusa. Era el hijo de la
tía Pascuala, a la que todo Paiporta conocía, el ama de Marieta; ¿no era
bastante?
Pero ni el nombre de la tía Pascuala ni el del mismo Espíritu Santo
ablandaba a la portera y a su fiera escoba, y Nelet, retrocediendo, se vio en
la calle y allí se quedó como un bobo frente a una pared vieja: arañando los
sueltos yesones y espiandop. 171 con el rabillo del ojo las evoluciones de
la vieja. La vio sumirse en el cuchitril de la portería y cautelosamente entró
en el portal, lo cruzó sin ser visto y subió por la escalera de antiguos
azulejos, tirando tímidamente del borlón de estambre que colgaba ante la enorme
y conventual puerta del primer piso.
No fue poco lo que se rio la criada, bravía moza de las montañas de
Teruel, al abrir la puerta y encontrarse con aquel monigote panzudo que
abultaba menos que su capazo.
¿Qué buscaba? Allí tenían quien se llevara el estiércol. Y Nelet,
turbado por el buen humor de la churra no sabía qué decir.
Pero de pronto se abrió para él el cielo. O lo que es lo mismo, vio
asomar por detrás de la falda de la criada una cara morena, prolongada y
huesosa, con los rebeldes pelillos estirados cruelmente hacia el cogote, los
ojos grandes y negros, animados por una chispa de eterna curiosidad y el cuerpo
zancudo y desgarbado por prematuro crecimiento.
La niña le reconoció en seguida: no en balde transcurren dos años
durmiendo bajo el techo de la barraca y en la misma cama y se pasan los días
junto a la acequia, tendidosp. 172 sobre el vientre, con la cara teñida de
zumo de zanahorias. Era Nelet, el hijo del ama.
Lo cogió de la mano con cierto aire de muchacho, propio del desgarbo con
que llevaba las faldas, y los dos se dirigieron a la cocina seguidos por la
sonriente churra, a quien la hacía gracia el aire tímido y
enfurruñado del chiquillo.
II
Llegó a su barraca con la espuerta sin llenar, pero no pudo decir que le
había ido mal en su primera expedición.
Aquella churra le quería de veras, desde que supo que
era nada menos que hermano de la señorita. Ella misma le llenó el capazo
vaciando todo el basurero de la cocina, sin importarle lo que pudiera murmurar
el femater de la casa, un viejo que podía alegar los derechos
adquiridos en once años. Nelet le desbancaba, y la buena muchacha, para afirmar
su protección, le regaló con media cazuela de guisado de la noche anterior y
una montaña de mendrugos que el chico iba tragándose con la calmap. 173 de
un rumiante, pensando que si duraba mucho la buena racha, iba a ponerse tan
redondo y frescote como el cura de Paiporta.
Pues ¿y Marieta? Le miraba comer con alegría, como si fuera ella misma
la que saboreaba el guisado con hambre atrasada. Hasta quiso que le dieran
vino, y apenas le veía hacer un descanso, pasaba revista a todos los de allá,
preguntando cómo estaba el ama, si tenía muchos animales, si el padre aún iba
por los caminos, si vivía el Negret, aquel perrillo seco, almacén
de pulgas que aullaba como un condenado apenas se acercaban a la barraca, y si
la higuera, tan frondosa en verano, soltaba aquella lluvia de lagrimones negros
y suaves que caían ¡chap! dulcemente en el suelo, despachurrando la miel
y el perfume de sus entrañas rojas.
Y después tras el substancioso atracón, llegó para Nelet el momento de
los asombros, viendo la colección de muñecas, los vestidos, los sombreros,
todos los regalos con que el escribano obsequiaba a su hija. Bien se conocía
que esta era única, que había quedado sin madre casi al nacer y que el viejo
don Esteban no tenía otro cariño a que dedicar los buenos cuartos que arañaba
en el juzgado.
p. 174Seguía a su Marieta por toda la casa, admirando las magnificencias
que la chiquilla le mostraba con mal cubierta satisfacción de amor propio. El
salón le anonadó con sus sillerías del primer tercio de siglo y sus adornos,
que evocaban el recuerdo de las almonedas judiciales; pero su admiración
trocose en espanto ante una puerta entornada. Allí dentro trabajaba el papá,
con sus dos escribientes y se oía su voz campanuda: Providencia que
dicta el señor juez... etc.
¡Cristo! aquello asustaba a Nelet más que los municipales, y emprendió
la vuelta hacia la cocina.
En fin, que su primera visita le hizo experimentar la satisfacción del
que se halla establecido y cuenta con clientela.
Entraba por las mañanas en la ciudad tomando al paso lo que buenamente
encontraba en las calles, y recto a aquel caserón, donde se colaba como si
fuese un inquilino.
La bruja de la portera se guardaba ahora su escoba y hasta le protegía,
recomendándolo a las criadas de los otros pisos, y en el principal tenía a
la churra, que siempre encontraba en los rincones de la despensa
algo sobrante que antes era para los gatos y ahora se tragaba Nelet.
p. 175¡Qué mañanas aquellas! Llegaba cuando la casa estaba en el
revoltijo del despertar. Los escribientes en el despacho se soplaban las manos
preparándose a agarrar las plumas y ensuciar papel de oficio, la churra por
allá dentro levantaba camas, dando furiosas bofetadas a los colchones, y
Marieta, de trapillo, con la cabeza espeluznada y una faldilla a media pierna,
arañaba los pasillos con la escoba, para dar gusto al papá, que quería una
chica muy mujer de su casa.
Y en el comedor encontraba a don Esteban, el terrible escribano, imagen
para Nelet de la justicia, que puede pegar y meter en la cárcel, sentado ante
humeante chocolate, con las gafas caladas para leer el periódico y murmurando
automáticamente al entrar el muchacho:
—Hola, chiquillo, ¿cómo está la tía Pascuala?
Pero el terrible pasmarote no tardaba en aislarse en su despacho, para
preparar lo que luego había de decir el señor juez sobre el papel sellado, y la
casa parecía alegrarse con tal desaparición.
Sonaban risas en aquel ambiente denso de habitaciones cerradas, donde
flotaba aún el calor del sueño y el polvo levantado por la limpieza. Los gatos
jugueteaban en lap. 176 cocina con la espuerta del femateret,
mientras este se sentía feliz, ayudando a la churra con su
buena voluntad de bruto de carga o charlando con Marieta de cosas tan
interesantes como eran las últimas y verídicas noticias de cuanto ocurría en
Paiporta y sus alrededores.
¡Oh! A aquella chica le tiraba aún la miserable barraca y los terruños
sobre los cuales se había dado cuenta por primera vez de que existía. Hablaba
de la tía Pascuala con más entusiasmo que de su madre, a la que solo había
visto en el oscuro retrato que estaba en el salón, figura melancólica que
parecía presentir ante el pintor la llegada de la maternidad del brazo con la
muerte.
¡Qué bien se estaba en la barraca! Ya había transcurrido tiempo, pero
ella recordaba, con la vaguedad de comprensión de los primeros años, aquellas
noches pasadas en el estudi, hundida en los mullidos colchones de
hojas de maíz que cantaban al menor movimiento, defendida por el poderoso
anillo de músculos que formaban los brazos de la nodriza, durmiéndose al calor
de las voluminosas ubres, siempre repletas y firmes; después, el alegre
despertar, cuando el sol se filtraba por las rendijas del ventanillo y piaban
los gorriones en el techop. 177 de paja de la barraca, contestando a los
cacareos y gruñidos de los habitantes del corral; el fuerte perfume del trigo,
las frescas emanaciones de la hierba y las hortalizas, difundiéndose por el
interior de la blanqueada vivienda, olores confundidos y arrullados por el
vientecillo que, pasando por las filas de moreras y a través de la higuera,
parecía hacer cantar a las temblonas hojas; y la vida bohemia, alegre y
descuidada en los campos inmediatos, que recorrían con sus vacilantes piernas
de dos años, sin atreverse a llegar a la revuelta del camino, lleno de
barrizales y cruzado por los profundos surcos de las ruedas, pues su
imaginación naciente había inventado que allí forzosamente debía terminar el
mundo.
