Libro N° 9563. Los Enemigos De La Mujer. Blasco Ibáñez, Vicente.
© Libro N° 9563. Los Enemigos De La Mujer. Blasco Ibáñez, Vicente. Emancipación.
Febrero 5 de 2022.
Título original: © Los Enemigos De La Mujer. Vicente Blasco
Ibáñez
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Original: © Los Enemigos De La Mujer. Vicente Blasco Ibáñez
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LOS ENEMIGOS DE LA MUJER
Vicente Blasco Ibáñez
Los Enemigos De La Mujer
Vicente Blasco Ibáñez
Title: Los Enemigos De La Mujer
Author: Vicente Blasco Ibáñez
Release Date: August 20, 2011 [EBook #37139]
Language: Spanish
Character set encoding: ISO-8859-1
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ENEMIGOS DE LA MUJER ***
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LOS ENEMIGOS DE LA MUJER
OBRAS COMPLETAS DE VICENTE BLASCO IBAÑEZ
LOS
ENEMIGOS
DE LA MUJER
(NOVELA)
97.000 EJEMPLARES
PROMETEO
Germanías, 33.—VALENCIA
(Published in Spain)
ES PROPIEDAD.—Reservados todos
los derechos de reproducción, traducción
y adaptación.
Copyright 1919, by V. Blasco Ibáñez.
En 1918, casi al final de la guerra europea, caí repentinamente enfermo
por exceso de trabajo.
Había realizado un esfuerzo enorme escribiendo para los periódicos de
España y América numerosos artículos, un cuaderno todas las semanas de mi Historia
de la Guerra y dos novelas, Los cuatro jinetes del Apocalipsis y Mare
nostrum. Además hice muchas traducciones y otras labores literarias
obscuras para la propaganda en favor de los Aliados.
Durante cuatro años trabajé doce horas diarias, sin ningún día de
descanso. Hubo semanas extraordinarias en las que aún fué más larga mi jornada.
Á esta tarea excesiva y abrumadora, que lentamente iba agotando mis fuerzas,
había que añadir las privaciones é inquietudes de la vida anormal que
llevábamos los habitantes de París: mala comida, escasez de carbón, alumbrado
defectuoso, noches en vela por las señales de alarma y el bullicio de la gente
al anunciarse un ataque aéreo de los «Gothas».
El frío de dos inviernos crudos, pasados casi sin calefacción, y el
exceso de trabajo, acabaron con mi salud, y por consejo de los médicos me
trasladé á la Costa Azul. No por tal cambio de
ambiente dejé de trabajar. Como en París escaseaba el combustible, fuí en busca
del calor del sol que nunca falta á orillas del Mediterráneo. Esto fué todo.
Me instalé en Niza, por unas semanas nada más. Como necesitaba seguir
trabajando, me sentí atraído por la soledad bravía del Cap-Ferrat, península
que avanza en el mar su lomo cubierto de pinos. Durante unos meses viví en el
Gran Hotel del Cap Ferrat como en un convento abandonado. Muchos días fuí su
único huésped, llevando una vida de familia con su director y sus escasos
domésticos.
Acababa de escribir Mare nostrum, y la soledad de esta costa
junto al frecuentado camino de Niza á Monte-Carlo parecía armonizarse con los
recuerdos de mi novela reciente. Pero las noticias del gran choque europeo nos
llegaban con enorme retraso, como si procediesen de un mundo lejanísimo.
Además, las privaciones, generales en toda Francia, aún resultaban mayores y
más penosas en este olvidado rincón.
Al fin me trasladé al Principado monegasco, que veía diariamente desde
mis ventanas, avanzando su doble ciudad de Mónaco y Monte-Carlo sobre la
llanura azul del mar. Como era país neutral, libre de los severos reglamentos
impuestos por la guerra, las gentes afluían á él en busca de una existencia
menos dura. Además, los administradores de su célebre Casino procuraban que los
víveres, el carbón y la luz fuesen más abundantes que en las vecinas
poblaciones francesas.
Apenas instalado en Monte-Carlo, vi con mis ojos de novelista un mundo
anormal que vivía al margen de la guerra, queriendo ignorarla, para mantener
tranquilo su egoísmo. Me admiró la tenacidad y la ceguera de los jugadores, que
en días de alegría ó incertidumbre, cuando se
disputaba sobre los campos de batalla el porvenir del mundo, sólo pensaban en
sus combinaciones y «sistemas» favoritos, como si no existiese en la tierra
nada más interesante.
Fuí estudiando de cerca esta sociedad extraordinaria, que luego se ha
modificado exteriormente al volver los tiempos de paz, y así empezó mi
composición de Los enemigos de la mujer.
Casi todos los personajes que aparecen en la presente novela tienen algo
ó mucho de real. Fueron observados directamente y son reflejos, más ó menos
fieles, de personas que aún viven ó murieron hace pocos años.
Esto no significa que el lector deba creerlos exactamente iguales á los
tipos que me sirvieron de modelos, por haberlos copiado yo con una minuciosidad
material. El novelista es un pintor y no un fotógrafo. Las más de las veces,
con varios personajes observados en la realidad moldeamos uno solo. En otras
ocasiones, un tipo complejo, estudiado directamente, lo descomponemos en
varios, repartiendo sus diversas facultades entre numerosos hijos de nuestra
imaginación.
Con arreglo á la conocida fórmula, copié la realidad «viéndola á través
de mi temperamento», ó más claramente dicho, la interpreté como me pareció
mejor, con arreglo á mis ideas y gustos.
Las desfiguraciones que impuse á la realidad no han impedido á ciertos
habitantes de la Costa Azul reconocer el origen de mis personajes.
Muchos de los que frecuentan el Casino de Monte-Carlo señalan á un gran
señor de origen ruso, y afirman que es el príncipe Lubimoff de Los
enemigos de la mujer. En un cementerio que existe junto al camino de
Monte-Carlo á La Turbie, muestran la tumba de la duquesa Alicia.
Un gentleman aviejado y cada vez más flaco, que juega y pierde
en los primeros días de todos los meses, dice con desesperación á los que le
escuchan, cuando ve desaparecer sobre el tapete sus últimas fichas:
—Yo soy el lord Lewis que aparece en ese libro sobre Monte-Carlo,
escrito por «Ibanez», el novelista español.
V. B. I.
LOS ENEMIGOS DE LA MUJER
El príncipe repitió su afirmación:
—La gran sabiduría del hombre es no necesitar á la mujer.
Quiso seguir, pero no pudo. Temblaron levemente los amplios ventanales,
cortados en su parte baja por el intenso azul del Mediterráneo. Entró en el
comedor un estrépito amortiguado que parecía venir de la otra fachada del
edificio, frente á los Alpes. Esta vibración, ensordecida por muros, cortinajes
y alfombras, era discreta, lejana, como el funcionamiento de una máquina
subterránea; pero un clamoreo humano, una explosión de gritos y silbidos
dominaba el rodar del acero y los bufidos del vapor.
—¡Un tren de soldados!—exclamó don Marcos Toledo abandonando su asiento.
—Este coronel, siempre héroe, siempre entusiasta de las cosas de su
profesión—dijo Atilio Castro con sonrisa burlona.
El llamado coronel se colocó casi de un salto, á pesar de sus años,
junto á la ventana lateral más próxima. Alcanzaba á ver sobre el follaje del
gran jardín en declive una pequeña sección del ferrocarril de la Cornisa
sumiéndose en la boca ahumada de un túnel. Luego volvía á reaparecer al otro
lado de la colina, entre las arboledas y los sonrosados palacetes del
Cap-Martin. Los rieles ondulaban luminosamente bajo el sol como dos regueros de
metal líquido. Aún no había llegado el tren á este
lado, pero su estrépito creciente parecía animar el paisaje. Las ventanas de
las casas de campo, las terrazas de las «villas», se punteaban de negro con la
salida de las gentes que abandonaban la mesa del almuerzo. Banderas de diversos
colores empezaron á ondear en edificios y tapias á ambos lados de la vía, desde
media falda de la montaña hasta la ribera del mar.
Don Marcos corrió á la ventana opuesta. Aquí, el paisaje era urbano.
Todo lo que alcanzaba la vista estaba bajo techo, sin otra concesión á las
expansiones del suelo que los aislados mechones verdes de los jardines
irguiéndose entra masas de tejas rojas. Era como un decorado de teatro, partido
en varios términos: primero las «villas» sueltas rodeadas de árboles, con
balaustres blancos y chorreando flores sus murallas; luego el núcleo de
Monte-Carlo, sus hoteles enormes erizados de cúpulas y torrecillas, y en el
fondo, esfumados por la distancia y el polvo dorado flotante en la atmósfera,
el peñón de Mónaco y sus paseos, la enorme masa del Museo Oceanográfico, la
catedral, de un blanco crudo y reciente, y las torres cuadradas y almenadas del
palacio del Príncipe. La edificación subía desde la ribera marítima á la mitad
de las montañas. Era un Estado sin campos, sin tierra libre, todo cubierto de
casas de una frontera á otra.
Pero don Marcos llevaba muchos años de familiaridad con esta vista, y
buscó inmediatamente lo que había en ella de extraordinario. Un tren enorme,
interminable, avanzaba lentamente por la costa. Contó en voz alta más de
cuarenta vagones, sin poder llegar al término del convoy, oculto aún por una
revuelta.
—Debe ser un batallón... todo un batallón en pie de guerra. Más de mil
soldados—dijo con autoridad, satisfecho de mostrar su buen ojo profesional ante
los compañeros de mesa, que no le oían.
El tren estaba repleto de hombres, pequeñas figuras de un gris
amarillento que llenaban las ventanas de los vagones y ocupaban las portezuelas
y los estribos, con las piernas colgando sobre la vía. Otros se agolpaban en
los furgones de ganado ó se mantenían de pie sobre las plataformas
descubiertas, entre los carros militares y las ametralladoras
enfundadas. Muchos se habían subido á los techos de los vagones, y saludaban
abiertos de brazos y piernas como una X. Casi todos se habían puesto en cuerpo
de camisa, con las mangas dobladas sobre los brazos, lo mismo que los marineros
cuando se preparan para una maniobra.
—¡Son ingleses!—exclamó don Marcos—. ¡Ingleses que van á Italia!
Esta indicación fué mal acogida por el príncipe, que le tuteaba á pesar
de la diferencia de edad.
—No seas tonto, coronel. Cualquiera los conoce. Son los únicos que
silban.
Asintieron los otros tres sentados á la mesa. Todos los días pasaban
trenes militares, y desde lejos se podía adivinar la nacionalidad de los
hombres que los ocupaban.
—Los franceses—dijo Castro—pasan callados. Llevan tres años y pico de
lucha en su propio suelo. Son silenciosos y sombríos, como el deber monótono é
interminable. Los italianos que vienen al frente francés cantan y adornan sus
trenes con ramajes y flores. Los ingleses gritan como un colegio en libertad, y
silban, silban para expresar su entusiasmo. Son los muchachos de esta guerra;
van á la muerte con un entusiasmo pueril.
Se aproximó la silba, con una estridencia de aquelarre. Fué pasando
entre la montaña y los jardines de Villa-Sirena; luego se alejó por el lado
opuesto, con dirección á Italia, disminuyendo paulatinamente al ser tragada por
el túnel. Toledo, que era el único que presenciaba el paso del tren, vió cómo
se animaban casas, jardines y pequeñas huertas á los dos lados de la vía.
Braceaban las gentes agitando pañuelos y banderas para contestar á los silbidos
de los ingleses. Hasta en la orilla mediterránea, los pescadores, puestos de
pie en los bancos de sus botes, tremolaban las gorras mirando al lejano tren.
El inquieto oído de don Marcos adivinó un leve correteo en el piso superior. La
servidumbre abría sin duda las ventanas para unirse con un entusiasmo silencioso
á esta despedida.
Cuando sólo quedaban visibles unos pocos vagones en
la boca del túnel, el coronel volvió á ocupar su asiento en la mesa.
—¡Mas carne al matadero!—dijo Atilio Castro mirando al príncipe—. Pasó
el escándalo. Continúa, Miguel.
Dos criados jóvenes, dos muchachos italianos, imberbes y de ademanes
torpes, vestidos con unos fracs que les venían algo grandes, sirvieron los
postres del almuerzo, bajo la mirada autoritaria de Toledo.
Este examinaba igualmente la mesa y los tres convidados, como si temiera
notar de pronto un olvido, algo que demostrase la improvisación del almuerzo.
Era el primero que se daba en Villa-Sirena después de dos años.
La víspera había llegado de París el dueño de la casa, el príncipe
Miguel Fedor Lubimoff, que ocupaba ahora la cabecera de la mesa.
Era un hombre todavía joven, con el cuidado vigor que proporciona una
vida de ejercicios físicos: alto, membrudo y esbelto, la tez morena, grandes
ojos grises y el rostro largo, completamente afeitado. Las canas esparcidas en
sus sienes—que aún parecían más numerosas al contrastar con el negro azulado de
su cabeza—, unas cuantas arrugas precoces en las comisuras de sus ojos y dos
surcos profundos que se abrían desde las alillas de su nariz, demasiado ancha,
hasta tocar los extremos de su boca, parecían denunciar el primer cansancio de
un organismo poderoso que ha vivido con demasiada intensidad, por considerar
sus fuerzas sin límites.
El coronel le llamaba «Alteza», como si fuese de una familia reinante y
no un simple príncipe ruso. Pero esto era cuando había alguien presente, por
una costumbre adquirida en tiempos de la difunta princesa Lubimoff, y para
sostener el prestigio del hijo, al que conocía desde niño. En la intimidad,
cuando estaban solos, prefería llamarle «marqués», marqués de Villablanca, sin
que el príncipe consiguiera torcer con sus burlas este orden establecido por
don Marcos en las categorías de su respeto. El principado ruso era para los
demás, para las gentes que se deslumbran con la amplitud de los títulos, sin
saber apreciar su mérito y su origen; él prefería, como algo más noble, el
marquesado español, á pesar de que todos lo
ignoraban en España, por carecer de consagración oficial.
A los tres convidados del príncipe Miguel los conocía Toledo.
Atilio Castro era un compatriota, un español que había pasado la mayor
parte de su existencia fuera de su país. Trataba al príncipe con gran confianza
y hasta le tuteaba, á causa de un parentesco lejano. El coronel tenía una vaga
idea de que había sido cónsul en alguna parte, pero por breve tiempo.
Continuamente le hacía objeto de sus burlas, que él tardaba en descubrir. Pero
no sentía rencor por ellas, viendo que «Su Alteza» las celebraba mucho.
—¡Hermoso corazón!—decía al hablar de Castro—. Ha llevado una vida poco
ejemplar, es un terrible jugador... pero un caballero, ¡lo que se llama un
caballero!
Miguel Fedor definía de otro modo á su pariente:
—Tiene todos los vicios y ningún defecto.
Don Marcos nunca pudo entender esto, pero lo aceptó como un nuevo motivo
para apreciar á Castro.
Sólo contaba el príncipe dos ó tres años más que él, y sin embargo
parecían separados por una diferencia de edad mucho mayor. Castro iba más allá
de los treinta y cinco años, y algunos le suponían veintitrés. Su rostro, de
ingenua expresión, algo aniñado, sólo adquiría cierta respetabilidad viril
gracias á un bigote rubio obscuro, recortado como un cepillo de dientes. Este
exiguo bigote y la raya correcta que partía sus cabellos en dos masas idénticas
y lustrosas eran los detalles más visibles de su fisonomía en momentos de
tranquilidad. Si se alteraba su humor—lo que ocurría muy de tarde en tarde—, el
brillo de sus ojos, la contracción de su boca, las arrugas precoces de sus
sienes, le daban un aspecto inquietante, y diez años más caían sobre él de
golpe.
—Malo para enemigo—afirmaba el coronel—. Es hombre que no conviene tenor
enfrente.
Y no por miedo, sino por espontánea admiración, celebraba sus talentos.
Hacía versos, pintaba acuarelas, improvisaba romanzas en el piano, daba
consejos sobre muebles y trajes, conocía las antigüedades. Don Marcos no
encontraba límites á su inteligencia.
—Lo sabe todo—decía—. ¡Si pudiera fijarse en una sola cosa!... ¡Si
quisiera trabajar!
Vestido siempre con elegancia, viviendo en hoteles caros y sin ninguna
renta conocida, el coronel sospechaba una serie de empréstitos amistosos hechos
al príncipe. Pero éste había permanecido ausente de Monte-Carlo casi desde el
principio de la guerra, y don Marcos encontraba á Castro todos los inviernos
instalado en el Hotel de París, apuntando en el Casino, tratándose con gentes
ricas. Unas cuantas veces, al verse junto á la ruleta, le había pedido
prestados «diez luises», necesidad imperiosa de jugador que acaba de quedar
limpio y ansía desquitarse; pero, con más ó menos retraso, se los había
devuelto siempre. Su vida tenía un fondo misterioso, según don Marcos.
Los otros dos convidados le parecían de una existencia menos complicada.
El más antiguo en la casa era un joven moreno, casi cobrizo, pequeño de cuerpo,
con luengas y lacias melenas. Teófilo Spadoni, famoso pianista, hijo de
italianos—esto era indiscutible—, pero nacido, según él, unas veces en el
Cairo, otras en Atenas ó en Constantinopla, en todas las ciudades adonde había
emigrado su padre, pobre sastre napolitano. Tales vaguedades y distracciones no
resultaban extraordinarias en este ejecutante prodigioso, que así que se
levantaba del piano era una especie de sonámbulo, incapaz de adaptarse
regularmente á ninguna función de la vida. Luego de dar conciertos en las
grandes capitales de Europa y América del Sur, se había quedado en Monte-Carlo,
con una inmovilidad que él atribuía á la guerra y don Marcos achacaba á su
afición al juego. El príncipe le conocía por haberle llevado á bordo de su gran
yate Gaviota II, en un viaje alrededor de la tierra, formando parte
de su orquesta.
Al lado del dueño estaba el último convidado, el más reciente en la
casa, un joven pálido, larguirucho y miope, que miraba á todos lados con
timidez, conteniendo sus movimientos. Era un profesor español, un doctor en
ciencias, Carlos Novoa, pensionado por el gobierno de su país para hacer
estudios de la fauna marítima en el Museo Oceanográfico. El coronel, que vivía
muchos años en Monte-Carlo sin tropezarse con otros
compatriotas que los que encontraba alrededor de las mesas de ruleta, había
sentido un orgullo patriótico al conocer á este profesor, dos meses antes.
—¡Un sabio!... ¡un famoso sabio!—exclamaba al hablar de su nuevo amigo—.
Para que digan luego que todos los españoles somos brutos...
No podía explicar qué sabiduría era la de su compatriota. Es más: desde
sus primeras conversaciones había adivinado que el profesor era de ideas
opuestas á las suyas. «Un descreído de los que no tienen más Dios que la
materia», se dijo. Pero añadió á guisa de consuelo: «Todos estos sabios son
así: liberales é impíos. ¡Qué hacerle!...» En cuanto á su fama, la tenía por
indiscutible. Sólo así podía comprender que lo hubiesen enviado á aquel Museo
de Mónaco, enorme y blanco como una catedral, cuyas salas había visitado una
sola vez, con un respeto que le impedía volver.
Cuando el profesor iba de tarde en tarde á Monte-Carlo, encontrándose en
el Casino con don Marcos, éste lo presentaba á sus amigos como una celebridad
nacional. Así había conocido á Castro y á Spadoni, los cuales se limitaron á
preguntarle si ganaba mucho en el juego.
Al anunciar el príncipe su llegada, Toledo obligó á su ilustre
compatriota á acompañarle á la estación, para presentarlo sin perder tiempo.
—Una gloria de nuestro país... ¡Su Alteza, que ama tanto las cosas de
España!
Miguel Fedor había pasado en los mares una parte considerable de su
vida, y simpatizó con este joven modesto al conocer la especialidad de sus
estudios.
Hablaron largamente de oceanografía, y el día anterior, el príncipe
Miguel, que estaba habituado á tener una gran mesa por la que desfilaban los
comensales más diversos, dijo á su «chambelán»:
—Muy simpático tu sabio. Invítalo á almorzar.
Los convidados hablaban todos el español. Spadoni podía seguir la
conversación con lo que había aprendido en Buenos Aires, Santiago de Chile y
otras capitales de la América del Sur cuando seguía dando «recitales» de piano á un empresario que al fin se cansó de
explotarle y de luchar con su inconsciencia.
Al empezar el almuerzo, había notado el coronel en el rostro de su
príncipe la preocupación de una idea fija. Hablaba preferentemente con el
profesor Novoa, asombrándose de la exigua retribución que le valían sus
estudios. Castro y Spadoni sólo atendían á los platos. Ya no eran obra de un
cocinero famoso al que daba el príncipe Miguel el sueldo de un presidente de
Consejo de ministros. El «maestro» había sido movilizado por la guerra, y á la
sazón hacía la cocina de un general en el frente francés. Toledo había sabido
descubrir después á una cincuentona, menos variada en sus combinaciones que el
artista arrebatado por la guerra, pero más «clásica», más sólida y
substanciosa, y los dos comían con ese regodeamiento de los eternos abonados á
restoranes y hoteles cuando se ven ante una mesa sin economía y engaños.
Cerca de los postres, la conversación, que era ya general, recayó sobre
las mujeres, como ocurre en toda comida de hombres solos. Toledo tuvo la
sospecha de que el príncipe había empujado dulcemente á sus comensales á hablar
de esto. De pronto, Miguel resumió su opinión diciendo por dos veces:
—La gran sabiduría del hombre es no necesitar á la mujer.
Y á continuación había pasado el tren de soldados ingleses como una nube
de gritos y silbidos.
Atilio Castro dejó que se perdiese en el túnel el último vagón, y dijo
con una sonrisa algo irónica:
—Esos silbidos parecen un comentario á tu hermosa frase; pero no hagas
caso de opiniones groseras. Lo que has dicho me interesa. ¡Tú abominando de las
mujeres, que las has tenido á miles!... Continúa, Miguel.
Pero el príncipe torció el curso de la conversación. Habló de sus
impresiones al llegar á Villa-Sirena después de una larga ausencia. De la vida
anterior á la guerra sólo quedaban el edificio y los jardines. Toda la
servidumbre masculina estaba movilizada: unos en el ejército francés, otros en
el italiano. Al día siguiente de su llegada, maquinalmente había pedido el
automóvil para ir á Monte-Carlo. No le faltaban
vehículos. Tres de las mejores marcas estaban como olvidados en su garage.
Pero los mecánicos también hacían la guerra, y además no había esencia y era
necesario un permiso para correr por los caminos... Total: que había tenido que
esperar el tranvía de Mentón ante la verja de su jardín. Una novedad para él,
un medio de locomoción interesante. Creyó caer en un mundo olvidado al verse
entre los pasajeros populares. Le molestaba la curiosidad general. Todos se
repetían en voz baja su nombre; hasta el conductor mostró cierta emoción al ver
en su coche al propietario de Villa-Sirena.
—Y lo peor de todo, queridos amigos, es que estoy arruinado.
Spadoni abrió desmesuradamente sus ojos negros, como si oyese algo
inaudito y absurdo. Castro sonrió con incredulidad.
—¿Arruinado tú?... Me contentaría con la décima parte de tus escombros.
El príncipe asintió. Era como esos enormes trasatlánticos que, al
naufragar, hacen la fortuna con sus despojos de todo un pueblo de miserables
instalado en la orilla. Pero esta relatividad de la suerte no evitaba que su
ruina fuese cierta.
—Por lo que diré después, necesito no ocultar mi situación. Hace unas
semanas he vendido en París el palacio que construyó mi madre. Me lo ha
comprado un «nuevo rico». Yo, con la guerra, voy á ser un «nuevo pobre». Tú
sabes, Atilio, lo que me pasa desde que empezó esta pelea de naciones. A los
primeros cañonazos me enviaron de Rusia la octava parte de las rentas que tenía
en tiempos de paz: luego, mucho menos. La revolución todavía recortó de un modo
alarmante mis ingresos. Ahora, con el compañero Lenine y la bandera roja, no
llega nada, absolutamente nada. No conozco siquiera la suerte de mis casas, de
mis campos, de las minas... Nada sé tampoco de los que administraban allá mi
fortuna. Sin duda los han asesinado...
El coronel levantó los ojos al techo: «¡La revolución!... ¡La falta de
un amo!»
—Un rico como tú—dijo Castro—siempre tiene reservas en
los Bancos, siempre encuentra quien le preste hasta que lleguen tiempos
mejores.
—Tal vez; pero eso para mí casi representa la miseria. Mi administrador
me ha dicho, al salir de París, que debo limitar mis gastos, vivir con arreglo
á mis ingresos actuales. ¿Cuánto tengo?... No lo sé. El mismo tampoco lo sabe.
Está haciendo un balance de mi situación, cobrando á unos, pagando á otros,
pues, según parece, yo tenía muchas deudas. A los millonarios nadie les exige
con premura el pago de lo que deben... En fin, tendré que vivir como un
príncipe arruinado, con trescientos mil francos al año; tal vez más... tal vez
menos. No sé.
Castro y Spadoni hicieron un gesto nostálgico al oir dicha suma. Novoa
miró con respeto á este hombre que se llamaba su amigo y se creía en la miseria
con trescientos mil francos anuales.
—Mi administrador—continuó el príncipe—me habló de vender Villa-Sirena
lo mismo que el palacio de París. Parece que el «nuevo rico» quiere quedarse
con todo lo mío. ¡Liquidación completa!... Pero yo me he opuesto. Este rincón
es mío; lo he formado yo. Además, la vida resulta imposible en el mundo, la
guerra lo amarga todo. La existencia en París es triste. No hay gente, no hay
luz: los «Gothas» tienen inquietas y nerviosas á las personas de nuestro mundo
y las hacen emigrar... Y he pensado instalarme aquí hasta que termine la
demencia europea.
—Va para largo—dijo Castro.
—Así lo creo. Este es un rincón agradable, un refugio dulce, que aún
hace más grato la egoísta consideración de que á estas horas sufren toda clase
de penalidades millones de hombres y mueren unos cuantos miles por día... Pero
de todos modos, no es lo mismo que antes. Hasta el Mediterráneo resulta otro.
Apenas se oculta el sol, mi buen coronel tiene que enmascarar con negros
cortinajes las ventanas y puertas que dan al mar, para que los submarinos
alemanes no se guíen por nuestras luces... ¡Ay! ¿Dónde están los hermosos días
de la paz? ¡Las fiestas que hemos dado aquí! ¡Las veladas en el Gaviota
II cuando estaba anclado en el puerto de Mónaco!...
Castro quedó con los ojos vagos, como si soñase despierto. Vió en su
imaginación los jardines de Villa-Sirena dulcemente iluminados, envueltos en un
halo lácteo que se desplomaba sobre las invisibles olas lo mismo que un reflejo
lunar. Los ventanales estaban rojos, esparciendo en la cálida lobreguez de la
noche risas, gritos, suspiros de violines, romanzas amorosas que denunciaban un
cuello femenil, blanco y voluptuoso, hinchado por el deseo y por la música. Las
gotas de luz perdidas en el infinito cambiaban sus parpadeos con las estrellas
eléctricas medio ocultas en los negros follajes. Parejas enlazadas y de paso
lento desaparecían en las penumbras del jardín. Todas habían pasado por allí:
artistas célebres de París, de Londres ó de Viena; hermosas snobs de
los dos hemisferios; señoras del gran mundo, sonrientes como esclavas ante el
potentado que podía saldar sus deudas con una firma. ¡Ah, las noches pompeyanas
de Villa-Sirena!...
Spadoni veía el Gaviota II, palacio á hélice, que, cuando
anclaba en el gracioso puerto de La Condamine, parecía llenarlo por entero,
empequeñeciendo el yate del príncipe de Mónaco y los de los millonarios
americanos; alcázar de Las mil y una noches rematado por dos
chimeneas, que paseaba por todos los mares del planeta sus gabinetes con
fuentes y estatuas, su biblioteca enorme, su salón de fiestas con un
estrado-escenario en el que cincuenta músicos, muchos de ellos célebres, daban
conciertos para un solo oyente visible, el príncipe Miguel, medio tendido en un
diván, mientras la brisa de los trópicos entraba por las altas ventanas,
acariciando las cabezas de los oficiales y altos empleados del buque que se
agolpaban en sus alféizares. El pianista veía los puertos solitarios de los
países históricos y muertos, con sus rondas de gaviotas sobre la tranquila copa
azul; las bahías gigantescas llenas de humo y actividad de la América del
Norte; las riberas antillanas, con sus bosques de cocoteros, negros sobre un cielo
enrojecido por el ocaso; las islas del Pacífico, de duro coral, formando un
anillo en torno de un lago interior... ¡Y aquel mago omnipotente confesaba la
pérdida de sus riquezas!...
El príncipe, como si adivinase sus pensamientos, añadió:
—Todo eso ha terminado: no sé si por muchos años ó para siempre... Y
aunque vuelvan á ser las cosas algún día como fueron antes de la guerra,
¡cuánto tendremos que esperar!... Tal vez muera yo antes... Por eso voy á hacer
una proposición.
Se detuvo un momento, apreciando la curiosidad en los ojos de sus
oyentes.
Luego preguntó á Atilio:
—¿Estás contento de tu vida actual?...
A pesar de su tranquilidad sonriente y burlona, Castro hizo un
movimiento de sorpresa, como si le escandalizase esta pregunta. Su vida era
insufrible. La guerra había trastornado sus costumbres y placeres, esparciendo
á todos los vientos sus amistades. Ignoraba la suerte de cientos de personas de
diversa nacionalidad que llenaban su existencia años antes y sin las cuales
hubiera creído imposible vivir.
—Además, tengo menos dinero que nunca. Permanezco en Monte-Carlo porque
aquí juego; y aunque siempre acabo por perder (como pierden todos), algo me
queda entre las uñas que me ayuda á vivir... Pero ¡qué existencia!
Miró á Novoa como si le inspirase recelo su reciente amistad, pero luego
hizo un gesto de resolución.
—Debo hablar con entera confianza. El profesor nos decía hace poco lo
que gana: unas quinientas pesetas al mes; menos que cualquier empleado del
Casino. Yo voy á ser franco igualmente. Vivo en el Hotel de París: Atilio
Castro no puede estar alojado en otra parte: debe conservar sus amistades. Pero
paso grandes apuros muchas semanas para pagar mi cuarto, y como en malos
restoranes, en bodegones italianos, cuando no me convidan. La cama me cuesta
tres ó cuatro veces más que la mesa. Las tardes malas, en que pierdo hasta la
última ficha, me contento con un emparedado de jamón á crédito en el bar del
Casino. Yo soy de la escuela de un jugador de Madrid al que llamábamos «el
maestro», y que nos decía: «Jóvenes, el dinero se ha hecho para jugar: y lo que
quede, para comer.»
—Y sin embargo, tú amas la buena mesa—dijo el príncipe.
Las lamentaciones de Castro tomaron una gravedad cómica. Con la guerra
se habían olvidado las buenas costumbres. Nadie tenía casa; todos vivían en el
hotel, y las escaseces del momento servían de pretexto para que los dueños de
los «Palaces» lujosos diesen comidas de figón, escasas y malas. Un convite sólo
servía para engañar el hambre.
—Hace muchos meses, tal vez años, que no he comido como hoy, y eso que
me he sentado á las mesas de todos los grandes hoteles de la Costa Azul. Ya no
creía que existiesen en el mundo pollos como los que nos han servido. Los
consideraba pájaros de ensueño, aves mitológicas.
El coronel sonrió, inclinando la cabeza como si recibiese un elogio.
—¿Y tú, Spadoni—siguió preguntando el príncipe—, vives bien?
—Alteza... yo... yo...—dijo el músico balbuceando ante la repentina
pregunta.
Castro intervino para sacarle adelante.
—El amigo Spadoni, como pianista, encuentra siempre mesa franca en las
«villas» de unas cuantas señoras valetudinarias y melómanas que habitan en
Cap-Martin. Le convidan también con frecuencia unos ingleses de Niza. Tampoco
tiene que preocuparse de pagar hotel. Dispone de toda una «villa», grande,
elegante, bien amueblada, que le dan como sepulturero.
Novoa hizo un movimiento de asombro al oir esto.
—Así es—continuó Atilio—. Disfruta de una casa magnífica, á cambio de
guardar una tumba.
—¡Oh, señor profesor!... No le haga caso—gimió el músico con una
expresión de víctima.
—Pero á todas estas ventajas—siguió diciendo Castro—une un terrible
inconveniente: es más jugador que yo. En el Casino tiene un mote: «el señor del
5». No juega otro número. Todo lo que pilla lo pone al 5, y lo pierde. Yo soy
«el señor del 17», y me va tan mal como á él... Además, tiene á sus amigos los
ingleses. ¡Unos tipos! Todos los días vienen de Niza en un landó de dos caballos, y como si no tuviesen bastante con el juego
del Casino, se colocan una tabla forrada de verde sobre las rodillas y sacan la
baraja. ¡Jugar al poker ante el paisaje de la Cornisa, que las
gentes vienen á ver de todas las partes del mundo!... Y nuestro artista, cuando
hace el cuarto con los dos ingleses y una vieja miss, pierde ante
el Mediterráneo, dorado por la puesta de sol, todo lo que le ha producido algún
concierto en Cannes ó en Monte-Carlo.
Spadoni intentó hablar, pero se contuvo viendo que el príncipe se
dirigía á Novoa.
—A usted no le pregunto: conozco su situación. Vive en el viejo Mónaco,
en la casa de un empleado del Museo, y su alojamiento no debe ser gran cosa.
Además, como decía Atilio, gana usted mucho menos que un croupier del
Casino.
Y mirando á sus convidados, añadió:
—Lo que yo quiero proponerles es que vivan conmigo. La invitación
resulta egoísta, no lo oculto. Pienso permanecer aquí hasta que se restablezca
la tranquilidad de Europa y la vida vuelva á ser agradable. Sólo con mi
coronel, acabaríamos por odiarnos los dos. Ustedes me acompañarán en mi
agujero.
Quedaron los tres estupefactos por la inesperada proposición. Novoa fué
el primero en recobrar la palabra.
—Príncipe, usted apenas me conoce. Nos vimos por primera vez hace tres
días... No sé si debo...
Le interrumpió el príncipe con voz algo seca y un ademán imperioso de
hombre acostumbrado á no admitir objeciones.
—Nos conocemos hace muchos años; nos conocemos toda la vida.
Luego añadió con un tono halagador:
—No es gran cosa lo que ofrezco. La servidumbre resulta escasa. No hay
más criados que mi viejo ayuda de cámara y esos dos monigotes italianos que ha
podido reclutar el coronel. Todo el resto del servicio lo hacen mujeres... Pero
aun así, nuestra vida será agradable. Nos aislaremos del mundo, que está loco;
no hablaremos de la guerra. Llevaremos una existencia plácida y cómoda, como en
aquellas abadías que durante la Edad Media fueron
frescos oasis de tranquilidad y de estudio en medio de violencias y matanzas.
Comeremos bien; el coronel me responde de ello. La biblioteca del yate está
aquí: al vender el buque ordené á don Marcos que la instalase en el último
piso. El amigo Novoa va á encontrar libros que tal vez no conoce. Cada uno hará
lo que quiera; monjes libres, sin otra obligación que la de acudir á la hora de
refectorio. Y si «el señor del 5» ó «el señor del 17» quieren dar una vuelta
por el Casino, podrán hacerlo, y alguien se encargará de llenarles los
bolsillos. Hay que dar algo al vicio, ¡qué diablo! Sin los vicios, la vida no
valdría la pena de ser vivida.
Un silencio de aprobación acogió estas palabras del dueño de
Villa-Sirena.
—Lo único que exijo—continuó el príncipe después de una larga pausa—es
que vivamos solos, entre hombres. ¡Nada de mujeres! La mujer debe quedar
excluída de nuestra existencia en común.
El pianista abrió los ojos con asombro; Castro se removió en su asiento;
Novoa se quitó los lentes con un gesto maquinal de sorpresa, volviendo en
seguida á montarlos en su nariz.
Hubo otro silencio.
—Eso que propones—dijo al fin Atilio sonriendo—me recuerda una comedia
de Shakespeare. ¡Nada de mujeres! Y el protagonista acaba por casarse.
—La conozco—contestó el príncipe—; pero no acostumbro á ajustar mi vida
á las comedias, ni creo en sus enseñanzas. Puedo asegurarte que no me casaré,
aunque con ello desmienta á Shakespeare y al rey francés de cuya crónica sacó
el argumento de su obra.
—Pero lo que pretendes es absurdo—prosiguió Castro—. Yo no sé lo que
pensarán los demás, ¡pero impedirme á mí que...!
Y con el gesto completó su protesta.
Después, al ver que el príncipe había quedado pensativo, añadió:
—¡Cómo se conoce que estás harto!... Has conseguido en tu vida cuanto
deseaste, y ahora quieres imponernos...
El príncipe, como si no le hubiese escuchado durante su ensimismamiento,
le interrumpió:
—Ya que no puedes vivir sin eso... ¡sea! No tengo empeño en
martirizarte. Continúa siendo esclavo de una necesidad que es obra más de la
imaginación que del deseo. Ahora que conozco verdaderamente la vida, me asombro
de que los hombres hagan tantas necedades por el descubrimiento y posesión de
treinta centímetros de piel oculta. Puedes satisfacer tu fantasía cuando
gustes... pero ¡nada de mujeres!
Los tres oyentes se miraron con asombro, y hasta el coronel, que se
mantenía impasible siempre que hablaba su señor, mostró en sus ojos cierta
sorpresa. ¿Qué quería decir el príncipe?...
—Tú no ignoras, Atilio, lo que es una mujer. En la mayor parte de los
pueblos de la tierra sólo existen hembras: jóvenes y viejas, pero no hay
mujeres. La mujer, la verdadera mujer, es un producto artificial de las
civilizaciones maduras, algo como las flores de invernadero, de una belleza
complicada y perversa. Sólo en las grandes ciudades que llegan á ser
decadentes, porque no pueden ir más allá, se encuentra á la mujer. No siendo
madre, como lo son las pobres hembras, da todo su tiempo al amor, prolonga maravillosamente
su juventud y piensa en inspirar pasiones á la edad en que las otras viven como
abuelas. ¡A esa es á la que yo temo! Si entra aquí, se acabó nuestra sociedad,
nuestra vida tranquila y dulce.
Se levantó de la mesa el príncipe, y todos hicieron lo mismo. El
almuerzo había terminado y pasaron al hall inmediato, donde
estaba servido el café. Miró el coronel en torno con inquietud, examinando las
cajas de habanos, la enorme licorera con sus frascos de diversos colores
puestos en fila.
Mientras cortaba la punta de un cigarro, Lubimoff continuó, dirigiéndose
siempre á Castro:
—Cuando desees... eso, te bastará con elegir en los alrededores del
Casino. Cien francos ó doscientos; y luego, ¡adiós!... ¡Pero las otras! ¡Las
mujeres! Esas penetran en nuestra existencia, acaban por dominarnos, quieren
que nuestra vida se moldee en la suya. Su amor por nosotros no es en el fondo
mas que una vanidad igual á la del conquistador que ama la tierra que ha hecho suya con violencia. Todas ellas han leído (casi
siempre á tontas y á locas, pero han leído), y las tales lecturas dejan en su
voluntad un residuo de deseos indefinidos, de caprichos absurdos, que sirven
para esclavizarnos á nosotros, que también nos movemos á impulsos de viejas
lecturas... Las conozco. He encontrado demasiadas en mi vida. Si entran aquí
mujeres de nuestro mundo, se acabó la paz. Me buscarán á mí por curiosidad y
por codicia, pensando en mi historia y mi fortuna; os perturbarán entablando
rivalidades entre vosotros; será imposible la vida que yo deseo... Además,
somos pobres.
Atilio protestó sonriendo: «¡Oh! ¡pobres!»
—Pobres para hacer las locuras de antes—continuó el príncipe—; y para el
amor se necesita dinero. Eso del amor desinteresado es una invención de las
pobres gentes, que se consuelan con embustes. La moneda brilla en el fondo de
todo amor. Al principio no se piensa en tal cosa: el deseo nos ciega; sólo
vemos lo inmediato, la dominación de la persona dulcemente adversaria. Pero en
todo amor que se prolonga, se acaba por dar dinero ó por tomarlo.
—¡Tomar dinero de una mujer!... ¡Nunca!—dijo Castro, perdiendo su
sonrisa irónica.
—Acabarás por tomarlo si andas entre mujeres, siendo pobre. Las de
nuestra época no tienen otra preocupación que el dinero. Cuando su amante es un
hombre rico, se lo piden aunque posean una gran fortuna. Creerían valer menos
si no lo hiciesen. Y si les gusta un pobre, le fuerzan á que reciba sus
dádivas. Lo dominan mejor envileciéndolo: sienten con ello la satisfacción
egoísta del que hace una limosna. La mujer, eterna mendiga del hombre,
experimenta el mayor de los orgullos, se cree un ser extraordinario, una
heroína, cuando á su vez puede dar dinero á uno del sexo que la ha mantenido
siempre.
Novoa, con una taza en la mano, escuchó atentamente al príncipe. Hablaba
de un mundo desconocido para él. Spadoni, con los ojos vagos, pensaba en algo
distante mientras sorbía su café.
—Ya lo sabes, Atilio—continuó Lubimoff—: ¡nada de mujeres!...
Así llevaremos la gran vida. La mañana libre; sólo nos veremos á la hora del
almuerzo. Abajo, en nuestro puertecito, quedan varios botes. Pescaremos á las
horas de sol, remaremos. En las tardes, irás á tu Casino; tal vez salga yo
también para asistir á algún concierto. Se acerca la primavera. Por las noches,
sentados en una terraza, bajo las estrellas, el amigo Novoa, sabio de nuestro
convento, nos explicará las melodías del cielo; y Spadoni, nuestro músico, se
sentará al piano para deleitarnos con la música terrestre.
—¡Magnífico!—dijo Castro—. Casi eres un poeta al describir nuestra vida
futura. Me has convencido. Vamos á ser felices. Pero no olvido tu permiso para
la hembra y tu prohibición de la mujer. ¡Nada de faldas en Villa-Sirena!
Hombres nada más, monjes con pantalones, egoístas y tolerantes, que se reunen
para vivir dulcemente mientras arde el mundo.
Atilio se mantuvo pensativo unos instantes, y continuó:
—Nos falta un nombre: nuestra comunidad debe tener un título. Nos
llamaremos... nos llamaremos «Los enemigos de la mujer».
Miguel sonrió.
—Que el título quede entre nosotros. Si lo saben fuera de aquí, podrían
creer otra cosa.
Novoa, animado por su reciente confianza con unos hombres tan distintos
á los que había tratado hasta entonces, aceptó el título con aplauso.
—Yo confieso, señores, que, según la distinción hecha por el príncipe,
no he conocido jamás á una mujer. ¡Pobres hembras... y pocas! Pero me gusta el
título, y acepto ser uno de «los enemigos de la mujer», aunque la tal mujer no
se pondrá nunca ante mi paso.
Spadoni, como si despertase de pronto, se encaró con Castro, continuando
en alta voz sus pensamientos.
—...Es una martingala que inventó un lord ya difunto y que le hizo ganar
millones. Ayer me lo explicaron. Primeramente, pone usted...
—¡Ah, no, pianista del demonio!—clamó Atilio—. Ya me explicará eso en el
Casino, si es que tengo la curiosidad de oirle. Me ha hecho usted perder mucho con sus martingalas. Mejor es que siga con su número
5.
El coronel, que había escuchado en silencio la conversación sobre las
mujeres, pareció ligar dos ideas cuando Castro mencionó el juego.
—Ayer tarde—dijo al príncipe con un tono algo misterioso—encontré en el
Casino á la duquesa...
Un gesto de muda interrogación cortó sus palabras. «¿Qué duquesa?»
—Haces bien en preguntarle, Miguel—dijo Atilio—. Tu «chambelán» es el
hombre mejor relacionado de la Costa Azul. Conoce duquesas y princesas á
docenas. Lo he visto comiendo en el Hotel de París con toda la vieja nobleza de
Francia que viene á Monte-Carlo para consolarse de lo que tardan en volver sus
antiguos reyes. En las salas privadas del Casino besa manos llenas de arrugas y
hace reverencias ante una porción de momias horribles con nombres antiguos y
famosos. Unas le llaman simplemente «coronel»; otras se lo presentan con el
título de «ayudante de campo del príncipe Lubimoff».
Don Marcos se irguió, ofendido por el tono zumbón con que se hablaba de
su gloria, y dijo altivamente:
—Señor de Castro, soy un viejo soldado de la legitimidad, he derramado
mi sangre por la santa tradición, y nada tiene de particular que...
El príncipe, sabiendo por experiencia que su coronel no conocía el valor
del tiempo cuando empezaba á hablar de la «legitimidad» y de «sangre
derramada», se apresuró á interrumpirle.
—Bueno; ya lo sabemos. Pero ¿qué duquesa es la que encontraste?...
—La señora duquesa de Delille. Me ha preguntado muchas veces por Su
Alteza, y al decirle yo que acababa de llegar, me dió á entender que se propone
hacerle una visita.
Lubimoff contestó con una simple exclamación, quedando luego silencioso.
—Bien empezamos—dijo Castro riendo—. ¡Nada de mujeres! E inmediatamente
el coronel nos anuncia la visita de una de ellas, y de las más temibles. Porque reconocerás que la tal duquesa es una mujer de las
que tú nos has pintado.
—No la recibiré—dijo el príncipe resueltamente.
—Esa duquesa es prima tuya, según creo.
—No hay tal parentesco. Su padre fué hermano del segundo marido de mi
madre. Pero nos hemos conocido de niños, y guardamos recíprocamente un recuerdo
detestable. Cuando yo vivía en Rusia se casó con un duque francés. Sintió el
mismo deseo que muchas ricas de América: un gran título nobiliario para dar
envidia á las amigas y brillar en Europa. Al poco tiempo se separó, señalando
al duque una pensión, que es lo que deseaba tal vez el noble marido. No tengo
por mujer apetecible á la tal Alicia... Además, ha vivido la vida á su gusto...
casi tanto como yo. Su reputación se iguala con la mía. Hasta le atribuyen
amores con personas que no ha visto nunca, lo mismo que hacen conmigo... Me han
dicho que en los últimos años se exhibía con un muchachito, casi un niño...
¡Ay! ¡Nos hacemos viejos!
—Yo los he visto en París—dijo Castro—; fué antes de la guerra. Luego,
en Monte-Carlo, la he encontrado siempre sola, sin divisar á su jovenzuelo por
ninguna parte. Debió ser un capricho... Lleva tres inviernos aquí. Cuando llega
el verano se traslada á Aix-les-Bains ó á Biarritz; pero apenas el Casino
recobra su esplendor, vuelve de las primeras.
—¿Juega?...
—Como una condenada. Juega fuerte y mal, aunque los que creemos jugar
bien acabamos perdiendo lo mismo. Quiero decir, que pone el dinero en la mesa
aturdidamente, en varios sitios á la vez, y luego ni se acuerda de qué puestas
son las suyas. Revolotean en torno de ella los «levantadores de muertos», y
cuando gana, siempre se le llevan algo de lo suyo. Ha estado dos años jugando
nada más que con fichas de quinientos y de mil. Ahora sólo juega con las de
cien. Pronto usará las rojas, las de veinte, como este servidor.
—No la recibiré—insistió el príncipe.
Y tal vez para no decir más de la duquesa de Delille, se separó
repentinamente de sus amigos, saliendo del hall.
Atilio, deseoso de hablar, interrogó á don Marcos, que conversaba con
Novoa, mientras el pianista seguía soñando, con los ojos abiertos, en la
martingala del lord.
—¿Ha visto usted últimamente á doña Enriqueta?
—¿Me pregunta usted por la Infanta?—contestó el coronel gravemente—. Sí;
ayer la encontré en el atrio del Casino. ¡Pobre señora! ¡Si esto no es una
lástima!... ¡Una hija de rey!... Me contó que sus hijos no tienen qué ponerse.
Ella debe doscientos francos de cigarrillos en el bar de los
salones privados. No encuentra quien le preste. Tiene además una mala suerte
espantosa: todo lo pierde. Estos tiempos son fatales para las personas de
sangre real. Casi lloré escuchando sus miserias, y sentí no poder darle más.
¡Una hija de rey!...
—Pero su padre renegó de ella cuando se fué con un artista obscuro—dijo
Atilio—. Y además, don Carlos no era rey de ninguna parte.
—Señor de Castro—repuso el coronel, irguiéndose como un gallo—, tengamos
la fiesta en paz. Usted sabe mis ideas: he derramado mi sangre por la
legitimidad, y el respeto que le tengo á usted no debe servir para...
Novoa, queriendo tranquilizar á don Marcos, intervino en la
conversación.
—Este Monte-Carlo es una playa á la que llegan toda clase de despojos,
vivos y muertos. En el Hotel de París hay otro individuo de la familia, pero de
la rama triunfante, de la que gobierna y cobra.
—Lo conozco—dijo riendo Atilio—. Es un joven de exuberancias calípigas,
que va á todas partes con su gentil secretario. Siempre encuentra alguna señora
vetusta que, deslumbrada por su parentesco real, se encarga de mantenerlo á
todo lujo... ¡No sé qué demonios puede dar á cambio de esa protección! El
secretario, de vez en cuando, le pega para hacer constar sus antiguos derechos.
Don Marcos permaneció silencioso. A él no le interesaban las gentes de
esta rama.
—También—continuó maliciosamente Castro—conocí en el Casino, antes de la
guerra, á don Jaime, el rey actual de usted. Un mozo valiente para jugar.
Arriesga á puñados los miles de francos: maneja
muchísimo dinero. En el Casino todos contaban que se lo envían de Madrid, á
cambio de que no deje un hijo y mueran con él las pretensiones al trono.
—¡Y pensar—murmuró Novoa, sin darse cuenta de que hablaba en voz
alta—que por unos y otros se han matado allá tantos hombres!... ¡Pensar que por
una cuestión de herencia entre esas gentes nos hemos retrasado un siglo en la
vida europea!...
—¡Usted también!—clamó el coronel, nuevamente indignado—. Un sabio decir
eso... ¡Parece mentira!
Al terminar la segunda guerra carlista, un español se vió para siempre
lejos de su patria, en la pobreza y la obscuridad del vencido. Los diarios de
Madrid le llamaban simplemente «el cabecilla Saldaña», no anteponiendo á su
nombre adjetivos infamatorios, sin duda para diferenciarle de otros jefes de
partidas que en Aragón, Cataluña y Valencia habían hecho durante cinco años una
campaña de saqueos y fusilamientos. Para los suyos, era el general don Miguel
Saldaña, marqués de Villablanca. El pretendiente don Carlos le había dado este
título por ser Villablanca el nombre del pueblo en que Saldaña casi aniquiló á
una columna del ejército liberal. Los conocimientos topográficos de su jefe de
Estado Mayor—un cura del país, que durante toda su existencia se había limitado
á decir misa los domingos, pasando el resto de la semana en los montes con su
escopeta y su perro—le permitieron sorprender descuidado al enemigo, obteniendo
una victoria ruidosa.
Cuando pasó fugitivo la frontera, por no reconocer á los Borbones
constitucionales, el cabecilla tenía veintinueve años. Segundón de una familia
orgullosa y arruinada, se había visto obligado á luchar con las tradiciones de
su casa, que le destinaban á la Iglesia. Estaba terminando sus estudios en el
Colegio Militar de Toledo, cuando la revolución de 1868 le hizo desistir de ser
oficial por no obedecer á unos generales que acababan de suprimir el trono. Al
levantarse en armas don Carlos, fué de los primeros en ponerse á su servicio; y
su paso por una escuela militar, así como su
educación, le permitieron sobresalir inmediatamente entre los demás
guerrilleros del llamado ejército del Centro, propietarios rurales, escribanos
de villorrio, clérigos montaraces.
Era de un valor temerario, aunque poco afortunado. Atacaba siempre á la
cabeza de sus hombres, y de casi todos los combates salía herido. Pero eran
heridas «de suerte», como dicen los soldados, que dejaban en su cuerpo
gloriosas señales sin destruir su vigorosa salud.
Viéndose solo en París, donde únicamente podía contar con la admiración
de algunas viejas legitimistas del faubourg San Germán, se
marchó á Viena. Allí su rey tenía parientes y amigos. Su juventud y sus hazañas
le valieron ser admitido en el mundo de los archiduques como un héroe de la
monarquía tradicional. La guerra entre Rusia y Turquía le arrancó de esta dulce
existencia de parásito interesante. Hombre de espada y católico, creyó que su
deber era combatir al turco; y recomendado por sus protectores austriacos, pasó
á la corte de Petersburgo. El general Saldaña fué simple comandante de
escuadrón en el ejército ruso. Los oficiales hablaban con él en francés. Sus
jinetes harto le entendían cuando se colocaba ante el escuadrón y,
desenvainando el sable, galopaba el primero contra el enemigo.
Varias cargas afortunadas y dos heridas más «de suerte» le dieron algún
renombre. Al terminar la guerra contaba con numerosos amigos entre la
oficialidad noble, y fué presentado con los salones más aristocráticos. Una
noche, en el baile de una gran duquesa, vió de cerca á la mujer de moda, á la
joven que más daba que hablar en aquel invierno á las gentes de la corte: la
princesa Lubimoff.
Tenía veintitrés años, era huérfana, y su fortuna la apreciaban como una
de las más grandes de Rusia. El primer príncipe Lubimoff, pobre y hermoso
cosaco, que no sabía leer, logró llamar la atención de la gran Catalina,
figurando á la cabeza de sus amantes de segundo orden. En los años que duró el
capricho imperial, el nuevo príncipe tuvo que buscar su fortuna lejos de la
corte, pues los favoritos anteriores se habían llevado todo lo
que estaba más á mano. La zarina le dió cuanto quiso escoger sobre el mapa de
su inmenso Imperio: territorios lejanos, al otro lado de los Urales, que su
nuevo poseedor no había de visitar nunca, así como los más de sus sucesores. Al
crearse los ferrocarriles, enormes riquezas fueron surgiendo de estas tierras
escogidas por el cosaco: en unas se descubrían venas de platino: en otras,
canteras de malaquita, yacimientos de lapislázuli, abundantes pozos de
petróleo. Además, docenas de miles de siervos recién emancipados por el zar
seguían trabajando la tierra, lo mismo que antes, para los descendientes de
Lubimoff. Y toda esta fortuna enorme, que casi se doblaba por año con nuevos
descubrimientos, pertenecía por entero á una mujer, la joven princesa, que se
consideraba como de la familia imperial por obra de su ascendiente, y había
preocupado más de una vez al soberano, á causa de las excentricidades de su
carácter.
Era una virgen guerrera, caprichosa, incoherente en actos y palabras,
desorientando á todos con los violentos contrastes de su conducta. Trataba como
camaradas á los oficiales de la Guardia, fumando y bebiendo lo mismo que ellos
y entrometiéndose, en sus ejercicios de equitación; pero de pronto se encerraba
en su palacio semanas enteras, para arrodillarse, ante los santos iconos en una
crisis de misticismo, pidiendo á gritos el perdón de sus pecados. Veneraba al
emperador como representante de Dios y al mismo tiempo simpatizaba con los
nihilistas.
Los personajes de la corte se escandalizaban al recordar cómo,
acompañada de una doncella que la policía consideraba sospechosa, había ido una
mañana á una pobre casita de las afueras de la capital, confundiéndose con la
canalla revolucionaria de artesanos y estudiantes. Con ellos había desfilado
por una estrecha habitación, ante un féretro próximo á volcarse bajo los
empujones de la muchedumbre triste y curiosa.
El muerto se llamaba Fedor Dostoiewsky. La princesa había deshojado un
ramo carísimo de rosas sobre la frente abombada y las barbas ascéticas del
novelista. Y esa misma Nadina Lubimoff golpeaba en su palacio á los criados
como si aún fuesen siervos, hacía arrodillarse á sus pies á las doncellas en
momentos de cólera, lo ponía todo en conmoción con
su tempestuosa irascibilidad, hasta el punto de que cierto viejo príncipe que
era su tutor por orden imperial deseaba verla casada cuanto antes, aunque con
ello perdiese el manejo de una fortuna inmensa.
Inspiraba miedo á sus enamorados. Todos temían la burla cruel como
respuesta á una petición matrimonial. Por dos veces había anunciado su
casamiento con señores de la corte, y á última hora ella misma pidió al zar que
negase su permiso. Ningún hombre osaba ya solicitar su mano, por temor á las
risas y los comentarios. Y á pesar de las libertades é inconveniencias de su
conducta, nadie ponía en duda su virginidad.
Saldaña pensó al verla en una náyade septentrional surgiendo de un río
verde en el que flotasen bloques de hielo. Era alta, de aspecto majestuoso,
algo abultada de formas, lo mismo que las divinidades pintadas al fresco en los
techos; pero de una blancura esplendorosa, las pupilas grises con una lenteja
verde en el centro, la cabellera de un rubio flácido y desteñido, como si
acabase de surgir de un intenso lavado. Su carne tal vez resultaba un poco
blanda, á causa de su maravillosa blancura, pero esparcía un perfume fresco,
«olía á agua corriente», según la expresión de sus admiradores. Una nariz
demasiado ancha, cuyas aletas se agitaban en momentos de emoción con un
estremecimiento caballuno, recordaba á su glorioso ascendiente el viril cosaco
de la zarina.
Pasó una gran parte del baile sin fijarse en el español. ¡Eran tantos
los oficiales que la rodeaban, acogiendo con sonrisas de gratitud sus chistes
atroces y sus palabras gruesas!... De pronto, Saldaña, que estaba entre dos
puertas, se estremeció al oir una voz femenil de tono imperioso.
—Su brazo, marqués.
Y antes de que él se lo ofreciese, la joven princesa se lo tomó, tirando
de él hacia el salón donde estaba el buffet.
Nadina se bebió una gran copa de volka, prefiriendo este
aguardiente popular al champaña que servían pródigamente los criados. Luego,
sonriendo á su acompañante, lo llevó hasta el hueco
de una ventana casi oculta por sus cortinajes.
—¡Las heridas!... ¡Quiero ver las heridas!
El español quedó estupefacto ante la orden de esta gran dama,
acostumbrada á imponer sus más raros caprichos. Ruborizándose, como un soldado
que sólo ha vivido entre hombres, acabó por recogerse la manga izquierda de su
uniforme, mostrando un antebrazo moreno, velludo, con gruesos tendones,
hondamente surcado por la cicatriz de un balazo recibido allá en España.
Admiró la princesa este miembro atlético, de piel obscura cortada por la
blanca tortuosidad de la carne nueva.
—¡Las otras!... ¡Quiero ver las otras!—ordenó, clavando en él unos ojos
agresivos como si fuese á morderle, mientras se doblaba hacia abajo el arco de
su boca con llorosa humedad.
Le había agarrado el brazo con una mano trémula, mientras la otra
avanzaba sobre el pecho del dolmán, pretendiendo deshacer sus cordones de oro.
El soldado se echó atrás, balbuceando. ¡Oh, princesa!... Lo que
pretendía era imposible. Las otras heridas no podían mostrarse á una dama...
Sintió en su única cicatriz visible el contacto de unos labios. Nadina,
inclinando su orgullosa cabeza, le besaba el brazo.
—¡Oh, héroe!... ¡Héroe mío!
Después de esto volvió á erguirse fría y serena, sin más que una leve
palpitación en las alillas de su nariz. Ya no la inquietaba el deseo de conocer
inmediatamente aquellas cicatrices espantosas que le habían descrito los
camaradas del valeroso soldado. Estaba segura de verlas á su placer todo el
tiempo que quisiera.
A los pocos días empezó á circular el rumor de que la princesa Lubimoff
se casaba con el español. Ella misma había lanzado la noticia, sin cuidarse de
conocer antes la voluntad de su futuro marido. Las razones con que pretendía
justificar su decisión no podían ser de más peso. Ella era rubia y Saldaña
moreno; los dos habían nacido en los países más apartados de Europa. Todas
estas condiciones bastaban para hacer un matrimonio feliz.
Además, la princesa estaba convencida de que siempre había amado á España, aunque
no podía señalar con exactitud su situación en el mapa. Hacía memoria de unos
versos de Heine que nombran á Toledo, de otros versos de Musset á las marquesas
andaluzas de Barcelona, tarareaba una romanza sobre los naranjos de Sevilla...
Su héroe debía ser forzosamente de Toledo ó andaluz de Barcelona.
En vano algunos personajes de la corte le hablaron de que el zar no
autorizaría esta unión. ¡Una gran heredera casándose con un soldado extranjero
desterrado de su país!... Pero la princesa, por el mismo conducto, hizo saber
su voluntad al soberano.
—O me caso con él, ó debuto como bailarina en un teatro de París.
Se habló de la próxima expulsión de Saldaña.
—Mejor: iré á juntarme con él y seré su querida.
El viejo príncipe encargado de su tutela lamentó las exigencias de la
corte. De no existir esta oposición, el capricho por Saldaña hubiese durado
unos días nada más, como tantos otros. Se dijo que el emperador tal vez la
desterrase á sus vastas propiedades de Siberia para doblar su voluntad, y la
nieta del cosaco contestó á la amenaza prometiendo á gritos su suicidio antes
que obedecer.
Al fin, el soberano dejó prudentemente que cumpliera su deseo.
Casándose, tal vez renunciase á sus excentricidades, y la corte de Rusia,
pródiga en escándalos, tendría uno menos. El viaje de bodas de la princesa
Lubimoff se prolongó toda su vida. Sólo dos veces volvió á Rusia por asuntos
relacionados con su enorme fortuna. La Europa occidental era más favorable á su
carácter libre que la corte de un autócrata. Al año de su matrimonio, estando
en Londres, tuvo un hijo, el único. Permitió que se llamase Miguel, como su
padre, pero impuso el segundo nombre de Fedor, tal vez en memoria de
Dostoiewsky, su novelista favorito, cuyos personajes contradictorios le
inspiraban una simpatía de parentesco.
Nadie pudo saber ciertamente si don Miguel Saldaña se consideró feliz en
su nueva situación de príncipe consorte, que le
permitía gozar todos los placeres y suntuosidades de una inmensa riqueza. A uso
español, quiso imponer su voluntad de marido y de varón fuerte, para impedir
los excentricidades de su esposa. ¡Vano empeño! Aquella mujer, á ratos sentimental,
que gemía sobre las desigualdades sociales y las miserias de los pobres, era
una fuerza explosiva capaz de agrietar el carácter más abroquelado y duro.
Saldaña acabó por resignarse, temiendo las acometividades de la nieta
del cosaco. Deseoso de conservar su prestigio de gran señor, celoso del respeto
de la servidumbre y de la consideración de sus convidados, temió las escenas
violentas que poblaban de aullidos femeninos los salones y hasta las escaleras
de su lujosa residencia. No quiso que la princesa volviera á enviar por segunda
vez contra un muro del comedor con solo un golpe de pie—la mesa de roble y
todos sus servicios de porcelana y cristalería, que se hicieron añicos con
estrépito de catástrofe.
Cuando los arquitectos de París hubieron dado forma á los encargos de la
princesa, la familia abandonó el castillo que ocupaba en las cercanías de
Londres. Un grupo de ricos parisienses, en su mayor parte banqueros judíos,
cubría en aquel momento de hoteles particulares la llanura de Monceau en torno
del parque. La princesa Lubimoff se hizo construir en este barrio un palacio
enorme, con un jardín que resultaba inaudito por sus proporciones dentro de una
ciudad. Hasta instaló en el fondo de la arboleda una pequeña granja, y sin
salir de su casa pudo darse el gusto de desempeñar el papel de campesina, batir
leche y fabricar manteca, pensando en María Antonieta, que también jugaba á la
pastorcita en el Pequeño Trianón.
Algunas voces parecía doblarse bajo una ráfaga de ternura y admiraba á
su esposo, acataba sus órdenes, extremando su humildad de un modo inquietante.
Hablaba á sus visitas de las campañas del general, de sus proezas allá en
España, tierra que le infundía un interés novelesco y por lo mismo no deseaba
ver nunca. De pronto interrumpía sus elogios con una orden:
—Marqués, muéstrales tus heridas.
Y daba una prueba de su ternura dejando de enfadarse al ver que su
marido no quería obedecerla.
Le llamaba siempre «marqués», no se sabe si por conservar para ella sola
su calidad de princesa ó por creer que no debía despojarlo de un título ganado
con su sangre. El marqués jamás fijó su atención en esta anomalía. ¡Eran tantas
las de su mujer! Al año de casados, cuando llegó á Londres la noticia de que
Alejandro II había muerto destrozado por una bomba de los revolucionarios,
corrió como una loca por sus habitaciones y hubo de guardar cama después de una
tremenda crisis de indignación.
—¡Infames! ¡Un hombre tan bueno!... ¡Han matado á su padre!
Al entrar ahora Saldaña en su lujosa vivienda de París, se tropezaba
muchas veces con extraños visitantes que parecían llevar fijas en sus espaldas
las miradas de asombro de los lacayos de calzón corto. Eran muchachas
desgarbadas y con anteojos, el pelo cortado al rape y un cartapacio bajo el
brazo; hombres de luengas melenas y barbas enmarañadas, con unos ojos
inquietantes de visionarios; rusos del Barrio Latino vigilados por la policía;
terroristas que jamás imploraban en vano la generosidad de la princesa y tal
vez empleaban su dinero en fabricar mecanismos infernales para expedirlos á su
país.
Cuando el príncipe Miguel Fedor se remontaba hasta los recuerdos de la
infancia, veía á su padre teniéndolo sobre las rodillas y acariciándole con sus
duras manos. El pequeño se fijaba en su rostro de moro y sus luengos bigotes
que venían á unirse con unos patillas cortas. No podía afirmar si la acuosidad
de sus ojos negros é imperiosos era de lágrimas; pero después que aprendió el
español, estaba seguro de que había murmurado muchas veces, mientras le pasaba
la mano por la cabeza:
—¡Pobrecito mío!... Tu madre está loca.
A los ocho años, el problema de su educación hizo que la princesa se
mostrase por unas semanas maternalmente grave. Uno de aquellos visitantes que
tanto inquietaban á la servidumbre trasladó sus libros y sus raídos trajes
desde una callejuela vecina al Panteón á la vivienda
señorial de los Lubimoff, instalándose en ella. Era un joven taciturno,
dedicado al estudio de la química, y que no podía volver a su país. El mismo
día de su instalación, un agente de la policía secreta vino á hacer preguntas
al portero del palacio.
—Quiero que mi hijo sepa el ruso—dijo la princesa—. Además, aprenderá
mucho con Sergueff. Es un verdadero sabio, digno de mejor suerte.
Saldaña exigió que tuviese igualmente un maestro español, y ella no se
opuso. Todos los de su familia poseían en un grado extremo esa capacidad de los
eslavos para aprender fácilmente los idiomas.
—El príncipe Miguel Fedor—dijo la madre—es marqués de Villablanca y debe
conocer la lengua de su segunda patria.
Esto hizo que el general volviera á buscar el contacto con los antiguos
compañeros de armas que aún quedaban dispersos en París. La fama de sus enormes
riquezas le había atraído muchas peticiones, hasta de las personas más
veneradas por él en otro tiempo. Pero aunque la princesa, generosa hasta la
inconsciencia, le dejaba el manejo de sus bienes, Saldaña, con una rigidez
caballeresca, se consideraba sin derechos sobre el dinero de su esposa, y poco
á poco había huído de los pedigüeños. Un gran cambio parecía haberse efectuado
en este hombre silencioso durante sus viajes por Europa. El antiguo soldado de
la monarquía absoluta admiraba ahora á Inglaterra y su historia constitucional.
—Las cosas se ven de otro modo corriendo el mundo—se limitaba á decir—.
¡Si todos los de mi país hubiesen viajado!...
Un día se presentó en el palacio el nuevo maestro. Tenía doce años menos
que Saldaña, pero había estado á sus órdenes al final de la guerra, y en vez de
darle el título de marqués ó de príncipe, repitió á cada momento, con orgullo,
«mi general».
El general no guardaba el menor recuerdo de él; pero daba detalles
exactos de la última parte de la campaña, y las recomendaciones de varios
amigos no le permitían dudar de su veracidad. Debía ser uno de aquellos
chicuelos escapados de sus casas que se agregaban á las partidas
carlistas, formando una fuerza llamada «requeté», á la que Saldaña había
amenazado más de una vez con el fusilamiento en masa, no queriendo tolerar sus
habituales tropelías. El maestro afirmaba, que el mismo general lo había
nombrado alférez en los últimos meses de la guerra, por ser más instruído que
sus desarrapados camaradas.
Así entró Marcos Toledo en el palacio de los Lubimoff. El grave marido
de la princesa rió con una alegría juvenil al conocer sus andanzas de emigrado
en París. Como en los primeros meses ignoraba el francés, detenía en la calle á
los clérigos para hablarles en latín. Había malvivido siendo maestro de
guitarra y dando conferencias en un Instituto Políglota, cuyo público no
concedía la menor atención al tema, buscando únicamente acostumbrar su oído á
la pronunciación española. ¡Siete francos y medio por hablar hora y media! Pero
Toledo compensaba lo escaso de la retribución con el placer de discursear sobre
los tiempos felices de Felipe II, superiores á los presentes de liberalismo.
—Ahora sólo tengo una ambición, mi general—terminaba diciendo—: poder
algún día vestir bien.
Este deseo suntuario provenía de su adolescencia de guerrillero, cuando
robaba zagalejos amarillos y rojos á las campesinas para confeccionarse
uniformes. En París, más que la parquedad de su nutrición, le atormentaba el ir
con trajes que no pertenecían á ninguna moda conocida.
Cuando quedó instalado en el último piso del palacio, lo mismo que el
maestro ruso, y el general hubo escogido para él varias prendas en su abundante
guardarropa, Toledo creyó cumplidos todos los ensueños que se había forjado
mientras corría París como tenaz comisionista de mil cosas invendibles.
Sus compatriotas, antiguos compañeros de miseria, le admiraban al verle
vestido como un rico y ocupando muchas veces un carruaje de los príncipes. Su
condición de maestro la consideró poco honrosa para un antiguo guerrero, y
decía modestamente:
—Soy ahora el ayudante de campo del general Saldaña. Creo que no
tardaremos en echarnos otra vez al monte.
El pequeño príncipe admiró al maestro ruso porque su madre afirmaba que
era un sabio, pero sentía cierto miedo en su presencia. En cambio, trataba al
español con una superioridad protectora y cariñosa. Toledo hacía reir á su
padre, y esto bastó para que lo considerase como un ser inferior, pero digno de
aprecio por su docilidad y su paciencia.
—Dí: ¿es cierto que ibas á ser cura?—le preguntaba Miguel Fedor—. ¿Es
verdad que al abandonar el seminario fuiste mancebo de botica?
—Príncipe—contestaba el maestro con dignidad—, yo soy don Marcos de
Toledo. Mi apellido dice mi nobleza, á pesar de todo lo que cuenten los
envidiosos, y tengo derecho á usar el don, porque el señor marqués
me hizo oficial.
Al poco tiempo, el discípulo hablaba correctamente el español. Parecía
haberlo aprendido con rapidez para burlarse mejor de su hidalgo maestro.
El padre contribuía también á la educación del heredero de los Lubimoff
con lo único que él podía enseñarle. Todas las mañanas, después de las
lecciones del maestro ruso, de las que salía el pequeño con un rostro grave,
Saldaña lo esperaba en una amplia sala del piso bajo.
—Príncipe, ¡en guardia!
Y él, que había sido el primer sable del ejército carlista y llevaba
sobre su conciencia una cabeza partida hasta la mandíbula en un duelo durante
la campaña contra los turcos, sonreía orgulloso al ver cómo este muchacho de
once años se mantenía firme durante la lección de esgrima, evitando sus duros
golpes y devolviéndoselos con éxito al menor descuido. Iba á ser un hermoso
hombre de combate, un digno descendiente del cosaco y del guerrillero de las
montañas españolas.
Pero esta satisfacción fué corta. De todas sus heridas «de suerte», que
sólo le molestaban ligeramente al cambiar las estaciones, una le afligía de
tarde en tarde con dolorosas crisis. Llevaba muchos años dentro del cuerpo una
bala española que no le habían podido extraer los curanderos de su partida.
Cuando los cirujanos de Londres y París intentaron la operación, ya era tarde.
Y una mañana, el ayuda de cámara, al entrar en su dormitorio, lo
encontró muerto.
Miguel Fedor se acordaba de su propia emoción, de los suntuosos
funerales ordenados por la princesa—idénticos á los de un soberano fallecido en
el destierro—, pero aún tenía más presentes los extremos de dolor de su madre.
También ella quería morir. Las doncellas rusas tuvieron que arrancar de sus
manos un frasco de láudano, recibiendo por su abnegación unos cuantos puñetazos
más que de costumbre. Luego corrió como una demente, aullando y con el cabello
suelto, ante todos los retratos del general. ¡Ah, su héroe! Ahora sabía
verdaderamente cuánto lo amaba...
Durante varios meses recibió á sus visitas en un salón con muebles y
cortinajes negros. Vistiendo sueltas ropas de luto, estaba medio tendida en un
sofá ante un retrato de Saldaña de cuerpo entero. Sus sables, sus uniformes y
hasta una silla rusa de montar figuraban en este salón convertido en museo del
difunto.
—¡Ha muerto como lo que fué!—gemía la viuda—. Le han matado sus heridas.
En este período se inició la última evolución de la grandeza de don
Marcos Toledo. El sabio ruso había quedado en segundo lugar. Cierta parte de la
gloria del muerto se reflejó sobre este compatriota humilde que había
presenciado sus hazañas. Una tarde, la princesa, que conversaba en su
salón-museo con unos nobles parientes llegados de Rusia, lloró tanto al
recordar á su esposo, que quiso ausentarse un momento.
—Coronel, el brazo.
Toledo estaba presente acompañando á su discípulo, y miró en torno de él
con extrañeza, lo que dió lugar á que la orden se repitiese en un tono más
imperioso. ¡El coronel era él!... Durante algún tiempo creyó don Marcos en un
capricho de la princesa. El día que menos lo esperase le retiraría el
coronelato.
Pero cuando, pasados los primeros meses de luto y cansada de su
retraimiento, se lanzó la viuda á hacer visitas, quiso ser acompañada por
Toledo, presentándolo á sus amistades del mundo aristocrático.
—Es el ayudante de campo del difunto marqués.
¡Lo mismo que él había inventado para darse importancia ante sus
compañeros de hambre! No dudó más de su graduación. Ya que la princesa lo
presentaba como ayudante de su marido, bien podía ser coronel. Y lo fué hasta
para el joven príncipe, que al principio le daba este título con cierta sorna y
acabó por llamarle «coronel» maquinalmente.
Sus deseos de lujosa y abundante indumentaria se realizaron
espléndidamente. Con la princesa no había que temer los escrúpulos que mostraba
algunas veces Saldaña, enemigo del despilfarro. La gran señora hasta sentía
desprecio por las personas que se aprovechaban parcamente de su generosidad.
Don Marcos pudo cambiar de traje varias veces al día y sostuvo largas
conferencias con sastres de renombre. Buscaba una elegancia personal; quería
ser un señor distinguido, pero que denuncia en su modo de llevar la ropa á un
hombre acostumbrado al uniforme: algo así como el aire de un mariscal
napoleónico obligado á vestir el frac. Su cabeza fué objeto igualmente de
grandes retoques. Imitó el peinado de su general, con la raya de la frente á la
nuca, mechones en las sienes alisados hacia adelante y bigotes unidos con las
patillas, á la rusa. Acompañando á la princesa, se habituó á besar la mano á
las señoras con una gracia de viejo cortesano; aprendió también á sostener
largas conversaciones sin decir nada, á mantenerse aparte y casi invisible
mientras hablaban las gentes de origen superior.
Cuando la princesa, una vez terminado el primer año de viudez, volvió
resueltamente á su palco de la Opera, don Marcos la acompañó, quedando
discretamente en el fondo, como el chambelán de una reina. Una noche, durante
un entreacto, al pasar ella al antepalco, oyó cómo el coronel contaba á un
viejo general francés amigo de la casa el combate de Villablanca.
—...y el marqués me dijo: «Ahora te toca á ti, Toledo; á ver cómo cargas
á la bayoneta.» Entonces, yo desnudé el sable, y á la cabeza de mi
regimiento...
—Es un verdadero soldado—interrumpió la princesa—. Un digno compañero de
mi héroe... El marqués me habló muchas veces de él.
Y estaba segura en aquel momento de haber oído contar al taciturno
Saldaña las proezas de su ayudante de campo.
El maestro ruso, que era para Toledo un hombre antipático é inquietante,
abandonó de pronto el palacio Lubimoff. Tal vez sentía celos de la influencia
creciente del coronel; tal vez asuntos misteriosos lo atraían lejos de París.
La princesa no experimentó ninguna pena con esta desaparición del sabio. Había
olvidado á sus rusos de aspecto sedicioso: ya no les daba dinero: otras eran
ahora sus aficiones.
De pronto, mostró deseos de vivir una larga temporada en Londres, y esto
la hizo ceder á la petición de su hijo, que ansiaba realizar un viaje solo por
toda Europa.
—Ya eres un hombre; vas á tener catorce años. Viaja, no repares en
gastos; piensa siempre que eres el príncipe Lubimoff... El coronel irá contigo:
será tu ayudante, como lo fué del heroico marqués.
Su primer viaje fué á España. Miguel Fedor deseaba conocer la tierra de
su padre. Toledo creyó del caso mostrar cierta inquietud para que le admirase
el joven príncipe. ¡Un coronel carlista que no había querido acogerse á indulto
ni acataba á la dinastía reinante!... Pero viajaron tres meses por España, sin
que se fijasen en ellos mas que por la largueza de sus propinas. Bien es verdad
que Toledo evitó ponerse en contacto con sus antiguos camaradas. Se consideraba
ya de otro mundo; sentía interiormente el mismo cambio que su general.
Cuando Miguel Fedor sació su primer entusiasmo por las corridas de
toros, continuaron el viaje á través de Europa, hasta llegar á Rusia, mucho
después de las numerosas cartas de presentación dirigidas por la Lubimoff á sus
parientes. Un año permaneció allá el príncipe, visitando sus propiedades menos
lejanas, conociendo á todas las grandes familias amigas de su madre. El coronel
habló gravemente de cosas de guerra con varios generales que le acogieron como
un igual. Era el ayudante, el compañero de heroísmos de Saldaña, al que habían
conocido, de jóvenes, en la guerra contra Turquía siendo oficiales.
Las antiguas amigas de la princesa Lubimoff dieron al hijo una noticia
inesperada. Su madre pretendía casarse con un señor inglés y había escrito al
zar solicitando su autorización. Esta noticia sólo impresionó á Miguel Fedor.
Los tiempos de la extravagante Nadina estaban muy lejos. Sus actos no producían
eco alguno. Otras princesas jóvenes la habían borrado con aventuras todavía más
ruidosas. Sólo algunas damas de la antigua corte, cuando olvidaban sus
preocupaciones de madres, hacían memoria de la princesa Lubimoff, recordando
con esto á la perdida juventud, siempre más interesante que los tiempos
actuales.
Al volver el joven al palacio de París encontró á su madre tan princesa
como siempre, pero casada con un señor escocés, sir Edwin Macdonald.
—Tú me dejarás algún día—dijo ella con su voz trágica de los grandes
momentos—. Un príncipe Lubimoff debe vivir en la corte, servir á su emperador,
ser oficial de la Guardia; y yo necesito un compañero, un apoyo. Sir Edwin es
la distinción personificada; pero no creas que olvido á tu padre. ¡Nunca!...
¡Héroe mío!
Miguel Fedor vió á un señor que, efectivamente, era «la distinción
personificada»; atento con todos, muy digno en sus ademanes, parco en las
palabras, y que pasaba encerrado largas horas, estudiando, según decía la
princesa. Le preocupaba la política de su país, y su ilusión era volver al
Parlamento, de donde le había hecho salir una derrota electoral.
Este hombre frío, de pálida sonrisa y una corrección extremada hasta en
los actos más insignificantes, no le inspiró antipatía como padrastro, ni
simpatía como amigo. Fué un hombre poco molesto y algo borroso que se
acostumbró á encontrar todos los días ocupando el antiguo lugar de su padre, y
que le hubiese sorprendido no ver de pronto.
Otras personas penetraron en el palacio Lubimoff con toda la confianza
del parentesco, á causa de este matrimonio.
Un hermano de sir Edwin había tenido que lanzarse por el mundo para
ganar su vida, como todos los segundones de las familias británicas. Después de
una existencia de aventuras, había acabado por
instalarse en el Sur de los Estados Unidos, junto á la frontera de Méjico, y de
pronto se encontró mucho más rico que su hermano mayor, al casarse con una
heredera del país.
Su esposa era mejicana. Poseía famosas minas de plata tierra adentro y
extensas llanuras en la frontera. Sólo tuvieron una hija; y cuando ésta iba á
cumplir ocho años, Arturo Macdonald murió á consecuencia de una caída del
caballo. La viuda, con su pequeña Alicia, se trasladó á Europa para vivir en
Londres, cerca de su cuñado sir Edwin, miembro entonces del Parlamento, y
admirado por la mejicana como uno de los directores del mundo. Luego se instaló
en París, por ser esta capital más de su gusto y poder encontrar en ella á
numerosos compatriotas.
La princesa Lubimoff trataba bien á esta parienta, pero su amistad
sufría bruscas alteraciones, pasando por cariñosos entusiasmos y repentinos
desvíos.
Ella y doña Mercedes podían hablar de minas y vastísimas propiedades,
aunque ninguna de las dos conocía con certeza su fortuna, apreciándola
únicamente por las enormes rentas—millones al año—que enviaban los lejanos
administradores, y que consumían ambas sin saber cómo. Otro motivo de simpatía
para la Lubimoff en sus días de benevolencia: ella era rubia y la criolla
conservaba los restos de una belleza hispano-azteca, con la tez de un moreno
algo verdoso, los ojos enormes, rasgados, oblicuos, en forma de almendra, y una
cabellera asombrosa por su intensa negrura, su brillo y su longitud.
Pero una rivalidad instintiva amargaba frecuentemente las relaciones de
las dos multimillonarias. La princesa estaba segura de que su fortuna era
enormemente superior. Cuando doña Mercedes hablaba de la plata mejicana, la
Lubimoff aludía al platino de Rusia. «¡Y qué vale la plata comparada con el
platino!» Para acabar de aplastarla, hacía la historia de su familia. A partir
del remoto abuelo cosaco, que casi se convertía en esposo legítimo de Catalina
la Grande, iban desfilando generales, mariscales de palacio, halemanes seguidos
por sus mesnadas de jinetes medio salvajes, príncipes y embajadores.
La mujer de sir Edwin hablaba como si perteneciese á la familia reinante, dando
á entender que su famoso abuelo había intervenido en la formación de algún zar.
Por eso en la corte la habían tratado siempre á ella con una predilección especial.
Vejada interiormente doña Mercedes por tanta grandeza, sonreía, sin
embargo, con una dulzura de india, como diciendo: «Todo eso está muy lejos y
tal vez sea mentira.»
De pronto, empezaba á hablar en su francés rápido y caprichoso,
revestido para siempre de una coraza de adherencias españolas.
—Mamá era íntima amiga de Eugenia... ¿No sabe usted qué Eugenia? La
emperatriz, la esposa de Napoleón III. Cuando anunciaban en las Tullerías á
madama Barrios (que era mamá), las puertas se abrían de par en par... Papá fué
de los que hicieron emperador á Maximiliano.
Y frente á las grandezas aristocráticas de Petersburgo elevaba la imagen
de la corte mejicana, del breve Imperio que había tenido por epílogo el
fusilamiento del archiduque Maximiliano y la locura de su esposa Carlota. La
buena señora lo contaba todo tal como lo había oído á su madre. El emperador
quería establecer la rancia etiqueta austriaca, pero las matronas mejicanas, al
visitar á la joven emperatriz, le decían maternalmente, con una llaneza
criolla: «¿Cómo le va, Carlotita?... ¿Qué le parece este país, hija mía?»
A impulsos de una franqueza semejante, doña Mercedes terminaba diciendo:
—Papá, al ver que el Imperio iba mal, reconoció á Juárez y se fué con
los republicanos. Había que salvar nuestras minas.
Luego hablaba de los Barrios, procedentes, según ella, de la más vieja
aristocracia española. Todos los nobles de Madrid resultaban parientes suyos:
era cosa sabida. De niña había visto en su casa muchos papeles que probaban su
derecho á un título de marqués; pero por las revoluciones del país y por sus
viajes, ya no sabía dónde encontrarlos.
Si la princesa alababa las magnificencias de su palacio, la criolla hacía alusión inmediatamente al elegante
hotel particular comprado por ella en los Campos Elíseos. La llegada del
coronel Toledo, héroe decorativo que volvía á dar á la vivienda principesca un
prestigio militar, no intimidó á doña Mercedes. También ella tenía su español:
un clérigo aragonés, que era algo así como su capellán de honor, y al que
consideraba un sabio, porque, aburrido de su sinecura, se había dedicado á la
astronomía elemental, instalando un telescopio en el tejado de la casa.
Cada vez que la mejicana su atrevía á imitar las fiestas, los carruajes
ó los vestidos de la princesa, ésta lamentaba que París no estuviese en Rusia,
para llamar al general de la Policía y recordarle el respeto que debe guardarse
á las castas superiores. Pero á continuación de sus cóleras, sentía un
fulminante cariño por doña Mercedes, asegurando que, aunque iletrada, era mujer
de talento natural y la única con quien podía hablar horas enteras.
Entre estas dos bellezas descendentes, que se habían visto solicitadas y
adoradas en otros tiempos, existía un motivo de unión, algo que las conmovía
como una música amada y lejana, como un recuerdo nostálgico de la juventud: la
hija de doña Mercedes, la vivaracha Alicia Macdonald.
La madre creía ver en ella su propia hermosura repitiéndose con nueva
savia, y se engañaba. Alicia había unido á su moreno esplendor la ligera
esbeltez, la soltura un poco amuchachada de su origen paterno. La princesa,
ante la independencia de su carácter, creía verse también á sí misma cuando
empezó á escandalizar á la corte imperial. Otro error. Ella había podido seguir
los impulsos de su voluntad, sin miedo á los comentarios. Todo lo poseía.
Además de sus inmensas riquezas, contaba con los privilegios del nacimiento,
pudiendo elevar hasta ella á cualquier hombre, por bajo que estuviese. Alicia
tenía una ambición: unir á su fortuna un gran título de vieja aristocracia para
figurar en una corte, y este deseo lo perseguía á los quince años con una
glacial tenacidad, disimulada por aturdimientos aparentes. Doña Mercedes le
había hablado desde la infancia de matrimonios de
leyenda; de príncipes que en otros tiempos se casaban con pastoras y ahora
buscaban á las millonarias.
Miguel Fedor se sintió algo intimidado al encontrar en su palacio á esta
muchacha que le miraba descaradamente, con ojos de dominación, como si todo lo
existente debiera doblarse ante su paso.
Era hermosa, con una belleza más perturbadora que correcta. Su tez
levemente dorada con el color de la naranja, sus ojos rasgados y algo subidos
en su vértice, la abundante cabellera, que parecía retorcerse y vivir como un
haz de serpientes negras escapándose de la opresión de las horquillas, le daban
un encanto exótico. El resto de su cuerpo revelaba la educación física moderna,
los miembros ágiles y endurecidos por los continuos deportes.
Doña Mercedes pareció empujarlos á los dos desde los primeros
encuentros.
—Háblense de tú—dijo maternalmente—. Son ustedes primos.
Aunque Miguel no llegaba á comprender este parentesco, tuteó á la joven,
mientras la criolla sonreía viendo ya á Alicia con una corona de princesa
haciendo reverencias ante el zar. La de Lubimoff estaba en una de sus buenas
épocas; no creía por el momento en castas y privilegios; hasta habría dado
dinero á los melenudos que la visitaban años antes, y aceptó con silenciosa
tolerancia los desmesurados planes de su amiga.
El príncipe iba comunicando sus impresiones al coronel.
—Demasiado señorita. Me gustan más las otras.
Don Marcos, compañero de largos y regocijados viajes, sabía quiénes eran
«las otras» para este muchacho que había empezado muy pronto á picar en los
racimos de la vida.
Otras veces le irritaba que se pareciese demasiado á las otras, con sus
atrevimientos de virgen loca.
—Es peor que un muchacho. ¡Si supieras, coronel, lo que me dice!...
Alicia, por su parte, tampoco parecía contenta. Los otros hombres se
esforzaban por adularla y serle gratos, mientras
que Miguel mostraba un carácter imperioso, semejante al suyo, discutiendo con
ella, atreviéndose á contrariarla.
Algunas vecen salían juntos á caballo para galopar por el Bosque de
Bolonia bajo la vigilancia de Toledo. Un tormento para don Marcos. El había
sido héroe de montaña; pero el grado impone deberes, y cabalgaba todo lo mejor
que puede hacerlo un coronel de infantería.
Ella era una amazona infatigable. En el hotel de los Campos Elíseos,
doña Mercedes tenía que buscarla muchas veces en las caballerizas, donde
permanecía entre palafreneros y cocheros, hablando con una autoridad
profesional, mientras vigilaba el cuidado de los animales. Luego, al subir al
salón, su cabellera suelta esparcía un fuerte olor á cuadra. Allá en su tierra
se había sostenido agarrada á las crines de un caballo antes de saber andar. En
París se metía audazmente entre los vehículos y atropellaba á los transeuntes,
viéndose atajada por la policía en sus locos galopes. El coronel intentaba
seguirla silenciosamente, pero con el corazón oprimido. El príncipe protestaba
de estas carreras, buenas para los prados natales, y sus recriminaciones
establecían entre los dos un alejamiento hostil. «A ella no le chillaba ni su
madre. Ya era mayor de edad para saber lo que debe hacerse...» Y tenía quince
años.
Una mañana, al llegar á una encrucijada del Bosque, Alicia echó su
caballo por la avenida que le pareció preferible, sin consultar á su
acompañante.
—No; por aquí—dijo imperiosamente Miguel.
—No me da la gana; ¡por aquí!—contestó ella con tono enfurruñado.
Intentó el príncipe cerrarla el paso cruzando su caballo en el camino, y
ella lanzó el suyo contra el de Miguel con un impulso que hizo doblar las patas
delanteras de las dos bestias. Toledo, que iba detrás, vió que mediaban entre
ambos miradas iracundas acompañadas de duras palabras. Alicia levantó su
latiguillo, golpeando al príncipe en un hombro.
—¡A mí!... ¡A mí!
El descendiente del cosaco Lubimoff cambió de rostro, adquiriendo
una fealdad salvaje. Su nariz pareció ensancharse aún mas. Levantó á su vez el
látigo y tiró un golpe. Pero el coronel había metido su caballo entre los dos,
recibiendo parte del fustazo en una mejilla, que empezó á sangrar. La vista de
la sangre y la consideración de que el golpe era para ella enloqueció de cólera
á la joven.
—¡Bruto! ¡Salvaje!... ¡Ruso!
Le pareció esto poco, y se mantuvo silenciosa un segundo, buscando una
injuria mayor. Los recuerdos de la niñez le dieron ayuda; las leyendas oídas
allá en sus tierras á los mestizos le sugirieron un nuevo insulto, como si
Miguel Fedor fuese Hernán Cortés.
—¡Español!... ¡Asesino de indios!
Y temiendo un segundo fustazo después de tales palabras, hizo dar vuelta
á su caballo, huyendo en una carrera frenética que no se detuvo hasta el Arco
de Triunfo.
Después de este incidente, doña Mercedes perdió toda esperanza de que su
hija fuese una Lubimoff.
—¡Princesa rusa!—decía Alicia con desprecio—. ¡Pero si en Rusia todo el
mundo es príncipe!... Vale mas un simple barón inglés, un conde de Francia ó de
España.
Miguel no se mostró mas acomodaticio al sermonearle el coronel.
—No quiero saber nada de esa p...
La princesa, en uno de sus saltos de humor, encontró muy justa la
apreciación. Estas parientas de sir Edwin siempre le habían parecido gente
ordinaria. También encontraba natural que su hijo pensase en volver á Rusia
para seguir sus destinos de príncipe. La vida de privilegios y castas de allá
era más adecuada á su rango que la existencia democrática de París, donde unas
indias americanas, porque tenían millones, podían creerse iguales á un
Lubimoff.
Hasta los veintitrés años estuvo en Rusia el príncipe Miguel. Sus
estudios militares fueron brillantes, según Toledo, distinguiéndose entre los
más famosos oficiales de la caballería de la Guardia. Alcanzó premios en los
concursos hípicos, partió á pistoletazos monedas sostenidas por sus camaradas á
cincuenta pasos, manejó el sable con una maestría que hubiese admirado al
general Saldaña y á su abuelo el cosaco. Todos los
días, en un patio de su palacio de Petersburgo, le esperaba un monigote de
tamaño natural hecho con la arcilla pegajosa y compacta que emplean los
escultores, y permanecía ante él media hora ejercitándose. Lo importante no era
asestar un golpe al enemigo, sino darlo bien, con la mayor profundidad y fuerza
posibles. Y la cabeza y los miembros del monigote volaban segados por la hoja
de acero. El estudio de las ciencias militares quedaba para los de infantería y
artillería, hijos de empleados y de mercaderes.
El coronel se mostró asombrado al principio de las magnificencias y
derroches de la vida rusa; luego acabó por encontrarla regular, como si
estuviese acostumbrado á algo semejante desde su niñez. «Piensa, hijo mío, en
el nombre que llevas—escribía la princesa—. No lo deshonres. Gasta con arreglo
á lo que eres.» Y el hijo seguía fielmente sus consejos, sin pedirle nada á
ella, entendiéndose directamente con los administradores rusos. Según los
cálculos de don Marcos, el teniente de la Guardia gastaba unos tres millones
por año. Su cuadra de caballos de carrera era la más célebre de la capital.
Muchas bellezas famosas de la corte y de los teatros tenían algo que ver con el
príncipe Miguel Fedor. Sus cenas en el palacio Lubimoff ó en los restoranes de
moda eran buscadas por toda la juventud aristocrática. Verse invitado á ellas
representaba un honor extraordinario, algo así como ser individuo de una
academia de superhombres. Mujeres célebres acababan bailando desnudas sobre la
mesa á las primeras luces del alba, para no desairar al anfitrión.
A veces se cortaban estas fiestas con una disputa de borrachos,
mezclándose el vino y la sangre. El coronel había visto al final de una de
estas escenas un duelo á pistola entre dos convidados, en el jardín del
palacio, cuando empezaba á amanecer. Un muerto. Sus mejores amigos habían
llevado el cadáver hasta un muelle del Neva, colocando un revólver al lado para
que la policía admitiese la hipótesis de un suicidio.
No; don Marcos no gustaba de estas fiestas nocturnas. Las consideraba
peligrosas. Un gran duque joven, completamente
ebrio, se había entretenido en embadurnarle las patillas con caviar, hasta que,
cansado de esta confianza, el español metió á su vez la mano en el plato,
ensuciando igualmente de verde el angosto rostro. El borracho dudó un momento
si debía matarlo, pero acabó por abrazarse á él, cubriéndole de besos y
declarando á gritos que era su padre.
Toledo prefería las tranquilas amistades con los antiguos compañeros de
armas de su general: graves personajes que le hablaban de futuras guerras y de
la política del mundo. Además, las larguezas de su príncipe le permitían
diversiones secretas menos ruidosas y dulcemente modestas.
Una noche, al volver al palacio Lubimoff pasadas las dos, vió que había
una cena en el gran comedor de gala. Los convidados eran unos cincuenta, y en
el curso de la noche fueron llegando muchos más. Parecía como que hubiese
corrido una noticia por los lugares de placer de la capital, atrayendo á toda
la juventud libertina.
Frente al príncipe estaba sentado un teniente de cosacos, pequeño,
felino, negruzco, con ojos asiáticos. Su uniforme sucio revelaba un viaje
reciente. Miguel Fedor tenía con él las mayores atenciones, como si fuese el
único invitado. Toledo, conocedor de todos los amigos de la casa, no logró dar
un nombre á este cosaco rústico que parecía llegar de una guarnición remota de
Siberia. Alguien quiso sacarle de dudas, y se estremeció al saber que era el
hermano de una dama de la corte que precisamente andaba en lenguas por su
excesiva confianza con Miguel Fedor. Los dos hombres se miraban con interés,
brindándose mudamente los vasos enormes de champaña. En el fondo del comedor
gemían incesantemente los violines de unos ziganos. Varias muchachas morenas,
con delantales á rayas de diversos colores, danzaban en torno de la mesa. Pero
á pesar de esto, don Marcos husmeaba algo lúgubre en el ambiente.
—¡León, los sables!
El príncipe se había puesto de pie, después de mirar su reloj, dando
esta orden al criado de confianza, que estaba
detrás de él. Todos los convidados se precipitaron á las puertas con la
confusión del público que asalta un teatro. Cada uno deseaba llegar el primero
al jardín. Ya no había por qué fingir: ansiaban el espectáculo anunciado... Y
el coronel encontró finalmente quien le hablase con claridad.
—Ha llegado al anochecer, para pedir al príncipe que se case con su
hermana. Un viaje de treinta y ocho días... El príncipe no quiere... Pocas
veces se verá esto... Es el primer sable de Siberia.
El jardín estaba cubierto de nieve. Aún era de noche, y la luna fugitiva
lo iluminaba con unos rayos diagonales, extendiendo desmesuradamente la sombra
de los árboles. Más de cien hombres formaron dos masas negras en los bordes de
una avenida. El coronel vió llegar á varios criados: uno traía los sables, los
demás llevaban grandes bandejas con botellas y copas.
Miguel Fedor se inclinó ante el enemigo con los ojos brillantes de
amabilidad y de alcohol.
—¿Quiere usted beber algo mas?
Dió las gracias el cosaco en voz baja y Toledo lo vió de pronto
despojarse de su larga levita con el pecho adornado de cartucheras. A
continuación se quitó la camisa, quedando sin más que los pantalones y las
altas botas. Luego se inclinó, y agarrando dos puñados de nieve, empezó á
frotarse el tronco, un poco angosto, y los brazos nervudos.
El príncipe se estremeció de sorpresa y de frío, lo mismo que muchos de
los espectadores. Pero consideraba indispensable imitar á este rudo adversario,
para que las condiciones del combate fuesen iguales. Mientras se despojaba de
la parte superior de su uniforme, se abrieron en la penumbra lunar del jardín
las rojas estrellas de varias antorchas.
Don Marcos vió á los dos hombres frente á frente, desnudos de cintura
arriba, brillándoles los bustos con la humedad de la reciente frotación,
cimbreando en sus manos unos sables con filos de navaja de afeitar.
«¡Adelante!» Alguien dirigía el combate.
«¡Pero esto es una barbaridad!—pensó el español—. Estos hombres son unos
salvajes.»
No se atrevía á decirlo en voz alta porque era un coronel; pero toda su
vida se acordó de esta escena.
Cruzaban sus sables, se esquivaban, se atacaban, el príncipe con paso
firme, el otro con una agilidad felina. Toledo, viéndolos rojos, creyó que era
un efecto de la luz de las antorchas. Al aproximarse á él en una de las
evoluciones de su juego mortal, se dió cuenta de que estaban cubiertos de
sangre. Sobre sus troncos se extendían unas casacas de púrpura partidas en
harapos que temblaban con incesante chorreo. Sus brazos surgían blancos de esta
vestidura caliente y húmeda. El príncipe llevaba la peor parte. Toledo lo vió
de pronto con un profundo corte en la frente; luego creyó distinguir que una de
sus orejas estaba medio despegada del cráneo. Aquel gato salvaje de las estepas
se escurría bajo su sable. Nadie osaba intervenir; el duelo era sin misericordia,
sin descanso, sin otra condición definida que la muerte de uno de los dos. Se
confundían, formando un solo cuerpo erizado de relámpagos blancos en la
penumbra de los árboles; se mostraban luego despegados y buscándose en el
círculo de incendio de las antorchas.
Oyó de pronto el coronel un maullido de dolor, un alarido de pobre
bestia sorprendida. Lubimoff era el único que estaba de pie. Con un golpe de
punta había cortado la yugular á su adversario. Luego de permanecer inmóvil un
segundo, lo abandonó la fuerza sobrehumana que le había sostenido hasta
entonces, sintió caer de golpe sobre él todo el cansancio de la lucha, toda la
pérdida de sangre de sus heridas, y se desplomó á su vez, pero en los brazos de
varios amigos. No había un solo médico entre los espectadores: nadie había
pensado en esto. Consideraban inútil su presencia en un encuentro que sólo
podía terminar la muerte.
Todos los curiosos abandonaron el jardín siguiendo al desmayado
príncipe. Sólo unos criados permanecieron junto al cuerpo del cosaco, tendido
de bruces, viendo respetuosamente cómo se agitaban por última vez sus piernas,
cómo se iba vaciando lentamente por el cuello, cómo se extendía una mancha
negra en la nieve, que empezaba á azulear bajo la lividez del alba.
Este suceso tuvo gran resonancia en la corte, que ya
se había ocupado muchas veces de las ruidosas aventuras del príncipe. Sus
duelos, sus amores, sus escandalosas fiestas, irritaban al joven emperador,
empeñado en moralizar las costumbres de sus allegados. En las reuniones
aristocráticas volvieron á recordarse las extravagancias de la casi olvidada
Nadina Lubimoff. El joven cosaco estaba emparentado con personajes influyentes
y su muerte contribuía al descrédito total de la hermana.
Aún no había convalecido Miguel Fedor completamente de sus heridas,
cuando recibió la orden de salir de Rusia. El zar lo desterraba por tiempo
indefinido. Podía vivir en París al lado de su madre.
—Está bien, ya que respeta la fortuna del príncipe—dijo el coronel como
único comentario.
Al llegar á París, Miguel Fedor se convenció de que la princesa estaba
loca, cosa que sospechaba hacía tiempo al leer sus largas cartas. Sir Edwin
había muerto en Inglaterra, tres años antes, casi repentinamente, á
continuación de una derrota electoral. El palacio del barrio de Monceau había
sufrido una transformación interior que representaba un gasto de millones. Su
dueña dedicaba á esto todo su tiempo. Los salones árabes, persas, griegos ó
chinos, cuya construcción y adorno habían hecho la fortuna de dos arquitectos y
de varios comerciantes de antigüedades, acababan de desaparecer, esparciéndose
cual residuos sin valor los muebles adquiridos en otro tiempo como piezas
rarísimas. Aunque el palacio se mantenía lo mismo por fuera, á partir de la
escalinata imitaba el interior de un castillo antiguo. No quedaba una ventana
sin vidriera de colores, ni una pieza que no estuviese en una penumbra de
bodega. Todo el gótico convencional inventado por los constructores modernos
era empleado en esta restauración deseada por la princesa. Los tres pisos de un
ala entera habían sido echados abajo para formar una nave de catedral.
Lubimoff vió á una mujer alta, enjuta, con las manos largas y
transparentes, los ojos agrandados é inquietantes, que avanzaba hacia él. Iba
vestida de negro, con mangas sueltas que casi barrían el suelo y un bonete
blanco encañonado bajo los tules de luto. A pesar de que
tenía un rosario en la muñeca y adoptaba al hablar una expresión de víctima, su
hijo creyó ver á una cantante de ópera.
La expulsión del príncipe no le había causado extrañeza ni pena.
—Esos Romanoff nos han tenido siempre mala voluntad. No pueden olvidar á
tu ilustre abuelo, que, según cuentan, le daba palizas á Catalina al pillarla
con otros.
Su pensamiento volaba por encima de estas miserias terrenales. Ella, que
nunca se había preocupado de las religiones, declaró á su hijo que ahora era
católica. Prescindía, por considerarlos inútiles, de los actos públicos de
conversión, pero debía adoptar esta creencia; lo exigía su nueva y definitiva
personalidad.
—Tu padre lo aprueba. Hablo con el héroe muchas noches, y está contento
de verme en el buen camino.
Miguel Fedor y el coronel se dieron cuenta, apenas llegados, de los
extraños visitantes que frecuentaban el palacio. A los melenudos terroristas de
otros tiempos habían sucedido numerosas echadoras de cartas, pitonisas,
videntes y tétricos profesores de ciencias ocultas. Un velador modesto y viejo,
que parecía haber subido solo de la habitación del portero, saltaba á todas
horas, hablando por medio de sus patas, en el dormitorio de la princesa.
Un día se decidió ésta á comunicar á su hijo el gran secreto de su
existencia. Al fin sabía quién era; las revelaciones de los espíritus le
permitían conocer su verdadera personalidad. En una de sus muchas vidas
anteriores había sido una reina desgraciada y hermosa; la mas «romántica» de
las reinas. El alma de Nadina Lubimoff, princesa rusa, vivía ya siglos antes en
el cuerpo de María Estuardo.
—Siempre sentí una predilección especial por la historia de la reina
infeliz. Ahora me explico cómo al ver á sir Edwin en Londres me enamoré
inmediatamente de él de un modo irresistible. Sus antepasados fueron escoceses.
Estas razones resultaban tan incontestables como todas las que habían
guiado su existencia. Y para honrar el alma regia reencarnada en ella, cuya
autenticidad reconocían todos sus visitantes
misteriosos, quiso vivir como la decapitada soberana de Escocia, imitando sus
vestidos tal como los había visto en los cuadros, convirtiendo su palacio en un
castillo, comiendo á solas en vajillas antiguas los manjares que un profesor de
Historia se encargaba de buscar en las viejas crónicas.
Rara vez entraba un carruaje en el patio de honor del palacio. La gran
escalinata criaba musgo entre sus peldaños, mientras por la escalera de los
proveedores subían diariamente aquellos profesionales del «más allá», mal
vestidos y de aspecto inquietante, que explotaban á la princesa, generosa como
una reina—lo que era—, á cambio de ayudarla en el manejo del velador y de
evocar fantasmas históricos que movían los tapices, hacían caer los cuadros de
las paredes, cambiaban los sillones de sitio y cometían otras diabluras
pueriles para hacer constar su muda presencia.
Doña Mercedes evitaba las visitas á la princesa. Su sencillez de buena
creyente la hacía sentir miedo por las reinas que duran siglos y por aquellos
salones obscuros con muebles viejos que parecían palpitar á impulsos de una
vida misteriosa. Prefería la conversación plácida y saludable con los
sacerdotes mantenidos por ella. El cura aragonés se había dejado arrebatar por
otra devota millonaria, fatigado sin duda de las exageradas comodidades que le
proporcionaba su penitente y de las observaciones astronómicas sobre los
tejados de los Campos Elíseos. Ahora tenía alojado en su vivienda á un
monseñor, obispo in pártibus, que canalizaba el dinero de la viuda
hacia muchas obras pías de su invención.
Alicia se había casado con un duque francés que tenía veinte años mas
que ella, y á los pocos meses de matrimonio daba mucho que hablar á las gentes.
Doña Mercedes, ofendida, la castigaba viéndola muy de tarde en tarde, con la
esperanza de que este desvío hiciese imitar finalmente á la duquesa de Delille
las tradiciones maternales. Mientras tanto, concentraba todos sus afectos de
familia en monseñor, un santo y un hombre de mundo, que por las noches, para no
ser una nota discordante, se despojaba de su sotana para sentarse á la mesa
puesto de smoking, mientras un enjambre de pájaros
mecánicos contaban y aleteaban en la gran jaula dorada del comedor de la
criolla.
Miguel Fedor encontró dos veces á Alicia en el palacio Lubimoff. Ella no
sentía el miedo de su madre, y hasta consideraba muy originales é interesantes
las manías de la princesa. Cuando la visitaba, en tardes de aburrimiento,
parecía creer en su velador y en sus protegidos de gestos misteriosos. También
consultaba á éstos para saber si sería feliz, y sobre todo si la amarían mucho,
aunque sin decir nunca quién debía amarla. Otras veces preguntaba al trípode,
con una ansiedad de celosa, lo que estaría haciendo á aquellas horas un
personaje incógnito cuyo nombre no se atrevía á pronunciar, pero que unos meses
era moreno y otros meses rubio. Ella y el velador se entendían.
—Siempre he dicho que esta niña tiene más talento que su madre—afirmaba
la princesa.
Al encontrarse Alicia con el príncipe, rompió á reir y casi le abrazó.
—¿Te acuerdas cómo nos odiábamos?... ¿Te acuerdas del día que nos
pegamos en el Bosque?...
Le miraba con interés, examinándolo de arriba á abajo, sin encontrar
nada del jovenzuelo antipático de otra época. Conocía sus aventuras en Rusia,
sus amores, sus duelos, su expulsión. ¡Un hombre interesante! ¡Un personaje
byroniano!... Además, algo bárbaro con las mujeres.
—Ven á verme. Debemos ser amigos... Acuérdate que somos parientes.
Lubimoff la examinó también, pero con cierta gravedad. Al llegar á París
le habían hablado mucho de ella. En los tres años que llevaba de matrimonio, el
duque había querido divorciarse por dos veces. Le era penoso gozar de una
enorme fortuna á cambio de que esta mujer llevase su nombre. Cuando estrechaba
la mano de un amigo, nunca estaba seguro de lo que podía ser éste con relación
á su esposa. Pero Alicia se había casado para ser duquesa, y al fin llegaron á
un arreglo práctico. La mitad de su renta fué para el duque, que viajaba ó
vivía en París en casa de una antigua amante, mientras Alicia podía hacer su
voluntad en su palacete blanco de la Avenida del Bosque, ostentando una corona ducal un sus ropas interiores, en sus vajillas y en
las portezuelas de los automóviles.
La pequeña amazona de las cabalgadas matinales era ahora una mujer de
soberbia belleza. Miguel pensó en un fruto de California esplendoroso y dorado,
con un perfume intenso de dulce savia. Vaciló interiormente mientras sostenía
la mirada de aquellos ojos negros, invitadores y dominantes, seguros de su
poder... ¡Pero no! Se acordaba de varios hombres que le eran antipáticos y
según la pública murmuración le habían precedido. Estaba interesado además por
una actriz francesa que había encontrado en el tren al regreso de Rusia. Con un
salto de su imaginación, volvió á ver á Alicia lo mismo que años antes. Sólo
había cambiado exteriormente. Estaba acostumbrada á manejar los hombres con una
mano varonil, á cambiarlos como caballos de relevo. Se pelearían á la segunda
entrevista: tal vez acabarían pegándose...
Y no la vió más. Nuevas preocupaciones torcieron el curso de sus
pensamientos. Un día encontró en la calle á un ruso que parecía viejo y
enfermo: Sergueff, su antiguo maestro. Debía tener unos cuarenta años y parecía
un setentón, con la barba de un blanco sucio, el pelo triste, como apolillado,
y un rostro de profundas arrugas, sin más vida que la de los agujeros verdes de
sus ojos. Andaba algo encogido; tosía al contar su historia. De Petersburgo lo
habían enviado á un presidio de Siberia. Al fugarse de él, había atravesado
media Asia, solo y á pie, hasta un puerto chino, y allí se embarcó para los
Estados Unidos, viniendo luego á París. Esta vuelta al mundo la relataba con
pocas palabras, como un simple paseo.
Miguel Fedor lo trajo á su palacio, y el coronel pareció achicarse en su
presencia, con una retractilidad hostil, recordando, sin duda, sus nobles
relaciones con personajes de la corte rusa, algunos de ellos antiguos generales
de la Policía.
El hijo de la princesa Lubimoff conversó muchas veces con el fugitivo.
El recuerdo de su expulsión de la corte le hizo simpatizar obscuramente con
este otro desterrado. Además, renacía en su interior una parte de la voluntad de la madre, con sus incoherencias y sus
deseos confusos. El oficial de la Guardia prestó una atención de escolar á las
doctrinas del revolucionario.
—¡Estos hombres tienen razón!—exclamó con el mismo apasionamiento que
ponía la princesa en toda idea nueva.
Sintió en los primeros días el ansia de sacrificio, la voluntad del
renunciamiento, la abnegación mística de los hombres de su raza. Recordó á
muchos príncipes como él, educados en la corte, con altas situaciones sociales,
que habían distribuído sus bienes para vivir entre los pobres y dedicar su
existencia al triunfo de la verdad y la justicia. El haría lo mismo,
resucitando á la verdadera vida, y estaba seguro de la aprobación de su madre.
Había dado su sangre el general Saldaña por la reconstitución del pasado; él
perdería la suya allanando el camino del porvenir. Los tiempos cambian. El
pasado son unos cuantos siglos y el porvenir es infinito.
Pero no era un ruso verdadero. El sensualismo latino despertó en él
apenas quiso llevar á la práctica su decisión heroica. La vida es buena y
ofrece cosas agradables. El árbol de su existencia estaba todavía repleto de
savia: aún le quedaban muchas primaveras de hojas, muchos estíos de frutos. Más
tarde, tal vez; cuando fuese leña seca...
Lo único positivo é inmediato que sacó de esta resurrección fué el
convencimiento de su ignorancia y del vacío de su existencia. En el mundo había
algo más que saber idiomas y el manejo de las armas y los caballos. El hombre
debe buscar la conciencia de su grandeza en empresas más serias que los amores,
los desafíos y las apuestas. La suerte le había eximido de la dura ley del
trabajo dándole la riqueza, pero no por esto debía prescindir de marcar su
tránsito por la vida con una actividad cualquiera, como lo habían hecho miles
de predecesores, como seguirían haciéndolo millones de descendientes.
Buscó por primera vez la compañía de los libros, y de estas lecturas
preliminares fué surgiendo un deseo nuevo. Quiso conocer el mundo, ver países
raros, luchar con las fuerzas ciegas que son los latidos del planeta, vivir las aventuras gruesas y rudas de los hombres
que van de puerto en puerto. Su padre le había hablado de remotos ascendientes
que alcanzaron nobleza y fortuna tendiendo su vela en humildes puertos
españoles para lanzarse como gaviotas por el Océano Tenebroso, en busca de
tierras de misterio, detrás de los primeros derroteros de Colón y los Pinzones.
Un ascendiente suyo había sido descubridor de los modernos Estados Unidos al
desembarcar con el viejo Ponce de León en la Florida, buscando la legendaria
«Fuente de la Juventud». El primer Saldaña noble había obtenido el don al
fundar un pueblo en las cercanías de Panamá. El sería navegante como sus
antecesores, marino vagabundo, gozador de placeres exóticos, y tal vez
consiguiera arrancar de paso algún secreto al gran misterio de las llanuras azules.
La vida en aquel palacio afeado por las manías de su madre le resultaba
incómoda y penosa, impulsándolo á huir. La princesa, no hizo la menor objeción
al enterarse de que su hijo deseaba comprar un yate para navegar por todos los
mares. Podía hacerlo: era un placer de gran señor digno de él. Estaban cada vez
más ricos. El petróleo, el platino, todos los yacimientos preciosos de su
propiedad, y el producto de sus tierras, vastas como Estados, formaban una
renta enorme. El año anterior había llegado á diez y seis millones: más de un
millón por mes. Para un particular era fabuloso. Y la Lubimoff, que por unos
momentos había recobrado su buen sentido, añadió luego con modestia:
—Pero para una reina no es gran cosa.
