Libro N° 9560. La Bodega. Blasco Ibáñez, Vicente.
© Libro N° 9560. La Bodega.
Blasco Ibáñez, Vicente. Emancipación. Febrero 5 de 2022.
Título original: © La Bodega.
Vicente Blasco Ibáñez
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Original: © La Bodega. Vicente
Blasco Ibáñez
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LA BODEGA
Vicente Blasco Ibáñez
La Bodega
Vicente Blasco Ibáñez
Title: La
bodega
Author:
Vicente Blasco Ibáñez
Release Date:
May 22, 2009 [EBook #28927]
Language:
Spanish
Character set
encoding: ISO-8859-1
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VICENTE BLASCO IBÁÑEZ
LA BODEGA
—NOVELA—
19.000
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F. Sempere y Compañía, Editores |
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Isabel la Católica, 5 |
Salas, 4 (Sucursal) |
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VALENCIA |
MADRID |
Imp. de la Casa Editorial F. Sempere y Comp.a—Valencia
Capítulos: I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X
Apresuradamente, como en los tiempos que llegaba tarde a la escuela,
entró Fermín Montenegro en el escritorio de la casa Dupont, la primera bodega
de Jerez, conocida en toda España; «Dupont Hermanos», dueños del famoso vino de
Marchamalo, y fabricantes del cognac cuyos méritos se pregonan en la cuarta
plana de los periódicos, en los rótulos multicolores de las estaciones de
ferrocarril, en los muros de las casas viejas destinados a anuncios y hasta en
el fondo de las garrafas de agua de los cafés.
Era lunes, y el joven empleado llegaba al escritorio con una hora de
retraso. Sus compañeros apenas levantaron la vista de los papeles cuando él
entró, como si temieran hacerse cómplices con un gesto, con una palabra, de
esta falta inaudita de puntualidad. Fermín miró con inquietud el vasto salón
del escritorio y se fijó después en un despacho contiguo, donde en medio de la
soledad alzábase majestuoso un bureau de lustrosa madera
americana. «El amo» no había llegado aún. Y el joven, más tranquilo ya, sentose
ante su mesa y comenzó a clasificar los papeles, ordenando el trabajo del día.
Aquella mañana encontraba al escritorio algo de nuevo, de
extraordinario, como si entrase en él por vez primera, como si no hubiesen
transcurrido allí quince años de su vida, desde que le aceptaron como zagal para
llevar cartas al correo y hacer recados, en vida de don Pablo, el segundo
Dupont de la dinastía, el fundador del famoso cognac que abrió «un nuevo
horizonte al negocio de las bodegas», según decían pomposamente los prospectos
de la casa hablando de él como de un conquistador; el padre de los «Dupont
Hermanos» actuales, reyes de un estado industrial formado por el esfuerzo y la
buena suerte de tres generaciones.
Fermín nada veía de nuevo en aquel salón blanco, de una blancura de
panteón, fría y cruda, con su pavimento de mármol, sus paredes estucadas y
brillantes, sus grandes ventanales de cristal mate, que rasgaban el muro hasta
el techo, dando a la luz exterior una láctea suavidad. Los armarios, las mesas
y las taquillas de madera oscura, eran el único tono caliente de este decorado
que daba frío. Junto a las mesas, los calendarios de pared ostentaban grandes
imágenes de santos y de vírgenes al cromo. Algunos empleados, abandonando toda
discreción, para halagar al amo, habían clavado junto a sus mesas, al lado de
almanaques ingleses con figuras modernistas, estampas de imágenes milagrosas,
con su oración impresa al pie y la nota de indulgencias. El gran reloj, que
desde el fondo del salón alteraba el silencio con sus latidos, tenía la forma
de un templete gótico, erizado de místicas agujas y pináculos medioevales, como
una catedral dorada de bisutería.
Esta decoración semirreligiosa de una oficina de vinos y cognacs era lo
que despertaba cierta extrañeza en Fermín, después de haberla visto durante
muchos años. Persistían aún en él las impresiones del día anterior. Había
permanecido hasta hora muy avanzada de la noche con don Fernando Salvatierra,
que volvía a Jerez después de ocho años de reclusión en un presidio del Norte
de España. El famoso revolucionario volvía a su tierra modestamente, sin alarde
alguno, como si los años transcurridos los hubiese pasado en un viaje de
recreo.
Fermín le encontraba casi igual que la última vez que le vio, antes de
marchar él a Londres para perfeccionar sus estudios de inglés. Era el don
Fernando que había conocido en su adolescencia; igual voz paternal y suave, la
misma sonrisa bondadosa; los ojos claros y serenos, lacrimosos por la
debilidad, brillando tras unas gafas ligeramente azuladas. Las privaciones del
presidio habían encanecido sus cabellos rubios en las sienes y blanqueado su
barba rala, pero el gesto sereno de la juventud seguía animando su rostro.
Era un «santo laico», según confesaban sus adversarios. Nacido dos
siglos antes, hubiese sido un religioso mendicante preocupado por el dolor
ajeno y tal vez habría llegado a figurar en los altares. Mezclado en las
agitaciones de un período de luchas, era un revolucionario. Se conmovía con el
lloro de un niño: desprovisto de todo egoísmo, no había acción que considerase
indigna para auxiliar a los desgraciados, y, sin embargo, su nombre producía
escándalo y temor en los ricos, y le bastaba, en su existencia errante,
mostrarse algunas semanas en Andalucía, para que al momento se alarmasen las
autoridades y se concentrara la fuerza pública. Iba de un lado a otro como un
Asheverus de la rebeldía, incapaz de hacer daño por sí mismo, odiando la
violencia, pero predicándola a los de abajo como único medio de salvación.
Fermín recordaba su última aventura. Estaba él en Londres cuando leyó la
prisión y la sentencia de Salvatierra. Había aparecido en la campiña de Jerez,
cuando los trabajadores del campo acababan de iniciar una de sus huelgas.
Su presencia entre los rebeldes fue el único delito. Le prendieron, y al
interrogarle el juez militar, se negó a jurar por Dios. La sospecha de
complicidad en la huelga y su irreligiosidad inaudita bastaron para enviarle a
presidio. Fue una injusticia que el miedo social se permitió con un ser
peligroso. El juez le abofeteó durante un interrogatorio, y Salvatierra, que de
joven se había batido en las insurrecciones del período revolucionario,
limitose, con una serenidad evangélica, a pedir que pusieran en observación al
violento juez, pues debía sufrir una enfermedad mental.
En el presidio, sus costumbres habían causado asombro. Dedicado por
afición al estudio de la Medicina, servía de enfermero a los presos, dándoles
su comida y sus ropas. Iba haraposo, casi desnudo; cuanto le enviaban sus
amigos de Andalucía pasaba inmediatamente a poder de los más desgraciados. Los
guardianes, viendo en él al antiguo diputado, al agitador famoso que en el
período de la República se había negado a ser ministro, le llamaban don
Fernando, con instintivo respeto.
—Llamadme Fernando a secas—decía con sencillez.—Habladme de tú, como yo
os hablo. No somos más que hombres.
Al llegar a Jerez, después de permanecer algunos días en Madrid entre
los periodistas y los antiguos compañeros de vida política, que le habían
conseguido el indulto sin hacer caso de su resistencia a aceptarlo, Salvatierra
se dirigió en busca de los amigos que aún le restaban fieles. Había pasado el
domingo en una pequeña viña que tenía cerca de Jerez un corredor de vinos,
antiguo compañero de armas del período de la Revolución. Todos los admiradores
habían acudido al enterarse del regreso de don Fernando. Llegaban viejos
arrumbadores de las bodegas, que de muchachos habían marchado a las órdenes de
Salvatierra por las asperezas de la inmediata serranía, disparando su escopeta
por la República Federal: jóvenes braceros del campo que adoraban al don Fermín
de la segunda época, hablando del reparto de las tierras y de los absurdos
irritantes de la propiedad.
Fermín también había ido a ver al maestro. Recordaba sus años de la
infancia; el respeto con que oía a aquel hombre, admirado por su padre y que
durante largas temporadas vivió en su casa. Sentía agradecimiento al recordar
la paciencia con que le había enseñado a leer y escribir, cómo le había dado
las primeras lecciones de inglés y cómo le inculcó las más nobles aspiraciones
de su alma; aquel amor a la humanidad en que parecía arder el maestro.
Al verle tras su largo cautiverio, don Fernando le estrechó la mano, sin
la más leve emoción, como si se hubiesen encontrado poco antes, y le preguntó
por su padre y su hermana con voz suave y gesto plácido. Era el hombre de
siempre, insensible para el dolor propio, conmovido ante el sufrimiento de los
demás.
Toda la tarde y gran parte de la noche permaneció en la casita de la
viña el grupo de amigos de Salvatierra. El dueño, rumboso y entusiasmado por la
vuelta del grande hombre, sabía obsequiar a la reunión. Las cañas de color de
oro circulaban a docenas sobre la mesa cubierta de platos de aceitunas, lonchas
de jamón y otros comestibles que servían de pretexto para desear el vino. Todos
lo saboreaban entre palabra y palabra, con la prodigalidad en el beber propia
de la tierra. Al cerrar la noche muchos se mostraban perturbados: únicamente
Salvatierra estaba sereno. Él sólo bebía agua, y en cuanto a comer, se resistió
a tomar otra cosa que un pedazo de pan y otro de queso. Esta era su comida dos
veces al día desde que salió de presidio, y sus amigos debían respetarla. Con
treinta céntimos tenía lo necesario para su existencia. Había decidido que
mientras durase el desconcierto social y millones de semejantes perecieran
lentamente por la escasez de alimentación, él no tenía derecho a más.
¡Oh, la desigualdad! Salvatierra se enardecía, abandonaba su flema
bondadosa al pensar en las injusticias sociales. Centenares de miles de seres
morían de hambre todos los años. La sociedad fingía no saberlo, porque no caían
de repente en medio de las calles como perros abandonados; pero morían en los
hospitales, en sus tugurios, víctimas en apariencia de diversas enfermedades;
pero en el fondo, ¡hambre! ¡todo hambre!... ¡Y pensar que en el mundo había
reservas de vida para todos! ¡Maldita organización que tales crímenes
consentía!...
Y Salvatierra, ante el silencio respetuoso de sus amigos, hacía el
elogio del porvenir revolucionario, de la sociedad comunista, ensueño generoso,
en la cual los hombres encontrarían la felicidad material y la paz del alma.
Los males del presente eran una consecuencia de la desigualdad. Las mismas
enfermedades eran otra consecuencia. En lo futuro, el hombre moriría por el
desgaste de su máquina, sin conocer el sufrimiento.
Montenegro, escuchando a su maestro, evocaba uno de los recuerdos de su
juventud, una de las paradojas más famosas de don Fernando, antes de que éste
fuera al presidio y él partiese para Londres.
Salvatierra hablaba en un mitin explicando a los obreros lo que sería la
sociedad del porvenir. ¡No más opresores y falsarios! Todas las dignidades y
profesiones del presente habían de desaparecer. Quedarían suprimidos los
sacerdotes, los guerreros, los políticos, los abogados...
—¿Y los médicos?—preguntó una voz desde el fondo de la sala.
—Los médicos también—afirmó Salvatierra con su fría tranquilidad.
Hubo un murmullo de asombro y extrañeza, como si el público que le
admiraba fuese a reírse de él.
—Los médicos también, porque el día que triunfe nuestra revolución se
acabarán las enfermedades.
Y como presintiese que iba a estallar una carcajada de incredulidad, se
apresuró a añadir:
—Se acabarán las enfermedades, porque las que ahora existen son por
haber hecho ostentación de la riqueza, comiendo más de lo que necesita el
organismo, o por comer menos la pobreza de lo que exige el sostenimiento de su
vida. La nueva sociedad, repartiendo equitativamente los medios de
subsistencia, equilibrará la vida suprimiendo las enfermedades.
Y el revolucionario ponía tal convicción, tal fe en sus palabras, que
estas y otras paradojas imponían silencio, siendo acogidas por los creyentes
con el mismo respeto que las simples turbas medioevales escuchaban al apóstol
iluminado que les anunciaba el reinado de Dios.
Los compañeros de armas de don Fernando recordaban el período heroico de
su vida, las partidas en la Sierra, dando cada uno gran abultamiento a sus
hazañas y penalidades, con el espejismo del tiempo y de la imaginación
meridional, mientras el antiguo jefe sonreía como si escuchase el relato de
juegos infantiles. Aquella había sido la época romántica de su existencia.
¡Luchar por formas de gobierno!... En el mundo había algo más. Y Salvatierra
recordaba su desilusión en la corta República del 73, que nada pudo hacer, ni
de nada sirvió. Sus compañeros de la Asamblea, que cada semana tumbaban un
gobierno y creaban otro para entretenerse, habían querido hacerle ministro.
¿Ministro él? ¿Y para qué? Únicamente lo hubiese sido para evitar que en Madrid
hombres, niños y mujeres durmieran a la intemperie en las noches de invierno,
refugiándose en los quicios de las puertas y en los respiraderos de las
cuadras, mientras permanecían cerrados e inservibles en el paseo de la
Castellana los grandes hoteles de la gente rica, hostil al gobierno, que se
había trasladado a París cerca de los Borbones para trabajar por su
restauración. Pero este programa ministerial no había gustado a nadie.
Después, los amigos, al remontarse en su memoria hasta las
conspiraciones en Cádiz, antes de la sublevación de la escuadra, habían
recordado a la madre de Salvatierra... ¡Mamá! Los ojos del revolucionario se
mostraron más lacrimosos y brillantes detrás de las gafas azuladas. ¡Mamá!...
Su gesto, sonriente y bondadoso, se borró bajo una contracción de dolor. Era su
única familia, y había muerto mientras él permanecía en el presidio. Todos
estaban acostumbrados a oírle hablar con infantil sencillez de aquella buena
anciana, que no tenía una palabra de reproche para sus audacias y encontraba
aceptables sus prodigalidades de filántropo, que le hacían volver a casa medio
desnudo si encontraba un compañero falto de ropa. Era como las
madres de los santos de la leyenda cristiana, cómplices sonrientes de todas las
generosas locuras y disparatados desprendimientos de sus hijos. «Esperad que
avise a mamá, y soy con vosotros», decía horas antes de una intentona
revolucionaria, como si esta fuese su única precaución personal. Y mamá había
visto sin protesta cómo en estas empresas se gastaba la modesta fortuna de la
familia, y le seguía a Ceuta cuando le indultaban de la pena de muerte por la
de reclusión perpetua; siempre animosa y sin permitirse el más leve reproche,
comprendiendo que la vida de su hijo había de ser así forzosamente, no
queriendo causarle molestias con inoportunos consejos, orgullosa, tal vez, de
que su Fernando arrastrase a los hombres con la fuerza de los ideales y
asombrara a los enemigos con su virtud y su desinterés. ¡Mamá!... Todo el
cariño de célibe, de hombre que, subyugado por una pasión humanitaria, no había
tenido ocasión de fijarse en la mujer, lo concentraba Salvatierra en su animosa
vieja. ¡Y ya no vería más a mamá! ¡no encontraría aquella vejez que le rodeaba
de mimos maternales como si viese en él un eterno niño!...
Quería ir a Cádiz para contemplar su tumba: la capa de tierra que le
ocultaba a mamá para siempre. Y había en su voz y en su mirada algo de
desesperación; la tristeza de no poder aceptar el engaño consolador de otra
vida; la certidumbre de que más allá de la muerte se abría la eterna noche de
la nada.
La tristeza de su soledad le hacía agarrarse con nueva fuerza a sus
entusiasmos de rebelde. Dedicaría lo que le restaba de existencia a sus
ideales. Por segunda vez le sacaban de presidio y volvería a él siempre que los
hombres quisieran. Mientras se mantuviera de pie, pelearía contra la injusticia
social.
Y las últimas palabras de Salvatierra, de negación para lo existente, de
guerra a la propiedad y a Dios, tapujo de todas las iniquidades del mundo,
zumbaban aún en los oídos de Fermín Montenegro, cuando a la mañana siguiente
ocupó su puesto en la casa Dupont. La diferencia radical entre el ambiente casi
monástico del escritorio, con sus empleados silenciosos, encorvados junto a las
imágenes de los santos, y aquel grupo que rodeaba a Salvatierra de veteranos de
la revolución romántica y jóvenes combatientes de la conquista del pan, turbaba
al joven Montenegro.
Conocía de antiguo a todos sus compañeros de oficina, su ductilidad ante
el carácter imperioso de don Pablo Dupont, el jefe de la casa. Él era el único
empleado que se permitía cierta independencia, sin duda por el afecto que la
familia del jefe profesaba a la suya. Dos empleados extranjeros, uno francés y
otro sueco, eran tolerados como necesarios para la correspondencia extranjera;
pero don Pablo les mostraba cierto despego, al uno por su falta de religiosidad
y al otro por ser luterano. Los demás empleados, que eran españoles, vivían
sujetos a la voluntad del jefe, cuidándose, más que de los trabajos de la
oficina, de asistir a todas las ceremonias religiosas que organizaba don Pablo
en la iglesia de los Padres Jesuitas.
Montenegro temía que su jefe supiera a aquellas horas dónde había pasado
el domingo. Conocía las costumbres de la casa: el espionaje a que se dedicaban
los empleados para ganarse el afecto de don Pablo. Varias veces notó que don
Ramón, el jefe de la oficina y director de la publicidad, le miraba con cierto
asombro. Debía estar enterado de la reunión; pero a éste no le tenía miedo.
Conocía su pasado: su juventud, transcurrida en los bajos fondos del periodismo
de Madrid, batallando contra todo lo existente, sin conquistar un mendrugo de
pan para la vejez, hasta que, cansado de la lucha, acosado por el hambre, y
bajo el pesimismo del fracaso y la miseria, se había refugiado en el escritorio
de Dupont para redactar los anuncios originales y los pomposos catálogos que
popularizaban los productos de la casa. Don Ramón, por sus anuncios y sus
alardes de religiosidad, era la persona de confianza de Dupont el mayor; pero
Montenegro no le temía, conociendo las creencias del pasado que aún perduraban
en él.
Más de media hora pasó el joven examinando sus papeles, sin dejar de
mirar, de vez en cuando, al vecino despacho, que seguía desierto. Como si
quisiera retardar el momento de ver a su jefe, buscó un pretexto para salir del
escritorio y cogió una carta de Inglaterra.
—¿Adónde vas?—preguntó don Ramón viéndole salir del escritorio, después
de haber llegado con tanto retraso.
—Al depósito de las referencias. Tengo que explicar el
pedido.
Y salió del escritorio para internarse en las bodegas, que formaban casi
un pueblo, con su agitada población de arrumbadores, mozos de carga y
toneleros, trabajando en las explanadas, al aire libre o en las galerías
cubiertas, entre las filas de barricas.
Las bodegas de Dupont ocupaban todo un barrio de Jerez. Eran
aglomeraciones de techumbres que cubrían la pendiente de una colina, asomando
entre ellas la arboleda de un gran jardín. Todos los Duponts habían ido
añadiendo nuevas construcciones a la antigua bodega, conforme se agrandaban sus
negocios, convirtiéndose a las tres generaciones, el primitivo y modesto
cobertizo, en una ciudad industrial, sin humo, sin ruido, plácida y sonriente
bajo el cielo azul cargado de luz, con las paredes de una blancura nítida y
creciendo las flores entre los toneles alineados en las grandes explanadas.
Fermín pasó frente a la puerta de lo que llamaban el Tabernáculo,
un pabellón ovalado, con montera de cristales, inmediato al cuerpo de edificio
donde estaban el escritorio y la oficina de expedición. El Tabernáculo contenía
lo más selecto de la casa. Una fila de toneles derechos ostentaba en sus panzas
de roble los títulos de los famosos vinos que sólo se dedicaban al embotellado;
líquidos que brillaban con todos los tonos del oro, desde el resplandor rojizo del
rayo de sol al reflejo pálido y aterciopelado de las joyas antiguas: caldos de
suave fuego que, aprisionados en cárceles de cristal, iban a derramarse en el
ambiente brumoso de Inglaterra o bajo el cielo noruego de boreales esplendores.
En el fondo del pabellón, frente a la puerta, estaban los colosos de esta
asamblea silenciosa e inmóvil; los Doce Apóstoles, barricas enormes
de roble tallado y lustroso como si fuesen muebles de lujo; y, presidiéndolos,
el Cristo, un tonel con tiras de roble esculpidas en forma de
racimos y pámpanos, como un bajo-relieve báquico de un artista ateniense. En su
panza dormía una oleada de vino; treinta y tres botas, según constaba en los
registros de la casa, y el gigante, en su inmovilidad, parecía orgulloso de su
sangre, que bastaba para hacer perder la razón a todo un pueblo.
En el centro del Tabernáculo, sobre una mesa redonda,
mostrábanse formadas en círculo todas las botellas de la casa, desde el vino,
casi fabuloso, viejo de un siglo, que se vende a treinta francos para las
fiestas tormentosas de archiduques, grandes-duques y famosas cocottes,
hasta el Jerez popular que envejece tristemente en los escaparates de las
tiendas de comestibles y ayuda al pobre en sus enfermedades.
Fermín echó una mirada al interior del Tabernáculo. Nadie.
Los toneles inmóviles, hinchados por la sangre ardorosa de sus vientres, con el
pintarrajeo de sus marcas y escudos, parecían viejos ídolos rodeados de una
calma ultraterrena. La lluvia de oro del sol, filtrándose al través de los
cristales de la cubierta, formaba en torno de ellos un nimbo de luz irisada. El
roble tallado y oscuro parecía reír con los temblones colores del rayo de sol.
Montenegro siguió adelante. Las bodegas de Dupont formaban un
escalonamiento de edificios. De unos a otros extendíanse las explanadas, y en
ellas alineaban los arrumbadores las filas de toneles para que los caldease el
sol. Era el vino barato, el Jerez ordinario, que para envejecerse rápidamente
era expuesto al calor solar. Fermín recordaba la suma de tiempo y trabajo
necesarios para producir un buen Jerez. Diez años eran precisos para criar el
famoso vino: diez fermentaciones fuertes se necesitaban para que se formase,
con el perfume selvático y el ligero sabor de avellana que ningún otro vino
podía copiar. Pero las necesidades de la concurrencia mercantil, el deseo de
producir barato, aunque fuese malo, obligaba a apresurar el envejecimiento del
vino, poniéndolo al sol para acelerar su evaporación.
Montenegro, pasando por los tortuosos senderos que formaban las filas de
toneles, llegó a la bodega de los Gigantes, el gran depósito de la
casa; el almacén inmenso de los caldos antes de adquirir éstos forma y nombre,
el Limbo de los vinos, donde se agitaban sus espíritus en la vaguedad de lo
indeterminado. Hasta la alta techumbre llegaban los conos pintados de rojo con
aros negros; torreones de madera semejantes a las antiguas torres de asedio;
gigantes que daban su nombre al departamento y contenían cada uno en sus
entrañas más de setenta mil litros. Bombas movidas a vapor trasegaban los
líquidos, mezclándolos. Las mangas de goma iban de uno a otro gigante como
tentáculos absorbentes que chupaban la esencia de su vida. El estallido de una
de estas torres podía inundar de pronto con mortal oleada todo el almacén,
ahogando a los hombres que conversaban al pie de los conos. Saludaron los
trabajadores a Montenegro, y éste, por una puerta lateral de la bodega de
los Gigantes, pasó a la llamada «de Embarque», donde estaban los
vinos sin marca para la imitación de todos los tipos.
Era una nave grandiosa con la bóveda sostenida por dos filas de
pilastras. Junto a éstas alineábanse los toneles en tres hileras superpuestas,
formando calles.
Don Ramón, el jefe del escritorio, recordando sus antiguas aficiones,
comparaba la bodega de embarque con la paleta de un pintor. Los vinos eran
colores sueltos: pero llegaba el técnico, el encargado de las
combinaciones, y cogiendo un poco de aquí y otro de allá, creaba el Madera, el
Oporto, el Marsala, todos los vinos del mundo, imitados con arreglo a la
petición del comprador.
Esta era la parte de la bodega de los Dupont dedicada al engaño
industrial. Las necesidades del comercio moderno obligaban a los
monopolizadores de uno de los primeros vinos del mundo, a intervenir en estos
amaños y combinaciones, que constituían con el cognac la mayor exportación de
la casa. En el fondo de la bodega de embarque estaba el cuarto de las referencias,
«la biblioteca de la casa», como decía Montenegro. Una anaquelería con puertas
de cristales guardaba alineados en compactas filas miles y miles de pequeños
frascos, cuidadosamente tapados, cada uno con su etiqueta, en la que se
consignaba una fecha. Esta aglomeración de botellas era como la historia de los
negocios de la casa. Cada frasco guardaba la muestra de un envío; la referencia de
un líquido fabricado con arreglo al deseo del consumidor. Para que se repitiera
la remesa no tenía el cliente más que recordar la fecha, y el encargado de
las referencias buscaba la muestra, elaborando de nuevo el
líquido.
La bodega de embarque contenía cuatro mil botas de distintos vinos para
las combinaciones. En un cuarto lóbrego, sin otra luz que un ventanillo cerrado
por un vidrio rojo, estaba la cámara oscura. Allí el técnico
examinaba, al través del rayo luminoso, la copa de vino del barril recién
abierto.
Con arreglo a las referencias o a la nota enviada del
escritorio, combinaba el nuevo vino con los diversos líquidos y después marcaba
con clarión en las caras de los toneles el número de jarras que había que
extraer de cada uno para formar la mixtura. Los arrumbadores, mocetones
fornidos, en cuerpo de camisa, arremangados y con la amplia faja negra bien
ceñida a los riñones, iban de un lado a otro con sus jarras de metal,
trasegando los vinos de la combinación al tonel nuevo del envío.
Montenegro conocía desde su niñez al técnico de la bodega de embarque.
Era el empleado más antiguo de la casa. Había alcanzado a ver en su niñez al
primer Dupont, fundador del establecimiento. El segundo le había tratado como a
compañero, y al actual jefe, a Dupont el joven, lo había tenido en sus brazos,
uniéndose al tuteo de la confianza paternal el miedo que le inspiraba don Pablo
con su carácter imperioso de dueño a estilo antiguo.
Era un viejo que parecía hinchado por el ambiente de la bodega. Su piel,
surcada por las arrugas, tenía el brillo de una eterna humedad, como si el vino
volatilizado penetrase por todos sus poros y se escurriese por el borde de su
bigote en forma de lágrimas.
Aislado en su bodega, obligado al silencio por los largos encierros en
la cámara oscura, sentía la comezón de hablar cuando se presentaba alguno del
escritorio, especialmente Montenegro, que, lo mismo que él, podía tenerse por
hijo de la casa.
—¿Y tu padre?—preguntó a Fermín.—Siempre en la viña, ¿eh?... Allí se
está mejor que en esta cueva húmeda. De seguro que vivirá más años que yo.
Y al fijarse en el papel que le ofrecía Montenegro, hizo un mohín de
disgusto.
—¡Otro encarguito!—exclamó irónicamente.—¡Vino combinado para el
embarque!... Bien van los negocios, señor Dios. Antes éramos la primera casa
del mundo, la única, por nuestros vinos y nuestras soleras del país. Ahora
fabricamos mejunjes, vinos de extranjería, el Madera, el Oporto, el
Marsala, o imitamos el Tintillo de Rota y el Málaga. ¡Y para esto cría Dios los
caldos de Jerez y da fuerza a nuestras viñas! ¡Para que neguemos nuestro
nombre!... ¡Vamos, que siento un deseo de que la filoxera acabe con todo para
no aguantar más falsificaciones y mentiras!...
Montenegro conocía las manías del viejo. No le presentaba una nota de
embarque que no prorrumpiese en maldiciones contra la decadencia de los vinos
de Jerez.
—Tú no has alcanzado la buena época, Ferminillo—continuó;—por esto tomas
las cosas con tanta pachorra. Tú eres de los modernos, de los que creen que las
cosas marchan bien porque vendemos mucho cognac como cualquier casa de esos
países extranjeros, cuyas viñas sólo producen porquería, sin que Dios les
conceda la menor cosa que se parezca al Jerez... Dime, tú que has corrido
mundo, ¿dónde has visto nuestra uva de Palomino, ni la de Vidueño,
ni el Mantuo de Pila, ni el Cañocaso, ni el Perruno,
ni el Pedro Ximénez?... ¡Qué has de ver! Eso sólo se cría en esta
tierra: es un regalo de Dios...; y, con tanta riqueza, fabricamos cognac o
vinos de imitación porque el Jerez, el verdadero Jerez ya no está de moda,
según dicen esos señores del extranjero! Aquí se acaban las bodegas. Esto son
licorerías, boticas, cualquier cosa, menos lo que fueron en otro tiempo y
¡vamos!, que me dan ganas de echar a volar para no volver, cuando os presentáis
con esos papelillos, pidiéndome que haga otra falsificación.
El viejo se indignaba oyendo las respuestas de Fermín.
—Son exigencias del comercio moderno, señor Vicente; han cambiado los
negocios y el gusto del público.
—Pues que no beban, ¡porra!, que nos dejen tranquilos, sin exigirnos que
disfracemos nuestros vinos; los guardaremos almacenados para que envejezcan
tranquilamente, y estoy seguro de que algún día nos harán justicia viniendo a
buscarlos de rodillas... Esto ha cambiado mucho. La Inglaterra debe de estar
perdida. No necesito que me lo digas; demasiado lo veo yo aquí recibiendo
visitas. Antes venían menos ingleses a la bodega; pero los viajeros eran gentes
de distinción: lores y loresas, los que menos.
Daba gloria ver con qué aire de señorío se apimplaban. ¡Copa de
aquí, para hacer un pedido! ¡copa de allá, para comparar!, y así iban por la
bodega, serios como sacerdotes, hasta que a la salida tenían que tumbarlos en
el calesín para llevarles a la fonda. Sabían catar y hacer justicia a lo
bueno... Ahora, cuando toca en Cádiz barco de ingleses, llegan en manada, con
un guía al frente; prueban de todo porque se da gratis y, si compran algo, se
contentan con botellas de a tres pesetas. No saben emborracharse con señorío:
gritan, arman camorra y se van por la calle haciendo eses para
que rían los zagales. Yo creía antes que todos los ingleses eran ricos, y
resulta que estos que viajan en cuadrilla son cualquier cosa; zapateros o
tenderos de Londres que salen a tomar el aire con los ahorros del año... Así
marchan los negocios.
Montenegro sonreía escuchando las incoherentes lamentaciones del viejo.
—Además—continuó el bodeguero—en Inglaterra, lo mismo que aquí, se
pierden las costumbres antiguas. Muchos ingleses no beben más que agua, y,
según me han dicho, ya no es elegante, después de comer, que las señoras se
vayan a charlar a un salón, mientras los hombres se quedan bebiendo, hasta que
los criados se toman el trabajo de sacarlos de bajo de la mesa. Ya no necesitan
por la noche, como gorro de dormir, un par de botellas de Jerez que costaban un
buen puñado de chelines. Los que aún se emborrachan para demostrar que son unos
señores, usan lo que llaman bebidas largas—¿no es esto, tú que has
estado allá?—porquerías que cuestan poco y permiten beber y beber antes
de apimplarse; el wischy con soda y otras mixturas
asquerosas. La ordinariez los domina. Ya no piden Xerrrez como
cuando vienen aquí y lo encuentran gratis. El Jerez únicamente sabemos
apreciarlo los de la tierra; dentro de poco sólo lo compraremos nosotros. Ellos
se emborrachan con cosas baratas, y así marchan sus asuntos. En el Transvaal
casi los revientan. El mejor día les pegarán en el mar con todas sus guapezas.
Decaen: ya no son los mismos de aquellos tiempos en que la casa Dupont era una
bodega poco más grande que una barraca, pero enviaba sus botellas y hasta sus
barricas al señor Pitt, al señor Nelson, al señor Velintón y a
otros caballeros cuyos nombres figuran en las soleras más antiguas de la bodega
grande.
Montenegro seguía riendo al oír estas lamentaciones.
—Ríe, muchacho, ríe. Todos sois lo mismo: no habéis conocido lo bueno y
os extraña que los viejos encontremos tan malo lo presente. ¿Sabes a cómo se
pagaba antes la bota de treinta y una arrobas? Pues llegó a valer 230 pesos; y
ahora se ha vendido en algunos años a 21 pesos. Pregúntale a tu padre, que
aunque menos viejo que yo, también ha conocido los tiempos de oro. El dinero
circulaba en Jerez lo mismo que el aire. Había cosecheros que usaban calañés y
vivían en un casucho de las afueras como pobres, alumbrándose con un velón;
pero al pagar una cuenta tiraban de un saco que tenían debajo de la mesilla de
pino como si fuese un saco de patatas, y ¡eche usté onzas! Los trabajadores de
las viñas cobraban de treinta a cuarenta reales de jornal, y se permitían la
fantasía de ir al tajo en calesín y con zapatos de charol. Nada de periódicos,
ni de soflamas, ni de mítines. Allí donde se reunía la gente sonaba la
guitarra, soltándose cada seguidilla y cada martinete que a Dios le temblaban
la carne de gusto... Si entonces hubiese aparecido Fernando Salvatierra, el
amigote de tu padre, con todas esas cosas de pobres y ricos, de repartos de
tierras y rivoluciones, le habrían ofrecido una caña y le hubieran dicho:
«Siéntese su mercé en el corro, camará; beba, cante, eche un baile con las
mocitas si en ello tiene gusto y no se haga mala sangre pensando en nuestra
vida, que no es de las peores»... Pero los ingleses apenas nos beben: el dinero
entra con menos frecuencia en Jerez, y se oculta de tal modo el condenado, que
nadie lo ve. Los trabajadores de las viñas ganan diez reales y tienen cara de
vinagre. Por si han de podar con cuchilla o con tijeras, se matan entre ellos;
hay Mano Negra y en la plaza de la cárcel se da garrote a los
hombres, lo que no se había visto en Jerez en muchísimos años. El jornalero
pincha como un erizo apenas se le habla, y el amo es peor que antes. Ya no se
ve a los señores alternando con los pobres en las vendimias, bailando con las
muchachas y requebrándolas como un gañán joven. La guardia civil corre el campo
como en los tiempos que salían bandidos a las carreteras... ¿Y todo por qué,
señor? Por lo que yo digo: porque los ingleses se han aficionado al
maldito whischy y no hacen caso del buen palo cortado,
ni de la palma, ni de ninguna otra de las exelencias de esta
bendita tierra... Lo que yo digo: dinero, venga dinero: que vuelvan aquí, como
en otros tiempos, las libras, las guineas y los chelines ¡y se acabaron las
huelgas, y los sermones de Salvatierra y sus partidarios, y los malos gestos de
los civiles, y todas las miserias y vergüenzas que ahora vemos!...
Del fondo de la bodega salió un grito llamando al señor Vicente. Era un
arrumbador que dudaba ante los números blancos trazados al frente de una bota y
pedía una aclaración al bodeguero.
—¡Voy, hijo!—gritó el viejo.—¡Cuidado con equivocarse en la medicina!...
Y añadió dirigiéndose a Montenegro:
—Déjame ese papelillo en la cámara oscura y ojalá se os caigan las manos
antes de traerme más recetas, como si fuese yo un boticario.
El viejo se alejó con paso tardo y balanceante hacia el fondo de la
bodega, y Montenegro salió de ella pasando por el taller de tonelería antes de
regresar al escritorio.
Era un amplio patio con cobertizos, debajo de los cuales trabajaban los
toneleros golpeando con sus mazos los aros que aprisionaban la madera. Los
toneles a medio construir, con sólo la parte superior sujeta por los aros de
hierro, abrían sus duelas sobre un fuego de virutas que las caldeaba,
encorvándolas para que facilitasen el cierre.
Los negocios de la casa obligaban a este taller a una incesante
producción. Centenares de toneles salían de él todas las semanas para ser
embarcados en Cádiz, esparciendo los vinos de Dupont por todo el mundo.
En un lado del patio alzábase una torre formada con duelas. En lo más
alto del frágil edificio estaban dos aprendices recogiendo las que les
arrojaban desde abajo, entrecruzándolas, añadiendo nueva altura a la frágil
construcción que sobrepasaba los tejados y amenazaba derrumbarse, cimbreándose
al menor movimiento como una torre de naipes.
El encargado de la tonelería, un hombre robusto, de sonrisa bondadosa,
se aproximó a Montenegro.
—¿Cómo está don Fernando?...
Sentía por el agitador un gran respeto desde sus tiempos de jornalero.
La protección de los Dupont y la ductilidad con que se plegaba a todas sus
manías, le habían elevado. Pero, como compensación a este servilismo que le
había convertido en jefe del taller, guardaba un secreto afecto al
revolucionario y a todos sus compañeros de la época de miseria. Se enteró
minuciosamente de cómo había vuelto Salvatierra del presidio y de sus futuros
planes de vida.
—Yo iré a verle cuando pueda—dijo bajando la voz,—cuando el amo no se
entere... Ayer tuvimos gran fiesta en la iglesia de los jesuitas y por la tarde
fui con mis niñas a visitar a la señora... Ya sé que pasasteis bien el día. Me
lo han dicho aquí, en la bodega.
Con el miedo de un servidor bien cebado que teme perder el bienestar,
daba consejos al joven. ¡Ojo, Ferminillo! La casa estaba llena de soplones.
Cuando él estaba enterado, no sería de extrañar que don Pablo tuviese ya
noticia de que Montenegro había visitado a Salvatierra.
Y como si temiese hablar demasiado y que alguien le espiase, se despidió
apresuradamente de Fermín, volviendo al lado de los trabajadores que golpeaban
los toneles. Montenegro siguió adelante, entrando en la principal bodega de la
casa, donde se guardaban las soleras antiguas y envejecían los vinos de
crianza.
Era como una catedral; pero una catedral blanca, nítida, luminosa, con
sus cinco naves separadas por tres hileras de columnas de sencillo capitel.
Agrandábase el ruido de los pasos lo mismo que en un templo. Las bóvedas
tronaban con el sonido de los voces, repitiéndolas ensanchadas por el eco. Las
paredes estaban rasgadas por ventanales de blancos vidrios y en los dos frontis
se abrían dos grandes rosetones, también blancos, por uno de los cuales
penetraba el sol, moviéndose en su faja de luz las inquietas e irisadas
moléculas de polvo.
A lo largo de las columnatas alineábase en andanas la riqueza de la
casa, la triple fila de toneles acostados, que llevaban en sus caras la cifra
del año de la cosecha. Había barricas venerables cubiertas de telarañas y
polvo, con la madera tan húmeda, que parecía próxima a deshacerse. Eran los
patriarcas de la bodega: estaban bautizados con los nombres de los héroes que
gozaban de fama universal cuando ellos nacieron. Un barril se llamaba Napoleón,
otro Nelson; los había adornados con la corona real de Inglaterra,
porque de ellos habían bebido monarcas de la Gran Bretaña. Una barrica
antiquísima, completamente aislada, como si el roce con las otras pudiera
despanzurrarla, exhibía el venerable nombre de Noé. Era la mayor
antigüedad de la casa: se remontaba a mediados del siglo XVIII y el primero de
los Dupont la había adquirido ya como una reliquia. Cerca de ella se alineaban
otros toneles que llevaban bajo el escudo real de España los nombres de todos
los monarcas e infantes que habían visitado Jerez en el curso del siglo.
El resto de la bodega lo llenaban las muestras de todas las cosechas, a
partir de los primeros años del siglo. Un tonel aislado esparcía un perfume
acre, que, como decía Montenegro, «llenaba la boca de agua». Era un vinagre
famoso, de una vejez de ciento treinta años. Y a este olor seco y punzante
uníanse el perfume azucarado de los vinos dulces, y el suave, de cuero, de los
secos. El vaho alcohólico que transpiraba el roble de los toneles y el olor de
las gotas derramadas en el suelo por el trasiego, impregnaban con un perfume de
dulce locura el tranquilo ambiente de aquella bodega, blanca, como un palacio
de hielo, bajo la caricia temblona de los vidrios inflamados por el sol.
Fermín la atravesó, e iba ya a salir de ella cuando oyó que le llamaban
desde el fondo. Experimentó cierto sobresalto al conocer la voz. Era «el amo»,
que acompañaba a unos forasteros. Con él estaba su primo Luis, un Dupont que
siendo menor sólo en algunos años a don Pablo, le respetaba como a jefe de la
familia, sin privarse por esto de darle grandes disgustos con su conducta
desarreglada.
Los dos Dupont acompañaban a unos recién casados venidos de Madrid,
enseñándoles las bodegas. Él era un antiguo amigo de Luis, un camarada de
alegre vida madrileña que había sentado al fin la cabeza, casándose.
—Han de salir ustedes de aquí borrachos—decía el joven Dupont a los
recién casados.—Es de ritual: nos consideraríamos deshonrados si un amigo
saliera de esta casa lo mismo que entró.
Y Dupont el mayor acogía con sonrisa benévola las palabras de su primo,
mientras enumeraba las excelencias de cada vino famoso. El encargado de la
bodega, rígido como un soldado, se colocaba ante los toneles con dos copas en
una mano y en la otra la avenencia, una varilla de hierro rematada
por un estrecho cazo.
—¡Saca, Juanito!—ordenaba imperiosamente el amo.
La avenencia iba hundiéndose en diversos toneles, y de
un solo golpe, sin que se derramase una gota, llenaba las copas. Salían al aire
los vinos dorados y luminosos, coronándose de brillantes al caer en el cristal,
esparciendo en torno un intenso perfume de ancianidad. Todas las tonalidades
del ámbar, desde el gris suave al amarillo pálido, brillaban en aquellos
líquidos densos a la vista como el aceite, pero de una transparencia nítida. Un
lejano perfume exótico, que hacía pensar en flores fantásticas de un mundo
sobrenatural donde fuese eterna la existencia, emanaba de estos líquidos
extraídos del misterio de los toneles. La vida parecía acrecentarse al
paladearlos; los sentidos cobraban nueva intensidad; la sangre ardía
atropellándose en su circulación, y el olfato se excitaba sintiendo anhelos
desconocidos, como si husmease una electricidad nueva en la atmósfera. La
pareja de viajeros bebía de todo, después de resistir con débiles protestas las
invitaciones de Luis.
—¡Hola, barbián!—dijo Dupont el menor al ver a Montenegro.—¿Cómo está tu
familia? Un día de estos iré a la viña. Quiero probar un caballo que compré
ayer.
Y después de estrechar la mano de Montenegro y darle varias palmadas en
los hombros, satisfecho de poder demostrar la fuerza de sus manazas ante
aquellos amigos, le volvió la espalda.
Fermín tenía con este señorito gran confianza. Se tuteaban, se habían
criado juntos en la viña de Marchamalo, con aquella llaneza de trato que los
Dupont permitían a su familia.
Con don Pablo, era otra la situación. El amo no se diferenciaba de
Fermín en más de media docena de años; también lo había visto él correr como un
muchacho por la viña en tiempos del difunto don Pablo; pero ahora era el jefe
de la familia, el director de la casa, y él entendía la autoridad a uso
antiguo, ceñuda e indiscutible como la de Dios, con gritos y arrebatos de
cólera, apenas adivinaba la más ligera desobediencia.
—Quédate—ordenó brevemente a Montenegro;—tengo que hablarte.
Y le volvió la espalda para seguir hablando a los forasteros de su
tesoro de vinos.
Fermín, obligado a seguirles silencioso y encogido como un doméstico en
su marcha lenta por entre los toneles, miraba a don Pablo.
Aún era joven, no había llegado a los cuarenta años, pero la obesidad
desfiguraba su cuerpo a pesar de la vida activa a que le impulsaban sus
entusiasmos de jinete. Los brazos parecían cortos al descansar algo encorvados
sobre el abultado contorno de su cuerpo. Su juventud revelábase únicamente en
la cara mofletuda, de labios carnosos y salientes, sobre los cuales la
virilidad sólo había trazado un ligero bigote. El cabello se ensortijaba en la
frente formando un rizo apretado, un moñete al que llevaba con frecuencia su
mano carnosa. Era, por lo común, bondadoso y pacífico, pero bastaba que se
creyese desobedecido o contrariado para que se le enrojeciera la cara,
atiplándose su voz con el tono aflautado de la cólera. El concepto que tenía de
la autoridad, el hábito de mandar desde su primera juventud viéndose al frente
de las bodegas por la muerte de su padre, le hacían ser despótico con los
subordinados y su propia familia.
Fermín le temía sin odiarle. Veía en él un enfermo, «un degenerado»,
capaz de los mayores extravagancias por su exaltación religiosa. Para Dupont,
el amo lo era por derecho divino, como los antiguos reyes. Dios quería que
existiesen pobres y ricos, y los de abajo debían obedecer a los de arriba,
porque así lo ordenaba una jerarquía social de origen celeste. No era tacaño en
asuntos de dinero, antes bien, se mostraba generoso en la remuneración de los
servicios, aunque su largueza tenía mucho de veleidosa e intermitente,
fijándose más en el aspecto simpático de las personas que en sus méritos.
Algunas veces, al encontrar en la calle a obreros despedidos de sus bodegas,
indignábase porque no le saludaban. «¡Tú!—decía imperiosamente;—aunque no estés
en mi casa, tu deber es saludarme siempre, porque fui tu amo».
Y este don Pablo, que con la fuerza industrial acumulada por sus
antecesores y con la impetuosidad de su carácter era la pesadilla de un millar
de hombres, hacía gala de humildad y llegaba hasta el servilismo cuando algún
sacerdote secular o los frailes de las diversas órdenes establecidas en Jerez
le visitaban en su escritorio. Intentaba arrodillarse al besarles la mano, no
haciéndolo porque ellos se lo impedían con bondadosa sonrisa; celebraba con un
gesto de satisfacción el que los visitantes le tuteasen ante los empleados,
llamándole Pablito, como en los tiempos en que era su educando.
¡Jesús y su Santa Madre, por encima de todas las combinaciones
comerciales! Ellos velaban por los intereses de la casa y él, que no era más
que un simple pecador, limitábase a recibir sus inspiraciones. A ellos se debía
la buena suerte de los primeros Dupont, y don Pablo se desvivía por remediar
con su fervor la tibieza religiosa de sus ascendientes. Los celestiales
protectores eran los que le habían sugerido la idea de establecer la destilería
del cognac, dando nuevos alientos a la casa; ellos también los que hacían que
la marca Dupont, con la ayuda de los anuncios, se esparciese por toda España
sin miedo a rivalidades, favor inmenso que todos los años agradecía dedicando
una parte de las ganancias al auxilio de las nuevas órdenes religiosas
establecidas en Jerez o ayudando a su madre, la noble doña Elvira, que siempre
tenía capillas por restaurar o un manto costoso en confección para alguna
Virgen.
Las extravagancias religiosas de don Pablo Dupont hacían reír a toda la
ciudad; pero eran muchos los que reían con cierto temor, pues dependiendo más o
menos directamente del poderío industrial de la casa, necesitaban de su apoyo
para los negocios y temían su cólera.
Montenegro recordaba la estupefacción de la gente un año antes, cuando
un perro de los que guardaban por la noche las bodegas mordió a varios
trabajadores. Dupont había acudido en su auxilio, temiendo que el mordisco les
produjera la hidrofobia y, para evitarla, les hizo tragar en el primer momento,
en forma de píldoras, una estampa de santo milagroso que guardaba su madre. Era
tan estupendo aquello, que Fermín, después de haber presenciado el hecho,
comenzaba a dudar, con el transcurso del tiempo, de que fuese cierto. Bien es
verdad que después, el mismo don Pablo pagó con largueza el viaje a los
enfermos para que fuesen curados por un médico célebre. Dupont explicaba su
conducta cuando le hablaban de este suceso con una sencillez que daba espanto:
«Primero, la Fe; después, la Ciencia, que algunas veces hace grandes cosas,
pero es porque se lo permite Dios».
Fermín se asombraba ante la incoherencia de aquel hombre, experto en los
negocios, que hacía marchar la gran explotación industrial heredada de sus
antecesores, agrandándola con certeras iniciativas, que había viajado y tenía
alguna cultura, y, sin embargo, era capaz de las mayores extravagancias
milagreras, creyendo en intervenciones sobrenaturales, con la misma simpleza de
alma de un lego de convento.
Dupont, luego de acompañar a su primo y a los amigos de éste por toda la
bodega, decidió retirarse, como si su dignidad de amo sólo le permitiera
enseñar la parte más selecta de la casa. Luis les mostraría las otras bodegas,
la destilería del cognac, los talleres de embotellado: él tenía que hacer en el
escritorio. Y saludando a los forasteros con un gesto de bondad altiva y
señorial, que Montenegro había visto muchas veces en doña Elvira, el temible
Dupont hizo un ademán a su empleado para que le siguiese.
Fuera de la bodega detúvose don Pablo, quedando los dos hombres al aire
libre, con la cabeza descubierta, en medio de una explanada.
—Ayer no te vi—dijo Dupont frunciendo el ceño y coloreándosele las
mejillas.
—No pude ir, don Pablo, Me retrasé... unos amigos...
—Ya hablaremos de eso. ¿Tú sabes qué fiesta fue la de ayer? Te hubieras
conmovido viéndola.
Y con repentino entusiasmo, olvidando su enojo, comenzó a explicar con
una delectación de artista la ceremonia del día anterior en la iglesia de los
que él, por antonomasia, llamaba los Padres. Primer domingo del mes: fiesta
extraordinaria. El templo lleno: los oficinistas y trabajadores de la casa
Dupont hermanos estaban con sus familias; casi todos (¿eh, Fermín?), casi
todos: muy pocos faltaban. Había pronunciado el sermón el padre Urizábal, un
gran orador, un sabio que hizo llorar a todos; (¿eh, Montenegro?) ¡a todos!...
menos a los que no estaban. Y después, había llegado el acto más conmovedor.
Él, como un caudillo, acercándose a la sagrada mesa rodeado de su madre, su
esposa, sus dos hermanos, que habían venido de Londres; el Estado Mayor de la
casa: y después todos los que comían el pan de los Dupont, con sus familias,
mientras arriba, en el coro, sonaba el armónium con melodías dulcísimas.
Don Pablo se exaltaba al recordar la hermosura de la fiesta; le
brillaban los ojos, humedecidos por la emoción, y aspiraba el aire como si aún
percibiera el olor de la cera y del incienso, el perfume de las flores que su
jardinero había puesto en el altar.
—¡Y qué bien se siente el alma después de una fiesta así!—añadió con
delectación.—Ayer fue uno de los días mejores de mi vida. ¿Puede haber cosa más
santa? La resurrección de los buenos tiempos, de las sencillas costumbres: el
señor comulgando con sus servidores. Ahora ya no hay señores como en otros
tiempos: pero el rico, el gran industrial, el comerciante, debe imitar el
antiguo ejemplo y presentarse ante Dios seguido de todos aquellos a quienes da
el pan.
Pero pasando de la ternura a la cólera, con su vehemencia de impulsivo,
se fijó en Fermín, como si hasta entonces, hablando de la fiesta, se hubiese
olvidado de él.
—¡Y tú no viniste!—exclamó rojo de indignación, mirándole
duramente.—¿Por qué?... Pero no hables: no mientas. Te advierto que lo sé todo.
Y siguió hablando a Montenegro en tono amenazador. Tal vez era de él la
culpa, ya que toleraba desobediencias en su escritorio. Tenía dos empleados
herejes, un francés y un noruego encargados de la correspondencia extranjera,
los cuales, con el pretexto de no ser católicos, daban el mal ejemplo no
asistiendo a las fiestas del domingo. Y Fermín, porque había viajado, porque
había vivido en Londres y leído unos libracos venenosos para su alma, se creía
con derecho a imitarles. ¿Acaso era él extranjero? ¿No lo habían bautizado al
nacer? ¿O es que por haber ido a Inglaterra, a costa del bolsillo de su difunto
padre, se creía superior a los demás?...
—Esto se acabará—continuó Dupont, exaltándose con sus propias
palabras.—Si esos extranjeros no van a la iglesia como los demás, los
despediré: no quiero que den en mi casa malos ejemplos y que te sirvan de
pretexto para echarlas de hereje.
A Montenegro no le infundían temor estas amenazas. Las había oído muchas
veces: después de un domingo de gran fiesta, el amo hablaba siempre de despedir
a los extranjeros; pero luego sus conveniencias comerciales le
hacían aplazar la resolución, en vista de los buenos servicios que prestaban en
el escritorio.
Pero cuando Fermín se alarmó fue al ver que don Pablo, cambiando de
gesto y con una frialdad irónica, le preguntaba repetidas veces dónde había
pasado el día anterior.
—¿Tú crees que no lo sé?...—continuó.—Nada de excusas, Fermín: no
mientas. Yo lo sé todo. Un amo cristiano debe preocuparse no sólo de la vida de
sus dependientes, sino de su alma. No contento con huir de la casa de Dios has
pasado el día con ese Salvatierra, que acaba de librarse del presidio, donde
debía seguir por todo el resto de sus días.
Montenegro se indignó ante el tono despectivo con que hablaba Dupont de
su maestro. Palideció de cólera, estremeciéndose como si acabase de recibir un
latigazo, y miró de frente con cierta arrogancia a su jefe.
—Don Fernando Salvatierra—dijo con voz trémula, haciendo esfuerzos por
contener su indignación—fue mi maestro y le debo mucho. Además, es el mejor
amigo de mi padre, y yo sería un desagradecido sin entrañas si no fuese a verle
después de sus desgracias.
—¡Tu padre!—exclamó don Pablo.—¡Un bobalicón que nunca aprenderá a
vivir!... ¡Que nadie le toque a su antiguo cabecilla! Y yo le preguntaría qué
sacó de ir por los montes y por las calles de Cádiz disparando tiros por su
República Federal y su don Fernando. Si mi padre no le hubiese apreciado por su
sencillez y hombría de bien, seguramente que habría muerto de hambre, y tú, en
vez de ser un señorito, estarías cavando en las viñas.
—Pues su padre de usted, don Pablo—dijo Fermín,—también fue amigo de don
Fernando Salvatierra y más de una vez acudió a él pidiéndole apoyo en aquella
época de pronunciamientos y cantones.
—¡Mi padre!—contestó Dupont con cierta indecisión.—También era como era:
hijo de una época de revueltas y un poco tibio en lo que más debe importarle al
hombre: la religión... Además, Fermín, los tiempos han cambiado; aquellos
republicanos de entonces eran muchos de ellos personas extraviadas, pero de
excelente corazón. Yo he conocido algunos que no podían pasar sin su misa y
eran unos santos varones que odiaban a los reyes, pero respetaban a los
sacerdotes de Dios. ¿Tú crees, Fermín, que a mí me asusta la República? Yo soy
más republicano que tú; yo soy un hombre moderno.
Y con ademanes descompuestos, golpeándose el pecho, hablaba de sus
convicciones. Él no tenía simpatía alguna por los gobiernos actuales; al fin,
todos eran unos ladrones, y en punto a fe religiosa unos hipócritas que fingían
sostener el catolicismo porque lo consideraban una fuerza. La monarquía era una
bandera social, como decía su amigo el padre Urizábal: conforme; pero él se
fijaba poco en banderas y colores; lo importante era que Dios estuviese sobre
todo, que reinase Cristo con monarquía o con república, y los gobernantes
fuesen hijos sumisos del Papa. A él no le infundía miedo la República. Miraba
con gran simpatía algunas de la América del Sur, pueblos ideales y felices
donde la Purísima Concepción era capitana generala de los ejércitos y el
Corazón de Jesús figuraba en las banderas y en los uniformes de los soldados,
formándose los gobiernos bajo la sabia inspiración de los Padres de la
Compañía. Una república de esta clase podía venir, por él, cuando quisiera.
Daría por su triunfo la mitad de su fortuna.
—Te digo, Fermín, que soy más republicano que tú y que de todo corazón
estaría con aquellos buenos señores que conocí de niño, a los que miraba la
gente como unos descamisados, siendo excelentes personas... ¡Pero el
Salvatierra de ahora! ¡Y todos vosotros, los jovenzuelos que le escucháis,
mequetrefes que os parece poco ser republicanos y habláis de la igualdad, y de
repartirlo todo, y decís que la religión es cosa de viejas!...
Dupont abría sus ojos desmesuradamente para expresar el asombro y la
repugnancia que le inspiraban los nuevos rebeldes.
—Y no creas, Fermín, que yo soy de los que me asusto por lo que ese
Salvatierra y sus amigos llaman reivindicaciones sociales. Ya sabes que no riño
por cuestiones de dinero. ¿Que piden los trabajadores unos céntimos más de
jornal o un nuevo rato de descanso para echar otro cigarro? Pues si puedo, lo
doy, ya que gracias al Señor, que tanto me protege, lo que menos me falta es
dinero. Yo no soy como esos otros amos que viviendo en perpetuo ahogo regatean
el sudor del pobre. ¡Caridad, mucha caridad! Que se vea que el cristianismo
sirve de arreglo para todo... Pero lo que me revuelve la sangre es que se
pretenda que todos seamos iguales, como si no existiesen jerarquías hasta en el
cielo; que se hable de Justicia al pedir algo, como si favoreciendo yo a un pobre
no hiciese más que lo que debo y mi sacrificio no significase una buena acción.
Y, sobre todo, esa infernal manía de ir contra Dios, de quitar al pobre sus
sentimientos religiosos, de hacer responsable a la Iglesia de todo lo malo que
ocurre, y que no es más que obra del maldito liberalismo...
Don Pablo se indignaba al recordar la impiedad de la gente rebelde. En
esto no transigía. Salvatierra y cuantos fuesen contra la religión le
encontrarían enfrente. En su casa, todo menos eso. Aún temblaba de cólera
recordando cómo despidió, dos semanas antes, a un tonelero, un mentecato
adulterado por la lectura, al que había sorprendido haciendo alarde de
incredulidad ante sus compañeros.
—Figúrate que decía que las religiones son hijas del miedo y la
ignorancia: que el hombre, en sus primeros tiempos, no creyó en nada
sobrenatural, pero que ante el rayo y el trueno, ante el incendio y la muerte,
no pudiendo explicarse tales misterios, había inventado a Dios. ¡Vamos, no sé
cómo me contuve y no le di de bofetadas! Aparte de estas locuras, un buen
muchacho que sabía su oficio: pero buena penitencia lleva, pues en Jerez nadie
le ha dado trabajo por no molestarme, viéndolo expulsado de mi casa, y ahora
tal vez vaya por el mundo royéndose los codos de hambre. Ese acabará por echar
bombas, que es el final de todos los que niegan a Dios.
Don Pablo y su empleado iban lentamente hacia el escritorio.
—Ya sabes mi resolución, Fermín—dijo Dupont antes de entrar en la
oficina.—Te quiero por tu familia y porque casi hemos sido compañeros de
infancia. Además, eres como un hermano de mi primo Luis. Pero ya me conoces;
Dios sobre todo: por él soy capaz de abandonar a mi familia. Si no estás
contento en mi casa, habla; si te parece escaso el sueldo, dilo. Contigo no
regateo, porque me eres simpático a pesar de tus necedades. Pero no me faltes
el domingo a la misa de la casa: aléjate del chiflado de Salvatierra y todos
los perdidos que se juntan con él. Y si no haces esto, nos veremos las caras,
¿sabes, Fermín? Tú y yo acabaremos mal.
Dupont fue a instalarse en su despacho y acudió presuroso don Ramón, el
encargado de la publicidad, con un lío de papeles que presentó a su jefe,
acompañándolo con una sonrisa de cortesano viejo.
Montenegro, desde su mesa, veía al jefe discutiendo con el director del
escritorio, removiendo los papeles y haciéndole preguntas sobre los negocios,
con un acierto que revelaba que todas sus facultades útiles se habían
concentrado al servicio de la industria.
Había transcurrido más de una hora, cuando Fermín se vio llamado por el
jefe. La casa tenía que aclarar una cuenta con el escritorio de otra bodega:
era asunto largo que no podía discutirse por teléfono, y Dupont enviaba a
Montenegro como dependiente de confianza. Don Pablo, serenado ya por el
trabajo, parecía querer borrar con esta distinción la dureza amenazadora con
que había tratado al joven.
Fermín púsose el sombrero y la capa y salió sin prisa alguna,
disponiendo del día entero para desempeñar su comisión. El amo no era exigente
en el trabajo cuando se veía obedecido. En la calle, el sol de Noviembre, tibio
y dulce como un sol primaveral, hacía resaltar bajo su lluvia de oro las casas
blancas, de verdes balcones, recortando la línea de sus azoteas africanas sobre
un cielo de intenso azul.
Montenegro vio venir hacia él un airoso jinete en traje de campo. Era un
mocetón moreno, vestido como los contrabandistas o los bandidos caballerescos
que sólo existen ya en los relatos populares. Al trotar su caballo, movíanse
las alas de su chaqueta corta de cordoncillo de Grazalema, con coderas de paño
negro ribeteadas de seda y bolsillos de media luna forrados de rojo. El
sombrero, de alas grandes y rectas, estaba sostenido por un barbuquejo. Calzaba
botines de cuero amarillo con grandes espuelas y las piernas las resguardaba
del frío con unos zajones de piel, amplio delantal sujeto con correas. Delante
de la silla iba plegada la manta oscura de grueso borlaje; en la grupa las
alforjas, y a un lado la escopeta con el doble cañón asomando por debajo de la
panza del animal. Cabalgaba elegantemente, con una gallardía árabe, como si
hubiese nacido sobre los lomos del corcel y éste y su jinete formasen un solo
cuerpo.
—¡Olé, los caballistas!—gritó Fermín al reconocerle.—Buenos días,
Rafaelillo.
Y el jinete paró su caballo de un tirón que le hizo tocar con las ancas
el suelo, al mismo tiempo que levantaba las patas delanteras.
—¡Buen animal!—dijo Montenegro dando palmadas en el cuello del corcel.
Y los dos jóvenes quedaron silenciosos examinando la inquieta
nerviosidad de la bestia, con el fervor de unas gentes que aman la equitación
como el estado perfecto del hombre y consideran al caballo cual el mejor amigo.
Montenegro, a pesar de su vida sedentaria de oficinista, sentía
removerse en él atávicos entusiasmos a la vista de un corcel de precio; sentía
la admiración del nómada africano ante el animal, eterno compañero de su vida.
De la riqueza de su jefe don Pablo, sólo envidiaba la docena de caballos, los
más caros y famosos de las ganaderías de Jerez, que tenía en sus cuadras.
También aquel hombre obeso, que parecía no sentir otros entusiasmos que los que
le inspiraban su religión y su bodega, olvidaba momentáneamente a Dios y al
cognac al ver un caballo hermoso que no fuese suyo, y sonreía agradecido cuando
le elogiaban como el primer jinete de la campiña jerezana.
Rafael era el aperador del cortijo de Matanzuela, la finca de más valía
que le quedaba a Luis Dupont, el primo escandaloso y pródigo de don Pablo.
Inclinado sobre el cuello de la jaca, explicaba a Fermín su viaje a Jerez.
—He venío a encargá unas cosillas para allá y llevo prisa. Pero antes de
volver, echaré un galope para ir a la viña y ver a tu padre. Me farta algo
cuando no veo al padrino.
Fermín sonrió con malicia.
—¿Y a mi hermana, no la verás? ¿No te falta también algo, cuando pasan
días sin ver a María de la Luz?
—Naturalmente—dijo el mocetón ruborizándose.
Y como si sintiera repentina vergüenza, espoleó su caballo.
—Con Dios, Ferminillo, y a ver si un día vienes al cortijo.
Montenegro le vio alejarse rápidamente, calle abajo, con dirección a la
campiña.
—Es un angelote—pensaba.—¡Que le vaya a éste Salvatierra con que el
mundo está mal arreglado y hay que volverlo como quien dice del revés!...
Montenegro pasó por la calle Larga, la principal de la ciudad; una vía
ancha con casas de deslumbrante blancura. Las portadas señoriales del siglo
XVII estaban enjalbegadas cuidadosamente lo mismo que los escudos de armas de
la clave. Los escarolados y nervios de la piedra labrada ocultábanse bajo una
capa de cal. En los balcones verdes mostrábanse a aquellas horas de la mañana
cabezas de mujeres morenas, de rasgados ojos negros, con flores en el pelo.
Fermín siguió una de las amplias aceras limitadas por dos filas de
naranjos agrios. Los principales casinos de la ciudad, los mejores cafés,
abrían sus ventanales de vidrios sobre la calle. Montenegro lanzó una mirada al
interior del Círculo Caballista. Era la sociedad más famosa de
Jerez, el centro de reunión de la gente rica, el refugio de la juventud que
había nacido poseedora de cortijos y bodegas. Por las tardes, la respetable
asamblea discutía sus aficiones: caballos, mujeres y perros de caza. La conversación
no tenía otros temas. Escasos periódicos en las mesas, y en lo más oscuro de la
secretaría un armario con libros de lomos dorados y chillones cuyas vidrieras
no se abrían nunca. Salvatierra llamaba a esta sociedad de ricos el «Ateneo
Marroquí».
A los pocos pasos, Montenegro vio venir hacia él una mujer que, con su
paso vivo, su gesto arrogante y el incitador meneo de su cuerpo, parecía
alborotar la calle. Los hombres detenían el paso para verla y la seguían con
los ojos; las mujeres volvían la cabeza con un desdén afectado, y después que
pasaba cuchicheaban señalándola con un dedo. En los balcones, las jóvenes
gritaban hacia el interior de la casa, y salían otras apresuradamente,
interesadas por el llamamiento.
Fermín sonrió al notar la curiosidad y el escándalo que esparcía al
andar aquella joven. Asomaban entre las blondas de su mantilla unos rizos
rubios, y bajo los ojos negros y ardientes una naricilla sonrosada parecía
desafiar a todos con sus graciosas contracciones. La audacia con que se recogía
la falda, marcando las curvas más opulentas de su cuerpo y dejando al
descubierto gran parte de las medias, irritaba a las mujeres.
—¡Vaya usted con Dios, marquesita salerosa!—dijo Fermín cerrándola el
paso.
Se había terciado la capa, tomando un aire de majo galante, satisfecho
de detener en la calle más céntrica, a la vista de todos, a una mujer que tal
escándalo promovía.
—Marquesa, ya no, hijo—contestó ella con gracioso ceceo.—Ahora crío
cerdos... y muchas gracias.
Se tuteaban como dos buenos camaradas; sonreían con la franqueza de la
juventud, sin mirar en torno de ellos, pero alegrándose al pensar que muchos
ojos estaban fijos en sus personas. Ella hablaba manoteando, amenazándolo con
sus uñas sonrosadas cada vez que le decía algo fuerte; acompañando
sus risas con un taconeo infantil cuando elogiaba su hermosura.
—Siempre lo mismo. ¡Pero qué rebuenísima sombra tienes, hijo!... Ven a
verme alguna vez: ya sabes que te quiero... siempre con buen fin; como
hermanitos. ¡Y eso que el bruto de mi marido te tenía celos!... ¿Vendrás?
—Lo pensaré. No quiero tener una cuestión con el tratante en cerdos.
La joven prorrumpió en una carcajada.
—Es todo un caballero, ¿sabes, Fermín? Vale más con su chaquetón de
monte que todos esos señoritos del Caballista. Yo estoy por lo
popular: yo soy muy gitana...
Y dando al joven un ligero bofetón con su manecita acariciadora, siguió
la marcha, volviendo varias veces la cabeza para sonreír a Fermín, que la
seguía con la vista.
—¡Lástima de muchacha!—se dijo.—Con su cabeza de chorlito, es la más
buena de la familia. ¡Y don Pablo que se muestra tan orgulloso de la nobleza de
su madre!... Esta y su hermana son de las que nos consuelan haciendo acabar en
punta los linajes orgullosos...
Continuó su marcha Montenegro, entre las miradas de asombro o las
sonrisas maliciosas de los que habían presenciado su conversación con la Marquesita.
En la plaza Nueva, pasó entre los grupos que se estacionan allí
habitualmente: corredores de vinos y de ganado; vendedores de cereales, obreros
de bodega sin colocación, gañanes enjutos y tostados que esperan a que alguien
alquile sus brazos inactivos, cruzados sobre el pecho.
De un grupo salió un hombre, llamándole:
—¡Don Fermín! ¡don Fermín!...
Era un arrumbador de las bodegas de Dupont.
—Ya no estoy allá, ¿sabe usté? Me han despedío esta mañana. Al
presentarme en la bodega, el encargao me ha dicho, de parte de don Pablo, que
estaba de más. ¡Después de cuatro años de trabajo y buena conducta! ¿Es esto
justicia, don Fermín?...
Como éste preguntase con su mirada el motivo de la desgracia, el
arrumbador continuó con exaltación:
—De too tiene la culpa la beatería cochina. ¿Sabe usté mi delito?... No
ir a entregá la papeleta que me dieron el sábado con el jornal.
Y como si Montenegro no conociese las costumbres de la casa, el buen
hombre relataba detalladamente lo ocurrido. El sábado, al cobrar la semana los
trabajadores de la bodega, el encargado les entregaba la papeleta a
todos: una invitación para que al día siguiente asistiesen a la misa que
costeaba la familia de Dupont en la iglesia de San Ignacio. Si la fiesta era
con comunión general, el convite aun resultaba más ineludible. El domingo, los
encargados de la bodega recogían a cada obrero la papeleta en la misma puerta
de la iglesia, y al recontarlas sabían, por los nombres, quiénes eran los que
habían faltado.
—Y yo no juí ayer, don Fermín; farté como he fartao otros días: porque
no me da la gana de levantarme temprano los domingos, porque en la noche del
sábado me gusta tomarla con los compañeros. ¿Pa qué trabaja
uno, sino pa tené un rato de alegría?...
Además; él era dueño de sus domingos. El amo le pagaba por su trabajo;
él trabajaba y no había por qué cercenarle su día de descanso.
—¿Es eso justo, don Fermín? Porque no hago comedias, como toos esos...
soplones y lamecosas que van a la misa de don Pablo, con toa su familia y toman
la comunión después de pasar la noche de juerga, me echan a la caye. Sea usté
franco; diga la verdad; y aunque usté trabaje como un perro, es usté un pillo:
¿No es eso, cabayeros?...
Y se volvía al grupo de amigos que a cierta distancia oían sus palabras,
comentándolas con maldiciones a Dupont.
Fermín siguió su camino con cierto apresuramiento. El instinto de
conservación le avisaba lo peligroso de permanecer allí entre una gente que
abominaba de su principal.
Y mientras iba hacia el escritorio donde le aguardaban para las cuentas,
pensaba en el vehemente Dupont, en su fervor religioso, que parecía endurecerle
las entrañas.
—Y, realmente, no es malo—murmuraba.
Malo, no. Fermín recordaba la largueza caprichosa y desordenada con que
algunas veces socorría a las gentes en desgracia. Pero su bondad era
estrechísima: dividía en castas la pobreza; y a cambio del dinero exigía una
supeditación absoluta a todo lo que él pensase y amase. Era capaz de aborrecer
a su propia familia, de sitiarla por hambre, si creía con ello servir a su
Dios; a aquel Dios a quien profesaba inmensa gratitud porque hacía prosperar
los negocios de la casa y era el sostén del orden social.
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Cuando don Pablo Dupont iba a pasar un día con su familia en la famosa
viña de Marchamalo, una de sus diversiones era mostrar el señor Fermín, el
antiguo capataz, a los Padres de la Compañía o a los frailes dominicos, sin
cuya presencia no creía posible una excursión feliz.
—A ver, señor Fermín—decía sacando el viejo a la gran explanada que se
extendía frente a las casas de Marchamalo, que casi formaban un pueblo.—Eche
usted una voz de mando; pero con arrogancia, como cuando era usted de los rojos
y marchaba de partida por la sierra.
El capataz sonreía viendo que el amo y sus acompañantes de sotana o
capucha mostraban gran placer en oírle; pero su sonrisa de campesino socarrón,
no llegaba a saberse si era de burla o de agrado por la confianza del señor.
Contento de proporcionar un rato de descanso a los muchachos que se encorvaban
entre las cepas, ladera abajo, levantando y abatiendo sus azadas pesadísimas,
avanzaba con cómica rigidez hasta el parapeto de la explanada, prorrumpiendo en
un grito prolongado y atronador:
—¡Eeeechen tabacooo!...
Cesaba de brillar entre los sarmientos el acero de las azadas, y la
larga fila de viñadores despechugados frotábanse las manos, entumecidas por el
mango de la herramienta, y lentamente extraían de la faja los avíos de fumar.
El viejo les imitaba, y acogiendo con sonrisa enigmática los elogios de
los señores a su voz de trueno y a la entonación de caudillo con que mandaba a
la gente, liaba el cigarro, fumándolo con calma para que los pobres de abajo
tuviesen algunos segundos más de reposo a costa del buen humor del amo.
Cuando no le quedaba más que la colilla, nueva diversión para los
señores. Volvía a dar sus pasos con rigidez exagerada de intento, y su voz
hacía temblar el eco de las vecinas colinas:
—¡Vaaamos a otraaa!...
Y con este llamamiento tradicional para reanudar el trabajo, los hombres
volvían a encorvarse y relampagueaban las herramientas sobre sus cabezas, todas
a un tiempo, en acompasadas curvas.
El señor Fermín era una de las curiosidades de Marchamalo, que don Pablo
exhibía a sus acompañantes. Todos reían sus refranes, los términos rebuscados y
raros de su expresión, sus consejos dichos en tono campanudo; y el viejo
aceptaba el irónico elogio de los señores con la simpleza del campesino
andaluz, que aún parece vivir en la época feudal, siervo del amo, aplastado por
la gran propiedad, sin esa independencia enfurruñada del pequeño labrador que
tiene la tierra por suya.
Además, el señor Fermín se sentía ligado por todo el resto de su
existencia a la familia Dupont. Había visto a don Pablo en pañales, y aunque le
trataba con el respeto que imponía su carácter imperioso, era siempre para él
un niño, acogiendo con bondad paternal todas sus rarezas.
El capataz había tenido en su vida un período de dura miseria. De joven
fue viñador, gozando de la buena época; aquella de la ida al trabajo en calesín
y de la cava con zapatos de charol, de la que hablaba melancólicamente el viejo
bodeguero de la casa Dupont.
La abundancia hacía generosos a los trabajadores de tales tiempos;
pensaban en cosas altas que no acertaban a definir, pero cuya
grandeza presentían confusamente. Además, la nación entera estaba de revuelta.
A corta distancia de Jerez, en el mar invisible cuyas brisas llegaban hasta las
viñas, los barcos del gobierno habían disparado sus cañones para anunciar a la
reina que debía abandonar su trono. El tiroteo de Alcolea, al otro extremo de
Andalucía, despertaba a toda España; «la raza espúrea» había huido: la vida era
mejor y el vino parecía más bueno al pensar (¡consoladora ilusión!) que cada
uno poseía una pequeña parte de aquél poder retenido antes por una sola
persona. Además, ¡qué de músicas arrulladoras para el pobre!, ¡qué de elogios y
adulaciones al pueblo que meses antes no era nada y ahora lo era todo!
El señor Fermín se conmovía recordando esta época feliz, que fue la de
su matrimonio con la pobre mártir, como él llamaba a su difunta
mujer. Se reunían los compañeros de trabajo en las tabernas todas las noches,
para leer los papeles públicos, y la caña de vino circulaba sin miedo, con la
largueza del jornal abundante y bien retribuido. Un ruiseñor volaba infatigable
de plaza en plaza, teniendo por bosques las ciudades, y su música divina volvía
locas a las gentes, haciéndolas pedir a gritos la República... pero Federal,
¿eh?... Federal o nada. Los discursos de Castelar leídos en las reuniones
nocturnas, con sus maldiciones al pasado y sus himnos a la madre, al hogar, a
todas las ternuras que emocionan el alma simple del pueblo, hacían caer más de
una lágrima en las copas de vino. Luego, cada cuatro días, llegaba impresa en
hoja suelta, con renglones cortos, alguna de las cartas que «el ciudadano Roque
Barcia dirigía a sus amigos», con frecuentes exclamaciones de «óyeme bien,
pueblo», «acércate, pobre, y compartiré tu frío y tu hambre», que enternecían a
los viñadores, haciéndoles tener gran confianza en un señor que les trataba con
esta fraternal simpleza. Y para desengrasarse de tanto lirismo, de tanta
Historia comprimida, repetían las frases ingeniosas del patriarcal Orense, los
chistes del marqués de Albaida, ¡un marqués que estaba con ellos, con los
viñadores y los gañanes, acostumbrados a respetar con cierto temor
supersticioso, como seres nacidos en otro planeta, a los aristócratas
poseedores del suelo andaluz!...
