© Libro N° 9546. Dramas: Lucrecia Borgia; María Tudor ; La
Esmeralda ; Ruy Blas. Víctor Hugo. Emancipación. Enero 29 de 2022.
Título original: © Dramas: Lucrecia Borgia; María Tudor ; La
Esmeralda ; Ruy Blas. Víctor Hugo
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Original: © Dramas: Lucrecia Borgia; María Tudor ; La Esmeralda ; Ruy
Blas. Víctor Hugo
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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DRAMAS
Lucrecia Borgia; María
Tudor ; La Esmeralda ; Ruy Blas
Víctor Hugo
Dramas: Lucrecia Borgia; María Tudor ; La Esmeralda ; Ruy Blas
Víctor Hugo
Title: Dramas (2 de 2)
Lucrecia Borgia ; María
Tudor ; La Esmeralda ; Ruy Blas
Author: Víctor Hugo
Translator: A. Blanco
Prieto
Illustrator: F. Gómez Soler
Release Date: June 10, 2021
[eBook #65584]
Language: Spanish
Character set encoding:
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Produced by: Ramón Pajares
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Hispánica/Biblioteca Nacional de España).
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GUTENBERG EBOOK DRAMAS (2 DE 2) ***
Nota de
transcripción
· Los errores de imprenta han sido corregidos.
· La ortografía del original ha sido respetada,
normalizándose las variantes a la grafía más frecuente.
· Se han añadido tildes a las mayúsculas que las
necesitan y se ha completado el emparejamiento de los signos de interrogación y
exclamación.
· Se ha ampliado el Índice para que mencione los
Actos y Partes de cada drama.
· Algunas ilustraciones se han desplazado ligeramente
para no interrumpir un párrafo.
· Las páginas en blanco han sido eliminadas.
p. 1
Dramas de Víctor Hugo
p. 2
ES PROPIEDAD
p. 3
DRAMAS
DE
Víctor Hugo
Lucrecia Borgia
María Tudor — La Esmeralda
— Ruy Blas
TRADUCCIÓN DE
A. Blanco Prieto
ILUSTRACIÓN DE
F. Gómez Soler
BARCELONA
BIBLIOTECA «ARTE Y LETRAS»
DANIEL CORTEZO y C.ª—Calle
de Pallars (Salón de S. Juan)
1887
p. 4
Establecimiento
tipográfico-editorial de Daniel Cortezo y C.ª
p. 5
Lucrecia Borgia
Drama en 3 actos, con un
prefacio de su autor
p. 7
Prefacio
uando estaba escribiendo el prefacio de su
último drama, el autor volvió á la ocupación de toda su vida, al arte; y
continuó sus trabajos predilectos, aun antes de acabar del todo con los
adversarios políticos que fueron á distraerle hace dos meses. Por otra parte,
dar á luz un nuevo drama seis semanas después del que se había prohibido, era,
en cierto modo, censurar al gobierno por su acto; era demostrarle que perdía el
tiempo, probándole que el arte y la libertad podían renacer en una noche bajo el
torpe pie que los hollaba. Así es que el autor confía sostener de aquí en
adelante la lucha política, mientras fuere necesario, sin dejar la obra
literaria. Se puede cumplir con los propios deberes y llevar á cabo una misión
al mismo tiempo, sin que lo uno perjudique á lo otro: el hombre tiene dos
manos.
El Rey se divierte y Lucrecia
Borgia no se asemejan por el fondo ni por la forma, y estas dos obras
tienen, cada cual por su parte, un destino tan diverso, que la una será tal vez
algún día la principal fecha política, y la otra la principal fecha literaria
de la vida del autor. Sin embargo, cree de su deber decir que estas dos
composiciones tan diferentes en elp. 8 fondo, en la forma y en el destino,
se relacionan íntimamente en su pensamiento. La idea que produjo el Rey
se divierte, y la que dió origen á Lucrecia Borgia nacieron
en el mismo instante y en el mismo punto del corazón. ¿Cuál es, en efecto, el
pensamiento íntimo oculto bajo estas tres ó cuatro cortezas concéntricas en la
primera de dichas producciones? Hele aquí: tomemos la deformidad física más
hedionda, la más repugnante y completa; coloquémosla allí donde más resalte, en
el piso más bajo y en el más despreciado del edificio social; iluminemos por
todos lados, con la siniestra luz de los contrastes, ese mísero sér; y después
démosle un alma y póngase en ésta el sentimiento más puro que se concede al
hombre: el de la paternidad. ¿Qué sucederá? Que este sentimiento sublime,
excitado, según ciertas condiciones, transformará á vuestros ojos el sér
envilecido, el cual, pequeño al principio, llegará á ser grande, y su
deformidad se convertirá en belleza. En el fondo, he aquí lo que es el Rey
se divierte. Ahora bien, ¿qué es Lucrecia Borgia? Tómese la
deformidad moral más hedionda, la más repugnante y completa;
colóquese allí donde más resalte, en el corazón de una mujer, con todas las condiciones
de la belleza física y de la grandiosidad regia, que ponen más en relieve el
crimen; y ahora mézclese con toda esta deformidad moral un sentimiento puro, el
más puro que á la mujer le es dado experimentar, el sentimiento materno; en el
monstruo poned una madre, y desde luego interesará y hará llorar; y ese sér que
inspiraba temor, infundirá lástima; y esa alma deforme se hará casi hermosa á
vuestros ojos. Así, pues, la paternidad santificando la deformidad física es
el Rey se divierte; y la maternidad, purificando la deformidad
moral, es Lucrecia Borgia. Si en el pensamiento del autor no fuese
bárbara la palabra biología, esas dos producciones no formarían más
que una biología sui generis, que pudiera titularse: El
Padre y la Madre. La suerte les ha separado; pero ¿qué
importa? La una prosperó; la otra ha sido condenada; la idea que constituye el
fondo de la primera se mantendrá tal vez encubierta aún, á causa de mil
prevenciones, para muchas miradas; la idea que engendró la segunda parece ser
comprendida y aceptada todas las noches por una multitud inteligente y
simpática, si no nos ciega alguna ilusión: Habent sua fata. Pero
sea lo que fuere de esas dosp. 9 composiciones, que por lo demás no tienen
otro mérito que la atención con que el público ha tenido á bien escucharlas,
son hermanas gemelas, que se han tocado en germen, la coronada y la proscrita,
como Luís XIV y el Máscara de Hierro.
Corneille y Molière tenían por costumbre contestar
en detalle á las críticas que sus obras suscitaban, y no deja de ser curioso
hoy ver á esos gigantes del teatro debatir en prefacios y advertencias
al lector, entre la inextricable red de objeciones que la crítica
contemporánea urdía sin descanso á su alrededor. El autor de este drama no se
cree digno de seguir tan grandes ejemplos, y por lo tanto callará ante la
crítica: lo que sienta bien en hombres vestidos de autoridad, como Molière y
Corneille, no sería oportuno en otros. Por lo demás, tal vez sólo Corneille en
todo el mundo podría conservarse grande y sublime en el momento mismo en que,
de rodillas, hace poner un prefacio ante Scudery ó Chapelain. El autor dista
mucho de ser Corneille, y está muy lejos de tener nada que ver con Chapelain ó
Scudery. La crítica, salvo algunas raras excepciones, ha sido generalmente leal
y benévola para él; pero sin duda podría contestar á más de una objeción. Á los
que opinan, por ejemplo, que Genaro se deja envenenar demasiado cándidamente
por el duque en el segundo acto, podría preguntarles si Genaro, personaje
creado por la fantasía del poeta, había de ser más verosímil y
más desconfiado que el histórico Druso de Tácito, ignarum et
juveniliter hauriens; y á los que le censuran por haber exagerado los
crímenes de Lucrecia Borgia, les diría: «Leed á Tomasi, á Guicciardini y sobre
todo el Diarium»; á los que le vituperan por haber aceptado ciertos
rumores populares semifabulosos sobre la muerte de los maridos de Lucrecia, les
contestaría que con frecuencia las fábulas del pueblo constituyen la verdad del
poeta; y además citaría de nuevo á Tácito, historiador más obligado á
criticarse sobre la realidad de los hechos que no el poeta dramático: Quamvis
fabulosa et immania credebantur, atrociore semper fama erga dominantius exitus.
El autor podría detallar estas explicaciones mucho más, examinando una por una
con la crítica todas las piezas de la armazón de su obra; pero prefiere dar
gracias al crítico en vez de contradecirle; y por otra parte, complácelep.
10 más que el lector halle en el drama, y no en el prefacio, las
respuestas que podría dar á las objeciones del crítico.
Se le dispensará que no insista sobre la parte
puramente estética de su obra. Hay todo un orden de ideas muy distinto, no
menos elevado en su opinión, que quisiera tener tiempo de remover y profundizar
en la Lucrecia Borgia. Á su modo de ver, en las cuestiones
literarias hay otras muchas sociales, y toda obra es una acción. He aquí el
asunto sobre el cual se extendería de buena gana si no le faltasen el tiempo y
el espacio. El teatro, nunca lo repetiremos en demasía, tiene en nuestra época
una inmensa importancia que tiende á desarrollarse sin cesar con la
civilización misma. El teatro es una tribuna, una cátedra; el teatro habla muy
alto. Cuando Corneille dice:
Porque eres más que un rey, te crees ya ser algo,
Corneille es Mirabeau; y cuando Shakespeare
dice: To die, to sleep, Shakespeare es Bossuet.
El autor sabe hasta qué punto el teatro es algo muy
grande y formal; sabe que el drama, sin salir de los límites imparciales del
arte, tiene una misión nacional, una misión social, una misión humana. Cuando
ve todas las noches, él, pobre poeta, á ese pueblo tan inteligente y
adelantado, que convierte á París en la ciudad central del progreso, extasiarse
en masa ante un telón que se levantará un momento después por su pensamiento,
se juzga muy poca cosa para excitar tanta atención y curiosidad; comprende que
si su talento no es nada, es preciso que su honradez lo sea todo; y se
interroga severamente sobre el alcance filosófico de su obra, porque se
considera responsable, y no quiere que esa multitud pueda pedirle cuenta un día
de lo que le enseñó. El poeta ha de cuidar también de las almas; es preciso que
el público no salga del teatro sin llevar consigo alguna moralidad austera y
profunda; y por eso espera, Dios mediante, no desarrollar jamás en la escena
(por lo menos mientras duren los tiempos críticos en que estamos) sino asuntos
llenos de lecciones y de consejos; presentará siempre el ataúd en la sala del
festín, la oración de difuntos mezclándose con los cantos de la orgía, y la
cogulla junto á la careta. Algunas veces dejará al carnavalp. 11 cantar
desordenado y desaforadamente en el proscenio, pero le gritará desde el fondo
de la escena: Memento quia pulvis es. Sabe que el arte solo, el
arte puro, el arte propiamente dicho, no exige todo esto del poeta; pero piensa
que en el teatro, sobre todo, no basta llenar solamente las condiciones del
arte. Y en cuanto á las llagas y miserias de la humanidad, siempre que las
presente en el drama, tratará de encubrir con el velo de una idea consoladora y
grave todo lo que esas desnudeces tengan de odioso en demasía. No pondrá á
Marion de Lorme en la escena sin purificar á la cortesana con un poco de amor;
dará á Triboulet, el deforme, un corazón de padre; á la monstruosa Lucrecia,
entrañas de madre; y de este modo, su conciencia reposará al menos tranquila y
serena en su obra. El drama que sueña y que se propone realizar podrá tocarlo
todo sin manchar nada. Hágase circular en el conjunto un pensamiento moral y
compasivo, y no habrá nada deforme ni repugnante. Con la cosa más hedionda
mézclese una idea religiosa, y será santa y pura. Sujetad á Dios al palo y
tendréis la cruz.
12 de Febrero de 1833.
p. 13
Lucrecia Borgia
PERSONAJES
· LUCRECIA BORGIA.
· ALFONSO DE ESTE.
· GENARO.
· GUBETTA.
· MAFFIO ORSINI.
· JEPPO LIVERETTO.
· APÓSTOLO GAZELLA.
· ASCANIO PETRUCCI.
· OLOFERNO VITELLOZZO.
· RUSTIGHELLO.
· ASTOLFO.
· la princesa negroni.
· un hujier.
· frailes.
· Caballeros, pajes y guardias.
p. 15
ACTO PRIMERO
AFRENTA SOBRE AFRENTA
PARTE PRIMERA
Un terrado del palacio Barbarigo, en Venecia.
Fiesta nocturna; varias máscaras cruzan á cada instante; en ambos lados del
mismo, el palacio presenta una iluminación espléndida, y se oyen acordes
musicales. El terrado está cubierto de sombra y de verde; en el fondo se figura
que al pie se halla el canal de la Zueca, por el cual se ven pasar, á
intervalos, entre las tinieblas, góndolas cargadas de máscaras; en cada una de
ellas se oye música cuando cruza por el fondo del teatro, tan pronto alegre
como lúgubre, y se extingue gradualmente en lontananza. Á lo lejos se divisa
Venecia, iluminada por la luz de la luna.
PERSONAJES
· LUCRECIA BORGIA.
· GENARO.
· GUBETTA.
· MAFFIO ORSINI.
· JEPPO LIVERETTO.
· APÓSTOLO GAZELLA.
· ASCANIO PETRUCCI.
· OLOFERNO VITELLOZZO.
· ALFONSO DE ESTE.
· RUSTIGHELLO.
· ASTOLFO.
ESCENA I
GUBETTA, GENARO (vestido de capitán), APÓSTOLO
GAZELLA, MAFFIO ORSINI, ASCANIO PETRUCCI, OLOFERNO VITELLOZZO, LIVERETTO
(Jóvenes caballeros, magníficamente vestidos,
con sus antifaces en la mano, conversan en el terrado.)
Oloferno.—Vivimos en una época en que los hombres
consuman tantos actos horribles, que ya no se habla de ese; pero seguro es que
jamás se ha conocido un hecho tan siniestro y misterioso.
Ascanio.—Un acto tenebroso, por hombres que lo son
también.
Jeppo.—Yo conozco bien los hechos, señores, pues me
los ha referido mi primo, el cardenal Carriale, que es la persona mejor
informada... ya conocéis al cardenal, aquel que tuvo tan empeñada disputa con
el cardenal Riario sobre la guerra contra Carlos VIII de Francia.
Genaro (bostezando).—¡Ah! hete aquí que
Jeppo comienza con sus historias... Por mi parte no quiero escuchar, porque ya
estoy cansado de oir.
Maffio.—Esas cosas no te interesan, Genaro, y me
parece muy natural. Tú eres un bravo capitán aventurero,p. 17 que lleva un
nombre de capricho; no conoces á tu padre ni á tu madre, aunque no se duda seas
caballero, á juzgar por tu modo de manejar la espada; pero todo cuanto se sabe
de tu nobleza es que te bates como un león. Á fe mía, somos compañeros de
armas, y lo que te digo no es para ofenderte. Si me salvaste la vida en Rímini,
yo te la salvé en el puente de Vicencio; nos hemos jurado mutuo auxilio así en
guerra como en amor; vengarnos juntos cuando necesario sea y tener por
enemigos, yo los tuyos, y tú los míos. Un astrólogo nos predijo que moriríamos
el mismo día, y dímosle diez cequíes de oro por su pronóstico. No somos amigos,
sino hermanos. En fin, tú tienes la suerte de llamarte simplemente Genaro, de
no conocer pariente alguno, y de que no te persiga ninguna de esas fatalidades
inherentes á los nombres históricos. ¡Eres feliz! ¿Qué te importa lo que pasa
ni lo que ha pasado, con tal que haya siempre hombres para la guerra y mujeres
para el placer? ¿Qué te importa la historia de las familias ni de las ciudades,
á ti que no tienes patria ni familia? Para nosotros, amigo Genaro, es
diferente; tenemos derecho á interesarnos en las catástrofes de nuestra época;
nuestros padres y nuestras madres han intervenido en esa tragedia; y casi todas
nuestras familias visten de luto aún.—Dinos cuanto sepas, Jeppo.
Genaro. (Déjase caer en un sillón, en la
actitud del que se propone dormir.)—Me despertaréis cuando Jeppo haya
concluído.
Jeppo.—Comienzo. En el año mil cuatrocientos
noventa...
Gubetta (Desde un rincón.)—Noventa y
siete.
Jeppo.—Eso es, noventa y siete. Era cierta noche de
un miércoles á jueves...
Gubetta.—No, de un martes á miércoles.
Jeppo.—Tenéis razón.—Aquella noche, pues, un
barquero del Tíber, que estaba echado en su barca, custodiandop. 18 sus
mercancías, presenció algo espantoso; hallábase un poco más abajo de la iglesia
de San Jerónimo, y serían como las cinco de la madrugada. El buen hombre vió
avanzar en la oscuridad, por el camino que hay á la izquierda del templo, dos
hombres á pie, mirando á un lado y otro, cual si estuvieran inquietos; después
aparecieron otros dos, y luego un tercero, hasta que se reunieron siete; sólo
uno de ellos iba montado. La noche estaba muy oscura, y en todas las casas que
dan al Tíber veíase sólo una ventana iluminada. Los siete hombres se
aproximaron á la orilla del río; el jinete hizo dar media vuelta á su caballo,
y entonces el barquero vió claramente en la grupa unas piernas que pendían por
un lado, mientras que la cabeza y los brazos colgaban por el otro: era el
cadáver de un hombre. Mientras sus compañeros vigilaban en los ángulos de las
calles, dos hombres cogieron el cuerpo, balanceáronle dos ó tres veces con
fuerza y arrojáronle en medio del Tíber. Apenas el cadáver tocó el agua, el
jinete hizo una pregunta, á la que los otros dos contestaron: «Sí, Excelencia.»
Entonces el caballero se volvió hacia el Tíber, y como viese alguna cosa negra
que flotaba en el agua, preguntó qué era aquello. «Señor, le contestaron, es la
capa del difunto.» Uno de los hombres arrojó entonces algunas piedras sobre la
capa, hasta que se hundió; y hecho esto alejáronse todos, tomando el camino que
conduce á San Jaime. He aquí lo que el barquero vió.
Maffio.—¡Lúgubre aventura! ¿Sería algún personaje
el que esos hombres echaron al agua? Ese jinete me da mucho que pensar. ¡El
asesino montado y el muerto en la grupa del cuadrúpedo! ¡Es cosa rara!
Gubetta.—En ese caballo iban los dos hermanos.
Jeppo.—Vos lo habéis dicho, caballero Belverana: el
cadáver era el de Juan Borgia, y el jinete era César Borgia.
p. 19Maffio.—¡Familia de diablos es la de los
Borgias! Y decidme, Jeppo, ¿por qué el hermano cometió aquel fratricidio?
Jeppo.—No os lo diré, pues la causa del asesinato
es tan abominable, que debe ser un pecado mortal hasta el hablar de ello.
Gubetta.—Pues yo os lo diré: César, cardenal
entonces, mató á Juan, duque de Gandía, porque los dos hermanos amaban á la
misma mujer.
Maffio.—¿Y quién era esa mujer?
Gubetta.—Su hermana.
Jeppo.—Basta, señor de Belverana; no pronunciéis
ante nosotros el nombre de esa mujer monstruosa; ni una sola de nuestras
familias ha dejado de ser objeto de sus iniquidades.
Maffio.—¿No había de por medio alguna criatura?
Jeppo.—Sí, un niño, hijo de Juan Borgia.
Maffio.—Ese niño sería ahora un hombre.
Oloferno.—Ha desaparecido.
Jeppo.—¿Fué César Borgia quien consiguió sustraerlo
á la madre, ó fué ésta quien se lo quitó á César? Nadie ha sabido contestar á
esta pregunta.
Apóstolo.—Si es la madre quien oculta al hijo, hace
bien. Desde que César Borgia llegó á ser duque de Valentinois, ha mandado dar
muerte, como ya sabéis, sin contar á su hermano Juan, á sus dos sobrinos, á los
hijos del príncipe de Esquilache, y á su primo, el cardenal Francisco Borgia:
ese hombre tiene la fiebre de matar á sus parientes.
Jeppo.—¡Pardiez! quiere ser el único Borgia, á fin
de heredar todos los bienes del papa.
Ascanio.—Esa hermana que no queréis nombrar, Jeppo,
emprendió en la misma época, según creo, una peregrinación secreta al
monasterio de San Sixto para encerrarse allí, sin que se supiera por qué.
p. 20Jeppo.—Creo que sí. Sin duda fué para
separarse del señor Juan Sforza, su segundo marido.
Maffio.—¿Y cómo se llamaba el barquero que vió todo
eso?
Jeppo.—Lo ignoro.
Gubetta.—Se llamaba Jorge Schiavone, y ocupábase en
conducir leña á Ripetta por el Tíber.
Maffio (en voz baja á Ascanio).—He ahí
á un extranjero que parece mejor enterado de nuestros asuntos que nosotros
mismos.
Ascanio (en voz baja).—Yo desconfío de
ese caballero de Belverana; mas no profundicemos la cuestión porque tal vez
habría en esto algún peligro.
Jeppo.—¡Ah, señores! ¡En qué tiempos vivimos!
¿Conocéis algún sér humano que pueda confiar hoy en vivir mañana en esta pobre
Italia, asolada por la guerra y por los Borgias?
Apóstolo.—Hablando de otra cosa, señores, creo que
todos debemos formar parte de la embajada que la república de Venecia envía al
duque de Ferrara, para felicitarle por haber recobrado á Rímini de los
Malatesta. ¿Cuándo iremos á Ferrara?
Oloferno.—Decididamente será pasado mañana. Sin
duda sabréis que ya están nombrados los dos embajadores, que son el senador
Tiópolo y el general Grimani.
Apóstolo.—¿Vendrá con nosotros el capitán Genaro?
Maffio.—¡Indudablemente! Genaro y yo no nos
separamos nunca.
Ascanio.—Debo hacer una observación importante,
señores, y es que se bebe el vino de España mientras estamos aquí.
Maffio.—Volvamos al palacio. ¡Eh! Genaro. (Á
Jeppo.) ¡Calle! se ha dormido de veras cuando referíais vuestra historia.
Jeppo.—Que duerma.
p. 21(Salen todos excepto Gubetta.)
ESCENA II
GUBETTA, GENARO, durmiendo
Gubetta (solo).—Sí, yo sé más que
ellos; se lo decían en voz baja; pero Lucrecia sabe más que yo; el caballero
Valentinois está mejor enterado aún que ella; el diablo sabe más que ese
caballero; y el papa Alejandro VI aventaja en este punto al mismo diablo. (Mirando
á Genaro.) ¡Cómo duermen esos jóvenes!
(Entra Lucrecia, con antifaz; ve á Genaro
dormido, acércase á él y le contempla con una especie de gozo y de respeto.)
ESCENA III
GUBETTA, LUCRECIA, GENARO, dormido
Lucrecia.—¡Duerme! Sin duda le ha cansado la
fiesta... ¡Qué hermoso es! (Volviéndose.) ¡Gubetta!
Gubetta.—No habléis alto, señora... No me llamo
aquí Gubetta, sino conde de Belverana, caballero castellano; y vos sois la
señora marquesa de Pontequadrato, dama napolitana. No debemos aparentar que
somos conocidos. ¿No es eso lo que ha dispuesto Vuestra Alteza? Aquí no estáis
en vuestra casa; os halláis en Venecia.
Lucrecia.—Es justo, Gubetta; pero en este terrado
no hay más que ese joven dormido ahora, y podremos hablar un instante.
Gubetta.—Como Vuestra Alteza guste; pero réstame
aún daros un consejo, y es que no os descubráis, porque podrían reconoceros.
p. 22Lucrecia.—¿Qué me importa? Si no saben quién
soy, nada tengo que temer; y si lo saben, ellos son los que deben guardarse.
Gubetta.—Estamos en Venecia, señora, y aquí tenéis
muchos enemigos, pero enemigos libres. Sin duda la República no toleraría que
se atentase contra vuestra persona; pero podrían insultaros.
Lucrecia.—¡Ah! tienes razón; mi nombre infunde
horror.
Gubetta.—Aquí no hay tan sólo venecianos, sino
también romanos, napolitanos, italianos de todo el país.
Lucrecia.—¡Y toda Italia me odia; tienes razón! Sin
embargo, es preciso que todo esto cambie; yo no había nacido para hacer daño, y
lo conozco ahora más que nunca. El ejemplo de mi familia es el que me
arrastra... ¡Gubetta!
Gubetta.—Señora.
Lucrecia.—Dispón que se lleven á nuestro gobierno
de Spoletto las órdenes que vamos á dar.
Gubetta.—Mandad, señora; siempre tengo cuatro mulas
ensilladas y otros tantos correos dispuestos á marchar.
Lucrecia.—¿Qué se ha hecho de Galeas Accaioli?
Gubetta.—Sigue en la prisión, esperando á que
Vuestra Alteza mande ahorcarle.
Lucrecia.—¿Y Buondelmonte?
Gubetta.—En el calabozo; aún no habéis dado la
orden para que le estrangulen.
Lucrecia.—¿Y Manfredo de Curzola?
Gubetta.—Esperando también la hora de la ejecución.
Lucrecia.—¿Y Spadacappa?
Gubetta.—Todavía es obispo de Pésaro y regente de
la Cancillería; pero antes de un mes quedará reducido á un poco de polvo, pues
le han prendido á causap. 23 de vuestras quejas, y está bien vigilado en
las cámaras bajas del Vaticano.
Lucrecia.—Gubetta, escribe al punto al Padre Santo
pidiéndole gracia para Pedro Capra; y que se ponga en libertad á Accaioli,
Manfredo de Curzola, Buondelmonte y Spadacappa.
Gubetta.—¡Esperad, señora, esperad, dejadme
respirar! ¡Cuántas órdenes me dais á un tiempo! ¡Ahora llueven perdones y
misericordia! ¡Estoy sumergido en la clemencia, y no podré librarme nunca de
este diluvio de buenas acciones!
Lucrecia.—Buenas ó malas ¿qué te importa, con tal
que te las pague?
Gubetta.—¡Ah! es que una buena acción es mucho más
difícil de hacer que una mala. ¡Pobre de mí! Ahora que imagináis ser
misericordiosa ¿qué llegaré á ser yo?
Lucrecia.—Escucha, Gubetta; tú eres mi más antiguo
y mi más fiel confidente...
Gubetta.—Sí; hace quince años que tengo el honor de
colaborar con vos.
Lucrecia.—Pues bien, amigo mío, mi fiel cómplice,
¿no comienzas á comprender la necesidad de que cambiemos de género de vida? ¿No
tienes sed de que nos bendigan á ti y á mí tanto como nos han maldecido? ¿No se
cuentan ya bastantes crímenes?
Gubetta.—Veo que estáis en camino de llegar á ser
la princesa más virtuosa del mundo.
Lucrecia.—¿No te comienza á pesar esa reputación de
infames, de asesinos y de envenenadores, común á los dos?
Gubetta.—Nada de eso. Cuando paso por las calles de
Spoletto, suelo oir á veces á los plebeyos que murmuran á mi alrededor: «¡Hum!
ese es Gubetta, Gubetta veneno, Gubetta cuchillo, Gubetta dogal», pues me han
puesto una infinidad de motes de los másp. 24 brillantes; pero á mí no me
importa. Se dice todo eso, y cuando no se emplea la palabra, los ojos lo
expresan. Esto no me hace mella, porque estoy acostumbrado á mi mala
reputación, como el soldado del Papa á servir la misa.
Lucrecia.—Pero ¿no comprendes que todos los nombres
odiosos con que te designan, y á mí también, podrían despertar el desprecio y
el odio en un corazón en que quisieras hallar cariño? ¿No amas á nadie en el
mundo, Gubetta?
Gubetta.—¡Yo quisiera saber á quién amáis vos,
señora!
Lucrecia.—¿Qué sabes tú? Yo soy franca contigo; no
te hablaré de mi padre, ni de mi hermano, ni de mi esposo, ni de mis amantes.
Gubetta.—No comprendo que se pueda amar otra cosa.
Lucrecia.—Pues hay otra, Gubetta.
Gubetta.—¡Hola! ¿os haréis virtuosa por amor de
Dios?
Lucrecia.—¡Gubetta, Gubetta! Si hubiese hoy en
Italia, en esta fatal y criminal Italia, un corazón noble y puro, un corazón
dotado de elevadas y varoniles virtudes, un corazón de ángel bajo la coraza del
guerrero; si no me quedase á mí, pobre mujer odiada, despreciada y aborrecida,
maldita de los hombres y condenada del cielo, mísera aunque poderosa; si no me
quedase, en el estado aflictivo en que mi alma agoniza dolorosamente, más que
una idea, una esperanza, la de merecer y obtener antes de mi muerte un poco de
ternura y de cariño en un corazón tan intrépido como puro; si no tuviera más
pensamiento que la ambición de sentirle latir un día alegre y libremente sobre
el mío, ¿comprenderías entonces, Gubetta, por qué me urge purificar mi pasado y
mi reputación, lavar las manchas que por todas partes tengo, y convertir enp.
25 una idea de gloria, de penitencia y de virtud, la idea infame y
sanguinaria que Italia tiene de mi nombre?
Gubetta.—¡Señora! ¿En qué ermita habéis estado hoy?
Lucrecia.—No te rías. Hace ya largo tiempo que
tengo estas ideas y nada te digo; el que se ve arrastrado por una corriente de
crímenes no se detiene cuando quiere; los dos ángeles luchaban en mí, el bueno
y el malo, y paréceme que el primero triunfará al fin.
Gubetta.—Entonces, ¡te Deum laudamus, magnificat
anima mea Dominum! ¿Sabéis, señora, que no os comprendo, y que desde hace
algún tiempo sois del todo indescifrable para mí? En el espacio de un mes,
Vuestra Alteza anuncia su marcha á Spoletto, se despide de don Alfonso de Este,
vuestro esposo, que tiene la candidez de enamorarse de vos como un tortolillo,
mostrándose celoso como un tigre; Vuestra Alteza sale de Ferrara y va
secretamente á Venecia, casi sin séquito, tomando un nombre supuesto
napolitano, y yo otro español. Llegada á Venecia, Vuestra Alteza tiene á bien
separarse de mí, dándome orden de no conocerla, y después asiste á todas las
fiestas, á las serenatas y á las reuniones, aprovechándose del Carnaval para ir
siempre enmascarada, ocultándose á las miradas de todos, y sin hablarme nunca
más que dos palabras entre puertas todas las noches. ¡Y ahora que todos esos
regocijos terminen con un sermón para mí! ¡Un sermón de vos, señora! ¿No os
parece esto prodigioso? Habéis metamorfoseado vuestro nombre, después vuestro
traje y ahora vuestra alma. ¡Esto sí que es un Carnaval llevado hasta el último
extremo! Yo me confundo. ¿Dónde está la causa de esa conducta por parte de
Vuestra Alteza?
Lucrecia (cogiéndole vivamente el brazo, y
acercándose á Genaro dormido).—¿Ves ese joven?
p. 26Gubetta.—Ese joven no es nada nuevo para mí;
ya sé que vais en su seguimiento con vuestro disfraz desde que estáis en
Venecia.
Lucrecia.—¿Qué dices?
Gubetta.—Digo que es un joven que duerme echado en
este momento, y que dormiría de pie si hubiera oído la conversación moral y
edificante que acabo de tener con Vuestra Alteza.
Lucrecia.—¿No te parece hermoso?
Gubetta.—Más lo sería si no tuviese los ojos
cerrados; una cara sin ojos es un palacio sin ventanas.
Lucrecia.—¡Si supieras cuánto le amo!
Gubetta.—Esa es cuestión de don Alfonso, vuestro
real esposo; pero debo advertir á Vuestra Alteza que pierde el tiempo, porque
ese joven, según me han dicho, está enamorado de una hermosa doncella llamada
Fiametta.
Lucrecia.—¿Y le ama ella?
Gubetta.—Dicen que sí.
Lucrecia.—¡Mejor! Quisiera verlos felices.
Gubetta.—Cosa singular, y que no se aviene con
vuestro proceder. Yo creía que erais más celosa.
Lucrecia (contemplando á Genaro).—¡Qué
figura tan noble!
Gubetta.—Yo creo que se parece á...
Lucrecia.—No digas á quién... déjame.
(Sale Gubetta. Lucrecia permanece algunos
instantes como extasiada ante Genaro, sin ver dos hombres disfrazados que
acaban de entrar por el fondo y que la observan.)
Lucrecia (creyéndose sola).—¡Es él! ¡Al
fin me ha sido dado contemplarle un momento sin peligros! ¡No, jamás le soñé
tan hermoso! ¡Oh, Dios mío, no me castiguéis con la angustia de verme jamás
aborrecida y despreciada de él, pues ya sabéis que es lo único que amo en este
mundo!... No me atrevo á quitarme la careta, y sin embargo es preciso enjugar
mis lágrimas.
p. 27(Se quita la careta para secarse los ojos.
Los dos hombres enmascarados hablan en voz baja, mientras que ella besa la mano
de Genaro dormido.)
1.er Enmascarado.—Eso basta; ahora
puedo ya volver á Ferrara. No he venido á Venecia sino para asegurarme de su
infidelidad, y he visto lo suficiente. No puedo prolongar más mi ausencia. Ese
joven es su amante. ¿Cómo se llama, Rustighello?
2.º Enmascarado.—Se llama Genaro; es un
capitán aventurero, pero muy intrépido; no tiene padre ni madre ni se conoce su
vida. Ahora está al servicio de la República de Venecia.
1.er Enmascarado.—Arréglate para
que vaya á Ferrara.
2.º Enmascarado.—Esto se hará de por sí,
Excelencia, porque pasado mañana marchará á dicho punto con varios de sus
amigos que forman parte de la embajada de los senadores Tiópolo y Grimani.
1.er Enmascarado.—Está bien. Los
informes que he recibido eran exactos; y como ya he visto lo suficiente,
podemos marchar.
(Salen.)
Lucrecia (uniendo las manos y casi
arrodillada ante Genaro).—¡Oh Dios mío, que haya tanta felicidad para él
como desgracia para mí!
(Besa la frente de Genaro, que se despierta
sobresaltado.)
Genaro (cogiendo por los dos brazos á
Lucrecia asustada).—¡Un beso, una mujer! ¡Por vida mía, señora, que si
fuérais reina y yo poeta tendríamos aquí verdaderamente la aventura de Alain
Chartier, el vate francés!... Pero ignoro quién sois, y yo no soy más que un
soldado.
Lucrecia.—¡Dejadme, caballero Genaro!
Genaro.—De ningún modo, señora.
Lucrecia.—¡Alguien viene!
(Huye; Genaro la sigue.)
p. 28ESCENA IV
JEPPO y después MAFFIO
Jeppo (entrando por el lado opuesto).—¿Quién
es esa? ¡Es ella! ¡Esa mujer en Venecia!... ¡Oye, Maffio!
Maffio (entrando).—¿Qué ocurre?
Jeppo.—Un encuentro inesperado.
(Habla al oído de Maffio).
Maffio.—¿Estás seguro?
Jeppo.—Tanto como lo estoy de que nos hallamos en
el palacio Barbarigo y no en el de Labbia.
Maffio.—¿Hablaba amorosamente con Genaro?
Jeppo.—Sí.
Maffio.—Será preciso librar á mi hermano Genaro de
esa araña.
Jeppo.—Avisemos á nuestros amigos.
(Salen.—Durante algunos momentos no aparece
nadie en escena; sólo se ven pasar de vez en cuando por el fondo algunas
góndolas con música.—Vuelven á entrar Genaro y Lucrecia con antifaz.)
ESCENA V
GENARO y LUCRECIA
Lucrecia.—Este terrado está oscuro y desierto; aquí
puedo quitarme la careta, y quiero que veáis mi rostro, Genaro.
(Se descubre.)
Genaro.—¡Sois muy hermosa!
Lucrecia.—¡Mírame bien, Genaro, y dime que no te
causo horror!
Genaro.—¡Causarme horror, señora! ¿Y por qué? Muy
por el contrario, siento en el fondo del corazón algo que me atrae á vos.
p. 29Lucrecia.—¿Crees que podrías amarme, Genaro?
Genaro.—¿Por qué no? Sin embargo, señora, quiero
ser franco; siempre habrá una mujer á quien amaré más que á vos.
Lucrecia (sonriendo).—Ya lo sé, la
linda Fiametta.
Genaro.—No.
Lucrecia.—¿Pues quién?
Genaro.—Mi madre.
Lucrecia.—¡Tu madre! ¡Oh Genaro mío! ¿La amas
mucho?
Genaro.—Sí; y eso que jamás la he visto. ¿No os
parece esto muy singular? Mirad, no sé por qué siento una inclinación á
confiarme á vos, y voy á revelaros un secreto que aún no he comunicado á nadie,
ni siquiera á mi hermano de armas, á Maffio Orsini. Es extraño descubrirse así
al primero que llega; pero me parece que vos no sois para mí una
desconocida.—Capitán aventurero, que ignora cuál es su familia, fuí educado en
Calabria por un pescador de quien me creía hijo. El día que cumplí diez y seis
años, el buen hombre me dijo que no era mi padre, y algún tiempo después,
presentóse un gran señor que, después de armarme de caballero, se marchó sin
levantar siquiera la visera de su casco. Más tarde, llegó un hombre vestido de
negro, y entregóme una carta; abríla y supe que era de mi madre, á quien no
conocía; pero que á mi entender era buena, benigna, tierna, hermosa como vos;
mi madre, á quien adoraba con toda mi alma. En aquella misiva, sin darme á
conocer nombre alguno, manifestábaseme que era noble, de una familia
distinguida, y que mi madre era muy desgraciada.
Lucrecia.—¡Buen Genaro!
Genaro.—Desde aquel día me hice aventurero, pues
siendo algo por mi cuna, quería serlo también por mi espada. He corrido toda la
Italia; pero el primer día de cada mes, hálleme donde quiera, veo llegarp.
30 siempre al mismo mensajero, quien me entrega una carta de mi madre,
recibe la contestación y se va; nada me dice, ni yo tampoco, porque es
sordo-mudo.
Lucrecia.—¿Conque no sabes nada de tu familia?
Genaro.—Sé que tengo madre, y que es desgraciada, y
que yo daría mi vida en este mundo por verla llorar, y en el otro por verla
sonreir. Esto es todo.
Lucrecia.—¿Qué haces con sus cartas?
Genaro.—Todas las tengo sobre el corazón. Nosotros,
los hombres de guerra, arriesgamos siempre la piel, presentando el pecho á la
punta de las espadas, y las cartas de una madre son una buena coraza.
Lucrecia.—¡Noble corazón!
Genaro.—¿Queréis ver su escritura? He aquí una de
sus cartas. (Saca del pecho un papel, lo besa y entrégaselo á Lucrecia.)
Leed.
Lucrecia (leyendo):
«... No trates de conocerme, Genaro mío, antes del
día que yo te señale. Soy muy digna de compasión; estoy rodeada de parientes
sin piedad, que te matarían, como mataron á tu padre. El secreto de tu
nacimiento, hijo mío, quiero ser yo la única en conocerlo. Si tú lo supieses,
es cosa tan triste al par que tan ilustre, que no podrías callarlo; la juventud
es confiada; no conoces, como yo, los peligros que te rodean; ¿quién sabe?
querrías arrostrarlos por bravata de joven, hablarías ó dejarías que lo adivinasen
y no vivirías ya dos días. ¡Oh, no! conténtate con saber que tienes una madre
que te adora, y que día y noche vela por tu vida. Genaro mío, hijo mío, tú eres
todo lo que amo en la tierra; mi corazón se deshace cuando pienso en ti.»
(Interrúmpese para enjugar una lágrima.)
Genaro.—¡Cuán tiernamente leéis eso! Diríase, no
que leéis, sino que estáis hablando.—¡Ah! ¡Lloráis!—Sois buena, señora, y os
agradezco que lloréis de lo que me escribe mi madre. (Vuelve á tomar la
carta, lap. 31 besa de nuevo y la vuelve á poner en su pecho.)
Sí; ya veis, ha habido muchos crímenes en torno de mi cuna. ¡Pobre madre mía!
¿No es verdad que ya comprendéis ahora que me entretengo poco en galanteos y
amoríos porque no tengo más que un pensamiento en el corazón, mi madre? ¡Oh!
¡Librar á mi madre! ¡Servirla, vengarla, consolarla, qué felicidad! Ya pensaré
después en el amor. Todo lo que hago, es para hacerme digno de mi madre. Hay
muchos aventureros que no son escrupulosos y se batirían por Satanás después de
haberse batido por San Miguel; yo, no; no sirvo más que causas justas; quiero
poder depositar un día á los pies de mi madre una espada limpia y leal como la
de un emperador. Ved, señora; me han ofrecido un ventajoso cargo al servicio de
esa infame Lucrecia Borgia y he rehusado.
Lucrecia.—¡Genaro! ¡Genaro! ¡Tened piedad de los
malos! No sabéis lo que pasa en su corazón.
Genaro.—No tengo piedad de la que sin piedad se
muestra. Pero, dejemos eso, señora, y ahora que os he dicho quién soy, haced
vos lo mismo, y decidme á vuestra vez quién sois.
Lucrecia.—Una mujer que os ama, Genaro.
Genaro.—Pero ¿vuestro nombre?...
Lucrecia.—No me preguntéis más.
(Antorchas. Entran con estruendo Jeppo y Maffio.
Lucrecia vuelve á ponerse el antifaz precipitadamente.)
ESCENA VI
Los mismos, MAFFIO ORSINI, JEPPO LIVERETTO, ASCANIO
PETRUCCI, OLOFERNO VITELLOZZO, APÓSTOLO GAZELLA. Señores, damas, pajes llevando
antorchas.
Maffio (con una antorcha en la mano).—Genaro,
¿quieres saber quién es la mujer á quien hablas de amor?
p. 32Lucrecia (aparte, bajo su careta).—¡Justo
cielo!
Genaro.—Todos sois amigos míos, pero juro á Dios
que el que toque á la máscara de esta mujer será mozo atrevido. La máscara de
una mujer es sagrada como la cara de un hombre.
Maffio.—¡Precisa antes que la mujer sea una mujer,
Genaro! No queremos insultar á esa; queremos tan solamente decirle nuestros
nombres. (Dando un paso hacia Lucrecia.) Señora, soy Maffio Orsini,
hermano del duque de Gravina, al que vuestros esbirros han asesinado de noche
mientras dormía.
Jeppo.—Señora, soy Jeppo Liveretto, sobrino de
Liveretto Vitelli, á quien habéis hecho dar de puñaladas en los subterráneos
del Vaticano.
Ascanio.—Señora, soy Ascanio Petrucci, primo de
Pandolfo Petrucci, señor de Siena, al que habéis asesinado para quitarle más
fácilmente su ciudad.
Oloferno.—Señora, me llamo Oloferno Vitellozzo,
sobrino de Iago d’Appiani, á quien habéis envenenado en una fiesta después de
haberle traidoramente robado su buena ciudadela señorial de Piombino.
Apóstolo.—Señora, habéis condenado á muerte en el
patíbulo á Francisco Gazella, tío materno de don Alfonso de Aragón, vuestro
tercer marido, á quien habéis hecho matar á golpes de alabarda en la meseta de
la escalera de San Pedro. Soy Apóstolo Gazella, primo del uno é hijo del otro.
Lucrecia.—¡Oh Dios!
Genaro.—¿Quién es esta mujer?
Maffio.—Y ahora que os hemos dicho nuestros
nombres, señora, ¿nos permitís que digamos el vuestro?
Lucrecia.—¡No, no! ¡Tened piedad, señores! ¡No
delante de él!
Maffio (desenmascarándola).—Quitaos
vuestra máscara, señora, que se vea si podéis aún ruborizaros.
p. 33Apóstolo.—Genaro, esa mujer á quien hablabas
de amor, es envenenadora y adúltera.
Jeppo.—Incesto en todos grados. Incesto con sus dos
hermanos que se han dado muerte uno á otro por amor á ella.
Lucrecia.—¡Perdón!
Ascanio.—¡Incesto con su padre, que es papa!
Lucrecia.—¡Piedad!
Oloferno.—Incesto con sus hijos, si los tuviese,
pero el cielo los rehusa á los monstruos.
Lucrecia.—¡Basta! ¡Basta!
Maffio.—¿Quieres saber su nombre, Genaro?
Lucrecia.—¡Perdón! ¡Perdón, señores!
Maffio.—Genaro, ¿quieres saber su nombre?
Lucrecia (Arrástrase á los pies de Genaro.)—¡No
escuches, Genaro mío!
Maffio (extendiendo el brazo).—¡Es
Lucrecia Borgia!
Genaro (rechazándola).—¡Oh!...
Todos.—¡Lucrecia Borgia!
(Cae desmayada á los pies de Genaro.)
p. 34
PARTE SEGUNDA
Una plaza de Ferrara. Á la derecha un palacio con
balcón guarnecido de celosías, y una puerta baja. Sobre el balcón un gran
escudo de piedra cargado de blasones con esta palabra en gruesas letras en
relieve sobredoradas: BORGIA. Á la izquierda una casita con puerta á la plaza.
En el fondo casas y campanarios.
ESCENA I
LUCRECIA, GUBETTA
Lucrecia.—¿Está dispuesto todo para esta noche,
Gubetta?
Gubetta.—Sí, señora.
Lucrecia.—¿Estarán los cinco?
Gubetta.—Todos cinco.
Lucrecia.—Me han ultrajado muy cruelmente, Gubetta.
p. 35Gubetta.—No estaba yo allí, señora.
Lucrecia.—No han tenido compasión.
Gubetta.—¿Os han dicho vuestro nombre, alto y
claro?
Lucrecia.—No me han dicho mi nombre, Gubetta; me lo
han escupido al rostro.
Gubetta.—¿En pleno baile?
Lucrecia.—Delante de Genaro.
Gubetta.—¡Vaya unos atolondrados! ¡Salir de Venecia
para venirse á Ferrara! Verdad es que no les quedaba otro remedio habiendo sido
designados por el Senado para formar parte de la embajada que llegó la otra
semana.
Lucrecia.—¡Oh! Me aborrece y me desprecia ahora, y
es por culpa suya. ¡Ah, Gubetta! ¡Me vengaré de ellos!
Gubetta.—En hora buena; esto es hablar. Habéis
abandonado vuestras fantasías de misericordia; ¡alabado sea Dios! Estoy mucho
más á mis anchas con Vuestra Alteza cuando es natural, como en este caso. Por
lo menos, me reconozco mejor. Entended, señora, que un lago es lo contrario de
una isla; una torre, lo contrario de un pozo; un acueducto, lo contrario de un
puente, y yo tengo el honor de ser lo contrario de un personaje virtuoso.
Lucrecia.—Genaro está con ellos. Cuidado que le
suceda nada.
Gubetta.—Si nos convirtiéramos, vos en buena mujer
y yo en hombre de bien, sería cosa monstruosa.
Lucrecia.—Cuida de que no le suceda nada á Genaro,
te digo.
Gubetta.—Estad tranquila.
Lucrecia.—¡Quisiera sin embargo verle todavía una
vez más!
Gubetta.—¡Vive Dios, señora, Vuestra Alteza le ve
todos los días! Habéis ganado á su criado para que determinasep. 36 á su
amo á alojarse ahí, en esa bicoca, frente á frente de vuestro balcón, y desde
vuestra ventana enrejada tenéis todos los días el inefable goce de ver entrar y
salir al susodicho gentil-hombre.
Lucrecia.—Digo que quisiera hablarle, Gubetta.
Gubetta.—Nada más sencillo. Enviadle á decir por
vuestro porta-manto Astolfo, que Vuestra Alteza lo espera hoy á tal hora en
palacio.
Lucrecia.—Lo haré, Gubetta; ¿pero querrá venir?
Gubetta.—Retiraos, señora, creo que va á pasar por
aquí dentro un momento con los estorninos en cuestión.
Lucrecia.—¿Te toman siempre por el conde de
Belverana?
Gubetta.—Me creen español desde los talones hasta
las cejas. Soy uno de sus mejores amigos. Les pido dinero á préstamo.
Lucrecia.—¡Dinero! ¿Para qué?
Gubetta.—¡Pardiez! para tenerlo. Por otra parte,
nada más provechoso que hacer de mendigo y tirarle de la cola al diablo.
Lucrecia (aparte).—¡Dios mío! ¡Haced
que no le suceda nada á mi Genaro!
Gubetta.—Y á propósito, señora; se me ocurre una
reflexión.
Lucrecia.—¿Cuál?
Gubetta.—Que es menester que la cola del diablo
esté soldada, enclavijada y atornillada en la espalda con extraordinaria
solidez para que resista á la innumerable multitud de gentes que tiran de ella
perpetuamente.
Lucrecia.—Todo te mueve á risa, Gubetta.
Gubetta.—Es una manía como cualquier otra.
Lucrecia.—Creo que están aquí.—Piensa en todo.
(Entra en palacio por la puertecilla bajo el
balcón.)
p. 37ESCENA II
GUBETTA, solo
¿Quién es ese Genaro? ¿Ó qué diablos quiere hacer
ella con él? No sé todos los secretos de la dama ni con mucho, pero éste excita
mi curiosidad. Á fe que no ha tenido confianza conmigo esta vez, y no creo vaya
á imaginarse que le sirva en esta ocasión; saldrá de la intriga con ese Genaro
como pueda. Pero ¡qué extraña manera de amar á un hombre cuando se es hija de
Rodrigo Borgia y de la Vanozza, cuando se es una mujer que tiene en las venas
sangre de cortesano y sangre de papa! ¡Lucrecia haciéndose platónica! ¡No me
sorprendería ya, aun cuando me dijesen que el papa Alejandro Sexto cree en
Dios! (Mira á la calle vecina.) Vamos, he aquí á nuestros jóvenes locos
del carnaval de Venecia. ¡Bonita idea han tenido de abandonar una tierra
neutral y libre para venir aquí después de haber ofendido mortalmente á la
duquesa de Ferrara! En su lugar, hubiérame yo abstenido, ciertamente, de formar
parte de la cabalgata de los embajadores venecianos. Pero los jóvenes son así.
Las fauces del lobo son de todas las cosas sublunares aquella en que de mejor
gana se precipitan.
(Entran los jóvenes señores sin ver al principio
á Gubetta, que se ha colocado en observación bajo uno de los pilares que
sostienen el balcón. Hablan en voz baja y con aire de inquietud.)
p. 38ESCENA III
GUBETTA.—GENARO, MAFFIO, JEPPO, ASCANIO, APÓSTOLO,
OLOFERNO.
Maffio (en voz baja).—Diréis lo que os
parezca, señores; pero podía uno dispensarse de venir á Ferrara cuando se ha
herido en el corazón á Lucrecia Borgia.
Apóstolo.—¿Qué podíamos hacer? El Senado nos envía
aquí. ¿Hay manera acaso de eludir las órdenes del serenísimo senado de Venecia?
Una vez designados, menester era partir. No se me oculta, sin embargo, Maffio,
que Lucrecia Borgia es una formidable enemiga. Aquí es la dueña.
Jeppo.—¿Qué quieres que nos haga, Apóstolo? ¿No
estamos al servicio de la república de Venecia? ¿No formamos parte de la
embajada? Tocar á un cabello de nuestra cabeza sería declarar la guerra al Dux,
y Ferrara no se indispone así como así con Venecia.
Genaro (meditando en un rincón del teatro,
sin mezclarse en la conversación).—¡Oh, madre! ¡madre mía! ¡Quién me dijera
lo que podría hacer yo por mi buena madre!
Maffio.—Pueden extenderte en el sepulcro, Jeppo,
sin tocar á un cabello de tu cabeza. Hay venenos que resuelven los asuntos de
los Borgias sin aparato ni estruendo, mucho mejor que con el hacha y el puñal.
Recuerdo cómo Alejandro Sexto ha hecho desaparecer del mundo al Sultán Zizimí,
hermano de Bayaceto.
Oloferno.—Y á tantos otros.
Apóstolo.—En cuanto al hermano de Bayaceto, su
historia es curiosa y no de las menos siniestras. El papa le persuadió que
Carlos de Francia le había envenenado el día que hicieron colación juntos;
Zizimí se lo creyó todo y recibió de las bellas manos de Lucreciap.
39 Borgia un titulado contra-veneno, que en dos horas despachó al hermano
de Bayaceto.
Jeppo.—Parece que ese bravo turco no entendía nada
la política.
Maffio.—Sí; los Borgias tienen venenos que matan en
un día, ó en un año, á su antojo. Son venenos infames que vuelven mejor el vino
y hacen vaciar el frasco con más placer. Os creéis ebrio y estáis muerto. Ó
bien un hombre siente de pronto languidez, su piel se arruga, sus ojos se
hunden, sus cabellos blanquean, los dientes se rompen como vidrio al contacto
del pan; no anda ya, se arrastra; no respira, estertorea; no ríe, no duerme,
tirita al sol en pleno mediodía; joven, tiene el aspecto de un anciano; agoniza
así algún tiempo, y muere. Muere, y entonces recuerda que hace seis meses ó un
año bebió un vaso de vino de Chipre en casa de un Borgia. (Volviéndose.)
Ved, señores; he ahí justamente á Montefeltro, á quien conocíais quizás, que es
de esta ciudad, y á quien le sucede actualmente lo que digo. Pasa por allí, en
el fondo de la plaza. Miradle.
(Vese pasar en el fondo del teatro un hombre con
el cabello blanco, flaco, vacilante, cojeando, apoyado en un bastón y embozado
en una capa.)
Ascanio.—¡Pobre Montefeltro!
Apóstolo.—¿Qué edad tiene?
Maffio.—Mi edad: veintinueve años.
Oloferno.—Le he visto el año pasado, sonrosado y
fresco como vos.
Maffio.—Hace tres meses cenó en casa de nuestro
Santísimo Padre el Papa, en su viña de Belvedere.
Ascanio.—¡Esto es horrible!
Maffio.—¡Oh! Se cuentan cosas muy extrañas de esas
cenas de los Borgias.
Ascanio.—Son bacanales desenfrenadas, sazonadas con
envenenamientos.
Maffio.—Ved, señores, cuán desierta está la plazap.
40 á nuestro alrededor. El pueblo no se aventura tan cerca como nosotros
del palacio ducal; tiene miedo de que los venenos que se elaboran en él día y
noche no transpiren á través de las paredes.
Ascanio.—Señores, bien mirado, los embajadores han
obtenido ayer su audiencia del duque. Nuestra misión está casi terminada. El
séquito de la embajada se compone de cincuenta caballeros y nuestra
desaparición no se notará en este número. Creo que obraríamos cuerdamente en
abandonar á Ferrara.
Maffio.—¡Hoy mismo!
Jeppo.—Señores, mañana será tiempo. Estoy invitado
á cenar esta noche en casa de la princesa Negroni, de la cual ando perdidamente
enamorado, y no quisiera dar á entender que huyo ante la mujer más linda de
Ferrara.
Oloferno.—¿Estás invitado á cenar esta noche en
casa de la princesa Negroni?
Jeppo.—Sí.
Oloferno.—Pues yo también.
Ascanio.—Y yo también.
Apóstolo.—Y yo también.
Maffio.—Y yo también.
Gubetta (saliendo de la sombra del pilar).—Y
yo también, señores.
Jeppo.—¡Toma, he ahí al señor de Belverana!
Perfectamente: iremos todos juntos; será una alegre velada. Buenos días, señor
de Belverana.
Gubetta.—Largos años os guarde Dios, señores.
Maffio (por lo bajo á Jeppo).—Te voy á
parecer muy tímido, Jeppo; pues bien: si quisiérais creerme, no iríamos á esa
cena. El palacio Negroni está contiguo al palacio ducal y no tengo gran
confianza en la amabilidad de ese señor Belverana.
Jeppo (por lo bajo).—Estáis loco,
Maffio. La Negroni es una mujer encantadora; os digo que estoy enamoradop.
41 de ella, y Belverana es un excelente sujeto. Me he enterado de él y de
los suyos. Mi padre estuvo con su padre en el sitio de Granada, en mil
cuatrocientos ochenta y tantos.
Maffio.—Eso no prueba que éste sea hijo del padre
con quien estaba el vuestro.
Jeppo.—Libre sois de no venir á cenar, Maffio.
Maffio.—Iré, si vais vos, Jeppo.
Jeppo.—¡Viva Júpiter, entonces! Y tú, Genaro, ¿no
quieres ser de los nuestros esta noche?
Ascanio.—¿Acaso la Negroni ha dejado de invitarte?
Genaro.—Así es. Le habré parecido á la princesa
mediano gentil-hombre.
Maffio (sonriendo).—Entonces, hermano,
irás por tu parte á alguna cita amorosa, ¿no es eso?
Jeppo.—Á propósito, cuéntanos algo de lo que te
decía Lucrecia la otra noche. Parece que anda loca por ti. Largo debió de
hablarte. La libertad del baile era una buena ocasión para ella. Las mujeres no
disfrazan su persona más que para desnudar más audazmente su alma. Rostro
tapado, corazón desnudo.
(Desde algunos instantes Lucrecia está en el
balcón cuya celosía ha entreabierto. Escucha.)
Maffio.—¡Ah! Has venido precisamente á alojarte
delante de su balcón. ¡Genaro! ¡Genaro!
Apóstolo.—Lo cual no deja de ser algo peligroso,
camarada, pues se dice que este digno duque de Ferrara anda muy celoso de su
señora esposa.
Oloferno.—Vamos, Genaro, cuéntanos á qué alturas te
encuentras en tus amoríos con Lucrecia Borgia.
Genaro.—Señores, si volvéis á hablarme de esa
horrible mujer, habrá espadas que saldrán á relucir al sol.
Lucrecia (en el balcón, aparte).—¡Ay!
Maffio.—Es pura broma, Genaro. Pero me parece que
bien se te puede hablar de esa dama, puesto que llevas sus colores.
p. 42Genaro.—¿Qué quieres decir?
Maffio (mostrándole la banda que lleva).—Esta
banda.
Jeppo.—Son, en efecto, los colores de Lucrecia
Borgia.
Genaro.—Fiametta es quien me la ha enviado.
Maffio.—Así lo crees tú. Lucrecia te lo ha enviado
á decir; pero Lucrecia en persona es la que ha bordado la banda con sus propias
manos para ti.
Genaro.—¿Estás seguro de ello, Maffio? ¿Por quién
lo sabes?
Maffio.—Por tu criado, que te entregó la banda, y á
quien ella sobornó.
Genaro.—¡Condenación!
(Arráncase la banda, la destroza y la pisotea.)
Lucrecia (aparte).—¡Ay!
(Cierra la celosía y se retira.)
Maffio.—Es una mujer hermosa, con todo.
Jeppo.—Sí, pero hay algo de siniestro impreso en su
belleza.
Maffio.—Es un ducado de oro con la efigie de
Satanás.
Maffio.—¿Qué diablos hace?
Genaro.—¡Oh! ¡Maldita sea esa Lucrecia Borgia!
¡Decís que esa mujer me ama! Pues bien: tanto mejor; sea este su castigo: ¡me
horroriza! ¡Sí, me horroriza! Ya lo sabes, Maffio, siempre ha sido así; no hay
manera de ser indiferente hacia una mujer que nos ama. Hay que amarla ó
aborrecerla. ¿Y cómo amar á esa? Sucede que, cuando más perseguido se ve uno
por el amor de esas mujeres, más las aborrece. Esta me persigue, me embiste, me
tiene sitiado. ¿Por qué he podido merecer yo el amor de una Lucrecia Borgia? ¿No
es eso acaso una vergüenza y una calamidad? Desde aquella noche en que de tan
ruidosa manera me habéis dicho su nombre, no podéis creer hasta qué punto me es
odioso el pensamiento de esa mujer malvada. En otro tiempo no veía yo á
Lucrecia más que de lejos, á través de mil intervalos, como unp.
45 fantasma terrible de pie sobre Italia, como el espectro de todo el
mundo. Ahora este espectro es el mío, viene á sentarse á mi cabecera; me ama y
quiere acostarse en mi lecho. ¡Por mi madre, esto es espantoso! ¡Ah, Maffio, ha
matado al señor de Gravina, ha matado á tu hermano! Pues bien, ¡yo reemplazaré
á tu hermano para contigo, y yo le vengaré para con ella!—¡He ahí, pues, su
execrable palacio! ¡Palacio de la lujuria, palacio de la traición, palacio del
asesinato, palacio del adulterio, palacio del incesto, palacio de todos los
crímenes, palacio de Lucrecia Borgia! ¡Oh! el sello de infamia que no puedo
poner sobre la frente de esa mujer, ¡quiero ponerle al menos en la fachada de
su palacio!
(Sube sobre el banco de piedra que está debajo
del balcón, y con su puñal hace saltar la primera letra del nombre de Borgia
grabado en el muro, de manera que no queda más que la palabra: ORGIA.)
Maffio.—¿Qué diablos hace?
Jeppo.—Genaro, esta letra de menos en el nombre de
Lucrecia, es tu cabeza de menos sobre tus espaldas.
Gubetta.—Señor Genaro, he aquí un retruécano que
someterá mañana á media ciudad al tormento.
Genaro.—Si buscan al culpable, yo me presentaré.
Gubetta (aparte).—¡Me alegraría,
pardiez! ¡Eso pondría en grande apuro á Lucrecia!
(Desde algunos instantes, dos hombres vestidos
de negro se pasean por la plaza. Observan.)
Maffio.—Señores, he aquí unos individuos de mala
catadura que nos miran algo curiosamente. Creo que será juicioso separarnos. No
hagas nuevas locuras, hermano Genaro.
Genaro.—Anda tranquilo, Maffio. ¿Tu mano? Señores,
divertíos mucho esta noche.
(Entra en su casa; los otros se dispersan.)
p. 46ESCENA IV
LOS DOS HOMBRES, vestidos de negro
Hombre 1.º—¿Qué diablos haces tú por ahí,
Rustighello?
Hombre 2.º—Espero á que te largues, Astolfo.
Hombre 1.º—¿De veras?
Hombre 2.º—¿Y tú, qué haces ahí, Astolfo?
Hombre 1.º—Espero á que te largues, Rustighello.
Hombre 2.º—¿Con quién tienes que ver, Astolfo?
Hombre 1.º—Con el hombre que acaba de entrar ahí.
¿Y tú, con quién te las tienes?
Hombre 2.º—Con el mismo.
Hombre 1.º—¡Diablo!
Hombre 2.º—¿Qué piensas hacer con él?
Hombre 1.º—Llevárselo á la duquesa. ¿Y tú?
Hombre 2.º—Quiero llevárselo al duque.
Hombre 1.º—¡Diantre!
Hombre 2.º—¿Qué le espera en casa la duquesa?
Hombre 1.º—El amor sin duda. ¿Y en casa el duque?
Hombre 2.º—Probablemente la horca.
Hombre 1.º—¿Cómo componérnoslas? No debe hallarse á
la vez en casa del duque y de la duquesa, amante feliz y ahorcado.
Hombre 2.º—Ahí va un ducado. Juguemos á cara ó cruz
quien de nosotros se llevará el hombre.
Hombre 1.º—Lo dicho.
Hombre 2.º—Á fe mía, si pierdo le diré buenamente
al duque que el pájaro había volado. ¿Qué me importan á mí los negocios del
duque?
(Echa su ducado al aire.)
Hombre 1.º—Cruz.
Hombre 2.º (mirando á tierra).—Es cara.
p. 47Hombre 1.º—El hombre será ahorcado. Tómale.
Adiós.
Hombre 2.º—Buenas noches.
(Cuando ha desaparecido el otro, abre la puerta
baja que está cabe el balcón, entra y reaparece un momento después acompañado
de cuatro esbirros, con los cuales va á llamar á la puerta de la casa donde ha
entrado Genaro. Cae el telón.)
p. 49
ACTO II
LA PAREJA
PARTE PRIMERA
Una sala del palacio ducal de Ferrara. Tapices de
cuero de Hungría incrustados de arabescos de oro. Mobiliario magnífico, según
el gusto de fines del siglo XV en Italia. El sillón ducal de terciopelo rojo,
bordado con las armas de la casa de Este. Al lado, una mesa cubierta de
terciopelo rojo. En el fondo, una gran puerta. Á la derecha una puertecilla, y
á la izquierda otra secreta. Detrás de ésta se ve, en un compartimento
practicado en el teatro, el principio de una escalera en espiral que se hunde
en el suelo y está iluminada por una larga y estrecha ventana enrejada.
p. 50PERSONAJES
· LUCRECIA.
· ALFONSO DE ESTE.
· GENARO.
· MAFFIO.
· RUSTIGHELLO.
· UN HUJIER.
ESCENA I
D. ALFONSO DE ESTE, con traje de colores magnífico;
RUSTIGHELLO, vestido con los mismos colores, pero de tela más sencilla
Rustighello.—Monseñor, quedan ejecutadas vuestras
primeras órdenes. Espero otras.
Alfonso.—Toma esta llave y vé á la galería de Numa.
Cuenta todos los entrepaños de la ensambladura, comenzando en la grande figura
pintada, que está cerca de la puerta y representa á Hércules, hijo de Júpiter,
uno de mis antepasados. Cuando llegues al vigésimo tercero, verás una pequeña
abertura, oculta en las fauces de una serpiente dorada, que es una serpiente de
Milon. Mandó hacer el tal entrepaño Ludovico el Moro. Introduce la llave en
esta abertura y aquel girará sobre sus goznes como una puerta. En el armario
secreto que recubre verás, sobre una bandeja de cristal, un frasco de oro y
otro de plata con dos copas esmaltadas. En el frasco de plata hay agua pura. En
el frasco de oro hay vino preparado. Llevarás la bandeja, sin tocar á nada, al
gabinete contiguo á esta cámara, Rustighello; y si nunca has oído á aquellos
cuyos dientes castañeteaban de terror, hablar del famoso veneno de los Borgias,
que en polvo es blanco y centelleante como polvo de mármol dep.
51 Carrara, y que, mezclado con el vino, cambia el de Romorantino en vino
de Siracusa, te guardarás bien de tocar al frasco.
Rustighello.—¿Es esto todo, monseñor?
Alfonso.—No; tomarás tu mejor espada, te estarás en
el gabinete, de pie, detrás de la puerta, de manera que oigas cuanto aquí se
diga y para que puedas entrar á la primera señal que te haga con esta
campanilla de plata, cuyo sonido conoces. (Muestra una campanilla sobre la
mesa.) Si digo sencillamente: ¡Rustighello! entrarás con la bandeja. Si
toco la campanilla, entrarás con la espada.
Rustighello.—Basta, monseñor.
Alfonso.—Tendrás la espada desnuda en la mano, á
fin de no tomarte la molestia de desenvainarla.
Rustighello.—Bien.
Alfonso.—Rustighello, toma dos espadas. Una podría
romperse. Anda.
(Rustighello sale por la puertecilla.)
Un hujier (entrando por la puerta del fondo).—Nuestra
señora la duquesa desea hablar á nuestro señor el duque.
Alfonso.—Haced entrar á mi señora.
