Libro N° 9559. Los Argonautas. Blasco Ibáñez, Vicente.
© Libro N° 9559. Los Argonautas. Blasco Ibáñez, Vicente. Emancipación.
Febrero 5 de 2022.
Título original: © Los Argonautas. Vicente Blasco Ibáñez
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Original: © Los Argonautas. Vicente Blasco Ibáñez
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LOS ARGONAUTAS
Vicente Blasco Ibáñez
Los Argonautas
Vicente Blasco Ibáñez
Title: Los
argonautas
Author:
Vicente Blasco Ibáñez
Release Date:
May 30, 2008 [eBook #25640]
[Last
updated: May 17, 2015]
Language:
Spanish
Character set
encoding: ISO-8859-1
***START OF
THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS ARGONAUTAS***
E-text prepared by Chuck Greif
and the Project Gutenberg Online Distributed Proofreading Team
(http://www.pgdp.net)
Los
argonautas
Vicente
Blasco Ibáñez
Al sentir un
roce en el cuello, Fernando de Ojeda soltó la pluma y levantó la cabeza. Una
palmera enana movía detrás de él con balanceo repentino sus anchas manos de
múltiples y puntiagudos dedos. Para evitarse este contacto avanzó el sillón de
junco, pero no pudo seguir escribiendo. Algo nuevo había ocurrido en torno de
él mientras con el pecho en el filo de la mesa y los ojos sobre los papeles
huía lejos, muy lejos, acompañado en esta fuga ideal por el leve crujido de la
pluma.
Vio con el
mismo aspecto exterior cosas y personas al salir de su abstracción; pero una
vida interna, ruidosa y móvil parecía haber nacido en las cosas hasta entonces
inanimadas, mientras la vida ordinaria callaba y se encogía en las personas,
como poseída de súbita timidez.
Sus ojos,
fatigados por la escritura, huían de las ampollas eléctricas del techo,
inflamadas en plena tarde, para reposarse en los rectángulos de las ventanas
que encuadraban el azul grisáceo de un día de invierno. La blancura de la
madera laqueada temblaba con cierto reflejo húmedo que parecía venir del
exterior. Dos salones agrandados por la escasez de su altura eran el campo
visual de Ojeda. En el primero, donde estaba él, mezclábase a la blancura
uniforme de la decoración el verde charolado de las palmeras de invernáculo, el
verde pictórico de los enrejados de madera tendidos de pilastra a pilastra y el
verde amarillento y velludo de unas parras artificiales, cuyas hojas parecían
retazos de terciopelo. Sillones de floreada cretona en torno de las mesas de
bambú formaban islas, a las que se acogían grupos de personas para embadurnar
con manteca y mermeladas el pan tostado, husmear el perfume del té o seguir el
burbujeo de las aguas minerales teñidas de jarabes y licores.
Camareros
rubios de corta chaqueta azul y botones dorados pasaban con la bandeja en alto
por los canalizos de este archipiélago humano sorteando los promontorios de los
respaldos, los golfos y penínsulas formados por las rodillas. Una vidriera, de
pared a pared, formada de pequeños cristales biselados, dejaba ver el salón
inmediato, blanco también, pero con adornos de oro. Los asientos tapizados de
seda rosa, igual a la que adornaba los planos de las paredes, estaban ocupados
por señoras. El ambiente era más limpio que en el jardín de invierno, donde una
atmósfera de humo de habano y tabaco oriental con perfume de opio flotaba sobre
las plantas. Más allá de estos corros femeninos en torno de las mesas de té,
media docena de músicos, uniformados lo mismo que los camareros, agrupábanse
sobre una tarima, alrededor de un piano de cola. Sus cabezas rubias de germanos
y los arcos de sus violines destacábanse sobre los rectángulos luminosos de
cuatro ventanas que cerraban la perspectiva. Al otro lado de los cristales,
ligeramente turbios por la humedad exterior, movíase, pasando de una a otra
ventana, con lento balanceo, una especie de columna, esbelta, amarilla, de
invisible término, acompañándola fieles en este cambio de situación, regular y
acompasado como el de un péndulo, unas líneas negras y oblicuas semejantes a
cuerdas.
Todo estaba
lo mismo que una hora antes, cuando el té humeaba en la taza de Ojeda, ahora
vacía, y blanqueaban sobre la mesa los pliegos, cubiertos al presente de
compactas líneas. Las personas cercanas a él fumaban silenciosas o seguían sus
conversaciones con lentitud soñolienta. Del fondo del segundo salón llegaban,
confundidos con risas de mujeres y choque de bandejas, los tecleos del piano y
los gemidos de los violines; del techo, coloreado a la vez por el reflejo azul
de la tarde y el frío resplandor de las ampollas eléctricas, descendían gorjeos
de pájaros, como una evocación campestre que parecía animar la artificial
rigidez del jardín contrahecho. Por la parte exterior se deslizaban de ventana
en ventana los bustos de unos paseantes, siempre los mismos, ocultándose para
volver a aparecer con regularidad casi mecánica; como si se moviesen en un
espacio reducido, con los pasos contados. Niños rubios, sostenidos por criadas
cobrizas, adherían a los cristales las rosadas ventosas de sus labios, empañándolos
con círculos de vaho, y agitaban las manecitas para saludar a las madres y
hermanas que estaban en los salones.
Algo nuevo
había sobrevenido, sin embargo, mientras Ojeda escribía. Su sillón, antes
inmóvil, con sólida estabilidad, parecía agitado por estremecimientos
nerviosos, lo mismo que una bestia que jadea afirmada sobre sus patas. La raza,
como si la animase de pronto un alma traviesa, iba a pequeños saltos,
repiqueteando en su plato, de un extremo a otro del velador. Unas jaulas de
bronce pendientes del techo empezaban a balancearse, y dentro de ellas saltaban
los canarios, sin dejar de cantar, buscando en el vaivén de su prisión un punto
inmóvil. Las cortinillas de las ventanas, sujetas por sus abrazaderas,
agitábanse bajo un soplo invisible. El suelo de mosaico, liso, unido, inerte a
la vista, parecía ondular como si por debajo de él mugiese un huracán. Al sordo
zumbido de la gente que ocupaba los dos salones uníase un retintín continuo de
platos, vidrios y maderas. Todo cantaba de pronto, como si una vida extraña
resucitase los objetos inanimados, haciéndolos conversar con voces y golpeteos:
el cuchillo contra el vaso, la cuchara contra la botella, el sillón contra la
mesa, la fosforera de loza contra el búcaro de flores.
En un rincón
del invernáculo, alineadas sobre un aparador, las cafeteras y teteras parecían
deliberar con la solemnidad de un consejo de ancianos, chocando gravemente sus
barrigas metálicas. Un cesto de lilas blancas colocado en el centro de la pieza
estremecíase como un montón de nieve tocado por un remolino. Las paredes
inmóviles, firmes, de un espesor considerable a juzgar por los profundos
quicios de puertas y ventanas, estaban prontas a animarse igualmente a impulsos
de esta vida misteriosa. Permanecían en silencio, con la calma de las
construcciones que desafían a los siglos; pero Ojeda, viéndolas, se acordaba de
ciertas personas que aun estando calladas inspiran la certeza, no se sabe por
qué, de que tienen buena voz y aman el canto. Estas paredes blancas, que
parecían de una sola pieza, podían crujir también con internos roces, uniendo
sus crepitaciones y quejidos al concierto de los objetos.
Una puerta
sin cerrar se movió por unos instantes como un abanico loco, hasta que con un
golpe igual a un pistoletazo avisó a los domésticos, que corrieron a
asegurarla. Y este estremecimiento de huracán invisible parecía más extraño en
el ambiente cerrado y bien calafateado de los salones, cada vez más denso y
tibio por la respiración de las gentes, el humo de los cigarros y el vaho de
las tazas. Los niños rubios habían desaparecido de las ventanas; los paseantes,
cada vez más escasos, transitaban por el exterior con el busto inclinado,
llevándose una mano a la gorra y ladeando la cara para defender los ojos y las
narices de algo molesto; los velos femeniles crujían lo mismo que banderas o se
elevaban en espirales de color, manteniéndose rebeldes a las manos enguantadas
que pretendían aprisionarlos. Algunos que avanzaban abombando el pecho con aire
de reto y la cabeza descubierta sentían en torno de su frente el trágico
despeinamiento de Medusa: un llamear de cabellos echados atrás, como si una
fuerza invisible intentase arrancarlos.
Transcurrían
ahora largos espacios de tiempo sin que los vidrios reflejasen el paso de una
persona. Pero algo nuevo vino a asomarse a la vez a todos ellos. Era una faja
de color azul, mate y opaca, que empezaba por marcarse levemente en el filo
interior de las ventanas. Luego subía y subía lentamente con la ascensión del
agua que hierve, hasta llenar la mitad del rectángulo de cristal; permanecía
inmóvil un momento, temblando en ella lejanos redondeles de espuma, ojos
curiosos que intentaban contemplar el interior de los salones, y poco después
se iniciaba su descenso con gran lentitud, cediendo el paso a la triste
claridad de una tarde sin sol. Y cuando las ventanas de un lado quedaban libres
de este testigo azul, las del lado opuesto estaban invariablemente ocupadas por
él.
Ojeda vio
correr ante su mesa, con angustiosa premura, a una señora pálida que se llevaba
un pañuelo a la boca. Luego pasó tras ella, apoyada en el brazo de un
doméstico, una dama sexagenaria que hablaba en portugués con voz doliente.
Algunos de sus vecinos se levantaron, deslizándose por la gran escalera con
balaustres de tallada caoba, que venía a terminar en la puerta del jardín de
invierno. Abríanse grandes claros en la concurrencia. Desaparecían las gentes
con discreción, en suave retirada, sin que se enterasen los demás de por dónde
habían escapado. La pequeña orquesta pareció adquirir mayor sonoridad al quedar
vacíos los salones: los instrumentos de cuerda lloraban como si anunciasen una
desgracia en la melancolía azul de la tarde. En torno de las mesas languidecían
las conversaciones. Muchos cerraban los ojos como si les preocupasen tristes
recuerdos. Dos puertas abiertas al mismo tiempo dieron entrada por un instante
a una manga de aire frío, arrollador, cargado de humedad y emanaciones
salitrosas, que hizo arremolinarse flores y plantas y volar algunos papeles
sobre las mesas.
Defendió
Fernando los suyos entre ambas manos, y al restablecerse la calma, se arrellanó
en el sillón con un regodeo voluptuoso. Sentía el orgullo de su salud, la
certeza de que ésta no podía turbarse en medio de la zozobra creciente que se
revelaba en la tristeza de muchos ojos y la palidez de muchos rostros. Era el
placer egoísta del que contempla el peligro ajeno desde un lugar seguro.
Además, experimentaba una satisfacción animal al apreciar su asiento mullido,
el ambiente tibio, las plantas y flores que le rodeaban. Así debían ser las
grandes alegrías de los esquimales, encogidos en su vivienda apestosa durante
el invierno, mientras afuera sopla el huracán y cae la nieve.
Aspiró el
humo de su cigarro, llamó a un camarero para que se llevase el servicio de té,
que le molestaba con sus incesantes tintineos, y buscó en los papeles el pliego
interrumpido.
—¿Qué estaba
yo escribiendo?...
Al murmurar
acariciábase el bigote con el cabo del estilógrafo, mientras sus ojos recorrían
las páginas emborronadas para restablecer la ilación de sus ideas. Olvidóse
instantáneamente del lugar dónde estaba; pasó de golpe a un mundo distinto, un
mundo sólo de él, que parecía latir en los pliegos ennegrecidos por su
escritura. A impulsos del deseo avanzaba por éstos, releyendo su pensamiento
como si fuese de otro, encontrando una deleitación melancólica y dolorosa al
unirse de nuevo con sus recuerdos.
En Lisboa
sólo pude escribirte unas líneas en una postal. Me faltó el tiempo. El tren
llegó con retraso; luego el registro de los equipajes en la Aduana y el
trasatlántico que estaba ya fondeado en el río, mugiendo a cada instante como
el que no quiere esperar. ¡Y yo que soy tan torpe para los menesteres vulgares
de la vida!... Recuerda cuántas veces te has reído de mi inutilidad en nuestros
viajes... Nuestros viajes ¡ay! tan lejanos, ¡tan lejanos! que no sé cuándo
volverán a repetirse... Por fortuna, encontré en el tren a un compañero: un tal
Isidro Maltrana, tipo curioso, al que conocí vagamente en mis tiempos de
bohemia heroica, y que va, como yo, a Buenos Aires. La identidad de nuestros
destinos nos ha hecho intimar rápidamente. Hace unas sesenta horas que estamos
juntos, y no parece sino que hemos andado apareados toda la vida. Él dice que
quiere ser mi secretario, o más bien, mi escudero, en esta aventura estupenda
que acabo de emprender. En Lisboa entró en funciones, encargándose de las
tareas enojosas del embarque... Pero ¿por qué te cuento esto? Tal vez por
distraerme, por engañarme, por miedo a evocar los recuerdos de nuestro último
día, que aún parecen envolverme como esos perfumes intensos y tenaces que nos
siguen a todas partes. ¡El domingo pasado! ¿Te acuerdas?, ¿te acuerdas?... Sólo
han transcurrido tres días: aún me parece sentir en mis manos el contacto de
tus cabellos; aún escucho tu voz; aún veo tus ojos. Te respiro en esta soledad.
Llevo en el bolsillo, sobre mi pecho, tu último pañuelo. Vienes conmigo... ¡Y
estamos ya tan lejos el uno del otro!...
Ojeda cesó de
leer unos momentos, conmovido por sus propias palabras. Frases vulgares, de una
frivolidad antigua como el mundo: todos los enamorados dicen lo mismo. Tal vez
aquellos camareros de chaqueta azul escribían en su idioma los mismos conceptos
a las fraulein rubias de Hamburgo y de Brema. Pero el amor es
como la muerte y como todos los grandes accidentes de la existencia. En otros
parece regular, ordinario, sin que merezca atención; pero cuando se experimenta
en la propia persona adquiere las proporciones inauditas de uno de esos
acontecimientos que deben influir en la suerte del mundo.
Para él había
ocurrido tres días antes en Madrid, al anochecer de un domingo, un suceso
enorme, igual a los que cambian el curso de la humanidad o el aspecto del
planeta. Y convencido de esto, quería abarcar con la pluma la grandeza infinita
de su desolación.
Aparentábamos
serenidad, confianza en el porvenir, certeza de volver a vernos; pero de pronto
nos fue imposible fingir por más tiempo, y había lágrimas en nuestros ojos y en
nuestra voz... Y sin embargo, este dolor casi no era nada; había en él más
preocupación que realidad. Aún podíamos vernos; aún podíamos hablarnos.
Llorábamos como se llora en la casa de un muerto cuando está todavía de cuerpo
presente. El dolor parece anestesiado por el aturdimiento de la catástrofe; hay
todavía una realidad que sirve de consuelo; queda aún el cuerpo ante la vista:
se llora más por el futuro que por el presente. Lo terrible es cuando se lo
llevan, y no queda nada y hay que abrazarse para siempre al recuerdo... Yo me
consideraba el otro día, al separarme de ti, el más infeliz de los hombres, y
ahora pienso con envidia en aquellos instantes. ¡Te veía aún!... Y ahora cada
momento que transcurre me aleja más de ti; cada vuelta de las hélices establece
una separación mayor entre nosotros; un minuto representa centenares de metros;
una hora una distancia enorme, que no podríamos salvarla en un día aunque
marchásemos apoyados el uno en el otro, mirándonos en los ojos, olvidados del
mundo. Nuestros cielos van a ser distintos; nuestras estrellas serán otras:
cuando tú vivas en los esplendores de la primavera, yo sentiré los fríos del
invierno; cuando tú despiertes como una alondra, con el sol que entrará por tus
balcones, yo gemiré en medio de la noche murmurando tu nombre... ¡Y será en
vano! La desesperante extensión de una mitad del planeta va a interponerse
entre nosotros... ¡Ay! ¡quién me devolverá tus ojos amados de reflejos de oro,
tus brazos suaves de blancura de hostia, tu voz ceceante de infantil arrullo,
tu boca de lacre, tu pecho neumático, cojín de ensueños y de olvido!...
Evocaba en su
memoria, con el relieve de las cosas vivientes, su último día en Madrid... Una
gran mancha roja temblaba sobre el empapelado de una pared: era el reflejo de
incendio del carbón amontonado en la chimenea, única luz del dormitorio. Y
sobre el fondo rojo, parpadeante, una sombra horizontal, de contornos humanos.
Ojeda conocía bien las líneas de este cuerpo: era ella, pegada a él, bajo las
cubiertas de la cama, empequeñecida, humilde por el dolor de una desesperación
silenciosa. Él también permanecía callado, con la nuca en las almohadas;
percibiendo entre sus brazos el dulce contacto de unas espaldas sedosas
revueltas en blondas; sintiendo en un hombro la leve pesadumbre de su cabeza,
que parecía querer ocultarse, hundirse. Una caricia húmeda refrescaba su
cuello: tal vez era el contacto de su boca abandonada; tal vez eran lágrimas. Y
los dos permanecían en dolorosa inmovilidad, temiendo que sus ojos se
encontrasen, evitando una palabra que hiciese estallar la callada pena; pero
los dos, al fingir esta indiferencia heroica, se adivinaban mutuamente.
Sus caricias
habían sido tristes, desesperadas; algo semejante—pensaba Ojeda—a los amores de
un condenado a muerte en vísperas del suplicio. El goce animal les había hecho
olvidar la realidad por algún tiempo; pero al sobrevenir el cansancio y la
hartura, los dos experimentaban la misma decepción del enfermo que ve
reaparecer sus dolores luego de un paliativo con el que creía sanar para
siempre... ¡Y no había más! ¡Y la hora terrible estaba más próxima que
antes!...
Al través de
los balcones cerrados llegaban los ruidos de la estrecha calle popular. Un
vendedor pregonaba patatas asadas, llamándolas "chuletas de huerta",
con melancólico quejido, como si cantase una desgracia. Ojeda le saludó
mentalmente, con cierta emoción, y pensó que tal vez hacía ella lo mismo. Nunca
le habían visto; no sabían ciertamente si era un hombre, un niño o una vieja,
pero durante cuatro años le oían todas las tardes de cita amorosa, siempre a la
misma hora, sirviéndoles su grito de aviso cronométrico. Seguramente eran las
seis y media. ¡Adiós!, ¡adiós! ¡Cuándo volverían a oírle!... Luego pasó un
tropel de chicuelos voceando los periódicos de la tarde, con la reseña de la
corrida de toros. Un piano de manubrio rompió a tocar, en medio de la calle, un
vals de opereta vienesa, con apresurado tecleo y acompañamiento de timbres. Se
oía la voz del organillero pidiendo a gritos que «le echasen algo» de los
balcones. Cuando callaba el piano venía de lejos un runruneo de guitarra con
choque de castañuelas y férreo retintín de triángulo. Una voz bravía de cantor
nómada entonaba una jota, venerable música del terruño, miedosa de aventurarse
en el centro de Madrid y que se extingue lentamente en el refugio de los
barrios populares. Igualmente les había visitado muchas tardes este canto
medieval, evocando en el cerrado dormitorio un recuerdo de excursiones en
automóvil por las altiplanicies de Castilla: una visión de llanuras de rastrojo
con hilos de agua bordeados de álamos; cubos de fortaleza sosteniéndose
erguidos entre montones de ruinas; pueblos de color pardo; torres de iglesia
con nidos de cigüeñas en el remate. ¡Adiós! ¡También adiós!
De pronto, un
sonido metálico, de mística vibración, suave como la voz de una mujer, cortó el
aire, envolviendo los ruidos de la calle. Era para Ojeda la más amada de todas
las visitas invisibles que venían a buscarles en su encierro amoroso.
—La campana
de don Miguel—murmuró tristemente una boca junto a su cuello.
Sí; la
campana de don Miguel, la que todas las tardes les avisaba el momento de
sacudir la dulce pereza, de levantarse y comenzar los preparativos de
partida... «Don Miguel» era Cervantes, y la campana la de un convento inmediato
donde aquél había sido enterrado. Nadie conocía su tumba. Sus huesos se
pulverizaban revueltos con los de los sacristanes y antiguos vecinos del
barrio; pero era indiscutible que allí habían dado tierra a su cadáver, y esto
bastaba para Fernando. Y desconociendo la personalidad del convento y de sus
habitantes femeninos, la campana de las pobres monjas era siempre para los dos
amantes «la campana de don Miguel».
Sentían gran
satisfacción y hasta orgullo ingiriendo en sus ocultos amores el recuerdo del
famoso hidalgo. Ojeda, que era poeta, había decidido tomar aquella casa, para
sus encuentros amorosos, sólo por la vecindad del convento. Además, este barrio
popular y sucio había sido el de los grandes autores del Siglo de Oro, el
llamado «barrio de los poetas». En el espacio ocupado por tres calles pequeñas
habían vivido casi a un tiempo los hombres más célebres de la literatura
castellana.
Cuando al
cerrar la noche salía Fernando, sintiendo en su brazo el brazo de la amante y
en la muñeca el dulce cosquilleo de sus dedos juguetones, deteníase algunas
veces en la angosta acera antes de ganar las calles amplias del centro de la
ciudad. «Ésta era la casa de Lope de Vega...» Ésta no; era otra que ocupaba el
mismo sitio y tenía un huerto, y en él, a la sombra de contados árboles,
escribía aquel trabajador portentoso comedias a centenares y versos a
millones... Vestía la sotana; pero llevaba bajo de ella, por la noche, su buena
espada de Toledo para poner en fuga a los enemigos que le salían al encuentro.
Galante y desalmado en su juventud, como don Juan, habíase acogido, viendo
próxima la vejez, al seguro de la Iglesia para decir su misa entre un acto
terminado de escribir y otro que empezaba a versificar. Las hojas secas de su
huerto crujían bajo las amplias sayas de pizpiretas comediantas que venían en
busca de madrigales improvisados por el maestro a puerta cerrada. Y en una casa
próxima había vivido Quevedo, y más allá otros poetas de menos renombre...
El respeto
del viajero por las ruinas «donde ha ocurrido algo» sentíalo Ojeda al pasar por
estas calles angostas, con el pavimento desigual cubierto de suciedades, grupos
de chicuelos jugando «al toro» en las esquinas, comadres sentadas ante las
puertas, por las que se esparcían vahos de puchero pobre, y balcones que
goteaban una humedad de ropa vieja puesta a secar. Por estos mismos lugares
había pasado también, siglos antes, un sacerdote de alta frente remangándose la
sotana en los charcos y llevándose la otra mano a los bigotes y la perilla con
gesto de antiguo soldado. Era don Pedro Calderón. Las procesiones del barrio
habían visto formar muchas veces en ellas a un anciano enjuto, de barbillas
blancas, tartamudo, con una mano mutilada, el hidalgo Cervantes, veterano de
guerras famosas, que aguardaba la hora de la muerte con melancólica resignación
sin otro título que el de «Esclavo de la Hermandad del Santo Sacramento».
—¡La campana
de don Miguel!—repitió una voz junto a Ojeda—.Hay que tener resolución...
¡Arriba!
Y entre el
revoloteo de las cubiertas repelidas, pasó sobre él un cuerpo de satinados y
firmes contactos. La vio de pie ante la chimenea, envuelta en fulgores de horno
que inflamaban con tono arrebolado las nacaradas blancuras de su desnudez.
Protestó, como siempre, al notar que el amante, incorporándose en la cama,
buscaba el conmutador eléctrico. Nada de luz: ella gustaba de comenzar sus
arreglos al fulgor de la chimenea. Más adelante podría encender. Y vagó por la
habitación, buscando de mueble en mueble las piezas de ropa esparcidas al azar
en la locura pasional del primer momento. Pasaba del resplandor de la chimenea
a los rincones de sombra, preocupada con estas rebuscas, mostrando, en su
impúdica distracción, al agacharse y erguirse, las más recónditas intimidades.
Cada vez que tornaba al círculo de luz, una nueva prenda cubría su cuerpo.
Fernando la
seguía con su vista desde el fondo del lecho, iluminada inferiormente de rojo y
con el busto perdido en la penumbra. Bregaba jadeante y frunciendo el ceño con
la angostura del corsé, que se resistía a encerrarla en su molde. Siempre
ocurría lo mismo: su cuerpo, después de los supremos espasmos, parecía
dilatarse en el reposo de la más noble de las fatigas. La veía encerrada en un
medallón de seda, vestido interior impuesto por la estrechez de los trajes de
moda, con cierto aire masculino y gracioso de doncel medieval, agitando sus
crenchas cortas de gruesos bucles negros, su pelo verdadero, libre de los
postizos del peinado, que esperaban sobre el mármol de la chimenea el momento
del acople. La dama elegante, de gesto altivo e irónico, tomaba en la intimidad
un aspecto de paje.
Después él se
veía de pie, yendo hacia ella, con la voz ronca y temblona de emoción. «¡Paje
adorado!... ¡Y no verte más! ¡Perderte dentro de poco!...»
Pero la
amante, arreglándose el pelo ante el espejo, hablaba con una frialdad fingida,
temblándole la voz. «Vístete... Vámonos pronto. ¡Y pensar que una noche como
ésta tengo que ir con tía al Real!... ¡Qué rabia!»
Un estrépito
de metales golpeados arrancó a Ojeda de su ensimismamiento. Esta impresión le
hizo temblar, mientras su memoria retrogradaba al presente.
De nuevo se
encontró en el invernáculo, ante los pliegos de la carta empezada. Los
camareros recogían del suelo las teteras y bandejas, inmóviles poco antes sobre
un aparador. El movimiento de las cosas era cada vez más violento. Casi toda la
gente había desaparecido mientras soñaba Fernando con los ojos entornados.
Algunos sillones mecíanse solos, como si quisieran juguetear entre ellos al
verse sin ocupación; las mesas, abandonadas, crujían ladeándose lo mismo que en
las evocaciones de espíritus. Sólo quedaba en las ventanas un débil resplandor
lívido: la luz eléctrica descendía conquistadora de los techos, invadiendo
hasta los últimos rincones. En el salón de lujo, algunas señoras pelirrubias,
de mejillas rojas, hacían labores, o con las gafas caladas leían periódicos
ilustrados. La música continuaba sonando imperturbable para ellas y los
camareros.
Quiso
arrancarse Fernando este paladeo de recuerdos melancólicos. «¡A escribir!»
Necesitaba terminar la carta, pues al amanecer del día siguiente llegarían a
puerto... Pero la música le retuvo, paralizando su voluntad con la vibración de
algo conocido. ¿Qué cantaba el violoncelo?... Vio de pronto, como trazada en el
aire por los sones graves de dicho instrumento, la varonil figura de Wolfram de
Eschembach, el noble trovador consejero de Tannhauser el maldito, y su
imaginación puso palabras al canto melancólico de las cuerdas. «¡Oh tú, mi
dulce estrella de la tarde, que lanzas desde el fondo del cielo tu suave
resplandor!...» El wagneriano canto le hizo recordar otra estrella aparecida en
un momento doloroso de su existencia, y de nuevo olvidó el presente y quedó
inmóvil en su asiento, como un cuerpo sin alma, como un fakir en rígida
meditación, en torno del cual crecen las lianas y se enroscan las serpientes
mientras su espíritu vive a miles de leguas.
Se vio en una
calle mal alumbrada, levantándose el cuello del gabán mientras ella se
estremecía en su abrigo de pieles. Les hacía temblar el brusco tránsito del
dormitorio caldeado al vientecillo glacial del anochecer. Salieron de la casa
con cierto encogimiento, sin atreverse a mirar los muebles y los cuadros,
modesta decoración reunida al azar cuatro años antes. Guardaban demasiados
recuerdos para ser contemplados con indiferencia, y ellos se habían propuesto
mantener hasta el último momento su fingida serenidad. Ojeda dio unos duros a
la portera, que les salía al paso arrebujada en un mantón para abrir los
cristales del zaguán. La adelantaba la propina del próximo mes.
—¡Que Dios se
lo pague, señoritos! Tápense bien, que hace mucho frío... ¡Hasta mañana,
señoritos!
Fernando se
conmovió con las palabras de la buena mujer. ¡Cuándo sería ese mañana!...
Mañana vendría su viejo criado a levantar la casa, a llevarse aquellos muebles
que él le regalaba para evitar la profanación de una venta.
Ella, al dar
algunos pasos en la calle, se detuvo y ordenó imperiosamente:
—¡Escupe!...
¿Por qué?...
Pasada la sorpresa, él obedeció. Recordaba que en todos sus viajes, cada vez
que se creían felices en un lugar, formulaba su amante el mismo deseo. «Escupe
para que volvamos.» Equivalía a dejar algo de sus personas que alguna vez había
de atraerlos irresistiblemente. Hizo lo mismo ella, y súbitamente tranquilizada
se agarró de su brazo. Los menudos pies, montados en altos tacones, vacilaban
doloridos cada vez que descendían de la acera al arroyo empedrado con guijarros
desiguales. Por esto se apoyaba con fuerza en Ojeda, haciéndole sentir del
hombro a la rodilla el adorable y firme contacto de su cuerpo.
—Volverás,
Fernando—murmuraba—. Se lo he pedido... a quién tú sabes, y así será. Tú te
ríes de estas cosas, tú eres un impío, pero para eso estoy yo: para pedir por
ti y que salgas en bien de esta aventura que se te ha metido en la cabeza.
¿Volver a
Madrid?... Ojeda recordaba las palabras de su amante cuando al empezar la tarde
se habían juntado. Ya que él se iba en la misma noche, ella saldría para París
dos días después.
—¡Y así lo
haré!—afirmaba la mujer—. ¡Oh, Madrid! ¡cómo lo odio! ¡qué horror quedarme aquí
para siempre!... Y bien mirado, lo que temo es vivir en él... sin ti...
¡Pobrecito Madrid! ¡Yo que lo quiero tanto! ¡yo que te he conocido viviendo en
él!... Pero no, no podría estar aquí una semana más. Te vería por todos lados;
cada calle nos guarda un recuerdo. No; decididamente... lo detesto. Pero tú
volverás, dime que volverás pronto. Piensa que has escupido para volver, y eso
es importante. No vendrás aquí mismo... conforme... Pero volverás a Europa. ¡Y
esto es Europa, Fernando!... Nos juntaremos en París, y si no en Suiza... o si
te parece mejor en Italia, o tal vez en Atenas o El Cairo. Todo lo conocemos.
¡Hemos sido felices en tantos lugares!... Pero dime cuándo vas a volver.
¡Dímelo cierto!... ¡no me engañes!
El rostro de
Fernando se crispó con una risa dolorosa. ¡Volver! Aún no había emprendido el
viaje y al término de él le aguardaba lo desconocido, con sus aventuras y
misterios. Volvería pronto; cuando más, tardaría un año. ¡Palabra!
—¡Un
año!...—murmuró ella—. ¡Maldito dinero!
Pasaban ante
el convento y tuvieron que bajar de la acera cediendo el paso a unas devotas
enmantilladas de negro que se dirigían a la iglesia. Ojeda inclinó la cabeza.
«¡Adiós, don Miguel!» Se despedía mentalmente del ilustre vecino. Aquél había
sido un hombre completo, un hombre representativo de su época: soldado de mar y
tierra, cautivo rebelde, héroe ignorado, creyente y mujeriego, adulador sin
éxito de nobles y ricos. Sólo había faltado en la vida intensa del gran hidalgo
el embarque para las Indias.
En las calles
en cuesta que descendían a la Carrera de San Jerónimo, unos terrenos sin
edificar dejaban abierto un ancho espacio de cielo entre las casas. Los ojos de
los dos se fijaron al mismo tiempo en una estrella que resaltaba sobre las
otras con brillo extraordinario. Él, volviendo la mirada hacia su compañera,
creyó ver el reflejo del astro, como un punto de luz, en el temblor de una
lágrima. A través del velillo del sombrero columbraba su pálido perfil,
empequeñecido por un gesto de dolorosa timidez, los labios apretados, las
alillas de la nariz dilatadas por la angustia, una raya profunda entre las
cejas: la arruga vertical que anunciaba siempre sus preocupaciones y sus
enfados.
—Oye, y no te
burles—dijo ella rompiendo el silencio—. Quería pedirte que cuando estés allá y
te acuerdes un poco de mí contemples a esta misma hora esa estrella. Lo pensé
anoche... lo he pensado todas estas noches. Tú la mirarás acordándote de mí, y
yo la miraré al mismo tiempo. Será como en las novelas... ¡y quien sabe si algo
de nosotros llegará a encontrarse! ¡Hay en el mundo cosas tan misteriosas!...
Lo decía con
acento de desesperada humildad, como un condenado a muerte que se acoge a la
más absurda esperanza, y Ojeda, después de contestarle, se arrepintió de su
franqueza ¡Pobre María Teresa! Cuando ella contemplase la estrella al
anochecer, él estaría viendo el sol de las primeras horas de la tarde. Y aunque
para los dos fuese de noche al mismo tiempo, ¡quién sabe si luciría sobre sus
cabezas el mismo astro!... Cada hemisferio de la tierra tiene su cielo y sus
constelaciones.
Ella bajó la
frente, anonadada. «¡Tan lejos! ¡tan lejos!...» Con voz queda siguió haciendo
preguntas, curiosa por conocer la distancia que iba a separarlos y atemorizada
al mismo tiempo por su magnitud. ¿Y era cierto que una carta tardaría cerca de
un mes en establecer la comunicación entre sus pensamientos? ¿Y transcurriría
un espacio de tiempo igual para obtener la respuesta?... Ellos que se habían
creído infelices cuando en sus cortas separaciones, viviendo el uno en Madrid y
el otro en París, pasaban dos días sin noticias.
—Óyeme
bien—dijo acortando el paso y fijando sus ojos en los de Fernando con imperiosa
resolución—. No quiero que te vayas. ¡No te irás, no debes irte!... Me dice el
corazón que va a ocurrir algo malo.
Golpeaba el
suelo con un pie; apretaba convulsivamente con su garrita enguantada una muñeca
de Ojeda, como si temiese verlo desaparecer.
Él tuvo un
movimiento de impaciencia. ¡Quedarse!... Era imposible, le aguardaban allá.
¿Cómo podía ocurrírsele esto en el último momento?... Además, nada adelantarían
con tal resolución. Unas horas de felicidad con la esperanza de que no iban a
separarse, y luego, al día siguiente, las mismas exigencias que le obligarían a
partir, la misma necesidad de rehacer su vida.
—No, Teri; tú
sabes que debo marcharme. Tú misma me lo aconsejaste; te pareció bien que fuese
como un valiente a la conquista de la fortuna. Hace un mes que hablamos del
viaje con relativa tranquilidad, y ahora... ahora te opones como una niña.
Valor; mírame a mí. ¿Crees que no sufro como tú?...
Pero ella
bajaba la cabeza con obstinación. Habían hablado del viaje durante un mes
tranquilamente porque todavía estaba lejos. Confiaba... sin saber en qué: no
quería pensar. Era algo como la muerte, que todos sabemos que vendrá a su hora;
pero la vemos tan lejos... ¡tan lejos!... Guardaba cierta calma cuando el viaje
era sólo un motivo de conversación; pero ahora era una realidad, un hecho que
iba a ocurrir dentro de unas horas, y no podía resignarse.
—Y no te
veré, Fernando; ¡piénsalo bien! No te veré, y pasarán días, semanas, meses,
¡quién sabe si años!... Y tú tampoco me verás, y sólo habrá entre nosotros
pedazos de papel en los que intentaremos poner el alma y sólo pondremos letras.
¡Señor! ¡Terminar así... tal vez para siempre, cuando hemos pasado cuatro años
juntos, creyendo morir si transcurrían unas semanas sin vernos!...
Estaban en la
Carrera de San Jerónimo, marchando en dirección contraria a la gran corriente
de gentío que remontaba la calle hacia el interior de la ciudad. Las familias
burguesas, endomingadas, llevaban blanqueados los zapatos por el polvo de los
paseos. Grupos de hombres comentaban con enérgica gesticulación los incidentes
de la corrida de novillos de aquella tarde. Mujeres del pueblo, tirando de la
mano de sus pequeños, seguían al marido, que iba con la capa caída, la gorra
ladeada y los ojos brillantes, canturreando todos algún coro de la zarzuela de
moda. Venían de merendar en las Ventas y paladeaban la última alegría del vino
barato, la tortilla de escabeche y la contemplación del mísero paisaje de las
afueras, más abundante en techos de cinc, polvo y pianos de manubrio que en
aguas y árboles.
—¡Qué rabia
me da esta gente!—decía Teri mirándolos con hostilidad y evitando su contacto—.
No, rabia no; ¡pobrecitos! Tal vez envidia... ¡Pensar que ellos se quedan y que
tú te vas!... Son más dichosos que nosotros: vivirán aquí, donde tan felices
hemos sido.
Luego añadió,
con un acento de infantil ligereza que contrastaba con su máscara trágica y el
brillo lunar de sus ojos:
—Mira, en vez
de irte a América, de escribir versos y todas esas ambiciones de judío que te
vienen de pronto por ganar dinero debías ser uno de éstos; albañil, por
ejemplo: no, albañil no; podías caerte de un andamio, ¡pobrecito mío!...
Carpintero; eso es; o ebanista... Ebanista mejor. Y estarías de lo más guapo
con tu capa y tu gorra; y yo con mantón y moño alto, lleno de peinetas. Y ahora
nos iríamos a nuestro barrio cogiditos del brazo; no como vamos, sino más
alegres, y mañana de buena mañana, tú al taller y yo a buscar a mi hombre a
mediodía con la cestita llena, y comeríamos juntos en un banco de paseo o al
borde de una acera... Y mi hombre, como es buen mozo, seguramente que gustaría
a otras, y yo me pelearía con ellas y les arrancaría el moño... Di, ¿no me
crees capaz de reñir por ti, para que no se te lleve otra?... Pero el mundo
está mal arreglado. ¡Y pensar que estas pobres gentes tal vez nos envidien a
nosotros!... ¡A ti, que te vas sin saber por qué ni para qué! ¡A mí, que
seguramente voy a morir!... No hay justicia, Señor, ni pizca de justicia.
Este deseo de
vida popular transformó repentinamente sus ademanes y su lenguaje.
—¡Dinero
cochino!... ¡dinero indecente! El tiene la culpa de todo lo que nos pasa. Por
él te vas tú y me quedo yo muerta de pena. ¡Pero Señor! ¿no podría ser ese
dinero canalla como el sol, como el aire, que es de todos y para todos? Las
mujeres no entendemos de muchas cosas, pero yo creo que así debía arreglarse el
mundo para que las gentes fuesen felices... Y si no puede ser así, que lo
supriman al muy ladrón... No, no hables; no me irrites con tus palabrotas de
sabio; no me hagas la contra, mira que estoy muy nerviosa. Di conmigo: «¡Muera
el dinero!».
Y como si con
estas palabras hubiese desahogado toda su indignación, añadió mansamente:
—El caso es
que hago mal en insultar a ese bandido. Huye de nosotros, pero él volverá;
volverá pronto y seremos felices. Deja que se termine mi pleito con los hijos
de mi marido; va a ser de un momento a otro y acabará bien, todos me lo dicen.
Entonces no llevaré esta vida de pobreza disimulada, de bohemia elegante; no
tendré que ceñirme a mi viudedad y a los regalos de mi tía; y seré rica y tú no
sufrirás más, no trabajarás, pues te mantendré yo... ¡yo!, ¡tu María Teresa,
que será tu mujercita!
Sintió cómo
el brazo de Ojeda se estremecía bajo su mano; cómo su cuerpo, pegado a ella en
el ritmo de la marcha, parecía repelerla con sobresalto.
—No vayas a
empezar como siempre, Fernando. Mira que no lo sufro... Sí señor, te mantendré;
será mi mayor gloria. Tú te marchas por mí, por hacerte rico, por rodearme de
lujos y comodidades, y vas ¡pobrecito mío! como un soldado va a la guerra, a
sufrir, a matarte de fatiga. ¿Y no quieres que si yo llego a ser rica te dé lo
mío?... ¡A callar! Ya sabes que no te aguanto cuando te pones tonto con tus
caballerías... Sí señor, te mantendré, te guardaré como un pájaro en su jaula,
y harás versos o no harás nada. Cumplirás conmigo sólo con quererme mucho. Y yo
me daré el gusto de sostener a mi hombre, de regalarlo y mimarlo, de
preocuparme con sus cosas y llevarlo hecho siempre un brazo de mar. Serás mi
chulo; serás mi «socio», como dicen las de los barrios bajos... A veces me
acuerdo de algunas vendedoras que he visto en la plaza de la Cebada, con sus
enaguas muy almidonadas y sus buenos pendientes de oro. Ellas venden, trabajan,
manejan el dinero, y el hombrecito está a sus espaldas sin hacer otra cosa que
proporcionar a la razón social su autoridad de macho o guardar el puesto cuando
la socia se ausenta. ¡Qué delicia! Así te quisiera yo. ¡Todo lo mío para ti!...
Mi chulo rico, déjame soñar. Déjame forjarme ilusiones. No me contradigas. No
me gustas cuando te pones tan digno, tan caballeresco. Más te querría si fueses
ladrón; me parecerías más interesante... ¡Ay!, ¡me siento tan triste!... ¡tan
triste!
Estaban ahora
en el Salón del Prado, alejados del movimiento de la gran calle, caminando
entre macizos de verdura, por una avenida solitaria en cuyo suelo trazaban los
focos de luz grandes redondeles blancos.
Callaba María
Teresa, como si la excitación de su falsa alegría hubiese cesado de golpe al
ponerse en contacto con esta soledad. Apretó más fuertemente el brazo de
Fernando, y rozándole el rostro con el ala de su sombrero, murmuró:
—Di, ¿y si me
fuese contigo?...
Era una
súplica, un murmullo tímido, la petición que se considera imposible, pero se
formula como última esperanza.
Ojeda sonrió
tristemente. ¡Partir juntos!... Una felicidad que había pensado muchas veces;
pero él ignoraba cuál iba a ser su vida allá. Seguramente de penalidades y
miserias sin cuento. ¡Y ella, criatura de lujo, acostumbrada a las comodidades
del dinero, quería seguirle en su incierta aventura!... No; estas resoluciones
extremas únicamente son aceptables en el teatro. La vida tiene otras
exigencias. Es posible el sacrificio como algo momentáneo, heroico, que sólo
puede durar poco tiempo: ¡pero el sacrificio por toda una existencia!...
—Recuerda,
Teri, tu frase habitual: «La vida es la vida». Hay que darla lo que es suyo.
Vendrías conmigo valerosamente, y a los primeros pasos la escasez de dinero, la
falta de consideración de las gentes, el escándalo que dejaríamos a nuestras
espaldas, la pérdida de los intereses que estás defendiendo, se encargarían de
demostrarnos nuestra locura. Y tú callarías porque me quieres, y lo soportarías
todo con resignación; lo creo; te conozco bien... ¡Pero el remordimiento de
haber accedido yo a tu locura! ¡La tristeza de no haberme opuesto con mi
experiencia de hombre! ¡El miedo de adivinar en una palabra tuya, en una
mirada, la lamentación del pasado! Entonces sería cuando nos perderíamos para
siempre. No; mejor es separarnos ahora. Yo volveré pronto, te lo juro. ¡Y quién
sabe!... Tú vendrás allá... más adelante: cuando yo sepa cuál puede ser mi
suerte.
Ella se soltó
bruscamente de su brazo, anduvo algunos pasos titubeante, y casi se desplomó
sobre un banco. Su diestra, oprimiendo un minúsculo pañuelo, pasó entre el
velillo y el rostro para cubrirse los ojos. Lloraba; lloraba silenciosamente,
sin estremecimientos ni hipos de dolor, como si su llanto fuese una función
natural largamente contrariada. Por fin se abría paso la desesperación,
adormecida toda la tarde, engañada por los momentos de olvido voluptuoso. Y las
lágrimas sucedían a las lágrimas, trazando luminosas tortuosidades sobre el
fondo mate de su cutis. Al alzarse el velo para enjugarlas, Ojeda vio un
triángulo de arrugas en las comisuras de sus ojos, un cerco de negrura
cadavérica en torno de ellos. La nariz parecía más afilada, a boca más profunda:
era una mujer distinta a la que media hora antes buscaba sus ropas a la luz de
la chimenea. Diez años habían caído de golpe sobre su cabeza. Su faz parecía
arañada por el cansancio y la pena.
Fernando
suplicó como un niño atemorizado. ¡Valor! Debía sobreponerse a sus emociones.
Teri era valiente cuando quería.
—Te vas—gimió
ella, sin escucharle—. Ahora me convenzo. Hasta este instante no había visto
claro. Es cierto que te vas. ¡Y no hay remedio!... ¡Qué cosa tan horrible!
Así
permanecieron mucho tiempo: María Teresa, apoyada en el respaldo del banco, con
una mano en el rostro y la otra perdida en el manguito; Fernando de pie,
intentando infundirla valor con palabras incoherentes. Los dos temblaban de
frío sin darse cuenta de ello, estremecidos por el viento glacial que hacía
oscilar los focos de luz. El dolor los mantenía como alejados de sus cuerpos,
sordos a sus sensaciones, insensibles a toda impresión externa.
Avanzaban
lentamente, por una calle inmediata al paseo, las rojas linternas de un coche
de alquiler.
—Llámalo—dijo
ella con resolución, incorporándose—. Acabemos pronto; esto no puede durar más
tiempo... Mejor que nos separemos aquí.
Él asintió
con la cabeza. Sí; mejor sería. ¡Para qué prolongar este martirio!...
Y cuando el
coche se detuvo, María Teresa marchó hacia él, irguiendo el busto, pero con
paso vacilante, torciendo el rostro para no ver a Ojeda. Titubeó un momento al
poner el pie en el estribo, y acabó por retroceder.
—Págale y que
se vaya... Iremos a pie hasta la Cibeles. Nos veremos un momento más.
Fernando
aprobó otra vez. El dolor anulaba su voluntad, y por esto aceptó como una dicha
la prolongación de su tormento.
Volvieron a
tomarse del brazo y caminaron silenciosos, lentamente. Sus ojos se rehuían.
Evitaban hablarse, temiendo despertar con las palabras su desesperación. Les
bastaba sentirse el uno junto al otro, percibir las vibraciones de sus dos
vidas con el roce de sus cuerpos puestos en contacto. Teri parecía obsesionada
por sus recuerdos y murmuró unas palabras, como si se hablase a ella misma, con
una voz monótona y vagorosa, igual a la de los que sueñan:
—La semana
que viene... ¿te acuerdas? La semana que viene hará cuatro años que nos
conocimos.
Ojeda sintió
disiparse su torpeza con este recuerdo, pero continuó marchando en silencio.
¡Cuatro años... sólo cuatro años! Y habían sido tan largos y nutridos como todo
el resto de su vida... ¡Más, mucho más! Su existencia anterior apenas contaba
para él; era como un limbo de sucesos incoloros. Su verdadera vida había
empezado junto a María Teresa.
Pensaba con
irónica conmiseración en su existencia antes de conocerla. Creía entonces haber
paladeado todas las variedades y complicaciones del amor, y hasta se
consideraba hastiado de ellas. Había tenido por suyas mujeres de alto precio,
arrebatándolas en una puja de generosidad a los amigos más íntimos con
quebranto de su fortuna. ¡Lo que había malgastado años antes, cuando al morir
su madre se vio en posesión de una fortuna algo mermada por sus prodigalidades
de hijo de familia!... Sus amores en la buena sociedad habían alcanzado
igualmente cierta resonancia. Aún guardaba en el pecho una ligera cicatriz, un
puntazo recibido en un duelo con cierto señor que, después de tolerar
ciegamente todos los amigos anteriores de su esposa, se había sentido de pronto
terriblemente celoso de Ojeda. El amor le hacía encogerse de hombros en aquella
época de su vida: un pasatiempo como la ambición o como el juego; un dulce
engaño para entretenerse. Él estaba de vuelta, a los treinta y dos años, de
esta mentira que llena el mundo, mantiene la vida y es la principal ocupación
de la humanidad.
Todo le había
sido fácil en los primeros tiempos. Recordaba a su madre, una señora pálida y
cortés, de personalidad algo borrosa, que parecía encogerse como oprimida por
la majestad del esposo. Su amor a Fernando, el hijo primogénito, era el único
sentimiento vehemente que desdoblaba y hacía vibrar con energía su dulce
pasividad. Recordaba también a su padre, imponente personaje triunfador en el
Parlamento durante veinte años por la corrección con que sabía llevar la levita
así como por sus discursos solemnes, que duraban tardes enteras ante los
escaños vacíos. Hablaba inglés y alemán, lo que le proporcionaba cierto
prestigio misterioso, indiscutible, y cada vez que su partido era llamado al
poder, su nombre figuraba el primero en la lista de ministros. Nadie osaba
disputarle la dirección de las relaciones diplomáticas. Jamás se había
sorprendido la más pequeña mota en su levita ni el más leve rastro de idea
propia en sus palabras. Y junto con todo esto, una corrección hidalga, que le
acompañaba hasta en los menores actos de su vida, una rectitud señoril y
bondadosa que parecía ennoblecer su rimbombante mediocridad intelectual.
Ojeda le
había admirado hasta los veinte años, dándole preferencia en sus afectos sobre
la madre buena, dulce e insignificante. Había paladeado en las tribunas del
Congreso tardes de orgullo y de gloria, pensando que aquel señor que desde el
banco azul hacía resonar la cúpula con su voz grave y movía los brazos con
tanta elegancia, era el autor de su existencia. Luego, cuando la afición a los
versos le sacó del círculo solemne y entonado en que se movía su familia y
vivió en el Ateneo y en las redacciones de los periódicos, su facultad
admirativa fue achicándose, y sin dejar de sentir cierta veneración por la
personalidad moral de su padre, creyó menos en la valía de su inteligencia.
Al morir este
personaje, en vísperas de ser ministro por séptima vez, Fernando acababa de
ingresar en el cuerpo diplomático, como si con esto siguiese una tradición de
familia. Apenas cesaron de hablar los periódicos «de la irreparable pérdida que
había sufrido el país» con la muerte del hombre ilustre, hízose el silencio en
torno de su recuerdo, con esa facilidad de olvido que acompaña a los hombres
del teatro y de la política. Siempre que Fernando encontraba al jefe del
partido o algún otro personaje ilustre amigo de su padre, era objeto de
presentaciones. «Éste es el chico de Ojeda... ¡Pobre Ojeda! Un hombre que valía
mucho.» Y tras este responso continuaba su plática sobre accidentes de la
política. Mientras tanto, la madre vivía encerrada en la estupefacción dolorosa
que le había producido aquella muerte, considerándola algo inaudito,
inexplicable, como si los personajes del calibre de su esposo no pudiesen
morir, y se imaginaba a todo el país en el mismo estado de ánimo.
Quiso avanzar
Fernando en su carrera, ir destinado a una Legación, y la buena señora no se
atrevió a oponerse a sus deseos. Ella quedaría en Madrid con su hija, mientras
el primogénito daba en el extranjero nuevo lustre al apellido del padre. Los
graves señores volvieron a evocar por unos momentos a su olvidado compañero.
«Hay que hacer algo por el chico de Ojeda.» Y Fernando pasó diez años fuera de
España como secretario de Legación, con frecuentes traslados que le hicieron
viajar desde las naciones del Norte de Europa a las repúblicas de la América
del Sur, siempre acompañado por la protección de los amigos del «malogrado
personaje». Pero esta protección se mostraba cada vez más lejana, más tenue,
como el recuerdo ya esfumado del grande hombre. El hijo del eterno ministro,
habituado a la adulación y a la influencia social desde los tiempos en que era
estudiante, iba notando el vacío de la indiferencia en torno de su personalidad
diplomática. Nada significaba ya ser «el chico de Ojeda». Ahora eran «los chicos»
de otros personajes de gloria más reciente los que merecían los empujones del
favor. Además, una falta absoluta de adaptación le hacía chocar con los
superiores, que le consideraban intolerable por su independencia. Empezaba a
hablar con desprecio de «la carrera». En una Legación, el ministro, que había
alcanzado sus ascensos, antes de que se inventasen las máquinas de escribir,
por el primor caligráfico con que copiaba los protocolos, decía a Ojeda con
irónica superioridad: «¡Qué letra tan pésima la suya!... ¿Y usted hace versos?
¿Y usted presume de literato?». Otros jefes le echaban en cara sus aficiones
«ordinarias», su marcada intención de evitar las reuniones entonadas del mundo
diplomático para juntarse con la bohemia del país, juventud melenuda que
recitaba versos y discutía a gritos, en torno de los ajenjos, bajo nubes de
tabaco. Un ministro había escrito durante un año entero a Madrid para que
sacasen de su Legación al secretario Ojeda, individuo peligroso que muchos
tenían por socialista. En realidad, sólo deseaba alejarlo para que la señora
ministra recobrase su calma de buen tono y no se comprometiese con un inferior
cantando romanzas y recitando poesías en la penumbra del anochecer.
Su fama llegó
hasta el Ministerio de Estado. «¡Lástima de chico! ¡La maldita literatura! ¡Si
el grande hombre levantase la cabeza!» Y todos, jefes de sección, ministros de
diversas categorías, secretarios y hasta agregados, repetían lo mismo: «Tiene
talento, es un original; pero le falta el pliegue». El tal pliegue
significaba su falta de adaptación a «la carrera», su rebeldía a moldearse en
las tradiciones y frivolidades de la vida diplomática... ¡Para lo que valía la
dichosa carrera! Su madre le enviaba todos los meses una cantidad tres o cuatro
veces superior al sueldo que él percibía. Su hermana Lola, a pesar de que veía
en él un conjunto de todas las gallardías y seducciones varoniles, protestaba
contra las maternales larguezas. Todo para el hijo que andaba por el extranjero
paseando su casaca dorada, y para ella, que había de buscar un marido, los
regateos y estrecheces. ¡Armonías de familia!... En algunos países de América,
él y sus compañeros se lamentaban de que un conductor de automóvil o un encargado
de hotel ganase mayor sueldo que un diplomático. Por esto las ilusiones de su
vida de miseria esplendorosa giraban siempre en torno del matrimonio,
ambicionando todos una novia rica para hacer buena figura en «la carrera».
El deseo de
no contrariar a su madre, que veía en la diplomacia la única ocupación digna,
fue lo que mantuvo a Fernando en su puesto; pero al morir la pobre señora,
presentó la renuncia. Habituado a recibir ayudas pecuniarias sin ocuparse
directamente del manejo de sus intereses, Ojeda se creyó rico, muy rico,
viéndose propietario de una casa en Madrid y muchas tierras en Andalucía. Su
hermana estaba casada con un ingeniero, hombre formal, que había hecho su
fortuna en la América del Sur, ayudado por algunos parientes. Era el talento
administrativo de la familia, y Fernando se burlaba de su honrada simplicidad,
sin dejar por eso de admirarle. Dominábalo su mujer con el prestigio del
nacimiento: estaba orgulloso de ser el yerno póstumo del «ilustre señor Ojeda»,
y recordaba sus glorias con más frecuencia que los hijos. La familia de la
suegra proporcionaba igualmente grandes satisfacciones a su vanidad. Aunque
aquélla no había disfrutado otro título honorífico que el de esposa de un
grande hombre, estaba emparentada con varias condesas, marquesas y grandes de
España, de cuyos honores y distinciones llevaba cuenta exacta el ingeniero. Su
orgullo bonachón creía haber perdido lamentablemente el tiempo cuando terminaba
el año sin haber hecho noventa visitas a estas ilustres damas, a las que
llamaba por antonomasia «nuestras tías».
Ojeda le
confió sus bienes para seguir sin preocupaciones una vida doble de placeres.
Pasaba sin transición del mundo en que le había colocado su nacimiento a otro
más humilde, hacia el cual le empujaban sus aficiones artísticas. En un mismo
día charlaba de mujeres, juego y caballos con la juventud desocupada y elegante
de los clubs aristocráticos; luego pasaba la tarde en el pobre estudio de algún
artista «independiente y desconocido», tuteándose con melenudos de botas
destrozadas que tal vez no habían almorzado; asistía después a un té, donde
flirteaba con damas de fama contradictoria, y comía en un palacio o en una
taberna de bohemios, puesto de frac, para ir luego al Teatro Real.
El amanecer
le sorprendía en los gabinetes de Fornos con camaradas de infancia y hembras de
alto precio, y otras veces en los camarotes de un colmado con guitarristas,
toreros, «socias» de mantón y «fraternales amigos» que le tuteaban y cuyos
apellidos no conocía bien: hombres con brillantes enormes, rumbosos,
dicharacheros, que habían estado algunas veces en la cárcel o bordeaban con
frecuencia sus puertas.
Tenía cierta
reputación entre la gente literaria de escalera abajo, que grita y pugna por
subir. «Un muchacho simpático y de talento... ¡Lástima que sea rico!» Y los que
se compadecían de su riqueza le llamaban al mismo tiempo simpático por la
facilidad con que se prestaba a un donativo de cinco duros. Reunió en un
volumen impreso sus poesías... ¡Magnífico! Era Musset. Lanzó otro tomo...
¡Soberbio! Era Baudelaire. Publicó un tercer libro... ¡Colosal! Era... el
mismísimo Espíritu Santo hecho poesía. Los versos no estorban a nadie y son
ocupación de gran señor, por lo mismo que no dan dinero. Escribió un drama
heroico, un drama caballeresco, la epopeya de los conquistadores en las Indias
vírgenes, con estrofas sonoras en las que vibraba un tintineo de espadas y
corazas, y los profesionales recibieron sonriendo como hienas a este niño de
buena familia que venía a quitarles el pan de la mesa. Muy bonitos los versos,
pero «aquello no era teatro». Resultaba demasiado poeta para la escena.
En ese tiempo
encontró a María Teresa. Fue en casa de una de las parientas de su madre; en el
té de una condesa que figuraba entre las veneradas «tías» del marido de Lola.
Iba a estas reuniones Fernando cuando de cinco a siete de la tarde no
encontraba mejor distracción a su aburrimiento. Sabía de antemano lo que le
preguntarían sus ilustres parientas, viejas pretenciosas de pelo teñido y
dentadura semejante a un juego de dominó. «Pero grandísimo perdido, ¿cuándo te
casas?...» Y si él se resignaba a asistir a estas reuniones, era justamente
para no casarse, para aprovechar el tedio de alguna señora que se trasladaba
humillada de un salón a otro sin encontrar compañía, iniciando con ella
pláticas sentimentales que terminaban a veces en algo más positivo.
En la pieza
donde estaba instalado el buffet encontró a María Teresa.
Acababa de llegar de París, donde vivía largas temporadas. Una rápida aparición
en Madrid, y luego a huir otra vez. La molestaban y la hacían reír a un tiempo
la curiosidad malsana y la altivez miedosa de sus amigas. Fingían sorpresa al
verla, la abrazaban, admiraban su traje, hacían elogios de su hermosura, le
pedían datos sobre las últimas modas, y escapaban, procurando no tropezarse con
ella otra vez.
Ojeda la
conocía vagamente. Su marido había sido de «la carrera», un antiguo
plenipotenciario que actualmente vegetaba retirado en una ciudad de provincia.
Años antes la había visto en una comida en la Embajada de España en París,
cuando ella estaba recién casada e iba con su marido a ocupar la Legación
española en una corte de la Europa septentrional. Fernando la había deseado con
su ávida admiración juvenil. ¡Qué mujer!... Pero ella, orgullosa de su belleza
y de su nuevo rango, apenas se fijó en el modesto secretario de una Legación
americana, de paso en París. Sólo tenía sonrisas para los personajes
importantes que la rodeaban, y un gesto de agradecimiento para aquel viudo rico
y viejo que, contrariando a sus hijos, la había hecho su esposa. Procedente de
una familia de militares pobres y gloriosos, veíase convertida de pronto, por
el entusiasmo casi senil de su marido, en una gran señora diplomática, rodeada
de todas las comodidades de la riqueza, sin tener ya que sufrir el tormento de
una mediocridad con la que habían pugnado desde la niñez sus gustos de mujer
elegante.
Luego,
Fernando no la vio más. ¡Pero había oído tantas cosas de ella!... Los hijos del
marido se encargaban de propalarlas, y todas las amigas de María Teresa las
repetían con la secreta fruición de demoler a una compañera que inspira
envidia. ¡Quién podría conocer la verdad! Lo cierto fue que el viejo marido,
dimitiendo de pronto su plenipotencia, se vino a vivir a España, unas veces en
Madrid, evitando el contacto con sus hijos, a los que guardaba cierto rencor,
otras en provincias, dedicándose, según decían, a grandes empresas agrícolas.
Ella permaneció en París, y de tarde en tarde escapaba a la Península para ver
a su marido, restableciéndose entre los dos por breves días cierto simulacro de
reconciliación; pero en realidad—según las amigas—, estos viajes eran
únicamente para procurarse dinero.
Los ojos de
María Teresa parecieron atraerle, y los dos se saludaron como antiguos
conocidos. Ella le felicitó sonriente y maternal por sus versos, que
indudablemente no había leído, y por su drama, que no conocería nunca. Casi era
un grande hombre. ¡Cómo podía imaginárselo así cuando le había visto por
primera vez en París!...
—Además, me
han dicho que es usted un grandísimo «golfo».
Ojeda se
inclinó sonriente, con exagerada cortesía.
—Y usted
también, según dicen, parece un poco «golfa».
Dudó ella un
momento con el ceño fruncido, no sabiendo si enfadarse por estas palabras, y al
fin acabó por lanzar el gorjeo de su risa.
—Venga usted
y nos sentaremos en aquel rincón. Con usted es imposible enfadarse. ¡Qué tipo
tan interesante! Vamos a burlarnos un poco de toda esta gente... Nosotros hemos
visto otras cosas.
Pasaron la
tarde hablando de los países que llevaban visitados, de las gentes de «la
carrera» que habían conocido, interrumpiendo estos recuerdos para reír a dúo de
los que pasaban por el comedor y comunicarse sus maledicencias. Al hablar se
miraban de frente con una fijeza curiosa, como extrañados de no haberse
conocido antes, adivinando cada uno con rápida clarividencia lo que pensaba el
otro; pensamientos que se desarrollaban fuera del curso de sus palabras. Al día
siguiente sintieron la necesidad de verse... y al otro... y al otro. Ella se
preocupaba de la vida de su vida; le acosaba con preguntas para conocerla con
todos sus detalles; la hacían reír mucho sus relatos de aventuras en los bajos
fondos de Madrid.
—Quisiera ver
eso; conocer sus bohemios, sus cantaoras. Lléveme con usted, Fernandito; sea
usted bueno. Yo conozco algo de París, pero lo de aquí es indudablemente más
interesante, más típico... Debe oler a puchero.
Estos deseos
caprichosos desaparecieron de golpe después de la caída... si es que hubo
caída. Fueron el uno del otro casi sin saber cómo, por impulso natural y fácil,
sin enterarse ciertamente de cuál de los dos apuntó el primer intento y cuándo
se inició la realización. Ella no se tomó el trabajo de fingir la más leve
resistencia, de coquetear con negativas sonrientes acompañadas de ojos
aprobadores.
—Desde que te
vi, adiviné que esto iba a ser... y ha sido. Tú pensarás lo que quieras; tal
vez me crees más fácil de lo que soy. Pero contigo, ¡para qué fingimientos!...
Como Teri se
marchaba a París, él se fue también, y empezó lo que llamaba Fernando la mejor
época de su existencia: una vida de concentración egoísta, una vida a dos, de
ceguera y olvido para todo lo que estaba más allá de ellos, cortada por
frecuentes viajes emprendidos al azar de una lectura o de un recuerdo
histórico. «¡Qué hermoso besarnos entre las columnas del Partenón!» Y
emprendían un viaje a Grecia. «¡Qué delicia ver el desierto, los dos juntitos,
desde lo alto de las Pirámides!» Y salían para Egipto. Y así fueron a
contemplar, tomados del talle y con las cabezas juntas, el sol de media noche
en Noruega, el Kremlin cubierto de nieve, las palmeras del oasis de Biskra y
las azules corrientes del Bósforo, sin contar otras excursiones más vulgares en
busca del canal veneciano la colina toscana o el lago suizo como fondo
decorativo de un amor que ansiaba abarcar todo el viejo mundo en su insolente
felicidad. Pronto notó Ojeda una transformación en el carácter de Teri. Perdía
por momentos su alegre inconsciencia de pájaro loco. Era más grave en sus
palabras; mostraba una mesura conservadora en sus juicios sobre el amor. Ella,
que al principio le incitaba a narrar las aventuras de su pasado, riendo gozosa
cuanto más incontables eran, palidecía ahora con un gesto de protesta.
—No quiero
oírte—decía tapándose los oídos—. ¡Calla, por Dios! Me repugnas cuando recuerdo
esas cosas... Acabaré por no quererte.
En sus viajes
la acometían repentinos celos cada vez que Fernando miraba a una viajera de
buena presencia. Luego fue él quien se sorprendió, preguntando con sorda
irritación para desentrañar los misterios del pasado. ¿Qué existencia había
sido la de Teri antes de que ellos se conociesen? ¿Por qué murmuraban tanto de
su vida en aquella corte septentrional? ¿Por qué se había separado de su
marido?... Debía hablar sin miedo; él lo aceptaba todo por adelantado: no había
sido en su tiempo.
Pero Teri
movía la cabeza negativamente, con una tenacidad reflexiva en el gesto y unos
ojos de misterio, como mujer que sabe que en amor las confesiones francas no se
olvidan ni se perdonan.
—Todo
mentiras... calumnias. Nada tengo que contarte. Olvida eso; no te atormentes...
No hubo nada; y aunque algo hubiese... ¡yo no te conocía entonces, no te
conocía!
Y con esta
exclamación cerraba y justificaba todo su pasado.
Ella miraba a
Fernando como algo propio que le pertenecía para siempre. Más de una vez había
protestado en los hoteles de la facilidad con que daban alojamiento a ciertas
aventureras, con grave peligro de la paz matrimonial. A fuerza de titularse
«Madame Ojeda» había olvidado su verdadera situación, y se indignaba, con todo
el fervor que inspira el derecho de propiedad, sólo al pensar que alguna mujer
pudiera arrebatarle «su marido».
Cuando
fatigados de tantos viajes recalaban en Madrid y vivían separados por algún
tiempo, él en casa de su hermana, ella con una tía a la que consideraba como
una segunda madre, esta separación parecía enardecer sus celos. Al verse Teri
por las tardes en el cerrado dormitorio, adonde llegaba suave y quejumbroso el
sonido de «la campana de don Miguel», tenía de pronto exabruptos coléricos.
—Ya vives en
tu Madrid, donde has hecho tantas picardías... ¡A saber si estarás engañándome
con alguna, grandísimo ladrón!
Después de
estas explosiones de ira se apelotonaba contra él, humilde y tímida.
—Es porque
tengo miedo de perderte, de que otra me quite a mi hombre. Quisiera asegurarte
para siempre, tenerte atado de una patita como un jilguero. Di: si nos
casáramos, ¡qué tranquilidad!... Tú que sabes tanto, contesta: ¿llegaremos a
casarnos alguna vez?...
También
Fernando, que durante los primeros meses sólo veía en María Teresa una
conquista más, una mujer elegante y hermosa que halagaba su masculina vanidad,
sufría de pronto iguales cóleras. Él, que al principio no deseaba saber y
olvidaba voluntariamente el pasado con todas las vaguedades calumniosas que
había oído acerca de Teri, sentíase poseído de pronto por una curiosidad
dolorosa y malsana, un deseo de gozar cruelmente haciéndose daño, y aprovechaba
los momentos de abandono para hacerla hablar, queriendo conocer sus amores
antiguos.
—¡Cuando te
digo que no he tenido ninguno!...—protestaba ella—. Créeme: tú has sido el
primero y serás el último.
Ponía en sus
ojos el asombro ingenuo y en su voz la infantil humildad de la mujer que
necesita ser creída... Ojeda también necesitaba creer. ¡Para qué fatigarse en
esta cacería del pasado! Y con repentina confianza, deseaba lo mismo que su
amante, un casamiento que consolidaría su felicidad.
El egoísmo
del amor estallaba en María Teresa con deseos crueles.
—¡Ay, cuándo
se morirá Joaquín!... ¡Para lo que sirve en el mundo!
Joaquín era
el marido, y ella, por informes de sus amigos o por las cortas entrevistas que
tenía con el viejo al volver a España, calculaba las probabilidades de su
muerte.
—Está peor;
casi chochea. Esto va a terminar de un momento a otro.
La sensible
María Teresa, que se apiadaba de los perros abandonados en la calle y reñía con
los cocheros cuando levantaban el látigo sobre las bestias, hablaba fríamente
de la muerte, como si únicamente tuviera entrañas para su amor y el resto del
mundo careciese de interés. Ojeda la escuchaba con cierto remordimiento.
¡Desear la muerte de un pobre señor que no les había hecho daño alguno y al que
inferían desde lejos diariamente un sinnúmero de misteriosas ofensas! ¡Qué
cobardía!... Pero el egoísmo amoroso acabó por despertar en él igualmente, con
una crueldad implacable. Aquel viejo estúpido, por el privilegio de su riqueza,
la había poseído el primero, había paladeado las mismas dichas que él pero con
el encanto de la novedad. Bien podía morirse... ¡Que se muera!
Y se murió de
pronto, mientras ellos estaban muy lejos; y al regresar a Madrid a toda prisa,
aturdidos por la feliz noticia, les salió al encuentro algo que no habían
conocido hasta entonces: el valor del dinero, lo difícil que es echarle la mano
encima cuando se empeña en huir, la necesidad material y prosaica sobre la que
descansan todas las ilusiones y deseos de la vida.
Don Joaquín
se había ido del mundo sin dejar a su mujer otra renta que una pensión del
gobierno como viuda de ministro plenipotenciario: un poco más de lo que ella
pagaba a su doncella en París. Una parte de su fortuna procedía de la primera
esposa y pasaba a los hijos; la otra parte, que era considerable, aparecía
donada en vida a los mismos hijos, que habían vuelto a su gracia en los últimos
años.
La primera
idea de la impetuosa María Teresa fue comprar un revólver e ir matando por
turno a los hijos y las hijas de su marido, a más de yernos y nueras, sin
perdonar a los nietos. ¡Raza maldita! ¡Ladrones! ¿Y para esto había sacrificado
los primeros años de su juventud a un viejo tonto, renunciando al amor?... Pero
no; él era bueno y la quería. Muchas veces le había asegurado que dejaba las
cosas bien arregladas para después de su muerte. Eran los otros, que intentaban
robarla... Y desistiendo de la compra del revólver, se lanzó en las aventuras
de un pleito con el fervor apasionado que despiertan en algunas mujeres los
incidentes, embrollos y peleas de todo litigio. Ella demostraría que la familia
de su marido había abusado de la flojedad mental de éste en los últimos meses,
para despojarla con documentos falsos.
Fernando
acogió el contratiempo con frialdad. En el fondo de su ánimo le había repugnado
siempre que el dinero del viejo entrase en su casa al unirse él legalmente con
María Teresa.
—No te
apures; tal vez sea mejor así. Cuenta sólo conmigo. Yo trabajaré si es preciso.
Pero también
a él le aguardaba otra sorpresa por boca de su cuñado, hombre de orden que
hacía algún tiempo deseaba rendirle cuentas. Varias hipotecas pesaban sobre sus
bienes desde la época en que Fernando llevaba una vida alegre, y a esto había
que añadir las fuertes cantidades que adeudaba a la familia. Los viajes con
Teri habían devorado mucho dinero. Ojeda quedó perplejo, como si despertase
ante el montón de papeles que le presentaba el ingeniero, y lo repelió con
gesto de gran señor. Nada adelantaba con examinarlos; lo que decía su cuñado
debía ser cierto. El pobre hombre se excusó con humildad. Había tardado en
hablar, por miedo a que Fernando se disgustase; él estaba dispuesto a todos los
sacrificios; pero tenía dos hijos, Lola andaba en trámites para darle el
tercero, y temía sus protestas de mujer ordenada y económica que no quiere
dejarse arruinar por un hermano. El ingeniero tenía un proyecto... ¿Por qué no
se casaba con una mujer rica? ¡Con su figura y su nombre! ¡Un Ojeda!... Él
sabía mejor que nadie lo que representaba este apellido.
—No; prefiero
trabajar. Yo saldré adelante.
Y vendiendo
bienes para reunir fondos, Fernando se lanzó en los negocios con una ceguera
que no admitía consejos. Además, jugó fuerte en el club hasta la madrugada, en
busca de fugitivas ganancias. ¡Ay, su amor!, ¡su pobre amor humillado y
envilecido por las preocupaciones del dinero!... ¡Adiós las inconsciencias del
pájaro errante, el desprecio por las previsiones del mañana!... Sus besos
tenían muchas veces el crispamiento de caricias desesperadas; quedábanse de
pronto absortos los dos y tenían miedo de preguntarse en qué pensaban. Algunas
tardes, en el desorden del lecho, el tañido de «la campana de don Miguel»
sorprendía a Ojeda hablando seriamente de un gran negocio, de una combinación
con amigos del club, indiferente y frío ante la carne adorada que no podía
contemplar en otros tiempos sin cubrirla de fogosas caricias.
Ella, por su
parte, hablaba del pleito, la gran empresa de su vida, con todas las
vehemencias del interés material y del odio. Pasaban por su boca adorable
palabras curialescas, términos del procedimiento, aprendidos con pronta
asimilación en sus conferencias con los abogados. El triunfo era seguro, pero
habría que esperar un poco. Y mientras tanto, su exterior señoril iba sufriendo
una transformación, que no se escapaba a los ojos de Fernando. Transcurrían
meses y meses sin que algo fresco viniera a adornar su belleza, ávida en otra
época de costosas novedades. Al sucederse las estaciones reaparecían los mismos
vestidos del año anterior, hábilmente retocados. Su guardarropa de París podía
sacarla de apuros por mucho tiempo. Hablaba con entusiasmo de pobres
costurerillas de Madrid que, bajo sus indicaciones, hacían prodigios en el
arreglo de ropas y sombreros. Las joyas vistosas, primeros regalos con que el
marido había domado sus esquiveces de jovenzuela, sólo se mostraban de tarde en
tarde, después de misteriosos cautiverios en poder de prestamistas. Algunas
habían desaparecido para siempre.
María Teresa
hacía elogios de la generosidad de su tía. Ella se ocupaba de su mantenimiento
y sus diversiones, orgullosa de ostentarla a su lado en teatros y fiestas. Era
capaz de darle toda su fortuna: pero tenía hijas, y éstas batallaban a todas
horas contra la influencia de su prima.
A veces, con
una timidez ruborosa y huyendo la vista, preguntaba a Ojeda por el estado de
sus negocios. «¡Si tuvieras un dinero que necesito!»...
Y cuando él,
con apresuramiento, satisfacía su demanda, María Teresa parecía arrepentirse.
—¡Qué
vergüenza! ¡Yo pidiéndote dinero!... Es para algo importante; ya sabes... el
pleito. Pero en fin, como hemos de casarnos, todo lo nuestro debe ser común.
Cuando yo salga con la mía, ya no tendrás que trabajar, ¡pobrecito mío!, ya no
penarás con tus negocios.
Los tales
negocios no podían marchar peor. En menos de un año había sufrido Fernando dos
pérdidas considerables en empresas ilusorias a las que le arrastraron ciertos
amigos del club tan inexpertos como él. El juego contribuía igualmente a
disminuir su fortuna. De tarde en tarde una ganancia le inspiraba gran fe en el
porvenir, y traía como consecuencia regalos y generosidades para Teri. Después
de estos breves períodos de optimismo, reaparecía la silenciosa cólera al ver
desmoronarse lentamente sus esperanzas.
En esta
situación, cuando no sabía qué hacer y se sentía dominado por un desaliento
mortal, pasó por Madrid un español rico, residente en Buenos Aires, tío de su
cuñado. Aquel hombre, que había huido de su tierra acosado por la pobreza
treinta años antes, hablaba de millones con asombrosa familiaridad y se burlaba
de la mediocridad de los negocios peninsulares. Las conversaciones con este
señor, que comía muchas veces en casa de su sobrino, escuchado y admirado por
toda la familia cual un héroe triunfante, fueron para Ojeda como otros tantos
latigazos aplicados a su voluntad dormida. La ascensión realizada por este
antiguo rústico y otros muchos de su clase, ¿por qué no intentarla él?... Y con
esfuerzo corajudo, temblando como si confesase una infidelidad amorosa, expuso
sus propósitos a María Teresa. Quería partir; necesitaba ser rico para ella,
sólo para ella. Aquel pariente de su cuñado prometía ayudarle, y él, con los
restos de su fortuna, podía intentar en América algo fructuoso y de rápido
éxito.
Fernando
insistía especialmente en la rapidez de su viaje. Asunto de un año, o dos
cuando más; y aún así, podría ir y volver algunas veces. Ella debía hacerse la
ilusión de que amaba a un militar que salía para la guerra, pero una guerra sin
peligro de muerte.
Teri le
escuchaba pálida, con los ojos lacrimosos, pero acabó por aprobar su
resolución. Sí, debía partir; era mejor que trabajase en un ambiente más
propicio y favorable que el del viejo mundo.
Para
amortiguar su pena intentaron embellecer el próximo viaje con reminiscencias
románticas y optimismos tradicionales. Él iba a ser como los paladines de los
viejos romances, que salían a correr luengas tierras para hacer presentes a su
dama. Volvería trayendo millones, y otra vez conocerían la existencia opulenta,
con viajes de lujo por todo el mundo, grandes hoteles, automóvil a perpetuidad,
y podrían sacar del cautiverio de la usura los collares de perlas y las joyas
luminosas. Un sacrificio de dos años: ni uno más. Todos saben que en América
basta este tiempo para que un hombre inteligente conquiste riquezas. ¡Las
consiguen allá tantos imbéciles!... Recordaban algunas comedias en las que el
protagonista enamorado sale al final del primer acto camino del Nuevo Mundo
para hacer fortuna, y al empezar el segundo ya es millonario y está de vuelta.
Se notan en él algunas transformaciones que no le van mal: unas cuantas canas
prematuras, la faz tostada, las facciones más enérgicas y angulosas; pero sólo
han transcurrido quince minutos desde que bajó el telón hasta que vuelve a
subir. En la realidad, no serían quince minutos, serían quince meses: tal vez
dos años; pero bien podía hacerse el sacrificio de este tiempo a cambio de
afirmar la felicidad.
Así habían
pasado las últimas semanas, hablando del viaje, discutiendo sus preparativos,
forjándose ilusiones sobre los resultados, pero viéndolo siempre en lontananza;
hasta que, de pronto, les avisaba el zarpazo de lo inmediato, de lo inevitable.
Y Ojeda, al despertar de esta vertiginosa evocación de recuerdos que sólo había
durado algunos segundos y abarcaba todo un período de su existencia, se vio
caminando por el Salón del Prado, en una noche fría, al lado de una mujer que
marchaba con desmayo, como si al término del paseo la esperase la muerte,
evitando las palabras de él, evitando su mirada.
—Hasta aquí
nada más—dijo Teri al llegar cerca de la fuente de Cibeles—.No, no me beses: me
haría mucho daño; no tendría fuerzas para irme... La mano tampoco... No;
¡adiós!, ¡adiós!
Lo apartó de
ella como si fuese un extraño; volvía la cabeza por no verle. De pronto,
llamando a un coche para que la aguardase, huyó.
Fernando
quedó inmóvil largo rato viendo cómo se alejaba con lento traqueteo el vehículo
de alquiler hacia la Puerta de Alcalá. Dentro de la caja vetusta y crujiente se
alejaban sus esperanzas, la razón de ser de su vida. ¡Y así eran en realidad
las grandes separaciones, los hondos dolores: sin palabras sonoras, sin frases
elocuentes; completamente distintas de como se ven en los teatros y en los
libros!...
Las horas
anteriores a la partida, transcurridas en el hotelito de su cuñado, allá en lo
alto de la Castellana, se le aparecían ahora como un tormento de la intimidad
familiar. En su habitación el equipaje en desorden y su viejo sirviente ocupado
con los últimos preparativos; en el comedor los hijos de Lola, que no querían
acostarse sin despedirse de él. «Tío, tráenos un loro... Tío, una mona...
Cuando vuelvas, acuérdate, tío, de traer un negrito...» Y su hermana, que había
tomado un aire protector con la emoción de la partida, le sermoneaba
maternalmente. A ver si hacía allá una vida más seria y remediaba sus locuras.
El marido aprobaba la cordura conyugal con afirmaciones optimistas. Tenía la
certeza de que Fernando iba a triunfar: su tío le aguardaba allá, y era hombre
que podía ayudarle mucho. Y llevado de su exactitud en los negocios, aburríale
una vez más con el relato de las gestiones que estaba haciendo para liquidar en
efectivo los restos de su fortuna, y los plazos y forma en que iría remitiéndole
las cantidades.
A las once de
la noche se vio Ojeda dentro de un automóvil camino de la estación del Norte,
pasando por calles solitarias y dormidas, en las que empezaban a estacionarse
los serenos. No había querido que le acompañasen su hermana y su cuñado,
evitándose así las últimas expansiones familiares. Cerca de la estación vio, al
doblar una esquina, el Teatro Real. ¡Adiós, recuerdos! ¡Adiós, María Teresa!
Ella estaría allí en un palco, rodeada de luz, con su tía y sus amigas, tal vez
bajo las hambrientas miradas de codicia varonil fijas en las tersas blancuras
de su escote. ¡Y él, lejos!, ¡cada vez más lejos!...
Al bajar del
automóvil encontró desiertos los alrededores de la estación. Era un tren el
suyo de escasos viajeros: un simple coche-dormitorio que por la línea de
cintura iba a unirse con el expreso de Portugal en la estación de las Delicias.
Cerca de la entrada vio algunos mozos que venían hacia él para apoderarse de
sus maletas, y un coche de alquiler inmóvil, con el cochero soñoliento y el
caballo husmeando el suelo. Algo blanco, encuadrado por una ventanilla, se
agitaba en su obscuro interior. La luz de un farol de gas arrancó de este bulto
un reflejo irisado, un fulgor de piedras preciosas. Ojeda, sin darse cuenta de
su avance, se vio junto a la portezuela del carruaje... Era ella, envuelta en
una capa de seda y pieles, con las plumas de su peinado dobladas por la exigua
altura del techo; ella, empolvada, pintada para disimular su palidez, con
gruesos brillantes en los lóbulos de sus orejas y una fijeza trágica en los
ojos desmesuradamente abiertos.
—Quería verte
sin que tú me vieras—murmuró con voz quejumbrosa—.Verte una vez más. Me he
escapado del Real... No podía vivir pensando que aún estabas aquí. Y ahora,
¡adiós!... No; besos, no. ¡Adiós!
El cochero,
obedeciendo sin duda a una orden anterior, dio un latigazo al caballo, y
Fernando tuvo que apartarse. Una rueda pasó junto a sus pies. Al borrarse
instantáneamente la visión blanca, columbró la agitación de un pañuelo y creyó
oír un gemido.
Los andenes
de la estación estaban desiertos, lóbregos. Sólo brillaban las estrellas rojas
de unos cuantos faroles, astros perdidos en las tinieblas, bajo el enorme
caparazón de hierro de la techumbre. En la vía central una locomotora y un
vagón, que, aislados, parecían un juguete.
Fernando vio
que sólo iba a tener por compañeros de viaje a los individuos de una familia.
¡Pero qué familia!... Llenaba casi todos los compartimientos del vagón, y en
torno de ella y de una montaña de equipajes agitábanse más de doce servidores:
porteros de hotel, camareros movilizados, mozos de carga, automovilistas.
Sintióse
contento de esta vecindad: empezaba a estar entre los suyos. Aquella familia
necesariamente debía ser argentina; una de esas familias que ocupa todo el piso
de un gran hotel, llena un vagón entero, alquila el costado de un buque, y
estrechamente unida se desplaza de un hemisferio a otro sin abandonar otra cosa
que los muebles. El jefe de la tribu daba órdenes y propinas; la señora, alta,
carnuda, majestuosa, con el talle algo deformado por la maternidad, leía la
guía de ferrocarriles a través de sus lentes de oro. Cerca de ella tres jóvenes
elegantes, las hijas, y dos igualmente adornadas, pero de mayor edad: las
cuñadas del señor. Un poco más lejos la suegra, venerable matrona vestida de
negro, de aire aseñorado y resuelto, que cuidaba de las niñas más pequeñas.
Luego los hijos varones, que eran muchos, y a Ojeda le producían el efecto
visual de una tubería de órgano cuando por casualidad se colocaban en fila, de
mayor a menor. El más grande con la cara afeitada, fumando, y un aire resuelto
de hombre que lo sabe todo y nada le queda por ver. Pensó Fernando al
examinarle que tal vez llevaba en sus maletas algunas fotografías de bellezas
profesionales de París con dedicatorias de pasión: «À mon cher coco de
Buenos Aires». Los hermanos pequeños exhibían regocijados varias panderetas
adquiridas recientemente, con suertes de toreo pintadas en el parche, y algunas
banderillas ensangrentadas procedentes de la corrida de la tarde.
Después venía
el personal auxiliar de la familia: un ayuda de cámara andaluz, que lanzaba
un che a cada dos palabras para que no le confundiesen con los
de la tierra; una institutriz británica, roja y malhumorada; una doncella
gallega, con vestido negro y cuello y puños masculinos; otra de pelo cerdoso,
achocolatada de tez, los ojos achinados, oblicuos. Y la familia entera con un
aspecto de audacia tranquila, de inmutable atrevimiento; robustos, duros y
grandes por la alimentación carnívora desde el momento del destete; mirándolo
todo con descaro, llamándose a gritos, introduciéndose por las puertas en
irrupción arrolladora, como si todo fuese suyo.
Se consideró
Ojeda empequeñecido por el número y el esplendor de sus compañeros de viaje.
¡El dinero que costaría mover esta tribu, acostumbrada a vivir siempre en un
cuadro de abundancia y comodidades! ¡Lo que tendría detrás de él aquel
caballero puesto de chaqué y sombrero de media copa, jefe de la caravana, al
que los sirvientes llamaban «doctor»!... ¡A lo que se presta el trigo! ¡Lo que
puede dar el vientre de las vacas!...
Pero una
confianza repentina se apoderó de él pensando en los ascendientes de esta gente
lujosa, toda ella uniformada con arreglo a las últimas novedades de París. Los
abuelos, o quién sabe si los padres, habían salido, como él, camino de las
tierras nuevas, en busca de fortuna. Como él no, indudablemente peor: en un
buque de vela, llevando bajo el brazo los zapatos para prolongar su uso,
aceptando los ranchos de a bordo como un regalo desconocido... Tal vez llegaba
él un poco tarde, pero raro sería que no le hubiesen dejado alguna migaja. Y
mirando a la banda feliz, cual si una simpatía de oculto parentesco le uniese
de pronto a todos ellos, murmuró alegremente, con la primera alegría que había
experimentado en mucho tiempo: «Allá vamos todos, queridos amigos».
El recuerdo
de la noche pasada en el tren, noche de insomnio en compañía de la imagen de
Teri envuelta en su capa blanca, con las plumas ondulantes sobre el peinado y
dos astros en las orejas, le hizo recordar que tenía ante él una carta sin
concluir; y otra vez concentrando su mirada, se vio en el jardín de invierno
del trasatlántico.
Estaba solo.
No quedaba en el salón ninguna de las extranjeras rubicundas que hacían labores
y hojeaban revistas. Los músicos habían desaparecido. El silencio nocturno sólo
era cortado por leves crujidos de la madera y el balanceo de los objetos.
Ojeda se
decidió a escribir.
Ten fe en
nuestro destino. No desesperes: tal vez nuestro amor necesitaba de esta prueba
para fortalecerse. Lo importante es que me ames, pues si tú me amas, no hay
potencia adversa en el mundo que pueda separarnos... ¿Te acuerdas de aquella
tarde en el Real, cuando escuchamos juntos el primer acto de El ocaso
de los dioses? Nuestras cabezas, casi unidas, parecían beber la música del
mago, y con la música las palabras: palabras de poeta, de uno de los más
grandes poetas de amor que han existido, grandiosas y fuertes, dignas de
héroes. La walkyria, convertida en mujer, estremecida aún por la sorpresa de la
iniciación carnal, se despide de Sigfrido, el héroe virgen que acaba igualmente
de conocer el amor. El afán de aventuras, de nuevas empresas, le impulsa a
correr el mundo. El hombre no debe permanecer en estéril contemplación a los
pies de su amada eternamente. Debe hacer grandes cosas por ella; debe
aprovechar la fe y la energía que vierte el amor en el vaso de su alma. Al
separarse conocen, lo mismo que nosotros, las primeras amarguras del
alejamiento, pero son inconmovibles como semidioses.
»—¡Oh si
Brunilda fuese tu alma para acompañarte en tus correrías!—dice ella, ansiosa de
seguirle.
»—Es siempre
por ella que se inflama mi coraje—contesta el héroe.
»—Entonces,
¿serás tú Sigfrido y Brunilda juntos?
»—Allá dónde
yo me halle, los dos estarán presentes.
»—¿La roca
donde yo te aguardo quedará entonces desierta?
»—¡No! Porque
no haciendo más que uno, allí dónde estés tú estaremos los dos.
»—¡Oh dioses
augustos, seres sublimes, venid a saciar vuestras miradas en nosotros!...
Alejados el uno del otro, ¿quién nos separará?... Separados el uno del otro,
¿quién podrá alejarnos?...
»—¡Salud a
ti, Brunilda, resplandeciente estrella! ¡Salud, valiente amor!
»—¡Salud a
ti, Sigfrido, lumbrera victoriosa! ¡Salud, vida triunfante!
»Ellos no
lloran, Teri, y se muestran grandes y serenos en su despedida, no porque son
hijos de dioses, sino porque tienen una confianza de niños, una fe ingenua y
sana en la eternidad de su amor. Seamos como ellos; enjuguemos nuestra lágrimas
y miremos de frente las sombras del porvenir sin miedo alguno, con la certeza
de que hemos de ser más poderosos que el destino. Digamos igualmente: «Alejados
el uno del otro, ¿quién nos separará?... Separados el uno del otro, ¿quién
podrá alejarnos?». Allí dónde yo me halle, estaremos los dos; porque los dos no
somos más que uno, y dónde tú te encuentres, mi alma irá contigo. ¡Salud, oh
Teri, resplandeciente estrella! ¡Salud, radiante amor!...
Cuando hubo
cerrado la carta, salió del jardín de invierno con paso algo inseguro por lo
movedizo del suelo. Abrió una puerta de gran espesor, semejante a un portón de
muralla, y tuvo que llevarse una mano a la gorra al mismo tiempo que le
envolvía una tromba glacial. Se vio en uno de los paseos del buque. A un lado,
paredes blancas y charoladas reflejando la luz de los faros eléctricos del
techo, y sillones abandonados en larga fila; al lado opuesto, una barandilla
forrada de lona, ostentando entre columna y columna, como adorno decorativo,
unos rollos salvavidas de color rojo con el nombre del buque pintado en
blanco: Goethe. Más allá de la baranda, el misterio: una intensa
negrura que devoraba el resplandor eléctrico, no dejándole avanzar más que
algunas pulgadas en sus entrañas sombrías; espumarajos fosforescentes, rumor
sordo de fuerzas invisibles que avisaban su presencia con choques y
rebullimientos.
Ojeda vio
venir hacia él con paso vacilante a un hombre vestido de smoking que
le saludó desde lejos.
—¡Cómo se
mueve el amigo Goethe! Ni que acabase de beber en la taberna de
Auerbach con los alegres compadres de su poema.
Era Maltrana,
que se había preparado para la comida, satisfecho de esta ordenanza suntuaria
del buque, de gran novedad para él. Confesaba a Fernando que tenía hambre y se
había vestido con anticipación, creyendo adelantar de este modo la llamada al
comedor. El aire del mar—según él—convertía su estómago en una jaula de fieras.
—Esta noche
va a bailar un poco el vapor, pero al amanecer fondearemos en Tenerife. Fíjese
en mí, noble amigo: creo que para un hombre que se embarca por vez primera, no
lo hago del todo mal.
De espaldas
al mar, abarcaba en una mirada de satisfacción la nítida brillantez del buque,
la limpieza del suelo, la prodigalidad del alumbrado, los fragmentos de salón
que se veían a través de las ventanas.
—Qué vida,
¿eh, amigo Ojeda?... La comida a sus horas, a toque de trompeta; la mesa puesta
cuatro veces al día; un ejército de camareros y doncellas, la mayor parte de
los cuales me entienden con dificultad, lo que es una ventaja para prolongar la
conversación y conocerse mejor. Cada uno revestido con sus mejores ropas, como
si el smoking fuese la casulla del culto del estómago; cerveza
fresca como el hielo, música gratis a cada instante, y una adorable sociedad:
una sociedad condenada a vivir junta, así se enfade o esté alegre, a mostrarse
cada uno con su verdadera fisonomía, pues no hay comediante que sostenga sus
fingimientos en una representación tan larga y continua... Y nadie puede huir;
y nadie está obligado a pensar ni a hacer nada; y todos nos ofrecemos en
espectáculo tales como somos. Comer bien y... lo otro, si es que se presenta
una buena ocasión; he aquí el programa... ¡Lástima que nuestra vida no haya
sido así siempre!... ¡lástima que no lo sea cuando lleguemos a la otra acera de
esta calle azul!
Una marcha
militar despertó a Ojeda sonando sobre su cabeza con gran estrépito de
marciales cobres. Por la ventana del camarote entraba un rayo de sol, trazando
sobre la pared temblonas y cristalinas ondulaciones, reflejo de las aguas
invisibles. El buque avanzaba lentamente, y al fin quedó inmóvil, mientras
arriba continuaba rugiendo la música su marcha triunfal, que parecía evocar un
desfile de águilas bicéfalas con las alas extendidas sobre masas de cascos
puntiagudos.
Tenerife.
Miró Fernando por entre las cortinillas, y sólo vio un mar azul y tranquilo:
las aguas unidas y luminosas de una bahía en calma. La tierra estaba al otro
costado del buque. Y como conocía la isla, por haber bajado a ella en
anteriores navegaciones, volvió a acostarse para gozar despierto del regodeo de
la pereza, mientras en los camarotes inmediatos chocaban puertas, se cruzaban
llamamientos en distintos idiomas, y sonaba en los corredores un trote de
gentes apresuradas, atraídas por el encanto de la tierra nueva.
Una hora
después subió Ojeda a las cubiertas superiores. El buque, al inmovilizarse,
parecía otro. Había perdido el aspecto de mansión cerrada y bien calafateada
que tenía en los días anteriores. Puertas y ventanas estaban abiertas, dejando
entrar a chorros, junto con el sol, un aire cargado de efluvios de vegetación
caliente. Los pájaros cantaban en sus jaulas con repentina confianza al
sentirlas inmóviles. Las plantas del invernáculo parecían expandirse moviendo
acompasadamente sus manos verdes, como si saludasen a las hermanas de la orilla
próxima. Flores frescas, que aún mantenían en sus pétalos el rocío de los
campos, agrupábanse sobre las mesas del comedor. Los pasajeros asentaban sus
pies con extrañeza y satisfacción en el suelo inmóvil y firme como el de una
isla, después de la inestabilidad ruidosa de la noche anterior.
Al salir
Fernando a la cubierta de paseo, sintió enredarse sus piernas en un montón de
telas vistosas extendidas junto a la puerta, al mismo tiempo que zumbaba en sus
oídos el griterío de una muchedumbre. Le pareció estar en una feria de las que
se celebran semanalmente al aire libre en los pueblos de España. Había que
abrirse paso con los codos entre los grupos compactos. Bancos y sillas estaban
convertidos en mostradores.
Invadía el
suelo un oleaje multicolor de cálidas tintas, remontándose hasta lo alto de las
barandillas y los huecos de las ventanas. Eran mantelerías con calados sutiles
semejantes a telas de araña; pañuelos de seda de tonos feroces que daban a los
ojos una sensación de calor; kimonos con aves y ramajes de oro; leves pijamas
que parecían confeccionados con papel de fumar; almohadones multicolores como
mosaicos; velos blancos o negros recamados de plata que traían a la memoria las
viudas trágicas de la India subiendo al son de una marcha fúnebre a la hoguera
conyugal. Los productos de aguja de las isleñas canarias mezclábanse con la
pacotilla chillona venida de Asia. Vendedores andaluces o indostánicos
gesticulaban entre los grupos de pasajeros, alabando sus mercaderías con sonora
hipérbole española o con un balbuceo mezcla de todas las lenguas.
Ojeda se vio
asaltado por unos hombres cobrizos y pequeños, de cara ancha y corta, mostachos
de brocha, ojos ardientes con manchas de tabaco en las córneas. Tenían el
aspecto de perros de presa chatos y bigotudos; pero buenos perros, humildes,
que agarrados a él ladraban con suavidad: «Señor, compra la mía colcha bonita
para la tuya madama». «Señor, una echarpa: todo barato.»
Los
vendedores de la tierra pasaban ofreciendo cajas de cigarros empapelados de
plata, con las marcas más famosas de Cuba, a pesar de que procedían de las
fábricas de Tenerife. A cada momento abordaban nuevas barcas al trasatlántico
cargadas de fardos. Sus conductores subían la escala con agilidad simiesca, y
tendiendo una cuerda izaban las mercancías, estableciendo a continuación un
nuevo puesto. Las frutas de la isla esparcían en el paseo su perfume tropical:
la banana impregnaba el ambiente con la esencia de su pulpa de miel. Algunos
vendedores iban de un lado a otro ofreciendo hamacas de hilo o grandes sillones
de junco trenzado, enormes y majestuosos como tronos. No se podía caminar por
el buque sin recibir empellones de la gente, golpes de sillas cambiadas de
lugar, o enredarse los pies en los montones de telas. Fernando se refugió en el
final del paseo que daba sobre la proa, acodándose en la barandilla, junto al
bombo y los instrumentos de cobre abandonados por los músicos.
Alzaba la
isla en el fondo su escalonamiento de montañas volcánicas, con cuadriláteros de
tierra cultivada moteados de blancas casitas. En la parte inferior, junto a la
masa azul del mar, extendían las fortificaciones españolas sus viejos
baluartes, rematados los ángulos por garitas salientes de piedra. La ciudad era
de color rosa, v sobre ella se erguían los campanarios de varias iglesias con
cúpulas de azulejos. Cuatro torres radiográficas marcaban en el espacio las
líneas de su cuerpo casi inmaterial, dejando ver el cielo a través del férreo
tramaje.
Más arriba de
la ciudad, en una arruga de la montaña, ondeaba la bandera de un castillo
moderno: un hotel elegante al que venían a respirar los tísicos
septentrionales. Entre el muelle y el trasatlántico, un anchuroso espacio de
bahía con gabarras chatas para el transporte del carbón abandonadas sobre su
amarre y cabeceando en la soledad; vapores de diversas banderas, en torno de
cuyos flancos agitábase el movimiento de la carga con chirridos de grúas y
hormigueo de embarcaciones menores; veleros de carena verde, que parecían
muertos, sin un hombre en la cubierta, tendiendo en el espacio los brazos
esqueléticos de sus arboladuras; rugidos de sirenas anunciaban una partida
próxima y otros rugidos avisaban desde el fondo del horizonte la inmediata
llegada; banderas belgas que en lo alto de un mástil iban a las desembocaduras
del Congo; proas inglesas que venían del Cabo o torcían el rumbo hacia las
Antillas y el golfo de Méjico; buques de todas las nacionalidades que marchaban
en línea recta hacia el Sur, en busca de las costas del Brasil y las repúblicas
del Plata; cascos de cinco palos descansando en espera de órdenes, de vuelta de
la China, el Indostán o Australia; vapores de pabellón tricolor en ruta hacia
los puertos africanos de la Francia colonial; goletas españolas dedicadas al
cabotaje del archipiélago canario y las escalas de Marruecos.
La isla,
risueña e indolente en mitad de la encrucijada de los grandes caminos que
llevan a África y América, parecían contemplar impasible este movimiento de la
navegación mundial, mientras proporcionaba por unas horas el alimento negro del
carbón a los organismos humeantes, que llegaban y partían sin conocerla;
festoneada en su costa por una áspera flota de chumberas y pitas; guardando
tras las volcánicas montañas de su litoral el secreto de sus ocultos valles
tropicales; escalando el cielo con una sucesión de cumbres sobre las cuales
flotaban las blancas vedijas de las nubes, y ostentando sobre esta masa de
vellones el pico del Teide, un casquete cónico estriado de nieves, que era como
la borla o botón de este inmenso solideo de tierra emergido del Océano.
Alrededor
del Goethe habíase establecido un pueblo flotante y movible
que se deslizaba por sus flancos con acompañamiento de choques de proas,
enredos de palas y continuos llamamientos a las filas de cabezas curiosas que
orlaban los diversos pisos del trasatlántico. Eran lanchas de remo, barcas de
vela, pequeños vaporcitos, robustas gabarras con montones de carbón.
Filas de
hombres blancos que parecían disfrazados de negros penetraban en el buque por
las portas abiertas en sus dos costados llevando al hombro grandes cestos que
esparcían polvo de hulla. En las embarcaciones menores había mercaderes que,
puestos de pie y agitados como polichinelas por las ondulaciones de la bahía,
regateaban sus telas exóticas con la muchedumbre de tercera clase amontonada en
las bordas a proa y a popa. De otras barcas cargadas con pirámides de frutas
partían al vuelo en ruda trayectoria naranjas y racimos de bananas hacia las
manos ávidas de los emigrantes, que retornaban monedas envueltas en papeles. La
nacionalidad del buque influía en las transacciones comerciales, y los
mercaderes de acento andaluz lo vendían todo por marcos y
por pfenings.
Canoas poco
más grandes que artesas iban tripuladas por muchachos desnudos, de color de
chocolate, relucientes con el agua que se escurría de sus miembros. Mientras
uno bogaba moviendo unos remos cortos como palas, otro, acurrucado en la popa
por el frío de las continuas inmersiones, rugía a todo pulmón: «¡Caballero,
eche dos marcos, y los alcanzo!». «¡Caballero, cinco marcos, y paso por debajo
del buque!» «¡Caballero... caballero!» Era un griterío que emergía
incesantemente a ras del agua; una continua apelación al «caballero» para que
pusiese a prueba la agilidad natatoria de la pillería del puerto. Y cuando la
pieza blanca caía en el abismo, el nadador iba a su alcance con la cabeza baja
y las manos juntas en forma de proa, dejando la piragua balanceante detrás de
sus pies con el impulso del salto. El cuerpo bronceado tomaba una claridad de
marfil en el cristal verde de las aguas removidas. Se le veía agitar los
miembros junto al casco de la nave, como unas tijeras blancas que se abrían y
cerraban acompasadamente; hasta que, volviendo a la superficie con la moneda en
la boca y echándose atrás el mechón húmedo que caía sobre su frente, ganaba la
canoa con una agilidad de mono y volvía a temblar de frío, implorando a todo
pulmón la generosidad del «caballero».
Ojeda,
ocupado en seguir las evoluciones de los pequeños buzos, sintió de pronto que
le tocaban en un hombro y alguien venía a acodarse en la baranda junto a él.
—Pero ¿usted
no ha querido bajar a tierra?...
Maltrana
levantó los hombros. ¿Para qué?... Habían salido a primera hora algunos
vaporcitos llenos de pasajeros: familias mareadas aún por el balanceo de la
noche y ávidas de asentar el pie en suelo firme; damas rubias que soñaban con
excursiones al interior, olvidando que el buque sólo iba a detenerse el tiempo
necesario hacer carbón: unas cuatro horas. Hasta un señor alemán que todos
llamaban «doktor», sin saber ciertamente el porqué del título le había
preguntado, al enterarse de que Tenerife era isla española, si tendría tiempo
para presenciar una corrida de toros. Y Maltrana reía pensando en la
posibilidad de una corrida imaginaria a las siete de la mañana, organizada a
toda prisa para dar gusto al «doktor». Nadie le había invitado a bajar a
tierra, y él deseaba evitarse gastos. El amigo Fernando estaba enterado del
poco dinero con que emprendía su viaje. En fuerza de importunar a los amigos
que tenía en los periódicos de Madrid, había podido conseguir un billete de
favor, un pasaje de primera clase pagando lo que pagaban los de tercera.
—En justicia
yo debía ir abajo comiendo rancho con ese rebaño de judíos y cristianos, rusos,
alemanes, turcos, españoles y... ¡demonios coronados!, pues aquí vienen gentes
de todos los países. Pero soy lo que llaman un pobre de levita, y alguna vez
había de servir para algo bueno la santa desigualdad social, base, según dicen,
del orden y las buenas costumbres.
De contar con
más tiempo para la visita del interior de la isla, no se habría quedado en el
buque. ¿Pero para ver la ciudad y sus vecinos?... Bastantes españoles llevaba
conocidos en España y sobradas veces había tenido que escribir de asuntos de
las Canarias sin haberlas visto nunca. Ahora sólo le interesaban los países
nuevos.
Y Maltrana
añadió, mirando la isla:
—Esto es la
portería de Europa. Le hallo cierta semejanza con los perros caseros que surgen
al paso de los que salen y los que entran. Cuando creemos estar en el Océano
sin límites, aparece la isla ante el buque y lo detiene para husmearlo. Al que
se va, le dice: «Anda con Dios, hijo, y no vuelvas por aquí si no traes dinero.
Antes que te parta un rayo». Y al americano que viene, lo saluda con amabilidad
de portera: «Bien venido sea usted a la casa de su abuelita si trae plata que
gastar...». No me interesa esta tierra, que es como el rabo de un mundo que
dejamos atrás. Deseo verme cuanto antes en el otro hemisferio, a ver cómo pinta
por allá la suerte. Soy lo mismo que esos enfermos que van de balneario en
balneario, siempre con la esperanza de que en el próximo les espera la salud.
Todos en el
buque deseaban llegar al término del viaje, Maltrana veía un signo de
impaciencia en la rapidez con que los pasajeros cambiaban de vestido, creyendo
haber avanzado considerablemente, cuando aún estaban cerca de Europa. Todavía
era invierno; pero muchos, ilusionados por la marcha hacia el Sur, habían
creído oportuno, al tocar en Tenerife, subir a cubierta con trajes de verano,
gorras blancas o sombreros de paja. Las señoras, que en los días anteriores
iban por el buque con gruesos paletós hombrunos y envueltas en velos como
odaliscas, mostraban ahora la rosada pulpa de su carne a través de los encajes
de las blusas.
—Empieza para
nosotros el verano—dijo Maltrana—, y con el verano las ilusiones. Los que
venimos por vez primera camino de América, sentimos el mismo prejuicio de los
sabios del tiempo de Colón, que afirmaban que sólo podía encontrarse oro allí
donde hubiese negros e hiciera mucho calor... Al sentir que el sol nos quema
con más fuerza que en Europa, creemos estar menos alejados de la fortuna.
Permanecieron
los dos amigos largo rato en silencio. Llegaban hasta ellos las ondulaciones
del gentío al abrir círculo en torno de los vendedores que exhibían nuevas
mercaderías. Ojeda se sintió molestado por esta confusión de gritos y
empellones. «¿Si nos fuésemos arriba?...» Y por una de las escaleras que
arrancaban de la cubierta de paseo, subieron al último piso del buque, llamado
en el lenguaje de a bordo «cubierta de botes».
Nadie. Los
ojos, habituados a la suavidad de los tabiques blancos del piso inferior, a su
penumbra ligeramente azul, que le daba el aspecto de un paseo conventual,
parpadeaban por exceso de luz en esta cubierta de arriba, donde vastos espacios
quedaban a cielo libre, caldeándose las tablas bajo el fulgor solar. Algunos
toldos extendían sombras rectangulares y negruzcas sobre el suelo amarillento.
Por primera
vez subía Ojeda a esta cubierta. El frío los había retenido a todos abajo en
los días anteriores. Sólo Maltrana, inquieto y curioso por las novedades de la
navegación, había ido de un lado a otro, desde el puente del capitán a los
profundos sollados, iniciando conversaciones, lo mismo en las salas de los
pasajeros de primera clase que en los departamentos de proa y popa donde se
hacinaban los emigrantes.
—Me gusta
esta cubierta—dijo con entusiasmo—porque es el único lugar donde uno se entera
de que va en un buque. Abajo, salones, comedores, majestuosas escaleras,
camareros de corbata blanca, pasillos con habitaciones numeradas: un verdadero
hotel. A no ser porque el piso se mueve de vez en cuando, creería uno vivir en
un balneario de moda. Hay que levantarse del asiento dar un paseo y asomarse a
la barandilla para convencerse de que se está en el mar. Aquí, no: aquí se
siente uno marino; puede abarcarse por entero el redondel del Océano, que no
termina nunca, y en el que siempre ocupamos el centro, por más que avancemos.
Mire usted, Ojeda, qué cosas tan majestuosas lleva en su cabeza el amigo Goethe.
Y con el
orgullo de un descubridor, fue mostrando las maravillas de esta cubierta, por
la que había paseado en los días anteriores, cuando el mar era de un tono
lívido, el cielo plomizo y un viento cortante soplaba de proa a popa.
—Fíjese usted
en la chimenea: esa torre amarilla y enorme, que vista de cerca casi da miedo.
¡El dinero que expele convertido en humo! Tiene algo de campanario y abajo, en
lo más profundo del buque, está el templo, el santuario del fuego, con sus
altares inflamados que producen el vapor. ¿Eh?, ¿qué le parece la imagen? Se la
brindo para unos versos... Y con ser tan robusta la chimenea, mire cómo está
aprisionada y sostenida por varios tirantes, para que no la tumbe el viento.
Vea usted esos cuatro ventiladores que la rodean como si fuesen su pollada:
cuatro trombones amarillos, con la boca pintada de rojo, por los que podríamos
colarnos los dos a la vez. Llevan el aire a las profundidades de las máquinas y
los hornos. Digamos que son las ojivas que ventilan esta catedral de acero y
hulla.
Luego,
echando la cabeza atrás, remontaba su mirada hasta lo alto de los dos mástiles
del buque.
—¿Distingue
usted cuatro hilos que, sujetos a dos trastes, van de un palo a otro? Parecen
un cordaje de guitarra y son la red de la telegrafía radiográfica. Los hilos
bajan a la casilla del telegrafista, y si se acerca usted oirá un chirrido
semejante al de los huevos en aceite: algo así como si el empleado friese los
despachos antes de servirlos al público... Y todas esas cajas enormes de
cristales deslustrados, esas cúpulas alambradas, son claraboyas que dan luz a
salones y escaleras. Vistas de abajo, brillan con dibujos de mosaicos
complicados, escudos de naciones, y aquí arriba Parecen estufas opacas como las
de los invernáculos... Esta cubierta tiene sus habitantes; es un pueblo aparte,
el barrio alto, la Acrópolis donde viven los Arcontes que dirigen nuestra
república movible. Mire usted a proa esa manzana de camarotes, con paredes
blancas y zócalos grises. Allí están las viviendas del soberano comandante y
sus ministros los oficiales. En torno de ellos, los camarotes de la gente rica,
la aristocracia, que busca siempre la sombra de la autoridad. Sobre el techo,
un pequeño paseo, la última toldilla del buque; en la parte delantera, el
puente, algo así como el Ministerio del Interior, donde se vigila día y noche
por el mantenimiento del orden; cerca de él, la oficina telegráfica, o sea el
Ministerio de Relaciones Exteriores. Insubordínese usted, y sonará un pito en
el puente que hará surgir por una escotilla, como diablos de teatro, cuatro
rubios forzudos, con anclas azules tatuadas en los bíceps, que le llevarán a
dormir en la barra... Que un peligro amenace la estabilidad de nuestro pequeño
Estado, y el Poder Ejecutivo lanzará una circular eléctrica a las otras
potencias que navegan invisibles, reclamando su pronta intervención.
Maltrana
volvió los ojos hacia la popa, más allá de la chimenea y los ventiladores de
las máquinas.
—Allí tiene
la Acrópolis otra manzana de viviendas, pero sólo la habitan gentes ordinarias:
algo así como las chozas villanescas que se alzaban lo mismo que verrugas ante
las puertas de los castillos. Es nuestra Dirección General de Higiene: los
lavaderos, el taller de planchado y el gimnasio, con un sinnúmero de aparatos
movidos por la electricidad, invenciones diabólicas que le estiran a usted, le
encogen, le rascan la espalda y le cosquillean como un rosario de hormigas.
—¡Cosa de ver
el lavadero, amigo Ojeda!—continuó tras una pausa—. ¡Lástima que esté ahora
cerrado! Hay unas máquinas con cilindros, lo mismo que rotativas de periódicos;
sólo que en vez de largar pliegos impresos, sueltan camisas, sueltan
pantalones, sueltan sábanas, montañas de ropa blanca, como sólo se verían si
desalojasen de golpe toda una calle de tiendas... El planchado aún es más
interesante. Imagínese tres mozas rubias y metidas en carnes, la falda corta, y
sobre ella una blusa larga rayada que deja al descubierto unos brazos de
blancura germánica y una pechuga a lo Rubens. Ayer pasé con ellas la tarde,
viendo cómo sudaban las pobrecitas dándole a las planchas eléctricas y cómo
reían al oírme hablar horas enteras sin entender una palabra. Les largaba
dicharachos de los nuestros, con algún que otro pellizco para apreciar la
dureza de sus blusas. ¡Cuestión de pasar el rato! Y ellas abrían los ojos y se
sonrojaban diciendo: «Ia... Ia...». Le he de llevar a usted mañana,
cuando no nos vean. Yo le presentaré: no tenga usted miedo. ¡Si soy lo más
amigo!...
Luego, Isidro
se fijó en los costados de la cubierta, donde estaban pendientes de sus
pescantes de acero dos filas de botes.
—Hermosas
balleneras de madera pulida y lustrosa como el piso de un salón. En cada una de
ellas podemos meternos cincuenta personas; y el mástil, la vela, los remos,
todo lo necesario, esta guardado en su vientre, bajo la caperuza de lona que lo
cubre. Cuando nos acerquemos al término del viaje descansarán dentro del buque,
amarradas entre esas cuñas que hay en el suelo; pero durante la navegación van
suspendidas afuera, prontas a ser echadas al agua en caso de peligro... ¿Y ese
bosque de trombones amarillos con boca roja que surge por todos lados, como
gargantas de dragón? Son tentáculos que el vientre del buque echa en el espacio
para cazar oxígeno, trompas de acero que con el impulso de la marcha van
chupando vida... No extrañe, Ojeda, que me ponga lírico. Yo no he viajado como
usted. Todo es nuevo para este pobrete que pasó su vida rodando por casas de
huéspedes de las más baratas, y en cuanto a buques, no ha visto otros que las
barquillas del estanque del Retiro... Y esto es grande, ¡muy grande!
Calló un
instante, como si concentrase su pensamiento para apreciar mejor tanta
grandeza, y luego continuó:
—Lo que nos
rodea aún es más enorme. Se sabe por los libros que el mar es inmenso; pero la
inmensidad en la lectura no es más que una palabra. Hay que colocarse en ella,
sentir el extravío de la imaginación ante el espacio sin límites, hacer
comparaciones... Ayer me paseaba yo por el buque. Para recorrer la cubierta de
abajo, que sólo ocupa el centro, necesitaba doscientos pasos: unas cuantas
vueltas, y se siente uno fatigado como después de una marcha. Grandes salones,
un café igual a los de las ciudades, comedores en los que caben cientos de
personas, largos y complicados pasillos, lo mismo que en los hoteles,
dormitorios de alta numeración, almacenes, músicas, y la gente formando clases
separadas, estableciendo divisiones sociales, lo mismo que si estuviéramos en
tierra. ¡Qué enorme!, ¡todo qué enorme!... Y esto mirando solamente los barrios
privilegiados, el castillo central del buque, con sus recovecos, escaleras,
baños, gabinetes de aseo y tubos de calor y de frío. La blancura de la luz
eléctrica surge en todo rincón donde puede aglomerarse un poco de sombra; el
agua manando de los grifos cada tres metros para una minuciosa limpieza; las
alfombras mullidas amortiguando los pasos; un olor higiénico de droguería
esparciendo perfumes desinfectantes allí donde las tristes necesidades humanas
se desembarazan de su suciedad. Esto es un palacio encantado.
Siguió Isidro
la descripción del buque. Había que contar además los barrios populares de proa
y de popa: las aglomeraciones de emigrantes, que comen y beben con más
abundancia tal vez que en su tierra, y cantan y sueñan porque van hacia la
esperanza. Y bajo de ellos, máquinas que encadenan y obligan a trabajar a las
fuerzas misteriosas y malignas; almacenes de víveres como los de una ciudad que
se prepara a ser sitiada; depósitos de mercaderías, fardos de telas,
maquinarias agrícolas, artículos de construcción, riquezas de la moda; todo lo
que necesitan los pueblos jóvenes para el desarrollo de su adelanto
vertiginoso. Y esta grandeza de hotel monstruo, de caravanserrallo, de pueblo
flotante, infundía a todos los pasajeros un sentimiento de seguridad, como si
estuviesen en tierra firme. ¿Quién podría destruir los gruesos muros de acero,
las ventanas sólidas, los muebles pesados, las maquinarias de arrolladores
latidos? Nada importaba que el suelo se moviese; esto no podía disminuir su
confianza: era un incidente nada más. Vivían de espaldas al Océano y sólo
tenían ojos para los grandes inventos de los hombres. Todos acababan por
olvidar el abismo que estaba debajo de sus pies y hacían la misma vida que en
tierra. Únicamente cuando en sus paseos llegaban a la proa o la popa y se
encontraban con el mar inmenso, sentían la impresión del que despierta tendido
junto a un precipicio. ¡Nada! Nada más que un azul intenso hasta la raya del
horizonte y un azul más claro en el cielo. Algunas veces, allá en el fondo, un
punto negro casi imperceptible, un jironcito tenue de vapor, un buque igual al
otro, tal vez más grande...
—Y sin
embargo—continuó Maltrana—, con menos valor que una hormiga en medio de las
llanuras de la Mancha... Las máquinas, los salones, las murallas de acero,
nada, absolutamente nada ante la inmensidad del majestuoso azul. Un simple
bufido suyo, y se nos sorbe... Y para evitarnos esta mala impresión, cesamos de
mirar el Océano y nos metemos buque adentro a oír música en los salones, a
tomar cerveza en el café, a escuchar chismorreos de los que parece que depende
la suerte del mundo. ¡Qué animal tan interesante el hombre, amigo Ojeda!...
Como bestia de razón, conoce la enormidad del peligro mejor que las otras
bestias; pero vive alegre, porque dispone del olvido, y tiene además la certeza
de que existe una Providencia sin otra ocupación que velar por él.
Contemplando
otra vez las enormes proporciones del buque, pareció arrepentirse de sus
palabras.
—A pesar de
la grandeza del mar, esto también es grande. Nuestras apreciaciones son siempre
relativas; nunca nos falta un motivo de comparación con algo mayor para
humillar nuestra soberbia. La tierra es grande, y los hombres, para perpetuar
su recuerdo en ella, llevan miles de años degollándose, inventando nuevas
maneras de entenderse con los dioses o escribiendo en tablas, pergaminos y
papeles para que su nombre quede con unas cuantas líneas en el libraco que
llaman Historia... Y la tal tierra es en el mar del espacio menos, mucho menos
que el Goethe en medio del Océano; menos que un grano de
carbón perdido en las tres mil toneladas de hulla que pasan por sus carboneras.
Más allá del forro de la atmósfera nos ignoran, no existimos. Y planetas cien
veces, mil veces más grandes que la tierra, son ante la inmensidad una
porquería como nosotros; y el padre sol que nos mantiene tirantes de su rienda,
y al que bastaría un leve avance de su coram-vobis de fuego
para hacernos cenizas, no es más que un pobre diablo, uno de tantos bohemios de
la inmensidad, que a su vez contempla otro planeta reconociéndolo por su
señor... Y así hasta no acabar nunca.
Calló Isidro
unos instantes, como si reflexionase, y luego añadió:
—Pero todo es
igualmente relativo si miramos hacia abajo. A este Goethe se
lo puede tragar una tempestad, conforme; pero con su panza de acero y su triple
quilla, es como una isla en medio de estos mares que hace menos de un siglo se
llevaban lo mismo que plumas a las fragatas y bergantines en que fueron a
América los ascendientes de los millonarios actuales. El buen Pinzón,
arreglador de las famosas carabelas, se santiguaría con un asombro de marino
devoto si resucitase en este buque y viese sus brujerías. Y él y los grandes
navegantes de su tiempo, que avanzaron con los ojos en la brújula, podían
reírse a su vez de los nautas fenicios, griegos y cartagineses, que no osaban
perder de vista las montañas. Y éstos, a su vez, debieron mirar con lástima a
los hombres desnudos y negros que en las costas africanas salían al encuentro
de sus trirremes sobre canoas de cueros o de cortezas. Y el primero que a
fuerza de hacha y de fuego vació el tronco de un árbol y se echó al agua en él,
fue un semidiós para los infelices que habían de pasar ríos y estuarios nadando
como anguilas... Miremos siempre abajo, amigo Ojeda, para tranquilidad nuestra,
y digamos que el Goethe es un gran buque y que en él se vive
perfectamente. Entendamos la existencia como una respetable señora que anoche,
cuando más se movía el buque y en esta última cubierta había una obscuridad que
metía miedo, chillando el viento como mil legiones de demonios, se
escandalizaba de que muchos hombres fuesen al comedor sin smoking y
las artistas alemanas fumasen cigarrillos en el invernáculo.
Ojeda se
complacía en escuchar la facundia exuberante de su amigo. Las novedades de
aquella vida marítima le infundían una movilidad infatigable.
—Es usted el
duende del buque—dijo—. En pocos días lo ha corrido por completo, y no hay
rincón que no conozca ni secreto que se le escape.
Maltrana se
excusó modestamente. Aún le faltaba ver mucho, pero acabaría por enterarse de
todo: luengos días de navegación quedaban por delante. En cuanto a los
pasajeros, pocos había que él no conociese. Luchaba en algunos con la falta de
medios de expresión; ciertas mujeres sólo hablaban alemán, pero en fuerza de
sonrisas y manoteos, él acabaría por hacerse comprender. De los que podían
entenderle en español o francés—que eran la mayor parte—se tenía por amigo,
pero amigo íntimo. Y Ojeda sonrió al oírle hablar con entusiasmo de esta
intimidad que databa de tres días.
—Conozco el
buque mejor que la casa de doña Margarita, mi patrona, donde he vivido ocho
años. Puedo describirlo sin miedo a equivocarme. Este hotel movible tiene diez
pisos. Los tres últimos, los más profundos, están cerrados. Son las bodegas de
transporte, donde se amontonan fardos voluminosos, pedazos de maquinaria
metidos en cajones que bajan las grúas por las escotillas y se alinean como los
libros de una biblioteca. Todas estas mercaderías ocupan dos secciones del
buque a proa y a popa, y en medio se halla el departamento de máquinas. La luz
eléctrica se encarga de iluminar este mundo, que puede llamarse submarino, pues
se halla más abajo de la línea de flotación: los ventiladores que remontan sus
bocas hasta aquí son sus pulmones... Luego viene lo que llaman cubierta
principal, con los dormitorios de la gente de tercera: a proa unos
cuatrocientos, a popa muchos más; y entre ellos los almacenes de ropa del
servicio del buque y los depósitos de equipajes, la cámara fuerte para guardar
paquetes y muestras, los camarotes del bajo personal, las cámaras frigoríficas,
que son enormes y guardan gran parte de nuestra alimentación, y el depósito de
la correspondencia, un almacén repleto de sacos que contienen... ¡quién puede
saberlo! noticias de vida y de muerte (como diría usted en sus versos),
riquezas, juramentos de amor, el alma de todo un continente que va al encuentro
de otro continente...
Se detuvo un
momento para añadir con expresión de misterio:
—Y además hay
el cuarto del tesoro. Ahí no he entrado yo, amigo Ojeda. Es un cuarto blindado,
en el que no penetra ni el comandante. Un oficial responsable guarda la llave.
Pero he estado en la puerta, y le confieso que sentí cierta emoción. ¿Sabe
usted cuánto dinero llevamos bajo de nuestros pies? Quince millones; pero no en
papelotes, sino en oro acuñado y reluciente, en libras esterlinas y monedas de
veinte marcos. Los embarcaron en dos remesas en Hamburgo y Southampton: es
dinero que los Bancos de Europa envían a los de la Argentina para hacer
préstamos a los agricultores, ahora que se preparan a recoger las cosechas. Y
en todos los viajes de ida o vuelta nunca va de vacío el tal tesoro. Me han
contado que los millones están en cajas de acero forradas de madera y con
precintos, de lo más monas: quince kilos cada una; ochenta mil libras
apiladitas en el interior... Diga, Fernando, ¿no le tienta a usted esta
vecindad? ¿No le conmueve?...
Ojeda hizo un
movimiento de hombros, como para indicar la inutilidad de una respuesta.
—Con mucho
menos que tuviéramos—continuó Maltrana—, usted no se vería obligado a meterse
en aventuras de colonización y yo viviría hecho un personaje. ¡Lástima que no
estemos en los tiempos heroicos y románticos, cuando Lord Byron y Espronceda
cantaban el pirata! Sublevábamos usted y yo a la gente de tercera, echábamos al
mar al capital y a todos los tripulantes, desembarcábamos en una isla a los
pasajeros serios, destapábamos los miles de botellas y toneles que hay en los
almacenes, y nos íbamos... ya se vería adonde, con todas las mozas rubias,
polacas y vienesas de la compañía de opereta que viene abajo. Por supuesto que
usted y yo dormiríamos en el cuarto del tesoro, sobre esas cajas interesantes.
¿Qué le parece la idea?
—Hombre, me
gusta—dijo Fernando riendo—. Es todo un programa; reflexionaré sobre ello.
—Pero los
tiempos presentes no son de acciones grandes—añadió Maltrana—, y los héroes
tienen que expatriarse, para remover terrones o lustrar zapatos, al otro lado
del Océano... No pensemos en ser superhombres gloriosos; seamos mediocres y
continuemos nuestra descripción... Sobre la cubierta principal está la que
llaman cubierta superior. En la proa y la popa alojamientos de marineros,
hospitales, almacenes de útiles de navegación, cocinas para los emigrantes, y
entre ambos extremos, camarotes y más camarotes para la gente de primera clase,
peluquerías, baños y gabinetes de aseo por todos lados. Y aquí termina el
verdadero caso del buque, lo que puede llamarse el vaso navegante, la
construcción igual y uniforme de una punta a otra, sin desigualdades en la cubierta.
Quedó
perplejo Isidro, como si le ocurriese un pensamiento nuevo.
—No sé si
habrá notado lo que yo, amigo Ojeda; pero apenas subí a este trasatlántico me
fijé en una particularidad, tal vez por mi desconocimiento de la navegación
actual y por la costumbre de ver barcos antiguos en los libros. En otros
tiempos, cuando se navegaba batallando, el hombre colocó torres en los dos
extremos de la nave y quedaron establecidos los castillos de proa y de popa. En
el de delante iban los combatientes; en el centro, bajo e indefenso, la chusma;
en la popa, el jefe y su séquito. Al venir tiempos de paz y seguridad, los
progresos de la arquitectura naval fueron rebajando los castillos esculpidos
como altares, con mascarones, tritones y ondinas; pero la popa continuó siendo
el lugar de honor, el aposento de los privilegiados. Y tal es la fuerza de la
rutina, que, hasta hace pocos años, en los buques de vapor el sitio de
preferencia era la popa, sobre la hélice que lo hace temblar todo y donde es
más violento el balanceo. Sólo ayer, como quien dice, se han enterado de que en
una nave en movimiento el punto medio es el que menos oscila, y los antiguos
castillos de proa y de popa se han corrido uno hacia otro, juntándose en el
centro, que es para el pasajero el lugar de mayor estabilidad. Ahora los buques
parecen montañas vistos desde lejos; antes eran monstruos de dos cabezas unidas
por un cuerpo casi a flor de agua... Desde lo alto de esta cubierta central no
adivinamos siquiera la existencia de la popa y de la proa, que están tres pisos
por debajo de nosotros. El castillo central es un mundo aparte. Las gentes
viven en sus compartimientos sin enterarse de lo que pasa en el resto de la
embarcación. Tal vez sea yo el único que salga de él en todo el viaje. Los
privilegiados encuentran satisfechas sus necesidades sin abandonar este barrio
lujoso, y ni por curiosidad bajan las escaleras que conducen a los barrios
pobres... Pero hay que reconocer que en éstos el vecindario es sucio y hay en
ellos un hedor de rancho agrio.
Maltrana hizo
un movimiento de hombros, como indicando que iba a terminar su descripción.
—Lo demás ya
lo conoce usted, pues pertenece al radio en que nos movemos. La cubierta
llamada de salón, porque en el lado de proa tiene el salón-comedor, y después
de el los camarotes de lujo, y las cocinas de las gentes de primera, con la
repostería, la panadería, las bodegas y frigoríficos para el servicio diario.
Yo voy siempre después de media noche a echar una ojeada a la cocina.
Espectáculo interesante ver cómo sacan el pan de los hornos: ¡un perfume
suculento! Una noche vendrá usted conmigo... Sobre esta cubierta está la que
llaman de paseo, con el salón de música y el jardín de invierno; más allá, el
comedor de los niños y los domésticos particulares de los pasajeros; y en la
parte que mira a popa, el fumoir, o mejor para nosotros, el «café»,
que parece uno de los establecimientos de su clase en tierra firme. Sobre la
cubierta de paseo, la de los botes, en la que estamos ahora; y más por encima,
esta toldilla que sirve de techumbre a los camarotes del alto personal del
buque y tiene en la parte delantera el puente, con su cuarto de derrota para el
oficial de guardia y su depósito de cartas de navegación.
Calló Isidro,
como si ya no encontrase nada qué contar; pero luego añadió sonriente:
—Y todavía
hay alguien que vive más arriba de esta montaña de pisos: el muecín del buque,
el vigía o serviola que va de noche en lo que llaman el «nido». El tal nido es
esa especie de púlpito de acero en el que sólo cabe una persona y que está
adosado al palo trinquete. De noche, cuando la campana del puente marca el paso
de cada media hora, el vigía contesta allá arriba con otra campana y grita a
través de la bocina unas palabras que, en la obscuridad, parece que vienen de
las nubes. Es un bramido en alemán como los que suelta el dragón que mata
Sigfrido en la selva. Anoche me explicaron lo que dice el serviola al oficial
del puente. «Sin novedad; todas las luces van encendidas.» Las luces son las de
posición del buque. Y si calla, porque se duerme, va a terminar el sueño
amarrado a la barra.
—Todo eso lo
sé; yo he navegado algo...—dijo Ojeda—. Pero más que el buque me interesa los
que van en él. Usted, en su calidad de duende, debe conocerlos a todos.
Isidro
levantó la cabeza con orgullo. ¡A todos, sí señor! No había en el barco
pasajero mejor relacionado que él. Por las mañanas abordaba a los primeros que
subían a la cubierta. «Buenos días, señor. ¿Qué tal la noche?» Había gentes
afectuosas que le contestaban con agradecimiento, entablando amistosa
conversación, como si se conociesen de larga fecha; otros, recelosos y huraños,
respondían con gruñidos o continuaban su paseo. Las familias argentinas habían
acogido al principio su desbordante familiaridad con una extrañeza altiva.
¡Viajan tantos aventureros hacia su país!... Pero al notar que no era gringo,
sino gallego puro, se ablandaban, mostrándose más
comunicativas, como si encontrasen algo en él que les hacía recordar a sus
ascendientes. Algunas niñas hasta le habían preguntado si era amigo del rey y
en qué época del año se daban los bailes de corte... Con los que no podían
entenderles se expresaba en fuerza de cortesías y guiños, que provocaban risas
comunicativas. Las artistas de opereta prorrumpían, al verlo, en carcajadas y
frases incomprensibles.
—Aunque
parezca inmodestia, debo declarar que aquí he caído de pie. Soy de lo más
simpático a estas gentes; si presentase mi candidatura para algo, ni uno sólo
me negaría el voto. Todos amigos... ¡Y qué mezcla! Vienen ricos de fortuna
indiscutible, como ese doctor y su inmensa tribu que hicieron el viaje con
nosotros desde Madrid; la viuda de Moruzaga, otra argentina, con sus cinco
hijas, unas niñas modositas y simpáticas que recitan monólogos en francés, se
entienden entre ellas en inglés, y a veces, por condescendencia, hablan conmigo
en castellano; y con ellos otros propietarios de menos brillo, pero igualmente
sólidos, que vuelven a sus estancias del interior. ¡Gentes interesantes y
buenas! Yo las venero. Si pusieran de dos en dos sus vacas y ovejas, de seguro
que llegarían de aquí a Buenos Aires; si colocasen en fila las gavillas de
trigo que cosechan al año, podría formarse con ellas un cinturón que abarcase
el globo terráqueo.
Ojeda acogía
con sonrisas estas hipérboles, y su amigo pareció amoscarse.
—Sí señor;
así es, y no rebajo nada. Da orgullo tener amigos como éstos... Viene también
un archimillonario, un gringo, que es rey de no sé qué; creo que
del carbón en el puerto de Buenos Aires, o del lino, o del maíz; no lo
recuerdo. Los demás ricos se alejan de él porque no es de su clase, porque aún
queda memoria de cuando iba con zapatones de clavos y comía, polenta en
las tabernas del muelle. Es un fundador de dinastía; un Bonaparte que lucha por
hacerse reconocer de las otras familias reales, ennoblecidas por la tradición.
Sus nietos serán gentes distinguidas, pero él paga su triunfo aguantando
murmuraciones y desprecios. Me alegro de que lo traten mal. ¡Hombre más
orgulloso! Apenas me contesta cuando lo saludo; parece que tenga miedo de que
le pida algo. Su mujer, más joven que él, es una especie de cocinera
frescachona, en la que usted seguramente se habrá fijado. Yo creo que no se
despoja ni para dormir del uniforme de su riqueza: a las siete de la mañana ya
está en la cubierta con un collar de perlas, tamañas como huevos de gorrión, y
tan escandalosamente llamativas que cualquiera, a no conocer su fortuna, las creería
falsas... Y para completar la cuadrilla de los ricos, vienen tres compatriotas
nuestros, dos de Buenos Aires y uno de Montevideo, antiguos tenderos que llevan
cuarenta años en América... Excelentes personas; honradotes, campechanos y un
poco burdos. Me regalan buenos consejos, no me prestarían cinco duros si se los
pidiese, y dejan que pague yo cuando tomamos algo. Se los presentaré un día de
éstos. Empiezan invariablemente sus sermones morales de un modo que inspira
entusiasmo. «Ustedes los periodistas, que son medio locos...» «Usted, que no
hará nada en América porque es hombre de pluma...» Y todos ellos convienen en
que para hacer camino hay que haberse educado detrás de un mostrador,
iniciándose en el sublime arte de vender por cincuenta lo que vale diez,
gastando sólo dos de los cuarenta de ganancia.
Reflexionó
Maltrana un buen rato para reunir sus recuerdos.
—Y de los
ricos de América creo haber terminado la lista. Pero aún viene gente más
interesante. Un obispo italiano que viaja a expensas de una familia acomodada.
Son gentes establecidas de antiguo en un barrio de allá que llaman la Boca. Lo
traen a todo gasto, para enseñarlo a sus amigos y conocidos y decirles: «No
crean que somos cualquiera cosa en nuestro país. Miren este Monseñor, que es
pariente nuestro». Y lo rodean con veneración, como si fuese la bandera de la
familia; lo llevan del brazo, «Monseñor, por aquí», «Monseñor, por allá»; y el
pobre jornalero eclesiástico llegado a obispo parece un sonámbulo, aturdido por
tantos cuidados y honores. Yo creo que le obligan todas las noches a que se
ponga la cruz de oro sobre el pecho para entrar en el comedor, y si se olvida
le riñen... Viene otro cura, un abate francés de barbas luengas, con aire de
marino, que ha sido contratado para dar conferencias católicas en un teatro de
Buenos Aires. Iniciativa de las señoras argentinas residentes en París, que desean
borrar el sabor de impiedad que han dejado otros oradores viajeros. Y también
tenemos un conferencista de temas sociológicos, que creo es italiano. Hay para
todos los gustos... Y cinco o seis cocotas francesas, que van allá por sexta
vez porque han recibido buenas noticias de la cosecha, las personas más
tranquilas, calladas y modositas de a bordo; y todo el rebaño de cabras rubias
y locas de la compañía de opereta; y un sinnúmero de comisionistas de modas y
joyería, machos y hembras; y unas dos docenas de comerciantes alemanes
establecidos en América, cuadrados, bonachones, calmosos, pero que sacan unas
uñas de tigre cuando hablan de negocios... y judíos, muchos judíos. Según he
leído, en el primer viaje de Colón ya se embarcaron dos en las carabelas, y desde
entonces no han cesado de ir. En el Nuevo Mundo sólo hay preocupaciones de raza
para el negro, y como nadie se fija en los judíos, éstos pierde el rencor que
inspira la persecución y acaban por confundirse con los demás... A propósito;
también viene un barquero de París, un señor condecorado, de barbas rojas y
largas, que usted habrá visto por las mañanas en el paseo con las piernas
envueltas en una piel y estudiando mamotretos llenos de cifras. Va al Brasil
por sus negocios. Su mujer ostenta a todas horas un collar enorme de perlas;
pero son menores que las de la esposa del gringo, y esto hace que
las dos se miren con el rabillo del ojo apretando los labios...
Vaciló un
momento para reconstituir en su memoria la lista de los ausentes.
—Hay también
unos americanos del Norte, en los que habrá usted reparado por el ruido que
mueven. Van afeitados, con pantalones anchos y un botón en la solapa, insignia
de no sé que Sociedad de su país. A todas horas destapan champaña en el
fumadero; piden la caja de cigarros, y meten la mano para abarcar muchos de una
vez, cantan a gritos y son el tormento de los músicos, pues siempre están
exigiendo que toquen: ¡Miusic! ¡Miusic!... Viene también sola una
dama yanqui, alta, buena moza. Su marido la espera en Río Janeiro; tiene no sé
qué negocios en el interior del Brasil... Y varias muchachas alemanas que van a
casarse a América sin conocer a sus novios. El matrimonio, según parece, se
arregla por cartas y retratos. El colono o el mecánico que llega a establecerse
en los pueblos de la Argentina o las selvas brasileñas, envía una carta a su
pueblo: «Remítanme una muchacha de éstas y las otras condiciones. Ahí van tres
mil marcos para ropa y el pasaje. Y la muchacha se embarca sin conocer al
futuro esposo más que en un busto fotográfico, y su única preocupación es que
al verle resulte de buena estatura... Hay también... Pero aquí, amigo Ojeda, no
sé qué decir...
Pareció dudar
Maltrana, y al fin añadió:
—Hay una
señorita que va con sus padres, la gentil Nélida, mezcla de caracteres y
sangres que desorienta al más listo, y le confieso que me da mucho que pensar.
Su padre es alemán, su madre de una de las repúblicas del Pacífico; ella nació
en la Argentina, pero desde los nueve años ha vivido en Berlín. Es esa muchacha
que usted habrá visto en el paseo, acompañada siempre de hombres; muy alta,
esbelta, con la falda corta, tan ceñida, que no puede dar un paso sin que la
tela moldee todo su cuerpo. Lleva el pelo cortado como una melena de paje, lo
mismo que las cupletistas... Yo no he conocido hasta ahora pájaros de esta
especie. Allá en Madrid la gente es de menos complicaciones... Tenemos también
unos cuantos muchachos bien trajeados, de vaga nacionalidad, que hablan con
soltura diversos idiomas. No los he calado bien. Pueden ser comisionistas de
comercio que fingen aires de personaje, barones arruinados en busca de una
americana rica, o ladrones elegantes como los de las novelas. ¡Vaya usted a
saber!... Pero aquí termina mi relato por ahora. Ya vuelve la gente de tierra.
Vamos abajo a oír sus impresiones de Tenerife.
En la
cubierta de paseo continuaba la bulliciosa feria. Los pasajeros habían
terminado sus compras, y eran ahora las camareras del buque y los stewards los
que aprovechaban los últimos momentos para hacer sus adquisiciones con mayor
baratura. En el viaje de regreso el Goethe no tocaba en
Tenerife para hacer carbón, y ellos, con el pensamiento puesto en Hamburgo,
compraban vistosas telas, pañuelos y manteles, para hacer regalos a los que les
esperaban allá.
Maltrana se
detuvo junto a un indostánico que regateaba con una joven. Estaba ella en el
quicio de una puerta, temerosa de dejarse ver a la luz del sol y mostrando al
mismo tiempo su casi desnudez, cubierta con un simple kimono rosa que
transparentaba el contorno de su cuerpo. Los brazos y parte del pecho delataban
la frescura de un baño reciente. Se había levantado tarde y acababa de subir a
toda prisa a la cubierta para hacer sus compras antes de que se marchasen los
vendedores. El hombre cobrizo ensalzaba la riqueza de una túnica azul con
ramajes y pájaros blancos que ella tenía entre sus manos.
—Me pide dos
libras, ¿qué le parece?—dijo la joven sonriendo a Maltrana, mientras éste daba
con el codo a su compañero.
Ojeda adivinó
por esta señal que era Nélida. Ella le miró sonriente, con la misma sonrisa que
dedicaba a todos los hombres. Por primera vez se fijaba en él. Fernando la vio
más alta, más joven que Teri, pero con un aspecto vulgar y atrevido que le fue
antipático. Sólo sus ojos de pupilas de ámbar, que tomaban con la luz un
reflejo de oro, le recordaron ¡ay! los otros. Tal vez no eran iguales; pero él
los llevaba abiertos y brillantes en su imaginación, y la más leve semejanza le
hacía creer en una identidad completa.
—Me quedo con
esto—dijo Nélida mirando amorosamente la asiática vestidura—. Pero no tengo
dinero: habrá que pedir las dos libras a mamá... ¿No han visto ustedes a mamá?
Y sin
aguardar respuesta, desapareció escalera abajo entre el revoloteo de la tela
rosa, semejante a tenue nube, que transparentaba la firme silueta de su cuerpo
desnudo.
Aparecieron
en el paseo los excursionistas llegados de tierra. Pegábanse a los flancos del
trasatlántico las lanchas de vapor para devolverle su cargamento humano. Las
mujeres, llevando grandes ramos de flores, corrían hacia sus camarotes o
charlaban con las amigas que se habían quedado en el buque, lo mismo que si
regresasen de una larga expedición. ¡Venían de España!, ¡ya conocían España! Un
país más que añadir a sus relatos de viajes.
Los hombres,
con sus anchos sombreros empolvados, los gemelos pendientes de un hombro y
empuñando todavía el bastón de paseo, hablaban solemnemente de su viaje. Para
muchos, era el primer suelo que habían pisado después de su salida de Hamburgo
o de París. El buque se había detenido muy poco en Vigo y en Lisboa. Comentaban
a coro el atraso y la pereza de aquella tierra. Todas las lecturas antiguas
sobre España, todos los prejuicios y errores tradicionales reaparecían de golpe
con sólo un paseo de dos horas por una isla de África. El «doktor» alemán que
pedía una corrida de toros a las siete de la mañana, alardeaba de sus
conocimientos hispánicos llamando «cuadrilleros» a todos los que había
encontrado en tierra vistiendo uniforme militar. También hablaba de familiares
de la Inquisición, recordando a los curas gordos y morenos que salían de la
iglesia, en busca del casero chocolate, luego de decir su misa.
Se lamentaba
un joven belga, al que muchos llamaban «barón», de las calles en cuesta y de
los coches. ¡Ni un solo automóvil!... Las mujeres, asomadas a las ventanas como
odaliscas.
—Y
pensar—dijo Ojeda a su amigo—que tal vez alguno de éstos escribirá un artículo
titulado «Mi viaje a España».
Un hombre
subido de color, con vistosa corbata y pantalones recogidos a la inglesa,
esforzaba su acento lento y meloso para expresar indignación.
—¡No me
diga!... ¡Valiente zoquete fui en bajar! Cuatro veces he ido a Europa, y nunca
he querido conoser la España. Ahí no hay adelantos: ahí no hay nada. A mí déme
usted la Inglaterra... Ojalá nos hubiesen descubierto los ingleses. Yo estoy
por la sivilisasión, ¿sabe, amigo?... Mucha sivilisasión.
Maltrana
sonrió, al mismo tiempo que lo mostraba a su amigo.
Ese que habla
es Pérez... Pérez de no sé qué republiquita de las que dan cara al Pacífico. Me
han dicho que en su país para ser algo hay que probar que se desciende de ocho
abuelos indios y media docena de negros. El blanco queda abajo. Desde la
bendita independencia no han podido rascarse con tranquilidad. Todos los años
corren a un presidente, y de vez en cuando fusilan al que alcanzan y queman el
cadáver para que no deje semilla. «Y yo estoy por la sivilisasión, ¿sabe,
amigo?...» Vámonos allá para no oírle.
Se sentaron
en el extremo del paseo que daba sobre la proa, entre las ventanas del salón y
una gran vidriera desde la cual se abarcaba toda la parte anterior del navío.
En el castillo de proa algunos marineros empezaban los preparativos para levar
el ancla. Oficiales y contramaestres recorrían la cubierta empujando a los
vendedores haciéndoles cerrar a toda prisa sus fardos, cortando bruscamente la
tenacidad de los últimos regateos. Deslizábanse los paquetes colgando de
cuerdas desde las bordas a los botes que cabeceaban en torno de la escala. Los
nadadores lanzaron sus últimos gritos: «Caballero, un marco. Eche un marco,
caballero, que va el vapor».
—Confieso,
amigo Ojeda—dijo Maltrana—, que siento la emoción del que ve ante la boca negra
de una caverna y se pregunta: «¿Qué habrá dentro?...». Aquí, la caverna es azul
y luminosa, pero la inquietud no por esto resulta menor... ¿Qué voy a encontrar
más allá de esta isla? ¿Cuándo volveremos por aquí? Afortunadamente, contamos
con el apoyo de la esperanza... la esperanza buena y equitativa para todos,
pues a todos los que vamos en este cascarón nos asiste por igual... Yo hago
este viaje por ganar dinero, por el ansia de saber qué es eso de la riqueza; y
no lo hago sólo por mí. Tengo un hijo, y aunque uno se ría de ciertos burgueses
que justifican sus malas acciones y sus latrocinios con la cualidad de padres
de familia, crea usted que esto de la paternidad nos impulsa a grandes cosas y
nos hace valerosos como héroes... Usted también va allá por el ansia de dinero.
Un hombre de su clase, que tiene lo que usted tenía en Madrid (¡yo lo sé
todo!), no cambia de vida sin un motivo poderoso.
—Yo...—dijo
Fernando con perplejidad—sí... por el dinero, como usted... Y ¡quién sabe! Tal
vez por algo que no es la riqueza; por otros deseos menos explicables.
Había
reflexionado mucho durante la noche anterior, y ahondando en sus decisiones,
encontraba en ellas motivos inconscientes, no sospechados hasta entonces, que
le hacían avanzar con un empujón tan rudo como el deseo de riqueza. Parecía
cantar en sus oídos la poética romanza de Heine, en la que describe cómo el
caballero Tannhauser se arrancó de los brazos de Venus por sólo el gusto de
conocer de nuevo del dolor humano. «¡Oh Venus, mi bella dama! Los vinos
exquisitos y los tiernos besos tienen ahíto mi corazón. Siento sed de
sufrimientos. Hemos bromeado mucho, hemos reído demasiado: las lágrimas me dan
ahora envidia, y es de espinas y no de rosas que quiero ver coronada mi
cabeza...» El hombre vive en eterno descontento. Tal vez huya él también, como
el poeta amante de la diosa, por hartura de felicidad y sed de dolores.
De pronto,
junto a ellos, rompió a tocar la banda de música una marcha triunfal. El techo
del paseo y los gruesos cristales del mirador temblaron con el rugido armonioso
de los cobres.
—Ya zarpa el
buque—dijo Maltrana levantándose de un salto—. Mire usted cómo se va moviendo
la isla. ¡Nos vamos!, ¡nos vamos!... Eso que toca la música es magnífico; jamás
he oído nada tan solemne; es el saludo a la esperanza, la gran marcha triunfal
de la ilusión.
Y como
poseído de un irresistible deseo de movilidad, huyó de su amigo.
¡La
esperanza!... Ojeda, sin abandonar su asiento tornó a verse lejos, muy lejos,
como en la tarde anterior. Estaba en París, y María Teresa volvía de una
excursión a las tiendas de modas. Esta vez era un libro su única compra. Lo
había adquirido en los almacenes del Louvre, entusiasmada por su baratura y
hermosa encuadernación. ¡Adorable Teri! ¡Siempre mujer! Ella, a la que concedía
Fernando más talento que a muchas hembras literarias, compraba sus libros en
las tiendas de modas entre una pieza de encajes y una docena de guantes.
Era una
traducción francesa de las tragedias de Esquilo. En días sucesivos leyeron con
las cabezas juntas, como los amantes adúlteros del poema dantesco. «¡Qué
hermoso!—exclamaba ella—. ¿Y dices que esto tiene miles de años? ¡Si es de lo
más moderno! ¡Si parece de ahora!...» Llevada de su caprichosa imaginación,
lamentaba que las palabras nobles y melancólicas de Prometeo no fuesen
acompañadas de música. «Una música de Wagner, ¿me entiendes?, de nuestro amado
don Ricardo... O mejor de Beethoven: algo así como la Novena sinfonía».
Fernando recordaba la escena que los había hecho comulgar a los dos en el
estremecimiento de la admiración. Prometeo está encadenado a la roca, y en
torno de él, chapoteando las olas, las clementes oceánidas, las ninfas del mar,
se apiadan del suplicio del héroe. «¿Qué has hecho, desgraciado, para que así
te castiguen los dioses?» «He enseñado a los mortales a que no piensen en la
muerte» contesta Prometeo. «¿Y cómo lo conseguiste?» «Les he hecho conocer la
ciega esperanza».
Y durante
miles y miles de años reinaba sobre el mundo la divinidad benéfica y
consoladora que el héroe sombrío había dado a los humanos, pagando esta
generosidad con el tormento de sus entrañas rasgadas por el águila, «perro
alado de Zeus». Ella conducía los rebaños de hombres en armas; ella había
aleteado ante las proas de los descubridores; ella conmovía con su paso quedo
el silencio cerrado donde meditan sabios y artistas; ella guiaba las
muchedumbres ansiosas de bienestar y amplio emplazamiento que se descuajan de
un hemisferio para ir a replantarse en el otro.
Fernando la
vio; la vio venir, con sus ojos entornados, por encima del azul del mar, como
una burbuja de oro desprendida del sol, como un harapo de luz que acabó por
detenerse sobre el filo de la proa, lo mismo que las imágenes divinas que
adornaban las naves de los primeros argonautas.
Sus alas se
tendían majestuosas en el éter como velas cóncavas; su túnica arremolinábase
atrás, en pliegues armoniosos, impelida por el viento. Era igual a la Victoria
de Samotracia, y lo mismo que a ella, le faltaba la cabeza.
Por esto
acabó de conocerla Ojeda. Ella no piensa, ella no tiene ojos...
Era la
esperanza, la ciega esperanza que con el avance de su torso señalaba al Sur.
Después del
almuerzo, los pasajeros del Goethe oyeron sonar a proa la
banda de música, con la lejanía soñolienta que infunde la inmensidad del Océano
a todas las vibraciones.
—Van a
vacunar a los de tercera—dijo Maltrana, siempre enterado de lo que ocurría en
el buque.
Estaban aún
frente a la isla, costeando sus rugosas montañas, pétreo oleaje de antiguas
erupciones llegadas hasta el mar. Bajaban por las laderas, como ovejas en
tropel, blancas viviendas, medio ocultas algunas de ellas en los repliegues
sombreados de verde. Por encima de las cumbres iba pasando la caperuza nevada
del Teide como una cabeza curiosa, ocultándose o apareciendo, según el buque
marchaba cerca o lejos de la costa.
Maltrana no
podía mantenerse tranquilo en el jardín de invierno mientras tomaba el café con
Fernando. Ocurría a bordo algo extraordinario sin que él lo presenciase.
—¿Le parece
que vayamos a ver la gente de tercera?... Debe ser interesante.
Descendieron
las escaleras de dos pisos, y saliendo del castillo central viéronse en la
explanada de proa, al pie del palo trinquete. Bajo el gran toldo que sombreaba
este espacio aglomerábase el hedor sudoroso de una muchedumbre. El médico del
buque y varios ayudantes, todos con blusas blancas, ocupaban el centro junto a
una mesa cargada de botiquines. Y al son de la música pasaban los emigrantes en
interminable fila, todos con un brazo descubierto que presentaba a la lancera
del vacunador. El primer oficial, secundado por los ayudantes de la comisaría,
organizaba el desfile, cuidando de que todos, después de arremangarse el brazo,
presentasen con la otra mano el papel de su pasaje.
El acto de la
vacunación era a la vez un recuento. Al partir de Tenerife, última escala del
viejo mundo, empezaba el gran viaje; nadie había de entrar en el buque hasta
América, y la comisaría necesitaba conocer el número de las gentes que iban a
bordo. Los marineros recorrían los sollados, los obscuros pasadizos, las
bodegas, hasta los más apartados rincones, en busca de viajeros ocultos
empujando a los fugitivos que pretendían evitarse esta operación.
Los oficiales
alemanes llamaban a cada momento para dar sus órdenes a un empleado de la
comisaría, hombre grueso y de bigotes canos que se expresaba en distintos
idiomas, pasando de uno a otro con asombrosa facilidad. Maltrana y él se
saludaron afectuosamente.
—Ése es don
Carmelo—dijo Ojeda—, un compatriota nuestro. Habla todas las lenguas de Europa;
además el árabe, y creo que un poco de japonés. Y con toda su sabiduría aquí le
tiene usted ganando unos cuantos marcos, sin otra satisfacción que ostentar una
gorra de uniforme y que los emigrantes le llamen oficial. Le busco todos los
días en su despacho, que está abajo, siempre con la luz encendida, y charlamos
de lo que ocurre en el buque. ¡Qué hombre! Ahí donde le ve, hizo sus estudios
en Málaga, él solito, yendo por el puerto de barco en barco y diciendo a todo
marino que encontraba aburrido: «Vamos a echar un párrafo en su idioma,
compañero».
Mientras
hablaba Isidro de la mujer y los hijos de su amigo, andaluces trasplantados a
Hamburgo, y de las escaseces pecuniarias de éste, que le obligaban a buscar
entre los pasajeros ricos uno que quisiera entretener los ocios de la travesía
estudiando idiomas, don Carmelo gritó con el acento de su tierra:
—¡Too Dios
con er papé en la mano!, ¡que se vea bien!
Y repetía la
orden en italiano, en francés, en portugués y en árabe.
Habían
desfilado los hombres, y eran ahora las mujeres, con una escolta de chiquillos,
las que se iban presentando a recibir la vacunación. Pasaban ante el médico
brazos membrudos con la blancura y la firmeza de la carne septentrional; brazos
grasosos en los que se hundían los dedos de los operadores; brazos de redondez
ambarina, semejantes a los de las mujeres de Tiziano, pero que ostentaban en su
parte alta un obscuro triángulo de roñosa suciedad.
Luchaban al
destaparse las mujeres con las mangas de la camisola o de la gruesa elástica, y
en este forcejeo se les abría el pecho, mostrando escapularios y medallas sobre
las flacideces de la maternidad. Las hembras árabes, morenas y huesosas, iban
casi desnudas bajo sus barones rayados; las gruesas napolitanas, de cabello
revuelto y ojos de brasa, devolvían al corpiño con tranquilo impudor las
saltonas exuberancias surgidas al desabrocharse; las castellanas angulosas de
pelo aceitoso y retinto, peinadas como vírgenes prerrafaelistas, cubrían
prontamente su brazo con triples forros y se alejaban ruborizadas, moviendo la
corta y bailarinesca balumba de sus zagalejos trasudados. Unos chiquillos
berreaban agarrándose a sus madres, trémulos de pavor al ver las blusas blancas
de los operadores; otros, con el sombrero en el cogote y mostrando la sonrisa
marfileña de sus dientes de lobo, se disputaban por quién avanzaría primero el
brazo, como si aquello fuese una fiesta.