El santo respeto a la jerarquía, heredado de los abuelos e ingerido
hasta lo más profundo de su alma por largos siglos de servidumbre, influía en
el entusiasmo de estos ciudadanos que hablaban a todas horas
de la igualdad.
Lo que más halagaba al señor Fermín en sus entusiasmos juveniles, era la
categoría social de los jefes revolucionarios. Ninguno era jornalero, y esto lo
apreciaba él como un mérito de las nuevas doctrinas. Los más ilustres
defensores de «la idea» en Andalucía salían de las clases que él respetaba con
atávica adhesión. Eran señoritos de Cádiz, acostumbrados a la vida fácil y
placentera de un gran puerto; caballeros de Jerez, dueños de cortijos, hombres
de pelo en pecho, grandes jinetes, expertos en las armas e incansables
corredores de juergas: hasta curas entraban en el movimiento, afirmando que
Jesús fue el primer republicano y que al morir en la cruz dijo algo así como
«Libertad, Igualdad y Fraternidad».
Y el señor Fermín no vaciló, cuando del mitin y de la declamación
periodística, leída en alta voz, hubo que pasar a la excursión por el monte con
la escopeta al hombro en defensa de aquella República que no querían aceptar
los mismos generales que habían expulsado a los reyes. Y tuvo que correr por
las montañas de la sierra unos cuantos días, e ir a tiros con las mismas tropas
que meses antes había él aclamado cuando pasaban sublevadas por Jerez, camino
de Alcolea.
En esta aventura conoció a Salvatierra, sintiendo por él una admiración
que nunca había de enfriarse. La fuga y una larga temporada pasada en Tánger
fueron el único resultado de sus entusiasmos y cuando al fin pudo volver a la
tierra, besó a Ferminillo, el primer hijo que la pobre mártir le
había dado a los pocos meses de su marcha a la serranía.
Volvió a trabajar en las viñas, algo desilusionado por el mal éxito de
la rebelión. Además, la paternidad le hacía egoísta, pensando más en la familia
que en el pueblo soberano, que podía libertarse sin necesitar de su apoyo. Al
ver proclamada la República sintió renacer sus entusiasmos. ¡Por fin, ya la
tenían! ¡Llegaba lo bueno!... Pero a los pocos meses le buscó Salvatierra, como
a otros muchos. Los de Madrid eran unos traidores y la tal República resultaba
un pastel. Había que hacerla federal o matarla; era preciso proclamar los
cantones. Y otra vez Fermín, con el fusil al hombro, batiéndose en Sevilla, en
Cádiz y en la montaña por cosas que no entendía, pero que debían ser verdades
tan claras como el sol, ya que Salvatierra las proclamaba. De esta segunda
aventura salió peor librado. Le cogieron y pasó muchos meses en el Hacho de
Ceuta, confundido con prisioneros carlistas e insurrectos cubanos, en un
amontonamiento y una miseria de los que aún se acordaba con horror después de
tantos años.
Al recobrar la libertad, la vida le pareció en Jerez más triste y
desesperada que en el presidio. La pobre mártir había muerto
durante su ausencia, dejando en poder de unos parientes sus dos hijos,
Ferminillo y María de la Luz. El trabajo escaseaba; había sobra de brazos, era
reciente la indignación contra los petroleros perturbadores
del país; los Borbones acababan de volver, y los ricos temían dar entrada en
sus fincas a los que habían visto antes con el fusil en la mano, tratándoles de
igual a igual, con gestos amenazadores.
El señor Fermín, para que no le viesen llegar con las manos vacías los
parientes pobres que cuidaban de sus pequeñuelos, se dedicó al contrabando. Su
compadre Paco el de Algar, que había ido con él en las partidas, conocía el
oficio. Entre los dos existía el parentesco de la pila bautismal, el
compadrazgo, más sagrado entre la gente del campo que la comunidad de sangre.
Fermín era el padrino de Rafaelillo, único hijo del señor Paco, al cual también
se le había muerto la mujer durante la época de persecuciones y presidio.
Los dos compadres emprendieron juntos sus penosas expediciones de
contrabandistas pobres. Marchaban a pie, por las veredas más abruptas de la
sierra, aprovechando los conocimientos adquiridos en las complicadas marchas de
las partidas. Su pobreza no les permitía ser caballistas como otros que
cabalgaban en pelotón, llevando en la grupa de sus fuertes jacas dos fardos
enormes de tabaco y en la perilla de la montura la escopeta repleta de postas
para pasar a la brava el contrabando. Eran humildes mochileros
que, al llegar a San Roque o Algeciras, echábanse a cuestas tres arrobas de
tabaco y emprendían el regreso a la tierra huyendo de los caminos, buscando las
sendas más peligrosas, marchando de noche y ocultándose de día, a gatas por los
riscos, imitando los hábitos de las bestias feroces, lamentando ser hombres y
no poder seguir el borde de los abismos con la misma seguridad que las bestias.
¡Oh, la vida dura de continuos riesgos, la necesidad de ganarse el pan
luchando con la oscuridad, con las tempestades y con el hombre, que era el peor
de los enemigos! Un ruido a lo lejos, una voz, el aleteo de los pajarracos
nocturnos, el chillido de las alimañas invisibles, el ladrido de un perro, les
hacían ocultarse, tenderse en el suelo entre los jarales punzantes, sofocados
por el peso de la mochila. Al partir del campo fronterizo de Gibraltar pagaban
por trasponer la línea del resguardo. Los venales encargados de la vigilancia
les imponían contribución según su clase: tantas pesetas a los mochileros,
tantos duros a la gente de a caballo. Partían todos al mismo tiempo, después de
depositar la ofrenda en ciertas manos que salían de unas mangas con galones de
oro, y peones y jinetes, todo el ejército del contrabando, abríase como el
varillaje de un abanico en la sombra de la noche, tomando distintos caminos
para esparcirse por Andalucía. Pero quedaba lo difícil: el peligro de tropezar
con las rondas volantes que no habían participado del soborno y se esforzaban
por cortar el paso a los defraudadores y hacer buena presa de sus cargas. Los
caballistas infundían miedo porque contestaban a tiros al ¡quién vive!, y eran
los indefensos mochileros los que sufrían toda la persecución.
Dos noches enteras necesitaban los compadres para llegar a Jerez,
caminando encorvados, sudorosos en pleno invierno, zumbándoles los oídos, con
el pecho oprimido por la carga. Acercábanse trémulos de inquietud a ciertos
pasos de la sierra donde se apostaban los enemigos. Temblaban de miedo al
entrar en ciertas gargantas en cuya oscuridad brillaba el fogonazo y silbaba la
bala, al no obedecer ellos al ¡boca abajo! de los guardias emboscados. Algunos
compañeros habían muerto en estos malos pasos. Además, los enemigos se vengaban
de las largas esperas al acecho y de la inquietud que les inspiraban los
caballistas, dando tremendas palizas a los de a pie. Más de una vez se rasgaba
el silencio nocturno de la sierra con los alaridos de dolor que arrancaban los
bárbaros culatazos dados al azar, en la oscuridad, lejos de toda vivienda,
lejos de toda ley, en una soledad salvaje...
Pero estos peligros eran los que menos intimidaban a los dos compadres.
El miedo a perder la carga les aterraba. ¡Perder la carga! ¡el único medio de
existencia, el capital de su industria! ¡Verse de golpe sin las ganancias
acumuladas en fuerza de exponer su vida noches y noches; tener que pedir
prestado otra vez y empezar de nuevo la pelea para pagar al prestamista,
cercenando su pan y el de los pequeños!...
Por no perder sus mochilas emprendían arriesgadas ascensiones en la
oscuridad. A la menor alarma huían de las gargantas, dando rodeos por lugares
casi inaccesibles, que infundían horror al ser vistos a la luz del sol. Los
cuervos graznaban asustados en sus alturas al percibir el roce de unos animales
desconocidos que gateaban en las tinieblas. Los aguiluchos aleteaban al ver
interrumpido su sueño por el arrastre de extraños cuadrúpedos que, abrumados
por su giba, avanzaban por el filo de los precipicios, haciendo rodar los
guijarros con sus manos desolladas, en el vacío de lóbregas profundidades. El
recuerdo de algún compañero muerto en estos pasos difíciles, congelaba su
sangre un momento: «Allá abajo está Fulano». Allá abajo, en el
fondo de la sima negra que bordeaban a tientas, con el tacto de los ciegos;
donde sólo podían verle los cuervos, que poco a poco dejarían blancos sus
huesos bajo el peso de la mochila, mientras en su casa, la familia, hambriento,
movida por una remota esperanza, aguardaba que un día u otro se presentase.
El recuerdo de los que esperaban al compañero muerto les daba nuevas
energías. También ellos tenían sus churumbeles que podían
aguardar el pan eternamente si daban un mal paso: ¡adelante! ¡adelante! Y con
el valor audaz que da la lucha por los hijos, los dos mochileros avanzaban al
través del peligro y de la noche.
¡Ay! De los azares que el señor Fermín había corrido en su vida, de las
miserias en presidio, entre gentes de todos los países, que se mataban con las
cucharas afiladas para entretener el ocio del encierro; del miedo que tuvo a
ser fusilado cuando lo prendieron después de derrotada la partida, nada
recordaba con tanta tristeza como las tres veces que lo sorprendieron los
carabineros, casi a las puertas de la ciudad, cuando ya se creía en salvo,
quitándole lo que llevaba varias noches sobre sus espaldas. ¡Y luego, cuando
vendía su tabaco a las gentes desocupadas, a los señores de los casinos y los
cafés, aún le regateaban algunos céntimos! ¡Ay; si supieran lo que costaban
aquellos paquetes, duros como ladrillos, en los que parecían haberse
solidificado los sudores de una fatiga de bestia y los escalofríos del
miedo!...
La desgracia, como cansada del tesón con que los dos compadres sabían
eludirla, comenzó a cebarse en ellos. Era en vano que con riesgo de su vida
esquivasen durante la noche los pasos difíciles de la sierra. Por tres veces
les sorprendieron cerca de la ciudad, en los llanos de Caulina, cuando se
creían ya en salvo. Les dieron de golpes al arrebatarles aquellas mochilas que
representaban la vida para sus hijos; y hasta les amenazaron con un tiro en
vista de su reincidencia. Más que las amenazas les intimidó la pérdida de sus
cargas. ¡Adiós los ahorros! Los tres fracasos les dejaban más pobres que antes
de comenzar el contrabando, con deudas que les parecían enormes. Ya nadie
querría prestarles para continuar el negocio.
El compadre, llevando de la mano a Rafaelillo, que era ya un rapaz,
marchó a Algar, a su pueblo de la serranía, para ser gañán en un cortijo, si es
que le aceptaban viéndole entrado en años y enfermo.
El señor Fermín no tuvo otro refugio que Jerez, y fue todas las
madrugadas a la plaza Nueva a formar grupo con los jornaleros que esperaban
trabajo, acogiendo con resignación el gesto desdeñoso de los capataces que le
repelían por su antigua fama de cantonal y por las recientes aventuras del
contrabando, que le habían hecho vivir algunos días en la cárcel. ¡Ay, las
mañanas tristes pasadas en la plaza, estremeciéndose con el frío del amanecer,
sin más alimento en el desfallecido estómago que alguna copa de aguardiente de
Cazalla, ofrecida por los amigos! ¡Y después la vuelta desalentada a su
tugurio, la sonrisa inocente de los hijos y el grito de tristeza de la mísera
cuñada, al verle aparecer a la hora en que los demás trabajaban!
—¿Tampoco hoy?...
—Tampoco... pero ten carma mujer: arreglaos como podáis y no penséis en
mí.
Entonces conoció Fermín a su «ángel protector», como él le llamaba; al
hombre que, después de Salvatierra, era el dueño de su voluntad, a Dupont el
viejo que, viéndole un día, recordó vagamente ciertas muestras de respeto,
ciertos pequeños favores a su casa y a su persona, en la época en que aquel
infeliz iba por Jerez con aire de amo, orgulloso de su gorro colorado y de las
armas que hacía resonar a cada paso, con un estrépito de ferretería vieja.
Fue una genialidad de gran señor, un capricho de millonario que se
admiraba a sí mismo proporcionando un mendrugo a un desesperado que encontraba
obstruidos todos los caminos de la vida. Fermín halló un jornal en la viña de
Marchamalo, la gran propiedad de los Dupont. Poco a poco fue conquistando la
confianza del amo, el cual se fijaba atentamente en su trabajo.
Cuando el antiguo rebelde llegó a ser capataz de la viña, había ya
sufrido una gran transformación en sus ideas. Se consideraba como una parte de
la casa Dupont. Le enorgullecía la importancia de las bodegas de don Pablo y
comenzaba a reconocer que los señores no eran tan malos como creían los pobres.
Hasta dejó a un lado el respeto que profesaba a Salvatierra, el cual andaba por
entonces fugitivo fuera de España, y se atrevió a confesar a los amigos que las
cosas no iban del todo mal después del desastre de sus ilusiones políticas. Él
era el de siempre, federal, sobre todo federal: hasta que no viniese la suya,
España no sería feliz, pero mientras tanto, a pesar de los malos gobiernos y de
que «el pobre pueblo estaba oprimido», él se creía mejor que en los tiempos
pasados. La niña y la cuñada vivían en la viña, en un caserón antiguo,
espacioso como un cuartel; el muchacho iba a la escuela en Jerez, y don Pablo
le había tomado ley y prometía hacerlo «todo un hombre», en vista de su
inteligencia despierta. Él, tenía tres pesetas diarias, sin otra obligación que
llevar la cuenta de los jornales, reclutar la gente y vigilarla, para que los
remolones no descansasen antes de que él diese la voz para fumar un cigarro.
De sus tiempos de miseria le quedaba la conmiseración para los
jornaleros, fingiendo no ver sus descuidos y negligencias. Pero sus actos
valían más que sus palabras, pues queriendo demostrar gran interés por el amo,
hablaba duramente a los braceros, con ese exceso de autoridad que revela el
humilde apenas se ve elevado sobre sus camaradas.
El señor Fermín y sus hijos penetraban sin darse cuenta en la familia
del amo, hasta llegar a confundirse con ella. La simpleza del capataz, alegre e
hidalga como la de todos los labriegos andaluces, le hacía captarse la
confianza de los de la casa señorial. Don Pablo el viejo reía haciéndole
relatar sus fugas por la montaña, unas veces de guerrillero y otras de
contrabandista, siempre perseguido por los carabineros. Los hijos del amo
jugaban con él, prefiriendo sus marrullerías y chistes de hombre de campo, al
gesto hosco de la aya inglesa que cuidaba de ellos. Hasta la orgullosa doña
Elvira, la hermana del marqués de San Dionisio, siempre ceñuda y de noble
malhumor, como si se creyese postergada por haberse unido con un Dupont,
concedía cierta confianza al señor Fermín, escuchándole con gesto semejante a
los que había visto en el teatro, cuando una dama se digna conversar con el
viejo escudero, confidente de sus pensamientos.
El capataz creía vivir en el mejor de los mundos contemplando a sus
hijos corretear por los senderos de la viña con dos de los señoritos de la
casa, mientras el mayor, el futuro dueño, a pesar de ser todavía un niño, se
mantenía al lado de su madre, imitando sus gestos altivos. Había días en que el
carruaje de don Pablo llegaba entre una nube de polvo, a todo correr de sus
cuatro briosos caballos, para depositar en Marchamalo un cargamento de
chiquillos, casi una escuela. Con los hijos de Dupont llegaba Luisito, huérfano
de un hermano de don Pablo, cuya cuantiosa fortuna cuidaba éste; y las hijas
del marqués de San Dionisio, dos niñas revoltosas de ojos cándidos y boca
insolente, que se peleaban con los muchachos y los hacían correr a pedradas,
revelando en sus audacias el carácter de su famoso padre. Y Ferminillo y María
de la Luz jugaban con estos niños que habían de poseer cuantiosas fortunas, de
igual a igual, con la simplicidad de la infancia que parece un recuerdo de los
tiempos en que los hombres vivían como hermanos, antes de inventar las
jerarquías sociales. El capataz los seguía en sus juegos con miradas de
ternura, sintiendo orgullo de que sus hijos se tutearan con los hijos y
parientes del amo. Era la Igualdad soñada, aquella Igualdad por la que había
expuesto su vida, y que al fin llegaba para él, sólo para él.
Algunas veces se presentaba el marqués de San Dionisio, y a pesar de sus
cincuenta años lo ponía todo en revolución. La devota doña Elvira se
enorgullecía de los títulos nobiliarios del hermano, pero despreciaba al hombre
por sus calaveradas, que daban triste celebridad al noble apellido de
Torreroel.
El señor Fermín, influido por sus antiguos respetos a las jerarquías
históricas, admiraba a aquel noble y alegre vividor. Estaba devorando los
últimos restos de la gran fortuna de su familia, y había influido en el
casamiento de su hermana con Dupont, para tener así un refugio cuando le
llegase la hora de la total ruina. Su nobleza era de lo más antiguo de Jerez.
El pendón de las Navas de Tolosa que sacaban con gran pompa de la casa
municipal en determinadas fiestas, lo había ganado a golpes de hacha uno de sus
ascendientes. Su título de marqués llevaba el nombre del santo patrón de la
ciudad. En su estirpe figuraban toda clase de glorias: amigos de monarcas;
Adelantados que infundían miedo a la morisma; virreyes de las Indias, santos
arzobispos, almirantes de las galeras reales; pero el alegre marqués daba de
barato tantos honores y tan preclaros ascendientes, pensando que hubiera sido
mejor para él poseer una fortuna como la de su cuñado Dupont, aunque sin las
obligaciones y trabajos de éste. Vivía en un caserón señorial, último resto de
una fortaleza sarracena, restaurada y transformada por sus abuelos. En los
salones, casi vacíos, sólo quedaban como recuerdos del antiguo esplendor
algunos tapices astrosos, cuadros negruzcos con santos ensangrentados en posturas
horripilantes, sillerías de estilo Imperio con la seda deshilachada; todo lo
que no habían querido los corredores de antigüedades de Sevilla, a los que
llamaba el marqués en sus momentos de apuro. Lo demás, trípticos y tablas,
espadas y armaduras de los Torreroel de la Reconquista, las riquezas exóticas
traídas de las Indias por los virreyes, y los regalos que varios monarcas de
Europa habían hecho a sus abuelos, embajadores que dejaron en las cortes más
famosas el recuerdo de su fastuosidad principesca, todo había ido
desapareciendo después de noches terribles en que la fortuna le volvía la
espalda en la mesa de juego, consolándose de su desgracia con juergas estruendosas,
de las que hablaba Jerez durante mucho tiempo.
Viudo desde muy joven, tenía sus dos hijas bajo la vigilancia de criadas
jóvenes, a las que más de una vez sorprendían las pequeñas señoritas abrazadas
a papá y tuteándole. La señora de Dupont indignábase al conocer estos
escándalos y se llevaba las sobrinas a su casa para que no presenciasen malos
ejemplos. Pero ellas, verdaderas hijas de su padre, deseaban vivir en este
ambiente de libertad, y protestaban con llantos desesperados y convulsiones en
el suelo, hasta que las volvían a la absoluta independencia de aquel caserón
por donde pasaban el dinero y el placer como un huracán de locura.
La gitanería más famosa acampaba en la casa señorial. El marqués
sentíase atraído y dominado por las mujeres de piel aceitunada y ojos de tizón,
como si en su pasado existiesen ocultos cruzamientos de raza, que tiraban de
sus afectos con misteriosa fuerza. Se arruinaba cubriendo de joyas y vistosos
pañolones a gitanas que habían trabajado en los cortijos, escardando los campos
y durmiendo en la impúdica, promiscuidad de las gañanías. La interminable tribu
de cada una de sus favoritas, le acosaba con el lloriqueo servil y la codicia
insaciable propios de la raza; y el marqués se dejaba saquear, riendo la gracia
de estos parientes de la mano izquierda, que le adulaban declarando que era
un cañi puro, más gitano que todos ellos.
Los toreros famosos pasaban por Jerez para honrar con su presencia al de
San Dionisio que organizaba fiestas estruendosas en su honor. Muchas noches
despertaban las niñas en sus camas oyendo al otro extremo de la casa el rasgueo
de las guitarras, los lamentos del cante hondo, el taconeo del baile; y veían
pasar por las ventanas iluminadas, al otro lado del patio, grande como una
plaza de armas, los hombres en mangas de camisa con la botella en una mano y la
batea de cañas en la otra, y las mujeres con el peinado alborotado y las flores
desmayadas y temblonas sobre una oreja, corriendo con incitante contoneo para
evadir la persecución de los señores o tremolando sus pañolones de Manila como
si quisieran torearles. Algunas mañanas, al levantarse las señoritas, aún
encontraban tendidos en los divanes hombres desconocidos que roncaban boca
abajo, con los tufos de pelo sudorosos cubriéndoles las orejas, el pantalón
desabrochado y más de uno con los residuos de una cena mal digerida a corta
distancia de su cara. Estas juergas eran admiradas por algunos como un
simpático alarde de los gustos populares del marqués.
El señor Fermín era de estos admiradores. ¡Un personaje de tantos
pergaminos, que podía, sin desdoro, hacer el amor a una princesa,
encaprichándose de muchachas del pueblo o de gitanas; escogiendo sus amigos
entre caballistas, toreros y ganaderos y bebiéndose una copa de vino con el
primer pobre que se aproximaba a pedirle algo! ¡Esto era democracia pura!... Y
al entusiasmo por los gustos plebeyos del prócer que parecía querer resarcir a
la gente de la altivez y el orgullo de sus empingorotados abuelos, uníase la
admiración casi religiosa que la fuerza, el vigor físico, inspira siempre a la
gente del campo.
El marqués era un atleta y el mejor jinete de Jerez. Había que verle a
caballo, en traje de monte, con el pavero sombreando sus patillas entrecanas y
gitanescas, y la garrocha terciada en la silla. Ni el Santiago de las batallas
legendarias podía comparársele, cuando a falta de musulmanes derribaba los
toros más bravos y hacía galopar su jaca por lo más intrincado de las dehesas,
pasando como un rayo entre ramas y troncos sin hacerse añicos el cráneo. Hombre
sobre el cual dejaba caer su puño, caía redondo: potro cerril cuyos lomos
abarcaba con sus piernas de acero, ya podía encabritarse, morder el aire y
echar espumarajos de cólera, que antes se desplomaba vencido y jadeante que
lograba libertarse del peso de su domador.
La audacia de los primeros Torreroel de la Reconquista y la largueza de
los que vivieron después en la corte arruinándose cerca de los reyes,
resucitaban en él como la última llamarada de una raza próxima a extinguirse.
Podía dar los mismos golpes que dieron sus antecesores al conquistar el pendón
en las Navas y se arruinaba con igual indiferencia que aquellos de sus abuelos
que se habían embarcado para rehacer su fortuna gobernando las Indias.
El marqués de San Dionisio mostrábase satisfecho de sus alardes de
fuerza, de la rudeza de sus bromas, que terminaban casi siempre con lesiones de
los compañeros. Cuando le llamaban bruto con acento de admiración, sonreía
orgulloso de su raza. Bruto, sí: como lo habían sido sus mejores abuelos: como
lo fueron siempre los caballeros de Jerez, espejo de la nobleza andaluza,
arrogantes jinetes formados en dos siglos de batalla diaria y continua algarada
en tierras de moros, pues por algo Jerez se llamaba de la Frontera. Y
recapitulando en su memoria lo que había leído u oído sobre la historia de los
suyos, reíase de Carlos V el gran Emperador, que, al pasar por Jerez, había
querido correr unas lanzas con los jinetes famosos de la tierra que no gustaban
de combates de puro juego, tomándolos en serio como si aún luchasen con moros.
En el primer encuentro le rasgaron la ropilla al emperador; en el segundo le
hicieron sangre, y la emperatriz, que estaba en los tablados, llamó muy
asustada a su esposo, rogándole que reservase su lanza para gentes menos rudas
que los caballeros jerezanos.
El carácter bromista del marqués gozaba de tanta fama como su fuerza. El
señor Fermín reía en la viña, repitiendo a los trabajadores las ocurrencias
graciosas del de San Dionisio. Eran bromas de acción, en las que siempre había
una víctima; genialidades crueles, para regocijar a un pueblo rudo. Un día, al
pasar el marqués por el mercado, dos mendigos ciegos le reconocían por la voz y
le saludaban con frases pomposas esperando que los socorriese como de
costumbre. «Toma, para los dos». Y pasaba adelante, sin dar nada, mientras los
dos pordioseros se insultaban, creyendo cada uno que su camarada había recibido
la limosna y le negaba la mitad, hasta que, cansados de injuriarse, enarbolaban
sus palos.
Otra vez, el marqués hacía pregonar que el día de su santo daría una
peseta a todo cojo que se presentase en su casa. Circulaba la noticia por todas
partes y el patio del caserón llenábase de cojos de la ciudad y del campo; unos
apoyados en muletas, otros arrastrándose sobre las manos como larvas humanas. Y
al aparecer el marqués en un balcón, rodeado de sus amigotes, abríase la puerta
de la cuadra y salía bufando con espumarajos de rabia un novillo, al que habían
aguijoneado previamente los criados. Los que realmente eran cojos, corrían
hacia los rincones, amontonándose, manoteando con la locura del miedo; y los
fingidos soltaban las muletas, y con cómica agilidad se encaramaban por las
rejas. El marqués y sus camaradas rieron como chiquillos, y Jerez pasó mucho
tiempo comentando la gracia del de San Dionisio y su habitual generosidad, pues
una vez vuelto el toro a la cuadra, distribuyó el dinero a manos llenas entre
los lisiados, verdaderos y falsos, para que a todos les pasase el susto
bebiendo algunas cañas a su salud.
El señor Fermín extrañábase de la indignación con que la hermana del
marqués acogía sus originalidades. ¡Un hombre así, no debía morirse nunca!...
Pero, al fin, murió. Murió cuando no le quedaba nada que gastar; cuando los
salones de su casa no tenían un mueble; cuando su cuñado Dupont se negó de
veras a hacerle nuevos préstamos, ofreciéndole en su casa todo lo que quisiera,
cuanto vino desease, pero sin la menor cantidad de dinero.
Sus hijas, que eran casi unas mujeres y llamaban la atención por su
belleza picaresca y su desenfado, abandonaron el caserón paterno que tenía mil
dueños, ya que se lo disputaban todos los acreedores del de San Dionisio, y
fueron a vivir con su santa tía doña Elvira. La presencia de estos adorables
diablillos produjo una serie de disgustos domésticos que amargaron los últimos
años de don Pablo Dupont. Su esposa no podía tolerar el desenfado de las
sobrinas, y Pablo, el hijo mayor, el favorito de la madre, apoyaba sus
protestas contra aquellas parientas que venían a turbar la tranquilidad de la
casa, como si con ellas trajesen un olor, un eco, de las costumbres del
marqués.
—¿De qué te lamentas?—decía don Pablo aburrido.—¿No son tus sobrinas?
¿No son sangre tuya?...
Doña Elvira no podía quejarse de los últimos momentos de su hermano.
Había muerto como quien era: como un caballero cristiano, como una persona
decente. La enfermedad mortal le había sorprendido en una de sus juergas rodeado
de mujeres y mozos de valor. La sangre del primer vómito se la habían limpiado
las amigas con sus pañolones bordados de chinos y rosas fantásticas. Pero al
ver próxima la muerte y oír los consejos de su hermana, que después de muchos
años de ausencia se decidía a entrar en su casa, quiso «dar buen ejemplo», irse
del mundo con la discreción que convenía a su rango. Y sacerdotes de todos
hábitos y reglas llegaron hasta su lecho, apartando al sentarse una guitarra o
una enagua olvidada; hablándole del cielo, en el que, seguramente, le guardaban
un sitio de preferencia por los méritos de sus mayores. Las innumerables
cofradías y hermandades de Jerez, en las cuales tenía el alegre noble un cargo
hereditario, acompañaron al Viático; y al morir, su cadáver fue vestido de
fraile, amontonándose sobre su pecho todas las medallas que la señora de Dupont
juzgó de más eficacia para que aquel vividor no sufriese retraso ni
entorpecimiento en su ascensión a la gloria eterna.
Doña Elvira no podía quejarse de su hermano, que al fin había demostrado
su buena sangre en los últimos instantes; no podía quejarse de sus sobrinas,
pájaros inquietos que agitaban sus plumajes con cierta insolencia, pero la
acompañaban sin réplica a misas y novenas con una graciosa gravedad, que daba
ganas de comérselas a besos. Pero la atormentaban el recuerdo del pasado del
marqués y el atolondramiento que mostraban sus hijas al hallarse en presencia
de los jóvenes; sus voces y gestos desgarrados, que eran como un eco de lo que
habían oído en la casa paterna.
A la noble señora le indignaba todo lo que pudiese alterar la armonía
majestuosa de su existencia y de su salón. Su mismo esposo era para ella un
motivo de disgusto por sus modales de hombre de trabajo, siempre ansioso de
descanso, y aquel desenfado grave y un tanto excéntrico que había copiado de
sus corresponsales de Inglaterra. Sólo sentía por él un débil afecto semejante
al que inspira un socio comercial. Estaba unida a él por el interés común en
favor de los hijos; por cierta gratitud al ver que su trabajo aseguraba la
riqueza de sus descendientes. En el hijo mayor había concentrado toda la
cantidad de amor de que era capaz su alma austera y orgullosa.
—Es un Torreroel: es mi hijo; mío solamente. No tiene nada de los
Dupont.
Y con estas palabras reveladoras de una feroz alegría maternal, creía
librar a su hijo de un peligro; como si después de haber aceptado el matrimonio
con Dupont por su gran fortuna, le inspirase éste repugnancia.
Pensaba con orgullo en los millones que tendrían sus hijos, y al mismo
tiempo despreciaba a los que los habían amasado. Recordaba mentalmente con
cierta vergüenza el origen de los Dupont, del que hablaban los más viejos de
Jerez al comentar su escandalosa fortuna. El primero de la dinastía llegaba a
la ciudad a principios del siglo, como un pordiosero, para entrar al servicio
de otro francés que había establecido una bodega. Durante la guerra de la
Independencia, el amo huía por miedo a las cóleras populares, dejando toda su
fortuna confiada al compatriota, que era su servidor de confianza, y éste, en
fuerza de dar gritos contra su país y vitorear a Fernando VII, conseguía que le
respetasen y hacía prosperar los negocios de la bodega, que se acostumbraba a
considerar como suya. Cuando, terminada la guerra, volvía el verdadero dueño,
Dupont se negaba a reconocerle, alegándose a sí mismo, para tranquilidad de la
conciencia, que bien había ganado la propiedad de la casa haciendo frente al
peligro. Y el confiado francés, enfermo y agobiado por la traición, desaparecía
para siempre.
Los negocios de la bodega crecían y se desarrollaban con la fecundidad
beneficiosa que acompaña siempre a todo crimen hábil. Comenzaba la carrera de
honradez de los Dupont, gentes excelentes, con esa bondad de los que no
necesitan cometer una mala acción para que sus negocios prosperen, ni ven
puesta a prueba su virtud por la desgracia.
La noble doña Elvira, que hacía gala a cada momento de sus ilustres
ascendientes, sentía cierto escozor al recordar esta historia; pero
tranquilizábase pronto, pensando que una parte de la gran fortuna la dedicaba a
Dios con sus generosidades de devota.
La muerte de don Pablo fue para ella una solución. Sintiose más libre de
preocupaciones y remordimientos. Su hijo mayor acababa de casarse y sería el
dueño de la casa. Ya no era la fortuna de los Dupont, era de un Torreroel, y
con esto le parecía que se borraba su vergonzoso origen, y que Dios protegería
mejor los negocios de la casa. La aptitud comercial de Pablo, sus iniciativas
y, especialmente, la nueva destilación del cognac, que hacía famoso el nombre
de la bodega, parecían afirmar estas preocupaciones de la buena señora.
¡Dupont, en el rótulo; pero Torreroel en el alma! Su hijo le parecía un gran
señor de otras épocas, de aquellos que con toda su nobleza eran agricultores y
servían a Dios arado en mano. La industria serviría ahora para que afirmase su
importancia social aquel descendiente de virreyes y santos arzobispos. El Señor
bendeciría con su protección al cognac y las bodegas...
El capataz de Marchamalo sintió la muerte del amo más que toda la
familia. No lloró, pero su hija María de la Luz, que comenzaba a ser una
mocita, andaba tras él, animándolo para que saliese de su triste marasmo, para
que no pasase las horas sentado en la plazoleta con la mandíbula entre las
manos y la vista perdida en el horizonte, desalentado y triste como un perro
sin dueño.
Eran inútiles los consuelos de la niña. ¡Cualquier día olvidaba él a su
protector, al que le había sacado de la miseria! Aquel golpe era de los de
prueba: únicamente podía compararse al dolor que le produciría la muerte de su
héroe don Fernando. María de la Luz, para animarle, sacaba del fondo de un
armario alguna botella de las que se dejaban los señoritos cuando iban a la
viña, y el capataz miraba con ojos llorosos el líquido dorado de la copa. Pero
al llenar ésta por tercera o cuarta vez, su tristeza tomaba un acento de dulce
resignación:
—¡Lo que somos! Hoy tú... mañana yo.
Para continuar su fúnebre monólogo bebía con la calma del campesino
andaluz, que mira el vino como la mayor de las riquezas y lo huele y examina,
hasta que, a la media hora de este copeo solemne y refinado, su pensamiento,
saltando de un afecto a otro, abandonaba a Dupont para fijarse en Salvatierra,
comentando sus correrías y aventuras, siempre propagando sus ideales de tal
modo, que la mayor parte del tiempo la pasaba en la cárcel.
No por esto olvidaba a su protector. ¡Ay, aquel don Pablo, cuánto bien
le había hecho! Por él, su hijo Fermín era un caballero. El viejo Dupont, al
ver la actividad que mostraba el muchacho en su escritorio, donde había entrado
como zagal para los recados, quiso ayudarle con su protección.
Fermín se había instruido aprovechando la presencia en Jerez de Salvatierra. El
revolucionario, al volver de su emigración en Londres, ansioso de sol y de
tranquilidad campestre, había ido a vivir en Marchamalo, al lado de su amigo el
capataz. Algunas veces, al entrar el millonario en la viña, se encontraba con
el rebelde hospedado en su propiedad sin permiso alguno. El señor Fermín creía
que, tratándose de un hombre de tantos méritos, era innecesario solicitar la
autorización del amo. Dupont, por su parte, respetaba el carácter probo y
bondadoso del agitador, y su egoísmo de hombre de negocios le aconsejaba la
benevolencia. ¡Quién sabe si aquellas gentes volverían a mandar el día menos
pensado!...
El millonario y el caudillo de los pobres se estrechaban tranquilamente
la mano después de tantos años de no verse, como si nada hubiese ocurrido.
—¡Hola, Salvatierra!... Me han dicho que es usted el maestro de
Ferminillo. ¿Cómo va ese discípulo?
Ferminillo progresaba rápidamente. Muchas noches no quería quedarse en
Jerez, y emprendía una marcha de más de una hora para ir a la viña en busca de
las lecciones de don Fernando. Los domingos dedicábalos por entero a su
maestro, al que adoraba con una pasión igual a la de su padre.
El señor Fermín no supo si fue por consejo de don Fernando o por propia
iniciativa del amo; pero lo cierto era que éste, con el acento imperioso que
empleaba para hacer el bien, manifestó su deseo de que Ferminillo fuese a
Londres a expensas de la casa, para pasar una larga temporada en la sucursal
que tenía en Collins-Street.
Ferminillo marchó a Londres, y al escribir, de vez en cuando, mostrábase
satisfecho de su vida. El capataz auguraba a su hijo un brillante porvenir.
Vendría de allá sabiendo más que todos los señores que plumeaban en el
escritorio de Dupont. Además, Salvatierra le había dado cartas para los amigos
que tenía en Londres, todos polacos, rusos e italianos, refugiados allí porque
en su tierra les querían mal; personajes que eran considerados por el capataz
como seres poderosos cuya protección envolvería a su hijo mientras viviese.
Pero el señor Fermín se aburría en su retiro, sin poder hablar más que
con los viñadores, que le trataban con cierta reserva, o con su hija, que
prometía ser una buena moza, y sólo pensaba en el arreglo y admiración de su
persona. La muchacha se dormía por las noches apenas deletreaba él a la luz del
candil alguno de los folletos de la buena época, los renglones cortos de
Barcia, que le entusiasmaban como una resurrección de su juventud. De tarde en
tarde se presentaba don Pablo el joven, que dirigía la gran casa Dupont,
dejando que sus hermanos menores se divirtiesen en la sucursal de Londres, o
doña Elvira con sus sobrinas, cuyos noviazgos llevaban revuelta a toda la
juventud de Jerez. La viña parecía otra, más silenciosa, más triste. Los
chicuelos que corrían por ella en pasados tiempos tenían ahora otras
preocupaciones. Hasta la casa de Marchamalo había envejecido tristemente; se
agrietaba su vetustez de ruda construcción, que contaba más de un siglo. El
impetuoso don Pablo, en su fiebre de innovaciones, hablaba de echarla abajo y
levantar algo grandioso y señorial, que fuese como el castillo de los Dupont,
príncipes de la industria.
¡Qué tristeza! Su protector había muerto, Salvatierra andaba por el
mundo y su compadre Paco el de Algar le abandonaba para siempre, muriendo de un
enfriamiento allá en un cortijo del riñón de la sierra. También el compadre
había mejorado de suerte, aunque sin llegar a la buena fortuna del señor
Fermín. En fuerza de trabajar como bracero y de rodar por las gañanías errante
como un gitano, siempre seguido de su hijo Rafael, que se empleaba en las
faenas de zagal, había acabado por ser aperador de un cortijo pobre: asunto,
como él decía, de matar el hambre sin tener que doblarse ante el surco,
debilitado por una vejez prematura y por los rudos lances de la conquista del
pan.
Rafael, que era ya un mocetón de dieciocho años, endurecido por el
trabajo, se presentó en la viña para dar la mala noticia a su padrino.
—Muchacho, ¿y ahora qué va a jacer?—preguntó el capataz interesándose
por su ahijado.
El mocetón sonrió al oír hablar de una colocación en otro cortijo. ¡Nada
de trabajar la tierra! La aborrecía. Gustábanle los caballos y las escopetas
con entusiasmo juvenil, como a cualquier señorito del Círculo
Caballista. En punto a domar un potro o a meter la bala donde ponía el ojo,
no admitía rival. Además, era todo un hombre; tan hombre como el que más: le
gustaban los valientes para ponerlos a prueba; ansiaba aventuras para que se
supiese quién era el hijo de Paco el de Algar. Y al decir esto sacaba el pecho
y tendía los brazos en cruz, haciendo alarde de la energía vital, de la juvenil
acometividad depositadas en su cuerpo.
—En fin, padrino, que con lo que yo tengo naide se muere de jambre.
Y Rafael no murió de hambre. ¡Qué había de morir!... Su padrino le
admiraba cuando le veía llegar a Marchamalo, montado en un alazán fuerte y de
libras, vestido como un hacendado de la sierra, con fachenda de galán
campesino, asomándole ricos pañuelos de seda por los bolsillos de la chaqueta y
el escopetón siempre pendiente de la montura. Al viejo contrabandista le
temblaban las carnes de placer oyéndole relatar sus proezas. El muchacho
vengaba a su compadre y a él de los sustos sufridos en la montaña, de los
golpes que les habían dado los que él apellidaba «los esbirros». ¡De seguro que
a éste no se le ponían delante para quitarle la carga!...
El mozo era de los de caballería y no se limitaba a entrar tabaco. Los
judíos de Gibraltar le hacían crédito, y su alazán trotaba llevando a la grupa
fardos de sedas y de vistosos pañolones de China. Ante el absorto padrino y su
hija María de la Luz, que le miraba fijamente con sus ojos de brasa, el
muchacho sacaba a puñados las monedas de oro, las libras inglesas, como si
fuesen ochavos, y acababa por extraer de las alforjas algún pañuelo vistoso o
puntilla complicada, para hacer regalo de ello a la hija del capataz.
Los dos jóvenes se miraban con cierta vehemencia; pero al hablarse
experimentaban una gran timidez, como si no se conocieran desde niños, como si
no hubiesen jugado juntos cuando el señor Paco venía de tarde en tarde a
visitar a su viejo camarada en la viña.
El padrino sonreía socarronamente viendo la turbación de los muchachos.
—No parece sino que ustés no se han visto nunca. Hablarse sin miedo, que
ya sé yo que tú buscas ser algo más que mi ahijado... ¡Lástima que andes en esa
vida!
Y le aconsejaba que ahorrase, ya que la suerte se le presentaba de
frente. Debía guardar sus ganancias, y cuando tuviese un capitalito, ya
hablarían de lo otro, de aquello que no se nombraba nunca, pero que sabían los
tres. ¡Ahorrar!... Rafael sonreía ante este consejo. Tenía en el porvenir la
confianza de todos los hombres de acción seguros de su energía; la generosidad
derrochadora de los que conquistan el dinero desafiando a las leyes y a los
hombres; la largueza desenfadada de los bandidos románticos, de los antiguos
negreros, de los contrabandistas; de todos los pródigos de su vida que,
acostumbrados a afrontar el peligro, consideran sin valor lo que ganan
sorteando a la muerte. En los ventorrillos de la campiña, en las chozas de
carboneros de la sierra, en todas partes donde se juntaban hombres para beber,
él lo pagaba todo con largueza. En las tabernas de Jerez organizaba juergas de
estruendo, abrumando con su generosidad a los señoritos. Vivía como los
lasquenetes mercenarios condenados a la muerte, que, en unas cuantas noches de
orgía pantagruélica, devoraban el precio de su sangre. Tenía sed de vivir, de
gozar, y cuando en medio de su existencia azarosa le acometía la duda de lo
futuro, veía, cerrando los ojos, la graciosa sonrisa de María de la Luz,
escuchaba su voz, que siempre le decía lo mismo cuando él se presentaba en la
viña.
—Rafaé: me dicen muchas cosas de ti y toas son malas... ¡Pero tú eres
bueno! ¿verdá que cambiarás?...
Y Rafael se juraba a sí mismo que había de cambiar, para que no le
mirase con sus ojazos de pena aquel ángel que le aguardaba en lo alto de una
colina, cerca de Jerez, y corría cuesta abajo entre el ramaje de las cepas, al
verle de lejos galopar por la polvorienta carretera.
Una noche, los perros de Marchamalo ladraron desaforadamente. Era cerca
del amanecer, y el capataz, echando mano a su escopeta, abrió una ventana. Un
hombre en mitad de la plazoleta sosteníase agarrado al cuello de su jaca, que
respiraba jadeante, con las piernas temblonas, como si fuese a desplomarse.
—Abra usté, padrino—dijo con débil voz.—Soy yo, Rafaé, que vengo jerío.
Pa mí, que me han pasao de parte a parte.
Entró en la casa, y María de la Luz, al asomarse tras la cortina de
percal de su cuarto, lanzó un alarido. Olvidando todo pudor, la muchacha salió
en camisa a ayudar a su padre, que apenas podía sostener al mocetón, pálido con
palidez de muerte, con las ropas salpicadas de sangre negruzca y de otra fresca
y roja que caía y caía por debajo de su chaquetón, goteando en el suelo.
Anonadado por su esfuerzo para llegar hasta allí, Rafael se desplomó en la
cama, contándolo todo con palabras entrecortadas antes de desvanecerse.
Un encuentro en la sierra al anochecer con los del resguardo. Él había
herido para abrirse paso, y en la huida le alcanzó una bala en la espalda,
debajo del hombro. En un ventorrillo le habían curado de cualquier modo, con la
misma rudeza con que cuidaban a las bestias, y al oír, en el silencio de la
noche, con su fino oído de hombre de la sierra, el trote de los caballos
enemigos, había vuelto sobre la silla para no dejarse coger. Un galope de
leguas, desesperado, loco, haciendo esfuerzos por mantenerse sobre los
estribos, apretando sus piernas con el estertor de una voluntad próxima a
desvanecerse, rodándole la cabeza, viendo nubes rojas en la oscuridad de la
noche, mientras por el pecho y la espalda se escurría algo viscoso y caliente,
que parecía llevársele la vida con punzante cosquilleo. Deseaba esconderse, que
no le cogieran: y para esto, ningún refugio como Marchamalo, en aquella época
que no era de trabajo y los viñadores estaban ausentes. Además, si su destino
era morir, deseaba que fuese entre los que más quería en el mundo. Y sus ojos
se dilataban al decir esto: se esforzaba por acariciar con ellos, entre el
lagrimeo del dolor, a la hija de su padrino.
—¡Rafaé! ¡Rafaé!—gemía María de la Luz inclinándose sobre el herido.
Y como si la desgracia le hiciese olvidar su habitual recato, faltó muy
poco para que le besase en presencia de su padre.
El caballo murió en la mañana siguiente, reventado por la loca carrera.
Su dueño se salvó después de una semana transcurrida entre la vida y la muerte.
El señor Fermín había traído de Jerez un médico, gran amigo de Salvatierra, un
compañero de la época heroica, acostumbrado a esta clase de lances. Tuvo
delirios que le hacían gritar con el terror de la pesadilla, y cuando después
de largos desvanecimientos desentornaba los ojos, veía a María de la Luz
sentada junto a la cama, inclinando sobre él su cabeza, como si buscase en su
aliento la llegada de la reacción vital que habla de salvarle.
La convalecencia no fue larga. Una vez pasado el peligro, la herida se
cicatrizó rápidamente. El capataz afirmaba, con cierto orgullo, que su ahijado
tenía carne de perro. A otro lo hubiesen hecho polvo con un balazo así: ¡pero,
balitas a él, que era el mozo más valiente del campo de Jerez!...
Cuando el herido abandonó la cama, acompañábale María de la Luz en sus
vacilantes paseos por la explanada y los senderos inmediatos. Entre los dos
había vuelto a reaparecer esa pudibundez de los amantes campesinos, ese recato
tradicional que hace que los novios se adoren sin decírselo, sin declararse su
pasión, bastándoles el expresarla mudamente con los ojos. La muchacha, que
había vendado su herida, que había visto desnudo su pecho robusto, perforado
por aquel rasguño de labios violáceos, no osaba ahora, que le veía de pie,
ofrecerle su brazo cuando paseaba vacilante, apoyándose en un bastón. Entre los
dos marcábase un ancho espacio, como si sus cuerpos se repeliesen
instintivamente; pero los ojos se buscaban, acariciándose con timidez.
A la caída de la tarde, el señor Fermín se sentaba en un banco, bajo las
arcadas de su caserón, con la guitarra en las rodillas.
—¡Venga de ahí, Mariquita de la Lú! Hay que alegrar un poquiyo al
enfermo.
Y la muchacha rompía a cantar, con la cara grave y los ojos entornados,
como si cumpliese una función sacerdotal. Únicamente sonreía cuando su mirada
se encontraba con la de Rafael, que la escuchaba en éxtasis, acompañando con
débil palmoteo el rasguear melancólico de la guitarra del señor Fermín.
¡Oh, la voz de María de la Luz! Una voz grave, de entonaciones
melancólicas, como la de una mora habituada a eterna clausura que canta para
oídos invisibles tras las tupidas celosías: una voz que temblaba con litúrgica
solemnidad, como si meciese el sueño de una religión misteriosa sólo de ella
conocida. De repente, se adelgazaba, partiendo como un relámpago hacia las
alturas, hasta convertirse en un alarido agudo, en un grito que serpenteaba,
formando complicados arabescos de salvaje bizarría.
Las vulgares coplas, oídas por Rafael tantas veces en sus juergas con
las gitanas, parecían nuevas en los labios de María de la Luz. Adquirían un
sentimentalismo conmovedor, una unción religiosa en el silencio del campo, como
si aquella poesía ingenua y gallarda, cansada de rodar sobre las mesas,
manchadas de vino y de sangre, se rejuveneciera al tenderse soñolienta en los
surcos de la tierra bajo los pabellones de pámpanos. La voz de María de la Luz
era famosa en la ciudad. En Semana Santa, la gente que presenciaba el paso de
las procesiones de encapuchados a altas horas de la noche, corría para oírla de
más cerca.
—Es la niña del capataz de Marchamalo que va a echarle una saeta al
Cristo.
Y empujada por las amigas, abría los labios y ladeaba la cabeza con un
gesto lacrimoso, igual al de la Dolorosa; y el silencio de la noche, que
parecía agrandado por la emoción de una religiosidad lúgubre, rasgábase con el
lento y melódico quejido de aquella voz de cristal que lloraba las trágicas
escenas de la Pasión. Más de una vez la muchedumbre, olvidando la santidad de
la noche, prorrumpía en elogios a la gracia de la chiquilla y en bendiciones a
la madre que la había parido, sin respetar el aparato inquisitorial del sagrado
Entierro con sus negros encapuchados y sus fúnebres blandones.
En la viña no despertaba menores entusiasmos María de la Luz. Oyéndola
los dos hombres bajo las arcadas, sentíanse conmovidos, y sus almas sencillas
abríanse a la ráfaga de poesía del crepúsculo, mientras se coloreaban las
lejanas montañas con la puesta del sol, y Jerez teñía su blancura con
resplandores de incendio, destacándose sobre un cielo de violeta en el que
comenzaban a brillar las primeras estrellas.
El canto quejumbroso y melancólico de los pueblos tristes y moribundos,
despertaba inexplicables recuerdos, ecos de una existencia anterior. El alma
morisca se estremecía en ellos oyendo aquellas coplas de muerte, de sangre, de
amores desesperados y fanfarronas amenazas. El viejo capataz, enardecido por la
voz de María de la Luz, parecía olvidar que era su hija, y soltaba la guitarra
para echarla su sombrero a los pies.
—¡Olé mi niña! ¡Viva su pico de oro, la mare que la crió... y el pare
también!
Y recobrando su gravedad, le decía al ahijado con el tono de un profesor
que enseña verdades de universal trascendencia:
—Ese es er verdadero cante jondo... ¡Jerezano puro! Y si te icen que si
las seviyanas, que si las malagueñas, di que es pamplina. En Jerez está la
llave der cante. Eso lo declaran toos los sabios del mundo.
Cuando Rafael se sintió fuerte tuvo que dar por terminado este período
de dulce intimidad. Una tarde habló a solas con el señor Fermín. Él no podía
seguir allí; pronto llegarían los viñadores, y la casa de Marchamalo recobraría
su animación de pequeño pueblo. Además, don Pablo anunciaba su propósito de
echar abajo el caserón, para construir aquel castillo con el que soñaba como
una glorificación de su familia. ¿Cómo explicar Rafael su presencia en la viña?
Era una vergüenza que un hombre de sus energías permaneciese allí, sin
ocupación, viviendo al amparo de su padrino.
El asunto de aquella noche parecía olvidado. No temía que le
persiguiesen, pero estaba resuelto a no volver a su antigua vida.
—Con una basta, padrino; tenía su mercé razón. Ni esta es manera de
ganarse honradamente el pan, ni hay jembra que apechugue con un mozo que por
más dinero que traiga a casa puede morir de mala muerte.
Él no sentía miedo, ¡eso nunca!, pero tenía sus planes para el porvenir.
Quería formarse una familia, como su padre, como su padrino, y no pasar la vida
echándolas de jaque en la montaña. Buscaría una ocupación más honrada y
tranquila, aunque conociese el hambre.
Y entonces fue cuando el señor Fermín, valiéndose de su influencia con
los Dupont, hizo a Rafael aperador del cortijo de Matanzuela, propiedad del
sobrino del difunto don Pablo.
El tal Luis había vuelto a Jerez hecho un hombre, después de una
continua peregrinación por todas las universidades de España, buscando
catedráticos de manga ancha que no tuviesen empeño en malograr futuros
abogados. Su tío le había impuesto la obligación de seguir una carrera, y
mientras aquél vivió, se había resignado a llevar la vida de estudiante,
ajustándose a los estrechos envíos de dinero y ampliándolos con préstamos
feroces, por los que firmaba a ojos cerrados cuantos papeles querían
presentarle los usureros. Pero al ver al frente de la familia a su primo Pablo
y próxima su mayor edad, se había negado a continuar por más tiempo la comedia
de sus estudios. Era rico, no quería perder el tiempo en cosas que en nada le
interesaban. Y tomando posesión de sus bienes, comenzó la libre existencia de
placeres con la que había soñado en su estrecha vida de estudiante.
Viajaba por toda España, pero ya no era para aprobar una asignatura aquí
y otra más allá: aspiraba a ser una autoridad en el arte taurino, un grande
hombre de la afición, e iba de plaza en plaza al lado de su matador favorito,
presenciando todas sus corridas. En invierno, cuando descansaban sus ídolos,
vivía en Jerez al cuidado de sus haciendas, y este cuidado consistía en pasarse
las noches en el Círculo Caballista, discutiendo acaloradamente los
méritos de su matador y la inferioridad de sus rivales, pero con tal
vehemencia, que por si una estocada recibida años antes por un toro, del que no
quedaban ni los huesos, había sido caída o en su sitio, tentábase por encima de
la ropa el revólver, la navaja, todo el arsenal que llevaba sobre su persona,
como garantía del valor y la arrogancia con que resolvía sus asuntos.
No salía caballo hermoso y de precio de las yeguadas jerezanas, que no
lo comprase, entablando pujas con su primo, que era más rico que él. Por la
noche, los montañeses de los colmados le veían entrar como un presagio de
borrasca, seguros de que acabaría rompiendo botellas y platos y echando las
sillas por el aire, para demostrar que era muy hombre y podía después pagarlo
todo a triple precio. Su ambición estribaba en ser el continuador del glorioso
marqués de San Dionisio, pero en el Círculo Caballista decían
de él que no era más que su caricatura.
—Le farta el señorío, el aquel del bendito marqué—decía
el señor Fermín al enterarse de las hazañas de Luis, al que conocía desde niño.
Las mujeres y los valientes eran las dos pasiones del señorito. Con
ellas no se mostraba muy generoso; deseaba ser adorado por sus méritos de
jinete arrogante, creyendo de buena fe que todos los balcones de Jerez se
estremecían con la palpitación de corazones ocultos cuando pasaba él montando
el último caballo que acababa de adquirir. Con la corte que le acompañaba de
parásitos y matones era más espléndido. No había en todo el término de Jerez un
valentón de fama triste que no acudiese a él atraído por su liberalidad. Los
que salían de presidio no tenían que preocuparse de su suerte; don Luis era un
buen amigo y además de darles dinero, les admiraba. Cuando a altas horas de la
noche, al final de las francachelas en los colmados, sentíase borracho,
despreciaba a sus queridas para fijar toda su admiración en los hombres de
bronce que le acompañaban. Hacía que le mostrasen las cicatrices de sus
heridas, que le relatasen sus heroicas peleas. Muchas veces, en el Círculo
Caballista señalaba a los amigos algún hombre malcarado que le
aguardaba en la puerta.
—Ese es el Chivo—decía con el orgullo de un príncipe que
habla de sus grandes generales.—Un hombre a quien le arrastran las borlas por
el suelo. Entre tiros y cuchilladas tiene más de cincuenta cicatrices en el
pellejo.
Miraba a todos con insolente superioridad, como si las cicatrices del
amigote fuesen una declaración de su propio valor, y vivía feliz creyendo que
en todo Jerez no había quien le disputase su guapeza con los hombres y su buena
fortuna con las mujeres.
Cuando el capataz de Marchamalo le habló en favor de Rafael, el señorito
lo admitió inmediatamente. Había oído hablar del muchacho; era de los suyos (y
al decir esto tomaba el aire protector de un maestro), recordaba ciertos tiros
en la sierra y el miedo que le tenían los del resguardo. Nada: que se quedaba
con él; así le gustaban los hombres.
—Te colocaré en mi cortijo de Matanzuela—dijo acariciando con amistosas
palmadas a Rafael, como si fuese un nuevo discípulo.—El aperador que tengo es
un viejo medio cegato, del que se ríen los gañanes. Y ya sabemos lo que son los
trabajadores: ¡mala gente! Con ellos, el pan en una mano, y el garrote en la
otra. Necesito un hombre como tú, que los meta en cintura y cuide mis
intereses.
Y Rafael se fue al cortijo, no volviendo a la viña más que una vez por
semana, cuando iba a Jerez para hablar al amo de los asuntos de la labranza.
Muchas veces tenía que buscarlo en la casa de alguna de sus protegidas. Le
recibía en la cama, incorporándose sobre el almohadón, en el que descansaba
otra cabeza. El nuevo aperador reía a solas las fanfarronadas de su amo, más
atento a recomendarle la dureza y que «metiese en cintura» a los holgazanes que
trabajaban sus campos, que a enterarse de las operaciones agrícolas, echando la
culpa de las malas cosechas a los gañanes, una canalla que no quería trabajar y
deseaba que los amos se convirtiesen en criados, como si el mundo pudiera
volverse del revés.
Don Luis llegaba a olvidarse de sus aficiones matonescas y sus hazañas
amorosas, cuando hablaba de la gente zafia de los campos que, movida por falsos
apóstoles, quería repartírselo todo. Él había estudiado (lo declaraba
pomposamente en el Círculo Caballista, sin reparar en las sonrisas
de los que le escuchaban), él sabía que lo que deseaban los trabajadores
eran utopias, eso es; utopias (y repetía con
delectación la palabra), y que todo lo que ocurría era por culpa de los
gobiernos que no «meten en cintura» a los gañanes, y también por falta de
religión. Si señor; la religión: este era el freno del pobre, y como cada vez
había menos, los de abajo, con el pretexto del hambre, querían comerse a los de
arriba.
Estas palabras ya no hacían sonreír a los socios del Caballista,
sino que las aprobaban con fervorosos gestos, con toda su fe de ricos
labradores, que encogían los hombros cuando algún iluso proponía pantanos y
canales, y todos los años costeaban grandes fiestas a la Virgen de la Merced,
sacándola en rogativa apenas faltaba el agua a sus campos.
A pesar de estas ideas que propalaba Luis en sus momentos de seriedad,
afirmando que mejor andarían las cosas si él gobernase, don Pablo Dupont
abominaba de su primo, considerándolo una vergüenza de la familia.
Este pariente, que renovaba los escándalos del de San Dionisio,
agravados, según doña Elvira, por su origen plebeyo, era una calamidad en una
casa que siempre había infundido respeto por su nobleza y santas costumbres.
Para mayor desgracia estaban las niñas del marqués, Lola y Mercedes. ¡Las veces
que su tía se sofocó de indignación, sorprendiéndolas por la noche en una reja
baja de su hotel, hablando con los novios, que se renovaban casi semanalmente!
Tan pronto eran tenientes de la remonta, como señoritos del Caballista,
o ingleses jóvenes, empleados en los escritorios, que se entusiasmaban pelando
la pava al estilo del país y hacían reír a las niñas con su andaluz
chapurreado británicamente. No había muchacho en Jerez que no tuviese su rato
de conversación con las desenvueltas marquesitas. Ellas hacían
frente a todos: bastaba pararse ante sus rejas para entablar diálogo, y los que
pasaban sin detenerse eran perseguidos por las risas y los siseos irónicos que
sonaban a sus espaldas. La viuda de Dupont no podía dominar a sus sobrinas, y
éstas, por su parte, así como iban creciendo, mostrábanse más insolentes con la
devota señora. Era en vano que su primo las prohibiese salir a las rejas.
Burlábanse de él y su madre, añadiendo que ellas no habían nacido para monjas.
Escuchaban con gesto hipócrita las pláticas del confesor de doña Elvira
recomendándolas la sumisión, y hacían uso de toda clase de astucias para
comunicarse con los galanes de a pie y de a caballo que rondaban la calle.
Un señorito del Caballista, hijo de un cosechero, gran amigo
de la casa Dupont, se enamoró de Lola, pidiéndola en matrimonio
apresuradamente, como si temiera que se le escapase.
Doña Elvira y su hijo aceptaron la demanda: en el Círculo causó
asombro el valor de aquel muchacho casándose con una de las hijas del marqués
de San Dionisio.
Este matrimonio fue para las dos hermanas una liberación. La soltera se
marchó con la otra, gozosa de emanciparse por fin de la tía huraña y devota, y
a los pocos meses volvieron a reanudar en casa del marido las costumbres que
observaban cerca de los Dupont. Mercedes pasaba la noche en la reja en apretada
intimidad con los novios: su hermana acompañábala con cierto aire de señora
mayor, y hablaba con otros para no perder el tiempo. El marido protestaba,
intentando rebelarse. Pero las dos se indignaban contra él porque osaba
interpretar estas diversiones inocentes de un modo ofensivo para su pudor.
¡Qué de disgustos proporcionaron las dos Marquesitas, como
las llamaban en la ciudad, a la austera doña Elvira!... Mercedes, la soltera,
se fugó con un inglés rico. De tarde en tarde llegaban vagas noticias que
hacían palidecer de rabia a la noble señora. Unas veces la veían en París,
otras en Madrid, llevando una vida de cocotte elegante.
Cambiaba con frecuencia de protectores, pues los atraía a docenas con su gracia
picaresca. Además, en ciertas vanidades producía gran impresión el título de
marquesa de San Dionisio, que había unido a su nombre, y la corona nobiliaria
con que adornaba sus camisas de noche y las sábanas de una cama tan frecuentada
como la acera de una gran calle.
La viuda de Dupont creyó morir al saber tales cosas. ¡Señor, y para esto
habían nacido los preclaros varones de su familia, virreyes, arzobispos y
capitanes, dándoles los monarcas títulos y señoríos! ¡Para que tanta gloria
sirviese de prospecto a una mala mujer!... Y aun ésta resultaba la mejor de las
dos. Al fin había huido por no afrentar de cerca a su familia, y si vivía en el
pecado, era entre hombres de cierto linaje, siempre con personas decentes, como
si influyesen en ella los respetos al rango de su familia.
Pero quedaba la otra, la mayor, la casada, y ésta quería acabar con
todos los parientes matándolos de vergüenza. Su vida conyugal, después de la
fuga de Mercedes, fue un infierno. El marido vivía en perpetuo recelo,
marchando a ciegas en sus sospechas, no sabiendo en quién fijarse, pues su
mujer miraba del mismo modo a todos los hombres, como si se ofreciera con los
ojos, hablándoles con una libertad que incitaba a toda clase de audacias.
Sintió celos de Fermín Montenegro, que acababa de llegar de Londres, y
reanudando su intimidad infantil con Lola, la visitaba con frecuencia, atraído
por su picaresco lenguaje.
Las escenas domésticas acababan a golpes. El marido, aconsejado por los
amigos, acudía a la bofetada y al palo, para domar a «la mala bestia», pero la
tal bestiecilla justificaba el apodo, pues al revolverse con el vigor y la
acometividad de una infancia bravía digna de su ilustre padre, devolvía los
golpes de tal modo, que siempre era el cónyuge el que resultaba peor librado.
Muchas veces se presentaba en el Círculo Caballista con
arañazos en la cara o amoratadas señales.
—Con esa no puedes tú—le decían los amigos en un tono de compasión
cómica.—Es mucha mujer para ti.
Y celebraban la energía de Lola, la admiraban, con la secreta esperanza
de ser algún día de los favorecidos.
El escándalo fue tan grande, que el marido se retiró a la casa de sus
padres y la Marquesita pudo por fin vivir a sus anchas.
—Márchate—la dijo un día su primo Dupont.—Tú y tu hermana sois nuestra
deshonra. Huye lejos, y donde estés yo te enviaré lo necesario para que vivas.
Pero Lola contestó con un ademán impúdico, gozándose en escandalizar a
su devoto pariente. No le daba la gana de irse, y no se iba. Ella era muy flamenca;
le gustaba la tierra y su gente. Marcharse sería poco menos que morir.
Anduvo algún tiempo por Madrid con su hermana, pero sus viajes fueron de
corta duración. Era una cañí, una hija legítima del marqués de San
Dionisio. ¡Que no le quitasen a ella sus juerguecitas hasta el
amanecer, tocando palmas y taconeando sentada, con las faldas en las rodillas!
¡Que no la privasen del vino de la tierra, que era su sangre y su felicidad! Si
rabiaba la familia, que rabiase. Ella quería ser gitana como su padre.
Aborrecía a los señoritos; le gustaban los hombres con sombrero pavero, y si llevaban
zajones, mejor; pero muy hombres, oliendo a cuadra y a macho sudoroso. Y
paseaba su belleza de rubia fina con carnes de porcelana por los colmados y
ventorrillos, tratando con una fraternidad exagerada a los cantaoras y rameras
que intervenían en las juergas, exigiendo que la tuteasen, y riendo
con nerviosa alegría de borracha cuando los hombres, embrutecidos por el vino,
sacaban las navajas y las hembras se apelotonaban asustadas en un rincón.
Esta vida de embriaguez, estrépito, pelea y caricias alcohólicas que
había entrevisto de niña en lo casa paterna, atraíala con fuerza ancestral,
entregándose a ella sin remordimiento, como si continuase una tradición de
familia. En sus excursiones nocturnas, cogida del brazo del galán rústico que
disfrutaba de su momentáneo apasionamiento, se encontraba con Luis Dupont y su
cortejo de gente alegre. Llamábanse primos por su lejano parentesco, se
embriagaban juntos, y Luis afirmaba su resolución de ir a tiros con todo el que
no confesase que la Marquesita era «la mujer más barbiana de
la tierra». Pero a pesar de los abandonos de Lola, que permitían al calavera
apreciar sus secretos físicos, y de que más de una vez la acompañó hasta su
casa por las desiertas calles, haciendo esfuerzos por contener sus arrebatos de
histérica que la impulsaban al escándalo, nunca sus relaciones pasaron de una
intimidad amistosa. Luis sentía ciertos entorpecimientos en el deseo y dejaba
para más adelante la fácil empresa, como si le cohibiese el recuerdo del
período de la infancia que habían pasado juntos.
Toda la ciudad comentaba los escándalos de la Marquesita a
la que regocijaba mucho el asombro de las gentes tranquilas.
Lo mismo la veían en las principales calles elegantemente vestida o en
el Campo de la Feria en un lujoso carruaje, como se presentaba despeinada y
envuelta en un mantón copiando el andar de las mozas bravas y contestando a los
requiebros de los hombres con palabras que ruborizaban a muchos. Gustaba de
sonreír con gestos de misteriosa complicidad a los pacíficos señores que
pasaban junto a ella con sus familias. Después reía como una loca pensando en
las querellas conyugales que estallaban al volver a casa aquellos matrimonios
honrados y solemnes que ella había tratado cuando vivía con su esposo. En una
acera de la calle Larga, ante las mesas de los principales casinos, había
besado a un amigo con exagerados transportes de pasión, entre el griterío de la
gente que salía a las puertas.
Su último amor era un mozo tratante en cerdos, un atleta chato y cejudo
con el que vivía en el arrabal. Un secreto poder de este macho fuerte la
enloquecía. Hablaba de él con orgullo, gozándose en el contraste entre su
nacimiento y la profesión de su amante. De vez en cuando sufría arrebatos de
veleidad y se ausentaba de la casucha del arrabal por algunos días. El zafio
amante no la buscaba, dando su vuelta por segura; y al regresar el pájaro
caprichoso, todo el barrio poníase en alarma con los golpes y los gritos,
saliendo la Marquesita al balcón con el pelo suelto, pidiendo
socorro, hasta que una zarpa la arrancaba de los hierros y la metía dentro para
continuar el vapuleo.
Si algún amigo le hablaba con tono de zumba de las amorosas palizas,
contestaba con orgullo:
—Me pega porque me aprecia, y yo le quiero porque es el único que me
entiende. Mi porquero es todo un hombre.
Los escándalos de la Marquesita indignaban a muchos y
regocijaban a los más. La gente popular la miraba con cierta simpatía, como si
con sus envilecimientos halagase el instinto igualitario de los de abajo. Las
familias ricas y devotas que no podían negar su parentesco con los de San
Dionisio, buscado antes como un título de orgullo, decían con resignación:
«Debe de estar loca; Dios tocará su alma para que se arrepienta».
Los que no se resignaban eran los Dupont: don Pablo y su madre, que
volvían a su hotel malhumorados y confusos cada vez que veían en las calles el
rubio moño y la sonrisa insolente de Lola. Les parecía que la gente era menos
respetuosa con ellos por culpa de la mala hembra, deshonra de la familia. Hasta
creían ver en los criados cierta sonrisa, como si les alegrase la afrenta que
aquella loca infería a sus parientes. Los señores de Dupont comenzaron a
frecuentar menos las calles de la ciudad, pasando muchos días en su finca de
Marchamalo, para evitar todo encuentro con la Marquesita y con
las gentes que comentaban sus excentricidades.
Este alejamiento de Jerez permitió a Dupont realizar sus ensueños sobre
Marchamalo. Echó abajo el antiguo caserón y construyó lagares nuevos, una
hermosa casa para su familia, una capilla espaciosa y rica como un templo, y un
torreón cuadrado, con puntiagudas almenas, dominando el oleaje de colinas
cubiertas de cepas, que formaban el gran dominio de Marchamalo. Todo era nuevo
y sólido, construido con gran derroche de dinero. Únicamente dejó Dupont en pie
la casa de los viñadores, para que la finca no perdiese por completo su
carácter tradicional, conservando la cocina ennegrecida por el humo de muchos
años, en la que dormían los jornaleros en torno del fogaril, sobre
una esterilla de enea, única cama que les proporcionaba el señor.
Fermín Montenegro, al ir en los días de fiesta a visitar a su familia,
se encontraba siempre con los amos. Así fue aumentando insensiblemente su trato
con don Pablo. En medio de la campiña, bajo el cielo de intenso azul, parecía
dulcificarse el carácter imperioso de Dupont, haciéndole tratar a su
subordinado con más afecto que en el escritorio.
Contemplando el oleaje de cepas que cubría las pendientes blanquecinas,
el rico cosechero admiraba la fertilidad de su finca, atribuyéndola
modestamente a la protección de Dios. Algunas manchas yermas extendían su
trágica desolación entre el follaje de los pámpanos. Eran los rastros de la
filoxera que había arruinado a medio Jerez. Los cosecheros, quebrantados por la
baja de los vinos, no tenían medios para replantar sus viñas. Era aquella una
tierra aristocrática y cara, que sólo los ricos podían cultivar. Poner de nuevo
en explotación una aranzada costaba tanto como el mantenimiento de una
familia decente durante un año. Pero la casa Dupont era
opulenta y podía hacer frente a la plaga.
—Mira, Ferminillo—decía don Pablo;—todos esos claros los voy a plantar
de vid americana. Con esto, y, sobre todo, con el auxilio de Dios, ya verás
como la cosa marcha bien. El Señor está con los que le aman.
Doña Elvira, por su parte, no descendía a hacer confidente de sus
pensamientos a la familia de Montenegro, pero se dignaba hablarla con cierta
llaneza, lo que producía asombro en sus domésticos de la ciudad. La noble
señora sentía ablandarse su orgullo viviendo en el campo. Hablaba con el señor
Fermín queriendo averiguar a qué iglesia de Jerez iba los domingos con María de
la Luz, para oír misa... Al ver a la hija del capataz abstraerse, poniendo su
pensamiento lejos, muy lejos, en el cortijo donde vivía Rafael, la buena señora
interpretaba esta tristeza como un anhelo de recogimiento, y la ofrecía su
protección.
—No, señora—decía sonriendo la muchacha;—no quiero ser monja. A mí me
tira la vida.
Para Fermín Montenegro no eran un secreto los disgustos de carácter
espiritual, las grandes contrariedades que sufría la viuda de Dupont por culpa
de los negocios. Su hijo tenía que tratar gentes de todas clases, herejes y
hombres sin religión; extranjeros que consumían los vinos de la casa, y al
pasar por Jerez habían de ser recibidos con el agasajo que merecen los buenos
clientes. ¡Ser buenos servidores del Señor y tener que tratar a sus enemigos
como si fuesen iguales! En vano los Padres de la iglesia de San Ignacio
disipaban sus escrúpulos recordándola la importancia de los negocios y la
influencia que una casa tan poderosa ejercía sobre la religiosidad de Jerez.
Doña Elvira sólo se reconciliaba con sus famosas bodegas cuando una vez por año
salía con destino a Roma una barrica de vino, dulce y espeso como jarabe,
destinado a la misa del Pontífice por recomendación de varios obispos, amigos
de la casa. Este honor la servía de lenitivo. Pero aun así, ¡qué angustias no
la hacían sufrir aquellos extranjeros rubios y antipáticos que tenían la
audacia de leer la Biblia a su modo y en su lengua, sin creer en Su Santidad,
ni ir a misa!...
Montenegro conocía uno de los últimos disgustos de la piadosa señora,
que le habían relatado los criados de la casa.
Los Dupont tenían un viajante sueco, el mejor agente de su negocio.
Colocaba miles y miles de botellas del vino de fuego que producía Marchamalo,
en aquellos países septentrionales de noches casi eternas y días de pleno sol,
que duran meses. El viajante, después de muchos años de servicios a la casa,
había venido a España, pasando por Jerez, para conocer personalmente a los
Dupont. Don Pablo había creído indispensable el invitarlo a comer con su
familia.
Horrible tormento el que sufrió su madre ante aquel desconocido, enorme
de cuerpo, rojo y hablador, con esa alegría infantil de los hombres del Norte
cuando se ponen en contacto con el sol y los vinos de los países cálidos.
Doña Elvira acogía con una sonrisa traidora su charla incesante en un
español trabajoso; los gritos de asombro que le arrancaba el haber visto tantas
iglesias, tantos frailes y curas, tantos mendigos, los campos cultivados como
en los tiempos prehistóricos, las costumbres bárbaras y pintorescas, las plazas
de ciertas poblaciones llenas de hombres con los brazos cruzados y el
cigarrillo en la boca, esperando que fuesen a alquilarles.
Dupont tosía fingiéndose distraído como si no oyese al huésped, mientras
su madre seguía con asombro los estragos que hacía el forastero en los platos.
¡Qué manera de comer! Aquello no podía hacerlo un cristiano. Además era rojo,
como Luzbel y Judas, el color de todos los enemigos de Dios, y su cara
inflamada, de ogro en plena digestión, le hacía recordar las de los malos
espíritus que gesticulaban horrorosos en las láminas de su devocionario. ¡Y
tener que tratar herejes de esta clase, que se burlaban de un país cristiano
porque aún conserva puros e intactos los recuerdos de tiempos más felices!
¡Verse obligada a sonreírle, porque era el mejor cliente de la casa!...
Cuando Dupont se lo llevó, terminada la comida, la señora hizo que los
criados quitasen apresuradamente el cubierto, los vasos, todo lo que había
servido al forastero, sin que ella se atreviese a tocarlo. ¡Que jamás volviese
a ver aquello en la mesa! El negocio era una cosa y otra el
alma, que debía conservarse limpia de todo contacto impuro.
Y al volver los criados al comedor vieron a doña Elvira, con la pililla
de agua bendita de su dormitorio, rociando apresuradamente la silla en que se
había sentado el ogro rojo e impío.
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Cuando la docena de perros, bien contada, que tenía el cortijo de
Matanzuela, galgos, mastines y podencos, olfateaban a medio día el regreso del
aperador, saludaban con fieros aullidos y tirones de cadena el trote de la
jaca, y avisado por estas señales el tío Antonio, conocido por el apodo
de Zarandilla, asomábase al portalón para recibir a Rafael.
