Libro N° 9561. La Condenada (Cuentos). Blasco Ibáñez, Vicente.
© Libro N° 9561. La Condenada (Cuentos). Blasco Ibáñez, Vicente. Emancipación.
Febrero 5 de 2022.
Título original: © La Condenada (Cuentos). Vicente Blasco Ibáñez
Versión
Original: © La Condenada (Cuentos). Vicente Blasco Ibáñez
Circulación conocimiento libre,
Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://www.gutenberg.org/files/27736/27736-h/27736-h.htm
Licencia Creative
Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el
nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
Fondo:
https://i.pinimg.com/originals/10/91/c9/1091c9b191a2ac98e91bc7726f71da54.png
Portada E.O. de Imagen original:
https://www.gutenberg.org/cache/epub/27736/pg27736.cover.medium.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA CONDENADA
(Cuentos)
Vicente Blasco Ibáñez
La Condenada
(Cuentos)
Vicente Blasco Ibáñez
Title: La Condenada
(Cuentos)
Author: Vicente Blasco
Ibáñez
Release Date: January 7,
2009 [EBook #27736]
Language: Spanish
Character set encoding:
ISO-8859-1
*** START OF THIS PROJECT
GUTENBERG EBOOK LA CONDENADA ***
Produced by Chuck Greif and
the Online Distributed
Proofreading Team at DP
Europe (http://dp.rastko.net)
VICENTE BLASCO IBÁÑEZ
LA
CONDENADA
(CUENTOS)
PROMETEO
sociedad editorial
Germaías. F S.—VALENCIA
ÍNDICE
· El ogro
· La pared
LA CONDENADA
————
Catorce meses llevaba Rafael en la estrecha celda.
Tenía por mundo aquellas cuatro paredes, de un
triste blanco de hueso, cuyas grietas y desconchaduras se sabía de memoria; su
sol era el alto ventanillo cruzado por hierros que cortaban la azul mancha del
cielo; y del suelo de ocho pasos apenas si era suya la mitad, por culpa de
aquella cadena escandalosa y chillona, cuya argolla, incrustándosele en el
tobillo, había llegado casi a amalgamarse con su carne.
Estaba condenado a muerte, y mientras en Madrid
hojeaban por última vez los papelotes de su proceso, él se pasaba allí meses y
meses enterrado en vida, pudriéndose, como animado cadáver, en aquel ataúd de
argamasa, deseando, como un mal momentáneo que pondría fin a otros mayores, que
llegase pronto la hora en que le apretaran el cuello, terminando todo de una
vez.
Lo que más le molestaba era la limpieza; aquel
suelo barrido todos los días y bien fregado, para que la humedad, filtrándose a
través del petate, se le metiera en los huesos; aquellas paredes, en las que no
se dejaba tener ni una mota de polvo. Hasta la compañía de la suciedad le
quitaban al preso. Soledad completa. Si allí entrasen ratas, tendría el
consuelo de partir con ellas la escasa comida y hablarlas como buenas
compañeras; si en los rincones hubiera encontrado una araña, se habría
entretenido domesticándola.
No querían en aquella sepultura otra vida que la
suya. Un día, ¡cómo lo recordaba Rafael! un gorrión se asomó a la reja, cual
chiquillo travieso. El bohemio de la luz y del espacio piaba como expresando la
extrañeza que le producía ver allá abajo aquel pobre ser amarillento y flaco,
estremeciéndose de frío en pleno verano, con unos cuantos pañuelos anudados a
las sienes y un harapo de manta ceñido a los riñones. Debió asustarle aquella
cara angulosa y pálida, con una blancura de papel mascado; le causó miedo la
extraña vestidura de pielroja y huyó, sacudiendo sus plumas como para librarse
del vaho de sepultura y lana podrida que exhalaba la reja.
El único rumor de vida era el de los compañeros de
cárcel que paseaban por el patio. Aquéllos al menos veían cielo libre sobre sus
cabezas, no tragaban el aire a través de una aspillera; tenían las piernas
libres y no les faltaba con quien hablar. Hasta allí dentro tenía la desgracia
sus gradaciones. El eterno descontento humano era adivinado por Rafael.
Envidiaba él a los del patio, considerando su situación como una de las más
apetecibles; los presos envidiaban a los de fuera, a los que gozaban libertad, y
los que a aquellas horas transitaban por las calles tal vez no se considerasen
contentos con su suerte, ambicionando ¡quién sabe cuántas cosas!... ¡Tan buena
que es la libertad!... Merecían estar presos.
Se hallaba en el último escalón de la desgracia.
Había intentado fugarse perforando el suelo en un arranque de desesperación, y
la vigilancia pesaba sobre él incesante y abrumadora. Si cantaba, le imponían
silencio. Quiso divertirse rezando con monótono canturreo las oraciones que le
enseñó su madre, y que sólo recordaba a trozos, y le hicieron callar. ¿Es que
intentaba fingirse loco? ¡A ver, mucho silencio! Le querían guardar entero,
sano de cuerpo y espíritu, para que el verdugo no operase en carne averiada.
¡Loco! No quería serlo; pero el encierro, la
inmovilidad y aquel rancho escaso y malo acababan con él. Tenía alucinaciones;
algunas noches, cuando cerraba los ojos molestado por la luz reglamentaria, a
la que en catorce meses no había podido acostumbrarse, le atormentaba la
estrafalaria idea de que, durante el sueño, sus enemigos, aquellos que querían
matarle y a los que no conocía, le habían vuelto el estómago del revés. Por
esto le atormentaban con crueles pinchazos.
De día, pensaba siempre en su pasado, pero con
memoria tan extraviada, que creía repasar la historia de otro.
Recordaba su regreso al pueblecillo natal, después
de su primera campaña carcelaria por ciertas lesiones; su renombre en todo el
distrito, la concurrencia de la taberna de la plaza admirándole con
entusiasmo: ¡Qué bruto es Rafael! La mejor chica del pueblo se
decidía a ser su mujer, más por miedo y respeto que por cariño; los del
Ayuntamiento le halagaban dándole escopeta de guardia rural, espoleando su
brutalidad para que la emplease en las elecciones; reinaba sin obstáculos en
todo el término; tenía a los otros, los del bando caído, en un
puño, hasta que, cansados éstos, se ampararon de cierto valentón que acababa de
llegar también de presidio, y lo colocaron frente a Rafael.
¡Cristo! El honor profesional estaba en peligro:
había que mojar la oreja a aquel individuo que le quitaba el pan. Y como
consecuencia inevitable, vino la espera al acecho, el escopetazo certero y el
rematarle con la culata para que no chillase ni patalease más.
En fin... ¡cosas de hombres! Y como final, la
cárcel, donde encontró antiguos compañeros; el juicio, en el cual todos los que
antes le temían se vengaban de los miedos que habían pasado declarando contra
él; la terrible sentencia y aquellos malditos catorce meses aguardando que
llegase de Madrid la muerte, que, por lo que se hacía esperar, sin duda venía
en carreta.
No le faltaba valor. Pensaba en Juan Portela, en el
guapo Francisco Esteban, en todos aquellos esforzados paladines cuyas hazañas,
relatadas en romances, había escuchado siempre con entusiasmo, y se reconocía
con tanto redaño como ellos para afrontar el último trance.
Pero algunas noches saltaba del petate como
disparado por oculto muelle, haciendo sonar su cadena con triste repiqueteo.
Gritaba como un niño y al mismo tiempo se arrepentía, queriendo ahogar
inútilmente sus gemidos. Era otro el que gritaba dentro de él; otro al que
hasta entonces no había conocido, que tenía miedo y lloriqueaba, no calmándose
hasta que bebía media docena de tazas de aquel brebaje ardiente de algarrobas e
higos que en la cárcel llamaban café.
Del Rafael antiguo que deseaba la muerte para
terminar pronto no quedaba más que la envoltura. El nuevo, formado dentro de
aquella sepultura, pensaba con terror que ya iban transcurridos catorce meses y
forzosamente estaba próximo el fin. De buena gana se conformaría a pasar otros
catorce en aquella miseria.
Era receloso; presentía que la desgracia se
acercaba; la veía en todas partes: en las caras curiosas que asomaban al
ventanillo de la puerta; en el cura de la cárcel, que ahora entraba todas las
tardes, como si aquella celda infecta fuera el lugar mejor para hablar con un
hombre y fumar un pitillo. ¡Malo, malo!
Las preguntas no podían ser más inquietantes. ¿Que
si era buen cristiano? Sí, padre. Respetaba a los curas, nunca les había
faltado en tanto así; y de la familia no habría qué decir; todos los suyos
habían ido al monte a defender al rey legítimo, porque así lo mandó el párroco
del pueblo. Y para afirmar su cristianismo, sacaba de entre los guiñapos del
pecho un mazo mugriento de escapularios y medallas.
Después el cura le hablaba de Jesús, que, con ser
Hijo de Dios, se había visto en situación semejante a la suya, y esta
comparación entusiasmaba al pobre diablo. ¡Cuánto honor!... Pero aunque
halagado por tal semejanza, deseaba que se realizase lo más tarde posible.
Llegó el día en que estalló sobre él como un trueno
la terrible noticia. Lo de Madrid había terminado. Llegaba la muerte; pero a
gran velocidad, por el telégrafo.
Al decirle un empleado que su mujer con la niña que
había nacido estando él preso rondaba la cárcel pidiendo verle, no dudó ya.
Cuando aquélla dejaba el pueblo, es que la cosa estaba encima.
Le hicieron pensar en el indulto, y se agarró con
furia a esta última esperanza de todos los desgraciados. ¿No lo alcanzaban
otros? ¿Por qué no él? Además, nada le costaba a aquella buena señora de Madrid
librarle la vida; era asunto de echar una firmica.
Y a todos los enterradores oficiales que por
curiosidad o por deber le visitaban, abogados, curas y periodistas, les
preguntaba, tembloroso y suplicante, como si ellos pudieran salvarle:
—¿Qué les parece? ¿echará la firmica?
Al día siguiente le llevarían a su pueblo, atado y
custodiado, como una res brava que va al matadero. Ya estaba allá el verdugo
con sus trastos. Y aguardando el momento de salida para verle, se pasaba las
horas a la puerta de la cárcel la mujer, una mocetona morena, de labios gruesos
y cejas unidas, que al mover la hueca faldamenta de zagalejos superpuestos
esparcía un punzante olor de establo.
Estaba como asombrada de estar allí; en su mirada
boba leíase más estupefacción que dolor, y únicamente al fijarse en la criatura
agarrada a su enorme pecho derramaba algunas lágrimas.
¡Señor! ¡Qué vergüenza para la familia! Ya sabía
ella que aquel hombre terminaría así. ¡Ojalá no hubiese nacido la niña!
El cura de la cárcel intentaba consolarla.
Resignación: aún podía encontrar, después de viuda, un hombre que la hiciese
más feliz. Esto parecía enardecerla, y hasta llegó a hablar de su primer novio,
un buen chico, que se retiró por miedo a Rafael, y que ahora se acercaba a ella
en el pueblo y en los campos como si quisiera decirla algo.
—No; hombres no faltan—decía tranquilamente con un
conato de sonrisa—. Pero soy muy cristiana; y si cojo otro hombre, quiero que
sea como Dios manda.
Y al notar la mirada de asombro del cura y de los
empleados de la puerta, volvió a la realidad, reanudando su difícil lloro.
Al anochecer llegó la noticia. Sí que había firmica.
Aquella señora que Rafael se imaginaba allá en Madrid con todos los esplendores
y adornos que el Padre Eterno tiene en los altares, vencida por telegramas y
súplicas, prolongaba la vida del sentenciado.
El indulto produjo en la cárcel un estrépito de mil
demonios, como si cada uno de los presos hubiera recibido la orden de libertad.
—Alégrate, mujer—decía en el rastrillo el cura a la
mujer del indultado—. Ya no matan a tu marido: no serás viuda.
La muchacha permaneció silenciosa, como si luchara
con ideas que se desarrollaban en su cerebro con torpe lentitud.
—Bueno—dijo al fin tranquilamente—. ¿Y cuándo
saldrá?
—¡Salir!... ¿Estás loca? Nunca. Ya puede darse por
satisfecho con salvar la vida. Irá a África, y como es joven y fuerte, aún
puede ser que viva veinte años.
Por primera vez lloró la mujer con toda su alma;
pero su llanto no era de tristeza, era de desesperación, de rabia.
—Vamos, mujer—decía el cura irritado—. Eso es
tentar a Dios. Le han salvado la vida, ¿lo entiendes? Ya no está condenado a
muerte... ¿Y aún te quejas?
Cortó su llanto la mocetona. Sus ojos brillaron con
expresión de odio.
—Bueno: que no lo maten... Me alegro. Él se salva,
pero yo, ¿qué?...
Y tras larga pausa, añadió entre gemidos que
estremecían su carne morena, ardorosa y de brutal perfume:
—Aquí la condenada soy yo.
———
El viejo Tòfol y la chicuela
vivían esclavos de su huerto, fatigado por una incesante producción.
Eran dos árboles más, dos plantas de aquel pedazo
de tierra—no mayor que un pañuelo, según decían los vecinos—, y del cual
sacaban su pan a costa de fatigas.
Vivían como lombrices de tierra, siempre pegados al
surco, y la chica, a pesar de su desmedrada figura, trabajaba como un peón.
La apodaban la Borda, porque la difunta
mujer del tío Tòfol, en su afán de tener hijos que alegrasen su
esterilidad, la había sacado de la Inclusa. En aquel huertecillo había llegado
a los diez y siete años, que parecían once, a juzgar por lo enclenque de su
cuerpo, afeado aun más por la estrechez de unos hombros puntiagudos, que se
curvaban hacia fuera, hundiendo el pecho e hinchando la espalda.
Era fea: angustiaba a sus vecinas y compañeras de
mercado con su tosecilla continua y molesta, pero todas la querían. ¡Criatura
más trabajadora!... Horas antes de amanecer ya temblaba de frío en el huerto
cogiendo fresas o cortando flores; era la primera que entraba en Valencia para
ocupar su puesto en el mercado; en las noches que correspondía regar, agarraba
valientemente el azadón, y con las faldas remangadas ayudaba al tío Tòfol a
abrir bocas en los ribazos, por donde se derramaba el agua roja de la acequia,
que la tierra sedienta y requemada engullía con un glu-glu de
satisfacción, y los días que había remesa para Madrid, corría como loca por el
huerto saqueando los bancales, trayendo a brazadas los claveles y rosas, que
los embaladores iban colocando en cestos.
Todo se necesitaba para vivir con tan poca tierra.
Había que estar siempre sobre ella, tratándola como bestia reacia que necesita
del látigo para marchar. Era una parcela de un vasto jardín, en otro tiempo de
los frailes, que la desamortización revolucionaria había subdivido. La ciudad,
ensanchándose, amenazaba tragarse al huerto con su desbordamiento de casas, y
el tío Tòfol, a pesar de hablar mal de sus terruños, temblaba ante
la idea de que la codicia tentase al dueño y los vendiese como solares.
Allí estaba su sangre; sesenta años de trabajo. No
había un pedazo de tierra inactiva, y aunque el huerto era pequeño, desde el
centro no se veían las tapias, tal era la maraña de árboles y plantas:
nispereros y magnolieros, bancales de claveles, bosquecillos de rosales,
tupidas enredaderas de pasionarias y jazmines; todo cosas útiles que daban
dinero y eran apreciadas por los tontos de la ciudad.
El viejo, insensible a las bellezas de su huerto,
sólo ansiaba la cantidad. Quería segar, las flores en gavillas, como si fuesen
hierba; cargar carros enteros de frutas delicadas; y este anhelo de viejo avaro
e insaciable martirizaba a la pobre Borda, que, apenas descansaba
un momento, vencida por la tos, oía amenazas o recibía como brutal advertencia
un terronazo en los hombros.
Las vecinas de los inmediatos huertos protestaban.
Estaba matando a la chica; cada vez tosía más. Pero el viejo contestaba siempre
lo mismo. Había que trabajar mucho; el amo no atendía razones en San Juan y en
Navidad, cuando correspondía entregarle las pagas del arrendamiento. Si la
chica tosía era por vicio, pues no la faltaban su libra de pan y su rinconcito
en la cazuela de arroz; algunos días hasta comía golosinas: morcilla de cebolla
y sangre, por ejemplo. Los domingos la dejaba divertirse, enviándola a misa
como una señora, y aún no hacía un año que le dio tres pesetas para una falda.
Además, era su padre, y el tío Tòfol, como todos los labriegos de
raza latina, entendía la paternidad cual los antiguos romanos: con derecho de
vida y muerte sobre los hijos, sintiendo cariño en lo más hondo de su voluntad,
pero demostrándolo con las cejas fruncidas y alguno que otro palo.
La pobre Borda no se quejaba. Ella
también quería trabajar mucho, para que nunca les quitasen el pedazo de tierra
en cuyos senderos aún creía ver el zagalejo remendado de aquella vieja
hortelana a la que llamaba madre cuando sentía la caricia de sus manos callosas.
Allí estaba cuanto quería en el mundo: los árboles
que la conocieron de pequeña y las flores que en su pensamiento inocente hacían
surgir una vaga idea de maternidad. Eran sus hijas, las únicas muñecas de su
infancia, y todas las mañanas experimentaba la misma sorpresa viendo las flores
nuevas que surgían de sus capullos, siguiéndolas paso a paso en su crecimiento,
desde que, tímidas, apretaban sus pétalos como si quisieran retroceder y
ocultarse, hasta que, con repentina audacia, estallaban como bombas de colores
y perfumes.
El huerto entonaba para ella una sinfonía
interminable, en la cual la armonía de los colores confundíase con el rumor de
los árboles y el monótono canturreo de aquella acequia fangosa y poblada de
renacuajos, que, oculta por el follaje, sonaba como arroyuelo bucólico.
En las horas de fuerte sol, mientras el viejo
descansaba, iba la Borda de un lado a otro, mirando las
bellezas de su familia, vestida de gala para celebrar la estación. ¡Qué hermosa
primavera! Sin duda Dios cambiaba de sitio en las alturas, aproximándose a la
tierra.
Las azucenas de blanco raso erguíanse con cierto
desmayo, como las señoritas en traje de baile que la pobre Borda había
admirado muchas veces en las estampas; las camelias de color carnoso hacían
pensar en tibias desnudeces, en grandes señoras indolentemente tendidas,
mostrando los misterios de su piel de seda; las violetas coqueteaban
ocultándose entre las hojas para denunciarse con su perfume; las margaritas
destacábanse como botones de oro mate; los claveles, cual avalancha
revolucionaria de gorros rojos, cubrían los bancales y asaltaban los senderos;
arriba, las magnolias balanceaban su blanco cogollo como un incensario de
marfil que esparcía incienso más grato que el de las iglesias; y los
pensamientos, maliciosos duendes, sacaban por entre el follaje sus gorras de
terciopelo morado, y guiñando las caritas barbadas, parecían decir a la chica:
—Borda, Bordeta... nos asamos. ¡Por Dios!
¡Un poquito de agua!
Lo decían, sí: oíalo ella, no con los oídos, sino
con los ojos, y aunque los huesos le dolían de cansada, corría a la acequia a
llenar la regadera y bautizaba a aquellos pilluelos, que bajo la ducha
saludaban agradecidos.
Sus manos temblaban muchas veces al cortar el tallo
de las flores. Por su gusto, allí se quedarían hasta secarse; pero era preciso
ganar dinero llenando los cestos que se enviaban a Madrid.
Envidiaba a las flores viéndolas emprender su
viaje. ¡Madrid!... ¿Cómo sería aquello? Veía una ciudad fantástica, con
suntuosos palacios como los de los cuentos, brillantes salones de porcelana con
espejos que reflejaban millares de luces, hermosas señoras que lucían sus
flores; y tal era la intensidad de la imagen, que hasta creía haber visto todo
aquello en otros tiempos, tal vez antes de nacer.
En aquel Madrid estaba el señorito, el hijo de los
amos, con el cual había jugado muchas veces siendo niña, y de cuya presencia
huyó avergonzada el verano anterior, cuando hecho un arrogante mozo visitó el
huerto. ¡Pícaros recuerdos! Ruborizábase pensando en las horas que pasaban,
siendo niños, sentados en un ribazo, oyendo ella la historia de Cenicienta, la
niña despreciada convertida repentinamente en arrogante princesa.
La eterna quimera de todas las niñas abandonadas
venía entonces a tocarle en la frente con sus alas de oro. Veía detenerse un
soberbio carruaje en la puerta del huerto; una hermosa señora la llamaba. «¡Hija
mía... por fin te encuentro!», ni más ni menos que en la leyenda; después
los trajes magníficos; un palacio por casa, y al final, como no hay príncipes
disponibles a todas horas para casarse, contentábase modestamente con hacer su
marido al señorito.
¿Quién sabe?... Y cuando más esperanzas ponía en el
porvenir, la realidad la despertaba en forma de brutal terronazo, mientras el
viejo decía con voz áspera:
—Arre, que ya es hora.
Y otra vez al trabajo, a dar tormento a la tierra,
que se quejaba cubriéndose de flores.
El sol caldeaba el huerto, haciendo estallar las
cortezas de los árboles; en las tibias madrugadas sudaba al trabajar, como si
fuese mediodía, y a pesar de esto, la Borda cada vez más
delgada y tosiendo más.
Parecía que el color y la vida que faltaban en su
rostro se lo arrebataban las flores, a las que besaba con inexplicable
tristeza.
Nadie pensó en llamar al médico. ¿Para qué? Los
médicos cuestan dinero, y el tío Tòfol no creía en ellos. Los
animales saben menos que las personas, y lo pasan tan ricamente sin médicos ni
boticas.
Una mañana, en el mercado, las compañeras de
la Borda cuchicheaban mirándola compasivamente. Su fino oído
de enferma lo escuchó todo. Caería cuando cayesen las hojas.
Estas palabras fueron su obsesión. Morir... ¡Bueno,
se resignaba!; por el pobre viejo lo sentía, falto de ayuda. Pero al menos que
muriese como su madre, en plena primavera, cuando todo el huerto lanzaba
risueño su loca carcajada de colores; no cuando se despuebla la tierra, cuando
los árboles parecen escobas y las apagadas flores de invierno se alzan tristes
en los bancales.
¡Al caer las hojas!... Aborrecía los árboles cuyos
ramajes se desnudaban como esqueletos del otoño; huía de ellos como si su
sombra fuese maléfica, y adoraba una palmera que el siglo anterior plantaron
los frailes, esbelto gigante con la cabeza coronada de un surtidor de
ondulantes plumas.
Aquellas hojas no caían nunca. Sospechaba que tal
vez fuese una tontería, pero su afán por lo maravilloso la hacía sentir
esperanzas, y como el que busca la curación al pie de imagen milagrosa, la
pobre Borda pasaba los ratos de descanso al pie de la palmera,
que la protegía con la sombra de sus punzantes ramas.
Allí pasó el verano, viendo cómo el sol, que no la
calentaba, hacía humear la tierra, cual si de sus entrañas fuese a sacar un
volcán; allí la sorprendieron los primeros vientos de otoño, que arrastraban
las hojas secas. Cada vez estaba más delgada, más triste, con una finura tal de
percepción, que oía los sonidos más lejanos. Las mariposas blancas que
revoloteaban en torno de su cabeza pegaban las alas en el sudor frío de su
frente, como si quisieran tirar de ella arrastrándola a otros mundos donde las
flores nacen espontáneamente, sin llevarse en sus colores y perfumes algo de la
vida de quien las cuida.
Las lluvias de invierno no encontraron ya a
la Borda. Cayeron sobre el encorvado espinazo del viejo, que
estaba, como siempre, con la azada en las manos y la vista en el surco.
Cumplía su destino con la indiferencia y el valor
de un disciplinado soldado de la miseria. Trabajar, trabajar mucho, para que no
faltase la cazuela de arroz y la paga al amo.
Estaba solo; la chica había seguido a su madre; lo
único que le quedaba era aquella tierra traidora que se chupaba a las personas
y acabaría con él, cubierta siempre de flores, perfumada y fecunda, como si
sobre ella no hubiese soplado la muerte. Ni siquiera se había secado un rosal
para acompañar a la pobre Borda en su viaje.
Con sus setenta años tenía que hacer el trabajo de
dos; removía la tierra con más tenacidad que antes, sin levantar la cabeza,
insensible a la engañosa belleza que le rodeaba, sabiendo que era el producto
de su esclavitud, animado únicamente por el deseo de vender bien la hermosura
de la Naturaleza, y segando las flores con el mismo entusiasmo que si segara
hierba.
———
—Sí—dijo el amigo Pérez a todos sus contertulios de
café—; en este periódico acabo de leer la noticia de la muerte de un amigo.
Sólo le vi una vez, y sin embargo, le he recordado en muchas ocasiones. ¡Vaya
un amigo!
Le conocí una noche viniendo a Madrid en el tren
correo de Valencia. Iba yo en un departamento de primera; en Albacete bajó el
único viajero que me acompañaba, y al verme solo, como había dormido mal la
noche anterior, me estremecí voluptuosamente, contemplando los almohadones
grises. ¡Todos para mí! ¡Podía extenderme con libertad! ¡Flojo sueño iba a
echar hasta Alcázar de San Juan!
Corrí el velo verde de la lámpara, y el
departamento quedó en deliciosa penumbra. Envuelto en mi manta me tendí de
espaldas, estirando mis piernas cuanto pude, con la deliciosa seguridad de no
molestar a nadie.
El tren corría por las llanuras de la Mancha,
áridas y desoladas. Las estaciones estaban a largas distancias; la locomotora
extremaba su velocidad, y mi coche gemía y temblaba como una vieja diligencia.
Balanceábame sobre la espalda, impulsado por el terrible traqueteo; las franjas
de los almohadones arremolinábanse; saltaban las maletas sobre las cornisas de
red; temblaban los cristales en sus alvéolos de las ventanillas, y un espantoso
rechinar de hierro viejo venía de abajo. Las ruedas y frenos gruñían; pero
conforme se cerraban mis ojos, encontraba yo en su ruido nuevas modulaciones, y
tan pronto me creía mecido por las olas como me imaginaba que había retrocedido
hasta la niñez y me arrullaba una nodriza de bronca voz.
Pensando en tales tonterías me dormí, oyendo
siempre el mismo estrépito y sin que el tren se detuviera.
Una impresión de frescura me despertó. Sentí en la
cara como un golpe de agua fría. Al abrir los ojos vi el departamento solo; la
portezuela de enfrente estaba cerrada. Pero sentí de nuevo el soplo frío de la
noche, aumentado por el huracán que levantaba el tren con su rápida marcha, y
al incorporarme vi la otra portezuela, la inmediata a mí, completamente
abierta, con un hombre sentado al borde de la plataforma, los pies afuera en el
estribo, encogido, con la cabeza vuelta hacia mí y unos ojos que brillaban
mucho en su cara oscura.
La sorpresa no me permitía pensar. Mis ideas
estaban aún embrolladas por el sueño. En el primer momento sentí cierto terror
supersticioso. Aquel hombre que se aparecía estando el tren en marcha, tenía
algo de los fantasmas de mis cuentos de niño.