Miguel adquirió en Inglaterra un yate velero, de proa afilada y
arboladura audaz, con máquina auxiliar, y le puso un nombre de ave marina, pero
en español: Gaviota.
Deseaba prolongar en el Océano su vida terrestre, seleccionando de ella
todo lo más interesante, y por esto quiso embarcar á Sergueff. El maestro
parecía melancólico, como si le pesasen lo mismo que un remordimiento las
comodidades que le proporcionaba el príncipe y sus larguezas pecuniarias. Tenía
ocupaciones más urgentes que navegar á capricho en un buque de lujo.
Y desapareció para volver á Rusia, como si la horca tirase de él, como si
deseara, en caso de mejor suerte, dar por segunda vez la vuelta á la tierra.
El coronel tuvo que embarcarse como ayudante de campo del príncipe.
Nunca se había separado de él. Pero ¡ay! no tenía el pie marino, y menos aún el
estómago: era un héroe de montaña; y desde un puerto del Brasil hubo que
reexpedirlo á París.
Cinco años duraron las navegaciones del Gaviota. En el
segundo, creyó Miguel Fedor que iba à interrumpirse su carrera de navegante.
Acababa de estallar la guerra entre Rusia y el Japón, y él cablegrafió desde
una escala del Pacífico pidiendo su antiguo puesto en la Guardia. La
contestación fué dilatoria. El zar aún estaba enojado con él y mantenía su
destierro.
«¡Mejor!», acabó por decirse una vez extinguida su cólera. Adivinaba lo
que iba á ocurrir: la suerte final de aquellos bravos de sable afilado frente á
los hombrecillos astutos y amarillos que se habían ido apropiando en silencio
el arte de matar de los occidentales.
Sus aventuras en los puertos, su trato con mujeres de todas razas y
colores, bastaban para llenar su existencia. «Hago estudios de geografía
amorosa», escribía á don Marcos después de preguntarle por la salud de su
madre.
Tuvo que interrumpir de pronto sus cruceros para visitar á la princesa.
Los médicos la habían hecho abandonar el palacio de París, con su lúgubre
decorado que excitaba su locura, enviándola á la Costa Azul para que se
saturase de sol y de aire libre. Y la pobre María Estuardo, de riguroso
incógnito, iba de gran hotel en gran hotel, ocupando un piso entero con su
cortejo de domésticos rusos acostumbrados á los golpes, de adivinas y maestros
en evocaciones, siendo la desesperación de los hoteleros, que la veían partir
con gusto á pesar de que pagaba ella sola más que el resto de los huéspedes.
Lubimoff la vió como un espectro dentro de sus flotantes vestiduras de
luto, más flaca, más alta, con los ojos de una fijeza alarmante. Su tez, había
perdido la antigua blancura, ennegreciéndose como si la tostase un fuego
interior. Por el momento, su única preocupación era
construir un palacio en la Costa Azul. Había comprado en territorio francés, á
la vista de Monte-Carlo, un pequeño cabo, un espolón de tierra y rocas que
avanzaba sobre las olas con el lomo cubierto de olivos seculares y pinos
retorcidos. La entretenía luchar con la testarudez de un matrimonio de viejos
rústicos que se negaban á venderle la punta extrema del promontorio. Además
llevaba gastados muchos miles de francos en planos del futuro palacio.
Pintores, arquitectos y jardineros-paisajistas trabajaban incesantemente para
ella, exprimiendo su imaginación y haciendo estudios en el pasado. Quería
plantar ante el Mediterráneo un enorme castillo escocés, lo más escocés que
pudiera idearse: «una novela de Wálter Scott hecha de piedra», resumía la
princesa.
El hijo se asustó. Iba á repetirse la suntuosa mazmorra de París frente
al mar luminoso, en uno de los paisajes más sonrientes de la tierra. Habló á
espaldas de su madre con todos los que trabajaban para la futura Villa-Sirena.
La princesa había ideado este nombre, segura de que en las noches de luna
vendrían á visitarla las hijas de las profundidades marinas, cantando en los
escollos al pie de sus ventanas. No podían hacer menos por ella. El misterio se
abría cada vez más ampliamente ante sus ojos, permitiéndole ver lo que no veían
los demás.
Don Marcos, que, abandonado por su discípulo, seguía á la princesa,
recibió iguales recomendaciones. Debía evitar que la pobre señora perpetrase
este sacrilegio mediterráneo. ¡Pero qué podía el infeliz coronel con aquella
demente que pasaba semanas enteras sin hablarle, como si no le reconociese!...
Volvió el príncipe á su yate, y un año después le alcanzó la noticia
triste y esperada, hallándose en el Norte de Noruega, al regreso de una
excursión por los mares árticos. Su madre había muerto cuando empezaban á
elevarse entre los olivos y los pinos del rosado promontorio unos muros enormes
de piedra falsamente negruzca, como las tablas pintadas de los anticuarios, y
que parecían próximos á derrumbarse de puro viejos apenas salidos de la tierra.
Miguel llegó á tiempo para recibir el cuerpo de la princesa en París.
Antes de morir se había sentido iluminada por ese chisporroteo de razón que
anuncia el fin de los grandes desequilibrados, dejando escritos en varios
papeles los préstamos hechos á determinadas personas y juiciosas indicaciones
al hijo para el buen manejo de la enorme fortuna. Quería ser enterrada junto á
su marido, el primero, «el héroe», en el cementerio del Père Lachaise. En sus
últimos años de permanencia en París, tocada una vez más del afán de
construcción, se había ocupado en preparar su morada definitiva, levantando
junto al mausoleo del marqués de Villablanca, cuya imagen ceñuda é indomable
tenía en la mano una espada rota, otro monumento no menos ostentoso, con una
estatua que ella creía su exacto retrato y no era mas que una reproducción de
la infeliz reina de Escocia tal como aparece en las estampas de la época
romántica.
Durante las ceremonias fúnebres, Miguel Fedor volvió á encontrarse con
muchos antiguos visitantes del palacio Lubimoff que él creía muertos. Doña
Mercedes le abrazó llorando. Estaba extraordinariamente obesa, con la indiánica
tez aclarada por una blancura jugosa y monacal. Parecía la superiora de un
noble convento de canonesas. A su lado, el monseñor, con sotana de seda y gesto
compungido, movía los labios por la salvación de la difunta. «¡Hijo mío! Todos
tenemos nuestras penas.» Y la pobre señora, al hablar así, miró á otra enlutada elegante que se mantenía en el cementerio á cierta
distancia de ella, y parecía anonadada por una ceremonia que la había obligado
á salir del lecho antes de mediodía.
También la duquesa de Delille vino á él, estrechándole las dos manos y
envolviéndolo en una mirada extraña.
—Tu madre me quería de verdad... En los últimos años nos hemos visto
mucho.
Miguel asintió mudamente. Lo sabía. La princesa Lubimoff era el único
sostén de esta apasionada sin escrúpulos que se iba á fondo en la consideración
de las gentes. Ella la había defendido cuando las otras mujeres del gran mundo,
cediendo al instinto de conservación, le hacían la guerra y le cerraban la
entrada de sus casas, temiendo por la fidelidad de sus maridos. Como jugaba en
Monte-Carlo todos los inviernos, había acompañado á la princesa hasta sus
últimos instantes.
—Me quería más que mi madre... Tal vez se acordaba de que pude ser su
hija.
El príncipe se alejó, como molestado por esta alusión. ¡Le habían dicho
tantas cosas de ella!... Pero su imagen le fué acompañando durante el resto de
la ceremonia. Continuaba siendo hermosa, mas con una belleza extraña. Había
perdido su dorado cutis de fruto sazonado, y era pálida, con una blancura
pajiza de papel japonés. Sus ojos, abiertos desmesuradamente, tenían unos
reflejos metálicos; miraban con una tenacidad molesta y al mismo tiempo
parecían vagorosos, como si se tendiese ante ellos una telaraña invisible. Sus
enemigas menos implacables la acusaban de cierta propensión á los licores.
Bebía, como un cliente asiduo de bar, toda clase de mezclas
americanas. Otras atribuían su palidez y sus ojos eternamente asombrados á la
morfina, al opio, á todos los líquidos y perfumes del estupor, creadores de
«paraísos artificiales». La pequeña Alicia de otros tiempos apuraba su vida á
grandes tragos, hasta el fondo de la copa.
Lubimoff creyó no verla más, pero á los pocos días empezó á recibir
cartas de ella. Estaba solo, debía sentirse triste, y le invitaba á comer, sin
ceremonia, como parientes que eran. Sus excusas
provocaron nuevas invitaciones por teléfono. El príncipe, como el que cumple un
aburrido deber social, acabó por ir un anochecer á su palacete de la Avenida
del Bosque, una de las numerosas imitaciones del Pequeño Trianón que existen en
el mundo.
La duquesa de Delille estaba orgullosa de este edificio y su reducido
jardín, ante cuyas verjas de lanzas doradas pasaba todo el París elegante.
Miguel conocía sus salones sin haber estado nunca en ellos. Los periódicos
ilustrados que se ocupan de modas y de la vida de los ricos llevaban publicadas
muchas fotografías del interior de esta casa en Europa y en América. Los
comentarios de la gente le habían enterado de la singular existencia de Alicia.
De pronto sentía un deseo furioso de recibir visitas, de ser admirada, de
asombrar con sus dispendios, y organizaba grandes fiestas, lamentando que el
Municipio de París no le permitiese iluminar á sus expensas, como en una fiesta
nacional, toda la Avenida de los Campos Elíseos y el Arco de Triunfo, para que
los invitados llegasen hasta su puerta entre fulgores de apoteosis. Había dado
una garden-party en una sección del Bosque de Bolonia, con
juegos náuticos, danzas de bailarinas sagradas traídas de Asia y un buffet para
tres mil invitados. Otra vez gastó medio millón transformando una gran parte de
su hotel en interior de palacio persa, para un solo baile de trajes, volviendo
el día siguiente á restaurar los salones en su primitivo estado.
De pronto desaparecía. Las gentes comentaban su ocultamiento con guiños
maliciosos. Algún nuevo amor; y sus amores casi siempre eran andantes,
necesitando el viaje largo y el cambio de horizontes. Tal vez estaba en
Constantinopla ó en Egipto; tal vez se ocultaba en uno de los enormes hoteles
de Nueva York. A veces era cierto; en otras ocasiones, los más íntimos de la
duquesa afirmaban que no había salido de París. El automóvil permanecía ante su
puerta.
Esta era otra de las originalidades de Alicia. A todas horas del día y
de la noche, uno de sus diversos vehículos de lujo se hallaba estacionado
frente á la escalinata. Tres mecánicos se repartían
el servicio, permaneciendo en el pabellón del portero; y apenas sonaba el
timbre, no tenían mas que correr á su carruaje poniéndose los guantes y dar la
vuelta á la manivela de marcha. La señora sentía deseos de salir á las horas
más extraordinarias: cuando acababa de llegar de un baile, muchas veces después
de haberse acostado, ó en las primeras horas de la mañana, que eran para ella
lo que son las horas de profundo sueño para los demás mortales.
En otras temporadas, los chófers se relevaban durante semanas enteras
sin franquear la verja del palacete. La duquesa no quería salir. Ya no
experimentaba repentinos deseos de correr sin objeto por el París dormido, de
hacer visitas á horas intempestivas ó deslizarse por los bosques de los
alrededores en plena tormenta. Y los automóviles parecían envejecer en su
inmovilidad, unas veces con las ruedas hundidas en la nieve del patio, otras
cubiertos de lágrimas por la lluvia oblicua que se deslizaba bajo la amplia
marquesina de cristales. La inquieta y rebullente Alicia pasaba mientras tanto
los días en el lecho, afirmando á sus íntimos que para conservar la belleza era
excelente hacer de vez en cuando «una cura de reposo». Invitaba á comer á los
amigos sin moverse de la cama. La mesa era servida lujosamente en el gran
dormitorio, y ella, metida entre sábanas, con los platos á su alcance sobre un
velador, reía y conversaba con los convidados. Transcurrían para ella meses
enteros sin ver el exterior de su casa, olvidando los costosos objetos que su
capricho había amontonado en las habitaciones. Le bastaba con la vanidad de
haber fabricado un riquísimo estuche para albergue de su pereza.
El príncipe la encontró en un saloncito del piso bajo. Verdaderamente,
le recibía con absoluta confianza. Iba vestida con una túnica negra de su
invención, mezcla de peplo y de kimono. Los brazos se escapaban desnudos de
esta seda floja, que parecía vivir apretándose sobre su cuerpo. Se adivinaban
debajo de ella los relieves y el calor perfumado de la carne, sin velos
interiores. Miguel miró su smoking y su brillante pechera como
si hubiese cometido una falta.
Mientras iban hacia el ascensor, blanco y acolchado como una caja de
guantes, ella le dejó entrever los salones del piso bajo, ostentosos, pero en
una penumbra que casi era obscuridad: el gran comedor, desierto y enfundado; el
pequeño comedor, en el que no se veía preparativo alguno... ¿Adónde le
llevaba?... ¿Estaría la mesa puesta en su dormitorio?...
El ascensor pasó ante el primer piso sin detenerse.
—Vamos á mi estudio—dijo Alicia—. Tú eres de confianza. Allí es donde
como cuando estoy sola.
Lubimoff se asombró del llamado «estudio», una vasta pieza que ocupaba
gran parte del segundo piso, y en el que no pudo ver otros libros que los de un
pequeño estante. El decorado era de falso «Extremo Oriente»: un amontonamiento
de muebles de laca negra y sin adornos, de sedas de colores desleídos ó de un
azul negruzco, de ídolos espantables. Una luz difusa y verdosa descendía del
techo: la luz de los teatros en una escena de noche. Un biombo cubierto de
figuras de oro formaba como una segunda habitación, más íntima, con el suelo
alfombrado de pieles blancas de largos y sedosos pelajes, sobre las cuales se
amontonaban docenas de almohadones de diversos colores, con reptiles alados y
flores inverosímiles.
Un olor exótico y penetrante arañó el olfato del invitado. Conocía este
perfume. Y miró á la duquesa con severidad.
—Siéntate—dijo ella—; van á servirnos.
Y como el príncipe mirase en torno, sin ver ninguna silla, Alicia le dió
ejemplo dejándose caer en un montón de cojines. Miguel se sentó de igual modo
junto á una mesilla de nácar del tamaño de un taburete. Sobre ella, una lámpara
de pantalla obscura esparcía su redondel de luz suave. El príncipe empezó á
sentirse agitado por una cólera sorda al pensar en su noche malograda.
—Tú habrás comido así muchas veces—continuó ella—. Has viajado más que
yo. Debes conocer esta decoración.
Sí; conocía esta «decoración» con toda autenticidad, y por eso no le
placía volver á encontrarla imitada. Además,
¡obligarlo á comer en el suelo en plena Avenida del Bosque!... ¡Snob!
Pero al poco rato fué modificando su opinión. Indudablemente, merecía
este nombre; pero su snobismo era ya algo habitual que había acabado por formar
en ella una segunda existencia. Adivinó en los menores detalles que todo esto
no había sido preparado para él, que Alicia vivía y comía cuando estaba sola lo
mismo que en el presente, dominada por un deseo de diferenciarse de los demás
hasta cuando nadie podía observarla.
Un doméstico de color de cobre sucio y caídos bigotes, con smoking negro,
una tela blanca arrollada á las piernas lo mismo que una falda y una enorme
cabellera de mujer sostenida por un peine de concha, era el encargado de servir
la comida. Este asiático fué colocando sobre el suelo enormes bandejas que
contenían los manjares: unas de plata antigua repujada á martillo, otras de
laca multicolor ó de materias semitransparentes que imitaban la esmeralda, el
topacio y el lacre rojo.
Miguel se imaginó la locura de un gran maestro de cocina que en pleno
delirio dispusiera el orden de un banquete. No había un solo plato que
recordase el armónico curso de una comida ordinaria. El paladar influía en la
imaginación, evocando recuerdos de remotos viajes, visiones de países
antitéticos. Las confituras exóticas alternaban con los platos calientes: las
pastelerías aderezadas con violentos perfumes eran servidas al mismo tiempo que
ciertas salsas agrias, picantes ó de intensa amargura.
Alicia estaba casi tendida en los cojines, mirando los platos con
inapetencia, y sólo avanzaba un brazo perezoso sobre los manjares más raros y
de sabor ardiente, demostrando la honda perversión de su paladar. Ella misma se
encargaba de ir llenando el vaso del convidado con una bebida de su invención,
á base de champaña, que anestesiaba la boca con arañazos de frescura y de
cauterio y hacía subir á las fosas nasales un perfume de flores raras y
especias asiáticas.
Hablando de la difunta princesa, acabó por mencionar á su propia madre.
Vivían las dos en abierta hostilidad. Sus ojos tomaron un brillo agresivo al
recordar á doña Mercedes confinada en los Campos
Elíseos con su corte de sotanas y mostrándose en público únicamente para la
organización de obras devotas. ¡Quería matar de hambre á su única hija!... Y
como Miguel sonriese ante este grito colérico, ella explicó sus quejas.
—No me da casi nada; una miseria: medio millón. Y yo tengo que entregar
á mi marido doscientos mil francos por año: una querida algo cara, que evito
ver. Tú eres verdaderamente rico, hijo mío, y no comprendes estas cosas... Como
toda la fortuna es de ella, me sitia por hambre y guarda su dinero para
derrocharlo con los curas... ¡Pobre señora! No puede encontrar ya otros
admiradores que ese monseñor y otros igualmente pedigüeños... Y yo, que soy su
hija, la suplico como una mendiga para que me dé unas migajas con
acompañamiento de sermones... ¡Ay, si no hubiese sido por tu madre! Esa sí que
era una gran señora: nunca le lloré en vano; hasta me daba más que yo pedía. Tú
sabes indudablemente que le debo algún dinero. Un poco... No sé cuánto... ¿De
veras que no lo sabes?... Yo te lo pagaré cuando herede.
Y con una franqueza brutal exteriorizó su pensamiento:
—¡Cuándo me dejara en paz esa beata!... Los viejos deberían ceder su
puesto á los jóvenes. ¿Qué placer pueden encontrar en seguir viviendo?
Habían terminado de comer. Ella siguió llenando los vasos de los dos con
aquella bebida. Al principio repugnaba á Miguel, pero había acabado por
seducirle con su frescura olorosa que perturbaba dulcemente los sentidos, como
si su embriaguez fuese de perfumes.
—Tú fumarás indudablemente la pipa—dijo Alicia con sencillez.
El hizo un gesto negativo y recordó el olor que había asaltado su olfato
al entrar allí. Sabía qué «pipa» era ésta, y extendió su mirada por el estudio.
En algún rincón oculto debía estar el fumadero.
—¡Un hombre como tú!—continuó ella—. ¡Un navegante!... ¡Y yo que me
había hecho la ilusión de que fumaríamos juntos!
Hasta dió á entender que la esperanza de proporcionarle este
goce perseguido era la causa principal de su invitación. Se resignó al
enterarse de que el vigoroso príncipe sufría náuseas cada vez que intentaba
saborear esta depravación asiática. Y mientras él encendía un habano, Alicia
sacó de una caja de plata los cigarrillos que fumaba en presencia de los «no
iniciados»: tabaco oriental, pero bien rociado de opio.
De pronto tuvo Miguel la certeza de algo que había presentido desde que
entró allí, ó mejor aún, desde que se cruzaron sus miradas en el cementerio. La
vió medio incorporada en sus almohadones, con un encogimiento felino, como si
fuese á saltar sobre él. Era el ímpetu reconcentrado de la bestia hermosa y
segura de su fuerza que no puede esperar ni conoce el disimulo. Se había
quedado con la tacita de café olvidada en una mano, mirándole fijamente. La
punta de azul eléctrico danzante en sus pupilas la conocía Lubimoff. Era la
mirada de oferta de los silencios femeninos, la invitación á la violencia, á la
toma de posesión, que tantas veces había encontrado ante su paso de millonario
vencedor.
Necesitaba hablar cuanto antes para romper el maleficio mudo de esta
hermosa bruja, que, convencida de su triunfo final, le enviaba sonriendo las
bocanadas de humo de su cigarrillo. Y Miguel aludió á la fama amorosa de ella,
al gran número de amantes que le atribuían, como si con esto pudiera crear una
honda separación entre los dos.
—¡Ah! ¿tú también?...—dijo Alicia, riendo con una expresión varonil—.
Supongo que tu moral no es la de mamá, y que no irás á sermonearme por mi
conducta. Aunque, en realidad, mamá no me censura por lo que hago. Lo que la
indigna es mi falta de miedo al qué dirán, y algunas veces el origen obscuro de
los hombres en que pongo mis ojos. ¡Pobre señora! Si yo tuviera relaciones con
un rey ó un príncipe heredero, tal vez permitiría que nos viéramos en su casa,
y hasta su monseñor montaría la guardia.
Pasó un rato silenciosa, con los ojos inquietantes fijos en Miguel.
—Bueno; he tenido muchos hombres. ¿Y tú? ¿Crees que no conozco tus
vagabundeos por el planeta en busca de mujeres
inéditas y sensaciones nuevas?... Los dos hemos hecho lo mismo; sólo que yo no
he necesitado correr tanto mundo para saber lo mismo que tú sabes... Y no
tendrás la pretensión de imaginarte, como ciertos hombres, que nuestros casos
no son exactamente comparables por pertenecer yo á otro sexo.
El príncipe la escuchó silenciosamente exponer sus ideas. Amaba mucho la
vida, y á cambio de este amor reclamaba de ella todo cuanto pudiera darle...
Otras mujeres sentían preocupaciones de orden material: el ansia de riqueza, la
conquista del lujo, los apuros de familia... Ella lo poseía todo; ninguna
inquietud entenebrecía su mañana; ni siquiera la de su belleza, sostenida por
una salud magnífica y que parecía crecer con la edad y el abuso de sus fuerzas.
Y en esta existencia de vanidades satisfechas hasta el hartazgo, sólo una cosa
le interesaba, por su variedad infinita, por sus fases, que parecían repetirse
monótonas, pero en realidad eran distintas para los inteligentes de exquisito
paladeo: el amor.
—Compréndeme, Miguel; no te rías en tus adentros. Me conoces demasiado
para imaginar que yo puedo creer en el amor como la mayoría de los mujeres. Sé
que es necesario un poco de ilusión para sazonar su materialidad; todos ponemos
en él un poco de mentira, para gozar de esa mentira aunque sepamos que lo es:
pero en el fondo, yo me río del amor tal como lo entiende el mundo, así como me
río de tantas otras cosas veneradas por las gentes... Yo no quiero enamorados;
quiero admiradores. No busco inspirar amor; me place más la adoración.
Estaba orgullosa de su belleza. Habló de Venus como de un personaje
real. Admiraba su serenidad olímpica dándose á los dioses y á los hombres, sin
dejar de ser superior aun en el momento en que sufría el despotismo del sexo
asaltante. Ella se consideraba como una superbelleza, más allá de los vulgares
límites del vicio y la virtud, una obra de arte viviente, y el arte no es moral
ni inmoral, pues le basta con ser hermoso.
—Poetas, pintores y músicos buscan entregarse al mayor número de
admiradores; se esfuerzan por engrandecer el
círculo del deseo público; procuran, con una coquetería femenil, atraer nuevos
solicitantes. Yo soy como ellos. No necesito crear belleza, pues, según dicen,
la llevo en mí misma; mi obra soy yo; pero amo la gloria, necesito la
admiración, y por eso me doy generosamente, satisfecha de la felicidad que
proporciono, pero sin dejarme dominar por aquellos que busco, conservando mi
público á mis pies.
Miguel pensó que por la vida de esta mujer debían haber pasado varios
artistas. Se notaba en sus palabras, en las imágenes con que pretendía expresar
el entusiasmo por su propio cuerpo. El orgullo de su belleza era inmenso. ¿Qué
valían las ambiciones perseguidas por los hombres, comparadas con la
satisfacción de verse hermosa y deseada? Unicamente la gloria de los guerreros,
de los conquistadores sanguinarios, cuyos nombres son conocidos hasta en los
lugares salvajes, podía igualarse con el dominio universal de la mujer.
—Para mí—continuó Alicia—, lo más hermoso y exacto que se ha escrito es
lo del «banco de los viejos».
El príncipe hizo un gesto de extrañeza, y ella continuó. Eran los viejos
troyanos de la Ilíada, que protestan del largo sitio de su ciudad,
de la sangre de miles de héroes, de la miseria, todo por culpa de una mujer...
Pero pasa Helena ante el «banco de los viejos», majestuosa de belleza,
arrastrando sus túnicas de oro, y todos ellos quedan absortos de admiración, lo
mismo que si la divina Afrodita acabase de descender á la tierra, y murmuran
como una plegaria: «Bien merece lo que por ella sufrimos. ¡Es tan hermosa!»
—Me gusta que los hombres padezcan por mí. ¡Qué gloria si yo pudiese ser
la causa de una gran matanza, como esa abuela inmortal!... Siento un orgullo
profundo cuando noto que á mis espaldas mugen la envidia y el despecho,
lanzando todas esas murmuraciones que enfurecen á mi madre. Sólo las personas
extraordinarias levantamos tempestades... Y luego, en los salones, los mismos
personajes austeros que han hecho coro á sus esposas y sus hijas me miran al
pasar con unos ojos disimulados y admirativos; unos enrojecen, otros se ponen pálidos. Adivino que no tendría mas que hacer una
seña á su muda admiración... Yo también tengo mi «banco de los viejos».
Se dió cuenta Lubimoff repentinamente de que ella, mientras hablaba, se
había ido aproximando, de almohadón en almohadón, apoyándose en los codos. Casi
estaba á sus pies, con la cabeza en alto, pretendiendo envolverle en el efluvio
magnético de su mirada ascendente y fija. Parecía una serpiente negra y blanca
estirándose poco á poco entre los cojines; iba saliendo de ellos como si fuesen
peñascos de diversos colores.
—El único hombre que me ha hecho pensar un poco—continuó con una voz de
susurro—, el único que me ha parecido distinto á los otros, eres tú... No te
alarmes: no es amor. No voy á invertir los términos, haciéndote una
declaración. Tal vez ha sido porque de muchachos nos aborrecimos, porque nunca
te inspiré deseos; y esto resulta tan extraordinario en mi vida, que basta para
interesarme.
Sus manos se apoyaron en las rodillas de él como si fuera á
incorporarse.
—Cuando nos encontramos en el cementerio, después de tantos años, me
acordé de todo lo que he oído contar de ti. Muchas mujeres que yo conozco han
sido tus amantes, y yo me dije: «¿Por qué no yo también?» Luego pensé en los
hombres que han pasado por un vida, y añadí: «¿Por qué no él?...»
Ahora eran los codos de Alicia los que se apoyaban en sus rodillas, y
como el príncipe estaba sentado sobre dos almohadones nada más, casi quedaban
al mismo nivel sus ojos y sus bocas. El aliento de ella, al hablarle, se
esparcía sobre su rostro como una brisa de selva asiática susurrante bajo la
luna. Las especias y las flores que saturaban el vino parecían voltear en esta
caricia flúida.
Intentó él repelerla, pero una mano de Alicia se había posado ya en uno
de sus hombros. Se limitó á hacer con la cabeza un gesto negativo.
—No temas—añadió ella, extremando su susurro acariciador—. Conmigo no
hay compromiso. Me dejarás cuando quieras; tal vez te deje yo antes... Te deseo
desde hace unos días: tú debes desearme como los
otros... Vivamos el momento presente como personas que conocen el secreto de la
existencia y saben lo que ésta puede darnos... Luego, si nos cansamos el uno
del otro, ¡adiós! sin rencor y sin nostalgia.
Al recordar el príncipe de tarde en tarde esta escena, sentía cierta
molestia. Estaba seguro de haberse mostrado brutal y ridículo. El, que con
tanta facilidad realizaba el gesto de amor en sus viajes, experimentando muchas
veces una comezón de repugnancia ni pensar en sus copartícipes, se rebeló con
un pudor irritado ante los avances de la duquesa. ¡No; con ella, nunca!
Despertó en su interior la misma antipatía que le había hecho levantar el
látigo siendo adolescente.
Se vió de pie en el centro del estudio, mirando con inquietud hacia la
puerta, murmurando estúpidas excusas. «Debo irme: es tarde. Me esperan unos
amigos...» Ella se había serenado. También estaba de pie, y le miró con asombro
é ira.
—Tú eres el único que podías hacer esto—dijo, al despedirle, con un
acento cortante—. Ahora veo claro. Te odio como tú me odias. Mi capricho era
estúpido. Te has permitido un lujo que nadie en el mundo podrá imitar. Si fuese
más joven, te daría otro latigazo como el del Bosque; pero á falta de él, hazte
cuenta que te repito lo que dije entonces.
No se vieron más.
Cuando el príncipe hubo puesto en orden todo lo concerniente á la
herencia de su madre, pensó en reanudar sus viajes, pero con mayor suntuosidad.
Ya no necesitaba pedir dinero á la princesa. Era uno de los grandes ricos del
mundo. Los hombres que estaban al frente de la administración de sus bienes—una
oficina con numerosos empleados, casi un Ministerio de pequeño Estado—le
anunciaban que los diez y seis millones anuales de la princesa iban muy pronto
á ser veinte, por el desarrollo de los ferrocarriles rusos, que permitiría una
explotación más intensa de sus minas.
El coronel recibió el encargo de echar abajo los muros feudales,
construyendo Villa-Sirena de acuerdo con los gustos del príncipe. Este odiaba
las resurrecciones arquitectónicas. No podía sufrir
ciertos edificios que pretenden copiar la Alhambra, los palacios de Florencia ó
las construcciones ordenadas y solemnes de Versalles, para orgullo de sus
propietarios.
—Los muebles tendrían que ser idénticos á los de la época—decía Miguel—y
habría que vivir en esas casas lo mismo que se vivía en el siglo que produjo el
estilo, vestir y comer como en otras edades... ¡Qué disparate la reconstrucción
de uno de esos cascarones históricos para instalarse en su interior como
hombres modernos, incurriendo á cada paso en un anacronismo!...
Recordaba el intento de un millonario amigo suyo, miembro del instituto,
que había hecho levantar en la Costa Azul una casa romana, exactamente romana.
Los invitados á la inauguración tuvieron que dormir en camas de correas,
comieron acostados, y para sus excedencias digestivas sólo encontraron un
agujero en el suelo, lo mismo que los antiguos Césares. A las veinticuatro
horas todos fingían haber recibido telegramas llamándoles con urgencia á París,
y el mismo dueño, pasados unos meses, dejó su casa al cuidado de un conserje
para que la enseñase como un museo.
Miguel amaba la arquitectura presente, cuyas catedrales son las
«galerías de máquinas» y las grandes estaciones de ferrocarril. Aplicada á la
vivienda, le placía por su falta de estilo: paredes blancas, pocas molduras,
rincones semicirculares, carencia absoluta de ángulos, para perseguir el polvo
hasta en sus últimas madrigueras, amplias aberturas que daban entrada á la
brisa ó al sol, dobles muros por cuyos huecos podía circular el aire caliente ó
frío y el agua á diversas temperaturas.
—Hasta ahora, el hombre—afirmaba el príncipe—vivió en magníficos
estuches de arte y de porquería. Los arquitectos modernos han hecho más en
treinta años por la dulzura de vivir que hicieron en tres mil los
constructores-artistas tan admirados por la Historia. Han declarado
indispensable el cuarto de baño, que no conocían los reyes de hace un siglo, y
las aguas corrientes; han inventado la calefacción central y el water-closet.
Que no me hablen de los magníficos palacios de Versalles, donde
no había un solo gabinete de necesidad, y todas las mañanas los lacayos
vaciaban doscientos sillicos del rey y de los cortesanos. Algunas veces, para
terminar más pronto, arrojaban su contenido por las majestuosas ventanas, y
venía á caer sobre la litera y el séquito de una delfina ó de un embajador.
Toledo se dedicó á vigilar la construcción de Villa-Sirena, blanca, lisa
y sin estilo definido, con arreglo á los deseos del príncipe. Este se
encargaría de «hacer arte» cuando llegase su hora, colocando el cuadro célebre,
la estatua, el tapiz ó la alfombra allí donde diesen más placer á sus ojos. La
casa sólo debía ser una envoltura de líneas puras y simples, en cuyos flancos
estuviesen almacenados el calor ó la frescura, según la estación, el agua
pronta á correr por todas partes, la electricidad escapando en chorros
luminosos ó agitando la atmósfera con el aleteo de la brisa.
Le fué más fácil transformar con rapidez su vivienda errante sobre los
mares. Vendió el Gaviota, que le recordaba su dependencia como hijo
de familia, y fué á los Estados Unidos atraído por un anuncio. Cierto
multimillonario había empezado tres años antes la construcción de un yate, con
el deseo de que fuese superior en lujo y tonelaje á los de todos los soberanos
de Europa. Cuando veía próximo á realizarse este triunfo de los reyes
republicanos de la industria sobre los reyes históricos del viejo mundo, el
americano murió en un accidente de automóvil y sus herederos no sabían qué
hacer del tal Leviatán, que sólo podía servir á un viajero inmensamente rico y
además, en su opinión, algo loco. Pensaban ofrecerlo al kaiser Guillermo II,
resignados á sufrir sus exigencias de aprovechado comerciante, cuando se
presentó el príncipe Lubimoff. Una semana después, la blanca popa del buque y
las dos caras de su proa ostentaban un nombre en letras de oro, repetido además
en los rollos salvavidas y en las diversas embarcaciones secundarias,
balleneras, botes á vapor, botes automóviles: Gaviota II.
Tenía el tonelaje de un pequeño trasatlántico y la velocidad de un
torpedero. Por su doble chimenea se escapaba diariamente la fortuna de un
hombre. Su presencia en ciertos archipiélagos
lejanos dejaba limpios los depósitos de carbón. Un vapor de carga alquilado por
el príncipe salía al encuentro del Gaviota II en los mares más
remotos para llenar sus bodegas de combustible.
Puertos tranquilos se iluminaron por la noche como si hubiese salido el
sol. El príncipe Lubimoff daba una fiesta á bordo, y su buque se dibujaba,
desde la línea de flotación hasta los topes, ribeteado de bombillas eléctricas
de diversos tonos, mientras los potentes reflectores lanzaban chorros movibles
de luz, sacando de las entrañas de la noche las olas, las playas, el caserío de
la ciudad. Otras veces, el fuego blanco de sus ojos monstruosos resbalaba sobre
muros de hielo que se perdían en las altas tinieblas, y los pingüinos, las
focas y los osos polares interrumpían su sueño, asustados por este monstruo
luminoso y jadeante que partía como un relámpago el misterio de la noche.
Ser dueño del movible palacio que al anclar frente á las ciudades hacía
correr á las muchedumbres como un espectáculo raro no era suficiente para
Miguel Fedor. Y creó algo más interesante aún que los salones lujosos y las
refinadas comodidades del Gaviota II: su orquesta.
La sensualidad de la música era para él la más preciosa de las
emociones. Con el oído harto de música suculenta, buscaba autores ignorados y
muchas veces extravagantes que excitaban su curiosidad; pero siempre volvía á
exigir como platos fuertes de estos banquetes auditivos los maestros de sus
primeras adoraciones, y entre todos ellos, Beethoven.
Tratados como si fuesen oficiales, retribuídos á su placer y con el
aliciente de visitar una gran parte de la tierra, se presentaban músicos de
todos los países solicitando su ingreso en la orquesta del yate. Concertistas
de fama y jóvenes compositores entraron en ella como simples ejecutantes. Unos
estaban enfermos, y buscaban su salud en un viaje alrededor del mundo con
verdadero lujo y sin dispendios; otros se embarcaban por amor á las aventuras,
por ver gentes nuevas desde este alcázar flotante, donde todo parecía
organizado para una eterna fiesta. Nunca eran menos
de cincuenta.
«Mi orquesta es la primera del mundo», contestaba con orgullo el
príncipe cuando le cumplimentaban sus invitados; pero sólo de tarde en tarde,
estando en los puertos, permitía que la gente de tierra viese á sus músicos.
En las noches tibias del trópico, bajo una luna enorme de color de miel
que convertía el mar en planicie de azogue, los ejecutantes, vestidos de frac y
sentados en la cubierta superior ante las filas de atriles iluminados por
lamparillas eléctricas, iban desarrollando en una atmósfera dormida—que
guardaba tal vez los primeros vagidos del nacimiento del planeta—las melodías
más originales, las combinaciones de sonidos más refinadas que engendró el
sublime delirio del artista hecho dios. La música iba quedando detrás del
buque, en el misterio oceánico, como una cinta que se estira, se rompe y se
pierde en fragmentos lo mismo que el humo de las chimeneas. Durante las pausas
de la orquesta surgía el sordo y lejano rodar de las hélices levantando un
zumbido de espumas; luego, de tarde en tarde, el lento badajeo de la campana
anunciando el paso del tiempo, ó el grito del vigía acurrucado en el «nido» del
palo mayor, revelando su vigilancia con una melopea igual á la del muecín en lo
alto de su minarete. Y esta música monótona del mar comunicaba una sensación de
noche y de inmensidad á la música de los hombres.
Al pie de las escaleras ó en los salientes de las cubiertas inferiores
se agrupaban los oficiales y los empleados del príncipe para oir el nocturno
concierto. En la proa, la marinería, puesta en cuclillas, escuchaba con el
religioso silencio de los hombres simples ante algo que no comprenden, pero que
les infunde respeto. Arriba no había más oyente que Miguel Fedor, lejos de los
músicos, de espaldas á ellos, mirando á sus pies las aguas espumosas y partidas
que escapaban como un doble río á lo largo del buque, llevándose á la boca el
cigarro, que hacía surgir por un momento de la sombra, coloreado de rojo, su
rostro pensativo.
El yate guardaba otra corporación más silenciosa. Los
que conseguían subir á él en los puertos siempre alcanzaban á distinguir de
lejos alguna dama con zapatos blancos, falda azul, chaqueta cruzada con botones
de oro, corbata y cuello masculinos, gorra de oficial. Nadie sabía con certeza
cuántas eran. Los hombres de la tripulación tenían vedado el acceso á los
departamentos centrales del buque y su cubierta superior. Algunos, al
contravenir por descuido la orden, se habían encontrado con las compañeras del príncipe
más ligeras de ropa que cuando llevaban su elegante uniforme marino, ó con
trajes ricos y exóticos, como figurantas de baile. En los grandes puertos
saltaban á tierra por unas horas estas tripulantes misteriosas, vestidas con
discreta elegancia y expresándose en diversos idiomas.
Cuando el Gaviota II tornaba á anclar en una bahía
visitada el año anterior, los curiosos encontraban completamente renovado este
harén errante. Algunas veces llegaban á reconocer á una ó dos de las damas,
pero tenían la expresión melancólica y paciente de la odalisca venida á menos,
que se considera contenta en el lujo y el olvido.
Miguel Fedor cortaba algunos años sus viajes, durante el verano, para
instalarse en las playas de moda. Las mujeres de las largas travesías quedaban
á bordo con todas los comodidades y despilfarros á que estaban acostumbradas.
Otras veces las despedía como se licencia á una tripulación al desarmar un
buque, finalizada su campaña.
Le interesaban de pronto las mujeres de vida sedentaria, la sociedad de
tierra firme, los intrigas veraniegas en los balnearios célebres, y permanecía
en un hotel costero, mientras su yate se balanceaba gallardamente sobre las
aguas azules como un palacio de misterios y suntuosidades, hacia el que
convergían todas las imaginaciones femeninas.
Viviendo en Biarritz intimó con Atilio Castro al descubrir que eran
parientes por el general Saldaña. El español admiró la fascinación que ejercía
el príncipe sobre todas las mujeres, muchas veces sin desearlo.
Jamás en ninguna época había sentido la hembra más afición al lujo ni
menos escrúpulos para conseguirlo. Esta era la
opinión de Castro. Las grandes ostentaciones, que en otros siglos sólo estaban
al alcance de contadas familias, pertenecían ahora á todo el mundo. Sólo se
necesitaba dinero para poseerlas. Además, había que tener en cuenta los
adelantos materiales del tiempo presente, que hacen la vida más cómoda, pero
aumentan nuestros deseos...
—El automóvil y el collar de perlas llevan hechas más víctimas que las
guerras de Napoleón—decía Atilio.
Eran estas dos cosas como el uniforme de gala de la mujer, y las que
carecían de ellas se juzgaban infelices y maltratadas por la suerte. Su doble
imagen turbaba las ilusiones de las vírgenes y la fidelidad de las esposas. Las
madres burguesas, con el gesto melancólico de la que ha malgastado torpemente
su existencia, aconsejaban á las hijas: «Para casaros que sea con automóvil y
collar de perlas.» Y más allá del matrimonio modesto se prolongaba este deseo,
robustecido por el consejo maternal. El lujo, sea como sea; el lujo
democratizado, al alcance de todos, conseguido por el dinero, que no tiene
sabor, ni olor, ni marca de origen.
—Tú eres el omnipotente que puede dar el «auto» de buena marca y la
sarta de perlas—continuaba Castro—. Tú eres el sultán de las magnificencias. Te
basta poner tu firma en un cheque para que una lluvia de oro doble una cabeza.
¡Aprovéchate! Tu época te ha preparado el camino.
Y el príncipe, que no necesitaba tales consejos, seguía su marcha de
vencedor por un mundo en el que se desvanecían á su paso las virtudes más
acreditadas. Hasta las resistencias sinceras acabaron por parecerle útiles
malicias para retrasar la caída, aumentando el deseo y su precio. Los millones
llegados de Rusia se esparcían y desmenuzaban sosteniendo el bienestar y la
ostentación de muchas casas, fomentando la elegancia de numerosas señoras,
sirviendo de alimento á las industrias del lujo. Algunas damas se sentían
interesadas verdaderamente por la persona de Miguel Fedor á causa del prestigio
misterioso de sus viajes en un buque del que se hablaba como de un palacio
encantado, á causa también de sus aventuras con mujeres célebres del teatro ó del gran mundo, que le hacían mas
deseable. Pero una vez satisfechas su vanidad y su imaginación, dejaban hablar
al egoísmo. «¿Por qué he de ser yo menos egoísta que las otras?...»
No necesitaban de astucias y circunloquios para formular su petición.
Algunas, á la segunda entrevista, se mostraban melancólicas y aludían á las
tristes realidades de la existencia. Pero el generoso príncipe se anticipaba á
sus deseos. Quería pagar á sus amantes, abrumarlas con sus regalos, verlas como
esclavas favoritas cubiertas de joyas. Así era más fácil el rompimiento; podía
alejarse cuando quisiera, satisfecho de su conducta, sin emoción ante las
quejas y las lágrimas. De sus ascendientes rusos, medio orientales, había
heredado una gran capacidad sensual que le hacía buscar á la mujer, y al mismo
tiempo un desprecio inalterable por ella. La mimaba, pero no podía amarla; la
adoraba, y se revolvía indignado siempre que pretendía colocarse á su mismo nivel.
Era capaz de perder su fortuna por ella, de afrontar peligros de muerte, pero
apartándola á continuación con el pie si intentaba influir en su existencia.
Las ambiciosas que fingían una gran pasión con la inaudita esperanza de un
matrimonio, las sentimentales que pretendían interesarle con refinamientos
psicológicos, las que traían al adulterio sus entusiasmos de madre y susurraban
en su oído la felicidad de tener un hijo que se le pareciese, le esperaban en
vano al día siguiente. «¡Ni grandes pasiones, ni hijos!...» El yate echaba de
pronto dos chorros de humo, llevando á su dueño á otro puerto, tal vez á otro
continente: y si quería huir de una ciudad del interior, ordenaba el enganche
de su vagón especial en el primer tren que partiese.
Estas fugas no eran nunca sin un generoso recuerdo. La magnificencia de
Miguel Fedor continuaba existiendo para las abandonadas. Su presupuesto se iba
cargando todos los años con nuevos nombres, como el de una casa real que
distribuye pensiones á los servidores olvidados. Pero las pensiones del
príncipe Lubimoff eran para el mantenimiento del lujo y no de la vida. Las más
modestas pasaban de treinta mil francos anuales. El tipo medio era de doble
cantidad.
—Alteza, habrá que hacer una revisión—decía el administrador.
Miguel examinaba la lista de nombres, vacilando ante algunos. No podía
recordar bien las personas que los llevaban. Luego sonreía, paladeando ciertas
visiones despertadas en su memoria. Era inmensamente rico: ¿por qué no mantener
un lujo que era la suprema ilusión de todas ellas?... No le ofendía que de este
lujo disfrutasen sus sucesores.
Experimentaba un orgullo de dios al hacer sentir á todas horas su
generosidad sin dejarse ver. En París, una joyería dirigida por un judío de
origen español trabajaba solamente para los regalos del príncipe. Sus alhajas,
de un valor sólido é intrínseco, sin añagazas de artífice, tenían cierto aire
de familia, algo así como un perfume imaginario que hacía reconocerse á las
mujeres que las ostentaban. A lo mejor, en un hall de hotel, á
la hora del té, en un balneario elegante ó en un baile, dos señoras que acababan
de reconocerse se examinaban en silencio las orejas ó el pecho, hasta que la
más atrevida, enrojeciendo invisiblemente bajo sus coloretes, preguntaba con
sencillez: «¿Ha conocido usted al príncipe Lubimoff?...»
Atilio Castro admiraba á su pariente, más que por su riqueza y sus
éxitos, por su inalterable salud.
—¡Qué cosaco!... Es un legítimo heredero del protegido de Catalina.
Sin embargo, muchas veces escapaba el yate mar afuera, emprendiendo
largos viajes, sin que su dueño se viese forzado á huir de una pasión
complicada y peligrosa. Se alejaba de sí mismo, de sus excesos de tierra, de su
imaginación perversa y curiosa, que le hacía buscar y tentar á nuevas mujeres,
perturbando su tranquilidad, sin que experimentase un verdadero deseo.
Emprendía los más extraordinarios viajes, buscando la paz del mar y su
atmósfera reconfortante, la orquesta iba con él; pero el harén quedaba en
tierra. Había dado la vuelta al planeta siguiendo la ruta más corta; luego
repitió esta circunnavegación por dos veces, pero en zigzag, queriendo conocer
todas las costas de la tierra. Ahora emprendía viajes caprichosos; navegaba de
un hemisferio á otro por el placer de visitar una
pequeña isla que había visto descrita en los libros, una de esas islas perdidas
en el Pacífico, y tan exiguas, que aparecen en las cartas como un simple punto
á continuación de su largo nombre trazado sobre la superficie pintada de azul.
A la vuelta de una de estas excursiones, que le hacían correr el mundo
como si fuese su propiedad, recibió por el telégrafo sin hilo la noticia de que
Alemania acababa de declarar la guerra á Rusia y á Francia.
No experimentó gran extrañeza. Conocía personalmente á Guillermo II. El
era la causa de que el príncipe Lubimoff evitase navegar en verano por las
costas de Noruega.
Al año siguiente de la adquisición del Gaviota II se
había tropezado en dichos parajes con el yate imperial. El kaiser, como un
vecino entremetido y omnisciente, vino á verle para curiosear en su buque,
examinándolo todo, dando consejos, pasando revista á los hombres y á las cosas,
disertando sobre las máquinas é interrumpiéndose para aconsejar variaciones en
el uniforme de la tripulación. Después de un almuerzo en su propio yate y
un lunch en el del emperador, el príncipe Miguel quedó harto
de esta inesperada amistad. El Lohengrin con casco de aletas, capa blanca y las
dos manos en la empuñadura del sable resultaba menos insufrible que este señor
de enhiestos bigotes y dientes de lobo vestido de marino, que reía con una risa
falsa y brutal y desempeñaba el papel de hombre sencillo, de monarca sin
ceremonias, cuando encontraba en el mar á un multimillonario de América ó de
Europa. El dinero inspiraba una gran veneración al héroe de leyenda, al místico
nutrido con sublimidades. Nunca había participado Miguel del entusiasmo que el
emperador alemán inspiraba á los snobs. Sonreía ante sus gustos
escénicos, sus bravatas guerreras y sus ambiciones cerebrales que intentaban
abarcarlo todo.
—Es un comediante—dijo al recibir la noticia de la guerra—, un
comediante que al sentirse viejo va á hacer llorar al mundo... ¡Y que la suerte
de los hombres dependa de él!...
Miguel Fedor se consideraba aparte de los hombres. Lamentó
la guerra como algo terrible para los demás, pero que no podía influir en su
propia suerte. Ya que Europa había caído en una demencia sanguinaria, él
seguiría navegando por los mares lejanos. Gracias á su riqueza, podía
mantenerse al margen de la lucha.
Pero los tiempos cambiaban rápidamente; la vida era otra: todos los
valores habían perdido su antiguo aprecio. El Gaviota II, á pesar
de su bandera rusa, se vió detenido por los torpederos ingleses, que lo
sometieron á una minuciosa inspección, no comprendiendo que se navegase por
gusto cuando todos los mares estaban convertidos en un campo de batalla. A la
altura de las Azores tuvo que forzar sus máquinas para librarse de un corsario
alemán.
Además, escaseaba el carbón. Los depósitos esparcidos en las costas lo
guardaban para los buques de guerra. Noticias importantes llegaban con
frecuencia al yate por el telégrafo sin hilo desde el lejano París, donde
estaba el primer apoderado del príncipe. Se había roto la comunicación entre él
y las administraciones de la fortuna Lubimoff establecidas en Rusia. No llegaba
dinero de allá, y los Bancos de París, con las cajas cerradas por el moratorium,
facilitaban secretamente dinero á un millonario como el príncipe, pero no tanto
como exigían sus necesidades.
El yate fué á amarrarse en el puerto de Mónaco, y Miguel Fedor, al
llegar á París, casi rió como en presencia de un cambio grotesco de las leyes
naturales. ¡El heredero de los Lubimoff necesitando dinero y teniendo que
esforzarse por adquirirlo, lo que no había hecho en toda su existencia;
solicitando adelantos horriblemente usurarios con la garantía de sus lejanas y
famosas riquezas, que por primera vez eran menospreciadas!...
Cuando se restablecieron las comunicaciones de un modo intermitente
entre la Europa occidental y la Rusia casi aislada, el administrador mostró un
gesto desesperado, la recaudación había descendido un ochenta por ciento.
—Según eso, ¿voy á ser pobre?—preguntaba Lubimoff, riendo: tan
inverosímil y disparatada le parecía la noticia.
Resultaba muy difícil enviar dinero á París, y el valor de los rublos
descendía vertiginosamente. Los millones pasaban á ser en Francia simples
centenas de mil. La movilización militar había dejado las minas sin brazos; los
productos no obtenían salida; los mujiks, viendo sus hijos en el
ejército, se negaban á pagar y hasta á trabajar. El gobierno ruso, para que el
dinero quedase en el país, limitaba los envíos monetarios á los compatriotas
residentes en el extranjero.
—¡El zar sometiéndome á una pensión!—decía asombrado el príncipe—. ¡Mil
ó dos mil francos al mes!... ¡Qué absurdo!
Ya no reía. Su cólera contra la corte rusa, que se había ido aglomerando
de un modo inconsciente desde su lejana expulsión de Petersburgo, estalló ahora
á impulsos del egoísmo. El zar y sus consejeros, deseosos de rusificar toda la
Europa oriental, eran los culpables de la guerra. Bien podían haberse mantenido
en paz con Alemania. ¿Por qué turbar la tranquilidad del mundo á causa de un
pequeño pueblo balkánico?...
Se burló fríamente de algunos amigos que, siguiendo rutas extraviadas á
través de Europa y de los mares glaciales, volvían á Rusia para recuperar sus
antiguos puestos en el ejército. El no quería morir por el zar. Le importaba
poco que su país fuese gobernado por alemanes. Hasta en ciertos momentos lo
juzgaba preferible, siempre que la paz se restableciese rápidamente,
permitiéndole disfrutar otra vez de sus riquezas y reanudar la vida de meses
antes, que ahora le parecía á medio siglo de distancia.
Los dos años siguientes transcurrieron para Lubimoff como en una
pesadilla. ¿Qué mundo era éste?... Sus antiguas amistades desaparecían. Algunas
de las mujeres frívolas que habían amenizado su existencia contemplaban los
acontecimientos con una tranquilidad inconsciente; pero otras se mostraban
abnegadas y heroicas, olvidando sus actos anteriores, sintiendo formarse dentro
de ellas un alma nueva.
El príncipe se vió arrastrado por los sucesos de un modo brusco. Una
fuerza misteriosa é irresistible le empujaba, le hacía perder el equilibrio en
lo más alto de aquella vida tan dulce, tan amplia,
coronada de un halo de gloria. Después rodó solo, por su propia inercia, y cada
escalón le reservaba un golpe más fuerte, una sorpresa más dolorosa. ¿Hasta
dónde llegaría en su derrumbamiento?... ¿Qué podría encontrar al final de esta
caída ilógica?...
Las entrevistas con su administrador de París le parecieron algo que
transcurría en otro planeta, sometido á leyes absurdas. Estas conferencias las
terminaba siempre dando la misma orden:
—Busque usted dinero. Pida prestado... Yo soy el príncipe Lubimoff, y
esto no puede durar. Venzan unos ó venzan otros (me da lo mismo), el orden se
restablecerá, y yo pagaré inmediatamente á mis acreedores.
Pero el administrador le contestaba con un gesto de desaliento.
¿Encontrar dinero sobre bienes que estaban en Rusia?... Valiéndose del antiguo
prestigio del príncipe, había podido realizar varios empréstitos; mas
transcurría el tiempo y los intereses enormes iban acumulándose. Lubimoff, á
pesar de haber simplificado sus gastos y suprimido sus pensiones, necesitaba
mucho dinero para vivir.
La caída del zarismo fué una esperanza para este magnate que odiaba al
gobierno imperial. «Con la República se acelerará el fin de la guerra y
volveremos al buen orden.» Su egoísmo le hacia concebir una República
preocupada, ante todo, de devolver sus riquezas á los seres dichosos por su
nacimiento. Los delgados hilillos de su fortuna que aún llegaban con
intermitencias hasta París se cortaron de pronto: la fuente de su riqueza
estaba seca. El desmoronamiento de todo un mundo había cegado su boca, tal vez
para siempre.
—Hay que vender, Alteza—decía el administrador—; hay que desprenderse de
todo lo superfluo. Liquidemos á tiempo. ¡Quién sabe hasta cuándo durará lo
presente!
El yate estaba inmóvil en el puerto de Mónaco. Casi toda su tripulación,
compuesta de italianos, franceses é ingleses, lo había abandonado para ir á
servir en las flotas de sus naciones. Sólo unos cuantos españoles continuaban á
bordo, para mantener la limpieza del buque.
El Gaviota II fué rebautizado por el Almirantazgo
inglés antes de cederlo á la Cruz Roja. Miguel Fedor, al firmar la escritura de
venta, creyó que abdicaba de todo su pasado. El prestigio novelesco de su
existencia iba á desvanecerse; el palacio de las Mil y una noches se
convertía en un hospital... ¡Qué mundo!
Los millones ingleses le proporcionaron un año de tranquilidad. Su
administrador pagó deudas enormes, y él pudo mantenerse en París sin hacer
economías; en un París que terminaba su tercer año de guerra con inexplicable
confianza, reanudando sus placeres, como si todo peligro hubiese pasado. Sus
amores con dos grandes señoras cuyos maridos habían sido llamados á las
armas—aunque no estaban en el frente—le hicieron pasar unos meses en Biarritz,
en la Costa Azul y en Aix-les-Bains.
Turbó su apoderado estas delicias. Siempre repetía el mismo consejo:
«Hay que vender.» La fortuna del príncipe era ya un barco viejo y sin rumbo. El
administrador había cegado las antiguas brechas con el producto de la última
venta, pero advertía á cada momento nuevas vías de agua.
Miguel Fedor acabó por acostumbrarse á la desgracia, acogiéndola con
serenidad.
La venta del palacio construído por su madre le produjo menos emoción
que la del yate.
Un cambio se inició al mismo tiempo en sus deseos. Se sintió fatigado de
las empresas sensuales, que parecían ser la única finalidad de su existencia.
Aquel vigor siempre fresco y renovado que asombraba á Castro se derrumbó de
pronto. Pero esto obedecía á una preocupación, más que al desgaste físico.
Se consideraba pobre, y él estaba acostumbrado á pagar regiamente sus
amores. No pudiendo recompensar á la mujer con el lujo, huiría de ella, para no
ser su deudor y someterse á sus caprichos. Prefería domar al deseo á dejar de
satisfacerlo con la grandeza de un señor oriental. Además, ¡estaba tan cansado
del amor y de todo lo agradable que puede encontrar un hombre sobre la
tierra!...
Pensó en su amigo Atilio, en el coronel, en Villa-Sirena,
blanca é irisada por el sol del Mediterráneo, entre olivos y cipreses.
—El diluvio cae sobre el mundo. Tal vez las antiguas tierras vuelvan á
emerger; tal vez queden sumergidas para siempre... Vamos á esperar, refugiados
en nuestra Arca.
Después de pasear una mirada de satisfacción por la enorme masa de
Villa-Sirena, sus dependencias y las arboledas inmediatas, el coronel dijo á
Novoa:
—Aquí costó menos lo que se ve que lo que no se ve. Hay mucho dinero
enterrado.
Y volviendo la espalda al edificio, don Marcos señaló los jardines que
se extendían en diversos planos, unos casi al nivel de los techos de la
«villa», otros escalonándose en descenso hasta cerca de las olas.
Recordaba el promontorio tal como era cuando la difunta princesa tuvo la
humorada de adquirirlo: un antiguo refugio de piratas; una lengua de rocas
batidas y desordenadas en los días de viento mistral, con profundas cuevas
abiertas por el oleaje roedor, que hacían desmoronarse las tierras superiores y
amenazaban fraccionar su longitud en una cadena de isletas y escollos.
—¡Las murallas que hemos levantado!—continuó—. ¡La piedra que hemos
metido aquí!... Basta para cercar á toda una ciudad.
Había muros de más de veinte metros que descendían en suave pendiente
desde los jardines al mar. En unos lugares, estos muros tenían como cimiento
visible las rocas que emergían como verdosas cabezas, lavadas incesantemente
por las espumas; en otros, bajaban hasta perderse en la profundidad acuática,
lo mismo que los diques de los puertos, cubriendo las antiguas oquedades del
promontorio, las cuevas, las caletas en formación, todos
los ángulos entrantes que habían sido rellenados con tierra vegetal.
Estos trabajos enormes de albañilería eran el orgullo de Toledo por su
costo y su grandeza. Llamaba la atención de su compatriota sobre las
proporciones de las murallas, dignas de un monarca de la antigüedad.
—Y no sólo son fuertes—continuó—. Fíjese, profesor: todas son
«artísticas».
Los bloques de piedra habían sido cortados en grandes exágonos
regulares, y formaban, incrustados unos en otros, un mosaico uniforme,
marcándose cada pieza por su reborde de cemento. A trechos se abrían en los
muros largas aspilleras para que la tierra expeliese su humedad; pero cada una
de estas ventanas cegadas tenía una planta silvestre, una planta de vida dura y
acre perfume, que se esparcía con la indestructible voluntad de vivir del
parasitismo, derramándose muro abajo, cubierta de flores la mayor parte del
año. Las espesas arboledas de la cima, los interminables balaustres blancos con
arcos de clemátides color de vino, parecían chorrear una vida inferior florida
y verde por estos desgarrones de las murallas, enviándola al mar.
—Cuando vea esto desde abajo, en una barca, lo apreciará usted mejor. El
señor de Castro dice que se acuerda de la reina Semíramis y de los jardines
colgantes de Babilonia... Son comparaciones que sólo se le ocurren á él. Lo
único que yo puedo decir es lo que ha costado todo esto. ¡La piedra que ha
habido que traer! Toda una cantera. ¡Y las barcazas de tierra vegetal para
rellenar los huecos, nivelar el suelo y hacer un jardín decente!...
Le entusiasmaban los parterres modernos en torno del edificio y entre
éste y la verja lindante con el camino de Mentón, por su armonía elegante, por
las reglas majestuosas á que estaban sometidos árboles y plantas. El entendía
así los jardines, como todas las cosas de la existencia: mucho orden, respeto á
las jerarquías, cada uno en su sitio, sin ambiciones que producen confusión.
Pero temía exponer sus gustos de «hombre rancio», acordándose de las burlas del
príncipe y de Castro. Estos preferían el parque, lo que el coronel llamaba en
sus adentros el «jardín salvaje».
Habían aprovechado los vetustos olivos existentes en el promontorio como
base de este parque. Eran árboles que no podían ser llamados viejos, por
resaltar mezquina é insuficiente esta denominación; eran simplemente antiguos,
sin edad visible, con un aire de inmutable eternidad que los hacía
contemporáneos de las rocas y de las olas. Más que árboles parecían ruinas,
muros de leña negra deformados y derrumbados por una tormenta, montones de
madera encorvada y ahuecada por el chamuscamiento de un incendio extinguido.
También en ellos era más importante lo invisible que lo expuesto á la luz. Sus
raíces, gruesas como troncos, desaparecían serpenteando en la tierra roja para
volver á surgir treinta ó cuarenta metros más allá. Habían muerto por un lado y
resucitaban vigorosamente por el otro. Lo que quinientos años antes era tronco
aparecía ahora como un muñón negro en forma de mesa, cortado por el hacha ó el
rayo; y la raíz, á flor de tierra, florecía á su vez, convirtiéndose en árbol,
para continuar una existencia sin límites visibles, en la que los siglos se
contaban como años. Otros olivos tenían el corazón roído, vaciado; sostenían
simplemente la mitad de su coraza de corteza, como una torre partida por una
explosión; pero en lo alto ostentaban su inverosímil cabellera vegetal, unos
puñados de hojas plateadas á lo largo de las ramas sinuosas y negras. A sus
pies, la madera de las raíces, que parecía guardar en sus nudos las primeras
savias del planeta, abarcaba un radio mucho más grande que el ocupado por el ramaje
en el espacio. Algunos olivos que sólo contaban trescientos ó cuatrocientos
años se erguían con una arrogancia de juventud, frondosos y exuberantes,
tendiendo sobre el suelo su sombra ligera, inquieta, casi diáfana, una sombra
de cristal empolvado que cambiaba de sitio según el capricho del viento.
—Su Alteza dice que hay olivos aquí que fueron conocidos por los
romanos. ¿Lo cree usted, profesor? ¿Algún árbol de éstos será del tiempo de
Jesucristo?...
Ante la indecisión de Novoa, continuó sus explicaciones. Caminaban,
entre muros de vegetación recortada, hacia el final del parque.
—Mire usted: el jardín griego.
Era una avenida de laureles y cipreses, con bancos curvos de mármol, y
teniendo por fondo una columnata en semicírculo.
—A mí me hubiese gustado plantar palmeras, muchas palmeras, de Africa,
del Japón y del Brasil, como las que hay en los jardines del Casino. Pero el
príncipe y don Atilio las aborrecen. Dicen que son un anacronismo, que jamás
han existido en esta tierra, y las han importado los ricos de gustos ordinarios
que edifican desde hace cincuenta años en la Costa Azul. Ellos sólo admiten el
antiguo jardín provenzal ó italiano, olivos, laureles y cipreses, pero no
cipreses como los de España, copudos, enormes y fúnebres, para adorno de
calvarios y cementerios. Mírelos usted: son ligeros y finos como plumas. Para
que no los tumbe el viento hay que plantar dos ó tres juntos, y forman un solo
penacho.
Habían llegado al fondo del parque, donde estaban los olivos más
frondosos. Marchaban por senderos abiertos á través de altas masas de
vegetación silvestre y olorosa que podía desafiar con su savia brava el
ambiente marítimo cargado de sal. Eran plantas de hoja dura que exhalaban
perfumes exóticos é intensos. Novoa, al aspirarlos, evocó lejanas visiones
geográficas. Un olor de incienso y de arroz sazonado con karri flotaba
sobre este jardín selvático. De un árbol á otro se tendían una especie de
lianas. Estas guirnaldas naturales habían empezado á florecer en pleno
invierno, bajo el soplo de una primavera precoz, destacándose con una
magnificencia de fiesta galante sobre el verde severo y pálido de los olivos.
—Don Atilio dice que todo esto le hace pensar en una sinfonía de Mozart.
El Mediterráneo estaba á sus pies, profundamente azul, peinándose con
lentos cabeceos en una fila de escollos puntiagudos que sacaban de sus hilos
acuáticos borbollones de espuma. Se bifurcaba el promontorio aquí, formando los
dos brazos de una horquilla desigual. El más corto era una prolongación del
parque, llevando aguas adentro la magnífica arboleda que abullonaba su dorso.
El otro descendía hasta el mar como un caos de
rocas y tierras sueltas, sin más que algunos pinos retorcidos que se aferraban
al suelo, empeñados tenazmente en prolongar su agonía. La miseria y el abandono
de esta lengua de tierra arrancaban una mueca dolorosa al coronel cada vez que
tendía su vista por encima del muro divisorio. La punta ruinosa, mordida por el
mar, con cuevas que amenazaban convertirse en estrechos, sin entrada fija,
aislada de tierra firme por los jardines de Villa-Sirena y defendida por una
pared hostil, representación inexpugnable del derecho de propiedad, era para
don Marcos un motivo de indignación y de escándalo.
Sin duda por esto le volvió la espalda, dirigiendo sus miradas más allá
del peñón en que está asentada Mónaco.
—Eso es hermoso, profesor: uno de los panoramas más dulces que existen.
Por algo viene aquí la gente de todos los extremos de la tierra.
Fijó su vista en unas montañas de color violeta que avanzaban sobre el
mar en último término, como el final de un mundo. Eran las llamadas Montañas de
los Moros, con la punta del Esterel, una desviación de los Alpes Marítimos, un
sistema montañoso aparte, que se mete aguas adentro. Al otro lado existía un
pedazo de la llamada Costa Azul que empieza en Tolón y Hyères; pero este
fragmento no interesaba al coronel. Lo que él veía, con su imaginación mas que
con los ojos, recorriéndolo á vuelo de pájaro, era la verdadera Costa Azul, la
suya, la de las gentes bien nacidas y ricas, á las que visitaba en sus «villas»
elegantes ó en los hoteles de gran precio.
Los Alpes Marítimos formaban una muralla paralela al mar. En algunos
lugares descendía rápidamente sobre el Mediterráneo, con el ligero declive de
un baluarte, sin ninguna alteración que disimulase su derrumbe. En otros puntos
su caída era más suave, creando un oleaje de piedra, montañas filiales que
avanzaban sobre las olas, dibujando cabos y suaves golfos. Y en estos remansos
marítimos, desde el Esterel á la frontera de Italia, las gentes ricas y
friolentas llegadas todos los inviernos habían acabado por convertir en
capitales de fama mundial adormiladas ciudades de provincia. Las aldeas de pescadores se transformaban en pueblos
elegantes; los grandes hoteles de París y Londres edificaban sucursales enormes
en las desiertas bahías; las tiendas más lujosas del bulevar instalaban su
filial en villorrios donde algunos años antes todo el mundo andaba descalzo.
Toledo recorría con el pensamiento la ondulante línea de localidades
célebres asomándose al mar en la punta de los promontorios ó encogiéndose en la
herradura de los pequeños golfos para recibir mejor la refracción del sol
invernal enviada por las murallas rojas de los Alpes: Cannes, que le inspiraba
respeto por su silenciosa distinción—los tísicos y los valetudinarios ilustres
sólo querían morir allí—; Antibes, con su puerto cuadrado y sus baluartes, que,
según Atilio Castro, recordaba las marinas románticas pintadas por Vernet;
Niza, la capital adonde convergía toda la gente para gastar su dinero,
remedando la vida de París; la profunda bahía de Villafranca, refugio de
acorazados; el Cap-Ferrat y su hermosa excrecencia de la punta de San Hospicio,
antiguo refugio de piratas africanos: Beaulieu, con sus palacetes tunecinos
habitados por multimillonarios norteamericanos de mesa siempre abierta, que
habían invitado á almorzar muchas veces al coronel; Eze, el villorrio feudal
agarrado tenazmente á una ladera de los Alpes y cayéndose en ruinas en torno de
su cariado castillo, mientras abajo forman los tránsfugas un nuevo pueblo al
borde del golfo que sus antecesores llamaban orgullosamente el Mar de Eze;
Cap-d'Ail, que es como el atrio del principado inmediato; la roca de Mónaco,
llevando sobre su lomo una ciudad amurallada; enfrente, el flamante
Monte-Carlo; más allá, el Cap-Martin, de sombría vegetación, cerrado y
señorial, último asilo de reyes destronados; y finalmente, tocando á Italia, el
dulce Mentón, dominio de los ingleses, otro lugar de enfermos distinguidos,
donde debe terminar sus días todo tísico que se respeta.
—¡El dinero que se ha gastado aquí!—dijo don Marcos.
El ferrocarril de la Cornisa había sido considerado cincuenta años antes
como una obra extraordinaria, al abrirse paso en
esta región de montañas; pero la misma obra se repetía ahora en todas
direcciones, para comodidad de los invernantes. Caminos de suaves curvas,
limpios y firmes como el piso de un salón, se extendían por el borde del mar ó
ascendían á las cumbres de los Alpes, pasando de cresta en cresta por viaductos
de atrevidos arcos. Las carreteras se sumían en largos túneles. Donde la roca
vertical no permitía abrir una cornisa, el constructor la inventaba con taludes
de muchos metros cuya base se perdía en las olas.
Una nueva ilusión había venido á agregarse á todas las que pueden
realizar los felices de la tierra. ¡Poseer una casa en la Costa Azul!... Y en
cincuenta años, todos los caprichos arquitectónicos, todas las fantasías de los
ricos que desean asombrar con su ostentosidad, cubrían esta ribera del
Mediterráneo de «villas» y palacetes griegos, árabes, persas, venecianos,
toscanos y de otros estilos conocidos ó indescifrables. La palmera se
aclimataba como algo indígena.
—Se han invertido enormes fortunas; se han arruinado tres generaciones y
enriquecido otras tantas. ¡Pensar lo que era esto hace un siglo!... ¡Ver lo que
es ahora!...
Habló el coronel de la tumba de una inglesa completamente abandonada en
la punta extrema del Cap-Ferrat. Era una precursora de los invernantes
actuales, una joven contemporánea de Lord Byron, seducida por la belleza del
Mediterráneo y de unas montañas sin caminos, casi inexploradas. Al morir, la
habían enterrado en el promontorio desierto, por ser protestante. Los
pescadores y los cultivadores de esta costa solitaria repelían al extranjero,
negándole hospitalidad hasta en sus cementerios.
—Esto ocurrió aún no hace un siglo... ¡Y qué pobreza! Todos los
productos del país eran naranjas cortezudas, limones y estos olivares, muy
hermosos, muy decorativos, pero que producen una aceituna pequeñísima,
puntiaguda, toda hueso. ¡Al lado de las nuestras de Andalucía, profesor!...
Ahora hay en la Costa Azul millonarios hijos del país, que no han hecho mas que
vender los pobres campos de sus abuelos. La tierra roja abundante en piedras se
compra á metros hasta en los rincones más
desiertos: lo mismo que los solares de las grandes ciudades. A lo mejor, en un
camino, le gusta á usted una casucha con unos cuantos terruños en torno de
ella. El edificio tiene la techumbre combada y las paredes con grietas, por las
que pasa el viento. Los dueños duermen con las gallinas, el cerdo y el caballo:
la miseria y el descuido de los rústicos en casi todos los países. Se le ocurre
á usted que con poco dinero podría crearse allí un retiro campestre. Estas
buenas gentes no deben pedir mucho, por exageradas que sean sus pretensiones. Y
cuando uno pregunta, después de largas consultas y dudas, acaban por decir con
tranquilidad: «Ciento cincuenta mil francos» ó «doscientos mil». A la protesta
y el asombro responden, señalando las montañas, el sol, el mar: «¿Y la vista,
señor?...»
La tierra roja de Los Alpes representaba poco por su fuerza productora;
era la situación lo que constituía su valor. Y los naturales se habían
enriquecido vendiendo á metros la luz del sol, el azul del Mediterráneo, el
anaranjado de las montañas, las nubes de apoteosis á la hora del ocaso, el
abrigo de la lejana roca, que desvía como un biombo el soplo helado del
mistral.
—¡Y la tenacidad inexplicable de algunas de estas gentes!...
Don Marcos se volvió hacia aquella tierra miserable que parecía clavada
como una maldición en los jardines de Villa-Sirena, señalándosela á Novoa. La
princesa Lubimoff, con todos sus millones, no había podido comprar esta punta
del promontorio. Era de un matrimonio viejo y sin hijos.
—Aquella es su casa—añadió señalando una especie de cubo amarillento en
mitad de la montaña, al borde de un camino que cortaba la ladera roja y negra.
La princesa, después de adquirir el promontorio para su castillo
medioeval, había considerado como asunto insignificante la adquisición de este
pequeño extremo de su propiedad. «Deles usted lo que pidan», dijo á su hombre
de negocios. Y á pesar de su indiferencia por el dinero, se asombró al saber
que se negaban á aceptar doscientos cincuenta mil francos por unas rocas
socavadas por las olas y dos docenas de pinos moribundos.
—Yo presencié las entrevistas con los viejos. El enviado de la princesa
ofreció quinientos mil, seiscientos mil, sin que el matrimonio pareciera
enterarse de lo que representaban estas cifras... La princesa se impacientó,
lamentando que esto no ocurriese en Rusia y en sus buenos tiempos. Hasta habló
de encargar á Italia un asesino (como lo había leído en algunas novelas) para
que la desembarazase de los dos viejos testarudos. Su Alteza era así... ¡Pero
tan buena! Al fin, un día nos dió una orden á gritos: «¡Ofrézcanles un millón,
y acabemos!...» Imagínese, profesor, ¡más de dos mil francos por metro! ¡como
en el centro de las grandes capitales!... Subimos á su casucha. Ni pestañearon
al oir la cifra. La vieja, que era la más inteligente, dejó que el apoderado y
el notario de Su Alteza le explicasen lo que era un millón. Miró á su marido
largamente, á pesar de que ella sola pensaba en la casa, y al fin aceptó, pero
con la condición de que la princesa elevaría en la punta extrema de su
propiedad una capilla á la Virgen. Era un deseo de su imaginación simple que
había acariciado toda su vida. Sin la capilla no aceptaba el millón. «¡Vaya por
la capilla!», dijimos. El día de la firma de la escritura vimos á los dos
viejos, sentados juntos y con la vista baja, en el despacho del notario. Este
nos recibió agitando las manos y mirando á lo alto con desesperación. No
aceptaban: era inútil insistir. Querían conservar las cosas como las habían
recibido de sus antecesores. «¡Qué vamos á hacer con un millón!—gimió la vieja—.
¡Terrible vida la nuestra!» Intentamos hablar de la capilla para convencerla,
pero huyeron los dos, como el que se ve en perversa compañía y teme malas
proposiciones.
El coronel miró otra vez el muro divisorio.
—Su Alteza, que era de humor guerrero, levantó inmediatamente esta pared
antes de abrir los cimientos de la «villa». Como usted puede ver desde aquí,
los viejos, para entrar en su propiedad, sólo podían hacerlo por el borde de la
playa, y en días de tormenta hay que meterse en las olas hasta las rodillas. No
importa; después de aquello le tomaron más gusto á su tierra, y descendían de
su montaña todos los domingos para sentarse al pie
de la pared. A fuerza de medir la punta, acabaron por descubrir un error del
arquitecto, aturdido por las prisas de la princesa. Se había equivocado en
cincuenta centímetros, y la mitad del grosor del muro estaba en tierra de los
viejos. La campesina, que experimentaba ante las gentes de justicia un miedo
supersticioso, amenazó, sin embargo, con un pleito, aunque tuviera que vender
su casucha y su campo de la montaña. Hubo que derribar todo el muro y volver á
construirlo medio metro más acá. Unos sesenta mil francos perdidos; nada para
Su Alteza, pero yo sospecho á veces si esto pudo acelerar su muerte.
Don Marcos creyó necesario hacer una pausa respetuosa en honor de la
difunta.
—La vieja también ha muerto—continuó—, y su marido sólo viene aquí de
tarde en tarde. Si encuentra que uno de sus pinos se ha venido abajo por el
movimiento de las tierras, se sienta junto á él, lo mismo que si velase á un
cadáver. Otras veces pasa las horas mirando el mar y los peñascos, como si
calculase lo que tardarán las olas en partir á trozos su propiedad. Una tarde,
yendo á pie de La Turbie á Roquebrune, tropecé con él cerca de su casucha,
cuando estaba apacentando unas ovejas. Tiene barbas de patriarca; siempre lo he
visto lo mismo, apoyado en su bastón, una boina mugrienta en la cabeza y
envuelto en un capote áspero. Además, lleva una pipa entre los dientes; pero
rara vez humea... «El millón está esperando—le dije por bromear—. Cuando usted
quiera puede venir á recogerlo.» No pareció entenderme. Me sonreía como á
alguien que se recuerda con vaguedad, pero tal vez creyéndome, otro. Fijaba sus
ojos en Monte-Carlo, que estaba á nuestros pies, á vista de pájaro. Así debe
pasar las horas y las semanas. Su cara es de palo, de arcilla cocida; habla
poco, y nadie puede adivinar sus impresiones. Pero yo creo que todos los días
experimenta la renovación de idéntico asombro, y que morirá sin salir de él. Ve
el mar que es siempre lo mismo, las montañas eternamente iguales, la casa que
construyeron sus abuelos y que ya era vieja cuando él nació, los olivos, los
peñascos... ¡pero esa ciudad que ha surgido, siendo ya él hombre, de una meseta
cubierta de matorrales, horadada de cuevas, y que
cada año se agranda con nuevos hoteles, con nuevas calles, con más cúpulas y
torrecillas!...
El coronel olvidó repentinamente al viejo campesino. Al lado de su
compatriota Novoa se sentía locuaz, se imaginaba pensar con más vigor y
amplitud, á consecuencia de este comercio con un sabio. Además, experimentaba
cierto orgullo al poder hablar, como antiguo habitante del país, de muchas
cosas que ignoraba el recién llegado.
—Esto ha sido casi de nosotros—continuó, señalando el castillo de
Mónaco—. Durante siglo y medio, esa fortaleza ha tenido una guarnición
española. Nuestro gran Carlos V—y el viejo legitimista puso un profundo respeto
en su voz al evocar este nombre—ha dormido allí... Y también allí.
Volviéndose, señaló en la montaña, encima del Cap-Martin, el pueblo de
Roquebrune aglomerado en torno de su castillo ruinoso.
—El archivero del príncipe de Mónaco estudia las numerosas cartas que
posee de nuestro gran emperador dirigidas á los Grimaldi. Cuando los
historiadores del principado quieren hacer constar la indiscutible
independencia de este pedazo de tierra, evocan como orígenes los tratados
firmados en Burgos, Tordesillas y Madrid.
Resucitaba con breves palabras la historia de este pequeño Estado nacido
en torno de un pequeño puerto. Los navegantes semitas le daban el nombre de
Melkar (el Hércules fenicio), y dicho nombre se convertía poco á poco en el
actual de Mónaco. Los güelfos y gibelinos de Génova se disputaban el dominio de
su castillo, hasta que un Grimaldi disfrazado de monje entraba por sorpresa en
su recinto, abriendo las puertas á sus amigos y haciendo para siempre del
antiguo Puerto Hércules una propiedad de su familia.
—Ese fraile, espada en mano—continuó don Marcos—, es el que figura á
ambos lados del escudo de Mónaco. Después, la historia de los Grimaldi fué
semejante á la de todos las familias soberanas de aquellos tiempos. Hicieron la
guerra á los vecinos, se pelearon entre ellos, y
hasta hubo hermano que asesinó á su hermano... Los navegantes de Mónaco se
dedicaron á corsarios, y su bandera sirvió á veces para dar personalidad á
piratas de otros países... La alianza de los Grimaldi con España les permitió
titularse príncipes. Hasta entonces sólo habían sido marqueses. Carlos V les
llamaba en sus cartas «amados primos», con otros títulos honoríficos... Este
peñón era de gran importancia para los monarcas de España, que tenían
posesiones en Italia y necesitaban conservar seguro el camino. Los reyes de
Francia ambicionaban, por su parte, suprimir el obstáculo, atrayéndose á los
Grimaldi. Durante ciento cincuenta años hay que reconocer que se mantuvieron
fieles á sus compromisos, y eso que desde Madrid sólo de tarde en tarde les
enviaban los subsidios prometidos. Dos galeras monegascas figuraban siempre en
las armadas de España... Sólo cuando la decadencia de los Austrias empezó á
hacernos perder nuestra influencia europea nos abandonaron los Grimaldi, con la
precipitación del que huye de una casa que se viene abajo. Richelieu hacía en
aquellos momentos la grandeza de Francia, y se fueron con él. Una noche de
relámpagos y truenos, cuando la guarnición, compuesta en su mayor parte de
italianos al servicio de España, dormía sin cuidado, la sorprendieron, la
desarmaron, después de matar á algunos que pretendían resistirse, y acabaron
por enviarla cortésmente al virrey español de Milán con la noticia de que la
alianza quedaba rota para siempre.
Los príncipes de Mónaco, feudatarios de Francia, vivían después en
Versalles, haciendo oficio de cortesanos ó sirviendo en los ejércitos del rey.
La Revolución los perseguía, como á todos los monarcas, guillotinando á una
hermosa dama de la familia. Napoleón los había tenido como edecanes un su
séquito militar, y la larga paz del siglo XIX les hacía volver á instalarse en
su exiguo principado.
—¡Eran tan pobres!—siguió diciendo Toledo—. Tenían que mantener el boato
de una corte, pues en los Estados pequeños, donde se vive como en familia,
resulta preciso exagerar la etiqueta para que el príncipe sea respetado. Había
que sufragar los mismos gastos de una nación
grande, justicia, administración, hasta un ejército diminuto para la seguridad
interior, y todo el principado no producía mas que limones y olivas... Mire
usted si eran pobres y si se verían apurados, no sabiendo de dónde sacar
recursos, que bajo el reinado de Florestán I, abuelo del príncipe actual, hubo
un intento de revolución por haber decretado el soberano que toda la oliva del
país sólo podía molerse en los molinos de su propiedad.
Después, bajo Carlos III, aún resultaba más angustiosa la situación. El
principado se disolvía. Los dos pueblos Mentón y Roquebrune, dependientes de
Mónaco, se emancipaban de él, entusiasmados por la revolución italiana,
incorporándose á la monarquía de los Saboyas. Poco después, al adquirir
Napoleón III el antiguo condado de Niza, se hacían franceses. Y Mónaco quedaba
aislado dentro de Francia, con su soberanía bien reconocida; pero la tal
soberanía no abarcaba mas que una ciudad única en la meseta de un peñón, un
pequeño puerto y unos alrededores cubiertos de plantas parásitas: casi el
terreno que recorre un burgués pacífico en su paseo después del almuerzo. ¿Cómo
iba á sostenerse el minúsculo Estado?...
—El juego lo salvó. No crea usted, como algunos, que esto fué una
iniciativa del soberano de Mónaco. Muchos príncipes alemanes habían apelado á
la misma industria para el sostenimiento de sus dominios. Es una invención
germánica. Mas el juego á orillas del Mediterráneo, bajo un sol invernal que
rara vez se muestra infiel, resulta otra cosa que en un Estado del centro de
Europa... Al principio no marchó el negocio. Establecieron un miserable Casino
en el Mónaco viejo, frente al palacio, en lo que hoy es cuartel de los
carabineros del príncipe. Los «puntos» eran muy contados. Había que venir en
diligencia por lo alto de los Alpes, siguiendo la antigua vía romana, y
descender desde La Turbie por caminos como barrancos. Se necesitaban verdaderos
deseos de jugar. Luego, el Casino bajó al puerto, donde hoy está el barrio de
La Condamine: igual fracaso. Los arrendatarios del juego quebraban, sin poder
cumplir sus compromisos con el príncipe... Pero se abrió el
ferrocarril de la Cornisa, quedando Mónaco en el camino de París á Italia, y
todos los jugadores, todos los desocupados del mundo, afluyeron aquí en pocos
años... ¡Qué transformación!
El coronel volvió á acordarse del viejo campesino que, apacentando sus
ovejas en la ladera alpina, pasaba las horas con los ojos fijos en la
maravillosa ciudad extendida á sus pies, en el mismo lugar que había visto de
joven cubierto de matorrales.
—Entonces nació Monte-Carlo. Frente al peñón de Mónaco, formando la otra
ribera del puerto, había una meseta abandonada. No hace de esto mas que unos
sesenta años. Aún quedan diseminados un los jardines de la plaza, entre los
árboles tropicales, algunos pobres olivos de aquel tiempo, que han sido
respetados como recuerdos de la época de miseria. Donde hoy vemos el Casino,
los grandes hoteles y las casas de té más elegantes, existían cavernas de la
época prehistórica, que en tiempos menos remotos sirvieron también de guaridas
de ladrones. Esta meseta salvaje era apodada, por sus grutas, «Las Espeluncas».
Algo de lo que ha visto usted en el Museo Antropológico de Mónaco: hachas de
piedra, restos humanos, etc., procede de esas cavernas... Y la meseta abandonada
se convirtió, en una docena de años, en la gran ciudad de Monte-Carlo, de fama
mundial, dejando obscurecido y casi olvidado en el peñón de enfrente al
histórico Mónaco, que no es ya mas que uno de sus arrabales. Ha crecido tanto
este Monte-Carlo, que se extiende de una punta á otra del principado: todo el
suelo nacional está bajo techo, y cada año se desborda fuera de las fronteras.
En territorio francés se llama Beausoleil. No hay mas que atravesar la plaza
del Casino, sus jardines en pendiente, y subir una escalinata hasta el llamado
bulevar del Norte, para encontrarse con uno de los espectáculos más raros de
Europa. Una acera es del príncipe de Mónaco y la de enfrente de la República
francesa. Los tenderos pagan distintas contribuciones y obedecen á distintos
reglamentos, según tienen sus escaparates á la derecha ó á la izquierda.
Toledo quedó pensativo un momento.
—¡Los milagros de la ruleta!—continuó—. ¡El poder mágico
del «negro» y el «rojo»! El Casino dicen que es un portento de mal gusto, pero
chorrea oro como una iglesia rica. Su teatro estrena óperas que después se
hacen célebres en el mundo. Los hoteles, innumerables, son palacios.
Monte-Carlo está erizado de cúpulas y torrecillas lo mismo que una ciudad
oriental. Las calles parecen salones, con un pavimento escrupulosamente
cuidado, sin la más leve suciedad. ¿Y los jardines?... Los Alpes forman aquí
una magnífica mampara: vivimos en un agujero asoleado, casi un invernáculo.
Pero á veces sopla el mistral, hace frío, y yo no comprendo cómo pueden vivir
tan lozanos, tan frescos, todos esos árboles tropicales, todas esas plantas que
nacieron en atmósferas de horno. Los pobres olivos veteranos deben sentir tanto
asombro como yo al verse en semejante compañía... ¡El guano poderoso del
«treinta y cuarenta»! Tengo la certeza de que, si el juego cesase, toda esa
vegetación tropical se disolvería inmediatamente como un ensueño.
El silencioso Novoa acogió con una sonrisa estas palabras.
—¡Y qué transformación en las gentes!—continuó el coronel—. Fíjese en el
público del domingo: todos señores, todos igualmente bien vestidos. Las niñas
del país copian lo que ven á las mundanas elegantes, y ¡figúrese usted si
vienen aquí mujeres de esa clase!... No se ve un mendigo ni un haraposo. Nacer
aquí significa algo: da la certeza de tener la vida asegurada. El Casino cuida
de todos; nunca falta un puesto para un hijo del país en las salas de juego, en
los jardines, en el teatro; y cuando no, en la policía, en las oficinas
administrativas, en lo que depende del príncipe, y es pagado igualmente con
dinero de la Sociedad. Llegar á «jefe de mesa» es el mariscalato de un
monegasco. Puede ganar hasta mil francos al mes y además las propinas: lo que
tal vez no ganará usted nunca, profesor. Y acaba construyendo su «villa» en lo
alto de Beausoleil, donde cuida su jardín viendo á sus pies el Casino, la casa
de la buena madre... Todos comen, con tal que sepan callar y no se mezclen en
lo que no les importa. Un viejo cochero que me sirve algunas veces se atrevió á
ser franco una noche, porque estaba algo borracho.
Su mujer lleva treinta y tantos años en los water-closets del
Casino (sección de señoras), sus hijas trabajan en la limpieza, sus hijos están
empleados en el teatro. Todos cobran. Los viejos tienen su jubilación, los
enfermos perciben un socorro, viudas y huérfanos cobran pensiones por el
empleado muerto. «Esto es un gran país, señor—me decía el cochero—; el mejor
del mundo. Aquí todos viven, siempre que sepan ser discretos y no tengan mala
cabeza...» Y discretos lo son todos. Además, se vigilan entre ellos y tienen
miedo á que los denuncie su mejor amigo si hablan del escándalo último ó de un
suicidio de jugador. Para el extranjero, ninguno de ellos sabe nada.
—¿Y cuando alguien habla?—preguntó Novoa—. ¿Y si alguna es de mala
cabeza?
—Lo destierran. Este es un despotismo paternal que no se atreve á
mayores castigos. La policía del príncipe le hace atravesar media calle y lo
pone en la acera francesa... No se ría usted: esta pena es cruel. Los
desterrados de otros países acaban por acostumbrarse á su desgracia, porque
viven lejos y sólo ven á su patria con el pensamiento, pero el de aquí casi
puede tocarla con la mano: no tiene mas que atravesar el ancho de una calle.
Como todo está en pendiente, contempla su casa unos cuantos tejados más allá.
De la chimenea sale el humo del almuerzo, y él no puede ir á sentarse á su
mesa; la familia está en las ventanas, y tiene que hablarla por señas. Además,
y esto es lo peor, ve cómo los demás que fueron prudentes siguen su vida dulce
á la sombra del Casino, y el tiene que buscar una nueva profesión, un trabajo
mas duro... Tan intolerable resulta este martirio, que acaba por huir á una
ciudad lejana, para que transcurran unos cuantos años y le perdonen.
Don Marcos volvió á hacer el elogio de Monte-Carlo. Las gentes que
perdían su dinero en el Casino guardaban un mal recuerdo; pero ¿dónde encontrar
una ciudad más tranquila, plácida y limpia, con su temperatura primaveral en
pleno invierno?...
—Todo el mundo pasa por aquí: mucho pillo, pero también se ven gentes
ilustres y puede uno gozar de una sociedad distinguida.... Yo apenas juego, y
por esto aprecio la hermosura del país. Es más:
siento á veces la satisfacción del que disfruta gratis las cosas; y cuando
contemplo los paseos hermosos, cuando asisto á los conciertos y á las óperas y
gozo la dulce paz de una ciudad en la que no hay miseria ni revolucionarios
desesperados, me digo: «Esto lo pagan los jugadores y yo lo disfruto. Ellos
pierden para que yo viva bien.»
Mientras Novoa sonreía otra vez, el coronel insistió en su admiración.
—¡Parece imposible que la ruleta haga tantos milagros!... Y sólo podemos
hablar de lo que esta á la vista. El juego ha costeado ese puerto de La
Condamine tan bonito: un puerto de yates, con sus muelles elegantes que son
paseos. Debe haber intervenido igualmente en la restauración del castillo de
los príncipes. Hasta contribuye al fomento de la vida espiritual y al prestigio
de la religión. Antes de la ruleta no había mas que simples curas en Mónaco;
desde que triunfó el Casino existe un obispo y canónigos, y se ha levantado una
hermosa catedral bizantina que sólo necesita, según dice Castro, que el tiempo
la ennegrezca un poco. La misa de los domingos figura entre las grandes
diversiones del principado. Los diarios de Niza publican el programa de lo que
cantará la capilla junto con el programa del concierto en el Casino: canto
llano de los maestros mas célebres, de Palestina ó de nuestro Vitoria...
Novoa le interrumpió:
—Hay, además, el Museo Oceanográfico. El solo basta para justificar y
purificar todo el dinero procedente del Casino.
Dijo esto con la voz dulce y el gesto algo desmayado que lo eran
habituales, pero había en sus palabras la firmeza mística del creyente.
El coronel asintió. El Museo que entusiasmaba al profesor era obra del
príncipe soberano; y él sentía un profundo respeto por «Alberto», como le
llamaba familiarmente. Había sido oficial en la Armada española; había navegado
como teniente de navío por las costas de Cuba; elogiaba en sus libros á los
viejos marinos españoles, sus primeros maestros en el arte de navegar. ¿Qué más
para que lo venerase don Marcos?...
—Siempre que asiste á una ceremonia en su principado viste el uniforme
de almirante español... Y es un hombre de ciencia: eso lo sabe usted mejor que
yo...
Dejó hablar á Novoa. Tres cuartas partes del planeta estaban cubiertas
por los mares, y la humanidad había permanecido siglos y siglos sin deseos de
conocer la misteriosa vida oculta en el abismo de las aguas. Los navegantes, al
deslizarse por su superficie, iban guiados por la rutina ó por experiencias
fragmentarias, sin llegar á abarcar las leyes fijas y regulares de las
corrientes de la atmósfera y las corrientes marinas. La ciencia, que lleva
realizados tantos descubrimientos en solo un siglo de existencia, se detenía
desalentada ante las orillas del Océano. Los sabios, en sus laboratorios, sólo
necesitaban para sus trabajos aparatos fáciles de adquirir; ¡pero estudiar los
mares, vivir en ellos años y años!... Para esto era preciso disponer de buques,
fabricar un material costoso y nuevo, mandar hombres, gastar millones, errar
pacientemente por los desiertos oceánicos, sin ambición, sin prisa, esperando
que el «gran azul» librase sus secretos casualmente; exponer muchísimo para
conseguir muy poco. Sólo un soberano, un rey, podía hacer esto; y el antiguo
oficial de la marina española, llegado á príncipe, lo había hecho.
—Gracias á él—prosiguió Novoa—, la oceanografía, que apenas era nada,
aparece hoy como un estudio serio. Sus yates han sido laboratorios flotantes,
cruceros de la ciencia, que poco á poco han realizado las primeras conquistas
de la profundidad. Con sus flotadores errantes ha afirmado de un modo cierto
los viajes circulares de las corrientes atlánticas; con sus sondajes minuciosos
reveló los misterios de la vida submarina en los diversos pisos de la masa
oceánica. Los sabios han podido navegar y estudiar sin apremios de economía
gracias á él. Por su munificencia se han publicado hermosos libros, se han
abierto museos, se han hecho excavaciones en la tierra que aclaran el origen
del hombre.
—Y todo eso—interrumpió el coronel, persistiendo en su anterior
admiración—con dinero del Casino. El juego costea los cruceros científicos, el
carbón y el personal de las lejanas expediciones, la impresión de libros y revistas, las subvenciones á los jóvenes que desean
perfeccionar sus estudios, el Instituto Oceanográfico de París, el Museo
Oceanográfico de Mónaco donde usted trabaja, el Museo Antropológico... Y hay
que contar que todo esto no es mas que una propina que abandonan los
accionistas... ¡Lo que produce ese palacio que muchos encuentran horrible!...
—Nada importa la procedencia de las cosas cuando resultan útiles—dijo el
profesor con dureza—. Nadie pregunta á los gobiernos, al recibir su ayuda para
una obra benéfica, cuál es el origen del dinero. Muchas veces lo han extraído
con más crueldad y violencia que lo sacan en este lugar, adonde todos acuden
voluntariamente. Bueno es que el dinero de los ambiciosos, de los ilusos, de
los que sienten un vacío en su vida que no saben cómo llenar, sirva por primera
vez para algo grande y humano. Fíjese en lo que lleva hecho por la ciencia en
pocos años este príncipe de un Estado minúsculo. ¡Si los grandes emperadores
dedicasen á empresas semejantes la inmensa fuerza de que disponen! ¡Si
Guillermo hubiese hecho lo mismo, en vez de preparar la guerra toda su vida!...
¡Lo que tendría adelantado la humanidad!
El coronel, por considerarse hombre de guerra, sólo admitió á medias
estas palabras del profesor. La espada, la gloria militar, eran algo: el mundo
resultaría feo sin ellas... Pero se calló, no atreviéndose á turbar el
entusiasmo de su amigo.
—Todos los pecados de un lado se redimen al otro.
Novoa, al decir esto, señalaba la masa del Casino irguiendo sus cúpulas
y torrecillas policromas sobre la meseta de Monte-Carlo. Luego su índice
trazaba una raya en el aire pasando por encima del puerto, é iba á apuntar
sobre la eminencia de la izquierda, ó sea el peñón de Mónaco, un edificio
cuadrado y enorme que descendía sus muros hasta las olas, un palacio nuevo,
cuya piedra guardaba aún la blancura de la estearina en esta atmósfera pocas
veces rayada por la lluvia: el Museo Oceanográfico.
Don Marcos sonrió ante este contraste.
—Lo mismo que don Atilio. Cada vez que contempla desde
aquí el panorama, se fija en esos dos palacios separados por la boca del puerto
y que ocupan los dos promontorios. Dice que el uno justifica al otro, y añade
que son... ¿cómo dice él? ¿una antítesis?... No: es otra cosa.
A través de los árboles llegó desde Villa-Sirena el mugido metálico de
un gong llamando á los huéspedes, esparcidos en el parque ú
ocultos todavía en sus habitaciones. El coronel lo escuchó con placer. «El
almuerzo.»
Lanzó una última mirada á los dos enormes edificios, el uno erizado de
remates agudos y multicolor, el otro cuadrado y de una blancura uniforme. Entre
ambos promontorios, á ras del agua, venían á encontrarse las dos escolleras
nuevas que cerraban el puerto, con dos torrecillas octógonas que flanqueaban la
boca, rematadas por linternas de faro: la una de vidrios verdes, la otra de
vidrios rojos.
El coronel se dió un golpe en la frente y sonrió á su compatriota:
—¡Ah, sí, ya recuerdo!... Dice que el Casino y el Museo forman un
símbolo.
Quince días llevaba de existencia, sin desacuerdos ni obstáculos,
aquella asociación que Atilio había titulado de «los enemigos de la mujer».
¡Libertad completa! Villa-Sirena era de todos, y su dueño parecía un invitado
más.
Al levantarse Castro, bien entrada la mañana, veía en un rincón del
jardín al príncipe, despechugado y con los brazos desnudos, manejando una
azada. El complemento de la nueva vida era para él cultivar una pequeña huerta,
dándose la satisfacción de comer legumbres y oler flores que fuesen producto de
su trabajo. Este hombre que había tenido un batallón de servidores en torno de
él para las necesidades de su existencia, deseaba ahora bastarse á sí mismo,
conocer la seguridad orgullosa del que sólo confía en sus brazos. Resultaban
vanas sus invitaciones á Castro para que imitase este ejercicio sano y
provechoso, que era al mismo tiempo una vuelta á la primitiva sencillez.
—Gracias: no me gusta Tolstoi. Como vida simple, prefiero ésta.
Y se tendía en el musgo, al pie de un tronco, mientras el príncipe
seguía cavando su huerta. Hablaban de los compañeros. Novoa estaba en la
biblioteca ó vagaba por el parque. Algunas mañanas tomaba el tranvía á primera
hora para ir á Mónaco y continuar sus estudios en el Museo. En cuanto á
Spadoni, nunca se levantaba antes de mediodía, y muchas veces el coronel
golpeaba su puerta para que no llegase con retraso á la mesa del almuerzo.
—Sólo se duerme al amanecer—dijo Atilio—. Pasa la noche consultando sus
apuntaciones sobre la marcha del juego. A veces se mete en mi cuarto cuando
estoy durmiendo, para comunicarme una de las innumerables martingalas que acaba
de descubrir, y tengo que amenazarle con una zapatilla. Guarda en su
habitación, entre los cuadernos de música, rimeros de hojas verdes que
contienen día por día todo un año de juego en las diversas mesas del Casino...
Está loco.
Pero Castro se guardaba de añadir que muchas veces pedía prestado á
Spadoni su archivo para comprobar los propios cálculos, y á pesar de burlarse
de sus invenciones, arriesgaba sobre ellas algún dinero, por una superstición
de jugador que cree en el instinto de los inocentes.
Después del almuerzo, los dos se apresuraban á marcharse al Casino. El
príncipe, si no asistía á un concierto, se quedaba con Novoa y el coronel en
una loggia del piso alto, contemplando el mar. La guerra había
poblado esta parte del Mediterráneo. En tiempos normales era un mar desierto y
monótono, sin otros incidentes que el revuelo de las gaviotas, los espumosos
saltos de los delfines y algún que otro trapo de barca pescadora. Los vapores y
los grandes veleros apenas si se marcaban como una pequeña sombra en el
horizonte, navegando rectamente de Marsella á Génova, sin contornear el extenso
golfo de la Costa Azul. Pero ahora el peligro submarino había obligado á la
navegación comercial á deslizarse al amparo de las costas. Casi todos los días
pasaban convoyes: vapores de carga de diversas nacionalidades
pintarrajeados como cebras para disminuir su visibilidad y escoltados por
torpederos franceses é italianos.
Estos rosarios de buques, navegando tan cerca de la costa que podían
leerse sus títulos y distinguir á sus capitanes erguidos en el puente, hacían
hablar al príncipe y al profesor de los horrores de la guerra.
Intervenía el coronel á veces en el diálogo, pero era para lamentarse de
los obstáculos que oponía la tal guerra á sus funciones de intendente. Cada día
resultaba más difícil su gestión. No encontraba nada que valiese la pena de ser
presentado en una mesa como la del príncipe, y eso que los precios pagados por
él le producían indignación al compararlos con los de los tiempos de paz. ¡Y la
servidumbre!... Había hecho venir criados de España, ya que todos los del país
estaban en el ejército, pero se los sonsacaban inmediatamente los dueños de los
hoteles. Todos preferían servir en cafés ó alojamientos de continuo tránsito,
seducidos por el azar de las propinas y el roce con las camareras de blanco
delantal.
Había improvisado un servicio de comedor con aquellos dos muchachos
italianos de Bordighera cuyas familias estaban instaladas en Mónaco. El mayor,
más avispado, se apellidaba Pistola, y trataba despóticamente á su compañero,
largándole hipócritas patadas y coscorrones en pleno comedor cuando el coronel
estaba de espaldas. Atilio, por la atracción del consonante, había apodado
Estola al compañero de Pistola, y todos en la casa aceptaban el nombre, hasta
el propio interesado.
—¡Lo que me ha costado adecentarlos y educarlos!—gemía Toledo—. Y ahora
parece que los van á llamar de Italia para que sean soldados... ¡Más hombres á
la guerra! ¡Hasta estos chicuelos, que aún no tienen la edad!... ¿Qué haremos
cuando se vayan Estola y Pistola?
Muchas noches, á la hora de comer, sufría quebrantos la disciplina de la
comunidad. El primero que faltó fué Spadoni. Llegaba después de media noche,
diciendo que había comido con unos amigos. Otras veces no volvía; y
transcurridos varios días, se presentaba tranquilamente, como
si hubiese salido horas antes, con la serena inconsciencia de un perrillo
vagabundo. Nadie podía saber con certeza dónde había estado. El mismo lo
ignoraba. «Encontré á unos amigos...» Y en el curso de media hora, estos amigos
eran los ingleses de Niza ó una familia de Cap-Martin, como si hubiese vivido
en los dos lugares al mismo tiempo.
Atilio también faltaba. Un compañero de juego le había enseñado en el
Casino los pequeños cartones partidos en columnas que sirven para marcar las
alternativas del «rojo» y el «negro». Varias damas extraían de sus sacos de
mano, entre el pañuelo, la caja de polvos, el lápiz para los labios, los
billetes de Banco y las fichas de diversos colores, que son el dinero del
juego, unos documentos de igual clase. Todos los textos estaban acordes. Por la
mañana y por la tarde perdían los «puntos» y ganaba la casa; pero á partir de
las ocho de la noche, una fortuna loca sonreía á los jugadores. Las
estadísticas no podían ser más claras: imposible la duda. Y Castro renunciaba á
la buena mesa de Villa-Sirena, contentándose con un bock y un
emparedado en el bar. Luego regresaba á media noche en un carruaje
de alquiler, pagando á manos llenas al cochero asombrado. Otras veces, de pie
ante la verja, rebuscaba en su portamonedas antes de reunir el precio de la
carrera. Los hados habían mentido. Los augures de los cartoncitos estaban á
aquellas horas tan limpios como él.
Toledo mascullaba protestas. Este desorden le hacía lamentar una vez más
la escasez de personal. La servidumbre se levantaba tarde, á causa de sus
esperas nocturnas. Por esto el coronel sentía la satisfacción de un gobernador
de fortaleza que ve todas las poternas cerradas y siente las llaves en su
bolsillo, las noches en que no faltaba ningún compañero del príncipe. Después
de la comida escuchaban á Spadoni. Sentado ante un gran piano de cola, hacía
música á su capricho ó seguía las órdenes del príncipe, melómano de gustos
pervertidos por un excesivo refinamiento, que sólo deseaba obras de autores
extravagantes y obscuros.
Castro, que era pianista, no podía á veces ocultar su entusiasmo ante
los prodigios de este ejecutante.
—¡Y pensar que es un imbécil!—exclamaba con la franqueza de la emoción—.
Todas sus facultades las ha deformado y aglomerado, concentrándolas en la
música, sin dejar nada para los demás... No importa; es un idiota... pero un
idiota sublime.
Algunas noches, Spadoni se quedaba con un codo en el teclado y la frente
en la diestra, como si la música le ensimismase, cuando, en realidad, lo que
danzaba debajo de sus melenas eran cuadrados rojos y negros, muchos naipes y
treinta y seis números formando tres filas presididas por el cero. El príncipe,
molestado por este silencio, se dirigía á Castro.
—Cuéntanos algo de tu abuelo don Enrique.
Este abuelo había sido casado con una tía del general Saldaña; y aunque
Atilio no alcanzó á conocerle, hablaba con frecuencia de él como de un
personaje curioso que le inspiraba cierto orgullo ó amargas ironías, según el
estado de su ánimo. Era un hombre de belicoso humor y sombríos entusiasmos, que
había acabado de dilapidar la fortuna de la familia, ya quebrantada por los
antecesores. Emparentado con un gran número de aristócratas, terminó por negar
este parentesco, como si fuese algo vergonzoso. Los títulos de nobleza de su
familia dejó que los tomasen otros. El lema que figuraba, desde siglos en el
escudo de los Castro lo había reemplazado con uno de su invención, que resumía
su vida entera: «Mañana más revolucionario que hoy.» Durante treinta años no hubo
en España insurrección triunfante ó abortada en la que no interviniese este
caballero de gesto sombrío, quisquilloso, espadachín, que trataba á los hombres
como un déspota y estaba dispuesto á morir por la libertad del género humano.
—¡Un don Quijote rojo!—decía Castro.
De niño recordaba haber jugado con su sable, fabricado en Toledo: un
arma repujada de oro, con arabescos copiados de la vieja espada del descubridor
y conquistador Alvaro de Castro, que había sido Adelantado en las Indias. Pero
en lo alto de la hoja, donde los abuelos ponían su mote de fidelidad á Dios y
al rey, él había hecho grabar «¡Viva la República!». Sin este sable
caballeresco, se negaba á tomar parte en una
revolución. Lo había llevado de Sicilia á Nápoles siguiendo á Garibaldi para
destronar á los Borbones. «Mañana más revolucionario que hoy»; y sus compañeros
le parecían de pronto unos reaccionarios, lo que le hacía buscar nuevas
doctrinas que colmasen su insaciable deseo de destrucción y renovación. Al fin,
este descendiente de Adelantados y Virreyes acabó por ingresar en la primera
«Internacional de trabajadores». Y lo más extraordinario fué que su primitiva
educación, sus altiveces y sus acometividades paladinescas le acompañaron en
esta vida nueva, haciéndole convertir la más insignificante divergencia de
doctrina en un «asunto de honor».
Por discusiones de comité se había batido en París con un «camarada»
obrero. Apenas cruzaron los sables, el trabajador recibió un corte en la
cabeza.
—Es justo—dijo el herido limpiándose la sangre—. El marqués, que ha
podido aprender el manejo de las armas, debe pegarle al hijo del pueblo.
Don Enrique palideció ante esta ironía, y por restablecer la igualdad,
por suprimir sus ventajas históricas, levantó el sable, dándose una feroz
cuchillada en el cráneo, mientras corrían los testigos á sujetarle para que no
reincidiese.
Después de seguir por segunda vez á Garibaldi en la guerra de 1870,
batiéndose contra los prusianos en Dijón, el movimiento insurreccional de la
Commune le atrajo á París.
—Creo que lo hicieron general—decía Atilio—. En aquella mascarada
trágica debió sufrir mucho. Lo cierto es que lo fusilaron las tropas del
gobierno y nadie sabe dónde fué enterrado.
La admiración por este abuelo de vida novelesca se amortiguaba al pensar
en su madre. Pobre, huérfana y olvidada de sus parientes, había tenido que
casarse con un hombre que casi podía ser su padre, llevando fuera de España la
vida errabunda de las familias del cuerpo consular. Atilio había nacido en
Liorna, recibiendo el mismo nombre de su padrino, un viejo señor italiano amigo
del cónsul de España. El recuerdo de su abuelo venía á entenebrecer de vez en
cuando la existencia de su pobre madre, resignada y
devota. En Roma, los españoles de paso, todos gentes de sanas ideas que
llegaban para ver al Papa, torcían el gesto al enterarse de su origen. «¡Ah!
¡Usted es la hija de Enrique de Castro!...» Y ella parecía encogerse, pedir
perdón con sus ojos tristes y humildes.
—Yo no reniego de mi abuelo—añadía Atilio—. Me hubiese gustado
conocerle. Lo único que lamento es que nos dejase tan pobres; aunque sus
antecesores ya habían hecho más que él para arruinarnos.
Los días en que había perdido se mostraba más quejumbroso, recordando
las inmensas posesiones de los Castro de la conquista americana.
—Hay ahora inmensas ciudades en campos que dió el rey á mis antecesores.
Uno de mis remotos abuelos apacentaba sus caballos y construía su barraca
colonial donde existen actualmente jardines, monumentos y grandes hoteles. Eran
centenares de millones de metros: á una peseta el metro, ¡imagínate, Miguel!
Sería más rico que tú, más rico que todos los millonarios del mundo... Y no soy
mas que un mendigo bien trajeado. ¡Ira de Dios! ¿Por qué no guardaron mis
abuelos sus tierras, en vez de dedicarse á servir al rey ó al pueblo? ¿Por qué
no hicieron lo que cualquier patán que conserva religiosamente lo que le
entregaron sus antecesores?...
Otras noches, sentados en la loggia, escuchaba el príncipe á
Novoa ante el nocturno espectáculo del cielo y del mar. No había más luz que el
velado resplandor que llegaba desde un salón lejano. La costa estaba obscura.
La silueta de Monte-Carlo y de Mónaco se recortaba sobre el fondo estrellado,
sin un solo punto rojo. Eran escasos los reverberos en la ciudad, y además
tenían los vidrios pintados de azul. Los farolones de la escalinata del Casino
estaban enfundados como las linternas de un coche fúnebre. La amenaza de los
submarinos alemanes mantenía á todo el principado en la obscuridad, lo mismo
que las costas de Francia. Sólo á la entrada del puerto de Mónaco las dos
torrecillas octogonales tenían en sus cimas un faro rojo y un faro verde, que
derramaban sobre las aguas un zigzag de rubíes y otro de esmeraldas.
En esta penumbra, puesto de pie y mirando á los astros, Novoa hablaba de
la poesía de la inmensidad, de las distancias que dan el vértigo al cálculo
humano. A Spadoni le era imposible imitar la atención del príncipe y de Castro.
¿Qué podía importarle la llamada estrella tricolor? Los millones de millones de
leguas de que hablaba el sabio despertaban su bostezo; y por una asociación de
ideas, se dedicaba á jugar mentalmente, suponiendo que acertaba cincuenta veces
seguidas, siempre doblando.
Ponía una simple moneda de cinco francos—la puesta menor que admiten en
el Casino—, y á los veinticinco golpes se detenía con espanto. Había ganado
treinta y tres millones y medio de duros: más de ciento sesenta y siete
millones de francos. ¡Solamente en veinticinco minutos!... El Casino cerraba
sus puertas, declarándose en quiebra; pero esto no conseguía sacarle de su
delirio. La prodigiosa pieza de cinco francos continuaba sobre el paño verde al
lado de una montaña de dinero que seguía creciendo y creciendo. Había que
completar los cincuenta golpes, siempre doblando. Dió cinco más en su
imaginación y se detuvo. Ya había ganado mil setenta y tres y pico de millones
de duros: más de cinco mil millones de francos. Tendrían que entregarle el
principado entero de Mónaco, y aun esto tal vez no alcanzase á cubrir la deuda.
Al golpe treinta y cinco, el simple «napoleón» se había convertido en treinta y
cuatro mil millones de duros: ciento setenta y un billones de francos. No le
iban á pagar; estaba seguro de ello. Sería necesario que se reuniesen todas las
grandes potencias de Europa, que se aliasen como para una gran guerra, y aun
así tal vez no hiciesen honor al crédito que les presentaba el pianista Teófilo
Spadoni.
Ya no podía calcular mentalmente. A los veinte golpes tuvo que valerse
del lápiz que le servía en el Casino para marcar la marcha del juego y de
aquellos cartones divididos en columnas que facilitaban los empleados. El dorso
resultaba estrecho para sus ganancias, que se ensanchaban, formando cantidades
quiméricas. Siguió su juego triunfador. En el golpe cuarenta se detuvo. Cinco
millones de millones de francos. Decididamente, no le podían
pagar ni en Europa ni en el mundo entero. Las naciones tendrían que ponerse en
venta, el globo terráqueo saldría á pública subasta, los hombres serían
esclavos, todas las mujeres se alquilarían para entregarle el producto de su
deshonor; y aun así, sería preciso que solicitasen un plazo de unos cuantos
miles de años para quedar bien con él, acreedor del universo, sentado en su
banqueta de pianista como sobre un trono.
Aunque tenía la certeza de que le engañaban, de que nadie en la tierra
ni el cielo podía afianzar á la banca, siguió jugando. Sólo quedaban diez
golpes. Y cuando dió el que hacía cincuenta, tuvo un rasgo magnánimo. Regaló
con el pensamiento á los empleados del Casino los centenares, los miles, los
millones y los millones de millones. El se quedaba simplemente con la cifra que
figuraba á la cabeza de la ganancia, y escribió en su cartoncito:
5.000.000.000.000.000 de francos
¡Cinco mil billones!... Como producto de cincuenta minutos de trabajo,
no estaba mal.