¿Y cuando el pare llegaba de uno de aquellos largos
viajes de carretero y al oír los cascabeles de los machos y el chirrido de las
ruedas, salían todos al camino a recibirle con cruces de caña como si fueran a
una procesión de las de Paiporta? ¿Y cuando a la orilla de la acequia, casi
seca, se coronaban de dompedros, colgaban de su cintura largas hojas de caña y
con el verde faldellín paseábanse gravemente imitando el paso de puntas de
aquellas vírgenes y heroínas que salían en las cabalgatas del pueblo? ¿Y la vez
que se pegaron porp. 178 un higo? ¿Y cuando hartos de zanahorias teñíanse
la cara de morado y se revolcaban por la rojiza tierra hasta parecer indios
bravos, dejando como guiñapos las finas y bordadas ropas que enviaba el
escribano?
¡Ah, Nelet! ¡Qué malo eras entonces!
Y la muchacha miraba por los balcones la estrecha calle, en la que
vergonzosamente entraba un rayo de sol, y en su vaga mirada de pájaro enjaulado
leíase el deseo de volar lejos, muy lejos, a aquellos campos donde la esperaban
la vida libre y la adoración de toda una familia de infelices que la veneraban
como procedente de una raza superior.
Pero el papá se oponía a que volviese a la barraca ni un solo día. Lo
había dicho terminantemente: cada cosa a su tiempo, y ahora nada bueno podía
aprender entre aquellos brutos.
Esta tenaz negativa recordaba a Nelet el momento en que se llevaron a la
chica a Valencia; en que la robaron, sí señor, engañándola, diciendo que solo
era para unos días y no tardaría en volver, mientras la pobrecita lloraba y él
corría como un perrillo detrás de la tartana pidiendo con lamentos al cruel
escribano que no le quitase a su Marieta.
¡Rediel! Si fuese ahora, que era ya casip. 179 un hombre y
le plantaba una pedrada al más guapo...
Y en esto sonaban las diez, salían los escribientes con sus badanas
repletas de autos camino del juzgado, y el principal al ver al femateret torcía
el ceño.
—¿Pero aún estás ahí? Tú acabarás mal; eres un vago. A la obligación,
chiquillo.
Y el pequeño David, a pesar de aquellas pedradas certeras que le
enorgullecían, temblaba ante el gigante con el terror que inspira al infeliz el
hombre de justicia, y recogiendo su espuerta, salía cabizbajo, avergonzado, sin
atreverse a mirar a Marieta... y hasta el día siguiente.
Algunas veces el recuerdo de la idílica existencia al aire libre perdía
su encanto, y era Nelet quien envidiaba en la persona de su hermana todas las
comodidades y esplendores de la vida de la ciudad.
¡Qué lujos! Los vestidillos de seda y terciopelo, los sombreros que
parecían islas de flores, todos los regalos del papá que Marieta enseñaba con
malsana coquetería, aturdían a Nelet, y como para él no había gradaciones
sociales, como el mundo estaba dividido en gente del campo y señorío,
la hija del escribano aparecía a sus ojos igual o superior a aquellas otras que
había visto algunas veces en los carruajes de lujo.
p. 180Marieta le dominaba, le hacía pasar embobado las mañanas en
aquella casa, obedeciéndola servilmente como allá en la barraca cuando era una
chicuela llorona y rabiosilla.
Y transcurrió el tiempo, estrechándose cada vez más entre los dos
hermanos aquel lazo de cariño creado en los albores de su vida por la
existencia casi silvestre.
Nelet se hacía hombre. A los quince años era ya una vergüenza que
entrase por las mañanas en la ciudad con su espuerta, como un chiquillo.
Trabajaba los campos en arriendo, mientras el padre andaba por los caminos, y
para recoger basura en Valencia contaba con el auxilio de un jaco viejo que el
carretero había traspasado a su hijo como desecho.
El pobre animal, cabizbajo como un misántropo, con el flaco lomo
martirizado por los serones llenos, pasaba las horas frente a la casa del
escribano, mirando con sus ojos vidriosos y empañados a la vieja portera, que
hacía media, mientras su joven amo andaba por arriba regañando amistosamente
con la churra o siguiendo como un siervo a la señorita.
Era ya todo un hombre, cortés y rumboso con las personas de su aprecio.
Bien le pagaba a la criada los antiguos guisotesp. 181 trasnochados. Nunca
llegaba con las manos vacías, y del serón salían camino del primer piso el par
de melones verdes y correosos, los pimientos inflamados y brillantes, las
frescas lechugas con sus ocultos cogollos de ondulado marfil o las coles
vistosas como flores de rizada blonda, dones que arrancaba directamente de sus
terruños, y que al faltar en estos robaba tranquilamente en los campos del
camino, con la imprudencia del chiquillo de huerta acostumbrado desde que
andaba a gatas a atracarse de uvas y digerirlas ayudado por los pescozones de
los guardas.
Y satisfecho con el agradecimiento que le mostraba la criada por sus
obsequios, viendo siempre en Marieta a la rapazuela que en otros tiempos jugaba
con él y le arañaba al más leve motivo, apenas si llegó a fijarse en la súbita
transformación que iba operándose en la muchacha.
Redondeábase su cuerpo, aclarábase su tez en extremo morena; las agudas
clavículas y la tirantez del cuello iban dulcificándose bajo la almohadilla de
carne suave y fresca que parecía acolchar su cuerpo; las zancudas piernas, al
engruesarse, poníanse en relación con el busto. Y como si hasta a la ropa se
comunicase el milagro, las faldas parecían crecer un dedo cada día, comop.
182 avergonzadas de que estuvieran por más tiempo al descubierto aquellas
medias que amenazaban estallar con la expansión de la robustez juvenil.
Marieta no iba a ser una beldad; pero tenía la frescura de la juventud,
vigor saludable y unos ojazos valencianos, negros, rasgados y con ese
misterioso fulgor que revela el despertar del sexo.
Y como si la niña adivinase la proximidad de algo grave y decisivo que
la privaría en adelante de tratar a su hermano como si aún anduviesen por los
campos, hablaba a Nelet con seriedad, evitando los juegos de manos, las
intimidades propias de una infancia sin malicia ni preocupaciones.
En fin, que un día, al entrar Nelet en la casa quedose asombrado, como
si un fantasma le hubiese abierto la puerta.
Aquella no era Marieta; se la habían cambiado.
Era una muñeca con el pelo arrollado y puntiagudo sobre la nuca,
conforme a la moda, y una horrible falda larga que la cubría los pies.
Parecía muy complacida de verse mujer, de haberse librado de la trenza
suelta y la pierna al aire, signos de insignificancia infantil, pero a él le
faltó poco para llorar,p. 183 para protestar a gritos, como en aquella
tarde que corría tras la tartana suplicando al feroz escribano que no le
quitase la chiquita. Por segunda vez le arrebataban su Marieta.
Y después, ¡horror da recordarlo! aquella churra despiadada
parecía complacerse en su dolor haciéndole terribles advertencias.
El señor se lo había dicho y ella lo repetía por encontrarlo muy justo y
para evitarse reprimendas. Cada cual debía ponerse en su lugar. En adelante
nada de tuteos ni de Marietas, y mucho de señorita María, que era el nombre de
la única dueña de la casa. ¿Qué dirían las amiguitas al ver a un femater tratando
tú por tú a la señorita? Conque ya lo sabía: el hermanazgo había terminado.
Y a Nelet, la silenciosa naturalidad con que Marieta, digo mal, la
señorita María, escuchaba todo aquel cúmulo de absurdas recomendaciones,
dolíale más que las palabras de la churra.
—Todo lo dicho —continuaba esta— no era ni remotamente que se
pretendiera cerrar al chico las puertas.