El viejo había sido durante mucho tiempo aperador del cortijo. Le tomó a
su servicio el antiguo dueño, hermano del difunto don Pablo Dupont; pero el amo
actual, el alegre don Luis, quería rodearse de gente joven, y teniendo en
cuenta sus años y la debilidad de su vista, lo había sustituido con Rafael. Y
muchas gracias—como él decía con su resignación de labriego—por no haberle
enviado a mendigar en los caminos, permitiéndole que viviese en el cortijo con
su compañera, a cambio de ocuparse la vieja del cuidado de las aves que
llenaban el corral y de ayudar él al encargado de las pocilgas que se alineaban
a espaldas del edificio. ¡Hermoso final de una vida de incesante trabajo, con
la espina quebrada por una curvatura de tantos años escardando los campos o segando
el trigo!...
Los dos inválidos de la lucha con la tierra no encontraban otra
satisfacción en su miseria que el excelente carácter de Rafael. Como dos perros
viejos, a los que se reserva por lástima un poco de pitanza, esperaban la hora
de la muerte en su tugurio junto al portalón del cortijo. Sólo la bondad del
nuevo aperador hacía llevadera su suerte. El tío Zarandilla pasaba
las horas sentado en uno de los bancos al lado de la puerta, mirando fijamente,
con sus ojos opacos, los campos de interminables surcos, sin que el aperador le
regañase por su indolencia senil. La vieja quería a Rafael como un hijo.
Cuidaba de su ropa y su comida, y él pagaba con largueza estos pequeños
servicios. ¡Bendito sea Dios! El muchacho se parecía por lo bueno y lo guapo al
único hijo que los viejos habían tenido; un pobrecito que había muerto siendo
soldado, en tiempos de paz, en un hospital de Cuba. Todo le parecía poco a la
seña Eduvigis para el aperador. Reñía al marido porque no se mostraba, según
ella, bastante amable y solícito con Rafael. Antes de que los perros anunciasen
su proximidad, oía ella el trotar del caballo.
—¡Pero, cegato!—gritaba a su marido.—¿No oyes que viene Rafaé? Anda a
sostenerle el cabayo, mardecío.
Y el viejo salía al encuentro del aperador, mirando de frente, con sus
ojos inmóviles, que sólo percibían la silueta de los objetos en una niebla
gris, moviendo las manos y la cabeza con un temblor de vejez exhausta y agotada
que le valía el apodo de Zarandilla.
Entraba Rafael en el cortijo sobre su briosa jaca, erguido y arrogante
como un centauro, y con gran retintín de espuelas y roce de los zajones de
cuero, se apeaba en el patio, mientras su cabalgadura golpeaba los guijarros,
como si aún desease emprender un nuevo galope.
Zarandilla descolgaba la escopeta del arzón, arma que
más de una vez tenía que echarse a la cara el aperador para imponer respeto a
los arrieros que bajaban carbón de la sierra y al detenerse al borde del
camino, soltaban a pacer sus bestias en los manchones, tierras sin
cultivar reservadas para el ganado del cortijo cuando no estaba en la dehesa.
Después recogía la chivata caída en el suelo, una larga
pértiga de acebuche, que el jinete llevaba atravesada en la silla, para arrear
a las reses que encontraba dentro de los sembrados.
Mientras el viejo llevaba el caballo a la cuadra, Rafael se despojaba de
los zajones, y entraba con la alegría de la juventud y del apetito despierto en
la cocina de los viejos.
—Mare Eduvigis, ¿qué tenemos hoy?
—Lo que a ti te gusta, condenao: ajito caliente.
Y los dos sonreían, aspirando el tufillo de la cazuela, donde acababan
de cocerse el pan y el ajo, bien majados. La anciana ponía la mesa, sonriendo a
los elogios con que celebraba Rafael sus manos de guisandera. Ya no era más que
una ruina: podía burlarse de ella el muchacho, pero en otro tiempo le habían
dicho cosas mejores los caballeros que venían con el difunto amo a ver los
potros del cortijo, celebrando las comidas que ella les guisaba.
Al sentarse Zarandilla a la mesa, de vuelta de la
cuadra, la primera mirada de sus ojos opacos era para la botella de vino, e
instintivamente avanzaba sus manos temblonas. Era un lujo que había introducido
Rafael en las comidas del cortijo. ¡Bien se reconocía en esto su juventud de
mozo rumboso, acostumbrado al trato con los caballeros de Jerez, y sus visitas
a Marchamalo, la famosa viña de los Dupont!... Años enteros había pasado el
viejo cuando era aperador sin otra alegría que la de deslizarse, a espaldas de
su mujer, hasta los ventorrillos de la carretera, o la de ir a Jerez con
pretexto de llevar a la familia del amo alguna cesta de huevos o un par de
capones, viajes de los que regresaba cantando, con la mirada chispeante, las
piernas inseguras y en la cabeza un repuesto de alegría para toda una semana.
Si alguna vez había soñado con la fortuna, era sin otra ambición que la de
beber como el más rico caballero de la ciudad.
Adoraba el vino con el entusiasmo de la gente del campo que no conoce
otro alimento que el pan de las teleras, el pan de los gazpachos o el ajo
caliente, y obligada a rociar con agua esta comida insípida, sin otra grasa que
el hediondo aceite del condimento, sueña con el vino, viendo en él la energía
de su existencia, la alegría de su pensamiento. Los pobres anhelaban con
vehemencia de anémicos esta sangre de la tierra. El vaso de vino mitigaba el
hambre y alegraba la vida un momento con su fuego: era un rayo de sol que
pasaba por el estómago. Por esto, Zarandilla, más que de los guisos
de su mujer, se preocupaba de la botella, manteniéndola al alcance de su mano,
calculando previamente, con avaricia infantil, lo que podría beber Rafael, y
asignándose el resto, sin consideración alguna, a la mujer que aprovechaba el
menor descuido para retirarla, guardándose su parte.
Rafael, no pudiendo por los hábitos de su primera juventud acostumbrarse
a la sobriedad del cortijo, encargaba al sobajanero (un
muchacho, que iba diariamente a Jerez en un borriquillo) que renovase de vez en
cuando su provisión de vino; pero la guardaba bajo llave, temiendo la
intemperancia de los viejos.
La comida transcurría en medio del solemne silencio del campo, que
parecía colarse en el cortijo por el abierto portón. Los gorriones piaban en
los tejados; las gallinas cocleaban en el patio, picoteando, con las plumas
erizadas, los intersticios del pavimento de guijarros. De la gran cuadra
llegaban los relinchos de los caballos sementales y los rebuznos de los
garañones, acompañados de pataleos y bufidos de gula satisfecha ante el pesebre
lleno. De vez en cuando, un conejo asomaba a la puerta del tugurio sus orejas
desmayadas, huyendo con medroso trote a la más leve voz, temblándole el rabillo
sobre las posaderas sedosas, y de las lejanas pocilgas llegaban ronquidos de
fiera, revelando una lucha de empellones de grasa y mordiscos traidores en
torno de los barreños de bazofia. Cuando cesaban estos rumores de vida, tornaba
a extenderse con religiosa majestad el silencio del campo, rasgado tenuemente
por el arrullo de las palomas o el lejano campanilleo de una recua,
deslizándose por la carretera que cortaba la inmensidad de tierras amarillas,
como un río de polvo.
En esta calma patriarcal, fumando sus cigarrillos (otra buena costumbre
que el viejo agradecía a Rafael), los dos hombres hablaban lentamente de los
trabajos del cortijo, con toda la gravedad que las gentes del campo ponen en
los asuntos de la tierra.
El aperador calculaba los viajes que había de hacer a una dehesa
propiedad de don Luis, donde invernaban la torada y la yeguada del cortijo. La
responsabilidad era del yegüero; pero don Luis, a quien interesaba más su
ganadería que todas las cosechas, quería estar al corriente del estado de sus
yeguas, y era por su salud por lo primero que preguntaba a Rafael siempre que
le veía.
Al volver de sus viajes, Rafael hablaba con cierta admiración del
yegüero y de los veladores a sus órdenes que cuidaban el
ganado durante la noche. Eran hombres de una honradez primitiva, con el
espíritu petrificado por la soledad y la monotonía de su existencia. Pasaban
los días sin hablar, sin otra manifestación de pensamiento que los gritos a los
animales sometidos a su custodia: «¡Aquí, Careto!»... «¡Anda a otro
sitio, Resalá!» Y los bueyes y las yeguas obedecían sus voces y sus
gestos, como si la continua comunicación de las bestias y el hombre acabase por
elevar a unos y rebajar a otros, fundiendo las especies.
El antiguo contrabandista creía traer una provisión de nueva vida cuando
bajaba al llano, al campo de interminables surcos que se perdían en el
horizonte y sobre los cuales sudaba encorvada una muchedumbre turbulenta y
miserable, roída por el odio y las necesidades.
La sierra era el escenario de su aventurera juventud, y al volver al
cortijo recordaba con entusiasmo las montañas cubiertas de acebuches,
alcornoques y encinas; las profundas cañadas con espesuras de lentisclos; las
altas adelfas orlando los riachuelos, en cuya corriente servían de pasos
grandes fragmentos de columnas con arabescos que el agua iba borrando poco a
poco; y en el fondo, sobre las cumbres, las ruinas de alcázares moriscos, el
castillo de Fátima, el castillo de la Mora Encantada,
una decoración que hacia recordar los cuentos de los crepúsculos de invierno
junto a la chimenea del cortijo.
Zumbaban los insectos sobre las inquietas crestas de la maleza;
arrastrábanse los lagartos entre las piedras; sonaban a lo lejos las esquilas
con acompañamiento de balidos, y de vez en cuando, al trotar el caballo de
Rafael por unos caminos que nunca habían conocido la rueda, abríase en lo alto
de un ribazo la cortina de matorrales, asomando los cuernos y el hocico
babeante de una vaca o el testuz curioso de un ternero que parecía extrañar la
presencia de un hombre que no fuese el pastor.
Otras veces eran las yeguas de larga cola y sueltas crines que temblaban
un momento con salvaje sorpresa al ver al jinete y huían monte arriba con
violentas ondulaciones de ancas. Los potros las seguían, con las patas
grotescamente cubiertas de pelo, como si llevasen pantalones.
Rafael miraba asombrado a los zagales nacidos en la sierra. Eran tímidos
y huraños con la gente que llegaba de aquella llanura, a la que volvían los
ojos con cierto temor supersticioso, como si en ella residiese el misterio de
la vida. Eran pedazos de naturaleza, de una existencia rudimentaria y monótana.
Andaban y vivían como podrían hacerlo un árbol o una piedra animados de
movimiento. En su cerebro, insensible a todo lo que no fuesen sensaciones
animales, apenas si las exigencias de la vida habían hecho florecer un ligero
musgo de pensamiento. Miraban como fetiches milagrosos las grandes verrugas de
los alcornoques, con las que podían fabricarse los tornillos,
cazuelas naturales para confeccionar el gazpacho. Buscaban las pieles viejas de
culebra, abandonadas entre los guijarros al cambiar de envoltura el reptil y
festoneaban los caños de las fuentes con estos pellejos oscuros, atribuyendo a
su ofrenda influencias misteriosas. Los largos días de inmovilidad en el monte,
vigilando el pastar de las bestias, extinguía lentamente todo lo que en estos
muchachos había de humano.
Cuando una vez por semana bajaba el mayor de los zagales a Matanzuela
para llevarse las provisiones de vaqueros y yegüerizos, el aperador gustaba de
hablar con este muchachón rudo y sombrío, que parecía un superviviente de las
razas primitivas. Siempre le hacía la misma pregunta.
—Vamos a ver. ¿Qué es lo que te gusta más? ¿Qué es lo que deseas?...
El mocetón contestaba sin vacilar; como si de antemano tuviese bien
determinados todos sus deseos.
—Casáme, jartáme y moríme...
Y al decir esto, enseñaba sus dientes blancos y fuertes de salvaje, con
una expresión de hambre feroz: hambre de comida y de carne femenil, deseos de
atracarse de una vez de aquellas cosas maravillosas que, según vagas noticias,
devoraban los ricos; de gustar de un solo trago el amor brutal que turbaba sus
sueños de jayán casto; de conocer la hembra, divinidad que admiraba de lejos al
descender de la sierra y cuyos tesoros ocultos creía adivinar contemplando las
grupas lustrosas y ágiles de las yeguas, las ubres sonrosadas y blancas de las
vacas... ¡Y después, morirse! como si conocidas y apuradas estas sensaciones
misteriosas, no restase nada de bueno en su vida de trabajo y privaciones.
¡Y estos zagales, condenados al salvajismo desde su nacimiento, como las
criaturas a las que se deforma para explotar su fealdad, ganaban treinta reales
al mes, a más de una triste pitanza que no acallaba los estremecimientos de su
estómago excitado por el aire de la montaña y las aguas puras de las fuentes!
¡Y sus jefes, los yegüeros y vaqueros, tenían dos reales y medio cuando más,
sin fiesta alguna durante el año; todos los días lo mismo, viviendo aislados,
con su mísera hembra que procreaba pequeños salvajes, dentro de un chozón,
negro y ahumado, un verdadero ataúd sin más entrada que un agujero de
madriguera, las paredes de pedruscos sueltos y una cubierta de hojas de
corcho!...
Rafael admiraba su probidad. Un hombre y dos zagales viviendo en esta
miseria, custodiaban rebaños que valían muchos miles de duros. En la dehesa del
cortijo de Matanzuela, los pastores no ganaban entre todos más de dos pesetas,
y tenían confiados a su cuidado ochocientas vacas y cien bueyes, un verdadero
tesoro de carne que podía extinguirse, morir, al menor descuido. Esta carne,
cuya crianza vigilaban, era para gentes desconocidas: ellos sólo la comían
cuando caía alguna res, víctima de enfermedades hediondas que no permitían su
conducción fraudulenta a las ciudades.
El pan del cortijo que se endurecía días y días en el chozón, algún
puñado de garbanzos o habichuelas y el aceite rancio del país, eran todo su
alimento. La leche les repugnaba, ahítos de su abundancia. Los pastores viejos
sentían sublevarse su probidad cuando algún zagal ayudaba a la muerte de una
bestia con el deseo de comer carne. ¿Dónde encontrar gente más buena y
resignada?...
Al oír Zarandilla estas reflexiones de Rafael, las
apoyaba con entusiasmo.
No había honradez como la de los pobres. ¿Y aún les tenían miedo
creyéndoles malos?... El se reía de la honradez de los señores de la ciudad.
—Mia tú, Rafaé, qué mérito tendrá que don Pablo Dupont, pongo el
ejemplo, con toos sus millones sea bueno y no robe nada a naide. Los buenos de
veras, son esos pobrecitos que viven como indios caribes, sin ver persona
humana, muertecitos de jambre, guardándole al amo sus tesoros. Los buenos somos
nosotros.
Pero el aperador, al pensar en los cortijos del llano no se mostraba tan
optimista como el viejo. Los gañanes vivían también en la miseria y sufrían
hambre, pero no eran gente tan noble y resignada como la del monte, que se
conservaba pura en su aislamiento. Tenían los vicios de la aglomeración, eran
desconfiados, veían enemigos en todas partes. A él mismo, que los trataba como
hermanos de pobreza y muchas veces se exponía a que el amo le regañase por
favorecerles, le miraban con odio, como si fuese un enemigo. Y sobre todo, eran
holgazanes y había que azuzarlos como si fuesen esclavos.
El viejo se indignaba oyendo al aperador. ¿Y cómo quería que fuesen los
gañanes? ¿Por qué habían de tener interés en trabajar?... Él, gracias a su
colocación en el cortijo, había podido llegar a viejo. Aún no tenía sesenta
años y estaba peor que muchos señores de más edad que parecían hijos suyos.
Pero se acordaba de los tiempos en que él y Eduvigis trabajaban a jornal y se
habían conocido en las noches de promiscuidad de la gañanía, acabando por
casarse. De sus compañeros de miseria, hombres o mujeres, quedaban muy pocos:
casi todos habían muerto, y los que quedaban eran casi cadáveres, con el
espinazo torcido y los miembros secos, deformados y torpes. ¿Era aquélla vida
de cristianos? ¡Trabajar todo el día bajo el sol o sufriendo frío, sin más
jornal que dos reales, y cinco como retribución extraordinaria e inaudita en la
época de la siega! Era verdad que el amo daba la comida, ¡pero qué comida para
cuerpos que de sol a sol dejaban sobre la tierra toda su fuerza!...
—¿Tú crees, Rafaé, que eso es comé? Eso es engañá la jambre; prepará el
cuerpo pa que lo coja la muerte.
En verano, durante la recolección, les daban un potaje de garbanzos,
manjar extraordinario, del que se acordaban todo el año. En los meses
restantes, la comida se componía de pan, sólo de pan. Pan seco en la mano y pan
en la cazuela en forma de gazpacho fresco o caliente, como si en el mundo no
existiera para los pobres otra cosa que el trigo. Una panilla escasa de aceite,
lo que podía contener la punta de un cuerno, servía para diez hombres. Había
que añadir unos dientes de ajo y un pellizco de sal, y con esto el amo daba por
alimentados a unos hombres que necesitaban renovar sus energías agotadas por el
trabajo y el clima.
Unos cortijos eran de pan por cuenta, y en ellos se daban
tres libras por cabeza. Una telera de seis libras era el único alimento para
dos días. Otros eran de pan largo, no había tasa, el gañán podía
comer cuanto desease, pero el horno del cortijo sólo cocía cada diez días y las
teleras cargadas de salvado eran tan ásperas y de tal modo se endurecían que el
amo, echándola de generoso, salía ganando, pues nadie osaba hincarlas el
diente, más que en la suprema desesperación del hambre.
Tres comidas tenían al día los braceros, todas de pan: una alimentación
de perros. A las ocho de la mañana, cuando llevaban más de dos horas
trabajando, llegaba el gazpacho caliente, servido en un lebrillo. Lo guisaban
en el cortijo, llevándolo a donde estaban los gañanes, muchas veces a más de
una hora de la casa, cayéndole la lluvia en las mañanas de invierno. Los
hombres tiraban de sus cucharas de cuerno, formando amplio círculo en torno de
él. Eran tantos, que para no estorbarse se mantenían a gran distancia del
lebrillo. Cada cucharada era un viaje. Debían avanzar, encorvarse sobre el
barreño, que estaba en el suelo, coger la cucharada y retirarse a la fila para
devorar las sopas, de una tibieza repugnante. Al aproximarse, los gruesos
zapatones hacían saltar el polvo o las pellas de barro, y las últimas
cucharadas tenían el mismo sabor que si comiesen tierra.
A medio día era el gazpacho frío, preparado en el mismo campo. Pan
también, pero nadando en un caldo de vinagre, que casi siempre era vino de la
cosecha anterior, que se había torcido. Únicamente los zagales y los gañanes en
toda la pujanza de su juventud, le metían la cuchara en las mañanas de
invierno, engulléndose este refresco, mientras el vientecillo frío les hería
las espaldas. Los hombres maduros, los veteranos del trabajo, con el estómago
quebrantado por largos años de esta alimentación, manteníanse a distancia,
rumiando un mendrugo seco.
Y por la noche, cuando regresaban a la gañanía para dormir, otro
gazpacho caliente: pan guisado y pan seco, lo mismo que por la mañana. Al morir
en el cortijo alguna res cuyas carnes no podían aprovecharse, se regalaba a los
braceros, y los cólicos de la intoxicación alteraban por la noche el
amontonamiento de carne adormilada en la gañanía. Otras veces, los que eran más
brutales en su batalla con el hambre, si conseguían matar a pedradas en el
campo un cuervo o algún otro pajarraco de rapiña, conducíanlo en triunfo al
cortijo y lo guisaban, celebrando con una risa de desesperados este banquete
extraordinario.
Los hombres empezaban de pequeños el aprendizaje de la fatiga
aplastante, del hambre engañada. A la edad en que otros niños más felices iban
a la escuela, ellos eran zagales de labranza por un real y los tres gazpachos.
En verano servían de rempujeros, marchando tras las carretas,
cargadas de mies, como los mastines que caminan a la zaga de los carros,
recogiendo las espigas que se derramaban en el camino y esquivando los
latigazos de los carreteros que los trataban como a las bestias. Después eran gañanes,
trabajaban la tierra, entregándose a la faena con el entusiasmo de la juventud,
con la necesidad de movimiento y el alarde fanfarrón de fuerza, propios del
exceso de vida. Derrochaban su vigor con una generosidad que aprovechaban los
amos. Estos preferían siempre para sus labores la inexperiencia de los mozos y
de las muchachas. Y cuando aún no habían llegado a los treinta y cinco años se
sentían viejos, agrietados por dentro, como si se desplomase su vida, y
comenzaban a ver rechazados sus brazos en los cortijos.
Zarandilla, que había presenciado todo esto, indignábase de
que tachasen de holgazanes a los braceros. ¿Por qué habían de trabajar más?
¿Qué aliciente les ofrecía el trabajo?...
—Yo he visto mundo, Rafaé. Yo he sido sordao, no de los de ahora, que
van en ferrocarrí, como los señoritos, sino de los que llevaban morrión alto e
iban a pie por las carreteras. Yo he corrío toda la nación matando hormigas, y
he visto mucho en mis viajes.
Y evocaba el recuerdo de las campiñas de Levante, las vegas de Valencia
y de Murcia, siempre verdes, pobladas como ciudades, viéndose de cada pueblo
los campanarios de otros lugares vecinos; teniendo cada campo su vivienda
rústica, y en ella una familia tranquila, y bien alimentada, sacando su
alimentación de pedazos de terreno tan pequeños, que él, en su hipérbole
andaluza, los comparaba con pañuelos de bolsillo. Los hombres trabajaban lo
mismo de noche que de día, ayudados por sus familias, en un noble aislamiento,
sin la emulación de grupo ni el miedo al aperador. El hombre no era un esclavo
en cuadrilla: rara vez se conocía allí el bracero a jornal. Cada uno cultivaba
lo suyo, y los vecinos se ayudaban en las faenas difíciles. El labrador
trabajaba para él, y si el campo tenía un amo, éste limitábase a cobrar el
arrendamiento, procurando por la fuerza de la costumbre y por miedo al
compañerismo de los pobres, no aumentar los antiguos precios.
El recuerdo de los campos, siempre verdes, alegraba después de tantos
años al viejo Zarandilla, pasando como una visión luminosa por sus
ojos oscuros.
Después hablaba con tristeza de la tierra en que vivía. Inmensos campos
cuyo término perdíase en el horizonte; surcos que se juntaban y confundían a lo
lejos como las varillas de un abanico, sin que ningún límite los cortase.
Cuanto se abarcaba con la vista, tierras llanas o colinas, bancales labrados o
manchones para el pasto, todo era de un amo. Podía un hombre caminar horas
enteras sin salir de la propiedad de un solo dueño. Aquellos campos no eran
para hombres: eran extensiones que sólo podían cultivar gigantes como los que
aparecían en los cuentos, labrándolas con bestias que tuviesen pies y alas. Y
la soledad por todas partes: ni un pueblo, ni otras viviendas que el cortijo.
Había que caminar horas y más horas hasta el límite de otras propiedades.
Provincias enteras eran en Andalucía de un centenar de amos. Y la
tierra, una tierra negra que llevaba en sus entrañas la reserva vital acumulada
durante muchos siglos, por un cultivo débil y perezoso de brazos mercenarios,
daba escape a su exceso de fuerza con un oleaje de plantas parásitas y nocivas
que asomaban entre las cosechas. La escarda apenas si podía combatir esta
florescencia de fuerzas perdidas.
El amo de la tierra se resignaba a aceptar lo que esta quisiera darle.
La extensión suplía la debilidad de un cultivo rutinario. Si la cosecha era
mala, se hacían economías sobre el trabajo de los braceros y sobre los
gazpachos que los alimentaban. Nunca faltaban esclavos que ofreciesen sus
brazos. A bandadas bajaban de la sierra las mujeres y los gañanes pidiendo
trabajo.
El cielo era más azul y sereno que en aquellos países de eterno verdor e
incesantes cosechas que él recordaba; lucía el sol con más fuerza, pero bajo su
lluvia de oro, la tierra andaluza se mostraba triste, con la soledad del
cementerio, silenciosa como si pesase sobre ella la muerte, con un revoloteo de
negros pajarracos en lo alto, y abajo, en los campos sin límites, centenares de
hombres alineados como esclavos, moviendo sus brazos con regularidad
automática, vigilados por un capataz. ¡Ni un campanario; ni una aglomeración de
casas blancas como en los países donde existían verdaderos labradores! ¡Aquí
sólo se veían siervos trabajando una tierra odiada que jamás podía ser suya;
preparando unas cosechas de las que no tocarían un solo grano!
—Y la tierra, Rafaé, es jembra, y a las jembras, pa que sean agradecías
y se porten bien, hay que quererlas. Y el hombre no puede queré a una tierra
que no es suya. Sólo deja el sudor y la sangre sobre los terrones de que puede
sacar el pan. ¿Digo mal, muchacho?...
Que aquella inmensidad de tierra se repartiese entre los que la
trabajaban, que los pobres supieran que del surco podían sacar algo más que un
puñado de céntimos y los tres gazpachos, ¡y ya se vería si los del país eran
holgazanes!
Resultaban malos trabajadores porque trabajaban para otros; porque
tenían la obligación de defender su vida miserable unos cuantos años más,
huyendo el cuerpo a la faena, prolongando los ratos de descanso concedidos para
fumar un cigarro, llegando al tajo lo más tarde posible y retirándose cuanto
antes. ¡Para lo que les daban!... Pero que tuviesen su parte de tierra, y la
cuidarían, peinándola y acicalándola a todas horas como una hija, y antes de
que clarease el día estarían ya en ella con la herramienta en la mano. En medio
de la noche se levantarían para las faenas urgentes; aquellas llanuras serían
un paraíso, y cada pobre tendría su casita, y los lagartos no irían arrastrando
su lomo rugoso y polvoriento días y días sin tropezar con una vivienda humana.
Rafael oponía reparos a los ensueños del viejo. Muy hermosas eran las
tierras que había visto Zarandilla, con sus parcelas que bastaban a
alimentar una familia. Pero allí había agua en abundancia.
—Y aquí también—gritaba el viejo.—Ahí tienes la sierra, que asín que
caen cuatro gotas, llora por toos los costaos.
¡Agua!... Barcos iban por los ríos de Andalucía hasta muy tierra
adentro, mientras en sus orillas los campos se resquebrajaban de sed. ¿No era
mejor que los hombres hicieran fructificar el suelo y comiesen con la hartura
de la abundancia, aunque los barcos descargasen en los puertos de la costa?
¡Agua!... que les diesen los campos a los pobres y ellos la traerían a buenas o
a malas, impulsados por la necesidad. No serían como los señores, que por mal
que se presente la cosecha, siempre sacan para vivir poseyendo tanta tierra, y
conservan el cultivo lo mismo que los abuelos de sus abuelos. Los campos que él
había admirado en otros países eran inferiores a los de Andalucía. No tenían en
sus entrañas esa condensación de fuerzas que crea el abandono: estaban cansados
y había que cuidarlos, dándoles continuamente el medicamento del guano. Eran,
según Zarandilla, como las señorones que admiraba él en Jerez,
hermosas y apuestas con el atractivo del cuidado y los artificios del lujo.
—Y esta tierra nuestro, Rafaé, es como las muchachas que bajan de la
sierra con el manijero. Van plagadas de la miseria que recogen en
la gañanía; no se lavan la cara, comen mal; pero si las adecentasen, ya se
vería lo bonitas que son.
Una tarde de Febrero hablaban el aperador y Zarandilla de
los trabajos del cortijo, mientras la señá Eduvigis lavaba la
loza en la cocina. Habíase acabado la siembra de los garbanzos, los yeros y los
arvejones. Ahora, las cuadrillas de muchachas y de gañanes se dedicaban a
escardar los campos de cereales. Aún podían sostener el combate con el escardillo
contra las hierbas parásitas. Después, cuando el trigo creciese, tendrían que
arrancarlas a mano, encorvados durante el día, con los riñones quebrantados por
el dolor.
Zarandilla, que falto de vista parecía haber aguzado sus
oídos, interrumpió a Rafael, ladeando su cabeza como para escuchar mejor.
—Muchacho, paece que truena.
Palidecía la gran mancha de sol sobre los guijarros del patio; las
gallinas corrían en rueda, cocleando, como si quisieran huir de la ráfaga de
viento que erizaba sus plumas. Rafael prestó oído también. Sí que tronaba: iban
a tener tempestad.
Los dos hombres salieron al portal del cortijo. Por la parte de la
sierra, el cielo estaba negro y las nubes corríanse como una cortina lúgubre
entenebreciendo el campo. Aún no era media tarde y todos los objetos
envolvíanse en la vaguedad difusa del anochecer. El cielo parecía haber
descendido, tocando las crestas de las montañas, devorándolas en su seno
oscuro, como si las decapitase. Pasaban a bandadas con el pavor de la fuga,
graznando estridentemente, los pájaros de presa.
—¡Camará!... ¡la que se nos viene encima!—exclamó Zarandilla,
que ya no veía nada, como si para él hubiese cerrado la noche.
Los altos vástagos de las piteras, únicas líneas verticales que rompían
la monotonía de los campos, se inclinaron unos tras otros, como si fuesen a
romperse, y a continuación una ráfaga fría e impetuosa chocó contra el cortijo.
Temblaron las puertas, oyose el estrépito de las ventanas al cerrarse con
violencia, y aullaron los mastines lúgubremente, tirando de sus cadenas, como
si con su mirada de bestias viesen a la tempestad entrar por el portalón
sacudiendo su capa de agua y relampagueándola los ojos.
Una claridad lívida inflamó el espacio, y el trueno estalló sobre el
cortijo con un estrépito seco que conmovió los cimientos, despertando en los
establos un eco de mugidos, relinchos y patadas. Cayó la lluvia de golpe, en
grandes masas, como si se desfondase el cielo, y los dos hombres tuvieron que
refugiarse bajo el arco de entrada, no viendo más que un pedazo de campo al
través de la herradura del portalón.
Del suelo, golpeado por el latigazo del agua, desprendíase un vapor
tibio; el olor de tierra mojada perfume de los aguaceros violentos. Lejos, muy
lejos, por los surcos convertidos en arroyos que no podían engullir todo el
golpe de agua, corrían hacia el cortijo grupos de gentes. Apenas si se les veía
al través de la capa liquida de la atmósfera.
—¡Jesú!—exclamó Zarandilla.—¡Y cómo van a ponerse los
pobrecitos!...
El vendaval parecía empujarles. La luz de cada relámpago les mostraba
más cerca; trotaban bajo la lluvia como un rebaño disperso. Al llegar los
primeros grupos pasaron corriendo ante el portalón para refugiarse en la
gañanía. Los hombres iban arrebujados en mantas, cayéndoles dos chorros de agua
por la canal del sombrero deformado y blanducho: las mujeres pasaban chillando
como ratas, cubiertas con las varias hojas de su astrosa faldamenta, llenas de
barro, y mostrando sus piernas enfundadas en los pantalones masculinos que
usaban para la escarda.
Habían ya llegado al cortijo casi todas las bandas de trabajadores y en
la puerta de la gañanía sacudíanse mantas y refajos, derramando a chorros el
agua sucia, cuando Rafael se fijó en un pequeño grupo rezagado que se
aproximaba lentamente bajo la cortina oblicua de la lluvia. Eran dos hombres y
un borriquillo cargado con un serón, bajo el cual apenas si asomaban las orejas
y la cola.
El aperador conoció a uno de los dos hombres que tiraba del ronzal de la
bestia para que acelerase la marcha. Le llamaban Manolo el de Trebujena y era
un antiguo gañán que, después de una sublevación de los obreros del campo,
estaba señalado por todos los amos como perturbador. Falto de trabajo después
de la huelga, se ganaba el sustento yendo de cortijo en cortijo como buhonero,
vendiendo a las mujeres cintas, hilos y retazos de tela, y a los hombres vino,
aguardiente y periódicos libertarios cuidadosamente ocultos en aquel serón,
almacén heterogéneo que, a lomos del borriquillo, vagaba de un extremo a otro
de la campiña jerezana. Sólo en Matanzuela y en muy contados cortijos podía
penetrar Manolo sin infundir alarma y encontrar resistencia.
Rafael miraba al acompañante del buhonero creyendo reconocerle, pero sin
determinar en su memoria quién era. Caminaba con las manos en los bolsillos, el
cuello de la chaqueta levantado y el sombrero sobre las cejas, chorreando agua
por todos los extremos de su traje, encogiéndose estremecido de frío, sin una
manta como su camarada. Pero, a pesar de esto, marchaba sin precipitación como
si no le molestasen la lluvia y el viento que combatían su débil persona.
—¡Salud, compañeros!—dijo el de Trebujena al pasar ante la puerta del
cortijo, arreando su borriquillo.—Qué tiempo para los probes, ¿eh, Zarandilla?...
Entonces fue cuando Rafael reconoció al acompañante de Manolo, viendo su
rostro exangüe de asceta, su barba rala y los ojos dulces y mortecinos tras
unas gafas azuladas.
—¡Don Fernando!—exclamó con asombro.—¡Pero si es don Fernando!...
Y saliendo del portalón, en plena lluvia, agarró de un brazo a
Salvatierra, para que entrase en el cortijo. Don Fernando opuso resistencia.
Iba a refugiarse en la gañanía con su compañero; no debía contrariarle, pues
este era su gusto. Pero Rafael protestaba. ¡El gran amigo de su padrino, el que
había sido jefe de su padre!... ¿Cómo podía pasar por la puerta de su casa sin
entrar en ella?... Y casi a viva fuerza lo metió en el cortijo, mientras Manolo
seguía adelante.
—Anda, que hoy tendrás buen despacho—le dijo Zarandilla.—Los
mozos se pirran por tus papeles y tendrán en qué entretenerse mientras llueva.
Me paece que va pa largo.
Salvatierra entró en la cocina del cortijo, dejando, al sentarse, una
gran mancha del agua que chorreaban sus ropas. La señá Eduvigis,
compadeciendo al «pobre señor», encendió apresuradamente en el hogar un fuego
de leña menuda.
—Que sea buena la candela, mujer; que eso y mucho más se merece el
forastero—decía Zarandilla, orgulloso de la visita.
Y luego añadió con cierta solemnidad:
—¿Tú sabes quién es este cabayero, Eduvigis?... ¡Qué has de saber tú!
Pues es don Fernando Salvatierra, ese señor tan nombrao en los papeles, que
defiende a los probes.
El gesto de la vieja, al abandonar un instante la lumbre para mirar al
recién llegado, fue más de curiosidad y asombro que de admiración.
Mientras tanto, el aperador iba de un lado a otro, buscando cierta
botella de vino selecto que meses antes le había regalado su padrino. Por fin
dio con ella, y escanciando un vaso, se lo ofreció a don Fernando.
—Gracias, no bebo.
—¡Pero si es de primera, señor!...—intervino el viejo.—Beba su mercé;
esto le hará bien después de la mojadura.
Salvatierra hizo un gesto negativo.
—Gracias otra vez: yo nunca he probado el vino.
Zarandilla le miró con asombro... ¡Qué tío! Con razón
tenían a aquel don Fernando por un hombre extraordinario.
Rafael quiso que comiera algo; y habló a la vieja de freír huevos, de
descolgar cierto jamón que había dejado el amo en una de sus visitas; pero
Salvatierra le atajó. Era inútil: él llevaba en un bolsillo las provisiones
para la noche. Y extrajo de su chaqueta un papel mojado, que contenía un
mendrugo y un pedazo de queso.
La sonrisa fría con que se negaba a aceptar los obsequios, cortaba toda
insistencia. Zarandilla abría sus ojos turbios, como para ver
mejor a aquel hombre asombroso.
—¿Pero al menos fumará usted, don Fernando?—dijo Rafael ofreciéndole un
cigarro.
—Gracias; no he fumado nunca.
El viejo no pudo callar más tiempo. ¿Tampoco fumaba?... Ahora comprendía
el asombro de ciertas gentes. Un hombre de tan pocas necesidades metía tanto
miedo como un ánima del otro mundo.
Y mientras Salvatierra aproximábase a la lumbre, que comenzaba a
crepitar con alegre llama, el aperador salió de la cocina. Poco después volvió,
llevando al brazo su capote de monte.
—Cuando menos, déjese usted abrigar. Quítese esas ropas que chorrean.
Antes de que pudiera negarse, Rafael y la vieja le despojaron de la
chaqueta y el chaleco, envolviéndole en el capote, mientras Zarandilla colocaba
ante el fuego las ropas mojadas, que despedían un humo tenue.
Acariciado por el calor, Salvatierra se mostró más comunicativo. Le
dolía contrariar con su sobriedad a aquellas gentes sencillas que le asediaban
con sus obsequios.
El aperador se extrañaba de verle en el cortijo como traído por la
tempestad. Su padrino le había dicho algunos días antes que don Fernando estaba
en Cádiz.
—Sí, allí estuve hasta hace poco. Fui a ver la sepultura de mi madre.
Y como si quisiera pasar apresuradamente sobre este recuerdo, explicó su
llegada al cortijo. Había salido por la mañana de Jerez en la góndola de
la sierra, uno de aquellos coches que pasaban cargados de gente y de fardos por
el inmediato camino. Deseaba ver al señor Antonio Matacardillos, el dueño del
ventorro del Grajo, situado en la carretera, cerca del cortijo; un bravo que de
joven le había seguido en todas sus aventuras revolucionarias. Estaba enfermo
del corazón, con las piernas hinchadas, casi imposibilitado de moverse, no
pudiendo llegar a la puerta de su choza más que entre ayes y tropezones. Al
saber que Salvatierra vivía en Jerez, sus dolores parecían haberse aumentado
con la desesperación que le causaba el no verle.
El viejo ventorrillero, al presentarse su antiguo jefe en la choza del
Grajo, había llorado, abrazándole con tales extremos de emoción, que su familia
creyó que iba a morir. ¡Ocho años sin ver a su don Fernando! ¡Ocho años,
durante los cuales había enviado todos los meses un papel lleno de garabatos a
aquel presidio del Norte, donde guardaban a su héroe! El pobre Matacardillos
sabía que iba a morir de un momento a otro. Ya no dormía en la cama, se
ahogaba, vivía casi artificialmente clavado en su sillón de paja, sin poder
servir una copa, acogiendo con sonrisa triste a los arrieros y gañanes que le
hablaban de su cara de salud y de su gordura, asegurando que se quejaba de
vicio. Don Fernando debía volver alguna vez a verle. Le molestaría poco tiempo;
iba a morir muy pronto; pero su presencia alegraría la poca vida que le
quedase. Y Salvatierra había prometido volver, siempre que pudiese, a visitar
al veterano, en compañía de Manolo el de Trebujena (otro de los
suyos), al que había encontrado en el ventorro del Grajo. Con él emprendió el
regreso a Jerez, cuando los alcanzó la tempestad, obligándoles a refugiarse en
el cortijo.
Rafael habló a don Fernando de sus costumbres extraordinarias, que
muchas veces había oído relatar al padrino: sus baños de mar en Cádiz en pleno
invierno, ante la gente, que temblaba de frío; sus regresos a casa en cuerpo de
camisa después de dar la chaqueta a un compañero menesteroso; su régimen
alimenticio, que no podía pasar de los treinta céntimos diarios. Salvatierra
permanecía impasible, como si hablasen de otro, y únicamente al extrañarse
Rafael de su exiguo alimento, abrió los labios para protestar dulcemente.
—No tengo derecho a más. ¿Acaso esos pobres que se amontonan en la
gañanía no comen peor que yo?...
Se hizo un largo silencio. El aperador y los dos viejos parecían
cohibidos en presencia de aquel hombre, del que tanto habían oído hablar.
Además, les intimidaba con un respeto casi religioso aquella sonrisa que, según
pensaba Zarandilla, «parecía venir de otro mundo», y la firmeza de
sus negativas, que no daba lugar a nuevas insistencias.
Cuando Salvatierra vio sus ropas casi secas, abandonó el capote y se las
puso. Después se dirigió a la puerta, y a pesar de que seguía lloviendo quiso
ir a la gañanía, en busca de su compañero. Pensaba pasar en ella la noche, ya
que no era posible con aquel tiempo volver a Jerez.
El aperador protestó. ¡En la gañanía un hombre como don Fernando!... Su
cama estaba dispuesta para él y si no le gustaba, abriría la habitación del
señorito, que era tan buena como cualquiera de Jerez.... ¡La gañanía! ¿Qué
diría su padrino si él toleraba tal disparate?...
Pero la sonrisa de Salvatierra quitó al joven toda esperanza. Había
dicho que dormiría con los gañanes, y era capaz de pasar la noche al raso, si
no le dejaban cumplir su gusto.
—No podría dormir en tu cama, Rafael; no tengo derecho a estar sobre
colchones, mientras otros, bajo el mismo tejado, duermen en esteras.
E intentaba sortear el obstáculo que le oponía el aperador, cerrándole
el paso en la puerta. El viejo Zarandilla intervino.
—Aún quedan horas para dormir, don Fernando. Luego irá su mercé a la
gañanía, si ese es su gusto. Pero ahora—añadió, dirigiéndose a Rafael—enséñale
al señó algo del cortijo, la cuadra de los caballos, que es cosa de ver.
Salvatierra aceptó la invitación, ya que ésta no contrariaba su
sobriedad ascética, único lujo de su vida. «Vamos a ver los caballos». No le
interesaban gran cosa, pero agradecía el buen deseo de aquella gente sencilla,
ansiosa de mostrarle lo mejor de la casa.
Atravesaron el patio, bajo el azote de la lluvia, seguidos por algunos
perros que sacudían el agua de sus pelos lacios. Una bocanada de aire caliente
y espeso, oliendo a estiércol y a vapor animal, dio en la cara a los visitantes
al abrirse la puerta de la cuadra. Los caballos cocearon y relincharon,
moviendo las cabezas al sentir tras de sus grupas la presencia de gente
extraña.
Zarandilla se metió entre ellos, adivinándolos por el
tacto, marchando a ciegas en la penumbra de la cuadra, acariciando a unos en
los ijares, rascando a otros en la frente, llamándolos con nombres cariñosos y
librándose por instinto de las patadas de impaciencia y de alegría que daban
con sus cascos herrados. «¡Quieto, Brillante!» «¡No seas
malo, Lucero!» Y pasaba, encorvándose, por debajo de los vientres
para ir hasta el otro extremo de la cuadra, mientras el aperador explicaba a
Salvatierra la valía de este tesoro.
Eran caballos jerezanos de pura sangre, verdaderos sementales de la
tierra, y elogiaba su cara alegre, sus ojos saltones, el corte elegante y
esbelto de su figura, su paso enérgico. Unos eran de color tordo; otros de un
gris plateado, sedoso y brillante, y todos ellos temblaban desde las piernas a
la grupa con fuertes estremecimientos, como si no pudiesen contener su exceso
de vida en este encierro.
Rafael hablaba con admiración del valor de aquellos animales. Una
verdadera fortuna: el señorito era hombre de gusto, un inteligente que no
reparaba en el dinero para disputar a los más ricos del Círculo
Caballista la posesión de un buen ejemplar. Hasta a su primo don Pablo
le había arrebatado la posesión de un caballo famoso. Y señalando a cada uno de
los animales, hablaba de miles y miles de pesetas, enorgulleciéndose de que
tales tesoros estuviesen confiados a su custodia.
El hierro de Matanzuela, la marca con que se señalaba a
las jacas salidas del cortijo, valía tanto como los certificados de los
ganaderías más antiguas.
Mientras tanto, Zarandilla acariciaba con ruidosas
palmadas y motes grotescos a dos asnos garañones, grandes como caballos,
huesudos, angulosos, como si fuesen esculpidos a hachazos; la cara roma, los
ojos casi ocultos bajo una maraña de pelos y las orejas caídas. Dos bestias de
fealdad monstruosa y fantástica, que parecían surgidas de una visión
apocalíptica. El viejo, apoyado en ellos, hablaba de la primavera, cuando
bajaban las yeguas de la dehesa y entraban en la cuadra con la cola recogida
sobre el lomo para evitar entorpecimientos, y el yegüerizo mayor se arriesgaba
bajo las patas amenazantes, encauzando la fecundación.
—Aquí tiene su mercé—decía el viejo—a toos los buenos mozos que fabrican
los potrancos y las mulillas de Matanzuela.
Hablaba de los misterios reproductores de aquella cuadra, con la
naturalidad de la gente campesina, tímida y ruborosa en las relaciones humanas
y franca hasta el impudor al hablar de las aproximaciones de las bestias. Y
como si las palabras del viejo trajesen a las dilatadas narices de los caballos
un lejano perfume de la deseada primavera, comenzaron a relinchar, a dar
saltos, a morderse, a estremecer sus vientres con agitaciones de péndulo, a
resbalar las patas delanteras sobre las grupas más cercanas, haciendo esfuerzos
por libertar sus cabezas amarradas a las anillas. Unos cuantos varazos
repartidos a ciegas por Zarandilla hicieron cesar el estruendo
de coces y relinchos, y las bestias tornaron a alinearse ante los pesebres,
exhalando los últimos restos de su agitación con bufidos y temblores.
El aperador condujo a Salvatierra a una habitación grande, de paredes
enjalbegadas, que le servía de despacho. Empezaba a anochecer y encendió un
velón de los antiguos de Lucena, puesto sobre una mesa, en la que se veía un
tintero de loza enorme, con una pluma no más larga que un dedo. Allí hacía él
sus cuentas, y en un armario inmediato estaban «los libros», de los que hablaba
Rafael con cierto respeto. Cada gañán tenía su cuenta. Antes se llevaba la
administración con una sencillez patriarcal, pero ahora los jornaleros eran
quisquillosos y desconfiados. Además, había que marcar bien los días que eran
por entero de trabajo, aquellos en que la faena sólo duraba medio día por la
lluvia, y los de lluvia completa, en los que la gente se quedaba en la gañanía,
comiéndose sus gazpachos sin hacer nada.
Después estaba el gran libro, el más precioso de la casa, lo que podía
titularse la carta de nobleza de Matanzuela. Y el aperador sacaba del armario
un amplio cuaderno, en el que se contenía la genealogía y la historia de todo
caballo o mula salido del cortijo, con el apodo de nacimiento, padres y
abuelos, descripción de la figura, talla, pelo, color de los ojos y defectos
que se confesaban generosamente sobre el papel para quedar secretos, dejando a
la penetración del comprador el adivinarlos.
Luego, enseñó Rafael la otra joya del cortijo: un palo largo rematado
por un embudo de hierro, cuyos bordes entrantes y salientes daban la idea vaga
de un dibujo. Era la marca de la ganadería, ¡el hierro!, y había que ver con
qué respeto lo acariciaba Rafael. Una cruz sobre una media luna formaban la
señal que llevaba en sus flancos todo el ganado de Matanzuela.
Hablaba con entusiasmo de la operación de herrar, que don Fernando no
había visto nunca. Los yegüerizos echaban sus lazos de cerda a los potros
indómitos, sujetándolos por las orejas, mientras se calentaba el hierro en un
fuego de boñiga seca; y al estar la marca al rojo, ¡zas!, se la aplicaban al
costado, quemándose los pelos y quedando la piel señalada para siempre con la
cruz y la media luna. Y con cierta conmiseración por Salvatierra que, sabiendo
tanto, ignoraba unas cosas que eran para el aperador las más interesantes del
mundo, continuaba éste explicando el régimen a que se sometían los caballos
jóvenes; todas las operaciones que realizaba él voluntariamente en sus
entusiasmos de jinete.
Primeramente los amarraban, al venir de la libertad de la
dehesa, para que se acostumbrasen a comer en el pesebre; luego salían al campo,
frente al cortijo, con cabezón y una larga cuerda, para dar vueltas como en un
picadero, y que aprendiesen a tranquear, a poner la pata de atrás
donde habían puesto la delantera, o más allá, si era posible. Tras esto llegaba
la operación suprema: colocarles la silla sobre los lomos, habituando su
salvaje nerviosidad a esta servidumbre; acostumbrarles a la baticola y los estribos.
Y finalmente se les montaba, para hacerles dar vueltas, al principio sin soltar
la cuerda, luego manejándolos con las riendas. ¡Los potros que él llevaba
desbravados, animales casi salvajes, que inspiraban miedo a muchos!...
Hablaba con orgullo de sus combates de energía y voluntad con bestias
fieras que relinchaban y mordían el aire, pataleando, levantándose
verticalmente o hundiendo su cabeza en tierra mientras coceaban en el espacio,
sin que pudieran por esto libertarse de la opresión de sus piernas de acero;
hasta que al fin, después de una carrera loca, en la que parecían buscar los
obstáculos para aplastar al jinete, volvían sudorosas y vencidas, sometiéndose
por completo a la mano del montador.
Rafael se detuvo en la narración de sus proezas hípicas, viendo la
sombra de una persona en el cuadro de la puerta, sobre el fondo de luz violácea
del crepúsculo.
—¡Ah! ¿eres tú?—dijo riendo.—Pasa, Alcaparrón, no tengas
miedo.
Entró un mozo de escasa estatura, avanzando cautelosamente, de medio
lado, como si temiera rozar la pared. En su encogimiento parecía implorar
perdón anticipadamente por todo lo que hiciese. Sus ojos brillaban en la sombra
lo mismo que su fuerte y nítida dentadura. Al aproximarse a la luz del velón,
Salvatierra se fijó en el color cobrizo de su cara, en las córneas de sus ojos,
que parecían manchadas de tabaco, en sus manos de dos colores, con la palma
sonrosada y el dorso de un negro que aún se hacía más intenso bajo las uñas. A
pesar del frío, vestía una blusa de verano, una guayabera con pliegues, húmeda
aún de la lluvia, y en la cabeza llevaba dos sombreros, uno dentro del otro, de
distinto color, como sus manos. El de abajo mostraba una blancura gris y
flamante en la parte inferior de sus alas; el de arriba era viejo, de un negro
rojizo, con los bordes deshilachados.
Rafael agarró al mozuelo por un hombro, haciéndolo balancearse, y lo
presentó a Salvatierra con una gravedad cómica.
—Este es Alcaparrón, del que usté habrá oído hablar
seguramente. El gitano más ladrón de too Jerez. Si hubiese justicia, hace
tiempo que le habrían dao garrote en la plaza de la Cárcel.
Alcaparrón dio un respingo para librarse de la garra del
aperador, y moviendo las manos con ademanes femeniles, acabó por persiguarse.
—¡Uy!, zeñó Rafaé y qué malo que es uzté... ¡Jozú! ¡y qué cosas dice
este hombre!
El aperador continuó con el ceño fruncido y la voz grave:
—Trabaja en Matanzuela con su familia hace muchos años, pero es un
ladrón como toos los gitanos y debía estar en presidio. ¿Sabe usté por qué se
trae dos sombreros? Pa llenarlos de garbanzos o habichuelas así que me
descuido: y él no sabe que el mejor día le meto un escopetazo.
—¡Jozú! ¡señó Rafaé! ¿Pero qué dice usté, bendito?...
Y juntaba las manos con desesperación, mirando a Salvatierra y
diciéndole con vehemencia infantil:
—No le crea usté, zeñó; es muy malo y me dice eso por pudrirme la
sangre. Por la salusita de mi mare que too es mentira...
Y explicaba el misterio de los dos sombreros superpuestos que llevaba
calados hasta las orejas, rodeando su cara de pícaro de un nimbo de dos
colores. El de abajo era el nuevo, el de los días de fiesta y lo desenfundaba
cuando iba a Jerez. En los días de labor, no osaba dejarlo en el cortijo por
miedo a los compañeros, que se permitían toda clase de burlas con él porque era
«un pobrecito gitano», y lo cubría con el viejo para que no perdiese el color
gris y sedoso que era su orgullo.
El aperador continuaba exasperando al gitano con ese humor campesino que
se goza en enfurecer a los pobres de espíritu y a los vagabundos.
—Oye, Alcaparrón, ¿tú sabes quién es este señor? Pues es don
Fernando Salvatierra. ¿No has oído hablar nunca de él?...
El gitano hizo un gesto de asombro, abriendo los ojos desmesuradamente.
—¡Pues poco nombrao que es el señó! En la gañanía hace dos horas que no
jablan más que de él. ¡Por muchos años, señó! M' alegro de conosé una presona
tan fina y de tanto aquel. Bien se ve que su mersé es alguien: tiene cara de
gobernaor.
Salvatierra sonreía ante la obsequiosidad aduladora del gitano. Aquel
infeliz no conocía categorías; juzgaba por el renombre, y considerándole un
personaje poderoso, una autoridad, temblaba, ocultando su turbación con la
sonrisa aduladora de las razas eternamente perseguidas.
—Don Fernando—continuó el aperador.—Usté que tiene amigos en el
extranjero podía arreglarle el viaje a Alcaparrón. A ver si en
aquellas tierras hacía tanta suerte como sus primas.
Y hablaba de las Alcaparronas, unas gitanas bailadoras que
daban golpe en París y en muchas ciudades de Rusia, cuyos nombres no podía
recordar el aperador. Sus retratos figuraban hasta en las cajas de cerillas,
los periódicos hablaban de ellas; tenían diamantes a porrillo, bailaban en
teatros y en palacios y a una de ellas la había robado un gran duque,
archipámpano o no recordaba Rafael qué otro título, llevándosela a un castillo,
donde vivía como una reina.
—Y a too esto, don Fernando, unas monas sabias, tan feas y negras como
su primo aquí presente; unas desgalichás, a las que he visto de pequeñas en los
cortijos robando garbanzos y otras semillas; unas ratas vivarachas, sin más que
el aquel gitano y unas desvergüenzas que ponen coloraos a los
hombres. ¿Y eso es lo que les gusta a aquellos señorones? ¡Vamos, hombre, que
hay para reír!...
Y reía, efectivamente, al pensar que vivían como unas grandes damas
aquellas mozuelas cobrizas, de ojos de brasa, que él había visto merodear
sucias y costrosas por los campos de Jerez.
Alcaparrón hablaba con cierto orgullo de sus primas,
pero lamentando de paso la diversa suerte de familia. ¡Ellas hechas unas reinas
y él con su pobre mare, sus hermanos pequeños, y Mari-Cruz, su
pobrecita prima, siempre enferma, ganando dos reales en el cortijo! ¡y muchas
gracias que les daban trabajo todos los años sabiendo que eran buenos!... Sus
primas eran unas descastás que no escribían a la familia, que
no la enviaban ni esto. (Y hacía crujir la uña de un pulgar, entre sus dientes
de caballo.)
—Señó: paece mentira que mi tío se porte tan mal con los suyos, siendo
un cañí. ¡Con tanto que le quería el probé de mi pare!...
Pero lejos de indignarse, rompía en elogios del tío Alcaparrón,
un hombre de iniciativas que, cansado de pasar hambre en Jerez y verse en
peligro de ir a la cárcel siempre que se extraviaba un asno o una mula, se
había echado al hombro la guitarra, no parando con todo su «ganao», como él
llamaba a las hijas, hasta el mismo París. Y Alcaparrón reía
irónicamente de la simpleza de los gachés, de toda la gente que
domina el mundo y oprime a los pobres gitanos, recordando ciertos prospectos y
periódicos que había visto con el retrato de su respetable tío, luciendo sus
patillas de boca de jacha, y su cara de ladrón, bajo un sombrero de
catite como un campanario y rodeado de columnas impresas en lengua extraña, en
las que se hablaba de mademoiselles las Alcaparronas y
se celebraba su gracia y hermosura, repitiendo, cada seis renglones ¡ollé!
¡ollé!... ¡Y su tío, para mayor solemnidad, se titulaba el capitán Alcaparrón!
¿Capitán de qué?... Y sus primas, las mademoiselles, se hacían
robar por señorones que le tenían miedo al padre, le terrible hidalgo,
que tantas veces había rasgueado filosóficamente la guitarra en los colmados,
mientras las niñas se ocultaban con los señoritos en los cuartos más lejanos. ¡Josú,
qué guasa!...
Pero el gitano pasaba rápidamente de la risa a la melancolía, con la
incoherencia vivaracha de su alma de pájaro. ¡Ay, si viviese su pare,
que había sido un águila, comparado con este hermano que tenía tanta
fortuna!...
—¿Murió tu padre?—preguntó Salvatierra.
—Sí, señó: fartaba uno en el campo santo, y como era bueno, le yamó er
cuervo que está allí.
Y Alcaparrón continuaba sus lamentaciones. ¡Si no
hubiese muerto el pobrecito! En lugar de sus primas estarían él y sus hermanos
disfrutando tantas riquezas. Y lo afirmaba de buena fe, despreciando como
insignificante la diferencia de sexos, no dando ningún valor a la fealdad
picante de sus primas, creyendo que su fortuna era debida a la habilidad en
el cante, para el cual, la pobresita de su mare,
su prima Mari-Cruz y él, valían mucho más que todas las Alcaparronas que
andaban por el mundo.
El aperador, viendo triste al gitano, ofrecíale su protección. Su
fortuna estaba hecha. Allí estaba don Fernando, que con sus influencias de
personaje, le tenía reservado un empleo.
Alcaparrón abría los ojos, recelando la burla. Pero
temeroso de cometer una falta si no daba las gracias a aquel señor, abrumó con
palabras dulzonas a Salvatierra, mientras éste miraba al aperador, no sabiendo
adonde iba a parar.
—Si, gachó—continuó Rafael.—Ya tienes empleo. El señó te hará verdugo de
Seviya o de Jerez: lo que tú escojas.
El gitano dio un salto, mostrando su cómica indignación con un
desbordamiento de palabras.
—¡Mardito! ¡Arrastrao! ¡Mala escopetá le peguen, señó Rafaé, en sus
entrañas renegrísimas!...
Se detuvo un instante en sus maldiciones, viendo que éstas servían de
regocijo al aperador, y añadió con maligna intención:
—Premita Dió que cuando vaya su mersé a la viña de don Pablo, la gachí
le resiba con cara de cuaresma.
Rafael ya no reía. Temió que el gitano, en presencia de don Fernando,
hablase de sus amores con la hija del padrino, y se apresuró a despedirle.
—Toma un pitillo y lárgate... mala sombra. Tu madre estará esperándote.
Alcaparrón obedeció con la docilidad de un perro. Al
despedirse de Salvatierra le tendió su mano de mulato, repitiendo que le
esperaban en la gañanía y que la gente andaba revuelta al saber que un presonaje tan
alto estaba en Matanzuela.
Cuando se fue, el aperador habló a don Fernando de los Alcaparrones y
otros gitanos del cortijo. Eran familias que trabajaban años y años en la misma
finca, como si formasen parte de ella. Resultaban de más fácil manejo, hombres
y mujeres, que la demás gente de la gañanía. Con ellos no había que temer
rebeliones, huelgas, ni amenazas. Eran pedigüeños y un tanto ladrones, pero se
achicaban ante los gestos amenazadores, con la docilidad de una raza
perseguida.
Rafael sólo había visto a los gitanos trabajar la tierra en aquella
parte de Andalucía. La afición de la gente a los caballos parecía haberles
expulsado de esta industria, que era la suya en todo el mundo, obligándoles a
buscar la vida en los cortijos.
Las mujeres valían más que los hombres: secas, negras, angulosas, con
unos pantalones varoniles bajo las faldas, doblábanse el día entero para
escardar el trigo o arrancar las semillas. A veces, cuando no los vigilaban de
cerca, apoderábase de ellos la indolencia de raza, el deseo de permanecer
inmóviles, mirando el horizonte, sin ver nada ni pensar en nada. Pero así que
presentían la proximidad del aperador, corría la voz de alarma en aquel caló que
era su única fuerza de resistencia, lo que les aislaba de la animadversión de
los compañeros de trabajo.
—¡Cha: currela, que sinela er jambo!
«¡Oye: trabaja, que mira el amo!» Y cada uno se entregaba a su faena,
con tal ardor, con esfuerzos tan cómicos, que muchas veces Rafael no podía
contener la risa.
Había cerrado la noche. La lluvia caía como polvo de agua, sobre los
guijarros del patio. Salvatierra habló de ir a la gañanía, sin prestar atención
a las protestas del aperador. ¿Pero, realmente, tenía empeño en dormir allí, un
hombre de su mérito?...
—Ya sabes de dónde vengo, Rafael—dijo el revolucionario.—Llevo ocho años
de dormir en peores sitios y entre gentes más infelices.
El aperador hizo un gesto de resignación y llamó a Zarandilla,
que estaba en la cuadra. El viejo le serviría de acompañante; él se quedaba
allí.
—No me conviene entrar en la gañanía, don Fernando. Hay que conservar
cierto aquel de autoridad; si no, toman confianza con uno y
está perdido.
Y hablaba del aquel de la autoridad, con firme
convicción, respetándola como necesaria, después de haberla violentado muchas
veces en las rudas aventuras de su primera juventud.
Salvatierra y el viejo salieron del patio entre los ladridos de los
perros, y siguiendo el muro exterior, llegaron a un cobertizo que daba entrada
a la gañanía.
Bajo aquel se alineaban al aire libre varios cántaros con la provisión
de agua para los braceros. Los que sentían sed, pasaban del calor asfixiante de
la gañanía a la frialdad de la noche, y se atracaban de un agua que parecía
hielo líquido, mientras el viento les hería las sudorosas espaldas.
Al trasponer la puerta, Salvatierra sintió en sus pulmones la rareza del
aire, al mismo tiempo que hería su olfato un hedor de lana húmeda, aceite
rancio, barro y carne aglomerada y viscosa.
Era una pieza estrecha y larga, que aún parecía más grande por lo denso
de la atmósfera y la escasez de luz. En el fondo estaba el hogar, en el que
ardía una lumbre de boñiga seca, despidiendo un olor infecto. Un candil marcaba
su llama como una lágrima roja y titilante en este ambiente nebuloso. El resto
de la pieza, completamente a oscuras, tenía en sus tinieblas palpitaciones de
vida. Adivinábase la presencia de una muchedumbre bajo la mortaja de sombras.
Salvatierra, al llegar al centro de la mísera habitación pudo ver mejor.
En el hogar hervían varios pucheros vigilados por mujeres puestas de rodillas,
y bajo el candil estaba sentado el arreador, el segundo funcionario
de la casa, el que acompañaba a los braceros al tajo y vigilaba sus faenas,
excitándolos con duras palabras; el que en unión con el aperador formaba lo que
llamaban los gañanes el gobierno del cortijo.
El arreador era el único que tenía una silla en la gañanía: los demás,
hombres y mujeres, sentábanse en el suelo. Junto a él estaban en cuclillas
Manolo el de Trebujena con varios amigos, metiendo sus cucharas en un tornillo de
gazpacho caliente. La niebla fue disipándose ante los ojos de Salvatierra,
habituados ya a esta atmósfera asfixiante. Entonces vio en los rincones grupos
de hombres y de mujeres sentados en la tierra apisonada o sobre esterillas de
enea. La lluvia, cortando su trabajo a media tarde, les había hecho adelantar
la comida de la noche. En torno de los lebrillos de bazofia caliente, hablaban
y reían moviendo las cucharas con cierta calma. Presentían que el día siguiente
sería de encierro, de holganza forzosa, y deseaban permanecer en vela hasta
bien entrada la noche.
El aspecto de la gañanía, el amontonamiento de la gente, evocó en la
memoria de Salvatierra el recuerdo del presidio. Las mismas paredes
enjalbegadas, pero aquí menos blancas, ahumadas por el vaho nauseabundo del
combustible animal, rezumando grasa por el continuo roce de los cuerpos sucios.
Iguales escarpias en los muros, y colgando de ellas todo el ajuar de la
miseria, alforjas, mantas, jergones destripados, blusas multicolores, sombreros
mugrientos, zapatos pesados de innumerables remiendos con clavos agudos.
En el presidio cada uno tenía su petate, y en la gañanía sólo muy
contados podían permitirse este lujo. Los más, dormían en esteras, sin
desnudarse, descansando sus huesos doloridos por el trabajo sobre la tierra
dura. El pan, la cruel divinidad que obligaba a aceptar esta existencia
miserable, rodaba en pedazos por el suelo, o se exhibía en las escarpias, entre
los harapos, en enormes teleras de seis libras, como un ídolo al que sólo se
podía llegar después de un día de encorvamiento abrumador.
Salvatierra se fijó en las caras de aquellas gentes que le miraban con
curiosidad, suspendiendo por un instante su comida, manteniendo inmóviles las
manos con la cuchara en alto.
Bajo los sombreros deformes sólo se veían carátulas de miseria, máscaras
de sufrimiento y de hambre. Los jóvenes tenían la frescura vigorosa de los
pocos años. Reían reflejando en sus ojos el espíritu burlón de la raza, la
alegría de vivir, sin el peso de una familia; el regocijo del hombre aislado,
que por miserable que se considere, puede siempre seguir adelante. Pero los
hombres mostraban un envejecimiento prematuro, arruinados en plena madurez, con
el temblor de los valetudinarios; revelando unos su acometividad en los ojos
animados por resplandores fosforescentes de fiera, encogidos otros con la
resignación del que sólo aguarda la muerte como única libertad.
Eran cuerpos enjutos, apergaminados, recocidos por el sol, con la piel
agrietada. La alimentación, pobre y escasa, no llegaba a formar el más leve
almohadillado entre el esqueleto y su envoltura. Hombres que aún no tenían
cuarenta años, mostraban sus cuellos descarnados, de piel flácida y abullonada,
con los tirantes tendones de la ancianidad. Los ojos, en lo más hondo de sus
cuencas, circundados de una aureola de arrugas, brillaban como estrellas
mortecinas en el fondo de un pozo. Su miseria física era el resultado de una
fatiga prolongada años y más años, de una alimentación insípida de pan, sólo de
pan. Los cuerpos rudos y angulosos parecían labrados a hachazos: otros eran
deformes y grotescos como fabricados por un alfarero: muchos recordaban, por lo
retorcidos y nudosos, los troncos de los acebuches de las dehesas. Los brazos
negros, con las agudas protuberancias de una gimnasia forzada, parecían de
sarmientos trenzados. Y el amontonamiento de estos infelices exhalaba un olor
agrio, de sudor de hambriento, de ropa adherida al cuerpo durante meses, de
alientos fétidos: toda la respiración apestante de la miseria.
Las mujeres aun ofrecían un aspecto más doloroso. Unas eran gitanas,
viejas y horribles como brujas, con la piel tostada y cobriza que parecía haber
pasado por el fuego de todos los aquelarres. Las jóvenes tenían la hermosura
dolorosa y desmayada de la anemia; flores de vida que se mustiaban antes de
abrirse; adolescentes de piel blanca, de una palidez de papel mascado, que el
sol no lograba calentar, tiñéndola a trechos con menudas manchas de color de
salvado. Vírgenes de ojos desmesuradamente abiertos, como asombradas de haber
nacido, con los labios azules y las encías de ese rosa pálido que revela la
miseria de la sangre. El pelo triste y sin brillo asomaba alborotado bajo el
pañuelo, guardando en sus marañas briznas de paja y granos de tierra. El pecho
de las más tenía la monótona uniformidad del desierto, sin que al respirar se
marcase bajo la tela el más leve rastro de los montículos seductores que
avanzan orgullosos como un blasón del sexo. Tenían las manos grandes y los
brazos enjutos y huesosos como los hombres. Al andar, movíanse sus faldas con
desmayada soltura, como si dentro de ellas sólo existiese aire, y al sentarse,
la tela marcaba ángulos duros sin la más tenue redondez. El trabajo, la fatiga
bestial, habían paralizado el desarrollo de la gracia femenina. Sólo algunas
delataban bajo su envoltura los encantos del sexo; pero eran muy pocas.
Obligadas a sufrir las mismas durezas que el rebaño masculino,
únicamente recordaban que eran mujeres cuando a altas horas de la noche, a
oscuras ya la gañanía, apelotonadas en un rincón, veían turbado su fatigoso
sueño de hembras de carga, por las audacias de los mozos, que las buscaban a
tientas, mientras los gañanes viejos, curados de las ilusiones de la vida,
roncaban desaforadamente como si quisieran dormir más aprisa para recuperar las
fuerzas perdidas.
Salvatierra fuese hacia el hogar al ver que el arreador se
ponía de pie ofreciéndole su asiento. El tío Zarandilla se
acomodó en el suelo junto a don Fernando, y éste, al mirar en torno, encontró
los ojos de Alcaparrón y su dentadura caballar que brillaban
al sonreírle.
—Mire su mercé, señó: esta es mi mamá.
Y le mostró a una gitana vieja, la tía Alcaparrona, que
acababa de retirar del fuego un potaje de garbanzos husmeado vorazmente por
tres chicuelos, hermanos de Alcaparrón y una moza delgaducha,
pálida y de grandes ojos, que era su prima Mari-Cruz.
—¿Conque su mercé es ese don Fernando tan nombrao?—dijo la vieja.—Pues
que Dios le dé mucha fortuna y mucha vida pa que sea el pare de los probes.
Y depositando en tierra el puchero, sentose con toda su familia en torno
de él. Era una comida extraordinaria. El tufillo de los garbanzos despertaba
cierta emoción en la gañanía, haciendo converger muchas miradas de envidia en
el grupo de los gitanos. Zarandilla interpelaba a la vieja
burlonamente. Había caído trabajo extraordinario ¿eh?... De seguro que el día
anterior, al ir a Jerez, había ganado algunas pesetillas diciendo la
buenaventura o proporcionando polvos mágicos a las chavalas que se quejaban del
desvío de sus amantes. ¡Ah, vieja bruja! Parecía imposible que tuviese
tanto pesquis con una cara tan fea...
La gitana escuchaba sonriendo, sin dejar de engullir ávidamente los
garbanzos, pero al mentar Zarandilla su fealdad cesó de comer.
—Caya, cegato, mala sombra. Premita Dió que te veas toa la vida bajo
tierra, como tus hermanos los topos... Si ajora soy fea, tiempos hubo en que me
besaban los zapatos los marqueses. Bien lo sabes tú, arrastrao...
Y añadió melancólicamente:
—No estaría yo aquí si viviese el marqués de San Dionisio, aquel señó
tan resalao que jué el padrino de mi pobresito José María.
Y señalaba a Alcaparrón, que abandonó su cuchara para
erguirse con cierto orgullo al oír el nombre de su padrino, el cual, según
afirmaba Zarandilla, había sido algo más para él.
Salvatierra miró los ojos de la vieja, malignos y pitañosos, su hocico
de macho cabrio, que se contraía a cada palabra con una ductilidad repugnante,
los dos plumeros de cerdas grises que surgían de sus labios como unos mostachos
felinos. ¡Y este endriago había sido una mujer joven y graciosa, de las que
hacían cometer locuras al famoso marqués! ¡Y la bruja había pasado muchas veces
en los coches del de San Dionisio, al son del bizarro campanilleo de las mulas,
con el mantón de flores cayéndosele de los hombros, una botella en la mano y
una canción en los labios, por frente a los campos que la veían ahora arrugada
y repugnante como una oruga, sudando de sol a sol sobre los surcos y quejándose
del dolor de sus «pobresitos riñones»! Era menos vieja de lo que parecía, pero
al desgaste del cansancio uníase el rápido desplome que sufren las razas
orientales pasando de la juventud a la vejez, como los espléndidos días del
trópico que saltan de la luz a la sombra sin crepúsculo alguno.
Siguieron los gitanos devorando su potaje, y Salvatierra sacó de un
bolsillo el pobre envoltorio de su cena, después de rehusar dulcemente los
ofrecimientos que le hacían de todos lados.
El corro más inmediato a él, donde estaba el de Trebujena, componíase de
antiguos camaradas, trabajadores mal famados en los cortijos, algunos de los
cuales tuteaban a don Fernando siguiendo la práctica usual entre los campañeros
de la idea.
Mientras comía su mendrugo y el pedazo de queso, pensaba, con la
incertidumbre de siempre, si se estaría apropiando un alimento que podía faltar
a otros, y esto hizo que se fijase en el único que en toda la gañanía no se
preocupaba de la cena.
Era un jovenzuelo de cuerpo desmedrado, con un pañuelo rojo anudado al
cuello y una camisa por todo abrigo sobre el pecho. Desde el fondo de la
gañanía le llamaban los compañeros, anunciándole que apenas quedaba gazpacho en
el barreño, pero él seguía bajo la luz del candil, sentado en un pedazo de
tronco, encorvado el cuerpo sobre una mesilla baja, en la que se empotraban sus
rodillas como en un cepo. Escribía lenta y trabajosamente, con una testarudez
de campesino. Tenía ante sus ojos un fragmento de periódico, y copiaba las
líneas con la ayuda de un tintero de bolsillo lleno de agua ligeramente
ennegrecida, y de una pluma roma que trazaba los renglones con la misma
paciencia del buey al abrir el surco.
Zarandilla, que estaba al lado de don Fernando, le habló del
muchacho.
—Es el Maestrico. Ansí le llaman, por su afición a libros y
papeles. Apenas güerve del trabajo, ya está pluma en mano jaciendo palotes.
Salvatierra se aproximó al Maestrico, y éste volvió la
cabeza para mirarle, suspendiendo un instante su tarea. Expresábase con cierta
amargura al explicar su deseo de instruirse, quitando horas a su sueño y su
descanso. Le habían criado para bestia; a los siete años era ya zagal en los
cortijos o pastor en la sierra; hambre, golpes y fatiga.
—Y yo quiero saber, don Fernando; quiero ser hombre y no afrentarme
viendo trotar las yeguas en la era y pensando que somos tan irracionales como
ellas. Todo lo que nos pasa a los pobres es porque no sabemos.
Miraba amargamente a sus compañeros, a la gente de la gañanía,
satisfecha de su ignorancia, que se burlaba de él llamándole el Maestrico,
y hasta le tenía por loco viéndole a la vuelta del trabajo deletrear pedazos de
periódico o sacar de su faja la pluma y el cuaderno, escribiendo torpemente
ante el pábilo del candil. No había tenido maestro: se enseñaba a sí mismo.
Sufría al pensar que otros vencían fácilmente con el auxilio ajeno los
obstáculos que a él le parecían insuperables. Pero tenía fe y seguía adelante,
convencido de que si todos le imitaban cambiaría la suerte de la tierra.
—El mundo es del que más sabe, ¿verdad, don Fernando? Si los ricos son
fuertes y nos pisan y hacen lo que quieren, no es porque tengan el dinero, sino
porque saben más que nosotros... Estos infelices se burlan de mí cuando les
digo que se instruyan, y me hablan de los ricos de Jerez, que son más bárbaros
que los gañanes. ¡Pero eso no es cuenta! Estos ricos que vemos de cerca son
unos peleles, y sobre ellos están los otros, los verdaderos ricos, los que
saben, los que hacen las leyes del mundo, y sostienen ese intríngulis de que
unos cuantos lo tengan todo y la gran mayoría no tenga nada. Si el trabajador
supiera lo que ellos, no se dejaría engañar, les haría frente a todas horas, y
cuando menos, los obligaría a que se partiesen el poder con él.
Salvatierra admiraba la fe de este joven que se creía poseedor del
remedio para todos los males sufridos por la inmensa horda de la miseria.
¡Instruirse! ¡Ser hombres!... Los explotadores eran unos cuantos miles y los
esclavos centenares de millones. Pero apenas peligraban sus privilegios, la
humanidad ignorante encadenada al trabajo, era tan imbécil, que ella misma se
dejaba extraer de su seno los verdugos, los que vistiendo un traje de colorines
y echándose el fusil a la cara, volvían a restablecer a tiros el régimen de
dolor y de hambre, cuyas consecuencias sufrían después, al volver abajo. ¡Ay!
¿si los hombres no viviesen ciegos y en la ignorancia, cómo podría mantenerse
este absurdo?
Las afirmaciones candorosas del muchacho, hambriento de saber, hacían
reflexionar a Salvatierra. Tal vez este inocente veía más claro que ellos, los
hombres endurecidos en la lucha, que pensaban en la propaganda por la acción y
en las rebeldías inmediatas. Era un espíritu simple, como los creyentes del
cristianismo primitivo, que sentían las doctrinas de su religión con más
intensidad que los Padres de la Iglesia. Su procedimiento era de una lentitud
que necesitaba siglos; pero su éxito parecía seguro. Y el revolucionario,
escuchando al gañán, se imaginaba una época en la que no existiese la
ignorancia y la actual bestia de trabajo, mal nutrida, con el pensamiento
petrificado y sin otra esperanza que la insuficiente y envilecedora caridad, se
metamorfosease en hombre.