Llamó de pronto su atención el silencio con que el príncipe y Castro
escuchaban á Novoa, y fijó en éste sus ojos de visionario todavía deslumbrados
por el revoloteo áureo de la Quimera.
También el sabio hablaba de millones de millones, de cifras que no podía
abarcar con palabras y detallaba repitiendo uno tras otro docenas de ceros. El
pianista creyó entender que profetizaba la vejez del sol dentro de un plazo
(aquí una cifra interminable), la desaparición de la vida presente, la fuga del
astro hacia una constelación remotísima, su apagamiento y su muerte (otra cifra
que infundía miedo).
Sonrió Spadoni con desprecio. El sol, la constelación de Hércules adonde
éste se dirige, los cien mil millones de millones de años que necesita para
llegar á ella, los diez y siete millones de años que tardará en apagarse,
dejando de calentar la vida de la tierra, todos los cálculos de este sabio,
¡miseria, pura miseria! Si él dejaba su moneda sobre la mesa cincuenta veces
más, las cifras de la astronomía iban á resultar
despreciables y ridículas al lado de una ganancia obtenida en cien minutos.
Sólo Dios podía ser su banquero, pagándole con estrellas como si fuesen
monedas; ¿y quién sabe si el mismo Dios sería capaz de resistir el centésimo
golpe de cinco francos, siempre doblando, y no tendría que declararse en
quiebra?...
Se sumió por algún tiempo en la contemplación interna de su grandeza. Al
volver á la vida exterior, la voz de Novoa seguía sonando con cierto misterio
ante el obscuro horizonte, perforado arriba por las punzadas de las estrellas,
ondeado abajo por la fosforescencia de las olas.
El príncipe le había impulsado á hablar del mar como regulador y origen
de la vida. El pianista se enteró de que los océanos cubren las tres cuartas
partes del globo, y como representan una fuerte mayoría sobre los continentes,
éstos viven sometidos á aquéllos, aunque se crean superiores, como los
gobiernos tienen que sufrir la influencia del sufragio universal y acatar la
fuerza de las mayorías. Todas las grandes leyes atmosféricas se establecen, no
en la reducida superficie de las tierras, rugosa y quebrada, sino en la limpia
extensión de los océanos, que permite á las moléculas obedecer libremente á las
leyes mecánicas de los flúidos.
Spadoni tocó en un codo á Castro. Quería comunicarle en voz baja la
inaudita ganancia que acababa de realizar. Pero Atilio repelió su mano sin
volver la vista y siguió escuchando.
Novoa hablaba ahora de las aguas ardientes condensadas en la atmósfera
primitiva del globo, que se habían precipitado sobre su corteza en formación,
disolviendo ó arrastrando cuanto encontraban en esta superficie acabada de
nacer.
—Con la sal que hay en los océanos—dijo Novoa—se podría construir todo
el relieve del continente africano.
El pianista volvió á agitarse. ¡Una Africa toda de sal! ¿De qué podía
servir eso?...
—Castro, escúcheme—dijo en voz muy queda—. Yo pongo cinco francos y doy
cincuenta golpes, siempre doblando, ¿sabe usted?...
Pero el otro no quiso saber nada, y rechazó el cartoncito que le tendía
ocultamente.
Spadoni, ofendido, cerró los ojos, queriendo aislarse y no escuchar
estas cosas sin importancia para él. Si el sabio hablaba todas las noches, él
perdonaría la hospitalidad del príncipe, yendo en busca de otros amigos.
De pronto, una palabra le sacó de su altivo aislamiento, haciéndole
abrir los ojos. El profesor hablaba del oro arrastrado por las lluvias
hirvientes de la creación planetaria y que estaba disuelto en el mar.
—Sólo hay unos miligramos por tonelada de agua; pero con el que existe
en los océanos se podría formar una mole tan enorme, que, repartida
proporcionalmente entre los mil quinientos millones de habitantes que tiene la
tierra, nos tocaría á cada uno un lingote de cuarenta mil kilos, ó sean
cuarenta mil toneladas de oro.
El pianista avanzó su rostro, estupefacto. ¿Qué decía el profesor?
—Y teniendo en cuenta—prosiguió Novoa—el curso del oro antes de la
guerra, el lingote que nos corresponde á cada uno de los humanos representa
ciento veinte millones de francos.
Fué cortado el silencio por un ruido estridente. Castro volvió la
cabeza, creyendo que Spadoni roncaba. Al ver sus ojos desmesuradamente
abiertos, comprendió que era un suspiro emocionado, una exclamación de
sorpresa.
—Doy mi parte por cien mil francos en billetes—dijo con voz grave.
Y mientras los demás reían, él quedó con la mirada fija en Novoa. ¡El
mar!... ¡quién diría que el mar!... Aquel sabio sabía mucho; y él, con
repentina veneración, se propuso escucharlo siempre.
Una noche, Atilio y el príncipe comieron solos. El pianista se había
fugado á Niza, al salir del Casino, con sus amigos los ingleses, que jugaban
al poker en el landó. Novoa estaba invitado á comer por un
colega del Museo, y no volvería hasta media noche.
Miguel recordó sus impresiones de la tarde. Había ido
al Casino para asistir á un concierto clásico, osando arrostrar la curiosidad
obsequiosa de los empleados y el miedo á tropezarse con algunas de sus antiguas
amistades. Desde la escalinata exterior á las puertas del teatro tuvo que
responder á una serie de profundos saludos de los funcionarios, unos con kepis
y dorados botones, otros de levita solemne, erguidos y dignos como notarios de
comedia. La gente que paseaba por el atrio se fijó inmediatamente en él. «¡El
príncipe Lubimoff!» Todos recordaban su yate, sus aventuras, sus fiestas,
repitiendo su nombre como un eco de gloriosa resurrección. Había tenido que
pasar á toda prisa entre los grupos, con la mirada vaga, fingiéndose abstraído,
para no ver ciertas sonrisas conocidas, ciertos rostros invitadores que le
hacían evocar visiones dulces del pasado.
Buscó un asiento de los más ocultos en la sala de espectáculos, un
rincón de diván junto á la pared; pero también aquí le persiguió la curiosidad.
En torno del atril del director estaban los músicos de más renombre, los que se
engalanaban con el título de «solistas de S. A. S. el Príncipe de Mónaco».
Algunos de ellos habían navegado en el Gaviota II formando
parte de su orquesta. Durante unos compases de espera, el primer violín, al
mirar á la sala para reconocer á sus entusiastas, descubrió á Lubimoff, participando
inmediatamente su sorpresa á los otros solistas. Todos le sonrieron,
dedicándole con los ojos lo que surgía de sus instrumentos, y el público acabó
por fijarse en este señor medio oculto que poco á poco iba atrayendo las
miradas de la orquesta entera.
Al terminar el concierto salió apresuradamente, temiendo que le cortasen
el paso ciertas amigas antiguas que había descubierto entre la concurrencia.
Cruzó el atrio violentamente, hendiendo los grupos que no le dejaban avanzar.
Aquí había llamado su atención un personaje de ademanes majestuosos y aspecto
excesivamente brillante, con sombrero hongo, pero de seda gris bien peinada,
gabán de color de miel con bocamangas de terciopelo del mismo tono y guantes y
zapatos blancos. Las patillas grises estaban unidas al bigote; la raya del
peinado descendía hasta la nuca, y por encima de las
orejas avanzaban, brillantes de cosméticos, dos mechones recortados y teñidos.
—Creí que era un general ruso ó un personaje austriaco vestido de
invierno, con una elegancia digna de la Costa Azul, y eras tú, querido coronel.
Aún no te había visto fuera de Villa-Sirena.
Toledo se ruborizó, no sabiendo si enorgullecerse ó afligirse por estas
palabras.
—Alteza, siempre me ha gustado vestir bien y...
—¿Quién era la señora que hablaba contigo?...
—Era la Infanta. Me contaba que había perdido siete mil francos que le
enviaron de Italia, que no tiene con qué atender á los gastos de su vida, y...
—¿Una flaca con un gran sombrero de cow-boy?... No, no es
esa. Te pregunto por la otra.
«La otra» sólo la había visto de espaldas, pero atrajo momentáneamente
su atención por su esbeltez y su aire de señorío.
—Alteza—dijo don Marcos titubeando—, era la duquesa de Delille.
Un silencio. Y como si con esto le hubiese pillado su príncipe en falta
y necesitara excusarse, se apresuró á añadir:
—Es muy buena con la Infanta. Le regala trajes para sus hijos, creo que
hasta le presta su ropa... ¡Una hija de rey! ¡Una nieta de San Fernando!... Yo
soy un viejo soldado de la legitimidad, y no puedo menos de agradecer que...
Miguel cortó su protesta con un gesto. Basta: no quería oir más. Y se
dirigió á Castro. También lo había visto cerca de la salida del Casino hablando
con otra dama.
—Y yo te vi igualmente—dijo Atilio—, pero ibas impetuoso y con la cabeza
baja, abriéndote paso lo mismo que un toro acosado. ¿Quieres saber quién es
esta señora? ¿Te interesa?...
Lubimoff levantó los hombros; pero su indiferencia era falsa. En
realidad, le había interesado, aunque ligeramente, esta desconocida, rubia,
alta, con un aspecto de vigor esbelto, de ágil soltura, como las gimnastas y
las amazonas.
—Pues es «la Generala»—continuó Castro, sin parar mientes
en la falta de curiosidad de su amigo—. Este generalato no hay que tomarlo en
serio. Es un apodo cariñoso. Creo que lo inventó la de Delille, pues te
advierto que las dos son muy amigas. Es generala como otros pueden ser
coroneles.
Don Marcos no reparó en esta maldad. Atilio se mostraba esta noche de
mal humor, con los nervios excitados, deseoso de morder. Debía haber perdido en
el juego.
—La llaman «la Generala» por su carácter algo varonil, por la rudeza con
que trata á veces á las gentes. ¡Una mujer extraordinaria! ¡Una verdadera
amazona!... Tira á las armas, hace gimnasia, nada en los ríos en pleno
invierno, y además tiene una voz como un suspiro de brisa, gorjea al hablar
como un pájaro, parece que va á desmayarse á la menor emoción lo mismo que una
niña tímida... ¿Quieres saber quién es?... Se llama Clorinda; un nombre de
poema y de comedia antigua. Yo la llamo siempre doña Clorinda; creo que sin
esto le falto al respeto, á pesar de su juventud. Tal vez tiene dos ó tres años
menos que su amiga Alicia. Las dos se detestan, y no pueden vivir separadas.
Una semana por mes chocan, se insultan, cuentan la una de la otra los mayores
horrores; luego se buscan. «¿Cómo estás, corazón mio?» «¿Me guardas rencor, mi
ángel?»
El príncipe sonrió al ver cómo imitaba las palabras y gestos de las dos
señoras.
—Clorinda es americana—continuó Castro—, pero americana del Sur, de una
pequeña República donde sus padres, abuelos y bisabuelos han sido presidentes,
hombres de guerra y padres de la patria. Su generalato no es sin fundamento.
Allá en su país la admiran por su hermosura y por los grandes éxitos que le
suponen en Europa, con ese agrandamiento y desorientación de la distancia. Su
retrato resulta una propiedad pública; figura en todos los paquetes de café y
todos los prospectos de su país. Es la belleza nacional; y cuando envejezca,
siempre existirá un rincón del mundo donde la consideren eternamente joven. Se
casó en París con un joven francés, soñador, algo artista y algo enfermo del
pecho. Por esto mismo lo amó «la Generala». Con un hombre
fuerte é impetuoso se hubiesen matado los dos á los pocos días. Ahora es viuda.
No la creo muy rica; la guerra debe haber disminuído sus rentas, pero tiene
para vivir con desahogo. Hasta me imagino que debe sufrir menos apuros que la
de Delille. Es mujer de buena cabeza.
Calló un momento.
—¡Pero de tan raras ideas! ¡Tan acostumbrada á imponer su voluntad!...
La conocí en Biarritz hace algunos años. Aquí la he visto muchas veces en las
salas de juego: saludos, conversaciones insignificantes. Cuando una mujer
apunta, no admite galanterías que la distraigan. Hoy es la primera vez que
hemos hablado largamente. ¿Sabes lo que me ha preguntado en seguida?... Que por
qué no estoy en la guerra. En vano le he dicho que yo soy neutral y le he
demostrado que la guerra no me interesa. «Si yo fuese hombre, sería soldado.»
¡Y si hubieras visto su mirada al decirme esto!...
Lubimoff dedicó una sonrisa despectiva á esta mujer.
—Para ella—siguió diciendo su amigo—, todos los hombres deben trabajar
en algo, producir, ser héroes. A su pobre marido, dulce como un cordero
enfermo, lo adoró porque pintaba unos cuadros paliduchos y había conseguido
modestas recompensas en varias Exposiciones. Los hombres como yo son para ella
una especie de figurantes alquilados para animar los salones, los casinos, los
balnearios, para sostener la conversación y ser galantes con las damas; pero no
le interesan. Me lo ha dicho esta tarde, una vez más.
—¿Y á ti te duele su opinión?—dijo el príncipe.
Calló Atilio, como si pesase sus palabras antes de hablar.
—Sí, me duele—dijo al fin resueltamente—. ¿Por qué negártelo? Esa mujer
me interesa. Cuando no la veo, no me acuerdo de ella. He pasado meses y años
sin que volviese á mi memoria. Pero así que la encuentro, me domina... la
deseo. Yo, sin ser tú, he tenido también mis satisfacciones amorosas. ¡Pero
esta mujer es tan distinta á las otras!... Además, ¡el placer de vencerla, esa
necesidad de dominación que hay en el fondo de nuestros deseos amorosos!...
Cada vez que hablamos, y ella con su voz de pájaro
y su sonrisa compasiva marca la enorme distancia que existe entre los dos,
quedo triste, mejor dicho, desalentado, como si necesitase alcanzar algo á que
no llegaré nunca por más que me esfuerce. Hoy debería estar alegre: hace meses
que no he tenido una tarde igual. He jugado, y mira... ¡mira! Diez y siete mil
francos.
Había sacado de un bolsillo interior un fajo de billetes azules,
arrojándolo sobre la mesa con cierta furia.
—Llegué á ganar hasta veintiséis mil. Una suerte de amante desesperado,
de marido infeliz... Y sin embargo, no estoy contento.
El príncipe volvió á sonreir, como si una verdad palmaria acabase de
demostrar la certeza de sus afirmaciones. ¡La mujer! Aquella Clorinda, generala
de mil demonios, era una verdadera mujer, que con sólo breves minutos de
conversación había perturbado á Castro y tal vez acabase por quebrantar la vida
dulce, sin placeres violentos pero sin tristezas desesperadas, que llevaban los
huéspedes de Villa-Sirena.
—Y tú, Atilio—dijo con tono de reproche—, te emocionas por esa especie
de virago de voz suave... Tú crees en el amor como un colegial.
Castro adoptó un tono fríamente agresivo. De él podía decir el príncipe
lo que quisiera; ¡pero llamar virago á la otra!... ¿con qué derecho? Ocultó,
sin embargo, la verdadera causa de su enfado, fingiéndose herido por la alusión
á su credulidad.
—Yo no creo en nada; creo tal vez menos que tú. Sé que todo lo que nos
rodea es falso, convencional; mentiras que aceptamos porque nos son necesarias
momentáneamente. Tú admiras, como si fuese algo divino é inconmovible, la
música y la pintura. Pues bien; que se modifique un poco la forma de nuestro
oído, y las sinfonías de Beethoven serán verdaderas cencerradas; que se cambie
el funcionamiento de nuestra retina, y todos los cuadros célebres habrá que
quemarlos, porque nos parecerán lienzos manchados por un juego de niños... que
se transforme nuestro cerebro, y todos los poetas y los pensadores resultarán
pueriles idiotas. No; no creo en nada—insistió rabiosamente—. Para vivir y para entendernos necesitamos que haya arriba y abajo,
derecha é izquierda; y también esto es mentira, pues vivimos en el infinito que
no tiene límites. Todo lo que consideramos fundamental no es mas que un
cuadriculado que inventaron los hombres para que sirva de marco á sus
concepciones.
El príncipe se encogió de hombros, mirándole con extrañeza. ¿A qué venía
todo esto, con motivo de una mujer?...
—Todo mentira—prosiguió—; pero no por ello voy á vivir como una piedra ó
un árbol. Yo necesito falsedades dulces que me canten hasta la hora de la
muerte. La ilusión es una mentira, pero deseo que venga conmigo; la esperanza
otra mentira, pero quiero que marche ante mis pasos. Yo no creo en el amor,
como no creo en nada. Cuanto digas contra él lo sé hace muchos años; pero ¿debo
darle con el pie si me sale al paso y quiere acompañarme? ¿Conoces tú una
quimera que llene mejor el vacío de nuestra existencia, aunque sea poco
durable?...
Miguel acogió la vehemencia de su amigo con un gesto sardónico.
—¿Sabes por qué parezco más joven de lo que soy?—continuó Atilio, cada
vez más exaltado—. ¿Sabes por qué seré joven cuando otros de mi edad serán ya
viejos?... Me finjo irónico, parezco escéptico, pero poseo un secreto, el
secreto de la eterna juventud, que guardo para mí... Puedo revelártelo. He
descubierto que la gran sabiduría de la vida, lo más importante, es «pasar el
rato»; y lleno el vacío que todos llevamos dentro con una orquesta: la orquesta
de mis ilusiones. Lo necesario es que toque siempre, que no queden los atriles
vacíos; una vez terminada una partitura, hay que colocar otra nueva. A veces,
la sinfonía es de amor... Las mías han sido hermosas pero breves. Por eso las
he reemplazado con otra interminable, la de la ambición y la codicia, cuyos
compases son infinitos como las estrellas del cielo, como las combinaciones de
las cartas. Juego. Veo en el girar de la ruleta un castillo que será mío, un
castillo más suntuoso que todos los que existen; un yate superior al que tú
tenías; fiestas interminables. La baraja me hace
contemplar magnificencias como no las soñaron los cuentistas persas. Sus
colores son montones de gemas preciosas. Las más de las veces pierdo y la
orquesta me acompaña en sordina, con una marcha fúnebre de hermosa
desesperación; pero á los pocos compases, esta marcha se convierte en himno
triunfal: la salida del nuevo sol, la resurrección de la esperanza.
Ahora la mirada del príncipe era de piedad. «Está loco», parecían decir
sus pupilas.
—Esta tarde, mi orquesta—continuó—me ha hecho conocer una nueva
sinfonía, algo que no había oído nunca. Mientras ganaba dinero, no pensé una
sola vez en mí. Nada de palacios, ni de yates, ni de fiestas. Pensaba
únicamente en «la Generala», y pensaba con verdadero odio, deseando vengarme de
ella. Quería ganar cien mil francos...(¡qué sabe uno!... ¡tal vez los gane
mañana!) y luego de ganarlos comprar un collar de perlas á la salida del Casino
(los cien mil completos) y enviárselo con un simple anónimo que dijese así,
poco más ó menos: «Homenaje de antipatía de un hombre inútil y despreciable.»
Una carcajada del príncipe despertó con sobresalto al coronel, que, como
buen madrugador, se había adormecido en su asiento. Luego, al notar que Su
Alteza no se fijaba en él, se deslizó fuera del hall, como si le
atrajese algo más importante que aquella conversación de los dos amigos, que
parecían ignorar su presencia.
—Pero ¿qué encuentras tú en el amor?—dijo Miguel—. Porque yo creo que tú
sabes lo que es verdaderamente el amor. Todas esas ilusiones de los
adolescentes, todos los idealismos de los poetas, no son mas que caminos
tortuosos que conducen á un mismo término, al único: el acto carnal. ¿Y no
estás fatigado de él? ¿no te acobarda su monotonía?
La voz del príncipe tomó cierta entonación lúgubre, como si clamase
sobre los escombros de su vida entera. Había encontrado centenares de mujeres
de las que levantan á su paso una muda explosión de deseos. La resistencia
femenil le era desconocida. Es más: habían corrido á él, haciendo
espontáneamente la mitad del camino, acosándole sin orden, obligándolo, por un
pundonor varonil, á sobrepasarse en sus fuerzas con
una prodigalidad que hacía doloroso el placer... ¡Y todas eran iguales! El
comprendía el espejismo de la ilusión en los que admiran desde lejos lo que no
pueden conseguir. Es la curiosidad por lo secreto, el deseo que infunde el
obstáculo, las fantasías mentales que inspiran los trajes, los adornos, todo lo
que cubre el cuerpo femenino, dando á su monotonía la seducción de un misterio
continuamente renovado. Para él, ¡ay! eran todas como si marchasen desnudas.
Nada podía excitar ya su interés: todo lo conocía.
—Además—y su voz se hizo más sorda—, á ti solo te lo confieso. El amor y
la mujer me hacen pensar en la miseria de nuestra existencia, en el inevitable
final, en la muerte. Desde que vivo emancipado de sus engañosas seducciones, me
siento más alegre, más seguro de mí mismo; gozo con ingenuidad del momento que
pasa... No quiero hablarte de las vergüenzas físicas de esos cuerpos que
pretendemos divinizar, de las impurezas diarias ó mensuales que les hace sufrir
la vida con sus exigencias. La mujer es menos sana que el hombre. La Naturaleza
lo ha querido así. Déjala sin los cuidados de la higiene moderna, y resultará
una bestia inmunda, roída por internas suciedades... Pero no es eso lo que me
hace huir de ella.
Calló, añadiendo poco después con tristeza:
—No puedo estar al lado de una mujer sin encontrarme con la imagen de la
muerte. Cuando acaricio su cabellera sedosa, tropiezo con un cráneo pulido,
duro, amarillento, como los que asoman á flor de tierra en los cementerios
abandonados. Un beso en la boca, un mordisco en la barbilla, me hacen ver el
maxilar óseo con sus dientes, casi igual al de los antropoides que están en los
museos. Los ojos morirán; la nariz de graciosas alillas y ventanas sonrosadas
se disolverá igualmente; lo único sólido y cierto son las cuencas negras y la
grotesca chatez de la calavera. Los pechos turgentes no pasan de ser simples
tumores engañosos que disimulan la fúnebre jaula del costillaje; las piernas
que nos parecen adorables columnas son agua y piltrafas que se disolverán, dejando
al descubierto dos largas flautas de cal. Creemos adorar
la suprema belleza, y abrazamos á un esqueleto. Nos horroriza la imagen de la
muerte, y toda mujer la lleva dentro, obligándonos á adorarla.
Ahora era Castro el que miraba con ojos de asombro. «Está loco»,
parecían decir sus pupilas, fijas en el príncipe.
—Lo que tú tienes, Miguel, es que estás ahito—dijo después de un largo
silencio—. Me recuerdas á esas personas que, al sentarse á la mesa, disimulan
con ascos su inapetencia. Las carnes asadas, de suculento perfume, son para
ellas cadáveres, envolturas de pus; los frescos vegetales, las dulces frutas,
concreciones del estiércol y de todos los zumos malolientes que vigorizan la
tierra. El pan y el vino les hacen pensar en las manipulaciones de su
elaboración... Pero si sus sentidos despiertan, si resucitan sus necesidades,
lo ven todo como si acabase de salir el sol y encuentran un encanto inefable en
lo mismo que les repugnaba... ¿Qué me importa que una mujer lleve dentro un
esqueleto? También lo llevo yo, y esto no me impide encontrar muy agradables
los placeres de la vida y considerar que de todos esos placeres el más
interesante es... el encuentro de dos esqueletos.
Castro reía con una conmiseración afectuosa contemplando á su amigo.
—Estás harto, lo repito; tienes la inapetencia y las visiones fúnebres
de los que sufren una dolorosa indigestión... Tú te restablecerás. Eres joven
aún para permanecer en esa atonía: el apetito volverá á ti. Deseo que no
encuentres la mesa puesta como en el pasado, que la dificultad te exalte, que
la negativa te haga sufrir; y entonces... ¡entonces!...
Nunca había visto don Marcos tan enfadado á su príncipe como esta mañana
al anunciarle que la duquesa de Delille le esperaba abajo, en el hall.
—Debías haberle dicho que me he ido; un pretexto cualquiera, un almuerzo
en Niza... Pero estáis de acuerdo, seguramente. ¡Cómo proteges á tu Infanta!...
El coronel, rojo de emoción, intentó refutar estas acusaciones. Si la
duquesa se presentaba de pronto en Villa-Sirena, era tal vez porque él se había
negado á recibir sus encargos para el príncipe.
Al bajar éste al hall, encontró á Alicia de pie junto á una
ventana, mirando los jardines y el mar. Estaba de espaldas, como la había visto
al salir del concierto. Cuando volvió la cabeza, Miguel se dijo que no la
habría reconocido seguramente de encontrarla en otro lugar. Era una hermosa
mujer, pero no se parecía á la que había visto por última vez en aquel
«estudio» de la Avenida del Bosque, lleno de chinerías y malsanos perfumes.
Varios años habían pasado por ella, y sin embargo parecía más fresca, más joven.
Había perdido aquella luz turbia é inquietante que agrandaba sus ojos, dándoles
una fijeza antinatural. Su tez, de una blancura mate y enfermiza, estaba
coloreada ahora por el sol y el aire libre. La antigua esbeltez ondulante y
ligera se había espesado, dando á su organismo la calma y la estabilidad de los
cuerpos que empiezan á cristalizarse en su forma definitiva.
No pudo continuar el príncipe este rápido examen, molestado
por la sonrisa y los ojos de Alicia. Parecía, por su aire tranquilo, que
hubiese estado allí mismo la tarde anterior. Además, Miguel se sintió
repentinamente preocupado por el modo de iniciar la conversación. ¿Le hablaría
en inglés ó en francés? ¿La tutearía como antes?... Ella resolvió sus dudas
hablándole en español, y de tú, lo mismo que cuando eran muchachos.
—Como es imposible ponerse en comunicación contigo—dijo Alicia
sentándose, después de estrechar su mano—, me he decidido á hacer esta visita.
No es muy correcto que una señora venga á visitar á un hombre tan malfamado
como tú; pero ¡habrán venido tantas aquí antes que yo!
Y estas palabras fueron acompañadas de una risa maliciosa. A
continuación se puso seria, y dijo con timidez:
—Vengo por negocios... por un asunto de dinero.
Queriendo retardar la exposición de estos negocios, habló de las
dificultades que la habían obligado á presentarse en Villa-Sirena sin anunciar
su visita. El príncipe podía tener confianza en la exactitud con que su
«chambelán» cumplía sus órdenes. Una buena persona el tal coronel, pero
intratable, lo mismo que un perro feroz, cuando alguien pretendía que
desobedeciera á su amo. Ella le había pedido inútilmente que anunciase su
visita; hasta se negó á aceptar una carta para su señor.
—Hubiera podido escribirte; pero temí que no contestases ó me enviaras
simplemente á entenderme con tu apoderado en París. ¡Hace tanto tiempo que no
nos vemos! ¡Ha sido tan rara nuestra amistad!... Por eso, finalmente, me decidí
anoche á venir á sorprenderte en tu retiro, con la esperanza de que no me
pondrías en la puerta.
Miguel sonrió, haciendo un gesto de escandalizada negativa.
—He venido por mi deuda... por los préstamos que me hizo en otro tiempo
tu madre... Yo ignoraba á cuánto ascienden. Tu apoderado dice que son más de
cuatrocientos mil francos. Así debe de ser, cuando él lo asegura.
Yo pedía en momentos de apuro, y la princesa, que era tan gran señora, daba y
daba, sin que la una ni la otra nos fijásemos en las cantidades... Ahora
comprendo que fué enorme su bondad.
Lubimoff quedó sorprendido por esta noticia. Luego fué recordando que al
morir su madre había dejado una larga nota de todos los préstamos hechos por
ella, y que el nombre de Alicia figuraba entre los deudores. Pero los papeles
quedaron en poder de su administrador, sin que él se acordase más de este
asunto.
Comprendió inmediatamente el motivo de la visita de Alicia. Su apoderado
quería reunir dinero, y falto de los envíos de Rusia, realizaba todo lo que él
poseía en Occidente: créditos á su favor, adelantos hechos á sus protegidos,
fianzas en depósito, hasta los préstamos de la princesa, que, según disposición
suya, sólo debían exigirse en caso de ineludible necesidad.
El estrujamiento general impuesto por las circunstancias había alcanzado
á Alicia. Hacía cuatro meses que la administración Lubimoff le enviaba carta
tras carta, reclamando el pago de su enorme deuda. La última nota del apoderado
era amenazante, en vista de su silencio. Anunciaba una acción ejecutiva ante
los tribunales. La administración guardaba muchas cartas de ella dando las
gracias á la princesa por sus bondades. Además, todos los pagos habían sido
hechos por medio de cheques, cobrados por la misma duquesa.
—Un verdadera insolente tu administrador... El otro día te vi en el
Casino; te vi de espaldas, cuando huías de la gente. Me diste miedo: me imaginé
en aquel momento que eras otro, muy diferente del que yo conocí, y que nunca
nos entenderíamos. Después he pensado que no debes ser tan fiero como
pareces... y he venido.
Miguel, silencioso, parecía hablar con sus pupilas fijas en Alicia. ¿Y
para qué había venido? ¿Qué negocios deseaba proponerle?
Ella sonrió con una expresión de gracioso cinismo.
—He venido para decirte que no puedo pagar ahora... y tal vez nunca;
para suplicarte que esperes... no sé hasta cuándo, y que ese antipático que
administra tu fortuna no me moleste con sus insolencias.
Y como el príncipe permaneciese inmóvil, ella continuó:
—Estoy arruinada.
—Yo también—dijo Miguel—. Todos estamos arruinados. Los que fabrican
para la guerra son los únicos ricos en este momento.
—¡Oh! ¡tú arruinado!—protestó Alicia—. Lo tuyo no es mas que un apuro
del momento. Lo de Rusia se arreglará un día ú otro. Además, tú eres el
príncipe Lubimoff, el famoso millonario. Si yo tuviese tu nombre, ¿quién me
negaría un préstamo?...
Perdió de pronto la sonrisa audaz que había preparado para esta
entrevista. Sus ojos se hicieron más obscuros; su boca se arqueó hacia abajo.
—Mi ruina es verdadera... Mira.
Señaló el triángulo de carne que dejaba libre el escote de su traje. Un
collar de perlas descansaba sobre el blanco pecho. Miguel acabó por fijarse en
estas perlas, atraído por la insistencia de ella. Falsas, escandalosamente
falsas; todas descascarilladas, opacas y amarillentas como gotas de cera. El
entendía un poco de esto; ¡había regalado tantos collares!... Luego, Alicia le
mostró las manos. Dos sortijas de factura artística, pero sin una piedra, de
escaso valor intrínseco, eran lo único que adornaba sus dedos.
—Este vestido es del año pasado—añadió con un tono sombrío, como si
confesase la mayor de las vergüenzas—. Ya no me fían en París. ¡Debo tanto!...
Sólo el sombrero es nuevo. ¡Qué mujer, por pobre que se considere, no compra un
sombrero nuevo! Es lo más visible, lo que cambia incesantemente, lo que hay que
defender. Por suerte, con esto de la guerra no se usan las plumas... Estoy
pobre, Miguel, pobre como tú no has conocido á ninguna mujer.
—¿Y tu madre?...
El príncipe hizo instintivamente esta pregunta. Después tuvo la sospecha
de haber leído años antes, no sabía dónde, tal vez mientras vagaba por los
mares, la noticia de la muerte de doña Mercedes. No estaba seguro; pero la hija
le sacó de dudas.
—¡Pobre señora!... No hablemos de ella.
Pero habló para lamentar sus prodigalidades de devota. Había dedicado
millones á la construcción en España de un hospital enorme por consejo de su
capellán aragonés, el astrónomo de los Campos Elíseos. El mármol entraba en
esta obra como simple material de albañilería; la verja del jardín era forjada
por un célebre fundidor de arte de París dedicado á fabricar estatuas de salón.
Al marcharse el clérigo, fatigado de tanta largueza, el edificio monstruoso
quedaba sin terminar y la preciosa verja á pedazos en el suelo, como hierro
viejo. Luego, el «monseñor» canalizaba la generosidad de la santa dama en otro
sentido. Era necesario propagar la fe por medio del «buen libro», y surgía en
París una nueva casa editorial, inaudita, inverosímil, en la que los paquetes
de libros eran almacenados en estantes de caoba y las hojas plegadas sobre
tableros de laca.
—Los curas se llevaron casi todo lo mío—continuó Alicia—. Tal vez para
cobrar comisiones, sugerían á mamá los gastos más absurdos.
Numerosos campanarios repicaban en los dos hemisferios gracias á doña
Mercedes. Una fundición de campanas trabajaba únicamente para sus regalos.
Además, se sentía arrastrada, por una especie de debilidad amorosa, hacia todos
los bienaventurados desprovistos de renombre.
—Se dedicó en los últimos años á «lanzar» santos. Todos los que
encontraba en el calendario poco conocidos ó de nombre raro le hacían sentir el
deseo de remediar una gran injusticia. Hacía escribir sus vidas, les dedicaba
iglesias, se carteaba con los señores de Roma para sacar adelante á muchos
difuntos que esperaban inútilmente siglos y siglos la hora de su santificación.
Lubimoff acabó por reir del tono rencoroso con que Alicia hablaba de
estos placeres místicos de su madre. ¡Famosa doña Mercedes!... Y ella acabó por
reir igualmente.
—Así fué gastando todas nuestras rentas, que eran enormes. Debía haberme
dejado una verdadera fortuna ahorrada en los Bancos. ¡Una señora que invertía
tan poco en el regalo de su persona!... Y sin embargo, tuve que pagar grandes
cantidades por todos los encargos que había hecho
antes de morir. Ten la seguridad de que el «monseñor» y los otros son mucho más
ricos que yo.
—¿Y tus minas? ¿y tus tierras de América?
La duquesa repitió su gesto de desesperación. ¡Como si no tuviese nada!
Pobre, absolutamente pobre.
—Tú dices que estás arruinado, y la escasez de dinero sólo la sufres
desde hace dos años, tal vez menos. Yo no veo un céntimo de mi fortuna desde
mucho antes de la guerra. Todos se ocupan de Rusia, del bolcheviquismo, porque
es algo que toca de cerca al viejo mundo. ¿Y lo de Méjico, que data de los
tiempos de paz europea?...
Sus tierras se habían perdido lo mismo que si fuesen bienes muebles que
pueden ser trasladados y ocultados. Una revolución agraria, cuyos ecos apenas
llegaban al viejo continente, las había devorado, suprimiendo todo vestigio de
la antigua propiedad. Los mestizos se las repartían á su gusto, para
trabajarlas ó para dejarlas más incultas que antes. ¿Contra quién podía
reclamar, si estas tierras estaban en provincias que cambiaban á cada momento
de dueño y el gobierno de Méjico no ejercía sobre ellas ninguna autoridad?...
Las minas de plata, base de la enorme fortuna de tres generaciones de
Barrios, aún estaban en peor situación.
—Uno de los titulados «generales», un indio, se ha fortificado en el
territorio de mis minas y desde allí desafía á los gobernantes de la capital.
Me dicen que todos los meses saca medio millón de francos en barras de plata.
Las corta en rodajas, les pone su marca, y hace dinero para pagar á su gente.
¡Figúrate si le faltarán partidarios con esa moneda de plata pura, más valiosa
que la de los países civilizados!... Nunca acabarán con él; no tiene mas que
ahondar en lo mío, para crear ejércitos. Esta mala broma viene prolongándose
varios años; y yo, que vivo en Europa, cada vez más pobre, estoy pagando una
guerra interminable al otro lado de la tierra.
A pesar de que el príncipe nunca se había ocupado de sus propios
negocios, quiso darle consejos. Debía ir allá; pedir protección; ella había
nacido en los Estados Unidos.
—Ya lo he hecho—contestó—. Tengo en Nueva York quien se ocupa de mis
asuntos. Pero ¿van á hacer una guerra sólo por mi?... El viaje tal vez lo
emprenda más adelante. Ahora no; me siento sin fuerzas... Tengo preocupaciones
terribles en estos momentos, y aún serían más grandes si me alejase de Francia.
Sus ojos se nublaron; una expresión dolorosa contrajo su rostro. Hizo un
ademán como si buscase el pañuelo en su bolso de mano. Miguel se acordó de
aquel joven que Castro había visto en los últimos años al lado de Alicia. Tal
vez era éste el que provocaba su emoción y le impedía hacer el viaje.
«¡El amor!—se dijo mentalmente—. ¡El amor, cuando ya ha pasado la
juventud!»
Quiso torcer el curso del diálogo, y le preguntó por el duque de
Delille. Sabía que estaba en la guerra; hasta creyó recordar que lo habían
herido en los primeros combates. ¿Vivía aún?...
Al hablar Alicia de su marido, tomó una expresión grave, con gran
extrañeza de Miguel. En otros tiempos le trataba con cierto desprecio. Había
aceptado la libertad de su esposa, con todas sus consecuencias, á cambio de una
pensión enorme. Vivían aparte, y aunque ella encontraba muy dulce esta
independencia, no podía menos de sentir una antipatía femenil hacia este marido
acomodaticio y poco dado á los celos trágicos. Pero ahora sus ideas parecían
cambiadas, y se apresuró á hablar, como si temiese ver en Lubimoff la misma
sonrisa que ella dedicaba otras veces al duque.
—Sí; fué á la guerra. Ya sabes que es mayor que yo: más de veinte años.
Su edad le excusaba de tomar las armas; pero se acordó de que en su juventud
había sido oficial, y fué de los primeros en acudir. ¡Quién lo hubiese creído
de un hombre que parecía sin preocupaciones y se burlaba de todo lo que no
tocase á sus egoísmos!...
Los alemanes lo habían recogido moribundo en uno de sus victoriosos
avances al principio de la guerra. Estaba cubierto de heridas. Después de dos
años de cautiverio lo habían canjeado como inútil, y vivía internado en Suiza,
con un brazo menos.
—¡Pobre hombre!... Me escribe todos los meses. Pesca en
el lago de Ginebra, y piensa en mí más que nunca pensó. Sus cartas casi son de
amor. ¡Cómo transforman las desgracias nuestro carácter! Dice que ve la vida de
otro modo; tiene la esperanza de que después de este cataclismo, que nos habrá
hecho mejores, podremos juntarnos y ser felices. ¡Ah, si yo quisiera!...
Su tono era irónico al mencionar esta felicidad quimérica, pero mostraba
al mismo tiempo respeto y admiración. El duque cazador de una gran dote,
acomodaticio y sin escrúpulos, estaba olvidado. Ahora sólo veía al combatiente
de cabeza blanca, al inválido, que, según los médicos, no podía alcanzar una
larga existencia después de las operaciones sufridas. Y ella procuraba mantener
sus esperanzas, contestando breve y afectuosamente á sus largas cartas de
desterrado.
—Entonces, ¿es por tu marido por lo que no realizas el viaje?—preguntó
Miguel, fingiendo hacer su pregunta de buena fe.
Alicia se agitó ante tal suposición. ¡Pobre Delille!... Ella sentía
otras preocupaciones. Su marido no era el único que había ido á la guerra.
Otros con menos años y con razones más poderosas para amar la existencia habían
sufrido la misma suerte. ¡Los duelos ocultos de esta época!...
Los ojos de la duquesa se humedecieron y el gesto de su boca fué
francamente doloroso.
«Es el pequeño amante, no hay duda—se dijo Miguel—. El chiquillo que vió
Castro.»
Como si adivinase los pensamientos de él y quisiera desviarlos, Alicia
volvió á hablar del motivo de la visita y de su situación.
El príncipe movió la cabeza cuando ella le fué describiendo su asombro
al ver que la riqueza no era algo infinito é inmutable, y que se deshacía...
¡se deshacía! sin que hubiera recurso alguno para evitar su desmoronamiento.
—He malvendido, he tomado el dinero que quisieron darme, sin poner
atención en las condiciones. Todas mis joyas se fueron; unas las vendí en
París, otras aquí mismo... Tú dices que estás arruinado. No; tú no sabes lo que
es eso: yo sí que lo sé. Mi naufragio es más antiguo que
el tuyo; mi buque era mas pequeño... No quiero fatigarte con la relación de mis
pobrezas. Ya no tengo casa en París. Unicamente si mis negocios se arreglasen
volvería allá. No tengo más casa que la de aquí, una «villa» que compré en mis
buenos tiempos. No sonrías; está hipotecada dos veces: cualquier día me echarán
de ella. La tal casa era muy agradable en otros tiempos, cuando yo tenía
dinero; ¡pero ahora, con las escaseces de la guerra!... No hay carbón, la leña
es cara; por las noches hace frío, y se necesita gastar una fortuna para que
funcione el antiguo calorífero. Además, no tengo más servidumbre que mi antigua
doncella, el jardinero y su mujer, que se ocupa de la cocina. Por eso todas las
piezas están cerradas, y Valeria y yo hacemos nuestra vida en dos habitaciones
del primer piso. Allí comemos, allí dormimos... Valeria es una muchacha de
París, una señorita que yo protejo. ¡Figúrate si será pobre para que yo la
proteja!
—Pero tú juegas—dijo el príncipe.
Ella pareció escandalizarse de estas palabras, que sonaban como una
recriminación.
—Juego; ¿qué quieres que haga? Necesito defenderme, ganar mi vida, ¿y de
qué otro modo puede ganarla una mujer como yo?... Sé lo que vas á decirme: que
he perdido mucho. Cierto; mi collar de perlas, el verdadero, lo vendí aquí, y
muchas otras joyas; he perdido grandes cantidades, de las que no quiero
acordarme... Pero entonces no sabía lo que sé ahora... ¡ahora precisamente que
tengo poco dinero para jugar!
Lubimoff sintió asombro ante la fe con que hablaba esta mujer de sus
conocimientos actuales.
—Además—continuó con tristeza—, ¿qué sería de mí si me faltase el juego?
Tú no debes haber olvidado cómo era yo cuando nos vimos la última vez. No te
pasarían inadvertidos ciertos gustos...
Se acordó Miguel de la invitación «á la pipa», de aquel perfume que
llenaba el «estudio» del palacete de la Avenida del Bosque.
—Todo aquello se acabó; el juego y otra cosa me lo hicieron abandonar.
Ahora lo recuerdo con desprecio. Por eso vivo en Monte-Carlo: tengo la
corazonada de que la suerte volverá á buscarme aquí
y no en otra parte. ¿Tú no juegas?
Se irritó Miguel ante esta pregunta. ¿No le había dicho que estaba
arruinado? ¿Iba á imitarla á ella, que empeoraba su situación perdiendo los
restos de su fortuna?
—¡Arruinado!—exclamó Alicia—. Tu mala época no puede ser larga. Eso de
Rusia acabará por entrar en orden. Las grandes naciones tienen allá muchos
intereses para no preocuparse de arreglarlo todo... Lo mío es lo que no se
compondrá en mucho tiempo. No me queda otra esperanza que poder dar un golpe en
el Casino de doscientos mil ó trescientos mil francos, y con esto esperar á que
cambien las cosas.
El príncipe se encogió de hombros. Conocía á los jugadores. Esta mujer,
dominada por su quimera, iba á olvidar el objeto de su visita, divagando sobre
los caprichos posibles de la suerte, como Spadoni ó como el mismo Castro.
—¿Y qué deseas de mí?
Alicia pareció despertar, y otra vez su sonrisa fué audaz y graciosa,
como al principio de la entrevista, una sonrisa de solicitante que llega con la
firme voluntad de conseguir lo que quiere. Ya había dicho en el primer momento
cuál era su pretensión: que no la molestase más el apoderado del príncipe por
aquella deuda olvidada.
—La pagaré algún día, si puedo... Lo más seguro es que no la pague
nunca. Dala por perdida, y dile á ese señor antipático que no me escriba más.
Miguel, seducido por la sencillez con que esta mujer emitía su enorme
deseo, imitó el tono de su voz.
—Está bien; se le dirá á ese señor antipático que no te moleste, que se
olvide de ti.
Y rió como un niño, sin fijarse en que se trataba de sus propios
intereses, pensando únicamente en la cara que pondría su grave apoderado al
recibir tal orden.
—Siempre te he creído bueno y generoso—dijo ella—. ¡Gracias, Miguel!
Algunas veces he discutido con «la Generala» acerca de ti, para hacerla
comprender que eres un hombre de corazón.
—¡Ah! ¿Doña Clorinda es enemiga mía? ¡Si no la he visto nunca!...
—Es una mujer rara. Para ella, todo el que se divierte y no hace cosas
grandes es un hombre antipático. Precisamente nos peleamos ayer para siempre.
No hablemos de ella. Tengo algo más que pedirte...
¿Más?... El príncipe la miró con asombro; pero Alicia se apresuró á
decir que era un consejo lo que solicitaba.
La guerra había trastornado su existencia con una rapidez asombrosa. Los
valores sociales estaban invertidos: las fortunas que parecían más sólidas se
venían abajo.
—Esto pasará, ¿no es cierto?... Es imposible que dure.
—Sí, es imposible—dijo él con gravedad.
A los dos les parecía vivir en otro mundo, rodeados de las incoherencias
de una pesadilla. ¡Ellos teniendo que preocuparse del dinero, que había sido
hasta entonces algo natural en su existencia, como lo es para todos el sol, el
aire ó el agua; viéndose obligados á perseguirlo en su fuga por caminos que
desconocían!... No, esto no era lógico: un breve capricho del destino. Sus
vidas volverían á ser como antes, con la regularidad de las leyes naturales,
que parecen desviarse un momento, pero tornan al fin á su ordenado curso.
Más necesitada y más vieja en esta vida de apuros económicos, ella no
podía imitar la calma con que aceptaba Lubimoff su momentánea ruina.
—Pasará, es seguro; pero mientras tanto, ¿cómo puedo vivir?... Acabas de
librarme de una congoja moral con el olvido de esa deuda. Te lo agradezco. Pero
yo necesito trabajar, ¡yo quiero ganar dinero! ¿Qué me aconsejas?...
El quedó estupefacto. ¿A qué trabajo podía dedicarse Alicia?... Su
pregunta era para ser contestada con una risa. Pero ella estaba frente á él,
grave, convencida de su voluntad para el trabajo, y esperando el luminoso
consejo, como si de él dependiese su destino.
Afortunadamente, la misma Alicia, no pudiendo sufrir este silencio,
empezó á exponerle sus propias ideas. El revoltijo presente justificaba las más
desatinadas resoluciones. Una gran señora podía
adoptar medios de existencia que años antes hubieran provocado escándalo. Ella
conocía en Niza muchas damas rusas que daban grandes fiestas en sus salones
antes de la guerra, y ahora, caídas en la pobreza, se ingeniaban para ganarse
el pan á su modo. Una iba á abrir una tienda de sombreros, contando con sus
antiguas amistades para formarse una clientela. Otra había convertido su
«villa» del Paseo de los Ingleses en casa de huéspedes. Sólo quería admitir
personas distinguidas, militares de los países aliados, pero de coronel en
adelante. Trataría á sus pensionistas como visitas, con toda la distinción de
una gran señora que recibe; solamente que ahora sus días de recepción iban á
ser todos los de la semana.
—¿Qué te parece si yo convirtiese mi «villa» en casa de huéspedes?...
¿Podrías tú ayudarme con algún dinero para renovar muebles y lo que hiciese
falta?... Huéspedes de marca nada más: generales, embajadores retirados que
vienen en busca de sol...
El príncipe contestó con una carcajada.
—¡Pero estás loca!... Te harían todos la corte. A las pocas semanas, tu
establecimiento sería un infierno.
Alicia no insistió, encontrando muy justa la observación. La rusa de
Niza era vieja y horrible comparada con ella. Además, le parecía regular y
lógico que todos los huéspedes se enamorasen de su persona.
«La Generala» le había sugerido otro proyecto. Podía instalar en
Monte-Carlo una casa de té, muy elegante. El atractivo de verla á ella en el
mostrador haría correr á la gente. Para esto necesitaba también el apoyo de una
capitalista.
Otra risotada de Lubimoff.
—¡El té de la duquesa de Delille!... Sería gracioso: pero una vez
agotada la curiosidad, no tendrías otros parroquianos que los que se
interesasen por tus gracias. No; eso no es negocio.
Ella mostró un desaliento algo cómico; ¿qué hacer?... Una señora deseosa
de trabajo no encontraba ocupación en este mundo dirigido y acaparado por los
hombres. Sólo le quedaba como recurso el juego. Era un placer emocionante que
lo hacía olvidar sus preocupaciones, y al mismo
tiempo una esperanza. Diariamente abría con el juego una ventana á la Fortuna,
por si se dignaba acordarse de ella. ¡Quién sabe si alguna tarde plegaría sus
alas de oro sobre una mesa del Casino, dejándose acariciar, como un águila domada,
por las finas manos de Alicia!...
—En los primeros meses de la guerra—continuó—no necesitaba
distracciones; tenía bastante con la realidad de los acontecimientos. ¡Las
angustias que he pasado!... Pero á todo se acostumbra una; las mayores
emociones, al prolongarse, acaban por ser monótonas. No siempre se puede estar
con los nervios en tensión. ¡Y esta guerra es tan larga... tan aburrida! Podía
haber apelado á la caridad para distraerme; entrar en un hospital, cuidar
heridos. Pero nunca he sido hábil para estas cosas, y no quiero servir de estorbo,
por pura vanidad, como otras muchas... Además, estamos acostumbradas á mandar,
á ser las primeras, y por grande que resulte el espíritu de sacrificio, acaba
una por marcharse, no pudiendo sufrir el verse mandada por mujeres más hábiles,
más útiles, pero que hasta ahora han sido inferiores á nosotras... Ahí tienes á
Clorinda: los dos primeros años fué enfermera; estaba de lo más hermosa é
interesante con su vestido blanco y su capita azul. Ella se siente atraída por
todas las cosas grandes: heroísmos, sacrificios, etcétera; pero acabó
peleándose con sus superiores y renunció á su bello papel.
Alicia, con la mirada y el gesto, parecía apiadarse de su inutilidad.
—¿Qué podía hacer yo? Cada vez era mayor mi ruina. En París me
molestaban de cerca mis acreedores; por eso me vine á Monte-Carlo, y jugué para
distraerme y para vivir. «Hay el amor», me decía un viejo académico amigo mío,
con intenciones egoístas, para ser el primero en aprovecharse del consejo.
¡Imagínate tú: el amor-pasión, el amor generoso, como único remedio de las
tristezas de la vida, y á estas horas! ¡Ojalá pudiera ser!... Pero me siento
vieja; yo tengo dos mil años... Tú eres más joven, pero cuentas siglos también.
¡El amor á nosotros!...
Lubimoff sonrió al principio del tono de ironía y desengaño con que hablaba ella. Sí; eran muy viejos. Los
grandes remedios, útiles para la mayoría de la humanidad, no obtenían ninguna
influencia sobre ellos, que estaban como anestesiados por la hartura y el
cansancio... De pronto, un deseo indiscreto conmovió al príncipe. Quiso
aprovechar esta ocasión para hacer una pregunta que se le había ocurrido varias
veces.
—Pero tú—dijo con una franqueza varonil, como si Alicia fuese un
camarada—, tú crees aún en el amor. Me han hablado de un muchacho, casi un
niño, que llevabas á todas partes antes de la guerra. Realmente empezamos á ser
viejos—añadió sonriendo—, y sentimos necesidad de rozarnos con la juventud...
¿Era tu amante?... ¿Es él quien motiva tus preocupaciones?
La duquesa palideció ante estas preguntas, mostrándose indecisa. Luego
quiso hablar. Se notaba en ella el apresuramiento del que desea sincerarse;
pero á su palidez sucedió una oleada de rubor. Por dos veces quiso decir algo,
y al fin hizo un esfuerzo para contener sus palabras, sonriendo con una malicia
forzada.
—No hablemos de eso. Que cada cual guarde sus secretos.
Y para que el príncipe no reincidiese en su curiosidad, siguió
ocupándose del juego. Pero él no la escuchaba, sumido en sus pensamientos.
Había acertado; aquel efebo era su amante, y sufría por él. Tal vez estaba
herido ó prisionero. Este era el gran obstáculo que se oponía á su viaje, lo
que la tenía inmovilizada en Europa, por esa superstición que nos hace creer
que permaneciendo cerca podemos conjurar mejor el peligro. ¡Y parecía muy
enamorada!... Aquí el príncipe hizo mentalmente una serie de exclamaciones.
¡Cerca de los cuarenta años, con un pasado que era toda una historia,
sentir esta pasión tan vehemente, tan juvenil!... ¡Creer todavía en el amor!
Miguel la miró con unos ojos que casi eran de odio. Le molestaba su
apasionamiento por el muchacho, sin acertar á definir el motivo; tal vez por la
indignación que inspiran las gentes aferradas á los errores nefastos,
aceptándolos como verdades consoladoras. Lo cierto es que le molestaba la
conducta de ella.
Y esta repentina animadversión contra Alicia acabó por hacer que se
fijase otra vez en lo que estaba diciendo.
—¡Si tuviese el mismo dinero que antes, cuando tu madre vivía aún, y nos
encontrábamos en Monte-Carlo!... Pero entonces yo no sabía lo que sé ahora.
Jugaba por aturdirme, por saborear la emoción de la pérdida, que en realidad no
me afligía mucho. Sólo apuntaba con placas de mil francos. Creía denigrante
tocar otras con mis manos, y además nunca las arriesgaba solas. Siempre las
ponía formando columna.
—¿Cuánto llevas perdido?...
Ella encogió los hombros, haciendo un mohín desdeñoso:
—¡Quién puede saberlo!... Vengo aquí hace más de doce años. Ni los del
Casino llegarían á calcular el dinero que les he dado. Antes no llevaba yo
cuenta alguna; cuando me hacía falta dinero telegrafiaba á París. Además tenía
á tu madre, tenía á la mía, que acababa por ceder á mis peticione. No quiero
saber cuánto he perdido: me daría rabia... Deben ser millones.
La sonrisa de conmiseración con que la escuchaba Miguel pareció
enardecerla.
—Pero entonces yo no sabía... Ahora necesito ganar, y juego de otro
modo. Lo que me falta es capital. ¡Si yo tuviese capital para trabajar!...
Esta última palabra convirtió la sonrisa de él en franca carcajada.
«¡Trabajar!...» Pero la duquesa siguió hablando seriamente de su «trabajo».
Lamentaba la escasez de sus medios. Unos treinta mil francos era el único
capital de que podía disponer. A veces disminuía de un modo alarmante: los
treinta mil bajaban á ser una simple unidad. Luego resurgían los ceros, y el
producto del «trabajo» se hinchaba, iba subiendo más allá de los treinta mil;
pero como si esta cifra resultase fatídica para Alicia, la ganancia volvía á
descender al nivel ordinario.
—Anoche estuve de suerte: llegué á ganar catorce mil francos. Pero la
semana pasada fué mala. Total, que estoy siempre en los treinta mil: imposible
ir más allá. Y es que no me arriesgo, tengo miedo, y no aprovecho las buenas series como deben aprovecharse, doblando,
siempre doblando. Temo que un golpe se lo lleve todo. ¡Si tuviese capital para
trabajar!... ¡Si entrase en el Casino una tarde con ciento cincuenta ó
doscientos mil francos!... Así hay que ir para dominar á la suerte. Debo hacer
el gran juego... ¡Yo apuntando ahora con fichas de cien francos y hasta de
veinte, como una prestamista retirada!... Por eso la Fortuna no me reconoce y
pasa de largo.
El príncipe movió la cabeza. Se negaba á ayudarla en sus locuras. ¿No
era mejor que guardase esos miles de francos, en vez de perderlos rápidamente,
como le ocurriría el día que menos lo esperase?
—Tú no eres jugador: lo sé—dijo ella—. Nunca te sentiste atraído por esa
voluptuosidad. Por eso ignoras la fuerza misteriosa del juego y das consejos
sobre lo que no entiendes. Si yo dejase de jugar, sentiría inmediatamente mi
miseria; entonces sería pobre de verdad. Mientras juegas, siempre tienes dinero
á mano; ganas, pierdes, pero nunca te falta lo que necesitas para la vida. Y si
pierdes definitivamente, encuentras lo necesario para recomenzar. Yo no sé como
es, pero un jugador nunca carece de dinero. Una simple moneda rehace su
situación en cinco minutos. El pobre que no juega es el que ve siempre sus
bolsillos vacíos, sin esperanza ni remedio.
Miguel siguió protestando con la mirada. Conocía todo esto: eran las
palabras de Spadoni y del mismo Castro, pero con la fanática certeza de las
mujeres, que llevan siempre á los asuntos de dinero un alma mística dispuesta á
creer en los presentimientos y las influencias misteriosas.
—Para el juego no cuentes con mi ayuda... Además, yo soy pobre. En este
momento el coronel debe tener en su caja menos dinero que tú. Casi siento la
tentación de pedirte prestados tus treinta mil francos.
Los dos rieron ante la idea de este préstamo. ¡Ella que había venido á
suplicarle como deudora!...
—Ignoro lo que podré hacer por ti; no sé cuál es mi situación; pero haré
cuanto pueda. Esperemos; hay que tener paciencia. Estos tiempos no pueden
durar.
—No; no pueden durar.
Otra vez les sorprendió lo extraño de aquella pobreza que había caído
inesperadamente sobre ellos. Pero ¿era lógico que continuase la vida del mundo
con la normalidad de siempre, después de estas anomalías particulares?...
Se sentían aproximados por la solidaridad de la desgracia: se
encontraban de pronto como hermanos caídos al pie de una cúspide en cuya altura
se habían evitado antes, con irresistible hostilidad, chocando rudamente.
Miguel experimentaba ahora un motivo de atracción completamente nuevo.
Desde su adolescencia había odiado á la hija de doña Mercedes por su orgullo,
por la superioridad aplastante que conservaba aun en esos momentos de amor en
los que casi todas las mujeres se empequeñecen voluntariamente para refugiarse,
como una esclava feliz, en los brazos del hombre. Ella sólo sabía dar su cuerpo
en forma de limosna altanera, lo mismo que una diosa.
Y ahora, al verla llegar humildemente, impetrando su auxilio sin el
rencor de la altivez humillada, ocultando su miedo con una alegría de buena
amiga que desea olvidar lo pasado, sintió desvanecerse sus antiguas
prevenciones.
El había sido siempre el protector, el amoroso á estilo oriental,
incapaz de interesarse por otras hembras que las de su harén, que todo lo deben
á su munificencia, desde el chapín á los penachos del turbante, las joyas que
adornan su pecho, las confituras que las nutren, la pipa que fuman, el
instrumento que acompaña sus cantos. No le interesaba Alicia como mujer. ¡Ni
ella ni otra! Pero sentía una simpatía de compañerismo al verla necesitada de
su protección; algo parecido á lo que le inspiraban Castro, el coronel y los
otros habitantes de Villa-Sirena. Hasta pensó que la desgracia era aceptable,
ya que servía para devolver á las personas su verdadero carácter. Esta Alicia
tan odiosa en su primera juventud, podía llegar á ser una amistad tolerable
ahora que se veía libre de las influencias de la vanidad y de su mala
educación.
Un estrépito de mugidos de vapor, gritos y silbidos cortó sus
reflexiones. Era un tren de soldados que pasaba.
Ella también volvió á la realidad con este incidente. Pareció fijarse
por primera vez en el lujo discreto y sólido de aquella vasta pieza. Se levantó
para ver de cerca algunos cuadros modernos de pintores célebres que adornaban
los muros. Para ella, las firmas de los artistas eran más interesantes que los
lienzos. Valuaba su mérito con arreglo á la fama de caros que tenían sus
autores.
—¡Lo que vale todo esto!—exclamó con admiración.
—¡Con tal que pueda conservarlos!—dijo Miguel escépticamente—. Bien
podría ser que me obligasen á venderlos.
La duquesa, desde una ventana, contempló los jardines, escalonados hasta
el mar. Muchas veces, yendo de paseo con su amiga Clorinda, había hecho
detenerse en el camino al carruaje de alquiler para contemplar las arboledas de
Villa-Sirena. El coronel, tan galante en el Casino, tan besador de manos, se
mostraba intratable, como un dragón guardador de tesoros, cuando le proponían
una visita, aunque sólo fuese á los jardines. Sin permiso del príncipe nadie
franqueaba la verja.
—Y al llegar tú de París, ni siquiera me he aproximado á tu propiedad.
Me dabas miedo. ¡Si hubieses podido ver qué aire de salvaje tenías la otra
tarde! Cree que he necesitado un verdadero esfuerzo para venir... Pero ahora
somos amigos, ¿no es eso? amigos para siempre... Sé galante con una parienta
que viene á visitarte, y enséñame tus dominios.
Lubimoff no pudo ocultar su contrariedad. ¿Qué deseaba ver Alicia?...
¿Iba á examinar á aquella hora matinal las habitaciones, á curiosear en los
dormitorios, á estorbar á Novoa, que tal vez trabajaba en la biblioteca?...
Pensó en la sonrisa irónica de Castro al sorprenderle guiando por los pisos
altos á una mujer. Apenas había entrado una en Villa-Sirena, empezaban las
molestias para su dueño.
Como si adivinase Alicia estos pensamientos, sonrió graciosamente. No
deseaba ver la casa: se contentaba con visitar los jardines.
—Bastante has hecho recibiéndome aquí—continuó—. Conozco la limitación
de mis derechos: estoy en territorio hostil. Esta es la casa de «los enemigos
de la mujer».
El príncipe fingió no entenderla. Alguien había hablado; tal vez era
Castro, que no ocultaba nada á doña Clorinda.
Pasearon por los jardines. Alicia se detuvo ante un pedazo de tierra
cultivada, de la que empezaban á surgir algunas hortalizas.
—¿Aquí es donde tú trabajas? Ya sé que te diviertes cultivando tu
huerta, como otros príncipes rusos hacen zapatos.
¿También esto?... ¡Ah, Castro charlatán!
En el jardín griego, uno de los bancos de mármol sostenido por cuatro
victorias aladas atrajo la atención de ella, haciéndola permanecer inmóvil y
pensativa.
—¿Te acuerdas del «banco de los viejos»?—dijo de pronto.
Miguel no supo qué contestar á esta pregunta; pero pasados unos segundos
se acordó, como si los ojos fijos de ella le sugiriesen la visión de aquella
noche en que la había abandonado brutalmente.
—¡Cómo te burlarías de mí! ¡Qué tonta debí parecerte!... Sí; una tonta
insufrible. Yo era Venus; era el centro del mundo; todo lo existente, seres y
cosas, se había fabricado para mi persona. Tenía por misión hacer sufrir al
mundo mis caprichos, y el mundo debía agradecerme de rodillas que me fijase en
él... ¡Qué quieres! La juventud, el orgullo pueril de la primavera, que se cree
eterna. Y después... ¡después! ¡Si yo te contase todos mis desengaños, mis
dolores, aun en la época en que no me preocupaba del dinero!... El invierno
borra las ilusiones verdes.
—¡Pero tú no eres vieja!—exclamó Miguel—. Todavía inspiras pasiones á
los jóvenes. Te engañas á ti misma ó quieres burlarte de mí. Aún hay muchos
hombres que al verte...
—Tal vez—repuso ella—; pero tú, hijo mío, no estás entre ellos.
Confiésalo: nunca te he gustado.
El príncipe no quiso confesar nada y desvió la conversación. Le
molestaban estas alusiones al pasado. Alicia volvía
á serle antipática cada vez que intentaba resucitar sus antiguas gracias de
perturbadora de hombres.
Vagaron más de media hora por los diversos planos de los jardines. De
vez en cuando, Miguel, al pasar por un claro de la arboleda, lanzaba una mirada
cautelosa hacia la «villa». Nadie en las ventanas; pero él presintió una
agitación interior á causa de esta visita. Le espiaban, estaba seguro. Atilio,
detrás de los visillos, seguía indudablemente sus paseos entre los árboles. Tal
vez Spadoni, que había pasado la noche en Villa-Sirena, saltaba de la cama,
perdiendo dos horas de sueño, para contemplar esta novedad estupenda. Hasta
Novoa habría suspendido su lectura para mirar hacia el jardín.
Alicia notó esta soledad. Ni invitados ni servidores. Ella y el príncipe
parecían marchar por un parque encantado.
Al dirigirse hacia la verja encontraron á don Marcos que salía
apresuradamente del pabellón del jardinero.
La duquesa dió su mano á Miguel, que la besó ceremoniosamente.
—Espero que nos veremos en el Casino.
Hizo él un signo de negación. Se aburría en las salas de juego: no
quería entrar en ellas.
—Me hubiera gustado encontrarte allí... Estoy segura de que me darías la
suerte.
Luego quedó indecisa. No pensaba volver á Villa-Sirena, donde sólo
vivían hombres; tenía la convicción de que era allí un estorbo.
—Ven á verme una mañana. El coronel sabe dónde vivo. Ven, y te reirás
viendo cómo está instalada la duquesa de Delille... Es algo interesante.
Avanzó hasta el coche de alquiler que esperaba fuera de la verja. Antes
de subir á él, se volvió para afirmar con un tono de graciosa amenaza:
—Si no vienes, no me verás más. Creeré que deseas romper conmigo, que me
encuentras molesta y antipática... Te espero.
Agitó una mano á guisa de despedida, mientras el carruaje se iba
alejando.
—¡Ya era hora!—exclamó Miguel al verse solo.
Una visita de hora y media, que le había hecho permanecer en nerviosa tensión, midiendo sus palabras, evitando
las expansiones demasiado afectuosas, dando consejos sin interés alguno y
dejando en silencio los recuerdos del pasado. Prefería la confianza y el
abandono de sus conversaciones con los compañeros.
Al pensar en éstos renació su inquietud. ¡Cómo iba á sonreir Atilio al
sentarse á la mesa! Escuchaba ya su voz irónica: «¡Nada de mujeres!» Y la
primera que se presentaba lo hacía marchar ante su paso, confuso pero
obediente, lo mismo que un prior que rompe la clausura para recibir á una
reina.
La inquietud le hizo hablar al coronel, que iba silencioso á su lado,
acompañándole desde la verja al edificio. ¿Dónde estaba Castro?...
—En la biblioteca, con lord Lewis. El lord ha llegado mientras Su Alteza
estaba en el jardín. Viene á almorzar.
¡Simpático inglés! Ocurrírsele escoger este día, espontáneamente,
después de tantas invitaciones inútiles. Estando él presente, Castro sólo
hablaba del juego. Y corrió en busca de Lewis.
Era hijo de un gran historiador, al que su patria había premiado con el
título de lord. Pero este título correspondía por herencia al hijo primogénito,
y únicamente Toledo, dado á exagerar la valía de sus amistades, llamaba al
segundón lord Lewis. Para Atilio, era «el Decano». Llevaba veinticinco años en
Monte-Carlo, y los viejos empleados del Casino, al ver su triste calvicie
inclinada sobre las mesas, recordaban al gentleman de otros
tiempos, elegante, alegre, vigoroso. Había venido á la Costa Azul en una de sus
correrías de personaje byroniano, y en ella se quedó, no queriendo ver más
mundo. La pasión del juego era la única voluptuosidad inagotable para este
hombre que las había gustado todas y estaba aburrido de la mayor parte de
ellas.
El verdadero lord Lewis, personaje grave que sostenía el prestigio del
nombre paterno, tenía numerosos hijos y había servido á su país en altos
puestos coloniales. El, poco á poco, iba perdiendo sus antiguas relaciones,
para no ser mas que un jugador en Monte-Carlo.
—¡Veinticinco años!—había dicho melancólicamente un día al príncipe—. ¡Y
jamás podré hacer otra cosa! Ya es tarde para
emprender un nuevo camino. Mi vida terminó, y aquí me enterrarán, estoy seguro;
aquí quedará todo lo que heredé de mi padre, todo lo que me legaron varias tías
viejas... Algunas veces, viendo claro, he emprendido un viaje de huída... Pero
al estar lejos siento una indignación feroz. Recuerdo que he dejado aquí más de
un millón, pienso que no debo resignarme á esta pérdida, y para rescatarla,
vuelvo en seguida á jugar, y vuelvo á perder, y así continuaré hasta que muera.
Además, hay el castillo...
Miguel conocía este castillo. Estaba en un picacho de los Alpes
Marítimos, á la vista de Monte-Carlo, cerca del pueblo de La Turbie y de los
restos del Trofeo de Augusto, que marcan el emplazamiento de la antigua vía
romana.
En sus primeros años de vida en la Costa Azul, el elegante Lewis había
adquirido por unos miles de francos las ruinas de una fortaleza señorial que
guardaban la tradición dramática de guerras con los condes de Provenza, asaltos
y asesinatos de familia. El hijo del historiador, más aficionado á los deportes
que á la literatura, consideró como un homenaje filial la reconstrucción á la
vista del Mediterráneo de un castillo como los que su padre había descrito al
relatar las leyendas de su país. Invirtió en ello una parte de su fortuna,
dedicando la otra al juego. «Con lo que gane—se decía—acabaré el castillo.» Y
como pensaba ganar sumas fabulosas, inició la reconstrucción en proporciones
gigantescas, dirigiéndola él mismo con arreglo á las fantasías arquitectónicas
estudiadas en los dibujos de Gustavo Doré. El castillo había quedado á medio
construir, y así subsistía muchos años. Por un lado las torres estaban
completas y los muros ostentaban ventanales gemíneos con vidrieras de colores.
En el extremo opuesto se pudría el maderamen de los andamios; las paredes, sin
terminar, descendían en ángulo recto, y el viento y la lluvia penetraban en los
futuros salones, faltos de un cuarto muro que los cerrase, completamente
visibles como los decorados de teatro.
Cuando sus amigos no lo encontraban en Monte-Carlo, era que carecía de
dinero y estaba en su castillo contemplando
melancólicamente todo lo que le quedaba por hacer. Vivía en una ala, la menos
inacabada, y entretenía su soledad batallando con los rústicos vecinos, con los
proveedores, con todos los del país, que se consideraban obligados á molestarle
y explotarle de mil modos.
Al llegar de Inglaterra una remesa de mil ó dos mil libras esterlinas,
bajaba arrogantemente desde su picacho al Casino. Un gran deber llenaba su
existencia, y debía cumplirlo. ¡Esta vez iba á triunfar! Y cuando, después de
emocionantes fluctuaciones—creciendo algunas veces su capital, como si fueran á
realizarse sus esperanzas—, acababa por perderlo todo, Lewis volvía á su
refugio de la cumbre, llevando una existencia de cenobita, en espera de nuevos
envíos, cada vez más espaciados y trabajosos.
El príncipe le había visitado una vez en esta fortaleza nueva y ruinosa,
para invitarle á un largo viaje en su yate. Pero Lewis no quiso aceptar. Debía
seguir el duelo con el Casino para recuperar su dinero; tenía la obligación de
terminar su obra.
La guerra le despertó por unas semanas de esta quimera tenaz. Su hermano
había muerto poco antes; pero quedaban sus innumerables sobrinos, jóvenes que
habían abandonado los placeres y comodidades de la alta sociedad para ofrecer
sus vidas. Unos, pertenecientes á la marina, se embarcaban en buques pequeños,
torpederos y submarinos, buscando los mayores peligros; otros ingresaban como
oficiales en el ejército de tierra. Hasta una sobrina suya, de precaria salud,
había sido condecorada en la línea de fuego por sus abnegaciones de enfermera.
—Y yo, miserable egoísta—decía al hablar con el coronel en el Casino—,
soy simplemente un jugador en Monte-Carlo. Debería ir allá, donde están los
hombres; pero no puedo... ¡no puedo! Mi vida terminó; soy un muerto que come y
duerme para seguir jugando. ¡Y pensar que algunos parientes más viejos que yo
están en el ejército!...
A los cincuenta y cuatro años, la conciencia de su decaimiento moral y
las continuas pérdidas habían agriado su carácter.
Además, en las tardes de mala suerte, visitaba con frecuencia el bar del
Casino, buscando la inspiración en una serie de whiskys tomados
de pie y á toda prisa. Fornido, algo cuadrado, con la cabeza pequeña, los ojos
intensamente azules, el bigote rubio y canoso, Atilio le encontraba cierta
semejanza con un jabalí, tal vez por su acometividad y aspereza en momentos de
mal humor. Jugaba con la cabeza hundida entre los hombros, las fuertes manos
sobre la bayeta verde, sin mirar á nadie, sin permitir que nadie le hablase,
pues esto desorientaba sus combinaciones. En los días nefastos, al discutir con
los empleados ó sus vecinos de mesa sobre una jugada dudosa, las cóleras de
Lewis alteraban la calma discreta de los salones. Insultaba á los croupiers,
invitándoles á salir á la plaza, mientras distendía sus bíceps de boxeador; era
preciso llamar á uno de los altos directores para que le apaciguase con todas
las reflexiones paternales que merece un cliente asiduo.
Este hombre, que en su juventud no había creído en Dios ni en el diablo,
vivía sometido á supersticiones que regocijaban á Castro. Odiaba á los rostros
desconocidos, por estar seguro de que ejercían sobre él una influencia
maléfica. Bastaba que viese uno al otro lado del tapete verde ó detrás de su
asiento, para que empezase á rugir por lo bajo, hasta que al fin se ponía de
pie, trasladándose al bar, seguro de que un whisky á
tiempo cortaría la mala suerte. Su camarada íntimo, el único que podía vivir
con él varios días seguidos, era un conde francés, más viejo que Lewis, y al
que se designaba únicamente por su titulo, como si no tuviese apellido, como si
fuese «el conde» por antonomasia. Este no jugaba nunca, pero ¡sabía tanto, á
pesar de que muchos le tenían por loco!... Treinta años antes había salido un
día de su casa en París, diciendo que iba á comprar tabaco, y aún no estaba de
vuelta. Su mujer había muerto sin verle, y sus hijos, con un sinnúmero de
nietos nacidos y crecidos durante su ausencia, deseaban que nunca acabase de
hacer su compra.
Mientras Lewis jugaba, el conde, sentado en un diván, leía plácidamente
algún volumen, sin prestar atención á la curiosidad
del público, que se fijaba en su gran cabellera blanca echada atrás, sus
bigotes enormes y alborotados, sus ojos redondos, verdes y fosforescentes como
los de un pajarraco nocturno. Castro sentía excitada su curiosidad por los
libros del conde. Eran siempre volúmenes nuevos, de los que no se ven en
ninguna librería, publicados por editores de ignorada existencia; concienzudos
tratados sobre los néctares y ambrosías de la vida contemporánea (opio,
cocaína, morfina, éter), formularios para entrar un relación directa con las
potencias misteriosas (espíritus, larvas y diablos familiares), viejos libros
de magia puestos al día por brujos modernos.
No se dignaba dar consejos á su amigo sobre el juego: su pensamiento
estaba puesto en cosas de mayor alcance; pero Lewis se creía más seguro cuando,
al levantar sus ojos, lo encontraba leyendo en un rincón. Estando él allí,
siempre ganaba, ó á lo menos no perdía. Su presencia era suficiente para
conjurar el poder nefasto de los infinitos enemigos que el inglés presentía en
torno de la mesa. Además, estaba enterado de lo que acariciaba el conde con una
mano oculta mientras continuaba su lectura.
Al sufrir sin interrupción varios días de pérdida, Lewis se mostraba
suplicante:
—Conde, my dear conde, ¡si quisiera usted prestarme el
rosario de Satán!...
El sabio personaje parecía dudar. Pero como se lo pedía su mejor amigo,
entregaba el rosario, dejando una de sus manos sin empleo; un rosario como
todos, pero de gruesas cuentas rojas y con los dieces negros. Lo más importante
era el grupo de objetos que colgaba en el lugar de la ausente cruz: un elefante
de marfil adquirido por el conde en la India, una moneda auténtica del
emperador Constantino encontrada en unas excavaciones en la Anatolia, y un falo
de oro con un resorte engendrador de viles contorsiones.
La mala suerte quedaba vencida. Algunas veces había perdido Lewis
mientras pasaba ocultamente las cuentas del diabólico rosario por debajo de la
mesa; pero siempre perdía menos que cuando estaba privado del maravilloso
talismán. El sólo quería acordarse de una tarde en que, ayudado por esta joya
impúdica y sacrílega, llegó á ganar ochenta mil francos.
Si la ganancia se cortó, fué por culpa del conde. Era infiel como una
mujer coqueta; desaparecía de pronto, repitiendo la misma fuga inexplicable con
que había asombrado á su familia. A Lewis no lo abandonaba para comprar tabaco;
pero los libros recién adquiridos hablaban de un narcótico empleado en Asia que
hacía ver el porvenir, de una gitana de Granada que podía matar á las personas
con solo el deseo y unas palabras misteriosas, y allá se iba, bajo la fe de
anónimos autores que nunca habían salido de París. Jamás le faltaba dinero para
estos viajes misteriosos; sin duda su familia tenía interés en mantenerlo
lejos. Tardaba en reaparecer tres meses ó cinco años; hasta que el público
rumor hacía saber á Lewis que su amigo vivía en Cannes ó en Niza, y le enviaba
carta tras carta, invitándolo á trasladarse á Monte-Carlo. Hasta iba en busca
suya, y el conde se dejaba traer, con sus libros de misterios y su prodigioso
rosario, sin hablar una palabra de lo que había descubierto en sus viajes.
Al ver el príncipe á Lewis después de dos años de ausencia, tuvo que
disimular su triste sorpresa. Sólo los ojos, claros, reposados y dulces,
recordaban la perdida frescura del gentleman elegante y
vigoroso. Había adelgazado de un modo alarmante, con un enflaquecimiento de
enfermedad. Su cráneo parecía haberse empequeñecido, y sobre su calvicie se
desplomaban como ruinas algunos mechones cenicientos y espaciados.
Una observación del coronel renació en su memoria. Toledo había
estudiado la decadencia de los jugadores. Así como iban llegando á los últimos
límites del desaliento y la desesperación, se encogían y arrugaban. Su sombrero
se hacía más grande: cada día bajaba más, hasta descansar en las orejas; el
cuello de la camisa se dilataba igualmente, como si fuese á dejar escapar un
pecho angustiado.
Durante el almuerzo, Lewis, Castro y Spadoni sostuvieron la
conversación. Hablaron del juego y del Casino, pero nadie se atrevió á
preguntar al inglés si había ganado. Temía
supersticiosamente esta pregunta, como algo que llamaba á la desgracia. En
cambio, habló de la fortuna de los otros, de las grandes ganancias conseguidas
en una noche. Guardaba en su memoria todo lo que le habían contado ó lo que él
había creído ver durante veinticinco años de vida en Monte-Carlo. Un americano
se había ido con un millón; un inglés había ganado diez mil libras esterlinas
con cinco luises prestados... Así continuaba relatando los prodigios vistos en
el Casino. ¿Y aún había quien aseguraba que todos, absolutamente todos los
jugadores acaban fatalmente por perder?...
El pianista escuchaba con ojos de asombro y de codicia los relatos del
«Decano». Castro se mostraba más escéptico. Había oído contar estas ganancias
inauditas y otras muchas, pero sin presenciar una sola de ellas, y eso que
llevaba también bastantes años viniendo á Monte-Carlo. Era verdad que había
visto ganar en una noche hasta quinientos mil francos... Pero al día siguiente
cambiaban las cosas, y el triunfador perdía lo ganado y además lo suyo,
teniendo que pedir el viático de costumbre para volverse á su país.
—Yo creo—dijo—que todas esas historias las inventa la sección de
propaganda del Casino. Me han contado que tiene á sueldo un novelista de
folletón, el cual debe lanzar todas las semanas un cuento de esta clase para
enardecer á los jugadores.
Acogió el príncipe con una sonrisa la invención de su amigo, pero Lewis
no aceptaba paradojas en asuntos tan respetables, y gritó que todo lo que él
contaba lo había presenciado. Mentía sin darse cuenta al hacer esta afirmación.
En realidad, había visto lo mismo que Atilio: grandes ganancias seguidas de
pérdidas mayores; pero experimentaba la necesidad de lo maravilloso, y estaba
dispuesto á creerlo todo de antemano. Tenía el alma del fanático, que cuando le
cuentan un milagro afirma á los pocos días con sinceridad: «Yo lo vi con mis
ojos.»
Repetidas veces espió el príncipe á Castro, esperando sorprender en él
una mirada irónica, algo que le revelase sus impresiones acerca de la visita
que había recibido en la mañana. Pero la presencia de Lewis parecía haber borrado en él todo recuerdo que no tuviese
relación con el juego.
Al terminar el almuerzo hablaron en el hall, mientras
tomaban el café, de los que jugaban más fuerte en las salas privadas. El nombre
de algunos era pronunciado con respeto, como si fuesen maestros dignos de
admiración.
—Ese sabe jugar—decían como único comentario.
Lo gracioso para Miguel era que Lewis también figuraba entre los
maestros que «sabían jugar», y todos ellos perdían, lo mismo que los
ignorantes. Su único mérito estribaba en ir retardando el momento de la ruina
final, en prolongar la anonadadora emoción, envejeciendo como prisioneros á la
sombra de los peñones del principado.
Miró á Castro una vez más, como á un enemigo astuto que disimula su
pensamiento, y se aventuró á hacer una pregunta:
—Y mi parienta la de Delille, ¿cómo juega?
Atilio fijó los ojos en él sin malicia alguna, extrañándose del interés
que mostraba por la duquesa; pero no pudo hablar, pues se le adelantó Lewis.
Odiaba á las mujeres, especialmente en la mesa de juego. Sólo servían de
estorbo, interrumpiendo con sus gestos y sus nerviosidades las meditaciones de
los hombres.
—Juega como una bestia—dijo con brutalidad—, juega como una mujer... ¡El
dinero que lleva perdido tontamente!...
Castro intervino, como si quisiera evitar que esta conversación se
prolongase.
—¿Y el conde?—preguntó á Lewis—. ¿Dónde esta? El coronel se interesa
mucho por él.
Don Marcos lanzó una exclamación de asombro y de reproche. Tenía su
opinión formada desde mucho antes sobre el tal personaje. ¡Un demente!... No
podía olvidar su breve diálogo una tarde en el Casino, después que Atilio los
presentó á los dos. Al conocer la nacionalidad de Toledo había hecho grandes
elogios de su país. ¡Oh, España! ¡Su lengua interesante! Y cuando el coronel
iba á agradecerle tanta amabilidad, quedó estupefacto y con el aliento cortado.
—Porque usted debe saber, indudablemente, que el español es la lengua
usual del diablo, después del latín. En español están escritos los más
poderosos conjuros. ¡Oh, los nigromantes de Toledo! ¡Los sabios brujos de
Salamanca!
El viejo soldado de la tradición se alteraba al recordar al conde y su
rosario. Por esto, cuando Lewis declaró que no sabía nada de su amigo, repuso
seriamente:
—Yo sé dónde está: en una casa de locos.
Sonó de pronto el estrépito de un tren que pasaba ante Villa-Sirena con
acompañamiento de gritos y silbidos. Más ingleses que iban á Italia.
Esto les hizo ocuparse de la guerra. Lewis, que había bebido mucho en la
mesa, recordando al hablar del juego la inutilidad de su vida, cayó de pronto
en una tristeza densa, de ebrio melancólico y digno.
—Dos sobrinos míos murieron en la batalla naval de Jutlandia. Seis hijos
de mi hermano han muerto en Francia en una sola tarde: pertenecían al mismo
batallón. Todos jóvenes, animosos, deseando hacer algo. Y yo soy el único varón
que queda en la familia; soy el inútil, el viejo, el que no sirve para nada.
¡Ah, miseria!...
Todos callaron, comprendiendo que la desesperación y la vergüenza de
este hombre, que parecía llorar sobre las ruinas de una vida sin objeto,
exigían el silencio. Novoa movió la cabeza como si aprobase sus palabras.
—Mi familia ha terminado. ¡Tantos jóvenes que había en ella!... La vida
es rara. Transcurre el tiempo sin que surjan sucesos extraordinarios, y de
pronto, las horas valen meses, los días son años, y pasan en unos minutos cosas
que en otras ocasiones necesitarían siglos. ¡Todos muertos! Sólo queda mi
sobrina Mary, la enfermera. Está aquí; la han enviado sus jefes casi á la
fuerza para que descanse y se reponga. Pero se escapa á Mentón, á Niza, allí
donde hay heridos, queriendo reanudar su servicio. ¡Si á lo menos se casase!...
Mas no: morirá como los otros. Y yo quedaré solo, y seré lord, el tercer lord
Lewis: lord Lewis el historiador, lord Lewis el gobernador colonial, y lord
Lewis el inútil...
Aquí intervinieron todos con una protesta afectuosa. Sus
desgracias de familia eran enormes, pero no debía atormentarse de tal modo.
—Con su permiso, príncipe—dijo el inglés, desviando la conversación—, un
día traeré á mi sobrina para que conozca sus jardines. ¡Ama tanto estas cosas!
Es la única de la familia que ha heredado el alma de mi padre.
Después de esto, Lewis mostró deseos de marcharse. Necesitaba olvidar, y
sabía dónde le esperaba el olvido. Sus pies de jugador sintieron el mismo
irresistible deseo de actividad que los del ebrio cuando piensa en el mostrador
del bar. Castro y Spadoni cruzaron con él varias miradas.
—¿Si fuésemos á dar una vuelta por el Casino?—propuso uno.
Y los tres desaparecieron.
El coronel también se fué, y el príncipe pasó el resto de la tarde
conversando con Novoa, paseando por sus jardines, viendo la puesta del sol, y
finalmente leyendo en el hall, al pie de una lámpara que extendía
su enorme pantalla rosa sobre una alta columna.
Castro llegó solo, mucho antes de la hora de la comida. Estaba triste;
silbaba, y su sonrisa era un rictus hostil. ¡Mala tarde! Lo había perdido todo.
Al día siguiente tendría que solicitar un nuevo préstamo de su pariente para
volver al «trabajo».
Miguel sintió otra vez la necesidad de hablarle de la visita de la
mañana. Era mejor una explicación franca que evitase alusiones é ironías.
—Sí, la he visto—dijo Castro—. Os seguí desde una ventana cuando
paseabais por los jardines.
Le miró el príncipe, asombrado de su laconismo. ¿Esto era todo lo que se
le ocurría decir? Ahora hubiese preferido sus burlas.
—¿Qué tiene de particular que haya venido?—dijo al fin con brusquedad—.
Es natural; ¡pobre mujer! Te advierto que has empezado por conquistar á una
enemiga.
Se había encontrado en el Casino con «la Generala». Ella y Alicia
acababan de reconciliarse una vez más, y para afirmar con una confidencia
íntima la amistad rehecha, la de Delille le había contado su entrevista con el
príncipe.
—Doña Clorinda, que no te podía ver, por considerarte un frívolo, un
vago pernicioso, hace de ti los mayores elogios, á causa del perdón de esa
deuda enorme y de tu propósito de ayudar á la duquesa. Dice que eres un
caballero digno de otros tiempos, un gran corazón...
Miguel encogió los hombros. ¡Lo que le importaba á él la tal doña
Clorinda!... Esto exasperó á Castro.
—¿Por qué no había de venir aquí tu parienta?—dijo con aspereza—. Tú te
aburres entre hombres; no lo crees, pero es así. A todos nos ocurre lo mismo.
Resulta necesario hablar de vez en cuando con una mujer, aunque sea únicamente
por amistad. Lo que tú pretendiste al llegar de París es imposible.
—¿Crees acaso que voy á enamorarme de Alicia?
Y el príncipe rió largamente, como si no se cansase de celebrar lo
absurdo de tal suposición.
—Eso tú lo sabrás—contestó Atilio—. Lo que yo digo es que no podemos ser
por mucho tiempo los enemigos de la mujer. Mira al coronel; es tu «chambelán»,
tu ayudante, el hombre que te obedece ciegamente. Pues hasta ese te abandona.
Fíjate: siempre que puede, vive en el pabellón de la portería. Necesita hablar
con la hija del jardinero, una mocosa que él ha visto andar á gatas, pero que
ya tiene diez y seis años y no ofrece mal aspecto. Trabaja en una sombrerería
de Monte-Carlo, y sigue las modas lo mismo que una señorita. El coronel cuida
de la renovación de sus zapatos de altos tacones, de sus faldas cortas, de sus
boinas y sombreritos, de sus collares de falso ámbar. En esto emplea todo el
dinero que tú le permites que tome como recompensa. A veces la sigue de lejos
por las calles, admirando su contoneo provocativo, sus pantorrillas al
descubierto, siempre con medias de seda... Cultiva pacientemente su jardín.
Sonríe como un imbécil al pensar en su futura cosecha.
Un domingo, al levantarse de la cama, el príncipe sintió deseos de
cantar. Tal vez fué por seguir maquinalmente á unos pájaros que desde la salida
del sol estaban gorjeando en los aleros de Villa-Sirena, engañados por la
tibieza de un día primaveral en pleno invierno.
Miró por una ventana de su dormitorio. El Mediterráneo, sin una sola
vela, se extendía, largamente ondulado, hasta juntarse con el cielo. Las
gaviotas volaban en círculos, desplomándose á continuación con las alas
encogidas para dejarse llevar por las aguas. Los fondos de arena removidos por
las corrientes aclaraban el azul del borde de la costa, dándole un tono opalino
de ajenjo. En torno del promontorio hervían las espumas, blancas, luminosas,
incesantemente renovadas, entre las cabezas de los escollos.
El príncipe oyó voces encima de él. Castro y Spadoni se hablaban de
ventana á ventana. La precoz belleza del día les había hecho saltar del lecho
con misterioso aviso. Admiraban el cielo, sin un vapor que enturbiase las
distancias. Las montañas habían adquirido un relieve extraordinario: parecían
más grandes y más próximas. Por encima del Cap-Martin descendían los Alpes
italianos, y en sus últimas estribaciones, á ras del agua, blanqueaban las
poblaciones fronterizas: Vintimiglia y Bordighera.
Por un capricho atmosférico, flotaba en mitad del cielo sereno una nube
compacta, alargada, semejante á una isla cubierta
de nieve. Su blancura parecía irradiar una luz interior.
—La conozco—dijo Atilio con acento de convicción al músico, que no se
cansaba de admirarla—. La he visto muchas veces. Cuando el día se muestra
demasiado limpio, los directores del Casino temen que la clientela se aburra de
tanto sol, de tanto azul: azul en el mar, azul en el cielo. «Que suelten la
nube grande», ordenan por teléfono. Habrá usted reparado que esa nube siempre
aparece por detrás de las montañas. Es donde el Casino tiene sus almacenes.
Aquí no perdonan detalle para entretener á los parroquianos.
Miguel oyó dos mugidos: uno de sorpresa, otro de indignación. Luego el
ruido de una ventana al cerrarse. El pianista, molestado por esta broma
matinal, volvía á su lecho para dormir hasta la hora del almuerzo.
Apresuró el príncipe sus operaciones de limpieza. Sentía la necesidad de
salir, como si sus jardines le pareciesen estrechos. A lo lejos sonaban las
campanas de Monte-Carlo, más lejos aún respondían las de Mónaco, y este
repiqueteo hacía vibrar la frágil y clara atmósfera como una copa de cristal.
Bajó las escaleras lentamente, procurando no hacer ruido, y al llegar á
la verja respiró satisfecho. No había encontrado á ninguno de sus compañeros,
ni siquiera al coronel. Quería marchar solo hacia la ciudad, como si le
atrajese la alegría matinal del domingo, que se convierte al llegar la tarde en
tedio abrumador.
Fuera de la verja le saludó una muchacha que esperaba el paso del
tranvía. Era pequeña, pero sus pies estaban montados en violento ángulo sobre
unos zapatos de tacones agudos. Su falda apenas pasaba de la rodilla, dejando
al descubierto unas medias bien repletas de carne transparentada por el fino
tejido. Sobre su jersey de seda color salmón ostentaba un collar de enormes
cuentas de falso ámbar. El pelo, cortado en forma de melena de paje, se
ahuecaba bajo una graciosa boina de terciopelo. El profundo respeto con que le
saludó hizo que la reconociese: la hija del jardinero. Pero al mismo tiempo le
miraba hipócritamente, con una curiosidad mal disimulada, como si sus pupilas
estableciesen una separación entre el amo venerado
por sus padres y el buen mozo al que adoraban las mujeres y del que había oído
contar tantas cosas.
El príncipe siguió adelante, después de saludarla como á una señorita de
su mundo. Estaba alegre esta mañana, y rió en su interior al pensar en lo que
daría que hacer á los hombres, más adelante, este capullo de malicias y
ambiciones. Luego se acordó de don Marcos y de lo que le había contado Atilio.
¡Pobre coronel! ¡Meterse, con sus años, á domador de fierecillas!...
Caminó ligeramente hacia Monte-Carlo. Pasaba ante las «villas» y los
jardines como si sus pies tomasen nuevo impulso al tocar el suelo, como si en
la atmósfera primaveral se hubiesen disminuído las leyes de la gravedad.
Dentro de la población se detuvo ante las gradas de la iglesia de San
Carlos. Por la puerta salían resplandores de cirios, perfumes de flores,
susurros de órgano, voces de doncellas. Su alma, pueril y ligera como la
mañana, sintió deseos de ir en pos de las familias endomingadas que subían la
escalinata. El era católico por su padre, cismático por su madre, y nada por su
propia voluntad. Pero se sintió repelido por esta penumbra olorosa de cueva
abierta moteada de luces, y siguió adelante, aspirando con delicia el aire
libre.
—¡Oh, lady!... ¡Buenos días!
Una mano de mujer, descarnada y larga, estrechó la suya con una rudeza
varonil. El sol hacía brillar los botones dorados sobre el paño color kaki de
un uniforme de soldado inglés. Mas el uniforme, en vez de estar rematado por
unos pantalones, tenía como final una falda corta sobre polainas de cuero rojo.
Era la sobrina de Lewis. Había estado dos tardes en Villa-Sirena
correteando por sus jardines. Miguel contempló una vez más su enfermiza
delgadez, que iba tomando el aspecto miserable de la consunción. La correa que
le cruzaba pecho y espalda, uniéndose por ambos lados á la cintura, se hundía
en el paño, como si detrás de su trama no encontrase la resistencia de un
cuerpo. El rostro avanzaba con una agudeza de cuchillo bajo la visera de la
gorra militar. Su epidermis, rugosa y macilenta en plena juventud, marcaba
todas las aristas y oquedades del hueso. Parecía no
tener edad; lo mismo podía ser de veinticinco que de sesenta años. Lo único que
se conservaba fresco en ella eran los ojos, unos ojos que aún tenían el
resplandor ingenuo de la adolescencia, y miraban de frente, con la serena
confianza de la virgen fuerte.
Los horrores de la guerra habían pasado sobre este organismo como una
llamarada que seca cuanto toca, lo apergamina, y acaba convirtiéndolo en polvo.
Parecía una momia, tostada por el resplandor de los incendios, estremecida por
las lágrimas y los quejidos de millares de seres. «¡Lo que esos oídos habrán
escuchado!», se dijo Miguel. Y comprendió el gesto triste de su boca pálida,
que colgaba con desaliento entre dos profundos surcos verticales. «¡Lo que esos
ojos habrán visto!», continuó pensando. Pero los ojos no querían acordarse, y
le sonreían, contentos del momento presente.
Acababa de salir de un gran hotel convertido en hospital y esperaba el
tranvía para ir á Mentón. Habían llegado allá nuevos heridos, y la escasez de
enfermeras obligaba á los médicos á admitir sus servicios. Por el momento no la
molestarían más preocupándose de su falta de salud. Al pensar en el rudo
trabajo que la esperaba, en las noches de vigilia y los combates con la muerte
para salvar á unos cuantos hombres, mostró un gran regocijo. Deseaba cuanto
antes hacer su corto viaje, como si se dirigiese á una fiesta; y al ver que se
aproximaba el tranvía, estrechó otra vez varonilmente la mano del príncipe.
—Seguiré abusando de su autorización. La próxima vez saquearé aún más
sus jardines. ¡Flores... muchas flores! ¡Si viera usted qué alegría sienten los
pobrecitos cuando las coloco junto á sus camas! Algunos médicos se enfadan;
encuentran frívolo esto... Pero lo que yo digo: ya que hemos de morir, muramos
con un poco de poesía, rodeados de algo que nos recuerde la belleza de lo que
perdemos. Esto no hace mal á nadie.
Lubimoff siguió su camino, pero con menos ligereza. Esta amazona de la
caridad parecía haber desgarrado el velo rosa que alegraba su visión.
Todo era lo mismo, pero ligeramente ensombrecido, como
los paisajes que se contemplan á través de un vidrio ahumado. Fijaba su
atención en cosas no vistas hasta entonces. Todos los grandes hoteles se habían
convertido en hospitales. Sus terrazas, sus largos balcones, estaban ocupados
por hombres que tomaban el sol; hombres cuya cabeza era una bola blanca, ceñida
de vendajes que sólo dejaban visibles los ojos y la boca; hombres incompletos,
como esbozos escultóricos, sin una pierna, sin un brazo; otros, tendidos,
inmóviles, amputados, lo mismo que los cadáveres en la sala de disección, pero
que todavía respiraban.
En las aceras fué tropezando con militares de diversas naciones:
oficiales franceses, ingleses, servios y algunos rusos convalecientes, que
recordaban con su presencia la desvanecida cooperación de su país. Desfilaba
toda la variedad de uniformes de los ejércitos de la República: el azul
horizonte de las tropas continentales, el color mostaza de las tropas
marroquíes, la gorra de cuartel amarilla de la Legión Extranjera, el fez rojo
de los argelinos y de los tiradores negros.
Nadie estaba entero. Este país de sol, de perspectivas azules y
risueñas, parecía poblado por una humanidad superviviendo á un cataclismo.
Oficiales elegantes, de esbelto talle, arrastraban una pierna, avanzaban con
precaución un pie elefantíaco, se doblaban, avejentados, apoyándose en un
garrote. Hombres atléticos temblaban al andar, como si su esqueleto bailotease
dentro de la envoltura de un cuerpo vaciado por la consunción. Las manos
carecían de dedos; los brazos se habían acortado y eran aletas ó informes
muñones; las mejillas ocultaban bajo placas de algodón el zarpazo de la
granada, igual á una cicatriz cancerosa; la horrible oquedad de la nariz
desaparecida se disimulaba con un tapón negro sujeto á las orejas. Otros
llevaban todo el rostro cubierto con una máscara de vendajes, sin dejar
visibles mas que los ojos, los pobres ojos, que parecían sentir miedo por
adelantado y algún día habrían de familiarizarse con el horror de un rostro que
fué joven meses antes y ahora era igual á una visión de pesadilla.
Algunos se mantenían intactos, disponiendo de la fuerza
y la agilidad de todos sus miembros. Vistos de espaldas, conservaban la
esbeltez vigorosa de la juventud... Pero marchaban en fila, agarrados del
brazo, los ojos perdidos en la noche, golpeando las losas con un palo que había
venido á reemplazar el perdido sable y les acompañaría hasta su muerte.
Y esta procesión de resignadas tristezas, este carnaval doloroso, venía
de los jardines, reconfortado por la alegría matinal, sintiendo renovada su
voluntad de vivir. Otros se dirigían hacia el Casino y sus terrazas, pasando
entre las palmeras brasileñas, de lisos y huecos fustes forrados de piel de
elefante; entre los cactos sostenidos por soportes de hierro formando madejas
de reptiles verdes erizados de púas; entre los nopales, altos como árboles;
entre las higueras del Himalaya, con el cuerpo de torre y una copa inmensa que
parecía hecha para proteger la inmóvil meditación de los fakires; entre todas
las vegetaciones de la América tropical y la América templada, de la China,
Australia, Abisinia y El Cabo. Un pequeño arroyo bajaba en zigzag por las quebradas
verdes del césped, formando remansos entre bambúes y palmeras japonesas, hasta
desembocar en un lago minúsculo con bordes de follaje, tranquilo, gracioso,
frágil, como uno de esos centros de mesa en los que el agua está representada
por una lámina de cristal.
Miguel se detuvo en lo alto de los jardines para contemplar de lejos el
Casino. Nunca había apreciado, como ahora, la frivolidad y el mal gusto de este
palacio, que era el corazón de Mónaco. Si el «monumento de confitería»—frase de
Castro—cerraba sus puertas, todo Monte-Carlo quedaría en una soledad de muerte,
lo mismo que esas ciudades que fueron puertos en otros siglos y ahora duermen,
despobladas, lejos del mar que se retiró.
Era obra del arquitecto de la Opera de París, una construcción
recargada, chillona y pueril, toda ella de un tono de manteca tierna, con
techos policromos, torrecillas cargadas de balconajes, hornacinas con estatuas
innominadas, y muchos frisos de azulejos, muchos mosaicos dorados. En los
ángulos había escudetes de cerámica verde imitando á cabujones de esmeralda. La
simulación del oro y las piedras preciosas era el motivo ornamental
más saliente de esta casa, famosa en el mundo entero.
La prosperidad del establecimiento había añadido al cuerpo principal,
flanqueado de cuatro torres, una ala extensa, en la que estaban los mejores
salones. Varias cúpulas desiguales, verdes y amarillas, revelaban la existencia
de éstos remontándose por encima de la balaustrada final. En esta balaustrada
aparecían sentados unos cuantos ángeles ó genios de bronce enteramente
desnudos, con alas doradas, ofreciendo al extremo de sus brazos negros unos
atributos de oro, cuya significación nadie llegaba á adivinar. Otras estatuas
de mujeres medio desnudas, blancas ó metálicas, se guarecían en los hornacinas
de los muros, y también resultaba un misterio su nombre y su significación.
Aunque el palacio pretendía deslumbrar y acariciar con sus oros y sus
tiernos colores, las gentes que iban á él apenas se fijaban en tales
magnificencias.
—Los que llegan—decía Castro—entran corriendo: desean sentarse cuanto
antes á las mesas de juego. Los que salen todo lo ven obscuro; y aunque el
Casino fuese hermoso como el Partenón, lo tomarían por una cueva de ladrones.
El príncipe miró á la derecha del edificio, donde quedaba visible una
faja de mar cortada por varias palmeras japonesas de tronco estoposo y copa
esférica. Allí, en la entrada de las terrazas que bordean el Mediterráneo, se
yerguen los dos únicos monumentos de la ciudad, dedicados á la gloria de dos
músicos por el simple hecho de que algunas de sus obras fueron estrenadas en el
teatro del Casino. Labrados en mármol, Berlioz y Massenet saludan vagamente con
sus ojos sin pupila á las muchedumbres cosmopolitas que van llegando á la casa
de juego. «Son croupiers honorarios», decía Castro.
«Massenet, lo acepto—pensó Miguel—. Fué feliz, tuvo dinero, conoció la
gloria en vida. ¡Pero Berlioz, que pasó sus años luchando con la propia pobreza
y el desvío del público, haciendo guardia después de muerto á los millones del
Casino!...»
Luego miró más cerca, fijándose en la plaza que se abre
ante el edificio. Un jardín redondo ocupa su centro. Las gentes lo apodan «el
queso», por su forma, y algunos especializan llamándolo «el camambert».
En torno de su baranda y en los bancos adosados á ella vivía el alma de
Monte-Carlo, se encontraban las gentes, cambiando chismes y murmuraciones,
pidiendo noticias á los que salían del Casino, comentando la fortuna ó la
desgracia de los jugadores célebres.
En las inmediaciones no había otros comercios que joyerías, sucursales
del Monte de Piedad y tiendas de sombreros para mujeres. Las jugadoras modestas
sentían el capricho de un sombrero caro á la salida del Casino; los que
necesitaban continuar sus combinaciones con nuevo capital no tenían mas que dar
unos cuantos pasos para empeñar la alhaja; en los escaparates de las joyerías,
el collar de perlas de un millón, las esmeraldas de trescientos mil francos, se
exhibían durante el invierno, exacerbando el capricho femenil, y en verano
emigraban á los balnearios célebres, para continuar su deslumbradora y muda
tentación. Los joyeros, de perfil semítico, esperaban detrás de sus mostradores
las compras más que las ventas, y ofrecían tranquilamente por la alhaja adquirida
allí mismo el año anterior la cuarta parte de su precio.
El príncipe adivinó de lejos la personalidad de muchos que en esta hora
matinal ocupaban ya los bancos frente á la escalinata del palacio. Allí
permanecían todo el día los condenados del juego, los malditos, sufriendo el
más atroz de los tormentos al vivir junto á las puertas del santuario sin poder
entrar en él. Habían perdido hasta la última moneda, y los directores de la
casa, que repatrían generosamente á los jugadores arruinados, les entregaban el
viático para el regreso á su país. Pero se jugaban este socorro, lo perdían, y
como los deudores del Casino no pueden volver á él hasta que han cumplido sus
compromisos, quedaban clavados en la plaza para siempre, con la ilusoria
esperanza de un dinero que todos ellos ignoraban de dónde podría venir. Se reunían
hombres y mujeres con la fraternidad de la miseria, espiaban á los compatriotas
más felices para asaltarlos con sus peticiones, discutían entre ellos números y
colores, lograban reunir algunos francos después de
rebuscar en el fondo de todos los bolsillos, y como emisario de sus ilusiones
diputaban á algún camarada tan pobre como ellos, pero que aún no había «tomado
el viático» y tenía libre la entrada.
Vió Miguel cómo se iba extendiendo una ola de gente al pie de las
palmeras japonesas, junto al monumento de Massenet. Acababan de llegar varios
tranvías de Niza. Todos los viajeros corrían, deseando penetrar cuanto antes en
el abigarrado palacio, como si la fortuna les aguardase en los salones y
pudiera huir de un momento á otro, cansada de esperar.
Miró el reloj que coronaba la fachada. Las diez. Iban á empezar los
diarios oficios, y los devotos residentes en Monte-Carlo acudían también,
uniéndose á los venidos de fuera. Todos subieron á la vez las gradas de mármol,
siguiendo sus tres caminos de alfombra sujeta por varillas de bronce que
brillaban al sol.
«¡Y estamos en guerra!—pensó Miguel—. ¡Y muchos de los que se han
levantado temprano para hacer el viaje, lo mismo que los que viven aquí, tienen
hijos, hermanos ó maridos que en este momento se baten y tal vez mueren!...»
La voluntad de vivir, la voluntad de gozar, la ilusión de la ganancia,
obraban como anestésicos, se sobreponían á las preocupaciones, haciendo que
todos olvidasen, para concentrar su existencia en el momento presente.
Esta precipitación general hacia el juego abierto disgustó al príncipe y
le hizo detenerse en la suave pendiente de los jardines. Le repugnó confundirse
con la muchedumbre que vagaba por los alrededores del Casino.
Su deseo de no seguir adelante le sugirió una idea. «¿Si fueses á
sorprender á Alicia en su casa?... ¡Lo agradecería tanto!»
Dos veces más había estado en Villa-Sirena. Un encuentro en la calle con
el príncipe, cuando ella iba con su amiga Clorinda, sirvió de pretexto para que
las dos visitasen el refugio de «los enemigos de la mujer» y sus hermosos
jardines. Miguel encontró á «la Generala» menos
hostil y dominadora que la había imaginado; pero no pudo comprender el
apasionamiento de Castro. A pesar de su hermosura le pareció estar hablando con
un hombre. Con ambas señoras había venido también Valeria, la joven francesa
protegida por Alicia, señorita de compañía en los tiempos de esplendor y que
ahora sólo acompañaba su pobreza por gratitud y fidelidad. Luego, la de Delille
había vuelto sola por segunda vez, para hacerle varias consultas sobre su
porvenir, desprovistas todas ellas de buen sentido, y aceptar finalmente un
préstamo de cinco mil francos. La suerte le era contraria en el juego;
necesitaba nuevas «herramientas de trabajo». Aquel capital que la irritaba con
su terquedad, no queriendo subir más allá de los treinta mil, había oído
finalmente sus quejas, pero fué para desplomarse con una rapidez fulminante,
dejando sólo leves escombros de su existencia.
Después de recibir esta ayuda, la duquesa se había mostrado quejosa.
—Soy yo quien viene siempre á buscarte: no te dignas visitar mi casa.
¡Como soy pobre!...
Al recordar esta protesta humilde, el príncipe no vaciló más. Y
volviendo la espalda al Casino, empezó á subir las calles en pendiente hacia el
límite fronterizo que separa Monte-Carlo de Beausoleil; calles que ostentan
nombres primaverales: de las Rosas, de los Claveles, de las Violetas, de las
Orquídeas.
Entró en una corta avenida formada por una doble hilera de verjas de
jardín. Las casas sólo se dejaban ver á través de columnatas de palmeras y del
follaje duro de los grandes magnolieros. Iba leyendo los nombres de los
propiedades en pequeñas lápidas de mármol rojo fijas en las entradas de las
verjas. «Villa-Rosa»: aquí era. Empujó el entreabierto portón de hierro, sin
que una voz ni un ladrido acogiesen su presencia. Vió un jardín abandonado en
parte, con una vegetación parásita al pie de los árboles sin podar, cubriendo
el espacio que antes habían ocupado los arriates de flores. El resto estaba
mejor atendido, pero era una huerta con pequeños rectángulos de verduras
comestibles sometidos á un cultivo intensivo.
Lubimoff fué avanzando, sin encontrar á nadie, y se le ocurrió que el
hortelano debía ser un hombre acompañado por un perro con los que se había
cruzado en la entrada de la avenida.
Subió los cuatro peldaños de la casa. También aquí la puerta estaba
entreabierta, y empujándola se vió en un recibimiento del que arrancaba la
escalera para los pisos superiores.
Nadie. Todas las puertas de las habitaciones inmediatas se resistieron á
su mano. Silencio absoluto, como si la casa estuviese deshabitada. Pero este
silencio fué interrumpido por una voz que descendía escalera abajo: una voz
tenue, entonando una canción en inglés, lenta y triste. El canto iba acompañado
de golpes sordos, iguales á los que producen las manos sacudiendo y ahuecando
algo blando y voluminoso.
Miguel creyó reconocer la voz de Alicia. Tosió varias veces sin
resultado; no podía oirle. Fué á gritar avisando su presencia, pero se contuvo,
sintiendo un deseo que le hizo sonreir. ¡Si la sorprendiese en aquel piso
superior, única parte de la casa que habitaba ella ahora! No dudó más...
¡Arriba!
En el primer rellano vió varias puertas, pero una sola estaba sin cerrar
y por ella salían los ecos de la canción y los golpes. Una mujer con el cuerpo
doblado sobre una cama extendía sus dos brazos para ahuecar el colchón con
fuertes palmadas. Su instinto le hizo presentir la existencia de alguien detrás
de ella, y al volver el rostro, lanzó un grito de sorpresa viendo á Miguel en
el hueco de la puerta. Este no quedó menos asombrado reconociendo á Alicia en
aquella mujer; una Alicia que vestía una bata lujosa, pero vieja, con guantes
ajados en las manos y un velo arrollado en torno de sus cabellos.
—¡Tú!... ¡eres tu!—exclamó ella—. ¡Qué miedo me has dado!...
Luego fué tranquilizándose, y sonrió á Miguel mientras éste murmuraba
excusas. No había encontrado á nadie; la verja y la puerta estaban abiertas.
Ella, á su vez, también se excusó. Era domingo; Valeria, su acompañante, se
había ido á Niza para almorzar con una familia amiga;
su doncella y la mujer del hortelano estaban en misa; el viejo habría salido un
momento para ver á sus amigos...
Y después de estas mutuas explicaciones quedaron los dos en silencio,
mirándose indecisos, no sabiendo qué decir, pero sin dejar de sonreirse.
—¡Tú haciendo tu cama!—dijo él para romper el penoso mutismo.
—Ya lo ves. Esto resulta algo diferente de mi dormitorio de París.
Tampoco es mi «estudio» que tú conociste. ¡Los tiempos nuevos!
Miguel movió la cabeza con grave asentimiento. Sí; los tiempos nuevos.
—De todos modos—continuó ella—, hay que confesar que tiene cierta
originalidad ver á la duquesa de Delille, á la loca Alicia, haciendo su cama.
El príncipe volvió á aprobar con un gesto mudo. Realmente, era original:
no se podía ver todos los días.
Alicia insistió en sus explicaciones. No le había costado ningún
esfuerzo ocuparse en los trabajos de su casa. Ella misma limpiaba su
dormitorio, para evitar un quehacer á la vieja doncella. No quería admitir la
ayuda de Valeria. Cada una corría con el arreglo de su propia habitación, ya
que la servidumbre era escasa. Además, entraba en la cocina algunas veces, y
hasta por su gusto habría ayudado al jardinero en el cultivo de la pequeña
huerta.
—Vivimos en guerra; las cosas cuestan muy caras, y yo soy pobre. Debemos
volver á la existencia primitiva... Pero no me atrevo á trabajar en el jardín,
por los vecinos. Curiosean desde sus ventanas; hasta hay un señor brasileño que
parece enamorado de mí.
Ella misma admiraba su laboriosidad. ¿Quién podía haber supuesto años
antes tales cualidades en la dueña del lujoso palacete de la Avenida del
Bosque, que los más de los días se levantaba á las tres de la tarde?...
—Todo se lo debo á mamá. Me eduqué en un colegio de Inglaterra cuando
era de moda sustituir el ejercicio físico de los sports con
los trabajos domésticos. Creo que esto se llama el «corintianismo»... Y me
encuentro mejor que nunca. Antes necesitaba subir algunas mañanas,
con Valeria y Clorinda, al Tennis de la Festa para jugar hasta
rendirme. Ahora, después del arreglo de mi habitación y de ayudar á las otras,
no necesito los deportes. Hago la gimnasia del pobre.
Un largo silencio. Miguel miraba la habitación: un dormitorio de mujer,
todavía en desorden, con ropas sobre las butacas, esparciendo un perfume de
carne femenil bien cuidada. A través de una puertecita vió un extremo del
inmediato gabinete, con una mancha de humedad en el pavimento de mosaico, resto
del baño matinal. Flotaba en el ambiente un perfume de agua de Colonia y de
licor dentífrico. Unos botecitos en desorden dejaban escapar vagas exhalaciones
de esencias más preciosas. Y revueltos con los objetos de tocador y las ropas
íntimas, distinguió cartones de los que dan en el Casino á los clientes para
apuntar las jugadas; unos con marcas rojas ó azules en sus columnas, otros
perforados por un alfiler de sombrero á falta de lápiz. Vió tarjetas más grandes
que tenían pintada la ruleta, con indicación de sus números y colores, y
libros, muchos libros de los que se venden en las papelerías y kioscos de
periódicos: luminosos tratados para ganar indefectiblemente á todos los juegos.
Sobre la chimenea, medio oculta por varios periódicos de modas, había una
ruleta pequeña, una ruleta verdadera, empleada indudablemente en el estudio y
comprobación de las teorías. En la mesilla de noche estaba abierto el último
ejemplar de la Revista de Monte-Carlo, conteniendo estadísticas de
todos los números gananciosos durante la semana anterior en las diversas mesas;
lectura interesante, con misteriosas acotaciones, que había desvelado á Alicia
tal vez hasta la madrugada.