Maltrana
explicaba a su amigo el orden en que iban divididos los emigrantes. La proa era
para «los latinos»: españoles, italianos, portugueses, franceses, árabes,
judíos del Mediodía y hasta egipcios. Nadie podía adivinar el latinismo de
estas últimas gentes; pero así los había encasillado la comisaría. En la parte
de popa se aglomeraban otras naciones: alemanes, rusos y judíos, muchos judíos
de diversas procedencias, polacos, galitzianos, rutenos, moscovitas y
balcánicos, cocinando aparte, según las preocupaciones y ritos de su religión.
Los israelitas llevaban carne sacrificada por los rabinos de Hamburgo. La
bulliciosa latinidad gozaba el privilegio sobre las otras castas de beber vino
en las comidas dos veces por semana y tomar chocolate al amanecer otras dos
veces, en vez del café habitual.
Las
lamentaciones de don Carmelo, que juraba para él solo con grandes aspavientos,
interrumpieron a Maltrana.
—¡Mardita sea
mi arma! Ya me extrañaba yo que hisiésemos er viaje sin sorpresas. ¡Pero
camará, que no haya medio de librarse de esa gente!...
Cambió
algunas palabras en alemán con el primer oficial y luego gritó a unos camareros
españoles que estaban al servicio de «los latinos»:
—A ve esos
güenos mozos; ¡tráiganlos pa acá!
Avanzaron
seis jóvenes, con la cabeza descubierta, las ropas haraposas y los pies metidos
en zapatos rotos o alpargatas deshilachadas.
—¿De moo que
no tenéis pasaje y os habéis metió aquí de polisones sin má ni má, como si esto
juese la casa e toos? ¿Y creéis que esto va a quear ansí?... Tú, ¿de ónde eres?
Y los
seis polisones fueron contestando al interrogatorio de don
Carmelo. Uno era de Tenerife y los restantes procedían de Andalucía y Galicia.
Se habían introducido ocultamente en varios buques, que los echaron en tierra
al llegar a Canarias. ¡Y a buscar de nuevo un escondrijo en la bodega de otro
barco!... Así pensaban llegar, fuese como fuese, adonde se habían propuesto.
Los seis querían ir a Buenos Aires; y como bestias humildes, resignadas de
antemano a los golpes que creían merecer, bajaban la cabeza contentos con su
desgracia si lograban alcanzar el término del viaje.
Don Carmelo
habló en voz baja con el primer oficial.
—Está
bien—dijo solemnemente—. Pero como aquí nadie viene sin pasaje y el buque no
pué retroceer por vosotros, vais a golveros nadando a Tenerife. La isla está
allí cerquita.
Y señalaba la
costa que se veía en lontananza, entre la borda del buque y el filo del toldo.
El oficial se acariciaba impasible la barba rubia mientras el intérprete
traducía sus órdenes. Las mujeres abrían los ojos con asombro y terror.
—Que pongan
una escaleriya pa que sartén con más fasiliá—ordenó don Carmelo.
Los camareros
le obedecieron, colocando una pequeña escalera contra la borda, mientras el
intérprete repetía la orden. «¡Al agua, muchachos! E un remojonsito na más.»
Los polisones de
más edad seguían con la cabeza baja, entre incrédulos y aterrados, dudando de
que esta orden pudiese ser cierta pero dudando igualmente de que todo fuese una
burla, habituados a durezas y castigos en los buques que les habían servido de
refugio. Uno que era casi un niño se atrevió a mirar por encima de la borda,
apreciando con ojos de espanto la distancia enorme que se extendía entre el
buque y la costa.
—¡Yo no
quiero!... ¡No quiero morir!... ¡Yo quiero ir a Buenos Aires! ¡Madre!...
¡Mamita!...
Y se echó al
suelo gimiendo, agitando las piernas para repeler a los que se acercasen.
Comenzaron a partir suspiros y exclamaciones de los grupos de mujeres. Don
Carmelo miró al primer oficial que seguía acariciándose la barba.
—Güeno,
niños; será pá más tarde. A la noche os iréis nadando. Mientras tanto, que os
vacunen, y luego comeréis... A ver unos pantalones viejos pa estos güenos
mozos; no es caso de que vayan enseñando las vergüensas al pasaje... Pero queda
convenido ¿eh, niños? a la noche os marcharéis nadando.
Súbitamente
tranquilizados, los polisones se dejaron llevar por los
marineros, que los empujaban rudamente, acogiendo este trato con humildad y
agradecimiento.
—Hay que ser
enérgico—dijo don Carmelo a los dos amigos poniendo un gesto feroz—. Si no
fuese así, too er buque se llenaria de gente sin pasaje. Cuatro van a ir a las
máquinas; siempre hasen farta fogoneros; y los dos más pequeños ayudarán a la
limpiesa de las cubiertas. Podíamos desembarcarlos en Río Janeiro. Pero er
comandante es güeno, y de seguro que los yevaremos hasta Buenos Aires. Los
tunantes van a salirse con la suya.
La música
continuaba sonando y se reanudó el desfile de los brazos arremangados ante el
grupo de blusas blancas.
Ojeda estaba
impresionado por la escena anterior. Creía oír aún los gemidos del mozuelo
pataleando en la cubierta: «¡Yo no quiero morir! ¡Yo quiero ir a Buenos
Aires!...». El vagabundo de los puertos tenía la misma ilusión que él y casi
todos los que habitaban las cubiertas superiores. Dormitando entre los fardos y
barricas de un muelle, había visto también a la diosa alada y sin cabeza; había
sentido la caricia de la esperanza. Y allá marchaban todos, afrontando la
nostalgia del recuerdo o las necesidades del presente; revueltos, confundidos,
igualados por la ilusión común... ¡Buenos Aires! ¡Qué magia poderosa la de este
nombre, que hacía correr a los miserables, como ratones hambrientos, para
ocultarse en las entrañas de los buques!...
Se impacientó
Maltrana ante la monotonía del desfile.
—Después de
éstos vacunarán a los de popa: gente menos limpia y presentable que «los
latinos», con largas melenas y gabanes de piel de carnero. Arriba estaremos
mejor.
Y subieron a
lo más alto del buque, a la cubierta de los botes, buscando la sombra de un
toldo y dos sillones libres para descansar en la soledad azul impregnada de
luz. La mayoría del pasaje prefería quedarse abajo, refugiada en la suave
penumbra de la cubierta de paseo.
Maltrana
saludó a una señora que leía tendida en un largo sillón, la espalda sobre un
cojín, mostrando entre la flor nívea y rizada de su faldamenta el arranque de
unas piernas enfundadas en seda blanca y los altos tacones de los zapatos.
Fernando, advertido por el codo del compañero, se fijó en sus cabellos, de un
rubio obscuro, recogidos en forma de casco; en sus ojos claros y temblones como
gotas de agua marina, que se elevaron unos instantes del libro para mirarle con
tranquila fijeza; en el color blanco de su cuello, una blancura de miga de pan
ligeramente dorada por el sol y la brisa del mar.
—Es la
yanqui, la señora que come cerca de nuestra mesa—murmuró Isidro—. Habla con
poca gente; apenas se saluda con algunas viejas de a bordo; rehúye el trato de
los demás... Yo soy el único hombre con quien cambia el saludo, pero cuando
intento hablarla finge que no me entiende... Y sin embargo, adivino en ella un
carácter alegre y varonil: debe ser un agradable compañero; no hay más que ver
con qué gracia sonríe. ¡Qué hoyuelos tan cucos se le forman junto a la boca!,
¡cómo se le aterciopelan los ojos!... Pero no hay confianza todavía entre las
gentes de a bordo; parece que estamos todos de visita.
Sentáronse a
alguna distancia de la norteamericana y ésta volvió a bajar los ojos sobre el
libro, ladeándose en su sillón para ignorar la presencia de los recién
llegados.
Tenían ante
ellos el azul del Océano, liso, denso, sin una arruga y en el fondo, por la
parte de popa, un triángulo de sombra que empañaba el horizonte, una especie de
nube gris y piramidal, que era la isla... Calma absoluta... Sentados en mitad
de la cubierta, no alcanzaban a ver las espumas que la velocidad de la marcha
arremolinaba contra los flancos del buque. Desde esta altura sus ojos abarcaban
únicamente el segundo término, o sea el mar inmóvil, que parecía cubierto de
una costra diáfana y transparente, una costra de vidrio reflejando el azul
denso y pastoso de la profundidad. A no ser por las vedijas negras que se
escapaban de la chimenea, para quedar flotando en la calma bochornosa de la
tarde, se hubiese podido creer que el buque no marchaba... Y la isla siempre a
la vista, como los países encantados de las leyendas, que parecen avanzar
detrás de los pasos del que huye.
Un silencio
de sesteo extendía su paz abrumadora sobre la cubierta inundada de luz. Bajo
los toldos se percibían leves ronquidos, acompasadas respiraciones, dorsos
vueltos al exterior sobre las sillas largas, cabezas incrustadas en almohadas o
descansando sobre el respaldo, con los ojos entornados y la boca abierta a la
frescura de la sombra. Crujía el piso en los lugares caldeados, bajo el paso
tardo de algún transeúnte. Subían los ecos de la música, lejanos, adormecidos,
como si surgiesen de las profundidades del mar. Venían del otro lado de la
chimenea gritos de niños y choques de maderas, revelando los diversos
incidentes de un juego deportivo. El sol de la tarde incendiaba todo el
Poniente con su lluvia cegadora.
—¿Por qué
llamarían a esto el «Mar Tenebroso»?—dijo Maltrana, que no podía permanecer
callado largo tiempo.
Estas
palabras despertaron en los dos el recuerdo de antiguas lecturas. Ojeda pensó
en su drama poético de los conquistadores cuya preparación le había obligado a
estudiar la epopeya de los navegantes que descubrieron las tierras vírgenes.
Isidro se acordó de los trabajos realizados en su época de mercenario de la
literatura, cuando andaba a caza de notas en bibliotecas y archivos para la
confección de un libro que firmaría luego cierto personaje ansioso de entrar en
una Academia.
—Siempre es
tenebroso lo que ignoramos—contestó Ojeda—. Una nube en el horizonte o varios
días sin sol bastaron para llamar Tenebroso un mar en el que se avanzaba con
indecisión, temiendo las sorpresas del misterio y el perder de vista las
costas. Yo confieso que la geografía del Mar Tenebroso antes de que la brújula
hiciera posibles las largas exploraciones, es una geografía que me encanta y
rejuvenece: algo así como esos cuentos de hadas que nos deleitan como un
perfume de flores marchitas al evocar las primeras impresiones de la niñez.
Y los dos
enumeraron en su animada conversación todos los intentos de los hombres, desde
remotos siglos, por romper el misterio del Mar Tenebroso.
Los nautas
cartagineses bajaban hacia el Sur por las costas de África, trayendo, después
de un periplo de varios años, colmillos de elefantes que suspendían de los
templos, adornos vistosos, pellejos de hombres peludos y con rabo que debieron
ser envolturas de grandes orangutanes. Y tal valor concedía el Senado a tales
descubrimientos, que guardaba como un secreto de Estado la ruta de los
navegantes, viendo en las tierras lejanas un seguro refugio para su pueblo si
una guerra infortunada hacía necesaria la expatriación.
En este mar
de tinieblas, más allá de las columnas de Hércules, habían colocado Homero y
Hesiodo el Eliseo, morada de los bienaventurados, las Gorgonas, tierra de
eterna primavera, y las Hespérides, con sus manzanas de oro, guardadas por un
dragón de fuego. Luego eran los navegantes árabes los que se lanzaban en el mar
de las tinieblas, y sus geógrafos poblaban el misterio de las soledades marinas
con poéticas invenciones, aderezando los descubrimientos lo mismo que un cuento
de Las mil y una noches. El emir Edrisi hablaba de las islas de
Uac-uac, último término del mundo en el siglo xii por la parte de
Oriente: islas tan abundantes en riquezas, que los monos y los perros llevaban
collares de oro. Un árbol, del que había grandes bosques, daba su nombre a las
islas; el uac-uac, llamado así porque gritaba o ladraba con iguales
sonidos a todo el que ponía por vez primera el pie en el archipiélago. Y este
árbol tenía en la extremidad de sus ramas, primero, abundantes flores, y luego
en vez de frutas, hermosas muchachas, beldades vírgenes, que podían ser objeto
de exportación para los harenes.
Por el
Occidente habían avanzado los hermanos Almagrurinos, ocho moros vecinos de
Lisboa, que mucho antes de 1147—año en que los musulmanes fueron expulsados de
la ciudad—juntaron las provisiones necesarias para un largo viaje, «no
queriendo volver sin penetrar hasta el extremo del Mar Tenebroso». Así
descubrían la isla de «los carneros amargos» y la isla de «los hombres rojos»,
pero se vieron obligados a tornar a Lisboa faltos de víveres, ya que no podían
comer por su mal sabor los carneros de las tierras descubiertas. En cuanto a
los hombres rojos, eran de gran estatura, piel rojiza y «cabellera no espesa,
pero larga hasta los hombros»; rasgos que hicieron pensar a muchos si los
hermanos Almagrurinos habrían llegado a tocar efectivamente en alguna isla oriental
de América.
Al mismo
tiempo que la geografía árabe hacía surgir tierras del Mar Tenebroso, la
leyenda cristiana lo poblaba con islas no menos maravillosas. Cuando los moros
invadían la Península derrotando al rey Roderico, una muchedumbre de
cristianos, llevando a su frente a siete obispos, se había embarcado, para huir
Océano adentro hasta dar con una isla en la que fundaba siete ciudades. Muchos
navegantes portugueses, arrebatados por la tempestad, habían ido a parar a esta
isla, donde eran magníficamente tratados por gentes que hablaban su mismo
idioma y tenían iglesias. Pero así que intentaban volver a su tierra, se
oponían los habitantes, deseosos de que se guardase secreta la existencia de la
«Isla de las Siete Ciudades». Unos que habían logrado regresar enseñaban arenas
de aquellas playas, que eran de oro casi puro. Pero al armarse nuevas
expediciones para ir a su descubrimiento, jamás acertaban éstas con el camino.
Otra isla, la
de San Brandán, o San Borombón, ocupaba a las gentes de mar durante varios
siglos; isla fantasma que todos veían y en la que nadie llegaba a poner el pie.
San Brandán, abad escocés del siglo vi, que llegó a dirigir tres mil
monjes, se embarcaba con su discípulo San Maclovio para explorar el Océano en
busca de unas islas que poseían las delicias del Paraíso y estaban habitadas
por infieles. Durante la navegación, un día de Navidad, el santo ruega a Dios
que le permita descubrir tierra donde desembarcar para decir su misa con la
debida pompa, e inmediatamente surge una isla ante las espumas que levanta su
galera. Terminados los oficios divinos, cuando San Borombón vuelve al barco con
sus acólitos, la tierra se sumerge instantáneamente en las aguas. Era una
ballena monstruosa que por mandato del Señor se había prestado a este servicio.
Después de
vagar años enteros por el Océano desembarcan en una isla, y encuentran, tendido
en un sepulcro, el cadáver de un gigante. Los dos santos monjes lo resucitan,
tienen con él pláticas interesantes, y tan razonable y bien educado se muestra,
que acaba por convertirse al cristianismo y lo bautizan. Pero a los quince días
el gigante se cansa de la vida, desea la muerte para gozar de las ventajas de
su conversión entrando en el cielo, y solicita permiso cortésmente para morirse
otra vez, petición razonable a la que acceden los santos. Y desde entonces
ningún mortal logra penetrar en la isla de San Borombón. Algunos marineros de
las Canarias la ven de muy cerca en sus navegaciones; los hay que llegan a
amarrar sus bateles en los árboles de la orilla, entre restos de buques
cubiertos de arena; pero siempre surge una tempestad inesperada, un temblor de
tierra, y el mar los arroja lejos. Y pasan siglos y siglos sin que nadie ponga
el pie en sus playas. Los habitantes de Tenerife la veían claramente en ciertas
épocas del año y se presentaban a las autoridades cientos de testigos
declarando su configuración: dos grandes montañas con un valle verde en el
centro.
—América
estaba descubierta por entero—dijo Ojeda—cuando todavía enviaban los vecinos de
Tenerife expediciones a su costa, por estas aguas, en busca de la famosa tierra
de San Borombón. Y la isla, que se dejaba ver perfectamente desde lo alto de
las montañas, difuminábase en el horizonte y acababa por perderse cuando
alguien iba a su encuentro en un buque. Hubo muchas expediciones, unas pagadas
por los regidores de la isla, otras de particulares, pero todas sin éxito; y la
gente, cada vez más convencida de la existencia de San Borombón, achacaba estos
fracasos a la impericia de los expedicionarios antes que renunciar al encanto
de lo maravilloso. Casi todos los mapas de la época situaban esta isla en las
inmediaciones de las Canarias, y ochenta años antes de a independencia de las
colonias, cuando la América española iba ya pensando en declararse mayor de
edad, todavía salió de Tenerife una expedición mandada por un caballero
respetable, y como se trataba de una empresa misteriosa, iban dos frailes en su
buque. Algunos creían que esta isla fantasma era el lugar del Paraíso terrenal
donde viven en bienaventuranza eterna Elías y Enoch... La santa poesía se
aprovecha siempre de las ficciones populares, y por esto el Tasso, al encantar
al caballero Rinaldo en los mágicos jardines de Armida, los coloca en una isla
de las Canarias, recordando sin duda la tradición de la de San Borombón.
Luego los dos
amigos hablaron de la Atlántida, tierra sorbida por las convulsiones del lecho
del Océano y que sólo había dejado como recuerdo de su existencia una tradición
de poderosos gigantes en diversas teogonías: Hércules batiendo sus columnas
entre España y África y juntando dos mares; Dhoulcarnain (El de los dos
cuernos) y Chidr (El personaje verde), héroes de la fábula árabe
inspirada en las tradiciones fenicias, abriendo un canal entre el Mar
Tenebroso, o sea el Atlántico, y el Mar Damasceno, el Mediterráneo.
La ciencia
helénica había adivinado a través de las poéticas ficciones la verdadera forma
del planeta. En los primeros tiempos era la tierra un disco que flotaba sobre
las aguas del río Océano, ligeramente inclinado hacia el Sur por el peso de la
abundante vegetación del trópico. Pero los pitagóricos sustituían esta
hipótesis con la afirmación de la esfericidad del planeta, y después de esto no
había que hacer grandes esfuerzos para imaginarse la posibilidad de navegar
desde el extremo de Europa, o sea desde España, a las costas orientales de
Asia, siguiendo el rumbo de Occidente. Aristóteles y Estrabón hablaban de un
«solo mar que bañaba a la vez las costas opuestas de los dos continentes»,
añadiendo que en muy pocos días podía ir un buque desde las columnas de
Hércules a la parte más oriental de Asia.
Estas ideas
se conservaban y propagaban a través de la Edad Media entre los hombres de
estudio. Muchos Padres de la Iglesia siguieron considerando la tierra como una
superficie plana, con arreglo a la fantástica geografía del monje bizantino
Cosmas Indicopleustes, pero en conventos y universidades se transmitían
pequeños grupos las tradiciones de la antigüedad, las doctrinas de Aristóteles,
comentadas y difundidas por los árabes de España, los rabinos arabizantes,
Alberto el Grande y otros sabios cristianos. La geografía de Ptolomeo era
admitida por los hombres cultos.
Preocupaba el
continente asiático a la Europa medieval, puesta en contacto con él por las
invasiones de los musulmanes y las expediciones de los cruzados. Se conocían
por relatos antiguos las conquistas de Alejandro hasta el Ganges y las
correrías de algunos procónsules romanos, pero quedaba una parte del continente
misteriosa y desconocida: el Asia ultra-Ganges, la más grande y la más rica. El
lujo de las cortes europeas hacía cada vez más necesarios los productos de la
India, traídos por las caravanas a través de las áridas mesetas asiáticas: las
especierías, el marfil y la seda. Los sacerdotes budistas y cristianos, por
religioso proselitismo, realizaban atrevidos viajes que iban ensanchando el
horizonte geográfico y el de las ideas. Con la llegada de las caravanas se
difundían las asombrosas noticias del reino del Preste Juan y las maravillas de
las ciudades de mármol y oro, enormes como naciones, que se levantaban junto a
los ríos del Catay o en las islas de Cipango. Pisanos, venecianos y genoveses, aprovechadores
de la brújula inventada por los árabes, iban en busca de los productos del Asia
siguiendo el mar Rojo o cruzando el mar Caspio. Osados aventureros escribían
con espíritu romanesco el relato de sus largos años de aventuras, y los viajes
de Marco Polo y Nicolás Conti interesaban como un libro de caballerías.
El entusiasmo
religioso hablaba de embajadas dirigidas a los papas por el Preste Juan o el
Gran Kan de la Tartaria, poderosos señores que desde el fondo de sus palacios
querían entrar en relación con la cristiandad y convertirse a la verdadera fe.
Pero las embajadas quedábanse siempre en el camino, y únicamente llegaba como
disperso algún europeo renegado que iba describiendo las maravillas de las
ciudades asiáticas con una exuberancia que enardecía las imaginaciones. La
lectura de los libros santos hacía revivir en los doctores cristianos la
memoria de las ricas tierras del Asia oriental. Se recordaban las flotas
enviadas por Salomón al monte Sopora, que otros llamaban Ofir y algunos creían
ser la isla de Trapobana. Las naos del sabio rey, después de tres años, volvían
cargadas de oro, plata, piedras preciosas, pavones y colmillos de elefantes.
San Isidoro afirmaba que la isla Trapobana «hervía de perlas y elefantes, y que
en ella el oro era más fino, los elefantes más grandes y las margaritas y
perlas más preciosas que en la India». Junto a la Trapobana había dos islas, la
de Chrise, que era toda de oro, y la de Argyra, toda de plata. Estas islas de
montañas preciosas estaban pobladas de hormigas grandes como perros y venenosas
como grifos, que sacaban con sus patas el oro de la tierra y hacían bolas,
abandonándolas en la playa. Los marinos de Salomón aguardaban mar afuera a que
las bestias se alejasen en busca de comida, y entonces desembarcaban, y con
gran prisa iban cargando las bolas de oro, para hacer al día siguiente la misma
operación.
Llegar a la
India, ponerse en contacto con sus riquezas, apoderarse de sus pedrerías y sus
especias de exótico perfume, entrar en la ciudad de Quinsay, urbe monstruosa de
treinta y cinco leguas de ámbito con «doscientos puentes de mármol, sobre
gruesas columnas de extraña magnificencia», fue el ensueño con que empezó su
vida el siglo xv, para no finalizar hasta haberlo realizado.
La parte de
Europa más avanzada en el Océano, la península Ibérica, era el lugar de partida
de todas las intentonas para descubrir la ruta misteriosa de la India por
Oriente y por Occidente. El contacto con los árabes españoles había
acostumbrado a sus navegantes al uso de la brújula, impulsándolos a apartarse
de las costas. Los marinos portugueses, gallegos y cántabros comerciaban con
las Islas Británicas y las repúblicas anseáticas del Báltico; los marinos
catalanes y mallorquines, rivales de los italianos en el comercio de Oriente,
usaban cartas de navegar desde mediados del siglo xiii. Las Ordenanzas de
Aragón disponían que cada galera llevase dos cartas marinas, cuando los demás
buques de la cristiandad navegaban sin otros rumbos que el instinto y la
costumbre. Raimundo Lulio hablaba de la fabricación en Mallorca de instrumentos
náuticos, groseros sin duda, pero asombrosos para aquella época, los cuales
servían para determinar el tiempo y la altura del Polo a bordo de las naves. Un
marino catalán, Jaime Ferrer, avanzando en el Mar Tenebroso, llegó a Río de
Oro, cinco grados más al Sur del cabo Non, que los portugueses, ochenta y seis
años después, creyeron ser los primeros en haberlo doblado.
El infante
don Enrique de Portugal, gran protector de descubrimientos, fundaba en el
Algarbe la Academia de Sagres para los estudios geográficos, y los individuos
de ella, viejos navegantes y médicos hebreos aficionados a la cosmografía,
elegían como presidente a un piloto catalán, maese Jacobo de Mallorca.
Españoles y portugueses, al explorar las costas de África o arriesgarse Océano
adentro, se establecían en las islas, que eran como puestos avanzados en esta
guerra tenaz con el misterio del Mar Tenebroso. El Archipiélago de las
Canarias, las islas, de los Azores, Madera y Cabo Verde, convertíanse en
lugares de parada y descanso para los nautas atrevidos y al mismo tiempo en
lugares de observación para los que soñaban con nuevas expediciones. El
misterio del Océano los retenía allí, y se casaban con isleñas hijas de
europeos, constituyendo nuevas familias de marinos.
Eran los
pobladores de aquellas islas a modo de los ejércitos destacados largos años en
una frontera, que acaban por crear ciudades y producir generaciones aparte. El
Mar Tenebroso, violado por estos intrusos en su huraña soledad, iba librándoles
a regañadientes, poco a poco, el secreto de sus lejanos horizontes
inexplorados. En los hogares isleños se hablaba de los hallazgos que hacía todo
navegante que por tomar vientos mejores se alejaba de las islas conocidas.
Martín Vicente recogía en su navío un «madero labrado por artificio y a lo que
juzgaba no con hierro» luego de haber venteado durante muchos días el poniente.
Pero Correa casado con una cuñada de Colón, encontraba en la isla de Puerto
Santo un madero labrado en la misma forma, además de varias cañas tan gruesas,
«que en un cañuto de ellas podían caber tres azumbres de agua o de vino».
Los vecinos
de la islas de los Azores, siempre que soplaban recios vientos de Poniente o
Noroeste encontraban en sus playas grandes pinos arrastrados por las olas. En
la isla de las Flores, una de este archipiélago, «había echado la mar dos
cuerpos de hombres muertos que parecían tener las caras muy anchas y de otro
gesto que tienen los cristianos». También se hablaba de que en las cercanías de
la isla habían aparecido ciertas almadías con casas movedizas, embarcaciones
extrañas que no podían hundirse y que al ser arrastradas por una tempestad
habían perdido tal vez sus tripulantes.
Un Antonio
Leme, habitante de Madera, corriendo con su barco un mal tiempo hacia Poniente,
juraba haber divisado tres islas; otro vecino de Madera enviaba peticiones al
rey de Portugal para que le diese una nave, con la que descubriría una isla que
afirmaba haber visto todos los años en determinadas épocas. Y en las Canarias,
así como en las Azores, también veían los habitantes tierras nuevas que surgían
en el horizonte al llegar ciertos meses, y que para el vulgo eran las de las
tradiciones marítimas: la isla de las Siete Ciudades y la de San Borombón,
pintadas por algunos cartógrafos en sus mapas con los títulos de «Antilla» y
«Mano de Satán». Los de mayores conocimientos explicaban con arreglo a los
escritores antiguos, la naturaleza de estas tierras tan pronto visibles como
ocultas y que frecuentemente cambiaban de lugar. Plinio había hablado de
enormes arboledas del Septentrión que el mar socava, y como son de grandes
raíces, flotan sobre las olas y de lejos parecen islas. Séneca había descrito
la naturaleza de ciertas tierras de la India, que por ser de piedra liviana y
esponjosa van sobrenadando en el Océano.
La Antilla
salía al encuentro de los marinos extraviados por la tempestad, dando lugar con
su rápida aparición a nuevas expediciones. Diego Detiene, patrón de carabela,
que llevaba como piloto a un Pedro de Velasco, vecino de Palos, salía de la
isla de Fayal cuarenta años antes de los descubrimientos de Colón, y avanzando
cientos de leguas mar adentro, encontraba indicios de tierra; pero a fines de
agosto había de retroceder, temiendo la proximidad del invierno. Vicente Díaz,
piloto de Tavira, realizaba otra expedición hacia Poniente, pero había de
volverse por la escasez de sus provisiones. Otros navegantes salían a la
descubierta de estas islas ocultas, y nadie volvía a saber de ellos.
Se hablaba
mucho de un piloto que había conseguido pisar las tierras ignotas. Unos le
consideraban vizcaíno, de los que hacían comercio con Francia e Inglaterra;
otros portugués, que navega de Lisboa a la Mina; los más le tenían por andaluz
y le llamaban Alonso Sánchez de Huelva. Una tempestad había sorprendido barco
entre Canarias y Madera, llevándolo hasta una gran isla, que se creyó luego
fuese la de Santo Domingo. Desembarcó Sánchez tomó la altura, hizo agua y leña,
y volvió hacia las tierras conocidas; pero tan penoso fue el viaje, que
murieron de hambre y cansancio doce hombres de los diez y siete que formaban su
tripulación, y los cinco restantes llegaron en tal estado a las Azores, que
fallecieron al poco tiempo. Esto ocurría en 1484, ocho años antes del
descubrimiento de las Indias. Cuando las primeras expediciones españolas
desembarcaron en las costas de Cuba, sus naturales, en frecuente comunicación
con los de la isla Española o Santo Domingo, les hablaron de otros hombres
blancos y barbudos que algún tiempo antes habían llegado sobre una nave.
—Gente
interesante la que se reunía en estas islas avanzadas del Mar Tenebroso—dijo
Maltrana—. Navegantes ávidos de novedad, hombres de estudio que a la vez eran
hombres de acción, sentíanse atraídos todos ellos por el misterio del Océano.
Luego de navegar desde los hielos de la isla de Thule al puerto de San Jorge de
la Mina (donde los lusitanos hacían acopio de negros para venderlos en Lisboa),
acababan por establecerse en los archipiélagos portugueses o españoles, sin que
nadie supiese gran cosa de su existencia anterior. Se parecían a los
aventureros de vida novelesca y obscura que en nuestros tiempos viven en las
minas del África del Sur, en las praderas de Australia, en el Oeste de los
Estados Unidos o en las pampas de la Argentina, vagabundos cuya verdadera
nacionalidad se ignora, que llevan con ellos un ensueño, una energía latente, y
se introducen por medio del matrimonio en familias poderosas que les ayudan,
acabando por triunfar. Después de la victoria ocultan aún con más cuidado su
origen, amontonando sobre él testimonios contradictorios e inverosímiles.
—En las
Azores—dijo Ojeda—vivió durante diez y seis años, casado con una hija del
gobernador de Fayal, el cosmógrafo Martín Behaín, constructor del primer globo
terrestre que se conoce, y el cual es considerado por unos caballero bohemio de
raza eslava, por otros noble portugués dado a las aventuras, y por los más,
simple mercader de paños nacido en Nuremberg. Y al mismo tiempo, casado con una
hija de Muñiz de Pelestrelo, antiguo gobernador de la isla de Puerto Santo,
vivía otro aventurero, navegante en diversos mares y de obscuro pasado, un tal
Cristóbal Colón...
—Usted que ha
estudiado las cosas de aquella época, amigo Ojeda—preguntó Maltrana—, ¿cómo ve
al famoso Almirante?...
—Le advierto
que yo tengo una opinión muy personal. Siento por él una simpatía de clase: era
un poeta. En su libro de Las Profecías se han encontrado
versos mediocres, pero ingenuos, que indudablemente son de él. Adoro su
imaginación, que infunde a muchos de sus actos cierto carácter poético; su amor
a lo maravilloso, su religiosidad extremada de marinero metido en teologías, que
le hace decir cosas heréticas sin saberlo y le impulsa a escoger libros
religiosos poco aceptados... Admiro su coraje, su tenacidad para realizar un
ensueño. Y lo que en él me inspira más afecto es que no fue un verdadero hombre
de ciencia, frío y lógico, de los que usan la razón como único instrumento y
desdeñan las otras facultades, sino un intuitivo, de más fantasía que estudios,
semejante a Edison y a otros inventores de nuestra época, que tampoco son
verdaderos hombres de ciencia y saltan del absurdo a la verdad, produciendo sus
obras por adivinación, lo mismo que los artistas... Este hombre extraordinario
y misterioso lo veo lleno de contradicciones y complejidades como un héroe de
novela moderna; y lo prueba el hecho de que, transcurridos cuatro siglos,
todavía se discute sobre su persona y no se sabe con certeza su origen.
—Yo odio el
Colón convencional fabricado por el vulgo—dijo Isidro—. Ese Colón que ven
todos, lo mismo que en las estatuas y los cuadros, con el capotillo forrado de
pieles, una mano en la esfera terrestre (que conocía menos que cualquier
escolar de nuestra época) y con la otra señalando a Poniente, como quien dice:
«Allá está América; la veo y voy a ir por ella...». Y Colón murió
sin enterarse de que las tierras descubiertas eran un mundo nuevo y
desconocido; diciendo en su carta al Papa que había explorado trescientas
leguas de la costa de Asia y la isla de Cipango, con otras muchas a su
alrededor... Las trescientas leguas asiáticas eran las costas atlánticas de la
América Central, y Cipango (o sea el Japón) la isla de Santo Domingo. Él fue
quien menos valor científico dio al descubrimiento, viendo en sus viajes una
simple empresa política y comercial. De la novedad de las tierras encontradas
no tuvo la menor sospecha: eran para él las costas orientales de Asia, la India
ultra-Ganges, y por esto las bautizó con el nombre de Indias. Y en la carta en
que daba cuenta del primer descubrimiento a su amigo y protector Luis
Santángel, ministro de Hacienda de la corona de Aragón y judío converso,
declaraba que de las tierras descubiertas «habían hablado otros muchos antes
que él, pero por conjetura y sin alegar de vista», refiriéndose a los viajeros
que habían hablado y escrito sobre los misterios de Asia.
La
contemplación del mar y la calma de la tarde incitaron a los dos amigos a
seguir allí, continuando su plática, en la que evocaban pasadas lecturas,
interrumpiéndose muchas veces el uno al otro para añadir un nuevo dato.
Colón había
encontrado el resumen de toda la ciencia de su época en el tratado De
imagine mundi, del cardenal Pedro de Aliaco, teólogo, matemático,
cosmógrafo, astrólogo, y uno de los que asistieron al Concilio de Constanza,
donde fue quemado Juan Huss. El ejemplar De imagine mundi le
acompañaba en todos sus viajes. Las Casas había visto este libro, ya ajado y
cubierto de anotaciones en los últimos años de Colón. Éste encontraba reunido
en la obra de Aliaco todo lo que podía animarle en su propósito de pasar al
Asia por breve camino navegando hacia Occidente. Las afirmaciones de
Aristóteles y su comentador Averroes, y las de Séneca daban todas ellas por
segura la posibilidad de llegar en pocos días con viento favorable desde el
extremo más avanzado de España a la India. La escasa distancia entre los dos
extremos del mundo conocido afirmábala igualmente el cardenal con el testimonio
de Plinio, que da a la India una grandeza desmesurada, la tercera parte del
mundo habitado, con ciento diez y ocho naciones; de modo que Asia ocupaba todo
el mar Pacífico, todo el Atlántico, y avanzaba hacia Europa, llenando parte de
la América.
Oponíanse a
esto otras doctrinas, afirmando que en el planeta era más el espacio ocupado
por el mar que el de la tierra firme; pero Colón, como todos los que se sienten
poseídos de una idea fija desechaba lo que no parecía de acuerdo con su
opinión, rebuscando nuevos y extraños argumentos para afirmarla. Él
desenterró—dándole el valor de un libro santo—el Apocalipsis de
Esdras, judío visionario del siglo primero que vivía fuera de Palestina. Y
apoyándose en Esdras, que afirmaba que seis partes del mundo están en seco y
sólo la séptima la ocupan los mares, todavía, poco antes de morir, cuando
llevaba hechos tres viajes de descubrimiento, escribía Colón a los Reyes
Católicos: «Digo que el mundo no es tan grande como dice el vulgo, y el
conjunto de ello es seis partes y la séptima solamente cubierta de agua».
También en
los libros sagrados y en la literatura clásica encontraba argumentos en su
apoyo. Unos versos de la tragedia Medea, de Séneca, eran para él
profecía indiscutible. «Vendrán los días—dice el coro—en que el Océano aflojará
sus lazos y surgirá una nueva tierra, y un marinero semejante a Tifis, el que
guió a Jasón, será el descubridor, y ya no aparecerá la isla de Thule como la
última de las tierras.» Buscaba apoyo igualmente en el Antiguo Testamento,
interpretando obscuras palabras de Isaías; y al dar cuenta de su descubierta,
decía que con ella se habían cumplido simplemente las predicciones de aquel
profeta.
Su misticismo
fantaseador y la convicción de que las tierras nuevas encontradas por él
tocaban con el Oriente asiático le impulsaban a dar por realizados los más
bizarros descubrimientos. En la costa de Venezuela, al notar en el Océano la
gran extensión de agua dulce de la desembocadura del Orinoco, declaraba este
río «uno de los cuatro que bañan el Paraíso terrenal». Y para dar emplazamiento
al Paraíso, que, según sus autores favoritos, está situado en la cumbre de una
gran montaña, escribía a los Reyes Católicos afirmando que «el mundo no es
redondo en la forma que dicen los antiguos, sino en la forma de una pera, que
es toda muy redonda, salvo allí donde tiene el pezón, que es lo más alto; o
como quien tiene una pelota muy redonda y encima de ella coloca una teta de
mujer, y esta parte del pezón es la más alta y más propincua al cielo». El
pezón del mundo estaba en la costa de Paria, cerca del Orinoco, y en esta
altura inaccesible vivían Elías y Enoch esperando el Juicio final.
Las arenas de
oro encontradas en La Española le hacían adivinar el verdadero nombre de esta
isla. Era la Cipango de Marco Polo y de los viajeros asiáticos; pero antes
había sido la tierra de Ofir, adonde Salomón enviaba sus navíos.
En todas sus
cartas, el deseo de riquezas y la esperanza de encontrarlas mezclábanse con un
entusiasmo religioso por sus viajes, que iban a proporcionar a la Iglesia la
conquista de millones de almas perdidas en la idolatría. «El oro es bueno,
Señora—escribía a la reina—; y tal es su poder, que saca las almas del
Purgatorio y las lleva al Paraíso.» Y a la vez que ingenuamente exponía esta
impiedad, deseaba reunir mucho oro para armar un ejército a su costa de cien
mil infantes y diez mil caballos, con el cual prometía al Papa rescatar el
Santo Sepulcro del poder de los infieles y contener el avance de los turcos.
Cuando al final se convencía de que el oro no era abundante y costaba mucho de
acopiar, proponía, para la obra santa de la conquista de Jerusalén, establecer
un comercio de esclavos indios en la Península, tráfico que podía dar una
ganancia anual de cuarenta millones de maravedíes. Y a continuación enviaba las
primeras muestras de indígenas al mercado de Sevilla.
—Todo era
extraordinario y contradictorio en aquel hombre—dijo Ojeda—. Se nota en él ese
desequilibrio que, según parece, es condición de los genios.
—Aún es más
misterioso su origen—contestó Maltrana—, biógrafos e historiadores llevan
cuatro siglos disputando sobre los diversos lugares de su nacimiento en el
señorío de Génova. Algunos hasta le creen gallego, nacido en Pontevedra, y se
fundan en que en la época de su nacimiento existían familias de marineros en
aquella costa llamados unos Colón y otros Fonterrosa (los dos apellidos del
Almirante), y todos ellos, según parece, de origen judío. Yo doy poca
importancia en la vida de un hombre al lugar de su nacimiento. Cada uno nace
donde puede, donde le dejan nacer, y esto nada significa en la formación de
nuestro carácter.
—Así es.
Nuestra patria verdadera está allí donde esbozamos el alma, donde aprendemos a
hablar, a coordinar las ideas por medio del lenguaje y nos moldeamos en una
tradición.
—Recuerde,
amigo Ojeda, los documentos que nos quedan del Almirante. No hay un solo
escrito en italiano; ni la más insignificante palabra de su idioma natal se
escapa en ellos; siempre usa el latín o el castellano, y al castellano le llama
«nuestro romance». Él, tan aficionado a las citas literarias y los versos,
nunca menciona un autor de la rica literatura italiana, que parece ignorar.
Américo Vespucio, que era de Italia, saca a colación, en sus relaciones
geográficas, al Dante y a Petrarca. Colón cita únicamente a los autores de la
antigüedad: «el Aristóteles», Plinio, Séneca, etc., y con ellos los árabes
españoles, San Isidoro, el rey Alfonso y muchos rabinos hispanos, en cuyas
doctrinas parece muy versado. Este genovés ilustre, cuando escribe a Micer Nicolao
Oderigo, embajador de Génova en España, le escribe en castellano, como escribía
a todos, cuando no usaba el latín. Muchos años antes, al planear en Lisboa su
empresa de descubierta, se dirige a Toscanelli, el anciano cosmógrafo
florentino, para conocer nuevos datos de la ciencia de entonces que le
afirmasen en sus propósitos. No se sabe qué dijo en la carta de petición; lo
natural era recomendarse a su benevolencia como compatriota, y sin embargo,
Toscanelli, el famoso «Paulo físico», cuando le contesta desde su tierra
enviándole el plano geográfico que tanto le valió para los descubrimientos, da
a entender que lo cree portugués y le habla del esforzado valor de los
navegantes de su país... Alegan muchos, para justificar ese desconocimiento del
italiano, tan extraordinario en un genovés, que Colón salió de su patria a los
catorce años para no volver más. ¿Pero el idioma natal puede olvidarse tan por
completo cuando se le ha hablado hasta los catorce años?...
—A mí tampoco
me apasiona el lugar de su nacimiento—dijo Ojeda—. Ya he dicho que el hombre es
del país donde se forma y cuya lengua habla. Me interesa la persona más que la
cuna... Pero tenemos el testimonio del mismo Colón, que no deja lugar a dudas.
En sus cartas, en la institución del mayorazgo para su descendencia, en su
testamento, en todo papel que escribe en los últimos años, muestra cierto
interés en hacer saber que es de Génova, como si adivinase las objeciones de la
posteridad sobre su origen.
—Lo dice
hartas veces—interrumpió Isidro maliciosamente—, lo repite con sobrada
insistencia, para creer en su sinceridad. Exhibe la condición de ligur, pero no
añade lo más mínimo sobre sus ascendientes o la parentela que indudablemente le
quedaría en Italia. La única vez que menciona familia, es para dar a entender
de un modo velado que bien pudiera ser pariente de los Colombos, famosos
almirantes de Génova. En esta declaración ven algunos el secreto de su
genovesismo. El vagabundo Colón y Fonterrosa, marino gallego, portugués, judío
o lo que fuese, pudo ver grandes ventajas en este parentesco por la semejanza
de apellido, y más aún si deseaba ocultar su origen en una época en que el
cristianismo pegaba duro sobre los de raza hebraica y preparaba su expulsión de
muchas naciones. Se ha demostrado que es puramente ilusorio este parentesco con
los Colombos almirantes, y falsos también los relatos de los combates de su
mocedad en las galeras genovesas frente al puerto de Lisboa, así como su
milagrosa salvación sobre un madero. ¿Por qué no podría serlo igualmente el
genovesismo de ese italiano que ignora su lengua y no se acuerda de cómo es su
país, pues jamás lo alude para compararlo con las tierras descubiertas?...
—Ciertamente,
fue un hombre enigmático. Su vida se asemeja a esas montañas altísimas que
reciben en la cumbre los rayos del sol, mientras abajo los valles y laderas
están en la sombra. Sabemos de él con certeza a partir de sus cincuenta y seis
años, cuando emprende el primer viaje: los ocho años anteriores pasados en la
Corte de España solicitando apoyo están en la penumbra; los de su vida en
Portugal aún son más inciertos, y todo el resto, hasta el nacimiento, queda
envuelto en una obscuridad absoluta, que se ha prestado y se prestará a las
hipótesis más diversas. Su existencia en España es un misterio. ¿Desde cuándo
vivió en ella?... Los biógrafos lo hacen pasar únicamente por Andalucía y
Castilla en sus tiempos de solicitante; y sin embargo, Colón, siendo viejo,
contaba a Las Casas cómo le habían servido de apoyo en sus planes ciertas
pláticas con Pedro Velasco, un marinero que había hecho grandes navegaciones, y
al que conoció en Murcia.
—Hay que
tener en cuenta, amigo Ojeda, que en ciertos países la calidad de extranjero da
gran prestigio a todo el que ofrece una idea nueva. En aquellos tiempos, los
marinos genoveses eran los de más fama, los que habían llegado más lejos en sus
exploraciones. Entonces no había telégrafo, ni periódicos de información, y un
hombre movedizo y viajero podía cambiar fácilmente de personalidad y vivir
largos años sin que nadie le reconociese. Mientras estaba abajo, no corría
peligro de que la superchería fuese descubierta; y si llegaba el éxito para él,
la patria que se había atribuido era la primera en enorgullecerse de este
ciudadano hasta entonces ignorado... Yo no tengo empeño en sostener que Colón
fuese genovés o no lo fuese: me es igual. A mí, como a usted, lo que me
interesa es el hombre que por su misticismo extraño y su carácter
contradictorio es como un resumen de la fusión de razas en la España medieval:
un conjunto de fanatismos, ambiciones de gloria y codicias de mercader. Veo en
él una mezcla de rabino avaro, moro fantaseador y guerrero romántico, ansioso
de rescatar los Santos Lugares para devolver millones de almas a su Dios. Pero
reconozco que, de ser cierta la hipótesis del cambio de nacionalidad, fue éste
uno de los mayores aciertos de su vida.
Isidro hacía
memoria de la existencia en España de aquel aventurero, Colombo para unos,
Colome para otros, pero que siempre se apellidó Colón en sus propios escritos.
Conseguía alojamiento y mesa en la casa de un personaje como el contador
Quitanilla, favorito de los reyes; le protegían los priores de ricos conventos;
tenía pláticas con la gente de la corte, y al fin le escuchaban los monarcas,
mientras España andaba revuelta en las últimas guerras con los moros, había de
atender a los choques políticos en Francia e Italia, tenía poco dinero y
necesitaba tiempo y reflexión para cosas más urgentes e inmediatas que buscar
un nuevo camino que llevase a la «tierra de las especierías»... ¡Si se hubiese
presentado como español! El mismo Almirante contaba a sus amigos cómo en los
puertos de la Península había encontrado viejos marineros que navegando hacia
Poniente columbraron señales indudables de nuevas tierras. En Puerto de Santa
María había hablado con un «marinero tuerto» que, cuarenta años antes, en un
viaje a Irlanda, alejado de esta isla por el mal tiempo, vio una gran tierra
que imaginaba fuese la Tartaria. En Cádiz y en el puerto de Palos hablábase de
los países desconocidos como de algo indiscutible; pero los navegantes
andaluces, gallegos o levantinos, gentes rudas y humildes, se hubieran asustado
ante la idea de ir a la corte para exponer su opinión. Los mismos Pinzones, que
eran en su tierra notabilídades de campanario por haberse hecho ricos con los
viajes a Oriente y al Norte de Europa y se mostraban tan convencidos como Colón
de la posibilidad de los descubrimientos, no habrían conseguido ser escuchados
al proponer la gran empresa sin profecías bíblicas y textos clásicos, basándose
únicamente en su experiencia de pilotos.
—Pienso yo
ahora—interrumpió Ojeda—en la Vida del Almirante, escrita por su
hijo don Fernando, el hijo bastardo, el hijo del amor, habido con una señora
cordobesa cuando Colón era casi anciano, y que tal vez por eso fue mirado
siempre por éste con especial predilección... A la edad de catorce años
acompañó a su padre en el último viaje de descubrimiento, el más penoso de
todos. Estuvo a su lado en las largas navegaciones, cuya monotonía incita a
hablar; pasó con él horas de peligro, que son horas de confesión; pudo conocer
mejor que nadie las obscuridades de su primera vida, antes de la celebridad, y
sin embargo, al escribir los orígenes del Almirante muestra una visible
incertidumbre, como si poseyese un secreto que teme hacer público. El mismo don
Fernando afirma que su padre, así como fue ascendiendo en fama, tuvo empeño en
«que fuese menos conocido y cierto su origen y su patria»... Reconoce que el
Almirante era genovés, porque así lo afirmaba él; pero se nota en sus palabras
cierto misterio.
—Cuando don
Cristóbal dispone de sus bienes—continuó Maltrana—ordena que se destine cierta
cantidad al mantenimiento de uno de la familia para que se establezca en Génova
y tome allá mujer, con el fin de que existan siempre Colones en la ciudad. ¿No
le quedaban parientes en Liguria?... Parece que él y sus hermanos sean producto
de una generación espontánea, sin ascendientes ni colaterales, lo que le obliga
a este trasplante de una rama de la familia para dejar bien demostrado que
Génova fue su nación... En el testamento reparte sus bienes entre hijos y
hermanos y deja varias mandas para genoveses o personas de origen genovés...
pero todos residentes en Portugal y alejados muchos años de su país de origen,
mercaderes que conoció y trató durante su permanencia en Lisboa cuando estaba
casado con la hija de otro genovés, circunstancia que bien pudiera haber
influido en la decisión de su nacionalidad. Estas mandas se adivina que son
restituciones por préstamos que le hicieron en sus años de miseria. Hasta ordena
que se le entregue cierto dinero «a un judío que moraba a la puerta de la
judería de Lisboa», el único en todo el testamento que figura sin nombre.
Parientes de Génova no menciona uno siquiera, ni deja nada para residentes en
Italia. Sus recuerdos de genovés no van más allá de la colonia genovesa
establecida en Portugal... A mí me inspiran poca confianza las afirmaciones del
Almirante en lo de su nacionalidad... y en otras muchas cosas.
Ojeda acogió
estas palabras con un gesto de asombro.
—No quiero
decir—continuó Isidro—que el grande hombre fuese embustero a sabiendas, pero
tenía el defecto o la cualidad de todos los que, viniendo de abajo, llegan a
una altura gloriosa. Arreglaba a su gusto los sucesos de la vida anterior,
desfiguraba el pasado de acuerdo con sus conveniencias. Era como algunos
millonarios del presente, que en sus primeros tiempos de riqueza confiesan con
orgullo las miserias de los años juveniles; pero luego, cuando crecen sus hijos
y forman dinastía empiezan a avergonzarse de su origen e inventan parientes
opulentos y capitales ilusorios con los que iniciaron sus primeras empresas. El
Almirante, al dictar su testamento, habla con amargura de que los reyes sólo
dedicaron a su obra un millón o cuento de maravedíes, y que «él tuvo que gastar
el resto»... Y eso lo decía a la hora de su muerte, en un país donde todos le
habían conocido yendo tras de la corte como parásito solicitante, sin dinero y
sin hogar, alojado en conventos, implorando pequeños subsidios para poder moverse
de una ciudad a otra... Habían bastado catorce años para una falta de memoria
tan estupenda.
—A mí me
sorprende el poco caso que hicieron de él durante su vida los que llamaba
compatriotas suyos. En la colección de sus cartas hay algunas quejándose al
embajador genovés Oderigo porque no le contestan de allá. Envía al Banco de San
Jorge de la ciudad de Génova todos sus papeles en depósito, y los señores del
Banco, sólo después de algún tiempo, le dan una respuesta por indicación de
Oderigo; y esta respuesta, aunque amable, no prueba que el gobierno genovés se
entusiasmase mucho con sus hazañas. Parece natural que, tratándose de un hijo
del país que había descubierto un nuevo camino para el Oriente asiático, la
Señoría genovesa celebrase esto de algún modo. Y sin embargo, la gran República
comercial permanece callada, ignora a Colón, y solo uno de sus funcionarios le
escribe para darle las gracias cuando hace un regalo valioso a la ciudad que
llama su patria... Que Colón era extranjero lo tengo por indudable; lo prueba,
además, la carta de naturalización que dieron los Reyes Católicos a su hermano menor,
don Diego, que era sacerdote, para que pudiese gozar en Castilla de beneficios
y rentas. Pero en ese documento hay algo también que se presta al misterio. Se
naturaliza español a Colón el menor por haber nacido fuera de España y ser
extranjero, pero no se dice una palabra de su nacionalidad primitiva, del lugar
de su cuna; no se menciona a Génova para nada... ¿Qué había de raro en el
origen de estos Colones, todo lo referente a sus personas tendiese siempre a la
confusión?...
—En los
últimos años—dijo Maltrana—tenía el Almirante visible empeño en aparecer como
extranjero, y por esto insiste tanto en su origen ligur. Adivinaba próximo el
pleito que tuvieron después sus descendientes con la Corona. Hombre astuto y
precavido, daba por cierto el incumplimiento de los derechos exorbitantes que a
cambio de sus descubiertas le había reconocido la buena reina Isabel, generosa
e imprevisora como todas las mujeres de alta idealidad cuando se meten en
negocios... Ya sabe usted que a Colón, por el compromiso que firmaron los
reyes, le correspondía la décima parte de todo lo que descubriese y de lo que
tras él pudieran descubrir los que siguiesen su camino. Es absurdo imaginarse
una familia, la familia de los Colones, propietaria absoluta de la décima parte
de todo el continente americano, y a más de esto, la décima parte de las islas
de Oceanía, cuyo hallazgo fue consecuencia del de América... Por esto el rey
Fernando, experto hombre de negocios, miró siempre con recelo los tratos entre
el Almirante y la reina. No fue enemigo de la empresa, como dicen algunos, pero
le pareció insensata la facilidad con que su esposa había accedido a todas las
peticiones del navegante... Y Colón, en los últimos años, adivinando las
dificultades en que se verían sus descendientes para sostener la absurda
herencia, repetía en todos los documentos que era de Génova, aconsejaba a sus
hijos que se pusiesen en contacto con el gobierno de la República, y se valía
de halagos y súplicas para conquistar su favor y el de los poderosos mercaderes
del Banco de San Jorge.
—¿Y usted,
Maltrana, es también de los que le creen judío?
—Yo no creo
nada cuando faltan pruebas y sólo hay inducciones. Pero los que opinan así no
se apoyan en el vacío. Aquel hombre extraordinario tenía todos los caracteres
del antiguo hebreo: fervor religioso hasta el fanatismo; aficiones proféticas;
facilidad de mezclar a Dios en los asuntos de dinero. Para descubrir la India,
según él dijo en sus cartas a los reyes, «no me valió razón ni matemática;
llanamente se cumplió que dijo Isaías...».
Y lo que
había dicho Isaías en uno de sus salmos era, según Colón, que antes de acabarse
el mundo se habían de convertir todos los hombres, y que de España saldría
quien les enseñase la verdadera religión. Además de Isaías, apelaba a la
autoridad de Esdras, judío olvidado, y en varios de sus escritos figuraban
cartas de rabinos conversos. Viejo ya, redactaba su famoso libro de Las
Profecías, desvarío místico en el que hizo cálculos sobre la duración de la
tierra, tomando como base los profetas bíblicos. Y el resultado de sus
reflexiones fue anunciar que sólo le quedaban al mundo ciento cincuenta años de
vida, pues había de perecer seguramente en 1656.
—Se nota en
él—dijo Ojeda—algo de la exaltación feroz a los antiguos hebreos, que siempre
que constituían nacionalidad, perseguían y degollaban por querellas religiosas.
En nuestra historia, los inquisidores más temibles fueron de origen judío, y
¡quién sabe si una gran parte del fanatismo español no se debe a la sangre
hebrea que se ingirió en la formación definitiva de nuestro pueblo!... El judío
de aquellas épocas no perdía jamás de vista el negocio en medio de sus ensueños
místicos, y apreciaba el oro como a algo divino. Así fue Colón.
Tenía
visiones divinas, como la de Jamaica, en la que le habló Dios en persona, y al
mismo tiempo afirmaba: «El oro es excelentísimo, y con él, quien lo tiene, hace
cuanto quiere en el mundo; tal es su poder que echa las almas al Paraíso».
Emprendía sus viajes en nombre de la Santísima Trinidad, afirmando que su obra
era «lumbre del Espíritu Santo», pues lo enviaba a la India para que esparciese
el Evangelio y salvase las almas, y luego proponía la venta de indígenas hasta
que diesen una renta de cuarenta millones anuales. Cargaba dos navíos de
esclavos para venderlos en España y recomendaba a su hermano don Bartolomé que
tuviese gran cuidado con la mercancía y llevase justa cuenta en lo que
correspondiese a cada uno, «pues hay que mirar en todo la conciencia porque no
hay otro bien mejor, salvo servir a Dios, y todas las cosas de este mundo son
nada, y Dios es para siempre».
—Además—interrumpió
Maltrana—, basta leer la descripción que hacen Las Casas y otros historiadores
del tipo físico del Almirante: bermejo, cariluengo, la nariz aguileña, pecoso,
enojadizo, elocuente y muy duro para los trabajos.
—La codicia
es notoria en él; pero codiciosos fueron igualmente todos los que intervinieron
en sus descubrimientos. Es verdad que los otros iban francamente por el oro, y
Colón, además del oro, deseaba servir a su religión conquistando millones de
almas. En realidad, nadie pensó que estas expediciones pudiesen tener un
resultado científico. Iban a la India porque era rica; iban en busca de la
tierra del Gran Kan, soberano de la China, preocupados únicamente con sus
tesoros. Colón se embarcó llevando una carta de los reyes para el Gran Kan,
escrita en latín, carta que le acreditaba como embajador extraordinario, y
apenas en las costas de Cuba (que él creía tierra firme) pudo entender por la
mímica de los indígenas que en el interior vivía un gran monarca, mostróse
regocijado, adivinando en este cacique humilde al rico emperador de Catay.
Enviaba
tierra adentro con sus papeles diplomáticos a un judío converso en Murcia, que
por conocer algunas lenguas orientales iba con él de intérprete, y este
mensajero, después de larga marcha, sólo encontraba un jefe de tribu a la
sombra de su techumbre de hojas, rodeado de concubinas bronceadas.
—Yo
admiro—continuó Ojeda—la ilusión casi infantil que acompaña a Colón hasta la
muerte, haciéndole encontrar en todas partes riquezas y recuerdos bíblicos. La
isla Española es el Ofir de Salomón con sus áureas minas; un gran río
forzosamente debe venir del Paraíso; una montaña es una pera, centro del mundo,
y en el pezón está la cuna del género humano; la costa de Veragua es el Áurea
de donde sacó el rey David tres mil quintales de oro, dejándolos en testamento
a su hijo. No ve una tierra nueva sin cantar Salve Regina «y
otras prosas», como él dice en su lenguaje... Y este mismo soñador piadoso da
lecciones de astucia y traición a su teniente el caballero aragonés Mosén Pedro
Marguerit para que prenda a Caonabo, belicoso cacique, y le recomienda que le
envíe emisarios con buenas palabras hasta que éste venga a visitarle. «Y como
por ser indio anda desnudo—le dice poco más o menos—, y si huyese sería difícil
haberlo a las manos, regaladle una camisa y vestídsela luego, y un capuz, y un
cinto por donde le podáis tener e que no se os suelte.»
Pasó ante los
dos amigos, muy erguida, con el libro bajo el brazo, la dama norteamericana,
que hasta entonces había estado leyendo en su sillón. Varias veces sorprendió
Fernando, por encima del volumen, unos ojos claros fijos en él, y que al
encontrarse con los suyos volvían hacia las páginas.
—La hora del
té—dijo Maltrana—. Estas inglesas la adivinan con una exactitud cronométrica...
Si le parece, no bajaremos hasta luego. Debe estar repleto el jardín de
invierno.
Encendieron
cigarrillos y quedaron los dos con los ojos entornados contemplando las
espirales de humo que se desarrollaban sobre el fondo azul.
—Otra mentira
que me irrita—dijo Isidro a los pocos momentos—es la de las persecuciones que
la ignorancia de la Iglesia hizo sufrir al Almirante. Yo no tengo nada que ver
con la Iglesia, pero reconozco que esta invención es una de las necedades más
grandes, si no la mayor, que podemos apuntarnos en nuestra cuenta los que
figuramos en el gremio de los impíos. El vulgar extranjero, que tiene un patrón
hecho, siempre el mismo para las cosas de España, pensó que al haber
descubierto Colón un nuevo mundo del que no tenía noticia el Dios de la Biblia,
forzosamente debieron perseguirle las gentes de Iglesia con mortales odios.
Hasta hay cuadros célebres que representan el llamado «Congreso de Salamanca»,
con obispos muy puestos de mitra y báculo (algo así como el coro episcopal
de La Africana) que discuten geografía y gritan anatema contra el
impío, apartándose de él. Y Colón se muestra arrogante y sereno, como un tenor
que sabe de antemano que triunfará en el último acto...
Ojeda rio de
las palabras de Maltrana.
—Imagínese—continuó
éste—el salto que hubiese dado el autor de Las Profecías, el amigo
de Isaías y de Esdras, al ocurrírsele la idea de que podía existir un nuevo
mundo desconocido por el Dios del Génesis, y cuyos habitantes no procedían de
Adán y Eva, ni de la dispersión de los hijos de Noé. Cuando menos, se habrá
creído objeto de una alucinación diabólica, y de atreverse a enunciar su
pensamiento, no hubiera sufrido pena mayor que la de encierro por demencia...
Pero Colón sólo hablaba de ir al antiguo mundo conocido por el camino de
Occidente, y esto nada tenía de herético, fundamentándolo además en autores
clásicos y Padres de la Iglesia. No hubo otro congreso que una controversia por
encargo real, con los profesores de la Universidad de Salamanca, y en esta
disputa científica, celebrada en el convento de San Esteban, el profesorado se
mostró contrario al descubridor, mientras los monjes dominicos y otros
religiosos aceptaban sus planes como verosímiles. Esto se comprende. Los
frailes miraban al mismo Colón como un allegado suyo, y además eran sacerdotes
de vida popular, habituados al contacto con las poblaciones de la costa que
hablaban frecuentemente de tierras nuevas. La ciencia fue la única que se opuso
a los proyectos del descubridor, como tantas veces la hemos visto oponerse a
toda innovación...
Calló
Maltrana, como para reflexionar mejor, y luego añadió:
—Yo no me
burlo por eso de los catedráticos de Salamanca ni los considero ignorantes.
Sabían lo que podía saberse en su época y defendían sus conocimientos. Un niño
de hoy sabe más que ellos y puede reírse de su ciencia; pero falta saber cómo
reirán los escolares del siglo xxv de los sabios que ahora veneramos.
Nadie ha guardado un extracto de esta disputa de Salamanca; únicamente se sabe
que los catedráticos negaban a Colón que en unos años pudiese ir y volver, como
afirmaba, desde España a la costa oriental de Asia. Y en esto tenían razón:
ellos estaban en lo cierto. Poseían una idea más exacta del tamaño de Asia y
del tamaño de la tierra; daban al Océano desconocido un espacio semejante al
que ocupan el Atlántico y el Pacífico juntos, y lo tenían por inmenso e
infranqueable para los medios de navegación de entonces. Pero los pobres sabios
de Salamanca, lo mismo que Colón, ignoraban la existencia de América, y
América, cansada de vivir en el misterio, salió al paso del navegante, el cual
murió ignorándola. Y resultó que los que tenían una noción de la tierra más
aproximada a la verdad quedaron ante la Historia como unos borricos, y el
visionario que basaba sus planes en que «el mundo es más chico que dicen, y
seis partes de él están enjutas y una sola con agua», aparece como un sabio
consagrado por el triunfo...
—Así es—dijo
Ojeda—. Hay que imaginar por un momento que no hubiese existido América;
suprimir en hipótesis el Nuevo Mundo, y ver a Colón, que creía la tierra una
tercera parte más pequeña y las costas de Asia a unas setecientas leguas de las
Canarias, lanzándose con sus barquitos Océano adelante, teniendo que navegar
por todo el Atlántico y todo el Pacífico hasta encontrarse con las islas del
Japón o las costas de la China.
—¡Un
absurdo!—interrumpió Maltrana—. Una cosa imposible, teniendo en cuenta lo que
eran las carabelas, su escaso repuesto de víveres y la necesidad de descansar
en oportunas escalas. Hubiesen perecido al insistir en la empresa, o lo que es
casi seguro, se habrían vuelto. Para llegar solamente a las Antillas, el mismo
Colón sintió desmayar su voluntad en el primer viaje más de una vez, lo que no
es raro, pues la fe más sólida flaquea al verse sumida en lo desconocido.
Cuando llevaba navegadas setecientas leguas, comenzó a pensar con inquietud si
el Asia estaría más lejos de lo que él creía, y fue entonces cuando Pinzón el
mayor, el férreo Martín Alonso, con la testarudez de los hombres enérgicos, que
esperan salir de un mal paso atropellándolo todo, le gritaba desde su carabela:
«¡Adelante, adelante!».
—Ahí tiene
usted otra patraña, amigo Isidro: la pretendida mala fe de Pinzón con el
descubridor; sus manejos para sublevarle la gente; el intento de las
tripulaciones españolas de echar al agua al Almirante, volviéndose luego a su
país; el plazo de tres días que concedieton para morir si no encontraba
tierra...
—¡Qué leyenda
estúpida!—exclamó Maltrana—. Al vulgo le place ver los personajes históricos a
su gusto, como héroes de novela folletinesca que arrostran toda clase de
asechanzas para que al fin triunfe su inocencia en el último capítulo. La
actuación de un traidor, de un personaje sombrío y fatal, es necesaria para que
por un efecto de contraste resalte con mayor relieve la grandeza magnánima del
protagonista. Y en esta novela colombiana, el traidor es el honrado Martín
Alonso, que lo puso todo en la empresa del descubrimiento para no sacar nada y
perder encima la vida. Usted conoce la verdadera historia. Cuando Colón,
vagabundo de incierta nacionalidad, andaba por Palos no sabiendo qué hacer,
Pinzón le escuchó y le animó con sus informes de viejo navegante del Océano
convencido de la existencia de nuevas tierras.
Los reyes
concedían su licencia al aventurero para el primer viaje, pero con esto no se
adelantaba su realización. La Tesorería real había librado con gran esfuerzo un
millón de maravedíes, procedente de unos censos de Valencia, pero la cantidad
era insuficiente. Colón llevaba una orden para que en el puerto de Palos le
facilitasen embarcaciones, pero nadie le obedecía. En aquellos tiempos de
nacionalidad apenas formada y comunicaciones difíciles, el poderío de los
monarcas sólo era verdadero allí donde ellos estaban presentes. Las órdenes
reales, cuando iban lejos, se acababan y no se cumplían. Colón, con el mandato
de los monarcas, intentó alistar gente, pero los marineros reclutados a la
fuerza se desbandaban y huían. Tal fue su desesperación, que hasta pensó en
tripular las naves con hombres sacados de las cárceles.
Y en este
apuro, cuando veía su empresa próxima al fracaso, Martín Alonso Pinzón, el rico
de Palos, el armador, que podía descansar para siempre de las penalidades del
Océano, se ofreció con gallardo arranque a interesarse en la expedición y
aventurar en ella parte de sus bienes, la mitad de lo que habían dado los
monarcas. Él buscó y preparó buenas embarcaciones y «puso mesa», según el
lenguaje de la época, para alistar marineros, ofreciéndose confianza a los que
quisieran hacer el viaje y anunciando que él iría también. Esto bastaba para
que acudiera la mejor gente de toda la costa y todos los preparativos se
efectuasen con rapidez...
—Tenemos el
relato del primer viaje escrito por el mismo Almirante, su Diario de
navegación, que no puede ser más monótono. Viento favorable, buena mar,
indicios de tierra, maderas que flotan, pájaros que cantan en los mástiles de
las carabelas como anunciando la proximidad de costas invisibles. Pero esto era
un fondo poco interesante para la figura del héroe, y muchos años después de su
muerte, ciertos historiadores ganosos de dar emoción trágica a sus relatos,
inventaron lo de la sublevación de las tripulaciones que, asustadas, querían
retroceder, y la amenaza al Almirante de echarlo al agua si no descubría tierra
en el plazo de tres días. Y Pinzón juega en todo esto el papel de un traidor
cauteloso, que fomenta los miedos ridículos de una marinería acostumbrada a
navegaciones más azarosas... En el relato de su viaje, el Almirante, que era de
carácter receloso y muy dado a ver traiciones y asechanzas en todas partes, no
dice una palabra de intentos de revuelta, y varias veces, durante la
navegación, aproxima su nave a la de Martín Alonso, le llama, entablan amistosa
plática desde el puente, y se envían con una cuerda la famosa carta de
Toscanelli para esclarecer sus dudas.
—Colón—dijo
Ojeda—era de mayores conocimientos científicos que su consocio el marino de
Palos; pero reconocía en éste más pericia en el arte de navegar, en el manejo
de los buques y de los hombres... Hubo, efectivamente, un plazo de tres días;
pero este plazo no se lo dieron al Almirante sus marineros, sino que fue él
quien se lo concedió a Pinzón, que solicitaba cambiar de rumbo. Notábase a
ambos lados de los buques señales de tierra, pero el Almirante continuaba
siempre en la misma dirección, creyendo estar entre las islas de Cipango, o sea
en el archipiélago japonés. «Todo aquello se vería a la vuelta.» Él deseaba
llegar cuanto antes a tierra firme, al Imperio de Catay, a la China, para
visitar al Gran Kan, entregarle sus credenciales y hacer acopio de oro. Pero
Martín Alonso, menos iluso, consideraba necesario tocar cuanto antes en alguna
tierra, y don Cristóbal acabó por acceder a que cambiase de rumbo, con la
condición de que si en tres días no encontraban costa volverían al primitivo...
Y apenas se
sigue la ruta de Pinzón, surge la pequeña isla antillana, etapa primera del
gran descubrimiento, que dura luego más de un siglo... Tal vez nadie hizo tanto
por la gloria de Colón como su consocio al cambiar de rumbo. Imagínese usted si
el Almirante, en su prisa de ver al Gran Kan, sigue la primera dirección y va a
dar en las costas actuales de los Estados Unidos. De seguro que no vuelve, y el
mundo se queda sin tener noticia de su descubrimiento.
—Sí; no
vuelve—dijo Ojeda—. Es muy probable, es casi seguro. Para la pequeña
expedición, que sumaba en conjunto unos noventa hombres, y no había hecho
verdaderos preparativos de guerra, fue una suerte abordar en los archipiélagos
paradisíacos del mar de las Antillas, con sus poblaciones mansas, tímidos
rebaños humanos en los que cazaban su alimento los caníbales de las otras
islas. Si los tres barquitos con su puñado de tripulantes se encuentran, al
tocar tierra, con los indios feroces de la América del Norte o los belicosos
aztecas de Méjico, de seguro que no vuelven... ¡y se acabó Colón!
—Sólo al
final del viaje—continuó Maltrana—habla el Almirante de su compañero, con
cierto encono. Al navegar por las costas de Cuba tuvieron mal tiempo, y Colón
se refugió con su carabela en un abrigo de la costa, mientras el otro, marinero
más atrevido y confiado en su habilidad, seguía adelante. Estuvieron separados
unos días, y esto bastó para que Colón sospechase que Martín Alonso había
tenido de los indios noticias de mucho oro e iba a buscarlo por su cuenta, como
un amigo infiel. ¡Disputa de consocios que se temen y se vigilan!... Y el caso
fue que iguales riquezas encontraron el uno y el otro... ¡nada! A su vuelta, el
Almirante, que montaba una carabela, por haber perdido su nave mayor en un
bajo, tiene que refugiarse en las Azores (donde intentan prenderle los
portugueses), y luego en Lisboa, donde otra vez corre el peligro de verse
preso. Mientras tanto, Martín Alonso afronta la tormenta sin hacer escala
alguna y llega directamente a España, pero tan derrotado y enfermo, que muere
inmediatamente. Y nadie le devuelve el medio cuento de maravedíes que puso en
la empresa (cantidad que fue sin duda la que se atribuyó a Colón en su
testamento como gasto hecho por él); se esparce el silencio en torno de su
nombre; luego, cuando reaparece, es para que algunos autores le atribuyan
intentos poco leales; y el vulgo se ha imaginado, durante siglos, al honrado
Martín Alonso como una especie de barítono de ópera barbudo, sombrío, envidioso
que intriga, rodeado de un coro de marineros, contra la gloria y la vida del
tenor.
—Pero usted
no negará, Maltrana, que el Almirante fue perseguido y maltratado de resultas
de su gobernación en Santo Domingo. Acuérdese de Bobadilla, el comisionado de
los reyes, acuérdese de cómo lo envió con grillos a España.
—Sí;
reconozco que lo trataron «con descortesía», éstas fueron las palabras de la
reina Isabel, su decidida protectora. Lo trataron sin respeto a su edad y sus
méritos; con arreglo a los duros procedimientos judiciales de aquella época;
procedimientos que el mismo Colón empleaba igualmente con sus inferiores. Pero
que fuese una injusticia caprichosa, como quiere la leyenda, esto es
discutible. Se puede ser un gran argonauta descubridor de tierras y un pésimo
gobernante.
—Hay, además,
que tener en cuenta las ilusiones que había fomentado en todos los que le
siguieron en el segundo viaje, gente aventurera, levantisca y ansiosa de
enriquecerse. Iban a las minas del rey Salomón, a Ofir, a Cipango; no había más
que agacharse para recoger bolas de oro. Y se encontraron allá con que todo
faltaba, y para recolectar un poco de oro había que sufrir horriblemente. El
gobernador, con el ansia de amontonar riquezas y contrariado por los
obstáculos, mostrábase huraño, atribuyendo la falta de éxito a la pereza de los
individuos de la colonia. Y hubo rebeliones, batallas entre los conquistadores;
y Colón, que tenía la mano pesada y el carácter autoritario, castigó duramente
a sus inferiores.
—Los
castigaba como si quisiera vengarse en ellos de persecuciones sufridas por sus
ascendientes... Cuando Bobadilla llegó a la isla, enviado por los reyes en
vista de las súplicas y quejas de los colonos, el Almirante había ahorcado en
la semana anterior siete españoles, cinco más estaban en la fortaleza de Santo
Domingo esperando el instante de morir con la cuerda al cuello, y su hermano el
Adelantado tenía otros diez y siete metidos en un pozo, para enviarlos
igualmente a la horca. Bobadilla no fue, en sus procedimientos, más que un
justiciero expeditivo a estilo de la época. El mismo Las Casas, amigo del
Almirante, reconoce que era «persona de rectitud». Al ser enviado Colón a
España preso y con grillos, la reina lamentó mucho tal «descortesía», pero no
lo repuso en el gobierno de la isla, prohibiéndole además que volviese a ella.
Se echó tierra al asunto, porque doña Isabel deseaba, según un autor de la
época, «que las verdaderas causas de lo ocurrido quedasen ocultas, pues más
quería ver a Colón enmendado que maltratado». Y el mismo
Colón, en una carta, confesaba haber cometido faltas que necesitaban el perdón
de los reyes, «porque mis yerros—decía—no han sido con el fin de hacer mal».
Maltrana
añadió, después de una breve pausa:
—También
existe otro embuste legendario: la muerte de Colón en Valladolid, en plena
miseria, pobre víctima de la ingratitud del rey Fernando. ¿Qué más podía hacer
éste por él? El antiguo vagabundo era Almirante, cargo el más honorífico de la
nación, pues lo había creado un monarca para uno de sus tíos. Su hijo, de
obscuro origen e incierta sangre, lo había casado el rey Fernando con una
sobrina suya. Gozaba, además, Colón, por capitulaciones públicas, la décima
parte de todo lo que se ganase en la India. Pero como de allá no venía nada,
según confesión del mismo don Cristóbal, de aquí que no poseyese riquezas. En
cuanto a morir en la miseria, como supone el vulgo, basta decir que el
testamento de Colón lo firman siete criados suyos, y este lujo de servidumbre
no significa indigencia.
—Tiempos eran
aquéllos de pobreza—dijo Ojeda—. Los mismos reyes andaban siempre apurados de
dinero, la Hacienda pública era menos regular que ahora, y la nación,
esquilmada por las guerras con los moros y la de Nápoles, no podía ayudar mucho
a unos descubrimientos que sólo habían dado como resultado el hallazgo de islas
improductivas en las que morían los hombres. Algo olvidado murió el Almirante.
La gente, en España y fuera ella, no prestó atención al suceso: el descubridor
se había sobrevivido a su fama. En los ocho años que siguieron al primer
descubrimiento se habló mucho de él; luego, en los cinco últimos, el silencio y
la indiferencia. Había ido a conquistar las riquezas de Oriente, y nadie veía
las tales riquezas: era simplemente el descubridor de unas islas de la extrema
Asia. Él también lo creía así; y sólo años después, cuando Núñez de Balboa
encontró el Pacífico llamado mar del Sur, fue cuando Europa pudo enterarse de
el Asia de Colón era un mundo nuevo que tenía otro Océano a espaldas.
—La facilidad
con que Europa entera acogió los relatos de un obscuro piloto italiano, Américo
Vespucio, el cual, atribuyéndose glorias ajenas, bautizó con su nombre el nuevo
continente, demuestra cuán olvidado estaba Colón, no en España, sino fuera de
ella. Este bautizo de América es injusto, pero no carece de lógica. Colón sólo
había descubierto el Asia, y en esta fe murió. Américo Vespucio fue el primero
que hizo saber al mundo (gracias a las sucesivas exploraciones de los marinos
españoles) que esta mentida Asia era un continente nuevo, y los editores
franceses, alemanes; italianos de sus escritos dieron su nombre a las lejanas
tierras. Un cínico atrevimiento de librería que ha triunfado para siempre...
Pero el vulgo, amigo Ojeda, quiere que sus héroes sean desgraciados, para
amarlos con la simpatía de la conmiseración. Vea usted a Goethe el más grande
tal vez de los poetas de nuestra época. Lo admiramos pero no nos inspira una
simpatía familiar, porque fue dichoso en su existencia; tuvo amores con grandes
damas, desempeñó altos cargos palaciegos, gobernó un país, vivió en la hartura.
Nos gusta más Homero, ciego y vagabundo; Cervantes, que, según la gente, no
tuvo qué cenar cuando terminó el Quijote; Shakespeare, cómico de
lengua y empinando el codo en las cervecerías; Beethoven, pobre sordo... y
Colón, muriendo de hambre sobre unas pajas, sin haber recibido blanca por sus
descubrimientos.
—Mucho hay de
eso—dijo Ojeda con exaltación—pero yo admiro al Almirante, fuese de donde fuese
y tuviera la sangre que tuviera, como un soñador enérgico, que no descansó
hasta levantar una punta del misterio que envolvía al mundo. Admiro en él sus
errores estupendos y las teorías bizarras que por caminos tortuosos le llevaron
hasta la verdad. Es el último grande hombre de la Edad Media, el nieto de los
alquimistas, de los viajeros maravillosos, de los sabios rabínicos, de los
navegantes árabes, de los iluminados cristianos, que abre a la vida moderna la
mitad del planeta para que se ensanche. A mí me conmueven sus candideces y sus
ignorancias cuando va por el mundo nuevo viendo en todas partes los vestigios
del mundo antiguo. Me causan deleite las descripciones que hace en sus cartas
de la tierras que descubre: los suelos «follados» por las patas de misteriosas
«animalías»; la caza en las selvas a los «gatos paúles», nombre que en su
tiempo se daba a los monos; la visita que recibe a bordo, en el último viaje,
de «dos muchachas muy ataviadas, la más vieja de once años, que traían polvos
de hechizos escondidos», y ambas, según dice el viejo Almirante a los
reyes, «con tanta desenvoltura que no harían más unas p...». ¡Y qué energía la
del hombre!
Ojeda hablaba
con cierta emoción del último viaje del nauta, siempre en busca del oro que
huía ante él; viaje de trágico dolor, en plena ancianidad, con una pierna
ulcerada, los ojos casi ciegos, teniendo a su lado al hijo pequeño, pobre
infante que cree haber arrastrado a la muerte. Los buques están encallados, las
tripulaciones hambrientas y sublevadas, los indios de Jamaica se muestran
hostiles; nada puede esperar ya de los hombres, pero se consuela con visiones
celestes que se le aparecen de noche sobre el alcázar de popa y le hablan...
También lo admiraba en los peligros del regreso de su primer viaje; peligros en
los que le iba algo más que la existencia: la pérdida de la gloria que
consideraba entre sus manos. Una tempestad que volcaba muchos navíos dentro del
río de Lisboa alcanzábale en pleno Océano montando una carabela maltratada por
la navegación en los mares de la India y que hacía agua por todas partes.
—Cree que
Pinzón se ha perdido en el otro buque y que sólo queda él para dar al mundo la
gran noticia: la gran noticia que todos ignorarán si él perece. Tal vez otros
descubridores del Mar Tenebroso sufrieron este revés del destino luego de
reconocer las tierras nuevas. ¡Morir con el secreto!...
Y Colón
escribe en varios pergaminos la reseña de su descubrimiento, los mete en
toneles y arroja éstos a las olas, sin que los marineros sospechen lo que
encierran, pues creen que se trata de un acto de devoción para apaciguar a los
elementos. La tempestad arrecia, y el Almirante hace traer tantos garbanzos
como personas van en la carabela; señala uno con un cuchillo, y revolviéndolos
en su bonete, invita a la chusma a meter la mano. El que saque el garbanzo
marcado con una cruz irá de romero a Santa María de Guadalupe llevando un cirio
de cinco libras... Y es el Almirante el que saca el garbanzo. Luego echan las
mismas suertes para ir en romería a Santa María de Loreto, «en la Marca de
Ancona, tierra del Papa», y como le toca a un simple proel, Colón le promete
ayudarle con sus dineros para el viaje. La borrasca va en aumento; al día
siguiente vuelven a echar suertes para velar toda la noche en Santa Clara de
Moguer, y otra vez designa el garbanzo al Almirante.
Pero como
estas promesas no logran domar a las potencias hostiles del Océano y la
carabela se tumba, falta de lastre—una imprevisión del Almirante—, y los
bastimentos de comida están casi agotados, hacen el voto de ir todos, apenas
lleguen a tierra, en procesión y en camisa hasta la primera iglesia que
encuentren bajo la advocación de la Virgen.
—Y cuando el
temporal los echa al fin en Lisboa, llevaba Colón más de doce días de
inmovilidad en su banco de popa, dormitando a ratos, con las piernas mojadas
por la lluvia y las olas. Esa prueba fue la más tremenda de su vida. ¡Poseer
una verdad que iba a conmover al mundo y morir con ella!... Pero basta de Colón
amigo Maltrana. Ya hemos hablado bastante; vamos a tomar el te.
Abandonaron
sus asientos, y al dirigirse a una de las escalerillas para descender al paseo,
notaron en el mar varias curvas negras y veloces que asomaban un instante sobre
el agua, sumiéndose y reapareciendo más lejos entre burbujeo de espumas.
—Son
atunes—dijo Maltrana—. O tal vez sean delfines... ¡Quién sabe!
—De seguro
que no son sirenas—repuso Ojeda.
Caminaron
algunos pasos, y añadió:
—Es lástima
que no queden sirenas. Y sin embargo, aún las había en tiempos de Colón... ¿No
sabe usted eso? Él vio salir tres «muy altas sobre el mar», cerca de la
embocadura de un río de Santo Domingo. Y dice Las Casas que al Almirante no le
llamaron la atención, porque había visto otras muchas en sus navegaciones de
mozo, por las costas de Guinea y la Manegueta, y que las sirenas no son tan
hermosas como las pintan, «pues en cierto modo tienen forma de hombre en la
cara».
Erguidos ante
sus atriles con militar rigidez, entonaban los músicos una marcha solemne, que
servía de acompañamiento a los pasajeros en su entrada al comedor. Los hombres
vestían de frac o de smoking, guardando en una mano la gorra de
viaje. Algunos se detenían en las puertas formando grupos para ver a las
señoras que iban saliendo de los camarotes de preferencia o venían de los de
abajo por la gran escalera de doble rampa, con un roce de finas ropas
interiores.
Deslizábanse
rápidas todas ellas, entre saludos y sonrisas, para sumirse, más allá de las
mamparas de cristales, en un mar de luz en el que nadaban los colores de
inquietas banderas. Una estela de polvos de tocador y vagas esencias de jardín
artificial seguía el aleteo de las faldas desmayadas y flácidas, con brillantes
pajuelas de oro o plata; el crujiente arrastre de los tejidos sedosos; el
brillo de las espaldas desnudas suavizadas con una capa de blanquete; la
tersura de las nucas, sobre las que se elevaba el edificio de un peinado
extraordinario, el primero de una navegación que únicamente se había prestado
hasta entonces a exhibir sombreros de paseo y velos de odalisca.
En el
antecomedor lucía un gran cartel pintarrajeado con una pareja danzante y una
inscripción gótica en alemán y en español: «Esta noche baile.» Y el anuncio
parecía esparcir por todo el buque un regocijo de colegio en libertad. «Esta
noche baile», repetían las personas de grave aspecto, como si se prometiesen un
sinnúmero de misteriosas satisfacciones.
Saludábanse
por vez primera con espontáneos movimientos de cabeza gentes que ignoraban
todavía sus respectivos nombres. Durante la tarde habíanse contraído grandes
amistades en la cubierta de paseo. Muchachas de diversa nacionalidad, que no se
habían visto nunca y tal vez no volverían a verse al salir del buque
agrupándose atraídas por la simpatía que les inspiraba el género de belleza de
la nueva amiga o la distinción de sus vestidos. Empezaban hablando en varios
idiomas, para expresarse al fin en castellano. Caminaban tomadas del talle, lo
mismo que si fuesen compañeras de pensión, y antes de que terminase la noche
iban a tutearse, entusiasmadas por una amistad que consideraban eterna y databa
de unas cuantas horas. Las madres se sonreían unas a otras sin
conocerse—arrastradas por las afinidades de sus hijas—con una complicidad de
compañeras de profesión, y acababan igualmente formando grupos, para hablar de
los dolores y satisfacciones que proporciona la familia, de las brillantes
cualidades de sus retoños, de los desengaños e ingratitudes que tal vez les
reservaba el porvenir a las pobrecitas... como si las compadeciesen y
envidiasen al mismo tiempo. Algunas, vestidas de negro con una austeridad
monjil, acometían desde las primeras frases el elogio o el lamento de sus
difuntos maridos.
Verificábase
una aproximación general, como si todos en el buque despertasen de pronto,
reconociéndose antiguos parientes. Hasta entonces, los que habían salido de
Hamburgo fingían ignorar a los embarcados en Boulogne, navegando juntos sin
saludarse por el mar de Gascuña y de Cantabria, extensión de lívido azul bajo
un cielo gris. La vista de pequeñas ballenas chapoteando en el golfo entre
surtidores de espuma les había hecho cruzar algunas palabras nada más,
replegándose a continuación en su huraño aislamiento. Juntos habían acogido con
un mutismo de altivez a los que subieron en Lisboa, sospechosos intrusos para
la tranquilidad de los primeros ocupantes; y así habían navegado hasta
Tenerife. Pero ahora empezaba el verdadero viaje: la vida común lejos de toda
tierra, sin que un nuevo chorro de extraños pudiese turbar la paz del convento
flotante, y todos se sentían unidos por repentina fraternidad.
Hasta el
Océano parecía reflejar bondadosamente la alegre camaradería de los pasajeros.
El tapiz tenía bajo el pie la consistencia de la tierra firme; los objetos
manteníanse en grave inmovilidad y penetraba por las ventanas la brisa oceánica
en suaves ráfagas; una brisa discreta que no hacía saltar la velutina de la
epidermis ni ponía en desorden los peinados; una brisa regulada, domesticada
como la que refresca los salones en las playas de moda. Los estómagos,
encogidos hasta entonces por la ruda novedad de la navegación, se dilataban con
voluptuoso desperezo, admirando en el comedor las prodigalidades del servicio.
Crujían en los camarotes las cerrajas de las maletas; desatábanse correas y
paquetes, abandonaban las ropas sus encierros, y las manos diligentes sacudían
pliegues y ordenaban piezas con toda calma, sin miedo al vahído del cansancio y
a la movilidad que arroja personas y objetos de un ángulo a otro de la inquieta
habitación.
Todos pasaban
el contenido de los equipajes a los armarios y las perchas, cuidando después
del arreglo de sus personas. Diez días para llegar a Río Janeiro, la escala más
próxima: ¡diez días de vida común! ¡Toda una existencia cuyo vacío había que
poblar con diversiones y nuevas amistades!... Y la fiesta del cumpleaños del
Emperador, la primera del viaje, difundía por el buque un regocijo de escolares
que empiezan sus vacaciones.
Entre las
pilastras del comedor ondulaban abullonadas las banderas de diversos pueblos.
Guirnaldas de rosas contrahechas y bombillas eléctricas de varios matices
tendíanse de capitel a capitel. Al final del salón, sobre una columna rodeada
de plantas y teniendo como fondo el pabellón alemán, erguíase un gran busto de
yeso, el del héroe de la fiesta, con fieros y majestuosos bigotes. Sobre las
mesas aleteaban pequeñas banderas, una por cada comensal: la de su respectiva
nacionalidad.
El culto a
los trapos de colores—religión de última hora, adorada con fanatismo por el
público de hoteles cosmopolitas, trasatlánticos y trenes internacionales, gente
que vive gustosa fuera de su patria—extendía por todo el comedor, como una
primavera de percalina, la floración de sus diversos tonos. La bandera
germánica, sombreada por su faja negra, mezclábase con el bullicioso tricolor
de la francesa, la púrpura británica, el verde de la italiana, que parece un
reflejo de mar latino, la cruz blanca suiza, las barras y enrejados de las
escandinavas y el reventón de cohete rojo y dorado de la española. Sobre las
otras mesas, como hijas vistosas que en la frescura de su juventud no temen la
bizarría de lo llamativo, lucían el verde y ámbar brasileños, de un tono igual
al de los frutos tropicales; el sol majestuoso y las barras de la ribera
uruguaya; el aleteo primaveral albo y celeste del pabellón argentino; la blanca
estrella chilena sobre un cielo de intenso azul, y la gran constelación de la
América del Norte amontonando en el arranque del rojo septagrama su rebaño de
asteroides.
Antes de
servirse el primer plato surgieron protestas. Se negaban algunos pasajeros a
sentarse, mirando iracundos la bandera que cubría con intrusos colores el
montón de platos de su cubierto. Querían la suya, la de su país. Ellos pagaban
lo mismo que los demás: a bordo todos eran iguales, y su república valía tanto
como cualquiera otra de América... Los camareros, azorados cual si fuese a
estallar una conflagración internacional, salían a toda prisa al comedor y
regresaban trayendo con ellos al mayordomo, sonriente y confuso a la vez, como
un gerente de restorán de moda que implora perdón por olvidos en el servicio.
—No tenemos
su bandera, señor: desolado, completamente desolado... Yo le prometo que en el
próximo viaje cuidaré de tenerla... Por el momento, si el señor quiere, hágame
el honor de contentarse con esta otra... Al fin todos vamos a Buenos Aires.
Y sustituía
la bandera de la protesta con otra argentina, que era la más abundante, la que
adornaba los cubiertos de todas las personas de problemática nacionalidad. El
hombre acababa por conformarse, vencido tal vez por el perfume de la sopa que
humeaba en los platos, pero atacaba su comida con un mohín de pena, como un
señor a quien le han amargado la noche.
Pasaban los
camareros sosteniendo con ambas manos vasijas de metal, de cuyas bocas surgían
golletes de botellas entre pedazos de hielo. Sonaban incesantemente los
estampidos del vino espumoso. Muchos se creían en una posición equívoca si no
acompañaban su comida con champaña en esta noche de fiesta.
La nutrición
era la misma para todos, como si se hubiesen trastornado las bases sociales y
vivieran sometidos a un régimen igualitario. Pero el afán de singularizarse
asombrando al vecino tomaba su desquite en los líquidos, y equivalían a títulos
de suprema distinción las botellas que figuraban en las mesas: unas, blancas y
puntiagudas como agujas góticas, cuyas etiquetas evocaban la imagen del padre
Rhin pasando entre castillos y peinando sus barbas de espuma en los puentes
medievales; otras, negras, con la cabezota de corcho afirmada en un casco de
alambres y de láminas metálicas, llevando sobre los hombros, cual regio toisón,
el collar obscuro y las letras de oro de su champañesco origen.
Ojeda y
Maltrana ocupaban una mesa en el centro del comedor con otros dos pasajeros: un
señor de patillas blancas, parco en el hablar, que siempre llegaba con retraso
a las comidas y pasaba el resto del tiempo encerrado en su camarote. Era el
doctor Rubau, viejo médico residente en Montevideo. El otro, con la cabeza gris
y el bigote extrañamente rubio, pequeño de cuerpo y de un perfil aquilino, se
decía francés y vivía en París; pero hablaba el alemán con tanta soltura y
estaba tan habituado a los usos germánicos, que los del buque, creyéndolo
compatriota, habían colocado ante su cubierto la bandera del Imperio. Todos los
años iba a América para visitar las joyerías de varios países, de las que era
proveedor, y al mismo tiempo importaba en Europa pieles y plumas. Mostrábase
preocupado desde que entró en el vapor con la busca de compañeros para una
partida de bridge, y su tristeza era grande al ver que en el
fumadero sólo jugaban al poker. Todos los días, al sentarse a la
mesa, el señor Munster quedaba pensativo, sin dejar por esto de mover las
mandíbulas, y acababa por formular la misma pregunta, en un castellano gangoso:
—Pero ¿de
veras que ninguno de ustedes conoce el bridge?... ¡Un juego tan
distinguido!
Maltrana, que
se había familiarizado con él atrevidamente desde los primeros momentos,
creyendo encontrar en su vaga nacionalidad cierto perfume de sinagoga, le
invitaba a monstruosas partidas de poker, en las que debían
arriesgarse miles y miles de francos. Y lo decía con un aplomo desdeñoso, como
si tuviese a su disposición todos los millones encerrados en el fondo del
buque.
Aprovechó
Isidro esta comida extraordinaria para ir mostrando a Ojeda las gentes
mencionadas por él en conversaciones anteriores. Por encima de las banderas,
las cabezas inclinadas ante los platos y las guirnaldas de verdura, pasaba
revista a todos los que titulaba pomposamente «mis amigos».
—Hoy no falta
nadie; sala llena. Bien se ve que tenemos buen tiempo... Los buques son como
los muebles viejos, que, después de una sacudida, sueltan, al quedar inmóviles,
un rosario de bichos cuya existencia nadie sospechaba. ¡Qué de caras
desconocidas!... Han estado ocultos como cucarachas en el agujero de sus
camarotes, aguantando el mareo, y hoy es la primera vez que suben al comedor.
Mire usted el abate de las conferencias; hermosa cabeza de corsario con sus
barbazas negras. Nadie adivinaría su sotana, que desde aquí no puede verse.
Mire también a las señoras viejas sentadas junto a él; ¡con qué arrobamiento le
contemplan mientras come!... Fíjese en la mesa del centro, la más grande del
salón; es para catorce pasajeros, y la ocupa el doctor Zurita con su familia.
¡Hombre generoso y campechano! ¡Como si nos conociésemos toda la vida! Siempre
que hablo con él, me ofrece un puro magnífico: «Che, Maltrana, oiga,
galleguito simpático...». Y crea usted que es un hombre de gran sentido, que
sabe ver las cosas como pocos... Eche una mirada al obispo, con toda su familia
de admiradores tiránicos. Le han obligado a ponerse la sotana de seda con faja
carmesí. ¡Y cómo le brilla la cruz! Sin duda la han limpiado en común para
quitarle el vaho del mar...
Maltrana
continuó, después de una breve pausa:
—Esa señora
que entra retrasada, tan alta y buena moza, es una chilena, ¡Qué mujer!, ¿eh,
Ojeda? ¡Qué cuello, qué andares de reina, qué brillantes!... Pero no hay
ilusiones posibles. El barbudo hermosote que avanza pisándole la cola del
vestido es el esposo: dos metros de talla; se ruboriza cuando tiene que hablar
con un extraño, pero se le adivinan unos músculos de boxeador y una gran
facilidad para dar «puñete», como él dice... Los que ocupan la mesa con ellos
son todos del mismo país: muchachos grandotes y buenazos, que vuelven de
Alemania; gente simpática y franca que me quiere y distingue. Siempre que me
encuentran en los alrededores del café, me saludan del mismo modo: «Vamos a
tomar una copa». Y dos noches seguidas les oigo hablar de «curarse» antes de ir
a dormir: ellos tan sanotes, que parecen desafiar a las enfermedades. Me
gustaría saber qué demonio de cura es ésa.
Calló por
unos instantes, mientras sus ojos seguían explorando el salón entre el boscaje
de adornos multicolores. El viejo médico comía lentamente, preocupado con el
funcionamiento de su dentadura, de una regularidad y una brillantez equívocas.
El joyero, entre plato y plato, calábase los lentes para examinar a las
señoras, como si inventariase el valor de sus diamantes. Maltrana continuó, en
voz más tenue:
—Aquellas
tres damas guapetonas, de perfil majestuoso, con los ojos negros y grandes, son
de la República Oriental. Fíjese en los brazos, amigo Ojeda; ¡qué blancura!,
¡qué armónica carnosidad! Son Tizianos de pelo negro. ¡Y pensar que en
Montevideo los hombres se divierten armando una guerra cada dos años como si
les aburriese vivir en tan buena compañía!... Allá en las mesas del fondo se
mantienen las argentinas en grupo aparte. Parecen haberse escapado de las
láminas de un periódico chic; esbeltas y elegantes como las
artistas de los teatros de París que lanzan la última moda; pero menos...
etéreas, más sólidas, mejor nutridas, sin trampantojos ni mentiras en su
construcción como hijas de un pueblo joven que tiene su suerte confiada a los
flancos de la mujer... Y en las demás mesas, ¡qué de cabezas rubias!... Las
grandes damas de la opereta han sacado lo mejor de su vestuario teatral. Sus
trajes podrían cantar solos La viuda alegre y todas las obras
en las que figura un baile del gran mundo. Y en las otras mesas, rubias y más
rubias, pero hinchadas de grasa, con el talle cuadrado, las manos cuadradas y
la cara barnizada por el sol. Después las verá usted arriba. Trajes de gala que
datan de un matrimonio remoto; medias blancas con zapatos negros; collares de
nodriza entre joyas valiosas... Son las compañeras de los germanos esparcidos
por América; valerosas señoras que después de un viaje por Europa vuelven a
fregar los platos de la estancia o de la tienda. Unas se quedan en el almacén
de Buenos Aires. Otras irán a las costas del Pacífico, al Paraguay o al corazón
de Brasil a continuar su vida de ahorro.
Sonrió
después maliciosamente, designando una mesa junto a la entrada.
—Es la mesa
de «la cuarentena»; y la llamo así porque en ella encorrala el mayordomo a todo
el pasaje sospechoso. Ahí están las cocotas francesas, tan dignas, tan
modositas, tan bien criadas. Van vestidas como siempre, para que conste que no
desean llamar la atención. Algunas no se han peinado siquiera y llevan la
cabeza oculta en un turbante de velos. Además, guardan lo mejor del equipaje
para sus empresas de tierra firme... Con ellas está Conchita, una paisana
nuestra, una madrileña, que come estirada y seria, pues la pobre sólo puede
entender por señas a sus compañeras. Algunas veces, volviendo la cara, habla
con don José, un cura español que ocupa la mesa inmediata. Y mezclados con este
rebaño femenino comen varios muchachos alemanes, rubios, orejudos y de
mandíbula fuerte, niños tímidos que al hablar se cuadran como reclutas, lo que
no les impide meterse América adentro a difundir valerosamente la quincalla de
Hamburgo y de Berlín, en mula, en piragua o a pie, llevando el muestrario a la
espalda lo mismo que una mochila.
—¡Qué
interesante el comisionista alemán!—dijo Ojeda—. Tal vez con el tiempo haya
quien lo cante lo mismo que a los paladines medievales que corrían el mundo por
difundir la gloria de su dama. Hoy la dama es la industria, y la gloria la nota
de pedidos. Allí donde existe, en todo el globo, un grupo de hombres recién
instalado que lucha con la selva, los pantanos, las fiebres y las bestias, allí
se presenta inmediatamente el comisionista rubio con su muestrario; y para no
perder el tiempo, aprende durante el camino a balbucear el idioma del país.
—¡Las latas
que me dan estos muchachos—exclamó Maltrana—y las que me darán, para evitarse
el pago de un maestro!... Han bajado en Tenerife únicamente para comprar libros
españoles, y pasan las horas con ellos, rumiando las breves lecciones tomadas
en Berlín. Cuando tienen una duda, me buscan por todo el barco o consultan la
sabiduría gramatical de fraulein Conchita, su compañera de
mesa... ¡Gente tenaz, que no conoce el cansancio ni el ridículo! Sus triunfos
obscuros van a ser más positivos que las victorias de los feldmariscales de su
ejército. A la larga, resultará que descubrimos y colonizamos nosotros un mundo
nuevo para gloria y provecho del libro mayor de Hamburgo y de Brema.
Interrumpió
Isidro su charla para examinar un nuevo plan que el camarero acababa de colocar
ante él. Pero a los pocos momentos volvió la cabeza hacia el gran busto blanco.
—¡Qué cambio
el de nuestros tiempos, amigo Ojeda! ¡Qué transformación de valores!... El oro
y el comercio, que en otras épocas sólo eran para la gente despreciable
acorralada en las juderías, reinan ahora como fuerzas directoras del mundo... Y
si lo duda usted, ahí tiene al amigo de los bigotes tiesos que nos preside,
místico y guerrero como Lohengrin, músico y genial como Nerón, siempre con
coraza y casco de aletas, y que, sin embargo pasará a la Historia con el título
de primer viajante de comercio de nuestra época.
Ojeda
escuchaba con ojos distraídos la charla de su compañero.
En los largos
intermedios que dejaba el servicio, bebía el champán de su copa, sin percatarse
de su insistencia. Isidro cuidaba de la botella amorosamente, haciéndola girar
en el cubo de hielo para su enfriamiento. Llenaba luego apresuradamente las
copas, como si su vacío le infundiese horror, y apenas sentía disminuir el peso
de la botella, reclamaba con vigilante previsión el envío de otra. Dirigía
equitativamente este gasto extraordinario: las buenas cuentas mantienen las
amistades. Una botella la pagaría el doctor Rubau, que apenas había tomado
algunas gotas mezcladas con agua mineral; otra, su gran amigo Munster; otra,
Ojeda... y él se reservaba modestamente para el banquete siguiente. Sus ojos,
cada da vez más animados y saltones, acompañaron la mirada distraída de su
amigo hasta la próxima mesa, ocupada por una mujer sola.
—¡Mire usted
a nuestra vecina la yanqui! Una real moza: tal vez la más elegante de todas. No
parece la misma que vemos arriba puesta siempre de gran sombrero y gabán
largo... ¡Qué escote! ¡Y qué hermosa torre de pelo, entre rubio y
ceniciento!... Le advierto camarada, que ella también le ha mirado muchas
veces, así como la que no quiere mirar, con el rabillo del ojo... Usted le
interesa, amigo Ojeda, me consta. Esta tarde, después del té, he hablado con
ella, si es que nuestra conversación puede llamarse hablar. Sabe un poquito de
francés y otro poquito de español. Yo no conozco una palabra de inglés; pero al
fin nos hemos entendido por adivinación. Y mansamente, como quien no quiere
saber nada, me ha preguntado por mi amigo; y yo, ¡figúrese!... le he dicho que
era usted un gran poeta, un notable personaje; he hablado de su familia, de su
gran fortuna, de que va a América por el solo gusto de pasear, y de las muchas
señoras que se deja en Madrid muertas de pena...
Fernando hizo
un movimiento de protesta.
—No se
enfade, Ojeda; no se queje. Estas cosas no hacen daño y dan prestigio. Déjeme a
mí, que conozco la vida... ¿Que no le interesa a usted esa señora? No importa;
siempre es bueno adquirir importancia a los ojos de una mujer... Está bien; no
se irrite. Beba un poco.
Y llenó la
copa de Ojeda, después de una rápida discusión en la que no parecieron fijarse
sus compañeros de mesa. Un zumbido de conversaciones cada vez más fuerte diluía
los sonidos de la música llegados del antecomedor. El vaho de los platos, las
respiraciones humanas, la radiación de las luces, iban densificando el
ambiente. Maltrana, para desvanecer la contrariedad de su amigo, siguió
hablando:
—Ese
matrimonio que come dos mesas más allá, es también norteamericano: los esposos
Lowe. Él ha vivido en el Japón, en China, en Australia, en El Cabo; aquí en el
buque vive en el gimnasio, y cuando sale de él, se pasea con unas chaquetas a
rayas de colores, de lo más extrañas: unas chaquetas de clown, que
son, a lo que parece, los uniformes de famosos clubs esportivos. Ella canta
romanzas italianas, y sólo espera que la inviten para hacernos oír su voz.
Mistress Power (porque le advierto que ése es el nombre de nuestra vecina) sólo
se trata en el buque con esta pareja de compatriotas. Se mantiene en un
aislamiento sonriente; algunos saludos con las señoras más respetables, y nada
más... Y sin embargo, sabe mejor que yo los nombres y la categoría social de
casi todos los pasajeros. ¡Mujer más hábil!... Tal vez por esto mantiene a
distancia a los otros americanos.
Y designaba
con los ojos a los ocupantes de la mesa inmediata.
—Gente buena,
pero escandalosa—continuó—; cow-boys en traje de domingo, que
van a estudiar la ganadería de las Pampas; comisionistas de Nueva York, que
sacan a puñados los billetes de Banco de los bolsillos del pantalón y necesitan
cantar a cada momento para que se fijen en ellos... Ya se han bebido seis
botellas y roto dos. Ahora, con el entusiasmo del champán, se llevan a los
labios las banderitas que tienen ante los platos y ponen los ojos en blanco
gritando: «Americain! Americain!...» En la mesa siguiente está
Martorell, aquel muchacho con lentes y bigote rubio: un catalán, del que creo
haberle hablado. También es poeta: lleva ganadas no sé cuántas rosas naturales
y englantinas de oro en Juegos Florales; pero siempre en catalán, porque este
ruiseñor es mudo cuando se sale del jardín de su tierra. En Castilla (cómo él
llama a todos los países que hablan español), el poeta se dedica a la banca.
Una fiera, amigo mío, para asuntos de dinero. Le aconsejo que no se meta a
luchar con este camarada poético en un certamen de tanto por ciento, porque de
seguro que le roba hasta la lira. En Madrid nos hablaba mucho de Buenos Aires,
donde ha estado dos veces. Parece que hay grandes reformas que hacer en eso de
los Bancos, ideas nuevas que implantar para que el dinero se multiplique; y
allá va Martorell, como un Mesías del descuento... También se lo presentaré: es
buen muchacho. ¡Quién sabe a lo que puede llegar!...
Luego,
Maltrana hizo un gesto exagerado de horror, una mueca que fue como la
caricatura del miedo.
—Y junto al
catalán... el hombre misterioso; ese vecino mío de camarote, del que le he
hablado algunas veces. Es el que va con traje de luto, todo afeitado. No habla
con sus vecinos y come con una gravedad sacerdotal, lo mismo que si estuviese
celebrando un rito. ¿Quién cree usted que puede ser?... Huye de la gente, y
cuando yo le hablo en francés, que parece ser su idioma, me contesta con mucha
cortesía, con demasiada cortesía, y de repente se aleja muy estirado, como si
existiese entre nosotros una diferencia social que no permite la
familiaridad... ¡Y vaya usted a adivinar, con esa cara afeitada que lo mismo
puede ser de magistrado que de cómico, sacerdote o mayordomo de casa grande!...
Yo lo encuentro lúgubre como un doctor de los cuentos de Hoffmann. Además, me
preocupa el camarote misterioso, ese camarote entre el suyo y el mío, siempre
cerrado, y cuya llave guarda él cuidadosamente. Una vez al día abre la puerta,
entra, inspecciona unos minutos, vuelve a salir, y hasta el día siguiente... Ni
una palabra, ni un grito, ni el más leve ruido; y eso que yo muchas noches
aplico la oreja a la madera del tabique, o miro en el corredor por el ojo de la
cerradura. ¡Nada!... ¿Quién cree usted que podrá ser?
Calló Isidro,
frunciendo el ceño bajo la preocupación de este misterio.
—Tal vez un
diplomático que va en misión secreta, y por eso huye de la gente; algún
financiero que viaja para comprar de golpe todas las vías férreas de América y
teme que le pillen el secreto; un empleado infiel que se lleva la caja y tiene
el camarote abarrotado de sacos de oro. ¡Lástima no saberlo con certeza!...
Aquí hay misterio, un misterio gordo, a lo Sherlock Holmes; y lo más extraño es
que cuando le pregunto al mayordomo del buque, él, tan amigacho mío, se hace el
tonto, como si no me comprendiese... Verá usted, Ojeda, cómo algo ocurre con
este hombre antes de que termine el viaje. En cualquier puerto lo reciben con
músicas, discursos y banderas, o sube la policía y le asegura las manos con
esposas... Parece orgulloso, y al mismo tiempo revela una timidez incompatible
con el mucho dinero. ¿Quien será?...
Maltrana
llenó su copa y bebió, como si con esto quisiese acelerar sus averiguaciones
sobre el «hombre misterioso». Después, el champán y la buena comida parecieron
ejercer sobre él una influencia benévola.
—Confieso a
usted, Ojeda, que nunca me he sentido mejor, y por mi voluntad podía
prolongarse este viaje hasta el fin del mundo. ¡Ojalá fuese el Goethe vagando
por el Océano, como el «Holandés errante», siempre que no se agotasen sus
repuestos de víveres y bebida!... ¿Qué falta aquí?... Mujerío elegante y
hermoso que puede verse de cerca y le dirige a uno la palabra como a un amigo
antiguo; buena mesa, fiestas, bailes y ausencia total de moneda. Todo se paga
con bonos, o se arreglan cuentas en el despacho del mayordomo al final del
viaje. ¡Y este tiempo de primavera! ¡Y este buque que es una isla!... Nunca me
he visto en otra: ni en Madrid, cuando me convidaban a comer los políticos de
segunda clase para que escribiese bien de ellos; ni en París, cuando hacía
traducciones españolas para las casas editoriales y engañaba el hambre en los
bodegones del Barrio Latino... ¡Y pensar que doña Margarita mi patrona, con un
cariño que data de ocho años, rezará por el pobre don Isidro que va navegando
por los mares! ¡Y pensar que a estas horas, en nuestro café de la Puerta del
Sol, se preguntarán aquellos chicos melenudos que lo saben todo y no han visto
el mundo por un agujero: «¿Qué será del sinvergüenza de Maltrana?». Y el más
gracioso contestará seguramente: «Debe estar en la panza de un tiburón...».
¡Pobrecitos!
Servían los
camareros el helado, cuando sonó el fuerte repiqueteo de un cuchillo contra una
copa. Quedó inmóvil la servidumbre, circularon siseos imponiendo silencio, y
todas las cabezas se volvieron hacia un mismo punto del comedor.
—El amigo
Neptuno va a hablar—dijo Isidro.
Este Neptuno
era el comandante del buque; enorme como un gigante cuando estaba sentado, e
igual a los demás si se ponía en pie, irguiendo el hercúleo tronco sobre unas
piernas cortas. La barba dorada y canosa invadía, arrolladura, una parte de su
rostro rubicundo, esparciéndose luego sobre el pecho; y en medio de esta
cascada fluvial abríase una sonrisa de bondad casi infantil. Cuando pasaba por
las cubiertas le rodeaban los niños, colgándose de su levita, danzando ante sus
rodillas, pidiendo que los levantase lo mismo que una pluma entre sus brazos
membrudos. Al encontrarse con Isidro extremaba su sonrisa, como si adivinase en
él un ingenio gracioso, a pesar de que no podían entenderse bien, pues en sus
pláticas no iban más allá de unas cuantas palabras de italiano mezcladas con
otras tantas de español.
Vistiendo
un smoking azul con galones de oro, brillándole la calvicie
sudorosa y acariciándose las barbas, iba desenredando lentamente su madeja
oratoria. Una gran parte del auditorio no le comprendía, pero todos conservaban
la mirada puesta en él, con la fijeza de la incomprensión, aumentándose con
esto los titubeos verbales del marino.
—No parece
que se explica mal Neptuno—dijo Maltrana en voz baja—. Ahora está hablando de
su emperador. Ha dicho kaiser dos veces; eso lo entiendo...
¡Raza notable! Creo que a los capitanes alemanes les dan lecciones de oratoria
en Hamburgo y además les enseñan a bailar. Sin tales requisitos, la Compañía no
entrega un buque a uno de estos padres de familia... Lo mismo son los músicos
de a bordo. Por la mañana preparan los baños y limpian las escupideras; antes
del almuerzo tocan instrumentos de metal; por la noche instrumentos de cuerda;
y todo lo hacen gratis, pues no cuentan con otra remuneración que las propinas
de los pasajeros. ¡Cualquiera se mete en concurrencia con estas gentes!... Pero
¿por que se entusiasman tanto los alemanes, Fernando? ¿Qué dice ahora el amigo
Neptuno?
—Deutschland,
Deutschland über alles, über alles in der Welt.
—¿Y qué es
eso?
—«Alemania
sobre todo, sobre todo lo del mundo.»
El capitán
elevó su copa, dando por terminado el discurso y los que le comprendían
pusiéronse de pie, hombres y mujeres, instantáneamente, alzando también sus
copas. «¡Hoch!», gritó Neptuno; y todos contestaron lo mismo, con una
regularidad mecánica, como el grito de un regimiento que responde a la voz de
su coronel. «¡Hoch!», volvió a decir; pero esta vez, amaestrados por el
ejemplo, contestaron los pasajeros en masa con un alborozo discordante; y el
tercer «¡Hoch!» fue un cacareo general, repitiendo muchos con
delectación la palabra, por lo mismo que ignoraban su significado.
Un rugido de
trompetería guerrera saludó desde el antecomedor el final del brindis, y los
criados reanudaron apresuradamente el servicio.
—Aquí ya no
dan más—dijo Maltrana después de los postres—. Subamos al jardín de invierno a
tomar el café.
Ocuparon los
dos amigos una mesita inmediata a una de las puertas. Desde allí veían la
ascensión por la amplia escalera de todos los que abandonaban el comedor.
Pasaron ante ellos los hijos mayores del doctor Zurita con otros jóvenes
argentinos que regresaban de París. Todos saludaron a Maltrana con amigable
familiaridad. Sonreían al verle, recordando tal vez los cuentos con que
amenizaba sus tertulias en el fumadero a altas horas de la noche, cuando
finalizaban por cansancio las partidas de poker.
—Hermosa
juventud—dijo a Ojeda su compañero—. Fíjese en los tipos: altos, musculosos,
esbeltos y con una gran agilidad en los miembros. Deben ser famosos bailarines
de tango. ¡Excelentes muchachos, todos amigos míos!... Vea sus dientes sanos de
lobo joven; su pelo, tan abundante, que necesitan aplastarlo con pomada hasta
formar dos almohadillas lustrosas. No queda en sus cabezas dónde plantar un
cabello más. Son hermosos ejemplares del cultivo intensivo de la pilosidad... Y
las manos finas, aunque estén deformadas por los ejercicios de fuerza; y los
pies pequeños, reducidos, altos de empeine, cuidados con meticulosidad; de día
siempre encerrados en charol con cañas de colores, de noche con forro de seda
calada y escarpines que martirizarían a muchas señoras. Son pies que parecen
tener una vida aparte, pies sabios que pueden seguir sin error las más
difíciles combinaciones del baile... Y ellas igualmente ¡qué finura de
extremidades!... En esta Arca de Noé, amigo Fernando, se reconoce el origen
étnico de cada uno sólo con mirar al suelo... Mire esos otros que suben.
Y sonrieron
los dos viendo ascender por los peldaños algunos pies de masculina dimensión, a
pesar de que asomaban bajo una corola de faldas recogidas. Tras ellos subían
enormes zapatos de hombre, embetunados y de fuerte morro, que dejaban en la
alfombra una huella de pesadez. Muchos comerciantes que se habían endosado el
frac en honor del soberano, guardaban sobre su abdomen la gruesa cadena de oro,
cargada, como un relicario, de medallones, dijes, lápices y fetiches, y en los
pies los fuertes botines de uso diario.
Ojeda acogió
con incrédula sonrisa las consideraciones de su amigo acerca de la superioridad
de una raza sobre otra por la finura de las extremidades.
—Los
«latinos», como usted dice, Maltrana, somos bellamente ligeros, más «alados»
que estas gentes del Norte. Se ve la influencia aristocrática de los
conquistadores andaluces en los pies breves y graciosos de las sudamericanas.
El indio también tiene el pie pequeño... Pero ¡quién sabe si el mundo no está
destinado a ser una presa de los pies grandes! Fíjese con qué autoridad
insolente y ruidosa van avanzando esos navíos de cuero y cartón. Allí donde se
detienen se incrustan, y la pesada voluntad que los habita tiene que hacer un
esfuerzo para cambiarlos de lugar. Marchan sin gracia y con lentitud, pero lo
que ellos cubren es suyo y no lo abandonan. Nuestros pies son más graciosos,
tienen algo del salto del pájaro, pero dejan poca huella.
Sonó una risa
femenil, ruidosa, petulante, en la que se adivinaba un deseo de hacer volver
las cabezas. Ascendió por la escalera un vestido de color de sangre, y detrás
de su cola, majestuosamente suelta, varios fracs parecían correr para
alcanzarlo y dominarlo.
—Nélida,
nuestra amiga Nélida, con su escolta de admiradores—dijo Maltrana—. Todas las
naciones de a bordo están representadas en este séquito amoroso. Sólo faltamos
nosotros; pero tengo la certeza de que si usted no va a ella, ella le buscará.
Admiraba su
boca de «tigresa en celo», según él decía; boca de húmedo carmesí, en la que
brillaba luminoso el nácar de una dentadura voraz. Al abrirse con el desperezo
de la risa, sus dientes, un tanto agudos, parecían surgir de este estuche rojo,
como salen las uñas de la zarpa de un felino.
Ocupó una
mesa ella sola, e inmediatamente la rodearon sus acompañantes. Hablaba en
alemán, inglés, francés y español con todos ellos, llevándose a los labios un
cigarrillo sin encender. Uno de los adoradores se inclinó ofreciéndole la llama
de un fósforo.
—Ése es el
que llaman «el barón»—dijo Maltrana—: un belga que nos abruma con su hermosura
de Antinoo, petulante e insufrible lo mismo que esas muchachas que alcanzan en
un concurso el premio de belleza... Por el momento, es el preferido.
—¡Nélida!...
¡Nélida!—gritó una voz de mujer.
Era la mamá,
que, desde una mesa cercana, pretendía corregir con este llamamiento la audacia
de su hija. Podía tolerarse que fumasen las artistas, pero no una señorita que
viaja con sus padres. Bastaba ver la actitud de las damas que estaban en el
jardín de invierno: fingían no reparar en ella, pero se adivinaba en sus ojos
una impresión de escándalo... Todo esto pareció decirlo la madre con su mirada
y su breve llamamiento. Pero Nélida se limitó a contestar fríamente: «¡Mamá!»,
y encogiéndose de hombros siguió fumando. La madre se replegó vencida, cruzó
los brazos sobre el vientre y quedó en la inmovilidad de una esfinge cobriza al
lado de su esposo, que hablaba con un vecino.
—Ese padre es
admirable—dijo Isidro—, tan admirable como la niña. Vea su aire de patriarca,
sus barbas y sus melenas canas, la mansedumbre con que habla y la deferencia
con que escucha. Por dos veces se declaró en quiebra hace años; pero en América
se olvidan pronto estas cosas, y según parece, vuelve ahora para reanudar sus
antiguos trabajos.
Había perdido
en Europa gran parte de su fortuna, pues lo que obtiene éxito a un lado del
Océano no lo obtiene en el otro, y regresaba, después de catorce años de
ausencia, con el propósito de explotar varios negocios estupendos, según él,
que aún le quedaban por allá.
—Creo que es
una mina—continuó—en el Norte de la república, cerca de Bolivia, no sé si de
petróleo, de diamantes o de libras esterlinas recién acuñadas. Ha olido que soy
pobre, y no se digna exponerme sus planes; pero ya verá cómo se le aproxima así
que se percate de que usted desea trabajar en América y lleva dinero para eso.
Le va a proponer algún negocio, como se lo está proponiendo en este momento a
Pérez, el que se sienta a su lado; Pérez el anglómano, que se indignaba esta
mañana en Tenerife; el «amigo de la civilización»... Y si el señor Kasper se
digna interesar a usted en sus asuntos, inútil es decirle que su fortuna está
hecha. ¡Padre extraordinario!...
Y Maltrana
contempló al bondadoso patriarca con una admiración irónica.
—De vez en
cuando se da cuenta de que existe su hija, y la acaricia bondadosamente. La
madre, con el buen sentido que ha podido salvar de la oleada de grasa que
invade su cuerpo, llama la atención de su marido sobre la conducta de Nélida.
Los escrúpulos y preocupaciones de una educación recibida en una república del
Pacífico la hacen protestar de los escándalos de esta muchacha, que nada tiene
suyo, que física y moralmente pertenece al padre, y que mira con cierta
superioridad, cual si fuese una nodriza o una criada vieja, a la mulatona que
la llevó en el vientre... Y el padre se conmueve y abraza a Nélida.
«¡Pobrecita! Las personas atrasadas no saben cómo debe educarse una joven
moderna. Es la ignorancia, el fanatismo de la gente que habla español...» Y Nélida,
que a su vez se acuerda de que tiene un padre, le acaricia las melenas con
manoseos de gata amorosa y suspira agradecida: «Papá... papá...». La familia
más interesante de todo el buque. Y aún falta el otro, el «guardia de corps».
Y señalaba un
jovencito moreno, subido de color, sentado entre los adoradores de Nélida.
—Es el
hermano pequeño, el único que se asemeja a la madre. Acompaña a Nélida por todo
el buque, y ella lo acepta como una prolongación de la familia, porque esta
vigilancia honorable le permite ir sola entre los hombres. El muchacho es medio
imbécil, le dan ataques epilépticos, habla con incoherencia. Cuando ella tiene
interés en quedarse sola lo envía al camarote para que busque cualquier cosa, y
el chico se resiste recordando que debe obedecer a mamá. Pero intervienen los
adoradores de la hermana, amigos que le dan champán y buenos cigarros, y acaba
por ausentarse, hasta que se tropieza con la madre, que le riñe por haber
olvidado sus deberes...
Ojeda,
sintiendo un interés repentino por este relato, miraba a Nélida.
—Los dos
hermanos—continuó Maltrana—se odian con un odio de raza, y por la noche
disputan y se pegan. Ella enseña a sus amigos las marcas de los golpes; él
oculta los arañazos bajo una capa de polvos, pero afirma con un rencor
balbuciente que se lo contará todo a su hermano el mayor, el único equilibrado
de la familia, un centauro de la Pampa, un estanciero, al que respeta el padre,
adora la madre y tiene un miedo horrible la hermosa Nélida. Cuando habla de él
se pone pálida. Se ve que este mozo del campo no cree en «la educación de una
joven a la moderna», y arregla a palos los problemas de honor. La niña tiembla
al pensar en la futura entrevista y en lo que pueda decir el hermanito, que la
amenaza con sus revelaciones; por ella no llegaríamos nunca a Buenos Aires...
Pero sus terrores pasan pronto: los olvida apenas se ve rodeada de hombres.
Cuando se acaricia los labios con su lengua de gata, es capaz de saltar por
encima del vengador de la Pampa que tanto miedo le infunde.
Otra vez los
ojos negros de la madre, ojos abultados y dulces, que recordaban la mirada
lacrimosa de los llamados andinos, se fijaron en la hija con una severidad
titubeante. «¡Nélida!», volvió a gritar. Pero Nélida no se dignó responder, y
bebiendo el resto de su taza púsose de pie, encendiendo otro cigarrillo. El
grupo de fieles se levantó tras ella. Iban a pasear por la cubierta hasta la
hora del baile. Salieron en tropel, y el hermano quiso reunirse con su madre,
pero ésta se indignó:
—Anda vos con
Nélida, grandísimo zonzo. ¿A qué venís acá?... No la perdás de vista.
Con éste, que
era de su color y su sangre, mostrábase autoritaria la buena señora,
obligándolo a correr detrás de Nélida.
El doctor
Zurita, arrellanado en un sillón, seguía con los ojos entornados las espirales
de humo de su gran cigarro. Las damas de su familia hablaban con otras
argentinas de las mesas inmediatas.
—Le hago
falta a mi buen doctor—dijo Maltrana—. Se está aburriendo con la charla de las
señoras... Yo también siento la falta del magnífico cigarro que seguramente me
guarda... ¿Usted sale a la cubierta, Ojeda?... Voy en busca del tributo.
Al
aproximarse al doctor, éste pareció despertar, al mismo tiempo que rebuscaba en
los bolsillos de su smoking.
—Che,
Maltrana; venga para acá, galleguito simpático... Tome uno de hoja.
Y le entregó
un cigarro enorme, al mismo tiempo que añadía en voz baja:
—Siéntese,
amigo, y conversemos... Diga qué le pareció esta fiesta de los gringos. ¡Qué
pavada! ¿no?...
Ojeda salió a
la cubierta. La luz de los reverberos incrustados en el techo de las dos calles
iluminaba de alto a abajo a los paseantes, sin que sus cuerpos proyectasen
sombra en el suelo. Caminaban apresuradamente, con una movilidad de bestias
enjauladas, lo mismo que se camina en los colegios, los conventos y los
presidios, buscando suplir con la rapidez de la locomoción lo limitado del
espacio. Las mujeres desfilaban masculinamente, a grandes zancadas, temiendo la
exuberancia adiposa de una digestión inmóvil. Desafiábanse los grupos a quién
daría los pasos más largos, y circulaban con una rapidez de fuga entre las
ventanas de los salones y los grupos acodados en las barandas.
Más allá del
nimbo de luz láctea en que iba envuelto el buque, extendían el mar y la noche
el misterio de su obscuro azul punteado de fosforescencias de agua y fulgores
siderales. Algunos miraban las estrellas, discutiendo sus nombres. Gentes del
otro hemisferio ojeaban impacientes el horizonte, creyendo ver asomar a ras del
agua la famosa Cruz del Sur... No se distinguía aún; pero dentro de cuatro o
cinco días la verían elevarse majestuosa en el firmamento. Y muchos parecían
entusiasmados con esta esperanza, como si al contemplar la constelación
admirada desde su niñez se creyesen ya en sus casas.
La noche era
calurosa. Muchas gorras habían quedado abandonadas en las perchas del
antecomedor. Las cabezas erguíanse descubiertas sobre el albo triángulo de las
pecheras, brillando al pasar junto a los reverberos con reflejos de laca negra.
Ni el más leve soplo de brisa desordenaba la armonía de los peinados femeninos.
Al cruzarse los grupos en su apresurada marcha, se saludaban, como si no se
hubiesen visto en mucho tiempo. Cambiaban sonrisas y guiños, lo mismo que en el
paseo de una ciudad. Todas las mesas del fumadero estaban ocupadas. Algunos
grupos tenían ante ellos un pequeño mantel verde y paquetes de naipes. Ojeda,
en una de sus vueltas, vio al señor Munster a la puerta del café. Al fin iba a
realizar sus deseos; ya tenía medio formada su partida de bridge.
Había conquistado en el salón a la madre de Nélida, y creía poder contar
igualmente con Mrs. Power. A pesar de esto, volvió a repetir, con una tenacidad
de maniático:
—¡Qué extraño
que usted no sepa, señor! ¡Un juego tan distinguido!...
Fernando,
cansado de circular entre los grupos, que al encontrarse en sus vueltas se
inmovilizaban obstruyendo el paso, se detuvo en la parte de proa, apoyándose en
la barandilla. Sus ojos experimentaron la voluptuosidad del descanso al sumirse
en el obscuro azul poblado de suaves luces. Circulaba a su espalda el
movimiento humano acompañado de vivos resplandores; ante él la silenciosa calma
del mar tropical, dormido como un lago sin riberas.
Estaba
triste. La alegría del champán que le había acompañado al levantarse de la
mesa, convertíase ahora, al quedar solo, en una melancolía inexplicable. Ojeda
se comparaba a ciertas vasijas en cuyo interior los líquidos más dulces se
agrían, perdiendo su perfume. ¡Ay, el doloroso recuerdo de lo que dejaba
atrás!...
Un
sentimiento confuso de despecho y envidia uníase a su tristeza. Así como el
buque iba entrando en los mares tranquilos de inmóvil esmeralda, en las noches
cálidas pobladas de titilaciones de espuma y de luz, parecía transformarse. Un
ambiente de dulce complicidad, de bondadosa protección, extendíase desde los
salones lujosos a los más profundos camarotes. Hombres y mujeres de idiomas
diferentes, que habían subido al trasatlántico en distintos puertos y lo
abandonarían en diversas tierras, se buscaban, se saludaban, se sonreían, para
acabar paseando juntos, hablando en alta voz palabras sin interés, y mirándose
al mismo tiempo fijamente en las pupilas, inclinando la cabeza el uno hacia el
otro como impulsados por una atracción irresistible. Obscuros instintos servían
de guía a la gran masa para seleccionar sus afectos, fraccionándose en grupos
de dos seres, según las afinidades de sus gustos o las ocultas atracciones
reflejadas en los ojos. Se modelaba aquella noche el boceto de lo que iba a ser
esta sociedad lejos del resto de la tierra, vagabunda sobre una cáscara de
acero en el desierto de los mares. Este mundo efímero, que sólo podía durar
diez o doce días, ofrecería los mismos incidentes de un mundo que durase
siglos. Los diez días iban a representar en la vida de muchos tanto como diez
años.
Alguien había
saltado al buque en las últimas escalas. No era la esperanza sin cabeza y con
alas la única intrusa. Venía oculto en los profundos sollados—como aquellos
vagabundos descubiertos a la salida de Tenerife—, y al verse en pleno mar de
romanza, tranquilo y luminoso, deslizábase furtivamente de su escondrijo, iba
examinando las caras de sus compañeros de viaje, los aparejaba según sus
gustos, e invisible y benévolo, empujábalos unos hacia otros. Una atmósfera
nueva se esparcía por las entrañas del buque. Respiraban los pechos otro aire,
provocador de inexplicables suspiros. Los que hasta entonces habían dormitado
tranquilamente, arrullados por las ondulaciones del Océano, se revolverían en
adelante inquietos durante las noches tranquilas y estrelladas, no pudiendo
conciliar el sueño.
Los ojos
femeniles iban a descubrir inesperadas atracciones en el mismo hombre
contemplado con aversión o indiferencia durante los primeros días del viaje.
Las mujeres se transformaban con una valorización creciente, apareciendo más
seductoras a cada puesta de sol, como si el trópico comunicase nueva savia a
las hermosuras decaídas, como si la proa del navío, al partir las olas buscando
las soledades del Ecuador, se aproximase a la legendaria Fontana de Juventud
soñada por los conquistadores.
Ojeda conocía
a este intruso invisible y juguetón que revolucionaba el trasatlántico, y el
intruso lo conocía igualmente a él desde algunos años antes. Tal vez le rozase,
como a los otros, con sus alas de mariposa inquieta, pero al reconocerle,
seguiría su camino. Nada tenía qué hacer con él... Y esta certeza de permanecer
al margen de la vida pasional que iba a desarrollarse en medio del Océano
amargaba a Fernando. Viajero por amor, tendría que contemplar la felicidad
ajena como los eremitas del desierto contemplaban las rosadas y fantásticas
desnudeces evocadas por el Maligno. ¡Ay, quién podría darle en viviente
realidad la imagen algo esfumada que latía en su recuerdo!... ¡Pasear sintiendo
el dulce brazo en su brazo; soñar arriba, en la última cubierta, ocultos los
dos detrás de un bote, las bocas juntas, la mirada perdida en el infinito;
vivir toda una vida en tres metros de espacio, entre los tabiques de un
camarote, despertando del amoroso anonadamiento con la campana del puente, que
sonaba, en la inmensidad oceánica, discreta y tímida, como la otra campana
monjil!... Y sumiendo Fernando su mirada en los borbotones de espuma moteados
de puntos de luz que resbalaban por el flanco del navío, gimió mentalmente, con
un llamamiento angustioso:
—¡Oh,
Teri!... ¡Alegría de mi existencia!
Una ligera
tos le hizo volver la cabeza, y vio junto a él, apoyada en la baranda, a Mrs.
Power, su vecina del comedor. Un tul verde cubría la desnudez de su escote.
Llevábase a la boca el cabo dorado de un cigarrillo, y un surtidor de humo
partía de sus labios, tomando reflejos de iris bajo el resplandor eléctrico
antes de perderse en la obscuridad.
El primer
movimiento de Ojeda fue de molestia y de cólera, como el que en mitad de un
ensueño dulce se ve despertado. Aborrecía a esta mujer hermosa, por su tiesura
varonil; no podía soportar la mirada de sus ojos claros, de fijeza insolente,
que parecían retar a un duelo a muerte.
Quiso volver
la cabeza hacia el Océano, pero ella no le dio tiempo.
—¿Es la
luna?—preguntó en inglés señalando una leve mancha láctea a ras del horizonte.
—Tal
vez—respondió Fernando en el mismo idioma—. Pero no... Creo que la luna sale
más tarde.
Y tras este
cambio breve de palabras, que recordaba los diálogos incoherentes de un método
para aprender lenguas, los dos se vieron súbitamente aproximados. Ojeda no supo
si fue él quien avanzó por instinto, o ella con la varonil intrepidez de su
raza; pero sus codos se tocaron en la barandilla y sus cabezas quedaron
separadas únicamente por una pequeña lámina de atmósfera.
Mrs. Power
preguntó a Fernando por su amigo, sonriendo al recordar su movilidad y el
lenguaje híbrido y pintoresco con que la saludaba todas las mañanas. Un tipo
interesante míster Maltrana; ¡lástima que ella no pudiese entender muchas de
sus palabras!... Y el recuerdo de las dificultades de lenguaje que se sufrían a
bordo le sirvió para justificar su aproximación a Ojeda. Necesitaba un amigo
que conociese su idioma. Conversaba de vez en cuando con los Lowe, aquel
matrimonio de compatriotas suyos; pero... Y hacía un gesto de altivez para
indicar que no eran de su clase.
A la tropa de
americanos ruidosos la mantenía alejada. Eran viajantes de comercio, ganaderos
de las praderas, gente ordinaria. Se aburría con las señoras de otras
nacionalidades que hablaban inglés. Ella había gustado siempre de la sociedad
de los hombres... Luego interrumpió el curso de la conversación para preguntar
a Ojeda cuánto tiempo había vivido en los Estados Unidos; y al enterarse de que
nunca había estado allá, prorrumpió en una exclamación de asombro: «¡Ahó!».
Se echaba atrás, como si la acabase de ofender una falta imperdonable de
respeto. Pero se repuso inmediatamente de esta impresión de desagrado.
—All
right! Usted me enseñará el español y yo le perfeccionaré en el
inglés. Se adivina que lo aprendió en Londres. Los americanos lo hablamos
mejor; eso lo sabe todo el mundo.
Y convencida
de la superioridad de su país sobre todo lo existente, propuso a Fernando que
fuese su amigo con igual gesto que si contratase un buen servidor para su casa.
A impulsos de su franqueza dominadora, no ocultaba que se había enterado de la
historia de él, así como de la de todos los que en el buque atraían su
atención.
—Usted es
poeta, lo sé, y yo nada tengo de poetical: se lo advierto... Mi
padre sí; mi padre era alemán y muy dado a las cosas del sentimentalismo. Yo he
nacido para los negocios, y ayudo a mi marido. ¡Si no fuese por mí!...
Un paseante
interrumpió la conversación. Era el señor Munster, que, llevándose una mano al
casquete, suplicaba humildemente:
—Señora,
acuérdese de su promesa... La aguardamos en el salón para nuestra partida
de bridge. Usted sólo falta para que empecemos.
Mrs. Power
sonrió con una amabilidad feroz. «Luego iré.»
Y Munster,
comprendiendo lo enojoso de su presencia, se retiró discretamente antes de que
la dama le volviese la espalda.
Ella siguió
hablando de su carácter; un carácter práctico, incompatible con la
ilusión poetical. Atacaba ferozmente el odiado fantasma de la
poesía, como si viese en él un motivo de errores y desgracias. Luego habló de
su marido con un entusiasmo tenaz, molesto para Ojeda. Era más alto que él y de
una distinción que conquistaba el respeto de todos. Había nacido en la Quinta
Avenida de Nueva York, hijo de un famoso banquero; pero la familia estaba
arruinada.
—Usted,
señor, es de los más distinguidos de a bordo, y por esto hablo con usted...
Pero no llega ni con mucho a míster Power. Le falta algo. Usted lleva la
corbata de un color y el pañuelo de otro. Mi país es el único dónde el hombre
puede llamarse elegante. Míster Power no saldrá a la calle si no lleva del
mismo tono la corbata, el pañuelo y los calcetines. Es lo menos que puede hacer
un gentleman que se respeta.
Pero Fernando
apenas escuchaba estas lecciones, expuestas con gravedad científica. Sentíase
perturbado por una embriaguez ascendente, como si el vino que poco antes
parecía contraerse con tristeza en su interior hiciese explosión de nuevo,
avasallando sus sentidos. Fijábase en los ojos de la norteamericana, en sus
pupilas líquidas y temblonas, que se destacaban del nácar de las córneas con el
brillo de una luz cambiante, reflejo mixto de malicia y candidez.
Acariciábale
un perfume que venía de ella como una música lejana y conocida. Tal vez fuese
ilusión de sus sentidos, excitados por el recuerdo; tal vez una errónea
semejanza al encontrarse por vez primera, luego de su embarque, al lado de una
mujer elegante. Aquella americana olía lo mismo que la otra; esparcía uno de
esos perfumes indefinibles que no pueden adquirirse, pues carecen de nombre; un
perfume irreal, que es como el uniforme impalpable que envuelve a las mujeres
de todos los países acostumbradas a una vida de comodidades y refinamientos;
perfume de carne cuidada con amor, de epidermis pulida por el frote higiénico;
«olor de agua», según decía Ojeda.
«¡Oh,
Teri!... ¡Teri!» Sus ojos encontraban también una semejanza fraternal en el
cuello esbelto y ligeramente inclinado, lo mismo que el vástago de una flor que
se ladea graciosamente bajo su peso; en las manos de blancura de hostia, con
uñas abombadas y brillantes, parecidas a pétalos de rosa.
Era Mrs.
Power; bastaba ver sus ojos de agua conmovida, escuchar su palabra glacial de
mujer de negocios, para convencerse de su identidad; pero al mismo tiempo era
la otra, por la línea majestuosa de su cuerpo, por el ademán suelto y
despreocupado de hembra elegante segura de su poder de seducción, por el halo
de perfume luminoso que parecía envolverla. Ojeda escuchaba su voz sin saber
qué decía, pensando en Teri, viéndola junto a él bajo una nueva forma. Miraba a
Mrs. Power como si fuera una máscara que acabase de encontrar en un baile y de
la cual conocía el secreto a pesar de la voz fingida y el rostro desfigurado.
Llevaba
varios días poblando la vida solitaria de a bordo con la imagen de Teri. Se
había paseado con ella por el desierto de la última cubierta, oprimiendo su
brazo aéreo, oyendo el leve crujido de sus pasos invisibles, murmurando dulces
palabras que sólo obtenían una respuesta mental. Ella ocupaba un sillón vacío
junto a sus libros en las largas tardes de lectura, y por la noche, al abrir el
camarote, deslizábase detrás de sus huellas, misteriosa y sonriente, para no
abandonarle en las horas de insomnio y ser lo último que veían sus ojos,
esfumándose como una visión que se aleja cuando al fin le rozaba la mano del
sueño.
Ahora, la
mujer impalpable y luminosa que le seguía a todas partes había desaparecido,
pero era para ocultarse indudablemente dentro de aquella otra real y tangible
que tenía a su lado. Esta reencarnación se hacía sentir con un contacto menos
ilusorio; pero en el misterio de su encierro la delataba su perfume. «¡Oh,
Teri!... ¡Teri!» Su única preocupación por el momento era que la americana no
dejase de hablar, que no huyese, llevándose con ella su oloroso nimbo.
Quiso Ojeda
conocer su nombre de nacimiento, libre del apellido marital; y al oír que se
llamada Maud, experimentó cierto descontento. Estaba esperando, no sabía por
qué, otro nombre, una revelación que justificase sus ilusiones.
Maud siguió
hablando de su marido, haciendo elogios de sus condiciones físicas y
compadeciendo al mismo tiempo su simpleza de niño grande, versado únicamente en
elegancias y juegos atléticos. Ella era el varón fuerte, la cabeza directora de
la asociación matrimonial. Había ido a Nueva York en busca de nuevos capitales
para un negocio de caucho que tenían en el Brasil. Su marido sólo servía para
admirarla y obedecerla, y ella había de hacer frente a los accidentes del
comercio, empleando la palabra melosa, la sonrisa enigmática y el gesto de
enojo en esta pelea por el dólar.
Los quince
días pasados en París al regreso de los Estados Unidos habían sido los mejores
de su viaje. Una vida de muchacho aturdido con varias compatriotas libres como
ella de las viejas ataduras del sexo; una existencia de estudiante; teatros,
cenas hasta altas horas de la noche, sin más hombres que algún gentleman viejo,
que acompañaba a esta tropa de emancipadas lo mismo que un guardián de harén
sigue a las odaliscas en vacaciones. Y nada de visitas a los Bancos o de
conferencias feroces como las que había tenido dentro de un escritorio
inmediato a las nubes, en el piso treinta y cuatro de un rascacielos
neoyorkino. ¡Lo que cuesta cazar el dólar, tan necesario para la vida!... Pero
regresaba satisfecha de su viaje, pensando en el suspiro de alivio que exhalaría
míster Power cuando en el muelle de Río Janeiro le explicase que el peligro de
ruina quedaba conjurado gracias a ella. ¡Adorable niño grande! ¿Qué haría el
pobre en el mundo sin su mujer?...
Y en esta
charla surgía a cada momento el elogio del marido, el tierno entusiasmo por su
vistosa inutilidad, lo que producía en Fernando cierta irritación... ¿Y para
esto se le había acercado con aire de flirt aquella señora?...
Una trompeta
lanzó a guisa de llamada el toque arrogante y provocador del héroe Sigfrido.
Corrieron los paseantes con el alborozo que despierta todo suceso
extraordinario en la vida tranquila de a bordo. Era la señal para el baile.
Mrs. Power y Ojeda fueron también hacia el fumadero, en cuyos alrededores se
aglomeraba la gente.
Formábanse
los músicos de dos en dos, y tras ellos se agitó el comandante dando órdenes en
varias lenguas, acariciándose la amplia barba y saludando a las señoras. Rogaba
a todos que se agrupasen en parejas. Iba a empezar la fiesta con la polonesa
tradicional, solemne paseo por las cubiertas antes de llegar al comedor
convertido en salón de baile.
El «amigo
Neptuno»—cómo le llamaba Maltrana—pareció dudar algunos segundos antes de
escoger su acompañante. Quería dedicar este honor a la más alta dama del buque,
y sus ojos iban indecisos del collar de perlas de la esposa del millonario
gringo a los lentes y la majestuosa corpulencia de la señora del doctor Zurita.
Pero el santo respeto a la autoridad y las categorías sociales le sacó de
dudas. El doctor había sido ministro en su país, y esto bastó para que el
hombre de mar, inclinándose sobre sus piernas cortas con una galantería
versallesca, ofreciese su brazo a la matrona argentina.
Tras de ellos
se formó la fila de parejas, escogiéndose unos a otros según anteriores
preferencias o al azar de la proximidad con bizarros contrastes que provocaban
risas y gritos. Las señoras viejas, los niños y los domésticos presenciaban el
arreglo de esta procesión agolpados en puertas y ventanas. Isidro daba el brazo
a la tiple noble de la compañía de opereta, dueña voluminosa, de cara
herpética, que ostentaba sobre la pechuga una condecoración turca.
Maud
contempló la formación con mirada irónica, pero de pronto sintióse arrastrada
por la alegría general: «Nosotros también». Y tomando el brazo de Ojeda, se
introdujo en la fila.
Rompió a
tocar la música una marcha solemne, una de tantas «Marcha de las antorchas»
escritas para natalicios y matrimonios de pequeños príncipes alemanes, y la
procesión se puso en movimiento, contoneándose las parejas al compás del ritmo.
Corrían del
interior del buque las camareras con gorrito de blondas y los stewards de
corbata blanca para presenciar este desfile, riendo con una buena fe germánica
al ver a los señores agarrados del brazo y marchando con las caderas
balanceantes. La cabeza de desfile desapareció de pronto, y el ruido de cobres
fue debilitándose. La «polonesa», saliendo del paseo al aire libre, se
introducía en los salones, serpenteando entre mesas y sillas hasta desembocar
en el paseo de la banda opuesta, donde los instrumentos recobraban su primitiva
sonoridad. Otras veces la música se perdía gradualmente, como si la absorbiesen
las entrañas del buque, y el desfile iba descendiendo por las amplias escaleras
a los pisos inferiores.
Delante de
Mrs. Power iba Nélida, la única que se apoyaba al mismo tiempo en los brazos de
dos hombres. Un joven alemán que se hacía pasar por pariente suyo, y el
«barón», el belga hermosote, la escoltaban, hablándose afectuosamente como
amigos que beben juntos y juegan al poker, pero con un rencor en la
mirada de hombres bien educados que consideran la mayor de las distinciones
saber ocultar sus sentimientos. Y ella mostrábase contenta por este doble deseo
que tiraba de sus brazos y la envolvía en un ambiente de sorda pelea; se dejaba
llevar casi a rastras, encorvada su esbelta figura, riendo sin saber de qué,
con la boca seca, abarcando a los dos varones en la mirada de sus ojos húmedos
y ávidos, que parecían englobarlos en una predilección idéntica, sin poder
distinguir el uno del otro.
La compañera
de Fernando fue transformándose al marchar entre los gritos y risas de este
alborozo general. Percibía él ahora con mayor intensidad el perfume misterioso
escapándose de las profundidades del escote. Hasta creyó sentir en el puño una
ligera crispación de la mano de Maud, un movimiento tal vez inconsciente, un
leve roce despertador que se ensanchaba en ondas de emoción hasta los extremos
de su organismo, y unas veces le hacía caminar como si volase y otras parecía
clavarle en el suelo. Era tal vez una caricia irreal, imaginada más bien que
sentida, pero idéntica a otras que perduraban en su recuerdo... Además, el
mismo roce de curvas armoniosas al marchar; igual encontrón con unas durezas de
contacto fulminante. La pesadumbre del brazo femenil se hacía por momentos más
sensible. Un hombro desnudo se apoyaba en él, dejando sobre el paño negro
del smoking tenues manchas de velutina.
Al volver
hacia ella una mirada ávida y encontrarse con sus ojos no sentía extrañeza,
como si los conociera desde mucho antes. Eran grises; los que él llevaba en su
recuerdo eran negros, con reflejos de ámbar; pero unos y otros le miraban de
igual modo, con una expresión invitadora. Fernando sintió el temblor que avisa
la llegada de la fortuna, la emoción que precede a los grandes triunfos... ¡La
vida es hermosa!... Y un estremecimiento del brazo adorable pareció responderle
ensalzando mudamente la belleza de una existencia que puede elevarse, gracias
al amor, por encima de todas las realidades.
Se vieron de
pronto debajo de las banderas y las guirnaldas eléctricas. La música,
apelotonada en un extremo del comedor, había cambiado de ritmo, y las parejas,
así como iban entrando, giraban enlazadas siguiendo las caricias de un vals.
Instintivamente
se recogió Maud la cola del vestido, apoyó Ojeda un brazo en su talle, y
experimentaron cierta sorpresa al verse entre los danzarines demasiado
numerosos, que chocaban con rudos encuentros de codos y de grupas. La ilusión,
el champán y el deseo, fermentando sordamente en él, parecieron explotar de
pronto, removidos por las vueltas de la danza. Su brazo retenía enérgicamente
el talle de Maud, como temeroso de que pudiese huir; mirábanse en las pupilas
con una fijeza agresiva, lo mismo que los luchadores que quieren reconocerse
bien en el último instante, antes de caer el uno en brazos del otro.
Balbuceaba
Ojeda sin saber ciertamente lo que decía. Hablaba ahora en castellano, y su
súplica incoherente era una especie de música sin palabras, cuya vaguedad
producía en él cierta emoción.
—Di que sí...
di que quieres... Sería yo tan dichoso... ¡tanto!...
Ella sonrió,
agradeciendo tal vez que hablase en su idioma, lo que le evitaba la obligación
de entenderle y de ruborizarse. Al mismo tiempo, sus ojos se entornaban para
mirarlo con una expresión de caricia anticipada.
Cesó la
música; las parejas se retiraron dándose el brazo. Maud se inclinó un momento
para corregir un desorden de su falda, y al incorporarse mostró un gesto de
altivez, como si hubiese recordado algo que le devolvía a su glacial serenidad.
Se dirigió a
la puerta seguida de él, que en su exaltación no se daba cuenta de este cambio
repentino. Continuaba hablando en español, repitiendo la misma súplica con un
tuteo pasional. Y ella, por dos veces, sonriendo de las dificultades de su
pronunciación, le dio la respuesta en el mismo idioma:
—No
compregndo... no compregndo.
En el
antecomedor le tendió una mano para despedirse. Se retiraba a su camarote:
gustaba de acostarse temprano; esta noche había sido extraordinaria. Ojeda se
ladeó como si intentase cortarla el paso, al mismo tiempo que su voz se hacía
más suplicante. ¿Irse? ¿Dejarlo en la soledad de aquella fiesta, donde todo le
era extraño y antipático?... Se sentía enfermo.
Pero ella le
atajó con su ironía helada.
—Debe ser el
estómago. Vea al médico... A mí no me impresionan esas quejas; ya sabe que no
soy poetical.
Fernando
insistió. Le esperaba una noche horrible: no podría dormir.
—Yo le
enviaré con la doncella unos sellos que dan sueño.
¡Oh, si ella
quisiera!... ¡Si le permitiese ir detrás de sus pasos al encuentro de la
felicidad!
—No
compregndo... no compregndo.
Repitió su
súplica en inglés, y ella lo miró entonces de abajo arriba, sin odio, sin
escándalo, con extrañeza, como en presencia de un atentado a las buenas formas
sociales, asombrada de la rapidez con que aquel hombre pretendía suprimir de
golpe todas las esperas prudentes establecidas por la costumbre.
—Good
night—dijo fríamente.
Y le volvió
la espalda, alejándose por el corredor que conducía a los camarotes de
preferencia, erguida y majestuosa.
Desconcertado
por esta escena que nadie había visto, sintió Ojeda un deseo de huir, como si
fuese a estallar en torno de él una explosión de carcajadas. Arriba, en la
cubierta, sólo quedaban los paseantes tenaces, y en el café los jugadores
de poker, para los cuáles no había músicas ni bailes que pudiesen
alejarlos del tapete verde. La familia italiana rodeaba a su prelado,
empujándolo cariñosamente. ¡Ánimo, ilustrísima! Debía descender al salón para
echar un vistazo a la fiesta y lucir la cruz de oro. Aquí no estaban en tierra,
y la vida de a bordo permite mayores libertades. Hasta el abate de las
conferencias andaba por las cercanías del baile, asomando su cara barbuda. «El
mar... es el mar, Monseñor.»
Persistió en
Fernando la misma sensación de desconcierto y de miedo al tropezarse con los
paseantes, cual si éstos pudiesen adivinar lo que había ocurrido abajo. Le
molestaba la música, por creerla igual a una risa burlona. Otra vez necesitaba
huir en busca de obscuridad y silencio. Y tomó una de las escaleras que
conducían a la cubierta de los botes.
Arriba creyó
despertar con el fresco de la noche, como los ebrios que reciben de pronto una
corriente de aire. Hasta allí le había acompañado un sentimiento de despecho;
la cólera de su orgullo varonil herido por el fracaso; el escozor de una
situación ridícula. Pero ahora le atormentaba el remordimiento; sentía
vergüenza de él mismo, deseaba empequeñecerse, desaparecer, como si una mirada
iracunda le espiase en la sombra.
—Muy bien,
señor Ojeda—murmuró irónicamente—; se está usted portando como un caballero.
Y dejándose
caer en un banco, añadió con rabia:
—¡Eres un
canalla; un canalla que merece la muerte!
Sólo habían
transcurrido unos minutos, y se preguntaba con extrañeza si era él mismo el que
danzaba abajo, enloquecido por el perfume de una señora a la que sólo conocía
desde unas horas antes, balbuceando como un mozuelo atrevidas proposiciones.
¡Ah, miserable sin voluntad!... Abandonaba con rudo tirón su vida anterior,
marchaba aventuradamente al otro hemisferio, todo por una mujer, y a las
primeras jornadas, cuando aún brillaban sobre sus cabezas las mismas estrellas,
arrastrábase con súplicas viles ante una desconocida a impulsos de un deseo
fulminante que hacía reír.
Sentía
vergüenza al recordar las palabras que había escrito en la tarde anterior,
imitando la firmeza de los héroes wagnerianos. «Y cuando estemos alejados,
¿quién podrá separarnos?...» Un solo día había bastado para que olvidase sus
juramentos. Aún no habría salido a aquellas horas su carta de Tenerife, y ya
estaba lo mismo que Sigfrido, olvidado de Brunilda, humillándose amoroso a los
pies de una Gotunda que se burlaba de él. Y esto lo había hecho por voluntad
espontánea, sin necesitar filtros de olvido.
Cerraba los
puños amenazándose a sí mismo; pero un sentimiento de tristeza y desaliento
sucedía a esta indignación. Deseaba ocultarse, como si en su vergüenza
necesitase más sombra, más silencio, y huyó otra vez, siempre hacia lo alto,
remontando la escalera de la última toldilla, cerca del puente.
Aquí, calma
absoluta; la escasez de luz hacía más visible el azul profundo del cielo, más
intenso el fulgor de los astros. La torre de la chimenea destacaba su obscura
masa sobre el espacio punteado de resplandores; las vedijas de humo, al
escaparse de su boca, empañaban por unos instantes el brillo de las
constelaciones. El balanceo del barco hacía pasar las estrellas de un lado a
otro de los mástiles, como luciérnagas juguetonas que saltasen entre palos y
cordajes.
Ojeda
experimentó la sensación de paz que desciende del cielo nocturno sobre los
grandes dolores. Había momentos en que deseaba llorar, lo mismo que un niño que
implora perdón. «¡Teri!... ¡Teri!» Ella viviría a aquellas horas seguramente
pensando en él. Tal vez estaba ya en París, y en medio de los ruidos del
bulevar, en un teatro o en una fiesta, su imaginación se apartaba de lo
inmediato para seguir con angustia la marcha de un buque que sólo conocía de
nombre. ¡Ay, si ella supiese! ¡Si ella pudiese ver!...
Se analizaba
Ojeda con una minuciosidad cruel. No era digno de la dicha que había acompañado
los mejores años de su existencia. Y sin embargo, él no se creía responsable;
era su alma, el sexo de su alma, completamente distinto y divergente de su sexo
material. Hombre como los otros, agitado y dominado por una virilidad rápida en
sus impulsos, bestia de presa capaz de atropellar y matar, lo mismo que los
varones prehistóricos, cuando le perturbaba la embriaguez del deseo, reconocía
sin embargo que su alma era femenil, como las de la mayor parte de los humanos.
Bastaba la visión de una carne desconocida, una sonrisa, una ojeada, para que
diese al olvido juramentos y compromisos.
Se insultaba
fríamente, y para aminorar su culpa, incluía en esta vergüenza a todos sus
semejantes. «Nos consideramos muy hombres, y tenemos un alma de cortesana.
Estamos a la espera de lo que llega, crédulos y fatuos para aceptar como una
fortuna la primera hembra que nos mire, ágiles y prontos para nuevos deseos,
olvidando el ayer con la inconsciencia de una profesional...»
De nuevo el
recuerdo de la carta con los juramentos de Sigfrido volvió a su memoria. Aquel
héroe membrudo, que con la espada partía yunques y mataba dragones, tenía
igualmente un alma de mujer. Apenas separado de Brunilda, la olvidaba, fijando
sus ojos en otra. En cambio, ella, la femenina walkyria, era el hombre en esta
asociación amorosa. Su alma varonil y fuerte pertenecía a la aristocracia de
los que prolongan un amor único hasta el más alto idealismo, ennobleciendo de
este modo los instintos de la carne. Era el andrógino de las remotas leyendas,
hombre y mujer a un tiempo; la personificación del verdadero amor, que domina
la sed de nuevos deseos, desconoce la curiosidad que inspira lo extraño y
anhela confundirse con el ser que ama, hasta suprimir toda dualidad y que los
dos sean eternamente uno solo.
Y Teri era
así. Con su charla de pájaro y su carácter en apariencia frívolo, era el varón
fuerte e inconmovible. Expuesta a las tentaciones de otros hombres que la
deseaban, no había vacilado jamás. Y él era la mujer sin voluntad, el alma
débil y vulnerable a todo deseo, el instinto caprichoso que había que vigilar
de cerca y tener siempre de la mano como a un niño enfermo.