Al primer conflicto entre los felices y los desgraciados, se quebraría
el viejo mundo. Los grandes ejércitos organizados por una sociedad basada en la
fuerza, servirían para darla la muerte. Los trabajadores uniformados
levantarían las culatas de los fusiles que les entregan sus explotadores para
que les defiendan, o se valdrían de estas armas para imponer la ley de la
felicidad de los más, a los pastores perversos que durante siglos mantenían al
rebaño humano en la injusticia. Cambiaría de repente la faz del mundo, sin
sangre y sin catástrofes. Desaparecerían, con los ejércitos y las leyes
fabricadas por los poderosos, todo el antagonismo entre los felices y los
desgraciados, todas las imposiciones y crueldades que convierten la tierra en
un presidio. Sólo quedarían hombres. ¡Y esto podía lograrse tan pronto como la
inmensa mayoría de los humanos, el innumerable ejército de la miseria, se diese
cuenta de su fuerza, negándose a sostener por más tiempo la obra de la
tradición!...
Salvatierra sentía halagado su sentimentalismo humanitario por este
generoso ensueño de la inocencia. ¡Cambiar el mundo sin sangre, con un golpe
teatral, valiéndose de la varilla mágica de la instrucción, sin esas violencias
que repugnaban a su alma tierna, y que finalizan siempre con la derrota de los
infelices y las crueles represalias del poderoso!...
El Maestrico seguía afirmando sus convicciones con una
fe, que iluminaba sus ojos cándidos. ¡Ay! ¡Si los pobres supieran lo que saben
los ricos!... Estos son fuertes y gobiernan, porque la sabiduría está a su
servicio. Todos los descubrimientos e invenciones de la ciencia caen en sus
manos, son para ellos, llegando apenas los residuos a los de abajo. Si alguien
salía de la masa miserable, elevándose por su capacidad, en vez de permanecer
fiel a su origen, prestando apoyo a los hermanos, desertaba de su puesto,
volviendo las espaldas a cien generaciones de abuelos esclavos, aplastados por
la injusticia, y vendía su cuerpo y su inteligencia a los verdugos, mendigando
un puesto entre ellos. La ignorancia era la peor servidumbre, el más atroz
martirio de los pobres. Pero la instrucción aislada e individual resultaba
inútil: sólo servía para formar desertores, tránsfugas, que se apresuraban a
alinearse con el enemigo. Debían instruirse todos al mismo tiempo: adquirir la
gran masa el conocimiento de su fuerza, apropiarse de golpe las grandes
conquistas de la razón humana.
—¡Todos! ¿me entiende usted, don Fernando? Todos a la vez, gritando: «No
queremos más engaños; no os serviremos para que esto continúe».
Y don Fernando aprobaba con movimientos de cabeza. Sí, todos al mismo
tiempo; así había de ser: todos, despojándose de la piel de la bestialidad
resignada, única vestidura que la tradición cuidaba de mantener sobre sus
hombros.
Pero al volver su vista por la gañanía, llena de sombra y de humo, creyó
abarcar con sus ojos toda la humanidad explotada e infeliz. Unos acababan de
devorar las sopas, con las que engañaban su hambre; otros, tendidos, regoldaban
satisfechos, creyendo en una digestión que no añadía nada al quebrantado vigor
de su vida; todos aparecían embrutecidos, repugnantes, sin voluntad para salir
de su estado; creyendo confusamente en el milagro como única esperanza, o
pensando en una limosna cristiana que le permitiese un minuto de descanso en su
desesperado rodar por la cuesta de la miseria. ¡Cuánto tiempo no había de
transcurrir hasta que aquella pobre gente abriese los ojos y aprendiera el
camino! ¡Quién podría despertarla, infundiéndola la fe de aquel pobre mozo que
caminaba a tientas, con los ojos fijos en una estrella lejana que él solo
veía!...
El grupo de los de la idea, abandonando el cuenco limpio ya
de gazpacho, vino a sentarse en el suelo, en torno de Salvatierra. Gravemente,
enrollaban sus cigarros, como si esta operación absorbiese por completo su
pensamiento. El tabaco era su única voluptuosidad, y tenían que calcular la
duración de la pobre cajetilla durante toda la semana. Manolo el de Trebujena
había sacado del serón de su asno un tonelillo de aguardiente y servía copas en
el centro de un corro. Acudían a él, con avidez de enfermos, los viejos gañanes
de cara apergaminada y barbas recias, brillando en sus ojos el consuelo del
alcohol. Los jóvenes sacaban de la faja las monedas de cobre, después de largos
titubeos, y bebían, justificando mentalmente este gasto extraordinario con el
absurdo pensamiento de que al día siguiente no habían de trabajar. Algunas
muchachas, de sueltos ademanes, avanzaban cautelosas, con paso de gatas, hasta
confundirse con los grupos de los mozos, chillando cuando éstos las ofrecían
una copa después de innumerables pellizcos y restregones de brutal deseo.
Salvatierra escuchaba a Juanón, un antiguo camarada que trabajaba en el
cortijo y había hecho el viaje a Jerez, sólo por verle cuando llegó del
presidio.
Era un hombre enorme, membrudo, con los pómulos salientes, la mandíbula
cuadrada y fiera, el pelo recio e hirsuto invadiéndole la frente, y unos ojos
profundos que, en ciertos momentos, brillaban con el resplandor verdoso de los
felinos.
Había sido viñador, pero por su fama de revoltoso y pendenciero, tenía
que dedicarse al trabajo de los cortijos, encontrando ocupación sólo en
Matanzuela, gracias a Rafael, que le protegía por ser amigo de su padrino.
Juanón inspiraba respeto a toda la gañanía. Era un impulsivo, sin recaídas de
desaliento: una voluntad enérgica que se imponía a los compañeros.
Lenta y sentenciosamente hablaba a Salvatierra, mirando al mismo tiempo
a la gente con un mohín de superioridad, acompañado de frecuentes salivazos en
el suelo.
—Esto ha cambiado mucho, Fernando. Vamos paatrás y los ricos son más
amos que nunca.
Tuteaba a Salvatierra a uso de compañero y hablaba con
desprecio de la gente trabajadora. Los jóvenes ya los veía allí: creyéndose
felices con una copa y sin más pensamiento que hacer suyas a las compañeras de
trabajo. No había más que fijarse en la frialdad con que habían presenciado la llegada
de Salvatierra. Muchos ni sentían la curiosidad de aproximarse a él: hasta
habían sonreído irónicamente, como si dijeran: «Un embustero más». Para ellos
eran embusteros los periódicos que leían los viejos en voz alta; embusteros los
que hablaban de la fuerza de la asociación y de una revuelta posible: sólo eran
verdad los tres gazpachos y los dos reales de jornal, y con esto, alguna
borrachera de vez en cuando y el asalto de una trabajadora, a la que afligían
con el engendramiento de un nuevo desgraciado, se consideraban felices mientras
duraba en ellos el optimismo de la juventud y la fuerza. Si seguían el impulso
de las huelgas, era por el ruido y el desorden que éstas traían. De los
antiguos, quedaban aún muchos fieles a la idea, pero apocados de
ánimo, miedosos, encorvados bajo el temor que habían sabido infundirles los
ricos.
—Hemos sufrido mucho, Fernando. Mientras tú estabas allá lejos
padeciendo, esto nos lo han transformado.
Y hablaba del régimen de terror que reducía al silencio toda la campiña.
La ciudad rica, odiada por los siervos del campo, velaba sobre ellos con un
gesto cruel e inexorable para ocultar el miedo que les tenía. Los amos poníanse
en guardia a la menor conmoción. Bastaba que se reuniesen con cierto misterio
unos cuantos jornaleros en un hato, en un rancho de la campiña, para que al
momento sonasen los ricos el toque de alarma en los periódicos de toda España,
y llegaran nuevos soldados a Jerez, y la guardia civil corriera el campo
amenazando a todo el que no estaba conforme con lo exiguo del jornal y la
miseria de la alimentación. ¡La Mano Negra! ¡Siempre aquel
fantasma, agrandado por la exuberante imaginación andaluza, que los ricos
cuidaban de conservar vivo y en pie para moverlo así que los gañanes formulaban
la más insignificante petición!...
Para sostener sus injusticias y la servidumbre tradicional, necesitaban
del estado de guerra, fingir que vivían entre peligros, quejándose de los
gobiernos porque no les protegían bastante. Si los braceros pedían que les
diesen de comer como a seres humanos, que les dejasen fumar un cigarro más en
las horas veraniegas de sol abrasador, que les aumentasen los dos reales en
unos cuantos céntimos, todos gritaban desde arriba recordando La Mano
Negra, afirmando que iba a resucitar.
Juanón, impulsado por la cólera, poníase de pie. ¡La Mano Negra! ¿Qué
era aquello? Él había sufrido persecuciones por creerle afiliado a ella, y aún
no sabía ciertamente en qué consistía. Meses enteros había estado en la cárcel
con otros desgraciados. Le sacaban por la noche del encierro, para golpearle,
en la oscura soledad del campo. Las preguntas de los hombres con uniforme iban
acompañadas de culatazos que hacían crujir sus huesos, de palizas locas que se
exacerbaban ante sus negativas. Aún guardaba en el cuerpo las cicatrices de
estos obsequios de los ricos de Jerez. Podían haberle muerto sin que él
contestase a gusto de sus atormentadores. Sabía de sociedades para defender la
vida de los jornaleros y resistirse a los abusos de los amos; él formaba parte
de ellas; pero de La Mano Negra, de la terrorífica asociación con
sus puñales y sus venganzas, no sabía una palabra.
Como prueba de su existencia novelesca, sólo había un muerto, un
asesinato vulgarísimo en un país de vino y de sangre: y por este homicidio
habían muerto unos cuantos trabajadores en garrote vil, y centenares de
infelices como él vivieron en la cárcel sufriendo tormentos que a algunos les
costaron la existencia. Pero desde entonces tenían los amos un espantajo para
levantarlo como bandera, La Mano Negra, y no intentaban los pobres
de la campiña el más leve movimiento hacia su bienestar, que no surgiese el fantasma
lúgubre goteando sangre.
Todo lo autorizaba el tétrico recuerdo. Por la más leve falta se
apaleaba a un hombre en el campo; el gañán era un ser sospechoso contra el cual
todo era lícito. Los excesos de celo de la autoridad se agradecían y premiaban,
y al que osaba protestar se le imponía silencio con el recuerdo de La
Mano Negra. La gente joven escarmentaba con este ejemplo; los hombres
tenían miedo, y los ricos, allá en la ciudad, con la imaginación fortalecida
por el vino de sus bodegas, seguían añadiendo caperuzas a su fantasma,
colgándole nuevos adornos de terror, agrandándolo de tal modo, que los mismos
que lo habían visto nacer hablaban de él como de algo horriblemente legendario
ocurrido en tiempos remotos.
Juanón calló, y sus compañeros permanecieron como aterrados por aquel
espectro de la imaginación meridional, que parecía cubrir con sus trapajos
negros todo el campo de Jerez.
La gañanía, después de la cena, había recobrado la calma de la noche.
Muchos hombres dormían tendidos en sus esterillas con un ronquido fatigoso,
aspirando a ras de tierra las emanaciones asfixiantes del rescoldo de boñiga.
En el fondo, las mujeres, sentadas en el suelo con las faldas abombadas como
hongos, contábanse cuentos o relataban curaciones maravillosas ocurridas en la
sierra por milagro de las vírgenes.
Una canturía a media voz elevábase sobre el murmullo de las
conversaciones. Eran los gitanos que continuaban su comida extraordinaria. La
tía Alcaparrona había sacado de bajo de sus faldas una botella
de vino para celebrar su buena fortuna en la ciudad. La prole salía a sorbo en
el reparto, pero la vista del vino era suficiente para esparcir la
alegría. Alcaparrón, con la vista puesta en su madre, que era la
mayor de sus admiraciones, cantaba acompañado de las palmas que batían en
sordina todos los de la familia. El gitanillo gemía «sus pesares y sus penas»
con ese sentimentalismo falso de la canción popular, añadiendo que «al
escucharle un pájaro, se le habían caído de sentimiento las plumas a millares»;
y la vieja y su gente le jaleaban, alabando su gracia con tanto entusiasmo como
si se alabasen ellos mismos.
Alcaparrón cortó de repente el canto para hablar a su
madre, con la incoherencia del gitano que salta caprichoso de un pensamiento a
otro.
—Mare, ¡y qué desgraciaos somos los pobresitos gitanos! Los gachés lo
son todo: reyes, alcardes, jueses y generales, y los cañís no
somos ná.
—¡Caya, malange! Tampoco dengún gitano es carselero ni verdugo... Anda,
bobo: echa otra.
Y reanudaron el canto y el palmoteo con nuevos bríos.
Un gañán ofreció una copa de aguardiente a Juanón, que la rechazó con su
manaza.
—Eso es lo que nos pierde—dijo sentenciosamente.—La bebía mardita.
Y apoyado por los gestos de aprobación del Maestrico, que
había guardado sus avíos de escribir para unirse al grupo, Juanón anatematizó
la embriaguez. Aquella gente miserable lo olvidaba todo cuando bebía. Si
llegaban a sentirse hombres alguna vez, no tendrían los ricos más que abrir las
puertas de sus bodegas para vencerlos.
Muchos en el grupo protestaron de las palabras de Juanón. ¿Qué podía
hacer un pobre sino beber, para olvidar su miseria? Y roto el silencio
respetuoso que imponía la presencia de Salvatierra, hablaron muchos a un
tiempo, para expresar sus dolores y sus cóleras. La comida era cada vez peor:
los ricos abusaban de su fuerza, de aquel miedo que habían infundido y
propalado.
Únicamente en la época de la trilla les daban un guiso de garbanzos: el
resto del año pan, sólo pan, y en muchos sitios, tasado. Explotaban hasta sus
necesidades más imperiosas. Antes, al arar la tierra, por cada diez arados
había un hombre suplente, que ocupaba el sitio del que se retiraba un momento
para librarse de los residuos del gazpacho. Ahora, para economizarse este
suplente, daban cinco céntimos al arador, con la condición de no abandonar la
yunta aunque el estómago le atormentase con los más crueles llamamientos, y a
esto le llamaban ellos con una sorna triste, «vender el... sitio más innoble
del cuerpo».
Cada año venían a los cortijos más mujeres de la sierra. Las hembras
eran sumisas; la debilidad femenil las hacía temer al arreador y se esforzaban
en su trabajo. Los manijeros, agentes reclutadores, bajaban de la
montaña al frente de sus bandas empujadas por el hambre. Describían en los
pueblos la campiña de Jerez como un lugar de abundancia, y las familias
confiaban al manijero las hijas apenas entradas en la
pubertad, pensando, con una avidez sin entrañas, en los reales que traerían
recogidos después de la temporada de trabajo.
El arreador de Matanzuela y algunos del corro, que eran manijeros,
protestaron. Los hombres de la gañanía que aún no dormían habíanse agrupado en
torno de Salvatierra.
—Nosotros somos mandaos—dijo el arreador.—¿Qué hemos de jacer, pobres de
nosotros? Eso, a los amos, que son los que nos mandan.
El viejo Zarandilla intervino también, por considerarse
comprendido en el llamado gobierno del cortijo. ¡Los amos!...
Ellos podían arreglarlo todo, sólo con acordarse un poco del pobre; con tener
caridad, mucha caridad.
Salvatierra, que escuchaba impasible las palabras de los jornaleros, se
agitó, rompiendo su mutismo al oír al viejo. ¡La caridad! ¿Y para qué servía?
Para mantener al pobre en la esclavitud, esperando unas migajas que acallaban
su hambre por un momento y prolongaban su servidumbre.
La caridad era el egoísmo disfrazándose de virtud; el sacrificio de una
pequeñísima parte de lo superfluo repartida a capricho. Caridad, no: ¡justicia!
¡a cada cual lo suyo!
Y el revolucionario enardecíase al hablar: abandonaba su sonriente
frialdad; brillábanle los ojos tras las gafas azuladas, con el fuego de la
rebelión.
La caridad no había hecho nada por dignificar al hombre. Diecinueve
siglos llevaba de reinado; la cantaban los poetas como inspiración divina; la
ensalzaban los felices como la mayor de las virtudes, y el mundo estaba igual
que el día en que apareció ella por primera vez con la doctrina del Cristo. La
experiencia resultaba suficientemente larga para apreciar su inutilidad.
Era la más impotente y anémica de las virtudes. Había tenido palabras
amorosas para el esclavo, pero no había roto sus cadenas; ofrecía un mendrugo
al siervo moderno, pero no osaba el menor reproche contra la organización
social que le condenaba a la miseria por el resto de su vida. La caridad,
sosteniendo al menesteroso un instante para que tomase fuerzas, era tan
virtuosa como la campesina que alimenta a las aves de su corral y las mantiene
bien cebadas, hasta el momento de devorarlas.
Nada había hecho esta virtud pálida para libertar a los hombres. Era la
rebeldía, la protesta desesperada, la que había roto las ligaduras del antiguo
siervo, la que emanciparía al asalariado moderno, adulado con toda clase de
derechos ideales, menos el derecho al pan.
Salvatierra, en la exaltación de su pensamiento, quería estrujar todos
los fantasmas con los que se había aterrado o entretenido durante siglos a los
menesterosos, para que no estorbasen la feliz placidez de los privilegiados.
Sólo la Justicia social podía salvar a los hombres, y la Justicia no
estaba en el cielo, vivía en la tierra.
Más de mil años se habían resignado los parias, con el pensamiento
puesto en el cielo, confiando en una compensación eterna. Pero el cielo estaba
vacío. ¿Qué desgraciado podía ya creer en él? Dios se había ido con los ricos;
apreciaba como una virtud digna de la gloria eterna, el que de tarde en tarde
repartiesen éstos un fragmento de su fortuna, conservándola íntegra y reputando
como un crimen las reclamaciones de bienestar de los de abajo.
Aunque el cielo existiese, el infeliz se negaría a entrar en él, como en
un lugar de injusticia y privilegio donde penetra lo mismo el que pasa la vida
sufriendo, que el que vive en la riqueza distrayendo su tedio con la
voluptuosidad de la limosna.
El cristianismo era una mentira más, desfigurada y explotada por los de
arriba para justificar y santificar sus usurpaciones. ¡Justicia, y no Caridad!
¡Bienestar en la tierra para los infelices y que los ricos se reservasen, si la
deseaban, la posesión del cielo, abriendo la mano para soltar sus rapiñas
terrenales!
Los miserables no podían esperar nada de lo alto. Sobre sus cabezas sólo
existía un infinito insensible a la desesperación humana: otros mundos que
ignoraban la vida de millones de míseros gusanos sobre esta esfera deshonrada
por el egoísmo y la violencia. Los hambrientos, los que tenían sed de justicia,
sólo debían confiar en ellos mismos. ¡Arriba, aunque fuese para morir! Otros
vendrían detrás, que esparcirían la simiente germinadora en los surcos
fecundados por su sangre. ¡De pie y en marcha la horda de la miseria, sin más
Dios que la rebelión, iluminando su camino la estrella roja, el eterno diablo
de las religiones, guía insustituible de todos los grandes movimientos de la
humanidad!...
El grupo de braceros escuchaba en silencio al revolucionario. Muchos
seguían sus palabras abriendo desmesuradamente los ojos, como si quisieran
absorberlas con la vista.
Juanón y el de Trebujena asentían con movimientos de cabeza. Habían
leído confusamente lo que decía Salvatierra, pero en boca de éste les conmovía
como una música vibrante de pasión.
El viejo Zarandilla no temió romper este ambiente de
entusiasmo, interviniendo con su sentido práctico.
—Too eso está muy bien, don Fernando. Pero el pobre necesita tierra pa
vivir y la tierra es de los amos.
Salvatierra se irguió con arrogancia. La tierra no era de nadie. ¿Qué
hombres la habían creado para apropiársela como obra suya? La tierra era de los
que la trabajaban.
La injusta distribución del bienestar; el aumento de la miseria conforme
aumenta la civilización; el aprovecharse los poderosos de todos los inventos de
la mecánica, ideados para suprimir el trabajo corporal y que sólo servían para
hacerlo más pesado y embrutecedor; todos los males de la humanidad, provenían
de la apropiación de la tierra por unos cuantos miles de hombres que no
siembran y sin embargo recogen, mientras millones de seres hacen abortar al
suelo sus tesoros de vida sufriendo un hambre de siglos y siglos.
La voz de Salvatierra resonó en el silencio de la gañanía como un grito
de combate.
—El mundo empieza a despertar de su sueño de miles de años; protesta de
haber sido robado en su infancia. La tierra es vuestra: nadie la ha creado y
pertenece a todos. Si en ella existe algún mejoramiento, obra es de vuestras
negras manos, que son vuestros títulos de propiedad. El hombre nace con derecho
al aire que respira, al sol que lo calienta, y debe exigir la posesión de la
tierra que le sostiene. El suelo que cultiváis para que otro recoja la cosecha,
os pertenece, aunque vosotros, infelices, envilecidos por miles de años de
servidumbre, dudéis de vuestro derecho, temiendo avanzar la mano para que no os
crean ladrones. El que acapara un pedazo de tierra, excluyendo de él a los
demás, el que lo entrega a las bestias humanas para que lo hagan producir
mientras él permanece ocioso, ese es el que verdaderamente roba a sus
semejantes.
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Los dos mastines que guardaban durante la noche los alrededores de la
torre de Marchamalo, cesaron de dormitar bajo las arcadas de la casa de los
lagares, con el cuerpo en círculo, apoyando en el rabo las feroces mandíbulas.
Irguiéronse los dos al mismo tiempo, husmearon el espacio, y después de
balancearse con cierto titubeo, rugieron, lanzándose viña abajo con un impulso
arrollador que hacía saltar la tierra entre sus patas.
Eran unos animales casi salvajes, de ojos de fuego y boca roja, erizada
de dientes que daban frío. Los dos se abalanzaron sobre un hombre que marchaba
encorvado por entre las cepas, fuera del camino que en recta pendiente conducía
de la carretera a la torre.
El encontronazo fue terrible: el hombre vaciló, tirando de su manta en
la que había hecho presa uno de los mastines. Pero, de repente, cesaron éstos
de rugir, de revolverse en torno de él buscando sitio para hincar sus
colmillos, y se colocaron a su lado escoltándolo y acogiendo con ronquidos de
satisfacción el roce de sus manos.
—¡Bárbaros!—decía Rafael en voz queda, sin dejar de acariciarles.—¡Malas
personas!... ¿Ya no me conocéis?
Le acompañaron hasta la meseta de Marchamalo, y de nuevo fueron a
enroscarse bajo las arcadas, reanudando su dormitar receloso que se desvanecía
al menor ruido.
Rafael se detuvo un momento en la plazoleta, para reponerse de este
encuentro. Se arregló la manta sobre los hombros y cerró la navaja que había
sacado para hacer frente a las hurañas bestias.
Sobre el espacio azulado por el brillo de las estrellas, dibujábase el
contorno de aquel Marchamalo nuevo que había hecho construir don Pablo.
En el centro, la torre señorial, que se veía desde Jerez, dominando las
colinas cubiertas de viñas que hacían de los Dupont los primeros propietarios
de la comarca: una construcción pretenciosa de ladrillo rojo, con la base y los
ángulos de piedra blanca; unidas las agudas almenas de su remate por una
barandilla de hierro que convertía en terraza vulgar el coronamiento de una
obra semifeudal. A un lado estaba lo mejor de Matanzuela, lo que don Pablo
había cuidado más de sus nuevas construcciones, la capilla espaciosa, ornada de
columnas y mármoles como un gran templo. Al otro lado permanecía casi intacta
la obra del antiguo Marchamalo. Apenas si con una ligera reparación se había
fortalecido este cuerpo de edificio, bajo y con arcadas, en el que estaban las
habitaciones del capataz y el dormitorio de los viñadores, espacioso y
desabrigado, con un fogaril que ennegrecía de humo las
paredes.
Dupont, que había traído artistas de Sevilla para decorar la iglesia, y
encargado a los santeros de Valencia varias imágenes deslumbrantes de colorines
y oro, sintió cierto remordimiento ante la antigua casa de los viñadores, no
atreviéndose a tocarla. Tenía mucho carácter; equivalía a un
atentado rejuvenecer con reformas este refugio de los braceros. Y el capataz
siguió en sus cuartuchos, cuya vejez disimulaba María de la Luz con un
cuidadoso enjalbegado, y los jornaleros durmieron vestidos sobre las esterillas
de enea que les proporcionaba la generosidad de don Pablo, mientras las santas
imágenes permanecían entre mármoles y dorados, semanas enteras, sin ser vistas
de nadie, pues las puertas de la capilla sólo se abrían cuando el amo llegaba a
Marchamalo.
Rafael contempló largo rato los edificios, temiendo que en su oscura
masa se iluminase una rendija, se abriera una ventana y asomase el capataz
alarmado por la carrera de los mastines. Transcurrieron algunos minutos sin que
en Marchamalo se notase el menor movimiento. Subía el rumor soñoliento de los
campos hundidos en la sombra: las estrellas parpadeaban intensamente en el
cielo invernal, como si el frío aguzase su fulgor.
El mozo salió de la plazoleta, y volviendo la esquina del edificio
viejo, anduvo por el callejón que quedaba entre la casa y una fila de compactas
chumberas. Se detuvo junto a una reja, y al tocar ligeramente con los nudillos
en sus maderas, se abrieron éstas, destacándose sobre el fondo oscuro de la
habitación el arrogante busto de María de la Luz.
—¡Qué tarde, Rafaé!—dijo con voz queda.—¿Qué hora es?...
El aperador miró al cielo un instante, leyendo en los astros con su
experiencia de hombre de campo.
—Deben ser ansí como las dos y media.
—¿Y el cabayo? ¿dónde lo has dejao?
Rafael explicó su viaje. El caballo estaba en el ventorro de la Corneja,
a dos pasos de allí; una cabaña al borde de la carretera. Bien necesitaba
descansar, pues había venido al galope desde el cortijo.
Aquel sábado había sido de trabajo. Muchos hombres y muchachas de la
gañanía querían pasar el domino en sus pueblos de la sierra, y le habían pedido
los jornales para llevarlos a sus familias. Una tarea de volverse loco, el
ajustar las cuentas de aquella gente que siempre se creía engañada. Además,
había tenido que cuidar a un semental que andaba malucho; darle friegas y otros
remedios, ayudado por Zarandilla. Luego, las gentes de la dehesa le
traían escamado, pues al hacer carbón, seguramente robaban al señorito... En
fin, que en Matanzuela no se paraba un momento, y sólo después de media noche,
cuando en la gañanía habían apagado la luz los que allí quedaban, se había
decidido a emprender el galope. Apenas amaneciese volvería al ventorrillo, y
montando en la jaca, se presentaría como si acabase de llegar de Matanzuela,
para que el padrino no recelase que habían estado pelando la pava.
Luego de estas explicaciones quedaron los dos en silencio, agarrados a
la reja, sin que sus manos osaran encontrarse, mirándose de cerca a la luz
difusa de las estrellas, que daba a sus ojos un brillo extraordinario. Era el
momento de mutua contemplación y silenciosa timidez de todos los amantes que se
ven después de una larga ausencia. Rafael fue el primero en romper el silencio.
—¿Y no ties na que icirme? ¿Endimpués que no nos vemos en toa una
semana, te quedas como una boba mirándome como si juese yo un mal bicho?
—¿Y qué te he de icir yo, arrastrao?... Que te quiero mucho: que toos
estos días los he pasao con una penita muy jonda, muy negra, pensando en mi
gitano...
Y los dos novios, puestos ya en la pendiente del apasionamiento,
arrullábanse con la música de sus palabras, con la exuberancia verbosa propia
de la tierra.
Rafael, agarrado a los hierros, temblaba emocionado al hablar a María de
la Luz, como si sus palabras no fuesen suyas y le turbasen con dulce
embriaguez. Los arrullos de las canciones populares, todos los requiebros
arrogantes que había oído, acompañados del puntear de la guitarra, mezclábalos
en la letanía amorosa con que envolvía a la novia su voz susurrante.
—Que toos los pesares de tu vida vengan a mí, entrañas de mi arma, y que
tú sólo goces alegrías. Ties la cara de Dios, gitana; tus labios son casquites
de limón, y cuando me miras, creo que me mira el buen Jesú de los milagritos
con sus ojos dulces... Quisiera ser don Pablo Dupont con toas sus bodegas, para
soltar el vino de las botas viejas que tiene er tío, y que vale miles de pesos:
y tú meterías en el charco tus pies bonitos y yo le diría a too Jerez: «Beban
ustés, cabayeros, que esto es la gloria». Y toos dirían: «Tiene razón Rafaé: ni
que juesen los pinreles de la mismísima mare de Dios»... ¡Ay, niña! ¡si no me
quisieras, güena suerte te esperaba! Tendrías que hacerte monja, pues no habría
guapo que te pidiera relaciones. Me abriría de patas en tu puerta y ni a Dios
dejaba pasar.
María de la Luz sentíase halagada por la expresión feroz que tomaba su
novio, sólo al pensar que otro hombre pudiera aproximarse a ella requiriéndola
de amores. La brutalidad de los celos amenazantes gustábala aún más que los
requiebros amorosos.
—¡Pero, tonto! ¡si yo sólo te quiero a ti! ¡Si estoy chalaíta por mi
cortijero y aguardo como quien espera a los ángeles el momento de ir a
Matanzuela pa cuidar a mi aperador salao!... Ya sabes que yo podría casarme con
cualquiera de esos señoritos del escritorio que son amigos de mi hermano. La
señora me lo dice muchas veces. Otras me camela pa que sea monja; pero monja de
señorío, de las de gran dote, y me promete correr con todo el gasto. Pero yo
digo que no: «Señora, no quiero ser santa; me gustan mucho los hombres...» Pero
¡Jesú! ¡qué barbariaes digo! Toos los hombres, no: uno, sólo uno: mi Rafaé, que
cuando va en su jaca paece, por lo bonito, un San Miguel a cabayo. ¡Pero no
vayas a ponerte tonto con estas alabanzas, que too es broma!... Quiero ser cortijera
con mi cortijero, que me quiere y me dise cosos bonitas. Más me gusta con él un
gazpacho pobre que todo el señorío de Jerez...
—¡Bendita sea tu boca! ¡Sigue niña, que me subes al cielo diciéndome
esas cosas! Nada has de perder queriéndome. Pa que estés bien soy capaz de
todo; y aunque el padrino se enfade, ansí que nos casemos güervo al contrabando
para llenarte el delantal de onzas.
María de la Luz protestó con un ademán de miedo. Eso nunca. Aún se
conmovía recordando aquella noche en que lo vio llegar pálido como un muerto y
chorreando sangre. Serían felices en su pobreza, sin tentar a Dios con nuevas
aventuras que podían costarle la vida. ¿Para qué el dinero?...
—Lo que importa es quererse, Rafaé, y ya verás ¡cachito del arma! cuando
estemos en Matanzuela, qué vidita tan dulce voy a darte...
Ella era del campo como su padre, y en el campo quería permanecer. No le
asustaban las costumbres del cortijo. En Matanzuela debía sentirse la falta de
un ama que convirtiese la habitación del aperador en una «tacita de plata». Ya
se enteraría él de lo que era buena vida, acostumbrado a la existencia
desordenada del contrabandista y al cuidado de aquella vieja del cortijo.
¡Pobrecito! Bien notaba ella en su ropa la falta que le hacía una mujer... Se
levantarían al romper el día: él a vigilar la salida de los gañanes para el
tajo, ella a preparar el almuerzo, a limpiar la casa con las manitas que Dios
la había dado, sin ningún miedo al trabajo. Vestido con aquel traje de campo
que tan bien le sentaba, montaría a caballo, pero sin faltarle un botón en la
chaquetilla, sin el menor descosido en los calzones, con una camisa siempre
blanca como la nieve, bien cepillado, lo mismo que un señorito de Jerez. Y
cuando volviese, la vería esperándole en la puerta del cortijo; pobre, pero
limpia como los chorros de agua, bien peinada, con flores en el moño, y unos
delantales que quitarían la luz de los ojos. La olla humearía en la mesa.
¡Poquito aquel que tenía la niña para la cocina! Su padre lo
declaraba a todo el mundo... Después de comer en dulce compaña, con la
satisfacción de los que saben que su pan está bien ganado, él, otra vez al
campo y ella a coser, a cuidar del gallinero, a vigilar el amasijo de las
teleras. Y al cerrar la noche, a cenar y a acostarse con los huesos cansados
del trabajo, pero contentos de la jornada; a dormir en la santa paz de los que
emplean bien el día y no sienten el remordimiento de haber hecho mal a nadie.
—¡Venga de ahí!—murmuraba Rafael con apasionamiento.—Y aún no dices too
lo bueno. Después, tendremos chiquiyos, unos churumbeles muy monos que correrán
por el patio del cortijo...
—¡Para, condenao!—exclamó María de la Luz.—No corras tanto, que te
despeñas...
Y los dos quedaron en silencio, Rafael sonriendo del rubor de su novia,
mientras ésta le amenazaba con una de sus manecitas por su atrevimiento.
Pero el mozo no podía callarse, y con la tenacidad de los enamorados
volvió a hablar a María de la Luz de sus primeras angustias, cuando se dio
cuenta de que estaba enamorado de ella. La primera vez que supo que la amaba
fue en Semana Santa, durante la procesión del Entierro. Y Rafael reía,
encontrando chusco el haberse enamorado, entre el aparato terrorífico de los
encapuchados de las cofradías, el llamear inquisitorial de los blandones y el
desgarrador estrépito de los clarines y atabales.
La procesión iba a altas horas de la noche por las calles de Jerez, en
medio de un silencio lúgubre, como si el mundo fuese a morir; y él, con el
sombrero en la mano, muy compungido, veía desfilar esta ceremonia que le
llegaba al alma. De pronto, al hacer un descanso el «Santísimo Cristo de la
Coronación de Espinas» y «Nuestra Señora de la Mayor Aflicción», una voz
rasgaba el silencio de la noche, una voz que hizo llorar al fiero
contrabandista.
—Y eras tú, chavala; tu voz de oro fino que gorvía loquita a la gente.
«Es la chica del capataz de Marchamalo», decían a mi lao. «Bendito sea su pico:
es un riuseñor». Y yo me ajogaba de pena sin saber por qué; y te veía delante
de tus amigas, tan bonita como una santa, cantando la saeta, con
las manos juntas, mirando al Cristo con esos ojasos que paecen espejos, en los
que se veían toos los cirios de la procesión. Y yo, que había jugao contigo de
pequeñuelo, creí que eras otra, que te habían cambiao de pronto; y sentí algo
en la espalda, como si me arañasen con una navaja; y miré al buen Señor de las
Espinas con envidia, porque cantabas para él como un pájaro y para él eran tus
ojos; y me fartó poco pa dicile: «Señó, sea su mercé misericordioso con los pobres
y déjeme un rato su puesto en la cruz. Na me importa que me vean desnúo, con
enagüillas y los remos enclavaos, con tal que María de la Luz me orsequie con
su voz de ángel...»
—¡Loco!—decía la joven riendo.—¡Pamplinero! ¡Así me tienes chalaíta con
esas mentiras que te traes!
—Endimpués volví a oírte en la plaza de la Cárcel. Los pobrecitos
presos, agarraos a las rejas, como si fuesen malas bestias, le cantaban al Señó
unas cosas muy tristes, unas saetas hablando de sus jierros, de sus penitas, de
la madre que lloraba por ellos, de sus hijitos que no podían besar. Y tú,
entrañas mías, desde abajo contestabas con otras saetas, que eran un jipío
durce como el de los ángeles, pidiendo al Señó que se apiadase de los
infelices. Y yo entonses juré que te quería con toa mi arma, que habías de ser
mía, y tuve tentasiones de gritar a los pobrecitos de las rejas: «Hasta la
vista, compañeros; si esta mujer no me quiere, yo jago una barbariá: mato a
arguien y el año que viene cantaré enjaulao con vosotros al Señó de las
Espinas.»
—Rafaé, no seas bárbaro—dijo la muchacha con cierto temor.—No digas esas
cosas; eso es tentar la paciencia de Dios.
—No, tonta; esto no es más que un dicir. ¡Qué he de ir yo a aquel sitio
de penas! Donde iré es a la gloria, casándome con mi riuseñor moreno,
llevándomelo al nidito de Matanzuela... Pero ¡ay, niña! ¡Lo que yo sufrí desde
aquel día! ¡Las penitas que pasé para decirte «te quiero»! Venía a Marchamalo
por las tardes cuando había hecho buen alijo, con una porción de indirectas
bien preparás para que me comprendieses, y tú ¡ná! como si fueses la Dolorosa,
que mira lo mismo en Semana Santa que en el resto del año.
—Pero, ¡bobito! ¡Si te calé desde el primer momento! ¡Si adivinaba el
querer que me tenías y estaba muy alegre! Pero mi obligasión era disimulá. Una
mocita no debe meterse por los ojos pa que le digan «te quiero». Eso no es
decente.
—¡Calla, mal corazón! ¡Poquito que me hiciste sufrir en aquella
temporá!... Yegaba en mi jaca, después de haber ido en la sierra a tiros con
los del resguardo, y lo mismo era verte que abrírseme las entrañas con un miedo
que me hacía temblar. «Le diré esto, le diré lo otro». Y verte y no icirte na,
too era lo mismo. Se me trababa la lengua, se me hacía de noche dentro del
caletre, como cuando iba a la escuela; tenía miedo de que te ofendieras y que
el padrino me diese encima unos cuantos palos con una tranca, disiéndome:
«¡Arre allá, so sinvergüensa!», lo mismo que cuando se mete en la viña un perro
vagabundo... Por fin, salió la cosa. ¿Te acuerdas? Algo costó, pero nos
entendimos. Fue dimpués der balazo, cuando tú me cuidabas como una marecita y
por las tardes hacíamos nuestro poquito de cante ahí cerca, bajo los arcadas.
El padrino tañía la guitarra y yo, sin saber cómo, me arranqué por martinetes,
con los ojos fijos en los tuyos, como si fuese a comérmelos:
Fragua, yunque y martillo
Rompen los metales,
Pero este cariño que yo te tengo
No lo rompe nadie.
Y mientras el padrino contestaba «tra, tra; tra, tra», como si
con un martillo golpease el jierro, tú te pusiste coloradilla y bajaste los
ojos leyendo al fin en los míos. Y yo me dije: «Güeno, esto va bien». Y bien
fue: pues, sin saber cómo, nos dijimos nuestro querer. Tal vez fuiste tú,
¡indina! que cansada de hacerme sufrir, acortaste el camino para que yo
perdiese el miedo... Y dende entonses no hay en Jerez y en too su campo hombre
más feliz y más rico que Rafaé, el aperador de Matanzuela... ¿Ves tú a don
Pablo Dupont con toos sus millones? Pues a mi lao, ¡ná!; ¡cerato simple! Y toos
los demás cosecheros ¡ná! Y mi amo, el señorito Luis, con toa su fachenda y el
mujerío de pendones que se trae en derredor... ¡ná tampoco! El más rico de
Jerez soy yo, que se llevará al cortijo una morenucha fea, que está cieguecita
porque a la pobre apenas se le ven los ojos, y que tiene el defecto de que al
reírse se le jasen en la cara unos joyitos muy monos, como si estuviera picá de
viruelas.
Y agarrado a la reja se expresaba con tal vehemencia, que parecía querer
meter su cara por entre los hierros buscando la de María de la Luz.
—Quieto, ¿eh?—dijo la muchacha con risueña amenaza.—A ti sí que te voy a
picá yo, pero con una horquilla del moño, si no te estás quieto. Ya sabes,
Rafaé, que no me gustan ciertas bromas y que salgo a la reja porque me prometes
que serás formal.
El gesto de María de la Luz y la amenaza de cerrar la reja, hicieron que
Rafael se mostrase menos vehemente, separando su cuerpo de los hierros.
—Güeno, como tú quieras, mal corazón. Tú no sabes lo que es el querer y
por eso pareces tan fría, tan tranquila, como si estuvieses en misa.
—¿Que yo no te quiero?... ¡Chiquiyo!—exclamó la muchacha.
Y fue ella la que olvidando su enfado se expresó con más calor aún que
su novio. Le quería tanto como a su padre. Era otro modo de querer, pero estaba
segura de que puestos en una balanza los dos afectos, no se diferenciarían en
nada. Su hermano conocía mejor que ella la vehemencia con que amaba a Rafael.
¡Así se burlaba Fermín, cuando venía a la viña y le hacía preguntas sobre su
noviazgo!...
—Te quiero, y creo que te quise siempre, desde que éramos pequeños y
venías tú a Marchamalo de la mano de tu padre, hecho un gañancito con tu
ordinariez de la sierra, que nos hacía reír a los señoritos y a nosotros. Te
quiero porque estás solo en el mundo, Rafaé, sin pare y sin familia: porque
necesitas un arma buena que esté contigo, y esa soy yo. Te quiero porque has
padecío mucho pa ganarte la vida, ¡pobrecito mío!, porque te vi casi muerto en
aquella noche, y entonces adiviné que te llevaba dentro del corazón. Además,
mereces que te quiera por bueno y por honrao: porque viviendo como un perdío
entre mujeres y matones, siempre de juerga, expuesto a perder la piel con cada
onza que ganabas, pensaste en mí, y para no dar más pesares a tu nena quisiste
ser pobre y trabajar. Y yo te premiaré too lo que has hecho, queriéndote mucho,
¡pero mucho! Seré tu mare, y tu jembra, y too lo que haya que ser pa que vivas
contento y feliz.
—¡Olé! ¡Sigue soltando por ese pico, serrana!—dijo Rafael con nuevo
entusiasmo.
—Y te quiero también—continuó María de la Luz con cierta gravedad—porque
soy digna de ti: porque me creo buena y estoy segura de que al ser tu mujer no
he de darte la menor pesadumbre. Tú no me conoces aún, Rafaé. Si un día creyese
que podía causarte pena, que no me merecía un hombre como tú, te gorvería la
espalda y me ajogaría de tristeza al verme sin ti: pero aunque te pusieras de
rodillas fingiría haberme olvidado de tu cariño. Ya ves, pues, si te quiero...
Y su acento, al decir estas palabras, era tan triste, que Rafael tuvo
que animarla. ¿Quién pensaba en tales cosas? ¿Qué podía ocurrir que tuviese
fuerza bastante para separarlos? Los dos se conocían y eran dignos el uno del
otro. Él, si acaso, por su vida pasada, no merecía ser amado, pero ella era
buena y misericordiosa y le concedía la regia limosna de su cariño. ¡A vivir!
¡a quererse mucho!...
Y para huir de la tristeza que les habían infundido estas palabras,
torcieron el curso de la conversación, hablando de la fiesta que don Pablo
había organizado en Marchamalo para dentro de unas horas.
Los viñadores, que todos los sábados marchaban a Jerez al caer la tarde
para ver a sus familias, estaban durmiendo cerca de allí. Eran más de
trescientos: el amo les había ordenado que se quedasen para asistir a la misa y
la procesión. Con don Pablo vendrían todos sus parientes, los señores del
escritorio y mucha gente de la bodega. Una gran fiesta, a la que forzosamente
asistiría su hermano. Y ella reía pensando en la cara de Fermín, en lo que
diría después cuando viniese a la viña y se encontrara con Salvatierra, que de
tarde en tarde visitaba con cierto recato a su antiguo amigo el capataz.
Rafael habló entonces de Salvatierra, de su inesperada visita al cortijo
y de la rareza de sus costumbres.
—Ese buen señor es una excelente persona, pero está algo chiflao. Por
poco me pone en revolución toda la gañanía. «Que si esto va mal; que si los
pobres necesitan vivir», y ecétera. No, esto no está muy bien arreglao que
digamos, pero lo que importa en el mundo es quererse y tener ganas de trabajar.
Cuando nos najemos al cortijo no tendremos más que las tres pesetas, el pan y
lo que caiga. El oficio de aperador no da pa mucho. Pero ya verás qué ricamente
lo pasamos a pesar de cuanto dice en sus sermones y soflamas el señor de
Salvatierra... Pero que no sepa el padrino lo que yo digo de su camará, pues
tocarle a don Fernando es peor que si yo te fartase a ti, pongo por caso.
Rafael hablaba de su padrino con veneración y miedo al mismo tiempo. El
viejo conocía sus amores, pero no hablaba nunca de ellos al muchacho y a su
hija. Los toleraba silencioso, con su gesto grave de padre a uso latino, seguro
de su autoridad, convencido de que le bastaba un solo ademán para desbaratar
todas las esperanzas de los enamorados. Rafael no osaba proponerle el
casamiento, y María de la Luz, cuando el novio, echándolas de valiente, quería
hablar a su padrino, le disuadía con cierto miedo.
Nada perdían esperando: sus padres también habían pelado la pava muchos
años. La gente honrada no se casa con precipitación. El silencio del señor
Fermín era de asentimiento: esperarían, pues. Y Rafael, escondiéndose del
padrino para galantear a su hija, aguardaba pacientemente a que un día se
plantase el viejo delante de él, diciéndole con su campechana rudeza: «¿Pero
qué esperas para llevártela, bobalicón? Carga con ella y que de salú te sirva».
Comenzaba a amanecer. Rafael veía más claramente la cara de su novia al
través de la reja. La luz difusa del alba, daba un tono azulado a su tez
morena; hacía brillar con reflejos de nácar la blancura de sus córneas y
marcaba con huella profunda la sombra de sus ojeras. Por la parte de Jerez
abríase el cielo con un desgarrón de luz violácea, que iba extendiéndose, y
borrando en su seno las estrellas. De la bruma de la noche surgía a lo lejos la
ciudad, con la apiñada arboleda del Tempul y las aglomeraciones de blanco
caserío, en las que palpitaban los últimos faroles de gas como estrellas
agonizantes. Soplaba una brisa helada: la tierra y las plantas parecían sudar
al contacto de la luz. Un pájaro salió aleteando de las chumberas, con agudo
silbido, que hizo estremecer a la joven.
—Anda, Rafaé—dijo ella con la precipitación del miedo;—márchate en
seguía. Amanece, y mi padre se levanta pronto. Además, no tardarán en salir los
viñadores. ¿Qué dirían si nos viesen a estas horas?...
Pero Rafael se resistía a irse. ¡Tan pronto! ¡Después de una noche tan
dulce!...
La muchacha se impacientaba. ¿Para qué hacerla sufrir, si se verían
pronto? No tenía más que bajar al ventorrillo y subir a caballo apenas se
abriesen las puertas de la casa.
—No me voy: no me voy—decía él con voz suplicante y un fulgor de pasión
en los ojos.—No me voy... ¿Y sí quieres que me vaya?...
Se pegó más a la reja, murmurando con timidez la condición que exigía
para irse. María de la Luz se hizo atrás con un gesto de protesta, como si
temiese el avance de aquella boca, que suplicaba entre los hierros.
—¡No me quieres!—exclamó.—¡Si me quisieras, no me pedirías esas cosas!
Y ocultó su cabeza entre las manos, como si fuese a llorar. Rafael metió
un brazo por los hierros y de un suave tirón separó los dedos entrecruzados que
le ocultaban los ojos de su novia.
—¡Pero si ha sido una broma, niña!... Perdóname, soy muy bruto. Pégame:
dame una bofetada, que bien lo merezco.
María de la Luz, con el rostro ligeramente arrebolado por el restregón
de sus manos, sonreía vencida por la humildad con que el novio imploraba su
perdón.
—Te perdono, pero márchate en seguía. ¡Mira que van a salir!... Sí, ¡te
perdono! ¡te perdono! No seas pelma. ¡Vete!
—Pues pa que vea que me perdonas de veras, dame una bofetada. ¡O me la
das o no me voy!
—¡Una bofetada!... ¡Bueno estás tú! Ya sé lo que quieres, ladrón: toma y
vete en seguía.
Sacó por entre los hierros, echando atrás el cuerpo, una mano de suave
almohadillado y graciosos hoyuelos. Rafael la cogió para acariciarla con
arrobamiento. Después besó las uñas sonrosadas, chupó las yemas de sus dedos
finos con una delectación que hizo agitarse a María de la Luz con nerviosas
contorsiones detrás de la reja.
—¡Déjame, mala persona!... ¡Que chillo, asesino!...
Y librándose de un tirón de estas caricias que le estremecían con
intenso cosquilleo, cerró la ventana de golpe. Rafael permaneció inmóvil largo
rato, alejándose al fin, cuando dejó de percibir en sus labios la impresión de
la mano de María de la Luz.
Transcurrió aún mucho tiempo antes de que los habitantes de Marchamalo
diesen señales de vida. Los mastines ladraron dando saltos, cuando el capataz
abrió la puerta de la casa de los lagares. Después, con caras de malhumor,
fueron saliendo a la explanada los viñadores, obligados a permanecer en
Marchamalo para asistir a la fiesta.
El cielo se azuleaba sin la más leve mancha de nubes. En el límite del
horizonte una faja de escarlata anunciaba la salida del sol.
—¡Buen día nos dé Dios, cabayeros!—dijo el capataz a los jornaleros.
Pero estos torcían el gesto o levantaban los hombros, como presos a los
que nada importa la placidez del tiempo fuera de su encierro.
Rafael se presentó a caballo, subiendo a galope la cuesta de la viña,
como si llegase del cortijo.
—Mucho madrugas, chaval—dijo el padrino con sorna.—Se conoce que no te
dejan dormir las cosas de Marchamalo.
El aperador rondó por cerca de la puerta sin ver a María de la Luz.
Bien entrada la mañana, el señor Fermín, que vigilaba la carretera desde
lo alto de la viña, vio al final de la cinta blanca que cortaba el llano una
gran nube de polvo, marcándose en su seno las manchas negras de varios
carruajes.
—¡Ya están ahí, muchachos!—gritó a los viñadores.—El amo llega. A ver si
lo recibís como lo que sois; como personas decentes.
Y los braceros, siguiendo las indicaciones del capataz, se formaron en
dos filas a ambos lados del camino.
La gran cochera de Dupont se había vaciado en honor de la festividad.
Todos los troncos de caballos y mulas, así como los corceles de silla del
millonario, habían salido de las grandes cuadras que tenía adosadas a la
bodega; y con ellos, los brillantes arreos y los vehículos de todas clases que
compraba en España o encargaba a Inglaterra, con su prodigalidad de rico,
imposibilitado de poder demostrar de otro modo su opulencia.
Descendió don Pablo, de un gran landó, dando su mano a un sacerdote
grueso, de cara sonrosada, con hábitos de seda que relucían al sol. Luego que
se convenció de que el acompañante había descendido sin ningún contratiempo,
atendió a su madre y a su esposa, que bajaron del carruaje vestidas de negro,
con la mantilla sobre los ojos.
Los viñadores, rígidos en su doble fila, se quitaron los sombreros
saludando al amo. Dupont sonrió satisfecho, y el sacerdote hizo lo mismo,
abarcando en una mirada de protectora conmiseración a los jornaleros.
—Muy bien—dijo al oído de don Pablo con acento adulador.—Parecen buena
gente. Ya se conoce que sirven a un señor cristiano que les edifica con buenos
ejemplos.
Iban llegando los otros carruajes, con ruidoso cascabeleo y polvoriento
patear de las bestias en la cuesta de Marchamalo. La explanada se llenaba de
gente. Formaban la comitiva de Dupont todos sus parientes y empleados. Hasta su
primo Luis, que tenía cara de sueño, había abandonado al amanecer la respetable
compañía de sus amigotes, para asistir a la fiesta y agradar con esto a don
Pablo, cuya protección necesitaba en aquellos días.
El dueño de Matanzuela, al ver a María de la Luz bajo las arcadas, fue a
su encuentro, confundiéndose con el cocinero de los Dupont y un grupo de
criados que acababan de llegar cargados de vituallas, y pedían a la hija del
capataz que los guiase a la cocina de los señores, para preparar el banquete.
Fermín Montenegro descendió de otro coche con don Ramón, el jefe del
escritorio, y los dos se alejaron a un extremo de la explanada, como si huyesen
del autoritario Dupont, que en medio del gentío daba órdenes para la fiesta y
se enfurecía al notar ciertas omisiones en los preparativos.
La campana de la capilla comenzó a voltear en su espadaña, dando el
primer toque para la misa. Nadie había de llegar de fuera de la viña, pero don
Pablo deseaba que sonasen los tres toques y que fueran largos, hasta que no
pudiese más el gañán que tiraba de la cuerda. Le alegraba este estrépito
metálico: creía que era la voz de Dios extendiéndose sobre sus campos,
protegiéndolos como tenía el deber de hacerlo, por ser su amo un buen creyente.
Mientras tanto, el sacerdote, que había llegado con don Pablo, parecía
huir también de las voces y ademanes descompuestos con que éste acompañaba sus
órdenes, y agarraba suavemente al señor Fermín, ponderando el hermoso
espectáculo que ofrecían las viñas.
—¡Cuan grande es la providencia de Dios! ¡Y qué cosas tan hermosas crea!
¿No es cierto, buen amigo?...
El capataz conocía al sacerdote. Era el apasionamiento más reciente de
don Pablo, su último entusiasmo; un padre jesuita del que se hacía lenguas, por
el acierto con que trataba en sus conferencias para hombres solos la llamada
cuestión social, un embrollo para los impíos, que no atinaban con la solución y
que el sacerdote resolvía en un periquete valiéndose de la caridad cristiana.
Dupont era veleidoso y tornadizo como un amante en sus apasionamientos
por las gentes de la Iglesia. Una temporada adoraba a los Padres de la Compañía
y no encontraba misa buena ni sermón aceptable, si no era en su iglesia: pero
de pronto se cansaba de la sotana, le seducía el hábito con capucha, según sus
colores, y abría su caja y las puertas de su hotel a los Carmelitas, a los
Franciscanos o a los Dominicos establecidos en Jerez. Siempre que iba a la viña
se presentaba con un sacerdote de distinta clase, adivinando por esto el
capataz cuáles eran sus favoritos del momento. Unas veces eran frailes con
vestimenta blanca y negra, otras pardos o de color de castaña: hasta los había
llevado de luengas barbas, que venían de lejanos países y apenas si chapurreaban
el español. Y el señor, con sus entusiasmos de enamorado, ganoso de propalar
los méritos de su pasión, le decía al capataz en amistosa confidencia:
—Es un héroe de la fe: viene de convertir infieles y hasta creo que ha
obrado milagros. Si no fuera por herir su modestia, le diría que se arremangase
el hábito, para que te pasmases viendo las cicatrices de sus martirios...
Sus disentimientos con doña Elvira estribaban siempre en que ella tenía
sus favoritos, que rara vez eran al mismo tiempo los del hijo. Cuando él
adoraba a los jesuitas, la noble hermana del marqués de San Dionisio hacía el
elogio de los franciscanos, alegando la antigüedad de su orden sobre las
fundaciones que habían venido después.
—¡No, mamá!—exclamaba él, conteniendo su carácter iracundo, con el
respeto que le inspiraba su madre.—¿Cómo comparar a unos mendicantes con los
Padres de la Compañía, que son los más sabios de la Iglesia?...
Y cuando la piadosa señora se iba con los sabios, su hijo hablaba casi
llorando de emoción, del santo solitario de Asís y de sus hijos los
franciscanos, que podían dar a los impíos lecciones de verdadera democracia y
eran los que iban a arreglar el día menos pensado la cuestión social.
Ahora la veleta de su fervor apuntaba del lado de la Compañía, y no
sabía ir a parte alguna sin el Padre Urizábal, un vasco, compatriota del
glorioso San Ignacio, méritos que bastaban para que Dupont se hiciese lenguas
de él.
El jesuita contemplaba las viñas con el éxtasis de un hombre
acostumbrado a vivir dentro de vulgares edificios, sin ver más que de tarde en
tarde la grandiosidad de la naturaleza. Hacía preguntas al capataz sobre el
cultivo de las viñas, alabando el aspecto de las de Dupont, y el señor Fermín,
halagado en su orgullo de cultivador, se decía que aquellos jesuitas no eran
tan despreciables como los consideraba su amigo don Fernando.
—Oiga su mercé, padre: Marchamalo no hay más que uno; esto es la flor
del campo de Jerez.
Y enumeraba las condiciones que debe tener una buena viña jerezana,
plantada en tierra caliza, que esté pendiente, para que las lluvias corran y no
refresquen en demasía la tierra, quitando fuerza al mosto. Así se producía
aquel racimo, gloria del país, con sus granos pequeños como balines,
transparentes y de una blancura de marfil.
Arrastrado por su entusiasmo enumeraba al sacerdote, como si éste fuese
un cultivador, todas las operaciones que durante el año había que realizar con
aquella tierra, sometida a un continuo trabajo para que diese su dulce sangre.
En los tres meses últimos del año se abrían las piletas, los hoyos
en torno de las cepas para que recibiesen la lluvia: a esta labor la
llamaban Chata. También hacían entonces la poda, que provocaba
conflictos entre los viñadores y hasta algunas veces había ocasionado muertes,
por si debía hacerse con tijeras, como deseaban los amos, o con las antiguas
podaderas, unos machetes cortos y pesados, como lo querían los trabajadores.
Luego venía la labor llamada Cava bien, durante Enero y Febrero,
que igualaba la tierra, dejándola llana como si la hubiesen pasado un rasero.
Después el Golpe lleno en Marzo, para destruir las hierbas
crecidas con las lluvias, esponjando al mismo tiempo el suelo; y en Junio y
Julio la Vina, que apretaba la tierra, formando una dura corteza,
para que conservase todo su jugo, trasmitiéndolo a la cepa. Aparte de esto, en
Mayo azufraban las vides, cuando empezaban a apuntar los racimos, para evitar
el cenizo, una enfermedad que endurecía los granos.
Y el señor Fermín, para demostrar el cuidado incesante que durante el
año exigía aquel suelo, que era como de oro, agachábase para coger un puñado de
caliza y mostraba la finura de sus pequeños terrones blancos y desmenuzados,
sin que se dejase apuntar en ellos el germen de una planta parásita. Entre las
hileras de cepas veíase la tierra, machacada, alisada, peinada, con la misma
tersura que si fuese el suelo de un salón. ¡Y la viña de Marchamalo se perdía
de vista, ocupaba varias colinas, lo que exigía un trabajo enorme!
A pesar de la rudeza con que el capataz trataba a los viñadores durante
el trabajo, ahora que no estaban presentes, se apiadaba de sus fatigas. Ganaban
diez reales, un jornal exorbitante comparado con el de los gañanes de los
cortijos; pero sus familias vivían en la ciudad, y, además, ellos se pagaban la
comida, asociándose para adquirir el costo, el pan y la menestra
que todos los días traían de Jerez en dos caballerías. La herramienta era suya:
una azada de nueve libras de peso, que habían de manejar con ligereza, como si
fuese un junco, de sol a sol, sin más descanso que una hora para el almuerzo;
otra para la comida, y los minutos que les concedía el capataz con su voz de
mando para que echasen cigarro.
—Nueve libras, padre—añadía el señor Fermín.—Eso se ice fácilmente y
resulta un juguete pa un rato; pero hay que ver cómo se pone un cristiano
después de estar too el día subiendo y bajando la herramienta. Al final de la
jorná, pesa arrobas... ¿qué digo arrobas? tonelás. Parece que uno levanta en
vilo a too Jerez cuando da un gorpe.
Y como hablaba con un amigo del amo, no quiso ocultarle las astucias de
que se valían en las viñas para acelerar el trabajo y sacarle al jornal todo su
jugo. Se buscaba a los braceros más fuertes y rápidos en la faena y se les
prometía un real de aumento poniéndolos a la cabeza de la fila. Este era el que
se llamaba hombre de mano. El jayán, para agradecer el aumento de
jornal, trabajaba como un desesperado, acometiendo la tierra con su azadón, sin
respirar apenas entre golpe y golpe, y los otros infelices tenían que imitarle
para no quedarse atrás, manteniéndose, con esfuerzos sobrehumanos, al nivel del
compañero que servía de acicate.
Por las noches, rendidos de fatiga, entretenían la espera del último
rancho jugando a los naipes, o canturreando. Don Pablo les había prohibido
severamente que leyesen periódicos. Su única alegría era el sábado, cuando al
anochecer salían de la viña, camino de Jerez, para ir a misa, como
ellos decían. Hasta la noche del domingo estaban con sus familias entregando
los ajorros a las mujeres; la parte de jornal que les restaba
después de pagar el costo.
El sacerdote mostraba su extrañeza al ver que los viñadores se habían
quedado en Marchamalo siendo domingo.
—Porque son muy buenos, padre—dijo el capataz con acento
hipócrita.—Porque quieren mucho al amo, y ha bastado que les dijese yo de parte
de don Pablo lo de la fiesta, pa que los pobrecitos se quedasen voluntariamente
sin ir a sus casas.
La voz de Dupont llamando a su ilustre amigo el padre Urizábal hizo que
éste abandonase al capataz, dirigiéndose a la iglesia, escoltado por don Pablo
y toda su familia.
El señor Fermín vio entonces que su hijo paseaba con don Ramón, el jefe
del escritorio, por un sendero. Hablaban de la belleza de las viñas. Marchamalo
volvía a ser lo que en sus tiempos más famosos, gracias a la iniciativa de don
Pablo. La filoxera había matado muchas de las cepas que eran la gloria de la
casa Dupont, pero el actual jefe había plantado en las vertientes desoladas por
el parásito la vid americana, una innovación nunca vista en Jerez, y el famoso
predio volvería a sus tiempos gloriosos sin miedo a nuevas invasiones. Para
esto era la fiesta; para que la bendición del Señor cubriese con su eterna
protección las colinas de Marchamalo.
El jefe del escritorio se entusiasmaba contemplando el oleaje de viñedos
y prorrumpía en líricos elogios. Era el encargado de la publicidad de la casa,
y de su pluma de viejo periodista, de vencido intelectual, salían los
prospectos, los folletos, las memorias, las cartas en la cuarta plana de los
periódicos, que pregonaban la gloria de los vinos de Jerez, y especialmente los
de la casa Dupont, pero en un estilo pomposo, solemne, entonado, que no llegaba
a adivinarse si era sincero o una broma que don Ramón se permitía con su jefe y
con el público. Leyéndole, no había más remedio que creer que el vino de Jerez
era tan indispensable como el pan, y que los que no lo bebían estaban
condenados a una muerte próxima.
—Mira, Fermín, hijo mío—decía con entonación oratoria.—¡Qué hermosura de
viñas! Me siento orgulloso de prestar mis servicios a una casa que es dueña de
Marchamalo. Esto no se encuentra en ninguna nación, y cuando yo oigo hablar de
los progresos de la Francia, del poder militar de los alemanes o de la soberbia
naval de los ingleses, contesto: «Está bien; ¿pero dónde tienen ellos vinos
como los de Jerez?» Todo lo que se diga es poco de este vino grato a los ojos,
gustoso a la nariz, deleite del paladar y reparo del estómago. ¿No lo crees tú
así?...
Fermín hizo un gesto afirmativo y sonrió, como si adivinase lo que iba a
decirle don Ramón. Se sabía de memoria los períodos oratorios de los prospectos
de la casa, apreciados por don Pablo como las muestras más gloriosas de la
literatura profana.
Siempre que hallaba ocasión, el viejo empleado los repetía en tono
declamatorio, embriagándose con el paladeo de su propia obra.
—El vino, Fermín, es la bebida universal por excelencia, la más sana de
todas la que el hombre usa para su nutrición o su recreo. Es la bebida que
mereció los honores de la embriaguez de todo un dios del paganismo. Es la
bebida cantada por los poetas griegos y romanos, la celebrada por los pintores,
la ensalzada por los médicos. En el vino encuentra el poeta inspiración, el
soldado ardimiento, el trabajador fuerza, el enfermo salud. En el vino halla el
hombre goce y alegría y el anciano fortaleza. El vino excita la inteligencia,
aviva la imaginación, fortifica la voluntad, mantiene la energía. No podemos
explicarnos los héroes griegos ni sus admirables poetas, sino bajo el estímulo
de los vinos de Chipre y de Samos; y la licencia de la sociedad romana nos es
incomprensible sin los vinos de Falerno y de Siracusa. Sólo podemos imaginarnos
la heroica resistencia del paisano aragonés en el sitio de Zaragoza, sin
descanso y sin comida, viendo que, además de la admirable energía moral de su
patriotismo, contaba para su sostén físico con el porroncillo de vino tinto...
Pero dentro de la producción vinícola que abarca muchos países, ¡qué asombrosa
variedad de clases y tipos, de colores y aromas, y cómo se destaca el Jerez a
la cabeza de la aristocracia de los vinos! ¿No crees tú lo mismo, Fermín? ¿No
encuentras que es justo y está bien dicho todo lo que se me ocurre?...
El joven asintió. Todo aquello lo había leído muchas veces en la
introducción del gran catálogo de la casa; un cuaderno con vistas de las
bodegas de Dupont, y sus numerosas dependencias, acompañadas de la historia de
la casa y de elogios a sus elaboraciones; la obra maestra de don Ramón, que el
amo regalaba a los clientes y visitantes con una encuadernación blanca y azul,
los colores de las Purísimas pintadas por Murillo.
—El vino de Jerez—continuó con acento solemne el jefe del escritorio—no
es un advenedizo, un artículo elevado por la veleidosa moda; su reputación está
de abolengo bien sentada, no sólo como bebida gratísima, sino como
insustituible agente terapéutico. Con la botella de Jerez se recibe al amigo en
Inglaterra, con la botella de Jerez se obsequia al convaleciente en los países
escandinavos, y restauran en la India los soldados ingleses sus fuerzas
agotadas por la fiebre. Los marinos, con Jerez combaten el escorbuto, y los
santos misioneros han reducido con él en Australia los casos de anemia
ocasionados por el clima y los sufrimientos... ¿Cómo, señores, no ha de
realizar tales prodigios un vino de Jerez de buena y genuina procedencia? En él
se encuentran el alcohol legítimo y natural del vino con las sales que le son
propias; el tanino astringente y los éteres estimulantes, provocando el apetito
para la nutrición del cuerpo, y el sueño para su restauración. Es, a la vez, un
estimulante y un sedante, excelentes condiciones que no se encuentran reunidas
en ningún producto, que al mismo tiempo sea, como el Jerez, grato al paladar y
a la vista.
Calló un instante don Ramón para tomar aliento y recrearse en el eco de
su elocuencia, pero al instante prosiguió, mirando a Fermín fijamente, como si
éste fuese un enemigo difícil de convencer:
—Por desgracia, muchas gentes creen paladear el vino de Jerez cuando
beben inmundas sofisticaciones. En Londres, bajo el nombre de Jerez, se venden
líquidos heterogéneos. No podemos transigir con esta mentira, señores. El vino
de Jerez es como el oro. Podemos admitir que el oro sea puro, de mediana o de
baja ley, pero no podemos admitir que se llame oro al doublé. Sólo
es Jerez el vino que dan los viñedos jerezanos, que recrían y añejan sus
almacenistas y que exportan, bajo su honrada firma, casas de intachable
crédito, como por ejemplo la de Dupont Hermanos. Ninguna casa puede compararse
con ella: abarca todos los ramos; cultiva la vid y elabora el mosto; almacena y
añeja el vino; se dedica por si misma a la exportación y a la venta, y además
destila mostos, elaborando su famoso cognac. Su historia abarca cerca de siglo
y medio. Los Dupont constituyen una dinastía; su fuerza no admite auxiliares ni
asociados; planta las vides en terrenos propios, y sus cepas han nacido antes
en viveros de Dupont. La uva se prensa en lagares de Dupont, y los toneles en
que fermenta el vino son fabricados por Dupont. En bodegas de Dupont se añeja y
envejece el vino bajo la vigilancia de un Dupont, y por Dupont se encasca y se
exporta sin la intervención de otro interesado. Buscad, pues, los vinos
legítimos de Dupont en la seguridad de que es la casa que los conserva, puros y
genuinos.
Fermín reía escuchando a su jefe, lanzado a escape por entre los
fragmentos de prospectos y reclamos, que conservaba en su memoria.
—¡Pero, don Ramón! ¡Si yo no he de comprar ni una botella!... ¡Si soy de
la casa!
El jefe del escritorio pareció despertar de su pesadilla oratoria, y rió
lo mismo que su subordinado.
—Tal vez habrás leído en las publicaciones de la casa mucho de esto,
pero convendrás conmigo en que no está mal del todo. Además—prosiguió
irónicamente,—los grandes hombres vivimos bajo el peso de nuestra grandeza y
como no podemos salir de ella, nos repetimos.
Miró las extensiones cubiertas de cepas, y continuó con un tono de
sincera alegría:
—Me satisface que se hayan replantado con vides americanas los grandes
claros que dejó la filoxera. Yo se lo aconsejé muchas veces a don Pablo. Así
aumentaremos dentro de poco la producción, y los negocios, que marchan bien,
aún irán mejor. Ya puede volver la plaga cuando quiera: por aquí pasará de
largo.
Fermín hizo un gesto que invitaba a la confianza.
—Con franqueza, don Ramón, ¿en quién cree usted más? ¿en la vid
americana, o en las bendiciones que ese padre les echará a las cepas?...
Don Ramón miró fijamente al joven como si quisiera verse en sus pupilas.
—¡Muchachito! ¡muchachito!—dijo con tono severo.
Después giró la vista en torno con cierta alarma, y continuó en voz baja
como si las cepas pudiesen oírle:
—Tú ya me conoces: te trato con confianza porque eres incapaz de andar
con soplos y porque has visto mundo y te has desasnado en el extranjero. ¿A qué
me vienes con preguntas? Ya sabes que callo y dejo rodar las cosas. No tengo
derecho a más. La casa Dupont es mi refugio: si saliese de ella, tendría que
volver con toda mi prole a la miseria desesperada de Madrid. Estoy aquí como un
vagabundo que encuentra posada y toma buenamente lo que le dan, sin permitirse
criticar a sus bienhechores.
El recuerdo del pasado, con sus ilusiones y sus alardes de
independencia, despertaba en él cierto rubor. Para tranquilizarse a sí mismo
quería explicar el cambio radical de su vida.
—Me retiré, Fermín, y no me arrepiento. Aún quedan muchos de los que
fueron mis compañeros de miserias y entusiasmos, que siguen fieles al pasado
con una consecuencia que es testarudez. Pero ellos han nacido para héroes y yo
no soy más que un hombre que considera el comer como la primera función de la
vida... Además, me cansé de escribir por la gloria y las ideas, de sudar para
los demás y vivir en perpetua pobreza. Un día me dije que sólo se puede
trabajar para ser grande hombre o para comer. Y como estaba convencido de que
el mundo no podía sentir la más leve emoción por mi retirada, ni había llegado
a enterarse de que existo, recogí los bártulos que yo titulaba ideales, me
decidí a comer, y aprovechando ciertos bombos dados por mí en los periódicos a
la casa Dupont, me metí en ello para siempre, y no puedo quejarme.
Don Ramón creyó ver en los ojos de Fermín cierta repugnancia por el
cinismo con que se expresaba y se apresuró a añadir:
—Yo soy quien soy, muchacho. Si me rascan, aparecerá el de antes.
Créeme: el que muerde la fatal manzana de que hablan esos señores amigos de
nuestro principal, no se quita jamás el gusto de los labios. Se cambia de
envoltura para seguir viviendo, pero de alma ¡nunca! El que duda una vez, y
razona y critica, ese ya no cree jamás como los devotos sinceros; cree porque
se lo aconseja la razón, o porque se lo imponen sus conveniencias. Por esto,
cuando veas a uno, como yo, hablar de fe y de creencias, di que miente porque
le conviene, o que se engaña a sí mismo para proporcionarse cierta
tranquilidad... Fermín, hijo mío; el pan no me lo gano dulcemente, sino a costa
de bajezas de alma, que me dan vergüenza. ¡Yo, que en mis tiempos era
de una altivez y una virtud con púas de erizo!... Pero piensa que llevo a
cuestas a mis hijas, que quieren comer y vestir y todo lo demás que es
necesario para atrapar a un marido, y que mientras éste no se presente debo
mantenerlas aunque sea robando.
Don Ramón creyó ver de nuevo en su amigo un gesto de conmiseración.
—Despréciame cuanto quieras: los jóvenes no entendéis ciertas cosas;
podéis ser puros, sin que por esto sufran más que vuestras personas... Además,
muchacho; yo no estoy arrepentido de lo que llaman mi apostasía. Soy un
desengañado... ¿Sacrificarse por este pueblo? ¡Para lo que vale!... He pasado
media vida rabiando de hambre y esperando la gorda. A ver, dime tú,
¿cuándo se ha levantado de veras este país? ¿Cuándo hemos tenido una
revolución?... La única de verdad fue el año 8, y si el país se sublevó fue porque
se le llevaban secuestrados unos cuantos príncipes e infantes, que eran bobos
de nacimiento y malvados por instinto hereditario; y la bestia popular derramó
su sangre para que volviesen esos señores, que agradecieron tantos sacrificios
enviando a unos a presidio y a otros a la horca. ¡Famoso pueblo! Anda y
sacrifícate esperando algo de él... Después ya no se han visto revoluciones;
todo han sido pronunciamientos del ejército, motines por el medro o por
antagonismo personal, que si sirvieron de algo fue indirectamente, por
apoderarse de ellos las corrientes de opinión. Y como ahora los generales ya no
se sublevan, porque tienen todo lo que quieren, y cuidan en lo alto de
halagarles, aleccionados por la Historia, ¡se acabó la revolución! Los que
trabajan por ella sudan y se fatigan con tanto éxito como si sacasen agua en
espuertas... ¡Saludo a los héroes desde la puerta de mi retiro!... pero no doy
ni un paso para acompañarles. Yo no pertenezco a su gloriosa clase; soy ave de
corral tranquila y bien cebada, y no me arrepiento de ello cuando veo a mi
antiguo camarada Fernando Salvatierra, el amigote de tu padre, vestido de
invierno en el verano, y de verano en invierno, comiendo pan y queso, con una
celda reservada en todos las cárceles de la Península y molestado a cada paso
por la vigilancia... Muy bonito; los periódicos publican el nombre del héroe,
tal vez la historia llegue a hablar de él, pero yo prefiero mi mesa en el
escritorio, mi sillón, que me hace pensar en los canónigos reunidos en el coro,
y la generosidad de don Pablo, que es espléndido como un príncipe con los que
saben llevarle el aire.
Fermín, molestado por el tono irónico con que aquel vencido, satisfecho
de su servidumbre, hablaba de Salvatierra, iba a contestarle, cuando en lo alto
de la explanada sonó la voz imperiosa de Dupont y las fuertes palmadas del
capataz llamando a su gente.
La campana lanzaba en el espacio el tercer toque. Iba a comenzar la
misa. Don Pablo, desde los peldaños de la capilla, abarcó en una mirada a todo
su rebaño y entró en ella con apresuramiento, pues quería edificar a la gente
ayudando la misa.
La muchedumbre de trabajadores llenó la capilla, permaneciendo todos de
pie, con un gesto hosco que hacía perder a Dupont, en ciertos momentos, toda
esperanza de que aquella gente agradeciese los cuidados que tenía con sus
almas.
Cerca del altar, sentadas en rojos sillones, estaban las señoras de la
familia, y detrás los parientes y los empleados. El ara estaba adornada con
hierbas del monte y flores del invernadero del hotel de los Dupont. El acre
perfume de los ramos silvestres, mezclábase con el olor de carne fatigada y
sudorosa que exhalaba el amontonamiento de los jornaleros.
De vez en cuando, María de la Luz abandonaba la cocina para correr a la
puerta de la iglesia y oír un cachito de misa. Empinándose sobre
las puntas de los pies, pasaba su vista por encima de todas las cabezas para
fijarse en Rafael, que estaba al lado del capataz, en las gradas que conducían
al altar, como una barrera entre el señorío y la pobre gente.
Luis Dupont, muy estirado, detrás del sillón de su tía, al ver a María
de la Luz la hizo varios gestos, llegando a amenazarla con la mano. ¡Ah,
maldito guasón! Siempre el mismo. Hasta el instante de la misa había estado en
la cocina importunándola con sus bromas, como si aún durasen los juegos de la
infancia. En algunos momentos había tenido que amenazarle entre risueña y
ofendida por tener las manos largas.