Mientras tanto, ella hizo desaparecer ágilmente todo lo que creía
perjudicial para su buen aspecto después de esta sorpresa. Cuando Miguel volvió
á mirarla, los viejos guantes habían volado de sus manos y el velo estaba
oculto, no podía saber dónde, dejando en libertad la cabellera medusiana,
negra, lustrosa, un tanto áspera, que erguía su vigor en desordenados y gruesos
rizos.
Prolongaron el silencio con una sonrisa penosa, como si
ninguno de los dos encontrase el medio de salir de esta situación.
—Continúa—dijo Miguel—. Una vez que vengo, no quiero servirte de
estorbo.
Ella, como si viese en tales palabras un reto á su timidez, y ganosa al
mismo tiempo de mostrar sus habilidades, se inclinó sobre el lecho para
reanudar el trabajo. Lubimoff se animó con esta demostración de confianza. No
era galante dejar que trabajase sola: él la ayudaría.
—¡Tú!... ¡tú!—exclamó Alicia riendo, como si la proposición lo pareciese
inaudita.
El príncipe fingió enojo. Sí, él... Era un marino, y su vida de
aventuras le obligaba á saber un poco de todo. Más de una vez, en sus
exploraciones de tierras desiertas, había tenido que improvisarse un lecho con
mantas junto á los tizones de la hoguera.
Había pasado al lado opuesto de la cama, imitando con una exageración
cómica todos los movimientos de la duquesa. Las palmadas de ésta las repitió
con una violencia que hizo gemir el lecho. Al tirar ella del colchón hacia
arriba para ahuecarlo, él lo levantó completamente con sus poderosas manos.
—¡No sabe!... ¡no sabe!—gritaba Alicia con un regocijo infantil.
Luego, fijándose en sus dedos agarrados fuertemente á la tela, añadió:
—¡Pero suelta eso, demonio! Me vas á romper el colchón, ¡y en estos
tiempos de pobreza!...
Reían los dos, encontrando muy divertido este trabajo.
—Toma—dijo ella autoritariamente; y le envió al rostro una sábana que
sostenía por el extremo opuesto.
Miguel se vió envuelto en una nube de batista impregnada de perfume
femenino. Fué por un instante nada más, pero á él le pareció algo
extraordinario, de duración sin límites, más allá del tiempo y del espacio.
Tuvo el presentimiento de que este hecho insignificante iba á datar en su vida.
Sintió cómo resucitaba el pasado en su interior con una fuerza nueva que tal
vez era la excitación de la abstinencia. Creyó ver la sonrisa irónica de Castro, y también se vió á sí mismo, con lástima y
con asombro, viviendo como un solitario allá en Villa-Sirena y predicando la
hostilidad á la mujer. Sus oídos zumbaban; sus ojos, cegados momentáneamente,
contemplaron un cielo inmenso de color de rosa, el mismo rosa pálido y jugoso
de la carne femenil. Algo entraba por su nariz, en doble columna embriagadora,
que estremecía su cerebro, reflejándose con la violencia de un latigazo al otro
extremo de su organismo. Cuando la sábana hubo caído sobre el lecho, Miguel
apareció intensamente pálido, con una luz agresiva en sus pupilas. Ella,
creyéndole enfadado por su broma, rió maliciosamente, apoyando las manos en el
colchón. El jadear de esta risa entreabría el escote de su bata, dejando ver en
perspectiva horizontal el secreto de unas redondeces blancos y trémulas
perdiéndose en misteriosa penumbra.
De pronto, se vió el príncipe al otro lado de la cama, junto á Alicia.
Los dos acabaron por sentarse maquinalmente en el borde, dejando á sus espaldas
la sábana olvidada. Tomó una mano de ella sin darse cuenta de lo que hacía.
Luego se aproximó tanto á su rostro, que uno de los rizos de la revuelta
cabellera le cosquilleó en una sien. No sentía deseos de hablar, pero al ver de
cerca los ojos de ella, rompió el dulce silencio.
—¡Tú has llorado!
La mujer protestó con una sonrisa violenta, al mismo tiempo que
palidecía balbuceando excusas. No; tal vez era el polvo sacudido por la
limpieza ó el esfuerzo de su trabajo. Pero él seguía examinando sus ojos,
ligeramente enrojecidos.
—Estabas llorando cuando yo llegué—continuó, con una curiosidad
insistente é inquieta.
Ahora la protesta de Alicia tomó la forma de una risa agria, estridente,
que nada tenía de natural. Y por una de esas gradaciones que son el secreto de
los grandes actores, la carcajada se hizo opaca, se convirtió en suspiro, luego
en lamento; y desasiendo ella su mano de la del príncipe, se cubrió los ojos y
ladeó la cabeza, mientras un estertor oprimía su pecho.
Lloraba. Había bastado que Miguel sorprendiese su llanto
reciente, para que nuevas lágrimas afluyeran á sus ojos, reanudando la pasada
angustia. Se entregó á su dolor con una delectación cruel, juzgándolo
preferible al torturante fingimiento que le había impuesto esta visita
inesperada.
Quedó silencioso el príncipe unos instantes.
—¿Es por ese muchacho?—se atrevió á preguntar con voz insegura, como si
también sufriese una inexplicable emoción.
Contestó ella con un leve movimiento de cabeza, sin apartar las manos de
sus ojos. Miguel no necesitaba verlos. Había adivinado la verdad al sorprender
en sus córneas las huellas del llanto. Sólo podía llorar por él: la falta de
noticias; la inquietud al pensar que estaba prisionero, muy lejos, sufriendo
toda clase de privaciones, y que tal vez no lo vería nunca.
—¡Cómo le amas!...
El príncipe se sorprendió de su propia voz y del tono con que dijo estas
palabras. Respiraban despecho, envidia, tristeza por los años que pasan,
transmitiendo á los que vienen detrás los insolentes privilegios de la
juventud.
Los habitantes de Villa-Sirena se hubiesen sorprendido igualmente al
oirle hablar de este modo. La misma sorpresa hizo que Alicia olvidase sus
preocupaciones de mujer hermosa, levantando la frente y apartando las manos.
Tenía el rostro enrojecido, los ojos trémulos y chorreantes. De un rizo de su
cabellera pendía una lágrima. Adivinó que debía estar horrible; pero ¿qué le
importaba?...
—Sí, le amo; es lo que más amo en el mundo... Por él sigo viviendo. Sin
él me mataría... Pero no es lo que tú te imaginas... no lo es.
El rubor no podía manifestarse en aquel rostro arrebolado por el llanto;
pero su gesto, sus ojos, el tono de su voz, repelían con indignación y
vergüenza la sospecha del príncipe.
Siguió hablando en voz baja, apresuradamente, sin atreverse á mirarlo,
como la penitente que desea terminar cuanto antes una confesión penosa. Varias
veces, al conversar con el príncipe, había tenido la verdad junto á sus labios, y siempre en el último momento la
retiraba, por un escrúpulo de mujer que teme recordar sus años al hablar del
pasado. Pero ¿á quién podía revelar su secreto mejor que á Miguel?... Lo
consideraba como de su familia; la había recibido amigablemente en su
desgracia, cuando tantos le volvían la espalda. Además, entre un hombre y una
mujer no sólo puede existir el amor, como ella había creído en sus tiempos de
loca juventud. Había otras cosas menos vehementes, más plácidas y duraderas: la
amistad, el compañerismo, un afecto fraternal...
Hizo una pausa, como para tomar fuerzas.
—Es mi hijo.
Miguel, que esperaba una revelación extraordinaria, algo monstruoso,
digno de aquel pasado de locuras, no pudo contener su sorpresa:
—¡Tu hijo!
Ella movió la cabeza: «Sí, mi hijo.» Y siguió hablando con los ojos
bajos, siempre en un tono de penosa confesión. Remontaba el curso de su
existencia. ¡La sorpresa, la cólera ante esta jugarreta cruel del amor, que
había venido á interrumpir sus mejores años!... Su indignación fué semejante á
la de los ciudadanos de la antigua Grecia que se amotinaron al saber que estaba
encinta una cortesana considerada como una gloria nacional, una beldad que las
muchedumbres venían á ver de muy lejos cuando se exhibía desnuda en las fiestas
religiosas. Necesitaban matar al sacrílego. Ella se tenía también por una obra
de arte viviente y quiso borrar el sacrilegio con la muerte. ¡Los crímenes
intentados para despojarse de la vergüenza que latía en sus entrañas! ¡Los tormentos
de la ocultación, la vida de placer seguida lo mismo que antes, pero con
dolorosos esfuerzos para que no adivinasen su secreto!... Al regresar de las
fiestas, librándose de la opresión que aplastaba su creciente exuberancia, eran
las cóleras homicidas, los puñetazos locos sobre el globo de su vientre para
aniquilar al rebelde que se empeñaba en vivir, el revolcarse sobre la alfombra
con un histerismo homicida...
Su voz lloraba al hacer estas evocaciones.
—Pero ¿y tu marido?—preguntó Miguel.
—Entonces nos separamos. El podía tolerar en silencio mis
amores, podía fingir no verlos... ¡pero un hijo que no era suyo!...
Recordó la actitud digna, á su modo, del duque de Delille. Su familia
abundaba en maridos engañados: casi era esto una tradición de nobleza, una
distinción histórica. No creía deshonroso vender su nombre al casarse para
aumentar las comodidades de su existencia. Su nombre le pertenecía como una
herramienta de trabajo. Pero le era imposible enajenarlo, dándoselo á un
intruso para que continuase la estirpe. Sus antepasados habían tenido muchos
hijos naturales; pero á ninguna de sus alegres abuelas se le ocurrió jamás
introducir en la familia un bastardo en cuya formación no le correspondiese á
su marido la más pequeña iniciativa.
Se había separado el duque de ella, aceptando todas sus exigencias,
menos ésta. Era un hijo adulterino que debía desaparecer... Y nadie, aparte de
los dos y de la doncella—que todavía la acompañaba ahora—, se había enterado de
este nacimiento.
—Tuve épocas de felicidad—siguió diciendo Alicia—. Conocí satisfacciones
que no había sospechado... Escapaba de París; muchos me creían viajando con un
nuevo amante. No; iba á ver á mi pequeño, á mi Jorge, primero en Londres,
después en Nueva York, siempre en grandes ciudades. Podía vivir con él, jugar á
ser mamá con una muñeca viviente que cada vez se hacía más grande... ¡más
grande! ¿Te acuerdas de la noche en que te invité á comer? Acababa de regresar
de uno de estos viajes, y sin embargo, haz memoria de las tonterías que dije.
Me creía Venus, me creía Helena pasando ante «el banco de los viejos». Y para
entregarme sin escrúpulo á mis expansiones de madre, recordaba á mis ídolos.
También Helena había tenido hijos, y los hombres continuaban matándose por
ella. Venus no había escapado á la maternidad, y los dioses y los mortales
seguían adorándola, á pesar de que un retoño suyo revoloteaba por el mundo. La
maternidad no era una abdicación ni una decadencia; podía continuar bella y
deseada como las otras, después de un incidente que había creído irremediable.
Y seguí mi vida. ¡Ay! ¡Cuando me acuerdo que algunas veces acorté el tiempo que me había propuesto pasar junto á mi hijo
para seguir á algún hombre que apenas me interesaba!... Ahora que no lo tengo,
pienso en las horas que pude vivir á su lado y fueron dedicadas al primero que
excitó mi curiosidad... Es mi remordimiento más terrible, lo que me roe durante
la noche y me obliga á pensar en el juego como único remedio. Soy bien digna de
lástima, Miguel.
Pero Miguel, mientras la escuchaba, parecía dominado por una
preocupación tenaz.
—¿Y el padre? ¿Quién es el padre?
El tono de su voz casi fué igual al de antes: un tono de curiosidad
hostil, de agresivo despecho.
Volvió á repetirse su sorpresa al ver que ella levantaba los hombros.
—No lo sé; no me importa. Otras mujeres, en caso semejante, atribuyen la
paternidad al hombre que más les interesa. ¡Como si esto pudiera asegurarse! Yo
no he escogido á nadie en mi recuerdo. Todos iguales, todos olvidados. Mi hijo
es mío, sólo mío.
Tenía la majestuosa indiferencia de la selva fecunda é impasible que
abre sus entrañas al polen esparcido en el aire como una lluvia de amor. La
nueva planta emerge, es suya, y la retiene, sin mostrar interés por conocer el
origen ni el nombre del germen errante arrastrado por el azar.
Hubo un largo silencio.
—Un día, al llegar á Nueva York—continuó ella—, hice un descubrimiento
terrible. Vi á mi Jorge casi tan alto como yo, fuerte, con un gesto de hombre
serio, á pesar de que aún no tenía once años. Me avergüenzo sólo de pensarlo;
mas no debo mentir: lo odié. Venus podía tener un hijo, ya que este hijo es
eternamente niño y se conserva á través de los siglos como esos bebés graciosos
que se visten á capricho y sirven de diversión y orgullo. ¡Pero el mío, con su
armazón de gigante, sus manos fuertes y su cara grave!... Iba á envejecerme
antes de tiempo; me obligaba á renunciar á la juventud de conservarlo al lado
mío; jamás pasaría por la abdicación de declarar que era su madre... Y huí de
él, dejando que transcurriesen varios años, sin ocuparme de
otra cosa que de facilitar los medios para su completa educación. ¡Ay! ¡cómo me
ha castigado la suerte por este egoísmo!...
Calló unos momentos para secar nuevas lágrimas que inflamaban sus ojos y
enronquecían su voz.
—Se presentó en París cuando yo menos lo esperaba. Había muerto el amigo
venerable encargado de su educación allá en América. Vi á un hombre, á un
verdadero hombre, y eso que aún no había cumplido diez y seis años. Mi primer
movimiento fué de contrariedad, casi de cólera. ¡Tendría que decir adiós á mi
juventud, modificar mi vida por este intruso!... Pero algo había en mi interior
que me impidió tomar una resolución cruel: enviarlo otra vez al extranjero ó
hacerlo entrar en un colegio de París. Me acostumbré inmediatamente á su
presencia; necesité verlo en mi casa; me pareció que mi vida tomaba junto á él
una serenidad, una alegría profunda y discreta que nunca había sospechado. Tú
no sabes lo que es eso, Miguel; no podrías comprenderlo por más que yo te lo
explicase... Te juro que fué la mejor época de mi vida. No hay amor como ese.
Además ¡éramos tan excelentes compañeros!... Yo me sentí repentinamente de su
edad; no: más joven aún que él. Jorge me daba consejos con su cordura precoz, y
yo le obedecía como una hermana mas pequeña. Se dejaba arrastrar por su mama á
un mundo de placeres y elegancias que le deslumbraba después de su vida sobria
y atlética junto á un educador severo. Me apoyaba orgullosa en su brazo, riendo
de las equivocaciones del mundo. ¡Lo que hemos bailado el año antes de la
guerra, sin que nadie sospechase el verdadero afecto que me ligaba á mi
acompañante!
Alicia hizo una pausa para saborear mejor sus recuerdos. Sonreía
vagamente al pensar en el error maligno de las gentes.
—Todos los té-tangos de los Campos Elíseos vieron á la duquesa de
Delille bailando con su nuevo capricho amoroso. Y yo, Miguel, te lo confieso,
me enorgullecía con este error. Continué siendo la hermosa Alicia, rejuvenecida
por la fidelidad de un adolescente que la acompañaba á todas partes con el
entusiasmo del primer amor. Me parecía esto
preferible al papel resignado y pasivo de madre. Además, ¡nuestros comentarios
alegres al estar solos! Muchos de mis antiguos adoradores sintieron renacer el
pasado por envidia sorda, por la instintiva rivalidad del hombre maduro ante el
adolescente, y me asediaban con sus galanterías. Mi Jorge me amenazaba riendo:
«Mamá, tengo celos.» Quería que su madre no llamase la atención de ningún
hombre, para que fuera toda de él. Otras veces protestaba yo con más motivo.
Sorprendía las miradas codiciosas de muchas mujeres de mi mundo fijas en él; la
invitación agresiva de algunas, que, por ser más jóvenes, se consideraban con
derecho á arrebatármelo. ¡Y él, tan bueno, burlándose conmigo de estas pasiones
que despertaba, comunicándome otras que yo no podía adivinar!... Tú no conoces
tal vez esta juventud que llega detrás de nosotros. Parece de otra carne y otra
sangre. Nuestra generación es la última que ha tomado en serio el amor, dándole
una importancia enorme, haciendo de él la principal ocupación de una vida. Tú y
yo no podemos ser ya comprendidos: resultamos monstruos. Mi hijo sólo se
interesaba por una mujer: su madre; y aparte de ella, los automóviles, los
aeroplanos, los deportes... Todos estos muchachos fuertes é inocentones
parecían adivinar lo que les esperaba...
Fué extinguiéndose la momentánea serenidad con que había hecho el relato
de este período feliz. Siguió hablando con voz sorda, entrecortada por
sollozos. De pronto, la guerra. ¿Quién podía imaginársela un mes antes?... Y su
hijo se avergonzaba de no correr como todos los hombres á las estaciones de
ferrocarril para incorporarse á un regimiento. Una mañana la había aterrado con
la noticia de su enganche como voluntario. ¿Qué podía hacer ella? Legalmente,
no era su madre. Jorge llevaba el nombre de un matrimonio de viejos criados que
se habían prestado á esta fingida paternidad. Además, había nacido en Francia,
y nada tenía de extraordinario que, como tantos adolescentes, quisiera defender
su patria antes de ser llamado á las armas por la ley.
La duquesa vivió algunos meses en un villorrio del Mediodía, cerca del
campo de aviación donde se amaestraba su hijo.
Deseó prolongar hasta el último extremo su vida con él. ¡Si se hubiese hecho
soldado cuando vivían separados y ella renegaba de su maternidad!... Pero iba á
perderlo en el momento más plácido de su existencia, cuando se creía al lado de
Jorge para siempre.
—No tardó mucho en ser piloto. ¡Cómo aborrecí la facilidad con que
dominaba el manejo de los aparatos! Sus progresos me inspiraron orgullo y
cólera. Estos jóvenes sienten un verdadero fanatismo por la aviación, nacida
después de ellos y que han visto crecer ante sus ojos de colegiales... Se
marchó, y desde entonces no vivo. ¡Tres años, Miguel, tres años de tormento!
Bien he pagado toda mi vida anterior. Aunque mis faltas hubiesen sido más
grandes, las tendría expiadas con exceso. Puedes compadecerme. Son dolores que
tú no conoces.
El primer año de soledad lo había vivido Alicia esperando las cartas que
llegaban con intermitencias del frente de la guerra. Muy contadas alegrías.
Jorge había venido á París una sola vez con permiso, pasando media semana junto
á ella. De tarde en tarde recibía también la visita de camaradas del aviador,
acogiendo sus noticias con lágrimas y sonrisas. Su hijo alcanzaba la Cruz de
Guerra después de un combate aéreo. La madre había recortado el pequeño párrafo
que hacía referencia á este hecho, clavándolo con dos alfileres en la seda que
tapizaba su dormitorio. Pasaba las horas contemplando con una fijeza hipnótica
estos breves renglones. «Bachellery (Jorge), aviador, ha dado caza más allá de
nuestras líneas á dos aviones enemigos y...»
Este Bachellery (Jorge) era su hijo, ¡su hijo! Nada le importaba que los
demás lo ignorasen. Su orgullo parecía crecer en el misterio. En sus entrañas
se había formado aquel mocetón hermoso, fuerte é inocente como los héroes de
las leyendas. Todos los hombres conocidos en su vida anterior se empequeñecían
y afeaban; eran seres inferiores, procedentes de otra humanidad, cuya
existencia debía olvidar.
De pronto, el accidente estúpido y ciego que hacía caer la noche sobre
ella. El aviador salía una hermosa mañana en su
aparato de caza, elevándose á través de las nubes en busca del enemigo, con la
alegre confianza de un joven paladín marchando al encuentro de las aventuras.
Repentinamente, un pequeño desarreglo en el motor, un descuido de los encargados
de su preparación, algo de poca importancia en tiempo ordinario... Y tenía que
descender, imposibilitado de seguir su vuelo; pero el viento y la desgracia le
hacían tocar tierra en las líneas alemanas.
—Cien metros más acá, hubiera caído entre los suyos... ¡Qué quieres! Era
yo demasiado feliz; debía conocer el verdadero dolor... Te confieso que en el
primer momento casi sentí alegría: una alegría egoísta de madre. ¡Prisionero!
Esto representaba la seguridad de su existencia; ya no me lo matarían en un
combate aéreo; ya no estaba en peligro de morir despedazado ó quemado debajo de
su aparato roto. ¡Pero luego!...
Luego, esta seguridad, que colocaba á su hijo al margen de la guerra,
era su tormento. Envidió la época en que arrostraba el peligro diariamente,
pero con libertad. Los periódicos hablaban de las miserias de los prisioneros,
de su hacinamiento en fétidos barracones, del hambre que sufrían. La vida de
comodidades de la madre resultó un continuo remordimiento. Al sentarse á la
mesa, al contemplar su mullido lecho, al percibir en invierno la tibia caricia
de la calefacción, viendo los cristales floreados por la escarcha, creía estar
usurpando indignamente algo que era de otro. ¡Su hijo! ¡su pobre hijo viviendo
como un perro sin dueño, tendido en la paja, atenaceado por el tormento del
hambre! ¡Haber producido un ser—ella que se creyó durante años y años el centro
de lo existente, disfrutando de todas las comodidades—, y este pedazo de su
vida agonizaba bajo el suplicio de una miseria como sólo la conocen los mayores
abandonados!... Nunca pudo imaginarse que la suerte le reservase esta ironía.
Se agitó en los primeros meses con el cariño agresivo é irracional de la
hembra que ve sus cachorros en peligro. Corrió de ministerio en ministerio,
valiéndose de todas sus relaciones sociales. ¡Pero eran tantas las madres!...
No iban á emprender una gestión diplomática sólo
para ella. Todos los días enviaba á las oficinas encargadas del socorro de los
prisioneros grandes paquetes de víveres destinados á su hijo. Al final se
negaban á admitirlos. No podía ocuparse el servicio únicamente en socorrer á un
simple protegido de la duquesa de Delille. Había miles y miles de hombres que
estaban en su misma situación. Y ella no podía gritar: «¡Es mi hijo!» Nada
adelantaba con esta revelación escandalosa. Y siguió entregando sus paquetes
regularmente, aunque no fuesen para Jorge. Servirían para saciar el hambre de
otros. Conoció la magnanimidad de los inmensos dolores; hizo sus dádivas como
una madre que, al rezar por su hijo desahuciado, reza por los demás enfermos,
creyendo que con esta generosidad serán mejor atendidas sus súplicas.
Además, ¡la duda cruel!... Los empleados, al tomar sus paquetes,
sonreían tristemente. Era casi seguro que se los apropiarían los guardianes.
Todos los comestibles de precio que destinaba á su hijo iban á servir para que
los reservistas de Alemania encargados de la custodia de los prisioneros
cenasen alegremente, con una alegría de mastines feroces, brindando por la
gloria de su kaiser y el triunfo de su pueblo sobra el mundo entero. ¡Dios mío!
¿Qué hacer?...
Muy de tarde en tarde, llegaba á sus manos, con enorme retraso, una
tarjeta postal revisada por la censura alemana. Cuatro líneas nada más,
escritas como los niños escriben en la escuela, bajo la mirada del maestro que
está á sus espaldas. Pero era la letra de su Jorge. «Bien de salud. No nos
tratan mal. Envíame comestibles.» Pasaba largas horas contemplando estos
renglones tímidos y mentirosos. Adquirían para ella una nueva fisonomía; decían
otra cosa: la verdad. Recordaba los relatos de cautivos moribundos venidos de
aquellos campamentos de suplicio, y los renglones parecían balbucear, con el
gemido de un niño enfermo: «Mamá... hambre. ¡Tengo hambre!»
Hubo momentos en que creyó perder la razón. Todo lo que le rodeaba hacía
surgir en su memoria la imagen de aquel Jorge elegante, cuidado por ella con
mimos infantiles. Había vigilado su guardarropa, se preocupaba del
mérito de sus sastres, tenía que sufrir sus protestas varoniles cuando
pretendía vestirlo interiormente de telas finísimas y encajes, lo mismo que
ella. Por las mañanas iba á sorprenderlo en su lecho, como á un pequeñuelo, y
besaba con devoción aquella carne de atleta, que era su propia carne, metamorfoseada.
Todo le parecía mezquino y pobre para este mocetón hermoso como un dios
antiguo; cuidaba de su cama, de su tocador, de su persona, con el fanatismo de
una amorosa; registraba sus bolsillos, para renovar incesantemente los regalos
de dinero. Suyas serían las minas mejicanas, las tierras de la frontera, todo
cuanto ella poseyese. Y más tarde—no quería pensar cuándo—, lo casaría con una
mujer que fuera de su agrado; su nacimiento obscuro iba á realzarse con la
seducción de una riqueza enorme... Pero el mundo se desplomaba de pronto en una
demencia furiosa, y este príncipe de la suerte, cuya madre había conferenciado
tantas veces con su jefe de cocina, imaginando sorpresas gastronómicas
dedicadas á él, lloraba desde una llanura glacial remota y triste: «Mamá...
hambre. ¡Tengo hambre!»
—Tres veces fuí á Suiza, Miguel... Hasta propuse en París que me diesen
los medios de pasar á Alemania, ofreciéndome como espía, pero se rieron de
mí... Tenían razón: ¡qué iba á espiar yo! Mi hijo... lo que yo quería era ver á
mi hijo. En Suiza encontré dos inválidos que acababan de ser canjeados y
procedían del campo en que estaba mi Jorge. Conocían al aviador Bachellery.
Había intentado escaparse cinco veces; gozaba cierta fama entre sus compañeros
de miseria por la altivez con que hacía frente á los guardianes más crueles...
Sus últimas noticias eran inciertas; habían dejado de verle, pero creían que
estaba ahora en otro campo de prisioneros, un campo de castigo, muy lejos,
cerca de Polonia, donde se aglomeran los rebeldes y los peligrosos bajo una
disciplina cruel, sufriendo terribles correcciones.
Su voz tembló de cólera al decir esto. Veía á su hijo arrastrando
cadenas, recibiendo golpes lo mismo que un esclavo. ¡Ah! ¡no ser ella un
hombre, para que la dejasen á solas con el lúgubre histrión de los puntiagudos bigotes que hacía gemir de dolor á tantos millones de
mujeres!...
—¡Y pensar que ha habido exaltados que mataron á jefes de gobierno
buenos ó insignificantes!... ¡Y ni uno solo se le ocurrió suprimir al kaiser!
Que no me hablen de los anarquistas... No creo en ellos.
Esta explosión de ira se desvaneció inmediatamente. Otra vez su dolor
desesperado la hizo gemir. Recordó una fotografía que había visto en los
periódicos: el suplicio del poste, aplicado por los alemanes en los campos de
castigo; un francés, con el uniforme andrajoso, amarrado á un madero como si
fuese una cruz, en plena llanura cubierta de nieve, sufriendo durante horas y
horas un frío homicida. Era la pena mortal aplicada hipócritamente, con
refinamientos salvajes. No se podían distinguir los rasgos fisonómicos de aquel
pobre Cristo con la cabeza caída sobre el pecho. Tal vez era su hijo. Y si no
era Jorge, seguramente que había sufrido también el mismo suplicio.
—¡Cómo vivir en esta angustia interminable!... No me han dejado volver á
Suiza: me niegan el permiso. Nada sé, y hay momentos en que mi cabeza parece
que va á romperse. Por eso evito estar sola, por eso juego y necesito ver
gente, hablar, huir de mis pensamientos... Después sólo he recibido una postal
de mi hijo, sin fecha, sin el lugar de procedencia, que dice casi lo mismo que
las otras. La letra es suya, y sin embargo parece de distinta mano. ¡Ay! ¡lo
que me dice su letra!... Lo veo como al otro, como al infeliz amarrado al
poste, cubierto de andrajos, con una delgadez esquelética... ¡Mi hijo!
Lubimoff tuvo que oprimir sus dos manos fuertemente, tirar de ellas para
sostenerla y que no se arrojase sobre la cama con histéricas convulsiones. Se
arrepintió de haber venido, provocando con su curiosidad una confesión que
despertaba las tristezas de esta mujer.
Ella, que le miraba sin verle, con los ojos desmesuradamente abiertos,
acabó por concentrar sus pupilas, fijándose en la emoción de Miguel. Esto la
hizo serenarse un poco.
—Feliz tú, que no conoces este suplicio. Es interminable: no tiene remedio. Cuando pienso en él, creo que voy á
morir. ¡No saber nada! ¡no poder nada!... Necesito distraerme, pensar en otras
cosas. Hay que vivir; no podemos llorar á todas horas. Pero si llego á
interesarme por algo, inmediatamente surge el remordimiento. Me insulto yo
misma: «¡Mala madre, que lo olvidas!» Raro es el día que como sin llorar. Me
atormenta la idea de que él sería feliz con los sobras de mi mesa, con lo que
comen los domésticos, ¡quién sabe si con lo que le dan al perro! Y Valeria y Clorinda,
al ver mis lágrimas, no pueden explicarse un dolor tan insistente. Ignoran mi
secreto; creen, como todo el mundo, que se trata de un simple protegido ó de un
pequeño amante: no comprenden esta desesperación por un hombre... Por eso juego
tanto; es lo único que me preocupa verdaderamente y me hace olvidar por unas
horas; es mi anestésico. En otros tiempos jugaba por el placer de la emoción,
por el gusto de reñir con la suerte, porque me halaga el asombro de los
curiosos viéndome aventurar con indiferencia cantidades enormes. Ahora es por
él, sólo por él.
Alicia recordó el mal estado de su fortuna. Estaba ya quebrantada
seriamente años antes, pero ella tenía la esperanza de una pronta
reconstitución. Además, los tiempos anteriores á la guerra habían sido la mejor
época de su existencia. Tenía á su hijo; se dejaba llevar por la vida, sin
pensar en los negocios. Luego, al perder á Jorge, se había consumado al mismo
tiempo su ruina.
—¡Si yo tuviese la riqueza de antes! Conozco el poder del dinero;
hubiese removido con él á los hombres y hasta á los gobiernos. Habría escrito
al kaiser ó á Hindenburg, enviándolos un millón, dos millones, lo que pidieran.
«Ya que ustedes restablecen la esclavitud y saquean los pueblos, ahí va dinero.
Devuélvanme á mi hijo.» Y lo tendría ya á mi lado. ¡Pero soy pobre!... ¡Si
supieras cómo amo ahora el dinero, sólo por él! Sueño con dar un golpe; ganar
en dos ó tres días quinientos mil francos ó un millón. ¡Qué alegría la mía
cuando llego del Casino con unos miles de francos! «Para enviarle paquetes...
para que mi pobrecito coma.» Escribo á los
proveedores ó busco yo misma, acordándome de las cosas que más le gustaban. Tú
eres rico é ignoras las dificultades del momento presente. ¡Lo que escasean las
cosas! ¡lo caras que cuestan!... Yo, antes, tampoco sabía nada de esto... Y le
envío paquetes de víveres de los mejores; y siento orgullo al decirle con mi
pensamiento: «Es con el dinero que ha ganado mamá para ti... es con mi
trabajo.» No sonrías, Miguel. Así es. ¿En qué otra cosa puedo yo trabajar?...
Lo único que me apesadumbra es la dirección de estos envíos. «Para el aviador
Bachellery, prisionero en Alemania.» No sé más, ¡y son tantos los prisioneros!
Casi todos mis envíos deben perderse; pero alguno llegará á sus manos. ¿No
crees tú que alguno llegará?
Miguel acogió esta pregunta ansiosa con un vago gesto de conformidad.
Sí, tal vez; era casi seguro.
Alicia mostró de pronto cierta confianza. Ocho meses que nada sabía de
él; pero otras madres estaban en el mismo caso. No debía desesperar. Hombres
dados por muertos en las primeras batallas volvían á sus casas después de un
largo cautiverio. Además, ¿era lógico que un hijo de ella muriese de hambre y
de miseria lo mismo que un mendigo?...
Lubimoff asintió otra vez. Verdaderamente, no era lógico.
—Hay momentos en que siento una alegría inexplicable: el aviso
misterioso de que voy á recibir una buena noticia; la misma corazonada de los
días en que llego al Casino segura de ganar... y gano. He escrito al rey de
España, que se ocupa de la suerte de los prisioneros y muchas veces hasta
consigue que los devuelvan á su patria. He hecho que le escriban un sinnúmero
de amigos. ¡Si me devolviese á mi Jorge!... Espero á lo menos una buena
noticia, saber dónde está, convencerme de que vive. Me bastaría con que le
internasen en Suiza, como á los grandes heridos, y yo iría á vivir con él. ¡Qué
felicidad que estuviese en Lausanne ó en Vevey, á orillas del lago, como está
mi marido!
El recuerdo del duque la hizo sonreir con una bondad melancólica.
—Te advierto que no lo olvido. Todo lo que me sobra de
los envíos á Jorge lo meto en un paquete vía Ginebra. «Para el teniente coronel
Delille.» ¡Ay! Este sí que llega. ¡Pobre viejo! Sus respuestas son casi de
amor... Yo le regalo salchichones y botes de conservas, en recuerdo de los
mazos de flores de veinte luises que me envió cuando pretendía mi mano... ¡Qué
tiempos, Miguel! ¡Quién podía imaginarse este trastorno de las personas y las
cosas!...
Hablaba ya con más tranquilidad, como si el recuerdo de su hijo hubiese
retrocedido á un segundo plano de su memoria.
—Todo me anuncia una buena noticia. La desgracia no puede durar tanto
tiempo, ¿no te parece? Es como la mala suerte en el juego: acaba por pasar; lo
que importa es tener fuerzas para resistirla... Debería sentirme satisfecha. La
emoción apenas me ha dejado dormir esta noche... He pasado de los treinta; ya
sabes: esos treinta mil francos que parecían antes el límite de mi suerte.
Anoche gané ochenta mil. Tu amigo Lewis estaba furioso. Cree que esto sólo les
ocurre á las mujeres: ganar jugando á capricho, burlándose de las reglas.
Adivinó ella en la mirada del príncipe su extrañeza por esta alegría
después del llanto reciente.
—No puedo permanecer sola. ¡Los recuerdos!... Tal vez me has oído cantar
mientras subías. Es una canción inglesa que cantaba mi hijo. Por las mañanas
iba yo á escucharla detrás de su puerta, como una enamorada que se contenta con
la voz mientras espera la presencia del hombre amado. Siempre que estoy sola la
repito maquinalmente; me imagino que es Jorge el que canta, y se me llenan los
ojos de lágrimas, pero son de ternura, lágrimas dulces... Al hacer mi cama he
creído oirle, lo mismo que cuando iba y venía por su dormitorio y yo le espiaba
al otro lado de la puerta. Mi voz era su voz. Por eso al entrar tú me temblaron
las piernas. Supuse por un momento que tú eras él. ¡Qué emoción cuando le
vea!... Porque yo le veré. La desgracia no puede durar eternamente. ¿No crees
tú que le veré?...
Sus ojos entornados sonreían á una lejana visión de esperanza. Y Miguel,
que había permanecido silencioso mucho tiempo, habló para infundirle ánimo.
¡Pobre mujer! Sí; vería á su hijo. A la edad de él
se resisten todas las fatigas. Volvería; aún serían felices los dos, comentando
el infortunio presente como un mal sueño.
—Además, yo te ayudaré. Hay que proceder activamente para que te
devuelvan tu hijo. Escribiré al rey de España. Lo conozco; almorzó en mi yate
una vez que estuve en San Sebastián. Tengo buenos amigos en París, hombres
políticos, diplomáticos; les escribiré á todos... Y en último término, si no
queda otro recurso, buscaré por medio de un gobierno neutral hacer llegar una
carta á Guillermo II. Tal vez me atienda: debe acordarse de mí, de su visita á
mi buque...
Ahora fué ella la que oprimió sus manos. Le miraba fijamente, con los
ojos turbios de lágrimas, sonriendo al mismo tiempo para expresar su gratitud.
—¡Qué bueno eres!—exclamó después de un largo silencio—. El día que
estuve por primera vez en Villa-Sirena me convencí de mi gran error. ¡Qué mal
nos conocíamos! Ha sido necesaria la desgracia para vernos tales como somos.
Primeramente me ofreciste remediar mi pobreza; ahora quieres devolverme á mi
hijo...
Se dejó arrastrar por una afectividad impulsiva. Lubimoff vió cómo se
inclinaba su cabeza, y sintió inmediatamente el contacto de su boca en una
mano. Dos besos ruidosos y una voz que gemía: «¡Gracias... gracias!» El
príncipe se puso de pie. Le era imposible tolerar este gesto humilde. Pero al
mismo tiempo ella se irguió igualmente; quedaron sus ojos á idéntico nivel, y
como si quisiera completar la reciente caricia, se abalanzó sobre el príncipe,
le tomó la cabeza entre sus manos y le besó la frente.
Una oleada de perfume carnal, semejante á la otra que le había envuelto
al recibir la sábana en pleno rostro, volvió á conmover su organismo. Se daba
cuenta del alcance de esta caricia: un simple beso de gratitud, un arrebato de
madre que expresa sus sentimientos con excesiva vehemencia. A pesar de esto, la
turbación que le dominaba, cruel y voluptuosa á la vez, le impulsó á abrir los
brazos para abarcar y apropiarse lo que tenía á su alcance... Pero sus manos
ávidas se perdieron en el vacío.
Ella, arrepentida de su acto, se había echado atrás, retrocediendo unos
cuantos pasos. Estaba en el hueco de la puerta, dispuesta á continuar su huída.
Se arreglaba maquinalmente los cabellos y secaba sus lágrimas, mientras el
rubor se extendía por su rostro.
—¡Qué loca soy!—murmuró—. Perdóname. ¡Es tanta mi gratitud al saber que
quieres ayudarme!...
Señaló al mismo tiempo el balcón. Abajo, en el jardín, sonaba la voz del
hortelano llamando á su perro para que no continuase ladrando junto á la
escalinata de la «villa», como si olfatease la presencia de un intruso.
—Vámonos—ordenó Alicia con gravedad—. Las criadas van á volver de misa.
No me gusta que nos vean aquí, en mi dormitorio. Podrían creer...
Lubimoff, al serenarse, admiró el gesto pudoroso, la tímida inquietud
con que ella decía esto. Resurgió en su recuerdo la mujer del «estudio» de la
Avenida del Bosque; hizo memoria de sus audaces teorías. ¿Realmente era la
misma?...
Mientras bajaban, ella volvió la cabeza para hablarle, como si adivinase
sus pensamientos.
—Debes reirte de mí. ¡Cuán lejos está la Alicia de otro tiempo!... Soy
menos mala que parecía, ¿no es cierto?... Dime que no me crees mala; dime que
sólo me tienes por loca: una loca sin suerte...
Abrió sus salones del piso bajo para dar á la visita un aspecto de
regularidad, pero el frío de las piezas abandonadas, los muebles enfundados, el
olor de cueva húmeda, les hizo salir al jardín, continuando su conversación al
pie de la escalinata, como dos personas que prolongan su despedida.
La antigua doncella de la duquesa y la jardinera encargada de la cocina
pasaron repetidas veces ante ellos con diversos pretextos. Saludaban al señor
mudamente, con ojos de adoración y dulce sonrisa. ¿Este buen mozo era el
príncipe Lubimoff, del que tanto se hablaba?... Habían oído su nombre muchas
veces en aquella «villa», y las dos le veneraron como un ser providencial,
todopoderoso, que podía con un gesto hacer resurgir la perdida abundancia...
Miguel no quiso prolongar su visita.
—Ven á verme—dijo ella en voz baja, acompañándole hasta la verja—. Ahora
lo sabes todo. Tú eres el único. Será muy dulce para mí que hablemos, que me
consueles y me ayudes.
Las horas siguientes las pasó el príncipe silencioso y preocupado.
¡Tantas novedades de una vez!... La existencia de aquel hijo que nunca había
podido sospechar; la amorosa feroz convertida en madre; sus lágrimas, su
tormento silencioso que arrastraba como cadena expiatoria á través de una vida
loca... Y por encima de todas estas sorpresas, la que él había experimentado en
su interior, la resurrección del hombre de otros tiempos, la nueva caída en la
servidumbre carnal, el doble latigazo recibido en su estructura nerviosa al
aspirar el perfume del suave lienzo y al sentir en su frente la huella de sus
labios...
Deseaba olvidar todo esto, y para conseguirlo concentró su atención en
las revelaciones que ella le había hecho y en sus dolores de madre. ¡Infeliz
Alicia! Al verla empobrecida y llorosa, sin otra ayuda que la que él pudiese
concederle, empezó á sentir por esta mujer un afecto duradero. Era el cariño
del poderoso por el débil al que protege; un amor paternal que no tenía en
cuenta la semejanza de edades ni la diferencia de sexos; una ternura en la que
entraba por mucho cierta lástima dulce. Se conmovió al recordar el beso humilde
con que había acariciado sus manos; casi un beso de mendiga. ¡Pobre! Esto
bastaba para que se creyese obligado á no abandonarla nunca. El orgullo de
Alicia, su ansia de dominación, le habían enfurecido en otro tiempo.
Acostumbrado á proteger generosamente á las mujeres, pero sin someterse nunca á
su voluntad, á considerarlas á todas como algo agradable é inferior, no podía
transigir con este carácter soberbio. Eran los dos igualmente poderosos y
triunfadores para llegar á tolerarse. ¡Pero ahora!...
Renacía en su memoria tal como la había contemplado en el dormitorio,
con los ojos acuosos, agrandados por el dolor, y una perla pendiente de sus
lagrimales, trágicamente bella, como las vírgenes que tienen sobre las rodillas
el cuerpo del hijo crucificado... ¡Máter dolorosa!
Pero una segunda persona que parecía hablar en el interior del príncipe
con fría clarividencia protestó de esta imagen. No era una madre dolorosa. La
madre no abandona á su hijo: renuncia á todas sus vanidades por él; abdica su
presente y su porvenir, como si no tuviese más vida que la de este pedazo de su
propia carne; le da el jugo de sus pechos y todas sus horas; sigue minuto por
minuto su desarrollo, batiéndose con la enfermedad, burlando al peligro; no
espera para amar el esplendor de la adolescencia triunfante... ¡mientras que la
otra!...
La otra era Venus dolorosa. Hasta en sus momentos más desesperados se
mantenía bella, y su dolor resultaba un nuevo medio de seducción. Era madre,
pero seguía siendo mujer: la terrible mujer perturbadora odiada por el
príncipe.... ¡Atención, Miguel!
Con una sonrisa de superioridad respondió mudamente á estas reflexiones.
«¡Acaso voy á enamorarme de ella!—se dijo—. La quiero como no creí nunca
que podría quererla. Pero sólo es un amigo, un compañero digno de lástima, que
debo proteger.»
A la hora del almuerzo, Spadoni no se presentó en Villa-Sirena. Atilio
le había visto en el Casino con sus amigos los ingleses de Niza. Estarían
almorzando juntos en el Hotel de París, para hablar de nuevas combinaciones. La
última consistía en jugar cuatro en diversas mesas, siguiendo un «sistema»
común que el pianista juzgaba infalible.
Después de tomar el café, todos los habitantes de la lujosa «villa»
parecieran agitados por una comezón que no les dejaba continuar en sus
asientos. Castro se marchó el primero, anunciando que iba al Casino. Le avisaba
el corazón «una gran tarde». Tenía entre ojos á un croupier que
empezaba su servicio á las tres y media. Conocía su modo de tirar la bola. Cada
uno tiene su especialidad: unos son de mano larga; otros de mano corta. Este la
hacía caer con frecuencia en el 17: su número.
Novoa se fué detrás de él, pero con menos franqueza. Balbuceó
ruborosamente al despedirse del príncipe. Tal vez
iría á pasar la tarde con sus amigos de Mónaco; tal vez hiciese un pequeño
viaje por el camino de Niza hasta Cap d'Ail ó Beaulieu. Era la confusión del
señor que no sabe mentir.
El príncipe quedó solo. Miró un rato el mar; luego cambió de ventana,
contemplando sus jardines. Oprimió el botón de un timbre para que acudiese don
Marcos. No sabía qué decirle, pero necesitaba verlo para no estar solo. Se
presentó una de las criadas viejas, anunciando que el coronel se había ido á
Monte-Carlo.
—¡Este también!—dijo el príncipe.
Tomó su sombrero y su gabán para escapar al tedio de una tarde de
domingo pasada á solas. Además, una fuerza indefinible tiraba de él igualmente
hacia la inmediata ciudad. Avanzó por el jardín, dejando á sus espaldas la
«villa». Le pareció más grande al quedar abandonada, y que su silencio ceñudo é
irritado equivalía á una protesta muda. «¿Para eso la habían construído,
gastando tan enormes cantidades?...» Por la carretera inmediata se deslizaban
tranvías y carruajes repletos de gente de Monte-Carlo que iba en busca de un
pedazo de mar sonriente, de un grupo de pinos, de una altura panorámica.
¡Y el poseedor de los jardines famosos de Villa-Sirena los abandonaba
para irse á una población de la que huían los otros!... Lubimoff se acordó del
hermoso plan de vida elaborado meses antes: una comunidad de laicos encerrada
en este rincón paradisíaco; música, astronomía, agradables conversaciones,
trabajos higiénicos. Y los monjes se escapaban con toda clase de pretextos; él,
que era su jefe, también sentía una necesidad inexplicable de imitarlos, y
hasta Toledo, fiel admirador de aquella propiedad que consideraba la mejor obra
de su existencia, parecía sufrir la misma fiebre ambulatoria.
Se volvió cerca de la verja para contemplar su hermoso dominio, como si
le pidiese perdón. Un silencio de palacio encantado: los jardines dormitaban
como bosques de ensueño. Creyó ver al final de una larga avenida el revoloteo
de dos grandes pájaros. Eran Estola y Pistola, con sus fracs de faldones
excesivamente largos, corriendo hacia el final del
promontorio. Para los dos solos se había construído Villa-Sirena. Podían jugar
con un regocijo gimnástico de adolescentes por aquellos jardines que envidiaban
los curiosos pegados á la verja; podían romper en sus carreras las plantas
raras traídas del otro lado del planeta, saltar de roca en roca en busca de los
pececillos que dejaban las olas en los minúsculos lagos de las oquedades de la
piedra, hasta que sus fracs quedasen bien mojados y sus zapatos rotos, para
desesperación del coronel, que todos los días pasaba revista á su gente.
Miguel no quiso preguntarse adónde iba. Su paseo era seguramente con un
fin determinado, pero consideró inoportuno pensar en él.
Vió de pronto dos corrientes de gentío que, viniendo en opuestas
direcciones, se encontraban y confundían, subiendo juntas una escalinata corta
y anchísima partida por dos pasamanos y cubierta por tres alfombras rojas.
Estaba ante las puertas del Casino. Por un lado iban llegando los que
acababan de descender del ferrocarril; por otro, los que habían recogido los
tranvías en todos los pueblos de la Costa Azul, desde Niza á Monte-Carlo.
Cantaba aquella tarde un tenor italiano célebre, y una parte de la
muchedumbre, despreciando el juego por el momento, se aglomeraba en el teatro.
Lubimoff se vió atendido inmediatamente por dos graves señores de levita
y corbata negras, con la cabeza descubierta: dos inspectores del Casino.
—¡Desolados, príncipe! Todo lleno; hasta en los pasillos hay gente.
Pero como era él, uno de los dos lo acompañó hasta el palco de los
ministros de Mónaco. El gobernador del príncipe soberano le conocía y quiso
cederle el mejor lugar; pero Miguel se mantuvo en segundo término, por miedo á
la curiosidad del público.
Era un teatro sin pisos altos; una sala de espectáculos más ancha que
profunda, con filas de butacas todas iguales y al mismo precio, y un escenario
que servía para los conciertos y excepcionalmente para las representaciones
teatrales. El mismo arquitecto de la Opera de París
había repetido su abrumadora ostentosidad en esta sala: oro por todas partes,
molduras, cariátides, espejos inmensos. No había un palmo de pared que no fuese
de estuco labrado y dorado. En el muro del fondo, sobre las filas de butacas que
se elevaban en acentuado declive, había cinco palcos, los únicos: el del
príncipe soberano y los de sus dignatarios.
Miguel escuchó á los cantantes, mientras examinaba la apretada masa de
público que podía distinguir desde su asiento. Reconoció á muchos en esta
contemplación á vista de pájaro. Vió en las primeras filas una cabeza gris, con
los cabellos partidos de la frente á la nuca y peinados hacia adelante hasta
confundirse con unas patillas á la austriaca. Era el coronel, que escuchaba con
cierta autoridad, balanceando el cráneo para conceder su aprobación al célebre
tenor. Pero no estaba solo: le vió ladear el rostro hacia una cabellera rizada
y una sarta de gruesas cuentas de ámbar. ¡Ah, traidor!... Indudablemente, la
hija del jardinero. Por esto se había dado tanta prisa en huir: una exigencia
de la aprendiza, deseosa de escuchar á aquel artista del que tanto hablaban las
señoras. Cuando el grueso ruiseñor quedaba oculto entre bastidores, el coronel
ofrecía á su protegida un cucurucho lleno de caramelos. ¡Caramelos en tiempo de
guerra! Un verdadero derroche que sólo se podía permitir un enamorado.
En el entreacto, el príncipe se marchó furtivamente, temiendo
encontrarse con don Marcos y que su presencia le amargase una tarde feliz.
Además, no le interesaba la ópera ni aquel cantante tan alabado.
Atravesó el gran atrio de columnas de jaspe que sostienen una galería
con balaustres rematados por candelabros de bronce. En un extremo, sobre
tableros, estaban las últimas noticias. El príncipe las leyó sin curiosidad.
«Nada; lo de siempre. Sigue la monótona guerra de trincheras. El terreno ganado
ó perdido á metros. Esto no acabará nunca...»
Se deslizó entre los grupos que paseaban durante los entreactos,
evitando que le viese el coronel. ¡Pobre Toledo! Iba gravemente orgulloso al
lado de aquella protegida que podía ser su nieta. Miraba hostilmente á los jóvenes, mientras la muchacha, á sus espaldas,
lanzaba ojeadas á todos los hombres con uniforme.
El príncipe tuvo que abrirse paso á través de un grupo inmóvil y
compacto. Eran oficiales convalecientes, franceses, canadienses, australianos,
ingleses, y revueltas con ellos, enfermeras de varios tipos; unas con velos
monacales y aspecto frágil; otras varoniles, con corbata y levita de botones
dorados, sin otra prenda femenil que la falda... Algunas más viejas, de pelo
corto, cara roja y grandes anteojos de concha, exigían un detenido examen para
que de su aspecto híbrido pudiera surgir la convicción de que eran mujeres. Se
amontonaban ante las tres dobles mamparas que dan acceso á las salas de juego.
Todo el que perteneciese á las fuerzas de mar y tierra de cualquiera nación no
debía pasar de aquí: los militares sólo podían entrar en la sala de espectáculos
y el atrio del Casino. Y estas gentes, que en sus lejanos países habían oído
hablar muchas veces de Monte-Carlo, al verse en él por los azares de la guerra,
se amontonaban junto á las mamparas con una curiosidad infantil, admirando
instantáneamente, al abrirse y cerrarse aquéllas, la rápida visión de los
salones dorados, puestos en fila y llenos de público. Después se retiraban,
cediendo el sitio á otros camaradas. Ya habían visto; ya podían afirmar que
Monte-Carlo no guardaba secretos para ellos.
Los empleados de levita negra abrieron una de las mamparas, saludando al
príncipe como á un antiguo conocido.
Era la primera vez que entraba en los salones de juego después de su
vuelta. Creyó que caía con milagrosa regresión en el mundo anterior á la
guerra; que todas las cosas que afligían á la humanidad quedaban al otro lado
de la puerta, como queda una acción dramática, falsa pero emocionante, sobre el
escenario de un teatro que abandonamos.
Hasta encontró cierto atractivo en la arquitectura de estos salones, por
ser algo familiar que le recordaba épocas agradables de su existencia.
Estaba en la sala del Renacimiento, pero toda su atención fué atraída
por la pieza inmediata, la rotonda central del
Casino, el llamado salón de Schmit, al que convergen los otros salones y que
parece prolongarse por debajo de las portadas divisorias hasta el fondo del
edificio.
Un silencio rumoroso surgía de las aglomeraciones humanas en torno de
las mesas verdes. Todos al hablar lo hacían en voz baja, como en una iglesia.
De vez en cuando, este susurro se cortaba con un largo rechinamiento, con un
ruido igual al de los guijarros de una costa arrastrados por la ola. Eran las
raquetas de los empleados, que barrían el paño verde, llevándose las monedas,
las fichas, todos los despojos de la pérdida, chocando unas con otras las
piezas de metal y las de falso hueso. La voz de los croupiers se
elevaba sobre este silencio febril de colmena bullente como la del oficial que
ordena una maniobra. «Hagan sus juegos...» «¿El juego está hecho?...» «No va
más.» El silencio perdía su envoltura rumorosa; se iba adelgazando. Los pechos
respiraban con menos fuerza; los cuellos se estiraban para ver mejor sobre el
hombro vecino; algunas mujeres permanecían sobre un pie nada más, echando atrás
el otro, como bailarinas que se inclinan para tocar el suelo con las manos.
Todos se apretujaban, sin reparar en el sexo á que pertenecían las carnes
inmediatas; y en esta pausa de rostros alargados, cejas fruncidas, bocas
rígidas y miradas convergentes sonaba, aumentado por un eco diabólico, el
correteo de la bolita de marfil por la ranura circular del borde de madera,
mientras la rosa de colores de la ruleta iba girando como un kaleidoscopio en
sentido inverso.
De pronto, un golpe seco. La bola había terminado su fuga circular,
cayendo en un número. Se prolongaba el silencio; los rostros parecían estirarse
aún más; los puños se apretaban convulsivamente. Otra vez el ruido de guijarros
movidos por la ola. Las raquetas barrían el campo verde. Mal número para el
público. Cuando se elevaba en torno de la mesa un ahogado rugido, la
respiración de cien pechos descongestionados, los croupiers tardaban
varios minutos en reanudar el juego, para pagar á los gananciosos y resolver
cuestiones entre los que reclamaban la misma puesta. Al terminar una partida, se disgregaban los grupos de una mesa para
trasladarse á otra; pero la orla de gente continuaba siendo compacta, por los
nuevos aportes de curiosos.
Descendía de la claraboya central un resplandor acaramelado. Fuera
brillaba el sol sobre el mar azul; aquí, la luz era de bodega: una luz, según
Castro, semejante á la del salón de sesiones de un Congreso de diputados. Esta
luz amarillenta, igual al oxidado fulgor del oro viejo, parecía aumentar la
suntuosidad de las salas. Era la arquitectura majestuosa y rica que convence al
pueblo y á los ricos improvisados. Las columnas y pilastras, de ónix y de
bronce, sostenían un techo magnífico, cortado circularmente por la cristalería
de la claraboya. En los cuatro triángulos de la bóveda estaban representados
escultóricamente el Aire, la Tierra, el Fuego y el Agua, como si los tales
elementos tuviesen alguna relación con la industria que daba vida al vasto
palacio.
Cuatro arañas de metal, enormes y rutilantes, completaban la pesada
suntuosidad. Allí donde no había dorados ó espejos, ocupaban las paredes
vistosas pinturas. Estos cuadros y todos los que adornaban al Casino eran
objeto de las burlas de Miguel. Algunos resultaban aceptables; los más parecían
viejísimos, á pesar de que no tenían más de cuarenta años, pero con una vejez
sin nobleza, lo mismo que si hubiesen pasado sobre ellos varios siglos de
desprecio y olvido.
Atilio explicaba á su modo la presencia de tales lienzos. Eran obra,
según él, de aficionados arruinados por el juego, que el Casino se veía en la
obligación de proteger.
El príncipe empezó á encontrar figuras conocidas entre este público
incesantemente renovado, que cada mes resultaba distinto. Todo el mundo pasaba
por allí. El pavimento, de diversas maderas ensambladas, era uno de los caminos
más frecuentados de Europa. Semejante al antiguo Foro de Roma, punto de
convergencia de las rutas del mundo entero, este salón atraía á las gentes
desocupadas del planeta. Soñaban todos con poder ir alguna vez á arrostrar una
moneda en la gran casa de juego mediterránea. El hombre de otros continentes, al desembarcar en el viejo mundo, inscribía
Monte-Carlo en su itinerario de viaje. Pero este río humano que se deslizaba
incesantemente, recibiendo el aporte de nuevas olas, iba dejando aguas muertas,
plantas desarraigadas, troncos desmochados, en las sinuosidades de sus ribazos.
Lubimoff casi saludó á ciertas personas que le miraban con afectuosa
sorpresa, lo mismo que si viesen en él á un resucitado.
Un vejete de barba corta y dura sobre un rostro de cadavérica palidez se
inclinó profundamente á su paso, sin que su modestia sufriese al no recibir
contestación. Era el hombre más buscado y halagado por las damas que
frecuentaban el Casino. Llevaba una especie de solideo negro en la cabeza, el
sombrero en la diestra y una medalla de esmalte con el Corazón de Jesús en una
solapa. Atilio y Lewis también le habían buscado muchas veces. Miguel estaba
seguro de que era amigo de la duquesa de Delille, y en más de una ocasión
habría visto sus lágrimas. Facilitaba dinero al cinco por ciento... cada
veinticuatro horas, y entretenía sus ocios estudiando de lejos á los recién
llegados, por si se ofrecían como nuevos clientes.
También sonrieron al príncipe algunas damas de aspecto serio, todavía de
buen ver, amplias de formas por un extremo y enjutas por el otro, como personas
que se medicinan contra la obesidad y no obtienen un resultado regular. Estaban
sentadas en los divanes de los ángulos, conversando entre ellas, mirando á los
grupos de jugadores con un aire de empleadas que descansan después de cumplido
su deber. Habían llegado á Monte-Carlo muchos años antes, con joyas, con miles
de francos, con un hombre que sufría sus desigualdades de humor y encima daba
dinero; y todo se había volatilizado en las mesas del Casino. Pero ellas
seguían agarradas al escollo de su naufragio, tal vez para siempre, viviendo de
los residuos de otros y otros, que, siguiendo la misma ruta, venían á chocar y
á perecer. Se ofrecían á los forasteros como personas experimentadas en los
misterios de la casa; aconsejaban á las parejas en viaje de amor qué número
debían jugar, como si poseyesen el secreto. Además,
se presentaban en el Casino á primera hora, para ocupar los mejores sitios en
las mesas, y luego cedían su silla á un jugador rico, cliente fijo, que las
recompensaba con generosidad si le favorecía la suerte.
Aún tuvo otros encuentros. Pasaron junto á él unas cuantas viejas, pero
de una vejez incapaz de arrostrar el aire libre y la luz del sol. Esta
ancianidad se acentuaba bajo adornos extraños que no recordaban ninguna moda:
trajes de colorines desteñidos que parecían cortados de un cortinaje viejo y
oliendo á casa ruinosa, sombreros monumentales ó turbantes esféricos fabricados
con gasas de mosquitero. Unas eran de esquelética delgadez, otras de lívidas
adiposidades; pero todas llevaban el rostro escandalosamente cubierto de
bermellón y círculos acarbonados en torno de los ojos moribundos.
—Un luis, mi príncipe—murmuró la más atrevida—. Tengo la seguridad de
que me dará la suerte.
Le temblaba al hablar la dentadura postiza, demasiado grande. Un hedor
de tumba acompañaba la sonrisa de sus labios pintados.
Miguel sabía quiénes eran por los relatos de Toledo. El coronel,
admirador de las majestades caídas, aceptaba su conversación con melancólica
deferencia. Una había sido amante de Víctor Manuel; otra más vieja recordaba
entre suspiros los tiempos de Napoleón III y de Morny. Todas iban á morir en
este Monte-Carlo, último rincón de la tierra que podía recordarles sus
esplendores de sesenta años antes. Algunas, en memoria de sus joyas
desaparecidas, ostentaban serenamente unos adornos grotescos y bárbaros de latón
y cuentas de vidrio. Según el paradójico Castro, habían muerto hacía muchos
años, pasaban la noche en el cementerio de Mónaco, y vistiéndose con los
harapos de los otros cadáveres subían al Casino, por la fuerza de la costumbre,
para contemplar una vez más el escenario de su remota juventud.
El príncipe les dió unos cuantos billetes y siguió adelante, mientras
ellas corrían á jugar este dinero, después de agradecer el regalo con una
sonrisa de calavera, último resto de la gracia profesional.
Pronto dejó de fijarse en todos los parásitos que vivían pegados á los
engranajes de la formidable máquina, nutriéndose con las migajas de su
trituración. Se sintió interesado por el público de jugadores, siempre igual en
apariencia y siempre distinto. Los había que avanzaban apoyados en bastones:
bastones de enfermo, con contera de goma, únicos que eran admitidos en las
salas de juego, por temor á las disputas. Vió damas gelatinosas de torpe paso;
señores tullidos apoyados en el brazo de un jayán con casaca galoneada, que los
conducía paternalmente hasta la ruleta, acomodándolos en su asiento. Algunas
paralíticas llegaban en un carruajito infantil hasta la escalinata, y allí eran
izadas á una silla de manos y llevadas á través de los salones hasta su lugar
preferido. En ciertos momentos parecía este palacio del juego un balneario
célebre, un Lourdes milagroso. Llegaban, como llegan los enfermos incurables á
otros lugares, empujados por la esperanza; pero esta esperanza no era la de la
salud, que les dejaba indiferentes. Lo que les galvanizaba era la esperanza de
la fortuna, la ilusión de la riqueza, como si esta riqueza pudiera servir de
algo á sus pobres cuerpos, faltos de los apetitos que amenizan la existencia.
Resumió el príncipe mentalmente la vida pasional de los humanos en dos
placeres que eran el motor de todas sus acciones: el amor y el juego. Los había
que conocían igualmente la doble atracción; Castro, por ejemplo. El sólo había
sentido interés por el amor é ignoraba el placer del juego. Al levantarse de la
mesa, siempre con ganancia, no experimentaba la tentación de volver. Pero
viendo á los ancianos, los valetudinarios y los incurables arrastrarse hacia la
ruleta como á una piscina milagrosa, los excusó compasivamente. ¿Qué otro
placer les quedaba sobre la tierra? ¿Cómo llenar el vacío de una existencia que
se prolongaba tenazmente?...
Lo que no podía comprender era el gesto apasionado, la mirada dura de
otros jugadores sanos y fuertes. Hombres jóvenes se movían entre las mujeres en
torno de la mesa con una brusquedad hostil; disputaban con ellas ásperamente,
tratándolas como á enemigos. Las mujeres perdían de golpe su frescura y su
gracia: se masculinizaban contemplando las filas de
naipes del «treinta y cuarenta» ó el volteo loco de la rueda de colores. Tenían
un gesto de luchador, con la boca tirante, los ojos feroces, y avisadas por el
instinto de esta transformación, apenas se separaban del juego sacaban del
bolso de mano el espejito, los polvos, el colorete, para remediar y borrar su
pasajera decadencia.
Las de aspecto más digno y correcto se mostraban á veces las más
atrevidas. Podían entregarse á un vicio sin miedo al comentario, sin riesgo de
ser criticadas, en un lugar donde todas las mujeres hacían lo mismo y el juego
figuraba como algo oficial, digno de respeto.
El príncipe sonrió acordándose de lo que le había contado Toledo días
antes: la desesperación de una señora cuarentona que venía de Niza con sus dos
hijas todas las tardes y había acabado por perder cincuenta mil francos.
—¡Ojalá me hubiese echado un amante!—gemía la matrona con ojos
lacrimosos—. Mejor hubiera sido entregarme al amor.
Entró Miguel en otros salones sin claraboya. Los racimos de bombillas
eléctricas, al iluminarlos con un resplandor absurdo, hacían pensar en el sol
ardiente y el mar azul que existían al otro lado de los muros de oro y jaspe.
Sobre las mesas, el alumbrado era de petróleo: dos enormes pantallas abrigando
cada una cuatro quinqués que pendían de unas cadenas de bronce de varios metros
fijas en el techo. Así, si se cortaba la corriente eléctrica, no había peligro
de que los clientes sintiesen la tentación de apropiarse el dinero de la banca.
De tarde en tarde sonaba una campanilla, agitada discretamente por uno
de los empleados de levita negra que dirigían el juego. Una ficha, una moneda ó
un billete había caído bajo de la mesa. Y se presentaba con una prontitud
escénica, como si esperase entre bastidores, un lacayo de casaca azul y oro
llevando en las manos una linterna sorda y un gancho para huronear entre las
piernas de los jugadores, hasta que encontraba el objeto perdido.
Una disciplina de buque de guerra, donde cada cosa está
en su lugar y cada hombre en el sitio de sus funciones, se notaba en las vastas
salas. Varios señores respetables, con la solapa condecorada, paseaban entre
las mesas con aire de oficiales de servicio, para convencerse de que todo iba
perfectamente. Allí donde las voces subían de tono se presentaban con paso
rápido para cortar los discusiones. Cuando dos «puntos» se disputaban una misma
puesta, resolvían inmediatamente el pleito pagando á los dos. El dinero acababa
al fin por volver á la casa.
Según Atilio, estaba perforado el Casino por galerías secretas, puertas
invisibles y hasta trapas, lo mismo que el escenario de una comedia de magia;
todo para el mejor servicio y evitar molestias á los clientes. Algunas veces,
un enfermo se desmayaba en la mesa ó caía muerto por una emoción demasiado
violenta. Al instante se abría el muro más próximo, vomitando una camilla y dos
bomberos, que hacían desaparecer el cuerpo importuno como por encantamiento.
Los de la partida inmediata no llegaban á enterarse.
En otras ocasiones era un suicidio. Lubimoff conocía una mesa llamada
«del suicida», á causa de un inglés que había querido morir teatralmente,
disparándose un pistoletazo al perder la última moneda. Las piltrafas de su
cerebro salpicaron la bayeta verde, las caras de los vecinos y hasta las
levitas de los croupiers. ¡Siempre hay gentes de poco tacto, que no
saben vivir en sociedad!... Pero los bomberos surgían de la pared, llevándose
al muerto, limpiando de sangre la alfombra y la mesa, y poco después, del óvalo
de gente apretujada contra el tablero verde surgía la voz sacramental: «Hagan
sus juegos...» «¿El juego está hecho?...» «No va más.»
El príncipe se acordó del famoso «banco de los suicidas» en los jardines
del Casino. Una leyenda para periódicos. No existía. Cuando se mataban varios
en un mismo banco, la administración lo hacía cambiar de sitio inmediatamente.
También era una exageración folletinesca lo de la abundancia de suicidios: dos
ó tres por año nada más. Según Castro, había pasado de moda esto de matarse en
Monte-Carlo; resultaba una falta imperdonable de buen gusto; lo discreto era
irse lejos y desaparecer sin ruido. Además, la policía
de la casa tenía buen ojo para conocer á los desesperados, y les facilitaba un
billete de ferrocarril, aconsejándoles que se matasen buenamente en Marsella, ó
cuando menos en Niza ó Mentón.
Estaba Miguel cerca de la «mesa del suicida», junto á la entrada de los
salones privados, cuando notó cierto revuelo en el público. Se buscaban los
grupos para transmitirse una noticia; los antiguos clientes se agitaban con una
emoción profesional. Algo importante estaba ocurriendo. El príncipe conocía el
significado de estas ráfagas de curiosidad: un jugador ganaba ó perdía de un
modo extraordinario.
Cierto nombre llegando vagamente á sus oídos hizo que su atención se
concentrase.
—La duquesa de Delille... Doscientos mil francos...
Todos los que tenían permiso para jugar en los salones privados se
precipitaban hacia la gran puerta de cristales que da acceso á ellos. Miguel
siguió esta corriente.
Se vió en una pieza enorme, de techo altísimo. En uno de sus lados se
abrían cuatro grandes balcones sobre las terrazas y el Mediterráneo. A causa de
la guerra estaban cubiertos con unas telas obscuras para ocultar la luz
interior. El muro de enfrente lo llenaban varios espejos gigantescos. En lo
alto, diez y seis cariátides blancas y pechugonas, encorvadas bajo el peso del
techo, sostenían anchas bandas de cristales de roca con bombillas eléctricas
que dejaban caer un resplandor lunar.
Los curiosos pasaban indiferentes ante las primeras mesas de juego, para
agolparse en torno de la última, la del «treinta y cuarenta», al pie de un gran
cuadro en el que tres buenas mozas desnudas, sobre un fondo de arboleda obscura
igual á los jardines de Boboli, representaban Las Gracias florentinas.
Allí estaba el fenómeno. Avanzando su cuello entre los hombros de dos
curiosos, vió á Alicia sentada á la mesa, con aspecto pensativo. Todas las
miradas convergían sobre ella. Ante sus manos se amontonaban varios fajos de
billetes y muchas fichas formando pilastras: fichas ovaladas de quinientos
francos y rectangulares de á mil, llamadas
«jaboncillos» en el lenguaje del Casino, á causa de su forma.
Ella levantó de pronto la cabeza, como si el instinto le avisase una
presencia interesante, y sus ojos se dirigieron rectamente hacia Miguel. Le
saludó con una sonrisa de felicidad. Pareció besarle con la mirada. Y todos,
con esa sumisión de las muchedumbres cuando se sienten dominadas por el
entusiasmo ó el asombro, siguieron sus ojos para conocer al hombre que era
acogido de este modo por la heroína. El príncipe sintió halagada su vanidad, lo
mismo que cuando un artista célebre le saludaba desde la escena y seguía
cantando con la mirada puesta en él, para dedicarle sus gorgoritos; lo mismo
que cuando, de joven, un matador de toros le dirigía un gesto amistoso antes de
dar la estocada final. Alicia parecía brindarle su gloria.
Pero inmediatamente volvió á recogerse en su ensimismamiento. No estaba
sola. Alguien invisible y poderoso se erguía detrás de su asiento, ó se
inclinaba para soplar en su oído el consejo certero, la resolución inesperada,
la audacia original. Sus ojos, animados por una luz fosforescente, contemplaban
lo que nadie podía ver. Su boca muda se estremecía con nerviosas contracciones,
lo mismo que si hablase á un ser misterioso que no necesitaba del sonido para
oir. Miguel adivinó junto á ella la potencia demoniaca de las horas
inolvidables, la que proporciona á los artistas el acorde maestro, la palabra
luminosa, la pincelada suprema; la que sugiere la matanza final en las batallas
ó la astucia decisiva en los negocios acompañados de quiebras y suicidios.
Se había lanzado al gran juego. Avanzaba con mano negligente una columna
de doce fichas rectangulares rematada por otra oval: doce mil quinientos
francos, la cantidad máxima que puede arriesgarse al «treinta y cuarenta». El
público, con la idolatría que inspiran los vencedores, se interesaba por la
duquesa, como si cada uno esperase participar de sus ganancias. Todos
presentían su triunfo. Y cuando efectivamente ganaba, un murmullo de
satisfacción, un resuello de desahogo iba elevándose del óvalo de curiosos que
se oprimían contra los respaldos de las sillas
ocupadas por los jugadores. De tarde en tarde perdía, y el profundo silencio
era de simpática conmiseración. Algunas veces, después de haber avanzado la
pilastra de fichas, entornaba los ojos como si escuchase á su colaborador
invisible, movía la cabeza en señal de asentimiento y retiraba su puesta.
Surgía de nuevo el murmullo de satisfacción al convencerse el público de que
había retirado su dinero á tiempo, lo que equivalía á un triunfo negativo.
Muchos calculaban con ojos de codicia las cantidades que se amontonaban
ante sus manos.
—Ya está en los trescientos mil... Tal vez tiene más... ¡Ojalá llegue á
ganar millones!... ¡Qué gusto ver saltar al Casino!
A estos comentarios en voz baja se unían las exclamaciones laudatorias
de algunas viejas, adorando con sus ojos á la victoriosa. «¡Qué simpática!...
Una gran señora. ¡Y tan bella!... ¡Que la suerte le acompañe!»
Se movió un hombro negro sobre el cual asomaba su cabeza el príncipe, y
éste vió la cara de Spadoni junto á sus ojos. No mostraba el pianista la menor
sorpresa, como si se hubiese separado de él pocos minutos antes. Ni siquiera lo
saludó. El asombro que dilataba su rostro, el escándalo y la envidia que le
infundía esta fortuna insolente, necesitaban expansionarse con una protesta.
—¿Ha visto, Alteza?... No sabe jugar. Va contra todas las reglas; va
contra la lógica. No sabe... ¡no sabe!
Inmediatamente volvió sus ojos á la mesa, olvidando al príncipe, al oir
un nuevo rugido del público. Faltaba poco para que algunos saludasen con
aplausos los repetidos triunfos de la duquesa. Los que habían perdido en los
días anteriores se regocijaban con una alegría de venganza. «¡Qué tarde!...
¡Esto se ve pocas veces!» Sonreían dándose con el codo al notar las idas y
venidas de los inspectores, la presencia de altos empleados que se esforzaban
por ocultar sus impresiones, la cara larga de los que volvían de la caja
central con nuevos paquetes de placas de mil francos para pagar á aquella
señora que por tres veces había dejado á la mesa sin dinero.
La noticia de su fortuna circulaba por todo el edificio. A aquellas horas los
señores de la administración debían estar hablando en su despacho del piso alto
de esta mala jugarreta que se permitía con ellos el azar. Algo extraordinario y
emocionante, igual al soplo de una revolución, se extendía hasta los últimos
rincones. Los que carecían de permiso para entrar en las salas privadas pedían
noticias á los que salían de ellas, repitiéndolas con la exageración del
entusiasmo. En los guardarropas, en los gabinetes de aseo, en los pasillos
interiores, en los subterráneos, en todos los recovecos donde criados, camareras
y bomberos viven bajo una eterna luz artificial, esta novedad sacudía la calma
dormitante del personal subalterno. Era una emoción igual á la que circula por
los corredores medio desiertos de una Cámara de diputados mientras en el
hemiciclo rebosante se defienden los ministros en peligro de muerte. Iba
creciendo la noticia al ir de grupo en grupo, con esa satisfacción mezclada de
inquietud que inspiran á los humildes los malos negocios de sus patrones.
—Parece que arriba una duquesa ha ganado un millón... No; ahora dicen
que son dos millones.
Y al dar la vuelta completa al edificio, los dos millones habían
engendrado uno más. Media hora después eran cuatro para todos los modestos
servidores que envejecían viviendo del juego, sin haberlo visto nunca de cerca.
Miguel sintió de pronto una gran cólera contra aquella mujer afortunada.
Después de la sonrisa de saludo ya no le había mirado más. Sus ojos pasaron
repetidas veces sobre él de un modo maquinal, sin llegar á verle. Era uno de
tantos curiosos espectadores de su triunfo. En el mundo sólo existían en aquel
momento la baraja y ella.
Su despecho le hizo sentir una indignación de moralista. Nada le
importaba que Alicia se olvidase de él. Lo repitió mentalmente varias veces:
nada le importaba. No eran amantes ni existía entre ellos un afecto profundo.
¡Pero el hijo!... Se acordó de la escena de la mañana, con sus gemidos y sus
lágrimas. Y la madre estaba allí, entregada por
completo á la voluptuosidad del azar, insensible á todo lo que no fuese su
torpe afición. Si alguien la hablaba del aviador prisionero, tendría que hacer
un esfuerzo para recordar que existía, ¡y horas antes lloraba sinceramente
pensando en su cautiverio!...
Era demasiado para el príncipe. Su severidad no podía aceptar esta
indiferencia. Y con los codos se abrió paso entre la muchedumbre, despegándose
de la espalda de Spadoni, que seguía con ojos de hipnotizado los tesoros
crecientes de la duquesa.
Lubimoff dió un paseo por el salón. Despreciaba el egoísmo de Alicia,
pero carecía de fuerzas para marcharse. Necesitaba estar cerca de ella; quería
convencerse de hasta dónde podía llegar su insensibilidad.
Se tropezó con un señor que caminaba entre las mesas agitando las manos
detrás de su espalda y mascullando frases ininteligibles. El amigo Lewis.
—¿Ha visto usted cómo juega?—dijo con acento de cólera al reconocer al
príncipe—. Como una bestia, como una verdadera bestia.... No debían dejar
entrar á las mujeres.
Toda la tarde había estado perdiendo, de acuerdo con las reglas y la
experiencia. No le quedaba dinero ni para sus whiskys: tendrían que
fiarle en el bar. Pero recordando de pronto que la de Delille era
parienta de Lubimoff, añadió:
—Siento mucho ofenderla; pero juega como una imbécil.
Y le volvió la espalda, para continuar su monólogo furibundo.
Don Marcos pasó rápidamente sin ver al príncipe, abriéndose paso entre
la masa de curiosos, con su autoridad de personaje decorativo. Acababa de
abandonar apresuradamente á la hija del jardinero. La noticia había circulado
por el teatro, logrando que muchos renunciasen al final de la ópera, para
presenciar esta suerte inaudita, que era para ellos un espectáculo de mayor
interés.
En una mesa de ruleta encontró á Clorinda que jugaba parcamente,
teniendo á Castro detrás de su asiento.
«La Generala» había presenciado la primera parte de
la victoria de su amiga. «Va á perder, esto no puede durar», pensaba á cada
golpe. Luego se había retirado de la mesa, explicando su actitud á Castro y á
otros amigos. No podía presenciar con tranquilidad cómo Alicia hacía un juego
tan arriesgado. Era una emoción superior á sus fuerzas.
—Yo deseo que gane mucho, muchísimo—añadía con una generosidad de buena
amiga—. ¡La pobre lo necesita tanto! ¡Van tan mal sus asuntos!
Había acabado por sentarse á otra mesa, con la vaga esperanza de que se
acordase también de ella la suerte; pero los murmullos que venían del «treinta
y cuarenta» anunciando nuevas victorias la ponían nerviosa, atribuyendo á esto
la pérdida de varias piezas de veinte francos. Cuando vió perdidos doscientos,
su irritación necesitó desahogarse en alguien. Allí estaba Atilio, que la
seguía á todas partes, acogiendo con sonriente adoración las agresividades de
su mal humor.
—Castro, márchese; no permanezca detrás de mí. Ya sabe que me trae mala
suerte. Váyase á otro sitio.
Y el príncipe vió cómo su amigo, con un gesto de enfado, se separaba de
la viuda, dirigiéndose al bar.
Quiso seguirle. Hablando con Atilio olvidaría la irritación que le había
causado la otra mujer. Pero al dirigirse al fondo del salón tuvo una nueva
sorpresa.
En un ángulo escasamente iluminado vió á Novoa que ocupaba un diván con
Valeria, la acompañante de la duquesa. ¡Ah, embustero! Este era el que iba á
pasar la tarde en Mónaco ó paseando por el camino de Niza. Tal vez esto último
no era falso. Habría esperado á Valeria, que regresaba de su almuerzo.
Debían estar los dos desde mucho tiempo antes en la penumbra de este
rincón, insensibles á lo que les rodeaba, sordos á los comentarios de la gente.
El, vuelto de espaldas al príncipe, no pudo verle. Ella tampoco, pues
tenía sus ojos fijos en Novoa, con una gravedad afectuosa de muchacha que ha
hecho estudios serios, tiene su título de bachillera y puede comprender á un
hombre de ciencia.
Miguel oyó un fragmento de lo que decía el joven catedrático.
—...Y cuando las corrientes glaciales del Polo llegan allá, ocupan el
lugar de las aguas calientes, que suben á la superficie...
¡Explicaba la formación del Gulf Stream! Nadie lo hubiese
creído al ver detrás de sus lentes unos ojos acariciadores y tímidamente
amorosos. Ella escuchaba con un fervor de admiradora; pero Miguel, que conocía
á las mujeres, creyó adivinar su verdadero pensamiento. Sopesaba, con su
malicia de muchacha pobre y sola, lo que había de marido posible en este hombre
ignorante de todo lo que no se aprende en los libros; calculaba las
modificaciones que son necesarias para hermosear á un descuidado varón que
siempre lleva la corbata mal hecha y es incapaz de sentarse tirando antes de
sus pantalones para evitar unas rodilleras grotescas.
Lubimoff pasó más de una hora, muellemente hundido en un sillón
del bar, oyendo á Castro. Las ramas de los grandes árboles de la
terraza arañaban dulcemente los vidrios de las ventanas en la penumbra del
crepúsculo.
Atilio exteriorizó su melancolía lamentando la parquedad del té.
Almendras tostadas y patatas fritas al vapor eran todas las delicadezas
gastronómicas que podían ofrecer con motivo de la guerra en este lugar visitado
por los ricos.
El público le inspiraba las mismas reflexiones tristes. Había gente,
pero muy poca comparada con la que acudía á Monte-Carlo años antes. Llegaban
entonces trenes de lujo directamente de Londres, de Viena, de Berlín, de todos
los extremos de Europa. La plaza del Casino era una Babel; en torno del «queso»
paseaban todas las razas y sonaban todos los idiomas. Ahora resultaba
lamentable la ausencia de los rusos, jugadores fogosos, y también de los
austriacos y los turcos. Los últimos en sentir la atracción de Monte-Carlo eran
los alemanes; pero Castro los había visto llegar en masa en los últimos años,
aportando al juego el mismo sistema reposado, metódico y minuciosamente
científico que aplican á la disciplina de cuartel, á la organización de la
industria ó á los trabajos de laboratorio.
Se les conocía apenas entraban en las salas. Al sentarse á la mesa se rodeaban de libros y papeles:
estadísticas de los números más favorecidos en los últimos años, manuales del
perfecto jugador, cálculos propios, logaritmos que ellos solos podían entender.
—Defendían el dinero con mayor tenacidad que los otros—continuó Atilio—,
con una paciencia de bueyes testarudos é incansables; pero acababan perdiendo,
igual que los demás. ¿Quién no pierde aquí?... Hasta el Casino, que gana
siempre, pierde ahora. Antes de la guerra, su renta era de cuarenta millones
por año. Actualmente saca en limpio tres ó cuatro millones nada más, y como
tiene que cubrir unos gastos enormes, se ve obligado á hacer empréstitos para
seguir viviendo, lo mismo que un Estado.
Miguel se fijó en los que pasaban por el bar. Sólo entraba
un hombre por cada diez mujeres.
—También es la guerra—dijo Castro—. ¡No se ven mas que hembras, hembras
por todas partes! Pero aquí, si se acuerda uno de los tiempos de paz, siempre
fué superior la proporción femenina. Los hombres, menos numerosos, juegan más
fuerte, arriesgan con mayor audacia su dinero; pero en torno de las mesas, tres
cuartas partes del público están compuestas de mujeres. La mujer, cuando teme
al amor ó está desengañada de él, se entrega al juego con una vehemencia
pasional. Es el único recurso que encuentra para desahogar su imaginación.
Además, hay que tener en cuenta sus aficiones al lujo, que no están casi nunca
de acuerdo con sus recursos, y todas las necesidades de la mujer actual que no
conocieron sus abuelas... Mira; fíjate.
Señaló discretamente á una señora entrada un años, pintarrajeada y
modestamente vestida, á la que acosaban con manoteos y gestos de súplica otras
dos, jóvenes y elegantes. Se adivinaba que habían entrado allí únicamente para
tratar un asunto, lejos de la curiosidad de las salas de juego.
—Solicitan un préstamo, y ella se resiste—continuó Castro—. Tal vez es
el segundo ó tercero de la tarde. Esa dama es una rival del vejete que lleva en
la solapa el Corazón de Jesús. ¡Famoso usurero! Empezó de mozo de café, y debe
tener unos dos millones, después de treinta años de
honrada industria. Todo lo que posee lo destina al pueblo de La Turbie, que le
ha nombrado su bienhechor. Regala imágenes de santos, ha reconstruído la
iglesia... Atención: la dama se ablanda. El préstamo va á realizarse.
Las tres mujeres habían desaparecido detrás de una puerta de caoba que
daba entrada á los gabinetes de necesidad para señoras. La prestamista guardaba
sus caudales en las enaguas, y le era preciso remangarse para hacer sus
negocios. Poco después salió rápidamente hacia el salón de juego. Necesitaba
continuar su vigilancia sobre algunas deudoras, por si estaban ganando. Las dos
jóvenes la siguieron, llevando sus bolsos de mano todavía abiertos para contar
con la vista los billetes acabados de recibir.
Castro, que más de una vez había sufrido la humillación de operaciones
semejantes, empezó á discurrir con amargura sobre el vicio que sostiene la
existencia de este edificio enorme y de todo el principado. El jugaba por la
ganancia, jugaba porque era pobre; ¡pero tantos ricos venían allí, con riesgo
de perder la base de su bienestar!...
—El juego es un empleo de la imaginación. Por eso habrás notado que los
hombres de imaginación, los escritores, los verdaderos artistas, rara vez
juegan. Muchos dan escándalos por sus vicios exagerados hasta la monstruosidad,
pero ninguno se ha distinguido como jugador. Tienen asuntos más interesantes á
que aplicar su potencia imaginativa.... En cambio, la gran masa de los humanos
siente el encanto del juego, y cuanto más vulgar es un individuo, con más
fuerza le atraen las seducciones del azar. Nuestros actos están guiados por el
deseo de conseguir un máximum de placer con una parte mínima de sufrimiento y
de trabajo; ¿y qué mejor que el juego para obtenerlo?... Todos obedecemos á la
esperanza y hacemos aquello que nos parece más ventajoso. Además, nos conviene
exagerar la probabilidad de que ocurra aquello que queremos ardientemente, y
acabamos por tomar nuestros deseos por realidades.... Los que entran todos los
días aquí tienen la corazonada de que saldrán llevándose mil francos, ó veinte
mil, ó cien mil, y lo regular es que salgan con los
bolsillos vacíos. No importa; al día siguiente volverán, guiados de la mano por
las mismas ilusiones.
Cesó de hablar, como si le afligiese la consideración de que estaba
haciendo su propio retrato. Luego añadió:
—Sin estas ilusiones que nuestra imaginación ama porque la arrullan
dulcemente, la vida resultaría irresistible. Es tal vez una felicidad que
nuestras esperanzas no sean matemáticamente exactas y que en nuestro destino
tenga tanta influencia la suerte. Además, la vida es breve, el porvenir
incierto; si la fortuna ha de venir á nosotros, conviene abrirle el camino para
que llegue velozmente; ¿y qué mejor camino que el juego?... Cuando ponemos
nuestras esperanzas muy lejos en el tiempo, valen muy poco. Si debemos ganar,
que sea pronto y de una vez. Nuestra vida no es mas que un juego de azar. Todos
somos jugadores, aun los que no han tocado jamás una carta. Las profesiones,
los negocios, el mismo amor, puro juego, puro azar, asunto de suerte. La
habilidad ó la inteligencia pueden hacer los juegos de nuestra vida más
favorable, pero el azar no pierde por esto sus derechos y la buena suerte del
individuo realiza lo más importante. Para llegar á rico, hasta en los negocios
que parecen más seguros hay que ser favorecido por un concurso de
circunstancias extraordinarias, de golpes de azar constantemente felices. Jamás
un hombre se ha hecho rico ó célebre solamente por lo que vale.
Lubimoff, uno de los grandes ricos del mundo pocos años antes, asintió
con movimientos de cabeza á esta afirmación.
—Hasta los gobiernos cultivan la esperanza pública por medio del
azar—continuó Castro—. Raros son los que no autorizan una lotería. El que
adquiere un billete compra un poco de esperanza, la posibilidad, si tiene
imaginación, de fabricarse por unos días toda clase de ilusiones magnificentes
y de experimentar una profunda ansiedad en el momento del sorteo. El
mejoramiento de nuestro bienestar material por el propio esfuerzo resulta
laborioso y difícil. Pero hay un medio de proporcionar una felicidad relativa á
los humildes: darles la esperanza de llegar á ricos, de emanciparse de toda
servidumbre, de realizar el ideal de libertad que
todos sienten. El Estado se muestra por principio enemigo del juego; lo
considera inmoral, por estar basado en lo incierto; pero toda operación de
comercio, financiera ó de industria representa un azar, muchas veces la ruina
de uno de los contratantes, y es un juego casi igual á los de aquí.
Sonrió Atilio irónicamente antes de continuar.
—Que hablen contra el juego los moralistas hasta cansarse... Lo cierto
es que las sumas que se arriesgan en las carreras de caballos y en los casinos
aumentan de año en año con una progresión rápida, más rápida que la progresión
de la fortuna pública. El desarrollo de las buenas costumbres no ejerce ninguna
influencia en su disminución. En cambio, las complicaciones de la vida moderna,
con sus crecientes necesidades, favorecen la pasión del juego y hasta la
agravan.
El príncipe le interrumpió. Tal vez era cierto lo que decía, pero ¡qué
vicio deprimente el juego! Los seres más razonables se dejaban dominar por él,
hasta perder su inteligencia ordinaria.
—Es cierto—confesó Atilio—. En los juegos es donde se muestra la
debilidad humana y la tendencia que tenemos á la superstición. ¡Qué de manías,
como si el pasado pudiera influir en el presente!... ¡Qué de inútiles esfuerzos
para domar á la suerte!... Se han derrochado más tesoros de imaginación para
inventar nuevos sistemas de juego que para encontrar el movimiento perpetuo, y
con igual inutilidad. Todas esas combinaciones maravillosas conducen al jugador
infaliblemente á la pérdida, con más ó menos rapidez, pero siempre con
certeza... ¡Y qué fe la nuestra! La considero superior á la de los mártires de
las religiones. Cuando uno cree poseer una combinación segura para ganar,
resulta inútil disuadirle. Nada le puede convencer. Es curioso que el fracaso
del sistema y la pérdida consiguiente no descorazonen nunca al buen jugador.
Inmediatamente acogemos una nueva combinación, la verdadera esta vez, que nos
permitirá conseguir la fortuna... A una esperanza sucede siempre otra
esperanza, y así vamos viviendo, hasta que llegue la muerte.
La melancolía de estas últimas palabras fué breve. Castro pareció
acordarse repentinamente de algo que le hizo sonreir.
—¡Y qué incoherencias en la vida de los jugadores! Arriesgan el dinero
sin miedo y no hay gente más avara. Fíjate en las mujeres que juegan con mayor
pasión. Todas mal vestidas; algunas llegan hasta el descuido en su persona. El
dinero lo necesitan para jugar, y dejan para el día siguiente la compra de lo
necesario. Hay hombres que pasan toda la tarde con el sombrero bajo el brazo,
por ahorrarse los cincuenta céntimos que cuesta dejarlo en el vestíbulo del
Casino. Hoy, al entrar, he visto á un viejo que espera á un amigo suyo todos
los días junto al mostrador del guardarropa. Depositan juntos sus sombreros y
gabanes; así, cada uno sólo paga veinticinco céntimos. Luego, en la ruleta, los
he visto manejar á fajos los billetes de mil francos.
Los jugadores que entraban eran interpelados desde las mesas.
—¿Aún sigue ganando?...
Se referían á la de Delille. Las noticias no eran acordes. Unos parecían
indignados: «Sí; continuaba ganando con una suerte insolente.» Se había
desvanecido el entusiasmo del primer momento. Una punta de envidia latía en las
miradas y las palabras. Otros, á impulsos del mismo sentimiento egoísta, se
complacían en marcar un descenso en esta suerte maravillosa. Perdía y ganaba.
Sus buenos golpes ya no eran tan seguidos como al principio; pero de todos
modos, si se retiraba inmediatamente, tal vez se llevase trescientos mil
francos.
Atilio y el príncipe vieron á Lewis de pie ante el mostrador, bebiendo
uno de aquellos whiskys que serenaban su ánimo y le permitían
reanudar las retorcidas combinaciones que habían de devolverle su herencia
paterna y restaurar su castillo.
Le llamaron para enterarse de la suerte de la duquesa. Lewis se encogió
de hombros con una expresión de escándalo y de protesta. Era absurdo ganar de
tal modo jugando tan mal.
—Debe tener oculto en sus faldas el rosario del conde—dijo Atilio con
gravedad.
Quedó Lewis perplejo, como si tomase en serio estas palabras. Después se
ruborizó, con una corrección británica, al acordarse de los extraños adornos
del rosario de su amigo. De repente empezó á lanzar violentas carcajadas: «¡Ah,
mister Castro!...» Le parecía tan chistosa la suposición de mister Castro,
que tosió, asfixiándose de tanto reir, y fué en busca de un nuevo whisky para
recobrar su serenidad.
Volvieron los dos amigos al salón de Las Gracias florentinas.
El príncipe vió á Novoa y á Valeria en el mismo diván, continuando su
conversación, pero cada vez más abstraídos, fijos los ojos en los ojos, como si
estuviesen en un lugar desierto.
Llegó cerca de ellos sin que le viesen, y pudo oir un fragmento de lo
que decía la acompañante de Alicia.
—No conozco España; ¡pero me interesa tanto!... Yo adoro todos los
países de amor, donde los hombres son desinteresados, donde no exista la dote y
una mujer puede casarse aunque sea pobre.
Dejó caer una ojeada de lástima el príncipe al pasar junto al sabio.
Un nuevo personaje intervino en la vida de los habitantes de
Villa-Sirena. El coronel anunció con entusiasmo á este amigo que le había hecho
conocer doña Clorinda.
—Es un teniente español de la Legión extranjera. Vive en el hotel que el
príncipe de Mónaco ha destinado á los oficiales convalecientes. Se llama
Antonio Martínez, nombre vulgarísimo que dice muy poco; pero es un gran
soldado, un héroe, y no sé cómo sobrevive á sus heridas.
«La Generala», que llevaba la cuenta de todos los militares de cierta
notoriedad llegados á Monte-Carlo, había querido conocer á este teniente,
tomándolo luego bajo su protección. La duquesa de Delille también se interesaba
por él, y las dos, orgullosas de ser sus «madrinas», lo exhibían en el atrio
del Casino, alquilaban carruajes para pasearlo por los lugares más hermosos de
la Costa Azul, le regalaban los comestibles mejores y las pastelerías de tiempo
de guerra que conseguían encontrar. Enfermo del pecho á consecuencia de los
gases asfixiantes de los alemanes, había recibido, además, en la cabeza un
casco de granada, y sufría de tarde en tarde accidentes nerviosos que le hacían
caer al suelo privado de conocimiento. Los médicos hablaban con tristeza de su
estado. Tal vez viviría años, tal vez moriría en una de estas crisis; lo
importante era que llevase una existencia plácida, sin profundas emociones. Y
las dos señoras, que conocían su verdadero estado, lo
lamentaban cuando él no estaba presente. ¡Tan joven! ¡tan afectuoso y tímido!
Sobre el pecho de su uniforme amarillo mostaza llevaba, con los cordones rojos,
símbolo de heroísmo dado á los batallones extranjeros, la Cruz de Guerra y la
Legión de Honor.
Clorinda, que se consideraba con mayores derechos por haberle
«descubierto», pensó un instante en llevarlo á vivir con ella, para atender
mejor á su cuidado. Pero estaba en el Hotel de París; no disponía de una
«villa» entera, como Alicia. Y ésta, aunque tentada por las insinuaciones de su
amiga, no se atrevió á instalar al convaleciente en su domicilio. La gente era
maliciosa, y ella, sin decir el por qué, temía ahora mucho sus comentarios.
Mientras tanto, las dos llevaban á todas partes al teniente, protestando
de que no le permitieran entrar con ellas en los salones del Casino, á causa de
su uniforme. Una tarde, doña Clorinda, con toda la autoridad de su carácter, lo
llevó á Villa-Sirena. Era una vergüenza que el hermoso edificio y sus vastos
jardines estuviesen dedicados á cinco hombres que no servían de nada á la
humanidad. Muchas veces lo había convertido imaginariamente en un sanatorio
poblado de militares inválidos, con ella al frente como directora y protectora.
Pero sus insinuaciones no causaban efecto alguno en el príncipe. «Un egoísta»,
se decía, volviendo á su antigua opinión.
Ya que le era imposible ocupar la «villa» con una tropa de
convalecientes, llevó al oficial español paro que conociese sus jardines, sin
solicitar antes el permiso de Lubimoff.
Este pudo contemplar de cerca al héroe de que tanto le había hablado don
Marcos en los últimos días. Nada vió en él que revelase sus hechos
extraordinarios. Era un muchacho, pronto á ruborizarse cuando le obligaban á
contar sus actos en la guerra. Despojado de su uniforme y sus insignias
honoríficas hubiese parecido un pobre dependiente de comercio, resignado con su
modestia é incapaz de salir de ella. Su aspecto contrastaba con las hazañas que
al fin se decidía á confesar en fuerza de preguntas. Tenía veintisiete años y
parecía mucho más joven, pero con una juventud
enfermiza, debilitada por las heridas y los sufrimientos.
Lubimoff, que odiaba la fanfarronería de los héroes jactanciosos, se
sintió desconcertado primeramente y luego atraído por la sencillez de este
oficial. De no conocer por don Marcos la autenticidad de sus proezas, las
habría creído falsas.
Algo intimidado en presencia del famoso dueño de Villa-Sirena, confesaba
su origen humilde sin orgullo y sin timidez. Era un pobre, hijo de pobres.
Había intentado estudiar una carrera, pero la necesidad de ganarse el sustento
le hizo abandonar los libros, rodando por las más diversas ocupaciones. ¡Era
tan difícil en España conquistar el pan!... Después de hacer la guerra en
Marruecos como español, había vagado por diversas repúblicas de la América del
Sur, siempre en lucha con la miseria y la mala suerte.
—Allá donde tantos brutos se hicieron ricos—decía—, yo sólo conocí una
pobreza igual á la de mi patria... Cuando estalló esta guerra me indigné, como
muchos, de la conducta de los alemanes, de sus atrocidades en los países
invadidos. Estaba entonces en Madrid. Una noche, varios contertulios de café
convinimos en ir á pelear por Francia. El que se hiciese atrás pagaría diez
duros. Todos se arrepintieron de su decisión, menos yo. No crean ustedes que
fué por evitarme el pago de la apuesta. Yo tengo mis ideas, y he leído algo.
Soy republicano... y Francia es el país de la gran Revolución. Ingresé en un
batallón de la Legión extranjera que se organizaba en Bayona, compuesto en su
mayor parte de españoles. Quedan ya muy pocos: los más han muerto; los
restantes viven esparcidos en los hospitales ó han quedado inútiles para
siempre. Yo conocía la guerra, una guerra de montaña contra los moros del Rif,
y sin buscarlo había llegado en mi patria á teniente de la reserva. Tal vez por
esto fuí sargento en la Legión á las pocas semanas... pero ¡las asperezas de la
realidad! Nunca me imaginé que nos recibieran con música: Francia tiene otras
cosas en que pensar; pero fué triste ver tan mal interpretado nuestro
entusiasmo. Los hombres llamados á las armas por las leyes del país y que se
batían obligatoriamente nos miraban con recelo.
Para los otros regimientos éramos gente mala, tal vez escapados de presidio.
«¡Qué hambre sufrirías en tu casa—me dijeron en el frente—, cuando has venido
aquí para poder comer!...» Y entre nosotros había estudiantes, periodistas,
jóvenes de familias ricas, enganchados por entusiasmo... Pero no hablemos de
esto. En todos los países hay seres groseros, incapaces de comprender lo que va
mas allá de los egoísmos materiales.
Su historia militar estaba circunscrita á la guerra de trincheras,
interminable y monótona, á los ataques á corta distancia. Había llegado tarde á
la batalla del Marne; y él, que se imaginaba asistir á combates gigantescos,
viendo moverse millones de hombres y funcionar cañones inmensos, sólo presenció
una serie de luchas entre pequeñas fuerzas ocultas en el suelo, encuentros
cuerpo á cuerpo que hacían ganar unos cuantos metros de tierra. La vida en los
Dardanelos era el peor de sus recuerdos. No quería hacer memoria de esta
campaña horrible. La lucha en Francia le parecía algo plácido comparada con
aquella pelea en unos escasos kilómetros de costa, teniendo el mar á la espalda
y al frente unas líneas inconquistables.
Después de decir esto callaba, y el coronel tenía que insistir con
cierto orgullo paternal para que Martínez siguiese hablando.
—Heridas, muchas heridas—añadía con sencillez—. He perdido de cuenta los
hospitales que llevo conocidos en tres años, los viajes que he hecho por
Francia en vagones de la Cruz Roja. Cuando no morimos del primer golpe, somos
como caballos de corrida de toros. Nos arreglan el pellejo fuera del redondel,
nos fortalecen un poco, y otra vez á la plaza, hasta que recibamos la cornada
final.
Toledo, impacientándose por la modestia del joven, explicaba sus
heridas. Las tenía de todas las épocas. Unas eran de combatiente moderno,
producidas por cascos de proyectil explosivo, por balas de fusil de repetición,
y hasta aquella tos que cortaba de vez en cuando sus palabras la debía á los
gases asfixiantes. Otras eran de cuchillo, de culatazo, de pedrada, de
mordisco, recibidas en los encuentros nocturnos, en
las sorpresas, donde los hombres luchaban lo mismo que en los albores de la
vida del planeta.
El príncipe Lubimoff no podía menos de admirar á este joven, pequeño,
moreno, de aspecto insignificante. Parecía imposible que un organismo humano
pudiera resistir tanto golpe, que en su cuerpo débil cupiesen tantos
quebrantos, sin que él se viniera abajo.
Con la solidaridad de todos los que arrostran el peligro, repelía la
gloria individual. Hablaba de la Legión como el soldado habla de su regimiento,
como el marino habla de su buque, creyéndolo el mejor de todos. Veía la guerra
entera á través de la Legión. Todos los franceses eran valerosos. Además, nadie
podía adivinar por dónde atacaría el enemigo, y allí donde emprendía la
ofensiva encontraba quien le hiciese frente, cortándole el paso. ¡Pero la
Legión extranjera!...
—Los que combaten en el frente son hombres—decía—, hombres arrancados á
sus familias por las necesidades de la patria; nosotros somos guerreros. Por
esto en las operaciones difíciles, donde hay que sacrificar carne, nos echan
siempre por delante. Yo no soy mas que uno de tantos. ¡La Legión!... Cada seis
meses cambia de coronel: se lo matan, y otro viene á ocupar su puesto,
destinado á morir lo mismo. ¡Y cómo nos odia el enemigo!... Nosotros tenemos un
orgullo. Entre los prisioneros que hay en Alemania no existe uno solo de la
Legión extranjera. El que cae en manos de los boches sabe que
es hombre muerto: nos colocan fuera de toda ley... ¡Y nosotros... nosotros,
siempre que podemos...! Hasta cuando nos insultamos de trinchera á trinchera
nos enorgullece ser de la Legión. Una noche, los de enfrente, al oirnos hablar
en español, empezaron á gritar en nuestro idioma. Debían ser alemanes
procedentes de la América del Sur. «¡Ah, macabros! Ya caeréis en nuestro poder,
y ¡entonces...!» Nos amenazaban con los más atroces suplicios. Y nos apodan
siempre «macabros», no sé por qué.
La duquesa de Delille admiraba al héroe, sintiendo al mismo tiempo
cierto malestar por los horrores adivinados detrás
de sus palabras. ¡La guerra! ¿Cuándo terminaría la guerra?...
Encogió sus hombros el teniente, sonriendo. Los que vivían lejos del
frente deseaban la paz con más impaciencia que los que arriesgaban su vida en
él. Habían acabado por acostumbrarse al roce con la muerte. La guerra duraría
lo que fuese necesario: cinco años, diez años; lo importante era conseguir la
victoria.
Pero Toledo, temiendo que la conversación se desviase de su héroe,
volvió á insistir en sus hazañas.
—Soy uno de tantos—dijo Martínez—. Para hombres valientes, la Legión.
Allí sí que los hay. ¡Y los que han muerto!... Al principio había en ella
soldados de todos los países. Pero los americanos se fueron desde que su
República intervino en la guerra, y lo mismo los italianos y polacos. En
cambio, muchos rusos, al disolverse sus regimientos, se han incorporado á la
Legión... Lo mío nada tiene de extraordinario. ¡Y qué de recompensas por lo
poco que he hecho! Llevo dos galones, siendo un extranjero... Además, no puedo
olvidar el momento en que me llamó mi coronel, una semana antes de que lo
matasen: «Martínez, el general me ha dado cuatro cruces de la Legión de Honor
para nuestra Legión. Una es tuya.» Y me la puso en el pecho frente á todo un
batallón de hombres valerosos que presentaban sus armas. Esto no puede
olvidarse: llena una vida.
Así era. El coronel Toledo lo afirmaba, húmedas las córneas y moviendo
la cabeza. Luego, con un egoísmo celoso, lo arrancó á aquellas damas, ocupadas
momentáneamente en conversar con el príncipe y sus amigos.
Paseando por los jardines, don Marcos miraba á su héroe con ternura
protectora, lo mismo que un artista agotado contempla la ascensión de otro
fresco y triunfante.
—¡Juventud... juventud!—decía—. Usted, Martínez, es la España que viene;
yo la España que fué y no resucitará nunca. Estoy convencido de que el mundo va
por otros caminos.
Sostenía frecuente correspondencia con muchos voluntarios españoles de
la Legión. Se preocupaba de ellos con cariños de «madrina», enviándoles
chocolate, comestibles selectos, todo lo que podía
extraer de la despensa de Villa-Sirena sin detrimento del servicio. Algunas
cartas llegadas del frente le hacían llorar y reir de emoción. Un voluntario le
pedía el envío de una buena navaja de España, por haber roto la suya en un
encuentro nocturno. Otro soñaba con una pistola browning. ¿Quién le daría una
browning? Sólo disponía de un revólver de ordenanza, arma insegura que le falló
dos veces en el asalto de una trinchera, impidiéndole matar al enemigo que
acababa de herirle.
Con Martínez podía expansionarse el coronel, dando suelta á sus
profecías favorables para los aliados.
En presencia de Atilio y de Novoa era menos locuaz, temiendo sus
comentarios. Por el gusto de hacerle rabiar le recordaban el entusiasmo de los
tradicionalistas españoles en pro de Alemania. Castro hasta fingía extrañarse
de que no fuese germanófilo, como todos sus amigos políticos.
—Yo estoy donde debo estar—contestaba don Marcos con dignidad—. Soy un
caballero, y estoy con las personas decentes.
Este era su argumento supremo. La humanidad se dividía para él en
personas decentes é indecentes, lo mismo que las naciones, y Alemania estaba
excluída de toda decencia.
Le hacía sufrir como patriota el contemplar á España al margen de la
contienda, esforzándose por no saber lo que ocurría en el resto del mundo,
encogiéndose con la cabeza bajo el ala, lo mismo que ciertas aves zancudas que
creen evitar el peligro no viéndolo. Su país no figuraba, por fortuna, entre
las naciones indecentes, pero tampoco era decente, y dejaba escapar la ocasión
de cierta gloria que hacía estremecerse al coronel.
Desde tres meses antes, una idea fija perturbaba sus mejores momentos.
Los aliados habían entrado en Jerusalén. ¡Gran alegría para el viejo soldado
católico! Pero esta alegría le hacía sonreir después amargamente. ¡Una nación
protestante libertando por tercera vez el sepulcro de Cristo!...
—Imagínese usted, amigo Martínez, si España hubiese estado
con las naciones decentes. Esa gloria nos correspondía á nosotros, que somos la
nación más piadosa. Hasta yo, á pesar de mis años, habría ido á la cruzada.
¡Los españoles entrando victoriosos en Jerusalén! ¿Qué me dice usted de
esto?...
Pero el oficial contestó con una sonrisa pálida. «Sí... tal vez.» Se
veía que no le importaban gran cosa la entrada en Jerusalén y el vacío sepulcro
de Cristo. Don Marcos, algo ofendido con el héroe, se replegó en su mentalidad
de hombre medioeval. Decididamente, eran de dos épocas distintas. «¡Juventud...
juventud! Usted es la España que viene; yo la España... etcétera.»
Sí; el mundo iba por otros caminos. El mismo se olvidó á los pocos días
de esta empresa de Jerusalén, angustiado por el mal cariz de la guerra en
Occidente. Los alemanes, libres del peligro que representaba Rusia á sus
espaldas, concentraban en Francia, después de ajustar la paz con los
bolcheviques, la totalidad de sus tropas para llegar á París. Los aliados,
frente á esta ofensiva aplastante, sólo contaban con sus antiguas fuerzas y las
que pudiese aportar la reciente intervención de los Estados Unidos.
Don Marcos tenía acerca de este auxilio una opinión determinada y firme.
Empezaba por sentir contra los Estados Unidos cierta antipatía, que databa de
la guerra de Cuba. Podían poseer una gran flota, porque los buques se adquieren
con dinero y este pueblo es inmensamente rico: ¿pero un ejército?... Toledo
sólo creía en los ejércitos de las monarquías, haciendo excepción de Francia,
porque en ella las glorias de la tradición militar van unidas á la historia de
la primera República.
Al principio de la guerra, hasta le había irritado la importancia que
todos daban al presidente Wilson. Unos y otros contendientes se dirigían á él,
apelaban á su juicio, protestaban de las barbaries del adversario. El mismo
Guillermo II le cablegrafiaba extensamente para sincerarse con embustes, como
si juzgase preciosa la conquista de su opinión.
—¡Ni que fuese ese hombre el centro de la tierra! ¡Un presidente de
República que sólo cuenta con unos miles de soldados.... un catedrático... un
iluso!...
El sólo comprendía los jefes de Estado con uniforme, el pecho cubierto
de condecoraciones, las dos manos en la empuñadura del sable y bajo sus ojos un
ejército inmenso, pronto á pegar para imponer sus órdenes. ¡Y este señor de
chaqué y sombrero de copa, con sus lentes y su sonrisa de clérigo letrado, era
ahora el hombre en el que convergían las miradas de esperanza de medio mundo,
el poder decisivo que unos deseaban atraerse y otros no querían irritar!...
Atilio Castro, que se burlaba del coronel, estando siempre en desacuerdo
con sus opiniones, parecía impresionado por tal prodigio histórico.
—Estos ya no son sus tiempos, don Marcos. Vamos á ver cosas muy nuevas.
América, que hace un siglo era una simple colonia de Europa, tal vez la proteja
ahora y la salve. Por lo pronto, asistimos al curioso espectáculo de que un
antiguo profesor de Universidad sea el árbitro de la tierra.... ¡Qué diría
Napoleón si viese esto noventa y cuatro anos después de su muerte!
Toledo asentía dolorosamente. Sí; sus tiempos habían pasado. La
democracia, la República, todas aquellas cosas que le hacían sonreir antes,
como algo pasajero y anacrónico privado de fuerza, eran mucho en el mundo y tal
vez acabasen por apoderarse de su dirección. Hasta él mismo experimentaba su
influencia irresistible. Cuando vió cómo el presidente de la gran República
americana protestaba del torpedeamiento de los buques indefensos, de los
crímenes de los submarinos, acabando por declarar la guerra al Imperio alemán,
don Marcos afirmó con un balbuceo de confesión:
—Ese Wilson... ese Wilson es una persona decente.
Para él, era imposible decir más.
Aceptaba al hombre por su adoración instintiva al poder personal, pero
se negó á creer en la fuerza militar de los Estados Unidos. Era un país de
libertad, donde todos se consideran iguales, lo que imposibilitaba, según
Toledo, la creación de un ejército serio.
El príncipe y Castro hablaban algunas veces en su presencia de la guerra
de Secesión, la primera guerra en la que se habían movido millones de hombres,
aplicándose además un sinnúmero de inventos, de los que procedían
todos los progresos del armamento moderno. Toledo escuchaba, con la duda que
inspiran los sucesos lejanos. Esta lucha había sido entre ellos: una guerra de
milicias; ¿pero levantar un ejército de millones de hombres en un país que no
tenía el servicio militar obligatorio, y hacer que este ejército atravesase el
Océano con toda su inmensa impedimenta, llegando á tiempo para salvar á Europa
en peligro?... ¡Ilusiones! ¡Lo que allá llaman bluff!
Don Marcos se aferraba á esta palabra para mantener su incredulidad.
Aquel pueblo estaba acostumbrado á realizar cosas enormes; todo lo veía en
grande: ciudades, edificios, industrias, riquezas, pero luego lo aumentaba
considerablemente al anunciarlo y describirlo. Esto lo sabía todo el mundo, y
su esfuerzo guerrero que debía aplastar al militarismo alemán y restablecer la
paz en la tierra, aunque bien intencionado, no pasaría de ser un bluff más.
Castro aprobaba las palabras del coronel por primera vez, sin ningún
intento de burla. El Presidente había declarado la guerra, pero el país no
parecía dispuesto á seguirle.
—Enviarán dinero, armas, víveres, todo el poder de su riqueza y su
producción... ¿pero un gran ejército? ¿Dónde lo tienen? ¿Cómo va á tomar las
armas un pueblo inmenso, acostumbrado á que el soldado sea voluntario, y que
vive en la mayor prosperidad? ¿Qué va á ganar con ello?...
Lubimoff, que había estado allá muchas veces, contestaba con un gesto
ambiguo:
—¡Tal vez!... Pero si quieren de verdad entrar en la guerra, ¡quién
sabe! Todo puede suceder en aquel país, aunque parezca imposible.
El coronel acabó por sentir el entusiasmo irrazonado de las gentes.
Desde el principio de la guerra, la gran masa, que cree en los vaticinios
misteriosos y las intervenciones sobrenaturales, tenía siempre un pueblo
favorito, un pueblo de moda, en el que concentraba sus esperanzas.
Primeramente había sido Rusia, con sus millones y millones de hombres,
el «rodillo» compresor ruso, que no tenía mas que
ir avanzando para laminar á Alemania. ¡Pobre rodillo! Al quedar hecho pedazos,
la veleta del entusiasmo había girado del lado de Inglaterra. Ahora era
América, tanto más milagrosa y omnipotente cuanto mal conocida.
Sonaba en todas las conversaciones el nombre de un americano, lo mismo
en los tés elegantes que en los cafetuchos del pueblo; el único americano
conocido en Europa: el inventor Edisson. El lo arreglaría todo. Se había
mantenido hasta el presente invisible y mudo, pero al entrar su país en la
guerra iban á verse cosas prodigiosas. En unas cuantas horas, fuerzas
invisibles é implacables pulverizarían los ejércitos invasores; los submarinos
iban á estallar como proyectiles bajo una luz helada que los perseguiría en las
profundidades oceánicas; los aviones que bombardean las ciudades indefensas
descenderían atraídos por una succión eléctrica, como el pájaro vuela hacia la
boca de la boa. El taumaturgo representaba para las imaginaciones más que todos
los soldados y todos los buques de su país.
Y Toledo, que adornaba su dormitorio con retratos de Joffre y de Foch,
pero creía al mismo tiempo que en la victoria del Marne había intervenido Santa
Genoveva, patrona de París, se sintió atraído por estos milagros del mago
americano, que todos anunciaban como cosa segura. La ciencia le infundía
respeto y miedo al vivir algo apartada de la religión; por eso creía ciegamente
en sus prodigios, como el devoto cree en el inmenso poder del diablo.