Cuando juraba
ser fiel con los más solemnes juramentos, poniendo por testigos el amor y la
vida, nunca estaba seguro de decir verdad. Sentía la sospecha de que al día
siguiente una blancura entrevista, un revoloteo de faldas, lo armonioso de una
línea, el ritmo de un paso, la simple novedad de lo ignorado, podían hacerle
correr fuera de su camino lo mismo que una bestia en celo. Y así era él: así la
mayoría de sus semejantes. Y este animal, que, enloquecido por lo que considera
amor, tiene en el momento supremo de su dicha movimientos simiescos,
gesticulaciones demoníacas, zarpazos de fiera, es el más noble de la creación,
el único depositario de la verdad. ¡Qué dirían de los hombres las tranquilas
estrellas si alguna vez habían seguido sus actos con sus guiños luminosos!...
¡Ah, miseria!
Pasaba el
tiempo sin que tuviese fuerzas para abandonar aquel banco lejos de la luz.
Temía volver al ruido de abajo. Retardaba el instante de entrar en su camarote,
como si de los tabiques pudieran desprenderse, saliendo a su encuentro, los
recuerdos que había clavado con la fijeza de sus ojos en las horas nocturnas de
melancolía.
Tres veces
sonó la campana mientras él estaba allí, inmovilizado por el abatimiento, y
otras tantas contestó desde lo alto del trinquete el baladro del serviola
anunciando que las luces de posición seguían encendidas. Un oficial paseaba por
el puente con la espalda algo encorvada y las manos en los bolsillos,
deteniéndose a cada vuelta para sondear con sus ojos la obscuridad. Fernando le
encontró cierto aire de monje yendo y volviendo con igual número de pasos por
su claustro de acero. Junto a una luz oculta, que esparcía una tenue mancha
rojiza—el resplandor de la bitácora—, estaba otro hombre, con los brazos en
cruz, abarcando la rueda reguladora de la dirección del buque. Y acurrucado en
su minarete, en medio de las tinieblas perforadas por luminosos parpadeos,
existía el centinela invisible, el ronco cantor de las horas, espía avanzado
que escrutaba los hostiles misterios de la noche y del mar.
Contemplábalos
Ojeda con respeto y envidia, sumidos en su gravedad silenciosa que tenía algo
de sacerdotal; insensibles a la música y los rumores de fiesta que venían de
abajo; huyendo de los reflejos luminosos que esparcía el buque sobre sus
costados como un halo de gloria; avanzando la cabeza en la noche para husmearla
mejor; indiferentes al mundo alegre y variado que invadía las entrañas de la
nave en cada viaje; sólidamente adheridos al testuz del monstruo cuya marcha
guiaban, como el cornac guía al elefante montado en su frente. Eran hombres
ocupados en algo más importante que balbucear deseos al paso de una hembra. La
vida les había impuesto una obligación y la cumplían severamente, sin conocer
arrepentimientos ni vergüenzas.
El trabajo
disciplinado por la responsabilidad se le apareció como la función más noble y
envidiable. Estos ermitaños del puente y de la cofa tendrían, a no dudar, su
vida de pasión lo mismo que todo el mundo; conocerían el amor, que es algo
indispensable para la existencia; llevarían en su alma la flor del recuerdo.
Tal vez el oficial iba acompañado en sus paseos por la imagen de alguna fraulein rubia
y sensible que contaba los días en un puerto anseático aguardando la vuelta del
buque; tal vez los marineros contemplaban en el espejo de su rudimentaria
imaginación a la compañera ventruda y mal calzada con su grupo de pequeñuelos
carillenos y peliblancos.
Desde su
asiento, a través del marco de una ventana, veía también al telegrafista
escribiendo con la cabeza baja e interrumpiendo su escritura para escuchar el
lenguaje chirriante de los aparatos. Atendía mecánicamente a otros pensamientos
perdidos en la noche a una distancia de centenares de millas, y apenas
terminada la conversación recuperaba su pluma. Bien podía ser que escribiese a
su amada llenando el papel con versos ingenuos y simples, como la florecilla
azul que apunta en el alma de toda pasión germánica.
Y al adivinar
el amor en estos esclavos de la responsabilidad que velaban por la suerte del
pueblo flotante, lo veía único, noble, rectilíneo, lo mismo que el deber y la
disciplina que mantenían a todos en sus puestos.
Oyó pisadas
en la toldilla. Una silueta avanzaba titubeante, explorando los rincones. Era
Maltrana, que al reconocerlo se dirigió hacia él, lamentando su desaparición...
¿Qué hacía allí? ¿Por qué no estaba abajo?... Y acompañaba sus palabras con
grandes risas y cariñosos palmoteos. Fernando vio en sus ojos el brillo de una
extraordinaria agitación. Al hablar esparcía su boca un vaho alcohólico.
—La gran
noche, amigo Ojeda; y eso que aún estamos, como quien dice, al principio. Esos
muchachos son encantadores. Tenemos concertada una pequeña reunión con varias
chicas de la opereta para cuando termine el baile y se acueste la gente seria.
¿Y Nélida? Una valiente. Se ha deslizado fuera del salón, mientras
emborrachaban a su hermanito los amigos de la banda. Su primer flirt,
el alemán que se titula pariente y viene con ella desde Hamburgo, anda loco por
todo el buque sin poder encontrarla. Yo soy el único que sabe dónde está: ¡yo
lo sé todo! La he visto entrar cautelosamente en su camarote, como una gata
estremecida, y llegar después de ella al barón belga... Y el otro busca que
busca. ¡Lo más divertido!... Pero ¿qué tiene usted? ¿Por qué esta triste?...
Fernando
experimentó un deseo egoísta de comunicar su desaliento y su amargura a este
amigo regocijado.
—Soy un
miserable que siente asco de sí mismo. Un verdadero miserable.
Quedó
Maltrana indeciso, no sabiendo qué gesto adoptar ante una afirmación tan
inesperada... Luego se encogió de hombros y volvió a reír, como si leyese en el
pensamiento de Ojeda.
¡Un
miserable!... ¿Y qué? Él también lo era; y todos en el buque lo eran
igualmente. Y así como el viaje fuera haciéndose más largo y avanzase el Goethe la
proa en los mares luminosos y cálidos, todos iban a sentirse poseídos por esta
miseria que avergonzaba a Fernando... ¡Quién sabe si alguno llegaría a rugir y
a andar a cuatro patas, como los libertinos de las leyendas convertidos en
bestias!...
—Ya nos
limpiaremos de pecados al llegar a tierra, amigo mío. Aquí debemos vivir con
arreglo al ambiente. La responsabilidad no es nuestra. El culpable es ése... el
gran impuro, el eterno fecundador que aún guarda en sus entrañas el secreto
genésico de los primeros latidos de la vida.
Y Maltrana,
borracho, señalaba el mar obscuro, increpándolo con una furia cómica... Pasaban
sobre su lomo, lo arañaban cruelmente con la quilla, bien comidos, el
pensamiento en reposo, los miembros en huelga, y él se vengaba de este rudo
despertar enviándoles un hálito excitante que esparcía el deseo y la locura.
—¡Ah,
grandísimo tentador!... ¡Galeoto con mostachos de algas!... ¡Celestina de
arrugas verdes!
Por algo
habían florecido en las islas mediterráneas los pueblos adoradores de Afrodita,
que hicieron vibrar todas las cuerdas del arpa de la voluptuosidad; por algo se
habían elevado en las costas las blancas columnatas de los santuarios de amor,
con sus rebaños de cortesanas sagradas; por algo los poetas sacerdotales habían
hecho nacer a Venus de la espuma de las olas.
A las diez de
la mañana iban colocando los músicos sus atriles al final de la cubierta, entre
el fumadero y una barandilla, sobre la explanada de popa. Ensanchábase el paseo
en este lugar, ofreciendo el aspecto de una terraza de café con mesas al aire
libre y arbolillos redondos plantados en cajones verdes.
Rompía a
tocar la banda una «Marcha granadera» del tiempo de Federico el Grande, con
estruendosos alaridos de trompetería, y poco a poco la gente iba poblando el
paseo.
El buque,
húmedo, sombreado, limpio, parecía sonreír como un dormilón que se despabila
con las frías abluciones matinales. Desde mucho antes caminaban los
madrugadores por la azulada penumbra de la cubierta, saludándose al paso y
comunicándose noticias de la noche anterior. Algunos, vestidos con pijamas o
medio desnudos bajo un largo gabán, descendían del gimnasio y se deslizaban
rápidamente en busca de sus camarotes.
Aparecían las
primeras señoras, yendo tras breve paseo a arrellanarse en los sillones. Bandas
de muchachos aprovechaban la ausencia de los mayores para hacer suya toda la
cubierta. Niñeras de diversa nacionalidad, con una criatura al brazo, formaban
amigables grupos, mirándose sonrientes sin entenderse. Otras empujaban cunas
con ruedas, en cuyo interior una cabeza abultada, de suaves cabellos, aparecía
medio dormida entre puntillas y lazos. Una tropa de niños con fusiles de latón
daba la vuelta al buque, golpeando el húmedo entarimado con marciales patadas.
Eran rubios, morenos o bronceados, mostrando en la variedad de sus tipos la
amalgama étnica del continente americano, en el que sus padres les habían hecho
nacer. Un hijo de doctor Zurita, que iba al frente sable en alto marcando el
paso, gritaba con el imperio de una casa triunfadora: «A ver gringo, avanza un
poco... Un... dos. Un... dos. Tú, gallego, hazte pa atrás».
Fernando,
apoyado en la barandilla a corta distancia de los músicos, seguía con los ojos
el lento balanceo del castillo de popa, sobre el cual aleteaba una ronda de
gaviotas. Eran aves enormes repletas de pescado y desperdicios de los buques,
con alas poderosas, blancas y combadas, semejantes a velas.
Seguían al
trasatlántico desde Canarias, habituadas a esta soledad azul, inmensa para los
ojos del hombre, y en la que su instinto husmeaba la vecindad invisible de la
costa de África y del archipiélago de Cabo Verde. Volaban en espiral sobre la
popa, abanicando algunas veces con sus alas a los pasajeros de tercera clase.
Otras se tendían en fila sobre el camino blancuzco y espumoso que dejaban
abierto las hélices en la llanura del Océano. Parecían inmóviles sobre el
vapor, que marchaba y marchaba con el jadeante ímpetu de sus pulmones de acero,
y cuando quedaban atrás bastábales un par de aletazos para volver a colocarse
verticalmente sobre él. Sonaba el chapoteo de un objeto en el mar: una espuerta
de residuos de cocina, un madero, un bote de conservas vacío, e inmediatamente
se desplomaban, con las plumas encogidas, balanceándose sobre las ondulaciones
oceánicas lo mismo que los cisnes de un lago. Y así que terminaban la
exploración del objeto flotante o engullían los residuos, retornaban al buque
impetuosas como proyectiles.
Un murmullo
de gente invisible subía hasta el paseo en las breves pausas de la música.
Ojeda, al inclinarse sobre la baranda, recibió en su olfato un hedor de comida
agria. La vasta explanada de popa, libre a aquella hora de toldos, aparecía
ocupada por los emigrantes septentrionales. Formaban cuadros sentados en los
camarancheles de las escotillas. Otros, por encima de ellos, ocupaban, como si
fuesen bancos, los mástiles de las grúas colocados horizontalmente. Algunos,
con aire señoril, dormían arrellanados en sillones plegadizos de lona vieja,
recuerdo de anteriores viajes.
Correteaban
bandas de muchachos medio desnudos, yendo a refugiarse entre las rodillas
femeninas en los azares de su persecución. Viejos con luengas barbas, gorros de
piel de cordero y peludos gabanes, permanecían en cuclillas mirando el mar,
como fakires en éxtasis. Unos jóvenes tendidos sobre el vientre, con la quijada
entre las manos, escuchaban la lectura en alta voz de un camarada. Junto a la
borda, otros hombres barbudos fumaban en largas pipas, y de vez en cuando sus
manos rojas y escamosas se hundían bajo las sotanas forradas de pieles para
agitar con fuertes rascuñones los harapos invisibles.
Tenían que
abrirse paso los marineros en esta muchedumbre compacta e inmóvil que bebía sol
y aire fuera del encierro de los sollados. Sobre un montón de cables, un
emigrante de cabeza rapada movía el arco de su violín, sin que el más leve
sonido llegase hasta el paseo donde rugían los cobres. En la plataforma del
castillo de popa, entre botes, maromas y salvavidas, pululaban los pasajeros de
tercera clase que gozaban de preferencia: tenderos ambulantes; rusas y alemanas
con grandes sombreros de paja, que, agarradas del talle, hablaban de sus
diplomas académicos y de la posibilidad de entrar en el seno de una familia del
Nuevo Mundo para enseñar idiomas a los niños; jóvenes melenudos con trajes de
buen corte, pero de raída tela, siempre con un libro en la mano. Eran los
aristócratas de esta parte del buque, que, aislados en su altura, miraban con
desdeñosa conmiseración al rebaño de abajo y con envidia revolucionaria a los
del castillo central.
Filas de
ropas puestas a secar se balanceaban en la explanada sobre los grupos de
cabezas. El suelo, regado a plena manga poco antes, estaba cubierto de cáscaras
de frutas, secreciones de garganta y residuos de alimentos. Cabelleras
femeniles tendidas al sol recibían la exploración venatoria de los peines. De
la blancura incierta de algunas camisas, rígidas y acartonadas por el líquido
seco, emergían ubres como harapos, adaptando su arrugada flacidez a las bocas
lloronas de los pequeños. Otras madres, con el hijo en las rodillas,
desenvolvían tranquilamente sus fajas y pañales, dando a la luz los olvidos
hediondos de la inconsciencia infantil.
No tenía
Fernando más que ladear un poco la cabeza, volviendo los ojos al interior de la
cubierta, y recibía en su olfato inmediatamente la esencia de los licores que
burbujeaban con mezcla de soda en las mesas del café, el perfume de agua de
Colonia que iban esparciendo las mujeres, como un recuerdo de su baño matinal.
Parecía ser de un planeta distinto la vida que se desarrollaba cuatro metros
por encima de la muchedumbre emigrante. Los camareros iban de grupo en grupo
ofreciendo grandes bandejas cargadas de emparedados y tazas de caldo: el
segundo refrigerio de la mañana. Las señoras exhibían con afectada modestia sus
trajes de verano recién extraídos de los cofres y cambiaban mutuos
cumplimientos. Muchos pasajeros iban vestidos de blanco de pies a cabeza, e
igualmente de blanco los domésticos del buque, los músicos y los oficiales.
Había momentos en que el castillo central parecía invadido por una tripulación
de Pierrots.
Pasó Mrs.
Power, sola como siempre en sus matinales paseos, erguida y sin mirar a nadie,
con un sombrero de tul elegante y vistoso. Fernando sintió al verla indecisión
y timidez; pero ella, deteniéndose un momento, vino en su auxilio. Le saludó,
preguntando con un retintín irónico cómo había pasado la noche. Sonreía
protectoramente, dando a entender que perdonaba a Ojeda su travesura de niño
grande. Todo estaba olvidado... Y le tendió una mano antes de alejarse,
continuando su marcha de ritmo varonil.
Transcurría
el tiempo sin que la cubierta se viese tan poblada como en otras mañanas.
Muchos sillones permanecían vacíos. Las graves señoras alejaban a sus hijas
para conversar entre ellas con voz de misterio y gestos de indignación, como si
comentasen algo escandaloso. No había aparecido aún ninguno de aquellos jóvenes
de cuya amistad hablaba Maltrana con entusiasmo. También él permanecía
invisible, y lo mismo Nélida con su escolta de adoradores.
El doctor
Zurita pasó junto a Ojeda aspirando el humo de su tercer cigarro matinal.
—Poca
gente—dijo—. Anoche, según parece, hubo farra larga. Debe
haber abajo un tendal de muertos y heridos... ¡Qué muchachada tan viva! ¡Cosas
de la edad!...
Y siguió
adelante, sonriendo con una tolerancia de veterano al pensar en las locuras de
la «muchachada». Estaba tranquilo por haberle dicho su ayuda de cámara andaluz
que los hijos mayores roncaban en sus camarotes con la fatiga de una noche
pasada en claro, pero sin desperfectos visibles.
La música
siguió desarrollando su programa matinal como si sonase en el vacío. Pasaban
las señoritas formando grupos, lo mismo que en las plazas de las pequeñas
ciudades alrededor del kiosco de los conciertos; pero les faltaba en este
continuo girar el encuentro con los jóvenes, el acompañamiento de un amigo,
miradas curiosas y simpáticas que las persiguiesen.
Sólo quedaban
ellas en la cubierta. Los hombres graves eran buscados por el mayordomo, que a
fuerza de invitaciones y ruegos conseguía meterlos en el fumadero. Se iba a
formar allí por aclamación el comité organizador de las fiestas con que se
celebraría el paso de la línea equinoccial.
Terminó el
concierto, retirándose los músicos con atriles e instrumentos, y entonces fue
cuando Maltrana hizo su aparición. Lo vio Fernando asomar la cabeza por la
puerta de una escalera tímidamente. Después de largos titubeos avanzó al fin
con cierto encogimiento. Vestía un traje blanco, rutilante, majestuoso, sobre
el cual parecía destacarse con mayor relieve la fealdad grandiosa de su cara, a
la que encontraban algunos cierta semejanza con la de Beethoven viejo.
En su marcha
cautelosa, torcía el rostro hacia el lado del mar, bajando los ojos como si
temiese ser visto. Ante los grupos de nobles matronas, su cortesía pudo más que
el miedo. «Buenos días...» Pero las damas contestaron su saludo a flor de
labios, siguiéndole con ojos severos y mirándose después entre ellas...
«También éste era de los culpables.» Y todo el peso de su indignación se
descargó mudamente sobre Maltrana, el primero que osaba presentarse ante ellas.
Ojeda, al
estrecharle la mano, se fijó en su tendencia a volver la cara hacia el mar,
rehuyendo el lado izquierdo, y con súbito movimiento le hizo ponerse de frente.
—Pero
criatura ¿qué tiene usted ahí?...
Señalaba,
riendo, una hinchazón lívida de la sien que se extendía hasta un ojo.
—No es
nada—balbuceó Isidro—; poca cosa... Ya le explicaré.
Y para
desviar la conversación, se miró de los pies al pecho con gesto de orgullo.
—¿Eh?... ¿qué
me dice del trajecito? Tengo otro a más de éste... ¡Cualquiera adivina que es
obra de doña Margarita, mi patrona!
Pero Ojeda no
se dejó desorientar por tales palabras, y siguió riendo con los ojos puestos en
la contusión que desfiguraba a su amigo.
—Cuando se
canse de reír, avise—dijo Maltrana, algo amostazado—. Pero ¿no ve usted que nos
están mirando esas dignas señoras?... Las conozco, y no quiero perder su
amistad. Hablan con mucha soltura de los escándalos de Europa; tienen el
propósito decidido de no asustarse de nada, para que no las tomen por unas
atrasadas; pero todo es puro exterior, y cuando se despojan de los trajes y los
añadidos de París, resultan idénticas a nuestras damas de provincias... Al
pasar frente a sus camarotes miro algunas veces por la puerta entreabierta: en
el lavabo, marquitos portátiles con imágenes milagrosas nacionales o de
importación; en un boliche de la cama, un rosario y más estampas... Tengo miedo
de que me echen la culpa a mí, que soy el más infeliz. Me temo que por dejar en
buen lugar a sus niños y a los amigos de sus niños, digan que fui yo quien
organizó lo de anoche... Y yo tengo interés en estar bien con todo el mundo, en
conservar mis amistades.
Fernando no
pudo contener su impaciencia. «Pero ¿qué era lo de anoche?...» Maltrana sonrió,
como si recordase algo, y dijo, remedando a su amigo, con entonación dramática:
—Soy un
miserable... Un miserable que siente asco de sí mismo.
Pero antes de
que Fernando pudiera enojarse por este recuerdo, se apresuró a añadir:
—Lo de anoche
fue una lección; una lección de cosas y de nombres: una «farra», una
«remolienda», como dicen mis amigos de varias repúblicas. Anoche supe también
lo que es «curarse», y me curé tan prolijamente, que aquí me tiene con una sed
infernal y este adorno junto a un ojo... Pero no me arrepiento: ¡qué muchachos
simpáticos! Da gloria tener amigos tan cariñosos. Unos me llamaban gallego,
otros me apellidaban godo. ¿Ha notado usted qué variedad de motes
amorosos gozamos los españoles en la América que habla español?
—Sí; y en
otras repúblicas nos llaman gachupines, patones, sarracenos y
no sé qué más. Podría escribirse un tratado geográfico-apodesco para mayor
claridad en las relaciones hispanoamericanas... Pero son bromas de familia que
no merecen atención: adelante.
Y Maltrana
describió la fiesta íntima en el fumadero después del baile, cuando las graves
damas con sus hijas se habían retirado a los camarotes y sólo quedaba en la
cubierta algún que otro señor entregado a su paseo habitual antes de irse a la
cama. Los jugadores de poker habían terminado sus partidas,
prudentemente, al ver invadido el salón por una banda de locos que gritaban
discursos subiéndose a las mesas, ensayaban suertes de gimnasia con las sillas
o se tendían en los divanes colocando los pies entre las copas.
—El pobre
mozo del bar, amigo Ojeda, ese rubio con bigotes a lo kaiser, se
movía incesantemente de una mesa a otra, descorchando botellas de champán,
llenando copas, recogiendo del suelo vidrios rotos. Al principio estaban por
grupos: a un lado los sudamericanos, al otro los yanquis y los ingleses, más
allá los alemanes, pretendiendo cada uno sobrepujar al vecino en generosidad.
Una mesa pedía dos botellas, la otra tres, la otra cuatro; y todos cantaban,
intercalando en su música gritos de animales conocidos o fantásticos...
Esperábamos la llegada de las damas: unas cuantas coristas que habían prometido
no sé a quién, tal vez a nadie, su interesante presencia. Pasaba el tiempo y no
venían. Unos amigos hablaron seriamente de ir al camarote de Nélida para traerla
a la fiesta y darle una paliza al hermano, proposición que puso foscos al belga
y al alemán, como si cada uno por su parte se creyese el depositario del honor
de la muchacha.
Calló
Maltrana, cual si temiera decir demasiado; pero ante la curiosidad de su amigo
siguió adelante.
—Un chileno
forzudo, gran amigo mío, se levantó con resolución. «Oiga, godito:
vamos a ver si nos traemos a algunas de esas damas.» Abajo, en un corredor,
cazamos a dos coristas polacas que iban tranquilamente desde cierto lugar a su
camarote, y mi amigo el atleta las subió casi en volandas sin entender sus
palabras. ¡Gran éxito! Las dos son negruzcas, flacas, con aire de gitanas, pero
jamás se verán en toda su vida tan admiradas y obsequiadas. Y cuando las
pobrecitas llevaban bebidas no sé cuántas copas, mirándonos a todos con la
superioridad que proporciona la escasez del artículo, y se debatían entre los
señores aglomerados en torno de ellas, chillando y contrayéndose en el asiento
como si por debajo de la mesa las cosquillease una tropa de ratas, entra el
mayordomo, el oversteward, mirándolas fijamente, sin vernos a
nosotros, como si no existiésemos; y bastaron unas cuantas palabras suyas en
alemán para que saliesen cabizbajas y temerosas, lo mismo que unas niñas ante
la reprimenda del maestro... Bien dicen que la sociedad del mujerío dulcifica
la rudeza de los hombres. Apenas nos quedamos solos... batalla. Unos increparon
a otros por haber sido demasiado audaces, haciéndolos responsables del susto y
los aleteos de las dos palomas inocentes. De pronto, un puñetazo... y el
fumadero fue la venta del Don Quijote. Todos sentían la necesidad
de pegar sin saber a quién: dos hermanos se aporrearon sin conocerse; los bocks y
las copas iban por el aire. Yo dudaba entre huir o poner paz, y en medio de mis
vacilaciones me alcanzó esta caricia... Crea usted que me duele, pero el
espectáculo valía la pena de ser visto. Lástima que usted no lo presenciase.
Ojeda se
inclinó con irónico agradecimiento. «Muchas gracias.»
—La
tranquilidad se restableció gracias a la intervención de algunos marineros que
limpiaban la cubierta y a la amenaza del mayordomo de introducir por las
ventanas las mangueras del riego... Con la calma renació el buen acuerdo; todos
pedían lo mismo: más champán. Y como era la hora en que se cierra el bar,
muchos hacían provisiones, guardando las botellas debajo de las mesas. Una
ternura conmovedora se apoderó de la asistencia. Cada uno se rascaba los
chichones o se arreglaba los rasguños del traje, mirando amorosamente al
vecino. Argentinos y chilenos cruzaban as copas con ruidosa fraternidad. ¡No
más Andes! ¡Ellos solos se bastaban para comerse el mundo! Y súbitamente
coligados, miraban a los demás fieramente.
—¿Y qué
decían los demás?—preguntó Ojeda.
—El amigo
Pérez y otros de diversas repúblicas exigieron copa en mano entrar en la
confederación. ¡Hermanos, todos hermanos! Y se abrazaron con lágrimas de
ternura, dando vivas a las tierras hispanoamericanas. Un brasileño insinuó
dulcemente con lenguaje mesurado y cortés: «Se os senhores dâo licença...».
Y el Brasil entraba igualmente en la gran alianza. ¡Viva la América latina!...
Alguien se fijó en mi humilde persona y en el adorno que llevo junto a un ojo.
«¡Ah, pobre galleguito simpático!» Y prorrumpieron en vivas a la «madre
patria», a la vieja España, ensalzándola melancólicamente, como si hablasen de
una abuela que se les hubiese muerto hace años. Las copas me venían a la boca
por docenas, como si quisieran ahogarme. Algunos se abrazaron a mí, mojándome
el cuello con lágrimas de embriaguez. Tienen en la Península no sé cuántos
parientes duques y marqueses; aún guardan en su casa papelotes antiguos de
nobleza, y me pedían mis señas en Buenos Aires para enviármelos, como si esto
pudiese interesarme... Luego, no sé cómo, los yanquis vinieron a chocar
igualmente sus copas. ¡Hurra a los Estados Unidos! ¡América sobre el resto del
mundo!...
Pero este
huracán de fraternidad había sido demasiado impetuoso para mantenerse en los
límites de un continente, y pasando los mares se difundía por Europa entera. Al
final, ingleses, alemanes, franceses y belgas entraban en la gran alianza.
¡Viva la confederación universal!
—Y un inglés
pequeñito—continuó Maltrana—, que usted habrá visto con su traje a cuadros y su
pipa, derramaba lágrimas en la copa, repitiendo con una incoherencia obstinada
de beodo: «Yo he entrado en el buque con el corazón puro, y puro quiero sacarlo
de él...». El mayordomo entraba a cada rato para decirnos que eran las dos, que
eran las tres, que eran las cuatro, y había que cerrar el fumadero; pero nadie
le entendía. Algunos roncaban tirados en las banquetas; otros se alejaban
titubeando, para volver poco después pálidos, con la pechera de la camisa
manchada. De pronto se apagaron las luces y salimos empujándonos, entre un
griterío de protesta. Se habló un poco de matar al mayordomo, pero había
desaparecido.
—¿Y se fueron
ustedes a dormir?—preguntó Ojeda.
—No, señor;
una fiesta de esta clase no termina tan pronto. Yo me vi, no sé cómo, en un
corredor de abajo con dos botellas en las manos y un amigo a cada lado. Al
marchar, con las piernas blandas como si fuesen de algodón, nos llevábamos por
delante todos los zapatos depositados a la entrada de los camarotes... Vimos
unos cuantos amigos que golpeaban unas puertas, encorvándose para hablar por el
ojo de la cerradura. Eran los camarotes de las francesas, señoritas ordenadas y
de buenas costumbres, que se acostaron sin presenciar el baile y estaban
durmiendo con la honrada tranquilidad de un industrial en vacaciones. «Cien
marcos», proponía uno. «Quinientos cincuenta», insinuaba otro, enfurecido por
el silencio. «Mil... Dos mil...» Los dejamos soltando cifras ante las puertas
obscuras e inmóviles. Era lo mismo que si hicieran proposiciones a un panteón.
Isidro
hablaba cada vez con más lentitud, como si se aproximase a la mayor dificultad
de su relato y pensase en el medio de sortearla.
—Luego
encontramos a un amigo alemán que iba a despertar al médico, con la cabeza
chorreando sangre. Se había caído de una escalera, golpeándose en los filos de
los peldaños, que son de bronce... También yo me sentí atraído por las puertas
y empecé a golpear la de mi vecino, el hombre misterioso, el personaje de
Hoffmann. Necesitaba hablar con él: le invitaba a levantarse, para que
bebiésemos una copa juntos y presentarle a mis amigos. «Sal, no tengas miedo:
te conozco. Tú eres Sherlock Holmes...» Una manía de borracho que a última hora
se apoderó de mí. Y luego empecé a aporrear la puerta vecina, la del misterio,
pugnando por abrirla. Se me había metido en la cabeza que el amigo Holmes
llevaba oculta en este camarote a una princesa rusa que viaja de incógnito y va
a casarse con un jefe de tribu del Gran Chaco. Fantasías del alcohol, querido
Ojeda. Y los dos acompañantes, menos ebrios que yo, pretendían disuadirme
arrancándome de allí. «Mi amigo, no haga leseras...» «Compañero, no sea
empecinado.» Y al fin pudieron meterme en mi camarote y acostarme, y allí he
estado hasta que me despertó la música... Un baño a toda prisa, y a enfundarme
en este traje de marinerito amoroso que guardaba con impaciencia desde que nos
embarcamos, ¡Pocas ganas que tenía yo de lucirlo!... ¿Eh? ¿qué le parece el
trajecito de mi patrona?...
Ojeda le miró
con fingida severidad.
—Muy bien,
Isidro. Bonito modo de ir en busca de una vida nueva. Se está usted amaestrando
para el trabajo.
—¡Bah! Es el
mar, la influencia desmoralizadora del mar. Ya me oyó usted anoche. Aquí somos
otros que en tierra; tal vez más espontáneos, más verdaderos. El aislamiento,
la vida en común, nos despojan de nuestros envoltorios y la bella bestia
aparece tal como es, excitada por el fastidio, ansiosa de entretenerse en algo.
Y así como se prolongue la navegación, nos sentiremos más iguales, más
hermanos, con mayor cantidad de «animalía»... El hombre siempre ha sido lo
mismo en el mar. Acuérdese de los antiguos viajes a las Indias y la Oceanía.
Los maestres de las naos recogían las espadas de los hidalgos, para no
devolvérselas hasta el final del viaje. Todo desafío concertado durante la
navegación no tenía validez al saltar a tierra. Aquellos viajes eran de meses y
los nuestros son de días; pero representan lo mismo, pues nosotros vivimos y
sentimos con mayor velocidad que nuestros abuelos... No pase usted cuidado:
recobraré mi cordura al llegar al último puerto, y todos harán lo mismo. Tal
vez por eso dice usted que las amistades hechas en un buque rara vez se
prolongan en tierra. Se ven las gentes con demasiada intimidad, y luego, cuando
se encuentran, se saludan de lejos con la sonrisa de un buen recuerdo; pero se
evitan a la vez, como si se hubiesen conocido en una aventura poco honorable.
Un bramido
monstruoso sobresaltó a muchas señoras en sus asientos. Era el silbato del
buque, que daba la señal del mediodía.
—La hora del
almuerzo—dijo Maltrana alegremente—. ¡Tengo un hambre!... ¿Ha notado usted cómo
abre el apetito la mala conducta?
En el
antecomedor agolpábanse los viajeros frente a una larga mesa cubierta de platos
diversos: vasijas con ensaladas; jamones y piezas de embutido exhibiendo en sus
caras rojizas el negro mosaico de las trufas; anguilas enormes enterradas en
gelatina; salchichas alemanas de color de rosa y leve perfume de droguería;
anchoas flotantes en sal líquida; botes que mostraban entre los dientes del
latón recién cortado el granulento verde del caviar. La mano de un cocinero iba
de un extremo a otro de la mesa, armada de un tenedor, colocando en los platos
estos entremeses del almuerzo a gusto de los pasajeros.
Muchos
curiosos se detenían frente a un gran reloj regulado desde el puente por una
corriente eléctrica, y modificaban sus cronómetros con arreglo al salto atrás
que acababan de dar las agujas. Todos los días, al llegar el sol a su altura
máxima, había que retrasar la marcha del tiempo diez minutos. Otros pasajeros
discutían ante un tabloncillo en el que estaba la carta de navegación,
examinando la mancha azul del Océano punteada de alfileres con banderitas
germánicas. Cada alfiler era colocado a las doce del día, y el espacio abierto
entre dos de ellos representaba una singladura, veinticuatro horas de
navegación. Las banderitas salían del mar del Norte, e iban alineándose a lo
largo de la costa de Europa hasta avanzar en pleno Atlántico. La última recién
clavada erguíase: entre Canarias y Cabo Verde. Más abajo, el mar limpio, el mar
inmenso, la mancha azul no más grande que la palma de la mano, pero cruzada por
las líneas negras de los grados, que representaban días y días. ¡Faltaban
tantos para que cada uno llegase a su destino!... Y dominados por la
preocupación de la velocidad, criticaban la marcha del buque, acusando a la
Compañía de avaricia en el gasto de carbón, disputando el número de millas que
debía correr, haciendo apuestas sobre la singladura del día siguiente.
Al entrar en
el comedor, Maltrana se vio saludado por sus compañeros de mesa con guiños
maliciosos. El viejo doctor Rubau, siempre de negro, parecía compadecerse, con
un gesto de cansancio, de las falsas ilusiones de la vida. «¡Ah, juventud,
juventud!...» No le habían dejado dormir tranquilamente gran parte de la noche.
También habían llamado a su camarote, equivocándose de puerta, para proponerle
por el ojo de la cerradura algo monstruoso, que no acabó de entender en la
torpeza de su sueño interrumpido.
Munster
ocultaba su cólera con una sonrisa de resignación. Había renunciado al bridge en
la noche anterior por falta de compañeros, refugiándose en el poker forzosamente,
y cuando después de perder cien marcos empezaba a recobrar su dinero, la
invasión de una tropa de locos le expulsaba del café como a las demás «personas
serias».
—Y usted,
señor Maltrana, no es un niño, y debía dejar para los muchachos estas hazañas
impropias de su edad.
El joyero,
sordamente irritado contra su cabeza blanca y sus arrugas, gustaba de envejecer
a los demás, creyendo remozarse de tal modo, y por esto insistió en aumentar
los años de Isidro, sin hacer caso de sus protestas.
Entraban en
el comedor poco a poco todos los jóvenes que se habían mantenido ocultos hasta
entonces en sus camarotes. Unos avanzaban a toda prisa, fingiéndose preocupados
con algún pensamiento de importancia. Otros desafiaban la curiosidad,
ostentando arrogantemente las erosiones mal disimuladas por el peluquero con
polvos de arroz. Los norteamericanos destapaban champán en el almuerzo y
gritaban lo mismo que en la noche anterior, insensibles al cansancio y al
trasiego de líquidos. En las mesas de familia, las mamás acogían a sus hijos
con ojos de severidad y labios apretados; pero aquéllos salían del paso
saludando a «sus viejos» con aire indiferente, como si los hubiesen visto
momentos antes.
Al terminar
el almuerzo, Fernando se encontró con Mrs. Power en la escalera del jardín de
invierno, y juntos fueron a sentarse en el sitio que ocupaba ella habitualmente
con la pareja de compatriotas. Ojeda, después de ser presentado a los esposos
Lowe, permaneció allí como si estuviese en familia.
«Ya lo
acapararon los yanquis—pensó Maltrana—. Ahora la señora le muestra un abanico y
le invita a escribir en él... Desea versos; tal vez versos de amor. Dejemos al
amigo Ojeda que siga su destino.»
Y cuando
dudaba entre ocupar una mesa libre o irse al fumadero en busca de sus amigos
los comerciantes españoles, se vio llamado por el doctor Zurita que,
repantingado en un sillón, le mostraba un papel.
—Che,
Maltrana, venga para acá. Pero ¿ha visto qué graciosos son estos gringos?...
Le mostraba
la lista del comité organizador de las fiestas ecuatoriales, constituido una
hora antes bajo las indicaciones del mayordomo. Una ocasión para éste de vender
a buen precio, en clase de premios, todos los objetos de pacotilla adquiridos
previsoramente en Hamburgo.
—Fíjese, che,
en los presidentes de honor. ¡Qué abundancia!
Eran el
doctor Zurita, el obispo, el abate francés, el conferencista italiano y Ojeda.
¡Y qué de títulos!... El obispo era Su Grandeza, Zurita Su Excelencia, y Ojeda,
por ser algo, aparecía con el título de doctor.
—Pero ¡qué
graciosos estos gringos!
Reía Zurita
con una mezcla de burla democrática y satisfacción infantil.
—Vea,
Maltrana: yo fui ministro, ¿sabe?... ministro de la provincia, en mis tiempos
de muchacho, cuando andaba mezclado en los batifondos de la política. Además,
he sido diputado nacional. Ahora no me meto en nada; mis negocios no más, y a
vivir tranquilo. Pero tal vez por esto me tratan de Su Excelencia. ¡Qué
demonios de alemanes! Todo lo averiguan... Bueno, señor; esto va a costarme
algunas libras más.
Y volvía a
reír, contemplando con una mirada entre irónica y amorosa «aquella diablura de
los gringos» tan aficionados a categorías y honores.
Maltrana, en
su inquieta movilidad, salió del jardín de invierno para dirigirse al café. En
torno de una mesa vio sentados a sus tres compatriotas, los graves y honrados
comerciantes que le regalaban buenos consejos.
—Saludo a sus
respetables firmas sociales—dijo tomando asiento junto a ellos.
Pero como
interrumpía una conversación interesante, sólo mereció varios gruñidos a guisa
de saludo. Estaba hablando el señor Goycochea, un vasco de ojos claros,
membrudo, bajo de estatura, la cabeza cana y el bigote y la barbilla teñidos de
rubio con cierto descuido que dejaba visible el blanco de las raíces capilares.
Maltrana le tenía por el más rico de los tres. Bastaba ver el respeto de sus
compañeros, que callaban apenas tosía él indicando su deseo de hablar.
Aparte del
prestigio que debía a su fortuna, gozaba entre los amigos de cierta
consideración social por su matrimonio y su género de vida. La esposa era una
dama imponente, con triple mentón y quevedos de oro, que antes de acomodarse en
la cubierta de paseo se hacía buscar por la doncella su asiento propio, una
poltrona comprada en París, la única de a bordo que podía contener las
amplitudes de su respetable maternidad. Nacida en la Argentina, su origen y su
apellido parecían irradiar un halo de gloria sobre la prole, borrando la
insignificancia del origen paterno. La familia residía en París, y cada dos o
tres años regresaba a América para que el jefe viese de cerca la marcha de sus
negocios. Habitaban un hotelito propio en las inmediaciones de los Campos
Elíseos, y poseían dos estancias en la provincia de Buenos Aires, a más de la
gran casa de comercio en la capital, que dirigía un antiguo dependiente
convertido en socio. Un personaje importante el tal vasco... La señora infundía
respeto a los dos compatriotas del esposo, siempre con la cabeza alta, parca en
palabras, llamando a Goycochea por su apellido, como si fuese un amigo en
visita, mirándolo todo insolentemente con sus ojos de miope. Las tres niñas
hablaban inglés y alemán e iban escoltadas por una institutriz roja y pecosa
que miraba con tanto desprecio como la señora a los amigos del señor. De toda
la familia, encerrada en su altivez triunfante, él era el único comunicativo y
simple de carácter... cuando los suyos no estaban presentes.
Tenía yo
entonces diecinueve años—continuó diciendo Goycochea luego de la interrupción
de Maltrana—, y me fui a pie con otro muchacho desde mi pueblo a Bayona, donde
tomamos pasaje en un bergantín francés. Nos faltaban papeles para embarcarnos
en España: teníamos miedo a lo de la quinta... Un viaje de sesenta y cinco
días. ¡Y pensar que ahora nos quejamos por si el vapor se atrasa un par de
horas!
Yo vine en
una fragata de Barcelona cargada de vino, hace cuarenta años, y echamos dos
meses y medio en el viaje—dijo Montaner, el residente en Montevideo.
—A mí me
trajeron en una goleta de Cádiz con cargamento de sal—declaró Manzanares,
antiguo amigo de Goycochea—. No sé cuánto tiempo estuvimos quietos en la línea
por las malditas calmas. ¡Y qué alimentación!... El mejor librado era yo, que
por ser muchacho ayudaba a los de la cocina y podía rebañar las sobras de los
calderos... Y ahora, señores, nos damos el gusto de venir aquí. Nosotros hemos
conocido los malos tiempos; nos ha costado sudar la plata. No como otros, que
llegan con toda clase de comodidades y quieren de golpe conquistar una fortuna;
como si la fortuna estuviese ahí, esperándoles en el muelle.
Y miraba a
Maltrana con súbito rencor, cual si le irritase verlo rodeado de los lujos de
un gran trasatlántico, mientras ellos, hombres ricos, habían ido a América
sufriendo hambre en buques de vela.
Un señor
malhumorado el tal Manzanares, de esquelética delgadez y el bigote gris caído
sobre las mandíbulas salientes. Sus ojos turbios sólo se animaban con los
fulgores de la rabia. Una dolencia del estómago agriaba aún más su carácter y
le hacía emprender frecuentes viajes a Europa, siempre en busca de nuevas aguas
curativas. Era un erudito en anuncios de específicos y catálogos de farmacia:
conocía todos los remedios, y siempre tenía uno, el último lanzado a la
circulación, que le merecía hiperbólicas alabanzas, al mismo tiempo que
abrumaba con sus ferocidades verbales a los «ladrones» inventores de los otros.
Este enfermo crónico comía con una voracidad pantagruélica, y para vencer la
torpeza de sus digestiones caminaba a todas horas por el buque, ensalzando las
ventajas de la marcha. Únicamente en el café se le veía sentado: el resto del
día lo pasaba dando vueltas en la cubierta; y cuando la afluencia de gentes
dificultaba su tenaz ambulación, circulaba abajo por los pasillos de los
camarotes. Al encontrar a Maltrana saludábalo invariablemente con el mismo
ofrecimiento: «Le invito a que demos un paseo...». «Muchas gracias—contestaba
aquél—; es a lo único que usted convida.»
Sentía Isidro
contra este señor una hostilidad irresistible. Era el que más le ofendía cada
vez que intentaba darle buenos consejos. «Ustedes los periodistas, que son
medio locos...» «Usted, que no hará nada en América porque es escritor...»
Manzanares admiraba la brutalidad como la más grande de las facultades, y se
hacía lenguas de un gobernante cuando amenazaba con perseguir a «la canalla
popular».
—Con ése no
se juega—decía entusiasmado—; ése tiene la mano dura... Pega fuerte...
Y pedía el
fusilamiento inmediato a un lado y otro del Océano de todos los que escriben en
los papeles, oficio que sólo sirve para que los obreros pidan menos horas de
trabajo y aumento de jornal.
—Cuando pagué
mi pasaje—continuó Goycochea—no me quedaba nada, absolutamente nada, ni dos
reales. ¡Para lo que me hubiese servido el dinero en aquel barco!... La comida
era poca y pésima; la galleta tenía gusanos y había que tragarla sin verla; en
el rancho nadaban al principio unas piltrafas de tocino; luego, alubias solas.
Yo no tenía otro equipaje que dos camisas y un pantalón, además del que llevaba
puesto; un pantalón nuevo, azul, con muchos botones: la única prenda que pudo
hacerme mi madre... ¡Aún lo estoy viendo!...
Y al mismo
tiempo que Goycochea parecía admirar imaginativamente con la ternura del
recuerdo este pantalón, único lujo de su pobreza, contemplaba en una de sus
manos el centelleo de un brillante límpido y tembloroso como una gota de luz.
—Tenía yo un
gran amigo en el barco, un chico de Aragón, compañero de cama y caldero, listo,
muy listo, y eso que no sabía leer... ¡Pobre! Murió hace dos años, luego de
haber hecho una buena fortuna y educar a la familia como Dios manda. Un hijo
suyo es doctor y dicta clases en la Universidad. Muchas veces he leído su
nombre allá en París, cuando doy un paseo hasta la Avenida de la Ópera y echo
un vistazo a los diarios argentinos en el Banco Español. Creo que es diputado o
que va a serlo: tal vez algún día lo veamos ministro... El padre parecía bruto
porque no tenía letras, pero guardaba algo en la mollera. Dormíamos bajo la
misma lona, al pie del palo mayor; nos ayudábamos al lavar lo que teníamos
puesto; éramos como hermanos... Y un día, él se enamora de mi pantalón. «Que te
lo compro... Que te doy tres pesetas por él...» Y vinimos regateando desde Cabo
Verde al río de la Plata.
El millonario
sonreía al recordar su testarudez.
—El era de
Aragón, baturro de verdad, ¡figúrense ustedes!, pero yo soy vasco. «Que te doy
tres y cuartillo... Que te doy tres y un real... Tres y media...» Los amigos
intervenían en la venta del pantalón. De proa a popa mediaban expertos,
examinando el cosido de la prenda, la solidez de los botones, la duración de la
tela. Y con las alabanzas de los inteligentes crecían los deseos de mi amigo.
«¡Remoño, no seas cabezota!... Dámelo por cuatro, que es lo que vale.» Deseaba
ponerse majo al bajar a tierra; hablaba de cierta chica de su pueblo que estaba
sirviendo en Buenos Aires... Al embocar el río de la Plata casi lloraba de
rabia. «Me alargo hasta cinco. Mira, maño, que no tengo más.» Y el trato quedó
cerrado en un duro, un «napoleón», como se decía entonces, el único dinero con
que llegué a Buenos Aires. ¡Y gracias que hubiese entrado con él!... Ustedes se
acuerdan de cómo se desembarcaba en aquellos tiempos. No había muelle; del
barco a una lancha, y de la lancha a una carreta hundida en el agua hasta el
eje, que le arrastraba a uno a las costas de la orilla. Catorce reales me
llevaron por desembarcar, y entré en Buenos Aires con peseta y media y un
pantalón viejo que no lo hubiese querido un pobre... Luego pasaron muchos años
sin que nos viésemos mi amigo y yo. Un día nos encontramos en una junta
patriótica de comerciantes españoles.
Goycochea se
entristecía recordando a su compañero.
—Cuando por
sus negocios pasaba cerca de mi tienda, entraba a saludarme. Tenía un modo suyo
de anunciarse: un garrotazo sobre el mostrador. «¿Quién está aquí?» Y al salir
yo del escritorio, la misma pregunta: «¿Cómo estás, maño? ¿Cómo tienes a la
maña y tus cachorricos?...» La última vez que le vi, fue antes de retirarme yo
a París. Éramos los dos del Directorio de un Banco. Llegaba don Mateo apoyado
en su bastón, renqueando una pierna por el reuma. Los empleados y mozos del
Banco lo adoraban, y eso que al menor enfado los trataba de «sarnosos»
levantando el garrote. Pero en el Directorio pedía siempre aumento de sueldo
para ellos y disminuciones en el amueblado. Se irritaba con las poltronas de
los directores, las mesas de Consejo, las lámparas eléctricas. Decía que
eran punterías indignas de hombres. Él tenía un buen pasar y
no necesitaba de estas cosas en su casa. Mejor era distribuir la plata a los
que abrían las puertas: badulaques cargados de hijos. Se sentía morir. «Maño,
esto va mal; dentro de poco, al pocico.» Pero se consolaba pronto. «La verdá
es, maño, que hemos hecho camino. Hemos educao a nuestras familicas, las
dejamos un cuscurro de pan, y podemos irnos en paz. ¡Quién nos hubiera dicho en
el barco que nos veríamos aquí! ¿Te acuerdas del pantalón? ¿Te acuerdas del
duro que me sacaste, vasco del moño?...» Y ya no le vi más.
Manzanares,
que escuchaba con un orgullo de clase el relato de su amigo, miró luego a
Maltrana.
—Aprenda
usted, joven. En el mundo existen hombres de mérito aunque no hayan escrito en
los papeles. Ahí tiene el ejemplo en don Antonio Goycochea. Entró en Buenos
Aires con peseta y media, y hoy tiene ocho millones de pesos... tal vez diez...
tal vez doce.
Goycochea le
interrumpió modestamente. Un mediano pasar nada más: una situación decente para
la familia.
—La casa sí
que es fuerte: la firma Goycochea y Mazpule tiene algún crédito. Giramos al año
unos veinte millones. Pero nos deben mucho... ¡Hay tantas quiebras!
Y los tres
prorrumpieron en exclamaciones, elevando las miradas al techo para expresar los
riesgos y aventuras del comercio en América, únicamente compensados por las
enormes ganancias, muy superiores a las del viejo mundo.
Sintióse
humillado Maltrana por el aislamiento en que le dejaban aquellos señores.
Acalorados por la comunidad de sus intereses, no le veían, se habían olvidado
de él. Era un profano que osaba injerirse en la francmasonería del negocio.
Quiso levantarse, pero se detuvo al notar que Manzanares sentía la emulación de
hablar igualmente de sus esfuerzos.
Había
empezado la vida comercial en el desierto argentino, cuando los indios ocupaban
los territorios cruzados ahora por el ferrocarril, y el malón, con
su reguero de saqueos, incendios y rapto de personas, asolaba los pequeños
campamentos, transformados actualmente en ciudades de importancia. El blanco
centauro de las llanuras, con su poncho, su facón y sus grandes espuelas,
resultaba tan peligroso como el jinete cobrizo de larga lanza. Manzanares había
sido dependiente en un boliche aislado sirviendo vasos de caña a través de una
fuerte reja que resguardaba el mostrador de las manos ávidas y los golpes de
cuchillo de los parroquianos. A lo mejor pasaban corriendo, con la celeridad
del espanto, mujeres, niños y rebaños, y tras ellos los hombres, que preparaban
sus armas mirando inquietos el horizonte. Poco después asomaba en el último
término de la Pampa una nube de polvo. Dentro de ella cabalgaban sobre caballos
en pelo los guerreros de la horda indígena en insolente avance sobre los
núcleos de civilización pastoril enclavados audazmente en el desierto. Eran
demonios cobrizos, de lacias y aceitosas melenas sujetas por una cinta, ávidos
de aumentar con nuevas vacas y hembras blancas la fortuna de bestias y esclavas
que guardaban en sus tolderías.
Cerrábase el
establecimiento lo mismo que una fortaleza, y se armaban el patrón y sus
dependientes con trabucos y fusiles viejos guardados debajo del mostrador como
herramientas profesionales. A esta guarnición uníanse los parroquianos de los
ranchos inmediatos, que corrían a refugiarse con sus familias en el boliche,
único edificio de ladrillo en muchas leguas a la redonda. Con ellos entraban
los tripulantes de los rosarios de carretas sorprendidos por el malón en
su marcha lenta, chirriante, que duraba semanas y semanas.
Unas veces
pasaba de largo la tromba cobriza, atraída por el ganado de lejanas estancias;
otras ponía sitio al almacén, codiciando más que el dinero los barriles de
caña. Hervía la horda en torno del boliche, que por sus aberturas barriqueadas
lanzaba relámpagos de plomo. Los asaltantes, arrastrándose, intentaban poner
fuego a sus puertas. En los momentos de descanso mataban las yeguas robadas en
las inmediaciones y se bebían la sangre entre el griterío de una borrachera
feroz. Y esta situación duraba días y días, hasta que llegaba la noticia a los
fortines y otra tropa se señalaba en el horizonte, compuesta de jinetes con
viejos uniformes, peor armados y montados que el enjambre de indios, los cuales
solamente huían por hartura, deseosos de poner en salvo su botín.
Y así había
reunido Manzanares sus primeros centenares de pesos, aguantando golpes y
hurtando el cuerpo al facón de los parroquianos ebrios, más temibles que los
indios. Al volver a Buenos Aires, por uno de esos desvíos de profesión tan
comunes en las tierras nuevas, el servidor de vasos de caña y pedazos de charqui había
entrado en una tienda de ropas de lujo. Su patrón lo enviaba en viaje por todo
el país, y así había conocido, yendo en diligencia, los asaltos en los caminos,
unas veces por las bandas de indígenas, otras por «montoneras» de guerrilleros
que robaban a las gentes en nombre de un caudillo de provincia o de un partido
político. La nación hervía entonces en revueltas civiles, antes de
cristalizarse definitivamente. Había dormido a la intemperie, sin más cama que
el «recado» de su caballo, bajo el frío de las tierras del Sur, o rodeado de
nubes de mosquitos en los campos del Norte. Había ayudado muchas veces, con los
compañeros de viaje, a tirar de la diligencia atascada en un barrizal al que
llamaban carretera. En otras ocasiones le había sorprendido una creciente de
aguas, que ahogaba a las bestias de tiro.
—Yo creo,
señores, que entonces pillé para el resto de mis días esta enfermedad del
estómago, que terminará conmigo... Acabé por establecerme, y poseo mi depósito
en la calle Alsina, ya saben ustedes dónde; uno de los mejores depósitos al por
mayor de ropa fina para señoras; y tengo clientes en toda la República y
trescientas muchachas trabajando en los talleres. Nosotros no giramos lo que
usted, amigo Goycochea: seis millones por año nada más, pero la ropa blanca es
artículo que deja más que otros. Yo voy a Europa con frecuencia, visito a
nuestros proveedores de Hamburgo, Milán y París, me entero de las novedades, y
cada cinco o seis años me asomo a España y vivo en mi pueblo por unos días. El
cura me saca unas pesetas con pretexto de reparaciones en la iglesia; el
alcalde me pide para la escuela, para el lavadero, para un camino; los gaiteros
se están toda la noche ante la casa, toca que toca, esperando la sidra. Las
sobrinas, que son no sé cuántas, siempre tienen a punto un chiquillo que soltar
al mundo cuando yo llego, y quieren que el tío de América lo apadrine. Todos
parecen encantados de que mi señora no haya tenido hijos. Cuando estuve allá la
última vez, hablaba el alcalde de ponerle mi nombre a una calle y una lápida al
casucho donde nací... Yo no tengo su posición, señor Goycochea, pero he hecho
la mía y me ha costado sudarla como a usted. Puedo retirarme cuando quiera;
¡para los hijos que he de mantener!... Pero le tengo ley a mi establecimiento,
que empezó siendo una miseria y hoy ocupa un cuarto de manzana. Además, cuento
con el socio, que corre con todo el trabajo: un antiguo dependiente al que di
participación. Ya conocen ustedes la firma: Manzanares y Mendizábal.
La falta de
hijos parecía amargar su triunfo, colocándole en rencorosa inferioridad ante el
prolífico vasco. Pero como una compensación, hizo el elogio de su esposa,
valerosa compañera de los primeros años de pobreza y ahorro. No podía
compararse con la señora de Goycochea, que él veía como una gran dama de
majestad imponente—otro motivo de envidioso rencor—. Era una muchacha de la
tierra, que había gobernado la casa con economía feroz, cuidando de que cada
dependiente comiese lo estrictamente necesario para mantenerse en pie, sin
hartazgos que perjudican a la salud. El hábito del ahorro persistía en ella al
vivir en plena fortuna, con una afición a mezclar sus brazos arremangados en
las más bajas tareas de la casa. Y Manzanares, que había «corrido mundo», y
todos los años, en su viaje a París, conocía el Montmartre de noche, porque «el
hombre debe verlo todo», empezaba a creer que esta compañera no estaba a nivel
de sus triunfos comerciales, y por esto había de privarse de exhibirla—como
Goycochea ostentaba la suya—, temiendo ciertos descuidos de su lenguaje. Pero
un viejo sentimiento de gratitud y los propios gustos estéticos le hacían
prorrumpir en elogios de su personalidad física. Además de ser muy buena,
todavía se conserva hecha una real moza.
—Es algo
parecida a su señora, amigo Goycochea. La mía pesa cien kilos. ¿Y la de usted?
Goycochea
hizo un gesto de tristeza. Había llegado a pesar algo más, pero en París se
había puesto a régimen. Ahora estaba de moda la delgadez.
—La mía pesa
ciento seis—declaró Montaner, el comerciante de Montevideo.
—¡Buena!—afirmó
Manzanares con autoridad—. ¡Buena debe ser!
Este hombre
esquelético admiraba con un entusiasmo concentrado, casi religioso, la
desbordante exuberancia femenina como signo de salud, buen honor y virtudes
domésticas... Pero Montaner, que se consideraba humillado por el silencio en
que le dejaban sus compañeros, interrumpió a Manzanares.
Él también
«había hecho lo suyo». La República Oriental se prestaba menos que la Argentina
a los vaivenes de fortuna y los rápidos triunfos. El dinero era más lento en
sus avances, y tal vez por esto de paso más sólido: la gente pensaba en retener
más que en adquirir. No podía hablar de millones como los compañeros, pero
gozaba de un buen pasar, y a su muerte, los hijos, si no eran unos ingratos, se
acordarían de que «el viejo» había trabajado...
—Aquél es un
gran país, más pequeño que la Argentina, pero rico, muy rico. ¡Lástima que sea
la tierra de las revoluciones!... El uruguayo es bueno, caballeresco,
aficionado a las cosas de pensamiento, pero demasiado valiente, demasiado
guapo, convencido de que falta a su deber cuando se mantiene unos cuantos años
sin salir al campo a matarse. Todos somos allá «blancos» o «colorados»; y no sé
qué demonios hay en el ambiente, que los que llegan, sean de donde sean, apenas
aprenden a hablar toman partido por unos o por otros. Yo mismo, señores, soy
«blanco», más blanco que el papel, más blanco... que la leche; y mis hijos lo
son también. Dos de ellos se me fueron al campo en la última revolución. Y si
ustedes me preguntan qué es eso de ser «blanco», les diré que luego de tantos
años no estoy todavía bien enterado... Tal vez me hicieron «blanco» a la
fuerza.
Y relató su
llegada a Montevideo, cuarenta años antes, sin más fortuna que una carta de
presentación para un catalán establecido en el interior. El país estaba en
revuelta, pero la ciudad presentaba su aspecto normal. Las gentes se abordaban
en la calle sonriendo: «¿Qué noticias hay de la revolución?» lo mismo que si
hablasen de la lluvia o del buen tiempo. Y Montaner salió en una diligencia,
como único pasajero, hacia el pueblo dónde estaba su compatriota.
—A las pocas
horas, unos hombres a caballo, armados de lanzas, con pañuelos rojos al cuello,
rodearon la diligencia. Era una patrulla de «colorados». El jefe habló con el
mayoral. «¿Qué llevas ahí?» Y al saber que no llevaba otro pasajero que un
pobre muchacho español, algunos jinetes avanzaron su cabeza por las
ventanillas. «¡Ah, galleguito; «blanco» de mier... coles! ¡Déjate crecer el
pelo para que te cortemos mejor la cabeza cuando seas grande!...» Lo decían
riendo; pero yo, que sólo tenía trece años, me acurruqué en un rincón y deseaba
meterme debajo del asiento. Se fueron, y dos horas después, cerca de un rancho,
encontramos otra partida de jinetes, con lanzas también, y con esos caragüelles
bombachos que parecen enaguas recogidas en las botas; pero éstos llevaban al
cuello pañuelos blancos. Y la misma pregunta: «¿Qué llevas ahí?» Y al saber que
era yo español, sonrisas en la portezuela lo mismo que si me conociesen toda la
vida. «Baje, jovencito, baje y descanse, que está entre amigos. Tómese una copa
de caña...» Desde entonces no tuve duda: sabía lo que me tocaba ser en aquella
tierra: blanco, siempre blanco. Ahora, los años han traído cierta confusión, y
gentes de todos los orígenes figuran en los dos bandos. Pero en mis tiempos,
los gringos eran todos «colorados», y los gallegos y vascos «blancos», tal vez
porque en las filas de éstos habían combatido muchos españoles procedentes de
la primera guerra carlista... ¡La sangre que se ha derramado! ¡Los combates sin
cuartel, en los que no se admitían prisioneros!... Yo he visto degollar docenas
de hombres lo mismo que ovejas.
Montaner
quedó silencioso, como si le obsesionasen sus recuerdos.
—Ahora han
cambiado las cosas—añadió—. Los antiguos escuadrones con lanzas son ejércitos
provistos de artillería; se respetan los prisioneros, se hace la guerra con más
«civilización»; pero la guerra sigue, y la gente se mata creo yo que por pasar
el rato... El país se ha acostumbrado a esta vida, y se desarrolla y progresa a
pesar de las revoluciones. Es como algunos enfermos, que acaban por entenderse
con su enfermedad y viven con ella de lo más ricamente. ¡Pero al que le tocan
de cerca las consecuencias de estas luchas!...
Hablaba con
resignación de los retrasos sufridos en su fortuna por culpa de las guerras.
«Blancos» y «colorados», en sus correrías, se le habían comido los mejores
animales de su estancia. Muchos iban a la guerra por el placer de mandar sable
en mano, como si fuesen dueños, en las mismas tierras donde trabajaban de
peones en tiempos de paz, por el gusto señorial de matar un novillo y comerse
la lengua, abandonando el resto a los cuervos. Él llevaba largos años formando
en su estancia una cabaña de caballos finos, con reproductores costosos
adquiridos en Europa. Cuando descansaba, satisfecho de su obra, surgía una de
tantas revoluciones, y un grupo de partidarios vivaqueaba en sus tierras,
cambiando los extenuados caballejos de la partida por los mejores ejemplares de
la cabaña. Y los animales de pura sangre morían en la guerra o quedaban
abandonados en los caminos, lo mismo que si fuesen bestias rústicas de exiguo
precio.
—Total,
algunos centenares de miles de pesos perdidos en unas horas—dijo con tristeza—.
Muchos se entusiasman con las hazañas de ambos bandos, y ven en ellas una
continuación del valor español. «Es la herencia de España», dicen «blancos» y
«colorados» para justificar esa necesidad que sienten de revoluciones y de
golpes. Y yo me digo: «Señor, otras repúblicas de América descienden igualmente
de españoles, y viven sin considerar necesaria una revolución cada dos
años...». ¿Se han fijado ustedes que en la América de origen español todas las
cosas malas son siempre «¡cosas de España!», y rara vez se les ocurre atribuir
a la pobre vieja alguna de las buenas?...
—Así
es—interrumpió Maltrana—. Yo he tratado en París americanos de origen español
de todas alturas y latitudes, y salvo una minoría que ha hecho estudios, todos
discurren de idéntico modo; como si les inculcasen esta manera de pensar en la
escuela de primeras letras. España es la culpable de todos sus defectos, la
responsable de todas sus faltas. Ella es la autora de sus revoluciones; de la
pereza propia de los climas cálidos; de la embriaguez a que incitan los climas
fríos; de la afición desmedida al juego en gentes que nunca gustaron del placer
de la lectura; de la imprevisión y falta de ahorro en países acostumbrados a la
abundancia. Algunos hasta la increpan porque su república tiene pocos
ferrocarriles...
Los tres
oyentes asintieron, reconciliados de pronto con él. ¡Estos hombres de pluma!...
¡Qué simpáticos cuando no se metían en negocios!...
—En
cambio—continuó—, si alaban una buena cualidad de su raza la atribuyen a los
indios, y los que tal dicen son nietos o biznietos por padre y madre de
gallegos y vascos que llegaron a América a fines del siglo xviii... Y si
los indios no son los autores de lo bueno, le cuelgan el milagro a la «raza
latina», que no es más que una ficción histórica. La «raza española», algo
positivo cuya realidad perciben todos en el idioma y las costumbres apenas
ponen el pie en América, sólo existe y merece recuerdo cuando hay que
anatematizar lo malo del pasado. La gloria se la lleva la «raza latina» que
nadie sabe qué es y en qué consiste. Yo conozco una civilización latina; ¿pero
raza latina? ¿en dónde está fuera de Italia?... En fin, señores, no hay que
irritarse. Tal vez estas injusticias no pasan de ser una manifestación
instintiva de viejo cariño... desorientado, de amor filial vuelto del revés.
Se
interrumpió Isidro, saltando de su asiento al ver que pasaba ante las ventanas
la gorra blanca del médico de a bordo. La contusión de la sien le hizo recordar
de pronto con una picazón dolorosa su propósito de consultarle. Salió del café
despidiéndose de sus compatriotas con rápido saludo, y alcanzó al doctor, para
mostrarle el lívido chichón. Rio bondadosamente el alemán al examinarlo.
¿También él había sacado su parte de la fiesta de la noche? Llevaba curados a
algunos pasajeros que se mantenían invisibles en sus camarotes. Lo de Maltrana
era insignificante. Después de la hora del té le esperaba en la botica.
Al quedar
solo se aproximó al jardín de invierno, mirando al interior por una de las
ventanas. Todos seguían ocupando los mismos sitios: Ojeda con Mrs. Power y el
matrimonio Lowe; el doctor Zurita hablando con dos compatriotas suyos «de las
cosas del país». El padre de Nélida sonreía a través de sus barbas de
patriarca, dando explicaciones a un grupo de amigos con insinuantes y suaves
manoteos. Tal vez exponía los grandes negocios que le aguardaban en Buenos
Aires, y de los cuales quería dar participación a los demás, generosamente.
Algunos pasajeros se retiraban, con los ojos entornados por el exceso de luz,
en busca de sus camarotes para dormir la siesta.
Maltrana
sintióse atraído por el rumor de avispero que zumbaba bajo el gran toldo del
combés, entre el castillo central y la proa. Veíanse por los intersticios de
las lonas gentes tendidas sobre el vientre, dormitando con la cabeza entre los
brazos; mujeres que recosían ropas viejas, chicuelos persiguiéndose. Sonaba a
lo lejos una gaita con dulce sordina, semejante a un lamento pastoril que
lagrimease la melancolía de su destierro lejos de las praderas verdes.
—Hagamos una
visita a nuestros amigos «los latinos».
Salió a la
explanada de proa por un corredor de la cubierta baja. Al abrir la reja tuvo
que apartar a un grupo de emigrantes que se agolpaban contra los hierros. Era
gente moza, muchachos que se sentían atraídos por este obstáculo, símbolo
visible de la separación de clases.
Pasaban gran
parte del día pegados a ella, explorando el largo corredor alfombrado de rojo,
con grandes intervalos de sombra y manchas blanquecinas de eléctrica luz. Las
puertas de los camarotes de primera clase se abrían a ambos lados de este
pasadizo, que a ellos les parecía interminable y magnífico, como un bulevar
habitado por millonarios. Espiaban desde allí las entradas y salidas de los
pasajeros. Seguían con mirada de admiración la marcha rítmica de las señoras
que surgían de las pequeñas viviendas para perderse en un dédalo de calles
alfombradas, ascendiendo a los pisos altos del buque, que ninguno de ellos
había alcanzado a ver, y de los que llegaban rumores de músicas y fiestas. El
respeto a la jerarquía social les impulsaba a amontonarse contra la reja, como
si por ella se columbrara un mundo superior, manteniéndose en envidioso
silencio cada vez que una señora pasaba por cerca de ellos sin mirarlos. Cuando
las necesidades del servicio hacían transcurrir junto a esta barrera a las
camareras rubias, de limpio delantal y albo gorro, los mozos contemplativos
parecían desesperarse y un rumor de palabra mascadas y de relinchos contenidos
agitaba su cuerpo.
Aparecía con
frecuencia cerca de la verja una niñera alemana cuidando de un chiquitín
peliblanco y cabezudo, que jugueteaba a gatas sobre la alfombra con un osezno
de peluche. Al verla, los muchachos sonreían con repentina confianza. Era de su
misma clase social, y esto bastaba para desatar las lenguas e iluminar los ojos
con el fulgor del deseo.
«¡Rica!...
¡Monísima!... ¡Acércate, prenda, que tengo que decirte una cosa!...» «¡Oh
carina tanto bella!»
Cada mocetón
usaba de su idioma para exteriorizar el entusiasmo. Algunos árabes de bronceada
y nerviosa delgadez permanecían silenciosos, pero avanzaban el cuello lo mismo
que los caballos de carreras, brillando sus ojos de brasa con un fulgor
homicida, mostrando sus dientes ansiosos de morder. La fraulein, de
un rubio pajizo, regordeta, blanca y apretada de carnes, sonreía con
ingenuidad, manteniéndose a distancia de la reja, a través de cuyos hierros
manoteaban las fieras. Pero no por esto se decidía a huir, prefiriendo a los
paseos superiores, abiertos al aire y la luz, la permanencia en este pasillo
medio obscuro, donde recibía el homenaje tembloroso y exacerbado del deseo
viril. Sus ojos grises y su rostro de una blancura tierna, semejante a la de un
merengue, acogían con visible complacencia estas palabras de brutal homenaje en
idiomas que no podía entender.
Algunos de
los muchachos, que eran españoles, trataban con respetuosa familiaridad a
Maltrana, que por algo se creía «el hombre más popular del buque».
—Don Isidro,
tráiganos pa aquí a esa güena moza... ¡Retrechera!... ¡Cachonda!
Otros, que
habían vivido en la Argentina, se unían a este coro de entusiasmo murmurando
con arrobamiento:
—¡Preciosura!
¡Lindura!
Un napolitano
suplicaba a Maltrana, con humildad, como si fuese el dueño del buque:
—¡Siñor, que
nos la echen!... ¡Mande que nos la echen!
Isidro volvió
a cerrar la verja y fue avanzando entre los jóvenes.
—¡Orden,
muchachos!... Orden y formalidad. A ver si viene un alemanote de ésos y os
larga un par de mamporros por sinvergüenzas.
Las fieras
enardecidas volvieron a agolparse en la verja, mientras la ingenua fraulein les
volvía la espalda y se arrodillaba en la alfombra para juguetear con el
pequeñuelo, mostrando la blancura de sus medias repletas de carne firme, la
curva pecadora de su falda abombada por ocultas esfericidades.
El avance de
Maltrana produjo entre los emigrantes un movimiento de curiosidad simpática y
obsequiosos saludos: algo parecido a lo que despierta la entrada de un orador
político en una reunión popular. «Don Isidro, buenas tardes... Venga por aquí,
don Isidro.» Y todas las miradas, aun las de «los latinos» de Asia, que no
podían entenderle, le acariciaban con la suavidad del agradecimiento. ¡Aquél
era un hombre! Un rico que gustaba de mezclarse con la gente pobre; no como los
otros señores, que sólo se dejaban ver en los balconajes de los puentes para
echar una mirada de lástima, huyendo apenas se volvían hacia ellos algunas
cabezas, cual si no quisieran concederles ni el goce de la curiosidad.
Recosían unas
mujeres sus ropas; otras, patiabiertas dentro de sus batones sucios y
repantingadas en pobres sillones de lona, se agarraban con las manos a lo más
alto del respaldo. Algunas se quejaban de dolores en el brazo que había
recibido la vacunación. Los árabes permanecían acurrucados en el caramanchel de
las escotillas, mirando el mar con expresión pensativa... sin pensar en nada.
Un grupo de
hombres jugaba a los naipes. Varios italianos, con fuertes manoteos y gritos,
lo mismo que si mandasen un ejército militar, amaestraban a otros españoles en
el juego de la morra. Fogoneros libres de servicio, rubios
muchachotes vestidos de blanco, permanecían erguidos en medio de esta
muchedumbre, contemplando de lejos, tímidos y sonrientes, a ciertas beldades
morenas, como si esperasen hacerse entender con su inmovilidad silenciosa. En
el fondo, junto al castillo de proa, continuaba sonando la gaita invisible su
gangueo pastoril.
Salió una
mujer al paso de don Isidro, saludándolo con familiaridad. Era grande y obesa,
con el amplio rostro sombreado por una pátina rojiza. La gran abundancia de
zagalejos y faldas hacía aún más imponente su volumen. Tenía cierto aire de
resolución y miraba siempre de frente, acompañando sus palabras con un
movimiento de brazos autoritario, como hembra acostumbrada a mandar la primera
en su casa.
—Usted es la
de Astorga ¿verdad?—dijo Maltrana, que pretendía recordar los nombres y el
origen de todos los del buque—. Espere... Usted es la señá Eufrasia.
—Justo—dijo
la mujer, satisfecha y orgullosa de la buena memoria de aquel personaje—. Yo
soy la Ufrasia, y éste es mi marido.
Y señalaba a
un hombre sentado cerca de ella, grande también, con el abdomen mantenido por
las complicadas vueltas de una faja negra. Su cara llena, de mejillas
colgantes, asomaba majestuosa, como la de un prelado, bajo las alas del
sombrerón.
La señá Eufrasia,
cuarentona de incansable verbosidad, hablaba con aire protector de sus
compañeros de viaje. Los compatriotas, «los de la tierra», le inspiraban
lástima.
—¡Probes!
Tenemos aquí gentes de mucha necesiá, don Isidro. Hay que ver cómo van esas
mujeres y cómo llevan a sus críos... Nosotros, aunque me esté mal el decirlo,
no vamos a las Américas por hambre. Teníamos allá en el pueblo nuestro buen
pasar; pero a nadie le amarga subir, y éste (señalando al marido) me dijo un
día: «Ufrasia, ¿por qué no nos vamos a ver eso del Buenos Aires de que hablan
tanto?». Y como no tenemos hijos, yo dije: «¡Hala, amos en seguía!». Y éste
vendió los cuatro terrones y la casa, y, gracias a Dios, llevamos algo, por si
un por si acaso aquello no nos gusta y queremos volvernos. De este modo, en el
barco puede una darse mejor vida que las otras y dormir aparte, y comprar en la
cantina lo que se le apetece, y hasta hacer una cariá, que crea usted que viene
aquí gente bien necesitá de que la ayuden. ¡Y allá vamos toos, don Isidro!...
Dicen que aquello del Buenos Aires es muy hermoso, y que no hay más que
agacharse en las calles pa dar con una onza de oro.
Lo decía
sonriendo, pero a través de su incredulidad adivinábase cierto respeto por la
ciudad lejana y misteriosa, urbe de maravillas y tesoros de la que hablaban
continuamente los emigrantes.
El marido
movió la cabeza con autoridad, y sus ojos parecían decirle: «Mujer, que estás
cansando al señor... Vosotras no entendéis nada de nada».
—Usted que
sabe tantas cosas, don Isidro—siguió la Eufrasia—: éste y yo tuvimos esta
mañana una porfía. Dice que en Buenos Aires no hay monea de oro, ni de plata,
ni otra cosa que unos papelicos con figuras, a modo de estampas, con lo que se
compra too... Y eso no pue ser, ¿verdá que no, don Isidro? ¡Una tierra tan rica
y no tener dinero!... Vamos, que no pue ser.
—Pues así
es, señá Eufrasia—dijo Maltrana.
Y el marido,
saliendo de su mutismo por este triunfo extraordinario sobre la esposa siempre
dominadora, dijo solemnemente:
—¡Lo ves,
mujer!... Las hembras no sabéis na de na y queréis meteros en too.
Pero la
Eufrasia, sin prestar atención al marido, bajaba la cabeza como para seguir
mejor el curso de sus pensamientos.
—¿De manera
que no hay pesetas... ni duros... ni siquiera perras gordas?... Malo; eso no me
gusta. Tal vez tenga razón éste, y las mujeres no sepamos na de na; pero yo
digo que esto no me gusta. La monea es siempre monea, y los papelicos,
papelicos.
Y tras esta
afirmación indiscutible, suspiraba resignadamente.
—En fin;
veremos cómo pinta aquello, y si no nos gusta, la puerta la tenemos abierta...
Peor están los demás, que van tan a ciegas como nosotros y a la fuerza han de
quearse allá, pues no tien pa volverse.
Hacía el
elogio de las pobres gentes que ocupaban la proa. Los «moros», como ella
llamaba a los sirios, eran buenos muchachos y sus compañeras unas pobres que
infundían lástima. Los italianos le merecían no menos simpatía, porque acataban
en ella cierta superioridad, viéndola gastar y vivir mejor que los otros, y la
llamaban «señora». Sus cariños malogrados de hembra infecunda iban hacia todos
los niños de diversas nacionalidades que vivían cerca de ella, tratándolos con
varonil dureza de palabra al mismo tiempo que los cuidaba y acariciaba.
—¿Aónde vas
tú, cabezota?—gritó deteniendo a un pequeño que correteaba perseguido por
otros—. Fíjese, don Isidro, qué guapo: paece el niñico Jesús. Su madre es una
italiana con ocho hijos, y anda malucha, tendida por los rincones, sin poer la
probe ocuparse de ellos. ¡Si no fuese por mí!... ¡Ah, ladrón! Ya tienes otro
siete en los calzones que te remendé ayer. ¿Qué has hecho de la perra gorda?
¿Te has comprado más caramelos en la cantina?... Pero mire usted, don Isidro,
¡qué sucio y qué hermoso! ¡Guarro!... ¡Cochinote!... ¡Ham!... ¡ham! Deja que te
muerda esos hocicos de cerdo de leche.
Y teniéndolo
en alto con sus brazos poderosos, lo besuqueaba, lo apretaba contra la pechuga
ingente, mientras el niño se defendía de esta avalancha de caricias y palabras
ininteligibles pata él, gritando: «Mama... mama» y golpeando con los
pies el abdomen que le servía de ménsula. El marido, inmóvil en su asiento,
miraba a Maltrana como implorando disculpa por estas ruidosas expansiones.
—¡Lo
robaría!—clamó la señá Eufrasia—. Si éste quisiera, lo
tomaríamos como nuestro... Me llevaría todos los chicos que veo.
Las voces de
la mujerona hicieron volver la cabeza a otros grupos lejanos, despegándose de
ellos algunos hombres al reconocer a don Isidro. Se aproximaron a él, en espera
de los cigarrillos con que acompañaba sus apariciones, y poco a poco lo fueron
llevando hacia el castillo de proa. Un hombretón se levantó del suelo,
tendiéndole la mano con ese aire protector de ciertos jaques que hablan y
accionan lo mismo que si perdonasen la vida al que los escucha.
—Salú, don
Isidro—dijo con acento andaluz—. Ya nos extrañábamos un poquiyo de no verle
esta tarde por aquí.
Volvió a
sentarse entre un grupo de jóvenes españoles, unos con boina, otros con amplio
sombrero, que le escuchaban, sonriendo, admirativamente. Era malagueño, según
decía, y bastaba sostener con él un breve diálogo para enterarse a las primeras
palabras de su nombre, lugar de nacimiento y apodo. Todas sus afirmaciones, aun
las más insignificantes, las rubricaba con la misma declaración: «Y esto se lo
ice a osté su seguro servior Antonio Díaz, natural de Málaga, por otro nombre
el señó Antonio el Morenito». Y acompañaba esta firma verbal con
una mirada de superioridad y conmiseración que parecía decir: «Al que sostenga
lo contrario le rebano e pescuezo».
El Morenito,
que ya pasaba de los cuarenta, sentía cierto respeto por don Isidro, «un
señorito como Dios manda, y no como los otros fantasiosos que huían de tratarse
con los pobres».
A impulsos de
esta simpatía había llegado a considerar a Maltrana hombre de grandes arrestos,
tan corajudo casi como él, y cada vez que pensaba en la posibilidad de hacer un
disparate para vengarse de la gente del barco o de los pasajeros orgullosos,
exponía de idéntico modo su discurso: «Entre don Isidro y yo...». Y don Isidro
escuchaba y aprobaba con su sonrisa estos planes destructivos, halagado en el
fondo de su ánimo de que aquella fiera le considerase digno de su colaboración.
Tenía aterrados a muchos de los emigrantes con sus amenazas y explosiones de
mal humor. Otros admirábanle por la insolencia con que protestaba a gritos de
la calidad del rancho y de todos los servicios del buque, atreviéndose a
insultar a los oficiales, que no podían entenderle. No obstante tanta bravura,
Maltrana notaba en él cierto encogimiento al llevarse la mano a la gorra para
saludar cierta timidez felina en los ojos cuando algún superior le dirigía la
palabra.
—Este tío
saluda de mal modo—pensaba Isidro—. Es el mismo encogimiento medroso y
vengativo con que los presidiarios saludan a sus jefes.
El trato con
los árabes del buque hacía acordarse al Morenito de los moros
de Marruecos, contando algunas de sus correrías por las costas de África. Por
las mañanas, cuando se lavaba al aire libre, desnudo de cintura arriba,
producían admiración los costurones y profundas cicatrices que constelaban su
cuerpo, recuerdos, según él, de heroicos combates por mar y tierra contra la
tiranía de las aduanas. Otro motivo de respeto era el saberle poseedor de una
gran navaja a pesar de los registros que hacían los tripulantes del buque en la
gente peligrosa; navaja que nadie había visto, pero que mencionaba con
frecuencia en sus bravatas. Maltrana, conocedor de las costumbres del presidio,
imaginábase en qué lugar indeclarable podría guardar el valentón esta arma, que
era como el cetro de su amenazadora majestad.
—Siéntese un
poquiyo, don Isidro, y descanse... Tú, dale un asiento ar cabayero... Les
estaba proponiendo a estos chicos un negosio; un modo seguro de haserse ricos.
Maltrana,
desde su sillón de lona, vio acurrucados a la redonda, con la mandíbula entre
las manos, a todos los admiradores del Morenito, lo mismo que una
tribu de guerreros en Consejo. El malagueño hablaba con la boca torcida,
expeliendo las palabras por una de sus comisuras, para hacer sentir al
auditorio toda la grandeza de su bondad de maestro.
—Estos mozos
son unos palominos, don Isidro, que van a América a rabiar y haser ricos a los
demás... lo mismo que en su tierra. Pero vení acá, arrastraos, ¡peleles! ¿Pa
eso os habéis embarcao ustedes?... Fíjese, don Isidro: unos piensan dir ar
campo a sudar camisas trabajando; otros quieen meterse a criaos de casa
grande... Y yo les propongo a estas güenas personas que hagamos una partía: una
partía como las que había endenantes. Allá no habrán visto eso nunca; cosa
nueva. ¿Qué le paese?...
Y exponía su
plan con entusiasmo.
—Una partía,
y agarramos a un richachón de allá y lo secuestramos; le peímos a la familia
unos cuantos millones, con la amenasa de que le vamos a cortá las orejas; nos
dan los millones, nos los repartimos como güenos hermanos, y antes de seis
meses estamos de güerta y ricos. Una partía que tendría mucho que ver. Usté,
don Isidro, sería er capitán. (Aquí Maltrana saludó agradeciendo, excusándose
con un gesto de modestia.) No; no se nos jaga er chiquito. Yo sé que tié usté
lo suyo mu bien puesto... y crea que yo entiendo de esas cosas. Además, tié
talento pa too, y yo soy hombre que respeta la sabiduría... El Morenito,
Antonio Díaz, un servior, sería er teniente, toos estos mozos ya se
despabilarían con tan güenos directores. ¿Eh? ¿qué le paese? ¿No es un verdaero
negosio?
Isidro
asintió con imperturbable gravedad. Sí; un buen negocio que valía la pena de
ser estudiado detenidamente; la explotación de una nueva industria. Casi habría
que pedir patente de invención, para evitar las imitaciones. Y los crédulos
muchachos, que oían al Morenito en silencio porque estaban en
el mar, lejos de toda posibilidad de acción, pero abominaban interiormente de
estos planes que pugnaban con las preocupaciones de su honradez, mirábanse
indecisos al ver que un señor como don Isidro no se escandalizaba.
—¿Lo oís,
panolis?—exclamó el valentón—. Mirá cómo un cabayero que lo sabe too encuentra
que mi idea es güena... Pero si es que os fartan riñones pa sacarle el dinero a
un rico, poemos hacer la partía pa perseguir a los indios. Allá hay muchos,
¡muchos! En América atacan los ferrocarriles y las diligencias y hasta los
tranvías en las afueras de las poblasiones; yo lo he visto muchas veces en los
sinematógrafos. Y Buenos Aires está en América, y allí hasen farta hombres de
resolusión que les digan a esos gachós de color de chocolate con plumas en la
cabesa: «Ea, se acabó; ya no molestáis ustedes más a la reunión, porque no nos
da la gana». Y los cazamos como conejos, y el gobierno, agradesío, nos paga a
tanto la cabesa, y en unos cuantos años nos jasemos ca uno con una fortunita pa
golver a la tierra. No será uno rico tan aprisa como con el secuestro, pero
argo es argo, y siempre es mejor que destripar terrones o servirles er
chocolate en la cama a los señores. ¿No le paese, don Isidro?
Y don Isidro
aprobó otra vez. Una idea tan buena como la anterior; también habría que pedir
privilegio, para que el gobierno no permitiese matar indios más que a la
partida del señor Antonio el Morenito.
Admiraba los
heroicos expedientes discurridos por este hombre hacerse rico sin apelar a la
vulgaridad del trabajo ordinario, reservado a los otros mortales. Y así
permaneció Isidro algún tiempo, escuchando los planes del aventurero
desorientado que iba a América con cuatro siglos de retraso. La honradez en
alarma de sus oyentes formulaba tímidas observaciones.
—Pero allá
hay presidios—dijo uno—. Allá hay policías.
—No serán más
bravos que los seviles y los carabineros de nuestra tierra—contestó el Morenito con
arrogancia—. Yo sé lo que es eso... ¡Bah! ¡Me los como!
—Pero los
indios no se dejarán zurrar así como así—arguyó otro. Deben ser gente brava...
gente salvaje.
—A ésos—dijo
el matón despectivamente—, a ésos también me los como.
Se aproximó
al grupo un nuevo oyente, saludando a Maltrana, con fina sonrisa, en la que
había algo de burla para el valentón.
—Aquí tenemos
a don Juan—dijo Isidro—. Éste no entra en nuestra partida: no es hombre que
sirva para el caso.
—No señó, no
entra—contestó el Morenito—. A don Juan, en sacale de sus librotes
no sirve pa mardita la cosa... Mu güena persona, mu cabayero, pero no va a ganá
en su vida dos pesetas.
Era alto y
enjuto de carnes, con luengas barbas que a pesar de su juventud le daban un
aspecto venerable. Hablaba con voz dulce y ademanes reposados, interpolando en
sus palabras una risa discreta, que era el eterno acompañamiento de su
conversación. Según Maltrana, este amigo respiraba optimismo y confianza en la
vida, esparciendo en torno de su persona un ambiente de contento. Y sin
embargo, vivía en el entrepuente, mezclado con el rebaño inmigrante, sin otras
consideraciones que las que le concedían sus compañeros de viaje, cautivados
por la dulzura de su carácter y la superioridad de educación. Sus trajes,
viejos y raídos, eran de buen corte; se notaban en su persona los vestigios de
una situación más próspera. En sus manos finas quedaba como recuerdo familiar
una antigua sortija, salvada de los apremios de la pobreza.
El curioso
Maltrana conocía algo de su vida. Juan Castillo era un agrónomo que había
intentado en las tierras de panllevar heredadas de sus padres la realización de
todos los adelantos aprendidos en una gran escuela de Bélgica; ensueños de
poeta agrícola realizados con el ímpetu de una voluntad entusiástica y crédula.
La usura le había proporcionado un pequeño capital para su empresa, y luego de
batallar algunos años con la rutina de los campesinos, de habituarlos a vivir
en paz con las máquinas y de extraer de las profundidades del subsuelo las
venas líquidas para esparcirlas en redes de irrigación, cuando la tierra
empezaba a responder a estos esfuerzos con sus primeros productos, los
acreedores habían caído sobre él, ejecutándolo con glacial ferocidad.
—Conozco el
procedimiento—había dicho Maltrana al oírle por vez primera—. Es el mismo de
las tribus antropófagas. Le dieron a usted alimento, le dejaron tranquilo para
que echase caries, y cuando estuvo a punto, ¡zas! el degüello y banquete
canibalesco.
Huía de la
ruina, perdida la herencia de sus padres, perdido el crédito, deshonrado por
deudas a las que daban sus acreedores un carácter delictuoso; todo ello por
querer innovar con arreglo a sus estudios una agricultura estacionaria casi
igual a la de los primeros tiempos de la humanidad. Y en su fuga había mirado
al Sur, como todos los que navegaban en aquella cáscara de acero, presintiendo
más allá del círculo oceánico renovado diariamente una tierra remozadora de
existencias, donde las vidas destrozadas se contraían virginalmente lo mismo
que capullos para empezar el curso de una nueva evolución. La esperanza le
había rozado también con su aleteo ilusorio. Casi celebraba esta ruina que le
había desarraigado de la tierra paterna. ¿Quién podía saber lo que le esperaba
al otro lado del Océano?...
Abandonando
el grupo del Morenito, avanzaron hacia la proa Maltrana y Castillo.
Una voz quejumbrosa les hizo detenerse.
—¡Don
Isidro!... ¡Buenas tardes, don Isidro y la compaña!
Un hombre
sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la borda, avanzaba su rostro
pálido entre los pliegues de una manta.
—¿Eres tú,
enfermo?—dijo Maltrana—. ¿Cómo va ese ánimo?
Con voz
doliente murmuró una queja interminable contra el mar. Desde su entrada en el
buque, la salud parecía haber huido de su cuerpo. Otros cantaban a todas horas,
como si el aire salino y la inmensidad azul les diesen nuevas fuerzas,
excitando su apetito. Él se había embarcado sintiéndose fuerte, y de pronto
todas sus energías le abandonaban.
—Estoy muy
enfermo, don Isidro. Ayer aún pude subir solo a la cubierta; hoy han tenido que
empujarme escalera arriba unos amigos. Debo estar blanco como un papel,
¿verdad, señor?... No tengo fuerzas para andar, ni deseos de comer. Esto no
marcha... Los demás se quejan de calor; dicen que cada vez pica más el sol, y
yo tiemblo si me quito la manta... Y lo que me da más rabia es que el médico,
don Carmelo el oficial y otros me miran como si les hubiese engañado, y dicen
que si llegan a saber esto no me dejan embarcar, porque allá en Buenos Aires no
quieren enfermos... Pero señor, ¡si yo me embarqué sano y bueno!, ¡si es este
maldito mar que no me prueba!...
Creyendo ver
en Maltrana el mismo gesto de duda de los empleados del buque, se apresuró a
añadir:
—Yo he sido
un roble, don Isidro. Reumatismos nada más, según decía el médico de mi pueblo,
por haber dormido al raso en el campo muchas noches. Pero fuera de esto...
nada. Lo juro por mi nombre: Pachín Muiños. Y ahora, de pronto, me veo hecho un
trapo, y me ahogo, señor, las piernas no pueden tenerme y me faltan fuerzas
para ir de un rincón a otro. ¡Qué ganas tengo de salir de aquí!... Estoy seguro
de que apenas salte a tierra seré otro, volveré a sentirme fuerte como en mi
pueblo... Diga, señor: ¿cuándo llegamos a Buenos Aires?
Hacía la
pregunta ávidamente; se incorporaba para mirar más allá de la borda. Al
esparcir su vista por la inmensidad, esperaba encontrar en el horizonte el
negro perfil de la tierra ansiada.
—¿Tardaremos
dos días?—siguió preguntando.
—Más, un
poquito más—dijo Maltrana suavemente para engañar su impaciencia.
—¿Como
cuántos más?—continuó con tenacidad el enfermo.
Y al adivinar
en las palabras evasivas de Maltrana que aún quedaban muchos días de viaje, el
pobre Muiños volvió a sumirse en la desesperación... ¡Buenos Aires! Deseaba
llegar cuanto antes al término del viaje, y repetía el nombre de la ciudad,
como si encontrara en él un poder milagroso igual al de las antiguas palabras
cabalísticas.
Isidro, luego
de consolarle con engañosas afirmaciones, asegurando que antes de una semana
verían la tierra ansiada, retrocedió con Castillo hacia la reja de salida.
—¡La
esperanza!—dijo con tristeza—. Ese pobre está muy enfermo, le faltan fuerzas
para tenerse en pie, y se traslada, sin embargo, de un hemisferio a otro en
busca de salud y dinero. ¡Qué de ensueños van en este cascarón con todos
nosotros!...
—¡Y si fuese
solo!—contestó Castillo—. Pero le acompañan su mujer y tres hijos.
La ilusión de
la salud le había hecho desarraigarse de su pueblo. Allá en Galicia no podía
trabajar una semana entera sin que el esfuerzo atrajese la enfermedad. La
imagen de América había pasado por su miseria como un resplandor de esperanza.
En aquella tierra de fortuna, donde todos se transformaban, él sería otro
hombre. Y repuesto por unos meses de descanso y holgura, a causa de haber
vendido su casucho y unas vacas, Muiños entró en el buque con un aspecto
engañador de hombre sano. El ambiente del mar y la vida de a bordo habían sido
fatales para él: cada día transcurrido marcaba un descenso de su salud.
—Lo que él
cree reumatismo—añadió Castillo—es, según el médico del buque, una
insuficiencia cardíaca, que empieza a complicarse con una bronquitis alarmante.
¡A saber en lo que parará! La mujer y los chicos, acostumbrados a sus
enfermedades, no se fijan en él. Ella comadrea con las otras mujeres, y los
muchachos juegan o aguardan con impaciencia la hora del rancho. Y el pobre
Muiños, cuando se ahoga en el entrepuente, sube a la cubierta envuelto en su
abrigo para tenderse al sol, y pregunta cuántos días faltan para llegar, cuando
aún estamos al principio del viaje... Inútil decirle la verdad. Su ilusión, que
se ha concentrado en Buenos Aires, le hace olvidar el tiempo y la distancia.
Cree que le engañan cuando le dicen que aún faltan muchos días. Al avistar
Tenerife preguntó con emoción si ya estábamos en Buenos Aires. Mañana, al ver
de lejos las islas de Cabo Verde, volverá a creer que hemos llegado...
¡Infeliz! De todos los que vamos en el buque es el que más piensa en Buenos
Aires, y bien podría ocurrir que fuese el único que no llegase a verlo.
Maltrana se
despidió de Castillo junto a la verja divisoria de clases, frontera inviolable
que partía en dos Estados diversos el microcosmos flotante.
Arriba, en la
cubierta de paseo, encontró a Fernando junto a una de las ventanas del salón
que daban luz a la plataforma interior, ocupada por el piano.
Quiso
hablarle Isidro, pero su amigo se llevó un dedo a los labios imponiendo
silencio. Miró entonces por la ventana y vio a una mujer sentada al piano.
Llegó a sus oídos al mismo tiempo una música en sordina y el susurro de un
canto a media voz.
—Es de Tristán—murmuró
quedamente Ojeda en su oído—. El lamento desesperado de Iseo.
Los dos
permanecieron en silencio a ambos lados de la ventana, escuchando el canto que
venía del interior con lejanías de ensueño. Maltrana, menos sensible a la
emoción musical, examinaba de espaldas a esta mujer, fijándose en su nuca
blanca, ligeramente sombrecida como el marfil antiguo. El casco de su cabellera
tenía junto a las raíces un dorado tierno, que iba coloreándose hasta tomar en
la superficie el tono rojizo del cobre fregoteado. Su cuello se inclinaba hacia
delante con una esbeltez anémica, una fragilidad que marcaba bajo la piel los
tendones y arterias, dilatados por la tenue emisión de la voz.
De pronto, la
cara invisible se volvió hacia ellos, como si acabase de notar su presencia.
Vieron unos ojos cuyas pupilas de color de ceniza estaban dilatadas por la
sorpresa; un rostro de palidez verdosa, algo descarnado, que se coloreó
instantáneamente con un acceso de rubor. Parecía asustada de que alguien
pudiese oírla. Con un gesto de timidez y contrariedad cerró el instrumento,
púsose de pie y marchó hacia la puerta del salón para huir de los dos
importunos.
Ojeda la
siguió con la vista. Era alta, y su enfermiza delgadez estaba disimulada en
parte por lo recio del esqueleto. Las caderas marcaban su ósea firmeza bajo una
falta de dril claro. La cabellera amontonada con gracioso descuido, los zapatos
blancos algo usados, la blusa modesta de confección casera, la falta total de
alhajas, daban a su figura un aspecto de pobreza sufrida animosamente, de
incertidumbre bohemia sobrellevada con resignación.
—Usted que
conoce aquí a todo el mundo—preguntó Ojeda—: ¿quién es?
—Hace rato
que lo sabría usted si me hubiese dejado hablar... Es la mujer del director de
orquesta de la compañía de opereta: un rubio de cara granujienta, que se pasa
día y noche en el café tomando bocks con los de su tropa. Buen
colador; hay veces que los redondeles de fieltro se amontonan en su mesa como
una columna... Y cuando no toma cerveza, admite whisky o lo
que caiga. No tiene otra ocupación en el buque que empinar el codo.
—Es una mujer
interesante—murmuró Ojeda—. ¡Y tan tímida!...
Aguardaba
todas las tardes a que el salón quedase desierto. Descendían las familias a sus
camarotes para dormir la siesta; otros pasajeros se acostaban en las sillas
largas del paseo; sólo permanecían algunos en el jardín de invierno. Entonces,
casi de puntillas, iba hacia el piano, y apenas colocaba los dedos en el
teclado, parecía olvidar su timidez, aislándose del mundo exterior, con los
ojos vagos y sin luz, como si su mirada se concentrase interiormente y su canto
fuese un débil escape, un lejano eco de otra música de recuerdos que sonaba
dentro de ella.
Al verla
Fernando en el piano, había sentido curiosidad por conocer su música. ¡Tal vez
una romanza dulzona y sensiblera de opereta!... Y aún le duraba la sorpresa que
había experimentado al escuchar las grandiosas frases del dolor de Iseo.
—Debe tener
una voz magnífica, ¿no lo cree usted, Isidro?... Quisiera ser su amigo... Usted
debe conocerla.
Maltrana se
excusaba, algo contrariado de que por esta vez no le fuese posible alardear de
una amistad. Apenas se había fijado en ella: ¡pchs! ¡la mujer de aquel
borrachín director de orquesta!... Era algo arisca; huía de la gente; apenas se
trataba con las otras damas de la compañía. Vivía para su hijo, un pequeñín de
cabeza enorme, siempre agarrado de su mano. A los saludos de Maltrana respondía
siempre con una inclinación de cabeza y un manifiesto deseo de huir. Además,
como mujer no valía gran cosa: parecía enferma. La primera vez que se fijó en
ella fue por las burlas de unas niñas elegantes que comentaban su palidez
verdosa: «Ahí va esa de la opereta. Se le ha reventado la hiel y la tiene
revuelta por todo el cuerpo».
—Pero esto no
importa, Ojeda; ya que la señora le interesa por lo del canto wagneriano, yo se
la presentaré. Conozco algo al marido; hemos bebido juntos. Él se llama Hans...
Hans Eichelberger, eso es; el maestro Hans. Y ella... aguarde usted, ella se
llama Mina. Ahora recuerdo que el marido la llama así, y según me dijo, es un
diminutivo de Guillermina. El maestro habla algo el español: ha andado por la
Argentina y Chile en otras correrías musicales. Ella creo que muy poco.
Avanzaron los
dos amigos hacia la popa, deteniéndose en la baranda cercana al café, sobre la
cubierta de los de tercera clase. Habían levantado los marineros una parte del
toldo y se veía abajo el rebullir de la emigración septentrional, gentes
melenudas que a pesar del calor conservaban sus abrigos de pieles. Sonaba el
gangueo de un acordeón con el apresurado ritmo de la danza rusa. Una muchacha
de falda corta, botas polonesas y pañuelo verde, por cuya punta asomaba una
trenza de pelos rojos, daba vueltas al compás de la música. En torno de ella,
un mocetón de camisa purpúrea danzaba de rodillas o se sostenía en portentoso
equilibrio con las piernas casi horizontales y las posaderas junto al suelo.
Los gritos y palmadas de los otros rusos acompañaban estas agilidades de loca
danza gimnástica. Los judíos polacos y galitzianos, envueltos en sus hopalandas
de carácter sacerdotal, contemplaban el espectáculo rascándose las barbas
luengas, contrayendo los matorrales de sus cejas casi unidas.
—¡Las gentes
que venimos aquí!—dijo Fernando—¡Y pensar que es el nombre de una ciudad
desconocida, el vago prestigio de una tierra lejana, lo que nos ha juntado a
personas de tan diverso nacimiento!...
—Veintiocho
pueblos, según afirma don Carmelo el de la comisaría, venimos en el buque; y lo
mismo ocurre en otros trasatlánticos. ¿No es verdad, Ojeda, que esto se parece
al avance en masa de los pueblos de Europa cuando las Cruzadas?... Hace poco,
me acordaba yo, abajo, de las muchedumbres que siguieron a Pedro el Ermitaño.
Marchaban enfermas, desfallecidas de hambre, y cada vez que avistaban una
pequeña ciudad prorrumpían en alaridos de gozo: «¡Jerusalén! ¡Es Jerusalén!». Y
estaban aún en el centro de Europa: en Alemania o en Hungría. Abajo, en la
proa, tiene usted a un heredero de aquellos héroes de la esperanza. Va enfermo
de cuidado, es posible que no llegue al término del viaje, y cada vez que vemos
una isla, una costa, se galvaniza y pregunta si es Buenos Aires.
—La humanidad
vive de ilusión, Maltrana. Necesitamos poner nuestro deseo lejos, en tierras
desconocidas, pues la distancia borra la duda y da certeza a lo más
inverisímil. Para los europeos, el lugar de maravillas fue Bagdad, la de Las
mil noches y una noches; en cambio, en mis viajes por Oriente, he visto a
judíos y mahometanos suponer tesoros y magias en la antigua Toledo. Cuando los
poetas del Sur imaginan algo prodigioso, sitúan el escenario en las fortalezas
del Rhin o los fiordos escandinavos. Al soñar Wagner el castillo de Monsalvat,
coloca la mansión del Santo Grial en los Pirineos españoles y da un palacio
árabe a Klingsor el encantador. El ambiente que nos rodea es demasiado real
para que podamos cultivar en el nuestras ilusiones.
—Así es,
Fernando. Pero la esperanza humana, que en otras épocas fue puramente mística y
por eso tal vez miraba a Oriente, es ahora positiva, cifra sus anhelos en el
bienestar material y se dirige hacia Occidente. Todos queremos ser ricos,
necesitamos serlo, y esta esperanza comunica a las tierras lejanas el prestigio
de la ilusión. Hace siglos, la gente de empuje iba al Perú; ayer soñaba la
humanidad con los tesoros de California, y allá corrían en masa los hombres de
aventura; hoy empieza a mezclarse con el esplendor de los Estados Unidos la
irradiación que surge de una nueva ciudad-esperanza: Buenos Aires.
Mañana—interrumpió
Ojeda—, los peregrinos de la riqueza, torciendo su camino, se derramarán por
las islas de la Oceanía, y tal vez la Jerusalén del porvenir estará dentro de
millares de años en algún lugar del Pacífico donde en este momento colean los
tiburones y se hinchan y deshinchan las olas solitarias.
El deseo
humano colocaría la ciudad de la esperanza sobre alguna tierra sacada del fondo
de las aguas por una convulsión del planeta; tal vez sobre atolones que los
infusorios madrepóricos estaban petrificando en aquel momento con lenta y
paciente labor multimilenaria... Nunca faltaría en el globo un lugar que
atrajese a los hombres inquietos y enérgicos, descontentos con su destino,
ansiosos de cambiar de postura.
—Cada vez
será más grande esta peregrinación—dijo Maltrana—. Sentimos la imperiosa
necesidad del dinero como no la sintieron nuestros abuelos; y los que vengan
detrás la experimentarán con mayor ímpetu que nosotros. Yo deseo ser rico: no
tengo rubor en confesarlo; es lo único que me preocupa. Necesito saber qué es
eso de la riqueza, y a conseguirlo voy... sea como sea. ¿Y usted, Fernando?...
Sonrió éste
levemente. También quería ser rico, y su deseo imperioso le había desarraigado
del viejo mundo, lanzándolo en plena aventura, como los miserables que se
aglomeraban en los sollados de la emigración. Necesitaba una gran fortuna para
creerse feliz. Y sin embargo... ¡quién sabe!, la riqueza no es la dicha, no lo
ha sido nunca; cuando más, puede aceptarse como un medio para afirmarla... Tal
vez ni aun esto era cierto. Recordaba la wagneriana leyenda del anillo del
Nibelungo, el milagroso oro del Rhin, símbolo del poder mundial. Quien lo
poseía era señor del universo, dueño absoluto de todas las riquezas; pero para
conquistarlo había que maldecir el amor, renunciar a él eternamente.
—Y el amor,
Maltrana, y otros sentimientos, valen más que un tesoro. Yo soy pobre y marcho
en busca del dinero porque veo en él una garantía de seguridad y de reposo para
ocuparme tranquilamente en otras empresas de mi gusto. Pero si alguien me
hiciese ver que la riqueza debía pagarla con la renuncia del amor, le juro que
saltaba a tierra en el primer puerto para volverme a Europa.
Isidro
levantó los hombros desdeñosamente. ¡Fantasías de artista! ¡Cavilaciones de
poeta! ¿Qué tenían que ver el amor y la riqueza para que los colocasen juntos,
como antitéticos e inconfundibles?... Él quería ser rico por serlo, por conocer
las dulzuras del más irresistible de los poderes, las satisfacciones orgullosas
y egoístas que proporciona la llamada «potencia de dominación». Y si para ello
había de renunciar a las gratas tonterías del amor y a otros sentimientos que
el mundo considera con un respeto tradicional, pronto estaba al sacrificio. Le
irritaba el menosprecio con que durante siglos y siglos religiones y pueblos
habían tratado a la riqueza, como si ésta fuese algo diabólico y vil,
incompatible con la elevación de alma y la nobleza de la vida.
—Usted dice
que es pobre, Fernando, y otros como usted lo dicen igualmente. Todo el que no
es millonario se cree en la pobreza, y habla de ella como de algo agradable y
hermoso que debe proporcionarle una aureola de simpatía. No; usted no ha sido
pobre jamás, ni sabe lo que es eso. Usted necesita ser rico, conforme; pero no
tiene una idea de lo que es la miseria. Le habrán hecho falta miles de duros,
pero jamás al llevarse una mano al bolsillo ha dejado de sentir el contacto de
las rodajas de plata... Pobre lo he sido yo, lo soy aún, lo he sido toda mi
vida. Y como he visto de cerca la verdadera pobreza, fea y calva como la
muerte, la detesto, y deseo que no me siga tenazmente, como hasta ahora, fuera
del alcance de mi odio. Quiero que algún día se me aproxime, se coloque a mi
lado, para acogotarla, para romperle a puñetazos los costillares, para
convertir en polvo el andamiaje de su esqueleto.
Comenzó a
reír Fernando con estas palabras, pero se contuvo al notar la sincera
vehemencia con que hablaba Isidro y el vaho de lágrimas que empañaba sus ojos
repentinamente.
—Yo sé mejor
que nadie lo que es la pobreza, y por eso me irrito cuando en España y otros
países que llaman, no sé por qué, «caballerescos» e «idealistas», oigo decir a
las gentes con orgullo: «Yo que soy pobre, pero muy honrado». Y tal prestigio
debe tener la frase, que muchos que no son pobres se jactan de serlo, como si
esto fuese un testimonio de honradez... ¡Mentira! Ningún pobre puede
considerarse honrado, ya que la pobreza es una deshonra, un certificado de
incapacidad. Cierto que habrá siempre pobres, como hay en el mundo feos,
contrahechos o imbéciles. Pero el que tiene un defecto físico o intelectual no
hace gala de él, antes procura remediarlo; y el pobre que se resigna con su
suerte y no busca hacerse rico, sea como sea, a las buenas o las malas, es un
cobarde o un inútil, y no puede convertir su vileza en un mérito.
Ojeda acogió
con aspavientos de cómico terror estas palabras.
—Repita
usted, Isidro, tales cosas a los de tercera clase, y seguramente que no
llegamos a Buenos Aires. Se van a sublevar, a hacerse dueños del buque.
Pero
Maltrana, dominado por su emoción, no le escuchaba y siguió hablando:
—¡La
miseria!... Sé lo que es, y quiero evitar que la conozcan aquellos que yo amo.
Usted, Fernando, ignora mi vida.[1] Tal vez le hayan dicho que una parte de
ella anda por ahí en relatos novelescos... Pero la verdad es siempre más cruda,
más intragable que los pequeños trozos realistas de los libros, aderezados con
salsas de fantasía... La mujer que me trajo al mundo pereció como un animal,
cansada de trabajar. Un pobre hombre que me servía de padre murió asesinado,
por la imprevisión de unos contratistas, en una catástrofe del trabajo, y su
cadáver fue bandera revolucionaria para otros tan desdichados como él. Yo he
comido las bazofias que comen los perros. Mis nobles ascendientes eran traperos
y se mantenían con las sobras de las cocinas de Madrid. He crecido sabiendo con
qué punzadas y retortijones avisa el estómago el dolor de su vacío... He
sufrido privaciones y vergüenzas, hasta que un día...
[Nota
[1] Véase La horda]
Calló un
momento. Temblaba su voz, súbitamente enronquecida. Se llevó una mano a los
ojos como si le molestase la luz.
—Un día,
cuando fui hombre, una infeliz me escuchó: una compañera de miseria, ansiosa de
ideal a su modo. La pobre creía encontrarlo en mí, señorito hambriento que
hablaba de cosas que ella no podía entender. Mi vida floreció por vez primera;
conocí la alegría, la verdadera alegría, durante unos meses; luego, el idilio
acabó en el hospital. Y aquel cuerpo gracioso, cuerpo de pobre, en el que
luchaba la juventud con un raquitismo hereditario, bajó a la tierra
despedazado: lo hicieron cuartos, como una res de matadero, sobre el mármol de
la sala de disección... Usted, Ojeda, debe amar a alguien como amé yo. Todos
encontramos una posada de amor en el camino de la vida: hasta los más
infelices. Imagínese el cuerpo que usted adora, con el orgullo de la posesión,
desnudo sobre una mesa; las blancas intimidades, sólo por usted conocidas,
expuestas ante la insolencia juvenil; la epidermis arrancada de los músculos
como el forro de un libro; las manos pasando de mesa en mesa; los pechos como
unas piltrafas, nadando en un cubo; la cabeza a un lado, las piernas a otro...
¡No puedo, no puedo pensarlo! Es un recuerdo que me amarga muchas noches...
Pero ¿por qué hablo de esto?
Frunció Ojeda
el ceño, emocionado por las palabras de Maltrana. Hacía mal en acordarse del
pasado; era mejor ir adelante sin volver la cabeza.
—Así terminó
nuestro amor—dijo Isidro después de larga pausa, levantando la frente de entre
las manos—. Así terminó, porque éramos pobres... Me quedó un hijo, y la primera
vez que lo tuve entre mis brazos, en una casucha de las afueras de Madrid, creí
nacer de nuevo, pero más fuerte, con una voluntad que nunca había sospechado...
El pobre rollo de manteca, con sus ojitos como dos punzadas, me hizo sentir la
impresión de una fuerza misteriosa que me insensibilizaba interiormente. Desde
entonces estoy fabricado con algo muy duro: soy de acero, soy de bronce. «Sólo
puedes contar conmigo, pobrecito—le dije al pequeño—. No tienes a nadie más en
el mundo, pero yo trabajaré por ti». Fui tímido y flojo para defender a la
madre; pero el chiquitín me dio una fiereza de tigre... Esta segunda parte de
mi vida la conoce usted mejor que la otra. No es ningún secreto. «Isidro
Maltrana: un canallita simpático, un sinvergüenza que conoce la manera de
vivir...»
Ojeda intentó
protestar.
—No mueva la
cabeza, Fernando; no diga que no, por amabilidad: déjeme la gloria de mi mala
fama, que es muy justa y me enorgullece. Pensé en ser ladrón, pues contaba con
buenas relaciones para emprender la carrera; pero soy cobarde; tampoco podía
alquilar mis brazos como matachín, porque son débiles. Pero alquilé mi pluma y
mi bilis, y tal fue mi desvergüenza, que hasta tengo admiradores. He fabricado
libros para que los firmasen graves personajes y estudios laudatorios de esos
mismos autores, sobre cuyas nobles cabezas escupiría de buena gana. He
insultado a hombres que respeto y admiro, amontonando contra ellos infamias y
mentiras, cuando, de seguir mis deseos, me hubiese arrodillado para implorar su
perdón. He recibido golpes y me los he guardado tranquilamente cuando el
ofendido era más fuerte que yo. Otras veces, acorralado como un gato que no
encuentra salida, he hecho el papel de tigre, batiéndome como un caballero de
la Tabla Redonda en defensa de cosas que no me interesaban. He vivido en la
cárcel por artículos de periódicos que no tuve la curiosidad de leer. Cuando
había que atajar alguna opinión justa con una nota insolente y discordante,
Maltranita se encargaba de ello, siempre «por cuanto vos contribuísteis». ¿Qué
no he hecho yo para ganar dinero?... Hasta me he prestado a ser intermediario
en los amores secretos de ciertos personajes y he servido de honorable
acompañante a sus queridas... No se asombre, Ojeda; convénzase de que lleva por
compañero a uno de los canallas más notables que ha tenido Madrid.
A pesar del
tono de esta afirmación, que hizo sonreír otra vez a Fernando, el bohemio
continuó, con gesto fosco y ojos enternecidos:
—Y no crea
que me arrepiento de mi pasado. Desconozco el rubor y la vergüenza: son lujos
que sólo pueden permitirse los felices... Cada vez que cometí una mala acción,
me bastó para olvidarla hacer una visita al colegio de ricos donde se educa mi
Feliciano gracias a los esfuerzos de su padre, tan nobles y tan heroicos como
los de cualquier duque antiguo que salía lanza en mano a robar en las
encrucijadas. Mi hijo me cree un gran personaje porque ve que mi nombre figura
en los periódicos; sus maestros no me admiran menos y permiten que algunas
veces me retrase en el pago de mis obligaciones. Soy para ellos un señor de
cierto poder, que trata familiarmente a los ministros y pasea todas las tardes
por los pasillos del Congreso. Y esta devoción de mi hijo y sus allegados me
compensa de todas mis vilezas: hasta de las numerosas bofetadas que llevo
recibidas por mis atrevimientos... Yo quiero que mi Feliciano, el hijo del
bohemio y de la gorrera despedazada en el hospital, sea rico, muy rico; y por
esto, sólo por esto, me he alistado en la cruzada al Nuevo Mundo. En mí se han
contraído y achicado todos los afectos, para dejar espacio únicamente al de la
paternidad, que me ocupa por entero... Usted, Fernando, no sabe lo que es el
sentimiento paternal y hasta dónde llega su santa ferocidad. «Perezca el mundo
y sálvese la carne de mi carne.»
—No
tanto—dijo Ojeda—; no exagere usted.
—Sí: «Robemos
a los hijos de los demás para que nuestro hijo sea rico...». Y yo soy un padre.
Sé bien que esta paternidad no es más que un sentimiento egoísta, como el amor,
como el patriotismo, como tantas ideas respetables e indiscutibles que traen
revuelto al mundo... Pero la vida no es más que una urdimbre de egoísmos, y yo
carezco de fuerzas para reformarla. Voy a trabajar por el pequeño, y en nombre
de mis sacrosantas ternuras de padre de familia, reventaré si me es posible a
otros padres de familia que se me pongan por delante, dispuestos como yo a toda
clase de porquerías para asegurar el bienestar de su prole. Quiero hacer rico a
mi hijo... ¡y caiga el que caiga!
—Cuando
llegue usted a enriquecerse—interrumpió Ojeda—, es muy probable que su hijo sea
como los hijos de casi todos los ricos: un ser inútil para la sociedad, un ente
de lujo que gaste sin tino lo que el padre amontonó en fuerza de sacrificios.
—Lo he
pensado muchas veces; ¿y qué?... Yo tengo tanto derecho como cualquier burgués
a producir un hijo inservible y decorativo. No todo en el mundo debe ser útil.
Es una satisfacción para el egoísmo paternal haberse matado trabajando en un
extremo del mundo para que el hijo vaya al otro hemisferio a mantener cocotas
de precio y sostener el juego en los clubs elegantes. Un orgullo tan legítimo
como el de los criadores de caballos de carreras, hermosos e inútiles, que no
sirven para arar un campo ni pueden tirar de un carretón, pero corren y corren
sin objeto entre los entusiasmados epilépticos de la multitud... Además,
Fernando, amo el dinero por ser dinero con un respeto casi religioso. Yo, que
no he creído en nada, creo en su majestad irresistible, en su poder benéfico,
que revoluciona nuestra existencia, haciéndola más cómoda y fácil... El dinero
es también poesía, una poesía sobria, enérgica, intensa, más humana y
conmovedora que la insincera y manida que ustedes vienen repitiendo hace siglos
en sus versos.
Esta
afirmación provocó en Ojeda una risa franca.
—A ver, siga
usted: eso me interesa; suelte su bagaje de paradojas. Es divertido, y le hará
olvidar el recuerdo de sus tristezas pasadas.
Pero
Maltrana, insensible al regocijo de su amigo, siguió hablando. Un movimiento
universal, semejante al nacimiento de una religión poderosa, se estaba
apoderando de los destinos del mundo. Pero muy pocos se daban cuenta de este
suceso, que iba a abrir en la Historia una era nueva.
—Siempre ha
ocurrido así. Los hombres tardan siglos en conocer las fuerzas recientes que
los mueven; han de transcurrir varias generaciones para que un día lleguen a
enterarse de que son completamente distintos de como fueron sus abuelos... Si
resucitase un romano de los dos primeros siglos de nuestra era y le
preguntásemos qué se hablaba en su tiempo de los cristianos, nos miraría con
extrañeza. Nada sabría de ellos; su época fijaba la atención en otros asuntos
más importantes. Y sin embargo, bajo de sus pies, en la sombra, latía una
fuerza ignorada por él, que iba a transformar el mundo... Desde hace ochenta
años ha venido a la tierra un nuevo dios: el dinero. Y ese dios tiene sus
apóstoles: el centenar de grandes millonarios y capitanes de industria esparcidos
por el mundo, ministros de un poder misterioso, que permanecen en la sombra,
como si la grandeza de su misión les impusiese el incógnito; hombres cuyos
apellidos conoce la tierra entera, igual que los de los reyes, pero a los
cuales muy pocos han visto en persona, pues rehuyen la publicidad.
Ojeda
escuchaba con interés creciente estas palabras de su amigo.
—Los Césares
modernos los visitan a bordo de sus yates y los sientan a sus mesas; poco falta
para que los emperadores, al escribirles, les llamen «querido primo» como es de
uso entre testas coronadas. Se necesita ser ciego para no ver el poderío de
estos monarcas mundiales, cuyos abuelos fueron leñadores, barqueros o míseros
prestamistas. Antes, los conductores de pueblos hacían la guerra a su capricho
o por desavenencias de familia, siempre que les daba la gana. Ahora disponen de
más soldados que nunca, de prodigiosas herramientas de destrucción, y sin
embargo se mantienen en forzado quietismo, armados hasta los dientes. Para
tirar de la espada tienen que consultar antes a estos nuevos «primos» de la
mano izquierda, cuyo auxilio les es indispensable. «No nos conviene la
operación», dicen los apóstoles modernos en el misterio de su retiro bancario,
donde fraguan los dramas mundiales. Y la espada tiene que volver a su vaina, o
cuando más, se emplea en alguna expedición colonial, apaleando negros o
amarillos, todo para mayor gloria del dios que somete de este modo nuevos
pueblos a su culto...
Continuó
Maltrana ensalzando la grandeza de estos magos modernos.
La actividad
de los hombres corría canalizada sobre la costra del globo en el punto que se
dignaban señalar ellos con un dedo. Soberanos de miles y miles de kilómetros de
vías férreas o de flotas como jamás las tuvo Imperio alguno, les bastaba una
orden telefónica para cambiar el curso del progreso humano. Islas del Pacífico
en las que hace cincuenta años los naturales asaban todavía para su consumo la
carne humana, habían realizado en tan corto lapso de tiempo una evolución de
siglos y hasta ensayaban el régimen socialista. Un país desierto lo
transformaban en un lustro. Hacían surgir ciudades con paseos, estatuas y
tranvías eléctricos, sobre una tierra habitada poco antes por avestruces. Les
bastaba para realizar este milagro con tender una línea de ferrocarril. Costas
inhospitalarias y desiertas brillaban de pronto con los focos eléctricos de sus
puertos. Establecían una nueva línea de navegación, y el gran rebaño emigrante,
los aventureros inquietos que todo lo transforman, llegaban hasta donde era la
voluntad de los taumaturgos ocultos en la sombra...
Miró Isidro
la multitud que bailaba abajo en la explanada de popa, y añadió:
—Nosotros
mismos vamos adonde vamos porque los apóstoles de la nueva religión nos han
abierto un camino y nos empujan por él sin que nos demos cuenta... Usted que es
poeta, acuérdese, Ojeda, de lo que dio la vieja España a estos países
americanos... Les dio el conquistador un héroe grande como los de la Ilíada,
un superhombre, que en menos de un siglo exploró medio globo, labrando su
vivienda en las alturas andinas a cuatro mil metros, junto a los nidos de los
cóndores, o en valles ecuatoriales que son ollas de fuego. Él engendró los
actuales pueblos de América, legándoles una predisposición al heroísmo y un
alto concepto del honor. Dio también el sacerdote, el misionero, que con la
difusión del cristianismo fue dulcificando las costumbres y suprimió una idolatría
que necesitaba de sacrificios humanos... ¡Qué regalo tan hermoso para ser
cantado por los poetas! ¡La espada y la cruz, el heroísmo y la piedad!... Y sin
embargo, los pueblos hispanoamericanos dormitan en la época colonial,
produciendo lo estrictamente necesario para su mantenimiento, y luego de su
independencia dormitan igualmente bajo el pie de valerosos déspotas que
reemplazan con una tiranía inmediata y tangible la mansurrona y perezosa de la
metrópoli. Y todo sigue así, hasta que aparece el nuevo dios... El dinero, el
vil dinero, maldecido por los poetas, arriba a sus costas, y entonces
únicamente es cuando se transforma todo en unas docenas de años.
La locomotora
avanzaba sobre el suelo virgen antes que el arado; las estaciones surgían en el
desierto como postes indicadores de futuros pueblos; el buque de vapor estaba
pronto en la rada para llevarse el sobrante de las cosechas a otro lugar del
globo; el exiguo mercado consumidor tímido y mísero se agrandaba hasta ser un
productor gigantesco; los grupitos de emigrantes que cada dos meses llegaban en
un bergantín, como gota suelta de vida, eran reemplazados por pueblos enteros
que volcaban los trasatlánticos diariamente en la tierra nueva...
—Y toda esa
revolución—continuó Maltrana—la han hecho y la siguen haciendo los apóstoles
misteriosos de mi dios; esos magos que se ocultan en un despacho austero de la
City de Londres, en un piso vigésimo de Nueva York o en cualquier avenida
elegante de París o Berlín.
—¡El
dinero!—exclamó Ojeda con despectiva expresión—. El dinero no es más que un
medio, y ha existido siempre. La actividad humana, el progreso de la ciencia,
el afán de bienestar, son los que han realizado juntos esas transformaciones
maravillosas. Justamente, esa América colonial y dormitante de la que usted
habla fue una gran productora de dinero. Acuérdese del Potosí y otras minas
célebres que cargaron los galeones españoles de barras preciosas durante
siglos. ¿Y de qué nos sirvió tanto dinero?... Fue nuestra muerte.
Maltrana
protestó: su dinero no era ése. Él hablaba del dinero moderno, del dinero
animado por la vida, alado e inteligente, incapaz de sufrir encierro alguno,
dando sin cesar la vuelta a la tierra, penetrando en todas partes en forma de
papel, irresistible y triunfador bajo el misterio de los caracteres impresos,
lo mismo que el pensamiento humano.
Este dinero
omnipotente aún no contaba un siglo de existencia. Su vida no iba más allá de
la de un hombre octogenario. Cierto era que había existido siempre; pero antes
del avatar victorioso que le hizo señor del mundo, su vida se arrastraba
vergonzosa entre desprecios y vilezas. Pluto era un dios sombrío y cobarde,
amarillo y macilento como el oro enterrado. Las religiones lo emparentaban con
el diablo, viendo en la riqueza una tentación. El hombre perfecto era en todos
los pueblos el asceta roído por la miseria, insensible a las grandezas
terrenales. Multiplicar el oro se tenía por empresa de mercaderes, relegados a
las últimas capas de la sociedad. La manera noble de conquistarlo era lanza en
ristre en medio de un camino, desvalijando a las caravanas, o entrando a saco
en las ciudades tomadas por asalto. El precioso metal, buscado en secreto y
despreciado en público, no tenía otro empleo que el préstamo y la usura;
atrayendo crímenes y maldiciones.
Ocultábase en
escondrijos subterráneos, temeroso de la luz, como los réprobos de una religión
vergonzosa. Era pesado y voluminoso en el encierro de sus bolsas, y no podía
moverse más allá del grupo urbano donde lo había amasado el ahorro. Los que se
dedicaban a su manejo parecían afligidos de una enfermedad moral: amarilleaban
con la zozobra, temblando a cada paso, como si el aire se poblase de enemigos.
Las muchedumbres famélicas creían remediar sus males entrando a degüello en los
barrios poblados por los sórdidos devotos del dios amarillo; los grandes
señores, en sus apuros monetarios, ahorcaban a los negociantes para reunir
fondos. Y al dulcificarse las costumbres, no por esto llegaba a borrarse el
estigma con que estaban marcados los sacerdores del oro. Se les adulaba en
momentos de angustia, y se les repelía luego con el pie en nombre de la
caballerosidad y la nobleza de alma.
—Pero un día,
el aprovechamiento del vapor cambió la faz del mundo. Casi ha sido en nuestra
época: hemos conocido personas que presenciaron esta gran revolución, la más
trascendental y positiva de todas. Existía la locomotora y hubo que fabricar
miles y miles, abriéndola caminos por todo el planeta. La máquina industrial no
podía caber en los pequeños talleres de familia, y fue preciso construir
monstruosos edificios, más grandes que las catedrales y los templos del
paganismo. Ningún monarca ni potentado era capaz de acometer individualmente
esta empresa gigantesca... Entonces, el dios amarillo cambió de forma, saliendo
majestuoso y triunfador, como el sol, de la hopalanda del usurero que le había
tenido oculto. En su glorioso despertar ya no fue metálico, pesado e
individual; no vivió más en su escondrijo de terror, y reunió a las
muchedumbres para la obra común por medio de esos documentos que llaman
acciones y obligaciones. El papel, que es el ala del pensamiento moderno, fue
el signo de su poder. Hombres que no habían salido más allá de las afueras de
su pueblo entregaron sus ahorros para trabajos titánicos que se realizaban al
otro lado del planeta. Valerosos capitanes de escritorio, poetas de la
aritmética, con el atrevimiento de los conquistadores, pusiéronse al frente de
estos ejércitos de soldados anónimos a los que no conocerán nunca... Y en
ochenta años han hecho suyo el mundo, como no lo dominó ningún ambicioso
ilustre.
Maltrana
hablaba con tono oratorio del gran milagro del dinero moderno. El globo estaba
erizado de chimeneas; las inmensidades del Océano ofrecían siempre en el
horizonte un punto negro y una nubecilla de humo; cascadas y ríos creaban al
rodar fuerza y luz; las grandes barreras de piedra que llegan con su cumbre
hasta las nubes sentían perforadas sus entrañas por un rosario de hormigas
férreas resbalando sobre cintas de acero; en las obscuridades submarinas
vibraban como bordones inteligentes los cables conductores del pensamiento;
fuerzas misteriosas y hostiles trabajaban esclavizadas para el bienestar común;
las antiguas hambres habían desaparecido gracias a las flotas inmensas que
surcaban a todas horas el Océano, compensando con el sobrante de unos pueblos
la carestía de otros; el hombre, hastiado de su reciente señorío sobre la
costra terráquea, se lanzaba en el espacio, aprendiendo a volar.
—Y todo esto,
amigo Ojeda, es el milagro de mi dios. Dirá usted que es obra del hombre; pero
el hombre, sin la esperanza del dinero, haría muy poco en el presente régimen
social. Nadie realiza trabajos penosos por gusto, nadie expone su vida
gratuitamente en empresas sin gloria. Si usted le dice al que perfora un túnel
o levanta un terraplén sobre un pantano que está sirviendo a sus semejantes y
merece por esto gratitud, se encogerá de hombros. Él sufre y pena para que mi
dios le recompense inmediatamente. Y si mi dios le falta, abandona la labor,
sin importarle gran cosa lo sublime de su trabajo... Abra los ojos, Fernando, y
no sea impío con la gran divinidad de nuestra época. Los antiguos dioses se
declaran vencidos por él, y le adulan y temen. El despreciado Pluto, cornudo y
triste en otros tiempos como un macho cabrío, ocupa ahora el trono del noble
Zeus, declarado inútil. Apolo y Marte hablan mal de él, lamentando la pérdida
de su antigua majestad; pero esta murmuración es a espaldas suyas, pues apenas
mi dios fija en ellos sus ojos de oro, el uno le ofrece la espada para
sostenimiento del santo orden, sin el cual no hay buenos negocios, y el otro
preludia en el arpa un himno en su honor a tanto la estrofa.
Ojeda rio
francamente de estas palabras.
—Hércules y
Vulcano—continuó Isidro—, dos brutos bonachones, le siguen como perros fieles.
El héroe forzudo lleva bajo sus bíceps los cartuchos de dinamita con los que
hacer volar istmos y montañas, y el herrero tuerto martillea día y noche para
servir los incesantes pedidos de su señor... Mercurio el trapacero, que robó
descansadamente durante siglos detrás de los mostradores, hace ahora antesala
en los Bancos y se quita con humildad el capacete con alas para suplicar al
gerente el descuento de un pagaré... Hasta la caprichosa Venus hace salir de su
alcoba por la puerta de escape, como entretenidos vergonzosos, a sus antiguos
amantes olímpicos y abre luego de par en par la puerta de honor para que entre
por ella el dios despreciado.
—Pero a usted
le ha tratado mal ese dios—dijo Ojeda burlonamente—. Usted ha vivido siempre en
la pobreza.
—Mi dios no
me conoce, no conoce a nadie. Es ciego y sordo para los humanos, como lo son
las fuerzas de la Naturaleza. El volcán erupta su fuego sin importarle que los
hombres hayan levantado un pueblo en su falda; ríos y mares se desbordan sin
enterarse de que unos seres ínfimos han creado sus hormigueros en las arrugas
que les sirven de vallas; la tierra, cuando desea temblar, no pide permiso a
los parásitos que anidan en su epidermis... El dios ignora nuestra existencia:
la humanidad sólo figura como los ceros en sus altas combinaciones aritméticas.
Por eso, cuando se le ocurre a mi dios echar bendiciones, caen éstas casi
siempre sobre los brutos con suerte o los maliciosos que las agarran al paso. Y
cuando reparte golpes, son verdaderos palos de ciego que llueven
irremisiblemente sobre los inocentes... Pero este dios, como todas las
divinidades, tiene una iglesia que piensa por él y administra sus intereses: la
iglesia de los grandes millonarios, directores del mundo. Y yo me he embarcado
para cambiar de vida, para intentar la conquista de la riqueza, para entrar en
esa iglesia aunque sea de simple monaguillo, y ver de cerca los misterios de la
sacristía.
Fernando se
encogió de hombros al hablar de la riqueza. Para ser feliz, le bastaba al
hombre con tener asegurada la satisfacción de sus necesidades. Él, por
desgracia, necesitaba más que otros para una existencia tranquila, pero apenas
hubiese conquistado lo que juzgaba indispensable, pensaba huir de esta pelea
por el dinero. La vida ofrece ocupaciones más nobles.
—Es que
usted, poeta—dijo Maltrana—, no conoce la poesía grandiosa que emana del dinero
manejado por un hombre de genio. Todas las fantasías poéticas, por bellas que
parezcan, resultan frías e infecundas, como los placeres solitarios. Es más
hermosa la acción, el abrazo de los hechos, el estrujón carnal de la realidad.
Yo admiro a esos demiurgos modernos del capitalismo que cuando fijan su
atención en un desierto del mapa lo transforman desde su escritorio en unos
cuantos años, y si alguna vez se dignan ir a él, encuentran ferrocarriles,
ciudades, muchedumbres bien vestidas, y pueden decir: «Esto lo he hecho yo,
esto es mi obra». Una satisfacción que envidio; un motivo de orgullo más
verdadero que el haber imaginado un gran poema.
—Maltrana, no
diga disparates—interrumpió Ojeda, algo amoscado—. Aunque, en verdad, no sé por
qué hago caso de sus afirmaciones. Mañana dirá usted todo lo contrario. Cada
vez que hemos hablado en Madrid defendía usted una opinión diversa... Conozco
esta enfermedad de la gente pensante. Usted, a quien he visto casi anarquista,
rompe ahora en himnos de la riqueza, sólo porque cree ir camino de conquistarla
en un país nuevo... Se engaña usted, Isidro. Cuando lleguemos allá se
convencerá de que el trabajo representa tanto o más que el capital. Sus
paradojas pueden tener algo de verosímil en la vieja Europa, donde abundan los
brazos. Pero en las llanuras americanas, que están casi despobladas, se
enterará de lo que vale el hombre y de cómo el dinero no puede nada cuando le
falta su auxilio... Además, yo desprecio el dinero, ¿se entera usted? Lo busco
porque lo necesito; pero de ahí a rendirle un culto religioso hay mucha
distancia. Es algo que nos envilece y achica, y si fuese posible suprimirlo, la
humanidad viviría mejor. ¡Los crímenes que comete ese capital, tan adorado por
usted, para agrandarse y triunfar en sus empeños!
Ahora fue
Maltrana el que rompió a reír.
—¡Poeta
sensible y de vista corta!... Esperaba de un momento a otro su objeción. «¡Los
crímenes que comete el capital en sus grandes empresas mundiales!...» Sí, los
reconozco: son los mismos crímenes de los grandes conquistadores que han
trastornado el curso de la Historia; los crímenes de las revoluciones que nos
dieron la libertad. El hombre pasa y la obra queda. Poco importa que caigan
algunos si su muerte beneficia a todos los humanos... Además, lo que hoy
aparece como un crimen es mañana un sacrificio heroico...
Quedó
silencioso unos instantes, como si buscase un ejemplo, y luego añadió:
—Hace poco
han terminado en el interior de la América ecuatorial un ferrocarril a través
de tierras inexploradas, pantanos en los que duerme la muerte, bosques
inhospitalarios. Los trabajadores han caído a miles en esta obra: cada
kilómetro tiene al lado un cementerio; las fiebres de la tierra removida, los
reptiles venenosos, los caimanes de las ciénagas, han matado más hombres que en
una batalla. Las familias de los muertos y las almas sensibles prorrumpieron en
alaridos de indignación contra la Compañía constructora. «Explotadores sin
conciencia, que por hacer un buen negocio y aumentar sus dividendos llevan los
hombres como bestias al matadero.» Y tenían razón; su protesta era justa.
Decían la verdad. Pero los capitalistas, que viven lejos y tal vez no se
molestarán nunca yendo a contemplar esta obra suya, pueden responder desde sus
escritorios: «Gracias a nuestra audacia fría y dura, los hombres tienen un
camino para llegar a países nuevos que guardan enormes riquezas. Hemos puesto
en comunicación con el resto del mundo las entrañas olvidadas de todo un
continente». Y también ellos tienen razón; también dicen la verdad... Porque ya
sabe usted, Ojeda, que eso de la verdad única e indiscutible es una ilusión
humana. Cada uno tiene la suya. Existen en nosotros tantas verdades como
intereses.
Ojeda
permaneció silencioso como si no le interesase contradecir a su amigo, y éste
continuó:
—La
literatura es la culpable de ese desprecio que muestran por el dinero todos los
que son incapaces de conquistarlo. Quiere educar al vulgo, y emplea para ello
ideas viejas, patrones que se cortaron hace siglos. Todo novelista que se
respeta, todo dramaturgo que posee el secreto de hacer patalear de entusiasmo
al público, no conoce vacilaciones al graduar la simpatía atractiva de sus
personajes. El hombre funesto, el «traidor» de la obra, ya se sabe que debe ser
un rico, un manipulador de caudales; y si ostenta el título de banquero, mejor
que mejor. Los banqueros tienen asegurado en las obras literarias un éxito de
odio y de rechifla. Los personajes simpáticos son pobres, y dicen cosas muy
hermosas sobre las infamias del «vil metal» y la necesidad de idealizar la
vida.
El arte
literario sólo había dispuesto, según Maltrana, de cuatro resortes para mover
sus criaturas: el amor, el odio, el hambre y el miedo. El dinero se mostraba
alguna vez en ciertos autores, pero como un accesorio, como un telón negro para
que se destacasen mejor las figuras de los personajes simpáticos. El amor, con
sus combinaciones y conflictos innumerables y siempre iguales, era el que
llenaba por entero libros y comedias.
—Y así
llevamos siglos sin enterarnos de que en el mundo hay algo más que el amor; y
hasta los más bobos empiezan a cansarse de tanto papel impreso y tantas salas
iluminadas para hacernos conocer las angustias y conflictos de dos seres que
quieren acostarse juntos y no encuentran el medio, o las crisis de alma de una
señora que desea faltarle a su marido y no sabe cómo empezar... No; en el
mundo, el amor no lo es todo. Le dedicamos algunas horas de nuestra existencia
(que por cierto no resultan las más despreciables), pero más tiempo nos lleva
la preocupación del dinero y la lucha titánica por conquistarlo. Si la
literatura fuese un reflejo de nuestra existencia y no un entretenimiento
halagador para los ociosos, hace años que figuraría en ella como elemento
principal el dinero moderno, que ha creado una aristocracia de la voluntad,
unos héroes más nobles e interesantes que esos galanes pobres que lloriquean de
amor, dicen palabras bonitas y son incapaces de ganar un poco de plata para que
la señora de sus pensamientos viva con mayores comodidades.
—Siga
usted—dijo Fernando—. Creo estar en Madrid en un estudio de pintor, en un
saloncillo del Ateneo, en una tertulia de café... Esto me rejuvenece.
—Ríase, pero
sepa que me da rabia la hipocresía de los «sacerdotes del ideal», que maldicen
el dinero en público y luego corren tras él como un cobrador de Banco. Aún
quedan algunos solitarios que escriben como cantan los pájaros, sin importarles
lo que ello pueda valerles. Pero éstos no cuentan para nada, y poco a poco caen
en el olvido. Hoy la fama literaria se aprecia por el número de
representaciones y la cantidad de volúmenes; o lo que es lo mismo, por el
dinero que percibe el autor. Antes de escribir se consulta el gusto del vulgo,
para que la tirada del libro sea grande o la sala de espectáculos esté repleta
muchas noches. Y luego, estos inventores de sonoras maldiciones al dios
amarillo, cuando llega el ajuste de cuentas con el editor o el empresario, son
capaces de andar a cachetes por peseta más o menos... No, Ojeda; yo prefiero la
franqueza brutal. El dinero es vil, pero solamente para aquellos que no lo
poseen. A mí, pobre siervo de la pluma, me ha hecho cometer grandes bajezas. Un
día he escrito una cosa, y meses después, por unas pesetas más, he pasado a la
casa de enfrente para escribir todo lo contrario. Por eso quiero hacerlo mío:
para sentirme digno y libre por primera vez en mi existencia. Mi dios se venga
de los que le llaman vil sometiéndolos a la humillación, que es el mayor de los
envilecimientos.
Miró a Ojeda
largamente con extrañeza, y luego continuó:
—¡Y que un
hombre de su talento no crea que el dinero es el móvil de las más grandes
acciones!... Acuérdese de los primeros navegantes que rasgaron los misterios
del mar: de nuestros respetables abuelos los argonautas. Ellos realizaron hace
docenas de siglos lo que usted y yo buscamos ahora. Iban a la conquista del
Vellocino de Oro, lo mismo que nosotros, argonautas con pantalones, al meternos
en este buque... Y cuando el navío Argos estaba a punto de
zarpar, el primero que saltó en él con la lira a cuestas fue Orfeo, el divino
cantor, el primero de los poetas conocidos. Usted me dirá que iba para ver
cosas maravillosas, tentado por la novedad heroica de la aventura; y yo, que
conozco la vida, le diré que iba por todo eso y además por tocar su parte
cuando llegase el momento de distribuir las ganancias de la expedición... Y lo
mismo pensaron los románticos caballeros vestidos de hierro que cabalgaban en
las Cruzadas huyendo de sus castillejos hipotecados a los usureros germánicos y
francos. «¡Jerusalén! ¡Vamos a libertar el sepulcro de Cristo!» Pero una vez
realizada la conquista, por no separarse más del dichoso sepulcro ampliaron el
círculo de sus correrías, cortando el terreno de los vencidos en condados y
reinos, y se dieron una vida de sátrapas orientales como no la habían podido
soñar en sus magras tierrecillas de Europa.
El recuerdo
de Colón surgió en la memoria de Maltrana.
—Ya sabe
usted—continuó—cuál era el ensueño de nuestro amigo don Cristóbal al ir como
solicitante detrás de la corte de los Reyes Católicos. Figúrese las decepciones
y desalientos que sufriría durante ocho años, cuando monarcas y ministros,
ocupados en guerras inmediatas, no podían escucharle. Al volver a su
alojamiento veía el oro del Gran Kan, las flotas de Salomón, las riquezas de
Marco Polo, tesoros maravillosos en los que algún día hincaría el diente, y
esto bastaba para que su ánimo se reconfortase, insistiendo en la demanda...
Créame, Ojeda: el dinero es el móvil de las grandes acciones, el compañero de
los ensueños sublimes, la última finalidad de los mayores idealismos. Mire a
esas gentes que tenemos a nuestros pies. Van en busca del dinero de un extremo
a otro del globo. ¿Y cree usted que no sueñan? ¿Se imagina usted que en su
peregrinación hacia el pan no hay mucho de ilusión, de idealismo?...
Ojeda movió
la cabeza afirmativamente.
—En eso dice
usted verdad. Algunas noches, al asomarme a esta baranda, me fijo en los
emigrantes que duermen al aire libre huyendo del calor de los sollados. Ofrecen
el aspecto de un campamento, y por esto tal vez viene a mi memoria el recuerdo
de los granaderos de Napoleón, que no eran más que simples soldados, pero al
dormir sobre la tierra dura veían desfilar en sus ensueños toda clase de
grandezas. Cada uno creía llevar en su mochila el bastón de mariscal, y esto
bastaba para que corrieran sin cansancio toda Europa de combate en combate.
Éstos son lo mismo: la santa ilusión borra en ellos la duda y el desaliento.
Todos guardan en su hato de ropa el título de millonario futuro... Si el
granadero sentía vacilante su fe, le bastaba mirar al mariscal cubierto de oro,
que había sido soldado lo mismo que él. Cuando los emigrantes dudan, no tienen
más que acordarse de tantos y tantos ricos que hicieron su primer viaje igual o
peor que ellos. En este mismo buque pueden ver ejemplos que reanimen su
energía...
¡Los milagros
de la ilusión! Muchos de aquellos hombres habían trabajado otra vez en América,
huyendo luego desalentados. Preferían la miseria en la patria a la vida
vagabunda del peón en el Nuevo Mundo, y al volver a su país besaban el suelo
con transportes de entusiasmo, jurando morir en él. «América para los
americanos. No nos engañarán más...» Pero al poco tiempo, los mismos relatos
que los habían enardecido antes del primer viaje volvían a morder con profunda
mella sus imaginaciones simples. La América odiosa se transformaba e iluminaba,
recobrando los dulces colores de la prístina visión. Tal vez habían huido
demasiado pronto; tal vez atribuían injustamente al país culpas que sólo eran
de ellos. La prosperidad de los que se habían quedado allá les irritaba como un
error.
—Olvidan
pronto lo que sufrieron—continuó Fernando—, para recordar únicamente las
contadas horas de felicidad. Sucesos insignificantes y casi olvidados
reaparecen en su memoria como ocasiones de fortuna torpemente despreciadas. «Yo
pude ser rico—dicen en su pueblo—, pero tuve mucha prisa en volver.» Y acaban
por creerlo a ojos cerrados, y el deseo de regresar a la tierra de la esperanza
es cada vez más imperioso, hasta que al fin se embarcan con iguales o mayores
ilusiones que la primera vez... Y allá van, revueltos con los neófitos de la
emigración; y ellos, los desengañados y maldicientes de poco antes, son ahora
lo mismo que los veteranos que reaniman a los reclutas en las veladas del vivac
con hiperbólicas historias.
—Yo creo—dijo
Maltrana—que si el curioso Diablo Cojuelo, que levantaba los tejados de los
edificios, pudiera mostrarnos lo que encubren las tapas de esos cráneos,
leeríamos en todos ellos lo mismo: «Buenos Aires... Buenos Aires».
—Así es...
¡Qué poder de ilusión tiene este nombre!... Todos, al repetirlo, ven la
ciudad-esperanza, la tierra del bienestar, la Sión moderna.
Ojeda, con su
lírico entusiasmo, reconstruía los pensamientos de la muchedumbre cosmopolita
que iba hacia el Sur tendiendo las manos tras el aleteo de la diosa sin cabeza.
Este nombre
circulaba como una música por el mundo viejo, despertando las almas
adormecidas. Las razas sin patria y los pueblos cansados de tenerla sentían un
instantáneo rejuvenecimiento al pensar en aquel país de maravillas, donde se
realizaban asombrosas transmutaciones. El holgazán sentíase activo; el apático
se agitaba con entusiasmos optimistas; el oprimido por la estrechez del
ambiente natal rompía su quiste de rutinas con súbito enardecimiento. Muchos
iban allá llamados y aconsejados por otros compatriotas que les habían
precedido... Pero ¿y los que marchaban a la ventura, faltos de amistades, sin
conocer el idioma, sabiendo únicamente repetir con enfermiza tenacidad: «Buenos
Aires... Buenos Aires...»? ¿Quién les había enseñado el nombre? ¿Qué encanto el
de estas sílabas, que hacían avanzar a las lejanas muchedumbres, confiándose al
gesto bueno o malo del destino?...
Admiraba
Ojeda el fuerte tirón con que este conjuro de esperanza había arrancado a los
grupos humanos enraizados por la historia en lugares distintos del planeta.
«¡Buenos Aires!», murmuraba el viento de las noches invernales al colarse por
el cañón de la chimenea en el hogar campestre, donde la familia española o
italiana maldecía el embargo de sus campichuelos y la escasez del pan; «¡Buenos
Aires!», mugía el vendaval cargado de copos de nieve al filtrarse por entre los
maderos de la isba rusa; «¡Buenos Aires!» escribía el sol con arabescos de luz
en los calizos muros de la callejuela oriental, para el árabe en medrosa
servidumbre; «¡Buenos Aires!», crujían las alas de oro de la ilusión al volar
de reverbero en reverbero por los desiertos bulevares de una metrópoli dormida,
ante los pasos del señorito arruinado y el bachiller sin hogar que piensan en
matarse a la mañana siguiente.
Y todos, sin
distinción de razas y clases, fuertes y humildes, ignorantes e inteligentes, al
eco de este nombre veían alzarse en el paisaje de su fantasía, bañada por el
resplandor de la esperanza, una mujer de porte majestuoso, blanca y azul como
las vírgenes de Murillo, con el purpúreo gorro símbolo de libertad sobre la
suelta cabellera; una matrona que sonreía, abriendo los brazos fuertes, dejando
caer de sus labios palabras amorosas:
—Venid a mí
los que tenéis hambre de pan y sed de tranquilidad; venid a mí los que
llegasteis tarde a un mundo viejo y repleto. Mi hogar es grande y no lo
construyó el egoísmo; mi casa está abierta a todas las razas de la tierra, a
todos los hombres de buena voluntad.
Maltrana
interrumpió la lírica evocación de su amigo con irónico entusiasmo:
—¡Muy bien
dicho, poeta! ¡Muy hermoso! Que la matrona azul y blanca no nos haga concebir
falsas ilusiones... que de cerca nos parezca tan hermosa como de lejos... Que
así sea. Amén.
—¿Qué día es
hoy? ¿viernes?... ¿sábado? He perdido la cuenta del tiempo que llevo en el
buque. Los días son dobles... dobles no, triples. Desde que despertamos hasta
el almuerzo, un día; del almuerzo a la comida, otro; y de la comida a la hora
de dormir, el día más largo para algunos, pues lo prolongan hasta que sale el
sol... ¡Y siempre las mismas caras! Vemos las mismas personas cien veces al
día. Parece que nos conocemos desde que nacimos... Dígame, Manzanares: ¿en qué
día estamos?
Era Maltrana
el que hacía la pregunta, en las primeras horas de la mañana, caminando por la
cubierta de paseo con el comerciante español. La calle de estribor estaba
inundada de luz; la de babor guardaba la humedad del mangueo reciente, con una
fresca penumbra de galería subterránea.
Corría la
sombra del buque sobre las aguas unidas y tranquilas, como una silueta
chinesca. En su lomo se marcaban los perfiles de botes y pescantes y la masa
cuadrangular de la chimenea. Tendíase el Océano en calma hasta lo infinito, sin
una ondulación, con el verde esmeralda de los mares tropicales, denso y
adormecido. No había en él otras espumas que las dos láminas burbujeantes que
levantaba la proa al arar su superficie. De vez en cuando, de las aguas
removidas surgía un enjambre de peces voladores. Aleteaban lo mismo que enormes
libélulas; abríase su tropa en varias direcciones formando abanico, y así
volaban a gran distancia a ras del Océano, trazando sobre él restos y sutiles
surcos, hasta que el cansancio de la fuga los obligaba a sumergirse otra vez.
Junto a los
tabiques de la cubierta de paseo alineábanse los sillones de los pasajeros,
pero con una alineación caprichosa, mostrando en lo alto de los respaldos los
nombres de sus dueños escritos en tarjetas. Esta rotulación parecía darles una
personalidad, un alma. Permanecían agrupados o solos, tal como los habían
dejado sus poseedores el día anterior. Unos parecían seguir mudamente las
conversaciones interrumpidas de sus amos; otros se mantenían apartados con
timidez o con orgullo.
Maltrana
pensaba en las altas horas de la noche, horas de misterio y de silencio, cuando
todos estos armatostes de madera o junco, ventrudos, echados atrás con orgullo
y ostentando la fe de bautismo en lo alto de la testa, se quedaban solos bajo
la fría luz de las ampollas eléctricas, teniendo enfrente las tinieblas del
mar. Descansaban de crujir y dilatarse con el peso de sus señores; se
emancipaban durante media noche de la gravitante servidumbre; llegaba para
ellos la hora de la libertad; pero semejantes a los hombres que al creerse
salvados por una revolución no hacen más que parodiar a sus antiguos opresores,
los sillones repetían en su descanso los actos y gestos de sus dueños.
Uno alto, de
madera robusta, con una manta escocesa olvidada en su regazo, rozábase con otro
de junco, esbelto y elegante, que tenía un cojín lujoso en el asiento. Parecían
requebrarse, continuando silenciosamente las conversaciones a media voz
cruzadas durante el día. Los asientos sueltos insistían tal vez en las
meditaciones de cifras y negocios que los habían impregnado espiritualmente
durante las horas de luz, o miraban con lástima a sus compañeros reunidos con
arreglo a las tertulias maldicientes o las atracciones del amor. «Vanidad de
vanidades...» Maltrana se fijó en algunos más anchos y profundos, que parecían
tener las entrañas quebrantadas, inseguros sobre sus pies, con cierto aire de
despanzurramiento. Eran de la señora de Goycochea y otras nobles matronas de
una majestad paquidérmica. «¡Pobrecitos!» Creyó ver en ellos gañanes tendidos,
con los remos abiertos, respirando jadeantes después de la dura labor;
cargadores en mangas de camisa que se limpiaban, renegando, la humedad de la
frente luego de haber llevado un piano a cuestas.
—Hoy es
viernes—contestó Manzanares—; anteayer salimos de Tenerife... También a mí me
parecen dobles o triples los días que llevamos aquí. ¡Y los que nos faltan aún
para llegar!... Esta tarde, según dice el capitán, veremos de lejos las islas
Cabo Verde... El lunes pasaremos la línea. El viaje no puede presentarse mejor:
una lindura... Mire usted qué mar.
Se detuvieron
un instante para seguir con ojos regocijados el aleteo de los peces voladores.
—Un mar de
romanza—dijo Maltrana—. Da gusto vivir. ¡Qué color! ¡qué luz!... Parece una luz
de teatro; el resplandor dorado de una «apoteosis final». ¡Y qué aire!
(Respiraba, entornando los ojos, con ansiosa delectación.) Algo nos aburrimos,
pero hay que reconocer que esta vida es hermosa. Siento deseos de cantar; me
vienen a la memoria todas las cancioncillas dulzonas del golfo de Nápoles.
Y con gran
escándalo de Manzanares comenzó a entonar a todo pulmón una romanza. Unos
marineros que pintaban de blanco las tuberías para el riego de la cubierta
volvieron la cabeza, riendo con simplicidad infantil.
—Pero hombre,
¡cállese!—protestó el comerciante—. ¿Y usted va a Buenos Aires a hacer
fortuna?... Lo primero es ser hombre serio, para inspirar confianza. Nadie da
crédito a la firma de un cantor. ¡No sea loco!... ¡Todas las gentes de pluma
son lo mismo!
—Manzanares,
estoy contento de vivir. Me siento más joven... Usted también parece que se
remoza. Ayer le pillé en conversación con una de esas francesas. Estaba apoyado
en la baranda, mirando al mar, pero hablaba con ella al mismo tiempo en voz
baja, como quien no hace nada.
—Hombre, yo
soy casado—protestó Manzanares—. No haga malas suposiciones: yo no pienso ya en
esas cosas.
Pero Maltrana
insistió. Le gustaba la francesa y tampoco le parecía mal Conchita, aquella
compatriota que iba sola a Buenos Aires.
—¡Un hombre
de mi edad!—exclamó Manzanares—. ¡Y con el estómago perdido!... Esa Conchita es
una muchacha decente; no hay más que verla: una señorita. No sea loco,
Maltrana. Todos ustedes los de pluma son unos perdidos y creen iguales a los
demás.
—¿Y París? ¿Y
sus idas de noche a Montmartre?... Acuérdese cómo entretenía la otra tarde a
Goycochea y Montaner contándoles sus buenas fortunas... Apuesto cualquier cosa
a que si me deja entrar en su camarote encuentro un paquete de fotografías
comprometedoras y de cartas de amor.
—No sea loco;
no haga juicios temerarios. Deje en paz a las personas tranquilas.
Pero
Manzanares decía esto con un tono de mansa protesta, brillando al mismo tiempo
en sus ojos cierta satisfacción.
—¡Ah,
calavera hipócrita!—prosiguió Isidro—. Cuando estemos en Buenos Aires iré un
día a su establecimiento de la calle de Alsina, para decirle a la señora de
Manzanares quién es su marido... Así lo haré, a menos que no me soborne con un
par de botellas de champán.
Una oleada
verdosa se extendió por el rostro del comerciante. Brillaron hostilmente sus
ojos, no sabiendo Isidro ciertamente si este furor era por su insolente amenaza
o por el convite propuesto. «Buenos días.» La culpa era de él, que hablaba con
locos. Y le volvió la espalda, alejándose.
Maltrana se
dejó caer en un sillón. Sentíase cansado: este «querido amigo» sólo era
generoso para caminar. Así estuvo mucho tiempo, frente al Océano, que titilaba
bajo el resplandor del sol, gozando de la sombra de la cubierta, incorporándose
y llevando una mano a su gorra cada vez que aparecía un nuevo paseante. Todos
eran hombres y caminaban apresuradamente, dando la vuelta al castillo central,
con la preocupación de combatir el engruesamiento de la vida sedentaria.
A estas horas
las damas permanecían abajo todavía, en los camarotes y las salas de baño.
Maltrana había sorprendido algunas veces las intimidades del arreglo matinal al
transitar por los pasillos de las cubiertas inferiores, tropezándose con
mujeres envueltas en kimonos y batones viejos que apresuraban el paso para
refugiarse en sus camarotes, ocultando la cara como si temiesen ser
reconocidas. Eran completamente diferentes de las que aparecían una hora
después en el paseo. A veces, Isidro sentía ciertas dudas antes de
identificarlas. Todas se mostraban considerablemente empequeñecidas y de
pesados movimientos al caminar sin el montaje de los tacones. Los pies ligeros,
recogidos y saltones lo mismo que pájaros en su encierro diurno de tafilete o
de raso, eran ahora planos y deformes dentro de las claqueantes babuchas. Las
carnes temblaban al moverse, conservando todavía la blandura y el suelto
descuido de las horas de sueño. Las cabezas empequeñecidas y pobres de pelo
mostraban unas mechas apelmazadas por la humedad reciente. Las caras tenían un
tinte verdoso o sanguinolento; las narices estaban enrojecidas en su vértice.