Pero María de la Luz no podía permanecer mucho tiempo en el mismo sitio.
La reclamaban las gentes de la cocina al no encontrar las cosas más
indispensables para sus guisos.
Avanzaba la misa. La señora viuda de Dupont enternecíase viendo la
humildad, la gracia cristiana con que su Pablo cambiaba de sitio el misal o
manejaba las vinajeras. ¡Un hombre que era el primer millonario de su país,
dando a los pobres este ejemplo de humildad para los sacerdotes de Dios;
sirviendo de acólito al padre Urizábal! Si todos los ricos hiciesen lo mismo,
de otro modo pensarían los trabajadores, que sólo sienten odios y deseos de
venganza. Y emocionada por la grandeza de su hijo, bajaba los ojos suspirando,
próxima a llorar.
Terminada la misa, llegó el momento de la gran ceremonia. Iban a ser
bendecidas las viñas para librarlas del peligro de la filoxera... después de
haberlas plantado de vid americana.
El señor Fermín salió apresuradamente de la capilla e hizo arrastrar
hasta la puerta varios serones que el día anterior habían traído de Jerez.
Estaban llenos de cirios, y el capataz fue distribuyéndolos entre los
viñadores.
Bajo la luz esplendorosa del sol comenzaron a brillar, como pinceladas
rojas y opacas, las llamas de la cera. Se formaron en dos filas los jornaleros,
y guiados por el señor Fermín, emprendieron una marcha lenta, viña abajo.
Las señoras, agrupadas en la plazoleta, con todas sus criadas y María de
la Luz, contemplaban la salida de la procesión, el lento desfile de las dos
hileras de hombres, con la cabeza baja y el cirio en la mano, unos con chaqueta
de paño pardo, otros en cuerpo de camisa y un pañuelo rojo al cuello, llevando
todos su sombrero apoyado en el pecho.
El señor Fermín que iba a la cabeza de la procesión, estaba ya en mitad
de la cuesta, cuando apareció en la entrada de la capilla el grupo más
interesante; el padre Urizábal, con una capa de claveles rojos y dorados
deslumbrantes, y junto a él Dupont, empuñando su cirio como una espada, mirando
a todos lados imperiosamente, para que la ceremonia marchase bien y no la
desluciera el menor descuido.
Detrás, como un cortejo de honor, marchaban todos sus parientes y
empleados, con el gesto compungido. Luis era el que se mostraba más grave. El
se reía de todo, menos de las cosas de la religión, y esta ceremonia le
enternecía por su carácter extraordinario. Había recibido una excelente
enseñanza de los Padres de la Compañía. «Su fondo era bueno», como decía don
Pablo cuando le hablaban de las calaveradas de su primo.
El padre Urizábal, abrió el libro que llevaba sobre el pecho, el Ritual
Romano, y comenzó a recitar la Letanía de los Santos, la
Letanía grande, como la titulan las gentes de la iglesia.
Dupont ordenó con el gesto a todos los que le rodeaban, que le siguiesen
fielmente en sus respuestas al sacerdote.
—¡Sancte Michael!...
—Ora pro nobis—contestó el amo con voz firme, mirando a sus
acompañantes.
Estos repitieron las mismas palabras, y el Ora pro nobis se
extendió como un rugido, hasta la cabeza de la procesión, donde el señor
Fermín, parecía llevar el compás de tantas voces.
—¡Sancte Raphael!...
—Ora pro nobis.
—¡Omnes sancti Angeli et Archangeli!...
Ahora, en vez de ser un santo el invocado, eran muchos, y Dupont erguía
su cabeza y gritaba más fuerte, para que todos se enterasen, no cometiendo
error en la respuesta.
—Orate pro nobis.
Pero sólo los que rodeaban a don Pablo, podían seguir sus indicaciones.
El resto de la procesión avanzaba lentamente, saliendo de sus filas un rugido
cada vez más desgarrado con sonoridades burlescas y temblores irónicos.
A las pocas frases de la letanía, los jornaleros, aburridos de la
ceremonia, con el cirio hacia abajo, contestaban automáticamente, imitando unas
veces el ruido del trueno y otras un chillido de vieja, que hacía a muchos de
ellos llevarse el sombrero a la cara.
—¡Sancte Jacobe!—cantaba el sacerdote.
—¡Nooobis!—rugían los viñadores, con burlescas inflexiones de
voz, sin perder la gravedad de sus caras atezadas.
—¡Sancte Barnaba!...
—¡Obis! ¡obis!—contestaban a lo lejos los jornaleros.
El señor Fermín, aburrido también de la ceremonia, fingía enfadarse.
—¡A ver! ¡que haya formaliá!—decía encarándose con los más
audaces.—Pero, condenaos, ¿no véis que el amo va a conosé que le tomáis er
pelo?...
Pero el amo no se daba cuenta de nada, cegado por la emoción. La vista
de las dos filas de hombres marchando entre las cepas y el canto reposado del
sacerdote, conmovían su alma. Las llamas de los cirios temblaban sin color y
sin luz como fuegos fatuos retrasados en su viaje nocturno y sorprendidos por
el día: la capa del jesuita brillaba bajo el sol como el caparazón de un
insecto enorme, blanco y dorado. La sagrada ceremonia conmovía a Dupont hasta
el punto de agolpar las lágrimas a sus ojos.
—Muy hermoso, ¿verdad?—suspiró en una pausa de la letanía, sin ver a los
que le rodeaban, dejando caer al azar la expresión de su entusiasmo.
—¡Sublime!—se apresuró a murmurar el jefe del escritorio.
—¡Primo... de chipén!—añadió Luis.—Esto parece una cosa de teatro.
Dupont, a pesar de su emoción no se olvidaba de marcar las respuestas de
la letanía ni de atender al cuidado del sacerdote. Le tomaba del brazo para
guiarle en las desigualdades del terreno; evitaba que su capa enganchase en los
sarmientos sus bordados de realce.
—¡Ab ira, et odio, et omni mala voluntate!...—cantaba el
sacerdote.
Había que variar la respuesta, y Dupont, con todos los suyos,
contestaba:
—Libera nos, Domine.
Mientras tanto, el resto de la procesión seguía respondiendo, con
irónica tenacidad, su Ora pro nobis.
—¡A spiritu fornicationis!—dijo el padre Urizábal.
—Libera nos, Domine—contestaron compungidos Dupont y todos los
que entendieron esta súplica al Altísimo, mientras una mitad de la procesión
rugía desde lejos:
—Nooobis... obis.
El capataz marchaba ahora cuesta arriba, guiando su gente hacia la
explanada.
Formáronse en grupos los viñadores, en torno del aljibe, que elevaba
sobre la replaza su gran aro de hierro, rematado por una cruz. Al llegar arriba
el sacerdote con su séquito, Dupont abandonó el cirio para arrebatar al gañán
encargado del cuidado de la capilla, el hisopo y el caldero de agua bendita. Él
serviría de sacristán a su sabio amigo. Le temblaban las manos de emoción al
apoderarse de los sagrados objetos.
El capataz, y muchos de los viñadores, adivinando que había llegado el
momento supremo de la ceremonia, abrían desmesuradamente los ojos esperando ver
algo extraordinario.
Mientras tanto, el sacerdote volvía las hojas de su libro, sin encontrar
la oración apropiada al caso. El Ritual era minucioso. La Iglesia se parapetaba
en todas las avenidas de la vida: oraciones para las mujeres de parto, para el
agua, para las luces, para las casas nuevas, para barcos recién construidos,
para la cama de los desposados, para los que parten de viaje, para el pan, para
los huevos, para toda clase de comestibles. Por fin, encontró en el Ritual lo
que buscaba: Benedictio super fruges et vineas.
Y Dupont sentía cierto orgullo al pensar que la Iglesia tenía su oración
en latín para las viñas, como si hubiese presentido a muchos siglos de
distancia que nacería en Jerez un siervo de Dios, gran productor de vinos, que
necesitaría de sus preces.
—Adjutorium nostrum in nomine Domine—dijo el sacerdote mirando a
su rico acólito con el rabillo del ojo, pronto a indicarle la respuesta.
—Qui fecit cœlum et terram—contestó Dupont sin vacilar,
recordando las palabras cuidadosamente aprendidas.
Aún respondió a otras dos invocaciones del sacerdote, y éste fue leyendo
con lentitud el Oremus, pidiendo la protección de Dios para las
viñas y recomendándole que guardase sus uvas hasta la madurez.
—Per Christum Dominum nostrum...—terminó el jesuita.
—Amen—contestó Dupont con el rostro contraído, haciendo esfuerzos
para que no le saltasen las lágrimas.
El padre Urizábal empuñó el hisopo, humedeciéndolo en el calderillo y se
irguió como para dominar mejor la extensión de viñas que abarcaba su vista
desde la explanada.
—Asperges...—y musitando entre dientes el resto de la invocación,
echó delante de él una rociada en el espacio.
—Asperges... Asperges...—y dio hisopazos a derecha e izquierda.
Después, recogiéndose la capa y sonriendo a las señoras, con la
satisfacción del que da por terminado su trabajo, se dirigió a la capilla
seguido por el sacristán, portador otra vez del hisopo y el caldero.
—¿Esto sa acabao?—preguntó flemáticamente al capataz, un viñador viejo,
de rostro grave.
—Sí: sa acabao.
—De modo, ¿que ya no tiene más que icir el pare cura?...
—Creo que no.
—Güeno... ¿Y podemos dirnos?
El señor Fermín, después de hablar con don Pablo, volvió hacia los
grupos de trabajadores, dando palmadas. ¡A volar! La fiesta había terminado
para ellos. Podían ir a la otra misa, a ver a sus mujeres; pero a
la noche todos en la viña para continuar el trabajo de buena mañana.
—Llevaos las velas—añadió.—El señor os las regala para que vuestras
familias las guarden como recuerdo.
Los trabajadores comenzaron a desfilar ante Dupont, con sus cirios
apagados.
—Muchas gracias—decían algunos, llevándose la mano al sombrero.
Y el tono de su voz era tal, que no sabían los que rodeaban a Dupont si
éste llegaría a ofenderse.
Pero don Pablo aún estaba bajo la presión de sus emociones. Dentro de la
torre terminaban los preparativos del banquete, pero él no podría comer. ¡Qué
día, amigos! ¡Qué espectáculo sublime! Y mirando los centenares de trabajadores
que iban viña abajo, daba salida libre a sus entusiasmos.
Allí acababa de verse una imagen de lo que debía ser la sociedad. Los
amos y los criados, los ricos y los pobres unidos todos en Dios, amándose con
fraternidad cristiana, conservando cada cual su jerarquía y la parte de
bienestar que el Señor hubiera querido concederles.
Los viñadores caminaban apresuradamente. Algunos corrían para
adelantarse a sus compañeros, llegando cuanto antes a la ciudad. Desde la noche
anterior que les esperaban en Jerez. Habían pasado la semana pensando en el
sábado, en la vuelta a casa, para sentir el calor de la familia, después de
seis días de amontonamiento.
Era el único consuelo del pobre, el triste descanso de una semana de
fatigas, y les habían robado una noche y una mañana. Sólo les quedaban unas
cuantas horas: así que anocheciese tenían que estar de vuelta en Marchamalo.
Al salir de las tierras de Dupont y verse en la carretera, los hombres
rompieron a hablar. Detuviéronse un instante para fijar su vista en lo alto de
la colina, donde se destacaban las figuras de don Pablo y sus empleados,
empequeñecidas por la distancia.
Los viñadores más jóvenes miraban con desprecio el cirio regalado, y
apoyándolo cerca del vientre, lo movían con cinismo, apuntando a lo alto.
—¡Pa ti!... ¡pa ti!...
Los viejos prorrumpían en amenazas sordas.
—¡Mala puñalá te den, beato roío! ¡Anda a que te... zurzan, ladrón!...
Y Dupont, desde lo alto, abarcaba en una mirada lacrimosa sus campos,
sus centenares de trabajadores que se detenían en el camino sin duda para
saludarle, y participaba su emoción a los allegados.
¡Un gran día, amigos míos! ¡Un espectáculo conmovedor! El mundo, para
marchar bien, debía organizarse con arreglo a las sanas tradiciones... Lo mismo
que su casa.
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Un sábado por la tarde, Fermín Montenegro, al salir del escritorio
encontró a don Fernando Salvatierra.
El maestro dirigíase a las afueras de la ciudad para dar un largo paseo.
Trabajaba gran parte del día en traducciones del inglés o escribiendo artículos
para los periódicos de la idea; una faena que le producía lo
necesario para el pan y el queso, permitiéndole además auxiliar al compañero que
le alojaba en su casucha y a otros compañeros no menos pobres
que le asediaban con frecuencia, demandándole apoyo en nombre de la
solidaridad.
Su único placer, después del trabajo, era el paseo; pero un paseo de
horas, casi un viaje, hasta bien cerrada la noche, apareciendo inesperadamente
en cortijos situados a varias leguas de la ciudad.
Los amigos huían de acompañar en sus excursiones a aquel andarín ágil,
de piernas incansables, que proclamaba la marcha como el más eficaz de los
remedios, y hablaba de Kant, presentando como un ejemplo los paseos de cuatro
horas que daba el filósofo todos los días, llegando sano a una extrema vejez
gracias a este apacible ejercicio.
Salvatierra, al saber que Fermín no tenía ninguna ocupación inmediata,
le invitó a acompañarle. Iba hacia los llanos de Caulina. Le gustaba más el
camino de Marchamalo y estaba seguro de que su viejo camarada, el capataz, le
recibiría con los brazos abiertos; pero no ignoraba los sentimientos de Dupont
hacia él y quería evitarle un disgusto.
—Tú mismo, muchacho—continuó don Fernando,—te expones a un sermón, si
Dupont sabe que paseas conmigo.
Fermín hizo un movimiento de hombros. Estaba acostumbrado a los enfados
de su principal y a las pocas horas de escucharle ya no se acordaba de sus
palabras. Además, hacía tiempo que no había hablado con don Fernando y le
placía pasear con él en este suave atardecer de primavera.
Los dos salieron de la ciudad, y después de seguir las cercas de las
pequeñas viñas con sus casitas de recreo entre grupos de árboles, vieron
extenderse ante sus ojos las planicies de Caulina como una estepa verde. Ni un
árbol, ni un edificio. La llanura esparcíase hasta las montañas que, esfumadas
por la distancia, cerraban el horizonte; inculta, salvaje, con la solemnidad
monótona de la tierra abandonada.
Los hierbajos cubrían el suelo en apretadas marañas, matizando la
primavera su verde oscuro con el blanco y el rojo de las flores silvestres. Las
piteras y chumberas, plantas rudas y antipáticas de los países abandonados,
amontonaban en los bordes del camino una vegetación puntiaguda y agresiva. Sus
vástagos rectos y cimbreantes, con un pompón de blancas cazoletas, sustituían a
los árboles en aquella inmensidad horizontal y monótona no cortada por
ondulación alguna. Esparcidos a largas distancias, apenas si se destacaban como
negras verrugas los chozones y ranchos de los pastores, hechos de ramaje y tan
bajos de techumbre que parecían viviendas de reptiles. Aleteaban las palomas
torcaces en el cielo alegre de la tarde. Las nubes se contorneaban con un ribete
de oro, reflejando el sol poniente.
Unos alambres interminables iban de poste en poste, casi a ras de
tierra, marcando los límites de la llanura, repartida en proporciones
gigantescas. Y en estos cercados de término indefinido, que no podían abarcarse
con los ojos, movíanse los toros con paso tardo, o permanecían inmóviles en el
suelo, empequeñecidos por la distancia, como caídos de una caja de juguetes. El
cencerro de los cabestros hacía palpitar con lejana ondulación el silencio de
la tarde, dando una nueva nota melancólica al paisaje muerto.
—Mira, Fermín—dijo Salvatierra irónicamente.—¡Andalucía la alegre! ¡Andalucía
la fértil!...
Millares de hombres sufrían el tormento del hambre, víctimas del jornal,
por no tener campos que cultivar; y la tierra reservábase para las bestias, en
los alrededores de una ciudad civilizada. Pero no era el buey pacífico que
fabrica carne para el sustento del hombre, el animal dominador de aquella
llanura, sino el toro bravo que había de lidiarse en los circos y cuya fiereza
cultivaba el ganadero, esforzándose por acrecentarla.
En la inmensa planicie, cabían holgadamente cuatro pueblos y podían
alimentarse centenares de familias; pero la tierra era de los animales, cuyo
salvajismo mantenía el hombre para solaz de los desocupados, dando a su
industria un carácter patriótico.
—Hay gentes visionarias—continuó Salvatierra—que sueñan con traer a
estas llanuras el agua que se pierde en las montañas y establecer en tierras
propias a toda la horda de desesperados que engañan el hambre con el gazpacho
de la gañanía. ¡Y esperan hacer esto dentro de la organización existente! ¡Y
aun muchos de ellos me llaman iluso!... El rico tiene sus cortijos y sus viñas
y necesita del hambre, que es su aliada, para que le proporcione los esclavos
del jornal. El ganadero, por su parte, necesita mucha tierra inculta para criar
sus fieras, que la pagan no por su carne, sino en razón de su salvajismo. Y los
poderosos que poseen el dinero, tienen interés en que todo continúe lo mismo, y
así seguirá.
Salvatierra reía recordando lo que había oído sobre el progreso de su
país. En los cortijos se veían máquinas agrícolas de los más recientes modelos,
y los periódicos, pagados por los ricos, deshacíanse en elogios de las grandes
iniciativas de sus protectores en pro del desarrollo agrícola. Mentira, todo
mentira. La tierra se cultivaba peor que en tiempo de los moros. Los abonos no
se conocían: se hablaba de ellos con desprecio, como invenciones modernas,
contrarias a las buenas tradiciones. El cultivo intensivo de otros pueblos era
considerado como un ensueño. Se araba a estilo bíblico; dejábase a la tierra
que produjera a su capricho, compensando lo débil de la cosecha con la gran
extensión de las propiedades y lo irrisorio del jornal.
Únicamente se habían aceptado los adelantos del progreso mecánico, como
una arma de combate contra el enemigo, contra el trabajador. En los cortijos no
existía otro utensilio moderno que las trilladoras. Eran la artillería gruesa
de la gran propiedad. La trilla al sistema antiguo, con sus manadas de yeguas
rodando en la era, duraba meses enteros, y los gañanes escogían esta época para
pedir algún mejoramiento, amenazando con la huelga, que dejaba las cosechos a
la intemperie. La trilladora, que realizaba en dos semanas el trabajo de dos
meses, daba al amo la seguridad de la recolección. Además, ahorraba brazos y
equivalía a una venganza contra la gente levantisca y descontenta, que acosaba
a las personas decentes con sus imposiciones. Y en el Círculo
Caballista hablaban los grandes propietarios de los adelantos del país
y de sus máquinas, que sólo servían para recoger y asegurar las cosechas, nunca
para sembrarlas y fomentarlas, presentando hipócritamente este ardid de guerra
como un progreso desinteresado.
La gran propiedad empobrecía el país, manteniéndolo anonadado bajo su
brutal pesadumbre. La ciudad era la urbe del tiempo romano, rodeada de leguas y
más leguas de terreno, sin un pueblo, sin una aldea; sin otras aglomeraciones
de vida que los cortijos, con sus siervos del jornal, mercenarios de la
miseria, que se veían reemplazados apenas los debilitaba la vejez o la fatiga;
más tristes que el antiguo esclavo, que al menos veía seguros hasta su muerte
el techo y el pan.
La vida se concentraba en la ciudad, como si la guerra asolase los
campos y sólo dentro de sus muros se considerase segura. El antiguo latifundo
enseñoreado del suelo, poblaba la campiña de hordas cuando lo exigían las
faenas. Al terminar éstas, un silencio de muerte caía sobre las inmensas
soledades, retirándose las bandos de jornaleros a los pueblos de la sierra,
para maldecir de lejos a la ciudad opresora. Otros mendigan en ella, viendo de
cerca la riqueza de los amos, sus ostentaciones bárbaras que incubaban en las
almas de los pobres un deseo de exterminio.
Salvatierra detenía el paso para volver la vista atrás y contemplar la
ciudad, que destacaba su blanco caserío, la arboleda de sus jardines sobre el
cielo rosa y oro de la puesta del sol.
—¡Ah, Jerez! ¡Jerez!—dijo el rebelde.—¡Ciudad de millonarios, rodeada de
una horda inmensa de mendigos!... Lo extraño es cómo estás ahí, tan blanca y
tan bonita, riendo de todas las miserias, sin que te hayan prendido fuego...
La campiña dependiente de la ciudad, que abarcaba casi una provincia,
era de ochenta propietarios. En el resto de Andalucía ocurría lo mismo. Muchas
familias de rancia nobleza habían guardado la propiedad feudal, las grandes
extensiones adquiridas por sus ascendientes, con sólo galopar, lanza en ristre,
matando moros. Otras grandes propiedades habían sido formadas por los
compradores de bienes nacionales, o los agitadores políticos del campo, que se
cobraban sus servicios en las elecciones haciéndose regalar por el Estado los
montes y los terrenos públicos, sobre los cuales vivían pueblos enteros. En
ciertos sitios de la sierra encontrábanse poblaciones abandonadas, con las
casas desplomándose, como si por ellas hubiese pasado una epidemia. El
vecindario había huido lejos, en busca de la servidumbre del jornal, viendo
convertirse en dehesa de un rico influyente los terrenos públicos que daban el
pan a sus familias.
Y esta pesadumbre de la propiedad, desmesurada y bárbara, aun se hacía
tolerable en ciertos lugares de Andalucía, por estar lejos los amos, por vivir
en Madrid de las rentas que les enviaban aparceros y administradores,
contentándose con el producto de unos bienes que no habían visto y que por su
extensión rendían mucho de todas suertes.
Pero en Jerez, el rico estaba sobre el pobre a todas horas, para hacerle
sentir su influencia. Era un centauro rudo, orgulloso de su fuerza, que buscaba
el combate, se embriagaba en él y gozaba desafiando la cólera del hambriento,
para domeñarle como a los potros salvajes en el herradero.
—El rico de aquí es más gañán que el trabajador—decía Salvatierra.—Su
animalidad gallarda e impulsiva hace aún más dolorosa la miseria.
La riqueza era más visible allí que en otras partes. Los cultivadores
del vino, los dueños de bodegas, los exportadores, con sus fortunas
extraordinarias y sus despilfarros ostentosos, amargaban la pobreza de los
desgraciados.
—Los que dan dos reales a un hombre por el trabajo de todo un
día—continuó el revolucionario—pagan hasta cincuenta mil reales por un caballo
de fama. Yo he visto las gañanías y he visto muchas cuadras de Jerez, donde
guardan esas bestias que no son de utilidad, y sólo sirven para halagar el
orgullo de sus amos. Créeme, Fermín: hay en esta tierra miles de seres
racionales, que al acostarse con los huesos doloridos en la esterilla del
cortijo, quisieran despertar transformados en caballos.
Él no aborrecía absolutamente las grandes propiedades. Eran una
facilidad para el comunismo de la tierra, ensueño generoso cuya realización
creía muchas veces próxima. Cuanto más reducido fuese el número de los
propietarios del suelo, más fácilmente se resolvería el problema e interesarían
menos los lamentos de los desposeídos.
Pero la solución estaba lejos, y mientras tanto, indignábanle la
creciente miseria, la abyección moral de los siervos de la tierra. Le asombraba
la ceguera de las gentes felices aferradas al pasado. Dando la posesión del
suelo en pequeñas partes a los trabajadores, como en otras comarcas de España,
retardarían por siglos la revolución en los campos. El pequeño cultivador que
ama su pedazo de suelo como una prolongación de la familia, es áspero y hostil
a toda innovación revolucionaria, más aún que el verdadero rico. Toda idea
nueva la considera un peligro para su pobre bienestar y la repele ferozmente.
Dando a aquellas gentes la posesión del suelo, se retrasaría el momento de la
suprema Justicia con que soñaba Salvatierra; pero aunque así fuese, su alma de
bienhechor consolábase pensando en los alivios momentáneos de la miseria.
Surgirían pueblos en las soledades, desaparecerían aquellos cortijos aislados,
con su aspecto huraño de cuartel o de presidio, y las bestias volverían a la
sierra, dejando el llano para el sustento del hombre.
Pero Fermín, al escuchar a su maestro, movía la cabeza con signos
negativos.
—Todo seguirá lo mismo—dijo el joven.—A los ricos no les importa nada el
porvenir, ni creen necesaria ninguna precaución para retardarlo. Tienen los
ojos en el cogote, y si algo ven, es hacia atrás. Mientras los gobernantes
surjan de su clase y tengan a su servicio los fusiles que pagamos todos, se
ríen de las rebeldías de abajo. Además, conocen a la gente.
—Eso que tú dices—repuso Salvatierra;—conocen a la gente y no la temen.
El revolucionario pensaba en el Maestrico, en aquel muchacho
que había visto escribir trabajosamente a la luz del candil, en la gañanía de
Matanzuela. Tal vez aquella alma simple contemplaba mejor el porvenir al través
de su sencilla fe, que él con su indignación, que ansiaba destruir inmediatamente
todo lo malo. Lo primero era crear hombres nuevos, antes de ir a la supresión
del mundo caduco. Y pensando en la muchedumbre miserable y sin voluntad,
hablaba con cierta tristeza.
—En vano se han intentado revoluciones en esta tierra. El alma de
nuestras gentes es la misma que en tiempo de los señoríos. Guardan en lo más
hondo la resignación del siervo.
Aquella tierra era la del vino, y Salvatierra, con su frialdad de
sobrio, maldecía la influencia que ejercía sobre la gente el veneno alcohólico,
transmitiéndose de generación en generación. La bodega era la moderna fortaleza
feudal que mantenía a las masas en la servidumbre y la abyección. Los
entusiasmos, los crímenes, la alegría, los amores, todo era producto del vino,
como si aquel pueblo, que aprendía a beber apenas soltaba el pecho de la madre
y contaba las horas del día por el número de copas, careciera de pasiones y de
afectos, fuese incapaz de moverse y sentir por propio impulso, necesitando para
todos sus actos el resorte de la bebida.
Salvatierra hablaba del vino como de un personaje invisible y
omnipotente, que intervenía en todas las acciones de aquellos autómatas,
soplando en su pensamiento, limitado y vivaracho como el de un pájaro;
empujándolos lo mismo al desaliento, que a la desordenada alegría.
Los hombres inteligentes que podían servir de pastores a los de abajo,
mostraban en su juventud aspiraciones generosas, pero apenas entraban en edad
eran víctimas de la epidemia de la tierra: se convertían en manzanilleros famosos,
no logrando que funcionase su cerebro más que a impulsos de la excitación
alcohólica. En plena madurez mostrábanse decrépitos, con las manos temblonas,
casi paralíticos, los ojos enrojecidos, la vista oscurecida y el pensamiento
difuso, como si el alcohol envolviese en nubes su cerebro. Y, víctimas alegres
de esta esclavitud, alababan aún el vino como el remedio más seguro para
fortalecer la vida.
El rebaño de la pobreza no podía gozar de este placer de los ricos; pero
lo envidiaba, soñando con la embriaguez como la mayor de las felicidades. En
sus momentos de cólera, de protesta, bastaba poner el vino al alcance de sus
manos para que todos sonriesen viendo dorada y luminosa su miseria al través
del vaso lleno de oro líquido.
—¡El vino!—exclamaba Salvatierra.—Ese es el mayor enemigo de este país:
mata las energías, crea engañosas esperanzas, acabo con la vida prematuramente:
todo lo destruye; hasta el amor.
Fermín sonreía escuchando a su maestro.
—¡No tanto, don Fernando!... Reconozco, sin embargo, que es uno de
nuestros males. Puede decirse que llevamos la afición en la sangre. Yo mismo,
confieso mi vicio: me gusta una copa ofrecida por los amigos... Es la
enfermedad de la tierra.
El revolucionario, arrastrado por el curso tumultuoso de sus
pensamientos, olvidaba el vino para arremeter contra otro enemigo: la
resignación ante la injusticia, la mansedumbre cristiana de los desgraciados.
—Esa gente sufre y calla, Fermín, porque las enseñanzas que heredaron de
sus antecesores son más fuertes que sus cóleras. Pasan descalzos y hambrientos
ante la imagen de Cristo; les dicen que murió por ellos, y el rebaño miserable
no piensa en que han transcurrido siglos sin cumplirse nada de lo que aquél
prometió. Todavía las hembras, con el femenil sentimentalismo que lo espera
todo de lo sobrenatural, admiran sus ojos que no ven, y aguardan una palabra de
su boca, muda para siempre por el más colosal de los fracasos. Hay que
gritarles: «No pidáis a los muertos: secad vuestras lágrimas para buscar en los
vivos el remedio de vuestros males».
Salvatierra se exaltaba, elevando su voz en el silencio del crepúsculo.
El sol se había ocultado, dejando sobre la ciudad una aureola de incendio. Por
la parte de la sierra destacábase en un cielo de color de violeta la primera
estrella anunciadora de la noche. El revolucionario la miraba, como si fuese el
astro que había de guiar hacia más amplios horizontes la muchedumbre del llanto
y del dolor; la estrella de la Justicia, alumbrando pálida e indecisa la lenta
partida de los rebeldes, y agrandándose hasta convertirse en un sol, así como
se aproximaban a ella, escalando alturas, aplastando privilegios, derribando
dioses.
Los grandes ensueños de la Poesía acudían a la memoria de Salvatierra y
hablaba de ellos a su acompañante con la voz trémula y sorda de un profeta en
plena visión.
Un estremecimiento de las entrañas de la tierra había conmovido un día
al mundo antiguo. Los árboles gimieron en los bosques, agitando sus melenas de
hojas, como plañideras desesperadas; un viento fúnebre rizó los lagos y la
superficie azul y luminosa del mar clásico que había arrullado durante siglos
en las playas griegas los diálogos de los poetas y los filósofos. Un lamento de
muerte rasgó el espacio, llegando a los oídos de todos los hombres. «¡El
gran Pan ha muerto!...» Las sirenas se sumergieron para siempre en las
glaucas profundidades, las ninfas huyeron despavoridas a las entrañas de la
tierra para no volver jamás, y los templos, blancos, que cantaban como himnos
de mármol la alegría de la vida bajo el torrente de oro del sol, se
entenebrecieron, sumiéndose en el silencio augusto de las ruinas. «Cristo ha
nacido», gritó la misma voz. Y el mundo fue ciego para todo lo exterior,
reconcentrando su vista en el alma; y aborreció la materia como pecado vil, y
oprimió los sentimientos más puros de la vida, haciendo de su amputación una
virtud.
El sol siguió brillando, pero pareció menos luminoso a la humanidad,
como si entre ella y el astro se interpusiera un velo fúnebre. La naturaleza
continuó su obra creadora, insensible a las locuras de los hombres; pero éstos
no amaron otras flores que las que transparentaban la luz en las vidrieras de
las ojivas, ni admiraron más árboles que las palmeras de piedra que sostenían
las bóvedas de las catedrales. Venus ocultó sus desnudeces de mármol en las
ruinas del incendio, esperando renacer tras un sueño de siglos, bajo el arado
del rústico. El tipo de belleza fue la virgen infecunda y enferma, enflaquecida
por el ayuno; la religiosa, pálida y desmayada como el lirio que sostenían sus
manos de cera, con los ojos lacrimosos, agrandados por el éxtasis y el dolor de
ocultos cilicios.
El negro ensueño había durado siglos. Los hombres, renegando de la
naturaleza, habían buscado en la privación, en la vida torturada y deforme, en
la divinización del dolor, el remedio de sus males, la fraternidad ansiada,
creyendo que la esperanza del ciclo y la caridad en la tierra bastarían para la
felicidad de los cristianos.
Y he aquí que el mismo lamento que anunció la muerte del gran dios de la
Naturaleza, volvía a sonar como si reglamentase, con intervalos de siglos, las
grandes mutaciones de la vida humana. «¡Cristo ha muerto!... ¡Cristo ha
muerto!»
—Sí; ha muerto hace tiempo—continuó el rebelde.—Todas las almas oyen
este grito misterioso en sus momentos de desesperación. En vano suenan las
campanas cada año anunciando que Cristo resucita... Resucita sólo para los que
viven de su herencia. Los que sienten hambre de justicia y esperan miles de
años la redención, saben que está bien muerto y que no volverá, como no vuelven
las frías y veleidosas divinidades griegas.
Los hombres, siguiéndole, no habían visto un horizonte nuevo: habían
caminado por senderos conocidos. Sólo cambiaban el exterior y el nombre de las
cosas. La humanidad contemplaba a la luz cenicienta de una religión que maldice
la vida, lo que antes había visto en la inocencia de la infancia. El esclavo
redimido por Cristo era ahora el asalariado moderno, con su derecho a morir de
hambre, sin el pan y el cántaro de agua que su antecesor encontraba en el
ergástula. Los mercaderes arrojados del templo tenían asegurada la entrada en
la gloria eterna y eran los sostenes de toda virtud. Los privilegiados hablaban
del reino de los cielos como de un placer más que añadir a los que disfrutaban
en la tierra. Los pueblos cristianos se exterminaban, no por los caprichos y
los odios de sus pastores, sino por algo menos concreto, por el prestigio de un
trapo ondeante, cuyos colores les enloquecían. Se mataban fríamente hombres que
no se habían visto nunca, que dejaban a sus espaldas un campo por cultivar y
una familia abandonada; hermanos de dolor en la cadena del trabajo, sin otras
diferencias que la lengua y la raza.
En las noches de invierno, la gran muchedumbre de la miseria pululaba en
las calles de las ciudades, sin pan y sin techo, como si estuviese en un
desierto. Los niños lloraban de frío, ocultando las manos bajo los sobacos; las
mujeres de voz aguardentosa se encogían como fieras en el quicio de una puerta,
para pasar la noche; los vagabundos sin pan, miraban los balcones iluminados de
los palacios o seguían el desfile de las gentes felices que, envueltas en
pieles, en el fondo de sus carruajes, salían de las fiestas de la riqueza. Y
una voz, tal vez la misma, repetía en sus oídos, que zumbaban de debilidad: «No
esperéis nada. ¡Cristo ha muerto!»
El obrero sin trabajo, al volver a su frío tugurio, donde le aguardaban
los ojos interrogantes de la hembra enflaquecida, dejábase caer en el suelo
como una bestia fatigada, después de su carrera de todo un día para aplacar el
hambre de los suyos. «¡Pan, pan!» le decían los pequeñuelos esperando
encontrarlo bajo la blusa raída. Y el padre oía la misma voz, como un lamento
que borraba toda esperanza: «¡Cristo ha muerto!»
Y el jornalero del campo que, mal alimentado con bazofia, sudaba bajo el
sol, sintiendo la proximidad de la asfixia, al detenerse un instante para
respirar en esta atmósfera de horno, se decía que era mentira la fraternidad de
los hombres predicada por Jesús, y falso aquel dios que no había hecho ningún
milagro, dejando los males del mundo lo mismo que los encontró al llegar a
él... Y el trabajador vestido con un uniforme, obligado a matar en nombre de
cosas que no conoce a otros hombres que ningún daño le han hecho, al permanecer
horas y horas en un foso, rodeado de los horrores de la guerra moderna,
peleando con un enemigo invisible por la distancia, viendo caer destrozados
miles de semejantes bajo la granizada de acero y el estallido de las negras
esferas, también pensaba con estremecimientos de disimulado terror: «¡Cristo ha
muerto, Cristo ha muerto!»
Sí; bien muerto estaba. Su vida no había servido para aliviar uno solo
de los males que afligen a los humanos. En cambio, había causado a los pobres
un daño incalculable predicándoles la humildad, infiltrando en sus espíritus la
sumisión, la creencia del premio en un mundo mejor. El envilecimiento de la
limosna y la esperanza de justicia ultraterrena habían conservado a los
infelices en su miseria por miles de años. Los que viven a la sombra de la
injusticia, por mucho que adorasen al Crucificado, no le agradecerían bastante
sus oficios de guardián durante diecinueve siglos.
Pero los infelices sacudían ya su atonía: el dios era un cadáver. No más
resignación. Ante el Cristo muerto había que aclamar el triunfo de la Vida. El
cadáver inmenso aun pesaba sobre la tierra, pero las muchedumbres engañadas se
agitaban ya, dispuestas a sepultarle. Por todos lados se oían los vagidos del
mundo nuevo que acababa de nacer. La Poesía que profetizó vagamente la llegada
de Cristo, anunciaba ahora la aparición del gran Redentor, que no había de
encerrarse en la debilidad de un hombre, sino que encarnaría en la inmensa masa
de los desheredados, de los tristes, con el nombre de Rebelión.
Los hombres comenzaban de nuevo su marcha hacia la fraternidad, el ideal
de Cristo: pero abominando de la mansedumbre, despreciando la limosna por
envilecedora e inútil. A cada cual lo suyo, sin concesiones que denigran, ni
privilegios que despiertan el odio. La verdadera fraternidad era la Justicia
social.
Calló Salvatierra, y viendo que oscurecía, dio una vuelta, comenzando a
desandar el camino.
Jerez, como una gran mancha negra, recortaba las líneas de sus torres y
tejados sobre el último resplandor del crepúsculo, mientras abajo perforaban su
oscuridad las rojas estrellas del alumbrado.
Los dos hombres vieron marcarse sus sombras sobre la blanca superficie
del camino. La luna salía a sus espaldas, remontándose en el espacio.
Lejos aún de la ciudad, oyeron un ruidoso cascabeleo que hacía apartarse
a un lado a los carros que volvían de los cortijos, lentamente, con sordo
rechinar de ruedas.
Salvatierra y su discípulo, refugiándose en la cuneta, vieron pasar
cuatro briosos caballos con borlajes saltones y chillonas ristras de cascabeles
tirando de un coche lleno de gente. Cantaban, gritaban, palmoteaban, llenando
el camino con su alegría loca, esparciendo el escándalo de la juerga sobre
las llanuras muertas que aun parecían más tristes a la luz de la luna.
Pasó el carruaje como un rayo entre nubes de polvo, pero Fermín pudo
reconocer al que guiaba los caballos. Era Luis Dupont que, erguido en el
pescante, arreaba con la voz y el látigo a las cuatro bestias que corrían
desbocadas. Una mujer que iba junto a él, también gritaba azuzando al ganado
con una fiebre de velocidad loca. Era la Marquesita. Montenegro
creyó que le había reconocido, pues al alejarse, agitó una mano entre la nube
de polvo, gritándole algo que no pudo oír.
—Esos van de juerga, don Fernando—dijo el joven cuando se restableció el
silencio en el camino.—Les parece estrecha la ciudad, y, como mañana es
domingo, querrán pasarlo en Matanzuela a sus anchas.
Salvatierra, al oír el nombre del cortijo, recordó a su camarada del
ventorro del Grajo, aquel enfermo que ansiaba su presencia como el mejor
remedio. No le había visto desde el día en que el temporal le obligó a
refugiarse en Matanzuela, pero le recordaba muchas veces, proponiéndose repetir
su visita en la próxima semana. Prolongaría uno de sus largos paseos, llegando
hasta aquella choza donde le esperaban como un consuelo.
Fermín habló de los recientes amoríos de Luis con la Marquesita.
Al fin, la amistad les había conducido a un término, que los dos parecían
querer evitar. Ella ya no estaba con el tosco ganadero de cerdos. Volvía a
tirarle el señorío, según decía, y alardeaba impúdicamente de sus nuevas
relaciones, viviendo en casa de Dupont y entregándose los dos a fiestas
ruidosas. Les parecía su amor desabrido y monótono, si no lo sazonaban con
embriagueces y escándalos que alterasen la hipócrita calma de la ciudad.
—Se han juntado dos locos—continuó Fermín.—Cualquier día se pelearán,
saliendo de una de sus juergas echando sangre; pero, mientras tanto, se creen
felices y exhiben su dicha con una desvergüenza admirable. Yo creo que lo que
más les divierte es la indignación de don Pablo y su familia.
Montenegro relató las últimas aventuras de estos enamorados, que
alarmaban a la ciudad. Jerez les parecía estrecho para su dicha y corrían los
cortijos y las poblaciones inmediatas, llegando hasta Cádiz, seguidos del
cortejo de cantadores y matones que acompañaba siempre a Luis Dupont. Pocos
días antes habían tenido en Sanlúcar de Barrameda una fiesta estruendosa, al
final de la cual, la Marquesita y su amante, embriagando a un
camarero, le raparon la cabeza con unas tijeras. En el Círculo
Caballista, reían los señoritos al comentar las hazañas de aquella pareja.
¡Pero qué buena sombra tenía Luis! ¡Qué gran mujer la Marquesita!...
Y los dos amantes, en una continua borrachera, que apenas se desvanecía
era reforzada, como si temiesen perder la ilusión viéndose fríamente sin la
engañosa alegría del vino, iban de un lado a otro, cual un vendaval de
escándalo, entre los aplausos de la gente joven y la indignación de las
familias.
Salvatierra escuchaba a su discípulo con gesto irónico. Le interesaba
Luis Dupont. Era un buen ejemplar de aquella juventud ociosa, dueña de todo el
país.
Apenas habían llegado los dos paseantes a las primeras casas de Jerez,
cuando el carruaje de Dupont, rodando vertiginosamente a impulsos de las
briosas bestias, que corrían como locas, estaba ya en Matanzuela.
Los perros del cortijo ladraron furiosamente al oír el galope, cada vez
más cercano, acompañado de gritos, rasgueos de guitarra y canciones de
prolongado lamento.
—Ahí viene el amo—dijo Zarandilla.—Nadie pué ser más que él.
Y llamando al aperador, salieron los dos fuera del cortijo para ver
llegar, a la luz de la luna, el ruidoso carruaje.
Bajó del pescante de un salto la gentil Marquesita, y poco a
poco fueron disgregándose del amontonamiento de carne que llenaba el interior
todos los del séquito. El señorito abandonó las riendas a Zarandilla,
después de hacerle varias recomendaciones para que cuidase bien el ganado.
Rafael avanzó quitándose el sombrero.
—¿Eres tú, buen mozo?—dijo la Marquesita con
desenvoltura.—Cada vez estás más guapo. Si no fuese por darle un disgusto a
María de la Luz, cualquier día engañábamos a éste.
Pero éste, o sea Luis, reía de la desvergüenza de su prima,
sin que le molestase la muda comparación a que parecían entregados los ojos de
Lola, entre su cuerpo desmedrado de vividor alegre y la fuerte armazón del
aperador del cortijo.
El señorito pasó revista a su gente. Ninguno se había perdido en el
viaje; todos estaban: la Moñotieso, famosa cantaora, y su hermana;
su señor padre, un veterano del baile clásico que había hecho tronar bajo sus
tacones los tablados de todos los cafés cantantes de España; tres protegidos de
Luis, graves y cejijuntos, con la mano en la cadera y los ojos entornados, como
si no osaran mirarse por no infundirse espanto, y un hombre carilleno, con
sotobarba sacerdotal y unos tufos de pelo pegados a las orejas, guardando bajo
el brazo una guitarra.
—¡Ahí le tienes!—dijo el señorito a su aperador, señalándole al
guitarrista.—El señó Pacorro, alias el Águila, el primer tocador
del mundo. ¡El Guerra, matando toros, y mi amigo con la
guitarra!... ¡el disloque!
Y como el cortijero se quedase mirando a este ser extraordinario, cuyo
nombre no había oído jamás, el tocador se inclinó ceremoniosamente como un
hombre de mundo, experto en fórmulas sociales.
—Beso a uzté la mano...
Y sin añadir palabra se entró en el cortijo, siguiendo a la demás gente
que guiaba la Marquesita.
La mujer de Zarandilla y Rafael, ayudados por aquella
tropa, arreglaron las habitaciones del amo. Dos quinqués humosos dieron luz a
la gran sala de enjalbegadas paredes, adornadas con algunos cromos de santos.
Los hombres de confianza de don Luis, doblando el espinazo con cierta pereza,
sacaron de espuertas y cajones todas las vituallas traídas en el carruaje.
La mesa se llenó de botellas, que transparentaban la luz; unas de color
de avellana, otras de oro pálido. La vieja de Zarandilla se
entró en la cocina, seguida de las demás mujeres, mientras el señorito
preguntaba al aperador por la gente de la gañanía.
Casi todos los hombres estaban fuera del cortijo. Como era sábado, los
jornaleros de la sierra se habían ido a sus pueblos. Sólo quedaban los gitanos
y las bandas de muchachas que bajaban a la escarda confiadas a la vigilancia de
sus manijeros.
El amo recibía con satisfacción estos informes. No le gustaba divertirse
teniendo a la vista a los jornaleros, gentes envidiosas, de corazón duro, que
rabiaban con la alegría ajena y andaban después propalando los mayores
embustes. Le placía estar a sus anchas en el cortijo. ¿No era el amo?... Y
saltando de un pensamiento a otro con su incoherente ligereza, se encaró con
los acompañantes. ¿Qué hacían sentados, sin beber, sin hablar, como si
estuviesen velando a un muerto?...
—Vamos a ver esas manitas de oro, maestro—dijo al tocador que, con la
guitarra sobre las rodillas y la mirada en alto, se entretenía haciendo
arpegios.
El maestro Águila, después de toser varias veces, comenzó un
rasgueo, interrumpido de vez en cuando por las escalas gimeantes de la cuerda
prima. Uno de los esbirros de don Luis destapó botellas y ordenó las filas de
cañas, ofreciendo estos tubos de cristal, llenos de líquido dorado con una
corona de burbujas. Las mujeres, atraídas por la guitarra, llegaron corriendo
de la cocina.
—¡Venga de ahí, Moñotieso!—gritó el señorito.
Y la cantaora rompió en una soleá, con una voz aguda y
poderosa, que después de hincharla el cuello como si éste fuera a reventarse,
atronaba la sala y ponía en conmoción a todo el cortijo.
El honorable padre de la Moñotieso, como hombre versado en
sus deberes, sin esperar invitaciones, sacó a su otra hija al centro de la
habitación y comenzó el baile con ella.
Rafael se alejó prudentemente, después de beber dos copas. No quería
estorbar la fiesta con su presencia. Además, deseaba revistar el cortijo antes
que adelantase la noche, temiendo que el amo quisiera recorrerlo por un
capricho de su embriaguez.
En el patio se tropezó con Alcaparrón, que atraído por el
ruido de la fiesta esperaba una coyuntura para introducirse en la sala con su
pegajosidad de parásito. El aperador le amenazó con varios palos si seguía
allí.
—Largo, granuja; esos señores no quieren ná con los gitanos.
Alcaparrón se alejó con aire humilde, pero dispuesto a
volver apenas desapareciese el señor Rafael, el cual entrose en la cuadra para
ver si los caballos del amo estaban bien cuidados.
Cuando pasada una hora volvió el aperador al lugar de la fiesta, vio
sobre la mesa muchas botellas vacías.
La gente estaba lo mismo, como si el líquido se hubiera derramado en el
suelo: solamente el tocador rasgueaba con más fuerza y los demás batían palmas
con una agitación loca, gritando a un tiempo para jalear al viejo bailarín. El
respetable padre de las Moñotieso, abriendo la boca desdentada y
negra con femeniles gritos, movía sus caderas descarnadas, hundiendo el vientre
para hacer surgir con mayor relieve la parte opuesta. Sus mismas hijas
celebraban con grandes risotadas estos alardes de una vejez envilecida.
—¡Olé, grasioso!...
El anciano seguía bailando como una caricatura femenil entre las
lúbricas excitaciones que le dirigía la Marquesita.
¡San Patrisio!...
¡Que la puerta se sale del quisio!
Y al cantar esto movíase de tal modo, que parecía próximo a hacer salir
de su quicio natural una parte de su dorso, mientras los hombres le arrojaban
los sombreros a los pies, entusiasmados por esta danza infame, deshonra del
sexo.
Cuando el bailador volvió a su silla, sudoroso y pidiendo una copa como
premio de su cansancio, se hizo un largo silencio.
—Aquí fartan mujeres...
Era el Chivo el que hablaba, después de escupir por la
comisura de los labios, con la gravedad solemne de un valentón parco en
palabras.
La Marquesita protestó.
—¿Y nosotras qué somos, mamarracho?
—Sí; eso es: ¿qué somos nosotras?—añadieron como un eco las dos de Moñotieso.
El Chivo se dignó explicarse. Él no quería fartar a
las señoras presentes; quería decir que la juerga, para que marchase bien,
necesitaba más mujerío.
El señorito se puso de pie con resolución. ¿Mujerío?... Él lo tenía; en
Matanzuela había de todo. Y empuñando una botella, dio orden a Rafael para que
le acompañase a la gañanía.
—Pero, señorito, ¿qué va a jacer su mercé?...
Luis obligó al aperador a que le guiase, a pesar de sus protestas, y
todos le siguieron.
Cuando la alegre banda entró en la gañanía, la vio casi desierta. La
noche era de primavera y los manijeros y el arreador estaban sentados en el
suelo, cerca de la puerta, viendo el campo que azuleaba silencioso bajo la luz
de la luna. Las mujeres dormitaban en los rincones, o formando corrillos oían
cuentos de brujas y milagros de santos con un silencio religioso.
—¡El amo!—dijo el aperador al entrar.
—¡Arriba! ¡Arriba! ¿Quién quiere vino?—gritó alegremente el señorito.
Todos se pusieron de pie, sonriendo a la inesperada aparición.
Las muchachas contemplaban con asombro a la Marquesita y
sus dos acompañantas, admirando sus pañolones floreados de la China, sus
relucientes peinados.
Los hombres se encogían modestamente ante el señorito, que les ofrecía
una copa, mientras sus ojos se iban tras la botella que tenía en las manos.
Después de hipócritas negativas, bebieron todos. Era vino de ricos, del que
ellos no conocían. ¡Oh! ¡aquel don Luis era todo un hombre! Algo calavera; pero
la juventud le servía de excusa y además tenía un gran corazón. ¡Todos los amos
que fuesen como él!...
—¿Pero, qué vino, compañero?—se decían unos a otros, enjugándose los
labios con el reverso de la mano.
La tía Alcaparrona también bebió, y su hijo, que al fin
había conseguido agregarse al cortejo del amo, pasaba y repasaba ante éste,
enseñándole la dentadura caballar con la mejor de sus sonrisas.
Dupont peroraba tremolando en alto la botella. Venía para invitar a su
comilona a todas las muchachas de la gañanía, pero sólo a las guapas. Él era
así: llano y francote: ¡viva la democracia!...
Las muchachas, ruborosas en presencia del amo, a quien muchas de ellas
veían por primera vez, retrocedían mirando al suelo, con las manos puestas ante
la falda. Dupont las señalaba: ¡esta! ¡esta!... Y se fijó también en Mari-Cruz,
la prima de Alcaparrón.
—Tú, gitana, también. Eres feílla, pero tienes ángel y sabrás cantar.
—Como los serafines, señó—dijo el primo queriendo aprovechar el
parentesco para introducirse en la fiesta.
Las muchachas, repentinamente ariscas, como si les amagase algún
peligro, se hacían atrás, negándose a aceptar el convite. Ya habían cenado,
¡muchas gracias! Pero poco después reían, cuchicheando satisfechas, al ver el
mal gesto que ponían ciertas compañeras al no ser designadas por el amo o sus
acompañantes. La tía Alcaparrona las reñía por su timidez:
—¿Por qué no queréis dir? Andad, payas, y si no tenéis gana de jartaros
de cosas buenas, tomad algo de lo que el señó os dé. ¡Pues, poquitas veces que
me orsequió a mí el señó marqués, el papá de este sol resplandesiente que aquí
está!
Y decía esto señalando a la Marquesita, que examinaba a
algunas de aquellas jóvenes, como si quisiera adivinar su hermosura debajo de
las ropas astrosas.
Los manijeros, conmovidos por el vino del amo, que no había hecho más
que despertar su sed, intervenían paternalmente con el pensamiento puesto en
otras botellas. Podían ir con don Luis sin miedo alguno: lo decían ellos, que
eran los encargados de cuidarlas y respondían de su seguridad ante sus
familias.
—Es un cabayero, muchachas, y además, vais a cenar con estas señoras.
Toos personas decentes.
La resistencia fue de corta duración, y, por fin, salió un grupo de
jóvenes escoltado por el amo y sus huéspedes.
Los que quedaron en la gañanía comenzaron a buscar por los rincones una
guitarra. ¡Buena se presentaba la noche! Al salir el amo, había dicho al
aperador que enviase a aquella gente todo el vino que pidiera. ¡Oh, qué don
Luis!...
La mujer de Zarandilla puso la mesa, ayudada por las
jóvenes serranas, que habían adquirido cierto aplomo al verse en las
habitaciones del amo. Además, el señorito, con una franqueza que las
enorgullecía, haciéndolas subir a la cara oleadas de sangre, iba de una a otra
con la botella y la batea de cañas, obligándolas a que bebiesen. El padre de
las Moñotieso las hacía enrojecer y prorrumpir en risotadas
semejantes a cocleos de gallinas, relatándolas al oído cuentos impúdicos.
Eran más de veinte para la cena, y apretados en torno de la mesa,
comenzaron a comer los platos que Zarandilla y su mujer
servían con gran dificultad, pasándolos por encima de las cabezas.
Rafael se mantenía de pie junto a la puerta, no sabiendo si ausentarse o
hacerse visible, por respeto al amo.
—Siéntate, hombre—ordenó magnánimamente don Luis.—Te lo permito.
Y como la gente se estrechase aún más, para hacerle sitio, la Marquesita se
levantó llamándole. ¡Allí, al lado de ella! El aperador, al sentarse, creyó que
se sumergía en las faldas y las susurrantes ropas interiores de la hermosa,
quedando como pegado a ella, en ardoroso contacto con un lado de su cuerpo.
Los muchachas rechazaban con remilgos los primeros ofrecimientos del
señorito y sus compañeros. Gracias; ellas habían cenado. Además, no estaban
acostumbradas a las comidas fuertes de los señores, y podían hacerlas daño.
Pero el olor de la carne, de la sagrada carne siempre vista de lejos y
de la que se hablaba en la gañanía como de un manjar de dioses, pareció
marearlas con una embriaguez más intensa que la del vino. Una tras otra, fueron
arrojándose sobre los platos, y perdido el primer escrúpulo, comenzaron a
devorar como si saliesen de larguísimos ayunos.
El señorito celebraba la voracidad con que se movían aquellas
mandíbulas, y sentía una satisfacción moral casi equivalente a la que
proporciona el bien. ¡Él era así! ¡le gustaba de vez en cuando alternar con los
pobres!
—¡Olé las mujeres de buen diente!... Ahora a beber para que no se os
atragante el bocado.
Las botellas se vaciaban, y las bocas de las muchachas, azuladas antes
por la anemia, mostrábanse rojas con el zumo de la carne, y brillantes con las
gotas de vino que se escurrían hasta las barbillas.
Mari-Cruz, la gitana, era la única que no comía. Alcaparrón la
hacía señas rondando la mesa como un perro. ¡La pobre estaba siempre tan falta
de apetito!... Y con su habilidad de gitano, escamoteaba todo lo que con
disimulo le ofrecía Mari-Cruz. Después salía al patio unos instantes para
zampárselo de golpe, mientras la prima enfermiza bebía y bebía, admirando el
vino de los señores como lo más sorprendente de la fiesta.
Rafael apenas comió, trastornado por la vecindad de la Marquesita.
Le atormentaba el contacto de aquel cuerpo hermoso hecho para el amor; el
perfume incitante de la carne fresca purificada por una limpieza desconocida en
los campos. Ella, en cambio, parecía aspirar con delectación por su naricilla
sonrosada y palpitante, el vaho de macho campesino, el olor de cuero, de sudor
y de cuadra que se esparcía con los movimientos del arrogante galán.
—Bebe, Rafael: anímate. ¡Mira a mi hombre qué
amartelado está con sus serranas!
Y señalaba a Luis que, atraído por la novedad, se olvidaba de ella para
requebrar a sus vecinas; dos jornaleras que ofrecían el encanto de una belleza
rústica, mal lavada; dos beldades de cortijo en las que creía aspirar el
perfume acre de las dehesas, el vaho animal de los rebaños.
Era cerca de media noche cuando terminó la cena. El ambiente de la sala
se había caldeado y era sofocante.
El fuerte olor del vino derramado y de los platos sobrantes caídos en un
rincón, mezclábase con el hedor de petróleo de los quinqués.
Las muchachas, enrojecidas por la digestión, respiraban con dificultad y
se aflojaban los cuerpos de sus vestidos, desabrochándose el pecho. Lejos de la
vigilancia de los manijeros y trastornadas por el vino, olvidaban sus remilgos
de vírgenes silvestres. Se entregaban con verdadera furia al goce de esta
fiesta extraordinaria, que era como un relámpago en su vida oscura y triste.
Una de ellas, por una copa derramada sobre su falda, irguiose amenazando
a otra con las uñas. Sentían en sus cuerpos la presión de brazos varoniles y
sonreían con cierta beatitud, como absolviéndose anticipadamente de todos los
contactos que pudieran sufrir en el dulce abandono del bienestar. Las dos Moñotieso,
ebrias y furiosas al ver que los hombres sólo atendían a las payas,
hablaban de desnudar a Alcaparrón, para mantearle; y el muchacho,
que había dormido vestido toda su vida, escapaba, temblando por su gitana
pudibundez.
La Marquesita se arrimaba cada vez más a Rafael.
Parecía que todo el calor de su organismo se había concentrado en el lado que
tocaba al aperador, quedando el costado opuesto frío e insensible. El mocetón,
obligado a beber las copas que le ofrecía la señorita, sentíase ebrio, pero con
una embriaguez nerviosa que le hacía bajar la cabeza y fruncir las cejas
torvamente, deseando pelearse con cualquiera de los valientes que acompañaban a
don Luis.
El calor femenil de esta carne suave, que le acariciaba con su contacto
por debajo de la mesa, le irritaba como un peligro difícil de vencer. Intentó
levantarse varias veces, pretextando ocupaciones afuera, pero se sintió
agarrado por una manecita de nerviosa fuerza.
—Siéntate, ladrón; si te meneas, de un pellizco te arranco el alma.
Y tan borracha como los otros, apoyando su cabeza rubia en una mano,
la Marquesita le contemplaba con los ojos entornados; unos
ojos azules, cándidos, que parecían no manchados jamás por la nube de un
pensamiento impuro.
Luis, entusiasmado por la admiración de las dos muchachas sentadas junto
a él, quiso mostrarse en toda su grandeza heroica, y repentinamente arrojó una
copa a la cara del Chivo, que estaba enfrente. La fiera del
presidio contrajo su carátula feroz e hizo un movimiento para incorporarse,
llevándose una mano al bolsillo interior de la chaqueta.
Hubo un silencio de angustia, pero el valentón, pasado el primer
movimiento, permaneció en su silla.
—Don Luis—dijo con una mueca de adulación.—Usté es el único hombre que
puede jaser eso. Usté es mi pare.
—¡Y porque soy más valiente que tú!—gritó con arrogancia el señorito.
—Eso—afirmó el matón con otra sonrisa aduladora.
El señorito paseó su mirada de triunfador sobre las aterradas jóvenes,
no acostumbradas a tales escenas. ¿Eh?... ¡Allí tenían a un hombre!
Las Moñotieso y su padre, que por acompañar a todas
partes a don Luis como pupilos de su generosidod «se lo sabían de memoria», se
apresuraron a dar por terminada la escena, moviendo gran estrépito. ¡Olé los
hombres de verdá! ¡Más vino! ¡Más vino!
Y todos, hasta el terrible matón, bebieron a la salud del señorito,
mientras éste, como si le sofocase su propia grandeza, se despojaba de la
chaqueta y el chaleco y poniéndose de pie agarraba a sus dos compañeras. ¿Qué
hacían allí, apretados en torno de la mesa, mirándose unos a otros? ¡Al patio!
¡A correr, a jugar, a seguir la juerga bajo la luna, ya que la noche era de las
buenas!...
Y todos salieron a la desbandada, empujándose, ansiando en la asfixia de
la embriaguez aspirar el aire libre del patio. Muchas, al abandonar la silla
andaban tambaleantes, apoyando la cabeza en el pecho de un hombre. La guitarra
del señor Pacorro sonó con triste quejido al chocar con el quicio de la puerta,
como si la salida fuese estrecha para el instrumento y el Águila,
que lo empuñaba.
Rafael fue a levantarse también, pero le contuvo otra vez la nerviosa
manecita.
—Tú aquí—ordenó la hija del marqués,—a hacerme compañía. Deja que se
divierta esa gentuza... ¡Pero no me huyas, mala sombra!: parece que te doy
miedo.
El aperador, al verse libre de la opresión de los vecinos, había hecho
retroceder su silla. Pero el cuerpo de la señorita le buscaba, se apoyaba en
él, sin que pudiera librarse de su dulce pesadumbre, por más que echaba el
pecho atrás.
Afuera, en el patio, sonaba la guitarra del señor Pacorro, y las
cantaoras, roncas por el vino, acompañábanla con gritos y palmas. Pasaban
corriendo las jornaleras por cerca de la puerta perseguidas por los hombres,
riendo con nerviosas carcajadas, como si las cosquillease el aire de los que
iban a sus alcances. Se adivinaban sus escondites en la cuadra, en los
graneros, en el horno, en todos los departamentos del cortijo que comunicaban
con el patio; y en estas piezas oscuras, los encuentros, las risas sofocadas,
los gritos de sorpresa.
Rafael, en su embriaguez, no tenía más que un pensamiento: librarse de
las audaces manos de la Marquesita, del peso de su cuerpo, de aquel
ambiente tentador, contra el cual se defendía torpemente, seguro de ser
vencido.
Callaba asombrado por lo extraordinario de la aventura, cohibido por su
respeto a las jerarquías sociales. ¡La hija del marqués de San Dionisio! Esto
es lo que le hacía permanecer en su asiento, defendiéndose con debilidad de una
hembra, a la que podía repeler con sólo el impulso de una de sus manazas. Por
fin, tuvo que hablar:
—¡Déjeme su mercé, señorita!... ¡Doña Lola... que no pué ser!
Viéndole ella encogerse con una pudibundez de doncella, prorrumpió en
insultos. ¡Ya no era el mozo arrogante de otros tiempos, cuando hacía el
contrabando y andaba por los colmados de Jerez con toda clase de mujeres! La
tal María de la Luz le tenía embrujado. ¡Una gran virtud, que vivía en una
viña, rodeada de hombres!...
Y continuó soltando infamias contra la novia de Rafael, sin que éste se
inmutase. El aperador deseaba verla así; sentíase de este modo más fuerte para
resistir a la tentación.
La Marquesita, completamente ebria, insistía en sus insultos
con la ferocidad de la mujer despreciada, pero sin separarse de él.
—¡Cobarde! ¿Es que no te gusto?...
Zarandilla entró en la sala apresuradamente, como si
quisiera hablar al aperador, pero se detuvo. Afuera, junto a la puerta, sonaba
la voz del señorito con tono irritado. ¡Estando él allí no había más aperador,
ni más gobierno del cortijo, que su persona!... ¡A obedecer,
cegato!...
Y el viejo volvió a salir con tanto apresuramiento como había entrado,
sin decir una palabra al aperador.
Rafael se irritó ante la terquedad de aquella mujer. ¡Si no fuese por su
miedo a que le indispusiera con el amo, haciéndole perder el puesto en el
cortijo, que era la esperanza de él y su novia!...
Ella seguía insultándolo, pero menos iracunda, como si la embriaguez la
privase de movimiento y su deseo no pudiera exteriorizarse más que con
palabras. Su cabeza resbalaba sobre el pecho de Rafael: inclinábase, con los
ojos entornados, aspirando aquel perfume hombruno, que parecía adormecerla.
Tenía su busto caído en las rodillas del campesino, y aun le insultaba, como si
encontrase en esto una extraña delectación.
—Me voy a quitar las enaguas pa que te las pongas... ¡bobalicón!...
Debían llamarte María, como a la sosa de tu novia...
En el patio resonó un alarido de terror, acompañado de brutales
carcajadas. Luego carreras ruidosas, choque de cuerpos contra las paredes, todo
el estrépito del peligro y el miedo.
Rafael se levantó de un salto, sin fijarse en la Marquesita,
que rodó por tierra. Tres muchachas entraron en el mismo instante, con tal
impulso, que derribaron varias sillas. Tenían la cara blanca, con una palidez
mortal; los ojos agrandados por el miedo; agachábanse como si quisieran
introducirse bajo la mesa.
El aperador salió al patio. En medio de él, una bestia daba resoplidos,
mirando a la luna, como si extrañase el verse en libertad.
Junto a sus patas, yacía extendido algo blanco, que apenas si marcaba un
pequeño bulto sobre el suelo.
De la sombra que proyectaban los tejados, a lo largo de las paredes,
salían carcajadas hombrunas y agudos chillidos de mujer. El señor Pacorro,
el Águila, continuaba inmóvil en un poyo, rasgueando su guitarra
con la serenidad de una borrachera grave, a prueba de toda clase de sorpresas.
—¡La pobrecita Mari-Cruz—lloriqueó Alcaparrón.—¡La va a matá
el bicho! ¡La va a matá!...
El aperador lo comprendió todo... ¡Pero qué señorito tan gracioso! Para
dar una sorpresa a los amigos y reír con el susto de las mujeres, había
obligado a Zarandilla a que soltase un novillo del establo. La
gitana, alcanzada por la bestia, habíase desmayado del susto... ¡Juerga
completa!
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—¡La pobrecita Mari-Cruz!—lloriqueó Alicappón—.
La gitana Mari-Cruz se moría. Lo anunciaba Alcaparrón con
sus lloriqueos a todos los del cortijo, sin hacer caso de las protestas de su
madre.
—¡Qué sabes tú, bobo!... A otros, peor que ella, los sacó alante mi
comare...
Pero el gitano, despreciando la fe de la señora Alcaparrona en
la sabiduría de su comadre, presentía la muerte de la prima con la
clarividencia del cariño. En el cortijo y en el campo, contaba a todos el
origen de la enfermedad.
—¡La mardita groma del señorito!... La pobresita siempre ha sido poca
cosa, siempre malucha, y el susto del novillo la ha acabao de matar. ¡Premita
Dios!...
Y el respeto al rico, la sumisión tradicional al amo, cortaban en sus
labios la gitana maldición.
Aquel cuervo fatídico que, según él, llamaba a los buenos cuando faltaba
uno en el camposanto, debía estar ya despierto, alisándose con el pico las
negras alas y preparando el graznido para que compareciese su prima. ¡Ay,
pobrecita Mari-Cruz! ¡La mejor de la familia!... Y para que la muchacha no
adivinase sus pensamientos, manteníase a distancia, viéndola de lejos, sin osar
aproximarse al rincón de la gañanía, donde estaba tendida sobre un petate,
cedido misericordiosamente por los jornaleros.
La seña Alcaparrona, viendo a su sobrina, dos días después
de la nocturna juerga, calenturienta y sin fuerzas para ir al campo, había
diagnosticado la enfermedad, con su práctica de decidora de buenaventura y
bruja curandera. Era el susto del novillo «que se le había quedao adrento».
—La pobresita—decía la vieja—estaba en su... pues, en eso; y ya se sabe
que en tal caso los sustos son de cuidao. Es sangre corrompía que se le ha
subío al pecho y la ajoga. Por eso pide siempre de beber, como si con un río no
la bastase.
Y por toda medicina, cuando al amanecer salía al campo a trabajar con la
familia, colocaba junto a los andrajos de la cama un jarro siempre lleno.
Gran parte del día lo pasaba la muchacha sola en el rincón más oscuro
del dormitorio de los gañanes. Algún perro del cortijo, entrando de tarde en
tarde, daba vueltas en torno de ella con un gruñido sordo, que expresaba su
extrañeza, y después de intentar lamer su cara pálida, alejábase repelido por
las manos exangües, transparentes, infantiles.
A medio día, cuando un rayo de sol filtraba su faja de oro en la
penumbra de lo cuadra humana, las moscas de primavera llegaban hasta el oscuro
rincón, animando con su zumbido la soledad.
Algunas veces entraban Zarandilla y su mujer a ver a
Mari-Cruz.
—Ánimo, muchacha; hoy ties mejor cara. Lo que importa es que eches todo
lo malo que se te ha subío al pecho.
La enferma, sonriendo débilmente, tendía sus flacos brazos para coger el
jarro, y bebía y bebía, con lo esperanza de que el agua deshiciese la bola
ardorosa y sofocante que dificultaba su respiración, transmitiendo a todo su
cuerpo el fuego de la fiebre.
Cuando se retiraba el rayo de sol, extinguiéndose el zumbido de las
moscas, y el pedazo de cielo encuadrado por la puerta tomaba un suave color de
violeta, la enferma alegrábase. Era la mejor de las horas: iban a llegar los
suyos. Y sonreía a Alcaparrón y sus hermanos, que se sentaban
en el suelo en semicírculo sin decirla nada, mirándola con ojos interrogantes,
como si quisieran atrapar a la fugitiva salud. Su tía, todas las tardes al
volver, lo primero que preguntaba era si había arrojado aquello,
aguardando que expeliera por la boca la pudredumbre, la mala sangre que el
susto había acumulado en su pecho.
La enferma animábase también con la presencia de los compañeros de
trabajo, aquellos gañanes que antes de comer su gazpacho de la noche pasaban un
momento ante ella, esforzándose por infundirla ánimo con rudas palabras. El
temible Juanón la hablaba todas las noches, proponiendo curaciones enérgicas,
propias de su carácter:
—Tú lo que necesitas es comer, chiquiya; trajelar. Too lo que tienes es
hambre.
Y a continuación ofrecíala cuantos alimentos extraordinarios poseían sus
compañeros: un pedazo de bacalao, una morcilla de la sierra que milagrosamente
se conservaba en la gañanía... Pero la gitana rechazábalo todo con gesto
agradecido.
—Tú te lo pierdes; te se da de too corazón. Así estás de enjuta y
esmirriá, y así te morirás: porque no comes.
Juanón se afirmaba en esta creencia, viendo el estado de consunción de
la muchacha. Ya no quedaba en ella el menor vestigio de carne: sus débiles
músculos de anémica se habían derretido. Sólo subsistía el esqueleto, marcando
sus angulosidades bajo la epidermis blancuzca, que parecía adelgazarse también
como una envoltura sutil.
Toda su vida parecía concentrada en los ojos hundidos, cada vez más
negros, con más luz, como dos gotas de légamo tembloroso en las profundidades
de las órbitas amoratadas.
Por la noche, Alcaparrón, en cuclillas detrás de ella,
huyendo de su mirada para llorar libremente, veía clarear a la luz del candil
sus orejas y las alillas de la nariz, con una transparencia de hostia.
El aperador, alarmado por el aspecto de la enferma, hablaba de traer un
médico de la ciudad.
—Esto no es cristiano, tía Alcaparrona. Esa criatura se
muere como una bestia.
Pero ella protestaba con indignación. ¿Un médico? Eso era para los
señores, para los ricos. ¿Y quién había de pagarlo?... Además, ella no había
necesitado de médico en toda su vida y era vieja. Las gentes de su raza, aunque
pobres, tenían su poquito de ciencia, que los gachés buscaban
muchos veces.
Y llamada por ella se presentó en el cortijo su comare, una
gitana viejísima, que gozaba gran fama de curandera en Jerez y su campo.
Después de oír a la Alcaparrona, palpó el mísero esqueleto
de la enferma, aprobando todas las palabras de su amiga. No se había engañado:
era el susto, la mala sangre que se le había subido al pecho y la ahogaba.
Anduvieron toda una tarde las dos por las colinas vecinas buscando
hierbas, y solicitaron de la mujer de Zarandilla los más
disparatados ingredientes para una famosa cataplasma que pensaban preparar. Por
la noche, los hombres de la gañanía contemplaron en silencio las manipulaciones
de las dos brujas en torno de un puchero puesto a la lumbre, con ese respeto
crédulo de las gentes del campo por todo lo maravilloso.
La enferma bebió humildemente el cocimiento y recibió sobre el pecho el
emplasto, manejado misteriosamente por las dos viejas, como si contuviese un
poder sobrenatural. La comare, que había hecho milagros, renegaba
de su sabiduría si antes de dos días no lograba deshacer la bola de fuego que
ahogaba a la muchacha.
Y los dos días transcurrieron, y otros dos más, sin que la pobre
Mari-Cruz experimentase alivio.
Alcaparrón seguía sollozando fuera de la gañanía, para
que no le oyese la enferma. ¡Cada vez peor! ¡No podía estar acostada! ¡se
ahogaba! Su madre ya no iba al campo; se quedaba en la gañanía para cuidarla.
Hasta para dormir tenían que mantenerla con el cuerpo erguido, mientras su
pecho se agitaba con un estertor de fuelle roto.
—¡Ay, Señó!—gemía el gitano, perdiendo la última esperanza.—Lo mezmo que
los pajarillos cuando los jieren.
Rafael no osaba aconsejar a la familia, ni entraba a ver a la enferma
más que a las horas de trabajo, cuando los gañanes estaban en el campo.
La enfermedad de Mari-Cruz y la juerga del señorito en el cortijo le
había colocado en una situación violenta con toda la gente de la gañanía.
Algunas de las muchachas, al recobrar la razón después de la embriaguez
de aquella noche, se habían ido a la sierra, no queriendo permanecer en el
cortijo. Apostrofaban a los manijeros, guardianes de confianza de sus familias,
que habían sido los primeros en aconsejarlas que siguiesen al señorito. Y
después de propalar entre los trabajadores que volvieron a Matanzuela el
domingo, lo ocurrido en la noche anterior, emprendieron solas el regreso a sus
casas, contando a todos los escándalos del cortijo.
Los gañanes, al volver a Matanzuela no vieron al amo. Éste y su
comitiva, una vez dormida la borrachera, habían regresado a Jerez alegres como
siempre, con un regocijo escandaloso. Los trabajadores, en su indignación,
hacían responsables al aperador y todo el gobierno del
cortijo. El señorito estaba lejos; y además era quien les proporcionaba el pan.
Algunos de los que estaban en la gañanía lo noche de la juerga, tuvieron
que pedir la cuenta y buscar trabajo en otros cortijos. Los compañeros
mostrábanse indignados. Iban a llover puñaladas. ¡Borrachos! ¡Por cuatro
botellas de vino habían vendido a unas muchachas que podían ser sus hijas!...
Juanón llegó a encararse con el aperador.
—¿Conque tú—dijo escupiendo en el suelo con aire de desprecio—eres el
que proporcionas al señorito las mozas de la gañanía pa que se divierta?...
Harás carrera, Rafaé. Ya sabemos pa lo que sirves.
El aperador saltó como si recibiese un navajazo.
—Yo sirvo, pa lo que sirvo. Y pa matarme con un hombre cara a cara si es
que me farta.
Y herido en su arrogancia, miraba con aire de reto a Juanón y a los más
bravos, llevando preparada la navaja en un bolsillo de la chaqueta, siempre a
punto de caer sobre ellos, a la más leve provocación. Para demostrar que no
tenía miedo a una gente ansiosa por dar salida a los antiguos rencores contra
el vigilante de su trabajo, Rafael intentaba justificar al amo.
—Fue una groma. Don Luis sortó el novillo por divertirse, sin hacer daño
a nadie. Lo demás jué una desgracia.
Y por altivez, no decía que era él quien había metido en la cuadra al
animal, librando a la pobre gitana de las astas que removían feroces sus ropas.
Y callaba igualmente su pelea con el amo, después de salvar a Mari-Cruz; la
franqueza con que le había censurado y el arrebato de don Luis queriendo
abofetearle, como si fuese un matón de su comitiva.
Rafael le había agarrado la mano con una de sus garras, zarandeándolo
como a un niño, al mismo tiempo que con la otra buscaba su navaja, con ademán
tan resuelto, que el Chivo se detenía, a pesar de que el
señorito le llamaba a grandes voces para que matase a aquel hombre.
El mismo valentón, temiendo al aperador, había arreglado el asunto
declarando sentenciosamente que los tres eran igualmente valientes, y que entre
valientes no deben existir cuestiones. Y juntos habían bebido la última copa,
mientras la Marquesita roncaba debajo de la mesa, y las
muchachas, aterradas por el susto, huían a la gañanía.