Otras veces resucitaba su incredulidad. La guerra sólo puede resolverse
con soldados. La fuerza había estado igualada hasta entonces entre ambos
contendientes; pero ahora Alemania traía nuevas divisiones, las del frente
oriental, para dar el golpe decisivo. Faltaba de este lado otro peso
equivalente ó mayor, el chorreo final que llena el vaso, lo desborda é inclina
la balanza. Podía ser América... ¡pero llegaban sus fuerzas con tanta lentitud!
¡eran tan grandes los obstáculos!... Algunos batallones del ejército permanente
americano habían desfilado ya por París. Después transcurrían los meses sin que
el hilillo continuo de auxilios se convirtiese en torrente.
En toda la Costa Azul veía Toledo militares heridos de diversos países.
Sólo de tarde en tarde llegaba á vislumbrar algunos uniformes americanos,
médicos y sanitarios de las ambulancias que no parecían tener mucho trabajo.
Los diarios hablaban de fuerzas de los Estados Unidos que habían ocupado un
sector del frente... ¡pero tan escasas!
—Lo del millón de hombres ó los dos millones antes que acabe el año,
todo bluff—decía el coronel—. Yo entiendo un poco de eso, y es más
fácil construir un rascacielos de cien pisos que trasladar un millón de
soldados de un hemisferio á otro.... ¡Y la gran ofensiva que va á empezar!...
¡Y Francia que no puede más, después de cuatro años de heroísmos
desangrantes!...
Todos los días se paseaba por el atrio del Casino esperando con
impaciencia los grandes papeles con gruesos caracteres manuscritos que los
empleados iban fijando en los tableros. El sólo buscaba en los últimos
telegramas el principio de la ofensiva anunciada por los enemigos. Esta amenaza
había quebrantado su fe en la victoria y le tenía en perpetua angustia. ¡Ay!
¡con tal que los americanos llegasen antes y en cantidades enormes!...
Por deber mentía descaradamente ante los amigos que le rodeaban en el
atrio solicitando sus opiniones de hombre de guerra.
—Triunfaremos; y Guillermo tendrá que pegarse un tiro.
Lo único que creía de verdad era lo del tiro, en caso de una derrota
alemana.
—Conozco bien al kaiser—seguía diciendo—. No es mas que un teniente; un
teniente que se ha hecho viejo, conservando los aturdimientos y las petulancias
de la juventud. Pero tiene el pundonor del oficial que, al verse perdido, se
lleva el revólver á la frente. Ustedes verán cómo termina así, en caso de una
derrota.
Hacía versos, música, pintura, daba su opinión en todas las cuestiones,
imponiéndola, como uno de esos oficiales jóvenes que al entrar en un salón
burgués lo llenan con sus arrogancias y suficiencias, enardecidos por el
silencio de los contertulios, que temen un lance de
honor. Era un eterno teniente encanecido bajo una corona imperial y perturbado
por los incesantes triunfos de su vanidad. Pero si la suerte le volvía la
espalda, tendría el mismo gesto decisivo del oficial que se juega los fondos
confiados á su custodia ó comete otros delitos contra el honor.
—No lo duden; mi teniente sabrá serlo cuando llegue la hora mala. Es un
loco, un histrión vanidoso, pero conoce la vergüenza del hombre de guerra. Lo
repito: se pegará un tiro.
Y oía en su imaginación el imperial pistoletazo.
Lo que disgustaba á don Marcos era no poder hablar de esto ni de los
peligros de la ofensiva cuando estaba en Villa-Sirena. Los amigos del príncipe
vivían como huéspedes de hotel. Su número sólo era completo en las primeras
horas de la mañana. Rara vez se sentaban todos á la mesa. Una fuerza exterior
parecía buscarles dentro de la «villa», empujándolos hacia Monte-Carlo. Hasta
el príncipe almorzaba ó comía muchas veces en el Hotel de París, avisando á
última hora por teléfono.
Este desarreglo doméstico lo aceptaba Toledo como algo providencial. La
servidumbre había experimentado una baja irreparable con la partida de Estola y
Pistola. Una mañana se le presentaron, balbucientes y emocionados, sin sus
fracs largos de faldones. Se marchaban: debían pasar la frontera en la misma
tarde para presentarse en su cuartel. Habían recibido orden del cónsul.
No parecía entusiasmarles su nueva condición; pero don Marcos, por deber
profesional, quiso fortalecerlos con un pequeño discurso. También él, á su
misma edad, había partido á la guerra voluntariamente. «Respeto á los jefes...
amarlos como á padres... el honor... la bandera...»
La aparición del príncipe cortó su arenga. Los dos muchachos besaron la
mano de su señor, como si se despidiesen de él para la eternidad, y no
supieron, en su turbación, dónde guardarse los billetes que les fué dando.
¡Estola y Pistola convertidos en soldados!... ¡Hasta á estos dos adolescentes
los arreaban hacia la muerte! Y el caso le pareció
á Miguel tan extraordinario, tan falto de razón, que al mismo tiempo que los
compadecía experimentaba deseos de reir.
Media hora después ya no se acordó de ellos. El coronel sabría organizar
un nuevo servicio con mujeres, ya que la guerra no permitía otros domésticos.
Además, él se aburría en Villa-Sirena, encontrando un nuevo gusto á la vida en
Monte-Carlo.
Los desocupados que paseaban en torno del «queso» le veían entrar en el
Casino con aspecto preocupado, como un jugador que acaba de descubrir una
combinación nueva. El público de los salones le había visto también aproximarse
á las mesas, como si le interesasen las peripecias de la fortuna. Pero en vano
esperaban algunos que avanzase una puesta, imaginándose que sólo podía jugar
cantidades enormes.
Sus ojos parecían ver detrás de él, y apenas la duquesa de Delille
abandonaba su asiento para trasladarse á otra mesa, el príncipe le salía al
paso con la mano tendida y una sonrisa juvenil.
Permanecían inmóviles en el lugar del saludo, hasta que, avisados por el
instinto de las miradas curiosas fijas en sus espaldas, iban á sentarse en un
diván rinconero, y allí continuaban su conversación. De pronto, el murmullo del
público en torno de una mesa la hacía correr á ella con una curiosidad
profesional, abandonando momentáneamente á Lubimoff.
Alicia tenía la sonrisa amarga y orgullosa de una reina destronada. En
los días anteriores la gente sólo había hablado de ella. Hasta Niza y Mentón
volaba su nombre. Las familias monegascas que no pueden entrar en el Casino
pedían noticias de su suerte á la hora de la comida. En cafés y restoranes
sonaba su apellido mezclado con los de los generales que dirigían la guerra.
Frente al cartelón de las últimas noticias, las gentes interrumpían sus
comentarios sobre la próxima ofensiva, preguntándose: «¿Cómo le fué ayer á la
duquesa de Delille?» Por las tardes, al llegar al Casino, los curiosos corrían
para verla mejor y los amigos la saludaban, besando su mano con orgullo. Era
una ovación silenciosa de ojeadas y sonrisas, igual á la que saluda la entrada de una tiple célebre en el teatro de sus
triunfos.
Cerca de dos semanas duró su batalla con el Casino; ganaba, perdía,
volvía á ganar. Su «trabajo» empezaba á las tres de la tarde, prolongándose
hasta media noche, y transcurría la hora del té, luego la de la comida, sin que
ella se enterase. Al terminar el juego se marchaba, apoyada en un brazo de
Valeria, saludando á todos con una amabilidad extenuada y victoriosa. Algunas
veces, como una enferma que se deja nutrir á regañadientes, aceptaba los sándwichs y
la taza de té que su acompañante hacía traer á la mesa de juego.
Una noche—¡noche memorable!—se cerró el Casino sin que ella cesase de
ganar. Contó los billetes que le habían dado los altos empleados con una
sonrisa amarillenta y opaca. Cuatrocientos de á mil. Se salían de su bolso de
mano y del bolso de Valeria. Hasta su amiga «la Generala» tuvo que prestarle
ayuda, guardando varios fajos.
—Si no cierran los hago saltar—dijo con la vanidad de los triunfadores.
Clorinda la acompañó en el coche hasta su casa, dándole consejos
prudentes: «Retírate, guarda el dinero. Es imposible ir más allá.» Valeria, en
el curso de la noche, repitió lo mismo: «No debía ofender á Dios insistiendo.»
Alicia se negó á oirlas. Su inspiración no se había agotado. Aún le
quedaban grandes cosas que hacer, y cuando llegase el momento de retirarse, lo
vería antes que los demás.
Miguel había asistido á esta lucha, irritante para él. Todas las tardes,
al entrar en el Casino, se insultaba en su interior, como si cometiese un acto
vil. ¿Por qué asistía á los hechos de esta loca?... Ella no parecía enterarse
de su presencia: una mirada al principio, una sonrisa, y en las horas restantes
sólo tenía ojos para el juego y para los croupiers. A pesar de
esto, el príncipe llegaba puntualmente.
Para excusarse, hacía memoria de unas palabras de la duquesa. Al día
siguiente de su primera y ruidosa ganancia, se había levantado al verle entrar
en el salón, tirando de sus dos manos para hablarle
aparte.
—Tú me das la buena suerte—susurró en su oído—. Estoy segura de que es
así. Gano desde que somos amigos. ¡Ven, ven siempre! Que te vea cada vez que
levante los ojos.
Sólo de tarde en tarde los levantaba: tenía otras cosas más urgentes en
su pensamiento. Pero Miguel, para acallar su despecho, se decía que estaba allí
por cumplir una palabra. Además, ¡quién podía saber si lo que ella decía era
cierto!... La tendencia á la superstición que acompaña á los jugadores, el
ambiente del Casino, la misma suerte de Alicia, habían acabado por influir en
la incredulidad del príncipe.
Pretendía vengarse de estas largas esperas y de su indiferencia
contemplándola con ojos despiadados.
—¡Qué fea está!...
Fea, como todas las mujeres que juegan y parecen sufrir el peso de la
edad aceleradamente, bajo el aplastamiento de la emoción. Cada pérdida era un
año más que caía sobre su cabeza, cada ganancia un gesto violento que
desbarataba la regularidad de su rostro. Lubimoff se complacía en notar las
arrugas que una atención intensa iba formando en torno de sus ojos; el
afilamiento de su nariz, las dos profundas grietas que estiraban los extremos
de su boca, dándola una expresión de prematura vejez. Todas sus preocupaciones
femeniles desaparecían en el transcurso de las horas. Su sombrero se ladeaba;
los bucles de su cabellera intentaban escapar, erizados y estremecidos por las
corrientes de humana electricidad que serpenteaban entre sus raíces. Parecía
tener diez años más.
Pero una segunda voz interior emitía otra opinión. «Sí, muy fea... ¡pero
tan interesante!» Seguramente que al levantarse de la mesa volvería á ser la
Alicia de siempre.
Al entrar en el Casino una tarde, husmeó el acontecimiento
extraordinario. Las gentes hablaban, se pedían noticias, corrían todas á una
misma mesa.
El amigo Lewis pasó junto á él sin detenerse.
—Tenía que ocurrir.... No sabe jugar.... Lo esperaba.
Un poco más allá le salió al paso Spadoni.
—Nunca ha querido oirme... Hace su capricho... no sigue un sistema. Ya
ha rodado al suelo.
Todos los jugadores hablaban como si lamentasen una muerte, pero con una
compunción hipócrita, rugiendo interiormente de envidia triunfante al ver
desvanecida aquella buena suerte absurda que amargaba sus noches.
Avanzó Lubimoff su cabeza entre dos hombros, viendo á Alicia al mismo
tiempo que está levantaba sus ojos. Se cruzaron sus miradas. Ella le contempló
con desaliento, como si se quejase, haciéndolo responsable de su desgracia.
«¿Por qué me has abandonado?»
El príncipe huyó: le hacía daño verla con aquel aspecto humilde y
rabioso de cordero en peligro, que bala de pena y se defiende.
Al anochecer volvió al Casino. Aún había quien se ocupaba de la duquesa,
pero en voz baja, con ademanes tristes, como si hablase de un moribundo. Los
curiosos habían disminuído en torno de la mesa. Vió á Alicia en el mismo lugar.
Detrás de su asiento se erguía Valeria, con el rostro triste, mientras doña
Clorinda se inclinaba sobre su amiga, hablándola al oído. Adivinó sus palabras.
La incitaba á levantarse: mañana tendría más suerte. Pero ella parecía no oir,
manteniéndose con los ojos fijos en unas cuantas placas de quinientos francos y
de mil, que era todo lo que le restaba. De repente se impacientó, y volviendo
la cabeza dijo una palabra, una nada más, algo muy gordo, pero no nuevo en
aquella amistad íntima que se rompía todas las semanas. Doña Clorinda dejó caer
otra inmediatamente, con acompañamiento de una puñalada de sus ojos, y se
alejó, altiva y desdeñosa, mientras Valeria miraba al techo con desesperación.
Volvió á huir Miguel. Le daba miedo la cara de Alicia, la agresividad
nerviosa de su voz, que no había oído, pero que se dejaba adivinar en el
estremecimiento de sus labios.
Vagó una media hora por los salones, escuchando de lejos las palabras de
los que se ocupaban aún de la duquesa. Una tarde había bastado para llevarse
las ganancias de muchos días de éxito. Su
infortunio resultaba tan inaudito como su buena suerte. No había acertado una
sola vez.
Sintió de pronto en su espalda el contacto de una mano nerviosa. Volvió
los ojos: era Alicia, pero con un gesto ávido, con una expresión atrevida é
implorante á la vez.
—¿Tienes dinero?...
Este rostro, esta voz, no eran nuevos para Miguel. Antes de la guerra,
el Casino había sido el lugar de sus victorias más fulminantes é inesperadas.
Mujeres glaciales que le trataban con visible despego, mujeres de reconocida
virtud que repelían con su aspecto toda audacia, se habían acercado á él con
repentina decisión, solicitando un préstamo y preguntando acto seguido á qué
hora podía ofrecer el príncipe una taza de té en Villa-Sirena. Recordó al
coronel, que consideraba el juego como el peor de los enemigos de la mujer.
Servía para que perdiesen toda vergüenza. En unas cuantas horas quedaban
demolidos los prejuicios de su vida anterior. Para seguir jugando ofrecían
espontáneamente lo que nunca habían querido conceder.
Lubimoff acogió con extrañeza esta demanda brusca. Llevaba encima muy
poco dinero: él no era jugador. ¿Cuanto necesitaba?...
—Veinte mil francos.
Dijo esta cifra como podía haber dicho cien mil ó cinco mil. Para ella,
era lo mismo en este momento. Además, en los últimos días había perdido la
noción de los valores.
Miguel contestó riendo. ¿Se lo imaginaba, acaso, viniendo al Casino con
veinte mil francos en la cartera, lo mismo que un usurero ó un comprador de
alhajas?
—Pide prestado—dijo la duquesa—. A ti te darán lo que exijas.
El siguió riendo de esta absurda proposición, pero vencido de antemano
por la sencillez con que Alicia la formulaba.
—¿Y tú?... ¿Por qué no pides tú?
¡Oh, ella!... En el orgullo de su triunfo, se había olvidado de pagar
varias deudas contraídas antes de su racha de buena
fortuna. Ahora era inútil pedir. Estaba en un mal momento, todos la
consideraban caída é incapaz de rehacerse.
—Y se engañan, Miguel; siento la inspiración de la suerte. Vas á ver
cómo me levanto con unos cuantos golpes. Es mi secreto. Si te lo digo me
abandonará la fortuna....¡Hazme ese favor!... Pide los veinte mil al vejete que
está allá mirándonos. No te los puede negar: eres el príncipe Lubimoff.... Si
te parece bien, haremos sociedad: partiré contigo mis ganancias.
Miguel conservó su sonrisa, mientras se escandalizaba interiormente de
esta proposición. ¡En qué cosas pretendía mezclarle esta mujer!... ¡El pidiendo
dinero á un prestamista del Casino!...
Pero, á semejanza de ciertos enfermos que realizan los actos más
contrarios á su voluntad, cuando se apartó de Alicia, haciendo gestos de
protesta, sus piernas le llevaron maquinalmente hacia un diván donde estaba
encogido el vejete de la barba dura, con la placa del Corazón de Jesús en la
solapa, el sombrero en una mano y un gorro de seda sobre la calva.
—Necesito veinte mil francos.
Quedó dudando el príncipe ante el hombrecito, que se había puesto de
pie, sorprendido y receloso al ver que le hablaba tan alto personaje. ¿Era
realmente su voz la que acababa de sonar?... Sí, era su voz, pero él
experimentó una inmensa extrañeza, como si fuese otro el que había hablado.
Sintió deseos de retirarse sin esperar la respuesta del gnomo, pero éste
contestaba ya, balbuceando:
—Príncipe... ¡tal cantidad!... Yo soy un pobre. Hago de vez en cuando un
favor á personas distinguidas, dos ó tres mil francos... ¡pero veinte mil!...
¡veinte mil!...
Al mismo tiempo que murmuraba la cifra con un acento de ternura, sus
ojos astutos penetraron en Lubimoff lo mismo que una sonda. Esta mirada irritó
á Miguel, haciendo que se interesase por la operación, como si de ella
dependiese su honor. Sin duda, el usurero pensaba en Rusia, en los desmanes de
la revolución, en la imposibilidad de cobrar su préstamo aunque el gran
personaje le ofreciese toda su fortuna.
—Usted debe conocerme—dijo con voz irritada—. Soy el príncipe Lubimoff;
soy el dueño de Villa-Sirena. Necesito veinte mil: ni uno menos. Si usted no
puede...
Iba á volverle la espalda, pero el enano le detuvo con humildad,
considerando inútiles en la presente ocasión todas las excusas y retardos que
hacía sufrir á sus clientes, como un suplicio á fuego lento. Se escurrió entre
los grupos, suplicando á «Su Alteza» que esperase un instante. Tal vez no
poseía toda la cantidad y necesitaba pedir un refuerzo á la caja del Casino;
tal vez iba á ocultarse por un instante en los gabinetes de aseo, sacando los
billetes de los diversos escondrijos de su traje y hasta de sus zapatos.
Sintió Miguel una mano discreta que rozaba su diestra, introduciendo
entre los dedos un rollo de papeles. El vejete había vuelto sin que él le viese
llegar, surgiendo entre dos grupos, pequeño y vivaracho, como surge un
diablillo de teatro del fondo de su escotillón.
—¿Conoce usted al coronel?... Mañana se avistará con usted para el pago
y los intereses.
El príncipe le volvió la espalda sin otro saludo, dejando al usurero
satisfecho de su laconismo descortés. Un gran señor no podía hablar de otro
modo. Con hombres así le gustaba tener negocios.
Alicia, que había seguido la escena desde lejos, salió á su encuentro,
avanzando disimuladamente una mano.
—Toma.
La diestra de Miguel ofreció los billetes con tal rudeza, que esta
entrega casi fué un manotón agresivo.
Su vergüenza por el acto reciente se exteriorizaba en confusas
protestas.
—¡Las mujeres!... ¡Lo que me has obligado á hacer!...
Ella, con los billetes en la mano, sólo pensaba ya en el juego.
—Vas á presenciar grandes cosas... Ya sabes que formamos compañía:
llevas la mitad.
Se alejó sin darle las gracias, dominada de nuevo por aquel demonio
invisible que cantaba en su oreja números y colores.
Lubimoff también se marchó. Temía encontrarse otra vez con el
prestamista y recibir su saludo familiar; se imaginaba
que todo el público de los salones había seguido atentamente su entrevista con
el vejete, sonriendo cuando recibía el dinero.
Salió del Casino. Jamás volvería á él: ¡lo juraba!
Castro, al que había visto de lejos jugando en una mesa, volvió á
Villa-Sirena á la hora de comer. Tenía mal gesto; pero olvidaba su propio
infortunio para consolarse con el relato de las desgracias de Alicia:
—Después de perderlo todo en el «treinta y cuarenta», apareció á última
hora con más dinero: un fajo de billetes de mil francos... Y ella, que no
siente predilección por la ruleta, se lanzó á la ruleta. ¡Qué modo de jugar! Al
principio acertó unos plenos, dos ó tres, pero luego nada: ¡perder y más
perder! Se lo ha dejado todo en la mesa. No la vi salir, pero me han contado
que parecía una muerta, apoyada en el brazo de Valeria... Aseguran que sufre
del corazón... Lo que yo digo: no es jugador todo el que pretende serlo; se
necesita un organismo fuerte. «La Generala» juega menos, pero tiene más
serenidad, unas entrañas sólidas.
Miguel durmió mal. Estaba indignado contra Alicia. En vez de lamentar su
desgracia, la consideraba lógica. ¡Una mujer metida á ganar dinero!... Las
mujeres sólo pueden conseguirlo de manos del hombre, y es inútil que lo busquen
por sí mismas, ni aun apelando al juego. El juego también es empresa de
hombres.
Y en esa penumbra mental que separa el sueño de la vigilia, el príncipe,
tendido en su cama, recordó una de las escenas de su mejor época, cuando su
yate estaba anclado en el puerto de Mónaco. Fué una noche, al salir de un
banquete en el Hotel de París. Como estaba algo ebrio, se apoyó en los brazos
de dos mujeres hermosas que se disputaban, sonrientes y sin éxito, el dominio
de su voluntad. Detrás de él marchaban, lo mismo que un séquito, sus amigos,
sus parásitos brillantes, varias damas invitadas, toda su corte. Habían entrado
en el Casino. El no era jugador; le fatigaba permanecer inmóvil ante una mesa;
creía pueril preocuparse por el rodar de una bolilla de hueso ó las
combinaciones de unas cartulinas pintadas. ¡Hay en la vida tantos placeres más
interesantes!... Pero aquella noche, orgulloso de su poder, sintió
deseos de reñir una batalla con la fortuna. La fortuna es hembra, y él la
domaría en fuerza de dinero, lo mismo que á las otras. Los ricos acaban por
vencer al destino impalpable.
Puso ante él una cantidad enorme para entablar la lucha, y la fortuna no
quiso su dinero; antes bien, empezó á darle el suyo con una prodigalidad
desdeñosa. El multimillonario deseó perder y no pudo. Variaba su juego
caprichosamente, cometía errores voluntarios, y el éxito le salía siempre al
paso. Al fin se cansó. Esto fué antes de la guerra, y en vez de las fichas de
hueso que representan cien francos, se jugaba con hermosas monedas de oro de
igual valor. Tenía ante él numerosas y deslumbrantes columnas de dicho metal;
fajos de billetes...
—¿Quién quiere dinero?
Empezó á arrojarlo como una lluvia enloquecedora. Corrieron todas las
mujercitas que palidecen y se crispan en torno de las mesas por la suerte de un
luis único. Se empujaban, rodando sobre la alfombra, lastimándose mutuamente
con las manos y los pies por alcanzar una gota de este maná áureo. Algunas se
abofetearon y arañaron mientras sus diestras oprimían el mismo billete de mil
francos, desgarrándole. Volteaban los sombreros por el suelo; las cabelleras se
esparcían en toda su integridad ó se desmenuzaban en una nube de bucles
postizos.
—¡A mí, príncipe... á mí!...
Con las manos ganchudas saltaban en torno de él lo mismo que un corro de
poseídas.
—¿Quién quiere dinero?...
Los altos empleados intervinieron con una contrariedad sonriente, por
ser quien era el autor del escándalo. «Alteza, ¡por favor!... Las partidas van
á suspenderse; esto no se ha visto nunca.» Pero él siguió arrojando dinero,
hasta agotar sus ganancias—más de sesenta mil francos—, y los juegos se
reanudaron con más público que antes. Todas las que habían recogido algo en el
suelo ó en el aire corrieron á exponerlo á una carta ó á un número.
Lubimoff saboreaba este recuerdo como un triunfo. Podría repetirlo
siempre que quisiera; estaba seguro de ello.
Reconocía que, al final, todos los jugadores acaban perdiendo, y él no se tenía
por un ser de excepción. Pero su voluntad dominaba en los primeros momentos á
la fortuna, y... ¡retirándose á tiempo, antes de que ella se rehiciese, con una
maldad de hembra brava!...
El príncipe acabó por dormirse pensando en Alicia.
—¡La pobre!... No sabe; Lewis tiene razón; no sabe... ¡Qué va á saber
una mujer hermosa que sólo ha pensado en ella!... Debo ayudarla. Yo soy un
hombre. Tal vez mañana... mañana...
Al día siguiente, á la hora del desayuno, don Marcos experimentó una
gran sorpresa y no menos inquietud. El príncipe, que nunca se preocupaba del
dinero de la casa, dejando que su «chambelán» se entendiese directamente para
los gastos con el administrador de París, le preguntó qué cantidades tenía
disponibles.
El coronel hizo un cálculo mental. No creía guardar más allá de quince
mil francos. Estaba esperando un envió del apoderado.
—Dámelos—ordenó Lubimoff.
Y á continuación, como si recordase algo repentinamente, habló con
indiferencia de la deuda contraída en la tarde anterior. Toledo quedó absorto
al saber que debía entenderse con el viejo usurero para la devolución de los
veinte mil francos y el pago de unos intereses inauditos que podían doblarse en
pocos días. Recordó el almuerzo en que había propuesto Su Alteza una vida
solitaria y dulce. ¿Dónde estaban ahora los feroces «enemigos de la mujer»?
Porque el coronel adivinaba en estos derroches del príncipe, en su repentina
afición al juego, la obra de una influencia femenil. ¡Y él que no osaba jugar
mas que algunas monedas de tarde en tarde, pensando en las enormes sumas
confiadas á su lealtad!...
Mientras corría al Banco en que estaba depositado el dinero de la casa,
el príncipe paseó por los alrededores del Casino, esperando con impaciencia la
apertura de las salas. A primera hora era escaso el público y muy contadas las
mesas que funcionaban. Sólo acudían los jugadores rabiosos, después de haber
pasado la noche en claro, deseando probar cuanto antes sus nuevas
combinaciones, y las personas achacosas, con la
esperanza de encontrar libre un buen asiento.
La impaciencia hizo entrar á Lubimoff en el atrio, después de meterse
disimuladamente en un bolsillo el fajo de billetes que le presentó Toledo. Los
empleados del primer turno iban llegando con paso lento, como funcionarios que
entran en su oficina. Las mujeres dedicadas á la limpieza y los mozos en mangas
de camisa acababan de barrer el aserrín esparcido sobre el pavimento. Todos le
examinaron de reojo, avisándose su presencia con discretos codazos. ¡El
príncipe á aquella hora, cuando los de su mundo estaban aún en la cama!...
Instintivamente miraron en todas direcciones, esperando descubrir á alguna
señora vestida con recato para este disimulado encuentro matinal. La fama del
personaje sólo les permitía suponer una cita de amor.
A las diez se abrieron las mamparas, y Miguel entró empujando á los
primeros jugadores, gente modesta y tímida. Sufría la nerviosidad, la
impaciencia, la sorda cólera de las mañanas en que se había batido. Pisaba con
fuerza; sus manos se arqueaban como si pretendiesen estrangular el aire. Al
mismo tiempo sentía la confianza orgullosa del tirador, seguro de que dará en
el blanco. Despreciaba de antemano á la suerte, vencida por él. «¡Ah, perra!»
Iba á vérselas con un hombre.
De un tirón arrancó la silla en que había puesto otro su mano, y se
sentó á una mesa de ruleta, entre dos viejas, sucias y mal vestidas, con
aspecto de brujas. Los empleados cruzaron su asombro en forma de discretas
ojeadas. ¡El príncipe apuntando, y á aquella hora!...
—Hagan sus juegos...
Empezó la partida. Miguel no tenía combinación alguna ni había pensado
nada. Sus ojos vagaron sobre los treinta y seis números. Pero sólo fué por un
instante.
«Este», pensó. Y puso todo lo que podía poner, nueve luises, el máximum,
sobre el 13.
Rodó la bolilla por el borde de caoba, y su caída final fué saludada con
un murmullo de asombro. «¡El 13!»
Unos cuantos billetes de mil empujados por la raqueta de un croupier quedaron
ante el príncipe, que permaneció impasible, guardando su gesto duro y
autoritario. Lo sabía; estaba seguro de no
equivocarse. Otra vez el 13.
La gente hizo gestos de asombro. ¡Qué locura apuntar dos veces al mismo
número! Pero al salir el 13 por segunda vez y cobrar el príncipe otro máximum,
un murmullo del público aplaudió al vencedor. Corrían los curiosos, dejando
abandonadas las otras mesas. Esta mañana iba á ser tan famosa en el Casino
solitario como las tardes y las noches más célebres, cuando luchan con la
suerte los jugadores ricos.
Lubimoff cambió de número. Era absurdo insistir en el 13. Y puso nueve
luises al 17... Rodó la bolilla. El 13 una vez más. Perdía.
Su gesto se hizo más duro y agresivo. La suerte empezaba á reirse de él
por su falta de voluntad. Un dominador no debe sentir vacilaciones; suya era la
culpa, por haber abandonado el número. Los hombres deben insistir hasta
imponerse, ó perecer sin abandonar su primera actitud. ¡Al 13, como antes!... Y
salió el 17.
Creyó por un momento que el suelo escapaba bajo sus pies; se sintió
flotar, rodeado de fuerzas misteriosas que rompían y ablandaban su voluntad.
Pasó una mano por su frente, como si quisiera repeler muy lejos esta flaqueza
momentánea.
«¡Ah, perra!», exclamó mentalmente, insultando á la fortuna, seguro otra
vez de que iba á esclavizarla.
Y continuó jugando.
A las tres de la tarde salió del Hotel de París. Acababa de almorzar,
solo, sin fijarse en las miradas que le dirigían de las otras mesas, evitando
esos saludos amables que inician una conversación.
Llevaba en la boca un grueso cigarro, y sus piernas, aunque firmes,
estaban agitadas interiormente por un cosquilleo voluptuoso. Había comido mal,
dejando casi intactos los platos; en cambio había bebido una botella de Borgoña
famoso, y varias copas de licor á continuación de dos tazas de café.
Desde la escalinata del hotel abarcó en una mirada destructora la plaza,
el Casino, los jardines. Pensó con fruición en la
posibilidad de que un acorazado cualquiera de los que guerreaban en los mares
de Europa fondease ante este palacio de confitería, enviándole unas cuantas
granadas. ¡Hermoso espectáculo! Luego, con la imaginación, hizo descender á tierra
la compañía de desembarco y sus ametralladoras, para llevarse cautivos á todos
los que llenaban la plaza, hombres y mujeres, sin perdonar á los niños. Nada
perdería con ello el mundo. ¡Ciudad de corrupción! ¿Qué demonio había
aconsejado á su madre la compra del promontorio de Villa-Sirena, obligándolo á
él á vivir junto á este antro?... Hasta protestó contra la difunta princesa,
con la moralidad áspera é incorruptible de todo jugador que acaba de verse
chasqueado.
Al pasear sus ojos por la alegre y bien vestida muchedumbre que él
destinaba á la esclavitud, vió á Alicia, sola y de pie, al borde de la acera
del «queso», mirando al Casino.
—¿Vas á entrar?—dijo acercándose á ella.
Se indignó la duquesa, como si le propusiera algo humillante, algo que
no había hecho nunca. ¿Entrar ella en el Casino?...
—Eso es una cueva infecta, y los empleados unos infectos, y los que
juegan... otros infectos.
¡Todo infecto!... Después de esto se dieron las manos lo mismo que si
acabaran de reconocerse.
Cuando Miguel, insistiendo en sus buenos deseos, le habló del bombardeo
y el desembarco con ametralladoras que llevaba en su imaginación, la duquesa
casi aplaudió. Por ella, que lo destruyesen todo, que se llevaran prisionero
hasta al mismo príncipe soberano, y si encima los invasores le devolvían lo que
había perdido, mejor que mejor.
De pronto, como si le sirviesen de aviso estas caritativas fantasías de
Lubimoff, fijó en él unos ojos escrutadores, unos ojos de enfermo receloso que
adivina en el vecino sus mismos síntomas.
—Tú has jugado.
Miguel movió la cabeza tristemente.
—Y has perdido—continuó ella—; eso no hay que preguntarlo: se ve en
seguida... ¡Tú jugando!...
Pero su extrañeza fué corta.
—Has jugado por mí: lo adivino... Te has dicho: «Voy á ganar lo que esa
loca pierde; los hombres sabemos más que las mujeres...» ¡Ah, pobrecito mío,
pobrecito mío, cómo agradezco tu buen deseo!... ¿Y cuánto fué?...
Al conocer la cifra hizo un gesto plañidero; pero sonrió á continuación,
como si este compañerismo en la desgracia le hiciese más llevaderas sus propias
pérdidas.
Quedaron un rato en silencio. Luego explicó ella su presencia en la
plaza. Había jurado la noche antes no acercarse más al Casino; ¡pero la
costumbre!...
—Estoy sola. Valeria se ha ido apenas terminó el almuerzo. Anda como
loca por ese sabio que tienes en tu casa. Deben haberse dado alguna cita. Sólo
habla de España, porque allá se casan las mujeres sin dote... De «la Generala»
no me hables, no quiero saber nada; está muerta... ¡muerta para siempre! Y yo
me aburro en mi soledad, pienso en cosas que me hacen llorar; salgo, y las
piernas me traen hasta aquí sin que me dé cuenta.
Luego añadió, con una imploración graciosa:
—Llévame á cualquier parte, adonde se te ocurra. Paseemos lejos de
aquí... ¿Dónde podremos ir?
El príncipe mostró la misma indecisión. Se movían siempre en el mismo
círculo, desde sus casas al centro de Monte-Carlo, al Casino, y quedaban como
desorientados al pretender ir más allá. La guerra había suprimido los
automóviles particulares; era necesaria una autorización previa para las
excursiones. Sólo se encontraban carruajes tirados por caballos flojos,
desechos de la movilización.
—¿Si fuésemos á Mónaco?—propuso Alicia.
Mónaco estaba á la vista, al otro lado del puerto; un tranvía lo liga
con Monte-Carlo cada veinte minutos, y no obstante, ella hizo su proposición lo
mismo que si hablase de un país remoto.
Los dos habían pasado varios años aquí, viendo á todas horas la roca que
lleva en su lomo la vieja ciudad de los príncipes, pero como si fuese una
pintura de telón de fondo, sin ocurrírseles nunca llegar hasta ella. Alicia
recordaba vagamente una visita al palacio del soberano
y otra al Museo Oceanográfico, sin poder dar forma á sus impresiones. Lubimoff
había visto también desde el interior de su automóvil jardines, casas viejas y
una gran plaza, el único día que visitó en su viejo castillo al príncipe de Mónaco.
Decidieron el viaje con una alegría de colegiales, y cuando la duquesa
iba á llamar á un coche de punto, Miguel mostró cierta indecisión, llevándose
una mano á diversos bolsillos.
No tenía dinero. Todo lo había dejado en la ruleta, absolutamente todo.
En el hotel había pedido que anotasen su almuerzo, entregando sus últimos
francos á los camareros como propina.
Alicia acogió su preocupación con grandes risas. ¡Un Lubimoff no
teniendo con qué pagar á un cochero de punto!... Unicamente en Monte-Carlo
podían verse estas cosas.
—Yo pagaré, pobrecito mío. Será á cuenta de los veinte mil que te debo.
No; á cuenta, no: será un regalo. Tú que tanto diste á las mujeres, deja que
sea yo la primera que costee tus necesidades. ¡Qué lujo! Yo «entreteniendo» al
príncipe Lubimoff...
Habían ocupado un carruaje, que empezó á descender la cuesta hacia el
puerto de La Condamine.
—¡Cómo nos mira la gente!—dijo Alicia—. Van á creer que te rapto. La
arruinada duquesa de Delille se lleva al príncipe multimillonario para ser su
amante y sacarle el dinero... ¡Y no saben que soy yo quien paga! Anda, ríete un
poco. ¿Te parece mal que yo pague?... ¿No encuentras eso gracioso?...
Habló de su imprevisión y su alocamiento con cierto orgullo, como algo
que la colocaba sobre todas las gentes de costumbres regulares. La noche
anterior temió que no le quedase dinero para poder comer al día siguiente. Pero
Valeria había pasado la mañana haciendo preciosos descubrimientos en los
armarios: billetes de Banco perdidos entre las ropas, placas del Casino
olvidadas en los libros, hasta un papel de mil francos envolviendo una vieja
pastilla de jabón.
Cesó repentinamente de enumerar estos hallazgos.
Estaban en el puerto. Ella señaló á una dama que marchaba por el muelle,
entre las altas adelfas recortadas en forma de árboles. Era Clorinda. De un
banco se levantó un señor que parecía esperar, saliendo á su encuentro. Los dos
reconocieron á Atilio Castro, viendo cómo se saludaban él y «la Generala», cómo
seguían juntos su paseo, tan ocupados en contemplarse mutuamente, que no
fijaron su atención en el carruaje.
Miguel sonrió. El allí, al lado de Alicia, que le hacía cometer toda
clase de extravagancias; el otro esperando con una emoción de adolescente la
llegada de doña Clorinda. ¡Pobres enemigos de la mujer!
—¡No me hables de ella!—exclamó Alicia, á pesar de que su compañero no
había dicho nada—. ¡La detesto!... El pobre Martínez en el olvido. Me lo
disputa, me lo quita, y luego viene en busca de Castro, mientras el otro
infeliz vagará por Monte-Carlo. ¡Qué mujer! ¡El mal que me ha hecho!... Ella
tiene la culpa de todo.
Y ante la mirada interrogante del príncipe fué exponiendo sus quejas con
acento de convicción. Su pérdida tan rápida y completa no podía explicarse
lógicamente. Dos semanas ganando, y en unas cuantas horas perderlo todo...
¿cómo podía ser eso? La noche anterior, al retirarse del Casino, una amiga
respetable, una marquesa italiana, antigua bailarina, muy experta en las cosas
de la suerte y que llevaba treinta años jugando en Monte-Carlo, le había
descubierto la cruel verdad: «Duquesa, usted tiene alguna persona que la quiere
mal: una amiga envidiosa que frecuenta su casa y le ha echado una maldición.
Sólo así se comprende lo ocurrido. Hay que repeler la mala suerte,
devolviéndosela á quien se la envió.»
—Ya ves que la cosa resulta clarísima: una amiga envidiosa y que
frecuenta mi casa... Clorinda; no puede ser otra. Y mañana mismo voy á repeler
la mala suerte, tal como me lo ha recomendado la marquesa. Otras jugadoras
siguieron sus consejos y les va muy bien.
Eran los Reyes Magos los que poseían el privilegio de deshacer estos
conjuros perversos. Necesitaba purificar su «villa», fumigar todas las
habitaciones donde hubiese entrado «la Generala», quemando en una cazoleta oro, incienso y mirra, los tres presentes de los
monarcas viajeros. Oro no lo había: estaba oculto con motivo de la guerra;
pero, según la marquesa-bruja, era lo mismo quemar trigo.
—Debo recitar al mismo tiempo una oración en italiano, una súplica muy
bonita á los tres reyes, casi una romanza, que dice... que dice...
No pudiendo acordarse, abrió su bolso de mano. En el monedero guardaba
la plegaria, escrita con lápiz detrás de un cartón del Casino de los que sirven
para anotar las jugadas. Miguel miró el interior del bolso con la curiosidad
que inspiran siempre todos los objetos de la mujer que nos interesa. Vió sobre
el arrugado pañuelo una carterita de piel, y colgando de ella un fetiche de
jugadora, una mano con el índice y el meñique tendidos en forma de cuernos,
para conjurar la mala suerte. Pero junto con la mano colgaba otro fetiche de
oro, de forma tan inesperada, tan inaudita, que Miguel desechó como inverosímil
lo que había pasado ante sus ojos en rápida visión.
Alicia se echó atrás, repeliendo su mano curiosa. «¡No, no!» Y cerró el
bolso con tanta rapidez, que casi le pilló los dedos entre las valvas de plata.
Se defendía, ruborosa y sonriente; le miraba con ojos malignos, encogiéndose al
mismo tiempo como una niña avergonzada.
—Es un regalo de la marquesa... lo mejor que ella conoce para atraer á
la suerte. Se acabó: no necesitas saber más. ¡Qué curioso!...
Y mientras ella se fingía algo enfadada para evitar nuevas
explicaciones, Miguel recordó el rosario de Satán del amigo de Lewis y sus
extraños adornos.
El carruaje empezaba á ascender por la cuesta de Mónaco. Los buques y el
puerto parecían hundirse gradualmente á cada vuelta de sus ruedas. Una sombra
verdosa enfriaba este camino, á la vista del luminoso mar, de las montañas
amarillentas, que iban tomando un color rojizo bajo el sol de la tarde.
Lubimoff explicó á su compañera las singularidades del promontorio que
sirve de asiento al viejo Mónaco. En el lado de Mediodía, entre las rocas
cubiertas de pitas y nopales, se aclimata la
vegetación de los países cálidos con una facilidad verdaderamente sorprendente
si se tiene en cuenta la latitud geográfica. Al visitar el palacio de los
príncipes había encontrado en los antiguos fosos de la fortaleza, que son como
invernáculos naturales, el mismo calor húmedo y pegajoso de las selvas del
Ecuador, con palmeras brasileñas que ascendían á muchos metros en busca de la
luz. En cambio, sin salir del mismo peñón, se descubrían al Norte, donde había
poco sol, helechos de los países fríos, vegetaciones de los Vosgos, llegadas
hasta allí nadie sabía cómo para arraigarse frente al Mediterráneo.
Alicia, no queriendo aparecer menos instruída, habló de los jardines de
San Martino. No los había visitado, pero sospechaba que estaban entre el Museo
Oceanográfico y la Catedral. Valeria no sabía hablar de otra cosa en las
últimas semanas, describiéndolos como si fuesen los jardines más interesantes
de la tierra. Los había visto bien acompañada, y esto influye mucho en la
visión. Era sin duda Novoa el que le había descubierto este paraíso.
—¡Si los encontrásemos!—dijo riendo Alicia.
El carruaje pasó entre dos torrecillas con montera de tejas que marcan
la entrada al recinto de Mónaco. El puerto quedaba muy abajo, con sus buques
empequeñecidos. Al otro extremo de la plaza de agua brillaban las cúpulas de
los numerosos hoteles de Monte-Carlo, sus fachadas policromas, los vidrios de
balcones y miradores. No se llegaba á distinguir la gente. Los automóviles
resbalaban como diminutos insectos por la cuesta que desciende á La Condamine.
Entraron en una avenida asfaltada, entre dos masas de estrechos y
tupidos jardines, que conduce al Museo Oceanográfico.
—¡Míralos!—dijo Alicia con expresión triunfante, al mismo tiempo que
daba con un codo al príncipe.
Cuando éste avanzó la cabeza, sólo pudo ver unos bultos que se ocultaban
en un sendero lateral.
—Eran ellos, no lo dudes—continuó la duquesa, riendo—. Marchaban por en
medio de la avenida. Esa Valeria es muy lista; se ha vuelto al oir el ruido de
un coche, reconociéndome al instante. Se llevó al
sabio como si lo arrastrase.
Cesó de reir, adquiriendo su rostro una gravedad melancólica.
—¡Felices ellos! ¡Qué de ilusiones! Todos hemos pasado por lo mismo...
Lo malo es que deseamos marchar adelante en busca de algo más, cuando debíamos
quedarnos con lo que tenemos.
El príncipe asintió con la cabeza, repitiendo lacónicamente:
—¡Felices ellos!
Su voz era un réquiem. Estos encuentros sucesivos le hacían
pensar en la muerta comunidad de la que era jefe irrisorio. Primeramente,
Castro... Luego, Novoa. Hasta el coronel estaría en aquel momento paseando ante
la tienda de una modista, á la espera de la chica del jardinero. Quedaba
Spadoni, pero su fidelidad valía poco. Para él no existía otro femenino que el
de la ruleta.
Se detuvo el carruaje más allá del Museo Oceanográfico, donde empiezan
los jardines de San Martino. Alicia pagó al cochero.
—Hay que hacer economías—dijo con gravedad—. Volveremos á pie.
Siguieron unos senderos tortuosos, subiendo y bajando por las quebradas
de la costa. Las pequeñas mesetas habían sido convertidas en miradores de
piedra, desde los que se abarcaba un espacio inmenso. En algunos amaneceres se
podía distinguir el lejano perfil de las montañas de Córcega. Como los jardines
estaban á muchos metros sobre el Mediterráneo, la línea del horizonte era tan
alta que obligaba á levantar los ojos. Los pinos formaban ligeras y negras
columnatas, entra cuyos troncos subía el cortinaje obscuro del mar. Sólo sus
rumorosas copas de agujas emergían en el azul diáfano del cielo. La vegetación
baja se componía de plantas silvestres de acre perfume y vida dura, insensibles
á las emanaciones salitrosas; nopales, cuyas palas verdes estaban rematadas por
frutos rojos; pequeñas pitas de retorcidas puntas que se enredaban unas en
otras como tentáculos de pulpos verdes.
Admiró Alicia este jardín. Era, según ella, un jardín marítimo,
que armonizaba con el Museo cercano y el paisaje. Los troncos parecían mástiles
de navío; las plantas amontonadas á sus pies tenían la forma radiada y
envolvente de los monstruos de las profundidades oceánicas. Otras vegetaciones
de origen exótico evocaban la imagen de países cálidos, de lejanos puertos
olorosos poblados de muchedumbres amarillas ó cobrizas. A través de los fustes
rectos de la arboleda se veían cinco goletas, inmóviles en el horizonte, con el
velamen caído.
Una cinta de humo acompañaba las evoluciones de un torpedero sutil
rondando como perro protector en torno de este rebaño blanco y tímido.
Al asomarse á los balconajes de piedra se veía el mar á una profundidad
enorme. El acantilado rojo se hundía verticalmente en las aguas ennegrecidas
por la sombra ó se resguardaba con desprendimientos de rocas eternamente
ceñidas de espumas. A un lado avanzaba el Cap-Martin, repeliendo el asalto de
las olas, círculo de corderos blancos que se sucedían incesantemente surgiendo
de las praderas azules; más allá, la costa de Italia, sonrosada por la
melancolía de la tarde; y en el extremo opuesto, el Cap-d'Ail y el Cap-Ferrat,
sobre cuyos lomos—abullonados de verde por las arboledas y moteados de blanco
por las «villas»—empezaba á extenderse el sudario de oro que debía envolver la
muerte del sol.
—¡Hermoso!... ¡muy hermoso!
La duquesa mostraba una alegría infantil. Se habían sentado frente al
mar, saboreando la rumorosa calma, en la que se confundían los estremecimientos
de los pinos, el profundo rodar de las espumas invisibles, la respiración de la
llanura azul, los crujidos de la tierra, rozada por los rosarios de hormigas,
por las procesiones de orugas, por la labor tenaz de los escarabajos, y
conmovida al mismo tiempo en sus entrañas por el despertar de las raíces.
De vez en cuando sonaba la arena del tortuoso sendero bajo pasos
humanos. Eran inválidos ó convalecientes que recorrían los jardines á la salida
del Museo; vecinos de Mónaco que regresaban á sus casas después de haber tomado
el sol en un banco; gruesas comadres que guardaban
su calceta en un bolso; ancianos apoyados en un bastón, que tal vez no se
habían embarcado nunca, pero tenían un aspecto de viejos marinos genoveses.
También pasaban lentamente algunas parejas de enamorados. Aparecían en una
revuelta del sendero cogidos del talle, silenciosos, mirándose. Al notar que en
el banco había otra pareja, se desasían, improvisaban una conversación
cualquiera y ganaban cuanto antes la revuelta inmediata, para repetir el tierno
enlazamiento, no sin antes saludar con una sonrisa al príncipe y á la duquesa,
como si adivinasen en ellos á otros enamorados.
—¡Y pensar que nunca habíamos venido aquí!...—dijo Alicia—. Tú, á lo
menos, posees tus magníficos jardines; pero yo, instalada en una «villa» que no
es mas que una casa con unos cuantos árboles y teniendo por todo panorama el
edificio de enfrente, soy tan estúpida, que me paso las tardes en el Casino,
obscuro y cerrado como una bodega. ¡Qué horror!
Se estremeció al pensar en el Casino. Le parecía ahora imposible que
hubiese podido vivir en la penumbra ó bajo la luz artificial, mascando una
atmósfera malsana, á las mismas horas en que este jardín extendía ante el mar
su magnificencia silvestre y luminosa.
—Hay muchas cosas bellas en el mundo—continuó—para las cuales no se
necesita dinero. ¡Pensar que si no hubiésemos perdido no estaríamos aquí! Casi
es mejor ser pobres.
Miguel rió de su vehemencia. No; ser pobre no resultaba agradable; pero
tenía razón al decir que para gozar de muchas cosas hermosas no es necesario el
dinero.
—Nosotros mismos—añadió él, después de una larga pausa—sólo nos
conocemos verdaderamente desde que perdimos nuestra riqueza. ¡Quién sabe si de
nacer pobres nos hubiésemos entendido mejor en nuestra juventud!... Muchas
veces lo he pensado.
Era cierto; y desde que estaba aquí en el banco, al lado de ella,
pensaba lo mismo. La alegría de Alicia ante la tarde esplendorosa, su
entusiasmo al verse en este jardín rústico frente al mar, lejos de ciertas
gentes sin las cuales no creía antes tolerable la existencia, lejos
del juego, que era el único remedio para el vacío de su vida, todo esto
halagaba al príncipe, como un descubrimiento de acuerdo con sus gustos. La veía
ahora muy distinta á como se la había imaginado en otros tiempos. Y él también
aparecía seguramente ante los ojos de ella de otro modo que en el pasado. Una
muralla enorme los separaba antes: la riqueza, engendradora del orgullo y del
afán de dominación.
Sintió una necesidad de seguir hablando. Algo hervía en su interior,
haciendo subir las palabras á la boca con una marea irresistible.
«Vas á cometer una necedad enorme... ¡Atención!... Buscas complicar tu
existencia...»
Era el antiguo Lubimoff el que hablaba en su interior; el Lubimoff
recién llegado de París para refugiarse en su Arca, lejos de todos los afectos
vanos que forman la felicidad de la mayoría de los hombres; el áspero maestro
de «los enemigos de la mujer».
La voz ronca y plañidera no levantó ningún eco. El príncipe despreciaba
á este fantasma que aún se mantenía en su interior, gimiendo sobre ruinas.
Había permanecido hasta entonces aspirando con delicia el perfume de
aquella mujer, que al mezclarse con el perfume de la tarde parecía comunicar su
esencia á toda la Naturaleza. Veía el cielo, el mar, los árboles, todo á través
de ella, como si llenase el espacio.
También él había hecho un descubrimiento. Pensaba con horror en la
solitaria Villa-Sirena, como la otra pensaba en el Casino. Le parecían más
hermosos estos jardines de disfrute común que los de su propiedad, que todos le
envidiaban. ¿Cómo podía haberse paseado solo en torno de su «villa», por las
avenidas magníficas y solitarias, cuando existía en el mundo la voluptuosidad
de sentarse en un banco público al lado de una mujer, ó caminar junto á ella
pasando un brazo por su talle, lo mismo que aquellos pobres soldados y
marinos?...
«¡Muy bien, príncipe!... Enamorado como un adolescente pasados los
cuarenta. ¡Adelante con tus necedades, si eso te divierte!... ¿Qué dirían los
otros enemigos de la mujer?»
Pero él no quiso oir esta última protesta de una mitad de su persona,
olvidada y hostil.
—Nuestra vida ha sido un engaño—dijo en voz alta, con cierta violencia,
para no dejar traslucir su emoción—. Tú debes estar convencida de ello... Y
también te das cuenta de que yo pienso lo mismo... de que reconozco mi error...
Porque yo... porque yo, desde hace tiempo... ¡yo te amo!... Ya está dicho:
ahora ríete si quieres.
Ella no quiso reir. Lanzó una ligera exclamación, le miró un instante y
volvió la cara, como si huyese de la interrogación de sus ojos. Había
presentido la llegada de esto de un momento á otro, ¡pero la sorpresa de
escucharlo en la realidad!...
Hubo un largo silencio.
—¿Qué contestas?—preguntó al fin con timidez el famoso príncipe
Lubimoff, adorado por tantas mujeres.
Alicia volvió á mirarle.
—¿No es una broma?... ¿No es un capricho que te ha sugerido la hermosura
de esta tarde tan... poética?
Miguel protestó con el gesto. ¡Considerar capricho aquella decisión
grave que venía preparada por largas y penosas contradicciones interiores, lo
mismo que un gran pensamiento!...
—Si yo fuese como las más de las mujeres, te contestaría: «¿A cuántas
has dicho lo mismo?» Pero esta pregunta es estúpida. Se puede haber dicho «Yo
te amo» á una mujer con toda sinceridad, y algún tiempo después repetir lo
mismo á otra, con más sinceridad aún... No quiero preguntarte á cuántas has
dicho lo mismo; tal vez no lo has dicho á ninguna. Tú no necesitabas
esforzarte, fingiendo la comedia del gran amor, para conseguir tus deseos: te
esperaban anhelantes; te bastaba arrojar tu pañuelo de sultán... ¡Pero á mí!...
Haz memoria, Miguel: de muchachos nos odiamos; después, cuando yo quise, tú no
quisiste... ¡y ahora que ya empezamos á ser viejos!... ¡ahora que sólo poseo
los restos de lo que fuí, que carezco de libertad, pues tengo... lo que tú
sabes! Es un disparate, y por eso río. No: ¡nunca!
El príncipe habló á su vez. Se habían odiado, era cierto, y este odio lo
consideraba ahora como una felicidad. ¡Qué desgracia la suya si hubiesen unido
por el matrimonio sus dos enormes fortunas y sus
dos orgullos todavía más enormes!...
—Nos hubiésemos separado una semana después; tal vez el mismo
día—continuó Miguel—. Hasta tengo la sospecha de que te habría pegado.
—Y yo á ti—dijo la duquesa—. No cabíamos juntos en ninguna parte. Era
preciso que uno se sometiese al otro, y ninguno de los dos comprendía este
sacrificio.
—Lo mismo—siguió él—puedo decirte de aquella noche en que comimos
juntos. Celebro mi conducta absurda y ridícula. Si hubiese cedido, algo
irreparable existiría ahora entre nosotros; no nos hubiéramos vuelto á
encontrar, no estaríamos aquí diciendo lo que decimos.
Ella asintió.
—Es cierto; no estaríamos aquí. Tú guardarías un recuerdo espantoso de
mi persona; sé bien cómo era yo entonces. Tampoco habría ido á buscarte, aunque
en ello me fuese la vida. Gracias á tu fuga de aquella noche podemos ser
amigos, amigos eternos, hermanos si quieres; pero ¿por qué me hablas de
amor?... Eso no es de nuestra edad. Ya pasó. ¿Qué ves en mí ahora que no
tuviese de joven?
—Veo tu desgracia.
La voz del príncipe sonó grave y profundamente sincera al decir esto.
Había reflexionado mucho, antes de contestarse á sí mismo, cuando se
hacía una pregunta igual á la de Alicia. Estaba seguro de haber empezado á
amarla el día que se presentó en Villa-Sirena á pedir el perdón de su deuda,
confesando su ruina. ¡Pobre duquesa de Delille, acostumbrada á gastar millones
al año, propietaria de minas preciosas, y teniendo que vivir del juego, como
una aventurera!... Después, junto á su lecho, viendo sus lágrimas, escuchando
el gran secreto de su vida, aquella maternidad oculta que la hacía llorar, se
había dado cuenta definitivamente de este amor. En los últimos días, al
contemplarla victoriosa en el Casino, su pasión se ensombrecía; la apreciaba
menos. Luego, al verla arruinada y enferma de tristeza, su afecto iba
renaciendo; y para auxiliarla, hasta se convertía en jugador, ¡él, que era
incapaz de hacer esto ni por su propia salvación!...
—Tú no puedes comprenderme: eres mujer. Muchas veces en mi vida, otras
mujeres me han dicho, después de un acto suyo inexplicable: «No te esfuerces;
los hombres nunca llegan á entendernos...» Yo digo lo mismo: una mujer tampoco
puede comprender á un hombre... Te amo ahora porque me inspiras lástima, y la
lástima conduce á la ternura, y la ternura es el verdadero amor, un amor que yo
no había conocido nunca. Cada uno ama á su modo. La mayoría de las mujeres
necesitan el orgullo en el amor; que el amado infunda admiración y envidia por
su valentía, por su hermosura, su riqueza ó su talento. El hombre ama casi
siempre por lástima, por la tierna conmiseración que le inspira la mujer. Nunca
se siente más amante que cuando la cabeza femenil se apoya en su pecho con el
abandono de la debilidad... Y cuando la mano de él se hunde en su cabellera,
encuentra un cráneo pequeño y delicado (más pequeño siempre que se lo imagina),
una cabeza que contiene palabras celestiales, gracias irresistibles, acciones
grandiosas, pero rara vez guarda las energías de pensamiento que dan la
superioridad al hombre. Sus miembros adorables no pueden defenderla. Y el
hombre, al considerarla tan hermosa y tan débil, siente crecer su amor con la
lástima y el deseo de protección.
—No—dijo ella—. También la mujer conoce la conmiseración en su amor. El
hombre que le era indiferente le interesa de pronto, al verlo infeliz; la que
odiaba ayer vuelve al amante odiado, cuando lo considera en peligro. Nunca pone
tanta ternura en su voz como al decir: «¡Pobrecito mío!...»
El príncipe hizo un gesto de aceptación. ¡Sea en buena hora! Pero volvió
inmediatamente á lo que le interesaba.
—Hoy somos desgraciados; yo tanto como tú, pues he perdido lo que me
hacía sobresalir sobre los demás hombres, y tal vez no lo recobre nunca... Pero
tu situación es todavía peor; eres mujer, eres más pobre, y yo me siento
atraído hacia ti y te digo lo que nunca hubiese dicho de seguir los dos en
nuestra antigua posición, encerrados en nuestro orgullo.
Siguió hablando en un tono arrullador, aproximándose más
á ella, casi en su oído, aspirando el perfume de la boa de piel que llevaba en
el cuello y parecía guardar concentrada toda la esencia de su cuerpo.
Repitió lo que había pensado en las noches, mientras luchaba con sus
antiguas preocupaciones; lo que había resumido enérgicamente poco antes,
mientras venía silencioso en el carruaje, al lado de ella. Habló del porvenir.
Aún podían ser felices: era un amor reposado y durable lo que él la ofrecía; un
amor de otoño, un amor para siempre, sin complicaciones dramáticas, plácido,
tranquilo, dulcemente monótono, como las veladas junto al fuego.
La mujer rió con una expresión dolorosa.
—Tú olvidas quién soy; hablas lo mismo que si el pasado no existiese,
como si tú no fueses tú, como si yo no tuviera todas esas historias que pesan
sobre mi nombre. De hacerme otro esa proposición, ¡quién sabe!... Estoy cansada
y me seduce un porvenir de reposo. ¡Pero tú!... Es imposible contigo:
acabaríamos mal. Prefiero que seamos amigos, sin nada de amor. Resulta más
seguro y durable.
Al ver su gesto desalentado, Alicia continuó hablando. No le asustaba
vivir con él por lo que pudieran decir las gentes. Era cierto que tenía un
marido, y dominado ahora por un amor senil, iba á negarse á aceptar el
divorcio. ¡Pero el caso que ella podía hacer de este obstáculo y de los
comentarios de su mundo!... Mayores audacias contaba en su historia.
—Es que no quiero... No me preguntes el motivo: no sabría explicártelo;
mejor dicho, no me entenderías. Repito lo que te han dicho otras: «Tú eres un
hombre, y no puedes comprender á las mujeres.» No, no quiero. Te hablaré más
claro: con otro hombre que llegase á interesarme... no sé. ¡Somos tan débiles!
¡sentimos tales sorpresas en nuestra voluntad! Pero contigo, no... Nos
conocemos demasiado: es imposible.
Miguel habló con un tono de despecho y tristeza.
—No te intereso: bien lo veo.
Alicia volvió á reir tan expansivamente, que golpeó con una de sus manos
las dos manos juntas del príncipe.
—¡Tonto!... ¿Crees de verdad que no me interesas? Si me
fueras indiferente, ¿te habría buscado en otro tiempo?... ¿estaría aquí ahora
contigo?
Se mostró desconcertado el príncipe. «¡Entonces!...» Y se esforzó por
descubrir qué obstáculo podía oponerse á su deseo. Si era por las cosas de su
vida anterior, él las olvidaba. El príncipe Lubimoff tenía igualmente muchas
historias que convenía no recordar...
—Dejemos en paz al pasado. Tú eres otra mujer. Conozco tu existencia en
los últimos años; además, me contaste la otra mañana lo que has sido desde que
tu hijo vivió á tu lado... Yo te tomo á partir del momento en que reconociste
la seriedad de la vida, al verte junto á un hombre formado con tu propia carne.
Olvido á la Venus de otros tiempos, á la Helena del «banco de los viejos». Te
deseo tal como eres actualmente, Venus dolorosa, que lloras, sufres, y
necesitas un consuelo, una protección.
Ella cesó de sonreir. Su boca se crispaba con un mísero gesto de
gratitud; sus ojos estaban húmedos.
—No—dijo con voz humilde—. Es imposible, á causa de eso mismo. ¡Mi hijo!
¡cómo me ha cambiado mi hijo!... Yo sé lo que significa todo eso de amor. No
somos dos adolescentes que se engañan con ilusorias purezas y hablan del alma y
del cielo, mientras sus cuerpos se buscan con un impulso natural. Si yo acepto
tu amor, sé lo que esto significa inmediatamente, tal vez antes de que salga un
nuevo sol. ¿Puedes imaginarte tal cosa?... Mi hijo, que no sé dónde está, que
tal vez ha muerto, que por lo menos sufre en este momento lo que una mendiga no
permitiría que sufriese un hijo suyo, y yo, mientras tanto, entregándome á un
gran amor, á una pasión de esas que devoran los días y el pensamiento entero,
como si aún viviese en la primera juventud, ¡ah, no!... ¡qué vergüenza! Conozco
lo que un amor entre nosotros exige fatalmente, y me da espanto, me siento sin
fuerzas para muchas cosas que antes consideraba sin importancia. Tú lo has
dicho: soy otra.
El príncipe se reanimó al conocer el obstáculo. Su hijo vivía; estaba
seguro de ello. El había escrito al rey de España y á sus amigos influyentes de
París; hasta había enviado cartas á Alemania por mediación de personajes diplomáticos. Lo encontrarían de un momento á otro;
él conseguiría que volviese al lado de su madre. ¿Por qué iba á estorbar el
pobre mozo el porvenir de los dos? Su hijo conocía la vida; los años pasados al
lado de su madre le habían familiarizado con las irregularidades que tanto
abundan en el mundo de los dichosos. No consideraría extraordinario que ella,
sometida á un matrimonio que era una equivocación, rehiciese su existencia
discretamente con un hombre al que conocía desde su adolescencia. Además, lo
amaría como á un hermano menor. Contaba con poderosos amigos, capaces de
ayudarle si deseaba trabajar. Los restos de su fortuna serían para él cuando
muriese.
Alicia agarró una de sus manos con la ternura del agradecimiento. «¡Cuán
bueno eres!...» Pero de pronto secó sus lágrimas, sus ojos brillaron con una
energía que parecía dirigirse contra ella misma, y continuó con voz dura:
—No, no quiero. Veo lo inmediato: lo que va á ocurrir entre nosotros si
me dejo arrastrar por tus hermosas palabras; veo á mi hijo... mejor dicho, no
le veo, no sé qué es de él, ignoro si vive... Te digo que no. Es inútil que
insistas.
Se hizo un largo silencio. Pasó un soldado con la cabeza vendada bajo el
kepis y una flor en una oreja, sonriendo á una muchacha rubia que se apoyaba en
su brazo y canturreando los dos. El príncipe y la duquesa se separaron un poco
en el banco y permanecieron en silencio: él mirando al suelo, preocupado y
cejijunto; ella con los ojos en la raya del horizonte, siguiendo la lenta
marcha de las goletas, que habían combado sus alas bajo la brisa precursora del
crepúsculo.
La tenacidad con que Miguel ponía su vista en el suelo hizo que Alicia
se equivocase. Sus piernas quedaban algo descubiertas por el arrugamiento de la
falda corta; unas piernas finas, que mostraban la blancura de su carne á través
de las mallas de seda de color habana.
—¿Miras mis medias?—preguntó ella, pasando repentinamente de la tristeza
á la risa—. Fíjate. Eso que llevan al lado no son adornos, son zurcidos. Mi
doncella me las arregla muy bien. ¡Qué quieres! Somos pobres.
Y sin duda, para distraer á su enfurruñado acompañante, siguió con
acento regocijado la enumeración de su miseria. ¡Ay, la guerra, con sus atroces
encarecimientos! Las medias de seda eran malas, se rompían con sólo usarlas una
vez, y únicamente podían adquirirse á precios fabulosos. Prefería prolongar la
existencia de las que guardaba de sus tiempos de riqueza, por ser más sólidas.
Lo mismo podía decir de los trajes. Hacía dos años que su guardarropa ignoraba
las renovaciones, antes tan frecuentes.
—Somos pobres—repitió con jocosa solemnidad—. Además, nos gusta el
juego, y, como todos los jugadores, perdemos miles de francos y economizamos en
las pequeñas cosas que alegran la existencia.
Aguardaba una ganancia enorme y definitiva para ocuparse de su
embellecimiento personal.
Pero el príncipe, con los ojos y el gesto, dió á entender lo poco que le
interesaban estas confidencias. Era inútil que pretendiese desviar la
conversación. Miguel insistía en su demanda, ofendido por la negativa de
Alicia. Tal vez con otro hombre se habría mostrado más clemente.
Ella comprendió que debía volver á lo que interesaba á su acompañante, y
dijo con varonil franqueza:
—Yo sé lo que tienes. Te voy á hablar como un camarada, sin
preocupaciones de sexo, lo mismo que te hablé aquella noche en mi estudio.
Conozco la vida que llevas; sé igualmente lo de «los enemigos de la mujer»: una
invención necia. Tú lo que necesitas, después de varios meses de soledad
maniática, es una mujer. Escoge en torno de ti; las encontrarás, cuando
quieras, más jóvenes, más hermosas que yo, que empiezo á verme tal como soy.
¿Por qué te fijas en mí? ¿Por qué turbar mi tranquilidad, cuando ya me he olvidado
de esas cosas?...
Sonrió el príncipe amargamente ante el remedio. Lo había pensado muchas
veces. El censor que llevaba dentro repetía el mismo consejo: «Busca una
hembra, y todo pasará inmediatamente; una hembra que sólo te inspire un interés
momentáneo; nada de mujeres y de complicaciones pasionales. Haz lo mismo que
recomendaste á Castro.» Muchas veces había entrado en el Casino con el aire resuelto del matarife que va á escoger en
el rebaño la res diaria. Examinaba la tropa femenina de las salas de juego,
ocupada en mirar con un ojo la bayeta verde, mientras espiaba con el otro á los
hombres que circulaban á sus espaldas.
Sentía una atracción carnívora ante determinadas mujeres; una por el
rostro, otra por el talle ó la estatura, algunas por su fealdad original ó su
desarmonía incitante, que obraban sobre sus nervios como los manjares picantes
ó ácidos obran sobre el paladar. No tenía mas que hacer una seña ó decir una
breve palabra á muchas que, viéndose observadas por el famoso personaje,
sonreían dispuestas á seguirle. Pero experimentaba de pronto la antipatía que
inspiran las cosas repetidas hasta la saciedad, el vacío de lo que se conoce
hasta el cansancio. Nada nuevo podía esperar; se horrorizaba pensando en el
parloteo vano de una desconocida que desea hacerse interesante; en las mentiras
de un sentimentalismo repentino y falso; en la grotesca animalidad del acoplamiento
que daría fin á tanta molestia. No; le era imposible. Una sola vez, con la
desesperada energía del enfermo que traga un medicamento repugnante, había
seguido á uno de estos animales hermosos, para sentirse poco después
arrepentido de su vileza y avergonzado de su fracaso.
—Eres tú; tú, y ninguna más—dijo sombríamente—. Tú, ó nadie.
Alicia habló con el mismo tono grave. Sabía por experiencia lo que era
esto. Deseamos con mayor anhelo lo que nos es imposible conseguir; hacemos un
objeto único de todo lo que está fuera de nuestro alcance.
Pero estos razonamientos exasperaron á Lubimoff, hasta hacerlo injusto.
—Te conozco—dijo avanzando en el banco, al mismo tiempo que la miraba de
cerca con unos ojos apasionados y agresivos—. Sé cómo sois las mujeres: todas
vanidosas y vengativas. No puedes olvidar la noche en que quisiste y yo no
quise, y ahora te das el placer de mi suplicio; gozas haciéndome sufrir...
—¡Oh, Miguel!—interrumpió ella con un tono de protesta.
Lubimoff siguió hablando rencorosamente, y esta indignación conmovía á
Alicia más que los ruegos humildes de poco antes. Era la imploración
desesperada del desahuciado que quiere volver á la vida normal.
—Te amo... te necesito. ¡Yo te tendré!
Sobre el lomo del Cap-d'Ail descendía la esfera anaranjada del sol. Su
borde interior tocaba ya la línea ondulante de los jardines y los edificios.
Por un momento concentró sus rayos en haz á través de la columnata de un belvedere,
como si se asomase á un arco de triunfo antes de morir. Una luz azul que
parecía emerger del mar iba repeliendo en los jardines el oro desmayado de la
tarde.
—¡No!... ¡no quiero!
La voz de Alicia rasgó el rumoroso silencio con un temblor de sorpresa
para convertirse inmediatamente en sordo y prolongado rugido, como si algo
pesase sobre su boca. Miguel había echado sus dos brazos sobre los hombros de
ella, dominándola, inclinando su busto, oprimiéndolo contra su pecho. Su boca
buscaba la otra boca que pretendía resistirse, huyendo con violentas
contorsiones del cuello. Finalmente, cesó el rugido de protesta. Las dos
cabezas permanecieron inmóviles.
—¡Oh, Miguel... Miguel!—suspiró ella, librándose por un momento de la
caricia para volver á someterse á aquellos labios que la perseguían con avidez.
Hablaba como una vencida. Había vuelto de golpe á su pasado,
estremeciéndose al contacto de tantas cosas olvidadas que una larga abstinencia
hacía completamente nuevas. Esta boca ardorosa y dominadora la despertaba de un
sueño que había durado años. Su renacimiento venía de más lejos que el de
Miguel.
Se olvidó de lo que la rodeaba. Sus ojos continuaron abiertos, pero se
habían borrado de ellos el mar, el cielo dulce del ocaso, hasta las ramas de
pino que formaban un dosel silvestre sobre sus cabezas.
De pronto volvió á contemplarlo todo, encorvándose al mismo tiempo para
repeler al hombre.
—No, no quiero... ¡Esa mano!... Pueden vernos. ¡Qué locura!
El príncipe era un atleta, pero la emoción debilitaba sus
fuerzas. Además, éstas se esparcían en una doble actividad, queriendo dominar á
la mujer y explorarla á la vez en sus misterios, con la furia del imperativo
sexual. Ella se contrajo y se irguió varias veces, dúctil y reptilina,
consiguiendo al fin escapar de la cadena de los brazos masculinos mientras
lanzaba un suspiro de fatiga y satisfacción.
Lubimoff, vuelto á la realidad, vió á Alicia de pie ante él, acabando de
alisar su vestido en desorden, llevándose luego las manos á su cabellera, al
torcido sombrero, á la boa que se deslizaba de sus hombros.
—Vámonos—dijo con un laconismo de enfado.
La siguió el príncipe, cabizbajo, arrepentido de su violencia. A los
pocos pasos, ella pareció conmoverse por este mutismo que representaba un
arrepentimiento, y volvió á sonreir:
—Ya sé que en adelante no debo verte á solas... Olvidaba que eres un
marino, acostumbrado á bajar en los puertos con premura, sin querer perder
tiempo.
Marcharon lentamente, con una placidez igual á la del sereno crepúsculo.
Al salir de los jardines hicieron un alto frente al Museo. ¡Volver por
el mismo camino!... Miguel descubrió á un lado del edificio una escalinata
rústica tallada á trechos en la roca y completada en las oquedades con peldaños
de ladrillos. Descendía hasta la ribera del mar formando diversos tramos, y á
su final, un camino siguiendo el borde de la costa conducía al puerto.
La mujer vaciló bajo el arco de entrada.
—Te advierto—dijo amenazando con un dedo á Miguel—que si vuelves á las
tuyas, pido socorro. ¿Me prometes ser hombre serio?... ¿Palabra?... Bueno;
marcha delante: no me fío.
El se lanzó por la escalera como un explorador. El palacio del Museo
parecía desdoblarse así como iban descendiendo. Además del edificio á flor de
tierra, había un segundo edificio costa abajo, que asentaba sus muros de piedra
con grandes ventanales sobre las rocas del acantilado.
En una revuelta, el príncipe se detuvo para esperar á su compañera.
Descendía lentamente, dejando entre los dos una
separación de varios peldaños. Tenía los pies más arriba de la cabeza de
Lubimoff, y á éste le bastó elevar un poco los ojos para ver aquellas medias
cuyo zurcimiento había explicado la duquesa.
Vió algo más, que le hizo estremecerse; y con la ligereza de un muelle
que se dispara, salvó en varios saltos los escalones que existían entre ambos.
—¡Miguel... que grito!—exclamó ella al verle llegar, extendiendo las
manos para rechazarle y queriendo huir al mismo tiempo.
Había abarcado en sus brazos la parte baja del adorable cuerpo. No podía
ascender más: las manos de Alicia repelían su cabeza con un impulso nervioso. Y
él, con la incoherencia de la pasión, besó sus pies y el arranque de sus
piernas; besó su falda allí donde pudo, en los ángulos redondeados de sus
rodillas, en la suave curva del vientre.
Ella se irritó al sentirse inmovilizada, sin poder huir.
—¡Déjame!... Esto es ridículo. ¡Acabemos!
Y el sombrero del príncipe rodó de escalón en escalón, bajo un golpe de
aquellas manos finas que se defendían á ciegas.
Este incidente le devolvió su serenidad. Sí; efectivamente, era
ridículo. Y como viese en Alicia la intención de desandar el camino, volviendo
á los jardines, Miguel, para inspirarle confianza, corrió escalera abajo, sin
volver la cabeza, sin preocuparse de si ella le seguía.
Se juntaron al borde del mar, en un ancho camino que serpenteaba entre
las rocas sueltas orladas de espuma y las paredes casi verticales del
acantilado. Las mesetas y oquedades de la piedra habían sido aprovechadas, en
este promontorio de escasas superficies horizontales, para construir algunos
edificios que albergaban á las familias de los empleados de Mónaco. En el filo
del acantilado aparecía, como una cabellera verde, la línea bordeante de los
jardines altos, cortada á trechos por viejas obras de fortificación.
Eran bastiones en declive, con garitas salientes en sus ángulos, iguales
á los que se ven en los viejos grabados ó en las decoraciones de teatro.
Enormes lápidas de piedra con caracteres latinos cantaban la gloria de los diversos príncipes soberanos que habían hecho
construir estas costosas obras de defensa, ahora anacrónicas é inútiles.
Lubimoff esperaba ver surgir de las garitas algún granadero de uniforme blanco
y vueltas de grana, llevando sobre el negro mostacho y la peluca con polvos una
mitra de oro.
Caminaron lentamente en el crepúsculo. Arriba, la luz anaranjada del
ocaso enrojecía suavemente las aristas de la roca, las arboledas, las fachadas
blancas. Al borde del mar, la sombra era azul, una sombra de noche lunar. El
cielo ensangrentado por la puesta del sol permanecía invisible para ambos
detrás del peñón de Mónaco. Sólo podían contemplar el cielo de la parte de
Italia, cada vez más obscuro, más denso, preparándose á dar paso á las primeras
punzadas luminosas de las estrellas.
Se cruzaron con varios pescadores que regresaban á sus viviendas
cargados de cestos y redes.
Alicia experimentaba inquietud en algunas revueltas completamente
solitarias. Luego, al ver una casa ó un transeunte que se iba aproximando,
reanudaba su conversación. Lo que ella temía era un alto en el camino, sentarse
con el príncipe en el pequeño parapeto que bordeaba la costa. ¡Mientras
siguiesen marchando!...
Dejó sin protesta que Lubimoff pasase un brazo por otro suyo, apoyándose
en él. ¡Se expresaba con tanta humildad!... Parecía arrepentido de sus
atrevimientos; le pedía perdón con su pálida sonrisa. Además, le hablaba de su
hijo con un optimismo acariciador. Todos los temores de ella eran infundados;
su hijo volvería: estaba seguro de ello. Iba á recibir buenas noticias de un
momento á otro; tal vez aquella misma noche.
Era un hombre, y por mucho que amase á su madre acabaría por amar á otra
mujer con mayor vehemencia, creándose una vida aparte, como todos los demás.
—Y tú, que aún puedes considerarte joven, que tienes derecho á largos
años de ventura, ¿quieres renunciar á todo, como una vieja?... ¿Por qué? ¿Qué
adelantas con eso?...
Ella bajaba la frente sin saber qué contestar, y su turbación era tal,
que no hizo el menor movimiento cuando el brazo de
Miguel dejó de apoyarse en el suyo para ceñir su talle. Así avanzaron,
estrechamente ligados, formando un solo cuerpo, dando paso tras paso
instintivamente, sin saber hacia dónde marchaban. El, con los ojos puestos en
ella, espiaba su rostro, esperando la caída de una mirada, de un monosílabo de
aceptación. Alicia temía encontrarse con estos ojos implorantes, y entornaba
los suyos.
—Di que sí—murmuró Lubimoff—, di que quieres. Por algo nos hemos
encontrado; por algo viniste á buscarme. Vamos á rehacer unas vidas que se
torcieron por nuestra vanidad y nuestro orgullo. Seamos, aunque algo tarde, lo
que debimos ser.
—No—suspiraba Alicia—, no puedo... ¡Mi hijo!...
Y á continuación se apresuró á murmurar, como arrepentida:
—Sí; tal vez... más adelante... Pero ahora, no. ¡Qué vergüenza!...
Cuando yo esté tranquila, cuando no sienta esta preocupación que me destroza...
Te quiero; ¿te basta con eso? Te quiero...
Estas dos palabras le bastaban al príncipe. El, que había llegado con
tantas mujeres á los mayores extremos de dominación, sin sentirse nunca ahito,
se contentaba con la breve frase, que tenía para sus oídos una música dichosa.
Fué subiendo su brazo más arriba del talle de Alicia, mientras con la
otra mano reclinaba su cabeza en uno de sus hombros.
Sonó un beso, un larguísimo beso, sin que se detuviese la marcha de los
dos. La mujer no opuso resistencia, y poco después, su boca, animada por un
despertar febril, se unió á este beso, haciéndolo más apasionado, más vibrante
é interminable. Ya no sentía miedo; seguían caminando, y á su enamorado le era
imposible repetir las osadías del jardín. Es más: se confesaba interiormente,
con cierta vergüenza, el deleite que esta caricia andante resucitaba en ella.
—Te quiero—suspiró, sin saber lo que decía—, te quiero; ¡pero lo otro,
no!... Amémonos como si fuésemos muchachos. Es ridículo á nuestra edad... ¡pero
tan dulce!
En aquel momento, el alma de Lubimoff era igual á
la suya. Este simple beso le pareció el mayor de los placeres que había
conocido. Encontraba á la vida un encanto nunca sospechado. Creyó contemplar el
paisaje más hermoso de la tierra. ¡Qué interesantes las viejas fortificaciones!
¡Qué grande hombre Alberto de Mónaco al construir esta ruta asfaltada y
solitaria, para que él marchase prendido por su boca á la boca de una mujer!...
Caminaban lo mismo que si estuviesen ebrios, en continuo zigzag, desde
el parapeto al corte del acantilado, labios con labios, los ojos tocándose,
como si nada existiese más allá, é imaginándose buenamente que marchaban en
línea recta. Desde lejos les hubiesen creído dos adversarios que luchaban,
tambaleándose con los empujones de la pelea.
El, dominado repentinamente por el deseo, quedó inmóvil y se negó á
seguir adelante.
—¡No... no!
Alicia protestaba ante el peligro, quebrantada aún su voluntad por las
emociones recientes, pero esforzándose por mantener su negativa.
La boca de él se había separado de la suya. Sus ojos brillaban con un
estrabismo agresivo. Las manos bajaron á lo largo del cuerpo femenil, ganchudas
como garras.
—¡No quiero; te he dicho que no quiero!... ¡Sigamos!
Ella se agitó entre sus brazos con una agilidad de gimnasta, y al salir
de este encierro sonó un crujido de tela desgarrada.
—¡Mira, bárbaro!... ¡mira lo que has hecho!
Estaba inmóvil, con la boa de piel cayéndose de uno de sus hombros,
mientras buscaba en el otro el rasguño que acababa de sufrir su vestido.
Miguel, colocándose á sus espaldas, vió que tenía una manga casi suelta,
dejando ver la blanca carne del brazo y la deliciosa oquedad de la axila con su
fino musgo.
Se arrepintió de su violencia, de sus maneras, que rompían al acariciar,
como las de un marinero ebrio.
Otra vez se apiadó Alicia de su confusión infantil.
—No vale la pena. Es un vestido de hace dos años; está
tan viejo, que se rompe con solo mirarlo... Inconvenientes de pasear con una
pobre.
Después la preocupó este rasguño tan visible. Iba á entrar en
Monte-Carlo, á pie ó en tranvía; ¡qué dirían viéndola en tal estado!
—Un alfiler; ¿tienes un alfiler?
Esta petición aumentó el remordimiento del príncipe. ¿Dónde puede
encontrar un hombre un alfiler?... Mientras Alicia buscaba en sus ropas
inútilmente, él pensó en regresar al Museo ó escalar los peñascos hasta una de
aquellas casas donde vivían los empleados del príncipe. Habría dado cien
francos por un alfiler... pero se acordó de que no tenía nada en sus bolsillos.
Empezó á registrarse lo mismo que ella, aunque tenía la certeza de que
la rebusca era inútil.
De pronto sonrió triunfante.
—Toma el alfiler.
Era el de su corbata; una perla famosa, muy admirada por las mujeres, y
que no había querido dar nunca, por ser regalo de la princesa Lubimoff.
Tuvo que encargarse él mismo de arreglar la rotura de la espalda,
suspirando de angustia.
—No sabes—decía riendo Alicia—. Cuidado, que me pinchas. ¡Qué torpe!
Pero él acabó por sentirse contento de su torpeza. Acariciaba el desnudo
brazo con sus dedos, se estremecía al rozar aquel pliegue de la carne que
guardaba en su sombra aterciopelada cierto misterio sexual.
—¡Quieto!—chilló ella—. No vuelvas á las andadas; mira que me enfado...
Bien está así... ¡Vámonos!
Se echó atrás la boa para ocultar el torpe remiendo y la perla, que
resaltaba con una magnificencia incoherente. Volvieron á marchar, sin que
Miguel intentase nuevas audacias. El último incidente le había hecho
circunspecto. Insultábase en su interior, considerándose un bárbaro, incapaz de
vivir entre verdaderas señoras.
Al llegar á la última revuelta salieron de la penumbra azul del
acantilado. Sobre sus cabezas tenían el ángulo final del baluarte y una garita
de piedra; enfrente el puerto, con su boca flanqueada de dos torrecillas
luminosas, y en la ribera opuesta la altura de Monte-Carlo,
sus edificios enormes, sus cúpulas charoladas, que reflejaban el último fuego
rosa del crepúsculo.
Los dos se detuvieron instintivamente. En mitad del puerto, el yate
blanco del príncipe de Mónaco estaba inmóvil, tirando de su boya. Junto al
muelle cercano unas cuantas tartanas cabeceaban, moviendo su mástil único, y un
vapor español, ostentando su bandera neutral, descargaba sacos de arroz y
toneles de vino. La presencia de varios grupos de hombres diseminados frente á
las embarcaciones les impuso prudencia. Dejaban de estar solos. Habían entrado
de nuevo en la vida.
—¡Qué corto el camino!—exclamó el príncipe.
Lo mismo pensaba ella. «Sí, ¡qué corto!»
No debían marchar juntos. Era preciso despedirse allí, lejos de la
gente.
Alicia lo tendió sus dos manos.
—¿Nada más?—suspiró Miguel.
Vaciló la duquesa un instante. Luego, con una agilidad de muchacha, como
si aún fuese la amazona endiablada del Bosque de Bolonia, saltó hacia él con
los brazos abiertos.
—Toma... toma... y toma.
Fueron tres besos rápidos, fulgurantes, que sólo duraron un segundo;
tres besos que hicieron pensar á Lubimoff si lo ignoraría aún todo en la vida,
pues nunca había sentido el estremecimiento que circuló por su cuerpo desde el
cerebro á los pies.
—¡Más!... ¡dame más!
Ella rió de su gesto implorante.
—Se acabaron las locuras... Otro día, ¡quién sabe!... Ahora vuelvo á mis
preocupaciones. Me da miedo entrar en mi casa; siento terror y esperanza. ¡Ay,
la noticia que puedo recibir de un momento á otro!... Di: ¿tú crees de verdad
que no le ha pasado nada?... ¿tú crees que podrá volver?...
Spadoni entró en la habitación de Novoa con el propósito de hacerle
hablar. Creía ahora fervorosamente en la ciencia del profesor, y al verlo
predispuesto al juego y reflexionando sobre sus misterios, esperaba de él, con
la simplicidad del creyente, algo milagroso, un descubrimiento genial que los
enriqueciese á los dos. Por esto el pianista se levantaba antes que de
costumbre, para sorprender al catedrático durante sus ocupaciones de limpieza
personal. Consideraba estas horas las mejores para una confidencia.
—La palabra azar—dijo Novoa—carece de sentido; mejor dicho, no existe el
azar. Es un invento de nuestra debilidad y nuestra ignorancia. Decimos que un
fenómeno es debido al azar cuando sus causas nos son desconocidas ó nos parecen
inaccesibles al análisis. Ignoramos las causas de la mayor porte de los hechos,
y salimos del paso atribuyendo éstos al azar.
El músico abrió sus ojos de odalisca, contrayendo á la vez el rostro
aceitunado con un gesto de atención y respeto. No entendía bien las palabras
del sabio, pero las admiraba de antemano, como un preludio de revelaciones más
practicas y de inmediata aplicación.
—Todo fenómeno—continuó Novoa—, por mínimo que parezca, tiene una causa,
y un hombre de cerebro infinitamente poderoso, infinitamente informado de las
leyes de la Naturaleza, sería capaz de prever todo lo que puede ocurrir dentro
de unos minutos ó dentro de unos siglos. Con un hombre así sería imposible
jugar á ningún juego. El azar no existiría para él.
Poseyendo el secreto de las pequeñas causas que hoy escapan á nuestra
inteligencia y de las leyes que rigen sus combinaciones, sabría perfectamente
todo lo que puede surgir del misterio de la baraja ó de los números de la
ruleta. No habría quien le resistiese.
—¡Oh, profesor!—suspiró admirado el pianista.
Hacía votos mudamente por que su ilustre amigo siguiese estudiando.
¡Quién sabe si llegaría á ser ese hombre todopoderoso, y, apiadándose de él, lo
llevaría á la rastra de su gloria!
Novoa sonrió de la candidez de Spadoni y siguió hablando.
—El número de hechos que atribuímos á ese azar (que no es mas que una
causa ficticia creada por nuestra ignorancia) varía, del mismo modo que varía
la ignorancia, según los tiempos y según los individuos. Muchas cosas que son
azar para el iletrado no lo son para el hombre estudioso. Lo que hoy es azar no
lo será tal vez dentro de algunos años. Los descubrimientos científicos
acabarán por restringir considerablemente el dominio del azar al disminuir
nuestra ignorancia.
Se dilató el rostro del pianista con un gesto de ilusión.
—Usted es un sabio, profesor, ¡un gran sabio!... No mueva la cabeza; yo
sé lo que digo. Y tengo la seguridad de que si continúa estudiando estas
materias importantes, encontrará una martingala que...
Le interrumpió el español, señalando á una baraja sobre una mesa
próxima. Se adivinaba que había hecho estudios durante la noche, antes de
acostarse. Esta baraja era para Spadoni un testimonio de laboriosidad
científica, más digno de respeto que todos los libros procedentes de la
biblioteca del príncipe que estaban olvidados en los rincones. El catedrático
se preocupaba ahora de los misterios del azar, y Spadoni estaba convencido de
que encontraría algo mejor que todo lo que llevaban inventado los simples jugadores.
Pero su esperanza se desvaneció ante el gesto desalentado de Novoa.
—Mire usted esta baraja: unos cuantos pedazos de cartón, ¡y sin embargo,
resulta inmensa como el universo! Hace sufrir el
vértigo del infinito, lo mismo que cuando se mira arriba con el telescopio ó
abajo con el microscopio. ¿Sabe usted cuántas combinaciones pueden hacerse con
una baraja de cincuenta y dos cartas?... No sé cómo decírselo: ni el diccionario
ni la aritmética conocen esta cifra por inútil, pues está mas allá de los
cálculos humanos. Inventemos la palabra: ochenta undecillones, ó sea un 8 seguido
de sesenta y siete ceros... Dos hombres que se pusieran á jugar con una baraja
de cincuenta y dos cartas y jugasen una partida por minuto, siendo en cada
partida el juego diferente, sólo llegarían á agotar todos las combinaciones
posibles después de cien millones de siglos.
Se hizo un largo silencio, como si el ambiente de la habitación quedase
agobiado por el peso de estas cifras inconcebibles. Spadoni bajaba la cabeza.
—Ahora, dígame usted—continuó el profesor—qué puede un pobre ser humano,
con todos sus cálculos de probabilidades, contra este infinito.
Y agarrando un puñado de cartas, las dejó caer de nuevo sobre la mesa,
como una lluvia susurrante de colores.
—Todo depende del azar—añadió—, ó mejor dicho, del error. Perdemos por
error y ganamos por él igualmente. Nuestro error es el resultado de una
infinidad de errores infinitesimales debidos á otra infinidad de pequeñas
causas, cuyo análisis no podemos intentar siquiera. Estas pequeñas causas son
independientes las unas de las otras, y como es el azar quien las dirige, obran
tan pronto en un sentido como en otro. Cuando el error infinitesimal es
positivo, nos hace ganar; cuando es negativo, perdemos.
Spadoni movió la cabeza afirmativamente, aunque sin entender gran cosa.
Lo único claro para él era lo de los errores infinitesimales que hacen perder.
Los conocía; eran á modo de microbios, de gérmenes maléficos, adheridos á él
para siempre. Y deseaba que su sabio amigo encontrase un antiséptico para
exterminarlos.
—Además—dijo Novoa—, si existen probabilidades de ganancia, estas
probabilidades son proporcionales á las fortunas de los jugadores. Un jugador
pobre tiene menos probabilidades de ganar que otro
que disponga de capitales.
—Entonces, ¿nosotros...?—preguntó melancólicamente el músico.
—Nosotros estamos abajo y hemos nacido para víctimas. El juego es una
imagen de la vida: los fuertes triunfan sobre los débiles.
Spadoni quedó pensativo.
—Yo he visto—dijo—jugadores ricos que acaban arruinándose como los
demás...
—Porque no se retiran á tiempo, cuando la fuerza de resistencia de sus
capitales hace llegar la hora de la ganancia. También, en la vida, los grandes
devoradores, los hombres de espada, los multimillonarios, los gobernantes, son
á su vez devorados por una nivelación final: la muerte. Pero antes de esto
triunfan por los medios poderosos que la suerte ha puesto en sus manos.
Nosotros los pobres no triunfamos jamás un día entero. Querer ganar una fortuna
enorme con un pequeño capital equivale á querer perder el pequeño capital.
Los dos quedaron desalentados; pero Novoa parecía haber sufrido el
contagio de las ilusiones de su compañero, y sintió la necesidad de reanimarse
con una fantasía de jugador.
—¿Sabe usted, Spadoni, cuánto puede ganarse con mil francos? Anoche me
entretuve haciendo el cálculo.
Y señaló un pedazo de papel lleno de cifras que asomaba entre los
naipes. ¡Lo mismo que el pianista!...
—Con mil francos, siempre doblando durante ciento cuarenta y tres
partidas (unas cuatro horas), se puede ganar un bloque de oro cien mil millones
de veces más grande que el sol.
—¡Oh, profesor!...
Se miraron los dos con unos ojos de ardor místico, como si realmente
estuviesen contemplando este bloque inconmensurable. ¿Qué representaba al lado
de tal visión la ganancia de unos cuantos miserables millones?...
Toledo se iba dando cuenta poco á poco de las paulatinas
transformaciones de su amigo el sabio.
Le preocupaba mucho el adorno de su persona; había pedido al coronel que
lo recomendase á su sastre de Niza; hacía frecuentes viajes á esta ciudad sólo
para sus compras.
Además, jugaba. Don Marcos le sorprendió repetidas veces junto á una
mesa del Casino, de pie y meditando antes de arriesgar alguna de las fichas que
formaban breve columna oprimidas por su diestra. Parecía deslumbrado por la
facilidad de sus ganancias. Eran pequeñas cantidades, pero ¡tan considerables
en comparación con las que había recibido por sus trabajos anteriores! Media
hora le bastaba para ganar el sueldo de un mes. Una tarde había llegado á
reunir tres mil francos: más de medio año de trabajo en la cátedra y el
laboratorio....
Monte-Carlo le parecía un país interesante y la vida en él un descanso
plácido, que resaltaba sobre la monotonía parda y laboriosa de su existencia
anterior. El Museo Oceanográfico podía aguardarle: no se movería durante su
ausencia de la punta del peñón de Mónaco. Los estudios de la fauna marítima no
iban á progresar en unos cuantos meses. Y cuando el director le veía entrar de
tarde en tarde, con un aire decidido, en el ambiente reposado y silencioso del
Museo; cuando reparaba en sus trajes flamantes, en la exactitud con que seguía
las modas masculinas, balanceaba la cabeza melancólicamente. No era el primero.
¡Ah, Monte-Carlo!... Los viejos profesores miraban con un ceño de profeta á la
ciudad de enfrente. Jóvenes llegados de diversos lugares de la tierra para
estudiar los misterios del Océano acababan por hacer cálculos matemáticos sobre
las probabilidades de la ruleta.
—Y además, tiene el amor—decía Castro al comunicarle Toledo sus
impresiones sobre Novoa—. Cuando no juega está al lado de esa Valeria.
Eran novios. El profesor lo había comunicado misteriosamente á todos sus
amigos, luego de rogar á cada uno que guardase el secreto. Después de sus
fútiles galanteos de estudiante, éste era el primero, el gran amor de su
existencia. Le inquietaba un poco la humildad de su situación. ¿Qué diría
Valeria, cuando fuese su esposa, al enterarse de lo
poco que ganaba como sabio?... Pero inmediatamente ponía su esperanza en el
juego, aquella fortuna no sospechada que se le ofrecía ahora diariamente.
—Que siga esto unos cuantos meses—afirmaba ante el coronel—, y habré
reunido un capitalito antes de terminar el período de mis estudios. Todos los
días guardo algo, y eso que ahora gasto más que nunca. Hay que ser chic,
como mi novia.
Toledo se limitaba á contestar con una sonrisa equívoca.
La dicha de Novoa iba acompañada de cierto orgullo. Tenía á su futura
compañera por una gran dama, de mayor capacidad intelectual y más serios
estudios que todos las de su clase. Era pobre, y por eso vivía en un estado
casi de servidumbre. Pero viéndola en trato familiar con la duquesa de Delille,
la consideraba tan importante como la otra, acabando por confundir las cosas de
ambas en un interés común. Y como doña Clorinda era ahora adversaria implacable
de Alicia, y Atilio admitía ciegamente las ideas y caprichos de «la Generala»,
una sorda animosidad empezó á surgir entre los dos hombres, que hasta entonces
se habían tratado con amable indiferencia.
—¡Las mujeres!—murmuraba Toledo al observar este odio progresivo—. Bien
decía el príncipe...
Pero otras preocupaciones más importantes atormentaron al coronel. Se
había iniciado la temida ofensiva. Los telegramas de la guerra eran lacónicos y
tristes. Retrocedían los aliados ante el avance alemán. Sus líneas no se
rompían, pero vacilaban, se encorvaban bajo los abrumadores golpes del enemigo.
Todos los días se perdían docenas de pueblos y grandes espacios de terreno.
Don Marcos protestaba de la imprevisión de los generales con una cólera
de primario, uniendo sus quejas á las del vulgo.
—Ya lo anuncié yo—decía con suficiencia en los corrillos del atrio del
Casino, donde le escuchaban por su condición de militar—. El kaiser ha
aglomerado en Francia todas las tropas que tenía en Rusia. ¿Quien no esperaba esto?... Y los nuestros son indudablemente
inferiores en número.
El bombardeo de París acabó de desorientarle en sus apreciaciones de
estratega. «¡Mentira!», dijo trente al tablón de los telegramas, al leer que
los primeros proyectiles habían caído sobre París. No era posible: lo afirmaba
él, que estaba bien enterado del alcance de la artillería moderna. Y al conocer
la existencia de cañones que tiraban a más de cien kilómetros, quedó
desconcertado. «¡Qué tiempos! ¡qué guerra esta!»
Cuando le consultaban las señoras en el Casino ó en el Hotel de París,
mostraba un optimismo inquebrantable ante las malas noticias.
—Eso no es nada: va á venir la reacción. Los nuestros se retiran para
tomar mejor la ofensiva.
Al quedar solo, se desplomaba esta seguridad, dejando al descubierto una
fe vacilante, igual á la de los otros.
—Van á llegar hasta París, si Dios no lo remedia—se decía—. Será
necesario un milagro, otro milagro como el del Marne.
Porque el buen coronel seguía creyendo firmemente que la primera batalla
del Marne había sido un milagro de Santa Genoveva, de Juana de Arco ó de otra
personalidad bienaventurada que podía intervenir en los combates de los
hombres, como intervenían los falsos dioses cantados por Homero. ¿No peleó
Santiago en las batallas de España siempre que los cristianos atacaban á los
moros?...
—El prodigio ha resultado inútil—decía amargamente—. Habrá que
repetirlo; habrá que empezar otra vez, después de cuatro años de guerra.
Con el bombardeo de París se había acrecentado muchísimo en unas semanas
la población de la Costa Azul. Los trenes llegaban desbordantes de fugitivos.
Las calles de Niza estaban repletas de forasteros como en los años de paz,
cuando se celebraban las fiestas de Carnaval. Monte-Carlo veía aumentar
considerablemente su público y se abrían nuevas salas en el Casino.
Pasaba Toledo la tarde y las primeras horas de la noche en el atrio,
esperando siempre buenas noticias, aceptando las
malas con un optimismo ágil que encontraba excusa y justificación á todo.
Se iba agrandando el círculo de sus amistades. Todos los días encontraba
rostros conocidos que no había visto en mucho tiempo: estrechaba manos,
devolvía saludos. «¡Usted aquí!...» El cañón disparado sobre París á fabulosas
distancias poblaba los salones de juego con una muchedumbre de buen aspecto,
casi tan numerosa como la de los años tranquilos.
Don Marcos seguía anunciando la reacción, la contraofensiva para el día
siguiente, como si estuviese en misteriosa correspondencia con el Cuartel
General. Y la cólera que despertaba en él este fracaso diario de sus vaticinios
iba á desplomarse sobre los que jugaban.... ¡La vida, la indecente vida, con
sus apetitos que no conocen la moral, con sus egoísmos brutales!
En torno del coronel, las gentes parecían afligirse un instante leyendo
las malas noticias. Luego, los más, entraban en las salas de juego. Tal vez era
por inconsciencia, tal vez por un ansia de aturdirse pidiendo al azar las
ilusiones del alcohol; pero la bolita de marfil giraba sin descanso en
numerosas ruletas, los naipes no cesaban de caer en doble fila sobre las mesas
del «treinta y cuarenta», la aglomeración en torno de los tableros verdes iba
en aumento.
Era un público nervioso, discutidor, irascible, que perdía con facilidad
sus buenas maneras por un simple incidente. La acometividad de los lejanos
combates se esparcía como un soplo feroz en torno de las mesas; las mujeres
tenían ademanes belicosos. Cada cañonazo contra el lejano París parecía
aumentar el arroyo de dinero que chorreaba sobre Monte-Carlo.
Cuando Toledo intentaba exponer sus opiniones y planes estratégicos en
Villa-Sirena, encontraba un público menos atento que el del atrio del Casino.
El príncipe tenia cosas más interesantes en que pensar. Novoa mostraba una
alegría egoísta, como si considerase este período el mejor de su existencia y
las desgracias del mundo sirviesen para dar un sabor más intenso á su dicha
misteriosa. Spadoni escuchaba las cosas de la guerra lo mismo que si le
hablasen de fábulas lejanas.
El estaba por la realidad, é interrumpía al coronel para contarle cosas
más interesantes. Ahora despreciaba al Casino, para frecuentar el Sporting-Club,
donde se reunían los jugadores más audaces, empleando con preferencia fichas de
cinco mil trancos. Un griego que había sido simple marinero en sus mocedades
tronaba allí como un personaje de epopeya, admirado por las damas en traje de
baile y los graves señores puestos de frac que se reunían en este círculo
aristocrático. Había aprendido á leer y escribir siendo ya maduro, pero poseía
una fortuna enorme. La noche anterior, en cuatro horas de talla, había ganado
un millón doscientos mil francos. Spadoni lo había visto con sus ojos, é
imitaba el gesto del héroe al levantarse de la mesa llevando un cestito de
mimbre entre las manos; un mísero cestito que contenía, como si fuesen
barreduras del suelo, montones de papeles azules, montones de fichas de cinco
mil francos. ¡Que no le hablasen á él de generales y batallas! ¡Este era un
hombre!
Castro había escuchado una noche al coronel con un silencio de mal
augurio y los ojos fríamente agresivos. De pronto, interrumpió los planes
estratégicos de don Marcos.
—¿Y á usted cuándo lo ascienden?
Muchos de los generales célebres en la actualidad eran simples coroneles
al iniciarse la guerra. Ya era hora de que Toledo diese un salto en el
escalafón.
Y el pobre don Marcos, lastimado por esta burla cruel, contestó
dignamente:
—Me contento con lo que soy, señor de Castro.
Sabía perfectamente lo que era: coronel, y no deseaba ser mas. Y en su
pensamiento repitió varias veces que no deseaba ser más.
A pesar de que en Villa-Sirena cada uno se preocupaba de sus propios
asuntos, mostrándose distraído en sus relaciones con los otros huéspedes, el
mal humor de Atilio iba haciendo penosa la vida común.
Toledo presentía el motivo de esta conducta. Doña Clorinda le trataba
mal indudablemente, y él, á su vez, se vengaba de sus humillaciones y disgustos
mostrándose áspero ó irónico con los amigos. El coronel había tenido
que calmar á aquella señora cuando la encontraba en el Casino comentando las
noticias de la guerra. Sentía hostilidad contra todos los varones sin uniforme;
faltaba poco para que los insultase.
—¡Emboscados! ¡cobardes!... ¡Si yo fuese hombre!...
Aunque no lo era, necesitaba hacer algo; y se consumía de impaciencia
por no poder emplear su actividad en el frente, bajo el silbido de los
proyectiles. Al fin dió con el medio de ser útil.
Quiso marcharse á París. Cuando todos los que podían escapar se
apresuraban á hacerlo, ella iría á instalarse en su antigua casa, desafiando
con su presencia el cañón y los aviones enemigos.
Castro se atrevió á insinuar tímidamente la ineficacia de este
sacrificio. El coronel añadió, con su competencia profesional, que le parecía
un disparate; pero ella no estaba dispuesta á modificar sus deseos.
Ponía en la suerte de la guerra un apasionamiento nervioso, una
vehemencia igual á la que perturbaba sus relaciones amistosas.
—De no triunfar los aliados, mi vida será imposible. ¡Cómo se burlarían
esos canallas!... Prefiero morir.
Los canallas eran sus amigos de antes de la guerra, gentes de diversas
nacionalidades que simpatizaban, por snobismo ó por interés personal, con los
alemanes. «La Generala», de un amor propio que infundía miedo, deseaba morir, y
lo deseaba de veras, antes que ver triunfantes á los que había escogido como
enemigos.
—¡Si yo fuese hombre!...
Y Atilio, que buscaba las ocasiones de estar cerca de ella en el Casino,
ó exageraba la belleza de ciertos lugares para inducirla á paseos solitarios,
huía apresuradamente ante estas palabras, en las que adivinaba un insulto.
Luego, al verse en Villa-Sirena, su amorosa sumisión se convertía en
hostilidad para los demás.
Había descubierto que odiaba á Novoa, ó mejor dicho, que debía odiarlo
lógicamente. Doña Clorinda estaba reñida con Alicia, y aquella marisabidilla
que tanto entusiasmaba al profesor era la acompañante y protegida de la
duquesa. Por esto él debía ser enemigo de Novoa,
como dos hombres que no se han hecho ningún daño particularmente, pero
pertenecen á dos naciones en guerra.
Además—y esto no quería confesárselo—, le daba cierta envidia el aire
satisfecho y triunfante del sabio. Novoa no sufría repulsas y desvíos; era la
mujer la que lo buscaba, esforzándose por halagar sus aficiones, fingiendo un
interés científico por cosas que nada le importaban; todo para conservarlo bajo
su dominación. ¡Hombre feliz y antipático!...
Como ocurre siempre que se vive en roce continuo con una persona que
empieza á no ser grata, Atilio descubrió casi á diario numerosos motivos de
molestia, que exponía á Toledo.
Su amigo el profesor pretendía burlarse de él, y no estaba dispuesto á
tolerarlo. Un día había tenido que aguardar media hora en casa de su peluquero.
El profesor ocupaba su sillón y empleaba á su manicura. ¡Un atrevimiento!
Quería sin duda rivalizar con él, y por esto se hacía vestir por su mismo
sastre de Niza. ¡Otra insolencia! Además, no sabía llevar la ropa... Hasta
sospechaba que, para ser grato á su novia y á la protectora de ésta, debía
permitirse hablar mal de cierta dama, ¡y si él llegaba á saberlo!...
Pero el coronel no prestó atención á tales amenazas. Las tristes
novedades de la guerra quitaban toda importancia á los asuntos de su vida
corriente.
Los alemanes seguían avanzando hacia París. El retroceso de los aliados
continuaba bajo los repetidos golpes del enemigo. Las ilusiones de Toledo
disminuían por momentos. Ya dudaba de todo. Los invasores eran de una
superioridad numérica aplastante.
Sólo tenia una esperanza. ¡Si llegase á ser verdad el auxilio prometido
por los Estados Unidos! ¡Si no resultase un bluff, como creían
muchos!... Ahora, con la imaginación, sólo veía la América del Norte, sus
puertos llenos de muchedumbres en armas, las azules planicies del Océano aradas
por miles de buques que venían á desembarcar en Europa ejércitos interminables.
Y como transcurrían semanas sin que se realizasen sus ilusiones, daba consejos
á Wilson desde las arboledas de Villa-Sirena ó
entre las columnas de jaspe del atrio del Casino.
—¿En qué piensa ese señor?... ¿Por qué no vienen? Si no se apresuran,
todo habrá terminado antes de su llegada.
La discordia y la guerra le tocaron de más cerca, dentro de sus
dominios, haciéndole considerar por unas horas la conflagración general como un
asunto de secundario interés.
No supo ciertamente cómo se fué iniciando la pelea; pero una noche,
durante la comida, notó que Castro y Novoa, con estudiada frialdad, cruzaban
sus palabras lo mismo que si fuesen espadas. El príncipe no podía adivinar esta
animadversión de sus dos amigos, pues nunca, en su presencia, abandonaban las
formas corteses. Además, ocupado en sus propios pensamientos, no se dió cuenta
de que el profesor se había vuelto algo pendenciero, excitado sin duda por la
hostilidad de Atilio. Novoa hizo una leve alusión á la belicosa «Generala», que
pretendía marcharse á París, como si su presencia pudiese influir en la guerra.
Castro vió en esto un reflejo de la enemistad de la duquesa. Indudablemente,
Valeria se había reído con él de los entusiasmos de doña Clorinda. Y cerró
contra la protegida de Alicia, una hambrienta, una pedantuela, que se rozaba
con señoras y sólo era una doméstica. El no comprendía los amores sentimentales
con mujeres de esta clase... Sintió tentaciones de atacar igualmente á la de
Delille, pero se contuvo recordando que era parienta del príncipe.
Los dos hombres quedaron silenciosos y pálidos, mirándose como enemigos.
Al día siguiente, Atilio, antes de marcharse al Casino, llamó aparte á
don Marcos. Tal vez tuviese pronto un lance de honor: ¿podía contar con él para
que le apadrinase?
El coronel se irguió, frunciendo las cejas con un gesto grave. Llevaba
varios años sin cumplir esta solemne función, para la cual parecía haber
nacido. Su último duelo databa de ocho años antes: un encuentro en la frontera
italiana entre dos señores que se habían abofeteado por una trampa de juego.
Aún se hizo más sombrío su rostro mientras se inclinaba en señal de
asentimiento, llevándose una mano al pecho. Como en don Marcos todas las
acciones se acoplaban con detalles de indumentaria, y creía imposible realizar
un acto sin el uniforme correspondiente, recordó en seguida cierta levita
olvidada mucho tiempo en su ropero, á la que él llamaba «la levita de los
desafíos»; una prenda negra, de corte napoleónico y largos faldones, que sacaba
á luz siempre que era padrino y le pertenecía por su carácter militar dirigir
el combate.
—Acepto. Un caballero no puede negar este servicio á otro caballero.
Y aceptaba con verdadero agradecimiento, pensando en la conveniencia de
airear, fuera de su prisión alcanforada, aquella vestidura grave como la
muerte.
Pero en la misma tarde le buscó Novoa. Este hablaba tímidamente, sin la
elegante indiferencia de Castro, con cierta sospecha de que pudiera estar
haciendo una necedad. Tal vez tuviese pronto un lance de honor.
—Como no entiendo de eso, coronel, usted será mi padrino... Mis estudios
han sido otros; pero cuando se insulta á una señora, cuando veo atropellada á
una joven indefensa, me considero tan hombre como el más valiente.
Don Marcos dió un salto... ¡Ah, no! Sus ojos se abrían á la verdad.
Olvidó el oreo de su levita; podía seguir embalsamada en su encierro. Y como el
profesor era menos temible que el otro, descargó en él su indignación. ¡Pensar
en batirse por unas nonadas, cuando millones de hombres daban su sangre por
grandes ideales!... Y él, que había recordado tantas veces como acciones
heroicas sus trabajos de padrino, hizo un gesto repelente, lo mismo que si le
propusieran algo contra su honor.
Pocos días después, Novoa habló al príncipe con una brevedad que
ocultaba mal su emoción. Estaba muy agradecido al dueño de Villa-Sirena; nunca
olvidaría la dulce existencia en este retiro; pero necesitaba volver á su
antiguo alojamiento. Nuevos trabajos científicos le obligaban á vivir en
Mónaco; el director del Museo se quejaba de sus ausencias.
Y se marchó, para instalarse en una pobre casa de la ciudad vieja,
renunciando á las comodidades y abundancias de aquel palacio regentado por el
coronel.
A pesar de tales excusas, el príncipe manifestó sus dudas á Toledo. No
veía con claridad en esta fuga. Tal vez existía otro motivo que él no llegaba á
adivinar.
—Sí; tal vez—contestó sonriendo don Marcos—. Debe ser asunto de faldas.
Asintió Miguel. Indudablemente, era por Valeria. Viviendo en Mónaco se
consideraba más libre para sus entrevistas con aquella muchacha.
—¡Ay, las mujeres!—exclamó el príncipe—. ¡Qué poder tienen sobre
nosotros!
—¡Y cómo perturban las relaciones entre los hombres!
La voz de Toledo al decir esto era tan desolada como fué la del príncipe
al enumerar á sus amigos las ventajas de vivir alejados de la mujer. En cambio,
Miguel aceptaba ahora la dominación femenil, y casi envidió á este sabio porque
volvía á su antigua modestia para encontrar con más frecuencia á Valeria.
El era menos dichoso. Transcurrían los días sin que consiguiese repetir
su paseo con Alicia por los jardines de Mónaco.
—Te amo—decía ella—. Puedes creer que no olvido aquella tarde... Más
adelante haremos la misma excursión. Ahora no; sé cuál sería el final. Me es
imposible... Pienso en mi hijo.
No dudaba Miguel de esto último; pero algo más que la inquietud por el
ausente ocupaba el pensamiento de ella. Volvía á entregarse al juego con las
cantidades encontradas en su casa. Hasta sospechó el príncipe si habría vendido
ó empeñado el alfiler con que reparó el desgarrón de su vestido. Después de
regalarle la perla de la princesa Lubimoff, no la había visto más. Alicia
parecía insensible á los primeros esplendores de la primavera.
—Un día iremos—dijo, al recordarle él los jardines de San Martino—. Te
lo prometo. Pero necesito verme libre de preocupaciones; haberlo perdido todo ó
ganado todo. Debo aprovechar el tiempo... Ya ves; ahora la fortuna parece que
vuelve á acordarse de mí.
Ganaba poco, pero ganaba; y esto le hacía esperar la repetición de
aquella racha de buena suerte que había conmovido al Casino.
Por las noches se retiraba contenta. Tenía tres mil ó cuatro mil francos
más; pero ¿qué era esto?... Se lamentaba de la escasez de su capital. Quería
hacer el gran juego, para recuperar todo lo perdido. Así, poco á poco, no
llegaría nunca. ¡Si pudiese reunir otra vez aquellos treinta mil francos, que
subían ó bajaban, pero manteniéndose siempre fieles!...
Miguel permanecía en el Casino horas y horas, cerca de la mesa de ella,
atisbando una ocasión propicia, sin poder conseguir mas que breves
conversaciones en un descanso del juego ó al tomar el té en el bar de
los salones privados.
Una mañana fué á sorprenderla en su «villa». Eran las diez. Encontró á
Valeria, que acababa de ponerse el sombrero y parecía contrariada por esta
visita. Tal vez iba á Mónaco; tal vez su hombre de ciencia la aguardaba en
alguna callejuela de Monte-Carlo.
—La duquesa se fué á la fábrica—dijo sonriendo—. Debe estar ya en pleno
trabajo.
El Casino era «la fábrica» para los jugadores, y llamaban de buena fe
«trabajar» á sus angustias y cabildeos en torno de las mesas.
Sin duda había pasado gran parte de la noche haciendo números, para
correr al Casino á la hora de su apertura, con los ojos cargados de sueño, sin
fijarse en el adorno de su persona, como si le faltase el tiempo para poner en
práctica alguna portentosa combinación acabada de inventar.
Siempre que la encontraba, el príncipe, con una astucia pueril, aludía á
la suerte de su hijo. Sólo así lograba que saliese de sus preocupaciones de
jugadora que la tenían en perpetua distracción, hablando y sonriendo
automáticamente, con una mirada de sonámbula.