Ya sabía que lo consideraban como de casa, y que toda la cocina era para
él. Pero cada cual en su sitio, ¿estamos?
p. 184No olvidando esto podía volver cuando quisiera.
III
Y volvió ¡rediel! ¿Pues no había de volver?
Ir a Valencia y no entrar en aquel caserón cerca de los Juzgados, era un
hecho que por lo absurdo no había pensado nunca que pudiera ocurrir.
Y allí iba todas las mañanas, a sufrir, reconociéndose cada vez más
distanciado de aquella a quien tenía que llamar la señorita.
¿Dónde estaba ya aquel afán por hablar de las cosas de la barraca?
Entraba Nelet en la casa con la confianza de siempre, pero notando en
torno de él un ambiente de frialdad e indiferencia. Era el femater,
y nada más.
Algunas veces intentó resucitar en María el entusiasmo por la pasada
vida, hablándola del ama y de su familia que tanto la amaban, de aquella
barraca en la que todos pensaban en ella; pero la joven oíale con cierto
malestar, como si la causara repugnancia la rusticidad de los de allá.
p. 185¡Ah, pobre Nelet! Decididamente le habían cambiado su Marieta. En
aquella adorable muñeca no había nada en que vibrase el recuerdo del pasado.
Parecía que en su cabeza, al cubrirse con el peinado de mujer, se habían
desvanecido todos los ensueños de poesía campestre.
Tenía el pobre muchacho que contentarse sosteniendo largas
conversaciones con la churra en aquella cocina a la que
llegaba el tecleo monótono de la señorita, que estudiaba sus lecciones en el
piano del salón. Aquellas escalas incoherentes y pesadas se le metían en el
alma, conmoviéndole más que las melodías del órgano en la iglesia de Paiporta.
Y para colmo de sus penas, la criada no sabía hablar más que de don
Aureliano, un personaje que preocupaba a Nelet y al que acabó por conocer
deteniéndose un día en la puerta del despacho del escribano.
Era un jovencillo pálido, rubio, enclenque, con lentes de oro y ademanes
nerviosos; un abogado recién salido de la Universidad, que se preparaba con la
práctica para ser habilitado de don Esteban, ansioso de descanso, y que al fin
acabaría por hacerse dueño del despacho.
¡Y que parase ahí! Esto no lo decía elp. 186 pobre femater,
pero lo pensaba con la confusión propia de su caletre. Aquel barbilindo, que
tendría cinco o seis años más que él, era una espina que llevaba clavada en el
corazón.
Deseoso de reconquistar el afecto de la señorita, multiplicaba sus
obsequios con tanta rudeza como buena voluntad.
El jamelgo llegaba muchas veces a Valencia con los serones llenos de
frutas o frescas hortalizas; los campos del camino temblaban al verle venir,
temiendo su loca rapiña, su inmoderado afán de obsequiar, sin acordarse que hay
dueños en el mundo ni guardas que pueden pegar una paliza; pero tanto
sacrificio no merecía más que alguna automática sonrisa o un ¡gracias! como se
da a cualquiera, y los regalos iban a la cocina, sin alcanzar otros elogios que
los de la churra.
En cambio, sobre la mesa del comedor, o en el salón, sobre el piano,
todas las mañanas veía el pobre Nelet ramos de flores frescas, recién traídas
del Mercado, y que María aspiraba con pasión de mujer que despierta, como si en
vez de perfume de jardines aspirase otro que llegaba más directamente a su
corazón.
Eran regalos del tal don Aureliano, de aquel danzarín para quien
resultaba yap. 187 estrecho el despacho, y que con la pluma tras la oreja
y fingiendo mil pretextos, se metía hasta en la cocina solo por ver un instante
a María y cruzar una sonrisa.
Y cómo se coloreaba el semblante de ella... ¡Cristo!
Toda la sangre moruna que el huertano tenía en su atezado cuerpo
inflamábase ante aquel don Aureliano, que era casi de su edad y del que no le
separaba más que su categoría de señorito.
Nelet, a los diez y seis años, comprendía ya el motivo de que los
hombres se cieguen y vayan a presidio.
Lo único que le detenía era la certeza de que don Esteban, el terrible
ogro, apreciaba a aquel pisaverde y le irritaría cuanto él hiciese en su daño.
Además se consolaba con la esperanza de que todas sus rabietas carecían
de fundamento. Nada de extraño tenía que el abogadillo buscase a Marieta. ¡Era
tan bonita y tan buena! Pero de seguro que ella no le hacía gran caso; Nelet
tenía la certeza de esto y también de que la frialdad de su antigua hermana no
pasaba de ser una mala racha, un caprichito como los que tenía de niña allá en
la barraca, donde tanto le martirizaba con su mal genio.
¡Pues no faltaba más, que ella resultasep. 188 una ingrata con
tanto como la amaban allá en Paiporta, y él sobre todos!
Una mañana entró en la casa encontrando la puerta abierta. La churra no
estaba en la cocina. En el despacho leía don Esteban con la nariz casi pegada a
unos autos y en el salón sonaba el monótono tecleo formando escalas cada vez
más perezosas y desmayadas.
Entró con su paso cauteloso de morisco, que aún hacían más imperceptible
las ligeras alpargatas, y al reflejarse su figura en un espejo como silenciosa
aparición, María dio un grito de sorpresa y de miedo.
Allí estaba el maldito abogadillo de los lentes de oro, casi doblado
sobre el piano, al lado de María, como si fuese a volver una hoja del cuaderno
que ocupaba el atril, pero con la cabeza tan junta a la de la joven, que
parecía querer devorarla.
¡Rediel!... ¿Para cuándo eran las bofetadas?
Y lo peor fue que María, aquella Marieta que un año antes le trataba a
cachetes como traviesa y cariñosa hermana, aquella a la que nunca quiso
comparar con su madre temiendo que esta resultase menos querida, le miró
fijamente con un relampagueo de odio, y se puso en pie con elp. 189 ademán
de una señora bien segura de la sumisión de su siervo.
¿Qué buscaba allí? En la cocina tenía a la criada. ¿No podía estudiar
tranquila un rato?
Nunca pudo recordar Nelet cómo salió del salón. Debió retroceder
cabizbajo y vacilante, como una bestia herida. Le zumbaban los oídos, su cara
quemaba, y pensando en aquel otro que se quedaba tranquilo y satisfecho junto
al piano, repetíase mentalmente: «¡Dios mío, qué vergüenza!»
Estaba inmóvil en mitad del corredor que conducía al salón, con el
rostro en la pared, como si quisiera incrustarlo en ella, cegar para siempre, y
aun así todavía recibió el último latigazo, oyendo la vocecilla del de los
lentes de oro:
—¡Moscón más pesado! Ese muchacho parece que me odie, que nos persiga
como si sintiera celos.
—¡Qué idea! Es el hijo de mi nodriza: un infeliz, un bruto... pero con
buen corazón.
Y tras breve pausa sonaron, amortiguados por los cortinajes, dos
chasquidos leves y misteriosos, que los sintió Nelet como un par de puñaladas.
Tal vez era el piano que crujía o la hoja del cuaderno que se doblaba; pero el
pobre muchacho,p. 190 después de un instintivo impulso de correr hacia el
salón con los puños cerrados, huyó, dejando el capazo en la cocina como tarjeta
de visita, y ya en la calle arreó su jaco, con los serones vacíos, camino de la
barraca.
Por tercera vez le robaban su Marieta: ya era bastante.
Ahora solo tendría cariño para su madre; para aquellos terruños que
apenas arañados correspondían a su caricia, cubriéndose con manto verde
terciopelo y regalándole el pan.
No volvió más a Valencia: odiaba a la ciudad porque ella estaba allí.
Y como los fematers no pagan contribución directa,
nadie se enteró de que en el gremio había una baja.
p. 191
En la puerta del cielo
CUENTO DE LA HUERTA
(Traducido del valenciano)
Sentado en el umbral de la puerta de la taberna, el tío Beseròles,
de Alboraya, trazaba con su hoz rayas en el suelo, mirando de reojo a la gente
de Valencia que en derredor de la mesilla de hojalata empinaba el porrón y
metía mano al plato de morcillas en aceite.