Pero inmediatamente recordé los asaltos en las vías
férreas, los robos de los trenes, los asesinatos en un vagón, todos los
crímenes de esta clase que había leído, y pensé que estaba solo, sin un mal
timbre para avisar a los que dormían al otro lado de los tabiques de madera.
Aquel hombre era seguramente un ladrón.
El instinto de defensa, o más bien el miedo, me dio
cierta ferocidad. Me arrojé sobre el desconocido, empujándolo con codos y
rodillas; perdió el equilibrio; se agarró desesperadamente al borde de la
portezuela, y yo seguí empujándole, pugnando por arrancar sus crispadas manos
de aquel asidero para arrojarlo a la vía. Todas las ventajas estaban de mi
parte.
—¡Por Dios, señorito!—gimió con voz ahogada—.
¡Señorito, déjeme usted! Soy un hombre de bien.
Y había tal expresión de humildad y angustia en sus
palabras, que me sentí avergonzado de mi brutalidad y le solté.
Se sentó otra vez, jadeante y tembloroso, en el
hueco de la portezuela, mientras yo quedaba en pie, bajo la lámpara, cuyo velo
descorrí.
Entonces pude verle. Era un campesino pequeño y
enjuto; un pobre diablo con una zamarra remendada y mugrienta y pantalones de
color claro. Su gorra negra casi se confundía con el tinte cobrizo y barnizado
de su cara, en la que se destacaban los ojos de mirada mansa y una dentadura de
rumiante, fuerte y amarillenta, que se descubría al contraerse los labios con
sonrisa de estúpido agradecimiento.
Me miraba como un perro a quien se ha salvado la
vida, y mientras tanto, sus oscuras manos buscaban y rebuscaban en la faja y en
los bolsillos. Esto casi me hizo arrepentir de mi generosidad, y mientras el
gañán buscaba, yo metía mano en el cinto y empuñaba mi revólver. ¡Si creía
pillarme descuidado!
Tiró él de su faja, sacando algo, y yo le imité
sacando de la funda medio revólver. Pero lo que él tenía en la mano era un
cartoncito mugriento y acribillado, que me tendió con satisfacción.
—Yo también llevo billete, señorito.
Lo miré y no pude menos de reírme.
—¡Pero si es antiguo!—le dije—.Ya hace años que
sirvió... ¿Y con esto te crees autorizado para asaltar el tren y asustar a los
viajeros?
Al ver su burdo engaño descubierto, puso la cara
triste, como si temiera que intentase yo otra vez arrojarlo a la vía. Sentí
compasión y quise mostrarme bondadoso y alegre, para ocultar los efectos de la
sorpresa, que aún duraban en mí.
—Vamos, acaba de subir. Siéntate dentro y cierra la
portezuela.
—No, señor—dijo con entereza—. Yo no tengo derecho
a ir dentro como un señorito. Aquí, y gracias, pues no tengo dinero.
Y con la firmeza de un testarudo se mantuvo en su
puesto.
Yo estaba sentado junto a él; mis rodillas en sus
espaldas. Entraba en el departamento un verdadero huracán. El tren corría a
toda velocidad; sobre los yermos y terrosos desmontes resbalaba la mancha roja
y oblicua de la abierta portezuela, y en ella la sombra encogida del
desconocido y la mía. Pasaban los postes telegráficos como pinceladas amarillas
sobre el fondo negro de la noche, y en los ribazos brillaban un instante, cual
enormes luciérnagas, los carbones encendidos que arrojaba la locomotora.
El pobre hombre estaba intranquilo, como si le
extrañase que le dejara permanecer en aquel sitio. Le di un cigarro, y poco a
poco fue hablando.
Todos los sábados hacía el viaje del mismo modo.
Esperaba el tren a su salida de Albacete; saltaba a un estribo, con riesgo de
ser despedazado, corría por fuera todos los vagones buscando un departamento
vacío, y en las estaciones apeábase poco antes de la llegada y volvía a subir
después de la salida, siempre mudando de sitio para evitar la vigilancia de los
empleados, unos malas almas enemigos de los pobres.
—Pero ¿dónde vas?—le dije—. ¿Por qué haces este
viaje, exponiéndote a morir despedazado?
Iba a pasar el domingo con su familia. ¡Cosas de
pobres! Él trabajaba algo en Albacete y su mujer servía en un pueblo. El hambre
les había separado. Al principio hacía el viaje a pie; toda una noche de
marcha, y cuando llegaba por la mañana caía rendido, sin ganas de hablar con su
mujer ni de jugar con los chicos. Pero ya se había espabilado, ya no tenía
miedo, y hacía el viaje tan ricamente en tren. Ver a sus hijos le daba fuerzas
para trabajar más toda la semana. Tenía tres: el pequeño era así, no levantaba
dos palmos del suelo, y sin embargo, le reconocía, y al verle entrar tendíale
los brazos al cuello.
—Pero tú—le dije—, ¿no piensas que en cualquiera de
estos viajes tus hijos van a quedarse sin padre?
Él sonreía con confianza. Entendía muy bien
aquel negocio. No le asustaba el tren cuando llegaba como caballo
desbocado, bufando y echando chispas. Era ágil y sereno; un salto, y arriba; y
en cuanto a bajar, podría darse algún coscorrón contra los desmontes, pero lo
importante era no caer bajo las ruedas.
No le asustaba el tren, sino los que iban dentro.
Buscaba los coches de primera, porque en ellos encontraba departamentos vacíos.
¡Qué de aventuras! Una vez abrió sin saberlo el reservado de señoras; dos
monjas que iban dentro gritaron: «¡Ladrones!», y él, asustado, se arrojó del
tren y tuvo que hacer a pie el resto del camino.
Dos veces había estado próximo, como aquella noche,
a ser arrojado a la vía por los que despertaban sobresaltados con su presencia;
y buscando en otra ocasión un departamento oscuro, tropezó con un viajero que,
sin decir palabra, le asestó un garrotazo, echándolo fuera del tren. Aquella
noche sí que creyó morir.
Y al decir esto señalaba una cicatriz que cruzaba
su frente.
Le trataban mal, pero él no se quejaba. Aquellos
señores tenían razón para asustarse y defenderse. Comprendía que era merecedor
de aquello y algo más; pero ¡qué remedio, si no tenía dinero y deseaba ver a
sus hijos!
El tren iba limitando su marcha, como si se
aproximara a una estación. Él, alarmado, comenzó a incorporarse.
—Quédate—le dije—; aún falta otra estación para
llegar adonde tú vas. Te pagaré el billete.
—¡Quiá! No, señor—repuso con candidez maliciosa—.
El empleado al dar el billete se fijaría en mí: muchas veces me han perseguido
sin conseguir verme de cerca, y no quiero me tomen la filiación. ¡Feliz viaje,
señorito! Es usted la más buena alma que he encontrado en el tren.
Se alejó por los estribos, agarrado al pasamano de
los coches, y se perdió en la oscuridad, buscando sin duda otro sitio donde
continuar tranquilo su viaje.
Paramos ante una estación pequeña y silenciosa. Iba
a tenderme para dormir, cuando en el andén sonaron voces imperiosas.
Eran los empleados, los mozos de la estación y una
pareja de la Guardia civil que corrían en distintas direcciones, como cercando
a alguien.
«¡Por aquí!... ¡Cortadle el paso!... Dos por el
otro lado para que no escape... Ahora ha subido sobre el tren... ¡Seguidle!»
Y efectivamente, al poco rato las techumbres de los
vagones temblaban bajo el galope loco de los que se perseguían en aquellas
alturas.
Era, sin duda, el amigo, a quien habían
sorprendido, y viéndose cercado se refugiaba en lo más alto del tren.
Estaba yo en una ventanilla de la parte opuesta al
andén, y vi cómo un hombre saltaba desde la techumbre de un vagón inmediato,
con la asombrosa ligereza que da el peligro. Cayó de bruces en un campo, gateó
algunos instantes, como si la violencia del golpe no le permitiera
incorporarse, y al fin huyó a todo correr, perdiéndose en la oscuridad la
mancha blanca de sus pantalones.
El jefe del tren gesticulaba al frente de los
perseguidores, algunos de los cuales reían.
—¿Qué es eso?—pregunté al empleado.
—Un tuno que tiene la costumbre de viajar sin
billete—contestó con énfasis—. Ya le conocemos hace tiempo: es un parásito del
tren, pero poco hemos de poder o le pillaremos para que vaya a la cárcel.
Ya no vi más al pobre parásito. En invierno, muchas
veces me he acordado del infeliz, y le veía en las afueras de una estación, tal
vez azotado por la lluvia y la nieve, esperando el tren que pasa como un
torbellino, para asaltarlo con la serenidad del valiente que asalta una
trinchera.
Ahora leo que en la vía férrea, cerca de Albacete,
se ha encontrado el cadáver de un hombre despedazado por el tren... Es él, el
pobre parásito. No necesito más datos para creerlo: me lo dice el corazón.
«Quien ama el peligro en él perece.» Tal vez le faltó inesperadamente la
destreza. Tal vez algún viajero, asustado por su repentina aparición, fue menos
compasivo que yo y le arrojó bajo las ruedas. ¡Vaya usted a preguntar a la
noche lo que pasaría!
—Desde que le conocí—terminó diciendo el amigo
Pérez—han pasado cuatro años. En este tiempo he corrido mucho, y viendo cómo
viaja la gente por capricho o por combatir el aburrimiento, más de una vez he
pensado en el pobre gañán, que, separado de su familia por la miseria, cuando
quería besar a sus hijos tenía que verse perseguido y acosado como alimaña
feroz y desafiar la muerte con la serenidad de un héroe.
———
Al abrir la puerta de su barraca encontró Sènto un
papel en el ojo de la cerradura...
Era un anónimo destilando amenazas. Le pedían
cuarenta duros y debía dejarlos aquella noche en el horno que tenía frente a su
barraca.
Toda la huerta estaba aterrada por aquellos
bandidos. Si alguien se negaba a obedecer tales demandas, sus campos aparecían
talados, las cosechas perdidas, y hasta podía despertar a media noche sin
tiempo apenas para huir de la techumbre de paja que se venía abajo entre llamas
y asfixiando con su humo nauseabundo.
Gafarró, que era el mozo mejor plantado de la huerta de
Ruzafa, juró descubrirles, y se pasaba las noches emboscado en los cañares,
rondando por las sendas, con la escopeta al brazo; pero una mañana lo
encontraron en una acequia con el vientre acribillado y la cabeza deshecha... y
adivina quién te dio.
Hasta los papeles de Valencia hablaban de lo que
sucedía en la huerta, donde al anochecer se cerraban las barracas y reinaba un
pánico egoísta, buscando cada cual su salvación, olvidando al vecino. Y a todo
esto, el tío Batiste, alcalde de aquel distrito de la huerta, echando rayos por
la boca cada vez que las autoridades, que le respetaban como potencia
electoral, hablábanle del asunto, y asegurando que él y su fiel alguacil,
el Sigró, se bastaban para acabar con aquella calamidad.
A pesar de esto, Sènto no pensaba acudir al
alcalde. ¿Para qué? No quería oír en balde baladronadas y mentiras.
Lo cierto era que le pedían cuarenta duros, y si no
los dejaba en el horno le quemarían su barraca, aquella barraca que miraba ya
como un hijo próximo a perderse; con sus paredes de deslumbrante blancura, la
montera de negra paja con crucecitas en los extremos, las ventanas azules, la
parra sobre la puerta como verde celosía, por la que se filtraba el sol con
palpitaciones de oro vivo; los macizos de geranios y dompedros orlando la
vivienda, contenidos por una cerca de cañas; y más allá de la vieja higuera el
horno, de barro y ladrillos, redondo y achatado como un hormiguero de África.
Aquello era toda su fortuna, el nido que cobijaba a lo más amado: su mujer, los
tres chiquillos, el par de viejos rocines, fieles compañeros en la diaria
batalla por el pan, y la vaca blanca y sonrosada que iba todas las mañanas por
las calles de la ciudad despertando a la gente con su triste cencerreo y
dejándose sacar unos seis reales de sus ubres siempre hinchadas.
¡Cuánto había tenido que arañar los cuatro terrones
que desde su bisabuelo venía regando toda la familia con sudor y sangre, para
juntar el puñado de duros que en un puchero guardaba enterrados bajo de la
cama! ¡En seguida se dejaba arrancar cuarenta duros!... Él era un hombre
pacífico; toda la huerta podía responder por él. Ni riñas por el riego, ni
visitas a la taberna, ni escopeta para echarla de majo. Trabajar mucho para su
Pepeta y los tres mocosos era su única afición; pero ya que querían robarle,
sabría defenderse. ¡Cristo! En su calma de hombre bonachón despertaba la furia
de los mercaderes árabes, que se dejan apalear por el beduino, pero se tornan
leones cuando les tocan su hacienda.
Como se aproximaba la noche y nada tenía resuelto,
fue a pedir consejo al viejo de la barraca inmediata, un carcamal que sólo
servía para segar brozas en las sendas, pero de quien se decía que en la
juventud había puesto más de dos a pudrir tierra.
Le escuchó el viejo con los ojos fijos en el grueso
cigarro que liaban sus manos temblorosas cubiertas de caspa. Hacía bien en no
querer soltar el dinero. Que robasen en la carretera como los hombres, cara a
cara, exponiendo la piel. Setenta años tenía, pero podían irle con tales
cartitas. Vamos a ver; ¿tenía agallas para defender lo suyo?
La firme tranquilidad del viejo contagiaba a Sènto,
que se sentía capaz de todo para defender el pan de sus hijos.
El viejo, con tanta solemnidad como si fuese una
reliquia, sacó de detrás de la puerta la joya de la casa: una escopeta de
pistón que parecía un trabuco, y cuya culata apolillada acarició devotamente.
La cargaría él, que entendería mejor a aquel amigo.
Las temblorosas manos se rejuvenecían. ¡Allá va pólvora! Todo un puñado. De una
cuerda de esparto sacaba los tacos. Ahora una ración de postas, cinco o seis; a
granel los perdigones zorreros, metralla fina, y al final un taco bien
golpeado. Si la escopeta no reventaba con aquella indigestión de muerte, sería
misericordia de Dios.
Aquella noche dijo Sènto a su mujer que esperaba
turno para regar, y toda la familia le creyó, acostándose temprano.
Cuando salió, dejando bien cerrada la barraca, vio
a la luz de las estrellas, bajo la higuera, al fuerte vejete ocupado en ponerle
el pistón al amigo.
Le daría a Sènto la última lección, para que no
errase el golpe. Apuntar bien a la boca del horno y tener calma. Cuando se
inclinasen buscando el gato en el interior... ¡fuego! Era tan
sencillo, que podía hacerlo un chico.
Sènto, por consejo del maestro, se tendió entre dos
macizos de geranios a la sombra de la barraca. La pesada escopeta descansaba en
la cerca de cañas apuntando fijamente a la boca del horno. No podía perderse el
tiro. Serenidad y darle al gatillo a tiempo. ¡Adiós, muchacho! A él le gustaban
mucho aquellas cosas; pero tenía nietos, y además estos asuntos los arregla
mejor uno sólo.
Se alejó el viejo cautelosamente, como hombre
acostumbrado a rondar la huerta, esperando un enemigo en cada senda.
Sènto creyó que quedaba solo en el mundo, que en
toda la inmensa vega, estremecida por la brisa, no había más seres vivientes
que él y aquellos que iban a llegar. ¡Ojalá no viniesen!
Sonaba el cañón de la escopeta al temblar sobre la horquilla de cañas. No era
frío, era miedo. ¿Qué diría el viejo si estuviera allí? Sus pies tocaban la
barraca, y al pensar que tras aquella pared de barro dormían Pepeta y los
chiquitines, sin otra defensa que sus brazos, y en los que querían robar, el
pobre hombre se sintió otra vez fiera.
Vibró el espacio, como si lejos, muy lejos, hablase
desde lo alto la voz de un chantre. Era la campana del Miguelete. Las nueve.
Oíase el chirrido de un carro rodando por un camino lejano. Ladraban los
perros, transmitiendo su fiebre de aullidos de corral en corral, y el rac-rac de
las ranas en la vecina acequia interrumpíase con los chapuzones de los sapos y
las ratas que saltaban de las orillas por entre las cañas.
Sènto contaba las horas que iban sonando en el
Miguelete. Era lo único que le hacía salir de la somnolencia y el
entorpecimiento en que le sumía la inmovilidad de la espera. ¡Las once! ¿No
vendrían ya? ¿Les habría tocado Dios en el corazón?
Las ranas callaron repentinamente. Por la senda
avanzaban dos cosas oscuras que a Sènto le parecieron dos perros enormes. Se
irguieron: eran hombres que avanzaban encorvados, casi de rodillas.
—Ya están ahí—murmuró, y sus mandíbulas temblaban.
Los dos hombres volvíanse a todos lados, como
temiendo una sorpresa. Fueron al cañar, registrándolo: acercáronse después a la
puerta de la barraca, pegando el oído a la cerradura, y en estas maniobras
pasaron dos veces por cerca de Sènto, sin que éste pudiera conocerles. Iban
embozados en mantas, por bajo de las cuales asomaban las escopetas.
Esto aumentó el valor de Sènto. Serían los mismos
que asesinaron a Gafarró. Había que matar para salvar la vida.
Ya iban hacia el horno. Uno de ellos se inclinó,
metiendo las manos en la boca y colocándose ante la apuntada escopeta.
Magnífico tiro. Pero ¿y el otro que quedaba libre?
El pobre Sènto comenzó a sentir las angustias del
miedo, a sentir en la frente un sudor frío. Matando a uno, quedaba desarmado
ante el otro. Si les dejaba ir sin encontrar nada, se vengarían quemándole la
barraca.
Pero el que estaba en acecho se cansó de la torpeza
de su compañero y fue a ayudarle en la busca. Los dos formaban una oscura masa
obstruyendo la boca del horno. Aquella era la ocasión. ¡Alma, Sènto! ¡Aprieta
el gatillo!
El trueno conmovió toda la huerta, despertando una
tempestad de gritos y ladridos. Sènto vio un abanico de chispas, sintió
quemaduras en la cara; la escopeta se le fue y agitó las manos para convencerse
de que estaban enteras. De seguro que el amigo había
reventado.
No vio nada en el horno: habrían huido, y cuando él
iba a escapar también, se abrió la puerta de la barraca y salió Pepeta en
enaguas, con un candil. La había despertado el trabucazo y salía impulsada por
el miedo, temiendo por su marido que estaba fuera de casa.
La roja luz del candil, con sus azorados
movimientos, llegó hasta la boca del horno.
Allí estaban dos hombres en el suelo, uno sobre
otro, cruzados, confundidos, formando un solo cuerpo, como si un clavo
invisible los uniese por la cintura, soldándolos con sangre.
No había errado el tiro. El golpe de la vieja
escopeta había sido doble.
Y cuando Sènto y Pepeta, con aterrada curiosidad,
alumbraron los cadáveres para verles las caras, retrocedieron con exclamaciones
de asombro.
Eran el tío Batiste, el alcalde, y su alguacil
el Sigró.
La huerta quedaba sin autoridad, pero tranquila.
———
A las dos de la mañana llamaron a la puerta de la
barraca.
—¡Antonio! ¡Antonio!
Y Antonio saltó de la cama. Era su compadre, el
compañero de pesca, que le avisaba para hacerse, a la mar.
Había dormido poco aquella noche. A las once
todavía charlaba con Rufina, su pobre mujer, que se revolvía inquieta en la
cama hablando de los negocios. No podían marchar peor. ¡Vaya un verano! En el
anterior, los atunes habían corrido el Mediterráneo en bandadas interminables.
El día que menos, se mataban doscientas o trescientas arrobas; el dinero
circulaba como una bendición de Dios, y los que, como Antonio, guardaron buena
conducta e hicieron sus ahorrillos, se emanciparon de la condición de simples marineros,
comprándose una barca para pescar por cuenta propia.
El puertecillo estaba lleno. Una verdadera flota lo
ocupaba todas las noches, sin espacio apenas para moverse; pero con el aumento
de barcas había venido la carencia de pesca.
Las redes sólo sacaban algas o pez menudo; morralla
de la que se deshace en la sartén. Los atunes habían tomado este año otro
camino, y nadie conseguía izar uno sobre su barca.
Rufina estaba aterrada por esta situación. No había
dinero en casa; debían en el horno y en la tienda, y el señor Tomás, un patrón
retirado, dueño del pueblo por sus judiadas, les amenazaba continuamente si no
entregaban algo de los cincuenta duros con intereses que les
había prestado para la terminación de aquella barca tan esbelta y tan velera
que consumió todos sus ahorros.
Antonio, mientras se vestía, despertó a su hijo, un
grumete de nueve años que le acompañaba en la pesca y hacía el trabajo de un
hombre.
—A ver si hoy tenéis más fortuna—murmuró la mujer
desde la cama—. En la cocina encontraréis el capazo de las provisiones... Ayer
ya no querían fiarme en la tienda. ¡Ay, Señor! ¡Y qué oficio tan perro!
—Calla, mujer; malo está el mar, pero Dios
proveerá. Justamente vieron ayer algunos un atún que va suelto; un viejo que
se calcula pesa más de treinta arrobas. Figúrate si lo cogiéramos... Lo menos
sesenta duros.
Y el pescador acabó de arreglarse pensando en aquel
pescadote, un solitario que, separado de su manada, volvía por la fuerza de la
costumbre a las mismas aguas que el año anterior.
Antoñico estaba ya de pie y listo para partir, con
la gravedad y satisfacción del que se gana el pan a la edad en que otros
juegan; al hombro el capazo de las provisiones y en una mano la banasta de los
roveles, el pez favorito de los atunes, el mejor cebo para atraerles.
Padre e hijo salieron de la barraca y siguieron la
playa hasta llegar al muelle de los pescadores. El compadre les esperaba en la
barca preparando la vela.
La flotilla removíase en la oscuridad, agitando su
empalizada de mástiles. Corrían sobre ella las negras siluetas de los
tripulantes, rasgaba el silencio el ruido de los palos cayendo sobre cubierta,
el chirriar de las garruchas y las cuerdas, y las velas desplegábanse en la
oscuridad como enormes sábanas.
El pueblo extendía hasta cerca del agua sus calles
rectas, orladas de casitas blancas, donde se albergaban por una temporada los
veraneantes, todas aquellas familias venidas del interior en busca del mar.
Cerca del muelle, un caserón mostraba sus ventanas como hornos encendidos,
trazando regueros de luz sobre las inquietas aguas.
Era el Casino. Antonio lanzó hacia él una mirada de
odio. ¡Cómo trasnochaban aquellas gentes! Estarían jugándose el dinero... ¡Si
tuvieran que madrugar para ganarse el pan!
—¡Iza! ¡Iza! Que van muchos delante.
El compadre y Antoñico tiraron de las cuerdas, y
lentamente se remontó la vela latina, estremeciéndose al ser curvada por el
viento.
La barca se arrastró primero mansamente sobre la
tranquila superficie de la bahía; después ondularon las aguas y comenzó a
cabecear: estaban fuera de puntas; en el mar libre.
Al frente, el oscuro infinito, en el que
parpadeaban las estrellas, y por todos lados, sobre la mar negra, barcas y más
barcas que se alejaban como puntiagudos fantasmas resbalando sobre las olas.
El compadre miraba el horizonte.
—Antonio, cambia el viento.
—Ya lo noto.
—Tendremos mar gruesa.
—Lo sé; pero ¡adentro! Alejémonos de todos estos
que barren el mar.
Y la barca, en vez de ir tras las otras, que
seguían la costa, continuó con la proa mar adentro.
Amaneció. El sol, rojo y recortado cual enorme
oblea, trazaba sobre el mar un triángulo de fuego y las aguas hervían como si
reflejasen un incendio.
Antonio empuñaba el timón, el compañero estaba
junto al mástil y el chicuelo en la proa explorando el mar. De la popa y las
bordas pendían cabelleras de hilos que arrastraban sus cebos dentro del agua.
De vez en cuando tirón y arriba un pez, que se revolvía y brillaba como estaño
animado. Pero eran piezas menudas... nada.
Y así pasaron las horas; la barca siempre adelante,
tan pronto acostada sobre las olas como saltando, hasta enseñar su panza roja.
Hacía calor, y Antoñico escurríase por la escotilla para beber del tonel de
agua metido en la estrecha cala.
A las diez habían perdido de vista la tierra;
únicamente se veían por la parte de popa las velas lejanas de otras barcas,
como aletas de peces blancos.
—¡Pero Antonio!—exclamó el compadre—. ¿Es que vamos
a Orán? Cuando la pesca no quiere presentarse, lo mismo da aquí que más
adentro.
Viró Antonio, y la barca comenzó a correr bordadas,
pero sin dirigirse a tierra.
—Ahora—dijo alegremente—tomemos un bocado.
Compadre, trae el capazo. Ya se presentará la pesca cuando ella quiera.
Para cada uno un enorme mendrugo y una cebolla
cruda, machacada a puñetazos sobre la borda.
El viento soplaba fuerte y la barca cabeceaba
rudamente sobre las olas de larga y profunda ondulación.
—¡Pae!—gritó Antoñico desde la proa—, ¡un
pez grande, mu grande!... ¡Un atún!
Rodaron por la popa las cebollas y el pan, y los
dos hombres asomáronse a la borda.
Sí, era un atún; pero enorme, ventrudo, poderoso,
arrastrando casi a flor de agua su negro lomo de terciopelo; el solitario tal
vez de que tanto hablaban los pescadores. Flotaba poderosamente, pero con una
ligera contracción de su fuerte cola, pasaba de un lado a otro de la barca, y
tan pronto se perdía de vista como reaparecía instantáneamente.
Antonio enrojeció de emoción, y apresuradamente
echó al mar el aparejo con un anzuelo grueso como un dedo.
Las aguas se enturbiaron y la barca se conmovió,
como si alguien con fuerza colosal tirase de ella deteniéndola en su marcha e
intentando hacerla zozobrar. La cubierta se bamboleaba como si huyese bajo los
pies de los tripulantes, y el mástil crujía a impulsos de la hinchada vela.
Pero de pronto el obstáculo cedió, y la barca, dando un salto, volvió a
emprender su marcha.
El aparejo, antes rígido y tirante, pendía flojo y
desmayado. Tiraron de él y salió a la superficie el anzuelo, pero roto, partido
por la mitad, a pesar de su tamaño.
El compadre meneó tristemente la cabeza.
—Antonio, ese animal puede más que nosotros. Que se
vaya, y demos gracias porque ha roto el anzuelo. Por poco más vamos al fondo.
—¿Dejarlo?—gritó el patrón—. ¡Un demonio! ¿Sabes
cuánto vale esa pieza? No está el tiempo para escrúpulos ni miedos. ¡A él! ¡A
él!
Y haciendo virar la barca, volvió a las mismas
aguas donde se había verificado el encuentro.
Puso un anzuelo nuevo; un enorme gancho, en el que
ensartó varios roveles, y sin soltar el timón agarró un agudo bichero. ¡Flojo
golpe iba a soltarle a aquella bestia estúpida y fornida como se pusiera a su
alcance!
El aparejo pendía de la popa casi recto. La barca
volvió a estremecerse, pero esta vez de un modo terrible. El atún estaba bien
agarrado y tiraba del sólido gancho, deteniendo la barca, haciéndola danzar
locamente sobre las olas.