Cuando una semana después Rafael fue llamado por el señorito, emprendió
el camino de Jerez creyendo que ya no regresaría a Matanzuela. El llamamiento
sería para decirle que había buscado otro aperador... Pero el loco Dupont le
recibió con gesto alegre.
El día anterior había reñido definitivamente con su prima. Estaba harto
de sus caprichos y sus escándalos. Ahora sería hombre serio, para no dar
disgustos a Pablo, que era como su padre. Pensaba dedicarse a la política; ser
diputado. Otros de la tierra lo eran, sin otro mérito que una fortuna y un
nacimiento iguales a los suyos. Además, contaba con el apoyo de los Padres de
la Compañía, sus antiguos maestros, que no dejarían de felicitarse al verle en
el hotel de su primo hecho un hombre serio, ocupándose en defender los sagrados
intereses sociales.
Pero se cansó pronto de hablar en este tono y miró a su aperador con
cierta curiosidad.
—Rafael, ¿sabes que eres un valiente?...
Fue su única alusión a la escena de aquella noche. Después, como
arrepentido de dar tan en absoluto esto certificado de valor, añadió
modestamente:
—Yo, tú y el Chivo, somos los tres hombres más hombres de
Jerez. ¡Cualquiera se nos pone delante!...
Rafael escuchábale impasible, con el gesto respetuoso de un buen
servidor. Lo único que le interesaba de todo aquello, era la seguridad de
continuar en Matanzuela.
El amo le pidió después noticias del cortijo. Su poderoso primo, que
todo lo sabía, al reñirle por aquella juerga, de la que se hablaba
mucho en Jerez (esto lo decía con cierto orgullo), le había mentado a una
gitana enferma del susto. ¿Qué era aquéllo? Y escuchó, con aire de
aburrimiento, las explicaciones de Rafael.
—Total, nada: ya sabemos cómo exageran los gitanos. Eso pasará. ¡Un
susto, por un novillo suelto!... ¡Si eso es una broma corriente!
Y enumeraba todas las comidas de campo, con gentes ricas, que habían
tenido como final esta broma ingeniosa. Luego, con gesto magnánimo, dio órdenes
a su aperador.
—Entrega a esa pobre gente lo que necesite. Págale a la muchacha el
jornal mientras esté enferma. Quiero que mi primo se convenza de que no soy tan
malo como cree y que también sé hacer la caridad cuando me toca.
Al salir Rafael de la casa del amo, espoleó su jaca, para hacer una
visita a Marchamalo antes de volver al cortijo, pero se vio detenido frente
al Círculo Caballista.
Los señoritos más ricos de Jerez abandonaban sus copas de vino para
salir a la calle, rodeando el caballo del aperador. Querían saber
detalladamente lo ocurrido en Matanzuela. ¡Aquel Luis era a veces tan embustero
relatando sus hazañas!... Y al contestar Rafael gravemente, con pocas palabras,
reían todos ellos, viendo confirmadas sus noticias. El novillo suelto,
persiguiendo a las jornaleras ebrias, hacía prorrumpir en ruidosas carcajadas a
una juventud que, bebiendo vino, desbravando caballos y discutiendo mujeres,
esperaba el momento de heredar la riqueza y la tierra de todo Jerez... ¡Pero,
qué buena sombra tenía el tal Luis! ¡Y pensar que ellos no habían presenciado
aquella broma! Algunos recordaban con amargura que les había invitado a la
fiesta, y se lamentaban de la ausencia.
Uno de ellos preguntó si era cierto que una muchacha de la gañanía
estaba enferma del susto. Al decir Rafael que era una gitana, muchos levantaron
los hombros. ¡Una gitana! pronto se pondría buena. Otros, que conocían a Alcaparrón por
sus truhanerías, rieron al saber que la enferma era de su familia. Y todos,
olvidando a la gitana, volvieron a comentar la graciosa ocurrencia de Dupont el
loco, acosando con nuevas preguntas a Rafael, para saber qué hacía la Marquesita mientras
su amante soltaba el novillo, y si ésta había corrido mucho.
Cuando Rafael no tuvo más que decir, todos se fueron adentro sin
saludarle. Satisfecha su curiosidad, despreciaban al gañán que les había hecho
abandonar sus mesas precipitadamente.
El aperador puso su jaca al galope, con el deseo de llegar cuanto antes
a Marchamalo. María de la Luz no le había visto en dos semanas y le recibió con
mal gesto. Hasta allí había llegado, agrandada por comentarios, la noticia de
lo ocurrido en Matanzuela.
El capataz movió su cabeza reprobando el suceso, y la hija,
aprovechándose de una ausencia del señor Fermín, increpó a su novio, como si
éste fuese el único responsable del escándalo del cortijo. ¡Ah, mardito!
¡Por esto había estado tantos días sin presentarse en la viña! El señor tornaba
a sus antiguas costumbres de mozo alegre; convertía en una casa de vergüenzas
aquel cortijo, con el que soñaba ella como un nido de amores legítimos.
—Quita allá, sinvergüenzón. Por aquí no güervas: te conozco...
Y el pobre aperador casi rompió a llorar, herido por la injusticia de su
novia. ¡Tratarle así!... ¡después de la prueba a que le había sometido el ebrio
impudor de la Marquesita y que él callaba por respeto a María
de la Luz!... Se excusaba hablando de su condición. Él no era más que un
criado, que había de cerrar los ojos ante muchas cosas, para conservar su
puesto. ¿Qué haría su padre, si el dueño de la viña fuese un señorito como el
suyo?...
Partió Rafael de Marchamalo, dejando a su novia menos iracunda, pero
llevaba en el pensamiento, como una aguda pesadumbre, la aspereza con que le
despidió María de la Luz. ¡Cristo, con el señorito! ¡Qué de disgustos le
proporcionaban sus diversiones!... Volvía lentamente hacia Matanzuela, pensando
en las caras hostiles de los gañanes, en aquella muchacha que se moría
rápidamente, mientras allá en la ciudad, los desocupados hablaban de ella y de
su susto con grandes risas.
Apenas echó pie a tierra, vio a Alcaparrón que vagaba
por los alrededores del cortijo, con gestos de loco, como si la exuberancia de
su dolor no cupiera bajo los techos.
—Se muere, señó Rafaé. Lleva ya ocho días de paecer. La pobrecita no
puede tenderse, y está sentada día y noche con los brazos extendíos y moviendo
las manos así... así; como si buscase la salusita que se jué pa siempre. ¡Ay,
mi pobre Mari-Cruz! ¡Mi prima del arma!...
Y lanzaba estos gritos como si fuesen rugidos, con la expansión trágica
de la raza gitana que necesita espacio libre para sus dolores.
El aperador entró en la gañanía, y antes de llegar al montón de harapos
de la enferma, oyó el ruido de su respiración, un soplido doloroso de fuelle
descompuesto, que dilataba y contraía el mísero costillaje de su pecho.
La asfixia le hacía abrir, con temblores de angustia, su andrajoso
corpiño, mostrando un pecho de muchacho tísico, de una blancura de papel
mascado, sin más señales del sexo que dos granos morenos hundidos entre las
costillas. Respiraba moviendo la cabeza a un lado y a otro, como si pretendiese
absorber todo el aire. En ciertos momentos sus ojos agrandábanse con expresión
de espanto, como si sintiera el contacto de algo frió e invisible en las manos
crispadas que tendía ante ella.
La tía Alcaparrona mostraba menos confianza que al
iniciarse la enfermedad.
—¡Si echara la cosa maligna que lleva aentro!—exclamó mirando a Rafael.
Y después de limpiar el sudor frío y viscoso de la cara de la enferma,
ofreciole la alcazarra de agua.
—¡Bebe, hija de mis entrañas! ¡Mi blanca paloma!...
Y la mísera paloma, herida de muerte, después de beber, asomaba su
lengua entre los labios violáceos, cual si quisiera prolongar la sensación de
frescura: una lengua seca, de rojo tostado, como una lonja de carne asada.
A veces interrumpíase el estertor de su respiración con una tos seca,
lanzando espectoraciones estriadas de sangre. La vieja movía la cabeza. Ella
esperaba algo negro y monstruoso, una oleada putrefacta que, al salir, se
llevase todo el mal de la muchacha.
Una tarde la vieja prorrumpió en alaridos. La niña se moría; se ahogaba.
Ella, tan débil, que apenas podía mover las manos, retorcía su armazón de
huesos con la fuerza extraordinaria de la angustia, y tales eran sus impulsos,
que la tía apenas podía contenerla entre sus brazos. Apoyándose en los talones
se levantaba, doblándose como un arco, con el pecho abombado y jadeante, el
rostro crispado y azul.
—¡Jozé María!—gimió la vieja.—¡Que se muere!... ¡Que se me quea entre
las manos! ¡Hijo mío!
Y Alcaparrón, en vez de acudir al llamamiento de su madre,
salió corriendo como un loco. Había visto pasar a un hombre, una hora antes,
por el camino de Jerez con dirección al ventorro del Grajo.
Era él, el ser extraordinario del que todos los pobres hablaban con
respeto. De repente se sintió inflamado por esa fe que los pastores de
muchedumbres esparcen en torno de ellos, como una aureola de confianza.
Salvatierra, que estaba en el ventorro hablando con Matacardillos,
su doliente camarada, se hizo atrás, sorprendido por la impetuosa entrada
de Alcaparrón. El gitano miraba a todos lados con ojos de loco, y
acabó por arrojarse a sus pies, agarrándole las manos con suplicante
vehemencia.
—¡Don Fernando! ¡Su mercé lo puee too!... ¡Su mercé hase milagros, si
quiere! Mi prima... mi Mari-Crú... ¡que se muere, don Fernando, que se
muere!...
Y Salvatierra no se daba cuenta de cómo había salido del ventorro
remolcado por la mano febril de Alcaparrón y cómo había
llegado a Matanzuela con una rapidez de ensueño, corriendo tras el gitano, que
tiraba de él, al mismo tiempo que le llamaba su Dios, convencido de que haría
el milagro.
El rebelde viose de pronto en la penumbra de la gañanía, y a la luz del
candil, sostenido por uno de los gitanillos, distinguió la boca dolorosa y
azulada de Mari-Cruz contraída por el supremo espasmo, sus ojos agrandados por
la negrura del dolor, con una expresión de angustia infinita. Pegó su oído a la
piel viscosa y húmeda de aquel pecho que parecía próximo a romperse. El examen
fue breve. Al incorporarse se quitó el sombrero instintivamente, quedando de
pie y descubierto ante la pobre niña.
Nada había que hacer. Era la agonía, la lucha tenaz y horripilante, el
supremo dolor, que espera agazapado al final de toda existencia.
La vieja habló a Salvatierra de sus opiniones acerca de la enfermedad,
esperando que las aprobase. Era la sangre corrompida por el susto, que no podía
salir y la mataba.
Pero don Fernando movía la cabeza. Su afición a la medicina, sus
lecturas desordenadas pero extensas, durante los largos años de reclusión, su
continuo contacto con la desgracia, le bastaban para reconocer la enfermedad a
la primera ojeada. Era la tisis, rápida, brutal, fulminante, esparciendo el
tubérculo con la florescencia fecunda de la plaga: la tisis en forma sofocante,
la terrible granulia que surgía a consecuencia de una fuerte emoción en este
organismo pobre, abierto a todas las enfermedades, ávido de incubarlas.
Examinaba de cabeza a pies aquel cuerpo descarnado, de una blancura enfermiza,
en el que los huesos parecían tener la fragilidad del papel.
Salvatierra preguntaba en voz baja por los padres. Adivinaba el remoto
arañazo del alcohol en esta agonía. La tía Alcaparrona protestó.
—Su pobresito pare bebía como cualsiquiera, pero era un hombrón de mucho
aguante. Los amigos le llamaban de apodo Damajuana. ¿Pero verle
borracho?... nunca.
Salvatierra se sentó en un pedazo de tronco, siguiendo con mirada triste
el curso de la agonía. Lloraba la muerte de aquella criatura, que sólo había
visto una vez; mísero engendro del alcoholismo, que abandonaba el mundo
empujado por la bestialidad de una noche de borrachera.
El pobre ser debatíase entre los brazos de los suyos con los horrores de
la asfixia, tendiendo sus brazos hacia adelante.
Un velo parecía flotar ante sus ojos, empequeñeciendo las pupilas. Su
respiración tenía el burbujeo del hervor, como si en su garganta tropezase el
aire con el obstáculo de extrañas materias.
La vieja, no encontrando a mano otro remedio, la daba de beber y el agua
caía en el estómago ruidosamente, como en el fondo de una vasija: chocaba en
las paredes del esófago paralizado, haciéndolas sonar como si fuesen de
pergamino. El rostro perdía sus rasgos generales; se ennegrecían las mejillas;
aplastábanse las sienes; se adelgazaba la nariz con frío afilamiento; la boca
torcíase a un lado con una mueca horrible.
Comenzaba a caer la noche y entraban en la gañanía los trabajadores y
las mujeres, agrupándose silenciosos a corta distancia de la moribunda, con la
cabeza baja, conteniendo sus sollozos.
Algunos salían al campo para ocultar su emoción, en la que había algo de
miedo. ¡Cristo! ¡Y así morían las personas! ¡Tanto costaba perder la vida!... Y
la certeza de que todos habían de pasar por el terrible trance con sus
contorsiones y estremecimientos, les hacía considerar como tolerable y dichosa
la vida de trabajo que venían arrastrando.
—¡Mari-Crú! ¡Palomica mía!—suspiraba la vieja.—¿Me ves? ¡Aquí estamos
toos!...
—¡Contesta, Mari-Crú!—suplicaba Alcaparrón,
lloriqueando.—Soy tu primo, tu José María...
Pero la gitana sólo contestaba con estertores roncos, sin abrir apenas
los ojos, mostrando por entre los párpados inmóviles las córneas de un color de
vidrio empañado. En uno de sus estremecimientos sacó de la envoltura de harapos
un pie descarnado y pequeño, completamente negro. La falta de circulación
aglomeraba la sangre en las extremidades. Las orejas y las manos se ennegrecían
igualmente.
La vieja prorrumpió en lamentos. ¡Lo que ella había dicho! ¡La sangre
corrompía; el maldito susto que no había querido salir y ahora, con la
muerte, se le esparcía por todo el cuerpo! Y se abalanzaba sobre la agonizante,
besándola con una avidez loca, como si la mordiese para volverla a la vida.
—¡Se ha muerto, don Fernando! ¿No le ve su mersé? Se ha muerto...
Salvatierra hizo callar a la vieja. La moribunda ya no veía: su
respiración cavernosa era cada vez más pausada, pero el oído aún conservaba su
poder. Era la última resistencia de la sensibilidad ante la muerte;
prolongábase mientras el cuerpo iba cayendo en el abismo negro de la
inconsciencia. Sólo restaban en ella los últimos y trabajosos estremecimientos
de la vida vegetativa. Cesaron lentamente las contorsiones, el hervor del
mísero cuerpo: los párpados se abrieron con el escalofrío final, mostrando las pupilas
dilatadas con un reflejo vidrioso y mate.
El rebelde cogió entre sus brazos aquel cuerpo ligero como el de un
niño, y apartando a los parientes, fue poco a poco acostándolo en el montón de
harapos.
Don Fernando temblaba: sus gafas azules empañábanse turbando la visión
de sus ojos. La fría impasibilidad que le había acompañado en los azares de su
vida, derretíase ante aquel pequeño cadáver, ligero como una pluma, que
acostaba en el lecho de su miseria. Tenía en su gesto y en sus manos algo de
sacerdotal, como si la muerte fuese la única injusticia ante la que se
prosternaba su cólera de rebelde.
Al ver los gitanos a Mari-Cruz, tendida e inmóvil, permanecieron largo
rato en silencioso estupor. En el fondo de la gañanía sonaban los sollozos de
las mujeres, el murmullo apresurado de un rezo.
Los Alcaparrones contemplaban el cadáver a distancia,
sin besarlo, ni osar el más leve contacto con él, con el respeto supersticioso
que la muerte inspira a su raza. Pero la vieja, de pronto se llevó las
crispadas manos al rostro, arañándolo, hundiendo los dedos en su pelo aceitoso,
de una negrura que desafiaba a los años. Volaron en torno de su cara los
flácidos rabos de la cabellera y un aullido estridente hizo temblar a todos.
—¡Aaay! ¡Que se ha muerto mi niña! ¡Mi palomica blanca! ¡Mi rosita de
Abril!...
Y sus alaridos, en los que vibraba la exuberancia aparatosa del dolor
oriental, acompañábalos de arañazos que ensangrentaban las arrugas de su
rostro. Un choque sordo conmovía al mismo tiempo el suelo de tierra apisonada.
Era Alcaparrón, que, caído de bruces, golpeaba con su cabeza el
piso.
—¡Aaay! ¡Que se ha ido Mari-Crú!—rugía como una bestia herida.—¡La mejó
de la casa! ¡La más honrá de la familia!...
Y los Alcaparrones pequeños, como si de repente
obedeciesen a un rito de su raza, pusiéronse de pie y comenzaron a correr por
el cortijo y sus alrededores, dando alaridos y arañándose la cara.
—¡Juy! ¡juy! ¡Que ha muerto la pobresita prima!... ¡Juy! ¡Que se nos ha
ido Mari-Crú!...
Era una carrera loca de duendes al través de todas las dependencias del
cortijo, como si quisieran que los más humildes animales se enterasen de su
desgracia. Penetraban en las cuadras, se escurrían entre las patas de las
bestias, repitiendo su quejido por la muerte de Mari-Cruz; corrían, ciegos por
las lágrimas, tropezando con las esquinas, con los marcos de las puertas,
volcando en su carrera aquí un arado, más allá una silla y seguidos por los
perros libres de cadena que les acosaban por todo el cortijo, uniendo sus
ladridos a los desesperados lamentos.
Algunos gañanes cazaron al paso a los pequeños energúmenos,
levantándolos en alto; pero, aun así, aprisionados, seguían moviendo los remos
en el aire con interminable lloro:
—¡Juy! que se ha muerto la prima! ¡La pobresita Mari-Crú!
Cansados de gemir, de arañarse, de golpear el suelo con la cabeza,
anonadados por su dolor ruidoso, todos los de la familia volvieron a formar
círculo en torno del cadáver.
Juanón hablaba de velar con algunos compañeros a la muerta hasta la
mañana siguiente. La familia podía dormir mientras tanto fuera de la gañanía,
que bien necesitada estaba de ello. Pero la vieja gitana protestó. No quería
que el cadáver estuviese más tiempo en Matanzuela. A Jerez en seguida. Lo
llevarían en un carro, en un borrico, a hombros, si era preciso, entre ella y
sus hijos.
Tenían su casa en la ciudad. ¿Acaso los Alcaparrones eran
unos vagabundos? Su familia era numerosa, infinita; desde Córdoba hasta Cádiz,
no había feria de ganados donde no se encontrase a uno de los suyos. Ellos eran
pobres, pero tenían parientes que les podían tapar con onzas de los pies a la
cabeza; gitanos ricos que trotaban por los caminos seguidos de regimientos de
mulas y caballos. Todos los Alcaparrones querían a Mari-Cruz,
la virgen enferma, de ojos dulces: su entierro sería de reina, ya que su vida
había sido de animal de carga.
—Ámonos—decía la vieja con gran exaltación en la voz y los
ademanes.—Ámonos a Jerez en seguía. Quiero que antes de que amenesca la vean
todos los nuestros, tan bonita y tan arreglá como la misma Mare de Dios. Quiero
que la vea el abuelo, mi padre, cabayeros; el gitano más viejo de toa
Andalusía, y que la bendiga el pobresito con sus manos de Pae Santo, que
tiemblan y paese que tienen lus.
La gente de la gañanía aprobaba los propósitos de la vieja, con el
egoísmo del cansancio. Ellos no podían resucitar a la muerta, y era mejor, para
su tranquilidad, que se ausentase cuanto antes aquella familia ruidosa, que
turbaría su sueño.
Rafael intervino, ofreciendo un carro del cortijo. El tío Zarandilla iba
a aparejar, y antes de media hora podrían llevarse el cadáver a Jerez.
La vieja Alcaparrona, al ver al aperador, se reanimó,
brillando en sus ojuelos el fuego del odio. Encontraba, al fin, alguien a quien
hacer responsable de su desgracia.
—¿Eres tú, ladrón? ¡Ya estarás contento, aperaor farso! ¡Mira ahí a la
pobresita que has matao!
Rafael contestó de mal talante.
—Menos palabras e insultos, tía bruja. En lo de aquella noche, tuvo usté
más curpa que yo.
La vieja quiso arrojarse sobre él, con la alegría infernal de haber
encontrado alguien en quien saciar su dolor.
—¡Arcagüetón!... Tú juiste el que lo hiso too. Mardita sea tu arma y la
del ladrón de tu señorito.
Aquí vaciló un momento, como arrepentida de nombrar al señor, siempre
respetado por la gente de su raza.
—No; el amo, no. Al fin, es joven, es rico y los señoritos no tienen
otro obligación que divertirse. Mardito seas tú, tú solo, que estrujas a los
pobres y los arreas como si juesen negros y arreglas las mositas a los amos, pa
ocultar mejó tus latrocinios. Na quiero tuyo: toma los sinco duros que me
diste; tómalos, ladrón: ahí van, arcagüete.
Y debatiéndose entre los hombres que la sujetaban para que no acometiese
a Rafael, hundía las manos en sus harapos buscando el dinero, con una falsa
precipitación, con el firme propósito de no encontrarlo. Mas no por esto era
menos dramática su actitud.
—¡Tómalo, perro roío!... ¡Ahí va, y así cada peseta se te güerva un
mengue que te muerda el corazón!
Y abría sus manos crispadas como si arrojase algo en el suelo, sin
arrojar nada: acompañando sus manotones de aire con muecas altivas, cual si
realmente rodase el dinero por tierra.
Don Fernando intervino, colocándose entre el aperador y la bruja. Ya
había dicho bastante: debía callar.
Pero la vieja se mostró más insolente al verse protegida por el cuerpo
de Salvatierra, y asomando por uno de sus hombros la boca de arpía, siguió
insultando a Rafael.
—Premita Dios que se te muera lo que más estimes... Que veas argún día
estirá y fría, como mi pobrecita Mari-Crú, a la gachí de tus quereres.
El aperador la había escuchado hasta entonces con desdeñosa frialdad,
pero al sonar estas palabras fue a él a quien tuvieron que contener los hombres
de la gañanía.
—¡Bruja!—rugió—¡a mí lo que quieras, pero a esa persona no te la pongas
en la boca, porque te mato!
Y parecía dispuesto a matarla, teniendo que hacer grandes esfuerzos los
gañanes para llevárselo afuera. ¿Quién hacía caso de mujeres?... Había que
dejar a la vieja, que estaba loca por el dolor. Y, cuando vencido por las
reflexiones de Salvatierra y los empellones de tantos brazos, traspuso la
puerta de la gañanía, aún oyó la voz agria de la bruja, que parecía
perseguirle.
—¡Juye, persona farsa, y que Dios te castigue quitándote la gachí de la
viña! Que se te la yeve un señorito... que don Luis la disfrute, y tú lo sepas.
¡Ay! ¡Qué esfuerzo hubo de hacer Rafael para no volver sobre sus pasos y
estrangular a la vieja!...
Media hora después Zarandilla paró su carro a la
puerta. Juanón y otros compañeros envolvieron el cadáver en una sábano,
levantándolo de su lecho de harapos. Aún pesaba menos que en el momento de la
muerte. Era, según decían aquellos hombres, una pluma, una arista de paja. Parecía
que con la vida se hubiese evaporado toda la materia, no dejando más que lo
envoltura, que apenas si marcaba un ligerísimo bulto en el lienzo arrollado.
Púsose en marcha el vehículo, balanceándose con agudos chirridos de su
eje sobre los baches del camino.
A la zaga del carro, cogidos a él, marchaban la vieja y su prole menuda.
Detrás, caminaba Alcaparrón, al lado de Salvatierra, que deseaba
acompañar hasta la ciudad a aquella gente humilde.
En la puerta de la gañanía aglomerábanse los trabajadores, brillando en
su negra masa la lucecilla del candil. Todos seguían con silenciosa atención el
chirrido del carro, invisible en la oscuridad; los lamentos de la gitanería,
que rasgaban la calma del campo azulado y muerto bajo la fría luz de las
estrellas.
Alcaparrón sentía cierto orgullo al marchar con aquel
personaje del que tanto hablaba la gente. Habían salido a la carretera. Sobre
su faja blanca destacábase la silueta del carro, que iba esparciendo en el
silencio de la noche el cascabeleo lento de la caballería y los gemidos de los
que marchaban a la zaga.
El gitano daba suspiros, como un eco del dolor que rugía delante de él,
y hablaba al mismo tiempo a Salvatierra de su amada muerta.
—Era lo mejorsito de la familia, señó... y por eso se ha ido. Los buenos
se van pronto. Ahí tiene usté a mis primas las Alcaparronas, unas
pindongas, que son la eshonra de la familia, y las grandísimas arrastrás tienen
las onzas a puñaos, y coches, y los papeles jablan de ellas: y la pobresita
Mari-Crú, que era mejó que el trigo, se muere, endimpués de una vida de
trabajo.
El gitano gemía, mirando al cielo, como si protestase de esta
injusticia.
—Yo la quería mucho, señó; si deseaba argo bueno era pa partirlo con
ella. Mejor aún: pa dárselo too. Y ella, la palomita sin jiel, la rosita de
Abril, ¡tan buena siempre conmigo! ¡protegiéndome, como si fuese mi
virgensita!... Cuando mi mare se enfadaba porque jasía yo una de las mías, ya
estaba Mari-Crú defendiendo a su pobresito José María... ¡Ay, mi prima! ¡Mi
santita dulce! ¡Mi sol moreno, con aquellos ojasos que paesían hogueras! ¿Qué
no hubiese hecho por ella este pobresito gitano?... Oiga su mersé, señó. Yo he
tenío una novia; es desir, yo he tenío muchas, pero ésta era una gachí que no
era de nuestra casta; una calé sin familia y con casita propia en Jerez. Una
gran proporción, señó, y a más, chalaíta por mí, según ella desía, por el aquel
con que yo la cantaba cositas durses. Y cuando ya andábamos en el papeleo pa
casarnos, yo le dije: «Gachí, la casa será para la pobresita de mi mare y mi
prima Mari-Crú. Ya que tanto han trabajao, hasiendo vida de perras en las
gañanías, que vivan bien y a su gusto una temporadilla. Tú y yo somos chavales,
somos juertes y podemos dormí en el corral». Y la gachí no quiso y me echó a la
caye; y yo no lo sentí, porque me quedaba con mi mare y mi primo, y valen más
ellos ¡ay! que toas las jembras del mundo... He tenío las novias a osenas, he
estao a punto de casame, me gustan las mositas... pero quiero a Mari-Crú como
no quedré en jamás a denguna mujer... ¿Cómo explicar esto a su mersé, que sabe
tanto? Yo quiero a la pobresita que va ahí alante, de una manera que no sé cómo
decir... ¡vamos! como quiere el cura a la Mae de Dios cuando le ice la misa. Me
gustaba mirar sus ojosos y oír su vosesita de oro; pero, ¿tocarle un pelo de la
ropa? enjamás se me ocurrió. Era mi virgensita, y como las que están en las
iglesias, sólo tenía pa mí la cabesa; la cabesa bonita jecha por los mismos
ángeles...
Y al suspirar de nuevo, pensando en la muerta, le respondió el coro de
lamentos que escoltaba el carro.
—¡Aaay! ¡Que se ha muerto mi niña! ¡Mi sol relusiente! ¡Mi cachito
durse!...
Y la gente menuda contestaba al alarido de la madre con una explosión de
ahullidos dolorosos, para que la tierra oscura, el espacio azulado y las
estrellas de agudo fulgor se enterasen bien de que había muerto su prima, la
dulce Mari-Cruz.
Salvatierra sentíase dominado por este dolor trágico y estruendoso, que
se deslizaba al través de la noche, rasgando el silencio de los campos.
Alcaparrón cesó de gemir.
—Diga usté, señó, ya que tanto sabe. ¿Cree su mersé que golveré alguna
vez a ver a mi prima?...
Necesitaba saberlo, le dolía la angustia de la duda, y deteniendo su
paso, miraba suplicante a Salvatierra con sus ojos orientales, que brillaban en
la penumbra con reflejos de nácar.
El rebelde se conmovió viendo la angustia de esta alma simple, que
imploraba en su congoja un sorbo de consuelo.
Sí, volvería a verla; él lo afirmaba con solemne gravedad. Es más;
estaría en contacto a todas horas con algo que habría formado parte de su ser.
Todo lo que existía quedábase en el mundo; sólo cambiaba de forma; ni un átomo
llegaba a perderse. Vivíamos rodeados de lo que había sido el pasado y de lo
que sería el porvenir. Los restos de los que amábamos y los componentes de los
que a su vez nos habían de amar, flotaban en torno nuestro, manteniendo nuestra
vida.
Salvatierra, bajo la presión de sus pensamientos, sintió la necesidad de
confesarse con alguien, de hablar a aquel ser sencillo de su debilidad y sus
vacilaciones ante el misterio de la muerte. Era un deseo, de volcar su
pensamiento con la certeza de no ser comprendido, de sacar a luz su alma,
semejante al que había visto en los grandes personajes shakesperianos, reyes en
desgracia, caudillos perseguidos por el destino, que confían fraternalmente sus
ideas a bufones y a locos.
Aquel gitano del que todos se burlaban, mostrábase súbitamente agrandado
por el dolor, y Salvatierra sentía la necesidad de entregarle su pensamiento,
como si fuese un hermano.
El rebelde también había sufrido. El dolor le hacía cobarde; pero no se
arrepentía, ya que en la debilidad encontraba la dulzura del consuelo. Los
hombres admiraban la energía de su carácter, el estoicismo con que hacía frente
a las persecuciones y las miserias físicas. Pero esto era sólo en las luchas
con los hombres: ante el misterio de la Muerte invencible, cruel, inevitable,
toda su energía se derrumbaba.
Y Salvatierra, como si olvidase la presencia del gitano y hablara para
él mismo, recordó su arrogante salida del presidio, desafiando de nuevo las
persecuciones, y su reciente viaje a Cádiz para ver un rincón de tierra, junto
a una tapia, entre cruces y lápidas de mármol. ¿Y era aquello todo lo que
quedaba del ser que había llenado su pensamiento? ¿Sólo restaba de mamá, de la
viejecita bondadosa y dulce como las santas mujeres de las religiones, aquel
cuadro de tierra fresca y removida y las margaritas silvestres que nacían en
sus bordes? ¿Se había perdido para siempre la llama dulce de sus ojos, el eco
de su voz acariciadora, rajada por la vejez, que llamaba con ceceos infantiles
a Fernando, a su «querido Fernando»?
—Alcaparrón, tú no puedes entenderme—continuó Salvatierra con voz
temblorosa.—Tal vez es una fortuna para ti esa alma simple que te permite en
los dolores y en las alegrías ser ligero y mudable como un pájaro. Pero óyeme,
aunque no me entiendas. Yo no reniego de lo que he aprendido: yo no dudo de lo
que sé. Mentira es la otra vida, ilusión orgullosa del egoísmo humano; mentira
también los cielos de las religiones. Hablan éstas a las gentes en nombre de un
espiritualismo poético, y su vida eterna, su resurrección de los cuerpos, sus
placeres y castigos de ultra-tumba, son de un materialismo que da náuseas. No
existe para nosotros otra vida que la presente; pero ¡ay! ante la sábana de
tierra que cubre a mamá, sentí por primera vez flaquear mis convicciones. Acabamos
al morir; pero algo resta de nosotros junto a los que nos suceden en la tierra;
algo que no es sólo el átomo que nutre nuevas vidas; algo impalpable e
indefinido, sello personal de nuestra existencia. Somos como los peces en el
mar; ¿me entiendes, Alcaparrón? Los peces viven en la misma agua en
que se disolvieron sus abuelos y en la que laten los gérmenes de sus sucesores.
Nuestra agua es el ambiente en que existimos: el espacio y la tierra: vivimos
rodeados de los que fueron y de los que serán. Y yo, Alcaparrón amigo,
cuando siento ganas de llorar recordando la nada de aquél montón de tierra, la
triste insignificancia de las florecillas que lo rodean, pienso en que no está
allí mamá completamente, que algo se ha escapado, que circula al través de la vida,
que me tropieza atraído por una simpatía misteriosa, y me acompaña
envolviéndome en una caricia tan suave como un beso... «Mentira», me grita una
voz en el pensamiento. Pero yo la desoigo; quiero soñar, quiero inventarme
bellas mentiras para mi consuelo. Tal vez en este vientecillo que nos roza la
cara, hay algo de las manos suaves y temblorosas que me acariciaron por última
vez antes de ir al presidio.
El gitano había cesado de gemir, mirando a Salvatierra con sus ojos
africanos, agrandados por el asombro. No entendía la mayor parte de sus
palabras, pero columbraba en ellas una esperanza.
—Según eso, ¿cree su mercé que Mari-Crú no ha muerto del too? ¿Que aún
podré verla, cuando me ajogue su recuerdo?...
Salvatierra sentíase influenciado por los lamentos de la familia, por la
agonía que había visto, por la miseria de aquel cadáver que se balanceaba a
pocos pasos dentro del carro. La poesía triste de la noche, con su silencio
rasgado a trechos por alaridos de dolor, inundaba su alma.
Si; Alcaparrón sentiría cerca de él a su amada muerta.
Algo de ella subiría hasta su rostro como un perfume, cuando arañase la tierra
con el azadón y el surco nuevo enviase a su olfato la frescura del suelo
removido. Algo habría también de su alma en las espigas del trigo, en las
amapolas que goteaban de rojo los flancos de oro de la mies, en los pájaros que
cantaban al amanecer cuando el rebaño humano iba hacia el tajo, en los
matorrales del monte, sobre los cuales revoloteaban los insectos asustados por
las carreras de las yeguas y los bufidos de los toros.
—¿Quién sabe—continuó el rebelde—si en esas estrellas, que parecen
guiñar sus ojos en lo alto, hay algo a estas horas de la luz de esos otros ojos
que tanto amabas, Alcaparrón?...
Pero la mirada del gitano delató un asombro, que tenía algo de
compasivo, como si creyese loco a Salvatierra.
—Te asusta la grandeza del mundo, comparada con la pequeñez de tu pobre
muerta, y retrocedes. El vaso es demasiado grande para una lágrima: es cierto.
Pero también la gota se pierde en el mar... y sin embargo, allí está.
Salvatierra siguió hablando, como si quisiera convencerse a sí mismo.
¿Qué significaba la grandeza o la pequeñez? En una gota de líquido existían
millones de millones de seres, todos con vida propia: tantos como hombres
poblaban el planeta. Y uno solo de estos organismos infinitesimales, bastaba
para matar una criatura humana, para diezmar con la epidemia una nación. ¿Por
qué no habían de influir los hombres, microbios del infinito, en aquel
universo, en cuyo seno quedaba la fuerza de su personalidad?...
Después, el revolucionario parecía dudar de sus palabras, arrepentirse
de ellas.
—Tal vez esta creencia equivale a una cobardía: tú no puedes
comprenderme, Alcaparrón. Pero, ¡ay! ¡la Muerte! ¡la incógnita, que
nos espía y nos sigue, burlándose de nuestras soberbias y nuestras
satisfacciones!... Yo la desprecio, me río de ella, la espero sin miedo para
descansar de una vez: y como yo, muchísimos. Pero los hombres amamos, y el amor
nos hace temblar por los que nos rodean: troncha nuestras energías, nos hace
caer de bruces, cobardes y trémulos ante esa bruja, inventando mil mentiras,
para consolarnos de sus crímenes. ¡Ay, si no amásemos!... ¡qué animal tan
valeroso y temerario sería el hombre!
El carro, en su marcha traqueteante, había dejado atrás al gitano y a
Salvatierra, que se detenían para hablar. Ya no le veían. Les servía de guía su
lejano chirrido y el plañir de la familia, que marchaba a la zaga, acometiendo
de nuevo la canturía de su dolor.
—¡Adiós, Mari-Crú!—gritaban los pequeños, como acólitos de una religión
fúnebre.—¡Se ha muerto nuestra prima!...
Y cuando callaban un momento, volvía a sonar la voz de la vieja,
desesperada, estridente, como la de un sacerdote del dolor.
—¡Se va la paloma blanca; la gitana durse; el capullito de rosa antes de
abrir!... ¡Señó Dios! ¿en qué piensas, que sólo ajogas a los buenos?...
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Al llegar las vendimias con el mes de Septiembre, los ricos de Jerez se
preocupaban más de la actitud de los jornaleros que del buen resultado de la
recolección.
En el Círculo Caballista, hasta los señoritos más alegres
olvidaban los méritos de sus jacas, los excelencias de sus perros y el garbo de
las mozas cuya propiedad se disputaban, para no hablar más que de aquella gente
tostada por el sol, curtida por los penalidades, sucia, maloliente y de ojos
rencorosos que prestaba los brazos a sus viñas.
En los numerosas sociedades de recreo que ocupaban casi todos los bajos
de la calle Larga, no se hablaba de otra cosa. ¿Qué más querían los
trabajadores de las viñas?... Ganaban un jornal de diez reales, comían en
lebrillos la menestra que ellos mismos se arreglaban sin que el amo
interviniese; tenían una hora de descanso en invierno y dos en verano, para no
caer asfixiados sobre la tierra caliza que echaba chispas; les concedían ocho
cigarros durante la jornada y por las noches dormían, teniendo los más de ellos
una sábana sobre las esterillas de enea. Unos verdaderos sibaritas los tales
viñadores; ¿y aún se quejaban y exigían reformas amenazando con la huelga?...
En el Caballista, los que eran propietarios de las viñas
mostrábanse enternecidos por repentina piedad, y hablaban de los gañanes de los
cortijos. ¡Aquellos pobrecitos sí que eran merecedores de mejor suerte! Dos
reales de jornal, un rancho insípido por todo alimento y dormir en el suelo
vestidos, con menos abrigo que las bestias. Era lógico que éstos se quejasen:
no los trabajadores de las viñas que vivían como unos señores si se les
comparaba con los gañanes.
Pero los amos de los cortijos protestaban indignados, al ver que se
intentaba arrojar sobre ellos todo el peso del peligro. Si no retribuían mejor
al bracero, era porque el producto del cortijo no daba para más. ¿Podían
compararse el trigo, la cebada y la ganadería con aquellas viñas famosas en el
mundo, que arrojaban el oro a borbotones por sus sarmientos, y en ciertos años
daban a sus amos una ganancia más fácil que si saliesen a robar a las
carreteras?... Cuando se gozaba de tal fortuna había que ser generosos, dar una
pequeña parle de bienestar a los que les sostenían con sus esfuerzos. Los
trabajadores se quejaban con razón.
Y las tertulias de los ricos, transcurrían en una continua pelea entre
los propietarios de los dos bandos.
Su vida de holganza habíase paralizado. La ruleta permanecía inmóvil;
las barajas estaban sin abrir sobre la mesa verde; pasaban las buenas mozas por
la acera sin que asomasen a las ventanas de los casinos los grupos de cabezas
lanzando requiebros y maliciosos guiños.
El conserje del Caballista, andaba como loco buscando la
llave de lo que pomposamente se titulaba biblioteca en los estatutos de la
sociedad: un armario oculto en el rincón más oscuro de la casa, menguado como
alacena de pobre, mostrando al través de sus cristales empolvados y telarañosos,
unas cuantas docenas de libros, que nadie había abierto. Los señores socios
sentíanse aguijoneados de repente por el deseo de instruirse, de capacitarse de
aquello que llamaban cuestión social, y miraban todas las tardes el armario
como un tabernáculo de la ciencia, esperando que apareciese la llave para
buscaren su interior la luz que deseaban. Realmente no era grande su prisa por
enterarse de aquellas cosas del socialismo que traían
revueltos a los trabajadores.
Algunos se indignaban con los libros antes de leerlos. ¡Mentiras, todo
mentiras, para amargar la existencia! Ellos no leían y eran felices. ¿Por qué
no habían de hacer lo mismo aquellos tontos del campo, que por las noches
quitaban horas a su sueño formando corro en torno del camarada que les leía
diarios y folletos? El hombre, cuanto más ignorante, más dichoso... Y lanzaban
miradas de abominación al armario de los libros, como si fuese un depósito de
maldades, mientras el mueble infeliz seguía guardando en sus entrañas un tesoro
de volúmenes inofensivos, regalados en su mayor parte por el Ministerio a
instancias del diputado del distrito; versos a la Virgen María, y cancioneros
patrióticos; guías para la cría del canario y reglas para lo reproducción del conejo
doméstico.
Mientras disputaban los ricos entre ellos o se indignaban examinando las
pretensiones de los trabajadores, éstos seguían en su actitud de protesta. La
huelga había comenzado parcialmente, con una falta de cohesión que demostraba
la espontaneidad de la resistencia. En algunas viñas, los dueños, impulsados
por el miedo de perder la vendimia, «pasaban por todo», pero acariciando en la
rencorosa mente la esperanza de la represalia así que sus racimos estuvieran en
el lagar.
Otros, más ricos, «tenían vergüenza», según declaraban con caballeresca
arrogancia, negándose a todo arreglo con los rebeldes. Don Pablo Dupont era el
más fogoso de ellos. Antes perdía su bodega que bajarse a
aquella gentuza. ¡Irle con imposiciones a él, que era el padre de sus
trabajadores, y cuidaba no sólo del sustento de su cuerpo, sino de la salud de
su almo, libertándola del «grosero materialismo!»
—Es una «cuestión de principios»—declaraba en su escritorio ante los
empleados, que movían afirmativamente la cabeza aun antes de que él hablase.—Yo
soy capaz de darles lo que desean, y más aún. ¡Pero que no me lo pidan; que no
me lo exijan! Eso es negar mis sagrados derechos de amo... A mí el dinero me
importa poco, y la prueba es que antes que ceder, mejor quiero que se pierda la
cosecha de Marchamalo.
Y Dupont, agresivo en la defensa de lo que llamaba sus derechos, no sólo
se negaba a oír las pretensiones de los braceros, sino que había expulsado de
la viña a todos los que se significaban como agitadores mucho antes de que
intentasen rebelarse.
Quedaban en Marchamalo muy pocos viñadores, pero Dupont había sustituido
a los huelguistas con gitanas de Jerez y muchachas venidas de la sierra al cebo
de los jornales abundantes.
Como la vendimia no exigía grandes fatigas, Marchamalo estaba lleno de
mujeres que se agachaban en sus laderas cortando los racimos, mientras desde el
camino las insultaban los huelguistas privados de trabajo por sus «ideas».
La rebeldía de los jornaleros había coincidido con lo que Luis Dupont
titulaba su período de seriedad.
El calavera había acabado por asombrar con su nueva conducta al poderoso
primo... ¡Ni mujeres ni escándalos! La Marquesita ya no se
acordaba de él: ofendida por sus desvíos, había vuelto a unirse con el tratante
de cerdos, «el único hombre que sabía hacerla marchar».
El señorito parecía entristecerse cuando le hablaban de sus famosas
francachelas. Aquello había pasado para siempre: no se podía ser joven toda la
vida. Ahora era hombre; pero hombre serio y de provecho. Él llevaba algo dentro
de la cabeza; sus antiguos maestros, los Padres de la Compañía, lo reconocían.
No pensaba detenerse en su marcha hasta conquistar una posición tan alta en la
política como la que su primo tenía en la industria. Otros, peores que él,
manejaban los asuntos de la tierra, y eran oídos por el gobierno, allá en
Madrid, como virreyes del país.
De la vida pasada sólo conservaba las amistades con los valientes,
reforzando su cortejo con nuevos bravucones. Los mimaba y mantenía con el
propósito de que le sirviesen de auxiliares en su carrera política. ¡Quién le
haría frente en su primera elección, viéndole en tan honrada compañía!... Y
para entretener a la honorable corte, seguía cenando en los colmados y
embriagándose con ellos. Esto no quebrantaba su respetabilidad. Una jumera de
vez en cuando no era motivo para que nadie se escandalizase. ¡Costumbres de la
tierra! Además, esto daba cierta popularidad.
Y Luis Dupont, convencido de la importancia de su persona, iba de un
casino a otro hablando de la «cuestión social» con vehementes manoteos que
ponían en peligro las botellas y copas alineadas en las mesas.
En el Círculo Caballista rehuía las tertulias de la
gente joven, que sólo le recordaban sus pasadas locuras para aplaudirlas,
proponiéndole otras mayores. Buscaba la conversación de los «padres graves», de
los grandes cosecheros y ricos agricultores, que comenzaban a oírle con cierta
atención, reconociendo que aquel perdis tenía una buena
cabecita.
Dupont hinchábase con vehemente oratoria al hablar de los trabajadores
del país. Repetía lo que había oído a su primo y a los religiosos que
frecuentaban la casa de los Dupont, pero exagerando las soluciones, con un
ardor autoritario y brutal muy del gusto de sus oyentes, gente tan ruda como
rica, que encontraba placer en derribar toros y domar potros salvajes.
Para Luis, la cuestión era sencillísima. Un poco de caridad; y después
religión, mucha religión, y palo al que se desmandase. Con esto se acababa el
llamado conflicto social y quedaba todo como una balsa de aceite. ¿Cómo podían
quejarse los trabajadores, allí donde existían hombres como su primo y muchos
de los presentes (aquí sonrisas agradecidas del auditorio y movimientos de
aprobación), que eran caritativos hasta el exceso y no podían presenciar una
desgracia sin echar mano al bolsillo y regalar un duro, y hasta dos?...
Contestaban a esto los rebeldes que la caridad no era bastante, y que, a
pesar de ello, mucha gente vivía en la miseria. ¿Y qué podían hacer los amos
para remediar lo que era irremediable? Siempre existirían ricos y pobres,
hambrientos y ahítos; sólo los locos o los criminales podían soñar con la
igualdad.
¡La igualdad!... Dupont valíase de un ironismo que entusiasmaba a su
auditorio. Todos los chistes que la más noble de las aspiraciones humanas había
inspirado a su primo Pablo y a su corte de sacerdotes, repetíalos Luis con una
convicción firmísima, como si fuesen el resumen del pensamiento universal. ¿Qué
era aquello de la igualdad?... Cualquiera podría apoderarse de su casa, si es
que le gustaba; y él, a su vez, le robaría la chaqueta al vecino, porque le era
necesaria; y el otro echaría la zarpa sobre la mujer del de más allá, porque la
consideraría de su gusto. ¡La mar, caballeros!... ¿No merecían cuatro tiros o
la camisa de fuerza los que hablaban de la tal igualdad?
Y a las risas del orador, uníanse las carcajadas de todos los socios.
¡Aplastado el socialismo! ¡Qué gracia y qué palique tenía aquel muchacho!...
Muchos señores viejos movían la cabeza con aire protector, reconociendo
que Luis hacía falta en otra parte, que era lástima que sus palabras se
perdiesen en aquella atmósfera de humo de tabaco, y que a la primera ocasión
habría que satisfacer su gusto, para que España entera escuchase desde la
tribuna aquella critica tan chispeante y justa.
Dupont, enardecido por el general asentimiento, seguía hablando, pero
ahora en tono grave. La gente baja, lo que necesitaba antes del jornal, era el
consuelo de la religión. Sin religión se vive rabiando, víctima de toda clase
de infelicidades, y este era el caso de los trabajadores de Jerez. No creían en
nada, no iban a misa, se burlaban de los curas, sólo pensaban en la revolución
social con degollinas y fusilamientos de burgueses y jesuitas; no tenían la
esperanza de la vida eterna, consuelo y compensación de las miserias de aquí
abajo, que son insignificantes, pues sólo duran unas cuantas docenas de años, y
como resultado lógico de tanta impiedad, encontraban su pobreza más dura, con
nuevos tonos sombríos.
Aquel rebaño, triste y sin Dios, merecía su castigo. ¡Que no se quejase
de los amos, pues éstos se esforzaban en volverle a la buena senda! ¡Que
exigiese responsabilidad a los verdaderos autores de su desgracia, a
Salvatierra y otros como él, que le habían arrebatado la fe!
—Además, señores—peroraba el señorito con entonación tribunicia—¿qué va
a conseguirse aumentando el jornal? Fomentar el vicio y nada más. Esa gente no
ahorra: esa gente no ha ahorrado nunca. A ver: que me presenten un jornalero
que tengo guardados sus ahorros.
Callaban todos, moviendo la cabeza con asentimiento. Nadie presentaba el
trabajador exigido por Dupont, y éste sonreía triunfante, esperando en vano al
ser prodigioso que lograra ahorrar una fortunilla sobre su jornal de pocos
reales.
—Aquí—continuaba con solemnidad—no hay afición al trabajo ni espíritu de
ahorro. Vean ustedes el obrero de otros países: trabaja más que el de esta
tierra y guarda un capitalito para la vejez. ¡Pero aquí!... aquí el bracero, de
joven, no piensa más que en coger descuidada a alguna muchacha detrás de un
pajar o en la gañanía durante el sueño; y de viejo, apenas tiene reunidos
algunos céntimos, los emplea en vino y se emborracha.
Y todos a la vez, como si repentinamente perdiesen la memoria,
anatematizaban con gran severidad los vicios de los trabajadores. ¿Qué podía
esperarse de una gentuza sin otra ilusión en su vida que la de beber?... Decía
bien Dupont. ¡Borrachos! ¡Gente abyecta que perpetuaba la miseria de su
condición, violando a las hembras como si fuesen animales!...
El señorito conocía el medio de terminar esta anarquía. Al gobierno
tocaba gran parte de culpa. A aquellas horas, habiéndose iniciado la huelga,
debía tener en Jerez un batallón, un ejército, si era preciso, y cañones,
muchos cañones. Y se quejaba amargamente del descuido de los de arriba, como si
el ejército de España tuviese por única misión guardar a los ricos de Jerez
para que viviesen tranquilos, y equivaliese a una felonía el no llenar calles y
campos de pantalones rojos y brillantes bayonetas, apenas los viñadores
mostraban cierto descontento.
Luis era liberal, muy liberal. Disentía en este punto de sus maestros de
la Compañía, que hablaban de don Carlos con entusiasmo, afirmando que era «la
única bandera». Él estaba con los que mandaban, y no mencionaba una sola vez a
las personas reales, que no echase por delante el título de Su Majestad,
como si pudiesen oír de lejos estas muestras de exagerado respeto y
premiárselas con lo que él deseaba. Era liberal; pero su libertad era la de las
personas decentes. Libertad para los que tuvieran algo que perder: y para la
gente baja, todo el pan que fuese posible, y palo, mucho palo, único medio de
anonadar la maldad que nace con el hombre y se desarrolla sin el freno de la
religión.
Él conocía la historia; había leído más que los que le escuchaban y se
dignaba hacerles partícipes de sus conocimientos, con protectora bondad.
—¿Sabéis ustedes—decía—por qué la Francia es más rica y más adelantada
que nosotros?... Porque metió mano a los bandidos de la Commune, y
en unos cuantos días se cargó más de cuarenta mil de aquellos puntos. Empleó el
cañón y la ametrallodora para acabar más aprisa con la gentuza, y todo quedó
limpio y tranquilo... A mí—continuó el señorito con aire doctoral—no me gusta
Francia, porque es una República y porque allí las gentes decentes se olvidan
de Dios y hacen burla de sus ministros. Pero quisiera para este país un hombre
como Thiers. Esto es lo que aquí hace falta, un hombre que sonría y ametralle a
la canalla.
Y sonreía para demostrar que él era capaz de ser tan Thiers como el
otro.
El conflicto de Jerez lo arreglaba en venticuatro horas. Que le diesen
la autoridad y se vería lo que ero bueno. Los ejecuciones a raíz de lo de La
Mano Negra, habían dado algún resultado. La gentuza se acobardó ante los
cadalsos erigidos en la plaza de la Cárcel. Pero esto no era bastante. Convenía
una sangría suelta para quitar fuerzas a la bestia rebelde. De mandar él, ya
estarían en presidio los mangoneadores de todas las sociedades obreras del
campo que traían revuelta a la ciudad.
Pero esto también le parecía anodino e insuficiente, y acto seguido se
rectificaba con proposiciones más feroces. Ero mejor acosar a los rebeldes,
abortar los planes que venían preparando, «pincharles para que saltasen antes
de tiempo», y una vez se colocaran en actitud de rebeldía, ¡a ellos y que no
quedase uno! Mucho guardia civil, muchos caballos, mucha artillería. Para eso
sostenían los ricos el peso de las contribuciones, cuya mejor parte se llevaba
el ejército. De no ser así, ¿para qué servían los soldados, que tan caros
costaban, en un país que no había de sostener guerras?...
Como medida preventiva, debían suprimir a los pastores perversos que
sublevaban el rebaño de la miseria.
—A todos los que andan por el campo, de gañanía en gañanía, repartiendo
papeluchos malos y libros venenosos, cuatro tiros. A los que echan soflamas y
ahullan barbaridades en esas reuniones a cencerros tapados que tienen de noche
en un rancho o en los alrededores de un ventorro, cuatro tiros. Y lo mismo a
los que en las viñas, desobedeciendo a los amos y con el orgullo de saber leer,
enteran a sus compañeros de las majaderías que traen los periódicos... A
Fernando Salvatierra, cuatro tiros...
Pero el señorito, apenas dijo esto, pareció arrepentirse. Un rubor
instintivo turbó su facundia. La bondad y las virtudes de aquel rebelde
infundíanle cierto respeto. Los mismos que aprobaban sus planes, permanecieron
silenciosos, como si les repugnase incluir al revolucionario en la pródiga
distribución de tiros. Era un loco que imponía admiración, un santo que no
creía en Dios; y aquellos señores de la tierra sentían por él un respeto igual
al del moro ante el santón demente que le maldice y le amenaza con su palo.
—No—siguió diciendo el señorito;—para Salvatierra una camisa de fuerza,
y que vaya a propagar sus doctrinas en una casa de locos lo que le quede de
vida.
El público de Dupont aprobaba estas soluciones. Los dueños de las
ganaderías de caballos, viejos de patillas entrecanas que se pasaban las horas
mirando la botella con un silencio sacerdotal, rompían su gravedad para sonreír
al joven.
—Er muchacho tié talento—decía uno.—Habla como un diputao.
Y los demás aprobaban.
—Ya se encargará Pablito, su primo, de que lo saquemos cuando yeguen las
elecciones.
Luis sentíase fatigado a veces de los triunfos que cosechaba en los
casinos, del asombro que inspiraba su repentina seriedad a los antiguos
compañeros de vida alegre. Renacían sus aficiones a divertirse con la gente
humilde.
—Estoy harto de señoritos—decía con displicencia de hombre superior a su
fiel acólito el Chivo.—Vámonos al campo: un poco de juerga lo
agradece el cuerpo.
Y con el deseo de mantenerse bajo la protección de su poderoso primo,
íbase a pasar el día en Marchamalo, fingiendo interés por el resultado de la
vendimia.
La viña estaba llena de mujeres, y a Luis le agradaba el trato con
aquellas mozas serranas que reían las gracias del señorito, y agradecían sus
generosidades.
María de la Luz y su padre acogían como un honor la asiduidad con que
Luis visitaba la viña. De la ruidosa aventura de Matanzuela, apenas si quedaba
un lejano recuerdo. ¡Cosas del señorito! Aquellas gentes, acostumbradas por
tradición al respeto de los placeres ruidosos de los ricos, disculpábanlos como
si fuesen un deber de la juventud.
El señor Fermín estaba enterado de la gran mudanza que se realizaba en
don Luis, de sus alardes de hombre serio, y veía con gusto que viniese a la
viña huyendo de las tentaciones de la ciudad.
Su hija también acogía con afecto al señorito, tuteándolo como en los
tiempos de su infancia, y riendo todas sus gracias. Era el amo de Rafael, y
algún día sería ella su sirvienta en aquel cortijo, que veía a todas horas con
la imaginación, como el nido de su felicidad. De la juerga escandalosa que
tanto la había indignado contra el aperador, apenas si se acordaba. El señorito
mostrábase arrepentido de su pasado, y la gente, al transcurrir algunos meses,
había olvidado por completo el escándalo del cortijo.
Luis mostraba gran predilección por la vida en Marchamalo. Algunas veces
le sorprendía la noche y se quedaba a dormir en la torre de los Dupont.
—Estoy allí como un patriarca—decía a sus amigos de Jerez.—Rodeado de
muchachas que me quieren como si fuese su papá.
Reían los amigos del tono bondadoso con que hablaba el calavera de sus
inocentes diversiones con el rebaño de vendimiadoras. Además, gustaba de
quedarse en la viña por el fresco de la noche.
—Esto es vivir, señor Fermín—decía en la explanada de Marchamalo, a la
luz de las estrellas, aspirando la brisa nocturna.—A estas horas estarán
asándose los señoritos en la acera del Caballista.
Las veladas transcurrían en una paz patriarcal. El señorito ofrecía la
guitarra al capataz.
—¡Venga de ahí! ¡A ver esas manitas de oro!—gritaba.
Y el Chivo, obedeciendo sus órdenes, iba a buscar en los
cajones del carruaje unas cuantas botellas del mejor vino de la casa Dupont.
¡Juerga completa! Pero pacífica, honesta, reposada, sin palabras libres, ni
ademanes audaces, que asustasen a las espectadoras, muchachas que habían oído
hablar en sus pueblos del terrible don Luis, y al verle de cerca perdían sus
prevenciones, reconociendo que no era tan malo como su fama.
Cantaba María de la Luz, cantaba el señorito, y hasta el cejijunto Chivo,
obedeciendo a su patrón, soltaba el chorro de su voz fiera, entonando broncos
recuerdos a la reja de la carse y a las puñalás caballerescas
por defender a la madre o a la mujer amada.
—¡Olé, grasioso!—gritaba el capataz, irónicamente, a aquel figurón
patibulario.
Después, el señorito cogió de una mano a María de la Luz, y sacándola al
centro del corro, rompían a bailar las sevillanas, con una gallardía que
provocaba gritos de entusiasmo.
—¡La grasia e Dió!—exclamaba el padre rasgueando la guitarra con nueva
furia. ¡Vaya una parejita de palomos!... ¡Eso es bailá!
Y Rafael el aperador, que sólo aparecía en Marchamalo de semana en
semana, al ver por dos veces este baile, se mostró orgulloso del honor que el
señorito hacía a su novia. Su amo no era malo; lo de antes fueron locuras de la
juventud; pero ahora, al sentar la cabeza, resultaba un señorito de chipén, ¡la
mar de simpático!, con gran afición a tratar a las gentes bajas, como si fuesen
sus iguales. Jaleaba a la pareja de bailadores, sin el menor asomo de celos;
él, que se sentía capaz de sacar su navaja apenas se fijaba alguien en María de
la Luz. Únicamente sentía un poco de envidia, por no poder bailar con el garbo
de su amo. Ocupada su vida en la conquista del pan, no había tenido tiempo para
aprender tales finuras. Sólo sabía cantar, pero de un modo áspero y salvaje,
como le habían enseñado los compañeros de contrabando, cuando marchaban en sus
jacas, tumbados sobre los fardos, atronando con coplas la soledad de las
gargantas de la sierra.
Don Luis reinaba sobre la viña como si fuese el dueño. El poderoso don
Pablo estaba ausente. Veraneaba con su familia en las costas del Norte,
aprovechando el viaje para visitar Loyola y Deusto, los centros de santidad y
sabiduría de sus buenos consejeros. El calavera, para demostrarle una vez más
que era hombre serio y de provecho, le escribía largas cartas, mencionando sus
visitas a Marchamalo, la vigilancia que ejercía sobre la vendimia y el buen
resultado de ésta.
Realmente se interesaba por el curso de la recolección. La acometividad
que sentía contra los trabajadores, su deseo de vencer a los de la huelga, le
hacían ser laborioso y tenaz. Acabó por establecerse definitivamente en la
torre de Marchamalo, jurando que no se movería de allí hasta que terminase la
vendimia.
—Esto marcha—decía al capataz guiñando los ojos con malicia.—Se van a
roer esos bandidos viendo que con las mujeres y unos cuantos trabajadores
honrados, acabamos el trabajo sin necesitar de ellos. A la noche, baile y
juerga decente, señor Fermín. Para que se enteren y rabien esos forajidos.
Y así llevaba adelante la vendimia, entre músicas, algazara y vino del
mejor, repartido generosamente.
Por las noches, la casa de los lagares, que tenía algo de conventual por
su silencio y su disciplina cuando estaba presente don Pablo Dupont, entraba en
plena fiesta hasta una hora avanzada de la noche.
Los jornaleros olvidaban su sueño para beber el vino señorial,
pródigamente repartido. Las muchachas, habituadas a la miseria de las gañanías,
abrían los ojos con asombro, como si viesen realizada la abundancia de los
cuentos maravillosos oídos en las veladas. La cena era digna de señores. Don
Luis pagaba espléndidamente.
—A ver, señor Fermín: que traigan carne de Jerez; que coman todas esas
muchachas hasta que revienten; que beban, que se emborrachen: yo corro con el
gasto. Quiero que vean esos canallas cómo tratamos a los trabajadores que son
buenos y sumisos.
Y encarándose con el rebaño agradecido, decía modestamente:
—Cuando veáis a los de la huelga, decidles cómo tratan los Dupont a sus
trabajadores. La verdad: sólo la verdad.
Durante el día, cuando el sol caldeaba la tierra inflamando las
blancuzcas pendientes de Marchamalo, Luis dormitaba bajo las arcadas de la
casa, con una botella junto a él, destilando frescura, y tendiendo de vez en
cuando su cigarro al Chivo para que lo encendiese.
Encontraba un placer nuevo ejerciendo de amo de la inmensa finca; creía
de buena fe desempeñar una gran función social contemplando desde su sombreado
retiro el trabajo de tanta gente, encorvada y jadeante bajo la lluvia de fuego
del sol.
Las muchachas extendíanse por las pendientes, con sus faldas de colores,
como un rebaño de ovejas azules y sonrosadas. Los hombres, en camisa y
calzoncillos, avanzaban a gatas como corderos blancos. Iban de unas cepas a
otras, arrastrando el vientre sobre la tierra caldeada. Los sarmientos
esparcían sus pámpanos rojizos y verdes a ras del suelo, y las uvas descansaban
en la caliza, que las comunicaba hasta el último instante su generoso calor.
Otras muchachas subían cuesta arriba las grandes cestas de racimos
cortados para depositarlos en los lagares, y pasaban en continuo rosario ante
el señorito, que, tumbado en el sofá de enea, sonreía protectoramente pensando
en la hermosura del trabajo, y en la perversidad de la canalla, que pretendía
trastornar un mundo tan sabiamente organizado.
Algunas veces, aburrido de su silencio, llamaba al capataz que iba de
una colina a otra vigilando el trabajo.
El señor Fermín poníase en cuclillas ante él, y hablaban de la huelga,
de las noticias que llegaban de Jerez. El capataz no ocultaba su pesimismo. La
resistencia de los trabajadores era cada vez mayor.
—Es mucha la jambre, señorito—decía con la convicción de la gente
rústica, que aprecia el estómago como el impulsor de todas las acciones.
—Y quien dice jambre, dice desorden, palos y bronca. Va a correr sangre,
y en el presidio le preparan el puesto a más de uno... Milagro será que no
acabe esto levantando catafalcos el carpintero, en la plaza de la Cárcel.
El viejo parecía oler la catástrofe; pero la veía llegar con una
tranquilidad egoísta, ya que los dos hombres que poseían sus afectos, estaban
lejos.
Su hijo había ido a Málaga, por encargo de su principal, para
intervenir, como hombre de confianza, en cierta quiebra, y allá permanecía
ocupado en repasar cuentas y discutir con los otros acreedores. ¡Ojalá no
volviese en un año! El señor Fermín temía que al regresar a Jerez se
comprometiese en favor de los huelguistas, impulsado por las enseñanzas de su
maestro Salvatierra, que le arrastraban al lado de los humildes y los rebeldes.
En cuanto a don Fernando, hacía muchos días que había salido de Jerez custodiado
por la guardia civil.
Al iniciarse la huelga, los ricos le habían hecho saber indirectamente
la conveniencia de que saliese cuanto antes de la provincia de Cádiz. El, sólo
él, era el responsable de lo que ocurría. Su presencia soliviantaba a la gente
trabajadora, haciéndola tan audaz y revoltosa como en tiempos de La
Mano Negra. Los principales agitadores de las asociaciones obreras, que
veneraban al revolucionario, le habían rogado que huyese, temiendo por su vida.
Las indicaciones de los poderosos, equivalían a una amenaza de muerte.
Acostumbrados los trabajadores a la represión y la violencia, temblaban por
Salvatierra. Tal vez le matasen una noche en cualquier calle, sin que la
justicia encontrase jamás al autor. Era posible que la autoridad, aprovechando
las largas excursiones de Salvatierra por el campo, lo sometiese a mortales
tormentos o lo suprimiera de una paliza en despoblado, como lo
había hecho con otros más humildes.
Pero don Fernando contestaba a estos consejos con tenaces negativas.
Allí estaba por su voluntad y allí se quedaba... Por fin, las autoridades
habían exhumado uno de los muchos procesos que tenía pendientes por sus
propagandas de rebelde social, y un juez le llamó a Madrid, emprendiendo don
Fernando el viaje a viva fuerza, acompañado de la guardia civil, como si su
destino fuese viajar siempre entre una pareja de fusiles.
El señor Fermín se alegraba de esta solución. ¡Que le tuviesen
entretenido mucho tiempo! ¡Que no volviese en un año! Conocía a Salvatierra, y
estaba seguro de que, permaneciendo en Jerez, no tardaría mucho en estallar la
insurrección de los hambrientos, seguida de una represión cruel y del presidio
para don Fernando, tal vez por toda su vida.
—Esto acabará con sangre, señorito—continuaba el capataz.—Hasta ahora
sólo chillan los de las viñas, pero piense su mercé que este es el peor mes del
año para la gente de los cortijos. La trilla ha acabao en todas partes, y hasta
que empiece la sementera, hay miles y miles de hombres con los brazos cruzaos,
dispuestos a bailar al son que les toquen. Verá el señorito lo que tardan en
juntarse unos y otros, y entonces será ella. Ya se incendian en el campo muchos
pajares, sin que se vea la mano que les prende fuego.
Dupont se exaltaba. Mejor: que se uniesen todos, que se sublevaran
cuanto antes, para acuchillarlos, y obligarles a volver a la obediencia y la
tranquilidad. Él deseaba la rebelión y el choque, más aún que los trabajadores.
El capataz, asombrado de que hablase así, movía la cabeza.
—Mal, muy mal, señorito. La paz con sangre, es mala paz. Mejor es
arreglarse a las buenas. Crea su mercé a un viejo que ha pasado las de Caín,
metido en eso de prenunciamientos y revoluciones.
Otras mañanas, cuando Luis Dupont no sentía deseos de conversar con el
capataz, entrábase en la casa buscando a María de la Luz, que trabajaba en la
cocina.
La alegría de la muchacha, la frescura de su piel de morena fuerte,
producían en el señorito cierta emoción. La castidad voluntaria que observaba
en su retiro, le hacían ver considerablemente agrandados los encantos de la
campesina. Siempre había sentido cierta predilección por la muchacha,
encontrando en ella un encanto modesto, pero picante y fuerte, como el perfume
de las hierbas del campo. Pero ahora, en la soledad, María de la Luz le parecía
superior a la Marquesita y a todas las cantaoras y mozas de arranque
de Jerez.
Pero Luis contenía sus impulsos, y los ocultaba bajo una alegre
confianza, recuerdo de la fraternidad infantil. Cuando instintivamente se
permitía algún atrevimiento que molestaba a la moza, hacía memoria de los
tiempos de la niñez. ¿No eran como hermanos? ¿No se habían criado juntos?... En
él no debía ver al señorito, al amo de su novio. Era lo mismo que su hermano
Fermín: debía considerarle como de la familia.
Temía comprometerse con alguna audacia en aquella casa, que era la de su
severo primo. ¿Qué diría Pablo, que por respeto a su padre consideraba al
capataz y los suyos como una prolongación humilde de su propia familia? Además,
la famosa noche de Matanzuela le había causado gran daño y no quería
comprometer con otro escándalo su naciente fama de hombre grave. Esto le hacía
ser tímido con muchas vendimiadoras que le gustaban, limitándose en sus
placeres a una perversión intelectual, a hacerlas beber por la noche para
verlas alegres, sin las preocupaciones del pudor, charlando entre ellas,
pellizcándose y persiguiéndose, como si estuviesen solas.
Con María de la Luz mostrábase igualmente circunspecto. No podía verla
sin lanzar un chorro de alabanzas a su hermosura y gallardía. Pero esto no
alarmaba a la moza, acostumbrada al estallido ruidoso de la galantería de la
tierra.
—Gracias, Luis—decía riendo.—¡Y qué requetegrasioso está el señorito!...
Si sigues así me voy a enamorá y acabaremos por escaparnos juntos.
Algunas veces, Dupont, influenciado por la soledad, que incita a las
mayores audacias, y por el perfume de una carne virginal que parecía humear
vida a las horas de calor, dejábase arrastrar por su instinto y ponía
astutamente sus manos en aquel cuerpo.
La muchacha saltaba, frunciendo las cejas y la boca con gesto agresivo.
—Luis: las manos cortas. ¿Qué es eso, señorito? Como güervas con otra,
te atizo una gofetá que la van a oír hasta en Jerez.
Y mostraba en su gesto hostil y en su mano amenazante el firme propósito
de largar aquella bofetada fabulosa. Entonces era cuando recordaba él, como una
excusa, sus confianzas de la niñez.
—¡Pero, sosa, mala sombra! ¡Si ha sido sin intención; nada más que por
jugar, para ver ese hociquillo tan mono que pones cuando te enfadas!... Ya
sabes que soy tu hermano. Fermín y yo, la misma cosa.
La muchacha parecía serenarse, pero sin perder su gesto hostil.
—Güeno; pues que el hermano se meta las manos donde le quepan. Ande
suelta la lengua too lo que quieras; pero si sacas las garras, niño, encárgate
otra cara, porque esa te la eshago de un revés.
—¡Olé las mozas de arranque!—exclamaba el señorito.—¡Así me gusta mi
niña! ¡Con riñones y too!...
Cuando Rafael presentábase en Marchamalo, el señorito no se privaba de
este continuo requebrar a María de la Luz.
El aperador acogía con inocente satisfacción todos los elogios de su amo
a la novia. Al fin, era como un hermano suyo, y este parentesco enorgullecía a
Rafael.
—Bandido—le decía el señorito con cómica indignación, en presencia de la
muchacha.—Te vas a llevar lo mejor de esta tierra, la perla de Jerez y su
campo. ¿Ves toda la viña de Marchamalo, que vale una millonada?... Pues ná:
aquí lo bueno es esta mocita, este cachito de gracia. Y esto te lo llevas tú,
ladrón... sinvergüenza.
Y Rafael reía como un bendito, lo mismo que el señor Fermín. ¡Pero qué
don Luis tan gracioso y tan bueno! El señorito, continuando en el tono de
cómica gravedad, se encaraba con su aperador:
—Ríe, bigardo... ¡Mirad ustedes, qué satisfechote está de la envidia que
le tienen los demás! El mejor día te mato y me llevo a Mariquita de la Luz, y
la pongo en un trono en Jerez en medio de la plaza Nueva, y al pie toos los
gitanos de Andalucía para que toquen y bailen, y se arranquen cantando a la
reina de la hermosura y de la gracia, todo lo que merece... Eso lo hago yo:
Luis Dupont, aunque mi primo me excomulgue.
Y por el mismo estilo iba ensartando su ristra de requiebros
hiperbólicos e incoherentes entre las risas de María de la Luz y los suyos, que
agradecían la confianza del señorito.
Al terminar la vendimia, Luis mostrose orgulloso, como si finalizase una
obra grande.
Se había hecho la recolección, valiéndose de mujeres, sin que se
atrevieran a presentarse aquellos guapos de la huelga que se deshacían en
amenazas. Esto era indudablemente porque él estaba allí guardando la viña;
porque bastaba que supiesen que don Luis defendía Marchamalo con sus amigos,
para que nadie se aproximase con la intención de perturbar el trabajo.
—Eh, ¿qué tal señor Fermín?—decía con petulancia.—Han hecho bien en no
venir, porque hubiesen salido a tiros. ¿Me pagará nunca mi primo lo que hago
por él? ¡Qué ha de pagarme! Luego, tal vez diga que no sirvo para nada... Pero
esto hay que celebrarlo. Hoy mismo voy a Jerez, y me traigo lo mejor de la
bodega. Y si rabia Pablo cuando vuelva, que rabie. Algo me ha de pagar por mis
servicios. Y esta noche, juerga... la más gorda de la temporada: hasta que
salga el sol. Quiero que esas muchachas, al irse a la sierra, vayan contentas y
se acuerden del señorito... Y traeré tocaores para que le descansen a usté, y
cantaoras para que Mariquita no haga todo el gasto... ¿Que no quiere usted
mujeres de esas en Marchamalo? ¡Si mi primo no se enterará!... Bueno: no vendrán.
Usté, señor Fermín, es un rancio; pero por darle gusto quedan suprimidas las
cantaoras. Bien mirado, maldita la falta que hacen más jembras, aquí donde hay
tantas que parece un colegio. ¡Pero música y vino hasta por encima de la
cabeza! Y baile de la tierra; y baile fino, agarrados como los señoritos. Verá
usted la que se arma esta noche, señor Fermín.
Y Dupont se fue a la ciudad en su carruaje, que alborotaba la carretera
con el estrépito de sus cascabeles. Volvió ya entrada la noche, una noche de
verano, calurosa, sin que el más leve soplo de brisa hiciese temblar la
atmósfera.
La tierra exhalaba un vaho ardiente; el azul del cielo diluíase en un
tinte blanquecino, las estrellas parecían empañadas por la neblina caliginosa.
En el silencio de la noche sonaban los crujidos de las cepas al dilatar su
corteza resquebrajada por el calor. La cigarra chillaba furiosa en los surcos,
abrasada por la tierra; la rana roncaba a lo lejos, cual si la desvelase la
falta de frescura de la charca.
Los acompañantes de Dupont, en mangas de camisa, alineaban bajo las
arcadas las innumerables botellas traídas de Jerez.
Las mujeres, vestidas ligeramente, con sólo una falda de percal,
mostrando los brazos desnudos por debajo del pañuelo cruzado sobre el pecho, se
encargaban de las cestas de provisiones, admirándolas con alabanzas para el
rumboso señorito. El capataz elogiaba la calidad de los fiambres y de las
aceitunas, que servían para excitar la sed.
—¡Menúa jumera nos prepara el señorito!—decía riendo como un patriarca.
De la gran cena en medio de la explanado, lo que más atrajo la
admiración de la gente, fue el vino. Comían de pie hombres y mujeres, y al
tener en la mano el vaso lleno, avanzaban hasta una mesita ocupada por el
señorito, el capataz y su hija, a la que daban luz dos candiles. Las llamas
rojizas, que subían su lengua humosa en la calma de la noche sin el más leve
temblor, iluminaban la transparencia dorada del vino. ¿Pero qué era aquello?...
Y volvían todos a paladearlo después de admirar su hermoso color, y abrían los
ojos desmesuradamente con asombro grotesco, rebuscando las palabras, como si no
pudiesen expresar toda la veneración que les infundía el líquido portentoso.
—Ezto e de las propios lagrimitas de Jezú—decían unos chasqueando
devotamente la lengua.
—No—contestaban otros,—es la mezmízima leche de la Mare e Dió...
Y el señorito reía, gozándose en su asombro. Era vino de la bodega
«Dupont Hermanos»: un vino venerable y carísimo, que sólo bebían los mislores allá
en Londres. Cada gota valía una peseta. Don Pablo lo apreciaba como un tesoro,
y era probable que se indignase al conocer el estrago que había hecho su
aturdido pariente.