Todos los días abandonaba su casa con el propósito de trabajar en el
campo, pero siempre hacía el demonio que encontrase algún amigo en la taberna
del Ratat, y vaso va, copa viene, lanzaban las campanas el toque de
mediodía si era de mañana o cerraba la noche, sin que él hubiese salido del
pueblo.
Allí estaba en cuclillas, con la confianza de un parroquiano antiguo,
buscando entablar conversación con los forasteros y esperando que le convidasen
a un trago,p. 192 con las demás atenciones que se usan entre personas
finas.
Aparte de que le gustaba menos el trabajo que la visita a la taberna, el
viejo era un hombre de mérito. ¡Lo que sabía aquel hombre, Señor!... ¿Y
cuentos?... Por algo le llamaban Beseròles[1]; porque no caía en sus manos un trozo de periódico
que no lo leyera de principio a fin, cantando las palabras letra por letra.
[1] Abecedario en valenciano.
La gente lanzaba carcajadas oyendo sus cuentos, especialmente aquellos
en los que figuraban capellanes y monjas; y el Ratat, detrás del
mostrador, reía también, contento de ver que los parroquianos, para celebrar
los relatos, le hacían abrir las espitas con frecuencia.
El tío Beseròles, agradeciendo un trago de la gente de
Valencia, deseaba contar algo, y apenas oyó que uno nombraba a los frailes, se
apresuró a decir:
—¡Esos sí que son listos!... ¡Quién se la dé a ellos!... Una vez un
fraile engañó a San Pedro.
Y animado por la curiosa mirada de los forasteros, comenzó su cuento:
p. 193Era un fraile de aquí cerca, del convento de San Miguel de los
Reyes, el padre Salvador, muy apreciado de todos por lo listo y campechano.
Yo no lo he conocido, pero mi abuelo aún se acordaba de haberlo visto
cuando visitaba a su madre, y con las manos cruzadas sobre la panza esperaba el
chocolate a la puerta de la barraca. ¡Qué hombre! Pesaba sus diez arrobas;
cuando le hacían hábito nuevo entraba en él toda una pieza de paño; visitaba al
día once o doce casas, tragándose en cada una sus dos onzas de chocolate, y
cuando la madre de mi abuelo le preguntaba:
—¿Qué le gusta más, padre Salvador? ¿Unos huevecitos con patatas o unas
longanizas de la conserva?
Él contestaba con una voz que parecía ronquido:
—Todo mezclado; todo mezclado.
Así estaba él de guapo y rozagante. Por allí donde pasaba parecía
regalar su salud, y la prueba era que todos los chiquitines que nacían en este
contorno presentaban sus mismos colores, su cara de luna llena y un morrillo
que lo menos tenía tres libras de manteca.
Pero todo es malo en este mundo, pasar hambre o comer demasiado, y un
día, alp. 194 anochecer, el padre Salvador, viniendo de un hartazgo para
solemnizar el bautizo de cierta criatura que tenía toda su estampa, ¡cataplum!
dio un ronquido que puso en alarma a toda la comunidad y reventó como un odre,
aunque sea mala comparación.
Ya tenemos a nuestro padre Salvador volando por el aire como un cohete,
en busca del cielo, pues no tenía duda de que allí estaba el sitio de un
fraile.
Llegó ante una gran puerta toda de oro, claveteada de perlas, como las
que saca en las agujas de su peinado la hija del alcalde cuando es clavariesa
de las fiestas de las solteras.
—¡Toc, toc, toc!...
—¿Quién es? —preguntó desde dentro una voz de viejo.
—Abra, señor San Pedro.
—¿Y quién eres tú?
—Soy el padre Salvador, del convento de San Miguel de los Reyes.
Se abrió un ventanillo y asomó la cabeza el bendito santo, pero soltando
bufidos y lanzando centellas por sus ojos al través de las antiparras. Porque
han de saber ustedes que el santo apóstol, como es tan viejo, está corto de
vista.
—¡Che! ¡poca vergüenza! —gritó hechop. 195 una furia—. ¿A
qué vienes aquí? ¡Me gusta tu confianza!... ¡Arre allá, poca honra, que aquí no
está tu puesto!...
—Vamos, señor San Pedro: abra, que se hace de noche. Usted siempre está
de broma.
—¿Cómo de broma?... Si cojo una tranca, vas a ver lo que es bueno,
descarado. ¿Crees acaso que no te conozco, demonio con capucha?
—Haga el favor, señor San Pedro: sea bueno para mí. Pecador y todo, ¿no
tendrá un puestecito libre, aunque sea en la portería?
—¡Largo de aquí!... ¡miren qué prenda! Si te permitiera entrar, en un
día te zamparías nuestra provisión de tortitas con miel, dejando en ayunas a
los angelitos y los santos. Además, tenemos aquí no sé cuántas bienaventuradas
que aún son de buen ver, y ¡valiente ocupación me caería a mi edad! ¡ir siempre
detrás de ti, sin quitarte ojo!... Márchate al infierno o acuéstate al fresco
en cualquier nube... Se acabó la conversación.
El santo cerró furiosamente el ventanillo, y el padre Salvador quedó en
la oscuridad, oyendo a lo lejos los guitarros y las flautas de los angelitos,
que aquella noche obsequiaban con albaes a las santas más
guapas.
p. 196Pasaban las horas, y nuestro fraile pensaba ya en tomar el camino
del infierno, esperando que allí le recibirían mejor, cuando vio salir de entre
dos nubes, aproximándose lentamente, una mujer tan grande y gorda como él, que
caminaba balanceándose, empujando su tripa hinchada como un globo.
Era una monjita que había muerto de un cólico de confituras.
—Padre —dijo dulcemente al frailote, mirándolo con ojos tiernos—, ¿que
no abren a estas horas?
—Aguarda; ahora entraremos.
¡Lo que discurría aquel hombre! En un momento acababa de inventar una de
sus marrullerías.
Ya saben ustedes que los soldados que mueren en la guerra entran en el
cielo sin obstáculo alguno. Si no lo sabían, ya lo saben. Los pobres entran tal
como llegan; hasta con botas y espuelas, pues algún privilegio merece su
desgracia.
—Échate las faldas a la cabeza —ordenó el fraile.
—¡Pero, padre mío! —contestó escandalizada la monjita.
—Haz lo que te digo y no seas tonta —gritó el padre Salvador con
autoridad—. ¿Quieres disputar conmigo que tengo tantosp. 197 estudios?
¿Qué sabes tú del modo de entrar en el cielo?
Obedeció la monja ruborizada y en la oscuridad comenzó a lucir una
circunferencia enorme y blanca, como si hubiese aparecido la luna.
—Ahora aguántate firme.
Y de un salto el padre Salvador púsose a horcajadas sobre el lomo de su
compañera.
—Padre... ¡que pesa mucho! —gemía sofocada la pobrecita.
—Aguanta y da saltitos: ahora mismo entramos.
San Pedro, que estaba recogiendo las llaves para irse a dormir, vio que
tocaban en la puerta.
—¿Quién es?
—Un pobre soldado de caballería —contestó una voz triste—. Me acaban de
matar peleando contra los infieles, enemigos de Dios, y aquí vengo sobre mi
caballo.
—Pasa, pobrecito, pasa —dijo el santo abriendo media puerta.
Y vio en la sombra al soldado dando talonazos a su corcel, que no sabía
estarse quieto. ¡Animal más nervioso!... Varias veces intentó el venerable
portero buscarle la cabeza, pero fue imposible. Dando saltos le presentaba
siempre la grupa, y al fin, elp. 198 santo, temiendo que le soltara un par
de coces, se apresuró a decir, acariciando con palmaditas aquellas ancas finas
y gruesas:
—Pasa, soldadito; pasa adelante y veas de aquietar a esta bestia.