Lubimoff le mostró una tarde varios telegramas y cartas de Madrid, de
París, de Berna. Reyes y ministros se ocupaban en averiguar la suerte del
aviador desaparecido. Hasta de Berlín llegaba la promesa, por conducto de una
Legación neutral, de buscar á este joven en todos los
campos de prisioneros. Sospechaban que debía estar confinado en Polonia en un
campamento de castigo.
Alicia se lanzó con vehemencia á medir el tiempo, como si la anhelada
noticia fuese á llegar de un momento á otro.
—¡Por Dios te lo pido, Miguel! Escribe, telegrafía hoy mismo. Diles á
esos señores tan buenos que me contesten directamente. Podría llegar el
telegrama ó la carta á tu «villa» mientras tú estas fuera, ¡y yo sin saber nada
horas y horas!... No; que se dirijan á mí. Todos los días, al salir, le encargo
á mi jardinero que si llega un telegrama me lo traiga al Casino. ¡Figúrate mi
impaciencia!... Di que vas á hacer eso. Prométeme que no lo olvidarás.
Lo único que podía olvidar el príncipe eran sus asuntos personales
cuando estaba al lado de Alicia. Sólo pensaba en el descubrimiento de aquel
cautivo, del que dependía su felicidad.
—¡El día que sepa con certeza que vive!... Verás entonces cuán distinta
soy. No te aburriré con mis tristezas: encontrarás á otra mujer.
Y efectivamente, su sonrisa, sus miradas prometedoras, le hacían
encontrar otra vez á la Alicia que había marchado junto á él por el camino de
la costa con la boca pegada á la suya en un beso interminable.
Al quedar solo, le asaltaban sus propias tristezas y preocupaciones.
Había recibido noticias de Rusia por varios fugitivos que acababan de librarse
de la persecución revolucionaria. Los que administraban sus bienes allá habían
sido asesinados. El palacio Lubimoff servía de residencia á un comité
bolchevique. Sus minas eran propiedad nacional, aunque nadie las trabajaba; sus
tierras estaban repartidas; varios personajes obscuros, antiguos ropavejeros y
comerciantes de líquidos alcohólicos, se habían hecho dueños de sus casas, no
sabía cómo. Y al mismo tiempo que estas noticias inquietantes para su porvenir,
llegaban otras que le herían en sus mejores recuerdos. Una gran dama de la
corte, con la que había tenido unos amores de grata memoria, vendía ahora periódicos
en las calles; otra muy elegante, que lanzaba las modas en Petersburgo, barría
la nieve y había perdido varios dedos por el frío.
Podía contar á docenas sus amigos muertos; unos, en montón, á tiros de
revólver, en el fondo de una mazmorra; otros, fusilados. Varios habían perecido
de hambre, como morían años antes los de abajo, que ahora tomaban su desquite.
Todos estos horrores despertaban su egoísmo, haciéndole encontrar nuevos
encantos á su situación. El mundo había caído en una demencia sanguinaria. En
Oriente y Occidente los hombres se agitaban como fieras, mientras él permanecía
tranquilo junto al más risueño de los mares, con una pasión, con un deseo que
llenaba su existencia, poco antes vacía, resucitando los entusiasmos y las
vehemencias de la juventud. A la misma hora en que tantos miles de seres morían
en masa, borrándose pueblos enteros de la superficie del planeta, él vivía
sometido á una mujer, y encontraba muy dulce esta servidumbre...
Una tarde, en el bar de los salones privados, Alicia le
habló con resolución. Necesitaba hacer el gran juego. Ya estaba harta de
«trabajar» con pequeñas cantidades, consiguiendo ganancias modestas. Además,
despreciaba el Casino, con sus puestas limitadas, su ruleta y su «treinta y
cuarenta», juegos casi mecánicos en los que no se ve enfrente á un banquero,
sino á simples empleados, lo que da la impresión de estar luchando con una
máquina formidable, pero de funcionamiento monótono, sin fantasía, sin alma. Ella
necesitaba el baccará. Tenía reunidos otra vez treinta mil francos:
¡ó la gran ganancia ó nada! Prefería perderlo todo y acabar de una vez.
—Esta noche en el Sporting. No digas que no: te necesito.
Tengo la corazonada de que esta noche va á ser decisiva para mí... y tal vez
para ti. Colócate enfrente: que yo te vea. Acuérdate que en las tardes buenas
tú estabas cerca. Me darás la suerte... No muevas la cabeza; te digo que me
darás la suerte.
Lo afirmó con tal convicción, que Miguel desistió de su negativa.
—Ven; tú ganarás: te lo prometo. Vas á ganar, sea cual sea el resultado.
Si me dejan limpia, mañana pasearemos por los jardines de Mónaco, como la otra
vez. Y si gano... ¡si gano lo que yo deseo!...
No necesitó decir más. Su mirada y su sonrisa entusiasmaron á Miguel. Le
vería en el club.
Aquella noche, Castro y Toledo se sorprendieron al notar que el príncipe
se sentaba á la mesa vestido de smoking lo mismo que ellos.
—El patrón no se queda en casa—dijo Atilio al coronel—. Va á la ópera,
como nosotros.
Fué al teatro del Casino para distraerse hasta media noche. No supo con
certeza qué personas le hablaron en los entreactos ni qué manos estrechó. Tuvo
que hacer un esfuerzo repetidas veces para acordarse del título y del autor de
la ópera. Lo mismo le daba esta música que otra. Era un arrullo que mecía sus
pensamientos, calmando su emoción: una emoción compuesta de miedo y de
esperanza.
En el primer acto, deseó que Alicia lo perdiese todo, absolutamente
todo; así sería más suya, dependería en absoluto de él, con una esclavitud
dulce. Luego, en los actos sucesivos, pensó en la desesperación de Alicia
después de esta pérdida. Era una apasionada, que ponía en el juego vanidades de
artista. Lamentaría tal vez, más que el dinero desaparecido, su fracaso
personal. No; era preferible que ganase. Pero ¡qué larga resultaba esta
música!... ¡con qué lentitud marchaba el reloj!...
Pasadas las once, cuando fué aclarándose en el atrio el público salido
de la ópera, Miguel se metió en un ascensor, que le hizo bajar á las entrañas
del suelo, y siguió después un subterráneo, cuyo estuco policromo reflejaba el
brillo de las luces eléctricas. Marchaba por debajo de la plaza del Casino,
cruzada en aquel momento por numerosos carruajes. Otro ascensor le subió á un
gran salón con columnas. Era el hall del Hotel de París. Vió
damas vestidas de soirée, señores puestos de smoking,
la concurrencia habitual de los hoteles de lujo, que se pone su uniforme para
comer y se queda haciendo la digestión en los profundos sillones, mirándose sin
decir nada ó hablando en voz baja, lo mismo que en una iglesia, hasta que la
rinde el sueño.
Saludó de lejos á varios conocidos que se incorporaron deseosos de
entablar conversación, fingió no ver á ciertas damas que le sonreían, moviendo
la cabeza para llamarle, y entró en un segundo
ascensor, hundiéndose de nuevo en la tierra. Este subterráneo era curvo y sus
paredes decoradas con pinturas pompeyanas. Se extendía por debajo de dos
hoteles y sus jardines. De nuevo una caja ascendente lo llevó más arriba de la
superficie del suelo. Abrió una puerta de cristales. Un viejo lacayo con casaca
azul, calzón corto y medias blancas se inclinó algo sorprendido al reconocer
después de una breve vacilación al príncipe Lubimoff. Estaba en el Sporting-Club.
Hacía años que no había entrado allí: desde antes de la guerra. El no
era jugador, y sólo su interés por algunas mujeres le había hecho pasar las
noches en esta sociedad elegante, que, como muchas de su clase, no era mas que
un garito.
Los salones resultaban pequeños después de media noche; se caminaba
pisando colas de vestidos femeninos; había que valerse de hábiles
deslizamientos para pasar entre los grupos. Todos fumaban, las mujeres más que
los hombres, y la atmósfera se enrarecía con el humo del tabaco y el vaho de
los bustos desnudos, algo sudorosos bajo su capa de blanquete. Al olor de la
carne femenil se unía un perfume moribundo de flores marchitas. Los ricos
despreciaban las muchedumbres del Casino, encontrando en el amontonamiento de
este club un signo de distinción. Jugaban entre ellos, considerándose á
cubierto de una mala vecindad en la mesa, de roces con personas sospechosas que
resultaban frecuentes en los salones públicos. Para entrar aquí era preciso
ofrecer garantías; padrinos que respondiesen de la honorabilidad del
presentado.
El príncipe conocía bien á esta concurrencia brillante. Se encontraban
en ella individuos de familias reales, herederos de coronas que estaban de paso
en la Costa Azul, banqueros famosos, millonarios de todas las partes del mundo,
damas célebres por su nacimiento, por su hermosura ó por sus joyas, muchas
cocotas famosas y vetustas, y algunas jóvenes y frescas que deseaban llegar
pronto á la vejez, como si esto fuese una condición de la celebridad. Todas
ellas se habían exhibido sobre escenarios para mostrar conejos amaestrados,
para bailar mediocremente, para cantar sin voz, y
entraban en el club bajo el título vago de «artistas».
Miguel avanzó á través de una atmósfera caldeada por las respiraciones y
los desfallecientes perfumes. Tuvo que fijarse en dónde ponía sus pies, lo
mismo que en otra época. Ahora, los vestidos femeninos eran muy cortos y las
piernas se mostraban descubiertas con tranquilo impudor. La guerra recortaba
las faldas, como si las mujeres, obligadas á correr en pleno campo, hubiesen
tomado por modelo á la antigua cantinera. Pero casi todas, para no romper
enteramente con la majestuosa tradición, habían añadido al faldellín de moda
una cola estrecha y aguda como una lengua, que seguía sus pasos.
Una dama salió al encuentro de Lubimoff, y éste tardó en reconocerla.
¡Hacía tantos años que no había visto á Alicia vestida de soirée!
Su traje databa de antes de la guerra, pero era rico y la duquesa lo llevaba
con el mismo garbo que en sus tiempos de opulencia. El largo collar de perlas
adquiría un aspecto de autenticidad sobre su persona, así como los demás
adornos. Se adivinaba en ella un arreglo extraordinario con motivo de su visita
al club.
Lo frecuentaba poco; este público, compuesto de antiguos amigos, hablaba
demasiado, estorbándola en sus cálculos de jugadora. Prefería el Casino, con
sus vastos salones y su muchedumbre abigarrada que se expresa en diversas
lenguas. Era plebeya en su juego: tenía la superstición de que la fortuna acude
ante todo allí donde sus devotos forman masa. La corazonada de su buena suerte
y el juego del baccará, que únicamente funcionaba allí, le habían
decidido á faltar por una noche á sus costumbres habituales.
El príncipe la felicitó por su hermoso aspecto, por su traje, por sus
perlas...
—Falsas, escandalosamente falsas, hijo mío—dijo riendo y mirando en
torno de ella—. Pero bien sabes que la mayor parte de las que llevan las otras
no son mejores. ¡Ay, las perlas! Si se juntasen todas las que se lucen en el
mundo, resultaría que el mar no tiene espacio para haber producido la décima
parte.
Se llevó á Miguel hacia el bar. Quería pedirle un favor. A
las doce empezaba la partida de baccará; ella había solicitado la
banca, pero los reglamentos del club se oponían á su pretensión. ¡Pobres
mujeres! Hasta en el juego estaban condenadas á una inferioridad degradante.
Podían perder su fortuna confundidas en la masa de los «puntos», pero les estaba
vedado ser banqueras. Los legisladores de esta sociedad y de otras semejantes
temían sin duda que las mujeres fuesen más dadas á la trampa que los hombres. Ella,
la duquesa de Delille, no podía ser igual al marinero griego que tallaba todas
las noches con una suerte inverosímil, haciendo incurrir al público en
sospechas y malos pensamientos.
—Exigen un hombre que talle por mí, que aparezca como banquero, aunque
todos sepan que el capital es mío, y he pensado que tú puedes hacerme ese
favor. Me gusta que vayamos juntos... ¡juntos en este negocio que es para mí de
vida ó muerte! Además, estoy segura del éxito si tú tallas. ¡Y qué
acontecimiento! ¡Cómo acudirán los «puntos»! ¡El príncipe Lubimoff haciendo de
banquero!...
Pero no pudo continuar. Miguel la interrumpió con un gesto rotundo de
negativa. Era inútil cuanto dijese. Se indignaba solamente ante la suposición
de que le vieran sentado á la mesa verde jugando un dinero que no era suyo y
teniendo á Alicia á sus espaldas. Además, estaba seguro de perder.
La duquesa se separó de él apresuradamente. Pasaba el tiempo, y de un
momento á otro iban á adjudicar la banca. Creyó de nuevo en su buena estrella
al ver á un joven deslizándose tímido entre los grupos.
—¡Spadoni!... ¡Spadoni!
Palideció el pianista al escucharla. ¡Oh, duquesa!... Temblaba y
balbuceaba de emoción. ¡El tallando en el Sporting-Club, ante el
público elegante de las noches de ópera, manejando miles de francos, con todas
las miradas fijas en su persona... Era el coronamiento de una carrera: después
de esto, morir.
Dos jugadores habían solicitado la banca: el célebre griego y un
industrial de París que se estaba enriqueciendo fabulosamente
con la fabricación de material de guerra. Spadoni su presentó también, llevando
en un bolsillo los quince mil francos necesarios para tomar la banca. Había que
echar suertes entre los tres solicitantes. Un empleado del club trajo una botella
de mimbre que contenía diez bolas numeradas, y después de agitarla, arrojó tres
sobre la mesa: una para cada uno. Alicia, metida entre ellos con una
familiaridad varonil, casi palmoteó de alegría. La suerte había favorecido á
Spadoni; de él era la banca. Mas el pianista, respetuoso de los privilegios que
merece el genio, se excusó modestamente y pidió perdón con la mirada y la
sonrisa á su rival el griego.
Era un hombre obeso, casi cuadrado, de tez morena y lustrosa, bigote
negro y unos ojos algo oblicuos, de fijeza agresiva, que recordaban los del
jabalí. Sus abuelos habían sido piratas en el Archipiélago, y él, viendo
cortada esta carrera heroica, hizo el contrabando en su juventud. Spadoni, algo
intimidado por la majestad del grande hombre, balbuceaba excusas con los ojos
fijos en su pechera brillante ornada de perlas y en el chaleco de seda gris que
cubría su recio vientre. El griego le contestó con un mugido de mal humor,
alejándose luego de hacer una reverencia á la duquesa casi igual á las que
había visto en el teatro. Aunque apenas sabía leer, estaba enterado de cómo hay
que tratar á una dama que declara la guerra.
Las doce de la noche. Cesó el juego en las mesas de ruleta y «treinta y
cuarenta». El público se fué aglomerando en la sala del baccará.
Había circulado la noticia: el pianista Spadoni, considerado por todos como un
parásito armonioso, iba á ocupar el mismo sitio que era las otras noches del
griego; pero en realidad, la banca pertenecía á la duquesa de Delille.
En torno de la mesa se formó una triple fila de personas, oprimidas
pecho contra espalda, incrustándose unas en otras para ver mejor sobre los
hombros inmediatos.
Spadoni sonreía, pero acabó por intimidarle la curiosidad irónica fija
en su persona. Muchos de los que le contemplaban eran importantes personajes
que siempre le habían infundido gran respeto. Por
fortuna, sentía á sus espaldas á la duquesa, sentada con un aire de patrona,
vigilándole autoritariamente. Si cometía algún error, esta gran dama era capaz
de pegarle... ¡Animo y adelante!...
El croupier colocado enfrente para cobrar y pagar
barajaba los naipes antes de introducirlos en un doble cajoncito, del que debía
extraerlos el banquero. ¡Pobre banquero! Considerando el público extraordinaria
su elevación, quería reir á toda costa. Al sentarse en su asiento presidencial,
los curiosos encontraron muy graciosa la timidez del pianista, y una risa
franca saludó su presencia. Hizo una pregunta en voz baja al croupier,
y se repitió la explosión de regocijo. Las mujeres se mostraban las más expansivas
al pensar que su burla, pasando por encima de Spadoni, podía herir á la que lo
había puesto allí. El gesto de extrañeza del músico ante esta hilaridad sólo
sirvió para prolongarla escandalosamente. Todos reían por contagio viendo su
cómico asombro. De pronto, una voz ruda cortó el regocijo general.
—¡Banco!
La voz del griego. Se había sentado á la derecha de Spadoni con el aire
enfurruñado del que contempla una enorme injusticia y cree necesario repararla.
No podía tolerar que este personaje grotesco ocupase el mismo sitio donde él
era admirado todas las noches. Tampoco consideraba admisible que una dama se
mezclase en negocios que sólo pertenecen á los hombres. Sentía la extrañeza y
el escándalo del que presencia un desorden en el ritmo de las cosas naturales.
El mundo estaba trastornado: los aprendices querían ser maestros; ya no se
respetaban las categorías; era preciso terminar de una vez. «¡Banco!»
Se estremeció el príncipe. Los quince mil francos de Alicia estaban en
peligro. Aquel hombre no quería que la banca continuase. Si ganaba, desaparecía
de golpe todo el capital puesto por Alicia; si perdía, se doblaba el dinero de
ésta... Pero iba á ganar indudablemente. ¡Cuando un hombre de tan buena suerte
se atrevía á hacer esto!...
Quedó aterrado Spadoni al oir la voz del grande hombre.
Instintivamente torció sus ojos hacia la duquesa, pero los apartó en seguida,
más aterrado aún por su rostro inmóvil y una mirada dura que parecía herirle
por la espalda, como si él fuese el culpable.
El doble cajoncito, completamente listo, aguardaba junto á sus manos.
Dió cartas á derecha é izquierda, y luego extrajo las suyas.
Mostró el griego sus cartas, arrojándolas sobre el tapete. «Ocho.» Un
murmullo de aprobación se elevó en torno de la mesa. Los admiradores de su
buena suerte se regocijaron como de un triunfo propio. Tomó las cartas del lado
opuesto, que le ofrecía el croupier, y las mostró después de
examinarlas rápidamente. Ahora el murmullo fué de asombro. ¡Ocho también! Iba á
ganar. Era casi imposible que el banquero tuviese un punto más alto.
Spadoni, pálido, con la frente barnizada de sudor, descubrió sus naipes.
El público los saludó con un rugido sordo: «¡Nueve!»
Los mismos que reían de él encontraron natural este resultado. «La
suerte protege siempre á la inocencia.»
Y mientras el griego entregaba quince mil francos al croupier depositario
de la banca, el pianista se inclinó modestamente. Algunas jugadoras
supersticiosas reconocieron que la duquesa había procedido con gran cordura al
confiar su suerte á este simple.
Los ojos de Alicia buscaron á Miguel en el triple óvalo de cabezas. Le
sonrió levemente. Había perdido ya la dura inmovilidad con que acababa de
arrostrar este momento de emoción. Se sentía muy segura de su triunfo. Y
deseosa de asombrar á los curiosos con una calma imperturbable, sacó de su
bolso una cigarrera de oro, una larga boquilla de marfil, y empezó á fumar.
Después de este primer éxito, el pianista jugó con cierta autoridad. La
duquesa, inmóvil á sus espaldas, parecía comunicarle su fe. Hizo varias tallas,
siempre ganando, y al aumentar considerablemente el dinero de la banca, se
excitó la codicia de los jugadores. Los que rieron de la torpeza de Spadoni
fruncían ahora las cejas con un interés agresivo, tomando parte en el juego.
Así como aumentaba el capital, eran más gruesas las puestas.
Todos presentían una gran partida emocionante. El banquero se había olvidado de
la duquesa y de su propia humildad. Creyó que lo que ganaba era de él; se
imaginó haber descubierto el secreto mencionado por Novoa y que iba á conseguir
aquellas fabulosas ganancias calculadas tantas veces cuando escribía docenas y
docenas de ceros sobre un papel. ¡Qué noche! ¡Y no estar allí su amigo el
sabio, para que presenciase su triunfo!...
Lubimoff su retiró de la mesa. Le hacía daño la serenidad forzada de
Alicia, su manera de fumar mientras contemplaba con ojos felinos la marcha del
juego. Iba á cambiarse la suerte de un momento á otro: esta ganancia continua é
insolente no podía seguir. El griego se esforzaba por ocultar su cólera,
jugando y perdiendo como un simple «punto». Le era imposible gritar «¡banco!»
hasta que empezase otra talla, quedando agotados los naipes del doble
cajoncito. Pero continuaba en su puesto, con una arrogancia de domador,
convencido de que al fin llegaría á sujetar á la burlona casualidad. Tenía más
dinero que Alicia y su representante: podía resistir, y acabaría por vencerlos.
El príncipe se fué al bar, entreteniéndose en beber
lentamente dos mixturas americanas, dulces y amargas al mismo tiempo, muy
cargadas de alcohol. Quería embriagarse un poco, para sentirse al mismo nivel
de aquella mujer que tan desesperadamente jugueteaba con la suerte.
Se vió solo. Todo el club estaba reconcentrado en la sala del baccará.
Miguel lamentó que Castro no estuviese en el Sporting. Hubieran
charlado como en la tarde que Alicia logró asirse por primera vez á las alas de
oro de la Quimera. Tal vez su ausencia era por orden de «la Generala». El
también había venido aquí arrastrado por una mujer.
Un sordo rumor llegó de la sala de juego. Vió poco después algunos de
los curiosos que entraban en el bar, deteniéndose ante el mostrador
para beber. Hablaban con grandes aspavientos de asombro. Al oir el nombre del
griego repetido muchas veces, fijó su atención. Había gritado «¡banco!» al
empezar una nueva talla, cuando la banca poseía
ciento cuarenta mil francos. Sólo aquel hombre de suerte era capaz de tal
atrevimiento. Tuvo ocho, pero el pianista mostró luego sus cartas. Nueve otra
vez. Y el croupier había barrido para la banca los ciento
cuarenta mil del griego. ¡Qué noche! ¡Y pensar que era el tonto de Spadoni el
que realizaba tales prodigios!...
Algunas mujeres pasaron ante la puerta del bar con aire
de mal humor, gesticulando entre ellas. Se mostraban escandalizadas é irritadas
por la fortuna de la de Delille, á pesar de que ninguna de ellas había perdido
un céntimo en el juego. Una suerte así no era natural; debía haber trampa. No
podían decir cómo era la trampa, pero existía indudablemente.
Después pasó el griego, seguido de dos admiradores, sudoroso, con la
pechera arrugada y el chaleco subido, dejando ver la camisa entre sus picos y
la cintura del pantalón. Levantaba los hombros con desprecio. El mundo estaba
trastornado: ya no había lógica. ¡Por eso las cosas de la guerra marchaban tan
mal!...
Y se alejó hacia el pasaje subterráneo, para volver al Hotel de París.
No quería ver mas: esta noche era para los locos.
Tampoco el príncipe deseaba ver, y continuó en su sillón, pidiendo un
nuevo cocktail. Desfilaban ante las puertas los que huían amargados
por la suerte ajena y los que llegaban atraídos por la noticia del suceso.
Permaneció solo, como un espectador que se queda en el vestíbulo de un
teatro y escucha los lejanos estremecimientos del público. Transcurrían largos
intervalos de silencio. Después, un rumor, un suspiro colectivo, el abejorreo
de un comentario en voz baja alrededor de la mesa. ¿Seguía ganando Alicia?...
¿Iba á verla aparecer como el otro, encogiéndose de hombros ante los absurdos
de la suerte?...
Aún pidió un vaso más; y contemplando las espirales de humo de su
cigarro, fué adormeciéndose. De pronto se incorporó, creyendo haber recibido un
fuerte golpe en la espalda. ¡Pura ilusión! Estaba solo. Sus ojos, al mirar en
torno de él, se fijaron en el reloj. Las dos. Y se puso de pie, dirigiéndose
con lentitud á la sala del baccará.
Había disminuído el público, pero todos los que quedaban intervenían en
el juego. La enorme suma reunida por la banca era una tentación. ¡No había
miedo de que los gananciosos quedasen sin cobrar! Hasta los mirones que pasan
la noche de pie, participando de la emoción ajena, arriesgaban su dinero de
luis en luis, esperando que cambiase en favor del público esta racha de suerte
que únicamente soplaba del lado de la banca.
Lo primero que vió Miguel fué un enorme montón de billetes de mil
francos, de placas de cinco mil, de fichas y papeles de distintos valores. Era
una fortuna. Luego se fijó en Alicia, inmóvil en su asiento, tal como la había
dejado, con un rostro inexpresivo de cariátide. Sólo sus ojos iban
maquinalmente de aquel montón de riquezas á las manos del banquero. Fumaba...
fumaba. En un platillo que un lacayo había colocado reverentemente al lado de
la victoriosa había un montón de cigarrillos consumidos, con boquilla de oro.
Parecía embrutecida por su éxito, por la monotonía de aquella buena suerte
incesante.
El pianista mostraba cierta somnolencia en sus gestos y en su voz. El
triunfo le parecía insípido después de la fuga del admirable griego. Igualmente
habían desaparecido otros jugadores célebres, como si no quisieran autorizar
con su presencia esta fortuna absurda. Los únicos contrincantes serios eran
unos ingleses residentes en Beaulieu, que tenían abajo sus automóviles. Les
interesaba este juego extraordinario, como si fuese un deporte original;
querían luchar contra la buena suerte de la banca, con una tenacidad británica,
únicamente por el gusto de vencerla. Ellas, huesudas y distinguidas, con
amplios escotes y largas colas, lanzaban un «¡oh!» de asombro cada vez que
el croupier se llevaba con la raqueta las fuertes puestas,
mientras ellos sacaban del bolsillo interior del smoking nuevos
puñados de billetes, saludando su derrota con metálicas risas.
Spadoni perdió en un golpe veinte mil francos. Lubimoff tuvo el
presentimiento fatal del marino que percibe bajo sus pies el temblor del buque
que va á abrirse, del soldado que adivina el principio de la derrota.
Un segundo golpe; y la banca perdió otra vez.
Miguel se aproximó con cierta cautela á la silla que ocupaba Alicia.
—Son las dos. Ya es hora de retirarse—murmuró, dejando caer sus palabras
sobre la cabellera que estaba al nivel de su pecho—. Va á llegar la mala: la
siento venir. Dile á Spadoni que se levante.
Ella elevó sus ojos para mirarle con extrañeza. Parecía ebria; no
acertaba á entender sus consejos. Y manifestó su negativa con leves movimientos
de cabeza. Tenía fe en la propia suerte.
La suerte se encargó de reanimar acto seguido su confianza. El banquero
ganaba otra vez, llevándose todas las sumas depositadas en ambos paños de la
mesa. Pero esto no convenció al príncipe. Continuaba sintiendo miedo, y su
inquietud le hizo ser brutal.
Se colocó á espaldas de Spadoni para hablarle discretamente, mientras
miraba en otra dirección. Debía levantarse en seguida, dando por terminado el
juego. Ya era hora.
El banquero torció la cara y miró hacia arriba para reconocer la voz
prudente que le daba consejos desde lo alto. «¡Ah, Su Alteza!» Acompañó este
descubrimiento con una sonrisa de orgullo, satisfecho de que el príncipe
Lubimoff hubiese presenciado la hazaña más grande de su vida.
Y siguió tallando.
Lubimoff se irritó. Este idiota, sumergido en su gloria, no lo entendía:
y si le entendía, se negaba á obedecerle. La voz del príncipe fué cayendo con
una lentitud temblorosa sobre la cabeza que estaba debajo. ¡Spadoni, pianista
de los demonios! (Aquí dos ó tres juramentos en diversos idiomas.) Si no le
obedecía inmediatamente, iba á sacarlo de un zarpazo de su asiento, á darle una
pateadura, á arrojarlo por una ventana...
—¡La última!—dijo el músico.
Cuando dejó de tallar muchos respiraron, satisfechos de que terminase un
juego que parecía un maleficio. Otros contemplaban con asombro y envidia el
enorme montón de la banca mientras el croupier lo ponía en
orden, formando fajos de billetes, alineando columnas de fichas de diversos
colores.
Corrió de boca en boca la cifra: ¡cuatrocientos noventa y cuatro mil
francos! Sólo faltaba una pequeña cantidad para medio millón. Pocas veces se
había visto una ganancia tan rápida.
Spadoni, como si fuese el dueño de tales riquezas, las fué metiendo en
un cestillo de mimbre. Temblaba de emoción. Iba á pasar entre los curiosos
sosteniendo contra su pecho el tesoro, lo mismo que otras noches había visto
pasar á su grande hombre con aire de vencedor. ¡Qué valían al lado de esto los
aplausos que llevaba recibidos como pianista!...
Unos manos ávidas le arrebataron el cestillo.
—No: ¡yo!... ¡yo!
Era la duquesa; ya no tenía por qué fingir indiferencia. Aquel dinero
era suyo. Se había transfigurado al salir de su mutismo expectante; sus ojos
brillaban con un resplandor triunfal; tenía la frente sudorosa; le latían las
mejillas, intensamente pálidas. Llevando el cestillo ante ella con los brazos
extendidos, pasó entre los grupos, lentamente, con una majestad hierática,
dirigiéndose hacia la caja del club.
Permaneció Spadoni junto al príncipe. También sudaba, mientras su rostro
tenía la palidez de la emoción.
—¡Qué noche, Alteza!... ¡Qué noche!
Miraba á todos con orgullo, pero sonreía humildemente al dueño de
Villa-Sirena para que olvidase su resistencia de momentos antes y las terribles
amenazas con que la había acogido.
Al poco rato volvió Alicia hacia ellos, guardando un papel en su bolso
de mano.
El entusiasmo del músico hizo explosión.
—¡Oh, duquesa!... ¡Divina duquesa!
La besaba en uno de sus brazos desnudos; luego en un hombro. Alicia
sonrió ante este homenaje público. El pobre pianista, hiciese lo que hiciese,
no comprometía.
—Gracias, Spadoni; cuente con mi gratitud. Vaya pensando lo que desea:
una casa, un yate, tal vez un piano con teclas de brillantes...
Miguel la escuchó asombrado. Hablaba de buena fe: parecía enloquecida
por su fortuna.
Pero el músico se alejó de ellos. Necesitaba estar
solo. Al lado de la duquesa tenia que compartir su gloria, contentándose con un
jirón. Y fué á reunirse con los ingleses de Beaulieu, que deseaban conocerle de
cerca y beber con él una botella de champaña, proclamándolo el fenómeno más
interesante que habían encontrado en sus viajes.
Alicia y el príncipe se dirigieron hacia el guardarropa.
—He depositado las ganancias en la caja del club—dijo ella mostrándole
el recibo—. De noche no voy á llevarme tanto dinero á mi casa. Mañana vendré
para pasarlo al Banco. Necesito que alguien me acompañe. Envíame al coronel: es
hombre de guerra y debe tener revólver.
Luego, acordándose de algo importante, su rostro tomó una expresión
grave.
—Inútil es decir que mañana arreglaremos cuentas. No creas que olvido lo
que te debo: veinte mil francos del otro día, los trescientos mil de tu
madre... Todo se pagará.
Miguel expresó con una larga risa el asombro que le causaba esta
promesa. Decididamente, la ganancia le había perturbado el cerebro. Un piano
con teclas de brillantes para el otro; ahora centenares de miles de francos
para él. La fortuna recién adquirida en dos horas le parecía extraordinaria y
tan inmensa como su buena suerte.
—Lo que yo quiero—añadió en voz baja, cesando de reir—, lo que yo deseo
de ti, bien lo sabes...
Ella le hizo callar con una mirada acariciante y un siseo discreto que
equivalía á una promesa.
Habían bajado la gran escalera del club; estaban en el vestíbulo, ella
envuelta en una capa de seda con bordados de oro y ricas pieles, que le
recordaba sus salidas de la Opera de París; él con el gabán abierto y un
sombrero flexible forrado de seda.
Los empleados del vestíbulo, enterados de lo que había ocurrido en los
salones, corrieron á la cancela de cristales, con la esperanza de la regia
propina. «¡Un carruaje para la señora duquesa!»
Pero ella deseó marchar á través del silencio de la noche.
Estaba entumecida por su larga inmovilidad; necesitaba, como todos los que se
consideran dichosos, prolongar el goce de su triunfo con un largo paseo.
Bajó la escalinata exterior apoyada en un brazo de Miguel. Pasaron entre
los cocheros y los escasos chófers que formaban grupos esperando á sus patrones
y clientes.
Se sumieron en la fresca atmósfera nocturna, con los ojos fatigados aún
por la espléndida iluminación, con la piel ardorosa por el ambiente enrarecido
de los salones. Los dos se fijaron en que la noche era de luna, una pobre luna
menguante que empezaba á caer detrás de la negra barrera de los Alpes. La
amenaza submarina tenía la ciudad á obscuras. Un macilento farol con los
vidrios pintados de azul dejaba filtrar á largos trechos su breve radio de luz
funeraria.
A los pocos pasos se acostumbraron á esta penumbra. El suelo de las
calles estaba partido en dos fajas: una, de blancura turbia y vagorosa, reflejo
de la luna moribunda; otra, negra, con la tonalidad densa y pesada del ébano.
Instintivamente, marchaban por la acera obscura, como si temieran ser vistos.
Torcieron por una calle curva y en cuesta, la misma que atravesaba
subterráneamente el corredor pompeyano que horas antes había seguido el
príncipe.
Oían aún á sus espaldas las conversaciones de los cocheros ocultos en la
revuelta de la calle, las voces de los empleados del club llamando á los
carruajes por el nombre de sus dueños, los pataleos de los caballos que
sacudían su espera dormitante, los primeros ronquidos de los automóviles al
reanudar su funcionamiento. Miguel, que caminaba silencioso, con el deseo de
alejarse cuanto antes, buscando la soledad absoluta, tuvo que detenerse al ver
que ella había hecho lo mismo. Se anticipaba á sus pensamientos: no quería ir
más lejos.
—Necesito recompensarte—murmuró—. Te dije que al venir ganarías de todos
modos, aunque yo perdiese. Toma... toma.
Sus brazos desnudos, escapando de la sedosa capa, se cerraron sobre los
hombros de él, formando un anillo apretado: su boca sumisa, buscando la otra
boca, se entregó humildemente, con un deseo de dar
la felicidad.
Pasó por el fondo de la calle un vivo resplandor, sacándolo todo de la
penumbra con fugaz relieve, lo mismo que un relámpago. Era el reflector de un
automóvil. Ella ni se movió; no temía que la sorprendiesen: las gentes eran
fantasmas sin ninguna realidad. En el mundo sólo existían en estos momentos
ellos dos y aquel montón de papeles y piezas de marfil guardado en una caja de
acero.
Se acordó Lubimoff toda su vida de esta noche. Los relojes estaban locos
indudablemente, lo mismo que su cabeza, que parecía dar vueltas, siguiendo el
ritmo de una música dulce. Tuvo la sensación de que pasaron varias veces por el
mismo lugar, andando y desandando el camino, sin saber lo que hacían. ¿Qué
importaba?... Lo interesante era estar juntos. Hubo un momento en que
despertaron, viéndose sentados en un banco de la plaza del Casino. De esto
estaba seguro el príncipe. Había mirado el reloj de la fachada. ¡Las tres! Era
imposible: creyó firmemente que sólo iban transcurridos unos minutos desde su
salida del club... Y tuvieron que alejarse, molestados por la curiosidad de un
burgués que hacía de polizonte en tiempo de guerra; un miliciano del príncipe de
Mónaco con traje civil, llevando un brazal de colores en la manga y un revólver
al costado.
Volvieron á marchar por las calles solitarias ó á lo largo de los
jardines públicos, cerrados á estas horas. Ella echaba su busto atrás, con la
capa abierta, abandonándose sobre un brazo que sostenía su talle, ofreciendo la
garganta en tensión, la barbilla prominente, el rostro casi horizontal, á una
lluvia de besos. Contemplaba á su acompañante, de abajo á arriba, con unos ojos
empañados por el amor. Las caricias de ella eran ascendentes, subían con
lentitud voluptuosa, como suben de las profundidades azules las flores y las
estrellas marinas en busca de la luz.
Contestando á la súplica muda de aquellos ojos que la imploraban desde
lo alto, murmuró repetidas veces, con una voz vagorosa, como si hablase en
sueños.
—Sí; haré lo que tú quieres... ¡Lo que tú quieras!
El, más agresivo en su pasión, hundía su brazo libre en el cálido
encierro de la capa, apoderándose de las desnudeces que dejaba indefensas el
escote del vestido.
Caminaban tambaleándose cuando creían marchar en línea recta; se
detenían los dos al mismo tiempo en ciertos sitios, sin saber por qué. Su tardo
paso ponía en conmoción las «villas». Los perros de los jardines ladraban
furiosamente á los intrusos, incrustando sus hocicos entre los hierros de las
verjas. Estos aullidos les parecían una música bárbara pero agradable;
consideraban con benevolencia todo lo que les rodeaba; se creían señores de la
vida, como en aquellos instantes eran señores de la noche. Sólo ellos existían
en el mundo.
Miguel, obedeciendo á un obscuro impulso, la habló de su hijo. Iba á
recobrarlo de un momento á otro, y su felicidad sería completa...
Inmediatamente se arrepintió de haber evocado este recuerdo, que podía disolver
el hechizo en que vivían. Pero ella no mostró emoción alguna.
—Sí; lo recobraré—murmuró—. Estoy segura. Me acompaña la buena suerte...
Ya era hora, después de sufrir tanto.
Y volvió á entregarse al momento presente. Los dos se sorprendieron al
verse en la calle donde estaba Villa-Rosa. Después de vagar á la ventura, el
instinto había acabado por llevarlos hasta allí.
El príncipe, enardecido por el largo paseo de caricias y abandonos, se
mostraba apremiante.
—Déjame entrar—murmuró—. Nadie me verá... Me marcharé antes que llegue
la aurora...
Alicia se revolvió, como si despertase. Fué su primera negativa en toda
la noche. El jardinero la esperaba seguramente. Valeria tal vez no estaría
dormida. ¡Ah, no!...
Lubimoff, en su desesperación, habló de marchar juntos á Villa-Sirena.
—¡Tan lejos!—continuó Alicia, cada vez con más serenidad, como si
hubiese despertado definitivamente—. Además, aquello es un cuartel; una casa
llena de hombres. ¡Y ese Castro que todo se lo cuenta á «la Generala»! No, no
iré nunca. ¡Qué locura!
El gesto de tristeza, el ademán desalentado del príncipe, la
conmovieron. Su mano se paseó por el rostro de él con una caricia maternal.
—¡Pobrecito mío!... ¡No pongas esa cara! Ten un poco de paciencia.
Mañana; te juro que será mañana.
Ella, que en otro tiempo había arrostrado con tranquilo impudor las más
atroces murmuraciones, dudó y balbuceó al hablar del día siguiente. Parecía una
jovencita luchando entre su amor y el miedo á perder su porvenir social.
¡Mañana!... Podía venir mañana á las tres de la tarde.... A las tres,
no; mejor á las cuatro. Valeria habría salido á esta hora seguramente. Ella
enviaría á su doncella á Niza para unas compras; el jardinero y su mujer
estarían ocupados fuera de la casa.
—Pero ¡por Dios! sé prudente.... Si puedes evitar que te vean los
vecinos, mucho mejor.
Y el famoso príncipe Lubimoff asintió á estas recomendaciones muy
emocionado, como un muchacho que organiza su iniciación amorosa y se conmueve
prematuramente ante su misterio.
Quiso acompañarla hasta la verja de la «villa», á pesar de sus
protestas.
—Si fueses otro, ¡bueno! Es natural que un amigo me acompañe á estas
horas; ¡pero tú!... Temo que todos adivinen nuestro secreto.
Unicamente cuando se hubo cerrado la verja, perdiéndose en la obscuridad
el adorable bulto de Alicia, se decidió el príncipe á alejarse.
Tuvo que marchar á pie hasta la lejana Villa-Sirena, y sin embargo le
pareció breve el camino. Le acompañaban recuerdos y promesas. Nunca había
andado tan ligeramente. Creyó avanzar en una atmósfera en la que se habían
disminuído las leyes de la gravitación, en un planeta sumido en eterna noche
primaveral, donde el aire, los árboles obscuros y las cosas perdidas en la
penumbra vibraban con un ritmo poético.
Durmió penosamente, pero se levantó tranquilo y animoso. El encargo de
Alicia resucitó en su memoria. Necesitaba un hombre de guerra, y con revólver
si era posible, para que la escoltase en el traslado de su fortuna de la caja del club al Banco. El coronel, muy
emocionado por este golpe de la suerte, salió á cumplir el servicio. «¡Pobre
duquesa! Dios acaba por proteger á los buenos.»
Toda la mañana la pasó Miguel ocupado en el arreglo de su persona. Sus
intentos de vida simple y campesina en el retiro de Villa-Sirena no le habían
hecho olvidar los cuidados higiénicos á que estaba acostumbrado desde la niñez.
Pero ahora se trataba de algo más; quería acicalarse, realzar con exquisiteces
interiores su individualidad física, que consideraba de repente un poco
maltratada por los años.
Hizo que el viejo ayuda de cámara rebuscase en el guardarropa de su
pasado. Se acordó de prendas interiores que habían merecido elogios femeninos.
Sentía el mismo deseo de novedad y seducción de una mujer que se adorna para
una entrevista esperada mucho tiempo. Escogió además un traje que no había
llevado nunca en Monte-Carlo, un sombrero nuevo, una corbata «discreta».
Recordaba los miedos de ella, sus súplicas para que se deslizase inadvertido.
Mientras hacía todo esto, un sentimiento de zozobra, de desconfianza en
sí mismo, empezó á agitarle. Era una inquietud igual á la del estudiante antes
del examen, á la del autor que aguarda entre bastidores, á la del hombre que va
á batirse. ¡Llevaba tantas semanas de desear inútilmente! ¡Hacía tanto tiempo
que había renunciado al amor!... Y pensando en Alicia sentía al mismo tiempo
anhelo y miedo.
El coronel regresó á la hora del almuerzo. La operación estaba hecha.
Daba la noticia con un laconismo modesto, como si acabase de realizar algo
importante. Miguel casi le envidió porque había visto á Alicia. «¿Cómo estaba?»
—Hermosa, hermosa como siempre. Algo pálida... ¡Después de una emoción
como la de anoche! Pero alegre, muy contenta; hablando á cada momento del
marqués. Se adivinaba su gran afecto.
Almorzaron solos. Spadoni iba por el mundo después de su triunfo. Tal
vez estaba en Beaulieu con sus nuevos amigos los ingleses. A Castro lo había
encontrado Toledo entrando en el Hotel de París,
donde vivía doña Clorinda. Sin duda almorzaban juntos para hablar de la
ganancia de la duquesa. Atilio hasta había fingido no entender cuando el
coronel le habló del suceso. ¡Envidias!
Lubimoff se encogió de hombros. Todas las personas eran para él
fantasmas, y las malas pasiones una ilusión. No había mas que dos realidades:
él y lo que le esperaba.
Se vistió, después del almuerzo, con unas precauciones que le hicieron
sonreir por su minuciosidad absurda. Hasta cambió de corbata, buscando otra de
colores más apagados. Las dos y media.... Se contempló de pies á cabeza en un
espejo: traje gris obscuro, zapatos amarillos, un fieltro blanco de anchas alas
echado sobre los ojos para evitar el sol. Nadie había visto así al príncipe. De
lejos podían confundirle con un viajero de los que visitan de pasada la Costa
Azul y vienen á conocer una tarde la ruleta de Monte-Carlo, marchándose en
seguida.
Las tres. Salió de Villa-Sirena. El camino era largo y quería hacerlo á
pie. Este ejercicio robustecería su voluntad, disipando las dudas que le
asaltaban de nuevo. Pensó en el gesto íntimo realizado tantas veces en otra
época, como algo ordinario y maquinal. Su caviloso aislamiento en los últimos
meses parecía haberle entumecido. Sintió la desconfianza del atleta que ha
descuidado sus ejercicios y sospecha si no volverá á encontrar su antiguo
vigor. El miedo ante la simple idea de un fracaso le devolvió la confianza. No
era posible.... ¡Adelante!
Al llegar á la ciudad subió por unas largas escaleras de piedra hasta
las calles de Beausoleil. Esta desviación en su camino la consideraba oportuna
para cumplir las recomendaciones de prudencia que le había hecho ella.
Entraría en la calle de Alicia por su parte alta, desprovista de casas.
Así evitaba el cruzarse con los vecinos que á estas horas descendían al centro
de Monte-Carlo.
A través de los solares en construcción y de las escalinatas que se
desarrollan pendiente abajo distinguió la inmensidad
del mar, y en su orilla la arboleda de los jardines, la larga masa del Casino á
vista de pájaro, con sus tejados verdosos y las cúpulas amarillas de sus
salones, la gran plaza, el jardincillo circular del «queso», y en torno de él
numerosas personas del tamaño de hormigas.
El príncipe sintió lastima por estos pigmeos. ¡Desdichados! Se
preparaban á jugar, á encerrarse entre paredes, bajo la luz artificial, sin
otra ilusión que la del dinero. A él le esperaba algo mejor: iba á conocer por
unas horas la única embriaguez interesante de nuestra existencia. Luego rió con
lástima de cierto demente que tenía su mismo rostro y había querido fundar el
grupo de «los enemigos de la mujer». Abominar del amor, querer vivir sin la
mujer; ¡pobre príncipe Lubimoff!...
Las cuatro. Pasando entre pequeñas huertas, entró en la calle de Alicia.
El techo rojo de Villa-Rosa asomaba entre árboles, casi á sus pies. Siguió
bajando. Las piernas le temblaban levemente y se detuvo un instante para
serenarse, llevando una mano á su pecho. Después de una revuelta, se le
apareció la calle en toda su parte habitada, rectilínea y suavemente pendiente
hasta desembocar en una de las avenidas de Monte-Carlo.
No vió á nadie, y apresuró su marcha para deslizarse en Villa-Rosa antes
de que asomase algún vecino. Pasó rápidamente ante los jardines, con el aspecto
de un hombre que teme llegar tarde al juego. Encontró entreabierta la verja de
entrada. Muy bien: Alicia se había ocupado en facilitarle el paso.
Entró resueltamente en el pequeño jardín, y le pareció distinguir sobre
unas matas el rostro azorado del jardinero asomando un momento para volver á
ocultarse con precipitación... ¡Algo rara la curiosidad de este hombre y su
gesto despavorido! Pero huía, y el príncipe alabó su prudencia.
Fué subiendo, con palpitaciones de emoción, los cuatro escalones de la
puerta. Cada uno de ellos despertó en su pensamiento una perspectiva suavemente
rosada como la carne femenil, una nueva visión inconfesable que le volvía de
golpe á su pasado. Percibió en el ambiente, con el recuerdo más que con el
olfato, un perfume conocido: el perfume de ella. Vió vagamente todo lo que le rodeaba, como si se esfumasen sus
contornos. Le zumbaron los oídos; el deseo le galvanizó con dura tensión, lo
mismo que en sus mejores tiempos. Y con un ademán de vencedor empujó la puerta,
que sólo estaba entornada.
Una mujer salió á recibirle en el vestíbulo, una mujer cuya presencia le
hizo dar un paso atrás.
¡Valeria!... ¿Qué hacía allí? ¿Qué farsa era esta?...
La joven intentó hablarle, y él también quiso hablar al mismo tiempo.
Pero no pudieron.
Otra mujer apareció abriendo rudamente una puerta... Era Alicia, con las
ropas en desorden y el pelo alborotado. Viendo al príncipe, levantó las manos y
avanzó, muda é impetuosa, como si pretendiese abrazarlo. ¡Al fin!... Nada le
importaba la presencia de Valeria; no la vería. En cambio le pareció que Alicia
era distinta: más alta que nunca, más pálida, con unos ojos que de pronto le
infundieron miedo.
El abrazo cayó sobre él, y á continuación todo un cuerpo que parecía
derrumbarse, falto de fuerzas. Sintió contra su pecho un pecho jadeante; los
brazos de ella eran de una frialdad cadavérica; una lluvia cálida humedeció su
cuello.
—¡Miguel!... ¡Miguel!—gemía Alicia.
No pudo decir más. Se ahogaba. Un estertor hizo ondular su garganta,
como si por dentro de ella rodase una bola dolorosa.
El príncipe tuvo que apelar á toda su fuerza para sostener este cuerpo.
Sonó junto á él una voz con el mismo acento monótono y bajo que si
hablase en la habitación de un moribundo.
Era Valeria que también lloraba, sintiendo de nuevo el contagio de las
lágrimas.
—¡Ha muerto!... ¡Murió hace un mes!
Y le mostró un pequeño papel azul: un telegrama de Madrid, llegado media
hora antes.
Spadoni, después de saludar á Novoa en la plaza del Casino, habló de los
ensueños que agitaban sus noches y de sus decepciones al despertar.
—Usted tiene la culpa, profesor. Cuando estábamos juntos en
Villa-Sirena, yo escuchaba esas cosas tan interesantes que usted sabe y luego
me dormía en paz. Ahora no encuentro allá con quién conversar. El príncipe y
Castro se muestran de un humor insufrible; apenas hablan y no se acuerdan de
mí. Yo llevo, como usted dice, una «vida interior», siempre á solas con mis
pensamientos, y cuando paso allá la noche, duermo mal, sufro de ensueños, muy
hermosos al principio, pero luego muy tristes. ¡Ay, qué buenas veladas las
nuestras cuando hablábamos de cosas científicas!
Novoa sonrió. Para el músico, el juego y sus misterios eran cosas
científicas. Todas las paradojas que él se había gozado en exponerle las
guardaba en su memoria como verdades indiscutibles. Intentó atajarlo en su
manía, para pedirle noticias del príncipe, pero Spadoni continuó:
—El sueño de anoche fué horrible, y sin embargo no pudo empezar mejor.
Yo poseía el secreto de los errores infinitesimales; había dominado las leyes
ocultas del azar, y era el rey del mundo. Tenía un tren especial, compuesto de
vagón-alcoba, vagón-salón, vagón-comedor, vagón-piscina, ¡qué sé yo cuántos
vagones lujosos! un verdadero palacio rodante que me esperaba en las
estaciones, sin que la máquina cesase de echar vapor, pronta á
partir en cualquier momento. Me apeaba de mi tren en todas las ciudades célebres
por sus juegos, como el que baja de su automóvil. Al verme llegar temblaban los
dueños de los Casinos, los empleados y hasta las mesas verdes. «¡Viva el
vengador!», gritaban en el atrio los que habían perdido su dinero. Pero yo
pasaba adelante, impasible como un dios, sin hacer caso de estas ovaciones de
la canalla. ¡Figúrese usted lo que le costaría ganar al poseedor del secreto de
los errores infinitesimales! Mis doce secretarios colocaban en las diversas
mesas un millón ó dos, siguiendo mis instrucciones. «Empiece el juego.» Yo me
paseaba como Napoleón, dando órdenes á mis mariscales. A la media hora, la caja
se declaraba en quiebra y el Casino en bancarrota. «¡Se va á cerrar!», gritaban
los empleados, como en una iglesia cuando termina el culto. Y á la salida, los
mismos hambrones que me habían aclamado se arrojaban contra los valientes de mi
escolta, pretendiendo matarme, con repentino odio. Les había cerrado el lugar
donde estaba sepultada su fortuna. Ya no podían volver al día siguiente á perder
más dinero con la ilusión del desquite. Me llevaba su esperanza.
—Exacto—dijo Novoa.
—También tenía un yate, más grande que el del príncipe Lubimoff; algo
así como un acorazado de primera clase. Lo necesitaba para todo mi séquito: los
secretarios, la compañía de bravos encargada de defenderme, y un sinnúmero de
aburridos que, encontrando muy interesante mi persona, me seguían por todo el
planeta, como aquel misántropo que seguía á un domador de ciudad en ciudad,
esperando que sus fieras lo devorasen. Ya no quedaba funcionando en Europa
ningún Casino: el de San Sebastián lo habían dedicado á convento; el de Ostende
servía de laboratorio para nuevos cultivos de ostras; en todas las poblaciones
de baños de mar ó de aguas medicinales, las gentes sólo se preocupaban del
cuidado de su salud, y cuando querían distraerse jugaban en los paseos á la
rayuela y á otros juegos de niños. Yo viajaba mientras tanto por América y
Oceanía, haciendo quebrar una tras otra todas las grandes casas de juego. Los
periodistas me seguían, formando un segundo séquito
más numeroso que el mío. Los diarios, el cable, las agencias telegráficas, me
anunciaban con una anticipación ruidosa. «¡Va á llegar el invencible Spadoni!»
Y las empresas de juego, considerando su muerte próxima, hacían dinero con su
agonía, vendiendo asientos á precios fabulosos á todos los que deseaban
presenciar mi triunfo. En los Estados Unidos, un rey de no sé qué artículo daba
cien mil dólares por una silla, para seguir de cerca mi juego irresistible.
Jamás se pagó tanto por ver los pelos de un concertista ó los brillantes de una
tiple.
—¿Y Monte-Carlo?—preguntó Novoa, interesado por estos delirios del
jugador.
—A él llegamos. Lo había guardado para el final, pensando en el dinero
que dejé aquí. Cuanto más engordase la víctima, mejor sería mi venganza. ¡El
negocio que hizo Monte-Carlo!... Como no quedaba juego en el mundo, todos los
jugadores acudían á este país. La ciudad se había dilatado, llegando hasta las
cumbres de los Alpes; los cuarenta millones que ganaba el Casino en los años
buenos, eran ahora cuatro mil. Los accionistas se casaban con personas de
sangre real: dos reyes de los Balkanes se hacían la guerra, disputándose la
mano de una hija del cuarto vicepresidente de la sociedad explotadora. El
equilibrio europeo estaba en peligro: las grandes potencias soñaban con
anexionarse á Mónaco en nombre de los intereses históricos y de los derechos
étnicos, pues todas ellas habían tenido y tenían numerosas gentes de su raza
viviendo en este pedazo de tierra... Pero de pronto llegaba el invencible.
Spadoni, como si aún estuviese soñando, miró el Casino, la plaza, la
entrada de las terrazas, el arranque de la avenida que desciende al puerto. Lo
veía todo tal vez lo mismo que en su imaginación.
—¡Qué de gente! Desde medio año antes no se hablaba en el planeta de
otra cosa. «¿Irá?» «¿No irá?» La Agencia Cook había anunciado en todos los
países un viaje económico en caravana para presenciar este acontecimiento
mundial. El P. L. M. daba billetes de ida y vuelta á precios reducidos, y todo
París estaba aquí. Los dueños de hoteles y restoranes, por agradecimiento, colgaban mi retrato un el lugar más visible de sus
comedores, siempre repletos. Los diarios publicaban mi biografía, y al hablar
de mis riquezas se veían obligados á romper sus columnas, colocando una línea
de ceros á todo lo ancho de la página, y aun así, les faltaba espacio. Había
olvidado decirle que me vi en la necesidad de fundar un Banco, sólo para mis
tesoros. Y siempre que el Banco de Londres ó el Banco de Francia se veían en un
apuro, me enviaban atentas cartitas para que los sacase del atolladero.
Novoa rió de la sencillez con que el pianista contaba sus grandezas.
Parecía obsesionado aún por su ensueño.
—Mi yate tuvo que fondear fuera del puerto, entre otros buques. Había
muchos trasatlánticos: cuatro de los Estados Unidos, uno del Japón, otro de la
América del Sur, varios de Australia y Nueva Zelanda, todos con viajeros
llegados del otro hemisferio para ver á Spadoni. Después de saludar con
veintiún cañonazos á Mónaco, salté á tierra entre los ¡hurras! de los marinos
extranjeros. Usted comprenderá que un hombre como yo no podía llegar al Casino
vulgarmente sentado en un automóvil. ¡Quién no tiene automóvil!... En el
desembarcadero esperaba un simple cochecito de un solo asiento, que iba á guiar
yo mismo. Pero este cochecito, de ruedas doradas, era tirado por seis mujeres,
por seis hermosas mujeres, todas ellas célebres, y cuyos retratos figuraban lo
mismo en los grandes diarios ilustrados que en los frascos de esencias ó en las
cajas de fósforos.
El profesor extremó su regocijo. Notaba la satisfacción con que el
pianista insistía en este detalle de su entrada triunfal. El envilecimiento de
las seis mujeres elegantes y famosas parecía halagar su misoginismo. Hablaba
con una expresión fríamente vengativa, como si presenciase la abyección de su
mayor enemigo.
—Fué asunto de precio: yo no iba á regatear por millón más ó menos. Lo
único que me ocasionó disgustos fué escoger entre varios miles de hermosas
solicitantes. Tuve que arrostrar la enemistad de grandes directores de teatro,
de hombres de negocios, de ministros, que me recomendaban á sus protegidas.
Hasta un monarca me retiró el título de duque que acababa de darme, porque rechacé á su amiga predilecta... Las seis vestían los
últimos modelos de la rue de la Paix. Los reporteros, kodak en
mano, sacaban instantáneas de lo que iba á ser la última moda. Además, sus
arneses estaban cubiertos de perlas, de brillantes, de toda clase de pedrería
rica, y cuidaban muy bien de no estropearlos, sabiendo que al final de su trote
se los podrían llevar como un recuerdo. Yo tenía un gran látigo para arrearlas:
un látigo de flores. Hay que ser galante con las damas...
Sonrió irónicamente. Novoa volvió á ver su expresión rencorosa de
misógino.
—Pero por dentro era de acero trenzado, y dejándolo caer sobre mi
hermoso tiro, nos pusimos en marcha. ¡Lo que tardamos en remontar esa cuesta á
través de la muchedumbre! Los extranjeros me aclamaban. Se oía como un
interminable abejorreo el crujido de las máquinas fotográficas. Todos querían
llevarse la imagen del rey del mundo. Reconocí por sus caras tristes á los
vecinos de la ciudad. Los hombres me imploraban con los ojos, como pobres
cautivos; las mujeres me enseñaban sus pequeñuelos; los ancianos se ponían de
rodillas. Yo era el vencedor que, al arruinar el Casino, talaba su patria,
condenándolos á la miseria... Esta plaza estaba negra de gente. Al bajar de mi
vehículo vi la escalinata del Casino ocupada por un cortejo grandioso. Delante,
monsieur Blanc; luego, su Estado Mayor de consejeros, primeros accionistas,
inspectores, y la corporación entera de los croupiers, todos
vestidos de negro, con amplios chaqués de alpaca de corte fúnebre. En último
término gente conocida, cuya presencia me podía conmover... Para hacerme
recordar que yo había sido un simple pianista, aquí me aguardaban, batuta en
mano, los directores de los conciertos y de la ópera; los profesores de la
orquesta con sus instrumentos; los cantantes espada al cinto ó arrastrando
colas femeniles, todos pintados y con peluca; las muchachas del cuerpo de baile
con piernas de fresa pálida y gasas horizontales en el talle... Estaban prontos
á gemir, previamente aleccionados por la empresa.
Era monsieur Blanc, que me llevó aparte, entregándome un pequeño papel.
—Guárdeselo y no entre.
Miré el papel: un cheque de un millón. ¡Puá! ¿Qué puede hacer un hombre
con un millón?... Y al ver que lo arrugaba, tirándolo al suelo, el dueño del
Casino me dió otro papel.
—Tome cinco y váyase.
Como tampoco me conmoví, fué sacando cheques de todos los bolsillos:
diez millones, quince... cuarenta...
Mis doce ministros avanzaban con sus grandes carteras llenas de
billetes; mi escolta me abría paso entre el gentío implorante de la escalinata;
mis caballos se impacientaban, relinchando y coceando al darse cuenta de que
algunos inteligentes se habían aprovechado de la aglomeración para manosear sus
corvejones y sus ancas.
—Otra palabra, señor Spadoni: la última. Haremos una revolución,
destronaremos a Alberto, y le daremos á usted la corona de Mónaco. Puede
casarse, si le place, con la hija de un emperador: el dinero lo arregla todo.
Nosotros lo tenemos, usted lo tiene...
—¡He dicho que no! Lo que yo deseo es entrar en el Casino para hacerlo
quebrar y llevarme las llaves.
Esta amenaza le arrancó la suprema concesión.
—Será usted mi socio; le daré el cincuenta por ciento de las
ganancias.... ¿No quiere?... Sea el setenta y cinco.
Al ver que yo seguía avanzando escalinata arriba sin escucharle, se
llevó un silbato á la boca. Su cara fué la de Sansón agarrándose a las columnas
del templo. ¡Antes morir, que ver quebrada su casa! Sonó un estallido
formidable, como si se rasgase el mundo. Habían minado con todos los explosivos
sobrantes de la guerra el Casino, la plaza, la ciudad. Yo subí, aturdido, hasta
las nubes, pero pude ver cómo desaparecía Monte-Carlo y hasta el peñón de
Mónaco, ocupando el mar, con una ola gigantesca, el sitio de las tierras
desaparecidas. Y cuando volví a caer...
—Despertó usted—dijo Novoa.
—Sí; desperté al pie de mi cama, y oí la voz de Castro en el pasillo
insultándome por haber cortado su sueño con mis
gritos. No ría usted, profesor. Es muy triste soñar esas grandezas, como si uno
las estuviese tocando, y verse hoy tan pobre como ayer, tan pobre como siempre,
y además con una mala suerte tenaz.
La pobreza y la mala suerte de Spadoni hicieron protestar á Novoa. Aún
se acordaban muchos de su fortuna asombrosa como banquero en el Sporting-Club.
Era una noche histórica. Además, sabía por Valeria que la duquesa le había
hecho un buen regalo.
—¡Incomparable duquesa!—dijo con entusiasmo el pianista—. Siempre gran
señora. La pobre, en medio de su desesperación, se acordó de mí. «Tome usted,
Spadoni, y que tenga mucha suerte.» Me regaló veinte mil francos. Si le pido
cien mil, me los da lo mismo. ¡Y que sea tan desgraciada!...
Ante los ojos interrogantes del profesor, continuó:
—Pues bien; de los veinte mil no quedan ni cien.
Corrió en la misma noche al Sporting para repetir sus
hazañas. Nunca se había visto con tanto capital, ni á la vuelta de su viaje de
concertista por la América del Sur. El terrible griego estaba allí, y á pesar
de la admiración que Spadoni tributaba á su gloria, lo trató con implacable
hostilidad. «¡Banco!», dijo al verle en su silla de banquero con quince mil
francos delante. Y al presentar sus cartas, «abatió nueve», mientras el pobre
Spadoni sólo tenía cinco. ¡Adiós los quince mil! Con el resto se había
defendido unos cuantos días como simple «punto», y ya no era mas que un
recuerdo la generosa dádiva de la duquesa.
—¡Si ella quisiera volver al trabajo! Estoy convencido de que yo sería
otra vez el de aquella noche, teniéndola detrás de mí. Pero ¿quién se atreve á
hablarle del juego?
Los dos lamentaron la desgracia de Alicia. Desde el día en que llegó el
telegrama dándole cuenta de la muerte de su protegido, era otra mujer. Spadoni
atribuía á un exceso de buen corazón este dolor tan vehemente por un joven
soldado que no pertenecía á su familia. El profesor aprobó, pero con un aire
enigmático. En la explosión de su dolor, debía habérsele escapado á Alicia una
parte de su secreto delante de Valeria y ésta se lo habría hecho saber á Novoa.
Luego hablaron del aislamiento en que vivía la duquesa.
—Hace un mes que nadie la ve—dijo Spadoni—. Las gentes empiezan á
olvidarse de ella; muchos creen que se ha marchado. Monte-Carlo es así: muy
chico para los que van al Casino y se rozan á todas horas; enorme, como una
gran capital, para los que no se acercan á las salas de juego... El príncipe me
pregunta por ella muchas veces. Parece que no ha conseguido verla después de la
tarde del telegrama.
Novoa recobró su gesto enigmático al oir el nombre de Lubimoff. Sabía
por Valeria que había ido repetidas veces á Villa-Rosa, sin conseguir que su
dueña lo recibiese. Es más; la duquesa se estremecía de miedo ante esta visita.
«No quiero verle; di siempre que no estoy.» Don Marcos había sufrido la misma
suerte, teniendo que entregar su tarjeta, unas veces á la confidenta de la
duquesa y otras al jardinero. Varias cartas del príncipe habían quedado sin
contestación. Alicia mostraba la firme voluntad de no ver á su pariente, como
si su presencia pudiera hacer más vivo aquel dolor que la tenía alejada del
mundo.
Spadoni, ignorante de todo esto, persistió en sus elogios á la duquesa.
—¡Hermoso corazón! Necesita siempre cerca de ella un desgraciado á quien
proteger. Después de la muerte de su aviador, parece sentir un gran afecto por
ese teniente de la Legión extranjera, ese español tan enfermo, que tal vez
morirá el día menos pensado, lo mismo que el otro. Pasa los días en Villa-Rosa;
allí almuerza y come, y si la duquesa da algún paseo por la montaña, siempre es
con él. ¡Sólo le falta dormir en la casa!... Cuando tarda en presentarse, ella
envía inmediatamente un recado al hotel de los oficiales.
El profesor se mantuvo silencioso, pero reconoció en su interior la
exactitud de lo que contaba Spadoni. Lo mismo le decía Valeria. Aquel Martínez
estaba á todas horas en Villa-Rosa, muchas veces contra su deseo. La duquesa
necesitaba su presencia, y eso que al verle prorrumpía en lágrimas y sollozos.
Pero el pobre muchacho, con una sumisión admirativa, la acompañaba en su voluntaria soledad, profundamente agradecido de
que tan gran dama se interesase por él.
—Doña Clorinda es la que debe estar furiosa—continuó el pianista, con la
alegría maligna que le inspiraban las rivalidades entre mujeres—. Ya no tiene
ninguna influencia sobre Martínez, á pesar de que fué ella la que lo descubrió.
Se lo ha arrebatado la otra. Pasan semanas sin que «la Generala» vea á su
teniente; creo que ya ha renunciado á él. Se queja de su antigua amiga por este
acaparamiento, que considera peligroso. Hasta me han dicho que la acusa de
coquetear con el pobre muchacho, de excitar su admiración, y de otras cosas
peores. ¡Un absurdo, profesor! Las mujeres son terribles en sus odios. Figúrese
usted: ese pobre oficial que es casi un muerto...
Novoa se mantuvo silencioso para que el pianista no continuara hablando.
Temía que dijese algo terrible al repetir las murmuraciones de la otra dama,
con su alegría rencorosa de misógino. El, por sus relaciones con Valeria, se
consideraba unido á la duquesa y no podía tolerar nada contra ella.
Se separaron después de algunos minutos de palabrería indiferente.
Aquella noche Spadoni habló al príncipe de su conversación con el profesor, y
esto le dió pretexto para repetir lo que doña Clorinda pensaba de su antigua
amiga. Pero el pianista se arrepintió al instante, viendo la mirada iracunda
que le dirigía Lubimoff.
«¡Una infamia!—pensó Miguel—. Calumnias de mujeres, que repite este
imbécil por odio sexual.»
Comprendía que Alicia se sintiese interesada por aquel convaleciente. Su
juventud y su uniforme le recordaban al otro. Además estaba solo en el mundo,
era un extranjero, un residuo de la guerra que todos consideraban fatalmente
condenado á muerte.
Pero á continuación no pudo evitar un sentimiento de celos contra este
pobre joven obscuro y enfermo. Vivía á todas horas cerca de Alicia, mientras él
no lograba verse admitido en su «villa» ni como simple visitante. ¿Por qué?...
Llevaba varias semanas haciendo conjeturas, atisbando una
ocasión para encontrarse con Alicia. Después de la tarde en que la tuvo entre
sus brazos, secando sus lágrimas, conteniendo las contorsiones de su
desesperación, besando su frente con un dolor fraternal, la verja de Villa-Rosa
se había cerrado detrás de él para siempre. «Ven mañana», gimió Alicia al
despedirle. Y al día siguiente Valeria le cortaba el paso con el aspecto
confuso del que dice una mentira. «La duquesa no puede recibirle; la duquesa
desea estar sola.» Esta negativa inexplicable se había ido repitiendo en los
días sucesivos, cada vez con mayor sequedad. Ahora era el jardinero el único
que salía al sonar el timbre, hablándole á través de la verja.
Su despecho le hizo cometer un sinnúmero de acciones pueriles y
envilecedoras. Rondaba por las cercanías de la «villa» como un celoso,
arrostrando la curiosidad de los transeuntes, valiéndose de los más absurdos
pretextos para disimular su espera, ocultándose con precipitación cuando se
abría la verja dando salida á alguien de la casa. Esta vigilancia únicamente
había servido para despertar su cólera. Dos veces había tenido que esconderse
mientras el teniente Martínez, erguido dentro de su uniforme viejo, que le
venía muy ancho, galvanizada su flacura de enfermo por un deseo de mostrarse
sano y arrogante, entraba en Villa-Rosa, por la puerta abierta de par en par,
como si fuese el dueño.
Los había visto una tarde de lejos, á él y Alicia, en un coche de
alquiler que se alejaba por el otro lado de la calle, hacia las alturas de La
Turbie. Ella se preocupaba del herido, llevándolo maternalmente á que respirase
el aire de las cumbres. ¡Y el príncipe como si no existiese!...
En vano la escribía cartas, y su tormento aún resultaba mayor al no
poder hablar con franqueza á sus allegados. El coronel, obedeciendo sus
insinuaciones, había hecho inútilmente varias visitas á la duquesa.
—¡Qué dolor tan inexplicable!—decía don Marcos—. No se comprende tanta
desesperación por un joven aviador que no era mas que su protegido. A no ser
que...
Pero su respeto no le permitía insistir en esta sospecha irreverente.
Con Atilio tampoco podía hablar. Para éste, el prisionero muerto en
Alemania era el mismo joven que él había conocido en París antes de la guerra:
el amante de la duquesa, que la seguía á todas partes y danzaba con ella en los
té-tango. Además, Miguel sentía miedo á lo que pudiera añadir Castro,
reflejando el pensamiento de «la Generala».
Esta, en el primer momento, al conocer la desesperación de Alicia, había
querido olvidar los pasados rencores, yendo espontáneamente á Villa-Rosa para
consolarla. Como era muy patriota, aquel muchacho muerto en Alemania le parecía
un héroe. Pero el repentino acaparamiento del teniente español, aquella
simpatía vehemente que obligaba á Martínez á pasar el día entero con la
duquesa, devolvieron á dona Clorinda su hostil frialdad.
El príncipe adivinó lo que pensaban ella y su amigo, lo que tal vez
diría Castro si osaba hablarle de Alicia. «Acababa de perder á su amante, y
mientras lo lloraba con una vehemencia teatral, se iba preparando otro,
igualmente joven... Un verdadero crimen; porque el pobre Martínez estaba
condenado á morir, y sólo prolongaba sus días gracias á una absoluta quietud.
La más leve emoción representaba la muerte para él...»
Lubimoff no podía decir la verdad. Su secreto era de Alicia. Unicamente
los dos sabían quién era aquel prisionero muerto en Alemania; y mientras ella
callase, él debía hacer lo mismo.
Una noche, el coronel le dió una noticia interesante. Al caer de la
tarde, cuando regresaba del Casino, había visto desde el tranvía á la duquesa
de Delille. Bajaba sola y vestida de luto de un coche de alquiler, en el
bulevar de los Molinos, frente á la iglesia de San Carlos. Luego había subido
las gradas que conducen al templo: iba sin duda á rezar por su protegido. Y don
Marcos dijo esto con cierta emoción, como si la visita á la iglesia borrase
todos los comentarios que llevaba oídos en los últimos días.
Miguel tuvo el presentimiento de que este aviso iba á sacarle de su
incertidumbre. En aquella iglesia encontraría á Alicia. Y al día siguiente, en
las últimas horas de la tarde, empezó á pasear por
el bulevar de los Molinos, sin perder de vista el templo único de Monte-Carlo,
lugar de devoción para los jugadores y la gente rica, que mantiene cierta
rivalidad con la catedral del silencioso y aviejado Mónaco.
Este continuo ir y venir acabó por interesar á los comerciantes de la
calle y á sus dependientas, muchachas de alto y complicado moño que parecen
soñar detrás de los escaparates, esperando un millonario que las saque de su
injusta obscuridad. «¡El príncipe Lubimoff!» Todos le conocían, y era tal su
fama, que inmediatamente cien ojos buscaron cuál podía ser el objeto de sus
paseos. Indudablemente, una mujer. Los balcones solitarios empezaron á poblarse
de cabezas femeninas que seguían sus evoluciones con el rabillo de un ojo. Se
levantaron muchos visillos, marcándose detrás de los vidrios pupilas
interrogantes y bocas sonrientes. «¿Será por mí?...» Esta pregunta muda parecía
extenderse de fachada en fachada.
Aburrido de tal curiosidad, subió por un doble graderío á la plazoleta
solitaria que precede á la iglesia, empleando allí las mismas estratagemas que
cuando acechaba en las inmediaciones de Villa-Rosa. Se asomó al interior del
templo, punteado de rojo por las luces de unos cuantos cirios. Sólo había en él
dos mujeres del pueblo arrodilladas y vestidas de luto: esposas ó madres de
hombres muertos en la guerra. Al volver á la plazoleta se entretuvo en leer y
releer los títulos de todos los papeles expuestos en un kiosco de periódicos.
Luego se alejó por una calle, volvió por otra, con aire indiferente, y se
ocultó detrás de una esquina, procurando no perder de vista la entrada de la
iglesia. Aquí resultaba tolerable su espera: no había transeuntes. La circulación
del vecino bulevar permanecía invisible, como si se desarrollase en el fondo de
una zanja. Sólo á través de las ramas bajas de los árboles se veían pasar los
techos de carruajes y tranvías.
Cerró la noche y ella no vino.
Al día siguiente Miguel volvió, pero discretamente, sin despertar la
curiosidad de los tenderos, permaneciendo largas horas en aquella plazoleta de
ciudad vieja, sin otro testigo que la mujer
melancólica que ofrecía sus periódicos en un kiosco sin parroquianos. Y tampoco
llegó.
El tercer día, cuando dudaba ya de la utilidad de esta espera, apareció
el busto de Alicia sobre el filo del último peldaño. Después fué surgiendo todo
su cuerpo, con sobresaltos que marcaban el avance de sus pies de grada en
grada. Caía la tarde. En las fachadas del bulevar, por encima de la masa verde
de los árboles, el sol fugitivo trazaba una pincelada de oro á lo largo de los
tejados.
La reconoció con el corazón antes que con los ojos, lo mismo que cuando
la había visto de lejos en un carruaje acompañando al oficial. Le causaba
extrañeza su capota negra con un largo velo de luto descendiendo por la
espalda. La emoción de su presencia y la costumbre del acecho le hicieron
retroceder, y ella entró en la iglesia sin verle. ¡Ah, ya la tenía!... Esta vez
no podría escapar, é iba á decirle muchas cosas, ¡muchas!... Pero al mismo
tiempo que repasaba en su memoria rencorosamente las justas recriminaciones
preparadas con anticipación, sintió miedo, un miedo irresistible á la brevedad
de las respuestas de ella, tal vez á su mutismo.
Dejó transcurrir un largo rato. Luego le agitó el deseo de verla otra
vez, aunque fuese de lejos, y entró en la iglesia cautelosamente, queriendo
evitar un encuentro prematuro.
Fué avanzando entre una doble fila de bancos desocupados. Allá en el
fondo estaban las mismas mujeres del otro día, siempre arrodilladas, como si su
dolor no conociese el tiempo. De la sombra surgieron poco á poco los oros
mortecinos de los retablos, y dos masas de colores, dos haces de banderas, las
de los países aliados, que adornaban el altar mayor.
Creyó que Alicia acababa de huir por una salida ignorada al ver solas á
las dos implorantes en su silenciosa inmovilidad. Pero de una puerta lateral
salió ella, seguida de un acólito que llevaba dos cirios. Alicia vigiló cómo
estos cirios eran encendidos y colocados en un candelabro frente á la Virgen.
Luego se arrodilló, permaneciendo rígida sobre sus rótulas.
Transcurrió el tiempo. Miguel la veía igual á las dos mujeres del
pueblo: una masa negra inmovilizada por el rezo y la súplica. Unicamente, como
signos especiales de su persona, distinguía las suelas de su elegante calzado,
dos pequeñas lenguas claras que se destacaban sobre la corola negra de su
falda. También veía la blancura de su nuca estremeciéndose de vez en cuando,
como si quisiera repeler el enroscado velo de luto.
Sintió desvanecerse el rencor que le había hecho desear este encuentro.
¡Pobre mujer! El sabía, y nadie más, quién era aquel joven cuya muerte venía á
llorar en la iglesia. El recuerdo de la princesa Lubimoff surgió en su memoria
lo mismo que una imagen borrosa por el empolvamiento del olvido. La princesa
estaba demente, ¡pero era su madre y le había amado tanto!...
Su egoísmo se sublevó en seguida contra esta emoción. Encontraba natural
que Alicia llorase á su hijo, pero no que se hubiera alejado de él sin
explicación alguna.
Avanzó hacia el altar mayor, con el deseo de verla de más cerca. Un
ligero movimiento de la orante le hizo retroceder. Era mejor que no le
reconociese. Consideró preferible aguardarla fuera de la iglesia, con la
ventaja de la sorpresa, sin dejarla tiempo para que inventase razones
justificantes de su conducta.
Empezaba á anochecer cuando salió Alicia, encontrándose con Miguel Fedor
que le cerraba el paso.
Ni el más leve estremecimiento que delatase asombro.
—¡Tú!—dijo simplemente.
Estaba muy pálida, tenía los ojos enrojecidos y húmedos, como si acabase
de llorar.
Tal vez le había visto dentro de la iglesia, y esperaba este encuentro á
la salida. La naturalidad con que acogió su presencia fué para él una primera
decepción.
Necesitaba hablar cuanto antes, dar salida á las quejas y
recriminaciones que había ido amontonando en los días anteriores. Eran tantas,
que abrumaban su pensamiento. Pero Alicia, como si temiese sus palabras, se le
adelantó, hablando á su vez con acento monótono y triste.
Venía á este templo algunas tardes porque experimentaba de pronto la
necesidad de abandonar Villa-Rosa y sus terribles
recuerdos. ¡Ay, la llegada del telegrama!...
—Ahora soy creyente—dijo con sencillez.
Rectificó en seguida su afirmación, por modestia, no por orgullo.
Deseaba ser creyente, pero en realidad no lo era. Se acordaba de su madre, la
sencilla doña Mercedes. ¡Cuánto daría por tener la confianza en el más allá de
la buena señora! Aquella fe que en otro tiempo provocaba sus burlas le parecía
ahora algo superior. ¡No poder conocer la resignación de las almas humildes!...
Persistía en ella la incredulidad de sus tiempos dichosos. Los que gozan las
dulzuras de la existencia no se acuerdan de la muerte ni piensan en lo que
pueda haber después de ella. Nadie siente un alma religiosa en un baile, en un
banquete, en un encuentro de amor. Ella necesitaba creer, porque era
desgraciada. Se acogía á la religión como un enfermo desesperado implora al
curandero en el que no tiene fe, porque la razón le muestra sus errores, pero
que al mismo tiempo le halaga con una absurda esperanza al haber sanado á otros
milagrosamente.
—El dolor nos hace místicos—continuó—. Lo que yo siento es no poder
serlo como lo son otros. Rezo, y la resignación no viene á ayudarme.
Se revolvía contra la nada de la muerte. ¡Aquella carne de su carne
estaba pudriéndose en un cementerio ignorado de Alemania! ¿Y esto era todo?...
¿Ya no había más?... ¿Moriría ella á su vez y no volvería á encontrar en una
existencia superior aquel hijo en el que había concentrado toda su voluntad de
vivir? ¿Se borrarían ambos en la realidad, como dos puntos microscópicos, como
dos átomos, cuya vida nada significa?...
—Necesito creer—dijo con toda la energía de su egoísmo maternal—. Mi
único consuelo es esperar que volveremos á encontrarnos en un mundo mejor; un
mundo que no conozca las guerras ni la muerte... Pero de pronto me falta la
confianza, y sólo veo la nada... ¡la nada! Soy muy digna de lástima, Miguel.
Estas palabras no conmovieron al príncipe, á pesar de la desesperación
que Alicia ponía en ellas. Su ansia de enamorado sólo le dejaba pensar en el
presente.
—¿Y yo?—dijo con tono de reproche—. Me has abandonado en el mejor de
nuestros instantes. Eres desgraciada; razón de más para que no me alejes de tu
lado. Yo puedo alegrar tu vida... Adivino lo que piensas. No, no pretendo
hablarte de amor. Tal vez más adelante, ¡pero ahora!... Ahora quiero ser tu
compañero, tu hermano, lo que tú quieras que sea, pero al lado tuyo. ¿Por qué
huyes de mí? ¿por qué me cierras tu puerta como á un extraño?...
Continuó desordenadamente sus quejas, sus protestas, sus rencores, por
aquel alejamiento inexplicable.
—¿Tengo yo alguna culpa de tu desgracia?—terminó preguntando—. ¿Soy
ahora otro hombre que la última vez que nos vimos?
Ella movió la cabeza tristemente. No podría convencer á Miguel por más
que hablase; era superior á sus fuerzas el explicar sus nuevos sentimientos.
Parecía desalentada ante el obstáculo que se había interpuesto entre los dos.
—Déjame, olvídame; es lo mejor que puedes hacer... No; tú no has
cambiado, pobrecito mío. ¿Qué mal puedes haberme causado tú, tan bueno, tan
generoso? Me has ayudado á conocer la terrible verdad; por ti la he sabido; y
aunque esto me mata, lo creo preferible á la incertidumbre... Tú no tienes la
culpa, tú has hecho todo lo que yo te pedí. Pero atiéndeme, te lo ruego: no me
busques, evita nuestro encuentro. Es el último favor que podrás hacerme. Sólo
lejos de tu presencia encontraré cierta tranquilidad.
La voz de Miguel dejó de ser suplicante, estremeciéndose con un temblor
de cólera. ¿Cómo podía ser él un obstáculo para su tranquilidad? ¿No acababa de
decirle que sólo quería ser un compañero de su desgracia, olvidado del amor,
con un afecto neutro y dulce, igual al de la amistad?... Ahora que era
desgraciada, sentía con más vehemencia el deseo de permanecer á su lado. ¿Por
qué capricho absurdo huía de él?
Alicia le miró con unos ojos lacrimosos que reflejaban las vacilaciones
de su pensamiento. Al fin pareció decidirse.
—Tú no has cambiado—dijo con voz sorda—, pero yo soy
distinta. El infortunio ha hecho de mí otra mujer. Yo misma no me reconozco...
Una idea fija me domina. Tal vez es absurda; si te la digo, sé que vas á
protestar con justa indignación. No, tú no tienes la culpa; pero es mejor no
verte. Tu presencia hace más grande mi remordimiento. Viéndote, siento una
vergüenza inmensa, un deseo de morir, de matarme. Tengo la sospecha de que soy
yo la que ha asesinado á mi hijo... Recuerdo lo pasado entre nosotros: reconozco
el castigo.
La cólera de Lubimoff se desvaneció ante estas palabras inexplicables.
Maquinalmente tomó las manos de ella con una dulzura acariciante, lo mismo que
si fuesen las de una enferma en pleno delirio. ¡Calma! ¿qué estaba diciendo?
¿qué remordimientos eran esos? Las manos se dejaron tocar á través de los
guantes con una pasividad resignada, pero de pronto resucitaron,
desprendiéndose violentamente de las de Miguel, como si acabasen de recibir un
profundo choque. «¡No! ¡no!» Y el príncipe tuvo la convicción de que entre los
dos existía una especie de flúido repelente, algo que no había conocido hasta
entonces: el miedo á su persona.
Quedó tan desconcertado y humillado por este movimiento retráctil, que
no supo qué decir. Ella aprovechó su silencio para seguir hablando, pero como
si tradujese á solas una pesadilla, como si no viera al hombre que estaba ante
sus ojos.
—Cuando me acuerdo... ¡qué vergüenza! Mi hijo, mi pobre hijo viviendo
como un esclavo, sufriendo hambre, recibiendo golpes, él tan noble, tan
hermoso... y su madre aquí, haciendo la niña, extasiándose con unos amores
ideales, dando paseos poéticos por los jardines, cambiando besos... un
romanticismo de vieja. Las locuras del juego aún podían tolerarse. Jugaba
pensando en él; el dinero era para él; ¡pero el amor!... Parece imposible que
haya podido hacer todo eso mientras mi hijo estaba prisionero y yo carecía de
noticias. ¿Qué fuerza demoniaca me empujó?... Y Dios me ha castigado; y si no
es Dios, el que sea: la fatalidad, un poder misterioso que nos hace expiar
nuestras faltas, llámese como se llame.
Miguel quiso interrumpirla, pero ella siguió hablando.
—Sé lo que vas á decir; es inútil. Lo que tú digas me lo he dicho yo
muchas veces para convencerme de que mi creencia es absurda. ¿Y qué probaría
eso? Todo lo que no conocemos es absurdo, y ¡conocemos tan pocas cosas!... No;
mi remordimiento no se dejará convencer nunca; no evitarás que de noche
entretenga mi insomnio haciendo cálculos, recordando fechas. Cuando empecé á
interesarme por ti, mi hijo vivía aún, y yo lo olvidé. Cuando nos paseábamos
por los jardines de San Martino, tal vez estaba agonizando de hambre, de sufrir
martirios, ¡y yo, como una heroína de novela, como una colegiala loca,
besándome contigo, haciéndote promesas!... Además, ¡la llegada del telegrama en
la misma tarde que ibas á venir tú, como algo definitivo en mi existencia! ¿No
vea una intervención superior, un castigo á mi maldad?
En vano intentó el príncipe hablar otra vez.
—Por esto huyo de ti; por eso no he contestado tus cartas. Tú no tienes
la culpa; pero eres el remordimiento, y tu presencia resucita mi crimen...
Además, me conozco; no soy mas que una pobre mujer, como quien dice la
debilidad, la inconsciencia, el olvido. Te aceptaría como un camarada de dolor,
y como no me eres indiferente, tal vez acabase por ceder á lo que deseas. Y eso
sería horrible, más horrible aún que lo otro; uno de esos atentados que cometen
contra las leyes naturales los que están enloquecidos por la pasión... No me
busques; no quiero verte. Tengo la certeza de que he matado á mi hijo. Si
hubiese sido una verdadera madre, pensando sólo en él, ¡quién sabe!... tal vez
viviría aún. Pero alguien quiso castigarme por mi conducta desnaturalizada, y lo
mató, para que yo despertase, cuando me creía más feliz en mi torpe
enamoramiento.
Miguel ya no quiso hablar. Sus ojos miraron á esta mujer con lástima y
desaliento. Recordó á la princesa Lubimoff y sus extravagantes creencias en el
misterio; á la misma madre de Alicia con sus manías devotas. Resultaría inútil
cuanto intentase decir. Aquella certidumbre absurda y dolorosa se abría entre
los dos como una profundidad que sólo el tiempo podría rellenar.
El mutismo del príncipe sirvió para que ella perdiese la
nerviosa exaltación que le hacía expresarse con tanta vehemencia.
—Déjame—murmuró dulcemente—. ¿De qué modo servirte? Ya no soy una mujer,
soy una vieja; tengo tantos siglos como el dolor. Tú necesitas una amante, y yo
soy simplemente una madre... una madre con remordimientos.
Su renuncia al pasado, la convicción de que sólo era una madre
desesperada, cortó su voz con un gemido, al mismo tiempo que sus ojos se
llenaban de lágrimas. Con una mano tímida apartó Miguel el pañuelo que ella se
había llevado al rostro para ocultar su llanto. Murmuraba frases incoherentes,
con la intención de consolarla; pero á continuación, la cólera volvió á
dominarle.
—Si realmente estuvieses sola—dijo con voz rencorosa—, yo podría
aguardar, y tal vez el tiempo acallase esos escrúpulos absurdos que te
atormentan. Pero tu soledad es mentira. Un hombre entra á todas horas en tu
casa como si fuese suya, mientras yo debo alejarme, según dices, para que
recobres la tranquilidad.
Alicia, por instinto femenil, se había apresurado á llevar otra vez el
pañuelo á su cara al sentirse libre de la mano de Miguel. Debía estar fea con
los ojos acuosos, la boca pálida, la nariz enrojecida por el llanto. Pero las
palabras del príncipe produjeron en ella tal sorpresa y tal deseo de repeler
una suposición injuriosa, que separó la arrugada batista de su rostro.
—¿Te refieres á Martínez?... ¡Pobre muchacho!
Abandonaba la alegre sociedad de sus camaradas, sus paseos en grupo,
hasta las fiestas á que eran invitados los oficiales convalecientes, para
aburrirse en Villa-Rosa al lado de una mujer que sólo podía llorar. Cuando ella
deseaba venir á la iglesia, tenía que obligarle á que se marchase por una hora
ó dos al atrio del Casino con sus compañeros de armas. ¡Las visitas del joven
inválido representaban tanto para Alicia!... Eran como una caridad.
—Me forjo la ilusión de que es mi hijo. Sus pocos años y su uniforme
ayudan á este engaño. Tú no has tenido hijos; no puedes saber la necesidad que
sentimos, cuando los hemos perdido, de poner
nuestro amor huérfano en otros seres, imaginándonos que se parecen á los que
murieron. Yo necesito continuar siendo madre, ya que no puedo ser otra cosa; y
ese infeliz no conoció á la suya, no tiene á nadie en el mundo, está solo como
yo... Déjame que busque un poco de ilusión allí donde puedo encontrarla. ¡El
pobre agradece tanto mi afecto! ¡Se siente tan feliz en mi casa! Acuérdate: es
un condenado á muerte, y sólo un cuidado maternal, un atmósfera dulce y
plácida, podrán prolongar sus días.
Ella deseaba realizar esta obra tal vez por egoísmo, por borrar de su
memoria con una larga acción generosa todo lo malo que había hecho antes.
Quería que fuese su hijo, un hijo inventado por su dolor, al que dedicaría todo
lo que era imposible hacer por el otro salido de sus entrañas.
También calló ahora Miguel, comprendiendo la inutilidad de su
insistencia. Conocía el carácter de Alicia. Detrás de su voz quejumbrosa
adivinó la resuelta voluntad de mantener á su lado á aquel joven que refrescaba
sus sentimientos maternales y era á la vez un consuelo para el remordimiento
que se había forjado.
La consideración de su impotencia acabó por irritarle, haciéndole sentir
un cruel deseo de molestar á aquella mujer.
—Haces mal, Alicia. El mundo ignora tu secreto. Ya sabes lo que creía
antes de ti y de tu hijo. Tú misma reías, encontrando graciosos tales
errores... Ahora, el equívoco continuará con mayor razón. Muchos se imaginan
que has sustituido al joven que murió con otro joven.
Alicia perdió su triste serenidad.
—¡Qué infamia!—dijo—. ¿Cómo pueden creer eso? ¡Pobre Martínez!... ¡Tan
bueno! ¡tan respetuoso!
Luego continuó con arrogancia:
—¡Que digan lo que quieran! Yo deseo olvidar al mundo; que el mundo se
olvide de mí... Ya he muerto.
Pero Miguel insistió en su rencor:
—El otro era tu hijo, y yo lo sabía. Este no lo es, y conozco el poder
de seducción que ejerces, aun contra tu voluntad. Acuérdate del «banco de los
viejos».
¡Ay! Por donde ella pasase, la mirada del hombre se engancharía en el
ritmo de su cuerpo: y aquel joven, aquel extraño, iba á acabar...
No pudo seguir.
—¡Tú también!...—exclamó ella—. ¡Adiós, Miguel! Siempre pensaré en ti,
pero es mejor dejar de vernos. No me guardes rencor. Tal vez algún día...
Y resueltamente le volvió la espalda, descendiendo las gradas hacia el
bulevar.
El príncipe quedó inmóvil unos instantes. Luego avanzó hasta el borde
del último escalón, pero sólo pudo ver un carruaje con la capota levantada,
cuyos dos caballos emprendían el trote.
¡Y para llegar á esto había deseado con tanta vehemencia su encuentro
con Alicia!... El despecho le hizo juzgarse duramente; no había sabido hablar.
Después recordó todos sus razonamientos y sus recriminaciones, asombrándose del
poco efecto que causaban en ella. Era indudablemente otra mujer. Alguien la
había cambiado; alguien era el culpable de esta absurda situación.
Gran parte de aquella noche la pasó reflexionando. No se le ocurría
censurar á Alicia. Hasta se arrepintió de sus palabras agresivas. ¡Infeliz! Una
exaltación de su sensibilidad la hacía ver culpas y remordimientos en todos sus
actos anteriores.
«Además, las mujeres—continuó diciéndose—, al menor choque nervioso, lo
primero que pierden es la lógica.»
Necesitaba concentrar su rencor en alguien que no fuese ella, y como
Miguel creía no haber perdido la lógica, hizo caer la responsabilidad de todo
sobre Martínez. Este era el único culpable. De no entrometerse en la vida de
los dos, Alicia, al verse sola en su desgracia, habría buscado más que antes el
apoyo del príncipe. ¡Qué regalo les había hecho «la Generala» al presentar á
este aventurero!
En vano su razón intentó argüir que no era el oficial el que iba en
busca de Alicia, sino ésta la que lo conservaba en su casa, aislándolo de sus
antiguas amistades. Lubimoff no renunció á su rencor. Era Martínez y nadie más
el que se colocaba entre ambos.
Hasta entonces sólo había fijado su atención ligeramente en este
muchacho, al que Toledo llamaba «el héroe». ¡Eran tantos los héroes en el
momento presente! Su odio fué despojándolo del prestigio que le daban sus
hazañas y su desgracia. Lo vió sin uniforme, sin sus cruces y sus heridas, tal
como debió ser antes de la guerra: un pobre empleadillo, un dependiente de
comercio, que nunca había puesto sus ilusiones amorosas más allá de una modista
ó una dactilógrafa... ¡Y éste era el personaje interesante que se erguía
enfrente de él!... ¡Tiempos intolerables!
Paseó al día siguiente toda la mañana por sus jardines, resuelto á no
volver á Monte-Carlo. Sentía despecho al recordar la ternura con que Alicia
había hablado de su protegido. Era mejor no tropezarse con él. Pero en la tarde
le pesó la soledad de su hermosa «villa», que parecía abandonada. Atilio, el
pianista, hasta el coronel, todos estaban en el Casino. El también quiso ir,
para confundirse con aquel público que se ocupaba al mismo tiempo de los
incidentes de la guerra y de los azares del juego.
En el atrio marchó hacia los grupos de lectores agolpados ante los
últimos telegramas. La gente tenía por buenas las noticias, ya que no eran
extremadamente malas, como en los días anteriores. Los aliados habían detenido
el avance del enemigo, inmovilizándolo sobre el terreno que acababa de
conquistar. Seguía el bombardeo de París por los cañones de gran alcance... Y
nada más.
Un hombre hacía comentarios en alta voz. Era Toledo, que, como todas las
tardes, daba su conferencia de estratega ante un semicírculo de admiradores.
Vuelto de espaldas al príncipe, iba soltando el chorro de su límpido optimismo,
de su fe simple, que desgracias y reveses no lograban conmover.
—Ahora ya los han clavado sobre el terreno: no avanzarán. Dentro de poco
será el contraataque. Lo sé; me consta.
Se frotaba las manos, guiñando un ojo maliciosamente.
—Y los americanos llegan y llegan. Hay día que desembarcan diez mil. ¡Un pueblo maravilloso!... Lo que yo he
dicho siempre: ese Wilson es un grande hombre. Lo conozco bien.
Todos escuchaban con deleite esta voz de esperanza que refrescaba los
corazones antes de que se entregasen á las angustias de la ruleta y el «treinta
y cuarenta». Hablaba con la autoridad de un hombre bien relacionado y que puede
saberlo todo. «Conocía á Wilson»; él mismo acababa de declararlo. Además, era
un coronel—aunque nadie sabía de qué ejército—, un «técnico», incapaz de
expresarse caprichosamente. Y muchos se trasladaban sin perder tiempo á las
salas de juego para repetir sus comentarios, como personas bien informadas.
El príncipe se alejó, temiendo cortar con su presencia este triunfo
profesional, que se repetía todas las tardes.
Al pasearse por el atrio, antes de entrar en los salones, vió junto á
una columna un grupo de oficiales franceses, todos convalecientes. Privados de
ir más adentro, á causa de su uniforme, permanecían allí, mirando con cierta
envidia á los «civiles». Unos se mantenían erguidos, sin dolencia visible, con
una delgadez de aguiluchos, la nariz picuda, los ojos audaces, el bigote
alborotado; otros, de cara juvenil, se encogían como valetudinarios, apoyados
en sus bastones, con el pecho hundido bajo las desmayadas arrugas del paño del
uniforme, y haciendo una larga pausa de reconcentrada voluntad cada vez que
deseaban mover sus piernas. Algunos habían llegado á Mónaco como incurables,
después de un largo cautiverio en Alemania; los demás venían de los hospitales
de la línea de fuego; y todos mostraban una desorientación gozosa al verse en
este rincón paradisíaco, donde las gentes parecían olvidadas del resto de la
tierra y los ojos femeninos les seguían con una expresión enigmática, entre
amorosa y maternal.
La diestra de uno de estos militares se elevó hasta su visera para
saludar al príncipe. Este se fijó en el color amarillento del kepis, luego en
el uniforme del mismo color y la línea policroma de las condecoraciones. Era
Martínez, el teniente de la Legión extranjera, que le saludaba con cierta
timidez, pero satisfecho al mismo tiempo de que sus
compañeros le viesen en buenas relaciones con un personaje famoso del que tanto
se hablaba en la Costa Azul.
Miguel devolvió el saludo maquinalmente y siguió adelante. Este momento
quedó fijo en su memoria para toda la vida. Los años y la cordura que éstos
traen consigo parecieron desprenderse de él como las cortezas secas de un árbol
que renace. Se creyó vuelto á la juventud. Fué por unos instantes aquel capitán
Lubimoff de la Guardia imperial, atropellador de obstáculos y desconocedor del
escándalo cuando alguien se oponía á su voluntad.
Volvió á mirar de lejos el grupo de oficiales. ¡Y este teniente de pobre
estatura, que parecía un tenedor de libros elevado por la movilización, era su
enemigo!... Creyó verlo por primera vez. Perdido entre sus compañeros aún le
pareció más insignificante que en sus visitas á Villa-Sirena.
Permaneció inmóvil, con su mirada fija en el grupo. «¡Vas á cometer un
disparate!», gritaba una voz en su interior. Y pasó por su memoria la imagen
del duro Saldaña, bondadoso y tolerante con los débiles, como todos los que
están seguros de su fuerza. Una frase que no había recordado nunca cruzó ahora
su pensamiento: «El caballero debe ser bueno y no abusar nunca de su fuerza.»
Estaba seguro de que su padre le había dicho esto siendo él niño... Pero á
continuación, la dualidad que existía en su interior se expresó por medio de
otra voz más fuerte é imperiosa, una voz femenina igual á aquella otra que le
aconsejaba en su juventud: «Gasta, no te prives de nada, colócate sobre todos;
piensa siempre que eres un Lubimoff.» Y vió á la difunta princesa, no de María
Estuardo, con su luto teatral, sino dominadora y todavía bella, lo mismo que
cuando aterraba con sus cóleras á su esposo «el héroe» y ponía en revolución el
palacio de París.
Maquinalmente se aproximó al grupo de oficiales, y sus ojos volvieron á
tropezarse con los de Martínez. Este vino hacia él con una sonrisa
interrogante. Miguel comprendió que le había hecho un signo de llamamiento sin
darse cuenta de ello, por un impulso de su voluntad, que
parecía moverse completamente desligada de su razón. ¡Tanto peor!... ¡Adelante!
Con cierto apresuramiento se fué llevando al joven hacia el vestíbulo
del Casino, como si quisiera evitar la presencia de los grupos que llenaban el
atrio.
—Teniente, voy á decirle una cosa... Necesito... pedirle un favor.
Balbuceaba, no sabiendo cómo expresar un deseo que él mismo tenía por
absurdo. Esta indecisión, unida á las vacilaciones de su voz, acabó por
irritarle.
Se detuvieron junto á la cancela de cristales de la entrada. Martínez
había perdido su sonrisa, mirando con asombro el gesto duro y la palidez del
príncipe.
—En una palabra—dijo éste con resolución—: lo que yo tengo que pedirle
es que visite con menos frecuencia la casa de la duquesa de Delille. Si se
abstiene en absoluto de ir á ella, aún será mejor.
Y descansó, respirando con cierto desahogo, después de haber lanzado su
pretensión.
El asombro de Martínez fué en aumento. Dudó un instante, fijos sus ojos
en los de Lubimoff. No era una broma: la mirada agresiva de este personaje que
siempre le había tratado con amable indiferencia, la sequedad de su voz, cierto
temblor de su mano derecha, indicaban que había expresado todo su pensamiento,
y que detrás de este pensamiento latía un odio enorme contra él.
La sorpresa le hizo hablar con timidez. El visitaba á la duquesa porque
esta señora le pedía que fuese á verla todos los días. Muchas veces había
sospechado que su asiduidad pudiera resultar inoportuna; pero todos sus
intentos de alejamiento eran inútiles. Apenas se ausentaba por unas horas,
aquella buena dama le hacía buscar. Se mostraba bondadosa con él como una
madre.
De repente, se desvaneció su tono humilde. Sus ojos adivinaron en los de
su interlocutor algo que él mismo no había pensado nunca. El teniente pareció
transfigurarse, creciendo hasta quedar al nivel del príncipe. Brilló su mirada
con el mismo resplandor fulvo que la del otro; todo su cuerpo se arqueó con la
tensión de un muelle que va á saltar; las alillas de su nariz se agitaron nerviosamente. El empleadillo tímido de ademanes
recobraba su gallardía de hombre de combate. Su voz sonó ronca al seguir
hablando.
El iba adonde le llamaban, adonde quería ir, sin reconocer á nadie el
derecho de mezclarse en sus actos. Era la duquesa la única que podía cerrarle
la puerta de su casa. ¿Por qué intervenía el príncipe en los asuntos de aquella
señora sin consultar antes su voluntad?
—Soy su pariente—dijo Miguel, algo indeciso en su interior al invocar
este parentesco que muchas veces no había querido reconocer.
Los dos se vieron al otro lado de la cancela, sobre el rellano de las
gradas del Casino, en pleno aire, frente á los árboles de la plaza y los grupos
de paseantes que daban vueltas en torno del «queso». Tuvieron que apartarse á
un lado, para no impedir la circulación de los que entraban y salían.
—Además—continuó el príncipe—, mi deber es evitar murmuraciones. No
puedo permitir que, viéndole á usted metido allá á todas horas, supongan...
Casi se arrepintió de sus palabras al notar el doble efecto que
producían en el joven. Primeramente se indignó. ¿Había quien osaba murmurar de
aquella gran señora, tan santa para él? Pero esta protesta fué acompañada de
una irreflexiva satisfacción, de un orgullo pueril, como si agradeciera, á
pesar de todo, que mezclasen su nombre con el de la otra en absurdas
suposiciones. Parecía que Martínez acababa de descubrirse á sí mismo, dando
cuerpo y nombre á sentimientos obscuros que hasta entonces sólo habían latido
dentro de él en una forma larvaria.
El alma celosa del príncipe fué adivinando, con aguda percepción, todo
lo que pensaba el otro, y esto avivó el incendio de su cólera. ¡Con qué
arrogancia asumía este empleadillo la defensa de Alicia! ¡Cómo se delataba su
enamoramiento!...
—Si alguien se permite hablar de la duquesa—dijo el teniente—, si
murmuran porque me dispensa el honor de recibirme en su casa (¡el mayor honor
de mi vida!), yo me encargaré de castigar al que invente eso, aunque esté muy
alto, aunque se crea muy poderoso...
Lubimoff le escuchó con impaciencia. Ahora era Martínez el que se
permitía atacarle. Sus últimas palabras significaban una amenaza para él.
Además, se sintió irritado contra su propia torpeza. Su acción
imprudente sólo servía para que este joven abriese los ojos, pensando en la
posibilidad de muchas cosas que nunca había podido imaginar, y que, de
imaginárselas, las habría rechazado inmediatamente, por desatinadas. ¡Y era él
mismo quien venía á demostrarle que, según la opinión de los maldicientes,
resultaban posibles tales cosas!...
El tono con que el oficial defendía á Alicia excitó aún más su cólera.
Adivinaba en él un gran orgullo, la vanidad del pobre muchacho que sólo ha
conocido las aventuras de amor á través de los libros, y de pronto se ve en
relaciones supuestas con una duquesa y rival de un príncipe. ¡Qué gloria para
un advenedizo!
—Joven...—dijo la voz dura de Lubimoff.
Esta simple palabra fué seguida de una mirada de altivez, de
superioridad aplastante, que pareció barrer todo cuanto la guerra había puesto
de extraordinario en Martínez: el uniforme, las condecoraciones, las cicatrices
gloriosas. Para él ya no existía el oficial; sólo quedaba el pobre vagabundo de
años antes yendo de un hemisferio á otro en busca del sustento. «Joven...»,
repitió con un tono que resucitaba todas las castas y las gradaciones sociales
de los siglos muertos, para que el interpelado se diese cuenta de la enorme
separación entre su persona y la del hombre que se dignaba darle consejos.
—Joven... acabemos. ¿Y si yo le ordeno que no vuelva más á esa casa?...
¿Y si le exijo que...?
No pudo terminar. Su voz amenazante, dura como un grito de mando,
indignó al hombre vestido de uniforme. ¡Haber arrostrado la muerte durante tres
años entre miles de camaradas que estaban ya bajo tierra; despreciar la vida
como algo cuya fragilidad se ha revelado á cada minuto; despojarse para
siempre, en fuerza de aventuras angustiosas y heridas atroces, de ese miedo que
el instinto de conservación pone en todos los seres, para que ahora, en una
ciudad de placer, á la puerta de la más lujosa de
las casas de juego, un hombre rico y poderoso, pero que no había hecho nada
útil en su existencia, se atreviese á amenazarle!...
—¡A mí!...—dijo balbuceando de rabia—. ¡Darme órdenes á mí!...
Miguel sintió que una mano se agarraba á los botones de su chaleco. Era
como un pájaro temblón y agresivo, que se detenía un instante en su ciego
impulso para seguir volando hacia arriba. Adivinó la bofetada, é
instintivamente avanzó su diestra. Las dos manos se encontraron cuando la del
joven revoloteaba cerca del rostro del príncipe. Este, más musculoso, contuvo
la mano ofensora, la inmovilizó con dura presión, al mismo tiempo que sonreía
de un modo lúgubre. Los ojos se lo empequeñecieron, volviendo sus vértices
hacia arriba con el crispamiento de la sonrisa. Eran unos ojos asiáticos. Su
nariz se ensanchó con una aspiración caballuna. Así debieron sonreir en sus
malos momentos los remotos abuelos de la princesa Lubimoff...
—Basta: la doy por recibida—dijo con lentitud—. Designe á dos amigos
para que se entiendan con los míos.
Y soltando la mano de Martínez, le volvió la espalda después de hacerle
un grave saludo. Los gestos de los dos habían sido rápidos. Sólo uno de los
porteros con kepis que montan la guardia en el rellano de la escalinata había
adivinado algo; pero su experiencia profesional le aconsejó permanecer
impasible mientras no hubiese golpes.
Creyó en una simple disputa por cosas del juego. Todo iba á arreglarse
con una explicación y á olvidarse después con una ganancia. ¡Había visto
tanto!...
El príncipe Lubimoff vuelve á entrar en el Casino. Atraviesa el
vestíbulo y el atrio llevando la cabeza alta, pero sin ver á nadie, con la
mirada perdida ante sus pasos.
Le parece que el tiempo ha vuelto de repente sus agujas atrás,
haciéndole saltar en el pasado, volviéndolo á la juventud. Marcha con
arrogancia. Se extraña de que el ruido de sus
firmes pisadas no vaya acompañado de un tintineo de espuelas y del metálico
arrastre de un sable. Al mismo tiempo empieza á ver rostros irreales, rostros
que desaparecieron de la tierra hace muchos años: el cosaco venido de una
remota guarnición de Siberia para vengar á su hermana; un amigo del mismo
regimiento del príncipe, que murió de una estocada en el pecho después de una
cena tumultuosa, mientras lloraba Lubimoff, súbitamente despertado de su
homicida embriaguez; otros á los que asistió como simple testigo, pero que
murieron y resucitan ahora en su memoria, fría é insensible al remordimiento y
á la lamentación.
—El coronel... ¿Dónde diablos estará el coronel?
Atraviesa las salas de juego, buscando una cabeza de pelo canoso partido
en dos secciones brillantes por la raya que se tiende rígida de la frente á la
nuca. La ve al fin sobre el respaldo de un diván, entre dos sombreros de mujer,
cuatro ojos orlados de luto y unas mejillas con las arrugas rellenas de pasta
blanca y pasta rosa. El príncipe interrumpe con su mudo llamamiento unas
explicaciones de la guerra que hacen estremecer á las dos damas.
—Coronel: un asunto de honor. Quiero batirme mañana. Busca otro padrino.
Toledo parece desconcertado por la orden. Su primer pensamiento vuela
hasta Villa-Sirena. Ve el negro levitón, la vestidura solemne del honor pronta
á salir de su encierro. Después se desliza por esta alegría una nube de duda.
¡Un duelo!... ¿Será oportuno ahora que los hombres se baten en masas de
millones, dando su vida por algo más alto y más general que los rencores
individuales?... Sus creencias ahogan inmediatamente este escrúpulo. «Un
caballero debe estar á las órdenes de otro caballero.» Además, es su príncipe.
Y dispuesto á cumplir su misión, pide el nombre del adversario.
—El teniente Martínez.
Don Marcos cree haber entendido mal; luego vacila sobre los pies y queda
mirando á Su Alteza con estupor. Instintivamente, sin darse el trabajo de
desenmarañar los confusos pensamientos que le asaltan, ve con la imaginación á la duquesa de Delille. ¿Por qué ha abandonado el
príncipe sus prudentes doctrinas?... Se acuerda, como de un pasado dichoso, de
los tiempos en que florecían «los enemigos de la mujer». No han transcurrido
mas que cuatro meses, y parece que sean siglos. ¡Un duelo en plena guerra... y
con un oficial!... ¡Y este oficial es Martínez, su héroe!...
Levanta los hombros, inclina la cabeza, hace un gesto de inhibición,
como siempre que su príncipe le da órdenes absurdas con un rostro duro que le
recuerda el de la difunta princesa en sus días borrascosos.
—¿Busco á don Atilio?... Ha tenido varios lances de honor; sabe lo que
es eso, y podrá ayudarme.
Lubimoff acepta. En el bar de los salones privados
esperará á los dos, para hablar de las condiciones del encuentro.
Permanece inmóvil en su profundo sillón, frente á una ventana dorada por
la luz del ocaso, en la que se tejen y destejen los hilos de sombra proyectados
por el ramaje inquieto de los árboles. Le parece de pronto que su espera
resulta demasiado larga. Se le ocurre que Castro no está en el Casino y don
Marcos le busca inútilmente. De todo lo pasado apenas se acuerda. La figura del
oficial se ha hundido en la bruma gris que cae sobre su memoria: no es ya mas
que un contorno indeciso. Lo único que puede ver, con un relieve y un
agrandamiento exagerados, como si estuviese junto á sus ojos, es una mano: una
mano que se agarra á su pecho y sube hacia su rostro que nadie golpeó jamás. La
indignación le hace salir de su huraño ensimismamiento. ¡A él! ¡Una bofetada al
príncipe Lubimoff!...
Cuando levanta los ojos ve á Toledo que se acerca, pero solo, con cierta
confusión, temiendo por adelantado la cólera del príncipe. Este, que se siente
bondadoso y tolerante después de sus violencias en la escalinata, adivina lo
que va á decirle. No ha encontrado á Castro. Y le absuelve con una sonrisa
benévola.
El coronel habla:
—Marqués: don Atilio no quiere.
¿Qué?... Y ante la mirada interrogante de Lubimoff, que no puede
comprender, que se resiste á comprender lo que
escucha, Toledo repite, cada vez más confuso:
—Se niega á aceptar la representación. Me ha dicho que busque á otro.
Tiene unas ideas especiales que...
Y se abstiene de exponer estas ideas. Calla, para no decir algo que el
príncipe no debe escuchar de su boca; acepta como un bien el silencio de
asombro que se interpone entre él y Lubimoff; teme que éste salga de la
estupefacción en que le ha sumido su noticia.
Como desea alejarse, propone algo que le parece un remedio.
—¿Quiere Su Alteza que lo llame? Seguramente vendrá. Tal vez hablando
los dos...
Y se aleja para buscar á Castro, mientras Miguel Fedor vuelve á quedar
inmóvil en su asiento, sin comprender nada.
Lo vió de pie ante su velador, con cierto apresuramiento en sus gestos y
ademanes, como un hombre que arrostra una situación penosa y quiere salir de
ella cuanto antes.
El príncipe le invitó á ocupar el sillón inmediato, pero Castro sólo
quiso sentarse ligeramente en uno de los brazos del mueble, para indicar su
deseo de que la entrevista fuese corta. Además, habló él primero, exponiendo
rudamente su pensamiento, sin preámbulos.
—Te habrá dicho el coronel mi respuesta. No puedo... Bien sabes que soy
tu amigo: hasta me haces el honor de reconocerme como pariente; te debo mucho;
¡pero eso que me pides... no! Es un disparate, una locura. Forzosamente
habíamos de terminar así; lo he presentido hace algún tiempo. Tal vez tenías
razón cuando hablabas de las mujeres y de la necesidad de ser sus enemigos (si
es que esto resulta posible). Pero de nada puede servirnos recordar lo pasado:
tú ya no eres el Lubimoff que decía aquellas paradojas. Yo estoy loco, te lo
concedo; pero tú lo estás más que yo, y por eso no te sigo.
Miguel le miró fijamente, sin abandonar su silenciosa inmovilidad,
esperando que continuase.
—¡Un duelo en plena guerra! ¿Tiene eso sentido común? Tú
eres un señor que permanece tranquilo en su palacio, con todas las comodidades
que pueden obtenerse en la época presente, sin correr peligro alguno, mientras
media humanidad llora, sufre hambre, se desangra ó muere. Y porque estás un día
de mal humor (tú sabrás el motivo), ¿quieres batirte con un pobre muchacho que
vive casi milagrosamente, que está enfermo y débil por haber hecho lo que tú y
yo no somos capaces de hacer?... ¿Y me pides que te represente en esa
locura?...
El otro, siempre sumido en su asiento, dijo con voz sorda y rencorosa:
—Me ha insultado... ha querido abofetearme. He detenido su mano junto á
mi cara.
Esto hizo dudar un momento á Castro, que no tenía idea de la importancia
del choque entre los dos hombres. Pero su indecisión fué corta.
—Algo hay que no comprendo y que tú callas. La misma gravedad del
insulto me indica que hubo de tu parte un acto extraordinario. ¡Atreverse ese
pobre muchacho respetuoso y tímido á querer abofetear á un hombre como tú!...