Después de
tales encuentros, evitaba Isidro el tránsito por los corredores a esta hora
matinal, temiendo el enojo de las señoras. Al verle luego en el paseo rehuían
su saludo o lo contestaban con sequedad, como si le hiciesen responsable de una
falta de consideración... Pero el recuerdo de estas sorpresas le hacía sonreír
con cierto orgullo. Él había visto; podía juzgar; estaba en el secreto. Y
encontraba interesante la vida de a bordo con este contacto promiscuo que
impone una existencia común desarrollada en limitado espacio.
Abandonó
Maltrana su sillón al reconocer a dos señoras que venían hacia él: las primeras
que se mostraban en el paseo. «Conchita y doña Zobeida...» Y las saludó gorra
en mano sonriendo obsequiosamente, pues doña Zobeida, a pesar de su modesto
exterior, le inspiraba una gran simpatía no exenta de lástima. Según él esta
señora ya entrada en años era más niña que todas las pequeñuelas rubias que
corrían por el paseo con una muñeca en los brazos.
El mayordomo,
poco atento para su aspecto encogido y la pobreza de su traje negro, la había
colocado en un camarote de dos personas, dándole por compañera a Concha, la
muchacha de Madrid, «esta buena señorita», como la llamaba ella aun en los
momentos de mayor intimidad. Regresaba a la tierra natal después de haber
pasado unos meses en Holanda cerca de sus nietos. El marido de su hija era
cónsul argentino y hacía años que vivía fuera del país. Por primera vez había
salido la buena señora de su amada ciudad de Salta para ir en osada
peregrinación más allá de los límites de la República, más allá del mar, a una
tierra de la que regresaba con el ánimo desorientado, no atreviéndose a
formular sus opiniones. «¡Y aquello era Europa!...» Ella, en su asombro, no osaba
hablar mal; todo le infundía respeto; únicamente se quejaba de sus privaciones
espirituales. «Esas tierras, señor, no son para nosotros; las gentes tienen
otras creencias. Hay que buscar dónde oír una misa. No se encuentra un
sacerdote que entienda nuestra lengua para confesarse con él.» Y el contento de
regresar a su tierra de altas mesetas y vegetación tropical aminoraba la
tristeza de dejar a sus espaldas a la hija única y los nietos. La habían rogado
que se quedase con ellos. ¡Ay, no! Quien la sacase de Salta, la mataba.
Hablando con Isidro por vez primera, le había hecho el elogio de su ciudad.
—Cuando
Buenos Aires no era más que Buenos Aires a secas, una aldea mísera, nosotros
éramos el reino del Tucumán. Los porteños, ahora tan orgullosos, datan de ayer,
son en su mayor parte hijos de gringos emigrantes. Nosotros somos nobles.
Usted, que es español, conocerá sin duda nuestro apellido: Vargas del Solar.
Tenemos en España muchos parientes condes y duques; un tío mío que se ocupaba
de estas cosas mantenía correspondencia con ellos. Había reunido papeles
antiguos de la familia; pero con las revoluciones y el haber venido a menos, se
olvidan estas cosas. Allá todavía nos llaman «los marqueses». Cuando usted
venga a Salta, verá en la puerta de nuestra casa un escudo de piedra. Otras
casas también lo tienen... Pero usted, que es hombre que sabe mucho, según dice
esta buena señorita (y señalaba a Concha), habrá leído lo que era Salta; sus
ferias, a las que venían a comprar mulas desde Chile, Bolivia y el Perú...
Nadie mentaba entonces a los porteños: todo nos lo llevábamos nosotros. Mi
finado el doctor, que tenía muchos libros, hablaba de todas estas cosas pasadas
cuando le ponderaban el crecimiento de Buenos Aires.
«Mi finado el
doctor» era su marido, al que designaba por antonomasia con este título. Todo
cuanto en el mundo puede decirse de verdad y de justa observación lo había
dicho el grave abogado de provincia, que a través de treinta años de viudez se
le aparecía ahora cada vez más grande, como la personificación de la sabiduría
reposada y el buen sentido ecuánime.
Sentíase
atraído Maltrana por la sencillez de palabras y pensamientos de doña Zobeida y
el aire señorial con que acompañaba su modestia. Fijábase en su color un tanto
cobrizo; en el brillo de sus ojos abultados, de córneas húmedas y dulce
humildad en las pupilas, ojos semejantes a los de los huanacos de las
altiplanicies andinescas; en el negro intenso de sus pelos fuertes y duros, que
los años no podían manchar de blanco.
No obstante
el remoto cruzamiento indígena que emergía en esta Vargas del Solar, encontraba
Isidro en toda su persona una rancia distinción española, un aire de dama
acostumbrada al respeto desde su nacimiento, y que, segura de su valía, puede
atreverse a ser familiar en el trato y sencilla en sus gustos. «Esta doña
Zobeida, medio india—pensaba Maltrana—, es una señora de Burgos que luego de
vigilar las compras de su criada en el mercado entra en una librería para pedir
un devocionario "bien cumplido"; una gran dama de Cuenca o de Teruel
que por la tarde recibe su tertulia de canónigos y abogados viejos y toman
juntos el chocolate, hablando de la corrupción del mundo.» Estos recuerdos
evocaban en su memoria a la vieja España, que había dejado huellas imborrables
allí donde había descansado sus pies, esparciendo las características de la
personalidad nacional por todo el planeta, en las más diversas y apartadas
regiones.
La credulidad
de la buena señora expandíase en ingenuos asombros ante los embustes y
exageraciones que se permitía Maltrana para estremecer su alma inocente. «¡No
diga!—exclamaba doña Zobeida—. ¡Vea!... ¡Qué cosas!» Y cuando ella no estaba
presente, Isidro prorrumpía en elogios de su candor. Era para él la mejor
persona de a bordo. Aquella mujer con nietos guardaba el alma de sus ocho años,
incapaz de crecimiento y de evolución; y esta alma permanecía inmóvil y dormida
en el envoltorio de su inocencia crédula, lo mismo que los embriones humanos
dignos de estudio que se conservan sumergidos en un bocal.
Separada, por
su timidez, de las compatriotas elegantes que venían en el buque, habíase unido
con un afecto familiar a su compañera de camarote, «esta buena señorita», «esta
pobre niña», que marchaba a un país desconocido sin más apoyo que vagas
recomendaciones. Isidro, que conocía a Conchita de Madrid, se alarmó un tanto
al verla en continuo trato con la inocente señora. Había vivido aquélla
maritalmente durante algunos meses con un amigo suyo, «compañero de la prensa»;
luego la había encontrado de corista en un teatro por horas y en varias fiestas
nocturnas o matinales en los entresuelos de Fornos y en las Ventas.
—Cuidado,
niña, con doña Zobeida—había dicho al verse a solas con Concha—. Esa buena
señora es un alma de Dios... A ver si metes la pata y la asustas con alguna de
las tuyas.
Pero la
madrileña sentía también por la buena dama un cariño respetuoso.
—La quiero
mucho: ¡si es de lo más buena!... Algunas noches, antes de dormir, la acompaño
a pasar el rosario en el camarote. Mira, chico, la quiero como si fuese mi
madre... Y eso que yo no he conocido a mi madre.
Esta mañana,
doña Zobeida saludó a Isidro con sonrisa tímida y miradas suplicantes. No se
atrevía a formular un pensamiento que la había empujado hacia él, y
anticipadamente imploraba perdón con sus ojos.
—Hable usted
de lo de anoche, Misiá Zobeida—dijo Concha interrumpiendo a la
buena señora en sus alabanzas al mar y a la hermosura de la mañana, tópicos con
cuyo desarrollo entretenía su timidez—. Isidro es un buen amigo... de lo más
servicial. Yo le conozco desde que me llevaban al colegio.
Mentía Concha
con aplomo dando a sus amistades con Maltrana este remoto y puro origen, lo que
proporcionó a la buena señora una repentina confianza. Su joven compañera la
llamaba Misiá, sabiendo que este título honorífico, de origen
criollo, le gustaba más, por su sabor patriarcal y rancio, que el Doña,
de origen peninsular.
—Yo no me
atrevía—balbuceó la señora—. No me gusta molestar a nadie con mis cosas. Pero
esta buena señorita me ha dicho quién es usted; que usted fue grande amigo de
su papá y que sabe mucho... y las personas que saben mucho son siempre atentas
con las que nada saben. Así era mi finado el doctor.
Y a
continuación de este exordio empezó su discurso por el final, mencionando la
conversación de la noche anterior con «la buena señorita», de litera a litera,
después de haber rezado el rosario. Ya que aquel señor Maltrana era tan bueno,
podía ayudarla en su pleito, la magna empresa de su vida y de la de todos los
Vargas del Solar, el objetivo de sus ilusiones en las horas de recogimiento, la
única petición que ingería en sus rezos por la felicidad de su hija y los
nietecitos.
—Vea, señor:
se trata de cuatrocientas leguas; unas cuatrocientas leguas cuadradas que son
nuestras y nunca acaban de entregárnoslas.
Isidro abrió
desmesuradamente los ojos con expresión de asombro y escándalo. ¿Sería una
maniática aquella doña Zobeida?...
—¡Cuatrocientas
leguas!... Pero eso es un Estado. Es casi una nación.
La señora
insistió tranquilamente en la cifra. Cuatrocientas leguas... o tal vez eran
más. No se habían mensurado, pero se extendían desde los Andes hasta cerca de
Salta. Todos allá conocían el pleito de los Vargas del Solar: hasta los papeles
de Buenos Aires habían hablado de él en varias ocasiones. Si alguna vez iba don
Isidro al Norte de la República, no tenía más que preguntar: el último arriero
de los que pasan a Chile recuas de mulas por la Cordillera le daría razón. Las
arrias caminaban semanas enteras por parajes desiertos, en los cuales todavía
se aparecían, rodeados de las fragosas tempestades de los Andes, la Pachamama y
el Tatacoquena, las dos divinidades indígenas anteriores a la conquista
española. Semejantes en todo a las simples imaginaciones humanas que los
crearon, estos dioses son arrieros también y llevan tras de ellos recuas
silenciosas de llamas cargadas con ricos fardos de coca, la ambrosía del
paladar indiano. Y los trajinantes de la Cordillera, al navegar por este océano
de tierra roja, peñascos metálicos y dormidos lagos de borato, discernían con
su justiciero espíritu la verdadera propiedad del largo camino. «Todo esto es
de los marqueses que viven en Salta.» Y los marqueses eran los Vargas del
Solar.
—Es nuestro y
muy nuestro—continuó Misiá Zobeida—. Allá en nuestra casa guardamos los
papeles. El pleito lo empezó mi finado tío, aquel que se carteaba con nuestros
parientes de España, condes y duques, como ya le dije; y luego, mi finado el
doctor, que sabía mucho, consiguió una sentencia favorable. El campo es nuestro
(aquí Maltrana sonreía oyendo llamar campo simplemente a cuatrocientas leguas);
el gobierno de Salta ha reconocido que nos pertenece, pero los años pasan y no
nos lo entregan. Vea, señor, la cosa no puede ser más seria: una donación del
rey... del rey de las Españas; un regalo que le hizo a uno de nuestros abuelos,
el alférez Vargas del Solar.
Se
interrumpió doña Zobeida, mirando con timidez a Maltrana, como si temiese
ofenderlo con sus aclaraciones.
—Usted que
sabe tanto habrá comprendido que este alférez era un gran personaje, y que le
llamaban así no porque fuese de milicia, sino porque siempre que había
nacimiento o casamiento de reyes, él era el que sacaba el pendón del monarca
como alférez real y daba el primer viva. Mi finado tío explicaba todo esto con
tanta claridad, que daba gusto oírle. También nos leía los papeles del rey,
unos pliegos amarillentos, con agujeritos, como si los hubiesen mordido las
lauchas, y escritos con una tinta que debió ser negra y ahora es roja como el
hierro viejo... El campo no nos lo dieron de regalo: fue donación por ciertos
dineros que el alférez envió a España una vez que el rey tenía sus apuros. Y
como persona bien nacida y cristiana, el rey correspondió a este favor dándole
el campo y el marquesado. Debían ser amigos, ¿no le parece?... El alférez era
un gran personaje; y su señora la peruana, ¡no digamos! Todavía allá en mi
tierra, cuando ven a una gringa emperifollada o a una china que se da aires de
señorío, dice la gente, por burla: «Ni que fuese Misiá Rosa la marquesa».
La buena
señora perdía su habitual timidez al recordar a esta abuela, más célebre aún y
digna de memoria que el ilustre alférez amigo de los reyes. La contemplaba tal
como se la había descrito muchas veces el «finado tío», en el estrado de su
caserón de Salta, con ricas medias de seda, de las cuales cambiaba tres pares
por día, mirándose con un orgullo de raza sus breves pies estrechamente
calzados. Vestía los huecos y floreados guardainfantes que le enviaban de las
mejores tiendas de Lima, con perlas en el pecho, perlas en las orejas, perlas
esparcidas por todo el traje. Más allá del estrado, sentadas en el suelo y con
las piernas cruzadas, estaban unas cuantas negras con sayas de blancura
deslumbradora. Una vigilaba el braserillo en el que hervía el agua, otra
ofrecía el mate de plata cincelada con boquilla de oro, otra guardaba sobre sus
rodillas la guitarra señoril de ricas incrustaciones.
Trotaban
jinetes calle arriba, calle abajo, con la vaga esperanza de ver los ojos de
brasa de la peruana al alzarse levemente la cortina de alguna reja. A la hora
de misa, hidalgos venidos de lejos se hacían los distraídos en la puerta de la
iglesia para contemplar la mayor celebridad del país, que llegaba envuelta en
su manto negro de seda, por debajo del cual asomaba la recamada falda blanca o
o rosa. El alférez iba a su lado, con todo el señorío de su rango. Su chambergo
con plumas contestaba solemnemente a todos los sombreros que se elevaban a su
paso. Detrás marchaban dos negritos con el parasol y una rica alfombra, sobre
la que se sentaba cruzando las piernas Misiá Rosa la marquesa para oír la misa.
El nobilísimo
caserón de los Vargas, con sus ventrudas rejas y su escudo de piedra en el
portal, sólo admitía las visitas de unos cuantos notables del país. En las
épocas de feria animábase con la presencia de rancios hidalgos venidos del
virreinato del Perú o del reino de Chile para comprar ganado de tiro;
hacendados de la tierra baja llegados de las orillas del Plata para vender sus
recuas de mulas, y de algún que otro asentista de negros de Buenos Aires que
arreaba una partida de esclavos africanos con destino a las minas del Potosí.
Cuando pasaba un nuevo gobernador camino de su ínsula, un obispo en gira
pastoral, o los señores de la Real Chancillería, la casa del alférez era su
posada, y los viajeros no tenían gran prisa en partir, como si los encantase la
belleza y el señorío de Misiá Rosa, cuya fama había salido a su encuentro a
muchas jornadas de camino.
La gente
menuda hablaba maravillas del noble edificio y de sus riquezas. Una vez por año
se cerraban sus puertas un día entero, y los viejos servidores de los Vargas,
esclavos y libertos, todos gentes de confianza, tendían cueros en el patio
principal, vaciando sobre ellos enormes sacos de monedas. Eran onzas, doblones
de a ocho, cruzados portugueses, montones de oro que sacaban anualmente de su
encierro subterráneo para que se airease y solease. Y el alférez y su esposa
vigilaban impasibles esta operación tradicional, como si su servidumbre
removiese sacos de trigo para el consumo de la casa.
Enardecíase
doña Zobeida al relatar los esplendores pasados, y Conchita aprobaba moviendo
la cabeza, como si diese fe. Habituada a oír todas las noches en su camarote
estas grandezas creía haberlas contemplado con sus ojos.
—Y ahora,
señor—continuó la vieja—, los Vargas del Solar somos pobres por culpa del
pleito que no termina nunca. Las revoluciones y las guerras nos fundieron...
Dicen que para que nos den lo que es nuestro es preciso mensurar el campo con
arreglo a los títulos, y para hacer esa mensura se va a necesitar un año, o tal
vez más, y muchos hombres, que habrán de vivir como se vive en el Polo; y esto
costará mucha plata y la habremos de pagar nosotros... Hay en el campo mucha
tierra que no sirve: peñascales, montañas; pero hay minas y hay también buenos
pastos. Por mí, no me movería a nada: yo necesito poco para mantenerme. Pero
están mis nietos, mis pobrecitos, condenados a vivir en esa tierra de gringos;
está mi hija, y quiero verla rica en Buenos Aires con el señorío que merece...
Además, pienso en mi finado el doctor, que pasó su vida penando por sacar
adelante el pleito. Seguramente que se alegrará en la otra vida si le digo
cuando nos encontremos después de mi muerte que el campo ya es de la familia y
que lo he conseguido yo. ¡Él, que decía que las señoras sólo entienden de las
cosas de la casa! Figúrese, señor, aunque sólo se venda la legua a dos mil
pesos una con otra, lo que eso representa.
Maltrana la
interrogaba con la mirada y el gesto. ¿Y qué tenía que hacer él en este
asunto?...
—Lo que yo
quiero, señor, es que usted le hable al doctor Zurita, ya que es su amigo y los
veo siempre juntos. A mí me da vergüenza acercarme a él sin conocerlo. Creo que
ha sido mandón en Buenos Aires. Además, es doctor, y usted ya sabe lo que eso
representa. Un doctor manda mucha fuerza, y más si es doctor porteño, pues
ahora ellos se lo guisan y se lo comen todo, sin dejar nada para los demás,
según decía mi finado... Si es tan amable que quiere oírme, yo le explicaré mi
pleito, y a él de seguro le bastará una palabrita a los que mandan para que
todo se arregle «sobre el tambor», como decimos allá. Se ve que es un buen
caballero, cristiano y serio, como mi doctor. Me han buscado muchas personas de
Buenos Aires para encargarse del asunto: hombres de negocios, gente que me daba
miedo, y he dicho siempre que no. Mi finado les tenía horror a las «aves
negras».
Calló un
momento doña Zobeida, como si vacilase, pero luego añadió con timidez:
—Aquí mismo,
en el barco, hay un señor que no sé cómo ha sabido lo de mi pleito, y según me
dicen, quiere hablarme... Es el papá de esa niña que llaman Nélida, la que
siempre anda revuelta con los muchachos. A mí no me gusta hablar de nadie, cada
uno que se arregle con Dios; pero, francamente, señor: ¡esa niña que parece una
cómica, y fuma, y no respeta a su madre! ¡Y ese padre que no la reta y se ríe
de sus travesuras!... Que viva cada uno a su gusto, pero yo no quiero tratos
con gringos de tal clase. Prefiero a los míos; y desde que sé que el tal señor
desea hablarme del negocio, tengo más ganas de pedir al doctor Zurita que me dé
su consejo.
—Lo verá
usted, doña Zobeida. Yo me encargo de la prestación.
Sonrió la
vieja dama con una alegría infantil, mostrándose aún más locuaz y comunicativa.
—El negocio
hubiese llegado a término hace tiempo si mi finado tío viviese. Le habría
bastado con enviar una carta a nuestros parientes de España. Pero ocurre lo que
ocurre porque el rey de allá no está enterado. Usted, señor, que sabe tanto y
que allá en su tierra es doctor indudablemente, o ese otro caballero que va con
usted, tan buen mozo, tan distinguido y serio, y que también será doctor,
cuando vean al rey díganle lo que nos pasa a los Vargas del Solar, los
herederos del alférez. Usted verá al rey seguramente. Los doctores tienen
siempre gran metimiento con los que gobiernan: en mi país, todos los amigos del
Presidente son doctores... Mi pleito se resolvería «sobre tablas», como quien
dice, sólo con que el rey enviase una esquelita al gobierno de Buenos Aires, o
mejor aún, al gobernador de Salta, diciendo: «¿Qué es esto, señores? Lo dado,
dado está, y entre caballeros no está bien faltar a la palabra. Entreguen
ustedes a los descendientes del alférez Vargas lo que mis abuelos tuvieron a
bien darle, y no se hable más del asunto». Y tengo la certeza de que así lo
escribiría el buen rey si alguien le hablase y le enseñase nuestros papeles.
—Se le
hablará—dijo Maltrana con acento de resolución, sin el más leve asomo de risa—.
Se enterará de todo el buen rey, y escribirá la carta tan pronto como yo lo
vea.
Y como si
temiese el contagio risueño de los ojos de Conchita, la cual fruncía los labios
para conservar su gravedad, Isidro se despidió de doña Zobeida, repitiendo la
promesa de presentarla al doctor después del almuerzo.
Al ir hacia
proa, vio apoyados en la barandilla a Ojeda y Mrs. Power, mirando el mar, con
los codos y los flancos en apretado contacto. La brisa retorcía como espirales
de fuego algunos rizos de la norteamericana que se escapaban de un sombrerillo
de tela de oro.
—¡Bien
empieza el día para éstos!...—murmuró Isidro—. Y la yanqui parece una niña con
ese casquete gracioso de paje veneciano. ¡Qué pedazo de mujer!... Buenos días,
señora.
Saludó sin
detener el paso, con una reverencia que juzgaba graciosa, «la reverencia de
peluca blanca y tacones rojos», según el la titulaba, y vio por un instante
unos ojos irónicos y una boca bermeja que contestaban a su saludo.
—Otro que
fuese inmodesto—siguió murmurando Maltrana—llegaría a tener sus pretensiones
sobre esta señora. No puede verme sin reírse... Así empiezan, según opinión
general, las grandes pasiones; y el amigo Ojeda, si no estuviese ciego, como
todos los enamorados, debería mirarme con cuidado... Pero dejémonos de pompas y
vanidades y atendamos a nuestros amigos. Allí viene uno... Buenos días, monsieur.
Se cruzó con
el hombre «fúnebre y misterioso», su vecino de camarote, vestido de luto como
siempre y con el rostro cuidadosamente afeitado. Apenas dobló su digna tiesura
con una ligera inclinación de cabeza. Luego envolvió a Maltrana en una ojeada
fugaz de sus pupilas azules y duras, y siguió adelante, contestando con voz
seca: «Bonjour, monsieur».
Rio Isidro,
mientras el otro se alejaba como ofendido por el saludo.
—El amigo
Sherlock Holmes está enfadado. Se acuerda todavía de la broma de la otra noche.
¡Mal corazón!... ¡Como si todos estuviésemos obligados a vivir tristes y
vestidos de luto, como él!... ¿Qué hará en este momento la princesa que guarda
encerrada en el camarote?... ¡Y no haber descubierto yo todavía este misterio!
¡Qué vergüenza!
Cesó de
pensar en el hombre negro y su incógnita cautiva al volver a la banda de
estribor. Dos parejas permanecían inmóviles, en íntima conversación, entre los
pasajeros que caminaban por este lado del buque siguiendo su marcha matinal. En
último término, hacia la proa, Ojeda y Mrs. Power continuaban acodados en la
barandilla. En el extremo opuesto, o sea cerca de Isidro, estaba de pie
Manzanares al lado de un sillón de junco con almohadones bordados, en el que
aparecía casi tendida una mujer rubia, con un brazo caído y un volumen en la
mano. Los ojos del comerciante fijábanse con avidez en la nuca perfumada por
las matinales abluciones y todas las blancuras inmediatas revelarlas por la
entreabierta penumbra de la blusa. De aquí saltaba su mirada a las redondeces
de las piernas, envueltas en calada seda, emergiendo entre el follaje sedoso de
las faltas.
Maltrana se
acercó a él como si hubiese olvidado la escena de poco antes.
—Aquí le
quería pillar, calaverón, tenorio de la calle Alsina... De seguro que está
usted declarando su amor a esta señorita, en estilo de factura.
Visiblemente
irritado Manzanares por la burlona intervención, se apresuró, sin embargo, a
contestar, temiendo que Isidro persistiese en sus bromas.
—No señor;
hablábamos de cosas serias, de cosas de allá. La señorita deseaba conocer mi
opinión sobre la próxima cosecha.
¡Ah, la
cosecha!... Maltrana sonrió al recordar que la próxima cosecha en la República
Argentina era el principal motivo de conversación para una gran parte de los
que iban en el buque, y un pretexto de continua consulta para aquella francesa
rubia, que figuraba en el registro del buque como viajante en modas y
sombreros, profesión que hacía torcer el gesto a muchos maliciosamente.
También a él
le había hecho la misma consulta mademoiselle Marcela la
primera vez que se había aproximado a su sillón, atraído por la novedad de su
habla castellana incrustada de palabras francesas e italianismos del léxico
popular de Buenos Aires.
Era este
viaje el quinto que emprendía a las riberas del Plata, y mostraba una pericia
de navegadora trasatlántica en su amabilidad con el personal del buque que
mejor podía servirla, en la reserva discreta con que se mantenía aparte de los
pasajeros de una clase social superior—especialmente de las señoras, modo
seguro de evitarse desprecios y malas palabras—, y en su acierto al escoger su
lugar en la cubierta, colocando el mismo sillón de junco, las almohadas y las
mantas que le habían acompañado en anteriores viajes. «Yo voy a Buenos Aires
casi todos los años—había dicho al curioso Maltrana para cortar sus preguntas
insidiosas—. Es mi negocio; viajo por una gran casa de sombreros.» Maltrana,
malicioso e incrédulo, pensaba que la hermosa viajera comercial no debía llevar
con ella otras muestras que los propios sombreros, un poco fatigados. Para
economizar su uso, defendía los postizos de su cabeza rubia con una variedad de
gasas de colores adquiridas en los montones de los grandes almacenes de París.
Al saber que Isidro iba como ella a la Argentina, le había preguntado por la
próxima cosecha, creyéndolo un propietario de aquel país.
Después, con
las frecuentes conversaciones, se había establecido entre ellos cierta
intimidad. ¡El dinero! ¡Lo que costaba de ganar y lo necesario que era para la
vida!... Y la «bella sombrerera», como la llamaba Isidro socarronamente,
entornaba los ojos hablando de los sacrificios que impone el negocio; de lo
triste que era abandonar su pisito de la Avenida de Ternes, donde todo estaba
en orden y a punto para las necesidades de la vida, con el cuidado de una mujer
que sabe dar valor a los pequeños objetos y colocarlos en su sitio. Hablaba con
ternura infantil de Chifón, un gato obeso y lustroso, y de dos
canarios que había confiado a la portera. Otras veces recordaba
melancólicamente al «buen amigo» que vagaría por el bulevar esperando su
regreso, un joven verdaderamente chic, aunque pobre, con el que
estaba en relaciones hacía algunos años. ¡Y las amigas! ¡Y los teatros! ¡Y
había que abandonarlo todo por... el negocio! «La vida es triste, decididamente
triste.»
Cuando
Isidro, que no podía aproximarse a una hembra deseable sin iniciar un intento
de posesión, creyó de su deber mostrarse amoroso de Marcela, ésta acogió sus
palabras con cierta severidad... ¡Un hombre que iba al Nuevo Mundo en busca de
fortuna pensar en fruslerías amorosas que podían quitarle el tiempo necesario
para los negocios! La vida es seria, y hay que aprovechar la juventud para
asegurarse un porvenir. Luego, cuando se cuenta con el apoyo de los ahorros,
puede uno permitirse alguna locura... ¿No sufría ella igualmente por culpa del
negocio, teniendo que hacer sus viajes a América siempre que las amigas de allá
le escribían que la cosecha era buena y el dinero iba a circular en
abundancia?... En todos los puertos llenaba tarjetas postales con frases de
intenso amor aprendidas en las comedias. No podía leer seguidamente unas
cuantas páginas de aquel volumen amarillo de tres francos cincuenta, pues se
escapaba de su brazo caído o quedaba olvidado sobre el sillón. Pensaba en el
«buen amigo», el hombre chic y sin recursos, que dejaba por
algún tiempo. Se había hecho retratar numerosas veces por un camarero de a
bordo que explotaba la instantánea, y estas hojas de papel saldrían camino de
París en la primera escala que hiciese el buque, representándola de pie y
mirando el mar con aspecto melancólico, o tendida en el sillón con el rostro
apoyado en una mano y ojos «de ensueño», haciendo crochet,
leyendo... pero siempre pensando en él.
—Yo tengo
mi beguin—continuaba ella, en su lenguaje políglota—. Pero hay que
ser seria, ¿no? y pensar en la plata para los viejos días. ¡Si fuese una a
hacer caso de todos los que dicen ser enamorados! Macanas, che,
créame a mí... Además, usted es pobre, y yo no comprendo a un hombre pobre; no
tiene significación para mí; no sé qué pueda ser eso. Conozco a muchos que no
tienen un sous y resultan simpáticos; pero los trato como
camaradas nada más. Gastón, mi amigo, se arruinó, y aunque ahora está en
la puré, volverá a tener plata cuando mueran sus tías... No ponga
esa cara de cabotin enamorado; no me conmoverá niente.
Soy vieja para creer en eso. ¡A me con la pigolita!...
Y para
amostrar su incredulidad de negocianta de amor sorda a todos los gestos,
palabras y juramentos de los parroquianos, repetía con delectación la frase
criolla, final obligado de todos sus discursos: «¡A mí con la piolita!».
No era
Maltrana el único que se había aproximado queriendo perturbar con diabólicas
propuestas su tranquilidad de argonauta reflexiva y prudente, aquel quietismo
monacal de plácidas digestiones y largas siestas, que era para ella el encanto
más grande de las travesías oceánicas. Sus ojos de un azul claro, su cabellera
rubia cenicienta, su carne blanca, jugosa y de ligeros tonos amarillos
semejante a la fresca pulpa de un melón, parecían valorizarse con nuevos
encantos así como transcurrían los días. A cada singladura los paseantes
desfilaban con más lentitud ante su sillón, echando miradas de través.
Aumentaba el número de los señores graves que permanecían de pie cerca de ella
contemplando el mar con aire pensativo, mientras de sus labios fingidamente inmóviles
dejaban caer proposiciones con acompañamiento de cifras.
Marcela ya no
hablaba con Isidro de la gran casa de París que le había confiado su
representación. Parecía olvidada de los sombreros, pero seguía aplicando a su
verdadera industria una meticulosa prudencia comercial. ¡Los hombres!... Los
unificaba en su pensamiento, viéndolos con idéntica contracción de espasmo
lúgubre y el mismo ronquido de agonía, eternos gestos con los que terminaba
para ella indefectiblemente toda intimidad. Creía de buena fe, con un
escepticismo de profesional fatigada, que todos habían venido al mundo sólo
para esto y eran incapaces de experimentar otros deseos.
—En todos los
viajes es lo mismo, mon cher. Así como nos acercamos al Ecuador,
los hombres se ponen locos y hay que sacudírselos como moscas. Y yo, ¡por nada
del mundo!... ¡Aunque me ofrezcan mil! ¡aunque me ofrezcan dos mil! Aquí todo
se sabe, y aunque no se supiese, es lo mismo. Después, cuando llegamos a Buenos
Aires, se dan importancia por las bondades que una ha podido tener en el buque
con ellos, y lo cuentan, y es inútil que se traigan buenas toilettes de
París y que una mujer se presente bien. Se pierde importancia, se desvaloriza,
como dicen allá, y los amigos que esperan con interés vuelven de pronto la
espalda... ¡La novedad! ¡El ser de uno nada más, para que pueda darse
importancia y sus amigos le tengan envidia! Usted no sabe lo que en América se
paga esto, mon cher. Vale tanto como un vestido chic
y mucho más que la hermosura... No; aquí, en el buque, nada. Lo
repito: aunque me diesen dos mil; aunque me diesen tres mil...
Admiraba
Maltrana la facilidad con que esta joven repetía entre muecas de desprecio las
cifras de miles y miles, ella que, semanas antes, en su pisito de la Avenida de
Ternes llevaría indudablemente la cuenta del gasto diario con el esmero de una
mujer ordenada, aunque de mala vida, que desea hacer ahorros para la vejez. Era
la influencia del medio, la marcha hacia el país de la esperanza, que
trastornaba diariamente en todos los cerebros las tímidas y estrechas
apreciaciones del viejo mundo.
En el buque
se hablaba a todas horas de cientos de miles de pesos, de campos de leguas y
leguas, de terrenos cuyo valor podía centuplicarse en un sólo día. El franco y
los céntimos trabajosamente ahorrados quedaban atrás de la popa, se perdían en
el horizonte como algo vergonzoso que convenía olvidar. Eran el ensueño y la
miseria de una humanidad anterior que afortunadamente no volvería a existir.
—Hay que ser
prudente—repitió Marcela—; piense usted en el negocio y no pierda el tiempo en
amores. Los que nacemos pobres no debemos permitirnos estas tonterías. Ya
se ratraperá usted cuando sea viejo y rico. Entonces se dará
el gusto de arruinarse por alguna muchacha que pueda ser su nieta... Y si ahora
tiene usted verdadera necesidad de amor, no pierda el tiempo con nosotras:
busque entre las personas «bien» que vienen en el buque. Ninguna de nosotras se
atrevería a demostrarse como esa señorita alta, del pelo
cortado. Al final del viaje va a resultar que somos las más juiciosas de a
bordo.
Era notable
la ponderación de esta muchacha que administraba su sexo con el mismo tino de
un comerciante que sabe ofrecer o retirar el género a tiempo para mantener su
valor.
—La cosecha
es magnífica—dijo Isidro aquella mañana, apoyándose en un hombro de
Manzanares—. No se preocupe, mademoiselle. Todas en el buque dicen
lo mismo. Los Bancos no restringirán los créditos, todo el que pida dinero lo
tendrá; y marcharán los negocios, y se vivirá bien, «en el mejor de los
mundos»... Pero aunque un accidente inesperado diese al traste con esa cosecha
que tanto le interesa, usted no debe afligirse. Aquí tiene a monsieur Manzanares,
hombre generoso, que, según parece, está enamorado de usted y se dará por
contento si puede hacer su felicidad.
—El
señor—dijo Marcela sonriendo—ya sabe que en el buque no acepto nada.
—Bueno; pues
será en tierra. Y de seguro que está deseando llegar a Buenos Aires cuanto
antes, para poner a sus pies todas las blondas y puntillas de su
establecimiento.
Manzanares,
con el rostro verdoso y una sonrisa feroz, tartajeaba su protesta.
—¡Pero a
usted quién le mete!... ¡Usted qué sabe!
Y tomando
pretexto de la llegada de otras francesas que se sentaban junto a Marcela y la
saludaron con un «¡bonjour!» malicioso al verla tan acompañada, el
comerciante intentó retirarse.
—Espérese,
amigo—dijo Isidro—; yo también me voy. Estas señoritas tendrán que hablar entre
ellas de sus asuntos.
Señalaba a
dos compañeras de Marcela que arreglaban sus sillones para tenderse en ellos,
fatigadas sin duda de la ascensión desde los camarotes a la cubierta. La de más
edad era alta, gruesa, con el pelo teñido de un rojo de llama y las carnes algo
flácidas. Sus ojos verdes tenían un brillo imperioso; sus movimientos eran
resueltos y varoniles. Ejercía una autoridad indiscutida en aquella parte del
buque donde se reunían sus compañeras, y que las graves damas de a bordo
llamaban en voz baja «el rincón de las cocotas». Las amigas la oían como un
oráculo cuando solicitaban el apoyo de su experiencia. Todas ellas conocían sus
viajes por gran parte del globo, sus audaces travesías en el corazón de América
como artista cantante. Su vida era una verdadera novela folletinesca, con
encuentros de fieras y de bandidos. Y no obstante su pasado enérgico,
permanecía horas enteras en el sillón, anonadada por una fatiga sin causa.
Descender al camarote era empresa que le hacía reflexionar largamente, acabando
por pedir que la sustituyese una de sus amigas.
La compañera
era una jovencita de ojos claros y virginales, encogida y tímida algunas veces
y otras con audacias de colegiala revoltosa. En el buque llevaba siempre la
cabeza al descubierto, libre de velos y sombreros, dejando que flotase su
tupida cabellera, de un rubio obscuro, suavemente ondulada. Mostrábase
orgullosa de que «todo fuese suyo». Estaba satisfecha de su juventud, que
ignoraba el adorno de los falsos cabellos, y de su piel sana, que no conocía el
arrebol del colorete.
Maltrana las
saludó a las dos como amigo antiguo.
—Buenos
días, mademoiselle Ernestina. Soy, como siempre, el más
ferviente admirador de su hermosa cabellera... Mis respetuosos homenajes, madame Berta.
Saludo el heroísmo majestuoso de la vieja guardia.
Y sin prestar
atención a la palabra risueña pero un tanto fuerte con que la exuberante madama
contestaba a su saludo, Isidro se apresuró a huir tras de Manzanares, que se
había despegado del grupo.
Empezaba el
concierto matinal en la terraza del café. Circulaban los camareros con grandes
bandejas cargadas de sándwichs y tazas de caldo. La música parecía extraer
racimos humanos de las puertas, escotillas y escaleras. Isidro comparaba el
buque con un mueble viejo: bastaba que las vibraciones de los instrumentos de
metal lo conmoviesen, para que al momento surgieran las gentes de todos sus
poros y orificios como rosarios de parásitos. Varias señoras de las más
encopetadas pasaron ante él sin volver la cabeza, desconociéndolo al verle en
tan mala compañía.
«Estas
matronas tan dignas—pensó él—me van a tomar ojeriza si me encuentran mucho
aquí. Huyamos; hay que conservar las buenas relaciones.»
Junto a la
puerta del café detuvo a Manzanares.
—Es inútil su
empeño—le dijo—. Pierde usted el tiempo. Sé bien lo que le han contestado: «En
tierra veremos; aquí, ni por dos mil, ni por tres mil...».
—Déjeme
tranquilo; no me... jorobe—rugió el comerciante—. No se ocupe más de mí.
Y separándose
con un rudo tirón, se metió en el café en busca de sus amigos.
Maltrana se
detuvo en la puerta. No osaba meterse en la penumbra de este salón obscuro y
humoso durante el día, y que sólo al llegar la noche hacía resaltar la gloria
de sus dorados, de sus escudos policromos y de sus vidrieras de colores bajo
guirnaldas de luces eléctricas. Las mesas inmediatas a las ventanas ya estaban
ocupadas a aquella hora por los sempiternos jugadores de poker.
Isidro los contempló con un desprecio admirativo. Empezaban su tarea diaria,
que había de concluir pasada media noche, sin más intervalos que los de las
comidas.
«¡Qué
gentes!—pensó—. Hacen el viaje sin saber dónde están, sin haber echado una
mirada al mar. En el comedor comentan entre bocado y bocado los incidentes del
juego. Tomaron los naipes a la salida de Boulogne o de Lisboa, y cuando
lleguemos al río de la Plata habrá que gritarles: «Ya hemos llegado; ya estamos
en Buenos Aires». Y es posible que aún contesten: «Un momento; aguarden para
atracar a que concluyamos la última partida...». ¡Y eche usted copas! ¡Y traiga
usted cigarros! ¡Y las más admirables de las señoras, que viven codo con codo
entre ellos, juntando su rodilla con la del camarada de enfrente, tragando humo
y mirando las cartas con ojos de bruja hambrienta!...»
Huyó de allí,
volviendo al paseo, donde se encontró con Fernando, que caminaba solo. Isidro
vio reflejarse en sus ojos una alegría interior.
—Marchan bien
los negocios, según parece. La conferencia de esta mañana ha dado buen
resultado... Caminemos un poco... cuénteme usted.
Pero Ojeda,
para desviar la conversación, evitando la solicitada confidencia, aminoró el
paso y dio con el codo a su amigo.
—Contemple
usted y admire, Isidro. Ahí tiene a uno de los grandes sacerdores del culto
amarillo, que se prepara a oficiar.
Señalaba con
los ojos al banquero, majestuosamente arrellanado en su sillón, con una rica
piel junto a los pies a pesar del calor. La amplia barba de un rojo obscuro
descendía hasta el mamotreto que tenía en sus manos, extendiendo el serpenteo
de los pelos entre las columnas de cifras escritas a máquina. En una silla
inmediata estaban apilados con irregularidad otros legajos, a los que llevaba
la mano de vez en cuando para hacer compulsas. Junto a él, su esposa, vestida
de blanco con gran profusión de blondas de precio, hacía saltar entre los dedos
su inseparable ristra de perlas con gesto de aburrimiento. Al pasar los dos
amigos ante ella, sus ojos vagos parecieron concentrarse en Fernando con una
mirada breve, pero vehemente y curiosa. El banquero daba órdenes a su
secretario para que buscase un nuevo legajo en las diversas piezas que
componían su departamento de lujo.
—¿Se ha
fijado, Isidro, en los títulos de esos mamotretos?—dijo Ojeda al alejarse unos
cuantos pasos—. Proyectos de ferrocarriles, obras de salubridad para ciudades,
desecación de terrenos, aguas corrientes, tranvías... Ese señor lleva con él
toda una civilización. Y todo es para el Brasil: los más de sus negocios están
en San Pablo, a juzgar por los rótulos.
—Lo que yo he
visto—contestó Maltrana—es la mirada de la señora del collar. Parece que se
aburre al lado de tantos papelotes, y creo que mejor preferiría encontrarse al
lado de usted charlando como la yanqui. ¡Ah, las mujeres! ¡su deseo de
imitación! ¡su rivalidad instintiva! Esa señora no le vio en los primeros días,
no existía usted para ella. Pero desde que anda con Mrs. Power acodándose en la
borda, ella y muchas otras, cada día más excitadas por la monotonía de la
navegación, empiezan a encontrarlo un poco interesante... No es gran cosa, lo
reconozco: algo jamona y blanducha... y con ese perfil de pájaro... y esa nariz
que no acaba nunca. Debe ser de Oriente: judía, turca, ¡qué sé yo!... Pero una
señora que tiene esas perlas merece siempre atención. Debía usted hacerme amigo
de ellos. No se tratan con nadie en el buque. Los dos se mantienen aparte,
encastillados en su importancia.
Pero Ojeda
sonrió, encogiendo los hombros, y dijo malignamente, para irritar a su amigo:
—Si yo fuese
brasileño, temblaría sólo al ver los baluartes de legajos que trae ese buen
señor. Dentro de pocos años, si le dejan, se habrá comido San Pablo y todos los
otros santos que encuentre a mano, las plantaciones de café y hasta el último
de los negros. Estos conquistadores europeos son de un estómago insaciable.
—Fernando, no
barbarice—dijo Maltrana poniéndose serio—. No sea reaccionario, no sea poeta.
Ese hombre se comerá lo que quiera, y hará muy bien si es que le dejan, pues
tales son las leyes de la vida; pero va a prestar a la civilización un gran
servicio. Hombres como él son los que han hecho la América que nos atrae y los
que la harán todavía más grande. Figúrese usted cuando haya convertido en
realidades todas las grandes obras que lleva en sus papeles... ¡Qué importa que
abuse en cuanto a la recompensa! Sea él quien sea y salgan de dónde salgan los
millones que ponga en línea de combate, es un representante del santo capital,
un sacerdote, como usted dice, de mi religión, y yo lo venero... ¡Lástima
grande que se muestre tan gran señor y sólo me conteste con una mirada fría de
sus lentes de concha y un gruñido de mala educación cada vez que intento hablar
con él del buen tiempo y de la felicidad del viaje!...
Acababan de
doblar la curva del paseo en la parte de proa, y toda la calle de estribor se
ofreció ante sus ojos. Maltrana se detuvo, viendo los sillones despegados de la
pared y esparcidos hasta obstruir el paso. Eran señoras las que los ocupaban,
sólo señoras, y algunos transeúntes retrocedían, no queriendo continuar su
marcha a través de estos grupos femeniles que tomaban la cubierta como algo
propio, sin importarles dificultar la circulación.
—Mire usted,
Ojeda. Ya se está reuniendo «el banco de los pingüinos».
Y ante el
gesto de extrañeza de su acompañante, dio una explicación. Este mote de
«pingüinos» no era de su cosecha. ¡Que le librase Dios de tamaño
atrevimiento!... Los «pingüinos» eran las señoras más notables de a bordo,
matronas argentinas que al no poder ocupar el trasatlántico entero, lo mismo
que un yate propio, se habían concentrado en esta parte del buque como
asustadas y ofendidas del contacto con los demás. Era un muchacho argentino,
que regresaba a su tierra después de varios años de vida en París, el inventor
de este apodo un día que hablando con Maltrana se lamentaba del carácter de sus
compatriotas, tachándolas de hurañas y poco sociables.
—Mire usted a
nuestras mujeres, y aprenda, galleguismo—había dicho—. Se han refugiado en un
extremo del buque aislándose de las demás gentes. Se mantienen con los codos
apretados para que nadie pueda entrar en su grupo. Recuerdan a los pingüinos
del Polo Sur, esos pájaros bobos que sólo pueden vivir ala con ala formando
filas en las aristas de las rocas.
Y desde
entonces, la gente joven, en sus tertulias del fumadero, llamaba «el rincón de
los pingüinos» a esta parte del buque donde pasaban el día aisladas del resto
del pasaje sus madres, sus hermanas y las respetables amigas de sus familias.
Este «rincón de los pingüinos» era mirado poco a poco con cierto respeto, hasta
convertirse, algunos días después, en un lugar envidiable. Los paseantes se
abstenían de dar la vuelta en redondo a la cubierta y volvían sobre sus pasos
para no turbar las conversaciones de las damas. Sólo algún gringo despreocupado
o de egoísmo insolente pasaba sobre sus gruesos zapatos por entre los sillones,
sin darse la pena de entender el significado de las miradas furiosas que
despertaba su atrevida presencia.
Tácitamente,
en virtud de un obscuro instinto de todos los pasajeros, se había efectuado en
la cubierta una gran división de clases. El costado de estribor era el de la
plebe sin valía social, el de los viajeros sin nombre y las pasajeras de vida
sospechosa. En este lado, a partir del fumadero, se encontraba «el rincón de
las cocotas»; luego, «la sección cómica», o sea, los numerosos sillones de los
cantantes masculinos y femeninos de la compañía de opereta; «la gallegada»,
donde se juntaban los españoles; y el grupo de «la gringada», mucho más
numeroso, compuesto de comisionistas alemanes que pensaban penetrar con su
muestrario hasta el corazón de América; relojeros suizos, de aspecto
bonancible, pero prontos a irritarse con una cólera fría que tardaba mucho en
disolverse; pequeños negociantes británicos; agricultores escandinavos
establecidos en el extremo Sur; rubias alemanas que iban en busca de sus
maridos, y los ganaderos norteamericanos, que al caer la tarde estaban ya medio
ebrios. El banquero de la barba roja y sus voluminosos legajos, la esposa y su
collar de perlas y el secretario siempre con un cuello de camisa alto y
brillante, manteníanse en este lado de estribor entre la gente insignificante,
para demostrar con su indiferencia ostentosa que estaban muy por encima de
todas las divisiones sociales que se implantasen en el buque.
—Fíjese en el
respeto que infunden los «pingüinos»—dijo Maltrana—. Las coristas de opereta
pasean cogidas del talle por casi toda la cubierta, riendo, empujándose,
mirando a los hombres; pero al dar la vuelta a la parte de proa y llegar adonde
estamos, encuentran a nuestras damas haciendo labores de gancho con una
majestad de reinas, leyendo Fémina o conversando sobre los
méritos y relaciones de sus respectivas familias, e inmediatamente retroceden
cerrando el pico. Ninguna tiene valor para deslizarse ante el imponente
areópago. La otra noche le propuse por medio de intérprete a una de esas rubias
que pasásemos juntos ante los «pingüinos», creyendo enorgullecerla con este
sacrificio y que me lo gratificase después. Pero la pobrecita casi palideció de
miedo: «Nein... nein», como si le hubiese propuesto echarnos de cabeza
al mar.
De la
sociedad modesta de estribor, las únicas que pasaban por allí eran doña Zobeida
y Conchita. La buena dama de Salta saludaba a las «porteñas» con su aire
señoril y bondadoso, a estilo antiguo, y seguía adelante sin permitirse mayores
intimidades. Ni aquellas grandes señoras deseaban su amistad, ni ella
necesitaba de su apoyo. Las más viejas contestaban a este saludo con cierta
simpatía, como si adivinasen en ella algo heredado y común que se iba perdiendo
en sus propias personas. Las jóvenes miraban con extrañeza a «la buena mujer»,
acogiendo sus sonrisas como si fuesen de una antigua criada familiar.
Conchita era
menos bondadosa, y pasaba con manifiesta hostilidad entre los grupos que
obstruían este pedazo de cubierta perteneciente a todos. Las damas vestidas por
los grandes modistos de París tenían miradas de burlona conmiseración para sus
trajes de gusto madrileño y manufactura casera. Pero ella erguía la pequeña
estatura de maja goyesca, unía los codos al talle y pasaba adelante moviendo
las caderas, mirando con sus ojillos punzantes a las favorecidas de la fortuna.
Su andar y su gesto parecían decir: «¿Y a mí qué?... ¿Y a mí qué?...».
Cerca de este
grupo majestuoso, y buscando su contacto, estaban otras damas, a las que
llamaba Maltrana «aspirantes a pingüinos». Eran la esposa y las niñas de
Goycochea el español, la señora del millonario italiano, cuyo collar de perlas
rivalizaba en valor y continuas exhibiciones con el de la mujer del banquero,
sus hijas, la institutriz inglesa y toda la familia de la Boca que traía a su
costa a Monseñor.
—Vea,
Fernando, con qué aire de sonriente humildad acogen esas señoras cualquiera
palabra de los «pingüinos». Son más ricas tal vez que las otras, pueden
permitirse mayores lujos, pero no pasan de ser «gente mediana», y las otras son
«gente bien», como ellas dicen. Sus maridos, gallegos o gringos, han hecho
fortuna como la hicieron los padres o los abuelos de las otras, procedentes
también de Europa. No hay entre ellas más diferencia que una generación o dos
de vida americana. El origen casi es el mismo. ¡Pero lo que representa
socialmente esa diferencia!...
Ojeda
asintió, recordando la época de su vida pasada en Buenos Aires como secretario
de Legación.
—Ríase usted,
Isidro, de las castas sociales de Europa. Allá, casi todos somos unos; la
educación y la inteligencia nivelan a las gentes. Pero en estos países
democráticos, los ricos de ayer necesitan aislarse, para que los demás crean en
su importancia. Además, la continua afluencia de aventureros les obliga a
defenderse con un estrecho tacto de codos. La «gente bien» son los que tuvieron
en Buenos Aires un bisabuelo tendero poco antes de la Independencia, que vendía
pañuelos rojos a los indios, paquetes de mate a los blancos, y compraba
esclavos negros para revenderlos en el interior. Todas las mejores familias se
enorgullecían de poseer un tenducho abierto, gran riqueza para aquellos tiempos
de parvedad. Después, el abuelo se disfrazó de gaucho, sin serlo, para dar
gusto al dictador Rosas, y tomó su mate teniendo por sillón un cráneo de
caballo. Otro abuelo copió a los románticos franceses en su traje, su peinado y
su énfasis, peleando en los muros de Montevideo contra el tirano y disparándole
odas y folletos en los momentos de reposo. Además, tuvo que vivir ojo alerta
para que el tal déspota no le echase la garra e interrumpiese sus entusiasmos
literarios haciéndolo degollar con un cuchillo mellado... Luego, el padre fue
el primero que realmente tuvo plata, y empezó a montar la casa y la familia en
su rango actual. Creyó en Mitre y peleó por él... Pero la carne ya no se
abandonaba en la Pampa como una cosa sin precio, y en vez de fabricar odas se
dedicó a cercar con alambre leguas y leguas de tierra, haciéndolas suyas, y a
poner la marca propia en los ganados sin dueño...
—Y estas
«aspirantes»—interrumpió Maltrana, cuando se haya borrado el recuerdo de sus
maridos gringos o gallegos (como se ha perdido el de los pobres tenderos de
hace un siglo) y sus hijos o sus nietos se casen con los de las otras, serán a
su vez «gente bien», grandes duquesas sin título de la aristocracia
trasatlántica.
—Cierto. Y
por esto mendigan el contacto de los que están más arriba con una tenacidad a
prueba de humillación. Acaban de llegar de lo más bajo con grandes penalidades;
ya tienen el dinero: ahora les falta el lustre social... Y empujan hacia arriba
con su audacia de antiguos emigrantes que no conoce la vergüenza ni el
ridículo. Como le he dicho antes, puede usted reírse de las castas sociales de
Europa. Entre una comiquita de París y una gran duquesa de las que figuran en
el Gotha, hay menos distancia que entre una joven millonaria reciente, hija de
emigrantes, y una señorita cuyo padre tiene tal vez hipotecadas las tierras y
cuyos abuelos vinieron a América también de emigrantes... pero hace ochenta
años.
Maltrana
siguió explicando el diverso carácter de los otros grupos que se sentaban en la
banda de babor. En último término, cerca del fumadero, los comerciantes
germánicos dormitaban en sus sillones con un viejo ejemplar del Simplicissimus sobre
la cara. Ciertas parejas inglesas deleitábanse pacientemente con las aventuras
de correctos personajes, bien vestidos y de buena renta, relatadas en novelas
de cuatro volúmenes en las que no ocurría nada, absolutamente nada. Y entre
esta gente y el bando de los «pingüinos», con sus admiradoras anexas, estaba
otro grupo, al que daba Isidro el título de «gran coalición de potencias
hostiles», compuesto de señoras de nacionalidades diversas, atraídas por una
antipatía común. Maltrana las designaba con hermosos sobrenombres, lo mismo que
los personajes homéricos. La chilena, «cuello de cisne», era a modo del núcleo
central de esta célula de la sociabilidad trasatlántica, y en torno de ella
aglomerábanse varias uruguayas, «las de los bellos brazos», y algunas brasileñas,
«las de los ojos de antílope».
Por la
mañana, al subir a cubierta, se saludaban las de uno y otro grupo con
ceremoniosa sonrisa. «Buen día, señora; ¿cómo amaneció usted, señora?...» Y a
continuación iba cada uno a ocupar el territorio propio, empujando su sillón
para que quedase bien marcado el vacío fronterizo, la separación insalvable
entre unas naciones y otras. Las «potencias hostiles» manteníanse alineadas a
lo largo de la pared con una corrección militar, cuidando de no obstruir el
paseo, para que todos apreciasen la diferencia entre unas gentes y otras.
De vez en
cuando, los «pingüinos», parleros y movedizos en sus explosiones de
exuberancia, lanzaban una sonrisa amable del lado enemigo, pero la sonrisa
quedaba perdida en el espacio o era contestada con leves movimientos de cabeza.
Las «potencias» fingían ignorar esta vecindad, procuraban colocarse en sus
asientos de tal modo que sólo presentasen al lado contrario la punta de un
hombro, y cuando más se alborotaba el bando de los «pingüinos», riendo de una
noticia o admirando un objeto raro, ellas miraban obstinadamente al cielo o al
mar con una indiferencia inconmovible.
Las
«aspirantes a pingüinos», colocadas entre los dos grupos, cazaban las sonrisas
de unas y las palabras de otras, aprovechándolas para entablar conversación.
Estaban contentas de la vida íntima del buque, que no exige presentaciones para
que las personas se conozcan.
A pesar de la
falta de cordialidad de los dos grupos, casi todos los días se establecía entre
ellos una momentánea relación. Así lo exigen las buenas prácticas diplomáticas;
así viven las naciones armadas hasta los dientes, prontas a despedazarse, pero
enviándose embajadores y mensajes afectuosos.
La chilena
abandonaba el asiento, desdoblando su soberbia estatura para avanzar por la
cubierta «con la majestad de la reina de Saba»—según Isidro—, seguida de un
séquito de confederadas. El bando contrario acogía la visita diplomática con
gran removimiento de sillones, para ofrecer los mejores sitios, y la
conversación desarrollábase lánguidamente sobre recuerdos de elegancia y de
grandes compras. Cada vez que las unas exaltaban los méritos de un modisto o un
joyero de la calle de la Paz o la plaza Vendôme, las otras murmuraban con una
voz blanca y una modestia agresiva: «Nosotras no podemos permitirnos eso; en
nuestro país somos muy pobres. Eso ustedes y nadie más». Y miraban al mismo
tiempo con maliciosa complacencia sus trajes y sus joyas, de igual valía que
los de sus rivales.
Los
«pingüinos», a su vez, enviaban una diputación de matronas al territorio
hostil, y su presencia parecía excitar la laboriosidad de las visitadas, que
acometían con nuevos bríos sus labores de gancho y de bordado, siguiendo la
conversación sin levantar cabeza del trabajo. Algunas veces, ninguno de los dos
campos se decidía a ir en busca del otro, y los encuentros eran en terreno
neutral, en el grupo de las «aspirantes», donde tomaba asiento la familia
italiana de la Boca con su obispo.
¡Adorado
Monseñor! Las damas del país intermedio lo miraban como una gloria propia.
Gracias a él, las señoras de ambos lados venían a visitarlas, atraídas por el
brillo purpúreo de su faja de seda y el esplendor de su cruz de oro. Y
Monseñor, sonriendo bonachonamente, se esforzaba por mostrarse galante y
pretendía entretener al femenil concurso con chistes aprendidos en el seminario
y recuerdos de sus estudios clásicos. Virgilio era su mayor adoración: lo
recordaba con más frecuencia que a los Padres de la Iglesia; todo lo había
dicho y adivinado. Anécdotas modernas se las atribuía al poeta, como si con
esto las diese nuevo valor. Y cada vez que abría la boca para hablar en su
idioma, ya sabían las señoras cuál iba a ser el exordio: «dice il poeta
Virgilio...». Y lo que decía il poeta era una historia
leída por el obispo meses antes en cualquier periódico católico.
Otra relación
de cordialidad se establecía diariamente entre los diversos grupos. Por la
tarde, antes de la hora del té, cuando los pasajeros dormitaban en sus asientos
y ardientes cuchillos del sol se introducían en la penumbra del paseo por los
intersticios de las lonas, danzando acompasadamente de una cabeza a otra con el
movimiento del buque, como si fuesen péndulos de luz, las niñas bajaban a sus
camarotes para volver a subir con grandes cajas llenas de dulces. Iguales a las
procesiones de vírgenes que desfilan en los tímpanos de las catedrales llevando
como ofrenda entre ambas manos un cofre de reliquias, las vírgenes americanas
de falda trabada, altos tacones y paso airoso iban de grupo en grupo regalando
dulces: «¿Un bombón, señora? ¿Un chocolate, señor?...».
—Es
incalculable, amigo Ojeda, la masa de confitería que esas muchachas han metido
en el vapor. Cada amiga, al despedirlas en París, ha creído su deber aportar el
correspondiente cofre. No pasan dos días sin que cada una de ellas le quite la
cubierta a un nuevo embalaje de bombones. Cajas Imperio con la Recamier o
Josefina tendidas en un sofá; cofres forrados de seda con pastorcitos de
Wateau, verdaderas maletas de terciopelo flordelisado... Y las pobrecitas, ¡tan
amables! con el gusto de exhibir los regalos de sus relaciones, hacen todas las
tardes su ronda en el lado distinguido de la cubierta, y la gente pasa el viaje
mascando caramelos y chocolates con crema.
En el curso
de sus ofrendas llegaban hasta el extremo de babor, en las cercanías del
fumadero, allí donde empezaban a borrarse las severas diferencias sociales, y
las gentes que se tenían por distinguidas confraternizaban con las de la banda
opuesta. Las vírgenes portadoras de arquillas se encontraban con sus hermanos,
primos y futuros novios, que pasaban el día en el café o sus inmediaciones.
Esta
juventud, con la cabeza descubierta, la cabellera partida en dos crenchas
negras, abultadas, lustrosas, impermeables, que ningún huracán podía alterar ni
conmover, y el menudo pie encerrado en botines de charol de alto empeine y
vistosa caña, siempre que salía del fumadero volvía los ojos con cierto temor
hacia el «rincón de los pingüinos». Allí estaban sus madres y parientas y las
respetables amigas de sus familias; pero antes la fuga que dejarse atrapar por
una cariñosa llamada y sufrir media hora de conversación en tan noble compañía.
«¡Viejas pesadas! ¡Señoras macaneadoras!...» Y esperaban a que pasasen las
primas o las futuras novias para unirse a ellas y atraerlas dulcemente hacia la
popa o la banda de estribor, donde reían y saltaban como escolares en libertad.
Otras veces
permanecían juntos y silenciosos, contemplando el mar, teniendo a sus espaldas
la mirada irónica de las francesas tendidas en sus sillones o la sonrisa de las
coristas alemanas a las que hablaban ellos por la noche, a última hora,
murmurando cifras.
—Yo admiro a
esos muchachos—dijo Maltrana—. ¡Qué visión de la realidad! ¡Qué concepto de la
vida y sus necesidades! Todos vuelven a regañadientes a su tierra: llevan París
en el corazón. La otra noche, el hijo mayor del doctor Zurita me consultaba
sobre su porvenir. Apenas llegue a Buenos Aires, piensa exigir a «su viejo» que
lo envíe a Europa... Quiere estudiar en París no sabe qué... pero en fin,
quiere estudiar, sin aproximarse por esto al Barrio Latino, que encuentra
poco chic y con mujeres ordinarias. Y me preguntó con adorable
sencillez si un muchacho puede vivir con cuatro mil francos al mes, que es lo
que se propone pedir al viejo... «Cuatro mil palos», pensaba yo. Pero al mismo
tiempo sentí ganas de abrazarlo, por el alto concepto que le merecen las
necesidades de la juventud.
Para
justificar las señoritas este avance hacia los parajes ocupados por sus amigos,
continuaban su tarea distributiva entre los señores adormilados que fingían
leer en las inmediaciones del fumadero. «Señor, ¿un bombón?...» Y el gringo,
despertado de su lectura por la voz juvenil, levantaba los ojos del volumen
alemán o inglés y metía la mano en la arquilla murmurando: «Grachias, mochas
grachias». Luego, volvía a sumirse en el libro adormidera. «Señor, ¿un
chocolate?» Y el brasileño de tez amarilla y picudas barbillas, enjuto y
anguloso, como si el sol ecuatorial hubiese absorbido toda su grasa, saltaba
del sillón con galante apresuramiento, como si le fuese en ello la vida: «Muito
obrigado... ¡oh! muito obrigado». Y sólo al estar lejos la señorita osaba
devolver la gorra a su cabeza y la cabeza al respaldo del asiento.
Cuando los
diferentes grupos de damas que ocupaban la banda de babor se reunían,
entablando una conversación general, era indefectiblemente para prorrumpir en
quejas contra las inclemencias del Océano y los atentados que se permitía con
sus personas. Los cuellos cambiaban de coloración, no obstante el cuidado de
huir de los rayos del sol. El aire salino los obscurecía, dándoles un tono de
pan moreno; la piel blanca de las rubias amarilleaba con la tonalidad del
marfil viejo. La brisa húmeda barría los polvos de la cara, conservándolos
únicamente en las arrugas y oquedades de la piel, formando un barrillo blanco.
Alborotábanse los peinados en el hueco de una puerta, en una encrucijada de
corredores, al pasar de una banda a otra, dejando al descubierto los artificios
y retoques de los añadidos, lo que las obligaba a preservar estos secretos
capilares bajo un turbante de gasas.
Si algunos
caballeros respetables se aproximaban a los grupos de damas para conversar con
ellas, hasta las más viejas, que parecían ajenas a las vanidades mundanales,
los repelían con dengues juveniles.
—¡Ay, no se
acerquen ustedes! Estamos horribles. Con este maldito mar está una
impresentable. Todas tenemos algo verde en la cara.
Y los
caballeros se creían obligados a ensalzar las grandes ventajas del viaje,
durante el cual se satura el organismo de sales benéficas. Lo que se perdía en
distinción se ganaba en saludable rusticidad. De noche, todas eran igualmente
hermosas en el ambiente cerrado del comedor y los salones.
Una
solidaridad de sexo borraba de pronto las envidias y antipatías que separaban a
los grupos femeniles. Señoras de diverso bando se juntaban para recorrer la
cubierta con ojo avizor. Las inquietaba una ausencia larga de los maridos. Y
cuando los veían a través de las ventanas del fumadero jugando al poker,
con la mirada fija en los naipes y la frente rugosa, preocupada, sonreían
satisfechas, lo mismo que si acabasen de sorprenderlos practicando una virtud.
Sus
inquietudes reaparecían al encontrarlos en plena cubierta, aunque estuviesen
enfrascados en una conversación de negocios. Andaban por allí cerca las rubias
de la opereta, las cocotas viajeras, un sinnúmero de temibles peligros; y sin
una palabra que revelase su inquietud, cada una se aproximaba a su marido, se
colgaba de su brazo, intervenía en la conversación, lo paseaba por toda la
cubierta, y únicamente se decidía a soltarlo en la entrada del fumadero, con la
promesa de que volvía al poker o a tomar una copa.
Algunas que
aún no habían salido de la primera juventud y llevaban poco tiempo de
matrimonio, paseaban casi todo el día del brazo del esposo con aires de tiple
enamorada, inclinando la cabeza sobre el hombro de él, como si la cubierta
fuese el jardín de «Fausto». Por dignidad de clase, gozosas de jugar un rato a
«señora mayor», distinguiéndose de las solteras, permanecían entre las
respetables matronas; pero de pronto sentíanse agitadas por un hormigueo
irresistible. No veían a su maridito. ¡Quién sabe lo que estaría ocurriendo en
la otra banda del buque o en la cubierta de los botes! ¡Con tantas malas
mujeres que venían en este viaje! ¡No haber un vapor limpio de tentaciones,
sólo para personas decentes! Y corrían sin saber adónde, como si hubiese sonado
de pronto la señal de alarma.
Una actividad
extraordinaria hacía ir y venir aquella mañana por la cubierta, en grupos
parleros, a las jóvenes de diversa nacionalidad. Abordaba cada una a sus amigos
y conocidos con un papel y un lápiz en las manos. Iban recogiendo para las
fiestas equinocciales, y antes de inscribir el donativo discutían y
protestaban, queriendo aumentar la cifra.
—Vea,
Fernando—dijo Maltrana—, cómo se mueve el abate francés, el conferencista de
las barbas, entre las señoras, cuya admiración desea conservar. Para él no hay
divisiones, y salta de un grupo a otro. Los «pingüinos» lo consideran suyo
porque se lo han recomendado las grandes damas de la colonia de París. A las
«aspirantes» las deslumbra hablando de las princesas y duquesas que lleva
tratadas en su vida de predicador mundano. Pretende halagar a las «potencias
hostiles» hablando de sus países con grandes elogios y dando a entender que en
Europa todos saben a qué atenerse en la apreciación de unos pueblos y otros,
distinguiendo entre el valor real y el bluff. Mírelo cómo
distribuye a las señoras los libros de que es autor y periódicos con su
retrato. ¡Ah, comediante!... Lleva en su equipaje colecciones enteras de todas
las revistas ilustradas que han hablado de sus predicaciones en Canadá, Estados
Unidos, Australia y no sé cuántos sitios más. Las hace circular y las recoge
luego cuidadosamente, lo mismo que un tenor... Eso es, un tenor: un tenor de
sotana.
Y hablaba con
irónico asombro de las múltiples y mediocres habilidades del abate viajero y
verboso: conferencista, pintor, escultor, poeta y músico. Maltrana sabía esto
por uno de los periódicos que repartía él mismo.
—Me lo prestó
una señora algo devota que tiene empeño en que yo admire al abate. Y como a mí
nada me cuesta dar gusto, me mostré asombrado. «Pero señora, ese hombre es
Leonardo: el gran Leonardo de Vinci». Y mis palabras han tenido un éxito loco,
pues cuando el doctor Zurita y otros argentinos socarrones se burlan del abate
y dicen que es un vivo que va a Buenos Aires en busca de plata, las damas de su
familia se indignan y me sacan a colación como argumento decisivo: «Es
Leonardo, el que pintó La Cena: Leonardo de Vinci. Lo dice
Maltranita, que es un mozo que escribe y ha tratado a muchas eminencias...».
Ojeda rio de
la seriedad con que relataba su amigo estos accidentes de la vida de a bordo.
—Ahora, las
buenas señoras—continuó Isidro—, quieren que una noche dé el abate un concierto
de piano, sólo para ellas... Ya han desistido de oírle una conferencia que
estaba en proyecto. «El Cyrano de Rostand y el idealismo
cristiano...» ¿Qué le parece el tema? ¿Se ríe usted?... Por algo lo alaban las
buenas matronas, diciendo que es un cura moderno de lo más moderno. Pero el
abate no quiere oír hablar de conferencias a bordo; se niega a desembalar su
mercancía gratuitamente antes de la llegada al mercado. Se reserva para un
teatro de Buenos Aires.
Maltrana
buscaba con los ojos al otro conferencista, el profesor italiano, que se
mantenía lejos de las señoras, en las inmediaciones del fumadero, entre los
lectores soñolientos, con una columna de volúmenes y revistas al lado de su
sillón.
—Los
«pingüinos» le saludan porque tiene un nombre conocido, y ellas respetan
instintivamente la celebridad. Le han hecho firmar un sinnúmero de tarjetas
postales con «pensamientos» filosóficos y galantes para ellas y para todas sus
amigas coleccionistas; le han sacado retratos con autógrafo, y ahora, terminada
la explotación, no se acuerdan de él. Es un sabio de malas ideas. El abate las
acapara a todas.
Quedó
Maltrana pensativo, y dijo luego a Fernando:
—Creo que
usted y yo podíamos dedicarnos a eso de las conferencias. Según parece, gusta
mucho en América y proporciona dinero. ¡Qué países tan interesantes! ¡Pagar por
oír discursos!... ¡Tantos que hablan gratuitamente en nuestra tierra, y aun así
no encuentran las más de las veces quién los escuche!
Recordó Ojeda
su vida en Buenos Aires años antes y las conferencias a que había asistido. Los
pueblos jóvenes sienten el mismo afán de los escolares aplicados y curiosos,
que, luego de oír las lecciones de los maestros, desean conocer las
interioridades de su vida. No les bastaban los libros y las obras de arte
enviados por el viejo mundo; querían ver de cerca la personalidad física de sus
autores.
—Y todos los
años, amigo Isidro, llegan a Buenos Aires hombres ilustres con el pretexto de
dar conferencias, pero en realidad para satisfacer la curiosidad de los
argentinos y para orgullo de las numerosas colonias europeas, que al exhibir y
festejar al compatriota célebre, parecen decir: «No todos somos unos ignorantes
que aramos la tierra o vendemos detrás de un mostrador. Bueno es que estos
criollos se enteren de que en nuestro país hay "doctores" mejores que
los suyos...» Y las gentes, al saber que ha llegado el autor de un libro que
leyeron hace tiempo por casualidad, o el personaje político cuyo nombre
encuentran todas las mañanas en el periódico, se dicen: «Vamos a ver de qué
casta es ese pájaro». Gastan unos pesos para encerrarse en un teatro, de cinco
a siete, y arrullados por la voz del conferencista comparan su rostro con los
retratos publicados, se fijan en el corte de su levita (convenciéndose una vez
más de que en la Argentina visten las gentes mejor que en Europa), y hasta
cuentan las veces que bebe agua. Además, se dan el gusto de ponerlo en
caricatura y le atribuyen anécdotas en las que aparece asombrado al enterarse
de que en América ya nadie gasta plumas. Porque allá, las gentes tienen empeño
en que los europeos se los imaginen como indios emplumados, para poder reírse
después, con un gozo infantil, de la gran ignorancia de los del viejo mundo.
Cesó de
hablar Ojeda, sonriendo como si le regocijasen interiormente sus recuerdos, y
luego continuó:
—Las señoras
que por curiosidad llenan los palcos, desaparecen a la tercera conferencia, y
hacen bien, porque se aburren a morir. Ellas sólo gustan de los conferencistas
que recitan versos... Pero quedan los intelectuales del país, los «doctores»,
que asisten con una hostilidad manifiesta, y al entrar se dicen unos a otros:
«Vamos a ver qué nos cuenta ese señor». Luego, a la salida, protestan a coro.
«No ha dicho nada nuevo; no hemos aprendido nada, absolutamente nada...» ¡Como
si el encontrar algo nuevo fuese cosa de todos los días! ¡Como si un hombre que
encontrase algo nuevo en su país fuese a decir a sus compatriotas: «Tengan
ustedes paciencia, aguarden un poquito. Voy a tomar el trasatlántico para
contar a los señores de América mi descubrimiento, y en seguida vuelvo...»!
¡Como si con los medios de comunicación de nuestra época y lo difundido que
está el libro, fuese posible ir a parte alguna con una idea reciente sin que al
momento salten treinta o cuarenta diciendo: «Eso ya lo sabía yo...»!
—Entonces—interrumpió
Maltrana—, en esos viajes de los conferencistas la llegada es siempre más
gloriosa que el regreso.
—Ciertamente.
Cuando nuestro buque fondee en Buenos Aires, verá usted banderas, oirá músicas
y aclamaciones. Luego, satisfecha la curiosidad sobreviene la indiferencia, y
los héroes de un día se reembarcan sin otro acompañamiento que media docena de
amigos que quedan allá como cónsules de su renombre y encargados de sus
negocios. Los únicos que no olvidan son los «doctores», que para convencerse de
su propia superioridad, repiten: «No ha dicho nada nuevo. Lo sabíamos todo...».
Y esto ocurre porque nadie en la vida expone la verdad corajudamente; porque el
conferencista debía decir el primer día a su público: «Todos ustedes, que viven
batallando por el dinero, deben figurarse por qué he hecho yo esta larga
travesía, viniendo a una tierra que no tiene el Partenón, ni las Pirámides, ni
la Alhambra. No sería correcto colocar mi sombrero en mitad de una acera,
diciendo: "Yo soy Fulano de Tal, que he venido a verles. Echen algo para
que me lleve un buen recuerdo de este país de riquezas". Por eso prefiero
exhibirme en un teatro y justificar la generosidad del público con dos horas de
aburrimiento y vulgaridades...». En el fondo, esto y nada más es una serie de
conferencias. Un pretexto para que el país se muestre generoso con la
celebridad que lo visita.
—Ya veo
claro—dijo Maltrana—. Una especie de premio Nobel que la Argentina se permite
el lujo de regalar a alguien que es conocido por algo, siempre que se tome el
trabajo de ir a pedirlo en persona... Con la diferencia de que este premio
Nobel es por cotización popular.
—Exacto. Y no
crea usted que el país pierde nada con ello. Para su gloria mundial, jamás
dinero tan bien gastado como los cinco pesos que cuesta oír una conferencia. El
conferencista, al llegar a u país, olvida con la distancia los arañazos de los
remotos «doctores» y sólo ve el cheque que guarda en la cartera. Una cantidad
de poca importancia para allá; pero que traducida a dinero de Europa representa
cincuenta mil o cien mil francos: el producto de media docena de libros, el
sueldo de ocho años de cátedra ganado en un par de meses.
Ojeda se
imaginaba las consecuencias del viaje. La esposa del hombre ilustre renovaba el
mobiliario y el vestuario de la familia; los dos cónyuges adquirían una casita
de campo para que los niños se criasen mejor; todos en el hogar prorrumpían en
elogios a la Argentina, y los amigos y hasta las más lejanas relaciones fijaban
su atención en este país maravilloso, donde no hay más que agacharse para
encontrar plata. Los compañeros del ilustre maestro se mordían los labios de
envidia, y cuando en los azares de la existencia encontraban a alguien venido
de la Argentina, aunque fuese un necio, lo adulaban y lo acosaban, dando a
entender que ellos también irían allá... a la más ligera invitación. El
conferencista considera como un deber escribir un libro que demuestre su
agradecimiento, un libro concebido a través de gratos recuerdos, y que resulta
ampuloso y glorificador como una oda de encargo oficial. Y cuando algún
malhumorado ruge contra la lejana República, dando a entender que las cosas son
en ella muy distintas de como las imagina el optimismo, el grande hombre salta
indignado en defensa de un país cuyo nombre mencionan siempre con veneración su
mujer y sus hijos.
—Yo que
creía—interrumpió Isidro—que estos conferencistas eran unos amables burlones,
que después de explotar la credulidad americana se reían de ella...
—Tal vez
hayan pensado así algunos; pero al final los explotados son ellos, pues por
impulso propio hacen al volver a sus tierras una propaganda que de ser obra del
gobierno costaría millones. ¡Quién sabe cuánta parte tienen ellos en la fama
reciente y mundial del país adonde vamos! Bien puede ser que alguno haya hecho
surgir en nosotros la primera idea inicial de este viaje con una lectura que ya
no recordamos...
Isidro, que
al mismo tiempo que escuchaba a su amigo seguía con los ojos el curso de los
paseantes, le tocó en un codo, interrumpiendo sus palabras.
—Mire usted a
la sin par Nélida. Acaba de subir a la cubierta, y ya van saliendo del fumadero
sus adoradores... ¡Saludo a la pasajera más hermosa de todo el buque!
Nélida dilató
los frescos labios, contestando con su sonrisa felina a la genuflexión
versallesca de Isidro. Luego pasó ante «el banco de los pingüinos» irguiendo su
aventajada estatura, desafiando con su mirada cándida el enojo de las
imponentes señoras. Las más fingieron no verla, para no responder a su saludo.
Algunas contestaron «Buen día, niña» con voz triste y ojos de conmiseración,
como si fuese una enferma cuyo fin consideraban próximo.
—Esa Nélida
es de una audacia estupenda—dijo Maltrana—. Sabe que todas las señoras hablan
de ella con escándalo, y las saluda como en los primeros días, cuando la creían
una muchacha juiciosa. Los desprecios y los bufidos resbalan sobre su persona
sin molestarla.
Habló Isidro
de la indignación de las matronas, que consideraban como un tormento viajar con
sus hijas teniendo que sufrir la compañía de Nélida.
—Prohíben a
las niñas que la saluden, cuando en los primeros días de navegación era la más
agasajada por todas ellas... Pero las niñas fingen obedecer, y la buscan en
secreto, lejos de las mamás. ¡El encanto de rozar lo prohibido! ¡La mágica
atracción del pecado!... Por las tardes, mientras las señoras dormitan, suben
ellas con Nélida a la última cubierta para que las enseñe a bailar el tango...
pero el tango tal como se baila en los cafés nocturnos de Berlín. Piensan como
excusa que cuando bajen a tierra ya no la verán más, y que aquí en el buque
todo resulta bien.
Siguió Nélida
adelante, hasta llegar al extremo de babor, donde estaba sentada su madre,
teniendo a un lado al hijo medio imbécil y al otro el venerable jefe de la
familia, que balanceaba su cabeza de patriarca entornando los ojos, cual si
acariciase mentalmente un negocio nuevo.
—La
pobrecita—continuó Isidro—siente por las mañanas el amor de la familia y va en
busca de su padre. Lo besa, juguetea con él como una gata, y al mismo tiempo se
da el placer de seguir con el rabillo del ojo la impaciencia de sus
admiradores, que se mantienen a distancia, ansiosos de juntarse con ella.
¡Criatura ingenua y refinada!... Pero fíjese, Fernando: usted, que me cree poca
cosa, y no le falta razón, mire con qué impaciencia me aguardan mis
admiradoras.
Y señaló
disimuladamente el grupo de damas en el cual algunas las más viejas, volvían
sus ojos hacia Maltrana, como invitándole a aproximarse.
—Yo tengo mi
público, y como todo hombre notable, tengo también mis enemigos y detractores.
No puedo aproximarme a las nobles matronas y cambiar con ellas un saludo, sin
que alguna me diga: «Cuéntenos algo. Usted que lo sabe todo, Maltranita,
díganos qué ocurre en el buque». Y me tienen de pie ante ellas, para que no se
borren del todo las distancias sociales, hasta que de pronto las hago reír o
las cuento algo que las interesa vivamente, y entonces alguna, con repentina
solicitud, me dice: «Pero siéntese usted, siéntese aquí y no sea zonzo». Y
encoge las piernas para que me siente en el extremo de la silla larga, como un
paje a los pies de la dama... La viuda de Moruzaga, que tiene millones y
millones, gusta de hablarme a solas para que me entere de los encantos y
virtudes de su esposo. ¡Pobre señora! ¡Una verdadera enamorada! Sólo vive
cuando puede hablar de «su finado». Y si la conversación cambia de tema, pierde
todo interés para ella y parece dormirse con los ojos abiertos.
Una idea
repentina hizo abandonar a Maltrana su tono ligero.
—Pero ¿se ha
fijado usted, Ojeda, en el modo de ser de estos hermanos nuestros? Los primeros
días, al oírles, decía yo: «Somos iguales: iguales salvo algunas diferencias de
acento y sintaxis...». Y no señor; no somos iguales. ¿Cómo me explicaré?...
Unos y otros tocamos el mismo instrumento, pero tenemos distinto oído para
apreciar los sones. A lo mejor, digo algo que por casualidad me resulta
gracioso, algo que en España pasaría por un «golpe» de ingenio, y las buenas
señoras permanecen insensibles, como si no me entendiesen. Luego, en el curso
de la conversación, suelto una necedad infantil, un chiste de colegio, que en
Madrid me valdría una rechifla, y mi público ríe esta inocentada y la repite
como una brillante manifestación de ingenio.
Ojeda,
recordando sus viajes por América, asintió a las palabras de su amigo. No sólo
había divergencia en la apreciación de los sones del instrumento común del
idioma: se diferenciaban también en la agilidad y la fuerza para su manejo.
—En muchos de
esos países—dijo Fernando—, las gentes hablan con una lentitud penosa, como si
la rebusca de las palabras fuese acompañada de los dolores de un parto. Las
mujeres especialmente sólo tienen cuerda verbal para cinco minutos, y luego
quedan mudas, mirándose unas a otras. Únicamente se animan cuando hay que
«pelar» a alguien; pero éste es un fenómeno verbal no sólo de América, sino de
todos los países del planeta.
—Sí; hablan
poco—dijo Maltrana—. Gustan de escuchar, pero su capacidad auditiva es tal vez
tan limitada como su capacidad verbal. A la larga se fatigan de oír, aunque la
conversación les interese. Parecen ofenderse de haber permanecido mucho rato en
silencio, y se vengan llamando «macaneador» al mismo cuya palabra han
solicitado. Lo que no se entiende, lo que no gusta, ya se sabe que es «macana».
Isidro empezó
a apartarse de su amigo.
—Le dejo,
Fernando; me reclama mi público. En los primeros días tenía más éxito. Pasaba
de un grupo a otro: de los «pingüinos» a las «potencias hostiles»; pero no se
puede dar gusto a todos a la vez. Ahora, con las «potencias», el saludo nada
más; frías y corteses relaciones de diplomacia. La última vez que me acerqué al
grupo, la chilena «cuello de cisne» me dijo con una sonrisa de cuchillo: «¿A
qué viene usted aquí, patero? Déjenos en paz y vaya a hacer la pata a sus
argentinas». Y aunque esto de que le llamen a uno adulador es un poco fuerte,
al consejo me atengo, ya que a la Argentina voy.
Intentó tirar
del brazo a Ojeda para atraerlo hacia el grupo.
—Venga usted
conmigo. Las señoras tendrán mucho gusto en oírle. Usted ha sido presentado a
todas ellas, y le encuentran muy simpático. ¿No quiere?... Sin duda está usted
ofendido por lo que le dije, de que las niñas le encontraban «muy buen mozo,
pero algo viejón»... No haga usted caso. Es una consecuencia de la mentalidad
simple de estos pueblos que aún viven cerca del tronco primitivo, o sea de la
Naturaleza sin artificios ni refinamientos. Para ellos, una buena moza de
treinta y cinco años es una vieja, y un hombre digno de ser amado debe tener
veinte años cuando más. Sólo admiran la existencia en capullo, como en tiempos
de la vida de tribu... Y eso cuando en Europa cada año que pasa hace retroceder
hasta los confines de la vejez el límite de la edad amorosa. Balzac haría reír
hoy con su novela La mujer de treinta años. Las damas de cuarenta
son ahora las conquistadoras más temibles. En el teatro, galanes cincuentones
disputan sus amantes a los jovencitos y acaban por llevárselas... ¡Viejón, y
sólo tiene usted treinta y seis años! No haga caso de las opiniones de estas
gentes recién desbastadas, que en punto a refinamientos sólo copian lo exterior
y ostensible... Decididamente, ¿no quiere usted venir?... Hasta luego.
Fernando
permaneció solo algunos minutos, acodado en la borda, siguiendo con los ojos el
resbalar del agua removida por los flancos del buque. Sobre el lomo verde del
Océano giraban flores de espuma rematadas por una espiral que se perdía en la
profundidad. Luego emprendió un paseo por la cubierta, y ante el grupo de
señoras se llevó una mano a la gorra con saludo mudo, sin volver la vista.
Rozó, al pasar, a Isidro, que hablaba de pie, y oyó una voz femenina que le
interrumpía con interés: «¡No diga!... Eso es muy curioso. Siéntese,
Maltranita, y cuente».
Continuó
Ojeda por el lado de babor, saludando a las «potencias hostiles» y a un grupo
de argentinos y brasileños que hablaban de las estancias rioplatenses, de
las fazendas de café, del valor de los campos, mezclando
cantidades de leguas y millones de pesos. El señor Oneglia, el millonario
italiano, que reposaba, enorme y flácido, en un sillón especial, lejos de su
familia, ansiosa de rozarse con la «gente bien», abrió un ojo al oír los pasos
de Fernando y lo protegió con un saludo gruñente, volviendo a sumirse en su
noche poblada de cálculos. Al lado de él, como si la afinidad de gustos les
impusiese este contacto, se sentaban los tres comerciantes españoles. Más allá,
el conferencista italiano levantó la cabeza y descansó un libro en las rodillas
para saludar a Ojeda. Cerca del fumadero, la madre de Nélida pareció
acariciarle con sus ojos de brasa y el padre le gratificó con una sonrisa
protectora. La niña, hastiada ya de las expansiones familiares, se había
despegado de ellos y reía en la puerta del fumadero, escoltada por su hermano y
todos los admiradores, que parecían desnudarla con los ojos.
Llegó
Fernando hasta la terraza del café, atraído por el Canto de la
Primavera, de Mendelssohn, que tocaba la música. Apenas se hubo apoyado en
la baranda para escuchar, vio que un cuerpo se aproximaba a él, velando la luz
del sol, y oyó una voz enérgica que recortaba duramente las palabras.
—Buenos días,
señor Ojeda... Usted perdonará la libertad que me tomo, pero yo soy amigo de
don Isidro, y tal vez le habrá hablado de mi persona... Usted dispense que me
acerque así como así, ¡pero entre compatriotas! ¡somos tan pocos en el
buque!... Por eso me he dicho: «Aunque no sea correcto, voy a saludar a ese
señor».
Era el cura
español que Maltrana le había enseñado varias veces de lejos: un hombrecito
moreno, enjuto, vivo en sus movimietos, al que encontraba Fernando cierto aire
ágil y garboso de banderillero. Su delgadez hacía más visible la exuberancia de
un abdomen puntiagudo que parecía pertenecer a otro cuerpo. Una cadena algo
negruzca, con llaves de reloj y medallas, se tendía de la botonadura de la
sotana a un bolsillo del pecho. Dos dedos enrojecidos por el tabaco sostenían
un cigarrillo. La cabeza, de pelo duro e intensamente negro rayado de canas
prematuras, ocultábase en parte bajo un casquete redondo de seda, igual al que
usan los tenderos.
—José
Fernández, sacerdote, para servir a Dios y a usted—dijo el cura haciendo la
presentación de su persona.
Mostró la
fuerte dentadura de hombre de campo, con una sonrisa humilde que delataba el
deseo de intimar con este compatriota, el personaje más eminente de cuantos
venían en el buque, según su opinión.
La música
había cesado de tocar, y el cura aprovechó este silencio para expresarse con la
exuberancia de un verboso falto de amistades que busca ocasión de esparcir su
facundia. La franqueza española le hizo tratar a Fernando confianzudamente a
las pocas palabras, lo mismo que si fuese un antiguo camarada, acompañando cada
avance de su intimidad con humildes excusas: «Usted perdone; pero aquí no es
como en tierra. Pasamos la vida juntos; estamos en la soledad del mar,
confiados a la voluntad del Señor... ¿Conque usted también va a Buenos Aires,
don Fernando?... ¡Vaya, vaya! Allá vamos todos, y quiera el Altísimo que los
negocios le resulten bien, conforme a sus deseos».
Hablaba el
buen clérigo sin interrupción, y Ojeda iba entresacando fragmentos de su
historia de estos períodos de charla confidencial. Tenía a su madre en un
pueblecillo de Castilla la Vieja; además, una hermana mal casada, con una turba
de hijos, y todos confiaban en él, que era la gloria de la familia, «el señor
cura», el ser excepcional. Último descendiente de una línea de míseros
jornaleros del campo, había conseguido emanciparse de la servidumbre del
terruño gracias a cierta viveza de ingenio demostrada en la escuela del lugar y
a la protección de una señora vieja que le había costeado la carrera del
sacerdocio.
—Carrera
corta, don Fernando. Yo no soy teólogo; no soy doctor en nada. Cura de misa y
olla nada más; pero ¡lo que he trabajado en esta vida! ¡y lo que me queda que
penar!... Mi cuñado es infeliz, un buen hombre, que no sirve para nada, y yo
tengo que mantenerlo, y a la pobre viejecita, y a mi hermana, y a todos los
sobrinos, que se creen superiores a los demás del pueblo porque cuentan con un
tío cura. He sido vicario, trabajando del alba a la noche por seis reales al
día: peseta y media, don Fernando. He sido párroco suplente en lugares de mala
muerte, y después de enviar a mi madre lo que ganaba (menos de lo que gana un
guardia civil), tenía que mantenerme de los regalos de los feligreses pobres. Y
todavía el barbero del pueblo y otras malas lenguas murmuraban de la vida
regalona que llevamos los de la Iglesia... Cuando vivía en Madrid, cerca del
diputado del distrito, solicitando un puesto mejor, he andado hecho un azacán
de sacristía en sacristía pidiendo misas como el que pide limosna. He pasado
mucha hambre; no tengo vergüenza en decirlo: mucha hambre por sostener a los
míos; y por esto voy allá, a ver si cambio de suerte.
Calló un
momento don José, como si vacilase, temeroso de exponer sus ideas, y al fin
continuó en voz baja:
—Dicen que
España es un país católico, el más católico de la tierra. Así será, pero no hay
en él dos pesetas para los clérigos de mi clase, para los que trabajamos de
veras. Hay dinero para la Iglesia, pero se lo llevan otros... otros.
En la
vaguedad de su mirada, en la timidez de su voz, había cierta protesta contra
los que vivían en las alturas.
Fernando
quiso saber cómo se le había ocurrido la idea del viaje.
—Tengo allá
compañeros de seminario. Un muchacho que estudió conmigo vive en Buenos Aires,
y me ha escrito maravillas de aquella tierra, invitándome a ir con él. Antes
era mucho mejor: faltaban gentes de nuestra clase; ahora, en cada buque llegan
sacerdotes de todos los países. Pero no importa: en la capital se puede vivir
bien a la sombra de una parroquia, y además hay el campo, donde cada semana se
funda un pueblo y hace falta un cura... También tengo condiscípulos en Chile y
otras naciones del Pacífico. Allá creo que aún se presenta la cosa mejor para
nosotros. Me escriben que hay señora que da cien pesos de limosna por una misa.
¡Y en España que no pasa nadie de tres pesetas!...
Complacíase
Ojeda con esta franqueza de don José al comparar las ganancias del sacerdocio
en los dos hemisferios. Había hecho bien en embarcarse: seguramente le esperaba
allá la fortuna.
—No es tan
fácil, don Fernando; hay mucha concurrencia. Me dicen que los curas italianos
trabajan por lo que les dan, y han abaratado los precios. Como que muchos se
ayudan con un oficio, y cuando vuelven de la iglesia a casa, son sastres de
viejo o remiendan zapatos... En aquellas tierras los hombres se muestran, según
mis noticias, algo indiferentes con nosotros. Lo mismo que en la nuestra. Hay
que buscar el apoyo de las mujeres, y para esto me ha prometido don Isidro
presentarme a esas señoronas ricas que hablan con él y se sientan en la parte
de proa. Parecen muy entusiasmadas con el obispo italiano: «Monseñor, aquí;
Monseñor, allí», pero yo soy español, y ¡quién sabe!... Me gustaría encontrar
una señora rica que me protegiese.
Fernando
sonrió, algo asombrado de la naturalidad con que don José hacía esta
declaración. ¡Qué cinismo tranquilo!... Y quiso acompañar su risa tocándole en
el pecho con un dedo, pero se detuvo al ver su gesto de sorpresa.
—Se equivoca
usted, señor Ojeda. Yo soy un indigno pecador en muchas cosas... menos en ésa.
Tengo mis defectos, como todos los hombres, pero lo que usted cree... ¡nunca!
Yo no pienso jamás en esas niñerías. ¡Yo soy muy hombre!
Golpeábase el
pecho con arrogancia al hacer esta viril declaración, y Ojeda admiraba la
incoherencia del pobre sacerdote, que repetía con orgullo su calidad de
masculino como prueba de virtud.
—Soy muy
hombre, don Fernando, y por eso me deja indiferente ese pecado tonto en el que
usted piensa y que sólo proporciona escándalos y quebraderos de cabeza... Otros
pecados, no digo que no...
Una sonrisa
de malicia infantil arrugó sus mejillas morenas, en las que se marcaba la
mancha azul de la recia barba. Quedaron al descubierto sus dientes apretados,
deslumbradores, que denunciaban una gran fuerza triturante. Contemplando su
ávido brillo, creyó Ojeda en la pureza de aquel hombre. La voluptuosidad había
contraído en él todos sus tentáculos, para replegarse sórdidamente en el
paladar y el estómago.
Maltrana le
había hablado algunas veces del apetito insaciable de don José, de la prontitud
con que acudía al comedor apenas sonaba la trompeta, de la profusión con que
recolectaban sus manos emparedados y galletas en las bandejas a la hora del té,
del entusiasmo con que elogiaba la abundancia nutritiva a bordo del Goethe.
Su capacidad de alimentación sólo era comparable, según Isidro, a la de un
náufrago que se salva o a la de un habitante de ciudad sitiada que se rinde
después de varios años. Cuarenta generaciones de jornaleros hambrientos comían
por su boca.
En aquel
mismo instante, mirando Ojeda hacia el paseo de babor, vio a Isidro que acababa
de abandonar su conversación con las señoras y venía hacia él. Pero se detuvo
ante la familia de Nélida. El padre, sin moverse de su asiento, hablaba con
Martorell, el poeta bancario, y Maltrana, después de escucharles unos segundos,
se inmiscuyó en la conversación.
—Yo necesito,
para abrirme paso, una señora que me proteja—continuó don José—. Pero eso no es
fácil; en nuestro mundo hay modas, como en todos los mundos, y vanidades y
categorías. Yo soy un pobre cura que sólo sabe cumplir como buen trabajador.
—Debía usted
imitar—dijo Ojeda—a ese abate francés que tanto entusiasma a las señoras.
—¡Cállese,
señor!—protestó el cura—. Yo no sirvo para titiritero. Los españoles no sabemos
hacer comedias: tenemos más seriedad... ¡Yo soy muy hombre!
Y resumía su
indignación con un fiero golpe en el pecho, afirmando varias veces que era muy
hombre.
—Tal vez en
tierra me sea más fácil abrirme paso. Yo no soy cura a la moda, pero soy cura
español, y esto algo debe valer entre gentes que son de nuestra sangre, hablan
nuestra lengua y profesan el catolicismo porque España fue la primera en
descubrir sus tierras. Ahí está la buena señora doña Zobeida, ese ángel de
bondad; para ella no hay más sacerdote a bordo que yo: el obispo y el abate,
como si fuesen zapateros. ¡Ojalá se resolviese lo de su pleito y cambiase de
fortuna! Ciertamente que no me olvidaría... Además, en aquella tierra, según
dicen, el exceso de dinero y la abundancia de negocios malean a los sacerdotes.
Unos se dedican a la cría de caballos o de bueyes, otros prestan dinero a los
feligreses sobre las cosechas. Pero yo llego a trabajar sólo en lo mío, para
cumplir como bueno, y me contento con poco. Mi felicidad sería un curato en
esos campos donde la carne va tirada, según dicen, y el pan lo mismo. Mi madre
no puede venir, porque le tiene miedo al mar; pero traeré a mi hermana, que es
guisandera fina, y malo será que no coloque a mi cuñado y dé carrera a los
sobrinos... ¡Señor, que así sea!
Quedó
indeciso y silencioso, como si agitasen su cerebro nuevas e inesperadas ideas.
—Líbreme el
Altísimo de un engaño—dijo—; pero yo pienso, don Fernando, que nosotros en
América somos algo. Tal vez no sabemos tanto o somos menos atrevidos que ese
parlanchín de las barbas, pero somos más serios, más sencillos. Nuestro
catolicismo es para América más... ¿cómo me explicaré?... más...
—Más
clásico—interrumpió Ojeda, para sacar al cura de su apuro.
—Eso es—dijo
don José tras una vacilación, como si pesase la palabra no comprendiéndola
bien—. Más clásico, más con arreglo al país, y por esto las personas buenas y
sencillas que no se curan de modas deben recibirnos mejor a nosotros que a esos
sacerdotes extranjeros que parecen gente de teatro.
Permanecieron
los dos en silencio, y Ojeda volvió a tener la misma visión del día anterior...
«¡Buenos Aires!» También este nombre mundial había titilado un instante, como
parpadeo de mística lámpara, en la penumbra de la sacristía, evocando la
ilusión de una mesa abundante, una mesa de hartura, y en torno de ella una
familia robusta y saludable, segura del porvenir, rodeando al sacerdote rico...
Y allá iban todos, siguiendo el revoloteo de la esperanza, hacia un mundo de
fértiles soledades faltas de hombres, llevando como precio de su entrada
fuerzas, iniciativas y apetitos: unos sus brazos, otros su inteligencia, otros
el ávido capital ansioso de copular con la tierra y reproducirse hasta lo
infinito... y hasta aquel pobre cura llevaba su misa, su catolicismo español,
más serio, más... clásico.
La llegada de
Maltrana interrumpió estas meditaciones.
—¿Qué dice
don Pepe?...
Y acompañó el
familiar saludo con una suave palmada en el abdomen del clérigo. Éste se
inclinó sonriendo. «¡Qué don Isidro tan alegre y simpático!... Era imposible
enfadarse con él...»
Al ver juntos
a los dos amigos, el cura pareció contraerse en su humildad.
—Ustedes
tendrán que hablar—dijo mirando a su reloj—. Va a ser mediodía. ¡La hora del
almuerzo! Me hace falta un poco de paseo para despertar el apetito.
Y se alejó,
seguido por la risa de Maltrana, que lamentaba irónicamente la inapetencia del
cura.
Ojeda quiso
saber qué había hablado su amigo con Martorell y el padre de Nélida.
—Hablábamos
de negocios—dijo Isidro con repentina gravedad y una expresión de misterio—, de
un gran negocio que llevamos entre manos. ¡Quién sabe si antes de un año seré
rico, muy rico, más que usted, que quiere ir al desierto a roturar la
tierra!... Las amistades sirven de mucho, y yo las tengo buenas.
La mirada
interrogante y asombrada de Ojeda le invitó a continuar en sus confidencias.
Dudó un momento, como si temiese la burla de su amigo, y al fin dijo con
resolución:
—Vamos a
fundar un Banco apenas lleguemos a Buenos Aires... No se ría usted, Fernando;
me lo esperaba. Es cosa seria. Martorell pone la idea y su experiencia de
técnico. El señor Kasper, el padre de Nélida, pondrá el capital que se necesita
para empezar; poca cosa, según el catalán, que entiende mucho de esto. Yo... no
sé lo que pongo en el negocio, pero seguramente pondré algo, pues entro en él,
y mis consocios parecen contentos de tenerme en su compañía.
Echóse a reír
Ojeda con tal fuerza, que su espalda chocó con la barandilla, doblándose hacia
la parte exterior. «¡Maltrana banquero! ¡Maltrana fundador de un Banco, cuando
apenas tenía unas pesetas para desembarcar!...»
—No se
burle—dijo éste, algo amoscado—. La cosa no es para tanto. ¿Vamos o no vamos a
una tierra de riquezas y prodigios?... Si usted oyese a ese muchacho catalán,
la sencillez con que explica las cosas se convencería de que lo del Banco es
asunto serio. ¿Y qué tiene de extraordinario que yo llegue a ser un gran
banquero en un país donde todos, al llegar, cambian de profesión y cada uno se
descubre con facultades y aptitudes que no sospechaba en Europa?... Aquí en el
buque no se oye hablar más que de millones y de negocios estupendos. Todos
llevamos nuestro plan gigantesco para asombrar al Nuevo Mundo y encadenar a la
fortuna. Hasta los que se volvieron de América desesperados retornan con nuevos
bríos. ¿Por qué no ha de tener Maltrana su negocio?... Crea usted que los que
han fundado Bancos allá no valían más que yo ni tenían el talento de Martorell,
que es un águila para estas cosas.
Pasado el
primer acceso de hilaridad, admirábase Ojeda de la convicción con que hablaba
su amigo del futuro negocio. Sentía, indudablemente, la influencia misteriosa
que había observado él en anteriores viajes. Un ensanchamiento de la ilusión,
hasta los confines más absurdos de lo irreal, dominaba a los viajeros. El
aislamiento en medio del Océano empequeñecía o anulaba todos los obstáculos con
que se tropieza viviendo en tierra firme. La inmensidad del mar parecía dilatar
los cerebros y los ojos. Todos pensaban en grande y veían sus propias ideas con
retinas de aumento. Y como la ilusión de los unos no oponía obstáculos a la
esperanza de los otros, todos se empujaban locamente, dando por realizadas las
cosas en este galope de optimismo.
Los vecinos
de asiento, que durante los primeros días de navegación se habían mirado
hostilmente en la cubierta de paseo, buscábanse ahora, no pudiendo vivir
separados, y hablaban horas y horas de los futuros negocios ideados en
comandita, sin cansarse de manosearlos para apreciar mejor su mérito,
examinándolos, como una piedra preciosa, faceta por faceta. Un hálito de
heroísmo despreciador de los obstáculos hacía vibrar los cerebros. La vieja
Europa, meticulosa, cobarde y retardataria, quedaba atrás; las hélices la
enviaban los espumarajos de las aguas rotas como un salivazo de despectivo
adiós. Por la proa llegaba el viento del Nuevo Mundo, la respiración de una
tierra de valerosos sin escrúpulos ni remordimientos, donde el absurdo triunfa,
siempre que vaya acompañado de la tenacidad y la audacia.
Si para un
negocio se necesitaban tierras, las tierras se adquirirían. Los futuros
triunfadores ignoraban cómo ni por qué medio, pero se adquirirían, y... basta.
Éste era un detalle de poca importancia. Si se necesitaban grandes capitales,
se encontrarían igualmente. No había que preocuparse de esto. Lo importante era
el negocio, el gran negocio de estupenda novedad que se les había
ocurrido—novedad que consistía en trasplantar algo viejo y tradicional de
Europa—, y calculaban las seguras ganancias: tanto por mes, tanto por año,
tantos millones a los cinco años, creyéndose, en fuerza de ilusión, casi al
final de esta rápida carrera de la suerte.
Algunos, con
inagotable generosidad, sentían el deseo de hacer partícipes de su estupenda
fortuna a todos los allegados, y cada mañana admitían un nuevo socio, ofrecían
graciosamente una parte a un nuevo auxiliar, hasta el punto de no saber con
certeza qué restaría para ellos, los geniales inventores. Otros, más ásperos de
alma, empezaban a mirarse con recelo y suspicaz vigilancia, temiendo una mutua
traición en el negocio que aún estaba por venir. La riqueza achica los
corazones y los endurece. Y lo más extraordinario era que todos abominaban de
la imaginación como de una facultad deshonrosa y ridícula. «Nada de ilusiones:
hay que ver las cosas tales como son, y en el caso de exagerar colocarse en lo
peor. Pongamos que sólo se gana la mitad; pongamos que sólo es la mitad de la
mitad...» Y tras estos cálculos descendentes, que revelaban su odio a toda
fantasía, siempre resultaban millonarios.
Los más
entusiastas y de fe inconmovible eran los que habían estado en América y
volvían a ella por segunda o tercera vez. Los neófitos, que escuchaban con
asombro sus profecías de riqueza, parecían dudar de repente. Era la timidez
europea que resucitaba. «Yo he estado allá, y sé lo que es aquello—decía el
compañero viejo—. Nada de miedo; esta vez, con mi experiencia, estoy seguro del
éxito...» Y Maltrana, burlón y escéptico, que iba a América sin saber
ciertamente para qué, se había sentido de pronto arrebatado, lo mismo que los
otros, por este huracán de optimismo.
—Sí señor; un
Banco—repitió mirando a Ojeda con expresión algo agresiva—. Vamos a fundar un
Banco, y no comprendo que un negocio serio le produzca a usted tanta risa. Las
cosas están magníficamente ideadas. Ese chico catalán, aunque despreciable como
poeta, es un gran organizador; y el señor Kasper será un pillo, si usted
quiere, pero en los negocios la picardía es un mérito. El plan no tiene falla
por ninguna parte.
Y lo exponía
con la sequedad de un grande hombre ofendido por la ignorancia de su auditorio.
Fundar un Banco era cosa corriente en aquellos países. Cada semana nacía uno,
según le había dicho Martorell. No había calle principal de Buenos Aires que no
tuviese unos cuantos. Lo más importante era encontrar una buena casa y
amueblarla con muebles ingleses, «serios», «distinguidos», y mostradores de
caoba brillante. Además, eran necesarios un enorme rótulo dorado, juegos de
banderas para las fiestas patrióticas, y gran iluminación nocturna en la
fachada. Capital para empezar: dos o tres millones de pesos.
—Usted creerá
haberme aplastado preguntando: «¿Dónde está el capital?...». Se hacen figurar
todos esos millones y más si se desea en los Estatutos, y sobre todo en las
vidrieras y el rótulo, con letras de a dos palmos. Pero en realidad se empieza
con treinta o cuarenta mil pesos... Y también me dirá usted: «¿Dónde
están?...». El señor Kasper, que tiene en gran aprecio a Martorell y cree en el
negocio, promete traerlos. Además, contamos con los buenos señores que entrarán
en el Directorio... Siempre se encuentran media docena de tenderos deseosos de
figurar al frente de un Banco. Gusta mucho poder decir a los amigos: «Esta
tarde tengo sesión de Directorio». Da importancia escribir a los parientes de
Europa, a los papanatas de la tierra, en el papel del Banco con un membrete que
impone respeto, en el que se consignan los millones del capital y las
operaciones del establecimiento. El catalán, que «conoce el corazón humano» y
es gran aprovechador de vanidades, tiene echado el ojo desde su viaje anterior
a unos cuantos compatriotas. Éstos aportarán fondos, tomarán acciones para ser
del Directorio, y luego que funcione el Banco... ¡a vivir! Daremos dinero al 30
por 100 (lo que es fácil allá, según dice Martorell), prestaremos con hipoteca,
para quedarnos con los bienes hipotecados; un sinnúmero de bellas maldades, que
explica mi consocio con su hermosa sonrisa de hiena poética.
Quedó en
silencio Maltrana, como si se examinase interiormente.
—¡País de
asombros!—continuó—. ¡Yo banquero, yo que he hecho sufrir tanto a los
prestamistas de Madrid!... ¡Tierra de transformismos, donde los albañiles se
hacen agricultores, los curas fugitivos se convierten en padres de familia y
los señoritos arruinados entran de cajeros de confianza en las casas de
comercio!...
—¿Ya tienen
ustedes título para el Banco?—preguntó Ojeda.
—Ése es el
obstáculo, el único escollo con que tropieza hasta ahora nuestro negocio. Lo
del título es importante. Casi va el éxito en encontrar algo que suene bien,
que se pegue al oído, inspire confianza y tenga un carácter internacional, lo
más internacional que sea posible. Los consocios no se ponen de acuerdo en lo
del título; lo único indiscutible es que, sea cual sea su dimensión, deberá
añadírsele «y del Río de la Plata». Porque allá, según Martorell, todos los
Bancos, aunque se titulen rusos, chinos o noruegos, llevan como final de rótulo
«y del Río de la Plata». Sin esto, no hay respetabilidad posible.
Volvió a
quedar en silencio Isidro, pero su rostro se animó durante esta pausa con su
acostumbrada expresión de malicia.
—Yo tengo mi
título, un título de lo más universal. Abarca las diversas nacionalidades de
las gentes que vendrán a nosotros y halaga al mismo tiempo el sentimiento
regionalista. Hasta he tenido en cuenta el lugar de nacimiento de mis dos
compañeros. «Banco de Westfalia, de Tarragona y del Río de la Plata.» Pero los
socios no lo aceptan.
Fernando miró
fijamente a su amigo. ¡Famoso Maltrana! En él la gravedad era siempre de corta
duración. Nunca se sabía ciertamente dónde cesaban sus emociones, dando paso a
la fría burla.
En lo alto
del buque vibró la señal de mediodía, un rugido que hizo temblar los pasillos y
tabiques del trasatlántico y se dejó absorber sin eco alguno por el sordo
infinito del Océano.
—Las doce:
vamos a almorzar.
Cerca de la
proa vieron algunos pasajeros que señalaban la línea del horizonte, discutiendo
con frases breves. Contraían los ojos para dar mayor potencia a su visualidad;
pasábanse de mano a mano los gemelos prismáticos, explorando el límite del
Océano, sobre cuyo lomo se abullonaban tenues vapores. «Ya se ve Cabo Verde...»
Otros dudaban. No eran las islas: eran simples nubes. Y todos, como si
despertasen de la calma letárgica del mar, mostraban un deseo famélico de ver
tierra, de distinguir aquellas islas en las que no había de detenerse el buque.
Abajo en el
comedor almorzaban muchos con cierta precipitación, como gentes que han de ir
al teatro y aceleran la comida por miedo de llegar tarde. «Tierra: ya se ve
tierra», decían de mesa en mesa con una alegría infantil. Más impacientes,
algunos se levantaban de sus asientos con la servilleta en la mano, y alargaban
el pescuezo queriendo distinguir por las ventanas del comedor aquellas islas
ante las cuales iban a pasar de largo y de las que hablaban todos como de una
tierra de promisión.
Después del
almuerzo, la gente tomó el café a toda prisa y los salones quedaron
abandonados, sonando en el vacío el abejorreo de los ventiladores y los trinos
de los canarios. Todos se amontonaban hacia la proa, en las bordas de la
cubierta, ansiosos de ver las islas. Empezaron a marcarse en el horizonte las
gibas obscuras y borrosas de unas montañas emergiendo del mar. Cansados al poco
rato de esta contemplación monótona, muchos retrocedían. ¿No era más que
aquello? Iba a transcurrir una hora larga antes de que estuviesen frente a
ellas. Además, el buque pasaba muy lejos... Volvían al fumadero a continuar sus
partidas de poker, o formaban en la cubierta los corrillos
habituales, hablando tendidos en el sillón, hasta que el cabeceo de la
somnolencia les hacía levantarse titubeantes, camino del camarote, para
continuar la siesta.
Ojeda y su
compañero, acodados en la baranda, miraban con interés las siluetas de las
islas destacándose como nubes puntiagudas sobre el azul sereno del horizonte.
—Hasta aquí
llegó Colón—dijo Fernando—. El Almirante, que había navegado siempre hacia
Poniente, puso en el tercer viaje la proa al Sur, buscando descubrir tierras
nuevas por la parte del Austro. Pero más allá de estas islas tuvo miedo, y
torció el rumbo para seguir la ruta de siempre. Le espantaron los calores del
Ecuador; creyó que de seguir hacia el Sur acabarían por arder sus naves. Tal
vez influyeron en su credulidad de visionario las leyendas de que rodeaba la
pobre geografía de entonces a la línea equinoccial.
Recordó
después los incidentes de su tercer descubrimiento. Los rayos del sol eran tan
intensos, que el Almirante, según consignaba en sus cartas, temió que
incendiasen navíos y personas. Caían sobre la escuadrilla frecuentes
turbonadas, pero estas lluvias de pegajosa tibieza sólo servían para hacer
tolerable el calor durante unas horas. Colón las acogió como un socorro
providencial, creyendo que sin ellas todos hubiesen perecido. Iba enfermo; le
inquietaba la desaparición en la línea del horizonte de los astros que guiaban
a los navegantes en los mares del hemisferio boreal, así como la aparición de
otras estrellas ignoradas que a cada singladura iban remontándose en el cielo.
Renacían en
su memoria las opiniones de la época sobre la línea equinoccial y lo que
existía detrás de ella, doctrinas aprendidas en su vagabundaje por los
conventos y los puertos, conversando con hombres de ciencia y navegantes.
Para muchos,
en el hemisferio del Austro estaba el Paraíso terrenal. El Ecuador, con sus
calores irresistibles, era «el gladio o cuchillo ígneo versátil» que había
puesto Dios entre los hombres y el Paraíso para que ninguno de los hijos de
Adán pudiese volver a él. Los poetas de la antigüedad y los Padres de la
Iglesia acordábanse maravillosamente al fantasear sobre esta parte del mundo
absolutamente ignorada. Más allá del Ecuador estaba la tierra llamada «Mesa del
Sol», por la dulzura de su clima y la generosa abundancia de sus productos. En
ella vivían seres felices que, al no tener que preocuparse de las necesidades
de la vida—pues la Naturaleza, pródiga, les ofrecía todo con exceso—,
dedicábanse al estudio de las causas naturales, y especialmente de la
astrología. Arim, la «ciudad de los filósofos», era el centro de la «Mesa del
Sol».
En esta parte
de la tierra, por ser la más noble, había de estar forzosamente el Paraíso. Los
astros influían en nuestra existencia poderosamente. Todo se desarrollaba en el
suelo, no con arreglo a su propia bondad, sino por «las nobles y felices
influencias de las estrellas que están sobre él», causa universal de vida. «A
cielo noble correspondía tierra nobilísima», y como las constelaciones del
ignorado hemisferio eran, según la ciencia de la época, «las mayores, más
resplandecientes, más nobles y perfectas, y por consiguiente de mayor virtud,
felicidad y eficacia que las de Aquilón», de aquí que bajo su resplandor debía
estar forzosamente la mejor de las tierras, o sea el Paraíso.
La cabeza es
la parte más noble de «todas las cosas naturales y artificiales, la más
adornada y de mejor hechura, de donde procede la influencia a los otros
miembros del cuerpo». ¿Y dónde estaba la cabeza de la tierra?... En el ignorado
Austro, en el Sur, como le ocurre al árbol, que, aunque tiene la cabeza oculta
abajo, no podría extender las ramas, con sus frutos y pájaros, si esta cabeza
dejase de enviarle su nutrición y su fuerza. Y el fuego, fuente de vida, nacía
en el Austro, se engendraba en él, y una barrera de este fuego tendida
circularmente en el Ecuador impedía el paso de un hemisferio a otro.
El
descubridor, alarmado por los insufribles calores que le salían al encuentro,
vio en ellos una confirmación indiscutible de las opiniones de los hombres
doctos de su época, y volvía la proa a Poniente, no osando avanzar más en el
temido Austro.
Una gran
sorpresa le esperaba. El mundo no era redondo, como habían creído Ptolomeo y
otros. Podía ser esférico en el hemisferio boreal, donde aquellos sabios habían
hecho solamente sus estudios; pero este otro hemisferio por cuyos límites
navegaba él tenía la «forma de una pera, que es redonda salvo allí donde tiene
el pezón, que es más alto, o la de una pelota con una teta de mujer puesta
encima», y el extremo de tal pezón era «la parte del mundo más propincua al
cielo».
Los buques,
al continuar hacia Poniente, aunque parecía que navegaban por un océano llano e
igual, subían y subían, siguiendo el lomo ascendente de esta protuberancia del
planeta. El Almirante reconoció esta subida en la frescura del aire, cada vez
más sensible según se avanzaba al Oeste, aunque las naves siguiesen el mismo
grado, y sobre todo en las particularidades que ofrecían tierras y gentes. Así
como el descubridor se había ido aproximando a la línea ígnea del Ecuador, el
sol quemaba con más fuerza, las tierras estaban más calcinadas y los habitantes
eran más negros. En Cabo Verde y en Sierra Leona llegaban las gentes a la más
extrema negrura y las tierras parecían quemadas. Y sin embargo, al poner proa
al Oeste, siguiendo la misma latitud, refrescaba el aire, y el Almirante
encontraba en las costas de Venezuela la isla de la Trinidad, «de temperancia
suavísima—según sus escritos—, con tierras y árboles muy verdes y hermosos,
como en Abril las huertas de Valencia, y la gente de muy linda estatura y casi
blancos, más astutos y de mayor ingenio que los negros, y no cobardes».
Todo esto era
porque las tierras y las personas estaban más en alto, más cerca de las buenas
regiones del aire, en las laderas de aquel pezón gigantesco que alteraba la
redondez del hemisferio austral. Y la hipótesis del Paraíso, cabeza de la
tierra, situado en el noble Austro, se convertía en certidumbre para el
Almirante. En el vértice del pezón estaba el antiguo lugar de delicias; y el
Orinoco, que endulzaba el mar, asombrando a los navegantes con su sábana
inmensa, era uno de los cuatro ríos que descendían del Paraíso.
Fernando y su
amigo, que hablaban de estas fantasías del Almirante paseando por la cubierta,
se detuvieron ante las ventanas del gran salón. La voz tenue del piano, tocado
en sordina, atrajo la curiosidad de Isidro.
—Mire usted,
Fernando. La alemana, la mujer del director de orquesta, que se aprovecha de
que no hay gente en el salón. Cerca de ella está su niño... ¿Qué toca?
¿Wagner?... No; eso lo conozco; es de Schubert: El rey de los álamos.
Vea cómo mueve la boca. Canta, pero no la oímos bien... No; no se acerque: la
vamos a espantar como el otro día... Bueno; que le vaya a usted bien: mucha
suerte.
Esto último
lo dijo al ver que Ojeda, repentinamente, como si obedeciese a una decisión
anterior, se separaba de él. Desapareció por la puerta de babor que daba
entrada a los salones. Maltrana le vio pasar por entre las mesas del jardín de
invierno, ocupadas por unos cuantos pasajeros dormitantes. Luego entró en el
salón y fue a sentarse cerca del piano, junto al pequeñuelo cabezudo, que
contemplaba los grabados de un gran volumen con aire reflexivo de persona
mayor, arrullado por la música de su madre. Ésta, al notar la presencia de un
hombre que la escuchaba fijos los ojos en ella, hizo un gesto de sorpresa y
contrariedad, se respingó, como si fuese a abandonar el piano, pero con súbita
resolución continuó en su asiento. Un ligero rubor coloreaba su palidez verdosa
de busto antiguo.
—¡Qué
Ojeda!—murmuró Isidro mirando por los cristales—. Veremos en qué viene a parar
toda esta música.
Sintióse sin
fuerzas para seguir paseando por la cubierta. El calor había dispersado a las
gentes. Todos gozaban la frescura de la siesta, ligeros de ropa, en el interior
de sus camarotes o en los encontrados huracanes de los ventiladores del
fumadero.
El buque
cabeceaba perezosamente, con largos intervalos de calma, sobre las extensas
ondulaciones de un mar denso, centellante, enrojecido como metal en fusión. Ni
el más leve soplo agitaba las lonas de la cubierta, tendidas de las barandas
hasta el techo como un tabique rígido, obscuro y ardiente.
Maltrana se
dejó caer en uno de los varios sillones que ostentaban el rótulo de «Doctor
Zurita y familia», y allí quedó en agradable sopor, sin saber ciertamente si
estaba dormido o despierto. Oía sonar el piano lejos, muy lejos, como una
musiquilla de liliputienses. «Ahora es Wagner—pensaba—; eso lo conozco: Parsifal,
"El encanto del Viernes Santo"... Ahora es Schubert: el
"Quinteto de la Trucha". ¡Cosa graciosa!... Ahora... ahora...» Y no
pudo reconocer nada más, porque dejó de oír la música.
Se hundía, se
hundía en un agujero negro, acompañado por la melodía tenue, que se iba
adelgazando lo mismo que un hilo cada vez más tirante, hasta romperse y ser
devorada por el silencio.
De pronto
volvió a la vida al sentir una mano en un hombro. Abrió los ojos, y vio al
doctor Zurita de pie ante él, con un puro en la boca sonriéndole.
—Levántese,
amigo y tome uno de hoja. Hoy no ha venido usted por el tributo.
Le ofreció su
estuche inagotable lleno de cigarros habanos. Eran las tres. El doctor había
dormido su corta siesta habitual, y encontrándose solo, deseaba charlar con
Isidro. Éste se puso de pie para encender el cigarro, y su vista buscó a través
de las ventanas del salón. Había enmudecido el piano, pero la alemana
continuaba en la banqueta, revolviendo las hojas de las partituras y escuchando
a Fernando, que, acodado en la tapa del instrumento, la hablaba de cerca. La
amistad estaba hecha gracias a la música, complaciente mediadora que no
necesita de presentaciones.
El doctor
quiso pasear, y Maltrana le siguió dando chupadas al cigarro de bravío perfume.
La proximidad
de la línea equinoccial parecía alegrar a Zurita. Estaban cerca de su
hemisferio, iban a entrar en él antes de dos días.
—Es, como
quien dice, volver a casa, mi amigo. Yo soy muy americano y tengo unas ganas
locas de ver mi cielo. ¡Cuántas noches, en Europa, me privé de mirarlo, porque
no podía encontrar en él la Cruz del Sur!... Y mañana tal vez la contemplemos.
Mi muchachada no comprende estas cosas del viejo.
Sentía
impaciencia por llegar a su tierra, ver a los amigos, enterarse de la marcha de
los negocios, pisar las calles de Buenos Aires. Las capitales de Europa eran
dignas de su admiración, ¡pero Buenos Aires!...
—Pronto
llegaremos, si Dios nos ayuda—continuó alegremente—. Allí se demostrará,
galleguismo simpático, lo que usted vale y lo que lleva dentro. A ver si algún
día llega a ser archimillonario y yo puedo contar con orgullo que hizo conmigo
su primer viaje... Pero hay que trabajar, ¿sabe, che?... Nada de
creer que allí se encuentra plata con sólo agacharse a tomarla. Se miente
mucho. La gente va allá con la cabeza llena de exageraciones. Además, la plata
no se hace en un mes ni en un año: hay que contar con el tiempo, que vale tanto
como el trabajo; hay que dedicar a una empresa, sea ésta cual sea, la mayor
parte de la vida.
Habían dado
la vuelta entera al paseo, y el doctor se detuvo cerca de las ventanas del
salón. Otra vez sonaba el piano. Isidro vio a su amigo de pie junto a la
artista, con los ojos fijos en su nuca inclinada, esperando una indicación de
su cabeza para volver las hojas de la partitura.
—Vea,
Maltranita. Lo importante en nuestra tierra es comprar algo, poseer algo, ser
propietario, y luego el país, que va siempre hacia adelante, se encarga de
enriquecerlo a uno, siempre que tenga paciencia y serenidad. ¿Por qué cree
usted que somos un pueblo aparte de los demás y vienen a fundirse con nosotros
gentes de todo el mundo?...
El doctor
hacía esta pregunta con una expresión de malicia bonachona en los ojos y la
boca. Maltrana se apresuró a repetir todos los lugares comunes que había oído
sobre la tierra argentina. La feracidad del suelo virgen, la falta de braceros,
la facilidad de crédito para el trabajo...
—Yo he
reflexionado mucho, mi amigo, sobre las cosas de mi patria, y creo que su poder
de atracción consiste en que en ella no hay aritmética. ¿Se entera usted?...
Más bien dicho, que su aritmética es distinta de la que se usa en los demás
pueblos. En Europa y fuera de ella, dos y dos son cuatro siempre. ¿No es
eso?... Pues en la Argentina jamás ha sido así.
Guardó
silencio, como si se gozase en la estupefacción de Maltrana, y luego continuó,
con una sonrisa doctoral:
—En los
tiempos coloniales, cuando la vieja España nos tenía como niños en la escuela,
y aun mucho después, en la época de nuestras revueltas, dos y dos jamás fueron
cuatro. No había quien sumase, quien pusiese los dos números uno sobre el otro.
Nos vestíamos con tejidos domésticos; matábamos los animales para aprovechar
únicamente el cuero y el sebo, dejando la carne a los caranchos; cultivábamos
la tierra para las necesidades de casa nada más... Después vinieron los buenos
tiempos de la exportación y de la inmigración, y dos y dos tampoco fueron
cuatro. Se valorizó todo de un modo loco, y dos y dos fueron ocho, dos y dos
son doce, y a lo mejor se levanta uno de la cama, y sin más trabajo que haber
estado durmiendo se encuentra al despertar con que dos y dos hacen veintidós...
¡Qué país, mi amigo!
Maltrana le
escuchaba enarcando las cejas con sincero asombro, como si esta paradoja del
doctor le librase el gran secreto del país adonde él iba.
Comprendido;
lo importante era tener dos sumandos, por simples que fuesen: dos y dos. El
país se encargaba después de hacer la adición con arreglo a su aritmética
maravillosa.
—Pero esa
aritmética tiene a veces sus fracasos—continuó el doctor, acentuando su
sonrisa—. La del viejo mundo, tímida y rutinaria, es inconmovible. Dos y dos
siempre son cuatro, ni más ni menos. Allá, en nuestra tierra, cada diez años
tiembla todo, sin que acierte nadie a descubrir el por qué del cataclismo. Años
de sequía y malas cosechas... Algunas veces, ni esto. Guerras que se
desarrollan al otro lado del planeta, en países que no conocemos ni nos
importan un poroto; restricción de crédito, falta de dinero, Bancos a los que
dan «corrida», como dicen allá, y que ven sus puertas llenas de gente que
retira sus depósitos; propietarios que desean vender y no encuentra a quién;
capitalistas extranjeros que no quieren hipotecar... y entonces, dos y dos son
uno... dos y dos son nada... y el que no tiene aguante para esperar que la
aritmética recobre su antigua originalidad, queda reventado para toda la siega.
Maltrana
continuó la paradoja del doctor con una objeción. Día llegaría en que dos y dos
fuesen eternamente cuatro en aquel país: cuando sus campos quedasen divididos
en pequeñas fracciones, los desiertos estuvieran ocupados por una población
densa, y se elevasen las aguas hasta las tierras resquebrajadas ahora de sed
junto a ríos enormes como brazos de mar.
—Así
será—dijo el doctor—. Dos y dos serán cuatro en la Argentina alguna vez...
Indudablemente, dentro de siglos. Pero entonces—añadió con tristeza—nadie irá a
ella; porque para encontrarse con la misma aritmética del país natal, con la
novedad de que dos y dos sólo hacen cuatro, no hay hombre que sienta deseos de
moverse de su casa.
—Sí; dice
usted bien. El poder demoníaco de la música, que influye en nuestra suerte,
como en otros tiempos influían los astros... El Maestro habla de él al recordar
en sus Memorias los años de iniciación... Afina nuestra sensibilidad, para que
suframos más intensamente las heridas de la existencia.
Mina
Eichelberger, la mujer del director de orquesta, murmuraba estas palabras con
el mentón apoyado en el pecho y la mirada fija en Fernando, de pie junto a
ella.
Hablaban en
la cubierta de los botes, bajo la sombra movediza de un toldo de lona que
dejaba avanzar una faja de sol o la repelía, siguiendo el balanceo del buque,
largo, suave, apenas perceptible.
Era en la
tarde, después del almuerzo, cuando desaparecían muchos pasajeros, adormecidos
y abrumados por el calor, buscando continuar la siesta en el camarote bajo el
soplo de los ventiladores. Otros, temiendo encerrarse entre los tabiques de
acero, permanecían tendidos en los sillones de las cubiertas, bajo la azulada
sombra de las lonas, esperando los leves e intermitentes soplos de la brisa
sobre el pescuezo sudoroso, en torno del cual se arrugaba el cuello de la
camisa como un trapo mojado. Sonaban penosos ronquidos, respiraciones
jadeantes, cortando con su estertor animal el augusto silencio de la tarde.
Parecía
recogerse el mar, adormecido igualmente, sin otro rumor que el del roce de sus
espumas en los flancos del navío. Un crujir de pasos sobre la madera hacía
entreabrir algunos ojos, que tornaban a cerrarse apenas se alejaba el paseante
importuno. Los gritos de los niños en la cubierta alta, jugando insensibles al
sol y al calor, sonaban con extraordinario eco, recordando el vocerío de la
chiquillería en la plaza blanca de un pueblo meridional a la hora de la siesta.
Todos los
habitantes del buque sentían después del almuerzo una tendencia al sueño,
abrumados por el caliginoso ambiente entorpecidos por una elaboración pesada,
anonadados y felices al mismo tiempo por las voluptuosas contracciones del tubo
digestivo en plena tarea asimilatoria. Era el momento—según Maltrana—de la gran
pureza. Los que en otras horas del día rondaban por cerca de las faldas, con
miradas invitadoras y palabras insinuantes, permanecían tendidos en las
cubiertas. Los que a la caída de la tarde parecían reanimarse con la brisa y se
estiraban impulsivamente, lo mismo que fieras carnívoras que despiertan,
quedábanse ahora hundidos en los sillones del fumadero con la inconsciencia de
la boa enrollada, siguiendo vagamente las espirales de humo del cigarro.
Parejas
amigas, de cuyas intimidades se ocupaban con deleite los murmuradores,
permanecían en los asientos de la cubierta, sin verse, sin conocerse,
volviéndose la espalda, faltos de fuerzas para cambiar una palabra, deseando
tranquilidad y olvido. El bienestar animal de la digestión y la atmósfera
ardiente rechazaban el amor a segundo término durante unas horas, como algo
molesto e intolerable. Las pasiones anteriores enmudecían. Nadie osaba insinuar
una petición por miedo a verla aceptada, teniendo que descender a la asfixiante
penumbra del camarote removida por el aleteo del ventilador.
Y fue en esta
hora cuando Ojeda entabló su cuarta conversación con Mina Eichelberger. Habían
cruzado la palabra por vez primera en la tarde anterior, al avistar el buque
las islas de Cabo Verde. Aún no hacía veinticuatro horas que se conocían, y
Fernando la hablaba con absoluta confianza, libre de los retrocesos que inspira
la timidez, como si un largo trato de años hubiese desgastado entre ellos todas
las angulosidades de la prudencia y el miedo. La vida sobre el Océano en una
jaula flotante de algunos centenares de metros, donde era imposible moverse sin
tropezarse, hacía marchar las amistades vivamente.
Cuando el
buque estuvo frente a las islas y los pasajeros contemplaron las montañas, tras
las cuales se ocultaba el sol ensangrentando el horizonte, los dos se hablaban
ya con rápida confianza y sus manos sentían un estremecimiento simpático al
encontrarse entre las hojas de las partituras. Veíanse solos en el salón,
olvidados de la gente, que había afluido a los costados del buque. Mina cantaba
a media voz, súbitamente ruborosa al pensar que Fernando estaba de pie detrás
de ella, dejando caer su mirada sobre su nuca y sus espaldas. Se avergonzaba
tal vez, con súbita coquetería, al verse mal trajeada y sin ningún adorno de
tocador. Cuando sus manos permanecían inertes sobre el piano y cesaba de
cantar, hablaban entonces de la música, de los célebres maestros, del gran
mago, del nigromante—nombres que Ojeda daba a Wagner—, insistiendo en estos
tópicos que habían servido de pretexto para iniciar su conocimiento.
Las primeras
palabras habían sido en inglés, luego en francés, y al fin, como si buscase
ella mayor desahogo para su expresión, habló en italiano, un italiano lento,
titubeante, recuerdo de una época cercana en la cronología de su existencia,
pero remota, muy remota, en sus recuerdos. Era la época de su gloria, durante
la cual había cantado fuera de la tierra germánica las obras del más famoso de
los maestros alemanes.
El pequeño
Karl, niño de gravedad hombruna, al ver a su madre en conversación con este
desconocido, había olvidado el libro de estampas, marchando hacia ella para
colocarse entre sus rodillas. Abría sus ojos, asombrado por el lenguaje
incomprensible que se cruzaba entre los dos, y de vez en cuando, con la
tenacidad vanidosa de los pequeños que no toleran verse olvidados, hablaba a su
madre en alemán formulando una petición, o se frotaba contra sus rodillas para
hacer visible su presencia.
Jugueteaban
las manos de Mina en sus cabellos lacios, de un rubio blancuzco, pero
distraídamente, con un descuido de madre preocupada, sin que ojos descendiesen
hasta él. Miraba a Fernando con una franqueza varonil, cual si fuese un
camarada, sonriendo a todas sus palabras sin saber por qué. Fijábanse sus
pupilas en las pupilas de él resueltamente, como si quisiera sondearlas con su
fluido visual. Pero de pronto arrepentíase de esta confianza, sentía miedo y
vergüenza, y giraba la cabeza para escucharle con los ojos perdidos en los
pentagramas del libro de música.
Él hablaba
mientras tanto, más atento a sus pensamientos mudos e internos que a lo que
decía con su boca. La examinaba audazmente, detallando con los ojos toda su
persona, sin obtener al final un juicio exacto. ¿Era fea?... ¿Era hermosa, con
una belleza exangüe de flor marchita?... Ojeda recordaba ciertos muebles
antiguos, de dorados borrosos y nácares opacos, que al abrir sus cajones
esparcen un perfume sutil de alma olvidada. Pensaba también en los salones
viejos y polvorientos, que guardan entre las grietas de sus muros jirones de
ricas tapicerías reveladores de suntuosidades que fueron; en las voces débiles,
quejumbrosas por la enfermedad, que de pronto se arrastran con roce
aterciopelado o se elevan con la vibración de una perla sobre el cristal, denunciando
un pasado de gloria...
Veía su
cuello esbelto, de líneas armoniosas y gráciles cuando permanecía en reposo,
pero que a la menor contracción marcaba la tirante madeja de sus tendones. Se
fijaba en la cortante arista de las clavículas bajo la epidermis mate, de una
blancura verdosa que absorbía la luz sin reflejarla. La más leve sonrisa abría
en sus mejillas dos tristes oquedades obscuras, que tal vez habían sido antes
graciosos hoyuelos. Una consunción interna había devorado las morbideces que
suavizan con armonioso almohadillado el cuerpo femenil; pero esta consunción
era irregular, fragmentaria, ensañándose en unas partes del organismo y
olvidando otras, dejando incólume, con incomprensible respeto, lo más
prominente: los pechos todavía frescos y victoriosos sobre el torso enflaquecido,
semejante a un doble blasón de mármol en una fachada ruinosa; las caderas de
robustez germánica firmes e inconmovibles, como si en ellas fuese más el hueso
del armazón que la carne del revestimiento.
La piel,
tersa en unos lugares del cuerpo, se aflojaba en otros, dejando dolorosos
vacíos entre ella y el óseo andamiaje. Pero la mirada era indudablemente igual
que en los tiempos de su gloria. Los extremos de la boca, los ángulos externos
de los ojos, remontábanse a un tiempo con la sonrisa, una sonrisa interior,
dulce y enigmática como las que pintaba Leonardo. La decadencia física se había
detenido piadosa ante la bella expresión de sus labios, encorvados hacia arriba
como una luna en creciente. Sus párpados, algo marchitos, filtraban al
encontrarse una luz transfiguradora semejante a la del sol sobre las ruinas,
que dora el moho de las piedras negruzcas y da alegrías de jardín a las plantas
parásitas de los escombros. Un tenue olor de carne perfumada y enferma llegaba
hasta Ojeda, pero tan leve, tan vagoroso, que no sabía ciertamente si era su
olfato quien lo percibía o su imaginación. Y otra vez pensaba en el ambiente
dormido de los antiguos muebles de secreto, que huelen a cartas de amor, polvo,
ramilletes secos, cintas olvidadas y polillas.
Por la noche
había vuelto a hablar con ella largamente. En las inmediaciones del fumadero,
Mina lo presentó a su esposo, aprovechando una rápida salida de éste, que iba a
su camarote en busca de tabaco, abandonando a los compañeros y las altas
columnas de redondeles de fieltro que denunciaban los bocks consumidos.
El músico se
mostró cortés y respetuoso. Era un honor para él estrechar la mano de tan gran
poeta. No había leído un solo verso de Fernando, pero en las averiguaciones y
curiosidades de los primeros días de navegación, cuando todos desean saber
quién es el vecino, Maltrana había hablado del talento poético de su compañero,
y esto bastó para que lo designasen por antonomasia con el título de «el
poeta». Algunos alemanes, dispuestos a reconocer y acatar todas las diferencias
y jerarquías sociales, por una irresistible tendencia a la admiración, le
llamaban «el gran poeta»... «un poeta colosal», con méritos tanto más grandes
cuanto que vivían perdidos en el misterio de una lengua desconocida.
Ojeda
experimentó al examinar al maestro Eichelberger la misma sensación que ante su
esposa. Vio algo que había sido, y al no ser, guardaba en su ruina los muertos
esplendores del pasado. Los gestos, las palabras, todo en su persona era de un
hombre superior al medio en que vivía actualmente. Rebuscaba sus palabras, se
atusaba el bigote, un bigote de antiguo germano, con los extremos caídos; se
echaba atrás, con aire de inspirado, la luenga cabellera rubia, en la que
apuntaban las canas. Pero sus ojos macilentos, de córneas ligeramente
inflamadas, los manchurrones rojizos y malsanos de su rostro, cierta timidez al
verse en presencia de alguien que por su superioridad le hacía recordar el
pasado como un remordimiento, revelaban los vicios tenaces de su vida
fracasada. De pronto, para no delatarse en los azares de una larga
conversación, se apresuró a despedirse del poeta. Fernando creyó igualmente que
el músico huía de mostrarse ante su mujer en esta forma cortés tan contraria a
la realidad, temiendo sin duda la muda ironía de sus pensamientos.
Quedaron
solos hasta cerca de media noche en un rincón de la cubierta, teniendo entre
los dos al pequeño Karl, que empezaba a familiarizarse con Ojeda. Cuando se
cansaba de apoyar la cabeza en las rodillas de la madre, iba en busca del nuevo
amigo, acogiendo como un gatito manso la caricia de sus manos en la flácida
cabellera. El sueño acabó por rendirle, y Mina lo llevó a su camarote,
despidiéndose de Fernando con visible contrariedad. Pero a los pocos minutos
volvió a subir, como si tirase de ella algo superior a sus preocupaciones de
madre, y tuvo una mirada de gratitud para Ojeda al verlo inmóvil en el mismo
asiento, cual si prolongase mudamente la entrevista anterior.
Volvieron a
hablarse, pero completamente solos, en creciente intimidad, sin prestar
atención a la orquesta, que ejecutaba su concierto nocturno de valses sin
fijarse en las miradas curiosas de algunos paseantes que parecían tomar nota
del repentino acercamiento de dos personas que hasta entonces nadie había visto
juntas. Una tos seca y persistente hizo volver la vista a Fernando. Era Mrs.
Power con la pareja de compatriotas suyos que pasaba por delante de él
fingiendo no verle.
A la mañana
siguiente se habían encontrado de nuevo. Mina subió a la cubierta en las
primeras horas, mucho antes que los otros días, llevando de la mano a Karl. El
pequeñuelo, apenas vio a Fernando, corrió hacia él, dejando flotar sus rubias
guedejas sobre el cuello azul de su blusa marinera. Este vínculo de
aproximación hizo que los dos se abordasen sonrientes, con la mano tendida,
continuando la conversación de la noche anterior. Y una vez terminado el
almuerzo, Karl se había encaramado por una de las escaleras que conducían a la
última cubierta, atraído por la gritería de los niños en pleno juego. Su madre
le siguió, mirando antes en torno para ver si Ojeda estaba cerca. Y éste fue
tras ella peldaños arriba, como si le atrajese su pálida sonrisa.
«Aún no hace
veinticuatro horas que nos conocemos—pensaba Fernando—. ¡Los milagros del
encierro común! En tierra, hubiese necesitado meses para llegar a esta
intimidad.»
Se habían
aislado los dos en medio del rebullicio que agitaba al pasaje con motivo de las
próximas fiestas del paso del Ecuador. Fernando seguía a la alemana en la vida
de modesto apartamiento que hasta entonces había llevado, tímida y orgullosa a
la vez. La noche anterior se había acercado Isidro a él cuando estaba hablando
con Mina. Debía recordarle que era uno de los presidentes del comité
organizador de las fiestas, y los señores de la comisión reclamaban su
presencia antes de terminar el programa. Pero Ojeda repelió con mal humor el
inoportuno llamamiento. Maltrana podía representarle: delegaba en él toda la
majestad de su importante cargo.
A la mañana
siguiente le buscaron los señores de la comisión. Solicitaban su concurso para
la velada literaria y musical, una fiesta en la que todos los pasajeros
poseedores de alguna habilidad artística iban a mostrarla, para el gozo
estético de sus compañeros de viaje. Sonaba el piano incesantemente en el gran
salón bajo los dedos entorpecidos de las señoritas que preparaban su «número».
Otros pianos no menos balbuceantes y expuestos a error contestaban desde los
extremos de la cubierta, en la sala de los niños y en los camarotes de gran
lujo. Voces aflautadas y tímidas vocalizaban romanzas sentimentales, canciones
napolitanas, y se interrumpían para decir: «¡Viniendo artistas a bordo! ¡qué
atrevimiento!...». Algunas jóvenes, bajo la crítica severa de un tribunal de
padres y de tías, recitaban versos en francés, tapándose con un abanico los
ojazos ardientes de criolla o la boca carmesí, en la que empezaba a diseñarse
la seda de un leve bozo, contorsionando con reverencias de dama versallesca sus
caderas en capullo de futuras procreadoras.
Ojeda repelió
con terquedad estas invitaciones al «gran poeta» para que recitase algunas de
sus obras. Él no gustaba de tales fiestas: no sabía decir bien dos versos
seguidos; además, una gran parte de los oyentes no entendían su idioma. Podían
dirigirse al conferencista italiano o al abate de las barbas, que hacían el
viaje para divertir al público. Él se había embarcado con otros propósitos...
Por cortesía, los invitantes se dirigieron también a Mina, recordando que la
habían visto sentada al piano. Podía «llenar un número». Pero ella se negó
ruborizada, alegando que no era artista, sino la simple esposa del director de
orquesta, y su intervención podía molestar a las «estrellas» de opereta que
venían en el buque. Y los invitantes no creyeron necesario insistir más cerca
de una mujer pobremente vestida y que se apartaba de todos con huraña modestia.
Su trato con
Fernando infundía una nueva animación en su existencia. Parecía resquebrajarse
después de cada entrevista el aislamiento en que había vivido hasta entonces,
como en un caparazón erizado de púas. Y en este resurgimiento contemplábala
Ojeda cada día con mayor interés. Iba revelando su pasado fragmentariamente,
con titubeos de modestia, cual si temiese fatigar la curiosidad de su amigo.
Ruborizábase con la evocación de ciertos infortunios que había deseado olvidar,
para mantenerse de este modo en la paz de una vida monótona, sin esperanzas ni
recuerdos.
¡Su brillante
entrada en la vida, mucho antes de conocer al maestro Eichelberger, cuando la
aplaudían en los teatros de Alemania y aprendiendo luego el italiano
interpretaba las obras de Wagner en las escenas de Europa y América!... Diez y
nueve años; su voz no era portentosa: justa y precisa nada más; la necesaria
para cantar su parte sin ahogos. Pero los entusiastas del gran mago la
apreciaban porque sabía entrar «en la piel de los personajes». Wagner poeta,
creador de héroes épicos, intérprete de conflictos humanos, le inspiraba tanta
adoración como Wagner músico. Durante mucho tiempo, por un fenómeno de
artística adaptación, había creído ser Brunilda. Su verdadera personalidad era
la de la hija de Wotan. Sólo vivía de noche, a la luz de las baterías escénicas,
acompañada en sus pasos y lamentos por la música misteriosa que surgía del
abismo orquestal. El pecho encerrado en los mamilares de la coraza de escamas,
el metálico casquete rematado por dos alas blancas, la lanza vibradora en una
mano, el manto purpúreo siguiendo con una flotación de bandera su paso vigoroso
de virgen fuerte: todo esto había sido la realidad. La vida en los hoteles, los
viajes por mar y por tierra, las míseras rivalidades de profesión, eran un
ensueño incierto e incoloro, un limbo del que sólo guardaba pálidos recuerdos.
El poder
demoníaco de la música la había poseído por entero, transportándola a las
regiones de una vida superior. La grosera realidad, cortina engañadora que
oculta a nuestros ojos la suprema belleza para que nos resignemos a la penumbra
de una existencia práctica y vivamos como bestias mirando al suelo, rasgábase
para ella todas las noches así que pisaba las tablas.
Sentía su
alma bañada en divina tristeza cuando el padre-dios, iracundo y bondadoso a un
tiempo, la castigaba por su desobediencia, aletargándola sobre el peñasco que
había de rodear el fuego con un muro rojo de ondeantes almenas. Cantaba con la
alegría de un pájaro que saluda al día y al amor cuando la despertaba Sigfrido,
el gran niño sin miedo y sin prudencia, y al despojarla de su armadura le
arrebataba la virginidad. ¡Adiós, grandeza fría de los dioses! Ella quería ser
mujer, con todos los dolores y las pobres alegrías de los humanos.
Estremecíase
aún al recordar el final de la gran epopeya, ante la pira fúnebre rematada por
el cadáver del héroe, cuando, tremolando la antorcha vengadora que convierte en
cenizas el reino de los dioses, expresaba su pena y su sabiduría. Era su
tristeza la de la mujer superior que ha amado a un ser ligero, valeroso e
inconstante, y en la hora suprema lo plañe y disculpa sus faltas. La gran
verdad, resumen de todas las experiencias de la vida, la verdad que buscamos a
tientas y desechamos muchas veces al encontrarla; la que sólo reconocemos en el
último momento, cuando ya es imposible recomenzar y los errores no tienen
remedio, salía de su boca llorosa: «Renuncio a mi divina ciencia y se la doy al
mundo. Sepan los hombres que la felicidad no es la riqueza, ni el oro, ni el
poder de los dioses. No es tampoco la pompa del rango supremo, ni los lazos
mentirosos de las convenciones sociales, ni las rigurosas reglas de una
hipócrita ley. En la alegría como en la tristeza, sólo existe para el hombre
una fuente de felicidad: ¡el amor!».
Y la pasión
que ponía Mina en su voz comunicábase a los que la escuchaban. En sus
peregrinaciones de teatro en teatro, acompañada por su madre—viuda de un
militar bávaro muerto en la campaña de Francia—, la joven se había visto
diversas veces solicitada en matrimonio. Un millonario de la América del Norte
quiso casarse con esta alemana de la que hablaban los periódicos y cuyos
retratos gozaban el honor de ser exhibidos al lado de los presidentes de la
gran República y los más famosos boxeadores.
Cantantes de
porvenir le ofrecieron la asociación matrimonial para hacer ahorros en común,
amasando una gran fortuna. Pero ella llegó a los veinticinco años sin prestar
oído a estas proposiciones que atentaban contra su gloria, hasta que conoció el
amor en la persona del maestro Eichelberger. Tal vez no fue amor: tal vez fue
lástima. Las mujeres sienten desarrollarse en su pecho el sentimiento de la
maternidad mucho antes de ser madres y lo aplican a todo hombre que les inspira
un interés de conmiseración, confundiendo el amor con la piedad. Se había
engañado voluntariamente, interesada por los defectos del músico.
—Fue en
Dresde donde nos conocimos—dijo Mina—. Él, a pesar de su juventud, tenía cierto
renombre de compositor. Todos le creían destinado para algo más grande que
dirigir una orquesta. Algunas de sus romanzas empezaban a ser populares en
Alemania; una sinfonía suya había sido aplaudida en los conciertos de Berlín.
Trabajaba poco, su vida era borrascosa, y yo pensé que le faltaba, como a todos
los hombres superiores en la primera época de su vida, un cariño que lo guiase,
el amor de una compañera inteligente que lo sostuviera en el buen camino.
Se acordaba
de la juventud del gran mago, de su primera mujer, Mina Planer, hacendosa y
burguesa, que seguía la carrera de cantante como un oficio, pero que supo
facilitar la producción creadora de su esposo defendiéndolo de los acreedores,
organizando un hogar modesto que sin ella no habría tenido jamás el gran
músico.
—Creía
encontrar en la semejanza de nuestros nombres una identidad de destinos. Yo
podía ser la Mina de este nuevo Wagner que empezaba a surgir de la obscuridad.
Y así se inició lo que no fue nunca amor, sino un gran sacrificio por la
gloria... ¡Ay! ¡Cómo nos envenena el arte cuando lo hacemos consejero de
nuestra pobre existencia!
Se buscaban,
con una simpatía intelectual, entre los demás artistas, vulgares jornaleros de
la música. Mina le había recibido frecuentemente contra la voluntad de su
madre, señora de rígidos principios que no podía transigir con los desórdenes
del maestro. Hablaban juntos de Él, del demiurgo, del nigromante; se extasiaban
ante el piano, con los nervios estremecidos por el poder demoníaco de su
música. Un día, Eichelberger llegaba borracho a estas entrevistas,
completamente borracho. ¡Esta semejanza más!... También Wagner, a los veinte
años, cuando era simple director de orquesta de Magdeburgo y no tenía otras
obras que Las hadas y la sinfonía de Cristóbal Colón,
había llegado beodo una noche a la habitación de Mina Planer. Y la consecuencia
de esta embriaguez de Wagner fue su matrimonio con una mujer que no creía mucho
en su talento, pero supo cuidar de su cocina y salir adelante de los apuros
pecuniarios con el sentido práctico de una antigua obrera habituada a la
miseria. La suerte marcaba su camino a la otra Mina. Ésta, más inteligente,
sabría «redimir» al joven maestro, que sólo necesitaba el apoyo del amor para
revelarse como un genio. Y después que Eichelberger, beodo, pasó la noche en su
cuarto, el matrimonio fue cosa decidida y la madre tuvo que resignarse.
Entristecíase
Mina al recordar este suceso: el gran error de su existencia, el cambio fatal
de rumbos. Se llevaba una mano a la frente, como si quisiera arrancarse un
recuerdo tenaz para arrojarlo al Océano... ¡Los crueles engaños del arte! ¡Las
intermitencias del talento, que en unos apunta como flor seductora con los días
contados y en otros tiene la inmovilidad grandiosa de la montaña!...
—Usted habrá
visto arrastrando una existencia de miseria artistas de hermosa voz, que sin
embargo cantan en los cafés como mendigos. La gente se indigna contra esta
injusticia de la suerte. Hay que ayudarlos, hay que llevarles a la ópera. Y
cuando van a ella, el fracaso más desolador acompaña su intento. Saben cantar
bien una romanza, pero no pueden con una ópera entera. Al final del primer acto
se enronquecen; al segundo, han perdido la voz; antes del final, tienen que
huir... Y lo mismo se encuentran talentos frágiles en todas las artes: talentos
en capullo que no se abren nunca, que carecen de vigor para abrirse y se
marchitan y mueren.
Ojeda asintió
con movimientos de cabeza. Pensaba en los pintores de bocetos «geniales» que
nunca llegan a terminar un cuadro; en que hacen concebir optimistas ilusiones
con fragmentos poéticos o cortos relatos y jamás pueden escribir un libro. Mina
decía bien: no bastaba cantar la dulce romancita, breve como un suspiro; había
que cantar la ópera entera, sin ronqueras ni desfallecimientos. El arte exigía
paciencia, y sobre todo, fuerza, mucha fuerza. La voluntad era una inspiración.
—Mi
marido—continuó ella con desaliento—no pasó de las obras de su juventud. Dio
con éstas «todo lo que tenía de artista». ¡Y yo que le creía un genio!...
Le había
visto agitarse como un emparedado, pugnando por levantar la enorme losa caída
sobre él, interpuesta entre los ojos de su espíritu y la luz ansiada. Y Mina no
tenía siquiera el consuelo de la ignorancia, no podía engañarse como otras
mujeres que creen ciegamente hasta el último instante en el talento de sus
maridos y atribuyen su desgracia a injusticias de la suerte. Dábase cuenta de
la debilidad artística de Eichelberger, seguía con mirada dolorosa su descenso,
reconocía la razón de aquella indiferencia creciente que rodeaba su nombre.
Por
desesperación o por ansia de consuelo, él se entregaba cada vez con mayor
tenacidad a su vicio predilecto. Bebía sin recato, olvidado ya de los
miramientos que había tenido con ella en los primeros meses de matrimonio.
Acompañábale la embriaguez hasta en las funciones más difíciles de su
profesión. Ocupaba muchas veces estando ebrio el atril de director. Los teatros
empezaban a rehusar sus ofrecimientos. Su nombre no inspiraba confianza: antes
bien, era acogido con risas ultrajantes. Quejábanse los artistas de sus cambios
de humor, de sus cóleras alcohólicas, que perturbaban los ensayos con un
estrépito de batalla. Su desprestigio comenzó a influir en el renombre
artístico de la esposa. A fuerza de comentar los incidentes de su existencia
matrimonial, el público la encontraba menos interesante.
Ojeda creyó
adivinar en la faz triste de Mina un sinnúmero de miserias inconfesables. Se
imaginaba la vuelta del teatro de estos dos seres que ya no podía entenderse:
ella resignada, con mudos gestos de desesperación; él embrutecido por la
amargura del fracaso. Tal vez sus disputas habían terminado con golpes; tal vez
al entrar en la casa, titubeante y oliendo a alcohol, este falso Wagner, con
una pesadez brutal, había puesto su puño en la cara de Mina, la criatura de
ensueño que intentaba «regenerarlo».
Hablaba ella
lacónicamente al hacer memoria de esta parte de su vida, como si quisiera salir
cuanto antes de los dolorosos recuerdos.
—Mi madre
murió... y yo tuve a Karl, para mayor desgracia. Quedé enferma, creo que para
siempre: enferma por ser madre; enferma por haber sido esposa... ¡Ah, ese
hombre!... Y sin embargo, no es un malvado: es un niño grande inconsciente; un
niño que se ha vuelto cruel al convencerse de su fracaso; un egoísta que se
refugia en la bebida y sólo a ratos se da cuenta del daño que me ha hecho... Yo
perdí la voz, me marchité siendo aún joven, y tuve valor para huir del teatro
antes de alegrar a las compañeras con una ruina total. Él... ya lo ve usted: al
frente de una compañía de opereta, marcando con la batuta valses vieneses. ¡Un
hombre que ha dirigido Tristán y Los maestros cantores!... Sólo
para un viaje por América ha podido encontrar quien lo contrate. El empresario
le riñe como si fuese un corista, y se propone vigilarlo en tierra para que no
beba antes de las representaciones.
El público
había olvidado a Mina completamente. Su nombre no era más que un vago recuerdo
para los entusiastas que guardaban memoria de los intérpretes wagnerianos. Las
glorias escénicas mueren pronto...
—Hace poco he
encontrado mi nombre en una revista. Hablaba de mí como de una joven de grandes
esperanzas que se perdió prematuramente. Muchos me creen muerta; el articulista
se lamentaba de mi triste fin... Y a mí no se me ocurrió decir una palabra que
desvaneciese el error. La Schamale (mi nombre de teatro) está bien muerta;
muerta para el público que tanto la aplaudió, muerta para ella misma, que no
quiere acordarse de nada... Ahora sólo falta que Frau Eichelberger,
la mujer fea y enferma de un director de opereta, muera también, pero de
verdad, para olvidar de una vez los grandes errores de su vida.
Y aquella
tarde, al lado de Fernando, en la última cubierta del buque, mirando el Océano,
repitió con desesperación:
—El poder
demoníaco de la música, que influye en nuestra suerte como antiguamente
influían los astros... A él debo mi desgracia, y sin embargo, lo amo.
El mar
luminoso, azul, estaba cortado por una ancha faja de reflejos de sol, camino de
fuego triangular que descansaba su vértice en el horizonte y su base incierta y
temblona en un costado del buque. Las cumbres de las pequeñas ondulaciones
palpitaban erizadas de fulgores como fragmentos de espejo. Los ojos se
contraían, fatigados por el excesivo resplandor del cielo y del Océano, que
parecía abrasar la retina.
Mina y
Fernando, para evitarse la molesta refracción, apartaban sus ojos del
horizonte, mirando debajo de ellos mientras hablaban. Extendíase a sus pies un
tercio del buque, toda la sección de proa, el hocico férreo que iba arando con
tenacidad infatigable los campos oceánicos, verdes y luminosos de día, obscuros
y abullonados de noche con una arista fosforescente en cada pliegue como el
lomo de una sirena.
Al mirar
abajo, experimentaban la sensación del viajero que contempla a un pueblo desde
la plataforma de una torre..