Y mientras el padre Salvador se colaba cielo adentro sobre la grupa de
la monja, San Pedro cerró la puerta por aquella noche, murmurando con
admiración:
—¡Rediós, y qué batalla están dando allá abajo! ¡Qué modo de pegar! A la
pobre jaca no le han dejado... ni el rabo.
p. 199
El establo de Eva
Siguiendo con mirada famélica el hervor del arroz en la paella, los
segadores de la masía escuchaban al tío Correchòla, un vejete
huesudo que enseñaba por la entreabierta camisa un matorral de pelos grises.
Las caras rojas, barnizadas por el sol, brillaban con el reflejo de las
llamas del hogar, los cuerpos rezumaban el sudor de la penosa jornada,
saturando de grosera vitalidad la atmósfera ardiente de la cocina, y a través
de la puerta de la masía, bajo un cielo de color violeta, en el que comenzaban
a brillar las estrellas, veíanse los campos pálidos e indecisos en la penumbra
del crepúsculo, unos segados ya, exhalando por las resquebrajaduras de su
corteza el calor del día; otros con ondulantes mantos de espigas,
estremeciéndose bajo los primeros soplos de la brisa nocturna.
El viejo se quejaba del dolor de susp. 200 huesos. ¡Cuánto costaba
ganarse el pan!... Y este mal no tenía remedio: siempre existirían pobres y
ricos, y el que nace para víctima tiene que resignarse. Ya lo decía su abuela:
la culpa era de Eva, de la primera mujer... ¿De qué no tendrán culpa ellas?
Y al ver que sus compañeros de trabajo —muchos de los cuales le conocían
poco tiempo— mostraban curiosidad por enterarse de la culpa de Eva, el
tío Correchòla comenzó a contar en pintoresco valenciano la
mala partida jugada a los pobres por la primera mujer.
El suceso se remontaba nada menos que a algunos años después de haber
sido arrojado del Paraíso el rebelde matrimonio con la sentencia de ganarse el
pan trabajando. Adán se pasaba los días destripando terrones y temblando por
sus cosechas; Eva arreglaba en la puerta de su masía sus zagalejos de hojas...
y cada año un chiquillo más, formándose en torno de ellos un enjambre de bocas
que solo sabían pedir pan, poniendo en un apuro al pobre padre.
De vez en cuando revoloteaba por allí algún serafín, que venía a dar un
vistazo al mundo para contar al Señor cómo andaban las cosas de aquí abajo
después del primer pecado.
—¡Niño!... ¡Pequeñín! —gritaba Eva conp. 201 la mejor de sus
sonrisas—. ¿Vienes de arriba? ¿Cómo está el Señor? Cuando le hables dile que
estoy arrepentida de mi desobediencia... ¡Tan ricamente que lo pasábamos en el
Paraíso!... Dile que trabajamos mucho, y solo deseamos volver a verle para
convencernos de que no nos guarda rencor.
—Se hará como se pide —contestaba el serafín. Y con dos golpes de ala,
visto y no visto, se perdía entre las nubes.
Menudeaban los recados de este género, sin que Eva fuese atendida. El
Señor permanecía invisible, y según noticias, andaba muy ocupado en el arreglo
de sus infinitos dominios, que no lo dejaban un momento de reposo.
Una mañana, un correveidile celeste se detuvo ante la masía:
—Oye, Eva; si esta tarde hace buen tiempo, es posible que el Señor baje
a dar una vueltecita. Anoche, hablando con el arcángel Miguel, preguntaba:
«¿Qué será de aquellos perdidos?»
Eva quedó como anonadada por tanto honor. Llamó a gritos a Adán, que
estaba en un bancal vecino doblando, como siempre, el espinazo. ¡La que se armó
en la casa! Lo mismo que en víspera de la fiesta del pueblo cuando las mujeres
vuelven de Valenciap. 202 con sus compras, Eva barrió y regó la entrada de
la masía, la cocina y los estudis; puso a la cama la colcha nueva,
fregoteó las sillas con jabón y tierra, y entrando en el aseo de las personas,
se plantó su mejor saya, endosando a Adán una casaquilla de hojas de higuera que
le había arreglado para los domingos.
Ya creía tenerlo todo corriente, cuando la llamó la atención el griterío
de su numerosa prole. Eran veinte o treinta... o Dios sabe cuántos. ¡Y cuán
feos y repugnantes para recibir al Todopoderoso! El pelo enmarañado, la nariz
con costras, los ojos pitarrosos, el cuerpo con escamas de suciedad.
—¡Cómo presento esta pillería! —gritaba Eva—. El Señor dirá que soy una
descuidada, una mala madre... ¡Claro! los hombres no saben lo que es bregar con
tanto chiquillo.
Después de muchas dudas, escogió los preferidos (¡qué madre no los
tiene!), lavó los tres más guapitos, y a cachetes llevó hasta el establo a todo
aquel rebaño triste y sarnoso, encerrándolo a pesar de sus protestas.
Ya era hora. Una nube blanquísima y luminosa descendía por el horizonte,
y el espacio vibraba con rumor de alas y la melodíap. 203 de un coro que
se perdía en el infinito, repitiendo con mística monotonía: ¡Hossana!
¡hossana!... Ya echaban pie a tierra, ya venían por el camino con tal
resplandor, que parecía que todas las estrellas del cielo habían bajado a
pasear por entre los bancales de trigo.
Primero llegó un grupo de arcángeles: el piquete de honor. Envainaron
las espadas de fuego, dirigieron unos cuantos chicoleos a Eva, asegurando que
por ella no pasaban años y aún estaba de buen ver, y con marcial franqueza se
esparcieron después por los campos, subiéndose a las higueras, mientras Adán
maldecía por lo bajo, dando por perdida su cosecha.
Después llegó el Señor: las barbas de resplandeciente plata y en la
cabeza un triángulo que deslumbraba como el sol. Tras él San Miguel y todos los
ministros y altos empleados de la corte celestial.
Acogió el Señor a Adán con una sonrisa bondadosa, y a Eva le dio un
golpecito en la barba diciéndola:
—¡Hola, buena pieza! ¿Ya no eres tan ligera de cascos?
Emocionados por tanta amabilidad, los esposos ofrecieron al Señor una
silla de brazos. ¡Qué silla, hijos míos! Ancha, cómoda, de algarrobo fuerte y
con un asientop. 204 de trencilla de esparto del más fino, como la puede
tener el cura del pueblo.
El Señor, arrellanado muy a su gusto, se enteraba de los negocios de
Adán, de lo mucho que le costaba ganar el sustento de los suyos.
—Bien, muy bien —decía—. Esto te enseñará a no aceptar los consejos de
tu mujer. ¿Creías que todo iba a ser la sopa boba del Paraíso? Rabia, hijo mío,
trabaja y suda; así aprenderás a no atreverte con tus mayores.
Pero el Señor, arrepentido de su dureza, añadió con tono bondadoso:
—Lo hecho, hecho está, y mi maldición debe cumplirse. Yo solo tengo una
palabra. Pero ya que he entrado en vuestra casa, no quiero irme sin dejar un
recuerdo de mi bondad. A ver, Eva, acércame esos chicos.
Los tres arrapiezos formaron en fila frente al Todopoderoso, que los
examinó atentamente un buen rato.
—Tú —dijo al primero, un gordinflón muy serio, que le escuchaba con las
cejas fruncidas y un dedo en la nariz—, tú serás el encargado de juzgar a tus
semejantes. Fabricarás la ley, dirás lo que es delito, cambiando cada siglo de
opinión, y someterás todos los delincuentes a unap. 205 misma regla, que
es como si a todos los enfermos los curasen con el mismo medicamento.
Después señaló al otro, un morenito vivaracho, siempre con un palo para
sacudir a sus hermanos.