El agua parecía hervir; subían a la superficie
espumas y burbujas en turbio remolino, cual si en la profundidad se
desarrollase una lucha de gigantes, y de pronto la barca, como agarrada por
oculta mano, se acostó, invadiendo el agua hasta la mitad de la cubierta.
Aquel tirón derribó a los tripulantes. Antonio,
soltando el timón, se vio casi en las olas; pero sonó un crujido y la barca
recobró su posición normal. Se había roto el aparejo, y en el mismo instante
apareció el atún junto a la borda, casi a flor de agua, levantando enormes
espumarajos con su cola poderosa. ¡Ah, ladrón! ¡Por fin se ponía a tiro! Y
rabiosamente, como si se tratara de un enemigo implacable, Antonio le tiró
varios golpes con el bichero, hundiendo el hierro en aquella piel viscosa. Las
aguas se tiñeron de sangre y el animal se hundió en un rojo remolino.
Antonio respiró al fin. De buena se habían librado:
todo duró algunos segundos; pero un poco más, y se hubieran ido al fondo.
Miró la mojada cubierta y vio al compadre al pie
del mástil, agarrado a él, pálido, pero con inalterable tranquilidad.
—Creí que nos ahogábamos, Antonio. ¡Hasta he
tragado agua! ¡Maldito animal! Pero buenos golpes le has atizado. Ya verás como
no tarda en salir a flote.
—¿Y el chico?
Esto lo preguntó el padre con inquietud, con
zozobra, como si temiera la respuesta.
No estaba sobre cubierta. Antonio se deslizó por la
escotilla, esperando encontrarlo en la cala. Se hundió en agua hasta la
rodilla: el mar la había inundado. ¿Pero quién pensaba en esto? Buscó a tientas
en el reducido y oscuro espacio, sin encontrar más que el tonel de agua y los
aparejos de repuesto. Volvió a cubierta como un loco.
—¡El chico! ¡El chico!... ¡Mi Antoñico!
El compadre torció el gesto tristemente. ¿No
estuvieron ellos próximos a ir al agua? Atolondrado por algún golpe, se habría
ido al fondo como una bala. Pero el compañero, aunque pensó todo esto, nada
dijo.
Lejos, en el sitio donde la barca había estado
próxima a zozobrar, flotaba un objeto negro sobre las aguas.
—¡Allá está!
Y el padre se arrojó al agua, nadando
vigorosamente, mientras el compañero amainaba la vela.
Nadó y nadó, pero sus fuerzas casi le abandonaron
al convencerse de que el objeto era un remo, un despojo de su barca.
Cuando las olas le levantaban, sacaba el cuerpo
fuera para ver más lejos. Agua por todas partes. Sobre el mar sólo estaban él,
la barca que se aproximaba y una curva negra que acababa de surgir y que se
contraía espantosamente sobre una gran mancha de sangre.
El atún había muerto... ¡Valiente cosa le
importaba! ¡La vida de su hijo único, de su Antoñico, a cambio de la de aquella
bestia! ¡Dios! ¿Era esto manera de ganarse el pan?
Nadó más de una hora, creyendo a cada rozamiento
que el cuerpo de su hijo iba a surgir bajo sus piernas, imaginándose que las
sombras de las olas eran el cadáver del niño que flotaba entre dos aguas.
Allí se hubiera quedado, allí habría muerto con su
hijo. El compadre tuvo que pescarlo y meterlo en la barca como un niño rebelde.
—¿Qué hacemos, Antonio?
Él no contestó.
—No hay que tomarlo así, hombre. Son cosas de la
vida. El chico ha muerto donde murieron todos nuestros parientes, donde
moriremos nosotros. Todo es cuestión de más pronto o más tarde... Pero ahora, a
lo que estamos; a pensar que somos unos pobres.
Y preparando dos nudos corredizos apresó el cuerpo
del atún y lo llevó a remolque de la barca, tiñendo con sangre las espumas de
la estela.
El viento les favorecía, pero la barca estaba
inundada, navegaba mal, y los dos hombres, marineros ante todo, olvidaron la
catástrofe, y con los achicadores en la mano, encorváronse dentro de la cala,
arrojando paletadas de agua al mar.
Así pasaron las horas. Aquella ruda faena
embrutecía a Antonio, le impedía pensar; pero de sus ojos rodaban lágrimas y
más lágrimas, que, mezclándose con el agua de la cala, caían en el mar sobre la
tumba del hijo.
La barca navegaba con creciente rapidez, sintiendo
que se vaciaban sus entrañas.
El puertecillo estaba a la vista, con sus masas de
blancas casitas doradas por el sol de la tarde.
La vista de tierra despertó en Antonio el dolor y
el espanto adormecidos.
—¿Qué dirá mi mujer? ¿Qué dirá mi Rufina?—gemía el
infeliz.
Y temblaba como todos los hombres enérgicos y
audaces, que en el hogar son esclavos de la familia.
Sobre el mar deslizábase como una caricia el ritmo
de alegres valses. El viento de tierra saludaba a la barca con melodías vivas y
alegres. Era la música que tocaba en el paseo, frente al Casino. Por debajo de
las achatadas palmeras desfilaban, como las cuentas de un rosario de colores,
las sombrillas de seda, los sombreritos de paja, los trajes claros y vistosos
de toda la gente de veraneo.
Los niños, vestidos de blanco y rosa, saltaban y
corrían tras sus juguetes, o formaban alegres corros girando como ruedas de
colores.
En el muelle se agolpaban los del oficio: su vista,
acostumbrada a las inmensidades del mar, había reconocido lo que remolcaba la
barca. Pero Antonio sólo miraba, al extremo de la escollera, a una mujer alta,
escueta y negruzca, erguida sobre un peñasco, y cuyas faldas arremolinaba el
viento.
Llegaron al muelle. ¡Qué ovación! Todos querían ver
de cerca el enorme animal. Los pescadores, desde sus botes, lanzaban envidiosas
miradas; los pilletes, desnudos, de color de ladrillo, echábanse al agua para
tocarle la enorme cola.
Rufina se abrió paso entre la gente, llegando hasta
su marido, que con la cabeza baja y una expresión estúpida oía las
felicitaciones de los amigos.
—¿Y el chico? ¿Dónde está el chico?
El pobre hombre aún bajó más su cabeza. La hundió
entre los hombros, como si quisiera hacerla desaparecer, para no oír, para no
ver nada.
—¿Pero dónde está Antoñico?
Y Rufina, con los ojos ardientes, como si fuera a
devorar a su marido, le agarraba de la pechera, zarandeando rudamente a aquel
hombrón. Pero no tardó en soltarle, y levantando los brazos, prorrumpió en
espantoso alarido.
—¡Ay, Señor!... ¡Ha muerto! ¡Mi Antoñico se ha
ahogado! ¡Está en el mar!
—Sí, mujer—dijo el marido lentamente con torpeza,
balbuceando y como si le ahogaran las lágrimas—. Somos muy desgraciados. El
chico ha muerto; está donde su abuelo; donde estaré yo cualquier día. Del mar
comemos y el mar ha de tragarnos... ¡Qué remedio! No todos nacen para obispos.
Pero su mujer no le oía. Estaba en el suelo,
agitada por una crisis nerviosa, y se revolcaba pataleando, mostrando sus
flacas y tostadas desnudeces de animal de trabajo, mientras se tiraba de las
greñas, arañándose el rostro.
—¡Mi hijo!... ¡Mi Antoñico!...
Las vecinas del barrio de los pescadores acudieron
a ella. Bien sabían lo que era aquello: casi todas habían pasado por trances
iguales. La levantaron, sosteniéndola con sus poderosos brazos, y emprendieron
la marcha hacia su casa.
Unos pescadores dieron un vaso de vino a Antonio,
que no cesaba de llorar. Y mientras tanto, el compadre, dominado por el egoísmo
brutal de la vida, regateaba bravamente con los compradores de pescado que
querían adquirir la hermosa pieza.
Terminaba la tarde. Las aguas, ondeando suavemente,
tomaban reflejos de oro.
A intervalos sonaba cada vez más lejos el grito
desesperado de aquella pobre mujer, desgreñada y loca, que las amigas empujaban
a casa.
—¡Antoñico! ¡Hijo mío!
Y bajo las palmeras seguían desfilando los vistosos
trajes, los rostros felices y sonrientes, todo un mundo que no había sentido
pasar la desgracia junto a él, que no había lanzado una mirada sobre el drama
de la miseria; y el vals elegante, rítmico y voluptuoso, himno de la alegre
locura, deslizábase armonioso sobre las aguas, acariciando con su soplo la
eterna hermosura del mar.
———
Al cerrar la noche, salió de Torrevieja el
laúd San Rafael, con cargamento de sal para Gibraltar.
La cala iba atestada, y sobre cubierta
amontonábanse los sacos, formando una montaña en torno del palo mayor. Para
pasar de proa a popa, los tripulantes iban por las bordas, sosteniéndose con
peligroso equilibrio.
La noche era buena; noche de verano, con estrellas
a granel y un vientecillo fresco algo irregular, que tan pronto hinchaba la
gran vela latina, hasta hacer gemir el mástil, como cesaba de soplar, cayendo
desmayada la inmensa lona con ruidoso aleteo.
La tripulación, cinco hombres y un muchacho, cenó
después de la maniobra de salida, y una vez rebañado el humeante caldero, en el
que hundían su mendrugo con marinera fraternidad desde el patrón al grumete,
desaparecieron por la escotilla todos los libres de servicio, para reposar
sobre la dura colchoneta, con los vientres hinchados de vino y zumo de sandía.
Quedó en el timón el tío Chispas, un
tiburón desdentado, que acogió con gruñidos de impaciencia las últimas
indicaciones del patrón, y junto a él su protegido Juanillo, un novato que
hacía en el San Rafael su primer viaje, y le estaba muy
agradecido al viejo, pues gracias a él había entrado en la tripulación, matando
así su hambre, que no era poca.
El mísero laúd antojábasele al muchacho un navío
almirante, un buque encantado, navegando por el mar de la abundancia. La cena
de aquella noche era la primera cena seria que había hecho en su vida.
Había llegado a los diez y nueve años, hambriento y
casi desnudo como un salvaje, durmiendo en la torcida barraca donde gemía y
rezaba su abuela, inmóvil por el reuma: de día ayudaba a botar las barcas,
descargaba cestas de pescado, o iba de parásito en las lanchas que perseguían
al atún y la sardina, para llevar a casa un puñado de pesca menuda. Pero ahora,
gracias al tío Chispas, que le tenía ley por haber conocido a su
padre, era todo un marinero, estaba en camino de ser algo, podía con todo
derecho meter su brazo en el caldero, y hasta llevaba zapatos, los primeros de
su vida, unas soberbias piezas capaces de navegar como una fragata, que le
sumían en éxtasis de adoración. ¡Y aún dicen que si el mar!... Vamos, hombre.
El mejor oficio del mundo.
El tío Chispas, sin apartar la vista de
la proa ni las manos del timón, agachándose para sondear la oscuridad por entre
la vela y el montón de sacos, le escuchaba con sonrisa marrullera.
—Sí; no has escogido mal oficio. Pero tiene
quiebras. Las verás... cuando tengas mis años... Pero tu sitio no es aquí: anda
a proa y avisa si ves por delante alguna barca.
Juanillo corrió por la borda con la segura
tranquilidad de un pillo de playa.
—Cuidado, muchacho, cuidado.
Pero él ya estaba en la proa, y se sentó junto al
botalón, escudriñando la negra superficie del mar, en cuyo fondo se reflejaban
como serpeantes hilos de luz las inquietas estrellas.
El laúd, panzudo y pesado, caía tras cada ola con
un solemne ¡chap! que hacía saltar las gotas hasta la cara de
Juanillo: dos hojas de espuma fosforescentes resbalaban por ambos lados de la
gruesa proa, y la hinchada vela, con el vértice perdido en la oscuridad,
parecía arañar la bóveda del cielo.
¿Qué rey ni qué almirante estaba mejor que el
serviola del San Rafael?... ¡Brrru! Su estómago
repleto le saludaba con eructos de satisfacción. ¡Vida más hermosa!...
—¡Tío Chispas!... Un cigarro.
—Ven por él.
Juanillo corrió por la borda del lado contrario al
viento. Era un momento de calma, y la vela rizábase con fuertes palpitaciones,
próxima a caer desmayada a lo largo del mástil. Pero vino una ráfaga, y la
barca se inclinó con rápido movimiento; Juanillo, para guardar el equilibrio,
agarrose al borde de la vela, y en el mismo instante ésta se hinchó como si
fuera a estallar, lanzando al laúd en una carrera veloz y empujando con fuerza
tan irresistible todo el cuerpo del muchacho, que lo disparó como una catapulta.
En el ruido de las aguas al tragarse a Juanillo
creyó oír éste un grito, palabras algo confusas; tal vez el viejo timonel que
gritaba: «¡Hombre al agua!»
Bajó mucho, ¡mucho! atolondrado por el golpe, por
lo inesperado de la caída; pero antes de darse cuenta exacta de ello viose otra
vez en la superficie del mar braceando, absorbiendo con furia el fresco
viento... ¿Y la barca? No la vio ya. El mar estaba oscurísimo; más oscuro que
visto desde la cubierta del laúd.
Creyó distinguir una mancha blanca, un fantasma que
flotaba a lo lejos sobre las olas, y nadó hacia él. Pero de pronto ya no lo vio
allí, sino en lugar opuesto, y cambió de dirección, desorientado, nadando con
fuerza, pero sin saber dónde iba.
Los zapatos pesaban como si fuesen de plomo:
¡malditos! ¡la primera vez que los usaba! La gorra le martirizaba las sienes;
los pantalones tiraban de él como si llegasen hasta el fondo del mar y fuesen
barriendo las algas.
—Calma, Juanillo, calma.
Y arrojó la gorra, lamentando no poder hacer lo
mismo con los zapatos.
Tenía confianza. Él nadaba mucho: se sentía
con aguante para dos horas. Los de la barca virarían para
pescarle: un remojón y nada más... ¿pues qué así como así mueren los hombres?
En un temporal, como habían muerto su padre y su abuelo, bueno, pero en noche
tan hermosa y con buena mar, morir empujado por una vela sería una muerte de
tonto.
Y nadaba y nadaba, siempre creyendo ver aquel
fantasma indeciso que cambiaba de sitio, esperando que de la oscuridad surgiera
el San Rafael viniendo en su busca.
—¡Ah de la barca! ¡Tío Chispas!...
¡Patrón!
Pero el gritar le fatigaba y dos o tres veces las
olas le taparon la boca. ¡Malditas!... Desde la barca parecían insignificantes,
pero en medio del mar, hundido hasta el cuello y obligado a un continuo manoteo
para sostenerse, le asfixiaban, le golpeaban con su sorda ondulación, abrían
ante él hondas y movibles zanjas, cerrándolas en seguida como para tragarle.
Seguía creyendo, pero con cierta inquietud, en sus
dos horas de aguante. Sí; contaba con ellas. Dos horas y más nadaba allá en su
playa sin cansancio. Pero era en las horas de sol, en aquel mar de cristal
azul, viendo allá bajo, a través de fantástica transparencia, las rocas
amarillas con sus hierbajos puntiagudos como ramos de coral verde, las conchas
de color rosa, las estrellas de nácar, las flores luminosas de pétalos carnosos
estremeciéndose al ser rozados por el vientre de plata de los peces; y ahora
estaba en un mar de tinta, perdido en la oscuridad, agobiado por sus ropas,
teniendo bajo sus pies ¡quién sabe cuántos barcos destrozados, cuántos
cadáveres descarnados por los peces feroces! Y estremecíase al contacto de su
mojado pantalón, creyendo sentir el rozamiento de agudos dientes.
Cansado, desfallecido, se echó de espaldas,
dejándose llevar por las olas. El sabor de la cena le subía a la boca. ¡Maldita
comida, y cuánto cuesta de ganar! Acabaría por morir allí tontamente... Pero el
instinto de conservación le hizo incorporarse. Tal vez le buscaban, y estando
tendido pasarían cerca de él sin verle. Otra vez a nadar, con el ansia de la
desesperación, incorporándose en la cresta de las olas para ver más lejos,
yendo tan pronto a un lado como a otro, agitándose siempre en un mismo círculo.
Le abandonaban como si fuese un trapo caído de la
barca. ¡Dios mío! ¿Así se olvida a un hombre?... Pero no; tal vez le buscaban
en aquel momento. Un barco corre mucho; por pronto que hubiesen subido a
cubierta y arriado vela, ya estarían a más de una milla.
Y acariciando esta ilusión, se hundía dulcemente
como si tirasen de sus pesados zapatos. Sintió en la boca la amargura
salitrosa; cegaron sus ojos, las aguas se cerraron sobre su rapada cabeza; pero
entre dos olas se formó un pequeño remolino, asomaron unas manos crispadas y
volvió a salir.
Los brazos se dormían; la cabeza se
inclinaba sobre el pecho como vencida por el sueño. A Juanillo le pareció
cambiado el cielo: las estrellas eran rojas, como salpicaduras de sangre. Ya no
le infundía miedo el mar; sentía el deseo de abandonarse sobre las aguas, de
descansar.
Se acordaba de la abuela, que a aquellas horas
estaría pensando en él. Y quiso rezar como mil veces había oído a su pobre
vieja. «Padre nuestro que estás...» Rezaba mentalmente, pero sin darse cuenta
de ello, su lengua se movió y dijo con una voz tan ronca que le pareció de
otro:
—¡Cochinos! ¡ladrones! ¡Me abandonan!
Se hundía otra vez: desapareció pugnando en vano
por sostenerse. Alguien tiraba de sus zapatos... Buceó en la oscuridad,
sorbiendo agua, inerte, sin fuerzas, pero sin saber cómo, volvió otra vez a la
superficie.
Ahora las estrellas eran negras, más negras que el
cielo, destacándose como gotas de tinta.
Se acabó. Esta vez se iba al fondo de veras: su
cuerpo era de plomo. Y bajó en línea recta, arrastrado por sus zapatos nuevos,
y en su caída al abismo de los barcos rotos y los esqueletos devorados, el
cerebro, cada vez más envuelto en densas neblinas, iba repitiendo:
—Padre nuestro... Padre nuestro... ¡ladrones!
¡granujas! ¡Me han abandonado!
———
El entusiasmo caldeaba el teatro. ¡Qué debut!
¡Qué Lohengrin! ¡Qué tiple aquella!
Sobre el rojo de las butacas destacábanse en el
patio las cabezas descubiertas o las torres de lazos, flores y tules,
inmóviles, sin que las aproximara el cuchicheo ni el fastidio; en los palcos
silencio absoluto; nada de tertulias y conversaciones a media voz; arriba, en
el infierno de la filarmonía rabiosa, llamado irónicamente paraíso, el
entusiasmo se escapaba prolongado y ruidoso, como un inmenso suspiro de
satisfacción, cada vez que sonaba la voz de la tiple, dulce, poderosa y
robusta. ¡Qué noche! Todo parecía nuevo en el teatro. La orquesta era de
ángeles: hasta la araña del centro daba más luz.
En aquel entusiasmo tomaba no poca parte el
patriotismo satisfecho. La tiple era española, la López, sólo que ahora se
anunciaba con el apellido de su esposo el tenor Franchetti; un gran artista
que, casándose con ella, la había hecho ascender a la categoría de estrella.
¡Vaya una mujer! Legítima de la tierra. Esbelta, arrogante; brazos y garganta
con adorables redondeces, y los blancos tules de Elsa amplios en la cintura,
pero estrechos y casi estallando con la presión de soberbias curvas. Sus ojos
negros, rasgados, de sombrío fuego, contrastaban con la rubia peluca de la
condesa de Brabante. La hermosa española era en la escena la mujer tímida,
dulce y resignada que soñó Wágner, confiando en la fuerza de su inocencia,
esperando el auxilio de lo desconocido.
Al relatar su ensueño ante el emperador y su corte,
cantó con expresión tan vagorosa y dulce, los brazos caídos y la extática
mirada en lo alto, como si viese llegar montado en una nube al misterioso
paladín, que el público no pudo contenerse ya, y como la retumbante descarga de
una fila de cañones, salió de todos los huecos del teatro, hasta de los
pasillos, la atronadora detonación de aplausos y gritos.
La modestia y la gracia con que saludaba enardeció
aún más al público. ¡Qué mujer! Una verdadera señora; y en cuanto a buenos
sentimientos, todos recordaban detalles de su biografía. Aquel padre anciano,
al que todos los meses enviaba una pensión para que viviera con decencia: un
viejo feliz, que desde Madrid seguía la carrera de triunfos de su hija por todo
el mundo.
Aquello era conmovedor. Algunas señoras se llevaban
a los ojos una punta del guante, y en el paraíso, un vejete lloriqueaba
metiendo la nariz en el embozo de la capa para sofocar sus gemidos. Los vecinos
se reían.
¡Vamos hombre, que no era para tanto!
La representación seguía su curso en medio de los
ecos del entusiasmo. Ahora el heraldo invitaba a los presentes, por si alguno
quería defender a Elsa. Bueno, adelante. Aquel público, que se sabía de memoria
la ópera, estaba en el secreto. No se presentaría ningún guapo. Después, con
acompañamiento de tétrica música, avanzaron las damas veladas para llevarse la
condesa al suplicio. Todo era broma; Elsa estaba segura. Pero cuando los bravos
guerreros brabanzones se agitaron en la escena, viendo a lo lejos el misterioso
cisne y su barquilla, y se fue armando en la imperial corte una batahola de dos
mil demonios, el público, por acción refleja, se movió ruidosamente,
arrellanándose en el asiento, tosiendo, suspirando, revolviéndose para hacer
provisión de silencio. ¡Qué emoción! Iba a presentarse Franchetti, el famoso
tenor, un gran artista de quien se murmuraba que habíase casado con la López
buscando una compensación a sus facultades decadentes en la frescura y valentía
de su mujer. Aparte de esto, un maestrazo que sabía salir triunfante con
auxilio del arte.
¡Ah!... Ya estaba allí, de pie en el esquife,
apoyado en larga espada, el escudo embrazado, cubierto el pecho de escamas de
acero, irguiendo su arrogante figura de buen mozo festejado por toda la
aristocracia de Europa, y deslumbrando de cabeza a pies, cual un pescado de
plata envuelto en seda.
Silencio absoluto; aquello parecía una iglesia. El
tenor miraba su cisne, como si allí no hubiese otro ser digno de atención, y en
el místico ambiente fue desarrollándose un hilo de voz tenue, dulce, vagoroso,
cual si viniera de una distancia invisible.
¡Mercè, mercè, cigno gentile!...
¿Qué fue lo que estremeció todo el teatro, poniendo
de pie a los espectadores? Algo estridente, como si acabara de rasgarse la
vieja decoración del fondo; un silbido rabioso, feroz, desesperado, que pareció
hacer oscilar las luces de la sala.
¡Silbar a Franchetti antes de oírle! ¡Un tenor de
cuatro mil francos! La gente de palcos y butacas miró al paraíso con el ceño
fruncido; pero arriba la protesta fue más ruidosa. ¡Granuja! ¡Canalla! ¡Golfo!
¡A la cárcel con él! Y todo el público, arremolinándose, de pie y con el puño
amenazante, señalaba al vejete que, cuando cantaba la tiple, metía la nariz en
la capa para llorar, y ahora se erguía intentando en vano hacerse oír. ¡A la
cárcel! ¡A la cárcel!
Pisando gente entró la pareja, y el viejo pasó a
empujones de banco en banco, abofeteando a todos con su capa caída y
contestando con desesperados manoteos a los insultos y amenazas, mientras que
el público rompía a aplaudir estrepitosamente, para animar a Franchetti, que
había interrumpido su canto.
En el pasillo detuviéronse el viejo y los guardias,
respirando ansiosamente, magullados por el gentío. Algunos espectadores les
siguieron.
—¡Parece imposible!—dijo uno de los guardias—. Una
persona de edad y que parece decente...
—¿Y usted qué sabe?—gritó el viejo con expresión
agresiva—. Mis razones tengo para hacer lo que he hecho. ¿Sabe usted quién soy
yo? Pues soy el padre de Conchita, de esa que se llama en el cartel la
Franchetti, de la que aplauden con tanto entusiasmo los imbéciles. ¡Qué tal!...
¿Les parece raro que silbe?... También yo he leído los periódicos; ¡qué modo de
mentir! «La hija amantísima...» «El padre querido y feliz...» ¡Mentira, todo
mentira! Mi hija ya no es mi hija, es un culebrón, y ese italiano un granuja.
Sólo se acuerda de mí para enviarme una limosna, ¡como si el corazón comiera y
le contentase el dinero! Yo no tomo un cuarto de ellos: primero morir; prefiero
molestar a los amigos.
Ahora sí que era oído el viejo. Los que le rodeaban
sentían hambrienta curiosidad ante una historia que tan de cerca tocaba a dos
celebridades artísticas. Y el señor López, insultado por todo un público,
deseaba comunicar a alguien su indignación, aunque fuese a los guardias.
—No tengo más familia que esa.
Comprendan mi situación. Se crió en mis brazos: la pobrecita no conoció a su
madre. Sacó voz; dijo que quería ser tiple o morir, y aquí
tienen ustedes al bonachón de su padre decidido a que fuese una celebridad o a
morir con ella. Los maestros dijeron: ¡a Milán! Y allá va el señor López con su
niña, después de dimitir su empleo y vender los cuatro terrones heredados de su
padre. ¡Válgame Dios y cuánto he sufrido! ¡Cuanto he trotado antes del debut,
de maestro en maestro y de empresario en empresario! ¡Qué humillaciones, qué
vigilancias para guardar a mi niña, y qué privaciones; sí, señores, privaciones
y hasta hambre, cuidadosamente ocultada, para que nada faltase a la señorita! Y
cuando cantó por fin y comenzó a sonar su nombre, cuando yo me extasiaba ante
los resultados de mi sacrificio, llega ese fantasmón de Franchetti, y cantando
sobre las tablas dúos y más dúos de amor, acaban por enamoricarse, y tengo que
casar a la niña para que no me ponga mal gesto ni me parta el alma con sus
lloros. Ustedes no saben lo que es un matrimonio de cantantes. El egoísmo
haciendo gorgoritos. Ni cariño, ni corazón, ni nada; la voz, sólo la voz. Al
ladrón de mi yerno le molesté desde el primer momento; tenía celos de mí,
quería alejarme para dominar en absoluto a su mujer; y ella, que ama a ese
payaso, que cada vez está más unida a él por las ovaciones, dijo que sí a todo.
¡Las exigencias del arte! ¡Su modo de vivir, que no les permite deberse a la
familia, sino al arte! Estas fueron sus excusas, y me enviaron a España; y yo,
por reñir con ese farsante, reñí con mi hija. Hasta hoy no les había visto...
Señores, llévenme ustedes donde quieran, pero declaro que siempre que pueda
vendré a silbar a ese ladrón italiano... He estado enfermo, estoy solo: pues
revienta, viejo, como si no tuvieras hija. Tu Conchita no es tuya; es de
Franchetti... pero no; es del arte. Y ahora digo yo: Si el arte consiste en que
las hijas olviden a los padres que por ellas se sacrificaron, digo que me futro
en el arte y que más me alegraría encontrarme a mi Concha al entrar en casa
remendando mis calcetines.