Las diversas
cubiertas del trasatlántico descendían como peldaños, para volver a remontarse
en el extremo opuesto, donde formaban el castillo de proa. A una regular
profundidad, veían el principio de la cubierta del comedor: un entarimado
húmedo, en el que descansaban los brazos de dos grúas con sus articulaciones de
ruedas dentadas, y del que surgían varios trombones de ventilador pintados de
blanco con la garganta escarlata. Más adelante, la gran plaza del combés estaba
oculta bajo un toldo de lona, y de esta tienda surgía el palo trinquete, un
gran mástil de acero amarillo y hueco, semejante a un alminar, en torno del
cual se alineaban los brazos de descarga, cirios gigantescos atados en haz
alrededor de la cofa. Y de esta cofa a las bordas, se tendían en ángulo los
cordajes de acero, las escalas para la marinería, todas las lianas férreas que
la construcción naval hace crecer en torno de los mástiles para asegurar su
estabilidad y facilitar su acceso. En último término, el castillo de proa,
espacio triangular que tenía en su vértice un pequeño mástil para la bandera de
la Compañía cuando el buque entraba en los puertos. Y en este triángulo,
ocupado por los cabrestantes a vapor que elevaban o descendían las anclas,
también abrían los ventiladores sus tentáculos respiratorios, sus bocas de
serpentón ávido de oxígeno.
Las
invisibles palpitaciones del mar en la tarde serena hacían que el triángulo de
la proa se elevase y descendiese, como una cabra saltadora y juguetona, al
partir las aguas con su filo. Este movimiento parecía circunscrito a aquella
parte del buque, pues sus vibraciones se amortiguaban al extenderse por los
flancos y apenas eran sensibles en el resto de la gigantesca construcción. Las
espumas, luego de elevarse junto a la proa formando dos surtidores de leche
pulverizada, resbalaban por los costados en grandes redondeles semejantes a los
anillos de luz sideral. Corrían de proa a popa las aguas removidas, dos ríos
verdes, agitados, tumultuosos, abiertos en la inmovilidad azul del Océano. Los
peces voladores saltaban por enjambres, se abrían en grandes abanicos de plata
y rosa, volando lejos, muy lejos, en vistoso chisporroteo, arando la superficie
con el arañazo de sus colas, hasta que, fatigados, volvían a sumirse en la
profundidad.
Cuando la
proa quedaba dormida por algunos minutos, el buque parecía inmóvil, clavado en
el mismo sitio. La velocidad de su marcha hacía ver con un engaño óptico que
era el Océano el que venía corriendo a su encuentro en gigantescos repliegues
que se empujaban unos a otros. Los ojos abarcaban un anfiteatro azul, inmenso,
monótono, que borraba la noción de volúmenes y distancias. Luego parpadeaban
con una sensación de extrañeza al replegarse en esta cáscara férrea perdida en
el infinito, con su hervidero de hormigas sobre el lomo.
A espaldas de
Mina y su compañero sonaban los discos de madera resbalando sobre la cubierta,
empujados por las palas de los jugadores. Cada vez que uno de ellos venía a
colocarse sobre un buen número del cuadro trazado en el suelo, estallaba el
grupo infantil en palmoteos y gritos, que hacían revolverse en sus sillones a
los pasajeros dormitantes.
Karl, con
aire pensativo y un dedo en la boca, contemplaba de cerca el juego de estos
niños mayores que él. De pronto, como si experimentase la necesidad de ser
protegido, huía y se pegaba a las faldas de su madre, que, atenta a la
conversación, no hacía caso de sus llamamientos insistentes. Cansado de pasar
inadvertido, atraíale otra vez la gritería de los muchachos, volviendo
lentamente hacia ellos.
Hablaba Mina
con tristeza del mundo viejo que dejaban a sus espaldas. ¡Ah, Berlín!... Este
nombre hacía revivir los recuerdos más tristes de su vida, años de pobreza
desesperada, de humillaciones crueles, de vergonzosa decadencia. Marchaba hacia
las tierras nuevas con la ilusión de algo mejor.
Ojeda, al oír
esto, sonrió imperceptiblemente. También la esperanza guiaba el viaje de la
infortunada walkyria. El Nuevo Mundo era el único remedio para la gran
equivocación que había trastornado su existencia. Mina se lanzaba a esta
aventura por su hijo, por el porvenir del pequeño Karl, único vínculo que la
unía a la existencia. ¿Qué podía desear?... Más allá de sus esperanzas de
madre, no había para ella ninguna ilusión. Todo había terminado: ni hermosura,
ni gloria, ni siquiera salud le guardaba el porvenir.
—Soy vieja a
la edad en que otras mujeres empiezan el verano de su vida. Los años han caído
sobre mí de golpe: llevo el peso de los míos y los de las otras que son
felices... Las desgraciadas cargamos con nuestra edad y las edades de las que
siendo dichosas prolongan su juventud. Yo creo a veces que tengo mil años... ¡Y
enferma! ¡Arrastrando para siempre las consecuencias de haber sido madre!...
Deteníase al
decir esto con prudente rubor, no osando confesar las internas tribulaciones
que agitaban su organismo. Sus ojos iban hacia Karl con la expresión amorosa y
triste de una artista que contempla su obra, fruto de penalidades, jirón
doloroso de su propia existencia. Había salido de sus entrañas, pero era
también el hijo de su marido.
Fernando
creyó adivinar los pensamientos de la madre en la fijeza con que miraba la
cabeza voluminosa de Karl. El niño tenía un aspecto demasiado grave para sus
pocos años, un aire de vejez prematura.
—¡Cómo temo
por su destino!—dijo Mina—. Paso las horas mirándolo en silencio. ¿Qué será?
¿qué saldrá de él?... A veces creo que puede ser un grande hombre, un genio,
¡quién sabe! Las madres nos creemos todas predestinadas a dar prodigios al
mundo. Dice cosas superiores a su edad. ¡Y ese gesto grave, como si le bullesen
en la cabeza pensamientos que no acierta a formular!... Otras veces me asusto.
Es muy débil; la enfermedad le asalta en toda clase de formas. Le dan ataques
cuando lo contrarían... Es el hijo de él: un hijo de padre degenerado.
Las lágrimas
asomaban a sus párpados, pero una resolución enérgica sucedía a este
desaliento. ¿Quién podía adivinar qué rehabilitaciones morales la esperaban a
ella en una vida nueva al otro lado del Océano? Tal vez hasta el mismo
Eichelberger se regenerase con el trabajo. Y si este trasplante de un
hemisferio a otro no producía efecto en el músico, seguramente influiría en el
hijo, que estaba en edad para sentir la impresión del cambio de medio. Pensaba
quedarse en el nuevo continente: sentía horror a la vida de Europa. Cuando
terminasen los compromisos con el empresario, se establecerían en Buenos Aires
o en otra ciudad. Ella y su marido darían lecciones de canto. Karl podía
emprender una de las muchas carreras prácticas que enriquecen a los ciudadanos
de los países jóvenes. Todo menos volver al país de origen, tierra de lágrimas
que le hacía recordar las noches frías junto al fuego mortecino, con el hijo en
los brazos, esperando hasta altas horas el paso titubeante del maestro y sus
balbuceos de beodo; los embargos afrentosos; las groserías de los acreedores;
las tristes reflexiones ante una mesa que a veces se cubría de abundantes
alimentos con los inesperados altibajos de la existencia bohemia y se manchaba
con la espuma del champán, pero en la que casi siempre el pan y las patatas
eran lo único valioso. Y a impulsos de la esperanza, que pone la dicha más allá
de la realidad del momento, en la incertidumbre de lo ignoto, veía Mina la
salud, la paz y el olvido en aquel país de misterio hacia el cual la llevaba el
buque, tierra maravillosa de la que no conocía ni el idioma.
El pequeño,
agarrado a una mano de su madre tiraba de ella con melopea quejumbrosa. Había
sonado la hora del té; los muchachos, abandonando su juego, estaban abajo en el
comedor. Mina se despidió de su amigo, y los extremos de sus ojos y su boca se
contrajeron hacia arriba con una sonrisa pálida que parecía iluminar el rostro:
«sonrisa de luna», según Ojeda.
—Hemos
hablado mucho tiempo. Siempre estamos juntos. ¿Qué van a decir de nosotros las
señoras que usted trata?... ¿Qué dirá esa norteamericana tan hermosa y tan
elegante al ver que le robo su conversación?... Pero conmigo no hay celos
posibles. Soy fea, soy pobre; en todo el buque no se encuentra una mujer que
vaya peor vestida que yo.
Y a pesar de
la tristeza con que dijo estas palabras, algo de su antigua coquetería de
artista festejada y admirada por la muchedumbre se mostró a través de su
sonrisa, rejuveneciéndola con llamarada fugaz.
«¡Qué gran
mujer debe haber sido!—pensó Fernando—¡Y qué desgracia la suya!»
Mientras se
alejaba, llevando de la mano a su hijo, él la siguió con ojos de conmiseración.
Al descender
a la cubierta de paseo encontró Fernando al doctor Zurita, que hablaba con
Maltrana, apoyados los dos en la baranda, frente al mar. La soledad del
Atlántico traía a su memoria el recuerdo de los argonautas de España, que
habían sido los primeros en violar el secreto de los desiertos azules.
—Venga acá,
doctor—dijo Zurita a Ojeda, aplicándole el título universitario—. Estábamos
conversando de cosas de su país, de los primeros navegantes que se lanzaron por
estos mares. ¡Qué hombres corajudos! ¡Cosa bárbara!... Yo siento orgullo al
hablar de ellos. Al fin, todos somos de la misma sangre. Mi abuelo era gallego.
Es decir, gallego no; pero ya sabe usted que en mi tierra nos queda la fea
costumbre de llamar «gallegos» a todos los españoles. Era de cerca de Burgos, y
yo he hecho en dos automóviles, con toda mi familia, el viaje de París a Madrid
sólo por ver el pueblo de donde procedemos. Y les dije a los míos: «Miren,
niños, y aprendan; de aquí salieron los abuelos de ustedes». Me conmoví un poco
al ver la pobreza de donde venimos. Pero mi muchachada (gente alegre y de poco
seso) se reía y lo encontraba todo muy feo y miserable... Parece mentira que de
esas poblaciones de color de yesca, en las que apenas se encuentra agua para
lavarse, saliesen hace siglos los hombres sin miedo que se lanzaron por estos
pagos.
Se generalizó
la conversación, y al fin fue Ojeda el único que habló, recordando con
entusiásticas palabras las hazañas de los argonautas oceánicos. Después del
primer viaje de Colón, los puertos españoles habían sido como palomares
abiertos, de cuyas bocas se escapaban con las alas tendidas las frágiles y
audaces carabelas. Los espejismos del oro y el espíritu de aventura
desarrollado por siete siglos de guerra con el sarraceno empujaban a los
audaces. Salían a descubrir pequeñas flotas autorizadas por los reyes, pero
eran más las expediciones clandestinas, muchas de las cuales quedaron en el
misterio. Estas expediciones secretas, costeadas por los mercaderes de Sevilla
y Cádiz, iban dirigidas por compañeros del Almirante conocedores de la ruta de
las Indias o por marinos improvisados. Hasta los sastres—según un autor de la
época—sentían la ambición de meterse a descubridores.
Duros
hidalgos que jamás habían visto el mar lanzábanse en el ignoto Océano con una
confianza asombrosa. Tomaban el mando de la carabela o de la nao, sin otro
auxilio y consejo que el de algunos navegantes costeros, con la misma
tranquilidad que los paladines tantas veces admirados en los libros de
caballerías se metían en el primer barco misterioso que encontraban en una
costa desierta. Escribanos de Andalucía abandonaban sus protocolos para
transformarse en descubridores; mercaderes amagados de ruina huían de la lonja
para comprar un barco con el resto de su fortuna y lanzarse a lo desconocido.
¡Qué de catástrofes ignoradas en esta lucha con el misterio geográfico, sin más
guías que la fe y la santa ignorancia! ¡Qué de buques descendidos a las simas
oceánicas cuando regresaban con noticias de tierras nuevas que había que volver
a descubrir años después!...
La ansiada
riqueza se dejaba entrever un momento y huía medrosa ante las proas de los
nautas. Los indígenas de las costas hablaban de enormes riquezas y de monarcas
poderosos, señalando siempre al interior, más allá de las montañas que parecían
tocar el cielo, y de las ciénagas temblorosas, inmensos mares de hierbajos
acuáticos. Pero de los rescates con estas gentes cobrizas, pródigas en relatos
portentosos y míseras en realidades, sólo traían los navegantes algunas perlas
deformes mal perforadas o vistosos guanines, joyeles de oro bajo
labrados en sutiles hojas.
Al volver al
puerto español con mágicas noticias y pobre cargamento, los acreedores
asaltaban al descubridor y embargaban el bajel dándose por engañados. Muchos
habían preparado sus viajes tornando víveres, armas y buques a los usureros con
un 80 por 100 de interés. Descubridores de pueblos que luego fueron célebres
por sus riquezas se veían al regreso amenazados de pasar de la carabela a la
cárcel. Los reyes tenían que intervenir con piadosas cédulas para amansar a los
prestamistas, proponiendo arreglos. Nautas obscuros, huyendo de los rumbos del
Almirante, ponían decididos la proa al Sur, sin miedo a las pavorosas noticias
que circulaban sobre el fuego del Ecuador. Un Pinzón llegaba a las costas del
Brasil mucho antes de que esta tierra fuese descubierta casualmente por una
expedición portuguesa que navegaba hacia las Indias asiáticas.
En este
revuelo de alas blancas que la primera noticia del descubrimiento lanzó a las
soledades oceánicas, la marcha audaz siempre adelante, por mar y por tierra, a
través de tempestades, montañas, estrechos y lagunas, fue la consigna general.
¡Llegar o morir! Nadie regresaba al puerto de partida sin haber visto algo
extraordinario y traer muestras maravillosas. Y los que no volvían estaban en
el fondo del Atlántico encerrados en el ataúd de su carabela, que se
petrificaba lentamente cubriéndose de moluscos, mientras en sus rotos mástiles
ondeaban como verdes gallardetes las algas de la profundidad. Otros no eran ya
más que esqueletos en una playa desierta, descarnados por los pájaros de presa,
mondados hasta el tuétano por los infinitos enjambres de la selva tórrida,
donde todo se mueve y hierve con vida devoradora, blanqueados y secados por el
fuego del sol hasta convertirse en frágil cal.
Y entre estos
aventureros de la primera hora del descubrimiento, la hora de los navegantes,
de los argonautas, de los héroes de carabela, pobres y tristes, que no sacaron
el menor provecho de sus empresas y abrieron el camino a los conquistadores
férreos de a caballo que llegaron poco después, se distinguían dos como hombres
entre los hombres: Alonso de Ojeda y Diego Méndez.
Fernando
repetía con entusiasmo su propio apellido al hablar de aquel varón fuerte, al
que consideraba su ascendiente glorioso.
—Ojeda es en
el Nuevo Mundo lo mismo que Aquiles en la Ilíada o el Cid en
el Romancero. ¡Qué hermosa muestra de hombre!...
Los cronistas
de la época lo pintaban pequeño de cuerpo, agraciado de rostro, con una
agilidad y una fuerza sorprendentes. Gran amigo de pendencias, salía siempre de
ellas «haciendo sangre a sus contrarios, sin que jamás se la hiciesen a él».
Siendo paje de la corte, cuando los reyes estaban en Sevilla, apoyaba un pie en
la base de la torre de la iglesia Mayor—la famosa Giralda—, y arrojando una
naranja a lo alto, la hacía llegar hasta las campanas. En otra ocasión,
siguiendo a la reina Isabel en una visita al último piso de la misma torre, vio
un madero que avanzaba horizontalmente en el vacío como unos veinte pies. De un
salto se puso sobre él, corrió hasta su extremo con ligereza y seguridad, «como
si caminase por una sala», dio la vuelta y regresó por el mismo camino, riendo
a susto de la buena reina y los gritos de sus damas.
Era protegido
del obispo Fonseca, encargado por los monarcas de la preparación de
expediciones y proveeduría de las nuevas tierras: algo así como ministro de
Marina y de Colonias todo a la vez. El Almirante, que conocía las hazañas de
este mozo y sus méritos de hombre de espada, se lo llevó en el segundo viaje
para las peleas de tierra adentro, pues él sólo era hombre de mar. Otros
capitanes iban en la expedición, veteranos de las guerras con el sarraceno;
pero el inquieto Ojeda, mozo de veinte años, se sobrepuso a todos ellos.
Colón, que
deseaba aprisionar en Santo Domingo al cacique Caonabo, organizador de la
resistencia indígena, vio fracasadas todas las malicias y felonías que con
arreglo a la mala fe de la época fue aconsejando a Mosén Pedro Margarit y sus
tenientes. Sólo consiguió su propósito al encargar a Ojeda esta captura. El
paje de Cuenca, el pendenciero de Sevilla, avanzaba tierra adentro con unos
pocos hombres, hasta llegar al campo del cacique. Allí seducía al salvaje con
buenas palabras, le engañaba, sacándolo de entre los suyos, y le ponía por
sorpresa unas esposas en las manos. Luego montaba en el arzón de su caballo al
indio gigantesco, como un galán que roba a su dama, y en un galope de leguas y
leguas llevábalo hasta el campo español. Tan maravillosamente audaz resultaba
este rapto, que el mismo Caonabo, en su nobleza de guerrero primitivo,
despreciaba al Almirante por haber ordenado tal vileza sin atreverse a
realizarla personalmente, y sólo quería conversar y comer con Ojeda, admirando
su atrevimiento al arrebatarle de entre sus súbditos. En los combates con los
indios cargaba el primero, sin mirar si le seguía su gente. Junto a su caballo,
lleno de cascabeles, saltaba el fiel compañero de todas sus empresas, un perro
de pastor, llamado Leoncico, combatiente feroz, que en las
distribuciones de víveres gozaba por sus hazañas ración de arcabucero.
Pronto se
movió Ojeda por cuenta propia en las inmensidades del mundo nuevo mientras
Colón realizaba sus últimos viajes. Vuelto a España, empezó la serie de sus
descubrimientos, apoyado pecuniariamente por los mercaderes de Sevilla, que
hacían crédito a su valor. Uno de los Pinzones, Juan de la Cosa, el más experto
de los pilotos, Américo Vespucio y otros navegantes de fama, dirigieron sus
buques. Los marinos gustaban de ir con este capitán, el más valeroso y audaz de
la primera época de la conquista.
Corrió las
costas de Venezuela en busca de perlas, y acabó por establecerse en lo que
después fue América Central, y que los conquistadores llamaban entonces
«Castilla del Oro». Una india le acompañaba como amante, guía e intérprete. Los
aventureros jóvenes encontraban casi siempre entre las mancebas cobrizas
ofrecidas por los azares de su existencia alguna que se apoderaba de su corazón
y vivía compartiendo sus peligros. El hidalgo cristiano, al unirse con ella,
había creído necesario purificarla con el bautismo—el mejor regalo, según las
ideas de la época—, dándola el nombre de Isabel, en recuerdo de la buena reina.
La vida de
Ojeda en la gobernación de Urabá, sin otros recursos que los que él podía
agenciarse, lejos de sus compatriotas establecidos en Santo Domingo, y olvidado
de España, fue un continuo batallar. Su ciudad de San Sebastián, mísera
ranchería de paja y barro con un fuerte de maderos, era la primera que con
carácter permanente fundaban los conquistadores en la tierra firme.
Tribus de
hábiles arqueros la sitiaban a todas horas, lanzando flechas empapadas en
incurables venenos. Eran las temidas «flechas de hierba», que hinchaban el
cuerpo del herido con negruzca y mortal tumefacción. Los víveres del país—el
pan de cazabe, los frutos de la selva, la carne de los roedores—había de
conquistarlos diariamente a punta de espada. Los combates y las enfermedades
diezmaban a los habitantes.
Juan de la
Cosa, el sabio piloto autor del primer mapa de las Indias, había muerto atado a
un poste por los naturales, erizado de «flechas de hierba», que convirtieron su
cuerpo a las pocas horas en una masa de negra putrefacción. En los míseros
bohíos del pueblo gemían los conquistadores mal heridos, hambrientos, temblando
de calentura. Ojeda, al frente de unos cuantos, salía diariamente a combatir
por la comida.
Encuentro
hubo del que surgió llevando en su rodela, según los cronistas, las señales de
más de trescientos flechazos. Otras veces era tanto el peso de los enemigos
arremolinados sobre él, que se doblaba y seguía combatiendo de rodillas,
cubriéndose con el escudo. La pequeñez de su cuerpo ágil y escurridizo le
servía tanto como la fuerza de sus brazos, y de todas las peleas salía
incólume, «sin que le sacasen sangre». Los indígenas creíanle poseedor de
maravillosos amuletos. Ojeda también se consideraba protegido por el cielo
gracias a un cuadrito antiguo de la Virgen, regalo de Fonseca, que llevaba
pendiente del cinturón de la espada.
Cuatro indios
arqueros se apostaron para herir a traición al capitán blanco que salía indemne
de los combates, y un día que Ojeda avanzaba por la selva, extrañando la
ausencia de enemigos, recibió un flechazo en un muslo. Por primera vez su
cuerpo manaba sangre. La herida, que era «de hierba», ennegrecióse rápidamente
por la acción del tósigo. Entonces se mostró con bárbara grandeza el coraje de
aquel hombre. Hizo que calentasen en una hoguera el peto y el espaldar de una
coraza, y cuando las dos planchas de acero estuvieron al rojo blanco, ordenó
que se las aplicasen al mismo herido con unas tenazas. Negábase el cirujano a
esta horrible curación, pero él le amenazó con la horca para que obedeciese.
Chirriaron las carnes bajo el bárbaro cauterio, esparciendo un hedor de
sacrificio humano. Para no desmayarse, hizo Ojeda que le envolviesen con
sábanas empapadas en vinagre. Una pipa entera se consumió en este remedio; y el
caudillo, gracias al espeluznante tormento, sufrido sin una queja, pudo
salvarse.
La pequeña
ciudad, falta de subsistencias, estaba próxima a perecer. En esto se
presentaron inesperadamente unos piratas españoles, mandados por un tal
Bernardino Talavera, audaz facineroso. Montaban en un buque que habían robado a
un mercader genovés y se ofrecían para vender víveres a los sitiados. Ojeda,
convaleciente de su herida, se embarcó con ellos para solicitar auxilios del
gobernador de Santo Domingo. Pero antes de abandonar a su mísera gente quiso
darla un capitán, y fijó su elección en un mozo extremeño llegado poco antes a
las Indias, en el éxodo de gente de espada que siguió al de los navegantes:
éxodo que llamaba Fernando «la segunda hornada de conquistadores». Este
soldado, que había hecho el aprendizaje de la guerra indiana al lado de Ojeda,
llamábase Francisco Pizarro.
La
accidentada navegación con los piratas fue la última y más penosa aventura de
don Alonso. Autoritario y duro, quiso tomar el mando apenas se vio sobre la
cubierta del buque, imponiendo su disciplina a Talavera y sus bandidos. Pero
éstos se sublevaron contra él y lo metieron en la cala cargado de cadenas. A
pesar de esto, el prisionero no cesó en su brava actitud, asegurando que había
de ahorcarlos a todos apenas llegasen a tierra. Y tanto era su prestigio, que
no se atrevieron a hacer nada contra él. Muchas veces le pedían consejo, por la
experiencia que había adquirido en las cosas de la navegación, y le sacaban de
su encierro para que dirigiese la nave. Acabaron por abandonar ésta en las
costas de Cuba, y marcharon después meses y meses por la isla todavía
inexplorada, deseosos de aproximarse a Santo Domingo, pero sin saber
ciertamente adónde iban, sumiéndose en ciénagas, combatiendo a los indígenas o
transigiendo con ellos, atormentados por el hambre, que mataba a muchos. En
esta marcha desesperada, el cautivo Ojeda se veía elevado por sus guardianes al
rango de jefe cada vez que había que combatir a un grupo indígena, tratar con
un cacique benévolo u orientarse en el desierto de barrizales temblorosos que
se tragaban a los hombres. Él solo valía tanto como los otros. Luego, pasado el
peligro, don Alonso volvía a ser prisionero de estos desalmados, que lo
aborrecían por ser superior a ellos, y así marchaban juntos, condenados a
tolerarse por la comunidad del infortunio. «Nunca—dice un cronista—se vio a gente
pasar tantos trabajos para venir a parar en la horca.»
Cuando
después de grandes tribulaciones por mar y por tierra llegaron a países
sometidos a las autoridades castellanas, Talavera y sus hombres fueron
ahorcados y don Alonso se vio envuelto en procesos que amargaron sus últimos
tiempos. La gobernación de Urabá, que le había dado el rey, ya no existía. La
mayor parte de sus soldados habían dejado en ella los huesos: otros habían
perecido en el mar; sólo Pizarro y unos cuantos predestinados como él
consiguieron volver a Santo Domingo.
El antiguo
paje de doña Isabel arrastró en la ciudad colonial la mísera existencia de los
conquistadores sin éxito. Fue un veterano malhumorado y pronto a reñir entre la
bohemia juvenil de capa y espada que llegaba de la Península soñando con la
conquista de tesoros y reinos. Se organizaban nuevas expediciones. Pizarro
poníase a sueldo de diversos capitanes. Por las calles de Santo Domingo paseaba
su garbo otro extremeño, enamoradizo, espadachín y algo letrado, que se
apellidaba Cortés.
El capitán
del primer Almirante, el socio de Vicente Pinzón, el compañero de Juan de la
Cosa, el jefe de Américo Vespucio, veíase cada vez más olvidado. Era un
desconocido para aquellos mozos que llegaban de España, pasando junto a él sin
reconocer sus canas y sus méritos. Desde la isla metrópoli tomaban vuelo,
lanzándose lo mismo que pájaros de presa sobre distintas partes de las Indias
misteriosas con mayor éxito que don Alonso, desgraciado como todo precursor.
Los únicos que se acordaban de él eran los acreedores, para sus pleitos y
procesos, y los muchos enemigos, a los que había ofendido con altiveces y
pendencias. Más de una noche, el pobre conquistador, al volver a su tugurio,
hubo de tirar de espada contra gentes que le esperaban para matarlo.
—Así acabó,
obscuramente—dijo Ojeda—, el primero y más infortunado de los héroes de la
conquista. Su muerte quedó en el misterio. Unos dicen que se metió a fraile en
los últimos años y pidió al morir que lo enterrasen en la puerta del convento,
para que todos hollasen su tumba, castigando de este modo su soberbia y demás
pecados. Otros niegan que fuese fraile, y dicen que la pobreza le hizo
refugiarse en el monasterio de Santo Domingo, como un parásito, viviendo de la
sopa de la comunidad... El hambre fue el único miedo del héroe. Le habían
predicho que moriría de inanición, y en sus expediciones cuidaba siempre de
llevar alimentos en los bolsillos. La profecía no se realizó al correr por
selvas y desiertos o al navegar en buques de escasos víveres. Pero casi fue un
hecho cuando el viejo conquistador tuvo que buscar el amparo en un monasterio
en aquella ciudad colonial donde nadie le hacía caso.
—¿Y el
otro?—interrumpió el doctor Zurita con viva curiosidad—. Ese Méndez del que
habló usted antes.
—Diego
Méndez—continuó Ojeda—fue un héroe de distinta clase; un «superhombre del mar»,
como diría el amigo Maltrana. Su aventura portentosa asombra aun en los tiempos
presentes. Era un mozo sevillano que acompañó a Colón en sus últimos viajes,
cuando, viejo, enfermo y sin poder encontrar los tesoros portentosos que había
prometido, sentía crecer la indiferencia en torno de su persona. Méndez fue el
discípulo fiel que acompaña siempre a los grandes hombres en su agonía. Las
últimas cartas del Almirante lo elogian y lo recomiendan a la gratitud de sus
descendientes, que jamás hicieron nada en su favor. Cuando, en el último viaje,
el más desgraciado de todos, el descubridor se veía en un apuro, sus ojos
lacrimosos de viejo buscaban a Méndez. «¡Hijo!, ¡hijo!», le decía. Y el «hijo»
encontraba en su coraje o en su vivo ingenio de andaluz un recurso para salir
del mal paso.
Al explorar
el Almirante las costas de la América Central, que él tomaba por las de Asia,
quedábase en sus naves, y era Diego Méndez el que bajaba a tierra para adquirir
noticias y acopiar víveres. Completamente solo, metíase entre las tribus de
Veragua, que se estaban juntando para caer de improviso sobre los navíos,
inmovilizados en una bahía cerrada por las arenas.
Méndez era
recibido por el más temible de los caciques en una choza que tenía por adorno
trescientas cabezas de enemigos, y los asombraba cortándose en su presencia con
unas tijeras pelos y barbas, operación mágica para los indígenas. Sus
curaciones de llagas y otras enfermedades le valían el respeto de un brujo, y
gracias a esto pudo vivir entre los indios, avisando a Colón de sus proyectos.
Él fundó el primer pueblo del continente, anterior en algunos años al de Ojeda;
pero esta población a orillas del río Belén o Yebra, que gobernaba con el
título de Factor, tenía que defenderse día y noche de los ataques de los
indios. Con veinte hombres armados de espadas y rodelas y dos pequeños cañones
de los que llamaban «de fruslera»—metal procedente de las roeduras de piezas de
azófar—, hizo frente durante mucho tiempo a los naturales, que, según decía
Méndez en su testamento, «flechaban y garrochaban desde lejos como quien
agarrocha toro, y eran las flechas y tiradores tantos como granizo; e algunos
dellos se desmandaban para venirnos a dar con las machadsnas o macanas—mazas o
porras—, pero ninguno dellos volvía, porque quedaban allí cortados brazos y
piernas y muertos a espada...».
Al fin, tan
inaguantable era esta hostilidad, que el Almirante reembarcó a Méndez con su
gente e hizo velas sin haber puesto el pie en tierra firme.
Luego
sobrevenía la más penosa y difícil de las aventuras de Colón. La «broma»,
temida calamidad de los mares tropicales, consumía la madera de los navíos. Las
chusmas, extenuadas por el manejo continuo de bombas y calderos, sentíanse
impotentes ante el Océano, que invadía en lenta marea ascendente la concavidad
de los agrietados cascarones. Así navegaron treinta y cinco días, creyendo ir
hacia Castilla cuando estaban más lejos de ella que al salir de Veragua. Hubo
que abandonar un navío, que, «agujereado y comido de gusanos, no podía
sostenerse sobre el agua», y los otros dos, al llegar con grandes trabajos a
las playas de Jamaica, fueron zabordados a tierra, convirtiéndose en casas o
fortines de tablas corroídas.
Del castillo
de popa, con sus torneados balconajes, a la proa, rematada por el esculpido
mascarón, se tendieron techos pajizos iguales a los de las chozas indianas. Al
tocar tierra, Diego Méndez, contador de la flota, había repartido el último
racionamiento de bizcocho y de vino. Nada quedaba en las despanzurradas
bodegas. Una población famélica y desesperada de doscientos setenta cristianos
movíase en torno de los cascos en seco.
Ocultábanse
los naturales del país, y el hambre, atraída por la soledad, se aproximaba a
todo correr. No podían esperar auxilio alguno. Santo Domingo estaba a muchas
leguas de distancia y no les quedaba ni un batel para intentar esta travesía
audaz. El Almirante, enfermo, debilitado por la vejez, afligido por la
presencia de su pequeño Fernando, no sabía qué hacer. «¡Hijo!, ¡hijo!»,
exclamaba, implorando el consejo de Méndez. Y el mozo, sin miedo y sin pereza,
tirando de la espada, metíase tierra adentro con sólo tres hombres, yendo de
tribu en tribu a la compra de víveres, que pagaba con cuentas azules, peines,
cuchillos, cascabeles y anzuelos. Sus acompañantes volvieron a las naves con la
comida, y él siguió adelante por las costas de la isla, completamente solo,
hasta que pudo comprar a un cacique una canoa, dándole por ella una bacineta de
latón que guardaba en la manga, el sayo y una camisa, de dos que tenía.
En este
tronco hueco, ocupado por seis indios remeros y dirigido por él, regresó
siguiendo la costa, después de muchos días de ausencia, al lugar donde estaban
encallados los navíos, recibiéndolo el Almirante con besos y grandes
transportes de alegría. Sólo los dos se daban cuenta de la peligrosa situación.
Los indios, que cazaban y pescaban por sus tratos con Méndez, traían víveres al
campamento, pero su presencia era cada vez menos regular, y todo hacía temer
que desapareciesen para volver luego con enemigos. Colón temía que pusieran
fuego una noche a los secos y resquebrajados cascos.
No había otra
esperanza que avisar a Santo Domingo para que un buque viniese por ellos. Pero
¿cómo ir allá?... «Señor, yo iré», dijo Méndez. En la canoa comprada por él
arrostraría los peligros de un golfo impetuoso de cuarenta leguas entre dos
islas donde tantas naos de descubridores se habían perdido, teniendo que luchar
además con la furia de las corrientes. El Almirante le besó en los carrillos.
«Bien sabía yo que sólo vos osaríais tomar esta empresa. Dios nuestro Señor os
sacará de ella con victoria como de las otras.»
Puso Méndez
su canoa a monte, le echó una quilla postiza, la dio de brea y sebo, clavó en
la proa y la popa algunas tablas para que no se entrase el mar, como lo haría
siendo rasa, montó un mástil con su vela y metió los mantenimientos necesarios
para él, otro cristiano y seis indios, pues la canoa sólo podía cargar ocho
personas. Despidióse de Su Señoría y empezó a seguir la costa de Jamaica hasta
el extremo oriental, o sea el más próximo a Santo Domingo, realizando una
navegación de treinta y cinco leguas.
En el camino
le hicieron prisionero ciertos indios salteadores del mar, y se libró de ellos
milagrosamente. Luego, cuando estaba acampado en el extremo de la isla,
esperando que el Océano se amansase para emprender la travesía audaz, cayeron
sobre él otros indios, que determinaron matarlo. Pero mientras jugaban su vida
a la pelota pudo escaparse, y volvió otra vez al campamento, tras una ausencia
de quince días, cuando Colón le creía muerto o en Santo Domingo. Persistiendo
en su propósito, pidió una escolta que le acompañase al cabo de la isla, para
poder esperar con seguridad una ocasión de tiempo bonancible, y el Almirante le
dio setenta hombres al mando de su hermano el Adelantado don Bartolomé. De esta
manera volvió al extremo oriental de Jamaica, y allí estuvo cuatro días, hasta
que, viendo que el mar se amansaba, se despidió de todos, encomendándose a
Nuestra Señora de la Antigua.
Navegó en
alta mar durante cinco días y cuatro noches, sin soltar un instante el remo que
le servía de gobernalle, sin poder moverse en aquella embarcación que al más
leve movimiento desordenado podía zozobrar. Así llegaron a la isla Española,
abordando al cabo Tiburón cuando hacía dos días que él y sus compañeros no
comían ni bebían, por haberse perdido las provisiones con los golpes de mar.
Todavía navegó ciento treinta leguas por las costas de la Española en la frágil
embarcación, hasta dar con el Comendador Ovando, que era el gobernador, y
presentarle las peticiones de auxilio del Almirante. Después hubo de esperar
varios meses en Santo Domingo a que volviesen naves de España, pues en más de
un año no se había acercado buque alguno. Al fin llegaron tres naos de la
Península; Méndez compró una, y cargándola de pan y vino, cerdos, carneros y
frutas de la isla, la envió a Jamaica, donde llevaba Colón siete meses de
abandono, animado en su infortunio por celestes visiones. Un eclipse de luna,
anunciado por él con aires de brujo, había servido para que los naturales
atendiesen a la manutención de sus hombres.
—Méndez se
volvió a España—dijo Ojeda—y acompañó al Almirante en sus últimos y tristes
años. Colón lo recomendó a su familia, y la familia no hizo nada por él. El
hijo de Colón, segundo virrey de las Indias, le había ofrecido el cargo de
alguacil mayor de Santo Domingo, pero se lo dio a un pariente suyo. El valeroso
hidalgo vivió muchos años, muchos; llegó a alcanzar el gobierno de don Luis, el
nieto de Colón, y su madre la virreina gobernadora... A la hora de la muerte,
al redactar en Valladolid su heroico testamento, declaraba con amargo orgullo
que, pudiendo ser por sus trabajos el más rico hombre de la isla si los
descendientes del Almirante hubiesen cumplido sus promesas, era el más pobre de
ella, pues no tenía ni una casa en que vivir sin pagar alquiler.
La gloria de
sus hazañas, algo olvidadas, le preocupó en los últimos instantes al disponer
su sepultura. Quería que lo enterrasen bajo una piedra grande, la mejor que
encontraran sus herederos, y que sobre ella hiciesen grabar: «Aquí yace el
honrado caballero Diego Méndez, que sirvió mucho a la Corona Real de España en
el descubrimiento y conquista de las Indias...». Y con la gravedad de un gran
señor que dispone los cuarteles y demás adornos heráldicos de su tumba,
describió el escudo que debía encabezar la inscripción: «Ítem: En medio de la
dicha piedra se haga una canoa, que es un madero cavado en que los indios
navegan, porque en otra tal navegué yo trescientas leguas, y encima pongan unas
letras que digan: Canoa».
Una
disposición extravagante, mezcla de hidalgo orgullo y amarga ironía, cerraba el
testamento del argonauta. Colón, antes de morir, había instituido un mayorazgo
con los grandes bienes que poseía en las Indias. El pobre Méndez, sin una casa
«donde morar sin alquiler», no quiso ser menos que su antiguo jefe e instituyó
un mayorazgo con todos sus bienes. Estos bienes eran un mortero de mármol, que
estaba en poder de un hijo de Colón y siete libros, que constituían toda su
fortuna.
—El
testamento cita los libros—añadió Ojeda—. Un tratado en verso sobre la venganza
de la muerte de Agamenón, otro tratado de las Querellas de la Paz, la filosofía
moral de Aristóteles y las obras de Erasmo, el autor de moda en aquel
entonces... Esto prueba que los conquistadores no fueron brutos heroicos,
incapaces de escribir su nombre, como se ha creído después, equiparándolos a
todos con el duro e iletrado Pizarro.
—¡Qué
hombres!... ¡qué hombres!—murmuró con admiración el doctor Zurita.
Maltrana,
seducido por el entusiasmo de sus compañeros, habló también de los
conquistadores. Después de la lucha de siete siglos con los moros, la empresa
de las Indias había sido la más popular, la más española. Las guerras en
Italia, Flandes y Francia, todas las empresas de Europa, eran negocios de
reyes, pleitos hereditarios en los que tomaba parte la nación por obediencia,
sin iniciativa alguna, acompañada muchas veces de otros pueblos. El tercio
castellano era, como la legión romana, un núcleo de combate rodeado de
enjambres de tropas auxiliares. En torno de los arcabuceros y piqueros
españoles de amarillo coleto, marchaban los espadachines italianos de capa
negra y los lansquenetes alemanes con acuchilladas calzas y pesadas alabardas.
Las victorias españolas iban suscritas muchas veces por generales extranjeros.
—En las
Indias no—dijo Maltrana—. En las Indias todo es nuestro: el soldado, el
caudillo y el navegante. Hasta el dinero de las empresas de descubierta fue
dinero popular. Los reyes sólo dieron subsidios para los primeros viajes.
Luego, la iniciativa privada se lanzó a los descubrimientos por mar y por
tierra, y en menos de un siglo dejó contorneado y explorado medio mundo.
Las modernas
sociedades comerciales, las empresas por acciones, habían hecho su primera
aparición en aquella España apenas salida del caos medieval. Un capitán con
vagas noticias de una tierra nueva encontraba siempre un cura poseedor de
ahorros, un escribano ávido, un hidalgo capaz de vender sus terruños, que se
asociaban con él para la aventurera empresa, facilitando capitales con los que
se adquirirían barcos, armas y víveres. El rey sólo daba su licencia,
reservándose a cambio de ésta el quinto de las ganancias.
Marchaban los
soldados a la conquista sin paga alguna. Eran socios industriales con una
participación variable, según si iban a pie o mantenían caballo, si poseían
arcabuz o disponían únicamente de espada y rodela. Unas veces, al partir la
expedición de un gran puerto, se consignaban las condiciones de la empresa en
solemnes capitulaciones notariales; otras, los héroes que no sabían firmar
hacían decir una misa, y en el momento de la consagración tiraban de sus
espadas, y con la otra mano sobre la hostia, juraban mantenerse fieles a sus
pactos y compromisos. Esto no impedía que al llegar la hora del triunfo los
juramentos se degollasen sacrílegamente por el reparto de unos señoríos tan
grandes como la Península, con montañas que años después habían de vomitar
metales preciosos por las gargantas de sus bocaminas.
Algunas
expediciones partían apresuradamente, antes de completar sus preparativos, por
miedo al arrepentimiento de los capitalistas o las exigencias de los
acreedores. Hernán Cortés, en su viaje para la conquista de Méjico, había
tenido que hacerse a la vela apresuradamente, antes de completar la provisión
de víveres, por miedo a un embargo de los prestamistas.
Los
formulismos legales acompañaban a los aventureros en sus lejanas empresas. El
escribano era un personaje importante en toda expedición. Los Reyes Católicos
habían recomendado, al iniciarse los descubrimientos, que se procediese con
dulzura en el trato de los indígenas. Por esto los primeros navegantes, cada
vez que al abordar a una isla o una costa de tierra firme eran recibidos por
los indios con flechazos y pedradas, antes de tomar la ofensiva llamaban al
escribano real, le pedían testimonio de cómo habían sido acogidos en son de
guerra, viéndose en la imperiosa necesidad de defenderse; y una vez cumplida
esta formalidad papelesca, disparaban las lombardas y arremetían espada en
mano.
Los tres
hombres, contemplando el Océano desde la borda de aquel trasatlántico provisto
de las mismas comodidades de un gran hotel, recordaban las pobres embarcaciones
montadas por los héroes del descubrimiento. Las carabelas, buques ligeros de
rápido andar y escaso calado, que no tenían espacio para la carga ni el pasaje,
sólo habían servido en las primeras navegaciones de exploración. Al poco tiempo
de ser descubiertas las Indias, era la nao la que cruzaba el Atlántico, el
pesado galeón, redondo de casco y de velamen, alto de popa, cuyo vientre podía
transportar las gentes, bestias y herramientas necesarias para las nuevas
tierras.
La monotonía
abrumadora de estas navegaciones de meses y meses sólo era alterada por los
peligros del Océano y por los que provocaban la imprevisión y la ignorancia
propias de la época. Perdíanse muchos buques. Las primeras naos del
descubrimiento iban montadas sólo por hombres. Luego, los galeones de la
colonización llevaban mujeres y niños, familias en masa que se trasladaban al
Nuevo Mundo, y cuando creían ver sus costas eran tragadas por la tormenta,
bajando para siempre a las profundidades del mar. Los marinos expertos,
amaestrados en anteriores viajes, no eran suficientes en número para las
expediciones, cada vez más numerosas, a las tierras colonizadas.
Pilotos de
los mares de Europa avanzaban a ciegas por el Atlántico, siguiendo inciertos
derroteros en los portulanos recién dibujados. Cuando se consideraban todavía
lejos del punto de llegada, surgía de pronto la costa ante el morro chato del
galeón. Otras veces creían hallarse junto a las Indias, y una estima más exacta
de las leguas corridas les hacía ver con terror que estaban aún en mitad del
camino, con las provisiones agotadas, y lo que era más horrible, con sólo unos
barriles de agua. Los hombres querían matar, enloquecidos por la sed; las
mujeres, de rodillas, enseñaban a sus pequeñuelos, pidiendo por caridad unas
gotas de líquido.
¡Los dramas
ignorados que había presenciado aquel testigo azul mudo e inmenso! ¡Los
naufragios que no habían dejado como rastro ni una tabla!...
Avanzaba la
nao bajo la dirección y la autoridad despótica del piloto, una especie de brujo
que hablaba con los vientos y las olas. El capitán era el jefe del combate, el
hombre de espada, el primero de todos en presencia de una nave hostil o de una
costa abordable; pero en pleno mar obedecía, lo mismo que los demás, al grave
piloto, agorero personaje que examinaba el color de las aguas, el vuelo de las
gaviotas, la intensidad de los vientos, los tintes del alba y las nubes
sangrientas de la puesta del sol.
Ocupaba un
lugar en lo más alto de la popa, llamado «el tabernáculo», sentábase en un
sillón de brazos semejante al de los antiguos barberos, y desde él gritaba sus
órdenes a los proeles, mozos, grumetes y pajes, marinería despechugada, medio
desnuda y famélica, en antigua relación con toda clase de parásitos. Al cerrar
la noche se apagaban en el buque fuegos y luces, por miedo al incendio.
Quedaban fríos hasta la mañana siguiente los hornillos de la cocina. No había
más resplandor que el de la lumbre de la bitácora; y al encenderla, el paje de
guardia decía, según costumbre: «Amén y Dios nos dé buenas noches; buen viaje,
buen pasaje haga la nao, señor capitán y maestre y buena compaña».
Quedaban dos
pajes cerca de la bitácora velando la ampolleta, un reloj de arena que
molía—dejaba pasar—su contenido en media hora. Así medían el tiempo en la
obscuridad de la noche. Y siguiendo una tradición, decían los pajes al entrar
de guardia:
Bendita la
hora en que Dios nació,
Santa María que lo parió,
San Juan que lo bautizó.
La guarda es tomada;
la ampolleta muele,
buen viaje haremos, si Dios quiere.
Cuando
acababa de pasar la arena de la ampolleta, o sea cada media hora, uno de los
pajes debía gritar, para que lo oyesen los marineros:
Buena es la
que va,
mejor es la que viene;
una es pasada y en dos muele,
más molerá si Dios quiere.
Cuenta y pasa que buen viaje faza.
¡Ah de proa; alerta, buena guardia!
Y los
marineros de proa contestaban con un grito o un gruñido para dar a entender que
no dormían.
Tripulantes y
pasajeros formaban corrillos en la obscuridad, hablando de los misterios y
leyendas del mar, dando nombres y propiedades mágicas a los astros que
brillaban entre el cordaje y las velas negras. A media noche, cuando todos
sentían cerrarse sus ojos e iban en busca de las hamacas y petates,
verificábase el relevo de la guardia, entrando de cuarto los que habían de
velar hasta que rompiese el día, y los pajes gritaban otra vez:
—Al cuarto,
al cuarto, señores marineros de buena parte. Al cuarto, al cuarto en buena hora
de la guardia del señor piloto, que ya es hora. Leva, leva, leva.
El sábado, a
la caída de la tarde, era la gran fiesta en el navío. Rezábase la salve «y
otras prosas», como decía Colón en su diario. Se improvisaba un altar con
imágenes y velas encendidas, reuniéndose ante él tripulantes y pasajeros.
—¿Somos aquí
todos?—preguntaba el maestre.
—Dios sea con
nosotros—respondía a coro la gente.
Quitábase la
caperuza el maestre antes de replicar:
Salve
digamos,
que buen viaje hagamos.
Salve diremos,
que buen viaje haremos.
Y todos los
del buque, proeles, grumetes, lombarderos, soldados, hidalgos, damas,
sirvientes y niños, entonaban la salve en la tarde moribunda, mientras el sol
teñía de anaranjado las velas y el mar levantaba con sus choques la pesada
cáscara del galeón.
Con la salve
y la letanía no terminaban los rezos. Un paje que hacía funciones de monacillo
al lado del maestre recomendaba después con su voz infantil:
Digamos una
Ave María
por el navío y la compañía.
—Sea bien
venida—contestaba la multitud.
Y cuando se
finalizaba este rezo, el maestre saludaba a todos con grave compostura.
—Amén,
señores, y que Dios nos dé buenas noches.
No todos los
navegantes eran piadosos y confiaban su suerte al cielo. En el primer siglo del
descubrimiento, esparcíase entre la gente marinera la leyenda del piloto
Carreño, un argonauta osado y blasfemador, enemigo de Dios y de los santos. A
pesar del ambiente diabólico que rodeaba su nombre, las tripulaciones lo
recordaban con envidia en las grandes calmas, cuando el galeón permanecía
inmóvil semanas enteras en un mar como un espejo, sin el más leve soplo de
brisa.
Este maldito
del Océano, que hacía recordar al «Holandés errante» y a otros pilotos en
pecado mortal, había realizado un viaje desde las Indias a Cádiz en sólo tres
días. Pero hay que advertir que la nave iba tripulada por una legión de
demonios disfrazados de marineros, que le habían ofrecido sus servicios. La
travesía se efectuó en un continuo huracán. Pasajeros y soldados no podían
tenerse de pie sobre el buque, tembloroso por la velocidad y próximo a
romperse. El piloto Carreño, sentado en el tabernáculo, tenía que agarrarse a
su cadira de mando para que el loco movimiento de la nave no lo arrojase al
mar.
Los demonios,
espíritus traviesos, ejecutaban las maniobras al revés de las voces náuticas
que daba Carreño. Cuando éste ordenaba a la tripulación, ágil y maligna como
una tropa de monos, «Larga escota», los demonios juguetones aferraban las velas
del trinquete y de la mesana. Y cuando mandaba «Iza», ellos amainaban. Pero los
diablos resultan inocentes siempre que tienen que vérselas con la malicia del
hombre: su destino es ser engañados a la larga por el pecador, y el hábil
Carreño, al comprender la bellaquería de sus revoltosos marineros, ordenó en
adelante todo lo contrario de lo que en realidad quería que ejecutasen. Así se
salvó la nao, y Carreño, en tres días, engañando al demonio, pudo pasar de un
mundo a otro.
La sed era el
tormento de los largos viajes interrumpidos por las calmas. Corrompíase el
agua, y los alimentos, salados en demasía, excitaban en todos el ansia de
beber. Las familias emigradoras se sustentaban con las provisiones que habían
hecho antes de embarcar. El fogón de la nave era llamado «la isla de las ollas»
por su gran número, pues cada grupo cuidaba de la suya. Y cuando llegaba la
hora de la comida, los mismos pajes que acababan de tender para los marineros
un mantel en el suelo, con platos de madera, daban a gritos la señal.
—Tabla,
tabla, señor capitán, piloto, maestre y buena compaña. Tabla puesta, vianda
presta. Agua usada para el señor capitán y maestre y buena compaña. ¡Viva, viva
el rey de Castilla por mar y por tierra! Y quien le diere guerra, que le corten
la cabeza. Y quien no dijera amén, que no le den de beber. Tabla en buena hora,
quien no viniere que no coma.
Y comían los
tripulantes al principio de la navegación carne salada de vaca; luego, huesos
sin tuétano vestidos sólo de algunos nervios; los viernes y vigilias, habas
guisadas con agua y sal; y en las fiestas recias, abadejo, que era plato de
gran lujo. Quedaban los más con hambre pero dábanse por contentos siempre que
el paje encargado de la gaveta del vino pasase con frecuencia ante ellos taza
en mano.
Olvidaban los
pasajeros todos los martirios y miserias de la navegación a la vista de las
Indias. Abrían las cajas para sacar camisas blancas y vestidos nuevos;
limpiábanse de los menudos compañeros de viaje repugnantes y molestos, que
volvían a refugiarse en las rendijas de las naos; se ceñían la espada. En
cuanto a las pobres damas, macilentas por el mareo y las privaciones,
transfigurábanse al llegar a las nuevas tierras. Deshacían los cadejos de sus
greñas abandonadas, animábanse el rostro con blanco solimán y roja cochinilla,
«saliendo de bajo de cubierta—según un viajero de entonces—tan bien tocadas,
rizadas, engrifadas y repulgadas, que parecían nietas de las que eran en alta
mar».
La gloria, la
riqueza y hasta el gobierno de pueblos estaban al alcance de todos al otro lado
de los mares. Siguiendo los pífanos y atambores de los tercios y el flamear de
las banderas con águilas de doble cabeza, el pobre hidalgo iba al encuentro de
la gloria, pero también de la miseria. Después de largas campañas en Flandes o
en Italia, tenía asegurada una espera no menos luenga en las antesalas de los
palacios, con el memorial en las rodillas, solicitando una recompensa de criado
por los pelotazos de hierro y los acuchillamientos recibidos en las batallas
contra el turco y el herético. Los altos puestos los acaparaban los cortesanos
de nobleza tradicional, los descendientes de los que habían peleado en la
Península contra el sarraceno.
Embarcándose
para las Indias todo era posible. Bastaba fundar un pueblo para ennoblecerse
por este hecho, colocando ante su nombre el honorífico Don. Mozos de vida
airada, acostumbrados a peleas nocturnas con las rondas de alguaciles y a
largas estancias en la cárcel por deudas, convertíanse al otro lado del Océano
en magníficos señores que destronaban emperadores, colocaban otros en su lugar,
o concluían por sentarse en el trono. Algunos, a la hora en que sus madres,
vistiendo zagalejos de roja bayeta, daban de comer a las gallinas en sus
corrales de Extremadura y Andalucía, se casaban, lo mismo que los caballeros
andantes, con grandes princesas de tez pálida y ojos oblicuos, criaturas de
enigma y ensueño que llevaban sobre la frente la borla multicolor de la
autoridad y en el pecho áureas placas con sagrados jeroglíficos.
Y todos los
días, durante un siglo, chirriaban al amanecer las puertas del caserío vasco,
del tapial pardo de Castilla, del casuchín morisco enjalbegado y oprimido en la
calleja andaluza, de la corralada extremeña envuelta en olor de estiércol
cerduno, y los mozos emprendían la marcha, ligeros de ropa y ágiles de piernas,
cantando como los mancebos que encontraba Don Quijote en sus correrías, con una
vieja espada al hombro a guisa de bordón de peregrino y pendiente de ella el
hato de ropa con toda su fortuna: unas calzas nuevas, los gregüescos, dos
camisas, un rosario, unos naipes gastados, lo más preciso para llegar a virrey
o a marqués de título sonoro y exótico al otro lado del mar. Y de todos los
extremos de la Península, siguiendo rutas convergentes como las varillas de un
abanico, estos alegres romeros de la aventura y la ilusión venían a unirse con
una firme amistad, tal vez por toda la existencia, al pie de las carabelas y
galeones que se balanceaban pesadamente en la desembocadura del Guadalquivir esperando
el lombardazo de partida.
Eran «la
segunda hornada» de exploradores, los que habían de contornear el mundo recién
descubierto, a través del naufragio y la muerte. Embarcábanse años después los
de «la tercera hornada», los conquistadores de reinos y fundadores de ciudades,
que, mal avenidos con la paz del triunfo, acababan por pelearse entre ellos
sañudamente en una guerra de banderías estúpida y feroz.
Los reyes
vivían vueltos de espaldas a estas tierras de misterio, cuyas riquezas tan
decantadas sólo fueron una realidad algunos años más tarde. Preocupados con sus
guerras y negocios de Europa, miraban indiferentes este éxodo y abrían la mano
liberalmente a toda demanda de nuevas conquistas y permisos de navegación.
—Un autor de
aquella época—dijo Maltrana—escribió un libro titulado Los seis
aventureros de España, y cómo el uno va a las Indias, y el otro a Italia, y el
otro a Flandes, y el otro está preso, y el otro anda entre pleitos, y el otro
entra en religión. Y cómo en España no hay más gente destas seis personas
sobredichas... Así era: no había más. Éste era el estado a que podían
aspirar los que tenían voluntad y coraje. Las Indias representaban, según
Cervantes, «el refugio y el amparo de todos los desesperados de España»; y como
la desesperación era el estado natural de los españoles de entonces, de aquí
que el libro debió tener una segunda parte, verídica y lógica, relatando cómo
el aventurero de Indias se quedaba allá para siempre; y los aventureros de Italia
y Flandes, aburridos de un heroísmo pobre y sin gloria, acababan por irse al
Nuevo Mundo; y el preso hacía lo mismo al salir de la cárcel; y el pleiteante
seguía idéntico camino, viéndose sin otra subsistencia que la sopa boba; y
hasta el fraile acababa sus días en un monasterio colonial adoctrinando
vírgenes cobrizas y cuidando los naranjos recién traídos de la Península...
—En esta fuga
hacia las tierras nuevas—dijo Ojeda—, ¿quién podrá conocer jamás la cifra
exacta de los que salieron y no llegaron? ¡Cuántas catástrofes ignoradas!...
Algunos autores extranjeros afirman que en tres siglos le costó a España
treinta millones de hombres la colonización del Nuevo Mundo. Seguramente
exageran; pero hay que pensar que esa magna colonización desde la mitad de los
actuales Estados Unidos al paso de Magallanes la acometió ella sola con sus
propios recursos. Hoy, el americano ha cambiado mucho de su tipo original. ¡La
mezcla que esto supone! ¡El enorme envío de virilidad que fue necesario para
aclarar la sangre india de su cobre nativo!...
Durante el
primer siglo de la conquista, embarcábanse los aventureros en los primeros
buques que encontraban disponibles, vasos antiguos apenas recompuestos y
guiados por cualquier piloto costero que se prestaba a dirigir la expedición.
Las administraciones de entonces no conocían la estadística. Además, eran
frecuentes los viajes clandestinos, sin papeles. Nadie se preocupaba de la
seguridad de los viajes ajenos: cada uno que velase por sí mismo. Se confiaba
en Dios y no se tenía miedo a nada.
Una
expedición al mando de un viejo capitán de Indias salía de Cádiz para la isla
de las Perlas, en las costas de Venezuela. El día era bonancible, el mar liso y
tranquilo; pero el galeón estaba tan desencuadernado y podrido, que apenas
navegó una hora se fue a pique instantáneamente a la vista de la ciudad,
ahogándose todos sus tripulantes.
—Esta
catástrofe—dilo Maltrana—metió algún ruido, porque entre los aventureros iba el
hijo único de Lope de Vega, mozo poeta deseoso de seguir una de las seis
carreras de los hidalgos de entonces. Pero ocurrían con mucha frecuencia estos
naufragios por imprevisión o por audacia, sin que de ellos quedase noticia
alguna... ¡Si este mar pudiese contarnos todos los dramas ignorados del
descubrimiento!
El doctor
Zurita asintió gravemente. Mucho le había costado a España su gran empresa de
Ultramar. Tal vez su decadencia provenía de esto.
—Así
es—contestó Ojeda—. Unos atribuyen esa decadencia a las guerras europeas; pero
las naciones que peleaban con nosotros experimentaron iguales pérdidas, y no
por esto decayeron... Otros echan la culpa al exceso de religiosidad, que nos
metió en empresas absurdas. Tal vez sea esto cierto, pero en parte nada más.
Naciones hubo entonces tan fanáticas como la nuestra, y sin embargo no se
vieron en peligro de muerte... La causa principal de nuestra decadencia, o más
bien dicho, de nuestra anemia, debe buscarse en la colonización de las Indias.
Un organismo sana de las heridas que recibe, por tremendas que sean. Lo
peligroso, lo mortal, es un desangre que dura años, que dura siglos: un flujo
inatajable con el que se escapa la vida...
Fernando
describió a la vieja España como una de esas madres prolíficas en exceso que
marchan sobre sus piernas un tanto vacilantes, entre sus hijos, grandotes,
robustos, sonrientes con la confianza de la salud. Sufren todas las
enfermedades y no tienen ninguna: su única dolencia cierta es la debilidad, la
anemia, la escasez de una vida que han ido repartiendo y malgastando
generosamente. Cada hijo se ha llevado un jirón de su existencia.
—Y figúrense
ustedes—continuó Ojeda—lo que representa para España haber dado a luz cerca de
una veintena de cachorros que están al otro lado del mar viviendo por cuenta
propia, unos adelantados y cultos, otros impulsivos y montaraces, pero todos de
su sangre y su apellido y con las ilusiones de la juventud.
Maltrana
asintió a estas palabras, pero añadiendo una opinión suya. El mal de España
había sido no descansar hasta la vejez.
—Nuestro país
es por su historia algo semejante a una olla que hierve siglos y siglos sin que
nadie la aparte del fuego para que se enfríe su contenido. Los grandes pueblos
de Europa, después del hervor fundente durante el cual se mezclaron sus razas y
se borraron sus antagonismos, pudieron descansar en la paz. Este reposo les ha
servido para solidificarse, engrandecerse y adquirir nuevas fuerzas. España no;
España no conoció el descanso. Durante siete siglos hierve con el burbujeo de
las luchas de raza y los antagonismos religiosos. Al fin se verifica de
cualquier modo la fusión de los diversos ingredientes. Ya está hecha la mixtura
nacional, tal vez de mala manera, pero ya está hecha. Hay que retirar la vasija
del fuego para que se cristalice el contenido y sea algo más que líquido y
vapores.
Pero en este
momento crítico, España descubría las Indias y por alianzas monárquicas se
encontraba dueña de media Europa. Y en vez de descansar, volvía a hervir con un
fuego mayor, se hinchaba con un burbujeo loco, absurdo, el más extraordinario,
atrevido e insolente que consigna la Historia. Una nación relativamente
pequeña, mal situada en un extremo del mundo viejo, y que además pretendía
unificarse expulsando a los españoles hebreos y musulmanes por ser de distinta
religión, emprendía al mismo tiempo la empresa de colonizar medio globo y de
mantener bajo su autoridad lejanas naciones europeas que no eran de su idioma
ni de su raza.
Y el líquido,
hinchado por el fuego, adquiría fantásticas proporciones, pareciendo mucho más
grande de lo que realmente fue; esparcíase en oleadas fuera de la vasija, para
perderse sin utilidad alguna, hasta que acabó por apagar la lumbre. Y cuando la
olla descansaba al fin, enfriándose, sólo tenía en su interior leves residuos.
Lo mejor se había escapado en vapores gloriosos o quedaba esparcido por el
mundo en manchas, en pequeños terrones, sin formar una masa homogénea.
—¡Ay, si
hubiésemos descansado a tiempo como otros pueblos!—dijo Maltrana—. ¡Si hubiese
transcurrido un siglo o dos entre la constitución nacional y nuestras grandes
empresas!... Pero estiramos la pierna más allá de la sábana, que era corta.
Nunca se ha visto un despilfarro de vida y de energías más glorioso e inútil.
El doctor
Zurita protestó de esto último.
—Inútil no.
En lo que se refiere a las empresas de Europa, indudablemente... Pero queda la
América, todas las repúblicas que hablan español, y que más allá de sus
diferencias de constitución nacional son iguales por su alma y sus costumbres.
Ojeda
asintió. El loco despilfarro de la energía española únicamente había sido
reproductivo en las Indias. Viajando por diversas repúblicas del Nuevo Mundo en
sus tiempos de diplomático, había apreciado la grandeza histórica de España
mejor que con la lectura de los libros apologéticos.
En un país
americano de clima frío, donde crecían lo mismo que en Europa el pino y el
abeto y las montañas estaban coronadas de nieve, salía al encuentro del viajero
el idioma castellano, y con él las viejas casas de escudos coloniales en el
portón y los entonados señores de solemnes maneras semejantes a los hidalgos
antiguos. Hasta el presidente de la República llevaba un apellido rancio y
sonoro, igual al de los galanes de capa y espada de las comedias de Calderón.
Luego, al saltar a otro país de cocoteros y bosques enmarañados, con ríos como
mares, llanuras de infernal ardor, volcanes de cima humeante y lagos
suspendidos entre cordilleras vecinas a las nubes, volvía a encontrar vestido
de blanco, con el sombrero de paja en la mano, el mismo hidalgo cortés y
ceremonioso; la dama de breve pie y ojos andaluces, discreta, juguetona y
devota como una tapada de Lope; el antiguo convento colonial con sus torres
encaperuzadas de azulejos que desgranan el campaneo de las horas en las tardes
ardorosas o las noches lunares sobre calles de rejas ventrudas impregnadas de
perfume de naranjo y de jazmín. Y otro presidente le recibía en audiencia,
ostentando un apellido de vieja cepa, y era idéntico a los demás en su porte
caballeresco y sus hazañas de caudillo voluntarioso y corajudo.
Desde las
fronteras de Texas a los hielos de Magallanes, vivía España y viviría luengos
siglos en el doctor sentencioso, trasatlántico, descendiente de Salamanca y
Alcalá; en la dama graciosa y devota que imita las últimas novedades de la
elegancia exterior, pero guarda el alma de sus abuelas; en el caudillo
aventurero que renueva al otro lado del Océano los romances medievales de la
Península; en la irresistible admiración por el valor y la audacia que sienten
hasta los más ilustrados, colocando el coraje por encima de todas las virtudes
humanas.
Podía un
cataclismo continental hundir la Península ibérica bajo las aguas; y si con
esto desaparecía la España nación, no por ello iba a morir la España pueblo, la
España verbo, el alma española. Al otro lado del mar, en las costas del
Atlántico y el Pacífico, o acopladas en las laderas de los Andes como los nidos
de los cóndores, existían miles de ciudades unificadas por el idioma, las
costumbres y un concepto peculiar del honor. Ochenta millones de seres hablaban
el castellano y pensaban en él. El catolicismo, firme y dominador en unas
naciones de América, débil y transigente en otras, era también una fuerza
tradicional que mantenía viviente el pasado, común a todas ellas.
Los europeos
aprendían el español para entenderse con los pueblos jóvenes de América. El
castellano era el tercer idioma mundial gracias a su difusión en el Nuevo
Mundo. España renacía en el verdor y belleza de sus hijas.
—Y esto es
algo—dijo Ojeda—. Nuestro loco despilfarro de otros tiempos no se ha perdido
del todo gracias a América.
Sus amigos
asintieron. No, no se había perdido.
—Sólo un país
como la Península—continuó Ojeda—, de clima africano y al mismo tiempo con
mesetas de frío glacial, podía dar una raza preparada para la colonización de
un mundo tan grande y diverso. Así únicamente se comprende que unos mismos
hombres llegasen a fundar ciudades que están a más de dos mil metros de altura,
en las que se respira con dificultad, y ciudades al nivel del mar, bajo el
Ecuador, en un ambiente de infierno. Sólo un pueblo sobrio y de vida dura como
el español podía acometer la empresa de poblar un mundo con el que la gente aún
era más sobria y había poco de comer o no había nada absolutamente. El peligro
para el conquistador no fue la flecha del indio; fueron la soledad y las
inmensas distancias, y sobre todo, fue el hambre.
Zurita
intervino, con la precipitación del que oye hablar de algo que conoce mejor que
sus interlocutores.
—De eso puedo
decir mucho. Yo he colonizado, ¿sabe, amigo?... Yo he vivido en el desierto, y
allí conocí lo que habían sido los antiguos españoles y lo mucho que les
debemos... Nosotros hemos sido injustos con ellos. Nos educan mal por
patriotismo: nos inculcan mentiras desde la niñez. Cuando yo iba a la escuela
estaban más vivos que ahora los odios de la lucha por la Independencia, y eso
que había pasado más de medio siglo. España era una madrastra cruel y los
españoles unos «gallegos» brutos, que sólo habían sabido esclavizarnos y
explotarnos... Y esto nos lo enseñaban en idioma español, y además, el maestro
y los discípulos llevábamos todos apellidos españoles. Hablábamos de los
«gallegos» como de un pueblo bárbaro que hubiese conquistado nuestro país cuando
ya estaba constituido y en plena civilización, retrasando su progreso, por lo
cual lo habíamos expulsado gloriosamente después de tres siglos de tiranía...
De hombre continué en la misma ignorancia. Los que nacemos en una ciudad ya
hecha no nos preguntamos cómo se formó y quiénes pusieron sus cimientos. Cuando
deseamos salir de ella, es para irnos a Europa y rabiar de emulación viendo que
hay cosas mejores que las nuestras. Nunca miramos atrás ni nos preocupan
nuestros orígenes.
Hizo una
pausa el doctor, como si le molestase un mal recuerdo.
—Yo
mismo—añadió—siento cierto remordimiento al pensar en mi abuelo. ¡Pobre señor!
Cuando de niño me enfadaba con él, le llamaba «gallego» y recordaba los grandes
hechos de la Independencia, que habían servido, según mis ideas, para echar a
patadas del país a una banda de extranjeros explotadores... Al viajar por el
interior de mi tierra, vi claro; me di cuenta de los sufrimientos y trabajos de
aquellos hombres que fueron extendiendo por el desierto la civilización de su
época. Sólo los que viven en las ciudades y no salen al campo (al campo inculto
que aún no conoce la mano del hombre) pueden hablar con desprecio de nuestros
remotos ascendientes.
El doctor
recordaba su vida de joven, cuando había colonizado tierras vírgenes
recientemente abandonadas por el indio.
—Tuve que
sufrir toda clase de privaciones: hasta pasé hambre muchas veces. Y eso que
tenía cerca el ferrocarril, y los ríos podía remontarlos en buques de vapor en
vez de ir a remo, y el trasatlántico me traía en menos de un mes los encargos
de Europa... Entonces me di cuenta de lo que hicieron los primeros españoles,
sin otros medios de comunicación que la recua o la carreta, teniendo que echar
seis u ocho meses para recorrer distancias que hoy salva el ferrocarril en dos
o tres días. Cuando querían remontar el Paraná, yendo de Buenos Aires a la
Asunción a remo y a vela por las revueltas del río, les costaba este viaje tres
veces más tiempo que para ir a España. Naves de la Península llegaban muy de
tarde en tarde, si es que no naufragaban. Y a pesar de tantos obstáculos,
nuestros ascendientes fundaron los núcleos de las ciudades que ahora tenemos,
crearon las primeras ganaderías, adaptaron a nuestro suelo los productos del
viejo mundo, lo prepararon todo para que los europeos que llegasen después no
se murieran de hambre... El español colocó la mesa en América, fabricó los
asientos y puso el pan. Ésta es una imagen que se me ocurre. Después, otros
pueblos más adelantados han traído las salsas refinadas de civilización, los
hermosos adornos de mesa; pero sin el primero, que preparó lo más necesario, no
habría banquete.
—Así es—dijo
Maltrana—. Pero el que produce en la vida lo preciso y vulgar no alcanza nunca
la fama del que fabrica lo superfino y agradable. Nadie sabe quién inventó el
pan y quién tejió la primera tela. Ningún pueblo les ha levantado estatuas. Y
crean ustedes que los inventores del pan, del paño y de la cocción de los
alimentos fueron más grandes y dignos de gloria que los autores de todas las
maquinarias de nuestra época.
—En la
formación de los países americanos—insistió Zurita—ocurre lo que en los grandes
edificios que ahora se construyen. Muy pocos ven el andamiaje interior de
acero; ninguno desea conocer el nombre de los que trabajaron en los profundos
cimientos. La admiración es toda para los adornos y «firuletes» de la
fachada... Y quien asentó nuestros cimientos y levantó la parte sólida de
nuestro palacio, fue España. Los otros pueblos han llegado mucho después, a la
hora de los adornos y balconajes, para dar lo cómodo y lo lindo. Lo más duro,
el trabajo ingrato y peligroso de albañilería, lo hizo «la vieja».
—Y cuanto más
quieran ustedes elevar su edificio—dijo Ojeda—, cuanto más grandioso y solemne
lo deseen, más tendrán que bajar en busca de los cimientos para reforzarlos, so
pena de venirse abajo.
—Hay que
haber vivido en el desierto—continuó el doctor—para darse cuenta de lo que
trajeron con ellos los conquistadores y los servicios que prestaron a la
civilización. Yo sufrí mucho al crear mis estancias, y sin embargo, pensaba:
«Este caballo que me lleva de un lado a otro lo trajeron los españoles. Antes
de venir ellos, no existía. Estas vacas y estas ovejas que puedo matar y comer
las trajeron ellos también. La galleta que me llevo a la boca procede del trigo
que ellos sembraron los primeros». Y no podía moverme en mi pobreza sin
encontrar que las pocas comodidades que me rodeaban las debía a los atrevidos
españoles que avanzaron y murieron en el desierto para que un día pudiese yo
avanzar a mi vez. Y me preguntaba: «Pero ¿qué había aquí antes de que ellos
llegasen? ¿Qué comía la gente?...». La gente era escasa, y para comer solo
había maíz, mandioca y carne del huanaco. Esto a juzgar por lo que yo he visto
en mi tierra. Dicen que en el Perú y en Méjico había mayores medios, porque era
más numerosa la gente. Así debió ser, pero me temo que en los relatos haya
mucha exageración de los hombres de pluma, cuentos maravillosos... lo que
ustedes llaman «literatura».
Ojeda, que
escuchaba pensativo, habló a su vez.
—Y hay que
pensar, doctor, en los esfuerzos que costaría llevar al Nuevo Mundo cada uno de
esos productos destinados a la aclimatación, en pequeños buques, con la gente
hacinada.
Tripulantes y
soldados dormían sobre las tablas. Los capitanes y personajes tenían por toda
comodidad una colchoneta arrollada en el castillo de popa. Las provisiones eran
saladas o avinagradas, para resistir los cambios de temperatura. Las grandes
calmas del Océano hacían escasear con su larga inmovilidad la provisión de
agua. Muchos vendían una a una sus prendas de ropa a cambio de algunos vasos de
líquido terroso y recalentado, y llegaban desnudos al término del viaje. Y en
medio de esta sed rabiosa, había que economizar líquido para dar de beber al
caballo, al toro procreador, a la vaca de vientre, al naranjo en maceta, al
olivo de plantel, a todas las novedades animales y vegetales que llevaban allá
como tesoros, estimados en más que la vida de los hombres... Y como si no
bastasen tantas tribulaciones, habían de abrirse paso a cañonazos entre los
buques enemigos, ingleses, holandeses o franceses, que, según las variaciones
de la política española, les salían al encuentro para impedir sus viajes.
—España—terminó
Ojeda—dio a América todo lo que tenía, lo bueno y lo malo.
—Y no dio más
porque no tenía más—dijo Zurita—. Los otros países no creo yo que tuviesen más
que dar en aquellos tiempos... Pero nosotros, legítimos descendientes de los
españoles, hemos heredado de ellos la mala lengua, la tendencia a hablar contra
España y hacerla responsable de todo.
—Ahí tenemos
al amigo Pérez—dijo riendo Maltrana, ese buen mozo subido de color que admira a
Inglaterra hasta en sueños. Ése hace responsable a la madre patria de todo lo
de América: de la sequedad o del exceso de lluvias, de la pereza de los indios,
hasta de la escasez de ferrocarriles.
—La mala
lengua heredada, es cierto—dijo Ojeda—. El individualismo orgulloso del
español, que se cree defraudado por ser de su país y habla contra él a todas
horas, convencido de que al nacer en otra tierra hubiese sido mucho más grande.
—Una
injusticia—dijo Zurita—es también hablar tanto de la crueldad de los españoles
con el indio. ¿Cómo civilizar una tierra sin barrer antes la gente que la ocupa
si es que se opone a esa civilización?... En la antigua América española, los
pueblos más adelantados son ahora aquellos que tienen menos indios. En los
Estados Unidos quedan tan pocos, que los enseñan en los circos como una
curiosidad. En mi país sólo se encuentran en las fronteras del Norte, y cada
vez son menos. Chile ya no guarda más que una muestra de los antiguos
araucanos.
—Es
curioso—dijo Maltrana volviendo a sonreír—. Casi todas las repúblicas
americanas, en su odio a España, han cantado al indio primitivo, que hizo
frente a los conquistadores, pintándolo como un héroe poseedor de todas las
virtudes. Pero muchas de esas repúblicas, después de su independencia, se han
dedicado a matar al indio, a suprimirlo con una crueldad más fría y razonada
que la de los virreyes y gobernadores, a organizar el exterminio metódico y el
reparto de los niños, para que no quedase ni simiente... Nietos de gallegos y
vascongados han cantado los intentos de rebelión de los indios contra la
metrópoli, viendo en ellos los primeros vagidos de la Independencia, cuando no
fueron más que revueltas de razas, sublevaciones de color. En el caso de triunfar
los indios, lo primero que hubieran hecho es dar muerte a los criollos blancos,
abuelos o padres de los caudillos de la emancipación americana.
—Yo no soy de
ésos—protestó el doctor—. Yo creo que el principal defecto de la colonización
española fue su empeño en transformar al indio, en hacerlo cristiano: empresa
difícil y de escasos resultados. Vean el ejemplo de las grandes naciones
modernas: cuando les estorba su paso un pueblo refractario, lo suprimen...
Inglaterra, con su virtud protestante y su lagrimeo bíblico, ha borrado del
planeta razas enteras. España no pudo hacerlo. Tenía que poblar un hemisferio,
le faltaba gente para tanta extensión, y hubo de transigir con los naturales.
Además, hay que tener en cuenta el espíritu devoto y la perniciosa facilidad
del español para engancharse con la primera india que le salía al paso y
constituir con ella santa familia cargada de hijos. Los pueblos modernos,
cuando conquistan un país, envían remesas de mujeres blancas para que los
colonizadores no malgasten la semilla nacional en mestizamientos. Y si a pesar
de esto surge el mestizo, no lo reconocen.
—El
conquistador—dijo Maltrana—, aconsejado por el sacerdote, creyó vivir en pecado
mortal si no se casaba con la madre de sus hijos, y a veces la manceba india,
por obra de las hazañas de su marido, llegaba a ser doña Inés, doña Luz o doña
Violante con escudo nobiliario y gobernación de tierras.
—En los
Estados Unidos—dijo Ojeda—, la gente europea se mantuvo en su pureza blanca, y
por eso llegó adonde ha llegado. Cada uno, al emigrar, se llevaba su mujer, y
los casamientos se hacían siempre dentro de la raza. Pero aquella tierra está,
como quien dice, a las puertas de su antigua metrópoli, los viajes eran más
rápidos, más frecuentes, y mayor el trasplante de personas. Además, vivieron
mucho tiempo concentrados en las costas, dejando el resto del país a los
salvajes, avanzando lentamente, con paso seguro, hasta que, casi en nuestra
época, de un solo golpe se desbordaron por la enorme extensión, decididos a
acabar con el indio, refractario a la cultura; y el indio acabó... España,
desde el primer momento quiso verlo todo, explorarlo todo. Sus primeros
descubridores estuvieron en sitios a los que luego no ha vuelto ninguna persona
civilizada. Y este esparcimiento loco de fuerzas disgregadas y curiosas tuvo
como consecuencia, en muchos lugares, que en vez de hacerse el indio español,
fue el español el que se hizo indio, sumándose por el amor y las relaciones de
familia a la raza que intentaba dominar.
—Así les va a
los pueblos de tal origen—dijo sonriendo el doctor—. Yo, mis amigos, tengo
opiniones muy personales en lo que se refiere a los países de América. Soy
americano, pero no indio. Cuando veo una nación donde la gente es blanca en su
mayoría, me digo: «Éstos trabajarán en paz, y seguramente irán lejos.» Cuando
veo por todas partes caras cobrizas y pelos de cerda, tuerzo el gesto: «Mal;
éstos sólo pueden dar de sí enredos, politiqueos, una vanidad ridícula,
revoluciones para ocupar el Poder, bailes, músicas y versos... muchos
versos...».
Los dos
amigos rieron al oír las últimas palabras del doctor.
—Yo he
trabajado en el campo—continuó éste—, y sé por experiencia que sólo puede
emprenderse un negocio con trabajadores de raza blanca o con emigrantes de
Europa, que conocen el valor del dinero, ahorran y tienen un concepto exacto de
los deberes de la vida. ¡Lo que me han hecho sufrir indios y mestizos!...
Trabajan de un modo loco cuando les acosa el hambre, pero apenas cobran una
semana, desaparecen para ir a emborracharse y le dejan a usted plantado. ¡Cómo
llevar adelante una empresa con tales auxiliares!... Más de una vez he
envidiado a los conquistadores, que, con arreglo a las costumbres de su época,
podían dirigir palo en mano a unas gentes incapaces de un trabajo serio y
continuo. Sólo el que ha colonizado puede comprender la conducta de aquellos españoles.
Tuvieron que implantar la civilización de su época sin otra ayuda que la de
unos niños grandes que únicamente se mueven a impulsos del temor. Los doctores,
que viven en las ciudades y todo lo han encontrado hecho (sin saber ciertamente
cómo se hizo), pueden permitirse sensiblerías y declamaciones.
Hablaron
después de esto de los «grandes crímenes» de los conquistadores.
—Eran gente
dura, violenta—dijo Ojeda—, y hasta entre ellos mismos dirimían con sangre sus
cuestiones. Pero no eran mejores ni peores que los hombres de espada que en los
mismos años hacían la guerra en Europa. ¡Es curiosa la injusticia del mundo con
los conquistadores de América!... Algunos los describen como monstruos
excepcionales de maldad, algo de que no hay ejemplo en la Historia; y un siglo
después que ellos realizasen su conquista, se desarrollaban en el corazón de
Europa la guerra de los Treinta Años y otras guerras de religión, con degüellos
en masa de pacíficos campesinos y quemas de pueblos enteros con todos sus
habitantes...
—Igualmente
son ridículas—dijo Maltrana—las lamentaciones por el trabajo de los indios en
las minas. Cualquiera creerá que sólo trabajaban ellos. El indio servía para el
arrastre de los minerales, como hoy mismo sirven los hombres libres en las
minas que carecen de maquinaria. Pero con el indio trabajaban obreros
españoles, mineros enviados de la Península, que sufrían tanto o más que
ellos... Siempre tendrá la humanidad que realizar, para vivir, pesados
trabajos, abrumadoras funciones. Hoy, después de tanta civilización, centenares
de miles de blancos sufren igualmente en las minas, y es injusta esa
sensiblería que se calla cuando la víctima es uno de su raza y sólo se
enternece cuando el que pena es de otro color... Como España estuvo gravitando
sobre Europa durante siglo y medio y dejó resentidos por su dominio a muchos
pueblos, no ha habido mentira ni exageración que la venganza haya dejado de
lanzar después contra ella.
—Gran
cantidad de las patrañas que circulan sobre nuestras colonias—dijo Ojeda—son
obra de un editor. Los libreros tuvieron gran influencia en la historia de
América. Su mismo título (con menosprecio de Colón) se lo dio un librero de la
frontera francesa, el editor de las cartas de Américo Vespucio. Y muchas de las
mentiras que circulan con un carácter tradicional contra los españoles
coloniales las inventó un librero flamenco.
Era Teodoro
de Bry, impresor de Lieja, que de 1570 a 1602 estuvo publicando libros y
estampas para alimentar en Europa la curiosidad por los sucesos de las Indias y
el odio a España, dominadora del viejo mundo en aquel entonces. El buen
flamenco hizo obra patriótica desacreditando por todos los medios a los
españoles les que gobernaban su país. Pero esta obra apasionada fue indigna de
la credulidad que le dispensó la ignorancia general. Las afirmaciones del
editor Bry, que jamás estuvo en las Indias, que imprimió todo cuanto le
ofrecían siempre que fuese contra España, y vivió un siglo después del
descubrimiento, se aceptaron con el mismo respeto que si fuesen documentos de
testigos presenciales. Inventó retratos de Colón, e inventó igualmente
ridículas historias sobre la vida del Almirante y la injusticia y crueldad de
los españoles.
—El librero
Bry—continuó Ojeda—fue el autor de ese cuento soso e imbécil sobre «el huevo de
Colón»... ¡La suerte de ciertas tonterías! Muy pocos conocen lo que fue el
descubrimiento ni tienen una idea aproximada de Colón; pero todos saben la
perogrullada del huevo, fábula insulsa digna de un ingenio flamenco.
—Cierto
es—dijo Maltrana—que una buena parte de lo que se ha propalado contra los
españoles de América se inventó en Europa por gentes que nunca estuvieron allá.
Algunos autores americanos del siglo xviii protestaron de la
exageración de esas invenciones, pero su voz no tuvo eco. Luego, al iniciarse
la Independencia, los revolucionarios americanos adoptaron como suyas muchas de
las afirmaciones europeas, aceptándolas a ojos cerrados con el apasionamiento
de la lucha, y aún colean los tales embustes en la enseñanza que se da en las
escuelas del Nuevo Mundo.
—Al empezar
la decadencia de nuestra patria—añadió Fernando—, de Italia, de Flandes, de
Holanda, de Alemania, de Inglaterra y de Francia, países que tenían mucho que
vengar, pues durante siglo y medio les había molestado enormemente la
preponderancia española, llovieron volúmenes hablando de las grandes crueldades
sufridas por los indios. Rousseau puso de moda el hombre primitivo, libre en
plena Naturaleza, y los indígenas americanos fueron el tipo perfecto de la
víctima aprisionada y desfigurada por la civilización. Abates folicularios,
para halagar al público, lloraban sobre la desgracia de unos pobres indios que
sólo habían visto pintados en estampas lo mismo que mascarones de Carnaval.
—El barón de
Humboldt—interrumpió Maltrana—, el único extranjero de capacidad que vio de
cerca la América de entonces viajando por casi toda ella, decía que los indios
gobernados por la autoridad colonial, torpe y formulista, pero a la vez
tolerante y floja, bien podían ser envidiados por los campesinos de Europa, que
vivían con mayor miseria, y especialmente por los campesinos de Francia antes
de la Revolución... Muchos de los crímenes coloniales, que fueron a la misma
hora crímenes de todo el resto del mundo... ¡literatura, pura literatura!
—No lo tome
usted a broma—dijo Ojeda—. La literatura entró por mucho en eso. Cuando se
inició en América el movimiento de emancipación, Chateaubriand reinaba sobre el
mundo y Atala era el libro sublime. «¡Triste Chactas!»,
cantaban con voz llorosa acompañadas de arpa o de guitarra todas las damas de
ambos hemisferios. Y el indio de moda, interesante, gallardo y filosofador, era
para los revolucionarios un argumento más contra la tiranía española.
—Y lo
gracioso fue—dijo Maltrana—que el indio, en casi todos los países de América,
en vez de irse con la revolución, que lo compadecía y ensalzaba, se mantuvo
aparte de ella o defendió hasta el último momento al rey, formando en los
ejércitos monárquicos, donde por cada soldado peninsular había cuarenta o
cincuenta de color. Y terminada la revolución, al verse vencedores los enemigos
de la tiranía, se dieron buena prisa en acabar con el «triste Chactas»,
pasándolo a cuchillo en muchos países de nuestra América, quemando sus
tolderías, repartiéndose a sus hijos, o mezclándolo en las luchas civiles para
que fuese carne de cañón.
Otra vez
volvieron a hablar de los primeros conquistadores. Al iniciarse su éxodo, el
pueblo español estaba en el apogeo de su vigor. Siete siglos de pelea continua
con el moro habían virilizado sus costumbres. Hombres de guerra jugaban a
detener una muela de molino en plena rotación. Otro, con una cortesía de
gigante, arrancaba en una iglesia la pila de agua bendita para que mojase con
más comodidad sus dedos una dama de baja estatura. Todo español era soldado.
Las continuas algaradas, cabalgadas y rebatos en los límites de los reinos
musulmanes y cristianos obligaban al labriego a arar la tierra con las armas
prontas. Una operación agrícola costaba muchas veces una batalla. El árabe le
enseñó a cabalgar en corceles indómitos; la tradición del país, que databa de
los auxiliares de Aníbal, hacía de él un peón infatigable. La lucha de
guerrillas, sorpresas y emboscadas, armado a la ligera, le preparó para buscar
en las selvas de América al enemigo escurridizo, invisible y de golpe certero.
Semejantes a
los legionarios romanos, que lo mismo peleaban en tierra que en el mar, los
aventureros de la conquista fueron a la vez navegantes, jinetes incansables en
las pampas inmensas y duros andarines de las selvas vírgenes, sufriendo los
rasguños de la espinosa vegetación, el acecho de los indios, la acometida de
las fieras los tormentos del hambre y de la sed. Algunos que desembarcaron en
Méjico acababan por establecerse en los confines de la Patagonia. Otros,
abandonando la vida regalada a orillas del Pacífico, lanzáronse a través de
bosques y desiertos, siguiendo el curso de ríos como mares, para salir al
Atlántico por las bocas del Amazonas. El pie incansable valía tanto en ellos
como la mano férrea y el ojo de pájaro de presa.
El hambre, un
hambre que sólo podía sufrir el español, habituado a las sobriedades de su
raza, le acompañó en sus exploraciones por las peladas altiplanicies de los
Andes y las llanuras pantanosas sin término. Aventurábase en desiertos de los
que parecía haber huido toda vida animal. El cielo de triste azul relampagueaba
y temblaba cargado de electricidad, sin soltar una lágrima de lluvia; el suelo
de bronce no permitía que la más leve brizna de hierba adornase sus peñascales;
la llama y la vicuña torcían su carrera de trote femenil para no internarse en
esta desolación, glacial unas veces, tórrida otras. Ni una planta ni una bestia
se encontraban en las soledades de leguas y leguas... Y por allí pasó el
hombre, por allí caminó sin guía el aventurero español, a impulsos de su
heroica ignorancia, que le hacía marchar en línea recta, siguiendo el revoloteo
ilusorio de la Quimera, siempre en busca de las montañas de oro.
Unos eran
estudiantes mal avenidos con las bayetas escolásticas o mozos de labranza que,
deslumbrados por el mágico esplendor de las Indias, se improvisaban guerreros
en las tierras nuevas. Los más eran combatientes de las guerras de Europa,
segundones de ilustres casas, hidalgos pobres que habían hecho su aprendizaje
en los tercios de Italia y de Flandes y asistido al saco de Roma: soldados
orgullosos de sus hazañas y un tanto indisciplinados, que consideraban a sus
jefes como iguales. Cada uno de ellos era capaz de tomar el mando, y en
momentos difíciles, obrando por cuenta propia, remediaba las faltas de su
caudillo y obtenía la victoria. Su orgullo estaba acostumbrado al respeto y al
miedo del capitán. Cuando éste no podía ahorcarlo, lo halagaba cortesanamente.
Los generales llamaban en España a sus gentes «señores soldados». El duque de
Alba, acostumbrado a tratar con fiereza a reyes y papas, apellidaba a los
guerreros de sus tercios «Muy altos y poderosos hijos», ponderando «el gran
amor y afición que les tenía».
Y de entre
estos hombres de guerra altivos, crueles y caballerescos, que paseaban su
arcabuz como un cetro, su casco abollado como una corona, sus harapos como una
gloria, surgían Ercilla, Cerotes, Calderón y tantos otros ingenios. En pacto
eterno con el hambre y la pobreza, condenados desde mozos a ver sus hazañas mal
recompensadas y sin otro porvenir que una vejez de mendicidad, podía sin
embargo el más humilde de ellos, si le ayudaba la suerte en las Indias,
convertirse en señor de luengas tierras y virrey de un Imperio.
—La
literatura—dijo Ojeda—influyó mucho más de lo que creen en la empresa de la
conquista. Los años que siguieron al descubrimiento fueron de gran difusión
para las lecturas heroicas, difusión que duró un siglo, hasta que Cervantes
escribió su famosa obra.
En 1492 se
imprimían por primera vez los libros de caballerías; Nebrija publicaba la
primera gramática castellana; se representaban en corrales y atrios de
conventos las primeras farsas; caía Granada y se embarcaba Colón. Todo en un
año: el descubrimiento de un mundo nuevo, la unidad nacional, el nacimiento del
teatro, la formación y reglamentación definitivas del lenguaje y la
popularidad, por medio de la imprenta, de los libros de caballerías, que en
costosos infolios caligráficos sólo habían servido hasta entonces de recreo a
opulentos magnates como don Alvaro de Luna... El hidalgo pobre, el mozo
camorrista, el viandante aventurero, conocieron por sus propios ojos las sergas
del caballeresco Amadís y gritaron de entusiasmo con las hazañas de Palmerín y Tirante
el Blanco.
—Las almas
sensibles y creyentes—continuó Fernando—paladearon las gestas del místico
guerrero Perceval y los amores del caballero Tristán de Leonis con la
infortunada reina Iseo, historias de amor y de muerte de los trovadores
medievales, que en nuestros días ha remozado Wagner como argumentos de sus
poemas... Las veladas en ventas y mesones discurrían ligeras en torno del
candilón, que trazaba un círculo rojo sobre las páginas de la maravillosa
historia impresa. Un estudiante de clérigo o un bachiller leía en alta voz,
rodeado de un círculo de caras cetrinas, con el ceño fruncido y la boca
palpitante de emoción... Uno de los venteros del Don Quijote declara
como la mejor joya de su casa los viejos libros de caballerías olvidados por un
caminante.
Estas
historias disparatadas y heroicas agrandaban los ánimos, quitando toda
significación a la palabra «imposible». Los más de los lectores y auditores
llevaban espada al cinto, y al enterarse de las desaforadas batallas con
gigantes partidos por mitad, dragones despanzurrados, fugas de inmensos
ejércitos de malandrines, endriagos y salvajes, vencimiento de terribles
encantadores y liberación de princesas cautivas, pensaban con emulación y
envidia: «Lo mismo haría yo si se presentase la ocasión. Pero... ¿adónde ir?...
¿Cómo empezar?».
Los
caballeros aventureros con existencia real conocidos de las gentes, el valiente
Juan de Merlo, rompedor de lanzas en la corte de Borgoña, o los peleadores del
«paso honroso» con Suero de Quiñones, habían vagado de corte en corte sin
mayores hazañas que los torneos. ¿A qué parte del mundo caían las ínsulas y
tierras de encantamiento para los hombres ansiosos de maravillosas
aventuras?...
Y mientras
toda una generación soñaba con los ojos puestos en el libro y una mano en la
cruz de la tizona, íbase agrandando el radio de los argonautas al otro lado del
Océano. Detrás de las islas de recientes desengaños extendía la inmensa tierra
firme un mundo de misterios. Los que volvían de allá, adornado el casco con
raros plumajes, hablaban de ejércitos de hombres cobrizos y fieros que sacaban
el corazón a los enemigos para ofrecerlo a sus dioses; de esbeltas y ligeras
amazonas con sólo un pecho, para tirar mejor del arco; de tritones mostachudos
en los ríos, sirenas en las desembocaduras, perlas en los golfos y grandes
bloques de oro nativo, del que enseñaban fragmentos... ¡Las ricas ínsulas no
eran ficciones de los libros! ¡Había tierras en las que un paladín podía
crearse un reino a golpes de espada!... Y la juventud corrió a llenar con sus
armas y sus ilusiones las naos de Sevilla y Cádiz; y una vez en el otro mundo,
empezaban la epopeya de los «navegantes de tierra firme», más dolorosa y más
heroica que la de los navegantes del mar.
En las selvas
de América, nunca exploradas, vieron hipógrifos, licornios y grifos iguales a
los de los amados libros; las mordeduras de serpiente no eran mortales si se
les aplicaba una amatista; la piedra bezoar sanaba todas las dolencias, y el
mismo Carlos V pedía para las suyas este remedio encantado de los
conquistadores. Árboles misteriosos daban la muerte a todo el que descansaba a
su sombra, y otros sugerían dulces sueños de embriaguez. Grupos de hombres
armados, sin más guía que el indio mentiroso y fantaseador o el eco de una
tradición confusa, iban de la Florida a la Patagonia, del Callao a la
desembocadura del Orinoco, en busca del valle de Jauja, lugar paradisíaco de
delicias y harturas, del Imperio de las Amazonas, de la «Ciudad de los Césares»,
áurea metrópoli que nadie vio jamás, o de la Fontana de Juventud, suprema
esperanza de los conquistadores de barba canosa que sentían decaído su vigor.
Pedro de Alvarado tenía que luchar contra los conjuros de una india gorda,
temible hechicera igual a las encantadoras de los poemas antiguos. En un
combate mataba de una lanzada a un águila verde que pretendía sacarle los ojos,
y al caer, el ave de presa tomaba la forma de un indio muerto. Era un cacique
que, merced a los encantamientos de la bruja, se había convertido en águila
para cegar al conquistador.
Hombres
razonables y equilibrados no hubieran seguido adelante. Una visión ordinaria de
la realidad les habría impulsado a retroceder o a tenderse en el suelo,
desalentados. Pero la ilusión, sirena encantadora, coleaba en el aire junto a
estos locos heroicos en sus horas de desfallecimiento.
Cuando en las
altiplanicies estériles marchaban casi arrastrándose, las entrañas roídas por
el hambre y las piernas petrificadas por el frío, la esperanza, como un
relámpago, reanimaba su vigor. Tal vez al trasponer la próxima altura verían
entre las nieves un valle frondoso con palacios chapados de oro. ¿Por qué
no?... Visiones más portentosas habían salido al encuentro de los paladines en
tierras de misterio. Y tirando del cinturón para correr la hebilla unos cuantos
puntos, acallaban de este modo el estómago hambriento y seguían adelante con el
mosquete al hombro, el talle gentil y la ilusión aleteando ante sus ojos.
El oro, que
huía de ellos en las cumbres, los aguardaba sin duda en los profundos valles de
asfixiadora torridez, como rayos de sol petrificados por el suelo ardiente. Y
en busca del gran rey que todas las mañanas, luego de bañarse en el lago
sagrado, se revolvía en montones de polvo de oro, cubriéndose de pies a cabeza
con esta costra deslumbrante, avanzaban los aventureros por pantanos infinitos,
hundiéndose en el légamo con la pesadez de sus armaduras, chapoteando como
hipopótamos de acero en un fango de siglos.
Marchaban
días, semanas, meses, por la llanura casi líquida. Dormían sobre troncos
caídos, teniendo que espantar en mitad del sueño la vecindad de los caimanes.
Guisaban su alimento sobre un trípode de ramas, devorando con fango hasta el
pecho el ave acuática o el lagarto mal chamuscados. Un paso en falso les
bastaba para desaparecer. La mala alimentación y las calenturas hacían de ellos
feroces espectros enfundados en mortajas de hierro.
La desgracia
y el ansia de vivir los convertían en seres crueles, sin misericordia. La
muerte iba con ellos y para ellos. No sólo habían de defenderse de la hondonada
invisible, de la mandíbula del saurio y el colmillo del reptil: el guía, el
indio que marchaba a su lado, era un enigma inquietante. Imposible adivinar la
verdad en la mueca servil de su mascarón cobrizo. Muchas veces, cuando más
descuidado caminaba el hombre invencible, el hombre de acero con el trueno al
hombro, los indígenas caían sobre él, lo enlazaban entre las lianas de sus
brazos, y juntos chapuzábanse en la laguna como racimo de miembros palpitantes,
contentos de perecer a cambio de ahogar al blanco.
Los que por
benevolencia de la muerte desafiaban impávidos el clima, el hambre, los hombres
y las fieras continuaban su avance, viendo en tanta miseria una preparación
necesaria para obtener la gloria y la riqueza. Les aguardaba al otro lado del
pantano o de la selva la ciudad de encantamiento, con sus techos deslumbrantes
y un monarca poseedor de montañas de esmeraldas, que acabaría por darles su
hija más hermosa y con ella todos sus tesoros. Tal vez en el último momento les
cortase el paso algún dragón de siete cabezas vomitando llamas; pero ellos se
encargaban de rajarlo con la buena espada de Toledo y la ayuda de su patrón el
señor Santiago.
—Tal era la
influencia del libro de caballerías—continuó Ojeda—, que el emperador Carlos V
dio un decreto prohibiendo la importación y lectura de tales obras en las
Indias. Los aventureros de espíritu caballeresco, afligidos por los abusos de
los gobernadores, ejercían la justicia por su mano, lo mismo que el hidalgo
manchego. Tomando ejemplos en los libros, formábanse en las nacientes ciudades
de las Indias corporaciones caballerescas, cuyos individuos, con el título de
«conjurados», se comprometían a defender con la espada los derechos de la viuda
y el huérfano y a combatir las injusticias del poderoso.
El
conquistador se adaptó a la nueva tierra y a las costumbres del indígena con
asombrosa prontitud. El individualismo español encontraba un encanto
irresistible en la vida errabunda del indio, con pocas leyes, ninguna
autoridad, escaso trabajo, continuo viaje y un solo afecto: la familia.
—Así fue—dijo
Maltrana—. En todas las historias de la conquista se habla de expediciones de
españoles que descubrieron compatriotas procedentes de una expedición anterior,
los cuales llevaban varios años viviendo entre los indios. Un naufragio, un
retraso en la marcha, un combate desgraciado, les hacía caer prisioneros, y si
libraban la piel en el primer momento, acababan por hacerse de la tribu y
constituir familia. Los españoles encontraban con asombro al mozo de Sanlúcar,
de Triana o de un pueblecillo de Extremadura con el pecho pintarrajeado, corona
de plumas y un anillo en la nariz, apoyado fieramente en su arco y barboteando
trabajosamente un castellano que casi había olvidado. Lloraba al recordar la
Virgen de su tierra, pero cuando los compatriotas le incitaban a seguirles, sus
lágrimas eran de desesperación. «¡Ay, no! ¿Y la familia?...» Y presentaba a la
respetable compañera cobriza, con ojos de diablo y mejillas cubiertas de
chafarrinones, y tras ella, la nidada de mesticillos, ágiles como gamos, con
panzas ávidas de sepultar todo lo viviente.
Con igual
facilidad se adaptó el soldado español a la guerra indígena. Los pasos de los
ríos, las lagunas infinitas, las lluvias torrenciales, la dificultad de
conservar la pólvora, hicieron cada vez más escasas las armas de fuego. La
lanza, la espada y la rodela acompañaron al conquistador en sus expediciones de
tierra adentro. El combate, para los viejos soldados que habían conocido las
batallas más famosas de Europa, fue en adelante la «guazabara». La táctica,
contenida en la Milicia Indiana, de Vargas Machuca, consistió en
dar la «trasnochada» y dar el «albazo», o sea sorprender al enemigo astuto y
escurridizo en plena noche o al romper el día. El aventurero sustituyó las
botas guerreras por la alpargata o la abarca de piel de potro; la coraza por el
peto acolchado de algodón, que le servía de almohada durante la noche; el casco
por el morrión de cuero; la capa por el poncho indiano.
—El indio
vino al fin a él—interrumpió Zurita sonriendo—, pero él hizo la mitad del
camino yendo hacia la hembra india. Y el resultado de este encuentro fue una
raza nueva, todo un mundo: la América que hoy conocemos.
Ojeda había
quedado absorto desde mucho antes, sin oír lo que decían Isidro y el doctor.
Resucitaba en su memoria la conversación que había tenido con Mina aquella
misma tarde, y el recuerdo de la artista evocaba el de Wagner y sus héroes.
¿Por qué pensaba en esto?... «Tal vez—se dijo mentalmente—porque esos
conquistadores fueron héroes de epopeya, héroes en plena Naturaleza, como los
del poema nibelúngico...»
Su vaguedad
imaginativa fue contrayéndose, hasta dar forma a figuras precisas. Vio a Wotan,
el dios majestuoso y débil, forzado a castigar con momentánea cólera a la hija
desobediente. «Padre—implora sollozando la walkyria—, ya que me has excluido de
la raza de los dioses y como débil mujer he de dormir sobre esa roca hasta que
el primero que pase se apodere de mi virginidad, ¡que no sea yo la esposa de un
débil mortal, de un cobarde!... Evítame esa afrenta... Si en los brazos de un
hombre he de caer esclava, haz que la llama surja en torno de mí al eco de tu
palabra; rodéame de un baluarte de fuego, para que sólo un héroe de corazón
firme y fuerte, valiente como un dios, pueda despertarme y hacerme suya.»
Igual a
Brunilda, la virgen morena había dormido, no años, sino siglos, guardada en su
letargo por la azul extensión de los océanos, más insalvable que las barreras
de llamas. Sólo un héroe de corazón fuerte podía despertarla... Y al oír los
pasos férreos del conquistador, los ojos de la india virgen parpadearon,
extendió los brazos, y sus pechos vinieron a aplastarse sobre el peto de una
armadura.
Era el héroe
prometido; el amor que despierta bajo la caricia del guantelete metálico; el
abrazo fecundador acompañado en sus temblores por un tintineo de armas.
Y para llegar
hasta ella, el héroe no había tenido que combatir el obstáculo del fuego, que
se salva con sólo un impulso de coraje... Su firmeza y su paciencia habían sido
tan grandes como su valor ante los océanos que desalientan por su inmensidad;
las montañas que crecen y se repiten así como se va avanzando por sus
rugosidades; los bosques obscuros y laberínticos, en los que se pierden la luz
del sol y las huellas de los pasos; las llanuras desoladas que no terminan
nunca.
La víspera
del paso del Ecuador, al penetrar la luz del alba en las entrañas del buque,
fue esparciéndose con ella una melodía suave de metales discretos, una música
con sordina que sólo aspiraba a despertar levemente a los pasajeros, para que
reanudasen el sueño con mayor placer.
Avanzaban los
músicos quedamente a lo largo de los corredores todavía iluminados por la luz
eléctrica, y deteniéndose en un cruce, embocaban sus instrumentos, repitiendo
la solemne alborada.
Los
durmientes se agitaban en sus lechos. Todos sabían lo que significaba esta
música oída entre sueños. El Coral de Lutero. Era domingo, y
el buque protestante lo anunciaba a sus gentes con este salmo instrumental, que
recordaba a muchos una ópera de Meyerbeer.
Se apagó al
fin la música, sin otra consecuencia que haber turbado durante algunos minutos
los ronquidos de los pasajeros, llamados inútilmente a la meditación y la
plegaria. Pero transcurridas cuatro horas, un espectáculo extraordinario hizo
salir a muchos de sus camarotes antes que de costumbre.
Las señoras
sudamericanas, vestidas de negro, con sombreros del mismo color y un velo ante
los ojos, subían la escalinata de caoba con dirección a los salones, pasando
entre los camareros agachados y en manga de camisa que fregoteaban peldaños y
balaustres. Todas marchaban con los ojos bajos y cierto encogimiento, como si
acabase de ocurrir en el buque algo extraordinario y triste que entenebrecía el
esplendor de la mañana tropical. Entre las manos enguantadas de negro llevaban
pequeños libros encuadernados en oro y nácar. Tras ellas venían los hombres de
la familia con aire de burgueses endomingados que asisten a una ceremonia
fatigosa e ineludible. Los trajes blancos, los cuellos flojos, las gorras de
viaje, los zapatos de lona, no aparecían esta mañana.
Isidro se
encontró en un rellano de la escalera con el doctor Zurita, que marchaba cual
un pastor majestuoso, respetado y jamás obedecido, tras el rebaño femenil de su
familia: señora, cuñadas, suegra e hijas. Un cuello recto y esplendoroso
remontábanse en él desde la corbata negra a las orejas. Batían sus piernas los
faldones de un chaqué, prenda incómoda en la región ecuatorial, que gravitaba
sobre sus espaldas con la pesadumbre de una coraza, moteando sus sienes y
bigote de perlas de sudor. Al ver a Maltrana le dirigió una sonrisa de
resignación, señalando al mismo tiempo con los ojos el término de la escalera,
los salones, hacia los cuales marchaba siguiendo el fru-fru majestuoso de las
faldas.
Algunos
pasajeros alemanes, vestidos de blanco con descuido matinal, subían a la
cubierta de paseo y miraban un instante por las ventanas de los salones. Luego
se dirigían hacia la popa discretamente en busca de las tertulias que empezaban
a juntarse en el fumadero, como hombres que sorprenden una reunión de familia y
no quieren molestarla con su presencia.
El mayordomo
permanecía junto a la escalinata, recomendando silencio en las tareas de
limpieza, evitando el choque de los cubos, las ruidosas frotaciones, haciendo
hablar a los camareros en voz baja, lo mismo que si estuviesen en la habitación
de un enfermo.
Un repiqueteo
de campanilla surgió del último salón, amortiguado por las cerradas vidrieras.
Isidro, que había subido al paseo, miró por una ventana. «Lo mejor del buque»
estaba allí, oprimido, amontonado ante la plataforma de los músicos. Las
señoras, en primer término, ocupaban las sillas, y detrás de ellas los hombres,
de pie, codo con codo, llevándose el pañuelo a la frente sudorosa. Giraban los
ventiladores, y sobre las negras filas de pechos femeninos mariposeaban los
abanicos con incesante aleteo.
Maltrana fijó
su mirada entre las dos columnas de la plataforma, allí donde ordinariamente
había una especie de mostrador encristalado lleno de tarjetas postales y
«recuerdos de viaje» que vendía el mozo del salón encargado de la biblioteca.
El tal mostrador había desaparecido bajo un mantel lleno de puntillas. Dos
candelabros con cirios crepitaban en la mañana esplendorosa sus luces incoloras
y sin fuego; un crucifijo de porcelana ocupaba el centro.
Ante el altar
improvisado erguíase el obispo, cubierto con una casulla de oro y albas
vestiduras que aún guardaban los pliegues del encierro en la maleta.
Arrodillado a sus pies estaba el abate, con las barbas fluviales tendidas sobre
el negro delantero de su sotana. Todos los ojos iban hacia él: sólo la familia
de La Boca seguía con mirada amorosa los movimientos de Monseñor al decir la
misa.
El
conferencista, a pesar de su modesta situación de ayudante, era admirado por
muchos, como esos grandes actores que, aun permaneciendo mudos en un extremo de
la escena, consiguen mayor atención que los que hablan y gesticulan en primer
término. Cuando su voz abaritonada respondía a las palabras del obispo, había
en ella tal encanto y tanta autoridad, que las buenas señoras se lamentaban de
que estas contestaciones fuesen breves. Y él, convencido de su éxito, se
empequeñecía, se humillaba ante el oficiante, como un simple acólito, mirando
algunas veces al público con el rabillo del ojo para que no perdiese ni el más
pequeño detalle de su religiosa abnegación. No había querido dar la
conferencia, pero ofrecía algo más interesante: el espectáculo de un grande
hombre, cuyos retratos figuraban en los periódicos, ayudando la misa de aquel
obispo obscuro, que parecía aturdido por tal honor.
Abandonaba a
veces el abate su actitud encogida, para dirigir al oficiante como un maestro.
Todos los objetos del culto eran suyos: el sagrado mantel, la casulla, el cáliz
de piezas enroscadas y las divinas Formas. Este hombre extraordinario,
aleccionado por la experiencia, no olvidaba nada en sus viajes. En una maleta,
los periódicos ilustrados con sus biografías, los libros que había escrito y
los retratos que debía regalar con dedicatorias; en otra, los artículos de la
misa, guardados en estuches con forros de terciopelo, bien cuidados,
desmontables y limpios, como útiles profesionales.
Una cabeza
avanzó junto a la de Maltrana, pegándose al vidrio, al mismo tiempo que un codo
tocaba el suyo. Era Ojeda.
—¿Está usted
oyendo misa?...
—No,
Fernando. Pensaba en los caprichos de la suerte histórica; en cómo la
casualidad puede llevar a las gentes por los caminos más diversos... Mire usted
con qué devoción siguen esas damas el curso de la misa. Algunas hasta tienen
húmedos los ojos. Una misa en pleno Océano, ¡figúrese usted!... Y pensar que si
América la descubren los ingleses, o el gran Carlos y se deja convencer en
Worms por el frailecillo Martín, toda esa gente estaría a estas horas con una
Biblia en la mano cantando salmos con acompañamiento de armónium.
En otras
ventanas apretábanse contra los vidrios las cabezas rubias de varios niños. Con
la boca abierta y un pliegue vertical entre las cejas, contemplaban ansiosos
las genuflexiones y manejos del hombre dorado y los gestos del hombre negro que
le seguía en todas sus evoluciones. Eran pequeños alemanes que por primera vez
veían una misa.
Maltrana
examinaba el público amasado en el salón.
—Gran
concurrencia—dijo—. Ninguna fiesta de a bordo ha reunido a tanta mujer. Hasta
veo tres coristas que se han vestido de negro con ropas prestadas por las
amigas. Son polacas... Y más allá, mire usted a doña Zobeida envuelta en su
manto americano, y a nuestra amiga Conchita con mantilla española... En el
centro está Nélida, una Nélida que parece otra, humildita al lado de su madre,
con la cabeza baja, sin nada llamativo, húmedos los hermosos ojazos.
¡Pobrecilla! En ella las impresiones son tan fugaces como intensas. Está
emocionada por el espectáculo. Un poco más, y rompe a llorar... Pero vámonos de
aquí; estamos molestando. Don Carmelo, el de la comisaría, que está al lado del
abate para ayudarle, nos ha mirado varias veces. Las respetables matronas levantan
la cabeza, y yo debo velar por mi reputación. No quiero que digan que
Maltranita es un impío. Esa reputación sirve a veces en Europa, pero en América
da muy poco.
Se apartaron
de la ventana para emprender un paseo por la cubierta, solitaria en aquellos
momentos.
—Ahí verá
usted—dijo Isidro a los pocos pasos, continuando de viva voz el curso de sus
reflexiones—la gran diferencia de lo imaginado a lo real. ¡Cuántas veces he
leído yo la descripción de una misa en alta mar! Usted mismo, poeta, si se
propusiese hacer unos versos sobre esto, ¡qué de cosas bonitas diría!... El
augusto silencio; el Océano recogiéndose para presenciar mejor la divina
ceremonia; la mañana esplendorosa, las gentes llorando, un hálito celeste
descendiendo sobre el buque cual música angélica... Y fíjese en la realidad: no
hay más música que la de los ventiladores y abanicos; los hombres chorrean
sudor y miran a las puertas deseando huir; abajo suenan los platos y los
tenedores de los herejes, que toman su primer almuerzo; en la proa y en la popa
gritan, juran y cantan los emigrantes; los camareros suben y bajan las
escaleras con sus útiles de limpieza... No; decididamente, no hay poesía
religiosa en estos buques modernos.
—Procure no
repetir tales cosas en presencia de sus amigas—dijo Ojeda con el mismo tono
zumbón—. Como usted afirmaba antes, la impiedad da muy poco en América, y el
catolicismo es algo que dejó muy arraigado en las mujeres la educación
española. Los hombres son indiferentes, son incrédulos, pero jamás se atreven a
ser impíos. Para eso hay que pensar, y su pensamiento lo ocupan por entero los
negocios.
Otra vez,
como en la tarde anterior, surgió en su conversación el recuerdo de los
conquistadores, pero por breves momentos. El hombre de presa, el navegante de
espada, había sido en muchas ocasiones un místico. Al sentirse fatigado de
aventuras y glorias, desceñíase la tizona, abandonaba el corselete y se cubría
con el hábito de fraile. Otras veces, en plena juventud, bastaba un revés de
fortuna, un desengaño de amor, para que el capitán fastuoso y cruel se
convirtiese en ermitaño del desierto, alimentándose de raíces frente a una
calavera y una cruz de palo.
Estos
místicos a la española, de un misticismo orgulloso y dominador, en vez de
elevar los ojos al cielo para dejarse absorber por su grandeza, tiraban del
cielo y lo hacían bajar hasta ellos, viendo en cada acto de su energía
individual una chispa de la voluntad de Dios encarnada en sus personas. Eran
místicos de acción, como el antiguo soldado Loyola, como la andariega Teresa de
Jesús, especie de Don Quijote con tocas siempre a caballo por los campos de
Castilla; y este misticismo vigoroso y militante, que salvó a la Iglesia
católica cortando el paso a la Reforma se había esparcido por el Nuevo Mundo
con los conquistadores, predispuestos al milagro. Siempre que se veían en un
aprieto al pelear contra los indios, aparecíaseles el apóstol Santiago en su corcel
blanco y luminoso, hendiendo las apretadas huestes cobrizas, lo mismo que en
España había desbaratado a los infieles musulmanes.
—La devoción
de aquellos hombres—dijo Ojeda—ha llenado América de imágenes prodigiosas,
tantas o más que en la Península. No hay allá ciudad con tres siglos de
existencia que no tenga un santo de indiscutibles milagros... Los imagineros de
Valencia y de Sevilla enviaban remesas de vírgenes y cristos a los conventos de
las Indias y a los hidalgos retirados de aventuras en sus buenas encomiendas.
Pero estas imágenes de encargo, al tocar el suelo americano, se agigantaban y
hacían milagros, lo mismo que los desesperados y hambrientos que al llegar allá
se convertían en héroes.
Viéronse
crucifijos remontando los ríos contra su corriente; vírgenes que inmovilizaban
la carreta que las conducía para manifestar su voluntad de no pasar adelante y
que allí mismo las erigiesen un templo; imágenes que, ocultas en el suelo, se
anunciaban con músicas y luces misteriosas. Todos los prodigios divinos de la
metrópoli se repitieron en las Indias, como la copia repite el original. Las
vírgenes negras de España, inexplicables para la devoción peninsular, se
reprodujeron en América, con gran entusiasmo de la gente de color.
—Y todo este
pasado vive ennoblecido e indiscutible bajo una pátina de siglos que lo hace
cada vez más venerable. Créame, Maltrana. Al llegar allá, enfunde su burla y
procure no hablar de religión, si es que busca apoyo en las damas. Deje eso
para los comisionistas de comercio extranjeros. La impiedad no puede ser para
nosotros artículo de exportación. Las creencias tradicionales resultan obra de
«nuestra vieja», y si las atacamos, hágase cuenta que estamos dando con un pico
en la casa materna.
Después de
permanecer sentados algún tiempo en la terraza del fumadero, continuaron su
marcha, llegando por segunda vez a las ventanas del salón. El público era el
mismo, nadie se había movido de su lugar, pero el oficiante era otro. Monseñor
estaba abajo, tomando su almuerzo, rodeado de la familia admiradora, que le
incitaba a restaurar sus fuerzas después de las fatigas recientes. Ahora era el
abate francés el que, revistiéndose a la vista de los fieles con los mismos
ornamentos, decía la segunda misa.
En vano
desplegaba una majestuosa solemnidad en palabras y gestos: su público seguía
admirándole, pero estaba fatigado. Corría el sudor por el rostro de las damas,
arrastrando en sus tortuosos raudales el negro de las ojeras, el rojo de las
mejillas y el barro blanquecino de los polvos de arroz. La conciencia de estas
devastaciones del calor las hacía moverse nerviosas en sus asientos con el
abanico sobre el rostro. Los cuellos almidonados de los hombres perdían la
acorazada tersura de su planchado; se ondulaban como muros de porcelana
próximos a resquebrajarse. De las orejas velludas colgaban perlas de sudor.
Acostumbrado
el sacerdote a adivinar el estado de ánimo de los públicos, aceleraba sus
gestos, llevaba la ceremonia a todo galope mascullando frenéticamente sus
latines, reanudándolos antes de que terminase sus respuestas el ayudante con
sotana negra. Este ayudante era don José, el cura español, encogido, humilde,
para ganarse las simpatías de las señoras que admiraban al abate.
Los dos
amigos, acodados en la borda, sintieron de pronto a sus espaldas un estrépito
de sillas removidas, puertas abiertas de golpe, precipitadas carreras, suspiros
de pechos comprimidos, algo semejante a la fuga pavorosa del público en un
local que se incendia. La misa había terminado y las señoras corrían a sus
camarotes para cambiar de ropas y reparar el desorden de sus rostros. Los
hombres respiraban unos momentos en la cubierta y encendían un cigarro antes de
ir a despojarse de las prendas negras.
Sonó de nuevo
el repiqueteo de la campanilla y corrió Isidro a mirar por las ventanas. ¡Otra
más!... Era su amigo don José, que, cubriéndose con las vestiduras sudorosas de
sus antecesores, iba a decir la tercera misa ayudado por don Carmelo. El
sacerdote se preparaba a oficiar sin más pueblo devoto que las sillas
esparcidas en el salón con el desorden de la fuga. Sólo algunas domésticas,
enviadas por sus señoras, entraron apresuradamente para no quedarse sin misa.
Doña Zobeida y Conchita habían avanzado hacia los asientos de primera fila,
consolando al oficiante con su presencia de esta retirada general.
—¡Mi pobre
don Pepe!—exclamó Isidro—. ¡Él que contaba con esta misa para hacerse visible
ante el señorío del buque y adquirir buenas amistades!... ¡Y me lo dejan solo,
como un artista sin cartel! Eso no está bien. Hay que hacer algo por el
paisano, ¿no le parece, Fernando?... ¡Si nos lanzásemos! ¡Hace tantos años que
no hemos visto eso de cerca!...
Y los dos
entraron en el salón, colocándose en primera fila. El ambiente, cerrado aún y
caldeado por tantas respiraciones, era de una densidad asfixiante. Conchita los
saludó con un gesto de cansancio. Doña Zobeida, al reparar en ellos, tuvo
miradas de ternura. Muchas gracias, en nombre del buen padrecito. Para ella,
esta misa era de mayores méritos que las anteriores.
Don José, al
volverse de cara a los fieles, no pudo reprimir un parpadeo de sorpresa viendo
la inmovilidad devota de sus dos amigos. Y este agradecimiento, así como lo
avanzado de la hora, le hizo despachar su misa rápidamente.
Al terminar
la ceremonia, don Carmelo fue el primero en huir, llevándose las manos al
rostro, que chorreaba sudor.
—¡Mardita sea
mi arma! Serca de dos horas en este horno... Er comandante, porque soy español,
me da siempre estos encargos. ¡Con lo que tengo que escribí en la comisaría!...
Y salió
apresuradamente, cruzándose con el abate, que volvía en busca de sus ornamentos
para colocarlos uno por colocarlos uno por uno, bien contados y limpios, en los
estuches de viaje.
La banda de
música tocaba su concierto matinal. Todos los sillones del paseo estaban
ocupados. Las damas, vestidas de blanco, gozaban el bienestar de una leve
frescura después de las angustias sufridas en el salón. Circulaba impreso el
programa de las fiestas con las que se solemnizaba el paso de la línea: cuatro
días de banquetes, conciertos y juegos atléticos. Muchos reían de los chistes
con que el mayordomo había salpicado el programa, gracias inocentes, de una
pesadez abrumadora, que parecían guardadas en el almacén del buque con las
flores de trapo, las banderas y los escudos de cartón, para resurgir a fecha
fija en todos los viajes.
Ojeda, al
salir a la cubierta, se vio detenido por la sonrisa de Mrs. Power y abandonó a
su compañero, acodándose al lado de ella en la baranda.
«¡Demonio de
mujer!—pensó Maltrana—. Parece como que huele a Fernando. Cualquiera diría que
tiene ojos en la nuca para verle. Está de cara al mar y apenas nos aproximamos,
vuelve la cabeza sonriendo de antemano, segura de que es él quien se acerca.»
Un coro de
vociferaciones, grandes risas y aplausos sonó en la terraza del fumadero, y
Maltrana, ansioso por conocer todo lo que ocurría en el buque, corrió hacia
este sitio.
Era Nélida,
rodeada de sus admiradores y otras gentes que habían sido atraídas por el nuevo
aspecto que presentaban algunos de aquéllos. El barón belga, su rival el alemán
y otros más que tenían bigotes, aparecían ahora con el labio superior
recientemente afeitado, y esta novedad provocaba la ovación irónica de los
amigos.
Nélida
sonreía, bajando los ojos con modestia. Había manifestado el día anterior que
nunca podría amar a un hombre con bigotes; ella estaba por el varón a estilo
norteamericano, con la cara limpia de pelos lo mismo que los luchadores
helénicos. Y esto había bastado para que aquellos hombres, roídos por sorda
rivalidad corrieran a ponerse en comunicación con el barbero, presentándose
desfigurados ante la veleidosa joven que los abarcaba a todos en un afecto
común, sin distinguir a ninguno.
—Esta chica
va a volvernos locos—dijo Maltrana a Ojeda, que había corrido también para
enterarse del motivo del estrépito—. Ahora parece que su gusto consiste en que
los hombres se afeiten. Yo estoy libre de eso: yo he seguido siempre la moda de
ahora. Pero usted, Fernando, líbrese de que esa chiquilla le eche el ojo. Veo
en peligro sus hermosos bigotes.
—¡A
mí!...—exclamó Fernando levantando los hombros despectivamente y mirando a
Nélida, que por casualidad fijaba al mismo tiempo sus ojos en él—. No hay
peligro, Maltrana... Me vuelvo con la yanqui.
Cuando los
dos amigos se reunieron en la mesa, a la hora del almuerzo, notaron la ausencia
del doctor Rubau.
—El pobre
señor está muy triste—dijo Munster—. Me comunicó anoche que pasaría encerrado
todo el día en su camarote. Hoy es el sexto aniversario de la muerte de su
señora, y todos los años, esté donde esté, hace lo mismo. Se aísla, piensa en
ella, no come; llora con toda libertad.
Maltrana
admiró irónicamente la conducta del doctor. ¿Quién podría sospechar esta
desesperación romántica en aquel viejo médico, con sus setenta años, sus
patillas teñidas y sus dientes montados en oro?... Y en vida de la llorada
señora tal vez se habrían peleado los dos frecuentemente y él llevaría sobre su
conciencia más de una infidelidad...
—¡La ilusión,
Ojeda! La caprichosa ilusión, que agranda las cosas cuando las perdemos y nos
las hace amar con nuevos amores, borrando los recuerdos ingratos.
Después del
almuerzo, Maltrana desapareció con aire misterioso. Había hablado a su amigo de
cierta expedición a la parte más interesante del buque: una visita que muy
pocos conseguían hacer. Pero él tenía amigos, gozaba de grandes influencias, y
acompañando a don Carmelo, el de la comisaría, iba a realizar su capricho.
No quiso
decir más, y se fue escalera abajo, dejando a Ojeda tendido en un sillón de la
cubierta.
Un calor
pegajoso humedecía las frentes y las espaldas. Los dormitantes cambiaban de
postura para separarse de la epidermis las ropas adheridas por el sudor. Una
tenue nubecilla, algo así como una leve pincelada blanca, destacábase en el
azul del horizonte ante la proa del trasatlántico. Era un velero, todavía
lejano, que navegaba con el mismo rumbo del Goethe. Pronto lo
alcanzaría éste; el viento era escaso; de vez en cuando una ráfaga; luego la
calma ecuatorial, densa, anonadadora, que parecía gravitar sobre el Océano,
conmovido apenas por ligeros estremecimientos.
Marcábase de
pronto sobre este mar luminoso un gran redondel negro. Surgía del horizonte una
barra de sombra que iba rodando vertiginosamente hacia el navío, como una pieza
de tela que se desenrolla, obscureciendo al mismo tiempo el cielo y el agua. En
esta zona de sombra el mar aparecía erizado de pequeñas puntas, como la
superficie de un cepillo.
El avance
sólo duraba unos minutos. Pasaba el buque, con una rapidez igual a la de las
mutaciones escénicas, del sol ardoroso a una penumbra lívida de tempestad. La
lluvia lo envolvía con un trágico acompañamiento de relámpagos y truenos
estentóreos; truenos como sólo se oyen en la soledad del Océano. Esta lluvia no
era a raudales, sino en grandes masas, cual si se desfondase un lago allá en lo
alto y todo su volumen cayera de golpe. Entraba en forma de cuchillos por los
intersticios de las lonas, inundando la cubierta por el lado del viento;
deslizábase en riachuelos ondulosos al pie de las barandas; aglomerábase en las
canales de desagüe, que borbolleaban, atragantadas por tanto líquido. Los
toldos y las planchas quejábanse como apaleados.
Y a los cinco
minutos, cuando las gentes, asustadas, recogían libros y almohadones en las
cubiertas para librarlos de la inundación, refugiándose con ellos en los
salones, surgía de pronto el sol; el buque, chorreante, brillaba cual si fuese
de oro, y la mancha de sombra iba corriéndose en el mar luminoso, cada vez más
reducida, más estrecha, hasta perderse en el infinito, como si la fuese
arrollando una mano invisible.
Al poco rato
el calor ecuatorial había devorado hasta la más recóndita mancha de humedad.
Cuando aún se deslizaban en las canales algunas gotas retrasadas, las tablas de
las cubiertas, ardientes por el sol, crujían de nuevo bajo los pasos. Un cuarto
de hora después del tempestuoso chaparrón no quedaban vestigios de él. Se le
recordaba como algo absurdo e irreal, en el calor asfixiante de la tarde, bajo
un cielo de crudo azul, sobre un mar que hervía con los reflejos del sol y daba
a la retina la impresión de un lago infinito de tibias aguas.
Formábase en
el avante de la cubierta un grupo de niños y criadas que señalaban al
horizonte. Acudían los pasajeros, apuntando sus gemelos en la misma dirección.
Ojeda abandonó su asiento para unirse al grupo, y los dormitantes que estaban
cerca se incorporaron igualmente, corriendo con la infantil curiosidad que
inspiraba el menor suceso en la monótona existencía de a bordo...
El velero
estaba a corta distancia del trasatlántico, moviéndose ante su proa como una
montaña de blancos lienzos cuadrangulares ligeramente rosados por el sol. Una
maniobra del Goethe lo dejó a un lado, y entonces apareció
visible de proa a popa, con su casco férreo pintado de verde, agudo y veloz, y
el velamen de sus cinco mástiles, amplio, enorme: un bosque de hojas de lona
con nervios de acero, que recogía la menor brisa, vibrando y encabritándose
bajo su soplo.
Algunos
pasajeros que bajaban del puente transmitían las noticias del telegrafista. Era
un velero de Brema y no iba a América. Se aproximaba a las costas del Brasil
para tomar los vientos, ganando después el cabo de Buena Esperanza. Iba a la
China a cargar arroz.
El Goethe saludó
con un bramido el pabellón enarbolado por el velero. Dos docenas de
hombrecillos, achicados por la lejanía, agolpábanse en la borda, con el torso
desnudo, moviendo en alto sus casquetes blancos iguales a los de los cocineros.
Se adivinaban sus gritos, absorbidos por el silencio del Océano, de los que no
llegaba el más leve eco hasta el vapor. Dos perros enormes, hirsutos, fieros,
puestos de patas en la borda lo mismo que personas, saludaban igualmente con
ladridos contorsionantes que convertía la distancia en gestos mudos.
Fue
quedándose atrás el buque de vela. Se mantuvo un instante paralelo a la proa;
luego, para seguirle, tuvo el gentío que correrse por las cubiertas.
Finalmente, sólo lo vieron los emigrantes amontonados en la popa, destacándose
la bandera del Goethe sobre la pirámide blanca de su velamen.
Parecía inmóvil, a pesar de que dos cuchillos de espuma rebullían a lo largo de
su proa. «¡Adiós! ¡Buen viaje!», gritaba en varios idiomas la muchedumbre
agrupada en las bordas... Y el velero fue empequeñeciéndose, como si marchase
hacia atrás, saludando con violentos cabeceos las arrugas espumosas que enviaba
a su encuentro el invisible volteo de las hélices. Al fin pareció quedar
inmóvil, sumiéndose en los lejanos términos del horizonte solitario, en la
llanura sin límites, donde le harían dormitar con las velas desmayadas las
ardientes calmas diurnas; donde avanzaría de noche igual a un fantasma, rodeado
de espumas fosforescentes, balanceándose la luna enorme y amarillenta entre el
boscaje de su arboladura.
Ojeda extrañó
no ver a su amigo en la cubierta. Algo de mucho interés debía preocuparle para
que dejase pasar inadvertido este encuentro, que equivalía a un gran suceso en
la vida monótona de a bordo.
Al deshacerse
los grupos, volviendo unos a sus sillones y otros al interior del café,
Fernando encontró a Conchita que paseaba con gracioso contoneo, sacando los
codos, montada en altos y ruidosos tacones. Las señoras sudamericanas, al verla
pasar, la llamaban «la española donosita».
Sus ojillos
negros y agudos se clavaron en Fernando.
—¡Vaya usted
con Dios, mala persona! Usted no quiere nada con las paisanas: le parecen poca
cosa. Todo para las señoras que hablan en extranjero y ni Dios las entiende...
No, hijo: ¡si no quiero nada con usted! Paseo mejor solita... Ahí tiene a
su yanka mirando al mar con medio ojo y con el otro medio
buscándolo a usted. Acérquese, que le espera.
Y Conchita se
alejó con ruidoso taconeo, al mismo tiempo que Fernando, atraído por los ojos
claros de Mrs. Power y su sonrisa entre amable e irónica, iba hacia ella,
acodándose en la baranda para entablar el segundo galanteo del día. Imposible
hacer otra cosa en este encierro flotante, donde era inútil huir, pues al dar
la vuelta al lado opuesto de la cubierta encontrábase el fugitivo con las
mismas personas.
Las
conversaciones con la norteamericana empezaban a fatigar a Ojeda. Estos flirts sin
resultado parecíanle monótonos, dulzones e interminables, como los salmos de
una capilla evangélica.
Siempre lo
mismo: ojeadas sentimentales, palabras melancólicas alternadas con burlas frías
y mordientes para los que pasaban junto a ellos. Si él manifestaba deseos de
alejarse, una mirada maliciosa que equivalía a una promesa y ciertas palabras
de doble sentido le mantenían inmóvil. Cuando, súbitamente entusiasmado,
intentaba avanzar, ella sonreía con una inocencia maliciosa: «No comprendo...
no comprendo». Y si al fin confesaba su comprensión, era frunciendo el ceño y
protestando con frío rubor: «Shocking».
Algunas veces
se retiraba medio ofendida por las audacias verbales de Fernando, y éste
respiraba, satisfecho y contrariado al mismo tiempo. «¡Anda con Dios y no
vuelvas nunca!—se decía con rabia—. La verdad es que no sé por qué pierdo el
tiempo con esta mujer.»
Pero no
transcurrían muchas horas sin que se reanudasen las relaciones de buena
amistad. Maud le salía al encuentro fingiéndose distraída; le esperaba al paso,
apoyada en la borda, contemplando el mar en la actitud de una actriz que se ve
espiada por la máquina fotográfica, y era bastante una sonrisa, un movimiento
de ojos, una leve tos, para que Fernando volviese a juntarse con ella.
«Me está
toreando—protestaba él mentalmente—. Se está divirtiendo conmigo... ¡Ay, si
estuviésemos en tierra pudiera dejar de verte! ¡Qué patada te ibas a llevar,
hija mía!»
Pero estaban
en el Océano, encerrados en un espacio de unos centenares de metros. Una cadena
irrompible los sujetaba a los dos, y cuando el uno se alejaba, el otro
forzosamente iba detrás. Había que resignarse a un galanteo penoso y
contradictorio, a un tira y afloja que parecía muy del gusto de aquella mujer y
le hacía abrir unos ojos de sonriente crueldad, de espasmo sádico, cada vez que
él, con los sentidos excitados por misteriosas alusiones o miradas
prometedoras, se contraía furioso de deseo.
Su única
preocupación al salir de estos suplicios era que Isidro no se enterase de la
verdad. ¡Cómo se burlaría de él al conocer la conducta de Maud!... Y a impulsos
de su orgullo varonil, de esa vanidad jactanciosa del macho, que transige con
la mentira para conservar su prestigio, aceptaba las felicitaciones y la
envidia de Maltrana, que se lo imaginaba triunfador.
De tarde en
tarde, el remordimiento y el miedo se apoderaban de él. ¡Ay, si la otra
contemplase desde lejos lo que le estaba ocurriendo en el buque! ¡Si Teri
pudiera verle como se ve por el ojo de una cerradura!...
La vergüenza
le hacía permanecer inmóvil en su sillón, leyendo un libro, indiferente a
cuanto le rodeaba. Otras veces, con el deseo de aislarse más aún, trasladaba su
asiento a la última cubierta y se ocultaba detrás de un bote, gozando el
deleite de su voluntad triunfadora, de su enérgica resolución al decidirse a
ser fiel. Pero la estrechez del encierro conspiraba contra su virtud. Imposible
mantenerse aislado. Las necesidades de la vida, los toques de llamada al
comedor, los juntaban a todos. Además, aquella mujer parecía dotada de un
sentido diabólico para adivinar su presencia. Le descubría en sus escondrijos,
por apartados que fuesen; pasaba ante él orgullosa y atrayente a la vez, lo
mismo que una reina convencida de su majestad, con un fluido en torno de su
persona que desarticulaba y abatía los santos propósitos mejor construidos.
Reconocía
Fernando, aparte de esto, que el enemigo más temible estaba dentro de él. Era
la bestia adormilada en la soledad, que se encabritaba al husmear el perfume de
Maud; la pureza forzosa por falta de ocasión, que se retorcía fieramente ante
la curva tentadora, el largo contacto de las manos o las blancas suculencias
enfundadas en seda negra o seda gris exhibiéndose tentadoras entre las faldas
recogidas al remontar una escalera con voluntario descuido.
Ojeda
dejábase vencer de nuevo con cualquiera de estos incidentes. Al llegar a tierra
sería otro hombre, recobraría su fidelidad; pero aquí estaban en pleno
Atlántico, y ¡quién sabría nunca lo que ocurriese!... Había que entregarse a su
destino; seguir las sugestiones irresistibles del «gran impuro». Y Maud la
dominadora le veía otra vez sujeto a su encanto atormentador. Se agitaba en
torno de ella sumiso y suplicante, con alternativas de cólera y huidas de
despecho que sólo duraban breve tiempo.
Se había
creído por un instante libertado de tal servidumbre al conocer a Mina. Esta
mujercita triste y enferma no era un peligro. Podía estar junto a ella sin que
se alterase el equilibro de su tranquilidad. Mina, con su dulzura sentimental,
parecía hermosear la existencia monótona de a bordo. Era un socorro para
terminar sin remordimientos la travesía.
Pero Maud,
como si adivinase sus pensamientos y temiese una concurrencia, había atacado
desde el primer momento a la alemana. Felicitaba a Ojeda con una ironía cruel
por su magnífica conquista. ¡Qué suerte! La mujer más fea y pobremente vestida
del buque... Una especie de institutriz casada con un musiquillo borracho, del
que se reían todos, hasta la turba de cómicos que iba con él.
En su burla
despiadada no perdonó ni al niño: un gordinflón con pelo de cáñamo, el más
sucio de toda la chiquillería del buque. Ella esperaba ver a Fernando
llevándolo en brazos mientras hacía el amor a la mamá. Apostaba algo a que por
la noche lo dormía en sus rodillas con acompañamiento de canciones y se
preocupaba de cambiarle las ropas interiores.
Con la
irritante injusticia de que sólo es capaz el despecho feminil, burlábase
también de Mina como cantante. Se había tapado los oídos una tarde que
cautelosamente se acercó a las ventanas del salón, cuando ella estaba en el
piano y él de pie mirándola lo mismo que un tenor... ¡Y decían que esta
infeliz, igual a una doncella de servicio, había sido una mujer hermosa y una
grande artista!... ¡Y todos los éxitos de Ojeda en el buque consistían en haber
inspirado tal pasión!... Debía felicitarlo por su buena suerte. Y para más
ironía, Maud hablaba en francés con acento nasal: «Mes compliments, mon
cher; tous mes compliments».
¡Pobre
Mina!... Algunas veces, mientras hablaba Fernando con Mrs. Power, la había
visto pasar cerca de ellos llevando de la mano a Karl. Fingía no conocerlos,
torcía los ojos, pero se adivinaba en su gesto la amargura de la decepción. Y
cuando Ojeda quedaba solo, ella parecía ocultarse, huyendo de reanudar sus
conversaciones. Si en sus paseos por la cubierta se encontraban frente a
frente, después de breves palabras Mina pretextaba una ocupación inmediata u
obedecía el más leve tirón de Karl para seguir adelante.
A los ojos
escrutadores de Maud no escapaba cierto hermoseamiento de la antigua artista,
un mayor cuidado en el adorno de su persona.
—Fíjese,
señor: su amada hace grandes gastos. Hoy va de blanco de pies a cabeza; un
traje de piqué, planchado y almidonado; una verdadera coraza. Está elegante
como una institutriz de su tierra... Tiene la cara menos verde, y deja un
reguero de olor barato: habrá comprado polvos y perfumes en la peluquería del
buque... Y todo por usted, grandísimo conquistador... Hasta lleva zapatos
nuevos. No le veo los tacones gastados de antes.
Y Fernando,
en el egoísmo de su deseo, acogía estas burlas con una satisfacción cobarde.
Eran celos nacientes, que iban a servir para que Maud se mostrase al fin menos
esquiva.
Aquella
tarde, el humor de ella parecía menos irónico. La voz, algo velada, sonaba con
lentitud melancólica; sus ojos estaban húmedos: le brillaban las córneas con
una acuosidad excesiva, como si fuesen a derramar lágrimas. De vez en cuando
estremecíase con violentos sobresaltos, lo mismo que si una mano invisible le
cosquillease en la nuca. Cogida a la baranda, echaba el busto atrás, y luego se
aproximaba a ella hasta tocarla con el pecho. Con esta gimnasia nerviosa
acompañaba su charla y disimulaba un deseo de extender los brazos y
desperezarse. Interesábase mucho por el curso del tiempo, que hasta entonces no
la había preocupado. Preguntaba con ansiedad cuántos días faltaban para llegar
a Río Janeiro, como si hubiese permanecido durmiendo y al despertar surgiese en
su recuerdo la imagen de alguien que la estaba esperando.
—¡Faltan más
de seis días!—exclamó con desaliento al oír las explicaciones de Ojeda—. Hoy es
domingo, y no llegaremos hasta el sábado próximo. ¡Qué largo!... Casi una
semana para ver a mi John...
Y con cierto
sobresalto notó Fernando en sus palabras una gran sinceridad amorosa, un deseo
vehemente de recién casada que vuelve al lado de su marido después de la
primera ausencia.
En las
grandes ciudades de los Estados Unidos, los negocios habían ocupado su
pensamiento de mujer práctica y calculadora; después, en París, se había
aturdido con la alegre vida de sus compañeras. Pero ahora, en el buque,
llevando una existencia de inercia, sin preocupaciones, sin amistades, con
largos encierros en el camarote para evitarse el trato de las gentes, la imagen
del esposo resurgía en ella con una irresistible novedad, acompañada de
estremecimientos largo tiempo olvidados. Además... ¡el calor ecuatorial! ¡la
asfixia que se apoderaba de ella a ciertas horas de la noche, oprimiendo su
pecho, haciendo zumbar sus oídos, desarrollando ante sus ojos cerrados una
cinta de visiones inconfesables, interrumpidas al fin por el sueño!... ¡Ah,
John! ¡Pobre grandote, cómo deseaba verlo!...
Torció el
gesto Fernando al escucharla decir esto con la mirada perdida en el Océano y
una voz monótona de sonámbula. ¡Bonito papel el suyo!... Y saludando
irónicamente, anunció que iba a retirarse para que pensase a solas en la
próxima entrevista con su esposo.
—No;
quédese—ordenó ella—. Tiempo tengo de acordarme de él... Hablemos... Dígame
esas palabras bonitas que usted sabe decir y que parecen de comedia:
exageraciones, mentiras, cosas de hidalgo que habla de morir si no lo aman.
Después de
esto, Ojeda creyó tener a su lado otra mujer, como si se hubiese roto la coraza
de hielo tras la cual se había mantenido hasta entonces, irónica y hostil, y de
los fragmentos de la rota defensa acabase de surgir algo cálido y vibrante que
iba hacia él con la humildad de la hembra que anhela ser vencida.
Pasó por
cerca de ellos la alemana con su niño de la mano. No los miró, pero la mirada
de Maud fue a ella: una mirada agresiva, de cólera mortal, que pareció clavarse
en su espalda. Fernando recordó que así miraba la otra; así eran los ojos de
Teri cuando en sus viajes le inspiraba celos una compañera de hotel.
Los ojos de
Mrs. Power, cuando dejaron de ver a Mina, volviéronse hacia Fernando con una
avidez de posesión. Sonreía escuchando las palabras de su acompañante, su
angustiosa súplica, como si pidiese algo imprescindible para la continuación de
la existencia.
—Tal vez
mañana... tal vez nunca—dijo ella sonriendo con su coquetería cruel, que a
Ojeda le pareció forzada esta vez, adivinando más allá de las frías palabras un
principio de emoción.
Luego, como
si temiese perder la serenidad y decir demasiado, se apresuró a separarse de
Fernando. No se podía hablar con él: siempre pidiendo lo mismo. Se retiraba al
camarote. Era demasiado atrevido en sus palabras, y había que cortar la
conversación.
—A la noche
hablaremos, si es usted más juicioso... Por allí viene su amigo; ya tiene
compañía... No ponga usted esa cara tan triste. Tenga confianza en la suerte...
¡Quién sabe!...
Y se alejó
riendo, burlona y tentadora a la vez, mientras se aproximaba Maltrana llevando
sobre el traje de hilo una capa impermeable. Se detuvo en un espacio de la
cubierta bañado por el sol, y allí quedó inmóvil, tembloroso y pálido, gozando
con visible deleite del ardor ecuatorial.
—De aquí no
paso—dijo—. Si quiere usted algo, acérquese.
Ojeda le
obedeció, extrañando el bizarro aspecto que ofrecía con aquella capa sobre el
traje ligero, tembloroso de frío y buscando el calor del sol cuando todos en el
buque sentíanse angustiados por la temperatura asfixiante.
—¿De dónde
viene usted?...
—Del
Polo—contestó Maltrana.
Tendía sus
manos al sol, volvía el rostro para sentir el calor en ambos lados, y al fin se
despojó del impermeable y lo abandonó en la baranda, prefiriendo a la tibieza
de su envoltura los rayos directos del astro.
—Deje que me
caliente un poco. No me mire así. A usted le extrañará verme con este aspecto
de gato friolero, buscando el sol cuando todos sudan... Pero ¡cuando le digo
que vengo del Polo!...
Poco a poco
fue Maltrana explicando su misteriosa expedición. Venía de lo más hondo del
buque, de los frigoríficos, donde eran guardados los víveres. Esto únicamente
podía verlo él, que gozaba de buenas amistades. Para conservar la baja
temperatura de dichos almacenes, sólo los abrían muy de tarde en tarde, y él
había aprovechado la oportunidad de la extracción de comestibles destinados a
la fiesta del día siguiente, bajando a visitarlos con sus amigos de la
comisaría.
—¡Lo que
viene con nosotros, Ojeda!... ¡Y yo, infeliz, que en otros tiempos admiraba las
tiendas de la calle Mayor en vísperas de Navidad!... ¡Lo que comemos y bebemos
durante el viaje! ¿Sabe usted cuánta cerveza llevamos con nosotros? Mil
doscientos toneles. Eso se dice con facilidad, pero hay que verlo... ¿Sabe
cuánto vino? Doce mil botellas. También se dice esta cifra con facilidad...
—Pero hay que
ver las botellas—interrumpió Ojeda burlonamente.
—Eso es: hay
que verlas juntas con los toneles; una enorme bodega; lo necesario para
emborrachar a todo un pueblo... Y resbalando sobre el Océano vienen con
nosotros toneladas y más toneladas de harina, montañas de cajas de conservas y
de extractos; aves, pescados, bueyes, ¡qué se yo!... Todas las reservas de una
ciudad sitiada.
Describía el
viaje por las entrañas lóbregas del buque, su descenso al infierno... de nieve,
llevando como virgiliano guía a su amigo don Carmelo. Escaleras mojadas y
resbaladizas; paredes que lagrimeaban; luces eléctricas veladas y mortecinas
bajo el halo irisado de la humedad; gruesos caños conductores del frío a lo
largo de los muros. Primero habían entrado en almacenes donde la frescura
todavía resultaba tolerable. Isidro había sentido allí una satisfacción egoísta
y maligna pensando en los buenos amigos que sudaban y jadeaban en la cubierta
de paseo.
Metíase el
frío cosquilleante y travieso por todas las aberturas de las ropas, despertando
agradables estremecimientos. Los de la comisaría llevaban gruesos abrigos y
capas impermeables. Él reía petulantemente, orgulloso de afrontar con su
trajecito blanco estas temperaturas.
Subían y
bajaban escaleras; serpenteaban por intrincados corredores bajos de techo,
angostos, con muros de acero, semejantes a los pasadizos de un acorazado. En un
departamento las verduras y las flores; en otro las frutas: pirámides de
manzanas y naranjas, racimos de plátanos, regimientos de piñas alineadas en los
estantes como soldados barrigudos acorazados de cobre y con penachos verdes. Un
perfume de gran mercado surgía a bocanadas por las puertas: perfume de flores
que agonizan lentamente, de frutas y verduras detenidas en su fermentación por
la catalepsia del frío, de vinos y cervezas agitados en sus encierros por la
continua inestabilidad del buque.
—Llegamos al
fin a los frigoríficos—continuó Maltrana—. Unas puertas que tienen de grueso
casi tanto como de alto, unos dados de acero que giran ligerísimos sobre sus
goznes y se abren y cierran lo mismo que las culatas de los cañones... Crac:
una vuelta de muñeca y todo queda justo, acoplado, sin la menor rendija. Al ser
abiertas, entra el aire exterior y se condensa instantáneamente, formando un
humo blanco junto a las lamparillas eléctricas: algo así como si lloviese sal o
hielo molido. Un espectáculo fantástico, Ojeda... Al principio sólo se siente
frío en los pies; luego sube y sube el maldito entre el pantalón y la pierna, y
a los pocos momentos cree uno que va calzado con polainas de hielo... ¡Y qué
«paisajes» se ven en esas profundidades!
Evocaba
Isidro el recuerdo de los enormes cuartos de buey rojos y amarillos, con la
grasa congelada de su goteo formando estalactitas. Tenían estas carnes la
densidad de las cosas inanimadas: una dureza de piedra. Daban la sensación a la
vista y al tacto de enormes mazas prehistóricas, con las cuales se podía hendir
el cráneo de un elefante.
—La sala del
pescado es un paisaje polar. Rocas de hielo amontonadas, y en el interior de
estas masas de cristal turbio están los peces de mil formas. Parecen harapos
petrificados, tan adheridos a su encierro, que hay que extraerlos a puro
hachazo... Las aves, puestas en estantes, las creería usted de cartón piedra,
como las que se exhíben en las cenas de los teatros. Da uno con los nudillos en
la pechuga de un pavo, y suena lo mismo que un tambor o un cráneo hueco... Y
toda esta piedra, este cartón, cuando sale de su encierro se convierte en algo
apreciable. Porque usted reconocerá, Ojeda, que aquí no comemos del todo mal.
Él, que
deseaba con tanto ahínco visitar esta sección del buque, se había apresurado a
huir, tiritando bajo un impermeable facilitado por la piedad de don Carmelo.
Sentía recrudecerse su frío al recordar los tortuosos corredores con baldosas
rayadas que chorreaban líquida humedad por todas sus ranuras; las puertas de
quicio profundo, iguales a ventanas, por las que había que pasar agachando la
cabeza y levantando mucho los pies; las enormes cañerías blancas conductoras
del frío cubiertas con un forro de hielo, erizadas de agujas de congelación,
que brillaban lo mismo que diamantes bajo las luces difusas.
—Mejor se
está aquí, Fernando... ¡Bendito sea el calor!... Pero hay que reconocer la
importancia de esa invención, que pone el frío al servicio del hombre y permite
morir congelado lo mismo que en el Polo estando en pleno Ecuador. Abajo me
acordaba de los argonautas españoles que en estos mares vendían los calzones
por un vaso de agua tibia... ¡Y nosotros que bebemos fresco a todas horas!...
Venga más hacia aquí, Ojeda; yo necesito calor y huyo de la sombra.
Le molestaba
un bote de la última cubierta suspendido sobre sus cabezas, que repelía el sol
o le dejaba paso, siguiendo el lento vaivén del buque.
Se acodaron
los dos amigos en el balcón de la terraza del fumadero, viendo a sus pies los
emigrantes septentrionales que llenaban la explanada de popa. Maltrana había
estado entre ellos un buen rato antes de bajar a los frigoríficos.
—Crea usted
que se necesita valor para permanecer entre esas gentes. A pesar de la
temperatura, conservan sobre el cuerpo los gabanes de pieles de carnero, los
gorros de astrakán. Todas estas pelambrerías, así como las barbas, parecen
hervir bajo el sol. Y añada usted los desperdicios de la comida que fermentan;
los cuerpos que humean... Dos veces al día, los marineros inundan la cubierta;
pero a pesar del mangueo, al poco rato esa parte del buque huele a demonios.
Un ardor
belicoso se había despertado en los emigrantes de popa, impulsando a unos
contra otros. Los rusos jóvenes, de barbas de oro y camisas rojas, boxeaban con
los alemanes de brazos nudosos y blancos. Se veían narices quebradas exhibiendo
los remiendos de unas tirillas puestas en la farmacia. Los más forzudos
exhibían con orgullo sus bíceps adornados con tatuajes azules. Un gigantón
paseaba entre los grupos, devorando con mordiscos de fiera un mendrugo cubierto
de carne sanguinolenta y cruda, alimento excelente, según él, para conservar la
fuerza.
Todas las
tardes bajaba a la enfermería algún luchador con el rostro entumecido y
desfigurado. Ahora, los marineros exentos de servicio acudían a la explanada de
popa, atraídos por el brutal interés de estas peleas. Ya no gustaban de la
sociedad de los «latinos» acampados en la proa. Encontrábanse desorientados
entre los españoles, italianos y árabes, demasiado gritadores e ininteligibles
para ellos. Preferían los hércules silenciosos, las mujeres pelirrojas, con
faldas cortas de bailarina, botines altos y un pañuelo escarlata en forma de
tejadillo sobre los ojos pobres de cejas.
Maltrana
abandonó a su amigo. Sentía la necesidad de relatar el interesante descenso a
los frigoríficos «a sus muchas amistades», o sea a todos los pasajeros que
podían entenderle.
El toque para
la comida, que se daba en plena noche al principio del viaje, con los focos de
luz inflamados, sonaba ahora cuando el sol estaba todavía en el horizonte.
Los que
esperaban el mágico espectáculo de su puesta reunidos en la última toldilla,
tenían que renunciar a la diurna apoteosis, corriendo a los camarotes para
vestirse apresuradamente y no llegar con retraso al comedor.
Ojeda, al
sentarse a su mesa, vio que estaba sin ocupar la inmediata, que era la de Mrs.
Power.
—Hoy no come
aquí—dijo Maltrana con su autoridad de hombre bien enterado de todo lo que
ocurría en el buque—. La han invitado sus compatriotas, esa yanqui fea que
canta, y su marido, el de la chaqueta de clown... Aquí se invitan
unos a otros, como si la comida fuese distinta. Una botella extraordinaria de
champán es todo el obsequio... Levántese un poco y la verá.
Incorporándose,
columbró Fernando por entre las cabezas de la mesa inmediata la cabellera rubia
cenicienta de Maud.
Isidro
preguntó a Munster por el doctor Rubau. Nadie le había visto. Continuaba metido
en su camarote, para solemnizar con este encierro el doloroso aniversario.
La música
sonaba, como todos los días, a las puertas del comedor; la lista de platos era
la ordinaria; el salón no tenía adornos, y sin embargo las gentes se miraban
con aire interrogante. Flotaba en el ambiente una promesa misteriosa:
seguramente iba a ocurrir algo. Y la presunción de un suceso desconocido
alegraba las miradas y provocaba las sonrisas. Hombres y mujeres parecían haber
retrocedido a la infancia en esta vida de aislamiento y monotonía azul.
A los
postres, las damas saltaron nerviosamente en sus sillas, ahogando un grito de
susto; muchos hombres se estremecieron, con la nerviosidad que despierta un
estrépito inesperado. Sonó junto a una ventana del comedor un rugido de fiera
rabiosa, un baladro amplificado por el tubo de una bocina. A continuación, el
tableteo de varios rayos imitados con choques de latas y las sinuosidades de un
trueno repiqueteado sobre el parche del bombo.
Todos los
ojos se volvieron hacia la entrada del comedor. Alguien iba a llegar. Y en el
marco de una puerta apareció un espantable y grotesco personaje, un mascarón
negro y rojo. Su avance entre las mesas fue acompañado de grandes risotadas y
movimientos de repulsión de las señoras, que evitaban su contacto.
Vestía una
túnica negra, una especie de sotana con ancha faja de algas verdes, de la que
pendían numerosos pescados crudos y sanguinolentos, procedentes de la cocina.
Otro círculo de algas coronaba su peluca bermeja, y entre esta peluca y las
barbazas de inflamado color ensanchábase el rostro rubicundo, carrilludo,
granujiento, una cara de borracho perseverante y bondadoso como las que se ven
en las muestras de las cervecerías. Apoyábase al andar en un tridente que tenía
varias sardinas ensartadas. Colgaban sobre su pecho dos botellas de vino unidas
en forma de gemelos, y al detenerse entre mesa y mesa, echaba mano a este
grotesco instrumento, y con los ojos puestos en los golletes exploraba el
comedor, como si buscase a alguien.
—¡Capitán!...
¿Dónde está el capitán?—preguntaba con voz ronca.
Despojábase
de los pescados de su cintura para repartirlos en las mesas, y las mujeres
chillaban al sentir en sus manos la frialdad blanducha y viscosa de estos
presentes.
Así avanzó
por todo el comedor, seguido de la risa inacabable de los buenos germanos, que
encontraban este espectáculo de una gracia irresistible. Y su hilaridad ganó a
los demás, dispuestos de antemano a alegrarse con todo lo que alterase la vida
uniforme de a bordo.
En fuerza de
pasar entre las mesas y mirar con su aparato óptico, dio con la que ocupaba el
comandante del buque, y apoyándose en el tridente, empezó un discurso en
alemán, con voz ruda y autoritaria:
—Yo soy
Tritón, y me envía mi señor Neptuno...