—Tú serás un guerrero, un caudillo. Llevarás tras de ti a los hombres
como el rebaño que marcha al matadero, y sin embargo, te aclamarán; la gente,
al verte cubierto de sangre, te admirará como un semidiós. Si los otros matan
serán criminales; si tú matas, serás héroe. Inunda de sangre los campos, pasa
los pueblos a hierro y fuego, destruye, mata, y te cantarán los poetas y
escribirán tus hazañas los historiadores. Los que sin ser tú hagan lo mismo,
arrastrarán cadenas.
Reflexionó el Señor un momento, y se dirigió al tercero:
—Tú acapararás las riquezas del mundo, serás comerciante, prestarás
dinero a los reyes tratándolos como iguales, y si arruinas todo un pueblo, el
mundo admirará tu habilidad.
El pobre Adán lloraba de agradecimiento, mientras Eva, inquieta y
temblorosa, intentaba decir algo, sin decidirse a ello. En su corazón de madre
se agitaba el remordimiento; pensaba en los pobrecitosp. 206 encerrados en
el establo, que iban a quedar excluidos del reparto de mercedes.
—Voy a enseñárselos —decía por lo bajo a su marido.
Y este, tímido siempre, se oponía murmurando:
—Sería demasiado atrevimiento. Se enfadará el Señor.
Justamente, el arcángel Miguel, que había venido de mala gana a la casa
de aquellos réprobos, daba prisas a su amo:
—Señor, que es tarde.
El Señor se levantó, y la escolta de arcángeles, bajando de los árboles,
acudió corriendo para presentar armas a la salida.
Eva, impulsada por su remordimiento, corrió al establo, abriendo la
puerta.
—Señor, que aún quedan más. Algo para estos pobrecitos.
El Todopoderoso miró con extrañeza aquella caterva sucia y asquerosa que
se agitaba en el estiércol como un montón de gusanos.
—Nada me queda que dar —dijo—. Sus hermanos se lo han llevado todo. Ya
pensaré, mujer; ya veremos más adelante.
San Miguel empujaba a Eva para que no importunase más al amo, pero ella
seguía suplicando:
p. 207
—Algo, Señor; dadles cualquier cosa. ¿Qué van a hacer estos pobres en el
mundo?
El Señor deseaba irse, y salió de la masía.
—Ya tienen destino —dijo a la madre—. Esos se encargarán de servir y
mantener a los otros.
—Y de aquellos infelices —terminó el viejo segador— que nuestra primera
madre ocultó en el establo, descendemos nosotros los que vivimos encorvados
sobre la tierra.
p. 209
La tumba de Alí-Bellús
—Era en aquel tiempo —dijo el escultor García— en que me dedicaba, para
conquistar el pan, a restaurar imágenes y dorar altares, corriendo de este modo
casi todo el reino de Valencia.
Tenía un encargo de importancia: restaurar el altar mayor de la iglesia
de Bellús, obra pagada con cierta manda de una vieja señora, y allá fui con dos
aprendices, cuya edad no se diferenciaba mucho de la mía.
Vivíamos en casa del cura, un señor incapaz de reposo, que apenas
terminaba su misa ensillaba el macho para visitar a los compañeros de las
vecinas parroquias o empuñaba la escopeta, y con balandrán y gorro de seda
salía a despoblar de pájaros la huerta. Y mientras él andaba por el mundo, yo,
con mis dos compañeros, metidos en la iglesia, sobre los andamios delp.
210 altar mayor, complicada fábrica del siglo xvii, sacando brillo a
los dorados o alegrándoles los mofletes a todo un tropel de angelitos que asomaban
entre la hojarasca como chicuelos juguetones.
Por las mañanas, terminada la misa, quedábamos en absoluta soledad. La
iglesia era una antigua mezquita de blancas paredes; sobre los altares
laterales extendían las viejas arcadas su graciosa curva, y todo el templo
respiraba ese ambiente de silencio y frescura que parece envolver a las
construcciones árabes. Por el abierto portón veíamos la plaza solitaria
inundada de sol; oíamos los gritos de los que se llamaban allá lejos, a través
de los campos, rasgando la inquietud de la mañana, y de vez en cuando las
gallinas entraban irreverentemente en el templo, paseando ante los altares con
grave contoneo, hasta que huían asustadas por nuestros cantos. Hay que advertir
que, familiarizados con aquel ambiente, estábamos en el andamio como en un
taller, y yo obsequiaba a aquel mundo de santos, vírgenes y ángeles inmóviles y
empolvados por los siglos, con todas las romanzas aprendidas en mis noches
de paraíso, y tan pronto cantaba a la celeste Aida como
repetía los voluptuosos arrullos de Fausto en el jardín.
p. 211Por eso veía con desagrado por las tardes cómo invadían la iglesia
algunas vecinas del pueblo, comadres descaradas y preguntonas que seguían el
trabajo de mis manos con atención molesta, y hasta osaban criticarme por si no
sacaba bastante brillo al follaje de oro o ponía poco bermellón en la cara de
un angelito. La más guapetona y la más rica, a juzgar por la autoridad con que
trataba a las demás, subía algunas veces al andamio, sin duda para hacerme
sentir de más cerca su rústica majestad, y allí permanecía, no pudiendo moverme
sin tropezar con ella.
El piso de la iglesia era de grandes ladrillos rojos, y tenía en el
centro, empotrada en un marco de piedra, una enorme losa con anilla de hierro.
Estaba yo una tarde imaginando qué habría debajo, y agachado sobre la losa
rascaba con un hierro el polvo petrificado de las junturas, cuando entró
aquella mujerona, la siñá Pascuala, que pareció extrañarse
mucho al verme en tal ocupación.
Toda la tarde la pasó cerca de mí, en el andamio, sin hacer caso de sus
compañeras que parloteaban a nuestros pies, mirándome fijamente mientras se
decidía a soltar la pregunta que revoloteaba en sus labios. Por fin la soltó.
Quería saber quép. 212 hacía yo sobre aquella losa que nadie en el pueblo,
ni aun los más ancianos, habían visto nunca levantada. Mis negativas excitaron
más su curiosidad, y por burlarme de ella me entregué a un juego de muchacho,
arreglando las cosas de modo que todas las tardes, al llegar a la iglesia, me
encontraba mirando la losa, hurgando en sus junturas.
Di fin a la restauración, quitamos los andamios; el altar lucía como un
ascua de oro, y cuando le echaba la última mirada, vino la curiosa comadre a
intentar por otra vez hacerse partícipe de mi secreto.
—Dígameu, pintor —suplicaba—. Guardaré el secret.
Y el pintor (así me llamaban), como era entonces un joven alegre y había
de marchar en el mismo día, encontró muy oportuno aturdir a aquella
impertinente con una absurda leyenda. La hice prometer un sinnúmero de veces,
con gran solemnidad, que no repetiría a nadie mis palabras, y solté cuantas
mentiras me sugirió mi afición a las novelas interesantes.
Yo había levantado aquella losa por arte maravilloso que me callaba, y
visto cosas extraordinarias. Primero una escalera honda, muy honda: después
estrechos pasadizos, vueltas y revueltas; por fin unap. 213 lámpara que
debía estar ardiendo centenares de años, y tendido en una cama de mármol
un tío muy grande, con la barba hasta el vientre, los ojos
cerrados, una espada enorme sobre el pecho y en la cabeza una toalla arrollada
con una media luna.
—Será un mòro —interrumpió ella con suficiencia.
Sí, un moro. ¡Qué lista era! Estaba envuelto en un manto que brillaba
como el oro, y a sus pies una inscripción en letras enrevesadas que no las
entendería el mismo cura; pero como yo era pintor, y los pintores lo saben
todo, la había leído de corrido. Y decía... decía... ¡ah, sí! decía: «Aquí yace
Alí-Bellús; su mujer Sarah y su hijo Macael le dedican este último recuerdo.»