ESCENA II
ALFONSO y LUCRECIA
Lucrecia (entrando con impetuosidad).—Señor,
señor, esto es indigno, esto es odioso, esto es infame. Algún hombre del
pueblo, ¿sabéis eso, don Alfonso? acaba de mutilar el nombre de vuestra esposa,
grabado debajo de mis armas de familia, en la fachada de vuestro propio
palacio. La cosa se ha hecho en pleno día, públicamente,p. 52 ¿por quién?
lo ignoro, pero es harto injurioso y temerario. Se ha hecho de mi nombre un
padrón de ignominia, y vuestro populacho de Ferrara, que es, á no dudarlo, el
más infame de toda Italia, monseñor, está allí mofándose alrededor de mi blasón
como si fuera una picota. ¿Os imagináis acaso, don Alfonso, que me resigno á
esto y que no preferiría mil veces más morir de una puñalada, más bien que de
la picadura envenenada del sarcasmo y de la befa? ¡Pardiez, señor, que me
tratan extrañamente en vuestro señorío de Ferrara! Esto empieza á cansarme, y
os encuentro demasiado tranquilo, mientras arrastran por los arroyos de vuestra
ciudad la reputación de vuestra esposa, despedazada por la injuria y la
calumnia. Me es menester una reparación ruidosa de esto, os lo prevengo, señor
duque. Preparaos á hacer justicia porque es un acontecimiento grave el que
acaba de acaecer ¿sabéis? ¿Creeríais acaso que no tengo en nada la estimación
de nadie en el mundo y que mi marido puede dispensarse de ser mi caballero? No,
no, monseñor; quien se casa, protege; quien da la mano, da el brazo. Cuento con
ello. Cada día recibo una nueva injuria y nunca veo que os alteréis. ¿Acaso ese
cieno de que me cubren no os salpica, don Alfonso? ¡Vaya, por mi alma, enfadaos
un poco, que os vea una vez en la vida enojaros por mí, señor! Que estáis
enamorado de mí, me decís algunas veces; estadlo, pues, de mi gloria; que
estáis celoso, estadlo de mi reputación. Si he doblado con mi dote vuestros
dominios hereditarios; si os he traído en matrimonio, no solamente la Rosa de
oro y la bendición del Padre Santo sino lo que ocupa más lugar en la superficie
del globo, Siena, Rímini, Cesena, Spoletto y Piombino, y más ciudades que castillos
tenéis, y más ducados que baronías teníais; si he hecho de vos el más poderoso
caballero de Italia, no es esto unap. 53 razón para que dejéis que vuestro
pueblo me escarnezca, me denigre y me insulte; para que dejéis á vuestra
Ferrara señalar con el dedo á toda Europa á vuestra mujer, más despreciada y
más bajamente puesta que la sirvienta de los criados de vuestros palafreneros;
no es una razón, digo, para que vuestros vasallos no puedan verme pasar entre
ellos sin decir: «¡Anda! ¡Esa mujer!...» Pues bien: os lo declaro, señor;
quiero que el crimen de hoy sea perseguido y ejemplarmente castigado, ó bien me
quejaré al papa, me quejaré al de Valentinois, que está en Forli con quince mil
hombres de guerra; ved ahora si vale esto la pena de que os levantéis de
vuestro sillón.
Alfonso.—Señora, el crimen de que os quejáis me es
conocido.
Lucrecia.—¡Cómo, señor! ¡Os es conocido el crimen y
no está descubierto todavía el criminal!
Alfonso.—El criminal está descubierto.
Lucrecia.—¡Vive Dios! Si está descubierto ¿cómo es
que no está ya detenido?
Alfonso.—Está detenido, señora.
Lucrecia.—Por mi alma, si está detenido, ¿por qué
motivo no está todavía castigado?
Alfonso.—Lo estará. He querido antes saber vuestra
opinión sobre el castigo.
Lucrecia.—Habéis hecho bien, monseñor. ¿Dónde está?
Alfonso.—Aquí.
Lucrecia.—¡Ah! ¡aquí! He de hacer un ejemplar,
¿entendéis, señor? Esto es un crimen de lesa majestad, y esos crímenes hacen
caer siempre la cabeza que los concibe y la mano que los ejecuta. ¿Conque está
aquí? Quiero verle.
Alfonso.—Es fácil. (Llamando.) ¡Bautista!
(El hujier reaparece.)
Lucrecia.—Una palabra aún, señor, antes de quep.
54 el culpable sea introducido. Quien quiera que fuere ese hombre, aunque
fuese de nuestra ciudad, aunque fuese de nuestra casa, don Alfonso, dadme
vuestra palabra de duque coronado de que no saldrá vivo de aquí.
Alfonso.—Os la doy. Os la doy, ¿lo entendéis bien,
señora?
Lucrecia.—Bien está; sin duda que lo entiendo.
Traedle ahora; quiero interrogarle yo misma. ¡Dios mío! ¿qué habré hecho yo á
esa gente de Ferrara para que me persiga de este modo?
Alfonso (al hujier).—Haced entrar al
preso.
(Ábrese la puerta del fondo. Vese aparecer á
Genaro desarmado entre dos partesaneros. En el mismo momento se ve á
Rustighello subir la escalera en el pequeño compartimiento de la izquierda,
detrás de la puerta secreta; lleva en la mano una bandeja en la cual hay un
frasco dorado, otro plateado y dos copas. Pone la bandeja en el alféizar de la
ventana, saca su espada y se coloca detrás de la puerta.)
ESCENA III
Los mismos, GENARO
Lucrecia (aparte).—¡Genaro!
Alfonso (aproximándose á ella, bajo y con
una sonrisa).—¿Conocíais acaso á ese hombre?
Lucrecia (aparte).—¡Es Genaro! ¡Qué
fatalidad, Dios mío!
(Le mira con angustia; él aparta la vista.)
Genaro.—Señor duque, soy un simple capitán y os
hablo con el respeto que conviene. Vuestra Alteza me ha hecho prender en mi
alojamiento esta mañana: ¿qué me queréis?
Alfonso.—Señor capitán, se ha cometido esta
mañanap. 55 un crimen de lesa majestad frente á frente de la casa que
habitáis. El nombre de nuestra bien amada esposa y prima doña Lucrecia Borgia
ha sido insolentemente mutilado en la fachada de nuestro palacio ducal.
Buscamos al culpable.
Lucrecia.—No es él; hay un error, don Alfonso. No
es ese joven.
Alfonso.—¿Cómo lo sabéis?
Lucrecia.—Estoy segura de ello. Este joven es de
Venecia y no de Ferrara. Así...
Alfonso.—¿Y qué prueba eso?
Lucrecia.—El hecho ha ocurrido esta mañana y yo sé
que él ha pasado aquellas horas en casa de una joven llamada Fiametta.
Genaro.—No, señora.
Alfonso.—Ya ve Vuestra Alteza que ha sido mal
informada. Dejadme que le interrogue. Capitán Genaro, ¿sois vos quien ha
cometido el crimen?
Lucrecia (desesperada).—¡Me ahogo aquí!
¡Aire! ¡aire! ¡tengo necesidad de respirar un poco! (Se dirige á una
ventana, y pasando al lado de Genaro le dice en voz baja y rápidamente): Dí
que no eres tú.
Alfonso (aparte).—Le ha hablado en voz
baja.
Genaro.—Duque Alfonso, los pescadores de Calabria
que me criaron y que me han templado muy joven en el mar para hacerme fuerte y
atrevido, me han enseñado esta máxima con la cual se puede arriesgar á menudo
la vida, nunca el honor: «Haz lo que dices, dí lo que haces.» Duque Alfonso, yo
soy el hombre á quien buscáis.
Alfonso (volviéndose á Lucrecia).—Tenéis
mi palabra de duque coronado, señora.
Lucrecia.—Tengo que deciros dos palabras en
particular, monseñor.
(El duque hace seña al hujier y á los guardias
de retirarse con el prisionero á la sala contigua).
p. 56ESCENA IV
LUCRECIA, ALFONSO
Alfonso.—¿Qué me queréis, señora?
Lucrecia.—Lo que yo os quiero, don Alfonso, es que
no quiero que ese joven muera.
Alfonso.—Hace apenas un instante habéis venido á mi
encuentro como la tempestad, irritada y llorosa; os habéis quejado de un
ultraje que se os había inferido; habéis reclamado con injurias y gritos la
cabeza del culpable; me habéis pedido mi palabra ducal de que no saldría vivo
de aquí; os la he lealmente concedido, ¡y ahora no queréis que muera! ¡Por
Cristo, señora, que esto es extraño!
Lucrecia.—No quiero que ese joven muera, señor
duque.
Alfonso.—Señora, los caballeros tan probados como
yo no tienen costumbre de dejar su fe en prenda. Tenéis mi palabra y es
menester que la retire. He jurado que el culpable moriría y morirá. Por mi
alma, que podéis escoger vos misma el género de muerte.
Lucrecia (con aire risueño y lleno de
dulzura).—Don Alfonso, don Alfonso, en verdad que no hacemos más que decir
locuras vos y yo. Es cierto que soy una mujer caprichosa; mi padre me ha
consentido demasiado ¡qué queréis! Desde mi infancia se ha obedecido á todos
mis caprichos. Lo que yo quería hace un cuarto de hora, no lo quiero ya en este
momento. Ya sabéis, don Alfonso, que siempre he sido así. Vamos, sentaos ahí,
cerca de mí, y hablemos un poco, tierna y cordialmente, como marido y mujer,
como dos buenos amigos.
p. 57Alfonso (tomando por su parte cierto
aire de galantería).—Doña Lucrecia, sois mi señora y me considero harto
dichoso con que os plazca tenerme un momento á vuestros pies.
(Siéntase cerca de ella.)
Lucrecia.—¡Qué bueno es entenderse! ¿Sabéis,
Alfonso, que os amo como el primer día de mi matrimonio, aquel día en que
hicisteis tan deslumbradora entrada en Roma, entre el señor de Valentinois, mi
hermano, y el señor cardenal Hipólito de Este, que lo es vuestro? Yo estaba en
el balcón de las gradas de San Pedro. ¡Recuerdo aún vuestro hermoso caballo
blanco cargado de guarniciones de oro y el noble aspecto de rey que teníais!
Alfonso.—Erais también muy bella vos, señora, y
aparecíais bien resplandeciente bajo vuestro dosel de brocado de plata.
Lucrecia.—¡Oh, no me habléis de mí, monseñor,
cuando os hablo de vos! Cierto que todas las princesas de Europa me envidian el
haberme casado con el mejor caballero de la Cristiandad. Y yo os amo
verdaderamente, como si tuviese diez y ocho años. ¿Sabéis que os amo, no es
verdad, Alfonso? ¿No lo habéis dudado nunca, á lo menos? Soy fría algunas
veces, y distraída; esto proviene de mi carácter y no de mi corazón. Escuchad,
Alfonso: si Vuestra Alteza me riñese por ello suavemente, yo me corregiría bien
pronto. ¡Qué cosa tan buena es amarnos como lo hacemos! ¡Dadme vuestra mano,
dadme un beso, don Alfonso! Á la verdad, pienso ahora en ello, es muy ridículo
que un príncipe y una princesa como vos y yo, que están sentados uno al lado de
otro en el más bello trono ducal que haya en el mundo, y que se aman, hayan
estado á punto de disputar por un miserable capitanete aventurero veneciano.
Dad orden para arrojar de aquí á ese hombre y no hablemos más de ello. Que vaya
donde le plazca ese pícaro ¿no es verdad, Alfonso? El león y lap. 58 leona
no van á irritarse por un pulgón. ¿Sabéis, monseñor, que si la corona ducal
fuese otorgada en certamen al más hermoso caballero de vuestro ducado de
Ferrara, seríais vos, también, quien la tendría? Esperad á que vaya á decirle á
Bautista de parte vuestra que se ha de expulsar cuanto antes de Ferrara á ese
Genaro.
Alfonso.—No corre prisa.
Lucrecia (con aire juguetón).—Quisiera
no tener que pensar más en el asunto. Vamos, monseñor, dejadme terminar esta
cuestión á mi manera.
Alfonso.—Es menester que termine según la mía.
Lucrecia.—Pero, en fin, Alfonso mío, ¿no tenéis
razón alguna para querer la muerte de ese hombre?
Alfonso.—¿Y la palabra que os he dado? El juramento
de un rey es sagrado.
Lucrecia.—Esto es bueno para decírselo al pueblo.
Pero de vos á mí, Alfonso, ya sabemos lo que es eso. El Padre Santo había
prometido á Carlos VIII de Francia la vida de Zizimí, y Su Santidad no por eso
dejó de matar á Zizimí. El señor de Valentinois se había constituído bajo
palabra en rehenes del mismo niño Carlos VIII, y el señor de Valentinois no por
eso dejó de evadirse del campo francés así que pudo. Vos mismo habíais
prometido á los Petrucci devolverles Siena. No lo habéis hecho ni debido hacer.
¡Eh! La historia de los países está llena de estas cosas. Ni reyes ni naciones
podrían vivir un día con la rigidez de los juramentos que se guardaran. Entre
nosotros, Alfonso, una palabra jurada no es una necesidad sino cuando no se
presenta otra.
Alfonso.—Sin embargo, doña Lucrecia, un
juramento...
Lucrecia.—No me deis esas malas razones. No soy
ninguna tonta. Decidme más bien, mi caro Alfonso, si tenéis algún motivo de
queja contra ese Genaro. ¿No? Pues bien, concededme su vida. Bien me habéis
concedidop. 59 su muerte. ¿Qué os importa que me plazca perdonarle? Yo soy
la ofendida.
Alfonso.—Justamente porque os ha ofendido, amor
mío, no quiero concederle mi perdón.
Lucrecia.—Si me amáis, Alfonso, no os opondréis por
más tiempo á mis deseos. ¿Y si me place ensayarme en la clemencia? Es un medio
para hacerme querer de vuestro pueblo. Quiero que vuestro pueblo me ame. La
misericordia, Alfonso, hace asemejar un rey á Jesucristo. Seamos soberanos
misericordiosos. Esta pobre Italia tiene bastantes tiranos sin nosotros, desde
el barón, vicario del Papa, hasta el Papa, vicario de Dios. Acabemos con esto,
querido Alfonso. Poned á ese Genaro en libertad. Es un capricho, si queréis;
pero algo tiene de sagrado y de augusto el capricho de una mujer cuando salva
la cabeza de un hombre.
Alfonso.—No puedo, querida Lucrecia.
Lucrecia.—¿No podéis? Pero en fin, ¿por qué no
podéis concederme una cosa tan insignificante como la vida de ese capitán?
Alfonso.—¿Me preguntáis por qué, amor mío?
Lucrecia.—Sí; ¿por qué?
Alfonso.—Porque ese capitán es vuestro amante,
señora.
Lucrecia.—¡Cielos!
Alfonso.—¡Porque le habéis ido á buscar á Venecia!
¡Porque le iríais á buscar al infierno! ¡Porque os he seguido mientras le
seguíais! ¡Porque os he visto, enmascarada y palpitante, correr tras él como la
loba en pos de su presa! ¡Porque ahora mismo le cubríais con una mirada llena
de lágrimas y de fuego! ¡Porque os habéis prostituído á él, sin duda alguna,
señora! ¡Porque hay ya bastante vergüenza é infamia y adulterio en todo eso!
¡Porque es tiempo de que vengue mi honor y haga correr alrededor de mi lecho un
río de sangre, entendedlo bien, señora!
p. 60Lucrecia.—Don Alfonso...
Alfonso.—¡Callad! ¡Velad por vuestros amantes desde
ahora, Lucrecia! Poned en la puerta por donde se entra á vuestra cámara
nocturna al hujier que queráis; pero en la puerta por donde se sale habrá ahora
un portero de mi elección, el verdugo.
Lucrecia.—Monseñor, os juro...
Alfonso.—No juréis. Eso de los juramentos es bueno
para el pueblo. No me deis tan malas razones.
Lucrecia.—Si supiérais...
Alfonso.—¡Ved, señora, que aborrezco á toda vuestra
abominable familia de los Borgias, y vos la primera, á quien tan locamente he
amado! Es menester que os lo diga; es una cosa vergonzosa, sorprendente é
inaudita ver aliadas en nuestras dos personas la casa de Este, que vale más que
la de Valois y la casa de Tudor, la casa de Este, digo, y la familia Borgia,
que ni siquiera se llama Borgia, que se llama Lenzuoli, ó Lenzolio, ¡qué sé yo!
¡Cáusame horror vuestro hermano César, que ha matado á su hermano Juan! ¡Me
inspira horror vuestra madre Rosa Vanozza, la vieja ramera, que escandaliza á
Roma después de haber escandalizado á Valencia! Y en cuanto á vuestros
pretendidos sobrinos los duques de Sermoneto y de Nepi... ¡buenos duques son á
fe mía! ¡duques de ayer! ¡duques hechos con ducados robados! Dejadme acabar. Me
causa horror vuestro padre, que es papa, y tiene un serrallo de mujeres como el
Gran Turco Bayaceto; vuestro padre, que es el Anti-Cristo; vuestro padre, que
llena el presidio de personas ilustres y el sacro colegio de bandidos, de tal
suerte, que viendo vestidos de rojo á galeotes y cardenales, se pregunta uno
quiénes son los unos y quiénes los otros. Idos, ahora.
Lucrecia.—¡Monseñor! ¡monseñor! os pido de rodillas
y con las manos juntas, por Jesús y María, porp. 61 vuestro padre y
vuestra madre, monseñor, os pido la vida de ese capitán.
Alfonso.—¡En esto pára el amor! Podréis hacer de su
cadáver lo que os plazca, señora, y quiero que sea esto antes de haber pasado
una hora.
Lucrecia.—¡Perdón para Genaro!
Alfonso.—Si pudiéseis leer la firme resolución que
tengo formada en mi ánimo, me hablaríais de ello como si estuviese ya muerto.
Lucrecia (levantándose).—¡Ah! ¡Tened
cuidado, don Alfonso de Ferrara, mi cuarto marido!
Alfonso.—¡Oh, no os hagáis la terrible, señora! En
mi alma no os temo. Sé vuestras costumbres. ¡No me dejaré envenenar como
vuestro primer esposo, aquel pobre caballero español, cuyo nombre no sé, ni vos
tampoco! ¡No me dejaré echar como vuestro segundo marido Juan Sforza, señor de
Pésaro, ese imbécil! ¡No me dejaré matar á golpes de pica, en no importa qué
escalera, como el tercero, don Alfonso de Aragón, débil niño, cuya sangre ha
manchado las losas de otra suerte que si fuese agua pura! ¡Ah, no reza eso conmigo!
Yo soy hombre, señora, y el nombre de Hércules se lleva á menudo en mi familia.
¡Vive el cielo! tengo llena de soldados mi ciudad y mi señorío, y yo mismo lo
soy y no he vendido aún, como ese pobre rey de Nápoles, mis buenos cañones al
papa, vuestro santo padre.
Lucrecia.—Os arrepentiréis de esas palabras, señor.
Olvidáis que soy...
Alfonso.—Sé muy bien quién sois, pero sé muy bien
dónde os halláis. Sois la hija del papa, pero no estáis en Roma, y sois la
gobernadora de Spoletto, pero no estáis en Spoletto; sois la mujer, la vasalla
y la sierva de Alfonso, duque de Ferrara, y estáis en Ferrara. (Lucrecia,
pálida de terror y de cólera, mira fijamente al duque y retrocede lentamente
ante él, hasta un sillón dondep. 62 viene á caer como desfallecida.)
¡Ah! Eso os sorprende, tenéis miedo de mí, señora. Hasta ahora he sido yo quien
ha tenido miedo de vos, y entiendo que no será así de hoy en adelante. Para
empezar, he aquí al primero de vuestros amantes cogido y condenado á muerte.
Lucrecia (con voz débil).—Razonemos un
poco, don Alfonso. Si este hombre es el mismo que ha cometido para conmigo el
crimen de lesa majestad, no puede ser al mismo tiempo mi amante...
Alfonso.—¿Por qué no? ¡En un acceso de despecho, de
cólera, de celos! Porque puede estar celoso él, también. Por otra parte ¿yo qué
sé? Quiero que este hombre muera. Es mi voluntad. Este palacio está lleno de
soldados que me son leales y no conocen á nadie más que á mí. No puede escapar.
Nada impediréis, señora. He dejado á Vuestra Alteza la elección del género de
muerte. Decidid.
Lucrecia (retorciéndose las manos).—¡Oh
Dios mío! ¡Oh Dios mío! ¡Oh Dios mío!
Alfonso.—¿No respondéis? Voy á ordenar que le maten
en la antecámara á estocadas.
(Se dispone á salir; Lucrecia le coge por el
brazo.)
Lucrecia.—¡Deteneos!
Alfonso.—¿Preferís servirle vos misma un vaso de
vino de Siracusa?
Lucrecia.—¡Genaro!
Alfonso.—Es menester que muera.
Lucrecia.—No á estocadas.
Alfonso.—Poco me importa la manera. ¿Qué elegís?
Lucrecia.—Lo otro.
Alfonso.—¿Tendréis cuidado de no equivocaros y de
darle vos misma el contenido del frasco de oro que sabéis? Por lo demás, yo
estaré allí. No os figuréis que vaya á dejaros.
Lucrecia.—Haré lo que queráis.
p. 63Alfonso.—¡Bautista! (El hujier reaparece.)
Traed al preso.
Lucrecia.—Sois un hombre terrible, monseñor.
ESCENA V
Los mismos, GENARO, los guardias
Alfonso.—¿Qué es lo que he oído decir, señor
Genaro? ¿Que lo que habéis hecho esta mañana sólo ha sido por aturdimiento y
bravata, y sin mala intención; que la señora duquesa os perdona, y que por otra
parte sois un valiente? Por mi madre, si es así, podéis volveros sano y salvo á
Venecia. Á Dios no plazca que prive yo á la magnífica república de Venecia de
un buen servidor, y á la cristiandad de un brazo fiel que lleva una fiel espada
cuando hay allende las aguas de Chipre y de Candía idólatras y sarracenos.
Genaro.—Enhorabuena, monseñor. No me esperaba, lo
confieso, este desenlace. Pero doy las gracias á Vuestra Alteza. La clemencia
es una virtud de raza real, y Dios perdonará allá arriba al que perdona aquí
abajo.
Alfonso.—Capitán, ¿es buen servicio el de la
república? ¿Cuánto ganáis un año con otro?
Genaro.—Tengo una compañía de cincuenta lanzas,
monseñor, que pago y visto. La serenísima república, sin contar los gajes y las
presas, me da dos mil cequíes de oro por año.
Alfonso.—¿Y si yo os ofreciese cuatro mil, me
serviríais á mí?
Genaro.—No podría. Debo servir aún cinco años á la
república. Estoy ligado.
Alfonso.—¿Cómo ligado?
Genaro.—Por juramento.
Alfonso (bajo á Lucrecia).—Parece que
esa gentep. 64 cumple los suyos, señora. (Alto.) No hablemos más de
ello, señor Genaro.
Genaro.—No he cometido ninguna cobardía para salvar
la vida, pero puesto que Vuestra Alteza me la deja, he aquí lo que puedo decir
ahora. Vuestra Alteza se acordará de que en el asalto de Faenza, hace dos años,
monseñor el duque Hércules de Este, vuestro padre, corrió gran peligro de
perecer á manos de dos arcabuceros del Valentinois que iban á matarle. Un
soldado aventurero le salvó la vida.
Alfonso.—Sí, y nunca se ha podido encontrar á ese
soldado.
Genaro.—Era yo.
Alfonso.—Pardiez, capitán, esto merece recompensa.
¿No aceptaríais por acaso esta bolsa llena de cequíes de oro?
Genaro.—Hacemos juramento cuando entramos al
servicio de la república de no recibir dinero alguno de los soberanos
extranjeros. Con todo, si Vuestra Alteza me lo permite, tomaré esta bolsa y la
distribuiré en mi nombre á los bravos soldados que veo aquí.
(Muestra los guardias.)
Alfonso.—Hacedlo. (Genaro toma la bolsa.)
Pero, entonces, beberéis conmigo, siguiendo la misma costumbre que mis
antepasados, á fuer de buenos amigos como somos, un vaso de mi vino de
Siracusa.
Genaro.—De muy buena gana, señor.
Alfonso.—Y para honrar á quien ha salvado nada
menos que á mi padre, quiero que sea la señora duquesa en persona quien os
escancie el vino. (Genaro se inclina y se vuelve para ir á distribuir el
dinero á los soldados en el fondo del teatro. El duque llama):
¡Rustighello! (Rustighello aparece con la bandeja.) Pon la bandeja ahí,
sobre esa mesa. Bien. (Cogiendo á Lucrecia por la mano.) Señora,
escuchad lo que voy á decirle á ese hombre. Rustighello, vuelve á colocarte
detrás de esa puertap. 67 con tu espada desnuda en la mano; si oyes el
sonido de esta campanilla, entrarás. Anda. (Rustighello sale, y se ve cómo
vuelve á colocarse detrás de la puerta.) Señora, le echaréis vos misma de
beber al joven, y tendréis cuidado de escanciarle lo que hay en el frasco de
oro.
D. Alfonso (aparte).—Ya está...
Lucrecia (pálida, con voz débil).—Si
supiéseis lo que hacéis en este momento, y cuán horrible cosa es, os
estremeceríais, por desnaturalizado que seáis, monseñor.
Alfonso.—Tened cuidado con no equivocar el frasco.
Vamos, capitán.
(Genaro, que ha terminado su distribución del
dinero, vuelve al proscenio. El duque se sirve de beber en una de las dos copas
esmaltadas con el frasco de plata, y toma la suya, llevándola á sus labios.)
Genaro.—Estoy confuso con tantas bondades, señor.
Alfonso.—Señora, escanciadle vino al señor Genaro.
¿Qué edad tenéis, capitán?
Genaro (tomando la otra copa y
presentándola á la duquesa).—Veinte años.
Alfonso (bajo, á la duquesa, que trata de
coger el frasco de plata).—El frasco de oro, señora. (Lucrecia le toma
temblando.) ¡Bravo! ¿Y andaréis enamorado?...
Genaro.—¿Quién no lo está un poco, monseñor?
Alfonso.—¿Sabéis, señora, que hubiera sido una
crueldad privar al capitán de la vida, del amor, del sol de Italia, de las
ilusiones de los veinte años, de su gloriosa carrera de soldado y de aventurero
por la cual han empezado todas las casas reales, de las fiestas, de los bailes
de máscaras, de los alegres carnavales de Venecia donde se engaña á tantos
maridos, y de las hermosas mujeres que ese joven puede amar y que deben amarle?
¿No es verdad, señora? Dad de beber al capitán. (Por lo bajo.) Si
vaciláis, hago entrar á Rustighello.
Genaro.—Os doy gracias, monseñor, por dejarme vivir
para mi pobre madre.
p. 68Lucrecia (aparte).—¡Oh, qué
horror!
Alfonso (bebiendo).—¡Á vuestra salud,
capitán Genaro; que viváis muchos años!
Genaro.—¡Monseñor, Dios os conserve!
(Bebe.)
Lucrecia (aparte).—¡Cielos!
Alfonso (aparte).—Ya está. (Alto.)
Y con esto, os dejo, capitán. Partiréis para Venecia cuando queráis. (Bajo,
á Lucrecia.) Dadme las gracias, señora, os dejo á solas con él. Debéis
tener que despediros. Vivid con él, si así os parece, su último cuarto de hora.
ESCENA VI
LUCRECIA, GENARO
(Vese siempre en el compartimiento á
Rustighello, inmóvil detrás de la puerta secreta.)
Lucrecia.—¡Genaro! ¡Estáis envenenado!
Genaro.—¡Envenenado, señora!
Lucrecia.—¡Envenenado!
Genaro.—Habría debido conocerlo, habiéndome
escanciado vos el vino.
Lucrecia.—¡Oh, no me agobiéis, Genaro! No me
quitéis las pocas fuerzas que me quedan, de las cuales tengo necesidad aún por
algunos instantes. Oídme: el duque está celoso de vos; el duque os cree mi
amante, y no me ha dejado otra alternativa que la de veros dar de puñaladas
delante de mí por Rustighello ó daros yo misma el veneno. Un veneno terrible,
Genaro, un veneno cuyo solo nombre hace palidecer á todo italiano que sabe la
historia de los últimos veinte años.
Genaro.—Sí, los venenos de los Borgias.
Lucrecia.—De él habéis bebido. Nadie en el mundo
conoce el antídoto de esta composición terrible, nadie, excepto el papa, el
señor de Valentinois y yo. Tomad, ved esta redomilla que llevo oculta siemprep.
69 en mi seno. Esta redomilla, Genaro, es la vida, es la salud, es la
salvación. Una sola gota en vuestros labios y estáis salvado.
(Quiere aproximar la redoma á los labios de
Genaro, que retrocede.)
Genaro (mirándola fijamente).—Señora,
¿quién me dice que no sea ese el veneno?
Lucrecia (cayendo aniquilada en el sillón).—¡Dios
mío! ¡Dios mío!
Genaro.—¿No os llamáis Lucrecia Borgia? ¿Creéis que
no me acuerdo del hermano de Bayaceto? Sí; sé un poco de historia... Hiciéronle
creer, á él también, que estaba envenenado por Carlos VIII y se le dió un
antídoto del cual murió. Y la mano que le presentó el antídoto es la que tiene
ahora esa redoma. ¡Y la boca que le dijo que bebiera, hela aquí, me habla!
Lucrecia.—¡Miserable de mí!
Genaro.—Oíd, señora, no me engañan vuestras
apariencias de amor. Abrigáis algún siniestro designio sobre mí. Esto se ve.
Debéis saber quién soy. En este momento se lee en vuestro rostro que lo sabéis;
fácil es conocer que alguna razón poderosa tendréis para no decírmelo nunca.
Vuestra familia debe conocer á la mía, y quizás á estas horas no es de mí de
quien os vengáis envenenándome, sino, ¿quién sabe?, de mi madre...
Lucrecia.—¡Vuestra madre, Genaro! Quizás la veis
distinta de lo que es. ¿Qué diríais si no fuese más que una mujer criminal como
yo?
Genaro.—No la calumniéis. ¡Oh, no, mi madre no es
una mujer como vos, doña Lucrecia! ¡Oh! la siento en mi corazón y la sueño en
mi alma tal como es; tengo su imagen aquí, nacida conmigo; no la amaría como la
amo si no fuese digna de mí. El corazón de un hijo no se engaña sobre su madre.
La aborrecería si pudiese parecerse á vos. Pero, no, no; hay algo en mí que me
dice muy alto que mi madre no es una dep. 70 esas infames culpables de
incesto, de lujuria y de envenenamiento como vosotras, las hermosas mujeres de
este tiempo. ¡Oh Dios! Estoy bien seguro de ello; ¡si hay bajo el cielo una
mujer inocente, una mujer virtuosa, una mujer santa, es mi madre! ¡Oh! Así es
ella y no de otra manera. La conocéis sin duda, doña Lucrecia, y no me
desmentiréis.
Lucrecia.—¡No, á esa mujer, Genaro, á esa madre, no
la conozco!
Genaro.—Pero ¿ante quién estoy hablando así? ¿Qué
os importan á vos, Lucrecia Borgia, las alegrías ó los dolores de una madre? No
habéis tenido hijos nunca, dicen, y debéis sentiros bien venturosa. Porque
vuestros hijos, si los tuviéseis, ¿sabéis que renegarían de vos, señora? ¿Qué
desdichado, bastante dejado de la mano del cielo, quisiera una madre semejante?
¡Ser hijo de Lucrecia Borgia! ¡Llamar madre á Lucrecia Borgia! ¡Oh!...
Lucrecia.—Genaro, estáis envenenado; el duque, que
os cree muerto, puede llegar de un momento á otro. No debería pensar yo más que
en vuestra salvación y en vuestra fuga, pero me decís cosas tan terribles, que
no me queda más que permanecer ahí, petrificada, oyéndolas.
Genaro.—Señora...
Lucrecia.—Veamos; se ha de acabar. Maltratadme,
agobiadme con vuestro desprecio; pero, estáis envenenado; bebed esto en
seguida.
Genaro.—¿Qué debo creer yo, señora? El duque es
leal; he salvado la vida á su padre. Vos, no; os he ofendido y tenéis que
vengaros de mí.
Lucrecia.—¡Vengarme de ti, Genaro! Si fuera
menester dar toda mi vida para añadir una hora á la tuya, derramar toda mi
sangre para impedir que vertieses una lágrima, sentarme en la picota para
colocarte sobre un trono, pagar con una tortura del infiernop. 71 cada uno
de tus menores placeres, no vacilaría yo, no murmuraría, sería feliz y
besaríate los pies, Genaro. ¡Oh, no sabrás tú nunca nada de mi pobre corazón
sino que está lleno de ti! Genaro, el tiempo urge, el veneno corre, de un
momento á otro lo sentirás... un poco más y no será ya tiempo. La vida abre en
este momento dos espacios oscuros delante de ti, pero el uno tiene menos
minutos que años el otro. La elección es terrible. Deja que yo te guíe. Ten
piedad de ti y de mí, Genaro. ¡Bebe pronto, en nombre del cielo!
Genaro.—Bueno; está bien. Si hay un crimen en esto,
caiga sobre vuestra cabeza. Después de todo, digáis ó no verdad, no vale mi
vida la pena de ser tan disputada. Dadme.
(Toma la redomilla y bebe.)
Lucrecia.—¡Salvado! Ahora es menester partir para
Venecia á caballo y á escape. ¿Tienes dinero?
Genaro.—Tengo.
Lucrecia.—El duque te cree muerto. Fácil será
ocultarle tu fuga. Espera; guarda ese frasco y llévalo siempre encima. En
tiempos como los que vivimos, el veneno figura en todos los convites. Tú, sobre
todo, estás expuesto. Ahora, parte pronto. (Mostrándole la puerta secreta
que entreabre.) Baja por esta escalera que comunica con uno de los patios
del palacio Negroni. Fácil te será evadirte por allí. No esperes hasta mañana,
no esperes la puesta de sol, no esperes una hora, ni siquiera media. Abandona á
Ferrara en seguida, abandona á Ferrara como si fuese Sodoma que arde, y no
vuelvas la vista atrás. ¡Adiós! espera un instante. ¡Tengo una última palabra
que decirte, Genaro mío!
Genaro.—Hablad, señora.
Lucrecia.—Te digo adiós en este momento, Genaro,
para no volver á verte jamás. No has de pensar ya encontrarte alguna vez en mi
camino. Es la sola dicha que tendría yo en el mundo; pero sería arriesgar tup.
72 cabeza. Henos aquí separados para siempre en esta vida; ¡ay! ¡harto
segura estoy también de que lo mismo estaremos separados en la otra! Genaro,
¿no me dirás una sola palabra de cariño antes de abandonarme así por una
eternidad?
Genaro (bajando los ojos).—Señora...
Lucrecia.—¡Acabo de salvarte la vida, en fin!...
Genaro.—Así lo decís. Todo esto me parece lleno de
tinieblas. No sé qué pensar. Ved, señora, todo puedo perdonároslo excepto una
cosa.
Lucrecia.—¿Cuál?
Genaro.—Juradme por todo cuanto os es caro, por mi
propia cabeza, puesto que me amáis, por la salvación eterna de mi alma, que
vuestros crímenes no tienen que ver nada con las desgracias de mi madre.
Lucrecia.—Todas las palabras son formales en vos,
Genaro. No puedo juraros eso.
Genaro.—¡Oh madre! ¡madre mía! He aquí la espantosa
mujer que ha causado tu desgracia.
Lucrecia.—Genaro...
Genaro.—Lo habéis confesado, señora. ¡Adiós!
¡Maldita seáis!
Lucrecia.—Y tú, Genaro, ¡bendito seas!
(Sale. Lucrecia cae desvanecida en el sillón.)
p. 73
PARTE SEGUNDA
La segunda decoración. La plaza de Ferrara con el
balcón ducal á un lado y la casa de Genaro al otro. Es de noche.
ESCENA I
D. ALFONSO, RUSTIGHELLO, embozados en sus capas
Rustighello.—Sí, monseñor, así ha pasado esto. Con
no sé qué filtro le ha vuelto á la vida y le ha hecho huir por el patio del
palacio Negroni.
Alfonso.—¿Y tú has sufrido eso?
p. 74Rustighello.—¿Cómo estorbarlo? Había corrido
el cerrojo de la puerta. Yo estaba encerrado.
Alfonso.—Era menester echar la puerta abajo.
Rustighello.—Una puerta de encina; un cerrojo de
hierro. ¡Fácil cosa!
Alfonso.—¡No importa! Era preciso romper el
cerrojo, entrar y matar á ese hombre.
Rustighello.—En primer lugar, suponiendo que yo
hubiese podido derribar la puerta, doña Lucrecia le habría cubierto con su
cuerpo. Me hubiese sido forzoso también matar á doña Lucrecia.
Alfonso.—¿Y qué?
Rustighello.—Yo no tenía orden para ello.
Alfonso.—Rustighello, los buenos servidores son los
que comprenden á los príncipes sin ocasionarles la molestia de decirlo todo.
Rustighello.—Y luego, habría temido indisponer á
Vuestra Alteza con el papa.
Alfonso.—¡Imbécil!
Rustighello.—Era muy delicado, monseñor. ¡Matar á
la hija del Padre Santo!
Alfonso.—Y sin matarla ¿no podías acaso gritar,
llamarme, advertirme, impedir al amante que se escapase?
Rustighello.—Sí, y luego, al día siguiente Vuestra
Alteza se habría reconciliado con doña Lucrecia, y al otro doña Lucrecia me
hubiera mandado ahorcar.
Alfonso.—Basta. Me has dicho que aún no se había
perdido nada.
Rustighello.—No. Ved: hay una luz en esa ventana.
Genaro no ha partido aún. Su criado, á quien sobornó antes la duquesa, lo he
sobornado yo á mi vez, y me lo ha revelado todo. En este momento aguarda á su
amo junto á la ciudadela con dos caballos ensillados. Genaro va á salir, para
reunirse con él ahora mismo.
Alfonso.—En este caso, embosquémonos detrás delp.
75 ángulo de su casa. La noche es oscura. Le mataremos cuando pase.
Rustighello.—Como vos lo ordenéis.
Alfonso.—¿Es buena tu espada?
Rustighello.—Sí.
Alfonso.—¿Traes puñal?
Rustighello.—Dos cosas hay bajo el cielo difíciles
de encontrar: un italiano sin puñal, y una italiana sin amante.
Alfonso.—Está bien. Herirás con ambas manos.
Rustighello.—Monseñor, ¿por qué no dais orden de
arrestarle simplemente, y que lo ahorquen luego por sentencia del fiscal?
Alfonso.—Es súbdito de Venecia y sería declarar la
guerra á la república. No. Una puñalada viene de no se sabe dónde y no
compromete á nadie. El envenenamiento valdría más aún, pero ha fracasado.
Rustighello.—Entonces, ¿queréis, monseñor, que vaya
á buscar cuatro esbirros para despacharle, sin que tengáis la molestia de
mezclaros en ello?
Alfonso.—No. Maquiavelo me ha dicho á menudo que en
estos casos lo mejor era que los príncipes hiciesen las cosas por sí mismos.
Rustighello.—Monseñor, oigo que alguien se acerca.
Alfonso.—Coloquémonos junto á esta pared.
(Ocúltanse en la sombra, bajo el balcón. Aparece
Maffio en traje de fiesta, que llega tarareando y va á llamar á la puerta de
Genaro.)
ESCENA II
D. ALFONSO y RUSTIGHELLO ocultos; MAFFIO y GENARO
Maffio.—¡Genaro!
(Abren la puerta, apareciendo Genaro.)
Genaro.—¿Eres tú, Maffio? ¿Quieres entrar?
p. 76Maffio.—No. Vengo sólo á decirte dos palabras.
¿Decididamente no vienes á cenar con nosotros á casa de la princesa Negroni?
Genaro.—No estoy invitado.
Maffio.—Yo te presentaré.
Genaro.—Hay otra razón que debo decirte. Me marcho.
Maffio.—¿Cómo, partes?
Genaro.—Dentro de un cuarto de hora.
Maffio.—¿Por qué?
Genaro.—Te lo diré en Venecia.
Maffio.—¿Cuestión de amores?
Genaro.—Sí, cuestión de amor.
Maffio.—Te portas mal conmigo, Genaro. Habíamos
jurado no abandonarnos nunca, ser inseparables, ser hermanos, y ahora partes
sin mí.
Genaro.—¡Vente conmigo!
Maffio.—¡No: ven conmigo tú! Vale más pasar la
noche á la mesa con lindas mujeres y alegres convidados, que no en la
carretera, entre bandidos y barrancos.
Genaro.—No estabas muy seguro esta mañana de tu
princesa Negroni.
Maffio.—Me he informado. Jeppo tenía razón. Es una
mujer encantadora y de excelente humor, que gusta de versos y de música. Esto
es todo. Vamos, ven conmigo.
Genaro.—No puedo.
Maffio.—¡Partir de noche! Vas á morir asesinado.
Genaro.—Tranquilízate. Adiós. Que te diviertas
mucho.
Maffio.—Genaro, me da mala espina tu viaje.
Genaro.—Maffio, me da mala espina tu cena.
Maffio.—¡Si te sucediese alguna desgracia sin estar
yo allí!
Genaro.—¿Quién sabe si no tendré que acusarme
mañana de haberte abandonado esta noche?
Maffio.—Vamos, decididamente no nos separamos.p.
77 Cedamos algo cada uno por su parte. Ven esta noche conmigo á casa de la
Negroni, y mañana, al rayar el alba, partiremos juntos. ¿Te avienes?
Genaro.—Preciso será que te cuente, Maffio, los
motivos de mi repentina partida. Vas á ver si tengo razón.
(Se lleva á Maffio aparte y le habla al oído.)
Rustighello (bajo el balcón, en voz baja á
don Alfonso).—¿Atacamos, monseñor?
Alfonso.—Veamos el final de esto.
Maffio (echándose á reir después de la
relación de Genaro).—¿Quieres que te lo diga, Genaro? Estás equivocado. No
hay en todo ese negocio ni veneno ni contra-veneno. Pura comedia. La Lucrecia
está perdidamente enamorada de ti y ha querido hacerte creer que te salvaba la
vida, esperando convertir suavemente la gratitud en amor. El duque es un buen
hombre, incapaz de envenenar ó asesinar á nadie. Has salvado la vida á su
padre, por otra parte, y lo sabe. La duquesa quiere que partas. Está muy bien.
Sus amoríos serían, en efecto, más fáciles en Venecia que no en Ferrara. El
marido la estorba siempre un poco. En cuanto á la cena de la princesa Negroni
será altamente deliciosa. Tú vendrás. ¡Qué diablo, hay que razonar un poco y no
exagerar nada! Sabes que soy presidente y que doy buenos consejos. Porque haya
habido dos ó tres cenas famosas en las que los Borgias han envenenado, con muy
buen vino, á algunos de sus mejores amigos, no se deduce que no deba cenarse
absolutamente. No se sigue de aquí que deba verse siempre veneno en el
admirable vino de Siracusa; y detrás de todas las bellas princesas de Italia á
Lucrecia Borgia. ¡Espectros y cuentos de vieja! Según esto, solamente los niños
de pecho estarían seguros de lo que beben y podrían cenar sin inquietud. ¡Por
Hércules, Genaro, sé niño ó sé hombre! Vuelve á tomar ama de cría ó ven á
cenar.
p. 78Genaro.—Á la verdad, es algo extraño huir de
noche. Parezco un hombre que tiene miedo. Por otra parte, si hay peligro en
cenar, no debo dejar á Maffio solo. Suceda lo que quiera. Es un albur como
cualquier otro. Lo dicho. Me presentarás á la princesa Negroni. Me voy contigo.
Maffio (cogiéndole la mano).—¡Dios de
verdad! Este es un amigo.
(Salen. Se les ve alejarse hacia el fondo de la
plaza. Don Alfonso y Rustighello salen de su escondrijo.)
Rustighello (con la espada desnuda).—Ea,
¿qué esperáis, monseñor? No son más que dos. Encargaos de vuestro hombre y yo
me encargo del otro.
Alfonso.—No, Rustighello. Van á cenar á casa de la
princesa Negroni. Si estoy bien informado... (Se interrumpe y parece meditar
un instante, dejando escapar después una carcajada.) ¡Pardiez! Esto
favorecería todavía más mi asunto, y sería una divertida aventura. Esperemos á
mañana.
(Entran en palacio.)
p. 79
ACTO III
EMBRIAGUEZ MORTAL
Una sala magnífica del palacio Negroni. Á la
derecha una puerta de escape.—En el fondo se abre una gran puerta de dos hojas.
En el centro una mesa soberbiamente servida á la moda del siglo xvi.
Pajecillos negros vestidos de brocado de oro, circulan en torno.—En el momento
de levantarse el telón hay catorce convidados en la mesa, Jeppo, Maffio,
Ascanio, Oloferno, Apóstolo, Genaro y Gubetta, y siete mujeres jóvenes, lindas,
lujosamente engalanadas. Todos beben ó comen, ó ríen á carcajadas con sus vecinas,
excepto Genaro, que está pensativo y silencioso.
PERSONAJES
· LUCRECIA BORGIA.
· GENARO.
· GUBETTA.
· MAFFIO ORSINI.
· JEPPO LIVERETTO.
· APÓSTOLO GAZELLA.
· ASCANIO PETRUCCI.
· OLOFERNO VITELLOZZO.
· LA PRINCESA NEGRONI.
· DAMAS, PAJES, FRAILES.
p. 80ESCENA I
JEPPO, MAFFIO, ASCANIO, OLOFERNO, APÓSTOLO,
GUBETTA, GENARO, mujeres, pajes
Oloferno (con el vaso en la mano).—¡Viva
el vino de Jerez! Jerez de la Frontera es una ciudad del paraíso.
Maffio (con el vaso en la mano).—El
vino que bebemos vale más que las historias que contáis, Jeppo.
Ascanio.—Jeppo tiene la manía de contar historias
cuando ha bebido.
Apóstolo.—El otro día era en Venecia, en casa del
Serenísimo dux Barbarigo; hoy es en Ferrara, en casa de la divina princesa
Negroni.
Jeppo.—El otro día era una historia lúgubre; hoy es
una historia alegre.
Maffio.—¡Una historia alegre, Jeppo! De cómo don
Silicio, galante caballero de treinta años, que había perdido su patrimonio, se
casó con la riquísima marquesa Calpurnia, que contaba cuarenta y ocho
primaveras. ¡Por Baco! ¡Eso os parece alegre!
Gubetta.—Es triste y común. Un hombre arruinado que
se casa con una mujer caduca es cosa que se ve todos los días.
(Sigue comiendo. De vez en cuando algunos se
levantan y van á hablar en el proscenio mientras continúa la orgía.)
La Princesa Negroni (Á Maffio, señalándole
á Genaro.)—Señor conde Orsini, tenéis ahí un amigo que me parece estar muy
triste.
Maffio.—Siempre está así, señora. Me dispensaréis
que lo haya traído sin que le hubiéseis hecho la gracia de invitarle. Es mi
hermano de armas. Me ha salvadop. 81 la vida en el asalto de Rímini; y en
el ataque del puente de Vicenza recibí una estocada que le iba dirigida. No nos
separamos nunca. Vivimos juntos. Un gitano nos ha predicho que moriríamos el
mismo día.
La Negroni (riendo).—¿Os ha dicho si
sería por la mañana ó por la noche?
Maffio.—Nos ha dicho que sería por la mañana.
La Negroni (riendo más fuerte).—Vuestro
gitano no sabía lo que se decía. ¿Y le queréis vos mucho á ese joven?
Maffio.—Tanto como un hombre puede querer á otro.
La Negroni.—Vamos, os bastáis uno á otro. ¡Dichosos
sois!
Maffio.—La amistad no llena todo el corazón,
señora.
La Negroni.—¡Dios mío! ¿Qué es lo que llena todo el
corazón?
Maffio.—El amor.
La Negroni.—Vos tenéis el amor en la boca.
Maffio.—Y vos en los ojos.
La Negroni.—¡Sois singular!
Maffio.—¡Y vos cuán bella sois!
(La coge del talle.)
La Negroni.—Señor conde Orsini, dejadme.
Maffio.—¿Un beso en vuestra mano?
La Negroni.—¡No!
(Se le escapa.)
Gubetta (acercándose á Maffio).—Vuestros
asuntos con la princesa llevan buena marcha.
Maffio.—Me dice siempre que no.
Gubetta.—En boca de una mujer, No es
el hermano mayor de Sí.
Jeppo (llegando de pronto á Maffio).—¿Qué
te parece la Princesa Negroni?
Maffio.—Adorable. Aquí, para entre nosotros,
comienza á interesarme vivamente.
Jeppo.—¿Y su cena?
p. 82
Maffio.—Una orgía perfecta.
Jeppo.—La princesa está viuda.
Maffio.—¡Bien se conoce por su alegría!
Jeppo.—Espero que ya no desconfiarás de su cena.
Maffio.—¡Yo! de ningún modo; estaba loco.
Jeppo (á Gubetta).—Señor de Belverana,
¿creeréis que Maffio temía venir á cenar con la princesa?
Gubetta.—¿Por qué?
Jeppo.—Porque el palacio Negroni está contiguo al
de los Borgias.
Gubetta.—¡Al diablo los Borgias y bebamos!
Jeppo (en voz baja á Maffio).—Lo que me
place en ese Belverana es que no aprecia á los Borgias.
Maffio (en voz baja).—En efecto, no
deja nunca de enviarlos al diablo con una gracia particular; pero, amigo
Jeppo...
Jeppo.—¿Y bien?
Maffio.—Le observo desde que comenzó la cena, y me
parece extraño que no haya bebido aún más que agua.
Jeppo.—¡Vamos! ya vuelves á concebir sospechas,
amigo mío; tienes un vino muy monótono.
Maffio.—Tal vez tengas razón, estoy loco.
Gubetta (volviendo y mirando á Maffio de
pies á cabeza).—¿Sabéis, caballero, que estáis dotado de una complexión muy
propia para vivir noventa años, y que por tal concepto os asemejáis mucho á un
abuelo mío que alcanzó esta edad, y que se llamaba
Gil-Basilio-Fernán-Ireneo-Frasco-Frasquito-Felipe, conde de Belverana?
Jeppo.—¡Vaya una letanía, señor de Belverana!
Gubetta.—¡Ah! nuestros padres acostumbraban á
darnos más nombres de pila que escudos para casarnos. Pero... ¿quién ríe tanto
allá abajo? (Aparte.) Será preciso que las mujeres tengan un pretexto
para marcharse. ¿Cómo lo haremos?
(Vuelve á sentarse á la mesa.)
p. 83Oloferno (bebiendo).—¡Vive el
cielo, señores, que jamás pasé una noche tan deliciosa! Señoras, probad ese
vino; es más dulce que el Lácrima Cristi, y más ardiente que el de Chipre. ¡Es
vino de Siracusa, señores!
Gubetta (comiendo).—Oloferno está
beodo, según parece.
Oloferno.—Señoras, será preciso que os recite
algunos versos que acabo de componer. Quisiera ser más poeta de lo que soy para
cantar tan admirables festines.
Gubetta.—Yo quisiera ser más rico de lo que soy
para ofrecer otros á mis amigos.
Oloferno.—Nada es tan dulce como cantar una hermosa
mujer y disfrutar de una buena comida.
Gubetta.—Ó lo que es mejor, abrazar á la una y
consumir la otra.
Oloferno.—Sí, quisiera ser poeta para elevarme al
cielo; quisiera tener alas...
Gubetta.—De faisán en mi plato.
Oloferno.—Voy á recitaros mi soneto.
Gubetta.—¡Voto al diablo! señor marqués de
Vitellozzo, os dispenso el soneto; dejadnos beber.
Oloferno.—¿Me dispensáis mi soneto?
Gubetta.—Sí, como á los perros de morderme, al Papa
de bendecirme, y á los transeúntes de apedrearme.
Oloferno.—¡Vive Dios! creo que me insultáis,
caballerito español.
Gubetta.—No os insulto, gigantón italiano; pero no
quiero oir vuestro soneto; mi gaznate necesita más el vino de Chipre que mis
oídos la poesía.
Oloferno.—¡Pues os he de cortar las orejas para
clavároslas en los talones!
Gubetta.—¡Sois un belitre! ¡Habráse visto otro
mostrenco igual, embriagado con vino de Siracusa, y que parece borracho de
cerveza!
p. 84Oloferno.—¡Por vida del diablo!... ¡os voy á
descuartizar!
Gubetta (trinchando un faisán).—No os
diré otro tanto, porque yo no trincho volátiles como vos... ¿señoras, gustáis
de un poco de faisán?
Oloferno (precipitándose para coger un
cuchillo).—¡Pardiez! ¡quiero abrir en canal á ese tunante, aunque sea más
caballero que el emperador!
Las mujeres (levantándose de la mesa).—¡Cielos,
van á batirse!
Los hombres.—¡Poco á poco, Oloferno!
(Desarman á Oloferno, que quiere precipitarse
sobre Gubetta, y entre tanto las mujeres desaparecen por la puerta lateral.)
Oloferno (forcejeando).—¡Vive Dios!
Gubetta.—Rimáis tan bien con esa palabra, mi
querido poeta, que habéis hecho huir á las damas. Sois un torpe.
Jeppo.—Eso es verdad. ¿Dónde diablos se habrán ido?
Maffio.—Habrán tenido miedo: cuchillo que reluce,
mujer que huye.
Ascanio.—¡Bah! ya volverán.
Oloferno (amenazando á Gubetta).—¡Ya te
encontraré mañana, Belverana del diablo!
Gubetta.—Mañana no hay inconveniente. (Oloferno
se sienta vacilante y con cólera; Gubetta suelta la carcajada.) ¡Qué
imbécil, hacer huir así á las más lindas mujeres de Ferrara con un cuchillo de
mesa! ¡Enfadarse por los versos! ¡Ahora creo que tiene alas; ese Oloferno no es
un hombre, sino un ganso!
Jeppo.—¡Haya paz, señores! Ya os cortaréis mañana
el cuello como es debido; batíos al menos como caballeros, con espadas, y no
con cuchillos.
Ascanio.—Á propósito, ¿qué hemos hecho de nuestras
espadas?
p. 85Apóstolo.—¿Olvidáis que nos han obligado á
dejarlas en la antecámara?
Gubetta.—¡Y la precaución ha sido buena, pues de lo
contrario nos habríamos batido delante de las damas, por lo cual se habrían
sonrojado hasta los flamencos de Flandes, ebrios de tabaco!
Genaro.—¡Buena precaución, en efecto!
Maffio.—¡Pardiez, hermano Genaro, he aquí la
primera palabra que pronuncias desde que comenzó la cena, y nunca bebes!
¿Piensas en Lucrecia Borgia? Decididamente tienes algún amorío con ella: no lo
niegues.
Genaro.—¡Dame de beber, Maffio! No abandono á mis
amigos ni en la mesa ni en el juego.
Un paje negro (con dos frascos en la mano).—Señores,
¿queréis vino de Chipre ó de Siracusa?
Maffio.—De Siracusa; es el mejor.
(El paje negro llena las copas.)
Jeppo.—¡Por vida de Oloferno! ¿No volverán esas
damas? (Se dirige sucesivamente á las dos puertas.) ¡Están cerradas por
fuera, señores!
Maffio.—¿Tendréis miedo á vuestra vez, Jeppo? No
quieren que las persigamos. Es muy natural.
Genaro.—¡Bebamos, señores!
(Se oye el choque de las copas.)
Maffio.—¡Á tu salud, Genaro! Brindo por que halles
pronto á tu madre.
Genaro.—¡Dios te oiga!
(Todos beben, excepto Gubetta, que arroja el
vino por encima del hombro.)
Maffio (en voz baja á Jeppo).—Ahora sí
que lo he visto, Jeppo.
Jeppo (en voz baja).—¿El qué?
Maffio.—Belverana no ha bebido.
Jeppo.—¡Cómo!
Maffio.—Le he visto arrojar el vino por encima del
hombro.
p. 86Jeppo.—Está ebrio, y tú también.
Maffio.—Es posible.
Gubetta.—¡Venga una canción báquica, señores! Voy á
cantaros una que valdrá más que el soneto de Oloferno, y juro por el cráneo de
mi padre que no la compuse yo, puesto que no soy poeta ni tengo bastante
ingenio para hacer que dos rimas se besen expresando una idea. He aquí mi
canción, cuyo asunto es muy delicado, pues tiende á demostrar que el cielo
pertenece á los borrachos.
Jeppo (en voz baja á Maffio).—Está más
embriagado que borracho.
Todos (excepto Genaro).—¡La canción, la
canción!
Gubetta (cantando):
Abre la puerta, San Pedro
al alegre bebedor,
que con voz robusta y fuerte
quiere cantar ¡Gloria Domino!
Todos (á coro, excepto Genaro).—¡Gloria
Domino!
(Chocan las copas, riendo á carcajadas. De
repente se oyen voces lejanas que cantan con tono lúgubre.)
Voces (fuera).—Sanctum et terribile
nomen ejus. Initium sapientiæ timor Domini.
Jeppo (riendo ruidosamente).—¡Escuchad,
señores! Mientras nosotros entonamos la canción báquica, el eco canta vísperas.
Todos.—¡Escuchemos!
Voces (fuera, y un poco más próximas).—Nisi
Dominus custodierit civitatem, frustra vigilat qui custodit eam.
(Todos ríen á carcajadas.)
Jeppo.—Canto llano del más puro.
Maffio.—Alguna procesión que pasa.
Genaro.—¡Á media noche! Es un poco tarde.
Jeppo.—¡Bah! Continuad, caballero Belverana.
p. 87
Jeppo.—¡Qué lazo tan espantoso!
Voces (fuera, y más próximas aún).—Oculos
habent etp. 89 non videbunt. Nares habent et non odorabunt. Aures
habent, et non audient.
(Todos ríen cada vez con más fuerza.)
Jeppo.—¡Serán chillones esos frailes!
Maffio.—¡Mira, Genaro! las lámparas se apagan aquí,
y nos quedamos á oscuras.
(Las lámparas palidecen, como si les faltara el
aceite.)
Voces (fuera y más cerca).—Manus
habent et non palpabunt; pedes habent et non ambulabunt; non clamabunt in
gutture suo.
Genaro.—Me parece que las voces se aproximan.
Jeppo.—Diríase que la procesión está ahora debajo
de nuestras ventanas.
Maffio.—Son las oraciones de difuntos.
Ascanio.—Será algún entierro.
Jeppo.—Bebamos á la salud del que van á enterrar.
Gubetta.—¿Sabéis que no habrá más de uno?
Jeppo.—¡Pues bien, á la salud de todos!
Apóstolo (á Gubetta).—¡Bravo!
continuemos por nuestra parte la invocación de San Pedro.
Gubetta.—Sed más cortés; se debe decir: al señor
San Pedro, digno portero del paraíso.
(Canta.)
Todos (chocando sus copas y profiriendo
carcajadas):
¡Gloria Domino!
(La gran puerta del fondo se abre
silenciosamente de par en par y se ve fuera una inmensa sala tapizada de negro,
iluminada por algunas antorchas y con una gran cruz de plata en el fondo. Una
larga fila de penitentes, blancos y negros, á los que sólo se les ven los ojos
por los agujeros de la capucha, avanza precedida de una cruz y llevando cada
monje un cirio en la mano. Entran por la puerta grande cantando con acento
lúgubre y en voz alta):
¡De profundis clamavi ad te, Domine!
p. 90(Se alinean silenciosamente en ambos lados
de la sala, permaneciendo inmóviles como estatuas; mientras que los jóvenes
caballeros los miran con estupor.)
Maffio.—¿Qué quiere decir eso?
Jeppo (esforzándose para reirse).—Es
una broma. Apuesto mi caballo contra un cerdo, y mi nombre de Liveretto contra
el de Borgia, á que son nuestras encantadoras condesas las que se han
disfrazado de ese modo para ponernos á prueba, y que si levantamos una de esas
capuchas veremos debajo el lindo rostro de una hermosa mujer. Mirad. (Levanta
sonriendo una de las capuchas, y queda petrificado al ver el rostro lívido de
un monje, que permanece inmóvil con el cirio en la mano y la vista baja. Deja
caer la capucha y retrocede.) ¡Esto comienza á ser extraño!
Maffio.—No sé por qué se me hiela la sangre en las
venas.
Los penitentes (cantando con voz sonora).—¡Conquassabit
capita in terra multorum!
Jeppo.—¡Qué lazo tan espantoso! ¡Nuestras espadas,
vengan nuestras espadas! ¡Señores, aquí estamos en casa del demonio!
ESCENA II
Los mismos, LUCRECIA
Lucrecia (apareciendo de repente, vestida
de negro, en el umbral de la puerta).—¡Estáis en mi casa!
Todos (excepto Genaro que observa desde un
rincón, donde Lucrecia no le ve).—¡Lucrecia Borgia!
Lucrecia.—Hace pocos días, todos los que estáis
aquí, pronunciabais mi nombre con expresión de triunfo, y hoy lo hacéis con
espanto. Sí, ya podéis mirarmep. 91 con esos ojos atónitos por el terror;
soy yo, señores, y vengo para deciros que todos estáis envenenados, y que á
ninguno de vosotros le queda una hora de vida. No os mováis, porque la sala
contigua está llena de soldados. ¡Á mi vez podré hablaros alto y pisaros la
cabeza! ¡Jeppo Liveretto, vé á reunirte con tu tío Vitelli, á quien mandé dar
de puñaladas en los subterráneos del Vaticano! ¡Ascanio Petrucci, vé á buscar á
tu primo Pandolfo, á quien asesiné para robarle su palacio! ¡Oloferno
Vitellozzo, tu tío te espera, ya sabes, Yago Appiani, á quien envenené en una
fiesta! ¡Maffio Orsini, pronto podrás hablar de mí en el otro mundo á tu
hermano el de Gravina, á quien mandé estrangular durante su sueño! ¡Apóstolo
Gazella, yo hice decapitar á tu padre Francisco Gazella, y asesinar á tu primo
Alfonso de Aragón, según tú dices: vé á reunirte con ellos! Me obsequiasteis
con un baile en Venecia, y os correspondo con una cena en Ferrara. ¡Fiesta por
fiesta, señores!
Jeppo.—¡He aquí un triste despertar, Maffio!
Maffio.—¡Pensemos en Dios!
Lucrecia.—¡Ah, amiguitos míos del último carnaval,
ya sé que no esperabais esto! Me parece que esto es vengarse bien. ¿Qué
opináis, señores? Creo que no está del todo mal para una mujer. (Á los
monjes.) Padres míos, conducid á esos caballeros á la sala contigua, que ya
está preparada; confesadlos, y aprovechad los pocos instantes que les quedan
para salvar en ellos lo que aún sea posible. Señores, aquellos que entre
vosotros tengan alma, deben apresurarse. Estad tranquilos; esos dignos padres
son monjes de San Sixto, á quienes el Padre santo ha permitido ayudarme en
ocasiones como la presente. Y si me he cuidado de vuestras almas, advertid que
no he olvidado los cuerpos. ¡Mirad! (Á los monjes que están delante de la
puerta del fondo.) Apartad un poco para que estos señoresp. 92 vean. (Los
monjes se desvían, y entonces se ven cinco ataúdes, cubierto cada cual con un
paño negro y alineados delante de la puerta.) Ya lo veis, hay cinco. ¡Ah
caballeros! ¡Arrancáis la piel á una desgraciada mujer, creyendo que ésta no se
vengará! ¡Ved ahora vuestros ataúdes!
Genaro (á quien no ha visto hasta entonces,
da un paso).—¡Se necesita otro, señora!
Lucrecia.—¡Cielos, Genaro!
Genaro.—El mismo.
Lucrecia.—Que todo el mundo salga de aquí y nos
dejen solos... ¡Gubetta, suceda lo que quiera, y aunque se oiga algo de lo que
ha de pasar aquí, que no éntre nadie!
Gubetta.—Está bien.
(Los monjes salen procesionalmente, conduciendo
entre sus filas á los cinco caballeros vacilantes y aturdidos.)
ESCENA III
GENARO, LUCRECIA
(Sólo iluminan la sala algunas lámparas
moribundas, y se han cerrado las puertas. Lucrecia y Genaro, solos, se miran
algunos instantes en silencio, como no sabiendo por dónde comenzar.)
Lucrecia (hablándose á sí misma).—¡Es
Genaro!
Canto de los monjes (fuera).—Nisi
Dominus ædificaverit domum, in vanum laborant qui ædificant eam.
Lucrecia.—¡Otra vez vos, Genaro! ¡Habréis de estar
siempre allí donde descargo mis golpes! ¡Santo cielo! ¿cómo os habéis mezclado
en todo esto?
Genaro.—Lo sospechaba.
p. 93Lucrecia.—¡Otra vez estáis envenenado, y vais
á morir!
Genaro.—Si quiero... tengo el antídoto.
Lucrecia.—¡Ah! ¡Dios sea loado!
Genaro.—Una palabra, señora; vos sois experta en la
materia, y podréis decirme si hay bastante elíxir en este frasquito para salvar
á los caballeros que esos monjes conducen á la tumba.
Lucrecia (examinando el frasco).—¡Apenas
hay bastante para vos, Genaro!
Genaro.—¿No podéis obtener más al punto?
Lucrecia.—Os he dado cuanto tenía.
Genaro.—Está bien.
Lucrecia.—¿Qué hacéis, Genaro? Despachad; no
juguéis con cosas tan terribles, pues nunca se bebe á tiempo un contra-veneno.
¡Apuradlo, en nombre de Dios! ¡Qué imprudencia habéis cometido! Asegurad
vuestra vida, y yo os facilitaré la salida de palacio por una puerta oculta que
conozco. Todo se puede remediar aún; es de noche; muy pronto tendré dos
caballos ensillados, y mañana á primera hora estaréis lejos de Ferrara. ¿No es
verdad que suceden cosas terribles? ¡Bebed y marchemos; es preciso vivir; es
forzoso salvaros!
Genaro (tomando un cuchillo de la mesa).—¡No;
ahora vais á morir, señora!
Lucrecia.—¡Cómo! ¿Qué decís?
Genaro.—Digo que acabáis de envenenar traidoramente
á cinco caballeros, que eran mis mejores amigos, contándose entre ellos Maffio
Orsini, mi hermano de armas, que me salvó la vida una vez, y á quien debo
vengar, porque las injurias que recibimos son comunes. Digo que habéis cometido
un acto infame; que debo vengar á Maffio y á los demás, y que vais á morir.
Lucrecia.—¡Cielos!
p. 94Genaro.—Rezad vuestra última oración, y que
sea corta, señora, porque estoy envenenado y no puedo esperar.
Lucrecia.—¡Bah! eso no puede ser. ¡Genaro matarme á
mí! ¿Sería posible?
Genaro.—Es la pura verdad, señora, y juro por Dios
que en vuestro lugar ya estaría orando de rodillas... Ahí tenéis un sillón que
os servirá para el caso.
Lucrecia.—No; os digo que es imposible. Entre las
más terribles ideas que cruzan mi espíritu, jamás me había ocurrido esta...
¡Pues bien, ya que levantas el cuchillo, espera, Genaro! Debo decirte alguna
cosa.
Genaro.—Pronto.
Lucrecia.—¡Deja ese cuchillo, desgraciado,
arrójale! ¡Si tú supieras... Genaro! ¿Sabes quién eres, y quién soy? Tú ignoras
hasta qué punto me perteneces. ¿Será preciso decirlo todo? La misma sangre
circula por nuestras venas, Genaro; ¡tu padre fué Juan Borgia, duque de Gandía!
Genaro.—¡Vuestro hermano! ¡Conque sois mi tía! ¡Ah,
señora!
Lucrecia (aparte).—¡Su tía!
Genaro.—¡Ah! soy vuestro sobrino. ¡Ah! ¡mi madre
fué esa infeliz duquesa de Gandía á quien todos los Borgias hicieron tan
desgraciada! Señora, mi madre se refería á vos en sus cartas; sois una de
aquellas parientas desnaturalizadas de quien me hablaba con horror, que mató á
mi padre, y que hizo llorar lágrimas de sangre á su esposa. ¡Ah! ¡ahora debo
vengarlos á los dos! ¡Conque sois mi tía y yo un Borgia! ¡Es lo bastante para
volverme loco! Escuchadme; habéis vivido demasiado tiempo, y estáis tan cargada
de crímenes, que debéis haber llegado á ser odiosa y abominable para vos misma;
sin duda estaréis cansada de vivir, y será preciso acabar de una vez. En las
familias como las nuestras, en las que el crimenp. 95 es hereditario y se
transmite de padre á hijo como el nombre, siempre sucede que esta fatalidad
termina por un asesinato, de ordinario en la misma familia, último crimen que
lava todos los demás. Jamás se censuró á un caballero por haber cortado una
mala rama del árbol de su casa. El español Mudarra mató á su tío, Rodrigo de
Lara, por menos de lo que habéis hecho, y todos elogiaron su acto. ¿Me
comprendéis, tía mía? ¡Vaya pues, ya hemos hablado bastante! ¡Recomendad
vuestra alma á Dios, si creéis en Dios y en vuestra alma!
Lucrecia.—¡Genaro, por piedad para ti! Aún eres
inocente. ¡No cometas tal crimen!
Genaro.—¡Un crimen! ¡Oh! mi tía se trastorna. ¡Será
esto un crimen! ¡Pues bien! aunque le cometa, soy un Borgia, y nada tiene de
particular. ¡De rodillas os digo, tía, de rodillas!
Lucrecia.—¿Dices verdaderamente lo que piensas,
Genaro? ¿Es así cómo pagas el amor que te profeso?
Genaro.—¡Amor!...
Lucrecia.—Es imposible. Quiero salvarte; llamaré,
gritaré...