Pero Luis no se arrepentía de su generosidad. Le alegraba enloquecer al
rebaño miserable con el vino de los ricos. Era un placer de patricio romano,
embriagando a sus clientes y esclavos con bebida de emperadores.
—Bebed, hijos míos—decía con acento paternal.—Aprovechaos, que jamás os
veréis en otra. Muchos señoritos del Caballista os
envidiarían. ¿Sabéis lo que valen todos esas botellas? Un capital: eso es más
caro que el champañ; cada botella cuesta no recuerdo cuántos duros.
Y la miserable gente arrojábase sobre el vino, y bebía y bebía
avariciosamente, como si lo que les entraba por la boca fuese la fortuna.
En la mesa del señorito, se servían las botellas después de una larga
permanencia en tanques llenos de hielo. El vino pasaba por la boca dejándola
insensible, con la grata parálisis de la frescura.
—Nos vamos a emborrachar—decía sentenciosamente el capataz.—Esto se
cuela sin sentir. Es refresco en la boca y fuego en la tripa.
Pero seguía llenándose el vaso entre bocado y bocado, paladeando el
néctar frío y envidiando a los ricos que podían permitirse diariamente este
placer de dioses.
María de la Luz bebía tanto como su padre. Apenas vaciaba su copa, se
apresuraba el señorito a llenarla.
—No eches más, Luis—suplicaba.—Mira que me voy a emborrachá. Esta bebía
es traidora.
—Tonta, ¡si es como agua! ¡Si aunque te ajumeres, esto se pasa en
seguida!...
Cuando terminó la cena, sonaron las guitarras y la gente formó corro,
sentándose en el suelo ante las sillas que ocupaban los músicos y el señorito
con su gente. Todos estaban ebrios, pero seguían bebiendo. ¡Qué basca! La piel
erizábase de gotas de sudor; los pechos se dilataban, como si no encontrasen
aire. ¡Vino y más vino! Para el calor no existía remedio más acertado: era el
verdadero refresco andaluz.
Batiendo palmas unos, y chocando otros las botellas vacías, como si
fuesen palillos, jalearon las famosas sevillanas de María de la Luz y el
señorito. Ella bailaba en medio del corro frente a Luis, con las mejillas
enrojecidas y un brillo extraordinario en los ojos.
Nunca la habían visto bailar tan arrebatadamente y con tanta gracia. Sus
brazos desnudos, de una palidez de perla, elevábanse en torno de la cabeza,
como asas de nácar de voluptuosa redondez. La falda de percal, entre el fru-fru,
que marcaba el adorable relieve de sus piernas, dejaba ver por debajo de su
orla unos pies pequeños, calzados escrupulosamente, como los de una señorita.
—¡Ay! ¡Que no pueo más!—dijo de pronto, sofocada por el baile.
Y se dejó caer jadeante en una silla, sintiendo que, con la agitación de
la danza, comenzaba a rodar todo en torno de ella; la explanada, la gente y
hasta la gran torre de Marchamalo.
—Eso es er calor—decía el padre gravemente.
—Un poco de refresco y se te pasará—añadía Luis.
Le presentaba una copa llena de aquel líquido de oro, coronado de
burbujas, que empañaba el cristal con su frescura. Y Mariquita bebía
ansiosamente, con una sed rabiosa, deseando renovar la sensación de frescura en
su boca ardiente como si llevase fuego en el estómago. De vez en cuando
protestaba.
—Que me voy a emborrachá, Luis. Que creo que ya lo estoy.
—¡Y qué!—exclamaba el señorito.—Yo también estoy borracho, y tu padre, y
todos lo estamos. Para eso es la fiesta. Otra copa. ¡Olé, mi niña, valiente!
¡Siga la juerga!
Bailaban en medio del corro algunas muchachas, con torpeza de
campesinas, haciendo frente a los viñadores no menos rústicos.
—Eso no vale ná—gritó el señorito.—¡Fuera, fuera! A ver, maestro Águila—continuó
dirigiéndose al tocador.—Un baile de señorío por todo lo alto. Una polka, un
wals, cualquier cosa. Vamos a bailar agarrados como la gente fina.
Las muchachas, turbadas por el vino, se cogieron unas a otras o cayeron
en los brazos de los viñadores jóvenes. Todos comenzaron a dar vueltas, al son
de la guitarra. El capataz y los acólitos de don Luis, acompañaban el ritmo
chocando botellas vacías o golpeaban el suelo con sus bastones, riendo como
niños de esta habilidad musical.
María de la Luz se sintió arrastrada por el señorito, que la agarró una
mano, sujetándola al mismo tiempo por el talle. La moza se resistió a bailar.
¡Dar vueltas, cuando su cabeza parecía balancearse y todo giraba en torno de
sus ojos!... Pero al fin, se abandonó, entregándose a su pareja.
Luis sudaba, fatigado por la inercia de la muchacha. ¡Vaya una moza de
peso! Al oprimir aquel cuerpo sin fuerzas, sentía en su pecho el contacto de
elásticas prominencias. Mariquita dejaba caer la cabeza en su hombro, como si
no quisiera ver, abrumada por el mareo. Sólo una vez se irguió para mirar a
Luis, brillándole en los ojos una lejana chispa de rebelión y protesta.
—Suéltame, Rafaé: esto no está bien.
Dupont rompió a reír.
—¡Conque Rafael!... ¡Ay qué gracia, y cómo está, la niña! ¡Si me llamo
Luis!...
La muchacha volvió a abatir su cabeza, como si no comprendiese las
palabras del señorito.
Sentíase cada vez más anonadada por el vino y el movimiento. Con los
ojos cerrados y el pensamiento dando vueltas, como una rueda loca, creía estar
suspendida en el vacío, en una sima lóbrega, sin otro apoyo que aquellos brazos
de hombre. Si la soltaban, caería y caería sin tocar nunca el fondo: e
instintivamente se agarraba a su sostén.
Luis no estaba menos turbado que su pareja. Respiraba sofocado por el
peso de la moza. Estremecíase con el contacto fresco y suave de sus brazos, con
el perfume de hermosura sana, que parecía surgir en chorro voluptuoso del
escote de su pecho. El soplo de sus labios le erizaba la epidermis del cuello,
esparciendo un estremecimiento por todo su cuerpo... Cuando, abrumado por el
cansancio, volvió a Mariquita a su asiento, la muchacha quedó tambaleando,
pálida, con los ojos cerrados. Suspiraba, llevábase una mano a la frente, como
si le doliese.
Mientras tanto, danzaban las parejas en el corro con una algazara loca,
chocando unas con otras, empujándose intencionadamente, con encontronazos que
casi derribaban a los espectadores, haciéndoles retirar las sillas.
Dos mozos comenzaron a insultarse, tirando cada uno del brazo de la
misma muchacha. El vino hacía brillar sus ojos con fuego homicida, y acabaron
por dirigirse a la casa de los lagares en busca de las podaderas, cortos y
pesados machetes que mataban de un golpe.
El señorito les cerró el paso. ¿Qué era aquello de matarse por bailar
con una muchacha, cuando tantos estaban esperando pareja? A callar, y a
divertirse. Y les obligó a darse la mano, a beber juntos en la misma copa.
La música cesó. Todos miraban con ansiedad hacia el lado de la explanada
donde estaban los de la riña.
—Siga la juerga—ordenó Dupont como un tirano bondadoso.—Aquí no ha
pasado nada.
Sonó otra vez la música, reanudaron la danza las parejas, y el señorito
volvió al corro. La silla de Mariquita estaba desocupada. Miró en torno y no
vio a la joven en toda la plazoleta.
El señor Fermín estaba absorto contemplando las manos de Pacorro el
Águila, con admiración de guitarrista. Nadie había visto en su retirada a
María de la Luz.
Dupont entró en la casa de los lagares, andando quedamente, empujando
las puertas con una suavidad felina sin saber por qué.
Registró las habitaciones del capataz: nadie. Creyó encontrar cerrada la
puerta del cuarto de Mariquita; pero cedió aquélla al primer impulso. La cama
estaba vacía y toda la habitación en orden, como si nadie hubiese entrado.
Igual soledad en la cocina. Atravesó a tientas la vasta pieza que servía de
dormitorio a los trabajadores. ¡Ni un alma! Asomó luego la cabeza en el
departamento de los lagares. La luz difusa del cielo, penetrando por las
ventanas, proyectaba en el suelo unas manchas de tenue claridad. Dupont, en
este silencio creyó oír el sonido de una respiración, el tenue remover de
alguien tendido en el suelo.
Avanzó. Sus pies tropezaron con unas arpilleras y sobre ellas un cuerpo.
Al arrodillarse para ver mejor, adivinó por el tacto, más bien que por los
ojos, a María de la Luz, que se había refugiado allí. Sin duda la repugnaba
ocultarse en su propia habitación, en tan vergonzoso estado.
Al contacto de las manos de Luis, pareció despertar aquella carne sumida
en el sopor de la embriaguez. Se revolvió el cuerpo adorable, brillaron sus
ojos un momento, pugnando por mantenerse abiertos, y algo murmuró la boca
ardorosa junto al oído del señorito. Éste creyó escuchar:
—Rafaé... Rafaé...
Pero no dijo más.
Los brazos desnudos se cruzaron sobre el cuello de Luis.
María de la Luz caía y caía en el agujero negro de la inconsciencia, y
al caer se agarraba con desesperación a este sostén, concentrando en ello toda
su voluntad, dejando el resto de su cuerpo en insensible abandono.
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A principios de Enero, la huelga de los trabajadores se había extendido
por todo el campo de Jerez. Los gañanes de los cortijos hacían causa común con
los viñadores. Los dueños de los campos, como en los meses de invierno no eran
importantes los trabajos agrícolas, sobrellevaban sin impaciencia el conflicto.
—Ya se rendirán—decían.—El invierno es duro y el hambre mucha.
En las viñas, el cuidado de las cepas se hacía por los capataces y los
braceros más allegados al dueño, arrostrando la indignación de los huelguistas,
que les tachaban de traidores, amenazándolos con venganzas colectivas.
La gente rica, a pesar de sus arrogancias, revelaba cierto miedo. Como
era costumbre en ella, había hecho hablar a los periódicos de Madrid de la
huelga de Jerez, ennegreciéndola con sombríos colores, hinchándola, como si
fuese una calamidad nacional.
Se censuraba a los gobernantes por su abandono, pero con tales arrebatos
de urgencia, que no parecía sino que cada rico estaba sitiado en su casa,
defendiéndose a tiros contra una muchedumbre famélica y feroz. El gobierno,
como de costumbre, había enviado fuerza armada para cortar los lamentos de
estos pordioseros de autoridad y llegaron a Jerez nuevas fuerzas de guardia
civil, dos compañías de infantería de línea y un escuadrón que se unió a los
jinetes del depósito de sementales.
Las personas decentes, como las llamaba Luis Dupont,
sonreían con beatitud al ver en las calles tantos pantalones rojos. En sus
oídos sonaba como la mejor de las músicas el arrastre de los sables por las
aceras, y al entrar en sus casinos se les ensanchaba el alma viendo en torno de
las mesas los uniformes de los oficiales.
Los que semanas antes aturdían al gobierno con sus lamentaciones, como
si fuesen a morir degollados por aquellas turbas que permanecían en la campiña,
con los brazos cruzados, sin atreverse a entrar en Jerez, mostrábanse ahora
arrogantes y jactanciosos hasta la crueldad. Se reían del gesto fosco de los
huelguistas, de sus ojos, que tenían el estrabismo malsano del hambre y la
desesperación.
Además, las autoridades creían llegado el momento de imponerse por el
miedo, y la guardia civil prendía a los que figuraban al frente de las
asociaciones obreras. Todos los días ingresaba gente en la cárcel.
—Pasan ya de cuarenta los que están a la sombra—decían los mejor
informados en las tertulias.
—Cuando sean cien o doscientos, esto quedará como una balsa de aceite.
A media noche, los señores, al salir del casino, encontraban mujeres
arrebujadas en raídos mantones o con la falda a la cabeza, que les tendían la
mano.
—Señor, que no comemos.... Señor, que nos mata la jambre... Tengo tres
churumbeles, y mi marío, con esto de la juelga, no trae pan a casa.
Los señores reían, apresurando el paso. Que les diesen pon Salvatierra y
los otros predicadores. Y miraban con simpatía casi amorosa a los soldados que
pasaban por la calle.
—¡Mardito seáis ustedes, señoritos!—rugían las míseras hembras en su
desesperación.—Quiera Dios que algún día mandemos los probes...
Fermín Montenegro contemplaba tristemente el curso de esta lucha sorda,
que había de terminar forzosamente con algo ruidoso; pero de lejos, rehuyendo
el trato con los rebeldes, ya que no estaba en Jerez su maestro Salvatierra.
Callaba también en el escritorio, cuando en su presencia manifestaban los
amigos de don Pablo los crueles deseos de una represión que atemorizase a los
trabajadores.
Desde que había vuelto de Málaga, su padre no le veía una sola vez que
no le recomendase la prudencia. Debía callar; al fin, ellos comían el pan de
los Dupont, y no era noble el unirse con los desesperados, aunque éstos se
quejasen con harto motivo. Además, para el señor Fermín, todas las aspiraciones
humanas se resumían en don Fernando Salvatierra, y éste se hallaba ausente. Lo
retenían en Madrid sometido a una continua vigilancia para que no volviese a
Andalucía. Y el capataz de Marchamalo, faltando su don Fernando, consideraba la
huelga desprovista de interés, y a los huelguistas como un ejército sin
caudillo y sin bandera; una horda que forzosamente había de ser diezmada y
sacrificada por los ricos.
Fermín obedeció a su padre, manteniéndose en una reserva prudente.
Dejaba sin respuesta las pullas de los compañeros de escritorio que, conociendo
su amistad con Salvatierra, para adular al amo se burlaban de los rebeldes.
Evitaba presentarse en la plaza Nueva, donde se reunían en grupos los
huelguistas de la ciudad, inmóviles, silenciosos, siguiendo con miradas de odio
a los señores que intencionadamente pasaban por allí con la cabeza alta y una
expresión de reto en los ojos.
Montenegro dejó de pensar en la huelga, atraído por otros asuntos de
mayor interés.
Un día, al salir de su escritorio para ir a comer en la casa donde
estaba de huésped, encontró al aperador de Matanzuela.
Rafael parecía esperarle apoyado en una esquina de la plazoleta, cuyo
frente ocupaban las bodegas de Dupont. Fermín no le había visto en mucho
tiempo. Lo encontraba algo desfigurado; con las facciones enjutas y los ojos
hundidos en un cerco oscuro. Su traje de campo estaba sucio de polvo; lo
llevaba con descuido, como si olvidase aquella arrogancia que le hacía ser
considerado como el más elegante y majo de los jinetes rústicos.
—¿Pero estás enfermo, Rafael? ¿Qué te pasa?—exclamó Montenegro.
—Penas—dijo lacónicamente el aperador.
—El domingo pasado no te vi en Marchamalo; y el otro tampoco. ¿Es que
estás de morros con mi hermana?...
—Tengo que hablar contigo, pero mu largo, ¡mu largo!—dijo Rafael.
Allí en la plaza no podía ser; en la casa de huéspedes tampoco, pues lo
que el aperador quería decirle era para guardarse en secreto.
—Está bien—dijo Fermín bromeando, al adivinar que se trataba de penas de
enamorado.—Pero como yo he de comer, ¡criatura triste! nos iremos a casa
del Montañés y allí desembucharás todas esas penillas que te
ahogan, mientras yo hago por la vida.
En el colmado del Montañés, al pasar frente al cuarto más
grande del establecimiento, oyeron rasgueos de guitarra, palmas y gritos de
mujeres.
—Es el señorito Dupont—les dijo el camarero—que está con unos amigos y
una jembra magnífica que se ha traído de Sevilla. Ahora empieza la juerga...
¡hay tela cortada lo menos hasta mañana!
Los dos amigos buscaron el cuarto más lejano para que el estrépito de la
fiesta no interrumpiese su conversación.
Montenegro encargó su comida, y el criado puso la mesa en aquel
cuartucho, que olía a vino, y, por lo menguado, parecía un camarote. Poco
después volvió con una gran batea llena de cañas. Era un obsequio de don Luis.
—El señorito—dijo el camarero—se ha enterado de que están aquí, y les
envía esto. Además, pueden ustedes tomar lo que gusten; todo está pagado.
Fermín le encargó anunciase a don Luis que pasaría a verle así que
terminase su comida, y cerrando la puerta del camarote se quedó solo con
Rafael.
—Vamos, hombre—dijo señalándole los platos:—ponte de eso.
—Yo no como—contestó Rafael.
—¿Que no comes? Vaya... pasarás del aire como todos los enamorados...
¿Pero beber sí que beberás?
Rafael hizo un gesto, como extrañando lo superfluo de la pregunta. Y sin
levantar la vista de la mesa, comenzó a apurar rabiosamente las cañas que tenía
delante.
—Fermín—dijo de pronto mirando a su amigo con los ojos enrojecidos.—Yo
estoy loco... loco perdío.
—Ya lo veo—contestó Montenegro flemáticamente, sin dejar de comer.
—Fermín; paece que un demonio me sopla a la oreja las mayores
barbaridades. Si tu padre no fuese mi padrino, y si tú, no fueses tú, hace días
que habría matao a tu hermana, a María de la Lú. Te lo juro por esta, por mi
mejor compañera, por la única herencia de mi padre.
Y abriendo con gran estrépito de muelles una navaja de cachas viejas,
besaba ferozmente la tersa hoja, con dibujos coloreados por el óxido rojizo.
—Hombre, ya será algo menos—dijo Montenegro mirando fijamente a su
amigo.
Había dejado caer el tenedor, y una nubecilla roja pasó por su frente.
Pero este gesto hostil sólo duró un instante.
—¡Bah!—añadió—sí que estás loco, y más lo está el que te haga caso.
Rafael rompió a llorar. Por fin, sus ojos podían dar paso a las lágrimas
que se agolpaban a ellos, y deslizándose por sus mejillas caían en el vino.
—Es verdá, Fermín, estoy loco. Suelto bravatas y... na: soy un mandria.
Mira cómo estaré, que un zagal me pegaría. ¿Qué he de matar yo a Mariquita?
Ojalá tuviera entrañas negras para eso. Después me matarías tú, y toos
descansaríamos.
El rasgueo lejano de la guitarra y las voces que cortaban su ritmo,
jaleando el taconeo de una bailaora, parecían acompañar la caída de las
lágrimas del mocetón.
—Pero, vamos a ver—exclamó Fermín con impaciencia.—¿Qué es todo eso?
Habla, y cesa de llorar, que pareces una beata en la procesión del Santo
Entierro. ¿Qué te pasa con Mariquita?...
—¡Que no me quiere!—gritó el aperador con acento desesperado.—¡Que ya no
me hace caso! ¡Que hemos roto y no quié verme!...
Montenegro sonrió. ¿Y eso era todo? ¡Riñas de novios; caprichitos de
muchacha, que se enfada para animar la monotonía de un largo noviazgo! Ya
pasaría el mal viento. Él conocía aquello de oídas. Se expresaba con su
escepticismo de joven práctico, a la inglesa, como él decía,
enemigo de los amoríos ideales que duraban años y eran una de las tradiciones
de la tierra. A él no se le había conocido noviazgo alguno en Jerez. Se
contentaba con tomar lo que podía, buenamente, de vez en cuando, para
satisfacción de sus deseos.
—Eso lo agradece siempre el cuerpo—continuó.—Pero relaciones por lo
fino, con suspiros, penas y celillos, ¡eso nunca! Necesito el tiempo para otras
cosas.
Y Fermín, con tono zumbón, intentaba consolar a su amigo. Aquella mala
racha pasaría. ¡Caprichos de mujeres, que se ponen de morros y fingen enfado
para que las quieran más! El día en que menos lo pensase, vería a María de la
Luz ir hacia él, diciendo que todo había sido una broma, para poner a prueba su
cariño, y que lo quería más que antes.
Pero el mocetón movía la cabeza negativamente.
—No; no me quiere. Esto se acabó y yo voy a morir.
Relataba a Montenegro cómo habían terminado sus amores. Ella le llamó
una noche para hablar en la reja, y con una voz y un gesto, cuyo recuerdo aún
estremecía al pobre mozo, le anunció que todo había acabado entre los dos.
¡Cristo; qué noticia para recibirla así, de sopetón!
Rafael se agarró a los hierros para no caer. Después hubo de todo:
súplicas, amenazas, lloros; pero ella se mantenía inflexible, con una sonrisa
que daba miedo, negándose a continuar los amoríos. ¡Ah, las mujeres!...
—Sí, hijo mío—decía Fermín.—Unas arrastrás. Aunque se trate de mi
hermana, no hago excepción. Por eso tomo yo de ellas lo que necesito y rehuyo
el trato... ¿Pero qué excusa te daba Mariquita?...
—Que ya no me quiere; que se ha apagao de repente el aquel que me tenía.
Que no siente por mi ni una miaja de afecto y no quiere mentir fingiendo
cariño... ¡Como si un querer pudiera apagarse de pronto, lo mismo que una
luz!...
Rafael recordaba el final de su última entrevista. Cansado de suplicar,
de llorar agarrado a la reja, de arrodillarse como un chiquillo, la
desesperación le había hecho prorrumpir en amenazas. ¡Que le perdonase Fermín!
pero en aquel momento se sintió capaz del crimen. La muchacha, cansada de sus
ruegos, asustada de sus maldiciones, acabó por cerrar de golpe la ventana. ¡Y
hasta ahora!
Dos veces había ido de día a Marchamalo con la excusa de ver al señor
Fermín; pero María de la Luz escondíase, apenas adivinaba su caballo galopando
por la carretera.
Montenegro le oía pensativo.
—¿Tendrá otro novio?—dijo.—¿Se habrá enamorado de alguien?
—No; eso no—se apresuró a responder Rafael, como si esta convicción le
sirviese de consuelo.—Lo mismo pensé en el primer momento y me vi ya metío en
la cárcel de Jerez y luego en presidio. Al que me quite a mi Mariquilla de la
Lú, lo mato. Pero ¡ay! que no me la quita nadie: que es ella la que se va... He
pasao los días vigilando de lejos la torre de Marchamalo. ¡Las copas que llevo
bebías en el ventorro de la carretera y que se me golvían veneno al ver bajar o
subir a alguien la cuesta de la viña!... He pasao las noches tendido entre las
cepas, con la escopeta al lado, dispuesto a meterle un puñao de postas en el
vientre al primero que se acercase a la reja... Pero no he visto más que a los
mastines. La reja cerrá. Y entretanto, el cortijo de Matanzuela anda
desgobernao, aunque mardita la falta que hago yo con esto de la huelga. Nunca
estoy allí: el pobre Zarandilla se lo carga too; si lo supiera
el amo, me despedía. Sólo tengo ojos y oídos para celar a tu hermana y sé que
no hay noviazgo, que no quiere a nadie. Casi estoy por decirte que aun me tiene
algo de ley, ¡mira tú si soy tonto!... Pero la mardita huye de verme, y dice
que no me quiere.
—¿Pero tú la has hecho algo, Rafael? ¿No estará enfadada por alguna
ligereza tuya?
—No: eso tampoco. Soy más inocente que el niño Jesú y el cordero que
lleva al lao. Desde que tengo relaciones con tu hermana, que no miro a una
moza. Toas me parecen feas, y Mariquilla lo sabe. La última noche que hablé con
ella, cuando yo le pedía que me perdonase, sin saber por qué, y le preguntaba
si la había ofendío en algo, la pobrecita lloraba como la Malaena. Bien sabe tu
hermana que yo no la he fartao en tanto como esta uña. Ella misma lo decía:
«¡Pobre Rafaé! ¡Tú eres bueno! Olvídame: serías infeliz conmigo». Y me cerró la
ventana...
El mocetón gemía al decir esto, mientras su amigo, que había acabado de
comer, apoyaba pensativo su frente en una mano.
—Pues, hijo—murmuró Fermín.—No entiendo este jeroglífico. Mariquilla te
deja y no tiene otro novio: te compadece, te dice que eres bueno, mostrando que
aun te tiene algún querer, y te cierra la ventana. ¡El demonio que entienda a
las mujeres! ¡Y qué mala alma tienen a veces las condenadas!...
Aumentó el estrépito en el cuarto de la juerga, y una voz de mujer,
aguda, de un temblor metálico, llegó hasta los dos amigos.
Me dejó... ¡mala gitana!
Cuando yo más la quería...
Rafael no pudo oír más. La poesía popular le arañaba el alma con su
ingenua tristeza. Rompió a llorar con gemidos de niño, como si la copla fuese
su historia: como si la hubiesen compuesto luego de ser despedido él de aquella
reja, donde estaba la felicidad de su vida.
—¿Oyes, Fermín?—dijo entre suspiros.—Ese, soy yo. Me ocurre lo que al
pobresito de la copla. Se le tiene compasión a un perrito de cría, se le
quiere, no se le deja, sus chillidos inspiran lástima, y yo, que soy un hombre,
una criatura de Dios, ¡a la calle! ¡si te quise, ya no te quiero! ¡a reventar
de pena!... ¡Cristo! ¡Paece mentira que aún no me haya muerto!...
Quedaron en silencio largo rato. Abstraídos en sus pensamientos, ya no
oían el estrépito de la juerga, la voz femenil que seguía entonando coplas.
—Fermín—dijo de pronto el aperador.—Tú eres el único que lo puee
arreglar todo.
Por esto le había esperado a la salida del escritorio. Conocía su gran
influencia sobre la familia. María de la Luz le respetaba más que a su padre, y
se hacía lenguas de su sabiduría.
La educación en Inglaterra, y los elogios del capataz, que veía en su
hijo una inteligencia casi tan grande como la de su maestro, influían en la
muchacha, ingiriendo en su afecto fraternal una gran dosis de admiración.
Rafael no se atrevía a hablar al padrino: le tenía miedo. Pero de Fermín lo
esperaba todo, y se confiaba a él.
—Lo que tú le digas que haga, eso hará... Ferminillo, no me abandones,
protégeme. Tú eres mi patrón; quisiera ponerte en un altar y encenderte velas y
rezarte una letanía. Fermín; santito mío: no me dejes, defiéndeme. Ablanda
aquel peñasco, de corazón; agárrame, porque si no, me caigo y voy a presidio o
a la casa de los locos.
Montenegro se burló de las exageraciones lloriqueantes de su amigo.
—Está bien, hombre: se hará lo que se pueda, pero no llores más, ni
sueltes esas oraciones, que pareces don Pablo, mi principal, cuando le hablan
de Dios. Veré a Mariquita: le hablaré de ti: le diré a la muy indina lo que
merece. ¿Qué; estás ya contento?...
Rafael limpiábase los lagrimones, y sonreía con sencillez infantil,
mostrando sus dientes cuadrados, de nítida blancura. Pero su gozo era
impaciente. ¿Cuándo pensaba Fermín ver a Mariquita?
—Hombre, iré mañana. En el escritorio estamos muy atareados en la
liquidación de fin de año. Las cuentas de los ingleses me dan mucho quehacer.
El mocetón hizo un gesto de contrariedad. ¡Mañana!... Una noche más de
no dormir, de llorar su desgracia, de incertidumbre cruel no sabiendo si debía
esperar algo.
Montenegro rió ante la tristeza del aperador. ¡Pero cómo ponía el amor a
los hombres! Daba ganas de propinar unos cuantos azotes a aquel mozo, como si
fuera un niño grandullón y enfurruñado.
—No, Fermín; por tu salú te lo pido. Haz algo por mí; ve en seguida y
sacarás un alma de pena. Nada te dirán en el escritorio: esos señores te
quieren; eres su niño mimao.
Y le asediaba con ruegos ardorosos, con palabras acariciadoras, para que
fuese en seguida a avistarse con su hermana. Montenegro cedió, vencido por la
ansiedad del mocetón. Iría aquella misma tarde a Marchamalo; mentiría al jefe
del escritorio diciéndole que su padre estaba enfermo. Don Ramón era bueno y
haría la vista gorda.
El impaciente Rafael habló entonces de lo cortas que eran las tardes de
Enero y de la necesidad de aprovechar el tiempo.
Fermín llamó al criado, que se extrañaba de la parquedad de los dos
amigos, invitándoles a pedir más cosas. ¡Todo estaba pagado! ¡Don
Luis tenía cuenta abierta!...
Al salir Rafael, marchó directamente a la calle, temiendo que el amo le
viese con los ojos enrojecidos. Fermín asomó la cabeza al cuarto de la juerga,
y después de aceptar una copa de Dupont huyó de éste, que intentaba cogerle por
las solapas, para que se quedase.
Antes de media tarde llegó Fermín a Marchamalo. Rafael le llevó en las
ancas de su jaca. Su impaciencia le hacía mover nerviosamente los talones,
espoleando al animal.
—¡Que vas a reventarlo, bárbaro!—gritaba Montenegro, pegando su pecho a
la espalda del jinete.—¡Que pesamos mucho los dos!...
Pero Rafael sólo pensaba en la entrevista próxima.
—En el mismísimo carro de San Elías quisiera yo llevarte, Ferminillo,
para que vieses antes a la gachí.
Hicieron alto en el ventorro de la carretera, cerca de la viña.
—¿Quieres que te espere?—dijo el aperador.—Yo te aguardo aquí con gusto
hasta el día del Juicio.
Sentía impaciencia por conocer la resolución de la muchacha. Pero Fermín
no quiso que le aguardase. Pensaba pasar la noche en la viña. Y siguió la
marcha a pie, mientras Rafael le anunciaba a voces que vendría a buscarle al
día siguiente.
Cuando el señor Fermín vio llegar a su hijo, le preguntó con cierta
ansiedad si ocurría algo en Jerez. «Nada, padre.» Él venía a pasar la noche con
la familia, ya que en el escritorio le habían dado permiso por falta de
trabajo. El viejo agradeció la visita, pero sin desechar la inquietud que había
manifestado a la llegada de su hijo.
—Creí, al verte, que algo malo pasaba en Jerez: pero si nada ocurre aún,
ocurrirá pronto. Yo, desde aquí, lo sé todo; nunca falta un amigo de las otras
viñas que me trae el soplo de lo que piensan los huelguistas. Además, en el
ventorro repiten los arrieros lo que oyen en los ranchos.
Y el capataz habló a su hijo de la gran reunión que los trabajadores
iban a celebrar el día siguiente en los llanos de Caulina. Nadie sabía quién
daba las órdenes, pero el llamamiento había circulado de boca en boca por el
campo y la sierra, y se juntarían miles y miles de hombres, viniendo hasta de
los límites de la provincia de Málaga, todos los que ganaban el jornal en la
campiña jerezana.
—Una verdadera revolución, hijo. Anda en todo esto un forastero, un
muchacho al que llaman el Madrileño, que habla de matar a los ricos
y repartirse los tesoros de la ciudad. La gente parece loca: todos creen que
mañana van a triunfar y que se acaba la miseria. El Madrileño emplea
el nombre de Salvatierra, como si obrase por orden suya, y muchos afirman, como
si le hubieran visto, que don Fernando está escondido en Jerez y se presentará
en el momento de la revolución. ¿Qué sabes tú de esto?...
Fermín movió la cabeza con aire incrédulo. Salvatierra le había escrito
algunos días antes, sin manifestar propósitos de volver a Jerez. Dudaba de que
fuese cierto su viaje. Además, le parecía inverosímil este intento de
sublevación. Sería una alarma más de las muchas inventadas por la desesperación
de los hambrientos. Equivalía a una locura intentar la invasión de la ciudad
estando en ella las tropas.
—Ya verá usted, padre, cómo si se reúnen en Caulina, quedará todo
reducido a gritos y amenazas, como en las reuniones en los ranchos. Y de don
Fernando, no pase usted pena. Tengo la convicción de que está en Madrid. No es
tan insensato que vaya a comprometerse en una locura como esta.
—Lo mismo creo, hijo; pero por lo que pueda ocurrir, procura tú mañana
no mezclarte con esos locos, si es que entran en la ciudad.
Fermín miraba a todos lados, buscando con los ojos a su hermana. Por fin
salió de la casa María de la Luz, sonriendo a su Fermín, acogiendo su visita
con exclamaciones de alegre sorpresa. El muchacho la miró con atención. ¡Nada!
De no hablarle Rafael, no hubiera podido adivinar aquellas tristezas que habían
cortado sus amores.
Transcurrió más de una hora sin que pudiese hablar a solas con su
hermana. En las miradas fijas de Fermín parecía adivinar la moza algo de sus
pensamientos. Procuraba mostrarse impasible, pero su rostro, tan pronto
palidecía con la transparencia de la cera, como se arrebolaba con una oleada de
sangre.
El señor Fermín bajó la cuesta de la viña, yendo al encuentro de unos
arrieros que pasaban por la carretera. Su aguda vista de campesino les
reconocía desde lo alto. Eran amigos, y quería saber por ellos lo que hablaban
en los ranchos de la reunión del día siguiente.
Al quedar solos los dos hermanos, cruzaron sus miradas en medio de un
silencio embarazoso.
—Tengo que hablarte, Mariquita—dijo al fin el muchacho con resolución.
—Pues empieza cuando quieras, Fermín—contestó ella con acento
tranquilo.—Ya adiviné al verte que por algo venías.
—No: aquí no. Podría volver padre, y lo que nosotros hemos de hablar
requiere tiempo y calma. Vamos a dar un paseo.
Y los dos emprendieron la marcha colina abajo, por la pendiente opuesta
a la carretera. Bajaban por entre las cepas, a espaldas de la torre,
dirigiéndose a una línea de chumberas que limitaba la gran viña por este lado.
María de la Luz intentó detenerse varias veces no queriendo ir tan
lejos. Deseaba hablar cuanto antes para salir de su angustiosa incertidumbre.
Pero el hermano se resistía a iniciar la conversación mientras pisasen aquella
tierra sometida a la vigilancia de su padre.
Se detuvieron en la cerca de chumberas, junto a una gran brecha que
dejaba ver un copudo olivar, tras cuyo ramaje descendía el sol.
Fermín hizo que su hermana se sentara en el ribazo, y plantándose ante
ella, dijo con dulce sonrisa para animarla a la confianza:
—Vamos a ver, loquilla: vas a decirme por qué has roto con Rafael; por
qué le has despedido como si fuese un perro, causándole tal pena que el pobre
parece que va a morir.
María de la Luz pareció echar a broma el asunto, pero estaba pálida y su
risa tenía la crispación de una mueca triste.
—Porque no le quiero: porque me he cansao de él, ¡ea! Es un soso que me
aburre. ¿No soy yo dueña de querer al hombre que me guste?...
Fermín la habló como a una niña revoltosa. Estaba mintiendo: se lo
conocía en la cara. No podía ocultar que seguía amando a Rafael. Algo había en
todo aquello, que era preciso que él conociera para bien de los dos novios,
para juntarlos de nuevo. ¡Mentira aquel aburrimiento! ¡Mentira aquella energía
de moza bravucona con que se expresaba Mariquita al justificar su rompimiento
con Rafael! Ella no era mala; no podía tratar con tanta crueldad a su antiguo
novio. ¡Qué! ¿así se rompen unos amores comenzados casi en la infancia? ¿Así se
despide a un hombre después de haberlo tenido durante años y años, como quien
dice, cosido a las faldas? Algo había en su conducta que no podía explicarse, y
era preciso que ella se lo dijese. ¿No era su hermano único y el mejor de sus
amigos? ¿No le contaba todas las cosas que no se atrevía a decir al padre, por
el respeto que éste le inspiraba?...
Pero la muchacha se mostró insensible al tono acariciador y persuasivo
de su hermano.
—No hay nada de eso—repuso enérgicamente, irguiendo su busto como si
fuese a levantarse.—Todo son invenciones tuyas. No hay más, que estoy cansada
de noviazgos, que no quiero hombre, que pienso pasarme la vida al lado de padre
y de ti. ¿Con quién mejor que con vosotros? ¡Se acabaron los novios!
El hermano acogía estas palabras con un gesto de incredulidad. ¡Mentira
otra vez! ¿Por qué se cansaba de pronto del hombre al que tanto había querido?
¿Qué causa poderosa había deshecho con tanta rapidez su amor?... ¡Ah Mariquita!
Él no era tan bobo que se tragase unas excusas faltas de sentido.
Y como la muchacha, para ocultar su turbación levantase la voz,
repitiendo enérgicamente que era dueña de su voluntad y podía hacer lo que
fuese de su gusto, Fermín comenzó a irritarse.
—¡Ah, mocita falsa! ¡Alma dura! ¡Corazón de canto! ¿Crees tú que a un
hombre se le deja cuando a una le parece, después de haberle entretenido años
enteros junto a la reja, enloqueciéndolo con palabritas de miel, afirmando que
se le quiere más que a la vida? Por mucho menos les han partido a algunas el
corazón de una puñalada... Grita: repite que harás lo que te dé la gana: yo
pienso en aquel infeliz que, mientras tú hablas como una arrastrá, el pobrecito
anda por ahí hecho una lástima, llorando como un chiquillo, a pesar de que es
el hombre más hombre de todo el campo de Jerez. Y eso por ti... ¡por ti, que te
portas peor que una gitana! ¡por ti, veleta!...
Exaltándose a impulsos de su ira, hablaba de la tristeza de Rafael, del
gesto lloroso con que había implorado su auxilio, de la angustia con que
aguardaba el resultado de su mediación. Pero no pudo hablar más. María de la
Luz, pasando repentinamente de la resistencia al desaliento, rompió a llorar,
aumentándose sus gemidos y sus lágrimas conforme avanzaba Fermín en el relato
de la desesperación amorosa del novio.
—¡Ay, pobrecito!—gemía la muchacha, olvidando todo disimulo.—¡Ay, mi
Rafael de mi arma!...
Se dulcificó la voz del hermano.
—Le quieres, ¿no lo ves? le quieres. Tú misma te delatas. ¿Por qué
hacerle sufrir? ¿Por qué esa testarudez, que a él le desespera y a ti te hace
llorar?
Y el muchacho, inclinándose sobre su hermana, la envolvía en sus ruegos
o la empujaba los hombros con violencia, presintiendo la gravedad del secreto
que ocultaba Mariquita y que él a todo trance quería conocer.
Callaba la muchacha. Gemía oyendo a su hermano, como si cada una de sus
palabras penetrase en su alma, crispándola con el dolor de las heridas
desgarradas; pero no abría su boca: temía decir demasiado y únicamente lloraba,
poblando de lamentos el silencio de la tarde.
—Habla—gritaba imperiosamente Fermín.—Di algo. Tú quieres a Rafael; le
quieres tal vez más que antes. ¿Por qué te separas de él? ¿Por qué le despides?
Esto es lo que me interesa; tu silencio me da miedo. ¿Por qué? ¿por qué? Habla,
mujer; habla, o creo que te mato.
Y empujaba rudamente a María de la Luz, la cual, como si no pudiera
sostenerse bajo el peso de la emoción, se había tendido en el ribazo, con la
cara entre las manos.
Comenzaba a ocultarse el sol. Se veía el disco de color de cereza,
detrás de las ramas del olivar, como al través de una celosía negra. Sus
últimos rayos, a ras de tierra, coloreaban con un resplandor anaranjado la
columnata de troncos de los olivos, las marañas de plantas de la tierra, las
curvas del cuerpo de la moza tendido en el suelo. La punzante película de las
chumberas erizábase como una epidermis luminosa.
—Habla, Mariquita—rugía la voz de Fermín.—Di por qué haces eso. ¡Dilo
por tu vida! ¡Mira que me vuelves loco! ¡Díselo a tu hermano, a tu Fermín!
La voz de la muchacha salió tenue, vergonzosa, lejana, de aquel bulto
tendido.
—No le quiero... porque le quiero mucho. No puedo quererle, porque le
amo demasiado para hacerle infeliz.
Y cual si tras estas palabras confusas cobrase ánimos, Mariquita se
irguió, mirando fijamente a Fermín con sus ojos llenos de lágrimas.
Podía pegarla, podía matarla; pero ella no volvería a hablar con Rafael.
Había jurado que si se consideraba indigna de él, le abandonaría, aunque con
esto destrozase su alma. Era un crimen premiar aquel amor tan intenso
introduciendo en su futura existencia algo que pudiese afrentar a Rafael, tan
bueno, tan noble, tan amoroso.
Se hizo un largo silencio.
El sol había desaparecido. Ahora el negro ramaje del olivar se destacaba
sobre un cielo de color de violeta, con una leve franja de oro a ras del
horizonte.
Fermín callaba, como si le aterrase el contacto de la verdad misterioso,
cuyo roce creía ya sentir.
—Según eso—dijo con una calma solemne,—tú te consideras indigna de
Rafael. Huyes porque hay algo en tu vida que puede avergonzarle, hacerle
infeliz.
—Sí—contestó ella sin bajar los ojos.
—¿Y qué es ello? Habla: creo que un hermano debe saberlo.
María de la Luz volvió a ocultar su cabeza entre los manos. Nunca: no
hablaría: bastante llevaba dicho. Era un tormento superior a sus fuerzas. Si
Fermín la quería un poco; debía respetar su silencio, dejarla en paz, que harto
lo necesitaba. Y el estertor de sus lloros, rasgó de nuevo la calma del
crepúsculo.
Montenegro mostrábase tan desalentado como su hermana. Después de sus
arrebatos de indignación, sentíase débil, reblandecido, anonadado por aquel
misterio, que sólo había podido columbrar. Hablaba con dulzura, con humildad,
recordando a la joven el estrecho cariño que unía sus vidas.
No habían conocido a su madre, y Fermín ocupó para la pequeña el vacío
que dejó al morir aquella mujer, cuyo rostro, bondadoso y triste, apenas si
recordaban. ¿Cuántas veces, a la edad en que otros muchachos se duermen en un
regazo tibio, había hecho de madre para ella, meciéndola muerto de sueño,
sufriendo sus llantos y sus manotones? ¿Cuántas veces, en la época de miseria,
cuando el padre no tenía trabajo, había sofocado su hambre para darla el
mendrugo que le regalaban otros chicos, compañeros de sus juegos?... Cuando
ella sufrió las enfermedades de la infancia, su hermano, que apenas pasaba la
cabeza del borde de la cama, la había velado, había dormido con ella sin miedo
a la infección. Eran más que hermanos: la mitad de su vida la habían pasado
juntos, en contacto desde los pies a la frente, mezclando sus alientos,
confundiendo sus sudores. Cada uno de ellos no sabía lo que en su cuerpo era
suyo o asimilado del otro.
Después, al ser mayores, este amor fraternal soldado por las penas de
una infancia triste, se había agrandado. Él no pensaba en casarse, como si su
misión en el mundo fuese vivir al lado de su hermana, viéndola feliz con un
hombre bueno y noble como Rafael, dedicando toda su vida a los hijos que ella
tuviese... Para Fermín no guardaba secretos Mariquita. Corría a él, en los
momentos de duda, antes que al padre... ¡Y ahora, la ingrata, como si de
repente se endureciese su alma, dejaba impasible que él sufriese, sin revelar
aquel misterio de su vida!
—¡Ah, mal corazón! ¡Mala hermana!... ¡Y cuán poco te conocía!
Estos reproches de Fermín, dichos con voz entrecortada, como si fuese a
llorar, causaron más efecto en María que las amenazas y violencias de antes.
—Fermín... quería ser muda para que no sufrieses; porque sé que la
verdad te hará daño. ¡Ay, Jesús mío! ¡Destrozarles el alma a los dos hombres
que más quiero!...
Pero ya que el hermano lo exigía, a él se confiaba, y fuese lo que Dios
quisiera... Se había erguido otra vez y hablaba, sin un gesto, sin mover apenas
los labios, con la mirada perdida en el horizonte, cual si estuviera soñando y
relatase la historia de otra persona.
Comenzaba a anochecer y a Fermín le pareció que toda la sombra del
crepúsculo se le metía dentro del cráneo, nublando su pensamiento,
entorpeciéndolo con dolorosa somnolencia. Un frío intenso y paralizador, un
frío de sepultura, arañaba su espalda. Era la brisa ligera de la noche, pero a
Fermín le pareció un viento de hielo, una tromba glacial que venía desde el
Polo para él, sólo para él.
María de la Luz seguía hablando impasible, como si relatase la desgracia
de otra mujer. Sus palabras evocaban rápidas imágenes en el pensamiento del
hermano. Todo lo veía Fermín: la embriaguez general de la última noche de la
vendimia, la borrachera de la moza, su desplome como un cuerpo inerte en el
rincón de los lagares, y después la llegada del señorito para aprovecharse de
la caída.
—¡El vino! ¡El mardito vino!—decía María de la Luz con expresión de
cólera, haciendo al líquido de oro responsable de su desgracia.
—Sí, el vino—repetía Fermín.
Y con el pensamiento evocaba a Salvatierra, recordando sus anatemas a la
maléfica divinidad que regulaba todas las acciones y los afectos de un pueblo
esclavizado por ella.
Después, las palabras de su hermana le hacían ver el horroroso despertar
al desvanecerse el triste engaño de la embriaguez, la indignación con que
repelía a un hombre, al que no amaba, y que aún le parecía más antipático luego
de su fácil victoria.
Todo había acabado para María de la Luz. Harto lo demostraba la firmeza
de sus palabras. Ya no podía ser del hombre amado. Debía mostrarse cruel,
fingir despego, hacerle sufrir como una moza casquivana, antes que decirle la
verdad.
Imperaba en ella esa preocupación de la hembra vulgar que confunde el
amor con la virginidad física. Una mujer sólo podía ser esposa del hombre al
que llevase como tributo de sumisión, la integridad de su cuerpo. Ella debía
ser como su madre, como todas las buenas mujeres que conocía. La virginidad de
la carne era tan importante como el amor; y cuando se perdía, aunque fuese por
un azar, sin voluntad alguna, había que resignarse, doblar la cabeza, decir
adiós a la dicha y seguir el camino de la vida, sola y triste, mientras el
amante infeliz se alejaba por otro lado buscando una nueva urna de amor cerrada
e intacta.
Para María de la Luz el mal era irremediable. Amaba a Rafael; la
desesperación del muchacho aumentaba su apasionamiento; pero jamás volvería a
hablarle. Se resignaba a que la tuviesen por cruel antes que engañar al hombre
amado. ¿Qué decía Fermín a esto? ¿No debía ella repeler a su novio, aunque esto
la destrozase el alma?...
Fermín permanecía silencioso, la barba en el pecho y los ojos cerrados,
con la inmovilidad de la muerte. Parecía un cadáver en pie. De pronto, despertó
la fiera humana que se encabrita y ruge ante la desgracia.
—¡Ah, perra descastada!—bramó.—¡Mala piel! ¡....!
Y el supremo insulto a la virtud femenil salió de sus labios disparado
contra María de la Luz. Avanzó un paso, con la mirada extraviada y el puño en
alto. La muchacha, como si la penosa revelación la hubiese sumido en la
insensibilidad de los imbéciles, no cerró los ojos, no movió la cabeza para
evitar el golpe.
La mano de Fermín volvió a caer sin rozarla. Fue un relámpago de
ferocidad; nada más. Montenegro se reconocía sin derecho para castigar a su
hermana. En las nieblas de color de sangre que pasaban ante sus ojos, creyó ver
el brillo de las gafas azules de Salvatierra, su sonrisa fría de inmensa
bondad. ¿Qué haría el maestro de estar allí?... Perdonar, indudablemente:
envolver a la víctima en la conmiseración sin límites que le inspiraban los
pecados de los débiles. Además, estaba el vino como principal culpable: el
veneno de oro, el diablo de color de ámbar, esparciendo con su perfume la
locura y el crimen.
Fermín permaneció silencioso largo rato.
—De todo esto—dijo al fin—ni una palabra al padre. El pobre viejo
moriría.
Mariquita hizo un gesto de asentimiento.
—Si te encontraras con Rafael—continuó,—ni una palabra tampoco. Le
conozco: el pobre mozo iría a presidio por tu culpa.
La advertencia era inútil. Para evitar la venganza de Rafael, había
mentido ella, fingiendo sus crueles desvíos.
Fermín continuó hablando con tono sombrío, pero imperiosamente, sin
admitir réplica. Ella se casaría con Luis Dupont... ¿Que le aborrecía? ¿Que
había huido de él después de aquella noche horrible?... Pues esta era la única
solución. Con la honra de su familia ningún señorito jugaba impunemente. Si no
le quería por amor, le toleraría por deber. El mismo Luis iría a buscarla, a
pedirla la mano.
—¡Le odio! ¡Le aborrezco!—decía Mariquita.—¡Que no venga! ¡No quiero
verle!...
Pero sus protestas se estrellaron ante la firmeza del hermano. Ella
podía mandar en sus afectos, pero por encima estaba el honor de su casa. Quedar
soltera, ocultando su deshonra, con el triste consuelo de no haber engañado a
Rafael, podía satisfacerla. ¿Pero y él, que era su hermano? ¿Cómo podría vivir,
viendo a todas horas a Luis Dupont, sin exigirle una reparación por su ultraje,
pensando que el señorito se reía interiormente de su hazaña, al encararse con
él?...
—A callar, Mariquita—dijo con dureza.—A callar, y ser obediente. Ya que
como mujer no has sabido guardarte, deja que tu hermano defienda la honra de la
familia.
Había cerrado la noche y los dos hermanos emprendieron cuesta arriba el
regreso a su casa. Fue una ascensión lenta, penosa, temblándoles las piernas,
zumbándoles los oídos, jadeando sus pechos, como si les aplastase un peso
enorme. Parecíales que llevaban en hombros un muerto gigantesco, algo que había
de pesar sobre el resto de su existencia.
Los hermanos pasaron mal la noche. Durante la velada sufrieron el
tormento de tener que sonreír al pobre padre, de seguir su conversación sobre
los sucesos que se preparaban para el día siguiente, de manifestar Fermín sus
opiniones acerca de la asamblea de los rebeldes en los llanos de Caulina.
El joven no pudo dormir. Adivinaba, al otro lado del tabique, el
insomnio de Mariquita; oía el continuo revólver de su cuerpo en la cama,
prorrumpiendo en suspiros dolorosos.
Poco después del alba, Fermín salió de Marchamalo, dirigiéndose a Jerez
sin despedirse de su familia. Al bajar a la carretera, lo primero que vio junto
al ventorro fue a Rafael, sobre su jaca, plantado en medio del camino, como un
centauro.
—Cuando tan pronto vienes, algo güeno ties que dicirme—exclamó el
mocetón con una confianza cándida que a Fermín casi le arrancó lágrimas.—Suelta
por esa boca, Ferminillo mío, ¿qué resultao traes de tu embajada?...
Montenegro tuvo que hacer un esfuerzo violento para mentir, ocultando
con vagas palabras su turbación.
El asunto marchaba así, así; no del todo mal. Podía estar tranquilo:
caprichitos de mujer sin fundamento alguno. El insistiría para que todo se
arreglase. Lo importante era que Mariquita le quería lo mismo que antes. Podía
estar seguro de esto.
¡Qué cara de angelote, radiante y gozoso, la del mocetón!...
—Anda, Ferminillo: súbete en las ancas, ¡salao! ¡gracioso! que te voy a
llevar a Jerez en un decir Jesú. Tienes más talento y más labia, y más aquel en
la mollera, que toos los abogaos juntos de Cáiz, de Sevilla y hasta de Madrí...
¡Si sabría yo a qué aldabilla me agarraba cuando busqué a mi niño!...
La jaca iba al galope, espoleada por el aperador. Éste necesitaba
correr, aspirar el aire con violencia, cantar para dar salida a la alegría,
mientras Fermín, a sus espaldas, casi lloraba, viendo la alegría del inocente,
escuchando las coplas que dedicaba a la gachí, como si la tuviera
otra vez por suya, gracias al hermano. Para sostenerse en las ancas del corcel,
tuvo Fermín que agarrarse a la cintura del aperador; pero lo hizo con cierto
remordimiento, como avergonzado del contacto con aquel ser bueno y sencillo
cuya confianza forzosamente había de engañar.
Se separaron en las afueras de Jerez. Rafael se marchaba al cortijo.
Quería estar allí, ya que tenía noticia de lo que se preparaba para la tarde en
los llanos de Caulina.
—Va a haber bronca, y gorda. Dicen que hoy se lo reparten too y lo
queman too, y que se van a cortar más cabezas que en una batalla de moros... Yo
a Matanzuela, y al primero que se presente con mala intención lo recibo a
tiros. Al fin, el amo es el amo y pa eso me tiene allí don Luis: pa que guarde
sus intereses.
Fue un nuevo tormento para Fermín ver la arrogancia con que se alejaba
el mocetón, la firme tranquilidad con que hablaba de hacerse matar por los que
osasen el más leve atentado contra la propiedad de su señor. ¡Ay! ¡si el jayán
inocente, en el cumplimiento de su deber, supiera lo que él!...
Fermín pasó todo el día en el escritorio trabajando, con el pensamiento
lejos, muy lejos; traduciendo cartas mecánicamente, sin fijarse en el sentido
de las palabras, uniendo números como un autómata.
Algunas veces levantaba la cabeza y permanecía inmóvil, mirando
fijamente a don Pablo Dupont al través de la puerta abierta de su despacho. El
principal discutía con don Ramón y otros señores, ricos cosecheros que llegaban
con cierto aire despavorido y se serenaban, acabando por reír, luego de
escuchar las vehementes palabras del millonario.
Montenegro no prestaba atención, a pesar de que la voz de don Pablo,
aflautada por la cólera, se esparcía algunas veces por el escritorio. Debían
hablar de la reunión en Caulina: la noticia había llegado desde el campo a la
ciudad.
Varias veces, al quedar solo Dupont en su despacho, el empleado sintió
tentaciones de entrar... pero se contuvo. No: allí no. Necesitaba hablarle a
solas. Conocía su carácter arrebatado. La sorpresa le haría prorrumpir en
gritos, oyéndole todas las gentes del escritorio.
A la caída de la tarde, Fermín, después de vagar un buen rato por las
calles, para dejar algún espacio entre la salida de la oficina y su visita al
amo, se dirigió al ostentoso hotel de la viuda de Dupont.
Pasó la verja y el portal con la facilidad de un antiguo servidor de la
casa. Se detuvo un instante en el patio, de blancas arcadas, entre los macizos
de plátanos y palmeras. En el centro de uno de los claustros cantaba un chorro
de agua, cayendo en profundo tazón. Era una fuente con pretensiones de
monumento; una montaña de estalactitas con una cueva a guisa de hornacina, y en
ella la Virgen de Lourdes, de mármol blanco; una estatua mediocre, con el
relamido exterior de la imaginería francesa, que el dueño del hotel apreciaba
como un prodigio artístico.
Le bastó a Fermín anunciarse, para que le hiciesen pasar al despacho del
señor. Un criado descorrió las cortinas de las ventanas para que entrase toda
la luz de la tarde. Don Pablo, apoyado en la pared, inclinábase ante la bocina
de un aparato telefónico, manteniendo el receptor en el oído. Con un gesto
indicó a su empleado que se sentase, y Fermín, hundido en un sillón, dejó vagar
su mirada por esta pieza, en la que no había entrado nunca.
Un gran cuadro de talla dorada, adornado con la cabeza de San Pedro, y
los escudos pontificales, contenía el diploma más glorioso de la casa, el Breve
concediendo la bendición papal en la hora de la muerte a todos los Dupont,
hasta la cuarta generación. Luego, en otros cuadros no menos deslumbrantes,
mostrábanse todas las distinciones concedidas a don Pablo, tan honoríficas como
santas; pergaminos con grandes sellos e inscripciones rojas, azules o negras;
títulos de comendador de la orden de San Gregorio, de la de Pro
ecclesiæ et Pontifice, y de la Piana; diplomas de caballero Hospitalario de
San Juan y del Santo Sepulcro. Las cartas que acreditaban las cruces de Carlos
III y de Isabel la Católica, concedidas por las regias personas después de sus
visitas a la bodega de los Dupont, ocupaban las paredes más oscuras,
encuadradas en marcos menos vistosos, con la modestia que el poder civil debe
mostrar ante la representación de Dios; cediendo el sitio, como avergonzadas, a
todos los títulos honoríficos inventados por la Iglesia, que habían llovido
sobre don Pablo, sin que faltase uno.
Dupont únicamente rechazaba de Roma el título de nobleza. Sus amigos de
allá ponían a disposición de él toda la heráldica: conde, marqués, duque, lo
que quisiera. Hasta príncipe lo haría el Santo Padre por la gracia de Dios; y
en cuanto al título, si no le gustaba su apellido no tenía más que echar mano a
cualquiera de los innumerables santos del calendario.
Pero el hijo de doña Elvira rehusaba obstinadamente esta distinción. ¡La
Iglesia por encima de todo!... pero la nobleza histórica también era obra de
Dios. Y, orgulloso de la estirpe materna, sonreía irónicamente al hablar de la
nobleza papal, despreciando a los industriales y los ricos improvisados que se
pavoneaban con sus títulos de Roma. Se proponía solicitar para él, más
adelante, aquel marquesado rancio y glorioso de San Dionisio que estaba sin
sucesión desde la muerte de su famoso tío Torreroel.
Don Pablo, al dejar el teléfono, saludó a Fermín, impidiéndole con un
ademán que abandonase su asiento.
—¿Qué hay, muchacho? ¿Traes noticias nuevas? ¿Sabes algo de la reunión
en Caulina?... Me acaban de decir que llegan grupos de todos lados. Ya son unos
tres mil.
Montenegro hizo un gesto de indiferencia. Nada le importaba la tal
reunión: él venía por otra cosa.
—Me alegro que pienses así—dijo don Pablo, sentándose junto a su mesa,
al pie del diploma de la bendición.—Tú has sido siempre algo verde;
ya sabes que te conozco, y me gusta que no te mezcles en estos líos. Esto te lo
digo porque te quiero y porque esa gente va a llevar palo... mucho palo.
Y se frotaba las manos, como si le regocijase la esperanza del castigo
que iban a sufrir los rebeldes.
—Tú, que tanto admiras a Salvatierra, el amigote de tu padre, puedes
felicitarte de que no se encuentre en Jerez. Porque si estuviera, esta sería su
última hazaña... Pero vamos a ver, Ferminillo, ¿qué te trae por aquí?...
Dupont quedose con la vista fija en su empleado y éste comenzó a
explicarse con cierta timidez. Él conocía el antiguo afecto que don Pablo y
toda su familia sentían por la del pobre capataz de Marchamalo. Un cariño de
grandes señores, que ellos, pobres y humildes, no sabían cómo agradecer.
Además, Fermín apreciaba el carácter de su principal: su religiosidad, incapaz
de transigir con el vicio y la injusticia. Por esto, en un momento difícil para
su familia, acudía a él, en busca de consejo, de apoyo moral.
Dupont miraba con los ojos entornados a Montenegro, pensando que éste
sólo podía aproximarse a él impulsado por algo muy importante.
—Está bien—dijo con impaciencia.—Vamos al caso y no perdamos tiempo.
Mira que hoy es un día extraordinario. De un momento a otro volverán a llamarme
por teléfono.
Fermín permanecía con la cabeza baja, vacilando, con expresión dolorosa,
como si las palabras le quemasen la lengua. Por fin comenzó el relato de lo
ocurrido en Marchamalo la última noche de la vendimia.
El carácter irascible, impetuoso y atronador de Dupont, pareció
hincharse colérico durante el relato, hasta estallar al final ruidosamente.
Su egoísmo le hacía pensar ante todo en él, en lo que suponía este
atentado para el honor de su casa. Además, considerábase herido por la falta de
respeto del pariente, afirmando que en este delito de impudor había algo de
profanación para su propia persona.
—¡En Marchamalo tales abominaciones!—exclamó, saltando de su
asiento.—¡La torre de los Dupont, mi casa, a la que llevo mi familia muchas
veces, convertida en un antro del vicio! ¡El demonio de la impureza haciendo de
las suyas a dos pasos de la capilla, de la casa de Dios, donde sacerdotes
sabios han dicho las cosas más hermosas del mundo!...
Y la indignación le ahogaba. Tosía, agarrándose a la mesa, como si la
cólera le amagase con una congestión, y pudiera caer redondo en el suelo.
Luego vinieron las lamentaciones del industrial. ¡Para esto había
servido el saqueo que durante su ausencia había hecho en sus mejores vinos el
empecatado pariente! Aquel robo de loco no podía dar otros resultados.
¡Embriagar con el vino de los ricos a todo un tropel de gentes rudas y
ordinarias! Bastante había reñido a su primo al volver él a Jerez; y ahora,
cuando tenía olvidada la barrabasada, le enteraban de su última consecuencia,
una deshonra que le impediría poner los pies en Marchamalo. ¡Jesús! ¡Jesús!
¡Qué de vergüenzas sobre la familia!...
—Compadéceme, Fermín—gritaba don Pablo.—Ten lástima de la cruz que llevo
a cuestas. El Señor ha derramado todos sus dones sobre su indigno servidor, que
soy yo. Tengo riquezas, una madre que es una santa, esposa cristiana e hijos
obedientes; pero en este valle de lágrimas, la felicidad no puede ser completa.
El Altísimo necesita ponernos a prueba, y mi castigo son las niñas del marqués
y ese Luis, que es presa del demonio. Somos la mejor de las familias, pero esos
locos se encargan de hacernos llorar, de afligirnos con el tormento de la
vergüenza. Ten compasión de mí, Fermín; apiádate del cristiano más infeliz de
la tierra, que no por esto se queja, sino que alaba al Señor.
Reaparecía el exaltado, próximo al delirio al hablar de Dios y de la
suerte de sus criaturas. Y pidiendo a Fermín que le compadeciese, lo hacía con
tales gestos, que el joven temía que se arrodillara, con las manos juntas, como
implorando su perdón.
En ciertos momentos, Montenegro, a pesar de su tristeza, sentía deseos
de reír por lo extraño de la situación. Aquel hombre poderoso pedía que le
compadeciese. ¿Qué pediría él, que llegaba impulsado por una vergüenza de
familia?...
Dupont cayó desalentado en su asiento, la cabeza entre las manos, con la
facilidad con que pasaba su carácter de la acción desordenada e impetuosa al
anonadamiento cobarde.
Suspiraba, con tristeza:
—¡La familia!... ¡la familia!...
Pero al levantar los ojos, se encontró con los de Fermín, que le
contemplaban asombrados, como preguntándole cuándo llegaría el momento en que
cesara de pedir compasión para él y empezase a compadecer a su dependiente.
—¿Y tú—preguntó—qué crees que puedo hacer en esto?...
Montenegro desechó toda timidez para contestar a su jefe. Si él supiera
qué hacer no habría venido a molestar a don Pablo. Estaba allí para que él le
aconsejase; más aún, para que pusiera remedio al mal, como cristiano y como
caballero, ya que estos dos títulos estaban siempre en sus labios.
—Usted es el jefe de los suyos y por esto vengo a buscarle. Usted tiene
medios de realizar el bien y devolver su honor a una familia.
—¡El jefe!... ¡el jefe!—murmuró irónicamente don Pablo. Y quedó en
silencio, como si buscase la solución del asunto.
Luego habló de María de la Luz. Había pecado gravemente y tenía mucho de
qué arrepentirse. Podía servirle de excusa ante Dios su estado extraordinario,
su falta de voluntad; pero la embriaguez no era una virtud, y el pecado carnal,
pecado era... Había que salvar el alma de la infeliz, facilitarla los medios
pura que ocultase su vergüenza.
—Yo creo—añadió después de una larga reflexión—que lo mejor será que tu
hermana entre en un convento... No tuerzas el gesto; no creas que quiero
enviarla a un convento cualquiera. Hablaré con mi madre: nosotros sabemos hacer
las cosas. Irá a un convento de señoras, de religiosas distinguidas, y la dote
será cosa nuestra. Ya sabes que por dinero no discuto. Cuatro mil, cinco mil
duros... lo que sea. ¡Eh! ¡Me parece que la solución no es mala! Allí, en el
recogimiento, limpiará su alma de culpas. Yo podré llevar entonces mi familia a
la viña, sin miedo a que los míos se rocen con una desdichada que ha cometido
el más torpe de los pecados, y ella vivirá como una gran señora, como una
esposa distinguida de Dios, rodeada de toda clase de comodidades, ¡hasta con
criadas, Fermín!, y ya ves que esto vale algo más que quedarse en Marchamalo
guisando la comida de los viñadores.
Fermín se había puesto de pie, pálido, con las cejas fruncidas.
—¿Eso es todo lo que usted tiene que decir?—preguntó con voz sorda.
El millonario asombrose de lo actitud del joven. Qué, ¿no le parecía
bastante? ¿Tenía él una solución mejor? Y con inmensa extrañeza, como si
hablase de algo disparatado e inaudito, añadió:
—¡A no ser que hayas soñado con que mi primo se case con tu hermana!...
—No haría con ello nada de más. Esto es lo lógico, lo natural, lo que
aconseja el honor, lo único que puede hacer un cristiano como usted.
Dupont volvió de nuevo a exaltarse.
—¡Ta, ta! ¡Ya salió el cristianismo a gusto vuestro! Los que sois verdes y
no conocéis la religión más que por fuera, os fijáis en ciertas exterioridades
para echárnoslas en cara cuando os conviene. Claro es que todos somos hijos de
Dios, y que los buenos gozarán igualmente de su gloria: pero mientras vivimos
en la tierra, el orden social que viene de lo alto, exige que existan
jerarquías y que éstas se respeten sin confundirse. Consulta el caso con un
sabio, pero un sabio de verdad; con mi amigo, el Padre Urizábal o algún fraile
eminente, y verás qué te contesta: lo mismo que yo. Debemos ser buenos
cristianos, perdonar las ofensas, auxiliarnos con la limosna y facilitar al
prójimo los medios para que salve el alma: pero cada uno en el círculo social
que le ha marcado Dios, en la familia que le destinó al nacer, sin asaltar las
barreras divisorias con intentos de falsa libertad, cuyo verdadero nombre es
libertinaje.
Montenegro hacía esfuerzos por contener la cólera.
—Mi hermana es buena y es honrada, a pesar de todo—dijo mirando
audazmente a don Pablo;—mi padre es el trabajador más bondadoso y más pacífico
del campo de Jerez: yo soy joven, pero no he hecho mal a nadie, y tengo la
conciencia tranquila. Los Montenegros somos pobres: pero nadie tiene derecho a
despreciarlos ni a deshonrarles por el egoísmo del placer. Nadie, ¿lo entiende
usted, don Pablo? nadie: y el que lo intenta no sale del mal paso impunemente.
Somos tan buenos como los que más, y mi hermana, aunque pobre, puede entrar por
la puerta grande en una familia que, aunque posea millones, tiene en su seno
hombres como Luis y hembras como las Marquesitas.
En otro momento hubiera tenido que ver el arranque de cólera de Dupont
ante las amenazas y las insolencias de su dependiente. Pero ahora parecía
intimidado por la mirada del joven, por el acento de su voz, que temblaba con
expresión amenazadora.
—¡Hombre!, ¡hombre!—exclamó, queriendo indignarse sin conseguirlo, y
adoptando una dulzura bonachona.—Piensa lo que dices. Ya sé que mi primo y esas
otras dos, son gente mala. ¡Bastantes disgustos me dan! Pero llevan mis
apellidos, y tú debes hablar de ellos con mayores miramientos por ser de mi
casa. Además, ¿qué sabes tú de lo que les tiene reservada la gracia del
Altísimo?... La Magdalena era peor que esas dos desgraciadas, mucho peor, y
murió como una santa. Luis es malo, pero mayores escándalos dieron en su
juventud algunos santos varones. Ahí tienes a San Agustín, padre de la Iglesia,
columna de la cristiandad. San Agustín, siendo joven...
El timbre del teléfono cortó la palabra a Dupont, que iba a comenzar el
relato de la vida del gran africano, sin fijarse en el gesto de indiferencia de
Fermín.
Durante algunos minutos permaneció don Pablo con el oído en el aparato,
prorrumpiendo en alegres exclamaciones, como si le satisfaciese lo que le
decían.
Cuando volvió hacia Montenegro, ya no parecía acordarse de lo que
motivaba la visita de éste.
—¡Van a entrar, Fermín!—exclamó frotándose los manos.—Me dicen de parte
del alcalde, que los de Caulina comienzan a dirigirse hacia la ciudad. Un poco
de susto en el primer momento, y después ¡pum, pum, pum! el
escarmiento que les hace falta, el presidio, y hasta su poquito de garrote,
para que vuelvan a ser prudentes y nos dejen quietos una temporada.
Don Pablo iba a mandar que cerrasen las puertas y las ventanas bajas de
su hotel. Si Fermín no quería quedarse, debía salir cuanto antes.
El amo hablaba precipitadamente, con el pensamiento puesto en la próxima
invasión de desesperados, y empujaba a Fermín, acompañándolo hasta la puerta,
como si olvidase su asunto.
—¿En qué quedamos, don Pablo?
—¡Ah, sí! Tu asunto... lo de la muchacha. Veremos: pasa otro rato; yo
hablaré con mi madre. Lo del convento es lo mejor: créeme.
Y como sorprendiese en el rostro de Fermín una mueca de protesta, volvió
a su tono de humanidad.
—Hombre: no pienses en eso del casamiento. Ten lástima de mi y de mi
familia. ¿No tenemos aún bastantes penas? Las niñas del marqués, que nos
avergüenzan viviendo con la canalla: Luis, que parecía en el buen camino, y
ahora sale con esa aventura... ¿Y aun quieres afligirnos a mi madre y a mí,
pidiendo que un Dupont se case con una muchacha de una viña? Yo creía que nos
considerabas más. Ten compasión de mí, hombre: tenme compasión.
—Sí, don Pablo, le compadezco—dijo Fermín irónicamente, deteniéndose en
la puerta.—Es usted digno de lástima por el estado de su alma. Su religión es
distinta de la mía.
Dupont se hizo atrás, olvidando de pronto todas sus preocupaciones. Le
habían tocado el punto vulnerable de su verbosidad. ¡Y un empleado suyo se
atrevía a decirle tales cosas!...
—Mi religión... mi religión—exclamó colérico, no sabiendo por dónde
comenzar.—¿Qué tienes tú que decir de ella? Mañana discutiremos en el
escritorio... y si no, ahora mismo...
Pero Fermín no le dejó continuar.
—Mañana no será fácil—dijo con calma.—No nos veremos mañana, y tal vez
nunca. Ahora tampoco puede ser: tengo prisa... ¡Salud, don Pablo! No volveré a
molestarle: no tendrá usted que pedirme más compasión. Lo que me toque hacer,
lo haré por mí mismo.
Y, precipitadamente, salió del hotel. Cuando llegó a la calle comenzaba
a anochecer.
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A media tarde llegaron los primeros grupos de trabajadores al inmenso
llano de Caulina. Presentábanse como negras bandadas, saliendo de todos los
puntos del horizonte.
Unos bajaban de la serranía, otros venían de los cortijos del llano, o
de las tierras situadas al otro lado de Jerez, llegando a Caulina después de
rodear la ciudad. Los había de los confines de Málaga y de la vecindad de
Sanlúcar de Barrameda. El aviso misterioso había volado de los ventorros a los
ranchos, por toda la extensa campiña, y cuantos trabajaban en ella acudían
presurosos, creyendo llegado el momento de la venganza.
Miraban con ojos feroces a Jerez. El desquite de los pobres estaba
próximo, y la ciudad blanca y risueña, la ciudad de los ricos, con sus bodegas
y sus millones, iba a arder, iluminando la noche con el esplendor de su ruina.
Se agrupaban los recién llegados a un lado del comino, en la llanura
cubierta de matorrales. Los toros que pastaban en ella retirábanse hacia el
fondo, como asustados por esta mancha negruzca, que crecía y crecía, alimentada
incesantemente con nuevos grupos.
Toda la horda de la miseria acudía a la cita. Eran hombres tostados,
enjutos, sin la más leve ondulación de grasa bajo la lustrosa epidermis.
Fuertes esqueletos acusando tras la piel de tirante rigidez, sus aristas
salientes y sus oquedades oscuras. Cuerpos, en los que era mayor el desgaste
que la nutrición, y la ausencia de músculos estaba suplida por los manojos de
tendones engruesados por el esfuerzo.
Se cubrían con mantas deshilachadas, llenas de remiendos, que esparcían
un olor de miseria, o tiritaban, sin más abrigo que un chaquetón haraposo. Los
que habían salido de Jerez para unirse a ellos, se distinguían por sus capas,
por su aspecto de obreros de ciudad, más próximos en sus costumbres a los
señores que a la gente del campo.
Los sombreros, nuevos y flamantes unos, deformados e incoloros otros,
con alas caídas y bordes de sierra, cubrían unos rostros en los que se mostraba
toda la gradación del gesto humano, desde la indiferencia abobada y bestial, a
la acometividad del que nace bien preparado para la lucha por la vida.
Aquellos hombres recordaban lejanos parentescos animales. Unos tenían la
faz prolongada y ósea, con grandes ojos bovinos y el gesto dulce y resignado:
eran los hombres-bueyes deseosos de tenderse en el surco, para rumiar sin la
más leve idea de protesta, con inmovilidad solemne. Otros mostraban el hocico
elástico y bigotudo, los ojos de reflejo metálico de los felinos: eran los
hombres-fieras, que se estremecían, dilatando sus narices, como si percibiesen
ya el olor de la sangre. Y los más, de cuerpo negro y miembros retorcidos y
angulosos como sarmientos, eran los hombres-plantas unidos para siempre a la
tierra de donde habían surgido, incapaces de movimiento y de ideas, resignados
a morir en el mismo sitio, nutriendo su vida buenamente con lo que desechasen
los fuertes.
La agitación de la rebeldía, el apasionamiento de la venganza, el
egoísmo de mejorar su suerte, parecían igualarlos a todos, con una semejanza de
familia. Muchos, al abandonar su vivienda habían tenido que arrancarse de los
brazos de sus mujeres, que lloraban presintiendo el peligro, pero al verse
entre los compañeros, erguíanse arrogantes, mirando a Jerez con
ojos bravucones, como si fueran a comérsela.
—¡Vamos!—exclamaban.—¡Que da ánimo ver tantos probes juntos, dispuestos
a hacer una hombrada!...
Eran más de cuatro mil. Al llegar una nueva banda, sus individuos,
embozándose en las mantas haraposas para dar mayor misterio a la pregunta, se
dirigían a los que aguardaban en el llano.
—¿Qué hay?...
Y los que oían la pregunta parecían devolverla con la mirada. «Sí; ¿qué
hay?» Todos estaban allí, sin saber por qué, ni para qué; sin conocer con
certeza quién era el que los convocaba.
Había circulado por el campo la noticia de que aquella tarde, al
anochecer, sería la gran revolución, y ellos acudían exasperados por las
miserias y persecuciones de la huelga, llevando en la faja una pistola vieja,
las hoces, las navajas o las terribles podaderas, que de un solo revés podían
hacer saltar una cabeza.
Llevaban algo más: la fe que acompaña a toda muchedumbre en los primeros
momentos de rebeldía, la credulidad, que la hace entusiasmarse con las más
absurdas noticias, exagerándolas cada cual por su cuenta para engañarse a sí
mismo, creyendo que fuerza a la realidad con el peso de sus disparatadas
invenciones.
La iniciativa de la reunión, la primera noticia, la creían obra
del Madrileño, un joven forastero que había aparecido en el campo
de Jerez en plena huelga, enardeciendo a los simples con sus predicaciones
sanguinarias. Nadie le conocía, pero era muchacho de gran verbosidad y pájaro
de cuenta, a juzgar por las amistades de que hacía gala. Le había enviado
Salvatierra, según él decía, para suplirle en su ausencia.
El gran movimiento social que iba a cambiar la faz del mundo, debía
iniciarse en Jerez. Salvatierra y otros hombres no menos famosos estaban ya
ocultos en lo ciudad, para presentarse en el momento oportuno. Las tropas se
unirían a los revolucionarios apenas entrasen éstos en la población.
Y los crédulos, con la viveza imaginativa de su raza, aderezaban la
noticia, adornándola con toda clase de detalles. Una confianza ciega se
esparcía por los grupos. No iba a correr más sangre que la de la gente rica.