Un mes después supe en Valencia lo que ocurrió apenas abandoné el
pueblo. En la misma noche, la siñá Pascuala juzgó que era
bastante heroísmo callarse durante algunas horas, y se lo dijo todo a su
marido, el cual lo repitió al día siguiente en la taberna. Estupefacción
general. ¡Vivir toda la vida en el pueblo, entrar todos los domingos en la iglesia
y no saber que bajo sus pies estaba el hombre de la gran barba, de la toalla en
la cabeza, el marido de Sarah, el padre de Macael, el gran Alí-Bellús,p.
214 que indudablemente habría sido el fundador del pueblo!... Y todo esto
lo había visto un forastero, sin más trabajo que llegar, y ellos no. ¡Cristo!
Al domingo siguiente, apenas el cura abandonó el pueblo para comer con
un párroco vecino, una gran parte del vecindario corrió a la iglesia. El marido
de la siñá Pascuala anduvo a palos con el sacristán para
quitarle las llaves, y todos, hasta el alcalde y el secretario, entraron con
picos, palancas y cuerdas. ¡Lo que sudaron!... En dos siglos lo menos no había
sido levantada aquella losa, y los mozos más robustos, con los bíceps al aire y
el cuello hinchado por los esfuerzos, pugnaban inútilmente por removerla.
—¡Fòrsa, fòrsa! —gritaba la Pascuala capitaneando aquella tropa
de brutos—. ¡Abaix está el mòro!
Y animados por ella redoblaron todos sus esfuerzos, hasta que después de
una hora de bufidos, juramentos y sudor a chorros, arrancaron no solo la losa,
sino el marco de piedra, saltando tras él una gran parte de los ladrillos del
piso. Parecía que la iglesia se venía abajo. Pero buenos estaban ellos para
fijarse en el destrozo... Todas las miradas eran para la lóbrega sima que
acababa de abrirse ante sus pies.
p. 215Los más valientes rascábanse la cabeza con visible indecisión;
pero uno más audaz se hizo atar una cuerda a la cintura y se deslizó murmurando
un credo. No se cansó mucho en el viaje. Su cabeza estaba aún a la vista de
todos cuando sus pies tocaban ya el fondo.
—¿Qué veus? —preguntaban los de arriba con ansiedad.
Y él se agitaba en aquella lobreguez, sin tropezar con otra cosa que
montones de paja arrojada allí hacía muchos años después de un desestero, y que
putrefacta por las filtraciones despedía un hedor insufrible.
—¡Busca, busca! —gritaban las cabezas formando un marco gesticulante en
torno de la lóbrega abertura. Pero el explorador solo encontraba coscorrones,
pues al avanzar su cabeza chocaba contra las paredes. Bajaron otros mozos,
acusando de torpeza al primero, pero al fin tuvieron que convencerse de que
aquel pozo no tenía salida alguna.
Se retiraron mohínos entre la rechifla de los chicuelos, ofendidos
porque les habían dejado fuera de la iglesia, y el griterío de las mujeres, que
aprovechaban la ocasión para vengarse de la orgullosa Pascuala.
p. 216—¿Com está Alí-Bellús? —preguntaban—. ¿Y su hijo
Macael?
Para colmo de sus desdichas, al ver el cura roto el piso de su iglesia y
enterarse de lo ocurrido, púsose furioso; quiso excomulgar al pueblo por
sacrílego, cerrar el templo, y únicamente se calmó cuando los aterrados
descubridores de Alí-Bellús prometieron construir a sus expensas un pavimento
mejor.
—¿Y no ha vuelto usted allá? —preguntaron al escultor algunos de sus
oyentes.
—Me guardaré mucho. Más de una vez he encontrado en Valencia a alguno de
los chasqueados; pero ¡debilidad humana! al hablar conmigo se reían del suceso,
lo encontraban muy gracioso, y aseguraban que ellos eran de los que
presintiendo la jugarreta, se quedaron a la puerta de la iglesia. Siempre han
terminado la conversación invitándome a ir allá para pasar un día divertido;
cuestión de comerse una paella... ¡Que vaya el demonio! Conozco a mi gente. Me
invitan con una sonrisa angelical, pero instintivamente guiñan el ojo izquierdo
como si ya estuvieran echándose la escopeta a la cara.
p. 217
El dragón del Patriarca
TRADICIÓN VALENCIANA
Todos los valencianos hemos temblado de niños ante el monstruo enclavado
en el atrio del Colegio del Patriarca, la iglesia fundada por el beato Juan de
Ribera. Es un cocodrilo relleno de paja, con las cortas y rugosas patas pegadas
al muro y entreabierta la enorme boca, con una expresión de repugnante horror
que hace retroceder a los pequeños, hundiéndose en las faldas de sus madres.
Dicen algunos que está allí como símbolo del silencio, y con igual
significado aparece en otras iglesias del reino de Aragón, imponiendo
recogimiento a los fieles; pero el pueblo valenciano no cree en tales
explicaciones; sabe mejor que nadie el origen del espantoso animalucho, la
historia verídica e interesante del famoso dragón delp. 218 Patriarca,
y todos los nacidos en Valencia la recordamos como se recuerdan los
cuentos de miedo oídos en la niñez.
***
Era cuando Valencia tenía un perímetro no mucho más grande que los
barrios tranquilos, soñolientos y como muertos, que rodean la Catedral. La
Albufera, inmensa laguna casi confundida con el mar, llegaba hasta las
murallas; la huerta era un enmarañado marjal de juncos y cañas que aguardaba en
salvaje calma la llegada de los árabes que la cruzasen de acequias grandes y
pequeñas, formando la maravillosa red que transmite la sangre de la fecundidad,
y donde hoy es el Mercado extendíase el río, amplio, lento, confundiendo y
perdiendo su corriente en las aguas muertas y cenagosas.
Las puertas de la ciudad inmediatas al Turia permanecían cerradas los
más de los días, o se entreabrían tímidamente para chocar con el estrépito de
la alarma apenas se movían los vecinos cañaverales. A todas horas había gente
en las almenas, pálida de emoción y curiosidad, con el gesto del que desea
contemplar de lejos algo horrible y al mismo tiempo teme verlo.
p. 219Allí, en el río, estaba el peligro de la ciudad, la pesadilla de
Valencia, la mala bestia cuyo recuerdo turbaba el sueño de las gentes honradas,
haciendo amargo el vino y desabrido el pan. En un ribazo, entre aplastadas
marañas de juncos, un lóbrego y fangoso agujero, y en el fondo, durmiendo la
siesta de la digestión, entre peladas calaveras y costillas rotas, el dragón,
un horrible y feroz animalucho nunca visto en Valencia, enviado, sin duda, por
el Señor —según decían las viejas ciudadanas— para castigo de pecadores y
terror de los buenos.
¡Qué no hacía la ciudad para librarse de aquel vecino molesto que
turbaba su vida!... Los mozos bravos de cabeza ligera —y bien sabe el diablo
que en Valencia no faltan— excitábanse unos a otros y echaban suertes para
salir contra la bestia, marchando a su encuentro con hachas, lanzas, espadas y
cuchillos. Pero apenas se aproximaban a la cueva del dragón, sacaba este el
morro, se ponía en facha para acometer, y partiendo en línea recta veloz como
un rayo, a este quiero y al otro no, mordisco aquí y zarpazo allá, desbarataba
el grupo; escapaban los menos, y el resto paraba en el fondo del negro agujero,
sirviendo de pasto a la fiera para toda la semana.
p. 220La religión, viniendo en auxilio de los buenos y recelando las
infernales artes del maléfico en esta horrorosa calamidad, quiso entrar en
combate con la bestia, y un día el clero, con su obispo a la cabeza, salió por
las puertas de Valencia, dirigiéndose valerosamente al río con gran provisión
de latines y agua bendita. La muchedumbre contemplaba ansiosa desde las
murallas la marcha lenta de la procesión; el resplandor de las bizantinas
casullas con sus fajas blancas orladas de negras cruces; el centellear de la
mitra de terciopelo rojo con piedras preciosas y el brillo de los lustrosos
cráneos de los sacerdotes.