Genaro.—No abriréis esa puerta, ni tampoco daréis
un paso; y en cuanto á vuestros gritos, no os salvarán. ¿No acabáis de ordenar
vos misma que no éntre nadie, oigan lo que quieran de lo que ha de pasar aquí?
Lucrecia.—¡Pero eso es una cobardía, Genaro! ¡Matar
á una mujer indefensa! ¡Oh, los sentimientos de tu alma son más nobles!
Escúchame; me matarás después si quieres, pues no me importa la vida; pero es
preciso que mi pecho se desahogue, porque está lleno de angustia por tu
proceder. Tú eres un niño, y la juventud es siempre demasiado severa. ¡Oh! si
he de morir, no quiero que sea de tu mano; no sabes hasta qué punto esto sería
horrible. Por otra parte, Genaro, mi hora no ha llegado aún. Cierto que he cometidop.
96 muchas maldades, y que soy una gran criminal; mas por lo mismo se me
debe dejar tiempo para reconocerlo y arrepentirme. Es indispensable, ¿lo oyes,
Genaro?
Genaro.—Sois mi tía; sois la hermana de mi padre.
¿Qué habéis hecho de mi madre?
Lucrecia.—¡Espera, espera! Dios mío, no me es
posible decirlo todo; y aunque te lo dijese, tal vez fuera sólo para redoblar
tu horror y tu desprecio. ¡Escúchame un instante... yo deseo que me recibas
arrepentida á tus pies! Tú me perdonarás ¿no es cierto? Pues bien, ¿quieres que
me retire á un claustro y me encierre para toda la vida? Si te dijesen: «Esa
desgraciada mujer se ha hecho rasar el cabello, duerme sobre la ceniza, socava
su propia fosa con las manos, y ruega á Dios noche y día para que dejes caer
sobre ella una mirada de misericordia, para que viertas una lágrima sobre todas
las llagas vivas de su corazón y de su alma, y para que no le digas más, como
acabas de hacerlo, con esa voz tan severa como la del juicio final: “¡Vos
sois Lucrecia Borgia!”». Si te dijeran todo esto, Genaro, ¿tendrías corazón
para rechazarla? ¡Gracia, Genaro! Vivamos los dos, tú para perdonarme, y yo
para arrepentirme. ¡Compadécete de mí! No has de tratar sin misericordia á una
pobre mujer que sólo pide un poco de piedad. ¡Perdóname la vida!... Te lo digo,
Genaro, por ti, porque tu acto sería verdaderamente cobarde, y además un crimen
espantoso, un asesinato. ¡Un hombre matar á una mujer! ¡Oh, tú no harás eso!
Genaro (vacilante).—¡Señora!...
Lucrecia.—¡Oh! ¡ya lo veo, me perdonas! Me parece
leerlo en tus ojos. ¡Déjame llorar á tus pies!
Una voz (fuera).—¡Genaro!
Genaro.—¿Quién me llama?
La voz.—¡Hermano Genaro!
p. 97
Genaro.—¡Es Maffio!
La voz.—¡Genaro, me muero, véngame!
Genaro (levantando el cuchillo).—Está
dicho. Ya no escucho nada. ¡Señora, es preciso morir!
Lucrecia (deteniéndole el brazo).—¡Perdón!
¡Escúchame!
Genaro.—¡No!
Lucrecia.—¡En nombre del cielo!
Genaro.—¡No!
(La hiere.)
Lucrecia.—¡Ah!... ¡me has muerto! ¡Genaro, soy tu
madre!
p. 99
María Tudor
Drama en 3 jornadas, con un prefacio del autor
p. 101
Prefacio
os maneras hay de apasionar á la multitud en
el teatro: por lo grande y por lo verdadero; lo grande influye en las masas; lo
verdadero en el individuo.
El objeto del poeta dramático, cualquiera que fuere
el conjunto de sus ideas sobre el arte, debe ser siempre, ante todo, buscar lo
grande, como Corneille, ó lo verdadero, como Molière, ó lo que sería mejor,
alcanzar á la vez ambas cosas, lo grande en lo verdadero y lo verdadero en lo
grande, como Shakespeare.
Porque, observémoslo de paso, á Shakespeare le fué
dado, y á esto debió la soberanía de su genio, conciliar, unir y amalgamar de
continuo en su obra esas dos cualidades, la verdad y la grandeza, cualidades
casi contrarias, ó por lo menos tan diferentes, que la falta de cada una de
ellas constituye lo inverso de la otra. El escollo de lo verdadero es lo
pequeño; el escollo de lo grande es lo falso. En todas las obras de Shakespeare
hay algo grande que es verdadero y viceversa; en el centro de todas sus creaciones
se encuentra el punto de intersección de lo grandioso y de lo verdadero; y allí
donde se cruzan las cosas grandes y las verdaderas, el arte es completo.p.
102 Shakespeare, así como Miguel Ángel, parece haber sido creado para
resolver este problema extraño, cuya simple enunciación parece
absurda:—mantenerse siempre en la naturaleza, saliendo de ella algunas
veces.—Shakespeare exagera las proporciones, pero conserva la relación.
¡Admirable omnipotencia del poeta! Hace cosas más elevadas que nosotros, que
viven como nosotros. Hamlet, por ejemplo, es tan verdadero como cualquiera de
nosotros, y más grande; Hamlet es colosal, y sin embargo, verdadero; Hamlet no
es como uno de vosotros ó como yo; es como todos; Hamlet no es un hombre, es el
hombre.
Separar continuamente lo grande á través de lo
verdadero, y esto á través de aquello, es, según el autor de este drama, el
objeto del poeta en el teatro, manteniendo todas las demás ideas que ha podido
desarrollar sobre estas materias. En dos palabras, lo grande y
lo verdadero lo encierran todo; la verdad contiene la
moralidad; en lo grandioso está lo bello.
Nadie supondrá que el autor haya tenido la
presunción de creer que jamás alcanzó ese objeto, ni que podrá alcanzarla
nunca; pero se le permitirá declarar públicamente que jamás buscó otro en el
teatro hasta hoy día. El nuevo drama que ha hecho representar es un esfuerzo
más hacia ese brillante fin. ¿Cuál es, en efecto, la idea que ha tratado de
realizar en María Tudor? Hela aquí: una reina que sea mujer; grande
como soberana, verdadera como mujer.
El autor lo ha dicho ya en otra parte: el drama,
tal como le comprende, el drama, tal como quisiera verle creado por un hombre
de genio, el drama según el siglo xix, no es la tragicomedia altiva,
desmesurada, española y sublime de Corneille; no es la tragedia abstracta,
amorosa, ideal y divinamente elegíaca de Racine; no es la comedia profunda,
sagaz, penetrante y demasiado irónica de Molière; no es la tragedia de
intención filosófica de Voltaire; no es la comedia de acción revolucionaria de
Beaumarchais; no es más que todo eso, pero lo es todo á la vez; ó mejor dicho,
no es nada de eso. No es, como en los grandes hombres que acabamos de citar, un
solo lado de las cosas, sistemático y continuamente sacado á luz; es el
conjunto considerado á la vez bajo todas sus fases. Si hubiera hoy un hombre
que pudiese realizar el drama tal como le comprendemos, este drama sería el
corazón humano,p. 103 la cabeza humana, la pasión humana, la voluntad
humana; sería el pasado resucitado en provecho del presente; sería la historia
que nuestros padres hicieron, confrontada con la que nosotros hacemos; sería
mezclar en la escena todo lo que se mezcla en la vida; sería un motín allá y un
diálogo de amor aquí; en este último una lección para el pueblo, y en el otro
un grito para el corazón; sería la risa, y también las lágrimas; sería el bien,
el mal, lo superior, lo inferior, la fatalidad, la providencia, el genio, la
casualidad, la sociedad, el mundo, la naturaleza, la vida; y algo grande
cerniéndose sobre todo esto.
Á este drama, que constituiría para la multitud una
enseñanza perpetua, le sería permitido todo, porque estaría en su esencia no
abusar de nada. Llegaría á ser tan notorio por su lealtad, elevación, utilidad
y recta conciencia, que no se le acusaría nunca de buscar el efecto y el ruido
allí donde sólo hubiera deseado obtener una lección moral. Podría llevar á
Francisco I á casa de Magalona sin hacerse sospechoso; producir en el corazón
de Didier un sentimiento compasivo para Marion; y sin que se le tachase de
enfático y exagerado, como al autor de María Tudor, presentar
ampliamente en la escena, con toda su terrible realidad, ese formidable
triángulo que tan á menudo aparece en la historia: una reina, un valido y un
verdugo.
El hombre que crease este drama debería tener dos
cualidades: conciencia y genio. El autor que habla aquí, sabe ya que sólo tiene
la primera; mas no por eso dejará de continuar lo que ha comenzado, deseando
que otros lo hagan mejor. Hoy día, un numeroso público, cada vez más
inteligente, acoge con favor todas las tentativas formales del arte; y todo lo
que ahora hay de elevado en la crítica ayuda y estimula al poeta. ¡Venga, pues,
el poeta! En cuanto al autor de este drama, seguro del porvenir, que progresa,
y de que, á falta de talento, se le tendrá algún día en cuenta su
perseverancia, fija una mirada serena, confiada y tranquila en la multitud que
todas las noches dispensa aún á esta obra incompleta tanta curiosidad, interés
y atención. Ante esa multitud comprende la responsabilidad que sobre él pesa, y
acéptala tranquilo. Jamás pierde un instante de vista en sus trabajos al pueblo
que el teatro civiliza, la historia que el teatro explica, y el corazón humano
que el teatro aconseja. Mañana dejaráp. 104 la obra terminada por la que
se ha de hacer; y saldrá de esa multitud para retirarse á su soledad, soledad
profunda donde no llega ninguna influencia perniciosa del mundo exterior; donde
la juventud, su amiga, se presenta algunas veces para estrecharle la mano,
donde está solo con su pensamiento, su independencia y su voluntad. La soledad
le será más que nunca grata, porque sólo en ella se puede trabajar para la
multitud; y más que nunca tendrá su espíritu, su obra y su pensamiento alejados
de toda camarilla, pues conoce algo más grande que ésta: los partidos; algo más
grande que los partidos: el pueblo; y algo superior al pueblo: la humanidad.
17 Noviembre 1833.
p. 105
María Tudor
p. 106
PERSONAJES
· MARÍA, reina.
· JUANA.
· GILBERTO.
· FABIANO FABIANI.
· SIMÓN RENARD.
· JOSHUA FARNABY.
· un judío.
· LORD CLINTON.
· LORD CHANDOS.
· LORD MONTAGU.
· maese ENEAS DULVERTON.
· LORD GARDINER.
· un carcelero.
· caballeros, pajes, guardias, el verdugo.
Londres, 1553.
p. 107
JORNADA PRIMERA
EL HOMBRE DEL PUEBLO
Playa desierta á orillas del Támesis, en parte
oculta por un antiguo parapeto ruinoso. Á la derecha una casa de mísero
aspecto, en uno de cuyos ángulos se ve una pequeña estatua de la Virgen,
iluminada por una mecha de estopa que arde en un enrejado de hierro. En el
fondo, más allá del Támesis, la ciudad. Divísanse dos altos edificios, la Torre
de Londres y la Abadía de Westminster.—El día comienza á declinar.
p. 108PERSONAJES
· GILBERTO.
· FABIANO FABIANI.
· SIMÓN RENARD.
· LORD CHANDOS.
· LORD CLINTON.
· LORD MONTAGU.
· JOSHUA FARNABY.
· JUANA.
· UN JUDÍO.
ESCENA I
Varios hombres agrupados acá y allá en la playa,
entre los cuales se hallan SIMÓN RENARD; JUAN BRIDGES, barón de CHANDOS;
ROBERTO CLINTON, barón de CLINTON, y ANTONIO BROWN, vizconde de MONTAGU
Lord Chandos.—Tenéis razón, milord; es preciso que
ese condenado italiano haya hechizado á la reina, porque ésta no puede
prescindir de él; sólo por él vive, no está alegre sino en su presencia, y sólo
á él escucha. Si pasa un día sin verle, sus ojos languidecen, como en aquel
tiempo en que amaba al cardenal Polus. ¿Os acordáis?
Simón Renard.—Muy enamorada está ciertamente, y por
lo tanto muy celosa.
Lord Chandos.—¡Ese italiano la tiene hechizada!
Lord Montagu.—Á decir verdad, asegúrase que los de
su nación tienen filtros para ese objeto.
Lord Clinton.—Los árabes saben confeccionar sutiles
venenos que matan, y los italianos conocen los que hacen amar.
Lord Chandos.—La reina está enamorada y enferma á
la vez; debe haber bebido las dos clases de veneno.
p. 109Lord Montagu.—¿Pero es ese hombre realmente
italiano?
Lord Chandos.—Parece haber nacido en Italia; pero
pretende tener relaciones de parentesco con una distinguida familia española.
Lord Clinton.—Es un aventurero, de no sé qué país.
Esos hombres que son cosmopolitas no tienen compasión en ninguna parte cuando
llegan al poder.
Lord Montagu.—¿No decíais que la reina está
enferma, Chandos? esto no le impide vivir alegremente con su valido.
Lord Clinton.—¡Alegremente! Mientras que la reina
ríe, el pueblo llora y el favorito se enriquece; ese hombre come plata y bebe
oro. La reina le ha cedido los bienes del gran lord Talbot, le ha hecho conde
de Clanbrassil y barón de Dinasmonddy. Como si esto no bastara, el tal Fabiano
Fabiani es también par de Inglaterra, como vos, Montagu, como vos, Chandos,
como Stanley, Norfolk y yo, y como el rey. Tiene la orden de la Jarretera, lo
mismo que el infante de Portugal, el rey de Dinamarca y Tomás Percy, séptimo
conde de Northumberland. ¡Y qué duro es ese tirano que nos gobierna desde su
lecho! Nunca pesó otro semejante sobre Inglaterra. ¡Y eso que he visto muchos
déspotas, pues ya soy viejo! Setenta horcas hay en Tyburn; y el hacha del
verdugo, afilada por las mañanas, se mella todas las noches. Cada día se inmola
á algún caballero; anteayer fué Blantyre; ayer le tocó el turno á Northcurry,
hoy á South-Reppo, y mañana á Tyrconnel. La semana próxima os llegará el turno,
Chandos, y el mes entrante seré yo la víctima. ¡Señores, señores, es una
vergüenza y una iniquidad que tantas cabezas inglesas caigan por el capricho de
no sé qué miserable aventurero, que no es hijo de nuestro país! ¡Es
insoportable y espantoso que un favorito napolitano pueda sacar tantos tajos
como quierep. 110 de la habitación de esa reina! Los dos viven
alegremente, según decís; mas ¡vive el cielo que esto es una infamia! ¡Ah! ¡los
dos enamorados se divierten, mientras que el verdugo, siempre á su puerta, hace
viudas y huérfanos! ¡Oh! ¡Su guitarra italiana va demasiado acompañada del
ruido de las cadenas! ¡Señora reina, hacéis venir cantantes de la capilla de
Avignon, y todos los días se representan en vuestro palacio comedias, y los
estrados están llenos de músicos! ¡Pardiez, señora, menos alegría en vuestra
casa, si os place, y menos duelo entre nosotros; menos víctimas aquí y menos
verdugos allá; menos tumbas en Westminster, y no tantos cadalsos en Tyburn!
Lord Montagu.—Cuidado con lo que decís, porque
nosotros somos súbditos leales. Hablad cuanto queráis de Fabiani; mas no de la
reina.
Simón Renard (poniendo la mano en el hombro
de lord Clinton).—¡Paciencia!
Lord Clinton.—¡Paciencia! Fácil es decir eso, señor
Simón Renard. Sois baile de Amont en el Franco Condado, súbdito del Emperador,
y su legado en Londres; representáis aquí al príncipe de España, futuro esposo
de la reina, y vuestra persona es sagrada para el favorito; pero tratándose de
nosotros, es otra cosa. Fabiani es para vos el pastor, y para nosotros el
verdugo.
(Ha cerrado la noche.)
Simón Renard.—Ese hombre no me molesta menos que á
vosotros, pues si teméis por vuestra vida, yo temo por mi honor, que es mucho
más. No hablo, pero obro; no me anima tanta cólera como á vos, milord; mas en
cambio, mi odio excede al vuestro. Yo aniquilaré al favorito.
Lord Montagu.—¡Oh! ¿cómo hacerlo? Todos los días
pienso en ello.
Simón Renard.—No se hacen ni deshacen de día los
favoritos de la reina, sino de noche.
p. 111Lord Chandos.—La de hoy es bien negra y
pavorosa.
Simón Renard.—Á mí me parece magnífica para lo que
trato de hacer.
Lord Chandos.—¿Qué es ello?
Simón Renard.—Ya lo veréis... Milord Chandos,
cuando una mujer reina, el capricho gobierna; entonces, la política no es ya
cuestión de cálculo, sino de casualidad; no se puede contar sobre nada, y el
día de hoy no trae lógicamente el de mañana. Los negocios no se juegan ya al
ajedrez, sino á los naipes.
Lord Clinton.—Todo eso está muy bien; pero vamos al
hecho. Señor baile, ¿cuándo nos entregaréis al favorito? Es cosa urgente,
porque mañana decapitan á Tyrconnel.
Simón Renard.—Si encuentro esta noche un hombre
como el que busco, Tyrconnel cenará con vos mañana.
Lord Clinton.—¿Qué queréis decir? ¿Qué sucederá con
Fabiani?
Simón Renard.—¿Tenéis buena vista, milord?
Lord Clinton.—Sí, aunque sea viejo y la noche esté
negra, veo bastante.
Simón Renard.—¿Divisáis la ciudad de Londres al
otro lado del río?
Lord Clinton.—Sí. ¿Por qué?
Simón Renard.—Mirad bien. Desde aquí se ve la
subida y la bajada de todo favorito: Westminster y la Torre de Londres.
Lord Clinton.—¿Y bien?
Simón Renard.—Si Dios me ayuda, en este momento hay
allí un hombre... (Señala la abadía de Westminster.) que mañana á la
misma hora estará aquí.
(Señala la Torre.)
Lord Clinton.—¡Que el Señor os preste su ayuda!
Lord Montagu.—El pueblo no le odia menos quep.
112 nosotros. ¡Qué fiesta habrá en Londres el día de su caída!
Lord Chandos.—Nos hemos puesto en vuestras manos,
señor baile, y por lo tanto disponed de nosotros. ¿Qué se ha de hacer?
Simón Renard (mostrando la casa situada
junto á la orilla).—¿Veis todos esa casa? Es la de Gilberto, el cincelador;
no la perdáis de vista, y dispersaos con vuestra gente, aunque sin alejaros
mucho. Sobre todo, no hagáis nada sin mí.
Lord Chandos.—Está bien.
(Todos se alejan por diversos lados.)
Simón Renard (solo).—No es fácil
encontrar un hombre como el que necesito.
(Vase. Llegan Juana y Gilberto cogidos del brazo
y se dirigen hacia la casa; acompáñales Joshua Farnaby, embozado en su capa.)
ESCENA II
JUANA, GILBERTO y JOSHUA FARNABY
Joshua.—Aquí os dejo, amigos míos, porque ya es de
noche y he de ir á prestar mi servicio en la Torre de Londres. ¡Ah! yo no estoy
libre como vosotros; el carcelero no es más que una especie de preso. Vamos,
adiós, Juana, adiós, Gilberto; me alegro mucho de que seáis felices. ¡Ah! dime
tú, Gilberto, ¿cuándo es la boda?
Gilberto.—De aquí á ocho días. ¿No es verdad,
Juana?
Joshua.—Ahora recuerdo que pasado mañana es
Navidad, día de felicitaciones; pero yo no tengo ninguna que daros, puesto que
es imposible desear más bellezap. 113 en la novia y más amor en el novio.
¡Sois dichosos!
Gilberto.—¿No lo eres tú también, buen Joshua?
Joshua.—Ni feliz ni desgraciado, pues renuncié á
todo hace tiempo. (Entreabre su capa y deja ver un manojo de llaves que
pende de su cintura.) He aquí, Gilberto, algunas llaves de la prisión, cuyo
sonido me acompaña de continuo, induciéndome á muchas reflexiones filosóficas.
Cuando joven, era como los demás; estaba enamorado un día, acosábame la
ambición durante un mes, y la locura todo el año. Era en tiempo de Enrique
VIII, rey verdaderamente singular, rey que cambiaba de mujeres como éstas de
vestidos; repudió á la primera, mandó cortar la cabeza á la segunda, dispuso
que abrieran el vientre á la tercera; perdonó á la cuarta, aunque expulsándola;
pero en cambio ordenó que decapitaran á la quinta. No creáis que os refiero el
cuento de Barba-Azul, porque es la verdadera historia de Enrique VIII. En aquel
tiempo ocupábame en la guerra y en cuestiones de religión, batiéndome por una y
por otra; y eso era lo mejor que se podía hacer entonces, aunque el asunto era
espinoso. Tratábase de ir en favor ó en contra del papa; la gente del rey
ahorcaba á los que no le defendían; pero quemaban á cuantos se declaraban en
contra; y la misma suerte sufrían los indiferentes, es decir los que no estaban
por el rey ni por el papa. Cada cual salía del paso como podía, hallándose
amenazado siempre por la cuerda ó la hoguera. Á mí me han chamuscado más de
cuatro veces, y creo que me descolgaron de la horca dos ó tres un momento antes
de efectuarse la ejecución. ¡Buen tiempo era aquel, poco más ó menos como éste!
Sí, yo me batía por todo eso; pero lléveme el diablo si sé ahora por qué y para
qué me batía. Cuando me hablan del maestro Lutero y del papa Pablo III me
encojo de hombros. Mira, Gilberto, cuando se tiene el cabello gris no se deben
profesar las opinionesp. 114 por las cuales nos batíamos antes, ni tratar
á las mujeres á quienes se hacía el amor á los veinte años, pues unas y otras
parecen ya muy feas y viejas, raquíticas, llenas de arrugas y estúpidas. Esa es
mi historia. Ya me he retirado de los negocios, y ya no soy soldado del rey ni
del papa, sino carcelero de la Torre de Londres; no me bato por nadie, y
encierro bajo llave á todo el mundo. Carcelero y viejo, tengo un pie en la
prisión y el otro en la fosa. Yo soy quien recoge los restos de todos los
ministros y favoritos que se prenden en palacio, lo cual es muy divertido.
Además tengo un hijo á quien amo mucho, y vosotros dos, que merecéis todo mi
cariño. Si sois felices, ya estoy contento.
Gilberto.—En tal caso, sé dichoso, Joshua.
Joshua.—Yo no puedo hacer nada por tu felicidad;
pero Juana lo hará todo, porque la amas; y tampoco me será dado prestarte
ningún servicio en mi vida, porque felizmente no eres bastante gran señor para
necesitar nunca al llavero de la Torre de Londres. Juana pagará mi deuda al
mismo tiempo que la suya, pues ella y yo te lo debemos todo; tú la recogiste y
educaste cuando era una pobre niña huérfana y abandonada; y á mí me salvaste un
día que me ahogaba en el Támesis.
Gilberto.—¿Á qué hablar siempre de eso, Joshua?
Joshua.—Para decirte que nuestro deber es amarte,
yo como un hermano, y ella... como otra cosa.
Juana.—Como una esposa fiel; ya comprendo, Joshua.
(Entrégase á una profunda meditación.)
Gilberto (en voz baja á Joshua).—¡Mírala,
Joshua! ¿No te parece que es hermosa y encantadora, y digna de un rey? No
puedes imaginar cuánto la amo.
Joshua.—¡Cuidado! es imprudente amar tanto á una
mujer. Tratándose de un niño, es otra cosa.
Gilberto.—¿Qué quieres decir?
p. 115Joshua.—Nada... De aquí á ocho días asistiré
á vuestra boda. Espero que entonces me dejarán alguna libertad los asuntos del
Estado, y que todo se acabará.
Gilberto.—¿Qué se acabará?
Joshua.—¡Ah! tú no debes ocuparte de estas cosas,
porque estás enamorado. Tú eres del pueblo, y poco pueden importarte las
intrigas de altas regiones, siendo tan feliz aquí abajo; pero puesto que me
preguntas, te diré que se espera que de aquí á ocho días, ó tal vez dentro de
veinticuatro horas, Fabiano Fabiani será sustituído por otro cerca de la reina.
Gilberto.—¿Quién es ese Fabiano Fabiani?
Joshua.—Es el amante de la reina, un favorito muy
célebre y encantador, un favorito que tarda menos en hacer cortar la cabeza á
un hombre, cuando le desagrada, que un burgomaestre flamenco en comerse una
cucharada de sopa; es el mejor favorito que el verdugo de la Torre de Londres
ha tenido hace diez años, pues ya sabes que el ejecutor recibe por cada cabeza
de noble diez escudos de plata, y á veces cuarenta, si la cabeza es de
importancia. Se desea mucho la caída de ese Fabiani, aunque á decir verdad, en
mis funciones de carcelero sólo oigo hablar de él á los descontentos, á hombres
á quienes se ha de cortar la cabeza dentro de un mes.
Gilberto.—¡Devórense los lobos entre sí! ¿Qué nos
importan á nosotros la reina y su favorito? ¿No es verdad, Juana?
Joshua.—¡Oh! se está fraguando una tremenda
conspiración contra Fabiani, y no tendrá poca suerte si sale bien de ella. No
extrañaría que se intentase algún golpe esta noche, pues acabo de ver á maese
Simón Renard rondando por ahí y muy meditabundo.
Gilberto.—¿Quién es ese Simón Renard?
Joshua.—¡Cómo! ¿no lo sabes? Es el brazo derecho
del emperador en Londres. La reina debe casarse conp. 116 el príncipe de
España, cuyo representante es Simón Renard; la soberana le odia, pero le teme,
y nada puede contra él. Ha destronado ya dos ó tres favoritos, pues su instinto
le induce á dar en tierra con todos, y por esto hace una limpia en palacio de
vez en cuando. Simón Renard es hombre muy sagaz y malicioso, que sabe cuanto
pasa, y que socava siempre las intrigas subterráneas en todos los acontecimientos.
En cuanto á lord Paget... ¿no me has preguntado también quién era? Pues te diré
que es un caballero muy audaz, que ha entendido en los negocios en tiempo de
Enrique VIII; es individuo del Consejo secreto, y tiene tal ascendiente, que
los demás ministros no osan decir palabra delante de él, exceptuando, no
obstante, el canciller, milord Gardiner, que le aborrece. Este lord Gardiner
tiene un carácter muy violento, pero es de muy buena cuna; mientras que Paget
tuvo por padre á un zapatero. Paget obtendrá muy pronto el título de barón de
Beaudesert en Stafford.
Gilberto.—¡Qué enterado está Joshua de todas estas
cosas!
Joshua.—¡Pardiez! de algo sirve oir hablar á los
prisioneros de Estado. (Simón Renard aparece en el fondo del teatro.) Te
aseguro, Gilberto, que el hombre que mejor sabe la historia de estos tiempos es
el carcelero de la Torre de Londres.
Simón Renard (que ha oído las últimas
palabras).—Os engañáis, maese, es el verdugo.
Joshua (en voz baja á Juana y á Gilberto).—Retirémonos
un poco. (Simón Renard se aleja lentamente, desapareciendo después.) Ahí
tenéis á Simón Renard.
Gilberto.—No me gustan esos hombres que rondan
alrededor de mi casa.
Joshua.—¿Qué diablos buscará por aquí? Bueno será
marcharme pronto, pues tal vez me prepare algún trabajo. ¡Adiós, Gilberto,
adiós, hermosa Juana!
p. 117Gilberto.—¡Adiós, Joshua!... Pero dime ¿qué
llevas oculto debajo de la capa?
Joshua.—¡Ah! yo también tengo mi complot.
Gilberto.—¿Qué complot?
Joshua.—Vosotros los enamorados lo olvidáis todo.
Acabo de recordaros que pasado mañana es día de Navidad. Los señores preparan
una sorpresa á Fabiani, y yo conspiro por mi cuenta. La reina tendrá tal vez un
favorito nuevo, y yo voy á dar una muñeca á mi niña. (Saca una muñeca que
lleva debajo de la capa.) También es nueva; veremos cuál dura más, si el
favorito ó ella. ¡Dios os guarde, amigos míos!
Gilberto.—Hasta más ver, Joshua.
(Joshua se aleja; Gilberto toma la mano de Juana
y la besa con pasión.)
Joshua (en el fondo del teatro).—¡Qué
grande es la Providencia! ¡Á cada cual le da su juguete, la muñeca á la niña,
la niña al hombre, el hombre á la mujer y la mujer al diablo!
ESCENA III
GILBERTO, JUANA
Gilberto.—También debo separarme de ti. Adiós,
Juana, duerme en paz.
Juana.—¿No queréis entrar esta noche, Gilberto?
Gilberto.—No me es posible. Ya te he dicho que debo
concluir un trabajo en el taller esta noche; he de cincelar la empuñadura de
una daga para no sé qué lord Clanbrassil, á quien no he visto nunca, y que la
necesita para mañana.
Juana.—Pues entonces buenas noches, Gilberto.
Gilberto.—¡Un momento más, Juana! ¡Cuánto mep.
118 cuesta separarme de ti, aunque sólo sea por algunas horas! ¡Tú eres mi
vida y mi alegría, pero es preciso que vaya á trabajar, pues somos muy pobres!
No quiero entrar, porque me quedaría, y debo marcharme. Mira, sentémonos
algunos minutos á la puerta de tu casa, en ese banco; me parece que así me será
menos difícil irme. Dame la mano. (Se sienta y le coge ambas manos, mientras
Juana permanece de pie.) ¿Me amas, Juana?
Juana.—¡Oh! todo os lo debo, Gilberto, ya lo sé,
aunque durante largo tiempo me lo hayáis ocultado. Muy pequeña, cuando apenas
había dejado la cuna, mis padres me abandonaron, y vos me recogisteis. Hace
diez y seis años habéis trabajado para mí como un padre, y vuestros ojos me han
vigilado como los de una madre. ¿Qué sería yo sin vos, Dios mío? Todo lo que
tengo me lo habéis dado; todo lo que soy, á vos lo debo.
Gilberto.—Juana, ¿me amas?
Juana.—¡Qué abnegación la vuestra, Gilberto! Día y
noche trabajabais para mí sin tregua ni reposo, y aun hoy pasáis la noche en
vela por mi causa. Sin embargo, jamás oí de vuestros labios una reprensión ni
una palabra dura; nunca os dejáis llevar de la cólera; y aunque sois tan pobre,
procuráis satisfacer mis caprichos de coqueta. Gilberto, sólo pienso en vos con
las lágrimas en los ojos; algunas veces habéis carecido de pan, y á mí no me
han faltado nunca cintas.
Gilberto.—¿Me amas, Juana?
Juana.—Gilberto, os besaría hasta los pies.
Gilberto.—Pero ¿me amas? Con todo eso que me dices,
aún no me has contestado; una sola palabra es la que yo necesito, Juana.
¡Agradecimiento, siempre agradecimiento! ¡Oh! eso es cosa muy frívola; lo que
yo quiero es amor ó nada. Juana, desde hace diez y seis años eres mi hija, y
ahora vas á ser mi esposa; tep. 119 había adoptado; quiero unirme contigo.
De aquí á ocho días, pues tú has consentido en ello, se efectuará nuestro
enlace. ¡Oh Juana! ¿me amabas cuando te comprometiste á esto? Hubo un tiempo,
recuérdalo bien, en que me decías, mirando al cielo con tus hermosos ojos: «¡Te
amo!» Así es cómo yo te quiero. Desde hace algunos meses, paréceme que algo ha
cambiado en ti, sobre todo en estas tres últimas semanas en que el trabajo me
obliga á estar ausente algunas noches. ¡Oh Juana! quiero que tú me ames, porque
me has acostumbrado á ello. Tú, tan alegre en otro tiempo, siempre estás triste
y preocupada ahora, por más que te esfuerzas para disimularlo; y yo conozco que
las palabras de cariño no son en ti naturales como otras veces. ¿Qué tienes?
¿Es que no me amas ya? Soy seguramente un hombre honrado, un buen obrero; pero
quisiera ser un ladrón ó un asesino con tal que me amases... ¡Juana, tú no
sabes cuánto te adoro!
Juana.—Ya lo sé, Gilberto, y por eso lloro.
Gilberto.—¡De alegría! ¿No es cierto? Dime que es
de alegría, porque necesito creerlo. En el mundo no hay nada como ser amado. Yo
no soy más que un oscuro obrero; pero es preciso que mi Juana me ame. ¿Por qué
me has de hablar siempre de lo que hice por ti? Deja todo tu agradecimiento á
un lado y dime una sola palabra de amor. Por ti soy capaz de condenarme y de
cometer un crimen si tú lo quisieras. Tú serás mi esposa ¿no es cierto? ¡Juana,
por una mirada tuya daría cuanto tengo, por una de tus sonrisas mi vida, y por
un beso mi alma!
Juana.—¡Qué noble corazón tenéis, Gilberto!
Gilberto.—Escucha, Juana, aunque te rías, te diré
que estoy loco y celoso. No te ofendas... hace largo tiempo me parece ver á
muchos jóvenes caballeros rondar por aquí. Ya sabes que yo tengo treinta y
cuatrop. 120 años, y sin duda comprendes que es una desgracia que un pobre
obrero, mal vestido como yo, que ya no es joven ni buen mozo, ame á una
encantadora muchacha de diez y siete abriles que llama la atención de apuestos
y gallardos caballeros, dorados y brillantes como la luz que atrae á las mariposas.
¡Oh! yo sufro mucho; pero jamás te ofendo en mi pensamiento, á ti, tan casta y
pura, á ti, cuya frente no han tocado aún mis labios. Sin embargo, paréceme á
veces que te agrada en demasía ver pasar el séquito y el acompañamiento de la
Reina, y á todos esos señores lujosamente vestidos de seda y terciopelo, pero
que carecen de alma y corazón. ¡Perdóname!... no sé lo que me digo. Mas ¿por
qué pasan por aquí tantos jóvenes caballeros? ¿Por qué no seré yo también noble
y rico como ellos? ¡Ay, sólo soy Gilberto el cincelador! Lord Chandos, lord
Fitz-Gerard, el conde de Arundel, el duque de Norfolk... ¡Oh! ¡cuánto aborrezco
á esos nobles! Paso la vida cincelando para ellos empuñaduras de espadas, con
las cuales quisiera atravesarles el pecho.
Juana.—¡Gilberto!
Gilberto.—Dispénsame, Juana. ¿No es verdad que el
amor puede hacer al hombre muy malo?
Juana.—No, muy bueno. Vos lo sois, Gilberto.
Gilberto.—¡Oh! cada día te amo más, y quisiera
morir por ti. Bien me correspondas ó no, yo seré tu esclavo. Estoy loco...
Perdóname cuanto te he dicho. Ya es tarde, y debo retirarme. Adiós. ¡Dios mío,
qué triste es separarme de ti! Entra en casa. ¿No tienes la llave?
Juana.—No, hace días que no sé lo que ha sido de
ella.
Gilberto.—Aquí tienes la mía... Hasta mañana... No
olvides que si ahora soy tu padre, dentro de ocho días seré tu esposo.
(La besa en la frente y vase.)
Juana (sola).—¡Mi esposo! ¡Oh! no; de
ningún modop. 121 cometeré ese crimen. ¡Pobre Gilberto, él sí que me ama;
mientras que el otro!... ¡Con tal que no haya preferido la vanidad al amor,
infeliz de mí!... ¿De quién dependo yo ahora? ¡Oh, soy tan ingrata como culpable!...
Oigo pasos, entremos pronto.
(Entra en la casa.)
ESCENA IV
GILBERTO, UN HOMBRE embozado en su capa, y cubierta
la cabeza con un bonete amarillo.—El hombre tiene cogida una mano de Gilberto.
Gilberto.—Sí, te reconozco, tú eres el mendigo
judío que ronda hace días esta casa. ¿Qué quieres? ¿Por qué me has cogido de la
mano para conducirme hasta aquí?
El hombre.—Porque lo que debo deciros, sólo aquí
puede decirse.
Gilberto.—Pues bien, habla y despáchate, porque voy
de prisa.
El hombre.—Escucha, joven. Hace diez y seis años,
en la misma noche en que lord Talbot, conde de Waterford, fué decapitado á la
luz de las antorchas por cuestión de papismo y de rebeldía, sus partidarios
murieron destrozados en las calles de Londres por la gente de Enrique VIII. El
tiroteo duró algunas horas, y aquella noche, un joven obrero, mucho más ocupado
en su oficio que en la guerra, trabajaba en su tiendecilla, que es la primera
que se encuentra al entrar en el puente de Londres. Serían las dos de la
madrugada, poco más ó menos, y cerca de allí arreciaba la lucha, oyéndose cómo
silbaban las balas al cruzar el Támesis. De repente llamaron á la puerta de la
tiendecilla, á través de cuya cerradura veíase el resplandor de lap.
122 luz; el artesano abrió, y al punto entró un hombre á quien no conocía,
llevando en los brazos una criatura en mantillas, que gritaba y lloraba. El
hombre la depositó sobre la mesa y dijo: «He aquí una niña que ya no tiene
padre ni madre». Después salió lentamente, cerrando la puerta tras sí.
Gilberto, el obrero, era también huérfano, y aceptó la criatura; cuidó de ella,
vistióla, quiso educarla, y al fin la amó. Consagróse del todo á la pobre
criatura, conducida allí por la guerra civil; olvidó por ella su juventud, sus
amoríos y placeres, y desde entonces ella fué el objeto único de su cariño y
afecto. Esto ha durado diez y seis años. Gilberto, el obrero erais vos; la
niña...
Gilberto.—Era Juana. Todo cuanto me habéis dicho es
verdad; pero ¿por qué me explicáis esto?
El hombre.—Se me ha olvidado deciros que en los
pañales de la criatura había un papel sujeto con un alfiler, y en el que se
leían las siguientes palabras: Compadeceos de Juana.
Gilberto.—Estaban escritas con sangre; he
conservado ese papel, y le llevo siempre conmigo. Pero me estáis
mortificando... ¿veamos la conclusión?
El hombre.—Es muy sencilla. Ya veis que conozco
vuestros asuntos, y por lo mismo vengo á deciros: ¡Gilberto, vigilad vuestra
casa esta noche!
Gilberto.—¿Qué queréis decir?
El hombre.—Ni una palabra más. Os aconsejo que no
vayáis á trabajar; permaneced en los alrededores de esta casa y vigilad. No soy
amigo ni enemigo vuestro; pero pláceme daros este aviso. Ahora, á fin de no
perjudicaros, dejadme; idos por ese lado, y acudid si me oís gritar.
Gilberto.—¿Qué significa todo esto?
(Aléjase lentamente.)
p. 123
ESCENA V
EL HOMBRE, solo
La cosa está bien arreglada así. Yo necesitaba
algún hombre joven y fuerte que me prestase auxilio en caso necesario. Ese
Gilberto es lo que me conviene... Me parece que oigo rumor de remos y los
acordes de un bandolín en el río... Sí. (Se dirige al parapeto.—Óyense los
sonidos de dicho instrumento y una voz lejana que canta.) Es él. (La voz
se aproxima.) ¡Ya desembarca... bien... ahora despide al barquero...
magnífico! (Volviendo al proscenio.) ¡Hele aquí!
(Entra Fabiano Fabiani embozado en su capa y se
dirige hacia la puerta de la casa.)
ESCENA VI
EL HOMBRE, FABIANO FABIANI
El hombre (deteniendo á Fabiani).—Una
palabra, si os place.
Fabiani.—Creo que me hablan. ¿Quién será este
bergante?
El hombre.—Lo que gustéis que sea.
Fabiani.—Esta linterna alumbra mal; pero veo que
llevas un bonete amarillo, al parecer de judío. ¿Eres hebreo?
El hombre.—Sí. Deseo deciros dos palabras.
Fabiani.—¿Cómo te llamas?
El hombre.—Sé vuestro nombre, y no conocéis elp.
124 mío; de modo que por esta parte llevo la ventaja. Permitidme que la
conserve.
Fabiani.—¿Tú sabes mi nombre? No es verdad.
El hombre.—Sí. En Nápoles os llamaban signor Fabiani;
en Madrid, don Fabiano; en Londres os tituláis Fabiano Fabiani, conde de
Clanbrassil.
Fabiani.—¡Llévete el diablo!
El hombre.—¡Que Dios os guarde!
Fabiani.—Mandaré apalearte. No quiero que sepan mi
nombre cuando paseo por la noche.
El hombre.—Sobre todo cuando vais al sitio en que
os esperan.
Fabiani.—¿Qué quieres decir?
El hombre.—¡Si la reina lo supiese!
Fabiani.—No voy á ninguna parte.
El hombre.—Sí, milord; vais á casa de la hermosa
Juana, la prometida de Gilberto el cincelador.
Fabiani (aparte).—¡Diablo! ¡éste es un
hombre peligroso!
El hombre.—¿Queréis que os diga algo más? Habéis
seducido á esa joven, y desde hace un mes os ha recibido dos veces en su casa
por la noche; ésta es la tercera. La hermosa debe estar esperando.
Fabiani.—¡Cállate! ¿Quieres dinero por callarte?
¿Cuánto deseas?
El hombre.—Ahora lo veremos. Por lo pronto, milord,
¿queréis que os diga por qué sedujisteis á esa muchacha?
Fabiani.—¡Pardiez! porque estaba enamorado.
El hombre.—No; eso no es cierto.
Fabiani.—¿No estaba yo enamorado de Juana?
El hombre.—Lo mismo que de la reina... En vos no
hay amor, sino cálculo.
Fabiani.—¡Ah diablo! ¡Tú no eres un hombre; eres mi
conciencia vestida de judío!
El hombre.—Pues os hablaré como vuestra
conciencia,p. 125 milord; escuchad. Sois favorito de la reina, que os ha
otorgado la Jarretera, el condado y el señorío, á la verdad cosas huecas, pues
la una es un trapo, la otra una palabra, y la última el derecho de morir
decapitado. Necesitabais algo mejor; os hacían falta buenas tierras, castillos
y rentas considerables; y como el rey Enrique VIII confiscó los bienes de lord
Talbot, decapitado hace diez y seis años, os arreglasteis de modo que la reina
María os los diera. Sin embargo, para que la donación fuese valedera,
necesitábase que el lord hubiese muerto sin posteridad; si existía un heredero
ó heredera, como Talbot murió por la reina María y por su madre Catalina de
Aragón, y atendido que era papista, como aquella soberana, no debía dudarse que
esta última os retiraría los bienes, por muy favorito que fuéseis, para
devolverlos, por deber, por agradecimiento y por religión, al heredero ó á la
heredera. Por este lado estabais bastante tranquilo, pues lord Talbot tenía
sólo una niña que desapareció de la cuna el día en que ejecutaron á su padre:
llegaron á creer en toda Inglaterra que había muerto. Vuestros espías, sin
embargo, descubrieron últimamente que en la noche en que lord Talbot y su
partido fueron exterminados por Enrique VIII, se había depositado
misteriosamente una niña en casa de un obrero cincelador que vive en el puente
de Londres, y que era probable que esta niña, educada bajo el nombre de Juana,
fuese realmente Juana Talbot, la niña desaparecida. Cierto que faltaban las
pruebas escritas de su nacimiento, pero se podrían encontrar el día menos
pensado. El inconveniente era grave; veros obligado á devolver algún día á una
niña, Shrewsbury, Wexford y el magnífico condado de Waterford, os pareció muy
duro. ¿Qué hacer? Buscasteis el medio de aniquilar ó anular la joven: un hombre
honrado se habría valido de un asesino; pero vos, milord, lo hicisteis mejor:
la deshonrasteis.
p. 126Fabiani.—¡Insolente!
El hombre.—Vuestra conciencia es la que habla,
milord; otro hubiera quitado la vida á la joven; vos la robasteis el honor, y
de consiguiente el porvenir. La reina María es orgullosa, aunque tenga amantes.
Fabiani (aparte).—Este hombre llega al
fondo de todo.
El hombre.—La reina no goza de buena salud; puede
morir pronto, y entonces vos, su favorito, caeríais arruinado sobre su tumba.
Las pruebas materiales del estado civil de la joven, que darían á conocer su
categoría, se pueden hallar cuando menos se espere, y entonces, si la reina ha
muerto, Juana, por deshonrada que esté, será reconocida como heredera de
Talbot. ¡Pues bien! vos habéis previsto este caso; sois un caballero joven, de
buen aspecto, os habéis hecho amar de ella, y la pobre muchacha se ha entregado
á vos: en el peor caso, os casaríais con ella. No me neguéis que tal es vuestro
plan; á mí me parece sublime; y si no fuera quien soy, quisiera ser vos.
Fabiani.—¡Gracias!
El hombre.—Habéis conducido el asunto con mucha
destreza, ocultando vuestro nombre; de modo que estáis á cubierto en lo que se
refiere á la reina. La pobre muchacha cree haber sido seducida por un caballero
del país de Somerset, llamado Amyas Pawlett.
Fabiani.—¡Todo lo sabe! En fin, vamos al hecho.
¿Qué quieres?
El hombre.—Milord, si alguno tuviera en su poder
los papeles que prueban el nacimiento, la existencia y el derecho de la
heredera de Talbot, vos quedaríais más pobre que mi antecesor Job, no
conservando más castillos que los que hagáis en el aire, lo cual os disgustaría
mucho.
Fabiani.—Sí; pero nadie tiene esos papeles.
El hombre.—Os engañáis.
Fabiani.—¿Quién?
p. 127El hombre.—Yo.
Fabiani.—¡Bah, un miserable como tú! No es cierto;
judío que habla, hombre que miente.
El hombre.—Tengo esos papeles.
Fabiani.—¡Mientes! ¿Dónde están?
El hombre.—En mi bolsillo.
Fabiani.—No lo creo. ¿Están en regla? ¿No falta
nada?
El hombre.—Nada.
Fabiani.—Si es así, los necesito.
El hombre.—Poco á poco.
Fabiani.—¡Judío, dame esos papeles!
El hombre.—¡Muy bien!... ¡Judío dices! Y tú,
miserable mendigo, dame la ciudad de Shrewsbury, dame la de Wexford, y también
el Condado de Waterford... Un poco de caridad, si os place.
Fabiani.—Esos papeles son todo para mí, y nada
valen para ti.
El hombre.—Simón Renard y lord Chandos me los
pagarían á buen precio.
Fabiani.—Simón Renard y lord Chandos son dos perros
entre los cuales mandaré que te ahorquen.
El hombre.—Si no tenéis otra cosa que proponerme,
adiós.
Fabiani.—¡Aquí, judío! ¿Qué quieres por esos
papeles?
El hombre.—Una cosa que tienes encima.
Fabiani.—¡Mi bolsa!
El hombre.—¡Ca, nada de eso! ¿Queréis la mía?
Fabiani.—¿Pues qué deseas?
El hombre.—Siempre lleváis encima un pergamino; es
una firma en blanco que la reina os ha dado, y en la que jura por su corona
católica conceder á quien se la presente la gracia que solicite, sea cual
fuere. Dadme esa firma en blanco, y os entregaré los papeles de Juana Talbot;
papel por papel.
p. 128Fabiani.—¿Y qué quieres hacer con esa firma
en blanco?
El hombre.—¡Vaya, juguemos limpio! Os he dicho
cuáles son vuestros asuntos, y ahora voy á daros cuenta de los míos. Soy uno de
los principales plateros judíos de la calle de Kantersten en Bruselas; presto
dinero al cincuenta por ciento á todo el mundo, y prestaría aunque fuese al
diablo ó al papa. Hace dos meses uno de mis deudores murió sin haberme pagado;
era un antiguo servidor de la familia Talbot, y el pobre hombre, desterrado
hacía tiempo, sólo dejó algunos harapos; la justicia los puso en mi poder, y en
ellos encontré una caja que contenía varios papeles. Eran los de Juana Talbot,
milord, con toda su minuciosa historia, y probada con documentos en regla. La
reina de Inglaterra acababa de daros precisamente los bienes de Juana Talbot; y
como yo necesitaba también á la soberana para negociar un préstamo de diez mil
marcos de oro, comprendí que podría hacer negocio con vos. Vine á Inglaterra
con este disfraz, espié á Juana Talbot, y todo lo he hecho por mí mismo. De
esta manera he averiguado cuánto me convenía, y heme aquí. Tendréis los papeles
de Juana Talbot si me dais la firma en blanco de la reina: yo escribiré en el
documento que se me conceden diez mil marcos de oro; aquí me deben todavía
alguna cosa, pero no quiero regatear. ¡Diez mil marcos de oro, nada más! No os
pido la suma, porque sólo una testa coronada puede pagármela. Esto es hablaros
con franqueza, pues supongo que dos hombres tan diestros como nosotros no
ganarían nada engañándose. Si la franqueza se desterrase de la tierra, debería
reaparecer en la entrevista de dos bribones.
Fabiani.—Imposible; no puedo dar esa firma en
blanco. ¡Diez mil marcos de oro! ¿Qué diría la reina? Además, mañana podría
caer en desgracia, y esa firma en blanco sería la salvación para mí: es mi
cabeza.
p. 129
Gilberto.—¡Un hombre asesinado!... ¡El
mendigo...!
p. 131El hombre.—¿Qué me importa á mí?
Fabiani.—Pedidme otra cosa.
El hombre.—Quiero eso.
Fabiani.—Judío, dame los papeles de Juana Talbot.
El hombre.—Dadme la firma en blanco de la reina.
Fabiani.—¡Vamos, maldito judío, será preciso ceder!
(Saca un papel del bolsillo.)
El hombre.—Enseñadme la firma en blanco de la
reina.
Fabiani.—Muéstrame los papeles de Talbot.
El hombre.—Ahora los veréis. (Se acercan á la
linterna; Fabiani, colocado detrás del judío, le pone el papel ante los ojos, y
el hombre le examina.) «Nos, María, reina...»—Está bien. Ya veis que soy
como vos, milord; todo lo he calculado y previsto.
Fabiani (desenvaina un puñal con la mano
derecha y se lo hunde en la garganta).—Exceptuando esto.
El hombre.—¡Ah traidor!... ¡Á mí... socorro!
(Cae, y en el mismo instante arroja en la sombra
tras sí, sin que Fabiani lo note, un pliego sellado.)
Fabiani (inclinándose sobre el cuerpo).—¡Á
fe mía, creo que ya está muerto!... ¡Cojamos ahora esos papeles! (Registra
al judío.) ¡Maldición, no lleva nada, ni un solo papel! ¡El bribón me
engañaba, quería robarme! ¡Maldito judío, le he matado inútilmente! Todos lo
mismo; la mentira y el robo son propios de su raza. ¡Vamos, será preciso quitar
de ahí ese cadáver, y no dejarle delante de la puerta! (Dirigiéndose al
fondo del teatro.) Si el barquero está aún allí, él me ayudará á tirar el
cuerpo al agua.
(Desaparece detrás del parapeto.)
Gilberto (entrando por el lado opuesto).—Me
parece haber oído un grito. (Ve el cuerpo tendido en tierra junto á la
linterna.) ¡Un hombre asesinado!... ¡El mendigo!
El hombre (incorporándose á medias).—¡Ah!...
Llegáis demasiado tarde, Gilberto. (Señala con el dedo el sitiop. 132 donde
acaba de arrojar el pliego sellado.) Recoged eso; son los papeles que
prueban que Juana, vuestra prometida, es hija y heredera del último lord
Talbot. Mi asesino es lord de Clanbrassil, el favorito de la reina... ¡Ah! me
ahogo... ¡Gilberto, véngame y véngate!
(Muere.)
Gilberto.—¡Muerto!... Que me vengue... ¿Qué quiere
decir? ¡Juana hija de lord Talbot! ¡Lord de Clanbrassil, favorito de la reina!
¡Oh! Yo me confundo... (Sacudiendo el cadáver.) ¡Habla, una palabra
más!... ¡Ah! está bien muerto...
ESCENA VII
GILBERTO, FABIANI
Fabiani (volviendo).—¿Quién va?
Gilberto.—Acaban de asesinar á un hombre.
Fabiani.—No, es un judío.
Gilberto.—¿Quién le ha dado muerte?
Fabiani.—¡Pardiez! vos ó yo.
Gilberto.—¡Caballero!...
Fabiani.—No hay testigos. Aquí no se ve más que un
cadáver y dos hombres á su lado. ¿Quién asesinó á ese hombre? Nada prueba que
sea yo más bien que vos.
Gilberto.—¡Miserable! Sois el asesino.
Fabiani.—Pues bien, es verdad. ¿Qué tenemos con
eso?
Gilberto.—Voy á llamar á la justicia.
Fabiani.—Lo que haréis es ayudarme á lanzar ese
cuerpo al agua.
Gilberto.—Haré que os prendan y castiguen.
Fabiani.—He dicho que me ayudaréis.
p. 133Gilberto.—Sois muy insolente.
Fabiani.—Creedme, borremos todas las huellas de
esto, pues os interesa más que á mí.
Gilberto.—¡Esto es demasiado!
Fabiani.—Uno de los dos ha dado el golpe: yo soy un
gran señor, un noble, y vos un transeúnte, un plebeyo, un hombre del pueblo. El
caballero que mata á un judío paga cuatro sueldos de multa; el hombre del
pueblo paga su delito con la vida.
Gilberto.—¡Osaríais...!
Fabiani.—Si me denunciáis os denuncio, y yo seré
más digno de crédito que vos. Con todo esto, las probabilidades son desiguales;
para mí la multa; para vos la horca.
Gilberto.—¡Y no haber testigo ni pruebas! ¡Oh! mi
cabeza se extravía... ¡Y el miserable tiene razón!
Fabiani.—¿Queréis que os ayude á arrojar ese
cadáver al agua?
Gilberto.—¡Sois un infame!
Fabiani (Gilberto coge el cuerpo por la
cabeza, Fabiani por los pies, y le llevan al parapeto).—Sí, amigo mío; no
sé con seguridad quién de los dos ha dado muerte á este hombre.
(Desaparecen detrás del parapeto.)
Fabiani (volviendo).—Ya está hecho,
compañero. Buenas noches; ya podéis marcharos. (Se dirige hacia la casa, y
al volver la cabeza, nota que Gilberto le sigue.) ¡Qué se os ofrece! ¿Es
que deseáis algún dinero por vuestro trabajo? En conciencia, nada os debo; pero
tomad. (Entrega su bolsa á Gilberto, que al pronto hace un ademán de
negativa, aceptando después, como hombre que de pronto cambia de parecer.)
Ahora, idos. ¡Vamos! ¿qué esperáis aún?
Gilberto.—Nada.
Fabiani.—Á fe mía, podéis quedaros ahí si bien os
parece. Estaréis al sereno, y yo con mi dama. ¡Dios os guarde!
p. 134(Se dirige hacia la puerta de la casa y
hace ademán de abrir.)
Gilberto.—¿Adónde vais así?
Fabiani.—¡Pardiez! á mi casa.
Gilberto.—¿Cómo á vuestra casa?
Fabiani.—Sí.
Gilberto.—¿Quién de los dos es el que sueña? Antes
me dijisteis que el asesino del judío era yo, y ahora me aseguráis que esa es
vuestra casa.
Fabiani.—Ó la de mi querida, que es lo mismo.
Gilberto.—Repetidme lo que acabáis de decir.
Fabiani.—Digo, ya que os empeñáis en saberlo, que
esa casa es la de una hermosa joven, que es mi querida.
Gilberto.—¡Yo digo, milord, que mientes! ¡Digo que
eres un falsario y un asesino; que tu madre fué azotada por el verdugo en una
plaza pública; y que voy á sujetar tu cabeza entre mis manos y á oprimirla
hasta que te cortes la lengua con tus propios dientes!
Fabiani.—¡Hola! ¿Quién es este diablo de hombre?
Gilberto.—Soy Gilberto el cincelador, y Juana es mi
prometida.
Fabiani.—Pues yo soy el caballero Amyas Pawlett, el
querido de Juana.
Gilberto.—¡Te digo que mientes! Tú eres lord
Clanbrassil, el favorito de la reina. ¡Imbécil! ¡Creías que lo ignoraba!
Fabiani.—¡Está visto que todo el mundo me conoce
esta noche!... He aquí otro hombre peligroso, y del cual será preciso
deshacerse cuanto antes.
Gilberto.—Dime en el acto que has mentido como un
bellaco, y que Juana no es tu querida.
Fabiani.—¿Conoces su letra? (Saca un billete del
bolsillo.) Lee eso. (Aparte, mientras que Gilberto desdobla
convulsivamente el papel.) Importa que éntre en su casa para reñir con
Juana, pues así mi gente tendrá tiempo de llegar.
p. 135Gilberto (leyendo).—«Estaré sola
esta noche; podéis venir...» ¡Maldición, milord, tú has deshonrado á mi
prometida, y eres un infame! ¡Vas á darme satisfacción al punto!
Fabiani (echando mano á la espada).—No
hay inconveniente. ¿Dónde está tu acero?
Gilberto.—¡Oh rabia! ¡Ser hijo del pueblo y no
tener espada ni puñal! ¡No importa; te esperaré en la esquina de una calle y te
asesinaré, miserable!
Fabiani.—Eres muy violento, amigo mío.
Gilberto.—¡Oh! ya me vengaré de ti.
Fabiani.—¡Vengarte de mí! Estás demasiado bajo, y
yo muy alto.
Gilberto.—¿Me desafías?
Fabiani.—Sí.
Gilberto.—¡Ya nos veremos!
Fabiani (aparte).—Es preciso que el sol
de mañana no salga para ese hombre. (En voz alta.) Créeme, amigo mío,
entra en tu casa. Siento mucho que hayas descubierto lo que acabas de
averiguar; pero te dejo la dama. Mi intención no era ir más lejos en estos
amoríos. ¡Vamos, véte á dormir! (Arroja una llave á los pies de Gilberto.)
Si no tienes llave, toma esa, ó si lo prefieres, da tres golpes en la ventana;
la muchacha creerá que soy yo, y te abrirá. Buenas noches.
(Vase.)
ESCENA VIII
GILBERTO, solo
¡Se ha marchado, sin que pudiese despedazarle entre
mis manos! ¡Ha sido forzoso dejarle escapar! ¡No tengo arma ninguna! (Ve en
tierra el puñal con que lord Clanbrassil ha dado muerte al judío, y recoge el
armap. 136 con precipitación.) ¡Ah, llegas demasiado tarde! Ya
no podría servir sino para mí; pero es igual; bien hayas caído del cielo ó
vengas del infierno, yo te bendigo. ¡Oh! Juana me ha vendido; Juana se ha
entregado á ese infame; ¡Juana es la heredera de lord Talbot; Juana está
perdida para mí! ¡Oh Dios mío! ¡he aquí en una hora desgracias demasiado
dolorosas para que yo las resista! (Simón Renard aparece en la oscuridad, en
el fondo del teatro.) ¡Oh, vengarme de ese hombre, vengarme de ese lord
Clanbrassil! Si voy al palacio de la reina, los lacayos me arrojarán á
puntapiés como si fuese un perro. ¡Estoy loco, mi cabeza arde! ¡Me es igual
morir, mas antes quisiera vengarme, y para conseguirlo daría hasta mi sangre!
¿No hay nadie en el mundo que quiera hacer este pacto conmigo? ¿Quién se ofrece
á vengarme de lord Clanbrassil, tomando en cambio mi vida?
ESCENA IX
GILBERTO, SIMÓN RENARD
Simón Renard (dando un paso).—Yo.
Gilberto.—¿Tú? ¿Quién eres tú?
Simón Renard.—Soy el hombre que deseas.
Gilberto.—¿Sabes quién soy yo?
Simón Renard.—Eres el hombre que necesito.
Gilberto.—No tengo más que una idea, la de vengarme
de lord Clanbrassil y morir.
Simón Renard.—Quedarás vengado y morirás.
Gilberto.—Quien quiera que seas, gracias.
Simón Renard.—Sí, tendrás la venganza que deseas;
pero no olvides con qué condición. Necesito tu vida.
Gilberto.—Tómala.
p. 137Simón Renard.—¿Queda convenido?
Gilberto.—Sí.
Simón Renard.—Sígueme.
Gilberto.—¿Adónde?
Simón Renard.—Ya lo sabrás.
Gilberto.—No olvides que me has prometido vengarme.
Simón Renard.—Piensa que te comprometes á morir.
p. 139
JORNADA SEGUNDA
LA REINA
Habitación en la cámara de la reina.—Un evangelio
abierto sobre un reclinatorio; la corona real en un escabel; puertas laterales,
y una más grande en el fondo; una parte de éste queda oculta por una tapicería
magnífica.
PERSONAJES
· FABIANO FABIANI.
· LA REINA.
· GILBERTO.
· SIMÓN RENARD.
· JUANA.
· LOS NOBLES. EL VERDUGO.
p. 140ESCENA I
LA REINA, lujosamente vestida, y echada en un
diván; FABIANO FABIANI, sentado junto á ella en un escabel, luciendo un
magnífico traje y la orden de la Jarretera, tiene un bandolín entre las manos y
canta.
Fabiani (dejando su bandolín en el suelo).—¡Oh!
os amo más de cuanto podáis imaginaros, señora; pero á ese Simón Renard, tan
poderoso como vos misma, le odio con toda mi alma.
La Reina.—Ya sabéis que no puedo nada contra él,
milord; es aquí el representante del príncipe de España, mi futuro esposo.
Fabiani.—¡Vuestro futuro esposo!
La Reina.—Vamos, milord, no hablemos de eso. Yo os
amo. ¿Qué más queréis? Por ahora, os recordaré que ya es hora de retiraros.
Fabiani.—¡María, un momento más!
La Reina.—Ved que es hora de reunirse el consejo.
Hasta ahora no ha habido aquí más que la mujer, y es preciso dejar paso á la
reina.
Fabiani.—Yo quisiera que la mujer hiciese esperar á
la reina á la puerta.
La Reina.—¡Vos lo queréis! Miradme, milord. ¡Tienes
una hermosa cabeza, Fabiano!
Fabiani.—¡Vos sí que sois hermosa, señora! No
necesitaríais más que vuestra belleza para ser poderosa; hay en vos algo que
dice que sois la reina; pero lo lleváis escrito en la frente más bien que en
vuestra corona.
La Reina.—Me lisonjeáis.
Fabiani.—Te amo.
La Reina.—¿Me amas de veras, y sólo á mí? Vuelvep.
141 á decírmelo con tu expresiva mirada. ¡Ay! nosotras las mujeres no
sabemos nunca á punto fijo lo que pasa en el corazón de un hombre, y debemos
creer por los ojos; pero los más hermosos son á veces los más engañadores. En
los tuyos, sin embargo, hay tanta lealtad, tanto candor y buena fe, que no
pueden mentir; tu mirada es cándida y sincera, bello paje. ¡Oh! valerse de ojos
celestiales para engañar, sería un crimen. Ó tus ojos son los de un ángel, ó
los de un demonio.
Fabiani.—Ni demonio ni ángel; sólo soy un hombre
que os ama.
La Reina.—¿Que ama á la reina?
Fabiani.—Que ama á María.
La Reina.—Escucha, Fabiano; yo te amo también; pero
eres joven; hay muchas bellas damas que te miran con ternura, y una reina puede
cansar al fin, lo mismo que otra mujer. No me interrumpas: si alguna vez te
enamoras de cualquiera dama, quiero que me lo digas, y haciéndolo así, tal vez
te perdone. Tú no sabes hasta qué punto te amo, pues ni yo misma lo sé; pero
hay momentos en que mejor quisiera verte muerto, que feliz con otra. ¡Dios mío!
yo no sé por qué se me quiere representar siempre como una mujer maligna.
Fabiani.—Yo no puedo ser feliz más que á tu lado,
María; solo á ti te amo.
La Reina.—¿De veras? Mírame bien para decírmelo.
Estoy tan celosa, que á veces me figuro—¿cuál es la mujer que no tiene estas
ideas?—me figuro que me engañas. Quisiera ser invisible para poder seguirte y
saber siempre qué haces, qué dices y dónde estás. En los cuentos de hadas se
habla de una sortija que hace invisible; yo daría mi corona por esa sortija.
Imagínome sin cesar que vas á ver á otras mujeres jóvenes y hermosas, y á fe
mía que fuera una indignidad engañarme.
Fabiani.—¡Desechad esas ideas, señora! ¡Yo
engañaros,p. 142 á vos que sois mi reina y mi amor! Para esto debería ser
el más ingrato y miserable de los hombres; y seguramente no os he dado motivo
alguno para que lo creáis así. ¡Yo te amo, María, te adoro, y no podría ni
siquiera mirar á otra mujer! ¿No estás leyéndolo en mis ojos? ¡Dios mío!
debería haber un acento de verdad para persuadir. ¡Vamos, mírame bien! ¿Tengo
yo el aspecto de un hombre que engaña? ¿No se reconoce pronto al hombre que
miente á una mujer? Ninguna se suele engañar en este punto. ¡Y qué momento has
elegido, María, para decirme semejantes cosas! Precisamente aquel en que más te
amo. Paréceme que nunca te adoré tanto como hoy. Ahora no hablo á la reina, de
la cual me burlo, pues ¿qué podría hacerme? Mandar que me cortasen la cabeza, y
esto me importa poco; mientras que tú, María, puedes destrozarme el corazón. No
es á Vuestra Majestad á quien amo; es á ti; tu blanca y delicada mano es la que
beso y adoro, no vuestro cetro, señora.
La Reina.—Gracias, Fabiano mío; adiós. ¡Pero
milord, qué joven sois! ¡Qué hermoso es el cabello de vuestra encantadora
cabeza! Volved dentro de una hora.
Fabiani.—¡Lo que llamáis una hora es para mí un
siglo!
(Sale.)
(Apenas desaparece, la Reina corre presurosa
hacia una puertecilla oculta en la pared, ábrela é introduce á Simón Renard.)
ESCENA II
LA REINA, SIMÓN RENARD
La Reina.—Entrad, caballero. Y bien ¿estabais ahí?
¿Lo habéis oído todo?
p. 143Simón Renard.—Sí, señora.
La Reina.—¿Y qué os parece? ¡Oh! es el más redomado
y el más falso de los hombres. ¿Qué opináis?
Simón Renard.—No en vano termina en i el
apellido de ese hombre.
La Reina.—¿Estáis seguro que va por la noche á casa
de esa mujer? ¿le habéis visto?
Simón Renard.—No sólo yo, sino también Chandos,
Clinton, Montagu, y otros diez testigos.
La Reina.—¡Eso es verdaderamente una infamia!
Simón Renard.—Ahora mismo podréis tener una prueba
más patente, pues la joven se halla aquí. Según he dicho á Vuestra Majestad,
mandé prenderla en su casa anoche.
La Reina.—Pero ¿no hay ya crimen suficiente para
mandar que corten la cabeza á ese hombre, caballero?
Simón Renard.—El haber visitado á una joven de
noche no basta, señora. Vuestra Majestad mandó juzgar á Trogmorton por un hecho
análogo, y Trogmorton fué absuelto.
La Reina.—Por eso castigué á sus jueces.
Simón Renard.—Procurad no veros obligada á proceder
lo mismo con los de Fabiani.
La Reina.—¡Oh! ¿cómo me vengaré de ese traidor?
Simón Renard.—Supongo que Vuestra Majestad sólo
quiere vengarse de cierta manera.
La Reina.—De la única que sea digna de mí.
Simón Renard.—Trogmorton fué absuelto, señora; sólo
hay un medio, y ya le he indicado á Vuestra Majestad. El hombre está ahí.
La Reina.—¿Hará cuanto yo quiera?
Simón Renard.—Sí, con tal que hagáis lo que él
desea.
La Reina.—¿Dará su vida?
Simón Renard.—Sí, pero poniendo ciertas
condiciones.
p. 144La Reina.—¿Sabéis lo que quiere?
Simón Renard.—Lo mismo que vos: vengarse.
La Reina.—Decidle que éntre, y permaneced al
alcance de mi voz... ¡Ah! escuchad.
Simón Renard (volviendo).—¿Qué desea
Vuestra Majestad?
La Reina.—Decid á milord Chandos que esté en la
cámara inmediata con seis hombres de mi servicio dispuestos á entrar... y la
mujer también. Id. (Simón Renard sale.) ¡Oh! ¡será cosa terrible!
(Ábrese una de las puertas laterales y entran
Simón Renard y Gilberto.)
ESCENA III
LA REINA, GILBERTO, SIMÓN RENARD
Gilberto.—¿Ante quién estoy?