Los alemanes
acogieron con estallidos de regocijo las palabras del mascarón, repitiéndolas
traducidas a los vecinos que no podían entenderlas.
Neptuno, al
ver desde sus profundidades que un buque iba a pasar la línea ecuatorial,
entrando en el otro hemisferio, enviaba a su emisario Tritón para que los
pasajeros que efectuaban por primera vez la travesía le rindiesen pleito
homenaje sometiéndose a la ceremonia del bautizo. El discurso iba acompañado de
alusiones al mareo de los viajeros, al tributo que sus estómagos trastornados
rendían al inmenso azul, para mejor alimento de los peces; y cada chiste que el
marinero disfrazado iba soltando, como una lección aprendida de memoria, lo
saludaba el público con carcajadas iguales a las de una escuela en libertad.
El capitán
debía entregar la lista de todos los pasajeros que no habían sido bautizados.
Al día siguiente subiría Neptuno con su corte para la gran ceremonia, y
mientras tanto, dos representantes de la fuerza armada del dios iban a quedar
en el buque para que ninguno de los neófitos pudiese huir.
Se llevó el
emisario una mano al pecho en busca de un pito marinero, lo hizo sonar, e
inmediatamente entraron en el comedor dos gendarmes alemanes de ridícula traza,
con el casco abollado y pequeño para sus cabezas enormes, levitas angostas,
pantalones cortos y un sable herrumbroso batiéndoles el flanco. La gente, al
verles aparecer, rio con más espontaneidad que en la entrada de Tritón. Sus
caretas de corto perfil y bigotes de cepillo les daban aspecto de dogos
enfurruñados y una lejana semejanza con Bismarck.
Entregó el
capitán a Tritón un sobre sellado que contenía la lista de los candidatos al
bautizo, bebieron juntos una copa de champán, y luego, seguido de los
gendarmes, se retiró el enviado neptunesco, otra vez con acompañamiento de
temblor de latas y estrépitos de bombo.
Muchos
pasajeros abandonaron el comedor apresuradamente. Había que ver la partida del
emisario, su vuelta a los dominios oceánicos para dar cuenta al dios de la
comisión realizada.
Amontonóse la
gente en las bordas del paseo. El Océano estaba iluminado con fantásticos
reflejos: era blanco, después verde, y al final rojo. De la cubierta de los
botes goteaba sobre el mar el ígneo azufre de las luces de bengala. Las
ondulaciones atlánticas tomaban bajo este resplandor de incendio que rodeaba al
buque el aspecto denso del metal en ebullición. Más allá de esta zona de luz
temblorosa, que coloreaba grotescamente los rostros y hacía palpitar los ojos
con desordenadas vibraciones, extendíase la noche tropical, solemne, tranquila,
con sus aguas obscuras pobladas de caracoleantes fosforescencias y su cielo
límpido, en el que asomaban sonrientes un gran número de astros nuevos rodando
en el misterio.
Sonó en el
mar el ruido de un chapuzón, y una luz balanceante comenzó a apartarse del
buque. Era Tritón que se marchaba. Un berrido a proa y a popa de los
emigrantes, que sólo de lejos participaban de la fiesta, saludó la fingida
retirada del personaje submarino. «¡Adiós, borracho! ¡Expresiones a
Neptuno!...» La boya, con su farol, salió del espacio iluminado por las
bengalas. Su luz se hizo cada vez más diminuta, absorbida por el misterio
negruzco del Océano. Parecía huir a impulsos de oculto motor; escondíase en las
largas curvas de las olas y brillaba luego en las cimas, como una estrella
caída, para resbalar de nuevo hasta el fondo de otro valle. La gente se cansó
de seguirla con los ojos, y fue esparciéndose por el paseo y el jardín de
invierno, donde aguardaba el café humeando en las tazas.
Ojeda entabló
conversación con míster Lowe antes de volver a su mesa, ocupada ya por
Maltrana. El atlético mocetón, al despojarse por la noche de las chaquetas
rayadas y gloriosas, no podía menos de adornar la solapa de su smoking con
botones y banderitas de los clubs deportivos. Al ver a Fernando, rio con
expresión maliciosa, mostrando su aguda dentadura, abundante en áureos
rellenos.
—¡Qué señora
Mrs. Power!... Hoy la hemos tenido a nuestra mesa; y ¿sabe lo que ha dicho?...
Está enferma la pobre: el calor, la soledad, los nervios... Le ha preguntado a
mi señora si podría prestarle su marido por un rato. Un favor entre amigas...
Parece que no puede esperar más.
Revelaba con
su risa la orgullosa satisfacción que le causaba solamente la posibilidad de
que una dama como Mrs. Power pudiese ver en su persona un remedio.
—Es una broma
nada más—continuó—. Esa señora es muy graciosa y nada hipócrita... Pero yo
creo, señor, que a quien ella desea es a usted... Aprovéchese... Hágale ese
favor.
Lowe, que no
ocultaba el miedo que le infundía su mujer con los fruncimientos dominadores de
su rostro acaballado, tomaba, al verse sólo con Fernando, el gesto malicioso de
un hombre para el cual no guarda el mundo sorpresa alguna. Daba la buena
noticia por compañerismo. Los hombres se deben entre sí estos informes. Tenía
la obligación Ojeda de atender a una dama... Y hablaba del amor como de un
servicio higiénico indispensable para la vida, y en el que pueden reclamarse
las ayudas de la amistad.
Aquella noche
no había nada extraordinario que alterase la vida de a bordo. El concierto
atraía únicamente a los niños y criadas, que antes de acostarse formaban grupos
en torno del círculo de atriles.
Los
pasajeros, esparcidos por el paseo, comentaban las fiestas del día siguiente.
Una repentina fraternidad los aproximaba a todos. Veníanse abajo las últimas
diferencias sociales y patrióticas que los habían mantenido apartados en
fracciones indiferentes u hostiles. Se notaba el deseo de comunicación y
mezcolanza que remueve a todo un pueblo en vísperas de un acontecimiento
nacional. Los majestuosos «pingüinos» ya no formaban grupo aparte y se
confundían con «las potencias», que a su vez habían roto el círculo de su
aislamiento hostil.
¡El baile del
paso de la línea!... Las niñas hablaban de sus disfraces traídos previsoramente
en los baúles o anunciaban improvisaciones originales. Las mamás, que hasta
entonces se habían saludado con ceremonia, recordaban enternecidas a las amigas
comunes que vivían en París y creían vagamente haberse visto en un té del Hotel
Ritz o en una recepción-tango en los Campos Elíseos. Una matrona imponente
detenía a Conchita con súbita amabilidad.
—¿Y usted no
se disfraza, hija mía?...
¡Con unos
ojos tan lindos! ¡Con su aire donoso de españolita!... Y a impulsos de su
repentina ternura, ofrecióse a prestarle una rica mantilla antigua comprada en
Madrid.
Señoras de
gesto malhumorado, que se lamentaban de la inmoralidad de sus compañeros de
viaje, deteníanse curiosas ante las ventanas del fumadero. Aquél era el antro
del vicio, el lugar donde las mujeronas de la opereta fumaban y bebían entre
los hombres con los pies en un asiento o sobre el borde de la mesa... Y bastaba
una ligera invitación de los amigos o parientes entregados a interminables
partidas de poker, para que todas ellas se decidiesen a entrar con
el mismo aire de encogimiento ruboroso y audacia pecaminosa que las había
acompañado en sus visitas disimuladas a los cabarets y bailes
de Montmartre. ¡Bueno es verlo todo!... Además, estaban de fiesta, la gran
fiesta del viaje.
Ninguna noche
se había visto tan lleno el fumadero. Los sirvientes corrían azorados, no
sabiendo adónde acudir entre tantos y tan contradictorios llamamientos. Sonaban
frecuentemente estallidos de tapones. El champán desbordaba de las copas,
corriendo sobre las mesas en raudales espumosos. Sonreían las señoras
reconociendo los encantos de este lugar vedado, y hasta encontraban cierta
distinción exótica a algunas de aquellas rubias que sólo habían visto de lejos
en la cubierta y ahora ocupaban las mesas inmediatas. Esta proximidad parecía
añadir un nuevo placer a su audaz entrada en el fumadero. «El mar es el mar...»
Cuando llegasen a tierra ni se acordarían de tal promiscuidad.
Ojeda ocupaba
una mesa con Mrs. Power y el matrimonio Lowe. No sabía con certeza si era él o
su amigo el yanqui el autor de la invitación, pero ésta había interpretado los
deseos de Maud, que pareció transformarse al tomar asiento en un diván del
café.
Bebieron
fuerte los tres compañeros de Ojeda. Mrs. Power tenía los ojos levemente
lacrimosos. De pronto se agrandaban, como si los dilatase el asombro de una
visión interna, al mismo tiempo que unas tortuosidades de rubor veteaban sus
mejillas. Dilatábase su boca buscando aire, a pesar de que todas las ventanas
estaban abiertas y los ventiladores giraban vertiginosamente. «¡Qué calor!...»
El ansia de frescura la hacía vaciar la copa que tenía delante, ligeramente
empañada por el vino helado. Sonreía mirando a Fernando con unos ojos
acariciadores, que éste creía ver por vez primera.
—Déme osté
una sigarreta.
El matrimonio
Lowe acogió con risas admirativas esta muestra de español de Mrs. Power. Y
envuelta en el humo del cigarrillo que le dio Ojeda, siguió mirándolo con una
fijeza audaz, como si concentrase toda su voluntad en esta contemplación, sin
importarle los comentarios de las personas cercanas.
Maltrana, que
iba de una mesa a otra para charlar con sus «queridos amigos», aceptando una
copa aquí y bebiendo media botella más allá, se fijó en los ojos de Maud.
—Pero ¡cómo
mira esa señora!... ¡Ni que se lo fuese a comer!...
Desde una
mesa cercana los espió con cierta envidia. Cerca de media noche abandonaron sus
asientos. Lowe se levantaba al amanecer, para ir al gimnasio, tomar la ducha y
seguir otras prescripciones del atletismo. Su esposa necesitaba cuidar la voz.
Salieron los cuatro, y tras ellos Maltrana.
Junto a una
escalera se despidieron, marchando el matrimonio hacia su camarote. Quedaron
solos Ojeda y Maud, mirándose frente a frente. Él sentía cierta indecisión,
miedo al «buenas noches» glacial y despectivo con que ella había cortado otras
veces sus palabras ardorosas.
No tuvo
necesidad de hablar. Fue ella la que habló, pero sin mover los labios, con un
parpadeo malicioso que transfiguraba su rostro, dándole el rictus de una hembra
prehistórica agitada por la pasión. De sus labios salió un leve silbido que
equivalía a una orden imperiosa; al mismo tiempo agitó el índice de su diestra
como si le llamase.
Maltrana fue
tras ellos escalera abajo, avanzando cautelosamente para no ser visto... Pero
no necesitó de grandes precauciones. Los dos caminaban sin darse cuenta de lo
que les rodeaba, sin saber ciertamente adónde iban, empujada ella por el
instinto hacia su vivienda.
Oyó Isidro,
oculto en un ángulo del corredor, el ruido de una puerta abierta rudamente.
Avanzó, y antes de que se cerrase aquélla con un golpe de pie, pudo ver en su
fondo luminoso cómo se entrelazaban unos brazos con la furia concentrada de los
luchadores que ansían derribarse, cómo se juntaban dos cabezas lo mismo que si
pretendieran morderse.
El crujido de
un cerrojo y la soledad del corredor despertaron de pronto la cólera de
Maltrana. Él quería mucho a Ojeda... pero ¡unos tanto y otros tan poco! Sintió
el tormento de esa rivalidad masculina que respeta en el amigo los triunfos de
la inteligencia y de la riqueza, los admira y los desea aún mayores, pero se
conmueve con sorda envidia cuando las victorias son de amor.
Al volver
Maltrana al fumadero se sintió inquieto en su ambiente ruidoso. Todavía no era
su hora: aún quedaban algunas mesas ocupadas por gentes respetables. Los amigos
jóvenes le habían anunciado que la verdadera fiesta sería después de media
noche. Esta vez se habían comprometido seriamente algunas damas de la opereta a
ser de la partida. Isidro sentíase de una resolución feroz al pensar en
Fernando. Con las de la opereta o con otras; era lo mismo. El no podía quedar
aplastado por la buena suerte de su compañero. Necesitaba a toda costa olvidar
su humillación, aunque para ello fuese necesario atentar contra el reposo
nocturno de las camareras del buque o las muchachas del taller de planchado.
Huyó del
café, como si odiase a las gentes y tuviese necesidad de tinieblas y silencio.
En la cubierta de los botes ocupó un sillón, mojado por la humedad.
Este
aislamiento lóbrego aplacó sus nervios... Nadie. Los pasajeros estaban ya en
sus camarotes o se mantenían en el paseo dando vueltas por las inmediaciones
del café, como pájaros nocturnos atraídos por un faro. El silencio era absoluto
en esta cima de la montaña flotante. De tarde en tarde, un toque de campana en
el puente, un rugido del serviola, que contestaba desde el púlpito del
trinquete, pasos tenues de marineros descalzos que se deslizaban lo mismo que
espectros entre los botes y ventiladores de la última cubierta. Sobre el cielo
obscuro moteado de clavitos de luz marcábanse los mástiles y la chimenea como
dibujados con tinta china.
Pasaban las
estrellas de un lado a otro de los palos, cual un chisporroteo de insectos
juguetones saltando entre el cordaje. Algunas, empañadas por el temblor del
humo de la chimenea, redoblaban sus titilaciones. Eran como lentejuelas, medio
desprendidas de un manto y próximas a caer. En la obscuridad del horizonte
marcábanse unos fulgores lejanos, tres pinceladas rojas sobre una línea de
puntitos de luz apenas perceptibles: los fuegos de un trasatlántico que se
cruzaba con el Goethe marchando en opuesta dirección.
Maltrana, con
su cabeza en el respaldo del asiento y la mirada en alto, contemplaba la enorme
masa de la chimenea, que cubría una parte del cielo. Sintió aflojarse la
tirantez de sus nervios en el silencio y la soledad. Le parecía ridículo su
orgullo masculino; se avergonzaba de su envidia. ¡Lo que le importaban a
aquella bestia negra que los mantenía sobre sus lomos de acero todas las
miserias y picardías de que la hacían complice...! ¡Lo que podían interesar al
Océano obscuro y replegado en su misterio, y a los alfilerazos de luz que
brillaban a la vez en las alturas del cielo y en los repliegues del agua,
aquellos apetitos y necesidades del hormiguero instalado en la cáscara
flotante!...
Venía a su
memoria el recuerdo de los primeros argonautas, compañeros de Jasón, y con
ellos el poema de Apolonio de Rodas, cantor de la fabulosa aventura del
vellocino de oro. El mástil del navío helénico era una encina colocada por
Minerva, y este mástil encantado, alma del buque, hablaba, dando oráculos
salvadores en los momentos de peligro. ¿Por qué no podía hablar también aquella
chimenea gigantesca, que entre los palos completamente inútiles de la
navegación moderna era la representación del movimiento y la vida, la gran
propulsora, como lo había sido el mástil antiguo sostenedor del velamen?...
Este animal
oceánico de férreo caparazón tenía un alma que se escapaba normalmente por
aquella torre con una respiración acompasada, o mugía con la furia del instinto
en las noches de peligro ante el escollo cercano o la densa niebla. Sus
compartimientos interiores parecían sensibles a la influencia del ambiente,
como las mucosas de un organismo animal. Maltrana creía verle con diverso
aspecto en las varias horas del día: soñoliento y torpe al amanecer; alegre y
risueño después de las abluciones matinales; pesado y cabeceador luego de
mediodía, al adormecerse el Océano bajo el incendio solar; melancólico y
rumoroso como un jardín antiguo a la caída de la tarde, cuando las cubiertas se
teñían de un rojo naranja, prolongándose las sombras de las personas con la
esbeltez de los cipreses; ruidoso y frívolo al cerrar la noche, con una alegría
semejante al hervor del champán, a la sonrisa de unos labios pintados, a la
languidez de unos ojos engrandecidos por el kohol.
Su amigo de
la comisaría hablaba del buque como si éste fuese un organismo viviente y
nervioso, sujeto a las influencias exteriores. Cambiaba de carácter en todos
los viajes, según las gentes que llevaba en sus entrañas. Unas veces eran
comisiones diplomáticas o personajes políticos que iban a gobernar repúblicas,
y entonces parecía navegar con calmosa majestad, entrando solemnemente en los
puertos embanderados, entre cañonazos y vítores. Las gentes se hablaban con
frío comedimiento, mensurando las palabras, no atreviéndose a alzar la voz.
Hasta los grumetes tenían un estiramiento protocolario. Bastaba que Su
Excelencia se apartase a leer en un rincón de la cubierta, para que al momento
este rincón quedase aislado con atadijos de maromas, y junto a ellas un
marinero de guardia con la consigna de que nadie viniese a turbar un estudio
del que dependía tal vez la suerte de varios pueblos. Y lo que leía Su
Excelencia era una novela de folletín.
En ciertos
viajes predominaban los comerciantes, y la cubierta de paseo era durante veinte
días igual a un salón de Bolsa. Rodaban millones de la mañana a la noche, y el
buque se movía con el aplomo insolente de un banquero bien forrado que no teme
al destino. Las enormes cantidades, compuestas puramente de palabras, parecían
gravitar realmente en sus entrañas con peso abrumador. Otras veces abundaban
las damas elegantes: ocupaba el bridge todas las mesas; el
aire marino perdía sus sales bajo una oleada de perfumes caros, y el buque se
rejuvenecía con los trajes vistosos que se arremolinaban en sus cubiertas, las
guirnaldas tendidas en los salones y los polvos de arroz que se llevaba el
viento. Al cabecear sobre el Océano, parecía tomar el gesto trémulo de un viejo
galanteador que habla con sus amigas de trapos y escándalos mundanos.
Introducíanse
en algunas travesías entre el rebaño viajero mujeres hermosas y liberales,
pródigas en sus gracias, y la paz monótona del Atlántico desaparecía
instantáneamente. Los hombres corrían ansiosos tras la carnal limosna; surgían
conflictos y peleas, todos se agitaban como locos, y el trasatlántico, fosco y
de mal humor, navegaba con el funcionamiento de su vida trastornado, los
servicios internos en desorden, deseoso de llegar cuanto antes al final del
viaje para sanar de esta enfermedad.
El buque
tenía un alma—Maltrana, soñoliento en un sillón, estaba seguro de ello—; un
alma que hablaba por su chimenea, como la nave Argos hablaba
por el mástil; una conciencia que percibía el motivo de sus acciones, la
finalidad de este continuo ir y venir por el Atlántico, arándolo con su quilla
de acero.
No estaba
solo en la oceánica inmensidad. Otros iguales a él avanzaban detrás de su
estela con intervalos de centenares de millas, o marchaban delante con el mismo
rumbo. Y desde el opuesto hemisferio, una fila semejante emprendía el regreso,
moviéndose todos como un rosario de diligentes hormigas en la infinita llanura
atlántica.
Despegábanse
diariamente de la tierra europea algunos de estos monstruos, arañando la
profundidad con las invisibles zarpas de sus hélices, repleto el vientre de
carne humana estremecida por los espejismos de la esperanza. Partían de los
muelles escarchados y brumosos del Báltico; de los puertos ingleses negros de
hulla, en cuyo ambiente grasoso flota un perfume de té y tabaco con opio; de
las costas de Francia oceánica, que oponen sus bancos vivos de mariscos y los
pinares de sus landas a los asaltos del fiero golfo de Gascuña; de las bahías
de España, copas de tranquilo azul, en las que trenzan sus aleteos las gaviotas
asustadas por el chirrido de una grúa o el mugido de una sirena; de las escalas
del Mediterráneo, adormecidas bajo el sol; ciudades blancas con la alba crudeza
de la cal o la suavidad aristocrática del mármol; ciudades que huelen en sus
embarcaderos a hortalizas marchitas y frutos sazonados, y envían hasta los
buques, con el viento de tierra, la respiración nupcial del naranjo, el incienso
del almendro, rasgueos briosos de guitarra ibérica, gozoso repiqueteo de
tamboril provenzal, arpegios lánguidos de mandolina italiana.
Inmóviles en
los canales flamencos de aguas negras y burbujeantes, había descendido hasta
sus dormidas cubiertas la melodía cristalina del carillón perdido en el
misterio de la noche. Grandes puentes giratorios se habían abierto ante ellos,
repeliendo las masas de gentío y de carretones, para darles paso en los ríos
navegables de Holanda.
Al verse en
alta mar, sus proas, como hocicos inteligentes, husmeaban el horizonte,
adivinando el sendero a través del infinito. En torno de sus grupas rebullían
en jabonosas espumas las olas grises o negras de los mares septentrionales, las
azules ondulaciones atlánticas, el inmenso líquido durmiente bajo la pesadez
ecuatorial, el Océano verde con escamas de oro de las costas brasileñas, las
aguas casi dulces de las costas del Sur, teñidas de rojo por las avenidas de
los ríos.
Una vez
hablaba a Maltrana, una voz sin vibración, que repercutía en su cerebro sin
haber pasado antes por su oído:
—Y así
marchamos a través del misterio azul, en busca de una lejana tierra de ensueño
para nuestro cargamento de miserias y ambiciones. Hace años, seguíamos todos el
mismo rumbo con la tenacidad de un rebaño que no conoce otro camino. Íbamos al
Norte de América, tragadero insaciable de hombres, olla hirviente de razas,
tierra de prodigios absurdos y opulencias insolentes... Pero ahora, el camino
se ha bifurcado: conocemos nuevos mundos. El rebaño de acero y humo se reparte,
y mientras unos siguen la antigua senda, nosotros ponemos la proa al Sur,
llevando sobre nuestro lomo la aventura y la ilusión, en busca de pueblos
nuevos, pueblos de esperanza, pueblos de aurora, cuyos nombres suenan con el
retintín del oro.
El primer
acto de la fiesta ecuatorial fue el paseo de la música a las nueve de la mañana
por todas las cubiertas, deslizándose luego en los pasadizos y recovecos de los
camarotes.
Muchos
pasajeros estaban aún en la cama, y al apagarse el eco de los instrumentos,
volvieron a reanudar su sueño. Se habían acostado tarde. En la noche anterior,
las luces del café permanecieron encendidas hasta que el amanecer fue empañando
su brillo. La marinería, al limpiar las cubiertas, habían salpicado con su
mangueo algunos escarpines de charol que marchaban titubeantes sin encontrar su
camino y smokings cuya negrura estaba constelada de manchas de
ceniza y de champán.
La gente
menuda del pasaje fue la única que corrió bulliciosa al escuchar este primer
anuncio de la fiesta. Niños y criadas marchaban al frente de la banda,
admirando los disfraces con que se habían cubierto los músicos en honor de la
grotesca solemnidad; sus caras con chafarrinones de almagre y sus narices de
cartón. Un camarero vestido de pielroja, con gran abundancia de plumas, iba
ante la música haciendo molinetes con una cachiporra de tambor mayor.
Saludábanse
los pasajeros matinales en el paseo con grandes elogios al día. El agua era
gris, el cielo estaba encapotado; el Océano ecuatorial ofrecía el aspecto de un
mar del Septentrión. La brisa fresca que venía de proa ahuyentaba el temido
calor. Magnífico día para el paso de la línea.
A las once
circuló una noticia que hizo salir de sus camarotes a los perezosos y llenó en
poco tiempo las cubiertas. Se veía tierra... Y todos corrieron al lado de babor
con vehemente curiosidad, como si desearan saciar sus ojos en un fenómeno
inaudito. ¡Tierra!... Esta palabra evocaba algo lejano que había existido en
otros tiempos, y que la gente, acostumbrada a la soledad oceánica, consideraba
ya como irreal.
Buscaban
muchos esta tierra en la extensión gris con la simple mirada, y sólo después de
largos titubeos llegaban a distinguir un pequeño borrón negro, una línea
ondulosa y corta que parecía flotar sobre las aguas como un montón de basura.
Era la Roca de San Pablo, aglomeración de piedras basálticas en mitad de la
línea equinoccial; pedazo de tierra diminuto olvidado por las convulsiones
volcánicas y que seguía emergiendo audazmente entre África y América, sin
fauna, sin flora, yermo y maldito en las soledades del Océano, lejos de todo
país habitado.
—El único
lugar de la tierra que no tiene dueño—dijo el doctor Zurita en un grupo—. La
única isla que no ha tentado la codicia de nadie... Cómo será, que ni a los
ingleses se les ha ocurrido plantar en ella su bandera.
Apuntábanse
las filas de gemelos a lo largo de la borda, y en el redondel de sus oculares
aparecía un amontonamiento de rocas flanqueado por otras sueltas en forma de
islotes; pedruscos negros, rugosos, que recordaban la piel de los paquidermos,
y en torno de los cuales levantaba la resaca enormes rociadas de espuma. El mar
tranquilo alterábase al tropezar con este obstáculo inesperado. Se adivinaba la
existencia de cavernas submarinas, gargantas y canalizos invisibles, en los
cuales se retorcía furioso el Océano al perder su calma soñolienta,
encabritándose con espumarajos de rabia, desplomándose sus cataratas
gigantescas sobre los negros abismos.
Ni una
persona, ni una brizna de hierba, ni un pájaro en la roca pelada, que a las
horas de sol debía arder y reverberar como un paisaje infernal.
—Ahí sólo hay
tiburones—dijo un pasajero, como si hubiese vivido en la isla—. Procrean en sus
cuevas, y luego van a buscarse la comida por los mares calientes, hasta las
costas del Brasil o las Antillas.
El recuerdo
de estos mastines del Océano hacía estremecer a las mujeres. Se los imaginaban
pululando lo mismo que bancos de sardinas en las cavernas y escollos de aquel
islote; los veían con el pensamiento pasando y repasando por debajo del vientre
del navío, traidores, cautelosos, con su cabeza más voluminosa que el resto del
cuerpo, aguardando que alguien cayese para triturarlo entre la triple fila de
sus dientes.
Los hombres
evocaban las tragedias feroces de la profundidad, cuando el escualo hambriento,
no encontrando en la superficie más que bandas de peces voladores, descendía y
descendía miles de metros, en busca de los calamares enormes que agitan en la
sombra la vegetación de sus tentáculos. El tiburón, agobiado por la asfixia de
la profundidad, había de efectuar su cacería con rapidez. Batallaba el diente
con la ventosa, el coletazo demoledor con el tentáculo que ahoga, la boca que
desgarra con la boca que sorbe. Y en esta batalla invisible que se desarrollaba
abajo, a varios kilómetros de distancia vertical, en la penumbra de unas aguas
obscuras, entenebrecidas aún más por las nubes de tinta que exuda el pulpo,
unas veces queda el tiburón prisionero de la red viscosa y ávida; otras sube
vencedor, con el coriáceo pellejo hinchado por la succión de las ventosas, y a
la luz de las estrellas, dejándose flotar en las ondulaciones de la superficie,
devoraba los restos de la presa arrancada del abismo.
Esta
evocación hacía recordar a muchos el lugar donde estaban. Aquel hotel lujoso,
con su música, sus tropas de sirvientes y sus salones, no era más que una caja
flotante y bien acondicionada, debajo de la cual seguía latiendo la vida feroz
y ciega, ignorante de la justicia y de la misericordia, lo mismo que en los
primeros días del planeta. Avanzaban los humanos comiendo, bailando,
requebrándose de amor por lugares del globo donde aún subsistían las formas
crueles y ciegas de la bestialidad prehistórica. Vivían lo mismo que en tierra,
sin acordarse de que marchaban sobre una columna acuática y movible de seis mil
metros de altura, de la cual era el buque a modo de un capitel.
La Roca de
San Pablo fue quedando a la popa del trasatlántico. El islote estéril recibió
el título de antipático de boca de las señoras, que dejaron de mirarlo, falto
ya de interés. Visto sin los gemelos, parecía algo repugnante que flotaba sobre
las aguas: los residuos digestivos de un leviatán; un montón de deyecciones del
fabuloso pájaro Roc.
Deshiciéronse
los grupos para esparcirse por el paseo, y en este desbande general, Ojeda y
Maltrana se encontraron frente a frente.
Isidro fijó
sus ojos con maliciosa expresión en la cara de su amigo.
—¿Qué tal la
noche?...
Fernando hizo
un gesto de indiferencia. Muy bien.
—Le veo a
usted pálido—añadió aquél—, algo ojeroso. Cualquiera diría que ha tenido usted
malos sueños... o que ha estado la noche entera sin dormir.
—¡Cuando le
digo que la he pasado muy bien!...
Y Maltrana,
ante el tono de impaciencia de su amigo, no quiso insistir más.
—Su aspecto
no es mejor que el mío—dijo Ojeda sonriendo—. De seguro que se acostó tarde...
¿A ver esa cara? Muy bien: no tiene usted señal de golpe. Esta fiesta le ha
resultado mejor que la otra.
Maltrana se
indignó. ¿Creía acaso que sus amigos eran unos bárbaros?... La pelea general
del otro día había sido algo inesperado. Las gentes iban conociéndose mejor; el
trato amansa a las fieras. Eran ya como hermanos y se perdonaban las injurias.
Un insulto se olvidaba ante una nueva botella.
Y como
Fernando, ganoso de que la conversación no recayese sobre él, insistió por
conocer los detalles de la fiesta, Maltrana fue hablando con cierta reserva.
—Nada; una
reunión culta, muy decente. Hasta tuvimos nuestras damas, lo más distinguido,
lo más chic. Esta vez, las señoras de la opereta, solemnemente
invitadas por mí en nombre de los amigos, se dignaron venir... Uno tiene su
prestigio y sus éxitos, amigo Fernando; no todo ha de ser para los demás.
Para que no
insistiese en esto último, le preguntó Ojeda si el mayordomo había tenido que
intervenir, como la otra vez, para restablecer el orden.
—No—dijo
Maltrana después de alguna vacilación—. Las cosas se desarrollaron en el
fumadero en santa paz. Muchas botellas destapadas, mucho canto. Las damas
encontraron duros los asientos y al final fumaban con la cabeza apoyada en un
señor y los pies en otro... ¡Orden completo! El mayordomo se asomaba a la
puerta para sonreír como un maestro satisfecho de sus chicos. Uno que hacía
suertes de gimnasia con un sillón lo dejó caer sobre la cabeza de su compañero.
Le limpiamos la sangre y luego se dieron la mano los dos. Total, nada. No fue
con mala intención... Las damas, que no entendían palabra y sólo sabían beber y
sonreír, se dignaban tomar el brazo de un amigo para dar un paseo misterioso y
poético por la última cubierta o por los pasillos de los camarotes, volviendo
algo después para aceptar nuevas invitaciones... Le digo que fue una fiesta
honrada y distinguida.
Ojeda sonrió
incrédulamente. Había oído hablar algo de muebles rotos y peleas con el
mayordomo.
—Una
insignificancia. Una humorada de mis amigos los norteamericanos... Pero el
conflicto quedó arreglado inmediatamente.
Habían salido
todos del fumadero atraídos por la luna, una luna enorme que cubría de plata
viva el Atlántico y hacía correr por los costados del buque arroyos de leche
luminosa. La honorable sociedad contemplaba el espectáculo con un
sentimentalismo alcohólico que agolpó lágrimas en los ojos. Las damas apoyaban
con desmayo poético sus cabezas rubias en el hombro más próximo. Una rompió a
llorar con estertores histéricos. «La luna... la luna», murmuraba cada uno en
su idioma. Y así estuvieron inmóviles largo tiempo, como si no la hubiesen
visto nunca, hipnotizados por aquella cara de mofletes luminosos suspendida en
el horizonte.
Un
norteamericano arrojó una botella con dirección al astro. Había que dar de
beber a la gran señora. E inmediatamente, como si esta locura fuese contagiosa,
una lluvia de botellas vacías o sin destapar fue cayendo en el Océano. Pasaban
ante el luminoso redondel como una nube de proyectiles negros. Al agotarse la
provisión, los comisionistas musculosos y los pastores de las praderas cogieron
las sillas y las mesas de la cubierta, y todo comenzó a pasar sobre la borda,
cayendo en el agua con ruidoso chapoteo.
Palmoteaban
unos, retorciéndose de risa por lo inesperado del espectáculo; gritaban otros,
entusiasmados por el vigor y la rapidez con que saltaban los objetos del buque
al mar; corrieron los camareros para dar aviso de estos desmanes, y apareció el
mayordomo lanzando gritos y poniéndose con los brazos en cruz entre la borda y
los tiradores.
Hubo que
hacer esfuerzos para apaciguar a los cow-boys, que encontraban el
juego muy de su gusto. Ellos estaban prontos a pagar todos estos desperfectos y
los que pudieran hacer los respetables gentlemen que estaban
en su compañía. «Y un gentleman que paga, puede hacer lo que
quiera.» Sacaban los billetes a puñados de los bolsillos de sus pantalones,
indignándose de que por unos dollars vinieran a perturbar sus
placeres, y únicamente se apaciguaron al verse de nuevo en el fumadero con toda
la honorable sociedad, ante unas botellas que un amigo había guardado ocultas
debajo de una mesa.
—Y no hubo
más—dijo Maltrana.
Pero Ojeda
insistió. Cerca del amanecer habían despertado muchos pasajeros que vivían en
las inmediaciones del camarote de Isidro. Gritos, golpes a la puerta,
llamamientos desesperados de timbre, llegada del mayordomo con su ronda de
criados. ¿Qué había sido aquello?
—Fue obra
mía—contestó Maltrana bajando los ojos con modestia—. Me ocurrió lo de la otra
noche. Apenas bebo un poco, me asalta el recuerdo de mi vecino el hombre
lúgubre y quiero averiguar el misterio que guarda en el camarote inmediato.
Había hablado
a sus compañeros de esta novelesca vecindad, dando por real e indiscutible todo
lo que él llevaba en su imaginación. Una gran señora, princesa rusa o
archiduquesa austriaca—en esto dudaba Maltrana—, venía prisionera en el buque.
Nadie la había visto, pero su hermosura era extraordinaria. Y su raptor y
guardián era aquel hombre antipático, siempre de negro, con cara adusta...
Le escucharon
todos con gran interés: unos, conmovidos egoístamente por la hermosura de la
dama; otros, noblemente indignados de que junto a ellos pudiese un hombre
realizar este secuestro. El cow-boy más viejo abría los ojos
con asombro infantil. «¡Y la mistress vivía encerrada contra
su voluntad! ¡Y esto era posible!...»
A los pocos
minutos veíase Maltrana avanzando cautelosamente por el pasillo que conducía a
su camarote, seguido de varios compañeros que marchaban en fila, conteniendo el
aliento como si fuesen a sorprender a un enemigo dormido. Golpearon la puerta
del hombre misterioso. «Señor: abra usted buenamente.» Le convenía evitar el
escándalo y que su crimen quedase en el misterio. Era Maltrana el que se lo
aconsejaba por su bien. Debía entregarles la llave del camarote inmediato y
seguir durmiendo, si tal era su gusto... Inútil resistir, pues llegaba al
frente de un ejército de héroes... ¿Se hacía el sordo? ¡A la una!... ¡a las
dos!...
Y los héroes
cayeron con todo el empuje de sus cuerpos sobre la puerta del camarote vecino,
para echarla abajo y libertar a la dama. «No tema usted, princesa: no grite.
Somos amigos.» La recomendación de Maltrana fue inútil, pues la princesa no
gritó ni se aproximó a la puerta. Cada golpazo del cow-boy viejo
conmovía toda la fila de camarotes. Sonó un estallido de gritos y maldiciones
de gentes súbitamente despertadas. Vibró furiosamente a lo lejos el sonido de
un timbre. Era el hombre misterioso que pedía auxilio.
—Cuando, al
presentarse el mayordomo, vio que intentábamos forzar la puerta de la princesa,
se puso enfurecido como jamás le he visto: con una cólera de cordero rabioso.
Nos faltó al respeto, amenazándonos con llamar al comandante para que nos
metiese en la barra. A mí me prometió cambiarme de camarote hoy mismo, para que
no repita mis intentos. Y todo esto me afirma aún más en la creencia de que hay
un secreto, un gran secreto, en ese camarote cerrado. Había que ver la
indignación del mayordomo cuando nos pilló en vías de descubrirlo... Y no se
descubrirá, hay que perder la esperanza.
Ojeda pareció
interrogarle con sus ojos al oír esto.
—No se
descubrirá—continuó Isidro—, porque acabo de dar al mayordomo mi palabra de
honor de no ocuparme más de mi vecino ni curiosear en el camarote inmediato.
Sólo así me deja en el mío y no me obliga a pasar a otro menos cómodo... El
hombre misterioso triunfa. ¡Cómo ha de ser!... Acabo de verlo, y para
castigarle, no le he saludado... Y le negaré siempre el saludo, aunque él finge
que no le importa. Eso le enseñará a callarse y a ser persona decente.
Y como si le
doliese tener que abandonar la empresa, dijo a Ojeda:
—Usted podía
dedicarse a este negocio. Si quiere, le presto mi camarote para espiar desde
él. Fíjese bien... se trata de una princesa. Y seguramente que si es usted el
que la busca, ella se dejará ver. Usted es de mejor presencia que yo: más
guapo, más elegante.
Fernando hizo
un gesto de indiferencia y despego que pareció ofender a Maltrana, como si
fuese dirigido contra una persona de su familia. ¡Pobre princesa! ¡Verla
abandonada así!...
—Lo
comprendo. Usted tiene por el momento cosas que considera mejores... Pero tal
vez se engaña. ¡Quién sabe!... ¡quién sabe!
Siguió
escuchando Ojeda a su amigo, pero con cierta distracción, volviendo la cabeza
siempre que notaba el paso de alguien por detrás de él. La cubierta estaba
totalmente ocupada por los pasajeros: unos, en grupos movibles; otros, sentados
a la redonda en los sillones, obstruyendo el paso. Todos estaban arriba...
menos ella.
Ansiaba verla
Fernando y tenía miedo al mismo tiempo. Sentía la zozobra de la primera
entrevista luego de la posesión, cuando se reflexiona fríamente, desvanecidos
ya los arrebatos cegadores, y se calculan las consecuencias del gesto. ¿Qué
expresión sería la suya al encontrarse como amigos, obligados al fingimiento
después de una oculta intimidad?...
Sonó el
rugido de la chimenea, que indicaba la hora de mediodía. ¡A almorzar!... Abajo,
en el comedor, Fernando sintió crecer su inquietud al ver que se llenaban todas
las mesas y la de Maud seguía desocupada. Sucedíanse los platos; el almuerzo
tocaba a su fin, y ella sin aparecer.
Maltrana,
apiadándose de su impaciencia, preguntó a un camarero por la señora
norteamericana. ¿Estaba enferma?... Y el doméstico volvió al poco rato con
noticias. Había pedido que la sirviesen el almuerzo en su camarote. Tal vez
estaba indispuesta.
Esto hizo que
Ojeda comiese de prisa, con un visible deseo de escapar cuanto antes... ¡Maud
enferma! Avanzó por el pasadizo que conducía a los departamentos de lujo en el
mismo piso del comedor. Marchó con seguridad sobre la mullida alfombra hasta
las proximidades de su propio camarote, pero al torcer con dirección al de
Maud, fue adelantando cautelosamente, como el que acude a una cita amorosa y
teme ser visto. Al final de un breve corredor, junto a un tragaluz, estaba la
puerta de Mrs. Power, con una tarjeta que ostentaba su nombre. La puerta
permanecía entreabierta e inmóvil, fija en esta posición por un gancho interior
para que dejase entrar el fresco del pasillo.
Fernando miró
por el espacio abierto, sin ver otra cosa que la mitad de una mesa ocupada por
artículos de tocador. Entre los cepillos, botes de perfume y pulverizadores
parecía reinar la fotografía de un hombre encerrada en un marco de níquel. Era
un buen mozo, de mandíbula enérgica, bigote recortado, ojos imperiosos y una
gran flor en el ojal de la solapa. Indudablemente míster Power... Recordó Ojeda
que en la noche anterior Maud se había arrancado de sus brazos en el primer
momento, corriendo a aquella mesa con el ansia de reparar un olvido. Sin duda
fue para ocultar al simpático mister, que otra vez ocupaba el sitio
de honor, transcurridas las horas de ingratitud y de pecado.
Tocó con los
nudillos en la puerta tímidamente, y una voz interrogante, la de Maud, contestó
con afabilidad: «¿Quién?...». Pero al dar Fernando su nombre, hubo cierto
movimiento de sorpresa y revoltijo al otro lado de la puerta, como si Mrs.
Power se incorporase sorprendida e irritada. «¡Ah, no! ¡imprudencias, no!...»
Su voz temblaba, colérica, enronquecida; una voz despojada de pronto de su
sedosa feminidad. Y como si temiese que el hombre audaz llevara su atrevimiento
hasta levantar el gancho que fijaba la puerta, fue ella la que se adelantó a su
acción, cegándola con rudo empuje, que puso en peligro una mano de aquél.
Permaneció
Fernando confuso ante la hermética hoja de madera. Balbuceaba excusas. Había
venido para saber de la salud de la señora: temía que estuviese enferma. Pero
ella cortó estas palabras humildes que imploraban perdón con otras breves y
rudas como órdenes. Podía retirarse. No se venía sin permiso al camarote de una
dama. Era una imprudencia comprometedora, indigna de un gentleman.
Sintió más
estupefacción que vergüenza al retirarse humillado. Pero ¿era Maud la que
hablaba así?... ¿Sería un sueño lo de la noche anterior?...
Repasaba en
su memoria incidentes y palabras con la ansiedad de encontrar algo que hubiese
podido ofenderla. Porque él estaba seguro de que sólo una ofensa involuntaria
de su parte podía ser la causa de esta conducta. ¡Son tan susceptibles las
mujeres!...
No podía
achacar este cambio de humor a una decepción sufrida por Maud. No; eso no. Lo
afirmaba él, orgulloso de su poderío varonil. Recordaba satisfecho los
suspirantes agradecimientos de la norteamericana, sus balbucientes elogios a la
incansable vehemencia de una raza que, en ciertos extremos, consideraba muy
superior a la suya, metódica y prudente; la humildad con que al amanecer había
pedido misericordia, vencida por la fatiga y el sueño.
«Esto
pasará—se dijo Fernando—. Un capricho... tal vez cierto rubor; miedo de verme
otra vez. A la tarde o a la noche hablaremos, y como si no hubiese ocurrido
nada.»
Arriba, en la
cubierta de paseo, vio a la gente agolpada sobre una borda de estribor, mirando
al mar. Una tromba: una tromba de agua en el horizonte. Miró como los otros,
pero sin ver nada extraordinario. El cielo se había despejado con la mudable
rapidez de la atmósfera ecuatorial. En su límpido azul sólo quedaba flotante
una nube negra cerca de la línea del horizonte.
Esta nube,
que contemplaban todos, parecía una flor de pétalos vaporosos, con un largo
vástago que descendía en busca del agua. Pero este vástago perdía de pronto su
rigidez, tomando la forma de una sanguijuela que se estiraba sin llegar con su
boca al Océano. Un espacio de color violeta quedaba entre la superficie
atlántica y el extremo de la manga; y sin embargo, no por esto dejaba de
verificarse la colosal succión. El mar levantábase debajo de la nube en forma
de canastillo, y este redondel acuático coronado de espumas cambiaba de sitio
así como el cono nebuloso iba corriéndose por el cielo.
Se deshizo al
fin la tromba, restableciéndose la uniforme tersura del horizonte. Los
pasajeros, terminado el espectáculo, volvieron a formar corros en la cubierta o
se ocultaron en el fumadero y el jardín de invierno. Bromeaban acerca de la
ceremonia que iba a verificarse aquella misma tarde. Asomábanse al balconaje de
proa para ver abajo la gran pila del bautizo, improvisada en el combés con
maderos y lonas impermeables: una piscina de natación que recibía agua continua
del mar por una manga y derramaba parte de su contenido con el balanceo del
buque.
Los
sesteantes abandonaron sus camarotes a las cuatro de la tarde y subieron a las
cubiertas, parpadeando deslumhrados por el ardor del sol. La música, acompañada
de gritos y gran batahola infantil, recorría el buque. Neptuno acababa de subir
a bordo. Nadie había visto por dónde, pero la presencia del dios con su bizarro
cortejo era indiscutible.
Alineábase la
gente en el paseo para ver desfilar el cortejo carnavalesco. Primero, la banda,
precedida del pasaje menudo: niñeras empujando los cochecillos infantiles;
muchachos inquietos que saltaban y se empujaban, coreando a todo gañote la
marcha que tocaban los músicos. Después, un pielroja con grandes penachos y un
hacha enorme, cubiertas sus desnudeces con sudoroso almazarrón, y dos negros
casi en cueros, sin otras superfluidades que unos taparrabos de crin, huecos
como faldellines de bailarina, y una lanza al hombro. Estos negros
falsificados, con el cuerpo reluciente de betún, enseñaban por debajo de la
peluca ensortijada sus ojos azules. A continuación, cuatro gendarmes de cascos
abollados y sables herrumbrosos; y tras esta escolta de honor, Neptuno, el de
las blancas barbas, con diadema de latón y cara de borracho; un astrónomo y su
ayudante, con luengos fracs de percalina y sombreros de copa alta
pintarrajeados de estrellas; un escribano con toga y birrete, seguido de su
ayudante, que llevaba los libros; y el barbero del dios, favorito y bufón a un
tiempo, lo mismo que ciertos rapabarbas históricos consejeros de los antiguos
reyes.
Luego de
recorrer todos los pisos del castillo central, descendió la procesión al
combés, instalándose junto a la piscina. Los emigrantes, acorralados en la proa
tras una valla de cuerdas, contemplaban en silencio la grotesca ceremonia. Los
balconajes del castillo central llenábanse de gentío. Desde la explanada de
proa abarcábase en conjunto su enorme fachada blanca, semejante a la de un
palacio en construcción, cortada por galerías de un extremo a otro y rematada
por un kiosco que era el puente. Sobre las filas de curiosos asomados a los
diversos balconajes aparecían otros subidos en bancos y sillas, avanzando las
cabezas para ver mejor la fiesta. El puente de derrota también estaba invadido
por los pasajeros, y entre las gorras blancas de los oficiales que allá en lo
alto escrutaban el mar y vigilaban la marcha del buque brillaba el tono rubio
de algunas cabezas femeniles y ondeaban velos de colores.
El astrónomo
carnavalesco y su ayudante tomaron la altura con ridículos instrumentos de
náutica, y al hacer la declaración de que estaban exactamente en la línea,
Neptuno, con un golpe de tridente, dio principio a la ceremonia. El escribano
leía en un libro sostenido por su amanuense. Las palabras alemanas, al surgir
rudas y sonoras por entre sus barbas de cáñamo rojo, provocaban en los
balconajes una explosión de carcajadas y rubores femeniles. Era la risa gruesa
que acompaña a los chistes equívocos. «¿Qué dice? ¿que dice?», preguntaban los
más, al no entender estas agudezas germánicas. Y aunque no obtuviesen
contestación, reían igualmente.
Ojeda y
Maltrana, que estaban en el combés, cerca de los grotescos personajes,
avanzaban la cabeza como si pretendiesen entender algo de este relato.
—¿Qué dice,
Fernando?... Las palabras tienen cierto runrún, como si fuesen versos.
—Son
aleluyas. No entiendo bien, pero me parecen bobadas para hacer reír a esta
buena gente.
Terminó la
lectura con un sonoro trompeteo de los músicos, y los dos negros, abandonando
sus azagayas, se lanzaron de cabeza en la piscina, haciendo varias suertes de
natación y quedando largo rato con los pies en alto y la cabeza sumergida,
flotando sobre la superficie el faldellín de crines. Gritaban las señoras con
risueño escándalo; volvían la cabeza algunas madres en busca de sus niñas, para
recomendarles que no mirasen. Pero pronto se restablecieron la calma y la
confianza, por tratarse de negros civilizados, negros protestantes, que usaban
púdicos disimulos debajo del taparrabos.
Sus gracias
natatorias quedaron casi olvidadas por los preparativos grotescos que hacía el
barbero. Sacaba a la luz sus aparatos, y cada uno de ellos era saludado con
grandes risas: una navaja de afeitar del tamaño de un hombre; unas tenazas no
menos grandes, que servían para arrancar muelas, todo de madera pintada; una
brocha que era una escoba, con la que revolvía el líquido de un tanque, echando
puñados de yeso que figuraban ser polvos de jabón. Afiló la navaja en una gran
pieza de tela que sostenían dos grumetes; probó las tenazas intentando cazar
con ellas la cabeza de uno de los negros, que las esquivó sumergiéndose en la
piscina; apreció la densidad de la pasta blanca del cubo salpicando con un
asperges de la escoba a los más vecinos; y las buenas gentes celebraban con
gran regocijo todas sus travesuras.
Empezó el
desfile de neófitos. El escribano leía nombres, y avanzaban entre dos gendarmes
los que debían recibir el bautizo, descalzos, sin más traje que las ropas
interiores o un simple pijama. Eran pasajeros de primera clase que accedían a
tomar parte en la ceremonia, y cuya presencia saludaba el público con gritos y
aclamaciones. Reían las mujeres con maliciosa delectación al contemplar en tal
facha a los mismos señores que se pavoneaban en el paseo o en el comedor con
estiramiento ceremonioso.
Sólo
desfilaban los alemanes que hacían su primer viaje al otro hemisferio, amigos
de las tradiciones, que se hubiesen creído defraudados en sus intereses y
disminuidos en su prestigio al proponerles alguien que se ahorrasen esta
ceremonia grotesca y penosa.
Era costumbre
antigua sufrir el bautizo de la línea, y ellos no renunciaban a lo que de
derecho les correspondía. Además, era un honor y una satisfacción contribuir al
regocijo de los compañeros de viaje a costa de la propia persona. Al surgir en
la lista de los destinados al bautizo un nombre que no era alemán, el escribano
se abstenía de repetirlo y pasaba a otro. Sabían los del buque, por varias
experiencias, que sólo el buen humor germánico se prestaba con gusto a estos
juegos. Las gentes morenas, susceptibles en extremo y con gran miedo al
ridículo, tomaban como ofensas estas bromas inocentes.
Ponían los
gendarmes al neófito en manos del barbero, y éste lo hacía sentar sobre una
escalerilla al borde de la piscina. Los dos negros se agitaban detrás de él
mojándole las espaldas con furiosas rociadas que le hacían estremecer, mientras
el rapabarbas procedía a su tocado. Le embadurnaba con la pasta blanca,
pugnando por sostener al paciente, que intentaba librar los ojos y la boca del
tormento de la escoba. Fingía afeitarle con el horripilante navajón; intentaba
introducir entre sus labios las enormes tenazas para extraerle una muela, y
mientras tanto, el escribano pronunciaba la fórmula del bautizo: «Por la gracia
de nuestro dios Neptuno te llamarás en adelante...». Y le daba un nombre:
tiburón, cangrejo, bacalao, ballena, según el aspecto caricaturesco de su
persona, apodos que encontraban eco en la fácil hilaridad del público.
Soltaba un
rugido la trompetería al terminar su fórmula el escribano; apoyaba sus puños el
barbero en el pecho del neófito, tiraban de él los negros, y caía de espaldas
en la piscina con un chapoteo que salpicaba a larga distancia. Desaparecía en
el líquido turbio cubierto de vedijas de yeso. Los negros pesaban sobre él para
mantener su inmersión lo más posible, y al fin resurgían los tres hechos un
racimo, luchando con furiosas zarpadas que provocaban risas. Y el bautizado
salía chorreando, sin otra preocupación que mantener las manos cruzadas sobre
el vientre para evitar indecorosas transparencias, llevando en sus ropas las
huellas obscuras de las manos de los negros, mientras éstos ostentaban en sus
brazos desteñidos las manos blancas marcadas por el neófito durante la lucha.
Iba lanzando
nombres el escribano, y algunos, al no obtener respuesta, provocaban la
intervención de la fuerza pública. Obedeciendo a una seña del mayordomo, salían
los ridículos gendarmes en busca del fugitivo por todo el buque. Era alguno que
deseaba aumentar la alegría pública con este incidente de su invención. Y
cuando al fin se dejaba coger, aparecía, lo mismo que una tortuga en su
caparazón, bajo las vueltas del cable con que le habían sujetado sus
aprehensores. El barbero se ensañaba con él, prolongando las bárbaras
operaciones de aseo, y los negros libraban un verdadero pugilato para no
dejarle salir de la piscina.
—Herr
Maltrana.
Apenas dijo
esto el escribano, una alegría loca se esparció por el combés, ganando los
balconajes del castillo central. Hasta los emigrantes de la proa salieron de su
inmovilidad. Todos los que hasta entonces habían permanecido indiferentes ante
unos hombres faltos de significación, rompieron de pronto a gritar, se agitaron
lo mismo que una turba que invade una escena. «¡Maltrana! ¡Que salga Maltrana!»
Las nobles matronas volvían a él sus ojos desde las alturas y agitaban las
manos para que obedeciese sus deseos. El doctor Zurita y otros argentinos
abandonaron la tranquilidad zumbona con que habían presenciado hasta entonces
las «pavadas de los gringos», para hacer señas a Isidro, incitándole a que
diese gusto a las familias. «¡Ah, gaucho valiente!... ¡A ver si hacía una de
las suyas!» Hasta los niños palmoteaban con entusiasmo. «¡Don Isidro!... ¡Que
salga don Isidro!» El héroe se levantó, saludando con ironía y orgullo al mismo
tiempo.
—¡Qué
ovación!... ¡Gracias, amado pueblo!
Pero al
volver a encogerse en uno de los mástiles horizontales de carga que servía de
asiento a él y a Fernando, ocultándose con modestia detrás de su amigo,
redoblaron furiosas las peticiones del público. Dos gendarmes iniciaron un
avance hacia él.
—Va usted a
ver, Ojeda, como esto termina mal—dijo con rabia—. Yo no vengo aquí para hacer
reír... Al primer tío de ésas que me toque, le suelto un mamporro.
El mayordomo,
discreto, adivinando los pensamientos de Maltrana, hizo una seña; los gendarmes
volvieron sobre sus pasos y el escribano se apresuró a dar otro nombre:
—Herr
Doktor Muller.
Un estallido
de alegría germánica borró los últimos murmullos de la decepción causada por
Isidro. La risa fue general al ver entre los gendarmes al «doktor»—el mismo del
que hablaba Maltrana en Tenerife—, enorme de cuerpo, grave de rostro, con sus
barbas de un rojo entrecano y gruesos cristales de miope. Acogió con una risa
infantil la ovación burlesca del público y fue a sentarse en la escalerilla de
la piscina como en lo alto de una cátedra. «El deber es el deber—parecía decir
con las frías miradas en torno suyo—. La disciplina es la base de la sociedad;
y hay que amoldarse a lo que pidan los más.»
Se quitó los
zapatos, colocándolos meticulosamente, sin que uno sobrepasase al otro un
milímetro; se despojó de las gafas, entregándoselas a un grumete, como si
fuesen un objeto de laboratorio, y sin perder su noble calma, mirando a todos
con ojos vagos desmesuradamente abiertos, comenzó a despojarse de las ropas,
hasta que los gritos femeniles y las risas de los hombres le avisaron que no
debía seguir adelante.
Ojeda
contemplaba al «doktor» con cierto asombro. Iba a América contratado por un
gobierno para dar lecciones de química en la Universidad del país. Gozaba de
algún renombre en los laboratorios de su patria... Y estaba allí aguantando las
enjabonaduras y payasadas del barbero, estremeciéndose bajo las rociadas de los
negros, sin conocer lo grotesco de una situación que hubiese irritado a otros,
satisfecho tal vez de contribuir al regocijo de esta muchedumbre fatigada por
la monotonía del Océano. Sonó el trompetazo del bautizo, y el «doktor» chapoteó
en la piscina, defendiéndose de las manotadas de los negros, ridículo en su
aturdimiento de miope, majestuoso por la importancia que concedía al acto y la
seriedad con que se alejó chorreando agua sucia por ropas y barbas, luego de
recobrar sus anteojos.
Continuó la
fiesta con visible decaimiento de la curiosidad. Desfilaron gentes del buque:
grumetes que hacían su primer viaje, fogoneros de larga navegación por los
mares septentrionales que no habían estado en el hemisferio Sur. Y los
encargados del bautizo extremaban sus bromas con una brutalidad confianzuda en
las cabezas rapadas y los torsos desnudos de estos que eran sus compañeros.
Ojeda,
durante la larga ceremonia, había mirado muchas veces a los balconajes del
castillo central, esperando ver a Maud entre las señoras asomadas a ellos. Pero
la norteamericana permanecía invisible. Al fin, cuando no quedaban ya neófitos
y los grotescos personajes iban a retirarse, precedidos por la música, la vio
en un extremo del mirador de la cubierta de paseo, oculta detrás de la señora
Lowe, asomando sobre un hombro de ésta la frente y los ojos, lo necesario para
ver. Fernando pensó que tal vez hacía horas le miraba Maud, sin que él se
percatase de ello, y esto le produjo cierta irritación.
Se separó de
su amigo para dirigirse corriendo a los pisos altos del buque, y antes de
llegar a ellos oyó que la música rompía a tocar una marcha. El cortejo
neptunesco avanzaba hacia la terraza del fumadero, donde iban a ser bautizadas
las señoras. La gente abandonaba los balconajes para correr a este último
sitio.
Cerca del
jardín de invierno encontróse con Maud, que marchaba entre los esposos Lowe.
Cruzaron un saludo, y Ojeda experimentó instantáneamente una sensación de
extrañeza. Mrs. Power parecía otra mujer. Casi sintió deseos de pedirla perdón,
como el que se equivoca confundiendo a un extraño con una persona amiga. Ella
inclinó la cabeza con una sonrisa insignificante: le saludaba como a cualquier
otro pasajero. Sus ojos se fijaron en los suyos tranquilamente, sin el más leve
asomo de turbación, cual si no existiesen entre ambos otras relaciones que las
ordinarias en la vida común de a bordo.
Hablaron los
cuatro del bautizo, y el hercúleo Lowe comentó los incidentes. Míster Maltrana
no había querido dejarse bautizar. ¿Por qué?... Él había pasado la línea varias
veces, prestándose siempre a esta ceremonia. En el Goethe también
se habría ofrecido, a no oponerse la señora. Una fiesta divertida. Pero míster
Maltrana, tenía miedo... ¡Oh! ¡oh! ¡oh! Y reía, mostrando la luenga dentadura
incrustada de oro.
Caminaron
todos hacia la terraza del café para presenciar la ceremonia del bautismo
femenil. Mrs. Lowe, con el instinto de solidaridad que hace adivinar a toda
mujer el instante oportuno de ayudar a una amiga, permaneció agarrada de un
brazo de Maud, interponiéndose entre ella y Fernando.
Éste buscó en
vano una sonrisa leve, una ojeada de inteligencia. Necesitado de consuelo,
alababa interiormente la discreción de Maud, la facilidad de su raza para
dominarse, ocultando sus impresiones. «¡Qué bien finge!... Nadie adivinaría lo
que hay entre nosotros...» Pero tornaba a su memoria el recuerdo de la penosa
escena frente a la puerta del camarote. Temblaba en sus oídos el eco de aquella
voz casi masculina enronquecida por la cólera... Y con triste humildad
pretendía buscar en su conducta algo que explicase esta desgracia. «Pero ¿qué
he hecho yo, Señor? ¿En qué he podido ofenderla?...»
Neptuno, en
mitad de la terraza con todo su séquito, procedió al bautizo de las pasajeras.
Ocupaban éstas varias filas de bancos, como en un colegio, y cada vez que se
levantaba una para recibir el agua lustral, los músicos lanzaban por sus largos
tubos de cobre un rugido de bélica trompetería semejante al de las escenas
wagnerianas.
El dios había
suprimido galantemente las inmersiones en agua del mar. Tenía en una mano un
gran pulverizador lleno de perfume, y rociaba con él las cabezas reverentes:
unas, rubias y despeluchadas por el viento; otras, negras lustrosas,
consteladas por el brillo de las peinetas. Todo el regocijo de la ceremonia
estribaba en los nombres que iba imponiendo la divinidad a sus catecúmenas con
murmullos aprobadores o carcajadas generales.
La
imaginación del mayordomo y de los camareros de algunas letras había dado de sí
todo su jugo para halagar a las pasajeras con los nombres de estrella marina,
rosa del Océano, céfiro del Ecuador, etc. Las señoras mayores eran ondina,
ninfa atlántica, náyade, lo que las hacía volver a sus asientos ruborizadas,
con el doble mentón tembloroso, entre los murmullos aprobadores y un tanto
irónicos de la concurrencia. Con sus compatriotas se permitían los buenos
alemanes inocentes bromas para regocijo del público. Una flaca quedaba en su
bautismo con la designación de «sardina»; otra obesa recibía el nombre de
«tritona».
Maud pareció
cansarse de esta ceremonia. Miraba a todos lados, pero evitando que sus ojos se
encontrasen con los de Fernando. Un pasajero se acercó a las dos señoras con la
gorra en la mano y el aire galante, lo mismo que si se ofreciese para una
danza.
—Cuando
ustedes quieran... La mesa está preparada en el salón.
Era Munster
invitándolas a una partida de bridge. Al fin triunfaba su
tenacidad. Había encontrado compañeros de juego en aquellos tres
norteamericanos, convenciéndolos una hora antes, mientras presenciaban la
ceremonia del bautizo. Maud acogió la invitación alegremente, como si el bridge fuese
un buen pretexto para aislarse de importunas presencias.
Se alejó con
sus amigos después de un saludo indiferente a Fernando, y éste la vio caminar
sin que volviese la cabeza, sin un indicio de vacilación y de arrepentimiento.
Otra vez se sintió afligido por una falta suya que no sabía cuál fuese, pero
que justificaba esta conducta inexplicable. «¿Qué le he hecho yo, Señor?...
¿Qué le he hecho?...»
Con la vil
humildad de todo enamorado en desgracia, fue al poco rato tras de ella, a pesar
de las sugestiones de una falsa energía que le aconsejaba mostrarse altivo e
indiferente.
Sus piernas
le llevaron con irresistible impulso a las cercanías del salón, y contempló a
Maud con los naipes en la mano, el entrecejo fruncido y la mirada dura ante sus
compañeros de juego.
Al levantar
ella sus ojos, vio a Fernando encuadrado por la ventana, contemplándola
fijamente, y tuvo un gesto de enfado, lo mismo que si se encontrase con algo
que estremecía sus nervios y quebrantaba su paciencia. Fernando huyó, sufriendo
la misma sensación que si acabase de recibir un golpe en la espalda... Dudaba
de la realidad de los hechos y aun de su misma persona. ¿Estaría soñando?...
¿Serían invención suya los recuerdos de la noche anterior?...
Vagó por el
buque, de una cubierta a otra, hasta encontrar a Isidro en la terraza del café.
No quedaba en ella ningún rastro de la fiesta del bautizo: los pasajeros se
habían esparcido. Maltrana parecía furioso por los excesos y molestias de su
popularidad. No podía circular por el buque sin que sus numerosos y queridos
amigos le saliesen al paso con aires de protesta. Las señoras parecían
inconsolables. ¿Por qué no se había dejado bautizar? ¡Tan interesante que
hubiese sido el espectáculo!...
—Como si yo
fuese un mono, amigo Ojeda... como si me hubiese embarcado para hacer reír...
Crea usted que siento la tristeza de un grande hombre convencido de la
ingratitud de su pueblo.
Y tras esta
afirmación, acompañada de un gesto cómico, Isidro volvió a acodarse en la
barandilla, mirando a los emigrantes septentrionales amontonados abajo, en la
explanada de popa.
—Hace rato
que estoy aquí recordando a los marinos de otros siglos y sus opiniones sobre
las virtudes de la línea equinoccial. ¿No se acuerda usted?...
Los primeros
navegantes que habían pasado al otro hemisferio daban por seguro que en la
línea morían todos los parásitos que se albergaban en los cuerpos de los
marineros y en las rendijas de las naves. Y esta creencia no era solamente de
los descubridores españoles; franceses e ingleses la adoptaban igualmente,
llegando a ser durante muchos años una verdad universal.
—Pasadas las
Azores—dijo Maltrana—, empezaban a despoblarse de sanguinarias bestias las
cabezas y barbas de los tripulantes, y al llegar a la línea no quedaba una para
recuerdo. Esta clase de huéspedes incómodos no era entonces propiedad exclusiva
de un pueblo o de otro. Todos los de Europa la poseían por igual, y hasta los
reyes gozaban el placer del rascuñón y el entretenimiento de la cacería a
tientas. Figúrese lo que serían aquellos buques pequeños con las tripulaciones
amontonadas y la madera corroída por toda clase de bichos repugnantes... Como
al llegar a la línea el calor hacía que los marineros anduviesen medio desnudos
y aprovechasen las largas calmas dándose baños, esta higiene momentánea
exterminaba los temibles compañeros, justificando la creencia de que morían por
falta de aclimatación al pasar de un hemisferio a otro.
El
sanguinario tigre de las selvas capilares, la bestia carnívora saltadora en las
cumbres y hondonadas de los pliegues de la ropa, había figurado durante siglos
como personaje interesante en muchas obras literarias. Cervantes reía de él y
de su fingida muerte en el límite de los dos hemisferios al relatar «la
aventura del barco encantado», cuando Don Quijote y su escudero flotaban sobre
el Ebro en un bote sin remos... El iluso paladín creía estar a los pocos
minutos de navegación cerca de la línea equinoccial; y para convencerse,
recomendaba a Sancho que buscase en sus ropas para ver si encontraba «algo»...
«Algo y aun algos», contestaba el escudero socarrón hurgándose el pecho.
—Pensaba yo
en esto, amigo Ojeda, mirando a los respetables patriarcas que van abajo con
sus hopalandas de pieles a pesar del calor. «Algo y aun algos». Para ésos, la
línea ha perdido su antigua virtud... Mírelos: ¡rasca que rasca!...
Y señalaba a
algunos emigrantes que contemplaban el Océano con aire pensativo, como figuras
sacerdotales de hierática majestad, envueltos en luengas vestiduras, mientras
sus dedos ganchudos se paseaban por las barbas, se hundían bajo el gorro de
piel o avanzaban entre los pliegues y repliegues del pecho.
—Vámonos de
aquí—dijo Ojeda nerviosamente, como si no le inspirase confianza la altura que
los separaba de estos personajes.
Notaron al
pasear por la cubierta la escasez de señoras. Algunas que se mostraban por
breves momentos parecían preocupadas con la busca de algo importante. Luego
desaparecían, como si se les ocurriese una idea nueva o hubieran adquirido un
dato que modificaba su mal humor.
—Se están
preparando para la fiesta de esta noche—dijo Maltrana—. Gran baile de
disfraces, y durante la comida más mojigangas como la del bautizo.
El día se
prolongó con una monotonía abrumadora. Brillaban aún en el horizonte los
últimos fuegos solares, cuando las trompetas anunciaron el banquete.
Las banderas,
las guirnaldas de rosas, todos los adornos multicolores de las grandes fiestas,
engalanaban el comedor. Empezó el servicio sin que estuviesen ocupadas muchas
de las mesas. Numerosos pasajeros permanecían en el antecomedor para gozar
antes que los otros de las anunciadas novedades.
Retardaban su
entrada las señoras, con el deseo de que sus disfraces alcanzasen mayor éxito.
Esperaban, lo mismo que las actrices, a que la sala tuviese buen público, y sus
doncellas o los hombres de la familia iban del camarote al comedor para echar
un vistazo y volver con noticias. Cada familia quería que las otras fuesen por
delante, y así dejaban pasar el tiempo sin decidirse.
Estaban los
pasajeros en el tercer plato, cuando empezaron a presentarse las disfrazadas,
todas de golpe. Acogían ruborosas los aplausos y gritos de entusiasmo, y así
iban hasta sus asientos escoltadas por la familia. Pasaban entre las mesas
damas rusas de alta diadema y vestiduras rígidas; niponas de menudo andar;
polonesas con dolmanes ribeteados de pieles blancas; marineritos tentadores que
enfundaban sus juveniles prominencias en un traje blanco cedido por un grumete.
—¡Ollé!
¡Ollé!... ¡Carmén!
Era Conchita,
con mantilla blanca, falda corta y grandes movimientos de abanico, que entraba,
protegida por doña Zobeida, sonriente y maternal ante este triunfo.
Los hombres
también figuraban en la mascarada. Muchos no tenían otro disfraz que una nariz
de cartón o unos bigotes de crepé, conservándolos a pesar de que estorbaban su
comida. Algunos aparecían con grandes chambergos, poncho en los hombros y
espuelas, que hacían resonar belicosamente. Eran comisionistas ansiosos de
color local, que declaraban ir vestidos de gauchos de las Pampas o de rotos
chilenos.
—¡Ah, gaucho
lindo! ¡Tigre!—exclamaban con burlón entusiasmo los muchachos sudamericanos—.
¡Ah, rotito!... ¡Huaso gracioso!...
Y los
mascarones, apoyando la diestra en el machete viejo o el cuchillo de cocina que
llevaban al cinto para «estar más en carácter», sonreían agradecidos.
—Ich danke...
Mochas grasias.
Algunos
comían entre sudores de angustias, disfrazados de derviches con mantas de cama.
Un grave alemán se había puesto el chaleco salvavidas que guardaba todo
camarote por precaución reglamentaria. Encerrado como un crustáceo en este
caparazón de corcho, manteníase lejos de la mesa a causa del volumen de su
envoltura, teniendo que realizar todo un viaje cada vez que sus manos iban de
los platos a la boca. Un asombro burlesco le había saludado con ruidosa
ovación, y satisfecho de tal triunfo, aguantaba el martirio, siendo el primero
en admirar su prodigiosa inventiva.
Las doncellas
de los camarotes de lujo iban de mesa en mesa, disfrazadas de campesinas del
Tirol, regalando flores. Otros criados, vestidos de buhoneros alemanes,
ofrecían las chucherías que llevaban en un cajón sobre el pecho. Un grumete
pintado de negro descolgábase con ayuda de una cuerda por la claraboya que
comunicaba el salón de música con el comedor, y pregonaba, a estilo de los
vendedores de diarios, el Aequator Zeitung, periodiquito impreso a
bordo en la prensa que servía para el tiraje de los menús y
las listas de pasajeros. La minúscula hoja repetía en todos los viajes los
mismos chistes y versos dedicados al paso de la línea. El mayordomo, de pie en
la entrada del comedor, puesto de frac con botones dorados, parecía presidir el
banquete, sonriendo modestamente, como si agradeciese las mudas felicitaciones
del público por el buen arreglo de la fiesta.
Sobre las
mesas elevábanse pirámides multicolores de cucuruchos con sorpresas. Tiraban de
sus extremos los comensales, produciéndose un estallido fulminante, y de las
envolturas surgían menudos objetos de adorno, mariposas y flores de gasa,
minúsculas banderas, gorros de papel. Se ornaban los pechos de las señoras con
estas chucherías brillantes; la solapa de todo smoking lucía
como una condecoración la banderita nacional del portador. Cubríanse las
cabezas con los gorros de papel de seda, crestas de aves, mitras asiáticas,
sombreros de clown, que contrastaban grotescamente con el gesto
ávido de los comilones.
Después del
asado desaparecieron los camareros, y todas las luces se apagaron de golpe.
Esta obscuridad absoluta provocó, luego de un silencio de sorpresa, gritos y
silbidos. Los malintencionados imitaban en las tinieblas chasquidos de besos;
otros lanzaron bramidos de animales. Pero el estruendo fue de corta duración.
Sonó a lo
lejos la música y brillaron en el antecomedor luces rojas y verdes, una línea
de faroles llevados en alto por los camareros. Este resplandor, amortiguado por
los vidrios de colores, iluminaba discretamente con luz suave. Era la «marcha
de las antorchas» de toda fiesta alemana. Los pasajeros, atraídos por el ritmo
de la música, empezaron a golpear a compás con sus cuchillos los platos y los
vasos. Y entre este tintineo general, que casi ahogaba los sonidos de los
instrumentos, desfiló la comitiva: el tambor mayor al frente de la banda; toda
la servidumbre portadora de faroles; las camareras disfrazadas de floristas, y
un gran número de animales, osos, perros y leones, mozos de buena fe, que
sudaban bajo los forros de pieles y movían de un lado a otro sus cabezas de
cartón rugiendo o ladrando. Dos hombres apoyados uno en otro marchaban
invisibles bajo un caparazón que imitaba el pellejo coriáceo de un elefante,
moviendo entre las mesas la trompa serpentina del monstruo y sus orejas de
abanico. Otros camareros venían después, sosteniendo platos luminosos, grandes
bandejas, en cuyo interior elevábanse los helados en forma de castillos, aves
o chalets, todos bajo campanas de cristal de diversos colores y con
una bujía en el centro.
Cerraban la
marcha varias señoritas de gran sombrero y rubia cabellera suelta, que sonreían
impúdicamente a los hombres enviándoles besos. Eran la escolta de honor de tres
matronas de hermosos brazos y majestuoso andar, con túnicas blancas y el
purpúreo gorro frigio sobre las negras y ondulosas crenchas. Se las reconocía
por el color y los adornos heráldicos de sus mantos: la República del Brasil,
la República de Uruguay y la República Argentina.
Esta
aparición hizo circular entre los pasajeros un movimiento de sorpresa, de
ansiedad, como si todos sintiesen a la vez el latigazo del deseo. ¿Dónde habían
estado ocultas hasta entonces aquellas buenas mozas?...
Munster
requirió sus lentes para apreciar mejor la novedad. Isidro, que afirmaba
conocer a todos los del buque, se incorporó asombrado... ¿De dónde salían estas
muchachas?... Eran superiores en su esbeltez fresca y dura a todas las
camareras flácidas y de talle cuadrado que servían en el buque.
Pero la
ojeada atrevida de una de aquellas beldades que danzaban ante las tres
repúblicas y el beso que le envió con la punta de los dedos hicieron que
Maltrana reconociese de pronto su rostro oculto tras los rizos ondulosos y la
capa de colorete y polvos de arroz.
—¡Cristo! ¡Si
es el steward de mi camarote!...
Admiró a la
luz algo difusa de los faroles las formas y contoneos de estos efebos rubios de
carnes blancas y depiladas, así como su facilidad para transformarse.
—Cualquiera
reconoce a los mismos que por la mañana limpian los camarotes, sacuden las
camas y manejan los cacharros de aguas sucias... Fíjese, Ojeda: ¿quién no se
equivoca?... Ahora lo comprendo todo.
La afeminada
comparsa avanzó entre las mesas, seguida del asombro de las señoras y los
atrevimientos burlescos de los hombres. Algunos de éstos saltaban del requiebro
a la acción, pellizcando al paso a las revoltosas señoritas, que contestaban
con chillidos de miedo y pudorosos respingos.
Se inflamaron
de pronto las luces del techo, huyeron máscaras y animales, como un aquelarre
sorprendido por la salida del sol, y únicamente quedaron en el comedor los
camareros con sus bandejas de helados, comenzando el reparto.
Ojeda había
mirado varias veces a la mesa cercana, donde comía sola Mrs. Power. Estaba
vestida con gran elegancia y sobre la carne pálida de su escote centelleaban
varios brillantes.
—Parece
preocupada—había dicho Isidro al principio de la comida—. Está sin duda de mal
humor. No le mira a usted, Ojeda, como otras veces. ¿Es que ya no son
amigos?...
Transcurrió
la comida sin que Fernando consiguiese encontrar sus ojos con los de la
norteamericana. Miraba ella a todos lados con aire distraído, y evitando poner
sus ojos en la mesa cercana. Al terminar el desfile, cuando la alegría general
hacía conversar a unos grupos con otros, las obsequiosidades de Munster le
hicieron volver el rostro hacia los vecinos. El joyero, con una cortesía
melosa, elevaba su copa de champán en honor de la señora. Maud le contestó con
una inclinación de cabeza, elevando también su copa; y para no parecer
desatenta, repitió el movimiento mirando a Isidro y luego a Ojeda. Ni la menor
emoción en sus ojos claros y fríos. Un gesto de cortesía y nada más.
Munster,
orgulloso de la amistad que le unía a aquella señora con motivo del bridge,
la invitó a reanudar el juego. Antes del baile podían hacer una nueva partida
en el salón de música: los esposos Lowe estaban dispuestos... Y ella movió la
cabeza con expresión de cansancio. No sabía qué decir... Tal vez más tarde se
decidiese a aceptar... Estaba fatigada.
Fernando miró
con odio a su compañero de mesa. Pero ¿este viejo teñido por qué se interponía
entre él y Maud con su maldito bridge?... Creyó ver en él cierta
expresión de petulancia, el orgullo de su amistad naciente con aquella señora
que hasta entonces sólo se había fijado en Ojeda... No habría bridge:
lo juraba Fernando en su interior. Maud se había vestido elegantemente para
asistir al baile, y no terminaría la noche sin que los dos tuviesen una
explicación. Necesitaba conocer el motivo de su conducta inexplicable.
Después de la
comida la vio en el jardín de invierno tomando el café con los Lowe. El señor
Munster fue a su mesa para repetir la invitación, y Maud le contestó con
movimientos negativos.
Experimentó
Ojeda con esto la primera satisfacción de toda la noche. ¡Muy bien! Así
aprendería el viejo importuno a no creerse en plena intimidad. Además se
imaginó, con un optimismo inexplicable, que esta negativa era a causa de él.
Tal vez Maud deseaba igualmente una entrevista, al desvanecerse su enfado
inexplicable. ¡Quién sabe!...
Transcurrió
una hora sin que ocurriese en el buque nada extraordinario. Abajo en el comedor
retiraban los sirvientes las mesas, preparando el salón para el baile. Las
máscaras paseaban por la cubierta. Sus dos calles parecían las de una ciudad en
Carnaval. El señor disfrazado con el salvavidas tomaba su café tranquilamente,
sin abandonar el caparazón de corcho. Maltrana predicaba sobriedad y buenas
costumbres en un grupo de jóvenes. Después de las locuras de la noche anterior,
había que acostarse temprano: así que terminase la fiesta. No debían abusar del
pobre cuerpo.
Sonaron
varios trompetazos anunciando el baile, y poco después la orquesta rompió a
tocar un vals en el comedor, todavía desierto.
Corrieron las
niñas, impacientes; levantáronse las madres con lentitud, como si les costase
abandonar su incrustación en los almohadones; sonó un fru-fru general de faldas
con lentejuelas y adornos metálicos de los disfraces.
Mrs. Power se
despidió de los Lowe, pasando ante Ojeda sin dirigirle una mirada. Esta
indiferencia la aceptó él como un signo favorable: era disimulo. Abandonaba a
sus amigos para facilitarle la ocasión de una entrevista a solas. Sin duda iba
a esperarle abajo, en el salón de baile.
Tardó algunos
minutos en seguirla, queriendo imitar esta prudencia, y al fin, después de
mirar a un lado y a otro, abandonó la mesa, deslizándose por la escalera
cautelosamente, cual si quisiera pasar inadvertido.
En el salón
daban vueltas las primeras parejas y se instalaban las familias con gran ruido
de sillas desordenadas. Fernando miró a todos lados, sin alcanzar a ver la
cabellera rubia de Maud. Luego examinó los grupos estacionados en el
antecomedor. Nada...
Comenzaba a
sentir la tristeza del desaliento, cuando de pronto hizo un gesto de
satisfacción. ¡No habérsele ocurrido antes!... Ella le esperaba en su camarote;
no había duda posible. Luego de mirar otra vez en torno de él para convencerse
de que nadie podía espiarle, avanzó por el corredor con fingida indiferencia.
A los pocos
pasos temblaba interiormente con las vacilaciones del miedo. ¡Si iría a
repetirse la escena de la mañana!... Pero no; el recuerdo de la noche anterior
le daba confianza. Aún no habían transcurrido veinticuatro horas, y noches como
aquélla no se olvidan fácilmente. Su orgullo varonil le infundió valor.
Seguramente ella se había retirado para esperarle.
La puerta del
camarote estaba cerrada, y otra vez la rozó con tímido llamamiento. Veíase luz
por el ojo de la cerradura y la pequeña claraboya abierta sobre el marco. A la
voz interrogante que sonó al otro lado de la madera, Fernando repuso, para
hacerse conocer, con una leve tos y un murmullo discreto. Era él... Hubo en el
interior cierto rebullicio que indicaba cólera y sorpresa; muebles removidos,
palabras masculladas en sordina, y hasta creyó percibir Ojeda un principio de
juramento. ¿Cuándo iba a cesar de molestarla con sus incorrecciones?... Esta
conducta no era propia de un gentleman... No lo era...
Y elevando su
tono la irritada voz, dijo junto a la puerta, con acento imperativo:
—Váyase...
Voy a llamar.
Sonó a lo
lejos un timbre eléctrico, y él tuvo que huir, temeroso de que le sorprendiesen
en su ridícula inmovilidad ante la puerta cerrada. En el pasillo se cruzó con
una de las doncellas, que acudía al llamamiento disfrazada de florista
tirolesa.
Marchando con
la cabeza baja, sin saber adónde iba, se vio de pronto en la cubierta de paseo.
Apretaba los puños, murmurando palabras iracundas. ¡Cómo se había burlado de él
aquella mujer! ¡Qué vergüenza!...
Cansado de
pasear por la cubierta solitaria, sentóse en un banco lejos de la luz,
contemplando el Océano por encima de la borda. La negra calma de la noche
serenó y puso en orden sus atropellados pensamientos.
Vio de pronto
con toda claridad la conducta de Mrs. Power, que le había parecido hasta
entonces inexplicable... No mentía al alabar la frialdad de su carácter, que
ella llamaba «práctico», dando a tal palabra la misma solemnidad que si fuese
un título de nobleza. Decía la verdad al repetir con sonrisa de orgullo que
nada tenía de poetical. Era un hombre, un verdadero hombre de
negocios, de los que sólo conceden a los impulsos del afecto unos minutos de su
existencia; de los que tratan las necesidades de la carne como vulgares y
rápidas operaciones de higiene y únicamente se acuerdan del amor cuando la
abstención los martiriza, dedicándole media hora entre dos asuntos financieros,
sin recuerdos y sin nostalgias. ¿Por qué había venido hasta él aquella mujer,
turbando su calma?... Era indudable que Maud amaba a su manera a míster Power,
como se ama a un ser inferior y hermoso, con el doble orgullo de ser admirada y
ejercer el dominio de la superioridad.
La monótona
existencia de a bordo, favorecedora de la tentación, las abstenciones de un
largo viaje dedicado por entero a los negocios, la influencia del ambiente
cálido, el hálito afrodisíaco del Océano, habían quebrantado y reblandecido la
glacial serenidad de aquella mujer. Llevaba la cuenta angustiosamente de los
días que aún le quedaban de navegación, como se cuentan en una plaza sitiada y
sin víveres las horas que faltan para que llegue el ansiado socorro. Y al
flaquear su voluntad por las influencias de un ambiente más poderoso que su
energía, había puesto los ojos en Fernando, porque era el más inmediato, el más
«distinguido», el hombre que entre todos los del buque tenía cierta semejanza
con la lejana y seductora imagen de míster Power.
Esta dama
varonil lo había tomado a él lo mismo que toman los hombres en momento de
premura a una mujer de la calle. Y pasada la embriaguez, lo repelía furiosa por
sus asiduidades, extrañada de su insistencia, igual que un señor que se viese
perseguido por una compañera de media hora, como si el encuentro fortuito y
mercenario pudiese conferir derechos. ¡Ah, miserable! ¡Con qué risa cruel y
dolorosa reiría Teri si pudiese conocer esta aventura grotesca! ¡El hombre en
el que creían ver sus ojos de amorosa todas las perfecciones, tratado lo mismo
que un objeto que se alquila!... Y le dolió más la posibilidad de esta burla
desesperada que el imaginarse a Teri entre lamentos y lágrimas.
Con una
reacción enérgica de su orgullo, salió Fernando de este desaliento. Había que
ser hombre y aceptar los sucesos, sin exagerar su importancia. Una simple
aventura de viaje, que iba a quedar ignorada; Maud procuraría que lo ocurrido
no saliese del misterio. La había prestado un buen servicio—Ojeda reía
amargamente al pensar en esto—, habían sido felices unas horas, y luego se
separaban como extraños, sin recuerdos y sin melancolías: lo mismo que si se
hubiesen conocido a la caída de la tarde en un bulevar de París para pasar
media hora juntos en un hotel y no volver a encontrarse nunca.
El despego de
ella era sin duda a causa de un tardo remordimiento que había sobrevenido con
la saciedad... Remordimiento, no: simple prudencia; deseo de conservarse
aislada en los días que faltaban para llegar al próximo puerto. Su marido
subiría al buque, y ella quería salir a su encuentro sin miedo a las maliciosas
sonrisas de los pasajeros. Él había sido el escogido para el remedio en
momentos de turbación y de prisa... ¿y qué derechos le daba esto? Lo mismo
podía haber sido el agraciado míster Lowe o Isidro Maltrana. Ojeda, por su
parte, tenía igualmente un gran amor, y le convenía olvidar lo mismo que
Maud... Algo le dolía en su orgullo de hombre verse tratado así, pero era el
dolor de la operación quirúrgica que extirpa el mal... ¡A vivir!
Se levantó
del banco, aproximándose a las ventanas de los salones. En las barandas de una
galería que comunicaba el salón de música con el comedor se habían agrupado
algunas mujeres, contemplando las parejas que danzaban abajo. Eran señoras que
no habían querido vestirse para la fiesta; doncellas de servicio de las
pasajeras ricas, simples criadas de a bordo que aprovechaban la ausencia del
mayordomo para echar un vistazo.
Ojeda vio
despegarse de este grupo y atravesar el jardín de invierno, saliendo a la
cubierta, una mujer vestida de obscuro, sencillamente. «¡Ah, señora
Eichelberger!...»
Fernando
celebraba su encuentro con Mina, como si ésta le trajese la felicidad. Estrechó
entre sus dos manos la diestra que le tendía la alemana, y ella, con cierta
emoción por las efusivas palabras, volvía sus ojos a todos lados, extrañándose
de verle solo, creyendo que iba a aparecer repentinamente la esbelta silueta y
el cigarrillo encendido de la norteamericana.
Balbuceó,
como si al darse cuenta de su turbación sintiese cierta vergüenza. Daba excusas
por su aspecto sencillo, cuando todas las mujeres del buque habían sacado
aquella noche sus mejores trajes. Ella no había de bailar, y tampoco gustaba de
permanecer sola en el salón mientras su marido jugaba en el fumadero. Por
curiosidad y por aburrimiento, luego de acostar a Karl, se había asomado a
aquella galería para ver el baile. ¡Vivía tan aislada!... Y con una contracción
de su mano, oculta entre las de Fernando, agradeció la bondad de éste al
ocuparse de ella.
Luego, su
rostro fue animándose con una sonrisa pálida que pretendía ser maliciosa. Se
asombraba otra vez de verle solo. Casi se había decidido a renunciar a su
amistad. Pero Fernando la interrumpió:
—Todo ha
terminado: se lo juro... ¡Terminado para siempre! Yo no tengo en el buque otra
amiga que usted.
Y lo decía de
todo corazón, contento de estar al lado de Mina, satisfecho de la ternura con
que ella le contemplaba.
¡Excelente
compañera!... Fernando, que creía necesario el trato con una mujer, lamentábase
de no haber permanecido al lado de Mina desde el primer momento de su amistad.
Ésta no le molestaba haciendo la apología de su marido; era dulce y parecía
admirarle. Muy al contrario de la otra, que hasta en los momentos de mayor
efusión guardaba el empaque de una dama altiva que desciende a hablar con su
criado.
Además,
pensaba en Teri, en su firme propósito de no envilecer la nobleza de los
recuerdos con otro «crimen», pues de tal calificaba con vehemente apreciación
su aventura reciente. Con Mina no arrostraba peligro alguno: la pobre estaba
desengañada. El fracaso de su existencia la hacía huir de toda complicación
pasional, prefiriendo una vida vegetativa y humilde. Además, parecía enferma...
Era la compañera deseada para las monotonías del mar: una amistad femenil de
todo reposo; y al separarse se dirían ¡adiós! llevándose cada uno el recuerdo
melancólico de algo desinteresado y puro.
Habían ido a
apoyarse en la borda de babor, contemplando la luna.
—Cada noche
sale más pronto y es más grande—dijo Mina—. ¡Qué enorme y qué blanca!... En
Europa nunca la vemos así.
Asomando a
ras del Océano, era el astro una cúpula inverosímil por su amplitud. Hacía
recordar el huevo fabuloso del pájaro Roc de los cuentos orientales, grandioso
como un palacio. Su luz galoneaba de plata el contorno de las nubes y tendía
sobre el mar un camino anchísimo e inquieto, un camino en triángulo desde el
horizonte hasta los costados del buque, haciendo hervir las aguas con una
ebullición pálida que repelía toda idea de calor.
Mina
contemplaba la inquietud de este camino irreal cortando la obscuridad
atlántica, cada vez más ancho, más luminoso, así como ascendía el astro en el
horizonte.
—Se sienten
deseos de marchar por él—dijo en voz baja, emocionada por la majestad de la
noche—. Quisiera saltar fuera del buque y correr... correr por esa calle de
plata hasta no sé dónde.
—¿Sola?—preguntó
Fernando con tono de reproche.
—No; usted
vendría conmigo... Con usted mejor.
Le miró un
momento, y luego sus ojos volvieron hacia el mar. Estaban húmedos, como si esta
contemplación agolpase las lágrimas en sus córneas. Brillaban con una luz
nacarada semejante a la de la luna. De pronto, sus labios empezaron a murmurar
algo como un rezo. Eran versos, versos alemanes de extremado sentimentalismo,
que Ojeda entendió vagamente, adivinando el misterio de unas estrofas por el
sentido de otras mejor comprendidas. La poesía ingenua del lieder pasaba
por la boca de Mina con la dulzura del arroyo humilde, que parece temblar,
medroso de que sus murmullos sean demasiado altos y sus estremecimientos
despierten la inmóvil vegetación que lo encubre.
Se habían
unido los dos, hombro con hombro, como intimidados por el ambiente religioso de
la noche y el aleteo de la poesía que se agitaba en torno de ellos...
Experimentaba Ojeda una sensación de descanso al lado de esta mujer infeliz;
una impresión de paz y dulce anonadamiento igual a la que buscaban los antiguos
libertinos, huyendo de los desengaños de la vida para reposarse como eremitas
entre las gentes humildes.
—Y usted...
usted que es poeta...—dijo ella interrumpiendo su recitado—. Dígame algo
suyo... Debe ser muy hermoso.
Fernando se
excusó. Sus versos eran en español, y ella no podía entenderlos... Pero como si
experimentase la necesidad de esparcir en la noche algo que latía en su
cerebro, fundiendo el misterio interior con el misterio del ambiente, comenzó a
recitar versos franceses con una lentitud sacerdotal, seguido por la mirada
ávida de Mina, que hacía esfuerzos para no perder la significación de una sola
palabra. A veces deteníase el recitante, adivinando las incomprensiones de
ella, y repetía los versos, explicándolos.
La antigua
artista suspiraba con arrobamientos de admiración. La hacía estremecer esta
música, en la que entraban por igual el encanto de los versos y la voz que los
recitaba con rítmica melopea.
—Víctor Hugo
es mi dios...—dijo de pronto Ojeda interrumpiendo su murmullo poético, como si
no pudiese contener más tiempo esta declaración—. Y Beethoven también lo es.
Ella le miró
con ojos suplicantes, implorando una palabra que podía unirlos con un nuevo
afecto. ¿Y Wagner?... Fernando vaciló. No tenía la serenidad olímpica, la
majestad simple de los divinos. Más bien parecía un taumaturgo de alma
atormentada, un mágico prodigioso; pero en él se confundían la poesía del uno y
la música del otro. Era el arcángel rebelde, hermoso como el fuego, que
viniendo de abajo reconquistaba su divinidad.
—Sí; también
es mi dios—dijo tras breve pausa.
Y reanudó el
poético murmullo, mirando la inquieta llanura de plata, sintiendo en un hombro
la suave pesadez de Mina, que parecía ansiosa de un apoyo.
La cubierta
estaba solitaria. Todos los pasajeros permanecían en el salón de fiestas o en
el fumadero. De tarde en tarde, risas, gritos y correteos en las puertas y
escaleras. Eran parejas que abandonaban el baile por un momento para respirar
en la cubierta. Los jóvenes se abanicaban con un papel la faz congestionada,
despegándose de la carne el cuello de la camisa, reblandecido por el sudor.
Ellas respiraban con ansiedad, llevándose las manos al escote, pero
inmediatamente huían de esta frescura para correr al horno del salón, atraídas
por un nuevo vals.
Vueltos de
espaldas a la luz, Mina y Fernando se sumían en la contemplación de la noche,
sin que sus miradas se buscasen, satisfechos del contacto de sus hombros, que
parecían unificar en una sola vibración sus pensamientos y deseos.
Llegaba hasta
sus oídos la música del baile; una música divina: vulgares danzas de
moda, two-steps, o tangos, que, por la influencia del ambiente,
sonaban en aquella hora de ilusiones como sinfonías de infinito idealismo.
Sentían la dulce turbación de la embriaguez: una embriaguez de luz de luna, de
noche serena, de poesía sentimental.
Ojeda, más
frío que su compañera, percibió en su interior un cosquilleo irónico, un deseo
de reírse de sí mismo, de este enternecimiento sin causa definida que se
apoderaba de él. ¡Mirar la luna y decir versos como un estudiante al lado de
una pobre mujer que era madre y oyendo una musiquilla vulgar a cuyos sones
danzaban los seres más frívolos de aquella Arca de Noé!... ¡Cómo reiría él si
con prodigioso desdoble pudiera contemplarse a sí mismo desde lejos!... Pero la
emoción inexplicable era más fuerte que su rebeldía burlona, y le obligaba a
permanecer inmóvil, en silencio, sin huir de aquel cuerpo que vibraba con su
contacto. ¿Por qué reírse de este instante, si era de felicidad y le
proporcionaba un dulce olvido?...
Al volver sus
ojos hacia Mina, creyó encontrar una mujer nueva. Tal vez la poesía la había
embellecido al tocarla con el ala de sus rimas; tal vez era la noche la que la
transformaba, agrandando sus ojos con un brillo lunar, rellenando de nácar las
angulosidades de su rostro descarnado, sustituyendo su color verdoso y
enfermizo con una palidez luminosa. ¡Los ojos de animal humilde, agradecido a
la caricia, que fijó ella en sus ojos al sentirse contemplada!... ¡La ruborosa
confusión con que volvía la cabeza, temiendo insistir en una mirada que podía
traicionarla!... Se convenció de que él no había visto hasta entonces a esta
mujer, no la había comprendido, limitándose en sus conversaciones a sentir
lástima de sus infortunios, como si su vida estuviera agotada y fuese igual a
un árbol caído, incapaz de florecimiento...
De pronto, se
vieron paseando cogidos del brazo, sin hablar, sin mirarse, pero sabiendo por
mutua adivinación que la persona del uno ocupaba por entero el pensamiento del
otro... Nadie en la cubierta. Sus pasos lentos resonaban lo mismo que en un
claustro abandonado. Al dar la vuelta de proa, entre el salón y el balconaje de
avante, donde era menos viva la luz y nadie podía verles de lejos Fernando la
atrajo a él, abandonó su brazo para envolverle el talle con rudo tirón, y la
besó impulsivamente, al azar, en una mejilla, en la nariz, allí donde pudieron
posarse sus labios. La alemana gimió de sorpresa, de asombro, casi de miedo,
como el que ve realizarse de pronto algo inverosímil con lo que ha soñado
muchas veces sin esperanza alguna. Se mantuvo rígida en el brazo de él, no
intentó la menor resistencia, y con un suspiro de niña que se desmaya, dejó
caer la cabeza en su hombro.
Lloraba.
Fernando vio los estertores de su pecho y sintió en su cuello el contacto de
una lágrima. Comenzaba a arrepentirse de su brutalidad. ¡Pobre Mina!... Pero
ella, protestando de esta conmiseración, giró la cabeza sobre su hombro hasta
apoyar la nuca, y en tal postura, con los ojos llenos de lágrimas y sonriendo
al mismo tiempo, se elevó en busca de su boca, devolviéndole las caricias con
un beso largo, interminable.
No era el
beso frente a frente que él había saboreado en otras mujeres, y que llamaba
«beso latino». No era tampoco la caricia arrogante de arriba a abajo que había
conocido en el camarote de Maud, beso de domadora, egoísta y avasallador,
oprimiéndole la cabeza entre las manos crispadas para mantenerle en amorosa
sumisión. Era el beso-suspiro de la germánica sentimental paseando entre los
tilos, a la caída de la tarde, apoyada en el brazo de un estudiante y con un
ramo de florecillas azules sobre el pecho; un beso de abajo a arriba, caricia
suplicante de hembra dulzona en la que el amor se presenta acompañado de la
humildad y que antes de besar desploma su cabeza como signo de servidumbre en
el hombro de su dueño.
Sintió Ojeda
cierto remordimiento ante este llanto. ¿Por qué lloraba?... Y ella, como si se
avergonzase de su emoción, profería balbucientes excusas. No sabía por qué
lloraba... Pero era tan feliz, ¡tan feliz!...
Un ruido de
pasos despegó sus bocas instantáneamente, y cogiéndose del brazo, continuaron
su paseo con afectada indiferencia. Alarma inútil: era un grumete que descendía
por una escalera cercana.
—Volvamos al
rincón de los besos—dijo él con impaciencia.
El «rincón de
los besos» era la parte de proa que unía con su curva las dos calles de la
cubierta. Y al volver de nuevo a este refugio, fue ella la que sin esperar los
avances de Fernando descansó la cabeza en su hombro, elevando la cara en busca
de su boca.
Intercalaba
trémulas palabras entre beso y beso. ¡Verse en sus brazos!... Una noche había
soñado lo que ahora le estaba ocurriendo. Fue a continuación de la primera
tarde en que se hablaron junto al piano. Y había salido de su ensueño conmovida
para siempre, con la convicción de que no se realizaría nunca, pero viéndolo a
él como un hombre distinto a todos los otros del buque, sintiendo una turbación
en su pecho y en sus ojos, un temblor en las piernas, una música lejana en los
oídos cada vez que Fernando se aproximaba para hablarla... Luego ¡qué de penas
viéndole con aquella señora tan elegante, tan altiva, que parecía burlarse de
ella con los ojos!... El ensueño no se realizaría nunca; una ilusión imposible,
como tantas otras de su pobre existencia... Y cuando había perdido toda
esperanza, era él, ¡él! quien avanzaba en la noche con palabras de poesía,
igual a un príncipe magnífico y clemente, y la estrechaba entre sus brazos y
buscaba su boca, haciéndola estremecerse como una sierva de amor. ¿Qué había en
su persona para merecer esta dicha, pobre, fea, mal vestida, entre tantas
mujeres bellas y felices, y arrastrando además cual una cadena su pasado de
miseria?...
—¡Te
amo!...—dijo Fernando, enardecido por tal humildad.
Y acompañó
sus besos con un avance de las atrevidas manos en aquel cuerpo sumiso que
parecía entregarse. Pero con gran asombro, la alemana se revolvió ante las
caricias audaces, se despegó de sus brazos con una fuerza nerviosa que nada
hacía sospechar en su cuerpo enfermizo. Parecieron surgir de pronto músculos
ocultos, tendones de irresistible expansión en todos sus miembros.
—No
quiero—gimió tristemente, como en presencia de algo que destruía sus
ilusiones—. No quiero eso... No querré nunca.
Ojeda, ante
la violencia de estos movimientos de protesta, comprendió que decía verdad. Su
cuerpo se revolvía contra toda caricia que saliese de los límites del rostro, y
esta repulsión vigorosa era tan brusca, que él se sintió empujado, vacilante
sobre sus pies, teniendo que esforzarse para no caer.
Luego, como
arrepentida de su defensa, le echaba los brazos al cuello y volvió a su gesto
de sumisión, descansando la cabeza en su hombro, gimiendo con un abandono de
niña enferma.
—Me haría
daño... ¡Jamás! Amarnos como ahora, eso es lo que yo quiero. Estar así...
siempre juntos... ¡siempre!... Seremos... ¿cómo se dice en español? Yo lo he
oído muchas veces... Seremos...
Y después de
largos titubeos y de fruncir las cejas con pensativo esfuerzo, encontraba la
palabra.
—Seremos...
novios. Eso es: novios los dos. La boca... la boca nada más... Y el alma
también... novio mío.
Y al repetir
con fruición la encontrada palabra, sonreía como un jardín abandonado bajo el
primer sol de la primavera que llega.
Fernando,
ensombrecido por esta negativa, hablaba y hablaba, sosteniendo las manos de la
antigua artista entre las suyas, deseoso de inmovilizarla, de domar su
resistencia, fijos los ojos en sus pupilas, cual si pretendiese vencerla con un
poder de sugestión.
Su aventura
con Maud había desvanecido todos los propósitos de cordura que le acompañaron
al subir al buque. Sus nervios guardaban aún el recuerdo de recientes
vibraciones; su carne, mal dormida, estremecíase al sentir el contacto de otra
mujer. Aquella calma monacal que había reinado en el trasatlántico durante la
primera semana de viaje ya no existía para él. Sabía lo que era el amor entre
los blancos tabiques de un camarote, y quería continuar, fuese con quien fuese,
los encuentros de pasión en una de estas cajas de madera, sonando a sus pies el
abejorreo de la máquina, oyendo junto al tragaluz el chapoteo de la ola
perezosa. Esta mujer venía a él, hermoseada por la noche, humilde y sumisa como
una esclava de guerra... ¡tanto mejor!...
Y como si
fuese su dueño, la apremiaba con mandatos, unas veces suplicantes, otras
imperativos: «Ven... ven». Hablaba de la hermosura de su «cabina» en el mismo
piso de los camarotes de lujo, de su techo alto, de la amplitud de su espacio,
con profunda cama y anchuroso diván. Pretendía deslumbrar con estas comodidades
del tugurio flotante a la pobre amiga, que iba instalada en las cámaras más
profundas y obscuras, cerca de la línea de flotación. «Ven... ven.» Podrían
hablarse allí sin temor de ser sorprendidos; cruzar sus besos tranquilamente.
Él la enseñaría libros interesantes; hablarían de sus poetas, de los grandes
artistas.
Mina le
escuchaba con ojos de adoración y una pálida sonrisa de miedosa incredulidad.
«No... cabina, no.» Por no seguir el curso de sus peticiones trémulas de deseo,
le interrumpía solicitando que le indicase en español la equivalencia de
ciertas palabras. Ansiaba hablar la lengua de él.
—No,
querido—suspiraba respondiendo a sus súplicas—. No, mi novio... Cabina, no...
Boca... boca nada más.
Y al sentir
en su cuerpo el avance atrevido de unas manos huroneantes, bastábale un empujón
para librarse del encierro en que la tenían los brazos de Ojeda.
Se extendió
por la cubierta un ruido de pasos y de voces. Acababa de terminar el baile y la
gente subía al paseo, ansiosa de frescura. ¿Cuánto tiempo llevaban allí los
dos?... Mina quiso marcharse. Ocupaba con su hijo un pequeño camarote en la
cubierta más honda del castillo central. En otro inmediato vivía el maestro
Eichelberger, que no se retiraba hasta cerca del amanecer.
Ella iba a
dormir con sus recuerdos, a soñar con Fernando. Se llevaba a su profundo
refugio la felicidad de la mejor noche de su vida. Lo juraba... «Y ahora,
adiós.»
Todavía,
aprovechando la ausencia del gentío, que al esparcirse por la cubierta no había
llegado hasta ellos, se besaron por última vez con un beso largo, que la
alemana prolongó cerrando los ojos, abandonándose cual si fuese a morir.
Luego se
salvó de un salto, para detenerse a corta distancia. Sonreía con expresión
maliciosa; levantaba una mano con el índice erguido, como una maestra que lanza
su última recomendación.
—Novios,
sí... Boca, sí... ¡Cabina, nooo!... ¡Cabina, malo!
Y tras estos
balbuceos en español, que revelaban un miedo cómico a la «cabina», huyó
apresuradamente, volviendo por dos veces la cabeza para mirar a Fernando antes
de desaparecer.
Éste paseó
algún tiempo por la cubierta. Sentíase al principio contento de su suerte.
¡Lástima que no estuviese allí Maud, para que se enterase de lo poco que le
impresionaban sus desdenes!... Veía a la norteamericana muy lejos en sus
recuerdos, casi sin corporalidad, como una imagen indecisa...
Pero al poco
rato empezó a experimentar una sensación de inquietud. Su conducta reciente le
molestaba lo mismo que un remordimiento. «Muy bien, don Fernando—se dijo con
irónico reproche—. No tenía usted bastante con el desengaño ridículo de la
otra, no le ha servido de escarmiento una aventura tan grotesca, y en el mismo
día se lanza a perturbar la tranquilidad de una pobre mujer que acepta sus
avances con una sensiblería de romanza y toma el amor como si estuviese en los
quince años.» ¡Qué gusto de complicarse la vida!... ¡Qué cordura en un hombre
que marchaba a la conquista de la riqueza!... ¡Y para meterse en tales
aventuras había abandonado lo que tenía en Europa!... «Don Fernando, es usted
un chiquillo; el bigote que lleva en la cara lo usurpa... Acabará usted
consiguiendo que se rían de su persona todos los del buque...»
A pesar de
estas recriminaciones mentales, no llegaba a entristecerse. La protesta
removíase en su cerebro, avergonzada e iracunda; pero el resto del cuerpo
parecía satisfecho, con un regodeo de recuerdos y un estremecimiento de
esperanza... Peor era la nada; pasar los días comiendo o dormitando en el
sillón con un libro en las rodillas.
Al entrar en
su camarote, después de media noche, sus ojos tropezaron con la imagen de Teri
erguida sobre el tocador en el encierro de un marco dorado. ¡Pobre Teri! Por
primera vez en todo el día pensaba en ella, sólo en ella, sin poner su recuerdo
en parangón con la imagen real de otras mujeres. Este pensamiento tardío iba
acompañado de remordimiento y miedo. ¡Qué diría Teri si pudiese verle!... Para
evitar esta posibilidad, como si temiera que los ojos del retrato fuesen a
adquirir el sentido visual, intentó volverlo de cara a la pared. ¡Lo mismo que
Maud con míster Power!... Pero un escrúpulo supersticioso le contuvo. Ella
estaba lejos... ¡Quién sabe lo que podría ocurrirle como un choque reflejo de
este acto impío!...
Hizo sus
preparativos para acostarse, huyendo la mirada del retrato. Al tenderse en el
lecho y quedar en la sombra, sus temores y remordimientos se fueron aligerando,
hasta no ser más que tenues nubes que se llevaba el sueño por delante con la
escoba del olvido. Veía en la incoherencia de su adormilado pensamiento a los
parientes del obispo incitándolo a que entrase en el baile. «Monseñor: el
mar... es el mar.» Veía a Maltrana apostrofando al Océano, el gran tentador:
«Galeoto de mostachos de algas... Celestina de arrugas verdes». Y lo mismo que
él, repetía: «Seamos miserables. Ya nos purificaremos al bajar a tierra».
Un dulce
cinismo acompañó sus últimos pensamientos. La alemana... ¿por qué rehusarla?...
La otra estaba lejos; nada sabría. El viaje era monótono, y había que
aprovechar las ocasiones para alegrarlo. Una vez en tierra, recobraría su
cordura... Había que creer en la filosofía de Maltrana. La gran cuestión era...
¡pasar el rato!... Y Fernando se durmió.
A la mañana
siguiente por la mañana se encontró con Mina en la cubierta de los botes. Había
dejado a su hijo en el gimnasio y fue hacia Ojeda, ruborosa y encogida,
vacilando en su saludo, temiendo tal vez un cambio de carácter, un
arrepentimiento, después de la noche anterior. Pero al ver que él sonreía,
acariciándola con los ojos, estrechando su mano con tierna efusión, el rostro
de la alemana se dilató, cual si la savia de su cuerpo se descongelase con el
ardor de una nueva juventud.
Impulsada por
esta alegría, quiso exteriorizar audazmente su agradecimiento. Estaban medio
ocultos por el cilindro de una boca de ventilación. Mina, luego de mirar a un
lado y a otro, avanzó sobre Fernando con los brazos abiertos. «Novio... novio
mío.» Fue un beso rápido, pero vehemente, con acometividad, distinto de los
prolongados y lánguidos de la noche anterior. Luego, como si este saludo
matinal los hubiera saciado por el momento, buscaron la sombra de un toldo, y
sentados en dos sillones, contemplaron el Océano en dulce quietismo, mirándose
sin palabras.
Fernando la
examinaba a la luz del sol, gozándose con extraña crueldad en su desencanto,
cada vez mayor. La luz cruda hacia resaltar todos los detalles de una belleza
marchita: el rostro con leves arrugas en plena juventud, el círculo de palidez
amarillenta en torno de los ojos, el rosa anémico de los labios, el tinte
verdoso de la tez, que no habían conseguido borrar los extraordinarios cuidados
de tocador de esta mañana. Además, el niño que iba a presentarse de un momento
a otro; el marido, que estaba en su camarote roncando la cerveza de la noche;
el vestidillo pobre, que ella había intentado realzar con unos encajes baratos
y un ramo de violetas artificiales fijo en el talle... Todo esto daba a su
nuevo amor cierto aire ridículo. Seguramente que si pasaba Mrs. Power ante
ellos, no podría mantenerse en su altivez silenciosa y sonreiría
irónicamente... Pero un egoísmo optimista protestaba en su interior contra
tales escrúpulos.
—Podrá ser
grotesca, ¿y qué?... Me divierte, y basta. El amor siempre es amor, por
ridículo que parezca, y esta pobre mujer me quiere. Soy para ella la ilusión,
el recuerdo de un mundo en el que vivió y al que no puede volver... Lo que
importa es llevar las cosas adelante: sacar algo positivo.
Y con
tortuosa astucia iba encaminando la conversación hacia donde era su deseo. Ella
hablaba con los ojos perdidos en el infinito, queriendo prolongar el encanto de
la noche anterior. Evitaba el mirarlo, para no sufrir una timidez que cortaba
sus palabras. Hablaba como si estuviese sola, exteriorizando su pensamiento en
un monólogo. ¡Dulce noche! ¡Vida fantástica de ensueños maravillosos
desarrollados en la sombra!... Ella se había visto conviviendo con él en uno de
aquellos países de América hacia los cuales marchaba el buque. Eichelberger no
existía; había muerto, o tal vez estaba de vuelta en Europa. Y los dos existían
unidos como esposos, en la libertad de un pueblo nuevo, teniendo con ellos a su
hijo.
Fernando y
Karl eran los dos únicos seres de este mundo que ella podía amar. Vivir para
siempre entre el hombre adorado y su hijo, ¡qué inmensa dicha!... Pero no era
más que un ensueño; una ilusión del viaje oceánico. Cuando saliesen de la
clausura del Goethe, cada uno se iría por su lado; y aunque por una
bondad de la suerte llegasen a vivir juntos, Fernando no toleraría la presencia
caprichosa y enfermiza de aquel niño que no era suyo. Y ella no podía existir
sin Karl.
Aceptó Ojeda
con sonrisa bondadosa estos ensueños, mientras en su interior empezaba a latir
la irritación de la protesta. ¿Por qué dar un ambiente de hogar burgués a un
amor que todavía estaba empezando?... Para aquella walkyria de poéticos éxtasis
y ojos nostálgicos, la pasión tomaba una seriedad vulgar, moldeándose con
arreglo a los santos principios de la familia y el buen orden. Si continuaba en
sus ensueños, iba a proponerle el amor en pantuflas al lado del fuego, ella mal
peinada y con bata, cortando meticulosamente las tostadas, vigilando el hervor
de la cafetera; él con una pipa enorme, leyendo gacetas y acariciando la cabeza
estoposa de un niño que no era suyo... ¡Muchas gracias!
Pero se cuidó
de ocultar estas impresiones internas, encaminando el diálogo amoroso hacia sus
deseos. ¡Vivir juntos! También había soñado con esta felicidad en la noche
anterior... Para él, la posesión era un compromiso sagrado, que le unía por
siempre a una mujer, añadiendo la ternura de la gratitud al desinterés del
amor. ¡El día que ella, de buena voluntad, se decidiese a hacerle feliz con
algo más que sus besos...!
Mina,
adivinando el término de esta fraseología, se ruborizaba, echándose atrás con
instintiva conservación. No; siempre diría no. En otros tiempos, tal vez;
cuando ella era joven y hermosa; cuando tenía la certeza de que podía dar
felicidad y orgullo con la limosna de su cuerpo. ¡Pero ahora!...
Se daba
cuenta de su ruina. Era una sombra del pasado, y si llegaba a ceder en un
momento de bondad, se arrepentiría luego, viendo en Ojeda un gesto de
decepción, lo mismo que si acabase de sufrir un engaño. «No, novio mío, no.» Lo
importante era amarse. Lo otro habría de ocurrir forzosamente cuando viviesen
juntos, pero no era de más valor que cualquiera de las funciones viles que
entristecen nuestra existencia. ¡Quién sabe si traería como resultado el
desvanecimiento de la ilusión!... «Vivamos así... Tal vez cuanto más tarde eso
que tú deseas, más tiempo durará nuestro amor.»
De pronto, su
conversación tuvo un testigo. Era Karl, que había abandonado el gimnasio y se
mantenía de pie entre los dos, mirando a uno y a otro sin entender lo que
hablaban. En su atenta inmovilidad notábase una expresión de niño viejo, un
fruncimiento de cejas de persona mayor que sospecha y reflexiona. Su frente
saliente, de testarudo, parecía hincharse y latir. Dejábase acariciar por la
mano distraída de Fernando, pero de pronto huía de él y se arrojaba de cabeza
en el regazo de la madre, permaneciendo con los brazos extendidos, cual si
pretendiese ser para ella un escudo protector.
Creía
olfatear un peligro, con ese instinto misterioso de los seres simples que ven
en el aire cosas y amenazas completamente ocultas para las personas de razón;
el sentido que hace aullar al perro en la casa donde se prepara una desgracia;
el impulso que guía el revoloteo de ciertas aves sobre la vivienda a cuyas
puertas llama la muerte.
Mina
acariciaba la nuca de su hijo, y éste acogía la amorosa protección con un
runruneo sordo, lo mismo que una bestezuela doméstica que siente disiparse su
pavor. Pero el pensamiento de la madre estaba cada vez más lejos de Karl. Todo
él era para Ojeda, que la devolvía a su pasado. Sus ilusiones de artista, su
entusiasmo por la emoción estética, su veneración por el genio, habían
reaparecido de golpe. En su amor había mucho de agradecimiento para aquel
hombre, gracias al cual resurgían de entre las ruinas y los pesimismos de la
decadencia sus antiguos entusiasmos de cantante. Aún creía posible la
continuación de su vida pasada; menos brillante que en otros tiempos,
manteniéndose en segundo término, pero con iguales satisfacciones. El engaño de
su matrimonio con un artista mediocre iba a ser un paréntesis de sombra nada
más. Tal vez se cumpliese el soñado destino, acabando ella por ser la compañera
de un grande hombre.
Aprendería el
castellano para saborear las obras de Ojeda, que indudablemente era un genio.
Se lo decía su amor. Cuando viviesen juntos, entraría de puntillas en su
estudio, permaneciendo detrás de él en amorosa contemplación, como una esclava.
Y cada vez que terminase un verso... un beso; a cada estrofa concluida, seis,
doce... una lluvia; y cuando diese fin a la obra, él la leería con su voz de
oro, y ella escucharía arrodillada a sus pies adorándolo como un dios: «¡Oh, mi
novio, mi Tannhauser!... ¡Poeta colosal!».
Así pasaron
la mañana, fantaseando sobre el porvenir, sin poder cambiar otras caricias que
algunos apretones de manos por encima de Karl, hundido entre las rodillas de su
madre.
El niño sólo
abandonó su enfurruñamiento al hablarle Mina en alemán de la fiesta de la
tarde. Comenzaban los Olympishe Spiele con que chicos y
grandes iban a celebrar durante cuatro días el paso de la línea. Y estos juegos
olímpicos consistían en tragar pasteles con rapidez, llenar un tanque de
patatas, enhebrar agujas, batirse a golpes de almohada, correr metidos en sacos,
saltar obstáculos, y otras suertes que se repetían en todos los viajes al pasar
la línea equinoccial con la exactitud de ritos religiosos.
Por la tarde
iban a ser los juegos de los niños. Ojeda hizo un gesto de cansancio: prefería
quedarse en su camarote. Pero Mina le miró suplicante. «Novio mío... ven». Ella
había de asistir para cuidar de Karl. ¡Si Fernando estuviese cerca!... No se
hablarían, no se mirarían; pero ¡sentirlo junto a ella! ¡saber que podía verle
con solo volver la cabeza!...
Y Fernando
fue por la tarde a la terraza del fumadero, adornada con banderas y guirnaldas.
El capitán, asistido por los «señores de la comisión», dirigía los juegos.
Maltrana, agregado a ella como representante de su amigo, había acabado por
usurpar el primer puesto, gritando y moviéndose más que todos los otros juntos.
Él alineaba a los niños, y seguido de un marinero con una cesta, iba
repartiendo entre ellos manzanas cocidas. ¡Atención! El que se la comiese
antes, ganaba el premio. ¡Una... dos... tres! Y la gente reía de las grotescas
contorsiones de los pequeños, abriendo las mandíbulas todo lo posible para
tragar mayor cantidad de pulpa azucarada, moviendo las orejas apresuradamente
con la velocidad de su masticación. Un estallido de aplausos saludaba al
triunfador, mientras algunas madres corrían hacia sus hijos, inclinados en
arco, para palmearles la nuca, ayudando de este modo el deglutido de la materia
atragantada.
Luego, niños
y niñas, cuchara en mano, corrían de un extremo a otro de la terraza para
recoger sin rotura unos huevos depositados en el suelo. El ganador era el que
regresaba más pronto al punto de partida. Después corrieron para recoger
patatas esparcidas en la cubierta, y el que llenaba su tanque con mayor rapidez
vencía a los otros.
Retiráronse
los pequeños para dejar sitio a los grandes. Una fila de damas ocupó un banco,
esperando cada una con una caja de fósforos en la mano. Venía corriendo hacia
ellas otra fila de hombres con cigarrillos en la boca y las manos atrás.
Crujían los fósforos al inflamarse, y una salva de aplausos acompañaba al
primero que conseguía volver a su asiento con el cigarrillo encendido. Luego,
las señoras sostenían en la mano una aguja, y los jugadores corrían para
arrodillarse a sus pies, procurando con angustiosos titubeos enhebrar el hilo
que llevaban en su diestra.
Comenzó a
murmurar el público contra la monotonía de estos juegos.
—¡El
chancho!—gritaron muchos—. ¡Que pinten el ojo al chancho!
Maltrana,
como si resumiese en su persona a toda la comisión, se inclinó con el aire
bondadoso de un buen príncipe. ¡Ya que el honorable Senado lo reclamaba con
tanta insistencia!...
Pidió una
tiza el primer oficial, y con la rapidez de una larga costumbre, dibujó en el
suelo el contorno de un cerdo panzudo. Las señoras debían avanzar con los ojos
vendados, trazando a tientas el ojo que faltaba en la cabeza del animal.
El «digno
representante de la comisión», título que se daba a sí mismo Maltrana, se
apresuró a encargarse de vendar los ojos de las jugadoras y dirigir sus pasos,
disputando este honor a ciertos intrusos que intentaban despojarle del cargo,
adivinando sus ventajas. Con una servilleta enrollada cubría los ojos de las
señoras, indicábalas el número de pasos que las separaba del dibujo, y
cogiéndolas luego de un brazo les hacía dar vueltas para desorientarlas.
Avanzaban titubeantes las jugadoras, y al agacharse, trazando una cruz en el
suelo, que equivalía al ojo, un estrépito de carcajadas y aplausos irónicos
acogía su obra. El tal ojo quedaba a larga distancia de su sitio natural, o,
cuando más, caía grotescamente en el vientre o el rabo.
Isidro seguía
imperturbable, manoseando hermosos brazos con aire paternal, guiando los bustos
perfumados con protectora suavidad. Al sorprender la mirada de Fernando fija en
él maliciosamente, le contestó con un leve guiño. «Sí; el cargo no era malo...
Puramente platónico, pero algo es algo.»
Permaneció
Ojeda toda la tarde cerca de Mina, contemplando estos juegos que parecían
volverlos a todos a las alegrías de los primeros años. Ella le miraba con el
rabillo de un ojo, agradeciendo su permanencia como una prueba de amor.
Mrs. Power,
al aparecer por breve rato en esta parte del buque, no tardó en adivinar la
oculta relación entre los dos, a pesar de su afectada indiferencia. Este
descubrimiento pareció devolverle la tranquilidad. Ya no la molestaría su
antiguo amigo. Y hasta se atrevió a sonreírle irónicamente, cual si le
felicitase por su nueva conquista. Luego desapareció, siguiendo a los Lowe y a
Munster, que la invitaban a continuar el bridge.
A la caída de
la tarde se encontraron Ojeda y Mina en la última toldilla, sobre la cubierta
de los botes. Ella quería ver a su lado la puesta del sol. Desde la línea
equinoccial a las costas del Brasil, eran los atardeceres más hermosos de todo
el viaje.
El cielo
límpido tenía el color violeta del crepúsculo. A ras del agua aparecían
esparcidas algunas nubes blancas de caprichosos perfiles. El sol se había
hundido tras de ellas, coloreando el horizonte de un rojo cegador que poco a
poco iba palideciendo. Sobre este fondo de oro se recortaban las nubes tomando
el contorno de formas humanas.
Mina se
extasiaba en su contemplación. Eran ángeles grandes, ángeles blancos que
marchaban sobre un camino azul por un paisaje de oro. Uno llevaba en sus manos
una arquilla, otro una copa, otro un lienzo. Los reflejos del sol en sus cimas
tenían el brillo de luengas cabelleras rubias; los sueltos jirones de vapor
eran ondulaciones de albas túnicas removidas por el solemne paso. Y Ojeda,
sugestionado por esta interpretación y por las raras formas que engendraba el
crepúsculo, veía igualmente una teoría angélica sobre un fondo de oro,
semejante a los desfiles de santos en los mosaicos bizantinos.
Iba
extinguiéndose la luz, y con la sombra naciente y la disolución de los vapores
desleídos en el crepúsculo se borraron poco a poco las celestes figuras. Mina,
dominada por la emoción del atardecer, sentía el pecho oprimido. En sus ojos
había lágrimas. «¡Ángeles, adiós!» Sólo se habían mostrado por unos instantes,
como las visiones de felicidad que rasgan el lienzo gris de nuestra vida. Ellos
se marchaban, se perdían en el infinito, lo mismo que ella desaparecería, tal
vez muy pronto, tragada por la sombra.
Apoyaba su
pecho en el de Fernando, ponía la cabeza en su hombro, indiferente a que
alguien pudiese sorprenderlos, creyéndose sola con él en medio del Océano.
Suspiraba lacrimosamente, como si la noche que venía pudiese traerle la
desgracia... Ojeda se impacientó. Muy hermosa la puesta del sol, pero él no
podía comprender tanta sensibilidad.
Ella siguió
suspirando. «Oh, novio! ¡Siempre!... ¡Vivir siempre juntos; más allá de la
vida; más allá de la muerte!...» Recordaba el último abrazo del caballero
Tristán y la hermosa reina Iseo; una caricia eterna, infinita, que el gran mago
no había envuelto en el misterio de su música estremecedora. Luego de beber el
filtro de amor, el encantamiento de ellos no duraba años, no duraba una
existencia entera: su poder iba más allá de la muerte... Y cuando después del
trágico fin quedaban acostados para siempre, cada uno en su tumba de piedra, a
la sombra de un monasterio, un zarzal nacido de los restos de Tristán crecía en
una sola noche, cubriéndose de flores y de pájaros, y abarcaba las dos
sepulturas con abrazo tenaz. Se engrosaba y retorcía como una serpiente negra y
nudosa, haciendo estallar el mármol, y al fin su empuje aproximaba y juntaba a
los dos amantes, haciendo que sus cadáveres, separados por los crepúsculos de
los hombres, se consumiesen unidos en un abrazo eterno que proclamaba la
majestad del amor, más fuerte que la vida... más fuerte que la muerte...
Un grito
infantil interrumpió a Mina. Era Karl que la buscaba por la cubierta de los
botes. Hacía mucho tiempo que el clarín había lanzado la llamada al comedor,
sin que ellos lo oyesen. El maestro Eichelberger, cansado de esperar, se había
sentado a la mesa, enviando al niño en busca de su madre por todas las
cubiertas. Mina huyó. «Hasta la noche... novio.»
Pero la
entrevista de la noche fue menos cordial. Se mostró Ojeda malhumorado por la
resistencia de Mina. En vano, aprovechando la escasez de paseantes después de
terminado el concierto, iban los dos hacia «el rincón de los besos».
Inútilmente permanecía ella con la cabeza en su hombro, prendida de su boca en
una caricia prolongada, interminable, entornando los ojos. Él deseaba algo más.
Creía ridícula esta situación. No encontraba sabor a unos transportes amorosos
faltos ya de novedad.
Se separaron
fríamente: ella cabizbaja, triste, cerrando los ojos, haciendo esfuerzos para
no llorar; él enfurruñado, sardónico, como un hombre que se indigna al verse
defraudado en sus esperanzas.
Antes de
dormir, Ojeda exhaló toda su cólera.
—¡Si cree esa
ilusa que voy a perder el tiempo cerca de ella como un enamorado romántico!...
«Boca, sí; cabina, no...» ¡Que vaya al diablo si no quiere pasar de eso!... De
mí no se burla ya nadie a bordo... Bastante he dado que reír.
A la mañana
siguiente se encontraron otra vez en la cubierta de los botes, pero su
entrevista no fue de mejores resultados. Mina lloró. Lo que deseaba Fernando
era imposible. ¿Por qué empeñarse en romper el encanto de sus relaciones con
algo brutal que traería forzosamente una separación? En otros tiempos, ¡tal
vez!... cuando era hermosa. Pero ahora se daba cuenta de lo lamentable que
podía ser la impresión del hombre que la poseyese. Desengaño; sorda cólera al
ver que la realidad era muy distinta de la ilusión; seguramente olvido. «No,
novio mío... no.»
Después del
almuerzo, Fernando no quiso buscarla. En vano pasó Mina repetidas veces ante
una ventana del jardín de invierno junto a la cual tomaban café Ojeda y su
amigo. Mostraba él un visible deseo de no reparar en los paseantes.
Luego, al
reanudarse los juegos en la terraza del fumadero, la alemana lo encontró a
corta distancia; pero fingía no verla, apartando los ojos cada vez que los
suyos iban hacia él. «¡Dios mío! ¡y era posible que sus amores terminasen
así!...» Hubo de hacer esfuerzos para no llorar... ¡Y todo por las negativas de
ella, por la terquedad infantil de él, que ansiaba su posesión como si pidiese
un juguete!...
Sopló una
brisa helada del lado de popa que hizo estremecer a las damas, vestidas
ligeramente. Mina tosió, llevándose las manos a los brazos y al pecho, casi
desnudos, sin otro abrigo que el calado sutil de una blusa blanca. La súbita
frescura le hizo imitar a algunas señoras que iban a sus camarotes en busca de
un abrigo.
Cuando estuvo
abajo, en el corredor, iluminado en plena tarde como un pasillo subterráneo,
experimentó la inquietud del que cree percibir a sus espaldas unos pasos
invisibles.
No había
nadie en esta calle profunda del buque, envuelta a todas horas en densa
penumbra. Adivinábase que todos los camarotes estaban desiertos. Hasta los
criados debían andar por arriba viendo los juegos. ¡Si Fernando apareciese de
pronto!... Esta idea la hizo temblar con estremecimientos de miedo y de dulce
inquietud, segura de que si él se presentaba su caída era inevitable,
convencida de antemano de la flojedad de su resistencia.
Y él
apareció, sin que ella, avisada por su presentimiento, mostrase gran sorpresa.
Giraba la llave bajo su mano, abríase la puerta de su camarote, cuando le vio
avanzar con pasos quedos, que el tapiz del corredor hacía aún menos ruidosos.
Mina se
detuvo, llevándose una mano al pecho, conmovida de pavor y de sorpresa. Pero
esta impresión duró poco. Se acordaba de que minutos antes había dado por
perdido el amor de Fernando. ¡No hablarle más!... ¡Ver sus ojos fijos en
otra!...
—¡Mi
novio!... ¡mi poeta!
Había caído
en sus brazos, se colgaba de sus labios en un beso largo de ruidosa aspiración.
Luego se
apartó bruscamente, como si la poseyese otra vez el miedo.
—Márchate...
Podrían vernos.
Había entrado
en su camarote, estaba al otro lado de la puerta, pero la mantenía a medio
cerrar para verle un momento más, acariciándolo con su sonrisa y sus ojos.
Cuando quiso
cerrar, no pudo. Una rodilla de Fernando, un codo, se apoyaban en la madera
empujándola contra Mina, que oponía el obstáculo de todo su cuerpo. Y en esta
situación, pugnando él por abrir y ella por cerrar, hablaron los dos en voz
queda, temblona, cortada por estremecimientos de fiebre, como si estuviesen
concertando algo penable en el obscuro misterio de este pasadizo a flor de
agua.
Él
suplicaba... «Déjame entrar... déjame entrar.» Con la cobarde mentira del deseo
llevábase una mano al corazón jurando la nobleza de sus intenciones. Podía
estar tranquila; no pensaba hacer nada contra su voluntad: lo que ella quisiera
y nada más... Deseaba penetrar en su camarote solamente para estrecharla en sus
brazos sin miedo a verse sorprendidos por inoportunos transeúntes, para besarla
hasta la hartura sin la zozobra que despiertan unos pasos que se aproximan.
Debía tener fe en su palabra.
—No...
no—gemía ella pugnando por cerrar, sin que la puerta obedeciese a la presión de
sus manos y rodillas.
Ojeda
insistió. «Déjame que entre...» Nada intentaría contra su voluntad. Daba su
palabra de honor... Y en la confusión de su excitado deseo, sin saber
ciertamente lo que decía, sin darse cuenta de lo grotesco de sus juramentos,
buscó nuevos testigos, nuevos fiadores... Prometía respetarla por lo que amara
ella más en el mundo, por todo lo que venerase él con mayor admiración.
—Te lo
juro... ¡por Wagner! Te lo juro... ¡por Víctor Hugo!
Fue cediendo
la puerta lentamente, como si estas palabras fuesen de un poder mágico. La
presión exterior, cada vez más enérgica, la ayudó a girar sobre sus goznes,
arrollando las últimas resistencias de Mina.
Y luego de
quedar abierta se cerró de golpe, dejando en absoluta soledad la penumbra del
corredor.
¡Pobre
Wagner!... ¡Pobre Víctor Hugo!...
Después de la
comida, Fernando se sentó en el paseo lejos de la música, que empezaba su
concierto nocturno.
Estaba
triste, y su tristeza era de engaño y arrepentimiento. Aquella pobre mujer
había dicho la verdad: las ilusiones de él iban a morir de un golpe con la
satisfacción del deseo. Mejor hubiese sido creerla. Todo el edificio fantástico
elevado en el curso de sus diálogos se habían venido abajo por un simple
encontrón de la realidad. Y Ojeda salía de esta aventura con una gran inquietud
de conciencia. ¿Qué hacer ahora?...
¡Pobre Mina!
Ella había sido la primera en darse cuenta de la tristeza y el desaliento que
habían seguido a su delirio amoroso. Al despertar y serenarse, un gesto suyo de
resignación, un adiós humilde, habían dado a entender a Fernando que no se
hacía ilusiones acerca del porvenir. Todo estaba concluido. Y cuanto él dijese
por restablecer el pasado sería piadosa mentira, falsedad galante para
enmascarar su decepción.
En el resto
de la tarde habían evitado encontrarse otra vez: ella como arrepentida de su
debilidad, él con remordimiento. Luego de la comida, mientras Fernando quedaba
solo en el paseo, con visible propósito de aislarse de todos, Mina emprendió
con el pequeño Karl el descenso al camarote, para no volver a mostrarse hasta
el día siguiente. Aquella noche ¡ay! no iba a ser de ensueños...
«Muy bien,
señor Ojeda... Has hecho infeliz por unos días a una pobre mujer que no ha
cometido otro delito que el de amarte un poco. Por un capricho de tu deseo, la
has hecho convencerse una vez más de su miseria física, que ella tenía
olvidada... Y de todo esto has sacado un remordimiento y la vergüenza de tener
que mentir, de tener que ocultarte. No quisiste hacer caso de sus indicaciones
y brusqueaste su resistencia. ¡Muy bien!... Te has portado como un caballero.
Cuando estaba
más ensimismado, formulando mentalmente estos reproches, oyó una voz de mujer
junto a él y vio que un bulto se interponía entre sus ojos medio cerrados y las
estrellas del cielo movible extendido sobre el borde de la baranda y el filo
del techo.
—¡Siempre
solito, siempre pensando!... Tal vez está usted haciendo algunos versos lindos.
Fernando se
incorporó a impulsos de la sorpresa más aún que de la cortesía. Era Nélida la
que le hablaba. Lo primero que alcanzó a ver fue su boca, de un rosa húmedo,
con los dientes agudos, luminosos; la boca de tigresa admirada por Isidro, que
le sonreía cual si pretendiese atraerlo.
Turbado por
la inesperada presencia, no supo qué decir. Ella agradeció con una sonrisa esta
confusión, considerándola como un homenaje a su bizarra hermosura, que hacía
perder la calma a los hombres más graves.
—¡Siempre
solito!...—volvió a repetir—. Usted no quiere ser mi amigo... Le he mirado
muchas veces, le he hablado... y nada.
Encogíase
humildemente, como si esta pretendida indiferencia de Fernando—de la que él no
se había percatado nunca—le causase gran dolor.
—Y el caso es
que yo tengo que pedirle una cosa... Deseo que me escriba algo; dos versos nada
más: su firma. Quiero conservar un recuerdo para que mis amigas sepan que he
viajado con el señor Ojeda, un poeta de España. Todas las niñas tienen algo de
usted: una postal, un verso lindo en el abanico. Y yo no tengo nada... Diga,
señor, ¿es que le soy antipática?
Mientras
hablaba se había sentado en un sillón al lado de Fernando. Al principio
mantúvose erguida; pero lentamente se recostó, hasta quedar con las piernas
horizontales, mostrando su adorable bulto a través de la angosta falda.
Ojeda acogió
su petición con un apresuramiento galante, balbuceando aún por la sorpresa.
Escribiría todo un poema, si esto podía darla placer... Sentíase muy honrado
con su petición. ¿Tenía un álbum?... No; ella no había pensado en adquirir este
volumen, que mostraban con orgullo muchas señoritas de a bordo. Pero le pediría
al comisario del buque un cuadernillo en blanco de apuntaciones o un simple
pedazo de papel. Lo que le interesaba era el recuerdo. Y al mismo tiempo daba a
entender ingenuamente con sus ojos que se había aproximado a él por entablar
conversación más que por el interés que pudieran inspirarle los versos.
Continuó
Fernando sus excusas. Nunca la había mirado con indiferencia. Ella era la
alegría del buque; la mujer más hermosa e interesante: estaba dispuesto a
declararlo en verso. Pero ¿cómo acercarse viéndola secuestrada por sus
adoradores, defendida por aquella escolta feroz, que a su vez parecía
fraccionada y enemistada por los celos?
—¡Ah, mis
adoradores!—exclamó ella riendo—. No me hable de ellos; estoy harta... Le
advierto, señor, que yo detesto a los muchachos. ¡Gente egoísta e insufrible!
Me gustan más los hombres serios y de cierta edad. Saben querer mejor; rodean a
una mujer de mayores atenciones.
Y miraba
audazmente a Fernando con ojos de provocación, para que no tuviese dudas sobre
la persona a la que iban dirigidos tales elogios.
Se había
incorporado Ojeda en su asiento para mirarla también con atrevida fijeza. Un
perfume de carne joven, de frescura tentadora, parecía envolverla. No era la
dulzura marchita de la alemana ni el esplendor de fruto maduro de Mrs. Power.
Hasta la imagen de Teri, que se agitaba en su memoria como un remordimiento,
perdió algo de su belleza al ser comparada con esta muchacha... Era un hermoso
animal exuberante de vida, de fuerza voluptuosa, que iba derramando
generosamente los encantos de su primavera. Algunas veces perdía el sonriente
aplomo de su amoralidad; parecía dudar con cierto miedo, pero después seguía
adelante con mayor ímpetu, guiada por sus impulsos.
Y esta
criatura bella e inconsciente, sin más regla de voluntad que el instinto, venía
de pronto hacia él por un capricho inexplicable. ¡Dulces sorpresas de la
existencia!... No era posible dudar. Bastaba ver sus ojos fijos en él con un
ardor de pasión, dilatándose cual si quisieran absorber su imagen; su boca de
frescura insolente y esplendorosa escarlata estremeciéndose con un bostezo
amoroso, sintiendo repentinos abrasamientos que hacían salir la lengua de su
encierro para pasearse por los labios; sus dientes de devoradora que parecían
temblar con el fulgor de un acero pronto a hundirse en la carne... No podía
explicarse esta buena fortuna; pero era indiscutible que Nélida, abandonando a
su tropa de adoradores, se aproximaba a él, que no había hecho esfuerzo alguno
por atraerla. Y despertaba en Ojeda el orgullo sexual que duerme en el fondo de
todo hombre; la fatuidad masculina, que se considera irresistible con sólo una
mirada o una palabra de femenil aprobación; la fe ciega en el propio valer, que
acepta como naturales y lógicas todas las aproximaciones, por inverosímiles que
sean.
Recordó Ojeda
cuanto había oído contar de las travesuras de Nélida, disculpándolas por
adelantado. Tal vez habría en ellas mucho de exageración. Las gentes de a
bordo, siempre desocupadas, mentían grandemente. Y aunque todo lo que contaban
fuese cierto... ¿qué había de censurable en que él marchase sin compromisos por
el mismo camino que otros habían frecuentado antes? «El mar era... el mar.»
Estaban aislados del mundo, en medio de la soledad, como si la vida hubiese
concluido en el resto del planeta, olvidados de sus leyes y preocupaciones.
Cuando volviese a tierra recobraría el fardo de sus compromisos y antiguos
afectos. Esta juventud de carne primaveral y firme como la pulpa verde, y con
un perfume semejante al de los jardines después del rocío, era un regalo de la
buena suerte para compensarlo de su desilusión de aquella tarde. ¡A vivir!...
Se inclinaba
hacia ella como si no la oyese bien, y Nélida, por su parte, descansó un brazo
en el sillón de Fernando, gozosa de sentir su epidermis en casual contacto con
una de sus manos. Hablábanse sin mirar a los que transcurrían junto a ellos,
sin reparar en sus ojeadas de sorpresa y sus cuchicheos de comentario. Algunas
matronas se erguían dignas y austeras, volviendo los ojos por no verles, pero
al llegar a la otra banda del paseo lanzaban la noticia, una gran noticia para
la gente ansiosa de novedades.
—¿No saben
ustedes?... Nélida, esa loca, ha abandonado a su escolta y está con el doctor
español, el amigo de Maltranita. ¡Pobre hombre!
Las niñas,
que admiraban y temían a Nélida como la personificación del pecado, se tocaban
con el codo al pasar ante ellos.
—Una nueva
conquista... Ahora ha caído ese señor tan serio que hace versos... y no baila.
¡Qué Nélida!...
Ella, con su
fina observación femenil, se daba cuenta del revoloteo de los curiosos y sentía
orgullo por este escándalo, que pasaba inadvertido para Ojeda.
Lo único que
notó éste fue la familiaridad cada vez más grande con que le trataba Nélida. No
se habían cruzado entre ellos verdaderas palabras de amor. Sólo había osado él
algunas galanterías de las que no comprometen, pero la joven le hablaba ya lo
mismo que a un amante.
Tenía una
confianza absoluta en su poder sobre los hombres. Le bastaba colocar la mirada
en uno de ellos para considerarlo suyo, sin molestarse en consultar su
aprobación. Era el centro de la vida en aquel pedazo de mundo que flotaba sobre
el Océano, y todo el sexo masculino debía girar en torno de su persona. Aquel a
quien ella hiciese un gesto, un leve llamamiento, tenía que venir forzosamente
a arrodillarse a sus pies. Y satisfecha de este poder de seducción que nadie
osaba resistir, seguía hablando con Fernando y se justificaba de las ligerezas
de su pasado, de las cuales no le había pedido él cuenta alguna.
Era muy
desgraciada—y al decir esto acentuó con asombrosa facilidad el brillo lacrimoso
de sus ojos—. Tenía un novio en Berlín que ansiaba casarse con ella, pero los
negocios de papá habían roto de pronto su dicha obligándola a embarcarse. ¡Qué
infortunio el suyo! ¡Y ella que amaba a este novio con toda su alma!...
Ojeda
arriesgó tímidamente algunas observaciones. ¿Y el otro alemán que pasaba a
bordo por pariente suyo? ¿Y el belga y los demás amigos?... Pero Nélida le
contestó sin el más leve indicio de cortedad. Éstos le servían para divertirse.
Era joven: aún no había cumplido diez y ocho años. La vida es corta y hay que
aprovecharla. Nada le importaban las murmuraciones; todo se arreglaría al fin
casándose, y ella estaba segura de encontrar en América un marido tan pronto
como lo creyese necesario. Uno de la tierra no, porque todos en aquel país eran
a la antigua, celosos, feroces, intratables en sus preocupaciones. Algún gringo,
algún extranjero tentado por su belleza y la fortuna de papá. Y al decir esto
sonreía de un modo cínico.
«Esta
muchacha es loca—pensó Ojeda, asombrado por la rapidez con que se sucedían en
ella las impresiones y la franqueza con que exponía su amoralidad—. ¡Una loca
adorable!»
Como si
repentinamente se arrepintiese de su cinismo, tomó Nélida una expresión
melancólica. No pensaba hablar más con aquellos jóvenes que la asediaban a
todas horas. Estaba aburrida de sus peleas y rivalidades; no le inspiraban
interés. Faltaba algo en su vida, sin que ella se diese cuenta de lo que
pudiera ser. Tal vez por eso había cometido tantas ligerezas y travesuras en el
buque. Pero aquella misma noche había adivinado de pronto cuál era su deseo,
qué es lo que le faltaba para sentirse dichosa. Y al decir esto, envolvió a
Fernando en una mirada hambrienta.
«¡Qué loca!»,
siguió pensando él, mientras experimentaba la satisfacción del orgullo.
Dudaba un
poco de la sinceridad de sus palabras y gestos. Tal vez este acercamiento no
era más que un capricho de su carácter tornadizo. Pero aun así, sentía halagada
su vanidad, y no dudó un instante en aprovecharse de la aproximación.
Nélida
continuó explicando el pasado. Desde que vio a Fernando por primera vez, frente
a Tenerife, no había podido olvidarle... Esperaba que se aproximase, pero él se
mantenía siempre aparte, y la rutina social no permite que la mujer inicie
ciertas cosas. Luego había sufrido mucho viéndole con ciertas mujeres—y la
atrevida muchacha tomaba un aire pudibundo al recordar los amoríos de él en el
buque—. Odiaba a la señora norteamericana, tan estirada y orgullosa, que nunca
había contestado a sus saludos; odiaba también a aquella fea mal trajeada que
iba con él en los últimos días. Esta amistad era indudablemente por reírse,
¿verdad?... ¡Un hombre como él exhibiéndose al lado de una pobre madre de
familia!... Y al experimentar tales contrariedades había visto Nélida con
claridad que era Fernando lo que ella deseaba.
Muchas veces
había preguntado por él a su amigo Isidro, queriendo conocer detalles de su
existencia anterior. Maltrana podía decirle el interés que le inspiraban todas
sus cosas; cómo ella, que no ponía atención en la vida de los demás—pues
bastante tenía con los asuntos propios—, había sido la primera en enterarse de
su intriga con Mrs. Power, y cómo había protestado después al verle
exhibiéndose junto a aquella verdosa mal pergeñada.
En este
momento pasó Isidro junto a ellos por cuarta o quinta vez, mirando, tosiendo,
haciendo esfuerzos para que Ojeda reparase en él y le diese motivo de
intervenir en la conversación. Nélida le llamó.
—Acérquese,
Maltrana. ¿Cómo le va?... Diga si no es cierto que yo le he preguntado muchas
veces por este señor... diga si no me he quejado porque su amigo me miraba con
cierta antipatía y parecía huir de mí.
Isidro se
inclinó con una gravedad cómica. Exacto. Él lo afirmaba con toda clase de
juramentos. Y al decir esto, sus ojos iban hacia Fernando, gozándose en su
asombro por esta aventura inesperada. ¡Ah, varón digno de envidia!...
—¡Nélida!...
¡Nélida!
Era un
llamamiento imperioso de su madre, asomada a la puerta del fumadero. Como de
costumbre, dejó que se repitiera muchas veces sin prestar atención; hasta que
al fin abandonó, refunfuñando, su asiento.
—¡Señora
odiosa!... De seguro que no es nada que valga la pena... Alguna intriga de ésos
para molestarme porque estoy con usted.
«Ésos» eran
los adoradores, que vagaban desorientados por la cubierta desde que Nélida
había huido de su compañía. Les había visto pasar repetidas veces ante ella,
hablando en alta voz para atraer su atención, fingiendo luego que contemplaban
el mar mientras aguzaban el oído queriendo sorprender algunas palabras de su
diálogo... Iba a decirles a estos importunos lo que merecían por sus tenaces
persecuciones y por mezclar a mamá en sus asuntos. ¡Qué atrevimientos se
permitían sin derecho alguno!...
Cuando
empezaba a alejarse con aire belicoso, se detuvo, volviendo sobre sus pasos.
—Espéreme
aquí, Ojeda... No se vaya; ahora mismo vuelvo... Piense que me dará un disgusto
si no le encuentro. Ya lo sabe... ¡quietecito!
Y le amenazó
sonriente, moviendo el índice de su diestra. Al quedar solos Fernando y
Maltrana, éste rompió a reír.
—Muy bien,
ilustre amigo. Flojo escándalo han dado ustedes esta noche. No se habla en el
buque de otra cosa.
El aludido
hizo un gesto de extrañeza y asombro. Escándalo, ¿por qué?... Una simple
conversación, como tantas otras que se desarrollaban en la cubierta a la hora
del concierto.
—Es que la
niña tiene su fama muy bien ganada. Y usted también empieza a gozar la suya, en
vista de ciertos hechos recientes. Por eso al verles juntos de pronto, cuando
hasta ahora no habían cruzado dos palabras, todos suponen un sinnúmero de
cosas.
Y Maltrana
imitó los gestos de escándalo de las señoras: «Un hombre tan serio y
distinguido... siempre con sus libros o escribiendo... y de pronto se lanzaba a
"flirtear" sin recato alguno... ¡Hasta con Nélida, que casi podía ser
hija suya!... Fíese usted de los hombres. ¡Todos iguales!».
Ojeda se
excusó. Él no había hecho nada para aproximarse a esta muchacha. Era ella la
que lo había buscado de pronto, sin motivo visible.
—Así es—dijo
Isidro—. Hace tiempo le predije lo que iba a ocurrir. Ya que usted no iba a
ella, ella vendría a usted... Y ha venido: estaba yo seguro de ello.
Fernando hizo
un gesto interrogante: «¿Y por qué?...».
—Vaya usted a
saber... Ante todo, esa muchacha es medio loca: ya se habrá usted dado cuenta.
Luego, la contrariedad de no verse buscada, su orgullo sublevado al notar que
no conseguía su atención. A usted lo consideran buen mozo las matronas más
austeras, y lo que es mejor aún, figura como el más «distinguido» entre los
hombres serios de a bordo. Tiene también su poquito de leyenda misteriosa. Le
suponen grandes amores en el viejo mundo, relaciones con duquesas, princesas o
¡qué se yo más!... En fin, con damas que llevan coronas bordadas hasta en las
ropas más interiores, lo mismo que las heroínas de ciertas novelas. ¡Figúrese
qué bocado magnífico y tentador para nuestra hermosa tigresa!
Fernando rio
de este prestigio novelesco que le suponía su amigo.
—Además,
usted ha empezado a distinguirse en los últimos días como un rival de Nélida en
punto a escandalizar a las buenas gentes. Sus «flirteos» casi han llamado tanto
la atención como los de esa muchacha. Ella y usted son los dos primeros
amorosos de a bordo. Y Nélida no puede sufrir rivalidad alguna... ¡Un hombre
que se distingue por sus amoríos y no se digna fijar los ojos en ella, que se
considera la mujer más hermosa del buque!... No ha necesitado más para correr
hacia usted.
Isidro había
seguido de cerca la rápida transformación de Nélida. Hacía dos días que le
hablaba a cada momento de su amigo con gran interés, preguntándole por su vida
anterior. Aquella noche, después de la comida, se había peleado con los jóvenes
de su banda en el jardín de invierno, sin saber por qué. Luego, en las
cercanías del fumadero, nueva discusión, terminada con una ruptura insultante.
Los
admiradores se habían alejado de ella, puestos de acuerdo con maligna
solidaridad. Estaban seguros de que al verse sola, en el aislamiento en que la
habían dejado las mujeres por sus travesuras anteriores, volvería a buscarlos
forzosamente, por tedio y ansia de diversión. Pero Nélida había aprovechado
este abandono para ir al encuentro de Ojeda, y ahora los adoradores,
chasqueados por el fracaso, no sabían qué inventar para atraérsela.
—Ellos, sin
duda, han sugerido a la madre su reciente llamada. Le habrán hablado del
escándalo que da Nélida al exhibirse al lado de usted, y la mulatona, que desea
reducir a su hija, sin saber cómo, les ha hecho caso.
Mostrábase
optimista Maltrana, felicitando a su amigo por su buena suerte. ¡Cosa hecha!
Aquella loca podía considerarla como suya. La familia no debía inspirarle
inquietud; lo peligroso era la banda, todos aquellos jóvenes habituados al
trato de Nélida, unos como amigos, en espera de algo mejor, otros en continua
rivalidad, pero satisfechos de la parte de posesión que consideraban ahora en
peligro.
Iban a
indignarse al ver que un hombre serio, de mayor edad que ellos y que jamás
había intervenido en sus fiestas, se llevaba el objeto de sus alegrías. ¡Ojo,
Fernando! Había que mirar con cierto cuidado a esta juventud insolente, de
varias nacionalidades, que no tenía motivo para guardarle respeto.
—La niña va a
caer sobre usted como un fardo pesado. En tierra se resisten mejor estas cosas;
aquí tendrá que aguantarla a todas horas. Ha perdido su trato con las mujeres;
las más atrevidas sólo la saludan con un movimiento de labios, y al faltarle la
sociedad de su banda, se refugiará en usted... ¡Afortunadamente, me tiene a mí,
que puedo aligerarle de este peso!...
Apareció
Nélida en la puerta del fumadero, mirando hacia el lugar donde estaban los dos
amigos. Al ver a Ojeda inmóvil en su sillón, movió la cabeza con gesto
aprobativo. Muy bien. Así le quería: obediente.
Mientras ella
se aproximaba, Isidro se marchó.
—Hasta
luego... Comprendo que estorbo. ¡Buena suerte!
Recobró su
asiento Nélida vibrante y nerviosa, golpeando con el abanico un brazo del
sillón. ¡Ah, su madre! ¡Aquella mulata antipática, a la que en nada se parecía!
Siempre coartando su libertad, siempre con miedo a lo que diría la gente y
hablando de virtud. ¡Y si ella repitiese lo que había oído a ciertas criadas
viejas traídas de América, que servían a su madre desde el principio de su
matrimonio!... La insufrible señora abusaba de su silencio riñéndola en nombre
de la moral: una cosa excelente para la edad de ella, pero falta de
significación y de utilidad para los verdes años de Nélida.
Se había
peleado con la madre porque pretendía llevarla inmediatamente al camarote con
el pretexto de que eran las once. Insultó luego en voz baja a los antiguos
adoradores, que rondaban cerca de las dos para gozarse en su obra, y sin
aguardar contestación había volado otra vez hacia Fernando.
—Si usted lo
desea, me retiraré—dijo éste—. Yo no quiero que sufra molestias por mi culpa.
Ella se
indignó, como si le propusiese algo contra su honor. Debía permanecer al lado
suyo, ahora más que antes. Bastaba que le ordenasen una cosa, para ansiar con
irresistible deseo todo lo contrario. ¡Ay, si no temiese estorbar a papá, que
estaba jugando al poker con unos amigos! Sería suficiente una
palabra suya para que interviniese con toda su autoridad, dejándola triunfante
sobre la madre desesperada... Iban a tener que separarse dentro de unos
instantes.
—Verá usted
cómo llega el zonzo de mi hermano con la orden de que me vaya a dormir... Y
tendré que obedecer a esa señora por no dar un escándalo. ¡Qué rabia!
Ojeda pensó
con cierta inquietud en las complicaciones y contrariedades que iban a alterar
su plácida existencia por obra de esta mujer. Habría de ganarse la simpatía de
aquella señora cobriza, luchando además con la mala intención de los de la
banda... Y todo ello por un resultado problemático, pues no estaba seguro de
que en adelante se mostrase del mismo humor esta muchacha caprichosa y mudable.
Iba a
arriesgar una proposición que significase algo positivo, a solicitar una
promesa de verse al otro día en lugar menos público que la cubierta de paseo,
cuando ella le miró imperiosamente y dijo en voz queda:
—A las
doce... Le espero a las doce.
¿A las doce
de qué?... ¿Dónde debía estar a las doce?... Nélida pareció impacientarse, al
mismo tiempo que sonreía con cierta compasión. ¡Y afirmaban todos que Ojeda
tenía talento!... A las doce de aquella noche; y en cuanto a lugar para verse,
su camarote. ¿Cuál otro podía ser? Ella le esperaría con la puerta entornada.
¡Qué torpes eran los hombres!...
Así, con
sencillez, sin dar importancia alguna a sus indicaciones. Cuando él titubeaba
antes de formular una proposición, rebuscando palabras para hacerla más suave,
ella había salido a su encuentro, abriéndole el camino rudamente.
Fernando
movió la cabeza con gravedad, lo mismo que si se tratase de un lance de honor.
Muy bien; a las doce llegaría puntualmente. Nélida dio detalles de su
instalación. Ocupaba sola un pequeño camarote; en otro inmediato estaba su
hermano; más allá sus padres, en uno más grande. Vería luz en la puerta
entreabierta. No tenía más que llegar cautelosamente, arañar la madera... Pero
se detuvo en sus indicaciones.
—¡Ya llega
ese imbécil!... ¡La orden para ir a dormir!
El imbécil
era el hermano, que se presentó saludando a Ojeda con voz balbuciente,
mirándolo como a un personaje importante que inspira respeto y poca simpatía.
Nélida, al
ponerse de pie, se desperezó con voluptuosa expansión. Parecía más alta, como
si su cuerpo se dilatase de los talones a la nuca con el serpenteo nervioso que
corría por él.
—Buenas
noches, señor... Encantada de las cosas lindas que me ha dicho. No olvide los
versos.
La vio
alejarse al lado del hermano, que trotaba, no pudiendo seguir sus pasos largos.
La satisfacción de una nueva conquista, la inquietud de algo desconocido que
iba a revelarse en breve, el orgullo de desobedecer a todos imponiendo su
capricho, enardecían la briosa juventud de Nélida, dando nueva frescura a su
animalidad triunfante y majestuosa.
Paseó Ojeda
por la cubierta para entretenerse hasta la hora de la cita. ¿En qué día
estaba?... Miércoles nada más. Era el mismo día en que había entrado por
primera vez en el camarote de la Eichelberger. ¡Y él se imaginaba que iba
transcurrido mucho tiempo, días y días, semanas, meses, desde esta aventura
triste!
Las horas se
deslizaban a bordo de un modo irregular, con una celeridad loca o una monotonía
interminable, según eran los sucesos. Sólo habían transcurrido unas pocas, y
otra vez iba a bajar cautelosamente al interior del buque en busca de una mujer
en la que no pensaba poco antes. Si alguien le hubiese anunciado esto por la
mañana, al levantarse, habría reído incrédulamente. Contaba con los dedos, para
reconstituir en su memoria los sucesos de los últimos días. El domingo, víspera
del paso de la línea, Maud. El lunes, la derrota y la burla que le hacían
odioso el recuerdo de Mrs. Power. Al otro día, Mina, la melancólica, que había
prolongado su dulce encantamiento hasta la tarde del día presente. Y ahora,
Nélida, que venía hacia él contra toda lógica, cuando menos podía esperarlo;
Nélida, «la de la boca de tigresa—como decía Maltrana en su afición a los
apodos homéricos—, la de los ojos de antílope y la carne primaveral».