El monstruo, deslumbrado por este aparato extraordinario, les dejaba
aproximarse, pero pasada la primera impresión movió sus cortas patas, abrió la
boca como bostezando, y esto bastó para que todos retrocediesen con tanta
prudencia como prisa, precaución feliz a la que debieron los valencianos que la
fiera no se almorzara medio cabildo.
Se acabó. Todos reconocían la imposibilidad de seguir luchando con tal
enemigo. Había que esperar a que el dragón muriese de viejo o de un hartazgo;
mientras tanto, que cada cual se resignara a morir devorado cuando le llegara
el turno.
p. 221Acabaron por familiarizarse con aquel bicho ruin como con la idea
de la muerte, considerándolo una calamidad inevitable, y el valenciano que
salía a trabajar sus campos, apenas escuchaba ruido cerca de la senda y veía
ondear la maleza, murmuraba con desaliento y resignación:
—Me tocó la mala. Ya está ahí ese. Siquiera que acabe pronto
y no me haga sufrir.
Como ya no quedaban hombres que fuesen en busca del dragón, este iba al
encuentro de la gente para no pasar hambre en su agujero. Daba la vuelta a la
ciudad, se agazapaba en los campos, corría los caminos, y muchas veces en su
insolencia se arrastraba al pie de las murallas y pegaba el hocico a las
rendijas de las fuertes puertas, atisbando si alguien iba a salir.
Era un maldito que parecía estar en todas partes. El pobre valenciano,
al plantar el arroz encorvándose sobre la charca, sentía en lo mejor de su
trabajo algo que le acariciaba por cerca de la espalda, y al volverse tropezaba
con el morro del dragón, que se abría y se abría como si la boca le llegase
hasta la cola, y ¡zas! de un golpe lo trituraba. El buen burgués que en las
tardes de verano daba un paseíto por las afueras, veía salir de entre los
matorralesp. 222 una garra rugosa que parecía decirle: «¡Hola, amigo!», y
con un zarpazo irresistible se veía arrastrado hasta el fondo del fangoso
agujero donde la bestia tenía su comedor.
Al mediodía, cuando el dragón inmóvil en el barro como un tronco
escamoso tomaba el sol, los tiradores de arco, apostados entre dos almenas, le
largaban certeros saetazos. ¡Tontería! Las flechas rebotaban sobre el caparazón
y el monstruo hacía un ligero movimiento, como si en torno de él zumbase un
mosquito.
La ciudad se despoblaba rápidamente, y hubiese quedado totalmente
abandonada a no ocurrírsele a los jueces sentenciar a muerte a cierto
vagabundo, merecedor de horca por delitos que llamaron la atención en una época
en que se mataba y robaba sin dar a esto otra importancia que la de naturales
desahogos.
El reo, un hombre misterioso, una especie de judío que había recorrido
medio mundo y hablaba en idiomas raros, pidió gracia. Él se encargaba de matar
el dragón a cambio de rescatar su vida. ¿Convenía el trato?...
Los jueces no tuvieron tiempo para deliberar, pues la ciudad les aturdió
con su clamoreo. Aceptado, aceptado: la muertep. 223 del dragón bien valía
la gracia de un tuno.
Le ofrecieron para su empresa las mejores armas de la ciudad, pero el
vagabundo sonrió desdeñosamente, limitándose a pedir algunos días para
prepararse. Los jueces, de acuerdo con él, dejáronle encerrado en una casa,
donde todos los días entraban algunas cargas de leña y una regular cantidad de
vasos y botellas recogidos en las principales casas de la ciudad. Los
valencianos agolpábanse en torno de la casa, contemplando de día el negro
penacho de humo, y por la noche el resplandor rojizo que arrojaba la chimenea.
Lo misterioso de los preparativos dábales fe. ¡Aquel brujo sí que mataba al
dragón!...
Llegó el día del combate, y todo el vecindario se agolpó en las
murallas, anhelante y pálido de ansiedad. Colgaban sobre las barbacanas racimos
de piernas; agitábanse entre las almenas inquietas masas de cabezas.
Se abrió cautelosamente un postigo, dejando solo espacio para que
saliera el combatiente, y volvió a cerrarse con la precipitación del miedo. La
muchedumbre lanzó una exclamación de desaliento. Aguardaba algo extraordinario
en el paladín misterioso, y le veía cubierto con un manto y un capuchón de lana
burda, sin másp. 224 arma que una lanza... ¡Otro al saco! Aquel judío se
lo engullía la malhadada bestia en un avemaría.
Pero él, insensible al general desaliento, marchaba en línea recta hacia
la cueva. Justamente, el dragón hacía días que estaba rabiando de hambre.
Quedábase la gente en la ciudad, y la fiera ayunaba, rugiendo al husmear el
rebaño humano guardado por las fuertes murallas.
Vieron todos cómo al aproximarse el vagabundo asomaba por el embudo de
barro el picudo morro de la fiera y sus rugosas patas delanteras. Después, con
un pesado esfuerzo, sacó del agujero el corpachón escamoso por cuyo interior
había pasado medio Valencia.
¡Brrrr! Y rugiendo de hambre, abrió una bocaza que, aun vista de
lejos, hizo correr un estremecimiento por las espaldas de todos los
valencianos. Pero al mismo tiempo ocurrió una cosa portentosa. El combatiente
dejó caer al suelo la capa y la capucha, y todo el pueblo se llevó las manos a
los ojos como deslumbrado. Aquel hombre era un ascua luminosa; una llama que
marchaba rectamente hacia el dragón, un fantasma de fuego que no podía ser
contemplado más de un segundo. Iba cubierto con una vestidura de cristal, conp.
225 una armadura de espejos en la que se reflejaba el sol, rodeándolo con
un nimbo de deslumbrantes rayos.
La bestia, que iba a lanzarse sobre él, parpadeó temblorosa,
deslumbrada, y comenzó a retroceder.
El vagabundo avanzaba arrogante y seguro de la victoria, como en la
leyenda wagneriana el valeroso Sigfrido marchaba al encuentro del dragón Fafner.
Los rayos de la armadura anonadaban a la fiera. Su espantable figura,
reproducida en la coraza, en el escudo, en todas las partes de la armadura con
infinito espejismo, la turbaban, obligándola a retroceder. Al fin, cegada,
confusa, presa del mareo de lo desconocido, se dejó caer en su agujero, y con
un supremo esfuerzo, por conservar su prestigio, abrió la bocaza para rugir ¡Brrrr!
¡Allí de la lanza! La hundió toda en las horribles fauces del
deslumbrado monstruo, repitiendo los golpes entre los aplausos de la
muchedumbre, que saludaba cada metido como una bendición de Dios. Los chorros
de sangre negra y nauseabunda mancharon la límpida armadura, y enardecidos por
la agonía del enemigo, todos los vecinos salieron al campo. Hubo algunos que
por llegar antes se arrojaron de cabezap. 226 desde las murallas, siendo
con esto las postreras víctimas del dragón.
Todos querían ver de cerca al monstruo y abrazar al matador.
¡Se salvó Valencia! Desde aquel día comenzó a vivir tranquila.
De tan memorable jornada no ha quedado el nombre del héroe, ni siquiera
su maravillosa armadura de espejos. Sin duda se la rompieron en plena ovación,
al llevarle triunfante de abrazo en abrazo.
Pero queda el dragón, con su vientre atiborrado de paja, por donde
pasaron muchos de nuestros abuelos.
Y quien dude de la veracidad del suceso, no tiene más que asomarse al
atrio del Colegio del Patriarca, que allí está la malvada bestia como
irrecusable testigo.
FIN
p. 227
ÍNDICE
|
|
Págs. |
|
5 |
|
|
21 |
|
|
33 |
|
|
71 |
|
|
85 |
|
|
99 |
|
|
133 |
|
|
143 |
|
|
165 |
|
|
191 |
|
|
199 |
|
|
209 |
|
|
217 |
*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK CUENTOS VALENCIANOS ***