Simón Renard.—Ante la reina.
Gilberto.—¿Ante la reina?
La Reina.—Sí, yo soy la reina, y no hay motivo para
asombraros. Vos sois Gilberto, obrero, de oficio cincelador; vivís cerca del
Támesis, no sé dónde, con una que llaman Juana, de quien sois el prometido, y
que os engaña, pues tiene por amante á un tal Fabiano, que me engaña á mí á su
vez. Queréis vengaros, y yo también, y para esto necesito disponer de vuestra
vida á mi antojo. Me conviene que digáis lo que yo os mandaré decir, sea lo que
fuere, sin que haya para vos nada falso ni verdadero, ni bueno ni malo, ni
justo ni injusto; sólo debéis ver mi venganza y mi voluntad. Es indispensable
que me dejéis obrar, sometiéndoos á todo. ¿Consentís en ello?
Gilberto.—Señora...
p. 145La Reina.—Quedarás vengado, pero te prevengo
que habrás de morir: esto es todo. Ahora, fija tus condiciones; si tienes una
madre anciana y es necesario llenar su mesa de oro, habla, que no le faltará:
vende tu vida al más alto precio que te sea posible.
Gilberto.—Ya no estoy resuelto á morir, señora.
La Reina.—¿Cómo?
Gilberto.—He reflexionado toda la noche, y nada veo
aún claro en este asunto. Un hombre se ha jactado de ser amante de Juana; pero
¿quién me asegura que no ha mentido? He visto una llave; pero bien mirado,
podría ser robada. He visto un billete; pero ¿quién me dice que no se ha
escrito por fuerza? Por otra parte, tampoco sé si la letra es de Juana, pues
era de noche y yo estaba turbado. No puedo dar mi vida, que es la suya, sin
reflexionarlo antes. No creo nada; ni de nada estoy seguro, porque no he visto
á Juana.
La Reina.—¡Bien se ve que estás enamorado! Eres
como yo; resistes á todas las pruebas. ¿Y si ves á esa Juana y la oyes confesar
su falta, harás lo que yo quiera?
Gilberto.—Sí, con una condición.
La Reina.—Ya me la dirás más tarde. (Á Simón
Renard.) ¡Que éntre esa mujer al punto! (Simón Renard sale; la reina
oculta á Gilberto detrás de un cortinaje que ocupa parte de la habitación.)
Quédate ahí.
(Entra Juana pálida y temblorosa.)
ESCENA IV
LA REINA, JUANA, GILBERTO detrás del cortinaje
La Reina.—Acércate, joven; ¿sabes quién somos?
Juana.—Sí, señora.
p. 146La Reina.—¿Sabes quién es el hombre que te ha
seducido?
Juana.—Sí, señora.
La Reina.—¿Te había engañado diciéndote que era el
caballero Amyas Pawlett?
Juana.—Sí, señora.
La Reina.—¿Sabes ahora que es Fabiano Fabiani,
conde de Clanbrassil?
Juana.—Sí, señora.
La Reina.—Anoche, cuando te prendieron en tu casa,
¿le habías dado cita y le esperabas?
Juana (juntando las manos).—¡Dios mío,
señora!
La Reina.—Responde.
Juana (con voz desfallecida).—Sí.
La Reina.—Debes suponer que ya no puedes esperar
nada, ni para él, ni para ti.
Juana.—Sólo la muerte. Siempre es una esperanza.
La Reina.—Cuéntame la historia. ¿Dónde encontraste
á ese hombre por primera vez?
Juana.—La primera vez en... pero ¿á qué decirlo?
Una desgraciada hija del pueblo, pobre y vanidosa, loca y coqueta, enamorada de
los adornos, y que se deslumbra ante el gallardo aspecto de un gran señor, nada
tiene de particular. Me han seducido y deshonrado, y estoy perdida; nada tengo
que añadir á esto. ¡Dios mío! ¿no veis cuánto me aflige cada palabra que digo,
señora?
La Reina.—Está bien.
Juana.—¡Oh! ya sé cuán terrible es vuestra cólera,
señora; mi cabeza se dobla de antemano bajo el castigo que me preparáis.
La Reina.—¡Yo castigarte! ¿Piensas que me ocupo de
ti, loca? ¿Quién eres tú, infeliz criatura, para que me importen tus cosas? No;
yo sólo tengo que ver con Fabiano. En cuanto á ti, otro se encargará de
castigarte.
Juana.—¡Pues bien! señora, cualquiera que sea elp.
147 castigo y la persona encargada de él, todo lo sufriré sin quejarme, y
hasta os daré gracias si atendéis á la súplica que voy á dirigiros. Hay un
hombre que me recogió huérfana en la cuna, y me adoptó y educó, amándome
después, y que aún me ama; bien indigna soy de ese hombre, á quien he faltado
gravemente, y cuya imagen, sin embargo, grabada en el fondo de mi corazón, es
para mí tan sagrada como la de Dios; ese hombre, que sin duda habrá encontrado
su casa desierta y abandonada, no se explica lo que ocurre, y tal vez se halle
entregado á la desesperación. ¡Pues bien! lo que yo pido á Vuestra Majestad es
que no se le dé á entender nada, y que se me haga desaparecer, sin que sepa
jamás lo que de mí ha sido. Ignoro si se me comprenderá bien; pero seguramente
no se os oculta que ese hombre es un amigo, un noble y generoso amigo... ¡pobre
Gilberto!... que me ama y me cree pura. No quiero que me odie y me desprecie...
Ya conoceréis, señora, que la estimación de ese hombre es para mí más que la
vida. Mi falta le causará un profundo pesar, y tanta será su sorpresa, que tal
vez no dé crédito á sus oídos. ¡Pobre Gilberto! ¡Oh señora, compadeceos de mí!
¡En nombre del cielo, que no sepa nada de esto; que no sepa que soy culpable,
pues se mataría, y moriría si averiguase que ya no existo!
La Reina.—El hombre de quien habláis os escucha en
este momento, os juzga, y os castigará.
(Aparece Gilberto.)
Juana.—¡Cielos, Gilberto!
Gilberto (á la Reina).—Mi vida es
vuestra, señora.
La Reina.—Bien. ¿Tenéis que imponer algunas
condiciones?
Gilberto.—Sí, señora.
La Reina.—¿Cuáles? Os damos nuestra palabra de
reina de aceptarlas de antemano.
p. 148Gilberto.—El caso es muy sencillo, señora. Se
trata de una deuda de agradecimiento contraída con un caballero de vuestra
corte que me ha hecho trabajar mucho en mi oficio de cincelador.
La Reina.—Hablad.
Gilberto.—Ese caballero mantiene relaciones
secretas con una mujer con quien no puede unirse, porque ella pertenece á una
familia desterrada; esta mujer, que ha vivido oculta hasta ahora, es hija única
y heredera del último lord Talbot, decapitado en tiempo de Enrique VIII.
La Reina.—¡Cómo! ¿Estás seguro de lo que dices?
¿Será cierto que el buen lord católico, el leal defensor de mi madre, dejó una
hija? Si esto es verdad, juro por mi corona que esa niña es mía; y lo que Juan
Talbot hizo por la madre de María de Inglaterra, ésta lo hará por la hija de
Juan Talbot.
Gilberto.—Entonces, será sin duda una dicha para
Vuestra Majestad devolver á la hija de lord Talbot los bienes de su difunto
padre...
La Reina.—Seguramente que sí, y para esto obligaré
á Fabiano á renunciar á ellos; pero ¿hay pruebas de que esa heredera exista?
Gilberto.—Las tenemos.
La Reina.—Y si no tuviéramos pruebas, las haríamos.
No en balde soy reina.
Gilberto.—Vuestra Majestad devolverá á la hija de
lord Talbot los bienes, los títulos, la jerarquía, el nombre y el blasón de su
padre; la eximirá de toda proscripción y asegurará su vida; y por último,
Vuestra Majestad la unirá con ese caballero, único hombre á quien debe dar su
mano. Mediante estas condiciones, señora, podréis disponer de mí, de mi
libertad y de mi vida como mejor os plazca.
La Reina.—Bien; haré lo que acabas de decir.
Gilberto.—La reina de Inglaterra debe jurarlo, áp.
149 mí, Gilberto, el obrero cincelador, por su corona y por el Evangelio
abierto.
La Reina.—¡Por mi corona y por el Evangelio lo
juro!
Gilberto.—Pacto concluído, señora. Haced preparar
una tumba para mí y un lecho nupcial para los esposos. El caballero de quien
hablo es Fabiani, conde de Clanbrassil; y aquí tenéis á la heredera de Talbot.
Juana.—¿Qué dice?
La Reina.—¿Estaré hablando con un loco? ¿Qué
significa esto? ¿Os atreveríais á burlaros de la reina de Inglaterra? Recordad
que en las cámaras reales se han de pesar las palabras, y que hay casos en que
la lengua derriba la cabeza.
Gilberto.—Mi cabeza está á vuestra disposición,
señora; pero tengo vuestro juramento.
La Reina.—¿Habláis con formalidad? ¡Ese Fabiani,
esa Juana... vamos!
Gilberto.—Esa Juana es hija y heredera de Talbot.
La Reina.—¡Bah! ¡visión, quimera, locura! ¿Tenéis
las pruebas?
Gilberto.—Completas. (Saca un paquete del pecho.)
Dignaos leer esos papeles.
La Reina.—¿Creéis que yo tengo tiempo de leer
vuestros papelotes? ¿Os los he pedido yo por ventura? ¿Para qué los quiero yo?
Si prueban alguna cosa, á fe mía que los arrojaré al fuego.
Gilberto.—Siempre me quedará vuestro juramento.
La Reina.—¡Mi juramento, mi juramento!
Gilberto.—Sí, señora, por la corona y el Evangelio,
es decir, por vuestra cabeza y vuestra alma, por vuestra vida en este mundo y
en el otro.
La Reina.—Pero ¿qué quieres? ¡Tú estás
verdaderamente loco!
Gilberto.—Voy á deciros lo que quiero. Juana hap.
150 perdido su categoría; devolvédsela; proclamadla hija de lord Talbot y
esposa de lord Clanbrassil, y tomad después mi vida.
La Reina.—¡Tu vida! ¿Qué haría yo con ella? Sólo
podría quererla para vengarme de ese hombre, de Fabiani. Tú no comprendes nada,
ni yo te entiendo á ti tampoco. Hablabas de venganza... ¿es así cómo te vengas?
Esta gente del pueblo es muy estúpida. ¿Cómo puedo creer yo en la ridícula
historia de una heredera de Talbot? ¡Me enseñas los papeles! Ni siquiera los
miraré. ¡Ah! Una mujer te vende y te la echas de generoso... Pues yo no lo soy,
porque mi corazón rebosa de cólera y de odio; me vengaré, y tú me ayudarás.
Pero ¿qué digo? Ese hombre es un loco, y loco rematado. ¿Para qué le necesito
yo? ¡Dios mío, qué triste es tener que tratar con semejantes personas en
asuntos formales!
Gilberto.—Tengo vuestra palabra de reina católica.
Lord Clanbrassil ha seducido á Juana y debe unirse con ella.
La Reina.—¿Y si rehusa?
Gilberto.—Le obligaréis, señora.
Juana.—¡Oh, no, compadeceos de mí!
Gilberto.—Pues bien, si ese infame rehusa, Vuestra
Majestad dispondrá de nosotros como lo tenga por conveniente.
La Reina (con alegría).—¡Ah! eso es
todo cuanto yo deseo.
Gilberto.—Si llegase ese caso, con tal que Vuestra
Majestad ciña la frente sagrada é inviolable de Juana Talbot con la corona de
condesa de Waterford, yo haré todo lo que la reina me ordene.
La Reina.—¿Todo?
Gilberto.—Todo.
La Reina.—¿Dirás cuanto convenga decir? ¿Morirás de
la muerte que te impongan?
p. 151Gilberto.—Como Vuestra Majestad ordene.
Juana.—¡Oh Dios mío!
La Reina.—¿Lo juras?
Gilberto.—Lo juro.
La Reina.—Entonces, se podrá arreglar el asunto.
Esto basta; tengo tu palabra y tienes la mía. Está dicho. (Parece
reflexionar un momento. Á Juana.) No sois necesaria aquí; salid; ya os
llamaré.
Juana.—¡Oh Gilberto! ¿Qué habéis hecho? Soy una
miserable, y no me atrevo á miraros; mientras que vos sois un ángel, pues
tenéis á la vez las virtudes de éste y las pasiones de un hombre.
(Sale.)
ESCENA V
LA REINA, GILBERTO; después SIMÓN RENARD, LORD
CHANDOS y los guardias
La Reina (á Gilberto).—¿Llevas algún
arma, un puñal, un cuchillo ó cualquiera cosa?
Gilberto (sacando del pecho el puñal de
lord Clanbrassil).—¿Un puñal? Sí, señora.
La Reina.—Bien; empúñale. (Le coge con fuerza el
brazo.) ¡Señor Baile de Amont... lord Chandos! (Entra Simón Renard, lord
Chandos y los guardias.) ¡Aseguraos de ese hombre; ha levantado el puñal
contra mí! Le he cogido el brazo en el momento en que iba á descargar el golpe.
¡Es un asesino!
Gilberto.—¡Señora!...
La Reina (en voz baja á Gilberto).—¿Olvidas
ya nuestro convenio? ¿Es así cómo te sometes? (En voz alta.) Todos sois
testigos, señores, de que aún tenía el puñal en la mano. Señor Baile, ¿cómo se
llama el verdugo de la Torre de Londres?
p. 152Simón Renard.—Mac Dermoti, natural de
Irlanda.
La Reina.—Que le conduzcan á mi presencia; quiero
hablarle.
Simón Renard.—¿Vos misma?
La Reina.—Yo misma.
Simón Renard.—¡La reina hablar al verdugo!
La Reina.—Sí; la cabeza hablará al brazo... ¡Vamos!
(Sale un guardia.) Milord Chandos y vosotros, señores, me respondéis de
ese hombre; custodiadle sin perderle de vista, pues aquí van á suceder cosas
que él debe ver... Señor de Amont, ¿está en palacio lord Clanbrassil?
Simón Renard.—Se halla en la cámara pintada,
esperando que Vuestra Majestad se digne recibirle.
La Reina.—¿No sospecha nada?
Simón Renard.—Nada.
La Reina (á lord Chandos).—Que éntre.
Simón Renard.—También está ahí toda la corte. ¿No
ha de entrar nadie con lord Clanbrassil?
La Reina.—¿Cuál de nuestros señores y caballeros es
el que más odia á Fabiani?
Simón Renard.—Todos.
La Reina.—Quiero decir los que le odian más.
Simón Renard.—Clinton, Montagu, Somerset, el conde
de Derby, Gerard Fitz-Gerard, lord Paget y el lord Canciller.
La Reina (á lord Chandos).—Introducid á
todos esos señores, excepto al lord Canciller. (Chandos sale.—Dirigiéndose á
Simón Renard:) El digno obispo canciller es tan enemigo de Fabiani como los
otros; pero tiene escrúpulos. (Fijando la vista en los papeles que Gilberto
ha dejado sobre la mesa.) ¡Ah! bueno será examinar rápidamente esos
papeles.
(Mientras se ocupa en este examen, ábrese la
puerta del fondo y entran los señores designados por la reina, haciendo
profundas reverencias.)
p. 153ESCENA VI
Los mismos, LORD CLINTON y los demás señores
La Reina.—Dios os guarde, señores. (Á lord
Montagu.) Antonino Brown, no olvido nunca que hicisteis frente con valor á
Juan de Montmorency y al señor de Tolosa en mis negociaciones con el emperador
mi tío.—Lord Paget, hoy recibiréis vuestros títulos de barón de Beaudesert en
Stafford.—¡He aquí á nuestro antiguo amigo, lord Clinton! Somos siempre vuestra
buena amiga, milord; ya recuerdo que vos sois quien exterminó á Tomas Wyat en
la llanura de San Jaime. Es preciso tener á todos presentes. Aquel día, la
corona de Inglaterra fué salvada por un puente que permitió á mis tropas llegar
hasta los revoltosos, y por un muro que impidió á éstos acercarse á mí. El
puente es el de Londres; el muro es lord Clinton.
Lord Clinton (en voz baja á Simón Renard).—Hacía
seis meses que la reina no me hablaba. ¡Qué amable está hoy!
Simón Renard (en voz baja á lord Clinton).—Paciencia,
milord; aún os parecerá más amable después.
La Reina (á lord Chandos).—El conde de
Clanbrassil puede entrar. (Á Simón Renard.) Cuando haya estado aquí
algunos minutos...
(Le habla al oído, señalándole la puerta por
donde Juana ha salido.)
Simón Renard.—¡Basta, señora!
(Entra Fabiani.)
p. 154ESCENA VII
Los mismos, FABIANI
La Reina.—¡Ah, hele aquí!...
(Sigue hablando con Simón Renard.)
Fabiani (aparte, saludado por todo el
mundo, y mirando á su alrededor).—¿Qué quiere decir esto? Sólo veo aquí
enemigos hoy. La reina habla en voz baja á Simón Renard... y ella se ríe.
¡Diablo, mala señal!
La Reina (con aire risueño á Fabiani).—¡Guárdeos
Dios, milord!
Fabiani (tomándole la mano y besándola).—Señora...
(Aparte.) Me ha sonreído. El peligro no es para mí.
La Reina (siempre risueña).—He de
hablaros.
(Se adelanta con él hasta el proscenio.)
Fabiani.—Yo también deseo hablaros, señora; tengo
que daros quejas. ¡Alejarme, desterrarme durante tanto tiempo! ¡Ah! no
sucedería esto si en las horas de ausencia pensarais en mí como yo en vos.
La Reina.—Sois injusto; desde que os separasteis de
mí sólo me he ocupado de vos.
Fabiani.—¿De veras he tenido esa dicha?
Repetídmelo.
La Reina (siempre risueña).—Os lo juro.
Fabiani.—¿Me amáis, pues, como yo os amo?
La Reina.—Sí, milord, os aseguro que sólo he
pensado en vos, tanto que os preparo una sorpresa muy agradable.
Fabiani.—¡Cómo! ¿Qué sorpresa?
La Reina.—Un encuentro que os agradará.
Fabiani.—¿Con quién?
La Reina.—Adivinadlo... ¿No lo adivináis?
Fabiani.—No, señora.
p. 155La Reina.—Pues volved la cabeza.
(Al obedecer ve á Juana en el umbral de la
puertecilla entreabierta.)
Fabiani (aparte).—¡Juana!
Juana (aparte).—¡Es él!
La Reina (sonriendo).—Milord, ¿conocéis
á esa joven?
Fabiani.—No, señora.
La Reina.—Joven ¿conocéis á milord?
Juana.—La verdad antes que la vida. Sí, señora.
La Reina.—¿Conque no conocéis á esa mujer, milord?
Fabiani.—¡Señora! quieren perderme. Estoy rodeado
de enemigos. Esa mujer se ha unido con ellos sin duda; yo no la conozco ni sé
quién es.
La Reina (levantándose y cruzándole el
rostro con su guante).—¡Ah! ¡eres un cobarde... vendes á la una y reniegas
de la otra! ¡Conque no sabes quién es! ¿Quieres que yo te lo diga? ¡Esa mujer
es Juana Talbot, hija de Juan Talbot, el buen caballero católico que murió en
el cadalso por mi madre; esa mujer es Juana Talbot, mi prima, condesa de
Shrewsbury, de Wexford y de Waterford! Lord Paget, vos sois comisario del sello
privado, y tomaréis nota de nuestras palabras. La reina de Inglaterra reconoce
solemnemente á la joven Juana como hija única y heredera del último conde de
Waterford. (Mostrando los papeles.) He ahí los títulos y las pruebas,
que mandaréis legalizar con nuestro gran sello. Es nuestra voluntad. (Á
Fabiani.) Sí, condesa de Waterford, y esto se halla suficientemente
probado. ¡Tú le devolverás sus bienes, miserable!... ¡Ah, conque no conocías á
esa mujer, ni sabías quién era! ¡Pues yo te lo digo; es Juana Talbot! ¿Deseas
saber algo más? (Mirándole de frente, y en voz baja:) ¡Cobarde, es tu
querida!
Fabiani.—Señora...
La Reina.—Ya sabes quién es Juana, y ahora te
dirép. 156 quién eres tú. ¡Eres un desalmado, un hombre sin corazón ni
talento, un bribón, un miserable!... Eres... señores, no es necesario que os
alejéis, pues poco me importa que oigáis lo que debo decir á este hombre; me
parece que no hablo en voz baja. Fabiano, para mí eres un traidor, y para ella
un vil lacayo, el más miserable de los hombres. ¡Y yo que te había hecho conde
de Clanbrassil, barón de Dinasmonddy y barón de Darmouth en Devonshire! ¡Estaba
loca! Os pido perdón, señores, por haber sido causa de que os codeárais con ese
hombre. ¡Tú caballero, tú noble, tú señor! ¡Qué absurdo! ¡Compárate con esos
que están ahí, miserable, y verás que ellos son verdaderamente caballeros! ¡Ahí
tienes á Bridges, barón de Chandos; á Seymur, duque de Somerset; á los Stanley,
que son condes de Derby desde el año 1425; á los Clinton, que son barones de
Clinton desde el año 1298! ¿Te parece á ti que te asemejas á esos nobles? ¡Te
titulas aliado de la familia española de Peñalver, pero esto es una falsedad;
tú no eres más que un mal italiano, menos que nada, hijo de un zapatero de
viejo del pueblo de Larino!... Sí, señores, hijo de un zapatero de viejo; yo lo
sabía y no quise decirlo; ocultábalo, y aparentaba creer á este hombre cuando
hablaba de su nobleza. ¡Oh Dios mío, qué débiles somos las mujeres! Quisiera
que hubiese otras aquí para que aprendieran con esta lección. ¡Ese miserable
engaña á una y reniega de la otra! ¡Seguramente eres muy villano! ¿Cómo es que
desde que te dirijo la palabra no has doblado la rodilla? ¡Arrodíllate al
punto, Fabiani! ¡Señores, obligadle á obedecer!
Fabiani.—Vuestra Majestad...
La Reina.—¡Ese infame, á quien he colmado de
beneficios, ese lacayo napolitano, á quien hice caballero y conde libre de
Inglaterra! ¡Ah! debía esperármelo, pues ya me habían dicho que esto acabaría
así; pero yo soy siempre lo mismo; me empeño en unap. 157 cosa y veo
después que he cometido un error. Todo es culpa mía. Italiano significa para mí
bribón, y napolitano, cobarde. Siempre que mi padre se sirvió de un hombre de
esa nación hubo de arrepentirse. ¡Ese es Fabiani! Bien ves, Juana, á qué hombre
te has entregado. ¡Desgraciada niña, yo te vengaré! ¡Oh! debías saberlo ya; del
bolsillo de un italiano sólo se puede sacar un puñal, y de su alma una
traición.
Fabiani.—Señora, os juro...
La Reina.—¡Sólo os falta ahora eso! ¿Llevaríais
vuestra vileza hasta el punto de jurar? ¡Al fin me haréis ruborizar delante de
esos caballeros, cuando ni siquiera podéis levantar la cabeza!
Fabiani.—Sí, señora, la levantaré, aunque vea que
estoy perdido y que se ha resuelto mi muerte. Emplearéis todos los medios, el
puñal, el veneno...
La Reina (cogiéndole de la mano y
conduciéndole vivamente al proscenio).—¡El puñal, el veneno! ¿Qué dices,
italiano? ¡La venganza traidora, la venganza vil, la venganza de los hombres de
tu nación! ¡No, señor Fabiani, ni puñal ni veneno! ¿Necesito yo por ventura
ocultarme, buscar la esquina de las calles por la noche, y hacerme pequeña
cuando me vengo? ¡No, yo lo quiero todo á la luz del día, á la luz del sol, en
la plaza pública; el hacha y el tajo; la multitud en calles, ventanas y
tejados, y cien mil testigos del acto! Quiero que se tenga miedo, que se vea un
aparato imponente, magnífico y espantoso á la vez; quiero que se diga: «¡Es una
mujer ultrajada, pero también una reina que se venga!» Á ese favorito tan
envidiado, á ese gallardo joven insolente, á quien he cubierto de terciopelo y
seda, quiero verle ahora espantado, tembloroso y de rodillas sobre un paño
negro, con los pies descalzos y las manos atadas, silbado por el pueblo y en
manos del verdugo. En ese blanco cuello que yo adorné con un collar de oro voy
á poner ahora una cuerda; he vistop. 158 el efecto que Fabiani producía en
un trono; veremos qué aspecto tiene en el cadalso.
Fabiani.—Señora...
La Reina.—¡Ni una palabra más, porque estás
verdaderamente perdido! Has de subir al cadalso como Suffolk y Northumberland,
y con esto proporcionaré una fiesta á mi buena ciudad de Londres; ya sabes
cuánto te aborrece, y por lo tanto mayor será su satisfacción. ¡Ah! ¡gran cosa
es ser María, reina de Inglaterra, hija de Enrique VIII, y dueña de los cuatro
mares, cuando se quiere tomar venganza! Una vez en el patíbulo, Fabiani, podrás
dirigir un largo discurso al pueblo como lo hizo Northumberland, ó una ferviente
oración á Dios, como Suffolk, para que la gracia tenga tiempo de llegar; pero
eres un traidor, y yo te aseguro que no habrá perdón. ¿Quién diría que ese
miserable bergante me hablaba de amor esta mañana? ¡Dios mío, señores, parecéis
admirados de que hable así ante vosotros; pero os repito que no me importa! (Á
lord Somerset.) Milord duque, sois condestable de la Torre; pedid su espada
á ese hombre.
Fabiani.—Hela aquí; pero protesto. Aun admitiendo
que esté probado que engañé ó seduje á una mujer...
La Reina.—¡Y qué me importa que hayas seducido á
una mujer! Esos señores comprenderán que á mí me es igual.
Fabiani.—Seducir á una mujer no es un crimen
capital, señora. Vuestra Majestad no pudo conseguir que condenasen á Trogmorton
por una acusación análoga.
La Reina.—¡Creo, Dios me perdone, que ese hombre se
atreve á retarme! El gusano se convierte en serpiente. ¿Y quién te dice que se
te acusa de eso?
Fabiani.—¿Pues de qué sería? Yo no soy inglés, ni
tampoco súbdito de Vuestra Majestad; lo soy del rey de Nápoles, y vasallo del
Padre santo. Apelaré á su legado, el eminentísimo cardenal Polus, para que mep.
159 reclame; me defenderé, y además, soy extranjero; á mí no se me puede
encausar sin que haya cometido un crimen, un verdadero crimen. ¿Cuál es el mío?
La Reina.—Todos oís la pregunta que ese hombre me
dirige; escuchad ahora la respuesta; y tened todos cuidado, porque vais á ver
que me basta golpear con el pie para hacer salir de tierra un cadalso.
¡Chandos, abrid de par en par esas puertas, y que éntre aquí toda la corte;
dejad paso á todo el mundo!
ESCENA VIII
Los mismos, EL LORD CANCILLER, toda la corte
La Reina.—Entrad, señores, entrad, que hoy me
complace verdaderamente veros á todos... Bien, bien; los hombres de justicia,
por aquí... más cerca, más cerca... ¿Dónde están los reyes de armas de la
Cámara de los lores, Harriot y Llanerillo? ¡Ah! ya os veo, señores; sed bien
venidos; desenvainad vuestros aceros y colocaos á derecha é izquierda de ese
hombre, que es vuestro prisionero.
Fabiani.—¿Cuál es mi crimen, señora?
La Reina.—Milord Gardiner, mi sabio amigo, sois
canciller de Inglaterra, y os hacemos saber que debéis reuniros cuanto antes
con los doce lores comisarios de la Cámara estrellada, á los cuales siento
mucho no ver aquí, pues ocurren cosas extrañas en este palacio. Escuchad,
señores, Isabel ha suscitado ya más de un enemigo de nuestra corona: hemos
tenido la conspiración de Pietro Caro, que produjo el movimiento de Exeter, y
que se correspondía secretamente con Isabel por medio de una cifra trazada en
un bandolín; después, la traición de Tomás Wyat, que sublevó alp.
160 condado de Kent; y por último, la rebelión del duque de Suffolk, que
fué cogido en el hueco de un árbol después de la derrota de los suyos. Hoy
tenemos un nuevo atentado: escuchad todos. Hoy, esta misma mañana, un hombre se
ha presentado á mi audiencia, y después de algunas palabras ha levantado un
puñal contra mí; pero he detenido su brazo á tiempo. Lord Chandos y el baile de
Amont se han apoderado del hombre, y éste declara que lord Clanbrassil es quien
le ha impelido al crimen.
Fabiani.—¡Yo! Eso no es verdad. ¡Oh! ¡qué cosa tan
horrible! Ese hombre no existe, no se le encontrará. ¿Quién es? ¿Dónde se
halla?
La Reina.—Está aquí.
Gilberto (saliendo de entre los soldados
que le ocultaban).—Soy yo.
La Reina.—En vista de las declaraciones de ese
hombre, Nos, María, reina de Inglaterra, acusamos ante la Cámara á ese hombre,
Fabiano Fabiani, conde de Clanbrassil, del delito de alta traición y conato de
regicidio en nuestra persona imperial y sagrada.
Fabiani.—¡Regicida yo! ¡Esto es monstruoso! ¡Oh! mi
cabeza se trastorna, mi vista se turba... ¿Quién me tiende este lazo? Quien
quiera que seas, miserable, ¿osarás afirmar que es verdad cuanto ha dicho la
reina?
Gilberto.—Sí.
Fabiani.—¿Yo te he impelido al regicidio?
Gilberto.—Sí.
Fabiani.—¡Maldición! ¡Señores, no podéis imaginar
hasta qué punto eso es falso! ¡Desgraciado, quieres perderme, pero ignoras que
tú te pierdes al mismo tiempo; el crimen de que me acusas recae sobre ti! Por
tu causa moriré, pero tú perecerás también. ¡Insensato, con una sola palabra
haces caer dos cabezas, la mía y la tuya!
Gilberto.—Ya lo sé.
p. 161Fabiani.—Señores, ese hombre está pagado...
Gilberto.—Por vos: he aquí la bolsa de oro que me
disteis para cometer el crimen; en ella están bordados vuestro blasón y vuestra
cifra.
Fabiani.—¡Justo cielo!... Pero ¿dónde está el puñal
con que ese hombre quería, según dicen, herir á la reina? ¿Dónde está?
Lord Chandos.—Hele aquí.
Gilberto (á Fabiani).—Es el vuestro; me
le disteis para descargar el golpe; en vuestra casa encontrarán la vaina.
El lord Canciller.—Conde de Clanbrassil, ¿qué
tenéis que contestar? ¿Reconocéis á ese hombre?
Fabiani.—No.
Gilberto.—Á decir verdad, sólo me ha visto de
noche. Permitidme hablarle dos palabras al oído, señora, porque así le ayudaré
á recordar. (Se acerca á Fabiani y le habla en voz baja.) Hoy no
reconoces á nadie, milord, ni al hombre ultrajado ni á la mujer seducida. ¡Ah!
la reina se venga, pero el hombre del pueblo también; tú me habías retado,
según creo; mas hete aquí cogido entre las dos venganzas. ¿Qué te parece,
conde?... Yo soy Gilberto el cincelador.
Fabiani.—¡Sí, te reconozco!... Señores, reconozco á
este hombre, y una vez que se trata de él, nada tengo que añadir.
La Reina.—¡Confiesa!
El lord Canciller (á Gilberto).—Según
la ley normanda y el estatuto veinticinco del rey Enrique VIII, en los casos de
lesa Majestad la confesión no salva al cómplice. No olvidéis que se trata de un
caso en que la reina no tiene derecho de perdonar, y que moriréis en el cadalso
lo mismo que aquel á quien acusáis. ¿Os ratificaréis en todo lo dicho?
Gilberto.—No ignoro que moriré; pero confirmo mis
palabras.
p. 162Juana (aparte).—¡Dios mío, si
esto es un sueño, es bien horrible!
El lord Canciller (á Gilberto).—¿Consentís
en reiterar vuestras declaraciones con la mano sobre el Evangelio?
(Presenta el Evangelio á Gilberto, que pone la
mano.)
Gilberto.—Juro por el Evangelio que ese hombre es
un asesino; que ese puñal, que es suyo, ha servido para el crimen; y que esta
bolsa, suya también, me fué entregada por él para cometerle. Esta es la verdad.
¡Que Dios me asista!
El lord Canciller (á Fabiani).—¿Qué
tenéis que decir?
Fabiani.—Nada... ¡Estoy perdido!
Simón Renard (en voz baja á la Reina).—Vuestra
Majestad ha enviado á buscar el verdugo; ahí está.
La Reina.—Bueno, que éntre.
(Los caballeros se desvían, y se ve aparecer al
verdugo vestido de rojo y negro, llevando sobre el hombro una espada envainada.)
ESCENA IX
Los mismos, EL VERDUGO
La Reina.—¡Duque de Somerset, esos dos hombres á la
Torre! ¡Canciller Gardiner, comenzaréis á instruir el proceso mañana mismo ante
los doce pares; y que Dios asista á la vieja Inglaterra! Entendemos que esos
hombres serán juzgados ambos antes de nuestra marcha á Oxford, donde abriremos
el Parlamento; poco después nos trasladaremos á Windsor para pasar la Pascua. (Al
verdugo.) ¡Acércate! Me alegro de verte, porque eres un buen servidor, y ya
viejo, que ha vistop. 163 tres reinados. Es costumbre que los soberanos de
esta nación te hagan un regalo, el más rico que sea posible, el día de su
advenimiento: mi padre, Enrique VIII, te dió el broche de diamantes de su
manto; mi hermano, Eduardo VI, te regaló un anillo de oro cincelado; y ahora me
toca á mí. Nada te he dado aún; quiero hacerte también un presente: acércate. (Señalando
á Fabiani.) ¿Ves esa cabeza, esa hermosa cabeza, que aun esta mañana era lo
que yo tenía por lo más bello y querido en el mundo? ¡Pues bien, esa cabeza que
ves, yo te la doy!
p. 165
JORNADA TERCERA
¿CUÁL DE LOS DOS?
PARTE PRIMERA
Sala del interior de la Torre de Londres; bóveda
ojival sostenida por gruesos pilares; á derecha é izquierda las dos puertas
bajas de dos calabozos; en un lado una claraboya que se figura situada sobre el
Támesis, y en el opuesto otra que da á la calle; en ambos hay una puertecilla
secreta en el muro. En el fondo, una galería con una especie de balcón cerrado
por cristales, y que da á los patios exteriores de la Torre.
p. 166PERSONAJES
· LA REINA.
· GILBERTO.
· JUANA.
· SIMÓN RENARD.
· JOSHUA FARNABY.
· MAESE ENEAS DULVERTON.
· LORD CLINTON.
· UN CARCELERO.
ESCENA I
GILBERTO, JOSHUA
Gilberto.—¿Qué hay?
Joshua.—¡Ay de mí!
Gilberto.—¿No hay esperanza?
Joshua.—¡Ninguna! (Gilberto se acerca á la
ventana.) ¡Oh! no verás nada desde ahí.
Gilberto.—¿Te has informado bien?
Joshua.—Estoy seguro de ello.
Gilberto.—¿Es para Fabiani?
Joshua.—Sí.
Gilberto.—¡Qué feliz es ese hombre!
Joshua.—¡Pobre Gilberto! ya llegará tu vez; hoy él;
mañana tú.
Gilberto.—¿Qué quieres decir? No nos entendemos.
¿De qué me hablas?
Joshua.—Del cadalso que levantan en este momento.
Gilberto.—Y yo te hablo de Juana.
Joshua.—¡De Juana!
Gilberto.—Sí, sólo de Juana, ¿qué me importa lo
demás? ¿Has olvidado que desde hace más de un mes, con el rostro pegado á los
barrotes de mi ventana, que da á la calle, la veo rondar de continuo, pálida y
de luto, al pie de esta torrecilla que nos sirve de calabozop. 167 á
Fabiani y á mí? ¿No recuerdas ya mis angustias, mis dudas y mis incertidumbres?
¿Por cuál de los dos viene ella? Me dirijo esta pregunta noche y día, y á ti
también, Joshua; ayer noche me prometiste hacer lo posible por verla y hablarla.
¿Sabes algo? ¿Sabes si viene por mí ó por Fabiani?
Joshua.—He sabido que Fabiani debía ser decapitado
hoy mismo, y mañana tú; y confieso que estoy como loco, amigo mío. El cadalso
me ha hecho olvidar á Juana. Tu muerte...
Gilberto.—¡Mi muerte! ¿Qué entiendes tú por esta
palabra? Mi muerte es que Juana no me ama ya; desde el día en que ya no fuí
amado dejé de vivir; lo que ha sobrevivido en mí no vale ya la pena de que me
lo quiten mañana. ¡Oh! tú no puedes imaginarte lo que es un hombre que ama. Si
me hubieran dicho hace dos meses que Juana, esa Juana tan pura, mi amor, mi
orgullo y mi tesoro, se entregaría á otro, y preguntado si la querría después,
hubiera contestado que no, y que preferiría mil veces la muerte para los dos.
¡Pues bien! hoy sí la quisiera; Juana no es ya la mujer sin tacha á quien yo
adoraba, y cuya frente apenas me atrevía á tocar con los labios; Juana se ha
entregado á otro, á un miserable; ya lo sé; pero yo la amo siempre; besaría sus
pies, y la pediría perdón si me quisiera. Aunque la encontrara en la calle con
otras de mala nota, me la llevaría á casa para estrecharla contra mi corazón.
Joshua, yo daría no cien años de vida, porque sólo me quedan algunas horas;
pero sí la eternidad por ver sonreir una sola vez á Juana, una sola vez antes
de mi muerte, y porque me dijera esa palabra que pronunciaba en otro tiempo:
«¡Yo te amo!» Hete aquí, Joshua, lo que es el corazón de un hombre; no creas
que se puede matar á la mujer que se adora; muy por el contrario, se acaba por
arrodillarse á sus pies como un esclavo. Á ti te parece quep. 168 soy
débil; pero ¿qué hubiera adelantado yo con matar á Juana? ¡Oh! si ella me amase
aún, nada me importaría todo lo que ha hecho; pero ella ama á Fabiani, y por él
viene aquí. ¡Quisiera morir pronto, Joshua!
Joshua.—Fabiani será ejecutado hoy.
Gilberto.—Y yo mañana.
Joshua.—Siempre está Dios al fin de todo.
Gilberto.—Hoy quedaré vengado de él; mañana quedará
vengado de mí.
Joshua.—Hermano, ahí viene el segundo condestable
de la Torre, maese Eneas Dulverton; es preciso entrar; esta noche te veré,
amigo mío.
Gilberto.—¡Oh! ¡morir sin ser amado, ni llorado!
¡Juana... Juana... Juana...!
(Entra en su calabozo.)
Joshua.—¡Pobre Gilberto! ¡Dios mío! ¿quién hubiera
dicho nunca que debía llegar semejante caso?
(Sale.—Entran Simón Renard y maese Eneas
Dulverton.)
ESCENA II
SIMÓN RENARD, MAESE ENEAS DULVERTON
Simón Renard.—Es muy singular, como vos decís; pero
¿qué se le ha de hacer? La reina está loca y no sabe lo que quiere; no se puede
confiar en nada, porque es una mujer. ¿Podríais decirme para qué viene aquí?
¡Vamos! el corazón de la mujer es un enigma, que el rey Francisco I descifró en
los cristales de Chambord: «Voluble es la mujer, y loco el hombre que en ella
fía.» Escuchad, maese Eneas, nosotros somos antiguos amigos, y por lo tanto os
diré que es preciso que esto concluya hoy. De vos depende todo aquí; si os
encargan... (Le habla al oído.) Alargad el asunto cuanto sea posible,
para que el plan aborte después.p. 169 Sólo puedo disponer de dos horas, y
esta noche se ha de hacer lo que yo quiero. Mañana no ha de haber favorito; y
como soy poderoso aquí, al día siguiente seréis barón y oficial de la Torre.
¿Está entendido?
Maese Eneas.—Perfectamente.
Simón Renard.—Bien... alguien viene, y no quiero
que nos vean juntos; salid por ahí; yo voy á recibir á la reina.
(Sepáranse.)
ESCENA III
UN CARCELERO entra con precaución y después
introduce á JUANA
El Carcelero.—Habéis llegado al sitio que
deseabais, señora; ahí tenéis las puertas de los dos calabozos; si lo tenéis á
bien, dadme mi recompensa.
Juana (se quita su brazalete de diamantes y
lo entrega).—Ahí la tenéis.
El Carcelero.—Gracias; no me comprometáis.
(Sale.)
Juana (sola).—¡Dios mío! ¿cómo lo haré?
Yo soy quien le ha perdido, y mi deber es salvarle; pero no lo conseguiré,
porque nada puede hacer una mujer sola en semejante caso. ¡El cadalso, el
cadalso... esto es horrible! ¡Vamos, menos lágrimas y más obras!... Pero ¿cómo
he de hacerlo? ¡Compadeceos de mí, Dios mío! Alguien viene... ¿quién habla?
Reconozco esa voz; es la de la reina... ¡Ah, todo se ha perdido!
(Se oculta detrás de un pilar.—Entran la reina y
Simón Renard.)
p. 170ESCENA IV
LA REINA, SIMÓN RENARD, JUANA, oculta
La Reina.—¡Ah! el cambio os extraña; no me parezco
á mí misma. ¡Pues bien! ¿qué me importa? Ahora no quiero ya que muera.
Simón Renard.—Vuestra Majestad ordenó ayer, sin
embargo, que la ejecución se efectuase hoy.
La Reina.—También ordené el domingo que se
verificara el lunes, y hoy mando que se efectúe mañana.
Simón Renard.—En efecto, desde que la Cámara
pronunció la sentencia, hace ya tres semanas, Vuestra Majestad aplaza la
ejecución de un día para otro.
La Reina.—¡Pues bien! ¿no comprendéis lo que esto
significa, caballero? ¿Será preciso decíroslo todo, y que una débil mujer os
abra su corazón, porque la infeliz es reina, y vos representáis aquí al
príncipe de España, mi futuro esposo? ¡Dios mío! vosotros no sabéis esto; en
las mujeres, el corazón tiene su pudor como el cuerpo; y en fin, puesto que
deseáis saberlo, aparentando no comprender nada, os diré que aplazo la
ejecución de Fabiani porque todas las mañanas me falta la fuerza al pensar que
la campana de la Torre de Londres anunciará la muerte de ese hombre.
Desfallezco al reflexionar que se afila el hacha para Fabiani, y que se ha de
abrir una tumba para ese hombre; porque soy débil, porque estoy loca y porque
le amo... ¿Estáis ya satisfecho? ¿Me comprendéis ahora? ¡Oh! ya encontraré
medio de vengarme algún día por lo que me hacéis decir ahora.
Simón Renard.—Sin embargo, ya es tiempo de acabarp.
171 con ese Fabiani; vais á uniros con mi señor el príncipe de España,
señora.
La Reina.—Si el príncipe de España no está
conforme, que me lo diga; ya buscaremos otro esposo, pues no faltan
pretendientes. El hijo del rey de los romanos, el príncipe del Piamonte, el
infante de Portugal, el rey de Dinamarca y lord Courtenay son tan buenos
caballeros como él.
Simón Renard.—¡Lord Courtenay!
La Reina.—Un barón inglés es tan noble como un
príncipe; y además, lord Courtenay desciende de los emperadores de Oriente.
Simón Renard.—Fabiani se ha hecho aborrecer de todo
Londres.
La Reina.—Excepto de mí.
Simón Renard.—Los menestrales piensan como los
nobles. Si no se efectúa la ejecución hoy mismo, como lo ha prometido Vuestra
Majestad...
La Reina.—¿Qué más?
Simón Renard.—Habrá un motín popular.
La Reina.—Tengo mis lansquenetes.
Simón Renard.—Habrá complot de nobles.
La Reina.—Tengo el verdugo.
Simón Renard.—Vuestra Majestad ha jurado por el
devocionario de su madre que no concedería perdón.
La Reina.—He aquí una firma en blanco que me ha
remitido, y en la cual juro por mi corona imperial que concederé la gracia
pedida. La corona de mi padre vale tanto como el devocionario de mi madre; un
juramento anula el otro; y además, ¿quién os dice que le perdonaré?
Simón Renard.—¡Os ha vendido traidoramente!
La Reina.—¿Qué me importa? Todos los hombres hacen
otro tanto. Yo no quiero que muera. Escuchad, milord... quiero decir
embajador... estoy tan perturbada,p. 172 que no sé ya á quién hablo. Ya sé
todo lo que me vais á decir: que es un hombre vil, un cobarde, un miserable; lo
reconozco, y me ruborizo de ello; pero le amo. ¿Qué queréis que haga? Tal vez
amaré menos á un hombre honrado. Por otra parte, ¿quién sois vos que os dais
tanta importancia? ¿Valéis más que él? Vais á decirme que es un favorito, y que
á la nación inglesa no le agrada ninguno; pero ¿no sé yo acaso que trabajáis
para derribarle y poner en su lugar al conde de Kildare, ese fatuo irlandés?
Aunque haga cortar veinte cabezas diarias, nada tenéis que ver con ello. Y no
me habléis más del príncipe de España, pues poco caso hacéis de él. No quiero
oir hablar tampoco del descontento del señor de Noailles, el embajador de
Francia, porque es un necio, y se lo diré yo misma. Además, yo soy mujer,
quiero y no quiero, y me falta algo... necesito la vida de ese hombre para
vivir. ¡Vamos! no toméis ese aire de candor virginal y de buena fe, porque
harto conozco todas vuestras intrigas. Sabéis tan bien como yo que no ha
cometido el crimen por que se le condena. Quedamos convenidos; no quiero que
Fabiani muera: ¿soy yo el ama ó no? ¡Vaya, hablemos de otra cosa!
Simón Renard.—Me retiro, señora. Toda la nobleza os
ha hablado por mi voz.
La Reina.—¡Qué me importa la nobleza!
Simón Renard (aparte).—Probemos con el
pueblo.
(Sale haciendo una profunda reverencia.)
La Reina (sola).—Ha salido con un aire
singular. Ese hombre es capaz de promover algún motín. Será preciso que vaya al
Ayuntamiento... ¡Hola, aquí alguno!
(Preséntanse maese Eneas y Joshua.)
p. 173ESCENA V
Los mismos menos SIMÓN RENARD; MAESE ENEAS, JOSHUA
La Reina.—¿Sois vos, maese Eneas? Es preciso que
vos y ese hombre os encarguéis de facilitar la fuga del conde de Clanbrassil.
Maese Eneas.—Señora...
La Reina.—¡Vamos! no quiero fiarme de vos, pues
recuerdo que sois uno de sus enemigos. ¡Dios mío! todos cuantos me rodean
aborrecen al hombre que amo. Apostaría á que ese llavero, á quien no conozco,
le aborrece también.
Joshua.—Es verdad, señora.
La Reina.—¡Dios mío! ese Simón Renard es más rey
que yo reina. ¡Cómo! ¿no podré fiarme de nadie aquí? ¿no podré dar á persona
alguna plenos poderes para que se encargue de la evasión de Fabiani?
Juana (saliendo de su escondite).—¡Sí,
señora, á mí!
Joshua (aparte).—¡Juana!
La Reina.—¡Tú, eres tú, Juana Talbot! ¿Cómo es que
te hallas aquí? ¡Ah! es igual; si vienes á salvar á Fabiani, gracias. Debería
aborreceros, Juana, y estar celosa de vos, pues tengo mis razones para ello;
pero no, os amo porque le amáis. Ante el cadalso no puede haber ya envidia ni
celos, y sí sólo amor. Sois como yo; le perdonáis; ya lo veo; los hombres no
comprenden eso; pero nosotras nos entenderemos. ¿No es cierto que ambas somos
muy desgraciadas? Es preciso conseguir la evasión de Fabiani, y sólo puedo
contar con vos; de modo que debo aceptar vuestros servicios, porque lo tomaréis
con interés. Encargaos de todo. Vosotros dos, obedeced á Juana Talbot en todo
cuantop. 174 os ordene, y advertid que me respondéis con vuestras cabezas
de la ejecución de sus órdenes. ¡Abrázame, Juana!
Juana.—El Támesis baña el pie de la Torre por aquel
lado, y he visto que hay una salida secreta. Si hubiese un barco allí, la
evasión se efectuaría por el río; es lo más seguro.
Maese Eneas.—Es imposible conducir hasta ahí un
barco en menos de una hora.
Juana.—Es mucho tiempo.
Maese Eneas.—Pronto pasará, y además, habrá cerrado
la noche, que será favorable, si Su Majestad se empeña en que se lleve á cabo
la evasión.
La Reina.—En efecto, tal vez sea más conveniente;
queda convenido, pues, para dentro de una hora. Yo me retiro, Juana, y sólo os
encargo que salvéis á Fabiani.
Juana.—Estad tranquila, señora.
(La reina sale, siguiéndola Juana con la vista.)
Joshua (en el proscenio).—¡Gilberto
tenía razón, todo es para Fabiani!
ESCENA VI
Los mismos, menos LA REINA
Juana (á Maese Eneas).—Ya habéis oído
cuál es la voluntad de la reina: una barca al pie de la Torre, las llaves de
los pasadizos secretos, un sombrero y una capa.
Maese Eneas.—No es posible tener todo eso antes de
la noche; dentro de una hora, señora.
Juana.—Está bien; retiraos y dejadme con este
hombre.
(Maese Eneas sale; Juana le sigue con la vista.)
p. 175Joshua (aparte, en el proscenio).—¡Ese
hombre! Es muy sencillo; quien ha olvidado á Gilberto no reconoce á Joshua.
(Se dirige hacia la puerta del calabozo de
Fabiani, y prepárase á abrir.)
Juana.—¿Qué hacéis ahí?
Joshua.—Me anticipo á vuestros deseos, señora; abro
esta puerta.
Juana.—¿Quién está ahí?
Joshua.—Es la puerta del calabozo de milord
Fabiani.
Juana.—¿Y esa?
Joshua.—Es la del calabozo de otro.
Juana.—¿De quién?
Joshua.—De otro condenado á muerte, de uno que sin
duda no conocéis. Es un obrero llamado Gilberto.
Juana.—¡Abrid esa puerta!
Joshua (después de abrir la puerta).—¡Gilberto!
ESCENA VII
JUANA, GILBERTO, JOSHUA
Gilberto (en el interior del calabozo).—¿Qué
me quieren? (Aparece en el umbral, ve á Juana, y apóyase vacilante contra la
pared.) ¡Juana!... ¡Juana Talbot!
Juana (de rodillas, sin levantar la vista).—¡Gilberto,
vengo á salvaros!
Gilberto.—¡Á salvarme!
Juana.—Escuchad: compadeceos de mí, y no me
agobiéis con vuestras quejas, pues sé todo lo que vais á decirme. Es preciso
que yo os salve; todo está preparado, y la evasión es segura; dejadme hacer á
mí lo que permitiríais á otra; sólo os pido esto; después, sea yo desconocida
para vos; ya no sabréis quién soy; no me perdonéis; pero dejadme salvaros.
p. 176Gilberto.—¡Gracias! es inútil. ¿Para qué
quiero salvar mi vida, Juana, si ya no me amáis?
Juana (con alegría).—¡Oh, Gilberto! ¿Os
dignáis aún ocuparos de lo que siente el corazón de la pobre muchacha? ¿Es
posible que el amor que pueda profesar á otro os interese hasta el punto de
pareceros que vale la pena informaros sobre él? Yo creía que ya os era igual, y
que me despreciabais demasiado para cuidaros de mí. ¿Si supiérais, Gilberto,
qué impresión me producen las palabras que acabáis de dirigirme? ¡Es un rayo de
sol inesperado en una noche oscura! Escuchad: si yo me atreviese aún á
acercarme á vos, á tocar vuestra ropa, á estrecharos la mano; si osase levantar
la vista para miraros, como en otro tiempo, ¿sabéis lo que os diría,
prosternada, llorando á vuestros pies, con sollozos en la boca y la alegría en
el corazón? Os diría: ¡Gilberto, yo te amo!
Gilberto (estrechándola entre sus brazos
con arrebato).—¡Tú me amas!
Juana.—¡Sí, te amo!
Gilberto.—¡Tú me amas! ¡Dios mío, será verdad! ¿Es
ella la que me lo dice, es su boca la que habla?
Juana.—¡Gilberto mío!
Gilberto.—¿Dices que lo has preparado todo para mi
evasión? ¡Pronto, pronto, la vida! ¡Quiero vivir, porque Juana me ama! Parece
que esa bóveda se apoya en mi cabeza y me aplasta. ¡Necesito aire... aquí me
muero; huyamos pronto, Juana! ¡Quiero vivir, porque soy amado!
Juana.—Aún no; es preciso tener un barco, y para
ello se ha de esperar la noche; pero puedes estar tranquilo, porque te
salvarás. Antes de una hora saldremos de aquí; la reina no volverá por lo
pronto, y entre tanto yo soy quien manda. Más tarde te explicaré esto.
Gilberto.—¡Una hora de espera! ¡Qué larga mep.
177 parecerá! Ya ansío recobrar la vida y la dicha. ¡Juana, Juana, yo
viviré y tú me amarás; reiré y cantaré; detenme para que no cometa alguna
locura!
Juana.—¡Sí, te amo, Gilberto, y esto es tan verdad
como si te lo dijera en mi lecho de muerte; jamás amé sino á ti, ni aun cuando
te faltaba, pues entonces te quería en el fondo de mi corazón! ¡Apenas caída en
brazos del demonio que me ha perdido, he llorado á mi ángel!
Gilberto.—¡Olvidar, perdonar! No hables de eso,
Juana. ¡Oh! ¿qué me importa á mí el pasado, ni quién resiste á tu acento? ¡Sí,
todo te lo perdono, niña adorada! Los celos y la desesperación han abrasado las
lágrimas en mis ojos, pero te perdono y te doy gracias, porque para mí eres la
única cosa que brilla en este mundo; cada una de tus palabras amortigua más mi
dolor, y la alegría renace en mi alma. ¡Juana, levanta la cabeza y mírame!
Juana.—¡Siempre generoso, amado Gilberto!
Gilberto.—¡Oh! ya quisiera estar fuera, muy lejos
de aquí, libre contigo. ¡Cuánto tarda en llegar la noche!... Juana, saldremos
sin detenernos de Londres, y después, de Inglaterra: iremos á Venecia, porque
los de mi oficio ganan allí mucho dinero... ¡Pero Dios mío, estoy loco...
olvidaba el nombre que llevas! ¡Es demasiado noble, Juana!
Juana.—¿Qué quieres decir?
Gilberto.—Eres hija de lord Talbot.
Juana.—Conozco otro nombre más hermoso.
Gilberto.—¿Cuál?
Juana.—Esposa del obrero Gilberto.
Gilberto.—¡Juana!...
Juana.—¡Oh! no creas que yo te pido esto, porque sé
muy bien que soy indigna de ti, y no me atreveré á levantar mi vista tan alta,
ni abusaré del perdón hasta ese punto. El pobre cincelador Gilberto no se
uniráp. 178 desventajosamente con la Condesa de Waterford; no, yo te
seguiré y te amaré, sin abandonarte jamás; durante el día me echaré á tus pies,
y por la noche á tu puerta; veré cómo trabajas, te ayudaré y te daré cuanto
necesites. Quiero ser para ti, algo menos que una hermana y algo más que un
perro fiel; y si te casas, Gilberto, pues Dios permitirá que acabes por
encontrar una mujer pura y sin mancha, digna de ti, entonces, si ella es buena,
y si quiere, seré la sirvienta de tu esposa; si no le place, iré á morir donde
pueda. Sólo en este caso me separaré de ti. Si no te casas, permaneceré á tu
lado, mostrándome siempre afable y resignada; y si se piensa mal porque viva
contigo, nada me importa. Ya no tengo de qué ruborizarme; soy una pobre joven
abandonada.
Gilberto (cayendo á sus pies).—¡Eres un
ángel; eres mi esposa!
Juana.—¡Tu esposa! ¿Perdonas solo como Dios,
purificando? ¡Ah! ¡bendito seas, Gilberto, por ceñirme con esa corona la
frente!
(Gilberto se levanta y la estrecha en sus
brazos; mientras que se hallan en esta actitud, Joshua coge de la mano á Juana.)
Joshua.—Es Joshua, señora Juana.
Gilberto.—¡Mi buen Joshua!
Joshua.—Antes no me habíais reconocido.
Juana.—¡Ah! es que debí haber comenzado por él.
(Joshua le besa la mano.)
Gilberto (estrechándole en sus brazos).—¡Qué
felicidad! ¿Puede ser cierta tanta dicha?
(Desde hace algunos instantes se oye fuera un
ruido lejano, gritos confusos y tumulto: el día comienza á declinar.)
Joshua.—¿Qué ruido es ese?
(Se acerca á la ventana que da á la calle.)
Juana.—¡Dios mío! con tal que no suceda nada...
Joshua.—La multitud se agolpa en la calle; se venp.
179 picas y hachas; los pensionarios de la Reina están á caballo y en
orden de batalla; todos vienen por aquí... ¡Qué gritos! ¡Ah diablo! diríase que
es un motín popular.
Juana.—¡Con tal que no sea contra Gilberto!
Gritos lejanos.—¡Muera Fabiani!
Juana.—¿Oís?
Joshua.—Sí.
Juana.—¿Qué dicen?
Joshua.—No lo entiendo bien.
Juana.—¡Dios mío! ¿qué será?
(Entran precipitadamente por la puerta secreta
maese Eneas y un barquero.)
ESCENA VIII
Los mismos, MAESE ENEAS, un barquero
Maese Eneas.—¡Milord Fabiani, no hay que perder un
instante! Se ha sabido que la Reina quería salvaros, y el pueblo de Londres se
ha sublevado contra vos; dentro de un cuarto de hora os habrían hecho pedazos.
Salvaos, Milord; he aquí una capa y un sombrero; tomad las llaves; ese hombre
conducirá la barca, y tened presente que á mí es á quien debéis todo esto. Daos
prisa. (En voz baja al barquero.) No te apresures.
Juana.—(Cubre la cabeza de Gilberto y le pone la
capa.) (En voz baja á Joshua.) ¡Cielos! con tal que ese hombre no
reconozca...
Maese Eneas (mirando á Gilberto con fijeza).—¡Cómo!
¡ese no es lord Clanbrassil! No ejecutáis las órdenes de la Reina, señorita;
facilitáis la fuga de otro.
Juana.—¡Todo se ha perdido!... ¡Debí preverlo! ¡Por
Dios, amigo mío, tened compasión; ya sé que es verdad!...
p. 180Maese Eneas (en voz baja á Juana).—¡Silencio!
Haced lo que deseáis; yo no he dicho nada ni visto nada.
(Se retira al fondo del teatro con aire
indiferente.)
Juana.—¿Qué dice?... ¡Ah! la Providencia está por
nosotros. ¡Todo el mundo quiere salvar á Gilberto!
Joshua.—No, señorita Juana, todo el mundo quiere
perder á Fabiani.
(Durante esta escena redoblan fuera los gritos.)
Juana.—¡Apresurémonos, Gilberto! ¡Pronto, pronto!
Joshua.—Dejadle salir solo.
Juana.—¡Abandonarle!
Joshua.—Sólo por un instante: no debe ir una mujer
en la barca si queréis que llegue á buen puerto, porque aún es de día y vais
vestida de blanco. Una vez pasado el peligro, volveréis á veros. Venid conmigo
por aquí, y dejadle salir por allá.
Juana.—Joshua tiene razón. ¿Dónde te encontraré,
Gilberto?
Gilberto.—Debajo del primer arco del puente de
Londres.
Juana.—¡Bien; véte pronto; el ruido redobla, y
quisiera que ya estuvieses lejos!
Joshua.—He aquí las llaves: se han de abrir doce
puertas antes de llegar á la orilla del agua; de modo que tardaréis un cuarto
de hora largo.
Juana.—¡Un cuarto de hora! ¡Doce puertas! ¡Esto es
horrible!
Gilberto (abrazándola).—Adiós, Juana;
algunos instantes más de separación y nos uniremos para toda la vida.
Juana.—¡Por toda la eternidad! (Al barquero.)
Buen hombre, os lo recomiendo.
Maese Eneas (en voz baja al barquero).—Por
si ocurre un accidente, no te apresures.
(Gilberto sale con el barquero.)
Joshua.—¡Está salvado! Ahora, nosotros; es
precisop. 181 cerrar ese calabozo. (Cierra el calabozo de Gilberto.)
Ya está hecho. Venid pronto por aquí.
(Sale con Juana por la otra puerta oculta.)
Maese Eneas (solo).—Fabiani ha quedado
en la ratonera. He ahí una jovencilla muy diestra, que maese Simón Renard
hubiera pagado á peso de oro. Pero ¿cómo tomará esto la Reina? Con tal que no
recaiga la culpa sobre mí...
(Entran lentamente por la galería Simón Renard y
la Reina. El tumulto exterior ha ido en aumento; la noche acaba de cerrar;
óyense gritos de muerte, el rumor de las oleadas de la multitud, crugido de
armas, detonaciones y pisadas de caballos. Varios caballeros, daga en mano,
acompañan á la Reina; entre ellos va el Heraldo de Inglaterra Clarence,
llevando el estandarte real, y el Heraldo de la Orden de la Jarretera con la
banda de la misma.)
ESCENA IX
LA REINA, SIMÓN RENARD, MAESE ENEAS, LORD CLINTON,
los dos HERALDOS, Caballeros, pajes, etc.
La Reina (en voz baja á Maese Eneas).—¿Se
ha evadido Fabiani?
Maese Eneas.—Aún no.
La Reina.—¡Aún no!
(Le mira fijamente con expresión amenazadora.)
Maese Eneas (aparte).—¡Diablo!
Gritos del pueblo (fuera).—¡Muera
Fabiani!
Simón Renard.—Es preciso que Vuestra Majestad tome
un partido al punto, pues el pueblo quiere la muerte de ese hombre, y en todo
Londres reina la mayor efervescencia; la Torre está bloqueada; el motín es
formidable, y varios nobles han sido arrastrados enp. 182 el puente. Los
guardias de Vuestra Majestad se sostienen aún; mas no por eso habéis sido menos
acosada de calle en calle, desde la casa Ayuntamiento hasta la Torre. Los
partidarios de Isabel se han mezclado con el pueblo, y esto se comprende por la
malignidad del motín. Lo veo todo muy oscuro. ¿Qué ordena Vuestra Majestad?
Gritos del pueblo.—¡Fabiani! ¡Muera Fabiani!
(Van en aumento y acércanse cada vez más.)
La Reina.—¡Muera Fabiani! Señores, ¿oís ese pueblo
que grita? Es preciso darle un hombre; el populacho quiere comer.
Simón Renard.—¿Qué ordena Vuestra Majestad?
La Reina.—Señores, paréceme que todos tembláis
alrededor de mí. ¡Por el cielo! ¿será necesario que una mujer os enseñe á ser
caballeros? ¡Á caballo, señores, á caballo! ¿Os intimida la canalla por
ventura? ¿Temerán las espadas á los palos?
Simón Renard.—No permitáis que las cosas vayan más
lejos, señora; ceded mientras sea tiempo; ahora podéis decir «la canalla»; de
aquí á una hora diréis «el pueblo».
(Los gritos redoblan; el ruido se acerca.)
La Reina.—¡Dentro de una hora!
Simón Renard (se dirige á la galería y
vuelve).—Dentro de un cuarto de hora, señora. Han forzado ya el primer
recinto de la Torre; un paso más y el pueblo estará dentro.
El pueblo.—¡Á la Torre, á la Torre! ¡Muera Fabiani,
muera Fabiani!
La Reina.—¡Qué verdad es que el pueblo es una cosa
horrible! ¡Fabiani!
Simón Renard.—¿Queréis ver cómo le despedazan á
vuestra vista en pocos momentos?
La Reina.—¡Verdaderamente es una infamia que
ninguno de vosotros se mueva, señores! Pero ¡en nombre del cielo, defendedme!
p. 183Lord Clinton.—Á vos sí, señora; á Fabiani,
no.
La Reina.—¡Dios mío, será forzoso confesarlo; pero
no importa, tanto peor! Fabiano es inocente, Fabiano no ha cometido el crimen
por el cual se le condena. Yo y el cincelador Gilberto lo hemos inventado y
combinado. ¡Todo es pura comedia! ¿Osaríais desmentirme, señor embajador? ¿Y no
le defenderéis ahora, señores, puesto que os digo que es inocente? ¡Por mi
Dios, por mi corona y por el alma de mi madre, juro que es inocente del crimen
de que se le acusa! ¡Defendedle, mi bravo Clinton; exterminad á estos como lo
hicisteis con Tomás Wyat! Os juro que es falso que Fabiani haya querido
asesinar á la reina.
Lord Clinton.—Á otra reina ha querido asesinar, que
es la Inglaterra.
(Los gritos continúan fuera.)
La Reina.—¡El balcón, abrid el balcón! ¡Quiero
probar yo misma al pueblo que no es culpable!
Simón Renard.—¡Probad al pueblo que no es italiano!
La Reina.—¡Cuando pienso que un Simón Renard, una
hechura del cardenal de Granvelle, es quien osa hablarme así! ¡Pues bien, abrid
esa puerta, abrid el calabozo; Fabiano está ahí y quiero verle, quiero
hablarle!
Simón Renard.—¿Qué hacéis? Por su propio interés
sería inútil dar á conocer á todo el mundo dónde se halla.
El pueblo.—¡Muera Fabiani! ¡Viva Isabel!
Simón Renard.—¿Oís lo que gritan?
La Reina.—¡Dios mío, Dios mío!
Simón Renard.—Elegid, señora: (Señala con una
mano la puerta del calabozo.) Ó esa cabeza al pueblo, (Señala con la
otra mano la corona de la reina.) ó esa corona á la princesa Isabel.
El pueblo.—¡Muera Fabiani! ¡Viva Isabel!
(Una piedra rompe un vidrio junto á la Reina.)
p. 184Simón Renard.—Vuestra Majestad se pierde sin
salvarle; ya han forzado el segundo patio. ¿Qué dispone la reina?
La Reina.—Todos sois unos cobardes, y Clinton el
primero. ¡Ah, Clinton, ya me acordaré de esto, amigo mío!
Simón Renard.—¿Qué dispone la reina?
La Reina.—¡Oh, verme abandonada así, haberlo
confesado todo y no poder conseguir nada! ¿Qué son, y para qué sirven esos
caballeros? El pueblo es infame; yo quisiera hollarle bajo mis pies. ¿Hay,
pues, casos en que la reina no es sino una mujer? ¡Todas me las pagaréis
juntas, señores!
Simón Renard.—¿Qué dispone la reina?
La Reina (agobiada).—Lo que vos
queráis; haced lo que os plazca. ¡Sois un asesino! (Aparte.) ¡Oh
Fabiani!
Simón Renard.—¡Heraldos, á mí! Maese Eneas, abrid
el balcón grande de la galería.
(El balcón del fondo se abre; Simón Renard se
asoma, con un heraldo á la izquierda y otro á la derecha; se oye inmenso rumor.)
El pueblo.—¡Fabiani, Fabiani!
Simón Renard (en el balcón, de cara al
pueblo).—¡En nombre de la Reina!
Los heraldos.—¡En nombre de la Reina!
(Profundo silencio fuera.)
Simón Renard.—¡Plebeyos, escuchad la voluntad de la
Reina! Hoy, esta misma noche, una hora después de la queda, Fabiano Fabiani,
conde de Clanbrassil, cubierto con un velo negro desde la cabeza á los pies,
amordazado con mordaza de hierro, con un hacha de cera amarilla de tres libras
de peso en la mano, será conducido desde la Torre de Londres, por
Charing-Cross, al Mercado Viejo de la Cité, para ser decapitado públicamente,
en castigo de sus crímenes de altap. 187 traición, y por su conato de regicidio
en la sagrada persona de Su Majestad.
(Óyense fuera ruidosos aplausos.)
Simón Renard.—¡Plebeyos, escuchad la voluntad de
la Reina!
El pueblo.—¡Viva la Reina! ¡Muera Fabiani!