———
Retirado de los negocios después
de cuarenta años de navegación con toda clase de riesgos y aventuras, el
capitán Llovet era el vecino más importante del Cabañal, una población de:
casas blancas de un solo piso, de calles anchas, rectas y ardientes de sol,
semejante a una pequeña ciudad americana.
La gente de Valencia que veraneaba allí miraba con
curiosidad al viejo lobo de mar, sentado en un gran sillón bajo el toldo de
listada lona que sombreaba la puerta de su casa. Cuarenta años pasados a la
intemperie, en la cubierta de su buque, sufriendo la lluvia y los rociones del
oleaje, le habían infiltrado la humedad hasta los mismos huesos, y, esclavo del
reuma, permanecía los más de los días inmóvil en su sillón, prorrumpiendo en
quejidos y juramentos cada vez que se ponía en pie. Alto, musculoso, con el
vientre hinchado y caído sobre las piernas, la cara bronceada por el sol y
cuidadosamente afeitada, el capitán parecía un cura en vacaciones, tranquilo y
bonachón en la puerta de su casa. Sus ojos grises, de mirada fija e imperativa,
ojos de hombre habituado al mando, eran lo único que justificaba la fama del
capitán Llovet, la leyenda sombría que flotaba en torno de su nombre.
Había pasado su vida en continua lucha con la
marina real inglesa, burlando la persecución de los cruceros en su famoso
bergantín repleto de carne negra, que transportaba desde la costa de Guinea a
las Antillas. Audaz y de una frialdad inalterable, jamás le vieron oscilar sus
marineros.
Contábanse de él cosas horripilantes. Cargamentos
enteros de negros arrojados al agua para librarse del crucero que le daba caza;
los tiburones del Atlántico acudiendo a bandadas, haciendo hervir las olas con
su fúnebre coleteo, cubriendo el mar de manchas de sangre, repartiéndose a
dentelladas los esclavos, que agitaban con desesperación sus brazos fuera del
agua; sublevaciones de tripulación contenidas por él solo a tiros y hachazos;
raptos de ciega cólera en los que corría por cubierta como una fiera; hasta se
hablaba de cierta mujer que le acompañaba en sus viajes, la cual, desde el
puente, fue arrojada al mar por el iracundo capitán después de una disputa por
celos. Y junto con esto, inesperados arranques de generosidad: socorros a manos
llenas a las familias de sus marineros. En un arrebato de cólera era capaz de
matar a uno de los suyos; pero si alguien caía al agua, se arrojaba para
salvarle, sin miedo al mar ni a sus voraces bestias. Enloquecía de furor si los
compradores de negros le engañaban en unas cuantas pesetas, y en la misma noche
gastaba tres o cuatro mil duros celebrando una de aquellas orgías que le habían
hecho famoso en la Habana. «Pega antes que habla», decían de él los marineros,
y recordaban que, en alta mar, sospechando que su segundo conspiraba contra él,
le había deshecho el cráneo de un pistoletazo. Aparte de esto, un hombre
divertidísimo, a pesar de su cara fosca y su mirada dura. En la playa del
Cabañal, la gente, reunida a la sombra de las barcas, reía recordando sus
bromas. Una vez dio un convite a bordo al reyezuelo africano que le vendía los
esclavos, y viendo borrachos a la negra majestad y sus cortesanos, hizo como el
negrero de Merimée: desplegó velas y los vendió como esclavos. Otra vez,
viéndose perseguido por un crucero británico, desfiguró su buque en una sola
noche, pintándolo de otro color y cambiando la arboladura. Los capitanes
ingleses tenían datos en abundancia para conocer el buque del audaz negrero;
pero como si no tuvieran nada. El capitán Llovet, como decían en la playa, era
un gitano de mar, y trataba su barco como a un burro de feria, haciéndole
sufrir transformaciones maravillosas.
Cruel y generoso, pródigo de su sangre y de la
ajena, duro para el negocio y manirroto para el placer, los negociantes de Cuba
le habían apodado el Capitán Magnífico, y así seguían llamándole
los pocos marineros de su antigua tripulación que aún arrastraban por la playa
las piernas reumáticas, tosiendo y encorvando el pecho.
Casi arruinado por empresas comerciales, al
retirarse de la trata se había metido en su casa del Cabañal,
viendo pasar la vida ante su puerta, sin otra distracción que jurar como un
condenado cuando el reuma le hacía permanecer inmóvil en su asiento. Por una
respetuosa admiración venían a sentarse en la acera algunos de aquellos
vejestorios que habían recibido de él en otro tiempo órdenes y palos, y juntos
hablaban con cierta melancolía de la gran calle, como el capitán
llamaba al Atlántico, contando las veces que habían pasado de una acera a otra,
de África a América, corriendo temporales y chasqueando a los polizontes del
mar. En verano, los días que no apretaba el dolor y las piernas estaban
fuertes, bajaban a la playa, y el capitán, enardecido a la vista del mar,
desahogaba sus dos odios. Odiaba a Inglaterra por haber oído silbar más de una
vez las balas de sus cañones. Odiaba la navegación a vapor como un sacrilegio
marítimo. Aquellos penachos de humo que pasaban por el horizonte eran los
funerales de la marina. Ya no quedaban sobre el agua hombres de oficio; ahora
el mar era de los fogoneros.
En los días tempestuosos del invierno, siempre le
veían en la playa con la nariz palpitante, olfateando la tormenta, como si aún
estuviera sobre cubierta preparándose a resistir el tiempo.
Una mañana lluviosa vio correr la gente hacia el
mar, y allá fue él, contestando con gruñidos a la familia, que le hablaba de su
reuma. Entre las negras barcas encalladas en la orilla destacábanse sobre el
mar, lívido y cubierto de espumarajos, los grupos de blusas azules, las faldas
ondeantes por el vendaval, con las que se resguardaban de la lluvia las
mujeres. Lejos, en la bruma que cerraba el horizonte, corrían como ovejas
asustadas las barcas pescadoras, con la vela casi recogida y negruzca por el agua,
sosteniendo una lucha de terribles saltos, enseñando la quilla en cada
cabriola, antes de doblar la punta del puerto, amontonamiento de peñascos rojos
barnizados por las olas, entre los cuales hervía una espuma amarillenta, bilis
del irritado mar.
Una barca desarbolada iba como pelota de ola en ola
hacia la siniestra punta. La gente gritaba en la playa viendo a los tripulantes
tendidos en la cubierta, anonadados por la proximidad de la muerte. Se hablaba
de ir hasta la barca, de echarla un cabo, de atraerla a la playa; pero los más
audaces, mirando las olas que se desplomaban llenando el espacio de polvo de
agua, callábanse atemorizados. La barca que saliera daría la voltereta antes de
mover un remo.
—A ver: ¡gente que me siga! Hay que salvar a esos
pobres.
Era la voz ruda e imperiosa del capitán Llovet. Se
erguía sobre sus torpes piernas, la mirada brillante y fiera, las manos
temblorosas por la cólera que le infundía el peligro. Las mujeres le miraban
asombradas; los hombres retrocedían, formando ancho corro en torno de él, que
prorrumpió en juramentos, agitando sus manos como si fuera a cerrar a golpes
con toda la chusma. Le enfurecía el silencio de aquella gente, como si
estuviera ante una tripulación insubordinada.
—¿Desde cuándo el capitán Llovet no encuentra en su
pueblo hombres que le sigan al mar?
Lo dijo rugiendo, como un tirano que se ve
desobedecido, como un Dios que contempla la huida de sus fieles. Hablaba en
castellano, lo que era en él señal de ciega cólera.
—¡Presente, capitá!—gritaron a un tiempo
unas cuantas voces temblonas.
Y abriéndose paso, aparecieron en el centro del
corro cinco viejos, cinco esqueletos roídos por el mar y las tempestades,
antiguos marineros del capitán Llovet, arrastrados por la subordinación y el
afecto que crea el peligro afrontado en común. Avanzaron unos arrastrando los
pies, otros con saltitos de pájaro, alguno con los ojos muy abiertos, mostrando
en las pupilas la vaguedad de la ceguera senil, todos temblorosos de frío, con
el cuerpo forrado de bayeta amarilla y la gorra calada sobre dobles pañuelos
arrollados a las sienes. Era la vieja guardia corriendo a morir junto a su
ídolo. De los grupos salían mujeres y niños, que se arrojaban sobre ellos
queriendo detenerles.
—¡Agüelo!—gritaban los nietos.
—¡Pare!—gemían las mocetonas.
Y los animosos vejetes, irguiéndose como los
rocines moribundos al oír el clarín de las batallas, repelían los brazos que se
anudaban a sus cuellos y piernas, y gritaban contestando a la voz de su jefe:
—¡Presente, capitá!
Los lobos de mar, con su ídolo al frente,
abriéronse paso para echar al mar una de las barcas. Rojos, congestionados por
el esfuerzo, con el cuello hinchado por la rabia, sólo consiguieron mover la
barca y que se deslizara algunos pasos. Irritados contra su vejez, intentaron
un nuevo esfuerzo; pero la muchedumbre protestaba contra su locura, y cayó
sobre ellos, desapareciendo los viejos arrebatados por sus familias.
—¡Dejadme, cobardes! ¡Al que me toque, lo
mato!—rugía el capitán Llovet.
Pero por primera vez aquel pueblo, que le adoraba,
puso la mano en él. Le sujetaron como a un loco, sordos a sus súplicas,
indiferentes a sus maldiciones.
La barca, abandonada de todo auxilio, corría a la
muerte dando tumbos sobre las olas. Ya estaba próxima a los peñascos, ya iba a
estrellarse entre torbellinos de espuma, y aquel hombre que tanto había
despreciado la vida del semejante, que había nutrido a los tiburones con tribus
enteras y que llevaba un nombre aterrador como una leyenda lúgubre, revolvíase
furioso, sujeto por cien manos, blasfemando porque no le dejaban arriesgar la
existencia socorriendo a unos desconocidos, hasta que, agotadas sus fuerzas,
acabó llorando como un niño.
———
Tendido de espaldas en el camastro y siguiendo con
vaga mirada las grietas del techo, el periodista Juan Yáñez, único huésped de
la sala de políticos, pensaba que había entrado aquella noche en el
tercer mes de su encierro.
Las nueve... La corneta había lanzado en el patio
las prolongadas notas del toque de silencio; en los corredores sonaban con
monótona igualdad los pasos de los vigilantes, y de las cerradas cuadras,
repletas de carne humana, salía un rumor acompasado, semejante al soplo de una
fragua lejana o a la respiración de un gigante dormido: parecía imposible que
en aquel viejo convento, tan silencioso, cuya ruina resultaba más visible a la
cruda luz del gas, durmiesen mil hombres.
El pobre Yáñez, obligado a acostarse a las nueve,
con una perpetua luz ante los ojos y sumido en un silencio aplastante que hacía
creer en la posibilidad del mundo muerto, pensaba en lo duramente que iba
saldando su cuenta con las instituciones. ¡Maldito artículo! Cada línea iba a
costarle una semana de encierro; cada palabra un día.
Y Yáñez, recordando que aquella noche comenzaba la
temporada de ópera con Lohengrin, su ópera predilecta, veía los
palcos cargados de hombros desnudos y nucas adorables, entre destellos de
pedrería, reflejos de sedas y airoso ondear de rizadas plumas.
—Las nueve... Ahora habrá salido el cisne, y el
hijo de Parsifal lanzará sus primeras notas entre los siseos de expectación del
público... ¡Y yo aquí! ¡Cristo! No tengo mala ópera...
Sí; no era mala. Del calabozo de abajo, como si
provinieran de un subterráneo, llegaban los ruidos con que delataba su
existencia un bruto de la montaña, a quien iban a ejecutar de un momento a otro
por un sinnúmero de asesinatos. Era un chocar de cadenas que parecía el ruido
de un montón de clavos y llaves viejas, y de vez en cuando una voz débil
repitiendo: «Pa... dre nuestro que es... tás en los cielos... San... ta
María...» con la expresión tímida y suplicante del niño que se duerme en brazos
de su madre. ¡Siempre repitiendo la monótona cantinela, sin que pudieran
hacerle callar! Según opinión de los más, quería con esto fingirse loco para
salvar el cuello: tal vez catorce meses de aislamiento en un calabozo,
esperando a todas horas la muerte, habían acabado con su escaso seso de fiera
instintiva.
Estaba Yáñez maldiciendo la injusticia de los
hombres, que por unas cuantas cuartillas emborronadas en un momento de mal
humor le obligaban a dormirse todas las noches arrullado por el delirio de un
condenado a muerte, cuando oyó fuertes voces y pasos apresurados en el mismo
piso donde estaba su departamento.
—No; no dormiré ahí—gritaba una voz trémula y
atiplada—. ¿Soy acaso algún criminal? Soy un funcionario de Gracia y Justicia
lo mismo que ustedes... y con treinta años de servicios. Que pregunten por
Nicomedes: todo el mundo me conoce; hasta los periódicos han hablado de mí. Y
después de alojarme en la cárcel, ¿aún quieren hacerme dormir en un desván que
ni para los presos sirve? Muchas gracias. ¿Para esto me ordenan venir?... Estoy
enfermo y no duermo ahí. Qué me traigan un médico; necesito un médico...
Y el periodista, a pesar de su situación, reíase
regocijado por la entonación afeminada y ridícula con que el de los treinta
años de servicios pedía el médico.
Repitiose el murmullo de voces: discutían como si
formasen Consejo, oyéronse pasos, cada vez más cercanos, y se abrió la puerta
de la sala de políticos, asomando por ella una gorra con galón de
oro.
—Don Juan—dijo el empleado con cierta cortedad—,
esta noche tendrá usted compañía... Dispense usted, no es mía la culpa; la
necesidad... En fin, mañana ya dispondrá el jefe otra cosa. Pase usted... señor.
Y el señor (así, con entonación
irónica) pasó la puerta, seguido de dos presos; uno con una maleta y un lío de
mantas y bastones; otro con un saco cuya lona marcaba las aristas de una caja
ancha y de poca altura.
—Buenas noches, caballero.
Saludaba con humildad, con aquella voz trémula que
hizo reír a Yáñez, y al quitarse el sombrero descubrió una cabeza pequeña, cana
y cuidadosamente rapada. Era un cincuentón obeso, coloradote; la capa parecía
caerse de sus hombros, y un mazo de dijes colgando de una gruesa cadena de oro
repiqueteaba sobre su vientre al menor movimiento. Sus ojos pequeños tenían los
reflejos azulados del acero, y la boca aparecía oprimida por unos bigotillos
curvos y caídos como dos signos de interrogación.
—Usted dispense—dijo sentándose—Voy a molestarle
mucho; pero no es por culpa mía. He llegado en el tren de esta noche, y me
encuentro con que me dan para dormitorio un desván lleno de ratas. ¡Vaya un
viaje!
—¿Es usted preso?
—En este momento, sí—dijo sonriendo—; pero no le
molestaré mucho con mi presencia.
Y el panzudo burgués se mostraba obsequioso,
humilde, como si pidiera perdón por haber usurpado su puesto en la cárcel.
Yáñez le miraba fijamente: tanta timidez le
asombraba. ¿Quién sería aquel sujeto? Y por su imaginación danzaban ideas
sueltas, apenas esbozadas, que parecían buscarse y perseguirse para completar
un pensamiento.
De pronto, al sonar a lo lejos otra vez el
quejumbroso padrenuestro de la fiera encerrada, el periodista
se incorporó nerviosamente, como si acabase de atrapar la idea fugitiva,
fijando su vista en aquel saco que estaba a los pies del recién llegado.
—¿Qué lleva usted ahí?... ¿Es la caja de las
herramientas?
El hombre pareció dudar, pero al fin se le impuso
la enérgica expresión interrogativa, e inclinó la cabeza afirmativamente.
Después el silencio se hizo largo y penoso. Unos presos colocaban la cama de
aquel hombre en un rincón de la sala. Yáñez contemplaba fijamente a su
compañero de hospedaje, que permanecía con la cabeza baja, como rehuyendo sus
miradas.
Cuando la cama quedó hecha y los presos se
retiraron, cerrando el empleado la puerta con el cerrojo exterior, continuó el
penoso silencio. Por fin, aquel sujeto hizo un esfuerzo y habló:
—Voy a dar a usted una mala noche; pero no es mía
la culpa: ellos me han traído aquí. Yo me resistía, sabiendo
que es usted una persona decente que sentirá mi presencia como lo peor que haya
podido ocurrirle en esta casa.
El joven se sintió desarmado por tanta humildad.
—No, señor; yo estoy acostumbrado a todo—dijo con
ironía—. ¡Se hacen en esta casa tan buenas amistades, que una más nada importa!
Además, usted no parece mala persona.
Y el periodista, que aún no se había limpiado de
sus primeras lecturas románticas, encontraba muy original aquella entrevista y
hasta sentía cierta satisfacción.
—Yo vivo en Barcelona—continuó el viejo—, pero mi
compañero de este distrito murió hace poco de la última borrachera, y ayer, al
presentarme en la Audiencia, me dijo un alguacil: «Nicomedes...» Porque yo soy
Nicomedes Terruño. ¿No ha oído usted hablar de mí?... Es extraño; la prensa ha
publicado muchas veces mi nombre. «Nicomedes, de orden del señor presidente que
tomes el tren de esta noche.» Vengo con el propósito de meterme en una fonda
hasta el día del trabajo, y desde la estación me traen aquí, por no sé qué
miedos y precauciones; y para mayor escarnio, me quieren alojar don las ratas.
¿Ha visto usted? ¿Es esto manera de tratar a los funcionarios de justicia?
—¿Y lleva usted muchos años desempeñando el cargo?
—Treinta años, caballero: comencé en tiempos de
Isabel II. Soy el decano de la clase y cuento en mi lista hasta condenados
políticos. Tengo el orgullo de haber cumplido siempre mi deber. El de ahora
será el ciento dos. Son muchos, ¿verdad? Pues con todos me he portado lo mejor
que he podido. Ninguno se habrá quejado de mí. Hasta los ha habido veteranos
del presidio, que, al verme en el último momento, se tranquilizaban y decían:
«Nicomedes, me satisface que seas tú.»
El funcionario iba animándose en
vista de la atención benévola y curiosa que le prestaba Yáñez. Iba tomando
tierra: cada vez hablaba con más desembarazo.
—Tengo también mi poquito de inventor—continuó—.
Los aparatos los fabrico yo mismo, y en cuanto a limpieza no hay más que
pedir... ¿Quiere usted verlos?
El periodista saltó de la cama como dispuesto a
huir.
—No; muchas gracias. Lo creo.
Y miraba con repugnancia aquellas manos, cuyas
palmas eran rojizas y grasientas. Restos tal vez de la limpieza reciente de que
hablaba; pero a Yáñez le parecían impregnadas de grasa humana, del zumo de
aquel centenar que formaba su lista.
—¿Y está usted satisfecho de la profesión?—preguntó
para hacerle olvidar el deseo de lucir sus invenciones.
—¡Qué remedio!... Hay que conformarse. Mi único
consuelo es que cada vez se trabaja menos. ¡Pero cuán duro es este pan! ¡Si lo
hubiera sabido!...
Y quedó silencioso mirando al suelo.
—¡Todos contra mí!—continuó—. Yo he visto muchas
comedias, ¿sabe usted? He visto que ciertos reyes antiguos iban a todas partes
llevando detrás al ejecutor de su justicia, vestido de rojo, con el hacha al
cuello, y hacían de él su amigo y consejero. ¡Aquello era lógico! El encargado
de cumplir la justicia me parece que es alguien y alguna consideración merece.
Pero en estos tiempos todo son hipocresías. Grita el fiscal pidiendo una cabeza
en nombre de no sé cuántas cosas respetables, y a todos les parece bien; llego
yo después cumpliendo sus órdenes, y me escupen y me insultan. Diga, señor, ¿es
esto justo?... Si entro en una fonda, me ponen en la puerta apenas me conocen;
en la calle todos rehuyen mi contacto, y hasta en la Audiencia me tiran el
sueldo a los pies, como si yo no fuese un funcionario lo mismo que ellos, como
si mi dinero no figurase en el presupuesto... ¡Todos contra mí! Y
después—añadió con voz apenas perceptible—, los otros enemigos... ¡Los otros!
¿Sabe usted? Los que se fueron para no volver, y sin embargo, vuelven; ese
centenar de infelices a los que traté con mimos de padre, haciéndoles el menor
daño posible y que... ¡ingratos! vienen a mí apenas me ven solo.
—¡Qué!... ¿Vuelven?
—Todas las noches. Los hay que me molestan poco:
los últimos, apenas; me parecen amigos de los que me despedí ayer; pero los
antiguos, los de mi primera época, cuando aún me emocionaba y me sentía torpe,
esos son verdaderos demonios, que, apenas me ven solo en la oscuridad, desfilan
sobre mi pecho en interminable procesión, me oprimen, me asfixian, rozándome
los ojos con el borde de sus hopas. Me siguen a todas partes, y así como me
hago viejo son más asiduos. Cuando me metieron en el desván comencé a verles
asomar por los rincones más oscuros. Por eso pedía un médico: estaba enfermo;
tenía miedo a la noche; quería luz, compañía.
—¿Y siempre está usted solo?
—No; tengo familia allá en mi casita de las afueras
de Barcelona; una familia que no da disgustos: un perro, tres gatos y ocho
gallinas. No entienden a las personas y por eso me respetan, me quieren como si
yo fuera un hombre igual a los demás. Envejecen tranquilamente a mi lado. Nunca
se me ha ocurrido matar una gallina: me desmayo viendo correr la sangre.
Y decía esto con la misma voz quejumbrosa de antes,
débil, anonadado, como si sintiera el lento desplome de su interior.
—¿Y nunca tuvo usted familia?
—¿Yo?... ¡Como todo el mundo! A usted se lo cuento
todo, caballero. ¡Hace tanto tiempo que no hablo!... Mi mujer murió hace seis
años. No crea usted que era una de esas mujerzuelas borrachas y embrutecidas,
que es el papel que en las novelas se reserva siempre a la hembra del verdugo.
Era una moza de mi pueblo, con la que casé al volver del servicio. Tuvimos un
hijo y una hija; pan poco, miseria mucha, y ¿qué quiere usted? la juventud y
cierta brutalidad de carácter me llevaron al oficio. No crea que conseguí
fácilmente el puesto: hasta necesité influencias. Al principio hacíame gracia
el odio de la gente: me sentía orgulloso con inspirar terror y repugnancia.
Presté mis servicios en muchas Audiencias, rodamos por media España, y los
chicos cada vez más hermosos; hasta que por fin caímos en Barcelona. ¡Qué gran
época! La mejor de mi vida: en cinco o seis años no hubo trabajo. Mis ahorros
se convirtieron en una casita en las afueras, y los vecinos apreciaban a don
Nicomedes, un señor simpático empleado en la Audiencia. El chico, un ángel de
Dios, trabajador, modosito y callado, estaba en una casa de comercio; la
niña—¡cuánto siento no tener aquí su retrato!—la niña, que era un serafín, con
unos ojazos azules y una trenza rubia, gruesa como mi brazo, y que cuando
correteaba por nuestro huertecillo parecía una de esas señoritas que salen en
las óperas, no iba a Barcelona con su madre sin que algún joven viniera tras
sus pasos. Tuvo un novio formal: un buen muchacho que pronto iba a ser médico.
Cosas de ella y su madre: yo fingía no ver nada, con esa bondadosa ceguera de
los padres que se reservan para el último momento. ¡Pero Señor, cuán felices
éramos!
La voz de Nicomedes era cada vez más temblorosa;
sus ojillos azules estaban empañados. No lloraba, pero su grotesca obesidad
agitábase con los estremecimientos del niño que hace esfuerzos para tragarse
las lágrimas.
—Pero se le ocurrió a un desalmado de larga
historia dejarse coger; lo sentenciaron a muerte y hube de entrar en funciones
cuando ya casi había olvidado cuál era mi oficio. ¡Qué día aquél! Media ciudad
me conoció viéndome sobre el tablado, y hasta hubo periodistas que, como son
peor que una epidemia (usted dispense), averiguaron mi vida, presentándonos en
letras de molde a mí y a mi familia, como si fuéramos bichos raros, y afirmando
con admiración que teníamos facha de personas decentes. Nos pusieron en moda.
¡Pero qué moda! Los vecinos cerraban puertas y ventanas al verme, y aunque la
ciudad es grande, siempre me conocían en las calles y me insultaban. Un día, al
entrar en casa, me recibió mi mujer como una loca. ¡La niña! ¡La niña!... La vi
en la cama, con el rostro desencajado, verdoso, ¡ella tan bonita! y la lengua
manchada de blanco. Estaba envenenada, envenenada con fósforos, y había sufrido
atroces dolores durante horas enteras, callando para que el remedio llegase
tarde... ¡y llegó! Al día siguiente ya no vivía. La pobrecita tuvo valor. Amaba
con toda su alma al mediquín, y yo mismo leí la carta en la que el muchacho se
despedía para siempre por saber de quién era hija. No la lloré. ¿Tenía acaso
tiempo? El mundo se nos venía encima; la desgracia soplaba por todos lados;
aquel hogar tranquilo que nos habíamos fabricado se desplomaba por sus cuatro
ángulos. Mi hijo... también a mi hijo lo arrojaron de la casa de comercio, y
fue inútil buscar nueva colocación ni apoyo en sus amigos. ¿Quién cruza la palabra
con el hijo del verdugo? ¡Pobrecito! ¡Como si a él le hubieran dado a escoger
el padre antes de venir al mundo! ¿Qué culpa tenía él, tan bueno, de que yo le
hubiese engendrado? Pasaba todo el día en casa, huyendo de la gente, en un
rincón del huertecillo, triste y descuidado desde la muerte de la niña. «¿En
qué piensas, Antonio?», le preguntaba. «Papá, pienso en Anita.» El pobre me
engañaba. Pensaba en él, en lo cruelmente que nos habíamos equivocado,
creyéndonos por una temporada iguales a los demás, y cometiendo la insolencia
de querer ser felices. El batacazo era terrible: imposible levantarse. Antonio
desapareció.
—¿Y nada ha sabido usted de su hijo?—dijo Yáñez,
interesado por la lúgubre historia.
—Sí; a los cuatro días. Lo pescaron frente a
Barcelona; salió envuelto en redes, hinchado y descompuesto... Usted ya
adivinará lo demás. La pobre vieja se fue poco a poco, como si los chicos
tirasen de ella desde arriba; y yo, el malo, el empedernido, me he quedado aquí
solo, completamente solo, sin el recurso siquiera de beber; porque si me
emborracho, vienen ellos, ¿sabe usted? ellos, mis perseguidores, a
enloquecerme con el aleteo de sus hopas negras, como si fuesen enormes cuervos,
y me pongo a morir... Y sin embargo, no los odio. ¡Infelices! Casi lloro cuando
los veo en el banquillo. Otros son los que me han hecho mal. Si el mundo se
convirtiera en una sola persona, si todos los desconocidos que me robaron a los
míos con su desprecio y su odio tuvieran un solo cuello y me lo entregaran,
¡ay, cómo apretaría!... ¡con qué gusto!...