¿Qué has hecho para excitarle hasta ese punto?
Lubimoff no se dignó responder. Sin abandonar su enfurruñada
inmovilidad, preguntó lacónicamente:
—¿Quieres ó no quieres?
Castro, irritado por tal actitud, contestó sin vacilar:
—Es un disparate, y no quiero.
Siguió la inmovilidad del príncipe ante esta negativa, pero Atilio creyó
adivinar sus ideas en la mirada hostil fija en él. Le acusaba de ingratitud al
verse abandonado. Al mismo tiempo hacía responsable á «la Generala», creyendo
que ésta había podido influir en su decisión. ¡Aquel teniente era tan admirado
por doña Clorinda!...
Como si contestase á sus ocultos pensamientos, Atilio siguió hablando.
—¿Tú crees que á mí me interesa ese muchacho con el que deseas batirte?
Me es indiferente; hasta confieso que me es antipático, por los grandes
extremos que hacen algunas señoras sobre su heroísmo. Eso molesta siempre á los que no somos héroes. Pienso en lo
insignificante que sería hace cuatro años nada más. De conocerlo entonces, tal
vez lo habría visto de tenedor de libros en un hotel ó en la tienda de mi
camisero de París. Figúrate qué amistad!... Pero ha pasado sobre nosotros la
guerra, trastornándolo todo, haciendo emerger á unos, hundiéndonos á otros en
lo más profundo, sin la certeza de volver á surgir, y ese muchacho es ahora
«alguien», es más que tú y que yo; ha servido de algo, y para mí es sagrado, á
pesar de que me inspira envidia y no admiración.
El príncipe hizo al fin un movimiento de protesta. Luego levantó los
hombros desdeñosamente y volvió á sumirse en su inmovilidad. ¡Aquel
aventurerillo más que él, porque le habían agujereado el pellejo en los
combates!...
—No nos entenderíamos aunque hablásemos toda la tarde—continuó Castro—.
Yo he cambiado mucho, y tú continúas siendo el de siempre. Creo que ayer
encontré mi «camino de Damasco». Me siento otro hombre.
Y por una necesidad de exteriorizar su gran perturbación interior,
siguió hablando, sin fijarse en si el príncipe le escuchaba.
El encuentro había sido cerca de la estación de Monte-Carlo, junto á la
vía férrea. El iba acompañando á dos señoras, una de las cuales le interesaba
mucho. (Miguel pensó otra vez en doña Clorinda.) Un tren de soldados volvía de
Italia; un tren sombrío, sin estandartes, sin ramas de árboles adornando las
portezuelas. Eran franceses. Los habían enviado á Italia como refuerzo, después
del desastre de Caporetto, y ahora los volvían á llamar apresuradamente, para
defender el propio suelo amenazado.
—Nada de cánticos y de aturdido regocijo; todos silenciosos, cansados y
sucios, de una suciedad épica. Cada vagón parecía una jaula de fieras, por su
olor acre de cuadra de circo. Eran jóvenes y tenían aspecto de viejos: las
barbas hirsutas, los uniformes manchados, las caras apergaminadas por el sol,
endurecidas por el frío, resquebrajadas por los vientos. El calor les había
hecho despojarse de los capotes y mostraban sus camisas de
franela de un color indefinible, impregnadas del sudor de tantas fatigas y
emociones.
Se adivinaba en ellos al batallón predestinado que siempre llega á
tiempo para sostener los choques más rudos; el que aparece puntualmente en los
lugares de mayor peligro, con esa mansedumbre heroica del fuerte, que deja que
le exploten, y trabaja, no sólo por él, sino por todos los demás que trabajan
menos. ¿Dónde no habían peleado estos hombres? En su propio suelo, en el de los
aliados, tal vez en Oriente, y ahora tornaban otra vez á la tierra de sus
primeros combates. Cuando creían haberlo hecho todo, se enteraban de que aún no
habían hecho nada. En el tejer y destejer de la guerra, era preciso empezar
otra vez. Cuatro años antes se imaginaban haber decidido el triunfo en las
riberas del Marne, y ahora volvían de nuevo al Marne. Todos los inviernos, metidos
en el barro, hundidos en la trinchera bajo la lluvia, se decían: «Este será el
último.» Y llegaba otro invierno, y luego otro, y á continuación otro, sin que
la vida cambiase. De aquí su gesto fatalista y resignado, un gesto de hombres
que se amoldan á todo y acaban por creer que su miseria será eterna, que nunca
volverán los humanos tiempos de la paz.
Cesó de hablar un momento y no hizo caso de la mirada de su amigo, que
parecía preguntarle qué interés podía tener para él este relato.
—Estábamos al borde de un terraplén, apoyados en la valla, y nuestras
cabezas quedaban al mismo nivel que las de los hombres agrupados en los
vagones. El largo convoy, cuya cabeza tocaba ya la estación, iba avanzando
lentamente. Las dos señoras agitaban sus pañuelos, sonreían á los soldados, les
enviaban palabras de saludo. Muchos permanecían inmóviles, mirándolas con ojos
de fiera adormecida. Llevaban cuatro años de ovaciones, conocían la realidad,
la terrible realidad que existe detrás de ellas. Otros, más jóvenes ó más
ardorosos, despertaban á la vista de estas dos mujeres elegantes. Galvanizados
por las sonrisas, se erguían, pasaban una mano por sus arrugadas franelas,
enviaban besos, intentaban recobrar su apostura de los tiempos en que no eran
soldados... De pronto, uno de ellos olvidó á las mujeres
para fijarse en mi, que también les saludaba con mi sombrero, dando vivas. Era
una especie de diablo rojo y amargo.
Castro le veía aún, como si asomase su cabeza por una ventana del bar;
vería tal vez mientras viviese el pergamino blancuzco de su cara, tirante sobre
las aristas de los pómulos; la barba roja colgando de sus mandíbulas, como si
fuese postiza, y sobre todo, sus ojos sarcásticos, insolentes, de un color
verde turbio, igual al de las ostras. Era el soldado que critica, rezonga y
habla contra sus oficiales mientras cumple sus órdenes. En la vida civil debía
haber sido el antipático rebelde que no concede su aprobación á nada. Al
cruzarse sus ojos con los de Castro, experimento éste un sentimiento de
repulsión. Adivinó al hombre con el que se tiene irremediablemente un choque en
la calle, en el tranvía, en el teatro. Y sin embargo, nunca iba á olvidar su
encuentro de un segundo con este soldado que pasaba y se perdía á lo lejos, sin
mas tiempo que el necesario para dejar caer cuatro palabras.
Despreció á las dos mujeres con su sonrisa irónica. Luego, á Castro, que
seguía tremolando su sombrero, le señaló el fondo del vagón, gritándole:
—¡Aún queda un sitio!...
Y no dijo más.
—Dijo bastante, Miguel. Esa voz agria la estoy oyendo desde entonces: la
oiré siempre, en mis mejores instantes, si continúo aquí. ¿Y la mirada de sus
ojos?... Adiviné todos sus insultos mudos, la comparación rápida que hizo entre
su miseria y mi aspecto de hombre fuerte y bien cuidado. Yo era para él un
cobarde que pasea con mujeres, mientras los hombres están con los hombres,
dando su vida por algo importante.
—¡Bah! Tú eres un extranjero—interrumpió el príncipe, que parecía
fatigado por las palabras de su amigo.
—Yo vivo aquí, y la tierra en que vivo no puede serme extraña. Esta
guerra es por algo más que cuestiones de terreno: interesa á todos los hombres.
Mira á los norteamericanos, que todos creíamos muy prácticos é incapaces de
idealismos; saben que no van á ganar nada positivo, y sin embargo entran en la
lucha con todas sus fuerzas. Además, hay el alma de
las mujeres. ¿Creerás que las dos que venían conmigo rieron el insulto del
rojo, encontrándolo muy oportuno?... Y no me hables de que las hembras se
sienten atraídas en todas ocasiones por el guerrero. Tal vez sea por el
guerrero de los tiempos de paz, brillante y empenachado; ¡pero estos de ahora
tienen un aspecto tan miserable!... No; existe algo muy alto en todo lo que nos
rodea, algo que tú y yo no hemos sabido ver, á causa de nuestro egoísmo.
Su oyente volvió á levantar los hombros con indiferencia.
—Y cuando pienso á todas horas en mi encuentro de ayer, y veo el sitio
que me ofrecía burlonamente el maldito rojo, como si yo fuese una hembra, como
si nunca pudiera sentirme capaz de ocuparlo, ¡tú me propones que arregle un
encuentro mortal con otro de esos hombres que se consideran, no sin razón,
superiores á nosotros!... No; ya lo sabes: no acepto.
Había abandonado el brazo del asiento y estaba de pie frente al
príncipe. Esto hizo un gesto de cansancio. Le aburrían las palabras de Atilio,
aquella historia infantil del tren, del soldado rojo y de la invitación
insolente. Eso sólo podía conmover á doña Clorinda; él tenía asuntos mas
inmediatos en que pensar. Ya que se negaba á servirle, podía dejarlo solo.
—¡Adiós, Miguel!—dijo Castro, con la convicción de que este saludo iba á
ser algo más que una despedida momentánea.
—Adiós—contestó el príncipe sin moverse.
Cerca ya de la puerta, Atilio retrocedió.
—Sé lo que significa mi negativa y lo que me toca hacer. Adiós otra vez.
¡Cree que si me pidieses otra cosa...!
Pero el príncipe interrumpió sus palabras con otro gesto de
indiferencia, y Atilio se alejó, disimulando su emoción.
Inmediatamente hizo su entrada don Marcos en el bar, como si
hubiese estado aguardando al otro lado de la puerta la salida de Castro. Nunca
le pareció al príncipe tan activo é inteligente su «chambelán».
—Todo está arreglado, marqués.
Como tenía la certeza de que Atilio no se dejaría convencer, había
buscado un segundo padrino. Pensó un instante en ir á Mónaco para hablar á
Novoa. Luego se acordó de sus relaciones con Valeria. Esta visita equivalía á
hacérselo saber todo á la duquesa. Además, el profesor no entendía nada en
tales asuntos y era compatriota de Martínez. ¡Ya había bastante con que un
español figurase enfrente del oficial!
—Tengo mi segundo—continuó—. Será lord Lewis.
Para él, era Lewis más lord que nunca. Le estaba agradecido por la
prontitud con que había aceptado su petición. Ganaba dinero aquella tarde y su
humor era excelente. Hasta se levantó de su asiento, abandonando el juego para
oir al coronel. Quiso llevárselo al bar, afirmando que ante
un whisky se habla mejor, y Toledo adivinó por su aliento que
ya llevaba bebidos algunos para celebrar su buena suerte. Lewis estaba
dispuesto á servir á su amigo Lubimoff. En punto á duelos, sólo conocía los del
boxeo; pero se confiaba á la pericia del coronel y apoyaría cuanto dijese...
Inmediatamente había vuelto á su mesa.
Miguel dió sus instrucciones á Toledo. Un encuentro en condiciones
duras, como aquellos que él había presenciado en Rusia. No podía ser menos:
había recibido una bofetada. Y dijo esto con voz fosca, convencido ya de la
completa realización de la ofensa.
Al anochecer salió del Casino, huyendo de las personas conocidas que
invadían el bar y le obligaban á sonreir y sostener frívolas
conversaciones, mientras su pensamiento estaba lejos.
Siempre, en sus grandes cóleras, cuando no podía apelar á una acción
inmediata y violenta, la excitación nerviosa iba seguida en él de una laxitud
que ablandaba sus músculos y sus nervios.
Con verdadero placer entró en Villa-Sirena, encontrando una nueva
voluptuosidad en todos los detalles de su bienestar. Aguardó leyendo la llegada
del coronel. A las nueve de la noche tuvo que comer solo. Luego volvió á la
lectura, pero en su dormitorio, acabando por acostarse con el libro en la mano.
Sonrió con una sonrisa que parecía una mueca al pensar que su fatiga nerviosa le había hecho tenderse en la misma postura de los
muertos.
Fué pasando las páginas, sin perdonar una sola línea, y sin embargo no
podía decir qué es lo que estaba leyendo. De pronto, su atención se concentraba
para recordar. Algo le había ocurrido; algo le esperaba. «¡Ah, sí!» Y después
de reconstruir en su memoria lo de aquella tarde é imaginarse lo del día
siguiente, volvía á su lectura sin sentido.
Las páginas fueron desvaneciéndose como pedazos de niebla; sintió su
mano más ligera: el libro acababa de caer sobre la cama. Instintivamente buscó
el botón eléctrico para hacer la obscuridad, y antes de perder completamente la
percepción del mundo exterior oyó sus primeros ronquidos.
Una luz hiriéndole en los ojos le hizo incorporarse. Vió al coronel
junto á su lecho. El profundo silencio de la noche, que aún parecía más
absoluto sostenido por el rumor del mar, se rasgaba á lo lejos con el jadeo de
un automóvil.
El príncipe se restregó los ojos. ¿Qué hora era?
—La una—dijo don Marcos.
Todo estaba convenido. El encuentro sería al día siguiente, á las dos de
la tarde. No podía realizarse antes; aún le quedaban muchos preparativos por
hacer. El lugar escogido era el castillo de Lewis. En el principado de Mónaco
resultaba imposible un encuentro: todo él era á modo de una casa de vecindad,
sin el menor lugar discreto para que dos hombres se mirasen frente á frente con
una pistola en la mano.
Lubimoff casi se levantó de la cama á impulsos de la sorpresa. El tenía
la elección de armas, como ofendido, y había hablado á su representante del
sable, arma favorita de los duelos de su juventud. Toledo, por primera vez,
arrostró impávido la mirada furiosa de su príncipe.
—¡Marqués—dijo con dignidad—, no podía ser otra cosa! Hay que pensar que
ese pobre joven es un convaleciente, casi un inválido. Yo me admiro de que haya
obligado á sus padrinos á admitir la pistola. Sus representantes no querían
aceptar nada. Son de los que creen que este duelo no debe realizarse.
Miguel se calmó. Un sentimiento de equidad le hizo aceptar la decisión
de Toledo. Aquel enfermo no era un enemigo digno de su sable; había que
establecer cierta igualdad entre los dos, y para eso servía la pistola, única
arma que se presta á las sorpresas y caprichos del azar.
«De todos modos lo mataré», pensó Lubimoff, acordándose de sus
habilidades de tirador.
—Advierto á su Alteza—siguió diciendo el coronel—que lo mismo da un arma
que otra. Ese joven y sus dos amigos conocen todo lo referente á la guerra,
pero no tienen noción alguna de lo que son los duelos y de las armas que se
usan en tales lances.
Luego enumeró las condiciones. Distancia, quince metros; una bala cada
uno, pero podrían apuntar y hacer fuego mientras él, que iba á ser el director
del combate, contaba de uno á tres. Con un tirador como el príncipe, estas
condiciones resultaban graves.
Efectivamente; el príncipe las encontró aceptables.
—Buenas noches—dijo sumiéndose en la cama y remontando el embozo hasta
sus ojos.
El sueño volvió á apoderarse de él, una vez satisfecha su curiosidad.
Toledo hubiera querido hacer lo mismo, pero tenía que cumplir antes
sagrados deberes de su ministerio, y vagó por diversas habitaciones,
registrando muebles, subiéndose en las sillas para huronear en lo más alto de
los armarios. Buscaba una caja de pistolas de desafío que le había regalado en
Rusia uno de los generales amigos del difunto marqués. Cuando al fin la
encontró, tuvo que dedicar más de una hora á la limpieza de estas armas de
lujo, que habían perdido su brillo de plata en el olvido de un largo encierro.
Se sentía fatigado, y al mismo tiempo la consideración de su importancia
ahuyentaba su sueño. El alma de aquel drama que se estaba preparando para el
día siguiente era él, sólo él. Faltos de su asistencia, ni Su Alteza ni
Martínez podrían batirse. Lord Lewis y los dos militares que representaban al
adversario eran incapaces de una idea, y tenían que seguirle como discípulos.
La conciencia de esta superioridad le hizo recordar todas
sus gestiones y triunfos desde media tarde á media noche.
Había ido en busca de Martínez con cierta indecisión. Contra su deseo,
encontraba razonadas las protestas de Atilio. Tal vez era cierto cuanto decía,
y este duelo resultaba un disparate, una locura del príncipe. Pero sus ideas
tradicionales se encabritaron ante estos escrúpulos. «El honor es el honor...»
Y experimentó la alegría del que, luego de dudar, se convence de que está en lo
cierto, al oir que el teniente aceptaba la reparación por las armas con
regocijo y con cierta prisa, como si temiese que Toledo se arrepintiera,
retirando su proposición. ¡Joven heroico y pundonoroso! Don Marcos encontraba
natural que procediese así. ¡Era de la misma tierra que él!...
Por un momento ocupó su memoria la imagen de la duquesa. Tal vez era
ella la causante involuntaria de este choque, y el mozo se sentía animado por
la vanidad. Iba á figurar en un duelo como los que había leído en las novelas
de su adolescencia; iba á ser protagonista de uno de aquellos dramas elegantes
que á él le parecían de otro planeta... Pero el coronel desechó á continuación
estas suposiciones, sugeridas por la franca alegría con que Martínez aceptaba
su reto, como si le invitase á una fiesta.
A partir de aquí empezaron las desorientaciones de Toledo. El mundo
estaba cambiado, totalmente cambiado, y él marchaba de asombro en asombro.
Para favorecer á su compatriota, quiso saber qué armas manejaba con
preferencia.
—¡Conozco tantas!—exclamó Martínez.
En un asalto había herido con la punta del sable á un alemán gigantesco
que le amenazaba con su bayoneta. Tuvo que forcejear contra una cosa dura que
crujía, enviándole al rostro un caño de sangre. Luego, al serenarse, vió que
había metido el arma por la boca de su adversario, rompiéndole las vértebras.
Conocía también el revólver, pero no era tirador. En otras armas era más
experto: la granada de mano, que le hacía recordar los juegos de pelota de su
infancia; la ametralladora, que había manejado como simple sirviente; los
explosivos arrojados con honda. Hasta tenía sus
habilidades de artillero, pero artillero de trinchera, para cargar morteros de
tiro corto y enviar torpedos y proyectiles asfixiantes á la trinchera
inmediata.
Sonrió desdeñosamente al insistir don Marcos en la esgrima del sable. El
tenía una esgrima suya: irse sobre el adversario y pegar antes que éste. Pero
en el cuerpo á cuerpo prefería el cuchillo. Con el revólver jamás se entretenía
en apuntar. No disparaba hasta verse junto al enemigo, y así el tiro era
seguro.
—¿Y la pistola de desafío?—preguntó el coronel.
—La desconozco. Me gustaría verla: debe ser algo curioso.
La mirada de Toledo vagó indecisa por el pecho de aquel oficial, como si
inventariase sus condecoraciones, deteniéndose en las estrellas que moteaban la
cinta rayada de su Cruz de Guerra. Cada una de ellas era símbolo de una hazaña.
Cuando el teniente lo presentó á sus padrinos, continuaron las
desorientaciones de don Marcos. Eran dos capitanes muy jóvenes. Toledo les
supuso veinticinco ó veintiséis años de edad. Su uniforme muy ceñido al talle,
su kepis de última moda, su apostura gallarda, placieron al coronel, que los
calificó inmediatamente de militares de carrera. Debían proceder de la Escuela
de Saint-Cyr; su ojo de profesional no podía engañarse: eran otra cosa que el
humilde Martínez.
Uno de ellos ostentaba medio rostro quemado por los líquidos inflamables
de los alemanes; el otro lo tenía surcado por una red de hilillos rojos que
eran vestigios de cicatrices. Los dos cojeaban; pero el uno francamente,
apoyado en su garrote, con un pie enorme cubierto de envoltorios y metido en un
zapato de fieltro; mientras su compañero, que tenía una pierna rígida, usaba
calzado ajustado y brillante, afirmándose con coquetería en un junco fino, que
prestaba verdaderamente servicios de muleta.
Sus primeras palabras fueron poco gratas para el coronel y Lewis. ¿Qué
era aquello de un «civil» permitiéndose insultar á un soldado que estaba
convaleciente de sus heridas? ¿Y qué monserga la de proponer un duelo en plena guerra? El que desease morir ó matar
no tenía mas que ir al frente, como los demás... Pero Martínez, que aún no se
había retirado, intervino, entablando con ellos una rápida discusión. ¿Querían
ó no querían hacerle el favor que les había pedido como camaradas? Los dos
manifestaron un pensamiento. Para ellos, lo lógico era haber dado fin á la
querella en la misma escalinata del Casino: dos trompazos á aquel «emboscado»
que no iba á la guerra y se permitía molestar á los que cumplían su deber.
Hablaban como buenos conocedores de la fragilidad de la existencia, como
hombres que saben lo poco que cuesta quitarle la vida á otro hombre ó perder la
propia, y ríen, por instinto, de la importancia, las ceremonias y las
pretendidas equidades con que se rodea en tiempos de paz un simple encuentro individual...
Pero, en fin, ya que su camarada tenía empeño en que le representasen en esta
farsa, le darían gusto, aunque luego su complacencia les costase un arresto.
Apenas se hubo retirado Martínez, uno de los dos capitanes, el del pie
elefantíaco con zapato de fieltro, confesó su falta de idoneidad.
—Yo no he presenciado nunca desafíos en Burdeos. Ignoro cómo son. Antes
de la guerra era comisionista de vinos en Méjico. Me embarqué con todos los
franceses que vivíamos allá, y por milagro no nos apresó un corsario boche.
Empecé como soldado de segunda clase; pero he hecho lo que he podido... Si
fuese un asunto comercial, daría mi opinión: ¡pero en esto! Tal vez mi
camarada...
¡Otro Martínez! Don Marcos olvidó al capitán del zapato de fieltro. Era
el Lewis de la parte contraria. Toda su atención se concentró en el capitán de
botas brillantes y junquillo juguetón. Este debía ser un adversario digno de
él. ¡Lástima que sus ojos claros tuvieran una expresión irónica de hombre que
todo lo toma á risa, y por debajo de su bigote rubio, muy recortado, á la
inglesa, vagase un ligero gesto de insolencia!
Había nacido en París; lo declaró con orgullo á las primeras palabras; y
cuando don Marcos le fué sondeando astutamente para saber si era experto en
lances de honor y había presenciado muchos
desafíos, dijo con sencillez:
—Más de cien.
No se había engañado Toledo. Este era el hombre con quien tendría que
luchar. Luego pensó en la cifra, apreciando al mismo tiempo la edad del
capitán. ¡Más de cien, y seguramente no pasaba de veintiséis años!... Tuvo el
presentimiento de que iba á habérselas con algún esgrimidor ilustre cuyo nombre
glorioso había sido obscurecido momentáneamente por la guerra.
Ellos dos hablaron únicamente. Al principio, el capitán pareció
burlarse, con una gracia parisién, de los términos solemnes y altisonantes con
que don Marcos trataba las cuestiones de honor. Pero su grave y tenaz
prosopopeya acabó por vencer á este fisgón, que se puso á su mismo tono,
interesándose en el asunto y reconociendo su importancia.
En ciertos momentos, el coronel sintió dudas al escuchar cómo su
contrincante formulaba verdaderas herejías, revelando una ignorancia absoluta
de los grandes tratadistas que han codificado los encuentros entre caballeros.
¡Y este hombre había asistido á más de cien lances de honor!... Después se
asombró de la prontitud con que se apropiaba los textos citados por él, de la
agilidad con que se había asimilado sus clásicos, volviéndolos al revés, en
apoyo de sus afirmaciones.
Cuando el encuentro fué concertado hasta en los menores detalles, el
capitán resumió sus impresiones con una sencillez que dió frío á don Marcos.
—Quedará herido uno de los dos, ó tal vez los dos. No es cosa
extraordinaria. ¿Quién no está herido en estos tiempos? La cirugía ha
adelantado mucho; es otra cosa que al principio de la guerra. El que no muere
en el acto, se salva casi siempre. Además, los llevarán á la cama y no quedarán
abandonados días y días sobre el terreno, como ocurre en los combates.
Pero el gesto de placidez con que hablaba de las heridas se fué
convirtiendo en una expresión torva.
—Supongo—continuó—que no tendremos muertos; porque si mi camarada
Martínez, que es bueno como un cordero y al que quiero mucho, muere en esta
broma, yo mato á su príncipe a continuación, sin
regla alguna, como se mata á un boche en el frente.
Fué tan sincero el tono de estas palabras, que el coronel, impresionado
por ellas, no reparó en lo extrañas que resultaban dichas por un especialista
de las leyes del honor.
La conversación se hizo más íntima y cordial, como ocurre siempre que se
da por terminado un negocio arduo. Toledo tuvo que contarles su vida
guerrera—como él se la imaginaba, á través de los años—, y los dos jóvenes, que
habían asistido á combates de millones de hombres, mostraron el mismo interés
de los niños que escuchan un cuento exótico ante este relato de obscuros
encuentros de montaña, que ni nombre tenían, y sólo perduraban exageradamente
en la memoria de don Marcos.
El capitán parisién, elegante y gracioso, habló igualmente de su pasado.
—Yo, antes de la guerra, trabajaba en la reventa de billetes de los
teatros del bulevar. No tengo otro oficio.
Hizo un esfuerzo el coronel para contener su sorpresa... Sí que había
visto más de cien duelos; pero era en las obras dramáticas, sobre las tablas,
entre cómicos, que dan á los preparativos del encuentro una lentitud
ceremoniosa para prolongar la ansiedad del público. Debió adivinarlo al oir sus
disparates. ¡Cómo se había burlado de él!...
Pero inmediatamente sus ojos bajaron hasta el pecho de los dos jóvenes.
Iguales á Martínez: la Legión de Honor, la Medalla Militar, la Cruz de Guerra
con estrellas. La del antiguo revendedor de billetes hasta se mostraba cruzada
por una palma de oro.
¡Ay! El mundo había cambiado. ¿Dónde estaban los tiempos de don
Marcos?... Luego pensó en todo lo que había hecho en su vida para considerarse
superior: asistir ceremoniosamente á varios duelos, muchas veces sin resultado
alguno. Pensó también en lo que habían hecho y habían visto estos jóvenes en
menos de cuatro años. Su origen obscuro le trajo á la memoria á numerosos
guerreros de Napoleón de nombre célebre y peor origen. Algunos llegaron á ser
reyes, mientras que estos pobres capitanes, una vez
terminada la guerra, tendrían que volver, cargados de gloria, á sus antiguas
ocupaciones, batallando diariamente por la conquista del pan.
Se separaron, conviniendo en verse después de la comida, para firmar el
acta de las condiciones del encuentro. Los cuatro estaban de acuerdo. Pero al
mencionar dicha cifra, Toledo se fijó en que sólo eran tres. Lewis había
asistido con cierta impaciencia á los largos exordios de la entrevista en un
diván del atrio del Casino.
—Un amigo me espera.... Vuelvo al momento.
Y se había metido en las salas de juego, lugar vedado á los oficiales.
No podía el coronel hacerse ilusiones sobre la duración de este momento,
á pesar de que iban transcurridas cerca de dos horas. Después de separarse de
los capitanes, encontró á Lewis en una mesa de «treinta y cuarenta», teniendo
ante sus manos un montón de placas de mil francos. Al principio no entendió lo
que Toledo le decía al oído. Tuvo que hacer un esfuerzo para recordar.
—¡Ah, sí; lo del duelo!... Usted tiene toda mi confianza; haga lo que
quiera, firmaré lo que me presente, pero no me levanto aunque me avisasen la
muerte de Lubimoff. ¡Qué día este, amigo mío! ¡Si todos fuesen así!
Y le volvió la espalda para aprovechar el tiempo, antes de que cambiase
el vuelo de la suerte.
El coronel había comido en el Café de París, rumiando mentalmente los
párrafos del acta del encuentro. La consideración de que todos confiaban en su
pericia le hacía ser muy exigente consigo mismo. Deseaba algo conciso y
brillante que inspirase respeto á aquellos muchachos gloriosos. Y pasó más de
una hora garrapateando papeles, rompiéndolos y empezando otros, entre los
restos de sus postres. Trabajo inútil: los dos firmaron en el gabinete de
lectura del Casino, después de pasar una mirada rápida por el texto. A Lewis
tuvo que sacarlo de las salas privadas con toda clase de ruegos y astucias. El
inglés se había olvidado de comer, para no enojar á la fortuna con su ausencia,
¡y este testarudo coronel venía á estorbarle con la
maldita historia del duelo!...
Firmó sin mirar; dió su palabra á los oficiales de que iría á buscarles
en un automóvil para conducirlos á su castillo, y echó á correr inmediatamente,
no sin antes decir á don Marcos con un tono agrio:
—Hasta las cuatro nada más. Si á las cuatro de la tarde no ha terminado
todo, les dejo que se maten á solas y me vuelvo aquí. Es la hora en que
empiezan las tallas magníficas. Lo de hoy va á continuar.
Huyó, sonriendo con lástima de las gentes que se entretenían en cosas
menos importantes.
Al quedar solo, el coronel tuvo que ocuparse de los preparativos del
encuentro. Necesitaba un médico. Buscaría en la mañana siguiente á un viejo
doctor de Monte-Carlo que visitaba de tarde en tarde al príncipe. Necesitaba
pólvora y balas; también se propuso buscarlas al otro día. Necesitaba dos cajas
de pistolas, ¡y sólo tenía una!...
Esto de las dos cajas lo consideraba esencial. Los padrinos del otro no
sabían dónde encontrar la suya. No importa; él se encargaba de buscarla. Lo
indispensable era que hubiese dos, para que la suerte decidiese cuál debían
emplear. Y en ello anduvo hasta cerca de la una de la madrugada, preguntando en
las porterías de los hoteles, haciendo levantarse á gentes que ya estaban en la
cama, subiendo á los salones del Sporting-Club, hasta que un amigo
americano le dió una carta para cierto compatriota maniático y sombrío que
habitaba una «villa», aislada, del Cap-Ferrat. Pensaba realizar al día
siguiente esta gestión; para eso había alquilado un automóvil, gasto enorme
dada la carencia de vehículos y de combustible, pero exigido por la importancia
de sus funciones...
Y ahora estaba en Villa-Sirena, á las dos de la madrugada, limpiando sus
pistolas con lentitud, como si fuesen joyas frágiles.
En el silencio de su dormitorio, lejos de los hombres, influenciado por
la misteriosa soledad de las altas horas nocturnas, que hacen perder sus
contornos á las cosas y á las ideas, se consideró enormemente engrandecido. No; su mundo no había cambiado tanto como él creía.
La prueba era que estaba allí, limpiando unas armas para un duelo.
Al despertar el príncipe en la mañana siguiente, no encontró á su
«chambelán». El automóvil de alquiler se lo había llevado á las siete, para que
completase sus preparativos.
Vagó Lubimoff por los jardines, deteniéndose ante los jaulones que
albergaban diversos pájaros exóticos. Luego siguió con mirada distraída las
evoluciones de varios pavos reales extendiendo bajo el sol sus mantos azul y
oro de un negro señorial.
Su viejo ayuda de cámara interrumpió este paseo. Unos hombres con un
carro venían á buscar el equipaje del señor Castro.
Miguel no manifestó sorpresa; podían entregarles todo lo perteneciente á
don Atilio. Pero el doméstico añadió que los mismos hombres querían llevarse
igualmente lo poco que era de la propiedad del señor Spadoni, noticia que
asombró al príncipe. ¡También éste!... ¿Qué motivo tenía para abandonarle?...
Pasó su vista por una breve carta dirigida al coronel y firmada por
ambos. Castro arrastraba en su fuga al inconsciente pianista.
«Está bien—pensó—; que se vayan todos, que me dejen solo. ¡Si creen que
con eso van á hacerme desistir de que cumpla mi voluntad!...»
Después reanudó su paseo.
Sólo le quedaban unas horas para verse enfrente de aquel joven tan
aborrecido por él. Lo iba á suprimir con frialdad, para que no continuase
siendo un estorbo; lo mataría, estaba seguro de ello. Las condiciones ideadas
por el coronel eran suficientes para que un tirador de su fuerza abatiese al
adversario. Le bastaba un solo tiro.
Por un instante pensó en ir al fondo de sus jardines, donde algunas
veces se entretenía tirando. Era oportuno ejercitar el pulso; la pistola ofrece
sorpresas. Luego desistió, por parecerle indigno el añadir estos preparativos á su evidente superioridad. Aquel adversario mediocre
no podía ejercitarse á estas horas; le faltaban los medios en Monte-Carlo,
donde no tenía otras amistades que las de los compañeros convalecientes y
algunas damas.
¡El, en cambio!... Extendió su brazo musculoso, teniéndolo rígido unos
segundos con la vista fija en el puño. Ni el más ligero temblor: colocaría su
bala donde quisiera. El pobre Martínez podía darse por muerto... Y ningún asomo
de remordimiento turbó el infernal orgullo de su fuerza implacable.
Era tan enorme la conciencia de su superioridad, tan absoluta su certeza
en el resultado, que al fin acabó por sentir dudas: esa desazón que infunde el
misterio de lo que aún está por realizarse.
Acudieron de golpe á su memoria relatos de combates en los que el débil
triunfa inesperadamente del fuerte, por un obscuro dictado de la justicia
inmanente. Recordó muchas novelas en las que el lector suspira de satisfacción
al ver que el héroe, simpático y modesto, puesto en peligro de morir por el
«traidor» de la obra, más fuerte y malo que él, no sólo salva su vida, sino que
además mata por una feliz casualidad á su adversario, con lo que se demuestra
la existencia de algo superior y equitativo que las más de las veces parece que
duerme, pero en ciertos momentos despierta, dando á cada uno su merecido. Desde
los tiempos de David, el pastorzuelo descalzo, matando de una pedrada al
desaforado gigante vestido de bronce, la humanidad gustaba de estas historias.
La pistola era un arma caprichosa, más dúctil que otras á las soluciones
absurdas de la fatalidad. ¿No caería él, con toda su maestría, bajo el primer
tiro del pobre teniente?...
Volvió á tender el brazo, como poco antes, contemplando su puño cerrado.
Luego sonrió, con aquella sonrisa de sus antepasados que daba á su rostro una
fealdad mogólica. ¡Fábulas de la tradición, invenciones de los novelistas para
halagar al público en su sensiblería igualitaria! El fuerte siempre es el
fuerte. Dentro de unas horas el estorbo quedaría anulado, sin emoción y sin remordimiento, como deben hacerlo los hombres
superiores.
Un estrépito procedente de la vía férrea le sacó de estos pensamientos.
Era un tren de soldados que avanzaba, como todos los otros, envuelto en gritos,
aclamaciones y silbidos. Rodaba hacia Italia, en sentido inverso de los
numerosos trenes que venían al frente francés. El príncipe se dirigió á una
terraza de su jardín, cuya muralla de piedras y flores descendía hasta la vía
férrea. Los vagones parecieron desfilar voluntariamente ante sus ojos,
mostrándole en una curva uno de sus lados, y luego la cara opuesta al llegar á
otra curva, donde se perdían.
El uniforme de estos combatientes desorientó por un momento al príncipe,
como una novedad inesperada. Iban vestidos de sarga negra, con el cuello de la
blusa abierto y los brazos arremangados. En la cabeza llevaban un gorrito
blanco con las alas levantadas, semejante á los barquichuelos de papel que
construyen los niños.
Los reconoció al fin; eran marineros de los Estados Unidos, un batallón
de fusileros de la flota que iba á Italia para que la bandera de las rayas y
las estrellas representase á la gran República en las cumbres de hielo de los
Alpes y en los pantanos ardorosos del Véneto.
Con la celeridad de las visiones mentales, que muestran, superpuestas y
claras al mismo tiempo, un sinnúmero de imágenes diversas, el príncipe
contempló los puertos de la América del Norte visitados en su juventud,
colmenas acuáticas en las que se reconcentran todo el trabajo y la riqueza de
la tierra; las ciudades monstruosas, interminables, pobladas como naciones,
donde la libertad y el bienestar de la vida parecen haber llegado á sus últimos
limites... ¡Y estos hombres abandonaban las comodidades de una existencia
sabiamente organizada, sus fructíferos negocios, su trabajo ampliamente
remunerado, sus inmediatas esperanzas de fortuna, para morir tal vez en el
viejo mundo por ideas, sólo por ideas, pues no buscaban nuevos pedazos de
terreno ni indemnizaciones!... ¡Y hasta ahora, el vulgo había considerado á su
país como el más positivo, como el menos poético é idealista, llamándolo la
tierra del dólar!... ¡Luego era verdad que las
ideas generosas son algo más que palabras, ya que millones de hombres salvaban
los mares para dar su sangre por ellas!...
Los marineros, después de atravesar el caserío de Monte-Carlo entre
estandartes y aclamaciones, entraban en pleno campo, perdiéndose sus gritos sin
eco alguno. Por esto su atención se concentró en aquella terraza florida y en
el hombre asomado á ella. Fué como una revista: los vagones, uno por uno, se
animaban al pasar ante el príncipe. De todas las ventanillas surgían brazos
arremangados agitando gorros blancos. Sobre los techos, algunos mocetones
manoteaban con los brazos extendidos y las piernas abiertas, mientras el viento
hacía ondear los pliegues de sus pantalones negros sobre unas polainas claras.
Más de mil bocas fueron saludando al solitario de la terraza con silbidos
alegres, hurras ó gritos ininteligibles, que servían de escape á una juventud
exuberante, hambrienta de peligro y de gloria, regocijada y curiosa á través de
un mundo viejo que para ella era nuevo.
Lubimoff permanecía inmóvil, acodado en la baranda, con la mandíbula en
una mano, como si no viese este río encajonado de hombres deslizándose más
abajo de sus pies. Los ruidosos marineros, al alejarse, volvían la cabeza,
repitiendo sus gritos y saludos, como si quisieran despertar á esta figura
humana, rígida y adherida á la balaustrada lo mismo que si formase parte de su
ornamentación.
Había olvidado completamente sus ideas y preocupaciones de poco antes.
Sólo veía este raudal de jóvenes corriendo hacia el peligro y la muerte por
unos cuantos ideales, simples y hermosos como su salud primaveral. Venían del
otro lado de la tierra con la fe sencilla que realiza los grandes milagros de
la Historia; y mientras tanto, el príncipe Lubimoff, que, en fuerza de rebuscar
ideas superiores y sensaciones exquisitas, había acabado por no creer en nada,
estaba allí, en una baranda de su jardín, calculando el medio más seguro de
matar á un hombre, un hombre útil, igual á estos que pasaban.
La imagen de Castro surgió en su memoria. También éste
había presenciado dos días antes el paso de un tren. Recordó su impresión, tan
honda y poderosa, que le había impulsado á abandonar Villa-Sirena, rompiendo
con su pariente. Vió, tal como él se lo había descrito, el rostro amargo de
aquel soldado rojo que lo insultaba con su desprecio.
—¡Aún queda un lugar!...
Los fusileros americanos continuaban sus silbidos, sus gritos de
exuberante juventud; pero á él le pareció que estas voces y estos manoteos
decían lo mismo que el otro, invitándole con irónica cortesía: «¡Ven; aún queda
un lugar!» Algo más se callaban, pero él lo oyó en el interior de su cerebro
como el bordoneo de una campana remota. Se había considerado un hombre valeroso
que, por distinción, por sibaritismo, por refinada indiferencia, quería
mantenerse al margen de las cosas que apasionan al resto de los mortales. Pero
el lejano campaneo protestaba, zumbando la misma palabra: «¡Cobarde! ¡cobarde!»
Anduvo meditabundo por el jardín hasta que llegó Toledo, pasadas las
doce. Almorzaron apresuradamente, y el coronel hizo varias indicaciones. Su
sabiduría en materia de duelos, frondosa y de infinitos brazos como el árbol de
la ciencia, tocaba con una de sus ramas á la cocina. Nada de carnes ni de vino;
debía guardar sereno el pulso. (Y al mismo tiempo hacía votos por que los tiros
fuesen sin resultado, pues ambos contendientes le inspiraban igual interés.)
Unos huevos blandos, nada más; poco líquido. En el último momento debía
acordarse de aligerar su vejiga. ¡Terrible un balazo con derrame interior!...
El pensaba en todo.
Subió á su habitación, para revestirse con la levita de los desafíos.
Había llegado el momento de oficiar. Quedó indeciso ante el espejo, apreciando
la falta de concordancia entre esta prenda majestuosa y el sombrero hongo que
le servía de remate. ¡Ah, la guerra! Sonrió ante la suposición absurda de
haberse presentado así, cuatro años antes—como quien dice cuatro siglos—, en
aquellos duelos de París, donde padrinos y adversarios
sólo podían ir decentemente en busca de la muerte con sombrero de copa de ocho reflejos.
A pesar de haber prescindido de este tocado solemne, sospechó que podía
ofrecer un aspecto algo ridículo al verse en el automóvil, sentado junto al
príncipe, con su larga levita y las dos cajas de pistolas sobre las rodillas.
El carruaje se detuvo en el bulevar de los Molinos, frente á la casa del
médico. Pasaban militares convalecientes, unos con los ojos inmóviles, dando
golpes de bastón ante sus pasos, otros vacilantes por la debilidad ó las
amputaciones.
Una voz femenina, suave y dulce, saludó al príncipe. Era una enfermera
delgadísima que avanzaba llevando del brazo á dos oficiales ciegos. Miguel y
don Marcos reconocieron á la sobrina de Lewis. Ella les sonrió, mostrándoles
los dos mocetones ingleses á los que servía de lazarillo; dos Apolos rubios,
tostados por el sol, con la nariz que descendía recta de la frente, la
dentadura brillante, el cuerpo esbelto y armoniosamente membrudo, pero los ojos
apagados y un gesto trágico en la boca, de desesperación, de protesta, al verse
muertos en vida.
—Son mis dos flirts, ¿Qué les parecen?
Bromeaba para alegrar á sus acompañantes, con aquel regocijo de virgen
atrevida y dolorosa que iba esparciendo un pálido rayo de sol septentrional por
ambulancias y hospitales. Parecía fabricada toda ella con pasta de hostia,
frágil, anémica, de una blancura que clareaba á la luz, lo mismo que un cristal
turbio. Y se alejó, guiando como niños á los dos ciegos, desesperados y
hermosos, que erguían toda la cabeza por encima de la suya. Una leve presión de
sus dedos podía aplastar este cuerpo de fanal, todo luz, sin otra materia que
la precisa para transparentar y guardar la llama interior.
—¡Adiós, lady!—dijo el príncipe.
Don Marcos se estremeció al oir su voz; una voz grave que no había
conocido nunca, una voz temblorosa como un cántico sentimental en cuyo fondo
goteasen lágrimas.
Depositó el médico sobre la raída alfombra del automóvil su caja de operaciones. Con ésta ya eran tres. Sólo
entonces se decidió el coronel á desembarazarse de sus dos cajas preciosas,
colocándolas sobre la del doctor.
Se lanzó el carruaje montaña arriba, por un camino de violentos zigzags.
Al final de cada ángulo se mostraba Monte-Carlo, más hundido, más pequeño, como
una ciudad de caja de juguetes, con los tejados rojos y muchas hormigas
siguiendo el hilo de sus calles para aglomerarse en la plaza. En cambio, el mar
remontaba su lomo, crecía en altura por momentos, devorando con su mandíbula
azul y rectilínea un pedazo de cielo á cada revuelta de la ascensión.
Sobre la cumbre iba agigantándose el volumen de una mole de albañilería:
«El Trofeo», título que había acabado por convertirse en La Turbie, nombre
medioeval del pueblecillo amurallado y pardo que se apretuja alrededor del
monumento. Dos columnas esbeltas de mármol blanco adosadas á la mampostería y
un trozo de cornisa era todo lo que quedaba del más soberbio de los trofeos
romanos; torre de treinta metros, con una estatua gigantesca de Augusto en su
remate, que marcaba sobre los Alpes el límite entre las tierras del Imperio y
las Galias conquistadas.
El automóvil, dejando atrás el villorrio de La Turbie, corría ahora por
la antigua vía romana.
—Veo á las legiones—murmuró gravemente don Marcos.
Era una manía. Nunca había tenido suficiente imaginación para ver á las
legiones por sí mismo; pero después de presenciar en una cinta cinematográfica
un desfile de figurantes con las piernas desnudas y la espada al hombro
siguiendo al caballejo de Julio César, la vida militar romana no guardaba para
él misterio alguno, y cada vez que subía á La Turbie repetía lo mismo: «Veo á
las legiones.»
Minutos después olvidó su guerrera resurrección para señalar varias
construcciones de un gris azulado que las hacía confundirse con la colina
situada á sus espaldas. El castillo de Lewis. Fueron destacándose de él torres
sueltas unidas por puentes á la masa cuadrada del edificio; torres albarranas
que flanqueaban las puertas; techos agudos de
pizarra, con doble fila de buhardillas; techos que sólo tenían el costillaje de
madera, á través del cual se veía el espacio, como si su relleno hubiese sido
devorado por un incendio; muros á medio construir, que bajaban en ángulo recto
lo mismo que un cartabón de piedra clavado en el suelo por su filo más largo.
El castillo podía confundirse de lejos con una ruina abandonada. Lewis,
perdida la esperanza de poderlo terminar, declaraba de buena fe que así era
mejor, pues le evitaba el trabajo de adornarlo con ruinas artificiales. Tenía
el aspecto de una fortaleza de leyenda, como las que había descrito su padre el
historiador, hecha para los cielos grises, para las selvas de húmedo verde, y
parecía querer escapar de este paisaje tostado por el sol, de vegetación
parsimoniosa, huyendo del contacto con los olivos, los cactos y los leñosos
matorrales cubiertos de rudas flores.
Descendieron del automóvil en una planicie limitada por dos cuerpos de
edificio que formaban ángulo. Era el patio de honor, la plaza de armas del
futuro castillo. En los otros dos lados, unos muros que sólo se elevaban un
metro sobre el suelo indicaban la traza de lo que podría ser este patio algún
día, si la suerte dejaba de mostrarse adusta con el propietario. En el fondo
abierto de la planicie estaba otro automóvil de alquiler, y junto á él los tres
militares.
Acudió Lewis á saludar al príncipe. Hacía poco que habían llegado, y
como tenía prisa, se encaró inmediatamente con el coronel.
Don Marcos era el oráculo que había que consultar para no perder tiempo.
¿Podrían resolver el negocio allí mismo?... ¿No sería mejor detrás del
castillo, en un huerto rodeado de viejos olivares?...
El coronel, con una caja en cada brazo, fué examinando el terreno. Lo
único que le preocupó en los primeros instantes fué su propia persona.
Decididamente se veía ridículo. Aquellos tres oficiales, con sus uniformes; el
príncipe, con un traje de calle azul obscuro; el médico, vestido de viejo, como
siempre; Lewis, con un gran sombrero de paja, sin el cual no podía andar por su
castillo, ¡y él envuelto en su levitón solemne, que parecía asustar
á los palomos refugiados en los aleros y los muros ruinosos!...
Después de echar un vistazo detrás del castillo, se decidió por el
patio, limpio de árboles. Colocaría á los contendientes de modo que sus figuras
no resaltasen sobre un fondo de pared.
Lewis, á pesar de sus prisas, creyó necesario hacer los honores de la
casa. «¿Una copa de whisky?...» Como no le habían dado tiempo para
prepararse, y él habitaba ahora en Monte-Carlo, su despensa estaba vacía. Pero
esperaba dar con una buena botella buscando un poco. ¿En qué casa respetable no
se encuentra whisky para los amigos?
—Cuando terminemos, lord—dijo el coronel, escandalizado por esta
invitación que atentaba contra los ritos.
Los cuatro padrinos y el médico estaban en una sala del piso bajo,
adornada con trofeos de armas antiguas. Los dos adversarios habían sido
olvidados en el patio, como actores que esperan su turno para mostrarse.
Toledo abrió las cajas de pistolas, dando á los dos capitanes la que
había buscado aquella mañana en el Cap-Ferrat. La suerte iba á decidir cuál de
ambas emplearían.
—No es necesario—dijo el parisién—. Lo mismo da una que otra. Dispóngalo
todo como mejor le parezca.
Protestó don Marcos contra este deseo irreverente de acortar las
ceremonias. Era preciso: estaban allí para un asunto muy grave.
Una pieza de cinco francos brillaba un su mano. ¡Lo que le había costado
adquirirla! De todas sus gestiones en la mañana, ésta había sido la más larga y
penosa. La moneda estaba oculta, á causa de la guerra. No se encontraba mas que
papel, y él no podía echar suertes con un billete de cinco francos. Había
tenido que rogar á uno de los altos personajes del Casino que le proporcionase
este redondel precioso.
—¿Cara ó cruz?
Y al favorecer la suerte á sus viejas pistolas, sintió un gran regocijo
interior. ¡Empezaba á triunfar!
El médico, mientras tanto, miraba afuera por la puerta del salón, con
cierta extrañeza, casi con escándalo, fijando luego sus ojos en el coronel. Al
fin le llamó aparte. ¿Aquel teniente era el que iba á batirse con el
príncipe?... Lo conocía; un amigo suyo, médico militar, le había hablado de él
como de un caso asombroso de vitalidad. Era un horrible disparate lo que
estaban proyectando: casi un asesinato. Tal vez cayese redondo antes de que
sonase el primer tiro. Le habían hecho una operación audaz en el cráneo; vivía
milagrosamente, podía morir de un modo fulminante á la menor emoción.
Y don Marcos tuvo una respuesta heroica, digna de él.
—Doctor, para un hombre de éstos, batirse no es una emoción.
Procedió con lenta gravedad á lo más delicado de su ministerio: cargar
las pistolas. Los dos capitanes siguieron con mirada curiosa esta operación
desconocida por ellos, á pesar de que se imaginaban haber visto tanto. El
parisién casi rió al contemplar cómo manejaba Toledo la diminuta cuchara de
marfil que contenía la carga de pólvora, examinándola escrupulosamente antes de
verterla en el cañón del arma, con cierto miedo de haber echado un grano más en
uno que en otro. El coronel estaba seguro de que este heroico burlón se
divertía con sus precauciones meticulosas... Pero no podría negar que le
interesaba la novedad de la ceremonia.
Lewis salió para disponer que los automóviles se alejasen hasta una
arboleda cercana. Un verdadero disgusto para los dos conductores. Obedecieron á
regañadientes, con el propósito de volver, aunque fuese arrastrándose, y
presenciar el espectáculo.
Toledo dejó las dos pistolas sobre una antigua mesa veneciana. Ya
estaban listas; que nadie las tocase: eran algo sagrado. Luego, su mirada, al
pasar sobre el muro inmediato, su animó con un resplandor de inspiración; y de
una panoplia descolgó dos espadas herrumbrosas, saliendo con ellas al patio.
Abandonados de sus padrinos, los contendientes habían empezado á
pasearse, fingiendo que no se veían y sorprendiéndose
mutuamente cuando se miraban con el rabillo del ojo.
Los dos volvieron de golpe á la misma situación de la tarde anterior,
como si no hubiera transcurrido el tiempo, como si estuviesen aún en lo alto de
las gradas del Casino.
Todo lo que el príncipe llevaba pensado en las últimas horas y le había
seguido hasta allí, como un esbozo de remordimiento, se desvaneció de golpe.
¡Este caballerito era el que había intentado abofetearle á él... al príncipe
Lubimoff!... Pronto iba á convencerse de lo que cuesta semejante atrevimiento.
Pero su cólera parecía menos violenta que en el día anterior, más
razonada, como obra exclusiva de su voluntad; y esta blandura acabó por
irritarle contra sí mismo.
El otro era más instintivo en su rencor. Al mirar al príncipe veía al
mismo tiempo la suave imagen de aquella gran dama, su protectora. Porque era
rico, había querido atropellarle, tratándolo como á un siervo de sus lejanas
tierras... Todo lo mejor de la vida había sido para él, ¡y aún pretendía
apoderarse de las migajas perdidas que tocan á los infelices!... Ignoraba cómo
se mata á un hombre en estos combates reglamentados; pero deseaba matar, y
sentía la absoluta confianza en sí mismo que le había empujado allá en las
trincheras en los días más crueles de peligro y de éxito.
La presencia de don Marcos con una espada en cada mano turbó sus
reflexiones y paseos, dejándolos inmóviles. El coronel miró al cielo, luego dió
varios pasos en distintas direcciones, para evitar que uno de los contendientes
quedase colocado frente al sol.
Finalmente clavó en tierra con fiereza una de sus espadas. Le había
parecido más apropiado al carácter del lugar el valerse de estas armas
antiguas. Las encontraba más en concordancia con el romántico castillo de
Lewis, que dos estacas ó dos bastones. Pero su satisfacción por este hallazgo
duró poco. Al levantar los ojos, vió al príncipe, vió á Martínez...
¡Pobre coronel!... Hasta entonces había procedido como el sacerdote que
se embriaga con sus propias oraciones y en propio
incienso, sin pensar á quién los dedica. Había preparado este acto con el
fervor ciego de un profesional que reanuda sus funciones después de varios años
de inacción, y sólo piensa en ellas, no acordándose del que se las encarga.
Todo lo había hecho con arreglo á los ritos, para que dos caballeros pudieran
matarse dentro de la más estricta corrección; pero ahora, en el momento
supremo, se daba cuenta por primera vez de que estos dos hombres eran su
príncipe y Martínez, su compatriota, su héroe.
Se extrañó de cómo había podido llegar hasta allí. Experimentaba el
asombro del ebrio que recobra la razón entre los objetos rotos por su feroz
inconsciencia. Recordó las palabras de Castro y del médico; ¿cómo no había
visto él que este duelo era un disparate? El arrepentimiento cosquilleó en sus
ojos con una sensación húmeda; pero ya era tarde. Debía continuar, aunque le
faltase la serenidad.
Lo único que había olvidado en sus minuciosos preparativos era la cinta
métrica, y vió en esta omisión un auxilio de la Providencia. Partiendo de la
espada fija en el suelo, empezó á marchar para medir el terreno con sus pasos.
No fueron pasos; fueron zancadas enormes, verdaderos saltos. Ahora sí que
estaba convencido de la ridiculez de su aspecto, abiertos como alas los
faldones del levitón é incesantemente repelidos por unas piernas incansables.
«Quince pasos...» Y clavó la segunda espada.
Por su gusto, hubiese ido hasta el otro extremo del descampado; tal vez
hasta donde aguardaban los automóviles. Luego consideró con turbación el
terreno medido. Seguramente pasaba de veinte metros, ¡una falsedad! ¡una
villanía!... ¡Que Dios y los caballeros se lo perdonasen!
Otra vez salió á luz la pieza de cinco francos. Había que sortear el
sitio de cada contendiente. El capitán parisién acogió la proposición con aire
aburrido.
—¡Pero si le he dicho que haga lo que quiera!...
Lewis runruneaba de impaciencia por debajo de su bigote.
Cuando la moneda hubo marcado el lugar de cada uno,
don Marcos colocó al príncipe delante de una espada.
—Marqués: el sombrero—dijo en voz baja.
Lubimoff, comprendiendo esta indicación, se despojó del sombrero,
arrojándolo á gran distancia. Su adversario no podía batirse con el kepis
puesto; su color amarillento y la cifra de la Legión bordada más arriba de la
visera le daban una visualidad inadmisible. Su uniforme era también una
preocupación para Toledo, que se esforzó por suprimir en él todos los detalles
vistosos.
Asistido por uno de los capitanes, procedió á despojar á Martínez de sus
adornos de gloria, después de colocarlo junto á la otra espada. Fué como una
degradación. Le quitaron su kepis, luego las condecoraciones, el cordón rojo
que pendía de su hombro, la correa avellanada que cruzaba su pecho, el cinturón
del mismo color que oprimía su talle. El teniente pareció más pequeño y
desmedrado dentro de su uniforme suelto y sin adornos. El parisién, siempre
alegre, lo comparaba á un pájaro desplumado.
Creyó necesario el coronel repetir en alta voz las condiciones del
duelo. El príncipe las sabía y estaba avezado á estos encuentros. Martínez era
el que necesitaba sus indicaciones. Después que él, como director del combate,
diese la voz de «¡Fuego!», contaría lentamente «Uno, dos, tres». Podían apuntar
y disparar en este espacio de tiempo. ¡Mucha atención, teniente! Don Marcos
habló con una gravedad trágica.
—Si hace usted fuego antes del uno ó después del tres,
será declarado felón.
Esto de ser declarado felón asustó al joven. No sabía con certeza lo que
era, pero le impresionaba el gesto del coronel al pronunciar la terrible
palabra. Ya no pensó con tanta vehemencia en matar á su adversario; este deseo
pasó á segundo término. Tampoco pensó en que podía morir. Su única preocupación
fué calcular bien el tiempo, obedecer la orden, no entretenerse en apuntar;
hacer fuego antes del terrible tres, para que no le diesen aquel
título horripilante y misterioso.
Don Marcos entró en el castillo y volvió á aparecer con las dos pistolas
cargadas. Dió una al príncipe. Este no necesitaba
lecciones. Puso la otra en la diestra del teniente, y le indicó cómo debía
mantenerse, el brazo doblado, el arma en alto, todo el cuerpo bien de perfil.
Todavía insistió en sus indicaciones. ¡Cuidado con equivocarse! Ya lo sabía: uno...
dos... tres.
Quedó en mitad de la distancia que separaba á los adversarios,
apartándose unos cuantos posos nada más de la línea de tiro. En aquel instante
deseaba morir, para que los dos resultasen indemnes.
Se despojó del sombrero con solemnidad, é hizo un gesto de tristeza.
—Señores...
Durante toda la mañana, al ir de un lado á otro realizando sus
preparativos, no había dejado de pensar en lo que diría en este momento,
fabricando una soberbia pieza oratoria, breve y conmovedora. Muchas veces había
hablado en los duelos, mereciendo la aprobación de los otros padrinos, viejos
generales, gentes expertas, acostumbradas á tales actos. Pero la corta arenga
de hoy iba á ser la mejor de sus obras.
«Señores...», repitió. Vacilaba, no sabía qué añadir, todo se había
borrado de su memoria. Con una voz balbuciente fué diciendo lo que se le
ocurría, sin orden alguno, sin que una sola de sus palabras le recordase las
frases que había cincelado horas antes. «Aún era tiempo... un poco de buena
voluntad; los dos eran hombres de valor que habían hecho sus pruebas... No es
deshonrosa una explicación en el último minuto.»
Sus palabras se perdieron en un silencio emocionante. Pero este silencio
no era absoluto. Alguien se movía á espaldas del coronel, dando con el pie en
el suelo. Era Lewis, que consultaba, enfurruñado, su reloj. Más de las tres; ya
estarían empezando las buenas series en el Casino.
Quiso terminar. Además, le daba miedo la figura inmóvil y rígida de su
príncipe con la pistola en alto. Nunca lo había visto tan feo. Su color era
terroso, tenía la mirada bizca y los pómulos salientes. En un momento se había
transfigurado, como si el salvajismo de los remotos abuelos, despertando en su
interior, se le hubiese subido al rostro.
—Puesto que no hay avenencia posible....
Ahora creyó el coronel haber atrapado la última parte de su fugitivo
discurso. Pero el hilo de brillantes palabras se le escapaba otra vez, y
obligado á improvisar, terminó solemnemente:
—¡Adelante, señores! El honor... es el honor; y las leyes de los
caballeros... son las leyes de los caballeros.
Sonó á sus espaldas un murmullo de aprobación. Era la voz del antiguo
revendedor de billetes de teatro. «¡Bravo! ¡Muy bien!» Pero no quiso enterarse.
Con aquel hombre nunca se sabía cuándo hablaba en serio.
—¿Listos?...
El silencio de los dos adversarios dió á entender al coronel que podía
seguir sus voces de mando.
—¡Fuego!... Uno...
Sonó un tiro. Martínez, que sólo pensaba en el terrible tres,
había disparado.
Vió enfrente al príncipe, que parecía mucho más alto; vió el agujero
negro de su arma, y sobre este agujero un ojo de glacial ferocidad escogiendo
un punto en su persona para enviar la bala obediente. Y con una arrogancia
maquinal giró sobre sus talones, para no permanecer de perfil, ofreciendo todo
el ancho de su cuerpo.
Los cuatro padrinos no vieron esto. Sus ojos habían convergido en
Lubimoff, que era la muerte.
El tiempo se contrae y se dilata, según las emociones de los hombres. Su
medida y su ritmo dependen del estado del alma humana. Unas veces galopa
vertiginosamente en los relojes, que parecen locos; otras se desploma, se niega
á seguir su marcha, y las milésimas de segundo abarcan más emociones que los
meses y los años de la vida ordinaria. Los cuatro testigos experimentaron la
misma sensación que si el día se hubiese, paralizado, quedando el sol inmóvil
para siempre. El tiempo no existía.
—¡Dos!—suspiró don Marcos, y le pareció que sus labios no acababan nunca
de proferir esta palabra, como si estuviese compuesta de una cantidad infinita
de sílabas.
Lewis había olvidado la existencia del Casino; sólo veía
lo presente. El capitán bordelés, echando el cuerpo adelante, se apoyaba sobre
su pie herido, sin sentir ningún dolor; el otro juraba entre dientes, haciendo
vibrar su junco. El médico, por instinto profesional, se inclinó sobre su caja
de operaciones puesta en el suelo.
¡Iba á matarlo! Los cuatro estaban convencidos de que iba á matarlo. Una
implacable expresión de seguridad, de feroz aplomo, se desprendía de aquel
hombre inmóvil, con el brazo tendido, duro é inconmovible. Era tan fatal la
expresión de su rostro de calmuco, con un ojo contraído y otro muy abierto, que
todos vieron una línea ilusoria desde la boca de su pistola al pecho del que
estaba enfrente, un camino que la pequeña esfera de plomo iba á seguir con
inexorable rectitud.
Orgulloso de su superioridad, el príncipe retardaba el momento de dar la
muerte, por una especie de coquetería salvaje. Tenía al enemigo bajo su zarpa,
podía juguetear con él durante estos tres momentos que valían por siglos.
En la vertiginosa superposición de imágenes que volteaba dentro de su
pensamiento vió á la princesa, su madre, hermosa y arrogante, tal como era
cuando le relataba, siendo pequeño, las grandezas de los Lubimoff. Luego vió á
su padre, el general, sombríamente bondadoso, diciendo con su voz ronca: «El
fuerte debe ser bueno...»
Al pensar en el padre, su pistola se desvió un poco, pero inmediatamente
rectificó la puntería.
Un tren pasaba por su imaginación con lentitud. Soldados franceses. Vió
á Castro y al rojo insolente que le ofrecía un lugar. Otro tren avanzó en
dirección inversa, un tren interminable, que iba saliendo de las profundidades
del Océano. Hurras, silbidos, blusas negras, cuellos azules, gorritos que
parecían de papel. «¡Buenas tardes, príncipe!» Una sonrisa luminosa de virgen
anémica: lady Lewis con sus dos ciegos, hermosos y trágicos...
Su pistola bajaba. Vió por encima de ella todo el cuerpo de su
adversario, guerrero obscuro, condenado á morir más ó menos pronto á causa de
las heridas recibidas por una tierra que no era la suya y por una causa que era
la de todos los hombres.
—¡Tres!—dijo el coronel.
Pero antes de que terminase esta palabra sonó un tiro. La hierba del
suelo se agitó en ondas que se alejaron bajo el rebote de la bala invisible.
Este guadañazo pasó cerca de las piernas del director del combate; pero
don Marcos no estaba para reparar en ello. Un regocijo infantil le hizo correr
sin objeto. Su levita parecía reir con el aleteo de sus faldones.
Tan alegre estaba, que casi abrazó á Martínez. Debía darse la mano con
el príncipe; era necesaria una reconciliación.
El oficial se resistió al consejo. Tenía sus dudas sobre el final del
combate; el príncipe había disparado apuntando al suelo, y él no aceptaba que
le perdonasen la vida.
—Joven—dijo con autoridad don Marcos—, usted es novel en estos asuntos.
Déjese guiar por los que saben más, y dele la mano al príncipe.
Inmediatamente fué en busca de Lubimoff.
Lo vió en el mismo sitio. Había arrojado la pistola y se cubría la cara
con las manos.
El único que estaba junto á él era Lewis.
—¡Vamos, príncipe! ¿qué es eso?... ¡Serenidad! Tal vez una buena copa
de whisky...
Toledo oyó un estertor angustioso, un jadeo de pecho oprimido.
Respetuosamente apartó una de las manos del príncipe, dejando su rostro
al descubierto. Ahora era de un tono de ladrillo, abrillantado por el sudor y
las lágrimas.
Lubimoff lloraba.
El coronel recordó á la difunta princesa en sus días de humor
tormentoso, cuando, después de una explosión de cólera, se retorcía, pidiendo
que la perdonasen, entre llantos histéricos.
Al tirar suavemente de esta mano, se sintió seguido por el príncipe,
inerme y sin voluntad. Martínez aguardaba á pocos pasos.
—Dense las manos. Todo ha terminado. Los caballeros son siempre...
caballeros.
Y entonces ocurrió algo inesperado que produjo un largo silencio de
sorpresa y de asombro.
Miguel dobló su cuerpo, se encogieron sus rodillas, se llevó á la boca
aquella mano que tenía en la suya, con el mismo gesto humilde de los siervos de
la estepa ante sus poderosos abuelos.
Luego la besó, mojándola con sus lágrimas.
Ocho días llevaba Lubimoff sin salir de Villa-Sirena. En sus
conversaciones con el coronel—único compañero de esta vida solitaria—había
evitado toda alusión á lo ocurrido en el castillo de Lewis. Don Marcos, por su
parte, se mostraba de una discreción absoluta, como si tuviese olvidado el
duelo y el extraño final que le había dado el príncipe; pero éste adivinaba en
su silencio muchas cosas molestas para él.
Los otros padrinos debían haberlo contado todo. ¡Qué de comentarios! Y
el miedo á encontrarse con las gentes, que sin duda repetían su nombre á todas
horas, le hizo permanecer recluído, esperando que le olvidasen. Alguien
perdería ó ganaría en el Casino una suma importante, y esto bastaba para que
los curiosos dejasen de hablar de él.
Empezó á pesarle la soledad como un suplicio. Ya estaba fatigado de
pasear siempre por sus jardines, que le parecían estrechos y monótonos. Además,
la sobrina de Lewis, abusando de su autorización, llegaba cada tarde con una
escolta de ingleses heridos, siempre diferentes. Correteaba con ellos por las
avenidas entre los gritos de las aves exóticas, formaba grandes ramos de
flores, y él tenía que ocultarse en los pisos altos huyendo de esta alegría
infantil, á la que encontraba algo de desesperado y fúnebre.
Las noches le parecían interminables. Pensaba con nostalgia en las
plácidas veladas de «los enemigos de la mujer», cuando Spadoni se sentaba al
piano ó hacía cálculos infinitos, siempre doblando;
cuando Novoa exponía sus paradojas científicas y Castro relataba las aventuras
de su abuelo el «Don Quijote rojo»... ¿Dónde estarían ahora estos compañeros de
soñolienta felicidad?
Atilio le interesaba especialmente. Dos veces había preguntado por él á
don Marcos, sin que éste se mostrase muy claro en sus explicaciones. «No le
encontraba nunca en el Casino; se abstenía sin duda de frecuentarlo por miedo
al juego.» Presintió que el coronel sabía algo más y se negaba á hablar por
discreción.
Una mañana, el tedio del encierro galvanizó su decaída voluntad. ¿Por
qué no ir en busca de aquellos amigos? Tal vez si él daba el primer paso
conseguiría reanudar las relaciones con ellos, restableciendo su antigua vida.
Cuando iba á salir, el coronel le detuvo para hablarle otra vez de un
asunto que les había ocupado la noche anterior. ¿Qué respuesta debía dar al
apoderado de París?... Aquel nuevo rico comprador del palacio del parque
Monceau deseaba adquirir también Villa-Sirena. El administrador comunicaba su
última oferta: millón y medio de francos. No daría más, y era preciso contestar
urgentemente, antes que su capricho se fijase en otra adquisición.
Miguel levantó los hombros, como si le hablasen de algo sin interés.
—Di que no quiero vender... Mejor será que no contestes. Veremos más
adelante; yo pensaré.
Al bajar del tranvía, en Monte-Carlo, dejó á su izquierda el Casino,
para seguir por los bulevares altos. Iba primeramente en busca de Spadoni, por
ser el que habitaba más cerca. Además, éste debía saber el paradero de Atilio
mejor que Novoa. Tal vez vivían juntos.
Conocía vagamente su domicilio por las burlas de Castro. El pianista era
«guardián de una tumba» sobre el barranco de Santa Devota.
Desde lo alto de un puente vió el príncipe á sus pies este barranco,
cuyas laderas estaban cubiertas de jardines, de «villas» lujosas y de hoteles,
teniendo por fondo el risueño puerto de La Condamine.
Sesenta años antes era un lugar salvaje. Sólo lo visitaban las procesiones venidas desde el amurallado Mónaco
para rendir homenaje á Santa Devota en una iglesia blanca, que aún parecía
ahora más diminuta junto á las arcadas del puente del ferrocarril.
En los primeros tiempos del cristianismo, una barca, guiada por la
voluntad de Dios, que se dignaba conceder una protectora á los habitantes de
Puerto Hércules, había venido á encallar en esta ribera. La barca contenía el
milagroso cadáver de cierta cristiana de Córcega martirizada por los romanos.
Nadie sabía su nombre, y la devoción popular la llamó Santa Devota. Una vez al
año, el día de su fiesta, al cerrar la noche, gran parte del público del Casino
abandonaba la ruleta y el «treinta y cuarenta» para presenciar cómo los
marineros de Mónaco quemaban frente á la iglesia, al son de la música, una
barca vieja, cerrando con esto á la santa patrona todo camino de retorno.
Los campos pedregosos de olivos y nopales estaban ahora cubiertos de
«Palaces», grandes como cuarteles, y sostenían una segunda ciudad alta, que,
extendiéndose por la ladera de los Alpes, unía Mónaco con Monte-Carlo. Este
terreno, vendido á precios enormes, era medio siglo antes un lugar tan
olvidado, que cualquiera de sus poseedores podía disponer sin obstáculo que le
enterrasen en su propiedad.
Un oficial obscuro de Napoleón, nacido en Mónaco y llegado á general en
los tiempos de Luis Felipe, había hecho construir su sepultura en un olivar
sobre el barranco de Santa Devota. El juego hacía surgir después Monte-Carlo
sobre la salvaje meseta de las Espelungas; la lujosa ciudad nueva se ensanchaba
para unirse con el viejo Mónaco, cubriendo de edificios todo el territorio del
principado, y la sepultura del anónimo guerrero quedaba prisionera de este
oleaje de grandes hoteles, palacios y «villas». El olivar de la tumba se vendía
á metros, haciendo la fortuna de los herederos. Entre la sepultura y el borde
del barranco quedaba una meseta, desde la que se disfrutaba la visión de un
panorama magnífico, y un millonario de París se atrevía á construir una casa de
estilo «artista», con jardines en terrazas escalonadas, creyendo empresa fácil
conseguir el traslado del general al cementerio y
la demolición de su capilla-tumba. Pero el muerto estaba en su propiedad, no
podía resucitar para deshacer sus disposiciones testamentarias, perturbadas por
el engrandecimiento inaudito del antiguo Mónaco, y no había poder humano que
echase abajo su última morada.
Miguel había visto muchas veces desde el puerto, sobre las alturas del
barranco, este panteón que iba á servirle ahora para encontrar á Spadoni. Era
un simple dado de albañilería, con las paredes enjalbegadas, cuatro pináculos
en sus ángulos y una cúpula de tejas negras. De lejos parecía un morabito, la
tumba de un santón, ayudando á esta semejanza los grupos de palmeras de los
jardines inmediatos.
Castro le había hecho reir muchas veces contándole la historia del
difunto general y sus ricos vecinos. Los propietarios de la «villa» no podían
dormir con un muerto al otro lado de la pared. Además era un muerto sin nombre,
lo que le hacía más inquietante y misterioso. Nadie llegaba á acordarse del
apellido de este señor que había mandado miles de hombres y aún imponía su
voluntad á los vivos. Alquilaron la «villa» con todos sus lujosos muebles por
un precio módico, y al principio se la disputaban las señoras que juegan en el
Casino. ¡Vivir en un pequeño palacio adornado por famosos tapiceros de París, y
con una vista magnífica, todo por quinientos francos mensuales!... Pero las
arrendatarias se apresuraban á cederse unas á otras esta buena ocasión. ¡Tener
que pasar después de media noche frente al mausoleo del general, cuando volvían
del Casino! ¡No poder abrir las ventanas sin encontrarse con aquella
sepultura!... Además, la maledicencia femenil señalaba sucesivamente á cada
inquilina con el mismo apodo: «la guardiana de la tumba».
Entonces se presentó Spadoni. Castro tenía una idea vaga de que pagó el
primer mes, pero no estaba seguro de ello. Lo que sabía con certeza era que no
pagó más. Los propietarios, residentes en París, habían acabado por aceptar
esta situación, viendo en el pianista un cuidador gratuito de aquella casa que
les inspiraba miedo.
Descendió el príncipe por un amplio camino entre balaustradas
de jardines y muros de roca con penachos floridos pendientes de sus
intersticios. Al ver de cerca el morabito, comprendió la fuga de los vecinos.
El general había sabido hacer las cosas. Los pináculos estaban adornados con
calaveras y tibias, lo mismo que la cruz de hierro que remataba la cúpula. Y
estos símbolos fúnebres, por la fuerza del contraste, aún resultaban más
impresionantes entre el esplendor verde de los jardines inmediatos, bajo un cielo
de crudo azul y un sol deslumbrador, teniendo por fondo el gracioso puerto y la
rizada planicie del mar violeta. La puerta del mausoleo sin nombre no se había
abierto en muchos años, y los vientos amontonaban la tierra en su parte baja.
Entre la verja y las paredes se aglomeraba una vegetación loca, una selva
minúscula, en cuyas espesuras guerreaban y se devoraban los insectos después de
enviar interminables expediciones volantes y rampantes á todas las casas
próximas.
Pasó rozando el panteón para llegar á la entrada de la «villa», hermoso
edificio de arquitectura toscana. La puerta era de complicados herrajes; los
ventanales tenían vidrieras con figuras de colores; sobre el muro gris estaban
incrustados relieves de mármol y escudos antiguos.
Golpeó inútilmente con un dragón de hierro que servía de aldaba. Al fin
apareció en un sendero inmediato, entre dos muros, una mujer greñuda con un
niño en brazos. Era una vecina que prestaba sus servicios á Spadoni cuando se
quedaba en la casa. La presencia de un visitante representaba para ella un
acontecimiento.
—Sí que está—dijo—. ¿No oye usted?
Lubimoff oyó, efectivamente, amortiguado por los gruesos muros, el
tecleo de un piano.
La mujer, convencida de que el artista no llegaría á enterarse de los
golpes del aldabón, desapareció en una revuelta del sendero. Poco después, su
cabeza y el niño que llevaba en brazos surgieron sobre el filo de un muro.
—¡Maestro!—gritó—. Un señor que le busca. ¡Una visita!
Y volvió arreglándose las faldas, como si acabase de bajar de una escala
de mano.
Se abrió aquella puerta de quicio profundo, apareciendo en su hueco
Spadoni.
—¡Oh, Alteza!
Su sonrisa no expresaba asombro. Saludó al príncipe como si lo hubiese
visto el día anterior.
Fué guiándole por corredores y salones sumidos en una penumbra policroma
y que olían á polvo. Hacía muchos meses que los ventanales de colores no habían
sido abiertos ni descorridas las cortinas. El concentraba su existencia en una
sola habitación. Lubimoff chocó con arcones y armaduras, hizo vacilar dos
enormes ánforas japonesas, se enganchó en los numerosos salientes de este
profuso decorado de «estudio romántico» que había estado de moda veinticinco
años antes.
Volvieron finalmente á la luz, una luz esplendorosa que entraba por tres
puertas abiertas sobre una terraza vecina al barranco.
Era el hall de la «villa», adornado con telas y divanes
indostánicos. El príncipe reconoció que Spadoni no estaba mal instalado en «su
tumba». Un gran piano de cola era el único mueble que se mantenía limpio en
esta pieza invadida por el polvo. Sobre el atril permanecían abiertos varios
cuadernos de música manuscrita.
Al ver que Lubimoff se fijaba en ellos, el pianista hizo un gesto
desesperado.
Era grande su pobreza: tenía que dar conciertos para vivir, se veía
obligado á estudiar obras nuevas.
Habló de estos trabajos como si representasen la más cruel imposición de
la realidad, la mayor decadencia de su vida.
Varias damas organizadoras de obras benéficas de la guerra habían
buscado su concurso. Tocaba gratuitamente, por «patriotismo», pero las buenos
señoras siempre encontraban el medio de darle una cantidad. ¡Era tan enorme su
miseria! Sólo de tarde en tarde entraba en las salas de juego. No podía ni
apuntar en la ruleta, donde las puestas son de cinco francos.
Quiso el príncipe leer los títulos de las partituras, y Spadoni intentó
ocultarlas con una precipitación cómica.
—¡Verdaderas porquerías!... No hay que mirar eso, Alteza. En esta Costa
Azul, cuando las señoras entradas en años no
encuentran ya quien las ame, se dedican á escribir romanzas ó bailes de gran
espectáculo, y el Casino acepta sus obras para no disgustarlas. Ese teatro de
Monte-Carlo resulta, en ciertos días, el templo de la imbecilidad musical...
No; mejor será que conozca lo que damos esta tarde. Es la obra de una
millonaria que lo escribe todo, música y versos.
Y leyó en alta voz los títulos de varías «escenas pintorescas»: Diálogo
entre la mariposa y la rosa, Lo que la palmera le dijo al agave, Plegaría
de la cigarra á nuestro padre el Sol.
—Por suerte, Alteza, esta situación deshonrosa no durará. Tengo un
medio... ¡un medio!...
Olvidando el piano, las partituras y su degradación musical, se lanzó de
golpe en el mundo de las quimeras. Conocía el secreto del grande hombre, de
aquel griego que ganaba millones en el Sporting. Lo había
sorprendido, con su propia malicia, después de sonsacar ciertos datos á un
acompañante del personaje. Era una combinación sencilla, como todas las cosas
geniales. Por ejemplo...
Y tendió su mano hacia una baraja que estaba en una mesa, sobre unos
cuantos volúmenes encuadernados en rojo: las nueve sinfonías de Beethoven.
¡Ah, no!... El príncipe le contuvo con brusquedad, para que no se
entregase á su manía demostrativa.
—Yo esperaba encontrar aquí á Atilio—dijo luego suavemente.
El músico pareció despertar.
—¿Atilio?... ¡Ah, sí! Vivió conmigo unos días, pero se fué.
Obsesionado aún por su prodigiosa combinación, habló distraídamente, sin
conceder interés á sus palabras. Castro había manifestado deseos de vivir con
él, se lo dijo un anochecer en el Casino, y Spadoni abandonó Villa-Sirena para
acompañarle. Un amigo no puede hacer menos.
—Pero ¿cuándo se fué?... ¿En dónde está?...
—Se fué anteayer, y debe estar en París. ¡Un disparate su viaje!
Imagínese, Alteza, que en los últimos días jugó con una suerte magnífica, hasta
ganar veinte mil francos. ¡Si hubiese seguido!...
Pero no quiso: tenía prisa. Me dió quinientos francos, y los perdí
inmediatamente; era muy poco dinero para mi combinación. Creo que va á hacerse
soldado; me habló de la Legión extranjera. De él se puede esperar cualquier
disparate. ¡Un hombre que gana y huye!...
Luego, como si la máquina desarreglada de su cerebro funcionase
lógicamente por unos segundos, añadió, con una sonrisa maligna:
—Doña Clorinda también se ha ido á París. Se marchó dos días antes que
él... ¡Oh, Alteza! ¡cómo me acuerdo de aquello que nos dijo en un almuerzo
sobre las mujeres!... Las conozco, príncipe: todas ellas son temibles enemigos.
Y señalaba rencorosamente Lo que la palmera le dijo al agave.
En vano el príncipe insistió en sus preguntas. No sabía más, no le
inspiraba curiosidad la suerte de Castro. Se había ido á París para hacerse
soldado, ¡y él tenía tantos amigos soldados!...
«La Generala», por ser mujer, le infundía más interés, excitando su
maledicencia.
—Yo creo—dijo, con su sonrisa de misógino—que se fué por celos, por
despecho. La duquesa de Delille ha acaparado á ese teniente que le presentó
ella. Hasta parece que el tal teniente ha tenido un duelo...
El pianista palideció, mirando con espanto á Lubimoff. Su gesto fué
igual al del que habla en voz alta creyéndose á solas, y nota repentinamente
que alguien le escucha. Quedó confuso y balbuceando:
—No sé... ¡la gente dice tantas mentiras!... ¡Cosas de mujeres!
Lubimoff sintió una confusión igual al darse cuenta de que hasta Spadoni
se había ocupado con regocijo de su aventura.
Consideraba ya inútil seguir hablando con este imbécil. Se levantó, y el
músico, trémulo aún por su indiscreción, dió muestras de igual apresuramiento
por terminar la visita.
—¿Y Novoa?—preguntó el príncipe al llegar á la puerta de la casa—. ¿Se
ha ido también?...
No; éste seguía en Mónaco, trabajando en el Museo cuando no tenía
ocupaciones más urgentes. Se encontraban muy de tarde en tarde. ¿Cómo podían
verse, si él, Spadoni, á causa de su miseria, se abstenía de entrar en las
salas de juego?...
—Continúa jugando, Alteza; pero muy mal, con la timidez del novato, y
por eso pierde. No tiene la estofa de nosotros, los verdaderos jugadores.
Se irguió el pianista al decir esto, como si no hubiese perdido nunca y
poseyera todos los secretos del azar.
—Le he enviado dos entradas para el concierto de esta tarde: una para él
y otra para esa señorita Valeria, acompañante de la duquesa. ¡El pobre!
¡siempre haciendo tonterías como un enamorado!...
Pero su sonrisa de hombre superior, exento de tales humillaciones, se
cortó al darse cuenta de que otra vez estaba diciendo algo molesto para el
príncipe.
Este pasó de nuevo junto á la tumba, pero sin verla ni acordarse del
incógnito general. ¡Castro se había ido!... ¡Castro quería hacerse soldado!...
Luego de seguir el camino descendente de los Monegetti hasta la plaza de
Armas de La Condamine, tomó la avenida de suave pendiente que sube hasta
Mónaco. Esta marcha le proporcionaba cierta voluptuosidad muscular después de
su largo encierro.
Al verse entre los dos torrecillas que marcan la entrada de los
jardines, le asaltó el recuerdo de Alicia. Un poco más allá habían descendido
del carruaje; detrás de los árboles estaba el banco en que la habló por primera
vez de su amor; abajo, al borde de las rocas, se desarrollaba el solitario
camino por el que pasaron como en volandas, al amparo del crepúsculo y con las
bocas juntas. Luego, el rasgón de su vestido, los cómicos y dulces apuros por
repararlo, el alfiler con la perla de la princesa... Sólo habían transcurrido
unas semanas, y estos sucesos parecían de otra humanidad más feliz,
desarrollados en un planeta distinto, envueltos en una luz que no era la de la
tierra.
Se esforzó por olvidar. Estaba ahora en una plaza asfaltada, frente á la
escalinata del Museo Oceanográfico. Por primera vez
reparó en los adornos arquitectónicos del blanco edificio. Habían adoptado como
motivo ornamental el manojo de retorcidas patas de los pulpos, el semicírculo
estriado de las conchas, la sombrilla filamentosa de las medusas. Se fijó en
los grupos escultóricos que simbolizan las fuerzas del Océano ó las artes de
los navegantes; leyó los nombres esculpidos en los frisos, títulos de buques
que se ilustraron por sus exploraciones científicas.
Permaneció inmóvil mucho rato, buscando un pretexto para justificar su
visita. Al fin subió la escalinata, viéndose envuelto en una frescura sonora de
catedral, pero sin la ranciedad del ambiente cerrado, con un tufillo salino
procedente del mar inmediato. El conocía el palacio: á un lado, el vasto salón
de conferencias y asambleas científicas, semejante á un Parlamento, con
lámparas de cristal helado que afectan las distintas formas animales de las
profundidades oceánicas; en mitad del vestíbulo, la estatua del príncipe
Alberto vestido de marino y apoyado en la baranda del puente de su yate; al
lado opuesto y en los pisos superiores, las colecciones recogidas durante los
viajes de este navegante de la ciencia: miles de peces y moluscos, esqueletos
gigantescos de cetáceos, piraguas y herramientas de pesca de los mares polares.
En los pisos inferiores, debajo de sus pies, en aquel segundo palacio que,
adherido al acantilado, descendía hasta el mar, estaban los acuarios, las
bestias misteriosas del abismo continuando su existencia entre burbujas de agua
corriente, en sus jaulas de cristal.
Un portero de levita azul y kepis galoneado de rojo intentó ofrecerle un
cartón de entrada, pero se contuvo al ver que se detenía junto al torniquete,
preguntando por Novoa.
—Salió hace un momento. Tal vez lo encuentre en las inmediaciones del
Palacio. Casi todos los días, antes del almuerzo, da la vuelta á la roca.
«La roca», para los monegascos, es por antonomasia el peñón en que está
asentado Mónaco, y dar su vuelta equivale á seguir el contorno de jardines y
abandonados baluartes que, partiendo del palacio de los Príncipes, vuelve á él
después de abarcar toda la vieja capital.
Siguió exteriormente la cerca de los jardines de San Martino. No osaba
penetrar en ellos: temía encontrarse con el banco en que habían estado aquella
tarde. Avanzó por las calles de la ciudad, estrechas, sin aceras, pavimentadas
de anchas losas, como en muchas poblaciones de Italia.
Las viviendas, viejas y altas, recordaban los tiempos en que el suelo
era precioso dentro de una península estrechamente ceñida por sus
fortificaciones. Algunas casas estaban perforadas por túneles, y al final del
arco se veía la claridad y la blancura de la otra calle paralela. Los edificios
más grandes eran conventos ó colegios religiosos. Sonaban lentas campanas sobre
los tejados, como en un pueblo de España; quedaban en las calles muchos
retablos con imágenes alumbradas por un farolillo.
Al estremecerse las losas del pavimento bajo un paso humano, se
entreabrían ventanas. Un carruaje provocaba la aparición de muchas cabezas. Los
escasos transeuntes eran á veces canónigos de la catedral, frailes descalzos
con una corona de pelo en torno del cráneo afeitado, monjas con enormes
mariposas almidonadas en la cabeza.
Sólo un pequeño puerto separaba la vieja ciudad de aquella otra ciudad
situada en la cumbre de enfrente, con su Casino, sus hoteles, sus orquestas y
su muchedumbre de placer y de fortuna. Un corto trayecto de tranvía bastaba
para hacerse la ilusión de haber saltado sobre dos siglos. Lubimoff recordó la
impresión de extrañeza que despertaban al atravesar la plaza del Casino estos
frailes descalzos cuando bajaban en grupo á Monte-Carlo.
Pasó bajo una galería cubierta que formaba arco entre dos casas. Un gran
descampado, una llanura, se abrió ante él. Era la plaza del Palacio. Enfrente
estaba la vivienda señorial de los Grimaldi, conjunto de edificios de diversas
épocas, que le recordó los palacios de algunos príncipes soberanos de la
antigua Italia. Era de color rosa obscuro, cortado por el arquerío de las loggias,
y tenía adosados unas torres de sillares blancos con almenas hendidas. También
conocía él este palacio, puramente de aparato y deshabitado, pues el príncipe
reinante, en las cortas visitas á sus dominios,
prefería vivir en su yate.
Primeramente llamó su atención la guardia del edificio. Los soldados de
Mónaco, viejos gendarmes franceses, habían partido á la guerra, y una milicia
nacional se encargaba de sustituirlos. Estaba compuesta de legítimos ciudadanos
de «la roca», descendientes de cuatro generaciones de monegascos. Ellos solos
podían contribuir á la defensa ideal del principado, así como gozaban las
ventajas de pertenecer á un país, único en el mundo, donde nadie paga
contribución y todos al nacer tienen el pan asegurado, gracias al Casino.
Lubimoff admiró al guerrero de guardia, un viejo de bigote blanco,
cargado de hombros, casi jorobado, con gabán de color castaña y sombrero hongo.
Un brazal rojo y blanco en una manga era todo su uniforme. Llevando al hombro
su fusil antiguo, que aún hacía más enorme y pesado una bayoneta interminable,
hubiera podido descansar junto á la garita pintada con los colores de Mónaco;
pero prefería moverse en incesante paseo, mirando á todas partes por si alguien
intentaba penetrar en el alcázar del ausente soberano. Otros padres de familia
y hasta abuelos, vestidos con sus trajes de domingo, esperaban pacientemente en
un banco que les llegase el turno de ejercer la honorífica función.
Lo más notable de esta explanada era la artillería, una cantidad de
cañones del siglo XVIII que estaban allí decorativamente, como las armaduras
que adornan un salón... A ambos lados de la puerta del Palacio se alineaban
seis piezas enormes y magníficas, fundidas en un bronce verde de estatua y
cinceladas como obras de museo. Junto á sus bocas, el metal se retorcía
formando la hojarasca de un capitel; su parte opuesta la remataba una cabeza de
medusa. El fuste de estas columnas huecas estaba adornado con las tres flores
de lis de la vieja monarquía francesa, los agarradores de cada cañón eran dos
delfines, y todas las piezas ostentaban el lema pretencioso Nec
pluribus impar de Luis XIV, con otro más sombrío: Ultima ratio
regnum.
El príncipe sonrió ante este lema.
«Ahora, las piezas de artillería—se dijo—ya no son «la última razón de
los reyes», pero lo son de los pueblos. Hemos adelantado poco.»
Todos estos cañones verdes tenían su nombre propio, lo mismo que un
buque ó un regimiento. Uno se llamaba Nerón, otro Tiberio;
más allá abrían su redonda boca el Robusto y el Roncador.
En los parapetos que cerraban por ambos lados la extensa plaza asomaban
sus gargantas, sobre el puerto ó sobre el mar libre, otras piezas más modestas,
pero igualmente enormes y vetustas. Las balas macizas de estos cañones formaban
pirámides, y una vegetación parásita se había introducido entre las pelotas de
hierro.
Detrás del Palacio, como un telón de fondo, se elevaba la montaña
francesa de la Tête du chien, brillando en su redonda cumbre las
vidrieras del cuartel de los cazadores alpinos. La meseta de Mónaco era
simplemente el último peldaño de la gran escalera que los Alpes dejan caer
hacia el mar. Arriba se enredaban las nubes en los picachos, cubriéndolos
momentáneamente de una sombra tempestuosa; abajo, entre los muros rosados y las
torres blancas de los Grimaldi, se erguían la palmera tropical, el cocotero, el
plátano, dando á este castillo ligurio un aspecto de hacienda brasileña.
Estaba Lubimoff en el parapeto que da sobre el mar libre, sentado entre
dos cañones, cuando vió la llegada de Novoa por los baluartes que dominan el
puerto.
Al reconocer al príncipe apresuró su blanda marcha, acercándose á él con
la mano tendida.
¡Simpático profesor! Nunca le parecieron á Miguel sus ademanes francos
con tanto atractivo como ahora. Celebraba mucho este encuentro, creyéndolo
casual, y el príncipe no quiso hablar de su visita al Museo, para que Novoa
ignorase que había venido en busca suya.
Maquinalmente empezaron á pasearse entre la fila de cañones y unos
cuantos árboles que daban pálida sombra á este lado de la plaza.
Era Lubimoff el que preguntaba, mostrando interés por la suerte de su
amigo y acogiendo sus quejas con una sonrisa bondadosa.
Novoa se mostró descontento. Este país de vida dulce y
alegre resultaba fatal para el estudio. ¡Pensar que allá en su tierra se lo
imaginaban haciendo descubrimientos útiles en los misterios del mar! El Casino
extendía su influencia á todas partes, hasta al Museo Oceanográfico. Muchas
veces, mientras estudiaba el plancton, le acometía una nueva idea
para desentrañar los misteriosos saltos de las series del «treinta y cuarenta».
Trabajaba por las mañanas con el pensamiento fijo en Monte-Carlo; y apenas
llegada la tarde, sentía un deseo irresistible de ir allá. Era inútil que
inventase pretextos para mantenerse fijo en «la roca». Había perdido cantidades
enormes para él, y necesitaba recuperarlas. Pensaba con inquietud en el dinero
recibido de su país á cuenta de la modesta fortuna heredada de sus padres.
—Algunos días, el buen sentido me dice que debo volverme á España, y
deseo realizar inmediatamente este buen consejo. Por desgracia, hay ciertas
cosas que me retienen aquí y quebrantan mi voluntad.
—Las conozco—dijo Miguel sonriendo—. La primera de todas, el amor.
Novoa se ruborizó, aceptando luego con un cómico ademán de confusión las
palabras del príncipe. Sí; algo había de eso, y el amor le proporcionaba
disgustos, lo mismo que el juego.
Lubimoff vió de pronto en sus ojos una expresión igual á la de Spadoni.
También éste sabía lo ocurrido, y al hablar del amor recordaba inmediatamente
aquel duelo absurdo. Pero Novoa era otro hombre, incapaz de sentir el maligno
placer de los maldicientes, que se regodean con las torpezas ajenas. Además,
Miguel le tenía por muy franco, y pronto se convenció de ello.
Tranquilamente, sin pensar si con sus palabras molestaría al otro, el
profesor aludió á lo ocurrido en el castillo de Lewis. Lo lamentaba como algo
ilógico y extemporáneo, mas no por esto había dejado de interesarle la suerte
del príncipe. Si se abstuvo de ir á Villa-Sirena, fué por no parecer
entrometido. Varias veces había hablado con el coronel, encargándole que
saludase al príncipe de su parte.
Luego, como si se arrepintiese de la severidad con que
juzgaba aquel duelo, dió explicaciones. La imagen de Castro había pasado por su
memoria, haciéndole mirar á su acompañante con una tolerancia fraternal.
—Yo comprendo muchas cosas. No soy hombre de armas, como usted, y sin
embargo, una vez sentí deseos de batirme. Ahora me río cuando lo pienso; pero,
en iguales circunstancias, volvería á hacer lo mismo... ¡El poder de las
mujeres! ¡Cómo nos transforman!...
El príncipe no protestó al oir que Novoa le suponía enamorado,
atribuyendo aquel duelo á la influencia de una mujer. Y siguió guardando
silencio, mientras el profesor, por una asociación lógica, empezaba á hablar de
Alicia. Este sabio bueno y sencillo mostró una verdadera alegría al comunicar
ciertas noticias que juzgaba agradables para Lubimoff.
Igual interés sentía por su compatriota Martínez. El no odiaba á nadie.
Hasta tenía olvidadas sus incompatibilidades con Castro, que le habían hecho
abandonar las abundancias de Villa-Sirena.
—Ese pobre teniente es menos feliz que usted, príncipe; el tal duelo ha
tenido malas consecuencias para él. Yo gozo de cierta intimidad con personas
allegadas á la duquesa de Delille... No necesito decir más: usted sabe que
puedo estar enterado de lo que ocurre en Villa-Rosa. Pues bien; después del
desafío, yo no sé qué ha pasado, pero Martínez entra en aquella casa con menos
frecuencia. Transcurren días enteros sin que se atreva á llamar á su puerta.
Algunas veces va allá, y la persona que usted sabe me dice que la duquesa se
niega á recibirle. Es ahora un simple visitante, un amigo como otro cualquiera.
La duquesa quiere evitar la antigua intimidad; le envía regalos al hotel de los
oficiales, se preocupa de su bienestar, encarga á la señorita amiga mía que se
entere de si le falta algo, pero sólo lo recibe de tarde en tarde. Se acabaron
los almuerzos y las comidas á diario, aquella vida común, en la que sólo
faltaba que durmiese en la casa... Y el pobre muchacho parece triste,
desesperado, por este cambio.
Se animó el profesor en sus confidencias al notar el agrado con que las
recibía el príncipe.
—Una persona—continuó, con cierta vacilación—que pasa
algunas noches por la calle de la duquesa... (¡qué diablo! ¿por qué no decir la
verdad?) yo, que algunas veces rondo por las inmediaciones de la «villa»,
esperando á la señorita en cuestión, he sorprendido á Martínez cerca de la
casa, deslizándose junto á la verja, mirando á las ventanas. ¡Pobre
muchacho!... Y me dicen que de día, cuando teme que la duquesa no va á
recibirlo, hace los mismos paseos.
Un doble sentimiento conmovió á Lubimoff: de rabia, por la convicción de
que no se había equivocado: aquel soldadito amaba á Alicia; de gozo, al saber
que ya no era recibido en la casa, como antes, y rondaba inútilmente en torno
de ella. Representaba una alegría negativa, pero alegría de todos modos, al ver
á aquel jovenzuelo en una situación igual á la suya.
Novoa, hombre simple en sus gustos, que no podía comprender el amor mas
que ordenadamente, dentro de la regularidad de una equivalencia de edades, rió
de este apasionamiento del oficial como de algo grotesco.
—¡Qué absurdo! ¡Enamorarse de ese modo de una mujer que casi puede ser
su madre!...
El príncipe se estremeció al oir esto, mirando fijamente á su
acompañante. No; no sabía nada. Continuaba riendo de su propio comentario, sin
ninguna intención oculta. El secreto de Alicia sólo él podía conocerlo.
Aún dieron varios paseos entre los cañones y los árboles. De pronto,
empezaron á sonar las campanas de las iglesias y conventos de Mónaco,
conversando, á través del éter cargado de luz, con las del fronterizo
Monte-Carlo.
Las doce. Novoa se inquietó. Era hombre de costumbres fijas, y además,
los monegascos en cuya casa estaba alojado mantenían rigurosamente la
puntualidad en las comidas. ¡No haber en Mónaco un restorán, para darse el lujo
de invitar al príncipe!... Este le propuso que lo acompañase á la lejana
Villa-Sirena para almorzar juntos. ¡Se sentía tan bien en su compañía! ¡le daba
noticias tan interesantes!...
—¡Imposible!—se apresuró á decir el profesor—. Tengo que ver á una
persona en Monte-Carlo así que acabe mi almuerzo. Me esperan.
Lubimoff no insistió, adivinando que la tal persona era Valeria.
Un carruaje único estaba guarecido en la sombra menguada de los árboles.
Se había quedado allí después de traer á unos extranjeros que prefirieron, á la
salida del Palacio, descender á pie por el antiguo camino fortificado.
Miguel lo ocupó, haciéndose conducir á Villa-Sirena. Todo el resto del
día y gran parte de la noche transcurrieron para él dulcemente, mientras
rumiaba en su memoria las noticias adquiridas. No era mala la jornada. De
Atilio apenas se acordó. Se había ido á París; esto era lo único cierto. En
cambio, el infortunio de Martínez le hizo canturrear alegremente, y este
regocijo engañó al coronel.
—Lo que yo digo: Su Alteza debe salir y ver gentes. Tenía la seguridad
de que el paseo de hoy daría buen resultado.
Al día siguiente, el príncipe aún tuvo una sorpresa más grata. Estaba
terminando de almorzar, cuando su ayuda de cámara anunció con tono ceremonioso:
«El señor profesor Novoa.»
Presintiendo Miguel algo muy interesante para él, recibió al español con
una efusión extraordinaria nunca vista por Toledo. ¡Incomparable Novoa! ¿De
veras que había almorzado ya? ¡El buen orden de los solitarios de Mónaco!...
Entonces, tomaría café con él.
Y dió fin apresuradamente á su almuerzo para pasar al hall,
donde esperaban el café y los licores. Era tan visible la impaciencia del
visitante por hablar con él sin testigos, que Lubimoff se dió prisa en inventar
un pretexto para que don Marcos se alejase.
Cuando quedaron solos, Novoa dejó su taza sobre un velador, dió varias
chupadas al cigarro, mientras parecía concentrar su voluntad, y al fin dijo con
resolución:
—Tengo un encargo que darle: me envía cierta persona... sospecho que
hago un mal papel. ¡Un hombre como yo llevando recados de esta clase!... Pero
¿qué es lo que las mujeres no nos obligarán á hacer?... Además, entre hombres
debemos ayudarnos. Usted, que es tan caballero, también sería capaz de hacer
por mí...
Y el buen profesor hablaba como si se sintiera ligado con el príncipe
por una camaradería profesional, por una condición idéntica. Los dos estaban
enamorados.
Lubimoff, ansioso por conocer el encargo, hizo gestos de aprobación. Sí:
no se equivocaba; era capaz de hacer en su favor cuanto le pidiese. Le tenía en
este momento por el primero de sus amigos. Pero ¿qué era el encargo?...
Novoa continuó, con cierta vacilación. El día anterior, después de su
encuentro con el príncipe, había visto á aquella señorita... aquella señorita
acompañante de la duquesa. El se lo contaba todo; una mala costumbre, pero los
enamorados no siempre han de hablar de ellos mismos...
—Estuvimos juntos en un concierto, y esta mañana ha venido al Museo para
encargarme que le viera á usted inmediatamente. Yo me he resistido á cumplir el
encargo, pero usted sabe lo que son las mujeres. Además, esa joven tiene su
genio... Total, que estoy aquí y repito lo que me han dicho.
Calló un momento, y después de mirar á todos lados, añadió con tono
misterioso:
—Esta tarde, en San Carlos.
Había llegado hasta allí preocupado por la obscuridad del mensaje. ¿Qué
San Carlos era éste? ¿Un hotel?... ¿un paseo?... Como habitante de Mónaco, sólo
conocía el Casino en Monte-Carlo. Lo único indudable para él era que el mensaje
de Valeria procedía de la duquesa.
Tuvo Miguel que ocultar la alegría que le causaron estas palabras.
¡Alicia le buscaba!... A pesar de su contento, sintió la necesidad de pedir
nuevos detalles. ¿No le habían indicado una hora?...
—No, príncipe. «Esta tarde, en San Carlos»; ni una palabra más. Esa
señorita casi se enfadó porque le pedí aclaraciones. Ya le he dicho que la
intimidad tiene su mal carácter... como todas. Me afirmó que usted entendería
el recado inmediatamente.
Miguel hizo un gesto de aprobación; sí que lo entendía... ¡Sabio amable!
En aquel momento le deseaba cuantas felicidades puede gozar un hombre. De no
conocer sus escrúpulos y su altivez, hubiese pedido á don Marcos
todo el dinero que había en la casa para entregárselo á manos llenas. Pero ya
que era imposible una dádiva material, hizo votos por que aquella Valeria, á la
que tenía por una ambiciosa, pudiese embellecer la vida del profesor. Tan
optimista le hizo su contento, que hasta creyó en una equivocación de su parte,
adornando á la acompañante de la duquesa con un sinnúmero de virtudes ocultas.
Toledo había vuelto, y el príncipe, que deseaba agradar á Novoa, le
habló de las exploraciones oceanográficas, mostrando una viva curiosidad por
ellas, mientras su pensamiento estaba lejos.
Pero este halago resultó inútil. El profesor vacilaba al responder á las
preguntas. Tenía prisa; le esperaban... Sin duda, Valeria necesitaba conocer
pronto el resultado de su mensaje. Y el príncipe mostró también cierta
precipitación al acompañarle hasta la verja de entrada, con grandes extremos de
amistad. Debía volver con frecuencia á Villa-Sirena; era el único amigo fiel.
¡Lastima que se negase á vivir allí, como en otros tiempos!...
Al quedar solo, Lubimoff subió á las habitaciones del primer piso. Temía
que el coronel adivinase su contento. Una sensación de orgullo y de triunfo se
mezclaba ahora con la alegría del primer instante.
Pensó en su situación. Don Marcos había guardado silencio después del
duelo, y él, influenciado por la soledad, se entregaba al desaliento,
creyéndose objeto de las burlas de todos.
Ahora veía claro. Alicia deseaba volver á él, sintiendo un nuevo interés
por su persona. Todo lo indicaba así: el teniente casi expulsado de aquella
casa que dos semanas antes consideraba como suya; su protectora evitando el
verle, para lo cual espaciaba sus visitas. Además, al enterarse ella por
Valeria de que su antiguo enamorado había roto la voluntaria clausura en
Villa-Sirena, se apresuraba á darle una cita inmediata, como si le urgiese
reanudar sus relaciones con él.
Se felicitó de la agresividad inexplicable que le había impulsado á
ofender á Martínez. ¡El, que en los últimos días se
arrepentía de esta locura!... Lo que le había pesado como un remordimiento era
tal vez lo más cuerdo y más oportuno de su vida. Alicia, al ver que, loco de
celos, realizaba un acto absurdo para muchos batiéndose por ella, se sentía indudablemente
halagada en su vanidad y le miraba con nuevo interés.
«¡Las mujeres!—pensó Lubimoff—. Hay que conocerlas. Su admiración va
instintivamente hacia el fuerte. Nada hay como una brutalidad oportuna para
conquistar su afecto. Siempre acaban por someterse con cierto agradecimiento al
hombre enérgico que las impresiona.»
Este fué su primer instante dichoso después de varios días. Volvió á ser
aquel príncipe Lubimoff que había impuesto casi siempre su voluntad,
atropellando los obstáculos, unas veces con su dinero, las más con un orgullo
imperioso.
Satisfecho de su rudeza, sintió la necesidad de hermosearse para acudir
á la entrevista. Pensaba en los machos del reino animal, cuyos dientes, garras
y espolones van acompañados de crestas, melenas y plumajes que inspiran á las
hembras una admiración mística, convirtiéndolas en sus esclavas. Lo mismo
ocurría entre los humanos. La educación, las leyes, las tradiciones, no hacían
mas que desfigurar el fondo bárbaro de nuestra existencia.
Una preocupación le distrajo de estos pensamientos. ¿A qué hora debía
presentarse en el sitio indicado? Se le ocurrió que, al no mencionar la hora,
ésta debía ser la misma del otro encuentro á la puerta de San Carlos. Pero
acabó por creer en un olvido del profesor, y la intranquilidad le hizo acudir á
la cita mucho antes.
Pasó más de tres horas en ansiosa espera, vagando por las calles
inmediatas á la iglesia, inmovilizándose en las esquinas, cambiando de sitio al
notar la curiosidad de los transeuntes. Varias veces entró en San Carlos, para
ver siempre lo mismo: las vidrieras policromas cada vez más pálidas, así como
descendía la tarde; los haces de banderas; los retablos rompiendo la sombra con
el resplandor mortecino de sus oros, y mujeres arrodilladas é inmóviles: unas
mujeres que parecían las mismas de la otra vez,
como si las semanas fuesen minutos.
Con la superstición del que aguarda, se dijo que Alicia sólo podía
presentarse al cerrar la noche, y el día le pareció interminable.
Al anochecer dudó.
—No vendrá.... Debe haberse arrepentido.
Estaba en la esquina de una calle curva y pendiente inmediata á la
iglesia. Desde allí podía ver las gradas que comunican la plazoleta con el
hundido bulevar. Nadie subía por ellas; todos los carruajes pasaban sin
detenerse.
De pronto, tuvo la sensación de que alguien se aproximaba á sus
espaldas. Percibió un leve paso, y al volver la cabeza vió á una mujer
enlutada.
Todo lo olvidó: la larga espera, las dudas, la fatiga del interminable
plantón, recobrando de golpe su regocijo de triunfador. Estaba tan seguro de
los motivos que la habían inducido á pedirle esta entrevista, que avanzó á su
encuentro con un aire galante.
—¡Oh, Alicia!—dijo, tendiendo á la vez sus dos manos.
Pero estas manos se agitaron inútilmente en el vacío, sin encontrar
dónde asirse, y al fin cayeron con desaliento.
Lubimoff se sintió desconcertado ante la mirada de la mujer. Todas las
ideas que le habían seguido hasta allí eran ilusiones y se desvanecían,
dejándole confuso enfrente de la realidad. Esta realidad no permitía dudas. Los
ojos de ella le contemplaron fijamente, con dureza.
Alicia habló como si hubiese venido para un negocio con una persona poco
grata y quisiera terminarlo cuanto antes, viéndose libre de su presencia.
Existía entre los dos cierto asunto de dinero que ella necesitaba
resolver. No le había escrito porque después de los sucesos recientes
consideraba inoportuno el envío de una carta. Además, ni ella podía ir á
Villa-Sirena ni quería recibirlo en su casa. Por esto, al enterarse el día
anterior de que habían visto paseando á Miguel—que ella se imaginaba enfermo—,
se atrevía á citarlo allí, para verse unos momentos nada más.
—Hablemos como si fuésemos comerciantes; unos comerciantes que tienen
prisa y no malgastan sus palabras... Yo te debo dinero, y me es imposible vivir
tranquila mientras no te lo devuelva: trescientos mil francos que me dió tu
madre, lo que me prestaste tú en el Casino... tal vez algo más. Tengo bastante
para pagar. Si no quieres ocuparte del asunto, envíame á Toledo.
Lubimoff quedó absorto ante estas palabras inesperadas. Ella, después de
hacer su proposición, parecía ansiosa por marcharse. Ya lo había dicho todo; le
molestaba seguir allí con el príncipe; nada tenía que añadir.
—¡No!—dijo Miguel enérgicamente.
¿Para eso le había llamado? ¿Era todo lo que tenía que decirle, después
de tanto tiempo sin verse?...
Había tal resolución en su negativa, se reflejaba de tal modo en su
rostro la dolorosa extrañeza, que Alicia creyó inútil insistir.
—Está bien; no hablemos más. Conozco tu carácter, y sé que
permaneceríamos aquí discutiendo muchas horas sin resultado. Yo buscaré el
medio de devolverte lo que es tuyo.... ¡Adiós, Miguel!
Intentó detenerla el príncipe tomando suavemente una de sus manos, pero
ella la retiró con nerviosa retracción.
—¡Y te marchas!—dijo él con desaliento—. Yo que creía, al venir aquí...
La humildad de su voz pareció irritar á la duquesa, haciéndola detenerse
cuando empezaba á volverle la espalda.
—¿Qué es lo que creías?—preguntó con indignación—. Tu inconsciencia me
asombra. ¡Ah, Miguel! Siempre serás el mismo; únicamente existes tú: sólo deben
tenerse en cuenta tus deseos. Me has hecho mucho daño, ¡mucho!... y ahora me
dices, como un niño: «Yo que creía...» ¿Qué esperabas después de tus
locuras?... Sábelo bien: te aborrezco. Tu presencia me es odiosa. ¡Te
aborrezco!
El pobre Lubimoff volvió á ver su conducta como en las horas de
voluntario encierro. ¡Ay! ¿dónde estaban las engañosas fantasías que le habían
acompañado hasta allí? Su tristeza, su
arrepentimiento, fueron tan visibles, que Alicia modificó el tono de sus
palabras.
—Tal vez no te aborrezco; pero estoy segura de que me inspiras lástima:
una lástima semejante á la que siento por mí misma. Somos dos pobres locos,
Miguel; nuestras desgracias vienen de lejos.
Al recordar sus vidas, Alicia pensó en los constructores que sufren un
grave error cuando asientan los cimientos de un edificio, y siguen adelante con
la ilusión de que su obra es rectilínea, sin reparar en que está desviada
completamente por defectos de su base.
—Nuestros principios fueron equivocados. De continuar el mundo como
antes, tal vez hubiéramos permanecido de pie y triunfadores. El ambiente nos
amparaba: éramos sus hijos.
Pero el cataclismo universal les había hecho perder su centro de
gravedad para siempre. Estaban ladeados, con grietas que nadie podría
recomponer, próximos á derrumbarse.
—Nosotros somos de otra época, y no hay quien sostenga nuestra
fragilidad. Te tengo lástima, Miguel; y tú debes sentirla por mí, ¡por mí, á
quien has hecho tanto daño!
El príncipe, á pesar de su humilde encogimiento, protestó. Había sido
imprudente: era cierto. Aquella agresión en el Casino y el maldito duelo
representaban un escándalo estúpido. Pero ¿qué daño irreparable era este que
tan profundamente la afligía? ¿Cómo su locura, que sólo le perjudicaba á él,
haciéndole objeto de comentarios y risas, podía desesperarla de tal modo?...
Le interrumpió Alicia con un gesto desalentado, como si considerase
imposible hacerle comprender sus pensamientos.
—Mira—dijo señalando la puerta de la iglesia—. Antes, podía entrar ahí.
Recuerda la última vez que nos vimos en este sitio. Yo venía de rezar, de
hablar con mi hijo; era tal vez una ilusión, pero las ilusiones nos ayudan á
vivir. Y ahora no puedo; el remordimiento me espera donde hace unas semanas
encontraba la esperanza. Y esto te lo debo á ti, á ti, que me arrebatas la
última felicidad que yo me había inventado...
Ya no miraba al príncipe con ojos hostiles. Su voz temblorosa, su mirada
húmeda, eran de una pobre mujer que se esfuerza por contener su emoción. Miguel
balbuceó contuso, desorientado. ¿El había podido hacer tanto mal? ¿Cuándo?...
¿cómo?...
Alicia, sorda á sus preguntas, sólo pensaba en ella y en su desgracia.
—Tenía un hijo, y lo perdí—siguió diciendo—. Era mi esperanza, mi única
razón de vivir... El infortunio me hizo buscar un consuelo. ¿Qué sería de
nosotros si no tuviésemos el poder de engañarnos fabricando nuevas
ilusiones?... Y tuve un segundo hijo, un hijo inventado por mí, triste,
condenado á morir, pero joven como el otro, desgraciado como el otro, falto de
una madre que alegrase sus últimos días... Yo he querido ser esa madre.
Unicamente puedo sentir la dulzura protectora de la maternidad; mi papel de mujer
ha terminado: sólo puedo ver un el hombre á un hijo, ¡y tú me privas de este
último consuelo! ¡tú te has llevado mi pobre alegría!
Lubimoff empezó á comprender. Alicia hablaba de Martínez; y sintió de
nuevo la comezón de los celos.
—Cuando nos vimos aquí la última vez, yo me había buscado un refugio
plácido dentro de mi dolor. Rezaba por mi hijo en la iglesia, hablaba con él,
le describía cómo era el hermano en desgracia que aún tenía en el mundo, pero
que tal vez no tardase en ir á buscarle. Luego, al volver á casa, encontraba al
otro, y mi ilusión era tan enorme, que los confundía á los dos en uno solo,
imaginándome que todo era mentira, el tiempo y la guerra, que mi hijo vivía
aún, que había vuelto de su cautiverio y estaba á mi lado. No se parecen (estoy
segura, aunque evito mirar los retratos de Jorge), pero yo los veo iguales; es
el uniforme, la desgracia, la vecindad de la muerte. Además, ¡ese pobre
muchacho era tan bueno!... Tímido, contentándose con cualquier cosa, mirándome
con la dulzura de un animalillo manso, ¡él, que es tan fiero! venerándome como
á una criatura descendida de un mundo superior... Yo era su madre. Sus palabras
y sus gestos respiraban un respeto profundo. No era una mujer para él: era algo
así como los ángeles... Y tú, con tu desatinada intervención, has
trastornado todo esto. Ya no es mi hijo: terminó mi ensueño. Debo privarme de
su presencia, y sólo de tarde en tarde encuentra abierta una casa que yo le
hice considerar como suya... Por tu culpa, ese muchacho, en el que veía á un
hijo, es ahora simplemente un hombre, y yo, su madre, he vuelto á ser una
mujer.