En cuatro
días tres amores... La vida de a bordo quería borrar con la rapidez de los
hechos la monótona languidez de su ambiente. En tierra, donde las personas, por
más que se busquen, pasan al día muchas horas sin verse, habría necesitado
cuatro meses, o tal vez más, para llegar a este resultado. Aquí todo era fácil,
gracias al hacinamiento y el tedio de tantos seres distintos y contradictorios,
obligados a convivir como las infinitas especies del arca diluviana.
Cerca de las
doce cesó Ojeda en sus paseos. Deseaba bajar a la penúltima cubierta sin ser
advertido. A estas horas podía llamar la atención verle en las profundidades
del buque, a él, que tenía su camarote en el mismo piso del comedor. Las
recomendaciones de Isidro le hicieron pensar con cierta inquietud en los
jóvenes de la banda. Parecía disuelta esta noche al faltarle la presencia de la
señorita Kasper, que era en ella el eje central, el polo de atracción. Algunos
de sus individuos estaban diseminados en las mesas del fumadero, siguiendo las
partidas de poker. Dos marchaban por la cubierta, y a Fernando le
llamó la atención la frecuencia de sus encuentros, como si no le perdiesen de
vista.
Aprovechó un
momento en que estaba desierto el paseo para deslizarse por una escalera. Bajó
dos pisos sin encontrar a nadie. Luego avanzó por un pasadizo, de puntillas
sobre la tupida alfombra roja con grandes redondeles, en cuyo centro se
ostentaba el nombre del buque. De algunas puertas surgían furiosos ronquidos.
Creyó que sonaban detrás de él leves roces, como si alguien le siguiese. Se
imaginó ver unas cabezas que le atisbaban asomadas a una esquina del corredor y
que de pronto se ocultaron. Pero ya no podía retroceder, y siguió adelante,
mirando los números de los camarotes.
La puerta
estaba entreabierta, y antes de que él llegase se marcó en su estrecho
rectángulo de luz la arrogante figura de Nélida. Iba vestida simplemente con un
kimono azul, el mismo que Fernando le había visto comprar en Tenerife. Unos
brazos blancos y fuertes, completamente desnudos y que esparcían un perfume de
carne fresca recién lavada, salieron al encuentro de él, agarrándose a su pecho
como tentáculos irresistibles.
—¡Entra,
tonto!—ordenó imperiosamente con voz enronquecida al notar su vacilación—. Ésos
andan por ahí... pero no importa. ¡Entra, no pierdas tiempo!
Y tiró de él
rudamente, lo mismo que en las callejuelas de muchos puertos tiran de la
marinería ebria brazos desnudos con adornos de latón surgiendo de ciertas
casas.
Poco después
de la salida del sol, despertó Ojeda en su lecho. Sonaba la música en el
inmediato corredor, junto a la puerta del camarote. «Hoy es domingo», pensó, en
la torpeza del despertar. Pero una extrañeza repentina disipó las últimas
brumas de su sueño. Hizo un rápido cálculo de días. No, no era domingo. Además,
la música sonaba alegremente una especie de diana de caballería que no podía
confundirse con el solemne coral luterano. A continuación de esta diana, una
polca saltona con locas cabriolas de clarinete, y luego se retiraron los
músicos. «Debe ser una alborada en honor de alguno de los alemanes vecinos
míos. Cualquiera diría que era para mí.» Y Ojeda volvió a dormirse.
Dos horas
después, mientras se vestía, quiso saber el motivo de esta música, preguntando
al camarero que entraba con un jarro de agua caliente. El steward contestó
rehuyendo sus ojos. Era un obsequio al pasajero de al lado, un alemán que
pasaba las noches jugando en el café hasta que apagaban las luces. Sin duda,
los amigos le habían dedicado esta alborada por ser su cumpleaños. Y vagó bajo
su recortado bigote una sonrisa de servidor discreto que piensa en la hora de
la propina y miente por no molestar al señor.
Arriba, en el
paseo, el primero que le salió al encuentro fue Maltrana.
—¿Ha oído
usted la música?—preguntó con cierto misterio.
Ojeda quiso
mostrar que estaba bien enterado. Sí; era en honor de un vecino suyo que
celebraba su cumpleaños.
—No,
Fernando; la música era para usted... Cosas de esos chicos, que están furiosos
por la traición de Nélida. Una ironía pesada y roma como sus zapatos.
Había
sorprendido a primera hora las conversaciones de algunos de la banda, que
comentaban con orgullo lo ingenioso de su burla. Al espiar a Ojeda en la noche
anterior y enterarse de su buena suerte, habían tenido un conciliábulo en el
fumadero, despertando después al jefe de la música para encargarle esta
alborada. Era una felicitación que le dirigían los antiguos amigos de Nélida.
En el primer
momento tuvo Fernando un arrebato de cólera. ¡A él con musiquitas!... Sentía
deseos de insultar a todos aquellos jóvenes, con la temeridad que comunica a
todo hombre un amor nuevo. Pero Isidro rio de su indignación. ¿Qué había de
malo en aquello?... Podían seguir dedicándole obsequios de tal clase, si era su
gusto, mientras él continuaba tranquilamente en el goce de su buena aventura.
Con música, ciertas cosas resultan mejor... Y Fernando acabó por reír
igualmente de una broma torpe que ridiculizaba a sus autores.
Maltrana le
habló luego de Nélida. Debía sentir impaciencia por encontrarse con él. Media
hora antes la había visto en el paseo mirando a todas partes, como si lo
buscase. Ni siquiera había hecho sus arreglos matinales.
—Iba como si
se hubiese vestido a toda prisa, y con la melena alborotada. Debe haber vuelto
a su camarote para adecentarse un poco. Tiene hambre de verle. Pero ¿qué
diabólico secreto es el suyo, Ojeda, para obtener tales éxitos? Debía
comunicarlo a los amigos...
La proximidad
de Nélida le hizo callar. Venía ahora la joven muy distinta de como la había
visto Isidro poco tiempo antes. Sus crenchas cortas aparecían rizadas; acababa
de vestirse un traje nuevo; se movía con menudos pasos empinada sobre altos
tacones; adivinábase en toda ella una preocupación por embellecerse y agradar.
Su rostro, bajo una capa reciente de polvos, parecía alargado, con leves
oquedades en las mejillas, rastros sin duda de emociones debilitantes. Un
círculo de sombra orlaba sus ojos, agrandándolos.
Cuando tomó
la mano de Fernando la retuvo largo rato, mientras fijaba en él una mirada
interrogante... ¿Contento? Él sonrió con la gratitud de un buen recuerdo,
satisfecho a la vez de esta ansiedad de la joven por conocer el estado de su
ánimo.
Adivinando
Isidro lo inoportuno de su presencia, alejóse sin despedirse de ellos. Nélida,
al verse sola, se aproximó más a su amante con un impulso de entusiasmo.
—¡Mi rey! ¡Mi
dios!... ¡Mi... hombre!
Y faltó poco
para que lo besase en plena cubierta. Él se dejaba adorar con un orgullo de
varón satisfecho de su persona. Acordábase de Mrs. Power, comparándola con
Nélida. Ésta, al menos, conocía la gratitud...
Pasearon
juntos con imperturbable tranquilidad. Ella mostraba un visible deseo de
espantar a las gentes con su atrevimiento, de enterar a todos de esta nueva
aventura, que parecía enorgullecerla. Pasaron ante «el banco de los pingüinos»
y ante sus vecinas «las potencias hostiles», con repentino malestar de Ojeda,
que deseaba retroceder, pero no se atrevía a decirlo. Afortunadamente, a
aquella hora sólo había unas pocas señoras, que fingieron no verles, y luego, a
sus espaldas, se miraron con el ceño fruncido y moviendo la cabeza. «¡Qué
escándalo!...»
Luego pasaron
ante Isidro, que hablaba con Zurita de espaldas al mar. El doctor los siguió
con un gesto de cómica admiración.
—Compañero,
¡y qué valiente es su paisano! Cada día con una... ¡y a su edad! Porque él no
es ningún mocito... ¡Ah, gallego tigre!...
En las
inmediaciones del fumadero estaban sentados unos cuantos de la banda, y al
verles venir cambiaron miradas y toses. Ojeda se irguió arrogante, cual si
presintiera un peligro. Pasó mirándolos con ojos de provocación, pero todos
parecieron ocupados de pronto en importantes reflexiones que les hacían bajar
la frente, y no se fijaron en él. Nélida, con un ligero temblor, mezcla de
miedo y de placer, se agarraba convulsivamente a su brazo.
Fernando
sonrió: mejor era así. ¡Si alguien hubiese osado la menor burla!... Y ella le
escuchaba con asombro y satisfacción. ¿Habría sido capaz de pelearse por
ella?... ¿Lo mismo que en las novelas o en el teatro?
Y como él
contestase afirmativamente, sin jactancia, con sencillez, Nélida casi le saltó
al cuello.
—¡Mi rey!...
¡Mi hombre!... ¡Lástima que estemos aquí! ¡Ay, qué beso te pierdes!
Encontráronse
con el señor Kasper, que los acogió con toda la bondad de su rostro patriarcal.
«Papá... papá.» Su hija le besaba las barbas venerables, insistiendo en esta
caricia con un runruneo de gata amorosa. El padre miró a Fernando con ojos
dulces y protectores, como si un presentimiento le hiciese adivinar la realidad
y lo considerase ya de la familia. El señor Kasper, que hasta entonces sólo
había cambiado con Ojeda algunas palabras de cortesía, le habló con familiar
confianza, haciendo elogios de su niña. «¡Esta Nélida!... Algo traviesa. No
quiere obedecer a mamá... Pero es un ángel, un verdadero ángel.» Y acariciaba
sus cortos cabellos con una mano temblona de emoción.
Se habían
sentado en un banco, colocándose ella entre los dos. ¡Qué felicidad!... Su
padre a un lado, y al otro su hombre. Así deseaba quedar para siempre,
mirándose en los ojos de Fernando, oyendo la voz del señor Kasper, una voz de
predicador evangélico, que, a impulsos de la costumbre, pasó de los afectos de
familia a hablar de negocios.
Daba consejos
a Ojeda, demostrando gran interés por su porvenir. Bastaba que fuese amigo de
la niña para que él considerase sus asuntos como propios. Debía proceder con
mucha cautela en el Nuevo Mundo. Los negocios buenos eran abundantes, pero
también las gentes sin conciencia que estaban a la espera de los recién
llegados para abusar de su ignorancia. Él sabía que Fernando llevaba capitales
para emprender allá algo importante. Maltrana le había hablado de esto. Y por
afecto nada más, le ofrecía la ayuda de sus conocimientos para cuando llegasen
a Buenos Aires... Porque él esperaba que su amistad no se limitaría a un simple
conocimiento de viaje: tenía la esperanza de que en tierra aún serían más
amigos.
—¡Quién sabe,
señor, si llegaremos a hacer algo juntos! Yo tengo allá...
Y comenzó la
exposición de una de las muchas empresas que, según él, le habían arrancado de
su tranquilo retiro de Europa, no porque necesitase trabajar, sino porque era
lastimoso permitir que se perdiesen negocios tan estupendos.
Nélida, casi
de espaldas a su padre, no dejaba que Fernando le oyese con atención. Fijos sus
ojos en los de él, buscaba al mismo tiempo una de sus manos, y llevándola
detrás de su talle, la oprimía con invisibles apretones. A ella no le
interesaban los negocios; podía hablar papá con su voz reposada y musical todo
lo que quisiera: no le oía; a ella sólo le interesaba lo suyo. Y movió los
labios sin emitir la voz, indicando con marcadas contracciones el mudo silabeo.
Ojeda la entendió.
—¡Dueño
mío!... ¡Mi dios!... ¡Te amo!
La mano
oculta apoyaba estas palabras con fuertes estrujamientos.
Un amigo de
Kasper vino a sacarle de la infructuosa predicación, libertando a sus
distraídos oyentes. Le esperaban en el fumadero para empezar la partida matinal
de poker.
—Hasta luego,
señor. Los amigos me reclaman. Tiempo nos queda para hablar de estas cosas.
Y sonrió por
última vez a Ojeda, como si contemplase en él un socio futuro de las grandes
empresas ofrecidas generosamente.
Al verse
libres los dos amantes de su verbosidad serena e inagotable, huyeron del banco,
continuando el paseo. Hablaban de subir a la cubierta de los botes, cuando una
voz los detuvo sonando a sus espaldas. «Nélida... Nélida...» Ahora era la madre
la que salía a su encuentro para hacerla varias recomendaciones sin
importancia. Fernando adivinó un pretexto para aproximarse a él. «¡Buen día,
señor!» Sus ojos brillantes y húmedos de llama andino acompañaron el saludo con
una mirada de atracción. Y sin saber cómo, se vio Ojeda otra vez formando parte
de la familia Kasper bajo las miradas protectoras de la mestiza.
Se apoyaron
en una barandilla frente al mar. Nélida mostrábase inquieta y displiciente,
como si para ella fuese un tormento permanecer al lado de su madre. Por detrás
de la cabeza de ésta hacía señas a Fernando; le hablaba con el movimiento
silencioso de sus labios. «Vámonos: déjala.» Pero él no podía obedecer,
retenido por las palabras amables y las miradas de la señora, que se enfrascaba
en un elogio de las cualidades de su hija.
—Es un poco
loquilla y no hace caso del «qué dirán» de las gentes. Pero aparte de esto, muy
hacendosa, ¿sabe, señor?... Y el día de mañana, cuando se case y siente la
cabeza, será una excelente madre de familia. Crea que el marido que se la lleve
no se arrepentirá.
Y miró a
Fernando con ojos interrogantes, cual si le ofreciese esta dicha perpetua
esperando ver en su rostro una sonrisa de agradecimiento.
Nélida, a
espaldas de ella, continuaba su mímica. Estos elogios a sus facultades de dueña
de casa y el deseo de verla madre de familia la hacían encogerse de hombros y
contraer el rostro con gestos de repugnancia. «Vámonos—siguió diciendo
mudamente—. No la oigas más.»
La madre los
dejó en libertad, adivinando de pronto lo inoportuno de su presencia.
—Sigan
ustedes su paseo. Las viejas estorbamos siempre a los jóvenes.
Dijo esto con
un aire de madre benévola y cariñosa, como si bendijese con los ojos la unión
que veía en lontananza.
Al alejarse,
Nélida intentó excusarla, avergonzada de sus expansiones maternales.
—No hagas
caso. Es una señora a la antigua; una india. Todo lo arregla con matrimonio:
todos sus pensamientos van a parar a lo mismo. Apenas me ve con un hombre, cree
que debo casarme con él... Casarse, ¡qué vulgaridad! ¡qué grosería!... ¿Quién
piensa en eso?...
Y su protesta
contra el matrimonio era realmente ingenua, como si le propusiesen algo que le
inspiraba escándalo y horror.
El único de
la familia que se mantuvo lejos de ellos en toda la mañana fue el hermano.
Ojeda le era antipático: prefería a los de la banda. Su seriedad y sus años le
inspiraban respeto. Además, tenía la convicción de que aquel señor jamás le
convidaría a champán y cigarros, como los otros. Por esto, a pesar del ejemplo
de sus padres, se mantuvo apartado del intruso que venía de repente a perturbar
su vida.
Después del
almuerzo, cuando Fernando tomaba café con Maltrana en el jardín de invierno,
pasó Mrs. Power, saludándolo con un ligero movimiento de cabeza, sin la más
leve emoción. Ojeda la miró también con indiferencia. Su figura arrogante
apenas despertaba en él una remota vibración. Era como un libro olvidado que se
encuentra de pronto y evoca la memoria de una lectura que produjo deleite, pero
cuyo texto apenas puede recordarse.
Vio ascender
luego por la escalinata a Mina llevando al pequeño Karl de la mano. El niño le
miró, extrañándose de que no fuese hacia ellos lo mismo que antes. Pero la
madre siguió su camino tirando de él, sin volver la cabeza, con la mirada
perdida para no tropezarse con los ojos de Fernando. Un ligero rubor coloreaba
su palidez verdosa: rubor de timidez, de arrepentimiento, de malos recuerdos.
La noticia de
su amistad con la señorita Kasper había circulado por el buque con la rapidez
que una vida ociosa y murmuradora comunicaba a todos las informaciones. Además,
ella exhibía con orgullo su nueva conquista, y tal alarde tranquilizaba a Mrs.
Power, que veía borrarse con él definitivamente todos los recuerdos. También
alejaba a Mina, temerosa de la insolencia de Nélida. Unas cuantas horas de
atrevida exhibición habían bastado para librar a Fernando de sus amoríos
anteriores. La muchacha establecía el vacío en torno de ella. Todas las mujeres
parecían temer la impetuosidad de este hermoso animal humano exhuberante de
fuerza y juventud.
No tardó
Ojeda en verla aparecer. Había hecho poco antes una rápida aparición en el
jardín de invierno, pero huyó al notar que su titulado pariente el alemán y el
barón belga ocupaban la misma mesa de sus padres, con un visible deseo de
aproximarse a ella. Después de breve eclipse asomó el rostro a una ventana
inmediata al lugar donde estaban Fernando y su amigo. El mudo movimiento de sus
labios fue para aquél un lenguaje claro. «Ven...» Y al salir la encontró en la
curva del paseo que él llamaba «el rincón de los besos».
Nélida le
hablaba con una expresión autoritaria. Él era su dueño... su dios; pero debía
obedecerla en todo. Aproximábase la hora de la siesta. En el jardín de invierno
se abrían muchas bocas con bostezos de pereza. Las gentes deslizábanse
discretamente hacia sus camarotes. Sonaban ronquidos en las sillas largas del
paseo. Los duros varones, insensibles al voluptuoso aniquilamiento tropical,
dirigíanse hacia la popa en busca de las tertulias del fumadero para reanimar
su actividad. Sentíanse repelidos por el silencio y la calma que lentamente se
iban esparciendo por la cubierta del buque, como si ésta fuese un claustro de
convento a la hora de la siesta.
—Baja, dueño
mío, ¿me oyes?... No tienes más que arañar la puerta. Yo abriré inmediatamente.
Le miraba con
sus ojos enormes y ávidos, que parecían querer devorarle. La punta de su lengua
asomaba como un pétalo de rosa entre los labios súbitamente abrasados.
Arremolinadas por la brisa, aleteaban en torno de su frente las cortas melenas,
dando a su cara un aspecto diablesco.
Ojeda
experimentó cierto asombro. ¡Bajar al camarote!... ¡Tan pronto! Empezaba a
inspirarle miedo esta lozanía esplendorosa y audaz de insaciables deseos. Pero
tuvo buen cuidado de disimular su inquietud por orgullo sexual. «Dentro de
media hora—repitió ella—. Mi dios... ya lo sabes.» Muy bien; no faltaría. Y
ella se fue con la satisfacción de que dejaba a sus espaldas un hombre feliz.
Bajó Fernando
con las mismas precauciones de la noche anterior, pero esta vez no pudo notar
detrás de sus pasos el atisbo del espionaje. Y cuando llevaba mucho tiempo en
el camarote de Nélida sobrevino la más penosa de sus aventuras de a bordo: una
escena ridícula, de la que se acordaba luego con cierto malestar, temiendo que
el burlón Maltrana llegase a enterarse de ella alguna vez.
Golpes
repetidos en la puerta, y la voz gangosa del hermano de Nélida, una voz que
balbuceaba más que de costumbre por el temblor de la cólera: «¡Abre... abre!».
Empujaba la puerta como si quisiera echarla abajo. Por un resto de prudencia
habló a través del ojo de la cerradura: «Abre: tienes un hombre en la
"cabina"... Se lo voy a decir a papá».
Nélida no se
inmutó, como si estuviese habituada a tales escenas. Su cólera fue más grande
que su miedo. Mascullaba palabras de furia contra el hermano imbécil. ¿Y no
habría una buena alma que lo matase, para quedar ella tranquila?... Adivinó que
eran sus antiguos amigos los que por despecho enviaban al hermano delator,
luego de revelarle la presencia de Ojeda en el camarote.
—Métete
ahí—ordenó imperiosamente, mientras reparaba el desorden de sus ropas ligeras.
Vacilaba él,
no pudiendo adivinar el lugar señalado. ¿Dónde quería que se escondiese en
aquella pieza tan pequeña?... Pero la muchacha le empujó rudamente, mientras
seguían los repiqueteos en la puerta y las voces temblonas y amenazantes.
El doctor
Ojeda, como lo llamaban para mayor honor mullos pasajeros, tuvo que agacharse y
doblarse a impulsos de Nélida, y acabó por introducir su respetable
personalidad debajo de un diván de exigua altura. Luego la joven colocó ante
él, formando barricada, una maleta, un saco de ropa sucia y una gran caja de
sombreros.
Fernando
creyó morir entre la alfombra y los muelles del diván incrustados en su
espalda. El calor era sofocante en este encierro, lejos del ventilador y de la
brisa que entraba por el tragaluz. Apenas quedó acoplado en tal in pace,
sintió que le dolían todas las articulaciones y que su pecho se aplastaba
contra el entarimado como si fuese a romperse. Una cólera homicida se apoderó
de él. ¡Ah, no! ¡No seguiría allí! Esto sólo podían resistirlo aquellos
muchachos de la banda, a los que indudablemente habría escondido ella otras
veces de igual modo. Iba a salir, aunque tuviese que matar al imbécil.
Pero no fue
necesario. ¡Bueno estaba poniendo Nélida al hermanito!... Al abrir la puerta,
lo agarró de un brazo, haciéndolo entrar a empellones. ¡Hasta cuándo se
proponía molestarla con sus necedades!... Estaba en lo mejor de su sueño y
venía a interrumpírselo con sus historias disparatadas. «Mira bien, zonzo...
Abre los ojos, animal... ¿Dónde está el hombre, idiota?...» Y lo zarandeaba,
iracunda, mientras el muchacho abría desmesuradamente sus ojos mirando a todos
lados, y especialmente al vacío debajo de la cama, como si sólo allí pudiera
ocultarse un intruso.
La convicción
de su derrota le hizo bajar la cabeza tristemente. Los amigos se habían burlado
de él: era una broma de las suyas. Y cuando, confesándose vencido, quiso ganar
la puerta, su buena hermana no le dejó partir con tanta facilidad.
Primeramente, al abandonar su brazo, le soltó dos buenos pellizcos retorcidos,
y luego, junto a la salida, una bofetada sonora: «Para que me molestes otra
vez». Quiso el muchacho devolver en igual forma este saludo de despedida, pero
al bajar la mano sólo encontró la puerta que se cerraba de golpe y casi le
aplastó los dedos.
Nélida
deshizo con presteza la barricada de objetos, y otra vez salió a luz el doctor
Ojeda, pero despeinado, sudoroso, con la faz congestionada, parpadeando cual si
no pudiese resistir la luz.
Ella rio al
verle en esta facha, al mismo tiempo que arreglaba amorosamente el desorden de
su traje y le sacudía el polvo del encierro.
—¡Mi
hombre!... ¡Mi dios! ¡Tan desgraciadito que me lo han de ver!... Él, tan buen
mozo, metido en ese escondrijo... ¡Y todo por mí!
Fernando tuvo
una mala sonrisa.
—Los otros
eran más pequeños, ¿verdad?... Podían ocultarse mejor.
Se arrojó
Nélida con ímpetu sobre él con los brazos abiertos.
—No digas
eso, viejo mío... no lo repitas. ¡Por Dios te lo pido! Me hace mucho daño.
Y lo besaba
con furia, lo aturdía con sus caricias, para disipar el mal recuerdo y
recompensar al mismo tiempo la molestia reciente.
Hizo
responsable a su hermano de esta cólera de Ojeda, evocadora de malos recuerdos.
Aquel imbécil sólo había nacido para hacerle daño. Y esto la llevó a hablar del
otro hermano, «el gaucho», como ella le llamaba, que vivía en la Argentina, y
era el único hombre capaz de inspirarla miedo. La amenazaba el hermano menor
frecuentemente con revelar al otro todas las aventuras de Berlín y las
travesuras del viaje apenas hubiesen llegado a Buenos Aires. ¡Y «el gaucho» era
temible! Ella sabía desde mucho tiempo antes cuál era la venganza con que
intentaba castigarla.
—Pero no
hablemos de esto, mi hombre. Di que no me guardas rencor por lo de mi
hermano... Repite que me quieres como siempre.
Rencor no
podía sentirlo Ojeda; era incompatible con el agradecimiento que le inspiraba
esta mujer después del regalo de su belleza hecho liberalmente. Pero en la hora
que todavía pasó allí, le fue imposible desechar el mal recuerdo del escondrijo
y la torturante posición que había sufrido en él... No volvería al camarote de
Nélida. Sentíase sin fuerzas para arrostrar una nueva sorpresa, desafiando el
ridículo, considerado por él como el más temible de los peligros.
Ella asintió.
Se verían en el camarote de Fernando; lo había pensado aquella misma tarde,
pero esperaba la proposición. Tenía deseos de visitarlo. Era indudablemente
mejor que el suyo: un camarote en la cubierta de lujo y con ventana grande en
vez de tragaluz redondo de los de abajo.
—Convenido:
esta noche iré, después de las doce. Deja abierta la puerta.
Esta vez
Ojeda dio a entender claramente su contrariedad. Aquella muchacha no aguardaba
invitaciones: se convidaba a sí misma, sin consultar el humor y los recursos
del dueño de la casa. Nélida le miró con ojos suplicantes. «¿No quieres que
vaya?...» Si era por miedo a que la sorprendiesen, no debía tener cuidado.
Sabría deslizarse sin que nadie la viese. Podía caminar de noche por todo el
buque lo mismo que un fantasma, sin huella ni ruido.
Fernando no
se atrevió a sacarla de su error. Sentía además cierto orgullo en arrostrar de
nuevo el sacrificio tantas veces repetido. «Ven; te esperaré.» Y después de
esto procedieron a la minuciosa empresa de abandonar el camarote sin que los
enemigos pudiesen sorprender su salida.
Ella fue la
primera en avanzar por el pasadizo, explorando sus ángulos y recovecos. Luego
silbó suavemente, como un ojeador que indica el sendero, y Fernando abandonó el
camarote apresuradamente, seguido en su fuga por los besos que le enviaba
Nélida con las puntas de los dedos.
Más que el
miedo a ser sorprendido, le había molestado lo ridículo de esta situación. ¡Qué
cosas llegaba a hacer un hombre serio influenciado por aquella vida de a bordo,
que retrogradaba las gentes a la niñez!... El miedo al ridículo despertó su
conciencia por una acción refleja, haciéndole ver la imagen de Teri que le
contemplaba con ojos crueles y un rictus desesperado...
Pero no había
que pensar en esto. Ya purificaría su alma cuando estuviese en tierra. Por el
momento, su abyección resultaba irremediable, y cada vez iría en aumento
mientras no abandonase este ambiente. Era esclavo del «gran tentador» de que
hablaba Isidro. Sólo le faltaba arrastrarse como los impuros de las leyendas
convertidos en bestias.
Durante la
comida, el astuto Maltrana, que parecía adivinar sus pensamientos más
recónditos, le abrumó con muestras de interés formuladas inocentemente.
—Tiene usted
mala cara, Fernando. ¡Ni que hubiese visto ánimas durante la siesta!... ¡Qué
color! ¡qué ojeras!... Coma mucho; la navegación es larga, y usted necesita
tomar fuerzas.
Pero al ver
que Ojeda se molestaba por estas amabilidades, adivinando su malicia, abandonó
todo disimulo, añadiendo con admiración:
—Compañero:
le envidio y le tengo lástima. Es usted un valiente, ¡pero lo que se ha echado
encima!... Antes del término del viaje deseará llegar a tierra, lo mismo que un
náufrago que se ahoga.
La comida de
esta noche era con banderas y guirnaldas. En el fondo del comedor brillaban
unos transparentes iluminados con dos inscripciones en francés y alemán: Au
revoir! Auf Wiedersehen! Era el banquete de adiós a los viajeros: una
comida igual a todas, pero con un discurso del comandante y otro del «doktor»,
que en nombre de los alemanes y extranjeros agradeció, con lenta fraseología
semejante a un crujido de maderas, las grandes bondades que aquél había tenido
con el pasaje. Cuando la doctoresca lucubración llegó a su término, la gente,
puesta de pie con la copa en la mano, lanzó los tres ¡hoch! de
costumbre, mientras la música atacaba la marcha de Lohengrin.
—No llegamos
a Río Janeiro hasta pasado mañana—dijo Isidro, siempre bien enterado de la
marcha del viaje—. Pero la despedida ha sido hoy, para que la gente que se
queda en el Brasil pueda dedicar el día de mañana al arreglo y cierre de
equipajes. Esta noche es la última de gran ceremonia, y las señoras van a
guardar sus vestidos y joyas. La etiqueta del Océano sólo existe entre Lisboa y
Río Janeiro. En los dos extremos del viaje se puede bajar al comedor con la
indumentaria que uno quiera. El protocolo neptunesco no se ofende por ello.
Luego de la
comida iba a efectuarse en el salón el reparto de premios a los triunfadores en
los juegos olímpicos y a las señoritas que se habían presentado con mejores
disfraces en la fiesta del paso de la línea. Después de esta ceremonia
empezaría el concierto, para el cual venían haciéndose tantos preparativos
desde una semana antes.
Maltrana
hablaba de esta fiesta con orgullo, presentándose como su principal
organizador. Había vigilado los ensayos durante varios días, yendo del piano
del salón, junto al cual probaba su voz Mrs. Lowe con toda la autoridad que le
confería su estatura de dos metros, al piano del comedor de los niños, donde la
señora viuda de Moruzaga hacía memoria de sus habilidades de soltera
acompañando con un trémolo dramático los versos franceses recitados por una de
sus hijas. Además, unas niñas brasileñas se preparaban para tocar a cuatro
manos una sinfonía; las artistas de opereta contribuirían con varias romanzas;
uno de los norteamericanos pensaba disfrazarse de negro para rugir su música
con acompañamiento de ruidosos zapateados; y hasta fraulein Conchita,
cediendo a los ruegos de varias señoras entusiastas de las cosas de España,
había accedido a ponerse de mantilla blanca, cantando con su hilillo de voz
algunas canciones de la tierra. El maestro Eichelberger, gran pianista,
improvisaría para ella un acompañamiento. Y si lo reclamaba el público, la
muchacha se atrevería a bailar cierto «garrotín» de exportación aprendido en
una academia de Madrid de las que preparan «estrellas danzantes» para el
extranjero.
—Pero con
recato y decencia, niña—había aconsejado Maltrana—. Comprímete aquí: échale
agua a tu baile. Cuando llegues a tierra podrás lucirlo por entero.
Satisfecho de
sus gestiones como organizador, hablaba de otros artistas, talentos ignorados
que había sabido descubrir entre la masa de los pasajeros. Y terminaba por
declarar modestamente que él también «aportaría su concurso» inaugurando el
concierto con un discursito en honor de las señoras, hermosa pieza de oratoria
meliflua que llevaba aprendida de memoria y seguramente iba a afirmar su
prestigio ante las nobles matronas.
—De
ésta—declaró—desbanca Maltranita al abate de las conferencias. Usted lo verá,
Ojeda.
No; Fernando
no pensaba verlo. Sentíase sin energía para arrostrar el tormento de tanto y
tanto canto de aficionado en el estrecho salón, entre un público abaniqueante y
sudoroso. Prefería dar un paseo por la parte alta del buque, contemplando el
espectáculo de la noche.
Así lo hizo.
Pero al circular por las dos últimas cubiertas volvía siempre a las
inmediaciones del salón, confundiéndose con el público menudo de criadas y
niños que miraba por las ventanas. Antes de principiar la velada, Nélida se
había aproximado a él, con su vestido escotado color de sangre. Tenía que
asistir a la fiesta con toda su familia: ¡un verdadero tormento! pero esperaba
que Fernando ocuparía una silla cerca de ella. Y al saber que no entraba en el
salón, casi lloró de contrariedad. «Al menos no te vayas lejos; asómate de vez
en cuando. Que yo te vea; que yo sepa que estás cerca de mí...» Durante el
concierto, los ojos de ella fueron de ventana a ventana, y al reconocer entre
las cabezas del público exterior la cara de Fernando, enviábale por encima de
su abanico sonrisas acariciadoras, besos apenas marcados con un leve avance de
los labios, guiños malignos que comentaban la marcha del concierto y los
errores de los ejecutantes.
De este modo
vio Ojeda cómo se movía su amigo en el salón con aire de autoridad, cual si
fuese el héroe de aquella fiesta, abriéndose paso entre las sillas para ir en
busca de las artistas, inclinándose ante ellas con su «saludo de tacones
rojos», dándolas el brazo para conducirlas al estrado y quedándose junto a la
pianista o la cantante, al cuidado de sus papeles, e iniciando las salvas de
aplausos.
Era su noche.
El discursito cuidadosamente preparado había obtenido un éxito enorme. Las
miradas de todas las señoras que podían comprenderle iban hacia él con
admiración y gratitud. «¡Qué monada el tal Maltranita!... ¡Qué hombre tan
dije!... ¡Qué habilidoso!...» Y él aceptaba con modestia estos elogios
formulados por las damas según los términos admirativos de cada país. En su
declamación dulzona las había abarcado a todas, jóvenes y viejas, alcanzando
sus elogios hasta a las sotanas que figuraban entre ellas, lo que le dio motivo
para ensalzar la religión, representada allí por sacerdotes de todo el
latinismo. El obispo italiano dilataba su cara con un gesto de contento
infantil; el abate francés sonreía inquieto, como si viese nacer un temible
rival; don José agradecía la alusión, admirándolo con patriótico orgullo. «¡Qué
don Isidro tan vivo!... ¡Si yo tuviese su labia para las señoras!»
Al terminar
el concierto, la gente se esparció por la cubierta, ansiosa de respirar aire
libre. Era cerca de media noche. Las niñas se quejaban del calor, intentando
con este pretexto desobedecer a las madres, que proponían un descenso inmediato
al camarote. Los pasajeros más corteses iban saludando a las señoras que habían
intervenido en el concierto, sonando en su coro de alabanzas los más estupendos
embustes. Todas ellas aceptaban sin pestañear la afirmación de que en caso de
pobreza podían ganarse la vida con su talento musical. Mrs. Lowe, escoltada por
su marido, que llevaba bajo el brazo un rimero de partituras, acogía estos
elogios con foscas contracciones de su rostro caballuno. Sentíase ofendida por
la falta de gusto de los oyentes: sólo la habían hecho repetir su canto dos
veces, cuando ella traía ensayadas una docena de romanzas. El público se lo
perdía.
Un grupo de
señores viejos acosaba a Conchita con sus felicitaciones. Algunos, prudentes y
calmosos hasta entonces, parecían agitados por un cosquilleo eléctrico. Muy
bonitas las canciones, aunque ellos no habían entendido gran cosa... ¡pero el
baile! ¡aquella danza serpenteante, con unos brazos que parecían hablar!...
Doña Zobeida sonreía, contenta del triunfo de «esta buena señorita», haciendo
confidente de sus entusiasmos a don José el clérigo, que la escoltaba
igualmente con toda la autoridad de su sotana.
—Pero ¿ha
visto qué lindura, padrecito?... Nuestra niña es la que ha gustado más a los
señores... Ya lo decía mi finado el doctor, que sabía de esto como de todo.
Para bailar con gracia, las españolas.
Y perdiendo
su timidez, ella misma presentaba a Conchita de grupo en grupo, aceptando como
algo propio los requiebros interesados que los hombres dirigían a la bailarina.
Maltrana no
se mostraba menos ufano por su triunfo oratorio. Al encontrarse con Fernando
tuvo el gesto petulante de un cómico que sale de la escena... ¿Le había visto?
¿Qué opinión era la suya?...
—Yo creo que
me los he metido en el bolsillo... Los amigos me miran como si fuese otro
hombre. Parecen arrepentidos de haberme tratado hasta hace poco como un
insignificante... Van a darme una fiesta en el fumadero: una fiesta íntima...
en mi honor.
Era una
despedida de los pasajeros alegres a los amigos que se quedaban en Río Janeiro;
pero por el éxito reciente de Maltrana, la dedicaban también a su persona.
—Va a ser
famosa—continuó Isidro con entusiasmo—. Asistirán señoras, muchas señoras;
todas las coristas de la opereta, que me han oído desde puertas y ventanas sin
entenderme seguramente, pero ahora me contemplan con respeto y cuando paso
junto a ellas murmuran algo que debe ser de admiración... Venga usted con
nosotros.
Fernando se
excusó: pensaba retirarse inmediatamente a su camarote. Maltrana frunció el
entrecejo, como si recordase algo molesto, y aprobó su resolución. Hacía bien.
Aquella fiesta era igualmente para despedir al barón belga y a otros amigos
suyos que se quedaban en el Brasil. En el aturdimiento de su gloria había
olvidado que los de la banda estaban furiosos contra Ojeda, y a última hora,
con la insolencia que da el vino, eran capaces de provocar una escena violenta.
—Hasta
mañana; le contaré lo que ocurra... No tema que esta noche vaya, como las
otras, a golpear el camarote misterioso. Eso se acabó... Por cierto que el
hombre lúgubre no se ha dejado ver en todo el día. Debe estar temblando con la
idea de que pasado mañana llegamos a Río. Verá usted cómo lo primero que se
presenta en el buque es la policía para echarle esposas en las manos... Yo no
me equivoco.
Al entrar
Fernando en su camarote experimentó una gran sorpresa viendo el retrato de
Teri... Luego se avergonzó de la inconsciencia en que vivía, semejante a la del
ebrio que recuerda los propios asuntos cual si fuesen de otra persona. Los
hechos anteriores a su embarque eran para él como sucesos de una existencia
distinta, ocurridos en otro planeta, y de los que sólo guardaba ya una débil
memoria. Vivía ahora en un mundo nuevo, reducido, aislado, que iba vagando por
el infinito azul, y sólo le interesaban las inmediatas necesidades de su
existencia oceánica...
Nélida iba a
llegar: ¡y quién sabe con qué comentarios de juventud insolente y triunfadora
saludaría la belleza de Teri, de un esplendor melancólico, fino y suave, como
el de las primeras mañanas de otoño!...
Para evitar
un sacrilegio llevó sus manos al retrato, ocultándolo entre las ropas del
armario. Al hacer esto tembló con una inquietud supersticiosa. Temía que un
poder inexorable y oculto que él no legaba a definir con claridad le castigase
por su cobardía... Tal vez perdiera a Teri para siempre, después de haber osado
ocultar su imagen. ¡En amor hay tantas afinidades misteriosas, tantos choques
inexplicables a través del tiempo y la distancia!... Pero estas preocupaciones
de hombre imaginativo, trastornado por una vida de encierro, duraron muy poco.
Un ruido de pasos en el inmediato corredor le hizo volver al presente. Era un
vecino que se retiraba. Nélida no tardaría en presentarse, y era ridículo que
él la recibiese vistiendo aún el smoking de la comida.
Luego de
desnudarse se cubrió con un pijama, tomó un libro, y esperó leyendo y fumando.
El interés de la lectura se apoderó de él al poco rato. Nélida, con toda su
gentileza, carecía del encanto de este libro: la novedad.
Transcurrió
mucho tiempo, y cuando empezaba a dudar de que ella viniese, percibió un leve
ruido en el inmediato corredor; menos que un ruido: un roce, las ondulaciones
del aire por el desplazamiento de un cuerpo silencioso. Era ella que avanzaba
cautelosamente.
No
experimentó sorpresa al ver cómo giraba la puerta del camarote sin que
apareciese alguien en el espacio recién abierto. Luego, Nélida entró de golpe,
o más bien, saltó, con la alegría de un gimnasta que llega al final de una
carrera de obstáculos. Sacudía en torno de la frente el manojo de sierpes de su
cabellera; dejaba flotante sobre su cuerpo el sutil kimono, que había llevado
recogido hasta entonces, como si quisiera replegarse, disminuirse en su marcha
silenciosa.
—¡Cú...
cú!—dijo al entrar, con risa triunfante—. ¡Aquí me tienes!
Se arrojó en
brazos de Fernando con cierta emoción, como si éste fuese su primer abandono;
luego se apartó rudamente, a impulsos de su movilidad caprichosa. Encendió
todas las luces del camarote para examinarlo mejor. Tocaba los libros apilados
en el diván, en la mesita y hasta en el lavabo; revolvía los papeles; mostraba
una curiosidad infantil ante los objetos de tocador y las ropas de Ojeda. Su
deseo de verlo todo adquirió un carácter alarmante.
—Tú debes
tener retratos, cartas de amor. ¡A saber lo que traes de Europa guardado en tus
maletas!... Enséñame tus conquistas, viejo mío. Muéstramelas... para que me
ría.
Luego admiró
el camarote. Era más grande que el suyo; el techo más alto, y sobre todo, en
vez del tragaluz redondo, tenía ventana, una verdadera ventana como las de las
construcciones terrestres. Saltó sobre el diván para sentarse en el alféizar de
ella, sacando parte de su cuerpo fuera del buque. Un grato escalofrío hizo
temblar su espalda: estremecimiento de frescura por el viento que levantaba el
buque en su marcha y que corría sobre su piel, hinchando la tela del suelto
kimono; estremecimiento de miedo al verse suspendida en el vacío y la noche,
bastándole un leve movimiento de retroceso para caer en el mar.
Ojeda la
sostuvo, agarrando sus piernas. Con esta atolondrada podía temerse todo. Y
Nélida agradeció su miedo como una manifestación de amor, acariciándole la
cabeza, hundiendo sus manos en sus cabellos, alborotándolos.
—Figúrate,
negro, que yo me dejase caer así... ¡Ah... ah... ah!—y al lanzar esta
exclamación, se echaba atrás, obligando a Ojeda a un esfuerzo violento para
retenerla—. Por pronto que se enterasen en el buque e hicieran alto, pasaría
mucho tiempo. Pero tú te echarías al agua detrás de mí, ¿no es cierto, mi
viejo?... Vendrías a hacerle compañía a tu nena en medio del mar, y nadaríamos
juntos hasta que nos buscasen... Y si no nos buscaban, nos ahogaríamos
juntos... ¡así!... ¡bien juntitos!
Con la
excitación del peligro se abrazaba a él fuertemente, tirando hacia afuera, como
si en realidad desease caer de la ventana arrastrando a su amante.
Éste se libró
con rudeza del abrazo juguetón e imprudente. Estaban en medio del Océano, lejos
de toda costa. Bastaba una leve falta de equilibrio, para que ella se
desplomase en aquellas aguas negras que pasaban y pasaban junto al flanco de la
nave. Sería un chapuzón en el misterio y el olvido; una caída sin esperanza.
Nadie podía verla; la muerte era segura. Y aunque alguien la viese y el buque
se detuviera, volviendo sobre su marcha, resultaría difícil encontrar un
pequeño cuerpo flotante en esta lóbrega inmensidad que parecía de tinta.
—Nélida, ¡por
Dios! baja de la ventana.
Pero ella
reía de su miedo, segura al mismo tiempo de la fuerza con que la mantenían sus
brazos. «¡Ah... ah... ah!» Y echaba el cuerpo atrás, en el vacío, con tal
ímpetu, que Ojeda hubo de hacer grandes esfuerzos para sostenerla.
—Di que si yo
cayese te echarías de cabeza para salvarme... Di que morirías por tu nena...
Aprobó
Fernando todo cuanto ella quiso pedirle, y sólo así pudo conseguir que
abandonase la ventana, estrechamente abrazada a él, contemplándolo con
admiración.
—¿De veras
que morirías por mí?... Repítelo viejito rico, que yo lo oiga... Dilo otra vez,
mi negro.
La gratitud
perduró en Nélida gran parte de la noche. En la obscuridad, sin más luz que el
tenue fulgor sideral que entraba por la ventana, volvió a llamar a Ojeda
«viejito» y «negro», dos palabras amorosas del nuevo hemisferio a las que él no
había podido habituarse todavía, y que en medio de los transportes pasionales
le hacían sonreír.
Cuando brilló
de nuevo la electricidad estaban los dos sentados en un diván. Nélida, por un
brusco cambio de su carácter tornadizo, hablaba ahora con tristeza y miedo.
Contaba los días que faltaban para la llegada a Buenos Aires. ¡Cuán pocos
eran!... Recordaba a su hermano mayor, el rudo estanciero, que en las últimas
cartas enviadas a Berlín profería contra ella terribles amenazas, comentando
las denuncias que le había dirigido el hermano pequeño.
—Y ese zonzo
de seguro que apenas lleguemos le va a contar no sólo lo de Alemania, sino lo
del buque; lo tuyo también. ¡Ay!, ¿qué va a ser de mí?
Ella, que en
su valerosa inconsciencia no temía a nadie de los que la rodeaban, temblaba con
sólo el recuerdo de este hermano, al que había podido apreciar en un breve
viaje a la Argentina realizado tres años antes acompañando a su padre.
—Con él nadie
bromea. Es un bárbaro... ¡Y si hablase sólo de matarme! La muerte no me da
miedo; al fin, todos hemos de pasar por ella. Pero me amenaza con algo peor. Me
quiere cortar la cara, me la quiere quemar con vitriolo, para que los hombres
huyan de mí y yo me consuma de desesperación. ¡Qué horror!...
Temblaba sólo
al pensar en este suplicio, más temible para ella que la muerte, no dudando un
instante de que su hermano era capaz de cumplir tales amenazas.
Guardaba un
vivo recuerdo de su gesto fosco, de su propensión a la violencia, de su mirada
lúgubre. Ojeda, escuchándola, se imaginaba el tipo. Era un homicida, al que
había faltado una ocasión para el desarrollo de sus facultades. ¡Interesante la
familia Kasper con sus variados productos del cruzamiento razas!...
—¡Ay! Si tú
me amases de verdad...—continuó ella, implorándole con sus ojos—. Tú que eres
capaz de echarte al mar por mí, podías hacerme feliz con mucho menos... Di, mi
viejo, ¿quieres hacer algo que yo te pida?...
Fernando,
acosado por sus ruegos, prometió obedecerla. ¿Qué deseaba?... Una cosa
insignificante, que expuso ella con sencillez. No quería ir a América: marchaba
hacia Buenos Aires como un animal que va al degolladero. Aún estaban a tiempo
los dos para ser dichosos. Bajarían en Río Janeiro, se esconderían, dejando que
partiese el vapor, y tomarían pasaje en otro buque de los que volvían a
Europa... ¡Ah, el hermoso Berlín! En ninguna ciudad de la tierra se vivía con
más felicidad.
Casi saltó
Fernando de su asiento a impulsos de la sorpresa. ¿Volver a Europa, cuando aún
no había llegado al término de su viaje? Sólo podía admitir esta proposición
como una broma. ¿Y sus negocios?... ¿Qué iba a hacer él en Berlín?...
Nélida se
sintió ofendida por la extrañeza que mostraba su amante.
—No me
quieres, bien lo veo. Todos los hombres sois lo mismo. Muchas promesas, y luego
retrocedéis ante el sacrificio más pequeño... ¡Egoístas!
Se quejaba
como si acabase de descubrir una gran infidelidad, ella, a la que había visto
Ojeda en trato amoroso con otros hombres y que dejaba a sus espaldas, en
Europa, un pasado del que iba a pedirle cuentas «el gaucho» vengador. Sólo
llevaban dos días de amores, y se extrañaba de verse desobedecida, como si los
hombres no tuviesen otra obligación que seguirla en todos sus caprichos y su
insolente juventud fuese el centro del mundo, en torno del cual debían girar
personas y sucesos.
—Me
mataré—dijo con energía—. Y si no me mato, me marcharé sola. Yo te juro que no
llego a aquella tierra... ¡Qué horror!
Acordábase de
los meses que había pasado en Argentina tres años antes. Era un país para
mujeres como su madre. Buenos Aires aún podía tolerarse; pero ellos iban a
vivir en una ciudad del interior, cerca de la estancia que dirigía su hermano.
—Por toda
diversión una plaza en la que toca una música algunas noches. Las niñas se
pasean por un lado, como manadas de pavos, y los hombres por otro; sin
hablarse, dirigiéndose miradas, lo que allá llaman afilar, y sin
atreverse a un saludo. Luego, el encierro en casa todo el día... la
conversación con las amigas de mamá. No: ¡primero morir! Yo necesito ir a
Berlín. ¡Si tu conocieses lo hermoso que es Berlín!...
Intentaba
vencer la resistencia de Ojeda con los recuerdos de aquella capital, en la que
había transcurrido lo mejor de su vida. Ella no conocía París. Su padre se
había negado siempre a llevar su familia a esta ciudad. Se enfurecía el señor
Kasper, como un profeta bíblico, al hablar de la moderna Babilonia, urbe
corrompida, inventora de malas costumbres... ¡Ay, Berlín! Tal vez las
parisienses fuesen más elegantes, más finas que las otras; pero en Berlín todo
era grande. Los cafés y los teatros, más enormes que los de París. Los
establecimientos nocturnos copiaban los títulos de Montmartre; pero si en una
sala parisién danzaban cincuenta parejas, en la de Berlín bailaban doscientas;
si en una parte se destapaban diez botellas, en la otra eran cien; y si en los
bulevares había batallones de mujeres sueltas, en la metrópoli germánica podían
formarse cuerpos de ejército con las hembras en disponibilidad.
Todo era
abultado, inmenso, colosal, en aquella urbe disciplinada; hasta la alegría y la
licencia, que habían sobrevenido como resultados del triunfo. Y la mestiza de
alemán y de criolla hablaba con nostalgia de la vida nocturna de Berlín, de
todo lo que había conocido y gozado en su absoluta libertad de «señorita
educada a la moderna».
—Tú sólo has
visto aquello como viajero; además, conoces poco el idioma. No sabes lo que es
la vida allá. ¡Si la conocieras!... ¡Si accedieses a venir conmigo!
Y en la
inconsciencia de su entusiasmo, sin darse cuenta de la penosa impresión que
causaba en Ojeda, empezó a hablarle de sus aventuras. Tema una amiga, hija de
alemán y de norteamericana, cuyos padres vivían en Berlín después de haber
hecho fortuna en los Estados Unidos. Las dos se escapaban de sus casas por la
noche para ir a los cafés más célebres en compañía de unos novios con los que
nunca habían de casarse. Este acompañamiento no las impedía cenar con ricos
señores de la industria y de la Banca que celebraban un buen negocio. Los
dueños de los establecimientos las atraían y las halagaban a ellas y a otras de
su clase. Eran señoritas, con un encanto superior al de las otras mujeres.
Sabían mantener sus aventuras en un término prudente, con más bullicio y
atrevimiento que las profesionales, pero sin permitir nunca el atentado
irreparable. Mostrábanse expertas en la tentación que enardece al parroquiano y
le hace volver. Y para asegurarse el auxilio de estas colaboradoras, los
gerentes les daban primas sobre lo que hacían gastar a los señores, algunos
centenares de marcos al mes, que eran una entrada supletoria para vestidos y
sombreros, compensando de este modo el regateo económico de sus familias.
—Un gran
país—continuó Nélida—. Allí únicamente se vive. ¿Y tú no quieres llevarme? ¡Tan
dichosos que seríamos los dos!... Di, ¿por qué no quieres?
Fernando
quedó indeciso. No sabía qué contestar a esta loca, de una amoralidad
desconcertante. Era inútil exponer razones de honor, hablar de su dignidad, que
no podía adaptarse a este género de existencia. Jamás llegaría a entenderle.
Para salir
del paso aludió a las dificultades materiales que se oponían a su plan. ¿Qué
iba a hacer él en Berlín? ¿De qué podían vivir? Para estas aventuras se
necesita dinero, y él no lo tenía.
Nélida abrió
los ojos con asombro. No podía comprender un hombre sin dinero. Todos los que
ella había conocido hasta entonces lo tenían en abundancia, o al menos jamás se
preocupaban visiblemente de su carestía. ¡Un hombre sin dinero!... Le parecía
inaudita esta revelación, y miró a Ojeda como si acabase de descubrir en él
nuevos encantos y perfecciones.
Ella tenía
dinero para los dos. Ignoraba cuánto: tal vez mil quinientos marcos. Y repitió
varias veces la cifra, dándola gran importancia por ser dinero suyo: ahorros de
la vida en Berlín... Además de esto, tenía sus pequeñas alhajas, regalos de
amistad, que llevaría con ella. No necesitaban de grandes cantidades para
llegar a Berlín, y una vez allá, todo les sería fácil. Contaba con amigos,
muchos amigos; una mujer sale fácilmente de apuros. Ojeda sólo tendría que
ocuparse de los gastos de su persona, y si era necesario, ella ayudaría también
a su viejito... a su negro.
—¡Nélida!—protestó
Fernando.
Pero no quiso
decir más. ¿Para qué?... Ni él aceptaba aquel viaje, ni ella, con la movilidad
de sus fugaces impresiones, se acordaría tal vez de esto a la mañana siguiente.
Sonó un gran
estrépito en las cubiertas superiores: ruido de voces, correteos. Luego las
fuertes pisadas se alejaron hacia la popa, acompañando una violenta discusión.
Debían ser los de la banda, que se peleaban entre ellos.
—Márchate—dijo
Ojeda—. Son las tres. Esas gentes pasean por todo el buque antes de acostarse,
y te pueden sorprender.
Aceptó el
mandato Nélida, más por despecho que por obediencia amorosa. Sus besos de
despedida fueron glaciales. Fruncía las cejas; brillaba en sus ojos un
resplandor hostil.
—No me
quieres, bien lo veo... Otro se consideraría feliz si yo le permitiese
acompañarme en mi fuga, y tú parece que estás arrepentido de conocerme...
Cualquiera diría que te he propuesto un crimen.
Fernando
murmuró algunas excusas... Era un asunto que merecía ser pensado. Tal vez se
decidiese al día siguiente. Pero ella, adivinando la falsedad de sus palabras,
no quiso oírle. «¡Adiós!» Le empujó para ganar la puerta, cerrándola tras ella
ruidosamente, como si ya no le importase guardar recato alguno.
«¡Adiós!»,
contestó Ojeda al quedar solo. Levantaba los hombros, sonreía con una expresión
de cansancio, le pareció más agradable su camarote sin otra presencia que la
suya... ¡Muchacha loca, adorable por una hora e insufrible por toda una
noche!... Reía francamente al recordar las extrañas proposiciones de Nélida. ¡A
Berlín él!... ¿Qué se le había perdido allá?... Y todo porque la niña le tenía
miedo al hermano medio salvaje. Era una solución digna de su cabeza
destornillada.
Con estos
comentarios fue desnudándose, y al apagar la luz experimentó entre las sábanas
la voluptuosidad del que se ve solo después de haber sufrido una compañía
enojosa. ¡Ah, las mujeres! ¡Lástima grande no poder vivir sin ellas! Ojeda, que
empezaba a dormirse, dio algunas vueltas en su nebuloso pensamiento a la
vulgarizada frase del dramaturgo escandinavo. Siempre que una contrariedad
amorosa le impulsaba a separarse de una mujer, se decía lo mismo: «El hombre
aislado es el más fuerte...». ¡Ay! Fácil era aislarse cuando el organismo
parece crujir de fatiga y la hartura quita todo encanto a las tentaciones. Pero
transcurría el tiempo; la mujer despreciada adquiere mayor valorización a cada
vuelta de sol; y el deseo, al renacer en las entrañas, las araña como un
demonio implacable, diciendo burlonamente a cada zarpazo: «Toma, hombre
aislado; toma y aguanta, ya que eres el más fuerte...».
Despertó
Ojeda al día siguiente con los sonidos de la música, que daba su concierto
matinal. Cuando subió a la cubierta era muy tarde. Muchos esperaban el toque de
mediodía para entrar en el comedor. Adivinó Fernando en las miradas de algunos
y en el secreto de ciertas conversaciones que un suceso extraordinario había
ocurrido en el buque.
Vio venir
hacia él a Maltrana con la majestad sombría de un hombre cargado de secretos.
Las miradas de algunos pasajeros tendidos en sus sillones le seguían con cierta
admiración. Parecía haber crecido en una noche. Era otro, con la mirada grave,
la frente pesada, los brazos cruzados sobre el pecho y un índice apoyado en la
boca, lo mismo que si adoptase un gesto de pensador viéndose rodeado de
máquinas fotográficas.
—Tengo que
hablarle.
Dijo esto con
tono de misterio, y se llevó a su amigo hacia el extremo de proa.
—¿Por
casualidad trae usted una caja de pistolas de desafío?...
A pesar de
que Ojeda, en vista del aspecto de su compañero, estaba preparado para las
peticiones más absurdas, no pudo reprimir su sorpresa... ¿Pistolas de
desafío?... ¿Es que «por casualidad» viajaban las gentes con una caja de ellas
en el equipaje?... Maltrana se excusó. Recordaba que su compañero había tenido
varios lances, y esto le hacía suponer que bien podría llevar con él esta clase
de armas.
—Siento que
usted no las tenga, Fernando, y no sé cómo salir del paso. Hay un duelo
pendiente a bordo, y los adversarios, así como los otros testigos, me han hecho
el honor de confiarse a mi pericia, encargándome la preparación del combate.
Una misión difícil.
El desafío
iba a realizarse a la mañana siguiente en tierra, con el mayor secreto, durante
las pocas horas que el buque permanecería anclado, y él tenía que establecer
las condiciones, para lo cual le era necesario, ante todo, encontrar las armas.
No faltaban
éstas en el buque. Todos los pasajeros tenían la suya, y hasta algunas señoras
ocultaban en sus camarotes el arma de fuego niquelada, brillante y graciosa
como un juguete. Había revólveres de todos los calibres, pistoletes automáticos
de diversos mecanismos. Un argentino hasta le había ofrecido para el caso dos
carabinas de repetición, con balas blindadas, que llevaba para su estancia.
Pero todas eran armas vulgares, prosaicas, de última hora; armas sin tradición,
que no podían servir por falta de títulos para que dos caballeros se matasen.
Él necesitaba espadas o pistolas antiguas que se cargasen por la boca, como
ordena el ceremonial del honor, armas poéticas consagradas por el teatro y la
novela; y toda aquella gente sólo podía ofrecerle ferretería moderna, falta de
nobleza, que funcionaba como un reloj y distribuía la muerte con mecánica
exactitud. No había podido encontrar a bordo ni siquiera dos sables, arma
híbrida, arma mestiza, que era como una transición entre las unas y las otras.
Ojeda
interrumpió estas lamentaciones. Quería saber el motivo del duelo y quiénes
eran los combatientes.
Se expresó
Maltrana con triste dignidad. Había sido al final de la fiesta en su honor,
cuando más contentos y fraternales se mostraban los amigos. Muchos se habían
retirado a sus camarotes. Eran las tres de la madrugada. Al cerrarse el
fumadero habían subido a la cubierta de los botes para terminar el jolgorio en
el camarote del belga, que iba a separarse al día siguiente de la honorable
sociedad. Llevaban a prevención algunas botellas, y al quedar vacías éstas,
probaron a beber cierto alcohol de tocador, agua de Colonia o algo semejante,
riendo de las muecas y náuseas que el líquido perfumado provocaba en algunos.
—Cuando más
contentos estábamos, surgió la pelea entre el belga y ese alemán pariente de
Nélida, los dos amigos más íntimos, siempre juntos desde que entraron en el
buque. Yo creo que en el fondo se odiaban sin saberlo. Inútil decir a usted
quién es el verdadero culpable... ¿Quién ha de ser?... Nélida. Y lo más
gracioso del caso es que ninguno de los dos la nombró, pero ambos la tenían en
el pensamiento. Estaban furiosos desde hace días, desde que la muchacha se fijó
en usted. Fue una suerte que no anduviese usted anoche por el buque. Hubiésemos
tenido un disgusto.
Los dos
rivales se hacían responsables del apartamiento de la joven. Cada uno de ellos
se imaginaba que de haber quedado solo al lado de ella habría podido retenerla.
Pero se habían estorbado con su mutua presencia, acabando por cansar a Nélida
en fuerza de rivalidades y celos. Y este odio silencioso que los dos llevaban
en su pensamiento había estallado en la madrugada con la rapidez y la
incoherencia de las querellas de borrachos. Unas cuantas palabras ofensivas, a
las que no prestó atención el resto de la banda, y de pronto, botellas por el
aire, bofetadas, lucha cuerpo a cuerpo.
—Algo muy
triste, amigo Ojeda. Por voluntad del alemán, allí mismo hubiese terminado el
incidente. Él tiene un ojo hinchado y el otro lleva en un carrillo algo que
parece un tumor. Los dos iguales. No se necesitaba más para volver a ser
amigos... Pero el belga entiende las cosas de otro modo. Saca a colación su
baronía, y además creo que ha sido subteniente de no sé qué guardia nacional o
reserva de su país. En fin, que ha arrastrado sable y tiene empeño en batirse
con su amigote, para después estrecharle la mano con toda tranquilidad. Y los
dos se han confiado a mí en esto del duelo.
Maltrana se
excusó modestamente.
—No extrañe
usted esta predilección. Se han enterado de que yo tuve en nuestra tierra
algunos desafíos (porque con ellos me iba el pan), y me miran con tanto respeto
como si fuese de la Tabla Redonda... Además, ha influido igualmente mi triunfo
oratorio de anoche, el nuevo prestigio que me rodea. Uno que habla bien es
sabido que sirve para todo... hasta para gobernar pueblos.
Y como
Fernando no podía darle lo que necesitaba, se alejó en busca de las armas. Iba
a hacer la misma pregunta a otros pasajeros de distinción, y si éstos no tenían
«por casualidad» una caja de pistolas, arreglaría el encuentro a revólver,
escogiendo dos completamente iguales entre los muchos que le habían ofrecido.
Al pasear
Ojeda por la cubierta vio a los adversarios, uno en la terraza del fumadero y
otro en el balconaje de proa, ostentando ambos en la cara, sin recato alguno,
las huellas del choque nocturno. La banda se había dividido según sus opiniones
y afectos, quedando un grupo en torno del alemán y otro junto al barón. Los dos
se mantenían en actitud arrogante, como actores que vigilan sus movimientos
sabiendo que todas las miradas están fijas en ellos.
De Nélida no
se acordaba nadie. Este choque, que podía tener consecuencias trágicas, había
quitado todo interés a la inquieta muchacha y sus insolentes veleidades. Ojeda
la vio venir hacia él pasando ante el grupo que formaban el barón y sus amigos
en la terraza del fumadero. Todos la consideraron con indiferencia, y ni
siquiera volvieron los ojos para seguirla mientras se alejaba. La atención era
para el héroe, que, con el carrillo hinchado, relataba por cuarta vez cierto
desafío terrible en el que casi había matado a su rival.
Al reunirse
Nélida con Fernando le habló con apresuramiento. Iba buscándole desde una hora
antes por todo el buque... ¡Lo que le ocurría a ella por culpa del hermano!...
—Cuando veas
a papá, dile que estuviste acompañándome hasta las tres de la mañana en el
comedor y que me encontraste a la una. Él te preguntará; pero aunque no te
pregunte, dile eso de todos modos.
Había
cometido una imprudencia la noche anterior al ir en busca de él, dejando
olvidada la llave en la puerta de su camarote. El «zonzo», o sea el hermano,
ansioso de venganza por los golpes de la tarde, había cerrado la puerta al
notar su salida, guardándose la llave. Inútiles los ruegos de Nélida cuando, al
volver en la madrugada, intentó ablandar a su hermano llamando a la puerta de
su camarote. Se fingía dormido. Y ella había pasado el resto de la noche en una
silla del comedor, a obscuras, invisible para los de la banda, que andaban
divididos de un lado a otro con la agitación de la pelea reciente.
Los criados
que estaban de guardia podían atestiguar que había pasado la noche en el
comedor. Simple asunto de cambiar las horas, asegurando que estaba allí desde
mucho antes. Todos los criados del buque sonreían al verla y estaban prontos a
afirmar lo que ella les pidiese...
Una escena
borrascosa de familia cuando el digno señor Kasper y su mujer se levantaron y
abrió el hijo la puerta del vacío camarote. «Nélida ha pasado la noche fuera.»
Pero Nélida sobrevino como una fiera, y hubo que arrancar al «zonzo» de entre
sus manos. Aquel bandido se había aprovechado de una corta salida suya por
exigencias higiénicas para cerrar la puerta, dejándola fuera del camarote,
obligada a vagar por el buque, expuesta a peligros y murmuraciones... todo por
el deseo de calumniarla.
Ella había
pasado la noche sentada en el comedor; tenía testigos: los criados que estaban
de guardia. Aún podía ofrecer un testimonio más importante: el doctor Ojeda,
que la había encontrado a la una y media, cuando él se retiraba a su camarote,
acompañándola hasta las tres. ¿Cuándo iba a terminar de martirizarla este
malvado?...
La madre
tomaba partido por el hijo, mirándola a ella con ojos iracundos. Era la
vergüenza de la familia: los iba a matar a disgustos. «Papá... papá», imploraba
Nélida. Y el señor Kasper reflexionaba como un rey justiciero, acariciándose
las barbas. ¡Prudencia! Había que pesar bien las cosas para ser equitativo. La
niña ofrecía pruebas, y el tonto únicamente sabía insistir en su acusación, sin
añadir testimonio alguno. Y casi sentenció por adelantado, intentando dar un
repelón al muchacho. «¡Raza maliciosa y vengativa! Nada bueno podía esperarse
de su sangre.»
Nélida no
tenía miedo al enojo de sus padres, pero necesitaba convencerlos de su
inocencia para que le sirviesen de fiadores ante el hermano temible que la
esperaba al término del viaje. ¿Y aún se resistía Fernando cuando ella le
hablaba de huir, como si le propusiese algo disparatado? No, no iría a Buenos
Aires: estaba resuelta a escaparse al día siguiente... Pero la inmediata
realidad le hizo insistir en sus recomendaciones:
—Cuando papá
te pregunte, ya sabes lo que debes decir... Y si no te pregunta, háblale tú.
Hazlo, mi viejo; sé buenito. Allí lo tienes, cerca del fumadero, hablando con
el señor Pérez. Él se alegra mucho de verte: dice que eres la mejor persona de
a bordo.
Y le empujaba
dulcemente, extremando los gestos y miradas de seducción. Ojeda, con su
pasividad habitual ante el mandato de una mujer, siguió este impulso,
dirigiéndose en busca del señor Kasper. ¡Qué de embustes y enredos con esta
muchacha!... Afortunadamente, el día de la liberación estaba próximo; y una vez
en tierra, no la vería más.
Sonrió el
patriarca a Fernando, sin interrumpir por esto su conversación con Pérez.
Hablaban de política, conviniendo los dos en un gran amor por los gobiernos
fuertes y en la necesidad de fusilar a todos los enemigos de la autoridad. El
señor Kasper odiaba las repúblicas, gobiernos de pelagatos con levita, de
parlanchines hambrientos. Los pueblos debían ser regidos por hombres a caballo,
con deslumbrantes uniformes. Y satisfecho de que a él le hubiese tocado esta
suerte al nacer en Alemania, abrumaba con ironías y sarcasmos a la más célebre
de las Repúblicas. Nunca había querido vivir en París. ¡Una nación gobernada
por abogados y periodistas! ¡Un pueblo sin moralidad y casi sin familia! Todo
el mundo sabía esto...
Ganoso de
retener a Fernando, dejó que Pérez se marchase en busca del tercer aperitivo de
la mañana, y al quedar solos, fue el patriarca el que inició la explicación
deseada por Nélida.
Ya sabía él
que el señor Ojeda había acompañado a la niña gran parte de la noche en el
comedor. Le daba las gracias por su amabilidad. No podía haber encontrado mejor
acompañante que él, un caballero distinguido y serio. Eran querellas entre
muchachos; una genialidad de su hijo menor, que le proporcionaba muchos
disgustos. La sangre de los abuelos criollos despertaba en sus venas... Su hijo
mayor era más equilibrado; pero en cuanto a carácter, allá se iba con el otro.
¡Gente interesante y temible!... Nélida y él eran más tranquilos, más alemanes,
de genio siempre igual.
Hacía elogios
de la hija predilecta, olvidando por completo el incidente de la noche
anterior, sin pedir nuevas aclaraciones, librando a Ojeda de la necesidad de
mentir, diciéndolo él todo, como si estuviese mejor enterado que nadie por el
solo testimonio de Nélida. Y acompañaba sus palabras con tales sonrisas, que
Fernando acabó por sentirse desconcertado. «Este señor es tonto—pensaba—, tonto
como su hijo menor.» Pero luego parecía dudar. «O tal vez es un fresco. El
mayor sinvergüenza que he conocido.»
Mientras
tanto, el señor Kasper pasaba con suavidad del elogio de su hija a hablar de
los negocios de América, tema en el que insistió hasta el toque de mediodía,
que deshizo los grupos, empujando las gentes al comedor.
Después del
almuerzo, muchos pasajeros, en vez de permanecer arrellanados en los asientos
del jardín de invierno como gentes faltas de ocupación, tomaron rápidamente el
café y salieron cual si fueran en busca de algo importante. Los pupitres de los
salones y del fumadero estaban ocupados por hombres y mujeres que escribían y
escribían, teniendo ante ellos un montón de cartas cerradas con las direcciones
puestas. Por encima de sus cabezas pasaban manos rapaces, apoderándose con
profusión de sobres y pliegos. Corrían los criados, no sabiendo cómo acudir a
tan diversos llamamientos. Todos pedían lo mismo: papel y plumas.
Se
interpelaban los viajeros para implorar el préstamo de un estilógrafo.
Improvisábanse escritorios entre las tazas de café, así como en las mesas de la
cubierta y sobre los pianos. Todos habían sentido de pronto la necesidad de
escribir. Al día siguiente llegaba el Goethe a puerto, y las
gentes despertaban de su ensueño azul que había durado diez días. Se acordaban
de que existía el mundo, de que no estaban solos en el planeta, y había una
vida más allá de la oceánica extensión, con la que iban a ponerse de nuevo en
contacto.
Los hombres
se apartaban de las señoras, a las que habían cortejado hasta entonces. Ceñudos
y preocupados, buscaban un rincón y mordían el cabo del palillero ante el
pliego virgen, no sabiendo cómo reanudar sus ideas. Las mujeres parecían más
graves y silenciosas, poseídas de súbito ascetismo. Rehuían las conversaciones,
como si fuesen peligrosas para su virtud. Deseaban estar solas, y movían en
este aislamiento su pluma lentamente, con vacilaciones entre línea y línea,
cual si temieran decir poco o decir demasiado.
Isidro, que
no había de escribir a nadie—pues sólo pensaba enviar a su hijo una postal con
grupos de negros al bajar a tierra—, contempló irónicamente esta fiebre
grafománica. ¡Qué de embustes sobre el papel; historias fingidas a última hora
para llenar pliegos, sin que se trasparentase la verdad! ¡Qué de juramentos de
eterno recuerdo, cuando los pobres recuerdos de tierra no habían salido de los
equipajes y en ellos permanecían encogidos, cual prendas sin uso, mientras el
olvido y el afán de placer sin consecuencias se había enseñoreado del buque!...
Maltrana pensó que si toda esta avalancha de mentiras se solidificase
repentinamente, el pobre Goethe se iría al fondo no pudiendo
resistir tan enorme peso.
Entre los que
escribían estaba Ojeda. Inclinado sobre un velador del jardín de invierno, iba
llenando pliegos, lo mismo que en la víspera de la llegada a Tenerife. Pero
¡ay! su carta era ahora un trabajo literario y reflexivo. Los recuerdos venían
a interrumpir su escritura, como la otra vez; pero estos recuerdos no evocaban
dulce melancolía, sino vergüenza y remordimiento.
Once días
escasos habían transcurrido entre las dos cartas. ¡Qué de sucesos!... ¡Qué de
traiciones y vilezas! Sentía dudas sobre su personalidad: creía que durante
este tiempo se había verificado en él un prodigioso desdoble. Ya no era el
mismo que de todo corazón lanzaba sobre el papel los apasionados juramentos de
la pareja wagneriana. «Alejados el uno del otro, ¿quién nos separará?...» Estas
palabras hacían levantarse en su recuerdo, como testimonio de infidelidad,
varias figuras de mujer: Maud, Mina, aquella Nélida que rondaba por cerca de
él, que asomaba a la ventana inmediata su rostro insolente y le hacía señas con
los ojos, con los labios, para que saliese cuanto antes.
Afortunadamente,
la proximidad de la tierra iba a desvanecer esta embriaguez voluptuosa del
Océano que le había mantenido en amable inconsciencia.
El recuerdo
de Teri, adormecido durante el viaje, resurgía más vigoroso, con mayor relieve,
abultado por la luz exageradora del remordimiento. Y este remordimiento parecía
añadir un nuevo incentivo a su amor. Era algo semejante al sacrilegio o al
parentesco, que sazonan ciertas pasiones con el acre y atractivo perfume de lo
prohibido y lo monstruoso.
Al sentir
intranquila su conciencia, adoraba a Teri mucho más que cuando podía
contemplarla sin miedo frente a frente. «La quiero—pensó—como no la he querido
nunca. La traición y la necesidad de hacerse perdonar dan un interés nuevo al
amor. Son como salsas picantes que renuevan el gusto de un plato conocido...»
¡Ah, pobre Teri engañada, que tal vez no se enteraría nunca de estas
infidelidades! Él iba a expiar sus delitos adorándola con mayor vehemencia; iba
a vivir en su imaginación una luna de miel ideal, rodeándola de todos los
esplendores de un culto, como el pecador que se prosterna agradecido ante la
imagen que perdona y le mira con ojos de misericordia.
Fortalecido
por tales propósitos, siguió escribiendo con más soltura e ingenuidad, como si
fuese el mismo hombre de diez días antes y esta carta igual a la que había
enviado desde Tenerife. Pero no era el mismo; veíase obligado a reconocerlo.
Sus pecados le ligaban a aquel buque, y mientras no saliese de él, serían
inútiles sus esfuerzos para volver al pasado.
Cada vez que
huían sus ojos del papel, encontraban una sombra en la ventana. Era Nélida que
se aproximaba con su sonrisa audaz, sin miedo a la curiosidad de las gentes.
Tosía para indicar su impaciencia; movía los labios, adivinándose en ellos las
mudas palabras de admirativa pasión: «¡Dueño mío... viejo... mi negro!».
Inútiles
estos llamamientos. El continuaba su carta con la memoria ocupada por el
recuerdo de Teri, pero esto no le impedía, por costumbre o por «honradez
profesional», el contestar con sonrisas y movimientos de cabeza a las caricias
silenciosas de Nélida.
Fatigada ésta
de la inmovilidad de Ojeda, acabó por apartarse de la ventana, yendo hacia el
avante del paseo, donde estaban Isidro y el doctor Zurita.
Miraban el
horizonte como si esperasen ver tierra. ¡América! ¡Pronto verían América!... El
doctor hablaba de esto con cierta emoción. Hacía días que el buque costeaba su
amado continente, pero de muy lejos. Ahora se aproximaba a él, pero no se vería
tierra hasta muy entrada la noche... Y a la mañana siguiente, la bahía de Río
Janeiro.
Nélida, que
se había aproximado a los dos hombres, saludándolos con un leve movimiento de
cabeza, miraba al doctor. ¡Muy simpático el viejo! Para ella, todos los hombres
eran simpáticos. Debía haber sido en su juventud un buen mozo. Su hijo mayor
también lo era. Lástima grande que le gustasen tanto las coristas de la opereta
y sólo supiera hablar de París, como si en el resto del mundo no existiesen
mujeres.
Zurita saludó
a la joven con un gesto de antiguo galán y no se ocupó más de ella.
¡Interesante la muchacha!... Pero él tenía su familia a bordo, sus niñas y
cuñadas, y deseaba evitar a todas ellas relaciones de amistad que podían ser
peligrosas.
Siguió
hablando el doctor bajo la mirada vaga de Nélida, que no entendía gran cosa de
la conversación de los dos hombres.
—Yo me
imagino, che, lo que debieron sentir aquellos españoles al
distinguir la primera isla... La alegría con que Rodrigo de Triana, el marinero
de Colón, debió lanzar el grito de «¡Tierra!».
Maltrana
intervino con cierto orgullo al poder lucir sus conocimientos delante de
Nélida. Además, su triunfo oratorio había desarrollado en él un deseo vehemente
de hacer sentir a todos la autoridad y el peso de sus palabras.
—Hay error en
eso que dice usted, doctor, y que es lo que dice igualmente casi todo el mundo.
Ni el que descubrió primero la tierra de América se llamó Rodrigo de Triana, ni
fue marinero de Colón.
Con tal
nombre no figuraba ningún tripulante en el primer viaje. Quien dio el grito del
descubrimiento era un tal Rodríguez Bermejo, natural de Sevilla, y sin duda el
Almirante, al hablar de él, convirtió el Rodríguez en Rodrigo, y añadió el
Triana por haber vivido en dicho barrio. Entre la gente de mar era muy
frecuente la desfiguración de nombres por apodos y por el lugar de nacimiento.
Además, Juan Rodríguez Bermejo no fue marinero de la nao Santa María,
que montaba el Almirante, sino de la carabela Pinta, mandada por
Pinzón, que iba siempre a la cabeza de la escuadrilla por ser la más velera.
—Fue la Pinta la
que avistó, a las dos de la mañana, la isla de Guanahaní, y Rodríguez Bermejo
el que dio el grito de «¡Tierra!...». Pero Colón, al volver a España, dijo que
era él mismo quien a las diez de la noche, o sea cuatro horas antes, había
visto una luz «como una candelica subiendo y bajando», y que esta luz procedía
de la isla. Hay que tener en cuenta que el Almirante estaba entonces a unas
catorce leguas de la isla, y ésta es completamente baja, sin una colina.
Imposible verla a una hora en que la Pinta, que iba navegando muy
por delante, no había alcanzado todavía a distinguir tierra. La luz fue
indudablemente la de la bitácora de la carabela de Pinzón, que avanzaba entre
la nao del Almirante y la isla todavía lejana.
Calló un
momento Isidro, gozándose en la curiosidad del doctor, que le escuchaba muy
atento.
—El resultado
de todo esto—continuó—fue una gran injusticia. Los reyes habían prometido un
premio de diez mil maravedíes al primero que descubriese tierra, y Colón, que
no perdonaba provecho, se atribuyó dicha suma, fundándose en lo de «la
candelica». Pinzón, que podía atestiguar la verdad, acababa de morir; y el
pobre Rodríguez Bermejo, al verse injustamente despojado por el grande hombre,
sin que nadie atendiese sus quejas, sintió tal desesperación que se pasó al
África y renegó de la fe cristiana, haciéndose moro. Éste fue el final del
primero que con sus ojos vio la tierra americana.
El doctor
Zurita estaba pensativo.
—De
suerte, che—murmuró—, que la vida civilizada de nuestro hemisferio
empieza por una injusticia, por un acto de favoritismo, por el abuso de un
mandón.
Maltrana
asintió: así era. Y el doctor sonrió maliciosamente, como si después de saber
esto comprendiese mejor la historia del Nuevo Mundo.
Al detenerse
el trasatlántico, después de tantos días de marcha, una sensación de extrañeza
pareció circular por todo él, desde la quilla a lo alto de los mástiles.
Fue poco
después de la salida del sol, y todos los pasajeros, aun los menos
madrugadores, despertaron casi a un tiempo, con el mismo sobresalto del que
experimenta una dificultad repentina en sus órganos respiratorios.
Habituados al
suave balanceo de la cama, al movimiento de péndulo de las ropas colgantes, al
desnivel alternativo del piso, al escurrimiento de los objetos sobre mesas y
sillas, como algo natural de esta existencia oceánica, sintieron todos cierta
angustia viendo entrar cuanto les rodeaba en rígida inmovilidad. El oído,
acostumbrado al roce incesante de las espumas en los costados del buque, al
estremecimiento de la atmósfera cortada por el impulso de la marcha, al lejano
zumbido de las máquinas extendiendo su vibración por los muros y tabiques del
gigantesco vaso de acero, acogía ahora con extrañeza este silencio repentino,
absoluto, abrumador, como si el buque flotase en la nada.
Adivinábase
la presencia, más allá de los tragaluces de los camarotes, de algo
extraordinario. El aire era menos puro, sin emanaciones salinas, con bocanadas
de agua en reposo que olían a marisco en descomposición, y junto con esto un
lejano perfume de selva brava.
Corrió la
gente a las cubiertas casi a medio vestir, y sus ojos, habituados al infinito
azul, tropezaron rudamente con la visión de las tierras inmediatas, costas
negras cubiertas hasta la cima de bosques lustrosos, de un verde tierno, como
si acabase de lavarlos la lluvia.
A ambos lados
del buque alzábanse las montañas que guardan la entrada de la bahía de Río
Janeiro. A popa, el mar libre quedaba casi oculto detrás de unas islas
peñascosas con faros en sus cumbres. Frente a la proa, la bahía enorme estaba
enmascarada por el avance de pequeños cabos que parecían cerrar el paso.
Contemplaba
la gente el paisaje con la avidez de un descubridor que tras larga navegación
alcanza una tierra desconocida, admirando la frondosidad de los bosques
tropicales, la forma original de las montañas, todas ellas de bizarros
contornos. Parecían bocetos de una estatuaria monstruosa derramados junto al
Océano, restos del jugueteo de unas manos gigantescas que se hubiesen
entretenido en amasar tierras y rocas. Unas alturas eran cónicas, de regular
esbeltez; otras evocaban la imagen de una nariz colosal, de una frente con
pestañas, de un mentón voluntarioso.
Estos
perfiles se prestaban a diversas combinaciones imaginativas, como las nubes de
una puesta de sol. Algunos pasajeros conocedores de la bahía enseñaban a los
demás «el hombre que duerme»: una sucesión de cumbres y mesetas que en su
conjunto imitan el contorno de un gigante entregado al sueño, con la cara en
alto.
Semejantes
por sus formas al titubeante ensayo de una Naturaleza en estado de infantilidad
o a las primeras intentonas artísticas de un cerebro primitivo, estas montañas
eran de un basalto negruzco, que traía a la memoria la corteza rugosa de la
higuera o la dura piel del elefante. Entre los bloques, allí donde se había
amontonado un poco de humus, elevábase triunfador el bosque tropical, compacta
masa de intensa verdura—rayada de blanco por los troncos de los árboles—que
invadía todas las pendientes, desde las riberas, en cuyas rocas peinaba el mar
sus espumas, hasta las cumbres, rematadas por torres de vigía y baluartes
fortificados.
El cocotero y
la palmera daban al paisaje un tono de exotismo para la mirada de los europeos.
Acostumbrados al pino parasol de las bahías mediterráneas y a los abetos de los
puertos del Norte, saludaban con entusiasmo esta vegetación exuberante, que
evocaba en su memoria antiguas lecturas de viajes, hazañas de aventureros,
chozas de bambú, saltos de fieras, bailes de negros. Era América tal como la
habían soñado: al fin iban a sentar el pie en el nuevo continente... Y el
plátano grácil, coronado por el amplio surtidor de sus hojas barnizadas,
extendíase por todo el paisaje, formando grupos en torno de las blancas
construcciones de la playa, remontando los caminos en doble fila, tendiéndose
sobre las mesetas en apretados bosques, festoneando las cumbres con la esbeltez
de su tallo, que le hacía destacarse sobre el cielo lo mismo que el estallido
de un cohete verde.
El vapor
permaneció inmóvil algún tiempo, esperando la llegada del práctico. Nadie
alcanzaba a ver la ciudad, oculta detrás de los repliegues del terreno. Una
neblina roja flotando a ras del agua ensombrecía el último término de la bahía
enorme, comparable a un mar interior oprimido entre montañas.
Los que
habían presenciado poco antes la salida del sol, recordaban admirados el
espectáculo. Era un astro de monstruosas proporciones, hasta parecer distinto
al del otro hemisferio, inflamado al rojo blanco y que lo incendió todo con su
presencia: aguas, tierras y cielo. La aparición había sido rápida, fulminante,
sin el anuncio de nubecillas rosadas ni gradaciones de luz, sin asomar poco a
poco su esfera, como en los amaneceres del viejo mundo. Se había roto el
horizonte en llamas lo mismo que en una explosión, surgiendo el astro cielo
arriba, cual un proyectil inflamado, para no detenerse hasta que su reflejo
trazó una ancha faja de resplandor sobre las aguas de la bahía. Y de esta faja,
que ondulaba como el galope de un rebaño luminoso, escapábanse fragmentos de
oro al encuentro del buque, se deslizaban por sus flancos y huían entre las
espumas de las hélices, puestas de nuevo en movimiento.
Brillaban los
peñascos de basalto, semejantes a bloques de metal; centelleaban, cual si
fuesen proyectores eléctricos, los tejados y los vidrios de las casas de la
playa; los bosques despedían luz: cada hoja era un espejo. Los remates de las
torres y los mástiles de los buques anclados en la bahía serpenteaban como
espadas ígneas por encima de la niebla.
Avanzó
el Goethe con majestuosa lentitud, partiendo las aguas de
fuego, deslizándose ante las pendientes boscosas, cuyo verdor estaba
interrumpido a trechos por unas fortificaciones viejas, de teatral inutilidad.
Las baterías modernas, ocultas en el suelo, apenas si se delataban por las
gibas de sus cúpulas movibles.
Las
magnificencias interiores de la bahía iban desarrollándose ante la muchedumbre
agolpada en las bordas del trasatlántico. Aparecían entre los cabos de basalto
coronados de vegetación extensas playas con pueblecitos de color rosa y torres
de iglesia blancas, rematadas por una cúpula de azulejos. Estas construcciones,
que recordaban por sus formas la originaria arquitectura portuguesa, adquirían
un aspecto criollo con el adorno del cocotero, el banano y otras plantas
tropicales formando bosques en torno de ellas.
Una ciudad
flotante pareció surgir del fondo de la bahía según avanzaba el Goethe,
elevando sobre la inmensa copa azul las líneas obscuras de sus chimeneas,
mástiles y cascos. Eran construcciones monstruosas erizadas de cañones,
acorazados de color verdoso ligeros avisos, buques mercantes de todas las
banderas. Por las calles y encrucijadas de esta urbe flotante que descansaba
sobre sus anclas pasaban y repasaban, diminutos y movedizos como insectos
acuáticos, botes y lanchas de diversos colores, con penachos de humo, velas
izadas, o moviéndose solos, sin un propulsor visible.
Comenzaron a
verse fragmentos de la gran ciudad. El núcleo principal ocultábanlo unas
colinas, pero por detrás de ellas asomaron, cual blancos tentáculos, los
bulevares vecinos al mar, las luengas barriadas que la ponen en contacto con
los pueblos inmediatos. Frente a Río Janeiro, en la ribera opuesta de la bahía,
alzábase otra ciudad blanca, Nictheroy. Enviábanse las dos, por encima de la
enorme extensión azul, el centelleo de sus techumbres y vidrieras, convertidas
por el sol en placas de fuego. Unos vapores iguales a casas flotantes iban de
una a otra orilla, estableciendo la comunicación entre ambas poblaciones.
Así como
avanzaba el trasatlántico, parecían despegarse de las costas jardines enteros
con vistosas construcciones; colinas que sustentaban cuarteles y fuertes;
pedazos de roca lisa sobre cuyo lomo de elefante se redondeaban las cúpulas de
una batería. Eran islas separadas de la tierra firme por estrechos canales. En
otros sitios se introducía el mar tierra adentro, formando hermosas ensenadas
con paseos frondosos y blancos palacios en sus bordes. Desde el buque
alcanzábase a ver el paso veloz de los automóviles por estas riberas.
Los pasajeros
conocedores de la ciudad iban señalando en las montañas más abruptas unos
rosarios de hormigas que rampaban entre la obscura vegetación: tranvías
funiculares, de una pendiente casi vertical; vagones colgantes que escalaban
las cumbres de bizarras formas, puntiagudas como agujas, corcovadas cual una
joroba gigantesca, enhiestas y finas lo mismo que un minarete o un hierro de
lanza.
Iba
aproximándose el Goethe a la ciudad. Apareció ésta detrás de
dos islas coronadas de palmeras, avanzando sus primeras casas entre pequeñas
colinas en forma de panes de azúcar. Las construcciones destacaban sus fachadas
de un rojo veneciano o amarillas sobre la masa obscura de los jardines.
Navegaba el trasatlántico en aguas pobladas de reflejos. Los buques y los
edificios se reproducían invertidos en su profundidad. Ondulaban en este espejo
los mástiles y las arboledas, como serpientes de varios colores. El Goethe,
al avanzar, rompía en mil pedazos este mundo fantástico, y los fragmentos de
buques y casas alejábanse en los repliegues de las temblonas aguas, sobre las
cuales aleteaban las gaviotas.
Rompió a
tocar la música del trasatlántico una marcha de belicosa trompetería. Los
pasajeros del castillo central admiraban los esplendores de la bahía. La
muchedumbre emigrante, amontonada en la proa y la popa, gritaba sin saber por
qué, deseando exteriorizar su alegría, saludando con una explosión de vítores,
bramidos y silbidos a los buques inmóviles que quedaban atrás del Goethe.
Y en las cubiertas de estas naves, los tripulantes, arremangados, interrumpían
las faenas de la limpieza para responder al popular saludo con un griterío
idéntico. En torno al trasatlántico comenzó a evolucionar un enjambre de
vaporcitos y lanchas automóviles con gentes ansiosas de subir a su cubierta.
Cruzábanse entre ellas y los de arriba gritos de saludo, agitaciones de pañuelos.
Se despedían
los compañeros de viaje con generosos ofrecimientos, a pesar de que unos y
otros tenían la certeza de no verse más. Cambiábanse tarjetas con profusión.
Los caballeros brasileños besaban las manos de las damas, inclinándose por
última vez con solemne cortesía. Ofrecían sus casas en remotos lugares del
interior, y los que continuaban el viaje sonreían agradecidos, cual si pensasen
hacerles una visita dentro de breve plazo.
Todos se
habían vestido trajes de calle, lo mismo los que se quedaban en Río Janeiro que
los que seguían la navegación. Estos últimos eran los más impacientes por bajar
a tierra. Tenían las horas contadas para visitar la ciudad, y el retraso del
buque en acercarse al muelle era acogido por algunas mujeres con pataleos de
impaciencia, como si temiesen no desembarcar a tiempo y que la mágica urbe de
belleza tropical se desvaneciese de pronto.
Así como el
trasatlántico avanzaba tierra adentro, cada vez con mayor lentitud, hacíase
sentir un calor húmedo, asfixiante. Ya no soplaba la brisa del Océano libre,
aumentada por la velocidad de la marcha. El buque, casi inmóvil, caldeábase con
la temperatura de aquel pedazo de mar encerrado entre montañas. Y todos
pensaban en lo que sería este calor cuando bajasen a tierra. Los cuellos
almidonados y brillantes empezaban a reblandecerse; las manos enguantadas
sufrían el tormento del encierro. Muchos empezaban a arrepentirse de su afán de
acicalamiento, que les había hecho sustituir los blancos trajes de a bordo con
otros más elegantes pero calurosos.
Ojeda
encontró a Nélida que venía en busca de él; pero una Nélida casi desconocida,
con gran sombrero cargado de flores y un traje vistoso. Era la primera vez que
la veía así. Le gustaba más la otra, la de la cabeza descubierta, la blusa
blanca o el kimono suelto. Encontraba ahora en ella un aire torpe de
burguesilla endomingada.
Pero la
joven, sin adivinar estos pensamientos, aprovechó el desorden de la cubierta
para repetir una vez más su seducción. Si Fernando quería, aún era tiempo.
Guardaba ella en un bolso pendiente de la diestra su dinero, sus alhajillas,
todo lo de algún valor que podía servir para la fuga. Él no tenía más que
ordenar que echasen su equipaje a tierra: Nélida abandonaría gustosa el suyo.
Les era fácil escabullirse en la confusión del desembarco.
Ojeda, en vez
de contestar afirmativamente, parecía compadecerse de ella, con la misma
conmiseración que si fuese una enferma. ¡Ah, cabeza loca!... Bastante la había
hablado en la noche anterior para hacerla comprender lo absurdo de su
proposición. Luego se había marchado cabizbaja, sin invitarle a que la siguiese
a su camarote y sin mostrar deseos de ir al suyo, con visible mal humor, pero
convencida en apariencia. Y ahora, después de una noche de reflexión, tornaba
con las mismas proposiciones, como si en su pensamiento movedizo no pudiese
abrir surco el consejo ajeno.
—Si tú no
quieres—insistió ella con enfurruñamiento—, si te niegas a acompañarme, huiré
sola. No te necesito: empiezo a conocerte. Un egoísta... como todos.
Exaltándose
con sus propias palabras, le miró hostilmente y aproximó su rostro a él, como
si le costase trabajo emitir la voz, enronquecida de pronto.
—No me
quieres. No me has querido nunca. Te has burlado de mí... ¡Y yo que te creía
distinto a los demás!... ¡Ah, si estuviésemos solos!... ¡Si estuviésemos solos!
Oprimió
convulsivamente el puño de la sombrilla que le servía de apoyo, mientras un
fulgor de acometividad pasaba por sus ojos. Resurgió en ella la educación de
los primeros años. Era la niña de estancia, acostumbrada a presenciar las
peleas de los peones y las crueles hazañas de su hermano.
Pero no tardó
en arrepentirse de su cólera. Era demostrar tristeza y despecho por la negativa
de aquel hombre. Prefirió reír, con una risa forzada, insolente, despectiva.
—Adiós. No me
hables más; como si nunca nos hubiésemos conocido... La culpa la tengo yo, por
haberte hecho caso.
El despecho
la hizo olvidarse de quién había sido el primero en desear la aproximación.
Ella sólo podía imaginarse a los hombres marchando suplicantes tras de sus
pasos y diciendo la palabra inicial. Se apartó de Ojeda con gesto pensativo,
buscando un insulto que conocía de muchos años antes, tal vez desde que
aprendió a hablar, pero del cual no podía acordarse. De pronto, sonrió con
pueril expresión de venganza. «¡Gallego!...» Y le volvió la espalda orgullosa
de este saludo de despedida.
Fernando se
encogió de hombros, satisfecho y molesto al mismo tiempo. Llegaba la deseada
liquidación de su vida oceánica. Había bastado que el buque se aproximase a
tierra, para que se rompiesen por sí solas todas las relaciones establecidas en
el curso de la navegación. Nélida huía; la pobre Mina se ocultaba, como si
experimentase mayor vergüenza que él; Maud apenas era un vago recuerdo...
Pasó la
norteamericana varias veces junto a él, sin reparar en su persona, y hasta lo
empujó en una de estas evoluciones. Iba trémula, de un costado a otro del
buque, erguida dentro de un elegante vestido de viaje, flotando sobre su
espalda un largo velo y agitando un pañuelito en la diestra. Sonreía a un bote
automóvil que evolucionaba en torno al trasatlántico. En la popa de aquél
estaba sentado un buen mozo con pantalones de franela blanca, sombrero de paja
y una flor en la solapa de su americana azul. Ojeda lo reconoció, recordando la
fotografía entrevista una vez: era míster Power.
Acababa de
detenerse el buque, bajando su escala para recibir a los empleados del puerto
encargados de revisar sus papeles. Aparecieron en las cubiertas varios
marineros mulatos o blancos, pero todos por igual de obscura tez y
extremadamente enjutos de carnes. Eran la escolta de los funcionarios del
puerto. Saludaron éstos a la oficialidad del buque con grandes curvas de sus
chapeos de paja, y entraron luego en el comedor, donde estaban extendidos los
documentos entre botellas de cerveza hamburguesa.
Con estos
brasileños subieron muchos de los que esperaban en los botes. Ojeda vio que
Maud se abalanzaba hacia la escalera de los salones. Míster Power entró al
mismo tiempo en la cubierta, con toda la lozanía de su atlética belleza, para
recibir, conmovido y ruboroso, el abrazo violento de la señora, que casi se
colgó de su cuello. Llovieron besos sobre su bigote recortado, besos ruidosos
que a Fernando le pareció que iban dedicados a su persona con una intención
maligna. Fingía no verle; estaba de espaldas a él, pero no por esto ignoraba su
presencia.
«¡Esta
mujer!...—exclamaba Ojeda mentalmente—. ¿Qué mal le he hecho yo? ¿Por qué ese
deseo de hacerme rabiar, como si quisiera vengarse de algo?...»
Sorprendió
una rápida mirada de ella, pero no pudo ver más. Mrs. Power tiraba de su
marido. ¡Ah, su grandote, su grandote adorado! ¡Las cosas que tenía que
contarle!... Y desaparecieron en apretado grupo, con dirección al camarote,
como si a ella faltase el tiempo para dar sus noticias al hermoso hombretón que
la seguía con ojos admirativos y sumisos.
Otra que se
marchaba odiándole, pero sin quejas ni reclamaciones. ¡Adiós para siempre!...
¡Que fuese muy feliz!
La voz de
Maltrana sonó detrás de él respondiendo a su pensamiento.
—No me negará
usted que ha sido una escena tiernísima. ¡Que manera de dar besos tiene esa
señora!... Y el simpático mister tranquilo y dichoso, sin
ocurrírsele que en uno de estos buques, en mitad del Océano, pueden suceder
muchas cosas.
Vio iniciarse
un gesto de desagrado en la cara de su amigo por la imprudencia de tales
palabras, y se apresuró a cambiar de conversación, fijándose en «el hombre
lúgubre», que estaba a pocos pasos de ellos contemplando la ciudad.
—Mírelo...
tan tranquilo, como quien no teme nada. Pero toda su calma debe ser pura
comedia; por dentro quisiera yo verle. Debe temer que le echen el guante de un
momento a otro. Aquel bote de la Aduana con marineros y soldados viene
seguramente por él... Siento mucho no presenciar la escena; resultará
interesante la apertura del camarote misterioso... Pero el deber es el deber, y
apenas toquemos en el muelle me lanzo a tierra con los míos.
Se
contemplaba de los pies a los hombros, satisfecho de su aspecto, enfundado en
un traje de lanilla negra, que le hacía sudar, ocultas las manos en guantes
obscuros y sosteniendo en una de ellas un saquito de viaje.
No era este
equipo el más cómodo para bajar a la calurosa ciudad de Río Janeiro; pero el
honor, así como impone sus exigencias, tiene igualmente sus uniformes, y el
juez supremo de un encuentro estaba obligado a presentarse con el ceremonial
propio de su grave investidura. En el saquito de mano llevaba las dos armas que
había podido juntar para el combate, después de largas rebuscas y comparaciones
entre los revólveres de los pasajeros.
Los otros
padrinos, que se veían mezclados en un duelo por vez primera, no le ayudaban en
nada, alegando su ignorancia. Isidro, a última hora, dudaba de su trabajo. Tal
vez resultase el encuentro algo en desacuerdo con las reglas; pero el tiempo
apremiaba, sólo podían disponer de unas horas, y él había hecho todo lo que
creía oportuno. La busca de lugar para el combate era lo que más le preocupaba
en esta tierra desconocida. Unos muchachos argentinos, recordando sus paseos
por Río Janeiro al ir a Europa, se ofrecían a guiarle a cambio de presenciar el
duelo.
Algunos
pasajeros, reparando en Maltrana y su fúnebre aspecto, le pedían noticias.
¿Pero decididamente iban a llevar adelante aquella locura?... La proximidad de
la tierra parecía devolver el buen sentido a las gentes. Otros, que habían
admirado el día anterior estos preparativos de muerte, se reían ahora de ellos.
La mayoría no se acordaba del suceso. Toda su atención se concentraba en el
deseo de pisar cuanto antes aquella tierra maravillosa, para comprar flores,
comer frutas frescas y tomar asiento en un café de la Avenida Central, viendo
caras nuevas.
Uno de los
testigos, comerciante alemán, sentíase influenciado de pronto por la opinión de
los más, y apelaba al buen sentido de aquel señor que hablaba en público con
tanto éxito. «Señor Maltrana: ¿no era absurdo que dos hombres de bien como
ellos se prestasen a esta niñada peligrosa?... ¿No estaban a tiempo para que
los adversarios escuchasen una buena palabra?...» A él le obedecería su
compatriota, representante de una casa honorable, que no podía comprometer su
prestigio y sus muestrarios en locuras impropias de la seriedad comercial. Que
el orador, con su poderosa labia, se encargase de convencer al belicoso barón.
Debían bajar
juntos, pero solamente para almorzar en un buen hotel, dándose explicaciones a
los postres los dos rivales; y él, por amor a la buena amistad y la concordia,
iría hasta el sacrificio, pagando el champán a toda la compañía... Pero el
señor Maltrana cerraba los oídos a tales intentos de seducción. Además, el
belga no cejaba en su guerrera tenacidad.
Un joven
argentino iba desde el día anterior detrás de Maltrana, participando con cierta
admiración en sus preparativos, ayudándole en la busca de las armas,
consultando a los camaradas que conocían los alrededores de Río Janeiro para
escoger el lugar del combate. Nunca había presenciado duelos, y mostraba gran
interés por ver uno de cerca.
Nacido en una
provincia del interior, con la tez algo cobriza, las cejas en ángulo y el pelo
duro y espeso, «el amigo Gómez», como le llamaba Isidro con su fraternal
exuberancia, mostraba un entusiasmo reconcentrado al hablar de armas y peleas.
Aunque vestía a la última moda, con minuciosa corrección, repitiendo los gestos
y frases aprendidos durante un año de gran vida europea, este gentleman de
tez amarillenta se ponía de color de ladrillo y le brillaban los ojos siempre
que giraba la conversación sobre actos de valor, y escenas de muerte, como si
resucitase en su sangre la acometividad de los abuelos españoles y de los
abuelos indígenas, entreverados en luengos siglos de peleas.
Había oído
muchos tiros y visto caer algunos cadáveres. Por tradiciones de familia se
mezclaba allá en su provincia en las cosas de la política. Cada elección era
una batalla. Los peones iban a votar en cuadrilla detrás de él con el revólver
o el cuchillo al cinto. Insultaban los del gobierno: intervenía la policía en
favor de éstos; descarga general de una parte y de otra; muertos que se
desplomaban sobre la urna de la elección, balazos curados secretamente en un
rancho apartado, sin intervención de médicos y de jueces... ¡y hasta la
otra!... Él sabía con qué gestos mueren los hombres; pero desafío tal como
aparece en comedias y novelas, no había visto ninguno, y sentía impacientes
deseos de presenciar esta ceremonia mortal, respetándola de avance como algo
misterioso, de imponente liturgia, digno de asombro cual todas las cosas
extraordinarias que había admirado en Europa. Por esto agradecía los ademanes
protectores de Maltrana, su promesa de llevarle con él para que presenciara el
encuentro en lugar preferente, sin perder detalle.
Acabó de
detenerse el Goethe junto a un amplio muelle lleno de gentío.
Entre las familias que esperaban a los pasajeros, vestidas todas de colores
claros y con sombreros de paja, destacábanse algunos grupos de cargadores
negros, que eran objeto de admiración para los niños y criadas de a bordo. El
muelle estaba cerrado por una verja, detrás de la cual formábanse en filas los
automóviles de alquiler esperando a los desembarcantes. La Avenida Central
abría en último término su amplia perspectiva, con edificios de diversos
estilos rematados por torres puntiagudas, y aceras de pedernales blancos y
negros formando mosaico.
Empujáronse
los viajeros en las inmediaciones de la escala, que descansaba ya sobre el
muelle. Todos querían salir a un tiempo, como si a sus espaldas se desarrollase
un peligro, y apenas pisaban tierra llamábanse unos a otros, formando grupos.
Caminaban con lentitud, cual si extrañasen el suelo firme, aceptando
inmediatamente las ofertas de los guías y los conductores de automóviles.
Sentían un ansia de novedad, de verlo todo de una vez, como descubridores que
acabasen de abordar a una tierra desconocida.
Disponían de
poco tiempo. Junto a la escala, el mayordomo y los camareros repetían a los
fugitivos que el buque iba a partir a las doce en punto: ni un minuto de
retraso.
Ojeda se vio
solo en el muelle. Casi todos los pasajeros estaban ya en la Avenida. Isidro
había salido de los primeros, con la gravedad de un notario, vestido de negro,
sin soltar el bolso, volviendo la cabeza para recontar su gente: los
adversarios, los padrinos, «el amigo Gómez» en clase de protegido suyo y dos
jóvenes argentinos agregados a la partida con el carácter de espectadores.
Habían ocupado tres automóviles, saliendo en fila a toda velocidad, piloteados
por Gómez, que señalaba el rumbo desde el pescante del primer vehículo. ¡A
morir los caballeros!...
Aceptó
Fernando los ofrecimientos de un chófer mulato, y fiado a su capricho,
emprendió una excursión por Río Janeiro. Casi tendido en el automóvil contempló
el desfile de calles y paseos, que volvían ahora a su memoria como vagas
imágenes de viajes anteriores, pero con grandes reformas.
Corrió la
Avenida, poco concurrida a aquella hora matinal. Sus preocupaciones de europeo
le hicieron sentir extrañeza al ver junto a los negros mal pergeñados y las
negras hinchadas, de jeta monstruosa, con un pañuelo arrollado sobre la cabeza
crespa, otros de la misma raza vestidos elegantemente, moviendo con petulancia
su bastón y con una flor en la solapa. Damas de idéntico color ostentaban las
últimas modas de París, balanceando con orgullo las caderas y sus enormes
vecindades, avanzando el belfo desdeñoso bajo el ala de un sombrero floreado.
Luego pasó
por las avenidas de Bota Fuogo y Beira-Mar, viendo a un lado el terso azul de
las ensenadas y al otro palacios y hoteles modernos con sus jardines de
tropical vegetación, en los que predominaba la hoja ancha y abaniqueante. De
vez en cuando abríanse en estas masas de construcciones recientes calles
angostas con una doble fila de palmeras. Extendían sus plumajes a una altura
tres o cuatro veces mayor que la de los edificios, rectas como los fusteles de
una columnata, alineadas lo mismo que una tropa de soldados viejos, y
ofreciendo en el fondo la rápida visión de un palacete de láctea blancura.
Otras veces
era una iglesia la que aparecía igualmente blanca, de una alba intensidad, sólo
comparable a la de la espuma, con caperuza de tejas verdes y azules, y en torno
de ella gráciles palmeras y rosales gigantescos.
Fernando,
ante estos vestigios de la época del Imperio, evocaba en su imaginación el
típico caballero del Brasil tradicional, tal como lo había visto en libros y
grabados: galante en sus maneras, sentimental y poético como un lusitano, la
cara enjuta y pálida, con ancha perilla, sudando bajo la levita negra y el
cilindro lustroso del sombrero de copa, un quitasol bajo el brazo y unos
pantalones blancos de hilo por toda concesión al clima de su país esplendoroso.
El automóvil
lo llevó hasta una playa a través de desfiladeros y túneles perforados en el
basalto, después de los cuales reaparecía el caserío. Siguió caminos abiertos
en cornisa entre la bahía luminosa y unas pendientes casi verticales cubiertas
de bosques de un verde metálico. Atravesó suburbios poblados por gente de raza
africana, en los cuales el sonido de la trompa hacía asomar a las puertas unas
negras enormes, tetudas, encorvadas por el volumen de sus vientres colgantes, y
hacía correr tras de las ruedas un sinnúmero de pequeños diablos desnudos, con
la cabeza como una bola de estopa aceitosa, y ostentando en mitad de su abdomen
el ombligo en relieve igual a un botón.
Pasó Ojeda
mucho rato en el Jardín Botánico, admirando las gigantescas palmeras.
Resquebrajadas por una larga vida, sonoras al golpe lo mismo que columnas
huecas, iban saltando cual escamas de vejez los ramajes secos y las cortezas,
con un estrépito agrandado por la altura del desplome. La proximidad de una
montaña, cerrando el paso a toda brisa, hacía más intenso el calor.
Huyó sudoroso
de este invernáculo, y otra vez le llevó el automóvil a la Avenida como si
diese por agotadas las novedades de la ciudad. El chófer hablaba de los
hermosos alrededores, se ofrecía para llevarle a Tijuca, ponderando la
maravillosa frondosidad de sus bosques.
En la terraza
de un café se agitó una sombrilla con movimientos de saludo. Luego, dos
personas abandonaron una mesa, corriendo hacia el automóvil, que se detuvo
instantáneamente. Eran Nélida y su hermano.
Sonrió ella a
Fernando, como si nada hubiese ocurrido entre los dos, acariciándole con sus
ojos. El hermano experimentó una rápida simpatía por Ojeda a verle en
automóvil, y sonrió igualmente, alabando el buen aspecto del vehículo. Se
contenía para no saltar al pescante tomando asiento al lado del conductor.
Nélida se
lamentó de la pesadez de sus padres. Imposible ver nada con estos viejos.
Habían dado un rápido paseo por la ciudad, y allí estaban, en la terraza del
café, agobiados por el calor, hablando de volverse al buque, sin fuerzas para
emprender una nueva excursión. Y ella y su hermano protestaban, ansiosos de
verlo todo.
—Llévanos
contigo—murmuró al oído de Fernando.
Y sin esperar
su aprobación, dio algunos pasos hacia el café para hablar con sus padres, pero
sin acercarse a ellos. «Papá, mamá: nos vamos con el doctor Ojeda.» Tampoco se
tomó el trabajo de escuchar su respuesta. Dio un empujón al hermano. «Anda,
zonzo; trépate en el automóvil al lado del chófer.» Y mientras el «zonzo» la
obedecía, ella se sentó junto a su amante. Partió el vehículo a toda velocidad,
sin que ninguno de ellos pudiese oír las recomendaciones que hacía la madre,
incorporada en su asiento.
Ojeda no
sabía adónde ir, y consultó a Nélida. «A un sitio lindo», repitió ésta varias
veces. Y el chófer, como si después de tales palabras fuese imposible una
equivocación, emprendió el camino de Tijuca.
Ella tomó una
mano del amante entre las suyas, y al recostarse en el asiento casi descansó la
cabeza en su hombro. Mostrábase arrepentida de su escena en el buque pocas
horas antes. Fernando conocía su carácter; debía perdonarla. Y con este deseo
de perdón, faltó poco para que lo besase en plena calle.
Pasaban junto
a ellos otros automóviles descubiertos con pasajeros del Goethe.
Parecía haberse multiplicado su número prodigiosamente al fraccionarse en
grupos. Casi todos los vehículos que rodaban a aquella hora por la ciudad
estaban ocupados por ellos. Se les veía igualmente en los tranvías o
estacionados en las puertas de tiendas y cafés. Saludábanse con espontáneo
gozo, manoteando y gritando cual si fuesen compatriotas que se tropezaban
después de larga ausencia.
Alarmado
Fernando por estos encuentros, recomendó a la joven cierta prudencia en su
actitud. Podían verlos: después serían los comentarios en el buque. Además,
señalaba al hermano, sentado a dos pasos de ellos, mostrándoles la espalda,
mientras intentaba asombrar al chófer con su vasta erudición en marcas de
automóviles. Pero Nélida levantó los hombros. ¡Lo que le importaba aquel tonto!
¡Ojalá arreglase Dios las cosas de modo que cayese del asiento y las ruedas lo
convirtiesen en papilla!...
Luego
apretaba la mano de Fernando con más fuerza, mirándose en sus ojos.
—Viejito mío,
di que me perdonas... ¡Ay, si tú quisieras! ¡si tú quisieras!
Otra vez
despertó en ella el deseo de la fuga. Hablaba de esto sin recato, como si el
hermano no pudiese oírla. Aquel infeliz no existía para ella: lo despreciaba. Y
sin embargo, por una contradicción de su carácter, sentía a la vez gran miedo
pensando en lo que podría decir cuando llegase a Buenos Aires.
Aún estaban a
tiempo. Ella imploraba la conformidad de Fernando poniendo unos ojos
suplicantes. Abandonarían al hermano con cualquier pretexto, y éste se volvería
al buque con sus padres, cansado de esperar.
Pero Ojeda
acogió tales proposiciones con una sonrisa de conmiseración. Era una loca:
inútil todo esfuerzo para disuadirla. Ella apeló entonces a las lágrimas,
último recurso femenil; y Fernando, para distraerla, comenzó a ensalzar la
belleza del paisaje. Interrumpía sus desesperadas reflexiones con llamamientos
para que fijase los ojos en la tupida arboleda y la maravillosa vista de la
bahía. El remedio fue eficaz.
—¡No me
quieres, me has engañado!—gemía Nélida—. Me dejas ir al encuentro de mi
hermano. Tú serás responsable de lo que ocurra.
Y cuando más
afligida parecía, la vista de un arroyuelo entre las peñas, de un árbol enorme,
o del mar lejano ofreciéndose a través de la columnata de troncos, la hacían
incorporarse en su asiento a impulsos del entusiasmo y sonreír, complacida,
mientras unas lágrimas retrasadas se desplomaban de sus párpados, enrojeciendo
su nariz.
El automóvil
había dejado atrás los suburbios de Río Janeiro. Subía por un camino tortuoso,
entre bosques, hacia el poblado de Boa Vista, y a cada revuelta agrandábase el
panorama y era más fresco el viento.
A un lado de
la pendiente extendía la montaña su rápido declive de rocas obscuras, de una
rugosidad paquidérmica. El humus fecundo, la temperatura tropical, la humedad
que manaba por todas partes, habían cubierto estas laderas de prodigiosa
vegetación.
Surgía de la
tierra amontonada entre los bloques negros, de las grietas y oquedades de la
piedra, como si ésta tuviese en aquel paisaje maravilloso un poder de
fecundidad. Estos árboles, de un verde obscuro, eran de hojas charoladas, sin
la más tenue veladura de polvo, cual si estuviesen recién lavados. Sus troncos
no alcanzaban un diámetro grande, más bien parecían gráciles y débiles por su
recta esbeltez y su altura enorme. La humedad que refrescaba continuamente sus
raíces les hacía crecer apretados como los tallos de la hierba. El ansia de
recibir la caricia del sol impulsábalos hacia arriba atropelladamente, pugnando
por sobrepasarse unos a otros. Eran a modo de hebras de una inmensa cabellera
verde.
La fuerza
vital de cada árbol expandíase en línea recta, sin encontrar espacio suficiente
para ensancharse en tal aglomeración. Los troncos, esbeltos y altísimos, tenían
en su remate una copa reducida, pero su enorme cantidad formaba una compacta
masa verde, una bóveda que mantenía al suelo en perpetua sombra. Al filtrarse
los rayos de sol por el caparazón de hojas, llegaban a la tierra húmeda como
varillas de oro atravesando oblicuamente la penumbra del subterráneo.
En esta
semiobscuridad movíanse insectos de alas vistosas; correteaban escarabajos de
colores; desarrollaban su serpenteo los hilos de agua rezumados por la piedra,
uniéndose en arroyos que descendían rumorosos por los bordes del camino. Sobre
la masa uniforme del bosque elevaban las palmeras sus alminares empenachados.
Algunos troncos faltos de hojas cubríanse de colgantes pabellones de fibras,
semejantes a vestiduras que cayesen en andrajos.
Al otro lado
del camino, por entre la empalizada de los troncos y las copas de los árboles
crecidos en la pendiente, mostrábanse a cada revuelta la ciudad y la bahía. Las
masas de techumbres rojas y pardas estaban igualadas por la distancia. Avenidas
y calles formaban un entrecruzamiento regular de blancas cintas. Notábase en
ellas el movimiento humano como un tenue hormigueo. A trechos lo cortaba el
rápido deslizamiento de algunos puntos brillantes: automóviles y tranvías.
Emergían muchas torres sobre este caserío: unas, albas o rosadas, con caperuzas
de tejas de colores; otras, de férreo y puntiagudo casquete, con paredes de
cemento. Y sirviendo de fondo al panorama, la enorme y tranquila copa de la
bahía, con su terso azul moteado de buques, orlada de blancos pueblecitos y
encerrada entre montañas negras de perfiles casi humanos.
El chófer iba
mostrando con patriótico orgullo las nuevas bellezas que ofrecía el paisaje a
cada vuelta de su volante. Daba nombres a las aglomeraciones de caseríos y a
los picos gibosos de las cumbres. Hablaba de las bellezas de Tijuca, que aún
estaban por ver: la Cascatinha, una caída de agua más allá
del Alto de Boa Vista; la Cascada Grande; la Mesa do
Imperador, las Grutas de Agaziz, la «Gruta de Pablo y Virginia».
Nélida
palmoteó de entusiasmo al oír el último nombre. Quería ver cuanto antes este
lugar. Recordaba vagamente un libro que había leído con el mismo título. Era
una historia de amor, y esto bastaba para excitar su curiosidad.
—Vamos a ver
en seguida lo de Pablo y Virginia—exigió con su ímpetu de niña caprichosa—.
Debe ser muy lindo... Yo no sabía que eran de este país.
Llegó el
automóvil al Alto de Boa Vista, extensa plaza limitada por el bosque y unas
casas bajas, con jardines en el centro y un kiosco de conciertos. Volvió el
vehículo a sumirse en la penumbra de la arboleda por un camino estrecho y
pendiente. La vegetación era más densa, más salvaje, aglomerándose en los
declives de barrancos y precipicios. Pasaba el camino de una altura a otra
sobre puentes de un solo arco. El ruido del automóvil hacía correr
vertiginosamente sobre sus cuatro patas a extraños roedores que tomaban el sol
junto a la ruta. En la maleza adivinábase un misterioso rebullimiento de
animales ocultos que escapaban despavoridos, tronchando ramas secas y haciendo
llover hojas.
Cerca de la
Cascatinha, al pasar una revuelta del camino solitario, vieron tres automóviles
parados, y cerca de ellos un ir y venir de hombres. Ojeda presintió
inmediatamente quiénes eran éstos, al mismo tiempo que el hermano de Nélida
creía reconocerlos, llamándolos por sus nombres.
Se habían
tropezado con Maltrana y su tropa. Iban a caer en pleno desafío. Fernando se
puso de pie, gritando imperiosamente al chófer para que retrocediese. Tuvo que
imponer su voluntad a los dos acompañantes, que parecían entusiasmados por el
encuentro. Los agarró del brazo para que no saltasen a tierra mientras el
chófer evolucionaba penosamente en el estrecho camino dando la vuelta.
El hermano
quiso reunirse con sus amigos, como si en esta soledad pudiesen hacerle algún
obsequio. Nélida miraba ansiosamente, temblándole de emoción las alillas de la
nariz. ¡Qué interesante!... ¡Ver cómo se peleaban los hombres!... ¡Y tal vez
alguno de los dos quedase herido!... Hablaba de esto como de un hermoso
espectáculo que iba a perder por culpa de Ojeda. No se le ocurrió por un
momento que ella podía ser la causa original de este suceso.
Intentó hacer
frente a Fernando. Protestaba de sus imposiciones, y le habló de usted, para
dar mayor dureza a su protesta.
—Quiero ver
todo Tijuca; quiero ir adonde vivieron Pablo y Virginia. Acuérdese de su
promesa: un hombre debe tener palabra.
Él contestó
que el buque partía a las doce, y la visita a todo el bosque necesitaba muchas
horas. En cuanto a Pablo y Virginia, ni eran del Brasil ni la gruta tenía de
ellos otra cosa que el nombre.
—Yo quiero
verlos...—repitió Nélida—. Eso lo dice usted por engañarme. No me da la gana de
volver a la ciudad.
Pero Ojeda se
acordó oportunamente del mercado de Río Janeiro, donde estaban a la venta toda
especie de animales de los que produce el trópico: monos de diverso pelaje,
loros parleros, vistosos papagayos. La ofreció un regalo para someterla a la
obediencia: podía escoger entre estas maravillas de la fauna brasileña. Y bastó
tal promesa para que, olvidando a los que dejaba a su espalda, volviese al
amoroso tuteo.
—¿De veras,
mi viejo?... ¿Vas a regalarme un monito pequeño... así... así?—y achicando la
distancia entre ambas manos, se imaginaba un simio de inverosímil pequeñez—.
¿No te parece mejor un loro de los que hablan?... ¿Dices que me regalarás las
dos cosas?... ¡Ah, mi viejito rico... mi negro!
Y como
estaban en pleno bosque, se fue sobre Ojeda, besándolo a espaldas del hermano.
La rápida
aparición del automóvil en las inmediaciones de la Cascatinha había producido
cierta alarma en Maltrana y sus compañeros. El testigo pacificador, que tanto
había rogado a Isidro para impedir el lance, sintió gran miedo y no menor
contento al notar la llegada del automóvil. Sin duda era la policía, que,
avisada por alguien del buque, venía a sorprenderlos. Y lo mismo pensaron los
demás.
Por esto
cuando el automóvil dio la vuelta, alejándose, desearon todos finalizar el acto
cuanto antes, evitándose una sorpresa que consideraban inminente.
Llevaban dos
horas de vagar por los alrededores de Río Janeiro. Los jóvenes argentinos que
guiaban a la comitiva habían indicado varios lugares adecuados para el
encuentro. Llegaban a ellos, y siempre les salían al paso transeúntes molestos,
o veían próximas algunas casas que parecían vomitar niños y perros atraídos por
la presencia de los automóviles.
Un chófer,
sin adivinar cuál era el propósito de los viajeros, había propuesto la
excursión a Tijuca. Y después de pasado el Alto de Boa Vista, al rodar en pleno
bosque, les había seducido el bello panorama de la Cascatinha.
—Aquí—ordenó
Isidro con su autoridad indiscutible—. Jamás se habrá efectuado un desafío con
tan hermoso telón de fondo. ¡Lástima que no venga con nosotros un operador
cinematográfico! ¡Qué cinta pierde el mundo!...
Apartábase la
ladera de la vecindad del camino, formando un exiguo valle. La roca aparecía
entre los árboles cortada verticalmente, y desde lo más alto de ella
desplomábase una masa de agua chocando con las puntas salientes del basalto.
Hervía esta agua en varias caídas con blancos espumarajos. El menudo polvo que
levantaban sus burbujeos tomaba los reflejos del iris bajo la luz del sol.
Ennegrecidas y sudorosas las piedras por la humedad, brillaban cual si fuesen
bloques metálicos. La vegetación tropical movía las anchas manos de sus hojas
goteantes.
Hundíase la
cascada en una pequeña laguna, corriendo después, espumosa y susurrante, por
los pendientes canalizos entre las peñas. La vegetación enmarañada y las rocas
sueltas sólo dejaban descubierto y accesible un reducido espacio de suelo
desigual.
Maltrana
pensó en las dificultades que ofrecía este terreno para el combate, pero le
sedujo su belleza y no quiso ir más lejos. ¿Dónde encontrar decoración más
interesante para una muerte posible? Había que elevar la voz, pues el choque de
las aguas dominaba todos los otros ruidos. Era a modo de los trémolos
orquestales que dan en el teatro un realce conmovedor a palabras y gestos.
Isidro se sintió más grande en este ambiente húmedo y sonoro. El bosque inmóvil
parecía contemplarlo con sus mil ojos verdes, entre asombrado y curioso.
Comenzó a dar
órdenes a los otros padrinos, que lo seguían como los neófitos siguen al gran
sacerdote de un culto nuevo. «¡Que se retirasen los automóviles un poco más
allá de la cascada! No convenía que los conductores presenciasen el acto.»
Y Maltrana
fue obedecido. Los chóferes hicieron retroceder sus carruajes; pero luego, con
las manos a la espalda, fingiendo distracción, volvieron socarronamente al
mismo sitio, ganosos de saber en qué iba a parar este misterio.
Con el mismo
éxito se libró de otro testigo importuno: un chicuelo obscuro de color, desnudo
de piernas y con gran sombrero de paja, que al ver llegar la comitiva se
apresuró a salir de un toldo de cañas, limpiando un vaso en un arroyo y
ofreciéndolo después lleno de agua hasta los bordes.
Era el
espíritu guardador de la cascada. Bajo su sombrajo, sobre una mesita, tenía
varios botes de cristal con azucarillos y otros dulces, ennegrecidos y
acartonados por el tiempo. Pasaba las horas en absoluta soledad, contemplando
el revoloteo de los pájaros de colores en las frondosidades inmediatas,
extrayendo melodías del monótono canturreo de las aguas, hablando tal vez con
el pensamiento a las náyades de la Cascatinha, que le mostraban en su gracioso
rebullir sus grupas de blanca espuma y aterciopelado iris.
—Toma,
«menino», y márchate de aquí.
Maltrana hizo
que uno de los testigos le diera unas monedas para que se fuese, y además le
llamó «menino»—lo único que sabía de portugués—, con lo cual creyó halagarlo.
Pero el
«menino» se guardó los cuartos, y en vez de marcharse se pegó a él, como si
adivinase la importancia de su persona. Y ya no pudo moverse sin encontrar ante
su paso al mulatillo con el sombrero echado atrás, elevando sus ojos hasta los
de él, bebiendo con la mirada sus palabras y sus gestos, como si estuviese en
presencia de un prestidigitador y no quisiera perder detalle.
Se resignó
Isidro a estas desobediencias, vulgares tropiezos de la realidad... Pero había
que proceder con rapidez. ¡Adelante!
Midió a
grandes zancadas un espacio de veinte metros, que era el convenido en un papel
que llevaba en la mano. Un poco mayor resultaba la distancia marcada por sus
pasos. Pero era él quien había propuesto los veinte metros, y con el mismo
derecho podía medir treinta o cuarenta si le daba la gana... Un detalle sin
importancia. ¡Adelante también!
Después de
fijar con una rama el sitio de cada adversario, se hizo atrás, contemplando el
terreno como un artista que abarca su obra en conjunto. Resultaba algo
desigual. Uno de los dos iba a quedar muy en alto, con el vientre casi al nivel
de la cabeza de su contrincante. Pero había de conformarse con los defectos del
terreno: las circunstancias no permitían gran minuciosidad en los preparativos.
Un detalle igualmente baladí. ¡Adelante otra vez!
Sólo entonces
volvió la cabeza, fijándose en sus compañeros. A un lado estaban los padrinos,
que seguían sus operaciones con respetuoso silencio, no osando aportar a ellas
su ignorancia perturbadora. Más allá, con discreta separación, los dos
enemigos, que se volvían la espalda, muy ocupados en seguir la caída de las
aguas o el revoloteo de los pájaros sobre las copas de los árboles.
El amigo
Gómez, con su curiosidad ávida de trágicos sucesos, le había seguido en estos
preparativos. Tras de él iba el mulatillo, abriendo los ojos cada vez con mayor
asombro al no comprender nada de tales brujerías. Los dos jóvenes argentinos
agregados a la expedición se habían subido a la cumbre de una roca, y allí
estaban sentados con las piernas colgantes. Abajo podían verlo todo igualmente,
pero ellos se consideraban simples espectadores, y habían querido ocupar un
lugar de preferencia, un palco, en vez de permanecer mezclados con los
artistas.
Sorteó
Maltrana, echando una moneda en alto, el lugar de cada uno de los combatientes.
Luego los acompañó a sus respectivos sitios con una gravedad fúnebre. Él los
apreciaba mucho, «¡mis queridos amigos!» pero en lances tales desaparece el
afecto, y sólo habla el deber, el terrible deber.
Al tener a
cada uno en su puesto, lo palpaba minuciosamente, extrayendo de sus ropas la
cartera, el monedero, las llaves, los papeles, todo lo que pudiera ser un
obstáculo para la bala mortal. A continuación le abrochaba la chaqueta, le
subía el cuello, para que el blanco de la camisa no sirviese de punto de mira,
los manoseaba a los dos cariñosamente, lo mismo que una madre manosea a sus
niños antes de enviarlos al paseo. Pero su bondad no iba más allá del tacto. En
cambio, ¡la mirada autoritaria y cruel!... ¡la voz, que parecía un esquilón
fúnebre al formular sus pavorosas recomendaciones!...
El implacable
director iba a poner las armas en sus manos dentro de breves momentos, pero
antes dictó a uno y a otro los detalles del combate, para que no surgiesen
errores. Cuando los dos estuvieran listos, él daría la voz de «¡Fuego!»,
añadiendo: «¡Uno... dos... tres!». En el espacio comprendido entre estos tres
números debían disparar. El que hiciese fuego antes o después, «quedaría
descalificado... sería un felón, un miserable... y el menosprecio de todo el
mundo que tiene honor caería sobre él, persiguiéndolo durante toda su
existencia.
¡Terrible
Maltrana! Revolvía los ojos con una expresión anonadadora al hablar de felonías
y traiciones, como si dispusiera de horrorosos castigos para los culpables. Su
voz adoptaba un tono pavoroso, y los dos contendientes ya no pensaron desde
este momento en fijar bien su puntería ni en la posibilidad de ser heridos. Su
única preocupación fue no incurrir en el enojo de aquel hombre que podía
marcarlos con un estigma eterno ante el mundo del honor; seguir sus lecciones
cual discípulos obedientes; disparar—fuese la bala adonde fuese—dentro del
término marcado. «Fuego: uno, dos, tres.
Luego de esto
se decidió Maltrana a abrir la maletilla de mano que encerraba su arsenal.
Extrajo de ella dos revólveres iguales recogidos en el buque, y con pausada
solemnidad los abrió, para que todos los padrinos examinasen su interior. El
amigo Gómez, como experto en armas, presenciaba la ceremonia.
—¡No hay más
que una cápsula!—exclamó escandalizado, cual si acabase de descubrir una
irregularidad.
Maltrana le
miró severamente. Joven: las condiciones del combate habían sido establecidas
de antemano por las personas serias allá presentes. Se cambiarían dos balas
nada más.
—Pero en cada
revólver no hay más que una—protestó el señorito mestizo.
—Joven—volvió
a decir Maltrana con una condescendencia protectora—: cambiar dos balas
significa que cada combatiente sólo dispara una.
Y como
sospechase cierto conato de gesto burlón en la faz cobriza y los ojos estrechos
de Gómez, añadió:
—No se
necesita más para matar a un hombre. Todos los que yo he visto morir tuvieron
bastante con una bala. No lo olvide usted, joven.
El joven se
calló, arrepentido de su audacia, sintiendo respeto por aquel hombre
extraordinario que había presenciado tantos combates y muertes.
Para borrar
el mal efecto de sus objeciones, se prestó a ser portador de la valija de las
armas hasta el lugar que ocupaban los adversarios. Los tres padrinos, dando por
finalizado su trabajo preparatorio, que no podía ser más pasivo, se hicieron
atrás instintivamente algunos pasos. Iba a hablar la pólvora.
Maltrana,
extrayendo un revólver de su encierro, montaba la llave y lo puso en la mano
del barón, alejándose luego hacia el otro combatiente. Gómez dio un consejo
rápido al belga, que quedaba en guardia con el arma en alto.
—Compañero,
apunte a los pies. Yo conozco los revólveres; siempre envían la bala por
arriba. Créame: a los pies... siempre a los pies, y hará carne seguramente.
Luego, en el
lado opuesto, dio el mismo consejo con voz queda y ojos relucientes de
entusiasmo. «A los pies, compañero. Tírele a los pies, y le mete la bala en la
barriga. Yo sé algo de esto...» Los dos le agradecieron su bondadosa indicación
con un leve saludo. Pero tenían aspecto de preocupados; pensaban en otras
cosas; aguzaban el oído para no sufrir las consecuencias de un retraso fatal:
repetían mentalmente lo mismo: «Uno, dos, tres...».
Fue a
colocarse Maltrana al margen de la línea de fuego, entre los dos combatientes
algo más cerca del alemán, que era el que ocupaba el lugar alto. Sospechó un
instante que estaba demasiado cerca y podía alcanzarle una bala en su desvío.
Pero él era el director, todo lo había organizado y todos le debían obediencia.
Las armas estaban cargadas por él, y no era aceptable ni correcto que un
proyectil se permitiese la insolencia de ir en su busca.
Gómez dudó
también por un instante si se retiraría, pero al ver inmóvil al maestro se pegó
a él. Donde estaba un hombre, bien podía estar otro. Además, creyó perder algo
de este espectáculo nuevo, del que esperaba grandes emociones, si retrocedía
algunos pasos.
Se dispuso
Maltrana a dar principio al duelo, pero antes, como un actor que prepara la
frase decisiva y mira al público, volvió los ojos en torno de él. Momento de
emoción. Los otros padrinos se habían ido más lejos aún; los tres chóferes,
enterados al fin del objeto de la correría, se agrupaban al pie de un peñasco,
avanzando las morenas cabezas, abriendo los ojos ávidamente, pero sin que éstos
reflejasen emoción alguna. Los dos argentinos seguían en lo alto de la roca,
con las piernas colgantes, silenciosos y atentos como espectadores que ven
levantarse el telón. El chicuelo de la cascada había huido al ver los
revólveres, con un trote de perro inquieto, refugiándose bajo el telón. Desde
allí, cual si temiese por la integridad de aquellos bocales de dulces, que eran
la fortuna de la familia, abarcándolos en sus brazos, avanzaba la jeta,
mirándolo todo con ojos de antílope asustado.
Pareció
reflejar el paisaje la emoción general. No graznaban los loros en las
inmediatas espesuras; los monos habían cesado de saltar entre las ramas; pasó
mucho tiempo sin que sonase la caída de una hoja o de una corteza de árbol.
Hasta la cascada parecía cantar con sordina, cual si estuviesen balbucientes y
asustadas las blancas divinidades ocultas en sus linfas.
Se acordó
Maltrana repentinamente de que era el primer orador a bordo del Goethe,
y consideró oportuno hacer intervenir su elocuencia. Nunca encontraría mejor
escenario para colocar un discurso. Y el primero en conmoverse con lo patético
de sus palabras y el temblor de su voz, fue él mismo. Recordó la estrecha
amistad que había unido a los dos adversarios, su viaje «arrostrando los
peligros del mar». Un momento de olvido o de error había provocado un incidente
lamentable; pero los buenos caballeros, cuando llegan adonde ellos habían
llegado, sin miedo y sin reproche, podían darse todavía una explicación leal,
evitando el lance.
Un padrino
aprobaba; otro torcía el gesto, poseído de súbita belicosidad. No habían ido
hasta allí para oír sermones. Que disparasen pronto las armas, y a escapar,
antes de que pudieran sorprenderles. Los dos argentinos se miraban en lo alto
del peñasco.
—¡Pucha! ¡y
qué bien habla el gallego!
El amigo
Gómez murmuró, como si empezase a perder la fe en el maestro:
—¡Cuánta
ceremonia para matarse dos hombres!... ¡Qué macana!...
Isidro estaba
conmovido realmente, con una emoción algo parecida al miedo. Estos desafíos
arreglados a la ligera, por salir del paso, resultaban muchas veces los más
trágicos. Un pavoroso presentimiento le avisaba que los proyectiles no iban a
perderse. A alguien iban a tocar.
Y como los
adversarios permanecieran callados y era visible la impaciencia de los demás,
Maltrana dio por fracasada su elocuencia. «Sea lo que el destino quiera...» Se
quitó el sombrero con solemnidad teatral; inclinó la cabeza como si por delante
de él pasase la fatalidad.
—Saludo a dos
caballeros que van a morir.
Dijo esto con
verdadera emoción, cual si la muerte de ambos fuese para él un suceso
inevitable; y afirmando la garganta con largo carraspeo, lanzó los gritos de
mando.
—¿Listos?...
¡Fuego! Uno... do...
No pudo
terminar. Sonaron casi al mismo tiempo dos ruidos semejantes al golpe de unas
tabletas, dos chasquidos de tralla con dos nubecillas de humo.
Ambos
contendientes seguían en pie; se miraban como extrañados de que no hubiese
ocurrido nada. De pronto, el barón echó a correr hacia su enemigo, éste avanzó
a su encuentro, y chocaron ambos sus pechos, mientras los brazos se cruzaban
espontáneamente en un estrujón amoroso.
Los
argentinos se removieron en su altura con voces de extrañeza y protesta. ¿Ya no
disparaban más? ¿Y aquello era todo?... Les habían robado el dinero.
—¡Tongo...
tongo!—gritaron al mismo tiempo.
Uno de ellos,
cogiendo un pedazo de roca suelta, quiso arrojarla a guisa de felicitación
sobre los adversarios reconciliados. El otro fue a imitarle; pero ambos se
detuvieron, sorprendidos, deslizándose luego peñón abajo... Había un herido.
Maltrana se encorvaba con un pie entre ambas manos. Gómez pretendía sostenerlo;
los padrinos corrían hacia él.
A
continuación de los disparos había sentido un choque en el pie derecho, un
choque violentísimo, mucho más doloroso que un pisotón, y que agitó con
estremecimientos de suplicio toda la sensibilidad de esta parte de su cuerpo.
Estaba herido, y su inquietud fue en aumento al mirarse el pie y no ver en él
señal alguna de perforación ni goteo de sangre.
Gómez
mostrábase indignado por la torpeza de uno de los dos tiradores.
—¡Hijo de una
gran pulga!... ¡Si me llega a dar a mí!
Le brillaban
los ojos de un modo alarmante sólo al pensar que aquella bala perdida hubiese
podido tocarle. Llevábase instintivamente una mano a su cintura. El amigo Gómez
había asistido al desafío llevando su revólver, por lo que pudiese ocurrir.
Todos
rodearon a Isidro, manoseándolo, buscando en vano la herida que le arrancaba
hondos suspiros. Ni rastro del proyectil. Sólo una leve depresión del cuero del
zapato sobre el mismo lugar entumecido por el dolor.
Buscaba
Gómez, mientras tanto, con la cabeza baja examinando el suelo. Su instinto de
hombre de campo, habituado a estudiar los más pequeños accidentes de la inmensa
llanura argentina, su trato con los maravillosos «rastreadores», adivinos de la
Pampa, le hizo encontrar la explicación de este misterio. Señaló a algunos
pasos un diminuto orificio abierto en el suelo. Allí estaba enterrada la bala.
Mostró después un guijarro partido recientemente, a juzgar por la blancura
interior de sus fragmentos. Éste era el causante de todo. El proyectil, antes
de hundirse en la tierra, había chocado con una piedra junto a los pies de
Maltrana, y los fragmentos de ésta eran los que le habían golpeado.
Isidro, al
enterarse de que no estaba herido, sintió menos dolor. «No es nada, señores.
Muchas gracias.»
El amigo
Gómez, desencantado por el final pacífico del acto, y furioso al mismo tiempo
por la posibilidad de que una bala le hubiese alcanzado a él estando junto al
maestro, murmuraba tenazmente:
—¡Pucha!...
¡qué desgraciados son estos gringos! ¡Qué mal tiran!
Y sus dos
compatriotas, a pesar de la distracción que les había producido el incidente de
Maltrana, continuaron gritando con expresión burlona: «¡Tongo... tongo!».
Sintióse
molestado Isidro por las murmuraciones de estos «queridos amigos» que habían
asistido al encuentro por benevolencia suya. Ignoraba lo que pudiese significar
la palabra tongo; pero por si equivalía a farsa o engaño, se
apresuró a decir con toda su autoridad:
—Esto ha sido
un hermoso encuentro, ¿oyen ustedes, jóvenes?... Lo digo yo, que he presenciado
muchos actos de igual clase... Y como nada queda por hacer, vámonos a tomar
algo.
Los
adversarios, con la alegría de su reconciliación, apenas se habían fijado en
los demás. Se estrechaban las manos, se sonreían como amantes.
Todos
experimentaron el regocijo de vivir que se siente después de un peligro; todos
sufrieron de pronto el hambre que llega irremisiblemente a la zaga de la
emoción.
Roncaron de
nuevo los motores de los automóviles, el niño de la cascada abandonó su refugio
con la esperanza ilusoria de que se fijasen en él y le diesen algo por
despedida, y otra vez se vieron Maltrana y su séquito pasando a gran velocidad
entre las frondosidades de Tijuca. Pero ahora no iban silenciosos y
preocupados; el sol era más vivo, los árboles más verdes. Reparaban todos en la
hermosura de los pájaros, que hacían vibrar en el aire sus plumajes de colores.
La velocidad de los vehículos dejaba detrás de su estela de polvo y humo un
temblor de árboles conmovidos, de hojas que caían, de ramas que se
entrechocaban, con gritos y saltos de los inquietos simios refugiados en sus
copas.
Al llegar a
Boa Vista hicieron alto frente a una tienda de comestibles que era al mismo
tiempo taberna y café: el único establecimiento que encontraron abierto.
Su entrada
fue en tropel, lo mismo que una invasión famélica. Los preparativos del duelo
les habían obligado a salir del buque sin almorzar. El dueño de la tienda, un
español cachazudo, no sabía cómo atender tantas y tan diversas peticiones.
Querían comer; indicaban platos a su gusto, y el tendero contestaba a todos
afirmativamente, pero aplazando el cumplimiento de sus promesas por una o dos
horas, el tiempo necesario para ir y volver a Río Janeiro.
Se
abalanzaron entonces a los comestibles que estaban a la vista: pastelillos y
dulces de diversas épocas, artísticamente moteados con deyecciones de moscas a
pesar de su encierro entre cristales. El dueño, detrás del mostrador, atendía
al remedio de esta hambre general abriendo latas de sardinas y cortando lonchas
de salchichón blanducho. Todo pasaba en extravagante mezcla por los ávidos
esófagos: el salchichón revuelto con soda, los pasteles bañados en aceite de
sardinas. Y cuando su famélica nerviosidad empezó a calmarse, rompieron a
hablar del desafío como de un suceso remoto, de un hecho histórico envuelto en
las maravillosas nieblas de la lejanía, que todo lo agiganta. Los burlones que
habían gritado «¡tongo!» modificaban su opinión al verse lejos del lugar del
combate. Una bala podía haber tumbado a cualquiera de los dos adversarios con
la misma facilidad que casi había dejado cojo a Maltrana. Y ahora que sentían
en el estómago una grata pesadumbre, les pareció el asunto muy digno de
respeto.
También Gómez
empezaba a sentir cierto orgullo por haber presenciado el duelo. Un espectáculo
interesante que podría relatar a sus amistades. Y poseído de súbita
consideración por los combatientes, quería deslumbrar al alemán con el relato
de las batallas políticas allá en su provincia, tenaces encuentros revólver en
mano, sin otros testigos que los peones, que disparaban también; desafíos
gauchescos, jamás terminados sin sangre.
El belga
había acaparado a Maltrana en un rincón. Iban a separarse en Río Janeiro, pero
él no podía quedar así, con buenas palabras nada más, sin un documento que
atestiguase su conducta caballeresca. Necesitaba el acta del encuentro, para
unirla a muchas otras en el archivo de su honor.
Otra vez el
español de la tienda se vio apremiado por los llamamientos de aquellos señores,
que pedían toda clase de artículos de escritorio, como si estuviesen en una
oficina. Sólo pudo ofrecerles una ampolleta de tinta clarucha y una pluma roma.
En cuanto a papel, Isidro, que deseaba hojas de pergamino con cantos dorados
para este documento destinado a larga vida, tuvo que contentarse con un bloque
de hojas comerciales llevando en un ángulo el membrete del establecimiento: «Frutos
López. Productos do paiz e estrangeiros.» Pero el honor ennoblece cuanto
toca, y él se aplicó a redactar un documento, con pasajes de emoción dramática,
ayudado por el barón, que le socorría en sus dudas sobre la sintaxis francesa.
Porque el acta era en francés, para mayor solemnidad; el belga no la tenía por
aceptable en otro idioma.
Empezó a
impacientarse el resto de la comitiva por este trabajo laborioso. Nada quedaba
en la tienda digno de ser devorado. Gómez y sus compatriotas se entretenían
saltando los bancos de la plaza. Los padrinos pensaban con nostalgia en el
comedor del buque. Eran las once en el reloj de la tienda, y el Goethe zarpaba
a las doce. Tenían miedo de quedarse en tierra por culpa del tal documento, y
por esto suspiraron de satisfacción al poner la firma apresuradamente,
corriendo luego a los automóviles.
Cerca de
mediodía lanzó el trasatlántico un rugido de aviso. Fueron acudiendo a esta
primera llamada los pasajeros que estaban en los cafés de la Avenida, aburridos
de la espera y del calor, sin saber qué hacer en la ciudad, deseando verse
cuanto antes en pleno Océano bajo la brisa del mar libre.
Volvían a sus
camarotes para recobrar las frescas ropas de viaje, despojándose de los
vestidos trasudados. Paseaban por las cubiertas con la misma satisfacción del
que paladea el regalo de la casa propia después de un viaje penoso. Entraban en
el buque con una emoción de gratitud, lo mismo que si volviesen al pueblo
natal. Experimentaban el bienestar del propietario que recobra las comodidades
de su vivienda al volver a encontrar colgados y en orden todos los objetos de
uso personal que les recordaban una vida oceánica de diez días, equivalente a
diez años.
Rugió por
segunda vez la chimenea y se acodaron todos en las barandas para presenciar la
llegada de los otros compañeros. Desembocaban los automóviles en el muelle a
toda velocidad, viniendo a detenerse frente al buque, al otro lado de la verja.
Junto con los pasajeros subían al trasatlántico grandes ramos de flores, cestos
de frutas tropicales, monos y loros que saltaban sobre los hombros de sus
nuevos dueños pugnando por libertarse de las ataduras que los retenían.
Sonó el
tercer rugido y se miraron los pasajeros, consultándose para saber cuántos
permanecían en tierra. Faltaban muy pocos.
La gente se
agolpó en las bordas, saludando con gritos y aplausos irónicos a los que
llegaban retrasados. En la proa y la popa formaban los emigrantes dos masas
obscuras, sobre las cuales se agitaban los pequeños redondeles blancos de las
cabezas. Miraban de lejos aquella ciudad a la que no habían podido descender,
como miran los presos en conducción paisajes y estaciones por las aberturas de
un vehículo celular. Lo único que conocían de esta tierra eran las frutas que
unos vendedores negros les arrojaban desde el muelle.
Muchos de
aquéllos, fatigados de admirar palmeras y caseríos blancos, acababan por volver
las espaldas, refugiándose en los sitios más frescos y sombreados. Únicamente
sentían verdadero interés por el país de su destino, la tierra de la esperanza,
donde les aguardaba, según sus informes, la fortuna impaciente. Ellos iban a
Buenos Aires.
Una explosión
de gritos y aplausos saludó el automóvil en el que llegaba Nélida con su
hermano y Ojeda. Los padres, que habían sido de los primeros en regresar al
buque, aguardaban impacientes. Pero el señor Kasper cortó con una acogida
cariñosa la belicosidad de su cónyuge, irritada por esta tardanza. Juntos
admiraron el pajarraco rojo y verde que sostenía Nélida en una mano. Lo llevaba
con frecuencia a sus mejillas, besándole el corvo pico. El afán de novedad le
hacía reclamar luego un mono que ostentaba su hermano en un hombro, bestiecilla
inquieta con ojos de demente y una cola doble de larga que su cuerpo. El
muchacho intentaba resistirse: entre el mono y él se había establecido desde el
primer momento una dulce simpatía. Pero Nélida se lo arrebató, paseando sus
labios frescos por la temblona cabecita del simio.
Los esposos
Kasper se conmovieron al saber que los dos animales eran regalo del doctor
Ojeda. Miraron en torno para darle las gracias por sus atenciones con la niña,
pero hacía rato que se había retirado a su camarote, deseando librarse cuanto
antes de la sociedad de Nélida.
Habían
llegado al buque en franca enemistad. Hasta el último momento habló ella de la
conveniencia de fugarse. Propuso nuevos paseos por el interior de Río Janeiro,
se retardó en los cafés y las tiendas, con el visible propósito de que pasase
el tiempo y el trasatlántico se marchara sin ellos. Al final, Ojeda se había
irritado, imponiendo autoritariamente la vuelta inmediata al Goethe.
Y Nélida, ofendida, sólo había tenido desde entonces palabras tiernas y
caricias para los dos animales. En cuanto a él, lo detestaba.
Comenzó a
zarpar el vapor. Soltáronse los cabos que lo unían a tierra; la proa se apartó
del muelle. Rugía la música la marcha de partida. Algunos pasajeros se
mostraron inquietos recordando a los de la comitiva del desafío. Se iban a
quedar en tierra. Indudablemente había ocurrido una desgracia.
Y cuando
todos, con un pesimismo contagioso, daban por segura la catástrofe, se produjo
un movimiento general hacia la borda que enfrentaba al muelle. ¡Ya llegaban!...
Salieron de la Avenida los tres automóviles a toda velocidad, y una vez junto a
la verja, saltaron de sus asientos los pasajeros, yendo a todo correr hacia el
buque. En aquel momento su costado se despegaba del muelle con lentitud. Hubo
que bajar otra vez la escala. Un minuto más, y habrían tenido que alcanzar
al Goethe en un bote en mitad de la bahía.
Maltrana
subió el primero con su valija de mano, no queriendo contestar a las preguntas
de los curiosos. Tenía prisa de ganar su camarote para cambiarse de ropa. La
gente, al ver que volvía sólo el alemán con los padrinos y acompañantes, dio
por cierta la catástrofe, con la afición que muestran las masas por los finales
trágicos. El barón belga estaba herido: tal vez había muerto a aquellas horas.
La noticia dio la vuelta al paseo, despertando en las señoras un coro de
lamentaciones: «¡Un mozo tan cumplido! ¡Qué desgracia!...».
Los amigos
del alemán, viéndolo sano y triunfador, se lo llevaban al fumadero con abrazos
y palmadas en la espalda. Sonaron los taponazos del champán como prólogo de la
descripción del combate. Algunos pasajeros volvían la espalda con indignación
para no presenciar esta apología del homicidio. Mirando al muelle cada vez más
lejano, con sus personas súbitamente empequeñecidas, fijáronse en un hombre que
agitaba el sombrero y abría los brazos haciendo locos movimientos de despedida.
—¡Pero si
está allí!... ¡Si es el belga, que nos dice adiós!...
La noticia
hizo correr al pasaje en masa a un lado del vapor. Sí; era él: todos lo
reconocían. Y a pesar de la distancia, gritaron los más, enviándole un saludo
por encima del agua azul, entre el revoloteo de las gaviotas y las palmeras de
una isla que parecía avanzar poco a poco enmascarando el muelle.
En el centro
de la ciudad se había despedido el belga de la comitiva para quedarse en su
hotel. Pero luego se arrepintió. Su deber era ir a decir adiós a los demás
compañeros de viaje. ¡Quién sabe qué mentiras contarían aquellos buenos amigos
al relatar el desafío! Había que hacer constar que estaba incólume como el
otro...
Corrió al
puerto, agitándose con desesperación al ver que se alejaba el buque sin que
nadie reparase en su persona. Y cuando al fin llegó hasta sus oídos el bramido
de saludo, se creyó recompensado de todos sus sinsabores y penalidades de
hombre de honor. ¡Adiós, Goethe! ¡Adiós Nélida!... Tal vez la voz
de ella se había unido a esta aclamación de despedida.
Se enfrió el
entusiasmo de la gente al enterarse de que los dos adversarios estaban sanos y
enteros. Los mismos que poco antes parecían indignados en nombre de la
civilización y la dulzura de las costumbres, lamentando la muerte del belga,
torcían ahora el gesto cual si fuesen víctimas de una broma de mal gusto.
«¡Farsantes!... ¡Alarmar a personas respetables con un desafío de
morondanga!...»
Sobre las
ruinas de los dos adversarios, súbitamente caídos de la gloria, iba elevándose
un nuevo héroe. Gómez y sus amigos, deseosos de hacer constar que ellos lo
habían presenciado todo, hablaban de Maltrana, de sus palabras elocuentes, de
la serenidad con que se había expuesto a la muerte, del balazo en un pie. El
afán que siente todo cuentista de amplificar y abultar los sucesos, para tener
en suspenso a sus oyentes, les hizo lanzarse de buena fe en las más absurdas
exageraciones, ensalzando los méritos del director del combate. «¡Qué Maltrana
tan corajudo!... ¡Qué tigre!»
Y mientras se
formaba y consolidaba en las cubiertas rápidamente un prestigio de héroe para
Isidro, éste, con toda calma, tomaba un baño y se vestía de blanco, luego de
repeler aquel traje de lanilla que le había atormentado con su peso lo mismo
que una armadura.
Al salir del
camarote se tropezó con «el hombre fúnebre».
«¡Y yo que me
lo imaginaba a estas horas en la cárcel!...—pensó—. No habiendo sido aquí, será
en Buenos Aires. La policía de allá debe estar mejor informada.»
Le produjo
alguna sorpresa ver que «el hombre fúnebre» iniciaba un asomo de sonrisa y de
saludo. «¡Ah, bellaco!» Ahora le miraba como si quisiera hacerse amigo suyo.
Era sin duda a impulsos del miedo que acababa de pasar... Y acogiendo esta muda
amabilidad con desdeñosa altivez, siguió adelante, sin responder al saludo.
La gloria
salió a su encuentro. Le rodearon las gentes en la cubierta, mostrando gran
interés por su salud. Hasta las damas menos comunicativas le pedían noticias.
Ahora sí que podía llamarlos a todos de verdad «mis queridos amigos». Sonreían
algunas señoras, con el dulce reproche femenil que lamenta y celebra a un mismo
tiempo las temeridades del valor, y le amenazaban cariñosamente moviendo una
mano con el índice en alto. «¡Ah, calaverón!... ¡Mala persona!»
El doctor
Zurita, enterado por sus hijos de lo ocurrido, se acercó a Maltrana con la
irresistible simpatía que inspiran los actos de coraje a todos los de su país.
—¡Ah, gallego
diablo!... Ya me lo han contado todo. Muy bien... Tome uno de hoja.
Y le dio el
mejor de sus habanos como un tributo de admiración.
Todos le
miraban los pies, fijándose en sus zapatos blancos de lona. Los otros los
guardaría seguramente abajo como un recuerdo. Muchos querían examinarlos para
apreciar los destrozos del proyectil. Las mujeres, con súbita inquietud, le
obligaban a sentarse al lado de ellas.
—No haga
locuras, Maltranita; tenga cuidado. Las heridas en los pies, por
insignificantes que parezcan, traen a veces malos resultados.
Y algunas se
lanzaban a recordar heridas sufridas por individuos de su familia, accidentes
de la vida en la Pampa, con cuyo relato se iban olvidando del héroe.
—No pasee,
señor; ande lo menos posible. Es un consejo de la experiencia.
Esto le dijo
en francés una voz tímida y respetuosa; y al levantar los ojos, vio Maltrana al
«hombre lúgubre». ¡Éste también se unía a la general admiración!... ¡Un hombre
que se hallaba bajo la amenaza del presidio dejaba en olvido su propia suerte
para interesarse por su salud!... ¡Qué gran cosa el valor!
El último en
aproximarse fue Ojeda, cuando ya se habían disuelto los grupos de admiradores.
A la mirada interrogante de Fernando, que parecía asombrado, contestó con un
guiño malicioso y un leve encogimiento de hombros. No había de qué asustarse.
—Todo
mentira—murmuró con voz tenue—; «pura parada», como dicen los criollos. Pero
deje usted que se hinche el entusiasmo. Con esto no se hace mal a nadie...
Vamos a almorzar.
El buque
había salido de la bahía. Deslizábase entre islotes de tupida vegetación y
escollos que emergían sus negras cabezas con greñas verdes. Las montañas de
forma humana parecían alejarse tierra adentro. La ciudad se había ocultado,
dejando en la memoria de todos una visión de blancas construcciones, altas
palmeras, ensenadas azules bordeadas de jardines, rostros congestionados por el
calor, ropas húmedas y sudorosas. La brisa del mar libre esparció su hálito
vivificante por todo el buque.
Con los
preparativos de salida se había retrasado el almuerzo, y esta tardanza, así
como la variedad de flores sobre las mesas y los víveres adquiridos en tierra,
dieron nuevo encanto a la general nutrición. Todos comían con apetito,
celebrando la frescura del comedor luego de la pesadez caliginosa de la ciudad.
Algunas mesas estaban libres, y los pasajeros esforzaban su memoria para
recordar a los que se habían quedado en Río Janeiro. En otras se agrupaban los
brasileños recién embarcados. Iban a Montevideo, y allí transbordarían a los
vapores fluviales que, siguiendo el Paraná y el Paraguay, llegaban, tras
veinticinco días de viaje, al corazón de su país.
Maltrana
había realzado su triunfo manteniéndose en serena modestia, fingiendo no ver
las miradas curiosas y admirativas. El señor Munster le hablaba ahora con
respetuosa gravedad, no osando permitirse más bromas con un hombre que andaba a
tiros y almorzaba luego tranquilamente sin acordarse del peligro. El doctor
Rubau le contempló con melancólica conmiseración. «¡Ah, juventud, loca
juventud!... ¡Tan apreciable que es la vida!» Lo afirmaba él, vestido siempre
de negro, refractario al trato de las gentes, con una marcada tendencia al
encierro y al llanto.