Y hablando a gritos se había puesto de pie,
agitando con fuerza sus puños, como si retorciese una palanca imaginaria. Ya no
era el mismo ser tímido, panzudo y quejumbroso. En sus ojos brillaban pintas
rojas como salpicaduras de sangre; el bigote se erizaba y su estatura parecía
mayor, como si la bestia feroz que dormía dentro de él, al despertar, hubiese
dado un formidable estirón a la envoltura.
En el silencio de la cárcel resonaba cada vez más
claro el doloroso canturreo que venía del calabozo: «Pa... dre... nu...
estro... que estás... en los cielos...»
Don Nicomedes no lo oía. Paseaba furioso por la
habitación, conmoviendo con sus pasos el piso que servía de techo a su víctima.
Por fin se fijó en el monótono quejido.
—¡Cómo canta ese infeliz!—murmuró—. ¡Cuán lejos
estará de saber que estoy yo aquí, sobre su cabeza!
Se sentó desalentado y permaneció silencioso mucho
tiempo, hasta que sus pensamientos, su afán de protesta, le obligaron a hablar.
—Mire usted, señor; conozco que soy un hombre malo
y que la gente debe despreciarme. Pero lo que me irrita es la falta de lógica.
Si lo que yo hago es un crimen, que supriman la pena de muerte y reventaré de
hambre en un rincón, como un perro. Pero si es necesario matar para
tranquilidad de los buenos, entonces, ¿por qué se me odia? El fiscal que pide
la cabeza del malo nada sería sin mí, que obedezco; todos somos ruedas de la
misma máquina, y ¡vive Dios! que merecemos igual respeto, porque yo soy un funcionario...
con treinta años de servicios.
———
En todo el barrio del Pacífico era conocido aquel
endiablado carretero, que alborotaba las calles con sus gritos y los furiosos
chasquidos de su tralla.
Los vecinos de la gran casa en cuyo bajo vivía
habían contribuido a formar su mala reputación. ¡Hombre más atroz y malhablado!
¡Y luego dicen los periódicos que la policía detiene por blasfemos!
Pepe el carretero hacía méritos diariamente, según
algunos vecinos, para que le cortaran la lengua y le llenasen la boca de plomo
ardiendo, como en los mejores tiempos del Santo Oficio. Nada dejaba en paz, ni
humano ni divino. Se sabía de memoria todos los nombres venerables del
almanaque, únicamente por el gusto de faltarles, y así que se
enfadaba con sus bestias y levantaba el látigo, no quedaba santo, por
arrinconado que estuviese en alguna de las casillas del mes, al que no
profanase con las más sucias expresiones. En fin, ¡un horror! Y lo más
censurable era que, al encararse con sus tozudos animales, azuzándoles con
blasfemias mejor que con latigazos, los chiquillos del barrio acudían para
escucharle con perversa atención, regodeándose ante la fecundidad inagotable
del maestro.
Los vecinos, molestados a todas horas por aquella
interminable sarta de maldiciones, no sabían cómo librarse de ellas.
Acudían al del piso principal, un viejo avaro, que
había alquilado la cochera a Pepe no encontrando mejor inquilino.
—No hagan ustedes caso—contestaba—. Consideren que
es un carretero, y que para este oficio no se exigen exámenes de urbanidad.
Tiene mala lengua, eso sí; pero es hombre muy formal y paga sin retrasarse un
solo día. Un poco de caridad, señores.
A la mujer del maldito blasfemo la compadecían en
toda la casa.
—No lo crean ustedes—decía riendo la pobre mujer—;
no sufro nada de él. ¡Criatura más buena! Tiene su geniecillo, pero ¡ay hija!
Dios nos libre del agua mansa... Es de oro; alguna copita para tomar fuerzas,
pero nada de ser como otros, que se pasan el día como estacas frente al
mostrador de la taberna. No se queda ni un céntimo de lo que gana, y eso que no
tenemos familia, que es lo que más le gustaría.
Pero la pobre mujer no lograba convencer a nadie de
la bondad de su Pepe. Bastaba verle. ¡Vaya una cara! En presidio las había
mejores. Era nervudo, cuadrado, velloso como una fiera, la cara cobriza, con
rudas protuberancias y profundos surcos, los ojos sanguinolentos y la nariz
aplastada, granujienta, veteada de azul, con manojos de cerdas que asomaban
como tentáculos de un erizo que dentro de su cráneo ocupase el lugar del
cerebro.
A nada concedía respeto. Trataba de reverendos a
los machos que le ayudaban a ganar el pan, y cuando en los ratos de descanso se
sentaba a la puerta de la cochera, deletreaba penosamente, con vozarrón que se
oía hasta en los últimos pisos, sus periódicos favoritos, los papeles más
abominables que se publicaban en Madrid, y que algunas señoras miraban desde
arriba con el mismo terror que si fuesen máquinas explosivas.
Aquel hombre, que ansiaba cataclismos y que soñaba
con la gorda, pero muy gorda, vivía por ironía en el barrio del
Pacífico.
La más leve cuestión de su mujer con las criadas le
ponía fuera de sí, y abriendo el saco de las amenazas prometía subir para
degollar a todos los vecinos y pegar fuego a la casa; cuatro gotas que cayesen
en su patio desde las galerías bastaban para que de su bocaza infecta saliese
la triste procesión de santos profanados, con acompañamiento de horripilantes
profecías para el día en que las cosas fuesen rectas y los pobres subiesen
encima, ocupando el lugar que les corresponde.
Pero su odio sólo se limitaba a los mayores, a los
que le temían, pues si algún muchacho de la vecindad pasaba por cerca de él,
acogíale con una sonrisa semejante al bostezo del ogro, y extendiendo su mano
callosa pretendía acariciarlo.
Como se había propuesto no dejar en paz a nadie en
la casa, hasta se metía con la pobre Loca, una gata vagabunda que
ejercía la rapiña en todas las habitaciones, pero cuyas correrías toleraban los
vecinos porque con ella no quedaba rata viva.
Parió aquella bohemia de blanco y sedoso pelaje, y
obligada a fijar domicilio para tranquilidad de su prole, escogió el patio del
ogro, burlándose tal vez del terrible personaje.
Había que oír al carretero. ¿Era su patio algún
corral para que viniesen a emporcarlo con sus crías los animales de la
vecindad? De un momento a otro iba a enfadarse, y si él se enfadaba de veras,
¡pum! de la primera patada iban la Loca y sus cachorros a
estrellarse en la pared de enfrente.
Pero mientras el ogro tomaba fuerzas para dar su
terrible patada y la anunciaba a gritos cien veces al día, la prole felina
seguía tranquilamente en un rincón, formando un revoltijo de pelos rojos y
negros, en el que brillaban los ojos con lívida fosforescencia, y coreando
irónicamente las amenazas del carretero: ¡Miau! ¡Miau!
¡Bonito verano era aquel! Trabajo, poco, y un calor
de infierno que irritaba el mal humor de Pepe y hacía hervir en su interior la
caldera de las maldiciones, que se escapaban a borbotones por su boca.
La gente de posibles estaba allá
lejos, en sus Biarritces y San Sebastianes, remojándose los pellejos, mientras
él se tostaba en su cocherón. ¡Lástima que el mar no se saliera, para tragarse
tanto parásito! No quedaba gente en Madrid y escaseaba el trabajo.
Dos días sin enganchar el carro. Si esto seguía así, tendría que comerse con
patatas a sus reverendos, a no ser que echase mano de sus aves de
corral, que era el nombre que daba a la Loca y a sus hijuelos.
Fue en Agosto cuando, a las once de la mañana, tuvo
que bajar a la estación del Mediodía para cargar unos muebles.
¡Vaya una hora! Ni una nube en el cielo y un sol
que sacaba chispas de las paredes y parecía reblandecer las losas de las
aceras.
—¡Arre, valientes!... ¿Qué quieres tú, Loca?
Y mientras arreaba sus machos, alejaba con el pie a
la blanca gata, que maullaba dolorosamente, intentando meterse bajo las ruedas.
—¿Pero qué quieres, maldita? ¡Atrás, que te va a
reventar una rueda!
Y como quien hace una obra de caridad, largó al
animal tan furioso latigazo, que lo dejó arrollado en un rincón, gimiendo de
dolor.
Buena hora para trabajar. No podía mirarse a parte
alguna sin sentir irritación en los ojos; la tierra quemaba; el viento ardía,
como si todo Madrid estuviese en llamas; el polvo parecía incendiarse;
paralizábanse lengua y garganta, y las moscas, locas de calor, revoloteaban por
los labios del carretero o se pegaban al jadeante hocico de los animales en
busca de frescura.
El ogro estaba cada vez más irritado conforme
descendía la ardorosa cuesta, y mientras mascullaba sus palabrotas, animaba con
el látigo a los machos, que caminaban desfallecidos, con la cabeza baja, casi
rozando el suelo.
¡Maldito sol! Era el pillo mayor de la creación.
Éste sí que merecía le arreglasen las cuentas el día de la gorda,
como enemigo de los pobres. En invierno mucho ocultarse, para que el jornalero
tenga los miembros torpes y no sepa dónde están sus manos, para que caiga del
andamio o le pille el carro bajo las ruedas. Y ahora, en verano, ¡eche usted
rumbo! Fuego y más fuego, para que los pobres que se quedan en Madrid mueran
como pollos en asador. ¡Hipocritón! De seguro que no molestaba tanto a los que
se divertían en las playas de moda.
Y recordando a tres segadores andaluces muertos de
asfixia, según había leído en uno de sus papeles, intentaba en vano mirar de
frente al sol y le amenazaba con el puño cerrado. ¡Asesino!...
¡Reaccionario!... ¡Lástima que no estés más abajo el día de la gorda!
Cuando llegó al depósito de mercancías, detúvose un
momento a descansar. Se quitó la gorra, enjugose el sudor con las manos, y
puesto a la sombra contempló todo el camino que acababa de atravesar. Aquello
ardía. Y pensaba con terror en el regreso, cuesta arriba, jadeante, con el sol
a plomo sobre la cabeza y arreando sin parar a las caballerías, abrumadas por
el calor. No era grande la distancia de allí a su casa, pero aunque le dijeran
que en la cochera le esperaba el mismo Nuncio, no iba. ¡Qué había de ir!... Aun
haciéndole bueno que con tal viajecito venía la gorda, lo pensaría
antes de decidirse a subir la cuesta con aquel calor.
—¡Vaya! Menos historias y a trabajar.
Y levantó la tapa del gran capazo de esparto atado
a los varales del carro, buscando su provisión de cuerdas. Pero su mano tropezó
con unas cosas sedosas que se removían y sintió al mismo tiempo débiles
arañazos en su callosa piel.
Los gruesos dedos hicieron presa, y salió a luz,
cogido del pescuezo, un cachorro blanco, con las patas extendidas, el rabo
enroscado por los estremecimientos del miedo y lanzando su triste ñau
ñau, como quien pide misericordia.
La Loca, no contenta con convertir su
patio en corral, se apoderaba del carro y metía la prole en el capazo para
resguardarla del sol. ¿No era aquello abusar de la paciencia de un hombre?...
Se acabó todo. Y abarcando en sus manazas a los cinco gatitos, los arrojó en
montón a sus pies. Iba a aplastarlos a patadas; lo juraba, ¡voto a esto y lo de
más allá! Iba a hacer una tortilla de gatos.
Y mientras soltaba sus juramentos, sacábase de la
faja el pañuelo de hierbas, lo extendía, colocaba sobre él aquel montón de
pelos y maullidos, y atando las cuatro puntas echó a andar con el envoltorio,
abandonando el carro.
Se lanzó a todo correr por aquel camino de fuego,
aguantando el sol con la cabeza baja, jadeante y echándose a pecho la cuesta
que minutos antes no quería subir, aunque se lo mandase el Nuncio.
Algo terrible preparaba. La voluptuosidad del mal
era sin duda lo que le daba fuerzas. Tal vez buscaba subir alto, muy alto, para
desde la cresta de un desmonte aplastar su carga de gatos.
Pero se dirigió a su casa, y en la puerta le
recibió la Loca con cabriolas de gozo, olisqueando el hinchado
pañuelo, que se estremecía con palpitaciones de vida.
—Toma, perdida—dijo jadeante por el calor y el
cansancio de la carrera—; aquí tienes tus granujas. Por esta vez pase, te lo
perdono, porque eres un animal y no sabes cómo las gasta Pepe el carretero.
Pero otra vez... ¡hum!... a la otra...
Y no pudiendo decir más palabras sin intercalar
juramentos, el ogro volvió la espalda y fue corriendo en busca de su carro,
otra vez cuesta abajo, echando demonios contra aquel sol enemigo de los pobres.
Pero aunque el calor aumentaba, parecíale al pobre ogro que algo le había
refrescado interiormente.
———
Era la playa de Torresalinas, con sus numerosas
barcas en seco, el lugar de reunión de toda la gente marinera. Los chiquillos,
tendidos sobre el vientre, jugaban a la carteta a la sombra de
las embarcaciones; y los viejos, fumando sus pipas de barro traídas de Argel,
hablaban de la pesca o de las magníficas expediciones que se hacían en otros
tiempos a Gibraltar y a la costa de África, antes que al demonio se le ocurriera
inventar eso que llaman la Tabacalera.
Los botes ligeros, con sus vientres blancos y
azules y el mástil graciosamente inclinado, formaban una fila avanzada al borde
de la playa, donde se deshacían las olas y una delgada lámina de agua bruñía el
suelo cual si fuese de cristal; detrás, con la embetunada panza sobre la arena,
estaban las negras barcas del bòu, las parejas que aguardaban el
invierno para lanzarse al mar, barriéndolo con su cola de redes; y en último
término, los laúdes en reparación, los abuelos, junto a los cuales agitábanse
los calafates, embadurnándoles los flancos con caliente alquitrán, para que
otra vez volviesen a emprender sus penosas y monótonas navegaciones por el
Mediterráneo: unas veces a las Baleares con sal, otras a la costa de Argel con
frutas de la huerta levantina, y muchas con melones y patatas para los soldados
rojos de Gibraltar.
En el curso de un año, la playa cambiaba de
vecinos; los laúdes ya reparados se hacían a la mar y las embarcaciones de
pesca eran armadas y lanzadas al agua; sólo una barca abandonada y sin
arboladura permanecía enclavada en la arena, triste, solitaria, sin otra
compañía que la del carabinero que se sentaba a su sombra.
El sol había derretido su pintura; las tablas se
agrietaban y crujían con la sequedad, y la arena, arrastrada por el viento,
había invadido su cubierta. Pero su perfil fino, sus flancos recogidos y la
gallardía de su construcción delataban una embarcación ligera y audaz, hecha
para locas carreras, con desprecio a los peligros del mar. Tenía la triste
belleza de esos caballos viejos que fueron briosos corceles y caen abandonados
y débiles sobre la arena de la plaza de toros.
Hasta de nombre carecía. La popa estaba lisa y en
los costados ni una señal del número de filiación y nombre de la matrícula, un
ser desconocido que se moría entre aquellas otras barcas, orgullosas de sus
pomposos nombres, como mueren en el mundo algunos, sin desgarrar el misterio de
su vida.
Pero el incógnito de la barca sólo era aparente.
Todos la conocían en Torresalinas, y no hablaban de ella sin sonreír y guiñar
un ojo, como si les recordase algo que excitaba malicioso regocijo.
Una mañana, a la sombra de la barca abandonada,
cuando el mar hervía bajo el sol y parecía un cielo de noche de verano, azul y
espolvoreado de puntos de luz, un viejo pescador me contó la historia.
—Este falucho—dijo acariciándole con una palmada el
vientre seco y arenoso—es El Socarrao, el barco más valiente y más
conocido de cuantos se hacen al mar desde Alicante a Cartagena. ¡Virgen
Santísima! ¡El dinero que lleva ganado este condenao! ¡Los duros
que han salido de ahí dentro! Lo menos lleva hechos veinte viajes desde Orán a
estas costas, y siempre con la panza bien repleta de fardos.
El bizarro y extraño nombre de Socarrao me
admiraba algo, y de ello se apercibió el pescador.
—Son motes, caballero; apodos que aquí tenemos, lo
mismo los hombres que las barcas. Es inútil que el cura gaste sus latines con
nosotros; aquí quien bautiza de veras es la gente. A mí me llaman Felipe; pero
si algún día me busca usted, pregunte por Castelar, pues así me
conocen, porque me gusta hablar con las personas y en la taberna soy el único
que puede leer el periódico a los compañeros. Ese muchacho que pasa con el
cesto de pescado es Chispas, a su patrón le llaman El Cano,
y así estamos bautizados todos. Los amos de las barcas se calientan el caletre
buscando un nombre bonito para pintarlo en la popa. Una, la Purísima
Concepción; otra, Rosa del Mar; aquélla, Los Dos Amigos;
pero llega la gente con su manía de sacar motes, y se llaman La Pava, El
Lorito, La Medio Rollo, y gracias que no las distingan con
nombres menos decentes. Un hermano mío tiene la barca más hermosa de toda la
matrícula; la bautizamos con el nombre de mi hija: Camila; pero la
pintamos de amarillo y blanco, y el día del bautizo se le ocurrió decir a un
pillo de la playa que parecía un huevo frito. ¿Querrá usted creerlo? Sólo con
este apodo la conocen.
—Bien—le interrumpí—; pero ¿y El Socarrao?
—Su verdadero nombre era El Resuelto,
pero por la prontitud con que maniobraba y la furia con que acometía los golpes
de mar, dieron en llamarle El Socarrao, como a una persona de mal
genio... Y ahora vamos a lo que le ocurrió a este pobre Socarraíco hace
poco más de un año, la última vez que vino de Orán.
Miró el viejo a todos lados, y convencido de que
estábamos solos, dijo con sonrisa bonachona:
—Yo iba en él, ¿sabe usted? Esto no lo ignora nadie
en el pueblo; pero si yo se lo digo es porque estamos solos y usted no irá
después a hacerme daño. ¡Qué demonio! Haber ido en El Socarrao no
es ninguna deshonra. Todo eso de aduanas y carabineros y barquillas de la
Tabacalera no lo ha creado Dios: lo inventó el gobierno para hacernos daño a
los pobres, y el contrabando no es pecado, sino un medio muy honroso de ganarse
el pan exponiendo la piel en el mar y la libertad en tierra. Oficio de hombres
enteros y valientes como Dios manda.
Yo he conocido los buenos tiempos. Cada mes se
hacían dos viajes, y el dinero rodaba por el pueblo que era un gusto. Había
para todos: para los de uniforme, pobrecitos que no saben cómo mantener su
familia con dos pesetas, y para nosotros la gente de mar.
Pero el negocio se puso cada vez peor, y El
Socarrao hacía sus viajes de tarde en tarde, con mucho cuidado, pues
le constaba al patrón que nos tenían entre ojos y deseaban meternos mano.
En la última correría íbamos ocho hombres a bordo.
En la madrugada habíamos salido de Orán, y a mediodía, estando a la altura de
Cartagena, vimos en el horizonte una nubecilla negra, y al poco rato un vapor
que todos conocimos. Mejor hubiéramos visto asomar una tormenta. Era el
cañonero de Alicante.
Soplaba buen viento. Íbamos en popa, con toda la
gran vela de frente y el foque tendido. Pero con estas invenciones de los
hombres, la vela ya no es nada, y el buen marinero aún vale menos.
No es que nos alcanzaban, no señor. ¡Bueno es El
Socarrao para dejarse atrapar teniendo viento! Navegábamos como un
delfín, con el casco inclinado y las olas lamiendo la cubierta; pero en el
cañonero apretaban las máquinas, y cada vez veíamos más grande el barco, aunque
no por esto perdíamos mucha distancia. ¡Ah! ¡Si hubiéramos estado a media
tarde! Habría cerrado la noche antes que nos alcanzara, y cualquiera nos
encuentra en la oscuridad. Pero aún quedaba mucho día, y corriendo a lo largo
de la costa era indudable que nos pillarían antes del anochecer.
El patrón manejaba la barra con el cuidado de quien
tiene toda su fortuna pendiente de una mala virada. Una nubecilla blanca se
desprendió del vapor y oímos el estampido de un cañonazo.
Como no vimos la bala, comenzamos a reír,
satisfechos y hasta orgullosos de que nos avisasen tan ruidosamente.
Otro cañonazo, pero esta vez con malicia. Nos
pareció que un gran pájaro pasaba silbando sobre la barca, y la antena se vino
abajo con el cordaje roto y la vela desgarrada. Nos habían desarbolado, y al
caer el aparejo le rompió una pierna a uno de la tripulación.
Confieso que temblamos un poco. Nos veíamos
cogidos, y ¡qué demonio! ir a la cárcel como un ladrón por ganar el pan de la
familia es algo más temible que una noche de tormenta. Pero el patrón de El
Socarrao es hombre que vale tanto como su barca.
—Chicos, eso no es nada. Sacad la vela nueva. Si
sois listos no nos cogerán.
No hablaba a sordos, y como listos no había más que
pedirnos. El pobre compañero se revolvía como una lagartija, tendido en la
proa, tentándose la pierna rota, lanzando alaridos y pidiendo por todos los
santos un trago de agua: ¡para contemplaciones estaba el tiempo! Nosotros
fingíamos no oírle, atentos únicamente a nuestra faena, separando el cordaje y
atando a la antena la vela de repuesto, que izamos a los diez minutos.
El patrón cambió el rumbo. Era inútil resistir en
el mar a aquel enemigo que andaba con humo y escupía balas. ¡A tierra, y que
fuese lo que Dios quisiera!
Estábamos frente a Torresalinas. Todos éramos de
aquí y contábamos con los amigos. El cañonero, viéndonos con rumbo a tierra, no
disparó más. Nos tenía cogidos, y seguro de su triunfo ya no extremaba la
marcha. La gente que estaba en esta playa no tardó en vernos, y la noticia
circuló por todo el pueblo. ¡El Socarrao venía perseguido por un
cañonero!
Había que ver lo que ocurrió. Una verdadera
revolución: créame usted, caballero. Medio pueblo era pariente nuestro, y los
demás comían más o menos directamente del negocio. Esta playa
parecía un hormiguero. Hombres, mujeres y chiquillos nos seguían con mirada
ansiosa, lanzando gritos de satisfacción al ver cómo nuestra barca, haciendo un
último esfuerzo, se adelantaba cada vez más a su perseguidor, llevándole una
media hora de ventaja.
Hasta el alcalde estaba aquí, para servir en lo que
fuera bueno. Y los carabineros, excelentes muchachos que viven entre nosotros y
son casi de la familia, hacíanse a un lado, comprendiendo la situación y no
queriendo perder a unos pobres.
—¡A tierra, muchachos!—gritaba nuestro patrón—.
Vamos a embarrancar. Lo que importa es poner en salvo fardos y personas. El
Socarrao ya sabrá salir de este mal paso.
Y sin plegar casi el trapo, embestimos la playa,
clavando la proa en la arena. ¡Señor, qué modo de trabajar! Aún me parece un
sueño cuando lo recuerdo. Todo el pueblo se tiró sobre la barca, la tomó por
asalto: los chicuelos se deslizaban como ratas en la cala.
—¡Aprisa! ¡Aprisa! ¡Que vienen los del gobierno!
Los fardos saltaban de la cubierta: caían en el
agua, donde los recogían los hombres descalzos y las mujeres con la falda entre
las piernas; unos desaparecían por aquí; otros se iban por allá; fue aquello
visto y no visto, y en poco rato desapareció el cargamento, como si lo hubiera
tragado la arena. Una oleada de tabaco inundaba a Torresalinas, filtrándose en
todas las casas.
El alcalde intervino paternalmente.
—Hombre, es demasiado—dijo al patrón—. Todo se lo
llevan, y los carabineros se quejarán. Dejad al menos algunos bultos para
justificar la aprehensión.
Nuestro amo estaba conforme.
—Bueno; haced unos cuantos bultos con dos fardos de
la peor picadura. Que se contenten con eso.
Y se alejó hacia el pueblo, llevándose en el pecho
toda la documentación de la barca. Pero aún se detuvo un momento, porque aquel
diablo de hombre estaba en todo.
—¡Los folios! ¡Borrad los folios!
Parecía que a la barca le habían salido patas.
Estaba ya fuera del agua y se arrastraba por la arena en medio de aquella
multitud que bullía y trabajaba, animándose con alegres gritos.
—¡Qué chasco! ¡Qué chasco se llevarán los del
gobierno!
El compañero de la pierna rota era llevado en alto
por su mujer y su madre. El pobrecillo gemía de dolor a cada movimiento brusco,
pero se tragaba las lágrimas y reía también como los otros, viendo que el
cargamento se salvaba y pensando en aquel chasco que hacía reír a todos.
Cuando los últimos fardos se perdieron en las
calles de Torresalinas, comenzó la rapiña de la barca. El gentío se llevó las
velas, las anclas, los remos: hasta desmontamos el mástil, que se cargó en
hombros una turba de muchachos, llevándolo en procesión al otro extremo del
pueblo. La barca quedó hecha un pontón, tan pelada como usted la ve.
Y mientras tanto, los calafates, brocha en mano,
pinta que pinta. El Socarrao se desfiguraba como un burro de
gitano. Con cuatro brochazos fue borrado el nombre de popa; y de los folios de
los costados, de esos malditos letreros, que son la cédula de toda embarcación,
no quedó ni rastro.
El cañonero echó anclas al mismo tiempo que
desaparecían en la entrada del pueblo los últimos despojos de la barca. Yo me
quedé en este sitio, queriendo verlo todo, y para mayor disimulo ayudaba a unos
amigos que echaban al mar una lancha de pesca.
El cañonero envió un bote armado, y saltaron a
tierra no sé cuántos hombres con fusil y bayoneta. El contramaestre, que iba al
frente, juraba furioso mirando a El Socarrao y a los
carabineros, que se habían apoderado de él.
Todo el vecindario de Torresalinas se reía a
aquellas horas, celebrando el chasco, y aún hubiera reído más, viendo, como yo,
la cara que ponía aquella gente al encontrar por todo cargamento unos cuantos
bultos de tabaco malo.
—¿Y qué pasó después?—pregunté al viejo—. ¿No
castigaron a nadie?
—¿A quién? Únicamente podían castigar al
pobre Socarrao, que quedó prisionero. Se ensució mucho papel y
medio pueblo fue a declarar; pero nadie sabía nada. ¿De qué matrícula era el
barco? Silencio; nadie le había visto los folios. ¿Quiénes lo tripulaban? Unos
hombres que al varar habían echado a correr tierra adentro. Y nadie sabía más.
—¿Y el cargamento?—dije yo.
—Lo vendimos completo. Usted no sabe lo que es la
pobreza. Cuando embarrancamos, cada uno agarró el fardo que tenía más a mano y
echó a correr para esconderlo en su casa. Pero al día siguiente estaban todos a
disposición del patrón: no se perdió ni una libra de tabaco. Los que exponen la
vida por el pan y todos los días le ven la cara a la muerte, están más libres
de tentaciones que los otros...