Simón Renard (continuando).—Y para que
nadie lo ignore en esta ciudad, oíd lo que la Reina ordena: durante todo el
trayecto que el condenado debe recorrer desde la Torre de Londres al lugar de
la ejecución, se hará tocar la gran campana de la Torre, disparándose tres
cañonazos, el primero cuando el reo suba al cadalso, el segundo cuando se
arrodille sobre el paño negro, y el tercero cuando caiga su cabeza.
(Aplausos.)
El pueblo.—¡Luces, luces!
Simón Renard.—Esta noche, la Torre y la Cité de
Londres se iluminarán con hogueras y hachas en señal de regocijo. He dicho. (Aplausos.)
¡Dios guarde la antigua Carta de Inglaterra!
Los dos heraldos.—¡Dios guarde la antigua Carta de
Inglaterra!
El pueblo.—¡Muera Fabiani! ¡Viva María! ¡Viva la
Reina!
(Ciérrase el balcón; Simón Renard se acerca á la
Reina.)
Simón Renard.—Jamás me perdonará la princesa Isabel
lo que acabo de hacer ahora.
La Reina.—¡Ni tampoco la reina María!... ¡Dejadme
ahora, caballero!
(Despide con un ademán á todos los presentes.)
Simón Renard (en voz baja á Maese Eneas).—Cuidaos
de la ejecución.
Maese Eneas.—Confiad en mí.
(Simón Renard sale; en el momento en que maese
Eneas se dispone á seguirle, la Reina corre hacia él, cógele por un brazo y le
conduce vivamente al proscenio.)
p. 188ESCENA X
LA REINA, MAESE ENEAS
Gritos fuera.—¡Muera Fabiani!
La Reina.—¿Cuál de las dos cabezas crees tú que
vale más en este momento, la de Fabiani ó la tuya?
Maese Eneas.—Señora...
La Reina.—¡Eres un traidor!
Maese Eneas.—Señora... (aparte).—¡Diablo!
La Reina.—Pocas explicaciones. Juro por mi madre
que si Fabiano muere, tú morirás también.
Maese Eneas.—Pero, señora...
La Reina.—Salva á Fabiano y te salvarás; de lo
contrario, has de morir.
Gritos.—¡Muera Fabiani!
Maese Eneas.—¡Salvar á lord Clanbrassil! El pueblo
está ahí... es imposible. ¿Por qué medio?...
La Reina.—Busca.
Maese Eneas.—¿Cómo hacerlo, Dios mío?
La Reina.—Como si fuera para ti.
Maese Eneas.—Pero, ved que el pueblo permanecerá
armado hasta después de la ejecución; para apaciguarle es preciso decapitar á
uno ú otro.
La Reina.—Á quien tú quieras.
Maese Eneas.—¿Á quien yo quiera? Esperad, señora...
La ejecución se efectuará de noche, á la luz de las hachas, y el reo irá
cubierto con un velo negro y amordazado; el pueblo debe mantenerse á cierta
distancia, según costumbre, y basta que vea caer una cabeza. La cosa es
posible... Con tal que el barquero esté todavía ahí... ya le dije que no se
apresurase. (Se dirige á la ventana que da al Támesis.) ¡Aún está ahí;
pero ya erap. 189 tiempo! (Se inclina hacia fuera, con un hacha en la
mano, agitando su pañuelo, y después se dirige á la reina.) Está bien; os
respondo de milord Fabiani, señora.
La Reina.—¿Por tu cabeza?
Maese Eneas.—Por mi cabeza.
p. 190
PARTE SEGUNDA
Una especie de sala, en la cual desembocan dos
escaleras, una para subir y otra para bajar; la entrada de cada una ocupa parte
del fondo del escenario; la primera se pierde en los frisos y la segunda en el
foso: no se ve de dónde parten ni á dónde conducen.
La sala está tendida de negro de una manera
particular: la pared de la derecha, la de la izquierda y el techo, revestidos
con un paño negro cortado por una cruz blanca; el que da frente al espectador
es blanco con cruz negra; y uno y otro se prolongan hasta perderse de vista en
las dos escaleras. Á derecha é izquierda hay un altar tendido de negro y
blanco, como para unos funerales: grandes cirios, sin ningún sacerdote; de las
bóvedas penden algunas lámparas funerarias, que alumbran débilmente la sala y
las escaleras; lo que las ilumina enp. 191 realidad es el paño blanco del
fondo, á través del cual se distingue un resplandor rojizo, cual si hubiese
detrás una inmensa hoguera. Las baldosas de la sala son tumulares. Al
levantarse el telón se ve dibujarse en negro sobre el paño transparente la
sombra inmóvil de la Reina.
ESCENA I
JUANA y JOSHUA entran con precaución,
levantando una de las colgaduras negras, por una puertecilla disimulada
Juana.—¿Dónde estamos, Joshua?
Joshua.—En el descanso de la escalera por donde
bajan los condenados que van al suplicio.
Juana.—¿No hay medio de escapar de la Torre?
Joshua.—El pueblo guarda todas las salidas; quiere
estar seguro esta vez de que no se le escapará su condenado, y nadie podrá
franquear las puertas antes de la ejecución.
Juana.—La arenga que se ha pronunciado desde ese
balcón resuena aún en mis oídos. Todo esto es horrible, Joshua.
Joshua.—¡Otras muchas escenas he visto como ésta!
Juana.—¡Con tal que Gilberto haya conseguido
evadirse! ¿Le crees salvado, Joshua?
Joshua.—Estoy seguro de ello.
Juana.—¿Bien seguro?
Joshua.—La Torre no estaba guardada por la parte
del río, y además, cuando debió salir, el motín no era lo que fué después.
¿Sabéis que es imponente?
Juana.—¿Estáis seguro de que se habrá salvado?
Joshua.—Ahora os espera seguramente en el primer
arco del puente de Londres, donde os reuniréis con él á media noche.
Juana.—¡Dios mío! ¡qué inquieto estará! (Divisandop.
192 la sombra de la Reina.) ¡Cielos! ¿Qué es eso, Joshua?
Joshua (en voz baja, cogiéndole la mano).—¡Silencio!...
Es la leona que acecha.
(Mientras que Juana contempla aquella silueta
negra con terror, óyese una voz lejana que parece proceder de arriba, y la cual
pronuncia distintamente estas palabras:)
Voz.—El que me sigue, cubierto con un velo negro,
es el muy alto y poderoso señor Fabiano Fabiani, conde de Clanbrassil, barón de
Dinasmonddy, barón de Darmouth en Devonshire, que será decapitado en el mercado
de Londres por crimen de regicidio y de alta traición. ¡Dios tenga misericordia
de su alma!
Otra voz.—¡Rogad por él!
Juana (temblando).—¡Joshua! ¿Oís?
Joshua.—Sí; yo oigo esas cosas todos los días.
(En lo alto de la escalera aparece un cortejo
fúnebre que se desarrolla lentamente á medida que baja. Á la cabeza va un
hombre vestido de negro, que lleva una bandera blanca con cruz negra; sigue
maese Eneas Dulverton, revestido de manto negro, con su bastón de condestable
en la mano; un grupo de soldados con partesanas y traje rojo, y el verdugo con
su hacha al hombro y el filo vuelto hacia el que va detrás, que es un hombre
cubierto completamente con un gran velo negro, cuyas puntas se arrastran bajo sus
pies. De este hombre no se ve sino un brazo que pasa por una abertura del velo,
empuñando la mano un blandón de cera amarilla. Á su lado va un sacerdote, y
detrás otro grupo de soldados con partesanas, un hombre vestido de blanco, que
lleva bandera negra con cruz blanca; y á derecha é izquierda dos filas de
alabarderos, alumbrando con hachas.)
Juana.—¡Joshua! ¿No veis?
Joshua.—Todos los días veo esas cosas.
(En el momento de desembocar en el escenario, el
cortejo se detiene.)
p. 193
Juana.—¡Joshua! ¿No veis?
Maese Eneas.—El que va detrás de mí, cubierto conp.
195 un velo negro, es el muy alto y muy poderoso señor Fabiano Fabiani,
conde de Clanbrassil, barón de Dinasmonddy, barón de Darmouth, en Devonshire,
que será decapitado en el mercado de Londres, por crimen de regicidio y alta
traición. ¡Dios tenga misericordia de su alma!
Los dos heraldos.—¡Rogad por él!
(El cortejo cruza lentamente por el fondo del
teatro.)
Juana.—Lo que vemos es una cosa terrible. Joshua,
esto me hiela la sangre.
Joshua.—¡Ese miserable Fabiani!
Juana.—¡Paz, Joshua! Bien miserable, pero muy
desgraciado.
(El cortejo llega á la otra escalera. Simón
Renard, que desde hace algunos instantes se ha presentado en la entrada de
aquella, observándolo todo, se aparta para dejar el paso libre; el cortejo
penetra bajo la bóveda de la escalera, donde desaparece poco á poco. Juana le
sigue con la vista, poseída de terror.)
Simón Renard (después de haber desaparecido
el cortejo).—¿Qué significa eso? ¿Es ese Fabiani? Yo le creía más bajo.
¿Será que maese Eneas?... Paréceme que la Reina ha hablado con él un momento...
Veamos lo que hay.
(Desaparece en la escalera en pos del cortejo.)
Joshua.—La campana grande anunciará muy pronto su
salida de la Torre, y entonces será tal vez posible que escapéis; voy á buscar
los medios; esperadme hasta que vuelva.
Juana.—¿Me dejáis sola, Joshua? ¡Dios mío, yo tengo
miedo!
Joshua.—No podríais recorrer toda la Torre conmigo
sin riesgo, y es preciso que salgáis de ella. Pensad que Gilberto os espera.
Juana.—¡Gilberto, todo por Gilberto! ¡Id! (Joshua
sale.) ¡Oh! ¡qué espectáculo tan espantoso! ¡Cuando pienso que lo mismo
habría sido para Gilberto! (Sep. 196 arrodilla al pie de uno de
los altares.) ¡Oh! ¡gracias; sois el Dios salvador! (El paño del fondo
se entreabre, apareciendo la Reina, que avanza lentamente hasta el proscenio,
sin ver á Juana.) ¡Dios mío, la Reina!
ESCENA II
JUANA, LA REINA
(Juana se oprime contra el altar, y fija en la
Reina una mirada de estupor y de espanto.)
La Reina (permanece algunos instantes
silenciosa en el proscenio, con la mirada fija, pálido el rostro, y como
absorta en sombría meditación; al fin deja escapar un profundo suspiro).—¡Oh,
el pueblo! (Pasea á su alrededor una inquieta mirada y ve á Juana.)
¿Quién está ahí? ¡Ah, eres tú, Juana! Te inspiro pavor sin duda... pero no
temas nada. Ya sabrás que maese Eneas nos ha hecho traición. Te digo, niña, que
no has de temer nada de mí, pues lo que te perdía hace un mes te salva hoy. Tú
amas á Fabiano. Entre todas las mujeres, sólo nosotras dos tenemos el corazón
así; ambas le amamos; somos hermanas.
Juana.—Señora...
La Reina.—Sí, tú y yo, dos mujeres solas tiene á su
favor; todo lo demás se declara en contra suya; la ciudad entera, un pueblo en
masa, todo el mundo. ¡Lucha desigual del amor contra el odio! Fabiano está
triste, espantado, aturdido; tiene tu frente pálida, y mis ojos llenos de
lágrimas; ocúltase junto á un altar fúnebre, y ora por tu boca, mientras que
maldice por la mía. El odio contra Fabiani triunfa; armado y victorioso,
manifiéstase por la corte, por el pueblo, por esas turbas de hombres que llenan
las calles, profiriendo gritos de muerte y de alegría: soberbio y
todopoderoso,p. 197 ese odio ilumina toda una ciudad alrededor de un
cadalso. ¡El amor está aquí, representado por dos mujeres vestidas de luto en
una tumba; el odio está allí! (Separa violentamente el paño blanco del
fondo, que al desviarse deja ver un balcón, por el cual se divisa, en una noche
oscura, toda la ciudad de Londres espléndidamente iluminada, como también lo
está lo que se ve de la Torre. Juana fija una mirada de asombro en aquel espectáculo
deslumbrador, cuya reverberación ilumina el escenario.) ¡Oh ciudad infame,
rebelde y maldita; ciudad monstruosa que empapa su traje de fiesta en la
sangre, y que alumbra con sus hachones al verdugo! Eso te infunde pavor ¿no es
verdad, Juana? ¿No te parece, como á mí, que esa multitud se burla cobardemente
de nosotras, y que nos mira con sus cien mil ojos de fuego, á nosotras, débiles
mujeres abandonadas, perdidas y solas en este sepulcro? ¿No la oyes, Juana,
reirse y gritar? ¡Oh, daría la Inglaterra á quien pudiese destruir á Londres!
¡Cuánto daría por trocar esas luces en llamas, y esa ciudad iluminada en un mar
de fuego!
(Se oye fuera inmenso rumor, seguido de aplausos
y gritos confusos que dicen: ¡Ya viene, ya viene; muera Fabiani!—La gran
campana de la Torre de Londres produce fúnebres tañidos. Al oir este rumor, la
Reina profiere una carcajada terrible.)
Juana.—¡Gran Dios, ya sale ese infeliz!... ¿Os
reís, señora?
La Reina.—Sí, me río; y tú vas á reirte también;
pero antes será preciso bajar ese tapiz, pues siempre me parece que no estamos
solas, y que esa espantosa ciudad nos ve y nos oye. (Corre la cortina blanca
y vuelve.) Ahora que ya ha salido, y que no hay peligro alguno, puedo
decírtelo todo; pero riámonos las dos de ese execrable pueblo que bebe sangre.
¡Oh! ¡es delicioso, Juana! Tú tiemblas por Fabiani, pero puedes reirte conmigo
y estar tranquila. El hombre quep. 198 se llevan, el hombre que morirá, el
que toman por Fabiano, no es él.
(Se ríe.)
Juana.—¡Que no es Fabiano!
La Reina.—¡No!
Juana.—¿Pues quién es?
La Reina.—Es el otro.
Juana.—¿Qué otro?
La Reina.—Ya le conoces, es aquel obrero, aquel
hombre... Pero ¿qué importa?
Juana (temblando).—¿Gilberto?
La Reina.—Sí; ese es su nombre.
Juana.—¡Señora, oh, no puede ser! ¡Decidme que no
es cierto! ¡Esto sería demasiado horrible! Gilberto huyó.
La Reina.—Sí, huía cuando le cogieron, y le han
puesto en lugar de Fabiano, bajo el velo negro; es una ejecución nocturna y el
pueblo no verá nada; no tengas cuidado.
Juana (profiriendo un grito espantoso).—¡Ah,
señora, aquel que yo amo es Gilberto!
La Reina.—¿Qué dices? ¿has perdido la razón? ¿Me
engañabas tú también? ¡Ah! ¿Conque es á Gilberto á quien tú amas? ¡Pues bien,
qué me importa!
Juana.—(Desfallecida, á los pies de la Reina,
solloza y se arrastra de rodillas, con las manos en actitud de súplica. La gran
campana no ha dejado de tocar durante esta escena.) ¡Señora, por
compasión... en nombre del cielo! ¡Por vuestra corona, por vuestra madre y por
los ángeles! ¡Gilberto, Gilberto, salvadle, señora, porque ese hombre es mi
vida, es mi esposo; y todo se lo debo á él desde la cuna! Señora; bien veis,
sólo soy una pobre infeliz, y que no debéis mostraros severa conmigo. Lo que
acabáis de decirme es para mí un golpe tan terrible, que apenas sé cómo me
queda fuerza para hablar. Es preciso que mandéis suspender la ejecución al
punto, aplazándola hasta mañana, el tiempo necesariop. 199 para que se
reconozca el error. Ese pueblo podrá esperar hasta mañana, y después veremos lo
que se ha de hacer. No, no mováis la cabeza; no hay peligro para vuestro
Fabiano; yo me pondré en su lugar. Oculta por el velo negro, nadie lo echará de
ver por la noche; pero salvad á Gilberto. ¿Qué os importa que sea yo ó él, tanto
más cuanto que deseo morir?... ¡Oh Dios mío!... ¡esa campana, esa espantosa
campana... cada uno de sus tañidos es un paso más hacia el cadalso, y parece
que me hieren el corazón! Haced lo que os pido, señora, pues no hay peligro
alguno para vuestro Fabiani. Yo os amo, señora, aunque no os lo había dicho,
porque sois una gran reina; ved cómo beso vuestras hermosas manos. ¡Oh! dadme
la orden para suspender la ejecución, pues aún es tiempo, porque van muy
despacio y hay mucho camino desde la Torre al Mercado Viejo. El hombre del
balcón me dijo que pasarían por Charing-Cross, y como hay un camino más corto,
un mensajero llegaría á tiempo. ¡En nombre del cielo, señora, compadeceos!
Suponed que yo soy la reina y vos la pobre joven; lloraríais como yo, y yo perdonaría.
¡Hacedlo, señora! He temido que las lágrimas no me permitirían hablar.
Suspended la ejecución, señora, que en eso no hay inconveniente, ni peligro
para Fabiani. ¿No os parece, señora, que se debe hacer lo que yo digo?
La Reina (enternecida y levantando á Juana).—Bien
lo quisiera, infeliz, porque tú lloras, como yo lloraba, y sientes lo que yo
sentía; mis angustias me hacen compadecer las tuyas. ¡Mira, también yo lloro!
Es una desgracia, pobre niña, pues me parece que hubieran podido tomar otro
para víctima, como por ejemplo Tyrconnel; pero es demasiado conocido; se
necesitaba un hombre oscuro, y no teníamos más que ese á mano. Te explico esto
para que comprendas bien. ¡Dios mío, verdaderamente hay fatalidades que no se pueden
evitar!
p. 200Juana.—Os escucho, señora; yo también tendría
muchas cosas que deciros; pero antes quisiera la orden de suspender la
ejecución, para que el mensajero la llevase. Hecho esto, podríamos hablar
mejor. ¡Oh, esa campana, siempre esa campana!
La Reina.—Lo que tú quieres no es posible, Juana.
Juana.—Sí, es posible. Un mensajero montado puede
llegar á tiempo por el muelle, y sino, iré yo. Esto es posible y fácil; ya veis
que os hablo con dulzura.
La Reina.—Pero el pueblo rehusaría, y volviendo á
la Torre, destruiría cuanto encontrase, dando muerte á Fabiano, que aún se
halla aquí. Tú tiemblas, pobre niña, y yo también; á tu vez, ponte en mi lugar,
y comprende que no puedo hacer más de lo que hago. ¡No pienses más en Gilberto,
Juana, resígnate! ¡Todo ha concluído!
Juana.—¡No, mientras esa campana resuene, no habrá
concluído! ¡Resignarme á la muerte de Gilberto! ¿Creéis que le dejaré morir
así? ¡Ah! ya veo que no me escucháis. ¡Pues bien, si la Reina no me escucha, el
pueblo me atenderá! El patio está ocupado todavía por una parte de él, y aunque
después me cueste la vida, voy á gritar que se le engaña, y que aquel á quien
conducen al patíbulo no es Fabiani, sino un obrero.
La Reina.—¡Detente, miserable! (La coge de un
brazo y mírala fijamente con aire amenazador.) ¡Ah, conque lo tomas así!
¡Soy buena, lloro contigo y te vuelves loca furiosa! ¡Ah! mi amor es tan grande
como el tuyo, y mi mano más fuerte. No te moverás. ¿Qué me importa á mí tu
amante? ¿Será cosa de que todas las jóvenes de Inglaterra vengan á pedirme
cuenta de los suyos? Yo salvo al mío como puedo, y á costa de cualquiera.
¡Cuidad de los vuestros!
Juana.—¡Dejadme!... ¡Yo os maldigo, mujer indigna!
p. 201La Reina.—¡Silencio!
Juana.—No, no callaré. ¡Ah! me ocurre ahora la idea
de que no es Gilberto quien va á morir.
La Reina.—¿Qué dices?
Juana.—No lo sé; pero le he visto pasar con el velo
negro, y paréceme que si hubiera sido Gilberto habría sentido algo en el
corazón; creo que este me hubiera gritado: ¡ese es Gilberto! pero no ha sido
así.
La Reina.—¡Dios mío! eso que dices no deja de ser
un absurdo, y sin embargo, me espanta, porque has despertado una de las más
secretas inquietudes de mi corazón. Ese motín me ha impedido vigilarlo todo por
mí misma. ¿Por qué habré confiado á otros la salvación de Fabiano? Maese Eneas
es un traidor, y tal vez andaba allí cerca Simón Renard. ¡Dios quiera que no me
hayan hecho una segunda traición los enemigos de Fabiano! ¡Venga aquí alguno,
pronto! (Preséntanse dos carceleros.) (Al primero.) ¡Corred, y
decid que se suspenda la ejecución: he aquí mi anillo real! Se ha de ir al
Mercado Viejo... ¿No dices que hay un camino más corto, Juana?
Juana.—Por el muelle.
La Reina (al carcelero).—Por el muelle.
¡Toma un caballo, y á escape! (El carcelero sale.) (Al segundo
carcelero.) Corred á la torre de Eduardo el Confesor; allí hay dos
calabozos de los condenados á muerte, y en uno de ellos, un hombre. Conducidle
aquí al punto. (Sale el carcelero.) ¡Ah, tiemblo de pies á cabeza, y no
tendría fuerza para ir yo misma! ¡Ah! ¡miserable mujer, me haces tan
desgraciada como tú, y te maldigo á mi vez! ¡Dios mío! ¿tendrá el hombre tiempo
de llegar? ¡Qué ansiedad tan horrible! Ya no veo nada; todo se perturba en mi
espíritu... ¿Por quién tocará esa campana? ¿Será por Gilberto ó por Fabiani?
Juana.—La campana ha dejado de tocar.
La Reina.—Porque el cortejo estará en el sitio de
lap. 202 ejecución; el hombre no habrá tenido tiempo de llegar.
(Óyese un cañonazo lejano.)
Juana.—¡Cielos!
La Reina.—Ahora sube al patíbulo. (Segundo
cañonazo.) Se arrodilla.
Juana.—¡Esto es horrible!
(Tercer cañonazo.)
Las dos.—¡Ah!...
La Reina.—¡Ya no hay más que uno vivo! Dentro de un
instante sabremos cuál. ¡Dios mío, permitid que sea Fabiano el que vuelva!
Juana.—¡Dios mío, haced que sea Gilberto! (Se
corre la cortina del fondo, y Simón Renard aparece, conduciendo á Gilberto de
la mano.) ¡Gilberto!
(Se precipita en sus brazos.)
La Reina.—¿Y Fabiano?
Simón Renard.—Muerto.
La Reina.—¡Muerto! ¿Quién ha osado?...
Simón Renard.—Yo; he salvado á la reina y á
Inglaterra.
p. 203
La Esmeralda
Libreto de ópera en 4 actos con un prefacio del
autor
p. 205
Prefacio
or si acaso alguno recordase una novela al
escuchar una ópera, el autor cree de su deber anunciar al público que para
introducir en la perspectiva particular de una escena lírica alguna cosa del
drama que sirve de base al libro titulado Nuestra Señora de París,
ha sido necesario modificar diversamente tan pronto la acción como los
caracteres. El de Febo de Châteaupers, por ejemplo, es uno de aquellos que han
debido alterarse, haciéndose necesario también otro desenlace. Por lo demás,
aunque el autor se haya desviado lo menos posible, y sólo cuando la música lo
exigía, de ciertas condiciones indispensables, á su modo de ver, en toda obra
pequeña ó grande, no entiende ofrecer aquí á los lectores, ó mejor dicho á los
oyentes, sino un bosquejo de ópera más ó menos bien dispuesto para que la obra
musical se sobreponga felizmente, un libreto puro y sencillo,
cuya publicación se explica por un uso imperioso. En esto no puede ver más que
una trama de aquellas que siempre ganarán ocultándose bajo ese rico y
deslumbrador bordado que llaman la música.
p. 206El autor supone, pues, si por casualidad se
ocupan de este libreto, que un opúsculo tan especial no se podría juzgar en
ningún caso de por sí, abstracción hecha de las necesidades musicales á que el
poeta ha debido someterse, y que en la ópera tienen siempre derecho de
prevalecer. Prescindiendo de todo lo demás, ruega con instancia al lector que
no vea en estas líneas sino lo que contienen, es decir, su pensamiento personal
en este libreto en particular, y no un desdén injusto y de mal género á esa especie
de poemas en general, y al establecimiento magnífico en que se representan. El
autor, que no es nada, recordaría, en caso necesario, á los que ocupan más alta
posición, que nadie tiene derecho para despreciar, aunque fuese bajo el punto
de vista literario, una escena como ésta. No olvidemos que, sin contar los
poetas, este Real Teatro ha recibido en ciertas ocasiones ilustres visitantes.
En 1671 se representó con toda la pompa de la escena lírica una tragedia-baile
titulada «Psiquis», cuyo libreto era de dos autores: el uno se llamaba Poquelin
de Molière y el otro Pedro Corneille.
14 Noviembre 1835.
p. 207
La Esmeralda
p. 209
ACTO PRIMERO
La escena representa la Corte de los Milagros. Es
de noche. Una multitud de truhanes se entrega á ruidosas danzas. Mendigos y
mendigas en actitudes diversas y propias del oficio. El rey de la Truhanería
encima de un tonel. Fuegos, antorchas, hogueras. En el fondo y entre la sombra,
casas de mísero aspecto.
p. 210ESCENA I
CLAUDIO FROLLO, CLOPIN, luego LA ESMERALDA, después
CUASIMODO.—TRUHANES.
Coro de Truhanes.—¡Viva Clopin, rey de la
Truhanería! ¡Vivan los mendigos de París! ¡Trabajemos de noche cuando todos los
gatos son pardos! ¡Bailemos! ¡Comamos! ¡Burlémonos de las lluvias de Abril y
del ardiente sol de Julio!
Aprendamos á olfatear la espada del arquero para
huir de ella, y el saco de oro que lleva el viajero para hacerlo nuestro.
Iremos á bailar con los espíritus, á la claridad de
la luna. ¡Viva Clopin, rey de la Truhanería! ¡Vivan los mendigos de París!
Claudio Frollo (aparte detrás de un pilar;
lleva una ancha capa que oculta sus hábitos sacerdotales).—Los ayes de mi
alma dolorida se pierden entre el tumulto de esta infame bacanal. ¡Cuánto
sufro! Jamás lava tan ardiente como la que abrasa mi pecho ha circulado por la
chimenea de un volcán.
(Entra Esmeralda bailando.)
Coro.—¡Aquí está! ¡Aquí está Esmeralda!
Claudio Frollo (aparte).—Es ella. ¡Sí!
¿Por qué cruel destino has hecho tan hermosa á esa criatura, á esa criatura tan
desgraciada?
(Esmeralda llega hasta el centro del escenario.
Los Truhanes forman corro en torno suyo y dan muestras de admiración mientras
ella baila.)
p. 211
Coro.—¡Baila, muchacha, baila!
La Esmeralda.—Soy la huérfana hija del dolor, que
arroja flores en vuestro camino. Mi delirante alegría encubre muchos suspiros;
os muestro mis sonrisas yp. 213 oculto mis lágrimas. Bailo y canto como el
pajarillo salta y trina á orillas de un arroyo. Soy palma herida que cae inerte
á tierra. La noche de la tumba es el dosel de mi cuna.
Coro.—¡Baila, muchacha, baila! Tú suavizas nuestro
áspero carácter. Considéranos como tu familia y juega con nosotros como la
golondrina juguetea con las olas del mar. Esta es la pobre niña, hija de la
desgracia. Cuando centellea su mirada, desaparece el dolor. Todos nos reímos
para oir su canto. Desde lejos, parece, por lo graciosa, la abeja que se
columpia en el cáliz de una flor.
¡Baila, muchacha! Tú suavizas nuestro carácter.
Considéranos como tu familia y juega con nosotros.
Claudio Frollo (aparte).—¡Tiembla,
muchacha! Los celos me devoran.
(Trata de aproximarse á Esmeralda, que se aparta
de él casi con espanto. Entra la procesión del papa de los locos, llevando
antorchas, linternas y músicas. En medio del cortejo va Cuasimodo sobre unas
angarillas rodeado de luces y con la cabeza cubierta por una mitra.)
Coro.—Saludad.
¡Saludad todos! Aquí tenéis al papa de los locos.
Claudio Frollo (que al ver á Cuasimodo, se
dirige hacia él con ademán colérico).—¡Cuasimodo! ¿Qué significa esta
indigna mascarada? ¡Oh profanación! ¡Aquí, Cuasimodo, aquí!
Cuasimodo.—¡Dios mío! ¡Qué oigo!
Claudio Frollo.—Que vengas aquí he dicho.
Cuasimodo (bajando de las angarillas).—Aquí
estoy.
Claudio Frollo.—¡Sé anatema!
Cuasimodo.—¡Gran Dios! Es él.
Claudio Frollo.—¡Qué audacia!
Cuasimodo.—¡Horrible situación!
Claudio Frollo.—¡De rodillas, traidor!
Cuasimodo.—¡Perdón, señor!
p. 214
Claudio Frollo.—El amo acaso podrá perdonarte; el
sacerdote no.
Cuasimodo.—¡Perdón! ¡perdón!
(Claudio Frollo arranca á Cuasimodo los
burlescos ornamentos pontificales de que va revestido y los pisotea. Los
Truhanes, á quienes dirige miradas de cólera Claudio, comienzan á murmurar y
forman en torno de éste varios grupos en actitud amenazadora.)
Coro.—¡Compañeros! Se atreve á amenazarnos en
nuestra misma casa.
Cuasimodo.—¿Qué pretenden esos audaces ladrones?
Amenazan á mi amo; pero ya veremos quién lleva el gato al agua.
Claudio Frollo.—¡Raza impura de judíos y ladrones!
¡Os atrevéis á amenazarme! ¡Pues ya veremos!
(La cólera de los Truhanes estalla.)
Coro.—¡Basta, basta! ¡Muera el que turba nuestra
fiesta! ¡Que pague con la cabeza su atrevimiento! ¡Su resistencia será inútil!
Cuasimodo.—¡Deteneos! ¡No le toquéis, ó va á
convertirse la fiesta en sangriento combate!
Claudio Frollo.—Estoy intranquilo, pero no es por
el peligro que puede correr mi cabeza. (Poniéndose la mano sobre el pecho.)
¡Aquí es donde se libra un verdadero combate! ¡Aquí está la tempestad!
(En el momento de llegar al colmo el furor de
los Truhanes, aparece en el fondo Clopin Trouillefou.)
Clopin.—¿Quién se atreve á atacar en esta infame
madriguera, á mi señor el Arcediano y á Cuasimodo, el campanero de Nuestra
Señora?
Los Truhanes (conteniéndose).—¡Es
Clopin! ¡Es nuestro rey!
Clopin.—¡Retiraos, miserables!
Los Truhanes.—¡Fuerza es obedecer!
Clopin.—Dejadnos.
p. 215(Los Truhanes se retiran. La Corte de los
Milagros queda desierta. Clopin se aproxima misteriosamente á Claudio.)
ESCENA II
CLAUDIO FROLLO, CUASIMODO, CLOPIN TROUILLEFOU
Clopin.—¿Qué motivo os ha impulsado á venir á esta
orgía? ¿Tenéis alguna orden que darme? Sois mi maestro de magia y podéis hablar
con libertad; estoy dispuesto á obedeceros en todo.
Claudio Frollo (cogiendo vivamente por un
brazo á Clopin y llevándole hacia el proscenio).—Vengo á concluir. Oye.
Clopin.—Ya escucho.
Claudio Frollo.—¡La amo más que nunca! Por eso
muero devorado por la pasión y el pesar. Es preciso que sea mía esta misma
noche.
Clopin.—Este es el camino de su casa y por aquí
pasará dentro de un instante.
Claudio Frollo (aparte).—¡Oh! ¡El
infierno triunfa! (En voz alta.) ¿Dices que pasará pronto?
Clopin.—Inmediatamente.
Claudio Frollo.—¿Sola?
Clopin.—Sola.
Claudio Frollo.—Está bien.
Clopin.—¿Pensáis esperarla?
Claudio Frollo.—Sí; estoy resuelto á que sea mía ó
á morir.
Clopin.—¿Puedo ayudaros?
Claudio Frollo.—No. (Entrega su bolsa á Clopin y
le hace seña de que se vaya. Quédase solo con Cuasimodo á quien lleva hacia el
proscenio.) Ven. Necesito de ti.
Cuasimodo.—Mandad.
p. 216
Claudio Frollo.—Se trata de una cosa impía,
horrible, abominable.
Cuasimodo.—Sois mi amo y estoy dispuesto á
obedecer.
Claudio Frollo.—Arriesgamos la libertad, la vida,
todo...
Cuasimodo.—Á todo estoy resuelto.
Claudio Frollo (con impetuosidad).—¡Quiero
apoderarme de la gitana!
Cuasimodo.—Podéis disponer de mi sangre, sin
decirme el porqué.
(Á una seña de Claudio Frollo se retira hacia el
fondo, dejando solo á su amo en el proscenio.)
Claudio Frollo.—¡Oh cielos! ¡Haber sepultado mi
inteligencia en los abismos del mal! ¡Haber ensayado todos los criminales
artificios de la magia! ¡Haber caído en profundidades más hondas que el mismo
infierno! ¡Ser sacerdote! ¡Espiar en las tinieblas de la noche á una mujer! ¡Y
pensar que cuando mi alma se halla en semejante situación, está Dios mirándome
desde el Empíreo!...
Pero ¡bah! no importa. El destino fatal me empuja
con tan ruda mano, que no puedo detenerme en la pendiente. Mi suerte se decide
hoy. El sacerdote loco ya no tiene esperanza de salvarse, pero tampoco miedo á
la condenación eterna.
¡Demonio que me dominas y á quien evocan mis libros
cabalísticos; si me concedes esa mujer, te entrego mi alma! ¡Cobija bajo tus
malditas alas al sacerdote infiel! ¡El infierno, con ella, me parecerá un
paraíso!
¡Ven, mujer, ven! ¡Te espero! ¡Ya que Dios, cuya
mirada penetra constantemente en nuestros corazones, ha tenido el capricho de
que elija entre el cielo y el amor, quiero satisfacer éste enseguida!
Cuasimodo (adelantándose).—Señor, se
acerca el instante crítico.
p. 217Claudio Frollo.—Sí; el momento es solemne; va
á decidirse mi suerte. Calla.
Claudio Frollo y Cuasimodo (á dúo).—La
noche está oscura. Oigo pasos. ¿Quién vendrá?
La ronda (pasando por detrás de las casas).—¡Paz
y vigilancia! Tengamos el oído alerta y procuremos sondear con la mirada las
tinieblas de la noche.
Claudio y Cuasimodo (á dúo).—Alguien se
adelanta en la oscuridad sin hacer ruido. Callemos. ¡Ah! Es la ronda nocturna.
(Se aleja la ronda.)
Cuasimodo.—Ya se va la ronda.
Claudio Frollo.—Y con ella nuestro miedo.
(Claudio Frollo y Cuasimodo miran con ansiedad
hacia la calle por donde ha de venir la Esmeralda.)
Cuasimodo.—Consejos del amor recibe, y siente
fortalecer su esperanza quien vela mientras todo duerme. ¡La oigo venir!... es
ella... Niña divina; ven sin temor.
Claudio Frollo.—La oigo venir; es ella... ¡Es mía!
(Sale la Esmeralda. Ambos se arrojan sobre ella
y quieren llevársela; pero se resiste.)
La Esmeralda.—¡Socorro! ¡Socorro! ¡Á mí!
Claudio Frollo y Cuasimodo.—¡Calla! ¡Calla!
ESCENA III
LA ESMERALDA, CUASIMODO, FEBO DE CHÂTEAUPERS, los
arqueros de la ronda
Febo (entrando á la cabeza de los arqueros).—¡Alto,
en nombre del rey!
p. 218(Claudio se escapa aprovechando el
tumulto. Los arqueros se apoderan de Cuasimodo.—Febo á los arqueros, señalando
al jorobado:)
¡Sujetadle y apretad firme, sea noble ó plebeyo!
Llevémosle á las prisiones del Châtelet.
(Los arqueros conducen á Cuasimodo al fondo del
escenario. La Esmeralda, repuesta del susto que ha recibido, se aproxima á Febo
á quien mira con curiosidad y admiración, llevándole luego al proscenio.)
DÚO
La Esmeralda (á Febo).—Señor, ¿queréis
decirme vuestro nombre?
Febo.—Me llamo Febo de Châteaupers.
La Esmeralda.—¿Sois capitán?
Febo.—¡Sí, reina mía!
La Esmeralda.—¡Oh! ¡Yo no soy reina!
Febo.—¡Cuánto candor y cuánta gracia!
La Esmeralda.—¡Febo! Me gusta mucho vuestro nombre.
Febo.—Más me gusta á mí.
La Esmeralda (á Febo).—Muchas veces, un
apuesto capitán, un gallardo oficial de bizarro continente y corazón de acero,
se apodera del corazón de una pobre muchacha y luego se ríe de su llanto.
Febo (aparte).—El amor de un militar
apenas puede vivir un día. Todo soldado desea hallar flores sin espinas,
placeres sin pesares, amor sin dolor. (Á La Esmeralda.) ¿Sabes que
tienes unos ojos encantadores?
La Esmeralda.—Acaso valdría más no tenerlos en
ciertas ocasiones, pues cuando se ve á un caballero como vos, luego se está
pensando en él largo tiempo.
Febo (aparte).—La obligación del buen
soldado es cortejar á todas las mujeres que halle en su camino.
La Esmeralda (colocándose delante del
capitán y examinándole con admiración).—Cuanto más os contemplop.
219 más os admiro. ¡Oh! ¡qué hermosa banda de seda con franjas de oro!
(Febo se quita la banda y se la entrega á
Esmeralda.)
Febo.—¿Te gusta? Pues tuya es.
La Esmeralda.—¡Qué preciosa!
(La Esmeralda toma la banda y se la pone.)
Febo.—¡Un momento!
(Se aproxima á la Esmeralda y trata de
abrazarla. Ella retrocede.)
La Esmeralda.—¡No, eso no!
Febo (insistiendo).—¡Déjate abrazar!
La Esmeralda (retrocediendo más).—¡Nunca!
Febo (riendo).—¡Es chistoso esto de
hallar una mujer tan hermosa y tan cruel al mismo tiempo! Quiero un beso de tus
labios; ¿por qué me lo niegas?
La Esmeralda.—Porque debo negarlo. ¿Quién sabe las
consecuencias que puede traer un beso?
Febo.—Pues si no me le das, voy á tomarlo yo.
La Esmeralda.—No, dejadme: no hablemos de eso.
Febo.—¡Un solo beso no es nada!
La Esmeralda.—Nada para vos; pero todo para mí.
Febo.—Mírame y te convencerás de cuánto te amo.
La Esmeralda.—¡Si apenas me atrevo á mirarme á mí
misma!
Febo.—El amor quiere entrar en tu corazón esta
noche.
La Esmeralda.—Esta noche el amor y mañana la
desgracia.
(Se escapa de los brazos de Febo y huye. Febo,
contrariado, se vuelve hacia Cuasimodo á quien tienen atado los guardias en el
fondo del teatro.)
Febo.—¡Se resiste y huye! ¡Valiente aventura! De
dos pájaros nocturnos que tenía, el ruiseñor se me escapa y me queda el
mochuelo.
(Se pone á la cabeza de la tropa y sale
llevándose á Cuasimodo.)
p. 220Coro de la ronda.—Paz y vigilancia. Tengamos
el oído alerta y procuremos sondear con las miradas las tinieblas de la noche.
(Se alejan poco á poco y desaparecen.)
p. 221
ACTO II
La plaza de Grève. La picota y en ella Cuasimodo.
El pueblo llena la plaza.
ESCENA I
Coro.—¿Conque robaba á una joven?
—¡Es posible!
—Mirad cómo le zurran en este momento.
—¿Oís, comadre? Cuasimodo se ha atrevido á cazar en
las tierras de Cupido.
Una mujer del pueblo.—Pasará por mi calle cuandop.
222 vuelva de la picota... Pero silencio, el pregonero va á hablar.
Pregonero.—De orden del rey, que Dios guarde, el
hombre á quien estáis viendo, permanecerá durante una hora en la picota,
debidamente custodiado.
Coro.—¡Muera, muera el jorobado, el sordo, el
tuerto! ¡Muera ese Barrabás! ¡Parece que se atreve á mirarnos! ¡Muera el
hechicero! ¡Gesticula y se agita! ¡Él es quien hace ladrar á los perros por la
calle!
—Castigad severamente á ese bandido.
—¡Que se le dé doble número de azotes!
Cuasimodo.—¡Por piedad! ¡Dadme agua!
Coro.—¡Que le cuelguen!
Cuasimodo.—Tengo sed.
Coro.—¡Maldito seas!
(Esmeralda, que desde hace algunos momentos se
ha mezclado en la multitud, observa con sorpresa y luego con piedad á
Cuasimodo. De súbito, entre la gritería del pueblo, sube á la picota, saca de
su cinturón una botellita y da de beber al jorobado.)
Coro.—¿Qué haces, hermosa niña? Deja á Cuasimodo.
Cuando Belcebú se abrasa, no le debes dar agua.
(La Esmeralda baja de la picota y los arqueros
desatan y se llevan á Cuasimodo.)
Coro.—Había querido secuestrar una joven.
—¿Quién, ese espantajo?
—Eso es horrible, infame.
—Eso es muy grave.
—¿Oís, comadres? Cuasimodo se ha atrevido á cazar
en las tierras de Cupido.
p. 223ESCENA II
Sala lujosamente amueblada, donde se están haciendo
los preparativos para una fiesta
FEBO, FLOR DE LIS, LA SEÑORA ELOÍSA DE GONDELAURIER
La señora Eloísa.—Febo, futuro yerno mío, á quien
tanto quiero, mandad y dirigid aquí ahora, como antes lo he hecho yo,
procurando que esta noche se divierta todo el mundo. Y tú, hija mía, prepárate.
Ya que serás la más hermosa de todas, debes ser también la más alegre.
(Se va hacia el fondo y da varias órdenes á los
criados que están haciendo los preparativos.)
Flor de Lis (á Febo).—Desde la semana
pasada apenas os he visto dos veces, y sólo, gracias á esta fiesta, volvéis
aquí. Esto es poco lisonjero.
Febo.—¡Por Dios! No me riñáis.
Flor de Lis.—Si veo que me vais olvidando...
Febo.—Os juro...
Flor de Lis.—Nada de jurar. Cuando se jura es
porque se miente.
Febo.—¡Olvidaros! ¡Qué locura! ¿Acaso no sois vos
la más hermosa de las mujeres y yo el hombre más amante de la belleza? (Aparte.)
¡Qué irritada está hoy mi novia! Sin duda sospecha algo. ¡Ah! nada hay más
fastidioso que los celos. Las mujeres deberían saber que los amantes á quienes
se hostiga, se largan con viento fresco. Es más fácil atraer al hombre con la
risa que con las lágrimas.
Flor de Lis (aparte).—¡Hacer traición á
su prometida! ¡Á mí, que no pienso más que en él! ¡Ay! ¡cuánto sufro con sus
ausencias y cuánto padezco también alp. 224 mirarle! Cuando le veo,
menosprecia mi gozo; cuando no viene, desdeña mis lágrimas. (Á Febo.)
Febo, ¿qué habéis hecho de la banda que os bordé? ¿Cómo no la lleváis?
Febo.—¿La banda?... No sé... (Aparte.) ¡Dios
santo! ¡Qué compromiso!
Flor de Lis.—Sin duda la habréis olvidado. (Aparte.)
¿Quién será su dueña ahora? ¿Por quién me olvida?
Eloísa (dirigiéndose hacia ellos y en tono
conciliador).—¡Vaya, vaya! Ante todo casaos; luego tendréis tiempo de
reñir.
Febo (á Flor de Lis).—No he olvidado
vuestra banda. Si no la traigo es porque la conservo doblada cuidadosamente en
un cofrecillo esmaltado que mandé hacer expresamente. (Con pasión, á Flor de
Lis, que todavía está irritada.) ¡Juro que os adoro más que si fuéseis la
misma Venus!
Flor de Lis.—No juréis. Ya sabéis mi opinión
respecto al asunto.
Eloísa.—¡Vaya, niños! Nada de cuestiones. Hoy todo
el mundo debe estar alegre.
Ven, hija mía; es preciso que hagamos los honores
de la casa. Cada cosa á su tiempo. (Á los criados.) Encended las luces y
que se disponga todo para el baile. Quiero que por doquiera resplandezca la
claridad, y que los convidados crean hallarse en pleno día.
Febo.—Estando Flor de Lis aquí, no puede faltar
nada para el esplendor de la fiesta.
Flor de Lis.—Sí, Febo; falta el amor.
(Vanse las dos mujeres.)
Febo (mirando cómo se aleja Flor de Lis).—Á
decir verdad, aun estando á su lado no puedo hallarme satisfecho, porque la
mujer á quien amo, y en la cual pienso todo el día, no está aquí.
p. 225ARIA
Sólo á ti pertenece mi corazón, niña encantadora,
hermosa sombra que llenas mi vida con tu recuerdo y que, ausente siempre, te
apareces á todas horas.
Como un nido destaca entre el ramaje, como una flor
entre las malezas, como un bien entre los males, así destaca y brilla mi amada
entre las demás mujeres. Humilde y altiva á un tiempo, pero altiva sólo para
guardar su pureza, en medio de la libertad en que vive, sabe encubrir la
voluptuosidad de su mirada con un casto velo de pudor.
En la oscura noche parece un ángel, cuya frente
oculta la sombra, mientras que en sus ojos resplandece el fuego. No me abandona
un solo instante su imagen, unas veces luminosa, otras sombría; y ora se me
represente como astro, ora como nube, siempre la veo en el cielo.
Sólo á ti pertenece mi corazón, niña encantadora,
hermosa sombra que llenas mi vida con tu recuerdo y que, ausente siempre, te
apareces á todas horas.
(Entran en el salón multitud de señoras y
caballeros, elegantemente vestidos.)
ESCENA III
El mismo, EL VIZCONDE DE GIF, EL SEÑOR DE MORLAIX,
EL SEÑOR DE CHEVREUSE, LA SEÑORA DE GONDELAURIER, FLOR DE LIS, DIANA,
BERENGUELA, señoras, caballeros
El vizconde de Gif.—¡Salud, nobles castellanos!
Eloísa, Febo y Flor de Lis (saludando).—¡Salud,
nobles caballeros! Dios quiera que bajo este techo hospitalario olvidéis toda
clase de cuidados y pesares.
p. 226El señor de Morlaix.—Señoras, os deseo salud,
placer y dicha.
Eloísa, Febo y Flor de Lis.—Que el cielo premie
vuestros buenos deseos, nobles caballeros.
El señor de Chevreuse.—Señoras, digo lo mismo que
mi compañero.
Eloísa, Febo y Flor de Lis.—Nuestra señora os
recompense.
(Entran todos los convidados.)
Coro.—Entremos todos á tomar parte en la fiesta,
así las damas como los caballeros; por todas partes embalsamen el ambiente las
flores que adornan las cabezas femeniles y en todos los corazones domine la
alegría.
(Los convidados se aproximan y saludan. Entre
ellos circulan varios criados llevando bandejas con flores y frutas. Á la
derecha, junto á una ventana, se forma un grupo de muchachas. De pronto, una de
ellas hace señales á las demás para que se inclinen sobre el alféizar y miren
fuera.)
BAILE
Diana (mirando á la calle).—Mira, mira,
Berenguela.
Berenguela (obedeciendo).—¡Qué viva es
y qué ligera!
Diana.—¡Parece un hada ó la encarnación misma del
Amor!
El vizconde de Gif (riendo).—¿Quién
baila en la calle?
El señor de Chevreuse (después de mirar).—Es
la maga... Febo, es tu gitana, la que salvaste valerosamente de manos de un
ladrón, la otra noche.
El vizconde de Gif.—Sí, sí, es la bohemia.
El señor de Morlaix.—Es hermosa como un sol.
Diana (á Febo).—Si la conocéis, decidla
que venga á distraernos un rato con sus habilidades.
Febo (mirando con aparente indiferencia).—Puede
serp. 227 que sea ella. (Al señor de Gif.) ¿Pero creéis que se
acordará...?
Flor de Lis (que ha estado escuchando).—De
vos se acuerda siempre todo el mundo. Llamadla; decidla que suba. (Aparte.)
Ahora veré si es cierto lo que se dice.
Febo (á Flor de Lis).—Ya que lo
queréis, probemos.
(Hace señas para que suba Esmeralda.)
Las jóvenes.—¡Ya viene!
El señor de Chevreuse.—Acaba de trasponer el
pórtico.
Diana.—Los que estaban admirándola se han quedado
muy mustios.
El vizconde de Gif.—Señoras, vais á ver á esa
deidad callejera.
Flor de Lis (aparte).—¡Qué pronto ha
obedecido á la señal de Febo!
ESCENA IV
Los mismos y LA ESMERALDA
(Entra la gitana tímida y confusa. Movimiento de
admiración. Todo el mundo se aparta para dejarla paso.)
Coro.—¡Mirad! Su hermosa faz resplandece entre
todas, como brillaría un lucero rodeado de antorchas.
Febo.—¡Oh! ¡es mi hermosa! Amigos, Esmeralda es la
reina de este baile; la corona de la belleza ciñe su frente. (Volviéndose
hacia los señores de Gif y de Chevreuse). Amigos, mi corazón quiere
saltarse del pecho. ¡Hada encantadora! Si pudiera libar el cáliz de la flor de
tus amores, desafiaría gustoso los peligros de la guerra y hasta la misma
desgracia.
El señor de Chevreuse.—¡Es un rostro celestial!
Parece uno de esos encantadores sueños que flotan en la oscuridad de la noche y
llenan la sombra de claridad.p. 228 Creeríase imposible que haya nacido en
el abandono y se haya criado en la calle... ¿Quién habrá sido capaz de
abandonar á la corriente de inmundo arroyo una flor tan hermosa?
La Esmeralda (con la vista fija en Febo).—Es
mi Febo, estoy segura de ello, pues su imagen se ha conservado grabada en mi
corazón. Ya vista de seda, ya se cubra con la armadura, es siempre el mismo,
todo belleza y gracia. Febo, mi cabeza arde; me abrasa la alegría y el dolor.
Así como la tierra necesita el benéfico rocío, mi alma necesita el consuelo de
las lágrimas.
Flor de Lis.—¡Qué hermosa es! Ya estaba segura de
ello. En verdad que debo estar muy celosa, si mis celos han de igualar á su
belleza. Pero ¡quién sabe! Acaso estemos predestinadas ambas, por el implacable
destino, á ver morir en flor todas nuestras ilusiones.
Eloísa.—¡Qué criatura tan hermosa! ¡Mentira parece
que una impura gitana reuna en sí tanto encanto y belleza tanta! Mas ¿quién es
capaz de adivinar los caprichos de la suerte? Muchas veces una serpiente, para
cazar á los pobres pajarillos, oculta su venenosa cabeza en el matorral que más
cubierto se halla de flores.
Coro general.—Las hermosas noches del estío no la
aventajan en serenidad ni en hermosura.
Eloísa (á Esmeralda).—Vamos, niña
hechicera, ven y danos á conocer algún baile nuevo.
(Esmeralda se prepara á bailar y saca de su seno
la banda que le había regalado Febo.)
Flor de Lis.—¡Mi banda!... ¡Ah! Febo, me engañabas.
Esta es mi rival...
(Flor de Lis arranca la banda de manos de
Esmeralda y se desmaya. Los convidados se dirigen en actitud amenazadora hacia
la gitana que se refugia junto á Febo.)
Coro.—¿Conque es verdad que Febo la ama? ¡Infame!
Sal de aquí. Parece mentira que te hayas atrevido á venir á desafiar nuestra
cólera. Este es el colmop. 229 de la imprudencia. Vuelve á recorrer las
calles para que la hez del pueblo se extasíe con tus bailes. Mujer de tan baja
esfera que á tanta altura se atreve á mirar, merece ser arrojada de este sitio
inmediatamente.
La Esmeralda.—Defiéndeme tú, Febo mío, defiéndeme.
La pobre gitanilla no confía en nadie más que en ti.
Febo.—Pues bien, sí, la amo; sólo á ella adoro y me
constituyo en su defensor. Lucharé por ella, á quien pertenecen mi brazo y mi
corazón. Si necesita que se la proteja, yo la ampararé. Las injurias que se la
dirijan las tendré por hechas á mí, y considero su honor como el mío propio.
Coro.—¡Cómo! ¡Es verdad que la ama!... ¡Fuera!
¡Fuera de aquí!... ¿Es posible que nos desafíe por una gitana?... ¡Vaya, callad
ambos! El ardor que mostrais es incalificable. (Á Febo.) Vos dais
pruebas de excesiva insolencia. (Á La Esmeralda.) Y tú de falta de
pudor.
(Febo y algunos amigos suyos protegen á La
Esmeralda, á quien amenazan los demás. La gitana se dirige con vacilante paso
hacia la puerta. Cae el telón.)
p. 231
ACTO III
Puerta exterior de una taberna. Á la derecha el
establecimiento. Árboles á la izquierda. En el fondo una pared baja, con puerta
practicable, que circuye el huerto. Á lo lejos se ven las torres de Nuestra
Señora y una vaga silueta del París antiguo que se destaca del horizonte rojizo
de una puesta de sol, y cuya base lame el Sena.
p. 232ESCENA I
FEBO, EL VIZCONDE DE GIF, LOS SEÑORES DE MORLAIX y
DE CHEVREUSE y otros muchos amigos de Febo, sentados alrededor de varias mesas
bebiendo y cantando.—Luego CLAUDIO FROLLO.
Coro.—Sea propicia y favorable Nuestra Señora á
todos cuantos, en la tierra, no aborrecen más que el agua.
Febo.—Quiera ella conceder á los valientes en todas
partes buen vino que beber y hermosos ojos que admirar. Con vino añejo y una
mujer bonita, todos somos felices.
Coro.—Sea propicia, etc.
Febo.—Sucede á veces que una hermosa de alma fría,
se muestra esquiva; pero el amante comienza por bromear con la ingrata; luego
canta y por último bebe.
Coro.—Sea propicia, etc.
Febo.—Pasa el tiempo, y el amante desdeñado, esté
sereno ó borracho, abraza á su querida y va á dormir sobre la misma boca de un
cañón.
Coro.—Sea propicia, etc.
Febo.—Y su alma, que con frecuencia tiene ensueños
amorosos, está satisfecha cuando el viento agita la tienda de campaña.
Coro.—Sea propicia y favorable Nuestra Señora á
todos cuantos mortales no aborrecen más que el agua.
(Entra Claudio Frollo; va á sentarse junto á una
mesa, lejos de Febo, y al principio parece indiferente á lo que pasa á su
alrededor.)
El vizconde de Gif (á Febo).—¿Qué hay
respecto á tu hermosa gitana?
(Movimiento de atención por parte de Claudio
Frollo.)
p. 233Febo.—Estoy citado con ella para esta noche,
dentro de una hora.
Todos.—¿De veras?
Febo.—Sí.
(Aumenta la agitación de Claudio Frollo.)
El vizconde de Gif.—¿Y dices que la cita es dentro
de una hora?
Febo.—Casi podría decir: de aquí á un instante.
ARIA
¡Oh! El amor es la suprema dicha. Ser dos cuerpos y
un alma; poseer á la mujer á quien se ama; ser á la vez esclavo y vencedor;
sentirse dueño del corazón y de los encantos del objeto amado; tranquilizarse
al sonido de su voz y secar con un beso las lágrimas de sus hermosos ojos: todo
eso es el amor.
(Mientras él canta, los demás beben, chocando
los vasos.)
Coro.—En todo tiempo, la dicha suprema consiste en
beber á la salud de la persona amada y en amar la bebida.
Febo.—Amigos míos, Esmeralda es la más linda de las
mujeres, una verdadera perfección, y me pertenece.
Claudio Frollo (aparte).—Protéjame el
infierno. ¡Maldición sobre ella y sobre ti!
Febo.—El placer nos convida. No vacilemos en dar
nuestra existencia por un momento de amor. ¿Qué importa morir después? Bien
pueden darse cien años por una hora de goce, hasta la eternidad, por un solo
día.
(Óyese el toque de queda. Los amigos de Febo se
levantan de la mesa, se ciñen las espadas, se ponen las capas y los sombreros y
se disponen á partir.)
Coro.—Febo, llegó la hora: ese es el toque de la
queda. Vé á buscar á tu hermosa y que el cielo te guíe.
Febo.—Sí, tenéis razón: ese es el toque de la
queda. Voy á visitar á mi hermosa y que Dios me guíe.
(Salen los amigos de Febo.)
p. 234ESCENA II
CLAUDIO FROLLO, FEBO
Claudio Frollo (deteniendo á Febo en el
momento de ir éste á salir).—¡Capitán!
Febo.—¿Quién es este hombre?
Claudio Frollo.—Oíd.
Febo.—Daos prisa.
Claudio Frollo.—¿Sabéis cómo se llama la mujer que
os espera?
Febo.—¡Diablo! ¡Pues no faltaba más sino que no
supiera cómo se llama mi amante! Es la graciosa bailarina Esmeralda.
Claudio Frollo.—No se llama así: su nombre es la
Muerte.
Febo.—Sólo dos cosas os contestaré. Primero: que
estáis loco; y segundo, que os vayáis á paseo y me dejéis en paz.
Claudio Frollo.—Es preciso que me escuchéis.
Febo.—No me importa nada de cuanto tengáis que
decirme.
Claudio Frollo.—Febo, si traspasáis el dintel de
esa puerta...
Febo.—Sin duda estáis loco.
Claudio Frollo.—Sois hombre muerto.
DÚO
Claudio Frollo.—Tiembla, es una gitana, una de esas
mujeres que no tienen ley ni conciencia. El amor sólo las sirve para encubrir
su odio, y su cama es un lecho de muerte.
Febo (riendo).—¡Vaya! Disponeos para ir
al hospitalp. 235 de los locos y que Júpiter, Esculapio y el Diablo os
protejan.
Claudio Frollo.—Esas mujeres son siempre traidoras.
Da crédito á la voz pública y ten presente que, si vas á ver á Esmeralda,
morirás.
(La insistencia de Claudio Frollo parece hacer
mella en el ánimo de Febo, que mira con ansiedad á su interlocutor.)
Febo.—Este hombre me inquieta; á pesar mío siento
algún recelo... La verdad es que esta ciudad está llena de traidores...
Claudio Frollo (aparte).—Le asusto, y
le hago sospechar á pesar suyo. Este imbécil no ve más que traidores en la
ciudad. (Á Febo.) Creedme, caballero, huíd de la sirena que os tiende un
lazo. Más de una gitana ha satisfecho su odio á nuestra raza, clavando un puñal
en el seno de su amante que palpitaba de amor.
(Febo, á quien quiere arrastrar consigo, se
rehace y le rechaza.)
Febo.—Parece que yo estoy loco también. Cuando se
ama, ¿qué importa que la persona amada sea mora, judía ó gitana? Dejadme en
paz; ella está esperándome. Puede que tengáis razón; pero cuando la muerte es
tan hermosa como ella, debe ser muy dulce morir.
Claudio Frollo (deteniéndole).—Detente...
Piensa que es una gitana. ¿Estás loco hasta el punto de correr tú mismo á tu
perdición?... Desconfía de la mujer infiel que te espera en la sombra. ¡Ah!...
¿No me haces caso? Pues bien, corre á la muerte.
(Febo sale con rapidez á pesar de los esfuerzos
de Claudio Frollo. Éste permanece un momento como indeciso y luego sigue al
capitán.)
p. 236ESCENA III
Sala. En el fondo una ventana que da al río.
Entra CLOPIN TROUILLEFOU con una antorcha en la
mano y seguido de varios hombres á quienes, luego de haberles hecho una señal
de inteligencia, conduce hacia un sitio oscuro, por donde desaparecen. Entonces
Clopin vuelve hacia la puerta y parece indicar á alguien que suba. Preséntase
CLAUDIO FROLLO.
Clopin (á Claudio).—Desde aquí podréis
observar á la gitana y al capitán, sin ser visto de ellos.
(Le muestra un hueco del muro oculto por un
tapiz.)
Claudio Frollo.—¿Están ya en su sitio esos hombres?
Clopin.—Sí.
Claudio Frollo.—Importa que todo esto no se
descubra nunca. Aquí tienes esta bolsa; luego te daré otro tanto.
(Claudio Frollo entra en su escondite, Clopin
sale con precaución y á poco aparecen La Esmeralda y Febo.)
TERCETO
Claudio Frollo (aparte).—¡Oh, mujer
adorada! ¡Cuán cruel es tu destino! Has entrado aquí de fiesta y saldrás de
luto.
La Esmeralda (á Febo).—Mi señor conde,
tengo el corazón lleno de vergüenza y de orgullo.
Febo (á Esmeralda).—¡Qué hermosa eres!
Pero, mira, cuando se cierra esta puerta, se han de dejar fuera las penas.
(Febo hace sentar en un banco, á su lado, á la
Esmeralda.)
p. 237Febo.—¿Me quieres?
La Esmeralda.—Sí, mucho.
Claudio Frollo (aparte).—¡Qué horrible
tormento!
Febo.—¡Oh, adorable mujer! ¡Cuán hermosa eres!
La Esmeralda.—Sois muy adulador... Pero no os
acerquéis tanto: estoy avergonzada...
Claudio Frollo.—¡Se aman! ¡Qué envidia les tengo!
La Esmeralda.—Febo, os debo la vida.
Febo.—Y yo á ti la felicidad.
La Esmeralda.—Sed cuerdo... Animadme con una
sonrisa... ¿No veis que vuestra mirada me fascina?
Febo.—Reina mía, mi sirena, belleza soberana, tus
ojos sí que son deslumbradores.
Claudio Frollo.—¡Qué suplicio es estarles oyendo!
¡Qué amante es ella! ¡Cuán seductor está él!... Reíd, sed felices, mientras yo
abro vuestra tumba.
Febo.—Hada ó mujer, quiéreme mucho, pues mi alma
sólo en ti piensa día y noche.
La Esmeralda.—Soy mujer, y mi alma, abrasada de
amor, suspira por ti noche y día.
Claudio Frollo.—El fuego que me consume es mi
tormento... Á pesar mío, admiro la belleza y el amoroso delirio de ambos.
Febo.—Seamos felices; deja que despierte en tu alma
el amor, mientras el pudor duerme. Tu boca es un cielo: deja que mi alma éntre
en él. ¡Quisiera exhalar el último suspiro en un beso!
La Esmeralda.—Tu voz resuena dulcemente en mis
oídos; tu sonrisa es hechicera y embriagadora; el brillo de tus ojos me
enloquece; tus deseos son mi suprema ley; pero comprendo que debo resistirme á
ellos, pues mi virtud y mi felicidad morirían en ese beso.
Claudio Frollo.—Pasos de muerte, no lleguéis á sus
oídos. Mi celoso odio vela sobre su amor que se adormece. La pálida y
descarnada Parca va á interponersep. 238 entre ambos. Febo, en ese beso
vas á exhalar tu último aliento.
(Claudio Frollo sale de su escondite, se arroja
sobre Febo, le clava un puñal y, saltando por la ventana del fondo, desaparece.
La Esmeralda da un grito y se echa sobre el cuerpo de Febo. Entran en tumulto
los hombres que estaban escondidos y se apoderan de la gitana, á quien parecen
acusar. Cae el telón.)
p. 239
ACTO IV
Calabozo con puerta en el fondo
ESCENA I
LA ESMERALDA sola, encadenada y echada sobre un
montón de paja.—Luego CLAUDIO FROLLO.
La Esmeralda.—¡Dios mío! ¡Febo en la tumba y yo en
este abismo! Yo prisionera y él muerto... ¡Muerto, sí! ¡Yo misma le ví caer!...
¡Y se atreven á acusarme de semejante crimen! La implacable guadaña siega
todavía tierno el tallo de nuestra existencia. Febo, alp. 240 irse, me ha
enseñado el camino. Ayer abrieron su fosa; mañana abrirán la mía.
ROMANZA
¿Será posible que no haya en la tierra poder alguno
que proteja á los amantes? ¿No habrá filtros ni encantos para enjugar las
lágrimas de los ojos que lloran y para abrir los que se han cerrado?
¡Oh, Dios! á quien continuamente invoco: quítame la
vida ó arranca el amor de mi corazón.
Febo, abramos nuestras alas y marchemos á las
eternas esferas donde el amor es inmortal. Así nuestros cuerpos estarán juntos
en la tumba y nuestras almas unidas en el cielo.
¡Oh, Dios! á quien continuamente invoco: quítame la
vida ó arranca el amor de mi corazón.
(Se abre la puerta; entra Claudio Frollo con una
lámpara en la mano y la capucha echada sobre el rostro, y va á colocarse,
inmóvil, frente á la Esmeralda.)
La Esmeralda (sobresaltada).—¿Quién
sois?
Claudio Frollo (sin descubrirse).—Un
sacerdote.
La Esmeralda.—¡Un sacerdote! ¿Y á qué venís?
Claudio Frollo.—¿Estáis dispuesta?
La Esmeralda.—¿Á qué?
Claudio Frollo.—Á morir.
La Esmeralda.—Sí.
Claudio Frollo.—Bien.
La Esmeralda.—Y decid, padre, ¿será pronto?
Claudio Frollo.—Mañana.
La Esmeralda.—¿Y por qué no hoy?
Claudio Frollo.—¡Cómo! ¡Tanto sufrís que así
deseáis la muerte!
La Esmeralda.—Sí; sufro mucho.
Claudio Frollo.—Pues yo, que no moriré mañana,
acaso sufro más que vos.
p. 241La Esmeralda.—¡Es posible! ¿Quién sois, pues?
Claudio Frollo.—Un hombre de quien os separa una
tumba.
La Esmeralda.—¿Cuál es vuestro nombre?
Claudio Frollo.—¿Deseáis saberlo?
La Esmeralda.—Sí.
(Claudio Frollo se levanta la capucha.)
La Esmeralda.—¡El sacerdote! ¡Dios mío, él es! ¡Esa
es su frente de hielo, esos sus ojos, que brillan como carbunclos; es el mismo,
el que me persigue sin tregua noche y día, el que ha dado muerte á mi Febo, á
mi amor! ¡Monstruo, yo te maldigo en esta hora suprema! Pero ¿qué te he hecho?
¿Cuál es tu propósito? ¿Qué quieres de mí, vil asesino? ¿Es que me aborreces
tanto que tratas de atraerme hasta el borde de la tumba?
Claudio Frollo.—¡Es que te amo!
¡Sí, te amo! Será infame mi amor, pero raya en
locura; es mi alma y mi sangre. Sí, mírame á tus pies; te juro que prefiero tu
tumba al paraíso. ¡Compadécete de mí!... ¡Yo muero y tú me maldices!
La Esmeralda.—¡Me ama! ¡Qué horror! ¡Y estoy en
poder de este demonio!
Claudio Frollo.—En mí ya no vive más que mi pasión
y mi dolor.
¡Horrible desdicha! ¿Por qué extremas tu rigor?
¡Cuánto te amo! ¡Qué espantosa noche!
La Esmeralda.—¡Oh instante supremo! ¡Tiembla,
corazón mío! Ese miserable me ama. ¡Qué noche de horrores!
Claudio Frollo (aparte).—La siento
estremecerse entre mis brazos. ¡Al fin ha llegado mi hora! Yo, que la he
sepultado en las tinieblas, la conduciré á la luz del sol; pero la muerte que
de mí viene en pos no la dejará sino para entregarla al amor.
La Esmeralda.—¡Dejadme por piedad! Muertop.
242 Febo, también yo debo morir. Vuestro horrible amor me espanta, como al
pájaro la mirada del buitre.
Claudio Frollo.—No me rechaces; te amo y te conjuro
á seguirme. ¡Piedad para mí, y para ti misma! ¡Huyamos! La ocasión es propicia.
La Esmeralda.—¡Vuestra proposición es una injuria!
Claudio Frollo.—¿Prefieres morir?
La Esmeralda.—Cuando el cuerpo muere, el alma queda
libre.
Claudio Frollo.—¡Pero la muerte es horrible!
La Esmeralda.—¡Sellad el impuro labio! Comparada
con vuestro amor, la muerte es un bien.
Claudio Frollo.—¡Elige, elige entre la tumba ó mi
amor!
(Claudio Frollo cae á los pies de la Esmeralda,
y ésta le rechaza.)