Después del
almuerzo, Ojeda se encontró solo en el jardín de invierno. Su célebre amigo
estaba acaparado por la atención general y no venía a sentarse a su lado cual
otras veces. Pasaba de mesa en mesa; lo rodeaban los jóvenes, que acabaron por
llevárselo al fumadero.
Notábanse
grandes claros en la concurrencia. Las gentes no parecían las mismas de antes.
Había desaparecido la inconsciencia alegre de la vida oceánica. Todos, al pisar
el muelle, habían sentido que pertenecían al suelo firme, recordando de pronto
las preocupaciones de su existencia anterior. La tierra recobraba sus derechos
sobre ellos, y al volver al buque eran otros. Ya no vivían la vida del
presente, con olvido del resto del mundo, como si la humanidad hubiera muerto,
los continentes se hubiesen hundido y no quedasen sobre el planeta otras
personas que este puñado de seres flotando sobre un arca de acero, sin tener
que preocuparse de la comida, que encontraban siempre pronta, sin miedo a los
compromisos sociales de un mundo lejano, con los apetitos en libertad y la
conciencia soñolienta.
Los negocios
resurgían en la memoria de todos con mayor premura, como si en este período de
olvido hubiese aumentado su interés. Cada uno pensaba en la causa que le había
arrastrado a este hemisferio. Los residentes en América sentían los primeros
asaltos de la inquietud. ¿Qué malas noticias saldrían a recibirles? ¿Cómo iban
a encontrar los negocios después de su ausencia?... Los que iban a las tierras
nuevas por primera vez sufrían la angustia de la incertidumbre, la duda del que
va a arrostrar una prueba decisiva. Y todos, obsesionados por sus pensamientos,
se apartaban y aislaban para reflexionar mejor.
Restablecíanse
las distancias sociales, que en mitad del viaje parecían haberse suprimido. Las
caras ya no sonreían. Todos, con gesto de preocupación, evitaban la
familiaridad. Parecían tener miedo de que las relaciones amistosas de a bordo
se prolongasen en tierra. Un intento de aproximación y de confidencia se
traducía como amenaza de inmediatas peticiones.
Los de menos
fortuna, que hasta entonces habían gastado pródigamente, con la facilidad que
proporciona el crédito, comenzaban a restringir sus necesidades extraordinarias
en el comedor y en el fumadero. Se acordaban de pronto de los numerosos vales
que llevaban firmados: iba a llegar el momento de ajustar cuentas con el
mayordomo. Un ambiente de tristeza y desasosiego se esparcía por el buque,
velando las voces y haciendo languidecer las conversaciones. Los sitios vacíos
inspiraban el melancólico recuerdo de los ausentes. El salón de invierno
ofrecía el aspecto de una reunión de familia después de una desgracia.
Ojeda también
estaba triste. La soledad favorecía el desarrollo de sus remordimientos.
Pensaba con vergüenza en sus aventuras, y a la vez, por una contradicción
bizarra, pensaba también en Nélida, extrañando su ausencia. Esperaba verla
aparecer de un momento a otro en la ventana inmediata, lo mismo que en las
tardes anteriores. Se habían separado con enojo al llegar al buque; pero estos
enfados eran siempre en ella de corta duración, y horas después se aproximaba,
anunciando con maliciosos guiños su propósito de bajar al camarote... Pero hoy
transcurría el tiempo sin que Nélida apareciese.
Cansado de
este abandono, salió Fernando a la cubierta, y al dirigirse hacia el lado de
proa, lo primero que vio en «el rincón de los besos» fue a Nélida tendida en
una silla larga, con los ojos entornados, dejando al descubierto una buena
parte de sus piernas, cubriéndose la cara con una mano como si quisiera ocultar
su rubor, mientras a través de los dedos brillaban sus ojos de malicia. Y
sentado junto a ella estaba Maltrana, el heroico Maltrana, expresándose con
vehementes gesticulaciones, echando el busto hacia adelante, cual si la
muchacha tirase de él con magnética fuerza.
Al ver a su
amigo, mostró Isidro cierta turbación, se cortó su verbosidad, lo mismo que si
acabara de sorprenderle en algo vergonzoso. Ella, por el contrario, miró a
Ojeda con expresión de reto, añadiendo en voz fuerte:
—Continúe
usted, Isidro. Eso que dice es muy lindo, muy interesante.
Y acompañó
sus palabras con un gesto exagerado de voluptuosidad y abandono, indicando el
gran placer que le causaban las palabras del héroe.
Fernando
siguió adelante, con más asombro que despecho por esta revelación... ¡Maltrana
también! Había bastado que las gentes lo celebraran por una hora, para que
aquella muchacha fuese en su busca a impulsos del insaciable y veleidoso deseo.
El discurso de la fiesta y la aventura del tiro hacían de él un hombre
interesante, un héroe apetecible, y allí estaba Nélida junto a él, con los ojos
húmedos, una sonrisa de adoración y la lengua paseándose ávida sobre el rosa de
los labios. Isidro iba a ser el heredero de todos.
Para evitarse
las miradas de ella y su sonrisa vengativa, no quiso pasar otra vez por este
rincón de la cubierta. Abajo, en la explanada de proa, sonaba una música
pastoril, y por los intersticios del toldaje veíanse saltar las cabezas de
varias personas con el ritmo de la danza.
Le había
hablado Isidro algunas veces de los bailes de los árabes instalados en esta
parte del buque, y no sabiendo adónde ir, quiso presenciarlos, bajando a la
explanada. Aglomerábase la muchedumbre, dejando un reducido espacio a los
danzarines. La llegada a América después del aislamiento en medio del mar había
difundido una gran alegría en el rebaño ansioso de esperanza. Se aproximaban al
término del viaje. ¡Buenos Aires!... Ya estaban casi tocándola. Cuatro ranchos
y cuatro sueños los separaban nada más de la ciudad-ilusión. Iban a llegar más
pronto de lo que deseaban: cuando ya se habían familiarizado con la vida del
Océano y su prisa era menos apremiante.
Un sirio,
erguido sobre un rollo de cables, tañía una triple flauta fabricada con cañas,
y al son del gangueo bucólico movíanse sus compatriotas. Eran hombres morenos,
de luengos bigotes: corpulentos unos, hinchados de grasa, con la obesidad
amarillenta y blanducha de los orientales; enjutos otros, angulosos, alargados
y sueltos de miembros, lo mismo que los caballos de carrera. En recuerdo de la
patria lejana, habíanse ceñido pañuelos a guisa de turbantes alrededor de sus
purpúreos gorros, y otros más vistosos como fajas en torno a los riñones.
Danzaban puestos en fila, con grandes contoneos de caderas y vientres. Sus
hembras manteníanse aparte, como hijas de un pueblo en el que la mujer vive
aislada, sin participación en los regocijos públicos.
A la cabeza
de la fila, dirigiendo las evoluciones de la danza y acompañándola con patadas
y gritos, destacábase un joven altísimo y enjuto de carnes, con nariz aguileña,
fino bigote y ojos ardientes. Se cubría con un caftán sucio y magnífico de seda
roja bordada de oro. Estos bordados habían tomado con los años un empañamiento
verdoso. La seda, deshilachada en los sitios de mayor roce, dejaba escapar las
vedijas de algodón de su acolchado. Pero a pesar de esta ruina y de los
pantalones y botines de obrero europeo que dejaba ver por debajo de la
vestidura oriental, el árabe de Siria ofrecía un hermoso aspecto.
Ojeda lo
reconoció: era el Emir. Varias veces, al hablarle Isidro de las danzas de los
árabes, había mencionado a este joven, alabando su postura de caballero del
desierto, que hacía recordar a los héroes de las Orientales cantados por el
romanticismo.
El
imaginativo Maltrana no había vacilado en darle un nombre y una dignidad. Era,
según él, un emir en desgracia. Como lo incluía en el número de sus «queridos
amigos», estaba bien enterado de que marchaba por segunda vez a Buenos Aires,
donde ejercía pequeñas industrias. Pero esta vulgar realidad desechábala
Isidro, por no estar de acuerdo con los deseos de su imaginación, y el joven
árabe era un emir, según él, y todos sus compañeros, con mujeres e hijos,
fieles súbditos que seguían a su príncipe en el destierro.
A la cabeza
de la fila formada por sus vasallos, el Emir balanceábase sobre las caderas,
levantaba un pie y lanzaba relinchos bajo la mirada protectora de la señá Eufrasia,
que, subida en un caramanchel, presidía la fiesta con toda la majestad de su
busto corpulento. Al reparar la buena mujer en Ojeda, se atrevió a sonreírle.
Sabía que era español por haberle visto algunas veces con don Isidro.
—¿Ha visto
usted, señor, qué moritos graciosos? Y ahí donde usted los ve, con esas caras
tan feotas, son unos infelices: más buenos que el pan. Los mejores de todos.
Su marido, el
hombre del sombrerón y la faja abultada, se aproximó al escuchar estas
palabras. Se adivinaba qué iba a decir, como de costumbre, ansioso de fingida
autoridad: «Calla, Ufrasia, y no molestes a este caballero. Las mujeres no
sabís na de na». Pero no pudo decirlo.
El flautista
lanzó unas notas en falso y calló después, como si se le hubiese atrancado algo
en la garganta. Los bailarines quedaron inmóviles, agarrados del talle, una
pierna en alto, mirando hacia el castillo central con ojos súbitamente
congestionados.
Fernando miró
también, influenciado por este silencio, y vio a Maltrana que acababa de
descender por una escalerilla de hierro. En mitad de la escalera estaba Nélida
mirando a la muchedumbre extendida a sus pies, orgullosa de la emoción que
despertaba su presencia. La falda corta y estrecha se había subido
impúdicamente con el movimiento de descenso, dejando a la vista una pantorrilla
larga, de curva armoniosa, enfundada en una media de seda gris con rayas
caladas. En la parte más alta, entre la media y el pantalón, mostrábase un
pedazo circular de carne desnuda, blanca y ligeramente sonrosada como el nácar
húmedo.
Adivinó ella
la causa de esta turbación colectiva, de este silencio repentino, pero quiso
prolongar la situación con una coquetería cruel, sonriendo ante el popular
homenaje. A Ojeda le pareció oír mentalmente un alarido general, un relincho
inmenso que subía hasta el cielo; y no lo lanzaban las bocas, repentinamente
secas: partía de los ojos extraviados, de las ropas estremecidas, de las
narices palpitantes. La miraban lo mismo que los pueblos primitivos debieron
mirar la primera revelación celeste.
Maltrana, al
pie de la escalera, torció el gesto e hizo señas, con el enfado de un
propietario futuro que ve prodigado sus bienes. Ella, al fin, quiso fijarse en
sus extremidades, y sin emoción alguna arregló el desorden de la falda,
borrándose la divina aparición como la luna entre nubes.
Sólo entonces
volvió la flauta a lanzar sus pastoriles gorjeos y los danzarines reanudaron
sus evoluciones. Por toda la explanada circuló inmediatamente una noticia, con
la prontitud colectiva de las muchedumbres para inventar y aceptar embustes.
Era don Isidro con su novia: una novia millonaria. Se iban a casar apenas
llegasen a Buenos Aires.
La señá Eufrasia
se aproximó a ellos con gesto admirativo: «¡Ah, don Isidro! ¡Y qué bien ha
sabido usted escoger! Los hombres de talento tienen magnífico ojo para estas
cosas. ¡Que sea para bien! ¡Que dure muchos años!...». Y las otras mujeres,
árabes, italianas, españolas, se agrupaban en torno de Nélida, admirando su
hermosura, sorbiendo el aire cual si quisieran apropiarse algo de su perfume,
empujándose para sentir el roce de sus miembros, conmovidas aún, a pesar de la
identidad de sexos, por lo que habían visto aparecer en mitad de la escalera.
Sentían cierto orgullo al estar próximas a una de aquellas señoritas que sólo
habían visto de lejos, asomadas a los balconajes del castillo central.
La gente
joven que Maltrana había encontrado algunas veces junto a la verja que cerraba
el paso a los camarotes, espiando las idas y venidas de camareras y criadas,
manteníase a cierta distancia, contemplando a Nélida con una admiración casi
homicida. La devoraban todos con los ojos. Parecía que de un momento a otro
iban a caer sobre ella, despedazándola.
Odiaban de
pronto a don Isidro, admirándolo más que antes. Nunca les había parecido tan
grandioso. ¡Ah, los ricos! Tenían la plata, tenían las comodidades, y además se
llevaban las mejores mozas. A impulsos de la envidia hacían comparaciones,
pasando su mirada de la fresca Nélida a las pobres hembras despechugadas,
sucias y curtidas por el sol. Una porquería todas ellas. ¡Ah, miseria!...
El Emir se
había despegado de sus compañeros para ejecutar un solo de danza. Acompañado
por la flauta y agitando entre ambas manos un pañuelo rojo, bailó frente a
Nélida, como si la dedicase todos sus gestos y contorsiones. Movía las caderas
con femenil vaivén, lo mismo que las almeas, provocando grandes risas por sus
estremecimientos lascivos. Las nobles facciones del príncipe del desierto caído
en la desgracia se borraban bajo el temblor de unos gestos simiescos. Sus
negras pupilas parecían arder con un fuego azulado, mientras las córneas se
estriaban de sangre. Miró a Nélida con una fijeza desconcertante; pero ella, en
vez de mostrar turbación, avanzaba el rostro y abría la fresca boca riendo con
todo el esplendor de sus dientes, como si se burlase de las angustias del pobre
Emir. Pero su imparcialidad de muchacha experta en la apreciación y
descubrimiento de los méritos varoniles, por ocultos que estuviesen, hizo
justicia al árabe.
—¡Qué
lindo!—dijo volviéndose a Maltrana, mientras el otro seguía bailando—. ¡Qué
hermoso pedazo de hombre!... Lástima que esté aquí.
Ojeda, que
permanecía cerca de ellos, pensó que era una suerte para su amigo que los
reglamentos del buque no permitiesen al Emir dar un paso fuera de la proa. De
poder abandonar a la masa emigrante para ocultarse en los recovecos del
castillo central, el infortunio de Maltrana era seguro.
Cuando el
árabe cesó de bailar, jadeante y sudoroso, ella avanzó por la explanada con el
aire de una princesa que visita a sus vasallos. Se reflejaba en su persona la
popularidad de Isidro, y éste, por su arte, extremaba las sonrisas, las
palmadas cariñosas, las palabras de falso afecto, lo mismo que un buen rey que
desea mostrarse estrechamente unido con su pueblo.
Nélida miró
varias veces a Fernando gozosa de que presenciase su triunfo. A su lado jamás
había recibido tales homenajes. Sólo guardaba para ella contradicciones y
negativas. Era más buen mozo que Maltrana: conforme; pero no era un héroe.
Como el baile
había terminado, Fernando se volvió al castillo central. Quiso dejar a Nélida
gozando de su gloria, acogiendo serena como un ídolo la curiosidad de las
mujeres y el deseo vehemente de muchos hombres, que la seguían con pasos de
tigre. Tenían el mismo gesto de los antiguos corsarios berberiscos rondando
sobre la cubierta de la galera en torno de una beldad recién conquistada. De
estar solos habrían tirado de la muchacha todos a la vez, descuartizándola para
hacerla suya.
Maltrana,
separado de Nélida por unos instantes, hablaba con Juan Castillo y don Carmelo.
Venía éste de la enfermería de ver a Pachín Muiños, el emigrante que preguntaba
a todas horas cuándo llegaba el buque a Buenos Aires.
—Hombre
perdido—dijo el de la comisaría—. El médico lo ha desahuciado; pero él sigue
entre la vida y la muerte, y cuando habla, es para preguntar siempre lo mismo:
«¡Buenos Aires!... ¿Cuándo llegamos a Buenos Aires?».
Por la
mañana, en la bahía de Río Janeiro, habían tenido que hacer esfuerzos los
enfermeros para sostenerle en la cama. Quiso huir apenas notó la inmovilidad
del buque. ¡Ya habían llegado a Buenos Aires! Le engañaban; querían mantenerle
en aquel encierro so pretexto de su salud. Y el panorama de la vecina ciudad
entrevisto por un tragaluz al incorporarse en el lecho, había servido para
aumentar su desesperación. Aún había sido ésta más grande al ponerse el buque
en marcha. Se creía de regreso a su tierra, después de haber estado junto a la
ciudad-esperanza, donde le aguardaban la salud y la riqueza.
—El pobrecito
está en pleno delirio—continuó don Carmelo—. En vano le dicen que vamos a
Buenos Aires y que llegaremos pronto. Cree que volvemos a su país; y si al fin
duda, pide que lo llamen a usted, señor Maltrana. «Que venga don Isidro. Él lo
sabe todo: él me dirá la verdad...» Podía usted verle. Su presencia le serviría
de consuelo.
Pero Maltrana
hizo un gesto evasivo. Tal vez más tarde lo visitase. Ahora tenía mucho que
hacer: no podía dejar sola a esta señorita.
Don Carmelo,
acordándose de las obligaciones de su empleo, se lamentó de la presencia de
Muiños en el buque. Llevaba realizados varios viajes sin que ocurriese una
defunción a bordo. Examinaban a las gentes antes de admitirlas, pero este
hombre los había engañado con su aspecto de salud en el momento del embarque...
La muerte es triste en todos los lugares, pero aún más en el mar... ¡Lo que él
había visto!
Recordó un
viaje que había hecho a Buenos Aires en otro buque conduciendo una gran masa de
emigrantes del Norte de Europa. A los pocos días se declaraba una epidemia
entre las gentes de tercera clase.
—Todas las
noches echábamos al mar dos o tres. Nuestra preocupación era que no se
enterasen los pasajeros de primera. Jamás he visto un viaje con tantas fiestas.
Casi todos los días banquete extraordinario; por las noches veladas musicales,
bailes. Y mientras tocaba la música arriba y bailaba la gente, nosotros
metiendo a los muertos en cajones, echándolos al mar y conservando a las
familias en los sollados para que no escandalizaran con sus gritos. Cuando
llegamos al término del viaje, la mayor parte de los pasajeros de primera
ignoraban lo ocurrido, y protestaron al ver que los sometían a cuarentena.
Treinta y ocho cadáveres al agua mientras ellos bailaban... ¡Qué cosa el mar,
caballeros! ¡Qué secretos los suyos!
Resignado de
antemano a toda clase de emociones, hablaba tranquilamente del próximo fin de
este compatriota. Podía haberse muerto la noche anterior, y lo habrían
enterrado en Río Janeiro. Podía morirse tres días después, y le darían
sepultura en Montevideo o Buenos Aires. Pero indudablemente iba a fallecer
durante la travesía, tal vez en la misma noche, y lo echarían al agua. Había
que desembarazarse prontamente de estos fardos, que únicamente sirven para
entristecer a los demás. En los buques sólo pueden tolerarse los cadáveres de
los ricos, porque van convenientemente embalsamados y sus herederos pagan bien.
El carpintero de a bordo estaba haciendo en aquellos momentos el cajón para
Pachín Muiños. El mismo don Carmelo acababa de comunicarle la orden.
Isidro no
escuchó más. Nélida le hacía señas para marcharse. En medio de su entusiasmo
por la popular recepción, experimentó la joven un sentimiento de menosprecio y
asco hacia aquellas gentes. Las vio de pronto como si acabaran de rasgarse unos
velos sonrosados interpuestos entre ellas y sus ojos. Los hombres le parecieron
sucios y de una avidez amenazante. Las mujeres, con una humildad bestial o
francamente envidiosas, eran inferiores a las domésticas que la servían. Creyó
percibir más abajo de su espalda roces insolentes, tocamientos de atrevida
curiosidad, disimulados por la aglomeración. Hasta se imaginó sentir en los más
recónditos secretos de su cuerpo un hormigueo de sanguinarios invasores,
ansiosos de hartarse de carne nueva y rica, que tal vez acababan de abandonar
el pellejo de aquellas comadres.
—Vámonos—dijo
con angustia y miedo.
Y trepó por
la escalera, sin importarle esta vez la delectación que proporcionaba a una
gran parte del público con el divino espectáculo de sus faldas recogidas.
A media tarde
empezó a acentuarse el movimiento del buque. El cabeceo suave de proa a popa,
al que se habían acostumbrado todos y que pasaba inadvertido, como un
movimiento necesario para la vida igual al de la respiración, se hizo por
instantes más violento. El sol descendente estaba velado por una barrera de
vapores; la luz era grisácea, lo mismo que la de una tarde invernal; el mar,
azul obscuro, se plegaba en largas ondulaciones. Una brisa fresca y violenta,
que parecía anunciar la tempestad, hizo correr a los grumetes para recoger los
toldos y subir los gruesos cristales del balconaje de proa, dejando abrigada
esta parte del paseo.
Las olas, de
larga pendiente, silenciosas, dormidas, uniformes, sin el más leve penacho
blanco, no eran de gran altura, sin embargo el trasatlántico saltaba al
encontrarse con ellas, elevándose a ambos lados de su proa dos surtidores de
espuma. Veíase desde la mitad del paseo cómo se remontaba la popa cual si fuese
a volar, hundiéndose después con una rapidez que angustiaba a muchos,
produciendo en su diafragma una sensación de vacío.
Corrían las
gentes al balconaje para presenciar detrás de los cristales los asaltos del mar
en cólera, un espectáculo extraordinario después de tantos días de bonanza.
Maltrana,
invisible hasta entonces, apareció por breves momentos al lado de Ojeda.
—Vamos a
tener tormenta—dijo frotándose las manos con una expresión de contento—. Esto
no podía continuar; tanta calma era para aburrir a cualquiera. Un viaje sin
borrasca es deshonroso. Luego, al bajar a tierra, no habríamos tenido nada que
decir. Es como si un autor escribiese una novela marítima, olvidándose de
colocar en ella la obligada descripción de una tempestad.
Pero Ojeda
movió la cabeza negativamente. No había tal tempestad: un poco de movimiento al
pasar el golfo de Santa Catalina; un simple incidente de viaje.
A pesar de
las promesas de seguridad y las sonrisas de los oficiales del buque, muchos
pasajeros contemplaban con un gesto de indignación el Océano, lo mismo que si
se quejasen de la infidelidad de un amigo. Cuando todos vivían olvidados del
mar, éste se hacía presente con una cólera insólita. Y las miradas dolorosas,
los gestos de desagrado, parecían decir con un silencio de protesta: «Esto no
es lo convenido».
Los niños se
aglomeraban en el balconaje subidos en sillas y bancos para ver la llegada de
las olas. La superficie triangular del castillo de proa subía y bajaba al
tropezarse con las arrugas azules e inmensas que venían a su encuentro.
Descendía como si se la tragase el abismo, y luego disparábase hacia lo alto lo
mismo que un animal que se encabrita, temblando sus flancos con el choque de
las fuerzas ocultas. Dos montañas de espuma rematadas por sutiles cresterías
asaltaban la proa, esparciendo una nube de polvo líquido. La espuma, al caer
sobre la cubierta, convertíase en agua, corriendo en ondulante lámina por las
pendientes del entarimado y escurriéndose luego por las canaletas. Estas
rociadas incesantes llegaban hasta el balconaje, empañando los vidrios con el
goteo de sus lágrimas.
Brillaba como
metal la madera del combés y del castillo de proa bajo la continua inundación.
Los emigrantes estaban ocultos en los sollados. De vez en cuando, un marinero
con impermeable amarillo y casco encerado atravesaba el combés por alguna
necesidad del servicio, recibiendo impasible las fuertes salpicaduras del
Océano, hundiendo sus botas altas en el río salado que cada ola hacía rodar de
una banda a otra del buque.
Mezclado
Ojeda con las gentes que presenciaban este espectáculo, fijó más su atención en
las explosiones de la alegría infantil que en los asaltos del mar. Los niños se
agitaban alborotando a la llegada de las olas. «¡Otra!... ¡otra!», gritaban con
trémula alegría al ver desarrollarse ante la proa una nueva colina azul.
Quedaban en suspenso, conteniendo la respiración, los ojos súbitamente
agrandados. Sobrevenía el golpe, encabritábase la proa, remontábanse en el
espacio los dos fantasmas de espuma para desplomarse en cascadas, y un «¡ah!»
de satisfacción descongestionaba los pechos. A veces, si el choque era mayor,
la punta del Goethe, en gallarda rebeldía, alzábase por encima de
las olas, sin que éstas llegasen a invadirla. La gente menuda pataleaba
entonces de entusiasmo, prorrumpía en aclamaciones y saludaba la valentía del
buque con una salva de aplausos. Algunas personas mayores contemplaban este
regocijo con ojos lastimeros. «Ciega inocencia, desconocedora del peligro...
¡Siempre que aquella marejada no fuese en aumento!...» Muchos pasajeros no se
atrevían a moverse de sus sillones y permanecían con la frente en una mano,
pálidos, los ojos cerrados, cual si les hubiese acometido de pronto el sueño.
Pasando de un
ventanal a otro para ver mejor la llegada de las olas, Ojeda se encontró al
lado de Mina. La rubia cabeza de Karl, que se agitaba con sonoras risas a cada
golpe de mar, le hizo fijarse en la mujer que estaba detrás sosteniéndolo entre
sus brazos. Como si le avisase el magnetismo de una mirada fija en sus
espaldas, la madre volvió la cabeza, palideciendo al reconocer a Fernando. Era
la primera vez que se encontraban juntos después del paso de la línea. Se
adivinó en su nerviosa inquietud un deseo de huir, de restablecer la
indiferencia que los había mantenido apartados.
Intentó
hablar Ojeda. Pasó una mano acariciante por la sedosa cabeza de Karl, pero
apenas si éste se volvió a mirarle, ocupado como estaba en la contemplación del
mar. Igual suerte tuvieron sus palabras a Mina. Ella sólo contestó con leves
movimientos de cabeza, con forzados monosílabos, mientras su palidez iba
tomando un ligero tinte de rubor. No ocultaba su vehemente deseo de huir.
Parecía tener miedo, no de Fernando, sino de ella misma. Y prometiendo a su
hijo que desde otro sitio vería mejor la llegada de las olas, lo puso en el
suelo y le tomó una mano, alejándose después. «Buenas tardes, señora.»
Quedó
desconcertado por esta fuga y experimentó al mismo tiempo cierta satisfacción.
Ella no le había mirado con odio al marcharse. Sus ojos más bien eran de
tristeza. Tenía miedo al recuerdo. Había sentido, al verle, la nostalgia del
pasado, la melancolía de las antiguas ilusiones.
Paladeó Ojeda
la amargura de los poderosos en desgracia, que miden con orgullo toda la
grandeza de su caída. Días antes podía considerar como suyas tres mujeres en
aquel mundo flotante. Se habían sucedido junto a él proporcionándole la dulce
ilusión más o menos verídica que acompaña el amor. Ahora se veía solo,
completamente solo en este buque, que también parecía envejecer al llegar a la
última parte de su viaje, encabritándose en mares obscuros y violentos después
de haberse deslizado sobre azules y luminosas extensiones impregnadas de sol...
La novela trasatlántica de Ojeda llegaba a su fin. Debía decir adiós a las
ilusiones y refugiarse en la fidelidad de sus recuerdos, lamentablemente
olvidados durante el viaje.
Este
propósito de renunciación alegraba su conciencia, pero molestaba al mismo
tiempo su orgullo de hombre, estableciendo en su interior una violenta
dualidad. Le era muy dolorosa la indiferencia de las mujeres después de
haberlas tenido a su merced, sumisas y adorantes. Y le dolía igualmente, a
pesar de su afecto amistoso, que fuese un Maltrana el heredero de su buena
suerte, el que iba a escribir con gestos de héroe el epílogo de una de sus
novelas vividas.
Su vanidad se
rebelaba contra este final. En buena hora si él hubiese roto con Nélida después
de una escena dramática. Pero habían ocurrido las cosas de un modo tan confuso
e ilógico, que no sabía Fernando ciertamente si era él quien había repelido a
la joven o ella la que le había abandonado a impulsos de un nuevo deseo.
Pasó el resto
de la tarde hablando con unos brasileños que iban a transbordar en Montevideo,
siguiendo ríos arriba hasta el interior de su país. Le distrajo como un libro
de aventuras la conversación con aquellos hombres enjutos, huesosos, de una
palidez enfermiza, cuya mirada parecía tener fulgores de fiebre. Eran
ingenieros y altos empleados de ferrocarriles en construcción. Estas líneas
audaces iban partiendo el silencio centenario de inmensas selvas que
permanecían inexploradas desde el primer empuje del descubrimiento.
Habían de
luchar con la maraña de la vegetación, la inmensidad del pantano, la ponzoña de
insectos y reptiles y la maldad de los hombres. Con el revólver al cinto
presidían el trabajo de centenares de peones de todas razas y nacionalidades.
Habían de vivir siempre en guardia contra las asechanzas del blanco, el más
maligno de los bípedos, terrible residuo de todas las aventuras y
desesperaciones de Europa. El combate con el microbio era también un gran
peligro en esta guerra por la civilización de la tierra virgen. Bien lo
indicaba el aspecto de aquellos hombres, decrépitos en plena juventud, heridos
para siempre por la frígida estocada de la fiebre. Y ellos, desconociendo sus
propios males, hablaban con horror de las dolencias que asaltaban a los hombres
en la penumbra de la selva al remover el humus secular y las vegetaciones
dormidas: grandes abscesos de la piel que acababan por rebullir lo mismo que un
hormiguero, avivándose la carne en gusanos; emponzoñamientos de la sangre que
mataban en breve tiempo a un hercúleo jayán; rápidas consunciones, devoradoras
de grasas y de músculos, que sólo respetaban el esqueleto, dejándolo flotante
dentro de la piel, cual si esta fuese un traje demasiado grande. Perecían a
docenas los hombres junto a los rieles. La conquista de una laguna o de un
bosque por las cintas de acero era tan mortífera como la toma de un reducto
artillado.
A la caída de
la tarde vio Ojeda pasar a don Carmelo mirando a todos lados. Iba por el buque
en busca de Maltrana sin poder encontrarlo.
—Ese pobre se
muere—dijo en voz baja—. Está en las últimas. Tal vez no exista en estos
momentos. Y el infeliz llama a don Isidro; quiere verlo para saber si realmente
vamos a Buenos Aires. Una manía de moribundo... Yo he pensado que nada cuesta
darle esta satisfacción, y voy en busca de Maltrana hace media hora. Es extraño
que no lo encuentre. ¿Sabe usted dónde está?
Ojeda hizo
una señal negativa... Y sin embargo, de querer él, lo hubiese podido encontrar
en dos minutos. Nélida e Isidro habían desaparecido desde media tarde.
Al anochecer,
cuando acababa de sonar el toque preparatorio de la comida, volvió a
encontrarse con don Carmelo.
—Se acabó. El
pobrecillo ha muerto. Voy a ver al carpintero para que lo tenga todo listo.
Esta noche... ¡al agua!... ¡Pobre galleguito!
Maltrana se
presentó en el comedor cuando los camareros servían el segundo plato. Tomó
asiento junto a su amigo con cierta timidez, a pesar de la satisfacción y el
contento de sí mismo que respiraba su persona. Fernando notó algo
extraordinario en su aspecto. Lucía una flor en la solapa del smoking.
De su cabeza surgía un perfume fuerte. Adivinábase que había hecho gastos
extraordinarios en la peluquería. Emanaba de toda su persona un manifiesto
deseo de embellecerse, de hacer olvidar el Maltrana de antes.
Apartó los
ojos de los de su amigo, temiendo ver en éstos una expresión de reproche.
—El enfermo
de que me habló usted muchas veces ha muerto hace poco rato.
«¡Ah!...» La
exclamación de Isidro revelaba indiferencia. ¿Qué iba a remediar con su dolor?
Él tenía cosas más importantes en qué pensar.
—Ha muerto
llamándole—continuó Ojeda—. El pobre necesitaba consuelo y quería verle. Pero
don Carmelo lo ha buscado a usted inútilmente por todo el buque.
Otra vez
lanzó Maltrana la misma exclamación incolora. Y huyendo los ojos, hizo un gesto
evasivo. Él tenía mucho que hacer: había estado en su camarote hablando con
Martorell del futuro Banco... Y no dijo más, como si temiera que Fernando le
acusase de mentiroso por haber visto al catalán en algún otro sitio durante la
tarde.
Acabaron de
comer los dos silenciosamente. En vano pretendió Maltrana animar la
conversación con sus palabras; su amigo se mostraba impasible. Él también
estaba preocupado, mirando a cada instante hacia la mesa donde tomaba asiento
el señor Kasper con su familia.
Había
amainado el oleaje después de cerrar la noche. Unas ondulaciones largas e
irregulares conmovían el buque de tarde en tarde, pero la proa las saltaba con
facilidad.
En el comedor
era menos numerosa la concurrencia. Muchos habían tomado su alimento sobre
cubierta, temiendo marearse en el encierro de abajo. Luego de comer, la
tranquilidad del mar serenó los ánimos y las digestiones, restableciéndose
cierta alegría en el jardín de invierno. Unas pasajeras de Río tecleaban en el
piano del salón y buscaban romanzas en los montones de partituras, ganosas de
lucir sus habilidades ante las gentes que venían de Europa. Algunos jóvenes
hablaban de improvisar un concierto, una fiesta íntima. El cielo se había
aclarado; lucían las estrellas entre harapos de nubes en fuga; las rugosidades
del Océano eran cada vez menos sensibles. Todos sentían un deseo de
exteriorizar el regocijo de la calma.
Ojeda tomó su
café solo. Isidro, que acababa de sentarse junto a él, huyó al ver asomar una
cabeza sonriente en la ventana inmediata. ¡Lo mismo que él! La vida en este
buque era semejante a las vueltas de una rueda.
Cuando salió
a la cubierta, se detuvo en aquel lugar que en momentos de alegría había
llamado «el rincón de los besos». A través de los vidrios del balconaje miró la
proa, que oscilaba sobre el mar obscuro. Entre ella y el castillo central
reflejábanse las luces eléctricas en el piso del combés, brillante aún por las
rociadas de las olas. A aquella hora estaba desierto: la muchedumbre emigrante
se aglomeraba en los sollados.
Vio Fernando
en el rojo cuadro de una puerta del castillo de proa agitarse varias siluetas
con furiosos manoteos; le pareció escuchar muy lejos voces dolorosas, un ruido
de disputa. La curiosidad y el deseo de entretenerse con algo le impulsaron a
descender hasta el combés. Volvió a oír allí los lamentos: unos ayes histéricos
de mujer llorosa, alaridos de muchachos, semejantes al aullar de perrillos
abandonados. La familia de Pachín gritaba frente a la puerta de la enfermería,
defendida por un marinero impasible.
Fernando vio
a la mujer con los ojos rojizos de lágrimas y el pelo en desorden; vio a los
hijos que gritaban, pero con los ojos en seco, haciendo coro a su madre. No
sabían nada, pero el instinto les había avisado de repente la proximidad de la
desgracia; el mismo instinto simple y misterioso que hace aullar a las bestias
domésticas, como si oliesen la presencia de la muerte.
Querían
entrar en la enfermería para ver a Pachín y tranquilizarse. Acogían con
incredulidad las palabras de un camarero español que, obedeciendo la consigna,
les juraba por su salud que el enfermo estaba mejor. Chocaban sin éxito contra
el marinerote rubio que obstruía la puerta con su rudeza de roca. El médico
había prohibido la entrada y era inútil insistir.
Un nuevo
personaje se mezcló en esta escena violenta. Era el señor Antonio el Morenito,
apiadado de los lamentos de aquellas gentes y furioso de la dureza de los
alemanes.
—¡Por vía e
Dió! Esto es pior que la Inquisisión... Y esto quien lo arregla e un servior,
aunque er buque se vaya a pique.
Con la
magnanimidad de un caballero andante protector de la viuda y el huérfano,
tomaba bajo el amparo de su brazo a esta mujer llorosa y sus pequeños
aulladores.
—¿Qué queréis
ustedes? ¿Ver ar enfermo?... Pues lo veréis, aunque tenga que echarle las
tripas ajuera a ese rubio fachendoso que está en la puerta.
Prorrumpía en
insultos y amenazas contra el marinero, que no podía entenderle. Hablaba con
vagas alusiones de la temible navaja, cuyo escondrijo nadie lograba encontrar.
Iba a salir a luz de un momento a otro.
—Y si la
saco, se acaba too... ¡too!
Sintió una
mano en un hombro y volvió la cabeza. Era don Carmelo el de la comisaría: el
hombre que le inspiraba más respeto en el buque; todo un caballero, y además
paisano.
—Tú, Morenito,
ya has acabado de armar escándalo, porque lo digo yo, ¡ea! Te vas abajo a
dormir en seguía, o te hago bajar de dos patás.
El bravo se
encogió. Únicamente de su padre y de aquel señor aguantaba verse tratado así.
Pero don Carmelo era un ángel, se portaba bien con los pobres, y él sabía
distinguir a las personas buenas, obedeciéndolas. A pesar de esta sumisión, aún
masculló protestas.
—¡Mardita
sea! Pero lo que yo digo: ¡si esto es pior que la Inquisisión! ¡Si esta pobre
mujer quié ver a su marío!
Don Carmelo
intentó disuadir a la familia. Al día siguiente verían al enfermo... si es que
estaba mejor. Por el momento era imposible. Les infundió tranquilidad y
confianza, acostumbrado como estaba al trato de la muchedumbre emigrante. Y
el Morenito, pasándose al lado suyo con un repentino cambio de
humor, repetía todas sus palabras, apoyándolas con la autoridad de su braveza.
Lo que dijese aquel caballero, paisano suyo, era la verdad. No más llantos ni
alborotos; el enfermo estaba mejor, ya que don Carmelo lo afirmaba. Debían irse
abajo a dormir.
Al
desaparecer todos por la escalera del sollado, el de la comisaría habló a Ojeda
en voz baja. Una hora después, cuando los emigrantes estuviesen encerrados,
vendría el carpintero para meter el cadáver en el cajón. No había que esperar,
como otras veces, las horas reglamentarias. Cuanto más pronto saliesen de esto,
sería mejor.
—El
pobresillo está negro como un carbón. ¡Da lástima verle!... A las once, ¡al
agua! Si usté quiere presensiá esa cosa...
Al volver
juntos hacia el castillo central, don Carmelo quedó un instante en suspenso,
como si se le ocurriese una idea. ¿Por qué no llamaban a don José, aquel cura
español? En los otros viajes, cuando había que echar al agua un muerto, el
comandante o el primer oficial suplía la falta de sacerdote. Recitaba una
plegaria en alemán, con la gorra en la mano, ante el pesado féretro, y después
la orden de costumbre «Désele cristiana sepultura.» Y el cajón caía al mar.
Pero en este viaje podían disponer de un clérigo, y el muerto era católico.
Ojeda debía decir algo a don José para que asistiese a la fúnebre ceremonia. Y
aquél aceptó, yendo en busca del cura.
Estaba ya en
su camarote preparándose para dormir, pero al saber lo que deseaban de él, se
enfundó de nuevo en la sotana. Era un bracero de la Iglesia, siempre dispuesto
al trabajo. De sermones, poca cosa; de problemas teológicos, menos; pero para
confesar ocho horas seguidas y ayudar a un cristiano a bien morir, allí estaba
él, insensible al cansancio, sin miedo a los contagios de la enfermedad,
habituado a la agonía humana con un coraje profesional.
Quiso ir
derechamente a la enfermería para recitar junto al cadáver todas las oraciones
del caso que tenía en sus libros. ¿Por qué no le habían llamado antes, cuando
aquel pobre vivía aún?... Fernando tuvo que contener su celo. No debían bajar
hasta el último momento. Los del buque querían mantener el suceso en secreto.
No convenía llamar la atención de los emigrantes.
Sentáronse
los dos en el paseo, junto a las ventanas del salón. Había empezado en éste la
improvisada fiesta. El piano sonaba incesantemente. Al principio del viaje
nadie sabía tocar: el miedo al ridículo, la falta de trato, hacían fingir a
todos una absoluta ignorancia musical. Ahora todos se mostraban ansiosos de
lucir sus habilidades, y apenas se retiraban del teclado unas manos, caían
otras sobre él vigorizadas por el descanso. Voces femeniles entonaban romanzas
sentimentales en italiano, cancioncillas picarescas en francés y jotas de
zarzuela española.
El buen don
José sintió despertar en su pensamiento algo así como un embrión filosófico por
la fuerza del contraste.
—Lo que es la
vida, señor Ojeda—murmuró gravemente—. Éstos cantando y riendo, y nosotros, a
cuatro pasos de ellos, esperando la hora para echar al agua a un hombre. ¡Mundo
de engaño!... ¡Mundo de trampa!
Fumaba
incesantemente, aprovechando la generosidad de Ojeda, que le ofrecía cigarro
tras cigarro. Su cabeza empezó a oscilar. Se entornaban sus ojos para abrirse
de repente con un azoramiento de sorpresa, volviendo a cerrarse poco después.
Al fin se durmió, y su respiración estuvo próxima a convertirse en sonoro
ronquido. Tenía la costumbre de acostarse temprano. Además, la música ejercía
sobre él una influencia letárgica.
Pasó Maltrana
junto a ellos. Nélida estaba en el salón y él vagaba por la cubierta. Al saber
que aguardaban para asistir a la fúnebre ceremonia, se le escapó un gesto de
contrariedad. Formuló varias excusas para justificar su ausencia, pero en vista
de que la ceremonia era a las once de la noche, se ofreció a ir con ellos. Esta
hora no trastornaba sus planes.
Aparecieron
don Carmelo y el primer oficial con cierto apresuramiento, como si deseasen
finalizar cuanto antes el lúgubre deber para irse a dormir.
—Cuando ustés
gusten, cabayeros—dijo el de la comisaría.
Despertó don
José con nervioso sobresalto, y bajaron todos a la explanada de proa. Cuatro
marineros sacaban de la enfermería un cajón de madera blanca cepillada
recientemente. Sus brazos desnudos lo sostenían con visible esfuerzo. El pobre
Pachín menudo en vida y debilitado por la enfermedad, pesaba mucho en la
muerte. A lo grueso del cajón había que añadir varios lingotes de hierro
depositados por el carpintero junto a su cuerpo.
Quedó el
féretro sobre una gran tabla apoyada en la borda. El buque había aminorado la
marcha. Desde lo alto del puente, alguien oculto en la obscuridad seguía la
ceremonia.
—A usted le
toca, padre—dijo don Carmelo.
Se quitó el
birrete don José, y todos quedaron igualmente con la cabeza descubierta.
Habíanse apagado las luces del combés para evitar que algún curioso pudiese ver
la ceremonia desde las cubiertas del castillo central.
Estaban en la
obscuridad, silenciosos, encogidos, lo mismo que si preparasen un crimen. Eran
fantasmas negros en torno de un cajón blanco inclinado hacia el mar. No teman
más luz que la de las estrellas. Las nubes, sólidas como murallas al caer la
tarde, se habían esponjado hasta convertirse en montones sueltos de
transparente plumón, por cuyos intersticios asomaban los astros. El mar batía
con sus últimos estremecimientos los costados del buque. Iba adormeciéndose
según avanzaba la noche.
El sacerdote
comenzó a murmurar sus oraciones entre aquellos hombres emocionados, con la
cabeza baja, puestos los pies sobre un vaso flotante de acero debajo del cual
existía una profundidad de varios kilómetros verticales de agua, un mundo de
misterio que iba a tragarse como insignificante molécula el despojo humano.
Rezaba el
cura, y a lo lejos parecían contestarle las ventanas del salón, bocas de luz
que lanzaban arpegios de piano y trinos de romanza. Las oraciones fúnebres
hablaban de la tierra, materia original, del polvo al que retornamos, del
gusano compañero miserable de nuestro último sueño.
Ojeda se
imaginaba el pobre cementerio de aldea donde habría podido descansar
eternamente el mísero Pachín, bajo lágrimas de escarcha en el invierno, entre
flores y revoloteos de insectos al llegar el verano. Aquí no volvería a la
tierra madre. La oceánica aventura había trastornado el final de esta
existencia. Los crustáceos iban a cubrir su último encierro con una capa
pétrea; los escualos, lobos de la profundidad, golpearían con su morro y sus
aletas la envoltura de madera husmeando la carne oculta; las algas trenzarían
en torno sus verdes y ondeantes cabellos, hasta que la fúnebre cáscara se
pudriese, confundiendo su contenido con la líquida inmensidad.
Calló don
José, como si ya no recordase más oraciones. Bendijo el féretro, y entonces
avanzó el primer oficial con aire militar, lo mismo que un jefe que ordena una
descarga de fusilería en un entierro de soldado.
—Désele
cristiana sepultura—dijo en alemán.
Los marineros
que sostenían contra la borda el tablón lo levantaron como una palanca, y el
féretro fue deslizándose, hasta que cayó bruscamente en el Océano. Fue un ruido
semejante al de una de aquellas olas que sordamente venían a chocar con el
navío.
¡Adiós,
Pachín!... Ojeda creyó oír un lamento lejano, una voz imaginaria en este
chapoteo de las aguas abiertas por el pesado ataúd y que volvieron a cerrarse
sobre su remolino de proyectil: «¡Buenos Aires!... ¿Cuándo llegaremos a Buenos
Aires?...».
El buque
avanzó con más velocidad, recobrando su marcha normal. Maltrana había
desaparecido. Ojeda y el cura volvieron a la cubierta de paseo.
Don José
lamentaba la suerte de aquel hombre que no conocía y sobre cuyo cadáver
invisible había hecho descender su bendición. ¡Infeliz! ¡Sepultado en el
mar!...
Pero Fernando
no participaba de sus lamentaciones. Todos que muriesen así. La vida es el
deseo, la ilusión, la certeza de que el próximo mañana nos traerá la felicidad:
un mañana que nunca llega. «¡Buenos Aires!... ¿Cuándo llegaremos a Buenos
Aires?...» Y el infeliz había muerto sin llegar. Mejor era así: mejor que
perecer en la tierra deseada poco tiempo después, sin otra visión que la cruda
realidad.
Felices los
que mueren abrazados a la quimera... Bienaventurados los que no ven cumplidos
nunca sus deseos y viven en el engaño, alegría de nuestra existencia.
Y al subir
por una escalerilla de hierro recibieron en la cara el soplo musical de las
enrojecidas ventanas del salón. Una voz de mujer cantaba el amor, la única
verdad y la mentira más grande de nuestra vida... ¡Pobre vida, que no puede
marchar por sus propias fuerzas y necesita el apoyo de la ilusión!
Dos días
antes de llegar a Buenos Aires, el Goethe empezó a remozarse.
Trabajaba la marinería de sol a sol bajo la mirada escrutadora de los
oficiales. Era una agitación semejante a la de un navío de guerra en vísperas
de combate.
La última
cubierta se empequeñecía. Las balleneras pendientes sobre el mar eran retiradas
al interior, descansando fijas en sus cuñas. Los paseantes veíanse obligados a
moverse entre estas embarcaciones, que sólo dejaban accesibles estrechos
pasadizos.
Una limpieza
minuciosa y paciente retocaba el exterior de la nave desde la línea de
flotación a los topes, dejándola como nueva. Por todas partes se encontraban
marineros arremangados y despechugados, con un cubo de pintura en una mano y
una brocha en la otra. Sosteníanse en peligroso equilibrio sobre mástiles y
barandillas. Sentados en andamios y teniendo a sus pies el mar, pintaban los
costados del buque balanceándose sobre el abismo.
Desaparecían
rápidamente todos los ultrajes que las olas, el aire salino y los roces en las
entradas de los puertos habían inferido al trasatlántico. La pintura se
esparcía pródigamente, lo mismo que en el tocador de una coqueta vieja.
El Goethe quería llegar hermoseado al término de su viaje, y
un blanco de leche refrescaba los tabiques de las cubiertas y las cañerías
interiores; un amarillo tierno de manteca abrillantaba los mástiles, la
chimenea y los brazos de las grúas; un negro intenso ocultaba las desconchaduras
del enorme casco, dando a éste un aspecto virginal, cual si acabase de
deslizarse por la grada de un astillero.
Los empleados
de la comisaría se mostraban más atareados aún que los oficiales de la
navegación. Había subido en el último puerto el médico enviado de Buenos Aires
para el examen de los emigrantes, y este funcionario, acompañado por aquéllos,
iba inquiriendo la salud del rebaño humano acorralado en los extremos de la
nave.
Funcionaba en
la explanada de popa una estufa de desinfección, y pasaban por ella los trajes
de los emigrantes que eran susceptibles aún de cierto uso a juicio de los
empleados. Las piezas andrajosas, los gabanes de pieles de imposible
despoblación, los calzados rotos, los arrojaban al mar, flotando en la estela
del buque un rosario de míseros objetos.
Las personas
eran sometidas a ruda limpieza. Desaparecían de golpe las hirsutas melenas y
las barbas patriarcales. Cráneos redondos con la sombra azulada del pelo
cortado al rape, mandíbulas salientes ostentando aún las erosiones de una
afeitada rápida, mostrábanse en el mismo lugar ocupado antes por barbudos
personajes de trágico aspecto. Desaparecían igualmente las altas botas oliendo
a sebo, las camisas rojas ceñidas al talle por una cuerda, los gorros de piel,
las sacerdotales hopalandas. Todos se mostraban unificados por el sombrero
hongo y el terno de lanilla comprado previsoramente en un almacén de Europa.
Mujeres y
chiquillos eran empujados casi a viva fuerza al baño obligatorio con rudos
fregoteos de jabón. Los dos extremos de la nave soltaban por sus caños la mugre
líquida del populacho. Al chorro de agua cargada de cenizas y polvo de carbón
que arrojaban en el mar los purgadores de las calderas, uníanse dos arroyos de
líquido jabonoso y negruzco expelidos por la proa y la popa.
Velaban con
interés egoísta los de la comisaría por la salud y la limpieza del rebaño
humano. Temían a las oficinas de inmigración de Buenos Aires, prontas a
rechazar las gentes enfermas o de contagiosa suciedad, obligando al buque a
repatriarlas gratuitamente.
En los
«latinos» de proa verificábanse iguales transformaciones. Las comadres de
Nápoles y de Castilla abrían sus arcas para extraer sayas y corpiños. La señá Eufrasia
tronaba majestuosa con un pañolón de encendidas flores, admirado por todos, y
que parecía agrandar su autoridad.
Los árabes,
por el contrario, perdían su aspecto interesante. No más casquetes rojos ni
pañuelos de colores a guisa de turbantes y fajas. El Emir se había despojado de
su caftán de seda, e iba vestido como los demás, con un terno a cuadros y un
sombrero tirolés. ¡Adiós poesía! El príncipe de ojos de brasa, que habían
perturbado por unas horas a la sensible Nélida, era vendedor ambulante en
Buenos Aires. Su comercio consistía en una larga batea llena de objetos
baratos, que paseaba con un socio compatriota, alborotando juntos los suburbios
de la ciudad con el pregón de su industria: «¡A veinte centavos! ¡Todo a
veinte!».
Se había
transfigurado también la cubierta de paseo. El espacio parecía mayor. Al
disminuir el número de viajeros eran más escasos los sillones, y los paseantes
podían caminar sin obstáculos. Además, la gente se ocultaba para hacer los
preparativos de desembarco.
Permanecían
las señoras en sus camarotes la mayor parte del día arreglando sus equipajes.
Sólo después de las comidas se formaban tertulias en el jardín de invierno;
tertulias amistosas, sin rivalidades en el traje ni en las joyas, vistiendo
cada cual a su gusto, como gentes preocupadas por una tarea extraordinaria y
faltas de tiempo para pensar en el propio adorno.
Sólo quedaban
horas contadas de viaje: aquel día y parte del siguiente. Al anochecer tocarían
en Montevideo, y antes de que amaneciese saldrían para Buenos Aires.
Mostrábanse
las gentes poco comunicativas, con una creciente predisposición al aislamiento,
agobiadas cada vez más por las preocupaciones que parecía sugerirles la
proximidad de la tierra. Los socios fraternales de empresas ilusorias
acariciadas durante el viaje se iban distanciando con cierta melancolía. Cosas
más inmediatas y mediocres, realidades ineludibles, iban a asaltarlos tan
pronto como descendiesen en el muelle terminal.
—De aquel
negocio—se decían con mentida sonrisa—ya hablaremos en Buenos Aires. Tiempo nos
queda... Habrá que pensarlo bien, porque tiene sus dificultades.
Estas
dificultades, hasta entonces no sospechadas, surgían de pronto, como surgen los
escollos al rasgarse la bruma cerca de una costa.
Un ambiente
de duda, de timidez y mutismo se extendía por el buque según éste iba
avanzando. Los emigrantes de popa, esquilados, rapados y vestidos de limpio,
permanecían silenciosos, con visible indecisión. Parecían catecúmenos que luego
de las abluciones y de vestir nuevas túnicas no saben qué otra ceremonia les
aguarda más allá de la puerta cerrada. Miraban con inquietud la tierra que iba
costeando la nave, una barrera amarilla, ondulosa, de cumbres bajas. ¿Qué
encontrarían en aquella América?... Ya no sonaba el acordeón; los rusos habían
olvidado su danza gimnástica.
Los
bulliciosos «latinos» de la proa también estaban silenciosos y preocupados,
como los navegantes que avistan una tierra nueva. Únicamente el Emir y algunos
españoles que llegaban a la Argentina por segunda vez parecían contentos. La
gaita pastoril sonaba lo mismo que las otras tardes en el silencio del mar,
pero su dulzura bucólica tenía cierto temblor de sonrisa. El tañedor era de los
que regresaban a la tierra americana, saludándola con su música simple. En el
muelle iba a encontrar los amigos de su pueblo, su familia, todos los
atractivos de una nueva patria libremente escogida.
El Morenito callaba,
como si se reconociese de pronto sin autoridad y sin fuerza para aleccionar a
aquellos jóvenes cansados de admirarle. Lo que ellos admiraban ahora era la
faja amarilla de la costa, que iba desarrollando ante el buque sus entrantes y
salientes. Veíanse faros, de cuyos vidrios arrancaba el sol una flecha roja;
pinceladas blancas que eran pueblos, y masas obscuras, largas, uniformes, que
eran arboledas.
Comenzaba a
dudar el valentón, sumido en el silencio. Avisábale un obscuro instinto lo
quimérico de los planes heroicos concebidos en la soledad oceánica. La tierra
cercana parecía repeler sus valerosas concepciones. Percibía en torno de él un
ambiente de restricción y de orden más imperioso que el que había dejado a sus
espaldas al embarcarse. Tenía menos fe en la posibilidad de una partida para
hacerse rico y en todas las matanzas soñadas de indios bravos a tanto por
cabeza. Ahora más que antes necesitaba la presencia y el consejo de don Isidro
para que le infundiese ánimos con su sabiduría. Pero ¿dónde estaba don
Isidro?...
Muchos, en el
castillo central, podían haberse hecho la misma pregunta de no estar
preocupados con los preparativos del desembarco. Maltrana, desde la salida de
Río Janeiro, se dejaba ver muy poco, y más bien parecía huir de la popularidad
que le había proporcionado su heroísmo. Esta fuga iba acompañada de un
acicalamiento extraordinario de su persona. Se hermoseaba por instantes, a
impulsos de un firme deseo de parecer mejor.
«La juventud
no es más que una voluntad—pensaba Ojeda—. Cada hora que transcurre parece más
joven. Bien se conoce que está enamorado. Nada rejuvenece a un hombre como el
amor.»
El fugitivo
Maltrana evitaba igualmente el encuentro con su amigo. El día antes sólo le
había visto Fernando dos veces: a las horas de comer. Irritado a causa de este
apartamiento, acabó por hablarle con hostilidad. Era un Maltrana distinto al de
los días anteriores. Nélida le había influenciado, participaba de sus odios, y
tal vez por esto huía de él como si fuese un enemigo.
Le felicitó
Ojeda agresivamente por su buena fortuna, y Maltrana, con la ceguera del hombre
amado, aceptó ingenuamente estos plácemes venenosos... Sí; estaba contento de
la vida. Alguna vez le había de tocar a él.
—Bien sé que
no soy gran cosa—dijo con falsa modestia; pero así y todo, alguien se ha fijado
en mí. A veces tiene éxito la fealdad. Además, me encuentran una cabeza de
carácter; voy afeitado, y esto gusta a algunas personas más que los bigotes.
Había
desaparecido para los dos amigos todo afecto. Nélida estaba entre ellos
fomentando un sentimiento irresistible de rivalidad.
Creyó
Fernando que debía romper para siempre con su compañero. Fue un movimiento del
que se arrepintió a los pocos instantes, cuando sus palabras ya no tenían
remedio.
—Siga usted
su buena suerte, Maltrana. Y como puede traerle perjuicios y disgustos el ser
amigo mío, que cada cual eche por distinto lado... y como si no nos
conociésemos.
Habían pasado
sin hablarse la tarde y la noche del día anterior. Durante la comida buscó
Isidro con sus ojos la mirada de Fernando, como un perro humilde que intenta
volver a la gracia de su dueño. Pero un sentimiento de dignidad y el egoísmo de
no perder sus buenas relaciones con Nélida le mantuvieron en silencio. El otro,
por su parte, mostrábase fosco, huyendo su mirada de la de Isidro, pero
compadeciéndole interiormente. ¡Pobre muchacho! La única culpable era aquella
loca, que se había propuesto enemistarlos.
A la mañana
siguiente, Maltrana no pudo resistir por más tiempo esta separación, y abordó a
su amigo en la cubierta. Parecía desesperado. ¡Que unos hombres como ellos, que
hacían el viaje lo mismo que hermanos, fuesen a pelearse al final!...
—No hay mujer
que valga lo que una buena amistad... Es una simpleza reñir por esa loquilla,
que no sabe ciertamente lo que quiere... Venga esa mano, Ojeda. Y si no quiere
darme la mano, déme dos puntapiés: es lo mismo. Lo importante es que volvamos a
ser lo que éramos antes.
Y se unió a
él como al principio del viaje, permaneciendo a su lado más tiempo que junto a
Nélida. Ésta rondaba cerca de ellos, y sólo a fuerza de guiños y manoteos
conseguía arrastrar a Isidro por algunos instantes. En vano lo increpaba
viéndole con el otro. Manteníase firme en su amistad, y dispuesto a seguir a
Ojeda y dejar a Nélida si ésta insistía en sus odios.
Acodados en
la borda, contemplaban los dos amigos el color del agua. Había cambiado de
tono. Ya no tenía el azul grisáceo de los mares europeos, el azul dorado del
trópico ni el azul profundo y luminoso de las costas brasileñas. Ahora su
coloración era verde, un verde claro con reflejos amarillentos. Y así como el
buque iba avanzando, sobreponíase el amarillo al verde, hasta que las aguas
tomaban un color terroso semejante al de los ríos desbordados, como si el
Océano recibiera la avalancha de una enorme inundación.
El doctor
Zurita se unió a ellos. Era por la tarde, después del almuerzo.
—¿Miran
ustedes el agua?—preguntó—. Esa agua ya es nuestra, tiene más de dulce que de
salada; viene del corazón de América. Es el río de la Plata, que, al
desembocar, se extiende leguas y leguas mar adentro.
Alegrábase el
doctor contemplando el color de las aguas, como si con ellas viniese a su
encuentro algo de la patria. Aún estaban muy lejos de la desembocadura del río,
y sin embargo enviaba hasta allí su corriente, modificando el sabor y el color
del Océano.
—Es enorme
nuestro río, ¿no?... ¿Qué le parece, che?—preguntaba con orgullo
patriótico, gozándose de la estupefacción de Maltrana.
Los dos
amigos hablaron de la falsedad de su título. Gaboto lo había bautizado con el
título de río de la Plata por varias planchuelas procedentes del alto Perú que
le habían trocado las tribus, pero jamás en sus riberas se había encontrado una
pepita de dicho metal. Era más justo su primer nombre de «Mar Dulce»: expresaba
mejor su acuática inmensidad, sin orillas visibles.
Revivió en la
memoria de los dos españoles la tragedia de su descubrimiento. Pocos años
después de la muerte de Colón, ya navegaban por estas latitudes los navíos
españoles buscando un estrecho para pasar al otro Océano, al llamado mar del
Sur, descubierto por Balboa. Deseaban llegar a las espaldas de Castilla del
Oro, que así se titulaba entonces la parte conocida de la América Central.
Díaz de
Solís, piloto mayor de Castilla, que mandaba estas naves, al avistar la enorme
embocadura metíase por ella, creyendo haber encontrado el ansiado estrecho,
pero la dulzura de las aguas le hacía abandonar su ilusión. Aquel mar de
agitado y continuo oleaje, sin costas visibles, era simplemente un río.
¡Prodigios que reservaban las misteriosas Indias occidentales a los nautas del
viejo mundo!...
Así quedaba
descubierto el «Mar Dulce de Solís», pero el descubridor pagaba su hazaña con
la vida. Gran marino, pero mediocre hombre de pelea, acostumbrado al tranquilo
manejo de las cartas de navegar, al examen de los pilotos en la «Casa de
Contratación» de Sevilla, y sin experiencia en los ardides de la guerra
indiana, había bajado a tierra creyendo en los signos de paz de los indígenas,
y éstos lo habían asesinado a la vista de sus gentes en las orillas del mismo
río que acababa de descubrir, asando luego su cuerpo para devorarlo en sagrado
banquete. Y la pequeña expedición, que sólo iba a la descubierta, sin haber
hecho preparativos de guerra, huía río abajo despavorida por esta tragedia.
El duro
Oviedo, historiador y hombre de combate, apenas se apiadaba del infortunio de
Solís al hacer su relato. Le parecían naturales estas catástrofes siempre que
se enviasen hombres de mar al descubrimiento de las nuevas tierras. Los nautas
eran únicamente para el manejo de las naos que condujesen a los verdaderos
conquistadores. Y éstos debían ser hombres de coraza, hombres de a caballo,
incapaces de confianzas y blanduras.
—¿Saben
ustedes—preguntó Maltrana—qué recompensa pidió Solís al rey antes de embarcarse
para hacer este descubrimiento?
Acordábase de
lo que había leído años antes en los documentos del archivo de Simancas, cuando
tomaba notas para una obra de encargo.
La monarquía
andaba escasa de dinero en aquellos tiempos, y sus servidores, dando por
inútiles las peticiones monetarias, solicitaban como premio concesiones y
cargos. Solís, que era una autoridad científica de su época, el primer sabio
oficial en las cosas del mar, explotaba su prestigio desde Sevilla,
aprovechando todas las ocasiones favorables para formular una petición. Don
Fernando el Católico, a su demanda, le concedía los bienes de un vecino que se
había suicidado. En aquellos siglos, la fortuna del suicida pasaba a la corona.
Luego, a la hora de embarcarse para su última expedición, el piloto mayor
solicitaba un premio más extraordinario y raro como recompensa de sus futuros
servicios.
—La noble
ciudad de Segovia no tenía mancebía—continuó Maltrana—. A juzgar por un informe
de Solís al rey, las mujeres de partido distribuían sus favores en unos
corrales de ganado de las afueras, y él solicitó para sí y sus descendientes el
privilegio de poder establecer una mancebía oficial dentro de los muros de la
ciudad. Así se lo prometió el Rey Católico; pero el gran piloto acabó sus días
en estas tierras, sin que pudiese montar su industria de Segovia.
Intervino
Ojeda al ver el gesto escandalizado del doctor Zurita.
—Cada época
tiene su moral y sus preocupaciones. Durante la Edad Media, lo mismo en España
que en otros países, el monopolio de las mancebías fue una de las mejores
rentas de muchas casas nobles. Esta merced sólo la daban los reyes en pago de
grandes servicios. Famosos monasterios gozaban de tal concesión, para aplicar
sus productos a las necesidades del culto. Algunas veces eran conventos de
mujeres los que disfrutaban dicho privilegio, y sus aristocráticas abadesas
recibían sin escrúpulo el dinero de las pecadoras de «cinturón dorado».
Zurita hizo
gestos afirmativos. Algo de eso lo había leído él, y no le causaba escándalo el
premio solicitado. Lo que llamaba su atención era que en todo el descubrimiento
de América únicamente se le hubiese ocurrido solicitar tal merced al primer
explorador del río en cuyas riberas había de nacer años adelante la ciudad de
Buenos Aires. Se acordó de las innobles industrias establecidas con profusión
en la gran urbe inmigratoria por extranjeros ávidos de ganancia; de la trata de
mujeres, que extendía desde allí su reclutamiento a diversos países de Europa.
La antigua «madre» de la mancebía clásica había sido sustituida por hombres de
negocios que comerciaban en carne humana.
—¡Qué
casualidad!—continuó Zurita—. Cualquiera diría que Solís adivinaba el
porvenir...
La atención
de los tres se sintió atraída por los muchos buques que navegaban en dirección
contraria al Goethe. Hasta entonces, el Océano se había mostrado
con una soledad majestuosa. Sólo después de varios días asomaba en lontananza
la nubecilla de un vapor o la pincelada gris de un velero. Ahora se poblaba su
extensión amarillenta con buques de todas clases: fragatas cabeceantes que
hundían sus proas en la espuma a impulsos de los hinchados trapos; vapores
negros que regresaban a Europa después de librar su cargamento de carbón;
goletas minúsculas inclinándose sobre las olas con una inestabilidad que
arrancaba gritos de miedo a las mujeres agrupadas en las bordas del Goethe.
Este tránsito de buques era semejante al de los vehículos y peatones que en
pleno campo anuncia la cercanía de una enorme ciudad todavía oculta. Iba
entrando el trasatlántico en la gran corriente de navegación que hace del río
de la Plata una de las avenidas más frecuentadas del comercio mundial.
Empezó la
gente a fijarse en una isla que desde mucho antes había aparecido ante la proa.
El buque pasaba entre ella y la costa lejana.
—¡Los lobos!
¡los lobos!—gritaron de un extremo a otro del paseo.
Y corrían los
niños, sintiendo la emoción de los cuentos maravillosos que infunden pavor, y
tras ellos las criadas, las madres, todas las mujeres, con una curiosidad igual
a la de los pequeños.
Pasábanse los
anteojos para ver los lobos marinos descansando en filas a lo largo de la isla
y en torno a un faro. Algunos de estos animales parecían figuras yacentes sobre
el pedestal de una roca. El sol de la tarde se reflejaba en sus húmedas
envolturas, dándolas un reflejo de oro. Eran a modo de pellejos de aceite
rematados por una cabeza de perro chato. Permanecían inmóviles, flácidos,
torpes, bajo la caricia pálida de los rayos solares, rezumando grasa por sus
poros. Muchos parecían dormir. Algunos más jóvenes, como si presintiesen un
peligro al aproximarse al buque se arrastraban sobre sus cortas nadaderas,
arrojándose al agua con el estrepitoso chapoteo de un odre inflado. Luego
reaparecían, asomando a flor de agua su cabeza semejante a una pelota negra con
mostachos. Esta isla era el término de su avance desde los glaciales mares del
Sur. Hasta allí llegaban, viniendo de los bancos de hielo, para explorar la
amplia boca del estuario del Plata.
Desapareció
el sol tras una barrera de nubes. Esfumábase la costa con una bruma rojiza. El
agua tomó de pronto el tono sombrío de un mar de invierno. Muchos se
estremecieron de frío en sus trajes veraniegos. Maltrana creyó que el lejano
Polo les enviaba su respiración antes de que lograsen introducirse en el abrigo
del estuario.
—¡Con tal que
no tengamos bruma!—dijo el doctor—. La niebla en el río es de lo más fregado.
Hay necesidad de parar a cada momento, de hacer señales, para evitar un
choque... ¡Cosa pesada!
Luego invitó
a los dos amigos a que lo acompañasen en su visita a las máquinas del buque. No
quería desembarcar sin conocer el alma de este hotel flotante en el que había
vivido quince días. Deseaba hacer partícipes de sus emociones a las señoras de
la familia, pero todas se habían negado: «¡Las máquinas! ¡Ay, no! ¡Qué
suciedad!». Y el buen doctor, como si no pudiese realizar la visita sin un
compañero que recibiese sus impresiones, insistió, hasta conseguir que los dos
amigos le acompañasen por los tortuosos corredores de la cubierta baja.
El mayordomo
hizo girar una puertecilla, y se vieron en una especie de patio interior
semejante a los que se abren en mitad de los grandes edificios para darles aire
y luz. Su altura era la del buque, desde la quilla a la última cubierta, y en
sus cuatro paredes blancas y lisas no había otra comunicación con el resto del
trasatlántico que la pequeña puerta de entrada. Varias galerías de hierro
marcaban los diversos pisos de este departamento que ocupaba toda la parte
central del navío.
Un
emparrillado de acero dividía el gran pozo cuadrado y blanco en dos secciones.
Pasaban a través de él los émbolos de las máquinas, subiendo y bajando
incesantemente en sus cilindros verticales. Más abajo de esta plataforma
estaban las máquinas, y los tres visitantes llegaron a ellas descendiendo por
varias escalerillas de acero. Llevaban en las manos pedazos de estopa para
defenderse de la grasa que parecía sudar el metal de las barandas y paredes. Un
calor pegajoso oprimía el pecho, al mismo tiempo que pinchaba el olfato con
hedores de hulla y aceite mineral.
Al llegar a
lo último de este amplio pozo, junto a la quilla, donde estaban las máquinas y
sus servidores, el calor era menos denso. Sentíase un latigazo de aire glacial
al pasar junto a las bocas de los grandes ventiladores.
Era un
panorama de troncos metálicos animados por inquieta nerviosidad; una vegetación
de acero que movía sus ramas, subía, bajaba y se entrechocaba, haciendo
penetrar los diversos tentáculos unos en otros. El brillante metal lanzaba al
moverse un resplandor blanco y viscoso.
Todo este
organismo inquieto y vibrador, que parecía fabricado de plata y de grasa, no
dormía a ninguna hora. Había empezado su movimiento en el mar del Norte y lo
continuaba a través de medio planeta, indiferente al cansancio, lo mismo de día
que de noche, a la hora en que los hombres viven, a la hora en que los hombres
sueñan, bajo el sol y bajo las estrellas, como si el tiempo y la distancia
careciesen de realidad ante su vigor sobrehumano. Las breves inmovilidades en
los puertos no significaban para él inercia y descanso. Sus miembros férreos
quedaban en corto reposo, pero el fuego vivificante seguía ardiendo en sus
entrañas. La sangre blanca del vapor continuaba circulando por el sistema
arterial de sus válvulas y tuberías.
Precedidos
por un hombre rubio y flemático con galones plateados en las bocamangas y la
gorra, iban los tres visitantes por entre las máquinas enclavadas en el fondo
de este espacio cuadrangular. Las paredes subían lisas, iguales, sin una
ventana, sin el menor resquicio, unidas por las diversas galerías y la
plataforma. Pero estos obstáculos únicos eran casi transparentes, con la
sutilidad de los enrejados de metal, a través de los cuales pasa la mirada. En
lo último, a catorce metros de altura, estaban alzadas las tapas de cristales
sobre la cubierta de los botes, dejando ver dos fragmentos de cielo.
El doctor
Zurita se enteró minuciosamente de las funciones de las diversas máquinas. Las
dos más grandes, que ocupaban con sus majestuosas dimensiones la mayor parte
del espacio, eran las generadoras del movimiento del buque, las propulsoras de
las hélices. A un lado una máquina más pequeña, productora de la luz; a otro
lado la del frío, para los depósitos de alimentos y las necesidades de la vida
a bordo, organismo potente y triunfador que en aquella atmósfera cálida, cerca
de los hornos inflamados, mantenía sus tuberías y cilindros bajo el forro
lagrimeante de una gruesa costra de hielo.
Avanzaron
sobre un piso de placas de metal. En unos lugares percibían sus pies la
frescura de la humedad; en otros aplastaban como arena crujiente el polvo
diamantino de la hulla. De pronto, percibían en sus cabezas un torbellino
glacial, inesperado, que cosquilleaba las narices con la picazón del estornudo
y parecía querer arrebatarles las gorras. Mirando a lo alto, se encontraban con
la boca de un tubo enorme que subía y subía, pulido y circular como el interior
de un telescopio, con gran parte de su redondez de intestino sumida en la
obscuridad y un débil resplandor de tragaluz allá en lo alto, junto a la boca
curva e invisible. Era un ventilador de los que alzaban sus trombones amarillos
sobre las diversas cubiertas. Y estos tubos de ventilación, así como otros
túneles verticales abiertos desde las máquinas a lo alto del navío, tenían en
sus paredes estribos de acero que servían de peldaños; leves escaleras por las
que podían trepar las gentes de las máquinas en momentos de peligro.
El guía de
los galones plateados abrió una puerta de acero pequeña como una ventana y del
espesor de un muro. Su cierre, instantáneo, hermético, absoluto, era semejante
al de las piezas de artillería. Iba a enseñarles uno de los dos túneles por los
que pasaban los árboles de las hélices. Entraron agachando la cabeza en una
galería angosta de más de treinta metros de longitud, ocupada únicamente por
una barra de acero que giraba y giraba tendida en sus ajustes, brillando como
una espiral de mercurio. Un rosario de bombillas eléctricas alumbraba día y
noche la continua rotación en el silencio y la soledad de esta alma metálica,
señora absoluta del túnel submarino. El lado interior de la galería era
vertical; el exterior abríase en ángulo hacia arriba, marcando el arranque del
vientre de la nave. Una lluvia menuda y lubrificadora caía sobre el árbol para
facilitar y enfriar el frotamiento de su incesante rotación.
Zurita quiso
saber a qué profundidad estaban en aquel sitio. Hallábanse siete metros más
abajo de la superficie del Océano.
—¡Lo que
nadará en estos momentos sobre nuestras cabezas!—dijo Maltrana, ¡Los
apreciables vecinos que tal vez colean al otro lado de esta pared!
Y daba con
los nudillos en el muro de acero, sordo, durísimo, semejante a un bloque
inmenso, tras el cual era difícil imaginarse la más leve oquedad.
El extremo
del árbol, que en sus incesantes vueltas se perdía al final del túnel, les
inspiraba no menos admiración. Ni un ruido, ni el más leve roce. Y sin embargo,
la espiral de plata, atravesando la popa del buque, surgía en pleno Océano para
levantar un torbellino espumoso con las revoluciones vertiginosas de sus uñas
retorcidas. La idea de que estaban a siete metros bajo del agua, y que bastaría
la más pequeña grieta en el túnel para morir instantáneamente, aislados por la
puerta inconmovible, produjo cierta angustia en Maltrana.
—Esto ya está
visto. ¿Si fuésemos a visitar algo más interesante?...
Su pasaje por
las calderas fue breve; las hornallas en fila expelían un calor infernal.
Asomáronse a un departamento negro, en el cual se agitaban varios hombres medio
desnudos, con un gorrito blanco en la cabeza. Eran de pelo rubio, flacos, como
si el excesivo calor hubiese derretido su grasa, pero con gruesos tendones y
robustas coyunturas, que al menor esfuerzo se marcaban vigorosamente. Cuando
abrían la portezuela de un horno para echar en él paletadas de carbón, su
resplandor lo iluminaba todo con reflejos de incendio, y los hombres blancos de
ojos azules aparecían grotescos y terribles bajo el hollín que tiznaba sus
caras y sus miembros. Al cerrar la portezuela volvía el departamento a sumirse
en una penumbra saturada de polvo de carbón. Los pies se movían como en una
playa crujiente sobre la hulla desmenuzada. Un sabor de humo y de grasa
descendía por las gargantas.
Volvieron a
las máquinas, y junto a ellas escucharon las explicaciones del guía. En las
entradas y salidas de los puertos, en todo momento difícil, el primer ingeniero
se colocaba en una galería alta, lo mismo que el comandante del buque tomaba su
sitio en el puente. Los dos gobernantes de este mundo interoceánico vigilaban
sus respectivas funciones: uno la dirección; otro el movimiento. Y el telégrafo
interno de señales unía las dos inteligencias con rápidas comunicaciones.
Junto al
primer ingeniero se colocaba el segundo, encargado de recibir los avisos del
puente y transmitirlos abajo a las máquinas. Dos maquinistas—que con la afición
germánica a los títulos y jerarquías se titulaban ingenieros terceros—cuidaban,
cada uno por separado, de los dos grandes motores que hacían marchar al buque.
Otro ingeniero tercero vigilaba las máquinas auxiliares productoras de la luz y
el frío.
Al terminar
el viaje redondo, cuando el trasatlántico regresaba a Hamburgo, sus máquinas
eran reparadas minuciosamente. Durante quince días recibía los mismos cuidados
que un caballo de carreras que se prepara para una nueva corrida.
Los tres
visitantes admiraron el silencio y la sumisión con que estos organismos enormes
cumplían sus funciones cual si tuvieran un alma y se sometiesen voluntariamente
a una disciplina. Ni el más leve ruido alteraba el silencio del metal que se
movía envuelto en la sordina de la grasa. Todos los organismos funcionaban con
la suavidad discreta del lubrificante.
El acero
arrollado en tubos, extendido en placas, alargado en émbolos, redondeado en
discos, permanecía callado e impasible, sin transpirar el misterio ruidoso de
las potencias que se agitaban en sus entrañas. Su rigidez no dejaba adivinar
con palpitaciones materiales el agua abrasadora, el vapor asfixiante, el fuego
anonadador, a los que bastaba el más leve escape para atraer la catástrofe y la
muerte. Las fuerzas ciegas y crueles estaban domadas, canalizadas, sumisas,
dúctiles, se transformaban en silencio; realizaban sus transmutaciones de vida
con religioso quietismo. Únicamente el calor espeso, pegajoso, húmedo, con su
perfume picante de hulla, denunciaba la presencia del gran misterio de los
tiempos modernos: la engendración del movimiento en el seno del metal.
Isidro se
maravillaba de la sencillez con que estas máquinas gigantescas cumplían su
función.
—¡Quién diría
que estamos en un buque!—exclamó—. Usted, Fernando, que es poeta, u otro
escritor profesional, si hubieran de describir esta parte del Goethe,
¡qué cosas tan hermosas dirían... y tan falsas! De seguro que el lugar donde
estamos sería el templo del fuego y las máquinas los altares. El viejo dios
Baal saldría a colación, y además un sinnúmero de imágenes interesantes sobre
la lucha del buque, que lleva una hoguera en sus entrañas, con el ímpetu de las
frías olas: el conflicto entre el fuego y el agua...
Tal vez este
lugar del trasatlántico ofrecía un interés dramático en noches de tempestad,
cuando los hombres alimentaban las inquietas máquinas, expuestos a quemarse
mientras arriba pasaban las olas sobre la cubierta, y todo el buque temblaba y
se acostaba bajo los fieros golpes. ¡Pero ahora!...
—Es difícil
imaginarse—continuó Maltrana—que estamos en el Océano y estas máquinas sirven
para remover las aguas marchando sobre ellas. En nada se adivina la proximidad
del mar. Lo mismo podrían ser las máquinas de una fábrica de zapatos o de
tejidos. Sólo falta el ruido de los talleres para que la ilusión sea completa.
Subieron
después las escalerillas, respirando con deleite al llegar a la cubierta. La
tarde estaba cada vez más obscura, como si en mitad de ella fuese a caer la
noche. No se veía la costa. Una muralla gris alzábase entre ella y el buque, y
parecía avanzar con lentitud, devorando el verde polvoriento de las aguas.
—¡Pucha! ¡La
niebla!—exclamó Zurita—. Tenemos para rato. A saber cuándo llegaremos a
Montevideo.
Separáronse
los tres, como si experimentasen la necesidad de hablar con otras personas
después del mucho tiempo que llevaban juntos. El doctor se fue en busca de las
damas de su familia, para contarles lo que había visto. Ojeda siguió adelante
por la cubierta, en silencioso paseo. Maltrana le abandonó al pasar ante «el
rincón de las cocotas». Le atrajo el verlas a casi todas con los sillones
juntos, apretadas en torno de Madama Berta, la andariega veterana, cuyos
consejos oían religiosamente en asuntos de América. La proximidad al término
del viaje las hacía buscarse y apelotonarse con una solidaridad profesional,
como si adivinasen peligros cercanos que debían arrostrar en común.
Las que
hacían su primer viaje eran miradas por las otras con lástima y envidia. ¡Quién
tuviese sus ilusiones!... Recordaban las esperanzas risueñas, las doradas
mentiras que las habían acompañado en su llegada al río de la Plata. Y después,
¡habían visto tanto!...
Berta calló
al notar que un hombre se había aproximado al grupo. Pero era Maltrana, un
amigo de confianza, y siguió hablando a la joven Ernestina, la de la hermosa
cabellera, a la que rodeaban todas con cierta predilección, cual si fuese una
hermana menor, inocente y mimada. Sus gracias decadentes y artificiales
parecían avivarse al contacto de esta juventud inconsciente y esplendorosa.
—Cuando yo
llegué aquí, hace quince años—dijo Berta—, ¡qué cosas traía en la cabeza! Iba a
poner el pie en el país del oro; tenía miedo de llegar tarde, de que otras se
me adelantasen pillando lo mejor... Creía que el buque no avanzaba con bastante
rapidez por el río; contaba los números pintados en unas boyas que marcan el
canal para los vapores grandes. Sesenta y cuatro... sesenta y tres; ya no
faltaban más que sesenta y tres kilómetros para llegar a Buenos Aires. ¡Bestia
de mí! Siempre se llega demasiado pronto. ¡Para lo que se encuentra al
final!...
Y una sonrisa
de cansancio dejaba al descubierto su dentadura con engastes de oro.
Ernestina
expuso sus ilusiones, acompañándolas con un gesto de humildad. Ella era artista
y ansiaba la gloria. Su porvenir estaba en el teatro. Iba a hacer la vida
alegre y tarifada en esta América, de la que le habían dicho maravillas, pero
por escaso tiempo y con pretensiones modestas. Sólo aspiraba a reunir cincuenta
mil francos. Con esta cantidad y su aspecto, que no era del todo malo, pensaba
abrirse paso en París. Obligaría a un director de teatro a que la contratase,
interesándose en su empresa con unos cuantos miles de francos; pagaría a los
críticos. Lo importante era debutar, y luego... ¡luego!... Brillaba en sus ojos
el resplandor de ilusión y de engaño que inflama a todos los visionarios de la
gloria. ¡Cincuenta mil francos!... ¿No los encontraría en aquel país de ricos
una mujercita como ella, amable y joven... y artista? Y su fe en el porvenir se
apoyaba especialmente en esta última cualidad.
Las oyentes
la escuchaban con expresiones contradictorias. Unas creían realizable su
ilusión. Otras, fatalistas y melancólicas, torcían el gesto. Sabían lo que
podía alcanzarse en aquella tierra. Vivir nada más... y gracias. Al principio,
una gloria rápida, y luego, la miseria: una miseria peor que la de Europa.
—¡Cincuenta
mil francos!—dijo Berta—. No es mucho. Todo depende de la suerte: del primer
amigo que encuentres. Tal vez los hagas en dos meses, tal vez tardes años; tal
vez no los juntes nunca.
Y le daba
consejos inspirados por su larga experiencia. El peligro era el hombre
americano, el jovencito simpático y moreno, arrogante unas veces, como macho
dominador, dulzón otras, con una suavidad de manteca, gran bailarín, que
conquistaba a las mujeres meciéndolas en sus brazos al compás del tango,
generoso y manirroto hasta el deslumbramiento en las primeras semanas de la
iniciación, hábil después para recobrar lo suyo y llevarse algo más si era
posible, con pretexto de pérdidas en el juego.
Berta iba
indicando los remedios autoritariamente, como un sargento que lee a los
reclutas los artículos de la Ordenanza.
—Lo primero
que debes hacer es dejarte el corazón en el barco y bajar a tierra sin él. Aquí
no venimos a enamorarnos: venimos a hacer plata. Eso es... Luego, cuando
recojas dinero no lo guardes contigo, pues te lo sacarán. No, no muevas la
cabeza: te lo sacarán. Tú no sabes qué gentes hay en Buenos Aires; lo mejorcito
de cada país. Yo soy yo, y sin embargo me han engañado muchas veces. Las
mujeres somos bestias cuando nos vemos solas en un país extranjero y sentimos
la necesidad de un verdadero amigo... Todos los sábados irás al Banco Francés
para depositar tus ahorros. O mejor aún, los giras directamente a Francia. Así
no corres el peligro de que tu amigo se entere y te los haga sacar del Banco,
convenciéndote a fuerza de besos o de bofetadas... Toma siempre dinero; no
aceptes acciones ni papelotes de ninguna clase.
En esto
último insistió mucho la veterana, como si aún estuviera latente en su memoria
algún recuerdo penoso. Señores que pasaban por millonarios se dejaban adorar
meses y meses sin soltar más que insignificantes obsequios, hasta que al fin la
pobre mujer creía llegado el momento de realizar sus esperanzas formulando una
petición. «Mi gringa linda: no te puedo dar plata porque los negocios andan
mal. Además, la plata la gastarías inmediatamente. Voy a darte algo mejor que
asegure tu porvenir; voy a despojarme de un papel magnífico.» Y le entregaba un
rimero de acciones correspondientes a una de tantas empresas ilusorias que
diariamente se iniciaban en el país. La mujer guardaba los papeles, creyendo
poseer una fortuna. El negocio no daba producto todavía, ¡pero más adelante!...
Fortalecíase su fe con el ejemplo de empresas salidas de la nada en esta tierra
de milagros, que habían llegado a realizar las más fabulosas ganancias.
—Y la
pobre—continuó Berta—sigue adorando al hombre que la ha hecho rica, y cuando
intenta realizar su resma de títulos, se entera de que únicamente pueden
servirle para empapelar su dormitorio.
Apiadábase la
veterana de la suerte de muchas que habían llegado a Buenos Aires con el
propósito de hacer dinero en pocos meses, regresando inmediatamente a París, y
llevaban años y años encadenadas por la miseria, sin esperanza de volver.
La prudente
Marcela, la que preguntaba a todos por la cosecha, asintió con movimientos
afirmativos.
—Su
esperanza—dijo—es la misma de los hombres, que siempre aguardan un buen negocio
el día siguiente. Y así se les pasan los años; y como están solas, para
alegrarse un poco se entregan a la morfina, a la cocaína, al opio, al éter.
Ignoraba la
policía tales vicios. Como las gentes del país no gustaban de ellos, no
constituían un peligro nacional. Eso era para las gringas nada más. Se vendían
en la gran ciudad los venenos consoladores profusamente, y las desesperadas,
sin fuerzas para volver y sin esperanza en el porvenir, entregábanse a ellos,
contrayendo horrorosas enfermedades.
Las más
expertas del grupo convenían en sus apreciaciones. Buenos Aires, una buena
plaza de negocios para la que supiera guardar franca la salida. Una ratonera
mortal para la que se quedaba dentro.
—Nosotras
somos «golondrinas»—dijo Marcela—, lo mismo que esos segadores italianos que
llegan todos los años en el momento de la cosecha, recogen sus jornales y se
vuelven a su país. Es lo mejor.
Maltrana
sonrió contemplando a esta banda de cocotas golondrinas que anualmente
levantaban el vuelo desde París si las noticias de la cosecha eran buenas.
Durante su permanencia en la ciudad de la esperanza, se apiadaban de las
compañeras que habían quedado dentro del cerco con las alas rotas, sin fuerzas
para saltar, ebrias de veneno que reavivaba falsamente las ilusiones de su
primero y único viaje.
Un movimiento
general de las gentes que ocupaban la cubierta interrumpió esta conversación,
haciendo abandonar sus sillones a las francesas. Corrían todos al costado de
estribor para ver en la tarde brumosa el bulto negro de un barco igual al Goethe que
avanzaba sobre él como si fuese a embestirlo. Algunos empezaron a sentirse
inquietos por esta aproximación; pero cuando los dos buques estuvieron
próximos, se fue abriendo la distancia entre sus cascos. Era un trasatlántico
de la misma Compañía de navegación, que acababa de salir de Montevideo con
rumbo a Europa. Venía de los puertos del Pacífico, salvando los grandes oleajes
de los mares del Sur y los canalizos tortuosos del estrecho de Magallanes
bordeados de montañas de hielo.
Ambos buques
se saludaron con los bramidos de sus chimeneas y pasaron muy próximos, pudiendo
verse los pasajeros de uno y otro. Las bordas estaban ocupadas por figurillas
semejantes a muñecos que agitasen automáticamente los brazos con un punto
blanco en su extremidad: el pañuelo o la gorra. Habíase izado la bandera en las
dos popas, y los alemanes la saludaron con un entusiasmo gritón: «¡Hoch!...
¡hoch!». La música del Goethe subió a la cubierta de los
botes, y en los intermedios del bramar de la chimenea oíanse los golpes del
bombo y el armónico mugido de los instrumentos de metal. En el buque de
enfrente también se destacaba el brillo de los cobres y las figuritas de los
músicos, puestos en círculo en la última cubierta. Cuatro trompetas
larguísimas, cuatro tubos semejantes a los que guiaban la marcha de los
legionarios romanos, abrían sus bocas doradas por encima de las cabecitas, y en
los intervalos de silencio llegaba hasta el Goethe su lejano
rugido.
Los chilenos
se entusiasmaron al ver este buque que venía de su patria. Algunos habían
corrido a la oficina telegráfica para conocer los nombres de los compatriotas
que iban a Europa en el otro trasatlántico, y los repetían entre ellos. Sonaban
en su conversación apellidos vascos y andaluces de arcaico eufonismo: apellidos
de los que sólo se conservaba en la Península un recuerdo tradicional en
crónicas y comedias de otros siglos. Acogían con el interés de un gran suceso
la noticia de los que marchaban al viejo mundo. Todos eran amigos, todos eran
algo parientes en aquella República de clases cerradas, donde el gobierno y la
riqueza se mantienen en posesión de las antiguas familias coloniales, cada vez
más unidas por los matrimonios dentro de la misma casta.
—¡Viva
Chile!—gritaban enérgicamente saludando a las lejanas figuritas.
Miraban aquel
buque lo mismo que si fuese suyo porque venía de su país; aclamaban a las
pequeñas personas alineadas en sus bordas creyendo reconocerlas; acogían como
una respuesta a estos vivas el rugido apagado que llegaba hasta ellos por
encima del mar. Algunos, con el enardecimiento de su entusiasmo, daban el viva
extravagante y heroico de las grandes batallas, el que acompaña al populacho
armado y patriótico de los «rotos» en sus empresas hazañescas, la aclamación
reveladora de un carácter testarudo, capaz de ir adelante por encima de todos
los obstáculos.
—¡Viva Chile,
m...!
El buque se
alejó con sus trompetitas brillantes en lo alto y la muchedumbre liliputiense
alineada en los diversos pisos. Un rayo de sol pálido iluminó su popa durante
algunos instantes con reflejos de oro antiguo. Luego, como si el Océano hubiese
despertado únicamente para presenciar este encuentro, se restableció la sombra,
y algo más denso que la sombra asaltó al Goethe a los pocos
minutos.
Una muralla
gris avanzaba sobre él, devorando el azul del cielo y el verde amarillento del
mar. La niebla envolvió al buque cuando entraba en la embocadura del estuario.
Empezó a navegar con lentitud. Algunas veces parecía detenerse, como si
fluctuase indeciso, no sabiendo qué dirección seguir, y poco después reanudaba
la marcha. Rasgaba la «sirena» de minuto en minuto con un aullido lúgubre esta
noche blanca sobrevenida en plena tarde. A corta distancia de las bordas
cerraba la bruma toda visualidad. Los que miraban abajo sólo veían unos cuantos
palmos de superficie acuática. Más allá, el humo turbio y denso lo devoraba
todo. El mástil de trinquete y la proa eran débiles sombras, siluetas borrosas,
pálidos dibujos sobre un fondo gris.
Muchos
pasajeros, especialmente las mujeres, mostraban inquietud. Excitaban sus
nervios los rugidos de la chimenea, que parecían llamamientos de socorro.
Irritábales no poder ver, marchar a ciegas por unos parajes de frecuente
navegación. Pensaban en la posibilidad de un choque en esta atmósfera formida y
traidora. Hubiesen preferido la vida estrepitosa de una tempestad.
A los rugidos
del trasatlántico contestaban, apagados por la distancia y la bruma, los de
otros buques. Tal vez estaban próximos. La niebla atenúa los sones. Para suplir
la intermitencia de los bramidos de la chimenea, la campana del vapor
tintineaba incesantemente, movida por un grumete. Este repiqueteo, semejante a
un toque de misa, excitaba aún más la nerviosidad de las señoras. Criticaban
muchos al capitán porque seguía adelante, exponiéndolos a un choque con otro
buque o a encallar en los bajos del río.
De pronto, un
silbido en el puente, un estrépito en la proa de cabrestantes sueltos y cadenas
escurriéndose. El buque quedó inmóvil; acababa de anclar, en espera de que se
aclarase la atmósfera.
Y entonces,
por una de esas inconsecuencias propias de las muchedumbres, se reprodujo la
protesta en los mismos que se habían quejado al ver el buque en marcha. ¡Estos
alemanes cachazudos y prudentes! Un capitán de otro país hubiese seguido
adelante.
Las mujeres
golpeaban el suelo con el pie. ¿Cuándo entrarían en Montevideo? Tal vez pasasen
la noche en el río; tal vez no llegarían a Buenos Aires en todo el día
siguiente. El doctor Zurita hablaba de nieblas que habían durado tres días.
—Y aquí nos
quedaremos, lo mismo que si estuviésemos en una isla... ¡Qué fregatina!
Pronto se
cansaron los pasajeros de contemplar la cortina de bruma. Muchos creían ver en
su densa superficie bultos negros que surgían de pronto y se agrandaban,
siluetas de buques viniendo sobre ellos a todo vapor. Acabaron por resignarse,
mostrando un valor fatalista; lo que hubiese de ocurrir era inevitable. Además,
el buque seguía lanzando cada medio minuto un bramido indicador de su
presencia. Y paseaban por la cubierta con cierto entorpecimiento, con una
sensación de extrañeza en los pies, que ya estaban acostumbrados a la movilidad
del suelo. Se habían encendido todas las luces en el interior del buque; sonaba
el piano del salón, y pasaban junto a las ventanas parejas de danzantes ganosos
de aprovechar la inercia de la espera.
El fumadero
no tenía un asiento libre. Muchos sentían la necesidad de beber, para quitarse
el mal sabor que la niebla dejaba en las gargantas. Los artistas de opereta
aparecían con sus mejores trajes. Se habían vestido a media tarde para bajar a
tierra, creyendo que antes de una hora estarían en Montevideo. La inmovilidad
del buque los colocaba en una situación algo ridícula: ellas oprimidas en sus
vestidos flamantes, con grandes sombreros, sin atreverse a tomar asiento por
miedo a ajar las faldas; ellos con el bastón en la mano, sufriendo el tormento
del cuello alto entre las demás gentes que conservaban los cómodos trajes de
viaje. ¡A saber cuándo podrían desembarcar!... Todos se lamentaban con gestos
teatrales de este contratiempo de última hora.
Ojeda ocupó
una mesa en la terraza de fumadero con su compatriota Conchita.
—Paisana,
vamos a llegar—había dicho al verla—. Permítame que la invite a tomar algo.
Celebremos el buen viaje.
Ahora que se
veía sin amistades femeniles gustábale conversar con la graciosa madrileña, a
la que apenas había prestado atención en los días anteriores. Y ella,
adivinando que este acercamiento repentino sólo era por el deseo egoísta de no
verse solo, burlábase de sus aventuras en el buque.
—A usted,
paisano, únicamente le interesa lo extranjero. No tiene ni una mirada para lo
de casa... ¡Claro! Las de la tierra somos poco distinguidas, no tenemos chic,
como dicen esas señoras que hablan con Isidro.
Fernando la
miró con interés creciente. Conchita estaba libre de la virtuosa presencia de
doña Zobeida, que andaba por abajo en arreglos de equipaje. Los ojitos negros
tenían una expresión maliciosa y prometedora. A él no le parecía mal la
madrileña... ¡Pero en víspera de la llegada a Buenos Aires! ¡Cargar con un
nuevo compromiso un hombre como él, que iba a la ventura!...
Su
conversación giró al poco rato sobre el dinero y la nueva vida que les esperaba
allá. ¿Qué pensaba hacer Concha al desembarcar? ¿Tenía algún amigo en aquella
tierra?... Pero la muchacha rio con una inconsciencia valerosa. Nadie la
esperaba, ni ella necesitaba apoyo alguno. Entraría en Buenos Aires como en su
casa; lo mismo que si hubiese nacido allí.
—Y dinero,
¿sabe usted, paisano? ni una peseta, ni una perra gorda. Tengo el gusto de
desembarcar con el bolsillo limpio. Quiero que conste así, para cuando yo vaya
en automóvil, tenga collares de perlas y los periódicos publiquen mi biografía
con retrato. Me quedaba un poco de dinero, ¡muy poco! al bajar en Río con doña
Zobeida. La pobre señora me convidó y yo la convidé; luego volvió a
obsequiarme, y yo, por no ser menos, le devolví el obsequio. Total, que en
automóviles, refrescos, frutas del país y demás, se me fue el dinero. A lo
último me quedaban diez pesetas, y me las gasté en sellos y postales, enviando
recuerdos a los amigos y amigas de España. No me queda ni una mota. ¡Limpia por
completo! Así camina una más ligera.
Reía con
cierta agresividad, como si desafiase al porvenir. Cuando llegara a Buenos
Aires, subiría a un coche, el primero que le saliese al paso, ordenando al
cochero que la llevara a un hotel español. En el hotel pagarían el importe de
la carrera. Y luego, a vivir, a esperar... En peores trances se había visto.
Una mujer como ella podía correr el mundo sin una peseta. No todos los hombres
iban a ser tan adustos y distraídos como uno que ella conocía—aquí Ojeda saludó
irónicamente, no sabiendo qué contestar—. Tenía antiguos amigos en Argentina:
señores que había conocido durante su paso por Madrid; unos, americanos; otros,
españoles establecidos en Buenos Aires. Ignoraba sus domicilios, pero ella
averiguaría.
—Yo soy capaz
de descubrir dónde se acuesta el diablo. Además, cuento con la suerte, con lo
que una no espera. Me da el corazón que se presentará algo bueno.
Fernando la
habló de las francesas que iban en el buque. Tal vez tuviese más suerte que
ellas. ¡Quién sabe a lo que llegaría en Buenos Aires! Pero la española torció
el gesto. Ella no ambicionaba joyas, ni pretendía llamar la atención por su
elegancia. Vivir bien y nada más.
—Isidro dice
que yo soy una mujer para la gente... clásica. No sé lo que será eso. A mí me
gustan los hombres serios; nada de ruidos. Vivir con uno como en familia.
Pretendió
Ojeda tentar su codicia de mujer, hablando de los diamantes que conquistaban en
Argentina y Brasil las cortesanas viajeras. Pero Conchita torció otra vez el
gesto con expresión de protesta.
—No; yo no
quiero diamantes. ¡Para como los ganan muchas!... Yo soy clásica, como dice
Isidro, y no me presto a ciertas cosas. A mí me gusta como Dios manda, ¿se
entera usted?... como Dios manda.
Y no pudo dar
explicaciones más claras sobre qué es lo que Dios manda, pues se presentó doña
Zobeida, que, terminados sus quehaceres, iba por la cubierta en busca de «la
buena señorita». Corrió la gente hacia el balconaje de proa, como si la
atrajese una gran novedad. El buque se movía otra vez; iba avanzando
lentamente. Persistía la bruma, pero era menos densa. Los ojos alcanzaban a ver
a mayor distancia a través de su blanco humo.
Esta marcha
devolvió el buen humor a los que se preparaban a bajar en Montevideo. Era un
avance tímido pero continuo a través de la bruma, que se presentaba en oleadas
densas, como si la atmósfera se solidificase a trechos. Deslizábase esta
cortina río abajo y resurgía el Goethe a una niebla menos
espesa, que transparentaba los perfiles lejanos como fluidas siluetas. Al poco
tiempo, una nueva avalancha cegadora pasaba sobre el buque, y así iba avanzando
éste, con rápidos tránsitos, de una obscuridad absoluta a una penumbra vaporosa
y láctea.
La luz
macilenta que había podido filtrar el día a través de estos cortinajes lóbregos
acababa de extinguirse con la llegada de la noche. El buque aparecía iluminado
desde las cubiertas bajas a los topes. Sus costados estaban agujereados como
negros panales por los ojos ígneos de los tragaluces. Los reverberos de las
cubiertas daban a la niebla invasora un temblor irisado. En ciertos momentos,
el trasatlántico parecía inmóvil, y únicamente al avanzar la cabeza fuera de la
borda se convencían los pasajeros de que marchaba, oyendo el chapoteo invisible
de sus flancos.
Ojeda vio
pasar a Mina junto a él, una Mina distinta en su aspecto exterior a la que
había conocido hasta entonces, siempre vestida de blanco y con la cabeza
descubierta. Un gabán obscuro la envolvía del cuello a los pies. Su rostro
estaba medio oculto por un ancho sombrero y un velo tupido. Ella, que en los
días anteriores evitaba todo encuentro con Fernando, pasó repetidas veces junto
a él. Hasta creyó adivinar a través del velo que sus ojos le miraban
intencionadamente.
Al llegar en
sus evoluciones cerca de una escalerilla de la cubierta de botes, volvió Mina
la cabeza con muda invitación y subió rápidamente. Fernando, después de una
espera prudente, fue tras de sus pasos.
Se
encontraron arriba en una láctea penumbra atravesada por la flecha roja de las
luces solitarias. Nadie más que ellos. Experimentaron cierta cortedad al verse
frente a frente, como si se arrepintieran de esta entrevista. A los pocos
momentos chorreaba la humedad por sus ropas. Sentían las manos humedecidas, e
instintivamente las guardaron en los bolsillos. Toda su vida se concentró en
los ojos.
Ella fue la
primera en romper el silencio.
No podía
resignarse a dejar el buque sin hablar con él por última vez, sin decirle
adiós. Y Fernando, emocionado por el tono de humildad con que hablaba esta
mujer, sacó las manos de los bolsillos buscando las suyas. ¡Mina!... ¡Brunilda
adorada!... De su existencia en medio del Océano, ella iba a ser el único
recuerdo que permanecería en pie.
La alemana
habló al principio con timidez, en tercera persona, evitando el tuteo de la
pasión; pero luego, con súbita familiaridad, se expresó libremente, lo mismo
que cuando paseaban por la cubierta a altas horas de la noche.
--- Me has
hecho mucho daño. ¡Lo que yo he sufrido!... Quise odiarte, y no pude... Al
verte con otra, huía, huía, detestando a tu compañera; pero a ti no. Y ahora no
he podido alejarme sin decirte adiós.
¡Ay! Si él no
hubiese sentido la fatal curiosidad... Si se hubiera limitado a amarla como
ella quería... ¡qué felicidad la de los dos!...
—No puedo
censurarte. Tú eres hombre y necesitas la posesión; y yo soy una pobre enferma,
sin otros encantos que los del alma, los que no se ven... Y ahora, adiós; tal
vez para siempre, tal vez por algún tiempo nada más. ¡El mundo es tan
pequeño!...
La compañía
iba a desembarcar en Montevideo. Trabajaría tres semanas en esta ciudad,
mientras quedaba libre un teatro de Buenos Aires.
—Pronto iré
adonde tú estarás... pero ¡quién sabe! Aunque vivamos en el mismo sitio, no nos
veremos. Somos de distintos mundos; tú no te acordarás de mí. ¿Quién soy yo?...
Ni siquiera una buena memoria: una decepción, un recuerdo penoso.
Él protestó
con toda la vehemencia de su carácter, apasionado y elocuente cuando estaba en
contacto con una mujer. Guardaría memoria de ella mientras viviese. Las otras
no habían dejado en su recuerdo más que una sensación de penosa hartura.
—No te
creo—dijo ella—. Tú sí que serás el mejor recuerdo de mi existencia... Me has
hecho sufrir mucho. Tu fuga me hizo ver una decadencia y una miseria que tenía
olvidadas. Pero aun así, ¡gracias, muchas gracias! Te debo la única felicidad
que he conocido.
Vivía ella
embrutecida por el desaliento, resignada a no conocer otra vez el amor, encanto
de la existencia. Y llegaba él, para fijarse en su belleza marchita,
inadvertida de los otros, y la despertaba misericordiosamente, tomándola en sus
brazos, elevándola hasta su boca.
Esta
felicidad había durado poco. Un pequeño rayo de sol, una risa de oro en el
limbo de su existencia: un relámpago de luz alegre, y luego la noche otra vez,
la desesperación de reconocer su decadencia. Pero a pesar de esto, repetía sus
palabras de gratitud. ¡Gracias, muchas gracias! Se llevaba con ella algo que no
le iban a quitar: la dulce melancolía del recuerdo, que puede embellecer la
penumbra de una existencia resignada. Pensaría en él, como en un otoño suave,
cuando sintiese el frío de la soledad.
—Aunque no me
des más, ya has hecho bastante... Tal vez sea mejor que no volvamos a
encontrarnos. Te veré en mi recuerdo cada vez más grande, más atractivo... Y
ahora, adiós. Separémonos. Tengo que hacer abajo.
Fernando, que
horas antes apenas se acordaba de ella, sintióse triste al abandonarla.
Experimentó la melancolía del actor que empieza a «entrar en su personaje» y ve
que le arrebatan de pronto el papel. Había saltado atrás con el pensamiento,
suprimiendo unos días, y se contemplaba en el silencio de la noche equinoccial
paseando por «el rincón de los besos» sosteniendo con un brazo a la romántica
alemana, próxima a desvanecerse de sentimentalismo. Las palabras de entonces
volvían a sus labios: «¡Novia mía!... ¡Mi walkyria!».
Aquella mujer
era la única en el buque que le había amado con desinterés. ¿Y quería separarse
de él así, fríamente, sin añadir algo a sus palabras?...
Estaban
cogidos de ambas manos, con los dedos entrecruzados. Él tiró sin encontrar
resistencia, y ella, sumisa, adivinando sus deseos, dejó caer la cabeza sobre
un hombro de Fernando. Mina no habló, pero él creía escuchar su voz infantil y
medrosa, tal como había sonado abajo noches antes: «Boca, sí... Cabina, no...».
Su beso fue
triste, dificultoso. Sus caras, al juntarse, estaban húmedas y chorreantes por
la niebla. Ella besó como en la primera noche, de abajo arriba, entornando los
ojos, palpitantes las alillas de la nariz, frunciendo los labios, como una flor
que cierra sus pétalos. Pero Fernando sólo encontró en esta caricia una
sensación lejana, semejante a la de un perfume desvanecido, a la de una música
borrosa. Además, el ala del sombrero se clavó en su frente, el velo
arremolinado le raspó una mejilla, la punta de un alfiler largo, que parecía
animado de vida maligna, buscó traidoramente uno de sus ojos.
Ella se
separó con rudo tirón. ¡Adiós! ¡adiós! Y al estar junto a la escalerilla,
volvió aún la cara hacia Ojeda para despedirse con voz trémula:
—¡Novio
mío!... ¡mi poeta! Acuérdate alguna vez.
Al descender
Fernando a la cubierta de paseo, vio a Mina hablando en alemán con otras de la
compañía. Pasó junto a ella, y al encontrarse con sus ojos, éstos le miraron
indiferentes, sin la más leve emoción, cual si fuese un desconocido.
Empezaron a
marcarse a través de la niebla, cada vez más clara, varios puntos de luz: unos,
fijos; otros, intermitentes, parpadeando como ojos de cíclope. Una nube rojiza
se extendía frente a la proa sobre el perfil negro de la costa. Debía ser el
reflejo de una ciudad iluminada... ¡Montevideo!
Y otra vez la
inconstancia de la muchedumbre se puso de manifiesto con alabanzas al capitán
por haber avanzado sin extravíos a pesar de la niebla.
Abríanse
grandes claros en el cielo al rasgarse la bruma. Eran largos colgantes de
intenso azul en los que flotaban enjambres de estrellas. Al poco rato, una
brisa fresca barría los últimos jirones, que se amontonaron más allá de la
popa, río abajo, formando una barrera blanca.
Quedaron
completamente al descubierto, con la limpieza de un cuadro recién lavado, la
superficie del estuario y la costa negra con sus resplandores de faros y de
pueblos. El oleaje rompía y entremezclaba los reflejos de los astros, haciendo
danzar estas luces sin calor, lo mismo que fuegos fatuos.
Volvió a
lanzar sus bramidos el Goethe en la noche serena, manteniendo
su marcha lenta, cual si no se atreviese a avanzar solo. Después de la comida
se agolparon los pasajeros en las bordas, atraídos por una novedad. Una luz
venía al encuentro del buque al ras de las aguas; una luz que se agitaba
locamente en continuo balanceo, ocultándose con frecuencia al interponerse una
ola entre ella y el navío.
Algunos
pasajeros reconocieron esta luz. Era el vaporcito del práctico de Montevideo.
Desde lo alto del Goethe, inmóvil como una isla, parecían
insignificantes las ondulaciones que venían a chocar contra sus costados; pero
al mirar la luz que se aproximaba titubeante, algunas mujeres daban gritos de
angustia. El vaporcito, ancho y profundo, de robusta chimenea, navegaba, sin
embargo, como un pedazo de corcho a merced de las olas, sacudido, retorcido,
zarandeado por encontradas fuerzas. A veces desaparecía su luz, como si se la
hubiesen tragado las aguas, y tras largo eclipse volvía a aparecer más allá,
donde nadie esperaba verla.
—¡Qué río el
de la Plata!—dijo con orgullo el doctor Zurita a Isidro—. Y lo que usted ve no
es nada... Hay que pasarlo un día de tormenta... Algunos que no se marean yendo
a Europa, echan hasta el alma en un vapor del río.
El buque del
práctico entró en la zona iluminada del Goethe. Los pasajeros
vieron abajo una ancha cubierta mojada por el oleaje, unos cuantos hombres con
impermeables, la boca de una chimenea que cesó de arrojar humo, y las luces de
varios faroles. Una escala de cuerda cayó desde el trasatlántico y un hombre
gateó por sus travesaños. A los pocos minutos sonaron en lo alto del buque los
timbres de señales para las máquinas. Se despegó el vaporcito, alejándose con
violento y grotesco cabeceo, semejante a los traspiés de un beodo. El Goethe,
con el práctico en el puente, aceleró su marcha, poniendo la proa rectamente a
Montevideo.
Empezaron a
surgir rosarios de luces entre las masas de sombra de la costa. Unas eran rojas
y mortecinas; otras, blancas y erizadas de fulgores: una procesión cada vez más
larga y de filas múltiples según el vapor iba avanzando. En lo alto del cielo,
un astro poderoso centelleaba con intermitencias, rasgando la obscuridad. Los
uruguayos saludaron esta faja parpadeante de luz con patriótico entusiasmo. Era
el faro del Cerro; el monte que al ser visto por los primeros navegantes
españoles dio, según la tradición, su nombre a la ciudad.
Las luces se
iban extendiendo profusamente. Alineábanse en dobles filas, indicando el
trazado de los bulevares exteriores; otras más débiles punteaban con rangos
superpuestos la negra masa de los edificios. Junto al agua brillaban los focos
eléctricos del muelle y las linternas multicolores de los buques.
Rompió a
tocar la banda del Goethe la marcha triunfal con que saludaba
el ingreso en los puertos. A un lado del buque surgió un murallón con espumas
en su base. Era la escollera. Viéronse muelles con puente agolpada en sus
bordes; edificios altos; arranques de calles que se perdían en lontananza entre
una doble fila de árboles y faroles; luces movibles de tranvías y automóviles.
Algunos
pasajeros se agitaban de un lado a otro de la cubierta, como si les faltase el
tiempo para desembarcar.
—¡Ya
estamos!... ¡Ya hemos llegado!
Pasó el Goethe por
entre buques tan enormes como él, trasatlánticos que iban con rumbo a Europa o
a los puertos del Pacífico, y sólo anclaban unas horas, cerca de la embocadura,
para salir inmediatamente. Sus luces rojas, verdes y blancas reflejábanse con
violento serpenteo en las aguas removidas por el paso continuo de lanchas y
remolcadores.
Cuando la
gente del Goethe creía que el buque iba a seguir avanzando,
hasta pegarse a un muelle, se detuvo en mitad de la dársena, lo mismo que los
otros trasatlánticos, y sonó en su proa el estrepitoso rodar de las cadenas de
anclaje. «¡Fondo!...» Quedó inmóvil la nave, e inmediatamente la rodearon los
pequeños vapores que evolucionaban en torno de ella. Aglomerábase el gentío en
sus cubiertas agitando pañuelos, dando gritos para llamar la atención de los
pasajeros del trasatlántico alineados en las bordas. Y muchos de éstos, al
avanzar sus cabezas para ver mejor a la muchedumbre que llenaba los pequeños
buques, reconocieron caras amigas, saludándolas con gritos de regocijo y
preguntas sobre los ausentes.
Unos eran de
Buenos Aires, y habían bajado el río para dar la bienvenida a las familias que
regresaban de Europa; otros esperaban el momento de subir al trasatlántico, por
curiosidad o por exigencias del oficio.
El Goethe había
encendido en sus costados poderosos focos de luz verde, que daba a los rostros
un tono lívido, haciendo palidecer los faroles de las embarcaciones inmediatas.
Después de larga espera quedaron francas las escalas del buque, lanzándose por
ellas la muchedumbre como si subiera al asalto.
Los primeros
en entrar fueron los vendedores de periódicos, pregonando los últimos diarios y
revistas de Buenos Aires y de Montevideo. Arrebatábanse los viajeros el papel
impreso, ansiosos de enterarse de las noticias de su país, como si temiesen que
durante su aislamiento en el mar hubieran ocurrido los sucesos más
extraordinarios. Después subieron corredores de los hoteles de Buenos Aires y
agentes de empresas de transportes, ofreciendo sus servicios. Todos hablaban de
la gran ciudad situada al final del estuario, como si ella existiese únicamente
y la otra que estaba a la vista fuese una simple portería del río. Esparcíanse
por el trasatlántico los que habían llegado de Buenos Aires para saludar a sus
amigos. Gritos, llamadas, reconocimientos, abrazos, preguntas por los parientes
que esperaban allá.
Los pasajeros
con destino a Montevideo desfilaban por una escala especial hasta un vaporcito
de amplia cubierta. Todas las damas de la opereta bajaron estos peldaños de
madera con el gesto majestuoso de una reina de teatro que desciende por una
escalinata de cartón. Las «estrellas» de la compañía avanzaban entorpecidas por
los grandes ramos que les había enviado el empresario a guisa de saludo. Hasta
las coristas parecían otras al descender a tierra. Contestaban a los saludos de
Maltrana con una discreción de grandes señoras que abandonan su incógnito. Ya
estaban en América. La fortuna, indudablemente, les reservaba gratas sorpresas.
Había que hacerse valer, olvidando las promiscuidades del buque.
Fernando vio
a Mina que bajaba la última, llevando el niño por delante y sosteniendo en sus
brazos varias ropas y paquetes. Pasó junto a él como si no quisiera verle,
contestando a su mirada de despedida con un ligero movimiento de cabeza.
«¡Adiós,
Karl!...» La mano de Ojeda había acariciado al niño, y éste movió la cabeza,
considerándolo un instante con la expresión del que recuerda de pronto a una
persona olvidada. Luego se alejó de él sin un saludo, sin una sonrisa, con el
enfurruñamiento de su gravedad precoz.
Miraba Isidro
la ciudad, alabando su hermoso aspecto.
—Ya estamos
en nuestra América, Ojeda. Crea usted que bajaría con gusto, pero no me place
ver una ciudad de noche, y el buque saldrá antes del amanecer.
Ojeda había
estado en Montevideo años antes, y guardaba un buen recuerdo.
—Algún día la
veremos—dijo—. Vamos a ser vecinos de ella. Un viaje de una noche nada más...
¡Quién sabe cuántas veces tendremos que volver por aquí!...
Un estallido
de aplausos, acompañado de vibrantes aclamaciones, sonó en la cubierta
superior. El curioso Maltrana corrió escalera arriba, y Fernando tras él. Una
muchedumbre llenaba el jardín de invierno y el salón. Algunas banderas
tricolores desplegábanse sobre las cabezas descubiertas.
—¡Los
gringos! ¡Vamos a ver a los gringos!—decían los niños en el paseo, acudiendo
curiosos, atraídos por los aplausos.
Varias
comisiones de sociedades italianas de Montevideo habían venido a saludar a su
compatriota el conferencista ilustre de paso para Buenos Aires. Todos se
lamentaban de que no descendiese inmediatamente en su ciudad; le pedían que
volviera cuanto antes a Montevideo. Isidro se fijó en los diversos aspectos de
los comisionados: unos, bien vestidos, revelando en el empaque de sus personas
la satisfacción de una fortuna recién conquistada; otros, más humildes, con el
aspecto de obreros endomingados; pero todos rebosando un orgullo patriótico por
esta visita, que les recordaba la tierra lejana y parecía aumentar su propia
importancia en el país de adopción.
El
conferencista, que había pasado casi inadvertido durante la travesía, se
agigantaba ahora de golpe con este homenaje popular. Muchas señoras que apenas
se habían fijado en él, sonreían y lo encontraban «muy distinguido de figura».
Un mocetón
italiano, representante de una sociedad obrera, saludó al professore con
un discursito aprendido de memoria. Lo recitó de buena fe, con la convicción de
que estaba trabajando por la gloria de su país. Celebraba la llegada del grande
hombre como la aparición del día, con enfático lenguaje: «Egregio
professore: Voi siete come la stella del mattino...». Y mientras aplaudían
los compatriotas, «la estrella de la mañana» acariciábase las barbas y se
afirmaba los lentes pensando en su contestación.
—¿Y el
abate?—dijo Maltrana—, ¿Dónde estará el otro conferencista?
Habían vuelto
los dos amigos al paseo, huyendo del sudoroso calor y los empellones de la
gente aglomerada. Cerca del café vieron al abate rodeado de tres jóvenes que
habían venido de Buenos Aires para darle la bienvenida.
—Poco
éxito—dijo Isidro—. El italiano lo aplasta con sus masas. Fíjese usted: tres
jovencitos nada más, tres niños de buena familia, que indudablemente vienen
enviados por sus mamás.
Ojeda movió
la cabeza negativamente. Los recibimientos eran distintos, cierto; pero faltaba
ver el final, el resultado positivo de las conferencias.
—Los dos
vienen a ganar dinero, y eso es lo que en realidad les importa. Verá usted cómo
el otro, a pesar de tantas aclamaciones, músicas y banderas, no se lleva lo que
el abate.
Al seguir
circulando por la cubierta, vieron nuevas personas que se habían agregado a los
grupos de viajeros. Todas las familias argentinas rodeaban a alguien que había
realizado el viaje a Montevideo para saludarlas. Y el recién llegado hablaba y
hablaba, para satisfacer su curiosidad ansiosa de novedades.
En la terraza
del fumadero encontraron a todos los Kasper sentados a una mesa gravemente,
como si celebrasen un consejo de familia. Frente a Nélida estaba un mocetón
alto, tostado por el sol y de mirada dura.
Maltrana pasó
rápidamente mirando a otro lado, cual si quisiera evitarse saludos y
presentaciones.
—¿Se ha
fijado usted?—dijo a Ojeda algunos pasos más allá—. Es el hermano, el centauro
de la Pampa, que ha venido a esperarlos; el vengador que amenaza a su hermana
con desfigurarle el rostro... La pobrecita está desde esta tarde con un susto
mortal. Un radiograma les hizo saber que el bárbaro los esperaba en Montevideo,
y en seguida me rogó que no me acercase a ella. Veremos en qué para esto.
Al otro lado
del paseo encontraron al «hombre misterioso». Maltrana, al verle, experimentó
gran sorpresa. ¡Oh prodigio! El hombre lúgubre no estaba solo; tenía un amigo.
Hablaba con él un joven que parecía por su aspecto un ayuda de cámara.
—Esto va
poniéndose claro, Ojeda. Algún cómplice que viene a darle aviso. La policía lo
espera indudablemente en Buenos Aires... Pero ese amigacho parece un criado de
casa grande. ¿No estarán preparando juntos algún mal golpe?... De todos modos,
vamos a saber la verdad mañana. Yo no me voy sin averiguar lo que encierra el
camarote.
Fatigados de
codearse con la gente de tierra que llenaba las cubiertas, se refugiaron en el
fumadero. También era extraordinaria la concurrencia en este salón. Casi todas
las mesas estaban ocupadas. Los pasajeros obsequiaban a los amigos que habían
venido a saludarles.
Miró Fernando
con melancolía esta vasta pieza, en la que se había deslizado para algunos toda
la vida trasatlántica.
—La última
noche, Isidro. Puede usted decir adiós al buque. Mañana a estas horas, con las
nuevas impresiones de tierra, tal vez nos habremos olvidado de él.
Acostumbrados
los dos a la existencia de a bordo, experimentaron cierta tristeza al pensar
que no verían más estos lugares, en los que habían transcurrido quince días de
su vida, equivalentes a quince meses por sus largos tedios y sus rápidos
sucesos. Ojeda sintió la necesidad de solemnizar con algo extraordinario esta
última noche, y pidió champán.
—Una botella
para los dos, ¿le parece bien, Maltrana? Saludamos al río de la Plata;
presentémonos alegremente ante la fortuna que nos espera... ¡Por nuestra
suerte!
Y luego de
chocar las copas quedaron silenciosos, mirando atentamente los adornos de aquel
salón, como si lo viesen por vez primera y quisieran llevarse impresa su imagen
en el recuerdo. No se habían fijado hasta entonces en los escudos que adornaban
las paredes entre guirnaldas doradas de frutas y hojas. Eran los de todas las
naciones en cuyos puertos tocaba el buque, añadiéndose a ellos los de Paraguay
y Chile. Una cúpula de cristales de colores elevábase sobre el artesonado de
oro obscuro. Profundos sillones de cuero se agrupaban en torno de las mesas de
roble. En éstas, muchos ruedos de fieltro, indicadores de los bocks consumidos,
y grandes fosforeras con receptáculos de níquel llenos de colillas de cigarro.
Los ventiladores zumbaban a todas horas, limpiando el ambiente de humo. El piso
de mosaico ofrecía una nitidez propicia al resbalón.
En el fondo
estaban, como siempre, los devotos del poker, ajenos a los sucesos
exteriores, con los naipes en la mano, espiándose impasibles. Su número era
menor. Unos se habían quedado en Río Janeiro, otros acababan de descender en
Montevideo; pero estas deserciones no entibiaban la fe de los leales; antes bien,
su fervor parecía recrudecerse. Era la última partida: al día siguiente iban a
separarse. Y jugaban olvidados de todo, sin saber con certeza si el buque
estaba inmóvil o había reanudado su marcha.
Un gran
retrato de Goethe adornaba el testero del salón. Presidía el poeta con su
olímpica sonrisa el manejo de las barajas y el continuo beber de una parte del
rebaño trasatlántico acorralado en el buque de su nombre. Una columna caída le
servía de asiento y una campiña desolada de melancólico fondo. Sombreaba sus
facciones de helénico dios un amplio chambergo y cubría sus vestidos con una
túnica blanca, a modo de gabán de viaje. Con este exterior un tanto grotesco lo
había representado el artista, soñando sobre las ruinas del agro romano.
Maltrana lo
miró con más atención que otras veces, como si se despidiese de él.
—Digamos
adiós al noble amigo don Wolfgang, que ha visto con paciencia tantas necedades
nuestras... Este fue un hombre feliz. No se vio obligado, como nosotros, a
correr el mundo en busca de dinero. La fortuna fue pródiga para él, como una de
esas viejas apasionadas que gustan de proteger a los buenos mozos. Todo lo
tuvo: genio, belleza, gloria y amor. Hasta conoció el orgullo de gobernar a los
hombres... Pero a pesar de su egoísta felicidad, supo ver desde sus alturas,
como nadie, las inquietudes y las ambiciones de los pobres mortales. Acuérdese
de su héroe, amigo mío; haga memoria de cómo terminó su existencia... Fue un
colega de usted, un colonizador.
Ojeda sonrió
al recordar, por estas indicaciones de su amigo, el final del insaciable
Fausto. Había gozado dos grandes amores, Margarita y Elena, y ni la ingenua
burguesilla alemana ni la hija tentadora de los dioses le hicieron conocer la
verdadera felicidad. La ciencia fue para él otro desengaño; y lo mismo el
imperio sobre los hombres, la «potencia de dominación», con todas las
satisfacciones del orgullo... Al final de su existencia creía encontrar la
verdadera dicha dedicándose al progreso de sus semejantes, colonizando una
isla, levantando en ella la ciudad futura, en la que todos serían iguales,
regidos por la santa poesía... Y para la realización de esta empresa luchaba
con la tierra salvaje y con las aguas, abriéndolas un enorme canal.
—Sí—continuó
Fernando—; fue un colonizador, después de haber sido enamorado, sabio y
monarca. Pero cuando consideraba su obra triunfante, Mefistófeles, el diabólico
compañero, malvado y burlón, reía a sus espaldas. «Infeliz: cree estar abriendo
un canal, y está abriendo su propia tumba.»
—Pero a usted
no le ocurrirá eso. Usted es joven, y tiene más ilusiones que el famoso doctor.
Fernando hizo
un gesto de indiferencia. No le inquietaba el porvenir. La muerte llegaría para
él lo mismo que llega para los demás, inesperadamente, sin consultar las
ambiciones y las necesidades de su víctima. Si los hombres pensasen en la
muerte a todas horas, pocos querrían trabajar, convencidos de antemano de la
inutilidad de sus esfuerzos.
—Creo lo
mismo que usted—concluyó animosamente—. Yo removeré la tierra y abriré canales,
sin abrir por eso mi tumba... Mi sepultura está en Europa. Pero ¡quién sabe las
cosas que nos aguardan antes de morir en este país al que vamos llegando!
Después de
media noche, se retiraron los dos amigos a sus camarotes. Había disminuido la
gente en las cubiertas y salones. Los comisionados italianos, con sus banderas
y sus vítores, estaban ya en tierra, y lo mismo que ellos, los demás habitantes
de Montevideo venidos al trasatlántico para saludar a los amigos. No quedaba en
torno del Goethe ningún vaporcillo de pasajeros. Ahora eran
fuertes gabarras las que flotaban junto a la nave. Movíanse ruidosamente las
maquinillas de descarga. Sus brazos amarillos pasaban enormes fardos de las
bodegas de proa y de popa a las chatas embarcaciones. Esta operación iba a
prolongarse hasta la madrugada. Además de las mercancías, había que echar a
tierra el enorme bagaje de la compañía de opereta: cofres de vestuario, decoraciones,
equipajes de los artistas.
Al entrar en
su camarote, Ojeda experimentó la sorpresa de la inmovilidad. Estaba
acostumbrado al zumbido remoto de la máquina, que comunicaba un ligero temblor
a las paredes. Le hacía falta el crujido de las maderas, el ruido continuo de
agua corriente debajo de la ventana. Creyó estar ahora en una casa de tierra
firme. Todo inerte, como si el buque fuese de ladrillo con profundas raíces en
el suelo. El silencio nocturno, cortado por relámpagos de ruido, era igual al
de una fábrica. Cuando Fernando empezaba a dormirse, reanudábase de pronto el
rodar de las maquinillas acompañado del griterío de los obreros ocupados en la
descarga.
El buque no
podía zarpar hasta después del amanecer. Aguardaba el capitán a que subiese la
marea para remontar el río.
Despertó
Ojeda, en la mañana siguiente, cuando entraba el sol por la ventana de su
camarote. Su primera impresión fue de sobresalto. Algo extraordinario había
retrasado la salida del buque. Éste parecía inmóvil, como si aún permaneciese
anclado frente a Montevideo. Pero al aproximarse a la ventana, no vio la ciudad
ni los numerosos buques surtos en el puerto. Una extensión infinita de agua se
abrió ante sus ojos; pero era un agua amarillenta a trechos, más allá rojiza,
con el leve rizado de un oleaje corto e incesante.
Navegaba el
buque como si avanzase entre algodones, sin un choque, sin el más leve
balanceo. Su profunda quilla parecía resbalar sobre rieles invisibles. Las
aguas, al partirse ante su vientre, eran sordas y no levantaban jaboneo de
espumas. Los ojos, habituados al azul intenso del Océano, parpadeaban con
cierta extrañeza ante la extensión amarilla, semejante por su color a una
pradera seca.
En la
cubierta de paseo encontró Fernando a los pasajeros vestidos con trajes de
calle, como si les faltase tiempo para saltar a tierra. Muchos hombres llevaban
ya guantes y bastón. Las señoras iban puestas de sombrero, con abrigos
recientemente adquiridos en París. Tal vez eran demasiado gruesos para la
temperatura reinante, pero ellas tenían prisa de exhibirlos al saltar a tierra,
contando con la admiración o la envidia sonriente de las amigas.
Faltaban aún
varias horas para llegar a Buenos Aires. Las orillas, sin una colina, sin altos
bosques, permanecían invisibles y el río desarrollábase inmenso y solitario
como el mar. De vez en cuando, sobre las aguas rojas, que parecían de barro
líquido, cabeceaba una boya con un farol en la cúspide y un número blanco en el
vientre, indicador de los kilómetros entre Buenos Aires y Montevideo. El Goethe marchaba
entre una doble fila de estas balizas, que marcaban el canal para los buques de
gran calado. A los lados de este canal surgían inmóviles los barcos del
dragado, como negras ballenas dormidas a flor de agua. Veíase el rosario
oblicuo de sus enormes tanques entrando en el agua y saliendo con un chorreo de
fango removido.
El
trasatlántico avanzaba lentamente, como si su quilla mordiese en el fondo
ocultos obstáculos. Estremecíase al remover un légamo secular, venciendo
ocultas resistencias. En torno de su vientre se obscurecían las aguas con una
nube negra que subía de la profundidad. Las espumas levantadas por las hélices
tenían en su hervor manchas de detritus. Un viento a ráfagas, más violento que
el del Océano, pasaba sobre esta superficie, levantando un oleaje encontrado
que chocaba imponente en los flancos de la nave, sin producir en ella la menor
conmoción. Media hora después, al cesar el viento, la superficie del río
quedaba casi inmóvil.
Fuera de las
líneas de balizamiento pasaban a todo vapor, o con las velas desplegadas,
numerosos buques. Eran fragatas que iban a descargar, Paraná arriba, en el
puerto de Rosario; vapores de tres pisos, sin mástiles y de escaso fondo,
parecidos a casas flotantes, que hacían el servicio diario entre Buenos Aires y
Montevideo; reducidos paquebotes, iguales en su forma a los grandes
trasatlánticos, que remontaban el estuario con rumbo al Paraguay y a las
escalas fluviales del corazón del Brasil, en plena selva virgen.
Ojeda vio a
Maltrana venir hacia él sonriente y amistoso como si le faltara tiempo para
comunicarle gratas noticias.
—Lo de la
familia Kasper queda resuelto. Nélida acaba de presentarme a su temible
hermano... En cuanto al camarote misterioso, ya no tiene misterio... Hace un
rato he estado hablando con «el hombre lúgubre».
Y como si
gozase manteniendo latente la curiosidad de Fernando, empezó por hablar de
Nélida y su familia. ¡Todos contentos! El hermano pequeño atolondrado por las
reprimendas de la madre y el enojo patriarcal del señor Kasper, parecía haber
olvidado sus amenazas, absteniéndose de hacer revelaciones al hermano mayor.
Nélida le cedía a perpetuidad el loro y la mona regalados por Ojeda, y esta
merced generosa había acabado de extinguir sus antiguos rencores. Ocupado en
sus caricias a estos compañeros, no se acordaba de nada.
El padre y su
montaraz primogénito habían pasado varias horas en la noche anterior y en esta
mañana hablando de negocios. Y Nélida aprovechaba la menor pausa para acariciar
con gestos felinos y engañosos al sombrío centauro, que también parecía haber
olvidado con la emoción sus recelos y sus amenazas. Acababa de encontrarse
Isidro con ellos en el fumadero, y Nélida le había presentado al hermano.
—Un bárbaro;
créame, Ojeda. Mirada torva, dificultad en el hablar, como si no se acordase de
las palabras, y un apretón de manos que aún me duele. Pero me dio las gracias
como pudo al saber por Nélida que yo y otro señor compatriota mío habíamos
tenido grandes atenciones con ella. Hasta me ha invitado a que vaya a pasar
unos días en su estancia. ¡Qué vida ésta del Océano! ¡Qué cosas ha visto el
buque!...
—¿Y lo del
camarote?—preguntó Fernando—. ¿Qué es lo que hay dentro de él?
Otra vez
lanzó exclamaciones Maltrana ponderando las sorpresas de aquella vida sobre el
mar, abundante en novedades y contrastes. Venían viajando sobre catorce
millones en oro apilados en la bodega; y por si no bastaba tanta riqueza, él
había dormido todas las noches junto a una señora millonaria, cuya presencia en
el trasatlántico muy pocos conocían.
—¿La ha visto
usted?—preguntó Ojeda, francamente interesado por esta noticia.
—No pienso
verla: no me tienta la curiosidad. Ha perdido todo interés para mí... Porque le
advierto, Fernando, que la tal señora, mi vecina de camarote, murió hace un mes
en París, y es su cadáver el que viene con nosotros a Buenos Aires.
Acababa
Isidro de enterarse. El mayordomo del buque le había revelado el secreto viendo
próximo el término del viaje.
—La pobre
señora tenía un nombre poético un tanto raro: doña Matutina Flores. Parece que
en esta tierra bautizan a las gentes con nombres algo originales... ¡Los
millones de la noble matrona! No sé cuántos: unos dicen treinta, otros
cuarenta... En fin, muchas casas en Buenos Aires, leguas y leguas de campos,
miles y miles de vacas, acciones de todos los Bancos serios. Vivía en París,
como todo argentino rico que se respeta, rodeada de hijas, hijos, yernos,
nueras y nietos. Una familia numerosa, una verdadera tribu, pero con víveres en
abundancia. Y al morir doña Matutina la llevan a enterrar a Buenos Aires, según
su póstuma voluntad. Los hijos y los yernos no han querido hacer el viaje con
ella (esto les enternecería mucho), pero vienen en otro buque, para repartirse
la herencia sobre el terreno.
—¿Y el hombre
misterioso?...
—Es
simplemente el mayordomo que tenía la difunta en su hotel de la Avenida del
Bosque... Un majestuoso doméstico, que sabe guardar las distancias lo mismo que
un diplomático, y por eso se mantenía aparte, con un digno espíritu de clase.
¡Y yo que tomaba esta tiesura por orgullo!
El recuerdo
de sus pasadas curiosidades surgió en Maltrana como un remordimiento.
—¡Pobre doña
Matutina!... Que me perdone desde el cielo los escándalos que he dado ante su
puerta... Ni la conozco ni me deja nada; pero la tengo cierta simpatía. Ya ve
usted: ¡medio mes de dormir juntos, sin otra separación que un tabique de
madera!... ¡Y tantas veces que la han recordado las señoras argentinas en sus
tertulias de la cubierta, sin sospechar que la tenían debajo de sus pies!...
Los herederos se han portado bien. En vez de meterla en la bodega, la han
alquilado un camarote, como si fuese una persona viva. ¡Corazones generosos!...
¡Las atenciones y finezas que inspiran unas docenas de millones!...
Isidro no
podía abandonar el recuerdo de este cadáver acompañándole invisible en su
viaje.
—Reconocerá
usted que han ocurrido muchas cosas en quince días. Las sesiones nocturnas en
el fumadero, amoríos, golpes, el desafío de Río Janeiro, que por poco me cuesta
un pie, millones en oro acuñado debajo de nuestras plantas, un cadáver de iluso
echado al mar, quince noches pasadas junto a otro cadáver que también
representa millones... ¡qué novela! ¡Y yo que he pasado en Madrid meses y meses
de casa al café, del café a la redacción y de la redacción a otros sitios...
sin que me ocurriese nada extraordinario!... El único remordimiento que siento
después de tantos sucesos es el de mis insolencias involuntarias con la pobre
doña Matutina y los sustos que he dado a su guardián. ¡Que ella me perdone!
¡Lástima no habernos conocido un poco antes, para que me hubiese dedicado un
pequeño recuerdo en su testamento!...
A la hora del
almuerzo, los pasajeros comieron apresuradamente, deseando volver cuanto antes
a la cubierta. Esperaban ver Buenos Aires de un momento a otro. Se iba
aproximando el trasatlántico a la ribera argentina. No alcanzaba a distinguirse
ésta por ser muy baja, pero sobre la línea del agua extendíanse algunos
borrones horizontales, siluetas de lejanas arboledas.
El número de
buques aumentaba considerablemente. Muchos permanecían inmóviles. Los veleros
cabeceaban con los trapos caídos a lo largo de los mástiles, en espera de las
irregulares palpitaciones del viento. Cuando éste llegaba, movía como un
escalofrío las blancas superficies de las arboladuras. Otros, anclados y con
los palos desnudos, aguardaban no se sabía qué.
Más allá, fue
pasando el Goethe entre filas de vapores de diversas hechuras
y capacidades. Formaban una ciudad flotante, una ciudad muerta, sin otro signo
de vida que algún bote que se deslizaba de un buque a otro. Los cascos parecían
envejecer en esta inmovilidad, cual si llevasen años y años de espera en medio
de las aguas turbias, encallados para siempre, sin esperanza de volver a los
azules horizontes del Océano. Aguardaban su turno para entrar en las dársenas
de Buenos Aires, repletas por el tráfico mundial, y esta espera en medio del
río, a algunas millas del puerto, prolongábase en ciertas épocas del año
semanas y semanas.
Los pasajeros
del Goethe se despedían previsoramente antes de avistar Buenos
Aires. A última hora, la urgencia del desembarco, la necesidad de reunir los
equipajes, la visita de la aduana, hacían olvidar a los amigos. Ofrecíanse unos
a otros los respectivos domicilios, cruzábanse tarjetas. Las niñas se decían
adiós con un conato de lagrimeo.
Iba a
disolverse todo el mundo. Su historia no había alcanzado a durar un mes, ¡pero
con vida tan intensa!... La separación daba mayor relieve a los recuerdos.
Gentes que se habían mirado al principio de la travesía con notoria hostilidad
se lamentaban de esta separación. «¡Tanto como hemos simpatizado!... ¡Tan
buenos ratos que hemos vivido juntos!...» Las damas, que en los primeros días
del viaje se mantenían por orgullo nacional en diversos grupos enemigos,
despedíanse ahora con una tristeza casi lacrimosa. Nadie se acordaba ya de las
diplomáticas tiranteces entre los «pingüinos» y las «potencias hostiles».
El doctor
Zurita dio tarjetas a Maltrana y Ojeda. Su cortesía era un tanto ruda, pero
ingenua, verdadera. Él no gustaba de palabras: ya sabían que era su amigo.
—Y usted,
galleguito simpático—dijo a Isidro—, si necesita algo de mí, búsqueme. Buenos
Aires es grande, cada uno va a lo suyo, pero alguna vez precisará a usted el
arrimo de un compañero.
Despidiéronse
de Maltrana todos sus «queridos amigos», los jóvenes de las fiestas nocturnas
en el fumadero. Algunos le daban cita para aquella misma noche en restoranes
frecuentados por personas alegres. Le presentarían a ciertos amigos muy
simpáticos: todos «gente bien».
El grupo de
chilenos dijo adiós a Isidro con francos ofrecimientos. Su tierra no era Buenos
Aires; había menos dinero, menos lujo, pero la vida era tal vez más alegre.
—Godito:
cuando se canse de estar con los «cuyanos», venga a hacernos una visita. No hay
más que pasar los Andes. Verá mujeres con manto, como en su tierra; verá bailar
la cueca. ¡Y qué remoliendas!... Véngase y no sea leso.
Mientras,
Ojeda, desde el mirador de proa, contemplaba la muchedumbre aglomerada en las
bordas, ansiosa de ver cuanto antes la deseada ciudad.
Una mujer,
alborotado el pelo y enrojecidos los ojos, gemía a un lado del combés. Cerca de
ella, unos chicuelos gritaban lagrimeando también; pero de pronto parecían
olvidarse de su dolor para mirar, como los demás, a la línea del horizonte,
esperando la aparición de un prodigio. Eran la viuda y los hijos de Muiños.
Hasta poco antes no habían conocido la noticia de su muerte. Le creían en la
enfermería, aceptando los piadosos embustes de don Carmelo. «¡Pachín!», aullaba
la viuda. Una preocupación única volvía continuamente como tema obligado de sus
lamentaciones. «¡Lo han echado al mar!... ¡No lo veré más!» Y los pequeños la
hacían coro, como una cría de perritos abandonados. «¡Padre!... ¡padre!» ¡Qué
sería de ellos!...
La señá Eufrasia
era la única que intentaba consolarlos con sus palabrotas enérgicas. Los demás,
enardecidos y contentos por la proximidad de la tierra soñada, volvían la
cabeza, huyendo de sus lamentaciones.
Subido en un
caramanchel, un hombre tocaba la gaita, saludando a Buenos Aires con el mugido
melancólico del inflado pellejo. En el castillo de proa sonaba la flauta
pastoril de los árabes. Algunos niños, agarrados de la mano, daban vueltas
siguiendo el ritmo de la música.
De pronto, un
grito compuesto de numerosas exclamaciones, un alarido igual a los que debieron
surgir de las proas de las primera carabelas:
—¡Allí...
allí! ¡Ya se ve!
Iba surgiendo
del fondo del río una nube blanca con negros manchurrones; algo que subía y
subía lenta y continuamente, como una aparición teatral por la boca de un
escotillón. La parte blanca e irregular de la nube eran casas; lo negro,
arboledas de jardines.
Alguien en la
proa rompió a aplaudir con el irresistible entusiasmo de las muchedumbres en
las reuniones populares. Esta iniciativa fue contagiosa, y todos batieron las
manos, extendiéndose sobre el río un estrépito semejante al del granizo
chocando con el cristal. «¡Buenos Aires!... ¡Viva Buenos Aires!» Y cesaban de
aplaudir para echar en alto gorras y sombreros. Un enjambre de puntos negros
subía y bajaba sobre la proa del Goethe. Al cesar por un momento
las aclamaciones, percibíase el lloro de la gaita gallega, el gorjeo de las
cañas árabes y el trágico aullido de la pobre hembra y su cría: «¡Pachín! ¡Lo
echaron al agua!... ¡Padre! ¡padre! ¡Qué será de nosotros!...»
El entusiasmo
popular se comunicó a los pasajeros del castillo central. La música se había
colocado en el avante del paseo y rompió a tocar la consabida marcha, aunque el
buque estaba lejos de la ciudad. Muchos pasajeros caminaban marcando el paso al
compás de la música, lo mismo que los chicuelos que desfilan delante de un
regimiento. Algunas parejas bailaban, esforzándose por ajustar sus saltos al
ritmo de la marcha.
Fernando
torcía el gesto ante la desmesurada explosión de entusiasmo.
«Es
demasiado—pensó—. ¡Cuánta dicha habría de contener ese país para dar gusto a
tanta gente!...»
Percibíase
con toda claridad sobre el cielo azul la blanca silueta de Buenos Aires.
Fernando, que la había visto años antes y guardaba el recuerdo de una ciudad
inmensa, pero chata, casi a ras de tierra, sin otros salientes que las torres
exiguas de sus iglesias, quedó sorprendido al distinguir construcciones
altísimas, rascacielos como los de las metrópolis norteamericanas, edificios
rematados por minaretes y cúpulas, que brillaban lo mismo que fanales con el
reflejo del sol. Comenzaba a ser una ciudad tentacular, distinta exteriormente
de la que él había conocido.
Un remolcador
ancho, corto, profundo, que recordaba por sus formas la forzuda robustez del
toro, vino al encuentro del trasatlántico, pegándose a sus costados para echar
a bordo al práctico. Otro remolcador del mismo aspecto se colocó junto a la
proa, marchando aparejado con el Goethe, como un perrillo trotador
al lado de un elefante.
Los pasajeros
olvidaron la ciudad para atender a sus equipajes de mano. Los stewards iban
sacándolos de los camarotes y los alineaban en cubiertas y pasillos.
Crecía Buenos
Aires con rapidez prodigiosa. No era su aparición igual a la de las ciudades
situadas en altas costas, que se dejan ver horas antes de llegar a ellas.
Situada en una ribera baja, los buques la distinguían cuando ya estaban junto a
ella. Su presencia era casi instantánea y se ensanchaba como una gota de agua
en un papel secante, cubriendo las riberas con su dilatación, extendiendo sus
irradiaciones lo mismo que si las casas corriesen, queriendo ocupar cuanto
antes los terrenos vecinos.
Los
emigrantes callaban, con los ojos dilatados por la curiosidad. Adivinó Fernando
los pensamientos de estas gentes, muchas de las cuales venían en derechura de
la soledad de los campos.
«¡Qué
grande!... ¡qué grande!»
Maltrana
buscó con sus ojos al señor Antonio el Morenito. De seguro que
había olvidado por el momento sus planes originales para hacerse rico. Tal vez
sentía un poco de duda, de miedo, y pensaba como los otros: «¡Qué grande!».
—Y sin
embargo, esto no tiene nada de grandioso—dijo Isidro—. Es una ciudad vulgar. Si
no fuese por el río, la fachada resultaría fea... Pero se presiente que detrás
de la fila de edificios que distinguimos, y que es como el testero de la
ciudad, existen kilómetros y kilómetros de tierra cubiertos de viviendas. No se
ve la grandeza, pero se adivina. Sentimos lo mismo que en presencia de un muro
detrás del cual se mueve una muchedumbre invisible.
Los dos
amigos volvieron la cabeza al notar que Conchita se apoyaba en la baranda junto
a ellos. Habíase despedido repetidas veces de doña Zobeida, pero ésta iba luego
en su busca para hacerle nuevas recomendaciones. La buena señora pensaba salir
aquella noche para su amada Salta. Le daban miedo el ruido y el movimiento de
Buenos Aires, a pesar de que venía de Europa. Eran las impresiones de la niñez
que persistían en ella. Se apiadaba de su compañera de viaje; ¡pobre niña!
¡sola en aquella tierra de perdición llena de extranjeros!...
Miró Conchita
la ciudad con el ceño fruncido y apretando los labios.
—Es grande,
¿eh, paisana?—dijo Isidro.
—Sí... grande
es. Más de lo que yo creía—contestó la joven.
Se adivinaba
en ella cierta desorientación. Tal vez sentía miedo al pensar en su entrada
audaz, sin una moneda en el bolsillo. Pero no tardó en reponerse de estas
vacilaciones. Brillaron sus ojos con un fulgor hostil, lo mismo que si fuese a
entrar en pelea, y tendió una mano hacia la ciudad, como invitándola a que la
esperase:
—¡Yo te
arreglaré... marica!
No le daba
miedo con toda su grandeza. Y mientras los dos amigos reían de este exabrupto,
la muchacha huyó, llamada una vez más por doña Zobeida.
Los
remolcadores tiraban del Goethe, que había quedado con las hélices
inmóviles, confiándose a su dirección. Estaban ya en la embocadura de una de
sus múltiples dársenas, gigantescos rectángulos de agua encuadrados de muelles
y docks.
Veíase la
orilla cubierta de edificios todos iguales, enormes construcciones que ocupaban
en fila muchos kilómetros. Arrastrábase el ferrocarril a lo largo de este
cordón de depósitos, barrera interminable a la simple vista entre el río y la
ciudad. Los tranvías y automóviles brillaban veloces por unos instantes en los
intermedios entre unos edificios y otros.
Apareció a
estribor la arboleda de una punta de muelle, con un edificio empavesado de
banderas de señales.
El agua tenía
la suciedad de los espacios cerrados. Las espumas eran negruzcas. La proa del
buque partía islotes de basura, que al abrirse enviaban sus fragmentos hasta
los muelles. Sobre los maderos flotantes destacábanse el lomo verdoso y los
ojos saltones de unas ranas enormes. Algunos pájaros acuáticos nadaban en torno
del navío, irguiendo sus largos cuellos.
A espaldas
del Goethe quedaba el río libre, amarillo, rizado, lo mismo
que una llanura de hierba seca. Los buques veleros, con sus trapos al viento,
parecían molinos enclavados en esta falsa pradera. Al pasar el trasatlántico
entre los buques inmóviles, corrían las tripulaciones a las bordas para
saludarlo con gritos y agitación de gorras. Flotaban en las aguas, como harapos
blancos, muchos pescados muertos, tendidos sobre el lomo, sacando el hinchado
vientre.
Maltrana,
acostumbrado a ver anclar los buques en mitad de los puertos o amarrarse a un
muelle en el espacio anchuroso de una bahía, extrañábase ante los poderosos
trasatlánticos alineados como bestias en unas dársenas cuadradas semejantes a
corrales acuáticos, y pasando de una a otra, sumisos al tirón de los
remolcadores. Al quedar sin movimiento, parecían los buques mucho más grandes,
oprimidos entre muelles y edificios, cual si estuviesen encallados.
El
desembarcadero atrajo igualmente su curiosidad. Era a modo de una estación de
ferrocarril, con férrea cubierta, salones de espera, depósitos de equipajes y
largas verjas, detrás de las cuales se agolpaba la muchedumbre. Venía el
trasatlántico a acoplarse al muelle lo mismo que un vagón se junta con el
andén, y los pasajeros no tenían más que avanzar por una corta rampa para verse
en tierra.
Llegó
el Goethe hasta el desembarcadero, después de varias maniobras
de los remolcadores. Un vapor italiano acababa de despegarse de aquél y se
retiraba a otra dársena, luego de soltar su cargamento humano. Más allá, un
vapor con bandera española echaba también gente a tierra.
En el fondo
del desembarcadero, una muchedumbre obscura se apretaba contra las verjas.
Ondeaban banderas tricolores sobre este mar de cabezas. Un estrépito de músicas
lejanas contestaba a la banda del Goethe cuando ésta hacía una
breve pausa en sus marchas incesantes.
—Los
italianos que esperan a su grande hombre—dijo Ojeda—. Nos conviene salir antes
de que organicen su manifestación.
Sobre el
andén del muelle, una fila de marineros, llevando machete en el cinto, contenía
a los grupos que habían penetrado con permiso: comisiones que aguardaban a los
dos conferencistas, familias ansiosas de saludar a sus parientes y amigos que
agitaban pañuelos, sombreros y bastones, preguntando de lejos con gritos
estentóreos cómo les había ido por Europa.
Y mientras
los marineros procedían diligentemente al amarre del buque, continuaban sonando
las músicas, los lejanos vivas, y un griterío de saludo cruzábase entre las
gentes aglomeradas en las bordas y el negro hormiguero humano.
—¿A usted le
espera alguien?—preguntó Isidro, como si le doliese que ellos dos fuesen los
únicos que no tuvieran un amigo en el muelle.
Fernando no
supo qué contestar. Miró a las gentes de buen aspecto que ocupaban el andén,
sin alcanzar a ver al tío de su cuñado.
Hubo un
empujón general en las cubiertas. ¡A tierra! La salida estaba libre. Y los dos
amigos, pasando un pequeño puente, sintieron bajo sus pies la estabilidad del
suelo firme, marchando entre los grupos que avanzaban al encuentro de los
pasajeros con las manos tendidas o los brazos en alto, prontos al estrujón
cariñoso.
Un joven con
acento español abordó a Fernando. «¿El señor Ojeda?...» Venía de parte del tío
de su cuñado.
—Mi principal
ha tenido que ir a su estancia: negocio urgente; volverá mañana. Pero todo está
listo... Tiene usted habitación en un hotel de la Avenida de Mayo.
Los guió
entre los grupos que se abalanzaban hacia el trasatlántico. Casi se vieron
solos en la sala de equipajes, y el registro de sus maletas de mano se efectuó
con rapidez. El joven empleado se quedaba allí para ocuparse en el pronto
despacho del equipaje grande.
Salió con
ellos del edificio a una explanada llena de muchedumbre, donde estaban las
banderas y las músicas. La manifestación italiana voceaba con prematuro
entusiasmo, creyendo que iba a aparecer de un momento a otro el grande hombre
esperado «Eviva il professore! Eviva!»
Ojeda y
Maltrana avanzaron entre el gentío casi tambaleándose, como embriagados por la
sensación del suelo firme bajo sus plantas y el vaho que despedía caldeado por
el sol. Un reloj señalaba las cuatro de la tarde. Junto a sus ojos revolotearon
unas moscas pesadas y pegajosas, las primeras que salían a su encuentro en la
nueva tierra.
Respiraron
con delicia al verse sentados en un automóvil descubierto, con sus pequeñas
maletas entre los pies, corriendo velozmente a lo largo de los muelles. A un
lado, la ciudad; al otro, la interminable fila de depósitos, cortada por
callejones, al extremo de los cuales se veían cascos de buque, chimeneas,
arboladuras, pabellones ondeantes de todos los países.
Las calles de
la ciudad que desembocaban en la ancha ribera eran todas de breve y pronunciada
pendiente.
—Es la
antigua barranca—explicó Ojeda—sobre la que construyeron los españoles la
ciudad. Más allá todo es llanura igual, uniforme. Esta pendiente es la única
que existe en Buenos Aires. Antes, el agua llegaba hasta ella. Las tierras por
las que marchamos fueron ganadas al Plata.
Atravesó el
automóvil varias líneas de ferrocarril tendidas a lo largo del río. Pasaba
entre largas filas de carros enormemente cargados, que hacían temblar el suelo.
De los depósitos surgían los más diversos olores, revelando el movimiento y la
vida de un gran puerto.
Luego, los
vehículos mercantiles fueron más escasos, y aumentó el número de automóviles y
tranvías. Pasaron a lo largo de un jardín. A un lado, frente al río, grandes
edificios y aceras con arcadas, bajo las cuales hormigueaba la muchedumbre
jornalera.
Subieron una
cuesta, y en lo alto de ella vieron extenderse un palacio con los muros de
color de rosa. Más allá se abría una plaza blanca con un jardín en el centro.
—Aquí se
fundó Buenos Aires—dijo Ojeda—. Ese caserón es el palacio del Gobierno, lo que
llaman «la Casa Rosada». La plaza es la de Mayo. Aquel templo griego, la
catedral; ese obelisco blanco, la pirámide de la Independencia.
Remontaban la
cuesta algunos grupos de hombres de campo llevando a la espalda fardos de
ropas. Sus mujeres marchaban junto a ellos, mirándolo todo con ojos de asombro.
Los pequeños trotaban delante, con la boca abierta por la misma impresión de
sorpresa. Eran emigrantes que acababan de desembarcar de los buques llegados
antes que el Goethe, y se metían ciudad adentro, en compañía de los
amigos que les habían esperado en el puerto.
—Todos somos
unos—dijo Ojeda alegremente—. Todos venimos a lo mismo. Sólo que ellos entran a
pie y nosotros en automóvil.
La Avenida de
Mayo abrió ante ellos su larga perspectiva: dos filas de altos edificios y dos
líneas de aceras orladas de árboles, con grandes escaparates y numerosos cafés
y hoteles, que esparcían fuera de sus puertas mesas y sillas. En mitad de la
calle una hilera de candelabros eléctricos, y en último término, algo esfumado
por la lejanía, un palacio blanco, el Congreso, con una cúpula esbelta que
ocupaba gran parte del cielo visible entre la doble fila de casas.
Maltrana, a
impulsos de una alegría pueril, empezó a empujar a su amigo juguetonamente.
—¡Buenos
Aires!... ¡Ya estamos en Buenos Aires!
Luego miró
obstinadamente al fondo de la Avenida, fijándose en la cúpula esbelta, que
parecía irradiar luz sobre el cielo, teñido de rojo por el sol decadente de la
tarde.
Volvía a su
memoria el recuerdo de los argonautas y sus aventuras por alcanzar el Vellocino
de oro.
—Nosotros,
argonautas modernos y vulgares, no tenemos que esforzarnos por ir en su busca.
Nos sale al encuentro. Ahí está. ¡Mírelo cómo brilla!
Y señaló la
cúpula, que reflejaba los rayos solares en sus aristas y en los focos de
cristal incrustados en sus curvas. El celeste azul que le servía de fondo
tomaba igualmente un resplandor de oro. ¡Presagio feliz! Maltrana no pudo
contener su entusiasmo.
—Sonría
usted, Fernando. El cielo se viste de gala para recibirnos. Cualquiera diría
que llueve oro. Fíjese bien. Es un chaparrón de libras esterlinas. ¡Tierra
prodigiosa!
Ojeda sonrió
con dulce lástima ante el entusiasmo de su amigo.
—Sí; sobre
esta tierra llueven libras, pero en su pesadez se meten hondas... ¡muy hondas!
Prepárese, Maltrana; tome fuerzas. Hay que agacharse en posturas dolorosas para
alcanzarlas... hay que sudar mucho para llegar hasta ellas.
FIN
Buenos
Aires-París
1913-1914
***END OF THE
PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS ARGONAUTAS***


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