—Desde entonces—continuó el viejo—que está aquí
preso el pobre Socarrao. Pero no tardará en hacerse a la mar con su
antiguo amo. Parece que ha terminado el papeleo; lo sacarán a subasta, y se lo
quedará el patrón por lo que quiera dar.
—¿Y si otro da más?
—¿Y quién ha de ser ese? ¿Somos acaso bandidos?
Todo el pueblo sabe quién es el verdadero amo de la barca abandonada, y nadie
tiene tan mal corazón que intente perjudicarle. Aquí hay mucha honradez. A cada
uno lo que sea suyo: el mar, que es de Dios, para nosotros los pobres, que
hemos de sacar el pan de él, aunque no quiera el gobierno.
———
Nueve años habían transcurrido desde que Luis
Santurce se separó de su mujer. Después la había visto envuelta en sedas y
tules en el fondo de elegante carruaje, pasando ante él como un relámpago de
belleza, o la había adivinado desde el paraíso del Real, allá
abajo, en un palco, rodeada de señores que se disputaban el murmurar algo a su
oído para hacer gala de una intimidad sonriente.
Estos encuentros removían en él todo el sedimento
de la pasada ira: había huido siempre de su mujer como enfermo que teme el
recrudecimiento de sus dolencias, y sin embargo, ahora iba a su encuentro, a
verla y hablarla en aquel hotel de la Castellana, cuyo lujo insolente era el
testimonio de su deshonra.
Los rudos movimientos del coche de alquiler
parecían hacer saltar los recuerdos del pasado de todos los rincones de su
memoria. Aquella vida que no quería recordar, iba desarrollándose ante sus ojos
cerrados: su luna de miel de empleado modesto casado con una mujer bonita y
educada, hija de una familia venida a menos; la felicidad de aquel
primer año de pobreza endulzado por el cariño; después, las protestas de
Enriqueta revolviéndose contra la estrechez; el sordo disgusto al oírse llamar
hermosa por todos y verse humildemente vestida; los disgustos surgiendo por el
más leve motivo; las reyertas a media noche en la alcoba conyugal; las
sospechas royendo poco a poco la confianza del marido, y de repente el ascenso
inesperado, el bienestar material colándose por las puertas, primero
tímidamente, como evitando el escándalo; después con insolente ostentación,
como creyendo entrar en un mundo de ciegos, hasta que ya por fin Luis tuvo la
prueba indudable de su desgracia. Se avergonzaba al recordar su debilidad. No era
un cobarde, estaba seguro de ello, pero le faltaba voluntad o la amaba
demasiado, y por esto, cuando tras un vergonzoso espionaje se convenció de su
deshonra, sólo supo levantar la crispada mano sobre aquella hermosa cara de
muñeca pálida, y acabó por no descargar el golpe. Sólo tuvo fuerzas para
arrojarla de la casa y llorar como un niño abandonado apenas cerró la puerta.
Después, la soledad completa, la monotonía del
aislamiento, interrumpida por noticias que le hacían daño. Su mujer viajaba por
el centro de Europa como una princesa; un millonario la había lanzado;
aquella era su verdadera existencia, para aquello había nacido. Todo un
invierno llamó la atención en París; los periódicos hablaban de la hermosa
española; sus triunfos en las playas de moda eran ruidosos, se buscaba como un
honor arruinarse por ella, y varios duelos y ciertos rumores de suicidio
formaban en torno de su nombre un ambiente de leyenda. Después de tres años de
correría triunfal, volvió a Madrid, acrecentada su hermosura por el extraño
encanto del cosmopolitismo. Ahora la protegía el más rico negociante de España,
y en su espléndido hotel reinaba sobre una corte sólo de hombres: ministros,
banqueros, políticos influyentes, personajes de todas clases que buscaban su
sonrisa como la mejor de sus condecoraciones.
Tan grande era su poder, que hasta Luis creía
sentirlo en torno de su persona, viendo que se sucedían las situaciones
políticas sin que le tocasen su empleo. El miedo a combatir por el
sostenimiento de la vida le hacía aceptar aquella situación, en la que
adivinaba la mano oculta de Enriqueta. Solo y condenado a trabajar para vivir,
sentía, sin embargo, la vergüenza del miserable que tiene como único mérito ser
esposo de una mujer hermosa. Todo su valor consistía en huir cuando la
encontraba a su paso, insolente y triunfadora en su deshonra; huir perseguido
por aquellos ojos que se fijaban en él con sorpresa, perdiendo su altivez de
mujer codiciada.
Un día recibió la visita de un cura viejo y de
aspecto tímido; el mismo que ahora iba sentado junto a él en el coche. Era el
confesor de su mujer. ¡Bien había sabido escogerlo! Un señor bondadoso, de
cortos alcances. Cuando dijo quién le enviaba, Luis no pudo contenerse:
«¡Valiente tal!», y soltó redondo el insulto. Pero imperturbable el buen viejo,
como quien trae aprendido el discurso y lo teme olvidar si tarda en soltarlo,
le habló de Magdalena pecadora; del Señor, que siendo quien era, la había perdonado;
y pasando al estilo llano y natural, contó la transformación sufrida por
Enriqueta. Estaba enferma; apenas si salía de su hotel; una enfermedad que roía
sus entrañas, un cáncer al que había que domar con continuas inyecciones de
morfina para que no la hiciera desfallecer y rugir de dolor con sus crueles
arañazos. La desgracia la había hecho volver sus ojos a Dios; se arrepentía del
pasado, quería verle...
Y él, el hombre cobarde, saltaba de gozo al oír
esto, con la satisfacción del débil que se ve vengado. ¡Un cáncer!... ¡El
maldito lujo que se pudría dentro de ella, haciéndola morir en vida! Y siempre
tan hermosa, ¿verdad? ¡Qué dulce venganza!... No; no iría a verla. Era inútil
que el cura buscase argumentos. Podía visitarle cuando quisiera y darle
noticias de su mujer: aquello le alegraba mucho; ahora comprendía por qué los
hombres son malos.
Desde entonces el cura le visitaba casi todas las
tardes, para fumar unos cuantos cigarros, hablando de Enriqueta, y alguna vez
salían juntos, paseando por las afueras de Madrid como antiguos amigos.
La enfermedad avanzaba rápidamente; Enriqueta
estaba convencida de que iba a morir. Quería verle para implorar su perdón; así
lo pedía, con tono de niña caprichosa y enferma que exige un juguete.
Hasta el otro, el protector poderoso, dócil a pesar de su
omnipotencia, le suplicaba al cura que llevase al hotel al marido de Enriqueta.
El buen viejo hablaba con fervor de la conmovedora conversión de la señora,
aunque confesando que el maldito lujo, perdición de tantas almas, todavía la
dominaba. La enfermedad la tenía prisionera en su casa; pero en los momentos de
calma, cuando el pícaro dolor no la hacía ir de un lado a otro como una loca,
hojeaba catálogos y figurines de París, escribía a sus proveedores de allá, y
rara era la semana en que no llegaban cajones con las últimas novedades:
trajes, sombreros y joyas que, después de contemplados y manoseados un día en
el cerrado dormitorio, caían en los rincones o se ocultaban para siempre en los
armarios, como juguetes inútiles. Por todos estos caprichos pasaba el otro,
con tal de ver a Enriqueta sonriente.
Estas continuas confidencias hacían penetrar
lentamente a Luis en la vida de su mujer; seguía de lejos el curso de su
enfermedad y no pasaba día sin que mentalmente se rozase con aquel ser, del que
se había apartado para siempre.
Una tarde se presentó el cura con desusada energía.
Aquella señora estaba en las últimas, le llamaba a gritos; era un crimen negar
el último consuelo a una moribunda, y él no lo consentía. Sentíase capaz de
llevárselo a viva fuerza. Luis, vencido por la voluntad del viejo, se dejó
arrastrar y subió a un coche, insultándose mentalmente, pero sin fuerzas para
retroceder... ¡Cobarde! ¡Cobarde para siempre!
En pos de la negra sotana atravesó el jardín del
hotel que tantas veces, al pasar por el inmediato paseo, había espiado con
miradas de odio... Y ahora, nada; ni odio ni dolor: un vivo sentimiento de
curiosidad, como el que entra en país desconocido, paladeando anticipadamente
las maravillas que espera ver.
Dentro del hotel la misma impresión de curiosidad y
asombro. ¡Ah, miserable! ¡Cuántas veces, en los ensueños de su voluntad
impotente, se había visto entrando en aquella casa como un marido de drama, el
arma en la mano para matar a la esposa infiel, y destrozando después, como una
fiera loca, los muebles costosos, los ricos cortinajes, las mullidas alfombras!
Y ahora la blandura que sentía bajo sus pies, los bellos colores por los que
resbalaba su mirada, las flores que le saludaban con su perfume desde los
rincones, causábanle una embriaguez de eunuco, y sentía impulsos de tenderse en
aquellos muebles, de tomar posesión, como si le pertenecieran, por ser de su
mujer. Ahora comprendía lo que era la riqueza y con qué fuerza pesaba sobre sus
esclavos. Estaba ya en el primer piso, y ni siquiera había percibido, en la
calma solemne del hotel, ninguno de esos detalles con que se revela la muerte
al entrar en una casa.
Vio criados tras cuya máscara impasible creyó
percibir un gesto de curiosidad insolente: una doncella le saludó con
enigmática sonrisa, que no se sabía si era de simpatía o de burla para «el
marido de la señora»; creyó distinguir en una habitación inmediata un señor que
se ocultaba (tal vez era el otro); y aturdido por aquel mundo
nuevo, atravesó una puerta, empujado suavemente por su guía.
Estaba en el dormitorio de la señora: una
habitación sumida en suave penumbra, que rasgaba una faja de sol filtrándose
por un balcón entreabierto.
En medio de este rayo de luz estaba una mujer
erguida, esbelta, sonrosada, vestida con un hermoso traje de soirée,
las nacaradas espaldas surgiendo de entre nubes de blondas, y el pecho y la
cabeza deslumbrantes con el centelleo de las joyas. Luis retrocedió asombrado,
protestando de la farsa. ¿Aquella era la enferma? ¿Le habían llamado para
insultarle?
—¡Luis... Luis!...—gimió tras él una voz débil, con
entonación infantil y suave, que le recordaba el pasado, los mejores instantes
de su vida.
Sus ojos, acostumbrados ya a la oscuridad, vieron
en el fondo de la habitación algo monumental e imponente como un altar: una
cama con gradas, y en la cual, bajo los ondulantes cortinajes, se incorporaba
trabajosamente una figura blanca.
Entonces se fijó en la mujer inmóvil, que parecía
esperarle con su esbelta rigidez y sus ojos de vaga mirada, como empañados por
lágrimas. Era un artístico maniquí que guardaba cierta semejanza con Enriqueta.
La servía para poder contemplar mejor aquellas novedades que continuamente
recibía de París. Era el único actor de las representaciones de elegancia y
riqueza que se daba a solas para remedio de su enfermedad.
—¡Luis... Luis!...—volvió a gemir la vocecita desde
el fondo de la cama.
Tristemente fue Luis hacia ella para verse agarrado
por unos brazos que le apretaron convulsivamente y sentir una boca ardorosa que
buscaba la suya, implorando perdón, al mismo tiempo que en una mejilla recibía
la tibia caricia de las lágrimas.
—Di que me perdonas; dilo, Luis, y tal vez no me
muera.
Y el marido, que instintivamente intentaba
repelerla, acabó por abandonarse entre aquellos brazos, repitiendo sin darse
cuenta las mismas palabras cariñosas de los tiempos felices. Ante sus ojos,
habituados a la oscuridad, iba marcándose con todos sus detalles el rostro de
su mujer.
—¡Luis, Luis mío!—decía ella sonriendo en medio de
las lágrimas—. ¿Cómo me encuentras? Ya no soy tan hermosa como en nuestros
tiempos de felicidad... cuando yo aún no era loca. Dime, ¡por Dios! dime qué te
parezco.
Su marido la miraba con asombro. Hermosa, siempre
hermosa, aquella belleza infantil e ingenua que tan temible la hacía. La muerte
aún no estaba allí: únicamente por entre el suave perfume de aquella carne
soberana, de aquel lecho majestuoso, parecía deslizarse un vaho sutil y lejano
de materia muerta, algo que delataba la interior descomposición que se mezclaba
en sus besos.
Luis adivinó la presencia de alguien detrás de él.
Un hombre estaba a pocos pasos, contemplándolos con expresión confusa, como
atraído allí por un impulso superior a la voluntad que le avergonzaba. El
marido de Enriqueta conocía, como media nación, la austera cara de aquel señor
ya entrado en años, hombre de sanos principios, gran defensor de la moral
pública.
—¡Dile que se vaya, Luis!—gritó la enferma—. ¿Qué
hace ahí ese hombre? Yo sólo te quiero a ti... sólo quiero a mi marido.
Perdóname... fue el lujo, el maldito lujo: necesitaba dinero, mucho dinero;
pero amar... sólo a ti.
Enriqueta lloraba mostrando su arrepentimiento, y
aquel hombre lloraba también, débil y humilde ante el desprecio.
Luis, que tantas veces había pensado en él con
arrebatos de cólera, y que al verle había sentido impulsos de arrojarse a su
cuello, acabó por mirarle con simpatía y respeto. ¡También la amaba! Y la
comunidad en el afecto, en vez de repelerlos, ligaba al marido y al
otro con una simpatía extraña.
—Que se vaya, que se vaya—repetía la enferma con
una terquedad infantil.
Y su marido miraba al hombre poderoso con expresión
suplicante, como si pidiera perdón para su mujer, que no sabía lo que decía.
—Vamos, doña Enriqueta—dijo desde el fondo de la
habitación la voz del cura—. Piense usted en sí misma y en Dios: no incurra en
el pecado de soberbia.
Los dos hombres, el marido y el protector, acabaron
por sentarse junto al lecho de la enferma. El dolor la hacía rugir, había que
darla frecuentes inyecciones, y los dos acudían solícitos a su cuidado. Varias
veces se tropezaron sus manos al incorporar a Enriqueta, y no los separó una
repulsión instintiva; antes bien, se ayudaban con efusión fraternal.
Luis encontraba cada vez más simpático a aquel buen
señor, de trato tan llano a pesar de sus millones, y que lloraba a su mujer más
aún que él. Durante la noche, cuando la enferma descansaba bajo la acción de la
morfina, los dos hombres, compenetrados por aquella velada de sufrimientos,
conversaban en voz baja, sin que en sus palabras se notara el menor dejo de
remoto odio. Eran como hermanos reconciliados por el amor.
Al amanecer murió Enriqueta repitiendo: «¡Perdón!
¡perdón!» Pero su última mirada no fue para el marido. Aquel hermoso pájaro sin
seso levantó el vuelo para siempre acariciando con los ojos el maniquí de
eterna sonrisa y mirada vidriosa; el ídolo del lujo, que erguía cerca del
balcón su cabeza hueca, sobre la cual, con infernal fulgor, centelleaban los
brillantes, heridos por la azulada luz del alba.
———
Fue un día de fiesta para la cabeza del distrito la
repentina visita del diputado, un señorón de Madrid, tan poderoso para aquellas
buenas gentes, que hablaban de él como de la Santísima Providencia. Hubo
gran paella en el huerto del alcalde; un festín pantagruélico,
amenizado por la banda del pueblo y contemplado por todas las mujeres y
chiquillos, que asomaban curiosos tras las tapias.
La flor del distrito estaba allí: los curas de
cuatro o cinco pueblos, pues el diputado era defensor del orden y los sanos
principios; los alcaldes y todos los muñidores que en tiempos de elección
trotaban por los caminos trayéndole a don José las actas incólumes para que
manchase su blanca virginidad con cifras monstruosas.
Entre las sotanas nuevas y los trajes de fiesta
oliendo a alcanfor y con los pliegues del arca, destacábanse majestuosos los
lentes de oro y el negro chaqué del diputado; pero a pesar de toda su
prosopopeya, la Providencia del distrito apenas si llamaba la atención.
Todas las miradas eran para un hombrecillo con
calzones de pana y negro pañuelo en la cabeza, enjuto, bronceado, de fuertes
quijadas, y que tenía al lado un pesado retaco, no cambiando de asiento sin
llevar tras sí la vieja arma, que parecía un adherente de su cuerpo.
Era el famoso Quico Bolsón, el héroe
del distrito, un roder con treinta años de hazañas, al que
miraba la gente joven con terror casi supersticioso, recordando su niñez,
cuando las madres decían para hacerles callar: «¡Que viene Bolsón!»
A los veinte años tumbó a dos por cuestión de
amores; y después al monte con el retaco, a hacer la vida de roder,
de caballero andante de la sierra. Más de cuarenta procesos estaban en
suspenso, esperando que tuviera la bondad de dejarse coger. ¡Pero bueno era él!
Saltaba como una cabra, conocía todos los rincones de la sierra, partía de un
balazo una moneda en el aire, y la Guardia civil, cansada de correrías
infructuosas, acabó por no verle.
Ladrón... eso nunca. Tenía sus desplantes de
caballero; comía en el monte lo que le daban por admiración o miedo los de las
masías, y si salía en el distrito algún ratero, pronto le alcanzaba su retaco;
él tenía su honradez y no quería cargar con robos ajenos. Sangre... eso sí,
hasta los codos. Para él un hombre valía menos que una piedra del camino;
aquella bestia feroz usaba magistralmente todas las suertes de matar al
enemigo: con bala, con navaja; frente a frente, si tenían agallas para ir en su
busca; a la espera y emboscado, si eran tan recelosos y astutos como él. Por
celos había ido suprimiendo a los otros roders que infestaban
la sierra; en los caminos, uno hoy y otro mañana, había asesinado a antiguos
enemigos, y muchas veces bajó a los pueblos en domingo para dejar tendidos en
la plaza, a la salida de la misa mayor, a alcaldes o propietarios influyentes.
Ya no le molestaban ni le perseguían. Mataba por
pasión política a hombres que apenas conocía, por asegurar el triunfo de don
José, eterno representante del distrito. La bestia feroz era, sin darse cuenta
de ello, una garra del gran pólipo electoral que se agitaba allá lejos, en el
Ministerio de la Gobernación.
Vivía en un pueblo cercano, casado con la mujer que
le impulsó a matar por vez primera, rodeado de hijos, paternal, bondadoso,
fumando cigarros con la Guardia civil, que obedecía órdenes superiores, y
cuando a raíz de alguna hazaña había que fingir que le perseguían, pasaba
algunos días cazando en el monte, entreteniendo su buen pulso de tirador.
Había que ver cómo le obsequiaban y atendían
durante la paella los notables del distrito. «Bolsón,
este pedazo de pollo; Bolsón, un trago de vino.» Y hasta los curas,
riendo con un ¡jo jo! bondadosote, le daban palmaditas en la
espalda, diciendo paternalmente: «¡Ay Bolsonet, qué mal eres!»
Por él se celebraba aquella fiesta. Sólo por él se
había detenido en la cabeza del distrito el majestuoso don José, de paso para
Valencia. Quería tranquilizarle y que cesase en sus quejas, cada vez más
alarmantes.
Como premio por sus atropellos en las elecciones,
le había prometido el indulto, y Bolsón, que se sentía viejo y
ansiaba vivir tranquilo como un labrador honrado, obedecía al señor
todopoderoso, creyendo en su rudeza que cada barbaridad, cada crimen, aceleraba
su perdón.
Pero pasaban los años, todo eran promesas, y
el roder, creyendo firmemente en la omnipotencia del diputado,
achacaba a desprecio o descuido la tardanza del indulto.
La sumisión trocose en amenaza, y don José sintió
el miedo del domador ante la fiera que se rebela. El roder le
escribía a Madrid todas las semanas con tono amenazador. Y estas cartas,
garrapateadas por la sangrienta zarpa de aquel bruto, acabaron por
obsesionarle, por obligarle a marchar al distrito.
Había que verles después de la paella,
hablando en un rincón del huerto; el diputado, obsequioso y amable. Bolsón,
cejijunto y malhumorado.
—He venido sólo por verte—decía don José,
recalcando el honor que le concedía con su visita—. ¿Pero qué son esas prisas?
¿No estás bien, querido Quico? Te he recomendado al gobernador de la provincia;
la Guardia civil nada te dice... ¿qué te falta?
Nada y todo. Es verdad que no le molestaban, pero
aquello era inseguro, podían cambiar los tiempos y tener que volver al monte.
Él quería lo prometido: el indulto, ¡recordóns! Y formulaba su
pretensión tan pronto en valenciano como en un castellano de pronunciación
ininteligible.
—Lo tendrás, hombre, lo tendrás. Está al caer; un
día de estos será.
Sonrió Bolsón con ironía cruel. No
era tan bruto como le creían. Había consultado a un abogado de Valencia, que se
había reído de él y del indulto. Tenía que dejarse coger, cargarse con
paciencia los doscientos o trescientos años que podrían salirle en innumerables
sentencias, y cuando hubiese extinguido una parte de presidio, como quien dice
de aquí a cien años, podría venir el tal indulto. ¡Recristo! Basta de broma: de
él no se burlaba nadie.
El diputado se inmutó viendo casi perdida la
confianza del roder.
—Ese abogado es un ignorante. ¿Crees tú que para el
gobierno hay algo imposible? Cuenta con que pronto saldrás de penas: te lo
juro.
Y le anonadó con su charla; le encantó con su
palabrería, conociendo de antiguo el poder de sus habilidades de parlanchín
sobre aquella cabeza fosca.
Recobró el roder poco a poco su
confianza en el diputado. Esperaría; pero un mes nada más. Si después de este
plazo no llegaba el indulto, no escribiría, no molestaría más. Él era un
diputado, un gran señor, pero para las balas sólo hay hombres.
Y despidiéndose con esta amenaza, requirió el
retaco y saludó a toda la reunión. Regresaba a su pueblo; quería aprovechar la
tarde, pues hombres como él sólo corren los caminos de noche cuando hay
necesidad.
Le acompañaba el carnicero de su pueblo, un mocetón
admirador de su fuerza y su destreza, un satélite que le seguía a todas partes.
El diputado los despidió con afabilidad felina.
—Adiós, querido Quico—dijo estrechando la mano
del roder—. Calma, que pronto saldrás de penas. Que estén buenos
tus chicos: y dile a tu mujer que aún recuerdo lo bien que me trató cuando
estuve en vuestra casa.
El roder y su acólito tomaron
asiento en la tartana de su pueblo, entre tres vecinas que saludaron con afecto
al siñor Quico y unos cuantos chicuelos que pasaban las manos
por el cargado retaco como si fuese una santa imagen.
La tartana avanzaba dando tumbos por entre los
huertos de naranjos, cargados de flor de azahar. Brillaban las acequias,
reflejando el dulce sol de la tarde, y por el espacio pasaba la tibia
respiración de la primavera impregnada de perfumes y rumores.
Bolsón iba contento. Cien veces le habían prometido
el indulto, pero ahora era de veras. Su admirador y escudero le oía silencioso.
Vieron en el camino una pareja de la Guardia civil,
y Bolsón la saludó amigablemente.
En una revuelta apareció una segunda pareja, y el
carnicero moviose en su asiento como si le pinchasen. Eran muchas parejas en
camino tan corto. El roder le tranquilizó. Habían concentrado
la fuerza del distrito por el viaje de don José.
Pero un poco más allá encontraron la tercera
pareja, que, como las anteriores, siguió lentamente al carruaje, y el carnicero
no pudo contenerse más. Aquello le olía mal. ¡Bolsón, aún era tiempo! A
bajar en seguida; a huir por entre los campos hasta ganar la sierra. Si nada
iba con él, podía volver por la noche a casa.
—Sí, siñor Quico, sí—decían las mujeres
asustadas.
Pero el siñor Quico se reía del
miedo de aquellas gentes.
—Arrea, tartanero... arrea.
Y la tartana siguió adelante, hasta que de repente
saltaron al camino quince o veinte guardias, una nube de tricornios con un
viejo oficial al frente. Por las ventanillas entraron las bocas de los fusiles
apuntando al roder, que permaneció inmóvil y sereno, mientras que
mujeres y chiquillos se arrojaban chillando al fondo del carruaje.
—Bolsón, baja o te matamos—dijo el teniente.
Bajó el roder con su satélite, y
antes de poner pie en tierra ya le habían quitado sus armas. Aún estaba
impresionado por la charla de su protector, y no pensó en hacer resistencia por
no imposibilitar su famoso indulto con un nuevo crimen.
Llamó al carnicero, rogándole que corriese al
pueblo para avisar a don José. Sería un error, una orden mal dada.
Vio el mocetón cómo se le llevaban a empujones a un
naranjal inmediato, y salió corriendo camino abajo por entre aquellas parejas,
que cerraban la retirada a la tartana.
No corrió mucho. Montado en su jaco encontró a uno
de los alcaldes que habían estado en la fiesta... ¡Don José! ¿Dónde estaba don
José?
El rústico sonrió como si adivinara lo ocurrido...
Apenas se fue Bolsón, el diputado había salido a escape para
Valencia.
Todo lo comprendió el carnicero: la fuga, la
sonrisa de aquel tío y la mirada burlona del viejo teniente cuando el roder pensaba
en su protector, creyendo ser víctima de una equivocación.
Volvió corriendo al huerto, pero antes de llegar,
una nubecilla blanca y fina como vedija de algodón se elevó sobre las copas de
los naranjos, y sonó una detonación larga y ondulada, como si se rasgase la
tierra.
Acababan de fusilar a Bolsón.
Le vio de espaldas sobre la roja tierra, con medio
cuerpo a la sombra de un naranjo, ennegrecido el suelo con la sangre que salía
a borbotones de su cabeza destrozada. Los insectos, brillando al sol como
botones de oro, balanceábanse ebrios de azahar en torno de sus sangrientos
labios.
El discípulo se mesó los cabellos. ¡Recristo! ¿Así
se mataba a los hombres que son hombres?
El teniente le puso una mano en el hombro.
—Tú, aprendiz de roder, mira cómo
mueren los pillos.
El aprendiz se revolvió con
fiereza, pero fue para mirar a lo lejos, como si a través de los campos pudiera
ver el camino de Valencia, y sus ojos, llenos de lágrimas, parecían decir:
«Pillo, sí; pero más pillo es el que huye.»
———
Como en Agosto Valencia entera desfallece de calor,
los trabajadores del horno se asfixiaban junto a aquella boca, que exhalaba el
ardor de un incendio.
Desnudos, sin otra concesión a la decencia que un
blanco mandil, trabajaban cerca de las abiertas rejas, y aun así, su piel
inflamada parecía liquidarse con la transpiración, y el sudor caía a gotas
sobre la pasta, sin duda para que, cumpliéndose a medias la maldición bíblica,
los parroquianos, ya que no con el sudor propio, se comieran el pan empapado en
el ajeno.
Cuando se descorría la mampara de hierro que tapaba
el horno, las llamas enrojecían las paredes, y su reflejo, resbalando por los
tableros cargados de masa, coloreaba los blancos taparrabos y aquellos pechos
atléticos y bíceps de gigante, que, espolvoreados de harina y brillantes de
sudor, tenían cierta apariencia femenil.