La Esmeralda.—¡Calla, infame asesino! Tu amor es
una ofensa; prefiero la tumba. ¡Maldito seas entre los malditos!
Claudio Frollo.—¡Tiembla! El cadalso te espera. Tú
no sabes que en mi alma germinan proyectos de sangre y fuego, que Satanás
aplaude en sus antros infernales. Pero no, yo te adoro; dame tu mano, y aún
podrás vivir. ¡Oh noche de emociones y de remordimientos! ¡Para mí las
lágrimas, para ti la muerte! Dime que me amas, y para ti brillará una nueva
aurora. ¡Ah! puesto que en vano te imploro, puesto que tu odio no se aplaca
¡adiós! ¡Tras el día de mañana vendrá para ti la eterna noche!
La Esmeralda.—¡Véte, yo te aborrezco, vil
sacerdote! Todavía están manchadas tus manos con la sangre de tu víctima. ¡Oh
noche de lágrimas y de angustias! Basta ya de llanto; quiero morir. Hasta en la
prisión te resistiré, y en ella te maldigo. ¡Véte! tu crimen seráp. 243 tu
castigo. Febo y yo nos reuniremos en el cielo, y tú bajarás á los negros
abismos.
(Aparece un carcelero; Claudio Frollo le hace
seña para que se lleve á la Esmeralda y sale.)
ESCENA II
El atrio de Nuestra Señora; se ve la fachada de la
iglesia; óyese ruido de campanas
Cuasimodo.—Amo todo cuanto hay aquí, excepto á mí
mismo: el aire que circula y refresca mi frente; la fiel golondrina que anida
en los carcomidos aleros, las capillas con sus cruces; las rosas que florecen,
todo, en fin, lo que sonríe, menos yo, porque soy contrahecho y feo, aunque no
tengo envidia de otros. Acepto la vida tal como es, pues sé que las penas y
alegrías, las noches oscuras ó el cielo azul, todo puede conducirme á Dios. Mi
cuerpo es feo, pero tengo el alma hermosa; soy un buen acero guardado en tosca
vaina.
¡Campanas grandes y pequeñas, tocad! Confundid
vuestros penetrantes tañidos con vuestros sordos murmullos; cantad en las
torrecillas y zumbad en las torres; que os oiga yo noche y día. Con vuestro
auxilio las fiestas serán espléndidas; voltead rápidamente, agitando los aires,
que al oiros la gente estúpida acudirá ansiosa, cruzando los puentes. ¡Tocad
sin tregua día y noche, que sin ruido no hay fiesta completa! (Se vuelve
hacia la fachada de la iglesia.) ¡Veo la capilla enlutada! ¡Ay! ¿será que
van á traer aquí á algún desgraciado? ¡Cielos, qué horrible presentimiento!...
¡No, no quiero creerlo! (Entran Claudio Frollo y Clopin, sin ver á
Cuasimodo.) Es mi amo... observemos. ¡Qué sombrío viene! (Se oculta en
un ángulo oscuro del pórtico.)—¡Oh,p. 244 Santa Virgen, tomad mi vida,
pero salvad mi alma!
ESCENA III
CUASIMODO (oculto), CLAUDIO FROLLO, CLOPIN
Claudio Frollo.—¿Conque Febo está en Monforte?
Clopin.—Sí, señor, y vive.
Claudio Frollo.—¡Con tal que no venga por aquí!
Clopin.—¡Bah! no hay cuidado; está demasiado débil
aún para emprender tan larga jornada; si viniese, su muerte sería segura, pues
á cada paso que diera se le volvería á abrir la herida. Nada temáis por ahora.
Claudio Frollo.—¡Ah, téngala por lo menos hoy en mi
poder, para que por mí viva ó muera! ¡Infierno, sólo por este día te doy toda
la eternidad! (Á Clopin.) Pronto van á traer aquí á la gitana. Acuérdate
de todo; tú has de estar en la plaza con los tuyos.
Clopin.—Muy bien.
Claudio Frollo.—Permanecerás oculto en la sombra, y
si yo grito: «Á mí,» acudirás al punto.
Clopin.—Entendido.
Claudio Frollo.—Es preciso que haya bastante gente.
Clopin.—Bueno. Conque si vos gritáis «Á mí»...
Claudio Frollo.—Eso es.
Clopin.—Corro hacia ella y la arrebato de manos de
los soldados...
Claudio Frollo.—Precisamente.
Clopin.—Y os la entrego.
Claudio Frollo.—Sí. Tal vez conseguiré ablandar su
corazón. Confúndete entre el gentío, y si logro mi objeto acudirás con los
tuyos apenas haga la señal.
p. 245Clopin.—Está bien, señor.
Claudio Frollo.—Permaneced siempre reunidos.
Clopin.—Así se hará.
Claudio Frollo.—Llevad ocultas vuestras armas á fin
de no excitar sospechas.
Clopin.—Seréis obedecido.
Claudio Frollo.—Pero si esa mujer comete la locura
de no escuchar mi voz, llévesela el diablo. Mas no, creo que no será así, y
cuento contigo para que me ayudes á realizar mi última esperanza.
Clopin.—No temáis, contad conmigo, y no dudo que se
conseguirá el objeto.
(Salen ambos con precaución. El pueblo comienza
á llenar la plaza.)
ESCENA IV
EL PUEBLO, CUASIMODO, después LA ESMERALDA y su
acompañamiento, CLAUDIO FROLLO, FEBO y CLOPIN. Sacerdotes, arqueros y ministros
de justicia.
Clopin.—Acudamos todos á Nuestra Señora para ver á
la joven que hoy ha de morir, á la gitana que asesinó, según dicen, al capitán
de arqueros más gallardo de todo el reino. ¡Parece mentira que una mujer tan
hermosa sea tan cruel, y que su dulce mirada oculte un alma tan negra! ¡Es
horrible!
¡Venid, corred todos á Nuestra Señora para ver á la
joven que ha de morir esta tarde!
(Aumenta la multitud, óyense rumores y comienza
la fúnebre comitiva á desembocar en la plaza. Hileras de penitentes negros,
estandartes de la Misericordia, hachas, arqueros, gente de justicia y guardias.
Los soldados apartan la multitud y aparece Esmeralda en camisa,p. 246 con
una cuerda al cuello, descalza y cubierta con un largo crespón negro. Á su lado
va un fraile con un crucifijo; detrás, los verdugos y la escolta. Cuasimodo,
apoyado en el estribo del pórtico, observa con atención. En el momento en que
la gitana llega ante la iglesia, óyese en el interior de ésta un canto solemne
y lejano: las puertas están cerradas.)
Coro (dentro de la iglesia):
Omnes fluctus fluminis
Transierunt super me
In imo voraginis
Ubi plorant animæ.
(El canto se acerca lentamente y resuena al fin
junto á las puertas, que se abren de pronto, dejando ver el interior de la
iglesia, ocupado por una larga procesión de sacerdotes, precedidos de
estandarte. Claudio Frollo, con hábito sacerdotal, figura á la cabeza y se
dirige hacia la gitana.)
El pueblo.—¡Viva hoy; muerta mañana! ¡Dulce Jesús,
recibidla en vuestro seno!
La Esmeralda.—Mi Febo me llama á la morada eterna,
donde Dios nos cobijará bajo sus alas. ¡Bendito sea mi cruel destino, pues en
medio de tanta desdicha, mi corazón quebrantado abriga todavía una esperanza!
¡Voy á morir para la tierra, pero renaceré en el cielo!
Claudio Frollo.—¡Morir tan joven y hermosa! ¡Ay de
mí! el sacerdote impuro está más condenado que ella, porque mi suplicio será
eterno. ¡Pobre niña infeliz, cogida entre mis garras, vas á morir para el
mundo; mas yo he muerto para el cielo!
El pueblo.—¡Es una infiel! El cielo que á todos
llama, no la abrirá sus puertas, y su suplicio será eterno. La parca inexorable
la estrecha entre sus brazos; ha muerto ya para el mundo, y para el cielo
también.
p. 247
Coro.—¡Venid, corred todos á Nuestra Señora...!
p. 249(La procesión se aproxima; Claudio se
acerca á la Esmeralda.)
La Esmeralda (sobrecogida de terror).—¡El
sacerdote!
Claudio Frollo (en voz baja).—¡Sí, soy
yo, que amo y te suplico! ¡Dí una sola palabra, y aún podré salvarte! ¡Dime que
me amas!
La Esmeralda.—¡Te aborrezco! ¡Véte!
Claudio Frollo.—¡Entonces muere! Ya iré á buscarte.
(Volviéndose hacia la multitud.) ¡Pueblo, en este supremo instante
entregamos esa mujer al brazo secular! ¡Permita el cielo que hasta su pobre
alma llegue el soplo del Señor!
(En el momento en que los agentes de justicia
ponen mano sobre la Esmeralda, Cuasimodo salta á la plaza, rechaza á los
arqueros, coge á la joven en sus brazos y precipítase en la iglesia.)
Cuasimodo.—¡Asilo, asilo, asilo!
El pueblo.—¡Asilo, asilo, asilo! ¡Albricias,
albricias! ¡Viva el buen compañero! La condenada es del Señor; derribemos el
cadalso, que el Eterno la acogerá en su altar, librándola de la tumba. ¡Atrás,
verdugos y arqueros! La ley no puede traspasar esa sagrada barrera. Todo cambia
en la casa del Señor, donde los ángeles protegen á la condenada.
Claudio Frollo (imponiendo silencio con un
ademán).—No creáis que está libre; es egipcia, y Nuestra Señora no puede
salvar más que á una cristiana. Aunque el altar abrazasen, los paganos no
podrían obtener gracia. (Á los agentes de justicia.) En nombre de
Monseñor, obispo de París, os entrego á esa mujer impura.
Cuasimodo (á los arqueros).—¡Juro
defenderla! ¡No os acerquéis!
Claudio Frollo (á los arqueros).—¡Vaciláis!
Obedeced al punto; arrancad del santo lugar á esa gitana.
p. 250(Los arqueros se adelantan. Cuasimodo se
coloca entre ellos y la Esmeralda.)
Cuasimodo.—¡Jamás!
(Se oye el galope de un caballo, y una voz que
grita:)
—¡Deteneos!
(La multitud se aparta.)
(Febo aparece á caballo, pálido, anhelante,
fatigado, como hombre que acaba de recorrer una larga distancia.)
—¡Deteneos!
La Esmeralda.—¡Febo!
Claudio Frollo (aparte y aterrado).—¡La
trama se descubre!
Febo (apeándose del caballo).—¡Dios sea
loado, á tiempo llego y al fin respiro! ¡Esa mujer es inocente; he aquí mi
asesino!
(Señala á Claudio Frollo.)
Todos.—¡Cielos, el sacerdote!
Febo.—Ese es el único culpable, y lo probaré. ¡Que
le prendan!
El pueblo.—¡Oh sorpresa!
(Los arqueros rodean á Claudio Frollo.)
Claudio Frollo.—¡Ah! ¡Dios es omnipotente!
La Esmeralda.—¡Febo!
Febo.—¡Esmeralda!
(Se abrazan.)
La Esmeralda.—¡Febo adorado, viviremos!
Febo.—Tú vivirás.
La Esmeralda.—La felicidad nos sonríe.
El pueblo.—¡Vivan los dos!
La Esmeralda.—¿Oyes esas alegres aclamaciones? Á
tus pies recibe á la humilde joven. ¡Cielos! palideces. ¿Qué tienes?
Febo (vacilando).—¡Me muero! (Le
recibe en sus brazos; ansiedad en la multitud.) Á cada paso que daba hacia
ti, amada mía, abríase mi herida, mal cerrada aún. Yo bajo á la tumba y te dejo
á la luz del sol. El destino te venga; voy á ver, pobre ángel mío, si el cielo
me hace olvidar tu amor. ¡Adiós!
(Espira.)
p. 251La Esmeralda.—Febo muere; ¡en un instante
todo cambia! (Cae sobre su cuerpo.) ¡Yo te sigo á la tumba!
Claudio Frollo.—¡Fatalidad!
El pueblo.—¡Fatalidad!
p. 253
Ruy Blas
Drama en 5 actos, con un prólogo del autor
p. 255
Prólogo
res clases de espectadores componen lo que se
ha convenido en llamar público: primera, las mujeres; segunda, los pensadores;
y tercera, la multitud propiamente dicha. Lo que esta última pide casi
exclusivamente en la obra dramática es la acción; lo que las mujeres quieren
ante todo es la pasión; y lo que más en particular buscan los pensadores son
los caracteres. Si se estudian atentamente esas tres clases de espectadores, he
aquí lo que se observa: la muchedumbre se enamora de tal modo de la acción, que
á ser necesario prescinde de los caracteres y de las pasiones[1]; las
mujeres, á quienes interesa por otra parte la acción, quedan tan absortas por
el desarrollo de las pasiones, que se preocupan poco de los caracteres; y en
cuanto á los pensadores, tienen tal afición á ver caracteres, es decir hombres
vivos enp. 256 la escena, que acogiendo con gusto la pasión como incidente
natural en la obra dramática, paréceles casi importuna la acción. En esto
consiste que la multitud pida sobre todo en el teatro sensaciones; la mujer,
emociones; el pensador, ideas: todos quieren un placer; estos, el de los ojos;
aquellos, el del corazón; los otros el del espíritu. Á esto se debe que haya en
nuestra escena tres clases de obras muy diferentes: una vulgar é inferior, y
las otras dos ilustres y superiores; pero todas tres satisfacen una necesidad:
el melodrama es para la multitud; para las mujeres, la tragedia, que analiza la
pasión; y para los pensadores, la comedia, que pinta la humanidad.
[1] Es
decir del estilo, pues si la acción puede expresarse en muchos casos por ella
misma, las pasiones y los caracteres, con muy pocas excepciones, sólo se
expresan por medio de la palabra; y la palabra fija y no vaga es en el teatro
el estilo.
Que el personaje hable como debe hablar, sibi
constet, dice Horacio. En esto consiste todo.
Digamos de paso que no pretendemos establecer aquí
nada de riguroso, y rogaremos al lector que introduzca de por sí las
restricciones que nuestro pensamiento pueda concebir. Las generalidades admiten
siempre excepciones: sabemos muy bien que la multitud es una gran cosa, en la
cual se encuentra todo, así el instinto de lo bello como el gusto á lo mediano,
así el amor á lo ideal, como la afición á lo común; también sabemos que todo
pensador completo ha de ser mujer en los puntos delicados del corazón; y no ignoramos
que, gracias á esa ley misteriosa que une los sexos, así espiritual como
físicamente, muy á menudo se halla en la mujer un pensador. Sentado esto, y
después de rogar de nuevo al lector que no dé un sentido demasiado absoluto á
las pocas palabras que nos resta decir, continuemos.
Para todo hombre que se fije con detención en las
tres clases de espectadores de que acabamos de hablar, es evidente que todos
tienen razón: las mujeres, al pretender que se las conmueva; los pensadores por
querer que se les ilustre; y la multitud porque está en su derecho al exigir
que se la divierta. De esta evidencia se deduce la ley del drama. En efecto,
más allá de esa barrera de fuego que se llama la rampa del teatro, la escena, y
que separa el mundo verdadero del mundo ideal, el objeto del drama es crear y
hacer vivir, en las condiciones combinadas del arte y de la naturaleza,
caracteres diversos, es decir hombres; crear en estos pasiones que desarrollan
los unos y modifican los otros; y por último, del choque de estos caracteres y
pasiones con las grandes leyes providenciales, hacer que surja la vida humana,
es decir acontecimientosp. 257 grandes y pequeños, dolorosos, grotescos ó
terribles, que ofrezcan al corazón ese placer llamado interés, y al espíritu la
lección moral. Según vemos, el drama participa de la tragedia por la expresión
de las pasiones, y de la comedia por la pintura de los caracteres; el drama,
que es la tercera y grandiosa forma del arte, comprende, estrecha y fecunda las
dos primeras. Corneille y Molière existirían independientemente uno de otro, si
entre ellos no estuviese Shakespeare, dando á Corneille la mano izquierda y á
Molière la derecha. De este modo, las dos electricidades opuestas de la comedia
y la tragedia chocan, y la chispa que se produce es el drama.
Al explicar, como los entiende y los ha indicado ya
varias veces, el principio, la ley y el objeto del drama, el autor no se oculta
la exigüidad de sus fuerzas y la limitación de su espíritu. Define aquí, y no
se suponga otra cosa, no lo que ha hecho, sino lo que ha querido hacer,
señalando lo que para él fué su punto de partida, y nada más.
Con pocas líneas hemos de encabezar este libro,
pues fáltanos el espacio para hacer las aclaraciones necesarias; y por lo tanto
permítasenos pasar sin transición desde las ideas generales expuestas, y que á
nuestro juicio dominan el arte si mantienen todas las condiciones del ideal, á
varias ideas particulares que el drama Ruy Blas podría
despertar en los espíritus reflexivos.
Ante todo, y no considerando la cuestión más que
por uno de sus lados, bajo el punto de vista de la filosofía de la historia,
¿cuál es el sentido de este drama?—Expliquémonos.
En el momento en que una monarquía está próxima á
hundirse, se pueden observar varios fenómenos: por lo pronto, la nobleza tiende
á disolverse, y cuando se disuelve, he aquí cómo se divide:
El trono vacila, la dinastía se extingue, la ley
cae por tierra; la unidad política queda socavada por los embates de la
intriga; lo más elevado de la sociedad se bastardea y degenera; así exterior
como interiormente, siéntese un desfallecimiento mortal; los grandes intereses
del Estado se pierden, subsistiendo sólo los pequeños, triste espectáculo
público; ya no hay policía, ni ejército, ni hacienda; y todos adivinan que se
acerca el fin. De aquí resulta en todos los ánimos el tedio de la víspera, la inquietud
del mañana, la desconfianza general,p. 258 el desaliento y el profundo
disgusto. Como la enfermedad del Estado ataca la cabeza, la aristocracia es la
primera víctima. ¿Qué sucede entonces con ella? Una parte de los nobles, la
menos honrada y generosa, permanece en la corte: todo será devorado, el tiempo
apremia, es preciso apresurarse para enriquecerse y aprovechar las
circunstancias. Cada cual piensa sólo en sí, y sin compadecer al país realiza
una pequeña fortuna particular en un rincón del infortunio público. Después de
ser cortesano ó ministro es preciso darse prisa para alcanzar la felicidad y el
poderío; y el que tiene talento se prostituye y triunfa. Las órdenes del
Estado, las dignidades, los empleos, el dinero, todo se toma, todo se quiere y todo
se saquea; no se vive más que para satisfacer la ambición y la codicia; y
ocúltanse bajo mucha gravedad exterior los secretos desórdenes que pueden
engendrar las flaquezas humanas. Y como este género de vida, en el cieno de las
vanidades y de los goces del orgullo, tiene por primera condición el olvido de
todos los sentimientos naturales, al fin se acaba por ser feroz. Cuando llega
el día de la desgracia, en el cortesano caído desarróllase algo monstruoso, y
el hombre se convierte en demonio.
La situación desesperada del reino impulsa á la
otra mitad de la nobleza, la más digna y mejor nacida, á seguir otro camino.
Vuelve á sus casas, á sus palacios, á sus castillos ó señoríos; disgústanle los
asuntos públicos, porque nada puede hacer; y aproximándose el fin del mundo, no
sabe qué partido tomar. Mas ¿para qué contristarse? Es preciso aturdirse,
cerrar los ojos, vivir, beber, amar y gozar. ¿Quién sabe si vivirán un año más?
Dicho esto, ó sólo pensado, el noble toma la cosa á lo vivo; multiplica su
servidumbre, compra caballos, enriquece á mujeres, organiza fiestas, costea
orgías, despilfarra, vende, compra, hipoteca, empeña, devora, entrégase á los
usureros, é incendia su fortuna por los cuatro costados. El día menos pensado
le ocurre una desgracia; y es que, por más que la monarquía se encamine á su
ruina rápidamente, el noble llega antes á ella. Todo ha concluído, todo se ha
quemado; de aquella vida tan bella y brillante, ni siquiera queda el humo; sólo
se hallan cenizas. Olvidado y abandonado de todos, excepto de sus acreedores,
el pobre hidalgo se convierte entonces en lo único que puede ser, en
aventurero, espadachín,p. 259 y algo gitano; húndese y desaparece en la
multitud, enorme masa, negra y sin brillo, que hasta entonces apenas había
entrevisto de lejos á sus pies. En ella se sumerge y se refugia; ya no tiene
oro, pero le queda el sol, riqueza de aquellos que nada poseen. Ha vivido al
principio en las altas regiones de la sociedad; ahora se refugia en las más
bajas y acomódase en ellas, burlándose de algún pariente ambicioso y rico; se
hace filósofo, y compara á los ladrones con los cortesanos. Por lo demás, es
bueno, valeroso, leal é inteligente, mezcla singular de poeta, de mendigo y de
príncipe; se ríe de todos, é induce á sus compañeros á apalear á los corchetes,
como lo hacían en otro tiempo sus lacayos; pero sin tomar parte en el asunto.
En su persona se mezclan, no sin gracia, la impudencia del marqués con la
desvergüenza del gitano; manchado por fuera, consérvase limpio interiormente; y
nada tiene del caballero más que el honor, que conserva en salvo, el nombre que
oculta, y la espada dispuesta.
Si el doble cuadro que acabamos de trazar es el que
se ofrece á la vista en la historia de todas las monarquías en un momento dado,
en España es donde se produjo particularmente de una manera notable á fines del
siglo xvii. Si el autor hubiese podido realizar esta parte de su
pensamiento, lo cual está muy lejos de suponer, la primera mitad de la nobleza
española en aquella época y en el presente drama se resumiría en D. Salustio, y
la otra mitad en D. César, ambos primos, como conviene.
Se entiende que aquí, como en todas partes, al
trazar este bosquejo de la nobleza española hacia 1695, nos reservamos, por
supuesto, hacer raras y respetables excepciones.—Sentado esto, prosigamos.
Continuando el examen de esa monarquía y de su
época, por debajo de la nobleza así distribuída, y que hasta cierto punto se
podría personificar en los dos hombres citados, vemos agitarse en la sombra
algo grande, sombrío y desconocido.
Es el pueblo, que tiene el porvenir por suyo, sin
poseer el presente; es el pueblo huérfano, pobre, dotado de inteligencia y
vigor, y que hallándose muy bajo aspira á elevarse á las alturas, llevando en
la espalda el sello de la esclavitud y en el corazón las premeditaciones del
genio; es el pueblo, lacayop. 260 de los grandes señores, y enamorado, en
medio de su miseria y abyección, de la única figura que en esa sociedad
carcomida representa á sus ojos, en divina radiación, la autoridad, la caridad
y la fecundidad. El pueblo sería Ruy Blas.
Ahora bien, sobre esos tres hombres que, así
considerados, harían vivir y andar á la vista de los espectadores tres hechos,
y en ellos toda la monarquía española del siglo xvii; sobre esos tres
hombres, repetimos, descuella una casta y hermosa joven, una mujer, una reina.
Desgraciada como mujer, porque, aunque casada, es como si no tuviese esposo;
infeliz como reina, porque para ella no existe el rey; inclinada á sus
inferiores por piedad real y por instinto; y mirando abajo mientras que Ruy
Blas, el pueblo, mira hacia arriba.
Á los ojos del autor, y sin perjuicio de lo que los
personajes accesorios puedan prestar á la verdad del conjunto, esas cuatro
cabezas, así agrupadas, resumirían los principales caracteres que presentaba á
la vista del filósofo historiador la monarquía española hace ciento cuarenta
años. Á estas cuatro figuras podría agregarse, al parecer, una quinta, la del
rey Carlos II; pero así en la historia como en el drama, este soberano no es
una figura, sino una sombra.
Apresurémonos ahora á decir que lo que se acaba de
leer no es la explicación de Ruy Blas, y sí solamente uno de sus
aspectos: es la impresión particular que podría dejar este drama, si valiese la
pena estudiarle, en el espíritu grave y concienzudo que lo examinara, por
ejemplo bajo el punto de vista de la filosofía de la historia.
Pero por poco que este drama valga, tiene, como
todas las cosas de este mundo, otros varios aspectos, y se podría considerar de
muy distintas maneras, porque nos es dado tomar diversos puntos de vista de una
idea, lo mismo que de una montaña; esto depende del sitio donde el observador
se coloca. Permítasenos, sólo para aclarar nuestra idea, una comparación por
demás ambiciosa: el Mont Blanc, visto desde la Croix-de-Fléchères, no parece el
mismo cuando se mira desde Sallenches; y no obstante, siempre es el Mont Blanc.
Del mismo modo, y pasando de una cosa muy grande á
otra pequeña, este drama, cuyo sentido histórico acabamos de indicar, ofrecería
un aspecto muy distinto si se le considerase bajo un punto de vista mucho más
elevado aún, el puntop. 261 puramente humano. Entonces, D. Salustio sería
el egoísmo absoluto, la inquietud sin reposo; D. César, su contrario, el
desinterés y la indiferencia; en Ruy Blas veríamos el genio y la pasión
comprimidos por la sociedad, lanzándose á tanta más altura cuanto mayor es la
compresión; y la reina, en fin, sería la virtud minada por el tedio.
Bajo el punto de vista exclusivamente literario, el
aspecto de este pensamiento, titulado Ruy Blas, cambiaría de nuevo.
Las tres formas soberanas del arte podrían parecer personificadas y resumidas:
D. Salustio sería el drama, D. César la comedia, y Ruy Blas la tragedia: el
drama anuda la acción, la comedia le complica, y la tragedia le corta.
Todos estos aspectos son verdaderos y exactos, pero
ninguno de ellos completo; la verdad absoluta no está sino en el conjunto de la
obra. Si cada cual encuentra lo que busca, el poeta habrá alcanzado su objeto,
aunque sin lisonjearse. El asunto filosófico de Ruy Blas es el
pueblo aspirando á las regiones elevadas; el asunto humano es un hombre que ama
á una mujer; el asunto dramático es un lacayo que ama á una reina. La multitud
que todas las noches acude á ver esta obra, porque en Francia la atención pública
no deja nunca de fijarse en las tentativas del ingenio, cualesquiera que sean,
la multitud, repetimos, no ve en Ruy Blas más que este último
asunto dramático, el lacayo; y tiene razón.
Lo que acabamos de decir de Ruy Blas nos
parece evidente en las demás obras. Las producciones respetables de los
maestros tienen también la notable particularidad de presentar al estudio más
fases que las otras. Tartufe hace reir á éstos y temblar á aquellos; Tartufe es
la serpiente doméstica, ó el hipócrita, ó la hipocresía; tan pronto es un
hombre como una idea. Otelo es para algunos un negro que ama á una blanca; para
otros un intruso que se enlaza con una patricia; para éstos, un celoso; para
aquellos, la personificación de los celos. Esta diversidad de aspectos no
altera en nada la unidad fundamental de la obra, pues ya lo hemos dicho: hay
mil ramas y un tronco único.
Si el autor de este libro ha insistido
particularmente en la significación histórica de Ruy Blas, es
porque á su modo de ver, sólo por el sentido histórico se relaciona esta
producción con Hernani. El hecho culminante de la nobleza
manifiéstasep. 262 en este drama, como en Ruy Blas, junto al
hecho culminante de la monarquía: sólo que en Hernani, como la
monarquía absoluta no está fundada todavía, la nobleza lucha aún contra el rey,
aquí con el orgullo, allá con el acero, medio feudal y medio rebelde. En 1519,
el noble vive lejos de la corte, en la montaña, á manera de bandido, como
Hernani, ó cual un patriarca, como Ruy Gómez. Doscientos años más tarde todo ha
cambiado: los vasallos se han convertido en cortesanos; y si el noble comprende
la necesidad de ocultar su nombre, á causa de sus aventuras, no es para escapar
del rey, sino para sustraerse á sus acreedores; ya no se hace bandido;
conviértese en gitano. Harto se comprende que la monarquía absoluta ha pasado
durante largos años sobre esas nobles cabezas, encorvando unas y aniquilando
otras.
Y ahora, permítasenos la última observación:
entre Hernani y Ruy Blas transcurren dos
siglos en España, dos grandes siglos, durante los cuales ha sido dado á la
descendencia de Carlos V dominar el mundo; dos siglos que la Providencia, hecho
notable, no quiso prolongar ni una hora, pues aquel soberano nació en 1500 y Carlos
II murió en 1700. En este último año, Luís XIV recogía la herencia de Carlos V,
como Napoleón, en 1800, la de Luís XIV. Esas grandes apariciones de dinastías,
que iluminan por momentos la historia, son para el autor bello y melancólico
espectáculo en el que con frecuencia fija sus miradas, tratando á veces de
llevar algo de ellas á sus obras. Por eso ha querido iluminar á Hernani con
los rayos de la aurora, cubriendo á Ruy Blas con las tinieblas
del crepúsculo. En Hernani sale el sol de la casa de Austria;
en Ruy Blas se pone.
París, 25 de Noviembre de 1838.
p. 263
Ruy Blas
p. 264
PERSONAJES
· RUY BLAS.
· DON SALUSTIO DE BAZÁN.
· DON CÉSAR DE BAZÁN.
· DON GURITÁN.
· EL CONDE DE CAMPO-REAL.
· EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ.
· EL MARQUÉS DEL BASTO.
· EL DUQUE DE ALBA.
· EL MARQUÉS DE PRIEGO.
· DON MANUEL ARIAS.
· MONTAZGO.
· DON ANTONIO UBILLA.
· COVADONGA.
· GUDIEL.
· UN LACAYO.
· UN ALCALDE.
· UN HUJIER.
· UN ALGUACIL.
· DOÑA MARÍA DE NEUBURGO, reina de España.
· LA DUQUESA DE ALBURQUERQUE.
· CASILDA.
· UNA DUEÑA.
· UN PAJE.
· damas, caballeros, consejeros, pajes, dueñas,
alguaciles, guardias y hujieres.
Madrid, 169...
p. 265
ACTO PRIMERO
DON SALUSTIO
El salón de Danae en el palacio real de Madrid.
Mobiliario magnífico, al gusto semi-flamenco de la época de Felipe IV. Á la
izquierda, ventana grande con marco dorado y cristales pequeños; á cada lado
una puertecilla que comunica con alguna habitación interior; en el fondo,
galería de cristales con puerta grande; esta galería atraviesa todo el teatro,
y está ocultap. 266 por
inmensos cortinajes. Una mesa, un sillón y recado de escribir.
Don Salustio entra por la puertecilla de la
izquierda, seguido de Ruy Blas y de Gudiel, que lleva una maleta y algunos
paquetes, como si fuera de viaje. D. Salustio viste traje de terciopelo
negro al estilo de la corte de Carlos II, ostentando en el cuello el Toisón de
oro; lleva ferreruelo muy rico, de terciopelo claro, bordado de oro y con forro
negro de seda; espada con empuñadura de cazoleta, y sombrero con plumas
blancas. Gudiel viste también de negro, y lleva espada. Ruy Blas va de lacayo:
calzón corto, jubón pardo, galones de oro y la cabeza descubierta. Sin espada.
ESCENA I
DON SALUSTIO DE BAZÁN, GUDIEL y RUY BLAS
D. Salustio.—Ruy Blas, cerrad la puerta y abrid esa
ventana. (Ruy Blas obedece, y á una señal de D. Salustio sale por la puerta
del fondo, mientras éste se dirige á la ventana.) Aún duermen todos aquí,
pero ya despunta el alba. (Se vuelve bruscamente hacia Gudiel.) ¡Ah, ha
sido un rayo!... Sí, mi reinado ha concluído, Gudiel... ¡Estoy en desgracia; me
han expulsado! ¡Ah, perderlo todo en un día! La aventura es aún secreta; no
hables de ello. ¡Y todo por amoríos con una doncella, harto impropios á mi
edad, convengo en ello! ¡Seducida! ¡Vaya una desgracia! Porque esa muchacha es
camarista de la reina y vino con ella de Neuburgo, reclama contra mí; presenta
á su hijo en la cámara real; se me ordena casarme, rehuso y me destierran. ¡Sí,
me destierran! ¡He aquí el desenlace al cabo de veinte años de incesante
trabajo día y noche, de veinte años de ambición, después de haber sido alcalde
de casa y corte, cuyo nombre no pronunciaba nadie sin temor, y jefe de la casa
de Bazán! ¡Mi crédito, mi poderío, todo cuanto soñaba, cargos, empleos,
honores, todop. 267 se hunde en medio de las carcajadas de la multitud!
Gudiel.—Nadie lo sabe aún, señor.
D. Salustio.—No, pero lo sabrán mañana, aunque
afortunadamente ya estaremos en camino. No quiero caer; desapareceré. (Se
desabrocha violentamente el jubón.) Siempre me oprimes como si fuese una
dama, y yo me ahogo, amigo mío. (Se sienta.) ¡Oh! quiero abrir un
subterráneo profundo y lóbrego sin que nadie lo eche de ver. ¡Desterrado!
(Se levanta.)
Gudiel.—¿De dónde viene el golpe, señor?
D. Salustio.—De la Reina. ¡Oh! me vengaré, Gudiel.
Tú que has sido mi maestro, y que desde hace veinte años me ayudaste y serviste
en las cosas pasadas, bien sabes hasta dónde alcanzan mis proyectos en la
sombra, así como el hábil arquitecto conoce la profundidad del pozo que socavó.
Me marcho; quiero ir á Castilla, á mis dominios, y allí meditaré mis planes. ¡Y
todo esto por una muchacha! Ocúpate tú de los preparativos del viaje, porque la
cosa urge. Entre tanto, diré dos palabras al individuo que ya sabes, aunque
ignoro si me podrá servir. Hasta la noche soy el amo aún, y te aseguro que me
vengaré. No sé cómo, pero ha de ser ruidosamente. Vamos, vé á ocuparte de los
preparativos, y despacha. Sobre todo, silencio. Tú marcharás conmigo. (Gudiel
saluda y sale. D. Salustio llama.) ¡Ruy Blas!
(Ruy Blas se presenta en la puerta del fondo.)
Ruy Blas.—¿Señor?
D. Salustio.—Como ya no he de dormir más en
palacio, es preciso dejar las llaves y cerrar los postigos.
Ruy Blas (inclinándose).—Está bien,
señor.
D. Salustio.—Escucha: la Reina pasará por la
galería cuando se dirija á su cámara después de oir misa, de aquí á dos horas.
Es preciso que estés allí, Ruy Blas.
Ruy Blas.—No faltaré, señor.
p. 268D. Salustio (en la ventana).—¿Ves
aquel hombre que pasa por la plaza y enseña á la guardia un papel? Sin decir
palabra hazle señas para que suba por la escalera secreta. (Ruy Blas
obedece; D. Salustio sigue mostrándole la puertecilla de la derecha.) Antes
de marcharte, mira si se hallan en esa estancia los agentes de policía, y si
están despiertos los tres alguaciles de servicio.
Ruy Blas (se dirige á la puerta, la
entreabre y vuelve).—Duermen, señor.
D. Salustio.—Habla en voz baja. Te necesitaré; no
te alejes mucho, y entre tanto vigila para que no nos molesten los importunos.
(Entra D. César de Bazán: lleva el sombrero
abollado, capa andrajosa, que no deja ver de su traje sino las medias
desarregladas y los zapatos rotos, y espada de matón. En el momento de entrar,
D. César y Ruy Blas se miran y hacen á la vez un ademán de sorpresa.)
D. Salustio (aparte y observándolos).—¡Se
han mirado! ¿Si se conocerán?
(Ruy Blas sale.)
ESCENA II
D. SALUSTIO, D. CÉSAR
D. Salustio.—¡Hola! ¿Ya estáis aquí, bandido?
D. César.—Sí, primo; heme aquí.
D. Salustio.—¡Fortuna es ver á semejante truhán!
D. César (saludando).—Me complace...
D. Salustio.—Caballero, conocemos vuestras
trapisondas.
D. César (con aire risueño).—¿Y os
agradan?
D. Salustio.—Sí, son muy meritorias. La otra noche,
la víspera de Pascua, robaron á D. Carlos de Mira; quitáronle su acero, de
vaina cincelada, y el coleto;p. 269 pero como es caballero de Santiago,
los ladrones le dejaron la capa.
D. César.—¡Santo cielo! ¿Y por qué?
D. Salustio.—Porque lleva bordada en ella la cruz
roja. Pero ¿qué os parece la algarada?
D. César.—¡Ah diablo! Digo que vivimos en un tiempo
temible. ¿Qué será de nosotros, Dios mío, si los ladrones se atreven con
Santiago y hacen con él de las suyas?
D. Salustio.—¡Entre ellos estabais!
D. César.—¡Pues bien, sí! Con ellos estaba, ya que
es preciso hablar; pero yo no toqué á vuestro don Carlos, y sólo dí algunos
consejos.
D. Salustio.—Aún hay más. Anoche, en la plaza
Mayor, varios hombres de mala traza que salían de un lupanar espantoso,
atacaron de improviso á la ronda. También estabais con ellos.
D. César.—Primo mío, siempre tuve á menos atacar á
los corchetes. Cierto que estaba allí; pero mientras se distribuían las
estocadas, yo componía versos debajo de los arcos. Á decir verdad, se zurraron
de lo lindo.
D. Salustio.—No es eso todo.
D. César.—¿Qué más hay?
D. Salustio.—Entre otros actos, se os acusa de
haber abierto en Francia, sin llave, con ayuda de vuestros compañeros, las
cajas reales.
D. César.—No digo que no. Francia es país enemigo.
D. Salustio.—En Flandes encontrasteis á un tal
Pablo Barthelemy, que llegaba de Mons con el producto de los diezmos del clero,
y sin reparo alguno osasteis apoderaros de los fondos que conducía.
D. César.—¿En Flandes? Puede ser muy bien, porque
he viajado mucho. ¿Es eso todo?
D. Salustio.—Don César, al rostro me sube el rubor
de la vergüenza cuando en vos pienso.
p. 270D. César.—Bueno, dejadle que suba.
D. Salustio.—Nuestra familia...
D. César.—No hablemos de ella, porque en Madrid
sólo vos conocéis mi nombre.
D. Salustio.—Una marquesa me decía hace poco, al
salir de la iglesia: «¿Quién es ese bandido que va por allí, mirando á todas
partes con aire arrogante, apoyada la mano en la cadera y el ojo avizor? ¿Quién
es ese hombre, más andrajoso que Job y más altivo que Braganza, que lleva
deshilachados los puños, la capa hecha girones, y en vez de la espada de
caballero una tizona de espadachín?»
D. César (dirigiendo una ojeada sobre su
traje).—Contestaríais que era el buen Zafari.
D. Salustio.—No; me sonrojé de vergüenza.
D. César.—Pues la dama sonrió. Á mí me gusta mucho
hacer reir á las mujeres.
D. Salustio.—No os acompañáis más que con infames
espadachines.
D. César.—¡Clérigos y estudiantes, humildes como
corderos!
D. Salustio.—Por todas partes se os ve con
mujerzuelas.
D. César.—¡Oh! son las diosas del amor, á las
cuales rindo culto, y á quienes compongo sonetos por la noche.
D. Salustio.—En fin, ese Matalobos, ese ladrón que
está asolando á Madrid á pesar de nuestra policía, es también amigo vuestro.
D. César.—Razonemos, si os place. Sin ese hombre,
yo estaría desnudo, lo cual no sería decente, primo mío. Una noche del mes de
Diciembre, viéndome en la calle casi sin ropa, se conmovió.—Al duque de Alba,
ese fatuo perfumado, le robaron, hace un mes, su hermoso jubón de seda...
D. Salustio.—¿Y qué más?
p. 271D. César.—Ahora le llevo yo; Matalobos tuvo á
bien dármele.
D. Salustio.—¡El jubón del duque! ¿Y no os
avergonzáis?...
D. César.—Nunca me avergonzaré de llevar tan buen
jubón, ricamente bordado, que me abriga en invierno y me hermosea en verano.
Miradle, está nuevo. (Entreabre su capa y muestra un magnífico justillo de
seda de color de rosa bordado de oro.) He hallado en esta prenda un
centenar de billetes amorosos dirigidos al duque. Siempre pobre, y con
frecuencia enamorado, si en alguna calle entreveo una cocina, de la cual se
exhalan aromas suculentos, siéntome cerca, leo las cartitas del duque, y así
engaño á la vez el estómago y el amor.
D. Salustio.—¡Don César!...
D. César.—Primo mío, dejaos de reprensiones.
Ciertamente soy un gran señor, y deudo vuestro; me llamo don César, conde de
Garofa; pero véome reducido á la miseria. Yo era rico; tenía palacios,
posesiones y rentas; mas antes de cumplir los veinte años, todo me lo había
comido, y de mis cuantiosos bienes, verdaderos ó falsos, sólo me quedaba una
legión de acreedores que me acosaban sin cesar. No tenía más remedio que huir y
cambiar de nombre; y ahora no soy más que un alegre compañero, llamado Zafari,
á quien nadie puede comprometer excepto vos. Vos no me dais un cuarto, ni
tampoco os lo pido. Por la noche duermo sobre la dura piedra, á la puerta de un
palacio, teniendo por techo la celeste bóveda; y así soy feliz, pues todo el
mundo me cree en la India, ó tal vez muerto. En la fuente más próxima apago la
sed, y después me paseo con aire arrogante. Mi palacio, donde en otro tiempo
voló mi dinero, pertenece ahora al nuncio Espínola; pero no importa. Cuando por
casualidad llego hasta allí, doy consejos á los operarios del dueño, que se
ocupan en esculpir un Baco sobrep. 272 la puerta. Ahora ya lo sabéis todo.
Prestadme diez escudos.
D. Salustio.—Escuchadme...
D. César (cruzándose de brazos).—Veamos
ahora vuestro estilo.
D. Salustio.—Os he hecho venir para seros útil,
César. Yo, poderoso y sin hijos, veo con sentimiento que os arrastran al
abismo, y quiero libraros de él. Aunque indiferente á todo, sois desgraciado, y
por lo mismo me propongo pagar vuestras deudas, devolveros vuestros palacios,
introduciros en la corte para que volváis á ser un caballero, embeleso de las
damas. Desaparezca para siempre Zafari, y sustitúyale don César. Quiero que de
mi caja toméis cuanto os conviniere, sin temor, á manos llenas, sin ocuparos
del porvenir. Cuando se tienen parientes, preciso es sostenerlos, César, y
mostrarnos compasivos con nuestros deudos...
(Mientras que D. Salustio habla, el rostro de D.
César expresa cada vez mayor asombro, alegría y confianza, y al fin no puede
reprimirse.)
D. César.—Siempre habéis tenido un talento
endiablado, y á fe mía que sois muy elocuente. Continuad.
D. Salustio.—César, no os impongo sino una
condición... Voy á explicarme. Por lo pronto tomad mi bolsa.
D. César (cogiendo la bolsa que está llena
de oro).—¡Ah! Esto es magnífico.
D. Salustio.—Y además voy á daros quinientos
ducados.
D. César (deslumbrado).—¡Marqués...!
D. Salustio.—Desde hoy...
D. César.—¡Pardiez! soy del todo vuestro en cuanto
á las condiciones. Mandad; mi espada está á vuestra disposición, y soy vuestro
esclavo. Si os place, hasta iré á cruzar el acero con Lucifer, rey de los
infiernos.
p. 273D. Salustio.—No, no acepto vuestra espada;
tengo mis razones para ello.
D. César.—¿Qué deseáis entonces? Apenas tengo nada
más que ofrecer.
D. Salustio (acercándose á él y bajando la
voz).—Vos conocéis, y en esta ocasión es muy conveniente, á todos los
perdidos de Madrid.
D. César.—Me lisonjeáis, primo mío.
D. Salustio.—Siempre os acompaña toda una
cuadrilla, y en caso necesario os sería fácil promover un motín. Todo esto
podría servirnos.
D. César (soltando la carcajada).—Á fe
mía que estáis haciendo un drama. ¿Qué parte me confiaréis en la obra? ¿Será el
poema ó la sinfonía? De todos modos mandad; pero mi fuerte es el sainete.
D. Salustio.—Hablo á D. César, y no á Zafari. (Bajando
la voz cada vez más.) Escucha. Necesito alguien que trabaje á mi lado en la
sombra, á fin de preparar un gran acontecimiento. Yo no soy perverso, pero hay
ocasiones en que el más delicado, desvergonzándose al fin, ha de hacer cosas
feas. Tú serás rico; para ello sólo te impongo por condición que me ayudes en
silencio á tender un lazo, una red oculta, como hacen los cazadores por la
noche; pero no para coger una avecilla. Es preciso que por un plan bien combinado
y terrible me sea dado vengarme. Pienso que no serás escrupuloso...
D. César.—¿Vengaros?
D. Salustio.—Sí.
D. César.—¿De quién?
D. Salustio.—De una mujer.
D. César (irguiéndose y mirando á D.
Salustio con altivez).—¡Alto ahí! no me digáis una palabra más. En este
punto, voy á deciros, primo mío, cuál es mi modo de pensar. Todo aquel que vil
y traidoramente se venga de una mujer débil cuando tiene derecho á llevar
espadap. 274 y que nacido caballero, obra como alguacil, ese, aunque fuese
el rey de Castilla, aunque ciñera cien coronas, aunque se titulase conde y
duque ó marqués, y descendiera de la más noble familia, no será para mí más que
un vil y cobarde, á quien quisiera ver colgado de una horca en castigo de su felonía.
D. Salustio.—¡César!...
D. César.—No añadáis una palabra; me ultrajáis. (Arroja
la bolsa á los pies de D. Salustio.) Guardad vuestro secreto, y con él
vuestro dinero. ¡Ah! Comprendo la matanza, el robo y el saqueo; comprendo que
en noche oscura se asalte, hacha en mano, algún castillo, y que con cien
bandoleros se mate sin compasión; entonces todos hieren y gritan, cual
verdaderos bandidos; ojo por ojo, diente por diente, hombres contra hombres.
Comprendo todo esto; pero que se atraiga suavemente á una mujer para
aniquilarla, tendiendo á sus pies odioso lazo, á fin de abusar tal vez de su
honor; apoderarse de una pobre avecilla que canta alegre, valiéndose de un
medio infame... ¡Oh! ¡antes que llegar á esta deshonra, antes que ser rico y
poderoso á semejante precio, preferiría, y aquí lo digo ante Dios, que ve mi
alma, que un perro corroyese mi cráneo clavado en la picota!
D. Salustio.—Primo...
D. César.—De vuestros beneficios no necesito
disfrutar mientras que halle agua en las fuentes, espacio libre en los campos,
y en la ciudad un ladrón que me vista en invierno. Á fe mía que olvidaré la
prosperidad pasada mientras pueda dormir tranquilo á la puerta de vuestros
soberbios palacios, sin temor de que me despierten. Adiós, pues; Dios sabe cuál
de los dos es el mejor. Con vuestros cortesanos quedad, don Salustio, mientras
yo vuelvo con mi canalla, con los lobos, no con las serpientes.
D. Salustio.—Un momento...
p. 275D. César.—¡Vamos! abreviemos la entrevista;
si tratáis de prenderme, ordenadlo de una vez.
D. Salustio.—Muy bien; creía, César, que estabais
más endurecido; la prueba ha sido buena, y favorable para vos. Estoy contento;
venga esa mano, os lo ruego.
D. César.—¡Cómo!
D. Salustio.—Todo esto no pasa de una broma. Cuanto
he dicho ha sido para probaros, y nada más.
D. César.—Me hacéis soñar despierto. La mujer, esa
trama, esa venganza...
D. Salustio.—¡Pura invención, sueños y quimeras!
D. César.—¡Perfectamente! ¿Y el ofrecimiento de
pagar mis deudas es quimera también? ¿Es un sueño lo de los quinientos ducados?
D. Salustio.—Voy á buscarlos ahora mismo.
(Se dirige á la puerta del fondo, y hace seña á
Ruy Blas para que se quede.)
D. César (aparte, en el proscenio, y
mirando á D. Salustio de reojo).—¡Hum! cara de traidor; cuando la boca dice
sí, la mirada parece decir: veremos.
D. Salustio (á Ruy Blas).—Permaneced
aquí, Ruy Blas. (Á D. César.) Vuelvo al punto.
(Sale por la puertecilla de la izquierda, y
apenas desaparece, D. César y Ruy Blas corren el uno hacia el otro.)
ESCENA III
D. CÉSAR, RUY BLAS
D. César.—Á fe mía que no me engañaba. ¡Tú aquí,
Ruy Blas!
Ruy Blas.—¿Eres tú, Zafari? ¿Qué haces en este
palacio?
p. 276D. César.—Paso y me voy; así como al ave,
agrádame el espacio. ¿Pero y tú, qué significa esa librea, ese disfraz?
Ruy Blas (con amargura).—Más disfrazado
estoy de otro modo.
D. César.—¿Qué dices?
Ruy Blas.—Déjame estrecharte la mano como en aquel
tiempo feliz de libertad y de miseria en que vivía sin hogar, hambriento de día
y yerto de frío por la noche; pero independiente; aquel tiempo en que me
conociste, y en que yo era hombre aún. Ambos hijos del pueblo, nos parecíamos
tanto que nos tomaban por hermanos; cantábamos al despuntar la aurora, y
llegada la noche dormíamos uno junto á otro bajo el estrellado cielo,
compartiendo siempre lo que teníamos. Por fin llegó la triste hora de nuestra
separación; y al cabo de cuatro años te encuentro otra vez, siempre el mismo,
alegre como un muchacho, libre como el gitano; siempre eres ese Zafari, rico en
su pobreza, que nada tuvo jamás, ni deseó cosa alguna. Pero yo ¡cuánto he
cambiado, hermano! Huérfano, alimentado de ciencia y orgullo en un colegio, en
vez de destinarme á simple obrero, hicieron de mí un soñador. Tú ya sabes hasta
qué punto llegaban mis aspiraciones de poeta, cuando te burlabas de mis versos
insensatos. Tenía yo no sé qué ambición en el alma. ¿Para qué trabajar?
Dirigíame hacia un objeto invisible; creíalo todo verdadero, todo posible, y de
la suerte lo esperaba todo. Por otra parte, soy de aquellos que pasan sus días
pensativos y ociosos, contemplando algún palacio donde rebosan las riquezas,
para ver entrar y salir á las elegantes damas. Así me sucedió un día en que,
hambriento y moribundo, recogí el pan donde le encontré, en medio del ocio y la
ignominia. ¡Oh! cuando yo tenía veinte años confiaba en mi genio, mientras me
perdía, recorriendo descalzo los caminos y entregado á mis meditacionesp.
277 sobre la suerte de los humanos. Había trazado planes sobre todo, una
verdadera montaña de proyectos; condolíame la desgracia de España, y, pobre de
espíritu, pensé que el mundo necesitaba de mí. Ya ves el resultado, amigo mío:
¡un lacayo!
D. César.—Sí, ya lo sé; el hambre es puerta muy
baja, y cuando se ha de pasar por ella, el más grande es aquel que más se
encorva; pero la suerte tiene su flujo y reflujo. Espera.
Ruy Blas.—El marqués de Finlas es mi amo.
D. César.—Ya le conozco. ¿Y vives en este palacio?
Ruy Blas.—No, esta mañana pisé el umbral por
primera vez.
D. César.—¿De veras? Tu amo, no obstante, debe
habitar aquí á causa del cargo que desempeña.
Ruy Blas.—Sí, porque la corte le necesita á cada
momento; pero tiene una casa desconocida, donde tal vez no ha entrado nunca en
pleno día, aunque sólo dista cien pasos del palacio; es modesta y misteriosa, y
en ella vivo yo. Por la puerta secreta, cuya llave sólo tiene mi amo, el
marqués entra á veces por la noche seguido de hombres enmascarados que hablan
en voz baja y se encierran, sin que nadie sepa lo que allí sucede luego. Por
compañeros tengo dos negros mudos que, ignorando mi nombre, tal vez me toman
por su amo.
D. César.—Sí; allí recibe sin duda á sus espías,
allí es donde tiende sus emboscadas. Es un hombre profundo y poderoso.
Ruy Blas.—Ayer me dijo: «Es preciso que mañana
estés en palacio antes de rayar la aurora: entrarás por la verja dorada.» Al
llegar me mandó ponerme esta librea, que hoy llevo por primera vez.
D. César (estrechándole la mano).—Espera.
Ruy Blas.—¡Esperar! Tú no sabes aún lo que es para
mí llevar este traje que mancha y deshonra. Haberp. 278 perdido la alegría
y el orgullo no es nada, y tampoco importa ser vil y esclavo. Escucha, hermano
mío; no siento yo usar esta librea que me infama, porque en el pecho tengo una
hidra cuyos dientes de fuego me oprimen el corazón en sus ardientes repliegues.
El exterior te atemoriza. ¡Qué dirías si vieses el interior!
D. César.—¿Qué quieres decir?
Ruy Blas.—Inventa, imagina, busca en tu espíritu,
supón algo extraño, insensato, inaudito y horrible, una fatalidad que
deslumbre; sí, prepara un veneno espantoso, abre un abismo más sordo que la
locura, más negro que el crimen; y cuando hayas hecho todo lo que digo, aún no
te acercarás á mi secreto. ¿No lo adivinas? ¡Cómo has de adivinarlo! Sondea con
la mirada el precipicio á donde el destino me arrastra... Amo á la Reina.
D. César.—¡Cielos!
Ruy Blas.—Bajo un dosel ornado con el globo
imperial hay un hombre, unas veces en Aranjuez, y otras en el Escorial, á quien
apenas se ve y á quien no se nombra sin terror; un hombre para quien, cual si
fuese Dios, todos somos iguales; al que se mira temblando y se sirve de
rodillas; que puede hacer caer nuestras cabezas á una simple señal; un hombre
cuyos caprichos son un acontecimiento; que vive solo y soberbio, encerrado
gravemente en una majestad terrible y profunda, y cuyo poderío se extiende por
la mitad del mundo. ¡Pues bien, yo, el lacayo de ese hombre, de ese rey, estoy
celoso!
D. César.—¡Celoso del rey!
Ruy Blas.—¡Sí, del rey, puesto que amo á su esposa!
D. César.—¡Desgraciado!
Ruy Blas.—Escucha. Todos los días la espero al
paso, y estoy como loco. ¡Oh! la vida de esa mujer esp. 279 un tejido de
enojos; todas las noches pienso en ello. ¡Vivir en esta corte de odios y
mentiras, casada con un rey que pasa el tiempo cazando! ¡Imbécil! Viejo ya á
los treinta años, ni es hombre ni es rey.—Familia que se extingue: el padre era
débil hasta el punto de no poder sostener en la mano un pergamino. ¡Oh! tan
bella y tan joven, y haber dado su mano á ese rey Carlos II. ¡Qué lástima! No
sé cómo esta locura amorosa ha penetrado en mi corazón; pero juzga tú. La reina
ama una flor azul de Alemania; aquí no la hay, y todos los días ando una legua
para coger algunas; con las más bonitas formo un ramo, y á media noche me
introduzco en los jardines reales como un ladrón y deposito mi ofrenda en el
banco donde la soberana suele sentarse. Anoche mismo me atreví, compadécete,
hermano, á colocar un billete entre las flores. Para llegar hasta ese banco es
preciso franquear el muro, y en su parte superior me hieren las puntas de
hierro que se suelen poner en las cercas. Algún día me dejaré allí el corazón y
las entrañas. Ignoro si encuentra mis flores y mi carta; pero con todo esto, ya
ves que soy un insensato.
D. César.—¡Diablo! tu aventura no deja de ser
peligrosa. Ten cuidado, porque el conde de Oñate, que la ama también, la
vigila, en calidad de mayordomo y de enamorado. Podría suceder que una noche,
algún guarda poco dormilón, te clavase la partesana antes de marchitarse tu
ramo. ¡Vaya una ocurrencia, amar á la reina! ¿Cómo diablos has podido llegar á
este caso?
Ruy Blas (con arrebato).—¿Lo sé yo por
ventura? ¡Oh! daría mi alma al demonio por ser sólo durante una hora uno de
esos jóvenes señores que desde la ventana veo en este instante, y que cual viva
afrenta para mí, entran luciendo la pluma en el sombrero y altiva la frente.
Sí, me condenaría sólo para que mep. 280 fuese dado arrojar esta librea y
poder acercarme á la reina, como ellos, con un traje semejante al suyo. Pero,
¡oh rabia, estar junto á ella y no ser á sus ojos más que un lacayo! ¡Tened
compasión de mí, Dios mío! (Acercándose á D. César.) Ahora recuerdo que
me preguntabas por qué la amo así y desde cuándo... Cierto día... pero ¿á qué
recordarlo? Es verdad; siempre te conocí esa manía de preguntar ¿por qué?
¿cómo? ¿cuándo? Pero la sangre me hierve en las venas, y sólo podría decirte
que la amo locamente.
D. César.—Cálmate.
Ruy Blas (cayendo desfallecido y pálido en
un sillón).—Sufro mucho, hermano; dispénsame, ó más bien huye de este pobre
loco, que con espanto siente bajo su librea de lacayo las pasiones de un rey.
D. César (poniéndole la mano sobre el
hombro).—¡Yo huir de ti; yo que no he sufrido porque nunca amé á nadie; yo,
pobre cascabel que ya no suena, pobre mendigo del amor, á quien de vez en
cuando arroja una limosna el destino; yo, que nada siento ya en el corazón,
pareciéndome que el alma se ha retirado de mi cuerpo! ¿Por qué había de huir?
Por ese amor que en tus ojos rebosa te envidio, y á la vez te compadezco, Ruy
Blas.
(Momento de pausa: con las manos cogidas, los
dos se miran con expresión amistosa y de tristeza.—Entra D. Salustio y
adelántase con paso lento, fijando una mirada profunda en D. César y Ruy Blas,
que no le ven. En una mano lleva un sombrero y una espada, que al entrar
deposita en un sofá, y en la otra una bolsa, que pone sobre la mesa.)
D. Salustio (á D. César).—He aquí el
dinero.
(Al oir la voz de D. Salustio, Ruy Blas se
levanta como sobresaltado, y permanece en pie, con la vista baja, en actitud
respetuosa.)
D. César (aparte, mirando á D. Salustio de
reojo).—Elp. 281 diablo me lleve si ese tunante no escuchaba á la
puerta. ¡Bah! al fin y al cabo, poco importa. (Á D. Salustio en voz alta.)
Muchas gracias, primo.
(Abre la bolsa, esparce el contenido en la mesa
y revuelve con alegría los ducados, colocándolos en pilas sobre el tapete de
terciopelo. Mientras los cuenta, D. Salustio se dirige al fondo del teatro,
volviendo la cabeza para ver si llama la atención de D. César; abre la
puertecilla de la derecha y á una señal salen tres alguaciles armados con
espadas y vestidos de negro. D. Salustio les muestra misteriosamente á D.
César. Ruy Blas permanece inmóvil, de pie cerca de la mesa, sin ver ni oir
nada.)
D. Salustio (en voz baja á los alguaciles).—Cuando
salga de aquí ese hombre que cuenta el dinero, seguidle y apoderaos de él
silenciosamente, sin violencia. Después le conduciréis á Denia, y una vez allí,
embarcadle. (Les entrega un pergamino sellado.) He aquí la orden escrita
de mi puño y letra. Sin prestar oído á sus quejas, le venderéis, una vez en el
mar, á los corsarios argelinos. Mil piastras para vosotros si llenáis vuestro
cometido pronto y bien.
(Los tres alguaciles se inclinan y salen.)
D. César (acabando de arreglar los ducados).—Nada
es tan agradable y divertido como hacer pilas de monedas cuando son nuestras. (Hace
dos partes iguales y se vuelve á Ruy Blas.) Hermano, he aquí tu parte.
Ruy Blas.—¡Cómo!
D. César (mostrándole una de las dos pilas
de oro).—¡Tómala, vente y sé libre!
D. Salustio (que los observa en el fondo).—¡Diablo!
Ruy Blas (moviendo la cabeza en señal de
negativa).—No; el corazón es lo que quisiera tener libre; mi suerte está
echada, y debo permanecer aquí.
D. César.—Bien, obra como te plazca. Sólo Dios sabe
si tú eres el loco y yo el sabio.
(Recoge el dinero, lo echa en la bolsa y se la
guarda.)
p. 282D. Salustio (en el fondo del teatro,
aparte, y observando siempre).—Poco más ó menos el mismo rostro y el mismo
aire.
D. César (á Ruy Blas).—¡Adiós!
Ruy Blas.—Toca estos cinco.
(Se estrechan la mano. D. César sale sin ver á
D. Salustio, que permanece retirado.)
ESCENA IV
RUY BLAS, D. SALUSTIO
D. Salustio.—¡Ruy Blas!
Ruy Blas (volviéndose vivamente).—¿Señor?
D. Salustio.—¿Era ya de día esta mañana cuando
llegasteis?
Ruy Blas.—Aún no, señor; dí el pase al portero, y
he subido.
D. Salustio.—¿Llevabais capa?
Ruy Blas.—Sí, señor.
D. Salustio.—En ese caso, nadie os habrá visto aún
esa librea en palacio.
Ruy Blas.—Ni tampoco en Madrid.
D. Salustio (señalando con el dedo la
puerta por donde ha salido D. César).—Está muy bien. Id á cerrar la puerta
y quitaos ese traje. (Ruy Blas se despoja de su librea y arrójala en un
sillón.) Me parece que tenéis muy buen carácter de letra. Escribid. (Hace
seña á Ruy Blas para que se siente á la mesa, donde hay plumas y tinteros. Ruy
Blas obedece.) Hoy vais á servirme de secretario. Nada os ocultaré. Por lo
pronto un billete de amor para la reina de mi corazón, para doña Elvira, esa
sirena que debe haber caído del paraíso. Voy áp. 283 dictaros. «Un peligro
terrible me amenaza en este momento; sólo mi reina puede conjurar la tempestad,
viniendo á buscarme esta noche á casa. De lo contrario estoy perdido. Pongo á
vuestras plantas mi vida y mi corazón y os beso los pies.» (Riendo.) ¡Un
peligro! El recurso es hábil para atraerla á mi casa. ¡Oh! yo soy experto. Á
las mujeres les agrada mucho salvar á quien las pierde.—Añadid: «Por la puerta
que hay en lo último de la Alameda podréis entrar sin ser reconocida; una
persona de confianza os abrirá.» Perfectamente. ¡Ah! firmad.
D. Salustio.—¿Vuestro nombre?
D. Salustio.—No. Firmad César; es mi
nombre de guerra.
Ruy Blas (después de haber obedecido).—La
dama no reconocerá la escritura.
D. Salustio.—¡Bah! el sello basta; con frecuencia
lo hago de este modo. Ruy Blas, yo parto esta noche y os dejo aquí. Tengo
proyectos muy favorables respecto á vos; vais á cambiar de situación, pero es
necesario que me obedezcáis en todo. Como vos sois un servidor discreto, fiel y
reservado...
Ruy Blas (inclinándose).—Señor...
D. Salustio (continuando).—Quiero
mejorar vuestra suerte.
Ruy Blas (mostrando el billete que acaba de
escribir).—¿Á dónde se ha de dirigir esa carta?
D. Salustio.—Yo me encargo de ello. (Acercándose
á Ruy Blas con aire significativo.) Quiero haceros feliz. (Síguese una
pausa. D. Salustio hace seña á Ruy Blas para que vuelva á sentarse á la mesa.)
Escribid: «Yo, Ruy Blas, lacayo de su excelencia el marqués de Finlas, me
obligo á servirle como fiel criado en toda ocasión secreta ó pública.» (Ruy
Blas obedece.) Firmad con vuestro nombre; ahora la fecha; está bien; dadme.
(Dobla el billete y el papel en que Ruy Blas acaba de escribir, y losp.
284 guarda en su cartera.) Acaban de traerme una espada. ¡Ah! vedla
allí. (Señala el sofá, en el que ha puesto la espada y el sombrero, y coge
estos objetos.) El tahalí es de seda, recamada á la última moda. (Haciendo
admirar la flexibilidad del tejido.) Tocadla, Ruy Blas. ¿Qué os parece esa
flor? La empuñadura es de Gil, el famoso cincelador, el que mejor sabe formar,
al gusto de las bellas, una caja de pastillas en el pomo. (Pasa el tahalí
por el cuello de Ruy Blas sin quitar la espada.) Dejadla; quiero ver si os
sienta bien. ¡Cáspita! parecéis así todo un caballero. (Escuchando.)
Alguien viene... Sí. Se acerca la hora de pasar la Reina. ¡El marqués del
Basto!
(La puerta del fondo que da á la galería se
abre. D. Salustio se despoja del ferreruelo y arrójale vivamente sobre los
hombros de Ruy Blas, en el momento de aparecer el marqués del Basto. Después se
dirige á este último, llevando consigo á Ruy Blas, mudo de asombro.)
ESCENA V
D. SALUSTIO, RUY BLAS, EL MARQUÉS DEL BASTO, EL
MARQUÉS DE SANTA CRUZ, EL DUQUE DE ALBA, y después toda la corte
D. Salustio (al marqués del Basto).—Permitidme,
marqués, que os presente á mi primo D. César.
Ruy Blas (aparte).—¡Cielos!
D. Salustio (á Ruy Blas en voz baja).—¡Callaos!
El marqués del Basto (saludando á Ruy Blas).—Caballero,
celebro mucho...
(Le toma la mano, que Ruy Blas le presenta con
cierta cortedad.)
D. Salustio (en voz baja á Ruy Blas).—Dejadme
hacer y saludad.
(Ruy Blas saluda al marqués.)
p. 285El marqués del Basto (á Ruy Blas).—Apreciaba
mucho á vuestra madre. (En voz baja á D. Salustio, mostrándole á Ruy Blas.)
Está muy cambiado; apenas le hubiera reconocido.
D. Salustio (al marqués).—¡Diez años de
ausencia!
El marqués del Basto.—¡Verdad es!
D. Salustio (golpeando en el hombro de Ruy
Blas).—¡Hele aquí de vuelta! ¿Recordáis, marqués, qué pródigo era, y cómo
despilfarraba sus escudos? Todas las noches en bailes y fiestas; siempre
luciendo galas en festines y reuniones; con su fasto y su lujo deslumbraba á
Madrid, pero á los tres años se arruinó. Ahora llega de la India.
Ruy Blas.—Señor...
D. Salustio (alegremente).—Llamadme
primo, puesto que nos une este parentesco. Los Bazanes somos buenos caballeros.
Tenemos por antecesor á don Íñigo de Ibiza; su nieto, Pedro de Bazán, casó con
Mariana de Gor, de quien nació Juan, que fué almirante en tiempo del rey D.
Felipe; Juan tuvo dos hijos, que en nuestro árbol genealógico han dejado dos
blasones. Yo soy el marqués de Finlas, y vos el conde Garofa. Tanto valemos el
uno como el otro, César; por parte de las madres, tenemos igual jerarquía, sólo
que vos sois de Aragón y yo de Portugal. Vuestra rama no es menos noble que la
nuestra; yo soy fruto de la una, y vos, flor de la otra.
Ruy Blas (aparte).—¿Á dónde me llevará?
(Mientras que D. Salustio hablaba, el marqués de
Santa Cruz, D. Álvaro de Bazán y Benavides, anciano de bigote blanco, que lleva
una gran peluca, se ha aproximado á ellos.)
El marqués de Santa Cruz (á D. Salustio).—Os
explicáis con claridad; pero si es primo vuestro también lo es mío.
D. Salustio.—Es verdad, pues tenemos el mismop.
286 origen, marqués. (Le presenta á Ruy Blas.) Don César.
El marqués de Santa Cruz.—Imagino que no es el que
creían muerto.
D. Salustio.—Sí tal; el mismo.
El marqués de Santa Cruz.—¿Conque ahora ha
vuelto?...
D. Salustio.—De las Indias.
El marqués de Santa Cruz (examinando á Ruy
Blas).—En efecto, es el mismo.
D. Salustio.—¿Le reconocéis?
El marqués de Santa Cruz.—¡Pardiez! como que le he
visto nacer.
D. Salustio (en voz baja á Ruy Blas).—El
buen hombre está ciego, y sólo os reconoce para hacer creer que no lo es.
El marqués de Santa Cruz (ofreciendo la
mano á Ruy Blas).—Venga esa mano, primo.
Ruy Blas (inclinándose).—¡Señor!
El marqués de Santa Cruz.—Me complace mucho veros.