Los soldados estaban con ellos; los oficiales también estaban al lado de la
revolución. Hasta la guardia civil, tan odiada por los braceros, merecía su
simpatía momentáneamente. Los tricornios también se ponían de parte del pueblo.
Salvatierra andaba en ello y su nombre bastaba para que todos aceptasen el
prodigio sobrenatural.
Los más viejos, los que habían presenciado el levantamiento de
Septiembre contra los Borbones, eran los más crédulos y confiados. Ellos habían
visto y no necesitaban que nadie les probase las cosas. Los generales
sublevados, los jefes de la escuadra, no habían sido más que autómatas,
sometidos al poder del grande hombre de aquella tierra. Don Fernando lo había
hecho todo: él había sublevado los barcos, él había arrojado los batallones a
Alcolea contra las tropas que venían de Madrid. ¿Y lo que hizo por destronar a
una reina y preparar el aborto de una República sietemesina, no había de
repetirlo cuando se trataba nada menos que de conquistar el pan para los
pobres?...
La historia de aquel país, la tradición de la tierra gaditana, provincia
de revoluciones, influía en la credulidad de las gentes. Habían visto con tanto
facilidad, de la noche a la mañana, derribar tronos y ministerios, y hasta
llevar presos a reyes, que nadie dudaba de la posibilidad de una revolución de
mayor importancia que las anteriores, pues aseguraría el bienestar de los
infelices.
Transcurrieron las horas y comenzaba a ocultarse el sol, sin que la
muchedumbre supiese con certeza qué aguardaba y hasta cuándo iba a permanecer
allí.
El tío Zarandilla iba de un grupo a otro para
satisfacer su curiosidad. Se había escapado de Matanzuela, riñendo con la vieja
que quería impedirle el paso, desoyendo los consejos del aperador, que le
recordaba que a sus años no estaba para aventuras. Quería ver de cerca lo que
era una rigolución de pobres; presenciar el bendito momento
(si es que llegaba) en que los trabajadores de la tierra se quedasen con ella
por riñones, partiéndola en pequeñas parcelas, poblando las inmensas y
deshabitadas propiedades, realizando su ensueño.
Intentaba reconocer a la gente con sus débiles ojos, extrañándose de la
inmovilidad de los grupos, de la incertidumbre, de la falta de plan.
—Yo he servío, muchachos—decía;—yo he hecho la guerra, y esto que
preparáis ahora es lo mismo que una batalla. ¿Dónde tenéis la bandera? ¿Dónde
está el general?...
Por más que giraba en torno de él su mirada turbia, sólo veía grupos de
gentes que parecían abobadas por una espera sin término. ¡Ni general, ni
bandera!
—Malo, malo—musitaba Zarandilla.—Me paece que me güelvo al
cortijo. La vieja tenía razón; esto güele a palos.
Otro curioso iba también de grupo en grupo, oyendo las conversaciones.
Era Alcaparrón, con el doble sombrero hundido basta las orejas,
moviendo su cuerpo, con femenil contoneo, dentro del traje haraposo. Los
gañanes acogíanlo con risas. ¿Él también allí?... Le darían un fusil cuando
entrasen en la ciudad; a ver si se batía con los burgueses como un valiente.
Pero el gitano contestaba a la proposición con exagerados ademanes de
miedo. La gente de su raza no gustaba de guerras. ¡Coger él un fusil! ¿Acaso
habían visto muchos gitanos que fuesen soldados?...
—Pero robar sí que robarás—le decían otros.—Cuando toque el momento del
reparto ¡cómo te vas a poner el cuerpo, gachó!
Y Alcaparrón reía como un mono, frotándose las manos al
hablar del saqueo, halagado en sus atávicos instintos de raza.
Un antiguo gañán de Matanzuela le recordó a su prima Mari-Cruz.
—Si eres hombre, Alcaparrón, esta noche podrás vengarte.
Toma esta hoz y se la metes en el vientre al granuja de don Luis.
El gitano rehusó la mortífera herramienta, huyendo del grupo para
ocultar sus lágrimas.
Comenzaba a anochecer. Los jornaleros, cansados de la espera, se movían,
prorrumpiendo en protestas. ¡A ver! ¿quién mandaba allí? ¿Iban a permanecer
toda la noche en Caulina? ¿Dónde estaba Salvatierra? ¡Que se presentase!... Sin
él no iban a ninguna parte.
La impaciencia y el descontento hicieron surgir un jefe. Se oyó la voz
de trueno de Juanón sobre los gritos de la gente. Sus brazos de atleta se
elevaron por encima de las cabezas.
—¿Pero quién dio la orden para reunirnos?... ¿El Madrileño? A
ver: que venga: que lo busquen.
Los obreros de la ciudad, el núcleo de compañeros de la idea que
había salido de Jerez y tenía empeño en volver a entrar con la gente del campo,
se agrupó en torno de Juanón, adivinando en él al jefe que iba a unir todas las
voluntades.
Encontraron, por fin, al Madrileño, y Juanón lo abordó para
saber qué hacían allí. El forastero se expresaba con gran verbosidad, pero sin
decir nada.
—Nos hemos reunido para la revolución, eso es: para la revolución
social.
Juanón daba patadas de impaciencia. ¿Pero y Salvatierra? ¿Dónde estaba
don Fernando?... El Madrileño no le había visto, pero sabía,
le habían dicho, que estaba en Jerez aguardando la entrada de la gente. También
sabía, o más bien, le habían dicho, que la tropa estaría con ellos. La guardia
de la cárcel andaba en el ajo. No había más que presentarse, y los
mismos soldados abrirían las puertas, poniendo en libertad a todos los
compañeros presos.
El gigantón quedó un momento pensativo, rascándose la frente, como si
quisiera ayudar con estos restregones la marcha de su pensamiento embrollado.
—Está bien—exclamó después de larga pausa.—Esto es cuestión de ser
hombres, o de no serlo: de meterse en la ciudad, y salga lo que saliere, o de
marcharse a dormir.
Brillaba en sus ojos la fría resolución, el fatalismo de los que se
resignan a ser conductores de hombres. Echaba sobre él la responsabilidad de
una rebelión que no había preparado. Sabía tanto del movimiento sedicioso, como
aquella gente que parecía absorta en la penumbra del crepúsculo, sin acertar a
explicarse qué hacía allí.
—¡Compañeros!—gritó imperiosamente.—¡A Jerez los que tengan riñones!
Vamos a sacar de la cárcel a nuestros pobres hermanos... y a lo que se tercie.
Salvatierra está allí.
El primero en aproximarse al improvisado caudillo, fue Paco el de
Trebujena, el bracero rebelde, despedido de todos los cortijos, que andaba por
el campo con su borriquillo vendiendo aguardiente y papeles revolucionarios.
—Yo voy contigo, Juanón, ya que el compañero Fernando nos espera.
—¡El que sea hombre, y tenga vergüenza, que me siga!—continuó Juanón a
grandes gritos, sin saber ciertamente adonde conducir a los compañeros.
Pero a pesar de sus llamamientos a la virilidad y la vergüenza, la mayor
parte de los reunidos se hacía atrás instintivamente. Un rumor de desconfianza,
de inmensa decepción, elevábase de la muchedumbre. Los más, pasaban de golpe
del entusiasmo ruidoso al recelo y al miedo. Su fantasía de meridionales,
siempre dispuesta a lo inesperado y maravilloso, les había hecho creer en la
aparición de Salvatierra y otros revolucionarios célebres, todos montados en
briosos corceles, como caudillos arrogantes e invencibles, seguidos de un gran
ejército que surgía milagrosamente de la tierra. ¡Asunto de acompañar a estos
auxiliares poderosos en su entrada en Jerez, reservándose la fácil tarea de
matar a los vencidos y adjudicarse sus riquezas! Y en vez de esto, les hablaban
de entrar solos en aquella ciudad, que se dibujaba en el horizonte, sobre el
último resplandor de la puesta del sol y parecía guiñarles satánicamente los
ojos rojizos de su alumbrado, como atrayéndolos a una emboscada. Ellos no eran
tontos. La vida resultaba dura con su exceso de trabajo y su hambre perpetua;
pero peor era morir. ¡A casa! ¡a casa!...
Y los grupos comenzaron a desfilar en dirección opuesto a la ciudad; a
perderse en la penumbra, sin querer oír los insultos de Juanón y los más
exaltados.
Estos, temiendo que la inmovilidad facilitase las deserciones, dieron la
orden de marcha.
—¡A Jerez! ¡A Jerez!...
Emprendieron el camino. Eran unos mil; los obreros de la ciudad, y los
hombres-fieras, que habían ido a la reunión oliendo sangre y no podían
retirarse, como si les empujase un instinto superior a su voluntad.
Al lado de Juanón, entre los más animosos, marchaba el Maestrico,
aquel muchacho que pasaba las noches en la gañanía, enseñándose a leer y
escribir.
—Creo que vamos mal—decía a su vigoroso compañero.—Marchamos a ciegas.
He visto hombres que corrían hacia Jerez, para avisar nuestra llegada. Nos
esperan; pero no para nada bueno.
—Tú te cayas, Maestrico—repuso imperiosamente el caudillo,
que, orgulloso de su cargo, acogía como una irreverencia la menor objeción.—Te
cayas; eso es. Y si tienes miedo, te najas como los otros. Aquí no queremos
cobardes.
—¡Yo cobarde!—exclamó con sencillez el muchacho.—Adelante, Juanón. ¡Pa
lo que vale la vida!...
Marchaban silenciosos, con la cabeza baja, como si fuesen a embestir a
la ciudad. Trotaban cual si deseasen salir lo antes posible de la incertidumbre
que les acompañaba en su carrera.
El Madrileño explicaba su plan. A la cárcel
seguidamente: a sacar a los compañeros presos. Allí se les uniría la tropa. Y
Juanón, como si no se pudiera ordenar nada que no fuese por su voz, repetía a
gritos:
—¡A la cárcel, muchachos! ¡A salvar a nuestros hermanos!
Dieron un largo rodeo para entrar en la ciudad por una callejuela, como
si les avergonzase pisar las vías anchas y bien iluminadas. Muchos de aquellos
hombres habían estado en Jerez muy contadas veces, desconocían las calles y
seguían a sus conductores con la docilidad de un rebaño, pensando con inquietud
en el modo de salir de allí si les obligaban a escapar.
La avalancha negra y muda avanzaba con sordo tropel de pasos que
conmovía el piso. Cerrábanse las puertas de las casas, apagábanse las luces en
las ventanas. Desde un balcón los insultó una mujer.
—¡Canallas! ¡Gentuza ordinaria! ¡Ojalá os ahorquen, que es lo que
merecéis!...
Y en los guijarros del pavimento, resonó el choque de una vasija de
barro rompiéndose, sin que los fragmentos alcanzasen a nadie. Era la Marquesita,
que desde el balcón del ganadero de cerdos, indignábase contra aquella gentuza,
antipática por su ordinariez, que osaba amenazar a las personas decentes.
Sólo unos pocos levantaron la cabeza: Los demás siguieron adelante,
insensibles a la ridícula agresión, deseando llegar cuanto antes al encuentro
de los amigos. Los que eran de la ciudad reconocieron a la Marquesita,
y al alejarse contestaron sus insultos con palabras tan clásicas como
impúdicas. ¡Pero qué punta aquella! De no ir de prisa, la
hubieran dado una zurra por debajo de las enaguas...
La columna sufrió cierto reflujo al subir la cuesta que conducía a la
plaza de la Cárcel: el sitio de peor sombra de la ciudad. Muchos de los
rebeldes se acordaban de los camaradas de La Mano Negra: allí les
habían dado garrote.
La plaza estaba solitaria: el antiguo convento convertido en cárcel
tenía cerradas todas sus aberturas, sin una luz en las rejas. Hasta el
centinela se había ocultado detrás del gran portón.
Detúvose la cabeza de la columna al entrar en la plaza, resistiendo el
empujón de los que venían detrás. ¡Nadie! ¿Quién iba a ayudarles? ¿Dónde
estaban los soldados que debían unirse a ellos?...
No tardaron en saberlo. De una reja baja partió una llama fugaz, una
línea roja disolviéndose en humo. Un trallazo enorme y seco conmovió la plaza.
Después, otro y otro, hasta nueve, que a la gente, inmóvil por la sorpresa, le
parecieron infinitos en número. Era la guardia, que hacía fuego antes de que
ellos se pusieran delante de los fusiles.
La sorpresa y el terror dieron a algunos un cándido heroísmo. Avanzaban
gritando, con los brazos abiertos.
—¡No tiréis, hermanos, que nos han vendío!... ¡Hermanos: que no venimos
por la mala!...
Pero los hermanos eran duros de oreja, y seguían tirando. De pronto se
inició en la turba el pavor de la fuga. Corrieron todos cuesta abajo, cobardes
y valientes, empujándose unos a otros, atropellándose, como si les azotasen las
espaldas aquellos disparos que seguían conmoviendo la plaza desierta.
Juanón y los más enérgicos, contuvieron al doblar una esquina el
torrente de hombres. Los grupos se rehicieron: pero más pequeños, menos
compactos. Ya no eran más que unos seiscientos hombres. El crédulo caudillo
blasfemaba con voz sorda.
—A ver: que venga el Madrileño: que nos explique esto.
Pero fue inútil buscarle. El Madrileño había
desaparecido en la dispersión, se había ocultado en las callejuelas al sonar
los disparos, como todos los que conocían la ciudad. Sólo quedaban al lado de
Juanón los que eran de la sierra y marchaban a tientas por las calles,
asombrados de ir de un lado a otro, sin ver a nadie, como si la ciudad
estuviese deshabitada.
—Ni Salvatierra está en Jerez, ni sabe nada de esto—dijo el Maestrico a
Juanón.—Me paece que nos la han dao.
—Lo mismo creo—contestó el atleta.—¿Y qué vamos a jacer? Ya que estamos
aquí, vámonos al centro de Jerez, a la calle Larga.
Emprendieron una marcha en desorden por el interior de la ciudad. Lo que
les tranquilizaba, infundiéndoles cierto valor, era no encontrar obstáculos ni
enemigos. ¿Dónde estaba la guardia civil? ¿Por qué se ocultaba la tropa? El
hecho de permanecer encerrada en sus acuartelamientos, dejando la ciudad en
poder de ellos, les infundía la absurda esperanza de que aún era posible la
aparición de Salvatierra, al frente de las tropas sublevadas.
Llegaron sin ningún obstáculo a la calle Larga. Ninguna precaución a su
llegada. La vía estaba limpia de transeúntes; pero en los casinos los balcones
mostrábanse iluminados; los pisos bajos no tenían otro cierre que las cancelas
de cristales.
Los rebeldes pasaban ante las sociedades de los ricos lanzándolas
miradas de odio, pero sin detenerse apenas. Juanón esperaba un arrebato de
cólera del rebaño miserable: hasta se preparaba a intervenir con su autoridad
de jefe para aminorar la catástrofe.
—¡Esos son los ricos!—decían en los grupos.
—Los que nos engordan con gazpachos de perro.
—Los que nos roban. ¡Míalos cómo se beben nuestra sangre!...
Y después de una breve detención, seguían su desfile apresuradamente,
como si fuesen a alguna parte y temieran llegar con retraso.
Empuñaban las terribles podaderas, las hoces, las navajas... ¡Que
saliesen los ricos y verían cómo rodaban sus cabezas sobre el adoquinado! Pero
había de ser en la calle, pues todos ellos sentían cierta repugnancia a empujar
las cancelas, como si los cristales fuesen un muro infranqueable.
Los largos años de sumisión y cobardía pesaban sobre la gente ruda al
verse frente a sus opresores. Además, les intimidaba la luz de la gran calle,
sus anchas aceras con filas de faroles, el resplandor rojo de los balcones.
Todos formulaban mentalmente la misma excusa para disculpar su debilidad. ¡Si
pillasen en campo raso a aquella gente!...
Al pasar frente al Círculo Caballista, aparecieron tras los
cristales varias cabezas de jóvenes. Eran señoritos que seguían con inquietud
mal disimulada el desfile de los huelguistas. Pero al verles pasar de largo,
mostraron cierta ironía en sus ojos, recobrando la confianza en la superioridad
de su casta.
—¡Viva la Revolución Social!—gritó el Maestrico, como si le
doliese pasar silencioso ante el nido de los ricos.
Los curiosos desaparecieron, pero al ocultarse reían, causándoles la
aclamación gran regocijo. ¡Mientras se contentasen con gritar!...
Llegaron en su marcha sin objeto a la plaza Nueva, y al ver que el jefe
se detenía, agrupáronse en torno de él, con la mirada interrogante.
—¿Y ahora qué hacemos?—preguntaron con inocencia.—¿Adónde vamos?
Juanón ponía un gesto feroz.
—Podéis diros donde queráis; ¡pa lo que hacemos!... Yo a tomar el
fresco.
Y arrebujándose en la manta, apoyó la espalda en la columna de un farol,
quedando inmóvil, en una actitud que revelaba desaliento.
La gente se esparció, dividiéndose en pequeños grupos. Improvisábanse
jefes, guiando cada uno a los camaradas en distinta dirección. La ciudad era
suya: ¡ahora comenzaba lo bueno! Aparecía el instinto atómico de la raza,
incapaz de acometer nada en conjunto, privada del valor colectivo, y que
únicamente se siente fuerte y emprendedora cuando cada individuo puede obrar
por inspiración propia.
La calle Larga se había oscurecido: los casinos estaban cerrados.
Después de la ruda prueba sufrida por los ricos, viendo pasar el desfile
amenazante, temían éstos un reculón de la fiera, arrepentida de su
magnanimidad, y todas las puertas se cerraban.
Un grupo numeroso se dirigió al teatro. Allí estaban los ricos, los
burgueses. Había que matarlos a todos: un drama de verdad. Pero al llegar los
jornaleros ante la puerta iluminada, detuviéronse con un temor que tenía algo
de religioso. Nunca habían entrado allí. El aire, caliente, cargado de
emanaciones de gas, y el rumor de innumerables conversaciones que se escapaban
por las rendijas de la cancela, intimidábanles como la respiración de un
monstruo oculto tras las cortinas rojas del vestíbulo.
¡Que salieran! ¡que salieran y sabrían lo que era bueno!... ¿Pero,
entrar allí?...
Asomaron a la puerta varios espectadores, atraídos por la noticia de la
invasión que llenaba las calles. Uno de ellos, con capa y sombrero de señorito,
osó avanzar hasta aquellos hombres envueltos en mantas, que formaban un grupo
frente al teatro.
Cayeron sobre él, rodeándolo, con las podaderas y las hoces en alto,
mientras los otros espectadores huían, refugiándose en el teatro. ¡Ya tenían,
por fin, lo que buscaban! Era el burgués, el burgués ahíto, al que había que
sangrar, para que devolviese al pueblo toda la substancia que había sorbido...
Pero el burgués, un joven robusto, de mirada tranquila y
franca, les contuvo con un gesto.
—¡Eh, compañeros! ¡Que soy un trabajador como vosotros!
—Las manos: a ver las manos—rugieron algunos braceros, sin abatir sus
armas amenazantes.
Y por entre los embozos de la capa, aparecieron unas manos fuertes,
cuadradas, con las uñas roídas por el trabajo. Uno tras otro, iban aquellos
hombres acariciando las palmas, apreciando sus duricias. Tenía callos: era de
los suyos. Y las armas amenazadoras volvían a ocultarse bajo las mantas.
—Sí, soy de los vuestros—siguió diciendo el joven.—Soy carpintero, pero
me gusta vestir como los señoritos, y en vez de pasar la noche en la taberna,
la paso en el teatro. Cada cual tiene sus aficiones...
Esta decepción causó tal desaliento en los huelguistas, que muchos de
ellos se retiraron. ¡Cristo! ¿dónde se ocultaban los ricos?...
Marchaban por las calles anchas y por las callejuelas apartadas, en
pequeños grupos, deseando encontrar a alguien, para que les enseñase las manos.
Era el mejor medio de reconocer a los enemigos del pobre. Pero ni con callos ni
sin ellos, encontraban a nadie ante su paso.
La ciudad parecía desierta. La gente, viendo que la fuerza armada seguía
oculta en los cuarteles, corría a encerrarse en sus casas, exagerando la
importancia de la invasión, creyendo que eran millones de hombres los que
ocupaban las calles y los alrededores de la ciudad.
Un grupo de cinco braceros tropezó en una calleja con un señorito. Eran
de los más feroces de la banda; hombres que sentían una impaciencia homicida,
al ver que transcurrían las horas sin que corriese la sangre.
—Las manos; enséñanos las manos—rugieron rodeándole, elevando sobre su
cabeza las cuchillas cuadradas y relucientes.
—¡Las manos!—contestó de mal humor el joven, desembozándose.—¿Y por qué
he de enseñarlas? No me da la gana.
Pero uno de ellos le agarró los brazos con sus zarpas, y de un violento
tirón, le hizo enseñar las manos.
—¡No tié callos!—exclamaron con lúgubre alegría.
Y se hicieron un paso atrás, como para caer sobre él con mayor ímpetu.
Pero les detuvo la serenidad del joven.
—No tengo callos, ¿y qué? Pero soy un trabajador como vosotros. Tampoco
los tiene Salvatierra, ¡y para que seáis más revolucionarios que él!...
El nombre de Salvatierra pareció detener en lo alto las pesadas
cuchillas.
—Dejad al muchacho—dijo a espaldas de ellos la voz de Juanón.—Yo le
conozco y respondo de él. Es el amigo del compañero Fernando; es de la idea.
Aquellos bárbaros abandonaron a Fermín Montenegro con cierta pena,
viendo malogrado su placer. La presencia de Juanón les imponía respeto. Además,
por el fondo de la calleja avanzaba otro joven. Aquel no sería de la idea;
algún retoño de burgués, que se retiraba a su casa.
Mientras Montenegro agradecía a Juanón su oportuna presencia, que le
salvaba de la muerte, verificábase un poco más allá el encuentro de los
braceros con el transeúnte.
—Las manos, burgués; enséñanos las manos.
El burgués era un adolescente pálido y desmedrado, un muchacho de
dieciséis años, con el traje raído, pero con gran cuello y vistosa corbata; el
lujo de los pobres. Temblaba de miedo al enseñar sus pobres manos finas y
anémicas, manos de escribiente encerrado a las horas de sol en la jaula de una
oficina. Lloraba, al excusarse con palabras entrecortadas, mirando las
podaderas con ojos de terror, como si le hipnotizase el frío del acero. Venía
del escritorio... había velado... estaban en el trabajo del balance...
—Gano dos pesetas, señores... dos pesetas. No me peguen... me iré a
casa; mi madre me espera... ¡aaay!...
Fue un alarido de dolor, de miedo, de desesperación, que conmovió toda
la calle. Un aullido espeluznante, al mismo tiempo que estallaba algo como una
olla rota, y el joven caía de espaldas en el suelo.
Juanón y Fermín, estremecidos de horror, corrieron hacia el grupo,
viendo en el centro de él al muchacho, con la cabeza en un charco negro que
crecía y crecía, y las piernas estirándose y contrayéndose con el estertor
agónico. Una podadera le había abierto el cráneo, rompiendo los huesos.
Los brutos parecían satisfechos de su obra.
—Mialo—decía uno de ellos.—¡El aprendiz de burgués! Se muere como un
pollo... Ya vendrán luego los maestros.
Juanón prorrumpió en blasfemias. ¿Esto era todo lo que sabían hacer?
¡Cobardes! Habían pasado ante los casinos, donde estaban los ricos, los
verdaderos enemigos, sin ocurrírseles más que dar voces, temiendo romper los
cristales que eran su única defensa. Sólo servían para asesinar a un niño, a un
trabajador como ellos, a un pobre zagal de escritorio, que
ganaba dos pesetas y tal vez mantenía a su madre.
Fermín llegó a temer que el atleta cayese navaja en mano sobre sus
compañeros.
—¡Aonde ir con estos brutos!—rugía Juanón.—Premita Dios u el demonio que
nos cojan a todos y nos ajorquen... Y a mí el primero, por bestia; por haber
creído que servíais pa algo.
El desdichado hombretón se alejó, queriendo evitar un choque con sus
feroces camaradas. Estos escaparon también, como si las palabras del jayán les
hubiesen devuelto la razón.
Montenegro, al verse solo frente al cadáver, tuvo miedo. Comenzaban a
crujir algunas ventanas después de la fuga precipitada de los matadores y huyó,
temiendo que le sorprendiesen los vecinos junto al muerto.
No se detuvo en su fuga hasta llegar a las calles grandes. Allí creía
estar mejor guardado de las fieras sueltas, que iban exigiendo que las
enseñasen las manos.
Al poco rato pareciole que la ciudad despertaba. Sonó a lo lejos un
estruendo que hacía temblar el suelo, y poco después pasó al trote un escuadrón
de lanceros por la calle Larga. Luego, al extremo de ésta, brillaron las
hileras de bayonetas y avanzó la infantería con rítmico paso. Las fachadas de
las grandes casas parecían alegrarse abriendo de golpe sus puertas y balcones.
La fuerza armada extendíase por toda la ciudad. La luz de los faroles
hacía brillar los cascos de los jinetes, las bayonetas de los infantes, los
tricornios charolados de la guardia civil. En la penumbra se destacaban las
manchas rojas de los pantalones de la tropa y los correajes amarillos de los
guardias.
Los que habían contenido en el encierro a estas fuerzas, creían llegado
el momento de esparcirlas. Durante algunas horas, la ciudad se había entregado,
sin resistencia, fatigándose en una monótona espera por la parsimonia de los
rebeldes. Pero ya había corrido la sangre. Bastaba un solo cadáver, el cadáver
que justificaría las crueles represalias, para que despertase la autoridad de
su sueño voluntario.
Fermín pensaba, con honda tristeza, en el infeliz escribiente, tendido
allá en la callejuela, víctima explotada hasta en su muerte, que facilitaba el
pretexto buscado por los poderosos.
Comenzó por todo Jerez la cacería de hombres. Pelotones de guardia civil
y de infantería de línea, guardaban inmóviles la entrada de las calles,
mientras la caballería y fuertes patrullas de a pie ojeaban la ciudad,
deteniendo a los sospechosos.
Fermín iba de un lado a otro sin encontrar obstáculos. Su exterior era
de señorito, y la fuerza armada sólo daba caza a las mantas, a los sombreros de
campo, a los chaquetones rudos; a todos los que tenían aspecto de trabajadores.
Montenegro los veía pasar en fila, camino de la cárcel, entre las bayonetas y
las grupas de los caballos, unos abatidos, como si les sorprendiese la
aparición hostil de la fuerza armada «que había de unirse a ellos»: otros,
asombrados, no comprendiendo cómo las cuerdas de presos despertaban tal alegría
en la calle Larga, cuando habían desfilado por ella horas antes como
triunfadores, sin permitirse el menor atropello.
Era un continuo transitar de gentes prisioneras, cogidas en el momento
en que intentaban salir de la población. Otros habían sido detenidos en el
refugio de las tabernas o tropezados al azar en aquel ojeo que envolvía las
calles.
Algunos eran de la ciudad. Habían salido de sus casas poco antes, al ver
terminada la invasión, pero su aspecto de pobres bastaba para que los
detuviesen como si fueran rebeldes. Y los grupos de prisioneros pasaban y
pasaban. La cárcel resultaba pequeña para tanta gente. Muchos eran conducidos a
los acuartelamientos de la tropa.
Fermín sentíase fatigado. Desde el anochecer que vagaba por Jerez en
busca de un hombre. La entrada de los huelguistas, la incertidumbre de lo que
podría resultar de esta aventura, le habían distraído durante algunas horas,
haciéndole olvidar sus asuntos. Pero ahora, finalizado el suceso, sentía
desvanecerse su excitación nerviosa y que el cansancio se apoderaba de él.
Pensó por un momento en retirarse a su hospedaje. Pero sus asuntos no
eran de los que podían dejarse para el día siguiente. Era preciso aquella misma
noche, en seguida, terminar la cuestión que le hizo salir como un loco del
hotel de don Pablo, separándose de éste para siempre.
Volvió a vagar por las calles en busca de su hombre, sin fijarse ya en
las ristras de prisioneros que pasaban junto a él.
Cerca de la plaza Nueva ocurrió el deseado encuentro:
—¡Viva la guardia civil! ¡Vivan las personas decentes!...
Era Luis Dupont el que gritaba, en medio del silencio que imponían a la
ciudad tantos fusiles en sus calles. Iba borracho: bien a las claras lo daban a
entender sus ojos brillantes y su aliento fétido. Detrás de él marchaban
el Chivo, y un camarero de colmado, con vasos en las manos y
botellas en los bolsillos.
Luis, al reconocer a Fermín, se arrojó en sus brazos queriendo besarle.
¡Qué jornada! ¿eh?... ¡qué victoria! Y hablaba, como si fuese él solo quien
había puesto en dispersión a los huelguistas.
Al saber que la gentuza entraba en la ciudad, se había metido con su
valiente acólito en el colmado del Montañés, cerrando bien las
puertas para que nadie les estorbase. Había que hacer genio, beber un poco
antes de emprender la faena. Tiempo les quedaba para salir y hacer correr a
tiros a la canalla. Él y el Chivo se bastaban para ello.
Convenía que el enemigo se entretuviese y tomase confianza, hasta el momento
oportuno en que surgiesen ellos dos como ministros de la muerte. Y por fin,
habían salido con el revólver en una mano y el cuchillo en la otra: ¡la fin del
mundo!; pero con tan mala sombra, que encontraron ya las tropas en las calles.
Aun así, algo habían hecho.
—Yo—decía el borracho con orgullo—he ayudado a detener a más de una
docena. Además, he repartido no sé cuántas bofetadas entre esa gentuza, que,
luego de acorralada, aún hablaba mal de las personas decentes... ¡Buena tunda
van a llevar!... ¡Viva la guardia civil! ¡Vivan los ricos!
Y como si estas aclamaciones le secasen el gaznate, hizo una seña
al Chivo, que acudió, presentando dos cañas de vino.
—Bebe—ordenó Luis a su amigo.
Fermín vaciló.
—No tengo ganas de beber—dijo con voz sorda.—Lo que deseo, es hablar
contigo, y en seguida. Hablar de algo muy interesante...
—Está bien: ya hablaremos—contestó el señorito sin dar importancia a la
petición.—Hablaremos tres días seguidos: pero primero hay que cumplir el deber.
Quiero obsequiar con una copa a todos los valientes que conmigo han salvado a
Jerez. Porque, créeme, Ferminillo, que soy yo, sólo yo, quien ha resistido a
esos pillos. Mientras las tropas estaban en los cuarteles, yo estaba en mi
sitio. ¡Me parece que la ciudad me lo debe agradecer, haciéndome algo!...
Pasó un pelotón de jinetes, con los caballos al trote. Luis avanzó hacia
el oficial, llevando en alto una copa de vino; pero el militar pasó adelante
sin hacer caso del ofrecimiento, seguido de sus soldados, que casi atropellaron
al señorito.
Su entusiasmo no se enfrió por esta falta de atención.
—¡Olé, los jinetes garbosos!—dijo arrojando su sombrero a las patas
traseras de los caballos.
Y al recogerlo, cuadrose, y con gesto grave, llevándose una mano al
pecho, gritó:
—¡Viva el ejército!
Fermín no quería soltarlo, y armándose de paciencia le acompañó en su
excursión por las calles. Se detenía el señorito ante los grupos de soldados,
haciendo avanzar a sus dos acompañantes con toda la provisión de botellas y
copas.
—¡Olé los hombres valientes! ¡Viva la caballería... y la infantería... y
la artillería aunque no esté! Una copa, mi teniente.
Los oficiales, malhumorados por esta jornada estúpida, sin gloria y sin
peligro, repelían con un gesto severo al borracho. ¡Adelante! Allí nadie bebía.
—Pues ya que no pueden ustedes beber—insistía el señorito con la pesadez
del ebrio—yo la beberé por ustedes. ¡A la salud de los hombres guapos!...
¡Muera la pillería!
Un grupo de guardia civil atrajo su atención en una bocacalle. El
sargento que lo mandaba, un viejo de bigote duro y entrecano, tampoco admitió
el obsequio de Dupont.
—¡Olé los hombres con riñones! ¡Bendita sea la mamá de todos ustedes!
¡Viva la guardia civil! Van ustedes a tomarse una copa conmigo. Chivo,
sirve a estos caballeros.
El veterano volvió a excusarse. La ordenanza... el reglamento del
cuerpo... Pero su firme negativa la acompañaba con una sonrisa bondadosa. Tenía
enfrente a un Dupont; a uno de los más ricos de la ciudad. El sargento le
conocía, y a pesar de que momentos antes había dado de culatazos a todos los
que pasaban por la calle con trazas de jornalero, toleraba resignado los
brindis del señorito.
—¡Adelante, don Luis!—decía con tono de ruego.—Váyase usted a casa: esta
noche no es de alegrías.
—Bueno... me voy, respetable veterano. Pero antes me bebo otra copa... y
otra, tantas como son ustedes. Yo beberé, ya que no pueden ustedes hacerlo por
la pijotera ordenanza; y que les sirva de provecho... ¡A la salud de todos
ustedes! Choca, Fermín: choca tú, Chivo. Decid todos conmigo: ¡Viva
el tricornio!...
Se cansó por fin de ir de grupo en grupo sin que aceptasen sus
ofrecimientos y dio por terminada la expedición. Tenía tranquila la conciencia:
había obsequiado a todos los héroes que, secundando su valor, salvaban la
ciudad. Ahora a casa del Montañés a acabar la noche.
Cuando Fermín se vio en un camarote del colmado ante nuevas botellas,
creyó llegado el momento de abordar su asunto.
—Yo tenía que hablarte de algo importante, Luis. Creo que te lo dije.
—Me acuerdo... tenías que hablarme... Habla cuanto quieras.
Estaba tan borracho, que se le cerraban los ojos y su voz gangueaba como
la de un viejo.
Fermín miró al Chivo que, como de costumbre, se había
sentado al lado de su protector.
—Tengo que hablarte, Luis, pero es de algo muy delicado... Sin testigos.
—¿Lo dices por el Chivo?—exclamó Dupont abriendo los
ojos.—El Chivo soy yo: todo lo mío lo sabe él. Si viniese aquí
mi primo Pablo a hablarme de sus negocios, el Chivo se
quedaría oyéndolo todo. ¡Habla sin miedo, hombre! Este es un pozo para todo lo
mío.
Montenegro se resignó a sufrir la presencia de aquel tagarote, no
queriendo demorar por sus escrúpulos la explicación deseada.
Habló a Luis con cierta timidez, velando su pensamiento, pesando bien
las palabras para que sólo pudieran entenderlas ellos dos, dejando al matón en
la ignorancia.
Si él le buscaba, ya podía figurarse para qué era... Lo sabía
todo. El recuerdo de lo ocurrido en la última noche de la vendimia en
Marchamalo no habría desaparecido seguramente de su memoria. Pues bien: él se
presentaba para que remediase el mal causado. Siempre le había tenido por amigo
y esperaba que como tal se portase... porque de no ser así...
El cansancio, la turbación nerviosa de una noche de emociones, no
permitieron a Fermín un largo disimulo, y la amenaza asomó a sus labios al
mismo tiempo que brillaba en sus ojos.
Las copas que llevaba bebidas le abrasaban el estómago, como si el vino
se transformase en veneno, por la repugnancia con que lo había tomado de
aquellas manos.
Dupont, oyendo a Montenegro, fingíase más ebrio de lo que realmente
estaba, para ocultar de este modo su turbación.
La amenaza de Fermín hizo abandonar al Chivo su
mutismo. El perdonavidas creyó oportuno el momento para una intervención
aduladora.
—Aquí nadie amenaza, ¿sabe usté, pollo?... Donde esté el Chivo no
hay quien le diga ná a su señorito.
El joven saltó con arrogancia, fijando en la bestia siniestra una mirada
de reto.
—Usted se calla—dijo con imperio.—Usted se guarda la lengua en... el
bolsillo o donde le quepa. Usted no es nadie aquí; y para hablarme me pide
licencia.
Quedó indeciso el matón, como aplastado por la arrogancia del joven, y
antes de que pudiera reponerse de la acometida, añadió Fermín dirigiéndose a
Luis:
—¿Y eres tú ese que se cree tan valiente?... ¡Valiente, y vas a todas
partes con un acompañante, como los niños de la escuela! ¡Valiente, y ni para
hablar a solas con un hombre te separas de él! Merecías llevar calzones cortos.
Dupont olvidó su embriaguez, la echó a un lado para erguirse ante el
amigo con toda la grandeza de su valor. ¡Hombre, justamente le hería en su
parte más sensible!...
—Ya sabes, Ferminillo, que soy más valiente que tú; y que todo Jerez me
tiene miedo. Vas a ver si necesito acompañantes. Tú, Chivo, ahueca.
El valentón se resistió, refunfuñando.
—¡Ahueca!—repitió el señorito, como si fuese a darle de patadas, con la
arrogancia de la impunidad.
El Chivo salió y los dos amigos volvieron a sentarse.
Luis ya no parecía ebrio: antes bien, hacía esfuerzos por mostrarse sereno,
abriendo los ojos desmesuradamente, como si intentase anonadar con la mirada a
Montenegro.
—Cuando te parezca—dijo con voz sorda, para inspirar mayor
pavor,—saldremos a matarnos. Aquí no, porque el Montañés es
amigo y no quiero comprometerlo.
Fermín levantó los hombros, como si despreciase esta comedia
terrorífica. Ya hablarían de matarse, pero después; según lo que resultara de
su conversación.
—Ahora al grano, Luis. Tú sabes el mal que has hecho. ¿Qué es lo que
piensas para remediarlo?
El señorito perdió de nuevo su serenidad al ver que Fermín abordaba
directamente el temido asunto. Hombre, a él no le correspondía toda la culpa.
Era el vino, la maldita juerga, la casualidad... el ser bueno en demasía; pues
de no haber estado en Marchamalo, cuidando los intereses de su primo (que
maldito si se lo agradecía), nada habría ocurrido. Pero, en fin, el mal estaba
hecho. Él era un caballero, se trataba de una familia amiga y no huía la cara.
¿Qué deseaba Fermín?... Su fortuna, su persona, todo estaba a su disposición.
Creía lo más acertado que los dos señalasen una cantidad, de común acuerdo: él
la reuniría, fuese como fuese, para darla a la chica como dote, y raro sería
que con esto no encontrase un buen marido.
¿Por qué ponía Fermín aquel gesto? ¿Había dicho él algún disparate?...
Pues si no le gustaba esta solución, tenía otra. María de la Luz podía irse a
vivir con él. Le pondría una gran casa en la ciudad, viviría como una reina. A
él le gustaba la muchacha: bastante sentía los desprecios con que le había
afligido después de aquella noche. Haría cuanto supiera para que fuese feliz.
Muchos ricos de Jerez vivían de este modo con sus hembras, a las que todos
respetaban como esposas legítimas; y si no llegaban al matrimonio, era
únicamente por ser de baja condición... ¿Tampoco le bastaba este arreglo? A
ver: que propusiera algo Fermín, y acabarían de una vez.
—Sí, hay que acabar de una vez—repitió Montenegro.—Menos palabras, pues
me duele hablar de esto. Lo que tú vas a hacer, es ir mañana a avistarte con tu
primo y decirle que, avergonzado de tu falta, te casas con mi hermana, como
debe hacerlo un caballero. Si él da su permiso, mejor: si no lo da, es igual.
Tú te casas, y procuras, corrigiéndote, no hacer infeliz a tu mujer.
El señorito había echado atrás su silla, como escandalizado por lo
enorme de la pretensión.
—Hombre... ¡casarse nada menos! ¡Pues tú pides poco!...
Habló de su primo, augurando resueltamente su negativa. Él no podía
casarse. ¿Y su carrera? ¿Y su porvenir? Justamente, la familia, de acuerdo con
los Padres de la Compañía, andaba en tratos para su matrimonio con una muchacha
rica de Sevilla; antigua hija espiritual del Padre Urizábal. Y bien lo
necesitaba él, pues su fortuna estaba muy resentida después de tantos
despilfarros, y para su carrera política le convenía ser rico.
—Casarme con tu hermana, no—terminó Dupont.—Eso es una locura, Fermín;
piénsalo bien: un disparate.
Fermín se exaltó al contestar. ¡Un disparate! conforme; pero lo era para
la pobre Mariquilla. ¡Vaya una fortuna! ¡Cargar con un hombre como él, que era
un saco de vicios, y no podía vivir ni con las mujerzuelas más soeces de
aquella tierra! Para María de la Luz, este casamiento significaba un nuevo
sacrificio: pero no había otro remedio que pasar por él.
—¿Tú crees que yo tengo verdadero deseo de emparentar contigo y que esto
me da alegría?... Pues te equivocas. ¡Ojalá no hubieses tenido nunca el mal
pensamiento que ha hecho infeliz a mi hermana! A no existir eso de por medio,
no te aceptaría por cuñado, aunque llegases a pedírmelo de rodillas, cargado de
millones... Pero el mal está hecho y hay que remediarlo del único modo que
puede remediarse, aunque reventemos todos de pena... Ya sabes que yo me río del
matrimonio: es una de las muchas pamplinas que existen en el mundo. Lo
necesario para ser felices, es el amor... y nada más. Yo puedo expresarme así
porque soy hombre; porque me cisco en la sociedad y en lo que diga la gente.
Pero mi hermana es mujer y necesita, para que la respeten, para vivir tranquila,
hacer lo que las demás mujeres. Tiene que casarse con el hombre que ha abusado
de ella, aunque no sienta ni una migaja de cariño. Jamás volverá a hablar con
su antiguo novio; sería una villanía el engañarle. Podrás decir tú que siga
soltera, ya que nadie conoce lo ocurrido; pero todo lo que se hace se sabe. Tú
mismo, si yo te dejara, acabarías por revelar en una noche de borrachera, tu
buena suerte, el magnífico bocado que te tragaste en la viña de tu primo.
¡Cristo! eso, no. Aquí no hay más arreglo que el casamiento.
Y con palabras cada vez más fuertes estrechaba a Luis, pretendiendo
obligarle a que aceptase su solución.
El señorito se defendía con la angustia del que se ve acorralado.
—Te ofuscas, Fermín—decía.—Yo veo más claro que tú...
Y para salir del paso, pretendía dejar la conversación para el día
siguiente. Examinarían con más claridad el asunto... El temor de verse obligado
a aceptar las proposiciones de Montenegro le hacía insistir en su negativa.
Todo menos casarse... No le era posible; le repudiaría su familia, se reiría de
él la gente; perdería su porvenir político.
Pero el hermano insistió con una firmeza que aterraba a Luis:
—Te casarás; no hay otro remedio. Harás lo que debes, o uno de nosotros
está de sobra en el mundo.
La manía de la guapeza reapareció en Luis. Se sentía fuerte pensando que
el Chivo estaba cerca, que tal vez oía sus palabras en el
inmediato corredor.
¿Amenazas a él? No había en todo Jerez quien se las dirigiera
impunemente. Y se llevaba la mano al bolsillo, acariciando el revólver invicto
que había estado próximo a salvar la ciudad, repeliendo él solo toda la
invasión. El contacto del cilindro del arma pareció comunicarle nuevos bríos.
—¡Ea! se acabó. Haré lo que buenamente pueda para quedar bien, como un
caballero que soy. Pero no me caso, ¿lo entiendes? No me caso... Además, ¿por
qué he de ser yo el culpable?
El cinismo brillaba en sus ojos. Fermín apretaba los dientes y hundía
sus manos en los bolsillos, haciéndose atrás, como si temiese las palabras
crueles que iban a salir de la boca del señorito.
—¿Y tu hermana?—prosiguió.—¿No tiene ella la culpa? Tú eres un infeliz,
un chiquillo. Créeme; a la que no quiere, no la fuerzan. Yo soy un perdido,
conforme; pero tu hermana... tu hermana es algo...
Dijo la palabra insultante, pero apenas si se oyó.
Fermín abalanzose a él con tal ímpetu, que rodaron las sillas y tembló
la mesa, deslizándose con el empujón hasta la pared. Llevaba en una mano la
navaja de Rafael, el arma que había olvidado dos días antes el aperador en
aquel mismo colmado.
El revólver del señorito quedó asomando a la abertura del bolsillo, sin
que la mano tuviese fuerzas para tirar de él.
Vaciló Dupont sobre sus pies, sonó un ronquido de bestia degollada; un
estertor que aceleró los borbotones del chorro negro que salía de su cuello,
como un caño roto.
Y acabó por desplomarse de bruces, con gran estrépito de botellas y
copas que le siguieron en su caída, como si el vino quisiera mezclarse con la
sangre.
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Tres meses iban transcurridos desde que el señor Fermín abandonó la viña
de Marchamalo, y sus amigos apenas si le reconocían, viéndole sentado al sol,
en la puerta de la miserable casucha que habitaba con su hija en un arrabal de
Jerez.
—¡Pobre señó Fermín!—decían las gentes al verle.—No es ni su sombra.
Había caído en un mutismo cercano a la imbecilidad. Permanecía horas
enteras inmóvil, con la cabeza abatida, como si le abrumasen los recuerdos.
Cuando su hija se aproximaba a él para hacerle entrar en la casa o anunciarle
que la comida estaba en la mesa, parecía despertar, darse cuenta de lo que le
rodeaba, y sus ojos seguían a la muchacha con una mirada severa.
—¡Mala mujer!—murmuraba.—¡Jembra mardita!
Ella, sólo ella, era la culpable de la desgracia que pesaba sobre la
familia.
Su cólera de padre a uso antiguo, incapaz de ternura y de perdón, su
orgullo viril que le había hecho considerar siempre a la hembra como un ser
inferior, incapaz de otra cosa que de causar al hombre inmensos daños,
perseguían a la pobre María de la Luz. También ella estaba desmejorada, pálida,
flacucha, con los ojos agrandados por las huellas del llanto.
Tenía que hacer prodigios de economía en la nueva existencia que llevaba
con su padre en aquella casucha. Y encima de las estrecheces y preocupaciones
de la miseria, había de sufrir el reproche mudo de los ojos de su padre, el
rezo de maldiciones sordas con que parecía azotarla cada vez que se aproximaba,
arrancándolo de sus reflexiones.
El señor Fermín vivía con el pensamiento puesto en la lúgubre noche de
la invasión de los huelguistas.
Para él nada había ocurrido después, que fuese importante. Le parecía
estar oyendo aún el retemblar de las puertas de Marchamalo, una hora antes de
amanecer, bajo los golpes furiosos de un desconocido. Se levantaba con la
escopeta preparada y abría una reja... Pero era su hijo, su Fermín, sin
sombrero, con las manos manchadas de sangre y un rasguño en la cara, como si
hubiese luchado con mucha gente.
Las palabras fueron pocas. Había matado al señorito Luis, y después se
había abierto paso hiriendo al matón que le acompañaba. Aquel rasguño
insignificante era un testimonio de la pelea. Tenía que huir, ponerse en salvo
inmediatamente. Los enemigos pensarían seguramente que estaba en Marchamalo, y
al amanecer, los caballos de la guardia civil trotarían por la cuesta de la
viña.
Fue un momento de loca agitación que el pobre viejo creyó interminable.
¿Adónde ir?... Sus manos abrían los cajones de la cómoda, revolviendo las
ropas. Buscaba sus ahorros.
—Toma, hijo mío: tómalo todo.
Y le llenaba los bolsillos de duros, de pesetas, de toda la plata
enmohecida por el encierro, reunida lentamente en el curso de los años.
Cuando creyó haberle dado bastante, le sacó de la viña. ¡A correr! Aún
era de noche y podían pasar por fuera de Jerez sin que les viesen. El viejo
tenía su plan. Había que buscar a Rafael en Matanzuela. El mozo aún conservaba
sus amistades con los antiguos camaradas de contrabando, y él le llevaría por
los senderos extraviados de la sierra hasta Gibraltar. Allí podía embarcarse
para cualquier punto: el mundo es grande.
Y durante dos horas, el padre y el hijo habían marchado casi corriendo,
sin sentir cansancio, aguijoneados por el miedo, saliéndose del camino cada vez
que sonaba a lo lejos un rumor de voces, un galope de caballo.
¡Ay, el viaje cruel con sus dolorosas sorpresas! Esto era lo que le
había matado. Al hacerse de día, en mitad de la marcha, vio a su hijo, con cara
de moribundo, manchado de sangre, con todo el aspecto de un asesino que huye.
Le dolía contemplar a su Fermín en tal estado, pero el caso no era para
desesperarse. Al fin, era un hombre, y los hombres matan muchas veces sin dejar
de ser honrados. Pero cuando su hijo le explicó en pocas palabras por qué había
matado, creyó perder la vida; le temblaron las piernas y hubo de hacer un
esfuerzo para no quedarse tendido en medio de la carretera. ¡Era Mariquita, su
hija, la que había provocado todo aquello! ¡Ah, perra maldita! Y al pensar en
la conducta del muchacho, le admiraba, agradeciendo su sacrificio con toda su
alma de hombre rudo.
—Fermín, hijo mío... has hecho bien. No había otro remedio que la
venganza. Tú eres el mejor de la familia. Mejor que yo, que no he sabido
guardar a una moza.
La entrada en Matanzuela fue trágica: Rafael quedó absorto de sorpresa.
Habían matado a su señorito, ¡y era él, Fermín, quien lo había hecho!
Montenegro se impacientaba. Quería que lo condujese a Gibraltar, sin ser
visto de nadie. Menos palabras. ¿Estaba dispuesto a salvarle, o se negaba a
ello? El aperador, por toda respuesta, ensilló su jaca valiente, y otro de los
caballos del cortijo. Iba a llevarle en seguida a la sierra, y una vez allí, se
encargarían otros de él.
El viejo los vio alejarse a todo galope, y emprendió su regreso,
encorvado por repentina vejez, como si toda su vida se fuera con su hijo.
Luego su existencia había transcurrido como entre las nieblas de un
ensueño. Recordaba que abandonó espontáneamente Marchamalo, para refugiarse en
el arrabal, en la casucha de una parienta de su mujer. Él no podía seguir en la
viña después de lo ocurrido. Entre su familia y la del amo había sangre, y
antes que se lo echasen en cara debía huir.
Don Pablo Dupont hizo llegar hasta él ofrecimientos de limosna para
sostener su vejez, aunque le consideraba el principal culpable de todo lo
ocurrido, por no haber enseñado a sus hijos religión. Pero el viejo rehusó todo
socorro. Muchas gracias, señor: admiraba su caridad, pero moriría de hambre,
antes que aceptar una moneda de los Dupont.
Algunos días después de lo fuga de Fermín, vio llegar a su ahijado
Rafael. Se hallaba sin colocación: había abandonado el cortijo. Venía a decirle
que Fermín estaba en Gibraltar, y que un día de aquellos se embarcaría para la
América del Sur.
—También a ti—dijo el viejo con tristeza—te ha picado la mardita bicha,
que nos emponzoña a toos.
El mocetón estaba triste, desalentado. Hablando con el viejo en la
puerta de la casucha, miraba adentro con cierta inquietud, como si temiese la
aparición de María de la Luz. En la huida a la sierra, Fermín se lo había
contado todo... todo.
—¡Ay, padrino! ¡y qué gorpe me han dao! Yo creo que voy a morir... ¡Y no
poer vengarme! ¡Irse del mundo aquel sinvergüensa, sin que yo le metiese una
puñalá! ¡No poer resucitarlo pa volverle a matar!... ¡Cuántas veces se habrá
burlao el ladrón, viéndome hecho un bobo, sin saber lo que ocurría!...
En su tristeza de macho fuerte, lo que más le desesperaba era lo
ridículo de su situación, al servir a aquel hombre. Lloraba porque su mano no
había sido la ejecutora de la venganza.
Ya no quería trabajar. ¿De qué servía el ser bueno? Iba a volver a la
vida del contrabando. ¿Mujeres?... para un rato, y después tratarlas a golpes
como bestias impúdicas y sin corazón... Quería declararle la guerra a medio
mundo, a los ricos, a los que gobernaban, a los que infundían miedo con sus
fusiles, y eran la causa de que los pobres fuesen pisoteados por los poderosos.
Ahora que la gente pobre de Jerez andaba loca de terror, y trabajaba en el
campo sin levantar la vista del suelo, y la cárcel estaba llena, y muchos que
antes querían tragárselo todo iban a misa para evitar sospechas y
persecuciones, ahora empezaba él. Iban a ver los ricos qué fiera habían echado
al mundo, por destrozar uno de ellos sus ilusiones.
Lo del contrabando era para entretenerse. Más adelante, cuando
recogiesen las cosechas, prendería fuego a los pajares, incendiaría los
cortijos, envenenaría los ganados de las dehesas. Los que estaban en la cárcel,
esperando el momento del suplicio, Juanón, el Maestrico y los
otros desgraciados que morirían en garrote, iban a tener un vengador.
Si encontraba hombres con bastante corazón para seguirle, formaría una
partida de a caballo, dejando como un niño de teta a José María el Tempranillo.
Por algo conocía la sierra. Ya podían prepararse los ricos. Abriría en canal a
los malos, y los buenos sólo podrían salvarse dándole dinero para los pobres.
Exaltábase al desahogar su cólera con estas amenazas. Hablaba de hacerse
bandolero, con el entusiasmo que desde la niñez sienten los jinetes rústicos
por los aventureros de carretera. Para él, todo hombre ofendido sólo podía
buscar su venganza haciéndose ladrón.
—Me matarán—continuaba—pero antes de que me maten, diga usted, padrino,
que habré acabao con medio Jerez.
Y el viejo, que participaba de las mismas preocupaciones que el mozo,
aprobaba con la cabeza. Hacía bien. De ser él joven y fuerte, tendría un
compañero más en la partida.
Rafael ya no volvió. Huía de que el demonio le pusiera enfrente de María
de la Luz. Al verla, podía matarla o podía echarse a llorar como un chiquillo.
De vez en cuando, llegaba en busca del señor Fermín alguna gitano viejo,
algún mochilero de los que vendían, en cafés y casinos, su exiguo cargamento de
tabaco.
—Abuelo, esto es para usted... De parte de Rafaé.
Era dinero que le enviaba el contrabandista y que el viejo entregaba
silencioso a su hija. El muchacho jamás se presentaba. De tarde en tarde
aparecía en Jerez, y esto bastaba para que el Chivo y otros
acólitos del difunto Dupont, se ocultaran en sus casas, evitando el mostrarse
en las tabernas y cafetines frecuentados por el contrabandista. ¡Aquel gachó venía
con las de Caín, y les guardaba ojeriza, por su antigua amistad con el
señorito! Y no es que le tuviesen miedo. Ellos eran valientes... pero de ciudad,
y no iban a medirse con un bruto, que se pasaba la semana durmiendo en la
sierra con los lobos.
El señor Fermín dejaba transcurrir el tiempo mostrándose insensible a
cuanto le rodeaba, a cuanto se decía cerca de él.
Un día, el triste silencio de la ciudad le sacó por unas horas de su
anonadamiento. Iban a dar garrote a cinco hombres por la invasión de Jerez. El
proceso había marchado de prisa: el castigo era urgente para que las personas
de bien se tranquilizasen.
La entrada de los trabajadores rebeldes se abultaba al transcurrir el
tiempo, como una revolución llena de horrores. El miedo hacía enmudecer. Los
mismos que habían visto desfilar a los huelguistas sin intento alguno de
hostilidad por delante de las casas de los ricos, aceptaban en silencio el
inaudito castigo.
Se hablaba de dos muertos en aquella noche, uniendo el señorito ebrio
con el infeliz escribiente. Fermín Montenegro era perseguido por homicidio; su
proceso seguíase aparte, pero nada perdía la sociedad con exagerar los sucesos,
poniendo un muerto más en la cuenta de los revolucionarios.
Habían sido condenados muchos a presidio. La sentencia derramaba cadenas
con una prodigalidad aterradora sobre el mísero rebaño, que parecía preguntarse
con asombro qué era lo que había hecho en aquella noche. De los condenados a
muerte, dos eran los asesinos del jovenzuelo del escritorio: los otros tres
iban al suplicio en clase de peligrosos, por hablar, por amenazar, por creer
fieramente que tenían derecho en el mundo a una parte de felicidad.
Mucha gente guiñaba los ojos con malicia al saber que el Madrileño,
el iniciador de la entrada en la ciudad, sólo iba a presidio por algunos años.
Juanón y su camarada el de Trebujena esperaban resignados el último suplicio.
No querían vivir, les daba asco la vida después de las amargas decepciones de
la noche famosa. El Maestrico abría con asombro sus ojos
cándidos de doncella, como resistiéndose a creer en la maldad de los hombres.
¡Necesitaban su vida porque era un ser peligroso, porque soñaba con la utopia
de que la sabiduría de los menos pasase a ser de la inmensa masa de los
infelices, como un instrumento de redención! Y poeta sin conocerlo, su
espíritu, encerrado en ruda envoltura, esparcíase con el fuego de la fe,
consolando la angustia de sus últimos momentos con la esperanza de que otros
llegaban detrás empujando, como él decía, y que esos otros
acabarían por arrollarlo todo con la fuerza de la cantidad, como las gotas de
agua que forman la inundación. Les mataban porque eran pocos. Algún día serían
tantos, que los fuertes, cansados de asesinar, aterrados por la inmensidad de
su tarea sangrienta, acabarían por desalentarse, entregándose vencidos.
El señor Fermín no percibió de este suplicio más que el silencio de la
ciudad, que parecía avergonzada; el gesto de miedo de los pobres; la sumisión
cobarde con que hablaban de los señores.
A los pocos días olvidó por completo este suceso. Llegó una carta a sus
manos: era de su hijo, de su Fermín. Estaba en Buenos Aires y le escribía
mostrando cierta confianza en su porvenir. Los primeros tiempos eran duros,
pero en aquellas tierras, con el trabajo y la constancia, era casi seguro el
triunfo, y él abrigaba la certeza de que marcharía adelante.
Desde entonces, el señor Fermín tuvo una ocupación y sacudió el marasmo
en que le había sumido el dolor. Escribía a su hijo y esperaba sus cartas.
¡Cuán lejos estaba! ¡Si él pudiese ir allá!...
Otro día le agitó una nueva sorpresa. Sentado al sol, a la puerta de su
casa, vio la sombra de un hombre inmóvil junto a él. Levantó la cabeza y dio un
grito. ¡Don Fernando!... Era su ídolo, el buen Salvatierra, pero envejecido,
más triste, con la mirada apagada tras las gafas azules, como si pesasen sobre
él todas las desgracias y las iniquidades de la ciudad.
Le habían soltado, le dejaban vivir libremente, sabiendo,
sin duda, que en ninguna parte encontraría un rincón para hacer su nido; que
sus palabras iban a perderse sin eco en el silencio del terror.
Al presentarse en Jerez, los amigos antiguos huían de él, no queriendo
comprometerse. Otros le miraban con odio, como si desde su forzado destierro
fuese responsable de todos los sucesos.
Pero el señor Fermín, el antiguo camarada, no era de éstos. Al verle se
incorporó, cayendo en sus brazos, con ese estertor de los fuertes que se ahogan
sin poder llorar.
—¡Ay, don Fernando!... ¡Don Fernando!...
Salvatierra le consoló. Lo sabía todo. ¡Valor! Era un víctima de la
corrupción social, contra la que tronaba él con sus ardores de asceta. Aún
podía comenzar de nuevo la vida, seguido de los suyos. El mundo es grande.
Donde su hijo encontrase la existencia, también podría buscarla él.
Y Salvatierra volvió algunas mañanas a visitar a su viejo compañero. De
pronto, se ausentó. Decían unas veces que estaba en Cádiz, otras que en
Sevilla, vagando por aquella tierra andaluza, que guardaba con los recuerdos de
sus heroísmos y sus generosidades, los restos del único ser cuyo amor había
endulzado su existencia.
No podía vivir en Jerez. Los poderosos le miraban con ojos de reto, como
si fuesen a arrojarse sobre él; los pobres le huían, evitando su trato.
Transcurrió otro mes. Una tarde, al asomar María de la Luz a la puerta
de su casa, creyó caer al suelo desvanecida. Le temblaron las piernas, le
zumbaron los oídos; toda su sangre pareció afluir a su rostro en ardiente
oleada y retirarse después, dejándolo de una palidez verdosa... Rafael estaba
allí, envuelto en su manta, como si la esperase. Ella intentó huir, refugiarse
en lo más apartado de la casucha.
—¡María de la Lú!... ¡Mariquilla!...
Era el mismo acento dulce y suplicante que al verse en la reja, y sin
saber cómo, volvió ella sobre sus pasos, acercándose tímidamente, fijando su
mirada lacrimosa en los ojos de su antiguo novio.
También él estaba triste. Una gravedad melancólica parecía darle cierta
elegancia, afinando su áspero exterior de hombre de lucha.
—María de la Lú—murmuró.—Dos palabritas na más. Tú me quieres y yo te
quiero. ¿Pa qué pasarnos el resto de la vida rabiando, como unos infelices?...
Hasta hace poco, era tan bruto que al verte me hubieran dao tentaciones de
matarte. Pero he hablado con don Fernando y me ha convencío con su sabiduría.
Esto se acabó.
Y lo afirmaba con un gesto de energía. Se acababa la separación, se
acababan los celos estúpidos a un miserable que no había de resucitar y al que
ella no había querido; se acababa el rencor por una desgracia de la que no
tenía culpa alguna.
Huirían de allí. Despreciaba a aquella tierra tan profundamente, que no
quería ni hacerla daño. Abandonarla era lo mejor; poner entre ella y ellos
muchas leguas de tierra, muchas leguas de agua. La distancia borraría los malos
recuerdos. No viendo la ciudad, no viendo sus campos, olvidarían por completo
las tristezas que allí habían sufrido.
Irían en busca de Fermín. Él tenía dinero para el viaje de todos. Los
últimos contrabandos habían sido gordos; una locura, que asombraba
por su audacia a los del oficio: recuas interminables pasando por los caminos
de la sierra, al amparo de su escopeta. No le habían matado, y su buena suerte
le daba nuevos ánimos para emprender el largo viaje que cambiaría su existencia.
Conocía aquel mundo joven, y a él irían, su compañera, su padrino y él.
Don Fernando le había descrito aquel paraíso. Bandas infinitas de caballos
salvajes, que esperaban las piernas educadoras del jinete; extensiones inmensas
de tierra sin dueño, sin tirano, aguardando la mano del hombre para expeler la
vida que germinaba en sus entrañas. ¡Qué Edén mejor para un campesino animoso y
fuerte, esclavo hasta entonces en cuerpo y alma de los que no trabajan!...
Irían a ser libres y felices en plena Naturaleza, allí donde el
salvajismo y la soledad habían guardado un pedazo de mundo limpio de los
crímenes de la civilización, del egoísmo de los hombres; donde todo era de
todos, sin otro privilegio que el del trabajo; donde la tierra era pura como el
aire y el sol y no había sido deshonrada por el monopolio, ni despedazada y
envilecida por el grito de «Esto es mío... y los demás que perezcan de hambre.»
Y esta vida salvaje, pero libre y dichosa, reharía con el olvido la
virginidad de sus almas. Serían seres nuevos, inocentes y laboriosos, como si
acabasen de nacer del limo de la tierra. El abuelo cerraría sus ojos mirando al
sol, con la tranquilidad del que cumple su deber volviendo a la tierra de donde
surgió; ellos los cerrarían también, cuando les llegase su hora, amándose hasta
el último momento, y sobre sus sepulturas continuarían la obra de trabajo y
libertad sus hijos y sus nietos, más felices que ellos, desconocedores de las
crueldades del mundo antiguo, pensando en los ricos ociosos y en los señores
crueles, como piensan los niños en los monstruos y los ogros de los cuentos.
María de la Luz le escuchaba conmovida. ¡Huir de allí! ¡Dejar a la
espalda tantos recuerdos!... De vivir el miserable que había causado la ruina
de su familia, persistiría en su testarudez de mujer simple. Ella no podía ser
de otro que de aquel que había robado su virginidad. Pero ya que el ladrón
había muerto, y Rafael, a quien no quería engañar, aceptaba generosamente la
situación, perdonándola a ella, lo aceptaba todo... Sí; huirían de allí,
¡cuanto antes!...
El mocetón siguió exponiendo sus planes. Don Fernando se encargaba de
convencer al viejo; además, le daría cartas para sus amigos de América. Antes
de quince días se embarcarían en Cádiz. ¡Huir, huir cuanto antes de una tierra
de patíbulos, donde los fusiles tenían la misión de aplacar el hambre, y los
ricos le tomaban al pobre la vida, la honra y la felicidad!...
—Cuando lleguemos—continuaba Rafael—serás mi mujer. Repetiremos nuestras
pláticas de la reja. Mejor aún. Extremaré mi cariño pa que no creas que queda
en mí ningún recuerdo amargo. Todo pasó. Don Fernando tié razón. Las vergüenzas
del cuerpo representan muy poco... El amor es lo que importa; lo demás son
preocupaciones de animales. ¿Tu corazoncito es mío? pues ya lo tengo todo...
¡María de la Lú! ¡Compañerita del arma! Vamos a marchar de cara al sol: ahora
nacemos de veras; hoy empieza nuestro amor. Deja que te bese por primera vez en
mi vida. Abrázame, compañera: que vea yo que eres mía, que serás el sostén de
mi fuerza, mi apoyo cuando empiece la lucha allá abajo...
Y los dos jóvenes se abrazaron en la entrada de la casucha, juntando sus
bocas sin ningún estremecimiento de pasión carnal, manteniéndose largo rato
unidos, como si despreciasen el escándalo de las gentes, como si con su amor
desafiaran los aspavientos de un mundo viejo que iban a abandonar.
Salvatierra acompañó en Cádiz hasta la escala del trasatlántico a su
camarada, el señor Fermín, que partía para el nuevo mundo, con Rafael y María
de la Luz.
¡Salud! Ya no volverían a verse. El mundo es demasiado grande para los
pobres, siempre inmovilizados en el mismo sitio por las raíces de la necesidad.
Salvatierra sintió saltársele las lágrimas. Todas sus amistades, los
recuerdos de su pasado, desvanecíanse esparcidos por la muerte o la desgracia.
Se quedaba solo en medio de un pueblo, al que había intentado libertar y que ya
no le conocía. Las nuevas generaciones le miraban como un loco que inspiraba
cierto interés por su ascetismo; pero no entendían sus palabras.
A los pocos días de la partida de estos amigos, abandonó su retiro de
Cádiz para ir a Jerez. Le llamaba un moribundo, un camarada de los buenos
tiempos.
El señor Matacardillos, el dueño del ventorro del Grajo, se
moría definitivamente. Su familia imploraba la visita del revolucionario,
viendo en su presencia un último rayo de alegría para el enfermo. «Ahora va de
veras, don Fernando», escribíanle los hijos. Y don Fernando fue a Jerez, y
emprendió a pie el camino de Matanzuela, aquel camino que había seguido de
noche, en diversa dirección, tras el cadáver de una gitana.
Cuando llegó al ventorro supo que su amigo había muerto algunas horas
antes.
Era un domingo por la tarde. Adentro, en la única habitación de la
choza, estaba tendido sobre un pobre lecho el cadáver hinchado, sin otra
compañía que las moscas, que revoloteaban sobre su rostro violáceo.
Afuera, la viuda y los hijos, con la resignación de una desgracia
luengamente esperada, medían copas y atendían a los parroquianos sentados en
las inmediaciones del ventorrillo.
Los gañanes de Matanzuela bebían, formando un gran corro. Don Fernando,
de pie en la puerta de la choza, contemplaba la vasta llanura, sin un hombre,
sin una bestia, con la monótona soledad del domingo.
Sentíase solo, completamente solo. Acababa de perder el último de los
camaradas de su juventud revolucionaria. De todos los que habían disparado en
la sierra y afrontado la muerte o el presidio por el romanticismo de la
revolución, no quedaba ninguno a su lado. Unos huían en desesperada carrera al
otro lado del mar, espoleados por la miseria; otros se pudrían en el seno de la
tierra sin el consuelo de haber visto la Justicia y la Igualdad imperando sobre
los hombres.
¡Qué de esfuerzos inútiles! ¡Cuántos sacrificios estériles!... ¡Y la
herencia de tanto trabajo parecía perderse para siempre! Las nuevas
generaciones desconocían a los viejos, se negaban a recibir de sus brazos,
fatigados y débiles, el fardo de odios y esperanzas.
Salvatierra miraba con tristeza al grupo de los trabajadores. No le
conocían o fingían no conocerle. Ni una sola mirada se había fijado en él.
Hablaban de la gran tragedia, que aún parecía tener bajo su lúgubre peso
a la gente de Jerez: de la ejecución de los cinco jornaleros por la entrada
nocturna en la ciudad. Pero hablaban apaciblemente, sin pasión, sin odio, como
si estas ejecuciones fuesen las de unos bandidos famosos rodeados del aura
populachera.
Sólo mostraban alguna vehemencia al apreciar el valor con que habían
muerto, el gesto que les acompañó al patíbulo. Juanón y el de Trebujena habían
marchado al palo como lo que eran: como hombres incapaces de miedo ni de
fanfarronadas. Los otros dos asesinos habían muerto como unos brutos. Y el
recuerdo del pobre Maestrico casi les dos reales; sino dos
reales y medio, y atribuían este aumento a su sumisión y disciplina. «Siendo
buenos, sacaréis más que a las malas», les habían dicho. Y ellos lo repetían,
pensando con desprecio en los malvados alborotadores que intentaban
arrastrarlos a la rebeldía. Siendo obedientes y humildes, tal vez llegasen, con
el tiempo, a cobrar tres reales. ¡Una verdadera felicidad!...
El cortijo Matanzuela lo miraban como un paraíso. El caritativo Dupont
era de una generosidad inaudita. Cuidaba de que los braceros oyesen misa los
domingos; y de mes en mes, organizaba comuniones para los gañanes. Los que en
días de holganza no iban a sus casas, quedándose en el cortijo para seguir las
pláticas religiosas de un sacerdote enviado de Jerez, tenían por la tarde, en
el ventorro, unas cuantas copas pagadas por el amo.
Dupont era un creyente moderno, como él decía. Todos los
caminos resultaban buenos para llegar a la conquista de las almas.
Y los gañanes, según confesión de Zarandilla, «se dejaban
querer», rezaban y bebían, fisgándose un tanto del amo con burlona gravedad, y
llamándole «primo».
La larga permanencia de Zarandilla al lado de
Salvatierra, y la curiosidad que éste inspiraba, acabaron por vencer el
apartamiento de los gañanes. Algunos se aproximaron, y poco a poco fue
formándose un corro en torno del rebelde.
Uno de los más viejos le habló con tono socarrón. Si don Fernando corría
el campo para soltar soflamas como en otra época, perdía el tiempo. La gente
estaba escamada: era como el gato escaldado del refrán. Y no es que los gañanes
estuvieran bien. Se iba viviendo, pero peor estaban los pobres a los que habían
ajusticiado en Jerez.
—Los viejos—continuó aquel filósofo rústico—aún le tenemos cierto aquel
a su mercé y a los de su época. Sabemos que no se han hecho ricos con sus
sermones como muchos otros: sabemos que han padecío y se las han tragao de muy
duras... Pero mire su mercé a los chavales.
Y señalaba a los que se habían quedado sentados sin aproximarse a
Salvatierra; todos jóvenes. De vez en cuando miraban al revolucionario con ojos
insolentes. «¡Un tío embustero, como todos los que se presentaban en busca de
los trabajadores! Los que habían seguido sus doctrinas pudrían tierra en el
cementerio, y él estaba allí... Menos sermones y más trigo...» Ellos eran
listos, habían visto lo suficiente para enterarse y estaban con el que daba. El
verdadero amigo de los pobres era el amo con su jornal; y si encima daba vino,
mejor que mejor. Además, ¿qué podía importarle la suerte de los trabajadores a
aquel tío que vestía de señor, aunque raído como un pordiosero, y no tenía
callos en las manos? Lo que deseaba era vivir a costa de ellos; un falsario como
tantos otros.
Salvatierra adivinaba estos pensamientos en los ojos hostiles.
La voz del viejo rústico seguía acosándole con su socarrona filosofía.
—¿Por qué ha de tomarse su mercé esos fríos y calores por lo que les
pasa a los pobres, don Fernando? Déjelos: si ellos están contentos, su mercé
también. Además, todos estamos escarmentaos. Con los de arriba no se puede. Su
mercé, que sabe tanto, vea de conquistar a la guardia civil, tráigasela a su
idea, y cuando se presente al frente de los tricornios, pierda cuidao, que
todos le seguiremos.
El viejo llenó un vaso de vino y se lo presentó a Salvatierra.
—Beba su mercé, y no se haga mala sangre queriendo arreglar lo que no
tiene arreglo. En el mundo no hay de verdá más que eso. Los amigos, unos
falsos; la familia... buena pa comérsela con patatas. Todas esas cosas de
rivoluciones y repartos, mentiras, palabras pa engañar a los pimplis. Esto es
la única verdá, ¡el vino!: de trago en trago nos lleva entretenidos y alegres
hasta la muerte. Beba, don Fernando; se lo ofrezco porque es nuestro, porque
nos lo hemos ganado. Es barato: sólo cuesta una misa.
Salvatierra, el impasible, se estremeció con un arrebato de cólera.
Sintió impulsos de repeler el vaso, de estrellarlo contra el suelo. Maldijo la
pócima de oro, el demonio alcohólico que extendía sus alas de ámbar sobre aquel
rebaño embrutecido, esclavizando su voluntad, infundiéndole la servidumbre del
crimen, de la locura, de la cobardía.
Ellos, arañando la tierra, sudando en sus surcos, dejando en sus
entrañas lo mejor de su existencia, producían este líquido de oro; y los
poderosos se valían de él para embriagarlos, para mantenerles como encantados
en una falsa alegría.
Eran los esclavos más infelices de la historia; ellos mismos trenzaban
el látigo que les tenía sometidos, ellos forjaban la cadena que les mantenía
amarrados; hambrientos, con el hambre prolongada de una alimentación engañosa,
falsamente alegres con la alegría enfermiza de la embriaguez.
¡Y reían! ¡Y le aconsejaban la sumisión, burlándose de sus esfuerzos
generosos, alabando a sus opresores!... ¿Pero es que la esclavitud había de ser
eterna? ¿Las aspiraciones humanas iban a detenerse para siempre en esta
momentánea alegría de bruto satisfecho?
Salvatierra sintió que se desvanecía su cólera; que la esperanza y la fe
volvían a él.
Comenzaba a caer la tarde; llegaba la noche, como precursora de un nuevo
día. También el crepúsculo de las aspiraciones humanas era momentáneo. La
Justicia y la Libertad dormitaban en la conciencia de todo hombre. Ellas
despertarían.
Más allá de los campos estaban las ciudades, las grandes aglomeraciones
de la civilización moderna, y en ellas otros rebaños de desesperados, de
tristes, pero que repelían el falso consuelo del vino, que bañaban sus almas
nacientes en la aurora de un nuevo día, que sentían sobre sus cabezas los
primeros rayos del sol, mientras el resto del mundo permanecía en la sombra.
Ellos serían los elegidos; y mientras el rústico permanecía en el campo, con la
resignada gravedad del buey, el desheredado de la ciudad despertábase, poníase
en pie, para seguir al único amigo de los miserables y los hambrientos, al que
atraviesa la historia de todas las religiones, insultado con el nombre de
Demonio, y ahora, despojándose de los grotescos adornos que le da la tradición,
deslumbra a unos y asombra a otros con la más soberbia de las hermosuras, la
hermosura de Luzbel, ángel de luz, y se llama Rebeldía... Rebeldía Social.
FIN
Madrid, Diciembre 1904-Febrero 1905.
OBRAS DEL MISMO AUTOR
NOVELAS
·
Arroz y tartana.
·
Flor de Mayo.
·
La Barraca.
·
Sónnica la cortesana.
·
Entre naranjos.
·
Cañas y barro.
·
La Catedral.
·
El Intruso.
CUENTOS
·
Cuentos valencianos.
·
La Condenada.
VIAJES
·
En el país del Arte (Tres meses en Italia).
End of the Project Gutenberg EBook of La bodega, by Vicente Blasco
Ibáñez
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