Las palas se arrastraban dentro del horno, dejando
sobre las ardientes piedras los pedazos de pasta, o sacando los panes cocidos,
de rubia corteza, que esparcían un humillo fragante de vida; y mientras tanto,
los cinco panaderos, inclinados sobre las largas mesas, aporreaban la masa, la
estrujaban como si fuese un lío de ropa mojada y retorcida y la cortaban en
piezas; todo sin levantar la cabeza, hablando con voz entrecortada por la
fatiga y entonando canciones lentas y monótonas, que muchas veces quedaban sin
terminar.
A lo lejos sonaba la hora cantada por los serenos,
rasgando vibrante la bochornosa calma de la noche estival; y los trasnochadores
que volvían del café o del teatro deteníanse un instante ante las rejas para
ver en su antro a los panaderos, que, desnudos, visibles únicamente de cintura
arriba, y teniendo por fondo la llameante boca del horno, parecían ánimas en
pena de un retablo del purgatorio; pero el calor, el intenso perfume del pan y
el vaho de aquellos cuerpos, dejaban pronto las rejas libres de curiosos y se
restablecía la calma en el obrador.
Era entre los panaderos el de más autoridad Tono el
Bizco, un mocetón que tenía fama por su mal carácter e insolencia brutal; y eso
que la gente del oficio no se distinguía por buena.
Bebía, sin que nunca le temblasen las piernas ni
menos los brazos; antes bien, a éstos les entraba con el calor del vino un
furor por aporrear, cual si todo el mundo fuese una masa como la que aporreaban
en el horno. En los ventorrillos de las afueras temblaban los parroquianos
pacíficos, como si se aproximara una tempestad, cuando le veían llegar de
merienda al frente de una cuadrilla de gente del oficio, que reía todas sus
gracias. Era todo un hombre. Paliza diaria a la mujer; casi todo el jornal en su
bolsillo, y los chiquillos descalzos y hambrientos, buscando con ansia las
sobras de la cena de aquella cesta que por las noches se llevaba al horno.
Aparte de esto, un buen corazón, que se gastaba el dinero con los compañeros,
para adquirir el derecho de atormentarlos con sus bromas de bruto.
El dueño del horno le trataba con cierto
miramiento, como si le temiera, y los camaradas de trabajo, pobres diablos
cargados de familia, se evitaban compromisos sufriéndolo con sonrisa amistosa.
En el obrador, Tono tenía su víctima: el
pobre Menut, un muchacho enclenque que meses antes aún era
aprendiz, y al que los camaradas reprendían por el excesivo afán de trabajo que
mostraba siempre, ansiando un aumento de jornal para poder casarse.
¡Pobre Menut! Todos los compañeros,
influidos por esa adulación instintiva en los cobardes, celebraban alborozados
las bromas que Tono se permitía con él. Al buscar sus ropas terminado el
trabajo, encontrábase en los bolsillos cosas nauseabundas; recibía en pleno rostro
bolas de pasta, y siempre que el mocetón pasaba por detrás de él, dejaba caer
sobre su encorvado espinazo la poderosa manaza, como si se desplomara medio
techo.
El Menut callaba resignado. ¡Ser
tan poquita cosa ante los puños de aquel bruto, que le había tomado como un
juguete!
Un domingo por la noche, Tono llegó muy alegre al
horno. Había merendado en la playa; sus ojos tenían un jaspeado sanguinolento,
y al respirar lo impregnaba todo de ese hedor de chufas que delata una pesada
digestión de vino.
¡Gran noticia! Había visto en un merendero al Menut,
a aquel ganso que tenía delante. Iba con su novia: una gran chica. ¡Vaya con el
gusano tísico! Bien había sabido escoger.
Y entre las risotadas de sus compañeros, describía
a la pobre muchacha con minuciosidad vergonzosa, como si la hubiera desnudado
con la mirada.
El Menut no levantaba la cabeza,
absorto en su trabajo; pero estaba pálido, como si dentro del estómago se
revolviera la merienda mordiéndole. No era el de todas las noches: también él
olía a chufas, y varias veces sus ojos, apartándose de la masa, se encontraron
con la mirada bizca y socarrona del tirano. De él podía decir cuanto quisiera:
estaba acostumbrado; ¿pero hablar de su novia?... ¡Cristo!...
El trabajo resultaba aquella noche más lento y
fatigoso. Pasaban las horas sin que adelantasen gran cosa los brazos, torpes y
cansados por la fiesta, a los que la masa parecía resistirse.
Aumentaba el calor: un ambiente de irritación se
esparcía en torno de los panaderos, y Tono, que era el más furioso, se
desahogaba con maldiciones. ¡Así se volviera veneno todo el pan de aquella
noche! Rabiar como perros a la hora en que todo el mundo duerme, para poder
comer al día siguiente unos cuantos pedazos de aquella masa indecente. ¡Vaya un
oficio!
Y enardecido por la constancia con que trabajaba
el Menut, la emprendió con él, volviendo a sacar a ruedo la belleza
de su novia.
Debía casarse pronto. Les convenía a los amigos.
Como él era un bendito, un cualquier cosa, sin pelo de hombre siquiera... los
compañeros, ¿eh?... Los buenos mozos como él harían el favor...
Y antes de terminar la frase guiñaba expresivamente
sus ojos bizcos, provocando la carcajada brutal de todos los camaradas. Pero
duró poco la alegría. El joven había lanzado un voto redondo, al mismo tiempo
que una cosa enorme y pesada pasó silbando como un proyectil por encima de la
mesa, haciendo desaparecer la cabeza de Tono, el cual vaciló y se agarró a los
tableros, doblándose sobre una rodilla.
El Menut, con una fuerza nerviosa,
jadeante el angosto pecho y trémulos los brazos, le había arrojado a la cabeza
todo un montón de masa, y el mocetón, aturdido por el golpe, no sabía cómo
despojarse de aquella máscara pegajosa y asfixiante.
Le ayudaron los compañeros. El golpe le había
destrozado la nariz, y un hilillo de sangre teñía la blanca pasta. Pero Tono no
se fijaba en ello, revolviéndose como un loco entre los brazos de sus
compañeros y pidiendo a gritos que le soltasen. En eso pensaban. Todos habían
visto que aquel maldito, en vez de abalanzarse sobre el Menut,
intentaba llegar hasta el rincón donde colgaban sus ropas, buscando, sin duda,
la famosa faca, tan conocida en las tabernas de las afueras.
Hasta el encargado del horno dejó quemarse una fila
de panes para ayudar a contenerle, y nadie pensaba sujetar al agresor,
convencidos todos de que el infeliz no había de pasar de su primer arrebato.
Apareció el dueño del horno. ¡Qué oído el de aquel
tío! Le habían despertado los gritos y el pataleo, y allí estaba, casi en paños
menores.
Todos volvieron a su trabajo, y la sangre de Tono
desapareció en las entrañas de la pasta, vuelta a sobar.
El mocetón mostrábase benévolo, con una bondad que
daba frío. No había ocurrido nada: una broma de las que se ven todos los días.
Cosas de chicos, que los hombres deben perdonar. Y era sabido... ¡entre
compañeros!...
Y siguió trabajando, pero con más ardor, sin
levantar la cabeza, deseando acabar cuanto antes.
El Menut miraba a todos fijamente
y se encogía de hombros con cierta arrogancia, como si, rota ya su timidez, le
costara trabajo volver a recobrarla.
Tono fue el primero en vestirse y salió acompañado
hasta la puerta por los buenos consejos del amo, que él agradecía con cabezadas
de aprobación.
Cuando se fue el Menut, media hora
después, los camaradas le acompañaron. Le hicieron mil ofrecimientos. Ellos se
encargarían de ajustar las paces por la noche; pero mientras tanto, quieto en
casa, y a evitar un mal encuentro, no saliendo en todo el día.
Despertábase la ciudad. El sol enrojecía los
aleros; retirábanse en busca del relevo los guardias de la noche, y en las
calles sólo se veían las huertanas cargadas de cestas camino del Mercado.
Los panaderos abandonaron al Menut en
la puerta de su casa. Vio cómo se alejaban, y aún permaneció un rato inmóvil,
con la llave en la cerraja, como si gozara viéndose solo y sin protección. Por
fin se había convencido de que era un hombre; ya no sentía crueles dudas y
sonreía satisfecho al recordar el aspecto del mocetón cayendo de rodillas y
chorreando sangre. ¡Granuja!... ¡Hablar tan libremente de su novia! No; no
quería arreglos con él.
Al dar la vuelta a la llave oyó que le llamaban:
—¡Menut! ¡Menut!
Era Tono, que salía de detrás de una esquina.
Mejor: le esperaba. Y junto con un temblorcillo instintivo, experimentó cierta
satisfacción. Le dolía que le perdonasen el golpe, como si fuera él un
irresponsable.
Al ver la actitud agresiva de Tono, púsose en
guardia, como un gallito encrespado, pero los dos se contuvieron, notando que
llamaban la atención de algunos albañiles que con el saquito al hombro pasaban
camino del andamio.
Se hablaron en voz baja, con frialdad, como dos
buenos amigos, pero cortando las palabras como si las mordieran. Tono venía a
arreglar rápidamente el asunto: todo se reducía a decirse dos palabritas en
sitio retirado. Y como hombre generoso, incapaz de ocultar la extensión de la
entrevista, preguntó al muchacho:
—¿Pòrtes ferramenta?
¿Él herramienta? No era de los guapos que van a
todas horas con la navaja sobre los riñones. Pero tenía arriba un cuchillo que
fue de su padre, e iba por él: un momento de espera nada más. Y abriendo el
portal, se lanzó por la angosta escalerilla, llegando en un vuelo a lo más
alto.
Bajó a los pocos minutos, pero pálido e inquieto.
Le había recibido su madre, que estaba arreglándose para ir a misa y al
Mercado. La pobre vieja extrañaba aquella salida, y había tenido que engañarla
con penosas mentiras. Pero ya estaba él allí con todo su arreglo. Cuando Tono
quisiera... ¡andando!
No encontraban una calle desierta. Abríanse las
puertas, arrojando la fétida atmósfera de la noche, y las escobas arañaban las
aceras, lanzando nubecillas de polvo en los rayos oblicuos de aquel sol rojo,
que asomaba al extremo de las calles como por una brecha.
En todas partes guardias que les miraban con ojos
vagos, como si aún no estuvieran despiertos; labradores que, con la mano en el
ronzal, guiaban su carro de verduras, esparciendo en las calles la fresca
fragancia de los campos; viejas arrebujadas en su mantilla, acelerando el paso
como espoleadas por los esquilones que volteaban en las iglesias próximas;
gente, en fin, que al verles metidos en el negocio, chillaría o se apresuraría
a separarles. ¡Qué escándalo! ¿Es que dos hombres de bien no podían pegarse con
tranquilidad en toda una Valencia?
En las afueras, el mismo movimiento. La mañana, con
su exceso de luz y actividad, envolvía a los dos trasnochadores, como para
avergonzarles por su empeño.
El Menut sentía cierto
decaimiento, y hasta probó a hablar. Reconocía su imprudencia. Había sido el
vino y su falta de costumbre; pero debían pensar como hombres, y lo pasado...
pasado. ¿No pensaba Tono en su mujer y los chiquillos, que podían quedar más desamparados
que estaban? Él aún estaba viendo a su viejecita y la mirada ansiosa con que le
siguió al abandonarla. ¿Qué comería la pobre si se quedaba sin hijo?
Pero Tono no le dejó acabar. ¡Gallina! ¡Morral! ¿Y
para contarle todo aquello iban vagando por las calles? Ahora mismo le rompía
la cara.
El Menut se hizo atrás para evitar
el golpe. También él mostró deseos de agarrarse allí mismo; pero se contuvo
viendo una tartana que se aproximaba lentamente, balanceándose sobre los baches
de la ronda y con su conductor todavía adormecido.
—¡Che, tartanero... para!
Y abalanzándose a la portezuela, la abrió con
estrépito e invitó a subir a Tono, que retrocedía con asombro. Él no tenía
dinero: ni esto. Y metiéndose una uña entre los dientes, tiraba hacia afuera.
El joven quería terminar pronto. «Yo pagaré.» Y
hasta ayudó a subir a su enemigo, entrando después de él y subiendo con
presteza las persianas de las ventanillas.
—¡Al Hospital!
El tartanero se hizo repetir dos veces la
dirección, y como le recomendaban que no se diera prisa, dejó rodar
perezosamente su carruaje por las calles de la ciudad.
Oyó ruido detrás de él, gritos ahogados, choque de
cuerpos, como si se rieran haciéndose cosquillas, y maldijo su perra suerte,
que tan mal comenzaba el día. Serían borrachos, que, después de pasar la noche
en claro, en un arranque de embriaguez llorona no querían meterse en la cama
sin visitar algún amigote enfermo. ¡Cómo le estarían poniendo los asientos!
La tartana pasaba lenta y perezosa por entre el
movimiento matinal. Las vacas de leche, de monótono cencerro, husmeaban sus
ruedas; las cabras, asustadas por el rocín, apartábanse sonando sus campanillas
y balanceando sus pesadas ubres; las comadres, apoyadas en sus escobas, miraban
con curiosidad aquellas ventanillas cerradas, y hasta un municipal sonrió
maliciosamente, señalándola a unos vecinos. ¡Tan temprano y ya andaban por el
mundo amores de contrabando!
Cuando entró en el patio del Hospital, el tartanero
saltó de su asiento, y acariciando su caballo esperó inútilmente que bajasen
aquel par de borrachos.
Fue a abrir, y vio que por el estribo de hierro se
deslizaban hilos de sangre.
—¡Socorro! ¡Socorro!—gritó abriendo de un golpe.
Entró la luz en el interior de la tartana. Sangre
por todas partes. Uno en el suelo, con la cabeza junto a la portezuela. El otro
caído en la banqueta, con el cuchillo en la mano y la cara blanca como de papel
mascado.
Acudieron las gentes del Hospital, y manchándose
hasta los codos, vaciaron aquella tartana, que parecía un carro del Matadero
cargado de carne muerta, rota, agujereada por todas partes.
———
Hacía años que Luis no había visto las calles de
Madrid a las nueve de la mañana.
A esta hora comenzaban a dormir todos sus amigos
del Casino; pero él, en vez de meterse en la cama, había cambiado de traje y se
dirigía a la Florida, mecido por el dulce vaivén de su elegante carruaje.
Al volver a su casa después de amanecido, le habían
entregado una carta traída en la noche anterior. Era de aquella desconocida que
mantenía con él extraña correspondencia durante dos semanas. Una inicial por
firma y la letra de carácter inglés, fina, correcta e igual a la de todas las
que han sido pensionistas del Sacré Cœur. Hasta su mujer la tenía así. Parecía
que era ella la que le escribía citándole a las diez en la Florida, frente a la
iglesia de San Antonio. ¡Qué disparate!
Hacíale gracia pensar, mientras marchaba a una cita
de amor, en su mujer, aquella Ernestina cuyo recuerdo raras veces venía a
turbar las alegrías de su vida de soltero, o como decía él, de marido emancipado.
¿Qué haría ella a tales horas? Cinco años que no se veían, y apenas si tenía
noticias suyas. Unas veces viajaba por el extranjero; otras sabía que estaba en
provincias, en casa de viejos parientes, y aunque residía largas temporadas en
Madrid, nunca se habían encontrado. Esto no es París ni Londres; pero resulta
suficientemente grande para que no se tropiecen nunca dos personas cuando una
hace la vida de mujer abandonada, visitando más las iglesias que los teatros, y
la otra se agita en el mundo de noche y vuelve a casa todos los días a la hora
en que el frac arrugado y la pechera abombada se impregnan del polvo que
levantan los barrenderos y del humo de las buñolerías.
Se casaron muy jóvenes, casi unos niños, y los
revisteros mundanos hablaron mucho de aquella hermosa pareja que todo lo tenían
para ser felices: ricos y casi sin familia. Primero, los arrebatos de pasión:
una dicha que, encontrando estrecho el elegante nido de los recién casados,
paseaba su insolencia feliz por los salones, para dar envidia al mundo;
después, la monotonía, el cansancio, la separación lenta e insensible, sin
dejar por eso de amarse; a él le atraían sus amistades de soltero, y ella
protestaba con escenas y choques que hacían odiosa para Luis la vida conyugal.
Ernestina quiso vengarse haciendo sentir celos a su marido; se entregó con
entusiasmo a tan peligroso juego y tuvo sus coqueteos comprometedores con
cierto attaché de legación americana, que hasta alcanzaron
visos de infidelidad.
Bien sabía Luis que la cosa no tenía malicia, pero
¡qué demonio! él no servía para casado, le abrumaba aquella vida, y aprovechó
la ocasión, tomando el asunto en serio. Con el americano se arregló,
propinándole una estocada leve; ¡pobre muchacho! ¡qué gran servicio le había
prestado sin saberlo! y de Ernestina se separó sin escándalo, sin
intervenciones judiciales. Ella con sus parientes, con quien le diese la gana,
y él otra vez a su cuarto de soltero, como si nada hubiese pasado y sus dos
años de matrimonio fuesen un largo viaje por el país de las quimeras.
Ernestina no se resignaba, y se revolvió queriendo
volver a él. Le amaba de veras; lo pasado eran niñadas, ligerezas; pero aun
cuando esto halagaba a Luis, provocaba su indignación como una amenaza a su
libertad, milagrosamente recobrada. Por esto oponía la más terminante negativa
a los señores respetables, antiguos amigos de la familia, que su mujer le
enviaba como embajadores; ella misma fue varias veces a la casa, sin conseguir
que le franqueasen la puerta, y tan tenaz era la resistencia de Luis, que hasta
dejó de asistir a ciertas reuniones, adivinando que allí protegían a su esposa,
y algún día procurarían que se encontrasen casualmente.
¡Bueno era él para ablandarse! Era un marido
ultrajado, y ciertas cosas ¡vive Dios! nunca se olvidan.
Pero su conciencia de buen muchacho le replicaba
con dureza:
—Tú eres un pillo, que finges ultrajes por
conservar tu libertad. Te presentas como marido infeliz para seguir soltero,
haciendo infelices de veras a otros maridos. Te conozco, egoísta.
Y la conciencia no se engañaba. Sus cinco años de
emancipación habían sido para él muy alegres; sonreía recordando sus éxitos, y
ahora mismo pensaba con fatuidad en aquella desconocida que le aguardaba:
alguna mujer que le habría conocido en los salones y tenía interés en rodear de
misterio su pasión. Ella había tomado la iniciativa en una carta insinuante;
después mediaron preguntas y respuestas en las planas de anuncios de los
periódicos ilustrados, y por fin aquella cita, a la que acudía Luis con la ansiedad
que despierta lo desconocido.
El carruaje se detuvo ante San Antonio de la
Florida. Bajó Luis, haciendo seña a su cochero de que esperase. Había entrado a
su servicio cuando él vivía aún con Ernestina; era el eterno testigo de sus
aventuras; le seguía, fiel y obediente, en todas las correrías de su viudez,
pero pensaba con envidia en los pasados tiempos, deseando trasnochar menos.
Buena mañana de primavera; la gente alegre gritaba
en los merenderos; pasaban por entre la arboleda, rápidos como pájaros de
colores, los encorvados ciclistas con sus camisetas rayadas; por la parte del
río sonaban cornetas, y sobre el follaje enjambres de insectos, ebrios de luz,
moscardoneaban brillando como chispas de oro. Luis, influido por el sitio,
pensaba en Goya y en las duquesas graciosas y atrevidas que, vestidas de majas,
venían a sentarse bajo aquellos árboles, con sus galanes de capa de grana y
sombrero de medio queso. ¡Aquellos eran buenos tiempos!
Las toses insistentes y maliciosas de su cochero le
avisaron. Una señora bajaba del tranvía y se dirigía al encuentro de Luis.
Vestía de negro y el velillo del sombrero cubría su cara. Esbelta y de gracioso
andar, sus caderas movíanse con armónica cadencia, y a cada paso resonaba
el fru-fru de la fina ropa interior.
Luis percibía el mismo perfume de la carta que
guardaba en su bolsillo. Sí, era ella. Pero cuando estuvo a pocos
pasos, el movimiento de sorpresa de su cochero le avisó antes que su vista.
—¡Ernestina!
Creyó en una traición. Alguien había avisado a su
mujer. ¡Qué situación tan ridícula!... ¡Y la otra que iba a llegar!
—¿A qué vienes?... ¿Qué buscas?
—Vengo a cumplir mi promesa. Te cité a las diez, y
aquí estoy.
Y Ernestina añadió con triste sonrisa:
—A ti, Luis, para verte hay que apelar a
estratagemas que repugnan a una mujer honrada.
¡Cristo! ¡Y para tener este encuentro desagradable
había salido de casa tan temprano! ¡Citado por su propia mujer! ¡Cómo reirían
los amigos del Casino al saber aquello!
Dos lavanderas se pararon en el camino a corta
distancia, con pretexto de descansar, sentándose sobre sus talegos de ropa.
Querían oír algo de lo que se decían aquellos señoritos.
—¡Sube!... ¡Sube!—dijo Luis a su esposa con acento
imperioso. Le irritaba lo ridículo de la escena.
El coche emprendió la marcha carretera de El Pardo
arriba, y los esposos, con la cabeza reclinada en el paño azul de la tendida
capota, se espiaban sin mirarse, como abrumados por la situación y sin
atreverse uno de los dos a ser el primero en hablar.
Ella comenzó. ¡Ah, la maldita! Era un muchacho con
faldas; siempre lo había dicho Luis; por esto la huía, teniéndola mucho miedo;
porque a pesar de su dulzura de gatita cariñosa y sumisa, acababa siempre por
imponer su voluntad. ¡Señor! ¡Y qué educación dan en esos colegios franceses!
—Mira, Luis... pocas palabras. Te quiero, y vengo
decidida a todo. Eres mi marido y contigo debo vivir. Trátame como quieras;
pégame... te querré como esas mujeres que admiten los golpes como prueba de
cariño. Lo que te digo es que eres mío y no te suelto. Olvidemos lo pasado y
aún podemos ser felices. Luis, Luis mío, ¿qué mujer puede quererte como la
tuya?
¡Vaya un modo de entrar en materia! Él quería
callar, mostrarse altivo y desdeñoso, fatigarla con su frialdad, para que le
dejara tranquilo; pero aquellas palabras le pusieron fuera de sí.
¿Volver a unirse? ¡En seguida! ¿Acaso estaba
loco?... ¡Ah, señora! Olvida usted sin duda que hay cosas que jamás se
perdonan; cosas... En fin, que quien bien está, que no se mueva. Ellos no
servían para casados, no congeniaban; bastaba recordar el infierno
en que se desarrollaron sus últimos meses de matrimonio. Él se encontraba bien;
a ella no le probaba mal la separación, pues estaba más hermosa que antes
(palabra de honor, señora), y sería una locura deshacer por tonterías lo que el
tiempo había hecho sabiamente.
Pero ni el ceremonioso usted ni
las razones de Luis convencían a la señora. Ella no podía seguir
así. Ocupaba en la sociedad una posición muy equívoca; casi la igualaban con
mujeres infieles; era objeto de declaraciones y asiduidades que la sublevaban;
creíanla una joven alegre y fácil, sin cariño ni familia; iba de una parte a
otra, como el Judío errante. Di, Luis, ¿es esto vivir?
Pero como a Luis le habían dicho esto mismo todos
los que fueron a hablarle en favor de Ernestina, lo escuchaba como quien oye
una música antigua y empalagosa.
Vuelto casi de espaldas a su mujer, miraba el
camino, los Viveros, bajo cuyas arboledas bullía una alegre multitud. Los
pianos de manubrio lanzaban sus chillonas notas, semejantes al parloteo de
pájaros mecánicos. Valses y polcas formaban el acompañamiento de aquella voz
triste que dentro del carruaje relataba sus desdichas. Luis pensaba que el
sitio para el encuentro había sido escogido con premeditación. Todo hablaba
allí del amor legítimo sometido a reglamentación oficial. Aquí, dos bodas; en
el restaurant de más allá, otras; en último termino, un cortejo nupcial,
zarandeándose al compás de los pianos con la panza repleta de peleón. Aquello
repugnaba a Luis. ¡Todo Dios se casaba!... ¡Qué brutos! ¡Cuánta gente inexperta
queda en el mundo!
Atrás se quedaron los Viveros con sus regocijadas
bodas; los valses sonaban lejanos, como vagos estremecimientos del aire, y
Ernestina seguía infatigable, hablando cada vez más cerca del oído de su
esposo.
Ella viviría tranquila, sin molestarle, si no
existieran los celos. Porque ella se sentía celosa. Sí, Luis; ríe cuanto
quieras; celosa desde hacía un año, en vista de sus amoríos y sus escándalos.
Lo sabía todo; su vida entre bastidores, sus apasionamientos momentáneos y
ruidosos por mujerzuelas que se le comían la fortuna; hasta le habían dicho que
tenía hijos. ¿Podía permanecer tranquila? ¿No debía defender la posesión de su
marido, que era lo único que tenía en el mundo?
Luis ya no estaba de espaldas, sino de frente,
soberbio y magnífico. ¡Ah, señora! ¡Y cuán mal la aconsejaban sus amigos! Él
hacía su santa voluntad, ¿estamos? No tenía que dar cuentas a nadie, pues de
darlas, también tendría que exigírselas a ella, y... ¡recuerde usted, señora!
Piense si siempre ha sido fiel a sus deberes.
Y mientras enumeraba sus desdichas, que en el fondo
no le importaban un comino, y llamaba infidelidades a lo que fueron imprudentes
coqueterías, todo con voz y ademanes que recordaban sus abonos en el Español y
la Comedia, Luis iba fijándose en su mujer.
¡Qué hermosa estaba la indina! Ya no era aquella
muchacha bonita, pero débil y delicada, que tenía horror al oscu, no queriendo
enseñar lo saliente de sus clavículas. Los cinco años de separación habían
hecho de ella una mujer adorable, espléndida, con las redondeces, el color y la
suavidad de un fruto de primavera. ¡Lástima que fuese su mujer! ¡Cómo debían
desearla los que no estaban en su caso!
—Sí, señora. Puedo hacer lo que guste y no tengo
que dar cuenta de mis acciones... Además, cuando se tiene el corazón
destrozado, hay que aturdirse, olvidar, y yo tengo derecho a todo... a todo,
¿lo entiende usted? para olvidar que he sido muy desgraciado.
Le encantaban sus palabras, pero no pudo seguir.
¡Qué calor! El sol metía sus rayos por debajo de la capota; el ambiente parecía
impregnado de fuego, y el obligado contacto dentro del carruaje comenzaba a
comunicarle el suave y voluptuoso calor de aquel cuerpo adorable... ¡Qué
desgracia que aquella mujer tan hermosa fuese Ernestina!
Era una mujer nueva. Experimentaba junto a ella
impresiones sólo sentidas en su época de noviazgo. Se veía aún en aquel vagón
del exprès que años antes los había llevado a París, ebrios de
dicha y palpitantes de deseo.
Y ella, con aquella facilidad que siempre había
tenido para leer sus pensamientos, se aproximaba a él, tierna y sumisa como una
víctima, pidiendo el martirio a cambio de un poco de cariño, arrepintiéndose de
sus pasadas ligerezas, propias de la inexperiencia, y acariciándolo con el
perfume de su aliento, aquel mismo perfume de la carta que, estremeciéndole,
envolvía su cerebro en humareda embriagadora.