D. Salustio (en voz baja al marqués y
aparte).—Voy á pagar sus deudas; vos podréis servirle en el cargo que
desempeñáis: si en la corte vacase algún cargo, cerca del rey ó de la reina...
El marqués de Santa Cruz (en voz baja).—Es
un joven encantador, y pensaré en ello. Además, pertenece á la familia.
D. Salustio (en voz baja).—Tenéis mucha
influencia en el Consejo de Castilla, y por lo tanto os le recomiendo. (Sepárase
del marqués de Santa Cruz y se dirige á otros señores, á los que presenta á Ruy
Blas; entre ellos está el duque de Alba, que luce un traje magnífico. D.
Salustio le presenta á Ruy Blas.) Mi primo César, conde de Garofa. (Los
nobles cambian graves saludos con Ruy Blas, siempre sobrecogido.) (Al
conde de Ribagorza.) Ayerp. 287 no estabais en el baile de Atalante;
Lindamira bailó muy bien. (Se extasía contemplando el jubón del duque de
Alba.) Magnífico justillo lleváis, duque.
El duque de Alba.—Otro más hermoso tenía, de seda
rosa galoneado de oro, pero ese bribón de Matalobos me le ha robado.
Un hujier de la corte (en el fondo del
teatro).—La Reina se aproxima; tomad puesto, señores.
(Las grandes cortinas de la galería de cristales
se abren, y los señores se escalonan cerca de la puerta, mientras forman los
guardias. Ruy Blas, anhelante y fuera de sí, refúgiase en el proscenio, á donde
le sigue D. Salustio.)
D. Salustio (en voz baja á Ruy Blas).—¿Es
posible que cuando la fortuna os sonríe, disminuya vuestro espíritu? Volved en
vos, Ruy Blas. Yo marcho de Madrid; os dejo mi pequeña casa con los criados
mudos; nada quiero guardar sino las llaves secretas; muy pronto recibiréis
instrucciones. Haced mi voluntad, y yo me encargaré de vuestra fortuna. Elevaos
sin temer nada, pues la ocasión es propicia. La corte es un país donde se anda
sin ver claro; pero yo os conduciré; yo me encargo de ver por vos.
(Aparecen otros guardias en el fondo del teatro.)
El hujier (en alta voz).—¡La Reina!
Ruy Blas (aparte).—¡Ah! ¡La Reina!
(La Reina, magníficamente vestida, aparece
rodeada de damas y pajes bajo un dosel de terciopelo escarlata, conducido por
cuatro gentiles hombres. Ruy Blas, despavorido, parece quedar absorto ante
aquella resplandeciente visión. Todos los grandes de España se cubren. D.
Salustio se dirige rápidamente hacia el sillón en que se halla su sombrero y se
lo lleva á Ruy Blas.)
D. Salustio (á Ruy Blas, poniéndole el
sombrero en la cabeza).—¿Qué tenéis, primo? ¡Cubríos; sois grande de
España!
p. 288Ruy Blas (aturdido, en voz baja á D.
Salustio).—¿Y qué más ordenáis, señor?
D. Salustio (mostrándole á la Reina, que
cruza lentamente por la galería).—Que hagáis lo posible por agradar á esa
mujer y ser su amante.
p. 289
ACTO II
LA REINA DE ESPAÑA
Salón contiguo á la cámara de la reina; á la
izquierda una puertecilla de comunicación, y á la derecha otra que conduce á
las habitaciones exteriores. En el fondo grandes ventanas abiertas. Es la tarde
de un hermoso día de verano. Mesa grande, sillones; la imagen de una Santa, con
un rico marco,p. 290 adornan
una de las paredes: es «Santa María Esclava». En el lado opuesto una imagen de
la Virgen, iluminada por la luz de una lámpara de oro; más allá un retrato de
cuerpo entero del rey Carlos II.
Al levantarse el telón, la reina doña María de
Neuburgo está sentada en un extremo junto á una de sus damas, joven y hermosa.
La reina viste de blanco, con falda de tejido de plata. Está bordando y se
interrumpe á intervalos para hablar. En el lado opuesto, sentada en un sillón,
doña Juana de la Cueva, duquesa de Alburquerque, camarista mayor, con su labor
en la mano; es una anciana vestida de negro. Cerca de ella, varias dueñas,
sentadas á una mesa, trabajan también. En el fondo está D. Guritán, conde de Oñate,
mayordomo, alto, enjuto, con bigote gris; es hombre de unos cincuenta años y
tiene aspecto de militar veterano, aunque viste con exagerada elegancia y lleva
cintas hasta en los zapatos.
ESCENA I
LA REINA, LA DUQUESA DE ALBURQUERQUE, D. GURITÁN,
CASILDA, dueñas
La Reina.—¡Por fin ha marchado! Debería estar
tranquila y no lo estoy, porque ese marqués de Finlas me preocupa; estoy segura
que me odia.
Casilda.—¿No se le ha desterrado según vuestro
deseo?
La Reina.—Ese hombre me aborrece.
Casilda.—Vuestra Majestad...
La Reina.—Te aseguro, Casilda, que ese marqués es
para mí como el ángel malo. La víspera del día en que debía marchar, se
presentó como de costumbre durante el besamanos. Todos los nobles se
adelantaban en fila hacia el trono para cumplir con la etiqueta; mientras que
yo, triste y tranquila, miraba vagamente la pared que en el salón oscuro
representa una gran batalla. De repente, al fijar mi vista en la mesa, divisé á
ese hombre temible, que se adelantaba hacia mí, yp. 291 desde aquel
momento, sólo él me llamó la atención. Adelantábase lentamente, con la mano
apoyada en la daga, de la cual veía á intervalos la brillante hoja; estaba
grave, y su mirada de fuego me imponía; se inclinó y sentí sobre mi mano su
boca de serpiente.
Casilda.—Cumplía con su deber de caballero.
La Reina.—Sus labios no eran como los demás. No he
vuelto á verle, pero desde ese día pienso en él á menudo, aunque otras cosas me
preocupan. Paréceme que el infierno está en el alma de ese hombre, ante el cual
no soy más que una mujer, y no una reina. En mis sueños encuentro en mi camino
á ese demonio, que me besa la mano; y veo brillar el odio en sus miradas, que
como un veneno mortal hielan la sangre en mis venas, haciéndome estremecer.
¿Qué dices á esto?
Casilda.—¡Puras visiones, señora!
La Reina.—Á decir verdad, otros cuidados tengo más
serios. (Aparte.) ¡Oh! lo que más me atormenta debo ocultar. (Á
Casilda.) Dime ¿qué hay de esos mendigos, que no osaban acercarse?...
Casilda (dirigiéndose á la ventana).—Aún
están ahí, señora.
La Reina.—Toma, échales mi bolsa...
(Casilda toma la bolsa y arrójala por la
ventana.)
Casilda.—¡Oh! señora, vos que hacéis tantas
limosnas con tal bondad, ¿no haréis ninguna al conde de Oñate, aunque sólo sea
diciéndole una palabra? (Mostrando á la Reina á D. Guritán, que de pie y
silencioso en el fondo de la cámara, fija en aquella miradas de muda adoración.)
Es un pobre viejo enamorado, que tiene la piel tan dura como tierno el corazón.
La Reina.—Ese hombre me molesta.
Casilda.—Convengo en ello; pero decidle algo.
La Reina (volviéndose á D. Guritán).—Buenos
días, conde.
p. 292(D. Guritán se aproxima, haciendo tres
reverencias, y suspirando besa la mano de la Reina, que se muestra indiferente
y distraída. Después vuelve á su sitio.)
D. Guritán (retirándose, en voz baja á
Casilda).—La Reina está encantadora hoy.
Casilda (mirándole cuando se aleja).—¡Pobre
ganso! Permanece inmóvil junto al agua que le tienta, y si después de esperar
todo un día se le dirige una palabra, con frecuencia una frase indiferente,
retírase contento y satisfecho.
La Reina (con triste sonrisa).—¡Cállate!
Casilda.—Para ser feliz le basta veros; para él es
toda una dicha ver á la Reina. (Extasiándose al divisar una caja colocada
sobre un velador.)—¡Oh! ¡qué caja tan preciosa!
La Reina.—Aquí tienes la llave.
Casilda.—Esta madera de sándalo es exquisita.
La Reina (presentándole la llave).—Ábrela
y mira. Son reliquias que me propongo enviar á mi padre, porque sé que le
agradarán mucho. (Queda meditabunda un momento, y después interrumpe
vivamente sus impresiones. Aparte.) Quisiera desechar de mi mente lo que
pienso. (Á Casilda.) Vé á buscar un libro en mi cámara... ¡Estoy loca!
no hay uno solo alemán; todos son españoles. Y el rey, de caza, siempre
ausente. ¡Ah! ¡qué aburrimiento! En seis meses he pasado sólo doce días junto á
él.
Casilda.—¡Casarse con un rey para vivir así!
(La Reina se entrega otra vez á su meditación,
arrancándose al fin de ella como por un esfuerzo.)
La Reina.—¡Quiero salir!
(Al oir estas palabras, pronunciadas
imperiosamente, la duquesa de Alburquerque, que hasta entonces ha permanecido
inmóvil en su sillón, levanta la cabeza, se pone después en pie y hace una
profunda cortesía á la Reina.)
La duquesa de Alburquerque (con voz breve y
dura).—Para que la Reina salga es preciso, según el ceremonial,p.
293 que un grande de España, aquel á quien se concede este derecho, abra
todas las puertas; y ahora no hay tal vez ninguno en el alcázar.
La Reina.—¡Pero esto es encerrarme! ¿Quieren
matarme, Duquesa?
La Duquesa (haciendo otra reverencia).—Soy
camarista mayor, y cumplo con mi deber.
(Vuelve á sentarse.)
La Reina (Ocultando la cabeza entre sus
manos, con desesperación.—Aparte.)—¿Será preciso volver á mis meditaciones?
¡No! (En voz alta.) ¡Pronto, traed aquí las cartas para jugar al
sacanete, y vengan todas mis damas!
La Duquesa (á las dueñas).—No os
mováis, señoras. (Levantándose y saludando de nuevo á la Reina.) Según
antiguo uso, Vuestra Majestad no puede jugar sino con reyes, ó deudos del
soberano.
La Reina (con enojo).—¡Pues bien, haced
que vengan!
Casilda (aparte, mirando á la Duquesa).—¡Ah!
¡dueña gruñona!
La Duquesa (persignándose).—Dios no se
los ha concedido, señora, al soberano que gobierna. La reina madre ha muerto, y
ahora está solo.
La Reina.—¡Pues que me sirvan una colación!
Casilda.—¡Qué divertido es esto!
La Reina.—Casilda, te invito.
Casilda (aparte, mirando á la camarista).—¡Oh,
respetable abuela!
La Duquesa (haciendo una reverencia).—Cuando
el rey no está aquí, la reina come sola.
(Vuelve á sentarse.)
La Reina (exasperada).—¡Dios mío! ¿Qué
podré hacer que permitido sea? Ni salir, ni jugar, ni comer cuando se me
antoja. Desde hace un año que soy reina, me estoy muriendo.
p. 294Casilda (aparte, mirándola con aire
compasivo).—¡Pobre mujer, condenada á pasar todos sus días presa del tedio,
en esta corte insípida, sin más distracción que la de contemplar el agua
estancada en un pantano, (Mirando á D. Guritán, siempre inmóvil y de pie en
el fondo de la cámara.) y á un viejo enamorado, que sueña despierto!
La Reina (á Casilda).—¿Qué hacer?
Veamos, busca una idea.
Casilda.—En ausencia del rey, vos sois quien
gobierna: procurad distraeros, llamando á los ministros.
La Reina (encogiéndose de hombros).—¡Vaya
un recreo! ¡Ver ocho hombros de semblante siniestro, que me hablen de Francia y
de su rey caduco, de Roma y del retrato del archiduque, á quien pasean por
Burgos bajo un dosel de paño de oro, conducido por cuatro alcaldes! Busca otra
cosa.
Casilda.—Pues bien, si lo permitís, haré que suba
algún joven escudero.
La Reina.—¡Casilda!
Casilda.—Quisiera ver algún joven, señora, porque
esta corte venerable me aburre y me contrista. Creo que la vejez llega por los
ojos, y que se envejece más pronto cuando siempre se ven ancianos.
La Reina.—¡Ríete, loca! No tarda en llegar el día
en que el corazón se entristece, y se pierde el sueño y la alegría. (Pensativa.)
Mi felicidad está en ese rincón del parque, donde tengo derecho á ir sola.
Casilda.—Pues no os envidio esa dicha. ¡Vaya un
sitio! ¡Paredes más altas que los árboles, y una trampa detrás de cada uno de
éstos!
La Reina.—¡Oh, quisiera salir algunas veces!
Casilda (en voz baja).—¡Salir! Pues
bien, señora, escuchadme; hablemos bajo. Por austera y oscura que sea una
prisión, siempre hay medio de buscar y encontrar en la sombra una llave. ¡Yo la
tengo! Cuandop. 295 queráis, saldremos de palacio por la noche, á pesar de
los malos, y recorreremos la ciudad. Podemos ir...
La Reina.—¡Cielos, jamás, cállate!
Casilda.—Es muy fácil.
La Reina.—¡Nunca! (Aléjase un poco de Casilda y
vuelve á caer en su meditación.) ¡Oh! ¿por qué no estaré aún en mi buena
Alemania con mis padres y mi hermano? Felices allí, corríamos libres por los
campos, y hablábamos sencillamente á los campesinos cuando iban cargados con
sus gavillas. ¡Esto era delicioso! Pero ¡ay de mí! cierto día acercóse á mí un
hombre vestido de negro y me dijo: «Señora, vais á ser reina de España.» Mi
padre estaba muy contento; mi madre lloraba; y hoy lloran los dos. En secreto
quiero enviarles esta caja, pues sé que mi padre quedará contento. ¡Ah! todo me
desespera aquí. Hasta mis pobres aves de Alemania han muerto. (Casilda hace
el ademán de torcer el cuello de un ave, mirando de reojo á la camarista.)
También me prohiben ver flores de mi país y jamás vibra en mi oído una palabra
de amor. Hoy soy reina; en otro tiempo era libre. Bien dices, que ese parque es
muy triste por la noche, y las paredes tan altas que impiden ver. ¡Oh qué
aburrimiento! (Se oye fuera un canto lejano.) ¿Qué rumor es ese?
Casilda.—Son las lavanderas que cantan á lo lejos.
(Las voces se acercan, y óyense las palabras. La
Reina presta atención.)
No escuches, niña, en el bosque,
el canto del ruiseñor,
que si dulces son sus trinos,
aún es más dulce tu voz.
No envidies de las estrellas
el luminoso fulgor,
que son tus ojos luceros
que deslumbran como el sol.
p. 296Ni tampoco de las flores
envidies el arrebol,
porque la flor más hermosa
en tu corazón se abrió.
Las avecillas, los astros,
y la perfumada flor,
son emblemas, niña hermosa,
de eso que llaman amor.
(Las voces se alejan.)
La Reina (pensativa).—¡El amor! Sí,
ellas son felices; su canto me alivia y me enoja á la vez.
La Duquesa (á las dueñas).—¡Haced que
se alejen esas mujeres, que importunan á la Reina!
La Reina (vivamente).—¡Cómo, si apenas
se las oye! Dejadlas pasar en paz, señora. (Á Casilda, mostrándole una
ventana en el fondo.) Por ahí no es el bosque tan espeso, y esa ventana da
al campo; ven, vamos á verlas.
(Se dirige hacia la ventana con Casilda.)
La Duquesa (levantándose y haciendo una
reverencia).—La Reina de España no debe asomarse á la ventana.
La Reina (deteniéndose y retrocediendo).—¡Vamos,
el hermoso sol poniente que ilumina los valles, las frescas brisas de la tarde,
las lejanas canciones que todos oyen, no existen para mí! Retirada estoy del
mundo; ni aun puedo ver la naturaleza de Dios, ni la libertad de que los otros
disfrutan.
La Duquesa (haciendo una señal á las dueñas
para que salgan).—Salid, señoras, hoy es día de rezo.
(Casilda da algunos pasos hacia la puerta; la
Reina la detiene.)
La Reina.—¿Me abandonas?
Casilda (mostrando á la Duquesa).—La
señora ordena que salgamos.
La Duquesa (saludando á la Reina
profundamente).—Es preciso dejar á la Reina sola para que se entregue á sus
devotas prácticas.
p. 297ESCENA II
LA REINA, sola
¡Á mis prácticas devotas! Dí más bien á mis
reflexiones. ¿Cómo huir de ellas, estando sola? ¡Todos me han dejado, pobre
espíritu sin luz, en un camino oscuro! (Meditando.) ¡Ah, esa mano
sangrienta impresa en la pared! Sin duda estará herido, pero suya es la culpa.
¿Por qué empeñarse en franquear ese muro tan alto, sólo para traerme las flores
que aquí me rehusan? ¡Aventurarse así por tan poca cosa! Tal vez se haya herido
con las puntas de hierro, porque de ellas pendía un pedazo de encaje. Una gota
de esa sangre vertida vale tanto como todas mis lágrimas. (Abismándose más
en su meditación.) Cada vez que á ese banco voy á buscar las flores,
prometo á Dios no volver nunca más, y sin embargo, siempre vuelvo. Pero ¿y él?
Tres días hace que no he vuelto á verle. ¡Herido! ¡Quien quiera que seas, joven
generoso, tú que al verme sola, lejos de los que me aman, sin pedir ni esperar
nada vienes á mí arrostrando los peligros; tú que viertes tu sangre y te
arriesgas diariamente para dar una flor á la Reina; quien quiera que seas,
amigo cuya sombra me acompaña, desde el fondo del alma te bendigo, y bendígate
también tu madre! (Llevándose vivamente la mano al corazón.) ¡Oh! su
carta me quema. (Recayendo en sus reflexiones.) ¡Y el otro, el
implacable don Salustio! Un ángel y un espectro me siguen, y sin verlos,
siéntolos á los dos agitarse en mis ensueños. Un hombre que me odia junto á
otro que me ama me conducirán tal vez á algún supremo instante. ¿Me librará el
uno del otro? No lo sé. ¡Ay! el destino flota para mí con dosp.
298 vientos opuestos. ¡Qué débil es una reina, y qué poca cosa significa!
Oremos. (Se arrodilla ante la imagen de la Virgen.) ¡Amparadme, señora,
pues no me atrevo á elevar la mirada hasta vos! (Se interrumpe.) ¡Oh
Dios mío! el encaje, la carta, la flor; todo es fuego. (Saca del seno una
carta arrugada, un ramo pequeño de florecillas azules y un pedazo de encaje
teñido en sangre; arroja estos objetos sobre la mesa y se arrodilla de nuevo.)
¡Virgen santa, esperanza de los mártires, auxiliadme en este trance! (Interrumpiéndose.)
¡Esa carta!... (Se vuelve hacia la mesa.) Me atrae... (Arrodillándose
de nuevo.) ¡No quiero leerla! ¡Oh virgen de dulzura, arrodillada á tus
plantas imploro tu protección! (Se levanta, da algunos pasos hacia la mesa,
detiénese, y al fin precipítase sobre la carta, como cediendo á una
irresistible atracción.) Sí, quiero volver á leerla por última vez; después
la rasgaré. (Con triste sonrisa.) ¡Ay de mí! Un mes hace que digo
siempre lo mismo. (Desdobla la carta resueltamente y lee.) «Señora, á
vuestros pies, en la sombra, hay un hombre que os ama, perdido en la noche que
le oculta; que sufre, vil gusano enamorado de una estrella; que por vos diera
su alma, y que muere aquí bajo mientras brilláis en las alturas.» (Deja la
carta sobre la mesa.) Cuando el alma está sedienta, ha de beber, aunque sea
veneno. (Vuelve á guardar en su seno la carta y el encaje.) Nadie me ama
en la tierra; pero á alguno debo amar. ¡Oh! si el rey hubiese querido, á él
hubiera amado; pero me deja así, completamente sola, sin amor...
(Ábrese la puerta grande y entra un hujier de
gala.)
El hujier (en alta voz).—¡Carta del
rey!
La Reina (vuelve en sí como sobresaltada,
dejando escapar un grito de alegría).—¡Del rey; me he salvado!
p. 299ESCENA III
LA REINA, LA DUQUESA DE ALBURQUERQUE, CASILDA, D.
GURITÁN, damas de la Reina, pajes, RUY BLAS
(Todos entran gravemente, la Duquesa primero,
seguida de las damas. Ruy Blas, magníficamente vestido, permanece en el fondo
del teatro; su ferreruelo oculta el brazo izquierdo. Dos pajes llevan en un
cojín de paño de oro la carta del rey, y arrodíllanse ante la Reina, á pocos
pasos de distancia.)
Ruy Blas (en el fondo del teatro, aparte).—¿Dónde
estoy? ¡Qué hermosa es! ¿Por qué estaré aquí?
La Reina (aparte).—¡Es un socorro del
cielo!... (En voz alta.) ¡Dad pronto!... (Volviéndose hacia el
retrato del rey.) ¡Gracias, señor! (Á la Duquesa.) ¿De dónde viene
esa carta?
La Duquesa.—Señora, del Pardo, donde el rey caza.
La Reina.—En el fondo de mi alma le doy gracias. Ha
comprendido que en mi aislamiento necesitaba una palabra de amor que de él
viniese. Dadme la carta...
La Duquesa (haciendo una reverencia, enseña
la carta).—Preciso es haceros presente que, según costumbre, yo soy quien
debe abrir la carta primero y leerla.
La Reina.—¿También eso? ¡Pues bien, leed!
(La Duquesa toma la carta y la desdobla
lentamente.)
Casilda (aparte).—Veamos ese billete
amoroso.
La Duquesa (leyendo).—«Señora, aunque
hace mucho viento, he matado seis lobos.—Firmado, Carlos.»
La Reina (aparte).—¡Ay de mí!
D. Guritán (á la Duquesa).—¿Es eso
todo?
La Duquesa.—Sí, señor conde.
p. 300Casilda (aparte).—¡Ha matado seis
lobos! ¡Vaya un consuelo para la que está aburrida, triste y melancólica! ¡Ha
matado seis lobos! ¡Buena noticia!
La Duquesa (á la Reina, mostrándole la
carta).—Si Su Majestad quiere...
La Reina (rechazándola).—No.
Casilda (á la Duquesa).—¿Es eso todo?
La Duquesa.—Sin duda. ¿Qué más ha de decir? El rey
caza, y en el camino escribe dando cuenta de lo que hace y del estado del
tiempo. Me parece muy en razón. (Examinando de nuevo la carta.) No
escribe... dicta.
La Reina (tomando la carta y examinándola á
su vez).—En efecto, no es su letra; no ha hecho más que firmar. (Examina
el escrito con más atención y parece admirada.) ¿Será ilusión? Es la misma
letra que la de la otra. (Señala con la mano la carta que acaba de ocultar
en su seno.) ¡Esto es extraño! (Á la Duquesa.) ¿Dónde está el
portador del mensaje?
La Duquesa (mostrando á Ruy Blas).—Ahí
está.
La Reina.—¿Es ese joven?
La Duquesa.—Sí, señora. La ha traído en persona. Es
un nuevo escudero que Su Majestad ha designado para vuestro servicio, un
hidalgo que el marqués de Santa Cruz me recomienda de parte del rey.
La Reina.—¿Cómo se llama?
La Duquesa.—Es don César de Bazán, conde de Garofa,
y según dicen, el más cumplido caballero.
La Reina.—Bien; quiero hablarle. (Á Ruy Blas.)
Caballero...
Ruy Blas (aparte y estremeciéndose).—¡Dios
mío, me mira, me habla... yo tiemblo!
La Duquesa (á Ruy Blas).—Acercaos,
conde.
D. Guritán (mirando á Ruy Blas de reojo,
aparte).—Ese joven escudero no me place.
(Ruy Blas, pálido y turbado, se acerca
lentamente.)
p. 301
Casilda (aparte).—Veamos ese billete
amoroso.
p. 303La Reina (á Ruy Blas).—¿Venís del
Pardo?
Ruy Blas (inclinándose).—Sí, señora.
La Reina.—¿Sigue bien el rey? (Ruy Blas se
inclina.—Mostrando la carta real:) ¿Ha dictado esto para mí?
Ruy Blas.—Estaba á caballo cuando dictó la carta...
(Vacila un momento.) á uno de los presentes.
La Reina (aparte, observando á Ruy Blas).—Su
mirada me fascina. No me atrevo á preguntarle á quién. (En alta voz.)
Está bien; podéis retiraros. ¡Ah! (Ruy Blas, que había dado algunos pasos
para salir, vuelve hacia la Reina.) ¿Había allí muchos caballeros reunidos?
(Aparte.) ¿Por qué me impresiona ese joven? (Ruy Blas se inclina; la
Reina añade:) ¿Quiénes eran?
Ruy Blas.—No conozco sus nombres, pues sólo estuve
allí breves instantes. Hace tres días que salí de Madrid.
La Reina (aparte).—¡Tres días!
(Mira con turbación á Ruy Blas.)
Ruy Blas (aparte).—¡Es la mujer de
otro! ¡Oh suerte cruel! ¡Y de quién! En mi corazón se abre un abismo.
D. Guritán (acercándose á Ruy Blas).—Sois
gentil-hombre de la Reina, y ya sabréis cuáles son vuestros deberes. Es preciso
que esta noche permanezcáis en la cámara inmediata á fin de abrir al soberano
si tuviese á bien visitar á la Reina.
Ruy Blas (estremeciéndose: aparte).—¡Abrir
yo al rey!... (En voz alta.) El rey está ausente...
D. Guritán.—El rey puede venir de pronto.
Ruy Blas (aparte).—¡Cómo!
D. Guritán (aparte, observando á Ruy Blas).—¿Qué
tiene?
La Reina (que lo ha oído todo, y cuya
mirada está fija en Ruy Blas).—¡Cómo palidece!
(Ruy Blas vacila y se apoya en el respaldo de un
sillón.)
Casilda (á la Reina).—¡Señora, ese
joven está indispuesto!...
p. 304Ruy Blas (sosteniéndose con trabajo).—No,
no es nada... el aire y el sol... la fatiga del camino... (Aparte.)
¡Abrir al rey!
(Cae desfallecido sobre un sillón; el ferreruelo
se entreabre y deja ver la mano izquierda envuelta en un vendaje ensangrentado.)
Casilda.—¡Gran Dios, señora, tiene la mano herida!
La Reina.—¡Herida!
Casilda.—¡Y pierde el conocimiento! ¡Pronto,
hagámosle respirar alguna esencia!
La Reina (buscando en su seno).—Un
frasco tengo aquí con un licor... (En el mismo instante su mirada se fija en
el encaje de las mangas de Ruy Blas.—Aparte.) ¡Es el mismo encaje!
(En el momento de sacar el frasco del seno, y en
su turbación, coge al mismo tiempo el pedazo de encaje que allí oculta. Ruy
Blas, que no separa de ella la vista, ve salir el objeto del seno de la Reina.)
Ruy Blas (fuera de sí).—¡Oh!
(Las miradas de la Reina y de Ruy Blas se
encuentran: sigue una pausa.)
La Reina (aparte).—¡Él es!
Ruy Blas (aparte).—¡Sobre su
corazón!...
La Reina (aparte).—¡Sí, es el mismo!
Ruy Blas (aparte).—¡Dios mío, permitid
que muera en este instante!
(En el desorden de todas las damas, que se
oprimen en derredor de Ruy Blas, nadie observa lo que pasa entre la Reina y él.)
Casilda (haciendo respirar el frasco á Ruy
Blas).—¿Cómo os habéis herido? Sin duda durante el camino. ¿Por qué os
encargasteis de traer el mensaje del rey?
La Reina (á Casilda).—¿Acabarás con tus
preguntas?
La Duquesa (á Casilda).—¿Qué le importa
eso á la Reina, hija mía?
p. 305La Reina.—Puesto que él la escribió, bien
podía traerla.
Casilda.—Pero no ha dicho que él escribiese la
carta.
La Reina (aparte).—¡Oh! (Á Casilda.)
¡Cállate!
Casilda (á Ruy Blas).—¿Estáis ya mejor?
Ruy Blas.—¡Renazco!
La Reina (á sus damas).—Ya es hora de
retiraros, señoras. (Á los pajes.) Que se dé alojamiento al conde. Ya
sabéis que el rey no vendrá esta noche, pues pasará toda la estación cazando.
(Se retira con su servidumbre.)
Casilda (mirándola salir).—La Reina
tiene algún pensamiento fijo.
(Sale por la misma puerta que la Reina,
llevándose la cajita de reliquias.)
Ruy Blas (Solo. Parece escuchar aún algún
tiempo con profunda alegría las últimas palabras de la Reina, como presa de un
sueño. El pedazo de encaje que la Reina ha dejado caer, en su turbación, está
sobre la alfombra; lo recoge, mírale con amor y lo cubre de besos, levantando
después los ojos al cielo.)—¡Oh Dios mío, gracias! Yo me vuelvo loco. (Mirando
el pedazo de encaje.) ¡Lo tenía junto al corazón!
(Lo oculta en el pecho. Entra el conde de Oñate,
volviendo de la puerta de la cámara á donde ha seguido á la Reina; adelántase
lentamente hacia Ruy Blas; llegado cerca de él, sin decir palabra, desenvaina á
medias el acero, y por su mirada parece medirle con el de Ruy Blas. No son
iguales, y vuelve á envainar. Ruy Blas le mira con asombro.)
ESCENA IV
RUY BLAS, EL CONDE DE OÑATE
El Conde (envainando su espada).—Llevaré
dos de igual longitud.
p. 306Ruy Blas.—Caballero, ¿qué significa?...
El Conde (con gravedad).—En el año
1650, hallándome en Alicante, estaba yo enamorado. Un joven hermoso como un
Adonis, miraba con descaro á la dama de mis pensamientos, pasando á menudo por
debajo de su balcón con aire conquistador. Llamábase Vázquez; era caballero,
aunque bastardo, y en un duelo le maté... (Ruy Blas quiere interrumpirle,
pero el conde le detiene con un ademán, y continúa.) Más tarde, hacia el
año 66, Gil, conde de Íscola, opulento caballero, envió á casa de mi dama un
billete de amor por medio de un esclavo. Mandé matar á este último y yo
despaché al amo...
Ruy Blas.—¡Caballero!
El Conde (continuando).—Algún tiempo
después, por el año 80, sospeché que mi amada me engañaba, prefiriendo á un tal
Tirso Gamonal, uno de esos gallardos jóvenes que llaman la atención por su
gracia y altivez. Provoqué á don Tirso y también le dí muerte...
Ruy Blas.—Pero, en fin, ¿qué quiere decir eso,
caballero?
El Conde.—Eso quiere decir, conde, que del pozo
sale agua cuando la sacan; que á las cuatro de la mañana despunta el día; que
hay un sitio desierto muy propio para los lances de honor, detrás de la
capilla; que os llamáis César de Bazán, y yo Guritán de Torres y Guevara, conde
de Oñate.
Ruy Blas (fríamente).—Está bien,
caballero, no faltaré.
(Desde hace algunos instantes, Casilda ha estado
escuchando con curiosidad, en la puertecilla del fondo, las últimas palabras de
los dos interlocutores, sin ser vista de ellos.)
Casilda (aparte).—¡Un duelo! Advertiré
á la Reina.
(Desaparece por la puertecilla.)
El Conde (siempre imperturbable).—Por
si os place conocer algo mi modo de pensar, os diré, para vuestrap.
307 inteligencia, que nunca me gustaron esos jóvenes almibarados, de
mostacho retorcido, en quienes se fija la atención de las bellas, que les
dirigen miradas de amor y que saben tomar las más graciosas posturas; pero que
se desmayan si reciben algún rasguño.
Ruy Blas.—No comprendo...
El Conde.—Comprenderéis muy bien. Los dos adoramos
el mismo ídolo, y de consiguiente, uno de nosotros sobra en palacio. Vos sois
escudero y yo mayordomo, y en este sentido tenemos derechos iguales; pero por
lo demás la partida es desigual. Si á mí me asiste el derecho del más antiguo,
vos tenéis el del más joven, y por eso me dais miedo. Veros junto á mí con
vuestras pretensiones y vuestro aire conquistador es cosa que me molesta mucho.
En cuanto á luchar con vos en el terreno del amor, locura fuera intentarlo,
porque la gota y otros achaques me impedirían acometer la empresa de disputar
el corazón de una Penélope á un joven tan propenso á los desmayos. Sois muy
bello, cariñoso, tierno é interesante, y por todas estas razones me veo en la
precisión de mataros.
Ruy Blas.—Tratad de hacerlo.
El Conde.—Conde de Garofa, mañana á la hora de
despuntar el alba os esperaré en el sitio indicado, sin testigos ni lacayos;
allí nos batiremos con espada y daga, si os place, como cumplidos caballeros y
cual conviene á nuestra categoría.
(Presenta la mano á Ruy Blas que la estrecha.)
Ruy Blas.—Ni una palabra de esto. ¿No es así? (El
Conde hace una señal afirmativa.) Pues hasta mañana.
(Ruy Blas sale.)
El Conde (solo).—No, su mano no ha
temblado en la mía, aunque debe estar seguro de morir. Es un valeroso joven. (Ruido
de una llave en la puertecilla de la cámara de la Reina; el conde de Oñate
vuelve la cabeza.) ¡Abren la puerta!
p. 308(La Reina se presenta y adelántase
vivamente hacia el conde, sorprendido y contento á la vez; lleva entre las
manos la cajita.)
ESCENA V
EL CONDE, LA REINA
La Reina (con una sonrisa).—Conde, os
buscaba.
El Conde (muy satisfecho).—¿Á qué debo
tanta dicha?
La Reina (colocando la cajita sobre el
velador).—¡Oh! no es nada, ó por lo menos muy poco, caballero. (Se
sonríe.) Hace poco Casilda me decía entre otras cosas—ya sabéis que las
mujeres son muy locas—decíame que haríais por mí cuanto yo quisiera.
El Conde.—Tiene razón.
La Reina (riendo).—Á fe mía, he
sostenido lo contrario.
El Conde.—Habéis hecho mal, señora.
La Reina.—Casilda me aseguraba que daríais por mí
vuestra alma, vuestra vida...
El Conde.—Casilda decía muy bien.
La Reina.—Pues yo he contestado que no.
El Conde.—Y yo digo que sí; por Vuestra Majestad
estoy dispuesto á todo.
La Reina.—¿Á todo?
El Conde.—¡Á todo!
La Reina.—¡Pues bien! jurad que para complacerme
haréis al punto lo que os diga.
El Conde.—¡Por el santo rey Gaspar, mi venerado
patrón, os lo juro! Ordenad; obedezco, ó muero.
La Reina (cogiendo la cajita).—Pues
bien; saldréis de Madrid inmediatamente para llevar esta cajita de sándalo á mi
padre, el elector de Neuburgo.
p. 309El Conde (aparte).—¡Estoy cogido!
(En voz alta.) ¿Á Neuburgo?
La Reina.—Á Neuburgo.
El Conde.—¡Seiscientas leguas!
La Reina.—Quinientas cincuenta. (Mostrando la
cubierta que resguarda la caja.) Tendréis cuidado de estas franjas azules,
porque se podrían deteriorar en el camino.
El Conde.—¿Y cuándo he de marchar?
La Reina.—En el acto.
El Conde.—Permitidme que sea mañana.
La Reina.—No puedo consentirlo.
El Conde (aparte).—¡Estoy cogido! (En
voz alta.) Pero...
La Reina.—¡Marchad!
El Conde.—¡Cómo!
La Reina.—Me habéis dado vuestra palabra.
El Conde.—Es que un asunto...
La Reina.—No admito excusa.
El Conde.—Para un objeto tan frívolo...
La Reina.—¡Despachad!
El Conde.—Concededme sólo un día.
La Reina.—No puede ser; complacedme y marchad.
El Conde.—Pero...
La Reina.—¿Así apreciáis mi deferencia y cumplís
vuestra palabra?
El Conde.—No resisto más; obedeceré, señora. (Aparte.)
Si Dios se hizo hombre, el diablo se ha hecho mujer.
La Reina (mostrando la ventana).—Abajo
os espera un coche.
El Conde (aparte).—¡Todo lo había
previsto! (Escribe en un papel algunas palabras apresuradamente, toca una
campanilla y preséntase un paje.) Paje, lleva esto al punto al señor don
César de Bazán. (Aparte.) Será precisop. 310 aplazar el duelo hasta
mi vuelta. (En voz alta.) Voy á servir al punto á Vuestra Majestad.
La Reina.—Muy bien. (El conde toma la caja, besa
la mano de la Reina, saluda profundamente y sale. Un momento después óyese el
ruido de un carruaje que se aleja.—La Reina cae en un sillón exclamando:)
¡No le matará!
p. 311
ACTO III
RUY BLAS
La sala llamada de Gobierno en el Palacio Real de
Madrid. En el fondo una puerta grande sobre gradas; en el ángulo, á la
izquierda, una salida cerrada por tapices, y en el lado opuesto una ventana. Á
la derecha una mesa grande cubierta con tapete de terciopelo verde, y alrededor
de la cual hay taburetes para ocho ó diez personas, que corresponden á otros
tantos pupitres colocados en aquella. El lado de la mesa que da frente al
espectadorp. 312 está
ocupado por un sillón grande revestido de tela de oro, sobrepuesto de un dosel
con las armas de España y la corona real. Junto á este sillón una silla.
En el momento de levantarse el telón, la junta del
Despacho universal (Consejo privado del rey) hállase á punto de comenzar su
sesión.
ESCENA I
D. MANUEL ARIAS, presidente de Castilla; D. PEDRO
VÉLEZ DE GUEVARA, CONDE DE CAMPO-REAL, consejero; D. FERNANDO DE CÓRDOBA Y
AGUILAR, MARQUÉS DE PRIEGO, consejero; ANTONIO UBILLA, escribano mayor;
MONTAZGO, consejero; COVADONGA, secretario supremo. Otros varios consejeros de
toga y espada. Campo-real ostenta la cruz de Calatrava, y Priego el Toisón de
oro.
(D. Manuel Arias y el conde de Campo-real
conversan en voz baja; los otros consejeros forman grupos acá y allá.)
D. Manuel Arias.—Esa fortuna oculta algún misterio.
El conde de Campo-real.—Tiene el Toisón de oro; es
ya secretario universal, ministro, y además duque de Olmedo.
D. Manuel Arias.—¡En seis meses!
El conde de Campo-real.—Sin duda le protegen bajo
cuerda.
D. Manuel Arias (misteriosamente).—¡La
Reina!
El conde de Campo-real.—Á decir verdad, el rey,
loco y enfermo, vive en la tumba de su primera mujer; abdica, encerrado en su
Escorial, y la Reina lo hace todo.
D. Manuel Arias.—Amigo Campo-real, reina sobre
nosotros, y don César la gobierna.
El conde de Campo-real.—Don César vive de unp.
313 modo muy extraño; no ve nunca á la Reina, y parece huir de ella. Tal
vez no lo creáis; pero como hace seis meses que los vigilo, y no sin razón,
estoy seguro de ello. Además, el Conde tiene el raro capricho de habitar en una
casa misteriosa, siempre cerrada, con dos lacayos negros, que si no fueran
mudos podrían decirnos muchas cosas.
D. Manuel Arias.—¿Mudos?
El conde de Campo-real.—Sí señor; todos los demás
criados habitan en el alojamiento que don César tiene en palacio.
D. Manuel Arias.—Es singular.
D. Antonio Ubilla (que se ha acercado
momentos antes).—Por lo menos don César es de noble estirpe.
El conde de Campo-real.—Lo extraño es que la echa
de honrado. (Á don Manuel Arias.) Es primo de don Salustio, aquel que
desterraron el año pasado. Parece que era el hombre más loco que ha existido
bajo la capa del cielo; cambiaba todos los días de dama y de carroza; para
satisfacer sus caprichos despilfarraba cuanto tenía, y cuando dió fin con su
caudal, desapareció un día sin que nadie supiera por dónde.
D. Manuel Arias.—La edad hace del loco un hombre
cuerdo.
El conde de Campo-real.—Toda muchacha alegre se
hace juiciosa cuando se marchita.
Ubilla.—Yo le creo hombre probo.
El conde de Campo-real (riendo).—¡Oh,
cándido Ubilla, que se deja deslumbrar por las apariencias de probidad! (Con
tono significativo.) La casa de la Reina cuesta seiscientos sesenta y
cuatro mil sesenta y seis ducados al año; es un Pactolo oscuro, donde el
pescador puede echar la red con seguridad de obtener buen botín. Á río
revuelto... ya me entendéis.
El marqués de Priego (acercándose).—Mal
que os pese, os diré que me parece una imprudencia hablarp. 314 como lo
hacéis. Mi abuelo, protegido del conde-duque de Olivares, solía decir: «Morded
al rey y besad al valido.» Y ahora, señores, ocupémonos de los asuntos
públicos.
(Todos se sientan alrededor de la mesa; los unos
toman plumas; los otros revisan papeles; pero en rigor todos están ociosos.
Momento de silencio.)
Montazgo (en voz baja á Ubilla).—Os he
pedido sobre la caja la cantidad que se ha de pagar por el empleo de alcalde
para mi sobrino.
Ubilla (en voz baja).—Y vos me habéis
prometido nombrar baile antes de poco á mi primo Melchor...
Montazgo (interrumpiéndole).—Acabamos
de dotar á vuestra hija; esto es acosarnos sin tregua.
Ubilla (en voz baja).—Se dará el empleo
de alcalde.
Montazgo (en voz baja).—Tendréis el
bailiaje.
(Se estrechan la mano.)
Covadonga (levantándose).—Señores
consejeros de Castilla, á fin de que ninguno de nosotros se salga de su esfera,
importa regular nuestros derechos y distribuir las partes. Las rentas del
Erario están en cien manos, y esto es una calamidad pública, á la que es
preciso poner término, pues mientras los unos no tienen lo bastante, otros
poseen demasiado. La renta del tabaco es vuestra, Ubilla; el añil y el almizcle
os pertenecen, marqués de Priego; Campo-real percibe el impuesto de los ocho
mil hombres, el de la sal y otros muchos. (Á Montazgo.) Vos, que en mí
fijáis miradas inquietas, tenéis para vos solo, gracias á vuestros manejos, el
impuesto sobre el arsénico y los derechos sobre la nieve; los puertos, las
cartas, el latón, las multas de los plebeyos á quienes se castiga, los diezmos,
el plomo... Yo, señores, no tengo nada; dadme alguna cosa.
El conde de Campo-real (soltando la
carcajada).—¡Miren el tunante! Tiene los beneficios más limpios, yp.
315 aún se queja. Excepto las Indias, posee las islas de ambos mares; con
una mano tiene cogida Mallorca y con la otra el Pico de Tenerife.
Covadonga (irritado).—¡Yo sí que no
tengo nada!
El marqués de Priego (riendo).—¿Y los
negros?
(Todos se levantan y hablan á la vez,
disputando.)
Montazgo.—¡Más bien debería quejarme yo! Yo quiero
los bosques.
Covadonga (al marqués de Priego).—Dadme
el arsénico, y yo os cederé los negros.
(Hace algunos instantes que Ruy Blas ha entrado
por la puerta del fondo y presencia la escena sin ser visto de ninguno de los
interlocutores. Viste de terciopelo negro, con ferreruelo escarlata; una pluma
blanca adorna su sombrero, y ostenta el Toisón de oro. Escucha primeramente
silencioso, y después adelántase con lento paso, hasta colocarse en medio de
los contendientes.)
ESCENA II
Los mismos, RUY BLAS
Ruy Blas.—¡Parece que hay buen apetito, señores! (Todos
se vuelven: silencio de sorpresa é inquietud. Ruy Blas se cubre, cruza los
brazos y sigue mirando frente á frente á todos.) ¡Oh fieles ministros y
virtuosos consejeros! ¡He aquí cómo saqueáis la casa, sin vergüenza, eligiendo
precisamente la triste hora en que el país gime y agoniza! Aquí no tenéis más
interés que llenar vuestra bolsa para huir luego; y ante España que se arruina
sólo sois dignos de baldón, viles sepultureros que tratáis de robarla hasta en
su tumba. Pero al menos, señores, tened algún decoro, al ver que España se
hunde con todas sus virtudes y grandeza. Desdep. 316 Felipe IV hemos
perdido el Portugal y el Brasil sin lucha; en Alsacia, Brisach; en el
Luxemburgo Steinfort, y todo el condado; el Rosellón, Ormuz, Goa; cinco mil leguas
de costas, Pernambuco y las Montañas Azules. Desde Poniente á Oriente, Europa
que os odia, nos mira sonriendo, como si nuestro rey fuese sólo un vano
fantasma. Holanda y los ingleses se comparten este reino; Roma os engaña;
apenas se puede arriesgar un ejército en el Piamonte, aunque es país amigo; la
Saboya y su Duque, sólo nos ofrecen peligro; Francia espera una ocasión
propicia para caer sobre nosotros; el Austria os acecha también; y el infante
bávaro se muere. En cuanto á vuestros vireyes, Medina, loco de amor, llena de
escándalos á Nápoles; Vaudémont vende Milán, y Leganés pierde á Flandes. ¿Y
quién remedia todo esto?... El erario está pobre; el país agotado de dinero y
de gente; hemos perdido en el mar trescientos barcos, sin contar las galeras; y
aún osáis... Señores, en el espacio de veinte años, el pueblo, agobiado bajo la
enorme carga que le oprime, ha dado, para vuestros placeres y vuestras
queridas, cuatrocientos millones en oro; y esto no basta, y aún queréis,
señores... ¡Ah! ¡por vosotros me avergüenzo!... En el interior, cuadrillas de
ladrones y aventureros que baten el país é incendian las cosechas, y en cada
matorral un arcabuz. Como si no bastara la lucha entre los príncipes, tenemos
la guerra intestina, en las provincias y hasta en los conventos; todos quieren
apropiarse del bien de su vecino como lobos voraces; y en nuestras ruinosas
iglesias crece la yerba. En cuanto á los nobles, únicamente por sus abuelos
podemos saber que son tales, no por sus obras; sólo impera la intriga, y ya no
existe la lealtad. España es una cloaca que recibe las impurezas de todas las
naciones... Los grandes tienen á su servicio espadachines asalariados de todos
los países, genoveses, sardos, flamencos; y así tenemosp. 317 á Madrid
convertido en una Babel. El alguacil, duro con el pobre, inclínase ante el
rico; por la noche se roba y se asesina en las calles; medio Madrid saquea á la
otra mitad; la justicia se vende; y no se paga á los soldados. Antes señores
del mundo, ¿qué ejército nos queda ahora? Apenas seis mil hombres descalzos y
sin pan. Mendigos y montañeses, armados de puñales, siguen á los regimientos
cuando cierra la noche, y llega un momento en que el soldado, olvidando sus
deberes, se convierte en ladrón. Matalobos tiene más gente que un señor feudal,
y osa declarar la guerra al rey de España, cuyo coche insultan los labriegos
cuando le ven pasar. El monarca, entre tanto, presa de su amargura y poseído de
temor, se inclina ante los sepulcros del sombrío Escorial, doblando la cabeza
ante el imperio que se derrumba. ¡Europa nos desprecia, y este pobre país, en
otro tiempo púrpura, está convertido en un andrajo! ¡Sí, España está arruinada,
y aún os disputáis sus restos! Este gran pueblo español, enervadas sus fuerzas,
y sobre el cual vivís, perece en vuestras manos, cual león devorado por
parásitos. ¿Qué haces en la tumba, Carlos V, en estos tiempos de oprobio y de
terror? ¡Levántate, ven y verás cómo los buenos dejan su lugar á los malos;
verás cómo tu imperio, formado por cien reinos, se hunde en el abismo! ¡Danos
tu fuerte brazo, préstanos auxilio, porque la España se extingue! El globo que
en tu diestra brillaba, sol deslumbrador que hizo creer al mundo que su luz no
se extinguiría nunca, es ahora un astro muerto, triste y menguante luna que sin
cesar decrece, y que apagará tal vez la aurora de otro pueblo. Los mercaderes
se apoderan de tus despojos para convertirlos en moneda, y tus esplendores se
han desvanecido. ¡Oh rey gigante! ¿es posible que duermas mientras venden tu
cetro al peso, y cuando manos codiciosas recortan sin vergüenza tu manto de
púrpura para vestirsep. 318 con él? ¡Aquella águila imperial que tu poder
cernía sobre el mundo, ahora, ave sin plumas, se consume en vil caldera!
(Los consejeros, consternados, guardan silencio;
sólo el marqués de Priego y el conde de Campo-real levantan la cabeza y miran á
Ruy Blas con altivez y enojo. Campo-real, que había hablado al oído á Priego,
acércase á la mesa, escribe en un papel algunas palabras y los dos firman.)
El conde de Campo-real (señalando al
marqués de Priego y entregando el papel á Ruy Blas).—Señor duque, en nombre
de los dos, he aquí la dimisión de nuestro cargo.
Ruy Blas (tomando el papel fríamente).—Gracias,
señores; iréis á reuniros con vuestras familias. (Á Priego.) Vos, á
Andalucía. (Á Campo-real.) Y vos, conde, á Castilla: cada cual á sus
posesiones. Marcharéis mañana. (Los dos señores se inclinan y salen con la
cabeza cubierta y el ademán altivo. Ruy Blas se vuelve hacia los demás
consejeros.) Si alguno de vosotros no quiere ir por mi camino, puede seguir
á esos señores.
(Silencio entre los presentes. Ruy Blas se
sienta á la mesa en un sillón colocado junto al sitial de la Reina, y ocúpase
en abrir la correspondencia. Mientras recorre las cartas una tras otra,
Covadonga, Arias y Ubilla hablan en voz baja.)
Ubilla (á Covadonga, mostrando á Ruy Blas).—Amigo
mío, tenemos amo. ¡Ese hombre será grande!
D. Manuel Arias.—Sí, pero falta que le dén tiempo
para ello.
Covadonga.—Y si no se pierde del todo por empeñarse
en ver las cosas demasiado de cerca.
Ubilla.—¡Será un Richelieu!
D. Manuel Arias.—¡Ó un Olivares!
Ruy Blas (Después de leer rápidamente una
carta que acaba de abrir).—¡Un complot! ¿Qué es esto? ¿No os lop.
319 decía yo, señores? (Leyendo.) «...Duque de Olmedo, velad; en
Madrid están preparando una trama para apoderarse de cierto personaje». (Examinando
la carta.) No nombran la persona; pero yo velaré... El escrito es anónimo.
(Entra un hujier que se aproxima á Ruy Blas, haciendo una reverencia.)
¿Qué ocurre?
El hujier.—El embajador de Francia desea ver á
vuecencia.
Ruy Blas.—¡Ah! ¡Harcourt! No me es posible
recibirle ahora.
El hujier (inclinándose).—El Nuncio de
Su Santidad espera en la antecámara á vuecencia.
Ruy Blas.—Á esta hora no puedo verle. (El hujier
se inclina y sale. Hace pocos momentos ha entrado un paje, que viste ropilla
roja con galones de plata. Se acerca á Ruy Blas, y éste, que acaba de verle,
dice:) Paje, no estoy visible para nadie absolutamente.
El paje (en voz baja).—El conde Guritán
acaba de llegar de Neuburgo...
Ruy Blas (con ademán de sorpresa).—¡Ah!
pues dile que vaya á verme mañana á mi casa, si lo tiene á bien; y tú enséñale
dónde es. (Sale el paje. Á los consejeros.) Tendremos que trabajar
luego; volved de aquí á dos horas, señores.
(Todos salen, saludando profundamente á Ruy
Blas.)
(Ruy Blas, solo, da algunos pasos, sumido en
profunda meditación. De repente se entreabre la tapicería en el ángulo del
salón y la Reina aparece. Viste de blanco, lleva la corona, y radiante de
alegría al parecer, fija en Ruy Blas una mirada de admiración y respeto. Á su
espalda se ve una especie de gabinete oscuro, en el cual se distingue una
puertecilla. Al volver la cabeza, Ruy Blas ve á la Reina y queda como
petrificado ante aquella aparición.)
p. 320ESCENA III
RUY BLAS, LA REINA
La Reina (en el fondo).—¡Oh! ¡gracias!
Ruy Blas.—¡Cielos!
La Reina.—Bien habéis hecho en hablarles así, y no
puedo reprimir el deseo de estrechar la mano de un hombre tan firme y leal.
(Se dirige hacia él, le coge la mano y
estréchala antes que pueda impedirlo.)
Ruy Blas (aparte).—¡Evitar su presencia
hace seis meses, y verla de improviso! (En voz alta.) ¿Estabais ahí,
señora?
La Reina.—Sí, duque, lo escuchaba todo... y con
mucho interés.
Ruy Blas (mostrando el gabinete).—No
sospechaba... la existencia de ese gabinete, señora...
La Reina.—Nadie le conoce. Es un gabinetito oscuro
que Felipe III mandó abrir en esa pared. Desde ahí, el monarca, invisible, oía
todo cuanto en el consejo se trataba; y también he visto con frecuencia á
Carlos II, triste y cabizbajo, asistiendo al consejo en que se le despojaba de
sus bienes y se vendía el Estado.
Ruy Blas.—¿Y qué decía?
La Reina.—Nada.
Ruy Blas.—¿Nada? ¿Y qué hacía?
La Reina.—Iba á cazar. ¡Pero vos!... aún me parece
oir vuestro acento amenazador. ¡Con qué brío y energía los habéis tratado, y
con cuánta razón! Levantando un poco el tapiz podía veros bien. Vuestras
miradas, sin cólera, pero severas, humillaban á todos al decirles tan tristes
verdades; y entre los consejerosp. 321 cabizbajos sólo vuestra figura
descollaba. Pero ¿dónde habéis aprendido todas esas cosas? ¿Cómo es que
conocéis los efectos y las causas? Veo que nada ignoráis. Vuestra voz hablaba
cual debería hablar la de los reyes; y me parecíais majestuoso y severo como un
Dios. ¿Por qué es así?
Ruy Blas.—¡Porque os amo! Porque conozco que esos
hombres me odian, y que al labrar mi ruina labrarán la vuestra; porque mi
abnegación, señora, es tan profunda, que por salvaros, salvaría al mundo. Soy
un infeliz que por vos delira de amor, y en vos piensa, señora, como el ciego
en el día. Escuchadme: en mis sueños sin fin os amo desde lejos, desde abajo,
desde el fondo de la sombra: y no osaría alzar la vista hasta vos, porque
vuestra mirada me deslumbra. ¡Si supiérais, señora, cuánto he sufrido durante
los seis meses en que siempre evité vuestra presencia!... No me ocupo de esos
hombres, porque sólo vivo con mi amor. ¡Oh, Dios mío! ¡Y aún me atrevo á decir
esto frente á frente á Vuestra Majestad! No sé lo que hago... Perdonadme...
tengo miedo en el corazón;... pero moriría por vos...
La Reina.—¡Oh! prosigue, tus palabras me encantan;
jamás me han dicho esas cosas, y te escucho con inefable placer; necesito verte
y oirte. ¡Si supieras cuánto he sufrido también en los seis meses en que con
tanto afán has evitado mi presencia!... Pero no, no debo decirte esto tan
pronto... ¡Soy muy desgraciada! ¡Oh! ¡debo callar; tengo miedo!
Ruy Blas (que la escucha con pasión).—¡Oh!
¡señora, concluíd, porque vuestras palabras me llenan el corazón!
La Reina.—¡Pues bien, escucha! (Alzando los ojos
al cielo.) Sí, voy á decírtelo todo. ¡No sé si cometo un crimen; pero si lo
es, tanto peor! Cuando el corazón se abre, forzoso es dejar ver cuanto en él se
oculta.p. 322 ¿Tú huías de la reina? ¡Pues bien, la reina te buscaba!
Todos los días estaba allí, en aquel gabinete, escuchándote, recogiendo la
menor palabra que decías, admirando tu espíritu, que quiere, juzga y resuelve,
y seducida por tu voz y tu ardimiento. Tú me pareces el verdadero rey, el
verdadero señor. Yo soy la que hace seis meses, debiste sospecharlo, te eleva
paso á paso hasta la cumbre del poder. Dios debió haberte colocado donde una
mujer te ha puesto. Tú velas solícito por mí, y yo te admiro; en otro tiempo me
diste una flor, y ahora un imperio; primero has sido bueno, y después grande.
Esto es lo que apasiona á una mujer. ¡Dios mío! si obro mal ¿por qué en esta
tumba me encierras, como se aprisiona la paloma en una jaula, sin esperanza,
sin amor y sin ilusiones? Otro día, cuando tengamos tiempo, te contaré todo
cuanto he sufrido, siempre sola y olvidada. Á cada instante siento mi orgullo
humillado; juzga tú mismo: ayer, sin ir más lejos... mi cámara me disgusta; ya
sabes que unas son más tristes que otras, y quise abandonar la que ocupo; pero
no me lo permitieron. Ya ves hasta qué punto soy esclava y arrastro mis
cadenas. ¡Duque, preciso es que el cielo te haya enviado aquí para salvar al
Estado, para apartar del borde del abismo á ese pobre pueblo que sin cesar
trabaja, y para amarme á mí, que tanto sufro en silencio!
Ruy Blas (cayendo de rodillas).—Señora...
La Reina (gravemente).—Don César, mi
alma os entrego; reina para todos, sólo seré para vos una mujer; por el amor y
por el corazón os pertenezco, duque; tengo bastante fe en vuestro honor para
confiar en que respetaréis el mío, y cuando me llaméis estaré á vuestro lado.
¡Oh, César! tú eres un espíritu sublime, porque el genio es tu corona. (Da
un beso á Ruy Blas en la frente.) ¡Adiós!
(Levanta la tapicería y desaparece.)
p. 323ESCENA IV
RUY BLAS, solo, y como absorto en un éxtasis
¡Ante mis ojos veo abrirse el cielo esplendoroso, y
en la carrera de mi vida esta es la hora primera! Todo un mundo de luz,
semejante á esos paraísos que entre sueños nos parece ver á veces, me inunda
con sus brillantes rayos. Por doquiera alegría, éxtasis y misterio, embriaguez
y orgullo, y sobre todo el amor, que es lo que en la tierra se acerca más á la
divinidad. ¡La Reina me ama! ¡Oh Dios mío! ¿es verdad que á mí mismo es á quien
ama? Entonces soy más que el rey, y esto solo me deslumbra. ¡Feliz, amado,
duque de Olmedo!... ¡La España á mis pies; y en mis manos el corazón de ese
ángel á quien de rodillas contemplo! Sus palabras me transfiguran y hacen de mí
más que un hombre. Sí, mis sueños dorados se realizan; y estas no son ilusiones
de mi loca fantasía. ¡Sí, sí, me ha hablado; era ella; llevaba una diadema de
encaje de plata, y no dejé de mirarla mientras me habló! Paréceme estar
viéndola aún con su aspecto noble y majestuoso. Dice que confía en mí... ¡Pobre
ángel! ¡Oh! Si es cierto que Dios, por un extraño prodigio, nos dió el amor
para que fuéramos más grandes y benignos, yo, que no temo cosa alguna mientras
que ella me ame; yo, poderoso ya por su elección suprema; yo, á quien los reyes
envidiarían, juro ante Dios, sin temor y con voz segura, que podéis confiar en
mí, señora, en mi brazo como reina, en mi corazón como mujer. ¡La abnegación se
oculta en el fondo de mi alma confundida con mi amor puro y leal! ¡Nada temáis,
reina mía!
p. 324(Desde hace algunos momentos un hombre ha
entrado por la puerta del fondo, embozado en una ancha capa, y cubierta la
cabeza con un sombrero galoneado de plata. Avanza lentamente hacia Ruy Blas sin
ser visto, y en el momento en que éste, ebrio de dicha, levanta los ojos al
cielo, le pone bruscamente la mano en el hombro. Ruy Blas se vuelve con viveza:
el hombre deja caer el embozo: es D. Salustio, vestido de librea color de
fuego, con galones de plata, semejante á la del paje de Ruy Blas.)
ESCENA V
RUY BLAS, D. SALUSTIO
D. Salustio.—Buenos días.
Ruy Blas (aterrado, aparte).—¡Gran
Dios, estoy perdido! ¡El marqués!
D. Salustio (sonriendo).—Apostaría á
que no pensabais en mí.
Ruy Blas.—En efecto, vuestra presencia me
sorprende. (Aparte.) ¡Oh! ya renace mi desgracia; yo miraba el ángel,
mientras que el demonio venía.
(Corre hacia el tapiz que oculta el gabinete
secreto, cierra la puertecilla con cerrojo, y vuelve temblando hacia don
Salustio.)
D. Salustio.—Y bien, ¿cómo va por aquí?
Ruy Blas (con la mirada fija en D. Salustio
impasible, apenas puede coordinar sus ideas).—¡Esa librea!...
D. Salustio (sonriendo siempre).—Érame
preciso entrar en palacio, y como con esta librea se puede llegar á todas
partes, he tomado la vuestra, que no deja de agradarme. (Se cubre; Ruy Blas
permanece descubierto.)
Ruy Blas.—Es que yo temo por vos.
D. Salustio.—¡Temor risible!
p. 325Ruy Blas.—¡Estáis desterrado!
D. Salustio.—¿Lo creéis así? Es posible.
Ruy Blas.—Si os reconociesen en el palacio en pleno
día...
D. Salustio.—¡Bah! los cortesanos felices que viven
descuidados no irán á perder el tiempo en examinar el rostro de un caído para
recordar quién es; y además, ¿quién repara en un lacayo? (Se sienta en un
sillón; Ruy Blas permanece en pie.) ¿Y qué se cuenta en Madrid, amigo mío?
¿Es cierto que, poseído de un celo hiperbólico en favor del tesoro público,
desterráis á ese buen Priego, uno de nuestros nobles? ¿Habéis olvidado que sois
parientes? Su madre es Sandoval, como la vuestra ¡qué diablo! y en su escudo lleva
oro en campo de gules. Mirad vuestros blasones, don César; esto es muy claro;
entre parientes no se hacen tales cosas. ¿Pensáis que los lobos se hacen daño
entre sí, fingiéndose corderos? Abrid los ojos para vos mismo, pero cerradlos
para los demás. Cada cual para sí.
Ruy Blas (tranquilizándose un poco).—Sin
embargo, señor, permitidme observar que el marqués de Priego, como noble,
gravaba los ingresos del tesoro, precisamente cuando será necesario poner un
ejército en campaña. No tenemos dinero, y se necesita. El heredero bávaro se
muere, según me decía ayer el conde de Harrach, embajador de Austria, á quien
debéis conocer. Si el archiduque quiere sostener su derecho, la guerra
estallará...
D. Salustio.—El aire me parece un poco frío;
hacedme el favor de cerrar la ventana.
(Ruy Blas, pálido de vergüenza y desesperación,
vacila un instante; después hace un esfuerzo y se dirige lentamente á la
ventana, ciérrala y vuelve hacia D. Salustio, que sentado en el sillón, le mira
con expresión de indiferencia.)
Ruy Blas (continúa, tratando de convencer á
D. Salustiop. 326).—Dignaos reflexionar hasta qué punto es inoportuna la
guerra, no teniendo dinero. La salvación de España depende de nuestra probidad
más que de otra cosa; y yo, como si nuestro ejército estuviese ya preparado, he
mandado decir al emperador que le haré frente...
D. Salustio (interrumpiendo á Ruy Blas, y
mostrándole un pañuelo, que ha dejado caer al entrar).—Tened la bondad de
recogerme el pañuelo. (Ruy Blas, apurada la paciencia, vacila otra vez, pero
al fin recoge el pañuelo y preséntale á D. Salustio, quien añade, guardándole
en el bolsillo:) ¿Decíais?...
Ruy Blas (haciendo un esfuerzo).—La
salvación de España y el interés público exigen un sacrificio. Toda nación
bendice á quien la salva, y para ello debemos atrevernos á ser grandes, á
despejar las sombras de la intriga y á desenmascarar á los bribones.
D. Salustio (con indolencia).—En
efecto, esa es mala compañía; mas no creo que se deba hacer tanto ruido por un
pobre millón que han devorado, ni tampoco es cosa de poner el grito en el
cielo. Amigo mío, nuestros grandes señores no son ganapanes como los vuestros,
y gústales vivir holgadamente. Os digo con franqueza que eso de hacer el
Quijote para corregir abusos, siempre henchido de orgullo y rojo de cólera, me
parece una ridiculez; pero ¡bah! os habéis empeñado en ser popular y en que os
adoren los plebeyos; queréis ser famoso en tiendas y plazuelas. ¡Qué rareza!
Tened otros caprichos menos vanos. ¡El interés público! Pensad antes en el
vuestro; y en cuanto á la salvación de España, esta es una frase hueca que
otros harán resonar mejor que vos. ¿La popularidad? es pobre gloria; y eso de
convertiros en dogo que ladra siempre alrededor de las gabelas, paréceme triste
oficio. ¡La virtud, la fe, la probidad, palabras vanas! Todo esto estaba
gastado ya en tiempos de Carlos V. Duéleme que parezcáisp. 327 un necio,
siendo hombre inteligente. Romped á puntapiés vuestro globo ridículo é
hinchado, para que salga el viento de tantas necedades.
Ruy Blas.—Sin embargo, señor...
D. Salustio (con helada sonrisa).—¡Qué
raro sois! Ocupémonos ahora en cosas más serias. (Con tono breve é
imperioso.) Me esperaréis mañana todo el día en vuestra casa, es decir, en
la que yo os he dado, pues ya se acerca el desenlace de mis planes. Quedaos tan
sólo con los mudos para vuestro servicio, y tened en el jardín oculta una
carroza preparada para emprender un viaje. Yo me cuidaré del cambio de mulas.
Hacedlo todo tal como os digo; y si necesitáis dinero os lo enviaré.
Ruy Blas.—Señor, obedeceré; consiento en todo; pero
juradme antes que en este asunto nada tendrá que ver la Reina.
D. Salustio (que juega con un cuchillo de
marfil sobre la mesa, se vuelve á medias).—¿Y qué os importa?
Ruy Blas (vacilando y mirándole con espanto).—¡Oh!
¡sois un hombre temible! Mis rodillas tiemblan... Me arrastráis á un abismo
insondable, y sospecho que proyectáis planes monstruosos. Entreveo algo
espantoso... Compadeceos de mí. Es preciso que os lo diga todo para que podáis
juzgar, pues no lo sabíais. ¡Yo amo á esa mujer!
D. Salustio (fríamente).—Ya lo sabía.
Ruy Blas.—¡Lo sabíais!
D. Salustio.—¡Pardiez! ¿Qué importa esto?
Ruy Blas (apoyándose en la pared para no
caer, y como hablando consigo mismo).—¡Soy pues juguete de ese cobarde, que
así me atormenta! ¡Oh! ¡qué horrible aventura! (Levantando la vista al
cielo.) ¡Perdonadme, señor, Dios poderoso!
D. Salustio.—¡Pardiez, veo que de veras estáis
soñando y que tomáis por lo serio vuestro papel! Estop. 328 es ridículo.
Mis proyectos tienen un fin determinado que yo solo debo conocer; y el objeto
es haceros más feliz de lo que podéis pensar. Obedeced, callad y no tengáis
cuidado, que vuestra recompensa será la fortuna. Los pesares de amor valen bien
poco, y todos sabemos que son muy pasajeros. Habéis de saber que se trata del
destino de un imperio, y comparado con esto nada significan vuestros asuntos.
Quiero deciros todo; pero tened el buen sentido de manteneros en vuestra
esfera. Yo soy muy bueno y benigno; pero ¡qué diantre! un lacayo no es al fin
más que humilde vaso donde puedo verter mis fantasías. El amo puede hacer de
vosotros lo que le plazca, disfrazaros y descubriros á su antojo. Yo os hice
gran señor por un momento dejándoos después libre; pero no olvidéis, que sois
mi lacayo. Cortejáis á la reina, como también podríais colocaros detrás de mi
carroza. Sed razonable, amigo mío.