El rostro de Lubimoff se puso ensombrecido y terroso, como en la tarde
del duelo. Iba comprendiendo.
—¡Qué hiciste, Miguel!—siguió ella, con su voz gimiente—. Has despertado
con tu locura á ese pobre. Al batirse contigo, pensó que se batía por mí y que
yo no soy mas que una mujer. Me vió de pronto bajo otra luz, como si hasta
entonces hubiese estado adormecido. Casi puedo ser su madre; pero las mujeres
de mi clase prolongamos nuestra juventud, la detenemos artificialmente, y nos
desean á la edad en que las de abajo se entregan á la vejez... Además,
comprendo la vanidad de su entusiasmo, esa vanidad que existe en todos nuestros
sentimientos. Yo soy para él lo desconocido, lo misterioso, una gran señora,
una duquesa, que la confusión de nuestra época coloca á su alcance. ¡Pobre
muchacho! Hace unas semanas reía en mi presencia con una simpleza infantil, me
miraba tranquilamente, sin que por sus ojos pasase la sombra de un mal
pensamiento. El era feliz, yo también lo era; ¡mientras que ahora!...
Se imaginó el príncipe á Martínez persiguiendo á Alicia con sus deseos
de enamorado. «Lo mataré: debo matarlo», dijo mentalmente. Pero su cólera
homicida sólo duró un instante. Pasaron por su memoria las diversas escenas del
duelo: él besando la mano del oficial, en un arrebato de inexplicable humildad,
que le atormentaba como un remordimiento. ¿Qué hacer ahora? Después de lo
ocurrido, este hombre era para él algo sagrado. Y se abandonó otra vez á su
desaliento, mientras Alicia seguía hablando.
—Mi ensueño se desvaneció. Mi hijo ha vuelto á ser mi hijo y el otro es
un hombre. Imposible confundirlos de nuevo en una sola persona. Ya no puedo
rezar; me da vergüenza dirigirme con el pensamiento á mi verdadero hijo; me
asalta el recuerdo de lo que le conté; me aterro al
hacer memoria de que sigo hablando con el otro, á pesar de lo que me ha dicho,
de lo que leo en sus miradas, de que conozco sus verdaderos deseos. ¡El mal que
me has hecho! Perdí un hijo, y sólo puedo acordarme de él con remordimiento; me
inventé otro, y me lo has quitado.
Luego, como si se quejase contra algo superior que había regido sus
destinos, añadió:
—¡Qué suplicio! No poder conocer la amistad reposada, la maternidad
tranquila. ¡Siempre el amor saliéndome al paso!... Yo, que en mi juventud
consideré como única finalidad de la vida inspirar admiración y deseo, bien
castigada estoy... Busqué en ti el apoyo del amigo, y me deseaste en seguida.
Quise engañar mi anhelo de maternidad cuidando á un infeliz que tal vez muera
pronto, y este hijo afectivo me habla de amor. ¿Es que las mujeres no podemos
conocer la tranquilidad y la confianza en que viven los hombres?...
El príncipe la interrumpió con voz rencorosa.
—No lo veas: rompe con él; ciérrale tu puerta para siempre. Así
recobrarás la paz, y yo... yo seré tu amigo, seré lo que tú quieras, me bastará
con verte.
Ella acogió con un gesto de incredulidad las últimas palabras. ¡Le
habían prometido tantas veces los hombres ser simples amigos! Además, conocía
bien á Miguel, y no se tomó la pena de contestar. Lo único que le interesaba
era el consejo de que repeliese definitivamente al herido, no viéndolo más. Sus
ojos volvieron á humedecerse.
—¡Echar á ese pobrecito!... Tú no puedes comprender ciertas cosas; tú
mandas en los afectos con la misma arrogancia que disponías antes de las
personas. ¿Crees que puedo abandonarlo? Soy su madre á pesar de todo, y una
madre ya sabes cómo tolera y perdona. El infeliz no tiene la culpa de sus malos
pensamientos: fuiste tú quien se los sugirió. Además, eso pasará; yo tengo la
esperanza de que se desvanecerán sus disparatadas ideas.
La suposición de abandonar al inválido excitó su piedad, dando á sus
palabras un tono amoroso.
—¡Qué sería de él! No conoce á nadie: está solo en el mundo; los otros
oficiales viven en su patria, tienen familia... Antes
podía ir en busca de Clorinda; ahora «la Generala» se ha marchado, y sólo le
quedo yo, ¡la única!... ¿Y quieres que lo olvide? Tú no le conoces bien: eres
su enemigo. Yo recuerdo con delicia su época de inocencia. Era igual á mi hijo;
no, tenía algo más: un agradecimiento, una veneración reconcentrada que yo no
había conocido nunca. Olvidas la fragilidad de su existencia. El hace lo mismo:
no conoce su verdadera situación; siente las ilusiones de una juventud sana;
cree contar con muchísimos años. ¡Pobre! ¡El esfuerzo que me cuesta fingir
enfado, repelerle indignada por los deseos que ha puesto en mí... en mí, que
sólo quiero ser su madre!
Este tono de dulce lástima hirió á su oyente. Alicia parecía sentir el
remordimiento del que presencia las últimas horas de un condenado á muerte y
tiene que negarle la satisfacción de su postrer capricho. Se lamentaba como la
enfermera que no puede dar al moribundo lo que pide entre hipos de agonía.
Miguel creyó adivinar el secreto de las últimas entrevistas entre la
dama maternal y su ahijado. Tal vez ella le hablaba de su salud, dejando por un
momento de halagarlo en sus ilusiones, descubriéndole el peligro en que estaba
su existencia; y el otro, con el ardor suicida de la pasión, imploraba lo mismo
que un niño que ha puesto toda su felicidad en la conquista de un juguete:
«¡Una vez; una vez nada mas!»
Estaba convencido de que así era en la realidad. Lo leía en los ojos de
ella, que á su vez pareció adivinar lo que pensaba el príncipe, ruborizándose
levemente.
—¡El mal que me has hecho!—repitió—. Debo alejarlo de mí, y no puedo
separarme de él. Sería un crimen que lo dejase abandonado á su destino. Tú no
sabes lo que significa para mí esta lucha continua... A veces lo veo cuando
ronda mi casa; lo contemplo oculta detrás de los visillos de una ventana, y me
dan ganas de llorar. ¡Parece tan triste!... Me acuerdo de mi hijo, que también
vivió solo, más abandonado aún que él, que tal vez se interesó por alguna
mujer, ansiando muchas cosas sin llegar á poseerlas, y siento deseos de
llamarle, de gritar: «Ya que eso es tu ilusión, niño mío, el último anhelo de tu vida, ¡toma!... ¡toma, y sé feliz!» Pero
pienso en su salud, pienso en otras muchas cosas, y contengo mis impulsos, y
lloro, dejándole que vague en torno de mi casa creyéndose olvidado, cuando le
recuerdo á todas horas. ¡Ay! ¡Que Dios me dé fuerzas! ¡Que no pierda la calma,
y pueda resistir á mi bondad absurda!... Algunas veces lo dudo.
—¡Oh, Alicia!...
El príncipe lanzó esta exclamación con tono desesperado. Su
presentimiento pasaba á ser una realidad; veía ya á aquel jovenzuelo moribundo
poseyendo lo que él no había podido alcanzar. Sus ojos reflejaron una cólera
homicida.
Esta expresión hostil molestó á Alicia, transformándola en otra mujer.
Reaparecieron en ella la mirada dura y la voz cortante que habían acompañado su
llegada.
—Acabemos. He venido para devolverte tu dinero. ¿No quieres recibirlo?
¿Insistes en tu negativa?... Yo encontraré el medio de que lo aceptes. ¡Buenas
noches, Miguel!
Efectivamente, había cerrado la noche, y el príncipe la vió perderse en
la penumbra de la calle por donde había llegado; una calle sin otra luz que la
de un macilento reverbero azul.
Pensó un momento en cerrarle el paso, suplicante y humilde... No iba á
verla más: estaba convencido de ello. Pero al mismo tiempo tuvo la percepción
de la inutilidad de su insistencia. Quería ser olvidada por él; aquella
entrevista sólo había sido para suprimir todo lo que quedaba entre los dos como
rastro del pasado... Y dejó que se alejase.
A partir de este día, la existencia del príncipe carecía de objeto. Algo
se había roto en su interior: la voluntad, desmenuzándose en polvo, que
envolvía sus sentidos como una niebla. ¿Qué hacer?... Ni el más angosto sendero
quedaba abierto ante su iniciativa. Alicia le odiaba como si fuese un enemigo.
¡Adiós para siempre!... Quedaba el otro, pero este hombre era invulnerable para
él.
Le bastaba recordar lo ocurrido en el castillo de Lewis, para ver cortados todos sus intentos de acción.
Maldijo aquel sentimentalismo eslavo, confuso é incoherente, igual al de su
madre, que no le permitía insistir en la maldad, haciéndole caer, cuando menos
lo esperaba, en exageradas sumisiones. ¡Ay, sus lágrimas de arrepentimiento!
¡Aquel beso en la mano del adversario!... Si evitaba el volver al Casino, era
por no encontrarse con Martínez y aquellos dos capitanes que habían presenciado
el incomprensible final del duelo... Ya no sabía imponer su voluntad; la
antigua dureza de su carácter se había disuelto en la catástrofe de sus deseos.
Volvió á encerrarse en Villa-Sirena, para no ver á nadie. Odiaba á las
gentes y al mismo tiempo pensaba con cierto miedo en las disimuladas sonrisas
que podían saludar su paso, en los comentarios que surgirían á sus espaldas.
Don Marcos era el único compañero de esta soledad; y Lubimoff, que en
los primeros días sólo cruzaba con él contadas palabras, acabó por desear que
volviese pronto de Monte-Carlo, al cerrar la noche, para oir sus noticias, que
en otro tiempo hubiese considerado insignificantes. Entablaban largas
conversaciones sobre lo que ocurría en el Casino ó sobre los acontecimientos
del mundo. Era la curiosidad del preso ó del enfermo, que agranda el interés de
las cosas con una desorientación producto de la inmovilidad y del encierro.
El coronel concedía cada vez menos importancia á los sucesos de la vida
ordinaria. Toda su atención la había concentrado en las costas del Atlántico y
la opuesta ribera oceánica.
—¡Siguen llegando!—decía alegremente, luego de saludar á su príncipe—.
Continúa el desembarque de los americanos: una verdadera cruzada. Son
centenares de miles; son millones... ¡Y pensar que muchos ignorantes
consideraban un bluff lo del envío de los ejércitos de
América!
Se indignaba de buena fe contra la tal ignorancia, olvidado ya de sus
escepticismos de meses antes.
—¡Un gran país!... Y ese Wilson, ¡qué hombre!
Ahora creía al pueblo americano capaz de realizar todo lo que se
propusiera, por inaudito que fuese; pero sus ideas
tradicionales le impedían sentir un largo entusiasmo por algo colectivo y
abstracto, sin fisonomía humana. El antiguo partidario de la monarquía absoluta
prefería á los individuos: un hombre que pensase por los demás, imponiéndoles
sus órdenes. Y á las pocas palabras, su entusiasmo por la democracia americana
lo recogía para depositarlo reconcentrado sobre la cabeza de Wilson.
—¡El primer hombre del mundo!
Se humedecían sus ojos con un fervor de idólatra al leer los discursos
del Presidente; agotaba todo su léxico de palabras laudatorias para expresar su
admiración por este personaje que hacía desnudar la espada á un gran pueblo,
desinteresadamente, en defensa de la justicia y la libertad, y profetizaba al
mismo tiempo un porvenir de paz para los humanos, sin naciones rapaces que
amenazasen la vida de los humildes y los débiles.
Una noche encontró algo nuevo para hacer patente su admiración.
—¡Qué poeta!
Lubimoff, á pesar de su melancolía, empezó á reir. ¡El presidente Wilson
un poeta!...
Don Marcos, balbuceando ante la risa de su príncipe, intentó explicarse.
No encontraba la palabra exacta para precisar su pensamiento, pero insistió,
considerándolo justo. Un poeta era para él un vidente que dice cosas muy
hermosas sobre el futuro de los hombres; un profeta que sueña en la cumbre,
abarcando con la mirada lo que no puede ver el vulgo hormigueante á sus pies;
un ser que, al hablar, sea en la forma que sea, consigue que parpadeen de
emoción los ojos de los que le escuchan, mientras un escalofrío corre por sus
espaldas.
Se enredó su lengua al decir esto, pero á través de los balbuceos surgía
una firme convicción, incapaz de rectificarse.
—En fin, yo me entiendo. Para mí, es un poeta: un hombre con alas... con
unas alas muy largas.
Volvió á reir el príncipe. ¡Wilson con alas!... Se imaginó al Presidente
con un sombrero de copa, sus lentes, su sonrisa bondadosa, y saliéndole de la
espalda del chaqué dos triángulos enormes de plumas iguales á las
que llevan los ángeles en los cuadros de la pintura religiosa. ¡Gracioso
coronel!...
Luego quedó pensativo, mientras su rostro tomaba una expresión grave.
—Tienes razón—dijo—. Le veo con alas, unas alas tal vez demasiado
largas. Gran cosa para volar, ¡pero cuando se ha de vivir entre los hombres,
marchando sobre el suelo!... Temo que le arrastren; temo que se las pisen algún
día encontrándolas molestas...
Y no hablaron más.
El príncipe quiso romper esta clausura que se había impuesto
voluntariamente. ¿Por qué seguir en Villa-Sirena, cerca de unas personas que
ocupaban á todas horas su pensamiento y no deseaba ver?... Lo mejor era
volverse cuanto antes á París. Los cañones de largo alcance seguían tirando
sobre la capital; casi todas las semanas, escuadrillas de aviones alemanes
hacían una excursión nocturna sobre ella, arrojando explosivos. Tal viaje
ofrecía el aliciente de la emoción y del peligro á este solitario, atormentado
en su robustez por una existencia inmóvil y monótona, sin otra novedad que el
rumiar de nuevo sus recuerdos.
Todas las mañanas, al levantarse, formulaba el mismo propósito: «Me voy
á París.» Pero el viaje se iba retardando de semana en semana. Era la abulia
del enfermo que hace proyectos de vida activa, y apenas intenta realizarlos,
vuelve á caer sin fuerzas, y los aplaza para un porvenir indefinido.
Los detalles más insignificantes se agigantaban ante su voluntad
enferma. Debía ir á Niza para que le reservasen un sitio en la oficina de
coches-camas. Pensaba en enviar á don Marcos; luego desistía, encontrando
preferible ir él mismo. Y pasaban las semanas sin realizar este breve viaje,
preliminar del viaje á París, pareciéndole ambos igualmente largos. El, que por
tres veces había circunnavegado el planeta, se encogía de cansancio al pensar
en la lentitud de los trenes impuesta por la guerra, en las diez y seis horas
de ferrocarril.
Una tarde, aburrido de sus magníficos jardines, siempre iguales, del
silencio de su casa desierta, de las distracciones crecientes del coronel, que
constantemente tenía algo que hacer en Monte-Carlo
ó en el pabellón del jardinero, se lanzó á pie hasta la ciudad y tuvo un
encuentro.
Sus pasos le llevaron maquinalmente hacia los bulevares altos, cerca de
la calle donde estaba Villa-Rosa. Al darse cuenta quiso retroceder, y entonces
fué cuando vió venir por la acera opuesta al teniente Martínez, en la misma
dirección que seguía él momentos antes.
Le pareció más alto, más fuerte, como envuelto en un halo de gloria. Su
uniforme era el mismo, rapado y envejecido por varios años de guerra, pero el
príncipe lo vió enteramente nuevo y con un brillo deslumbrador. Todo en su
persona resultaba magnífico y parecía iluminar las cosas con su contacto. Tal
vez su rostro estaba más exangüe y anguloso, pero Miguel se imaginó que
irradiaba cierto esplendor interno, compuesto de satisfacción y de orgullo. Una
especie de máscara impalpable, de envoltura astral, le hermoseaba, dándole una
segunda fisonomía, apolónica y triunfadora.
Se cruzaron sin saludarse. El teniente fingió no verle, mientras
Lubimoff le seguía con una mirada interrogante. ¿Qué es lo que había de nuevo
en este hombre? Dudó de su falta de salud, de su peligrosa situación que tanto
preocupaba á los médicos. ¡Todo mentiras, para interesar á las damas! Se fijó
en la firmeza arrogante de su paso, en el aire de jovenzuelo con que agitaba el
junco que le servía de bastón.
Al perderlo de vista aún lo vió mejor. Su imaginación fué evocando
vigorosamente ciertos detalles sobre los que había resbalado insensible su
mirada. Algo surgió con un relieve doloroso en su memoria: varias rosas, un
pequeño grupo de rosas que el militar llevaba sobre el pecho, entre dos botones
de su uniforme. ¡Un oficial con flores! Eso era lo que había herido sus ojos
desde el primer instante, con tal extrañeza, que perturbó su visión. ¡Ay, estas
flores!...
Pasó el resto del día pensando en ellas. Al tenderse en su lecho, la
obscuridad simplificó la maraña de pensamientos y dudas que se revolvía en su
cerebro. Lo vió todo con una nitidez fría y cortante. «¡Ya ha sido!»
Saltó de la cama y encendió luz, paseando furiosamente por su
dormitorio.
—¡Ya ha sido!...
Repetía las mismas palabras con una obsesión cruel: se arrepintió de su
generosidad, como si fuese un crimen. «¿Por qué no lo maté?» Luego volvía á su
afirmación con un acento plañidero, considerando irreparable lo que ya había
sido. Y por mucho tiempo, en la lobreguez que invadió de nuevo el dormitorio,
sonaron las maldiciones del príncipe, alternadas con rugidos de orgullo y
angustias de llanto.
Al día siguiente persistió su convicción. La gracia pueril de la mañana,
que infunde optimismos, fué muda para él. ¿Cómo saber la historia de este
suceso sospechado y temido, pero que nunca creyó llegara á realizarse?...
Una desesperada curiosidad le hizo pasar el día entero en Monte-Carlo.
Volvió á encontrarse con Martínez. El oficial siguió adelante, apartando su
mirada para no verle; pero el príncipe creyó sorprender en sus ojos una
expresión fugitiva de lástima generosa, la conmiseración hacia un rival
desgraciado é inofensivo. También llevaba flores: indudablemente distintas á
las del día anterior.
Lubimoff repitió mentalmente sus lamentos de la noche: «Sí, ya ha sido.»
Imposible la duda. Pero no se le ocurrió matarlo, ni arrepentirse de su
generosidad. ¡Todo inútil! Sólo pensó con envidia en las gentes de abajo, en
los impulsivos que sienten con simpleza sus pasiones, sin el estorbo del honor
y la palabra empeñada; en los hombres que saltan por encima de leyes y
costumbres, y cuando quieren matar, matan.
Lo había visto más demacrado que nunca, con unos ojos de fiebre: pero
¡ay, aquella máscara impalpable de vanidad juvenil, de triunfo, de
satisfacción, que irradiaba en torno de su cabeza un nimbo de gloria!...
En la noche, Toledo se vió repelido bruscamente por su príncipe al
intentar comunicarle una carta que había recibido de París. El administrador se
impacientaba: pedía una contestación á Su Alteza sobre la venta de
Villa-Sirena.
—No sé; déjame en paz... Lo mejor será que trate esto directamente. Iré
mañana á Niza para arreglar mi viaje á París... Mañana no; pasado mañana.
No pudo explicarse por qué concedió un día más á su inacción: fué un
diferimiento maquinal, sin motivo alguno. Al día siguiente, después del
almuerzo, se arrepintió, pero ya era tarde para encontrar al chófer que le
había servido la tarde del duelo, y que don Marcos acababa de ascender al rango
de «proveedor de Su Alteza».
¿Adónde ir, seguro de no tropezarse con las personas que ocupaban su
recuerdo?... Cuando empezaba á caer la tarde se dirigió á las terrazas del
Casino. Un concierto al aire libre atraía enorme concurrencia. No era fácil que
Martínez y la otra se exhibiesen ante esta muchedumbre.
Se imaginó vivir en los tiempos de paz; haber retrocedido á uno de
aquellos inviernos privilegiados que empujaban hacia la Costa Azul á los ricos
del planeta. Las dos terrazas estaban llenas de gente de buen aspecto. El
cañoneo de París y los ataques de los gothas mantenían en
Monte-Carlo á muchas damas elegantes que en otro tiempo hubiesen considerado
perdido su honor al permanecer en esta ribera calurosa pasado el invierno.
Faltaban sillas; gran parte del público estaba sentado en las
balaustradas y las escalinatas. En torno del kiosco de la orquesta había una
masa de suaves colores, formada por los sombreros femeninos, los trajes
primaverales, los inquietos abanicos. Frente á las terrazas se extendía el mar
entre promontorios color de rosa. Las velas lejanas parecían arder, enrojecidas
por el sol moribundo. La música se amplificaba voluptuosamente al resbalar
sobre la epidermis violeta del Mediterráneo y el cristal opalino de la tarde.
Nadie pensaba en la guerra; era una calamidad de otras tierras y otros
cielos. Hasta los convalecientes con uniforme, que vivían esta hora dulce,
respirando la brisa salada, escuchando los quejidos de los violines y rodeados
de mujeres vistosas, parecían no acordarse. Muchos ojos seguían el avance por
la línea del horizonte de un rosario de vapores pintarrajeados, como bestias fabulosas, á los que daban escolta varios
torpederos. Pero el arrullo de la música penetrando al mismo tiempo por los
oídos quitaba toda significación á este medroso disfraz de los buques y á la
lentitud recelosa con que se deslizaban frente á la costa del placer.
Cuando, después de las siete, terminó el concierto, las terrazas se
despoblaron. Unicamente siguieron en los bancos algunas parejas, que retardaban
el instante de la separación conversando quedamente en el silencio azul del
crepúsculo.
El príncipe pudo marchar de un extremo á otro del paseo más bajo, sin
tener que sufrir el contacto de la muchedumbre.
De pronto se detuvo, con una sensación de sorpresa y dolor, como si
acabase de recibir un golpe en el pecho. Por la amplia escalinata que pone en
comunicación á ambas terrazas descendía una pareja. Su instinto los reconoció á
los dos antes que su mirada. Un militar, el teniente Martínez... ¡y ella!
Iba de luto, lo mismo que la había visto junto á la iglesia; pero
caminaba con menos resolución, encogida y temerosa al verse en este sitio
ocupado poco antes por casi todos los vecinos de la ciudad.
Hablaban mientras descendían con lento paso. Abstraídos en contemplar el
mar, no torcieron su vista hacia el sitio en que permanecía inmóvil Lubimoff.
Tomaron una dirección opuesta al llegar abajo, y el príncipe pudo seguirles.
Sintió que un poder extraordinario de adivinación aguzaba sus
facultades; una doble vista que le permitía ver y estudiar los rostros de los
dos, á pesar de que marchaba á sus espaldas.
¡Ay, este paseo! Era el ansia de luz y de aire libre que se experimenta
después de un encierro dulce; la necesidad insolente de mostrar la propia dicha
en público, cuando empiezan á resultar pesadas las horas felices, por su
monótona repetición; el deseo de prolongar á la vista de todos la intimidad
secreta, con el incentivo de tener que fingir, ocultando los verdaderos
sentimientos.
Miguel consideró indiscutibles sus adivinaciones. Era el
oficial, sin duda, quien había propuesto este paseo. ¡El orgullo de marchar por
un lugar público con una dama célebre, pensando al mismo tiempo en sus nuevos
derechos!... Ya no pudo dudar más de la imagen que le había hecho rugir en el
silencio de la noche... ¡Había sido!... ¡Había sido!
El aspecto de ella repelía toda duda. Marchaba con cierto desaliento,
como el que se ve obligado á seguir adelante contra sus fuerzas. Vió su rostro
sin verlo. Era triste, profundamente triste, con la melancolía del caído que
tiene conciencia de su abyección y la considera sin remedio, por ser obra de un
fatalismo irresistible, por estar sus causas más allá del radio de la voluntad.
Ladeaba la cabeza hacia su acompañante para mirarle. Debía ser una
mirada de prisionera agradecida que quiere olvidar las miserias del
remordimiento y se siente contenta sensualmente en la vergonzosa esclavitud.
Mientras su alma se encogía ante el recuerdo, su cuerpo se inclinaba con una
atracción material hacia aquel otro cuerpo, buscando instintivamente el
contacto que hacía reflorecer su juventud con una nueva primavera; primavera
triste, como lo son las sorpresas del destino, pero más dulce que las horas
cenicientas de la soledad.
El odio, la repugnancia, la indignación por la dicha ajena, hicieron
detenerse al príncipe. ¿Para qué seguirlos?... Podían volver la cabeza y verle.
Se avergonzó al pensar en un encuentro. ¡Miserables!... Debía existir alguien
en lo alto que castigase estas cosas.
Y se alejó de ellos, caminando hacia el otro extremo del paseo para
bajar al puerto de La Condamine.
Iba á salir de la terraza, cuando ocurrió algo á sus espaldas que le
hizo detenerse. Los grupos sentados en los bancos se levantaban
precipitadamente, y luego de hablar corrían hacia el mismo sitio de donde venía
él. Oyó gritos, gentes que se llamaban. Una noticia parecía circular por los
dos planos del jardín, haciendo surgir personas de los senderos, de los grupos
de palmeras, de las murallas de vegetación.
Lubimoff se dejó arrastrar por esta alarma, volviendo sobre sus pasos.
Vió de lejos una mancha creciente y bullidora, un
grupo al que se iban uniendo las filas serpenteantes de curiosos que bajaban
corriendo las escalinatas. El jardín, momentos antes despoblado, vomitaba
personas por todas sus aberturas.
Al aproximarse al grupo, pudo oir los comentarios de varios curiosos
sueltos que instruían á los que llegaban.
—Un oficial convaleciente... Iba paseando con una señora... De pronto,
cae redondo... lo mismo que si lo hubiese herido un rayo... Ahí está.
Sí; allí estaba Martínez, en el centro de la masa humana, como una pobre
cosa, tendido en el suelo, guardando la misma actitud de su caída, con el
cuerpo en forma de Z: la cabeza en ángulo recto sobre su pecho, las piernas
dobladas trazando otro ángulo. Lubimoff avanzó hasta asomar sus ojos sobre la
primera fila de mirones estupefactos. Un ronquido continuo, un estertor de
pobre bestia agonizante salía de su boca espumosa. En el cuerpo inmóvil, la
única manifestación de vida era aquel aullido repitiéndose con una regularidad
cronométrica, sin cambiar de tono.
Los oficiales abandonaban á sus compañeras para meterse en el centro del
corro. Al reconocer á Martínez, su sorpresa tomaba una expresión acariciante y
fraternal.
—¡Antonio!... ¡Antonio!
Se inclinaban sobre él para hablarle al oído, como si durmiese; pero
Antonio no escuchaba. Uno de sus ojos permanecía oculto en la tierra del paseo;
una piedrecita había saltado sobre los párpados del otro. Todo un lado de su
uniforme estaba blanco de polvo. El feroz ronquido era lo único que respondía á
los cariñosos llamamientos.
Un médico militar salido de la masa tomaba sus manos, examinando su
pulso con un gesto de impotencia. Le habían dado muchos ataques como éste;
deseaba que no fuese el último...
Arrodillada en el suelo vió á Alicia, absorta por la sorpresa, mostrando
las sinuosas líneas de su dorso bajo las ropas de luto, olvidada de todo lo que
existía en torno de ella, fijos sus ojos en aquel hombre que minutos antes marchaba á su lado hablando, sonriendo,
convencido de que la vida es una felicidad, y ahora estaba tendido en el polvo,
anguloso y flácido, como una pobre cosa que se vacía entre estertores.
Se levantó, avisada por el instinto, no queriendo permanecer á la vista
de la gente en aquella postura. Sus ojos enormes, inexpresivos, asustados,
fueron mirando alrededor, sin reconocer á nadie. Al encontrarse un momento con
los de Miguel parpadearon, suplicantes. Pero el príncipe se ocultó detrás de la
primera fila de curiosos, agachando su cabeza, y los ojos de ella siguieron
adelante en su visión circular, nuevamente apagados, creyendo sin duda en un
error de la ilusión.
Al quedar de pie Alicia, las gentes se la mostraban. Esta era la dama
que acompañaba al oficial. Algunos la reconocían, repitiendo su nombre: «la
duquesa de Delille». Por instintiva repulsión, ó por el cobarde deseo de no
verse mezclados en «historias», nadie la hablaba, dejándola sola en el centro
del grupo, con sus ojos estupefactos que imploraban un auxilio, sin saber cuál.
Personas de buena voluntad empezaron á desarrollar sus iniciativas
autoritarias.
—¡Aire!... ¡dejen aire!
Daban empellones para hacer mayor el círculo en torno del caído; pero
inmediatamente se volvían hacia éste, ordenando socorros inútiles, y otra vez
se estrechaba el espacio, llegando los pies de los más avanzados junto á la
boca aulladora del moribundo.
Una jovencita había trotado espontáneamente hasta el bar de
la entrada del Casino, volviendo con un vaso de agua.
—¡Antonio!... ¡Antonio!
Los arrodillados compañeros le llamaban en vano, pugnando por entreabrir
sus mandíbulas y obligarle á beber. Su boca repelía el líquido, para seguir
repitiendo el doloroso rugido.
Empezaron á llegar señoras de las salas de juego, atraídas por la
noticia. Todas conocían á la duquesa; y la miraron con cierta hostilidad,
después de contemplar al moribundo. El príncipe oyó fragmentos de sus
comentarios: «Un pobre que vivía milagrosamente...
La más leve emoción... Esa mujer...»
Más allá del grupo correteaban los guardias del jardín transmitiéndose
órdenes. Habían aparecido los bomberos, aquellos bomberos que, según el rumor
público, se filtraban mágicamente á través de los muros del Casino para
llevarse á los jugadores caídos en las salas.
Esta vez les faltaba la camilla. Los curiosos se apartaron para abrir
paso á una extraordinaria novedad. Un carruaje de alquiler iba avanzando por
las terrazas, lugar vedado á los vehículos.
Lubimoff vió cómo se elevaba la duquesa repentinamente sobre las cabezas
del gentío. Acababa de subir al carruaje y se mantuvo de pie en él, con la
mirada perdida y un rostro inexpresivo de sonámbula. Tal vez había hecho esto
sin reflexión; tal vez el médico militar la invitó á subir, creyéndola de la
familia del enfermo. Varios hombres con uniforme levantaron el cuerpo inánime
del oficial.
Continuaba su ronquido desgarrador.
Y entonces, ante la muchedumbre, que no podía ver con sus ojos
estupefactos, Alicia procedió como si estuviese sola. Acababa de dejarse caer
en el asiento, é hizo que pusieran sobre sus rodillas aquel cuerpo igual á un
cadáver. Ella misma, mientras lo sostenía con un brazo, dobló con el otro la
aulladora cabeza, haciéndola descansar en uno de sus hombros.
El carruaje se puso en marcha lentamente hacia el hotel de los
oficiales, seguido de una gran parte del público. El médico iba á pie,
recomendando al cochero que marchase despacio.
Miguel la vió pasar, rígida, los ojos agrandados por el asombro, la boca
crispada por el dolor, con aquel moribundo en sus rodillas. Su actitud era la
misma de la madre divina al pie de la cruz, pero con algo impuro y vergonzoso
en su pena que hacía inadmisible la imagen. «¡Oh, Venus dolorosa!»
No pudo continuar sus pensamientos. Se sintió empujado rudamente por una
mujer con uniforme. Era Mary Lewis que corría, abriendo todo el amplio compás de sus piernas, para alcanzar al carruaje. Esta
amazona del bien siempre llegaba á tiempo para encontrarse con el dolor.
Lubimoff vió como se alejaba poco á poco el vehículo con su orla de
gentío. La marcha hasta el hotel iba á resultar interminable; todo Monte-Carlo
presenciaría su paso.
Se sintió triste, muy triste. Aquel oficial era su enemigo; ¡pero la
muerte!...
Alicia le inspiraba menos conmiseración. Sonrió con una sonrisa perversa
al contemplar por última vez el carruaje y su séquito que iba en aumento.
Como escándalo, no era flojo el que acababa de dar la duquesa de
Delille.
Dos días después, Lubimoff vió salir, una mañana, al coronel, vestido de
negro.
Iba al entierro de Martínez. El y Novoa, como españoles, tenían el deber
de acompañar al héroe en su último viaje sobre la tierra.
A la vuelta relató al príncipe sus impresiones, con una concisión
dolorosa. Unos cuantos oficiales convalecientes habían seguido al féretro. El
profesor y él eran los únicos acompañantes con traje civil; pero aquellos
muchachos heroicos y amables le obligaban á presidir el duelo, por ser coronel
y compatriota del difunto.
Describió el cementerio de Beausoleil, á media falda de la montaña en
cuya cumbre está La Turbie. A causa de la guerra, habían tenido que ensancharlo
con varias mesetas formando escalinata, y desde estas explanadas se abarcaba un
paisaje magnífico: Monte-Carlo y Mónaco á vista de pájaro, Cap-Martin avanzando
sobre las olas, y el infinito del mar subiendo y subiendo, hasta confundirse
con el cielo. Un monumento con un gallo en su cúspide, arrogante y victorioso,
guardaba los restos de los combatientes muertos por Francia. Don Marcos aún
estaba conmovido por sus propias palabras, dichas en medio de un profundo
silencio ante la puerta de esta tumba común que iba á tragarse para siempre el
cadáver de Martínez.
—Hablé para hombres—dijo Toledo con orgullo—, para hombres estropeados
por la guerra; un público de héroes... No ha habido en el entierro una sola
mujer.
Esto fué lo más interesante para el príncipe: «Ni una mujer.»
Y volvió á preguntarse una vez más qué sería de Alicia.
Al caer la tarde, cuando estaba paseando por sus jardines, vió venir á
lady Lewis precedida del coronel.
Se refugió el príncipe en su casa. La enfermera llegaba indudablemente
con un grupo de convalecientes ingleses, deseosa de corretear entre los
árboles, de coger flores, y él se sentía falto de fuerzas para escuchar su
parloteo de pájaro herido y alegre, aquel contento tenaz que se prolongaba, á
través del dolor, hasta los umbrales de la muerte.
Subía el príncipe la escalera para ocultarse en sus habitaciones altas,
cuando le alcanzó el coronel; y antes de que éste le hablase, lo interpeló con
violencia. No quería ver á la enfermera... Que pasease con sus ingleses por
todos los jardines: podía disponer de ellos como si fuesen de su propiedad;
pero que le dejase tranquilo.
—Marqués—dijo Toledo—, la lady viene sola y necesita hablar con Su
Alteza. Tiene algo importante que decirle.
El príncipe y la enfermera ocuparon unos sillones de junco fuera de la
casa, en una plazoleta rodeada de frondosos árboles. Una fuente reía bajo el
desgrane de su perezoso surtidor.
La luz verdosa reflejada por la arboleda hacía á lady Lewis más débil y
exangüe. Los restos de su vida parecían concentrarse en sus ojos antes de huir
perdiéndose en el espacio como un flúido incautivable. El príncipe iba
olvidando su reciente cólera. ¡Pobre lady!...
Volvió á sentir por ella ternura y respeto. Su miseria física acababa
por convertir la lástima en esa admiración que inspira siempre el sacrificio
desinteresado.
Ella, acostumbrada á vivir entre los grandes dolores, á presenciar
catástrofes, tenía en poco las conveniencias que rigen la vida ordinaria, y
habló inmediatamente, con cierta rudeza militar, del motivo de su visita.
Venía de parte de la duquesa de Delille. Había pasado los dos últimos
días en Villa-Rosa, durmiendo allí para no abandonar un solo momento á Alicia.
Su desesperación primeramente y luego su abatimiento le inspiraban miedo. Había
intentado matarse.
—¡Pobre mujer!... Al fin se serenó, viendo la verdadera luz,
reconociendo su camino. Estoy satisfecha de haberlo logrado con mis palabras.
Los ojos interrogantes de Lubimoff quedaron fijos en la inglesa. ¿Qué
luz y qué camino eran estos?... Pero otra cosa le interesaba más: la causa de
su visita, aquella misión que le había encargado la duquesa para él.
Lady Lewis adivinó sus pensamientos.
—Me ha pedido que le vea, príncipe; es su último deseo al huir del
mundo. Le suplica que se olvide de ella, que no la busque nunca, y sobre todo
que la perdone por el daño que le ha causado involuntariamente. Su perdón es lo
que reclama con más vehemencia... Cuando yo le diga que usted no la odia, esto
le devolverá la tranquilidad que necesita para su nueva vida.
Miguel quedó absorto. ¿Perdonar?... Alicia no le había causado ningún
daño. Era él mismo quien se atormentaba con sus deseos y sus desilusiones. De
persistir en sus ideas de meses antes, cuando abominaba de las mujeres, no
habría sufrido la menor alteración en su cuerda existencia. Además, ¿dónde
estaba? ¿no podía verla?...
Estas preguntas las interrumpió lady Lewis. Continuaba sonriendo
dulcemente, pero su voz reveló la firmeza de una voluntad inquebrantable.
—La duquesa ya no vive en Monte-Carlo; he arreglado todo lo referente á
su viaje. Soy la única que conoce su paradero, y no lo revelaré á nadie. No la
busque, deje que marche en paz hacia la verdad; imagínese que ha muerto... como
han muerto otros, como mueren y seguirán muriendo en nuestra época tantos miles
de seres á cada nuevo sol... Perdone y olvide. ¡Pobre mujer!... ¡es tan
desgraciada!
Lubimoff comprendió que resultarían inútiles todas sus preguntas. Su
curiosidad, por insinuante que fuese, se estrellaría contra esta reserva.
Alicia había desaparecido para siempre... ¡para siempre!
Esto le hizo considerarse más triste, más sólo. Experimentó junto á esta
amazona del dolor humano una confianza igual á la que había debido sentir la de
Delille en los dos últimos días. Era un deseo de confesarse con ella, un
impulso instintivo de abrirle el alma, como si de
esta mujer que llevaba á los lechos de muerte un regocijo frívolo de pájaro
pudiese surgir el consejo de la suprema sabiduría.
Movió el príncipe la cabeza, murmurando palabras de afirmación: «Sí;
perdonaba.» No quería dejar sobre la otra el más leve peso de su dolor; lo
guardaba todo para él... Pero á continuación no pudo resistir el empuje de este
mismo dolor deseoso de exteriorizarse, y sintió extrañeza ante las palabras que
se le escapaban, atropellando su voluntad.
—¡Yo también, lady, soy muy desgraciado!
La enfermera no manifestó asombro ante tal confidencia. Continuó
sonriendo, y dijo lacónicamente:
—Lo sé.
Su sonrisa se fué transformando en un gesto de dulce piedad, de
conmiseración protectora, como si el príncipe fuese un niño necesitado de sus
consejos.
Había adivinado su desgracia mucho antes de que la duquesa le hablase en
sus horas de desesperada confesión. Se creía desgraciado por contrariedades de
amor; pero esta desgracia sólo era la envoltura de otra más verdadera y
profunda que residía en él, sólo en él.
Intentaba mantenerse apartado de sus semejantes, ignorando las
preocupaciones de éstos, enquistado en su egoísmo, queriendo prolongar sus
goces de los años tranquilos al margen de la humanidad, que sufría una de las
mayores crisis de su historia. Era comprensible este alejamiento en un cobarde,
dominado por el instinto de conservación; pero él era valiente. Podía tolerarse
en un hombre cargado de hijos, que siente á todas horas el imperioso deber de
su subsistencia y sufre miedo; pero él estaba solo en el mundo.
—Todos somos desgraciados, príncipe. ¿Quién no conoce ahora el dolor y
la muerte?
Y habló monótonamente de las propias desgracias, como si recitase una
oración, mientras su sonrisa se iba borrando: aquella sonrisa que animaba la
fealdad anémica de su rostro con una luz vagorosa de aurora.
Seis hermanos suyos habían muerto en una tarde. Pertenecían al mismo
batallón, y ella recibía la noticia de las seis muertes al mismo tiempo.
Treinta y dos individuos de su familia estaban bajo
tierra. Muy pocos de ellos eran militares; llevaban una existencia de placeres
antes de la guerra, disfrutaban de grandes riquezas y títulos: su vida
resultaba tan dulce como la del príncipe Lubimoff... ¡pero al verse llamados
por el deber!...
Nadie escoge su lugar antes de venir al mundo; ninguno puede decidir
cuál será su patria y cuál su linaje. Nacemos arriba ó abajo, á capricho del
azar, y amoldamos la historia de nuestra existencia al sitio que nos designó el
acaso. Tampoco puede nadie escoger su época. Los que nacen en períodos de paz,
cuando la humanidad permanece en calma y el salvajismo prehistórico dormita
dentro del caparazón formado por las civilizaciones, son dichosos; tan dichosos
como los que vienen á la vida en una casa poderosa y se ven exentos de batallar
por la subsistencia.
—Pero cuando nacemos en una época de locura—continuó—, debemos
resignarnos y amoldarnos á ella, sin huir el hombro á la carga penosa. Tenemos
el deber de sufrir para que otros sean felices después, como sufrieron los
antepasados por nosotros.
¡Su dolor al recibir la noticia de aquella muerte en masa de sus
hermanos!... Ella no se tenía por un ser extraordinario; era simplemente una
mujer como todas, y lloró, entregándose á la desesperación. Luego, una idea iba
esparciendo por su pensamiento cierta frescura bienhechora. ¡Si hubiesen
hombres inmortales!... Entonces sí que resultaría horrible la desesperación, al
pensar que el muerto podía haberse librado de la muerte manteniéndose lejos del
peligro. Pero nadie era inmortal.
Morir bajo el proyectil ó bajo el microbio, era morir lo mismo. Sólo
variaba la postura, y para muchos ofrecía mayor seducción volver á la tierra de
un modo fulminante, en plena embriaguez heroica, con una idea generosa en el
pensamiento, que extinguirse lentamente entre sábanas, frente á una pared,
manchado y envilecido por todas las suciedades de una materialidad que empieza
á disgregarse.
Era el santo miedo, guardián de nuestra conservación, el que perturbaba
á las gentes, ocultándoles la terrible verdad que
existe al término de toda vida. Las gentes cuerdas consideraban una locura el
ir al encuentro de la muerte. Muy bien si la muerte fuese algo inmóvil que sólo
pone su mano en el que se le acerca... Pero si el hombre no va en su busca,
ella corre con pasos de cien leguas en busca del hombre. ¿Quién puede adivinar
el momento del encuentro?... Lo mejor era despreciarla, no concederle el tributo
de un recuerdo continuo, engendrador de angustias y miedos.
Además, la muerte en el lecho resultaba una muerte infructuosa y
estéril. ¿A quién podía servir, aparte de los herederos?... La otra muerte por
una idea, aunque fuese errónea, representaba una afirmación, un acto de energía
y de fe, y con la suma de tales actos se va tejiendo la historia noble de la
humanidad.
El príncipe admiró la sencillez con que esta mujer casi moribunda
ensalzaba el heroísmo de la vida despreciando á la muerte.
Había colocado su pensamiento en lo alto, más allá de los egoísmos y los
deseos que forman la trama de la vida ordinaria. Si todos hiciesen lo que les
conviene únicamente, la humanidad en masa no tendría por qué considerarse
superior á los animales.
La lady poseía un ideal: sacrificarse por sus semejantes; servirles aun
á costa de su existencia. Casi se congratulaba de la guerra, que la había
ayudado á encontrar el verdadero camino. En tiempo de paz hubiese hecho lo que
todas: uniendo su suerte á la de un hombre, para tener hijos y constituir una
familia. El egoísmo amoroso resume el mundo en dos seres; el egoísmo de la
madre no reconoce nada interesante más allá de su prole. Unicamente cuando
llega la vejez y se han desvanecido las perspectivas ilusorias de la vida se
reconoce la gran verdad, ó sea que hay que interesarse y sacrificarse por todos
los que existen... Pero la piedad de la vejez es infructuosa y corta. Mary
Lewis se consideraba feliz por haberse lanzado desde el primer momento en la
buena dirección, sin el largo rodeo de los otros para llegar tarde á la verdad.
—Yo he tenido mi novela, como todos.
Dijo esto con sencillez, pero al mismo tiempo la poca sangre
que le restaba animó su rostro con tenue rubor, como si fuese á confesar algo
extraordinario.
Un hombre estudioso la amaba; un antiguo secretario de su padre el
gobernador colonial. Sólo una vez se habían confesado este amor. Luego
continuaron su vida como siempre, guardando cada uno su secreto, poniendo la
realización de sus ilusiones en un porvenir indeterminado... Pero llegaba la
guerra.
El había corrido de los primeros á alistarse como voluntario: «Mary, soy
soldado.» Y Mary había respondido: «Hace usted bien.» Se escribían de tarde en
tarde breves cartas. Tenían cosas más importantes que hacer. El no poseía la
hermosura y la fuerza del héroe, como los hermanos de lady Lewis. Hasta
sospechaba ésta que su aspecto era poco militar, á causa de los torpes
movimientos de una vida vegetativa acostumbrada á encorvarse sobre la mesa de
escribir. Pero cumplía su deber, y más de una vez le habían citado por sus
frías audacias.
Nunca se realizarían los deseos de los dos. Aunque ella alcanzase á
vivir después de la guerra, continuaría su existencia presente en los
hospitales civiles, en los países remotos azotados por las epidemias. El tal
vez se casase con otra, ó tal vez permanecería fiel á su recuerdo, dedicándose
por su parte á remediar el dolor de los hombres. Mas vivirían alejados, yendo
adonde les llamase su deber, pensando á todas horas uno en el otro, pero sin
verse, como los monjes letrados y las religiosas apasionadas que en otros
siglos llenaban su existencia con una amistad espiritual sostenida desde sus
lejanos monasterios.
Miguel volvió á admirar esta abnegación. Lady Lewis pertenecía al
pequeño grupo de elegidos que desconocen el egoísmo y ansían sacrificarse por
el bien; á las eternas santas que existieron antes del nacimiento de las
religiones, y que continuarán floreciendo lo mismo cuando la duda haya acabado
de arruinar las creencias actuales.
—Usted es un ángel—dijo el príncipe.
—No—protestó ella-: yo soy una amorosa, una gran amorosa.
Lubimoff sonrió con cierta lástima.
Ella siguió hablando, como si le molestase la extrañeza de su oyente.
¿Qué era el amor de los otras mujeres comparado con el suyo? Ponían su ternura,
su deseo de sacrificio, en un solo hombre. Más allá de él no encontraban nada
digno de interés. Ella amaba á todos los hombres, ¡á todos! hasta aquellos
enemigos que había cuidado muchas veces en las ambulancias del frente. Estaban
engañados; y si realmente habían sido perversos y deseaban continuar siéndolo,
ella sólo les veía en su estado actual, tendidos en una cama, con las carnes
rotas, amenazados por la muerte. Eran unos desgraciados nada más, y esto
bastaba para que olvidase su origen.
Deseaba el triunfo de los suyos, porque los otros representaban la
exaltación de la fuerza brutal, la divinización de la guerra, y ella quería que
no hubiese más guerras. ¡El amor imperando sobre el mundo entero!... Harta
desgracia era que los hombres no pudieran suprimir con igual facilidad la
pobreza, el dolor y la muerte, divinidades negras que nos toman al nacer y con
las que batallamos hasta el último momento.
—Yo amo todo lo que vive: las personas, los animales, las flores. ¿Qué
es al lado de esto el amor entre hombre y mujer, que las gentes consideran el
único amor y no es mas que el egoísmo de dos seres apartados de sus semejantes,
viviendo sólo para ellos?... Mi amor también es un egoísmo, lo reconozco; tal
vez algo peor: un orgullo. ¡Si usted conociese mis alegrías cuando he salvado
de la muerte á uno de mis flirts, á uno de esos pobres heridos que
no veré más!... No me admire, príncipe, no me compadezca. Soy únicamente una
pobre mujer: ¡nada de ángel! Además, muy mala; tengo mis remordimientos, como
todos.
—¡Usted, lady!...—volvió á exclamar el príncipe con un gesto de
incredulidad.
Y ella, para que el otro no dudase, se apresuró á contar el gran pecado
de su existencia. Viajando por Andalucía había visto al borde de un río unos
muchachos que intentaban ahogar á un perro vagabundo, arrojándole piedras. Mary
cayó sobre ellos, loca de cólera, apaleándolos con su quitasol. Uno de los
chicuelos lloró, arrojando sangre por las narices... Este mal recuerdo había perturbado muchas de sus noches. Ahora no podía
ver á un niño sin acariciarlo con la vehemencia del remordimiento.
También había sostenido disputas en varios países con los carreteros que
golpean á sus bestias, con los dueños de hotel que no le permitían guardar en
su habitación los perros y gatos sin dueño encontrados en las calles.
Antes de la guerra, su lástima era toda para los animales. La humanidad
sabe defenderse. Pero ahora, las matanzas de seres uniformados desviaban su
dulce ternura hacia los hombres. Estaban más faltos de cariño y protección que
las pobres bestias.
El recuerdo de sus flirts, que á estas horas se removían en
sus camas cubiertos de vendajes, ansiosos de la presencia de lady Lewis, ó
permanecían en un banco con los ojos inmóviles vueltos hacia el sol, negándose
á pasear por faltarles el suave apoyo de su brazo, le hizo abandonar su
asiento. «¡Adiós, príncipe!» Los enamorados la esperaban.
Puesta de pie, recordó el motivo de su visita, hablando de nuevo con
aquel tono que revelaba su firme voluntad.
Era inútil que buscase á la duquesa. La pobre, después de tantas
desorientaciones en su vida, acababa de encontrar el verdadero sendero, el
mismo que ella, más afortunada, había seguido en plena juventud. La virgen
dolorosa habló con naturalidad del pasado de Alicia. Lo conocía todo. En el
silencio de Villa-Rosa, la otra se había confesado desesperadamente, sin que la
enfermera sintiese escándalo ni asombro. ¡Qué representaba esta catástrofe
moral de una simple persona, cuando el mundo veía á cada minuto los más
inauditos crímenes!...
—Partió esta mañana, y está muy lejos... ¡muy lejos!—dijo la lady—. Es
posible que jamás vuelvan á verse... Yo le escribiré que usted la perdona, y
esto le proporcionará la tranquilidad que necesita en su nueva existencia.
El príncipe la fué acompañando hacia la salida de sus jardines. Durante
el camino volvió á lamentarse. Necesitaba exteriorizar el desaliento en que le
había dejado la resistencia de la inglesa á decirle
el paradero de Alicia.
—Soy muy desgraciado, lady.
—Lo creo—contestó ella—. Mis desgracias son más grandes que las de
usted, pero las sobrellevo mejor.
Para Mary, la vida era á modo de una balanza. En un platillo caía el
infortunio: nadie se libraba de este peso; pero había que equilibrar el
espíritu colocando en el platillo opuesto algo grande, un ideal, una esperanza.
Ella había encontrado el contrapeso necesario: el amor á todo lo existente, el
sacrificio por los semejantes, la abnegación en todos los momentos.
¿Qué tenía el príncipe para contrabalancear las sacudidas del
destino?... Nada. Seguía viviendo como en los años de paz, pensando únicamente
en él. Era todavía como habían sido los demás hombres antes de que la guerra
los sacase de su individualismo egoísta, haciendo reflorecer las virtudes de la
solidaridad y el sacrificio. Por eso bastaba un simple obstáculo á sus deseos,
un desengaño amoroso, algo que sólo puede perturbar la vida de un adolescente,
para que se considerase desgraciado... ¡Ah, si tuviera un ideal superior! ¡Si
pensara menos en él y más en los hombres!
Se estrecharon los manos junto á la verja.
—¡Adiós, lady!—dijo el príncipe inclinándose.
De estar don Marcos presente, hubiese reconocido esta voz. Era la misma
de la tarde del desafío, cuando encontró á la inglesa con los dos ciegos; una
voz hermosamente grave, en la que parecían gotear lágrimas.
Toledo sólo apareció algunos instantes después, saliendo del pabellón
del jardinero, para encontrarse con el príncipe, que regresaba pensativo hacia
su «villa».
Lubimoff habló para darle una orden con tono duro.
—Me marcho á París... Quiero salir mañana; arregla lo necesario.
Luego, al fijar sus ojos en el coronel, continuó, con voz más dulce:
—Creo que nunca volveré aquí... Voy á vender Villa-Sirena.
Don Marcos desciende por los jardines públicos hacia la plaza del
Casino, en conversación con un militar.
Ya no es el ceremonioso coronel que besaba manos viejas y nobles en los
salones de juego y asistía como inevitable comensal á los almuerzos de todas
las familias linajudas de paso en el Hotel de París. Nada recuerda en su
persona los levitones forrados de terciopelo, los sombreros de seda blanca y
demás esplendores de su elegancia original. Va sobriamente vestido de obscuro,
y su aspecto tiene algo de rústico; revela al hombre que vive en el campo,
gusta de cultivar la tierra y se siente cohibido al volver á la existencia
urbana. Lleva puestos los guantes, lo mismo que en sus buenos tiempos; pero
ahora es por necesidad. Sus manos le recuerdan cierto exiguo jardín en torno de
una «villa» diminuta, con cinco árboles, doce rosales y unos cuarenta arbustos
más, que conoce uno por uno, dándoles nombres propios, cuidándolos y regándolos
fervorosamente hasta encallecer sus dedos.
El militar también marcha como un hombre de campo, mirando á todos lados
curiosamente. Un áspero bigote cubre su labio superior, uno de esos bigotes
duros y agresivos que surgen después de largos años de continua rasura. Su
uniforme es viejo, desteñido por el sol y las lluvias. El paño amarillento
tiene el color neutro de la tierra. Su brazo derecho pende inerte del hombro y
se mueve al ritmo del paso, con el vaivén de las cosas inanimadas. La mano va
cubierta de un guante cuya rigidez acusa el relieve de algo duro y mecánico. La
otra mano se apoya en un garrote, y una pipa humea
en su boca. Sobre sus bocamangas casi se confunde con el color de la tela un
breve y único galón de oficial.
—Diez meses y veinte días—dice Toledo—que Su Alteza salió de aquí...
¡Qué de cosas han ocurrido!
El militar es el príncipe Lubimoff: un Lubimoff que parece más fuerte,
más sereno y decidido que el del año anterior, á pesar de su brazo artificial.
La cabeza tiene las mismas canas de antes, discretamente esparcidas; pero el
bigote, al crecer libremente, ha surgido casi blanco.
Las patillas del coronel son de la misma tonalidad. Con la desaparición
de sus elegancias cesaron igualmente los cuidados de tocador, y el gris
discreto de un teñido prudente ha dejado paso al blanco de una franca vejez.
Don Marcos señala la plaza hacia la que se dirigen los dos.
—¡Si hubiese visto Su Alteza esto la noche del armisticio!
La noticia del triunfo hacía correr á todas las gentes. Bajaban de
Beausoleil, subían de La Condamine, llegaban del peñón de Mónaco. Por primera
vez después de cuatro años, se iluminaban de arriba á abajo las fachadas del
Casino, de los hoteles y cafés. La plaza estaba repleta de gente. Todos
parpadeaban deslumbrados, después de la larga noche en que les había tenido
sumidos la amenaza submarina. Unos cuantos instrumentos de cobre rugían
la Marsellesa, y la muchedumbre, siguiendo las banderas de los
países aliados, daba vueltas en torno del «queso», como las falenas alrededor
de la luz, no queriendo salir de la plaza.
De pronto se había formado una larga línea danzante, una farándula, que
empezó á correr y saltar, agrandándose en cada una de sus contorsiones. Todos
se agregaban á ella, por el contagio del entusiasmo; el oficial unía su mano
con la del soldado; las graves señoras levantaban las piernas y perdían el
sombrero; las señoritas tímidas gritaban, con los cabellos sueltos; los rostros
femeninos tenían esa expresión de locura entusiástica que sólo se ve en los
días de revolución. Los cojos saltaban, los ciegos creían ver, los mancos se
agarraban con sus muñones á la fila serpenteante.
La Marsellesa parecía un himno milagroso, comunicando á todos
una nueva fuerza. ¡La paz!... ¡la paz!
En una de sus evoluciones, la cabeza de la humana serpiente remontaba
las gradas del Casino, La farándula quería meterse en el atrio, en las salas de
juego, para arrastrar entre sus anillos al público, á los croupiers,
á las mesas. Toda actividad interesada debía cesar en esta hora de generosa
alegría.
—¡Ay, los jugadores! ¡Qué enfermedad la del juego, marqués! Al llegar á
la plaza se quitaban el sombrero ante las banderas, faltaba poco para que
llorasen, cantaban una estrofa de la Marsellesa. «¡Viva Francia!
¡Vivan los aliados!...» Y á continuación se metían en el Casino para apuntar su
dinero al mismo número de la fecha celebre ó á otras combinaciones sugeridas
por la paz.
Los porteros, con aire de viejos gendarmes, formaban en masa
heroicamente para rechazar con sus pechos, sus panzas y sus puños la farándula
revoltosa que pretendía introducirse en el solemne palacio. Parecían
indignados. ¿Cuándo se había visto tamaña insolencia?... Buena era la paz, y el
pueblo debía regocijarse; ¡pero meterse en el Casino como un motín danzante,
para interrumpir el funcionamiento de una industria honrada!... Y habían
acabado por repeler gradas abajo aquella fila de señoras desgreñadas por el
entusiasmo, de militares condecorados que olvidaban repentinamente sus
enfermedades v sus heridas.
El príncipe y Toledo llegan á la plaza y se dirigen á la izquierda del
Casino, donde está el Café de París.
Lubimoff se sienta á una mesa, en un ángulo saliente del café que las
gentes apodan «el Promontorio». El coronel permanece derecho. Ha pasado la
tarde con el príncipe, y necesita volver á su casa. Ya no tiene la
independencia de antes; alguien vive con él, y su nueva situación le impone
obligaciones ineludibles.
Ve con la imaginación la casita que habita en lo alto de Beausoleil,
rodeada de un pequeño jardín. Todo es suyo por escritura pública. Pero la
suerte de su propiedad no le inquieta: nadie se
llevará sus paredes y sus árboles. Lo que le tiene nervioso es cierto
suboficial americano, joven y membrudo, que siente la manía de pasear en torno
de su vivienda, y ciertos ojos claros que le siguen hambrientos desde una ventana,
cierta boca carnuda que le sonríe, ciertas manos que él cree haber sorprendido
de lejos arrojando una flor, y cuya propietaria le grita furiosa todos los días
para convencerle de que ha visto visiones.
Don Marcos se ha casado.
Pocas semanas después de marcharse el príncipe, un gran cambio se
realizó en su existencia. Villa-Sirena era ya de aquel nuevo rico, constructor
de autocamiones y aeroplanos, que también había comprado el palacio de París.
El coronel, al darle posesión, sólo se acordó de alabar los méritos del
jardinero y su familia.
Lubimoff, antes de marcharse al frente, se había ocupado de la suerte de
su «chambelán», asegurándole una pensión de diez mil francos al año y enviando
además cierta cantidad para que comprase una casa. Ya que deseaba morir en
Monte-Carlo, debía tener su pequeña Villa-Sirena.
Al poco tiempo de jardinear en su propiedad, viendo abajo la plaza del
Casino, Toledo fué en busca de Novoa. Era su mejor amigo; además, era español,
y tenía el deber de servirle en la circunstancia más importante de su vida. Lo
necesitaba como padrino de boda. El profesor quedó estupefacto al enterarse de
que se casaba con la hija del jardinero. ¡Una muchacha que podía ser su
nieta!... Era desafiar al destino, correr á sus años en busca de la desgracia
que ya presagiaba su nombre.
—Piense usted, don Marcos, que la juventud tiene sus derechos.
—Y la vejez sus deberes—contestó el coronel con bondad, resignándose
ante el porvenir.
Ahora, de pie ante el príncipe, balbucea con timidez y confusión porque
va á abandonarlo.
—Me espera Madó: la pobrecita sale muy poco. Le gusta que la lleve por
las tardes al concierto en las terrazas. Son las cinco.
Y cuando el príncipe asiente con un movimiento de cabeza,
echa á andar precipitadamente. Luego, más lejos, casi empieza á correr cuesta
arriba, jadeando y sin sentir el cansancio. Desea llegar á su casa pronto, y
tiene miedo de llegar. Madó sólo le convence cuando está al alcance de sus
gritos. Se estremece pensando que puede de nuevo ver visiones.
Al quedar solo el príncipe, se borran poco á poco de sus ojos el vaso
que tiene delante, las mesas inmediatas, el gentío sentado en torno del
«queso». Su visión se contrae y se hunde, para contemplar otras imágenes que
guarda su memoria.
Llegó en la mañana á Monte-Carlo. Sólo van transcurridas unas horas, ¡y
ha visto tanto!...
Recuerda unas frases de su amigo Lewis; frases tristes, dichas en uno de
los almuerzos en Villa-Sirena: «La vida es rara y desigual en su curso.
Transcurre el tiempo sin que surjan sucesos extraordinarios, y de pronto, las
horas valen meses, los días son años, y pasan en unos minutos cosas que en
otras ocasiones necesitarían siglos...» ¡Qué de muertes en el espacio
relativamente breve que le separa de su última salida de Monte-Carlo!...
Lubimoff ve en su memoria el corto y agitado período después de su
llegada á París: su ingreso en la Legión extranjera, el grado de subteniente
concedido al antiguo capitán de la Guardia imperial, su ida al frente después
de haber distribuído y colocado el millón y medio producto de la venta de
Villa-Sirena, la dura vida de campaña, los combates, la muerte acompañando con
una generosidad lúgubre los avances de la ofensiva triunfal. Recuerda su
encuentro con un legionario que le llama y al que tarda en reconocer: ¡Atilio
Castro! Un Castro que ya no sonríe irónicamente, que contempla la vida con
gravedad y parece convencido ahora del valor de sus acciones. Como pertenecían
á distintas compañías, ya no se vieron más. Un anochecer lo encontró después de
un combate, pero tendido en el suelo entre otros cadáveres, con la frente rota,
la masa cerebral al descubierto. El rictus de la muerte era en él una sonrisa
serena. ¡Pobre Castro!... ¿Qué sería de doña Clorinda?...
El príncipe deja de pensar en esto. Otros cadáveres le atraen. Evoca una
visión reciente: su llegada á Monte-Carlo después de haber vivido mucho tiempo
en un hospital. Al bajar del tren, Toledo examina con emoción el brazo mecánico
que disimula imperfectamente el brazo amputado. Ha sufrido varios meses las
consecuencias de una herida fatal y estúpida, recibida sin gloria pocos días
antes del armisticio.
Sube á la risueña casita de don Marcos, que será, la suya mientras
permanezca aquí. Allá abajo, avanzando sobre el mar, encuentra el promontorio
de Villa-Sirena, que es de otro, y vuelve la vista para evitar que renazcan
ciertos recuerdos. Esto hace que tropiece con los ojos de Madó, la señora de
Toledo; unos ojos que consideran sin duda más interesante al príncipe Lubimoff
bigotudo, avejentado y con uniforme, que cuando era el elegante amo de sus
padres. ¡Pobre coronel!... Y huye de la mirada tentadora, de la boca carnuda y
purpúrea que parece desafiarle al sonreir.
Después del almuerzo sigue un camino que asciende por la montaña
formando ángulos; ve un muro de piedra, pasa una puerta, contempla un instante
un monumento rematado por un gallo enorme.
Toledo se descubre. ¡Paz á los héroes! Luego señala la entrada de la
fúnebre construcción.
—El pobre Martínez está ahí.
Bajan por unas gradas de piedra á una segunda sección del cementerio,
escalonado en la montaña. En esta meseta sólo hay tumbas á ras del suelo, losas
sepulcrales guardadas por un rectángulo de cadenas ó simplemente con orlas de
flores. Un instinto estético parece influir en la parquedad de los ornamentos.
Desde estas explanadas se ve una gran extensión de costa verde moteada de
blanco por las «villas» y las poblaciones; los Alpes de color de rosa, los
cabos de rocas purpúreas, el azul profundo y denso del Mediterráneo, el azul
flúido y suave de un cielo sin nubes. Y las tumbas sonríen en esta Naturaleza
esplendorosa, difundiendo, al entreabrirse bajo la acción del calor, un ligero
vaho de sebo, un tufillo de estearina líquida.
Busca el coronel entre ellas, leyendo los nombres.
—Aquí, marqués.
Señala una losa con una simple inscripción: «Mary Lewis.»
—Lo mismo que un pájaro, Alteza. Un amanecer la encontraron muertecita
en su cama del hospital. No dió un grito, no se quejó; se fué como había
vivido... Las enfermeras cuentan que el cadáver sonreía; un cadáver ligero como
una pluma.
En torno de la tumba se ennegrecen varias coronas, lo mismo que si las
hubiese chamuscado un incendio. Toledo rebusca entre estas ofrendas de las
compañeras de la difunta, hasta señalar un manojo de rosas frescas que empiezan
á marchitarse.
—Debe ser de lord Lewis—sigue diciendo—. Cuando le va mal en el Casino,
sube á ver á su sobrina. Su Alteza sabrá seguramente que, con la muerte de lady
Lewis, él es ahora lord... verdaderamente lord.
Levanta el príncipe sus hombros. ¡Vanidades humanas en este lugar, que
da á todas ellas un carácter grotesco!...
Don Marcos adivina su impaciencia, y mientras descienden dos escalinatas
más, va dando explicaciones.
—La inglesa se fué antes que la otra; por eso la enterraron arriba. ¡Han
muerto tantos en los últimos meses!...
Llegan á la última meseta del cementerio, la más baja, un campo cuadrado
de tierra rojiza, en el que no hay losas, ni columnas truncadas, ni cadenas.
Pequeños montículos que afectan la forma de un féretro indican el lugar de las
sepulturas. Algunos tienen cruces de madera. De una de éstas pende el retrato
de un soldado joven en el centro de una corona depositada por sus padres.
Dos hombres asoman su busto á ras del suelo y vuelven á hundirse después
de vaciar sus palas: abren una tumba para alguien que va á llegar. Miguel se
fija en el campaneo lúgubre que viene de abajo, desde una iglesia de la ciudad
invisible, á través del éter vibrante y luminoso.
El coronel insiste en sus explicaciones.
—Es una sepultura provisional, sin losa, sin nombre. Con
motivo de la guerra, era imposible enviar la muerta á París. Estará aquí el
tiempo que exige la ley, y luego, esa señorita que es su heredera la trasladará
al panteón del cementerio de Passy, donde está enterrada su madre.
Duda un poco examinando los montículos, y al fin se detiene ante uno de
ellos, quitándose el sombrero.
—Aquí es.
Lubimoff no puede contener su extrañeza. «¿Aquí?...» Ve un túmulo de
tierra sin adorno alguno, sin nada que lo diferencie de los otros, y que no le
infunde ninguna emoción. Mira con inquietud á su acompañante. ¿No se habrá
equivocado?... ¿No estarán ante la sepultura de un pobre militar muerto de sus
heridas?
El coronel, ofendido por la duda, repite con energía: «Aquí es.» Se
acuerda de que fué el único hombre que figuró en el entierro. Tres enfermeras,
la señorita Valeria y él, nada más, siguieron el féretro hasta estas alturas.
¡Pobre duquesa de Delille!... Se conmueve Toledo al recordar su muerte
inesperada. Lady Lewis la había enviado al frente. Su nacimiento en los Estados
Unidos facilitó que la admitiesen en el personal sanitario de las divisiones
americanas que se batían en Château-Thierry.
Escuchando el príncipe las explicaciones de don Marcos, recuerda una
confesión de Alicia. Era torpe de manos; su voluntad, ansiosa de hacer el bien,
flaqueaba por falta de medios materiales en el momento de la acción. Sin duda
por esto la habían expedido á las pocas semanas otra vez á la Costa Azul, para
que prestase sus servicios en un hospital más tranquilo que las ambulancias del
frente.
Toledo no la había visto. Vivía en las inmediaciones de Monte-Carlo sin
que él lo sospechase. La primera noticia que tuvo de ella fué la de su muerte;
una muerte que deja pensativo al coronel siempre que la recuerda.
Se infectó con un instrumento de cirugía que acababa de ser empleado en
una operación. Tal vez fué por torpeza de sus manos; tal vez... ¡quién sabe!
Don Marcos cree que la duquesa estaba cansada de vivir.
—Una muerte horrible, marqués. Yo no la vi: celebré no verla. Me
contaron que estaba negruzca é hinchada. Además,
pasó muchas horas de suplicio, apoyándose en la cabeza y los talones, hecha un
arco, sobre la cama, con el cuerpo dilatado por los más atroces sufrimientos.
El tétanos. ¡Morir así una gran dama tan hermosa, tan elegante!... Pero en
medio de tales suplicios tuvo serenidad para dictar sus disposiciones
testamentarias. La señorita Valeria ha heredado Villa-Rosa y varios centenares
de miles de francos: todo lo que ganó ella una noche en el Sporting.
En cuanto á Su Alteza...
Le interrumpe el príncipe con un ademán. Sabe hace tiempo, por las
cartas de don Marcos, que Alicia se acordó de él en su último instante,
dejándolo heredero de sus minas de plata en Méjico, de todo lo que poseía al
otro lado del mar: nada por el momento, tal vez en el porvenir una fortuna casi
igual á la que Lubimoff tenía antes en Rusia.
Permanece con los ojos fijos en la sepultura. Ve sobre las laderas del
túmulo un musgo fino, un bosque minúsculo que abre sus ramajes al soplo de la
primavera, y entre cuyas hojas se mueven diminutas flores. Unas mariposas
negras ó verdes moteadas de rojo aletean sobre esta selva rumorosa de vida
naciente, como aletearon las monstruosas aves prehistóricas sobre las primeras
vegetaciones del planeta.
Miguel establece una relación entre estos insectos y el espíritu que
habitó el organismo que se deshace cerca de sus pies, bajo un metro de tierra.
Sus colores variados y desacordes le hacen pensar en el alma de la muerta.
También, minutos antes, otra mariposa blanca revoloteando sobre las flores
traídas por Lewis le ha hecho ver el alma pueril y sublime de lady Mary.
Ahora, sentado en el café, su emoción es mayor que en el cementerio. Ve
las cosas á través del recuerdo, espiritualizadas, limpias de los sedimentos de
la realidad.
¡Pobre Alicia! ¡pobre engañada de la vida!... La Venus triunfadora, la
Helena del «banco de los viejos», la beldad centro de lo existente, ansiosa de
admiración más que de amor, está en un mísero cementerio, entre cadáveres de
soldados, y tal vez aceleró con voluntaria torpeza su salida de un mundo en el
que no encontraba lugar, repelida por sus propias acciones.
Nuestra existencia no es mas que un resultado de la voluntad. Formamos
la vida á nuestra imagen; en vano nos quejamos contra el destino: somos lo que
queremos ser. Alicia sólo podía terminar de un modo extraordinario, de acuerdo
con su existencia anterior. El también ha vivido como no viven los demás
hombres, y morirá con una muerte distinta á la de ellos.
No siente dolor ni despecho. Se extraña de haber podido odiar á Martínez
y deseado á esta mujer con tanta vehemencia. Sólo conoce ahora la melancolía de
una tristeza enorme con el recuerdo de estos seres que ya no son, que empiezan
á morir segunda vez al quedar olvidados por los que les conocieron. Unicamente
pueden inmortalizarse en la memoria del príncipe, pobre memoria destinada á
perecer á su vez dentro de unos años.
Intenta con la imaginación atravesar la masa de tierra que cubre á la
muerta; pretende ver en la más densa de las sombras. Sólo han transcurrido unos
meses de descomposición: su personalidad aún no se ha disuelto enteramente. La
ve como era en la vida y al mismo tiempo como es ahora. Su carne se deshace en
arroyuelos pútridos que corren por los pliegues de las ropas chamuscadas.
Forzosamente sonríe á todas horas en la obscuridad: ya no tiene labios. Sus
ojos sirven de abrigo á las prolíficas moscas de la tumba, que engendrarán
millones de millones de destructores. Y este anonadamiento de algo que existió,
pensó y amó está aún en sus preliminares.
A los devoradores de las partes blandas sucederán los irresistibles
artífices del hueso. Miriadas de trabajadores microscópicos laborarán el
esqueleto, limpiándolo de las últimas impurezas adheridas á su andamiaje,
desmontando las sabias articulaciones, raspando el cemento que adhiere las
vértebras. Un día, la mandíbula inferior se despegará, rodando hasta la cavidad
abdominal, una mandíbula cuyos dientes conocieron el esplendor de la sonrisa y
la caricia del beso. Otro día, el cráneo, al partirse en piezas el espigón que
le sirvió de soporte, rodará también, confundiéndose con el polvo de los
costillares, con los huesecillos de los pies que marcaron el ritmo de un paso
ondulante. Dentro de unos siglos, las revoluciones
y las guerras tal vez sacarán á la superficie este cráneo. ¿Por qué no?...
Lubimoff acaba de ver en el frente numerosos cementerios removidos por el
cañón, con los muertos emergiendo de la tierra, tal como los levantó el estallido
de las granadas... Y cuando alguien, en lo futuro, con la eterna curiosidad del
príncipe shakespiriano, tome en su diestra el cráneo de Alicia, no podrá decir
si perteneció á una dama ó á una moza de posada, si fué de una beldad ó de una
negra...
Miguel evoca con irónica tristeza sus ilusiones y sus deseos
concentrados en esta nada, y siente la necesidad de olvidar el cadáver. Sus
ojos, que miran hacia dentro, ven la minúscula vegetación, los pintarrajeados
insectos, todo lo que la primavera ha puesto sobre una tumba sin nombre. Esto
es lo que una vida que se consideró superior á las otras ha dejado como único
rastro de su existencia. Tal vez en la corola de las florecillas hay una gota
del alma de Alicia, y las mariposas la beben para continuar su ebrio revuelo
sobre las tumbas.
¡La primavera! El príncipe levanta su pensamiento sobre el dolor
individual. Recuerda lo que ha visto en un pedazo de mundo asolado por la
bestialidad de los hombres: ciudades en ruinas; pueblos que sólo levantan sus
muros un metro sobre el suelo, como las urbes descubiertas después de un
cataclismo; granjas incendiadas; campos interminables esterilizados,
perforados, vueltos al revés por un cañoneo de cinco años; muchas tumbas...
miles de tumbas... millones de tumbas. Las mujeres, vestidas de negro, van por
los caminos titubeando á través de los escombros y de los embudos abiertos por
los proyectiles monstruosos. Perdieron sus hijos, vieron fusilar sus maridos;
ahora exploran el suelo en busca de su casa que fué...
Pero el invierno de la guerra ha terminado; ya llega la primavera de la
paz. Y la misma mano verde que pone florecillas y mariposas sobre la tumba
anónima cuelga olorosas guirnaldas de los muros ennegrecidos por el incendio,
tapiza con terciopelo vegetal las pendientes abiertas por las explosiones, hace
gorjear los pájaros y rebullir los insectos sobre las sepulturas, guía la serpenteante enredadera por el leño negro de las
cruces, como si quisiera convertirlas en tirsos...
¡Ay! La tierra ignora nuestros dolores.
El príncipe sale de su abstracción, y ve al coronel que le saluda de
lejos.
Ya está de vuelta, acompañado de madame Toledo, cuya
cabeza apenas le llega al hombro. Durante el camino ella ha mirado atrás muchas
veces, con la esperanza de verse seguida por el suboficial americano.
Al reconocer al príncipe en el café, olvida al otro, y parece suplicarle
con los ojos que abandone su asiento y vaya con ella á las terrazas.
Se alejan los dos hacia el concierto, y Miguel vuelve á caer en su
meditación... Recuerda su diálogo con don Marcos poco antes, cuando bajaban del
cementerio.
Toledo parece inconsolable. La guerra no ha terminado bien para él. Se
muestra escandalizado por el carácter absurdo de su final. ¡Qué tiempos! El
fugitivo refugiado en Amerongen le desconcierta y le irrita.
—¡Y yo que le hacía el honor de compararlo con un teniente!... ¡Yo que
le consideraba capaz de pegarse un tiro!...
Treinta años aterrando al mundo con el estrépito de su sable y sus
bigotes fanfarrones; treinta años de titularse «señor de la guerra», haciendo
temblar á los pueblos con su ceño, sus actitudes heroicas y sus frases
teatrales; treinta años de preparar millones de hombres para el matadero,
obligando á los pueblos á vivir armados en plena paz, y cuando apunta la
desgracia para él, cuando considera su existencia en peligro, huye
vergonzosamente al extranjero, abandonando á los suyos, lo mismo que un comerciante
que hace quiebra fraudulenta.
—¡Es la mentira mayor que ha conocido la humanidad—grita indignado el
coronel—, la estafa más grande de la Historia!
Matarse no prueba nada: don Marcos lo sabe perfectamente. ¡Pero hay en
la vida tantas cosas que no prueban nada y sin embargo son bellas y lógicas!...
La desesperación de los que se suicidan por amor tampoco prueba
nada, y sin embargo ha inspirado á la poesía y á las otras artes sus mejores
obras. El marino, al perder su buque, se mata; todo hombre de honor que
considera su falta irremediable apela á la muerte, para caer en una postura
digna.
—Y ese emperador—sigue diciendo Toledo—que ha organizado el exterminio
de diez millones de hombres desea llegar á viejo... ¡Ah, sinvergüenza!
El honor militar tal como había venido entendiéndose á través de los
siglos lo desconocían también sus generales. Estos especialistas del incendio
de poblaciones, estos técnicos del fusilamiento de campesinos, estos artífices
del terror, al ver próximo el desastre, se marchaban tranquilamente á sus
castillos, como oficinistas que abandonan el trabajo.
De todos estos compañeros del «señor de la guerra», el único digno de
respeto era un hombre civil, un comerciante, un judío, el armador Ballin, de
Hamburgo, que al ver arruinado el Imperio no quería sobrevivirle y se pegaba un
tiro. Mientras tanto, los mariscales de la estrategia fracasada se dedicaban
tranquilamente á educar sus perros, escribir sus Memorias y cuidar su salud.
Napoleón, en una de sus últimas batallas, colocaba su caballo sobre una
bomba; luego pretendía envenenarse en Fontainebleau. Llamaba á la muerte, y
únicamente se decidía á vivir, como un fatalista, al convencerse de que la
muerte no quería nada de él. El otro Napoleón, el de Sedán, podía haberse
refugiado en Bélgica, abandonando á sus tropas, como lo había hecho el triste
César germánico; pero, enfermo y desfalleciente sobre su caballo, prefería
galopar solo á lo largo de una carretera barrida por los cañones, esperando la
granada que lo hiciese pedazos.
Así entendía Toledo el honor militar, así había sido aceptado en todas
las épocas.
Su cólera era implacable contra los generales del Imperio, prontos á
correr en la hora mala, y que sólo pensaban en su reputación, lo mismo que los
cómicos. Rotas sus líneas, cercados por los aliados, podían haber caído
noblemente, peleando hasta el último momento, de acuerdo con sus antiguas
bravatas. Pero preferían solicitar un armisticio y
entregar sus armas, para que los imbéciles que tanto los habían admirado
pudieran seguir creyendo en su divinidad de invencibles y en que sí se
retiraban á sus tierras era únicamente por consideraciones de política
interior.
¡Lúgubres comediantes, como su amo, hasta el último minuto!...
Y don Marcos, pensando en el miedo que estos hombres han hecho sufrir al
mundo durante treinta años, grita coléricamente:
—¡Embusteros!... ¡embusteros!
Otra vez sale el príncipe de su abstracción. Alguien se ha detenido ante
él, y oye una voz conocida.
—Alteza, ¡qué alegría verle!... El coronel acaba de anunciarme su
llegada.
Es Spadoni: el Spadoni de siempre, como si sólo hubiesen transcurrido
unas horas desde su última entrevista con el príncipe, como si fuese ayer
cuando rugía de indignación estudiando al piano Lo que la palmera le
dijo al agave.
No quiere sentarse: tiene prisa; ha venido solamente para estrechar la
mano de Su Alteza. Ya le verá después con más detenimiento en el Casino. El
tiene por indudable que el príncipe va á entrar en el Casino. ¿A qué otro lugar
puede ir una persona decente en Monte-Carlo?...
Pasa una rápida mirada por su uniforme, admira su rudo aspecto de
soldado.
—He sabido las hazañas de Su Alteza; le preguntaba siempre al coronel...
¡Un héroe!
Lubimoff no tiene tiempo para repeler estos elogios. Spadoni pasa á
ocuparse de algo más interesante. La guerra, los héroes... cosas nebulosas y
sin sentido. El está por la realidad, y empieza á hablar de un nuevo personaje
admirado por él, un portugués que juega fuerte, y cuyo nombre, desde hace unos
días, parece llenar las salas, á causa de sus ganancias.
—Yo lo observo; además, es amigo mío y creo poseer su secreto.
Imagínese, príncipe...
El príncipe se inquieta, adivinando que le va á describir con toda clase de detalles la combinación del
portugués, que ya considera suya. Pero el pianista mira hacia el Casino,
balbucea, y acaba por interrumpir su relato. Alguien se aproxima, y él sólo
quiere hacer partícipe de su secreto al príncipe. Se despide de él, con la
promesa de revelarle la combinación preciosa en un diván de los salones
privados, cuando entre en el Casino.
Piensa Lubimoff en su existencia de los últimos meses, en sus aventuras
de soldado, en su herida, en todo lo que le ha ocurrido á él y al mundo entero
mientras este músico permanecía fijo en Monte-Carlo sin admitir otra realidad
que el revoloteo de la Quimera.
El amigo Lewis tiende una mano al príncipe. El es quien ha cortado con
su aproximación la facundia del pianista. Los jugadores evitan comunicarse sus
secretos, por rivalidad profesional. El tiempo, que parece haber olvidado á
Spadoni, dejándolo lo mismo que lo vió Miguel por última vez en su «villa de la
tumba», se ha ensañado con Lewis, avejentándolo, como si los meses valiesen
años para él.
Está triste por las pérdidas que sufre y por los recuerdos. ¡Aquella
sobrina que era toda su familia!... Lubimoff sabe por el coronel que no ha
heredado nada de ella. La enfermera gastó toda su fortuna en ambulancias y
hospitales. Su título es lo único que corresponde á Lewis. Se cumplió su
profecía: ya es el tercer lord Lewis, con el apodo de «el Inútil» que él mismo
se ha dado.
Examina al príncipe con una mirada errante, detiene los ojos en su brazo
rígido, estrecha después con efusión su mano izquierda.
—Usted es un hombre, Lubimoff. Usted sabe hacer las cosas...
Y en estas palabras hay un reproche contra él, que no puede despegarse
de Monte-Carlo, que aquí vivirá y morirá haciendo siempre lo mismo.
Sin embargo, este es un gran día. En la mañana ha recibido la visita de
un amigo que viene á vivir con él no sabe por cuánto tiempo, tal vez por dos
días, tal vez por dos años; un gran amigo del que no tenía noticia alguna y
muchas veces ha creído muerto: el conde, el famoso conde.
Ha llegado hasta el café con Lewis, que no puede separarse de él; ha
dado su mano al príncipe como si lo hubiese visto el día antes, sin reparar en
su uniforme ni en su mutilación. Permanece silencioso en su silla, pasándose
una mano por la cabellera blanca y crespa, fijando sus ojos redondos, de fulgor
nocturno, en la gente que circula en torno del «queso».
Lewis cree que debe sentirse contento. ¡Día de sorpresas! Primeramente
el conde, después el coronel, que le avisa la presencia de Lubimoff...
Evita hablar de su sobrina; incorpora su tristeza á las tristezas de
todos... La paz le ha sorprendido: ¿quién podía esperarla tan pronto, á
continuación de la fase más angustiosa de la guerra?...
El conde abandona su inmovilidad para hablar.
—Todo el mundo. Los grandes tratadistas anunciaron desde el principio
que la guerra terminaría en el otoño de 1918. Era cosa sabida. Yo lo he dicho
siempre, y usted, Lewis, me lo ha oído muchas veces.
Su admirador hace un gesto de extrañeza. Pero no puede poner en duda la
ciencia de su sabio amigo, y prefiere admitir que es él quien ha olvidado las
afirmaciones del otro. Además, no debió entenderlas. Estos depositarios del
porvenir nunca exponen sus verdades con claridad: se niegan á decir las cosas
como los simples mortales.
Empieza á decaer la conversación. El inglés piensa en el Casino. Iba á
entrar en él, cuando le avisó don Marcos la llegada del príncipe. Tiene á su
lado al conde, que vuelve de un viaje misterioso y guarda seguramente el
rosario de Satán en cierto bolsillo del pantalón huroneado continuamente por su
diestra.
—Después nos veremos en el Casino. Supongo que usted entrará un
instante... A ver si hoy me trata bien la suerte, después de tan agradables
encuentros.
Y se aleja con el conde hacia el Palacio, donde pasará el resto de su
vida como en una cárcel.
Lubimoff se fija en dos soldados italianos que le contemplan desde la
acera del «queso». Son dos bersaglieri vestidos de gris, con
sombreritos redondos cargados de plumas de gallo. Al notar que el príncipe les
mira, se desconciertan, vuelven la espalda
avergonzados, se alejan, pero antes sonríen y se llevan una mano al empenachado
sombrero.
Recuerda el príncipe una noticia que le dió don Marcos, y los reconoce.
¡Estola y Pistola convertidos en guerreros!... Han venido con licencia á ver á
sus familias, y en la noche subirán á la casa del coronel para saludar á su
antiguo señor. Parecen más altos, más vigorosos. Unos cuantos meses de guerra
han bastado para hacerles saltar de la adolescencia á la madurez. Todo hombre
lleva dentro un soldado...
Cuando intenta levantarse para dar un paseo por las terrazas, ve venir
hacia el café á un señor que le saluda con violentos manoteos y á continuación
se asegura los lentes sobre la nariz.
El príncipe tarda en reconocerle; adivina quién es por el timbre de su
voz más que por su rostro... ¡El amigo Novoa! Los meses transcurridos han
dejado en él mayor huella que en los demás. Ya no es el varón preocupado de las
pompas mundanales, que consultaba al coronel sobre los méritos de sastres y
sombreros. Ha vuelto á la esclavitud del pantalón con rodilleras y la corbata
de nudo hecho; lleva la barba muy crecida y revuelta. Sigue siendo joven en la
voz, en los ojos, en sus ademanes vivaces y torpes, pero va disfrazado de
anciano.
Este se alegra más que los otros de ver al príncipe. No cesa de alabar á
la casualidad, que ha hecho venir á Lubimoff y que acaba de hacerle encontrar á
don Marcos.
—Si tarda usted dos días, príncipe, no tengo el placer de verle. Me voy
á mi tierra pasado mañana. Ya tengo bastante de Monte-Carlo. ¡Lo que dejo
aquí!... Dinero, ilusiones...
Miguel se muestra discreto. Cree oler en su amigo el desengaño
inesperado, la decepción, que necesitamos olvidar para que no continúe
atormentándonos. Se acuerda de Valeria, y no ve en la persona del catedrático
el menor vestigio que denuncie el roce con la mujer. Es una ruina, un tronco
seco; el pájaro que cantaba en sus ramas debe haber volado hace mucho tiempo.
Novoa muestra igual discreción. Contempla el uniforme del otro, su manga
ocupada por un brazo falso; pero sólo habla de lo
sucedido en los últimos meses de un modo general, con vagas lamentaciones.
—¡Las cosas extraordinarias que han pasado! ¡Cuántos amigos muertos! La
vida acaba de ser como uno de esos dramas en los que perecen todos al final del
último acto.
El príncipe adivina que Novoa piensa en Alicia y se abstiene de
nombrarla para no molestarle. Efectivamente, piensa en la duquesa, pero ésta
sólo es un punto de partida para llegar á otra mujer que ocupa su recuerdo.
Al fin habla, dando expansión á su melancolía. Puede contárselo todo al
príncipe, porque es el único que conoce su secreto. (Lo mismo le ha dicho al
coronel y hasta á Spadoni, al lamentar su desgracia.) Y prorrumpe en
desesperadas recriminaciones contra Valeria.
Es otra mujer. Ya no la preocupan los países de amor, donde las mujeres
se casan sin dote. Después de muerta la duquesa, es una candidata al
matrimonio, que ofrece con la cesión de su mano más de trescientos mil francos.
El profesor se ha visto repelido y olvidado. ¡Sus viles súplicas ante la
realidad, sus esfuerzos vergonzosos para remediar lo que consideró en el primer
momento un pasajero capricho femenil!... No quiere acordarse de tales momentos.
—Todo terminó, príncipe. Ahora anda loca por un oficial americano, y
acabará casándose con él. Aquí no hay más hombres que los americanos. Todo es
para ellos: hasta el amor. La última modistilla se considera deshonrada si no
tiene un soldado de los Estados Unidos para pasear de noche... Todas las
tardes, ella y el otro bailan en los hoteles de La Condamine, ó aquí mismo, en
el Café de París.
Se interrumpe, como si alguien le hubiese tocado en la espalda. No ve á
nadie detrás de él, pero sus ojos, á través de los grupos que ocupan las mesas,
encuentran algo que hace temblar su voz.
—Esa es, príncipe.
Miguel no la hubiese reconocido. Ve cómo entran en el café dos señoras,
escoltadas por dos oficiales americanos. Una de ellas es Valeria, vestida con
un lujo estrepitoso y ávido, como si quisiera resarcirse instantáneamente de
sus años de modestia y privaciones.
Empiezan á brillar, enrojecidos, los cristales del café, resaltando
sobre la luz suave del atardecer. Una tras otra, se encienden las grandes
lámparas del interior. Llegan hasta Miguel lamentos voluptuosos de violines.
—La vida ha cambiado mucho desde que usted se fué, príncipe. Todos
sienten un hambre feroz de divertirse. Lo primero que ha resucitado con la paz
es el tango.
Después, Novoa piensa en él.
—¿Qué puedo hacer aquí?... Estoy pobre; cuanto tenía en mi tierra lo he
dejado en el Casino. Ya he estudiado bastante los misterios del Océano. ¡Lo
caros que me cuestan!... He soñado un poco, y voy ahora á reanudar allá mi
trabajo mal pagado de jornalero de la ciencia.
Otra vez piensa en ella.
—¿Ha visto usted?... La pobre duquesa, que la hizo cuanto es, arriba en
su sepultura, y ella aquí bailando, unos meses después de su muerte.
Siente la áspera indignación, la escandalizada moralidad de todos los
despechados.
De tal modo aumenta su cólera, que se levanta de la silla. No quiere
continuar en el café. La otra le ha visto, y puede creer que la persigue, que
espera su salida para suplicarle. Nunca; bastante tiene con ciertas
humillaciones que no quiere recordar.
Se despide apresuradamente. Van á verse dentro de poco; don Marcos le ha
invitado á comer en su casita de Beausoleil, convencido de que su compañía será
agradable al príncipe.
Toma la mano artificial de éste, y no parece notarlo. Sus ojos y su
pensamiento están puestos en los vidrios del café, inflamados en plena tarde, á
través de los cuales pasa el cadencioso susurro de los violines. Todavía, al
alejarse, repite su protesta.
—La pobre duquesa olvidada arriba... y la otra... ¡qué escándalo!
Celebro irme pronto. No la veré más.
Al quedar solo, el príncipe abandona su mesa. Don Marcos va dando
indudablemente la noticia de su llegada á todos los que encuentra, y él teme
que se presenten otras personas menos interesantes.
Al caminar, se da cuenta de algo que no ha visto antes, cuando le
acompañaba el coronel. La bandera de los Estados Unidos flota sobre todos los
edificios. Hay en la vía pública tantos rótulos en inglés como en francés.
Soldados americanos por todas partes. El uniforme de Lubimoff y los de otros
combatientes franceses se pierden en la gran inundación de hombres vestidos de
color mostaza. Pasan incesantemente los automóviles ligeros del ejército
americano. Son innumerables; se les encuentra en las calles, en los caminos de
la costa, subiendo como hormigas roncadoras las faldas de los Alpes. Una vida
robusta, alegre, confiada, una vida de veinte años parece reanimarlo todo. El
concierto en la terraza lo da una banda de música americana. Los que transitan
por las calles silban maquinalmente danzas del otro lado del Océano, canciones
de marcha de los soldados de la Unión. La gente se detiene en las plazas para
admirar la agilidad de los americanos en mangas de camisa que se envían la
pelota y la devuelven luego de captarla entre sus guantes de esgrima.
Mónaco parece conquistado por las tropas de la gran República; una
conquista bonachona y simpática, que hace sonreir á los sometidos. Lo mismo
Niza y toda la Costa Azul. El príncipe recuerda su breve permanencia en París
pocos días antes. También ha visto americanos por todas partes. ¿Cuántos
son?... ¿Qué fuerza sobrehumana ha podido crear en unos meses ese ejército que,
todavía recién nacido, parece llenarlo todo?...
Un pueblo acaba de levantarse sobre los pueblos de la tierra. Jamás se
conoció en la Historia una ascensión semejante. Predomina por la simpatía, por
sus actos generosos, por la fuerza benéfica de su actividad; no por el terror,
base de todas las grandezas del pasado.
Lubimoff recuerda las dudas de un año antes. Nadie podía creer que un
pueblo sin ejércitos improvisase una fuerza militar igual á las de la vieja
Europa. Y con sólo unos meses los Estados Unidos creaban y enviaban dos
millones de hombres para decidir el éxito de la lucha y la suerte del mundo.
Llegados á última hora, habían pagado con largueza su parte á la muerte.
En cinco meses de guerra perecían ciento veinte mil
americanos, proporción exorbitante comparada con la de otras naciones durante
cinco años de combate.
Miguel, en su silencioso entusiasmo, enumera lo que acaba de hacer por
la humanidad este gran pueblo, tenido hasta poco antes por egoísta y positivo,
y que se presenta como el más romántico y generoso.
Dos grandes guerras eran los incidentes más notables de su historia:
una, interior, por la supresión de la esclavitud; otra, exterior, para impedir
la divinización de la guerra, la hegemonía brutal de un pueblo sobre todos, la
exaltación de un imperialismo místico.
Por primera vez en la Historia una democracia había intervenido en la
suerte del mundo, sometido eternamente á los arreglos de los reyes. Las
repúblicas modernas habían vivido hasta ahora una vida interior y modesta. Las
guerras de la Revolución francesa eran defensivas. La República de la
Convención peleaba por existir, porque todos los monarcas deseaban suprimirla.
La República americana se había lanzado á la lucha voluntariamente, sin que
ningún peligro inmediato la amenazase, por un imperativo de su conciencia
indignada ante los crímenes alemanes, por un deber de su grandeza y su fuerza
democráticas.
Antes de armarse, antes de intervenir en el choque europeo, cuando vivía
en paciente neutralidad, por ella se ganaban los batallas. Esta guerra era
distinta á las otras. Contra Alemania, preparada durante largos años para la
lucha, y que había movilizado guerreramente todas sus fuerzas industriales y
comerciales, los aliados se batían en los primeros meses como se bate un pueblo
valeroso, pero atrasado, frente á una nación moderna. Mucho valor, grandes
heroísmos, algunas veces inútiles, ante la fuerza ciega y mecánica de los
inventos industriales aplicados á la destrucción.
Si esta desigualdad iba disminuyendo, era debido en gran parte á la
República del otro lado del mar. Sus capitanes del dinero hacían préstamos
enormes á los aliados; sus capitanes de la industria facilitaban la fabricación
del material monstruoso exigido por los demoniacos adelantos militares; sus
buques, desafiando la amenaza submarina, traían á
Europa el pan, escaseado por la guerra. Y cuando al fin, agotada su paciencia,
intervenía directamente en la lucha, ¡qué generosidad la suya!...
Los combatientes de América batallaban por ideales simples y robustos:
el derecho á la vida de los débiles, la dignidad y la libertad de los hombres,
la desaparición de las guerras, la inteligencia entre los pueblos, el derecho
soberano reglamentando la vida de las naciones; cosas que hacían sonreir poco
antes á los escépticos del viejo mundo.
Todos los Estados de Europa tenían fronteras que rehacer, pedazos de
tierra que exigir. Los Estados de América no pedían nada, no querían nada.
Cada uno de los contendientes, al pensar en la victoria, calculaba las
indemnizaciones que debería cobrar para compensarse de sus esfuerzos y
sacrificios. La República americana gastaba más que todos los pueblos. El
sostenimiento de cada uno de sus soldados le costaba tanto como siete soldados
de los otros países, y sin embargo entraba en la guerra y se retiraba de ella
sin exigir un reembolso especial.
Lubimoff admiraba su enorme poder después del triunfo. Jamás Imperio
alguno del pasado alcanzó tal grandeza: ni la misma Roma.
Era el único país de la tierra industrial y agrícola á la vez. Formaba
un mundo aparte dentro del mundo. Podía aislarse del resto del planeta, sin que
su vida sufriese. En cambio, el mundo experimentaría una sensación de vacío si
la gran República le volvía la espalda.
Sus ciudadanos en armas iban á retirarse sin jactancia y sin ruido, lo
mismo que habían llegado, y sin que ella pidiese nada por su esfuerzo.
Desaparecerían como en las antiguas leyendas las hadas y los encantadores, que,
luego de hacer el bien, tornan á sus misteriosos dominios.
Pasarían los años: la Historia hablaría de este esfuerzo, único por su
intensidad y su carácter generoso, y en la Costa Azul y en otros lugares
quedaría de esta hazaña mundial un recuerdo desfigurado. Los niños de hoy,
convertidos en viejos, harían memoria de cómo aprendieron á jugar á la pelota
con unos soldados llegados de una tierra de
prodigios al otro lado del mar; las muchachas, hechas abuelas, se acordarían
nostálgicamente del novio americano que tuvieron.
Vuelve el príncipe otra vez á calcular la grandeza de este pueblo, el
único que puede hacer milagros, como los hacen las religiones en su primera
época de exaltación.
La gran República es la acreedora del mundo. Todas las naciones
vencedoras le deben sumas fabulosas; Inglaterra es su deudora por miles de
millones, Francia lo mismo. Los pueblos más modestos, Bélgica, Servia y otros,
han podido vivir gracias á sus préstamos enormes. Aún no se sabe todo; han de
pasar años antes de que se conozca la extensión de su generosidad. Este país,
que ama el anuncio y la propaganda ruidosa en sus negocios comerciales, es
conciso y modesto al hablar de sus actos desinteresados.
Para seguir viviendo desahogadamente después del cataclismo, la
humanidad iba á necesitar su apoyo ó su benevolencia.
«Se ha desviado el centro político de la tierra—piensa Lubimoff—. Ya no
está en París; tampoco está en Londres. Permaneció en Berlín algún tiempo, con
temblores de inestabilidad, y ahora ha saltado el Océano.»
El hombre todavía desconocido que en lo futuro vaya á instalarse en la
Casa Blanca por cuatro años, catedrático, abogado, negociante ó agricultor,
pesará sobre los destinos del mundo más que todos los gobernantes que llenan la
Historia con el estrépito de la gloria guerrera. Su poder se basará en algo más
permanente y sólido que la fuerza de los ejércitos. Tendrá detrás de él el
trabajo y la riqueza, que crean los ejércitos; la fuerza democrática, que es la
fuerza de la opinión.
Ve claramente Miguel el poder irresistible de esta fuerza.
Alemania, á pesar de sus continuos triunfos militares en los primeros
años de la guerra, ha acabado por caer vencida. Tenía en contra suya la
opinión. El espíritu democrático del mundo entero se alzó contra el Imperio.
Este triunfo de la democracia empieza á verse por todas partes.
«Ya no queda un solo emperador en Europa—sigue pensando—.
Los Imperios vencidos quieren ser repúblicas. Todos los reyes olvidan á sus
abuelos de derecho divino y pretenden hacerse perdonar su corona imitando la
vida simple de un presidente.»
Este aspecto inesperado del mundo le comunica una nueva voluntad de
vivir.
Sabe desde hace algunos meses—desde que abandonó Villa-Sirena—que el
príncipe Miguel Fedor Lubimoff resulta un personaje pasado de moda. Tal vez,
cuando transcurran los años, otros serán como fué él. En el mundo todo vuelve,
y las épocas de paz y abundancia producen fatalmente hombres de su especie.
Pero ahora existe una humanidad renovada por el dolor y el sacrificio, una
humanidad deseosa de vivir, que ambiciona algo nuevo, sin conocerlo
exactamente, y trabaja por conseguirlo.
Miguel se contempla con lástima. ¿Qué va á hacer?... ¿De qué puede
servir á sus semejantes?...
Recuerda su almuerzo en la casita de don Marcos. Todavía le duelen, como
algo vergonzoso, las atenciones del coronel en la mesa, partiendo su carne,
cuidándole como á un niño, esforzándose por suplir la ausencia de su brazo.
¡Adiós, príncipe Lubimoff!... Aunque quisiera continuar su existencia
egoísta, dedicada por entero al placer, le sería imposible. Es un inválido: se
ve muy viejo... Sólo Madó, que no sabe en realidad lo que desea, puede fijarse
en él.
Además, se considera pobre. Por primera vez recuerda con cierta
satisfacción la herencia que le ha dejado Alicia. No representa nada en este
momento, pero ¡quién sabe si algún día!... Se forja la ilusión de que las minas
de Méjico pueden reemplazar á su perdida fortuna de Rusia; ¡y entonces!...
Siente un deseo vehemente de recuperar la riqueza para hacer el bien; un anhelo
que tiene algo de remordimiento. Sabe la ineficacia del esfuerzo individual
para remediar las miserias humanas: una gota perdida en el Océano, un grano de
arena en la playa. Pero ¿qué importa?... Se contenta con hacer la dicha de
cincuenta desgraciados entre los centenares de millones que pueblan la tierra.
Luego piensa en su situación actual. Desde la mañana ha resuelto su modo
de vivir. Huirá del pobre coronel, á causa de Madó. ¡Que otros se encarguen de
su infortunio!... Se instalará en Niza, en una pensión rusa que dirige una gran
dama empobrecida. Hablarán por las noches de los tiempos en que ella era rica,
hermosa y deseada; de los bailes de la corte de Petersburgo, en los que tantas
veces danzaron juntos. Lubimoff hasta tiene la sospecha de que uno de sus
duelos fué por esta patrona de casa de huéspedes.
Los restos de su fortuna le proporcionan una renta para vivir en modesto
bienestar. Será uno más entre los náufragos que se retiran á la Costa Azul para
acordarse, bajo las palmeras, de sus triunfos olvidados. Su viejo ayuda de
cámara le acompañará en este destronamiento.
Tiene ya una ocupación para llenar sus horas. Quiere ser un contemplador
de la vida. Celebra haber nacido en la más interesante de las épocas.
Algo va á ocurrir; algo nuevo en la Historia.
Todavía dura la gran polvareda del combate. Es una niebla que desorienta
y no permite dominar el contorno entero de las cosas. Los mismos actores del
drama reciente están ciegos. Pasarán años sin que esta niebla caiga y se
desvanezca, dejando visible el mundo nuevo.
¿Reaparecerá entonces la misma decoración de antaño, con las líneas
cambiadas? ¿Habrán resultado inútiles tantos esfuerzos sangrientos para
suprimir la violencia, el egoísmo, la ferocidad prehistórica como bases
maestras de la sociedad?
El príncipe piensa con amargura en una decepción posible. ¡Ver resurgir
incólume la bestialidad primitiva después de un cataclismo aceptado como una
renovación!... ¡Contemplar la quiebra de tantos espíritus generosos, de tantas
inteligencias nobles que aspiran al triunfo del bien, que desean á los hombres
en paz y á los pueblos en dulce sociedad, trabajando contra la guerra, como las
corporaciones higiénicas trabajan para evitar las enfermedades!...
La fe en el porvenir le anima de pronto. El mundo no puede ser
eternamente igual: las grandes convulsiones, cuando pasan, no dejan el suelo lo
mismo que lo encontraron. ¿Van los hijos á
degollarse siempre porque sus padres y sus abuelos se degollaron?... ¿Es
preciso que se miren con hostilidad por haber nacido á un lado y á otro de un
monte, un río ó un bosque que la política bautizó frontera?
Todos tenemos dos patrias: el lugar donde nacimos y el Estado de que
forma parte. ¿Por qué no ensanchar generosamente esta concepción con una
tercera patria? ¿No llegará una época bendita en que los hombres se hablen de
semejante á semejante, sin pensar en si la Historia les ordena odiarse y
matarse?... ¿Amando mucho á su tierra natal no podrán ser al mismo tiempo
ciudadanos del mundo?...
El príncipe está apoyado en una balaustrada sobre las terrazas y el
puerto. Su paseo meditabundo le ha traído hasta aquí sin que él se diese
cuenta.
Vuelve la espalda al mar y á los grupos que empiezan á aclararse abajo,
después de terminado el concierto. Pasan cerca de él los músicos americanos,
seguidos por un enjambre de chicuelos que acompañan su retirada.
Contempla una brecha del horizonte, entre los Alpes y el promontorio de
Mónaco, por donde acaba de ocultarse el sol. Sobre el espacio rojizo brilla una
estrella que tiene las facetas y la luz de una piedra preciosa.
Lubimoff piensa en los abuelos de la poesía que la cantaron hace tres
mil años. Homero la llamaba Kalistos. Astro unas veces del alba y
otras del ocaso, Lucifer, Véspero ó «estrella del pastor», acabó por recibir el
nombre de Venus, á causa de su blancura luminosa, igual á la del diamante sobre
un pecho femenil.
Siente el príncipe en sus ojos una agradable caricia al contemplar este
planeta de dulce fulguración. Su nombre simboliza la belleza y el amor. Se
imagina á los que pueblan esta gota celeste perdida en el espacio. Deben ser de
esencia más pura que la nuestra, limpios completamente de un pasado de
animalidad originaria, seres etéreos como los ángeles de todas las religiones.
Otra estrella brilla en el cielo, más hermosa y más grande que ésta. No
es blanca, es azul, de un suave azul: el color de la poesía y del ensueño.
Centellea en el fondo negro de la inmensidad con el fulgor misterioso de los
enormes diamantes azulados que colocan en sus tiaras los monarcas orientales.
Los que la contemplan deben sentir en sus órganos visuales el roce
aterciopelado del divino misterio. Tal vez los poetas de otros mundos la cantan
como un refugio de selección, adonde van á descansar únicamente las almas puras
y escogidas; tal vez ha dado origen á religiones y es objeto de culto, teniendo
altares, lo mismo que los tuvo el sol.
Y este diamante azul del espacio, este mundo de suave luz, que
contemplan los habitantes de los otros planetas como una estrella poética en la
que todas las criaturas llevan una existencia inmaterial, es la Tierra, nuestro
pobre globo, donde acaban de perecer doce millones de hombres en los campos de
batalla, donde han muerto otros tantos millones por las emociones y las pestes
que son consecuencia de la guerra, donde se han consumido seiscientos mil
millones en humo, en incendios, en acero estallado.
Se acuerda Lubimoff de sus impresiones, horas antes, frente á una tumba
que empieza á desfigurarse con los primeros balbuceos de la primavera, La
inmensidad no nos conoce, así como tampoco nos conoce la tierra que nos
sustenta.
Estamos solos en el infinito, sin otro apoyo que el de nuestras
mentiras, nuestras ilusiones y nuestras esperanzas. El hombre sólo puede contar
con el hombre...
Y repite lo que en la mañana dijo de la Tierra.
El cielo ignora nuestros dolores.
Vuelve lentamente hacia la plaza.
De todos los cafés, de los restoranes, de los hoteles surge el vaivén
musical de los cadenciosos violines. Pasan detrás de los grandes vidrios
enrojecidos por una luz interior las parejas enlazadas, siguiendo el ritmo de
la música. Bailan... bailan... bailan.
La juventud no hace otra cosa. La danza es una especie de
rito sagrado, prohibido durante la guerra; y todos se dedican ahora á bailar,
con el fervor del fanático que al fin ve triunfante su perseguida religión.
El príncipe recuerda su paso reciente por París. Nunca vió las mujeres
mejor vestidas, con un hambre tan manifiesta de placer y de lujo. El tango de
los violines del bulevar es contestado como un eco por el tango de los violines
de toda la Costa Azul y de las estaciones veraniegas que empiezan á abrirse. El
ideal femenil, en este momento, no va más allá de bailar la danza de moda con
un guerrero de los Estados Unidos.
Se desvaneció la pesadilla; todo olvidado. Para muchos no queda otro
recuerdo de la guerra que los uniformes, más numerosos que antes en los tés
donde se baila.
Miguel circunscribe su pensamiento á esta costa, que fué siempre el
dominio de los felices.
La guerra la ha trastornado y ensombrecido durante cuatro años. Recorre
con la imaginación los salientes y los golfos de su ribera, encontrando en
todos ellos un cementerio.
En Mentón hay miles y miles de negros bajo tierra. Los combatientes de
Africa, cuyos padres sólo conocieron la lanza y el taparrabos, han venido á
caer como tiradores moribundos en esta playa de millonarios europeos. En el
Cap-Martin dejaron los ingleses á sus muertos; en Mónaco los hay de todas las
nacionalidades; en el Cap-Ferrat duermen los belgas bajo coronas que ya son
viejas; en Niza están los cadáveres americanos; y en todas partes, desde el
Esterel á la frontera italiana, franceses... franceses... franceses.
Son incontables los cadáveres. Si todos se levantasen á un tiempo,
huirían despavoridos los que vienen á dilatar su existencia bajo la palmera y
el olivo en la orilla roja del mar violeta.
Pero la vida quiera vivir. Es una primavera interminable, y cubre todo
cuanto toca con el musgo ávido del placer, con la enredadera veloz de la
ilusión.
Los cementerios, de una blancura agresiva, parecen esfumarse y se
pierden en el risueño paisaje como una nota sin importancia. La suavidad del
cielo y del ambiente los convierte en jardines. ¡Un cadáver ocupa tan poco sitio y la tierra es tan grande!... Los hoteles
que fueron hospitales redoran sos rótulos, desinfectan sus habitaciones, envían
anuncios á los grandes diarios de la tierra. Ya pueden venir las gentes á soñar
y á procrear entre las paredes que se estremecieron con gritos de dolor ó
ronquidos de agonía. La música empieza á gemir dulcemente á lo largo de la
costa feliz, entre el susurro de las olas y los estremecimientos de los
naranjos de epitalámico perfume. El viejo pastor de los Alpes que después de
sesenta años aún no ha salido de su asombro ante el Monte-Carlo surgido á sus
pies, en una meseta antiguamente desierta, lo verá crecer todavía con nuevos
palacios, con nuevas torres, ensanchando su opulencia como una ciudad de
ensueño.
El paso de la muerte ha aguzado la voluntad de vivir. Todos encuentran
un nuevo sabor al placer, viendo en lontananza cómo se aleja el negro harapo de
la adversaria.
Lubimoff se detiene en el centro de la plaza. Empieza á obscurecer. Por
una oreja le entra el balanceo musical de una danza inventada por los negros de
la América del Norte para regocijo de los blancos; por la opuesta penetra al
mismo tiempo otra música negra: el tango de la América del Sur. En las calles
inmediatas suenan nuevas orquestas allí donde hay un establecimiento público,
café, hotel ó restorán, con un rótulo inglés en su puerta, para atraer á los
héroes del momento: Dancing.
Mira á la montaña que cierra el fondo de la plaza y guarda tumbas en su
flanco. Luego mira á lo alto....
La tierra y el cielo ignoran nuestros dolores.
Y la vida también.
FIN
Monte-Carlo.—Enero-Julio 1919.
EDITORIAl PROMETEO.—VALENCIA
OBRAS DE V. BLASCO IBAÑEZ, director literario de esta
Editorial.—Novelas: Arroz y tartana. Flor de Mayo. La Barraca. Entre naranjos.
Sónnica la cortesana. Cañas y barro. La Catedral. El Intruso. La Bodega. La
Horda. La maja desnuda. Sangre y arena. Los muertos mandan. Luna Benamor. Los
argonautas (2 tomos). Los cuatro jinetes del Apocalipsis. Mare nostrum. Los
enemigos de la mujer. El préstamo de la difunta. El paraíso de las mujeres. La
tierra de todos. La reina Calafia. Novelas de la Costa Azul. 5 pesetas
volumen.—Cuentos: La Condenada. Cuentos valencianos. 5 ptas. vol.—Viajes:
En el país del arte. Oriente. 5 pesetas volumen.—Artículos: El
militarismo mejicano. 5 ptas.
La vuelta al mundo, de un novelista (2 tomos). 10 ptas.
V. BLASCO IBAÑEZ. SUS NOVELAS Y LA NOVELA DE SU VIDA, por Camilo
Pitollet.—Profusa ilustración con retratos, estancias, actos, etc., de Blasco
Ibáñez, desde su época de estudiante hasta el presente. 5 ptas.
NOVÍSIMA HISTORIA UNIVERSAL, dirigida por Lavisse & Rambaud.
Traducción de V. Blasco Ibáñez.—Escrita por individuos del Instituto de
Francia, dirigida á partir del siglo IV por Ernesto Lavisse, de la
Academia Francesa, y Alfredo Rambaud, del Instituto de Francia, profesores
de la Universidad de París.—Más de 20.000 retratos, cuadros, armas, monedas,
monumentos, etc. Historia gráfica del Arte. Historia del traje en numerosas
láminas de colores. Mapas, planos, etc.—Se han publicado los tomos I al XIII.
En prensa el XIV.—Precio de cada tomo, 10 pesetas lujosamente
encuadernado en tela.
NOVÍSIMA GEOGRAFÍA UNIVERSAL, por Onésimo y Elíseo Reclús.
Traducción de V. Blasco Ibañez.—Seis volúmenes en 4.ª, con más de 1.000
grabados. Numerosos mapas.—7'50 ptas. el tomo encuadernado en tela.
LA NOVELA LITERARIA.—Amplia y selecta colección dirigida por Blasco
Ibáñez, que cuenta con el apoyo de los novelistas de todos los países para esta
obra de difusión literaria. Todos los volúmenes llevan un estudio biográfico
del autor de la obra escrito por Blasco Ibáñez.—Novelas de Paul Adam, Barbusse,
Bazin, Bourges, Bourget, Duvernois, Fraplé, Harry, Hermaut, Huysmans, Jaloux,
Lavedan, Louys, Margueritte, Miomandre, Regnier, Rosny, Tinayre y otros muchos
maestros de la novela contemporánea. 4 ptas. vol.
End of Project Gutenberg's Los enemigos de la mujer, by Vicente Blasco
Ibáñez
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS ENEMIGOS DE LA MUJER ***