Luis huía de todo contacto; se recogía como
doncella medrosica en su asiento. El recuerdo de los amigotes era su única
defensa. ¿Qué diría su amigo el marqués, un verdadero filósofo, que, contento
con su libertad de marido divorciado, saludaba a su mujer en la calle y besaba
a los niños nacidos mucho después de la separación? Aquel era un hombre. Había
que terminar una escena que juzgaba ridícula.
—No, Ernestina—dijo por fin, tuteando a su mujer—.
Nunca nos uniremos. Te conozco: todas sois iguales. Es mentira lo que dices.
Sigue tu camino, como si no nos conociéramos...
Pero no pudo continuar. Su mujer le volvía ahora la
espalda. Lloraba descansando la cabeza en el respaldo del asiento, y su
enguantada mano introducía el pañuelo bajo el velillo para secarse las
lágrimas.
Luego hizo un gesto de fastidio. ¡Lagrimitas a
él!... Pero no; lloraba de veras, con toda su alma, con quejidos de angustia y
estremecimientos nerviosos que conmovían todo su cuerpo.
Arrepentido de su brutalidad, dio orden al cochero
de detener el carruaje. Estaba fuera de la Puerta de Hierro; no pasaba nadie en
aquel momento por el camino.
—Trae agua... cualquier cosa. La señorita está
enferma.
Y mientras el cochero corría a un ventorro
inmediato, Luis intentó tranquilizar a su mujer.
—Vamos, Ernestina, serenidad. No es para tanto.
Esto es ridículo. Pareces una niña.
Pero ella aún gemía cuando llegó el cochero con una
botella llena de agua. En la precipitación había olvidado el vaso.
—No importa, bebe.
Ernestina cogió la botella y se levantó el velillo.
Ahora la veía bien su marido. Nada de menjurjes de tocador, como en los tiempos
que frecuentaba el mundo: su cutis, tratado al agua fría, tenía una palidez
fresca, de rosada transparencia.
Luis se fijó en aquellos labios adorables, que se
fruncían para ajustarse al cuello de la botella. Bebía con dificultad. Una gota
se escapaba resbalando lentamente por la barbilla redonda y graciosa. Rodaba
con pereza, enredándose en la imperceptible película de la epidermis. Él la
seguía con la vista, aproximándose cada vez más. ¡Iba a caer!... ¡Ya caía!
Pero no cayó; pues Luis, sin saber casi lo que
hacía, la recogió en sus labios, se sintió cogido por los brazos de su mujer,
que lanzaba un grito de sorpresa, de loco júbilo.
—Por fin... Luis mío... ¡Si yo ya lo decía! ¡Si
eres muy bueno!
Y con la tranquila serenidad de los que no tienen
por qué ocultar su amor, se besaron ruidosamente, sin fijarse en el asombro de
la mujer del ventorrillo que recogió la botella.
El cochero, sin aguardar órdenes, arreó los
caballos camino de Madrid.
—Ya tenemos ama—murmuraba soltando latigazos a sus
bestias—. A casa pronto, antes que el señorito se arrepienta.
El coche volaba por la carretera con la arrogancia
de un carro triunfal, y en su interior, los dos esposos, agarrados del talle,
mirábanse con pasión. El sombrero de Luis estaba a sus pies, y ella le
acariciaba la cabeza, despeinándole: el juego favorito de su luna de miel.
Y Luis reía, encontrando el suceso graciosísimo.
—Nos van a tomar por novios impacientes. Creerán
que escapamos de los Viveros por estar solos y libres de convidados.
Al pasar frente a San Antonio, Ernestina, reclinada
en un hombro de su esposo, se incorporó.
—Mira: ese es quien ha hecho el milagro de unirnos.
De soltera le rezaba pidiéndole un buen marido, y por segunda vez me protege,
dándome mi Luis.
—No, vida mía: el milagro lo has hecho tú con tu
belleza.
Ernestina dudó algunos instantes, como si temiera
hablar, y por fin dijo con maliciosa sonrisa:
—¡Ah, señor mío! No creas que me engañas. Lo que te
vuelve a mí no es el amor tal como yo lo quiero; es eso que llaman mi belleza y
los deseos que en ti despierta. Pero he aprendido bastante en estos años de
consuelo y soledad. Ya verás, Luis mío. Seré muy buena; te querré mucho... Me
tomas como una amante; pero con bondad y con cariño, yo he de conseguir que me
adores como a esposa.
———
Casi todos los que ocupaban aquel vagón de tercera
conocían a Marieta, una buena moza vestida de luto, que, con un niño de pechos
en el regazo, estaba junto a una ventanilla, rehuyendo las miradas y la
conversación de sus vecinas.
Las viejas labradoras la miraban, unas con
curiosidad y otras con odio, a través de las asas de sus enormes cestas y de
los fardos que descansaban sobre sus rodillas, con todas las compras hechas en
Valencia. Los hombres, mascullando la tagarnina, lanzábanla ojeadas de ardoroso
deseo.
En todos los extremos del vagón hablábase de ella
relatando su historia.
Era la primera vez que Marieta se atrevía a salir
de casa después de la muerte de su marido. Tres meses habían pasado desde
entonces. Sin duda sentía miedo a Teulaí, el hermano menor de su
marido, un sujeto que a los veinticinco años era el terror del distrito; un
amante loco de la escopeta y la valentía que, naciendo rico, había abandonado
los campos para vivir unas veces en los pueblos, por la tolerancia de los alcaldes,
y otras en la montaña, cuando se atrevían a acusarle los que le querían
mal.
Marieta parecía satisfecha y tranquila. ¡Oh, la
mala piel! Con un alma tan negra, y miradla qué guapetona, qué majestuosa;
parecía una reina.
Los que nunca la habían visto se extasiaban ante su
hermosura. Era como las vírgenes patronas de los pueblos: la tez, con pálida
transparencia de cera, bañada a veces por un oleaje de rosa; los ojos negros,
rasgados, de largas pestañas; el cuello soberbio, con dos líneas horizontales
que marcaban la tersura de la blanca carnosidad; alta, majestuosa, con firmes
redondeces, que al menor movimiento poníanse de relieve bajo el negro vestido.
Sí, era muy guapa. Así se comprendía la locura de
su pobre marido.
En vano se había opuesto al matrimonio la familia
de Pepet. Casarse con una pobre, siendo él rico, resultaba un absurdo; y aún lo
parecía más al saberse que la novia era hija de una bruja, y por tanto,
heredera de todas sus malas artes.
Pero él firme que firme. La madre de Pepet murió
del disgusto; según decían las vecinas, prefirió irse del mundo antes que ver
en su casa a la hija de la Bruixa; y Teulaí, con ser un
perdido que no respetaba gran cosa el honor de la familia, casi riñó con su
hermano. No podía resignarse a tener por cuñada una buena moza que, según
afirmaban en la taberna testigos presenciales (y allí la reunión era de lo más
respetable), preparaba malas bebidas, ayudaba a sacar a su madre las mantecas a
los niños vagabundos para confeccionar misteriosos ungüentos, y la untaba los
sábados a media noche, antes de salir volando por la chimenea.
Pepet, que se reía de todo, acabó casándose con
Marieta, y con esto fueron de la hija de la bruja sus viñas, sus algarrobos, la
gran casa de la calle Mayor y las onzas que su madre guardaba en los arcones
del estudi.
Estaba loco. Aquel par de lobas le habían dado
alguna mala bebida, tal vez polvos seguidores, que, según afirmaban
las vecinas más experimentadas, ligan para siempre con una fuerza infernal.
La bruja, arrugada, de ojillos malignos, que no
podía atravesar la plaza del pueblo sin que los muchachos la persiguieran a
pedradas, se quedó sola en su casucha de las afueras, ante la cual no pasaba
nadie por la noche sin hacer la señal de la cruz. Pepet sacó a Marieta de aquel
antro, satisfecho de tener como suya la mujer más hermosa del distrito.
¡Qué manera de vivir! Las buenas mujeres lo
recordaban con escándalo. Bien se veía que el tal casamiento era por arte del
Malo. Apenas si Pepet salía de su casa: olvidaba los campos, dejaba en libertad
a los jornaleros, no quería apartarse ni un momento de su mujer; y las gentes,
a través de la puerta entornada o por las ventanas siempre abiertas,
sorprendían los abrazos; los veían persiguiéndose entre risotadas y caricias,
en plena borrachera de felicidad, insultando con su hartura a todo el mundo.
Aquello no era vivir como cristianos. Eran perros furiosos persiguiéndose, con
la sed de la pasión nunca extinguida. ¡Ah, la grandísima perdida! Ella y la
madre le abrasaban las entrañas con sus bebidas.
Bien se veía en Pepet, cada vez más flaco, más
amarillo, más pequeño, como un cirio que se derretía.
El médico del pueblo, único que se burlaba de
brujas, bebedizos y de la credulidad de la gente, hablaba de separarles como
único remedio. Pero los dos siguieron unidos; él cada vez más decaído y
miserable; ella engordando, rozagante y soberbia, insultando a la murmuración
con sus aires de soberana. Tuvieron un hijo, y dos meses después murió Pepet
lentamente, como luz que se extingue, llamando a su mujer hasta el último
momento, extendiendo hacia ella sus manos ansiosas.
¡La que se armó en el pueblo! Ya estaba allí el
efecto de las malas bebidas. La vieja se encerró en su casucha temiendo a la
gente; la hija no salió a la calle en algunas semanas y los vecinos oían sus
lamentos. Por fin, algunas tardes, desafiando las miradas hostiles, fue con su
niño al cementerio.
Al principio le tenía cierto miedo a Teulaí,
el terrible cuñado, para el cual matar era ocupación de hombres, y que,
indignado por la muerte del hermano, hablaba en la taberna de hacer pedazos a
la mujer y a la bruja de la suegra. Pero hacía un mes que había desaparecido.
Estaría con los roders en la montaña, o los negocios le
habrían llevado al otro extremo de la provincia. Marieta se atrevió, por fin, a
salir del pueblo; a ir a Valencia para sus compras... ¡Ah, la señora! ¡Qué
importancia se daba con el dinero de su pobre marido! Tal vez buscaba que los
señoritos le dijesen algo, viéndola tan guapetona...
Y zumbaba en todo el vagón el cuchicheo hostil; las
miradas afluían a ella, pero Marieta abría sus ojazos imperiosos, sorbía aire
ruidosamente con gesto de desprecio, y volvía a mirar los campos de algarrobos,
los empolvados olivares, las blancas casas, que huían trazando un círculo en
torno del tren en marcha, mientras el horizonte inflamábase al contacto del
sol, que se hundía entre espesos vellones de oro.
Detúvose el tren en una pequeña estación, y las
mujeres que más habían hablado de Marieta se apresuraron a bajar, echando por
delante sus cestas y capazos.
Unas se quedaban en aquel pueblo y se despedían de
las otras, de las vecinas de Marieta, que aún tenían que andar una hora para
llegar a sus casas.
La hermosa viuda, con el niño en brazos y apoyando
en la fuerte cadera la cesta de las compras, salió de la estación con paso
lento. Quería que la adelantasen en el camino aquellas comadres hostiles; que
la dejasen marchar sola, sin tener que sufrir el tormento de sus murmuraciones.
En las calles del pueblo, estrechas, tortuosas y de
avanzados aleros, había poca luz. Las últimas casas extendíanse en dos filas a
lo largo de la carretera. Más allá veíanse los campos, que azuleaban con la
llegada del crepúsculo, y a lo lejos, sobre la ancha y polvorienta faja del
camino, marcábanse como un rosario de hormigas las mujeres que, con los fardos
en la cabeza, marchaban hacia el inmediato pueblo, cuya torre asomaba tras una
loma su montera de tejas barnizadas, brillantes con el último reflejo de sol.
Marieta, brava moza, sintió repentinamente cierta
inquietud al verse sola en el camino. Éste era muy largo, y cerraría la noche
antes que llegase a su casa.
Sobre una puerta balanceábase el ramo de olivo,
empolvado y seco, indicador de una taberna. Bajo de él, y de espaldas al
pueblo, estaba un hombre pequeño, apoyado en el quicio y con las manos en la
faja.
Marieta se fijó en él... Si al volver la cabeza
resultase que era su cuñado, ¡Dios mío, qué susto! Pero segura de que estaba
muy lejos, siguió adelante, saboreando la cruel idea del encuentro, por lo
mismo que lo creía imposible, temblando al pensar que fuese Teulaí el
que estaba a la puerta de la taberna.
Pasó junto a él sin levantar los ojos.
—Buenas tardes, Marieta.
Era él... Y la viuda, ante la realidad, no
experimentó la emoción de momentos antes. No podía dudar. Era Teulaí,
el bárbaro de sonrisa traidora, que la miraba con aquellos ojos más molestos y
crueles que sus palabras.
Contestó con un ¡hola! desmayado,
y ella, tan grande, tan fuerte, sintió que las piernas le flaqueaban y hasta
hizo un esfuerzo para que el niño no cayera de sus brazos.
Teulaí sonreía socarronamente. No había por qué
asustarse. ¿No eran parientes? Se alegraba del encuentro; la acompañaría al
pueblo, y por el camino hablarían de algunos asuntos.
—Avant, avant—decía el hombrecillo.
Y la mocetona siguió tras él, sumisa como una
oveja, formando rudo contraste aquella mujer grande, poderosa, de fuertes
músculos, que parecía arrastrada por Teulaí, enteco, miserable y
ruin, en el cual únicamente delataban el carácter los alfilerazos de extraña
luz que despedían sus ojos. Marieta sabía de lo que era capaz. Hombres fuertes
y valerosos habían caído vencidos por aquel mal bicho.
En la última casa del pueblo una vieja barría
canturreando su portal.
—¡Bòna dòna, bòna dòna!—gritó Teulaí.
La buena mujer acudió, tirando la escoba. Era
demasiado célebre el cuñado de Marieta en muchas leguas a la redonda para no
ser obedecido inmediatamente.
Cogió al niño de brazos de su cuñada, y sin
mirarlo, como si quisiera evitar un enternecimiento indigno de él, lo pasó a
los brazos de la vieja, encargándole su cuidado... Era asunto de media hora:
volverían pronto por él, en cuanto terminasen cierto encargo.
Marieta rompió en sollozos y se abalanzó al niño
para besarle. Pero su cuñado tiró de ella.
—Avant, avant.
Se hacía tarde.
Subyugada por el terror que inspiraba aquel
hombrecillo venenoso a cuantos le rodeaban, siguió adelante, sin el niño y sin
la cesta, mientras la vieja, santiguándose, se apresuraba a meterse en casa.
Apenas si se distinguían como puntos indecisos en
el blanco camino las mujeres que marchaban al pueblo. Los pardos vapores del
anochecer extendíanse a ras de los campos, la arboleda tomaba un tono de oscuro
azul, y arriba, en el cielo, de color violeta, palpitaban las primeras
estrellas.
Continuaron en silencio algunos minutos, hasta que
Marieta se detuvo con una decisión inspirada por el miedo... Lo que tuviera que
decirle, lo mismo podía ser allí que en otra parte. Y la temblaban las piernas,
balbuceaba y no se atrevía a alzar los ojos por no ver a su cuñado.
A lo lejos sonaban chirridos de ruedas; voces
prolongadas se llamaban a través de los campos, rasgando el silencioso ambiente
del crepúsculo.
Marieta miraba con ansiedad el camino. Nadie.
Estaban solos ella y su cuñado.
Éste, siempre con su sonrisa infernal, hablaba con
lentitud... Lo que tenía que decirle era que rezase; y si sentía miedo, podía
echarse el delantal por la cara. A un hombre como él no le mataban un hermano
impunemente.
Marieta se hizo atrás, con la expresión aterrada
del que despierta en pleno peligro. Su imaginación, ofuscada por el miedo,
había concebido antes de llegar allí las mayores brutalidades; palizas
horrorosas, el cuerpo magullado, la cabellera arrancada, pero... ¡rezar y
taparse la cara! ¡Morir! ¡Y tal enormidad dicha tan fríamente!...
Con palabra atropellada, temblando y suplicante,
intentó enternecer a Teulaí. Todo eran mentiras de la gente. Había
querido con el alma a su pobre hermano, le quería aún; si había muerto fue por
no creerla a ella, a ella que no había tenido valor para ser esquiva y fría con
un hombre tan enamorado.
Pero el valentón la escuchaba acentuando cada vez
más su sonrisa, que era ya una mueca.
—¡Calla, filla de la Bruixa!
Ella y su madre habían muerto al pobre Pepet. Todo
el mundo lo sabía; le habían consumido con malas bebidas... Y si él la
escuchaba ahora sería capaz de embrujarlo también. Pero no; él no caería como
el tonto de su hermano.
Y para probar su firmeza de hiena, sin otro amor
que el de la sangre, cogió con sus manos huesosas la cara de Marieta, la
levantó para verla más de cerca, contemplando sin emoción las pálidas mejillas,
los ojos negros y ardientes que brillaban tras las lágrimas.
—¡Bruixa... envenenaora!
Pequeñín y miserable en apariencia, abatió de un
empujón a la buena moza; hizo caer de rodillas aquella soberbia máquina de dura
carne, y retrocediendo buscó algo en su faja.
Marieta estaba anonadada. Nadie en el camino. A lo
lejos los mismos gritos, el mismo chirriar de ruedas: cantaban las ranas en una
charca inmediata; en los ribazos alborotaban los grillos, y un perro aullaba
lúgubremente allá en las últimas casas del pueblo. Los campos hundíanse en los
vapores de la noche.
Al verse sola, al convencerse de que iba a morir,
desapareció toda su arrogancia de buena moza; se sintió débil como cuando era
niña y le pegaba su madre, y rompió en sollozos.
—¡Mátam, mátam!—gimió echándose a la cara el
negro delantal, enrollándolo en torno de su cabeza.
Teulaí se acercó a ella impasible, con una pistola
en la mano. Aún oyó la voz de su cuñada gimiendo a través de la negra tela con
lamentos de niña, rogándole que la rematase pronto, que no la hiciera sufrir
intercalando sus súplicas entre fragmentos de oraciones que recitaba
atropelladamente. Y como hombre experimentado, buscó con la boca de la pistola
en aquel envoltorio negro, disparando los dos cañones a la vez.
Entre el humo y los fogonazos viose a Marieta
erguirse como impulsada por un resorte y desplomarse con un pataleo de agonía
que desordenó sus ropas.
En la masa negra e inerte quedaron al descubierto
las blancas medias de seductora redondez, estremeciéndose con el último
estertor.
Teulaí, tranquilo como hombre que a nadie teme y cuenta
en último término con un refugio en la montaña, volvió al inmediato pueblo en
busca de su sobrino, satisfecho de su hazaña.
Al tomar al pequeñuelo de manos de la aterrada
vieja, casi lloró.
—¡Pobret! ¡pobret meu!—dijo
besándole.
Y su conciencia de tío inundábase de satisfacción,
seguro de haber hecho por el pequeño una gran cosa.
———
Siempre que los nietos del tío Rabosa se
encontraban con los hijos de la viuda de Casporra en las
sendas de la huerta o en las calles de Campanar, todo el vecindario comentaba
el suceso. ¡Se habían mirado!... ¡Se insultaban con el gesto!... Aquello
acabaría mal, y el día menos pensado el pueblo sufriría un nuevo disgusto.
El alcalde con los vecinos más notables predicaban
paz a los mocetones de las dos familias enemigas, y allá iba el cura, un vejete
de Dios, de una casa a otra recomendando el olvido de las ofensas.
Treinta años que los odios de los Rabosas y Casporras traían
alborotado a Campanar. Casi en las puertas de Valencia, en el risueño
pueblecito que desde la orilla del río miraba a la ciudad con los redondos
ventanales de su agudo campanario, repetían aquellos bárbaros, con un rencor
africano, la historia de luchas y violencias de las grandes familias italianas
en la Edad Media. Habían sido grandes amigos en otro tiempo; sus casas, aunque
situadas en distinta calle, lindaban por los corrales, separados únicamente por
una tapia baja. Una noche, por cuestiones de riego, un Casporra tendió
en la huerta de un escopetazo a un hijo del tío Rabosa, y el hijo
menor de éste, porque no se dijera que en la familia no quedaban hombres,
consiguió, después de un mes de acecho, colocarle una bala entre las cejas al
matador. Desde entonces las dos familias vivieron para exterminarse, pensando
más en aprovechar los descuidos del vecino que en el cultivo de las tierras.
Escopetazos en medio de la calle; tiros que al anochecer relampagueaban desde
el fondo de una acequia o tras los cañares o ribazos cuando el odiado enemigo
regresaba del campo; alguna vez un Rabosa o un Casporra camino
del cementerio con una onza de plomo dentro del pellejo, y la sed de venganza
sin extinguirse, antes bien, extremándose con las nuevas generaciones, pues
parecía que en las dos casas los chiquitines salían ya del vientre de sus
madres tendiendo las manos a la escopeta para matar a los vecinos.
Después de treinta años de lucha, en casa de
los Casporras sólo quedaba una viuda con tres hijos mocetones
que parecían torres de músculos. En la otra estaba el tío Rabosa,
con sus ochenta años, inmóvil en un sillón de esparto, con las piernas muertas
por la parálisis, como un arrugado ídolo de la venganza, ante el cual juraban
sus dos nietos defender el prestigio de la familia.
Pero los tiempos eran otros. Ya no era posible ir a
tiros como sus padres en plena plaza a la salida de misa mayor. La Guardia
civil no les perdía de vista; los vecinos les vigilaban, y bastaba que uno de
ellos se detuviera algunos minutos en una senda o en una esquina para verse al
momento rodeado de gente que le aconsejaba la paz. Cansados de esta vigilancia
que degeneraba en persecución y se interponía entre ellos como infranqueable
obstáculo, Casporras y Rabosas acabaron por
no buscarse, y hasta se huían cuando la casualidad les ponía frente a frente.
Tal fue su deseo de aislarse y no verse, que les
pareció baja la pared que separaba sus corrales. Las gallinas de unos y otros,
escalando los montones de leña, fraternizaban en lo alto de las bardas; las
mujeres de las dos casas cambiaban desde las ventanas gestos de desprecio.
Aquello no podía resistirse; era como vivir en familia, y la viuda de Casporra hizo
que sus hijos levantaran la pared una vara. Los vecinos se apresuraron a
manifestar su desprecio con piedra y argamasa, y añadieron algunos palmos más a
la pared. Y así, en esta muda y repetida manifestación de odio, la pared fue
subiendo y subiendo. Ya no se veían las ventanas; poco después no se veían los
tejados; las pobres aves del corral estremecíanse en la lúgubre sombra de aquel
paredón que las ocultaba parte del cielo, y sus cacareos sonaban tristes y
apagados a través de aquel muro, monumento del odio, que parecía amasado con
los huesos y la sangre de las víctimas.
Así transcurrió el tiempo para las dos familias,
sin agredirse como en otra época, pero sin aproximarse: inmóviles y
cristalizadas en su odio.
Una tarde sonaron a rebato las campanas del pueblo.
Ardía la casa del tío Rabosa. Los nietos estaban en la huerta; la
mujer de uno de éstos en el lavadero, y por las rendijas de puertas y ventanas
salía un humo denso de paja quemada. Dentro, en aquel infierno que rugía
buscando expansión, estaba el abuelo, el pobre tío Rabosa, inmóvil
en su sillón. La nieta se mesaba los cabellos, acusándose como autora de todo
por su descuido; la gente arremolinábase en la calle, asustada por la fuerza
del incendio. Algunos, más valientes, abrieron la puerta, pero fue para
retroceder ante la bocanada de denso humo cargada de chispas que se esparció
por la calle.
—¡El agüelo! ¡El pobre agüelo!—gritaba la de
los Rabosas volviendo en vano la mirada en busca de un
salvador.
Los asustados vecinos experimentaron el mismo
asombro que si hubieran visto el campanario marchando hacia ellos. Tres
mocetones entraban corriendo en la casa incendiada. Eran los Casporras.
Se habían mirado cambiando un guiño de inteligencia, y sin más palabras se
arrojaron como salamandras en el enorme brasero. La multitud les aplaudió al
verles reaparecer llevando en alto como a un santo en sus andas al tío Rabosa en
su sillón de esparto. Abandonaron al viejo sin mirarle siquiera, y otra vez
adentro.
—¡No, no!—gritaba la gente.
Pero ellos sonreían siguiendo adelante. Iban a
salvar algo de los intereses de sus enemigos. Si los nietos del tío Rabosa estuvieran
allí, ni se habrían movido ellos de casa. Pero sólo se trataba de un pobre
viejo, al que debían proteger como hombres de corazón. Y la gente les veía tan
pronto en la calle como dentro de la casa, buceando en el humo, sacudiéndose
las chispas como inquietos demonios, arrojando muebles y sacos para volver a
meterse entre las llamas.
Lanzó un grito la multitud al ver a los dos
hermanos mayores sacando al menor en brazos. Un madero, al caer, le había roto
una pierna.
—¡Pronto una silla!
La gente, en su precipitación, arrancó al
viejo Rabosa de su sillón de esparto para sentar al herido.
El muchacho, con el pelo chamuscado y la cara
ahumada, sonreía ocultando los agudos dolores que le hacían fruncir los labios.
Sintió que unas manos trémulas, ásperas, con las escamas de la vejez, oprimían
las suyas.
—¡Fill meu! ¡Fill meu!—gemía la voz del
tío Rabosa, quien se arrastraba hacia él.
Y antes que el pobre muchacho pudiera evitarlo, el
paralítico buscó con su boca desdentada y profunda las manos que tenía
agarradas, y las besó, las besó un sinnúmero de veces, bañándolas con lágrimas.
Ardió toda la casa. Y cuando los albañiles fueron
llamados para construir otra, los nietos del tío Rabosa no les
dejaron comenzar por la limpia del terreno, cubierto de negros escombros. Antes
tenían que hacer un trabajo más urgente: derribar la pared maldita. Y empuñando
el pico, ellos dieron los primeros golpes.
FIN
OBRAS DEL AUTOR
———
· CUENTOS VALENCIANOS.
· EN EL PAÍS DEL ARTE (viajes).
· ARROZ Y TARTANA (novela).
· FLOR DE MAYO (novela).
· LA BARRACA (novela).
· SÓNNICA LA CORTESANA (novela).
· ENTRE NARANJOS (novela).
· CAÑAS Y BARRO (novela).
· LA CATEDRAL (novela).
· EL INTRUSO (novela).
· LA BODEGA (novela).
· LA HORDA (novela).
· LA MAJA DESNUDA (novela).
· ORIENTE (viajes).
· LOS MUERTOS MANDAN (novela).
· LUNA BENAMOR (novelas).
· ARGENTINA Y SUS GRANDEZAS (viajes).
· SANGRE Y ARENA (novela).
· LOS ARGONAUTAS (novela).
· LOS CUATRO JINETES DEL APOCALIPSIS (novela).
· MARE NOSTRUM (novela).
Es propiedad.—Reservados todos los derechos de
reproducción, traducción y adaptación.—Copyright 1916, by Blasco Ibáñez.
End of the Project Gutenberg EBook of La condenada,
by Vicente Blasco Ibáñez
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA
CONDENADA ***