Ruy Blas (que ha escuchado aturdido, y como
no pudiendo dar crédito á lo que oye).—¡Oh Dios mío, Dios clemente, Dios
justo! ¿De qué crimen será este el castigo? ¿Qué he podido hacer yo? ¡Señor! tú
que eres el padre de todos ¿quieres verme morir desesperado? De mi parte no hay
falta, y no debo ser víctima. Señor marqués, me habéis lanzado en un abismo, y
es una crueldad martirizar un pobre corazón, lleno de amor y de fe, para llevar
á cabo una venganza. (Hablando consigo mismo.) ¡Oh! sí, es una venganza,
no hay duda alguna, y bien adivino que es contra la Reina. ¿Qué hacer? ¿Iré á
decirle todo? ¡Cielos, ser un objeto de disgusto y de horror para ella, ser un
bribón, un pillo de dos caras, á quien se expulsa á palos! ¡Jamás! ¡Me vuelvo
loco! (Pausa.) ¡Dios mío! he aquí cómo se hacen las cosas. En la sombra
se construye una máquina terrible, armada de rodajes sin número; después se
arroja en ella, como para probarla, una cosa, un lacayo; y por debajo de las
ruedas, puestas ya en movimiento,p. 329 se ve salir una masa de carne
palpitante, una cabeza rota, un corazón ensangrentado. ¡Y nadie se espanta
entonces al reconocer que aquel lacayo era un hombre! (Volviéndose hacia D.
Salustio.) Pero aún es tiempo, señor, pues todavía no está la horrible
rueda en movimiento. (Se arroja á sus pies.) ¡Compadeceos de mí,
apiadaos de ella! Ya sabéis que soy un servidor fiel, y con frecuencia lo
habéis dicho; ya veis que me someto. ¡Gracia!
D. Salustio.—Este hombre no comprenderá jamás, y á
fe que me impaciento.
Ruy Blas (arrastrándose á sus pies).—¡Gracia!
D. Salustio.—¡Abreviemos! (Se vuelve hacia la
ventana.) Habéis cerrado mal esa ventana, y por ahí entra el frío.
(La cierra.)
Ruy Blas (levantándose).—¡Oh! ¡esto es
ya demasiado! Ahora soy duque de Olmedo, ministro poderoso, y levanto la frente
bajo el pie que me pisa.
D. Salustio.—¿Cómo decís eso? Repetid la frase:
¡Ruy Blas, duque de Olmedo! ¿No veis que sólo un Bazán puede ser Olmedo?
Ruy Blas.—¡Ordenaré que os prendan!
D. Salustio.—Diré quién sois.
Ruy Blas (exasperado).—Pero...
D. Salustio.—Acusadme; vuestra cabeza arriesgo con
la mía. Todo está previsto. No toméis tan pronto ese aire triunfante.
Ruy Blas.—¡Lo negaré todo!
D. Salustio.—¡Vamos, sois un niño!
Ruy Blas.—¡No tenéis pruebas!
D. Salustio.—Ni vos memoria. Yo hago siempre lo que
digo, y os demostraré que no sois más que el guante, y yo la mano. (Acercándose
á Ruy Blas.) Si no obedeces, si no estás mañana en tu casa para preparar lo
que necesito, si dices una sola palabra de lo que ocurre, si tus miradas ó tu
ademán infunden la menorp. 330 sospecha, aquella por quien temes quedará
públicamente difamada y perdida; y después recibirá, bajo sobre, un papel que
conservo en sitio seguro, escrito, ya recordarás por qué mano, y firmado por
quien sabes. Ese papel dice lo siguiente: «Yo, Ruy Blas, lacayo de Su
Excelencia el marqués de Finlas, me obligo á servirle, como buen criado, en
toda ocasión pública ó secreta.»
Ruy Blas (con voz desfallecida).—Basta,
señor; haré lo que os plazca.
(Se abre la puerta del fondo y entran los
consejeros. Don Salustio se emboza rápidamente en su capa.)
D. Salustio (en voz baja).—Alguien
viene. (Saluda profundamente á Ruy Blas.) Señor duque, soy vuestro
criado.
(Vase.)
p. 331
ACTO IV
D. CÉSAR
Gabinete lujoso, de aspecto sombrío. Ornamentación
y muebles usados y de antigua forma. Las paredes están cubiertas de tapices de
terciopelo carmesí, desgastados por la acción del tiempo y formando cuadros
cortados por franjas de oro que los separan en tiras verticales. En el fondo
una puerta de dos hojas. Á la izquierda, en un bastidor, gran chimenea del
tiempo de Felipe II con escudo de hierro forjado en el interior. De la parte
opuesta, en otro bastidor, una puerta pequeña que da á una habitación oscura. Á
la izquierda una sola ventana con barrotes, como los de una prisión. En las
paredes algunos retratos antiguos y medio borrados. Un guardarropa con espejo
de Venecia. Grandes butacas del tiempo de Felipe III. Un lujoso armario
colocado junto á la pared. Una mesa cuadrada con recado de escribir. Un pequeño
velador con pies dorados en un rincón. Es de día. Al levantarse el telón, Ruy
Blas, vestido de negro, sin capa, sin el toisón y vivamente agitado, recorre á
largos pasos la habitación. En el fondo, un paje permanece inmóvil, esperando
sus órdenes.
ESCENA I
RUY BLAS, EL PAJE
Ruy Blas (hablando consigo mismo).—¿Qué
hacer?... Ella es primero que todo; sólo en ella debo pensar.p. 332 Aunque
hubiese de perder la vida, aunque hubiera de dar mi alma al infierno, es
preciso que yo la salve. Mas ¿de qué modo lo conseguiré?... Dar por ella mi
sangre, mi corazón, mi vida, es cosa fácil; pero ¿cómo destruir la inicua
trama? Hay que adivinar lo que ese hombre maquina, lo que se propone. Ese
hombre surge de repente de entre las tinieblas y luego desaparece... ¿Qué hace
en la oscuridad?... ¡Cuando reflexiono que, en el primer momento de sorpresa,
le he rogado sólo por mí, me acuso de estúpido y de cobarde!... Está visto que
ese hombre es un malvado, y me parece ahora imposible que yo haya tenido
esperanza de que, al juzgarse dueño de la presa, se contentara con la mitad y
dejase en paz á la reina por conmiseración á su criado... Sin embargo,
¡miserable de mí! es forzoso salvarla, ya que la he perdido, es indispensable á
toda costa... si no, se acabó todo... ¡Y caer tan abajo después de subir á
tanta altura!... ¿Acaso habré soñado?... ¡Oh! quiero salvarla... Quiero
salvarla y todavía ignoro cómo y por dónde vendrá el traidor... Él es tan dueño
de mi vida como de esta casa, de la cual conoce todos los secretos y tiene
todas las llaves. Puede entrar y salir, penetrar alevosamente y pisotear mi
corazón como este mismo suelo... Sí, yo soñaba... La fortuna improvisada había
perturbado mi cabeza... Estoy loco, no puedo coordinar ni una sola idea... Mi
razón, de la cual estaba tan orgulloso, no es más que un débil junco que se
dobla al soplo del huracán... ¡Dios mío, Dios mío! ¿Qué haré?... Ante todo es
necesario impedir que salga de palacio... Ahí está el lazo sin duda alguna...
Todo es oscuro en torno mío... Presiento la trama, pero no puedo verla...
¡Cuánto sufro!... Ya está dicho. Impediré que salga, la avisaré
inmediatamente... ¿Y por quién, si no tengo ninguna persona de confianza?... (Reflexiona,
dando muestras de abatimiento. De pronto, como herido por una súbita
inspiración,p. 333 que le infunde una esperanza, levanta la cabeza.)
Sí, Guritán la ama... Es hombre leal... ¡Oh! sí, sí, eso es. (Llama con un
signo al paje, y le dice en voz baja:) Véte inmediatamente á casa de don
Guritán y preséntale mis excusas; dile luego que vaya sin perder momento á ver
á la Reina y que en nombre suyo y mío la conjure á que, suceda lo que quiera,
no salga de palacio en tres días; ¿lo oyes bien? que en tres días no salga...
Corre... (Llamando de nuevo al paje.) ¡Ah! espera. (Saca de su
cartera una hoja de papel y un lápiz.) Dile que entregue esto á la Reina y
que esté alerta. (Escribe con rapidez sobre una rodilla.) «Dad crédito á
don Guritán y haced lo que os aconseje.» (Dobla el papel y se lo entrega al
paje.) Añade que, en cuanto á nuestro desafío, estaba yo en un error, que
me pongo á sus órdenes, que me compadezca porque sufro mucho, y que
públicamente le daré una satisfacción... Manifiéstale también que ella corre un
gran peligro, que es preciso que no salga á lo menos en tres días, suceda lo
que quiera. Hazlo todo puntualmente; sé discreto; no dejes traslucir nada...
El paje.—Confiad en mí; os quiero porque sois un
buen amo.
Ruy Blas.—Pues corre, pajecillo, corre. ¿Estás ya
enterado?
El paje.—Sí, quedad tranquilo.
(Sale.)
Ruy Blas (que al quedar solo cae desplomado
en un sillón).—Voy tranquilizándome, y sin embargo, experimento aún
síntomas de locura... Concibo confusamente multitud de ideas que muy luego se
me olvidan... El medio de acudir á don Guritán es seguro... Pero yo ¿habré de
esperar aquí á don Salustio?... ¿Y para qué?... No, no quiero esperarle; esto
le inutilizará por todo un día... Voy á orar á cualquier iglesia... Necesito
inspiración y Dios me la concederá. (Toma el sombrero y agita una campanilla
colocada sobre la mesa.p. 334 Aparecen en la puerta del fondo dos
negros vestidos de terciopelo verde claro y brocado de oro.) Voy á salir.
Dentro de poco vendrá un hombre que acaso penetre por una puerta reservada. Si
veis que procede aquí como si fuera el amo, dejadle; y si viniesen otros... (Después
de vacilar un momento.) ¡qué diablo! dejadlos entrar. (Despide con un
ademán á los negros, que se inclinan en señal de obediencia y se van.)
Vámonos.
(Sale.)
(En el momento de cerrarse la puerta se oye un
gran estrépito en la chimenea, por la cual se ve caer á un hombre embozado en
una capa hecha girones y que se precipita en la habitación. Es D. César.)
D. César.—Esta capa me parece más decente que la
mía.
ESCENA II
D. CÉSAR
D. César (azorado, anhelante, despeinado,
aturdido y con expresión alegre é inquieta al mismo tiempo).—Lo siento,
pero soy yo. (Se levanta frotándose la pierna sobre la cual ha caído y
adelántase por la habitación con el sombrero en la mano y haciendo saludos.)
Dispensad, no me hagáis caso, ya me voy... Podéis seguir hablando... Continuad,
por favor... No podéis figuraros cuánto siento haberos interrumpido... (Se
detiene en medio de la habitación y se apercibe de que está solo.) ¡Nadie!
Y sin embargo, hace un momento que, desde el tejado, creí haber oído rumor de
voces... ¡Nadie! (Sentándose en una butaca.) ¡Perfectamente!
Descansemos: ¡qué hermosa es la soledad!... ¡Uf!... ¡Cuántas peripecias!...
¡Estoy asombrado de mí mismo!... Y todas tan inesperadas como la lluvia que, al
sacudirse, nos arroja un perro que se acaba de bañar. En primer lugar, los
alguaciles que me cogieron entre sus garras; luego mip. 337 ridículo
embarque; después los corsarios; aquella gran ciudad donde tanto me han
maltratado; las tentaciones contra mi virtud por aquella mujer amarilla; mi
salida de la prisión, mis viajes, y por último, mi regreso á España. ¡Vaya una
novela! El mismo día de mi llegada vuelvo á ver á los malditos alguaciles; me
persiguen encarnizadamente y huyo á la desesperada; salto un muro, diviso una
casa escondida entre los árboles, corro á ella sin que nadie me vea, gano el
tejado y me introduzco en el interior por una chimenea donde queda hecha trizas
mi mejor capa... La verdad, el caballero Salustio es un bandido... (Mirándose
en un pequeño espejo colocado sobre el guardarropa, que tiene cajones
esculpidos.) Mi jubón me ha acompañado en todas mis desdichas y resiste
valerosamente las injurias del tiempo. (Se quita la capa y se mira en el
espejo el jubón de seda usado, roto y con remiendos; luego se lleva con rapidez
la mano á la pierna, á la vez que fija la vista en la chimenea.) Pero mi
pierna ha sufrido horriblemente con la caída. (Abre los cajones del
guardarropa, y en uno de ellos encuentra una capa de terciopelo verde claro
bordada de oro: la misma que D. Salustio dió á Ruy Blas. La examina y la
compara con la suya.) Esta capa me parece más decente que la mía. (Se la
pone y coloca en su lugar la suya después de haberla doblado cuidadosamente;
luego, abollando de un puñetazo su sombrero, colócale encima de la capa vieja,
vuelve á cerrar el cajón y se pasea con orgullo embozado, luciendo la capa
nueva.) Sea como fuere, ya estoy de vuelta en España y todo va bien... ¡Ah,
querido primo! ¿deseas que emigre á esos países de África, donde el hombre hace
el papel de ratón del tigre? Pues bien, me vengaré de ti de un modo
espantoso... en cuanto almuerce... Iré á tu casa con mi verdadero nombre,
llevando tras de mí la innumerable caterva de mis acreedores, seguidos de sus
hijos, y te entregaré á su voraz apetito. (Ve en un rincón un magníficop.
338 par de botinas con encañonados de encaje.—Arroja con viveza sus
zapatos viejos y se pone aquellas.) Ahora veamos dónde me han traído mis
desventuras. (Examina la habitación por todos lados.) Casa misteriosa y
á propósito para tragedias. Puertas cerradas, ventanas con barrotes, un
verdadero calabozo... En esta deliciosa mansión se ha de entrar por arriba,
como el vino entra en las botellas... ¡El vino! ¡Qué bueno es el vino, cuando
es bueno! (Se apercibe de la pequeña puerta de la derecha, la abre, entra
precipitadamente en el gabinete con que comunica y vuelve á salir demostrando
admiración.) ¡Maravilla de maravillas! ¡Un gabinete sin salida y donde todo
está cerrado también! (Va á la puerta del fondo, la entreabre y mira hacia
fuera; luego la vuelve á cerrar y se dirige al proscenio.) ¡Nadie!...
¿Dónde diablos me he metido?... El caso es que he conseguido huir de los
alguaciles; lo demás importa poco. Y luego que no es cosa de asustarse ni de
tomar un aire lúgubre, porque nunca haya visto una casa que esté así dispuesta.
(Vuelve á sentarse en la butaca, bosteza y casi inmediatamente se levanta.)
El caso es que me aburro sobremanera. (Distinguiendo un pequeño armario
adosado á la pared, en el rincón de la izquierda.) Veamos, esto tiene
aspecto de ser una biblioteca. (Se dirige al mueble y le abre, resultando
ser un repostero bien provisto.) Justo y cabal. Una empanada, vino, una
torta, seis botellas, correctamente alineadas... Me convenzo de que he
calumniado á esta casa. (Examina las botellas una por una.) Esto es
exquisito... ¡Oh respetable armario, yo te saludo! Veamos primero esto. (Llena
el vaso y bebe de un trago todo el líquido.) ¡Es una obra admirable de ese
famoso poeta que se llama el Sol! Jerez de los Caballeros no ha producido nada
mejor. (Se sienta, llena otro vaso y bebe.) ¿Qué libro vale lo que esto?
No hay nada que tenga más espíritu. (Bebe.) ¡Ah! ¡Cómo conforta! Ahora
comamos. (Corta un pedazo de empanada.)p. 339 Esos bribones de
alguaciles han quedado vencidos... No darán con mi pista. (Come.) ¡Oh!
Reina de las empanadas... Pero si viniese el dueño de la casa... (Se dirige
al armario, saca otro vaso y un cubierto y los coloca sobre la mesa.) ¡Bah!
Le convidaría... ¿Y si me hiciera arrojar de aquí?... Por si acaso comamos
aprisa. (Come á dos carrillos.) Cuando haya concluído examinaré la casa.
¿Quién vivirá en ella? Tal vez sea un buen muchacho, y todo este misterio no
sirva más que para ocultar una intriga amorosa. Después de todo, ¿qué mal causo
yo aquí? Nada busco sino la hospitalidad de ese digno mortal y quiero pedirla á
la manera antigua, abrazando el altar. (Se inclina y rodea la mesa con sus
brazos. Luego bebe.) Reflexionemos: el hombre que tiene este vino, no puede
ser un malvado; y además, si viene, le diré quién soy. ¡Ah, va á darse al
diablo mi maldito primo!... ¡Cómo!... se dirá, ¿ese cualquiera, ese andrajoso,
ese mendigo, ese bandido es don César de Bazán? Ni más ni menos, y primo de don
Salustio por añadidura... ¡Oh, qué sorpresa y qué escándalo habrá en Madrid!
¿Cuándo ha venido? ¿Anoche? ¿Esta mañana? ¡Qué tumulto se formará al estallar
la bomba, al volverse á oir mi olvidado é ilustre nombre! Pues sí, señores, es
don César de Bazán: nadie pensaba en él, nadie hablaba de él, pero vivía, vive,
no ha muerto... Los hombres dirán: ¡Diablo!... Y las mujeres: ¡Me alegro! Y á estas
dulces exclamaciones, se mezclarán los ladridos de mis trescientos acreedores.
¡Qué hermoso papel voy á hacer!... ¡Lástima que no tenga dinero! (Se oye
ruido en la puerta.) Alguien viene... Sin duda me arrojarán de aquí como un
saltimbanqui... Sea lo que fuere... No hagas nada á medias, César.
(Se emboza hasta los ojos en la capa. Ábrese la
puerta del fondo y aparece un lacayo con librea, llevando á la espalda
voluminoso saco.)
p. 340ESCENA III
D. CÉSAR, UN LACAYO
D. César (mirando al lacayo de pies á
cabeza).—¿Á quién venís á buscar? (Aparte.) En situaciones apuradas
se necesita mucho aplomo.
El lacayo.—¿Don César de Bazán?
D. César (desembozándose).—Yo soy. (Aparte.)
Esto es asombroso.
El lacayo.—¿Conque sois el señor don César de
Bazán?
D. César.—Ya he dicho que sí. Yo soy César, el
verdadero César, el único César, el conde de Garo...
El lacayo (colocando el saco en una butaca).—Dignaos
ver si está justa la cuenta.
D. César (aturdido y aparte).—¡Dinero!
Esto es inexplicable. (Alto.) Amigo mío...
El lacayo.—Dignaos contarlo. Aquí está la cantidad
que me han mandado traeros.
D. César (con cómica gravedad).—Ya
comprendo. (Aparte.) Lléveme el diablo si sé una palabra; pero no lo
echemos á perder; el socorro no puede ser más oportuno (Alto.) ¿He de
hacer recibo?
El lacayo.—No, señor.
D. César (señalando la mesa).—Coloca
ahí ese dinero. (El lacayo obedece.) ¿De parte de quién viene?
El lacayo.—Vuecencia lo sabe perfectamente.
D. César.—¡Ya lo creo! Pero...
El lacayo.—Me olvidaba repetir lo que me han dicho:
este dinero viene de parte de quien vos sabéis, para lo que sabéis
perfectamente.
D. César (satisfecho de la explicación).—¡Ya!
p. 341El lacayo.—Ambos debemos ser muy
reservados... ¡Chist!
D. César.—¡¡Chist!! Este dinero viene... ¡La frase
es magnífica! Repítela.
El lacayo.—Este dinero...
D. César.—Todo es muy claro: viene de parte de
quien yo sé...
El lacayo.—Para lo que vos sabéis. Debemos...
D. César.—Ambos...
El lacayo.—Ser muy reservados.
D. César.—Pues no puede ser más claro.
El lacayo.—Para vos. Yo obedezco y no sé nada.
D. César.—¡Bah!
El lacayo.—Pero vos sí.
D. César.—¡No faltaba más!
El lacayo.—Con eso basta.
D. César.—Lo sé todo... y me quedo con el dinero.
La cosa es tan clara que...
El lacayo.—¡Chist!
D. César.—¡Chist!... Es verdad, ya iba á ser
indiscreto.
El lacayo.—Contad, señor.
D. César.—¿Por quién me tomas? (Admirando el
volumen del saco.) ¡Qué hermosa pieza!
El lacayo (insistiendo).—Pero...
D. César.—Me inspiras confianza.
El lacayo.—Gracias. La cuenta está justa y en
saquillos de oro y plata.
(D. César abre el saco y extrae muchos saquillos
de oro y plata que vacía sobre la mesa; luego coge á puñados las monedas y se
llena los bolsillos.)
D. César (interrumpiendo majestuosamente la
operación).—He aquí que mi extravagante novela termina con felicidad en...
¡un millón! (Vuelve á llenarse los bolsillos.) ¡Oh! ¡Delicia! ¡Parezco
un galeón!
p. 342(Cuando ha llenado un bolsillo, procede á
igual operación en otro. Búscase bolsillos por todas partes y parece haber
olvidado al lacayo.)
El lacayo (que le mira con impasibilidad).—Ahora
espero vuestras órdenes.
D. César (volviéndose hacia él).—¿Para
qué?
El lacayo.—Para ejecutar inmediatamente lo que yo
no sé, pero vos sí. Parece que hay comprometidos grandes intereses...
D. César (interrumpiéndole con aire de
inteligencia).—Sí, ¡públicos y privados!
El lacayo.—Y quieren que en seguida haga lo que me
ordenéis. Repito lo que me han dicho.
D. César (dándole un amistoso golpe en la
espalda).—Y yo te alabo, fiel servidor.
El lacayo.—Para que no haya retraso alguno, mi amo
me ha encargado que me ponga á vuestras órdenes.
D. César.—Eso es hacer bien las cosas. Complazcamos
á tu amo. (Aparte.) Que me cuelguen si sé qué decir. (Alto.)
Acércate inmediatamente. (Llena de vino el otro vaso.) ¡Bebe!
El lacayo.—¡Cómo! Señor...
D. César.—¡Bebe! (Obedece el lacayo, y D. César
vuelve á llenar el vaso.) ¡Es vino de Oropesa! (Hace sentar al lacayo,
le obliga á beber otra vez y de nuevo le llena el vaso.) Ahora hablemos. (Aparte.)
Ya está medio alumbrado. (Alto y estirándose en la silla que ocupa.) El
hombre, amigo mío, no es más que humo, humo negro, producto del fuego de sus
pasiones. Toma. (Le escancia nuevamente.) Esto que te digo no puede ser
más tonto. Y además, el humo de una chimenea ya es otra cosa: se dirige al
cielo azul y sube alegremente mientras nosotros bajamos. (Se frota la
pierna.) El hombre no es más que vil materia. (Llena los dos vasos.)
Bebamos. Todos tus doblones no valen lo que la alegría de cualquier borracho. (Aproximándose
al lacayo y con aire misterioso.p. 343) Seamos prudentes: no es cuestión de
cargar más de lo que se puede sostener: el edificio levantado sin cimientos, se
derrumba en seguida... Mira, abróchame el cuello de la capa.
El Lacayo (con orgullo).—Yo no soy
ayuda de cámara.
(Antes que D. César pueda impedírselo, toca la
campanilla que está colocada encima de la mesa.)
D. César (aparte y aterrado).—Ha
llamado; sin duda vendrá el amo en persona y estoy perdido.
(Entra uno de los negros. D. César, presa de la
más viva ansiedad, se dirige al lado opuesto de aquel en que está el negro,
como no sabiendo qué hacer.)
El Lacayo (al negro).—Abrocha al señor.
(El negro se aproxima gravemente á D. César que
le mira estupefacto, le abrocha el cuello de la capa, saluda y sale.)
D. César (levantándose: aparte).—Estoy
en casa de Belcebú, no hay duda. (Pasa al proscenio y se pasea á largos
pasos.) En fin, dejemos rodar la bola y aprovechémonos de la ocasión. Voy á
dar aire al dinero; ya que le poseo, ¿qué puedo hacer de él? (Se vuelve al
lacayo que sigue sentado junto á la mesa, bebiendo y que comienza á tambalearse
en su silla.) Escucha. (Aparte.) Veamos: con este dinero podría
pagar á mis acreedores... ¡Ca! no... Siquiera les daré alguna cantidad á
cuenta... ¿Pero por qué les he de proporcionar esa satisfacción? ¿Cómo diablos
se me ocurren semejantes ideas? Está visto que nada pervierte al hombre como el
dinero. Aun cuando se descienda de Aníbal, el oro le hace á uno tener
sentimientos de menestral. ¿Qué se diría de mí al saber que había pagado mis
deudas?... ¡Ah!
El Lacayo (bebiendo).—¿Qué queréis?
D. César.—Déjame, estoy meditando. Mientras tanto,
bebe. (El Lacayo obedece. D. César sigue meditando yp. 344 de
pronto se da un golpe en la frente como si le hubiese acometido alguna idea
súbita.) Sí, eso es. (Al lacayo.) Levántate en seguida y oye lo que
tienes que hacer. Ante todo llénate de oro los bolsillos. (El lacayo se
levanta tambaleándose y obedece. D. César le ayuda y continúa hablando.) Vé
al extremo de la plaza Mayor y entra en el número nueve; es una casa pequeña,
pero que sería de hermoso aspecto si uno de los cristales no estuviese roto y
tapada la rotura con un pedazo de papel.
El lacayo.—Entiendo.
D. César.—Me alegro... ¡Ah! te advierto que la
escalera es estrecha y puede uno romperse el alma al subir. Ten cuidado.
El lacayo.—Bien.
D. César.—En el último piso vive una hermosa á
quien reconocerás fácilmente: es baja, rubia, su cabello rizado circunda con
profusión su cabeza... una mujer encantadora, en una palabra... Se llama
Lucinda; sé con ella muy atento, porque es mi amante, y entrégala de mi parte
cien ducados. En un tabuco de al lado hallarás un prójimo que tiene la nariz
como un pimiento por el abuso del vino, y que lleva puesto siempre un grasiento
sombrero de fieltro con la pluma muy lacia. Á ese le darás seis piastras... Luego,
algo más lejos, en la esquina de la calle, encontrarás una taberna, y en ella,
bebiendo y fumando, un hombre de aire pacífico y de elegante aspecto, que bebe
y fuma pero que no jura nunca, y á quien acompaña un íntimo amigo mío, llamado
Tormentas... Dales treinta escudos, y diles por toda explicación que se los
beban juntos, y que no les faltarán otros cuando esos se acaben... ¡Ah! y no te
admires si ves que abren mucho los ojos...
El lacayo.—¿Qué más?
D. César.—Guárdate el resto. Y luego...
p. 345El lacayo.—Decid.
D. César.—Te vas á divertir. Gastas y triunfas y
haces lo que quieras, con tal que no vuelvas á tu casa hasta mañana por la
noche.
El lacayo.—Seréis obedecido, príncipe.
(Se dirige hacia la puerta tambaleándose.)
D. César (aparte, mirándole).—Está
completamente borracho. (Le llama y el lacayo vuelve.) ¡Ah! Se me
olvidaba. Cuando salgas, seguramente te seguirán los desocupados. Haz honor con
tu conducta á lo que has bebido. Pórtate con nobleza. Si de tus bolsillos caen
algunos escudos, déjalos; y si algunos menesterosos ó necesitados los recogen,
déjalos hacer.—No te incomodes tampoco si alguien busca más dinero en tus
bolsillos; sé indulgente; piensa que todos somos hombres y que en este valle de
lágrimas se ha de conceder de vez en cuando algunas alegrías á las criaturas. (Con
melancolía.) Los que tal hagan, serán ahorcados un día ú otro... Justo es
guardarles toda clase de consideraciones... Puedes irte. (El lacayo sale. D.
César, al quedar solo, se sienta, apoya los codos sobre la mesa y medita.)
Un hombre cuerdo y cristiano, cuando posee dinero, debe hacer buen uso de él...
Tengo para vivir por lo menos ocho días y los viviré... Si me quedase algo, lo
emplearía en fundaciones piadosas. Pero no me atrevo á confiar mucho en ello,
porque sin duda me quedaré sin nada muy pronto. Esto debe ser una equivocación.
Ese torpe habrá dado mal el recado ó yo he pronunciado mal mi nombre...
(Se abre la puerta del fondo y entra una dueña
vieja, con el pelo canoso, basquiña y mantilla negras y abanico.)
p. 346ESCENA IV
D. CÉSAR, UNA DUEÑA
La dueña (en el dintel de la puerta).—¿Don
César de Bazán?
(D. César, que estaba pensativo, levanta
bruscamente la cabeza.)
D. César.—¿Otro más? (Aparte.) Es una mujer.
(Mientras que la dueña, sin moverse del fondo, hace una profunda reverencia,
él se adelanta estupefacto hacia el proscenio.) ¡Preciso es que el diablo ó
Salustio anden mezclados en todo esto! Apostaría á que voy á ver á mi primo.
¡Una dueña! (Alto.) Yo soy don César. ¿Qué queréis? (Aparte.) Por
lo general una vieja anuncia una joven.
La dueña (haciendo otra reverencia y la
señal de la cruz).—Señor mío, os saludo hoy, día de ayuno, en el nombre del
Dios hijo, todopoderoso y su excelso Padre.
D. César (aparte).—Ya se sabe: á
principio devoto, amoroso final. (Alto.) Amén. Buenos días.
La dueña.—Dios os tenga en su santa guarda. (Con
misterio.) ¿Habéis dado á quien me envía á vos una cita reservada para esta
noche?
D. César.—Soy capaz de eso y de mucho más.
La dueña (sacando de su guarda-infante una
esquela cerrada que presenta á D. César, pero sin entregársela).—Entonces,
señor discreto, vos sois quien habéis dirigido esta carta á alguien que os ama
y á quien conocéis perfectamente.
D. César.—Sin duda debo ser yo.
La dueña.—Está bien. La dama, casada
probablementep. 347 con algún viejo celoso, tiene que guardar ciertos
miramientos, pues ha encargado que me enterase bien antes de... Yo no la
conozco, pero vos sí... La criada me ha dicho lo que había de hacer... y por
consiguiente no es preciso saber los nombres...
D. César.—Excepto el mío, según parece.
La dueña.—¡Oh! La cosa es clara. Una dama recibe
una cita de su amante, pero teme caer en algún lazo, y como las precauciones
nunca están de más... En suma, me envían aquí para recibir de vuestra boca la
confirmación.
D. César (aparte).—¡Oh, qué vieja más
cargante! ¡Cuánta broza rodea á ese dulce billete!... (Alto.) Ya te he
dicho que yo soy don César.
La dueña (colocando sobre la mesa un
billete cerrado que D. César mira con curiosidad).—Entonces debéis escribir
al dorso de esta carta una sola palabra: Venid, pero no de vuestra
mano, pues eso sería comprometido.
D. César.—Es claro, si fuese de mi mano... (Aparte.)
He aquí un encargo bien dado.
(Extiende la mano para apoderarse de la carta,
pero la dueña se lo impide.)
La dueña.—No la abráis; sin duda debéis reconocer
el pliego.
D. César.—Sí que lo conozco. (Aparte.) ¡Y yo
que ardía en deseos de saber lo que dice!... En fin sigamos la comedia. (Toca
la campanilla y entra uno de los negros.) ¿Sabes escribir? (El negro
mueve la cabeza afirmativamente. D. César se admira y dice aparte:) ¡Habla
por señas! (Alto.) ¿Eres mudo? (El negro hace otra señal afirmativa
que asombra nuevamente á D. César. Aparte:) ¡Muy bien! Ya tengo que
habérmelas con un mudo. (Señala al negro la carta que la dueña tiene sujeta
sobre la mesa.) Escribe ahí: Venid. (El mudo escribe.
D. César hace señas al negro para que se vaya y á la dueña para quep. 348 recoja
la carta. Sale el mudo. Aparte:) No se puede negar que es obediente.
La dueña (comenzando á guardar el billete y
acercándose á D. César).—Esta noche la veréis... Debe ser muy hermosa.
D. César.—Encantadora.
La dueña.—Yo sólo puedo decir que la criada es
lindísima. Cuando me llamó aparte en medio del sermón quedé admirada: tiene un
perfil de ángel y unos ojos de demonio... Y además parece muy experta en
asuntos amorosos.
D. César (aparte).—Pues me contentaría
con la criada.
La dueña.—Esto es ya para formar juicio, pues
siempre lo bello aborrece lo feo, y por la esclava se puede conocer lo que será
la sultana, así como por el criado lo que es el amo. Seguramente la mujer que
esperáis es hermosísima.
D. César.—Estoy orgulloso de ello.
La dueña (haciendo una reverencia y en
ademán de retirarse).—Bésoos la mano.
D. César (dándole un puñado de monedas).—Y
yo te lleno la pata. Toma, estantigua.
La dueña (guardándose el dinero).—¡Qué
alegre es la juventud del día!
D. César (despidiéndola).—Véte.
La dueña (repitiendo las reverencias).—Si
me necesitáis alguna vez, me llamo la señora Oliva, y en el convento de San
Isidro... (Sale, y vuelve á abrir la puerta.) Estoy siempre sentada á la
derecha, entrando en la iglesia, junto al tercer pilar. (D. César se vuelve
hacia ella con impaciencia. Ciérrase la puerta, se vuelve á abrir y reaparece
la dueña.) ¡Vais á verla esta noche!... Acordaos de mí en vuestras
oraciones.
D. César (despidiéndola colérico).—¡Véte!
(La dueña se va y la puerta vuelve á cerrarse.—Solo:) Ya estoy
resueltop. 349 á no admirarme de nada. Sin duda vivo en la Luna. Y lo
cierto es que no puedo quejarme de mi suerte: después de haber satisfecho el
hambre, voy á contentar mi corazón... Todo esto es muy hermoso. Ya veremos el
final.
(Vuelve á abrirse la puerta del fondo y aparece
D. Guritán con dos largas espadas desnudas debajo del brazo.)
ESCENA V
D. CÉSAR, D. GURITÁN
D. Guritán (desde el fondo del teatro).—¡Don
César de Bazán!
D. César (se vuelve y ve á D. Guritán con
las dos espadas).—¡Al fin; qué suerte! ¡Buena es la aventura y ahora se
completa! ¡Comida excelente, dinero, una cita de amor y un desafío! Vuelvo á
ser don César. (Acércase alegremente á D. Guritán, haciendo muchos saludos,
y fija en él una mirada inquieta, adelantándose con lento paso hasta el
proscenio.) Aquí es, caballero; podéis entrar y tomar asiento, cual si
estuviérais en vuestra casa. Me alegro mucho veros. Hablemos un rato. ¿Qué se
dice en Madrid? ¡Oh! es una residencia deliciosa. Yo no sé lo que allí pasa;
pero imagínome que se admira siempre á Matalobos y á Lindamira. En cuanto á mí,
temería más que al ladrón de dinero á la que roba los corazones. ¡Oh! las
mujeres son endiabladas; pero yo me vuelvo loco por ellas. ¡Vamos, decidme
algo!, porque yo soy un ente inverosímil, absurdo, un muerto que resucita, un
hidalgo que llega de los más extravagantes países.
p. 350D. Guritán.—Pues yo llego desde más lejos,
amigo mío.
D. César (con expresión alegre).—¿De
qué ilustre playa?
D. Guritán.—De allá del Norte.
D. César.—Y yo del Sur.
D. Guritán.—¡Estoy furioso!
D. César.—Y yo rabio.
D. Guritán.—¡He andado seiscientas leguas!
D. César.—¡Y yo dos mil! He visto mujeres
amarillas, azules, negras y verdes; he visto tierras bendecidas del cielo;
Argel, la ciudad feliz, y la agradable Túnez. ¡Oh! allí hay muchos turcos, de
extraños modales, y muchas personas colgadas de las puertas.
D. Guritán.—¡Á mí me han burlado, caballero!
D. César.—¡Á mí me han vendido!
D. Guritán.—Á mí me desterraron casi.
D. César.—Y á mí por poco me ahorcan.
D. Guritán.—Me envían á Neuburgo artificiosamente,
para llevar una caja con cuatro palabras escritas, que decían: «Detened el más
largo tiempo que sea posible á ese viejo loco.»
D. César (soltando la carcajada).—¡Muy
bien! ¿Y quién ha hecho eso?
D. Guritán.—¡He de retorcer el cuello á don César
de Bazán!
D. César (gravemente).—¡Ah!
D. Guritán.—Para colmo de audacia me envía un
lacayo en su lugar para excusarle, según dijo; pero no he querido verle. Muy
por el contrario, he dado orden de encerrarle, y ahora vengo en busca del amo,
ese César de Bazán, ese traidor. ¡Quiero matarle! ¡Vamos! ¿dónde está?
D. César (siempre con gravedad).—Pues
yo soy.
D. Guritán.—¡Vos! Sin duda os burláis...
D. César.—¡Yo soy don César!
p. 351D. Guritán.—¡Cómo!
D. César.—Lo dicho.
D. Guritán.—Señor mío, renunciad á ese papel,
porque me enojáis mucho.
D. César.—Y vos me estáis divirtiendo, porque
parecéis un celoso. Os compadezco mucho, amigo mío, pues el mal que nos viene
de nuestros vicios es peor que el que los demás nos hacen. Os digo con
franqueza que más vale ser cornudo que celoso, y más bien pobre que avaro. Vos
sois una cosa y otra. Debo advertiros que aún espero esta noche á vuestra
esposa.
D. Guritán.—¡Á mi esposa!
D. César.—Sí, á ella misma.
D. Guritán.—¡Pero si yo no soy casado!
D. César.—Pues ¿por qué tenéis, desde hace un
cuarto de hora, el aspecto de un marido que rabia, ó de un tigre que llora?
Como os creía casado, os daba buenos consejos; pero si no lo sois, decid por
qué os hacéis tan ridículo.
D. Guritán.—¿Sabéis que me estáis exasperando?
D. César.—¡Bah!
D. Guritán.—¿Y que esto es ya demasiado?
D. César.—¿De veras?
D. Guritán.—Me las vais á pagar...
D. César (examinando con aire burlón los
zapatos de D. Guritán, ocultos por una ola de cintajos, según la nueva moda).—En
otro tiempo usábanse las cintas para adornar la cabeza; pero hoy, según veo,
han bajado hasta las botas. ¡Habrá que peinarse los pies! ¡Magnífico!
D. Guritán.—¡Vamos á batirnos!
D. César (impasible).—¿Lo queréis así?
D. Guritán.—Si no sois don César, comenzaré por
vos.
D. César.—Bueno; tened cuidado de no terminar por
mí.
p. 352D. Guritán (presentándole una de las
dos espadas).—¡Será en el acto!
D. César (tomando la espada).—Vamos
allá; cuando se me presenta un buen desafío no lo dejo escapar.
D. Guritán.—¡Oh!
D. César.—Detrás del muro hay un callejón desierto.
D. Guritán (probando la punta de la espada
en el suelo).—Como á César de Bazán os mataré.
D. César.—¿Lo creéis así?
D. Guritán.—Es posible.
D. César (doblando también la punta de la
espada).—¡Bah! muerto uno de los dos, os desafío á que matéis á don César.
D. Guritán.—¡Salgamos!
(Salen, y se oye el ruido de sus pasos que se
alejan. Por una puertecilla oculta, practicada en el muro, se ve salir á D.
Salustio.)
ESCENA VI
D. SALUSTIO
D. Salustio (con traje verde oscuro, casi
negro).—¡Ningún preparativo! (Reparando en la mesa cubierta de manjares.)
¿Qué quiere decir esto? (Escuchando el ruido de los pasos de D. César y de
D. Guritán.) ¿Qué rumor es ese? (Se pasea meditabundo.) Gudiel vió
salir esta mañana al paje y le siguió... iba á casa de Guritán... y no veo á
Ruy Blas... ¡Condenación! aquí hay alguna contramina. Tal vez Guritán se haya
encargado de algún mensaje para ella... Nada se puede averiguar por los mudos.
No había previsto este caso.
p. 353(Entra D. César con la espada desnuda en
la mano y déjala en un sillón.)
ESCENA VII
D. SALUSTIO, D. CÉSAR
D. César (desde el umbral de la puerta).—¡Ah!
seguro estaba de que andaríais mezclado en el asunto.
D. Salustio (volviéndose estupefacto).—¡Don
César!
D. César (cruzándose de brazos y soltando
una carcajada).—Sin duda estáis urdiendo alguna trama espantosa; pero yo lo
desarreglo todo. ¿No es cierto? Paréceme que vengo á caer de golpe en medio de
la masa.
D. Salustio (aparte).—¡Todo se ha
perdido!
D. César (riendo).—Desde esta mañana he
andado entre vuestras telas de araña, revolviéndome en ellas; y así es que
ninguno de vuestros proyectos dará el resultado apetecido. Todos vuestros
planes caerán por tierra. Verdaderamente me regocijo mucho de ello.
D. Salustio (aparte).—¡Demonio! ¿Qué
habrá hecho?
D. César (riendo cada vez con más fuerza).—Aquel
hombre del saco de dinero... que venía para el negocio... para aquello que
sabéis...
(Se ríe.)
D. Salustio.—¿Y bien, qué?
D. César.—Lo he embriagado.
D. Salustio.—Pero ¿y el dinero que llevaba?
D. César (majestuosamente).—He hecho
varios regalos á ciertas personas. ¡Pardiez, siempre se tienen amigos!
D. Salustio.—De mí sospechas injustamente... Yo...
p. 354D. César (haciendo sonar sus
gregüescos).—Por lo pronto he llenado mis bolsillos, como podréis
comprender. (Vuelve á reirse.) Ya sabéis... aquella dama...
D. Salustio.—¡Oh!
D. César (observando su inquietud).—Aquella
conocida vuestra... (D. Salustio escucha con la mayor ansiedad; D. César
prosigue riendo.) Que me envía una dueña vieja y espantosa, con más barbas
que un ermitaño...
D. Salustio.—¿Para qué?
D. César.—Para preguntarme, con prudencia y sin
ruido, si es don César quien la espera esta noche...
D. Salustio (aparte).—¡Cielos! (En
voz alta.) ¿Qué has contestado?
D. César.—He dicho que sí; que la esperaba.
D. Salustio (aparte).—¡Tal vez no se
haya perdido todo!
D. César.—En fin, vuestro matón, llamado Guritán,
según me dijo en el terreno... (Movimiento de D. Salustio.) y que esta
mañana no quiso recibir un lacayo de don César, portador de un mensaje,
viniendo después á pedirme no sé qué satisfacción...
D. Salustio.—¿Y bien? ¿qué has hecho?
D. César.—He dado muerte á ese pajarraco.
D. Salustio.—¿De veras?
D. César.—Temo que sí.
D. Salustio (aparte).—¡Respiro! ¡Bondad
divina, nada se ha perdido! Sin embargo, convendrá desembarazarme por el pronto
de este rudo auxiliar. En cuanto al dinero, importa poco. (En voz alta.)
El lance es singular. ¿Y no habéis visto á otras personas?
D. César.—No; pero las veré. Por lo pronto quiero
publicar mi nombre en todas partes, y voy á dar un escándalo terrible. No
tengáis cuidado.
D. Salustio (aparte).—¡Diablo! (Aproximándose
vivamente á D. César.) Guárdate el dinero, pero véte.
p. 355D. César.—¡Ya! ¡Daríais orden de que me
siguieran! Harto sé vuestra manera de proceder; y muy pronto volvería á ver las
azules aguas del Mediterráneo. ¡Nada de eso!
D. Salustio.—Créeme.
D. César.—No. Sospecho que en este palacio-prisión
alguno será víctima de vuestros manejos. Toda intriga cortesana es una escalera
doble; por una parte el paciente, con los brazos ligados y la mirada triste; y
por otra, el verdugo. Vos sois el ejecutor, y necesariamente...
D. Salustio.—¡Oh!
D. César.—Pero yo llego á tiempo, tiro de la
escalera, y cataplum.
D. Salustio.—Te juro...
D. César.—Quiero desbaratarlo todo, y para ello
debo quedarme hasta el fin de la intriga. Sé que sois muy astuto, primo mío, y
que no os costaría mucho matar dos pájaros de una pedrada. Yo sería uno de
ellos, y por lo mismo me quedo.
D. Salustio.—Escucha...
D. César.—¡No me vengáis con retóricas! ¡Ah!
¡Conque hacéis que me vendan á los piratas de África, y entre tanto fabricáis
aquí un falso César, comprometiendo mi nombre!
D. Salustio.—¡Casualidad!
D. César.—¿Casualidad? Manjar es ese que los
bribones dan á los tontos. Mucho sentiré que vuestros planes se desbaraten; mas
pretendo salvar á los que aquí perdéis. Voy á publicar mi nombre desde los
tejados á voz en cuello. (Se sube en el poyo de la ventana y mira por fuera.)
¡Esperad! Precisamente pasan unos alguaciles por aquí. (Pasa el brazo á
través de los barrotes y agítale gritando): ¡Hola! venid aquí.
D. Salustio (asustado, en el proscenio:
aparte).—¡Todo se ha perdido si le reconocen!
p. 356(Entran los alguaciles precedidos de un
alcalde. D. Salustio parece presa de una viva ansiedad. D. César se dirige al
alcalde con aire de triunfo.)
ESCENA VIII
Los mismos, ALCALDE, ALGUACILES
D. César (al alcalde).—Consignaréis en
vuestro informe...
D. Salustio (señalando á D. César).—Que
ese es el famoso ladrón Matalobos.
D. César (estupefacto).—¡Cómo!
D. Salustio (aparte).—Todo se salva si
puedo ganar veinticuatro horas. (Al alcalde.) Ese hombre ha osado
penetrar en estas habitaciones en pleno día. ¡Prended al ladrón!
(Los alguaciles cogen á D. César por el cuello.)
D. César (furioso, á D. Salustio).—¡Mentís
como un bellaco!
El alcalde.—¿Quién nos llamaba?
D. Salustio.—Yo.
D. César.—¡Esto es demasiado!
El alcalde.—¡Vamos, callad!
D. César.—¡Yo soy don César de Bazán!
D. Salustio.—¿Don César? Mirad su capa, si os
place, y hallaréis el nombre de Salustio en el cuello; esa capa es la que me
acaba de robar.
(Los alguaciles se apoderan de la capa, el
alcalde la examina.)
El alcalde.—Es verdad.
D. Salustio.—Y el jubón que lleva...
p. 357
D. Salustio.—¡Prended al ladrón!
p. 359D. César (aparte).—¡Ah traidor!
D. Salustio (continuando).—Es del duque
de Alba, á quien se lo robó.
(Mostrando un escudo bordado en la manga
izquierda.)
D. César (aparte).—¡Ese hombre es un
demonio!
El alcalde (examinando el blasón).—Sí,
los dos castillos de oro...
D. Salustio.—Y las dos calderas. (En la lucha
por desasirse, D. César deja caer algunos doblones de sus bolsillos; D.
Salustio indica al alcalde el volumen de estos últimos.) ¿Es así cómo se
lleva el dinero que no es robado?
El alcalde (moviendo la cabeza).—¡Hum!
D. César (aparte).—¡Estoy perdido!
(Los alguaciles le registran y apodéranse de
todo el dinero.)
Un alguacil (rebuscando).—Aquí hay
papeles.
D. César (aparte).—¡Pobres billetes de
amor, que tan cuidadosamente conservaba!
El alcalde (examinando los papeles).—¡Cartas!...
¿Qué es esto?... escrituras diversas...
D. Salustio (haciendo notar los sobres).—Todos
del duque de Alba.
El alcalde.—Sí.
D. César.—Pero...
Los alguaciles (atándole las manos).—¡Qué
suerte ha sido cogerle!
Un alguacil (entrando, al alcalde).—Aquí
cerca se acaba de encontrar un hombre asesinado.
El alcalde.—¿Quién es el asesino?
D. Salustio (mostrando á D. César).—¡Ese
hombre!
D. César (aparte).—¡Ese duelo! he sido
un torpe.
D. Salustio.—Al entrar, llevaba en la diestra una
espada; vedla ahí.
El alcalde (examinando el acero).—¡Sangre!
Está bien. (Á D. César.) ¡Vamos, en marcha!
p. 360D. Salustio (á D. César, conducido
por los alguaciles).—Buenas noches, Matalobos.
D. César (dando un paso hacia él y
mirándole fijamente).—¡Sois un miserable!
p. 361
ACTO V
EL TIGRE Y EL LEÓN
La misma estancia. Es de noche. En la mesa hay una
lámpara. Al levantarse el telón, Ruy Blas está solo, y una especie de toga
negra cubre su traje.
ESCENA I
RUY BLAS, solo
¡Todo acabó! ¡Sueños extinguidos, visiones
desvanecidas! Hasta que cerró la noche he andado por las calles,p. 362 y
ahora espero tranquilo. Á estas horas se piensa mejor, porque la cabeza está
más despejada. Nada hay pavoroso en estas negras paredes; los muebles se hallan
en su sitio, las llaves en los armarios, y los mudos duermen abajo. La casa
está verdaderamente tranquila; no hay motivo alguno de alarma; todo va bien, y
mi paje es muy fiel: don Guritán sabe que se trata de ella; y yo os bendigo,
Dios mío, por haber permitido que el mensaje llegue á sus manos, para que yo
pueda proteger á ese ángel, burlando los planes de don Salustio. Nada tendrá
que temer ni que sufrir, y una vez salvada... moriré tranquilo. (Saca del
pecho un frasquito y le pone sobre la mesa.) ¡Sí, muere ahora, cobarde, y
cae en el abismo; muere como se debe morir cuando se expía un crimen; muere en
esta casa, vil, mísero y solo! (Entreabre la toga, bajo la cual se ve la
librea que llevaba en el primer acto.) ¡Sí, muere con tu librea al fin, y
sea ella tu sudario! ¡Dios mío! si ese demonio viene á contemplar su víctima...
(Coloca un mueble como para atrancar la puerta.) ¡Que no éntre al menos
por esa horrible puerta! (Vuelve hacia la mesa.) ¡Oh! seguro es que el
paje ha encontrado á Guritán, pues aún no eran las ocho de la mañana. (Fija
sus miradas en el frasquito.) En cuanto á mí, ya he pronunciado mi
sentencia, preparo mi suplicio, y yo mismo voy á dejar caer sobre mi cuerpo la
losa de la tumba. Por lo menos me queda el consuelo de pensar que nadie puede
evitarlo, y que mi caída es irremediable. (Se sienta en el sillón.) ¡Y
sin embargo, me amaba!... ¡Que Dios me auxilie! Me falta valor... (Llora.)
¡Oh! ¡bien hubieran podido dejarnos tranquilos! (Oculta la cabeza entre las
manos y solloza.) ¡Dios mío! (Levanta la cabeza y fija en el frasquito
una mirada vaga.) El hombre que me ha vendido esto me preguntó en qué día
del mes estábamos... yo no lo sé. Los hombres son malos y ninguno se conmueve
al ver morir á uno de sus semejantes. ¡Cuánto sufro!... ¡Ellap. 363 me
amaba! ¡Y pensar que nada se puede retener de aquello que pasó! ¡No volveré á
contemplarla más!... no estrecharé su mano... ¡Ángel mío!... ¡Aún me parece ver
los graciosos pliegues de su traje, sus dulces ojos, cuyas miradas me
embriagaban; aún me parece oir su voz armoniosa y su ligero paso, que hacía
latir mi corazón! ¡Mujer adorada... ya no la veré jamás, ni oiré tampoco su
dulce acento! ¡Morir sin verla! ¿Es posible? ¡Nunca!
(Alarga con ansiedad su mano hacia el frasquito,
y en el momento de cogerle convulsivamente, ábrese la puerta del fondo y
aparece la Reina; va vestida de blanco; un mantón oscuro y el capuchón, caído
sobre la espalda, hacen resaltar más la palidez de su rostro; lleva una
linterna sorda en la mano, la deja en el suelo y adelántase rápidamente hacia
Ruy Blas.)
ESCENA II
RUY BLAS, LA REINA
La Reina (entrando).—¡Don César!
Ruy Blas (volviéndose con un movimiento de
espanto, y tapando presuroso su librea).—¡Dios mío! ¡Es ella! ¡En horrible
lazo ha caído! (En voz alta.) ¡Señora!...
La Reina.—¿Qué significa ese grito de espanto,
César?...
Ruy Blas.—¿Quién os dijo que viniérais aquí?
La Reina.—Tú.
Ruy Blas.—¡Yo!... ¿Cómo?
La Reina.—He recibido de vos...
Ruy Blas (ansioso).—¡Decid pronto!
La Reina.—Una carta.
p. 364Ruy Blas.—¿De mí?
La Reina.—De vuestro puño y letra.
Ruy Blas.—¡Esto es para volverse loco! Pero ¡si yo
no he escrito; estoy seguro de ello!
La Reina (sacando del seno un billete y
mostrándolo).—Leed, pues.
(Ruy Blas toma el billete con viveza y acércase
á la luz.)
Ruy Blas (leyendo).—«Un peligro
terrible me amenaza, y sólo mi reina puede conjurar la tempestad...»
(Mira la letra con estupor, cual si no pudiera
proseguir.)
La Reina (continúa, mostrando con el dedo
la carta que lee).—«viniendo á mi casa esta noche. De lo contrario, estoy
perdido.»
Ruy Blas (con voz apagada).—¡Oh qué
traición! Este billete...
La Reina (continúa la lectura).—«Junto
á la puerta principal hay una entrada por donde podéis penetrar de noche sin
ser reconocida. Una persona de confianza os abrirá.»
Ruy Blas (aparte).—¡Había olvidado este
billete! (Á la Reina con voz terrible.) ¡Salid al punto!
La Reina.—Me marcharé, don César. ¡Oh Dios mío, qué
duro sois! ¿Qué os he hecho?
Ruy Blas.—¡Cielos! ¡aquí os perdéis, señora!
La Reina.—¿Cómo?
Ruy Blas.—No puedo explicarlo. ¡Huíd pronto!
La Reina.—Para cumplir mejor, hasta tuve la
precaución de enviar esta mañana una dueña...
Ruy Blas.—¡Dios mío! me parece que vuestra
existencia se extingue por momentos como la vida de un corazón que se desangra.
¡Partid pronto!
La Reina (como herida de una idea súbita).—La
abnegación que mi amor soñó, me inspira: os halláis en algún momento de peligro
y queréis alejarme de él... ¡Pues me quedo!
p. 365Ruy Blas.—¡Qué loca idea, Dios mío!
¡Permanecer á tal hora en semejante sitio!
La Reina.—La carta es de vos, y por lo tanto...
Ruy Blas (elevando los brazos al cielo con
desesperación).—¡Bondad divina!
La Reina.—Queréis alejarme...
Ruy Blas (tomándole la mano).—Comprended...
La Reina.—Adivino: en el primer momento me
escribisteis, y después...
Ruy Blas.—¡Nada os he escrito! ¡Huíd de aquí, pobre
ángel, porque os han tendido un lazo! Por todas partes os rodean los peligros.
¿Cómo podré convenceros? ¡Escuchad, comprended; yo os amo, ya lo sabéis, y sólo
para desechar de vuestro espíritu lo que ahora imagina, me arrancaría el
corazón del pecho! ¡Oh! ¡yo te amo, pero véte!
La Reina.—¡Don César!...
Ruy Blas.—¡Véte! Pero ahora se me ocurre... alguien
debió abrirte la puerta...
La Reina.—Es claro.
Ruy Blas.—¿Quién?
La Reina.—Un hombre enmascarado, oculto por la
pared.
Ruy Blas.—¡Enmascarado! ¿Y qué ha dicho ese hombre?
¿Quién puede ser? ¿Era alto? ¡Vamos, hablad!...
(En la puerta del fondo aparece un hombre
vestido de negro.)
El enmascarado.—¡Era yo!
(Se quita el antifaz: la Reina y Ruy Blas
reconocen con terror á D. Salustio.)
p. 366ESCENA III
Los mismos, D. SALUSTIO
Ruy Blas.—¡Gran Dios!... ¡Huíd, señora!
D. Salustio.—Ya no es tiempo; la señora de Neuburgo
ha dejado de ser reina de España.
La Reina (con terror).—¡Don Salustio!
D. Salustio (mostrando á Ruy Blas).—Para
siempre seréis la compañera de ese hombre.
La Reina.—¡Gran Dios, era un lazo en efecto! Y don
César...
Ruy Blas (desesperado).—¡Ah, señora!
¿Qué habéis hecho?
D. Salustio (adelantándose lentamente hacia
la Reina).—Estáis en mi poder; mas quiero hablaros sin excitar el enojo de
Vuestra Majestad, porque no me domina la cólera. Escuchadme tranquilamente, y
no hagamos ruido. Os encuentro sola con don César en su casa á media noche, y
tratándose de una reina, este hecho basta, una vez público, para anular el
matrimonio en Roma. El Santo Padre lo sabría muy pronto; pero examinada
detenidamente vuestra situación, todo puede arreglarse dentro. (Saca de su
bolsillo un pergamino, desarróllale y le presenta á la Reina.) Firmad esta
carta, dirigida al Rey Nuestro Señor; yo haré que llegue en breve á sus manos;
y en cuanto á vos, abajo os espera un coche que he mandado llenar de oro, y en
el cual partiréis con don César al punto. Yo os presto mi auxilio, y sin que
nadie os inquiete, podréis llegar á Portugal. Desde aquí, dirigíos á donde os
plazca, pues á mí me es igual: nosotros cerraremos los ojos. Obedecedme. En
este momento, nadie sabe la aventurap. 367 más que yo; pero si rehusáis,
todo Madrid conocerá el hecho mañana. Y nada de arrebatos, porque estáis en mi
poder. (Señalando la mesa, en la que hay recado de escribir.) Podéis
tomar asiento, señora.
La Reina (se deja caer aterrada en un
sillón).—¡Estoy en su poder!
D. Salustio.—Sólo exijo de vos el consentimiento
para llevar el escrito al Rey. (En voz baja á Ruy Blas, que escucha inmóvil,
poseído de estupor.) ¡Déjame hacer, amigo, que para ti trabajo! (Á la
Reina.) ¡Firmad!
La Reina (temblando y aparte).—¿Qué
hacer?
D. Salustio (inclinándose á su oído y
presentándole la pluma).—¡Vamos! ¿Qué vale una corona? Si perdéis el trono,
en cambio se os ofrece la felicidad. Por lo demás, no tengáis cuidado; nadie
sabrá nada de esto, porque tengo toda mi gente fuera. (Tratando de ponerle
la pluma entre los dedos, sin que ella la rechace ni la tome.) ¡Vamos! (La
reina, indecisa y aterrada, le mira con expresión angustiosa.) ¡Si no
firmáis, os espera el escándalo y el claustro!
La Reina (agobiada).—¡Oh Dios mío!
D. Salustio (mostrando á Ruy Blas).—César
os ama; le creo digno de vos; es de noble alcurnia, duque de Olmedo, Bazán y
grande de España...
(Empuja hacia el pergamino la mano de la Reina,
que temblorosa y fuera de sí parece dispuesta á firmar.)
Ruy Blas (como volviendo en sí de improviso).—¡Yo
me llamo Ruy Blas, y soy un lacayo! (Arrancando de manos de la Reina la
pluma y el pergamino, y rasgando este último.) ¡Al fin!... ¡Me sofocaba!...
¡No firméis, señora!
La Reina.—¿Qué decís, don César?...
Ruy Blas (dejando caer su toga y
mostrándose con la librea sin espada).—Digo que ya basta de traiciones; que
no quiero la felicidad á este precio. ¡Ah! es inútil que me habléis al oído,
don Salustio; tiempo era yap. 368 de despertarme y de romper los lazos que
me ligaban en vuestros odiosos planes. No pasaremos de aquí. ¡Si yo tengo el
traje de lacayo, vos tenéis de lacayo el alma!
D. Salustio (á la Reina, con frialdad).—Ese
hombre es efectivamente mi lacayo. (Á Ruy Blas con autoridad.) ¡Ni una
palabra más!
La Reina (dejando escapar al fin un grito
de desesperación y retorciéndose los brazos).—¡Santo cielo!
D. Salustio (continuando).—Sólo que ha
hablado demasiado pronto. (Crúzase de brazos; irguiéndose y con voz tonante.)
¡Pues bien, sí; ahora digámoslo todo; poco importa, porque así será mi venganza
más completa! (Á la Reina.) ¿Qué pensáis de esto, señora? Á fe mía que
la corte se reirá bien. ¡Ah! ¡vos me arruinasteis, y yo os destrono! ¡Vos
tuvisteis á bien desterrarme, y yo os expulso! ¡Vos me ofrecisteis para esposa
vuestra criada; yo os doy por amante mi lacayo! También podéis uniros con él,
puesto que el rey se va; y así su corazón será vuestra riqueza. (Riendo.)
¡Y le habréis hecho duque á fin de ser duquesa! (Rechinando los dientes.)
¡Ah, me habéis hundido, arruinado, y entre tanto vos dormíais tranquila y
confiada! ¡Qué locura!
(Mientras que habla, Ruy Blas se acerca á la
puerta del fondo, la cierra con llave, y después se acerca á don Salustio por
detrás, sin que éste lo note. En el momento en que acaba de hablar, fijando en
la Reina una mirada de odio y de triunfo, Ruy Blas coge la espada de D.
Salustio por la empuñadura y la desenvaina vivamente.)
Ruy Blas (con aspecto terrible y la espada
en la mano).—¡Paréceme que acabáis de insultar á vuestra Reina! (D.
Salustio se precipita hacia la puerta; Ruy Blas le cierra el paso.) ¡Oh! no
vayáis por ahí que está cerrado. Marqués, hasta este día Satanás te ha
protegido; mas ahora no escaparás de mis manos; si de mi poderp.
369 quiere arrancarte, que se presente. ¡Ahora llegó mi vez, y aplasto á
la serpiente que encuentro en mi camino! ¡Nadie entrará aquí, ni el diablo ni
tu gente, y te sujetaré bajo mi pie de acero! Señora, este hombre os hablaba
con insolencia, y yo voy á explicarme... Ante todo os diré que es un desalmado,
un monstruo, y que ayer me martirizó á su antojo cruelmente. No podríais
imaginar hasta qué punto lloré y supliqué. (Al marqués.) Me explicabais
vuestras quejas, hablándome de agravios recibidos; pero yo no comprendí. ¡Ah,
miserable! ¡osáis ultrajar á vuestra Reina estando yo aquí! Me asombra que
podáis ser hombre de ingenio. ¿Creíais que yo permanecería impasible? Escuchad,
sea cual fuere su esfera, cuando un hombre, un traidor, ultraja á una mujer, ó
comete algún delito monstruoso, todos tenemos derecho para escupirle á la cara
y aplicarle el castigo. ¡Pardiez, si he sido lacayo, también podré ser
verdugo!...
La Reina.—¡No matéis á ese hombre!
Ruy Blas.—Con sentimiento debo ejercer ante vos mis
funciones, señora, porque es forzoso acabar con el asunto en este sitio. (Empuja
á D. Salustio hacia el gabinete.) ¡Está dicho; id á poneros bien con Dios
ahí dentro!
D. Salustio.—¡Es un asesinato!
Ruy Blas.—¿Te parece así?
D. Salustio (desarmado y paseando una
mirada de cólera á su alrededor).—¡Ni un arma en esas paredes! (Á Ruy
Blas.) ¡Una espada al menos!
Ruy Blas.—¡Marqués, tú te burlas! ¿Soy yo caballero
acaso para cruzar contigo el acero? Yo no soy más que un vil lacayo, que viste
librea galoneada, un bergante á quien se castiga y se azota. ¡Pero ahora te voy
á matar, como á un infame cobarde, como á un perro!
La Reina.—¡Gracia para él!
p. 370Ruy Blas (á la Reina, cogiendo al
marqués).—Señora, aquí cada cual se venga; el demonio no puede ser salvado
por el ángel.
La Reina (de rodillas).—¡Gracia!
D. Salustio (gritando).—¡Al asesino!
¡Socorro!
Ruy Blas (levantando la espada).—¿Has
acabado ya?
D. Salustio (arrojándose sobre él y
gritando).—¡Muero asesinado!
Ruy Blas (empujándole en el gabinete).—¡No,
mueres castigado!
(Desaparecen en el gabinete, cuya puerta se
cierra.)
La Reina (sola, cae desvanecida en el
sillón).—¡Cielos!
(Sigue una pausa; Ruy Blas vuelve á entrar,
pálido y sin espada.)
ESCENA IV
LA REINA, RUY BLAS
(Ruy Blas da algunos pasos vacilando hacia la
Reina, inmóvil y helada, y después cae de rodillas, con la vista fija en el
suelo, cual si no se atreviese á levantarla.)
Ruy Blas (con voz grave y baja).—Ahora,
señora, es preciso que os hable... pero no me acercaré. Os juro que no soy tan
culpable como me creéis. Reconozco mi traición, que debe pareceros horrible...,
quisiera referíroslo todo, mas no es fácil. Sólo puedo decir que no tengo el
alma vil, y que soy honrado en el fondo... Mi amor me ha perdido, y harto
conozco que debí buscar algún otro medio. En fin, el mal está hecho...
perdonadme, señora, por haberos amado.
La Reina.—¡Caballero!...
La Reina.—¡Ruy Blas!
Ruy Blas (siempre de rodillas).—No
temáis; no me acercaré á Vuestra Majestad; pero voy á decirlo todo,p.
373 punto por punto. ¡Oh! creedme, no soy un vil; hoy he corrido por la
ciudad como un loco, y la gente me miraba; cerca del hospital que habéis
fundado, sentí vagamente que una mujer del pueblo enjugaba compasiva el sudor
que brotaba de mi frente. ¡Compadeceos de mí, Dios mío, mi corazón se rompe!
La Reina.—¿Qué deseáis?
Ruy Blas (uniendo las manos).—Que me
perdonéis, señora.
La Reina.—¡Nunca!
Ruy Blas.—¡Nunca! (Se levanta y adelántase hacia
la mesa.) ¿Es esa vuestra resolución?
La Reina.—¡Sí!
Ruy Blas (coge el frasco que está sobre la
mesa, acércale á sus labios y apura el contenido).—¡Triste llama,
extínguete de una vez!
La Reina (corriendo hacia él).—¿Qué
hace?
Ruy Blas (dejando el frasco).—¡Nada!
Mis males han terminado; me maldecís, y yo os bendigo; esto es todo.
La Reina (aterrada).—¡Don César!
Ruy Blas.—¡Cuando pienso, pobre ángel, que me
habéis amado!
La Reina.—¿Qué filtro es ese? ¿Qué habéis hecho?
¡Decídmelo, contestadme, hablad! ¡César, yo te perdono, te amo y te creo!
Ruy Blas.—Me llamo Ruy Blas.
La Reina (rodeándole con sus brazos).—Ruy
Blas, os perdono; pero ¿qué habéis hecho? ¡Hablad, yo os lo mando! ¿Es veneno
ese horrible licor?
Ruy Blas.—Sí; pero siento alegría en el corazón. (Abrazando
á la Reina y levantando los ojos al cielo.) ¡Permitid, oh Dios mío, que
este pobre lacayo bendiga á su Reina, porque ella consoló su triste corazón;
permitid que por su piedad muera ya que por su amor vivió!
p. 374La Reina.—¡Dios mío!¡Un veneno! ¡Y yo soy la
causa de su muerte! ¡Yo te amo, y te había perdonado!
Ruy Blas (desfallecido).—Lo mismo
hubiera hecho. (Su voz se apaga; la Reina le sostiene en sus brazos.) Ya
no podía vivir. ¡Adiós! (Mostrando la puerta.) ¡Huíd de aquí! Todo
quedará en secreto... ¡Yo muero!
(Cae.)
La Reina (arrojándose sobre su cuerpo).—¡Ruy
Blas!
Ruy Blas (á punto de morir, vuelve en sí al
oir su nombre pronunciado por la Reina).—¡Gracias!
p. 375
ÍNDICE
|
|
Páginas. |
|
LUCRECIA BORGIA |
|
|
Lucrecia Borgia: Drama en tres actos. |
|
|
Acto primero — Afrenta sobre afrenta. |
|
|
Acto II — La pareja. |
|
|
Acto III — Embriaguez mortal. |
|
|
MARÍA TUDOR |
|
|
María Tudor: Drama en tres jornadas. |
|
|
Jornada primera — El hombre del pueblo. |
|
|
Jornada segunda — La reina. |
|
|
Jornada tercera — ¿Cuál de los dos? |
|
|
LA ESMERALDA |
|
|
La Esmeralda: Libreto de ópera en cuatro actos. |
|
|
RUY BLAS |
|
|
Ruy Blas: Drama en cinco actos. |
|
|
Acto primero — Don Salustio. |
|
|
Acto II — La reina de España. |
|
|
Acto III — Ruy Blas. |
|
|
Acto IV — Don César. |
|
|
Acto V — El
tigre y el león. |
|
*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK DRAMAS (2 DE
2) ***


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